BLOOD

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lunes, 21 de septiembre de 2009

EL HUÉSPED DE DRÁCULA

EL HUÉSPED DE DRÁCULA

BRAM STOKER

Cuando iniciamos nuestro paseo, el sol brillaba intensamente sobre Múnich y el aire estaba repleto de la alegría propia de comienzos del verano. En el mismo momento en que íbamos a partir, Herr Delbrück (el maitre d'hôtel del Quatre Saisons, donde me alojaba) bajó hasta el carruaje sin detenerse a ponerse el sombrero y, tras desearme un placentero paseo, le dijo al cochero, sin apartar la mano de la manija de la puerta del coche:

-No olvide estar de regreso antes de la puesta del sol. El cielo parece claro, pero se nota un frescor en el viento del norte que me dice que puede haber una tormenta en. cualquier momento. Pero estoy seguro de que no se retrasará -sonrió-, pues ya sabe qué noche es.

Johann le contestó con un enfático:

-Ja, mein Herr.

Y, llevándose la mano al sombrero, se dio prisa en partir.

Cuando hubimos salido de la ciudad le dije, tras indicarle que se detuviera:

-Dígame, Johann, ¿qué noche es hoy?

Se persignó al tiempo que contestaba lacónicamente:

-Walpurgis Nacht.

Y sacó su reloj, un grande y viejo instrumento alemán de plata, tan grande como un nabo, y lo contempló, con las cejas juntas y un pequeño e impaciente encogimiento de hombros. Me di cuenta de que aquella era su forma de protestar respetuosamente contra el innecesario retraso y me volví a recostar en el asiento, haciéndole señas de que prosiguiese. Reanudó una buena marcha, como si quisiera recuperar el tiempo perdido. De vez en cuando, los caballos parecían alzar sus cabezas y olisquear suspicazmente el aire. En tales ocasiones, yo miraba alrededor, alarmado. El camino era totalmente anodino, pues estábamos atravesando una especie de alta meseta barrida por el viento. Mientras viajábamos, vi un camino que parecía muy poco usado y que aparentemente se hundía en un pequeño y serpenteante valle. Parecía tan invitador que, aun arriesgándome a ofenderle, le dije a Johann que se detuviera y, cuando lo hubo hecho, le expliqué que me gustaría que bajase por allí. Me dio toda clase de excusas, y se persignó con frecuencia mientras hablaba. Esto, de alguna forma, excitó mi curiosidad, así que le hice varias preguntas. Respondió evasivamente, sin dejar de mirar una y otra vez su reloj como protesta. Al final, le dije:

-Bueno, Johann, quiero bajar por ese camino. No le diré que venga si no lo desea, pero cuénteme por qué no quiere hacerlo, eso es todo lo que le pido.

Como respuesta, pareció zambullirse desde el pescante por lo rápidamente que llegó al suelo. Entonces extendió sus manos hacia mí en gesto de súplica y me imploró que no fuera. Mezclaba el suficiente inglés con su alemán como para que yo entendiese el hilo de sus palabras. Parecía estar siempre a punto de decirme algo, cuya sola idea era evidente que le aterrorizaba; pero cada vez se echaba atrás y decía mientras se persignaba:

-Walpurgis Nacht!

Traté de argumentar con él pero era difícil discutir con un hombre cuyo idioma no hablaba. Ciertamente, él tenía todas las ventajas, pues aunque comenzaba hablando en inglés, un inglés muy burdo y entrecortado, siempre se excitaba y acababa por revertir a su idioma natal.... y cada vez que lo hacía miraba su reloj. Entonces los caballos se mostraron inquietos y olisquearon el aire. Ante esto, palideció y, mirando a su alrededor de forma asustada, saltó de pronto hacia adelante, los aferró por las bridas y los hizo avanzar unos diez metros. Yo le seguí y le pregunté por qué había hecho aquello. Como respuesta, se persignó, señaló al punto que había abandonado y apuntó con su látigo hacia el otro camino, indicando una cruz y diciendo, primero en alemán y luego en inglés:

-Enterrados..., estar enterrados los que matarse ellos mismos.

Recordé la vieja costumbre de enterrar a los suicidas en los cruces de los caminos.

-¡Ah! Ya veo, un suicida. ¡Qué interesante!

Pero a fe mía que no podía saber por qué estaban asustados los caballos.

Mientras hablábamos, escuchamos un sonido que era un cruce entre el aullido de un lobo y el ladrido de un perro. Se oía muy lejos, pero los caballos se mostraron muy inquietos, y le llevó bastante tiempo a Johann calmarlos. Estaba muy pálido y dijo:

-Suena como lobo..., pero no hay lobos aquí, ahora.

-¿No? -pregunté inquisitivamente-. ¿Hace ya mucho tiempo desde que los, lobos estuvieron tan cerca de la ciudad?

-Mucho, mucho -contestó-. En primavera y verano, pero con la nieve los lobos no mucho lejos.

Mientras acariciaba los caballos y trataba de calmarlos, oscuras nubes comenzaron a pasar rápidas por el cielo. El sol desapareció, y una bocanada de aire frío sopló sobre nosotros. No obstante, tan sólo fue un soplo, y más parecía un aviso que una realidad, pues el sol volvió a salir brillante. Johann miró, haciendo visera con su mano, hacia el horizonte y dijo:

-La tormenta de nieve venir dentro de mucho poco.

Luego miró de nuevo su reloj, y, manteniendo firmemente las riendas, pues los caballos seguían manoteando inquietos y agitando sus cabezas, subió al pescante como si hubiera llegado el momento de proseguir nuestro viaje.

Me sentía un tanto obstinado y no subí inmediatamente al carruaje.

-Hábleme del lugar al que lleva este camino -le dije, y señalé hacia abajo.

Se persignó de nuevo y murmuró una plegaria antes de responderme:

-Es maldito.

-¿Qué es lo que es maldito? -inquirí.

-El pueblo.

-Entonces, ¿hay un pueblo?

-No, no. Nadie vive allá desde cientos de años.

Me devoraba la curiosidad:

-Pero dijo que había un pueblo.

-Había.

-¿Y qué pasa ahora?

Como respuesta, se lanzó a desgranar una larga historia en alemán y en inglés, tan mezclados que casi no podía comprender lo que decía, pero a grandes rasgos logré entender que hacía muchos cientos de años habían muerto allí personas que habían sido enterradas; y se habían oído ruidos bajo la tierra, y cuando se abrieron las fosas se hallaron a los hombres y mujeres con el aspecto de vivos y las bocas rojas de sangre. Y por eso, buscando salvar sus vidas (¡ay, y sus almas!.... y aquí se persignó de nuevo), los que quedaron huyeron a otros lugares donde los vivos vivían y los muertos estaban muertos y no.... no otra cosa. Evidentemente tenía miedo de pronunciar las últimas palabras. Mientras avanzaba en su narración, se iba excitando más y más, parecía como si su imaginación se hubiera desbocado, y terminó en un verdadero paroxismo de terror: blanco el rostro, sudoroso, tembloroso y mirando a su alrededor, como si esperase que alguna horrible presencia se fuera a manifestar allí mismo, en la llanura abierta, bajo la luz del sol. Finalmente, en una agonía de desesperación, gritó: «Walpurgis Nacht!», e hizo una seña hacia el vehículo, indicándome que subiera. Mi sangre inglesa hirvió ante esto y, echándome hacia atrás, dije:

-Tiene usted miedo, Johann.... tiene usted miedo. Regrese, yo volveré solo; un paseo a pie me sentará bien. -La puerta del carruaje estaba abierta. Tomé del asiento el bastón de roble que siempre llevo en mis excursiones y cerré la puerta. Señalé el camino de regreso a Múnich y repetí-: Regrese, Johann... La noche de Walpurgis no tiene nada que ver con los ingleses.

Los caballos estaban ahora más inquietos que nunca y Johann intentaba retenerlos mientras me imploraba excitadamente que no cometiera tal locura. Me daba pena el pobre hombre, parecía sincero; no obstante, no pude evitar el echarme a reír. Ya había perdido todo rastro de inglés en sus palabras. En su ansiedad, había olvidado que la única forma que tenía de hacerme comprender era hablar en mi idioma, así que chapurreó su alemán nativo. Comenzaba a ser algo tedioso. Tras señalar la dirección, exclamé: « ¡Regrese! », y me di la vuelta para bajar por el camino lateral, hacia el valle.

Con un gesto de desesperación, Johann volvió sus caballos hacia Múnich. Me apoyé sobre mi bastón y lo contemplé alejarse. Marchó lentamente por un momento; luego, sobre la cima de una colina, apareció un hombre alto y delgado. No podía verlo muy bien a aquella distancia. Cuando, se acercó a los caballos, éstos comenzaron a encabritarse y a patear, luego relincharon aterrorizados y echaron a correr locamente. Los contemplé perderse de vista y luego busqué al extraño pero me di cuenta de que también él había desaparecido.

Me volví con ánimo tranquilo hacia el camino lateral que bajaba hacia el profundo valle que tanto había Preocupado a Johann. Por lo que podía ver, no había ni la más mínima razón para esta preocupación; y diría que caminé durante un par de horas sin pensar en el tiempo ni en la distancia, y ciertamente sin ver ni persona ni casa alguna. En lo que a aquel lugar se refería, era una verdadera desolación. Pero no me di cuenta de esta particularidad hasta que, al dar la vuelta a un recodo del camino, llegué hasta el disperso lindero de un bosque. Entonces me di cuenta de que, inconscientemente, había quedado impresionado por la desolación de los lugares por los que acababa de pasar.

Me senté para descansar y comencé a mirar a mi alrededor. Me fijé en que el aire era mucho más frío que cuando había iniciado mi camino: parecía rodearme un sonido susurrante, en el que se oía de vez en cuando, muy en lo alto, algo así como un rugido apagado. Miré hacia arriba y pude ver que grandes y densas nubes corrían rápidas por el cielo, de norte a sur, a una gran altura. Eran los signos de una tormenta que se aproximaba por algún lejano estrato de aire. Noté un poco de frío y, pensando que era por haberme sentado tras la caminata, reinicié mi paseo.

El terreno que cruzaba ahora era mucho más pintoresco. No había ningún punto especial digno de mención, pero en todo él se notaba cierto encanto y belleza. No pensé más en el tiempo, y fue sólo cuando empezó a hacerse notar el oscurecimiento del sol que comencé a preocuparme acerca de cómo hallar el camino de vuelta. Había desaparecido la brillantez del día. El aire era frío, y el vuelo de las nubes allá en lo alto mucho más evidente. Iban acompañadas por una especie de sonido ululante y lejano, por entre el que parecía escucharse a intervalos el misterioso grito que el cochero había dicho que era de un lobo. Dudé un momento, pero me había prometido ver el pueblo abandonado, así que proseguí, y de pronto llegué a una amplia extensión de terreno llano, cerrado por las colinas que lo rodeaban. Las laderas de éstas estaban cubiertas de árboles que descendían hasta la llanura, formando grupos en las suaves pendientes y depresiones visibles aquí y allá. Seguí con la vista el serpentear del camino y vi que trazaba una curva cerca de uno de los más densos grupos de árboles y luego se perdía tras él.

Mientras miraba noté un hálito helado en el aire, y comenzó a nevar. Pensé en los kilómetros y kilómetros de terreno desguarnecido por los que había pasado, y me apresuré a buscar cobijo en el bosque de enfrente. El cielo se fue volviendo cada vez más oscuro , y a mi alrededor se veía una brillante alfombra blanca cuyos extremos más lejanos se perdían en una nebulosa vaguedad. Aún se podía ver el camino, pero mal, y cuando corría por llano no quedaban tan marcados sus límites como cuando seguía las hondonadas; y al poco me di cuenta de que debía haberme apartado del mismo, pues dejé de notar bajo mis pies la dura superficie y me hundí en tierra blanda. Entonces el viento se hizo más fuerte y sopló con creciente fuerza, hasta que casi me arrastró. El aire se volvió totalmente helado, y comencé a sufrir los efectos del frío a pesar del ejercicio. La nieve caía ahora tan densa y giraba a mi alrededor en tales remolinos que apenas podía mantener abiertos los ojos. De vez en cuando, el cielo era desgarrado por un centelleante relámpago, y a su luz sólo podía ver frente a mí una gran masa de árboles, principalmente cipreses y tejos completamente cubiertos de nieve.

Pronto me hallé al amparo de los mismos, y allí, en un relativo silencio, pude oír el soplar del viento, en lo alto. En aquel momento, la oscuridad de la tormenta se había fundido con la de la noche. Pero su furia parecía estar abatiéndose: tan solo regresaba en tremendos resoplidos o estallidos. En aquellos momentos el escalofriante aullido del lobo pareció despertar el eco de muchos sonidos similares a mi alrededor.

En ocasiones, a través de la oscura masa de las nubes, se veía un perdido rayo de luna que iluminaba el terreno y que me dejaba ver que estaba al borde de una densa masa de cipreses y tejos. Como había dejado de nevar, salí de mi refugio y comencé a investigar más a fondo los alrededores. Me parecía que entre tantos viejos cimientos como había pasado en mi camino, quizá hallase una casa aún en pie que, aunque estuviese en ruinas, me diese algo de cobijo. Mientras rodeaba el perímetro del bosquecillo, me di cuenta de que una pared baja lo cercaba y, siguiéndola, hallé una abertura. Allí los cipreses formaban un camino que llevaba hasta la cuadrada masa de algún tipo de edificio. No obstante, en el mismo momento en que la divisé, las errantes nubes oscurecieron la luna y atravesé el sendero en tinieblas. El viento debió de hacerse más frío, pues noté que me estremecía mientras caminaba; pero tenía esperanzas de hallar un refugio, así que proseguí mi camino a ciegas.

