BLOOD

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viernes, 17 de febrero de 2012

ABUELA


ABUELA
 STEPHEN KING
La madre de George fue hasta la puerta, vaciló un instante y volvió para acariciarle el pelo.
—No quiero que te preocupes —dijo—. No te pasará nada. Y a Abuela, tampoco.
—Claro que no me pasará nada. Dile a Buddy que se lo tome con filosofía.
—¿Cómo?
George sonrió.
—Que esté tranquilo.
—Ah, qué gracioso —sonrió también, con una sonrisa distraída, como si no sonriera a nadie en particular—. George, ¿estás seguro...?
—Todo saldrá bien.
«¿Estás seguro de qué? ¿Estás seguro de que no te asusta quedarte a solas con Abuela? ¿Qué es lo que iba a preguntar?»
Si era eso, la respuesta era no. Después de todo, ya no tenía seis años, como cuando llegaron de Maine para cuidar a Abuela y gritó de terror cuando ésta le tendió sus enormes brazos desde aquel sillón de vinilo blanco que olía siempre a huevos pasados por agua y aquel polvo dulzón que Mami le ponía en la piel. Abuela abría sus blancos brazos para estrecharlo contra su inmenso cuerpo de elefante. A Buddy ya le había tocado el turno, se había dejado engullir por el ciego abrazo de Abuela y había salido con vida de la experiencia..., pero Buddy tenía dos años más que él.
Ahora Buddy estaba ingresado en el Hospital CMG de Lewiston, con una pierna rota.
—¿Tienes el número del médico, por si pasara algo? Que no pasará, ¿verdad?
—Verdad —contestó George, sonriente, tragando con la garganta seca. ¿Resultaba natural su sonrisa? Seguro, seguro que sí. Además, ya no le temía a Abuela. Después de todo, ya no tenía seis años. Mami se iba al hospital para ver a Buddy y él se quedaba y «se lo tomaba con filosofía». No había problema en pasar algún tiempo a solas con Abuela.
Mami fue hasta la puerta por segunda vez, dudó nuevamente y retrocedió una vez más, con aquella sonrisa dirigida a nadie en particular.
—Si se despierta y te pide la infusión...
—Ya sé —contestó George, vislumbrando la preocupación de Mami y su aprensión, bajo aquella sonrisa distraída. Estaba preocupada por Buddy, Buddy y su estúpida Liga Pony. El entrenador había llamado diciendo que Buddy se había hecho daño durante un partido en el gimnasio. George se acababa de enterar de la noticia. Había vuelto de la escuela y estaba engullendo una galleta y un vaso de leche con cacao, cuando oyó a su madre al teléfono con voz entrecortada:
—¿Herido? ¿Buddy? ¿Muy grave?
—Ya sé lo que tiene Buddy, Mami. Es muy fácil. Se llama transpiración negativa. Anda, vete.
—Sé buen chico, George y no te asustes. Abuela ya no te asusta, ¿verdad?
George carraspeó, sonriendo. Le gustó su propia sonrisa, la sonrisa de un chico que «se lo tomaba con filosofía», la sonrisa de un chico que lo entendía todo, la sonrisa de un chico que había dejado atrás los seis años definitivamente. Tragó saliva. Era una gran sonrisa, pero, un poco más allá, en la oscuridad, sentía la garganta muy seca, como forrada de algodón.
—Dile a Buddy que siento que se haya roto la pierna.
—De tu parte —contestó Mami y se dirigió hacia la puerta de nuevo. El sol de las cuatro de la tarde entró en un haz oblicuo por la ventana—. Gracias a Dios, suscribimos el seguro de deportes, Georgie. Porque no sé qué hubiéramos hecho ahora sin él.
—Dile que confío en que le haya dado una buena tunda a ese imbécil.
Mami volvió a sonreír, distraída, una mujer de más de cincuenta años, con dos hijos pequeños, uno de trece, otro de once, y sin marido. Finalmente, Mami abrió la puerta y un fresco susurro de octubre se coló en la casa.
—Y recuerda, el doctor Arlinder...
—Sí, Mami —dijo George—. Será mejor que te vayas; si no, llegarás cuando ya le hayan puesto el yeso.
—Seguramente Abuela dormirá todo el tiempo—añadió Mami—. Te quiero, Georgie, eres un buen hijo— y cerró la puerta.
George fue hasta la ventana y vio cómo Mami se acercaba a toda prisa al viejo Dogde del 69, que gastaba demasiada gasolina y demasiado aceite, mientras hurgaba en el bolso en busca de las llaves.
Ahora, ya fuera de la casa y sin saber que George la observaba, la sonrisa distraída se esfumó y sólo quedó una mujer distraída... distraída y preocupada por Buddy. George estaba preocupado por ella. En cambio, Buddy no le inspiraba exactamente lo mismo. Buddy, que se divertía siempre tirándolo al suelo y sentándose encima, aplastándole los hombros con las rodillas, mientras le golpeaba con una cuchara en la frente hasta volverlo loco. Buddy llamaba a aquel estúpido juego la Cuchara de la Tortura del Bárbaro Chino y se reía como un endemoniado hasta hacer llorar a George. Buddy, que otras veces se divertía aplicándole la Quemadura de la Cuerda India tan fuerte que el brazo de George se llenaba de minúsculas gotitas de sangre en los poros, como el rocío en la hierba al amanecer. Buddy, que una noche había escuchado con tanto interés que a George le gustaba Heather MacArdle, y al que en la mañana siguiente le faltó tiempo para correr por todo el patio de la escuela a la hora del recreo, gritando: ¡HEATHER Y GEORGE ESTÁN EN LA COLA, DÁNDOSE BESOS TODA LA NOCHE, PRIMERO EL AMOR, LUEGO LA BODA Y AL FINAL UN NIÑO EN UN CARRICOCHE!, como una locomotora a toda marcha. Sabía que una pierna rota no duraba toda la vida, pero también que Buddy le dejaría en paz al menos, mientras aquello durase. A ver si ahora me vas a dar con la Cuchara de la Tortura del Bárbaro Chino con la pierna enyesada, Buddy. Claro que sí, chaval, te voy a dar con ella
CADA DÍA.
El Dodge retrocedió hasta la carretera, mientras su madre miraba a ambos lados, aunque no había tráfico, porque nunca pasaba nadie por allí. Tenía que recorrer dos kilómetros entre cercas y hondonadas hasta encontrar la carretera principal y, después, diecinueve kilómetros hasta Lewiston.
El coche arrancó y se alejó por el camino, levantando una nube de polvo en el aire brillante de la tarde de octubre.
Se quedó solo en la casa.
Con Abuela.
Tragó saliva.
—¡Ja! ¡Transpiración negativa! Tienes que tomártelo con filosofía, ¿verdad?
—Verdad —dijo George en voz baja, y cruzó la cocina, bañada por el sol. Era un chico bien parecido, pelirrojo, con pecas y un reflejo de buen humor en los ojos de un gris oscuro.
Buddy había sufrido el accidente mientras jugaba con su equipo en los campeonatos del 5 de octubre. El equipo de George, los Tigres, de la Liga Pee Wee, había perdido el primer día, hacía dos semanas («¡Vaya puñado de tontos!», había exclamado Buddy, exultante, cuando George salió casi sollozando del campo. «¡Vaya puñado de MARIQUITAS!»)... y ahora Buddy se había roto la pierna. Si no fuera porque su madre estaba tan preocupada y tan asustada, se hubiera alegrado.
Había un teléfono en la pared y, junto a él, un tablero para tomar notas y un lápiz borrable. En el ángulo superior del tablero se veía una Abuela campesina, dicharachera y alegre, con las mejillas sonrosadas, el pelo blanco recogido en un moño, y apuntando el centro del tablero con el índice. De su boca salía una nube, como las de las tiras cómicas, en la que se leía: «¡RECUERDA, HIJO!». Era un dibujo muy divertido. En el tablero, con la penosa caligrafía de su madre, Dr. Arlinder, 681 - 4330. No es que Mami hubiera apuntado el número precisamente hoy por lo de Buddy. Llevaba allí más de tres semanas, desde el comienzo de los ataques de Abuela.
George descolgó el teléfono.
«... así que le dije, dije, Mabel, si te trata de esa manera... »
Volvió a colgar el teléfono. Era Henrietta Dodd. Henrietta se pasaba la vida al teléfono y, si era por la tarde, siempre tenía puesta la televisión como fondo. Una noche en que Mami estaba tomando un vaso de vino con Abuela (desde la reaparición de los ataques, el doctor Arlinder ordenó que no tomara vino en la cena... así que Mami dejó de beber también, cosa que George sentía, porque cuando Mami bebía se reía mucho y les contaba historias de cuando era joven), Mami dijo que cada vez que Henrietta abría la boca, sacaba hasta las tripas. Buddy y George se rieron como salvajes y Mami se tapó la boca y dijo: «No le digáis NUNCA a nadie lo que acabo de decir» y se echó a reír también. Acabaron los tres riéndose a carcajadas en la mesa y el escándalo fue tal que Abuela se despertó y empezó a gritar: «¡Ruth! ¡Ruth! ¡RUUUUUUTH!» con aquella voz quejumbrosa y aguda, y Mami dejó de reír y fue a ver qué quería inmediatamente.
Por él, Henrietta Dodd podía hablar todo el día y toda la noche. Lo único que le importaba era saber que el teléfono funcionaba, porque hacía dos semanas había habido un vendaval y desde entonces, el teléfono iba y venía como le daba la gana.
Se sorprendió a sí mismo contemplando el dibujo de la Abuela del tablero y preguntándose cómo sería tener una Abuela como aquélla. Su Abuela era enorme, gorda y ciega. Además, la hipertensión había acentuado su senilidad. A veces, cuando tenía uno de sus ataques, sacaba el Tártaro, como decía su madre. Llamaba a gente que nadie conocía, mantenía extrañas conversaciones que no tenían ningún sentido y farfullaba extrañas palabras que no significaban nada. Una de esas veces, Mami se puso blanca como la nieve y le dijo que se callara, que se callara, ¡QUE SE CALLARA! George se acordaba muy bien, no sólo porque era la primera vez que veía a Mami gritarle a la Abuela, sino porque al día siguiente se enteraron de que habían saqueado el cementerio de los Abedules de Maple Sugar, volcando varias lápidas, arrancando de cuajo las puertas de hierro del siglo diecinueve y abriendo una o dos tumbas. Profanado era la palabra que usó el señor Burdon, el director, cuando llamó a asamblea a todos los cursos y les dio una conferencia sobre Conducta Perniciosa y sobre cómo algunas cosas Merecían Castigo. Aquella noche, al volver a casa, George le preguntó a Buddy qué quería decir profanado y Buddy dijo que significaba abrir tumbas y mearse en los ataúdes, pero George no se lo creyó... hasta que se hizo de noche. Y vino la oscuridad.
Abuela hacía mucho ruido cuando tenía uno de sus ataques, pero la mayoría de las veces seguía en la cama en la que estaba postrada desde hacía tres años, un fardo con pantalones de goma y pañales bajo el camisón de franela, la cara surcada por grietas y arrugas, los ojos vacíos y ciegos... con pupilas de un azul desvaído flotando en una córnea amarillenta.
Al principio, Abuela veía bastante bien. Pero poco a poco se fue quedando ciega. Necesitaba siempre una persona que la ayudara a arrastrarse desde su sillón de vinilo blanco con-olor-de-huevos-y-polvos-de-talco. En aquel tiempo, hacía unos cinco años, Abuela pesaba bastante más de cien kilos.
«Pero ahora no tengo miedo —se dijo, cruzando la cocina—. Ni una chispa. No es más que una vieja con ataques de vez en cuando.»
Llenó de agua la tetera y la puso a calentar. Tomó una taza y puso dentro una bolsita con hierbas especiales para la Abuela, por si se despertaba. Tenía la loca esperanza de que eso no ocurriese, porque no le quedaría más remedio que ir hasta su dormitorio, elevar la cabecera de su cama de hospital y sentarse junto a ella, dándole su infusión sorbo a sorbo, contemplando cómo aquella boca desdentada doblaba los labios en el borde de la taza y oyendo el chupeteo y el ruido del líquido al caer en sus entrañas agonizantes y húmedas. A veces, se caía de la cama y había que levantarla y tenía la carne blanda como un flan, como si estuviera llena de agua caliente, mientras te miraba con sus ojos ciegos...
