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domingo, 30 de noviembre de 2008

MARQUES DE SADE -- CUENTOS Y FABULAS

MARQUES DE SADE
CUENTOS Y FABULAS
LA FLOR DEL CASTAÑO

Se supone, yo no lo afirmaría, pero algunos eruditos nos lo aseguran, que la flor
del castaño posee efectivamente el mismo olor que ese prolífico semen que la
naturaleza tuvo a bien colocar en los riñones del hombre para la reproducción
de sus semejantes.
Una tierna damisela, de unos quince años de edad, que jamás había salido de la
casa paterna, se paseaba un día con su madre y con un presumido clérigo por la
alameda de castaños que con la fragancia de las flores embalsamaban el aire con
el sospechoso aroma que acabamos de tomarnos la libertad de mencionar.
-¡Oh! Dios mío, mamá, ese extraño olor- dice la jovencita a su madre sin darse
cuenta de dónde procedía-. ¿Lo oléis, mamá ... ? Es un olor que conozco.
-Callaos, señorita, no digáis esas cosas, os lo ruego.
-¿Y por qué no, mamá? No veo que haya nada de malo en deciros que ese olor
no me resulta desconocido y de eso ya no me cabe la menor duda.
-Pero, señorita…
-Pero, mamá, os repito que lo conozco: padre, os ruego que me digáis qué mal
hago al asegurarle a mamá que conozco ese olor.
-Señorita -responde el eclesiástico, acariciándose la papada y aflautando la voz-,
no es que haya hecho ningún mal exactamente; pero es que aquí nos hallamos
bajo unos castaños y nosotros los naturalistas admitimos, en botánica, que la
flor del castaño...
-¿Que la flor del castaño ... ?
-Pues bien, señorita, que huele como cuando se eyacula.

UN OBISPO EN EL ATOLLADERO

Resulta bastante curiosa la idea que algunas personas piadosas tienen de los
juramentos. Creen que ciertas letras del alfabeto, ordenadas de una forma o de
otra, pueden, en uno de esos sentidos, lo mismo agradar infinitamente al Eterno
como, dispuestas en otro, ultrajarle de la forma más horrible, y sin lugar a
dudas ese es uno de los más arraigados prejuicios que ofuscan a la gente
devota.
A la categoría de las personas escrupulosas en lo que respecta a las "b" y a las "f"
pertenecía un anciano obispo de Mirepoix que a comienzos de este siglo pasaba
por ser un santo; cuando un día iba a ver al obispo de Pamiers su carroza se
atascó en los horribles caminos que separan esas dos ciudades: por más que lo
intentaron los caballos no podían hacer más.
-Monseñor exclamó al fin el cochero a punto de estallar-, mientras
permanezcáis ahí mis caballos no podrán dar un paso.
-¿Y por qué no? -contestó el obispo.
-Porque es absolutamente necesario que yo suelte un juramento y Vuestra
Ilustrísimo se opone a ello; así, pues, haremos noche aquí si Ella no me lo
permite.
-Bueno, bueno contesto el obispo, zalamero, santiguándose-, jurad, pues, hijo
mío, pero lo menos posible.
El cochero blasfema, los caballos arrancan, monseñor sube de nuevo... y llegan
sin novedad.

¡QUE ME ENGAÑEN SIEMPRE ASI!

Hay pocos seres en el mundo tan libertinos como el cardenal de..., cuyo
nombre, teniendo en cuenta su todavía sana y vigorosa existencia, me
permitiréis que calle. Su Eminencia tiene concertado un arreglo, en Roma, con
una de esas mujeres cuya servicial profesión es la de proporcionar a los
libertinos el material que necesitan como sustento de sus pasiones; todas las
mañanas le lleva una muchachita de trece o catorce años, todo lo más,, pero con
la que monseñor no goza más que de esa incongruente manera que hace, por lo
general, las delicias de los italianos, gracias a lo cual la vestal sale de las manos
de Su Ilustrísimo poco más o menos tan virgen como llegó a ellas, y puede ser
revendida otra vez como doncella a algún libertino más decente. A aquella
matrona, que se conocía perfectamente las máximas del cardenal, no hallando
un día a mano el material que se había comprometido a suministrar
diariamente, se le ocurrió hacer vestir de niña a un guapísimo niño del coro de
la iglesia del jefe de los apóstoles; le peinaron, le pusieron una cofia, unas
enaguas y todos los atavíos necesarios para convencer al santo hombre de Dios.
No le pudieron prestar, sin embargo, lo que le habría asegurado
verdaderamente un parecido perfecto con el sexo al que tenía que suplantar,
pero este detalle preocupaba poquísimo a la alcahueta... «En su vida ha puesto
la mano en ese sitio comentaba ésta a la compañera que la ayudaba en la
superchería-; sin ninguna duda explorará única y exclusivamente aquello que
hace a este niño igual a todas las niñas del universo; así, pues, no tenemos nada
que temer ... »
Pero la comadre se equivocaba. Ignoraba sin duda que un cardenal italiano
tiene un tacto demasiado delicado y un paladar demasiado exquisito como para
equivocarse en cosas semejantes; comparece la víctima, el gran sacerdote la
inmola, pero a la tercera sacudida:
-¡Per Dio santo! -exclama el hombre de Dios-. ¡Sono ingannato, quésto bambino
ragazzo, mai non fu putana!
Y lo comprueba... No viendo nada, sin embargo, excesivamente enojoso en esta
aventura para un habitante de la ciudad santa, Su Eminencia sigue su camino
diciendo tal vez como aquel campesino al que le sirvieron trufas en lugar de
patatas: «¡Qué me engañen siempre así!» Pero cuando la operación ha
terminado:
-Señora -dice a la dueña-, no os culpo por vuestro error.
-Perdonad, monseñor.
-No, no, os repito, no os culpo por ello, pero si esto os vuelve a suceder no
dejéis de advertírmelo, porque... lo que no vea al principio lo descubriré más
adelante.

La Verdad / La Vérité --- Marqués de Sade

La Verdad / La Vérité --- Marqués de Sade
La Verdad / La Vérité
Marqués de Sade


La vérité
Quelle est cette chimère impuissante et stérile,
Cette divinité que prêche à l’imbécile
Un ramas odieux de prêtres imposteurs?
Veulent–ils me placer parmi leurs sectateurs?
Ah! jamais, je le jure, et je tiendrai parole,
Jamais cette bizarre et dégoûtante idole,
Cet enfant de délire et de dérision
Ne fera sur mon cieur la moindre impression.
Content et glorieux de mon épicurisme,
Je prétends expirer au sein de l’athéisme
Et que l’infâme Dieu dont on veut m’alarmer
Ne soit conçu par moi que pour le blasphémer.
Oui, vaine illusion, mon âme te déteste,
Et pour t’en mieux convaincre ici je le proteste,
Je voudrais qu’un moment tu pusses exister
Pour jouir du plaisir de te mieux insulter.
Quel est–il en effet ce fantôme exécrable,
Ce jean–foutre de Dieu, cet être épouvantable
Que rien n’offre aux regards ni ne montre à l’esprit,
Que l’insensé redoute et dont le sage rit,
Que rien ne peint aux sens, que nul ne petit comprendre,
Dont le culte sauvage en tous temps fit répandre
Plus de sang que la guerre ou Thémis en corroux
Ne purent en mille ans en verser parmi nous1?

(1) On évalue à plus de cinquante millions d’individus les pertes occasionnées par
les guerres ou massacres de religion. En est–il une seule d’entre elles qui vaillent
seulement le sang d’un oiseau? et la philosophie ne doit–elle pas s’armer de toutes
D.A.F. DE SADE
La verdad
¿Qué es este monstruo, esta quimera impotente y estéril,
Esta divinidad que una odiosa corte
De curas impostores predica a los imbéciles?
¿Quieren acaso incluirme entre sus seguidores?
¡Ah no! Juro y mantendré mi palabra,
Jamás este ídolo ridículo y repugnante,
Este hijo de delirio y la irrisión
Dejará huella alguna en mi corazón.
Contento y orgulloso de mi epicureísmo
Quiero expirar en el seno del ateísmo
Y que al Dios infame con que quieren asustarme
Sólo lo conciba para blasfemarlo.
Sí, vana ilusión, mi alma te aborrece,
Y para convencerte más aquí lo reafirmo,
Yo quisiera que pudieses existir por un momento
Para gozar del placer de insultarte mejor.
¿Qué es realmente este fantasma execrable
Ese Don nadie de Dios, ser lamentable
Que nada ofrece a la mirada ni nada dice a la mente,
De quien teme el loco y ríe el sabio,
Que nada dice a los sentidos, que nadie puede comprender,
Cuyo culto salvaje derramó en todos los tiempos
Más sangre que la guerra o la furia de Temis
Pudieron derramar en mil años en la Tierra?1

(1) Se calcula, en más de cincuenta millones el número de muertos en las guerras
o matanzas de religión. ¿Acaso una sola de ellas vale la sangre de un pájaro? ¿Y la
filosofía no debe armarse toda para aniquilar a un Dios en nombre del cual se in-


J’ai beau l’analyser, ce gredin déifique,
J’ai beau l’étudier, mon æil philosophique
Ne voit dans ce motif de vos religions
Qu’un assemblage impur de contradictions
Qui cède à l’examen sitôt qu’on l’envisage,
Qu’on insulte à plaisir, qu’on brave, qu’on outrage,
Produit par la frayeur, enfanté par l’espoir (2),
Que jamais notre esprit ne saurait concevoir,
Devenant tour à tour, aux mains de qui l’érigé,
Un objet de terreur, de joie ou de vertige
Que l’adroit imposteur qui l’annonce aux humains
Fait régner comme il veut sur nos tristes destins,
Qu’il peint tantôt méchant et tantôt débonnaire,
Tantôt nous massacrant, ou nous servant de père,
En lui prêtant toujours, d’après ses passions,
Ses mæurs, son caractère et ses opinions:
Ou la main qui pardonne ou celle qui nous perce.
Le voilà, ce sot Dieu dont le prêtre nous berce.
Mais de quel droit celui que le mensonge astreint
Prétend–il me soumettre à l’erreur qui l’atteint?
Ai–je besoin du Dieu que ma sagesse abjure
pièces pour exterminer un Dieu en faveur duquel on immole tant d’êtres qui
valent mieux que lui, n’y ayant assurément rien de plus détestable qu’un Dieu,
aucune idée plus bête, plus dangereuse et plus extravagante?
(2) L’idée d’un Dieu ne naquit jamais chez les hommes que quand ils craignirent
ou qu’ils espérèrent; c’est à cela seul qu’il faut attribuer la presque unanimité des
hommes sur cette chimère. L’homme, universellement malheureux, eut dans tous
le lieux et dans tous les temps des motifs de creainte et d’espiir, et partout il invoquia
la cause qui le tourmentait, comme partout il espéra la fin de ses maux. En
invoquant l’être qu’il en supposait la cause, trop ignorant ou trop crédule pour
sentir que le malheur inévitablement annexé à son existence n’avait d’autre cause
que lanature même de cette existence, il créa des chimères auxquelles il renonça,
dès que l’étude et l’expérience lui en eurent fait sentir l’inutilité
.
Me place analizar a este bribón divinizado,
Me place estudiarlo, mi ojo filosófico
Sólo ve en vuestras religiones
Una mezcla impura de contradicciones
Que no resiste un examen si se la considera,
Que se insulta con placer, se injuria y se ultraja,
Producto del miedo, creación de la esperanza,2
Que nuestra mente nunca podría concebir,
Convertido alternativamente, según quien lo exalte,
En objeto de terror, de alegría o de vértigo
Que el astuto impostor que lo anuncia a los hombres
Hace reinar a su gusto sobre nuestros tristes destinos,
Pintándolo como malvado o como bondadoso
Ora matándonos, ora haciendo de padre,
Adjudicándole siempre, según sus pasiones,
Sus costumbres, su carácter y sus opiniones:
La mano que perdona o que nos asesina.
He ahí el Dios tonto con que nos adormece el cura.
Pero, ¿con qué derecho el condenado por mentiroso
Pretende someterme al error que lo aqueja?
¿Acaso necesito del Dios abjurado por mi saber
molan tantos seres que valen más que él, no habiendo seguramente nada más detestable
que un Dios, ninguna idea más torpe, más peligrosa y extravagante?
(2) La idea, de un Dios siempre surgió, entre los hombres, del miedo o de la esperanza.
Sólo a ello hay que atribuir la casi unanimidad de los hombres con respecto
a esta monstruosa quimera. Universalmente desdichado, el hombre tuvo en todos
los tiempos y en todas partes motivos de temor y de esperanza, e invocó en todas
partes la causa de su tormento, así como la espera del fin de sus males. Al invocar
a quien supuestamente era la causa de ellos, el hombre, por demás ignorante
o demasiado crédulo para sentir que la desgracia inevitablemente ligada con su
existencia, no encontró otra causa que la naturaleza misma de su existencia, y entonces
creó fantasmas, quimeras, y desde ese momento impidió que el estudio y la
experiencia le hicieran sentir la inutilidad de ellos.


Pour me rendre raison des lois de la nature?
En elle tout se meut, et son sein créateur
Agit à tout instant sans l’aide d’un moteur3.
A ce double embarras gagne–je quelque chose?
Ce Dieu, de l’univers démontre–t–il la cause
S’il crée, il est créé, et me voilà toujours
Incertain, comme avant, d’adopter son recours.
Fuis, fuis loin de mon cæur, infernale imposture;
Cède, en disparaissant, aux lois de la nature:
Elle seule a tout fait, tu n’es que le néant
Dont sa main nous sortit un jour en nous créant.
Evanouis–toi donc, exécrable chimère!
Fui loin de ces climats, abandonne la terre
Où tu ne verras plus que des cæurs endurcis
Au jargon mensonger de tes piteux amis!
Quant à moi, j’en conviens, l’horreur que je te porte
Est à la fois si juste, et si grande, et si forte,
Qu’avec plaisir. Dieu vil, avec tranquillité,
Que dis–je? avec transport, même avec volupté,
Je serais ton bourreau, si ta frêle existence
Pouvait offrir un point à ma sombre vengeance,
Et mon bras avec charme irait jusqu’a ton cæur
De mon aversion te prouver la rigueur.
Mais ce serait en vain que l’on voudrait t’atteindre,
(3) La plus légère étude de la nature nous convainc de l’éternité du mouvement
chez elle, et cet examen attentif de ses lois nous fait voir que rien ne périt dans elle
et que le se régénère l sans cesse par le seul effet de ce que nous croyons qui l’offense
ou qui paraît détruire ses ouvrages. Or si les destructions lui sont nécessaires, la
mort devient un mot vide de sens: il n’y a plus que des transmutations et point
d’extinction. Or la perpétuité du mouvement dans elle anéantit toute idée d’un
moteur.

