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viernes, 5 de septiembre de 2008

TERROR - EL SUPERVIVIENTE - H. P. LOVECRAFT Y AUGUST DERLETH

H. P. LOVECRAFT Y AUGUST DERLETH
EL SUPERVIVIENTE

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Algunas casas, al igual que ciertas personas, delatan a primera vista su predilección por
lo maligno. Quizá sea el efluvio de hechos perversos ocurridos bajo determinado techo,
que permanece mucho tiempo después de que sus realizadores se hayan ido, lo que hace
que se le pongan a uno la carne de gallina y los pelos de punta. Algo de la pasión del
ejecutor del acto, y del horror sentido por su víctima, entra en el corazón del inocente
espectador, quien repentinamente se vuelve consciente de un hormigueo nervioso, de un
escalofrío en la piel y en la sangre...
Algernon Blackwood

_
Me había propuesto no volver a hablar o escribir sobre la casa Charriere tras mi
huida de Providence en la noche del horrible descubrimiento -hay recuerdos
que todo el mundo desea suprimir, creer que no son ciertos, borrarlos de su
existencia- pero me veo obligado a transcribir ahora mi breve estancia en la casa
de la calle Benefit, y mi precipitada huida de ella. Lo hago por si algún inocente
fuese sometido a presiones injustas por parte de la policía, deseosa de hallar
alguna explicación a su horrible descubrimiento. Ese horror lo experimenté,
antes que cualquier otro humano, ante la vista de algo ciertamente mucho más
terrible que cuanto haya podido verse después, al cabo de tantos años, tras
pasar la casa a ser propiedad municipal, como sabía que ocurriría algún día.
Ciertamente, no cabe esperar de un anticuario que esté tan instruido en lo que
respecta a ciertas antiguas sendas del conocimiento humano como en lo que
concierne a casas antiguas. Sin embargo, cabe pensar que, inmerso en la
investigación del hábitat humano, tropiece en ocasiones con ciertos misterios
considerablemente más complejos que la fecha de un pabellón o la procedencia
de un techo estilo holandés, y logre sacar de ellos determinadas conclusiones,
por increíbles, horribles, espantosas o aun condenables -¡sí, condenables!- que
sean. En los lugares frecuentados por los anticuarios es bien conocido el nombre
de Alijah Atwood; no digo más por modestia, pero cualquier persona que tenga
interés en buscar referencias encontrará, en esos directorios dedicados a la
información para anticuarios, más de un párrafo que trata de mí.
Vine a Providence, Rhode Island, en 1930, con la intención de visitarla
brevemente y seguir luego hacia Nueva Orleáns. Pero vi la casa Charriere en la
calle Benefit, y me atrajo como sólo un anticuario puede ser atraído por una
casa extraña y solitaria en una calle de Nueva Inglaterra, que no era de la
misma época, una casa de cierta antigüedad, con un aura indescriptible que
atraía y repelía al mismo tiempo.
Se decía de la casa Charriere que estaba embrujada, pero eso suele decirse de
cualquier casa vieja y abandonada del nuevo o del viejo mundo, e incluso -si he
de fiarme de los solemnes artículos del Journal of American Folklore- de las
viviendas de los indios americanos, australianos, polinesios y muchos otros. No
es mi intención escribir sobre fantasmas; me bastará decir que ha habido, en el
ámbito de mi experiencia, ciertas revelaciones sin explicación científica alguna,
aunque soy lo suficientemente racional como para pensar que dicha explicación
puede llegar a encontrarse alguna vez, cuando el hombre utilice para su
interpretación un procedimiento científico correcto.
En este sentido, estoy seguro de que la casa Charriere no estaba embrujada.
Ningún fantasma transitaba por sus habitaciones haciendo sonar sus cadenas,
ninguna voz exhalaba lamentos a la medianoche, ninguna figura sepulcral
aparecía a la hora de las brujas para anunciar una muerte próxima. Pero nadie
podía negar que la casa estaba rodeada por un halo no sé si de terror, de
perversión o de horribles misterios; si llego a ser un hombre menos insensible,
esa casa, sin duda, me hubiese hecho perder la razón. El halo resultaba menos
corpóreo que en otras casas que he conocido, pero sugería la existencia de
secretos inconfesables no percibidos en mucho tiempo por ningún ser humano.
Sobre todo, transmitía una poderosa sensación del paso de los siglos, pero de
siglos muy anteriores a la propia edad de la casa; sugería edades remotas,
cuando el mundo era joven. Y era curioso, porque la casa, aunque vieja, tenía
menos de tres siglos.
La observé primero como anticuario, encantado de descubrir una casa, entre
otras características de Nueva Inglaterra, perteneciente al estilo de Quebec del
siglo XVII. Era, por tanto, tan diferente de las vecinas que habría llamado la
atención de cualquier viandante. Había visitado muchas veces Quebec, lo
mismo que otras ciudades viejas del continente americano, pero en esta primera
visita a Providence no venía particularmente en busca de antiguas viviendas,
sino para ver a un colega anticuario de renombre. Fue camino de su casa,
situada en la calle Barnes, cuando pasé por la casa Charriere. Al observar que
no estaba habitada, decidí alquilarla para mí. De todos modos, puede que no lo
hubiese hecho de no haberme incitado la peculiar aversión de mi amigo a
hablar de la casa y el hecho de mostrarse reacio a que yo me acercase a aquel
lugar. Quizá sea injusto con él, ahora que miro hacia atrás y recuerdo que el
pobre hombre, sin saberlo ninguno de los dos, estaba ya en su lecho de muerte.
Sea como sea, hablé con él en su habitación, sentado al borde de la cama, en
lugar de hacerlo en su despacho. Fue allí donde le pregunté acerca de la casa,
describiéndosela para que no hubiese dudas respecto a cuál me refería, ya que
por entonces yo no sabía el nombre ni nada acerca de ella.
Un hombre llamado Charriere, un cirujano francés venido de Quebec, había
sido su dueño. Pero mi amigo Gamwell no sabía quién la había construido. A
Charriere sí le había conocido. «Un hombre alto, de piel áspera. Le vi poco, pero
nadie lo vio mucho más. Se había retirado de la medicina» dijo Gamwell.
Cuando éste conoció la casa, el doctor Charriere ya vivía en ella, como debieron
hacerlo sus antepasados, aunque esto Gamwell no podía asegurarlo. El doctor
Charriere había llevado una vida recluida y había muerto hacía tres años, en
1927, según la noticia oficial aparecida en su día en el Journal de Providence. La
fecha de la muerte del doctor Charriere fue la única que Gamwell pudo
indicarme; todo lo demás se mantenía a oscuras. La casa sólo había sido
alquilada una vez: la había ocupado durante un corto período de tiempo un
profesional y su familia, pero la dejaron después de un mes, quejándose de la
humedad y de los malos olores del vetusto edificio. Desde entonces se
encontraba vacía, pero no podía ser destruida, ya que el doctor Charriere había
dejado en su testamento una considerable suma de dinero para pagar los
impuestos durante muchos años -algunos decían que veinte- y garantizar que la
casa estaría allí en el caso de que los herederos del cirujano la reclamasen. El
doctor Charriere, en una carta, había hecho vagas referencias a un sobrino que
hacía su servicio militar en Indochina. Todos los intentos para encontrar al
sobrino habían sido inútiles, y ahora se dejaba que la casa siguiese en pie hasta
que expirase el período de tiempo que el doctor Charriere había estipulado en
su testamento.
-Voy a alquilarla -le dije a Gamwell.
Enfermo como estaba, mi colega anticuario se apoyó sobre un codo para
incorporarse en el lecho y expresar su disconformidad.
-Un capricho pasajero, Atwood. Olvídelo. He oído cosas inquietantes acerca de
esa casa.
-¿Qué cosas? -le pregunté llanamente.
Pero de esto no quiso hablar; movió la cabeza ligeramente y cerró los ojos.
-Pienso verla mañana -continué.
-No encontrará en ella nada que no pueda encontrar en Quebec, créame -recalcó
Gamwell.
Pero, como dije antes, su extraña manera de oponerse a mi deseo de visitar la
casa no contribuyó sino a aumentar tal deseo. No pensaba quedarme allí para
siempre: solamente alquilarla por seis meses más o menos, como centro de
operaciones mientras visitaba los alrededores de la ciudad y los caminos y
paseos de Providence en busca de antigüedades de esa región. Finalmente
Gamwell accedió a darme el nombre de la firma de abogados en cuyas manos
Charriere había dejado su testamentaría. Después de haber solicitado una
entrevista con ellos y vencido el escaso entusiasmo con que acogieron mi
proposición, me convertí en el amo de la vieja casa Charriere por un período de
no más de seis meses, que podían ser menos, si así lo decidía.
Tomé posesión de la casa en seguida, aunque me dejó algo perplejo comprobar
que se había instalado agua corriente, pero en cambio carecía de corriente
eléctrica. Entre el mobiliario de la casa, que permanecía tal como quedó a la
muerte del doctor Charriere, encontré para alumbrado una docena de lámparas
de varias formas y épocas, algunas aparentemente con más de un siglo de
antigüedad. Esperaba hallar la casa llena de telarañas y de polvo, pero cuál no
sería mi sorpresa cuando comprobé que no era así. Y eso que, según tenía
entendido, los abogados -la firma Baker & Greenbaugh- no estaban encargados
de la limpieza de la casa durante ese medio siglo que -según lo estipulado en el
testamento del doctor Charriere- podía transcurrir hasta que se presentara a
tomar posesión su único heredero.
La casa correspondía exactamente a la imagen que me había hecho de ella.
Abundaba la madera. En algunas habitaciones cuyas paredes habían sido
empapeladas el papel se había despegado, y en otras, el yeso había ido
adquiriendo, con el paso de los años, un tono amarillento. Las habitaciones eran
irregulares y daban la impresión de ser o muy grandes o demasiado pequeñas.
Había dos plantas, pero se veía que el piso de arriba no había sido utilizado
nunca. El de abajo, sin embargo, conservaba las huellas de su antiguo ocupante,
el cirujano. Una de las habitaciones le había servido de laboratorio, y otra anexa,
de despacho. Ambos cuartos parecían haber sido abandonados recientemente
en el curso de alguna investigación, como si su último y efímero ocupante -postmortem
Charriere- no hubiese penetrado en ellos. No me causó extrañeza, ya
que la casa era suficientemente grande como para poder vivir en ella sin
necesidad de utilizar aquellos dos cuartos. Tanto el despacho como el
laboratorio se hallaban en la parte de atrás de la casa y daban sobre un jardín
frondoso, lleno de arbustos y árboles. Extendido a lo largo de toda la parte
posterior de la casa, este jardín era de un tamaño muy considerable, ya que
ocupaba el ancho de tres solares y en profundidad equivalía a uno. Remataba
en un muro de piedra muy alto que lindaba con la calle de atrás.
El estado en que se habían quedado el laboratorio y el estudio indicaban que,
sin lugar a duda, el doctor Charriere se hallaba en plena investigación cuando le
llegó su hora. Por mi parte, confieso que la naturaleza de su trabajo me intrigó
desde el primer momento. Parecía evidente que no se trataba de algo ordinario.
La vista de los extraños y casi cabalísticos dibujos, que parecían cuadros
fisiológicos de diversas especies de saurios, me indujo a pensar que la labor de
investigación emprendida por el doctor Charriere iba más allá del simple
estudio del hombre. Entre aquellos saurios, los más destacados eran del orden
Loricata y de los géneros Crocodylus y Osteolaemus, pero había también otros
dibujos representando el Gavialis, el Tomistoma, el Gaiman y el Alligator, así como
algunos otros reptiles de esta misma especie, aunque anteriores y que
correspondían al período Jurásico. De todas maneras, sé que no fue esa primera
ojeada y la curiosidad que despertó en mí lo que me impulsó a profundizar mi
estudio de la extraña investigación del doctor Charriere. Lo que me arrastró
realmente fue ese halo de misterio -perceptible para un anticuario- que se
desprendía de toda la casa.
La casa Charriere me impresionó desde el primer momento, pues era una casa
totalmente de su época, salvo en el hecho de la posterior instalación de agua
corriente. Tenía la impresión de que había sido el doctor Charriere quien la
había construido. Gamwell, en el curso de la conversación curiosamente elíptica
que habíamos mantenido, no me había dado a entender lo contrario. Pero
tampoco había mencionado la edad que tenía el cirujano el día de su muerte.
Suponiendo que hubiera muerto a los ochenta años, no podía haber sido él
quien había edificado la casa, ya que ésta había sido construida alrededor de
1700, ¡dos siglos antes de la muerte del doctor Charriere! Pensé, por lo tanto,
que el nombre que llevaba la casa era el del último propietario y no el del
constructor. Buscando una explicación racional respecto a este punto, descubrí
algunos hechos desagradablemente inverosímiles.
Por un lado, la fecha del nacimiento del doctor Charriere no aparecía en ningún
sitio. Busqué su tumba: curiosamente, se hallaba en la propia finca. Había
solicitado y obtenido permiso para ser enterrado en el jardín. La sepultura
estaba junto a un viejo y gracioso pozo que parecía haber sido construido más o
menos al mismo tiempo que la casa y permanecía intacto, con su techo, su cubo
