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martes, 6 de octubre de 2009

Historia de fantasmas

Historia de fantasmas
E.T.A. Hoffmann



Cipriano se puso de pie y empezó a pasear, según costumbre, siempre que su ser estaba embargado por algo muy importante y trataba de expresarse ordenadamente, y recorrió la habitación de un extremo a otro.
Los amigos se sonrieron en silencio. Se podía leer en sus miradas: « ¡Qué cosas tan fantásticas vamos a oír!» Cipriano se sentó y empezó así:
-Ya saben que hace algún tiempo, después de la última campaña, me hallaba en las posesiones del Coronel de P... El Coronel era un hombre alegre y jovial, así como su esposa era la tranquilidad y la ingenuidad en persona.
Mientras yo permanecía allí, el hijo se encontraba en la armada, de modo que la familia se componía del matrimonio, de dos hijas y de una francesa que desempeñaba el cargo de una especie de gobernanta, no obstante estar las jóvenes fuera de la edad de ser gobernadas. La mayor era tan alegre y tan viva que rayaba en el desenfreno, no carente de espíritu; pero apenas podía dar cinco pasos sin danzar tres contradanzas, así como en la conversación saltaba de un tema a otro, infatigable en su actividad. Yo mismo presencié cómo en el espacio de diez minutos hizo punto... leyó..., cantó..., bailó, y que en un momento lloró por el pobre primo que había quedado en el campo de batalla y aún con lágrimas en los ojos prorrumpió en una sonora carcajada, cuando la francesa echó sin querer la dosis de rapé en el hocico del faldero, que al punto comenzó a estornudar, y la vieja a lamentarse: «Ah, che fatalità! Ah carino, poverino!» Acostumbraba a hablar al susodicho faldero sólo en italiano, pues era oriundo de Padua.
Por lo demás, la señorita era la rubia más encantadora que podía imaginarse, y en todos sus extraños caprichos dominaba la amabilidad y la gracia, de manera que ejercía una fascinación irresistible, como sin querer. La hermana más joven, que se llamaba Adelgunda, ofrecía el ejemplo contrario. En vano trato de buscar palabras para expresarles el efecto maravilloso que causó en mí esta criatura la primera vez que la vi. Imaginen la figura más bella y el semblante más hermoso. Aunque una palidez mortal cubría sus mejillas, y su cuerpo se movía suavemente, despacio, con acompasado andar, y cuando una palabra apenas musitada salía de sus labios entreabiertos y resonaba en el amplio salón, se sentía uno estremecido por un miedo fantasmal.
Pronto me sobrepuse a esta sensación de terror, y como pudiese entablar conversación con esta muchacha tan reservada, llegué a la conclusión de que lo raro y lo fantasmagórico de su figura sólo residía en su aspecto, que no dejaba traslucir lo más mínimo de su interior. De lo poco que habló la joven se dejaba traslucir una dulce feminidad, un gran sentido común y un carácter amable. No había huella de tensión alguna, así como la sonrisa dolorosa y la mirada empañada de lágrimas no eran síntoma de ninguna enfermedad física que pudiera influir en el carácter de esta delicada criatura.
Me resultó muy chocante que toda la familia, incluso la vieja francesa, parecían inquietarse en cuanto la joven hablaba con alguien, y trataban de interrumpir la conversación, y, a veces, de manera muy forzada. Lo más raro era que, en cuanto daban las ocho de la noche, la joven primero era advertida por la francesa y luego por su madre, por su hermana y por su padre, para que se retirase a su habitación, igual que se envía a un niño a la cama, para que no se canse, deseándole que duerma bien. La francesa la acompañaba, de modo que ambas nunca estaban a la cena que se servía a las nueve en punto.
La Coronela, dándose cuenta de mi asombro, se anticipó a mis preguntas, advirtiéndome que Adelgunda estaba delicada, y que sobre todo al atardecer y a eso de las nueve se veía atacada de fiebre y que el médico había dictaminado que hacia esta hora, indefectiblemente, fuera a reposar.
Yo sospeché que había otros motivos, aunque no tenía la menor idea. Hasta hoy no he sabido la relación horrible de cosas y acontecimientos que destruyó de un modo tan tremendo el círculo feliz de esta pequeña familia.
Adelgunda era la más alegre y la más juvenil criatura que darse pueda. Se celebraba su catorce cumpleaños, y fueron invitadas una serie de compañeras suyas de juego. Estaban sentadas en un bello bosquecillo del jardín del palacio y bromeaban y se reían, ajenas a que iba oscureciendo cada vez más, a que las escondidas brisas de julio comenzaban a soplar y que se acababa la diversión. En la mágica penumbra del atardecer empezaron a bailar extrañas danzas, tratando de fingirse elfos y ágiles duendes: «Óiganme -gritó Adelgunda, cuando acabó por hacerse de noche en el boscaje-, óiganme, niñas, ahora voy a aparecerme como la mujer vestida de blanco, de la que nos ha contado tantas cosas el viejo jardinero que murió. Pero tienen que venir conmigo hasta el final del jardín, donde está el muro.» Nada más decir esto, se envolvió en su chal blanco y se deslizó ligerísima a través del follaje, y las niñas echaron a correr detrás de ella, riéndose y bromeando. Pero, apenas hubo llegado Adelgunda al arco medio caído se quedó petrificada y todos sus miembros paralizados. El reloj del palacio tocó las nueve: « ¿No ven -exclamó Adelgunda con el tono apagado y cavernoso del mayor espanto-, no ven nada..., la figura... que está delante de mí? ¡Jesús! Extiende la mano hacia mí... ¿no la ven?»
Las niñas no veían lo más mínimo, pero todas se quedaron sobrecogidas por el miedo y el terror. Echaron a correr, hasta que una que parecía la más valiente saltó hacia Adelgunda y trató de cogerla en sus brazos. Pero en el mismo instante Adelgunda se desplomó como muerta. A los gritos despavoridos de las niñas, todos los del palacio salieron apresuradamente. Cogieron a Adelgunda y la metieron dentro. Despertó al fin de su desmayo y refirió temblando que, apenas entró bajo el arco, vio ante ella una figura aérea, envuelta como en niebla, que le alargaba la mano.
Como es natural, se atribuyó la aparición a la extraña confusión que produce la luz del anochecer. Adelgunda se recobró la misma noche, de tal modo, que no se temieron consecuencias algunas, y se dio el asunto por terminado. ¡Y, sin embargo, qué diferente fue! A la noche siguiente, apenas dieron las nueve campanadas, Adelgunda, presa de terror, en mitad de los amigos que la rodeaban, empezó a gritar: « ¡Ahí está, ahí está! ¿No la ven? ¡Ahí está, enfrente de mí!»
Baste saber que desde aquella desgraciada noche, apenas sonaban las nueve, Adelgunda volvía a afirmar que la figura estaba delante de ella y permanecía algunos segundos, sin que nadie pudiese ver lo más mínimo, o por alguna sensación psíquica pudiese percibir la proximidad de un desconocido principio espiritual.
La pobre Adelgunda fue tenida por loca, y la familia se avergonzó, por un extraño absurdo, del estado de la hija, de la hermana. De ahí aquel raro proceder, al que ya he hecho alusión. No faltaron médicos ni medios para librar a la pobre niña de una idea fija, que así llamaban a la aparición, pero todo fue en vano, hasta que ella pidió, entre abundantes lágrimas, que la dejasen, pues la figura que se le aparecía con rasgos inciertos e irreconocibles, no tenía nada de terrorífico, y no le producía ya miedo; incluso tras cada aparición tenía la sensación de que en su interior se despojase de ideas y flotase como incorpórea, debido a lo cual padecía gran cansancio y se sentía enferma. Finalmente, la Coronela trabó conocimiento con un célebre médico, que estaba en el apogeo de su fama, por curar a los locos de manera sumamente artera (mediante ardides muy ingeniosos). Cuando la Coronela le confesó lo que le sucedía a la pobre Adelgunda, el médico se rió mucho y afirmó que no había nada más fácil que curar esta clase de locura, que tenía su base en una imaginación sobreexcitada. La idea de la aparición del fantasma estaba unida al toque de las nueve campanadas, de forma que la fuerza interior del espíritu no podía separarlo, y se trataba de romper desde fuera esta unión. Esto era muy fácil, engañando a la joven con el tiempo y dejando que transcurriesen las nueve, sin que ella se enterase. Si el fantasma no aparecía, ella misma se daría cuenta de que era una alucinación y, posteriormente, mediante medios físicos fortalecedores, se lograría la curación completa.
¡Se llevó a efecto el desdichado consejo! Aquella noche se atrasaron una hora todos los relojes del palacio, incluso el reloj cuyas campanadas resonaban sordamente, para que Adelgunda, cuando se levantase al día siguiente, se equivocase en una hora. Llegó la noche. La pequeña familia, como de costumbre, se hallaba reunida en un cuartito alegremente adornado, sin la compañía de extraños. La Coronela procuraba contar algo divertido, el Coronel empezaba, según costumbre cuando estaba de buen humor, a gastar bromas a la vieja francesa, ayudado por Augusta, la mayor de las señoritas. Todos reían y estaban alegres como nunca.
El reloj de pared dio las ocho (y eran las nueve) y, pálida como la muerte, casi se desvaneció Adelgunda en su butaca... ¡la labor cayó de sus manos! Se levantó, entonces, el tenor reflejado en su semblante, y mirando fijamente el espacio vacío de la habitación, murmuró apagadamente con voz cavernosa: « ¿Cómo? ¿Una hora antes? ¡Ah! ¿No lo ven? ¿No lo ven? ¡Está frente a mí, justo frente a mí!» Todos se estremecieron de horror, pero como nadie viese nada, gritó la Coronela: « ¡Adelgunda! ¡Repórtate! No es nada, es un fantasma de tu mente, un juego de tu imaginación, que te engaña, no vemos nada, absolutamente nada. Si hubiera una figura ante ti, ¿acaso no la veríamos nosotros?... ¡Repórtate, Adelgunda, repórtate!» « ¡Oh, Dios...! ¡Oh, Dios mío -suspiró Adelgunda-, van a volverme loca! ¡Miren, extiende hacia mí el brazo, se acerca... y me hace señas!» Y como inconsciente, con la mirada fija e inmóvil, Adelgunda se volvió, cogió un plato pequeño que por casualidad estaba en la mesa, lo levantó en el aire y lo dejó... y el plato, como transportado por una mano invisible, circuló lentamente en torno a los presentes y fue a depositarse de nuevo en la mesa.
La Coronela y Augusta sufrieron un profundo desmayo, al que siguió un ataque de nervios. El Coronel se rehizo, pero pudo verse en su aspecto trastornado el efecto profundo e intenso que le hizo aquel inexplicable fenómeno.
La vieja francesa, puesta de rodillas, con el rostro hacia tierra, rezando, quedó libre como Adelgunda, de todas las funestas consecuencias. Poco tiempo después la Coronela murió. Augusta se sobrepuso a la enfermedad, pero hubiera sido mejor que muriese antes de quedar en el estado actual. Ella, que era la juventud en persona, como ya les describí al principio, se sumió en un estado de locura tal que me parece todavía más horrible y espeluznante que aquellos que están dominados por una idea fija. Se imaginó que ella era aquel fantasma incorpóreo e invisible de Adelgunda, y rehuía a todos los seres humanos, o se escondía en cuanto alguien comenzaba a hablar o a moverse. Apenas se atrevía a respirar, pues creía firmemente que de aquel modo descubría su presencia y podía causar la muerte a cualquiera. Le abrían la puerta, le daban la comida, que escondía al tomarla, y así, ocultamente, hacía con todo. ¿Puede darse algo más penoso?
El Coronel, desesperado y furioso, se alistó en la nueva campana de guerra. Murió en la batalla victoriosa de W... Es notable, muy notable, que desde aquella noche fatal, Adelgunda quedó libre del fantasma. Se dedica por entero a cuidar a su hermana enferma, y la vieja francesa la ayuda en esta tarea. Según me ha dicho hoy Silvestre, el tío de las pobres niñas, acaba de llegar para consultar con nuestro buen R... acerca del método curativo que debe emplearse con Augusta. ¡Quiera el Cielo facilitar esta improbable curación!
Cipriano calló y también los amigos permanecieron en silencio. Finalmente, Lotario exclamó: « ¡Esta sí que es una condenada historia de fantasmas! ¡Pero no puedo negar que estoy temblando, a pesar de que todo el asunto del plato volante me parece infantil y de mal gusto!» «No tanto -interrumpió Ottomar-, no tanto, ¡querido Lotario! Bien sabes lo que pienso acerca de las historias de fantasmas, bien sabes que estoy en contra de todos los visionarios.»
FIN