George se pasó la lengua por los labios y caminó hacia la mesa de la cocina otra vez. La galleta y el vaso de cacao seguían donde los había dejado, pero no tenía hambre. Miró sus libros de texto, forrados con papeles de colores, sin ningún entusiasmo.
Debería entrar en la otra habitación y ver si Abuela estaba bien.
Pero no quería.
Tragó saliva y volvió a sentir la garganta forrada de algodón.
«No tengo miedo de Abuela —pensó—. Si me tendiera los brazos otra vez, dejaría que me abrazara, porque no es más que una anciana que está senil y por eso tiene esos ataques. Eso es todo. Deja que te abrace y no llores. Como lo hace Buddy.»
Cruzó el pasillo hasta el dormitorio de Abuela con cara de aceite de ricino y los labios blancos de tan apretados. Entreabrió la puerta y allí estaba Abuela durmiendo, el pelo blanco amarillento esparcido sobre la almohada como una aureola, la boca desdentada entreabierta. El pecho, al respirar, se movía tan suavemente bajo la colcha que apenas si se notaba; tanto, que había que fijarse muy bien para asegurarse de que no estuviera muerta.
«¡Dios mío! ¿Y qué pasa si se muere mientras Mami está en el hospital?»
«No se morirá. No se morirá.»
«Si, pero, ¿y si se muere?»
«No se morirá, no seas mariquita.»
Una de las manos de Abuela, del color de la cera derretida, se movió lentamente sobre la colcha. Sus largas uñas rascaron la tela, con un sonido casi imperceptible. George cerró la puerta de golpe, con el corazón en la boca.
«Está tranquila como una piedra, idiota, ¿no lo ves? Fría como el hielo.»
Volvió a la cocina para ver cuánto hacía que se había ido su madre, si una hora o una hora y media... Si fuera una hora y media, ya podía empezar a esperar su regreso. Miró el reloj y tuvo un disgusto: hacía veinte minutos que estaba solo. Ella ni siquiera habría llegado al hospital, de modo que regresaría... Se quedó escuchando el silencio, inmóvil. Sólo se oía el zumbido de la nevera y el del reloj eléctrico. Y el murmullo de la brisa de la tarde, fuera. Pero, más lejos aún, en el límite mismo de lo audible, el roce casi imperceptible de unas uñas sobre la tela... de unas manos arrugadas y huesudas deslizándose sobre la colcha.
Elevó una oración en una sola bocanada de aire.
«PorfavorDiosmíonodejesquesedespiertehastaqueMamihayavueltoporJesucristoAmén. »
Se sentó y acabó la galleta y el vaso de cacao. Pensó que sería divertido encender la tele para ver algo, pero temía que Abuela se despertara y empezara a llamar con aquella voz aguda, imperiosa: ¡RUUUUUTH! ¡RUTH! ¡TRÁEME LA INFUSIÓN! ¡LA INFUSIÓN! ¡RUUUUUUUUTH!
George se pasó una lengua muy seca por unos labios más secos todavía, diciéndose a sí mismo que no tenía que ser tan cobarde. Abuela no era más que una pobre anciana condenada a permanecer en la cama. Tampoco podía levantarse para hacerle algo malo, ni se iba a morir justamente aquella tarde, a pesar de que ya tenía ochenta y tres años.
Descolgó el teléfono otra vez y se puso a escuchar.
«...el mismo día! ¡Además, sabía que estaba casado! ¡Jesús, odio esas lagartas que se creen más listas que nadie! Así que un día que estuve en la Granja, fui y dije, dije... »
George sabía que Henrietta estaba hablando con Cora Simard. Henrietta se colgaba del teléfono cada día desde la una hasta las seis de la tarde, primero con La esperanza de Ryan y luego con Vivir su vida y más tarde con Todos mis hilos y después con En busca del mañana y Dios sabe cuántas telenovelas más. Por otra parte, Cora Simard era una de sus más fieles corresponsales telefónicas y la conversación versaba siempre sobre:
1) quién iba a dar la próxima comida campestre y qué refrescos se iban a servir, 2) las lagartas esas que se creían más listas que nadie, y 3) lo que le había dicho a Fulanita y Menganita en 3-a) la Granja, 3-b) la feria de antigüedades que celebraba la parroquia cada mes, o 3-c) el supermercado.
«... que si volvía a verla por allí, yo, mi deber de ciudadana es llamar a... »
Volvió a colgar el teléfono. Buddy y él se burlaban siempre de Cora al pasar por delante de su casa, como los demás chicos de la vecindad. Cora era muy gorda y una chismosa y una dejada y por eso le cantaban «¡Cora-Cora de Bora-Bora, comió caca de perro y quiere más ahora!» Mami los hubiera matado, de haberse enterado de todo aquello. Pero ahora, en cambio, se sentía muy feliz de que Henrietta Dodd y Cora Simard estuviesen parloteando por teléfono toda la tarde. Es más, si por él fuera, se podían pasar hasta el día siguiente. Además, no le tenía tanta tirria a Cora, después de todo. Una vez, George, que corría porque Buddy le estaba persiguiendo, se cayó frente a la puerta de Cora y se hizo un corte en la rodilla. Ella le limpió y le curó la herida y les dio un caramelo a cada uno. Aquella vez, se sintió avergonzado de haberle cantado tan a menudo aquello de la caca de perro y todo lo demás.
George tomó el libro de lecturas del aparador, lo tuvo en sus manos durante unos segundos y volvió a dejarlo donde estaba. Aunque el curso no había hecho más que empezar, ya había leído todos los cuentos del libro. En realidad, leía mucho mejor que Buddy, aunque Buddy le superara en los deportes. «Ahora, con la pierna rota, no me va a sacar ventaja durante algún tiempo», pensó con regocijo.
Tomó el libro de historia, se sentó en la mesa de la cocina y empezó a leer cómo Cornwallis había rendido su espada en Yorktown, aunque no tenía la cabeza en el tema y perdía el hilo constantemente. No pudo más, se levantó y se dirigió al pasillo otra vez. La mano amarilla seguía inmóvil y Abuela no dejaba de dormir, su rostro un círculo gris hundido en la almohada, un sol agonizante rodeado por la salvaje aureola de pelo blanco amarillento. Para George, no tenía precisamente el aspecto de quien ha ido envejeciendo y está a punto de morir, ni un aspecto sereno como el de una puesta de sol. A él le parecía loca y...
(y peligrosa)
si, señor, peligrosa, como una osa salvaje capaz de pegarte un buen zarpazo cuando menos te lo esperas.
George recordaba bastante bien el traslado a Castle Rock para cuidar de Abuela después de morir Abuelo. Hasta entonces, Mami había sido empleada en la Lavandería Stratford, de Stratford, Connecticut. Abuelo era tres o cuatro años más joven que Abuela y había trabajado como carpintero hasta el mismísimo día de su muerte, de un ataque al corazón.
Ya por aquel entonces Abuela mostraba algunos síntomas de senilidad y tenía ataques de vez en cuando. De todas formas, siempre había representado un problema para toda la familia con su temperamento volcánico. Había sido profesora de instituto durante quince años, con intervalos en los que, o bien tenía un hijo más, o bien se metía en trifulcas con la Iglesia Congregacional, a la que pertenecía la familia. Mami siempre decía que Abuela había dejado de enseñar a la vez que dejaba, junto con Abuelo, la Iglesia Congregacional. Pero una vez, hacía casi un año, vino Tía Flo desde Salt Lake City para visitarlos, y George y Buddy se quedaron escuchando hasta muy tarde la conversación de su madre y su tía. Mami y su hermana hablaban y hablaban, pero la historia no tenía nada que ver con la que les habían contado. A Abuela la echaron del instituto porque había hecho algo malo, algo que tenía que ver con libros, y a los dos los habían echado también al mismo tiempo de la Iglesia. George no llegaba a entender cómo se podía echar a alguien del trabajo y de la Iglesia por unos libros. Por eso, cuando Buddy y él se metieron en la cama, George preguntó por qué había pasado todo aquello.
—Hay muchas clases de libros, estúpido —dijo Buddy en voz baja.
—Sí, ¿pero qué clase?
—¿Y yo qué sé? ¡Vete a dormir!
Silencio... George siguió pensando.
—¿Buddy?
—¿Qué? —contestó Buddy con sorda irritación.
—¿Por qué Mami nos dijo que Abuela se fue por su propia voluntad del instituto y de la iglesia?
—¡Porque hay un esqueleto en el armario, por eso!
George tardó mucho en dormirse. Se le iban los ojos hacia la puerta del armario, apenas visible a la luz de la Luna. ¿Qué pasaría si la puerta se abriera de golpe y saliera un esqueleto de dentro, todo dientes y huesos y sin ojos? ¿Gritaría? ¿Qué había querido decir Buddy con aquello de «un esqueleto en el armario»? ¿Qué tenían que ver los esqueletos con los libros? Acabó por dormirse sin darse cuenta y soñó que volvía a tener seis años y que Abuela le buscaba con sus ojos ciegos y le tendía los brazos para abrazarlo, diciendo, con aquella horrible voz suya: «¿Dónde está el pequeño, Ruth? ¿Porqué llora? Si no quiero más que meterlo en el armario... con el esqueleto».
George no dejaba de pensar en todo aquello. Hasta que por fin, cuando ya hacía un mes que se había ido Tía Flo, le dijo a su madre lo que había oído. Entonces ya había averiguado lo que quería decir tener un esqueleto en el armario, porque se lo había preguntado a la señora Redenbacher en la escuela. Dijo que tener un esqueleto en el armario quería decir tener un escándalo en la familia, y un escándalo era algo que daba mucho que hablar a la gente.
—¿Igual que Cora Simard, que no para de hablar todo el tiempo?
La señora Redenbacher puso una cara muy rara y le temblaron los labios.
—George, eso no se dice... aunque supongo que sí, algo por el estilo.
Cuando George se confió a su madre, ésta puso una cara muy tensa y sus manos se posaron sobre el solitario que estaba haciendo.
—¿A ti te parece bien lo que has hecho, George? ¿Es que tu hermano y tú tenéis la costumbre de espiar conversaciones?
George, que tenía entonces sólo nueve años, bajó la cabeza.
—Mami, es que Tía Flo nos gusta mucho. Sólo queríamos oírla un poco más.
Y era la verdad.
—¿Fue idea de Buddy?
Sí que lo había sido, pero él no se lo iba a decir. No quería pasarse todo el tiempo volviendo la cabeza, lo que sucedería con toda seguridad si Buddy se enteraba de que se había chivado.
—No, mía.
Mami siguió sentada sin decir palabra durante un buen rato y luego empezó a echar las cartas otra vez, muy lentamente, mientras hablaba.
—Tal vez haya llegado el momento de que lo sepas —dijo—. Mentir es aún peor que escuchar conversaciones, supongo, y todos hemos mentido a nuestros hijos sobre Abuela. Yo creo que hasta nos mentimos a nosotros mismos, aunque no nos demos cuenta.
Empezó a hablar con una amargura repentina, como si se le escapara por entre los dientes un ácido. George sintió el calor de aquellas palabras en la cara y retrocedió un paso.
—Excepto yo —prosiguió—. Yo tengo que vivir con ella y no puedo permitirme el lujo de mentir.
Mami le explicó que Abuela y Abuelo se habían casado y tenido un niño que nació muerto. Un año más tarde, tuvieron otro niño, y también nació muerto. El médico le dijo a Abuela que nunca podría tener un embarazo completo y que todos sus niños nacerían muertos o morirían nada más salir a este mundo. Hasta que uno de ellos muriese demasiado pronto para que su cuerpo pudiera expulsarlo y se le pudriese dentro y la matara a ella también.
Poco después, empezó lo de los libros.
—¿Libros para tener niños?
