BLOOD

william hill

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viernes, 18 de septiembre de 2009

Ayer... ¡hace tanto tiempo!

Ayer... ¡hace tanto tiempo!




No sé cuando... (ayer quizá)
mis sueños eran distintos.
Esperanzas, antaño nuevas,
yacen viejas y plegadas
con surcos profundos, arados
sobre una piel de cartón.
Mis ilusiones han muerto
como las flores en otoño:
soñando con la primavera.
No voy adelante ni atrás.
Aquí me quedo,
contemplando lo que he sido
y no volveré a ser nunca,
nunca y jamás.
Mi tiempo está quieto
en una quietud engañosa,
como un reloj sin manillas.
Ayer... ¡hace tanto tiempo!
Hoy (o ayer, o mañana)
palpé arrugas en mi cara,
vi luz de plata en mi pelo
y heridas agrias en mi alma;
Irreparables, incurables,
ganadas a llanto. Mías.
¡Hace tanto tiempo!... Ayer.
Entonces mi risa era fresca
como agua de manantial
transparente, cantarina,
como perlas de cristal batidas.
¡No volverán las risas, lozanas,
inocentes, de juventud a verme!
¡No volverán a florecer
rosas frías en mis mejillas,
ni volverá a quedar blanca
la pureza de mi inocencia!
Ayer... ¡hace tanto tiempo!
El otoño eterno sigue a mis días
y ya, casi, adivino el frío.



¿Dónde se me quedó la vida clavada?


¿Dónde se me quedó la vida clavada?
Ando buscándola y no la encuentro.
Acaso, para mí, se olvidó Dios
De hacer un poco de felicidad?
Acaso le hice algo antes de nacer
Y me hace pagar mi pecado
Levantándome alto y dejándome caer,
Con fuerza, una y otra vez?
¿Qué te hice, Dios, para que así me castigues?
Si continúas retándome, Dios,
La vida te la devuelvo. No la quiero.
No me hiciste ningún favor regalándomela
Y bien caro me lo haces pagar.
Yo no quepo en este mundo.
Nada quiero y todo me sobra.
Si crees que hiciste un buen invento,
Baja y quédate una para ti.
La mía si quieres.
Cuando llegues al mismo lugar
En donde dejaste clavada la mía,
Quizá te des cuenta de que no eres un buen Dios
Y rehagas la vida humana
Dotando de corazón a sus seres.

Nada…

Lo de siempre,
siempre lo mismo.
Día a día
la monotonía reina
por todas partes.
Insulsa existencia
falta de aventuras,
falta de aliento.
Flaccidez sedentaria
que agota el pensamiento.
Vacío...
Iniquidad...
Vejez de alma...
Cansado hastío...
...Vacío.
La nada avanza
y se asienta en reino.
Las ilusiones mata,
el vigor y el pensamiento
apelmaza
y es lo de siempre...
Siempre lo mismo...
Silencio...
Calma...
Muerte...
Nada...

Serena existencia

Mi espíritu se halla herido. Aunque mi cuerpo no sufre, mi vida se pierde entre el fluir de mis lágrimas.
Morir o no morir, es ahora un dilema:
Si no muero,
mi mal no tiene cura
y si muero
siempre vivirá la duda
de saber por qué muero.
Ser o no ser...
Sabia cuestión citó Hamlet.
Si soy, será no queriendo;
y no queriendo ser, lo soy.
Que triste desventura
es la de un futuro incierto
que el presente lo presenta,
más que blanco, negro.
Qué hago yo aquí, parada en la estación del desierto de mi soledad. Sentándome encima del volcán de mi tristeza. Sin montañas de hielo que enfríen mi ardiente odio hacia esta existencia incomprendida que me atrapa.
Y mientras... solo deseo poseer el don de la indiferencia como vacuna contra el dolor. Una vacuna permanente hasta que abandone el mundo y encuentre una vida nueva en otro lugar, en otra dimensión...

Cuando la luz se apaga

Cuando el sol muere, tras las montañas en el ocaso,
el último rayo de luz se apaga, abandonando el mundo y con él,
las esperanzas de volver a disfrutar
la flor, nacida en la mañana.
Será imposible acompasar las ramas de los árboles, acunados por el viento
y su sonido, solo será recordado escuchando en silencio, entre las sombras.
La transparencia del agua, recorriendo el río, se tornará opaca
y dormirá el jilguero que nos amenizó la tarde con su rítmia de trinos.
Sentimientos vividos serán congelados en un negro iceberg de tristeza.

Todo muere, cuando el sol se esconde tras las montañas, en el ocaso.
Qué esconderá la noche bajo su capa que, con afán, de la luz huye.
Acaso sea la muerte, que amenaza al día segándolo con su guadaña.
El terror invade mis huesos como la niebla se apodera de la colina.
Nada me hace pensar que todavía me quedará un mañana,
plagado de luz, donde volver a vivir de nuevo las cosas queridas.
Estirando la mano quizá pueda atrapar por la cola ese último rayo
y retener conmigo esa luz que me ata a mis recuerdos amados.

Que no muera en el ocaso, el sol, tras las montañas.
Mi felicidad se desvanece difuminándose con los postreros reflejos.
No quiero dormir la muerte de esta noche eterna, invadida por el miedo,
ni aún con la promesa de mitigar la negrura con miles de estrellas,
refulgiendo en la noche, cual promesa vana de un nuevo amanecer,
una nueva mañana que no quiero conocer por no perder lo que tengo:
un puñado de aire impregnado de agradables momentos pasados.
Me aferro al hoy que recuerdo para convertirlo en mi futuro eterno.

Que no llegue el ocaso, cuando tras las montañas, muera el sol.
Tal vez me deje atrapar por la noche y me ofrezca a su guadaña,
mártir voluntario a dejar mi sangre como sello de su hoja fría.
Quién llorará por mí y sembrará una lápida sobre mi frente.
Quién grabará el epitafio con espinas sacadas del dolor de mi ausencia.
Quién se lamentará y me llamará cobarde por haber huido de la negrura.
Me aterra la oscuridad. No podré soportar la noche oculta a la vida.
Tal vez me pierda al pensar que puede volverse eterna y fría.
que no habrá más flores que se abran con las primeras luces del alba,
ni habrá ilusión que despunte con los rayos al nacer un nuevo día,
ni encontraré una nueva cara que me regale su sonrisa y la sienta mía.

Muere la luz cuando la noche la traga, cuando siega los rayos con su guadaña.

Ante el milenio

Lloro sangre, lloro fuego,
lloro rabia, lloro tedio,
lloro hambre, lloro miedo,
lloro amor y lloro sueño.

Lloro sangre y de dolor muero
con los que derraman sangre,
muriendo, al suelo.

Lloro fuego y en él me consumo
con los que sufren injusticias
por leyes de humo.

Lloro rabia de animal furioso
con el que rabia impotencia
contra el abusón rico y ocioso.

Lloro tedio por la lasitud reinante
en una sociedad parca,
rica en desastres.

Lloro hambre con los niños que callan
sin derramar lágrimas
¡con el hambre que pasan!

Lloro miedo sin querer estar solo,
por faltarme un amigo
y hablarme solo.

Lloro amor porque no lo tengo,
sin dárselo a nadie
y ¡estoy tan lleno!

Lloro sueño de seguir mendigo
con ideas gastadas
y soñando sigo:

Llorando sangre, llorando fuego,
llorando rabia, llorando tedio,
llorando hambre, llorando miedo,
llorando amor y llorando sueño.

Hermanos

Alzad hermanos los brazos
y cantad todos al tiempo
enlazándonos las manos
en un cordón que no acabe
ni más allá del firmamento.

Traspasemos las fronteras
y busquemos nuevas manos
que se unan a las nuestras
construyendo una cadena
con un fraterno abrazo.

No miremos la epidermis,
solo juntemos los dedos.
Si olvidamos el color,
más profundo que la piel
encontramos sentimientos.

Que un solo corazón
gobierne nuestras vidas,
pasémoslo de mano en mano
entre el ciego y el lisiado
cicatrizando las heridas.

Blancos, rojos o amarillos,
verdes, negros o mezclados,
si nos despojamos de la piel
podremos comprobar
que todos somos hermanos.

Que cualquiera que tiene un hijo,
sin importar el tinte de la piel,
sufre lo mismo por ellos
cuando nacen, cuando crecen
y cuando los entierran también.

Levantad hermanos las manos
y juntadlas en lazo prieto
y aunando corazones
olvidémonos de colores
y vivamos un mundo nuevo.


El cielo

El cielo,
parte infinita de mí mismo.
Inmensa grandeza
que mis brazos no abarcan.
Cuna de estrellas
paridas del éter
cósmico que lo llena.
Mundos ocultos
a los ojos que lo escrutan.
Mirada perdida
entre su inmenso vacío.
Salpicado de estrellas
que alumbran la noche
con la serenidad que la colma.
Aurora marchita.
Sol inclemente que me quema.
Gotas de lluvia rala
y grandes tormentas.
Consciencia que se esfuma
entre las brumas del pensamiento,
que se pierde entre las nubes
blancas del intelecto.
Más que darnos hallazgos,
nos descubres más misterios.
Cielo…Cielo…

Despertar

¡Oh! Dulce despertar
que sin quererlo me embriagas
prendido de nardos
que perfuman la mañana.
Mis ojos son luces
que se encienden al ritmo
iluminando de nuevo
mi tiempo dormido.
Cada vez que me duermo
me abrazo contigo
y me acunas sedoso
como la madre a su niño.
Despertar que velas
mi sueño encendido
llamándome al día
de nuevo a vivirlo,
me traes de las brumas
que en el sueño metido
me pierden las ansias
de vivir lo querido.
Como almendro florido
prolongas tus ramas
y siembras de flores mi pelo
haciendo maraña.
Despertar que eres amo
del reloj de mi sueño
no me dejes solo,
no me dejes muerto.
Suena cada día
con tu sonar de silencio.
Abre mis ojos claros
a la luz de tu pecho.
Déjame mamar tu leche
de vida impregnada
en tu seno caliente
de madre preñada.

Pensamientos

Pensamientos
que vuelan raudos
perdiéndose en la noche,
tristes, solitarios e inseguros,
caminando en el laberinto
de la duda,
volando hasta llegar
más allá de la realidad
y del tiempo.
Pensamientos vacíos
y llenos que se entremezclan
en una calle sin salida,
donde las sombras se confunden
y no van a parar a ningún sitio,
deambulantes e inseguros,
cansados de no hallar su destino,
buscando su propia estrella
para encontrar su propia luz.
Pensamientos...
Nacidos de la misma mente
que los crea.
Criados por el mismo alma
que los alimenta.
Muertos por la misma mano
que los guía.
Pensamientos...
Masa de nubes
que el viento disipa.
Puñado de aire
que la mano no atrapa.
Gotas de agua
que la piedra no bebe.
Llamas de luz
que el fuego no agota.
Pensamiento... ¡BROTA!

Como la hiedra

¿De qué escribe el poeta
cuando pierde la inspiración,
cuando su musa se queda quieta
y callada en un rincón?.
¿Qué tiene que decir al mundo,
cuando en la nada muere,
cuando es tanto su dolor
que en la abstracción yace inerte?
¿Qué puede escribir sobre el amor,
cuando no lo tiene,
o es su propio desengaño
quien no lo deja y le miente?
¿Sobre qué escribe el poeta
cuando pierde la inspiración,
o simplemente no escribe
y deja apagar su voz?.
¿Deja de ser poeta
el que perdió el don de la poesía,
aquél que olvidó las cosas bellas
sobre las que tanto escribía?.
¿No hay amor que lo consuele,
ni dolor que lo conmueva?.
¿No hay una flor, un mar o una mano
que lo saque de su retiro
y haga renacer en él,
una nueva ilusión por plasmar lo divino?
¿Sobre que escribiré yo
cuando en nada crea,
cuando mi gran romanticismo
decrezca y muera?.
¿De qué escribiré, si soy poeta,
cuando pierda la inspiración,
cuando mi musa se quede quieta
y callada en un rincón?.
¿Tantos miles de versos
escritos para ser poeta,
me mantendrán con el título
cuando me dejen las letras?.
¿Se me llenará de olvido
en una vieja carpeta
y desapareceré para siempre
con polvo sobre las grietas?.
Y en mi propio desespero
mis musas no se están quietas
y bailándome al oído,
susurran cosas como estas:
“Morirás. –Me dicen las hadas-
Morirás, pero naciendo
a cada frase, a cada verso,
que vivirá más allá del tiempo.
Cada vez que se lea al aire tu rima,
tu prosa o tu verso,
crecerá como la hiedra
alzando sus brazos al cielo.
Cada vez que alguien las lea
y hagas a su corazón latir,
dejarás de estar muerto
y volverás a vivir”

El abuelo

Inclinado está en su vieja silla,
pequeño, encogido, arrugado,
siempre con su boina puesta,
vistiendo holgadamente, descuidado.
Allí me lo encuentro siempre,
sentado a oscuras, frente al hogar,
con la mirada ausente y perdida,
vacía de tanto y tanto llorar.
Con sus manos sobre el regazo,
retuerce y estruja los dedos,
cortando en pedazo el aire
y atándolo con nudos luego.
Yo, le observo desde la puerta
temblar en su traje negro,
ropa de luto que esa muerte
dejó cosida a sus recuerdos.
Cuando nota que le miro
gira, cansado, medio cuerpo
y sin apenas mover los labios
me sonríe y dice esto:
-“Pasa hija, ven,
que ya no tardará la abuela
y si tarda la buscaré
para acompañarla de vuelta”.
Ya... ni me arrimo siquiera.
Ya... de la puerta me vuelvo.
¿Cómo hacerle comprender
que la abuela ya se ha muerto?.
En los ratos de lucidez
llora y suspira en silencio,
con la cabeza hundida, caída,
pegada, sin vida, al pecho
y yo me ahogo en la pena
de que no sea feliz,
de que quiera irse con ella
y Dios le retenga aquí.