lunes, 5 de octubre de 2009

LOS SUICIDIOS -- EL GRAN DIOS PAN -- ARTURH MARCHEN

Los Suicidios

Lord Argentine era un gran favorito en la sociedad londinense. A los veinte años había sido un hombre pobre, adornado por el apellido de una ilustre familia, sin embargo, forzado a ganarse el sustento como fuera, y ni el más especulativo de los prestamistas le hubiera confiado 5 peniques sobre la eventualidad de que alguna vez cambiara su nombre por un título y su pobreza por una gran fortuna. Su padre había estado lo suficientemente cerca de la fuente de las cosas buenas como para asegurar a uno de los miembros vivos de la familia, pero el hijo, aún si hubiera tomado los votos, no hubiera obtenido más que eso, además, no tenía vocación para la orden eclasiástia. De esta forma, enfrentó al mundo con una armadura no mejor que la toga de bachiler y el ánimo de un joven nieto del hijo, equipamiento con el cual se las ingeniaba de alguna forma para hacer de esa una batalla bastante tolerable. A los veinticinco el serñor Charles Aubernon era aún un hombre de luchas y contiendas contra el mundo, sin embargo, de los siete que se encontraban antes que él en los lugares más altos de su familia, sólo quedaban tres. Estos tres,aunque "bien vivos", no eran a prueba de la lanza Zulu ni de la fiebre tifoidea, por lo que, una mañana, Aubernon despertó siendo Lord Argentine, un hombre de treinta años que había enfrentado las dificultades de la existencia, y las había conquistado. La situación lo divertía inmensamente, y resolvió que la riqueza sería tan agradable para él como lo había sido siempre la pobreza. Luego de algunas consideraciones, Argentine llegó a la conclusión de que la cena, mirada como una de las bellas artes, era quizá la ocupación más entretenida abierta a la humanidad arruinada, de esta forma, sus cenas se hicieron famosas en Londres, y una invitación para su mesa era algo codiciosamente deseado. Luego de diez años de señoría y cenas, Argentine aún rehusaba a cansarse y siguió disfrutando de la vida , y, como una suerte de infección, era reconocido como causa de alegría para los demás, en suma, como la mejor de las compañías. De este modo, su repentina y trágica muerte causó una extensa y profunda sensación. La gente difícilmente lo creía, aún teniendo el períodico frente a sus ojos y el grito de "Misteriosa muerte de un noble" resonando por las calles. Mas allí estaba el párrafo: "Lord Argentine fue hallado muerto esta mañana por su asistente bajo circunstancias intranquilizantes. Se ha afirmado que no hay duda de que su señoría se habría suicidado, aunque no se ha encontrado un motivo para el acto. El fallecido caballero era ampliamente conocido en sociedad, y muy querido por sus joviales maneras y su regia hospitalidad. Ha sido sucedido por..." etc, etc.
Lentamente los detalles salieron a la luz, pero el caso era aún un misterio. El testigo principal del interrogatorio era el ayudante del difunto, quien afirmó que la noche anterior a la muerte Lord Argentine había cenado con una señora de buena posición, cuyo nombre fue suprimido por los períodicos. Lord Argentine había regresado aproximadamente a las once y había informado a su hombre que no requeriría de sus servicios hasta la mañana siguiente. Un poco más tarde, el sirviente tuvo la oportunidad de pasar por el hall y asombrarse al ver a su amo saliendo tranquilamente por la puerta principal. Se había cambiado la tenida de noche y vestía un abrigo Norfolk, unos bombachos, y un sombrero bajo color marrón. El ayudante no tenía ninguna razón para suponer que Lord Argentine lo había visto, y aunque su amo rara vez se quedaba hasta tarde, jamas pensó en lo que ocurriría a la mañana siguiente al llamar a su puerta un cuarto para las nueve, como era usual. No recibió respuesta, y luego de golpear una o dos veces, entró a la habitación y vio el cuerpo de Lord Argentine inclinado en ángulo desde los pies de la cama. Descubrió que su amo había atado firmemente una cuerda a uno de los postes cortos de la cama, y luego hizo un nudo corredizo y se lo deslizó al redor del cuello, el pobre hombre debe haberse dejado caer resueltamente, para morir lentamente estrangulado. Vestía el delgado traje con el que el sirviente lo había visto salir, y el doctor que fue llamado declaró que la su vida se había extinguido hacía más de cuatro horas. Todos los papeles, cartas, y demases, estaban en perfecto orden, y no se descubrió nada que apuntara remotamente a algún escandalo, fuera grande o pequeño. Hasta aquí llegaba la evidencia; nada más pudo ser descubierto. Varias personas se encontraban presentes en la cena a la que Lord Argentine había asistido, y a todas ellas les pareció que se encontraba de un humor afable, como siempre. Sin embargo, el asistente afirmó que su amo le había parecido algo agitado al llegar a casa, mas la alteracióm era a su manera muy tenue, de hecho, dificilmente perceptible. Buscar más pistas parecía inútil, y la sugerencia de que Lord Argentine había sufrido de un repentino ataque de manía suicida aguda, fue ampliamente aceptado.
Sin embargo, resultó de otra manera, cuando dentro de las tres semanas siguientes, otros tres caballeros, uno de ellos un noble, y dos hombres más de buena posición y abundantes medios, perecieron atrozmente en casi la misma forma. Lord Swanleigh fue encontrado una mañana en su vestidor, colgando de un gancho fijado a la pared, y el señor Collier-Stuart y el señor Herries habían elegido morir como Lord Argentine. Ninguno de los casos tenía explicación; uno cuantos hechos conocidos: un hombre vivo en la tarde y un cadáver con el rostro hinchado y amoratado, en la mañana. La policía se vio obligada a decalrarse impotente para arrestar o explicar los sórdidos asesinaos de Whitechapel; sin embargo, ante los horribles suicidios de Picadilly y Mayfair se encontraban atónitos, porque ni siquiera la sola ferocidad que había servido como explicación de los crímenes del East End, podía servir en el West. Todos estos hombres que habían resuelto morir una muerte tormentosa y vergonzosa eran ricos, prósperos y, según las apariencias, enamorados del mundo, y ni siquiera la investigación más detallada pudo descubrir en alguno de los casos alguna sombra de un motivo latente. Había horror en el ire, y los hombres se miraban unos a otros al encontrarse, cada uno preguntándose si el otro sería la víctima de la quinta tragedia sin nombre. Los periodistas revisaban en vano sus apuntes en busca de material con el cual mezclar artículos anteriores.Y el períodico matutino era abierto en más de algún hogar con un sentimiento de terror; nadie sabía cuándo o dónde atacaría el próximo golpe.
Poco tiempo después del último de estos terribles sucesos, Austin fue a visitar al señor Villiers. Sentía curiosidad por saber si Villiers había tenido éxito en descubrir alguna pista fresca de la señora Herbert, ya fuera a través de Clarke o de otra fuente, y a penas se hubo sentado hizo la pregunta.
-No -dijo Villiers-, le escribí a Clarke pero sigue inexorable, y he tratado por otros canales sin resultados. No he podido saber qué ha sido de Helen Vaughan después de dejar Paul Street, pienso que deber haberse ido al extranjero. Pero para serte franco Austin, no le he prestado mucha atención al tema durante las últimas semanas; conocía íntimamemnte al pobre Herries, y su terrible muerte ha sido un gran golpe para mí, un gran golpe.
-Lo creo -contestó Austin solemnemente-, tú sabes que Argentine era amigo mío. Si recuerdo correctamente, estuvimos hablando de él ese día que viniste a mis habitaciones.
-Sí; era en relación a aquella casa en Ashley Street, la casa de la señora Beaumont. Dijiste algo acerca de Argentine cenando allá.
-De hecho. Seguramente sabrás que fue allí donde Argentine cenó la noche antes... antes de su muerte.
-No, no había escuchado eso.
-Oh, si; el nombre fue excluído de los períodicos para ahorrarle molestias a la señora Beaumont. Argenitne era un gran favorito suyo, y se comentaba que ella se encontraba en un terrible estado.
Una curiosa expresión asomó en el rostro de Villliers; parecía indeciso acerca de hablar o no. Austin comenzó nuevamente.
-Nunca experimenté tal sentimiento de horror como cuando leí el informe de la muerte de Argentine. En el momento no lo comprendí, y tampoco ahora. Lo conocía bien, y mi entendimiento se ve completamente superado al pregutnarme por qué posible causa él -o cualquiera de los otros- podría haber resuelto morir a sangre fría, de aquella espantosa manera. Tú sabes cómo los hombres murmuran sobre cada personaje de Londres, y te aseguro que cualquier escándalo enterrado o esqueleto escondido habría aparecido en un caso como este; pero nada por el estilo ha sucedido. Y respecto a la teoría de manía, bueno, eso está muy bien para la improvisación del forense, pero todos sabemos que es una tontería. La manía suicida no es una pequeña infección.
Austin se hundíó en un oscuro silencio. Villiers también estaba en silencio, observando a su amigo. La expresión de indecisión aún se movía por su rostro; parecía sopesar sus pensamientos en una balanza, y las consideraciones que estaba tomando lo mantenían en silencio. Austin trató de quitarse de encima las memorias de tragedias tan imposibles y confusas como el laberinto de Dédalo, y comenzó a hablar con voz indiferente de sucesos más agradables y de las aventuras de la temporada.
-Esa señora Beaumont -dijo- de la cual hablábamos, es un gran éxito; ha tomado Londres casi por asalto. La conocí la otra noche en Fulham; realmente es una mujer extraordinaria.
-¿Conociste a la señora Beaumont?
-Sí; estaba rodeada por un verdadero séquito. Supongo que podría decirse que es muy atractiva, sin embargo, hay algo en su rostro que no me agradó. Sus rasgos son exquisitos, pero la expresión es extraña. Y durante todo el tiempo que la estuve observando, y luego, cuando me dirigía a casa, tuve la curiosa sensación de que me era familiar, de alguna u otra forma.
-La debes haber visto en la calle.
-No, estoy seguro que nunca había visto a la mujer; eso es lo que lo hace misterioso. Y según creo, nunca he visto a nadie como ella; lo que sentí fue como un recuerdo lejano y velado, vago pero persistente. La única sensación con la que puedo compararlo es ese extraño sentimiento que se tiene a veces en los sueños, cuando las ciudades fantásticas, las tierras maravillosas y los personajes fantasmales nos parecen familiares y habituales.
Villiers asintió y echó un vistazo sin dirección al rededor de la habitación, posiblemente en busca de algo sobre lo que continuar la conversación. Sus ojos se posaron en un antiguo cofre situado debajo de un escudo gótico, parecido en cierta forma a aquél en que el artista había escondido su extraño legado.
-¿Le escribiste al doctor acerca del pobre Meyrick? -preguntó.
-Sí, le escribí pidiéndole todos los pormenores respecto a su enfermedad y su muerte. No espero recibir respuesta durante otras tres semanas o un mes. Pensé que también debería indagar si Meyrick conocía a alguna mujer inglesa apellidada Herbert, y si ese era el caso, si el doctor podía entregarme información sobre ella. Sin embargo, es muy posible que Meyrick se halla encontrado con ella en Nueva York, o México, o San Franciasco. No tengo idea del alcance o dirección de sus viajes.
-Sí, y es muy posible que esta mujer tenga más de un nombre.
-Exactamente. Hubiera deseado pensar en pedirte el retrato de ella que posees. Podría haberlo incluido en mi carta al doctor Matthews.
-Podrías haberlo hecho; nunca se me había ocurrido. Debemos enviarlo ahora.¡Escucha! ¿Qué están gritando esos niños?
Mientras los dos hombres conversaban, un ruido confuso de gritos había aumentado gradualmente en intesidad. El ruido se elevaba desde la parte este y cobraba fuerzas en Picadilly, acercándose más y más, como un torrente de sonido; agitando las calles usualmente tranquilas, y haciendo de cada ventana el marco para una cara, curiosa o excitada. Los gritos y las voces reverberaban a lo largo de la silenciosa calle donde vivía Villiers, haciéndose más claras a medida que avanzaban, y mientras Villiers hablaba, la respuesta subió desde la acera:
"¡Los Horrores del West End; otro espantoso suicidio; informe completo!"
Austin se se precipitó escaleras abajo y compró un periódico, y le leyó a Villiers, mientras el alboroto en la calle se elevaba y decaía. La ventana estaba abierta y el aire parecía estar lleno de ruido y terror.
"Otro caballero ha caído víctima de la terrible epidemia de suicidios que, durante el último mes, ha prevalicido en West End. El señor Sydney Crashaw, de Stoke House, Fulhan y King's Pomeroy, Devon, fue hallado muerto a la una de esta tarde, luego de una prolongada búsqueda, colgado a la rama de un árbol en su jardín. El difunto caballero cenó anoche en el Club Carlton y su salud y humor se veían como siempre. Abandonó el club cerca de las diez y, algo más tarde fue visto caminando sin prisa por St. James Street. Luego de esto, se le pierde el rastro a sus movimientos. Apenas encontrado el cuerpo se llamó al médico, pero era evidente que la vida se había extinguido hace tiempo. Hasta donde se sabe, el señor Crashaw no tenía ningún tipo de problema o ansiedad. Este doloroso suicidio, como se recordará, es el quinto de su clase en el último mes. Las autoridades de Scotland Yard son incapaces de sugerir alguna explicación para estos terribles sucesos."
Austin dejó el periódico con un mudo horror.
-Dejaré Londres mañana -declaró-, esta es una ciudad de pesadilla. ¡Qué espantoso es esto, Villiers!
El señor Villiers estaba sentado junto a la ventana, tranquilamente mirando a la calle. Había escuchado atentamente al informe del períodico, y la huella de indecisión había desaparecido de su rostro.
-Espera, Austin -replicó- he decidido mencionarte un asunto que sucedió anoche. ¿Creo que se afirmaba que Crashaw había sido visto con vida en St. James Street, poco después de las diez?
-Sí, eso creo. Miraré nuevamente. Si, estás en lo cierto.
-Correcto. Entonces, me encuentro en la posición de contradecir completamente el relato. Crashaw fue visto después de eso; de hecho, considerablemente más tarde.
-¿Cómo lo sabes?
-Porque por casualidad vi a Crashaw, cerca de las dos de esta madrugada.
-¿Viste a Crashaw? ¿Tú, Villiers?
-Sí, lo vi claramente, de hecho, nos separaban tan sólo unos pocos pasos.
-¿Dónde, en nombre del cielo, lo viste?
-No lejos de aquí. Lo ví en Ashley Street. Precisamente cuando salía de una casa.
-¿Reconociste cuál era la casa?
-Sí. Era la de la señora Beaumont.
-¡Villiers! Piensa en lo que estás diciendo; debe haber algún error. ¿Cómo podría Crashaw haber estado en casa de la señora Beaumont a las dos de la mañana? Seguro, seguro debes haber estado soñando, Villiers; siempre has sido algo fantaseoso.
-No; estaba completamente despierto.Incluso si hubiera estado soñando, como tú dices, lo que ví me hubiera despertado efectivamente.
-¿Lo que viste? ¿Qué viste? ¿Había algo extraño en Crashaw? Pero no lo puedo creer, es imposible.
-Bueno, si lo deseas te contaré lo que vi, o si te place, lo que creo haber visto. Puedes juzgar por tí mismo.
-Muy bien, Villiers.
El ruido y el clamor de la calle se habían extinguido, aunque algunos sonidos de gritos aún llegaban repentinamente desde la distancia, y el apagado y pesado silencio se parecía a la calma que sigue al terremoto o a la tormenta. Villiers dio la espalda a la ventana y comenzó a hablar.
-Anoche yo estaba en una casa cerca de Regent's Park y al dejarla, me asaltó la idea de caminar a casa en vez de tomar un cabriolé. Era una noche lo suficientemente clara y agradable, y luego de unos minutos ya tenía las calles para mí solo. Es curioso, Austin, estar solo en Londres de noche, las lámparas alargándose en perspectiva, y el silencio sin vida, y quizá de repente, la acometida y estruendo de un coche sobre las piedras y los cascos de los caballos echando chispas. Caminaba vigorosamenete pues me sentía algo cansado de estar fuera en la noche, y cuando los relojes daban las dos, doblé por Ashley Street, la que, como sabes, está en mi camino. Estaba más tranquila que nunca y eran pocas las lámparas; en resumen, lucía tan oscura y tenebrosa como un bosque en invierno. Había recorrido casi la mitad de la calle cuando oí el sonido de una puerta cerrándose suavemente y, como es natural, miré para ver quién andaba allí como yo, a tales horas. Por casualidad hay una lámpara cerca de la casa en cuestión y vi a un hombre en el portal. Recién había cerrado la puerta y su cara estaba hacia mí, inmediatamente reconocí a Crashaw. Nunca lo conocí tanto como para hablarle, sin embargo, lo había visto frecuentemente, por lo que estoy seguro que no confundí a mi hombre. Le miré a la cara por un momento, y entonces -debo decir la verdad- emprendí una buena carrera y seguí corriendo hasta que estaba en mi propia puerta.
-¿Por qué?
-¿Por qué? Porque verle la cara a ese hombre me congeló la sangre. Nunca habría imaginado que una combinación de pasiones como aquella podría haber fulgurado en los ojos de ningún hombre. Casi me desmayé al mirar. Sabía que había atisbado en los ojos de un alma perdida, Austin. El exterior de ese hombre permanecía, pero todo el infierno estaba detro de él. Una lasciva furiosa y un odio que era como el fuego, más la pérdida de toda esperanza y la completa oscuridad de la desesperación parecían dar alaridos a la noche, aunque su boca estaba cerrada. Estoy seguro que no me vio; no veía nada de lo que tú o yo podemos ver, sin embargo, lo que prensenciaba espero que jamás lo veamos. No sé cuándo murió; supongo que dentro de una hora, o quizá dos, pero cuando pasé por Ashley Street y oí la puerta cerrándose, el hombre ya no pertenecía a este mundo. Lo que ví fue la cara de un demonio.
Hubo un intervalo de silencio en la habitación cuando Villiers terminó de hablar. La luz estaba menguando y todo el tumulto de una hora atrás se había acallado por completo. Austin había inclinado su cabeza al final del relato, y las manos cubrian sus ojos.
-¿Qué puede significar todo esto? -dijo finalmente.
-Quién sabe, Austin, quién sabe. Este es un asunto oscuro, pero creo que será mejor que quede entre nosotros por ahora, sea como sea. Veré si puedo saber algo acerca de esa casa a través de algunos canales privados de información, y si me encuentro con algo, te lo haré saber.