Pero Mami no pudo —o no quiso— decir qué clase de libros eran o de dónde los había sacado Abuela o cómo sabía de dónde sacarlos. Después de aquello Abuela volvió a quedar embarazada y esa vez el niño vivió y creció muy bien, sin problemas, y era el Tío Lucas Larson. Después, la Abuela quedó embarazada otras veces y tuvo otros hijos y vivieron todos. Pero, una vez, Abuelo le dijo que tirara los libros y trataran de hacerlo sin necesidad de ellos. Aunque no pudieran, Abuelo creía que ya habían tenido suficientes hijos. Pero Abuela se negó. George preguntó a su madre por qué.
—Creo que los libros habían llegado a ser tan importantes para ella como sus propios hijos —contestó.
—No lo entiendo —dijo George.
—Bueno —contestó Mami—. No es que yo lo entienda muy bien tampoco. Además, recuerda que yo era muy pequeña. Todo lo que sé de cierto es que los libros tenían un cierto poder sobre ella. Abuela dijo que no había más que hablar sobre el asunto y nunca se volvió a tocar el tema, porque ella era la que llevaba los pantalones en casa.
George cerró de repente el libro de historia. Miró el reloj y vio que ya eran cerca de las cinco. El estómago empezaba su música cotidiana. Se dio cuenta, con una sensación muy cercana al horror, de que si Mami no estaba de vuelta alrededor de las seis, Abuela se despertaría y empezaría a pedir la cena a gritos, y es que Mami parecía tan preocupada por lo de Buddy, que se había olvidado de darle instrucciones al respecto. Pensó que, en todo caso, siempre podría darle una de sus cenas congeladas especiales. Abuela seguía una dieta sin sal, además de tomar mil píldoras diferentes al día.
En cuanto a él mismo, no tenía más que calentar las sobras de los macarrones con queso de la noche anterior. Con un poquito de ketchup por encima, estaría para chuparse los dedos.
Sacó los macarrones de la nevera y los puso en una sartén, al lado de la tetera, que seguía esperando en caso de que Abuela se despertara y pidiera lo que a veces llamaba «la fusión». George empezó a servirse un vaso de leche, pero se detuvo y descolgó el teléfono otra vez.
«... y no daba crédito a mis ojos, cuando...» La voz de Henrietta Dodd se quebró, elevándose a un tono estridente. «¡Me gustaría a mí saber quién es la fisgona que no hace más que escucharnos, vamos a ver...!»
George colgó el teléfono de golpe, con la cara roja de vergüenza.
«No sabe quién es, imbécil —se dijo—. ¡Hay seis teléfonos conectados a esa línea! »
De todas maneras, no estaba bien escuchar conversaciones ajenas. Ni siquiera cuando estuviese a solas con Abuela, aquel enorme bulto que dormía en una cama de hospital en la habitación contigua. Ni siquiera cuando le resultara imprescindible oír otra voz humana porque Mami estaba muy lejos, en Lewiston, iba a oscurecer muy pronto y Abuela seguía en la otra habitación y Abuela parecía como
(sí, oh, sí, sí que lo parecía)
una osa descomunal que podía darte el último zarpazo mortal con sus garras sebosas.
George se sirvió la leche.
Mami había nacido en 1930, Tía Flo en 1932 y Tío Franklyn en 1934. Tío Franklyn murió de un ataque de apendicitis en 1948 y Mami guardaba todavía una foto suya y se le caía una lágrima cuando la sacaba para mirarla. Mami decía que Frank había sido el mejor de todos los hermanos y que no se merecía haber muerto de aquella manera y que Dios había jugado sucio al llevarse a Frank.
George miró por la ventana encima del fregadero. La luz tenía ahora un tinte más dorado y el sol estaba más bajo. La sombra del porche se había ido alargando sobre el césped. Si Buddy no se hubiera roto su estúpida pierna, Mami estaría ahora aquí, preparando chile o algo así, además de la comida sin sal de la Abuela, y todos hablarían y reirían y quizás hasta jugarían a las cartas después de cenar.
George encendió la luz de la cocina, aunque todavía fuese temprano, y decidió calentar los macarrones. Pensaba constantemente en Abuela, sentada en su sillón de vinilo blanco, como una enorme oruga con camisón, la aureola salvaje de pelo esparcida sobre la bata de rayón rosa, extendiendo los brazos para cogerlo, y él agarrándose a las faldas de Mami, gritando como un desesperado.
—Dámelo, Ruth, quiero darle un abrazo.
—Está un poco asustado, mamá. Ya te abrazará dentro de un tiempo.
Pero la voz de Mami revelaba que también ella estaba asustada.
«¿Asustada? ¿Mamá?»
George se quedó pensando. ¿Era verdad? Buddy dice que la memoria juega malas pasadas. ¿Realmente parecía Mami asustada?
Sí. Lo parecía.
La voz de Abuela se elevó, autoritaria.
—¡No mimes al niño, Ruth! Dámelo. Quiero abrazarlo.
—No. Está llorando.
Abuela bajó sus pesados brazos con aquellos colgajos blancos de carne. Una sonrisa senil, pero astuta, se dibujó en su boca sin dientes.
—¿Es cierto que se parece a Franklyn, Ruth? Una vez me dijiste que se parecía mucho.
Lentamente, George removió los macarrones con el queso y el ketchup. No había vuelto a recordar aquel incidente, hasta ese momento. Tal vez el silencio se lo hubiese traído a la memoria. El silencio y el hallarse solo con Abuela en la casa.
Por lo visto, Abuela tuvo hijos y siguió enseñando en el instituto, para gran asombro de los médicos que la habían desahuciado, y Abuelo trabajó como carpintero y ganó más y más dinero, sin que le faltara nunca trabajo, incluso en lo más negro de la Gran Depresión, hasta que, al final, la gente empezó a murmurar, dijo Mami.
—¿Qué decían? —preguntó George.
—Bah, nada importante —contestó Mami, recogiendo las cartas de repente—. Decían que tus abuelos tenían demasiada suerte para ser gente normal, eso es todo.
Poco después se descubrió lo de los libros. Mami no añadió nada más, sino que el consejo del instituto encontró varios y un investigador que habían contratado encontró unos cuantos más. Hubo un gran escándalo y los abuelos no tuvieron más remedio que irse a vivir a Buxton y ése fue el final de todo aquel jaleo.
Los hijos crecieron y tuvieron sus propios retoños, convirtiéndose todos en tías y tíos. Mami se casó y se fue a vivir a Nueva York con Papá, al que George ni siquiera recordaba. Mientras, nació Buddy. Después se trasladaron a Stratford y en 1969 nació George. En 1971 Papá murió arrollado por un coche que conducía «el borracho que tuvo que ir a la cárcel».
Cuando Abuelo tuvo el ataque al corazón hubo muchísimas cartas entre los tíos y tías, arriba y abajo arriba y abajo. No querían meter a la vieja en un asilo, ella tampoco quería ir. Y cuando Abuela decidía algo, todos se guardaban muy bien de llevarle la contraria. Ella se proponía pasar los últimos años de su vida con uno de sus hijos. Pero todos estaban casados, y las mujeres y los maridos de los hijos no deseaban tener en casa una vieja senil y con frecuentes y muy desagradables arranques. La única que no tenía marido era Ruth.
Lo de las cartas continuó durante un buen tiempo y, al final, no le quedó a Mami más remedio que resignarse. Dejó su trabajo y se vino a Maine para cuidar a Abuela. Entre todos los hermanos habían reunido ahorros para comprar una casita en las afueras de Castle View, donde los precios no eran demasiado altos. Cada mes le enviarían un cheque para que pudiera mantener a la vieja y hacerse cargo de ella misma y sus niños.
«Lo que pasa es que mis hermanos me tendieron una trampa», recordó George haberle oído una vez.
No estaba muy seguro de lo que eso significaba, pero lo había dicho con un tono tan amargo, como el de quien quiere reír una broma, pero se atraganta como con un carozo de aceituna. George sabía, porque Buddy se lo había contado, que Mami había accedido porque toda la familia le había asegurado que Abuela no duraría mucho. Tenía demasiados problemas, presión alta, uremia, obesidad, palpitaciones y otros achaques, para durar eternamente. Probablemente, no pasaran más de ocho meses, dijeron Tía Flo, Tía Stephanie y Tío George (en honor a ese tío le habían puesto George a él). A lo sumo, un año. Pero ya llevaba cinco años, lo cual no está mal para una vieja que tiene tantos problemas...
No estaba mal lo que estaba durando, de acuerdo. Como una osa en su madriguera, esperando, esperando... ¿qué?
(«Ruth, tú sabes cómo llevarla. Ruth, tú sabes hacerla callar.»)
George se detuvo en medio de uno de sus viajes a la nevera para leer las instrucciones del envase de una de las cenas especiales de Abuela. Se quedó helado. ¿De dónde había salido aquella voz que oía dentro de su cabeza?
De pronto, se le puso la piel de gallina. Se metió la mano por debajo de la camisa y se tocó una de las tetillas. Estaba dura como una piedra. Retiró el dedo rápidamente.
Era el Tío George, el que llevaba su mismo nombre, el que trabajaba para Sperry-Rand en Nueva York. Había sido su voz. Al venir con su familia para verlos, hacía dos —no, tres— años, dijo algo que George escuchó y no pudo olvidar.
—Es más peligrosa ahora, desde que está senil.
—George, cállate. Los niños andan por ahí.
George permaneció de pie junto a la nevera, la mano en el tirador de cromo descascarillado, pensando, recordando, mirando la creciente oscuridad. Buddy no estaba el día en que Tío George hizo aquel comentario. Estaba fuera, jugando y haciendo esquí sobre hierba en la colina de Joe Camber. Pero George se había quedado en casa y andaba buscando algo en la cajonera de la entrada, un par de calcetines gruesos que hicieran juego. ¿Y acaso era culpa suya que Mami y el Tío George estuvieran hablando en la cocina? George creía que no. ¿Era culpa de George que Dios no le hubiera dejado sordo en aquel preciso instante o, al menos, hubiese hecho inaudible la conversación de los mayores? George creía que tampoco eso era culpa suya. Como su madre había dicho en más de una ocasión, Dios, a veces, jugaba sucio.
—Ya sabes a qué me refiero —dijo Tío George.
Su mujer y sus tres hijas se habían ido a Gates Falls para hacer unas compras de Navidad de última hora y Tío George estaba bastante alegre, como aquel «borracho que tuvo que ir a la cárcel». George lo notó porque las palabras se le hacían un lío en la lengua.
—Ya sabes lo que le pasó a Franklyn cuando se enfadó con ella.
—¡Cállate o voy a tirar la cerveza en el fregadero!
—Bueno, no es que ella quisiera, en realidad... Fue él quien se fue de la lengua. Peritonitis...
—¡George, cállate!
«Tal vez —recordó George haber pensado en aquel momento— no sea sólo Dios el que juega sucio.»
Interrumpió el hilo de sus recuerdos y sacó una de las cenas congeladas de la Abuela de la nevera. Era ternera con un acompañamiento de guisantes. Había que precalentar el horno a 80 grados y meterla en él. Era muy fácil. Además, lo tenía todo dispuesto. El agua para la infusión estaba ya caliente, por si Abuela lo requería. Podría tener la cena preparada en un periquete si Abuela se despertaba y se la pedía a gritos. Infusión o cena, un pistolero rápido con dos pistolas. El número del doctor Arlinder estaba en el tablero, para casos de emergencia. Todo estaba bajo control, así que, ¿por qué preocuparse?
Nunca le habían dejado solo con Abuela, eso es lo que le preocupaba.
«Dame el chico Ruth. Dámelo... »
«No, está llorando.»
«Es más peligrosa ahora... Ya sabes a qué me refiero.»
«Todos mentimos a nuestros hijos sobre Abuela.»
Ni a él, ni a Buddy. A ninguno de los dos los habían dejado jamás solos con la Abuela. Hasta ahora.
De pronto, sintió la boca muy seca. Llenó un vaso con agua del grifo y se lo bebió de un trago. Se sentía... raro. Todos esos pensamientos, todos esos recuerdos, ¿por qué salían a la luz precisamente ahora?