Mi querido padre borracho

Tu silencio tras la muerte
proclama la inocencia
de haber perdido la vida
sin haber tenido consciencia.
Que mudo te has quedado...
que sereno estás ahora...
mi boca cínica sonríe
y mis ojos, no queriendo, lloran.
Tres días pasaste en coma
del último trago que diste
y feliz te mueres ahora
sin saber lo que me hiciste.
Y aquí, ante ti me postro,
a tu lado de rodillas
lavando tu pálido rostro
con agua de mis mejillas.
Siempre quise tener un padre
y la muerte me lo dio,
un padre que me escuchase
y al que abrirle el corazón.
Ahora escucharás de mi boca,
mi querido padre borracho,
lo que me amargaste la vida
siendo todavía un muchacho.
La muerte te ha llegado suave,
sin avisarme siquiera
para poder ir a comprarme,
por luto, ropa de fiesta.
Que mal lo pasé en la vida,
que malos tragos bebiste,
te sentaba tan mal la bebida,
que malos tratos me diste.
Cojeo por la soldura
del hueso que me rompiste
y mil cicatrices me adornan
que tú mismo las hiciste.
Cuando ahorraba cuatro chavos,
tú me los quitabas a “hostias”
y dime con qué dinero
debo enterrarte ahora.
Porque el cura quiere “duros”
aunque el Dios altísimo no coma,
que dice que en lo económico,
aquí paz y allá gloria.
Te amortajaré con mi traje nuevo,
aquél que compré a plazos
y será lo último que te dé
mi querido padre borracho.
Te enterraré en Tierra Santa,
por mi honor, en Campo Santo,
aunque tenga que pedir
puerta a puerta mendigando.
Pero una vez que te entierre,
entiérrame tú también a mí,
que si en vida no me lo diste,
de muerto, no quiero nada de ti.

Niña de trapo

La dulce muñeca
que entre mis brazos yo mezo,
sustituye a la niña
que ya no tengo.
Cuanto más la miro
más se parece,
con su carita blanca
y sus rollizos mofletes.
Sus tirabuzones de oro
y su vestidito de organza,
lo mismo, lo mismo
que como iba en la caja.
-Mi dulce niña
¿te mojé la cara?
¡Que tontas las lágrimas
que a mamá se le escapan!.
No te asustes hijita
que las meto en el alma
¡Que no lloren mis ojos
que mi niña se espanta!
-“Ea, ea, niña Luna,
mi ángel se duerme
mientras mami,
con ternura, la acuna”
-“Ea, ea, niña Luna,
como mi nena,
no habrá ninguna”
-“Ea, ea, niña Luna,
como mi nena,
no habrá ninguna”

Niño viejo

Ojos profundos como el mar,
de mirada clara como el cielo,
de sentir sereno como la noche,
de querer intenso como el fuego.

Cargando sobre su espalda
arrastra cientos de penas,
tanto vive, tanto pasa
duramente algunas pruebas.

En su mirada dura,
azul, pero de acero,
oculta arrugas que en el alma lleva
resignadamente el niño viejo.

¡Que gastada está su vida,
que cansado está su cuerpo
de la vida que soporta
este pobre niño viejo!.

Escupe su desprecio
por la vida que lo atrapa
y con envidia mira el parque
desde la verja cerrada.

Es un niño y es un viejo.
Pobre, pobre, niño viejo.

Un kilo de amor, por favor

Con qué mesura es medida
la unidad de la cordura
que da la razón al sabio
sin tacharlo de locura?

Con qué vara se mide
-y a la sapiencia cuestiono-
la villanía del tirano
o el sabor del puromoro?

Cómo se mide el dolor
que soporta el ser humano?
Se puede medir la intención
de quien quiere hacerle daño?

Puede el infame injusto
fabricarse en su probeta
unas gotitas de odio
y regalarlas en tabletas?

Como se puede dar,
a mi dolor, cabal consuelo
si nadie sabe con justicia
del total cuanto me llevo?

Quiero medir las cosas,
el amor y el sentimiento
para, de la suma total,
restar lo que me quedo.

Que me haga sentir su odio,
quien me odie, a cada gesto
para que sea intenso, mi dolor,
un momento.

Así, yo, con mi “metro”
sin pausa lo mido
y cuando acabe les diré
si mide más su odio o mi olvido.

Un soplo de libertad


Buenas noches carcelero
y deja mi ventana abierta
que por ella asoma el brillo
candelero de una estrella.
Que olvides cerrarla pido,
tan solo por esta noche,
hazlo como un descuido
para que nadie te lo reproche.
Que ver la inmensidad del cielo
cuando la cierra una ventana,
es como ser un ciego
queriendo ver sin la mirada.
Carcelero de mi vida
ten compasión de mí
y deja mi alma libre
que pasee por ahí.
¡CARCELERO... NO!
y mi ventana se cierra.
¿Por qué un castigo mayor
si ya cumplo mi condena?

Mi pueblo

Sus casas de paredes altas
y techos de teja roja,
atraen desde lontananza
a las miradas curiosas.
Vestido de perlas blancas
salpicadas de geranios
que se derraman en cascadas
sobre su suelo empedrado.
Tiene calles que se empinan
con escaleras que van al cielo,
estrechas como la cintura
de las mozas de mi pueblo.
Matronas de tetas gordas
llenan por la tarde el pueblo
con sus labores de punto
a la fresca del averno.
rostros de piel plegada
llevan a lastre su cuerpo
por las horas de trabajo
y de labor en el terreno.
Chiquillos de ojos grandes
que corretean inquietos
alzan en clamor sus voces
llenando de risa el pueblo.
Chimeneas que perfuman
el aire frío de invierno
dando consuelo a sus gentes
con la promesa de un buen fuego.
Sobre lápidas de piedra y cruces
escribe su historia el pueblo,
a cada cual se le escribió la suya
y son la historia de mi pueblo.


Sueños


Cansada te veo, paloma
¿Sigues volando contra el viento?.
No ves que te dejas la vida
entre aleteo y aleteo,
que pierdes tus plumas blancas
a cada golpe de remo?
¿Qué persigues en el aire,
añoranza? ...juventud?...deseo?
No te diste cuenta aún
que el amor es puro sueño?.
Baja. Descansa y reposa.
Toma un poco de aire “quieto”.
Descansa tus viejas alas,
relaja tu cuerpo viejo.
Mira que no eres joven, paloma,
dejaste atrás el ser polluelo.
Tu ración de vida te comiste,
amaste y criaste al tiempo.
Vuelve a tu morada, paloma,
al palomar caliente y seco
que allí revivirás
al calor de los recuerdos.

Amante perdido

El balcón de mi casa
se halla marchito
con flores que han muerto
sin haber nacido.
Lloran la ausencia
del amor clandestino
que alegre cantaba
a mi hiedra prendido.
Sus baladas dulces,
en sus labios presas,
regaban mis flores
que su amor veneran.
Rondaba las sombras
robando el rocío
a las hojas frescas
en invierno y estío.
Yo me ocultaba
fingiendo no oírlo
y mi amor le negaba
siendo carbón encendido.
Claros tenía los ojos,
rubio crecía su pelo,
la cara de suaves rasgos,
era guapo y altanero.
Hoy, cargada de años,
tejiendo junto a la reja,
sigo esperando el regreso
de mi amor, que nunca llega.
De aquél que cantaba
sus baladas bajito,
para que nadie escuchara,
solo para mí todito.
Y las flores crecían
testigos de aquél beso
que a mis oídos llegaba
quedo, muy quedo.
Hablar, no le hablaba,
pero quererle, aún le quiero.
Qué será de aquél mozo
guapo y altanero
que rondaba mi casa
en verano e invierno,
que me enviaba las cartas
sucias de besos.
El vientre me duele
cada vez que las leo
preñada de ansia,
de amor y deseo.

La arena y el mar


Yo he sido testigo de cómo la arena y el mar se amaban.
En noches de silencio, bajo la cómplice mirada de la luna,
el mar, le canta romanzas de suaves susurros, mezclados de suspiros.
La arena, se deja arrullar por los brazos azules, entregada a sus besos.
Él, borracho de amor, a cada caricia, le prende el pelo de caracolas.
Quise ser arena y caminé descalza por los labios de la esfinge.
La fina y marfílea arena, se apartaba ofendida, rehuyendo el paso,
cuando el mar besó las huellas, cuyas autoras éramos su amada y yo.
Enredé mis pies en la espuma, que seducía sin cesar la Tierra,
queriendo robar alguna de las caricias que ambos se prodigaban;
fundirme con el mar y abrazar el Universo extendiendo mis brazos;
perderme en el cosmos mientras mi cuerpo se entregaba a las olas.
Pegué el oído en la arena mojada, arrancándole quejidos,
tatuando el paso de mis dedos por su cara, como celosa enamorada.
Decidí pertenecer al mar y que como cosa propia me poseyera.
Descendí los altares humanos para convertirme en su sirena.
El viento, ordenado por el mar, vertía sus reproches sobre mi cuerpo
que, desnudo al cielo, yo le ofrecía para que amasase y esculpiese a gusto,
mientras continuaba adentrándome, plácidamente, en el fondo marino.
Pero el mar no me quiso y me impulsó al aire como lava de volcán,
abriendo las olas a mi rastro, en pugna salvaje, por librarse de mí.
Me tomó mimoso en sus brazos, con la delicadeza de un caballero
y como si cual novia yo fuera, me depositó suavemente en la orilla.
Permitió que le besara por última vez y se fundió con mis lágrimas.
La arena se apartó bajo mi peso, invitándome a dejar la playa.
Nadie me había invitado e entrar en la Ternura.

Yo quisiera

Como a un amigo me tienes
y como un amigo te acepto
y tu confiada mirada me calla
para decirte lo que siento.

Porque...

Yo quisiera...
que cada vez que sueño
pudiese bordar tu boca
con la yema de mi dedo.
.
Yo quisiera...
acariciar despacio tu cuerpo
en una caricia larga y llena
que te hiciese temblar de miedo.

Yo quisiera...
que entre el sentir de mi sueño
se mezclase clara la esencia
de tu amor, que tanto anhelo.

Yo quisiera...
oler en tu larga mata de pelo
el olor a primavera
como huele cuando estoy despierto.

Yo quisiera...
abrazar tu cuerpo desnudo
y apretar tu carne morena
con fuerza contra mi pecho.

Yo quisiera...
poder ser Dios un momento
y construir una noche eterna
para encerrarte conmigo dentro.

Yo quisiera...
moldear de espuma tu cuerpo,
e ir nadando, en tu cadera,
a la isla del fin del tiempo.

Yo quisiera...
hacer realidad mi sueño
y que tu amor me lo dieras
no dormido, sino despierto.

A fuerza viva

En mis entrañas florece
un sentimiento que agota,
brota como el agua dulce
resbalando sobre la roca.
Con fuerza viva rezuma,
con genio bravío alborota,
mas respirando aire inerte
en manso cauce se torna.
Con la tranquilidad serena
y la paz que concede el alma,
al escapar de su encierro
la brava agua se calma.
Como el ardor de mi fuego
se enfría ante tus ojos
y el estremecer de mis celos
desaparece cuando te toco.
Como cuando aplacas mi codicia
de amor, bebiendo en tu boca
el dulce sabor de unos besos,
perfumados, oliendo a rosa.
Con caricias robadas al cielo
derrites al rojo candente
las puntas de hielo duro
que asoman desde mi vientre.
Y sueño despierto contigo,
la vida me estorba sin verte,
me tienes loco perdio
y no soy nada sin quererte.

Y no te das cuenta


Ardo en deseos de fundirme contigo,
como nunca jamás hubieras soñado,
ni hombre amado en la tierra sentido,
sentimientos nuevos en mi guardados
que mueren en flor sin haber nacido,
guiando su belleza a un corazón sangrado,
que llora el dolor de haberte conocido
y la pena callada de sentirte amado.

Con labios sellados y agria esperanza,
palabras ahogadas en un mar de deseo,
tentaciones perdidas en el fondo del alma
y salobres los ojos cada vez que te veo,
extiendo mi mano cuando por mi lado pasas,
buscando el roce accidental de tu cuerpo,
pidiendo el regalo de una tierna mirada
que me mata a la vez que me da consuelo.

Encumbrados deseos para mí prohibidos
que a palabras de amor vienen atados,
con sueños rajados de tenerte conmigo
y esperanzas truncadas sin haberte dado:
la luz de mis ojos cada vez que te miro;
la fuente de amor que nace en mis manos;
la miel de mis besos que te hiciesen cautivo
y en la red de mi araña te vieses atado.

¿Qué es amar?

Qué es amar,
alguien puede explicarlo?
Es amar un dulce dolor
que nace en mi pecho,
oprime mis sienes,
acelera mi corazón
y sin aliento me deja?
Es amor el deseo infinito
de dar sin reservas,
de adorar la libertad del otro
y la risa perpetua
que aflora en mis ojos?
Se ama en beso dulce
que te eriza todo,
en abrazo tierno,
en sueño despierto,
en verlo en cada detalle,
adivinar sus gestos
aunque no esté delante?
Es amar una locura
que se quedó a mi espalda pegada
y al oído me susurra,
como hada mala, lujurias
y al pecado me provoca
con desenfreno de loca?
Yo no sé si estaré amando
porque es pasión y es dulzura
y aún nadie me ha aclarado
ni un amigo contestado
si es amor desenfrenado
lo que siento por mi amado
o solamente una locura.

Tú y yo

Me tienes,
pero no me coges.
Me dejas,
pero no me sueltas.
Me amas,
pero no me quieres.
Me besas,
pero no me tientas.

Me ves,
pero no me miras.
Me dices,
pero no me hablas.
Me rozas,
pero no me tocas.
Me lías,
pero no me atas.


Te tengo,
cuando me sientes.
Te dejo,
pero nunca a un lado.
Te amo,
sin condiciones.
Te beso,
como un pecado.

Te veo,
aunque no te mire.
Te digo,
pero si escuchas.
Te rozo,
muy suavemente.
Te lío,
si me resultas.