Me detuve, pues se produjo un repentino silencio. La tormenta había pasado y, quizá en simpatía con el silencio de la naturaleza, mi corazón pareció dejar de latir. Pero eso fue tan sólo momentáneo, pues repentinamente la luz de la luna se abrió paso por entre las nubes, mostrándome que me hallaba en un cementerio, y que el objeto cuadrado situado frente a mí era una enorme tumba de mármol, tan blanca como la nieve que lo cubría todo. Con la luz de la luna llegó un tremendo suspiro de la tormenta, que pareció reanudar su carrera con un largo y grave aullido, como el de muchos perros o lobos. Me sentía anonadado, y noté que el frío me calaba hondo hasta parecer aferrarme el corazón. Entonces mientras la oleada de luz lunar seguía cayendo sobre la tumba de mármol, la tormenta dio muestras de reiniciarse, como si quisiera volver atrás. Impulsado por alguna especie de fascinación, me aproximé a la sepultura para ver de quién era, y por qué una construcción así se alzaba solitaria en semejante lugar. La rodeé y leí, sobre la puerta dórica, en alemán:

CONDESA DOLINGEN DE GRATZ
EN ESTIRIA
BUSCÓ Y HALLÓ LA MUERTE
EN 1801

En la parte alta del túmulo, y atravesando aparentemente el mármol, pues la estructura estaba formada por unos pocos bloques macizos, se veía una gran vigueta o estaca de hierro.

Me dirigí hacia la parte de atrás y leí, esculpida con grandes letras cirílicas:

Los muertos viajan deprisa

Había algo tan extraño y fuera de lo usual en todo aquello que me hizo sentir mal y casi desfallecí. Por primera vez empecé a desear el haber seguido el consejo de Johann. Y en aquel momento me invadió un pensamiento que, en medio de aquellas misteriosas circunstancias, me produjo un terrible estremecimiento: ¡era la noche de Walpurgis!

La noche de Walpurgis en la que, según las creencias de millones de personas, el diablo andaba suelto; en la que se abrían las tumbas y los muertos salían a pasear; en la que todas las cosas maléficas de la tierra, el mar y el aire celebraban su reunión. Y estaba en el preciso lugar que el cochero había rehuido. Aquél era el pueblo abandonado hacía siglos. Allí era donde se encontraba la suicida; ¡y en ese lugar me encontraba yo ahora solo..., sin ayuda, temblando de frío en medio de una nevada y con una fuerte tormenta formándose a mi alrededor! Fue necesaria toda mi filosofía , toda la religión que me habían enseñado, todo mi coraje, para no derrumbarme en un paroxismo de terror.

Y entonces un verdadero tornado estalló a mi alrededor. El suelo se estremeció como si millares de caballos galopasen sobre él, y esta vez la tormenta llevaba en sus gélidas alas no nieve, sino un enorme granizo que cayó con tal violencia que parecía haber sido lanzado por lo míticos honderos baleáricos... Piedras de granizo que aplastaban hojas y ramas y que negaban la protección de los cipreses, como si en lugar de árboles hubieran sido espigas de cereal. Al primer momento corrí hasta el
árbol más cercano, pero pronto me vi obligado a abandonarlo y buscar el único punto que parecía ofrecer refugio, la profunda puerta dórica de la tumba de mármol. Allí, acurrucado contra la enorme puerta de bronce, conseguí una cierta protección contra la caída del granizo, pues ahora sólo me golpeaba al rebotar contra el suelo y los costados de mármol.


.

Al apoyarme contra la puerta, ésta se movió ligeramente y se abrió un poco hacia adentro. Incluso el refugio de una tumba era bienvenido en medio de aquella despiadada tempestad, y estaba a punto de entrar en ella cuando se produjo el destello de un relámpago que iluminó toda la extensión del cielo. En aquel instante, lo juro por mi vida, vi, pues mis ojos estaban vueltos hacia la oscuridad del interior, a una bella mujer, de mejillas sonrosadas y rojos labios, aparentemente dormida sobre un féretro. Mientras el trueno estallaba en lo alto fui atrapado como por la mano de un gigante y lanzado hacia la tormenta. Todo aquello fue tan repentino que antes de que me llegara el shock, tanto moral como físico, me encontré bajo la lluvia de piedras. Al mismo tiempo tuve la extraña y absorbente sensación de que no estaba solo. Miré hacia el túmulo. Y en aquel mismo momento se produjo otro cegador relámpago, que pareció golpear la estaca de hierro que dominaba el monumento y llegar por ella hasta el suelo, resquebrajando, desmenuzando el mármol como en un estallido de llamas. La mujer muerta se alzó en un momento de agonía, lamida por las llamas, y su amargo alarido de dolor fue ahogado por el trueno. La última cosa que oí fue esa horrible mezcla de sonidos, pues de nuevo fui aferrado por la gigantesca mano y arrastrado, mientras el granizo me golpeaba y el aire parecía reverberar con el aullido de los lobos. La última cosa que recuerdo fue una vaga y blanca masa movediza, como si las tumbas de mi alrededor hubieran dejado salir los amortajados fantasmas de sus muertos, y éstos me estuvieran rodeando en medio de1a oscuridad de la tormenta de granizo.

Gradualmente, volvió a mí una especie de confuso inicio de consciencia; luego una sensación de cansancio aniquilador. Durante un momento no recordé nada; pero poco a poco volvieron mis sentidos. Los pies me dolían espantosamente y no podía moverlos. Parecían estar dormidos. Notaba una sensación gélida en mi nuca y a todo lo largo de mi espina dorsal, y mis orejas, como mis pies, estaban muertas y, sin embargo, me atormentaban; pero sobre mi pecho notaba una sensación de calor que, en comparación, resultaba deliciosa. Era como una pesadilla..., una pesadilla física, si es que uno puede usar tal expresión, pues un enorme peso sobre mi pecho me impedía respirar normalmente.

Ese período de semiletargo pareció durar largo rato, Y mientras transcurría debí de dormir o delirar. Luego sentí una sensación de repugnancia, como en los primeros momentos de un mareo, y un imperioso deseo de librarme de algo, aunque no sabía de qué. Me rodeaba un descomunal silencio, como si todo el mundo estuviese dormido o muerto, roto tan sólo por el suave jadeo de algún animal cercano. Noté un cálido lametón en mi cuello, y entonces me llegó la consciencia de la terrible verdad, que me heló hasta los huesos e hizo que se congelara la sangre en mis venas. Había algún animal recostado sobre mí y ahora lamía mi garganta. No me atreví a agitarme, pues algún instinto de prudencia me obligaba a seguir inmóvil, pero la bestia pareció darse cuenta de que se había producido algún cambio en mí, pues levantó la cabeza. Por entre mis pestañas vi sobre mí los dos grandes ojos llameantes de un gigantesco lobo. Sus aguzados caninos brillaban en la abierta boca roja, y pude notar su acre respiración sobre mi boca.

Durante otro período de tiempo lo olvidé todo. Luego escuché un gruñido, seguido por un aullido, y luego por otro y otro. Después, aparentemente muy a lo lejos, escuché un «¡hey, hey!» como de muchas voces gritando al unísono. Alcé cautamente la cabeza y miré en la dirección de la que llegaba el sonido, pero el cementerio bloqueaba mi visión. El lobo seguía aullando de una extraña manera, y un resplandor rojizo comenzó a moverse por entre los cipreses, como siguiendo el sonido. Cuando las voces se acercaron, el lobo aulló más fuerte y más rápidamente. Yo temía hacer cualquier sonido o movimiento. El brillo rojo se acercó más, por encima de la alfombra blanca que se extendía en la oscuridad que me rodeaba. Y de pronto, de detrás de los árboles, surgió al trote una patrulla de jinetes llevando antorchas. El lobo se apartó de encima de mí y escapó por el cementerio. Vi como uno de los jinetes (soldados, según parecía por sus gorras y sus largas capas militares) alzaba su carabina y apuntaba. Un compañero golpeó su brazo hacia arriba, y escuché como la bala zumbaba sobre mi cabeza. Evidentemente me había tomado por el lobo. Otro divisó al animal mientras se alejaba, y se oyó un disparo. Luego, al galope, la patrulla avanzó, algunos hacia mí y otros siguiendo al lobo mientras éste desaparecía por entre los nevados cipreses.

Mientras se aproximaban, traté de moverme no lo logré, aunque podía ver y oír todo lo que sucedía a mi alrededor. Dos o tres de los soldados saltaron de su monturas y se arrodillaron a mi lado. Uno de ellos alzó mi cabeza y colocó su mano sobre mi corazón.

-¡Buenas noticias, camaradas! -gritó-. ¡Su corazón todavía late!

Entonces vertieron algo de brandy entre mis labios; me dio vigor, y fui capaz de abrir del todo los ojos y mirar a mi alrededor. Por entre los árboles se movían luces y sombras, y oí cómo los hombres se llamaban los unos a los otros. Se agruparon, lanzando asustadas exclamaciones, y las luces centellearon cuando los otros entraron amontonados en el cementerio, como posesos. Cuando los primeros llegaron hasta nosotros, los que me rodeaban preguntaron ansiosos:

-¿Lo habéis hallado?

La respuesta fue apresurada:

-¡No! ¡No! ¡Vámonos.... pronto! ¡Éste no es un lugar para quedarse, y menos en esta noche!

-¿Qué era? -preguntaron en varios tonos de voz.

La respuesta llegó variada e indefinida, como si todos los hombres sintiesen un impulso común por hablar y, sin embargo, se vieran refrenados por algún miedo compartido que les impidiese airear sus pensamientos.

-¡Era... era... una cosa! -tartamudeó uno, cuyo ánimo, obviamente, se había derrumbado.

-¡Era un lobo..., y sin embargo no era un lobo! -dijo otro estremeciéndose.

-No vale la pena intentar matarlo sin tener una bala bendecida -indicó un tercero con voz más tranquila.

-¡Nos está bien merecido por salir en esta noche! ¡Desde luego que nos hemos ganado los mil marcos! -espetó un cuarto.

-Había sangre en el mármol derrumbado –dijo otro tras una pausa-. Y desde luego no la puso ahí el rayo. En cuanto a él ... ¿está a salvo? ¡Miradle la garganta. Ved, camaradas, el lobo estaba echado encima de él, dándole calor.

El oficial miró mi garganta y replicó:

-Está bien; la piel no ha sido perforada. ¿Qué significará todo esto? Nunca lo habríamos hallado de no haber sido por los aullidos del lobo.

-¿Qué es lo que ocurrió con ese lobo? -preguntó el hombre que sujetaba mi cabeza, que parecía ser el menos aterrorizado del grupo, pues sus manos estaban firmes, sin temblar.

En su bocamanga se veían los galones de suboficial.

-Volvió a su cubil -contestó el hombre cuyo largo rostro estaba pálido y que, temblaba visiblemente aterrorizado mientras miraba a su alrededor-. Aquí hay bastantes tumbas en las que puede haberse escondido. ¡Vámonos, camaradas, vámonos rápido! Abandonemos este lugar maldito.

El oficial me alzó hasta sentarme y lanzó una voz de mando; luego, entre varios hombres me colocaron sobre un caballo. Saltó a la silla tras de mí, me sujetó con los brazos y dio la orden de avanzar, y, dando la espalda a los cipreses, cabalgamos rápidamente en formación.

Mi lengua seguía rehusando cumplir con su función y me vi obligado a guardar silencio. Debí de quedarme dormido, pues lo siguiente que recuerdo es estar de pie, sostenido por un soldado a cada lado. Ya casi era de día, y hacia el norte se reflejaba una rojiza franja de luz solar, como un sendero de sangre, sobre la nieve. El oficial estaba ordenando a sus hombres que no contaran nada de lo que habían visto, excepto que habían hallado a un extranjero, un inglés, protegido por un gran perro.

-¡Un gran perro! Eso no era ningún perro --interrumpió el hombre que había mostrado tanto miedo-. Sé reconocer un lobo cuando lo veo.

El joven oficial le respondió con calma:

-Dije un perro.

-¡Perro! -reiteró irónicamente el otro. Resultaba evidente que su valor estaba ascendiendo con el sol y, señalándome, dijo-: Mírele la garganta. ¿Es eso obra de un perro, señor?

Instintivamente alcé una mano al cuello y, al tocármelo, grité de dolor. Los hombres se arremolinaron para mirar, algunos bajando de sus sillas, y de nuevo se oyó la calmada voz del joven oficial:

-Un perro, he dicho. Si contamos alguna otra cosa, se reirán de nosotros.

Entonces monté tras uno de los soldados y entramos en los suburbios de Múnich. Allí encontramos un carruaje al que me subieron y que me llevó al Quatre Saisons; el oficial me acompañó en el vehículo, mientras un soldado nos seguía llevando su caballo y los demás regresaban al cuartel.

Cuando llegamos, Herr Delbrück bajó tan rápidamente las escaleras para salir a mi encuentro que se hizo evidente que había estado mirando desde dentro. Me sujetó con ambas manos y me llevó solícito al interior. El oficial hizo un saludo y se dio la vuelta para alejarse, pero al darme cuenta insistí en que me acompañara a mis habitaciones. Mientras tomábamos un vaso de vino, le di las gracias efusivamente, a él y a sus camaradas, por haberme salvado. Él se limitó a responder que se sentía muy satisfecho, y que Herr Delbrück ya había dado los pasos necesarios para gratificar al grupo de rescate; ante esta ambigua explicación el maître d'hôtel sonrió, mientras el oficial se excusaba, alegando tener que cumplir con sus obligaciones, y se retiraba.

-Pero Herr Delbrück -interrogué-, ¿cómo y por qué me buscaron los soldados?

Se encogió de hombros, como no dándole importancia a lo que había hecho, y replicó:

-Tuve la buena suerte de que el comandante del regimiento en el que serví me autorizara a pedir voluntarios.

-Pero ¿cómo supo que estaba perdido? -le pregunté.

-El cochero regresó con los restos de su carruaje, que resultó destrozado cuando los caballos se desbocaron.

-¿Y por eso envió a un grupo de soldados en mi busca?

-¡Oh, no! -me respondió-. Pero, antes de que lle gase el cochero, recibí este telegrama del boyardo de que es usted huésped -y sacó del bolsillo un telegrama, que me entregó y leí:

BISTRITZ.