LA CASA DEL PASADO

ALGERNON BLACKWOOD
LA CASA DEL PASADO


Una noche una Visión vino a mí, trayendo con ella una antigua y herrumbrosa
llave. Me llevó a través de campos y senderos de dulce aroma, donde los setos
ya susurraban en la oscuridad primaveral, hasta que llegamos a una inmesa y
sombría casa, de ventanas conspicuas y tejado elevado, medio escondido en las
sombras de la madrugada. Advertí que las persianas eran de un pesado negro y
que la casa parecía revestida por una tranquilidad absoluta.
-Ésta -susurró ella en mi oído-, es la Casa del Pasado. Ven conmigo y
recorreremos algunas de sus habitaciones y pasadizos; pero apresúrate, pues no
tendré la llave por mucho tiempo y la noche ya casi se acaba. Aún así, por
ventura, ¡debes recordar!
La llave produjo un espantoso ruido cuando giró en la cerradura, y cuando la
puerta estuvo abierta a un vestíbulo vacío y hubimos entrado, escuché los
sonidos de murmullos y llantos, y el roce de telas, como de gente moviéndose
en sueños, a punto de despertar. Entonces, instantáneamente, un espíritu de
gran tristeza vino a mí, empapando mi alma; mis ojos comenzaron a arder y
picar y en mi corazón advertí una extraña sensación, como si algo que había
dormido por años se desenrollara. Todo mi ser, incapaz de resistir, se rindió
inmediatamente al espíritu de la melancolía más profunda, y el dolor de mi
corazón, mientras las Cosas se movían y despertaban, por un momento se hizo
demasiado fuerte para expresarlo en palabras....
Mientras avanzábamos, las débiles voces y sollozos escaparon delante nuestro
hacia el interior de la Casa, y me di cuenta que el aire estaba lleno de manos
suspendidas, de vestimentas oscilantes, de trenzas colgantes, y de ojos tan
tristes y nostálgicos, que las lágrimas -que ya casi desboradaban de los míos-, se
retenían por milagro ante la contemplación de tan intolerable anhelo.
-No permitas que esta tristeza te aplaste-susurró la Visión a mi lado-. No
despiertan frecuentemente. Duermen por años y años y años. Los cuartos están
todos ocupados y a no ser que lleguen visitantes como nosotros a perturbarlos,
jamás despertarían por propio acuerdo. Pero cuando uno se agita, el sueño de
los otros también se ve perturbado, y también despiertan, hasta que el
movimiento es comunicado de una habitación a otra y así finalmente, a través
de toda la Casa... Pero, a veces, la tristeza es demasiado grande como para
soportarla, y la mente se debilita. Por esta razón, la Memoria les entrega el
sueño más dulce y profundo que posee y cuida de usar poco esta pequeña y
herrumbrosa llave. Pero, escucha ahora -agregó ella, tomándome la mano- ¿no
oyes acaso, el temblor del aire a través de toda la Casa, que se asemeja al
murmullo de agua cayendo? ¿Y quizá ahora tú..........recuerdas?
Aún antes de que ella hablara, yo ya había captado débilmente el inicio de un
nuevo sonido; y ahora, en lo profundo de los sótanos bajo nuestros pies, y
también desde las regiones superiores de la gran Casa, me llegaba el murmullo,
y el crujido y el movimiento ligero y contenido de las Sombras durmientes. Se
elevaba como una cuerda tañida suavemente de entre las inmensas e invisibles
cuerdas pulsadas en algún lugar de las bases de la Casa, y su vibración corría
suavemente por sus paredes y techos. Y supe que había escuchado el lento
despertar de los Espíritus del Pasado.
¡Ay de mí!, con qué terrible invasión de amargura me sostenía allí, con los ojos
inundados, escuchando las tenues voces muertas hace mucho tiempo atrás...
Porque de hecho, toda la Casa estaba despertando; y en ese momento llegó
hasta mi nariz el sutil y penetrante perfume del tiempo: de cartas, por largo
tiempo conservadas, con la tinta borrosa y las cintas desteñidas; de olorosas
trenzas, doradas y castañas, guardadas, ¡oh, tan tiernamente!, entre las flores
prensadas que aún conservaban la profunda delicadeza de su olvidada
fragancia; la aromática presencia de memorias perdidas, el intoxicante incienso
del pasado. Mis ojos se inundaron, mi corazón se contrajo y expandió, mientras
me rendía sin reserva a esas antiguas influencias de sonidos y aromas. Estos
Espíritus del Pasado -olvidados en el tumulto de memorias más recientes- se
apretaban alrededor mío, tomaron mis manos en las suyas y, siempre
susurrando lo que yo hace tiempo había olvidado, siempre suspirando,
exhalando de sus cabellos y vestiduras los aromas inefables de las épocas
muertas, me guiaron a través de la inmensa Casa, de cuarto en cuarto, de piso
en piso.
Pero no todos los Espíritus me eran igualmente claros. De hecho, algunos
tenían sólo la más débil vida, y me agitaban tan poco que sólo dejaban una
impresión indistinta y borrosa en el aire; mientras que otros me observaban casi
con reproche con sus apagados y desteñidos ojos, como anhelando retornar a
mis recuerdos; y entonces, al ver que no eran reconocidos regresaban flotando
suavemente hacia las sombras de sus habitaciones, para volver a dormir
imperturbados hasta el Día Final, cuando no fallaré en reconocerlos.
-Muchos de ellos han dormido por tanto tiempo -dijo la Visión a mi lado- que
despiertan sólo a duras penas. Sin embargo, una vez despiertos te reconocen y
recuerdan, aunque tú no logres hacerlo. Pues es la regla de la Casa del Pasado
que, mientras tú no los evoques claramente, no recuerdes precisamente cuándo
los conociste y con qué causas particulares de tu evolución pasada están
asociados, no podrán mantenerse despiertos. A menos que los recuerdes
cuando vuestros ojos se encuentren, a menos que su mirada de reconocimiento
les sea devuelta por la tuya, están obligados a regresar a su sueño, silenciosa y
desconsoladamente -sus manos sin estrechar, sus voces sin ser oídas-, para
soñar un sueño inmortal y paciente, hasta que...
En ese instante, sus palabras se extinguieron repentinamente en la distancia y
tomé conciencia de un abrumandor sentimiento de deleite y alegría. Algo me
había tocado los labios, y un fuego poderoso y dulce se precipitó hacia mi
corazón y envió la sangre tumultuosamente por mis venas. Mi pulso latía
locamente, mi piel resplandecía, mis ojos se enternecieron, y la terrible tristeza
del lugar fue instantáneamente disipada, como por arte de magia. Volviéndome
con una exclamación de júbilo, que de inmediato fue tragada por el coro de
sollozos y suspiros que me rodeaban, observé...e instintivamente adelanté mis
brazos en un rapto de felicidad hacia...hacia la vision de un Rostro...cabello,
labios, ojos; una tela dorada rodeaba el hermoso cuello, y el antiguo, antiguo
perfume del Este -¡por las estrellas, cuánto hace de ello!- estaba en su aliento.
Sus labios nuevamente estaban en los míos; su cabello sobre mis ojos; sus
brazos alrededor de mi cuello, y el amor de su antigua alma vertiéndose en la
mía a través de unos ojos todavía fulgurantes y claros. Oh, el feroz tumulto, la
maravilla inenarrable, ¡si sólo pudiese recordar!....Aquel aroma, sutil y
disipador de brumas, de muchas eras atrás, una vez tan familiar...antes de que
las Colinas de la Atlántida estuvieran sobre el mar azul, o que las arenas
comenzaran a formar el lecho de la esfinge. Pero, un momento; ya regresa;
comienzo a recordar. Cortina tras cortina se levantan de mi alma, y casi puedo
ver más allá. Pero el espantoso elástico de los años, horrible y siniestro, milenio
tras milenio..... Mi corazón se estremece, y tengo miedo. Otra cortina se eleva y
otra perspectiva, que va más allá que las otras, se hace visible, interminable,
corriendo hacia un punto rodeado de gruesas brumas. ¡Y he aquí, que ellas
también se mueven!, elevándose, iluminándose. Finalmente veré… ya comienzo
a recordar… la piel morena... la gracia Oriental, los maravillosos ojos que
contenían el conocimiento de Buda y la sabiduría de Cristo, aún antes que
aquéllos hubieran soñado con alcanzarla. Como un sueño dentro de un sueño,
me cautiva nuevamente, tomando una apremiante posesión de todo mi ser... la
forma esbelta... las estrellas en aquel mágico cielo Oriental... los susurrantes
vientos entre las palmeras... el murmullo del río y la música de los setos al
inclinarse y suspirar en la dorada superficie de arena. Hace miles de años, hace
evos de distancia. Se difumina un poco y comienza a pasar; luego parece surgir
nuevamente. ¡Ay de mi!, aquella sonrisa de dientes resplandecientes... aquellos
párpados de venas de encaje. Oh, quién me ayudará a recordar, pues se
encuentra demasiado lejos, demasiado oscuro, y yo no puedo recordarlo
completamente; aunque mis labios aún se estremecen, y mis brazos se
encuentran aún extendidos, nuevamente comienza a desvanecerse. Ya hay una
mirada de tristeza, demasiado profunda para expresar con palabras, al darse
cuenta que no es reconocida.... ella, cuya mera presencia pudo una vez
extinguir para mí el universo entero... y ella se devuelve, lentamente,
tristemente, silenciosamente a su oscuro e inmenso sueño, para soñar y soñar
con el día en que la recordaré y que vendrá a donde pertenece...
Me observa desde el final de la habitación, donde las Sombras comienzan a
cubrirla y a ganarla de vuelta con sus brazos estirados hacia su sueño de siglos
en la Casa del Pasado.
Estremeciéndome entero, con el extraño perfume aún en mi nariz y el fuego en
mi corazón, me di la vuelta y seguí a mi Sueño por una amplia escalera, hacia
otra parte de la Casa. Al entrar en los corredores superiores oí al viento pasar
cantando sobre el tejado. Su música tomó posesión de mí hasta que sentí como
si todo mi cuerpo fuera un solo corazón, doliente, tenso, palpitante, como si
fuera a quebrarse; y todo porque escuché al viento cantar al rededor de la Casa
del Pasado.
-Recuerda -murmuró la Visión, respondiendo a mi inexpresada pregunta- que
estás escuchando la canción que ha cantado por incontables siglos y para
miríadas de incontables oídos. Se remonta asombrosamente lejos; y en ese
simple salmo, profundo en su terrible monotonía, se encuentran las
asociaciones y los recuerdos de las alegrías, penas y luchas de toda tu existencia
previa. El viento, como el mar, le habla a la memoria mas íntima-agregó- y es
por eso que su voz es de tal tristeza, profundamente espiritual. Es la canción de
las cosas por siempre incompletas, inaconclusas, insatisfechas.
Mientras pasábamos por las abovedadas habitaciones, advertí que nadie se
agitaba. Realmente no había ningún sonido, sólo una impresión general de una
respiración profunda y colectiva, como el vaivén de un mar amortiguado. Mas
los cuartos, lo supe inmediatamente, estaban llenos hasta las paredes, repletos,
fila tras fila... Y, desde los pisos inferiores, a veces se elevaba el murmullo de las
Sombras llorosas al retornar a su sueño, instalándose nuevamente en el silencio,
la oscuridad y el polvo. El polvo....oh, el polvo que flotaba en esta Casa del
Pasado, tan denso, tan penetrante; tan fino que llenaba los ojos y la garganta sin
dolor; tan fragante, que aliviaba los sentidos y tranquilzaba el corazón; tan
suave, que resecaba la boca, sin molestar; y cayendo tan silenciosamente,
acumulándose, posándose sobre todo, que el aire lo sostenía como una fina
bruma y las sombras durmientes lo usaban como mortajas.
-Y éstas son las más antiguas -dijo mi Sueño- las dormidas hace más tiempoapuntando
hacia las filas repletas de silenciosos durmientes-. Nadie aquí ha
despertado por siglos, demasiados para contarlos; y aún si despertaran no
podrías reconocerlos. Ellos son, como los otros, todos tuyos, sólo que son los
recuerdos de tus etapas más tempranas a lo largo de el gran Camino de
Evolución. Algún día, sin embargo, despertarán, y deberás reconocerlos y
contestar sus preguntas, pues ellos no pueden morir hasta no agotarse a sí
mismos a través de tí, quien les dio la vida.
-¡Ay de mí! -pensé, escuchando y entendiendo a medias estas palabrascuántas
madres, padres, hermanos pueden entonces estar dormidos en este
cuarto; cuántos fieles amantes, cuántos amigos de verdad, ¡cuántos antiguos
enemigos! Y pensar que un día se levantarán y me confrontarán, y yo deberé
encontrarme con sus ojos nuevamente, reclamarles, conocerlos, perdonarlos, y
ser perdonado.... los recuerdos de todo mi Pasado...
Me volteé para hablarle al Sueño a mi lado, y toda la Casa se disolvió en el
brillo del cielo oriental, y escuché.