Mandado de Dios

...y entonces llegó un ángel
que fue mandado por Dios.
La recogió en sus manos...
Le reparó las alas rotas...
Les volvió a pintar el color...
Le insufló de nuevo la vida
y creó para ella el jardín más bonito de la creación.
La dejó en el precioso jardín, libre, para que volase
y cada flor que ella rozaba
se convertía en poesía cantada...
Ella, volvió a ser feliz mientras volaba...
sabiéndose querida y amada...
Pero el ángel no la dejó...
Recogió el jardín y a la bella...
En su pañuelo fue guardado
con cuidado, como le fue mandado...
y así el ángel marchó,
con su tesoro en las manos,
como Dios le mandó.
Llegó hasta el cielo y le dijo:
“Aquí te traigo tu deseo mandado,
tu estimado tesoro preciado”
Y abriendo el pañuelo
se desparramó el jardín que fue llamado Edén
El paraíso fue así completado...
como fue el deseo de Dios...
como Él había mandado...
A su mariposa la llamó Amada,
y Dios, feliz, volaba a su lado
y en un susurro escapado
le pareció oírse llamar...
¡No. Fue real! Ella le llamó:
¡AMADO!

El pecado de amarte

No hay salvación posible al pecado de amarte
ni sentencia cumplida con tanta gratitud.
Si mil vidas costara saldar mi condena
mil y mil más, con agrado daría, si lo pides tú.

Es pecado mortal amarte como te estoy amando
pues prohibido es amar a nadie por encima de Dios
pero antes fui al cielo y le enseñé mi alma
y el mismo Dios, al mirarme, se ruborizó.

Soy pecadora confesa y justo condenada
y mi castigo lo arrastro en cadenas de dolor.
Es tortuoso amarte de forma infinita
pero ni viva, ni muerta, acabará mi amor.

No hay salvación posible al pecado de amarte
ni apelación, ni recurso que yo quiera emprender.
Mi vida ya muere con tan solo mirarte
y solo cuando me miras vuelvo a renacer.

Condenada estoy sin remedio a oír tus quebrantos
y no quiero ser rescatada de ésta, tu prisión.
Quiero quedarme siempre detrás de tu reja
sufriendo en mi vida y mi muerte palabras de amor.

No hay salvación posible al pecado de amarte
ni rescate, ni tregua que yo pueda aceptar
pues quién, sintiéndose amada como yo lo siento,
dejaría tu cárcel de besos por la libertad?



Alejándome de ti

Estoy en el tren, los vaivenes de mi letra
se mezclan con los del tren cuando te escribo,
temblores de añoranza podríamos llamarles.

Hoy te he dicho adiós cuando quería quedarme.
Te regalé un suave beso cuando quise quedarme pegada a tus labios.
Cerré mis maletas cuando deseaba colgar mi ropa en tu percha.
Me marché cuando quise quedarme y bebí la lágrima que me ataba,
en lazo invisible, a tus brazos amadores.

No miré tus ojos, cristalinos y sangrantes por la pena.
No quise ver el amor que en ti quedaba sin haberme dado.
No hubiese podido irme si escucho todo lo que me decían.

Ahora, en la soledad de mis pensamientos,
encadenada a este tren que, prisionera en sus entrañas, me aleja de ti,
recuerdo el brillo de tus ojos que me suplica que te deje mis caricias en la almohada,
para, en las noches de mi ausencia, gastarlas conmigo.

Quizá quede un momento en la vida del mundo para nosotros
y podamos encontrar una isla donde naufragar.
Un lugar lejos del mundo para nosotros solos,
sin posibilidad de que nadie nos rescate.
¿Adónde iríamos?

Tendremos que esperar a que se alíen de nuevo la ocasión y el tiempo
para un nuevo encuentro, y mientras, cada momento del día
una pregunta sin respuesta flotará en el aire;
una pregunta que se renueva a cada respuesta
porque será mi pregunta eterna:
¿Me amarás mañana?

Confidencias

Demasiado tiempo fui tu confidente. Demasiado tiempo levantándote de amores caídos, conociéndote en tus intimidades, compartiendo tus sueños, dirigiendo la mirada a otro horizonte donde yo no estaba.
Te fui descubriendo sin que supieras que te miraba, sin que buscases en mí mas que unas orejas amigas, sin rostro, sin cuerpo, sin sexo, sin forma, sin ganas, sin boca, sin sueños, sin ansias, sin manos, sin caricias, sin besos, sin que para ti fuese más que un altavoz para tus quejas.
Así, sin darme cuenta, me enamoré de ti, Me di cuenta cuando mil rabias me inundaban contra ti, contra ella, contra Dios, contra el mundo. Odios para mí desconocidos que nacían de la impotencia.
Ignorada por Dios y por ti, llenabas mi cara de un amor por mí deseado, haciéndome suspirar los suspiros que ella te negaba.
Respetaba tu dolor con mi silencio mientras dejaba que entrases en mí odiándola, sin saber que la odiaba, sin saber que te amaba, sin saber que me pasaba cuando oía tus lamentos de amor llorado, rasgado por un desplante que no entendías, que no merecías... Me imaginaba dándote todo aquello que ella te negaba, imaginaba mis manos en tu cara prodigándote mis más tiernas caricias, devolviendo tus besos con más besos, bebiéndote... Después quedaba sola con mi dolor cada vez que por ella declamabas las infinitas horas que yo imaginaba mías.
Celos enfermizos entristecían mis ojos, sabiendo que moría tu tiempo con ella, humillándote en un intento desesperado por recuperar el sueño unísono que pudo uniros un día.
¡Cómo te gritaba! ¡Cómo lanzaba llamaradas de fuego que se perdían en el aire!
Soy yo... mírame... soy yo... no te das cuenta?
Y me miraste.
Ahora me da miedo la culminación de mis sueños.
No sé cómo, solo ocurrió. Nuestros ojos se cruzaron y amanecimos despiertos en una noche nueva. Por primera vez, palabras de amor resbalaban de tus labios sobre mis orejas, traspasando la piel y mezclándose con mi carne, con mis huesos, con mi sangre... y las hice mías.
Poco tiempo para saciarme de un amor tanto tiempo deseado.
Ahora, tras la separación vuelven mis fantasmas arrancándome dolorosamente las entrañas, desbordando como mi alma de angustias quizá injustificadas, pero son mías y no puede evitarlas.
Cuántas veces al día me repito que soy yo, que por fin te has dado cuenta pero eso no es suficiente para tranquilizarme, puesto que las mismas veces mi travieso diablo me dice lo contrario, en pugna constante entre mis dos yo.
Necesito más, amor mío, quiero que te des cuenta de cuanto te necesito, que me repitas hasta el cansancio que soy yo quien ocupa tus sentidos, que soy quien hace brotar las caricias en tus manos.
Hazme sentir segura. Hazme sentir que formo parte de ti. Necesito saber para calmar mi angustia que no hay lugar en tu cuerpo que yo no esté.

A mi amor

¿Cómo olvidarme de ti podría
siendo tú, el soplo de mi alma,
tejiendo con tus hilos la trama
de mi pobre corazón?

Hasta diosa me siento en tus brazos,
entre el humo azul de mis sueños
y el Olimpo se queda pequeño
para hacer un altar de ti, en él.

A ti dedico mi vida
y no un triste poema;
que entre sus versos quisiera
irradiara destellos de amor.

Habría que inventarse palabras
que expresaran cuanto deseo,
mientras las busco me conformo
con decirte que TE QUIERO.

Renacer

Despierto a los sueños de un amanecer tardío...
Mi mirada se pierde en el recuerdo de un lejano horizonte:
cuando caminaba por los senderos de la alegría...
con sueños nuevos y risas nuevas ofrecidas a la vida,

recuerdos de ayer, perdidos entre el laberinto de mi nostalgia

que hoy, encuentro renovados ante su presencia.

Persiguiendo cometas

Siempre he creído que llegaste a mí montado sobre un cometa.

Disfruté mientras te acercabas, mientras estuviste y mientras te alejabas.

Hoy, mezclado con el resto de mis recuerdos, apenas eres el último punto de luz de la estela que deja; eres el grumo de nata en la leche que nos empeñamos en disolver.

A veces pienso que sería de nosotros si te hubieses dejado caer de su cresta para quedarte conmigo, pero mi imaginación se enreda en otros "hubiese sido y no fueron" que llegaron tras de ti, fría ya, tras el fuego de tu paso.

Y no consigo avanzar más allá del punto del horizonte en que, sin dejar de mirarnos, dejamos de vernos.

Ahora tengo los pies demasiado enraizados para poder despegarme del suelo y volar, persiguiendo cometas...

Intimidades

Noche callada de luna velada,
brindados encuentros que embriagan el ser;
mágicas miradas, enamoradas,
tocadas por hadas que yo diseñé.
Tules de seda, tejidos de estrellas,
cubren pedazos de nuestra piel,
ocultando los besos, que como posesos,
repetimos insaciables, una y otra vez.
Olores de risa perfuman la alcoba,
que estando tú, cerca, me impregnan la piel.
Respiro la brisa del aire que agitas,
viajando a tus venas para no volver.
Píntame de amor tus caricias,
haz que el tiempo no pueda existir,
vierte la dicha, de ternura exquisita,
derramando en mi cuerpo sobras de placer.
Me haces falta en el espacio,
todo necesito llenarlo de ti,
que sean tus dedos los que tracen mi vida,
marcando el sendero que debo seguir.
Voy a perderme en tu dédalo, de deseos infinitos.
Voy a buscar en tu alma rincones de amor.
Voy a encontrar los caminos de tu paraíso,
para abandonar este mundo, saciada de amor.

Amanece


Ya casi amanece... Se aproxima de nuevo la tortura de la aurora que alumbra cada mañana tu almohada vacía.
Mis ojos, abiertos a la noche, dibujan en la oscuridad tu cuerpo con jirones desgarrados de mis recuerdos.
Truenos amenazadores retumban en la alcoba ocupada por silencios penetrantes. Quietud abrasadora que en mi pecho anida.
Mis latidos son tormenta desatada en el páramo yermo, que con furia vierte sobre la tierra seca el agua que da la vida.
Una sonrisa tuya despejará de nubes mi alma prisionera y reinará, sobre mi campo de muerte, la radiante primavera.
Agua de olvido para el mal de tu ausencia; ese mar desconocido, tus ojos, me invita a navegar en él y a que me sumerja.
Por una caricia tuya, doy la vida; por dos, la muerte entrego y por un solo beso haría para ti una corona del Universo.
Ya casi amanece... y tras la aurora vendrá un nuevo día que me traerá la alegría de pensar que hoy vuelves.
Despojo de carne y huesos, títere sin hilos soy sin verte. Vida que me das vida: Regresa pronto, vuelve.
Libertad se llama a mi forma de amarte, martirio infinito que me infrinjo al saber que con una sola palabra puedo tenerte...
VEN.

Quiero quedarme contigo

Quiero colgar mi hatillo en el dintel de tu casa,
que mi mejor aventura surja junto a ti,
encadenar en tu pecho mi afán de aventuras
y que tus rizos enreden los sueños que quise vivir.
Beber de tus labios nuevas fantasías,
que no existan palabras bonitas si no son para ti,
que tus caricias me eleven más allá de las nubes
y hundirme contigo en un pozo sin fin.
Encontrar a tu lado nuevas ansiedades,
el sentido a mi vida que lo pongas tú,
en tus ojos mirarme cada vez que sonrías
y alumbrar mi camino solo con tu luz.
Ahogarme de dicha cada vez que me hables,
suspirar en la noche llena de pasión,
detenerme en el tiempo mecida en tu sueño
y mi frío arroparlo con tu corazón.
Voy a proponerte en serio quedarme contigo,
que todos mis senderos conduzcan hacia ti.
Dejaré mis sandalias en la calle olvidadas
Si puedes enamorarme en locura sin fin.

Mañana me lo dirás

Hoy no quiero escuchar
en tus palabras nada nuevo,
ni que en tus caricias falten dedos
o me cambies tu forma de besar.
Quédate quieto, como estás,
quiero grabarte en mi recuerdo.
¡No, por favor!...lo dices luego.
Cállate ahora y déjate mirar.
Vuélveme a abrazar
con el temor del primer beso,
ata tus brazos a mi cuerpo, prieto,
que no se puedan soltar
y vuélveme a besar
con la tortura de su goce
que quema suave con el roce
impidiéndome pensar.
No me dejes de abrazar,
hazlo por mí, aunque no quieras,
abrázame, aunque me duela,
que no me pienso quejar.
Dame esta noche calor,
haz que dure hasta mañana
y así nos hallará el alba,
callado cómplice de seducción.
¡No!, hoy no quiero escuchar
de tus palabras lo que creo:
que te has cansado de éste juego
...Mañana me lo dirás.

Eres...

Eres fuego
porque me quemas.
Eres tierra
en donde reposo.
Eres aire
que yo respiro.
Eres agua
en que me ahogo.

Eres fuego
cuando me abrazas.
Eres tierra
cuando me mimas.
Eres aire
cuando me enseñas.
Eres agua
cuando me miras.

Eres fuego
porque me quemas
cuando me abrazas.
Eres tierra
en donde reposo
cuando me mimas.
Eres aire
que yo respiro
cuando me enseñas.
Eres agua
en que me ahogo
cuando me miras.

LLoviendo

Sigue cayendo la lluvia sobre la tierra,
ya ahogada, de su propio placer de vida.
El incesante lagrimear del cielo
me mantiene quieta tras los cristales,
arrebujada en el calor de tu mirada,
de tus caricias, de tus palabras ahora mías,
que como lluvia persistente
inunda el suelo, prodigándole caricias.
Caricias desmedidas en que la Tierra se ahoga,
provocando una muerte invernal
que se trocará en primavera,
estallando en fragantes colores,
espontáneos, como cohetes de fiesta,
cuando mi mano vuelva a tocar la tuya.
Sigo aquí, paralizada, contando embobada
las gotas que hacen crecer los charcos.
Mi imaginación me convierte en la tierra
que acoge los charcos, incapaz de beber,
de una sola vez, toda el agua;
tú eres la lluvia de vida que me llenas de ternura,
ahogándome en una felicidad que no estoy acostumbrada
pero sabiendo, en lo más profundo de mí,
que si la acepto, si dejo que cale en mi piel
y se disuelva conmigo, podré dar de nuevo la vida
con amores frescos, renovados,
en cada uno de los miles de encuentros
que nos quedan por gastar.
Estoy fundida con el ciclo eterno de la Tierra:
muerte y vida, muerte y vida, muerte y vida...
Morir para renacer de nuevo, sin principio,
sin fin, sin preguntas, sin respuestas,
eternamente, sin romper el equilibrio;
armonizando los compases naturales;
simbiosis necesaria entre el cielo y la tierra;
simbiosis que el mundo aprendió
copiando de nosotros.