Para comprender las leyes de la naturaleza?
En ella todo se estremece, y su seno creador
Actúa a cada instante sin ayuda de motor.3
¿Acaso gano algo con esa doble confusión?
¿Acaso este Dios explica el origen del universo?
Si él crea, ha sido creado, y así siempre
Me siento impedido, como antes, de adoptar su prédica.
Huye, huye lejos de mi corazón, infernal impostura;
Sométete, al desaparecer, a las leyes de la naturaleza;
Sólo ella ha hecho todo, tú sólo eres la nada
De donde ella nos sacó un día creándonos!
¡Desvanécete pues, execrable quimera!
¡Huye lejos de estos climas, abandona la Tierra
Donde sólo encontrarás corazones endurecidos
Por la jerga mentirosa de tus piadosos amigos!
En cuanto a mí, confieso que el horror que me produces
Es a la vez tan justo, grande y fuerte,
Que con placer, vil Dios, y con tranquilidad,
¿Qué digo?, y también con transporte y voluptuosidad.
Yo sería tu verdugo, si tu frágil existencia
Pudiera ofrecerme un punto de referencia
Para mi sombría venganza, y mi brazo
Pudiera llegar encantado hasta tu corazón
Para probarte el rigor de mi aversión.
Pero sería inútil querer alcanzarte

(3) El más somero estudio de la naturaleza, basta, para convencernos de la eternidad
del movimiento en ella, y este examen minucioso de sus leyes nos permite ver
que nada de ella muere, que la naturaleza se regenera sin cesar por el solo efecto
de lo que nosotros creemos que la ofende o que parece destruir sus obras. Pero al
mismo tiempo que necesita las destrucciones, la palabra muerte se vacía de sentido:
ya sólo hay transmutaciones y nada de extinción, aunque la perpetuidad del
movimiento elimina en ella toda idea de motor.
Et ton essence échappe à qui veut le contraindre.
Ne pouvant t’écraser, du moins, chez le mortels,
Je voudrais renverser tes dangereux autels
Et démontrer à ceux qu’un Dieu captive encore
Que ce lâche avorton que leur faiblesse adore
N’est pas fait pour poser un terme aux passions.
O mouvements sacrés, fières impressions,
Soyez à tout jamais l’objet de nos hommages,
Les seuls qu’on puisse offir au culte des vrais sages,
Les seuls en tous le temps qui délectent leur cæur,
Les seuls que la nature offre à notre bonheur!
Cédons à leur empire, et que leur violence,
Subjuguant nos esprits sans nulle résistance,
Nous fasse impunément des lois de nos plaisirs:
Ce que leur voix prescrit suffit à nos désirs4.
Quel que soit le désordre où leur organe entraîne,
Nous devons leur céder sans remords et sans peine,
Et, sans scruter nos lois ni consulter nos mæurs,
(4) Rendons–nous indistinctement à tout ce que les passions nous inspirent, et
nous serons toujours heureux. Méprisons l’opinion des hommes: elle n’est que le
fruit de leurs préjugés. Et quant à notre conscience, ne redoutons jamais sa voix
lorsque nous avons pu l’assouplir: l’habitude aisément la réduit au silence et métamorphose
bientôt en plaisir les plus fâcheux souvenirs. La conscience n’est pas l’organe
de la nature; ne nous y trompons pas, elle n’est que celui des préjugés: vainquons–
les, et la conscience sera bientôt à nos ordres. Interrogeons celle du sauvage,
demandons–lui si elle lui reproche quelque chose. Quand il tue son semblable et
qu’il Le dévore, la nature semble parler en lui; la conscience est muette; il conçoit
ce que les sots appelent le crime, il l’exécute; tout se tait, tout est tranquille, et il a
servi la nature par l’action qui plaît le mieux à cette nature sanguinaire dont le
crime entretient l’énergie et qui ne se nourrit que des crimes.

Tu esencia elude a quien quiere cercarla.
Por no poder aplastarte entre los mortales,
Quisiera al menos destruir tus peligrosos altares
Y mostrar a quienes se sienten aún cautivados por Dios
Que ese cobarde aborto que adora la debilidad de ellos
No está hecho para limitar las pasiones.
¡Oh movimientos sagrados, audaces impresiones,
Sed para siempre el objeto de nuestros honores,
Los únicos que pueden ofrecerse en el culto de los
verdaderos sabios,
Los únicos en todos los tiempos que deleitan su corazón,
Los únicos que ofrece la naturaleza a nuestra felicidad.
Aceptemos su imperio, y que su violencia,
Subyugando nuestras mentes sin la menor resistencia,
Convierta impunemente nuestros placeres en leyes:
Lo que prescribe su voz basta para nuestros deseos.4
Sea cual fuere el desorden donde nos conduzca
Debemos aceptarlo sin pena ni remordimientos,
Y, sin consultar nuestras leyes ni nuestras costumbres,
(4) Volvamos indistintamente a todo lo que nos inspiran las pasiones y así seremos
siempre felices. Despreciemos la opinión de los hombres que es sólo el fruto de
sus prejuicios. Y en cuanto a nuestra conciencia, nunca temamos su voz si hemos
logrado dominarla: la costumbre la reduce fácilmente al silencio y muy pronto
convierte en placenteros a los recuerdos más desagradables. La conciencia no es el
órgano de la naturaleza; no nos engañemos, es el órgano de los prejuicios. Venzámoslos
y enseguida la conciencia se pondrá a nuestras órdenes. Interroguemos la
conciencia del salvaje, preguntémosle si tiene algo que reprocharse. Cuando mata
a un semejante y lo devora, la naturaleza parece hablar en él; la naturaleza es muda,
él concibe lo que los tontos llaman crimen y lo realiza. Todo calla, todo está
tranquilo, y él ha servido a la naturaleza a través de la acción que más le place a
esta naturaleza sanguinaria en la cual el crimen mantiene la energía, y que sólo
se alimenta de crímenes.

Nous livrer ardemment à toutes les erreurs
Que toujours par leurs mains nous dicta la nature.
Ne respectons jamais que son divin murmure;
Ce que nos vaines lois frappent en tous pays
Est ce qui pour ses plans eut toujours plus de prix.
Ce qui paraît à l’homme une affreuse injustice
N’est sur nous que l’effet de sa main corruptrice,
Et quand, d’après nos mæurs, nous craignons de faillir,
Nous ne réussissons qu’à a la mieux accueillir5.
Ces douces actions que vous nommez des crimes,
Ces excès que les sots croyent illégitimes,
Ne sont que les écarts qui plaisent à ses yeux,
Les vices, les penchants qui la délectent mieux;
Ce qu’elle grave en nous n’est jamais que sublime;
En conseillant l’horreur, elle offre la vitime:
Frappons–la sans frémir, et ne craignons jamais
D’avoir, en lui cédant, commis quelques forfaits.
Examinons la foudre en ses mains sanguinaires:
Elle éclate au hassard, et le fils, et les pères,
Les temples, les bordels, les dévots, les bandits,
Tout plaît à la nature: il lui faut des délits.
Nous la servons de même en commettant le crime:
Plus notre main l’étend et plus elle l’estime6.

(5) Et comment pourrions–nous être coupables quand nous ne faisan qu’obéir aux
impressions de la nature? Les hommes, et les lois qui sont l’ouvrage des hommes,
peuvent nous considérer comme tels, mais la nature jamais. Ce ne serait qu’en lui
résistant que nous pourrions être coupables à ses yeux. Tel est le seul crime possible,
le seul dont nous devions nous abstenir.
(6) Aussi ôt qu’il est dé t montré que le crime lui plaît, l’homme qui la servira la
mieux sera nécessairement celui qui donnera le plus d’extension ou de gravité à ses
crimes, en observant que l’extension lui plaît mieux encore que la gravité, car le
meurtre ou le parricide, quelque différence qu’y établissent les hommes, sont absol-

Entregarnos ardientemente a todos los excesos
Que siempre nos indica la naturaleza con sus manos.
Respetemos siempre su susurro divino.
Lo más preciado para sus planes
Es lo que inútiles leyes castigan en todos los países.
Lo que parece al hombre una terrible injusticia
No es más, para nosotros, que el efecto de
su mano corruptora,
Y cuando, según nuestras costumbres, tememos infringirla
En realidad logramos honrarla mejor.5
Esas bellas acciones que vos llamáis crímenes,
Esos excesos que los tontos creen ilegítimos,
Son sólo las desviaciones que agradan a sus ojos,
Los vicios, las inclinaciones que le agradan más.
Lo que graba en nosotros es siempre sublime;
Aconsejando el terror, ella ofrece la víctima:
Golpeemos sin vacilar y nunca temamos
Por haber cometido crímenes cediendo a sus impulsos.
Pensemos en el rayo en sus manos sanguinarias,
Que estalla al azar, y los hijos, y los padres,
Los templos, los burdeles, los devotos, los bandidos,
Todo agrada a la naturaleza: necesita delitos.
También la servimos cometiendo crímenes.
Cuando nuestra mano ataca ella la estima más.6

(5) ¿Cómo podríamos ser culpables si no hacemos mas que obedecer a los impulsos
de la naturaleza? Los hombres y las leyes que son obra de ellos, pueden considerarnos
como tales, pero jamás la naturaleza. Sólo seríamos culpables para ella si
la resistiéramos. Ese sería el único crimen posible, el único que no debemos cometer.
(6) Una vez demostrado que el crimen le agrada, el hombre más útil para ella
será necesariamente el que dé mayor extensión e importancia a sus crímenes, aclarando
que la extensión le agrada más que la gravedad, pues el asesinato o el parricidio,
sea cual fuere la diferencia que establezcan los hombres, son exactamen
Usons des droits puissants qu’ella excerce sur nous
En nous livrant sans cesse aux plus monstrueux goûts7:
Aucun n’est défendu par ses lois homicides,
Et l’inceste, et le viol, le vol, les parricides,
Les plaisirs de Sodome et le jeux de Sapho,
Tout ce qui nuit à l’homme ou le plonge au tombeau,
N’est, soyons–en certains, qu’un moyen de lui plaire.
En renversant les deiux, dérobons leur tonnerre
Et détruisons avec ce foudre étincelant
Tout ce qui nous déplaît dans un monde effrayant.
N’épargnons rien surtout: que ses scélératesses
Servent d’exemple en tout à nos noires prouesses.
Il n’est rien de sacré: tout dans cet univers
Doit plier sous le joug de nos fougueux travers8.
Plus nous multiplierons, varierons l’infâmie,

ument le même chose à ses yeux. Mais celui qui aura commis le plus de désordres
dans l’univers lui plaira toujours bien davantage que celui qui se sera arrêté au
premier pas. Que cette vérité mette bien à l’aise ceux qui lâchent la bride à leurs
passions, et qu’ils se convainquent bien qu’ils ne servent jamais mieux la nature
qu’en multipliant leurs forfaits.
(7) Ces goûts ne sont vraiment utiles et chers à la nature qu’autant qu’ils propagent,
qu’ils étendent ce que les hommes appellent le désordre. Plus ils coupent,
sapent, détériorent, détruisent, plus ils lui sont précieux. L’éternel besoin quelle a
de destruction sert de preuve à cette assertion; détruisons donc ou empêchons de
naître, si nous voulons être utiles à ses plans. Ainsi le masturbateur, le meurtrier,
l’infanticide, l’incendiaire, le sodomite, sont des hommes selon ses désirs et ceux
que nous devosn par conséquent imiter.
(8) S’imposer des freins ou des barrières dans la route du crime serait visiblement
outrager le lois de la nature qui nous livre indistinctement tous le êtres dont elle
nous entoure sans jamais motiver d’exception, parce qu’elle méconnaît nos chaînes
et nos liens, que toutes ces prétendues destructions sont nulles à ses yeux, que la
frère qui couche avec sa saur ne fait pas plus de mal que l’amant qui couche avec
sa maîtresse et que le père qui immole son fils n’outrage pas davantage lanature
que le particulier qui assassine un inconnu sur le grand chemin. Aucune de ces
différences n’existe à ses yeux: ce quelle veut, c’est le crime; n’importe la main qui
le commet ou le sein sur lequel il est commis.

Usemos los poderosos derechos que ejerce sobre nosotros
Entregándonos sin cesara las más monstruosas aberraciones.7
Nada está prohibido por sus leyes homicidas,
Y el incesto, la violación, los parricidios,
Los placeres de Sodoma y los juegos de Safo,
Todo lo daña al hombre o lo lleva a la tumba,
Sólo son, estemos seguros, maneras de complacerla.
Al acabar con los dioses, robémosles el trueno
Y con el rayo incandescente destruyamos
Todo lo que nos desagrada en un mundo abominable.
Sobre todo, no ahorremos nada: que sus maldades
Sirvan de ejemplo para nuestras proezas.
Nada es sagrado: todo en este universo
Debe ceder al yugo de nuestras fogosas tendencias.8
Cuanto más nos multipliquemos, variaremos la infamia,
te lo mismo para, la naturaleza. Pero aquel que hubiera cometido el mayor número
de desórdenes siempre le agradará más que el que se detiene en el primer paso.
Que esta verdad satisfaga plenamente a quienes dan rienda suelta a sus pasiones,
para que se convenzan que nunca servirán mejor a la naturaleza que multiplicando
sus crímenes.

(7) Estas tendencias sólo serán útiles y apreciadas por la naturaleza en la medida
en que propaguen y extiendan lo que los hombres llaman desorden. Cuanto
más corten, hundan, deterioren y destruyan, tanto más valiosos serán. La eterna
necesidad de destrucción que tiene la naturaleza prueba esta afirmación. Destruyamos
pues o impidamos nacer, si queremos ser útiles para, sus planes. Así, el masturbador,
el asesino, el infanticida, el incendiario y el sodomita son hombres que
responden a sus deseos y son, por consiguiente, los que debamos imitar.
(8) Imponerse frenos o poner barreras en el camino del crimen sería evidentemente
ultrajar las leyes de la naturaleza, que nos libera por igual a los seres que rodea
sin ninguna excepción, porque ella desconoce nuestras cadenas y vínculos. Todas
esas presuntas destrucciones no existen para ella: el hermano que se acuesta con la
hermana no hace más mal que el amante que se acuesta con su querida, y el padre
que inmola a su hijo no ultraja más que quien asesina a un desconocido en
una ruta. Para la naturaleza no existe ninguna de esas diferencias. Ella desea el
crimen y no importa, la mano que lo cometa ni el cuerpo en el cual es cometido.