domingo, 4 de octubre de 2009

LA BELLEZA INÚTIL

LA BELLEZA INÚTIL
GUY DE MAUPASSANT

I
Delante de la escalinata del palacio esperaba una victoria muy elegante, tirada por dos magnificos caballos negros. Era a fines del mes de junio, a eso de las cinco y media de la tarde, y por entre el recuadro de tejados del patio principal se distinguía un cielo rebosante de claridad, luz y alegría. La condesa de Mascaret apareció en la escalinata, en el momento mismo en que su marido, de regreso, entraba por la puerta de coches. Se detuvo unos segundos para contemplar a su mujer, y palideció ligeramente. Era muy hermosa, esbelta, y el óvalo alargado de su cara, su cutis de brillante marfil, sus rasgados ojos grises y negros cabellos le daban un aire de distinción. Subió ella al carruaje sin dirigirle una mirada, como si no lo hubiese visto, con actitud tan altanera, que el marido sintió en el corazón una nueva mordedura de los celos que lo devoraban desde hacía mucho tiempo. Se acercó y la saludó, diciendo: —¿Sale usted de paseo? Ella dejó escapar cuatro palabras por entre sus labios desdeñosos: —Ya lo ve usted. —¿Al Bosque? —Es probable. —¿Me permitirá acompañarla? —Usted es el dueño del carruaje. Sin manifestar extrañeza por el tono en que ella le contestaba, subió al coche, tomó asiento junto a su mujer y ordenó: —Al Bosque. El lacayo saltó al pescante, junto al cochero, y los caballos, siguiendo su costumbre, piafaron y saludaron con la cabeza, hasta que pisaron la calzada de la calle. Los dos esposos permanecían uno al lado del otro, sin despegar los labios. El marido buscaba la manera de trabar conversación, pero era tal la dureza del semblante de su mujer, que no se arriesgaba a ello. Deslizó disimuladamente su mano hacia la mano enguantada de la condesa, y tropezó con ella como por casualidad; pero su mujer retiró el brazo tan vivamente y con un gesto de tal repugnancia, que lo dejó desconcertado, a pesar de sus hábitos autoritarios y despóticos. Entonces dijo en voz baja: —¡Gabriela! Ella le preguntó, sin volver la cabeza: —¿Qué quiere usted? —La encuentro a usted adorable. Ella no contestó, y siguió arrellanada en el coche con aire de reina irritada. Subían por la cuesta de los Campos Elíseos hacia el Arco de Triunfo de la Estrella. A un extremo de aquella larga avenida, el inmenso monumento abría su arco colosal sobre un cielo rojo. Parecía que el sol, cayendo sobre él, levantaba por todo el horizonte un polvillo de fuego. Los carruajes, salpicados de destellos luminosos en los cobres, en la plata y en la cristalería de sus arneses y linternas, formaban un río de doble corriente, una hacia el Bosque, la otra hacia la ciudad. El conde Mascaret volvió a decir: —jMi querida Gabriela! Ella, entonces, sin poderse contener más, le replicó con voz exasperada: —Le ruego que me deje en paz. Ya no me queda ni la libertad de pasear sola en mi coche. Hizo él como que no la había oído, e insistió: —Está usted hoy más hermosa que nunca. La mujer, que había llegado al limite de su paciencia, le contestó, abandonándose a su cólera: —Hace usted mal en fijarse en mi hermosura, porque yo le juro que jamás volveré a ser de usted. Esta vez sí que el marido quedó estupefacto y desconcertado; pero, dejándose llevar por sus hábitos de violencia, lanzó un “¿Cómo dice usted?”, que delataba, más que al hombre enamorado, al amo brutal. Aunque sus servidores no podían oírlos, por el ruido ensordecedor de las ruedas, ella repitió en voz baja: —¡Ya está ahí el de siempre! ¿Cómo dice usted? ¿Cómo dice usted? Pues bien: ¿se empeñe en que yo se lo diga? —Sí. —¿En que yo se lo diga todo? —Si. —¿Todo lo que llevo como un peso encima del corazón desde que vengo siendo la victima de su egoísmo feroz? El marido se había puesto rojo de asombro y de irritación; y gruñó con los dientes cerrados: —Si, hable usted. Era hombre de mucha estatura, hombros anchos, poblada barba roja; un hombre apuesto, un caballero del gran mundo. reputado de marido modelo y padre excelente. Por vez primera desde que habían salido del palacio se volvió ella para mirarle cara e cara: —Sea, pues. Va usted e oír cosas muy desagradables; pero sepa que estoy dispuesta a todo, que lo desafiaré todo, que no temo a nada y a usted menos que a nadie. También él le miraba a los ojos, alterado ya por la ira, y resolló: —¡ Está usted loca! —Lo que no estoy es dispuesta a seguir siendo la víctima del suplicio odioso de perpetua maternidad que me viene usted imponiendo desde hace once años. Quiero vivir alguna vez como mujer de sociedad, porque tengo derecho e ello, como lo tienen todas las mujeres. El marido volvió a palidecer súbitamente, y balbuceó: —No entiendo lo que quiere decir. —Sí que me entiende usted. Hace tres meses que di a luz a mi último hijo, y ya le parece a usted que es hora de que vuelva a estar encinte, porque soy todavía muy hermosa, y, a pesar de todo lo que usted hace, no pierdo mis formas, como usted mismo ha advertido hace un momento, el verme en la escalinata. —¡Usted desvaría! —No. Tengo siete hijos y treinta y dos años; hace sólo once que nos casamos y usted echa cuentas de que seguiremos así diez años más. Hasta entonces no dejará usted de estar celoso. El marido la agarró del brazo y se lo oprimió: —No le tolero que siga usted hablándome de ese modo. —Pues yo estoy resuelta a no callar hasta que le haya dicho todo lo que tengo que decirle. Como trate usted de impedírmelo, alzaré la voz para que me oigan los criados que van en el pescante. Si consentí en que subiese al coche fue por eso, porque aquí tengo testigos que le obligarán a escucharme y a dominarse. Óigame bien. Siempre me fue usted antipático, y se lo demostré en toda ocasión, porque yo no miento nunca, caballero. Me casé con usted contra mi voluntad; violentó usted la de mis padres, aprovechando que es usted rico y que ellos se hallaban en situación difícil. Después de muchas lágrimas, tuve que ceder. “Usted me compró, y luego, cuando me tuvo en su poder, cuando yo empezaba a ser una compañera dispuesta a quererle, a olvidar sus procedimientos de intimidación y de coerción, acordándome únicamente de que tenía el deber de portarme como esposa abnegada, dándole todo el cariño de que yo era capaz, usted se convirtió en un marido celoso, celoso como nadie lo ha sido jamás, con unos celos de espía: bajos, innobles, degradantes para usted y ofensivos para mi persona. No llevaba casada ocho meses y ya usted me creyó capaz de todas las perfidias. Hasta llegó a dármelo e entender. ¡Qué ignominia! Como no podía usted impedirme ser hermosa y agradar, que me calificasen en los salones y en los periódicos como una de las mujeres más hermosas de Paris, se dio usted a buscar un medio para apartar de mi persona los homenajes que me dedicaban, y se le ocurrió la idea execrable de hacerme pasar la vida en una preñez perpetua, hasta que mi cuerpo inspirase repugnancia a todos los hombres. No; no lo niegue usted. Mucho tardé en comprenderlo; pero, al fin, lo adiviné. Llegó usted a jactarse de ese propósito delante de su hermana, que me lo repitió, porque me quiere y porque le indignó semejante grosería, propia de un hombre zafio. “¡Acuérdese de las veces que hemos reñido! ¡De las puertas rotas y de las cerraduras forzadas! Me ha tenido usted condenada durante once años a una existencia de yegua madre, recluida en una casa de remonta. En cuanto se manifestaba mi preñez, usted mismo se alejaba de mí, y se pasaba meses sin que lo viese. Me expedía usted al campo, al castillo de la familia, al verde, al prado, para que fuese gestando a mi hijo. Y cuando yo reaparecía, hermosa y lozana, indestructible, siempre seductora y siempre asediada de homenajes, y cuando yo esperaba poder llevar por algún tiempo la vida de una mujer rica, joven y relacionada en sociedad, despertaban otra vez los celos de usted y se iniciaba de nuevo la persecución a que lo empujaba ese anhelo infame y rencoroso que ahora mismo lo aguijonea al verse a mi lado. No es el anhelo de poseerme —nunca me negaría yo a ese deseo—, es el anhelo de deformar mi cuerpo. “Ha habido más. Ha habido une táctica abominable y misteriosa que me ha costado mucho tiempo descifrar —pero en su escuela he aprendido a ser astuta—: el cariño que siente usted por sus hijos arranca de que ellos constituían la seguridad suya cuando yo los llevaba en mis entrañas. El amor a los hijos lo ha forjado usted con todo el aborrecimiento que por mi sentía, con los viles recelos momentáneamente calmados, con el gozo de ver cómo mi talle se deformaba. “¡Cuántas veces he tenido la sensación de ese gozo suyo, y lo he descubierto en sus ojos, y lo he adivinado! Quiere usted a sus hijos como a otras tantas victorias conseguidas, no porque lleven su sangre. Son victorias obtenidas sobre mí, sobre mi juventud, sobre mi belleza, sobre mis encantos, sobre las galanterías que me dirigían y sobre las que, sin decírmelas directamente, se susurraban en voz baja a mi alrededor. Por eso está usted orgulloso de ellos, y los pasea en break por el Bosque de Bolonia o los hace cabalgar en borriquitos por Montmorency. Y los lleva usted por la tarde al teatro para que, viéndole rodeado de sus hijos, diga la gente: ‘¡Qué padre modelo!’, y lo vaya repitiendo por .... .” El marido le había cogido de la muñeca con brutalidad salvaje, y se la estrujaba con tal violencia, que ella se calló, ahogando un lamento que reventaba en su garganta. Al fin, le dijo, en tono muy bajo: —Quiero a mis hijos, ¿lo oye usted? Es vergonzoso oír a una madre expresarse como lo ha hecho usted. Pero usted me pertenece. Soy el señor..., su señor..., y puedo exigirle lo que quiera y cuanto quiera... La ley..., está de mi parte. Apretaba con las tenazas de su puño musculoso, como queriendo destrozarle los dedos. Ella, lívida de dolor, hacia esfuerzos inútiles por liberar la mano de aquel torno que se la estrujaba; respiraba fatigosamente y se le saltaban las lágrimas. —Ya ve usted que soy yo quien manda, y que soy el más fuerte —le dijo el marido. Aflojó un poco la presión, y entonces ella le dijo: —¿Cree usted que soy una mujer creyente? —Sí —balbuceó él, sorprendido. —¿Está usted convencido de que creo en Dios? —Desde luego. —¿Me supone capaz de jurar en falso delante de un altar en el que está guardado el cuerpo de Cristo? —No. —¿Quiere usted acompañarme a una iglesia? —¿Para qué? —Ya lo verá. ¿Quiere? —Si usted se empeña, sí. Ella llamó en voz alta: —Felipe. El cochero, inclinando un poco el cuello, pero sin apartar la vista de los caballos, pareció que volvía únicamente la oreja hacia su señora. Ésta siguió diciendo: —A la Iglesia de San Felipe de Roule. La victoria, que estaba ya llegando el Bosque de Bolonia, volvió a tomar la dirección de París. Marido y mujer no cambiaron entre si una sola palabra en todo este trayecto. Cuando el carruaje se detuvo delante de la puerta del templo, la señora de Mascaret saltó al suelo, y entró en él, seguida a pocos pasos por el conde. Avanzó sin detenerse hasta la verja del coro, se arrodilló en una silla y oró. Oró largo rato, y el marido, que permanecía en pie a sus espaldas, advirtió, por fin, que lloraba. Lloraba silenciosamente, como suelen llorar las mujeres en los momentos de pena desgarradora. Era un estremecimiento ondulatorio de todo su cuerpo, que terminaba en un débil sollozo, oculto, ahogado; entre sus dedos. El conde de Mascaret juzgó que la situación se prolongaba con exceso, y la tocó en el hombro. Este contacto la hizo volver en sí como si hubiese recibido una quemadura. Se irguió y clavó sus ojos en los de él. —Lo que tengo que decirle es esto. No me asusta nada y puede hacer usted lo que mejor le parezca. Puede matarme si le parece bien. Uno de sus hijos no es suyo. Lo juro delante de Dios que me está escuchando. Era la única venganza que podía tomarme de usted, de su execrable tiranía de macho, de los trabajos forzados de perpetua preñez a que me tiene condenada. ¿Que quién fue mi amante? No lo sabrá usted jamás. Sospechará usted de todos, pero no logrará descubrirlo. Me di a él sin amor y sin placer, sólo por engañarle a usted. Y también él me hizo madre, como usted. Son siete los que tengo, ¡busque! Pensaba habérselo dicho más adelante, mucho más adelante, porque la venganza de engañar a un hombre no es tal mientras él no lo sabe. Usted me ha obligado a que se lo confesase hoy. No tengo más que decir. Huyó hacia la puerta de la iglesia, que estaba abierta, calculando oír detrás de ella el peso presuroso del marido así provocado y esperando caer de un momento a otro al suelo bajo el golpe aplastador de su puño. Pero nada oyó, y fue hasta su coche. Subió a él de un salto, crispada de angustia, jadeante de miedo, y gritó al cochero: —!Al palacio! Los caballos arrancaron a trote ligero.
II