«Tenga cuidado con mi huésped: su seguridad me es preciosa. Si algo le ocurriera, o lo echasen a faltar, no ahorre medios para hallarle y garantizar su seguridad. Es inglés, y por consiguiente aventurero. A menudo hay peligro con la nieve y los lobos y la noche. No pierda un momento si teme que le haya ocurrido algo. Respaldaré su celo con mi fortuna. - Drácula.

Mientras sostenía el telegrama en mi mano, la habitación pareció girar a mi alrededor y, si el atento maître d'hôtel no me hubiera sostenido, creo que me hubiera desplomado. Había algo tan extraño en todo aquello, algo tan fuera de lo corriente e imposible de imaginar, que me pareció ser, en alguna manera, el juguete de enormes fuerzas..., y esta sola idea me paralizó. Ciertamente me hallaba bajo alguna clase de misteriosa protección; desde un lejano país había llegado, justo a tiempo, un mensaje que me había arrancado del peligro de la congelación y de las mandíbulas del lobo.

domingo, 20 de septiembre de 2009

EL CONDE DRACULA


Woody Allen
EL CONDE DRÁCULA
___________________________
En algún lugar de Transilvania yace Drácula, el monstruo, durmiendo en su ataúd y
aguardando a que caiga la noche. Como el contacto con los rayos solares le causaría la
muerte con toda seguridad, permanece en la oscuridad en su caja forrada de raso que
lleva iniciales inscritas en plata. Luego, llega el momento de la oscuridad, y movido por
instinto milagroso, el demonio emerge de la seguridad de su escondite y, asumiendo
las formas espantosas de un murciélago o un lobo, recorre los alrededores y bebe la
sangre de sus victimas. Por último, antes de que los rayos de su gran enemigo, el sol,
anuncien el nuevo día, se apresura a regresar a la seguridad de su ataúd protector y
se duerme mientras vuelve a comenzar el ciclo.
Ahora, empieza a moverse. El movimiento de sus cejas responde a un instinto
milenario e inexplicable, es señal de que el sol está a punto de desaparecer y se acerca
la hora. Esta noche, está especialmente sediento y, mientras allí descansa, ya
despierto, con el smoking y la capa forrada de rojo confeccionada en Londres,
esperando sentir con espectral exactitud el momento preciso en que la oscuridad es
total antes de abrir la tapa y salir, decide quiénes serán las víctimas de esta velada. El
panadero y su mujer, reflexiona. Suculentos, disponibles y nada suspicaces. El
pensamiento de esa pareja despreocupada, cuya confianza ha cultivado con
meticulosidad, exita su sed de sangre y apenas puede aguantar estos últimos
segundos de inactividad antes de salir del ataúd y abalanzarse sobre sus presas.
De pronto, sabe que el sol se ha ido. Como un ángel del infierno, se levanta
rápidamente, se metamorfosea en murciélago y vuela febrilmente a la casa de sus
tentadoras víctimas.
-¿Vaya, conde Drácula, que agradable sorpresa! -dice la mujer del panadero al abrir la
puerta para dejarlo pasar. (Asumida otra vez su forma humana. entra en la casa
ocultando, con sonrisa encantadora, su rapaz objetivo.)
-¿Qué le trae por aquí tan temprano? -pregunta el panadero.
-Nuestro compromiso de cenar juntos -contesta el conde-. Espero no haber cometido
un error. Era esta noche, ¿no?
-Sí, esta noche, pero aún faltan siete horas.
-¿Cómo dice? -inquiere Drácula echando una mirada sorprendida a la habitación.
-¿O es que ha venido a contemplar el eclipse con nosotros?
-¿Eclipse?
-Así es. Hoy tenemos un eclipse total.
-¿Qué dice?
-Dos minutos de oscuridad total a partir de las doce del mediodía.
-¡Vaya por Dios! ¡Qué lío!
-¿Qué pasa, señor conde?
-Perdóneme... debo... Debo irme...Hem...¡Oh, qué lío!... -y, con frenesí, se aferra al
picaporte de la puerta.
-¿Ya se va? Si acaba de llegar.
-Sí, pero, creo que...
-Conde Drácula, está usted muy pálido.
-¿Sí? necesito un poco de aire fresco. Me alegro de haberlos visto...
-¡Vamos! Siéntese. Tomaremos un buen vaso de vino juntos.
-¿Un vaso de vino? Oh, no, hace tiempo que dejé la bebida, ya sabe, el hígado y todo
eso. Debo irme ya. Acabo de acordarme que dejé encendidas las luces de mi castillo...
Imagínese la cuenta que recibiría a fin de mes...
-Por favor -dice el panadero pasándole al conde un brazo por el hombro en señal de
amistad-. usted no molesta. No sea tan amable. Ha llegado temprano, eso es todo.
-Créalo, me gustaría quedarme, pero hay una reunión de viejos condes rumanos al
otro lado de la ciudad y me han encargado la comida.
-Siempre con prisas. Es un milagro que no haya tenido un infarto.
-Sí, tiene razón, pero ahora...
-Esta noche haré pilaf de pollo -comenta la mujer del panadero-. Espero que le guste.
-¡Espléndido, espléndido! -dice el conde con una sonrisa empujando a la buena mujer
sobre un montón de ropa sucia. Luego, abriendo por equivocación la puerta del
armario, se mete en él-. Diablos, ¿dónde está esa maldita puerta?
-¡Ja, ja! -se ríe la mujer del panadero-. ¡Qué ocurrencias tiene, señor conde!
-Sabía que le divertiría -dice Drácula con una sonrisa forzada-, pero ahora déjeme
pasar.
Por fin, abre la puerta, pero ya no le quedaba tiempo.
-¡Oh, mira, mamá! -dice el panadero-, ¡el eclipse debe de haber terminado! Vuelve a
salir el sol.
-Así es -dice Drácula cerrando de un portazo la puerta de entrada-. He decidido
quedarme. Cierren todas las persianas, rápido, ¡rápido! ¡No se queden ahí!
-¿Qué persianas? -preguntó el panadero.
-¿No hay? ¡Lo que faltaba! ¡Qué para de...! ¿Tendrían al menos un sótano en este
tugurio?
-No -contesta amablemente la esposa-. Siempre le digo a Jarslov que construya uno,
pero nunca me presta atención. Ese Jarslov...
-Me estoy ahogando. ¿Dónde está el armario?
-Ya nos ha hecho esa broma, señor conde. Ya nos ha hecho reír lo nuestro.
-¡Ay... qué ocurrencia tiene!
-Miren, estaré en el armario. Llámenme a las siete y media.
Y, con esas palabras, el conde entra al armario y cierra la puerta.
-¡Ja,ja...! ¡Qué gracioso es, Jarslov!
-Señor conde, salga del armario. deje de hacer burradas.
Desde el interior del armario, llega la voz sorda de Drácula.
-No puedo... de verdad. Por favor, créanme. Tan solo permítanme quedarme aquí.
Estoy muy bien. De verdad.
-Conde Drácula, basta de bromas. Ya no podemos más de tanto reírnos.
-Pero créanme, me encanta este armario.
-Sí, pero...
-Ya sé, ya sé... parece raro y sin embargo aquí estoy, encantado. El otro día
precisamente le decía a la señora Hess, deme un buen armario y allí puedo quedarme
durante horas. Una buena mujer, la señora Hess. Gorda, pero buena... Ahora, ¿por
qué no hacen sus cosas y pasan a buscarme al anochecer? Oh,Ramona, la la la la,
Ramona...
En aquel instante entran el alcalde y su mujer, Katia. Pasaban por allí y habían
decidido hacer una visita a sus buenos amigo, el panadero y su mujer.
-¡Hola Jarslov! espero que Katia y yo no molestemos.
-Por supuesto que no, señor alcalde. Salga, conde Drácula.¡Tenemos visita!
-¿Está aquí el conde? -pregunta el alcalde, sorprendido.
-Sí, y nunca adivinaría dónde está -dice la mujer del panadero.
-¡Que raro es verlo a esta hora! De hacho no puedo recordar haberle visto ni una sola
vez durante el día.
-Pues bien, aquí está. ¡Salga de ahí, conde Drácula!
-¿Dónde está? -pregunta Katia sin saber si reír o no.
-¡Salga de ahí ahora mismo! ¡Vamos! -La mujer del panadero se impacienta.
-Está en el armario -dice el panadero con cierta vergüenza.
-¡No me digas! -exclama el alcalde.
-¡Vamos! -dice el panadero con un falso buen humor mientras llama a la puerta del
armario-. Ya basta. Aquí está el alcalde.
-Salga de ahí conde Drácula -grita el alcalde-. Tome un vaso de vino con nosotros.
-No, no cuenten conmigo. Tengo que despachar unos asuntos pendientes.
-¿En el armario?
-Sí, no quiero estropearles el día. Puedo oír lo que dicen: Estaré con ustedes en cuanto
tenga algo que decir.
Se miran y se encogen de hombros. Sirven vino y beben.
-Qué bonito el eclipse de hoy -dice el alcalde tomando un buen trago.
-¿Verdad? -dice el panadero-. Algo increíble.
-¡Díganmelo a mí! ¡Espeluznante! -dice una voz desde el armario.
-¿Qué, Drácula?
-Nada, nada. No tiene importancia.
Así pasa el tiempo hasta que el alcalde, que ya no puede soportar esa situación, abre
la puerta del armario y grita:
-¡Vamos, Drácula! Siempre pensé que usted era una persona sensata. ¡Déjese de
locuras!
Penetra la luz del día; el diabólico monstruo lanza un grito desgarrador y lentamente
se disuelve hasta convertirse en un esqueleto y luego en polvo ante los ojos de las
cuatro personas presentes. Inclinándose sobre el montón de ceniza blanca, la mujer
del panadero pega un grito:
-¡Se ha fastidiado mi cena!

viernes, 18 de septiembre de 2009

Ayer... ¡hace tanto tiempo!

Ayer... ¡hace tanto tiempo!




No sé cuando... (ayer quizá)
mis sueños eran distintos.
Esperanzas, antaño nuevas,
yacen viejas y plegadas
con surcos profundos, arados
sobre una piel de cartón.
Mis ilusiones han muerto
como las flores en otoño:
soñando con la primavera.
No voy adelante ni atrás.
Aquí me quedo,
contemplando lo que he sido
y no volveré a ser nunca,
nunca y jamás.
Mi tiempo está quieto
en una quietud engañosa,
como un reloj sin manillas.
Ayer... ¡hace tanto tiempo!
Hoy (o ayer, o mañana)
palpé arrugas en mi cara,
vi luz de plata en mi pelo
y heridas agrias en mi alma;
Irreparables, incurables,
ganadas a llanto. Mías.
¡Hace tanto tiempo!... Ayer.
Entonces mi risa era fresca
como agua de manantial
transparente, cantarina,
como perlas de cristal batidas.
¡No volverán las risas, lozanas,
inocentes, de juventud a verme!
¡No volverán a florecer
rosas frías en mis mejillas,
ni volverá a quedar blanca
la pureza de mi inocencia!
Ayer... ¡hace tanto tiempo!
El otoño eterno sigue a mis días
y ya, casi, adivino el frío.



¿Dónde se me quedó la vida clavada?


¿Dónde se me quedó la vida clavada?
Ando buscándola y no la encuentro.
Acaso, para mí, se olvidó Dios
De hacer un poco de felicidad?
Acaso le hice algo antes de nacer
Y me hace pagar mi pecado
Levantándome alto y dejándome caer,
Con fuerza, una y otra vez?
¿Qué te hice, Dios, para que así me castigues?
Si continúas retándome, Dios,
La vida te la devuelvo. No la quiero.
No me hiciste ningún favor regalándomela
Y bien caro me lo haces pagar.
Yo no quepo en este mundo.
Nada quiero y todo me sobra.
Si crees que hiciste un buen invento,
Baja y quédate una para ti.
La mía si quieres.
Cuando llegues al mismo lugar
En donde dejaste clavada la mía,
Quizá te des cuenta de que no eres un buen Dios
Y rehagas la vida humana
Dotando de corazón a sus seres.

Nada…

Lo de siempre,
siempre lo mismo.
Día a día
la monotonía reina
por todas partes.
Insulsa existencia
falta de aventuras,
falta de aliento.
Flaccidez sedentaria
que agota el pensamiento.
Vacío...
Iniquidad...
Vejez de alma...
Cansado hastío...
...Vacío.
La nada avanza
y se asienta en reino.
Las ilusiones mata,
el vigor y el pensamiento
apelmaza
y es lo de siempre...
Siempre lo mismo...
Silencio...
Calma...
Muerte...
Nada...

Serena existencia

Mi espíritu se halla herido. Aunque mi cuerpo no sufre, mi vida se pierde entre el fluir de mis lágrimas.
Morir o no morir, es ahora un dilema:
Si no muero,
mi mal no tiene cura
y si muero
siempre vivirá la duda
de saber por qué muero.
Ser o no ser...
Sabia cuestión citó Hamlet.
Si soy, será no queriendo;
y no queriendo ser, lo soy.
Que triste desventura
es la de un futuro incierto
que el presente lo presenta,
más que blanco, negro.
Qué hago yo aquí, parada en la estación del desierto de mi soledad. Sentándome encima del volcán de mi tristeza. Sin montañas de hielo que enfríen mi ardiente odio hacia esta existencia incomprendida que me atrapa.
Y mientras... solo deseo poseer el don de la indiferencia como vacuna contra el dolor. Una vacuna permanente hasta que abandone el mundo y encuentre una vida nueva en otro lugar, en otra dimensión...

Cuando la luz se apaga

Cuando el sol muere, tras las montañas en el ocaso,
el último rayo de luz se apaga, abandonando el mundo y con él,
las esperanzas de volver a disfrutar
la flor, nacida en la mañana.
Será imposible acompasar las ramas de los árboles, acunados por el viento
y su sonido, solo será recordado escuchando en silencio, entre las sombras.
La transparencia del agua, recorriendo el río, se tornará opaca
y dormirá el jilguero que nos amenizó la tarde con su rítmia de trinos.
Sentimientos vividos serán congelados en un negro iceberg de tristeza.