y otros accesorios, sin duda tal como habían estado desde que se construyó la
casa. Eché una ojeada a la lápida en busca de la fecha de nacimiento, pero con
desazón observé que en la piedra sólo aparecían su nombre: Jean-François
Charriere; su profesión: cirujano; los lugares en los que había residido o
trabajado: Bayona, París, Pondichérry, Quebec, Providence; y el año de su
muerte: 1927. No había nada más, pero era suficiente para permitirme seguir
investigando más a fondo. Escribí en el acto a amistades de varios lugares en
donde podían investigarse los hechos.
Dos semanas después tenía ante mí los resultados de dichas investigaciones.
Pero lejos de quedar satisfecho, me hallaba más perplejo que nunca. Había
empezado por dirigirme a un corresponsal de Bayona, dando por supuesto que,
ya que éste era el primer lugar mencionado en la lápida, Charriere había nacido
allí. Luego pedí informes a París, después a un amigo de Londres que podía
tener acceso a los archivos de los asuntos británicos en la India, y finalmente a
Quebec. Salvo una relación de fechas, no obtuve ninguna información
interesante. Un Jean-François Charriere había nacido, efectivamente, en Bayona
¡en el año 1636! El nombre no era desconocido en París, ya que un joven de
diecisiete años, llamado Jean-François Charriere, había estudiado con el exiliado
monárquico Richard Wiseman, en 1653, y durante los tres años siguientes. En
Pondichérry, y luego en Caronmandall, en la costa india, un tal doctor JeanFrançois
Charriere, cirujano del ejército francés, había prestado servicio desde
1674 en adelante. Y en Quebec, el dato más antiguo que aparecía del doctor
Charriere se remontaba a 1691. Había practicado en esa ciudad durante seis
años, y abandonó posteriormente la ciudad con destino desconocido
Evidentemente, sólo podía llegarse a una conclusión: el doctor Jean-François
Charriere, nacido en Bayona en 1636 y cuyo último paradero conocido había
sido Quebec, precisamente el mismo año en que se construyó la casa Charriere
de la calle Benefit, era un antepasado del cirujano que había vivido en la casa y
llevaba el mismo nombre. Pero, y aunque así fuese, había una laguna absoluta
entre el año 1697 y la vida del último habitante de la casa, pues en ningún sitio
aparecían datos relativos a la familia de ese primer Jean-François Charriere. No
había ningún dato respecto a la existencia de una señora Charriere o de hijos,
que necesariamente debieron existir para que continuase su descendencia hasta
el presente siglo. Todavía cabía suponer que el viejo señor que había venido de
Quebec era soltero y que, al llegar a Providence, había contraído matrimonio.
Tendría entonces sesenta y un años, Pero la lectura del registro no revelaba que
ese matrimonio se hubiese realizado. Aquello me desconcertó, aunque sabía,
como anticuario, las dificultades que representaba la búsqueda de datos. La
desilusión, pues, no fue tan grande como para hacerme abandonar mis
investigaciones.
Opté por un nuevo procedimiento, y me dirigí a la firma Baker & Greenbaugh
para solicitar información acerca del doctor Charriere. Allí tropecé con algo más
extraño todavía, pues al preguntar acerca del aspecto físico del cirujano francés,
ambos abogados se vieron obligados a admitir que nunca lo habían visto. Todas
sus instrucciones habían llegado por carta, junto con unos cheques por un valor
muy elevado. Habían trabajado para el doctor Charriere durante los seis años
que precedieron a su muerte, y desde entonces hasta la fecha. No habían sido
empleados por él anteriormente.
Les pregunté acerca de ese «sobrino», puesto que la existencia de un sobrino
implicaba la existencia, por lo menos en alguna época, de un hermano o una
hermana de Charriere. Pero por ese camino tampoco conseguí la menor
información. Gamwell me había informado mal: Charriere no había
especificado que se refería a un sobrino, sino que había dicho: «el único varón
superviviente de mi familia». Se había pensado que este superviviente podía ser
un sobrino, pero toda pesquisa había sido inútil. De todas maneras, el
testamento del doctor Charriere decía que no era preciso buscar a su heredero
porque él mismo se dirigiría a la firma Baker & Greenbaugh, bien por carta o
personándose en unos términos inconfundibles que no darían lugar a dudas.
Ciertamente había algo misterioso. Los abogados no lo negaban. Pero también
resultaba evidente que habían sido muy bien recompensados por la confianza
que había sido depositada en ellos y que no iban a traicionarla contándome más
de lo que me habían contado. Después de todo, según dijo razonablemente uno
de los abogados, sólo habían transcurrido tres años desde la muerte del doctor
Charriere, y quedaba aún tiempo suficiente para que el heredero superviviente
se presentase.
Después de aquel fracaso, recurrí de nuevo a mi viejo amigo Gamwell, que
seguía en cama y se encontraba aún más débil. Su médico de cabecera, con
quien me crucé cuando salía de la casa, me dio a entender por primera vez que
Gamwell quizá no volvería a levantarse, y me pidió que procurara no excitarle,
ni cansarle con muchas preguntas. Sin embargo, estaba decidido a averiguar
todo lo que pudiese acerca de Charriere, pese a que la primera sorpresa me la
llevé yo ante el escrutinio al que me sometió Gamwell. Parecía como si mi
amigo esperara que una estancia de menos de tres semanas en la casa Charriere
me hubieran alterado incluso mi aspecto físico.
Charlamos un rato, y le expuse el motivo de mi visita; expliqué que había
encontrado la casa muy interesante y que, por lo tanto, deseaba conocer algo
más de su último ocupante. Gamwell había mencionado que le vio alguna vez.
-Fue hace muchos años -dijo Gamwell-. Si han pasado tres años después de su
muerte, déjame pensar... debió de ser en 1907.
-¡Pero eso fue veinte años antes de que muriese! -exclamé asombrado.
De todas formas, Gamwell insistió en que ésa era la fecha.
¿Y qué aspecto tenía? Insistí con la pregunta.
Desgraciadamente, la senilidad y la enfermedad habían invadido el vivo
intelecto del viejo.
-Coges un tritón, lo haces crecer un poco, le enseñas a andar sobre sus patas
traseras, lo vistes con ropas elegantes -dijo Gamwell- y ya tienes al doctor Jean-
François Charriere. Sólo que su piel era áspera, casi callosa. Un hombre frío.
Vivía en otro mundo.
-¿Cuántos años tenía? -le pregunté- ¿Ochenta?
-¿Ochenta? -se quedó pensativo-. La primera vez que le vi, yo no tenía más de
veinte años y él no aparentaba más de ochenta. Y hace veinte años, mi querido
Atwood, no había cambiado. Parecía tener ochenta años aquella primera vez.
¿O sería la perspectiva de mi juventud? Quizá. Parecía tener ochenta años en
1907. Y murió veinte años después.
-Es decir, a los cien.
-Tal vez.
En fin, tampoco Gamwell pudo proporcionarme gran ayuda. De nuevo, nada
específico, nada concreto, no se perfilaba ningún hecho. Sólo una impresión, un
recuerdo de alguien, pensaba yo, hacia el cual Gamwell sentía antipatía, aunque
él mismo no hubiese sabido decir por qué. Tal vez celos de tipo profesional, que
Gamwell no quería reconocer, falseaban sus propios elementos de juicio.
A continuación me dirigí a los vecinos. Casi todos eran jóvenes y sus recuerdos
del doctor Charriere eran escasos. Sólo le recordaban como un tipo indeseable
porque coleccionaba lagartos, así como otros bichos de esa clase, y se rumoreó
que realizaba diabólicos experimentos en su laboratorio. La única anciana era
una tal señora Hepzibah Cobbett. Vivía en una casita de dos plantas justo detrás
de la valla que limitaba el jardín de la casa Charriere. La encontré muy apagada.
Estaba en una silla de ruedas que empujaba su hija, una mujer de nariz aguileña
y fríos ojos azules, inquisidores detrás de sus quevedos. Pero la anciana se
animó cuando mencioné el nombre del doctor Charriere, y cuando supo que yo
vivía en la casa, empezó a hablar.
-No vivirá ahí mucho tiempo, acuérdese de mis palabras. Es una casa
endemoniada -dijo con una fuerza que, de pronto, degeneró para convertirse en
un parloteo senil-. Más de una vez le he observado. Un hombre alto, jorobado
como una hoz, con una perilla pequeña, igual que la de una cabra. ¿Y qué era
aquello que reptaba entre sus pies? Una cosa negra y larga, demasiado grande
para ser una serpiente; pero yo pensaba en serpientes cada vez que miraba al
doctor Charriere. ¿Y qué eran esos gritos durante la noche? ¿Y qué era lo que
ladraba ante el pozo? ¿Un zorro? Ya. Yo sé lo que es un perro y lo que es un
zorro. Era como un alarido de una foca. He visto cosas, eso sí, pero nadie cree a
una anciana con un pie en la tumba. Y usted, usted tampoco me hará caso,
porque nadie lo hace.
¿Qué podía deducir de todo esto? Quizá la hija tenía razón cuando dijo, al
despedirme: -No haga caso de las divagaciones de mi madre. Padece
arteriosclerosis, lo que, en ciertas ocasiones, le debilita la mente-. Pero yo no
pensaba que la señora Cobbett fuera una débil mental. Recordaba el brillo tan
vivo de sus ojos mientras estaba hablando. Parecía estar en posesión de un
secreto tan prodigioso que ni su guardián, la severa e inflexible hija que
permanecía inmóvil junto a ella, hubiera podido percibir o imaginar siquiera
sus contornos.
Los desengaños me esperaban a la vuelta de cada esquina. La suma de los datos
que había conseguido reunir basta entonces no me proporcionaba mayor
información que cada dato aislado. Archivos de periódicos, bibliotecas,
registros, lo intenté todo. Pero lo único que podía encontrarse era la fecha en
que se había construido la casa: 1697, y la de la muerte del doctor Jean-François
Charriere. Si algún otro Charriere había muerto en esta ciudad, no había señal
de ello en ningún sitio. Me parecía inconcebible que todos los miembros de la
familia Charriere, anteriores al antiguo inquilino de la casa de la calle Benefit,
hubiesen muerto fuera de Providence, y sin embargo debía de haber sucedido
así, ya que no encontraba otra explicación posible.
En la casa descubrí un retrato. Pese a que no llevaba ningún nombre inscrito,
por las iniciales J. F. C. supuse que se trataba del doctor Charriere. El cuadro,
que estaba colgado en un rincón apartado y casi inaccesible del piso superior,
representaba una cara delgada y ascética, con una barba desordenada; lo que
más resaltaba en ese rostro eran los pómulos salientes que acentuaban el
hundimiento de las mejillas y el brillo de los ojos negros. En general, su aspecto
era desvaído y siniestro.
En vista de la imposibilidad de obtener más información por otros medios,
decidí dedicarme de nuevo al examen de los papeles y libros dejados en el
despacho y el laboratorio del doctor Charriere. Hasta entonces me había
ausentado mucho de la casa en busca de información acerca del pasado del
doctor Charriere, y ahora me había recluido en ella casi con la misma
obstinación. Quizá debido a esta reclusión percibí con mayor fuerza el halo
misterioso de la casa -a nivel psíquico tanto como físico-. Ahora, por vez
primera, llegaba a notar la extraña mezcla de olores que habían decidido al
efímero inquilino y a su familia a abandonar la casa apenas alquilada. Algunos
de ellos eran los aromas típicos y comunes de todas las casas viejas, pero otros
me eran totalmente desconocidos. Sin embargo, logré identificar fácilmente el
olor predominante: lo había percibido ya en otras ocasiones, en jardines
zoológicos y en las proximidades de ciertos pantanos de aguas estancadas. Se
trataba de un miasma que, con una fuerza increíble, sugería la presencia
cercana de reptiles. Cabía admitir la posibilidad de que ciertos reptiles hubiesen
llegado, a través de la ciudad, hasta el refugio que les podía proporcionar el
jardín de la casa Charriere. En cambio, lo que sí parecía inconcebible era que
hubiese llegado hasta allí una cantidad tan grande de ellos como para llenar la
casa entera de su hedor. Pero por mucho que busqué no logré encontrar el lugar
de donde emanaba ese olor a reptil, ni dentro ni fuera de la casa. Cuando se me
ocurrió que podía provenir del pozo, pensé que sin duda se trataba de una
ilusión mía, provocada por mi deseo de encontrar alguna explicación racional.
El olor persistía. Noté también que aumentaba con la lluvia, pues es bien sabido
que con la humedad se acentúan los olores. Como la casa también estaba
húmeda, la brevedad de la estancia del último inquilino era comprensible. Lo
cierto era que éste no se había equivocado. A mí, personalmente, si bien aquel
hedor llegó a desagradarme en ocasiones, no me inquietaba -al menos no tanto
como me inquietaban otros aspectos de la casa.
Parecía que la vieja casa había empezado a protestar contra mi intromisión en el
despacho y en el laboratorio. En efecto, empecé a tener ciertas alucinaciones que
se hicieron cada vez más frecuentes. Por una parte, durante la noche oía un
extraño ladrido que parecía provenir del jardín. Por otra parte, y también
durante la noche, veía algo como una extraña y encorvada figura de reptil
rondando por el jardín, cerca de las ventanas del despacho. Pese a que esta y
otras visiones se repetían, me empeñé en considerarlas como meras
alucinaciones personales. Lo conseguí hasta aquella fatídica noche en que oí un
ruido esta vez inconfundible: era como si alguien se estuviera bañando en el
jardín. Me desperté de mi sueño convencido de que ya no estaba solo en la casa.