Encerrada en su habitación, la condesa de Mascaret esperaba la hora de la cena, lo mismo que un condenado a muerte espera la del suplicio. ¿Qué haría su marido? ¿Había regresado e casa? ¿Qué habría meditado, qué prepararía, qué tendría resuelto aquel hombre despótico, arrebatado, dispuesto siempre a la violencia? En el palacio no se oía el menor ruido, y ella miraba a cada instante las agujas del reloj. Vino la doncella para vestirla de noche, y después se marchó. Dieron las ocho, y casi en el acto dieron dos golpes en la puerta. —Adelante. Apareció el mayordomo, y dijo: —La señora condesa está servida. —¿Ha vuelto el señor conde? —Si, señora condesa. El señor conde está en el comedor. Tuvo por un instante el pensamiento de armarse de un pequeño revólver que había comprado hacia poco, en previsión del drama que se preparaba en su corazón. Pero se le ocurrió pensar que estarían allí todos los niños, y sólo se armó de un frasco de sales. Cuando entró en el comedor, su marido esperaba en pie junto a su silla. Cruzaron un ligero saludo, y tomaron asiento. Después de ellos, se sentaron los hijos. Los tres varones, con su preceptor, el abate Marín, a la derecha de la madre; las tres niñas, con el aya inglesa, la señora Smith, a la izquierda. El más pequeño, de tres meses, era el único que se quedaba en la habitación con su nodriza. Las tres niñas, completamente rubias, la mayor de diez años, y con vestidos azules adornados de puntillitas blancas, parecían otras tantas muñecas exquisitas. La más pequeña no había cumplido aún los tres años. Todas eran bonitas y prometían llegar a ser tan hermosas como su madre. Los tres niños, dos de pelo castaño claro y el otro, de nueve años, castaño oscuro, presentaban perspectivas de desarrollarse como hombres vigorosos, de mucha estatura y anchos hombros. Toda la familia parecía de la misma raza, fuerte y llena de vida. El señor abate rezó la bendición según tenía por costumbre cuando no había invitados, porque cuando había gente extraña a la casa no se sentaban los hijos a la mesa. Después se pusieron a comer. La condesa, atenazada por una emoción que no había previsto, no levantaba los ojos. El conde miraba tan pronto a los tres niños como a las tres niñas; sus ojos, inseguros, enturbiados por la angustia, examinaban una a una aquellas cabezas. De pronto, al colocar su copa en la mesa, se le quebró, y el liquido rojizo se corrió por el mantel. Bastó aquel ligero ruido para que la condesa se levantase, sobresaltada, de su silla. Se miraron por vez primera marido y mujer. Y siguieron cruzando a cada momento sus miradas; a pesar suyo, a pesar del encrespamiento de su carne y de su corazón que provocaba cada uno de aquellos encuentros, las pupilas de uno buscaban las del otro como se buscan las bocas de dos pistolas. El sacerdote se daba cuenta de que algo embarazoso ocurría, y se esforzaba en insinuar una conversación. Iba desgranando temas, sin que sus inútiles tentativas hiciesen brotar una idea o arrancasen una palabra. Dos o tres veces intentó contestarle la condesa, por delicadeza femenina, obedeciendo a sus instintos de mujer de mundo; pero fue en vano. En el desconcierto de su espíritu le fallaban las frases apropiadas, y casi le daba miedo oír su voz en medio del silencio del gran salón, en el que sólo se oía el tintineo de los cubiertos de plata y de la porcelana. De pronto se inclinó su marido hacia ella y le dijo: —¿Me jura usted aquí, en medio de sus hijos, que lo que hace un rato me dijo era sincero? El rencor fermentado dentro de sus venas la sacudió con una súbita rebelión, y contestando a la pregunta con igual energía que contestaba a sus miradas, alzó las dos manos, la derecha hacia la frente de sus hijos, la izquierda hacia la de sus hijas, y dijo con acento firme resuelto, y sin vacilaciones: —Juro sobre la cabeza de mis hijos que lo que le he dicho es la verdad. El conde se levantó, tiró la servilleta a la mesa con gesto irritado; al darse la vuelta dio un empujón a la silla, enviándole contra la pared, y salió sin agregar palabra. Ella, entonces, dejó escapar un profundo suspiro, como si hubiese obtenido la primera victoria, y siguió hablando con mucha tranquilidad. —No le déis importancia, hijitos. Vuestro papá ha tenido hace un rato un gran disgusto, y sufre mucho todavía. En cuanto pasen unos días, ya no le importará nada. Conversó con el abate; conversó con la señora Smith; tuvo para todos sus hijos palabras tiernas, cariñosas, y mimos de madre que ensanchan de felicidad los corazoncitos de los pequeños. Terminada la cena, pasó al salón con toda su pollada. Hizo charlar a los mayores, contó cuentos a los más pequeños, y cuando llegó la hora de acostarse todos, les dio un beso muy largo, los envió a dormir, y se retiró sola a su habitación. Aguardó, porque estaba segura de que él vendría. Y como ya sus hijos estaban lejos de ella, se aprestó a defender su vida de ser humano, del mismo modo que había defendido su vida de mujer de mundo, y ocultó en un bolsillo el pequeño revólver cargado que había adquirido unos días antes. Las horas pasaban; sonaban las horas en el reloj. Se apagaron todos los ruidos del palacio. Únicamente se oía a lo lejos a través de las tapicerías de los muros, el retumbo suave y lejano de los coches en las calles. La condesa aguardaba, enérgica y nerviosa. Ya no le temía; estaba dispuesta a todo, y se consideraba triunfante, porque el suplicio a que lo tenía sometido duraría toda la vida, sin darle un momento de tregua. Las primeras luces del día se deslizaron por debajo de los flecos de las cortinas, y el conde no había aparecido todavía en el cuarto. Entonces ella comprendió que no volvería nunca más, y se quedó estupefacta. Cerró la puerta con llave y corrió el cerrojo de seguridad que ella había hecho colocar; luego se acostó y permaneció en la cama con los ojos abiertos, meditando, sin acabar de comprender, sin poder adivinar qué era lo que haría su marido.
III
Fue en el teatro de la Opera durante un entreacto de Roberto el Diablo. Los caballeros estaban en pie en el patio de butacas, con el sombrero en la cabeza, vistiendo chaleco de ancha boca, que dejaba ver la camisa blanca, en la que brillaban el oro y las piedras preciosas de las abotonaduras; miraban a los palcos, cuajados de mujeres escotadas, llenas de diamantes y de perlas, como flores de un invernadero en el que la belleza de los rostros y el esplendor de los hombros desnudos abriesen sus cálices a todas las miradas, con un acompañamiento de música y de conversaciones. Dos amigos, vueltos de espaldas a la orquesta, charlaban, mirando al mismo tiempo aquella colección de elegancias, aquella exposición de encantos, verdaderos o falsos, de joyas, de lujo, de jactancia, que se explayaban en círculo alrededor del gran teatro. Roger de Salins, que era uno de los dos, dijo a su compañero, Bernardo Grandín: —Fíjate qué hermosa sigue siempre la condesa Mascaret. Entonces el otro miró con fijeza a un palco de enfrente, en el que había una señora alta muy joven, y que atraía todas las miradas de la sala con su deslumbrante belleza. Su tez pálida, con reflejos de marfil, le daba un aire de estatua; y sus cabellos, negros como la noche, ostentaban una estrecha diadema de diamantes, que brillaba como una vía láctea. Bernardo Grandin, después de mirarla un buen rato, contestó con acento juguetón, en el que se transparentaba un sincero convencimiento: —¡Vaya que si es hermosa! ¿Qué edad puede tener? —Espera. Te lo voy a decir con exactitud. La conozco desde su niñez. Estuve presente cuando debutó en sociedad, de jovencita. Tiene..., tiene... treinta..., treinta..., treinta y seis años. —No es posible. —Estoy completamente seguro. —Aparente veinticinco. —Ha tenido siete hijos. —Es increíble. —Viven los siete, y es una buena madre. Visito de cuando en cuando su casa, que resulta agradable, muy tranquila y de un ambiente sano. Esta mujer ha realizado el fenómeno de vivir en familia sin dejar la vida social. —¿Te parece extraordinaria? ¿Y nunca ha dado motivo a que se hable de ella? —Nunca. —Y ¿qué me dices de su marido? Es un tipo extraño, ¿verdad? —Sí y no. Tal vez hay entre ellos un pequeño drama, uno de esos pequeños dramas del matrimonio cuya existencia se sospecha, que no llegan a clarearse bien, pero que se adivinan con bastante aproximación. —Y ¿cuál es? —Yo no sé nada. Mascaret, que era antes un marido perfecto, es hoy un gran juerguista. Cuando era buen marido, tenía un carácter infernal, siempre suspicaz y áspero. Desde que se dedica a divertirse, se ha hecho muy tratable; pero se diría que oculta una preocupación, un pesar, un gusano que lo roe. Y envejece mucho, al revés de su mujer. Los dos amigos dedicaron entonces unos minutos a filosofar acerca de las penas secretas, misteriosas, que pueden surgir en una familia como consecuencia de la diversidad de caracteres o de antipatías físicas inadvertidas al principio. Roger de Salins, que seguía con la atención fija en la señora de Mascaret, agregó: —¿Quién va a creer que esa mujer ha tenido siete hijos? —Pues los ha tenido, sí, señor, en once años. Cuando llegó a los treinta, cerró su período de producción, para entrar en el de exhibición, cuyo final no se adivina todavía. — ¡Pobres mujeres! —¿Por qué las compadeces? —¿Por qué? Ponte a pensar un poco, amigo mío. ¡Once años de preñez para una mujer como ésa! ¡Qué infierno! Es la juventud entera, es toda la belleza, son las esperanzas de triunfo, todo el ideal poético de una vida brillante lo que se sacrifica a esa ley odiosa de la reproducción, que convierte a una mujer normal en una simple máquina de hacer hijos. —Y ¿qué le vas a hacer? Es la Naturaleza. —Sí; pero yo sostengo que la Naturaleza es nuestra enemiga, que debemos luchar siempre contra ella, porque tiende siempre a reducirnos a la vida animal. Lo que hay en la tierra de limpio, de bonito, de elegante y de ideal no es obra de Dios, sino del hombre, del cerebro humano. Somos nosotros los que nos hemos apoderado de la creación, cantándola, interpretándola, admirándola como poetas, idealizándola como artistas, explicándolo como sabios, que se equivocan, es cierto, pero que encuentran rezones ingeniosas y un poco de gracia, de belleza, de encanto oculto y de misterio a los fenómenos. Dios no hizo sino unos seres groseros, llenos de gérmenes de enfermedades, y que, después de unos pocos años de florecimiento animal, envejecen con todas las dolencias, fealdades y decrepitudes humanas. Parece que no los hubiera hecho sino para reproducirse asquerosamente y morir a continuación, como los efímeros insectos de las noches otoñales. He dicho “para reproducirse asquerosamente” y lo sostengo, e insisto. ¿Hay, en efecto, algo más innoble y repugnante que el acto indecente y ridículo de la reproducción de los seres, acto contra el cual se rebelan y se rebelarán eternamente todas las almas delicadas? Este Creador económico y malévolo que a todos los órganos ideados por Él dio dos finalidades distintas, ¿por qué no confió esta misión sagrada, la más noble y la más sagrada de las actividades humanas, a otros órganos menos desaseados y sucios? La boca, que nutre al cuerpo con los alimentos materiales, derrama también la palabra y el pensamiento. Sana la carne, al mismo tiempo que comunica la idea. El olfato, que proporciona el aire vital a los pulmones, lleva al cerebro todos los perfumes del mundo: el de las flores, el de los bosques, el de los árboles, el de la mar. La oreja, con la que recibimos la comunicación de nuestros semejantes, nos ha permitido asimismo inventar la música, y con ella el ensueño, la dicha, el infinito, además del placer físico del sonido. Pero cualquiera diría que el Creador, astuto y cínico, quiso privar para siempre al hombre de la posibilidad de ennoblecer, revestir de belleza, idealizar su unión con la mujer. Sin embargo, el hombre ha descubierto el amor, lo cual ya es algo, como réplica al Dios marrullero, y ha sabido ataviarlo tan bien de poesía literaria, que consigue que la mujer olvide a veces los contactos a que se ve sometida. Y aquellos de nosotros que sienten su impotencia para engañarse exaltándose, han inventado el vicio y refinado el libertinaje, lo cual constituye igualmente una manera de chasquear a Dios y de rendir homenaje a la belleza, aunque sea un homenaje impúdico. Pero el ser normal hace hijos a estilo de bestia apareada por la ley. ¡Fíjate en esa mujer! ¿No da grima pensar que semejante alhaja, que una perla como ésa, nacida para ser hermosa, admirada, festejada y adorada, haya tenido que pasar once años de su vida dando herederos al conde de Mascaret? Bernardo Grandín contestó, riéndose: —Hay mucho de verdad en lo que has dicho; pero hay muy pocas personas capaces de comprenderte. Salins se fue animando. —¿Sabes cómo concibo yo a Dios? —dijo—. Como a un monstruoso órgano creador, desconocido de nosotros, que siembra por el espacio millones de mundos, de la misma manera que un pez sembraría sus huevos en la mar si estuviese solo. Crea, porque crear es la función de Dios; pero no sabe lo que hace, es estúpidamente prolífico y no tiene conciencia de toda la serie de combinaciones a que da lugar con la difusión de sus gérmenes. Uno de los pequeños accidentes imprevistos de sus fecundidades ha sido el pensamiento humano; accidente local, pasajero, imprevisto, condenado a desaparecer con la tierra, para resurgir aquí o en otra parte, igual o distinto, en alguna de las combinaciones nuevas del eterno recomenzar de las cosas. Este pequeño accidente de la inteligencia tiene la culpa de que nos sintamos tan incómodos en lo que no había sido hecho ex profeso para nosotros, en lo que no estaba preparado para recibir, alojar, alimentar y dar satisfacción a seres dotados de pensamiento; y él también nos obliga a luchar constantemente, una vez que hemos llegado a ser verdaderamente refinados y civilizados, contra eso que se sigue llamando los designios de la Providencia. Grandin, que le escuchaba con