Ladrón de corazones

Llegaste al alba, seguro,
sereno y tranquilo
como ladrón que transita en la noche
buscando un tesoro escondido.
Tus ojos verdes
que lo escudriñan todo,
buscando incansables
en el fragor de la noche,
encontraron su freno en los míos,
parando la noche,
deteniendo el tiempo,
acelerando el ritmo de mi corazón
como hacía tiempo que no latía.
Palabras triviales,
buscando el acercamiento a la intimidad,
intercambiaron nuestras bocas
antes de unir nuestros cuerpos,
pegándolos, para seguir un baile
inventado para nosotros.
Y en la intimidad del abrazo
vimos la luz de un sentimiento nuevo
mas allá de pasiones y dudas
que se cerró entre tú y yo,
abriendo las puertas del cielo.
Perdidos entre las brumas
de un despertar incierto
continuamos pegados
queriendo retener el tiempo,
negándonos a abandonar la noche
que mantiene nuestros cuerpos despiertos.

Ganas de ti

Y en medio de la noche
caía el rocío
sobre mi pelo,
sobre mis pechos
desnudos al cielo
resbalaban las gotas
del frescor temprano,
acariciando mi cuerpo
trémulo de frío.
Y yo, detenida en el tiempo,
esperaba tu regreso
al calor de mis piernas,
todavía húmedas,
de mi ansia por tenerte.

Te duermes

Te duermes
con el pecho henchido de paz,
con tu brazo alargado, tocando
mi cuerpo.
Te duermes,
satisfecho del amor recibido,
de miles de caricias que sabes
que vendrán mañana, siempre,
consciente que nuestro amor
no muere esta noche.
Tu respiración tranquila
me invita a seguirla
haciendo de ella música
para mi sueño.
Acerco mi mano a tu pecho
y allí la clavo hasta la mañana,
robando parte de tu calma.
Te duermes,
suspiras,
la satisfacción inunda tu sueño;
tu respiración crece y se enreda
en las paredes, en el techo,
en las cortinas, en las sábanas...
La calma te invade y me contagias.
Quiero quedarme clavada en ti
y sorberte entero.

Amasando estrellas

Quien robará para mí una estrella,
que acaricie mi cuerpo en la alborada,
escribiendo estelas de amor durante el día
y, cuando llegue la noche, vuelva a colgarla.

Quien peinará mi pelo por la mañana,
tras enredarlo, mimoso, al acostarme,
quien bordará ternuras sobre mi espalda,
quien, en momentos tristes, va a consolarme.

Quien me venderá ilusiones en adelante,
llenando mis manos, ahora vacías,
ocupando ese espacio de cada instante,
dejando los momentos llenos de vida.

Quien tiene un sueño para comprarle,
que los míos, todos, están gastados;
Murieron la noche en que me dejaste
y mi dolor en el cielo quedó clavado.

En tanto estaré amasando estrellas.
Marcaré con su luz el horizonte,
me iré a buscar una tierra nueva,
más allá de donde el sol se esconde.
No iré a buscarte a donde fueras,
pero tú, sabrás donde encontrarme,
tan solo sigue el rastro de las huellas,
que amasando estrellas voy a dejarte.

Te odio

Te odio.
Te odio para no poder amarte.
Te odiaré siempre, a cada minuto de mi vida, porque...
si no lo hiciese, me moriría de pena de amarte tanto y no tenerte.


Abulia

Entre la luz de la tarde
se engendró un sueño.
En el sentir de la noche
nació la duda.
Entre el sudor de su cuerpo
creció el deseo.
Entre sus piernas calientes
murió su ansia.
Entre la luz de la luna
quedó encerrado un beso.
¿Y qué quedó tras eso?
ABULIA!

Añoro

Añoro la voz suave que me despierte cada día,
un beso en la frente cuando estoy dormida,
una mano firme donde se pierda la mía,
unos brazos seguros cuando me sienta perdida.
Añoro fundirme en la piel sudorosa de él,
que la noche se haga corta y sigamos después
amantes de cuerpos y sentimientos perennes,
seres unidos, haciendo su nido, en la cumbre del cielo.

Celos

La suave llama de la duda
que alimenta el corazón
es el desconcierto de los celos
traspasando la razón.

¿Cómo decirlo?

Quisiera escribirte el verso
más hermoso de mi vida;
quisiera describir con letras
lo que mi alma me dicta,
mas no existe sentimiento,
mas no existe corazón
que ni tan siquiera se aproxime
a la fuerza de mi amor.
Quisiera escribirte el verso
más hermoso de mi vida;
quisiera entonarlo con arpas
y convertir la letra en melodía,
mas no existe en el mundo
ni tan bella canción
ni tan buen músico que entonara
lo que siento por ti, amor.
Quisiera escribirte el verso
más hermoso de mi vida,
pero como no puedo lograrlo
lo escribiré para ti en el cielo
cuando me encuentre arriba.

Siempre mia

Amanezco desnuda
sudando, aún, tus restos;
rezumando el amor que quedó
por los poros, abiertos
con el fuego de la noche.
Despertando con el gusto,
en la boca, de tus besos;
todavía dulces,
todavía cálidos,
todavía voraces,
hambrientos de los míos.
El recuerdo de la exploración
en mis huecos me excita
y mi columna vibra de placer,
tanto, tanto que puedo oír
el ruido de mis huesos,
llamándote,
exigiéndote otra noche de amor
que me deje exigua, exhausta.
Deseosa de repetir por el placer.
Temerosa de comenzar
por el cansancio
de querer siempre más,
de no gastarme contigo.
Amanezco desnuda
y me palpo entera,
buscándote en mi.

Ven...
Por Máximo Torralbo y Gracia Torres

Desde la distancia, arrebatada por el impulso supremo del amor, ven.
Siempre podrás decir que hay un verso esperándote. Eso y el cielo te doy.
Ven a mi lado y siente que hay un verso esperándote, dulce tú, su origen.
¿Por quién late ese que un día raptaste? Éxtasis, galope virulento.
No esperes nunca que mis palabras dibujen fieles cuanto siento.
Porque he visto un atisbo de tu profundidad cuando llenas mi alma.
Me he acercado un poco a la verdad escuchando tus palabras.
Y pude acceder a una realidad abrazados y fundidos en un sueño.

Desde la distancia, arrebatada por el impulso supremo del amor, voy
Arrebujada en un abrigo sin formas, calor invisible que me arropa.
Tú, origen y causa de esa luz que alumbra las noches en que no dormí
que moldeas mi cuerpo desdibujado de emociones embriagadoras.
Cálido seno que como océano a sus sirenas meces y las consuelas.
Mira en tu alma. ¿No ves el azul de un mar tranquilo reflejado en ella?
Yo lo he visto cuando he mirado en tus ojos. He leído en ellos y vi.
¡Cuantos misterios me escondes! ¡Cuantas emociones guardadas para mí!

Quise darte algo bajo la lluvia, bajo la luna: el amor que siento.
Tengo un lago inmenso de amor que aún no viste, solo para ti.
Las últimas palabras de mis cumbres han sabido elevarte, amor, al cenit.
Desde la distancia, arrebatada por el impulso supremo del amor, ven.
Yo solo era un caminante extraviado en la selva hasta encontrarte.
Y tengo la fortuna, el gozo, la ilusión y el deseo insaciable de abrazarte.
Solo con un arte no se accede a la hermosura infinita que dice amarme.
Fuiste tú, sin duda quien abrazó mi tronco y tu magia logró atraparme.

Eres el destino. La meta y premio cuando logre salir del laberinto.
Mágico y tortuoso camino hasta encontrarte, conductor de mi carro alado.
Llevada en volandas entré en tu dédalo y deseo descubrir tus caminos,
recrearme en cada uno de los rincones secretos de tu ser inexplorado.
Me fundiré en tus paredes para resanar viejas grietas de viejas llagas.
Vestiré en mí tus lágrimas que tanto amor y sentimientos derraman.
Desde la distancia, arrebatada por el impulso supremo del amor, voy.
La pura locura, ante un encuentro arrebatado de cordura, amado, soy.

No sabes bien cuanta es mi fortuna; antes era tan pobre!. Tu ser me colma.
Me desvelo mientras duermes para no perder una vocal al hablarte.
Casi duele el silencio de la noche tras el torbellino de risas y flores.
Porque intuyo que entre tú y yo, vamos a vivir el más grande de los amores.
Quizá ni idea tienes de cuanto soy capaz de dar, porque voy a darte todo.
Solo verte y fundirme, superar un anhelo presentido y sufrir en el arrobo.
Cuanta fuerza bondadosa has vertido de tu fuente para en otro convertirme.
Tanto amor, entrega de tu piel y esencia en mis labios han sabido derretirme.

Fuego de la pasión. Viento cálido que se desprende de un bosque ardiendo.
Voy a tu encuentro sabiendo bien donde voy. No hay regreso, ni lo quiero.
Muero en ti para seguir viviendo eternamente dentro tuyo.
Vida que me das vida a la vez que me matas lento, lento con tu voz.
Muero contigo y vivo en ti. Bendito el día en que tus ojos en mí posaste.
¡Ay amor! No sabes que estas perdido entre el mágico encanto de mis besos.
Embriagadora fragancia de aroma celestial en esencia llevo para darte.
Despertar de sentimientos desconocidos y entrega absoluta a tu ser en deseo.

Desde la distancia, arrebatada por el impulso supremo del amor, ven.
Que te esperan mis brazos abiertos y el hueco que dejaste al robarme.
Ven con mi corazón, que sabes que es tuyo y siempre vas a guardarme.
Tanta dicha tiene un precio: la misma vida en la entrega y un beso.
Es mi abrazo un vuelo de pájaro arreciando en el trino alegre.
¿Cómo has sabido llegarme hasta tan hondo?. Eres mejor tras verte.
Si mis sueños y esperanzas son las tuyas, ¡dame la mano! voy a pedirte.
Uniremos nuestros pasos, nuestras voces, nuestro amor ya para siempre.

Porque tú Eres. Hacia ti voy con la inocencia de la pureza viva.
Me dejaré caer en tus brazos con los ojos cerrados y haré mi nido.
Mientras iré sacando de mi equipaje encajes blancos tejidos de caricias.
Besos nuevos que heridas viejas no lograron ensuciar traigo conmigo.
Tendrás que beberme, como yo te beberé a ti, para saciar la sed de amor.
Beberemos de la misma fuente el agua fresca de manantiales ocultos
que iremos descubriendo arañando la piel de la inmensidad de nuestro futuro.
Sabio asceta que viertes sobre mi frente conocimientos de amor arcanos.

Sé que no sabes cuánto me puedes llegar a querer y, lejos de mí, va a dolerte.
Apostaste y ganaste. Sabes que pongo mi alma a tus pies eternamente.
Acércate a mí, sueño tangible, ven a mi pecho para que pueda besarte.
Desde la distancia, arrebatada por el impulso supremo del amor, ven.
Yo te invito, tú me esperas y me envuelves, enajenas porque no hay distancia.
Si vieses mis ojos en este presente instante, lograrías sin esfuerzo saber
que es verdad, es genuino, inaccesible en su poder, la esencia de mi querer.
Has venido como el viento fresco para dejar despejada de nubes mi alma.

Laureado seas por existir para irradiarme tu magia, por amarme.
Mariposa soy que vuela ignorante a posarse en tus manos bellas,
delicadas y suaves, de dedos largos, esculturales tesoros tallados por Dafne,
dotados de inteligencia y de arte para acariciarme, don de la diosa Atenea.
Veo cuando me bordas con tu pluma sobre papel, lienzo de tus sentimientos.
¡Que bien me conoces pintor! ¡Cómo plasmas mi alma en tus lienzos!. Versos.
Te miro y un escalofrío me estremece porque me asusta lo que presiento:
Voy a ser la mujer más feliz, al ser amada por ti, de todo el universo.

Igual que la oscura noche interna cesa de doler cuando entras como el sol.
Tienes ahora un poder omnímodo para dejar mi tempestad bajo tu calma.
Si cada día fuese como hoy, mi dulce musa, sabrás cuanto duele tanto amor.
Has venido a enredarte en una cruel maraña de felicidad abrasadora.
Y si eres ese viento que al incendio aviva, quiero que me quemes amadora.
Desde la distancia, arrebatada por el impulso supremo del amor, ven.
Y verás las alas blancas levantarse, dos señales al cielo alzadas para ti.
Porque tú eres quien vuela, me arrebata de la tierra a una poesía sin fin.

Desde la distancia, arrebatada por el impulso supremo del amor, voy.
Sabiendo que me amas, sabiendo que me esperas para arrebatar mi ser.
Ángel seré, o fantasma, si me lo pides. Cuando lo sientas no preguntes: Yo soy.
Rozaré tu hombro, besaré tu pelo, respiraré tu aliento y te sentirás bien.
Nube de aire invisible que en calor agridulce te envuelva.
Cada vez que mi ausencia te deje, tendrás mi esencia besando tu sien.
Absorberás el aire que en aura de mí tengas. Sentirás mi eterna presencia.
Mirarás, mas no estaré y olerás en tu mano que no me ausente de tu piel.

Sé que te va a doler mi amor, tanta pasión por tu alma, en lo lejos.
No sufras tesoro, estoy a tu lado ahora, siempre. En todo verás mi reflejo.
Soy tuyo tanto como tu piel y bien que te lo sabes, por eso tu sonrisa es miel.
Desde la distancia, arrebatada por el impulso supremo del amor, ven.
Siento tu presencia en mí y si tú me sientes igual, deja de buscar.
Porque me has encontrado y busques cuanto busques, soy tu igual.
He cerrado la puerta detrás de este paso y ya no existe retorno.
Porque mientras camines a mi lado será todo luminoso, ¿lo apagarás?.