Me levanté, me puse la bata y las zapatillas, encendí una lámpara y corrí hacia
el despacho.
Lo que mis ojos presenciaron allí me indujo a creer que estaba soñando aún. Mi
pesadilla parecía generada directamente por la naturaleza de ciertas lecturas
que acababa de hacer indagando entre los papeles del doctor Charriere. Porque
se trataba de una pesadilla, en ese momento no me cabía la menor duda,
aunque apenas pude divisar al intruso, el intruso que había penetrado en el
despacho, llevándose unos papeles del doctor Charriere. La luz amarillenta y
tenue de la lámpara que mantenía en alto me cegaba parcialmente. Tan sólo
veía brillar algo negro y como viscoso. Luego, en el momento en que saltaba por
la ventana abierta hacia la oscuridad del jardín, pude verlo entero. Aquello no
duró más que un instante, pero me pareció que llevaba un traje muy ajustado al
cuerpo y hecho de un extraño material áspero y oscuro. No habría dudado en
perseguirlo si no hubiera visto, a la luz de la lámpara, una serie de cosas
inquietantes.
El intruso había dejado sus huellas en el suelo. Eran pisadas irregulares y
mojadas. Pero lo más extraño era la forma misma de los pies que dibujaban:
unos pies anormalmente anchos, con uñas tan largas que habían dejado su
marca delante de cada dedo. En el lugar en que el intruso había permanecido
inclinado sobre los papeles había charcos de agua. El ambiente estaba saturado
de ese fuerte olor a reptil, el mismo que yo había comenzado a aceptar como
parte integrante de la casa, pero tan fuerte ahora que me sentí tambalear y
estuve a punto de desmayarme.
Sin embargo, mi interés por los documentos era más fuerte que el miedo o la
curiosidad. En ese momento la única explicación racional que se me ocurrió fue
que uno de los vecinos que atribuían ciertos poderes maléficos a la casa
Charriere -y habían decidido no abandonar sus gestiones hasta conseguir que
fuese destruida-, había estado nadando antes de venir a invadir el estudio.
Aquella circunstancia me parecía poco convincente pero si la rechazaba ¿cómo
explicar entonces lo que yo mismo acababa de presenciar?
Fijándome en los documentos, noté inmediatamente la desaparición de varios
de ellos. Afortunadamente, los que faltaban eran los que había leído ya y que
había dejado amontonados en una pila, sin ordenarlos siquiera. No lograba
entender el valor que aquellos papeles podían tener para nadie, a no ser que
alguna otra persona estuviera tan interesada como yo, quizá con el fin de
reclamar para sí la propiedad de la casa y los terrenos. Todos ellos eran apuntes
relativos a la longevidad de los cocodrilos, los caimanes y otros reptiles. Para
mí, era ya evidente desde hacía algún tiempo que el doctor Charriere se había
volcado de forma obsesiva en el estudio de la longevidad de los reptiles y de
sus causas con el fin de aprender cómo el hombre podría llegar a alargar su
propia vida. Hasta entonces nada en esos apuntes me había inducido a pensar
que el doctor Charriere hubiera descubierto los secretos de esa longevidad. Tan
sólo algunos párrafos alarmantes sugerían la posibilidad de que hubiera
sometido a «operaciones» a alguien -no especificaba quién- con el fin de
alargarle la vida.
En realidad, existía también otra clase de notas escritas, según me pareció a mí,
por el doctor Charriere. Sin embargo, en su contenido se apartaban de la
investigación más o menos científica seguida por éste en torno a la longevidad
de los reptiles. Se trataba de una serie de enigmáticas referencias a ciertas
criaturas mitológicas, entre las cuales dos eran frecuentemente citadas:
«Cthulhu» y «Dagon». Eran, por lo visto, deidades del mar en alguna mitología
muy antigua y de la que nunca había oído hablar hasta entonces. Los
misteriosos apuntes se referían también a otros seres (¿hombres?), llamados
‘Los Profundos’, que gozaban de una longevidad muy larga y estaban al
servicio de esos dioses antiguos. Eran evidentemente unos seres anfibios que
vivían e las profundidades de los océanos. Entre aquellos apuntes se
encontraban las fotografías de una estatua monolítica particularmente horrenda
y con marcados rasgos saurios. Estaban acompañadas del texto siguiente:
«Costa Este de la Isla de Hivaoa, Marquesas. ¿Ídolo?» En otras fotografías
aparecía un tótem de los indios de la costa noroeste. Su parecido con la primera
estatua era inquietante: la misma anchura, los mismos rasgos acusados de
reptil. Sobre una de esas fotos, el doctor Charriere había anotado: «Tótem de los
indios Kwakiutl. Estrecho de Quatsino. Parecido a los construidos por ind.
Tlingit.» Estas extrañas anotaciones demostraban claramente que su autor
estaba dispuesto a estudiar cualquier antiguo rito de brujería, cualquier
superstición religiosa primitiva, con tal de que aquello le sirviera para alcanzar
su objetivo.
No tardé mucho en darme cuenta de cuál era la naturaleza de ese objetivo. El
doctor Charriere, evidentemente, no se había volcado en el estudio de la
longevidad por puro amor al estudio. No, lo que él pretendía con ello era
conseguir alargar su propia vida. Y en sus apuntes ciertos indicios
espeluznantes daban a entender que, al menos parcialmente, había tenido éxito.
Este era un descubrimiento desagradable, que me impedía apartar de mi mente
el recuerdo del extraño misterio que envolvía los últimos años y la muerte del
primer Jean-François Charriere, cirujano también, así como el nacimiento del
último doctor Jean-François Charriere, muerto en Providence en el año 1927.
Aunque los acontecimientos de aquella noche no me habían asustado
excesivamente, opté por comprar una pistola Luger de segunda mano y una
linterna. La lámpara me había impedido ver durante la noche, cosa que, en
idénticas circunstancias, no me ocurriría con una linterna. Si el visitante
nocturno había sido uno de los vecinos, estaba seguro de que esos papeles no
harían otra cosa que llamar su atención y, tarde o temprano, volvería. Ante esa
posibilidad deseaba estar preparado. En caso de que sorprendiera nuevamente
al merodeador en la casa que yo había alquilado, estaba decidido a disparar si
no obedecía a mi orden de alto. Por supuesto, era un caso extremo al que no
deseaba llegar.
La noche siguiente reanudé mi lectura de los libros y papeles del doctor
Charriere. Era indudable que muchos de los libros habían pertenecido a
antepasados suyos, pues databan de siglos atrás. Una de las obras, escrita por R.
Wiseman y traducida del inglés al francés, apoyaba la tesis de una relación
existente entre el doctor Jean-François Charriere, alumno de Wiseman en París,
y ese otro cirujano del mismo nombre que había vivido hasta hacía poco en
Providence, Rhode Island.
En conjunto, era un curioso batiburrillo de libros. Los había en casi todos los
idiomas conocidos, desde el francés hasta el árabe. Me era imposible traducir la
mayor parte de los títulos, aunque leía francés y tenía ciertas nociones de otras
lenguas románicas. Me era totalmente incomprensible el significado de un título
como Unaussprechlichen Kulten, de Von Junzt, y si sospechaba que se trataba de
un libro del mismo estilo que el Cultes des Goules, del conde d'Erlette, era porque
se hallaba colocado junto a él. Libros de zoología estaban mezclados con
gruesos tomos que trataban de antiguas culturas. Y en esa mezcolanza se
encontraban publicaciones como Un Estudio sobre la Relación Existente entre los
Habitantes de Polinesia y las Culturas del Continente Suramericano con Especial
Referencia a Perú; Los Manuscritos Pnakóticos; De Furtivis Literarum Notis, de
Giambattista Porta; la Criptografía, de Thicknesse; el Daemonolatreia, de
Remigius; La Era de los Saurios, de Banfort; una colección del Transcript, de
Aylesbury, Massachusetts, etcétera. Era indudable que, por su antigüedad,
muchos de estos libros eran valiosísimos. Gran cantidad de ellos habían sido
editados entre 1670 y 1820 y se encontraban en perfecto estado de conservación,
pese a haber sido constantemente manipulados.
Sin embargo, aquellas obras tenían poco interés para mí. A veces pienso que
por no haber dedicado un poco más de tiempo a su examen perdí en esa
ocasión la oportunidad de aprender aún más de lo que aprendería luego; pero
el dicho afirma que tener demasiados conocimientos acerca de temas que el
hombre haría mejor en ignorar es más pernicioso que tener pocos. Otro de los
motivos que me impulsaron a abandonar tan pronto el examen de todos
aquellos libros fue un descubrimiento que hice. Oculto entre ellos encontré algo
que, a primera vista, me pareció un diario. Un examen más minucioso me
convenció de que aquello no era tal cosa, sino una simple libreta, porque las
primeras fechas apuntadas en ella eran tan remotas que no podían
corresponder a ningún momento de la vida del doctor Charriere, por muchos
años que hubiese logrado vivir. Y sin embargo, era evidente que, desde las
primeras y más antiguas hojas hasta las últimas y más recientes, todas las
anotaciones habían sido escritas por la misma mano. En todas ellas se reconocía
la pequeña y angulosa letra del difunto cirujano. Supuse entonces que,
recopilando viejos papeles, el doctor Charriere había encontrado ciertas notas
de su interés y decidido copiarlas en su libreta para poder tenerlas reunidas y
ordenadas por orden cronológico. Además de las anotaciones, en aquellas
páginas figuraban también unos dibujos que producían indudablemente una
gran impresión, pese a la poca maestría con que habían sido realizados. En
cierto sentido, recordaban a las primeras obras de ciertos artistas autodidactas.
La primera página del manuscrito empezaba con la nota siguiente: «1851.
Arkham. Aseph Goade, P.» A continuación venía lo que me pareció ser el
retrato de Aseph Goade. Era un dibujo en el que determinados rasgos de su
fisonomía -más propios de un batracio que de un hombre- habían sido
intencionadamente realzados. Tenía la boca anormalmente ancha, los labios
como de cuero cuarteado, la frente muy baja y ojos que parecían recubiertos por
una membrana; era una fisonomía chata, claramente similar a la de una rana. El
dibujo ocupaba casi la totalidad de la página. Del texto que le acompañaba
deduje que se trataba del relato del descubrimiento -en el campo de la pura
investigación intelectual, pues era imposible de toda evidencia que existiera
semejante criatura- de una especie subhumana (¿podía la inicial «P» referirse a
«Los Profundos», cuyo nombre había leído en notas anteriores?) Para el doctor
Charriere, en cambio, aquel ejemplar de esa especie subhumana era una
realidad, una verificación en el curso de su investigación, que le permitiría
demostrar la existencia de un parentesco entre el batracio y el hombre y, por lo
tanto, entre éste y el saurio.
A continuación venían otros apuntes de la misma naturaleza. La mayoría de
ellos eran un tanto ambiguos -quizá a propósito- y, a primera vista, parecían no
tener ningún sentido. ¿Qué podía yo sacar de una página como ésta?:
1857 San Agustín. Henry Bishop. Piel cubierta de escamas aunque no
ictiológicas. Debe tener 107 años. Ningún proceso de degeneración. Todos los
sentidos muy agudos. Origen incierto, algunos antepasados dedicados al
comercio en Polinesia.
1861. Charleston. Familia Balzac. Piel de las manos cubierta de costras.
Mandíbula doble. Toda la familia presenta las mismas características. Anton 117
años. Anna 109 años. Infelices lejos del agua.
1863. Innsmouth. Familias Marsh, Waite, Eliot y Gilman. El Capitán Obed
Marsh, comerciante en Polinesia, contrajo matrimonio con una nativa. Todos
con características faciales similares a las de Aseph Goade. Vida apartada. Las
mujeres raras veces vistas por las calles, pero mucha natación durante la noche -
familias enteras nadando en dirección al Arrecife del Diablo, mientras el resto
de la ciudad permanecía en sus casas-. Notable relación con P. Tráfico
considerable entre Innsmouth y Ponapé. Algunas ceremonias religiosas
secretas.
1871. Jed Price, atracción de ferias. Conocido como el «Hombre Caimán».
Aparece en estanques llenos de caimanes. Aspecto saurio. Mandíbula hundida.
Reputado por sus dientes puntiagudos, pero imposible determinar si eran
naturalmente así o si habían sido afilados.
Esta era en general la sustancia de las anotaciones reunidas en la libreta.
Aquellas notas hacían referencia a diversos puntos del continente, desde el
Canadá hasta México, pasando por la Costa Este de Norteamérica. Desde aquel
momento se hizo patente la extraña obsesión del doctor Jean-François
Charriere, que le empujaba a comprobar la longevidad de ciertos seres
humanos que, en sus mismos rasgos, parecían mostrar algún parentesco con
antepasados saurios o batracios.
Indudablemente, si se conseguía admitir la realidad de aquellos hechos -sin
interpretarlos como una pintoresca y colorida descripción de personas
marcadas por ciertos acusados defectos físicos- cabía reconocer el peso de la
evidencia buscada por el doctor Charriere para corroborar extraña y
provocativamente su propia creencia. Sin embargo, y en muchos aspectos, el
cirujano no había pasado de hacer puras conjeturas. Parecía que lo único que
pretendía era establecer una relación entre los datos recopilados. Esa relación la
había buscado en las doctrinas de tres civilizaciones distintas. La más conocida
estaba contenida en las leyendas vudús de la cultura negra. Inmediatamente