Tenía la sensación de hallarse ante un rompecabezas y sin posibilidad de recomponerlo. Tal vez fuese mejor así, porque la imagen que apareciera podría ser, bueno, bastante horrible. Podría...
En la otra habitación, donde Abuela vivía de día y de noche, se oyó de pronto un sonido con algo de tos ahogada, algo de jadeo.
George se atragantó al inhalar aire, quedándose sin aliento. Se volvió hacia la habitación de Abuela y no pudo andar, tenía los zapatos clavados al suelo. El corazón le latía violentamente. Los ojos desmesuradamente abiertos. «Andad», le decía el cerebro a los pies, y ellos se cuadraban y respondían:   «¡De ninguna manera, señor!».
Abuela nunca había hecho un ruido como aquél.
Abuela nunca había hecho un ruido como aquél.
Otra vez aquel gemido, que se alzó por un momento, para luego bajar, cada vez más, hasta morir lentamente... George consiguió moverse al fin. Recorrió la distancia que separaba la habitación de Abuela de la cocina. Entreabrió la puerta y atisbó por la rendija. El corazón le golpeaba en el pecho como un martillo. Ahora sí que tenía la garganta llena de algodón. No había manera de tragar saliva.
Primero pensó que Abuela estaba durmiendo y que no había pasado nada. No había sido más que un sonido raro, eso era todo; tal vez algo que hiciera habitualmente mientras Buddy y él estaban en la escuela. Sólo un ronquido. Abuela estaba bien. Durmiendo.
Eso fue lo primero que pensó, pero un detalle atrajo su atención: la mano que antes reposaba sobre la colcha, ahora colgaba inerte, al lado del lecho, las uñas casi rozando el suelo. Y tenía la boca abierta, tan oscura y arrugada como un agujero en una fruta podrida.
Muy tímidamente, vacilando, George se acercó a la cama.
Se quedó junto a ella durante un largo rato, mirando a Abuela sin atreverse a tocarla. El leve movimiento del pecho bajo la colcha parecía haberse detenido.
Parecía.
Esa era la palabra clave: Parecía.
«Lo que pasa es que estás asustado, George. No eres más que un maldito estúpido, como dice Buddy. No es más que un juego que le está haciendo tu cerebro a tus ojos. Respira la mar de bien, ella... »
—¿Abuela? —dijo, y todo lo que salió de su garganta fue un susurro incomprensible. Se asustó y retrocedió de un salto, aclarándose la garganta.
—¿Abuela? ¿Quieres la infusión ahora? ¿Abuela?—dijo, esta vez un poco más alto.
Nada.
Tenía los ojos cerrados.
La boca abierta.
La mano colgando.
Fuera, el Sol poniente brillaba entre los árboles como una naranja rojiza.
De pronto, volvió a verla sentada en su sillón de vinilo blanco, tendiendo los brazos, con una estúpida sonrisa de triunfo. Y recordó uno de sus ataques, cuando Abuela empezó a gritar palabras extrañas, palabras que parecían de una lengua extranjera.
—¡Gyaagin! ¡Gyaagin! ¡Hastur degryon Yos-sothoth!
Mami los envió inmediatamente fuera, gritándole a Buddy: «¡VETE!» cuando el chico se entretuvo para buscar sus guantes en la cajonera de la entrada, y Buddy la miró por encima del hombro, tan asustado por el tono de su madre, que no gritaba jamás, y salieron los dos y se quedaron fuera un buen rato, con las manos metidas en los bolsillos por el frío, preguntándose qué demonios estaba pasando...
Más tarde, Mami salió y los llamó para cenar, como si no hubiese pasado nada.
(«Tú sabes cómo llevarla, Ruth, tú sabes cómo hacerla callar.»)
George no había vuelto a pensar en aquel ataque hasta hoy. Sólo que ahora, mirando a Abuela, que yacía de una forma tan extraña en su cama de hospital, recordó con creciente horror que al día siguiente de aquel ataque se habían enterado de que la señora Harham, que vivía cerca de allí y a veces visitaba a Abuela, había muerto en la cama por la noche.
Los «ataques» de la Abuela.
Ataques.
Las brujas tienen poderes mágicos y eso es precisamente lo que las hace brujas, ¿no es así? Manzanas envenenadas, príncipes convertidos en sapos, casas de mazapán, Abracadabra. Hechizos.
Las piezas sueltas del rompecabezas volaban ante los ojos de George como por arte de magia.
«Magia», pensó George, con un escalofrío.
¿Cuál era la imagen resultante del rompecabezas? Era Abuela, naturalmente. Abuela y sus libros. Abuela, a quien habían echado del pueblo. Abuela, que primero no podía tener niños y luego sí. Abuela, a quien habían expulsado de la Iglesia igual que del pueblo. La imagen final era Abuela, amarilla y gorda y arrugada y sucia, con la boca sin dientes curvada en una sonrisa hundida, con los ojos ciegos y desvaídos, pero con la mirada astuta e inquietante, con un sombrero negro cónico sobre la cabeza, salpicado de estrellas de plata y cuartos crecientes babilónicos y rutilantes, con ladinos gatos a los pies, los ojos amarillos como la orina, entre olores de cerdo y de humedad, de cerdo y de fuego, viejas estrellas y luces de velas tan oscuras como la tierra en la que reposan los ataúdes, con palabras de libros antiguos, cada palabra como una piedra, cada frase como una cripta en un pestilente osario, cada párrafo una caravana de pesadillas con los muertos de las plagas caminando hacia la hoguera. Los ojos infantiles de George se abrieron en un instante al profundo pozo de la negrura.
Abuela había sido una bruja, igual que la Bruja Malvada de El mago de Oz. Y ahora estaba muerta. Aquel sonido que había hecho con la garganta, aquel ronquido ahogado había sido un... un... estertor de muerte.
—¿Abuela? —susurró otra vez y pensó locamente:
«Pin pon pin puerto, la bruja ha muerto».
No obtuvo respuesta. Puso la mano delante de la boca de Abuela. Ni una ligera brisa quedaba en ella. Había calma chicha, y velas caídas y quilla inmóvil en medio del agua. El terror había cedido un poco. Ahora podía pensar más serenamente. Recordó que Tío Fred le había enseñado a mojarse un dedo para ver si hacía viento y de dónde venía. Se pasó la lengua por toda la palma de la mano y la sostuvo delante de la boca de Abuela.
Nada.
Pensó que lo mejor sería llamar al doctor Arlinder, pero se detuvo. ¿Y si llamaras al doctor y no estuviese muerta del todo? Haría un ridículo espantoso.
«Tómale el pulso.»
Se paró en el vestíbulo, mirando por la puerta entreabierta aquella mano inerte y aquella muñeca blanca, que la manga del camisón había revelado al quedar un poco remangada. Pero no sabía cómo hacerlo. Una vez, después de una visita del doctor, la enfermera le tomó el pulso. Cuando ambos se fueron, George lo intentó por sí mismo, buscando frenéticamente aquel latido, pero sin éxito. Si por él fuera, estaba tan muerto como Abuela.
Además, en realidad, no quería... bueno... tocar a Abuela. Aun cuando estuviera muerta. Mejor dicho, especialmente si estaba muerta.
Se quedó en la entrada, mirando ora a la Abuela, ora el número del doctor Arlinder en el tablero. No tenía otra alternativa, tendría que llamar, tendría que...
¡...busca un espejo!
¡Claro que sí! Si respiras delante de un espejo, se cubre de vaho. Una vez, había visto en una película cómo un doctor se lo había hecho a un chico. El cuarto de Abuela comunicaba con un cuarto de baño y George se apresuró a buscar el espejo de Abuela. Era neutro por un lado y de aumento por el otro, de los que se usan para depilarse las cejas y todo eso.
George volvió al lado de la cama y sostuvo el espejo delante de la boca abierta de Abuela hasta casi tocarla. Contó hasta sesenta, sin dejar de mirar la cara de la anciana. Nada, el espejo estaba tan limpio y brillante como antes. No le cabía duda, Abuela había muerto.
Abuela estaba muerta.
George pensó, con cierta sorpresa, pero con alivio, que ahora sí podía sentir piedad por la vieja. Tal vez hubiese sido bruja. O tal vez no. O tal vez solamente hubiese creído serlo. Fuera lo que fuese, había muerto. Como un adulto, pensó que las cosas de la realidad concreta tomaban un aspecto, no menos importante, sino menos vital, vistas a la luz de la muerte. Pensó como un adulto y sintió el alivio de un adulto. Era una huella en el alma. Como las impresiones infantiles de los adultos. Sólo más tarde el niño se da cuenta de que estaba siendo formado por experiencias diversas.
Devolvió el espejo al cuarto de baño y volvió a cruzar el dormitorio, sin dejar de mirar el gran bulto en la cama. El Sol poniente pintaba de rojo y naranja aquella horrible cara. George miró hacia otro lado.
Cruzó de nuevo la entrada y fue hasta el teléfono, dispuesto a actuar como creía que había que hacerlo. Se sentía interiormente superior a Buddy. Cada vez que se burlara, le diría tan sólo: «Estaba solo en casa cuando Abuela murió y lo hice todo por mí mismo».
Lo primero que había que hacer era llamar al doctor Arlinder, y decirle: «Mi Abuela acaba de morir. ¿Puede usted decirme lo que tengo que hacer? ¿Cubrirla o algo así?».
No.
«Creo que mi Abuela acaba de morir.»
Sí. Sí, era mucho mejor así. Al fin y al cabo, todo el mundo cree que un niño no sabe hacer nada por sí mismo.
O:
«Estoy casi seguro de que mi Abuela ha muerto... »
¡Ya estaba! ¡Eso era lo mejor!
Y contarle lo del espejo y lo del estertor y todo lo demás. Y el doctor vendría enseguida y después de examinar a la Abuela, diría: «Abuela, te pronuncio muerta», y luego, a George, «Has estado muy sereno en una situación difícil, George, te felicito». Y George diría algo modesto, como requería la ocasión.
George miró el número del doctor Arlinder y aspiró profundamente un par de veces para darse ánimo. Descolgó el auricular. El corazón seguía latiéndole fuertemente, pero ya no con el terror de antes. Abuela había muerto. Lo peor ya había sucedido y, en el fondo, era mucho mejor que oírla gritar que quería su infusión.
El teléfono también se había muerto.
Sólo le llegó el vacío desde el auricular, los labios todavía abiertos como para decir: «Lo siento, señora Dodd, soy George Bruckner y tengo que llamar al doctor para mi Abuela». Pero no había ni conversaciones, ni señal para marcar, ni nada. Sólo un vacío muerto, como el de la otra habitación.
Abuela está...
está...
(Oh, está)
Abuela está fría como un témpano.
Otra vez la piel de gallina. Miró con ojos inciertos la tetera Pirex en el fogón, la taza sobre el mostrador, con la bolsita de hierbas dentro. Abuela nunca más tomará su infusión. Nunca.
(está fría)
George se estremeció.
Apretó la horquilla del teléfono con el dedo, una, dos, muchas veces. El teléfono seguía muerto. Tan muerto como...
(tan frío como)
Colgó el auricular de un golpe y se oyó un leve timbrazo. George lo volvió a coger en un segundo, con la esperanza de que la línea hubiera vuelto en aquel preciso instante. En vano. Lo volvió a colgar muy lentamente.
Otra vez sentía palpitaciones.
Estoy solo en la casa con un cadáver.
Cruzó la cocina muy lentamente, se paró junto a la mesa un minuto y después encendió la luz. La casa estaba empezando a quedarse a oscuras. Pronto el Sol se habría ido y sería de noche.
Espera. Eso es todo lo que puedes hacer. Esperar a que regrese Mami. Después de todo, es mejor así. Si el teléfono no funciona, es mejor que se haya muerto a que hubiera tenido uno de sus ataques o algo así... con espuma en la boca y todo eso y a lo mejor se caía de la cama...
No le gustaba nada todo aquello. Si no fuera por el teléfono, lo hubiera hecho todo tan bien...