atención, porque conocía de tiempo atrás las deslumbradoras paradojas de su fantasía, le preguntó: —Según eso, ¿el pensamiento humano es un producto espontáneo de la ciega fecundidad divina? —¡Desde luego! Una función fortuita de los centros nerviosos de nuestro cerebro, por el estilo de las reacciones químicas imprevistas producidas por nuevas mezclas por el estilo también de una producción de electricidad creada por frotamientos o yuxtaposiciones inesperadas, parecidas, en fin, a todos los fenómenos engendrados por las fermentaciones infinitas y fecundas de la materia viva. “Amigo mío, basta mirar a nuestro alrededor para que se nos entre la prueba por los ojos. Si un creador consciente hubiese previsto que el pensamiento humano había de llegar a ser lo que es hoy, una cosa tan distinta del pensamiento y de la resignación de los animales, exigente, investigadora, agitada, inquieta, ¿hubiera creado para recibir al hombre de hoy este incómodo recinto de animaluchos, este campo de hortalizas, esta huerta de legumbres silvestres, rocosa y esférica, que nuestra imprevisora Providencia nos preparó para que viviésemos en él desnudos, dentro de grutas o en los árboles, alimentándonos con la carne de los animales, hermanos nuestros, qué matásemos, o con hierbas crudas que crecen a la intemperie del sol o de la lluvia? “Basta un segundo de reflexión para comprender que este mundo no ha sido hecho para criaturas como nosotros. El pensamiento, que brotó y se desarrolló por un milagro nervioso de las células de nuestro cerebro, hace de todos nosotros, los intelectuales, unos lamentables y perpetuos desterrados en la tierra, porque es y será siempre impotente, ignorante y lleno de confusiones. “Contémplala, a esta tierra nuestra, tal y como Dios la ha entregado a los que en ella habitan. ¿No es evidente que está dispuesta, con sus plantas y bosques, únicamente para que vivan en ella animales? ¿Qué se encuentra en ella para nosotros? Nada. Ellos, en cambio, lo tienen todo: las cavernas, los árboles, el follaje, los manantiales, el cobijo, el alimento y la bebida. Por eso las personas exigentes como yo se encuentran siempre en ella a disgusto. Tan sólo aquellos que se parecen mucho al bruto están aquí contentos y satisfechos. Los demás, los poetas, los exquisitos, los soñadores, los investigadores, los inquietos. .. ¡Ah, qué pobres diablos! “Comemos repollos y zanahorias, sí, señor, y cebollas, nabos y rábanos, porque no hemos tenido más remedio que acostumbrarnos a comer todas esas cosas y hasta a aficionarnos a ellas, porque es lo único que aquí se cría; pero lo cierto es que se trata de una comida de conejos y de cabras, lo mismo que la hierba y el trébol son alimentos de caballos y de vacas. Cuando contemplo las espigas de un campo de trigo maduro, no pongo ni por un momento en duda que aquello ha brotado del suelo para que se lo coma el pico de los gorriones o de las alondras, pero no mi boca. Por consiguiente, cuando mastico el pan, no hago otra cosa que robar lo suyo a los pájaros, lo mismo que les robo a la comadreja y a la zorra cuando como gallinas. La codorniz, la paloma y la perdiz, ¿no son la presa natural del gavilán? El carnero, el corzo y el buey, ¿no lo son de los grandes animales carniceros? ¿O es que creemos que están destinados al engorde, para que nos sirvan a nosotros su carne asada, con trufas que los cerdos desentierran ex profeso para nosotros? “Los animales no tienen aquí abajo otra preocupación que la de vivir. Están en su propia casa, alojados y alimentados, y no tienen que ocuparse más que de pacer, cazar o comerse entre ellos, de acuerdo con sus instintos, porque Dios no previó jamás la benignidad y las costumbres pacíficas; lo único que Él ha previsto es la muerte de los seres, que se destruyen unos a otros y se devoran con encarnizamiento. “En cuanto a nosotros, ¡qué de trabajo, esfuerzos, paciencia, inventiva, imaginación; qué de habilidad, talento y genio han sido necesarios para hacer casi habitable este suelo pedregoso y salvaje! “Piensa por un momento en todo lo que hemos tenido que llevar a cabo, a pesar de la Naturaleza o contra la Naturaleza, para instalarnos de una manera menos que mediana, con muy poca comodidad y elegancia, en condiciones indignas de nosotros. “Cuanto más civilizados, inteligentes y refinados seamos, más obligados estamos a vencer y domar el instinto animal, que es la representación dentro de nosotros de la voluntad de Dios. “Piensa en que hemos tenido necesidad de inventar la civilización, conjunto que tantas cosas abarca, tantas, tantísimas, desde los calcetines hasta el teléfono. Piensa en todo lo que tienes delante de los ojos todos los días, en todas las cosas de que nos servimos de una manera u otra. “Para hacer más llevadero nuestro destino de brutos, hemos descubierto y fabricado toda clase de objetos, empezando por las casas y siguiendo por los alimentos más exquisitos, bombones, pastelería, bebidas, licores, telas, vestidos, adornos, camas, colchones, carruajes, ferrocarriles y toda suerte de máquinas; hemos descubierto, además, las ciencias y las artes, La escritura y los versos. Sí; hemos creado las artes, la poesía, la música, la pintura. De nosotros, los hombres, arranca todo el ideal, y también toda la coquetería de la vida, el atavío de las mujeres y el talento de los hombres, cosas todas que han acabado por adornar, por hacer menos árida, monótona y dura esta existencia de simples reproductores, única para la que nos infundió aliento la divina Providencia. “Fíjate en este teatro. ¿Qué ves aquí dentro sino un mundo no previsto por los destinos inmortales, ignorado por ellos, que sólo nuestras inteligencias son capaces de comprender; una distracción agradable, sensual e inteligente, inventada ex profeso para nosotros, bestezuelas descontentadizas e inquietas? “Observa a esa mujer, la señora de Mascaret. Dios la hizo para vivir en una caverna, desnuda o arrebujada en pieles de animales. ¿No está mucho mejor tal como la vemos? Y, a propósito: ¿se sabe cómo y por qué su marido, teniendo a su lado una compañera como ella, la abandonó de pronto y se dio a correr detrás de cualquier perdida, sobre todo después de haber sido lo bastante patán para hacerla siete veces madre? Grandín le contestó: —¡Alto ahí, querido! Esa es probablemente la única razón, su cazurrería. Acabó descubriendo que el dormir en casa le salía demasiado caro. Llegó, por cálculos de economía doméstica, a las mismas conclusiones a que tú llegas con la filosofía. Sonaron los tres golpes que indicaban que iba a empezar el tercer acto. Los dos amigos se volvieron de cara al escenario, se descubrieron y tomaron asiento.
IV
El conde y La condesa de Mascaret, sentados el uno al lado del otro dentro del cupé que los llevaba a casa, no despegaban los labios. Pero, de pronto, dijo el marido a su mujer: —¡Gabriela! —¿Qué me quiere usted? —¿No le parece que esto ha durado ya bastante? —¿A qué se refiere? —Al suplicio ignominioso a que me tiene sometido desde hace seis años. —Yo nada puedo hacer. —¿Cuál de ellos es? Dígamelo de una vez. —Jamás. —Piense usted que ya no puedo mirar a mis hijos ni sentirlos a mi lado sin que la duda me destroce el alma. Dígame cuál de ellos es, y yo le juro que perdonaré y que lo trataré igual que a los demás. —No tengo derecho a obrar de esa manera. —¿No ve usted que ya no puedo soportar más esta vida, esta idea que me corroe, esta pregunta que me formulo constantemente y que constituye mi tormento cada vez que los miro? Acabaré por volverme loco. —Entonces, ¿ha sufrido usted mucho? —De un modo espantoso. Sin ese sufrimiento no me habría resignado yo al horror de vivir al lado de usted ni al horror, más grande todavía, de saber que hay entre ellos uno, que yo no puedo saber cuál es, que me impide querer a los otros. Ella insistió: —¿De modo que ha sufrido usted, real y verdaderamente? El marido le contestó con acento que delataba su dolor: —¿No le vengo repitiendo todos los días que ya no puedo soportar más semejante suplicio? Si yo no quisiese a mis hijos, ¿habría vuelto, habría seguido viviendo en esta casa, a su lado y al lado de ellos? Se ha portado usted conmigo de una manera execrable. Sabe usted perfectamente que todas las ternuras de mi corazón son para mis hijos. Soy para ellos un padre a la antigua, lo mismo que he sido para usted un marido por el estilo de las antiguas familias, porque yo sigo siendo un instintivo, un hombre primitivo, de otros tiempos. Sí, lo reconozco; usted despertó en mi unos celos atroces, porque es una mujer de otra raza, de otra alma, con otras necesidades. No olvidaré jamás sus palabras, no las olvidaré jamás. A decir verdad, a partir de aquel día no me he preocupado ya de lo que usted pudiese hacer. Si no la maté fue porque, matándola, desaparecería para mi toda esperanza de saber cuál de nuestros..., de los hijos de usted, no es mío. He esperado, pero he sufrido más de lo que usted podría imaginarse, porque ya no me atrevo a quererlos, con excepción, quizá de los dos mayores; no me atrevo a mirarlos, ni a llamarlos, ni a besarlos, ni a coger a uno sobre mis rodillas, sin que en seguida me pregunte: “¿No será éste?” Y desde hace seis años me he conducido correctamente con usted, y hasta he sido cariñoso y complaciente. Dígame la verdad, y yo le juro que no haré nada malo. A pesar de la oscuridad del carruaje, creyó él adivinar que su mujer estaba conmovida, y tuvo la sensación de que, por fin, iba a hablar. Por eso insistió: —Se lo ruego, se lo suplico a usted. Ella dijo con voz muy queda: —Quizás he sido más culpable de lo que usted me supone; pero yo no podía, se lo aseguro, continuar con aquella vida odiosa de perpetua preñez. Sólo un recurso tenía para alejarlo a usted de mi lecho. Mentí delante de Dios, y mentí cuando juré con la mano levantada sobre la cabeza de mis hijos, porque jamás le he engañado. Él la agarró del brazo en la oscuridad y se lo estrujó de la misma manera que el día terrible de su paseo al Bosque, diciéndole: —¿Es cierto? —Es cierto. Pero él, estremecido de angustia, gimió: —¡Ahora me voy a ver envuelto en nuevas dudas, y no saldré de ellas jamás! ¿Cuándo mintió usted: entonces o en este momento? ¿Cómo voy a creerle lo que me dice? ¿Cómo dar fe, después de esto, a las palabras de una mujer? No conseguiré nunca saber a qué atenerme. Hubiera preferido que me dijese: “Es Santiago o es Juana...” El carruaje entraba en el patio del palacio. Como siempre, cuando aquél se detuvo delante de la escalinata, descendió el conde el primero, y ofreció el brazo a su mujer para subir las escaleras. Cuando llegaron al primer piso, volvió a decirle: —¿Puedo hablar algunos instantes más con usted? Ella le contestó: —Con mucho gusto. Entraron en un salón pequeño, y un lacayo encendió las luces, sorprendido. Cuando estuvieron a solas, siguió hablando: —¿Cómo voy a saber la verdad? Mil veces le pedí que hablase, y usted se encerró en su mutismo, permaneció impenetrable, inflexible, inexorable, y ahora, de pronto, me dice usted que mintió. ¡Y me ha mantenido usted por espacio de seis años en semejante creencia! No; cuando miente es hoy; no sé por qué razón, por compasión quizá. Ella le contestó con expresión sincera y convencida: —Si no hubiese procedido así, habría tenido en estos seis años cuatro hijos más. Entonces él exclamó: —¿Es ése el lenguaje de una madre? —¿Cómo? —contestó ella—. Yo no me siento madre de los hijos que aún no han nacido; me basta con serlo de los que ya tengo, y con amarlos con todo mi corazón. Yo soy..., nosotros somos, mujeres de un mundo civilizado, caballero. No somos ya, y nos negamos a serlo, simples hembras destinadas a repoblar la tierra. La condesa se puso en pie, pero él le agarró las manos. —Una palabra, Gabriela; una sola palabra. ¡Dígame la verdad! —Acabo de hacerlo. Jamás le engañé. Él la miró a la cara, y la vio muy hermosa, con sus ojos grises como un cielo frío. Brillaba en su oscuro peinado, en la opaca noche de sus negros cabellos, la diadema salpicada de diamantes, semejante a una vía láctea. Y sintió de pronto, lo sintió por una especie de intuición, que aquel ser que tenía delante no era una simple mujer destinada a perpetuar su raza, sino el producto extraño y misterioso de tantos complicados anhelos que los siglos han ido amontonando en nosotros, anhelos que, apartándose de su primitiva y divina finalidad, persiguen una belleza mística, entrevista e inalcanzable. Así son algunas mujeres, flores de ensueño únicamente, ataviadas de todo cuanto la civilización ha puesto de poesía, de lujo ideal, de coquetería y de encanto estético en torno a la mujer, estatua de carne que despierta apetitos inmateriales en tanto grado como la fiebre de la sensualidad. El esposo permanecía en pie delante de ella, estupefacto de aquel tardío descubrimiento, palpitando confusamente la causa de sus antiguos celos y sin ver claro todavía en aquel problema. Y, al fin, dijo: —Creo lo que me dice. Me doy cuenta de que ahora dice usted la verdad. En aquella ocasión, efectivamente, tuve siempre el recelo de que mentía. Ella le alargó la mano: —Entonces, ¿quedamos amigos? Él se la tomó y se la besó, contestándole: —Quedamos amigos. Gracias, Gabriela. Se retiró, sin dejar de mirarla, maravillado de lo hermosa que era todavía, sintiendo nacer en su interior una emoción extraña, más temible quizá que su antiguo y sencillo amor.