Mieux nous la sentirons dans notre âme affermie,
Doublant, encourageant nos cyniques essais,
Pas à pas chaque jour nous conduire aux forfaits.
Après les plus beaux ans si sa voix nous rappelle,
En nous moquant des dieux retournons auprès d’elle:
Pour nous récompenser son creuset nous attend;
Ce que prit son pouvoir, son besoin nous le rend.
Là tout se reproduit, là tout se régénère;
Des grands et des petits la putain est la mère,
Et nous sommes toujours aussi chers à ses yeux,
Monstres et scélérats que bons et vertueux.

La sentiremos mejor en nuestra alma obstinada
En repetir, en alentar nuestros cínicos intentos
Para llevarnos diariamente y paso a paso a los crímenes.
Después de los mejores años, si su voz nos llama,
Regresemos junto a ella burlándonos de los dioses;
Su crisol nos aguarda para recompensarnos;
Lo que adquiere su poder, nos lo devuelve su necesidad.
Allá todo se reproduce, todo se regenera;
La puta es la madre de los grandes y de los pequeños,
Y todos nosotros siempre somos muy queridos para ella,
Monstruos y malvados como buenos y virtuosos.

[Projet de frontispice]
En nous livrant sans cesse aux plus monstrueux goûts.
CE VERS sera au bas de l’estampe, laquelle représente un beau
jeune homme nu enculant une fille également nue. D’une main
il la saisit par le cheveux et le retourne vers lui, de l’autre il lui
enfonce un poignard dans le sein. Sous ses pieds sont le trois personnes
de la Trinité et tous le hochets de la religion. Au–dessus,
la Nature, dans une gloire, le couronne de fleurs.
(Proyecto de frontiscipio)
Librándonos sin cesar a los gustos más monstruosos
ESTE VERSO estará debajo de la estampa, que representa un hombre
desnudo, joven y bello, penetrando a una joven también desnuda.
Con una mano la agarra de los cabellos y la atrae hacia él,
con la otra le hunde un puñal en un seno. A sus pies están las
personas de la Trinidad y los chirimbolos de la religión. Esta escena
está coronada por las flores de una Naturaleza en toda su
gloria.

miércoles, 26 de noviembre de 2008

Tópicos de la Edad Media: Historia de una demonización.

Tópicos de la Edad Media:
Historia de una demonización.


Hace 10 años un comité de rehabilitación histórica trató de hacer justicia póstuma a la
figura del mariscal Gilles de Rais, conocido como Barba Azul. El compañero de la
heroína Juana de Arco fue condenado a la hoguera en Francia en el año 1440, víctima
de un complot. La literatura posterior lo convirtió en el ogro Barba Azul del cuentista
Perrault, un coco de niños que no ha cesado de causar fiebre en las mentes galas que
multiplicaron la leyenda negra convirtiéndolo en criminal sádico de menores1. El mismo
Richard Burton lo interpretó en un película. Es sólo un ejemplo de la desvirtuación de la
realidad. La Edad Media, lejos de ser el marco propicio en el que la síntesis fe cultura
alcanza su apogeo, es especialmente propicio para ser víctima de falsedades históricas
que la hacen portadora de epítetos insospechados.
La prensa ofrece a diario la reproducción de todo lo negativo asociado a lo medieval.
Los asesinatos de la última década en Gaza son calificados de vuelta a la Edad Media, la
ignorancia lleva su calificativo, y todo opresor perteneció a la desdichada etapa del
medio. Incluso un recorte de prensa de ABC indica que se va a construir un nuevo
puente sobre el río Adaja de Avila, con un contundente argumento “No podemos
condenar a Avila a ser una ciudad medieval”. Quizá Avila ya no sea Avila, y nosotros
ya no sepamos ni quiénes somos.


La demonización del término.
Los tópicos son prejuicios extendidos de fácil propagación. Lo peor de ellos no es su
injusticia sino su falta de fundamento intelectual, que llega a incapacitar para conseguir
un conocimiento más preciso del periodo histórico que nos ocupa.
La Edad Media ocupa en el imaginario de la vox populi todo aquello que ustedes puedan
imaginar de malo. Medieval sería signo de arcaísmo, de oscurantismo, de crueldad,
1 VALENZUELA, Javier. “Barba Azul pudo ser inocente”, El País 13-VI-1992 o QUIÑONERO, Juan
Pedro. “Francia rehabilita al mariscal G. de Rais que dio origen a Barba Azul”, ABC 10-XI-1992.
abusos, de algo obsoleto, vergonzoso, oneroso, bárbaro, ignorante, ridículo,
supersticioso, yo diría que repulsivo, que acaba convirtiéndose en insulto recurrente ... y
desgraciadamanete generalizado.
¿Cómo se construyó un tópico tan arraigado?. Hemos de remontarnos a los humanistas
para enconctrar el origen de esta campaña, pues quisieron recuperar el latín considerado
clásico y que había sido transformado –para ellos corrompido- por las lenguas
romances. Entre el periodo clásico y la reactivación latina existía un periodo intermedio,
media tempestas, media aetas, media tempora, o más tarde el medium aevum, ... la edad
media. Además de razones filológicas, se buscaron motivos historiográficos (obviando
autores como Agustín de Hipona) e incluso artísticos (descalificando el arte gótico,
considerado por el contrario arte nacional en los países protestantes). Pero éstos
acabaron por sumarse a los detractores, al considerar que la Edad Media había
encarnado una Iglesia lejana al cristianismo primitivo2.
Arrastrando estos tópicos, la ilustración cargó contra el medievo acentuando las
tendencias negativas. Voltaire fue quien condenó globalmente el periodo en su ensayo
“Essai sur l’histoire général et sur les moeurs et l’esprit des nations” que comprendía
desde Carlomagno a Carlos V. Más equilibrada parece la visión de D. Hume en su
historia entre Julio César y la revolución de 1688.
El romanticismo y el nacionalismo liberal defendieron la percepción de una Edad
Media en positivo. Para los románticos destacaba el impulso sentimental e intuitivo, lo
emocional y pasional, los valores religiosos y éticos, sentido del misterio y de lo
maravilloso. Por su parte, los nacionalistas resaltaban los fundamentos del espíritu de
los pueblos, raíz de la identidad de las naciones. (Herder en Alemania). El mismo
Antonio Cánovas del Castillo en La campana de Huesca se acercó al medievo hispánico
como otros autores con novelas que demuestran la amplia difusión del periodo3.
El positivismo, influido por el evolucionismo científico, consideró la Edad Media
como un eslabón en la cadena del progreso, que era procesual. Hegel nos ofrece una
variante laica del providencialismo histórico, Comte la ley de los “tres estados”
2 LADERO QUESADA, Miguel Angel. “Tinieblas y claridades de la Edad Media”, Tópicos y realidades
de la Edad Media, Madrid, Real Academia de la Historia, 2000, 49-89.
3 GOOCH, G.P. Historia e historiadores en el siglo XIX, México, 1977.
(religioso-feudal, filosófico-burgués y científico-industrial), Marx y Engels la teoría de
los diferentes “modos de producción”. Todos estos autores ven la Edad Media como
una etapa que se supera, en un camino procesual. Los autores organicistas pretendieron
ver en cada civilización un parangón con la trayectoria biológica de los seres vivos
(Spengler y Toynbee) alcanzando un determinismo que obvia parte de la historia
medieval europea4.
A continuación pretendemos desmitificar algunas mentiras, tópicos y lugares comunes
de la Edad Media que todavía persisten como su conversión en edad intermedia, el
dualismo señores campesinos, la ignorancia, el clero como agente del oscurantismo, la
postergación de la mujer, el servilismo, ...


Primer tópico: La Edad del medio.
Se trata de una denominación impersonal, convencional y equívoca. Estamos ante un
periodo amplísimo, alrededor de 1.000 a 1.500 años, caracterizado por el anonimato en
las aportaciones a la humanidad, definido por su oscuridad. La dificultad de limitar la
Edad Media en el tiempo y el espacio nos adentra en la convención extraña del nombre.
Si está en medio, es porque a sus lados tiene dos tiempos fuertes e importantes, que
llamamos antigüedad y modernidad. El límite inicial no está claro: la decadencia de
Roma, la llegada de los bárbaros, la institución del feudo clásico, ... muchos hablan de
Antigüedad tardía o incluso de Alta Edad Media. Lo mismo para la acotación final. El
buen estudiante se alimenta de fechas: 1453, fin de la guerra de los Cien Años, toma de
Constantinopla, fin de la Edad Media. O bien, la conquista de América en 1492, o la
entronización de Carlos I, la Reforma de Lutero, el Concilio de Trento ... 5
Si entramos en el campo económico, la transición del feudalismo al capitalismo ha
difuminado las fronteras cronológicas inventando el cuño precapitalista. La explotación
del concepto de Edad Media se ha basado en cortes arbitrarios y artificiales, porque
todo tiempo es transición de otro. La afirmación del otoño de la edad media se inserta
en la idea de la crisis bajomedieval, para realzar justificar un renacimiento posterior.
Recordemos el libro de Huizinga el otoño de la edad Media, un referente bibliográfico
clásico de lectura atractiva que se convirtió en nuestro libro de cabecera, cuyo hilo
4 SPENGLER, Oswald. La decadencia de Occidente. Bosquejo de una morfología de la historia
universal, Madrid, 1966 y TOYNBEE, Arnold. Estudio de la Historia, Madrid 1979, 3 Vols, Reed.
Buenos Aires 1959.
conductor del libro, no es otro que la creencia de la decadencia de la Baja Edad Media,
con la caballería desorientada y el sentimiento religiosos reducido a formas externas. Se
exageraba la situación: en Francia se refieren a las desgracias de la Guerra de los Cien
Años (abandono de casas e iglesias), en Inglaterra, la península itálica e ibérica se ha de
recurrir a las hambrunas para pintar este panorama6. Muchos autores se plantean cómo
se pudo mantener esta decadencia y al mismo tiempo lanzarse al descubrimiento del
Nuevo Mundo y después administrarlos con la complejidad que entrañaba por la
enorme distancia, vasta extensión y excelentes recursos materiales.


El dualismo radical señores-campesinos.
Un feudalismo como sistema oneroso caracterizado por el dualismo de señores y
campesinos. El esquema era simple: un señor feudal definido por su crueldad y poder
desmedido sobre un campesinado miserable y sometido. Un dualismo que aprovechó el
marxismo para cargar las tintas sobre una masa campesina explotada por el patrono
“señor del feudo” que les extraía la mayor parte de la cosecha. Hay dos momentos
esenciales de lucha contra el feudalismo: antes de 1789 y después de 1850-60, fechas en
las que se resaltan las extravagancias de los derechos de pernada, de destrozo o ravage y
de descanso o prélassement (jamás demostrado). Desde los años 60 los estudios en
Francia, y desde los años 80 en España, han posibilitado cambiar esta imagen. Un
campesinado no sometido, en el que encontramos una estratificación soical importante,
la existencia de diversos feudalismos y el papel de las comunidades campesinas como
activadoras del mercado han roto con aquella fórmula simplista. Los señores no eran en
su mayoría de horca y cuchillo, no poseían la alta jurisdicción, y en diversos territorios
eran gestores de los monopolios o agentes de la producción, que debían pactar con una
comunidad rural que tenía sus propios representantes locales7.
La ignorancia y el olvido de los clásicos.
El redescubrimiento de la Antigüedad ya había surgido en Italia antes del siglo XV. En
la Edad Media los autores latinos son conocidos y no rechazados. Bernardo de Claraval
maneja una prosa nutrida de citas antiguas. De hecho, el siglo XII se da en llamar
humanismo medieval, y la época carolina renacimiento carolingio. ¿Cómo olvidar la
5 RUIZ DE LA PEÑA, Juan Ignacio. Introducción al estudio de la Edad Media, Madrid 1987, pp. 45-115.
6 HUIZINGA, Johan. El otoño de la Edad Media, Reed. Madrid 1990.
7 HEERS, Jacques. La invención de la Edad Media, Madrid 2000.
importancia del pensamiento aristotélico en el siglo XIII con Santo Tomás?. Por medio
de la escolástica se integró en un sistema racional el saber clásico con el cristianismo.
Este autor es considerado tanto por el contenido como por su relación dialogal con el
pensamiento hebreo y árabe de su tiempo un referente universal que consiguió
armonizar la razón y la fe8.
El cristianismo, las gestas de los mártires, después la caballería y las lides,
enriquecieron el bagaje occidental, pero no hicieron tabla rasa del pasado griego y
romano. Carlomagno se trajo hasta Aquisgrán una colección de mármoles esculpidos,
columnas y canceles, tomados de las iglesias bizantinas de Rávena. El interés de
Carlomagno, coronado en Roma en el año 800, y la inspiración de los artistas de su
tiempo se inscriben en una larga tradición clásica. El arte románico desarrollado en
Italia, España y Provenza, se inspira en la Antigüedad romana. Alrededor del año 1000,
las hazañas de Alejandro Magno están presentes en todo Occidente y se difunden en
latín a través de Vita Alexandri, origen de poemas y novelas medievales. La obra y vida
de Virgilio fue conmemorada en la Edad Media. Se postula que construyó una calzada
que une Roma y Nápoles, y fue inspirador de moralistas y compiladores. SE han
contado por docenas las imitaciones de la Eneida en lenguas romances. La Eneida fue
un filón, en especial la leyenda de Troya. La diferencia estriba en que se pasa de
considerar la antigüedad clásica un tesoro por explotar a considerarla en el XVI como
modelo a imitar. Las mismas abadías cistercienses, sobre ser de un mismo estilo
artístico, presentan una reinvención del mismo, siendo diferentes y creativas. Portadas
románicas, capiteles, campanarios, obras admirables pero singularísimas. El ornamento
se hace carne en cada habitante cuando se reinterpreta: aparece la caperuza medieval, la
cogulla de los monjes, ...9
Se divulga la imagen de una Edad Media analfabeta hasta cotas extremas. Sin embargo,
lugares como el actual area metropolitana de Valencia presentan una capacidad de
escrituración común a la zona mediterránea de tradición latina que es riquísima. El
campesino valenciano acude al notario para cualquier operación mercantil, para una
donación a sus hijos, para casarse, para registrar una propiedad, alquilar determinados
8 JUAN PABLO II. Carta encíclica Fides et Ratio, nº 43, Madrid 1998.
9 SERGI, Giuseppe. La idea de la Edad Media, Barcelona 2002, pp. 43-47.
aperos de labranza, para solicitar la nulidad matrimonial o para prestar dinero a su
vecino10.