después, la doctrina que había generado los cultos a los animales en el antiguo
Egipto. Finalmente, la tercera y la más importante de todas, según las
anotaciones del cirujano, era una cultura completamente extraña y tan vieja
como la tierra misma, o más aún. Era la civilización de unos Dioses
Arquetípicos, de su terrible e incesante conflicto con los Primigenios, tan
primitivos como ellos mismos y que se llamaban Cthulhu, Hastur, Yog-Sothoth,
Shub-Niggurath, Nyarlathotep y nombres similares. Esos tenían a su servicio
unos seres tan extraños como podían serlo el Pueblo Tcho-Tcho, los Profundos,
los Shantaks, los Abominables Hombres de las Nieves, y otros más. Al parecer,
algunos de ellos eran seres subhumanos; en cuanto a los demás, o eran criaturas
en vía de transformación, o no eran humanos en absoluto. El resultado de la
investigación del doctor Charriere era fascinante, pero en ningún momento
había establecido y menos aún comprobado una relación definitiva. Se
encontraban ciertas referencias a los saurios en el culto vudú; existían relaciones
similares con la cultura religiosa del antiguo Egipto; y aparecían oscuras y
sugerentes referencias a una relación con los saurios representados por el mítico
Cthulhu, en una época anterior al Crocodilus y al Gavialis; y aún antes del
Tyrannosaurus y del Brontosaurus, del Megalosaurus y otros reptiles de la era
mesozoica.
Además de estas interesantes notas, había diagramas de lo que parecían ser
extrañísimas operaciones y cuya naturaleza no comprendía en ese momento.
Aparentemente habían sido copiados de antiguos textos, entre ellos una obra de
Ludvig Prinn, titulada De Vermis Mysteriis, frecuentemente citada como fuente
de referencias y que me era también totalmente desconocida. Las operaciones
en sí mismas sugerían una raison d’être demasiado aterradora para poder
aceptarla; una de ellas, por ejemplo, cuyo propósito era estirar la piel, consistía
en realizar muchas incisiones para «permitir el crecimiento». Otra explicaba
cómo un sencillo corte en cruz en la base de la columna vertebral era suficiente
para lograr «una extensión del hueso de la cola». Lo que estos fantásticos
diagramas sugerían era demasiado horrible para ser contemplado, pero sin
duda formaba parte de la extraña investigación realizada por el doctor
Charriere. A partir de ese momento, su reclusión me pareció sobradamente
justificada: un estudio como éste no podía llevarse a cabo más que en secreto si
se quería evitar la burla de todos los científicos.
En estos papeles pude leer también la descripción de esas experiencias. Estaban
relatadas de tal modo que no podía tratarse más que de experiencias vividas
por el propio narrador. Sin embargo, eran anteriores a 1850 -en algunos casos
en varias décadas- aunque, como todas las demás notas, estaban escritas de
puño y letra del doctor Charriere. En este caso preciso, era indudable que no se
trataba del relato de experiencias ajenas. No me quedaba ya otra opción que la
de admitir que era más que octogenario en el momento de su muerte, y
muchísimo más, tanto que empecé a sentirme molesto y a no poder apartar de
mi mente a ese otro doctor Charriere que había existido antes que él
La suma total del credo del doctor Charriere tenía como resultado la poderosa e
hipotética convicción de que el ser humano podía, por medio de operaciones y
otras prácticas tan extrañas como macabras, obtener algo de la longevidad
característica de los saurios; que a la vida de un hombre se le podía añadir tanto
como siglo y medio, o quizá dos siglos. Al finalizar ese período, el individuo se
retiraba a algún lugar húmedo para dejarse caer en un estado de
semiinconsciencia, que venía a ser una especie de gestación, hasta el momento
en que se despertaba, con ciertas alteraciones en su aspecto y comenzaba otra
larga vida. Dados los cambios fisiológicos que sufría durante aquellos períodos
de gestación, el individuo se adaptaba a un modelo de existencia distinto en
cada una de sus vidas. Para justificar esta teoría, el doctor Charriere se había
apoyado únicamente en un gran número de leyendas, algunos datos de
naturaleza similar, y relatos especulativos de curiosas mutaciones humanas que
se habían dado en los últimos doscientos noventa y un años. Esa cifra cobró un
significado mayor para mí cuando caí en la cuenta de que ese era justo el
tiempo que había transcurrido desde la fecha de nacimiento del primer doctor
Charriere hasta el día de la muerte del otro cirujano. No obstante, en todo ese
material no había nada que sugiriera un procedimiento concreto de tipo
científico, con pruebas aducibles. Sólo se daban indicios y vagas sugerencias,
quizá suficientes para llenar de horribles dudas y de un convencimiento
espantoso y a medio cuajar a un lector fortuito, pero que no podían llegar a
satisfacer el rigor de cualquier hombre de ciencia.
¿Hasta qué punto habría seguido profundizando en la investigación del doctor
Charriere? Lo ignoro.
Quizá habría ido mucho más lejos si no hubiera ocurrido aquello que me hizo
gritar de horror y huir de la casa de Benefit Street, dejando que ella y su
contenido siguiesen esperando al superviviente que, ahora sí lo sé, no se
presentará nunca. Ahora ya no tiene remedio; la casa es propiedad municipal y
será destruida.
Estaba examinando estos «hallazgos» del doctor Charriere, cuando me di
menta, con eso que la gente llama el «sexto sentido», de que estaba siendo
observado detenidamente. No queriendo volverme, hice lo siguiente: abrí mi
reloj de bolsillo y colocándolo delante de mí utilicé el pulido y brillante interior
del estuche a modo de espejo, para que en él se reflejaran las ventanas que
estaban a mis espaldas. Y vi ahí, reflejada difusamente, la más horrible
caricatura que pueda imaginarse de un rostro humano. Me dejó tan estupefacto
que, sin pensarlo, volví la cabeza para observarlo directamente. Pero no había
nada en la ventana, excepto la sombra de un movimiento. Me levanté, apagué la
luz, y me acerqué a la ventana. Una silueta alta, curiosamente encorvada que,
medio agachada y arrastrando los pies, se dirigía hacia la oscuridad del jardín:
¿fue realmente eso lo que vi? Creo que sí. Pero no estaba tan loco como para
perseguirle. Quienquiera que fuese, vendría otra vez, como había venido la
noche anterior.
De modo que, mientras esperaba, me puse a sopesar las distintas explicaciones
que me venían a la mente. Impresionado aún por mi visitante nocturno,
confieso que coloqué, encabezando la lista de sospechosos, a los vecinos que se
oponían a que la casa Charriere siguiese en pie. Posiblemente pretendían
asustarme para que me marchara, pues ignoraban que mi estancia en la casa iba
a ser tan breve. Cabía pensar también en la posibilidad de que hubiese algo en
el estudio que deseaban obtener. Pero esa eventualidad no me pareció muy
convincente, porque si tal era su intención, habían tenido tiempo de sobra para
conseguirlo durante el largo período en que la casa estuvo deshabitada. Lo
cierto es que en ningún momento se me ocurrió pensar en la verdadera
explicación de los hechos. No soy más escéptico que cualquier otro anticuario;
pero la aparición de mi visitante, lo confieso, no me sugirió nada que hubiera
podido relacionar con su verdadera identidad, a pesar de todas las
circunstancias coincidentes que podían tener cierto significado para mentes
menos científicas que la mía.
Sentado allí en la oscuridad, me sentía más impresionado que nunca por la
atmósfera de la vieja casa. La misma oscuridad parecía tener vida propia; no le
influía la vida de Providence que la rodeaba y que, sin embargo, se hallaba tan
lejos. Estaba poblada de residuos psíquicos dejados por el paso de los años: el
olor persistente de la humedad, sumado a ese otro tan peculiar y característico
de ciertas zonas en los parques zoológicos donde viven los reptiles; el olor a
madera vieja mezclado con ese otro que desprendía la piedra de las paredes en
el sótano, aroma de material descompuesto porque, con el tiempo, la madera
tanto como la piedra habían ido deteriorándose. Pero había algo más: el
vaporoso indicio de una presencia animal, que parecía incrementarse de minuto
en minuto.
Estuve esperando así cerca de una hora, antes de percibir algún ruido.
Cuando lo oí, fue irreconocible. Al principio me pareció que era un ladrido,
algo muy similar al sonido emitido por los caimanes; pero pensé que sería mi
imaginación febril, y que no había sido más que el ruido de una puerta al
cerrarse. Pasó algún tiempo antes de que volviese a oír algún otro sonido: el
crujido de unos papeles. ¡El intruso había logrado entrar en el estudio delante
de mis propias narices sin que lo advirtiera! Estaba estupefacto y encendí la
linterna que tenía enfocada hacia la mesa.
Lo que vi fue algo increíble, espantoso. Lo que allí había no era un hombre, sino
la absoluta desfiguración de un hombre. Sé que en ese mismo instante pensé
que perdería el conocimiento. Pero el sentido de la necesidad ante el eminente
peligro me invadió y, sin pensarlo, disparé cuatro veces. Por la poca distancia
que nos separaba, sabía positivamente que cada disparo había dado en el
cuerpo bestial que se inclinaba sobre la mesa del doctor Charriere en el oscuro
estudio.
De lo que sucedió inmediatamente después, afortunadamente recuerdo muy
poco: un cuerpo revolcándose, la huida del intruso, y mi confusa carrera en
persecución. Era evidente que le había herido, porque había manchado el suelo
de sangre, desde la mesa del estudio hasta la ventana por la que había saltado,
atravesando y rompiendo el cristal. Salí afuera y, a la luz de mi linterna, seguí
las huellas sangrientas. Aunque no hubiera estado desangrándose, el fuerte olor
que despedía y que se percibía en el aire de la noche me habría permitido
seguirle.
Me llevó por el jardín, no muy lejos de la casa, directamente al borde del pozo
que estaba detrás de ella. Desde allí, las huellas seguían hacia el interior del pozo.
A la luz de la linterna, vi entonces, y por primera vez, los escalones, hábilmente
construidos, que bajaban al oscuro interior. Era tan grande la pérdida de sangre
que encharcaba el borde del pozo, que estaba seguro de haber herido
mortalmente al intruso. La confianza de que así había sido me impulsó a
seguirle más adentro, a pesar del eminente peligro.
¡Ojalá hubiese dado media vuelta y me hubiese alejado de aquel maldito lugar!
Pero seguí adelante y bajé por las escaleras situadas contra la pared del pozo,
que no conducían a la superficie del agua, sino a un agujero, el cual comunicaba
con un túnel que atravesaba el muro del pozo y se adentraba profundamente en
el jardín. Movido ahora por un ardiente deseo de conocer la identidad de mi
víctima, me introduje en el túnel, sin apenas darme cuenta de la húmeda tierra
que manchaba mi ropa. Con la linterna alumbraba hacia delante, y tenía mi
arma preparada. Más allá había una especie de caverna -lo suficientemente
grande como para que cupiera un hombre arrodillado- y, en medio de la luz
emitida por mi linterna, apareció un ataúd. Al verlo dudé un instante, pues me
di cuenta que la desviación del túnel conducía a la tumba del doctor Charriere.
Pero había llegado demasiado lejos para poder retroceder.
El hedor en este espacio era indescriptible. La atmósfera del túnel entero estaba
impregnada de ese nauseabundo olor a reptil, pero ahora se había vuelto tan
denso que tuve que hacer un gran esfuerzo para acercarme al ataúd. Llegué a él
y vi que estaba destapado. Los charcos de sangre llegaban hasta el mismo
féretro que habían manchado. Con una mezcla de curiosidad y de temor ante lo
que iba a ver, me incorporé cuanto pude. Temblando, alumbré con la linterna el
interior del ataúd...
Habrá quien diga que mi memoria no es muy de fiar, dada la cantidad de años
que han transcurrido, pero lo que vi allí ha quedado grabado para siempre en
mi memoria. Bajo la luz de mi linterna yacía un ser que acababa de morir, y
cuya existencia implicaba una serie de cosas espeluznantes. Esta era la criatura
que yo había matado. Mitad hombre, mitad saurio, era el macabro recuerdo de
lo que una vez había sido un ser humano. Sus ropas estaban rotas, desgarradas
por las horribles mutaciones de su cuerpo; la piel, cubierta de costras; sus
manos y sus pies descalzos eran planos, de aspecto fuertes, parecidos a unas
garras. Aterrado, noté también el apéndice en forma de cola que había crecido
en la base de la columna vertebral, y su mandíbula horriblemente alargada, una
mandíbula de cocodrilo en la que aún crecía una mota de pelo, como la barba
de una cabra...
Todo esto fue lo que vi antes de poder abandonarme a un desmayo bienhechor,
pues ya había reconocido lo que yacía en el ataúd. Había permanecido allí
desde 1927 en una semiinconsciencia cataléptica, esperando el momento de
volver a la vida, con un aspecto horrorosamente alterado. Era el doctor Jean-
François Charriere, cirujano, nacido en Bayona en el año 1636 y «muerto» en
Providence en 1927. ¡Ahora ya sabía que el superviviente de quien hablaba en
su testamento no era otro que él mismo, nacido otra vez, devuelto a la vida por
el conocimiento endemoniado de ritos más antiguos que la propia humanidad,
y ya olvidados, tan antiguos como los primeros días de la tierra, cuando las
grandes bestias luchaban y se destruían entre sí!