viernes, 2 de octubre de 2009

La chica más guapa de la ciudad

La chica más guapa de la ciudad
Charles Bukowski
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Cass era la más joven y la más guapa de cinco hermanas. Cass era la chica más guapa de la ciudad. Medio india, con un cuerpo flexible y extraño, un cuerpo fiero y serpentino y ojos a juego. Cass era fuego móvil y fluido. Era como un espíritu embutido en una forma incapaz de contenerlo. Su pelo era negro y largo y sedoso y se movía y se retorcía igual que su cuerpo. Cass estaba siempre muy alegre o muy deprimida. Para ella no había término medio. Algunos decía que estaba loca. Lo decían los tontos. Los tontos no podían entender a Cass. A los hombres les parecía simplemente una maquina sexual y no se preocupaban de si estaba loca o no. Y Cass bailaba y coqueteaba y besaba a los hombres pero, salvo un caso o dos, cuando llegaba la hora de hacerlo, Cass se evadía de algún modo, los eludía.

Sus hermanas la acusaban de desperdiciar su belleza, de no utilizar lo bastante su inteligencia, pero Cass poseía inteligencia y espíritu; pintaba, bailaba, cantaba, hacía objetos de arcilla, y cuando la gente estaba herida, en el espíritu o en la carne, a Cass le daba una pena tremenda. Su mente era distinta y nada más; sencillamente, no era práctica. Sus hermanas la envidiaban porque atraía a sus hombres, y andaban rabiosísimas porque creían que no las sacaba todo el partido posible. Tenía la costumbre de ser buena y amable con los feos; los hombres considerados guapos le repugnaban: "No tienen agallas -decía ella-. No tienen nervio. Confían siempre en sus orejitas perfectas y en sus narices torneadas... todo fachada y nada dentro..." Tenía un carácter rayando la locura; Un carácter que algunos calificaban de locura.