Porque voy a dejarte marcado. Voy a tu encuentro y te marcaré.
Mis manos tiemblan al pensar en tocarte, en rozarte. Cielo, voy a tocarte.
Vibraciones espeluznantes serán para quien no sepa “amar” lo que es.
Como almizcle me colaré por cada uno de tus poros y tu perfume seré.
A fuego templado grabaré mi nombre en tu pensamiento.
Te besaré tanto que dejaré en tus labios marcado, mi perfil.
Condenado estas a ser mío porque te lo impondré a fuerza de amarte.
No vas a saber negarte porque nadie te dio lo que yo te daré.

Sé que nunca accionarás el interruptor de la nada mientras te quiera.
Y por ello te confirmo de forma definitiva que no sabes lo que te espera.
Porque te vas a sentir tan inundada de amor que sufrirás su intensidad.
Con las alas blancas ascenderás al paraíso infinito y odiarás toda beldad.
Aborrecerás el desmayo continuo ante mi amor, la herida de mi verso.
Latirá descompasado tu corazón en la mutua entrega, pronto vas a verlo.
Nada va a detener la cascada. Nadie ha sabido parar el sentimiento.
Desde la distancia, arrebatada por el impulso supremo del amor, ven.

Tu voluntad será mía y después de acariciarla le daré de nuevo libertad.
No sabrás que hacer con ella entonces y me suplicarás que la bese.
No querrás escapar de mis brazos, no desearás apartarte de mí.
Robaré tus sentidos y tus fuerzas y no podrás resistir mi ausencia de ti.
Voy a tocarte cielo, ¿no te da miedo?. Debería dártelo, amor, sí.
Robaré tu alma y la posaré sobre mis alas blancas de mariposa
y la pasearé sobre las flores de mi jardín. Verás mi paraíso, es para ti.
Después no te importará la muerte, tras haberte enseñado a vivir.

Prepara mil embrujos para contener mi amor. Delicioso error el tuyo.
Has sido raptada por las arteras trampas de lo celestial: mi arrullo.
Por las caricias delicadas, la sinceridad embriagadora de quien te ama.
Y sabiendo que siempre, mientras viva, seré tuyo. Deberás asumirlo.
Por incauta ahora eres la mujer que carga con más amor de la tierra.
Tarde para descubrirlo. Cada sonido trae tu voz, todos los rostros eres tú.
Cada latido que sientas es mío y verás mi rostro al ponerse el sol en la sierra.
Ensancha tu alma cada día para dar contenido a mi verso entregado.

Todo eso porque te amo, porque intuyo el ser supremo que hay en ti.
Hierba fresca brillante por el rocío que la cubre un alba de primavera.
Brisa marina prendida en mi pelo navegando a proa de una galera.
El momento en que me tomes en tus brazos sabré que ese día nací.
Esto es una promesa de felicidad jurada que voy a entregarte.
Porque mientras me ames dedicaré mi tiempo ha hacerte feliz.
podrías apagar la luz de mi sonrisa, segada de dicha, si me dejases
¿Pero donde irías, si jamás hallarías mayor riqueza que la emanada de mí?

Aún no ha nacido un ser, amor mío, con tanto amor para ti guardado.
Afortunada tú entre todas las mujeres por tenerme a mí y ser como eres.
Gracias amada, por dejarme quererte. ¡Gracias! porque sé que me quieres.
Arrebatada por el impulso supremo del amor, ven... porque ¡TE AMO!


Máximo Torralbo y Gracia Torres

jueves, 17 de septiembre de 2009

MORIRSE DE AMOR

MORIRSE DE AMOR


Temo que algùn dìa
me muera de amor,
por amarte tanto
deje el corazòn
de latir parejo,
de la vida al son.


Temo que algùn dìa
llena de pasiòn
se me infarte el alma,
se apague el fulgor
que en mis ojos arde
dándole calor
a tu cuerpo tenue:
miradas de amor.


Yo me desespero
y tengo temor
porque eso se llama
morirse de amor.


Porque quiero amarte,
darte mi calor,
por eso es que temo
morirme de amor.


Romances de luto,
lúgubre canciòn,
si estalla mi vida,
¿dònde irà el amor?


Romances de luto
no apaguen mi voz
que quiero llevarle
los campos en flor
y a su oscuro pelo
impregne el olor,
que del horizonte
descienda el color
a su piel tan joven:
ternura y calor.


Temo que algùn dìa,
llena de pasiòn,
el alma me cortela bella canciòn.
____________________________________
IGNACIO ALMADA

EL MIEDO

El miedo

Guy de Maupassant

Volvimos a subir a cubierta después de la cena. Ante nosotros, el Mediterráneo no tenía el más mínimo temblor sobre toda su superficie, a la que una gran luna tranquila daba reflejos. El ancho barco se deslizaba, echando al cielo, que parecía estar sembrado de estrellas, una gran serpiente de humo negro; detrás de nosotros, el agua blanquísima, agitada por el paso rápido del pesado buque, golpeada por la hélice, espumaba, removía tantas claridades que parecía luz de luna burbujeando.
Ahí estábamos, unos seis u ocho, silenciosos, llenos de admiración, la vista vuelta hacia la lejana África, a donde nos dirigíamos. De pronto el comandante, que fumaba un puro en medio de nosotros, retomó la conversación de la cena.
—Sí, aquel día tuve miedo. Mi navío se quedó seis horas con esa roca en el vientre, golpeado por el mar. Afortunadamente, por la tarde nos recogió un barco carbonero inglés que nos había visto.
Entonces un hombre alto con el rostro quemado, de aspecto serio, uno de esos hombres que uno imagina que han cruzado largos países desconocidos, en medio de peligros incesantes, y cuyos ojos tranquilos parecen conservar, en su profundidad, algo de los países extraños que han visto; uno de esos hombres que uno adivina empapado en el valor, habló por primera vez: —Usted dice, comandante, que tuvo miedo; no le creo en absoluto. Usted se equivoca en la palabra y en la sensación que experimentó. Un hombre enérgico nunca tiene miedo ante un peligro apremiante. Está emocionado, agitado, ansioso; pero el miedo es otra cosa.
El comandante prosiguió, riéndose: —¡Caray ! Le vuelvo a decir que yo tuve miedo.
Entonces el hombre de tez morena dijo con una voz lenta : —¡Permítame explicarme ! El miedo (y hasta los hombres más intrépidos pueden tener miedo) es algo espantoso, una sensación atroz, como una descomposición del alma, un espasmo horroroso del pensamiento y del corazón, cuyo mero recuerdo provoca estremecimientos de angustia. Pero cuando se es valiente, esto no ocurre ni ante un ataque, ni ante la muerte inevitable, ni ante todas las formas conocidas de peligro: ocurre en ciertas circunstancias anormales, bajo ciertas influencias misteriosas frente a riesgos vagos. El verdadero miedo es como una reminiscencia de los terrores fantásticos de antaño. Un hombre que cree en los fantasmas y se imagina ver un espectro en la noche debe de experimentar el miedo en todo su espantoso horror.
«Yo adiviné lo que es el miedo en pleno día, hace unos diez años. Lo experimenté, el pasado invierno, una noche de diciembre.
«Y, sin embargo, he pasado por muchas vicisitudes, muchas aventuras que parecían mortales. He luchado a menudo. Unos ladrones me dieron por muerto. Fui condenado, como sublevado, a la horca en América y arrojado al mar desde la cubierta de un buque frente a la costa de China. Todas las veces creí estar perdido e inmediatamente me resignaba, sin enternecimiento e incluso sin arrepentimientos.
«Pero el miedo no es eso.
«Lo presentí en África. Y, sin embargo, es hijo del Norte; el sol lo disipa como una niebla. Fíjense en esto, señores. Entre los orientales, la visa no vale nada; se resignan en seguida; las noches están claras y vacías de las sombrías preocupaciones que atormentan los cerebros en los países fríos. En Oriente, donde se puede conocer el pánico, se ignora el miedo.
«Pues bien, esto es lo que me ocurrió en esa tierra de África:
«Atravesaba las grandes dunas al sur de Uargla. Es éste uno de los países más extraños del mundo. Conocerán la arena unida, la arena recta de las interminables playas del Océano. ¡Pues bien! Figúrense al mismísimo Océano convertido en arena en medio de un huracán; imaginen una silenciosa tormenta de inmóviles olas de polvo amarillo. Olas altas como montañas, olas desiguales, diferentes, totalmente levantadas como aluviones desenfrenados, pero mis grandes aún, y estriadas como el moaré. Sobre ese mar furioso, mudo y sin movimiento, el sol devorador del sur derrama su llama implacable y directa. Hay que escalar aquellas láminas de ceniza de oro, volver a bajar, escalar de nuevo, escalar sin cesar, sin descanso y sin sombra. Los caballos jadean, se hunden hasta las rodillas y resbalan al bajar la otra vertiente de las sorprendentes colinas.
«Íbamos dos amigos seguidos por ocho espahíes y cuatro camellos con sus camelleros. Ya no hablábamos, rendidos por el calor, el cansancio, y resecos de sed como aquel desierto ardiente. De pronto uno de aquellos hombres dio como un grito; todos se detuvieron; permanecimos inmóviles, sorprendidos por un inexplicable fenómeno conocido por los viajeros en aquellas regiones perdidas.
«En algún lugar, cerca de nosotros, en una dirección indeterminada, redoblaba un tambor, el misterioso tambor de las dunas; sonaba con claridad, unas veces más vibrante, otras debilitado, deteniéndose, e iniciando de nuevo su redoble fantástico.
«Los árabes, espantados, se miraban; uno dijo, en su idioma: "La muerte está sobre nosotros." Y entonces, de pronto, mi compañero, mi amigo, casi mi hermano, se cayó de cabeza del caballo, fulminado por una insolación.
«Y durante dos horas, mientras intentaba en vano salvarle, aquel tambor inalcanzable me llenaba el oído con su ruido monótono, intermitente e incomprensible; y sentía deslizarse por mis huesos el miedo, el verdadero miedo, el odioso miedo, frente al cadáver amado, en ese agujero incendiado por el sol entre cuatro montes de arena, mientras el eco desconocido nos arrojaba, a doscientas leguas de cualquier pueblo francés, el redoble rápido del tambor.
«Aquel día entendí lo que era tener miedo; y lo supe aún mejor en otra ocasión...
El comandante interrumpió al narrador: —Perdone, señor, pero ¿aquel tambor? ¿Qué era?
El viajero contestó: —No lo sé. Nadie lo sabe. Los oficiales, a menudo sorprendidos por ese ruido singular, lo suelen atribuir al eco aumentado, multiplicado, desmesuradamente inflado por las ondulaciones de las dunas, de una lluvia de granos de arena arrastrados por el viento al chocar con una mata de hierbas secas; ya que siempre se ha comprobado que el fenómeno se produce cerca de pequeñas plantas quemadas por el sol, y duras como el pergamino.
«Aquel tambor no sería más que una especie de espejismo del sonido. Eso es todo. Pero no lo supe hasta más tarde.
«Sigo con mi segunda emoción.
«Ocurrió el invierno pasado, en un bosque del noreste de Francia. El cielo estaba tan oscuro que la noche llegó dos horas antes. Tenía como guía a un campesino que andaba a mi lado, por un pequeñísimo camino, bajo una bóveda de abetos a los que el viento desenfrenado arrancaba aullidos. Entre las copas veía correr nubes desconcertadas, nubes enloquecidas que parecían huir ante un espanto. A veces, bajo una inmensa ráfaga, todo el bosque se inclinaba en el mismo sentido con un gemido de sufrimiento; y me invadía el frío, a pesar de mi paso ligero y mi ropa pesada.
«Teníamos que cenar y dormir en la casa de un guardabosque, cuya morada ya no quedaba muy lejos. Iba allí para cazar.
«A veces mi guía levantaba los ojos y murmuraba: "¡Qué tiempo tan triste!" Luego me habló de la gente a cuya casa llegábamos. El padre había matado a un cazador furtivo dos años antes y, desde entonces, parecía sombrío, como atormentado por un recuerdo. Sus dos hijos, ya casados, vivían con él.
«La noche era profunda. No veía nada delante de mí, ni a mi alrededor, y las ramas de los árboles chocaban entre sí llenando la noche de un incesante rumor. Finalmente vi una luz y en seguida mi compañero llamó a una puerta. Nos contestaron los gritos agudos de unas mujeres. Después una voz de hombre, una voz sofocada, preguntó: "¿Quién es?" Mi guía dio su nombre. Entramos. Fue un cuadro inolvidable.
«Un hombre viejo de pelo blanco y mirada loca, con la escopeta cargada en la mano, nos esperaba de pie en mitad de la cocina mientras dos mozarrones, armados con hachas, vigilaban la puerta. Distinguí en los rincones oscuros a dos mujeres arrodilladas, con el rostro escondido contra la pared.
«Nos presentamos. El viejo volvió a poner su arma contra la pared y mandó que se preparara mi habitación; luego, como las mujeres no se movían, me dijo bruscamente: —Verá usted, señor; esta noche, hace dos años, maté a un hombre. El año pasado volvió para buscarme. Le espero otra vez esta noche. —Y añadió con un tono que me hizo sonreír: —Por eso no estamos tranquilos.
«Le tranquilicé como pude, feliz por haber venido precisamente aquella noche, y asistir al espectáculo de ese terror supersticioso. Conté varias historias y conseguí tranquilizarles a casi todos.
«Cerca del fuego, un viejo perro, bigotudo y casi ciego, uno de esos perros que se parecen a gente que conocemos, dormía el morro entre las patas.
«Fuera, la tormenta encarnizada azotaba la pequeña casa y, a través de un estrecho cristal, una especie de mirilla situada cerca de la puerta, veía de pronto todo un desbarajuste de árboles empujados violentamente por el viento a la luz de grandes relámpagos.
«Notaba perfectamente que, a pesar de mis esfuerzos, un terror profundo se había apoderado de aquella gente, y cada vez que dejaba de hablar, todos los oídos escuchaban a lo lejos. Cansado de presenciar aquellos temores estúpidos, iba a pedir acostarme, cuando el viejo guarda de pronto saltó de su silla, cogió de nuevo su escopeta, mientras tartamudeaba con una voz enloquecida: —¡Ahí está! ¡Ahí está! ¡Le oigo!
«Las dos mujeres volvieron a caerse de rodillas en los rincones, escondiendo el rostro; y los hijos volvieron a coger sus hachas. Iba a intentar tranquilizarles otra vez, cuando el perro dormido se despertó de pronto y, levantando la cabeza, tendiendo el cuello, mirando hacia el fuego con sus ojos casi apagados, dio uno de esos lúgubres aullidos que hacen estremecerse a los viajeros, de noche, en el campo. Todos los ojos se volvieron hacia él; ahora permanecía inmóvil, tieso sobre las patas, como atormentado por una visión; se echó de nuevo a aullar hacia algo invisible, desconocido, sin duda horroroso, ya que todo el pelo se le ponía de Punta. El guarda, lívido, gritó: —¡Lo huele! ¡Lo huele! Estaba ahí cuando lo maté.— Y las dos mujeres enloquecidas se echaron a gritar con el perro.
«A mi pesar, un gran escalofrío me corrió entre los hombros. El ver al animal en aquel lugar, a aquella hora, en medio de aquella gente enloquecida, resultaba espantoso.
«Entonces, durante una hora, el perro aulló sin moverse; aulló como preso de angustia en un sueño; y el miedo, el espantoso miedo entró en mí; ¿el miedo a qué? ¿Lo sabré yo? Era el miedo, y punto.
«Permanecíamos inmóviles, lívidos, en espera de un acontecimiento horroroso, aguzando el oído, el corazón latiendo, descompuestos al menor ruido. Y el perro se puso a dar vueltas alrededor del cuarto, oliendo las paredes y siempre gimiendo. ¡Aquel animal nos volvía locos! Entonces el campesino que me había guiado, se abalanzó sobre él, en una especie de paroxismo de terror furioso, y abriendo una puerta que daba a un pequeño patio, echó al animal afuera.
«Éste se calló en seguida, y nos quedamos sumidos en un silencio aún más terrorífico. Y de pronto todos a la par tuvimos una especie de sobresalto: un ser se deslizaba contra la pared, en el exterior, hacia el bosque; luego pasó junto a la puerta, que pareció palpar, con una mano vacilante; no volvimos a oír nada más durante dos minutos que nos convirtieron en insensatos; luego volvió, siempre rozando la pared; y raspó ligeramente, como lo haría un niño con la uña; y de pronto una cabeza apareció contra el cristal de la mirilla, una cabeza blanca con ojos luminosos como los de una fiera. Y un sonido salió de su boca, un sonido indistinto, un murmullo quejumbroso.
«Entonces un estruendo formidable estalló en la cocina. El viejo guarda había disparado. Inmediatamente sus hijos se precipitaron, taparon la mirilla levantando la gran mesa que sujetaron con el aparador.
«Y les juro que al oír el estrépito del disparo que no me esperaba tuve tal angustia en el corazón, el alma y el cuerpo, que me sentí desfallecer y a punto de morir de miedo.
«Nos quedamos ahí hasta la aurora, incapaces de movernos, de decir una palabra, crispados en un enloquecimiento inefable.
«No nos atrevimos a desatrancar la salida hasta no ver, por la hendidura de un sobradillo, un fino rayo de día.
«Al pie del muro, junto a la puerta, yacía el viejo perro, con el hocico destrozado por una bala.
«Había salido del patio escarbando un agujero bajo una empalizada.
El hombre de rostro moreno se calló; luego añadió: —Aquella noche no corrí ningún peligro, pero preferiría volver a empezar todas las horas en las que me enfrenté con los peligros más terribles, antes que el minuto único del disparo sobre la cabeza barbuda de la mirilla.