Cómo estar completamente solo en medio de la oscuridad, pensando en cosas muertas que viven todavía, viendo formas y sombras en las paredes y pensando en la muerte y en los muertos y todas esas cosas y cómo deben apestar y moverse en la oscuridad, pensando esto y pensando aquello, pensando en los gusanos corriendo y enterrándose en la carne muerta, ojos que brillan en la oscuridad, el crujido de los tablones en el piso de arriba, algo cruza la habitación, a través de las franjas de luz que vienen de la ventana, oh, sí.
En la oscuridad, los pensamientos dibujan un círculo perfecto. Da lo mismo que trates de pensar en flores, o en Jesús, o en el fútbol, o en ganar la medalla de oro en las Olimpiadas, porque, al final, todo vuelve hacia aquella forma con garras y ojos abiertos.
—¡Demonios! —gritó, pegándose una bofetada a sí mismo, bien fuerte. Ya estaba bien, caramba, no hacía más que asustarse él solo. Además, ya no tenía seis años. Estaba muerta, eso era todo. Aquella cabeza ya no tenía más pensamientos que los que pudiera tener el mármol, o el suelo, o un pomo de la puerta, o la esfera de la radio, o...
Una voz interior, extraña, le tomó por sorpresa. Tal vez fuese sólo la voz de la supervivencia.
¡George, cállate y dedícate a tus cosas!
Sí, está bien, está bien, pero...
Volvió hasta la puerta del dormitorio para asegurarse.
Allí seguía Abuela, una mano colgando fuera del lecho, casi tocando el suelo, la boca desencajada. Abuela era como un mueble. Podías meterle la mano otra vez en la cama o tirarle del pelo o echarle un vaso de agua o ponerle auriculares en las orejas y tocar Chuck Berry hasta que se hundiera el techo... a ella le daba lo mismo. Abuela estaba, como decía a veces Buddy, fuera de sí. Abuela se había ido a pasear.
Un golpeteo continuo y bajo le sobresaltó y lanzó un grito. Era la puerta exterior, que Buddy había instalado la semana anterior y que daba bandazos en el viento helado.
George abrió la puerta de la cocina, se inclinó y atrapó la puerta exterior en su viaje de vuelta. El viento le alborotó el pelo. Sujetó la puerta, preguntándose de dónde había salido ese viento tan repentino. Cuando Mami se fue, el aire estaba en calma. Claro que, cuando se fue Mami, era pleno día y ahora estaba anocheciendo.
George volvió a mirar cómo estaba Abuela otra vez y probó el teléfono otra vez. Nada, muerto todavía. Se sentó, se levantó, se sentó nuevamente y optó por pasearse por la cocina, pensando.
Una hora más tarde era noche cerrada.
El teléfono seguía sin línea. George supuso que el viento, que ahora era casi un huracán, habría derribado algún poste, probablemente cerca de Beaver Bog, donde había tantos. El teléfono dejaba escapar un sonido de vez en cuando, pero de manera lejana y fantasmal. Fuera, el viento gemía por las esquinas de la casa. George pensó que ya tenía una historia que contar en la próxima acampada de los Boy Scouts... sentado solo en la casa, con su Abuela muerta en la habitación de al lado, sin teléfono, y el viento arrastrando velozmente las nubes bajas, nubes negras por arriba y del color de la grasa rancia por debajo, el color de las garras, quiero decir, manos de la Abuela.
Era, como decía Buddy, un clásico.
Ojalá pudiera contarlo ya y toda la historia estuviese pasada y enterrada. Se sentó en la mesa de la cocina, con el libro de historia abierto, dando un respingo con cada ruido.., y ahora que el viento había crecido, cada rincón de la casa crujía en forma siniestra.
Volverá muy pronto. Volverá y ya no tendré que preocuparme por nada. Nada.
(no le has cubierto la cara)
volverá pro...
(no le has tapado la cara)
George saltó como si alguien le hubiese hablado en voz alta y miró con los ojos muy abiertos toda la cocina y el inútil teléfono. Hay que tapar la cara de un muerto con una sábana. Como en las películas.
¡Al diablo! ¡Yo no entro en ese dormitorio!
¡No! Y no había razón alguna para que lo hiciera. ¡Mami le cubriría la cara cuando volviese! ¡O el doctor Arlinder, cuando llegara! ¡O el hombre de las Pompas Fúnebres!
Alguien, cualquiera, menos él.
No tenía por qué hacerlo.
A él no le importaba y seguro que a Abuela tampoco.
Oyó la voz de Buddy.
Si no tenias miedo, ¿cómo es que no le cubriste la cara?
No me importaba.
¡Miedoso!
A Abuela tampoco le hubiera importado.
¡Miedoso! ¡Cobardica!
Sentado a la mesa, con aquel libro de historia que no había manera de leer, empezó a pensar que si no le cubría la cara a Abuela con la colcha, no podría presumir de haber hecho todo como debía y entonces Buddy volvería a tener ventaja sobre él (a pesar de la pierna rota).
Se veía a sí mismo, contando la historia de miedo de Abuela muerta en medio de la acampada, delante del fuego, llegando al final feliz de cuando los faros del coche de Mami barrieron la fachada de la casa —la reaparición de los adultos, restableciendo y confirmando el concepto del orden— cuando, de pronto, entre las sombras se alza una figura oscura y una piña explota en el fuego y resulta que la figura en la sombra es Buddy, riéndose: Si eres tan valiente, so cobardica, ¿cómo es que no le tapaste LA CARA?
George se levantó, recordándose a sí mismo que Abuela estaba fuera de si, que Abuela había muerto, que Abuela estaba más fría que un témpano y que Abuela se había ido a pasear.
Si quisiera, podría ponerle la mano sobre la cama otra vez, meterle una bolsita de infusión por la nariz, ponerle auriculares tocando Chuck Berry a todo volumen, etc., etc., y nada molestaría a Abuela, porque eso es lo que significaba estar muerto, nada podía molestar a un muerto. Una persona muerta era la persona tranquila por excelencia, y el resto no era más que sueños inexorables y apocalípticos y febriles, sueños de puertas abriéndose de golpe en la boca muerta de la medianoche, de rayos de luna azul bañando los huesos en los cementerios...
Susurró: «¿Quieres hacer el favor de parar? Deja de ser tan...».
(macabro)
Se levantó. Había decidido ya lo que iba a hacer: entrar en el dormitorio y cubrirle la cara con la sábana y así Buddy no tendría ninguna ventaja sobre él. Le administraría unos cuantos rituales sencillos y le cubriría la cara. Y después —se le iluminó la cara por el simbolismo de la situación— retiraría su taza y su bolsita de infusión sin usar. Sí, eso era lo que iba a hacer.
Entró en el dormitorio, cada paso un esfuerzo de voluntad. La habitación estaba a oscuras, el cuerpo no era más que un enorme bulto encima de la cama. Buscó el interruptor torpemente durante lo que parecía ser una eternidad, sin explicarse cómo no estaba donde él creía que debía estar. Por fin dio con él y una luz amarilla llenó la estancia.
Abuela estaba en la cama, la mano inerte, la boca abierta. George la contempló, oscuramente consciente de que unas gotas de sudor se deslizaban por su propia frente. Se preguntó si no bastaría con tomar aquella mano tan fría y colocar el brazo sobre la cama, a lo largo del cuerpo. Pero decidió que no, que su mano debía estar colgando hacía bastante rato ya, que era demasiado, que no podía tocarla, que cualquier cosa, menos eso...
Lentamente, como si flotara en una nube, se acercó a Abuela y se quedó mirándola fijamente, casi encima de ella. Tenía la cara amarilla, en parte por la luz, pero sólo en parte.
George respiraba por la boca, ansiosamente, como tratando de darse fuerzas. Tomó la colcha y la subió sobre la cara de Abuela, pero resbaló un poco y volvió a bajar, revelando el nacimiento del pelo y las cejas, George se alzó de puntillas y volvió a tomar la colcha con mucho cuidado separando bien las manos, para no rozarle la cara, y la volvió a subir. Esta vez, la colcha permaneció en su sitio. Por fin la había enterrado. Si, era por eso que se tapaba la cara de un muerto, y eso era lo que se debía hacer: enterrarlo. Era un gesto definitivo.
Miró la mano que colgaba, que había quedado sin enterrar, y se dio cuenta de que sí, de que ahora podía tocarla ya, meterla debajo de la colcha y enterrarla con el resto de la Abuela.
Se inclinó para agarrar la mano y la levantó.
La mano se volvió y le agarró la muñeca.
George dio un grito tremendo. Se tambaleó hacia atrás, gritando en aquella casa vacía, gritando más fuerte que el viento que silbaba en el alero, gritando por encima de todos aquellos crujidos de la casa. Al retroceder, tiró del cuerpo de Abuela, que quedó inclinado bajo la colcha. La mano volvió a caer, retorciéndose, viva, intentando agarrar algo... hasta que volvió a colgar inerte.
No pasa nada, no ha sido nada, no era más que un reflejo.
George asintió a su propia aseveración. Pero volvió a recordar cómo aquella mano fría se había vuelto y le había agarrado la muñeca. Volvió a gritar. Se le salían los ojos de las órbitas, el pelo, completamente erizado, era como un sombrero cónico sobre su cabeza. El corazón corría como en estampida. La habitación se inclinó locamente hacia la izquierda, luego se enderezó por un segundo, para inclinarse otra vez a la derecha. Cada vez que intentaba pensar racionalmente, el pánico le ponía la piel de gallina. Quería salir de aquella habitación a toda velocidad, meterse en otro sitio, a cuatro kilómetros de distancia, si pudiera. Dio media vuelta y salió corriendo, estampándose contra la pared: la puerta estaba abierta a un metro de distancia. Cayó de rebote al suelo, con un tremendo golpe en la cabeza, que empezó a dolerle, a pesar del pánico. Se tocó la nariz y se manchó la mano de sangre, igual que la camisa, sobre la que goteaba. Se levantó como pudo y miró la habitación lleno de terror.
La mano colgaba de la cama como antes, pero el cuerpo de Abuela ya no estaba inclinado, sino que estaba recto otra vez, bajo la colcha.
Todo había sido fruto de su imaginación. Había entrado en el dormitorio y el resto no había sido más que una película.
No.
El dolor le aclaró las ideas. La gente muerta no te agarra la muñeca. Muerto quiere decir muerto. Cuando estabas muerto podías servir de perchero, o meterte en el neumático de un tractor y lanzarte ladera abajo, etc., etc. Cuando estabas muerto, la gente te podía hacer cosas a ti (por ejemplo, un niño podía tomar tu mano y subirla a la cama), pero tus días activos —por decirlo de alguna manera— habían terminado.
A menos que seas una bruja. A menos que elijas morirte cuando la casa está sola y no hay más que un niño, porque así puedes... puedes... ¿puedes qué?
Nada. Era una estupidez. Había imaginado todo porque estaba asustado y ésa era toda la verdad. Se limpió la nariz con el brazo y gimió de dolor. Una mancha de sangre cubría su antebrazo.
Lo que no iba a hacer era entrar en la otra habitación, eso era todo. Realidad o alucinación, no iba a hacer el tonto con Abuela. La llamarada de pánico había cedido un poco, pero continuaba asustado, muy asustado, y todo lo que quería era que su madre llegase cuanto antes y se ocupara de todo.
George salió del dormitorio de espaldas, sin perder de vista la cama, y fue hasta la cocina. Suspiró con un aliento largo, ahogado. Quería pasarse un trapo mojado por la nariz. Sintió ganas de vomitar. Se inclinó y tomó un trozo de tela de debajo del fregadero —uno de los pañales viejos de la Abuela— y lo puso bajo el grifo de agua fría, mientras se sorbía la sangre como si fueran mocos.
Se acababa de poner la tela mojada en la nariz cuando desde la otra habitación le llegó una voz.
—Ven aquí, pequeño —llamaba Abuela con su voz de ultratumba—. Ven aquí. Abuela quiere abrazarte.