El clero: agente principal del oscurantismo.
El anticlericalismo de los gobiernos de los estados contemporáneos difundió la patraña
referente a que la Iglesia mantenía a los hombres en la incultura. Los monjes se habrían
reservado celosamente la verdad en el silencio de los claustros. Al contrario, la iglesia
recopiló el saber de la antigüedad en los monasterios y fue la creadora de las
universidades medievales y escuelas en las que se formaron los futuros dirigentes y
letrados de la sociedad.
La contribución de mayor repercusión del cristianismo a la cultura occidental fue no ya
la recuperación de los clásicos o la construcción de un sistema que compaginara el saber
pagano con el cristiano, sino la creación de las universidades. La universitas
magistrorum et scholarium, la unión de maestros y estudiantes, para el beneficio mutuo,
fue un impulso de la Iglesia. Son las universidades un invento medieval, nacidas bajo la
custodia eclesiástica. París, Bolonia, Salamanca, ... La Universidad es una creación de
la cristiandad auspiciada por la jerarquía que nace articulando los saberes a partir de una
comunidad de estudiantes y profesores bajo la autoridad del Papado que concede su
validez internacional y derecho mediante una bula papal. Es más, los maestros
eclesiásticos enseñan gratuitamente en las aulas, lo que acabará postergándolos frente a
los docentes laicos. La preocupación por el pueblo se documenta en 1341 en Valencia,
cuando el obispo de la ciudad amenaza con pena de excomunión a aquellos rectores o
vicarios que no acepten a los estudiantes que acudían todos los sábados a por hisopo y
bacinilla para asperger por las casas y recaudar fondos con que mantener su ciencia11.
También se acusa a la Iglesia medieval de crear supersticiones, cuando fue ella la que
depuró las prácticas sociológicas paganas, creencias primitivas que existían desde
tiempo inmemorial. La Iglesia medieval condena los velatorios de los difuntos en los
cementerios, la difusión de reliquias fabulosas y la expedición de bulas ingeniadas, ...
Es una crítica infundada que se extiende al peregrinaje medieval europeo, auténtico
impulso espiritual de grandes consecuencias para la unión europea. Respecto a los
10 CARDELLS MARTÍ, Francisco A. Cultura material dels llauradors a l’Horta de Valencia al segle
XV, mitjançant protocols notarials, Tesis de licenciatura dirigida por F.Paulino Iradiel y M. Rodrigo,
Univesidad de Valencia 1997.
11 CRUSELLES GÓMEZ, José María. Escuela y sociedad en la Valencia bajomedieval, Valencia 1997,
p. 32.
temores del Año Mil cabe recordar que ha sido una invención posterior, puesto que
ninguna autoridad eclesiástica afirmó la existencia de tales miedos ni la argumentó.
Sólo algunos cléridos como Raúl Glaber hablaron de la especulación intelectual de la
fecha del fin del mundo, citando algunos signos, pero no situados en el año 1000. Fue el
movimiento ilustrado anticlerical del siglo XVIII el que urdió el invento y animó en
Francia e Inglaterra una corriente anticlerical. En especial, en 1791, al calor de la
revolución francesa, permitió la confiscación de los bienes del clero, permitiendo así
“devolverlos” al pueblo. El Año Mil tal como se nos escenifica no existió. Se ha
buscado inútilmente lo insólito que rompa el orden regular de las cosas. La única
crónica anterior al humanismo del XV y del XVI que hace referencia a las catástrofes
milenaristas es la Sigberto de Gemloux, autor del siglo XII y que personalmente no
había visto nada12.
La Escuela de Traductores de Toledo, que tantas páginas de ecumenismo ha levantado,
se debió al impulso de un eclesiástico en el siglo XII, el arzobispo Raimundo, y su
época de máximo esplendor se llevó a cabo bajo el monarca cristiano, Alfonso X el
Sabio (siglo XIII). La labor de la Escuela de Traductores rescató para Occidente las
obras de la sabiduría clásica y se sentaron las bases científicas del futuro. Sin Toledo no
hubiera existido Chartres, ni la Sorbona.
Es más, los detractores acusan a la Iglesia de embrutecer al pueblo con sus enseñanzas,
de traicionar sus preceptos religiosos, llevando vida indigna al acumular riquezas,
pervirtiendo a los laicos con la lascivia y glotonería. Aunque los papas salieron
victoriosos de las pretensiones independentistas de las iglesias nacionales (galicanismo,
anglicanismo) y de la grave crisis del cisma de occidente, no pudieron evitar el
desarrollo de una leyenda negra que les alcanzó. Entre otros embustes, el más conocido
fue el de la papisa Juana, superchería fabricada en el siglo XIII por la pluma de Martín
Polonio, siendo alimentada en el XVI por los protestantes, que añadieron anécdotas a la
leyenda. Al principio se contentaban con mencionar que Juana, una mujer que se hizo
pasar por hombre, Juan el Inglés, ocupó el trono pontifical en 855. ¡ Y se mantuvo en él
dos años!. Añaden muchos detalles de la papisa Juana, el asedio de Roma por francos y
germanos, su encarcelamiento, la liberación por el nieto de Carlomagno, su
entronización, destitución y vuelta; sus amores culpables, intrigas, exilios y venganzas,
entre las que contamos un hijo bastardo. En 1878 se publica un libro anónimo con estos
12 DUBY, Georges. El Año Mil, Una nueva y diferente visión de un momento crucial de la historia,
relatos fantásticos titulado “Le Bâtard de la Papesse”, de gran éxito en Francia. Todo
falso, la Papisa Juana no existió. La cronología de los Papas está perfectamente
establecida y a León IV le sucede a las pocas semanas Benedicto III.


La mujer postergada.
Otro mito considera la Edad Media como la etapa machista por excelencia en la que la
mujer se creía que no tenía alma. Y sin embargo, en la Edad Media la mujer es coronada
igual que el candidato varón al trono. Igual reina que rey. Blanca de Castilla, Leonor de
Aquitania ... dominan un siglo, actuan con plenos poderes en ausencia del rey, por viaje,
enfermedad o muerte. ¿Qué decir de la literatura levantada en torno a Leonor de
Aquitania?. El historiador G. Duby nos recuerda que fue la inspiradora de la poesía
cortesana “la reina de los trovadores”, la mujer más solicitada de Europa, relacionándola
con el infiel Saladino. Dueña de la Aquitania, pasó del lecho de Luis VII de Francia al
de Enrique de Inglaterra, provocando un terremoto europeo y mediando una nulidad
matrimonial. La crónica oficial redactada por un monje cisterciense dice una posible
causa de la separación “no se comportaba como una reina sino como una puta”. Pero no
fue un repudio del varón hacia la mujer, sino que Leonor, once años después del
matrimonio solicitó la nulidad por consanguinidad. El Papa Eugenio III defiende la
institución matrimonial, respetando las formas y renovando los ritos requeridos, en
primer lugar el compromiso mutuo de Luis y Leonor. Tres años después se aireó la idea
de la unión incestuosa y se acabó con la unión. No estuvo sola mucho tiempo. Y llegó la
etapa de Enrique Plantagenet. La vida de Leonor está envuelta de leyenda. A Luis VII le
dio dos hijas, a Enrique tres hijas y cinco hijos. Tras la menopausia ocupó su puesto de
matrona, utilizando su ascendiente sobre sus hijos y tiranizó a sus nueras, maquinando
el matrimonio de sus nietas. Finalmente se retiró a Fontevraud, donde por ironías de la
vida ya estaba sepultado Enrique13.
La primera disposición que aparta a la mujer de la sucesión al trono fue tomada por
Felipe el hermoso, influido por los legistas meridionales. Es el derecho romano el que
no es favorable a la mujer y al niño. Su redescubrimiento en la Baja Edad Media y su
divulgación en el XVI introducirán estas ideas. En Francia, la última reina coronada lo
fue en 1610 por el arzobispo de Reims. En el XVI la coronación de la reina adquirió
menos importancia que la del rey. En el siglo XVII la reina desaparece literalmente de
Barcelona 1992.
escena en provecho de la favorita. En los países latinos acaba siendo la mujer un ser
incapaz de reinar, de suceder, de ejercer un derecho sobre los bienes. La difusión del
derecho romano clásico conduce a retrasar la mayoría de edad de los 12 a los 25 años.,
siendo una regresión del derecho consuetudinario. Los hijos en el siglo XVII
permanecen bajo la tutela paterna hasta los 25 años. Además, desde el siglo XVII la
mujer toma obligatoriamente el nombre del esposo y desde el XVI se necesita el
consentimiento paternal para el matrimonio.
Dentro del despropósito, algunos detractores se atrevieron a afirmar que la Iglesia en el
XV afirmó que las mujeres no tenían alma. No merece la pena responder a esta patraña.
Pero recordaremos que la Iglesia no podría de ser así haber bautizado, confesado y
admitido a la Eucaristía a seres sin alma, ni tampoco podría venerar como santas a
mártires como santa Inés, Cecilia, Agata, ... por no hablar del culto a la Virgen María
desde tiempos de las catacumbas. Y respecto a la formación letrada, recordemos que la
abadesa Eloísa enseñaba griego y hebreo a sus monjas. Y ser abadesa era ser señora
feudal, con poder vastísimo sobre pueblos y parroquias. Otro ejemplo es el de Robert de
Arbrissel en Fontevrault, XII, que sitúa al frente de dos conventos, uno de hombres y
uno de mujeres, una abadesa. Según los protocolos notariales las mujeres actúan en
Francia, y en Valencia aparecen reclamando sus derechos y solicitando las nulidades
matrimoniales pertinentes. Pero, la influencia del derecho romano confina la mujer, que
es apartada de la función en el estado desde 153 por un decreto del Parlamento
francés14.
La condena absoluta a la usura y el encorsetamiento económico.
Algunas obras postulan que el hombre medieval vive abrumado por el poder de la
Iglesia que prohibe y condena la usura. Se obligaba a trabajar a los cristianos con las
manos para expiar los pecados y los negocios quedaban en manos de los judíos. Los
campesinos quedarían endeudados y perderían sus utensilios agrícolas. Los mercaderes
y artesanos no podrían avanzar y la economía seguiría en un estadio de subsistencia
hasta que la Reforma protestante impulsada por hombres de negocios flexibilizaría la
economía. Esta tesis, ya superada, fue propuesta por Max Weber (1864-1920) y tuvo
muchos adeptos.
13 DUBY, Georges. El caballero, la mujer y el cura. Madrid 1992.
14 PERNOUD, Régine. Para acabar con la Edad Media, Medievalia, Barcelona 1999, pp. 85-105
.
Sin embargo, el préstamo con interés se practicaba en todas partes y por parte de todo el
mundo, bajo distintas formas. La historia ha demostrado que la multiplicación de
prohibiciones eclesiásticas y reales sobre la usura es señal de su mantenimiento y de la
generalización de las prácticas del préstamo15. El usurero acababa reparando sus errores
por medio de donaciones a los pobres y contribuyendo a obras caritativas, pero en
ocasiones ni esto, no siendo perseguido casi nunca por la iglesia ni por el brazo secular.
Los inventarios post mortem aportan mucha luz al respecto. No olvidemos el hospital
creado por los Datini en Prato, o la capilla de los Scrovegni en Padua, decorada con
pinturas de Giotto.


Tiempo del servilismo.
Otro tópico medieval es la generalización de la servidumbre. La esclavitud caracterizó
la edad antigua y en la democracia ateniense se combinaba el voto con la generalización
de los esclavos. Para la sociedad antigua, la esclavitud era natural y necesaria. El inicio
de la Edad Media es un periodo de progresiva liberación de los esclavos, un tiempo de
libertad obviado por los manuales de texto. No sólo se comete esta injusticia, sino que
se omite la vuelta a la esclavitud en el siglo XVI, época considerada moderna y acuñada
por el humanismo civilizador. Sorprende que nadie denuncie una sociedad antigua
sostenida por mano de obra esclava, que considera a los seres humanos meras cosas. Un
servus medieval no es un esclavo antiguo, no es una cosa, como conocen los
historiadores del derecho. El sentido de la persona humana entre los tiempos antiguos y
el tiempo medieval conoció una mutación irreversible. Desde la época medieval jamás
se podrá practicar la esclavitud con plena conciencia puesto que Dios es el fundamento
del derecho natural y se descubre la dignidad de la persona16.


El complejo de inferioridad: las Cruzadas.
Un error histórico es juzgar los hechos del pasado a partir de las actitudes del presente.
Se ha propagado una amplia literatura que ataca de raíz la ofensiva de la cristiandad más
importante y fundamentada de la historia: la Santa Cruzada. Si nos remontamos a su
origen, y no a su posterior desvirtuación que a la apartó de sus objetivos originarios, la
15 DEPEYROT, Georges. Crisis e inflación entre la antigüedad y la Edad Media, Barcelona 1996, pp. 54-
68.
16 La Sagrada Escritura nos regala el primer precepto de la vida social en el amor al prójimo, ya recogido
en el mandato “amarás a tu prójimo como a ti mismo”, Lev 19, 18 y la regla de oro recogida en Tobías
“guárdate de hacer jamás al otro lo que no quisieras que otro te hiciese a ti”, Tob 4, 16.
Cruzada nace de la seguridad de Europa, que es capaz de afirmarse, exigir aquello que
es suyo y lanzarse a la recuperación de los Santos Lugares profanados por los turcos.
Existen tres factores ineludibles: primero la pérdida de Jerusalén que cae en manos de
los infieles (turcos) en 1071; segundo la petición de ayuda de la Europa Oriental o
bizantina para recuperar Tierra Santa; y tercero el ideal de Cruzada que latía en
Occidente y permite unir temporalmente a Europa. El entusiasmo que levantó entre las
masas la predicación del Papa Urbano II tuvo repercusiones extraordinarias bajo la
leyenda “Deus vult”. La aportaciones de las Cruzadas a Occidente no han podido ser
borradas: intensificación de los contactos entre oriente y occidente, expansión
económica del norte de Italia y sur de Francia, florecimiento de la economía monetaria,
surgimiento de la burguesía, elevación del nivel cultural gracias al contacto con árabes y
bizantinos, nacimiento y transformación de las Ordenes Militares a su vuelta hacia fines
más humanitarios ...