Su padre había muerto del alcohol y su madre se había largado dejando solas a las chicas. Las chicas se fueron con una pariente que las metió en un colegio de monjas. El colegio había sido un lugar triste, más para Cass que para sus hermanas. Las chicas envidaban a Cass y Cass se peleó con casi todas. Tenía señales de cuchilladas por todo el brazo izquierdo, de defenderse en dos peleas. Tenía también una cicatriz imborrable que le cruzaba la mejilla izquierda; pero la cicatriz, en vez de disminuir su belleza, parecía por el contrarío, realzarla.

Yo la conocí en el bar West End unas noches después de que la soltaran del convento. Al ser la más joven, fue la última hermana que soltaron. Sencillamente entró y se sentó a mi lado. Yo quizá sea el hombre más feo de la ciudad, y puede que esto tuviera algo que ver con el asunto.

- ¿Tomas algo?- Claro, ¿Por qué no?

No creo que hubiese nada especial en nuestra conversación esa noche, era sólo el sentimiento que Cass transmitía. Me había elegido y no había más. Ninguna presión, Le gustó la bebida y bebió mucho. No parecía tener edad, pero de todos modos le sirvieron. Quizás hubiese falsificado el carnet de identidad, no sé. En fin, lo cierto es que cada vez que volvía del retrete y se sentaba a mi lado yo sentía cierto orgullo. No sólo era la mujer más bella de la ciudad, sino también una de las más bellas que yo había visto en mi vida. Le eché el brazo a la cintura y la besé una vez.

- ¿Crees que soy bonita?- preguntó.- Sé, desde luego. Pero hay algo más... algo más que tu apariencia...- La gente anda siempre acusándome de ser bonita. ¿Crees de veras que soy bonita?- Bonita no es la palabra, no te hace justicia.

Buscó en su bolso. Creía que buscaba el pañuelo. Sacó un alfiler de sombrero muy largo. Antes de que pudiese impedírselo, se había atravesado la nariz con él, de lado a lado, justo sobre las ventanillas. Sentía repugnancia y horror.

Ella me miró y se echó a reír.

- ¿Crees ahora que soy bonita? ¿Qué piensas ahora, eh?

Saqué el alfiler y puse mi pañuelo sobre la herida. Algunas personas, incluido el encargado, habían observado la escena. El encargado se acercó.

-Mira -dijo a Cass-, si vuelves a hacer eso te echo. Aquí no necesitamos tus exhibiciones.- ¡Vete a la mierda, amigo! -dijo ella.- Será mejor que la controles -me dijo el encargado.- No te preocupes -dije yo.- Es mi nariz -dijo Cass-, puedo hacer lo que querrá con ella- No -dije-, a mí me duele.- ¿Quieres decir que te duele a ti cuando me clavo un alfiler en la nariz?- Sí, me duele, de veras.- De acuerdo, no lo volveré a hacer. Animo

Me besó, pero como riéndose un poco en medio del beso y sin soltar el pañuelo de la nariz.
Cuando cerraron nos fuimos a donde yo vivía. Tenía un poco de cerveza y nos sentamos a charlar. Fue entonces cuando pude apreciar que era una persona que rebosaba bondad y cariño. Se entregaba sin saberlo. Al mismo tiempo, retrocedía a zonas de descontrol e incoherencia. Esquizoide. Una esquizo hermosa y espiritual. Quizás algún hombre, algo acabase destruyéndola para siempre. Esperaba no ser yo.Nos fuimos a la cama y cuando apagué las luces me preguntó:- ¿Cuándo quieres hacerlo, ahora o por la mañana?- Por la mañana -dije, y me di la vuelta.

Por la mañana me levanté, hice un par cafés y le llevé uno a la cama.Se echó a reír.

- Eres el primer hombre que conozco que ha querido hacerlo por la noche.- No hay problema -dije-. En realidad no tenemos por que hacerlo.- No, espera, ahora quiero yo. Déjame que me refresque un poco.

Se fue al baño. Salió enseguida, realmente maravillosa, largo pelo negro resplandeciente, ojos y labios resplandeciente, toda resplandor... Se desperezó sosegadamente, buena cosa. Se metió en la cama.

- Ven, amor.

Fui.

Besaba con abandono, pero sin prisa. Dejé que mis manos recorriesen su cuerpo. Acariciasen su pelo. La monté. Su carne era cálida y prieta. Empecé a moverme despacio y queriendo que durara. Ella me miraba a los ojos.

- ¿Cómo te llamas? -pregunté.- ¿Qué diablos importa? -preguntó ella.

Solté una carcajada y seguí. Después se vistió y la llevé en coche al bar, pero era difícil olvidarla. Yo no trabajaba y dormí hasta las dos y luego me levanté y leí el periódico. Cuando estaba en la bañera, entro ella con una hoja: una oreja de elefante.

- Sabía que estabas en la bañera -dijo-, así que te traje algo para tapar esa cosa, hijo de la naturaleza.

Y me echó encima, en la bañera, la hoja de elefante.

- ¿Cómo sabías que estaba en la bañera?- Lo sabía.

Cass llegaba casi todos los días cuando yo estaba en la bañera. No era siempre la misma hora, pero raras veces fallaba, y traía la hoja de elefante. Y luego hacíamos el amor.

Telefoneo una o dos noches y tuve que sacarla de la cárcel por borrachera y pelea pagando la fianza.

- Esos hijos de puta - decía-, sólo porque te pagan unas copas creen que pueden echarte mano a las bragas.- La culpa la tienes tú por aceptar la copa- Yo creía que se interesaba por mí, no sólo por mi cuerpo.- A mí me interesas tú y tu cuerpo. Pero dudo que la mayoría de los hombres puedan ver más allá de tu cuerpo.

Dejé la ciudad y estuve fuera seis meses, anduve vagabundeando; volví. No había olvidado a Cass ni un momento, pero habíamos tenido algún tipo de discusión y además yo tenía ganas de ponerme en marcha, y cuando volví pensé que se habría ido; pero no llevaba sentado treinta minutos en el West End cuando ella llegó y se sentó a mi lado.

- Vaya, cabrón, has vuelto.

Pedí un trago para ella. Luego la miré. Llevaba un vestido de cuello alto. Nuca la había visto así. Y debajo de cada ojo, clavado, llevaba un alfiler de cabeza de cristal. Sólo se podían ver las cabezas de los alfileres, pero los alfileres estaban clavados.

- Maldita sea, aún sigues intentando destruir tu belleza....- No, no seas tonto, es la moda.- Estas chiflada.- Te he echado de menos -dijo- ¿Hay otro?- No, no hay ninguno. Solo tú. Pero ahora hago la vida. Cobro diez billetes. Pero para ti es gratis.- Sácate esos alfileres.- No, es la moda.- Me hace muy desgraciado.- ¿Estás seguro?- Sí, mierda, estoy seguro.
Se sacó lentamente los alfileres y los guardo en el bolso.

- Porque la gente cree que es todo lo que tengo. La belleza no es nada. La belleza no permanece. No sabes la suerte que tienes siendo feo, porque si le agradas a alguien sabes que es por otra cosa.- Vale -dije-, tengo mucha suerte.- No quiero decir que seas feo. Sólo que la gente cree que lo eres. Tienes una cara fascinante.- Gracias.

Tomamos otra copa.

- ¿Qué andas haciendo? -preguntó.- Nada. No soy capaz de apegarme a nada. Nada me interesa.- A mí tampoco. Si fueses mujer podrías ser puta.- No creo que quisiera establecer un contacto tan íntimo con tantos extraños. Debe ser un fastidio.- Tienes razón, es fastidioso, todo es fastidioso

Salimos juntos, por la calle, la gente aún miraba a Cass. Aún era una mujer hermosa, quizá más que nunca.

Fuimos a casa y abrir una botella de vino y hablamos. A Cass y a mí, siempre nos era fácil hablar.
Ella hablaba un rato yo escuchaba y luego hablaba yo. Nuestra conversación fluía fácil sin tensión. Era como si descubriésemos secretos juntos. Cuando descubríamos uno bueno, Cass se reía con aquella risa.. de aquella manera que sólo ella podía reírse. Era como el gozo del fuego. Y durante la charla nos besábamos y nos arrimábamos. Nos pusimos muy calientes y decidimos irnos a la cama. Fue entonces cuando Cass se quito aquel vestido del cuello alto y lo vi... Vi la mellada y horrible cicatriz que le cruzaba el cuello. Era grande y ancha.

- Maldita sea, condenada, ¿Qué has hecho? -dije desde la cama- Lo intenté con una botella rota una noche. ¿Ya no te gusto? ¿Soy bonita aún?

La arrastré a la cama y la besé. Me empujo y se echo a reír:
- Algunos me pagan los diez y luego, cuando me desvisto no quieren hacerlo. Yo me quedo los diez. Es muy divertido.- Sí -dije-, no puedo parar de reír... Cass, zorra, te amo... deja de destruirte; eres la mujer con más vida que conozco.

Volvimos a besarnos. Cass lloraba en silencio. Sentí las lágrimas. Sentí aquel pelo largo y negro tendido bajo mí como una bandera de muerte. Disfrutamos e hicimos un amor lento y sombrío y maravilloso.

Por la mañana, Cass estaba levantada haciendo el desayuno. Parecía muy tranquila y feliz. Cantaba. Yo me quedé en la cama gozando su felicidad. Por fin, vino y me zarandeó.

- ¡Arriba, cabrón! ¡Chapúzate con agua fría la cara y la polla y ven a disfrutar del banquete!

Ese día la llevé en coche a la playa. No era un día de fiesta y aún no era verano, todo estaba espléndidamente desierto. Vagabundos playeros en andrajos dormían en la arena. Había otros sentados en bancos de piedra compartiendo una botella solitaria. Las gaviotas revoloteaban, estúpidas pero distraídas. Ancianas de setenta y ochenta, sentadas en los bancos, discutiendo ventas de fincas dejadas por maridos asesinados mucho tiempo atrás por la angustia y la estupidez de la supervivencia. Había paz en el aire y paseamos y estuvimos tumbados por allí y no hablamos muchos. Era agradable simplemente estar juntos. Compré bocadillos, patatas fritas y bebidas y nos sentamos a beber en la arena. Luego abracé a Cass y dormimos así abrazados un rato. Era mejor que hacer el amor. Era como fluir juntos sin tensión. Luego volvimos a casa en mi coche y preparé la cena. Después de cenar, sugerí a Cass en mi coche y preparé la cena. Después de cenar, sugerí a Cass que viviésemos juntos. Se quedó mucho rato mirándome y luego dijo lentamente "NO". La llevé de nuevo al bar, le pagué una copa y me fui.

Al día siguiente, encontré un trabajo como empaquetador en una fabrica y trabajé todo lo que quedaba de semana. Estaba demasiado cansado para andar mucho por ahí, pero el viernes por la noche me acerqué al West End. Me senté y esperé a Cass. Pasaron horas. Cuando estaba ya bastante borracho, me dio el encargado.

- Siento lo de tu amiga.- ¿El qué? -pregunté.- Lo siento. ¿No lo sabías?- No- Suicidio, la enterraron ayer- ¿Enterrada? -pregunté. Parecía como si fuese a aparecer en la puerta de un momento a otro. ¿Cómo podía haber muerto?- La enterraron las hermanas- ¿Un suicidio? ¿Cómo fue?- Se cortó el cuello.- Ya. Dame otro trago.

Estuve bebiendo allí hasta que cerraron. Cass, la más bella de las cinco hermanas, la chica más guapa de la ciudad. Conseguí conducir hasta casa sin poder dejar de pensar que debería haber insistido en que se quedara conmigo en vez de aceptar aquel "NO". Todo en ella había indicado que le pasaba algo. Yo sencillamente había sido demasiado insensible, demasiado despreocupado. Me merecía mi muerte y la de ella. Era un perro. No, ¿Por qué acusar a los perros? Me levanté, busqué una botella de vino, bebí lúgubremente. Cass, la chica más guapa de la ciudad muerta a los veinte años.

Fuera, alguien tocaba la bocina de un coche. Unos bocinazos escandalosos, persistentes. Dejé la botella y aullé "¡MALDITO SEAS, CONDENADO HIJO DE PUTA, CALLATE YA!".
Y seguía avanzando la noche y yo nada podía hacer.

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