George trató de gritar, pero abrió la boca y no pudo emitir sonido alguno, nada. En cambio, en la otra habitación, allí sí que se estaban produciendo sonidos. Sonidos como los que oía cuando Mami entraba para bañar a la Abuela, dándole la vuelta, levantándola, dejándola caer, dándole la vuelta otra vez.
Sólo que esos sonidos eran diferentes ahora. Eran como si Abuela estuviera.., estuviera levantándose de la cama.
—¡Niño! ¡Ven aquí, pequeño! ¡Ahora MISMO! ¡Ven hacia aquí!
Vio con horror cómo sus pies obedecían la orden. Les mandó detenerse, pero ellos seguían, uno, dos, uno, dos, ep, aro, ep, aro, deslizándose sobre el linóleo. Su cerebro era prisionero del cuerpo.
«Es una bruja, es una bruja y tiene uno de sus ataques. Ay, sí, es un ataque y es muy malo, REALMENTE muy malo, muy malo. Ay, Dios mío, ay, Jesús, ayúdame, ayúdame. . . »
George atravesó la cocina y entró en el dormitorio.
ABUELA ESTABA FUERA DE LA CAMA, sentada en su sillón de vinilo blanco, el que no había usado desde hacía cuatro años, desde que se puso demasiado gorda para poder andar y demasiado senil para saber hacer nada.
Pero Abuela no parecía senil.
Los rasgos de la cara eran fláccidos, pero la senilidad había desaparecido de su expresión, suponiendo que hubiera estado allí alguna vez y no hubiera sido más que una máscara para engañar a niños pequeños y mujeres cansadas y sin marido.
Ahora la cara de Abuela resplandecía con feroz inteligencia, como la luz de una vela de cera, vieja y pestilente. Los ojos bailaban en sus órbitas, muertos. El pecho seguía sin moverse. El camisón, remangado, dejaba ver unos muslos elefantinos, blancos. La colcha estaba a los pies de la cama.
Abuela le tendió sus enormes brazos.
—Quiero abrazarte, Georgie —dijo la voz apagada y sin entonación—. No tengas miedo, pequeño. Deja que Abuela te abrace.
George se esforzó por retroceder, tratando de resistir aquella atracción casi magnética. Fuera, el viento seguía aullando. La cara de George se había alargado y torcido, tensa, crispada por el espanto.
Empezó a caminar hacia ella. No podía remediarlo. Sus pies seguían arrastrándose, uno tras otro, hacia aquellos brazos abiertos. «Le enseñaría a Buddy que él tampoco tenía miedo de Abuela y dejaría que Abuela le diera un abrazo porque no era ningún cobardica.» Siguió andando hacia ella.
Cuando ya se encontraba casi entre sus brazos, se oyó un crujido enorme al estallar la ventana, hechos añicos los cristales, y una rama de árbol penetró en la estancia, con hojas de otoño aún sujetas a ella. El viento helado barrió toda la habitación, haciendo volar las fotos de Abuela, azotándole el pelo y el camisón.
George pudo gritar por fin. Se escapó dando tumbos de entre sus brazos, mientras Abuela emitía un chasquido sibilante, como una serpiente, entreabriendo los labios y dejando ver sus encías desdentadas. Las manos gruesas, arrugadas, intentaban asir el vacío.
George se hizo un lío con los pies y cayó al suelo. Abuela se levantó del sillón, bamboleándose bajo aquel enorme peso, caminando hacia él. George no podía levantarse, las piernas, sin fuerza alguna, no le obedecían. Empezó a arrastrarse de espaldas, gimiendo. Abuela seguía avanzando, lenta, implacable, muerta, pero viva. George comprendió en un instante lo que significaba aquel abrazo. El rompecabezas estaba completo. Pero cuando finalmente logró levantarse, Abuela le agarró por la camisa. Se la desgarró y se quedó con un trozo en la mano. Por un momento, George sintió aquella carne fría contra su piel. Consiguió escapar hasta la cocina.
Quería huir, correr en medio de la noche, todo, menos dejarse abrazar por la bruja, su Abuela. Porque cuando su madre volviera, encontraría a Abuela muerta y a George vivo, si..., pero a George le habrían empezado a gustar las infusiones de hierbas, inexplicablemente.
Miró por encima del hombro y vio la sombra contrahecha, grotesca, de Abuela en la pared al cruzar la entrada.
De repente, el teléfono sonó, estridente.
George saltó hacia él, sin pensar, y empezó a gritar que alguien viniera, por favor, por favor, que viniera alguien. Gritó todo ello.., en silencio, porque ni un solo sonido salió de su garganta.
Abuela entró en la cocina, tambaleándose en su camisón rosa. El pelo blanco y amarillo revoloteaba alrededor de su cara. Uno de los peinecillos se había casi desprendido del pelo y colgaba sobre el arrugado cuello.
Abuela sonreía.
—¿Ruth?
Era la voz de Tía Flo, lejana, con una conexión defectuosa por el viento. Era Tía Flo, desde Minnesota, a más de dos mil kilómetros.
—¿Ruth? ¿Estás ahí?
—¡Socorro! —gritó George al teléfono y lo que salió de sus labios fue un pequeño, inaudible silbido.
Abuela se balanceaba sobre el linóleo, tendiéndole los brazos. Sus manos se abrían y se cerraban, intentando agarrar algo. Abuela quería aquel abrazo, por algo había esperado cinco años.
—Ruth, ¿me oyes? Acaba de estallar una tormenta imponente... y me he asustado... Ruth, no te oigo...
—Abuela —gimió George al teléfono. Abuela estaba casi encima.
—¿George? —la voz de Tía Flo se erizó, aguda como un grito, instantáneamente—. George, ¿ eres tú?
George empezó a retroceder ante el avance de Abuela, cuando se dio cuenta de que se había alejado de la puerta y se había metido estúpidamente en un rincón, entre los armarios de la cocina y el fregadero. El horror era inenarrable. La sombra de Abuela lo cubría ya por completo. George pudo, por fin, vencer su parálisis y gritó desesperadamente al teléfono, una y otra vez.
—¡Abuela! ¡Abuela! ¡Abuela!
Las manos frías de Abuela tocaron su garganta. Los ojos viejos, borrosos, hipnotizaban los suyos, chupando toda su voluntad.
Vagamente, muy lejos, como si viniera a través de los años y a través de la distancia, oyó la voz llena de pánico de Tía Flo.
—Dile que se acueste, George, dile que se acueste y que no se mueva. Dile que debe hacerlo en tu nombre y en el de Hastur. Ese nombre tiene poder sobre ella, George, dile: «Acuéstate en nombre de Hastur», dile...
La mano vieja y arrugada arrancó el teléfono de la mano sin fuerza de George. De un tirón, rompió el cordón de la pared. George se dejó caer en el rincón y Abuela, un montón de carne que ocultaba la luz, se inclinó sobre él.
George gritó.
—¡Acuéstate! ¡No te muevas! ¡En nombre de Hastur! ¡Hastur! ¡Acuéstate! ¡No te muevas!
Las manos de Abuela rodearon su cuello...
—¡Debes hacerlo! ¡Tía Flo dice que debes hacerlo! ¡En mi nombre!, ¡En nombre de tu padre! ¡Acuéstate! ¡No te mue...!
Y empezaron a apretar.
Cuando una hora más tarde las luces del coche por fin bañaron la fachada de la casa, George estaba sentado en la cocina, delante del libro de historia, sin leer. Se levantó y le abrió la puerta a su madre. A su izquierda, el teléfono reposaba en el receptor, el cordón colgando inútilmente.
Mami entró, una hoja pegada a la solapa del abrigo.
—¡Qué viento! ¿Fue todo bien, Geor...? ¿George, qué ha pasado?
Mami palideció horriblemente en un segundo. Parecía la cara de un payaso.
—Abuela —contestó George—. Abuela ha muerto. Abuela ha muerto, Mami.
Empezó a llorar.
Su madre lo abrazó fuertemente y luego retrocedió hacia la pared, como si aquel abrazo hubiera acabado con todas sus fuerzas.
—¿Ha... ha pasado algo? —preguntó—. ¿George, ha pasado algo?
—El viento derribó la rama de un árbol en su ventana —respondió.
Mami lo cogió por los brazos y lo apartó un poco, adivinando aquella expresión de horror. Lo soltó inmediatamente, y, como un ciclón, entró en la habitación de Abuela. Tal vez estuvo dentro unos cuatro minutos. Al salir, llevaba en la mano un trozo de tela. Era de la camisa verde de George.
—Le he arrancado esto de la mano —dijo Mami en un susurro imperceptible.
—Ahora no tengo ganas de hablar —dijo George—. Llama a Tía Flo, si quieres. Yo estoy muy cansado. Quiero irme a la cama.
Mami hizo un gesto como para detenerlo, pero se contuvo. George subió a la habitación que compartía con Buddy y abrió el aire caliente para oír lo que hacía su madre. Mami no pudo hablar con Tía Flo aquella noche, porque alguien había arrancado el cordón del teléfono, pero tampoco pudo hablar con ella al día siguiente porque, poco antes de que Mami regresara, George había dicho una serie de palabras, algunas de ellas en un latín bastardo, otras en algo que parecían gruñidos predruidas y, a más de dos mil kilómetros de distancia, Tía Flo había caído muerta de hemorragia cerebral masiva. Era sorprendente cómo volvían las palabras. Como todo volvía.
George se quitó la ropa y se tendió desnudo en la cama. Puso las manos tras la cabeza y dirigió la vista a la oscuridad del techo. Lentamente, muy lentamente, una sonrisa horrible, siniestra, empezó a dibujarse en sus labios.
Las cosas no iban a seguir como antes a partir de ahora. Iban a ser muy, muy diferentes.
Por ejemplo, Buddy. Le costaba esperar a que Buddy volviera del hospital y empezase con su dichosa tortura de la Cuchara del Bárbaro Chino, o con la Cuerda India, o algo por el estilo. Sabía que, al principio, tendría que permitírselo, por lo menos, durante el día y cuando hubiese gente alrededor, pero cuando cayera la noche y estuviesen los dos solos en el dormitorio, en la oscuridad, con la puerta cerrada...
George se echó a reír en silencio.
Como siempre decía Buddy, iba a ser un clásico.

jueves, 16 de febrero de 2012

HAY QUE AGUANTAR A LOS NIÑOS


HAY QUE AGUANTAR A LOS NIÑOS
STEPHEN KING

Su nombre era señorita Sydley, de profesión maestra.
Era una mujer menuda que tenía que ergirse para poder escribir en el punto más alto de la pizarra, como hacía en aquel preciso instante. Tras ella ninguno de los niños reía ni susurraba, ni picaba a escondida ningún dulce que sostuviera en la mano. Conocían demasiado bien los instintos asesinos de la señorita Sydley. La señorita Sydley siempre sabía quién estaba mascando chicle en la parte trasera de la clase, quién guardaba una tirachinas en el bolsillo, quién quería ir al lavabo para intercambiar cromos de béisbol en lugar de hacer sus necesidades. Al igual que Dios, siempre parecía saberlo todo al mismo tiempo.
Su cabello se estaba tornando gris, y el aparato que llevaba para enderezar se maltrecha espalda se dibujaba con toda claridad bajo el vestido estampado. Una mujer menuda, atenazada por constantes sufrimientos; una mujer con ojos de pedernal. Pero la temían. Su
afilada lengua era una leyenda en el patio de la escuela. Al clavarse en un alumno que reía o susurraba, sus ojos podían convertir las rodillas más robustas en pura gelatina.
En aquel momento, mientras apuntaba en la pizarra la lista de palabras que tocaba deletrear, la maestra se dijo que el éxito de su larga carrera docente podía resumirse y confirmarse mediante aquel gesto tan cotidiano. Podía volver la espalda a sus alumnos con toda tranquilidad.
-Vacaciones- anunció mientras escribía la palabra en la pizarra con su letra firme y prosaica-. Edward, haz una frase con la palabra vacaciones, por favor.
- Fui de vacaciones a Nueva York - recitó Edward.
A continuación, repitió la palabra con todo cuidado, tal como les había enseñado la señorita Sydley.
Muy bien Edward- aprobó la maestra mientras escribía la siguiente palabra.