La persecución de la Iglesia: el peso de la Inquisición.
Respecto a las condenas por brujería, la Edad Media hubo de combinar las tradiciones
paganas de la antigüedad con la verdad de la Iglesia. El obispo de Chartres, Juan de
Salisbury decía en el siglo XII que el mejor remedio contra la enfermedad de la brujería
era “atenerse a la fe, no prestar oídos a mentiras y no prestar atneción a locuras”. Los
primeros procesos mencionados en los textos sobre brujería datan del siglo XV en la
región de Tolosa. Pero el interés crece en el XVI y será el siglo XVII el que incremente
insensatamente el número de procesos de brujería. En 1637 el Papa Urbano VIII pide
prudencia en la persecución. Pese a ello, en la Francia de la Ilustración, en 1718, todavía
tuvo lugar el último proceso de brujería, que acabaría con la hoguera.
Podríamos recordar las persecuciones de Luis XIV sobre los protestantes o en sentido
inverso las formas de opresión de los colonos ingleses irlandeses sobre los católicos
irlandeses o el veto universitario que sufrieron los ingleses católicos hasta 1850.
Y, ¿qué decir de la Inquisición?. En su origen, el término inquisición significa
indagación, y es una recomendación episcopal para evaluar la progresión del mal en la
diócesis. En la herejía cátara fue el conde de Tolosa el primero decidido en combatirlos
y no la Iglesia. Esta sólo tomará partido cuando vea perdida la zona y asesinado su
legado. De manera formal, la Inquisición pontificia nace en fecha tardía, en 1231, a
iniciativa del Papa Gregorio IX, encomendándola para investigar y juzgar herejes. Las
cifras se han exagerado intencionadamente. En el siglo XIII la Inquisición actuó con
firmeza en el Mediodía francés, pero sólo uno de cada 9 eran emparedados y uno de
cada quince sometidos a la pena del fuego. La mayoría son liberados o condenados a
pensas ligeras, como una peregrinación o portar una cruz de tela en el vestido.
La reprobación a las tareas de la Inquisición parten del siglo XVIII y consisten en
manifestar que la Iglesia no tiene derecho a ejercer su jurisdicción, derecho siempre
reconocido por los creyentes. Hasta el siglo XIII lo normal sería excomulgar o también
poner en entredicho a un territorio; pero con el refuerzo de los canonistas
bajomedievales se acude al poder temporal, el recurso a la fuerza para preservar el
poder espiritual, la opción más cómoda pero que confunde los poderes. En el siglo XVI
la Inquisición está en manos de los ryes y emperadores y produce víctimas
desproporcionadas en comparación con las contadas del XIII. En España, judíos y
moriscos padecen la persecución. En el siglo XIII, Fernando III de Castilla, elevado a
los altares y patrono de la juventud, se considerará rey de las tres religiones, una
mentalidad muy diferente a la de Felipe II.


Conclusión: Medievales + 500 años.
La Edad Media es el periodo de la historia que mayor repercusión ha tenido en la
configuración de lo que somos. Si ahondamos en nuestras costumbres, valores,
percepción de la realidad, esquema de estudios, lengua que hablamos, nación a la que
pertenecemos, ... todo refleja una constinuidades asombrosas que proceden del medievo.
Son las denominadas continuidades.
Entre algunas de las continuidades y permanencias más señeras que tienen sus orígenes
en la Edad Media encontramos:
1. La construcción de Europa: el sueño de la unidad. El espacio o solar europeo es
de origen medieval. Lo que llamamos tercer nivel de “la civilización
circumediterránea” correspondería con el Imperio de Oriente o Bizancio, el Islam y
Occidente o la Cristiandad latina. Constantinopla heredó los rasgos del Imperio
romano oriental, con el injerto de la iglesia ortodoxa y la influencia eslava. El Islam
dominó el mundo mediterráneo. La cristiandad latina busca mediante diferentes
restauraciones la unidad del solar europeo (imperios carolino y otónida) y generó un
nuevo tipo de civilización que camina hacia su madurez y alcanzará el apogeo
mediante su expansión a otros continentes (siglos XV y XVI). Esta síntesis europea
lleva grabada la señal de la herida del combate. El Imperio carolingio triunfa hacia
el interior del continente sobre frisones, sajones, bávaros y ávaros; y con dificultad
vence a lombardos y romanos, dos pedazos de la península itálica; mientras que
fracasa en la Península Ibérica, de la que sólo conseguirá la Marca Hispánica. El
testimonio más antiguo de la poesía épica francesa, la Chanson de Roland se centra
en el descalabro que sufre Carlomagno en Roncesvalles, al regreso de su expedición
contra musulmanes de Zaragoza y vascones de Pamplona. Con Carlomagno, en el
siglo IX, se pone en marcha el sistema de moneda única basado en el
monometalismo. Es la fórmula de libras, sólidos y denarios; lliures, sous i diners; 1
libra = 12 sueldos o solidos; 1 sueldo = 20 dineros. El éxito hizo que durara casi mil
años, desapareciendo con las revoluciones liberales y políticas del XVIII y XIX o en
Inglaterra en la actualidad. El nuevo Imperio germánico del siglo X, el de Otón I y
III, refuerza la idea de la Cristiandad para Europa frente a las invasiones de
musulmanes, escandinavos y húngaros.
Hoy Europa es heredera de este espacio, desde una perspectiva macroregional se ha
analizado el espacio en función de la síntesis latina con la germana, eslava o céltica.
Cuando viajamos a un espacio material diferente del europeo sabemos si estamos
dentro de nuestras coordenadas globales de la civilización, en espacios habitados por
descendientes de colonos europeos o por el contrario en zonas apartadas de nuestra
cultura.
2. La ciudad medieval creó un modelo urbano nuevo y lo integró mejor con el
entorno rural, dotándose de un estatuto económico y político capaz de transformar la
sociedad. Allí, dos edificios, el castillo o palacio señorial por un lado y el templo
religioso, son los dos puntos emblemáticos del espacio local. La ciudad era libertad,
pues resultaba la suma de voluntades para encarnar la voz de un nuevo espacio que
no tenía privilegios. La Edad Media nos lega la comuna, el gobierno local, una
especie de asociación que permite garantizar las libertades frente a las intromisiones
ajenas a la comunidad. Frente al modelo de estancamiento urbano aparecen ciudades
al calor de les ferias (Champagne), como las comerciales del norte de Italia, las
industriales de Flandes o las vinculadas a la Hansa germánica, todas polos de
intenso tráfico mercantil europeo en el siglo XIII.
3. Valores de la sociedad: familia, municipio-estado y moral social: el caballero
medieval. Se han transformado las relaciones socio-económicas, pero las formas de
relación y solidaridad familiar tienen un origen medieval. La familia celular es una
invención medieval a imitación de la nazaretana y que se distingue de las familias
amplias de la antigüedad. La familia actual es la de dos generaciones, no la de tres, y
es una familia de orígenes medievales. Las solidaridades de la patria o de grupo y
las concepciones estamentades del orden jerárquico no han sido desarraigadas por
las revoluciones liberales ni por la organización clasista de la sociedad.
La misma moral social de la caballería medieval sigue presente hoy en los usos
sociales postmodernos. Los preceptos y las maneras de vida: honor, respeto a la
palabra dada, cortesía, gestos correctos o incorrectos, saludo, generosidad o
largueza, sentido de culpa y de deber, ... Decimos que uno es todo un caballero
cuando es respetuoso con las damas, protector del débil, cortés en los modales ...
todo un refinamiento apoyado por la Iglesia para domesticar la agresividad de los
combatientes de la antigüedad. Para armarse caballero precisaba confesarse la
víspera, guardar ayuno, recluirse en oración, velar armas y después asistir a misa.
Allí se daba el rito iniciático del espaldarazo o palmada, golpe solemne dado al
aspirante por su padrino con la palma de la mano o con la parte plana de la espada
en la nuca o el hombro.
4. Los fundamentos doctrinales y políticos del Estado. Grandes reinos medievales
predecesores de las naciones actuales. En primer lugar el progresivo desgajamiento
entre lo político y lo religioso. Son campos de actuación específicos. Europa nunca
ha tenido un soberano con los poderes de un califa musulmán. A un lado el obispo,
al otro el rey. En la cúspide el Papa y el Emperador. Ahora bien, otra cosa es la
reflexión teórica sobre el origen del poder. Existe una reflexión cristiana que postula
el origen divino del poder y marca los fines de su ejercicio: justicia, paz y bien
común. Los derechos humanos inalienables se expresa en versión religiosa (derecho
divino) o también como derecho natural.
La importancia de esta aportación cristiana es descomunal, ya que permite condenar
la tiranía, defender los poderes intermedios (señoríos o municipios) y desarrollar el
pactismo entre gobernantes y gobernados.
En este sentido, el desarrollo de las nociones políticas propias del Derecho Romano
desde mediados del siglo XII, la difusión de las ideas aristotélicas (condición natural
de la comunidad política), el reconocimiento de la capacidad autoorganizativa de la
sociedad (familiar, profesional, corporativa, eclesial ...), impulsaron una forma de
gobierno que en su esencia se ha mantenido.
Desde ella puede aparecer el fortalecimiento de la idea de estado medieval. Por eso,
la Plena y Baja Edad Media constata la aparición y consolidación de los estados
feudales, los conocidos reinos medievales: Castilla, Aragón, Francia, Inglaterra, ...
5. Las lenguas romances latinas que hablamos hoy. Las diez lenguas romances surgen
en la Edad Media a partir de la evolución regional del latín vulgar antiguo. Gallegoportugués,
castellano, valenciano-catalán-mallorquín, occitano, francés, sardo,
italiano, rumano, dálmata y reto-románico se consideran lenguas neolatinas. Con el
tiempo, se convertirán en lenguas nacionales. Sus siglos de aparición se inscriben en
la plena edad media, cuando se desarrolla la primera literatura en lengua romance,
cuando los europeos son capaces de asumir su realidad y escribir en la lengua que
hablan, sin temores.
6. Percepción cristiana de la realidad y la toma de conciencia. En especial
destacamos las tres ideas universales de creación, humanidad y tiempo. Creación
que supone que Dios es el Hacedor y Padre y que no soy fruto del azar, sino de un
proyecto, que soy querido y el mundo en el que vivo no es una selva. Humanidad,
que supone que soy hijo de Dios y por lo tanto hermano del resto de personas,
permitiéndome abrirme a otras civilizaciones diferentes, ser católico, universal. La
idea cristiana del tiempo, entre un principio y un fin, es antecedente necesario para
el progreso moderno. Se trata de percibir el devenir hacia una meta de perfección,
que para nosotros está más allá de la historia humana, pues somos herederos de una
vida eterna.
7. La perfección de los principios de la cultura grecoromana mediante el injerto del
cristianismo: en especial conjugar la libertad humana con la actuación divina. La
libertad de conciencia cuenta con el apoyo divino, a través de su gracia, y con el de
los hombres, por la práctica de la caridad. La facultad de la inteligencia se ve
potenciada por la verdad que emana de la revelación de Dios. Se armoniza razón y
fe, naturaleza y gracia, experiencia y misterio. La máxima expresión de este avance
intelectual de la mano del Magisterio de la Iglesia es el nacimiento de la
Universidad. La búsqueda de la verdad y la belleza ha estado impulsada por el ideal
imprescindible y superior a cualquier meditación. Y entre los autores medievales
destaca la labor de Santo Tomás de Aquino, que armonizó la relación fe y razón, ya
que ambas no pueden contradecirse pues proceden de Dios. La fe debe buscar y
confiar en la razón, porque le ayuda a comprender la revelación. Ahora bien, la fe
perfecciona la razón y ésta iluminada por la fe, es liberada de los límites que derivan
de su desobediencia del pecado. Como nos recuerda Su Santidad Juan Pablo II, en
Fides et Ratio, uno de los dramas del hombre contemporáneo es la progresiva
separación de fe y razón, de naturaleza y gracia, debiendo recuperar la unidad
profunda que nos permita ser coherentes.

martes, 21 de octubre de 2008

AUTOR NOVEL : PEKIZ -- DOLOR , FIEL AMIGO

AUTOR NOVEL : PEKIZ -- DOLOR , FIEL AMIGO
Dolor: Fiel amigo


Cuando te conocí
Mi alma desfalleció
Y toda paz pereció

Mi corazón fue traspasado
Por tu voz tan penetrante
Debí evitar tu susurro
Para no lastimarme

No se si soy tu aliado
O tu enemigo
Ya que al estar conmigo
Pareciera que fuera tu enemigo

Mi corazón herido
Mi alma desfallecida

No puedo evitar llorar
Mis lágrimas brotan si parar
Mi llanto no cesa
Mi alma te besa