Todo muere, cuando el sol se esconde tras las montañas, en el ocaso.
Qué esconderá la noche bajo su capa que, con afán, de la luz huye.
Acaso sea la muerte, que amenaza al día segándolo con su guadaña.
El terror invade mis huesos como la niebla se apodera de la colina.
Nada me hace pensar que todavía me quedará un mañana,
plagado de luz, donde volver a vivir de nuevo las cosas queridas.
Estirando la mano quizá pueda atrapar por la cola ese último rayo
y retener conmigo esa luz que me ata a mis recuerdos amados.

Que no muera en el ocaso, el sol, tras las montañas.
Mi felicidad se desvanece difuminándose con los postreros reflejos.
No quiero dormir la muerte de esta noche eterna, invadida por el miedo,
ni aún con la promesa de mitigar la negrura con miles de estrellas,
refulgiendo en la noche, cual promesa vana de un nuevo amanecer,
una nueva mañana que no quiero conocer por no perder lo que tengo:
un puñado de aire impregnado de agradables momentos pasados.
Me aferro al hoy que recuerdo para convertirlo en mi futuro eterno.

Que no llegue el ocaso, cuando tras las montañas, muera el sol.
Tal vez me deje atrapar por la noche y me ofrezca a su guadaña,
mártir voluntario a dejar mi sangre como sello de su hoja fría.
Quién llorará por mí y sembrará una lápida sobre mi frente.
Quién grabará el epitafio con espinas sacadas del dolor de mi ausencia.
Quién se lamentará y me llamará cobarde por haber huido de la negrura.
Me aterra la oscuridad. No podré soportar la noche oculta a la vida.
Tal vez me pierda al pensar que puede volverse eterna y fría.
que no habrá más flores que se abran con las primeras luces del alba,
ni habrá ilusión que despunte con los rayos al nacer un nuevo día,
ni encontraré una nueva cara que me regale su sonrisa y la sienta mía.

Muere la luz cuando la noche la traga, cuando siega los rayos con su guadaña.

Ante el milenio

Lloro sangre, lloro fuego,
lloro rabia, lloro tedio,
lloro hambre, lloro miedo,
lloro amor y lloro sueño.

Lloro sangre y de dolor muero
con los que derraman sangre,
muriendo, al suelo.

Lloro fuego y en él me consumo
con los que sufren injusticias
por leyes de humo.

Lloro rabia de animal furioso
con el que rabia impotencia
contra el abusón rico y ocioso.

Lloro tedio por la lasitud reinante
en una sociedad parca,
rica en desastres.

Lloro hambre con los niños que callan
sin derramar lágrimas
¡con el hambre que pasan!

Lloro miedo sin querer estar solo,
por faltarme un amigo
y hablarme solo.

Lloro amor porque no lo tengo,
sin dárselo a nadie
y ¡estoy tan lleno!

Lloro sueño de seguir mendigo
con ideas gastadas
y soñando sigo:

Llorando sangre, llorando fuego,
llorando rabia, llorando tedio,
llorando hambre, llorando miedo,
llorando amor y llorando sueño.

Hermanos

Alzad hermanos los brazos
y cantad todos al tiempo
enlazándonos las manos
en un cordón que no acabe
ni más allá del firmamento.

Traspasemos las fronteras
y busquemos nuevas manos
que se unan a las nuestras
construyendo una cadena
con un fraterno abrazo.

No miremos la epidermis,
solo juntemos los dedos.
Si olvidamos el color,
más profundo que la piel
encontramos sentimientos.

Que un solo corazón
gobierne nuestras vidas,
pasémoslo de mano en mano
entre el ciego y el lisiado
cicatrizando las heridas.

Blancos, rojos o amarillos,
verdes, negros o mezclados,
si nos despojamos de la piel
podremos comprobar
que todos somos hermanos.

Que cualquiera que tiene un hijo,
sin importar el tinte de la piel,
sufre lo mismo por ellos
cuando nacen, cuando crecen
y cuando los entierran también.

Levantad hermanos las manos
y juntadlas en lazo prieto
y aunando corazones
olvidémonos de colores
y vivamos un mundo nuevo.


El cielo

El cielo,
parte infinita de mí mismo.
Inmensa grandeza
que mis brazos no abarcan.
Cuna de estrellas
paridas del éter
cósmico que lo llena.
Mundos ocultos
a los ojos que lo escrutan.
Mirada perdida
entre su inmenso vacío.
Salpicado de estrellas
que alumbran la noche
con la serenidad que la colma.
Aurora marchita.
Sol inclemente que me quema.
Gotas de lluvia rala
y grandes tormentas.
Consciencia que se esfuma
entre las brumas del pensamiento,
que se pierde entre las nubes
blancas del intelecto.
Más que darnos hallazgos,
nos descubres más misterios.
Cielo…Cielo…

Despertar

¡Oh! Dulce despertar
que sin quererlo me embriagas
prendido de nardos
que perfuman la mañana.
Mis ojos son luces
que se encienden al ritmo
iluminando de nuevo
mi tiempo dormido.
Cada vez que me duermo
me abrazo contigo
y me acunas sedoso
como la madre a su niño.
Despertar que velas
mi sueño encendido
llamándome al día
de nuevo a vivirlo,
me traes de las brumas
que en el sueño metido
me pierden las ansias
de vivir lo querido.
Como almendro florido
prolongas tus ramas
y siembras de flores mi pelo
haciendo maraña.
Despertar que eres amo
del reloj de mi sueño
no me dejes solo,
no me dejes muerto.
Suena cada día
con tu sonar de silencio.
Abre mis ojos claros
a la luz de tu pecho.
Déjame mamar tu leche
de vida impregnada
en tu seno caliente
de madre preñada.

Pensamientos

Pensamientos
que vuelan raudos
perdiéndose en la noche,
tristes, solitarios e inseguros,
caminando en el laberinto
de la duda,
volando hasta llegar
más allá de la realidad
y del tiempo.
Pensamientos vacíos
y llenos que se entremezclan
en una calle sin salida,
donde las sombras se confunden
y no van a parar a ningún sitio,
deambulantes e inseguros,
cansados de no hallar su destino,
buscando su propia estrella
para encontrar su propia luz.
Pensamientos...
Nacidos de la misma mente
que los crea.
Criados por el mismo alma
que los alimenta.
Muertos por la misma mano
que los guía.
Pensamientos...
Masa de nubes
que el viento disipa.
Puñado de aire
que la mano no atrapa.
Gotas de agua
que la piedra no bebe.
Llamas de luz
que el fuego no agota.
Pensamiento... ¡BROTA!

Como la hiedra

¿De qué escribe el poeta
cuando pierde la inspiración,
cuando su musa se queda quieta
y callada en un rincón?.
¿Qué tiene que decir al mundo,
cuando en la nada muere,
cuando es tanto su dolor
que en la abstracción yace inerte?
¿Qué puede escribir sobre el amor,
cuando no lo tiene,
o es su propio desengaño
quien no lo deja y le miente?
¿Sobre qué escribe el poeta
cuando pierde la inspiración,
o simplemente no escribe
y deja apagar su voz?.
¿Deja de ser poeta
el que perdió el don de la poesía,
aquél que olvidó las cosas bellas
sobre las que tanto escribía?.
¿No hay amor que lo consuele,
ni dolor que lo conmueva?.
¿No hay una flor, un mar o una mano
que lo saque de su retiro
y haga renacer en él,
una nueva ilusión por plasmar lo divino?
¿Sobre que escribiré yo
cuando en nada crea,
cuando mi gran romanticismo
decrezca y muera?.
¿De qué escribiré, si soy poeta,
cuando pierda la inspiración,
cuando mi musa se quede quieta
y callada en un rincón?.
¿Tantos miles de versos
escritos para ser poeta,
me mantendrán con el título
cuando me dejen las letras?.
¿Se me llenará de olvido
en una vieja carpeta
y desapareceré para siempre
con polvo sobre las grietas?.
Y en mi propio desespero
mis musas no se están quietas
y bailándome al oído,
susurran cosas como estas:
“Morirás. –Me dicen las hadas-
Morirás, pero naciendo
a cada frase, a cada verso,
que vivirá más allá del tiempo.
Cada vez que se lea al aire tu rima,
tu prosa o tu verso,
crecerá como la hiedra
alzando sus brazos al cielo.
Cada vez que alguien las lea
y hagas a su corazón latir,
dejarás de estar muerto
y volverás a vivir”

El abuelo

Inclinado está en su vieja silla,
pequeño, encogido, arrugado,
siempre con su boina puesta,
vistiendo holgadamente, descuidado.
Allí me lo encuentro siempre,
sentado a oscuras, frente al hogar,
con la mirada ausente y perdida,
vacía de tanto y tanto llorar.
Con sus manos sobre el regazo,
retuerce y estruja los dedos,
cortando en pedazo el aire
y atándolo con nudos luego.
Yo, le observo desde la puerta
temblar en su traje negro,
ropa de luto que esa muerte
dejó cosida a sus recuerdos.
Cuando nota que le miro
gira, cansado, medio cuerpo
y sin apenas mover los labios
me sonríe y dice esto:
-“Pasa hija, ven,
que ya no tardará la abuela
y si tarda la buscaré
para acompañarla de vuelta”.
Ya... ni me arrimo siquiera.
Ya... de la puerta me vuelvo.
¿Cómo hacerle comprender
que la abuela ya se ha muerto?.
En los ratos de lucidez
llora y suspira en silencio,
con la cabeza hundida, caída,
pegada, sin vida, al pecho
y yo me ahogo en la pena
de que no sea feliz,
de que quiera irse con ella
y Dios le retenga aquí.

Mi querido padre borracho

Tu silencio tras la muerte
proclama la inocencia
de haber perdido la vida
sin haber tenido consciencia.
Que mudo te has quedado...
que sereno estás ahora...
mi boca cínica sonríe
y mis ojos, no queriendo, lloran.
Tres días pasaste en coma
del último trago que diste
y feliz te mueres ahora
sin saber lo que me hiciste.
Y aquí, ante ti me postro,
a tu lado de rodillas
lavando tu pálido rostro
con agua de mis mejillas.
Siempre quise tener un padre
y la muerte me lo dio,
un padre que me escuchase
y al que abrirle el corazón.
Ahora escucharás de mi boca,
mi querido padre borracho,
lo que me amargaste la vida
siendo todavía un muchacho.
La muerte te ha llegado suave,
sin avisarme siquiera
para poder ir a comprarme,
por luto, ropa de fiesta.
Que mal lo pasé en la vida,
que malos tragos bebiste,
te sentaba tan mal la bebida,
que malos tratos me diste.
Cojeo por la soldura
del hueso que me rompiste
y mil cicatrices me adornan
que tú mismo las hiciste.
Cuando ahorraba cuatro chavos,
tú me los quitabas a “hostias”
y dime con qué dinero
debo enterrarte ahora.
Porque el cura quiere “duros”
aunque el Dios altísimo no coma,
que dice que en lo económico,
aquí paz y allá gloria.
Te amortajaré con mi traje nuevo,
aquél que compré a plazos
y será lo último que te dé
mi querido padre borracho.
Te enterraré en Tierra Santa,
por mi honor, en Campo Santo,
aunque tenga que pedir
puerta a puerta mendigando.
Pero una vez que te entierre,
entiérrame tú también a mí,
que si en vida no me lo diste,
de muerto, no quiero nada de ti.

Niña de trapo

La dulce muñeca
que entre mis brazos yo mezo,
sustituye a la niña
que ya no tengo.
Cuanto más la miro
más se parece,
con su carita blanca
y sus rollizos mofletes.
Sus tirabuzones de oro
y su vestidito de organza,
lo mismo, lo mismo
que como iba en la caja.
-Mi dulce niña
¿te mojé la cara?
¡Que tontas las lágrimas
que a mamá se le escapan!.
No te asustes hijita
que las meto en el alma
¡Que no lloren mis ojos
que mi niña se espanta!
-“Ea, ea, niña Luna,
mi ángel se duerme
mientras mami,
con ternura, la acuna”
-“Ea, ea, niña Luna,
como mi nena,
no habrá ninguna”
-“Ea, ea, niña Luna,
como mi nena,
no habrá ninguna”

Niño viejo

Ojos profundos como el mar,
de mirada clara como el cielo,
de sentir sereno como la noche,
de querer intenso como el fuego.

Cargando sobre su espalda
arrastra cientos de penas,
tanto vive, tanto pasa
duramente algunas pruebas.

En su mirada dura,
azul, pero de acero,
oculta arrugas que en el alma lleva
resignadamente el niño viejo.

¡Que gastada está su vida,
que cansado está su cuerpo
de la vida que soporta
este pobre niño viejo!.

Escupe su desprecio
por la vida que lo atrapa
y con envidia mira el parque
desde la verja cerrada.

Es un niño y es un viejo.
Pobre, pobre, niño viejo.

Un kilo de amor, por favor

Con qué mesura es medida
la unidad de la cordura
que da la razón al sabio
sin tacharlo de locura?

Con qué vara se mide
-y a la sapiencia cuestiono-
la villanía del tirano
o el sabor del puromoro?

Cómo se mide el dolor
que soporta el ser humano?
Se puede medir la intención
de quien quiere hacerle daño?

Puede el infame injusto
fabricarse en su probeta
unas gotitas de odio
y regalarlas en tabletas?

Como se puede dar,
a mi dolor, cabal consuelo
si nadie sabe con justicia
del total cuanto me llevo?

Quiero medir las cosas,
el amor y el sentimiento
para, de la suma total,
restar lo que me quedo.

Que me haga sentir su odio,
quien me odie, a cada gesto
para que sea intenso, mi dolor,
un momento.

Así, yo, con mi “metro”
sin pausa lo mido
y cuando acabe les diré
si mide más su odio o mi olvido.