TERROR -- EL VIEJO TERRIBLE -- HOWARD P. LOVECRAFT

H. P. Lovecraft
EL VIEJO TERRIBLE

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Fue una ocurrencia de Angelo Ricci y Joe Czanek y Manuel Silva el pasar visita al Viejo Terrible. Este anciano vivía solo en una casa realmente antigua de Water Street, cerca del mar, y tenía fama de ser sumamente rico y sumamente achacoso, lo que resultaba una situación de lo más atractiva para los señores Ricci, Czanek y Silva, ya que su profesión no era ni más ni menos que la del latrocinio.
Los habitantes de Kingsport dicen y piensan muchas cosas sobre el Viejo Terrible que suelen ocultar al conocimiento de gentes como el señor Rice¡ y sus colegas, a pesar del hecho casi probado de que guarda una fortuna de magnitud indefinida en algún lugar de su mohosa y venerable morada. Se trata, verdaderamente, de un personaje muy extraño, al que se supone que fue en su día capitán de los clipers de las Indias Orientales, tan viejo que nadie puede recordar ya cuándo fue joven, y tan taciturno que pocos conocen su verdadero nombre. Entre los nudosos árboles del patio delantero de su vetusta y abandonada morada, alberga una extraña colección de grandes piedras, curiosamente agrupadas y pintadas de tal forma que recuerdan a los ídolos de algún oscuro templo oriental. Esta colección ahuyenta a los muchachos, que acostumbran a burlarse del Viejo Terrible a causa de sus largos cabellos y barbas blancas, o a romper las ventanas hechas de pequeños cuadrados de cristal de su casa con sus crueles proyectiles; pero hay otra cosa que espanta a personas más viejas y curiosas, que a veces rondan la casa para atisbar a través de los cristales polvorientos. Esas personas dicen que, en una mesa, en una habitación desnuda, en la planta baja, se halla una multitud de curiosas botellas, cada una con un trozo de plomo suspendido de un cordel en su interior, a manera de péndulos. Y dicen que el Viejo Terrible habla con esas botellas dirigiéndose a ellas por nombres tales como Jack, Cara Marcada, Long Tom, Spanish Joe, Peter y Oficial Ellis, y que cada vez que habla con una botella el pequeño péndulo del interior oscila claramente a modo de respuesta. Aquellos que han visto al Viejo Terrible, alto y enjuto, en esos peculiares diálogos, no han vuelto a espiarle. Pero Angelo Ricci, Joe Czanek y Manuel Silva no tenían sangre de Kingsport; pertenecían a ese contingente nuevo y forastero que vive fuera del encantado círculo de la vida y tradiciones de Nueva Inglaterra, y en el Viejo Terrible tan sólo veían a un carcamal tambaleante y casi indefenso, que no podía dar un paso sin ayuda de su nudoso bastón, y cuyas manos enflaquecidas y debilitadas temblaban de forma patética. A su manera, se compadecían sinceramente de aquel viejo solitario e impopular, al que todos evitaban y a quien los perros ladraban de una forma especial. Pero el negocio es el negocio, y para un ladrón de casta resulta una tentación y un reto un tipo tan viejo y débil, que no tiene cuenta en el banco y que paga sus pocos gastos en el almacén del pueblo con plata y oro españoles acuñados dos siglos antes.
Los señores Ricci, Czanek y Silva eligieron la noche del 11 de abril para girar su visita. El señor Ricci y el señor Silva cambiarían unas palabras con el desdichado y anciano caballero mientras el señor Czanek esperaba por ellos y por su presumible cargamento en metálico en un coche cubierto, en Ship Street, junto a la puerta del muro trasero de la finca de su anfitrión. El deseo de no tener que dar innecesarias explicaciones en caso de una inesperada intrusión policial aceleró los preparativos de una retirada tranquila y discreta.
Como habían planeado, los tres aventureros obraron por separado para evitarse posteriores sospechas maliciosas. Los señores Ricci y Silva se reunieron en Water Street, frente a la puerta del anciano, y aunque les disgustó la forma en que la luna iluminaba las piedras pintadas a través de las ramas de los nudosos árboles, cubiertas de brotes, tenían cosas más importantes en que pensar que en simples supersticiones ociosas. Temían que el desatar la lengua del Viejo Terrible acerca de su provisión de oro y plata les resultase una faena desagradable, ya que los viejos capitanes de barco son notablemente testarudos y perversos. Pero, aun así, él estaba muy viejo y achacoso, y ellos eran dos a visitarle. Los señores Ricci y Silva eran expertos en doblegar la voluntad de gentes poco dispuestas, y los gritos de un hombre tan excepcionalmente débil y venerable podían ser fácilmente silenciados. Así que se allegaron a una ventana iluminada y escucharon al Viejo Terrible hablar de manera pueril con sus botellas de péndulos. Entonces se enmascararon y llamaron cortésmente a la deslucida puerta de roble.
La espera resultó muy larga para el señor Czanek mientras se removía inquieto en el coche cubierto, junto a la puerta trasera del Viejo Terrible, en Ship Street. Era más aprensivo de lo ordinario, y no le habían gustado los espantosos gritos que había oído en la vieja casa momentos después de la hora fijada para el asalto. ¿No les había dicho a sus colegas que fueran lo más considerados que pudieran con el patético y anciano capitán? Observó muy nervioso la estrecha puerta de roble en el muro alto y cubierto de hiedra. Con frecuencia consultaba el reloj, extrañado por el retraso. ¿Había muerto el viejo sin revelar el escondrijo de su tesoro, obligando a una búsqueda exhaustiva? Al señor Czanek no le gustaba esperar tanto tiempo en la oscuridad en un sitio así. Entonces sintió un ruido amortiguado de pasos o un tabaleo en el sendero tras la puerta, escuchó un leve manipular del herrumbroso pestillo y vio cómo la puerta pesada y angosta se abría. Y al pálido resplandor de una única y débil lámpara callejera aguzó la vista para distinguir qué habían logrado sus colegas en esa casa siniestra que parecía amenazarle tan de cerca. Pero cuando vio algo, no fue lo que esperaba; ya- que sus colegas no estaban allí, sino sólo el Viejo Terrible, apoyado tranquilamente en su nudoso bastón y sonriendo de forma horrible. El señor Czanek, que no se había fijado nunca antes en el color de ojos de ese hombre, vio ahora que eran amarillos.
Los pequeños incidentes despiertan considerable revuelo en las poblaciones pequeñas, por lo que la gente de Kingsport habló toda la primavera y el verano sobre los tres cuerpos imposibles de identificar que la marea había arrojado a la costa; horriblemente acuchillados, como por multitud de cortes, y horriblemente destrozados, como pateados por multitud de tacones. Y algunos aún comentaban sucesos tan triviales como el coche abandonado, descubierto en Ship Street, o sobre ciertos gritos especialmente inhumanos, probablemente de algún animal perdido o un pájaro migratorio, escuchados durante la noche por algunos ciudadanos insomnes. Pero el Viejo Terrible no prestaba ninguna atención a todo este ocioso chismorreo pueblerino. Era de natural reservado, y, cuando uno es viejo y enfermizo, la reserva se hace aún mayor. Además, un capitán tan anciano debía haber asistido a montones de cosas mucho más interesantes en los lejanos días de su olvidada juventud.

jueves, 4 de septiembre de 2008

VUDU -- TODO DEPENDE DE UN CABELLO -- FREDRIC BROWN

VUDU
TODO DEPENDE DE UN CABELLO
FREDRIC BROWN

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Todo Depende De Un Cabello
Fredric Brown


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La esposa del señor Decker volvió de Haití.
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Había ido sola. Habían decidido pasar un tiempo separados para arreglar luego
amistosamente el divorcio. Pero eso nada había cambiado.
Se detestaban todavía un poco más que antes.
- Divide en dos partes - Exigió firmemente la señora Decker -. La mitad de tu
dinero y de tus bienes.
- Es ridículo - Replicó con aspereza el señor Decker.
- ¿Ridiculo, eh? Si quisiera lo tendría todo. En Haití, he estudiado vudú.
- ¿Y qué?
- Que si no fuera una mujer honrada morirías por paralización del corazón. El vudú
no deja huellas.
- ¡Tonterias! - Exclamó con superioridad el señor Decker.
- Bien, permíteme hacer la prueba. ¡Un trozo de uña o de cabello y verás!
¡Patrañas! - Afirmó el buen señor Decker.
- Te hago una proposición, probamos. Si no da resultado, nos divorciamos y no
pido nada. Si sale bien, heredo y me voy muy agradecida.
- De acuerdo - Dijo el señor Decker
- Trae cera y un alfiler.
Se miró las uñas.
- Demasiado cortas. Te daré un cabello.
Fue al cuarto de baño y volvió con un cabello en un tubo de aspirina. La señora
Decker había ablandado ya la cera. Hundió en ella el cabello y la modeló
groseramente en forma de ser humano.
- Lo lamentarás - Aseguró, mientras hundía la aguja en el pecho de la estatuilla. El
señor Decker se sorprendió, pero de manera agradable. No creía en el vudú, pero
era prudente. Además, siempre le había irritado que su mujer no limpiase nunca el
peine.

RELATO NEGRO - EL ARMA - FREDRIC BROWN

RELATO NEGRO - EL ARMA - FREDRIC BROWN
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EL ARMA
Fredric Brown