Cuando me volverás a visitar?
Mi gran amigo
Quiero estar contigo


Aparta de mí tu furor
Dame de tu amor
Mi fiel amigo DOLOR
PEKIZ

martes, 23 de septiembre de 2008

EL SACRIFICIO -- ALGERNOON BLAKWOOD

EL SACRIFICIO
Algernoon Blackwood

I
Limasson era hombre religioso, si bien no se sabía de qué hondura y calidad, dado
que ningún trance de supremo rigor le había puesto aún a prueba. Aunque no era
seguidor de ningún credo en particular, sin embargo, tenía sus dioses; y su autodisciplina
era probablemente más estricta de lo que sus amigos suponían. Era muy reservado. Pocos
imaginaban, quizá, los deseos que vencía, las pasiones que regulaba, las inclinaciones que
domaba y amaestraba... no sofocando su expresión, sino trasmutándolas alquímicamente
en canales más nobles. Poseía las cualidades de un creyente fervoroso, y habría podido
llegar a serlo, de no haber sido por dos limitaciones que se lo impedían. Amaba su
riqueza, se esforzaba en aumentarla en detrimento de otros intenreses; y, en segundo
lugar, en vez de seguir una misma línea de investigación, se dispersaba en múltiples
teorías pintorescas, como un actor que quiere representar todos los papeles, en vez de
concentrarse en uno solo. Y cuanto más pintoresco era un papel, más le atraía. Así, aunque
cumplía su deber sin desmayo y con cierto afecto, se acusaba a sí mismo, a veces, de
satisfacer un gusto sensual por las sensaciones espirituales. Este desequilibrio abonaba la
sospecha de que carecía de hondura.
En cuanto a sus dioses, al final descubrió su realidad, tras dudar primero de ellos y
luego negar su existencia.
Esta negación y esta duda fueron las que los restablecieron en sus tronos,
convirtiendo las escaramuzas de diletante de Limasson en sincera y profunda fe; y la
prueba se le presentó un verano a principios de junio, cuando se disponía a abandonar la
ciudad para pasar su mes anual en las montañas.
Las montañas eran para Limasson, en cierto inexplicable sentido, casi una pasión, y
la escalada le reportaba un placer tan intenso que un escalador normal apenas lo habría
comprendido. Para él, era serio como una especie de culto; los preparativos para la
ascención, la ascención misma sobre todo, requerían una concentración que parecía
simbólica como un ritual. No sólo amaba las alturas, la imponente grandiosidad, el
esplendor de las vastas proporciones recortadas en el espacio, sino que lo hacía con un
respeto que rayaba en el temor. La emoción que las montañas despertaban en él, podría
decirse, era de esa clase profunda, incalculable, que emparentaba con sus sentimientos
religiosos, aunque estuviesen estos realizados a medias. Sus dioses tenían sus tronos
invisibles entre las imponentes y terribles cumbres. Se preparaba para esa práctica anual
de montañismo con la misma seriedad con que un santo podría acercarse a una ceremoia
solemne de su iglesia.
Y discurría con gran energía el caudal de su mente en esa dirección, cuando le
aconteció, casi la víspera misma de su marcha, una serie ininterrumpida de desgracias que
sacudieron su ser hasta sus últimos cimientos, dejándole anonadado entre ruinas. Sería
superfluo describirlos. La gente decía: "¡Ocurrirle una tras otra de esa manera! ¡Vaya una
suerte negra! ¡Pobre diablo!"; luego se preguntaron, con curiosidad infantil, cómo lo
sobrellevaría. Puesto que ninguna culpa tenía, estos desastres le sobrevinieron de manera
E l Sacrifico A lgernon Blackwood
tan súbita que la vida pareció saltar en pedazos, y casi perdió interes en seguir viviendo.
La gente movía la cabeza, y pensaba en la salida de emergencia. Pero Limasson era un
hombre demasiado lleno de vitalidad para soñar siquiera en autodestruirse. Todo esto
tuvo un efecto muy distinto en él: se volvió hacia lo que él llamaba sus dioses, para
interrogarles. No le contestaron ni le explicaron nada. Por primera vez en su vida, dudó.
Un milímetro más allá, y habría caído en la clara negación.
Las ruinas en que se hallaba sentado, sin embargo, no eran de naturaleza material;
ningún hombre de su edad, dotado de valor y con un proyecto de vida profesional por
delante, se habría dejado anonadar por un desastre de orden material. El derrumbamiento
era mental, espiritual; el ataque había sido a las raíces de su caracter y su temperamento.
Los deberes morales que cayeron sobre él amenazaron con aplastarle. Se vio asaltada su
existencia personal, y parecía que debía terminar. Debía pasar el resto de su vida cuidando
a otros que nada significaban para él. No se veía ninguna salida, ninguna vía de escape,
tan diabólicamente completa era la combinación de acontecimientos que anegaron sus
trincheras interiores. Su fe se tambaleó. Un hombre apenas puede soportar tanto y seguir
siendo humano. Parecía haber llegado al punto de saturación. Experimentaba el
equivalente espiritual de ese embotamiento físico que sobreviene cuando el dolor llega al
límite de lo soportable. Se rió, se volvió insensible; luego, se burló de sus dioses mudos.
Se dice que a ese estado de absoluta negación sigue a veces otro de lucidez que refleja
con nitidez cristalina las fuerzas que en un momento dado impulsan la vida desde atrás,
una especie de clarividencia que comporta explicación y, por tanto, paz. Limasson lo
buscó en vano. Estaba la duda que interrogaba, la sonrisa que remedaba el silencio en que
caían sus preguntas; pero no había respuesta ni explicación, ni, desde luego, paz. No había
alivio. En este tumulto de rebelión, no hizo ninguna de las cosas que sus amigos le
aconsejaba o esperaban de él: se limitó a seguir la línea de menor esfuerzo. Cuando llegó la
catástrofe, obedeció al impulso que sintió sobre él. Para indignado asombro de unos y
otros, se marchó a sus montañas.
Todos se asombraron de que en esos momentos adoptase tan trivial actitud,
abandonando deberes que parecían de importancia suprema; lo desaprobaron. Pero en
realidad no estaba tomando ninguna medida concreta, sino que iba a la deriva tan sólo,
con el impulso que acababa de recibir. Estaba ofuscado de tanto dolor, embotado por el
sufrimiento, atontado por el golpe que lo había abatido, impotente, en medio de una
calamidad inmerecida. Acudió a las montañas como acude el niño a su madre:
instintivamente; jamás habían dejado de traerle consuelo, alivio, paz: Su grandiosidad
restablecía la proporción cada vez que el desorden amenazaba su vida. Ningún cálculo,
propiamente hablando, movió su marcha, sino el deseo ciego de una relación física
enérgica como la que comporta la escalda. Y el instinto fue más saludable de lo qu él
suponía.
Arriba, en el valle, entre picos solitarios, adonde se dirigío entonces Limasson,
encontró en cierto modo la proporción que había perdido. Evitó con cuidado pensar; vivía
temerariamente fiando en sus músculos. Le era familiar la región, con su pequeña posada:
atacaba pico tras pico, a veces con guía, pero más a menudo sin él, hasta qe su prestigio
como escalador sansato y miembro laureado de todos los clubs alpinos extranjeros corrió
E l Sacrifico A lgernon Blackwood
serio peligro. Por supuesto que se cansaba; pero también es cierto que las montañas le
infundían algo de su inmensa calma y profunda resistencia. Entre tanto se olvidó de sus
dioses por primera vez en su vida. Si en alguna ocasión pensaba en ellos, era como figuras
de oropel que la imaginación había creado, estatuas de cartón piedra que decoraban
meramente la vida para quiernes gustaban de cuadros bonitos. Sólo que... él había dejado
el teatro y sus simulaciones no hipnotizaban ya su mente. Se daba cuenta de su impotencia
y los repudiaba. Esta actitud, empero, era subconciente; no le otorgaba cosnsistencia ni de
pensamientio ni de palabra. Ignoraba, más que rechazaba, la existencia de todos ellos.
Y en este estado de ánimo —pensando poco y sintiendo menos aún—, entró en el
vestíbulo del hotel, una noche después de cenar, y cogió maquinalmente el puñado de
cartas que el conserje le tendía. No tentían ningún interés para él. Se fue a ordenarlas al
rincón donde la gran estufa de vapor mitigaba el frío vestíbulo. Estaban saliendo del
comedor la veintena más o menos de huéspedes, casi todos expertos escaladores, en
grupos de dos o tres; pero Limasson sentía tan poco interés por ellos como por las cartas:
ninguna conversación podía alterar los hechos, ninguna frase escrita podía modificar su
situación. Abrió una al azar: de negocios, con la dirección mecanografiada. Probablemente,
sería impersonal; menos sarcástica, por tanto, que las otras, con sus tediosas fingidas
condolencias. Y, en cierto modo, era impersonal el pésame de un despacho de abogado:
mera fórmula, unas cuantas pulsaciones más en el teclado universal de una Remington.
Pero al leerla, Limasson hizo un descubrimiento que le produjo un violento sobresalto y
una agradable sensación. Creía que había alcanzado el límite soportable de sufrimiento y
de desgracia. Ahora, en unas docenas de palabras, quedó demostrada de forma
convincente su equivocación. El nuevo golpe fue demoledor.
Esta noticia de una última desgracia desveló en él regiones enteras de nuevo dolor,
de penetrante, resentida furia. Al comprenderlo, Limasson experimentó una momentánea
parálisis del corazón, un vértigo, un intenso sentimiento de rebeldía cuya impotencia casi
le produjo una náusea física. Era como si... se fuese a morir.
"¿Acaso debo sufrirlo todo?", brilló en su mente paralizada con leras de fuego.
Sintió una rabia sorda, un perplejo ofuscamiento; pero no un dolor declarado,
todavía. Su emoción era demasiado angustiosa para contener el más ligero dolor del
desencanto; era una ira primitiva, ciega, lo que se dio cuenta de que sentía. Leyó la carta
con calma, hasta el elegante párrafo de condolencia, macanografiado al final, y luego se le
metió en el bolsillo. No reveló ningún signo externo de turbación: su respiración era
pausada; se estiró hasta la mesa para coger una cerilla, y la sostuvo a la distancia del brazo
para que no le molestase al olfato el humo del azufre.
Y en ese instante hizo un segundo descubrimiento. El hecho de que fuese posible
sufrir más incluía también el de que aún le quedaba cierta capacidad de resignación y, por
tanto, también un vestigio de fe. Ahora, mientras oía crujir la hoja del rígido papel en su
bolsillo, obeservó cómo se apagaba el azufre, y vio encenderse la madera y consumirse por
completo sus restos. Igual que la cabeza ennegrecida, el resto de la cerlla se encogió y
cayó. Desapareció. Salvajemente, aunque con una calma exterior que le permitía encender
su pipa con mano serena, invocó a sus deidades. Y otra vez surgió la interrogante con
letras de fuego, en la oscuridad de su pensamiento apasionado.
E l Sacrifico A lgernon Blackwood
"¿Aún me pedís esto... este último y cruel sacrificio?".
Y los rechazó por entero; porque eran una burla y un fingimiento. Los repudió con
desprecio para siempre. Evidemntemente, había concluido el teatro. Negó a sus dioses.
Aunque con una sonrisa en los labios; porque ¿qué eran después de todo, sino muñecos
que su propia fantasía religiosa había imaginado? Jamás habían existido. ¿Era, pues, la
vertiete pintoresca, sensacionalista de este temperamento devocional, lo que los había
creado? Ese lado de su naturaleza, en todo caso, estaba muerto ahora, lo había aniquilado
un golpe devastador; los dioses habían caído con él.
Observando lo que quedaba de su vida, le parecía como una ciudad reducida a
ruinas por un terremoto. Los habitantes creen que no puede ocurrir nada peor. Y entonces
viene el incendio.
Dos cursos de pensamiento discurrían paralela y simultáneamente en él, al parecer;
porque mientas por debajo bramaba contra este último golpe, la parte superior de su
conciencia se ocupaba seria del proyecto de una gran expedición que iba a emprender por
la mañana. No había contratado ningún guía. Como montañero experimentado, conocía
bien la región; su nombre era relativamente familiar y en media hora consiguió tener
arreglados todos los detalles, y se retiró a dormir tras pedir que le avisasen a las dos. Pero
en vez de acostarse, se quedó en la butaca esperando, incapaz de levantarse, como un
volcán humano que podía estallar con violencia en cualquier momento. Fumaba en su
pipa con tanta calma como si nada hubiese ocurrido, mientras en sus ardientes
profundudades seguía leyendo esta sentencia: "¿Aún me pedís este último y cruel
sacrificio...?". Su dominio de sí, dinámicamente calculado, debió de ser muy grande
entonces y, reprimida de este modo, la reserva de energía potencial acumulada era
enorme.
Con el pensamiento concentrado en este golpe final, Limasson no se había dado
cuenta de la gente que salía de la salle à manger y se diseminaba por le vestíbulo en
grupos. Algún que otro individuo, de vez en cuando, se acercaba a su silla con idea de
trabar conversación con él; luego, viéndole ensimismado, daba media vuelta. Cuando un
escalador al que conocía ligeramente le abordó con unas palabras de excusa para pedirle
fuego, Limasson no le dijo nada, porque no le vio. No se daba cuenta de nada. No notó,
concretamente, que dos hombres llevaban un rato observándole desde un rincón del otro
extremo. Ahora alzó la vista —¿por casualidad?— y advirtió vagamente que hablaban de
él. Tropezó con sus miradas, y se sobresaltó.
Porque al principio le pareció que los conocía. Quizá los había visto en el hotel —le
eran familiares—, aunque desde luego no había hablado nunca con ellos. Al comprender
su error, volvió la mirada hacia otra parte, aunque consciente todavía de su atención. Uno
era clérigo o sacerdote, su cara tenía un aire de gravedad no extenta de cierta tristeza; la
severidad de sus labios era desmentida por la encendida belleza de sus ojos, que revelaban
un estusiasmo notablemente regulado. Había una nota de majestuosidad en este hombre
que intensificaba la impresión que causaba. Sus ropas la acentuaban aún más. Vestía un
traje de tweed oscuro de absoluta sencillez. Toda su persona denotaba austeridad.
Su compañero, quizá por contraste, parecía insignificante con su traje de etiqueta
convencional. Bastante más joven que su amigo, su cabello —detalle siempre revelador—
E l Sacrifico A lgernon Blackwood
era un poquito largo, sus dedos delgados, que esgrimían un cigarrillo, llevaban anillos; su
rostro, aunque pintoresco, era impertinente, y toda su actitud sugería cierta insulsez. El
gesto, ese lenguaje perfecto que desafía la simulación, delataba cierto desequilibrio. La
impresión que causaba, no obstante, era gris comparado con la intensidad del otro.
"Teatral", fue la palabra que se le ocurrió a Limasson, mientras apartaba los ojos. Pero al
mirar a otra parte, sintió desasosiego. Las tienieblas interiores invocadas por la espantosa
carta se alzaron a su alrededor. Y con ellas, sintió vértigo...
A lo lejos, la negrura estaba bordeada de luz; y desde esa luz, avanzando deprisa y
con indiferencia como desde una distancia gigantesca, los dos hombres aumentaron