Un soplo de libertad


Buenas noches carcelero
y deja mi ventana abierta
que por ella asoma el brillo
candelero de una estrella.
Que olvides cerrarla pido,
tan solo por esta noche,
hazlo como un descuido
para que nadie te lo reproche.
Que ver la inmensidad del cielo
cuando la cierra una ventana,
es como ser un ciego
queriendo ver sin la mirada.
Carcelero de mi vida
ten compasión de mí
y deja mi alma libre
que pasee por ahí.
¡CARCELERO... NO!
y mi ventana se cierra.
¿Por qué un castigo mayor
si ya cumplo mi condena?

Mi pueblo

Sus casas de paredes altas
y techos de teja roja,
atraen desde lontananza
a las miradas curiosas.
Vestido de perlas blancas
salpicadas de geranios
que se derraman en cascadas
sobre su suelo empedrado.
Tiene calles que se empinan
con escaleras que van al cielo,
estrechas como la cintura
de las mozas de mi pueblo.
Matronas de tetas gordas
llenan por la tarde el pueblo
con sus labores de punto
a la fresca del averno.
rostros de piel plegada
llevan a lastre su cuerpo
por las horas de trabajo
y de labor en el terreno.
Chiquillos de ojos grandes
que corretean inquietos
alzan en clamor sus voces
llenando de risa el pueblo.
Chimeneas que perfuman
el aire frío de invierno
dando consuelo a sus gentes
con la promesa de un buen fuego.
Sobre lápidas de piedra y cruces
escribe su historia el pueblo,
a cada cual se le escribió la suya
y son la historia de mi pueblo.


Sueños


Cansada te veo, paloma
¿Sigues volando contra el viento?.
No ves que te dejas la vida
entre aleteo y aleteo,
que pierdes tus plumas blancas
a cada golpe de remo?
¿Qué persigues en el aire,
añoranza? ...juventud?...deseo?
No te diste cuenta aún
que el amor es puro sueño?.
Baja. Descansa y reposa.
Toma un poco de aire “quieto”.
Descansa tus viejas alas,
relaja tu cuerpo viejo.
Mira que no eres joven, paloma,
dejaste atrás el ser polluelo.
Tu ración de vida te comiste,
amaste y criaste al tiempo.
Vuelve a tu morada, paloma,
al palomar caliente y seco
que allí revivirás
al calor de los recuerdos.

Amante perdido

El balcón de mi casa
se halla marchito
con flores que han muerto
sin haber nacido.
Lloran la ausencia
del amor clandestino
que alegre cantaba
a mi hiedra prendido.
Sus baladas dulces,
en sus labios presas,
regaban mis flores
que su amor veneran.
Rondaba las sombras
robando el rocío
a las hojas frescas
en invierno y estío.
Yo me ocultaba
fingiendo no oírlo
y mi amor le negaba
siendo carbón encendido.
Claros tenía los ojos,
rubio crecía su pelo,
la cara de suaves rasgos,
era guapo y altanero.
Hoy, cargada de años,
tejiendo junto a la reja,
sigo esperando el regreso
de mi amor, que nunca llega.
De aquél que cantaba
sus baladas bajito,
para que nadie escuchara,
solo para mí todito.
Y las flores crecían
testigos de aquél beso
que a mis oídos llegaba
quedo, muy quedo.
Hablar, no le hablaba,
pero quererle, aún le quiero.
Qué será de aquél mozo
guapo y altanero
que rondaba mi casa
en verano e invierno,
que me enviaba las cartas
sucias de besos.
El vientre me duele
cada vez que las leo
preñada de ansia,
de amor y deseo.

La arena y el mar


Yo he sido testigo de cómo la arena y el mar se amaban.
En noches de silencio, bajo la cómplice mirada de la luna,
el mar, le canta romanzas de suaves susurros, mezclados de suspiros.
La arena, se deja arrullar por los brazos azules, entregada a sus besos.
Él, borracho de amor, a cada caricia, le prende el pelo de caracolas.
Quise ser arena y caminé descalza por los labios de la esfinge.
La fina y marfílea arena, se apartaba ofendida, rehuyendo el paso,
cuando el mar besó las huellas, cuyas autoras éramos su amada y yo.
Enredé mis pies en la espuma, que seducía sin cesar la Tierra,
queriendo robar alguna de las caricias que ambos se prodigaban;
fundirme con el mar y abrazar el Universo extendiendo mis brazos;
perderme en el cosmos mientras mi cuerpo se entregaba a las olas.
Pegué el oído en la arena mojada, arrancándole quejidos,
tatuando el paso de mis dedos por su cara, como celosa enamorada.
Decidí pertenecer al mar y que como cosa propia me poseyera.
Descendí los altares humanos para convertirme en su sirena.
El viento, ordenado por el mar, vertía sus reproches sobre mi cuerpo
que, desnudo al cielo, yo le ofrecía para que amasase y esculpiese a gusto,
mientras continuaba adentrándome, plácidamente, en el fondo marino.
Pero el mar no me quiso y me impulsó al aire como lava de volcán,
abriendo las olas a mi rastro, en pugna salvaje, por librarse de mí.
Me tomó mimoso en sus brazos, con la delicadeza de un caballero
y como si cual novia yo fuera, me depositó suavemente en la orilla.
Permitió que le besara por última vez y se fundió con mis lágrimas.
La arena se apartó bajo mi peso, invitándome a dejar la playa.
Nadie me había invitado e entrar en la Ternura.

Yo quisiera

Como a un amigo me tienes
y como un amigo te acepto
y tu confiada mirada me calla
para decirte lo que siento.

Porque...

Yo quisiera...
que cada vez que sueño
pudiese bordar tu boca
con la yema de mi dedo.
.
Yo quisiera...
acariciar despacio tu cuerpo
en una caricia larga y llena
que te hiciese temblar de miedo.

Yo quisiera...
que entre el sentir de mi sueño
se mezclase clara la esencia
de tu amor, que tanto anhelo.

Yo quisiera...
oler en tu larga mata de pelo
el olor a primavera
como huele cuando estoy despierto.

Yo quisiera...
abrazar tu cuerpo desnudo
y apretar tu carne morena
con fuerza contra mi pecho.

Yo quisiera...
poder ser Dios un momento
y construir una noche eterna
para encerrarte conmigo dentro.

Yo quisiera...
moldear de espuma tu cuerpo,
e ir nadando, en tu cadera,
a la isla del fin del tiempo.

Yo quisiera...
hacer realidad mi sueño
y que tu amor me lo dieras
no dormido, sino despierto.

A fuerza viva

En mis entrañas florece
un sentimiento que agota,
brota como el agua dulce
resbalando sobre la roca.
Con fuerza viva rezuma,
con genio bravío alborota,
mas respirando aire inerte
en manso cauce se torna.
Con la tranquilidad serena
y la paz que concede el alma,
al escapar de su encierro
la brava agua se calma.
Como el ardor de mi fuego
se enfría ante tus ojos
y el estremecer de mis celos
desaparece cuando te toco.
Como cuando aplacas mi codicia
de amor, bebiendo en tu boca
el dulce sabor de unos besos,
perfumados, oliendo a rosa.
Con caricias robadas al cielo
derrites al rojo candente
las puntas de hielo duro
que asoman desde mi vientre.
Y sueño despierto contigo,
la vida me estorba sin verte,
me tienes loco perdio
y no soy nada sin quererte.

Y no te das cuenta


Ardo en deseos de fundirme contigo,
como nunca jamás hubieras soñado,
ni hombre amado en la tierra sentido,
sentimientos nuevos en mi guardados
que mueren en flor sin haber nacido,
guiando su belleza a un corazón sangrado,
que llora el dolor de haberte conocido
y la pena callada de sentirte amado.

Con labios sellados y agria esperanza,
palabras ahogadas en un mar de deseo,
tentaciones perdidas en el fondo del alma
y salobres los ojos cada vez que te veo,
extiendo mi mano cuando por mi lado pasas,
buscando el roce accidental de tu cuerpo,
pidiendo el regalo de una tierna mirada
que me mata a la vez que me da consuelo.

Encumbrados deseos para mí prohibidos
que a palabras de amor vienen atados,
con sueños rajados de tenerte conmigo
y esperanzas truncadas sin haberte dado:
la luz de mis ojos cada vez que te miro;
la fuente de amor que nace en mis manos;
la miel de mis besos que te hiciesen cautivo
y en la red de mi araña te vieses atado.

¿Qué es amar?

Qué es amar,
alguien puede explicarlo?
Es amar un dulce dolor
que nace en mi pecho,
oprime mis sienes,
acelera mi corazón
y sin aliento me deja?
Es amor el deseo infinito
de dar sin reservas,
de adorar la libertad del otro
y la risa perpetua
que aflora en mis ojos?
Se ama en beso dulce
que te eriza todo,
en abrazo tierno,
en sueño despierto,
en verlo en cada detalle,
adivinar sus gestos
aunque no esté delante?
Es amar una locura
que se quedó a mi espalda pegada
y al oído me susurra,
como hada mala, lujurias
y al pecado me provoca
con desenfreno de loca?
Yo no sé si estaré amando
porque es pasión y es dulzura
y aún nadie me ha aclarado
ni un amigo contestado
si es amor desenfrenado
lo que siento por mi amado
o solamente una locura.

Tú y yo

Me tienes,
pero no me coges.
Me dejas,
pero no me sueltas.
Me amas,
pero no me quieres.
Me besas,
pero no me tientas.

Me ves,
pero no me miras.
Me dices,
pero no me hablas.
Me rozas,
pero no me tocas.
Me lías,
pero no me atas.


Te tengo,
cuando me sientes.
Te dejo,
pero nunca a un lado.
Te amo,
sin condiciones.
Te beso,
como un pecado.

Te veo,
aunque no te mire.
Te digo,
pero si escuchas.
Te rozo,
muy suavemente.
Te lío,
si me resultas.

Mandado de Dios

...y entonces llegó un ángel
que fue mandado por Dios.
La recogió en sus manos...
Le reparó las alas rotas...
Les volvió a pintar el color...
Le insufló de nuevo la vida
y creó para ella el jardín más bonito de la creación.
La dejó en el precioso jardín, libre, para que volase
y cada flor que ella rozaba
se convertía en poesía cantada...
Ella, volvió a ser feliz mientras volaba...
sabiéndose querida y amada...
Pero el ángel no la dejó...
Recogió el jardín y a la bella...
En su pañuelo fue guardado
con cuidado, como le fue mandado...
y así el ángel marchó,
con su tesoro en las manos,
como Dios le mandó.
Llegó hasta el cielo y le dijo:
“Aquí te traigo tu deseo mandado,
tu estimado tesoro preciado”
Y abriendo el pañuelo
se desparramó el jardín que fue llamado Edén
El paraíso fue así completado...
como fue el deseo de Dios...
como Él había mandado...
A su mariposa la llamó Amada,
y Dios, feliz, volaba a su lado
y en un susurro escapado
le pareció oírse llamar...
¡No. Fue real! Ella le llamó:
¡AMADO!

El pecado de amarte

No hay salvación posible al pecado de amarte
ni sentencia cumplida con tanta gratitud.
Si mil vidas costara saldar mi condena
mil y mil más, con agrado daría, si lo pides tú.

Es pecado mortal amarte como te estoy amando
pues prohibido es amar a nadie por encima de Dios
pero antes fui al cielo y le enseñé mi alma
y el mismo Dios, al mirarme, se ruborizó.

Soy pecadora confesa y justo condenada
y mi castigo lo arrastro en cadenas de dolor.
Es tortuoso amarte de forma infinita
pero ni viva, ni muerta, acabará mi amor.

No hay salvación posible al pecado de amarte
ni apelación, ni recurso que yo quiera emprender.
Mi vida ya muere con tan solo mirarte
y solo cuando me miras vuelvo a renacer.

Condenada estoy sin remedio a oír tus quebrantos
y no quiero ser rescatada de ésta, tu prisión.
Quiero quedarme siempre detrás de tu reja
sufriendo en mi vida y mi muerte palabras de amor.

No hay salvación posible al pecado de amarte
ni rescate, ni tregua que yo pueda aceptar
pues quién, sintiéndose amada como yo lo siento,
dejaría tu cárcel de besos por la libertad?



Alejándome de ti

Estoy en el tren, los vaivenes de mi letra
se mezclan con los del tren cuando te escribo,
temblores de añoranza podríamos llamarles.

Hoy te he dicho adiós cuando quería quedarme.
Te regalé un suave beso cuando quise quedarme pegada a tus labios.
Cerré mis maletas cuando deseaba colgar mi ropa en tu percha.
Me marché cuando quise quedarme y bebí la lágrima que me ataba,
en lazo invisible, a tus brazos amadores.

No miré tus ojos, cristalinos y sangrantes por la pena.
No quise ver el amor que en ti quedaba sin haberme dado.
No hubiese podido irme si escucho todo lo que me decían.

Ahora, en la soledad de mis pensamientos,
encadenada a este tren que, prisionera en sus entrañas, me aleja de ti,
recuerdo el brillo de tus ojos que me suplica que te deje mis caricias en la almohada,
para, en las noches de mi ausencia, gastarlas conmigo.

Quizá quede un momento en la vida del mundo para nosotros
y podamos encontrar una isla donde naufragar.
Un lugar lejos del mundo para nosotros solos,
sin posibilidad de que nadie nos rescate.
¿Adónde iríamos?

Tendremos que esperar a que se alíen de nuevo la ocasión y el tiempo
para un nuevo encuentro, y mientras, cada momento del día
una pregunta sin respuesta flotará en el aire;
una pregunta que se renueva a cada respuesta
porque será mi pregunta eterna:
¿Me amarás mañana?