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La estancia estaba sumida en la penumbra del anochecer. El Dr. James Graham, científico que ocupaba un puesto clave en un importantísimo proyecto, meditaba sentado en su butaca predilecta. Reinaba un silencio tan grande en la sala, que oía como en la estancia contigua su hijo pasaba las páginas de un libro de imágenes.
Frecuentemente Graham trabajaba mejor que nunca, concebía sus ideas más geniales, en circunstancias como éstas, solo y tranquilo en una estancia oscurecida de su casa, después de realizar su trabajo diario. Pero aquella noche su cerebro no se hallaba enfrascado en cavilaciones creadoras. Pensaba principalmente en su hijo, un atrasado mental... su único hijo, que entonces estaba en la estancia contigua. Sus pensamientos eran amorosos, y se hallaban libres de la amargura que experimentó años atrás, cuando se enteró del triste estado de su vástago. El muchacho era feliz y... ¿no era esto lo principal? ¿Y a cuántos hombres ha sido concedido tener un hijo que será siempre un niño, que no crecerá para dejar al autor de sus días? Desde luego, aquello era un intento para aplicar la lógica a un hecho tristísimo, pero la lógica no tiene nada de malo cuando...
En aquel momento sonó el timbre.
Graham se levantó y encendió la luz de la estancia casi totalmente oscura, antes de salir al vestíbulo para ir a abrir la puerta. La llamada no le molestó; aquella noche casi agradecía cualquier interrupción de sus pensamientos.
Abrió la puerta. En el umbral se alzaba un desconocido.
- ¿El Dr. Graham? - dijo -. Permita que me presente... Me llamo Niemand y desearía hablar con usted. ¿Me permite que pase un momento?
Graham le miró. Era un hombrecillo de aspecto vulgar e inofensivo... muy posiblemente un periodista o un agente de seguros.
Pero no le importaba lo que pudiese ser, Graham respondió:
- Con mucho gusto. Pase usted, Mr. Niemand.
Unos cuantos minutos de conversación, se dijo tratando de justificarse, le distraerían y apartaría de él aquellos pensamientos.
- Siéntese - dijo a su visitante cuando ambos estuvieron en el living -. ¿Me permite que le ofrezca una copa?
- No, gracias.
Tomó asiento en la butaca; Graham en el sofá.
El hombrecillo cruzó los dedos y se inclinó hacia él.
- Dr. Graham, usted es el hombre cuya labor científica tiene mayores probabilidades que la de ningún otro sabio de acabar con la raza humana.
Es un chiflado, se dijo Graham. Demasiado tarde, comprendió que debía haber preguntado cuál era la profesión de aquel individuo antes de admitirlo, y qué le traía allí. La entrevista prometía ser embarazosa; a él no le gustaba mostrarse grosero, pero en este caso tendría que serlo.
- Dr. Graham, el arma en la cual está usted trabajando...
El visitante se interrumpió y volvió la cabeza cuando la puerta que conducía al dormitorio contiguo se abrió y un muchacho de quince años entró en el living. El muchacho corrió hacia Graham, sin hacer caso de la presencia de Niemand.
- Papá, ¿me leerás este cuento ahora?
Aquel muchacho de quince años reía como un niño de cuatro.
Graham pasó un brazo en torno a los hombros del retrasado. Luego miró a su visitante, preguntándose si estaría enterado de su tragedia. Por la falta de sorpresa que observó en la cara de Niemand, Graham comprendió que éste ya sabía que tenía un hijo idiota.
- Harry - dijo Graham, con voz afectuosa -, papaíto tiene trabajo. Espera un momentín. Vuelve a tu cuarto; pronto iré a leerte ese cuento.
- ¿El de la gallinita que le caía el cielo encima? ¿Me leerás el de la gallinita?
- Si tú quieres... Ahora, vete. No, espera. Harry, este señor es Mr. Niemand.
El muchacho dirigió una tímida mirada al visitante. Niemand le dijo:
- Hola, Harry - y le devolvió la sonrisa, tendiéndole la mano. Graham estuvo entonces seguro de que Niemand ya conocía la triste condición de su hijo; su sonrisa y su ademán eran propios para dirigirse a un niño de cuatro o cinco años, que era la edad mental de su hijo.
El niño tomó la mano de Niemand. Por un momento pareció como si fuese a sentarse en las rodillas de éste, pero Graham lo apartó suavemente, diciéndole:
- Ahora vuelve a tu cuarto, Harry.
El muchacho regresó a su dormitorio, dejando la puerta abierta.
Niemand miró a Graham y dijo:
- Me gusta ese chico - con una sinceridad que era evidente. Añadió -: Ojalá todo cuanto usted le lea pueda ser siempre cierto.
Graham no comprendió qué significaban aquellas palabras. Niemand prosiguió:
- El cuento de la gallinita. Es un cuento muy bonito... pero ojalá la gallinita se equivoque y el cielo no caiga nunca.
Graham experimentó una súbita simpatía por Niemand cuando éste demostró querer al niño. De pronto recordó que debía terminar aquella entrevista cuanto antes. Se levantó, como si ya no tuviese nada más que decir.
- Temo que está usted perdiendo el tiempo y que me lo hace perder a mí, Mr. Niemand - dijo -. Me sé de memoria todos los argumentos que puede usted esgrimir. He oído docenas de veces todo cuanto usted pueda decirme. Posiblemente hay algo de verdad en lo que usted cree, pero eso a mi no me concierne. Yo soy un hombre de ciencia, y únicamente eso. Sí, es del dominio público que estoy trabajando en un arma, un arma muy perfeccionada y que puede ser casi definitiva. Pero, para mí, no es más que un subproducto del hecho principal: mi contribución al progreso científico. Lo tengo muy meditado, y he llegado a la conclusión que eso es lo único que me interesa.
- Pero, Dr. Graham... ¿Está preparada la Humanidad para un arma tan terrible?
Graham frunció el ceño.
- Ya le he expuesto mi punto de vista, Mr. Niemand.
El visitante se alzó sin prisas de la butaca, diciendo:
- Muy bien. Si usted prefiere que no discutamos, no diré una palabra más. - Se pasó una mano por la frente -. Le dejo, Dr. Graham. Aunque... ¿Puedo cambiar de opinión acerca de la copa que tuvo la amabilidad de ofrecerme?
La irritación de Graham se desvaneció.
- Desde luego - dijo - ¿Le gusta el whisky con agua sola?
- Muchísimo.
Graham se disculpó y pasó a la cocina. Preparó la botella de whisky, un jarro de agua, cubitos de hielo, vasos.
Cuando volvió al living, Niemand salía del dormitorio del niño. Oyó que aquél decía «Buenas noches, Harry» y que su hijo contestaba alborozado: «Buenas noches, Mr. Niemand»
Graham sirvió dos copas de whisky. Poco después, Niemand rechazó amablemente una segunda y se levantó para irse.
Antes de marcharse, dijo:
- Me he tomado la libertad de traer un regalito para su hijo, doctor. Se lo di mientras usted iba en busca de las bebidas. Supongo que disculpará usted mi atrevimiento.
- No faltaba más. Muchas gracias. Buenas noches.
Graham cerró la puerta; cruzó el living y penetró en el dormitorio de su hijo:
- Bueno, Harry; ahora te leeré ese...
Su frente se cubrió repentinamente de sudor, pero se esforzó por mantenerse tranquilo hasta acercarse al lecho.
- ¿Me dejas ver esto, Harry?
Cuando se apoderó del objeto, sus manos temblaban al examinarlo.
«Sólo un loco, se dijo, sólo un loco daría un revólver cargado a un débil mental.»