F I N

(23 de octubre de 1882)

martes, 15 de septiembre de 2009

LA PÓCIMA VUDÚ DE AMOR COMPRADA CON SANGRE

La Pócima Vudú De Amor Comprada Con Sangre

Brad Steiger y Sherry Hansen Steiger

Las narraciones de los consortes demoníacos también traen a la mente aquellos ejemplos en que los satanistas descarriados han buscado crear pócimas de amor que les dieran un poder ilimitado sobre el sexo opuesto. Un acontecimiento que tuvo lugar en New Jersey hace unos años es un clásico ejemplo de cómo la combinación de sexo, vudú y oscuros deseos puede provocar un motivo espeluznante para el asesinato y el sacrificio humano.
Juan Rivera Aponte había nacido en Puerto Rico y había sido educado en una mezcla de cristianismo, magia negra y vudú. Siempre desde su infancia había oído a los hechiceros hablar de una legendaria fórmula que podía darle a un hombre control sexual completo sobre las mujeres.
Cuando vino a los Estados Unidos, consiguió un trabajo en una granja de pollos en las afueras de Vineland, New Jersey. Se encargó de traer consigo algunos de los antiguos libros de magia negra de su familia en su vieja maleta, y una vez que finalizaba sus tareas en la granja se pasaba las noches indagando en los viejos volúmenes en busca de la pócima mágica de amor. Aunque esas noches eran más bien solitarias y deprimentes, en su corazón sabía que pasaría las noches futuras haciendo el amor con mujeres hermosas.
Su mente enfebrecida se había centrado en una muchacha en particular. Una hermosa estudiante de instituto de ojos oscuros, cabello negro y un cuerpo que empezaba a florecer había llegado a obsesionarle. Juan sabía que ella era demasiado joven para casarse, pero la magia la obligaría a entregarse a él.

Control Completo Sobre Las Mujeres, Que Las Convierte En “Esclavas De Amor

Finalmente, en un viejo libro de vudú, encontró la fórmula para una legendaria pócima “esclava de amor”. Había vuelto las amarillentas y frágiles páginas del antiguo tomo hasta que sus ojos se clavaron en el texto español bajo el título que prometía Pócimas de Amor.
Le temblaba todo el cuerpo de ansiedad mientras leía las instrucciones y los ingredientes. Las alas de murciélago desecadas serían fáciles de conseguir. Las entrañas de lagarto presentaban pocos problemas.
Confiado, siguió leyendo. Mezclaría y prepararía la pócima de inmediato. Todas las mujeres que deseaba serían sus esclavas de amor.

Polvo Triturado Del Cráneo De Un Niño Inocente

Entonces leyó el último ingrediente, y la respiración se le entrecortó ásperamente en la garganta.
“Rocía la pócima con harina de huesos reseca y triturada de un cráneo humano. El polvo ha de prepararse del cráneo de un niño inocente.”
Juan soltó el libro y se levantó de la silla de un salto. Aunque quedó momentáneamente asqueado de horror ante esa cosa sórdida que debía hacer, sabía que ningún precio sería demasiado alto por su derecho a tener a cualquier mujer que quisiera.
La noche del 13 de octubre, Roger Carletto, un estudiante de instituto de trece años, planeaba ir al cine en Vineland con su hermana.
—Un tío me debe un dólar —le dijo a su hermana—. Espérame mientras voy a pedírselo.
Montó en su bicicleta y pedaleó a toda velocidad por North Mill Road en dirección a las afueras de la ciudad.
Cuando Roger no regresó en un tiempo razonable, su hermana se lo contó a sus padres, y después de un intervalo más largo, la familia se lo notificó a la policía. A Roger Carletto nunca más se lo volvió a ver vivo.
Pasó el invierno, y cuando llegó el deshielo de la primavera, se repitió el dragado de los ríos y estanques de los alrededores de Vineland en busca del cuerpo del chico desaparecido.
En el verano todo el mundo se preguntaba qué le había sucedido a Roger Carletto. La policía aún carecía de pistas sobre su desaparición. Era como si el chico, sencillamente, hubiera entrado en otra dimensión.

El Cuerpo Desmembrado En El Gallinero

Entonces, en la noche del 1 de julio, las autoridades recibieron por fin su primera pista en el caso. Los patrulleros Joseph Cassissi y Albert Genetti respondieron a una llamada nocturna realizada por un granjero de North Mill Road que dijo que su mozo de campo se había vuelto completamente loco.
Según el joven granjero, su esposa se había despertado durante la noche y había descubierto a su mozo, Juan Rivera Aponte, paralizado en su cuarto de baño, de pie, como si fuera una estatua de piedra. Tenía un palo en la mano, que comenzó a blandir ante la pareja, hasta que el granjero se lo arrebató.
Los dos agentes de policía fueron conducidos hasta el cuarto de Aponte, situado encima del gallinero. Era un hombre delgado, de cabello y ojos oscuros, casi hipnóticos. Dormía en un camastro rodeado de varias botellas de cerveza vacías. Las paredes del cuarto estaban cubiertas de fotografías de chicas desnudas y estrellas de cine.
Durante el interrogatorio inicial de Aponte, afirmó que su jefe, el joven granjero, había matado al niño Carletto y lo había enterrado en el gallinero.
Siguiendo las instrucciones del mozo de campo, la policía se puso a excavar en el suelo de tierra del gallinero y quedó sorprendida al encontrar el cadáver del muchacho. El cuerpo estaba vestido sólo con unos pantalones cortos, y le faltaba la parte superior del cráneo, la mano izquierda y un pie. Siguiendo con la excavación, los agentes desenterraron el pie y la mano, pero no pudieron encontrar rastro alguno de la parte que faltaba del cráneo.
Al horrorizado granjero, que estaba demasiado atontado para protestar por su inocencia, se le pidió que acompañara a los agentes a la comisaría.
El detective Tom Jost no podía creer que el granjero fuera culpable, aduciendo que tenía fama de ser un hombre muy trabajador y de buen carácter. Aponte había afirmado que su jefe había matado a Roger Carletto debido a su ascendencia italiana, y que el granjero odiaba a todos los italianos porque en la Segunda Guerra Mundial habían sido fascistas. Jost no podía tragarse un prejuicio que se remontaba a la Segunda Guerra Mundial como un motivo convincente para matar y mutilar a un adolescente.

Libros Extraños Y Antiguos De Magia Negra, Vudú Y Hechizos De Amor

El capitán John Bursuglia tampoco se creyó la historia. Ordenó un registro del cuarto de Aponte y contrató a un traductor para que le contara qué había en todos esos libros viejos escritos en español.
Entonces, a la mujer joven que había actuado como intérprete durante los interrogatorios de Aponte se le asignó la lectura de los libros del mozo de campo. No le hizo falta más que un vistazo para informarle al capitán Bursuglia que los volúmenes trataban de vudú, rituales de magia negra e instrucciones sobre cómo hechizar a la gente.
Varios días después consiguió la total atención del oficial de policía, cuando leyó en voz alta los ingredientes para una pócima de amor especial, una que requería el cráneo de un niño inocente.
Después de cinco horas de ser interrogado por los detectives y de dar respuestas evasivas e insatisfactorias, el puertorriqueño finalmente se derrumbó y confesó el asesinato de Roger Carletto.
Aponte explicó cómo había necesitado esa pócima de amor con el fin de conseguir a la chica de sus sueños. Se había estado preguntando dónde podría dar con un joven inocente cuando Roger Carletto llamó a su puerta. Éste le había prestado un dólar a Aponte y quería que se lo devolviera.

“Habría Matado A Cualquiera Para Conseguir Ese Cráneo”

—Necesitaba el hueso triturado del cráneo —dijo Aponte con indiferencia—. Habría matado a cualquiera para conseguir ese cráneo. Dio la casualidad de que Roger fue el primer niño que apareció.
Los horrorizados oficiales escucharon en silencio mientras Aponte describía cómo había golpeado al muchacho, cómo le había estrangulado con una cuerda y cómo había enterrado luego el cuerpo en el suelo de tierra del gallinero.
—No dejé de regar la tumba para evitar que el cuerpo se hundiera —explicó—. No quería que mi jefe viera la depresión en la tierra y sospechara algo.
”Pasados unos meses, desenterré el cuerpo y le saqué la parte superior del cráneo con un cuchillo de cocina. Luego volví a meterlo en la tumba, le pasé unos alambres al cráneo y lo colgué dentro del hornillo de mi cuarto. Quería que se secara rápidamente para poder terminar la pócima.
¿Por qué había irrumpido aquella noche en el hogar de su jefe?
Aponte sólo pudo sugerir que había bebido mucha cerveza y que quizá quería que lo atraparan. Tal vez su conciencia le había vencido.
—Creo que lo hice con el fin de que viniera la policía y me arrestara.
Las pruebas psiquiátricas indicaron que Juan Aponte conocía la diferencia entre el bien y el mal. Durante su juicio, el asesino del vudú presentó un alegato de no defensa y fue sentenciado a cadena perpetua.
—Jamás llegué a completar mi pócima de amor de esclava —se quejó Aponte a un compañero de celda antes de ser trasladado a una prisión estatal—. Sé que habría funcionado. Podría haber obtenido el poder para tener a cualquier mujer que quisiera.


THE VOODOO LOVE POTION THAT WAS BOUGHT WITH BLOOD
Extraído de Demon Deaths

viernes, 11 de septiembre de 2009

EL GRAN INQUISIDOR


EL GRAN INQUISIDOR
FIODOR DOSTOIEVSKI

Han pasado ya quince siglos desde que Cristo dijo: "No tardaré en volver. El día y la hora, nadie, ni el propio Hijo, las sabe". Tales fueron sus palabras al desparecer, y la Humanidad le espera siempre con la misma fe, o acaso con fe más ardiente aún que hace quince siglos. Pero el Diablo no duerme; la duda comienza a corromper a la Humanidad, a deslizarse en la tradición de los milagros. En el Norte de Germania ha nacido una herejía terrible, que, precisamente, niega los milagros. Los fieles, sin embargo, creen con más fe en ellos. Se espera a Cristo, se quiere sufrir y morir como Él... Y he aquí que la Humanidad ha rogado tanto por espacio de tantos siglos, ha gritado tanto "¡Señor, dignáos, aparecérosnos!", que Él ha querido, en su misericordia inagotable, bajar a la tierra.