Tenía sus pequeños trucos, por supuesto. Estaba del todo convencida de que el éxito dependía tanto de los pequeños detalles como de las grandes acciones. Aplicaba aquel principio en todo momento, y lo cierto era que nunca fallaba.
Uno de sus pequeños trucos consistía en el modo en que utilizaba las gafas. Toda la clase quedaba reflejada en sus gruesos cristales, y siempre tenía una leve punzada de regocijo al ver sus rostros culpables y asustados cuando los sorprendía en alguna de sus malvados
jueguecitos. En aquel momento, distinguió a través de sus gafas la imagen distorsionada y fantasmal de Robert. El chico estaba arrugando la nariz. La señorita Sydley no habló. Todavía no. Robert se ahorcaría por sí solo si le daban un poco más de cuerda.
-Mañana- articuló con toda claridad-. Robert, haz una frase con la palabra mañana, por favor.
Robert frunció el ceño mientras se concentraba. La clase estaba silenciosa y adormilada aquél caluroso día de finales de septiembre. El reloj eléctrico que pendía de la puerta indicaba que todavía quedaba media hora para que sonara el timbre de las tres, y lo único que impedía que las jóvenes cabezas cayeran sobre sus libros de ortografía era la silenciosa y terrible amenaza que representaba la espalda de la señorita Sydley.
-Estoy esperando, Robert.
-Mañana pasará algo malo- repuso Robert.
Las palabras eran inofensivas, pero a la señorita Sydley, que había desarrollado el séptimo sentido propio de todos los docentes estrictos, no le gustaron ni pizca.
-Ma-ña-na- terminó Robert, tal como le habían enseñado. Mantenía las manos unidas sobre el pupitre y en aquel momento volvió a arrugar la nariz. Al mismo tiempo, esbozó una pequeña sonrisa torva. De pronto, la señorita Sydley tuvo la certeza de que Robert
conocía el pequeño truco de las gafas.
Muy bien, de acuerdo.
Empezó a escribir la siguiente palabra en la pizarra sin regañar a Robert, dejando que su cuerpo erguido transmitiera su propio mensaje. Mientras escribía, observaba atentamente a Robert con un ojo. El chiquillo no tardaría en sacarle la lengua o hacer aquel asqueroso gesto con el dedo que todos los niños e incluso las niñas conocían, a fin de comprobar si la maestra sabía lo que estaba haciendo. Y entonces sería castigado.
El reflejo de Robert era pequeño, fantasmal, distorsionado. La señorita Sydley apenas prestaba atención a la palabra que estaba escribiendo en la pizarra.
De pronto, Robert se transformó.
La señorita Sydley apenas entrevió el cambio, tan sólo distinguió durante una fracción de segundos el rostro de Robert mientras se transformaba en algo... diferente.
Se volvió con brusquedad, con el rostro pálido, ignorando la punzada de dolor que le acometió en la espalda.
Robert la miraba con expresión inocente y perpleja. Sus manos seguían unidas sobre la mesa. En su cogote se apreciaban los primeros indicios de un remolino. No parecía asustado.
«Ha sido fruto de mi imaginación -se dijo la maestra-. Estaba buscando algo, y mi mente me ha jugado una mala pasada. Parece absolutamente inocente... sin embargo...»
-¿Robert?
Pretendía que su voz sonara autoritaria, que tuviera un timbre que impulsara a Robert a confesar. Pero no lo logró.
-¿Si señorita Sydley?
Sus ojos eran de color castaño oscuro, como el lodo que yace en el fondo de un río de cauce lento.
-Nada.
Se volvió de nuevo hacia la pizarra. Un murmullo apenas audible recorrió el aula.
-¡Silencio!- ordenó al tiempo que se daba la vuelta-. Otro sonido y nos quedaremos todos después de la clase.
Se había dirigido a toda la clase, pero, de hecho, su mirada permanecía clavada en Robert, quién se la devolvió con infantil inocencia. «Quién ¿yo? yo no, señorita Sydley.»
La maestra se volvió a la pizarra y empezó a escribir sin espiar a través de sus gafas. La última media hora se le antojó interminable, y tuvo la sensación de que Robert le lanzaba una mirada extraña al salir de la clase. Una mirada que parecía decir: «Tenemos un secreto
¿eh?.»
No podía apartar de sí aquella mirada. Permanecía clavada en su mente, como un trocito de ternera que se le hubiera quedado entre dos muelas, un grano de arena que parecía una montaña.
Cuando se dispuso a tomar su solitaria cena, consistente en huevos escalfados y tostadas, todavía la atenazaba aquella imagen. Sabía que estaba envejeciendo, y lo aceptaba con serenidad. No sería una de aquellas maestras solteronas que patalean y gritan cuando las sacan a rastras de sus clases al llegar el momento de la jubilación. Le recordaban a los jugadores incapaces de apartarse de la mesa del juego cuando van perdiendo. Pero ella no iba perdiendo. Siempre había sido una ganadora.
Bajó la vista hacia los huevos escalfados.
¿Verdad?
Pensó en los limpios rostros de sus alumnos de tercero, y decidió que el de Robert sobresalía sobre los demás.
Se levanto y encendió otra luz.
Más tarde, justo antes de dormirse, el rostro de Robert apareció ante ella, esbozando una desagradable sonrisa en la oscuridad que se extendía tras sus párpados cerrados. El rostro empezó a transformarse...
Pero antes de que pudiera distinguir en qué se estaba convirtiendo aquel rostro, se sumió en las tinieblas del sueño.
La señorita Sydley pasó una noche inquieta, por lo que al día siguiente se mostró brusca y malhumorada. Estaba a la expectativa, casi esperando que alguien susurrara, riera o tal vez pasara una nota al compañero. Pero la clase permaneció en silencio... en un profundo
silencio. Todos los alumnos la miraban sin expresión, y la maestra casi sentía el peso de sus miradas sobre ella, como si se tratara de hormigas ciegas que se pasaran por su cuerpo.
«¡Basta! -se dijo con severidad-. Te estas comportando como una chiquilla asustadiza que acaba de salir de la escuela de maestros.»
Una vez más, el día se le antojó eterno, y creyó sentirse más aliviada qué sus alumnos cuando el timbre anunció el final de las clases. Los niños se alinearon en filas junto a la puerta, niños y niñas ordenados por estatura y cogidos de la mano.
-Podéis retiraos- dijo y se quedó escuchando con amargura los gritos de los niños que corrían por el pasillo y salían a disfrutar del brillante sol.
«¿Qué era lo que vi cuando se transformó? Algo bulboso. Algo que relucía. Algo que me miraba fijamente, si, me miraba fijamente y sonreía y no era un niño, desde luego que no. Era viejo y malvado y... »
-¿Señorita Sydley?
La maestra alzó la cabeza con brusquedad y de sus labios escapó una pequeña exclamación involuntaria.
Era el señor Hanning.
-No pretendía asustarla- dijo el hombre con una sonrisa de disculpa.
-No se preocupe- Repuso la maestra en un tono más hosco del que pretendía dar a sus palabras.
¿En que estaría pensando? ¿Qué era lo que pasaba?
-¿Le importaría comprobar si hay toallas de papel en el lavabo de chicas?
-Ahora mismo voy.
La maestra se incorporó mientras se llevaba las manos a la parte baja de la espalda. El señor Hanning la contempló con expresión compasiva. «No se esfuerce-pensó la señorita Sydley-. A la solterona no le divierte esto en lo absoluto. Ni siquiera le interesa.»
Pasó junto al señor Hanning y se dirigió al lavabo de chicas. Las risas de unos chicos que llevaban maltrechos accesorios de béisbol se apagaron al acercarse ella. Los chicos salieron con expresión culpable antes de reanudar sus carcajadas y gritos en el patio.
La señorita Sydley frunció el ceño mientras pensaba que los niños habían sido distintos en sus tiempos. No más corteses, pues los niños nunca habían sido corteses, y no precisamente más respetuosos con los adultos; pero se apreciaba una suerte de hipocresía que nunca había existido. Un sonriente silencio en presencia de los adultos que nunca había existido. Una suerte de desprecio silencioso que resultaba molesto e inquietante. Como si...
«¿Se ocultaran detrás de las máscaras? ¿Es eso?»
Apartó de sí aquel pensamiento y entró en el baño. Se trataba de una estancia pequeña en forma de L. Los retretes estaban alineados a lo largo del brazo mas largo, mientras que los lavabos se extendían a lo largo de la parte más corta de la habitación.
Mientras inspeccionaba los recipientes de la toalla de papel, divisó su imagen reflejada en uno de los espejos, y quedó petrificada al contemplarse con mayor detalle. No le gustó nada lo que vio... ni pizca. Percibió una mirada que no había tenido dos días antes, una mirada temerosa, vigilante. Con un sobresalto, se dio cuenta de que el reflejo borroso del rostro pálido y respetuoso de Robert se había adueñado de ella.
La puerta del baño se abrió y entraron dos niñas riendo y susurrando. Cuando estaba a punto de doblar la esquina y pasar junto a ellas, oyó que pronunciaban su nombre. Regresó a los lavabos y volvió a inspeccionar los recipientes de toallas.
-Y entonces...
Risitas ahogadas.
-Ella lo sabe pero...
Más risitas, suaves y pegajosas como jabón fundido.
-La señorita Sydley está...
Se acercó un poco para ver sus sombras, difusas y borrosas a causa de la luz que se filtraba a través de las ventanas de cristales lechosos, unidas en su infantil excitación.
Otro pensamiento cruzó su mente.
«Ellas sabían que estaba ahí.»
Sí. Sí, lo sabían. Esas pequeñas zorras lo sabían.
La zarandería. Las sacudiría hasta que les castañearan los dientes y sus risas se convirtieran en aullidos; les golpearía la cabeza contra la pared de azulejos hasta que confesaran que lo sabían.
En aquel momento, las sombras empezaron a transformarse. Parecieron alargarse, fluir como sebo mientras cobraban extrañas formas jorobadas que impulsaron a la señorita Sydley a retroceder hacia los lavados de porcelana, con el corazón desbocado.
Pero las niñas siguieron riendo.
Las voces se transformaron; dejaron de ser infantiles y se convirtieron en sonidos asexuados, desalmados y muy, muy malvados. Un sonido lento y turgente de humor salvaje que doblaba la esquina hacia ella como si del contenido de desagüe se tratara.
Clavó la mirada en aquellas sombras jorobadas y de pronto, empezó a gritar. El grito siguió y siguió, hinchándose en su mente hasta adquirir proporciones dementes. Y en aquel instante, perdió el conocimiento. Las risitas, como carcajadas del diablo, las siguieron hasta las tinieblas.
Por supuesto no podía contarles la verdad.
La señorita Sydley lo supo desde el momento en que abrió los ojos y distinguió los rostros ansiosos del señor Hanning y la señora Crossen. Esta última sostenía bajo su nariz el frasco de sales procedente del botiquín del gimnasio. El señor Hanning se volvió y pidió a las dos niñas que observaban a la señora Sydley con curiosidad que se fueran a casa.
Las dos niñas le dedicaron una sonrisa... una sonrisa lenta, que indicaba que compartían un secreto con ella, y salieron de la escuela.
Muy bien, guardaría el secreto. Durante un tiempo. No permitiría que la gente creyera que se había vuelto loca, o que los primeros tentáculos de la senilidad se habían apoderado de ella antes de tiempo. Jugaría con sus reglas hasta que estuviera en posición de desenmascararlos y arrancar el problema de raíz.
-Creo que he resbalado -Explicó en tono sereno mientras se incorporaba, haciendo caso omiso del terrible dolor de la espalda que la atormentaba-. Algún charco de agua.
El señor Hanning le dirigió una mirada de gratitud.
La maestra se puso en pie entre tremendas punzadas de dolor.
Al día siguiente, la señorita Sydley obligó a Robert a quedarse en la escuela después de clase. El muchacho no había hecho nada malo, por lo que se limitó a acusarlo de una falta imaginaria. No sintió remordimientos por ello. Era un monstruo, no un niño. Tenía que
obligarlo a confesarlo.