Confidencias

Demasiado tiempo fui tu confidente. Demasiado tiempo levantándote de amores caídos, conociéndote en tus intimidades, compartiendo tus sueños, dirigiendo la mirada a otro horizonte donde yo no estaba.
Te fui descubriendo sin que supieras que te miraba, sin que buscases en mí mas que unas orejas amigas, sin rostro, sin cuerpo, sin sexo, sin forma, sin ganas, sin boca, sin sueños, sin ansias, sin manos, sin caricias, sin besos, sin que para ti fuese más que un altavoz para tus quejas.
Así, sin darme cuenta, me enamoré de ti, Me di cuenta cuando mil rabias me inundaban contra ti, contra ella, contra Dios, contra el mundo. Odios para mí desconocidos que nacían de la impotencia.
Ignorada por Dios y por ti, llenabas mi cara de un amor por mí deseado, haciéndome suspirar los suspiros que ella te negaba.
Respetaba tu dolor con mi silencio mientras dejaba que entrases en mí odiándola, sin saber que la odiaba, sin saber que te amaba, sin saber que me pasaba cuando oía tus lamentos de amor llorado, rasgado por un desplante que no entendías, que no merecías... Me imaginaba dándote todo aquello que ella te negaba, imaginaba mis manos en tu cara prodigándote mis más tiernas caricias, devolviendo tus besos con más besos, bebiéndote... Después quedaba sola con mi dolor cada vez que por ella declamabas las infinitas horas que yo imaginaba mías.
Celos enfermizos entristecían mis ojos, sabiendo que moría tu tiempo con ella, humillándote en un intento desesperado por recuperar el sueño unísono que pudo uniros un día.
¡Cómo te gritaba! ¡Cómo lanzaba llamaradas de fuego que se perdían en el aire!
Soy yo... mírame... soy yo... no te das cuenta?
Y me miraste.
Ahora me da miedo la culminación de mis sueños.
No sé cómo, solo ocurrió. Nuestros ojos se cruzaron y amanecimos despiertos en una noche nueva. Por primera vez, palabras de amor resbalaban de tus labios sobre mis orejas, traspasando la piel y mezclándose con mi carne, con mis huesos, con mi sangre... y las hice mías.
Poco tiempo para saciarme de un amor tanto tiempo deseado.
Ahora, tras la separación vuelven mis fantasmas arrancándome dolorosamente las entrañas, desbordando como mi alma de angustias quizá injustificadas, pero son mías y no puede evitarlas.
Cuántas veces al día me repito que soy yo, que por fin te has dado cuenta pero eso no es suficiente para tranquilizarme, puesto que las mismas veces mi travieso diablo me dice lo contrario, en pugna constante entre mis dos yo.
Necesito más, amor mío, quiero que te des cuenta de cuanto te necesito, que me repitas hasta el cansancio que soy yo quien ocupa tus sentidos, que soy quien hace brotar las caricias en tus manos.
Hazme sentir segura. Hazme sentir que formo parte de ti. Necesito saber para calmar mi angustia que no hay lugar en tu cuerpo que yo no esté.

A mi amor

¿Cómo olvidarme de ti podría
siendo tú, el soplo de mi alma,
tejiendo con tus hilos la trama
de mi pobre corazón?

Hasta diosa me siento en tus brazos,
entre el humo azul de mis sueños
y el Olimpo se queda pequeño
para hacer un altar de ti, en él.

A ti dedico mi vida
y no un triste poema;
que entre sus versos quisiera
irradiara destellos de amor.

Habría que inventarse palabras
que expresaran cuanto deseo,
mientras las busco me conformo
con decirte que TE QUIERO.

Renacer

Despierto a los sueños de un amanecer tardío...
Mi mirada se pierde en el recuerdo de un lejano horizonte:
cuando caminaba por los senderos de la alegría...
con sueños nuevos y risas nuevas ofrecidas a la vida,

recuerdos de ayer, perdidos entre el laberinto de mi nostalgia

que hoy, encuentro renovados ante su presencia.

Persiguiendo cometas

Siempre he creído que llegaste a mí montado sobre un cometa.

Disfruté mientras te acercabas, mientras estuviste y mientras te alejabas.

Hoy, mezclado con el resto de mis recuerdos, apenas eres el último punto de luz de la estela que deja; eres el grumo de nata en la leche que nos empeñamos en disolver.

A veces pienso que sería de nosotros si te hubieses dejado caer de su cresta para quedarte conmigo, pero mi imaginación se enreda en otros "hubiese sido y no fueron" que llegaron tras de ti, fría ya, tras el fuego de tu paso.

Y no consigo avanzar más allá del punto del horizonte en que, sin dejar de mirarnos, dejamos de vernos.

Ahora tengo los pies demasiado enraizados para poder despegarme del suelo y volar, persiguiendo cometas...

Intimidades

Noche callada de luna velada,
brindados encuentros que embriagan el ser;
mágicas miradas, enamoradas,
tocadas por hadas que yo diseñé.
Tules de seda, tejidos de estrellas,
cubren pedazos de nuestra piel,
ocultando los besos, que como posesos,
repetimos insaciables, una y otra vez.
Olores de risa perfuman la alcoba,
que estando tú, cerca, me impregnan la piel.
Respiro la brisa del aire que agitas,
viajando a tus venas para no volver.
Píntame de amor tus caricias,
haz que el tiempo no pueda existir,
vierte la dicha, de ternura exquisita,
derramando en mi cuerpo sobras de placer.
Me haces falta en el espacio,
todo necesito llenarlo de ti,
que sean tus dedos los que tracen mi vida,
marcando el sendero que debo seguir.
Voy a perderme en tu dédalo, de deseos infinitos.
Voy a buscar en tu alma rincones de amor.
Voy a encontrar los caminos de tu paraíso,
para abandonar este mundo, saciada de amor.

Amanece


Ya casi amanece... Se aproxima de nuevo la tortura de la aurora que alumbra cada mañana tu almohada vacía.
Mis ojos, abiertos a la noche, dibujan en la oscuridad tu cuerpo con jirones desgarrados de mis recuerdos.
Truenos amenazadores retumban en la alcoba ocupada por silencios penetrantes. Quietud abrasadora que en mi pecho anida.
Mis latidos son tormenta desatada en el páramo yermo, que con furia vierte sobre la tierra seca el agua que da la vida.
Una sonrisa tuya despejará de nubes mi alma prisionera y reinará, sobre mi campo de muerte, la radiante primavera.
Agua de olvido para el mal de tu ausencia; ese mar desconocido, tus ojos, me invita a navegar en él y a que me sumerja.
Por una caricia tuya, doy la vida; por dos, la muerte entrego y por un solo beso haría para ti una corona del Universo.
Ya casi amanece... y tras la aurora vendrá un nuevo día que me traerá la alegría de pensar que hoy vuelves.
Despojo de carne y huesos, títere sin hilos soy sin verte. Vida que me das vida: Regresa pronto, vuelve.
Libertad se llama a mi forma de amarte, martirio infinito que me infrinjo al saber que con una sola palabra puedo tenerte...
VEN.

Quiero quedarme contigo

Quiero colgar mi hatillo en el dintel de tu casa,
que mi mejor aventura surja junto a ti,
encadenar en tu pecho mi afán de aventuras
y que tus rizos enreden los sueños que quise vivir.
Beber de tus labios nuevas fantasías,
que no existan palabras bonitas si no son para ti,
que tus caricias me eleven más allá de las nubes
y hundirme contigo en un pozo sin fin.
Encontrar a tu lado nuevas ansiedades,
el sentido a mi vida que lo pongas tú,
en tus ojos mirarme cada vez que sonrías
y alumbrar mi camino solo con tu luz.
Ahogarme de dicha cada vez que me hables,
suspirar en la noche llena de pasión,
detenerme en el tiempo mecida en tu sueño
y mi frío arroparlo con tu corazón.
Voy a proponerte en serio quedarme contigo,
que todos mis senderos conduzcan hacia ti.
Dejaré mis sandalias en la calle olvidadas
Si puedes enamorarme en locura sin fin.

Mañana me lo dirás

Hoy no quiero escuchar
en tus palabras nada nuevo,
ni que en tus caricias falten dedos
o me cambies tu forma de besar.
Quédate quieto, como estás,
quiero grabarte en mi recuerdo.
¡No, por favor!...lo dices luego.
Cállate ahora y déjate mirar.
Vuélveme a abrazar
con el temor del primer beso,
ata tus brazos a mi cuerpo, prieto,
que no se puedan soltar
y vuélveme a besar
con la tortura de su goce
que quema suave con el roce
impidiéndome pensar.
No me dejes de abrazar,
hazlo por mí, aunque no quieras,
abrázame, aunque me duela,
que no me pienso quejar.
Dame esta noche calor,
haz que dure hasta mañana
y así nos hallará el alba,
callado cómplice de seducción.
¡No!, hoy no quiero escuchar
de tus palabras lo que creo:
que te has cansado de éste juego
...Mañana me lo dirás.

Eres...

Eres fuego
porque me quemas.
Eres tierra
en donde reposo.
Eres aire
que yo respiro.
Eres agua
en que me ahogo.

Eres fuego
cuando me abrazas.
Eres tierra
cuando me mimas.
Eres aire
cuando me enseñas.
Eres agua
cuando me miras.

Eres fuego
porque me quemas
cuando me abrazas.
Eres tierra
en donde reposo
cuando me mimas.
Eres aire
que yo respiro
cuando me enseñas.
Eres agua
en que me ahogo
cuando me miras.

LLoviendo

Sigue cayendo la lluvia sobre la tierra,
ya ahogada, de su propio placer de vida.
El incesante lagrimear del cielo
me mantiene quieta tras los cristales,
arrebujada en el calor de tu mirada,
de tus caricias, de tus palabras ahora mías,
que como lluvia persistente
inunda el suelo, prodigándole caricias.
Caricias desmedidas en que la Tierra se ahoga,
provocando una muerte invernal
que se trocará en primavera,
estallando en fragantes colores,
espontáneos, como cohetes de fiesta,
cuando mi mano vuelva a tocar la tuya.
Sigo aquí, paralizada, contando embobada
las gotas que hacen crecer los charcos.
Mi imaginación me convierte en la tierra
que acoge los charcos, incapaz de beber,
de una sola vez, toda el agua;
tú eres la lluvia de vida que me llenas de ternura,
ahogándome en una felicidad que no estoy acostumbrada
pero sabiendo, en lo más profundo de mí,
que si la acepto, si dejo que cale en mi piel
y se disuelva conmigo, podré dar de nuevo la vida
con amores frescos, renovados,
en cada uno de los miles de encuentros
que nos quedan por gastar.
Estoy fundida con el ciclo eterno de la Tierra:
muerte y vida, muerte y vida, muerte y vida...
Morir para renacer de nuevo, sin principio,
sin fin, sin preguntas, sin respuestas,
eternamente, sin romper el equilibrio;
armonizando los compases naturales;
simbiosis necesaria entre el cielo y la tierra;
simbiosis que el mundo aprendió
copiando de nosotros.

Ladrón de corazones

Llegaste al alba, seguro,
sereno y tranquilo
como ladrón que transita en la noche
buscando un tesoro escondido.
Tus ojos verdes
que lo escudriñan todo,
buscando incansables
en el fragor de la noche,
encontraron su freno en los míos,
parando la noche,
deteniendo el tiempo,
acelerando el ritmo de mi corazón
como hacía tiempo que no latía.
Palabras triviales,
buscando el acercamiento a la intimidad,
intercambiaron nuestras bocas
antes de unir nuestros cuerpos,
pegándolos, para seguir un baile
inventado para nosotros.
Y en la intimidad del abrazo
vimos la luz de un sentimiento nuevo
mas allá de pasiones y dudas
que se cerró entre tú y yo,
abriendo las puertas del cielo.
Perdidos entre las brumas
de un despertar incierto
continuamos pegados
queriendo retener el tiempo,
negándonos a abandonar la noche
que mantiene nuestros cuerpos despiertos.

Ganas de ti

Y en medio de la noche
caía el rocío
sobre mi pelo,
sobre mis pechos
desnudos al cielo
resbalaban las gotas
del frescor temprano,
acariciando mi cuerpo
trémulo de frío.
Y yo, detenida en el tiempo,
esperaba tu regreso
al calor de mis piernas,
todavía húmedas,
de mi ansia por tenerte.

Te duermes

Te duermes
con el pecho henchido de paz,
con tu brazo alargado, tocando
mi cuerpo.
Te duermes,
satisfecho del amor recibido,
de miles de caricias que sabes
que vendrán mañana, siempre,
consciente que nuestro amor
no muere esta noche.
Tu respiración tranquila
me invita a seguirla
haciendo de ella música
para mi sueño.
Acerco mi mano a tu pecho
y allí la clavo hasta la mañana,
robando parte de tu calma.
Te duermes,
suspiras,
la satisfacción inunda tu sueño;
tu respiración crece y se enreda
en las paredes, en el techo,
en las cortinas, en las sábanas...
La calma te invade y me contagias.
Quiero quedarme clavada en ti
y sorberte entero.

Amasando estrellas

Quien robará para mí una estrella,
que acaricie mi cuerpo en la alborada,
escribiendo estelas de amor durante el día
y, cuando llegue la noche, vuelva a colgarla.

Quien peinará mi pelo por la mañana,
tras enredarlo, mimoso, al acostarme,
quien bordará ternuras sobre mi espalda,
quien, en momentos tristes, va a consolarme.

Quien me venderá ilusiones en adelante,
llenando mis manos, ahora vacías,
ocupando ese espacio de cada instante,
dejando los momentos llenos de vida.

Quien tiene un sueño para comprarle,
que los míos, todos, están gastados;
Murieron la noche en que me dejaste
y mi dolor en el cielo quedó clavado.

En tanto estaré amasando estrellas.
Marcaré con su luz el horizonte,
me iré a buscar una tierra nueva,
más allá de donde el sol se esconde.
No iré a buscarte a donde fueras,
pero tú, sabrás donde encontrarme,
tan solo sigue el rastro de las huellas,
que amasando estrellas voy a dejarte.

Te odio

Te odio.
Te odio para no poder amarte.
Te odiaré siempre, a cada minuto de mi vida, porque...
si no lo hiciese, me moriría de pena de amarte tanto y no tenerte.


Abulia

Entre la luz de la tarde
se engendró un sueño.
En el sentir de la noche
nació la duda.
Entre el sudor de su cuerpo
creció el deseo.
Entre sus piernas calientes
murió su ansia.
Entre la luz de la luna
quedó encerrado un beso.
¿Y qué quedó tras eso?
ABULIA!