súbitamente de tamaño; se acercaron a él. Limasson, en un gesto de autodefensa, se volvió
hacia ellos. No tenía ganas de conversación. En cierto modo, había esperado este ataque.
Sin embargo, en el instante en que empezaron a hablar —fue el sacerdote el que abrió
fuego—, todo fue tan tranquilo y natural que casi saludó con agrado esta distracción. Tras
una frase a modo de presentación, se puso a hablar de cimas. Algo cedió en la mente de
Limasson. El hombre era un escalador de la misma especie que él: Limasson sintió cierto
alivio al oír la invitación, y comprendió, aunque oscuramente, el cumplido que ello
implicaba.
—Si le apetece unirse a nosotros... si desea honrarnos con su compañía —estaba
diciendo el hombre, con sosiego; luego añadió algo sobre su "gran experiencia" y su
"inestimable asesoramiento y juicio".
Limasson alzó los ojos, tratando de concentrarse y comprender.
—¿La Tour du Néant? —repitió, nombrando el pico que le proponían. Rara vez
atacada, jamás conquistada, y con un siniestro récord de accidentes, era precisamente la
cima que pensaba acometer por la mañana.
—¿Han contratado guía? —sabía que la pregunta era superflua.
—No hay guía que quiera intentar esa escalada —contestó el sacedote, sonriendo,
mientras su compañero añadía con un ademán: "pero no necesitaremos guía... si viene
usted"
—Esta libre, creo, ¿no? ¿Está solo? —preguntó el sacerdote, situándose un poco
delante de su amigo, como para mantenerle en segundo término.
—Sí —contestó Limasson—. Estoy completamente solo.
Escuchaba con atención, aunque con una parte de su mente tan sólo. Percibió el
halago de la invitación. Sin embargo, era como si ese halago estuviese dirigido a otro. Se
sentía indiferente... muerto. Estos hombres necesitaban su habilidad corporal, su cerebro
experimentado; y eran su cuerpo y su mente los que hablaban con ellos, y los que
finalmente accedieron. Eran muchas las expediciones que se habían planeado de esa
forma, pero esa noche notó cierta diferencia. Mente y el cuerpo sellaron el acuerdo; en
cambio su alma, que escuchaba y obserbava desde otra parte, guardaba silencio: al igual
que sus dioses rechazados, le había dejado, aunque permanecía cerca. No intervenía; no le
advertía; incluso aprobaba; le susurraba desde lejos que esta expedición encubría otra.
Limasson estaba perplejo ante el desacuerdo entre la parte superior y la parte inferior de
su mente.
—A la una de la madrugada, entonces, si le parece bien... —concluyó el de más edad.
E l Sacrifico A lgernon Blackwood
—Yo me ocuparé de las provisiones —exclamó el más joven con entusiasmo—; y
llevaré mi cámara telefotográfica para la cima. Los porteadores pueden llegar hasta la
Gran Torre. Una vez allí, estaremos ya a seis mil pies; de manera que... —y su voz se
apagó a lo lejos, mientras se lo llevaba su compañero.
Limasson le vio marcharse con alivio. De no haber sido por el otro, habría rechazado
la invitación. En el fondo, le era indifierente. Lo que le había decidido finalmente a aceptar
fue la coincidencia de ser la Tour du Néant el pico que precisamente pensaba atacar solo, y
la extraña impresión de que esta expedición encubría otra; casi, de que esos hombres
ocultaban un motivo. Pero desechó tal idea; no valía la pena pensar en ello. Un momento
después se fue a dormir él también. Tan sin cuidado le tenían los asuntos del mundo, tan
muerto se sentía para los intereses terrenales, que rompió las otras cartas y las arrojó a un
rincón de la estancia... sin leer.
E l Sacrifico A lgernon Blackwood
II
Una vez en su frío dormitorio, se dio cuenta de que la parte superior de su mente le
había dejado cometer una tontería, se había metido como un colegial en una situación
poco prudente. Se había enrolado en una expedición con dos desconocidos, expedición
para la que normalmente habría escogido a sus compañeros con el mayor cuidado. Más
aún, iba a ser el guía; habían recurrido a él por seguridad, mientras que los que disponían
y planeaban eran ellos. Pero ¿quiénes eran estos hombres con los que iba a correr graves
riesgos físicos? Los conocía tan poco como ellos a él. ¿Y de dónde le venía, se preguntó, la
extraña idea de que en realidad esta ascensión había sido planeada por alguien que no era
ninguno de ellos?
Tal fue la idea que le cruzó por la mente: y tras salirle por una puerta, le volvió
rápidamente por otra. Sin embargo, no la tuvo en cuenta más que para notar su paso entre
la confusión que en ese momento era su pensamiento. En efecto, nada había en el mundo
que le importase un comino. Mientras se desvestía para acostarse, se dijo: "Me llamarán a
la una... pero ¿por qué voy a ir con esos dos, con tan descabellado plan...? ¿Y quién ha
trazado el plan...?"
Parecía que se había generado espontáneamente. Había surgido con toda facilidad,
naturalidad y rapidez. No ahondó más en la cuestión. Le daba igual. Y, por primera vez,
prescindió del pequeño ritual, mitad adoración mitad plegaria, que siempre ofrecía a sus
deidades al retirarse a descansar. No los reconoció.
¡Cuán absolutamente rota estaba su vida! ¡Qué vacía y terrible y solitaria! Sintió frío,
y se echó los abrigos encima de la cama, como si su aislamiento mental tuviese un efecto
físico también. Apagó la luz junto a la puerta; y cruzaba la habitación a oscuras, cuando le
llegó un rumor que procedía de debajo de su ventana. Eran voces hablando. El rugido de
una cascada las volvía confusas; sin embargo, estaba seguro de que eran voces; y reconoció
una de ellas, además. Se detuvo a escuchar. Oyó pronunciar su propio nombre: "John
Limasson". Cesaron. Permaneció un momento de pie, temblando sobre el entariamado, y
luego se metió bajo las pesadas ropas. Pero en el mismo instante de arrebujarse,
empezaron otra vez. Se levantó y corrió a escuchar. El poco viento que soplaba pasó en ese
momento valle abajo, arrastrando el rugido de la cascada; y en ese momento de silecio le
llegaron fragmentos claros de frases:
—¿Y dice que han bajado al mundo... y que están cerca? —era la voz del sacerdote,
sin duda alguna.
—Llevan días pasando —fue la respuesta: una voz áspera, profunda que podía ser de
un campesino, en un tono como de temor—; todos mis rebaños andan desperdigados.
—¿Está seguro de los signos? ¿Los conoce?
—El tumulto —fue la respuesta, en tono mucho más bajo—. Ha habido tumulto en
las montañas...
Hubo una interrupción, como si hubiesen bajado la voz para que no les oyesen. A
continuación le llegaron dos fragmentos inconexos, el final de una pregunta y el principio
E l Sacrifico A lgernon Blackwood
de una respuesta.
—¿... la oportunidad de toda una vida?
—Si va por su propia voluntad, el éxito es seguro. Porque la aceptación es... —y al
volver el viento, trajo consigo el fragor de la cascada, de manera que Limasson no oyó
nada más...
Una emoción indefinible se agitó en su interior al regresar a la cama. Se tapó las
orejas para no oír nada más.Sintió un inexplicable desfallecimiento de corazón. ¿De qué
diablos estaban hablando esos dos? ¿Qué significaban esas frases inconexas? Tras ellas
había un grave, casi solemne siginificado. Ese "tumulto en las montañas" era de algún
modo siniestro; de tremenda, pavorosa sugerencia. Se sintió inquieto, desasosegado; era la
primera emoción que se agitaba en él desde hacía días. Su débil despertar le disipó el
embotamiento. Había conciencia en ella —sentía un vago hormigueo—; aunque era algo
mucho más profundo que la conciencia. Las palabras se hundieron en algún lugar oculto,
en una región que la vida aún no había sondeado, y vibraron como notas de pedal. Se
perdieron retumbando en la noche de las cosas indescifrables. Y, aunque no encontraba
explicación, presintió que teínan que ver con la expedición de la mañana: no sabía cómo ni
por qué; habían pronunciado su nombre; luego esas frases extrañas... nada más. En cuanto
a la expedición en sí, ¿qué era sino algo de carácter impersonal que ni siquiera había
planeado él?. Tan sólo su plan adoptado y alterado por otros... ¿cedido a otros? Su
situación, su vida personal, no tomaban parte en él.
La idea le sobresaltó un momento. ¡Carecía de vida personal...!
Luchando con el sueño, su cerebro jugaba al juego interminable del desasimiento sin
ganar un solo tanto, mientras que la parte soterrada de su mente observaba y sonreía...
porque sabía. Luego, de pronto, le invadió una gran paz. Era debida al agotamiento, quizá.
Se durmió; y un momento después, al parecer, tuvo conciencia de un trueno en la puerta y
de una voz que gruñó con rudeza: "'s ist bald en Uhr, Herr! Aufstehen!"
Levantarse a esa hora, a menos que se tenga muchas ganas, es una empresa sórdida y
deprimente; Limasson se vistió sin entusiasmo, consciente de que el pensamiento y el
sentimiento estaban exactamente como los había dejado al acostarse. Seguía con la misma
confusión y perplejidad; también con la misma emoción solemne y profunda, removida
por las voces susurrantes. Sólo un hábito largamente practicado le permitió atender a los
detalles, asegurándose de que no olvidaba nada. Se sentía pesado, oprimido, presa de una
especie de ansiedad; llevó a cabo la rutina de los preparativos gravemente, sin el menor
atisbo del gozo acostumbrado; todo era maquinal. Sin embargo, sentía discurrir, a través
de él, la vieja sensación familiar del ritual, debido a la práctica de tantos años; de esa
purificación de la mente y el cuerpo para una gran Ascensión: como los ritos iniciáticos
que en otro tiempo habían sido para él tan importantes como para el sacerdote que se
acercaba a adorar a su deidad en los templos antiguos. Ejecutó la ceremonia con el mismo
cuidado que si observase un espectro de su desvanecida fe, haciéndole señas desde el aire
como antes... Ordenaba cuidadosamente su mochila, cogió su pico de junto a la cama,
apagó la luz y bajó la crujiente escalera de madera en calcetines, no fuese que sus pesadas
botas despertasen a los durmientes. Y aún le resonaba en la cabeza la frase con la que se
había dormido... como si la acabaran de pronunciar:
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"Los signos son seguros; han estado pasando durante días... se han acercado al
mundo. Los rebaños andan desperdigados, ha habido tumulto... tumulto en las montañas"
Había olvidado los demas fragmentos. Pero ¿quiénes eran "ellos"? ¿Y por qué la palabra le
helaba la sangre?
Y a la vez que resonaban las palabras en su interior, Limasson sentía también el
tumulto en sus pensamientos y sentimientos. Había habido tumulto en su vida, y se
habían desperdigados todas sus alegrías... alegrías que hasta aquí habían alimentado su
vida. Los signos eran seguros. Algo descendió sobre su pequeño mundo, pasó... lo rozó.
Sintió un aletazo de terror.
Fuera, en la oscuridad fresca de la madrugada incipiente, le esperaban los
desconocidos. Pareció más bien, que llegaban a la vez que él, con igual puntualidad. El
reloj del campanario de la iglesia dio la una. Intercambiaron saludos en voz baja,
comentaron que el tiempo prometía mantenerse bueno, y echaron a andar en fila por los
prados empapados, hacia el primer cinturón del bosque. El porteador, un campesino de
rostro desconocido y sin relación alguna con el hotel, abría la marcha con un farol. El aire
era maravillosamente dulce y fragante. Arriba, en el cielo, las estrellas brillaban a miles.
Sólo el rumor del agua que caía de las alturas y el ruido regular de sus botas pesadas
quebraban el silencio. Y recortándose contra el cielo, se alzaba la enome pirámide de la
Tour du Néant que prentendían conquistar.
Quizá la parte más deliciosa de una gran ascención es el principio, en la perfumada
oscuridad, mentras se halla lejos aún la emoción de la posible conquista. Las horas se
alargan extrañamente; la puesta del sol de la víspera parece haber tenido lugar hace días;
el amanecer y la luz parecen cosa de otra semana, parte de un oscuro furturo como las
vacaciones de los niños. Es difícil comprender que este frío penetrante previo al amanecer,
y el inminente calor llameante, pertencen al mismo hoy.
No sonaba ningún rumor mientras subían trabajosamente por el sendero
zigzagueante, a través de los primeros mil quienientos pies de bosque de pino; ninguno
hablaba; todo lo que se oia era el golpeteo metálico de los clavos y los picos contra las
piedras. Porque el fragor del agua, más que oírse, se sentía: golpeaba contra los oídos y la
piel de todo el cuerpo a la vez. Las notas más profundas sonaban ahora debajo de ellos, en
el valle dormido; y las más estridentes arriba, donde tintineaban con fuerza los ríos recién
nacidos de las pesadas capas de nieve...
El cambio llegó delicadamente. Las estrellas se volvieron un poquitín menos
brillantes, adquirieron una suaviad como de los ojos humanos en el instante de decir
adiós. El cielo se hizo visible entre las ramas más altas. Un aire suspirante alisó todas sus
crestas en la misma dirección; el musgo, la tierra y los espacios abiertos difundieron
perfumes intensos; y la minúscula procesión humana, dejando atrás el bosque, salió a la
inmensidad del mundo que se extendía por encima de la líenea de árboles. Se detuvieron,
mientras el porteador se inclinaba a apagar el farol. Había color en el cielo de oriente. Se
juntaron más los picos y los barrancos.
¿Era el Amanecer? Limasson apartó los ojos de la altura del cielo donde las cumbres
abrían paso al día inminente, y miró los rostros de sus compañeros, pálidos, macilentos en
esta media luz.
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¡Qué pequeños, qué insignificantes parecían, en medio de este hambriento vacío de
desolación! Los formidables crestones huían hacia atrás, guíados por tercos picos
coronados de nieves perpetuas. Delgadas líneas de nubes, extendidas a medio camino
entre lomo y precipicio, parecían el trazo del movimiento; como si viese la tierra girando
mientras cruza el espacio. Los cuatro, tímidos jinetes sobre gigantesca montura, se
aferraban con toda el alma a sus titánicas costillas, mientras subían hacia ellos, de todos
lados, las corrientes de alguna vida majestuosa. Limasson llenaba los pulmones de
bocanadas de aire enrarecido. Era muy frío. Eludiendo los pálidos, insignificantes rostros
de sus compañeros, fingió interés por lo que decía el porteador: miraba fijamente al suelo.
Pareció que transcurrían veinte minutos, hasta que apagó la llama, y ató el farol a la parte
de atrás del bulto. Este amanecer era distinto a cuantos había visto.
Porque en realidad, Limasson iba todo el tiempo tratando de ordenar las
extraordinarias ideas y sentimientos que le habían dominado durante la lenta ascención
por el bosque, y la empresa no parecía tener mucho éxito. Su impresión era que el Plan,
trazado por otros, se había hcho cargo de él; y que había dejado sueltas las riendas de su
voluntad y sus intereses personales sobre su marcha firme. Se había abandonado
despreocupadamente a lo que viniese. Sabedor de que era el guía de la expedición, dejaba
sin embargo que fuese delante el porteador, pasando él a ocupar su puesto, detrás del más