Y he aquí que ha querido mostrarse, al menos un instante, a la multitud desgraciada, al pueblo sumido en el pecado, pero que le ama con amor de niño. El lugar de la acción es Sevilla; la época, la de la Inquisición, la de los cotidianos soberbios autos de fe, de terribles heresiarcas, ad majorem Dei gloriam.

No se trata de la venida prometida para la consumación de los siglos, de la aparición súbita de Cristo en todo el brillo de su gloria y su divinidad, "como un relámpago que brilla del Ocaso al Oriente". No, hoy sólo ha querido hacerles a sus hijos una visita, y ha escogido el lugar y la hora en que llamean las hogueras. Ha vuelto a tomar la forma humana que revistió, hace quince siglos, por espacio de treinta años.

Aparece entre las cenizas de las hogueras, donde la víspera, el cardenal gran inquisidor, en presencia del rey, los magnates, los caballeros, los altos dignatarios de la Iglesia, las más encantadoras damas de la corte, el pueblo en masa, quemó a cien herejes. Cristo avanza hacia la multitud, callado, modesto, sin tratar de llamar la atención, pero todos le reconocen.

El pueblo, impelido por un irresistible impulso, se agolpa a su paso y le sigue. Él, lento, una sonrisa de piedad en los labios, continúa avanzando. El amor abrasa su alma; de sus ojos fluyen la Luz, la Ciencia, la Fuerza, en rayos ardientes, que inflaman de amor a los hombres. Él les tiende los brazos, les bendice. De Él, de sus ropas, emana una virtud curativa. Un viejo, ciego de nacimiento, sale a su encuentro y grita: "¡Señor, cúrame para
que pueda verte!" Una escama se desprende de sus ojos, y ve. El pueblo derrama lágrimas de alegría y besa la tierra que Él pisa. Los niños tiran flores a sus pies y cantan Hosanna, y el pueblo exclama: "¡Es Él! ¡Tiene que ser Él! ¡No puede ser otro que Él!"

Cristo se detiene en el atrio de la catedral. Se oyen lamentos; unos jóvenes llevan en hombros a un pequeño ataúd blanco, abierto, en el que reposa, sobre flores, el cuerpo de una niña de diecisiete años, hija de un personaje de la ciudad.

–¡Él resucitará a tu hija! –le grita el pueblo a la desconsolada madre.
El sacerdote que ha salido a recibir el ataúd mira, con asombro, al desconocido y frunce el ceño.
Pero la madre profiere:
–¡Si eres Tú, resucita a mi hija!

Y se posterna ante Él. Se detiene el cortejo, los jóvenes dejan el ataúd sobre las losas. Él lo contempla, compasivo, y de nuevo pronuncia el Talipha kumi (Levántate, muchacha).
La muerta se incorpora, abre los ojos, se sonríe, mira sorprendida en torno suyo, sin soltar el ramo de rosas blancas que su madre había colocado entre sus manos. El pueblo, lleno de estupor, clama, llora.

En el mismo momento en que se detiene el cortejo, aparece en la plaza el cardenal gran inquisidor. Es un viejo de noventa años, alto, erguido, de una ascética delgadez. En sus ojos hundidos fulgura una llama que los años no han apagado. Ahora no luce los aparatosos ropajes de la víspera; el magnífico traje con que asistió a la cremación de los enemigos de la Iglesia ha sido reemplazado por un tosco hábito de fraile.

Sus siniestros colaboradores y los esbirros del Santo Oficio le siguen a respetuosa distancia. El cortejo fúnebre detenido, la muchedumbre agolpada ante la catedral le inquietan, y espía desde lejos. Lo ve todo: el ataúd a los pies del desconocido, la resurrección de la muerta... Sus espesas cejas blancas se fruncen, se aviva, fatídico, el brillo de sus ojos.

–¡Prendedle!– les ordena a sus esbirros, señalando a Cristo.

Y es tal su poder, tal la medrosa sumisión del pueblo ante él, que la multitud se aparta, al punto, silenciosa, y los esbirros prenden a Cristo y se lo llevan. Como un solo hombre, el pueblo se inclina al paso del anciano y recibe su bendición. Los esbirros conducen al preso a la cárcel del Santo Oficio y le encierran en una angosta y oscura celda. Muere el día, y una noche de luna una noche española, cálida y olorosa a limoneros y laureles, le sucede. De pronto, en las tinieblas se abr la férrea puerta del calabozo y penetra el gran inquisidor
en persona solo, alumbrándose con una linterna. La puerta se cierra tras él. E anciano se detiene a pocos pasos de umbral y, sin hablar palabra, con templa, durante cerca de dos minutos, al preso. Luego, avanza lenta mente, deja la linterna sobre la mesa y pregunta:
–¿Eres Tú, en efecto?

Pero, sin esperar la respuesta prosigue

–No hables, calla. ¿Qué podías decirme? Demasiado lo sé. No tienes derecho a añadir ni una sola palabra a lo que ya dijiste. ¿Porqué has venido a molestarnos?… Bien sabes que tu venida es inoportuna. Mas yo te aseguro que mañana mismo... No quiero saber si eres Él o sólo su apariencia; sea quien seas, mañana te condenaré; perecerás en la hoguera como el peor de los herejes. Verás cómo ese mismo pueblo que esta tarde te besaba los pies, se apresura, a una señal mía, a echar leña al fuego. Quizá nada de esto te sorprenda... Y el anciano, mudo y pensativo sigue mirando al preso, acechando la expresión de su rostro, serena y suave. –El Espíritu terrible e inteligente – añade, tras una larga pausa –, el Espíritu de la negación y de la nada, te habló en el desierto, y la Escrituras atestiguan que te "tentó". No puede concebirse nada más profundo que lo que se te dijo e aquellas tres preguntas o, para emplear el lenguaje de la Escritura, en aquellas tres "tentaciones". ¡Si ha habido algún milagro auténtico, evidente, ha sido el de las tres tentaciones! ¡El hecho de que tales preguntas hayan podido brotar de unos labios, es ya, por sí solo, un milagro! Supongamos que hubieran sido borradas del libro, que hubiera que inventarlas, que forjárselas de nuevo. Supongamos que, con ese objeto, se reuniesen todos los sabios de la tierra, los hombres de Estado, los príncipes de la Iglesia, los filósofos, los poetas, y que se les dijese: "Inventad tres preguntas que no sólo correspondan a la grandeza del momento, sino que contengan, en su triple interrogación, toda la historia de la Humanidad futura", ¿crees que esa asamblea de todas las grandes inteligencias terrestres podría forjarse algo tan alto, tan formidable como las tres preguntas del inteligente y poderoso Espíritu? Esas tres preguntas, por sí solas, demuestran que quien te habló aquel día no era un espíritu humano, contingente, sino el Espíritu Eterno, Absoluto. Toda la historia ulterior de la Humanidad está predicha y condensada en ellas; son las tres formas en que se concretan todas las contradicciones de la historia de nuestra especie. Esto, entonces, aún no era evidente, el porvenir era aún desconocido; pero han pasado quince siglos y vemos que todo estaba previsto en la Triple Interrogación, que es nuestra historia.¿Quién tenía razón, di? ¿Tú o quien te interrogó?...

Si no el texto, el sentido de la primera pregunta es el siguiente: "Quieres presentarte al mundo con las manos vacías, anunciándoles a los hombres una libertad que su tontería y su maldad naturales no lo permiten comprender, una liberad espantosa, ¡pues para el hombre y para la sociedad no ha habido nunca nada tan espantoso como la libertad!, cuando, si convirtieses en panes todas esas piedras peladas esparcidas ante tu vista, verías a la Humanidad correr, en pos de ti, como un rebaño, agradecida, sumisa, temerosa tan sólo de que tu mano depusiera su ademán taumatúrgico y los panes se tornasen piedras." Pero tú no quisiste privar al hombre de su libertad y repeliste la tentación; te horrorizaba
la idea de comprar con panes la obediencia de la Humanidad, y contestaste que "no so1o de pan vive el hombre", sin saber que el espíritu de la tierra, reclamando el pan de la tierra, había de alzarse contra ti, combatirte y vencerte, y que todos le seguirían, gritando: "¡Nos ha dado el fuego del cielo!" Pasarán siglos y la Humanidad proclamará, por boca de sus sabios, que no hay crímenes y, por consiguiente, no hay pecado; que so1o hay hambrientos. "Dales pan si quieres que sean virtuosos." Esa será la divisa de los que se alzarán contra ti, el lema que inscribirán en su bandera; y tu templo será derribado y, en su lugar, se erigirá una nueva Torre de Babel, no más firme que la primera, el esfuerzo de cuya erección y mil años de sufrimientos podías haberles ahorrado a los hombres. Pues volverán a nosotros, al cabo de mil años de trabajo y dolor, y nos buscarán en los subterráneos, en las catacumbas donde estaremos escondidos – huyendo aún de la persecución, del martirio –, para gritarnos: "¡Pan! ¡Los que nos habían prometido el fuego del cielo no nos lo han dado!" Y nosotros acabaremos su Babel, dándoles pan, lo único de que tendrán necesidad. Y se lo daremos en tu nombre. Sabemos mentir. Sin nosotros, se morirían de hambre. Su ciencia no les mantendría. Mientras gocen de libertad les faltará el pan; pero acabarán por poner su libertad a nuestros pies, clamando: "¡Cadenas y pan!"
Comprenderán que la libertad no es compatible con una justa repartición del pan terrestre entre todos los hombres, dado que nunca – ¡nunca! – sabrán repartírselo. Se convencerán también de que son indignos de la libertad; débiles, viciosos, necios, indómitos. Tú les prometiste el pan del cielo. ¿Crees que puede ofrecerse ese pan, en vez del de la tierra, siendo la raza humana lo vil, lo incorregiblemente vil que es? Con tu pan del cielo podrás atraer y seducir a miles de almas, a docenas de miles, pero ¿y los millones y las decenas de millones no bastante fuertes para preferir el pan del cielo al pan de la tierra? ¿Acaso eres tan sólo el Dios de los grandes? Los demás, esos granos de arena del mar; los demás, que son débiles, pero que te aman, ¿no son a tus ojos sino viles instrumentos en manos de los grandes?... Nosotros amamos a esos pobres seres, que acabarán, a pesar de su condición viciosa y rebelde, por dejarse dominar. Nos admirarán, seremos sus dioses, una vez sobre nuestros hombros la carga de su libertad, una vez que hayamos aceptado el cetro que – ¡tanto será el miedo que la libertad acabará por inspirarles! – nos ofrecerán. Y reinaremos en tu nombre, sin dejarte acercar a nosotros. Esta impostura, esta necesaria mentira, constituirá nuestra cruz.

Como ves, la primera de la tres preguntas encerraba el secreto del mundo. ¡Y tú la desdeñaste! Ponías la libertad por encima de todo, cuando, si hubieras consentido en tornar panes las piedras del desierto, hubieras satisfecho el eterno y unánime deseo de la Humanidad; le hubieras dado un amo. El más vivo afán del hombre libre es encontrar un ser ante quien inclinarse. Pero quiere inclinarse ante una fuerza incontestable, que pueda reunir a todos los hombres en una comunión de respeto; quiere que el objeto de su culto lo sea de un culto universal; quiere una religión común. Y esa necesidad de la comunidad en la adoración es, desde el principio de los siglos, el mayor tormento individual y colectivo del género humano. Por realizar esa quimera, los hombres se exterminan. Cada pueblo se ha creado un dios y le ha dicho a su vecino: "¡Adora a mi dios o te mato!" Y así ocurrirá hasta el fin del mundo; los dioses podrán desaparecer de la tierra, mas la Humanidad hará de nuevo por los ídolos lo que ha hecho por los dioses. Tú no ignorabas ese secreto fundamental de la naturaleza humana y, no obstante, rechazaste la única bandera que te hubiera asegurado la sumisión de todos los hombres: la bandera del pan
terrestre; la rechazaste en nombre del pan celestial y de la libertad, y en nombre de la libertad seguiste obrando hasta tu muerte. No hay, te repito, un afán más vivo en el hombre que encontrar en quien delegar la libertad de que nace dotada tan miserable criatura. Sin embargo, para obtener la ofrenda de la libertad de los hombres, hay que darles la paz de la conciencia. El hombre se hubiera inclinado ante ti si le hubieras dado pan, porque el pan es una cosa incontestable; pero si, al mismo tiempo, otro se hubiera adueñado de la conciencia humana, el hombre hubiera dejado tu pan para seguirle. En eso, tenías razón; el secreto de la existencia humana consiste en la razón, en el motivo de la vida. Si el hombre no acierta a explicarse por qué debe vivir preferirá morir a continuar esta existencia sin objeto conocido, aunque disponga de una inmensa provisión de pan. Pero ¿de qué te sirvió el conocer esa verdad? En vez de coartar la libertad humana, le quitaste diques, olvidando, sin duda, que a la libertad de elegir entre el bien y el mal el hombre prefiere la paz, aunque sea la de la muerte. Nada tan caro para el hombre como el libre albedrío, y nada, también, que le haga sufrir tanto. Y, en vez de formar tu doctrina de principios sólidos que pudieran pacificar definitivamente la conciencia humana, la formaste de cuanto hay de extraordinario, vago, conjetural, de cuanto traspasa los límites de las fuerzas del hombre, a quien, ¡tú que diste la vida por él!, diríase que no amabas. Al quitarle diques a su libertad, introdujiste en el alma humana nuevos elementos de dolor. Querías ser amado con un libre amor, libremente seguido. Abolida la dura ley antigua, el hombre debía, sin trabas, sin más guía que tu ejemplo, elegir entre el bien y el mal. ¿,No se te alcanzaba que acabarías por desacatar incluso tu ejemplo y tu verdad, abrumado bajo la terrible carga de la libre elección, y que gritaría: "Si Él hubiera poseído la verdad, no hubiera dejado a sus hijos sumidos en una perplejidad tan horrible, envueltos en tales tinieblas?" Tú mismo preparaste tu ruina: no culpes a nadie. Si hubieras escuchado lo que se te proponía... Hay sobre la tierra tres únicas fuerzas capaces de someter para siempre la conciencia de esos seres débiles e indómitos – haciéndoles felices – : el milagro, el misterio y la autoridad. Y tú no quisiste valerte de ninguna. El Espíritu terrible te llevó a la almena del templo y te dijo: "¿Quieres saber si eres el Hijo de Dios? Déjate caer abajo, porque escrito está que los ángeles tomarte han en las manos." Tú rechazaste la proposición, no te dejaste caer. Demostraste con ello el sublime orgullo de un dios; ¡pero los hombres, esos seres débiles, impotentes, no son dioses! Sabías que, sólo con intentar precipitarte, hubieras perdido la fe en tu Padre, y el gran Tentador hubiera visto, regocijadísimo, estrellarse tu cuerpo en la tierra que habías venido a salvar. Mas, dime, ¿hay muchos seres semejantes a ti? ¿Pudiste pensar un solo instante que los hombres serían capaces de comprender tu resistencia a aquella tentación? La naturaleza humana no es bastante fuerte para prescindir del milagro y contentarse con la libre elección del corazón, en esos instantes terribles en que las preguntas vitales exigen una respuesta. Sabías que tu heroico silencio sería perpetuado en los libros y resonaría en lo más remoto de los tiempos, en los más apartados rincones del mundo. Y esperabas que el hombre te imitaría y prescindiría de los milagros, como un dios, siendo así que, en su necesidad de milagros, los inventa y se inclina ante los prodigios de los magos y los encantamientos de los hechiceros, aunque sea hereje o ateo.