FIN

sábado, 30 de agosto de 2008

VAMPIROS -- TRADUCCION INFORMAL DEL "DICTIONAIRE INFERNAL" 1865

VAMPIROS -- TRADUCCION INFORMAL DEL "DICTIONAIRE INFERNAL" 1865
Vampiros
El artículo que a continuación transcribo está tomado del Dictionaire Infernal, editado en París en 1865.
El Dictionaire es un libro hermoso, con muchos grabados y artículos, que hablan de demonios, magia y
otros menesteres sobrenaturales. Me interesó la sección sobre vampiros por tratarse de una recopilación
de creencias anteriores a la masificación y consiguiente homogeneización del mito. Por ser incapaz de
leer francés tuve que esperar pacientemente hasta que alguien de buena voluntad, que resultó ser don
Mayén Gajardo (a quien agradezco sinceramente), se dio el trabajo de hacer una traducción. Ésta se hizo
en tiempo real, leyendo y grabando, así que el resultado es un texto comprensible, pero no muy depurado.
Espero poder presentarlo en poco tiempo en un españl algo mejor. Mientras tanto, pongo el texto aquí a
disposición de los interesados.
Ojo para quienes estudien en la Universidad Austral, en la bella ciudad de Valdivia: el Dictionaire está
disponible en el área de referencia; es uno de los libros de la biblioteca del gran Luis Oyarzún, donada a
la UACH en forma póstuma.
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Lo más notable en las historias de vampiros, es que han compartido con los filósofos -esos otros
demonios- el honor de asombrar y confundir al siglo XVIII; han horrorizado la Lorena, la Prusia, la
Silesia, Polonia, Austria, Rusia, la Bohemia, y todo el norte de Europa. Cada siglo, es cierto, ha tenido sus
modas; cada país, como lo observa el señor Calmet, ha tenido sus prevenciones y sus enfermedades. Pero
los vampiros no han aparecido con todo su esplendor en los siglos bárbaros y en los pueblos salvajes: se
han mostrado en el siglo de Diderot y Voltaire, en la Europa que se decía ya civilizada.
Se ha dado el nombre de upiers oupires, y más generalmente de vampiros en Occidente, de bruculaques
(vroucolacas) en Moreé, y de katahanés en Ceilán, a los hombres muertos y enterrados que después de
muchos años, o al menos después de muchos días, volvían en cuerpo y alma, hablaban, caminaban,
infestaban las aldeas, maltrataban a hombres y a los animales, y sobre todo, chupaban la sangre de sus
prójimos, los agotaban y les producían la muerte {esta es la definición que da el R.P. Calmet}. No era
posible librarse de sus visitas peligrosas y de sus infestaciones mas que cuando se les exhumaba, se les
empalaba, se les cortaba la cabeza, se les arrancaba el corazón o se les quemaba.
Los que morían chupados se transformaban habitualmente en vampiros a su vez. Los diarios públicos de
Francia y de Holanda hablan, en 1693 y 1694, de vampiros que aparecían en Polonia, y sobre todo en
Rusia. Se ve en el Mercure Galant de esos años que era una opinión muy común en los pueblos que los
vampiros aparecían después del mediodía y hasta la medianoche; que chupaban la sangre de los hombres
y de los animales vivos con tanta avidez que a menudo esa sangre les salía por la boca, por las narices, y
por las orejas, y algunas veces, lo que es aún más duro, sus cadáveres nadaban en la sangre en el fondo de
sus ataúdes.
Se decía que estos vampiros, como tenían continuamente gran apetito, comían también la ropa que se
encontraba alrededor de ellos. Se agrega que, saliendo de sus tumbas, se iban en la noche a abrazar
violentamente a sus parientes o a sus amigos, y que chupaban la sangre apretándoles la garganta, para
impedirles que gritaran. Los que eran chupados se debilitaban de tal modo que morían casi de inmediato.
Las persecuciones no se dirigían a una persona solamente: se extendían también de un vampiro hasta el
último de la familia o de la aldea, a menos que se interrumpiera el curso cortando la cabeza o perforando
el corazón de un vampiro, cuando se encontraba el cadáver blando, flexible, pero fresco, aunque muerto
hacía mucho tiempo. Como salía de sus cuerpos una gran cantidad de sangre, algunos la mezclaban con
harina para hacer pan: ellos pretendían que comiendo ese pan se podían proteger de atentados del
vampiro.
He aquí algunas historias de vampiros:
El señor de Vassimont, enviado a Moravia por el duque de Lorraine, Leopoldo I, aseguraba, dice Calmet,
que este tipo de espectro aparecía frecuentemente y por largo tiempo donde los moravos, y que era muy
común en esa zona que hombres muertos se presentasen en las reuniones después de muchas semanas, se
sentasen en la mesa sin decir nada a sus conocidos, e hiciesen un signo con la cabeza a alguno de los
asistentes, el cual moría infaltablemente algunos días después.
Un viejo cura confirma este hecho al señor de Vassimont, y cita incluso muchos ejemplos que habían
pasado, según él decía, delante de sus ojos.
Los obispos y los curas de la zona habían consultado a Roma sobre estas confusas materias, pero la Santa
Sede no dio respuesta, pues consideraba todo esto como visiones. Por de pronto se aconsejaba desenterrar
los cuerpos de los que se transformaban, quemarlos o consumirlos de alguna otra manera, y fue por este
medio que se libraron de estos vampiros, que día a día se hicieron menos frecuentes. De todas maneras
estas apareciones dieron lugar a una pequeña obra compuesta por Ferdinando de Schertz, e impresa en
Olmutz en 1706 bajo el título de Magia Posthuma. El autor cuenta que en cierta aldea una mujer, estando
muerta y con todos los sacramentos, fue enterrada en el cementerio de manera normal. Claramente no se
trataba de una persona excomulgada, pero tal vez sí una sacrílega. Cuatro días más tarde los habitantes de
la aldea oyeron un gran ruido y vieron un espectro que se presentaba bajo la forma de un perro. Después,
bajo la forma de un hombre, no a una persona solamente, sino a muchas. Este espectro apretaba la
garganta de las personas a las cuales se dirigía, les apretaba el estómago hasta sofocarlas, les quebraba
casi todo el cuerpo y los reducía a una debilidad extrema, de modo que se les veía pálidos, flacos y
extenuados. Los animales mismos no estaban tampoco al abrigo de su maldad: amarraba las vacas una a
otra por la cola, cansaba a los caballos y atormentaba de tal manera al rebaño, de cualquier forma, que no
se escuchaban más que mugidos y gritos de dolor. Estas calamidades duraron varios días, y no se
terminaron más que quemando el cuerpo de la mujer vampiro.
El autor de la Magia Posthuma cuenta otra anécdota más singular aún. Un pastor de la aldea de Blow,
cerca del pueblo de Kadam, en Bohemia, apareció poco tiempo después de su muerte con los síntomas
que anuncian el vampirismo. El fantasma llamaba por su nombre a ciertas personas, que morían
infaltablemente dentro de ocho días. Atormentaba a sus antiguos vecinos, y causaba tanto temos, que los
paisanos de Blow desenterraron su cuerpo y lo fijaron en la tierra con una estaca con la cual le
atravesaron el corazón. este espectro, que hablaba aún cuando estaba muerto, y que no debería haberlo
hecho en tal situación, se burlaba sin embargo de los que le hacían sufrir tal tratamiento.
"Ustedes son muy graciosos", les decía, abriendo su gran boca de vampiro, "al darme un bastón para
defenderme contra los perros". No se puso atención a lo que él pudiese decir, y se le dejó. La noche
siguiente quebró la estaca, se levantó, asustó a muchas personas y ahogó a más de los que había ahogado
hasta el momento. Se lo entregaron al verdugo, quien lo puso sobre una carreta para transportarlo fuera de
la aldea y quemarlo. El cadáver movía los pies y las manos, daba vuelta los ojos ardientes, y chillaba
como un furioso. Cuando lo atravesaron de nuevo con una estaca lanzó grandes gritos y expulsó sangre
muy roja; pero cuando estuvo bien quemado, no se mostró más...
También en el siglo XVIII se hablaba contra los resucitados de este tipo; y en muchos lugares, cuando se
les desenterraba, se les encontraba perfectamente frescos y sonrosados, con los miembros flexibles y
manipulables, sin verde y sin pudrición, pero no sin una gran hediondez.
El autor que nosotros hemos citado asegura que en su tiempo se veían a menudo vampiros en las
montañas de Silesia y de Moravia. Aparecían en pleno día, así como en la mitad de la noche, y uno se
daba cuenta de que las cosas que les habían pertenecido se movían y cambiaban de lugar sin que persona
alguna pareciera tocarlas. El único remedio contra estas apariciones era cortar la cabeza y quemar el
cuerpo del vampiro.
Hacia el año 1725 un soldado que estaba de guardia donde un paisano en las fronteras de Hungría vio
entrar, en un momento de la comida, un desconocido que se sentó a la mesa cerca del jefe de la casa. este
se asustó mucho, así como el resto de la concurrencia. El soldado no sabía que pensar, y temía ser
indiscreto haciendo preguntas, pues ignoraba de que se trataba. Pero cuando el dueño de casa murió al día
siguiente, trató de conocer al sujeto que había producido este accidente, y puso a toda la casa en acción.
Se le dijo que el desconocido que él había visto entrar y sentarse a la mesa, para gran temor de la familia,
era el padre del dueño de la casa, que estaba muerto y enterrado desde hacía diez años, y que al venir así,
a sentarse cerca de su hijo, había traído la muerte. El soldado contó estas cosas en su regimiento, y se
encomendó a los oficiales que dieran cuenta al conde de Cabréras, capitán de infantería, para hacer un
informe de este hecho. Cabréras se dirigió al lugar con otros oficiales, un cirujano y un auditor,
escucharon las exposiciones de toda la gente de la casa, quienes atestiguaron que el resucitado no era otro
que el padre del dueño de casa, y que todo lo que el soldado había dicho era exacto, lo que fue
confirmado también por gran parte de los habitantes de la aldea. En consecuencia,se hizo desenterrar el
cuerpo de este espectro. Su sangre era fluída, y su carne tan fresca como la de un hombre que acaba de
morir. Se le cortó la cabeza, después de lo cual se le volvió a su tumba. Luego de otras informaciones, se
exhumó a un hombre que había muerto hacía treinta años, y que había regresado tres veces a su casa, a la
hora de la comida, y que había chupado del cuello, la primera vez, a su propio hermano, la segunda, a uno
de sus hijos, y la tercera, a un valet de la casa. Los tres habían muerto casi en el lugar. Cuando este viejo
vampiro fue desenterrado se le encontró, como al primero, con la sangre fluída y el cuerpo fresco. Se le
colocó un gran clavo en la cabeza, y en seguida se le volvió a su tumba. El conde de Cabréras hizo
quemar a un tercer vampiro que estaba enterrado hacía dieciseis años, y que había chupado la sangre y
causado la muerte a dos de sus hijos. Después de todo esto, la región se tranquilizó.
Se ha visto, de todo lo anterior, que generalmente, cuando se exhuma a los vampiros, sus cuerpos parecen
rosados, flexibles, bien conservados. Sin embargo, a pesar de todos estos indicios de vampirismo, no se
actuaba contra ellos sin informes judiciales. Se citaba y se escuchaba a los testigos, se examinaban las
razones de los demandantes, se consideraban con atención los cadáveres, y si todo anunciaba a un
vampiro, se les entregaba al verdugo, quien los quemaba. A veces acontecía que estos espectros aparecían
hasta tres y cuatro días después de su ejecución, aún cuando sus cuerpos habían sido reducidos a cenizas.
A menudo se difería el entierro por seis o siete semanas a ciertas personas sospechosas. Cuando ellos no
se podrían, y sus miembros se mantenían flexibles y su sangre fluía, entonces se les quemaba. Se
aseguraba que los trajes de estos difuntos se movían y cambiaban de lugar sin que ninguna persona los
tocara. El autor de la Magia Posthuma cuenta que se veía en Olmutz, a fines del siglo XVII, a uno de
estos vampiros, que, no habiendo sido enterrado, lanzaba piedras a los vecinos y molestaba terriblemente
a los habitantes.
Calmet informa, como una circunstancia particular, que en las aldeas que están infestadas de vampirismo,
si uno va al cementerio o visita las fosas, se encuentra que tienen dos o tres o muchos hoyos del grosor
del dedo. Si uno escarba entonces en estas fosas, siempre encuentra un cuerpo flexible y rosado. Si se
corta la cabeza de este cadáver, sale sangre fluída de sus venas y de sus arterias, fresca y abundante. Los
sabios benedictinos se preguntan enseguida acaso estos hoyos que aparecen en la tierra que cubre los
vampiros pueden constribuir a conservar una especie de vía de respiración, de vegetación, que hace más
creíble su retorno entre los vivos; ellos piensan con razón que esta idea, fundada por lo demás en los
hechos, no es ni probable ni digna de atención.
El mismo escritor cita, además, sobre los vampiros de Hungría, una carta de M. de l'Isle de Saint-Michel,
quien vivió mucho tiempo en los países infestados, y que debían saber algo. He aquí cómo M. de l'Isle se
explica a propósito de esto:
"Si una persona que se encuentra atacada de languidez, pierde el apetito, enflaquece a ojos vista, y al cabo
de ocho o diez días, algunas veces una quincena, muere sin fiebre y sin nungún otro síntoma de
enfermedad, más que su enflaquecimiento y su sequedad, se dice en Hungría que es un vampiro lo que se
ha adherido a esta persona, y le chupa la sangre. Aquellos que son atacados por esta melancolía negra, la
mayoría de las veces, teniendo el espíritu confundido, creen ver un espectro blanco que les sigue por
todas partes, como la sombra lo hace con el cuerpo.
"Cuando nosotros estábamos en invierno donde los Valaques, dos caballeros de la compañía de la cual yo
era corneta murieron de esta enfermedad, y muchos otros, que habían sido atacados, habrían
probablemente muerto de lo mismo si un caporal de nuestra compañía no hubiese curado sus
imaginaciones al ejecutar el remedio que la gente de la región empleaba para esto: aunque muy singular,
yo no lo he leído nunca. He aquí:
"Se escoge un joven, se le hace montar en pelo sobre un potro, absolutamente negro; se lleva al joven y al
caballo al cementerio; ellos se pasean sobre todas las fosas. Aquella sobre la cual el animal rehusa pasar,
a pesar de los golpes de espuela que se le dan, se considera que está encerrando a un vampiro. Se abre
esta fosa, y se encuentra un cadáver tan bello y tan fresco como si fuera un hombre tranquilamente
dormido. Se corta, de un golpe de hacha, el cuello de este cadáver; sale sangre abundantemente, de la más
bella y de la más roja, o al menos se cree verla así. Una vez hecho esto, se vuelve a colocar el vampiro en
su fosa, se la llena, y se puede asegurar que desde ese momento la enfermedad cesa, y todos aquellos que
habían sido atacados recobran sus fuerzas, poco a poco, como la gente que escapa de una larga
enfermedad agotadora..."
Los griegos llaman a sus vampiros brucolaques; ellos están convencidos de que la mayor parte de los
espectros de excomunión son vampiros, que no se pueden podrir en sus tumbas, que ellos aparecen tanto
de día como de noche, y que es muy peligroso encontrarse con ellos.
León Allatius, que escribía en el siglo XVII, entra en este tema con grandes detalles. Él asegura que en la
isla de Chio los habitantes no contestan más que cuando se les llama dos veces, porque están convencidos
de que los brucolaques no los pueden llamar más que una sola vez; aún más, ellos creen que cuando un
brucolaque llama a una persona viva, si esta persona responde, el espectro desaparece, pero el que ha
respondido muere al cabo de algunos días. Se cuenta lo mismo sobre los vampiros de Bohemia y
Moravia.
Para prevenir la fuensta influencia de los brucolaques, los griegos desentierran el cuerpo del espectro y lo
queman, después de haber recitado oraciones. entonces el cuerpo, reducido a cenizas, no aparece más.
Ricaut, que viaja por el Levante en el siglo XVII, agrega que el temos a los brucolaques es general entre
los turcos, así como entre los griegos. Él cuenta un hecho, recibido de un caloyer, el que asegura que la
cosa es cierta bajo juramento.
Un hombre, habiendo muerto excomulgado, por una falta que había cometido en la Moreé, fue enterrado
sin ceremonia en un lugar apartado, y no en tierra santa. Los habitantes fueron bien pronto asustados por
apariciones horribles que atribuyeron a este desgraciado. Se abrió su tumba, al cabo de algunos años, y se
encontró su cuerpo inflado, pero sano y bien dispuesto. Sus venas estaban repletas de sangre que él había