Añoro

Añoro la voz suave que me despierte cada día,
un beso en la frente cuando estoy dormida,
una mano firme donde se pierda la mía,
unos brazos seguros cuando me sienta perdida.
Añoro fundirme en la piel sudorosa de él,
que la noche se haga corta y sigamos después
amantes de cuerpos y sentimientos perennes,
seres unidos, haciendo su nido, en la cumbre del cielo.

Celos

La suave llama de la duda
que alimenta el corazón
es el desconcierto de los celos
traspasando la razón.

¿Cómo decirlo?

Quisiera escribirte el verso
más hermoso de mi vida;
quisiera describir con letras
lo que mi alma me dicta,
mas no existe sentimiento,
mas no existe corazón
que ni tan siquiera se aproxime
a la fuerza de mi amor.
Quisiera escribirte el verso
más hermoso de mi vida;
quisiera entonarlo con arpas
y convertir la letra en melodía,
mas no existe en el mundo
ni tan bella canción
ni tan buen músico que entonara
lo que siento por ti, amor.
Quisiera escribirte el verso
más hermoso de mi vida,
pero como no puedo lograrlo
lo escribiré para ti en el cielo
cuando me encuentre arriba.

Siempre mia

Amanezco desnuda
sudando, aún, tus restos;
rezumando el amor que quedó
por los poros, abiertos
con el fuego de la noche.
Despertando con el gusto,
en la boca, de tus besos;
todavía dulces,
todavía cálidos,
todavía voraces,
hambrientos de los míos.
El recuerdo de la exploración
en mis huecos me excita
y mi columna vibra de placer,
tanto, tanto que puedo oír
el ruido de mis huesos,
llamándote,
exigiéndote otra noche de amor
que me deje exigua, exhausta.
Deseosa de repetir por el placer.
Temerosa de comenzar
por el cansancio
de querer siempre más,
de no gastarme contigo.
Amanezco desnuda
y me palpo entera,
buscándote en mi.

Ven...
Por Máximo Torralbo y Gracia Torres

Desde la distancia, arrebatada por el impulso supremo del amor, ven.
Siempre podrás decir que hay un verso esperándote. Eso y el cielo te doy.
Ven a mi lado y siente que hay un verso esperándote, dulce tú, su origen.
¿Por quién late ese que un día raptaste? Éxtasis, galope virulento.
No esperes nunca que mis palabras dibujen fieles cuanto siento.
Porque he visto un atisbo de tu profundidad cuando llenas mi alma.
Me he acercado un poco a la verdad escuchando tus palabras.
Y pude acceder a una realidad abrazados y fundidos en un sueño.

Desde la distancia, arrebatada por el impulso supremo del amor, voy
Arrebujada en un abrigo sin formas, calor invisible que me arropa.
Tú, origen y causa de esa luz que alumbra las noches en que no dormí
que moldeas mi cuerpo desdibujado de emociones embriagadoras.
Cálido seno que como océano a sus sirenas meces y las consuelas.
Mira en tu alma. ¿No ves el azul de un mar tranquilo reflejado en ella?
Yo lo he visto cuando he mirado en tus ojos. He leído en ellos y vi.
¡Cuantos misterios me escondes! ¡Cuantas emociones guardadas para mí!

Quise darte algo bajo la lluvia, bajo la luna: el amor que siento.
Tengo un lago inmenso de amor que aún no viste, solo para ti.
Las últimas palabras de mis cumbres han sabido elevarte, amor, al cenit.
Desde la distancia, arrebatada por el impulso supremo del amor, ven.
Yo solo era un caminante extraviado en la selva hasta encontrarte.
Y tengo la fortuna, el gozo, la ilusión y el deseo insaciable de abrazarte.
Solo con un arte no se accede a la hermosura infinita que dice amarme.
Fuiste tú, sin duda quien abrazó mi tronco y tu magia logró atraparme.

Eres el destino. La meta y premio cuando logre salir del laberinto.
Mágico y tortuoso camino hasta encontrarte, conductor de mi carro alado.
Llevada en volandas entré en tu dédalo y deseo descubrir tus caminos,
recrearme en cada uno de los rincones secretos de tu ser inexplorado.
Me fundiré en tus paredes para resanar viejas grietas de viejas llagas.
Vestiré en mí tus lágrimas que tanto amor y sentimientos derraman.
Desde la distancia, arrebatada por el impulso supremo del amor, voy.
La pura locura, ante un encuentro arrebatado de cordura, amado, soy.

No sabes bien cuanta es mi fortuna; antes era tan pobre!. Tu ser me colma.
Me desvelo mientras duermes para no perder una vocal al hablarte.
Casi duele el silencio de la noche tras el torbellino de risas y flores.
Porque intuyo que entre tú y yo, vamos a vivir el más grande de los amores.
Quizá ni idea tienes de cuanto soy capaz de dar, porque voy a darte todo.
Solo verte y fundirme, superar un anhelo presentido y sufrir en el arrobo.
Cuanta fuerza bondadosa has vertido de tu fuente para en otro convertirme.
Tanto amor, entrega de tu piel y esencia en mis labios han sabido derretirme.

Fuego de la pasión. Viento cálido que se desprende de un bosque ardiendo.
Voy a tu encuentro sabiendo bien donde voy. No hay regreso, ni lo quiero.
Muero en ti para seguir viviendo eternamente dentro tuyo.
Vida que me das vida a la vez que me matas lento, lento con tu voz.
Muero contigo y vivo en ti. Bendito el día en que tus ojos en mí posaste.
¡Ay amor! No sabes que estas perdido entre el mágico encanto de mis besos.
Embriagadora fragancia de aroma celestial en esencia llevo para darte.
Despertar de sentimientos desconocidos y entrega absoluta a tu ser en deseo.

Desde la distancia, arrebatada por el impulso supremo del amor, ven.
Que te esperan mis brazos abiertos y el hueco que dejaste al robarme.
Ven con mi corazón, que sabes que es tuyo y siempre vas a guardarme.
Tanta dicha tiene un precio: la misma vida en la entrega y un beso.
Es mi abrazo un vuelo de pájaro arreciando en el trino alegre.
¿Cómo has sabido llegarme hasta tan hondo?. Eres mejor tras verte.
Si mis sueños y esperanzas son las tuyas, ¡dame la mano! voy a pedirte.
Uniremos nuestros pasos, nuestras voces, nuestro amor ya para siempre.

Porque tú Eres. Hacia ti voy con la inocencia de la pureza viva.
Me dejaré caer en tus brazos con los ojos cerrados y haré mi nido.
Mientras iré sacando de mi equipaje encajes blancos tejidos de caricias.
Besos nuevos que heridas viejas no lograron ensuciar traigo conmigo.
Tendrás que beberme, como yo te beberé a ti, para saciar la sed de amor.
Beberemos de la misma fuente el agua fresca de manantiales ocultos
que iremos descubriendo arañando la piel de la inmensidad de nuestro futuro.
Sabio asceta que viertes sobre mi frente conocimientos de amor arcanos.

Sé que no sabes cuánto me puedes llegar a querer y, lejos de mí, va a dolerte.
Apostaste y ganaste. Sabes que pongo mi alma a tus pies eternamente.
Acércate a mí, sueño tangible, ven a mi pecho para que pueda besarte.
Desde la distancia, arrebatada por el impulso supremo del amor, ven.
Yo te invito, tú me esperas y me envuelves, enajenas porque no hay distancia.
Si vieses mis ojos en este presente instante, lograrías sin esfuerzo saber
que es verdad, es genuino, inaccesible en su poder, la esencia de mi querer.
Has venido como el viento fresco para dejar despejada de nubes mi alma.

Laureado seas por existir para irradiarme tu magia, por amarme.
Mariposa soy que vuela ignorante a posarse en tus manos bellas,
delicadas y suaves, de dedos largos, esculturales tesoros tallados por Dafne,
dotados de inteligencia y de arte para acariciarme, don de la diosa Atenea.
Veo cuando me bordas con tu pluma sobre papel, lienzo de tus sentimientos.
¡Que bien me conoces pintor! ¡Cómo plasmas mi alma en tus lienzos!. Versos.
Te miro y un escalofrío me estremece porque me asusta lo que presiento:
Voy a ser la mujer más feliz, al ser amada por ti, de todo el universo.

Igual que la oscura noche interna cesa de doler cuando entras como el sol.
Tienes ahora un poder omnímodo para dejar mi tempestad bajo tu calma.
Si cada día fuese como hoy, mi dulce musa, sabrás cuanto duele tanto amor.
Has venido a enredarte en una cruel maraña de felicidad abrasadora.
Y si eres ese viento que al incendio aviva, quiero que me quemes amadora.
Desde la distancia, arrebatada por el impulso supremo del amor, ven.
Y verás las alas blancas levantarse, dos señales al cielo alzadas para ti.
Porque tú eres quien vuela, me arrebata de la tierra a una poesía sin fin.

Desde la distancia, arrebatada por el impulso supremo del amor, voy.
Sabiendo que me amas, sabiendo que me esperas para arrebatar mi ser.
Ángel seré, o fantasma, si me lo pides. Cuando lo sientas no preguntes: Yo soy.
Rozaré tu hombro, besaré tu pelo, respiraré tu aliento y te sentirás bien.
Nube de aire invisible que en calor agridulce te envuelva.
Cada vez que mi ausencia te deje, tendrás mi esencia besando tu sien.
Absorberás el aire que en aura de mí tengas. Sentirás mi eterna presencia.
Mirarás, mas no estaré y olerás en tu mano que no me ausente de tu piel.

Sé que te va a doler mi amor, tanta pasión por tu alma, en lo lejos.
No sufras tesoro, estoy a tu lado ahora, siempre. En todo verás mi reflejo.
Soy tuyo tanto como tu piel y bien que te lo sabes, por eso tu sonrisa es miel.
Desde la distancia, arrebatada por el impulso supremo del amor, ven.
Siento tu presencia en mí y si tú me sientes igual, deja de buscar.
Porque me has encontrado y busques cuanto busques, soy tu igual.
He cerrado la puerta detrás de este paso y ya no existe retorno.
Porque mientras camines a mi lado será todo luminoso, ¿lo apagarás?.

Porque voy a dejarte marcado. Voy a tu encuentro y te marcaré.
Mis manos tiemblan al pensar en tocarte, en rozarte. Cielo, voy a tocarte.
Vibraciones espeluznantes serán para quien no sepa “amar” lo que es.
Como almizcle me colaré por cada uno de tus poros y tu perfume seré.
A fuego templado grabaré mi nombre en tu pensamiento.
Te besaré tanto que dejaré en tus labios marcado, mi perfil.
Condenado estas a ser mío porque te lo impondré a fuerza de amarte.
No vas a saber negarte porque nadie te dio lo que yo te daré.

Sé que nunca accionarás el interruptor de la nada mientras te quiera.
Y por ello te confirmo de forma definitiva que no sabes lo que te espera.
Porque te vas a sentir tan inundada de amor que sufrirás su intensidad.
Con las alas blancas ascenderás al paraíso infinito y odiarás toda beldad.
Aborrecerás el desmayo continuo ante mi amor, la herida de mi verso.
Latirá descompasado tu corazón en la mutua entrega, pronto vas a verlo.
Nada va a detener la cascada. Nadie ha sabido parar el sentimiento.
Desde la distancia, arrebatada por el impulso supremo del amor, ven.

Tu voluntad será mía y después de acariciarla le daré de nuevo libertad.
No sabrás que hacer con ella entonces y me suplicarás que la bese.
No querrás escapar de mis brazos, no desearás apartarte de mí.
Robaré tus sentidos y tus fuerzas y no podrás resistir mi ausencia de ti.
Voy a tocarte cielo, ¿no te da miedo?. Debería dártelo, amor, sí.
Robaré tu alma y la posaré sobre mis alas blancas de mariposa
y la pasearé sobre las flores de mi jardín. Verás mi paraíso, es para ti.
Después no te importará la muerte, tras haberte enseñado a vivir.

Prepara mil embrujos para contener mi amor. Delicioso error el tuyo.
Has sido raptada por las arteras trampas de lo celestial: mi arrullo.
Por las caricias delicadas, la sinceridad embriagadora de quien te ama.
Y sabiendo que siempre, mientras viva, seré tuyo. Deberás asumirlo.
Por incauta ahora eres la mujer que carga con más amor de la tierra.
Tarde para descubrirlo. Cada sonido trae tu voz, todos los rostros eres tú.
Cada latido que sientas es mío y verás mi rostro al ponerse el sol en la sierra.
Ensancha tu alma cada día para dar contenido a mi verso entregado.

Todo eso porque te amo, porque intuyo el ser supremo que hay en ti.
Hierba fresca brillante por el rocío que la cubre un alba de primavera.
Brisa marina prendida en mi pelo navegando a proa de una galera.
El momento en que me tomes en tus brazos sabré que ese día nací.
Esto es una promesa de felicidad jurada que voy a entregarte.
Porque mientras me ames dedicaré mi tiempo ha hacerte feliz.
podrías apagar la luz de mi sonrisa, segada de dicha, si me dejases
¿Pero donde irías, si jamás hallarías mayor riqueza que la emanada de mí?

Aún no ha nacido un ser, amor mío, con tanto amor para ti guardado.
Afortunada tú entre todas las mujeres por tenerme a mí y ser como eres.
Gracias amada, por dejarme quererte. ¡Gracias! porque sé que me quieres.
Arrebatada por el impulso supremo del amor, ven... porque ¡TE AMO!


Máximo Torralbo y Gracia Torres

jueves, 17 de septiembre de 2009

MORIRSE DE AMOR

MORIRSE DE AMOR


Temo que algùn dìa
me muera de amor,
por amarte tanto
deje el corazòn
de latir parejo,
de la vida al son.


Temo que algùn dìa
llena de pasiòn
se me infarte el alma,
se apague el fulgor
que en mis ojos arde
dándole calor
a tu cuerpo tenue:
miradas de amor.