La espalda la estaba martirizando. Se dio cuenta de que Robert lo sabía y que esperaba que eso le favorecería. Pero se equivocaba. Esa era otra de sus pequeñas ventajas. La espalda le había dolido de un modo constante durante los últimos doce años, y en muchas ocasiones el dolor había sido tan intenso como en aquel momento... bueno, casi.
Cerró la puerta para que ambos quedaran aislados del exterior.
Durante un momento permaneció inmóvil con la mirada clavada en Robert. Esperó a que el niño bajara los ojos, pero fue en vano. Robert siguió mirándola con fijeza y de pronto, una pequeña sonrisa empezó a dibujarse en las comisuras de sus labios.
Los sonidos de los demás niños en el patio parecían muy lejanos, como pertenecientes a un sueño. Solo el zumbido hipnótico del reloj de la pared era real.
-Somos bastantes -anunció Robert de pronto, como si hablara del tiempo.
Ahora le tocó el turno a la señorita Sydley de permanecer en silencio.
-Once en esta escuela.
«Malvado -se dijo la maestra muy asombrada-. Muy malvado, increíblemente malvado.»
-Los niños que dicen mentiras van al infierno - replicó con toda claridad-. Sé que muchos padres ya no se lo explican a su... prole..., pero te aseguro que es cierto, Robert. Los niños que dicen mentiras van al infierno. y Las niñas también.
La sonrisa de Robert se hizo más amplia y malvada.
-¿Quiere ver cómo me transformo, señorita Sydley? ¿Quiere verlo bien?
Un hormigueo recorrió la espalda de la señorita Sydley.
-Márchate- ordenó con brusquedad-. Y trae a tu madre o a tu padre a la escuela mañana. Entonces arreglaremos todo este asunto.
Eso es. Ya volvía a pisar tierra firme. Esperó que el rostro del niño se contrajera; esperó la aparición de las lágrimas.
En lugar de ello, la sonrisa de Robert se ensanchó aún más, se amplió hasta mostrar sus dientes.
-Será como traemos algo a clase para explicar qué es, ¿verdad señorita Sydley? A Robert... al otro Robert... le gustaba ese juego.
-Todavía está escondido en el fondo de mi cabeza-. la sonrisa se curvó en las comisuras de los labios como si de papel quemado se tratara-. A veces se pone a correr por ahí... me pica quiere que le deje salir.
-Márchate- repitió la señorita Sydley en tono impávido.
El zumbido del reloj se le antojaba cada vez más cercano.
Robert empezó a transformarse.
De pronto, su rostro se difuminó como cera fundida. Los ojos se aplanaron y ensancharon como yema que alguien hubiese pinchado con un cuchillo, la nariz se amplió con un bostezo, la boca desapareció. La cabeza se alargó, y el cabello dejó de ser cabello para concertarse en una maraña desordenada y crispada.
Robert soltó una risita ahogada.
El sonido lento y cavernoso procedía de lo que había sido su nariz, pero la nariz había devorado la parte baja de su rostro; las fosas nasales se habían fundido en un solo agujero que se asemejaba a una enorme boca abierta de par en par.
Robert se levantó sin dejar de reír, y tras él, la señorita Sydley distinguió los últimos vestigios del otro Robert, el chiquillo del que aquel engendro se había apoderado y que aullaba aterrorizado, rogando que lo dejaran salir de allí.
La maestra echó a correr.
Huyó gritando por el pasillo, y los pocos alumnos que quedaban en la escuela se volvieron para mirarla con ojos inocentes y abiertos de par en par. El señor Hanning abrió su puerta de golpe en el momento en que la maestra cruzaba la amplias puertas acristaladas de la entrada, un espantapájaros loco y gesticulante dibujado contra el brillante sol de Septiembre.
El hombre la siguió a la carrera, con la nuez bailándole en la garganta.
La señorita Sydley no veía ni oía nada en absoluto. Bajó a trompicones los escalones de entrada, atravesó la acera y se abalanzó sobre la calle, dejando tras de sí una intensa estela de chillidos. De pronto, se escuchó el atronador y profundo sonido de un claxon, y una fracción de segundos más tarde , el autobús se precipitó sobre ella. A través del parabrisas, el rostro del conductor aparecía contraído en una máscara de temor. Los frenos chirriaron como dragones enojados.
La señorita Sydley cayó al suelo, y las enormes ruedas del vehículo se detuvieron humeantes a pocos centímetros de su cuerpo frágil y enclaustrado en la prótesis. Permaneció tendida en el suelo, temblando mientras el gentío se agolpaba a su alrededor.
Al volverse, comprobó que los niños la miraban con fijeza. Estaban colocados en un apretado círculo, como los asistentes a un entierro en torno a una tumba abierta. A la cabecera de la tumba se hallaba Robert, un pequeño sepulturero preparado para verter la primera palada de tierra sobre su rostro.
La señorita Sydley clavó la mirada en los niños. Sus sombras la cubrían por entero. Sus rostros permanecían impasibles. Algunos de ellos esbozaban pequeñas sonrisas enigmáticas, y la señorita Sydley supo que no tardaría en ponerse a gritar de nuevo.
En consecuencia, la señorita Sydley regresó a finales de Septiembre, dispuesta una vez más a reanudar el juego y conocedora ya de las reglas.
En una ocasión, durante una vigilancia de patio, Robert se acercó a ella con una pelota de goma y una sonrisa pintada en el rostro.
-Somos tantos que no lo creería-dijo-, ni usted ni nadie -añadió con una malvado guiño que la dejó petrificada-. Quiero decir, si intentara explicárselo a alguien...
Una niña que jugaba en los columpios del otro lado del patio la miró con fijeza y estalló en carcajadas.
La señorita Sydley dedicó a Robert una sonrisa llena de serenidad.
-Pero Robert, ¿de qué estás hablando?
Pero Robert siguió sonriendo mientras regresaba para incorporarse al juego.
La señorita Sydley llevó la pistola a la escuela en el bolso. El arma había pertenecido a su hermano, quien se la había arrebatado a un soldado alemán muerto poco después de la batalla de Bulge. Jim llevaba diez años muerto. No había abierto la caja que contenía el arma desde hacía al menos cinco, pero cuando la abrió la vio brillar con destellos apagados. Los cartuchos de munición seguían ahí, así que se dedicó a cargar el arma tal como le había enseñado Jim.
Dedicó una agradable sonrisa a sus alumnos, en especial a Robert. Robert le devolvió la sonrisa, y la maestra distinguió el engendro que flotaba justo debajo de su piel, aquel ser fangoso, lleno de inmundicia.
No tenía idea de qué era lo que anidaba debajo de la piel de Robert, y tampoco le importaba; sólo esperaba que el autentico Robert hubiera desaparecido por completo. No quería convertirse en una asesina. Decidió que el verdadero Robert debía de haber muerto o enloquecido por vivir dentro de aquella cosa sucia y serpenteante que había soltado una risita ahogada en la clase y la había obligado a lanzarse gritando a la calle. Así que, aun en caso de que estuviera vivo, liberarlo de aquel tormento constituiría un acto de misericordia.
-Hoy haremos un examen -anunció la señorita Sydley.
Los alumnos no gruñeron ni se removieron inquietos de sus sillas, sino que se limitaron a mirarla con fijeza. La maestra sentía el peso de sus ojos. Pesados, sofocantes.
-Será un examen muy especial. Los iré llamando uno en uno al aula de mimeografía, y ahí pasaréis el examen. Después les daré un caramelo y podrán irse a casa. ¿no les parece estupendo?
-Robert, tu serás el primero.
Robert se levantó con su sonrisita habitual y arrugó la nariz de un modo bastante ostensible.
-Sí, señorita Sydley.
La maestra tomó su bolso y ambos recorrieron el amplio pasillo, pasando juntos al apagado sonido de los alumnos que recitaban la lección tras las puertas cerradas. La sala de mimeografía se hallaba al final del pasillo, junto a los lavados. La habían insonorizado dos
años antes; la vieja máquina era muy antigua y ruidosa.
La señorita Sydley cerró la puerta con llave una vez estuvieron dentro.
-Nadie puede oírte -dijo con toda tranquilidad mientras sacaba el revolver del bolso-. Ni a tí ni a esto.
-Pero somos muchos -terció Robert con una sonrisa inocente-. Muchos más de los que hay aquí en la escuela.
Posó una de sus pequeñas y limpias manos sobre la bandeja de papel del mimeógrafo.
-¿Le gustaría volver a ver como me transformo?
Antes de que la señorita Sydley pudiera replicar, el rostro de Robert comenzó a relucir y convertirse en la máscara grotesca que ya conocía. La maestra le disparó. Una sola vez. En la cabeza. El niño cayó hacia atrás, sobre los estantes de papel, y a continuación se
deslizó hasta el suelo, un niño muerto, con un pequeño orificio negro justo por encima del ojo derecho.
Tenía un aspecto patético.
Regresó a la clase y los llevó a la sala uno a uno. Mató a doce alumnos, y los hubiera matado a todos si la señora Crossen no hubiera llegado a la sala en busca de un paquete de papel rayado.
La señora Crossen abrió la boca de par en par y se llevó una mano a los labios. Empezó a gritar, y todavía chillaba cuando la señorita Sydley le alcanzó y le colocó una mano en el hombro.
-Tenía que hacerse, Margaret -le explicó-. Es terrible pero tenía que hacerse. Son todos unos monstruos.
La señora Crossen clavó la mirada en los cuerpos enfundados en alegres ropas que yacían esparcidos junto al mimeógrafo, y siguió gritando. La chiquita cuya mano sostenía la señorita Sydley empezó a llorar de un modo constante y monótono. Uaaaaahhh... Uaaaaahhh....
-Transfórmate -ordenó la señorita Sydley-. Enséñaselo a la señora Crossen. Demuéstrale que tenía que hacerse.
-¡Maldita sea, transfórmate! -gritó la señorita Sydley- ¡Maldita zorra, maldita zorra sucia, repugnante y asquerosa! que dios te maldiga, ¡transfórmate!
La maestra alzó el arma. La pequeña se encogió, y en un abrir y cerrar de ojos, la señora Crossen se abalanzo sobre ella como un gato. De pronto, la espalda de la señorita Sydley cedió.
No hubo juicio.
Se sometió a un exhaustivo análisis, se le administraron los medicamentos más avanzados y más tarde empezó a asistir a sesiones de terapia ocupacional. Al cabo de un año, bajo estricta vigilancia, se le permitió participar en una sesión de encuentro experimental.
Su nombre era Buddy Jenkins, de profesión Psiquiatra.
Estaba sentado tras un espejo falso, con una carpeta en las manos, mientras observaba una habitación equipada como guardería. En la pared más alejada, una vaca saltaba sobre la luna y un ratón trepaba por un reloj. La señorita Sydley estaba en una silla de ruedas, con un libro de cuentos sobre las rodillas, rodeada de un grupo de confiados niños retrasados que sonreían y babeaban. Los niños le sonreían, babeaban y la tocaban con sus pequeños dedos mojados, siempre bajo la vigilancia de los asistentes, que permanecían atentos ante cualquier indicio de agresividad por parte de la mujer.
Durante un rato, Buddy creyó que la señorita Sydley reaccionaba bien. Leía en voz alta, acarició la cabeza de una niña y consoló a un chiquillo que había tropezado con un bloque de madera. De pronto, el médico tuvo la impresión de que la maestra había visto algo inquietante, pues frunció el ceño y apartó la vista de los niños.
-Sáquenme de aquí, por favor -rogó en voz baja y monótona, sin dirigirse a nadie en particular.
La sacaron de allí. Buddy Jenkins observó a los niños mientras la seguían con ojos abierto y vacuos, pero, al mismo tiempo, profundos.Uno de ellos esbozó una sonrisa, mientras que otro se introdujo unos dedos en la boca de ademán malicioso.
Aquella noche, la señorita Sydley se rebano el cuello con un trozo de espejo roto, y a partir de aquel momento, Buddy Jenkins empezó a observar a los niños con creciente atención. Al final, apenas si podía apartar la mirada de ellos.


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