chupado. Se reconoció en él a un brucolaque. Después de que se discutió qué es lo que se podía hacer, los
caloyeres propusieron desmembrar el cuerpo, reducirlo a pedazos, y hacerlo hervir en vino, ya que esa es
la costumbre que ellos tienen desde tiempos muy antiguos respecto de los brucolaques. Sin embargo, los
parientes lograron, a fuerza de ruegos, que se diferiera la ejecución; el cuerpo fue puesto en la iglesia,
donde se le dedicaban todos los días oraciones por su descanso. Una mañana que el caloyer hacía el
servicio divino, se escuchó de golpe una especie de detonación en el ataud. Lo abrieron, y se encontró el
cuerpo disuelto, como debe ser aquel de un muerto enterrado desde hace diez años. Se tomó nota del
momento en que se produjo el ruido, y era precisamente la hora en que la absolución acordada por el
patriarca había sido firmada...
Los griegos y los turcos imaginan que los cadáveres de los brucolaques comen durante la noche, se
pasean, hacen la digestión de lo que han comido, y se alimentan realmente. Ellos cuentan que al
desenterrar estos vampiros los encuentran de color rosado, y que las venas están hinchadas por la cantidad
de sangre que ellos han chupado; que cuando se abre su cuerpo, salen chorros de sangre tan fresca como
la de un hombre con temperamento sanguíneo. Esta opinión popular se ha extendido en forma tan general,
que todo el mundo cuenta historias relacionadas.
La costumbre de quemar los cuerpos de los vampiros es muy antigua en gran parte de otros países.
Guillermo de Neubrige, que vivío en el siglo XII, cuenta {vease Guillermo Neubrig, Rerum anglicarum,
libro V, cap. XXII} que en su época se vio en Inglaterra, en el territorio de Buckingham, un espectro que
aparecía en cuerpo y alma, y que asustaba a su mujer y a sus parientes. Uno no podía defenderse de su
amenaza mas que haciendo gran ruido cuando se acercaba. Él se mostraba incluso en pleno día, a ciertas
personas. El cura de Lincoln pidió al respecto su consejo, y él le dijo que situaciones similares se habían
producido en Inglaterra, y que el único remedio que él conocía para este mal era quemar el cuerpo del
espectro. Al cura no le pareció bueno este consejo, por ser muy cruel. Él escribió una cédula de
absolución, la que fue puesta sobre el cuerpo del difunto, el que se encontraba tan fresco como el día de
su enterramiento, y desde entonces el fantasma no se mostró más. El mismo autor agrega que las
apariciones de este tipo eran muy frecuentes en Inglaterra.
En cuanto a la opinión extendida en el Levante respecto a que los espectros se alimentan, está muy
difundida durante siglos en otras regiones. Hace mucho tiempo que los alemanes están persuadidos que
los muertos mastican como los chanchos en sus tumbas, y que es fácil escucharlos gruñir al masticar lo
que ellos devoran. Phillipe Rherius, en el siglo XVII, y Michel Raufft, a principios del siglo XVIII, han
publicado tratados sobre los muertos que comen en sus sepulcros {De masticatione mortuorum in
tumulis}.
Después de haber hablado del convencimiento que tienen los alemanes, en el sentido de que hay muertos
que se comen su ropa, y todo lo que está a su alcance, incluso su propia carne, estos escritores hacen notar
que en algunas partes de Alemania, para impedir que los muertos mastiquen, se les pone en su ataud un
terrón bajo el mentón, que además se les llena la boca con un pedazo de plata, y que otros les aprietan
fuertemente la garganta con un pañuelo. Ellos citan a muertos que se han devorado a sí mismos en sus
sepulcros.
Es de asombrarse de ver sabios encontrar algo prodigioso en estos hechos tan naturales. Durante la noche
que siguió a los funerales del conde Henri de Salm, se escuchó en la iglesia de la abadía de Haute-Seille,
donde él había sido enterrado, gritos sordos, que los alemanes habrían sin duda tomado por el gruñido de
una persona que mastica, y al día siguiente, al abrir la tumba del conde, se le encontró muerto pero dado
vuelta, con la cara hacia abajo, siendo que él había sido inhumado de espaldas: se le había enterrado vivo.
Se debe atribuir a una causa similar la historia contaba por Raufft de una mujer de Bohemia, que en 1345
comió en su fosa la mitad de su mortaja sepulcral.
En el último siglo, un pobre hombre que había sido inhumado precipitadamente en el cementerio, se
escuchó durante la noche ruido en su tumba. Fue abierta al día siguiente, y se encontró que se había
comido la carne de sus brazos. Este hombre, que había bebido aguardiente con exceso, había sido
enterrado vivo.
Una señorita de de Ausburgo cayó en tal letargo que se la creyó muerta. Su cuerpo fue puesto en una fosa
profunda, sin cubrirla de tierra. Pronto se escuchó un ruido en la tumba, pero no se le prestó atención. Dos
o tres años después, alguien de la misma familia murió, se abrió la tumba y se encontró el cuerpo de la
señorita cerca de la piedra que cerraba la entrada: ella había en vano tratado de mover esa piedra, y no
tenía dedos en la mano derecha, pues los había devorado de desesperación.
Tournefort cuenta, en el tomo I de su Viaje al Levante, la forma en que el vio exhumar a un brucolaque de
la isla de Mycone, en la cual él se encontraba en 1701.
"Era un campesino de naturaleza triste y peleador, circunstancia que hay que hacer notar en sujetos
similares. Fue muerto en el campo, no se sabe por quien ni como. Dos días después de haber sido
inhumado en una capilla de la villa, corrió la noticia de que se le veía en la noche pasearse a grandes
pasos, y que iba a las casas a dar vuelta los muebles, apagar las lámparas, abrazar a la gente por detrás y
hacer mil travesuras. Al principio se reían, pero el asunto se tornó serio cuando la gente más honesta
comenzó a quejarse. Los papas griegos estaban de acuerdo con este hecho y sin duda que ellos tendrían
algunas razones para ello. Sin embargo, el espectro continuaba la misma vida. Se decidió al fin, en una
asamblea de príncipes de la villa, curas y religiosos, que se esperaría, según no sé qué ceremonial antiguo,
los nueve días posteriores al enterramiento. Al día décimo se dio la misa en la capilla en donde estaba el
cuerpo, a fin de expulsar al demonio que se creía que estaba allí. Una vez que se dio la misa, se desenterró
el cuerpo y se consideró necesario quitarle el corazón, lo que sacó aplausos a toda la asamblea. El cuerpo
olía tan mal que se vieron obligados a quemar incienso; pero este, confundido con el mal olor, no hizo
más que aumentarlo y comenzó a recalentar el cerebro de esa pobre gente. Su imaginación se llenó de
visiones. Dicen que salía un espeso humo de este cuerpo; nosotros nos atreveríamos a asegurar, dice
Tournefort, que era el del incienso. No se escuchaban gritos más que Vroucolacas en la capilla y en la
plaza. El ruido se expandió en las calles como por por mugidos, y ese nombre parecía hecho para
aterrorizar a todos. Muchos asistentes aseguraban que la sangre estaba aún roja; otros juraban que él
estaba aún vivo; se concluía por lo tanto que el muerto cometía la equivocación de no estar muerto, o,
para decirlo mejor, de de haber sido reanimado por el diablo. Esta es precisamente la idea que se tiene de
un brucolaque o vroucolaque. Las personas que lo habían enterrado expresaron que ellos se habían dado
cuenta de que no estaba rígido, cuando se le transportaba del campo a la iglesia para enterrarlo, y que en
consecuencia era un verdadero brucolaque. Ese es el refrán. En fin, todos estuvieron de acuerdo en
quemar el corazón del muerto, el que después de esta ejecución no fue mas dócil que antes. Aún se le
acusaba de golpear a la gente en la noche, y de vaciar las pipas y las botellas. Era un muerto muy
alterado. Yo creo, agrega Tournefort, que él no respetó más que la casa del cónsul en la cual nosotros nos
alejábamos. Pero todo el mundo tenía la imaginación desbocada, era una verdadera enfermedad del
cerebro, tan peligrosa como la manía y la rabia. Se veía a familias enteras abandonar sus casas, llevando
sus colchonetas a la plaza para dormir allí. Los más juiciosos se retiraron al campo. Los ciudadanos un
poco celosos por el bien público aseguraron que había faltado lo más esencial de la ceremonia: era
necesario, decían ellos, celebrar una misa después de haber quitado el corazón del difunto. Ellos
pretendían que con esta pretensión se sorprendería al diablo, y sin duda no tendría la audacia de volver.
Al haber comenzado con la misa él había tenido tiempo de entrar después de haberse escapado. Sin
embargo, se hicieron procesiones en toda la aldea durante tres días y tres noches. Se le pidió a los papas
que ayunaran, se determinó hacer guardia durante la noche, y se detuvo a algunos vagabundos que sin
duda tenían parte en todo este desorden. Pero se les dejó libres muy temprano, y dos días después, para
reponerse del ayuno que habían hecho en prisión ellos recomenzaron a vaciar las pipas de vino de
aquellos que habían abandonado su casa durante la noche. Por lo tanto fue necesario volver a las
plegarias.
"Una mañana en que se recitaban estas oraciones, después de haber puesto cantidades de espadas
desnudas sobre la fosa del cadáver, al cual se le desenterraba tres o cuatro veces por día, siguiendo el
capricho del primero que llegaba, un albano que se encontraba en Mycone dijo en tono doctoral que era
ridículo utilizar en casos similares las espadas de los cristianos. ">No ven ustedes, pobre gente, que la
guarnición de las espadas, al formar una cruz con las empuñaduras, impide al diablo salir de este cuerpo?
>Por qué no se sirven ustedes mejor de los sables de los turcos?" El consejo no sirvió de nada: el
brucolaque era intratable, y no se sabía a qué santo encomendarse, hasta que se resolvió, de una voz
unánime, quemar el cuerpo entero. Después de esto ellos desafiaban al diablo a alojarse allí. Se preparó
por lo tanto una pira al extremo de la isla de Saint-Georges, y los restos del cuerpo fueron consumidos el
1. de enero de 1701. A partir de entonces no se escuchó más hablar del brucolaque: se contentaron con
decir que el diablo había sido atrapado esta vez, y se hicieron cantos para ponerlo en ridículo.
"En todo el archipiélago, dijo Tournefort, estamos bien persuadidos que no es más que de los griegos del
rito griego de los cuales el diablo reanima los cadáveres. Los habitantes de la isla de Santonine conocen
muy bien este tipo de espectros. Los de Mycone, después de que sus visiones fueron desvanecidas, temían
igualmente las persecuciones de los turcos, y aquellas del cura de Tine. Ningún cura quería quedarse en
Saint-Georges cuando se quemó el cuerpo, por temor a que el obispo exigiera una suma de dinero por
haber hecho desenterrar y quemar un muerto sin su permiso. Para los turcos es seguro que en la primera
visita ellos lograron hacer pagar a la comunidad de Mycone la sangre de este pobre vuelto a la vida que
fue la abominación y el horror de su región."
Se publicó, en 1773, una pequeña obra titulada Pensamiento filosófico y cristiano sobre los vampiros, por
Juan Cristóbal Herenberg. El autor habla, a la pasada, de un espectro que se le apareció a él mismo en
pleno mediodía: él afirma que los vampiros no hacen morir a los vivos y que todo lo que se dice no debe
ser atribuído más que a la confusión de la imaginación de los enfermos. Él prueba, por diversas
experiencias, que la imaginación es capaz de causar grandes desórdenes en el cuerpo y en el estado de
ánimo. Hace notar que en Eslavonia se empala a los asesinos, y que se perfora el corazón de los culpables
con una estaca que se les entierra en el pecho. Si se ha empleado el mismo castigo contra los vampiros, es
porque se les supone autores de las muertes de aquellos a los que se dice que les chupan la sangre.
Cristóbal Herenberg da algunos ejemplos de este suplicio ejercido contra los vampiros, algunos desde el
año 1337, otros en el año 1347, etc.; habla de la opinión de aquellos que creen que los muertos mascan en
sus tumbas, opinión que el trata de probar por la antig"uedad de las citas de Tertullien, al comienzo de su
libro de la Resurrección, y de San Agustín en el libro VIII de la Ciudad de Dios.
En cuanto a esos cadáveres que se han encontrado, él dice, llenos de una sangre fluída, y en los cuales la
barba, los cabellos y las uñas se han renovado, con un poco de preocupación se pueden rebatir los tres
cuartos de estos prodigios; y aún hay que ser muy benevolente para admitir una parte. Todos aquellos que
razonan conocen bien cómo el vulgo es crédulo, y aún como ciertas historias hacen crecer las cosas, que
parecen extraordinarias. Sin embargo, no es imposible explicar físicamente la causa. Se sabe que hay
ciertos terrenos que son adecuados para conservar los cuerpos en todo su frescor: las razones han sido tan
explicadas que no es necesario detenerse en ello.
Se muestra aún en Toulouse, en una iglesia, una bodega donde los cuerpos permanecen tan perfectamente
enteros, que se han encontrado en 1789 que habían algunos de cerca de dos siglos, y que parecían vivos.
Los habían ordenado de pie contra las murallas, y llevaban aún los vestidos con los cuales se les había
enterrado.
Lo que hay de más singular es que los cuerpos que se ponen del otro lado de esta misma bodega se
transforman dos o tres días después en la comida de los gusanos. En cuanto al crecimiento de las uñas, de
los cabellos y de la barba, eso se nota muy a menudo en muchos cadáveres. Mientras queda humedad en
los cuerpos no es sorprendente que durante cierto tiempo se vea algún aumento en partes que no exigen la
afluencia de jugos vitales. En cuanto al grito que los vampiros hacen escuchar cuando se les entierra la
estaca en el corazón, nada es más natural. El aire que se encuentra encerrado en el cadáver, y que se hace
salir con violencia, produce necesariamente este ruido al pasar por la garganta: a menudo aún los cuerpos
muertos producen estos sonidos sin que se les toque.
He aquí una anécdota que puede explicar algunas de las características del vampirismo, que no
pretendemos negar o explicar. El lector sacará las consecuencias que de ello deriven naturalmente. Esta
anécdota ha sido informada en muchos diarios ingleses, y particularmente en el Sun del 22 de mayo de
1802.
A comienzos de abril del mismo año, el llamado Alexander Anderson se dirigía de Elgin a Glasgow,
sufrió una cierta enfermedad, y entró en una hacienda que se encontraba en la ruta, para descansar un
poco. Ya sea por haber estado ebrio, sea por no querer ser inoportuno, se fue a acostar en una casucha
donde se cubrió de paja, de manera de pasar inadvertido. Desgraciadamente, después de que él se hubo
dormido, la gente de la hacienda tuvo ocasión de agregar una gran cantidad de paja a aquella de la cual el
hombre se había servido, y no fue más que tras cinco semanas que se le descubrió en esta singular
situación. Su cuerpo no era más que un esqueleto horrible y descarnado. Su espíritu estaba tan confundido
y enajenado que no daba ningún signo de comprensión: ya no podía hacer uso de sus pies. La paja que
había rodeado su cuerpo estaba reducida a polvo, y aquella que estaba cerca de su cabeza parecía haber
sido masticada. Cuando se le retiró de esta especie de tumba, tenía las mejillas prácticamente apagadas,
aún cuando sus latidos eran muy rápidos, la piel estaba húmeda y fría, los ojos inmóviles y muy abiertos,
y la mirada asombrada. Después de que se le hizo tragar un poco de vino recobró suficientemente el uso
de sus facultades físicas e intelectuales para decirle a una de las personas que le interrogaban que la
última circunstancia que recordaba era aquella en la cual había sentido que se le lanzaba paja sobre el
cuerpo, pero parecía que después de aquello no tuvo más conocimiento de su situación. Se supuso que él
había permanecido permanentemente en un estado de delirio, ocasionado por la escasez de aire y por el
olor de la paja, durante las cinco semanas que él había pasado así, si no sin respirar, al menos respirando
difícilmente y sin tomar más alimento que el poco de sustancia que pudo extraer de la paja que le rodeaba
y que él tuvo el instinto de masticar.
"Este hombre tal vez viva aún. Si su resurrección hubiera tenido lugar en poblaciones infectadas por la
idea del vampirismo, tomando en cuenta sus grandes ojos, su aire despistado, y todas las circunstancias de
su situación, lo habrían quemado antes de darle tiempo de volver en sí; y sería un vampiro más."

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