Cuando te dijeron, por mofa: "¡Baja de la cruz y creeremos en ti!", no bajaste. Entonces, tampoco quisiste someter al hombre con el milagro, porque lo que deseaba de él era una creencia libre, no violentada por el prestigio de lo maravilloso; un amor espontáneo, no
los transportes serviles de un esclavo aterrorizado. En esta ocasión, como en todas, obraste inspirándote en una idea del hombre demasiado elevada: ¡es esclavo, aunque haya sido creado rebelde! Han pasado quince siglos: ve y juzga. ¿A quién has elevado hasta ti? El hombre, créeme, es más débil y más vil de lo que tú pensabas. ¿Puede, acaso, hacer lo que tú hiciste? Le estimas demasiado y sientes por él demasiado poca piedad; le has exigido demasiado, tú que le amas más que a ti mismo. Debías estimarle menos y exigirle menos. Es débil y cobarde. El que hoy se subleve en todas partes contra nuestra autoridad y se enorgullezca de ello, no significa nada. Sus bravatas son hijas de una vanidad de escolar. Los hombres son siempre unos chiquillos: se sublevan contra el profesor y le echan del aula; pero la revuelta tendrá un término y les costará cara a los revoltosos. No importa que derriben templos y ensangrienten la tierra: tarde o temprano, comprenderán la inutilidad de una rebelión que no son capaces de sostener. Verterán estúpidas lágrimas; pero, al cabo, comprenderán que el que les ha creado rebeldes les ha hecho objeto de una burla y lo gritarán, desesperados. Y esta blasfemia acrecerá su miseria, pues la naturaleza humana, demasiado mezquina para soportar la blasfemia, se encarga ella misma de castigarla.

La inquietud, la duda, la desgracia: he aquí el lote de los hombres por quienes diste tu sangre. Tu profeta dice que, en su visión simbólica, vio a todos los partícipes de la primera resurrección y que eran doce mil por cada generación. Su número no es corto, si se considera que supone una naturaleza más que humana el llevar tu cruz, el vivir largos años en el desierto, alimentándose de raíces y langostas; y puedes, en verdad, enorgullecerte de esos hijos de la libertad, del libre amor, estar satisfechos del voluntario y magnífico sacrificio de sí mismos, hecho en tu nombre.
Pero no olvides que se trata só1o de algunos miles y, más que de hombres, de dioses. ¿Y el resto de la Humanidad? ¿Qué culpa tienen los demás, los débiles humanos, de no poseer la fuerza sobrenatural de los fuertes? ¿Qué culpa tiene el alma feble de no poder soportar el peso de algunos dones terribles? ¿Acaso viniste tan sólo por los elegidos? Si es así, lo importante no es la libertad ni el amor, sino el misterio, el impenetrable misterio. Y nosotros tenemos derecho a predicarles a los hombres que deben someterse a él sin razonar, aun contra los dictados de su conciencia. Y eso es lo que hemos hecho. Hemos corregido tu obra; la hemos basado en el "milagro", el "misterio" y la "autoridad". Y los hombres se han congratulado de verse de nuevo conducidos como un rebaño y libres, por fin, del don funesto que tantos sufrimientos les ha causado. Di, ¿hemos hecho bien? ¿Se nos puede acusar de no amar a la Humanidad? ¿No somos nosotros los únicos que tenemos conciencia de su flaqueza; nosotros que, en atención a su fragilidad, la hemos autorizado hasta para pecar, con tal que nos pida permiso? ¿Por qué callas?
¿Por qué te limitas a mirarme con tus dulces y penetrantes ojos? ¡No te amo y no quiero tu amor; prefiero tu cólera! ¿Y para qué ocultarte nada? Sé a quién le hablo. Conoces lo que voy a decirte, lo leo en tus ojos... Quizá quieras oír precisamente de mi boca nuestro secreto. Oye, pues: no estamos contigo, estamos con Él... ; nuestro secreto es ése. Hace mucho tiempo – ¡ocho siglos! – que no estamos contigo, sino con Él. Hace ocho siglos que recibimos de Él el don que tú, cuando te tentó por tercera vez mostrándote todos los reinos de la tierra, rechazaste indignado; nosotros aceptamos y, dueños de Roma y la espada de César, nos declaramos los amos del mundo. Sin embargo, nuestra conquista no ha acabado aún, está todavía en su etapa inicial, falta mucho para verla concluida; la tierra ha de sufrir aún
durante mucho tiempo; pero nosotros conseguiremos nuestro objeto, seremos el César y, entonces, nos preocuparemos de la felicidad universal. Tú también pudiste haber tomado la espada de César; ¿por qué rechazaste tal don? Aceptándole, hubieras satisfecho todos los anhelos de los hombres sobre la tierra, les hubieras dado un amo, un depositario de su conciencia y, a la vez, un ser en torno a quien unirse, formando un inmenso hormiguero, ya que la necesidad de la unión universal es otro de los tres supremos tormentos de la Humanidad. La Humanidad siempre ha tendido a la unidad mundial. Cuanto más grandes y gloriosos, más sienten los pueblos ese anhelo. Los grandes conquistadores, los Tamerlan, los Gengis Kan que recorren la tierra como un huracán devastador, obedecen, de un modo inconsciente, a esa necesidad. Tomando la púrpura de César, hubieras fundado el imperio universal, que hubiera sido la paz del mundo.
Pues, ¿quién debe reinar sobre los hombres sino el que es dueño de sus conciencias y tiene su pan en las manos?

Tomamos la espada de César y, al hacerlo, rompimos contigo y nos unimos a Él. Aún habrá siglos de libertinaje intelectual, de pedantería y de antropofagia –los hombres, luego de erigir, sin nosotros, su Torre de Babel, se entregarán a la antropofagia–; pero la bestia acabará por arrastrarse hasta nuestros pies, los lamerá y los regará con lágrimas de sangre. Y nosotros nos sentaremos sobre la bestia y levantaremos una copa en la que se leerá la palabra "Misterio". Y entonces, sólo entonces, empezará para los hombres el reinado de la paz y de la dicha. Tú te de tus elegidos, pero son una mi noria: nosotros les daremos el re y la calma a todos. Y aun de esa minoría, aun de entre esos "fuertes" llamados a ser de los elegidos, ¡cuántos han acabado y acabarán por cansarse de esperar, cuán tos han empleado y emplearán contra ti las fuerzas de su espíritu y el ardor de su corazón en uso de la libertad de que te son deudores! Nosotros les daremos a todos la felicidad, concluiremos con las re vueltas y matanzas originadas por la libertad. Les convenceremos de que no serán verdaderamente libres, sino cuando nos hayan confiado su libertad. ¿Mentiremos? ¡No! Y bien sabrán ellos que no les engañamos, cansados de las dudas y de los terrores que la libertad lleva consigo. La independencia, el libre pensamiento y la ciencia llegarán a sumirles en tales tinieblas, a espantarlos con tales prodigios, a causar los con tales exigencias, que los menos suaves y dóciles se suicidarán; otros, también indóciles, pero débiles y violentos, se asesinarán, y otros –los más–, rebaño de cobardes y de miserables, gritarán a nuestros pies: "¡Sí, tenéis razón! Sólo vosotros poseéis su secreto y volvemos a vosotros! ¡Salvadnos de nosotros mismos!"

No se les ocultará que el pan –obtenido con su propio trabajo, sin milagro alguno– que reciben de nosotros se lo tomamos antes nosotros a ellos para repartírselo, y que no convertimos las piedras en panes. Pero, en verdad, más que el pan en sí, lo que les satisfará es que nosotros se lo demos. Pues verán que, si no convertimos las piedras en partes, tampoco los panes se convierten, vuelto el hombre a nosotros, en piedras. ¡Comprenderán, al cabo, el valor de la sumisión! Y mientras no lo comprendan, padecerán. ¿Quién, dime, quién ha puesto más de su parte para que dejen de padecer? ¿Quién ha dividido el rebaño y le ha dispersado por extraviados andurriales? Las ovejas se reunirán de nuevo, el rebaño volverá a la obediencia y ya nada le dividirá ni lo dispersará. Nosotros, entonces, les daremos a los hombres una felicidad en armonía con su débil naturaleza, una felicidad compuesta de pan y humildad. Sí, les predicaremos la
humildad – no, como Tú, el orgullo . Les probaremos que son débiles niños, pero que la felicidad de los niños tiene particulares encantos. Se tornarán tímidos, no nos perderán nunca de vista y se estrecharán contra nosotros como polluelos que buscan el abrigo del ala materna. Nos temerán y nos admirarán. Les enorgullecerá el pensar la energía y el genio que habremos necesitado para domar a tanto rebelde. Les asustará nuestra cólera, y sus ojos, como los de los niños y los de las mujeres, serán fuentes de lágrimas. ¡Pero con que facilidad, a un gesto nuestro, pasarán del llanto a la risa, a la suave alegría de los niños! Les obligaremos, ¿qué duda cabe?, a trabajar; pero los organizaremos, para sus horas de ocio, una vida semejante a los juegos de los niños, mezcla de canciones, coros inocentes y danzas. Hasta les permitiremos pecar – ¡su naturaleza es tan flaca!–. Y, como les permitiremos pecar, nos amarán con un amor sencillo, infantil. Les diremos que todo pecado cometido con nuestro permiso será perdonado, y lo haremos por amor, pues, de sus pecados, el castigo será para nosotros y el placer para ellos. Y nos adorarán como a bienhechores. Nos lo dirán todo y, según su grado de obediencia, les permitiremos o les prohibiremos vivir con sus mujeres o sus amantes y les consentiremos o no les consentiremos tener hijos. Y nos obedecerán, muy contentos. Nos someterán los más penosos secretos de su conciencia, y nosotros decidiremos en todo y por todo; y ellos acatarán, alegres, nuestras sentencias, pues les ahorrarán el cruel trabajo de elegir y de determinarse libremente.
Todos los millones de seres humanos serán así, felices, salvo unos cien mil, salvo nosotros, los depositarios del secreto. Porque nosotros seremos desgraciados. Los felices se contarán por miles de millones, y habrá cien mil mártires del conocimiento, exclusivo y maldito, del bien y del mal.
Morirán en paz. pronunciando tu nombre, y, más allá de la tumba, sólo verán la oscuridad de la muerte. Sin embargo, nos lo callaremos; embaucaremos a los hombres, por su bien, con la promesa de una eterna recompensa en el cielo, a sabiendas de que, si hay otro mundo, no ha sido, de seguro, creado para ellos. Se vaticina que volverás, rodeado de tus elegidos, y que vencerás; tus héroes sólo podrán envanecerse de haberse salvado a sí mismos, mientras que nosotros habremos salvado al mundo entero. Se dice que la fornicadora, sentada sobre la bestia y con la "copa del misterio" en las manos, será afrentada y que los débiles se sublevarán por vez postrera, desgarrarán su púrpura y desnudarán su cuerpo impuro. Pero yo me levantaré entonces y te mostraré los miles de millones de seres felices que no han conocido el pecado. Y nosotros que, por su bien, habremos asumido el peso de sus culpas, nos alzaremos ante ti, diciendo: "¡Júzganos, si puedes y te atreves!" No te temo. Yo también he estado en el desierto; yo también me he alimentado de langostas y raíces; yo también he bendecido la libertad que les diste a los hombres y he soñado con ser del número de los fuertes. Pero he renunciado a ese sueño, he renunciado a tu locura para sumarme al grupo de los que corrigen tu obra. He dejado a los orgullosos para acudir en socorro de los humildes.

Lo que te digo se realizará; nuestro imperio será un hecho.

Y te repito que mañana, a una señal mía, verás a un rebaño sumiso echar leña a la hoguera donde te haré morir, por haber venido a perturbarnos. ¿Quién más digno que Tú de la hoguera?
Mañana te quemaré. Dixi.

El inquisidor calla. Espera unos instantes la respuesta del preso. Aquel silencio le turba. El preso le ha oído, sin dejar de mirarle a los ojos, con una mirada fija y dulce, decidido evidentemente a no contestar nada. El anciano hubiera querido oír de sus labios una palabra, aunque hubiera sido la más amarga, la más terrible. Y he aquí que el preso se le acerca en silencio y da un beso en sus labios exangües de nonagenario. ¡A eso se reduce su respuesta! El anciano se estremece, sus labios tiemblan; se dirige a la puerta, la abre y dice: "¡Vete y no vuelvas nunca... , nunca! Y le deja salir a las tinieblas de la ciudad. El preso se aleja.

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