Yo me desespero
y tengo temor
porque eso se llama
morirse de amor.


Porque quiero amarte,
darte mi calor,
por eso es que temo
morirme de amor.


Romances de luto,
lúgubre canciòn,
si estalla mi vida,
¿dònde irà el amor?


Romances de luto
no apaguen mi voz
que quiero llevarle
los campos en flor
y a su oscuro pelo
impregne el olor,
que del horizonte
descienda el color
a su piel tan joven:
ternura y calor.


Temo que algùn dìa,
llena de pasiòn,
el alma me cortela bella canciòn.
____________________________________
IGNACIO ALMADA

EL MIEDO

El miedo

Guy de Maupassant

Volvimos a subir a cubierta después de la cena. Ante nosotros, el Mediterráneo no tenía el más mínimo temblor sobre toda su superficie, a la que una gran luna tranquila daba reflejos. El ancho barco se deslizaba, echando al cielo, que parecía estar sembrado de estrellas, una gran serpiente de humo negro; detrás de nosotros, el agua blanquísima, agitada por el paso rápido del pesado buque, golpeada por la hélice, espumaba, removía tantas claridades que parecía luz de luna burbujeando.
Ahí estábamos, unos seis u ocho, silenciosos, llenos de admiración, la vista vuelta hacia la lejana África, a donde nos dirigíamos. De pronto el comandante, que fumaba un puro en medio de nosotros, retomó la conversación de la cena.
—Sí, aquel día tuve miedo. Mi navío se quedó seis horas con esa roca en el vientre, golpeado por el mar. Afortunadamente, por la tarde nos recogió un barco carbonero inglés que nos había visto.
Entonces un hombre alto con el rostro quemado, de aspecto serio, uno de esos hombres que uno imagina que han cruzado largos países desconocidos, en medio de peligros incesantes, y cuyos ojos tranquilos parecen conservar, en su profundidad, algo de los países extraños que han visto; uno de esos hombres que uno adivina empapado en el valor, habló por primera vez: —Usted dice, comandante, que tuvo miedo; no le creo en absoluto. Usted se equivoca en la palabra y en la sensación que experimentó. Un hombre enérgico nunca tiene miedo ante un peligro apremiante. Está emocionado, agitado, ansioso; pero el miedo es otra cosa.
El comandante prosiguió, riéndose: —¡Caray ! Le vuelvo a decir que yo tuve miedo.
Entonces el hombre de tez morena dijo con una voz lenta : —¡Permítame explicarme ! El miedo (y hasta los hombres más intrépidos pueden tener miedo) es algo espantoso, una sensación atroz, como una descomposición del alma, un espasmo horroroso del pensamiento y del corazón, cuyo mero recuerdo provoca estremecimientos de angustia. Pero cuando se es valiente, esto no ocurre ni ante un ataque, ni ante la muerte inevitable, ni ante todas las formas conocidas de peligro: ocurre en ciertas circunstancias anormales, bajo ciertas influencias misteriosas frente a riesgos vagos. El verdadero miedo es como una reminiscencia de los terrores fantásticos de antaño. Un hombre que cree en los fantasmas y se imagina ver un espectro en la noche debe de experimentar el miedo en todo su espantoso horror.
«Yo adiviné lo que es el miedo en pleno día, hace unos diez años. Lo experimenté, el pasado invierno, una noche de diciembre.
«Y, sin embargo, he pasado por muchas vicisitudes, muchas aventuras que parecían mortales. He luchado a menudo. Unos ladrones me dieron por muerto. Fui condenado, como sublevado, a la horca en América y arrojado al mar desde la cubierta de un buque frente a la costa de China. Todas las veces creí estar perdido e inmediatamente me resignaba, sin enternecimiento e incluso sin arrepentimientos.
«Pero el miedo no es eso.
«Lo presentí en África. Y, sin embargo, es hijo del Norte; el sol lo disipa como una niebla. Fíjense en esto, señores. Entre los orientales, la visa no vale nada; se resignan en seguida; las noches están claras y vacías de las sombrías preocupaciones que atormentan los cerebros en los países fríos. En Oriente, donde se puede conocer el pánico, se ignora el miedo.
«Pues bien, esto es lo que me ocurrió en esa tierra de África:
«Atravesaba las grandes dunas al sur de Uargla. Es éste uno de los países más extraños del mundo. Conocerán la arena unida, la arena recta de las interminables playas del Océano. ¡Pues bien! Figúrense al mismísimo Océano convertido en arena en medio de un huracán; imaginen una silenciosa tormenta de inmóviles olas de polvo amarillo. Olas altas como montañas, olas desiguales, diferentes, totalmente levantadas como aluviones desenfrenados, pero mis grandes aún, y estriadas como el moaré. Sobre ese mar furioso, mudo y sin movimiento, el sol devorador del sur derrama su llama implacable y directa. Hay que escalar aquellas láminas de ceniza de oro, volver a bajar, escalar de nuevo, escalar sin cesar, sin descanso y sin sombra. Los caballos jadean, se hunden hasta las rodillas y resbalan al bajar la otra vertiente de las sorprendentes colinas.
«Íbamos dos amigos seguidos por ocho espahíes y cuatro camellos con sus camelleros. Ya no hablábamos, rendidos por el calor, el cansancio, y resecos de sed como aquel desierto ardiente. De pronto uno de aquellos hombres dio como un grito; todos se detuvieron; permanecimos inmóviles, sorprendidos por un inexplicable fenómeno conocido por los viajeros en aquellas regiones perdidas.
«En algún lugar, cerca de nosotros, en una dirección indeterminada, redoblaba un tambor, el misterioso tambor de las dunas; sonaba con claridad, unas veces más vibrante, otras debilitado, deteniéndose, e iniciando de nuevo su redoble fantástico.
«Los árabes, espantados, se miraban; uno dijo, en su idioma: "La muerte está sobre nosotros." Y entonces, de pronto, mi compañero, mi amigo, casi mi hermano, se cayó de cabeza del caballo, fulminado por una insolación.
«Y durante dos horas, mientras intentaba en vano salvarle, aquel tambor inalcanzable me llenaba el oído con su ruido monótono, intermitente e incomprensible; y sentía deslizarse por mis huesos el miedo, el verdadero miedo, el odioso miedo, frente al cadáver amado, en ese agujero incendiado por el sol entre cuatro montes de arena, mientras el eco desconocido nos arrojaba, a doscientas leguas de cualquier pueblo francés, el redoble rápido del tambor.
«Aquel día entendí lo que era tener miedo; y lo supe aún mejor en otra ocasión...
El comandante interrumpió al narrador: —Perdone, señor, pero ¿aquel tambor? ¿Qué era?
El viajero contestó: —No lo sé. Nadie lo sabe. Los oficiales, a menudo sorprendidos por ese ruido singular, lo suelen atribuir al eco aumentado, multiplicado, desmesuradamente inflado por las ondulaciones de las dunas, de una lluvia de granos de arena arrastrados por el viento al chocar con una mata de hierbas secas; ya que siempre se ha comprobado que el fenómeno se produce cerca de pequeñas plantas quemadas por el sol, y duras como el pergamino.
«Aquel tambor no sería más que una especie de espejismo del sonido. Eso es todo. Pero no lo supe hasta más tarde.
«Sigo con mi segunda emoción.
«Ocurrió el invierno pasado, en un bosque del noreste de Francia. El cielo estaba tan oscuro que la noche llegó dos horas antes. Tenía como guía a un campesino que andaba a mi lado, por un pequeñísimo camino, bajo una bóveda de abetos a los que el viento desenfrenado arrancaba aullidos. Entre las copas veía correr nubes desconcertadas, nubes enloquecidas que parecían huir ante un espanto. A veces, bajo una inmensa ráfaga, todo el bosque se inclinaba en el mismo sentido con un gemido de sufrimiento; y me invadía el frío, a pesar de mi paso ligero y mi ropa pesada.
«Teníamos que cenar y dormir en la casa de un guardabosque, cuya morada ya no quedaba muy lejos. Iba allí para cazar.
«A veces mi guía levantaba los ojos y murmuraba: "¡Qué tiempo tan triste!" Luego me habló de la gente a cuya casa llegábamos. El padre había matado a un cazador furtivo dos años antes y, desde entonces, parecía sombrío, como atormentado por un recuerdo. Sus dos hijos, ya casados, vivían con él.
«La noche era profunda. No veía nada delante de mí, ni a mi alrededor, y las ramas de los árboles chocaban entre sí llenando la noche de un incesante rumor. Finalmente vi una luz y en seguida mi compañero llamó a una puerta. Nos contestaron los gritos agudos de unas mujeres. Después una voz de hombre, una voz sofocada, preguntó: "¿Quién es?" Mi guía dio su nombre. Entramos. Fue un cuadro inolvidable.
«Un hombre viejo de pelo blanco y mirada loca, con la escopeta cargada en la mano, nos esperaba de pie en mitad de la cocina mientras dos mozarrones, armados con hachas, vigilaban la puerta. Distinguí en los rincones oscuros a dos mujeres arrodilladas, con el rostro escondido contra la pared.
«Nos presentamos. El viejo volvió a poner su arma contra la pared y mandó que se preparara mi habitación; luego, como las mujeres no se movían, me dijo bruscamente: —Verá usted, señor; esta noche, hace dos años, maté a un hombre. El año pasado volvió para buscarme. Le espero otra vez esta noche. —Y añadió con un tono que me hizo sonreír: —Por eso no estamos tranquilos.
«Le tranquilicé como pude, feliz por haber venido precisamente aquella noche, y asistir al espectáculo de ese terror supersticioso. Conté varias historias y conseguí tranquilizarles a casi todos.
«Cerca del fuego, un viejo perro, bigotudo y casi ciego, uno de esos perros que se parecen a gente que conocemos, dormía el morro entre las patas.
«Fuera, la tormenta encarnizada azotaba la pequeña casa y, a través de un estrecho cristal, una especie de mirilla situada cerca de la puerta, veía de pronto todo un desbarajuste de árboles empujados violentamente por el viento a la luz de grandes relámpagos.
«Notaba perfectamente que, a pesar de mis esfuerzos, un terror profundo se había apoderado de aquella gente, y cada vez que dejaba de hablar, todos los oídos escuchaban a lo lejos. Cansado de presenciar aquellos temores estúpidos, iba a pedir acostarme, cuando el viejo guarda de pronto saltó de su silla, cogió de nuevo su escopeta, mientras tartamudeaba con una voz enloquecida: —¡Ahí está! ¡Ahí está! ¡Le oigo!
«Las dos mujeres volvieron a caerse de rodillas en los rincones, escondiendo el rostro; y los hijos volvieron a coger sus hachas. Iba a intentar tranquilizarles otra vez, cuando el perro dormido se despertó de pronto y, levantando la cabeza, tendiendo el cuello, mirando hacia el fuego con sus ojos casi apagados, dio uno de esos lúgubres aullidos que hacen estremecerse a los viajeros, de noche, en el campo. Todos los ojos se volvieron hacia él; ahora permanecía inmóvil, tieso sobre las patas, como atormentado por una visión; se echó de nuevo a aullar hacia algo invisible, desconocido, sin duda horroroso, ya que todo el pelo se le ponía de Punta. El guarda, lívido, gritó: —¡Lo huele! ¡Lo huele! Estaba ahí cuando lo maté.— Y las dos mujeres enloquecidas se echaron a gritar con el perro.
«A mi pesar, un gran escalofrío me corrió entre los hombros. El ver al animal en aquel lugar, a aquella hora, en medio de aquella gente enloquecida, resultaba espantoso.
«Entonces, durante una hora, el perro aulló sin moverse; aulló como preso de angustia en un sueño; y el miedo, el espantoso miedo entró en mí; ¿el miedo a qué? ¿Lo sabré yo? Era el miedo, y punto.
«Permanecíamos inmóviles, lívidos, en espera de un acontecimiento horroroso, aguzando el oído, el corazón latiendo, descompuestos al menor ruido. Y el perro se puso a dar vueltas alrededor del cuarto, oliendo las paredes y siempre gimiendo. ¡Aquel animal nos volvía locos! Entonces el campesino que me había guiado, se abalanzó sobre él, en una especie de paroxismo de terror furioso, y abriendo una puerta que daba a un pequeño patio, echó al animal afuera.
«Éste se calló en seguida, y nos quedamos sumidos en un silencio aún más terrorífico. Y de pronto todos a la par tuvimos una especie de sobresalto: un ser se deslizaba contra la pared, en el exterior, hacia el bosque; luego pasó junto a la puerta, que pareció palpar, con una mano vacilante; no volvimos a oír nada más durante dos minutos que nos convirtieron en insensatos; luego volvió, siempre rozando la pared; y raspó ligeramente, como lo haría un niño con la uña; y de pronto una cabeza apareció contra el cristal de la mirilla, una cabeza blanca con ojos luminosos como los de una fiera. Y un sonido salió de su boca, un sonido indistinto, un murmullo quejumbroso.
«Entonces un estruendo formidable estalló en la cocina. El viejo guarda había disparado. Inmediatamente sus hijos se precipitaron, taparon la mirilla levantando la gran mesa que sujetaron con el aparador.
«Y les juro que al oír el estrépito del disparo que no me esperaba tuve tal angustia en el corazón, el alma y el cuerpo, que me sentí desfallecer y a punto de morir de miedo.
«Nos quedamos ahí hasta la aurora, incapaces de movernos, de decir una palabra, crispados en un enloquecimiento inefable.
«No nos atrevimos a desatrancar la salida hasta no ver, por la hendidura de un sobradillo, un fino rayo de día.
«Al pie del muro, junto a la puerta, yacía el viejo perro, con el hocico destrozado por una bala.
«Había salido del patio escarbando un agujero bajo una empalizada.
El hombre de rostro moreno se calló; luego añadió: —Aquella noche no corrí ningún peligro, pero preferiría volver a empezar todas las horas en las que me enfrenté con los peligros más terribles, antes que el minuto único del disparo sobre la cabeza barbuda de la mirilla.

F I N

(23 de octubre de 1882)

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