joven y delante del sacerdote. En este orden habían marchado, como sólo marchan los
escaladores expertos, durante horas, sin descansar, hasta que, en mitad del ascenso, se
había operado un cambio. Lo había deseado él, e instantáneamente se había producido.
Pasó delante el sacerdote, en tanto su compañero, que andaba tropezando constantemente
—el más viejo caminaba firme, seguro de sí mismo—, se situó a la zaga. Y desde ese
momento, Limasson fue más tranquilo; como si el orden de los tres tuviese alguna
importancia. Se hizo menos ardua la empinada ascención, de asfixiante oscuridad, a través
del bosque. Limasson se alegró de llevar detrás al más joven.
Porque se había reforzado su impresión, mientras avanzaban en silencio, de que esta
ascención formaba parte de alguna importante Ceremonia; idea que, de manera casi
solapada, se le había ido haciendo insistente. Sus propios movimientos y los de sus
compañeros, especialmente la posición que ocupaba cada uno respecto del otro,
establecían una especie de intimidad que asemejaba a la conversación, surgiendo incluso
la pregunta y la respuesta. Y su desarrollo entero, aunque representó horas en su reloj, le
pareció más de una vez que había sido en realidad más breve que el paso fugaz de un
pensamiento, de manera que lo vio dentro de sí... gráficamente. Pensó en un cuadro
multicolor pintado sobre una banda elástica. Alguien estiraba la banda, y el cuadro se
dilataba. O la aflojaba, y el cuadro se encogía rápidamente, reproduciéndose a una mota
estacionaria. Todo sucedió en una simple mota de tiempo.
Y el pequeño cambio de posición, aparentemente trivial, dio lugar a que esta
impresión singular actuase, y concibiese en el estrato inferior de su mente que esta
ascensión era un ritual y una ceremonia como en tiempos antiguos, cuyo significado, sin
embargo, se acercaba a la revelación... por primera vez. Sin lenguaje, esto fue lo que
comprendió; ninguna palabra habría podido transmitirlo. Comprendió que los tres
formaban una unidad, aunque reconocían en cierto modo que él era el principal, el guía. El
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jadeante porteador no tenía sitio allí, porque esta primera etapa en medio de la oscuridad
era sólo un preámbulo; y cuando comenzara la verdadera ascensión, desaparecería, y el
propio Limasson pasaría a ser el primero. Esta idea de que todos participaban en una
Ceremonia se hizo firme en él, con el asombro adicional de que, aunque se le había
ocurrido muchas veces, ahora lo hizo con plena comprensión, conciencia y veracidad.
Vacío de todo deseo personal, indiferente a una ascensión que en otro tiempo habría hecho
vibrar su corazón de ambición y deleite, comprendió que subir había sido siempre un rito
para su alma y de su alma, y que de su puntual cumplimiento le vendría poder. Era una
scención simbólica.
No dilucidaba todo eso con palabras. Lo intuía; sin criticarlo en ningún momento. O
sea sin rechazarlo ni aceptarlo. Le llegaba suave, solemne, solapadamete. Penetraba
flotando en él mientras subía, aunque de manera tan convincente que comprendía que
había debido de cambiar su posición relativa. El más joven iba en un puesto demasiado
destacado, o al menos el que no le correspondía... antes de tiempo. Luego, tras el cambio
misteriosamente efectuado —como si todos reconociesen su necesidad—, aumentó esta
corriente de certidumbre, y se le ocurrió la grande, la extraña idea de que toda la vida es
una Ceremonia a escala gigantesca, y que ejecutando los gestos con puntualidad, con
exactitud, podría alcanzarse... el conocimiento. A partir de ese instante, adoptó una gran
seriedad.
Esto discurría con toda certeza en su mente. Aunque su pensamiento no adoptaba la
forma de pequeñas frases, su cerebro, sin embargo, proporcionaba mensajes detallados
que confirmaban esta asombrosa lucubración con el símil e incidente que la vida diaria
podía aprehender: que el conocimiento emana de la acción; que hacer una cosa incita a
enseñarla y a explicarla. La acción, además, es simbólica; un grupo de hombres, una
familia, una nación entera empeñando en esos movimientos diarios que son la realización
de su destino, ejecuta una Ceremonia que está en relación directa con la pausa de los
acontecimientos más grandes que son doctrina de los Dioses. Que el cuerpo imite,
reproduzca —en un dormitorio, en el bosque, donde sea— el movimiento de los astros, y
el significado de estos astros penetrará en el corazón. Los movimientos constituyen una
escritua, un lenguaje. Imitar los gestos de un desconocido es comprender su estado de
ánimo, su punto de vista... establecer una grave y solemne intimidad. Los templos están en
todas partes, porque la tierra entera es un templo; y el cuerpo, Casa de Realeza, es el más
grande de todos. Comprobar la pauta que trazan sus movimientos en la vida diaria podía
equivalera determminar la relación de esa ceremonia particular con el Cosmos, y así
adquirir poder. El sistema entero de Pitágoras, comprendió, podía ser enseñando
mediante movimientos, sin una sola palabra; y en la vida diaria, incluso el acto más
corriente y el movimiento más vulgar forman parte de alguna gran Ceremonia: un
mensaje de los dioses. La Ceremonia, en una palabra, es lenguaje tridimensional, y
consiguientemente, la acción es el lenguaje de los dioses. Los Dioses que él había negado le
estaban hablando... pasaban en tumulto por su vida asolada... ¡Y era su paso lo que
efectivamente causaba esa desolación!
De esta forma críptica, condensada, le llegó la gran verdad: que él y esos dos, aquí y
ahora. participaban en una gran Ceremonia cuyo objetivo último ignoraba todavía. Fue
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tremendo el impacto con que cayó sobre él esta verdad. Se dio cuenta plenamente al salir
de la negrura del bosque y entrar en la extensión de luz temprana y temblorosa; hasta este
momento, su mente se había estado preparando tan sólo; en cambio ahora sabía. El innato
deseo de rendir culto que había tenido toda su vida, la fuerza que su temperamento
religioso había adquirido durante cuarenta años, el anhelo de tener una prueba, en una
palabra, de que los Dioses que en otro tiempo había reconocido existían efectivamente, le
volvió con esa violenta reacción que el rechazo había generado.
Se tambaleó, de pie, donde se hallaba detenido...
Luego, al mirar a su alrededor, mientras los otros redistribuían los bultos que el
porteador dejaba ahora para regresar, reparó en la asombrosa belleza del momento y el
lugar, sintiendo que penetraba en él como por los mismos poros de su piel. Desde todas
partes, esta belleza se precipitaba sobre él. Una sensación maravillosa, radiante, alada,
cruzó por encima de él, en el aire silencioso. Un estremecimiento de éxtasis sacudió todos
sus nervios. Se le erizó el cabello. No le era en absoluto desconocido este espectáculo del
mundo de las montañas despertando del sueño de la noche estival; pero jamás se había
encontrado así, temblando ante su exquisito y frío esplendor, no había comprendido su
significado como ahora, tan misteriosamente detro de él. Un poder trascendente dotado de
sublimidad cruzó esta meseta alta y desolada, muchísimo más majestuoso que la mera
salida del sol entre los montes que tantas veces había presenciado. Había Movimiento.
Comprendió por qué había visto inisgnificantes a sus compañeros. Otra vez se estremeció,
y miró a su alrededor, afectado por una solemnidad que contenía un profundo pavor.
Había naufragado, se había hundido la vida personal; pero algo más grande seguía
en marcha. Se había fortalecido su frágl alianza con un mundo espiritual. Comprendió su
pasada insolencia. Sintió miedo.
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III
La pelada meseta sembrada de piedras enormes se extendía millas y millas a derecha
e izquierda, gris en el crepúsculo del alba reciente. Detrás de él descendía el espeso bosque
de pinos hacia el valle dormido que aún retenía la oscuridad de la noche. Aquí y allá había
manchas de nieve que brillaban débilmente a través de la bruma tenue que empezaba a
levantar; entre las piedras saltaban multitud de riachuelos cantarines de agua helada
empapando una yerba rústica que era el único signo de vegetación. No se veía ninguna
clase de vida; nada se agitaba, ni había movimiento en ninguna parte, salvo la niebla
callada y rastrera, y su propio aliento, que le barría la cara como si fuese humo. Sin
embargo, en medio de la portentosa quietud, había movimiento: esa sensación de
movimiento absoluto da como resultado la quietud —Limasson tuvo conciencia de él
debido a la quietud—, tan inmenso, de hecho, que sólo la inmovilidad era capaz de
expresarlo. Así, puede hacerse más real la carrera de la Tierra a través del epacio en el día
más tranquilo del verano que cuando la tempestad sacude los árboles y las aguas de su
superficie; o gira la gran maquinaria a tan vertiginosa velocidad que parece quieta a la
engañada función del ojo. Porque no es por medio del ojo como este solemne Movimiento
se da a conocer, sino más bien merced a una sensación global percibida con el cuerpo
entero como un órgano perceptor. Dentro del anfiteatro de enormes picos y precipicios
que cercaban la mesea y se apiñaban en el horizonte, Limasson percibió la silueta tendida
de una Ceremonia. Los latidos de su grandeza llegaban incontenibles hasta dentro de él.
Su vasto designio era conocible porque ellos habían trazado —aún estaban trazando— su
réplica terrena en pequeño. Y el pavor aumentó en su interior.
—Esta claridad es falsa. Todavía falta una hora para que amanezca de verdad —oyó
que decía el más joven alegremente—. Las cimas aún son fantasmales. Disfrutemos de esta
sensación y aprovechémosla lo más que podamos.
Y Limasson, volviendo de pronto de su ensoñación, vio que las cumbres y torres se
hallaban efectivamente sumidas en su espesa sombra, débilmente iluminadas aún por las
estrellas. Le pareció quie inclinaan sus cabezas tremendas y bajaban sus hombros
gigantescos. Que se juntaban, dejando fuera el mundo.
—Es verdad —dijo su compañero—; y la nieves de arriba aún tienen el brillo
espectral de la noche. Pero sigamos deprisa, ya que llevamos poco peso. Las sensaciones
que sugieres nos entretendrán y nos debilitarán.
Tendió una parte de los bultos a sus compañero y a Limasson. Lentamente, siguieron
adelante, y les cercaron las montañas.
Y entonces se dio cuenta Limasson de dos cosas, al cargar con el bulto más pesado y
abrir la marcha: en primer lugar, comprendió de repente qué destino llevaban, aunque
aún se le ocultaba el propósito; y segundo, que el haberse marchado el porteador antes de
que comenzase la ascensión propiamente dicha significaba en realidad que el verdadero
objetivo no era la ascensión en sí. Y también, que el amancer consisitía más en la
disipación de los velos de su mente que en la iluminación del mundo visible debida a la
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proximidad del sol. Una espesa oscuridad envolvía este enorme y solitario anfiteatreo por
el que avanzaban.
—Veo que nos guía bien —dijo el sacerdote, unos pies detrás de él, caminado con
decisión entre las rocas y los arroyos.
—Pues es extraño —replicó Limasson en tono bajo—; porque el camino es nuevo
para mí, y la oscuridad, en vez de disminuir, es cada vez mayor —le pareció que no elegía
él las palabras. Hablaba y caminaba como en sueños.
Más atrás, el más joven les gritó en tono quejoso:
—Van ustedes demasiado deprisa, no puedo mantener esa marcha —y volvió a
tropezar, y se le cayó el pico entre las rocas. Parecía que se agachaba continuamente a
beber el agua helada, o apartarse a gatas del sendero para comprobar la calidad y espesor
de los rodales de nieve—. Se están perdiendo todo el encanto —gritaba repetidamente.
Hay mil placeres y sensaciones en el camino.
Se detuvieron un momento a esperarle; llegó cansado y jadeante, haciendo
comentarios sobre las estrellas desvanecientes, el viento sobre las cimas, las nuevas rutas
que deseaba explorar por couloirs peligrosos, sobre todas las cosas, al aprecer, salvo sobre
el asunto entre manos. Se le notaba una cierta ansiedad, esa especie de excitación que
agota toda energía y consume toda la fuerza de los nervios, augurando un probable
derrumbamiento antes de ser alcanzado el arduo objetivo.
—Sigue atento a la marcha —replicó severamente el sacerdote—. En realidad, no
vamos deprisa; eres tú, que te vas distrayendo sin motivo. Lo cual nos cansa a todos.
Debemos ahorrar energías —y señaló de manera siginificativamente la pirámide de la
Tour du Néant que descollaba por encima de ellos a increíble altitud.
—Estamos aquí para divertirnos: la vida es placer, sensaciones, o no es nada —gruñó
su compañero; pero había una gravedad en el tono del de más edad que disuadía de
discutir y hacía difícil oponerse. El otro se acomodó su carga por décima vez, sujetando el
pico con un ingenioso sistema de correas y cuerda, y se alineó detrás de ellos. Limasson
reanudó la marcha nuevamente... y empezó a clarear por fin. Muy arriba, al principio,
brillaron las cumbres nevadas con un tinte menos espectral; una delicada coloración rosa
se propagó suavemente desde oriente; hubo un enfriamiento del aire fresco; luego, de
pronto, el pico más alto, que se alzaba con unos mil pies de roca por encima del resto,
surgió a la vista nítidamente, medio dorado, medio rosa. En ese mismo instante disminuyó
el vasto Movimiento del escenario entero; hubo una o dos ráfagas terribles de viento, en
rápida sucesión; un rugido como de avalancha de piedras retumbó a lo lejos... y Limasson
se detuvo en seco y contuvo el aliento.
Porque algo había obstruido el camino delante de él, algo que sabía que no podía
sortear. Gigantesco e informe, parecía formar parte de la arquitectura del desolado
escenario que le rodeaba, aunque se alzaba allí, enorme en el amanecer tembloroso, como
si no perteneciese a la llanura ni a la montaña. Había surgido de repente donde un
momento antes no había habido sino aire vacío. Su imponente silueta cobró visibilidad
como si hubiese brotado del suelo. Limasson se quedó inmovil. Un frío que no era de este
mundo le dejó petrificado. A unas yardas de él, el sacerote se había detenido también. Más
atrás oyeron los pasos torpes del más joven y el débil acento de su voz; un tono inseguro,
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como del hombre que se siente anulado por un súbito terror.
—Nos hemos apartado del sendero, y no sé por dónde voy —sonaron sus palabras
en el aire quieto—. He perdido el pico...¡pongámonos la cuerda...!¡Atención! ¿Han oído ese
rugido? —luego oyeron un ruido como si gatease a tientas, avanzando despacio.
—Te has cansado demasiado pronto —contstó el sacerdote con severidad—. Quédate
donde estás y descansa, porque no vamos a continuar. Éste es el sitio que buscábamos.
Había en su tono una especie de suprema solemnidad que por un momento desvió la
atención de Limasson del gran obstáculo que le impedía el paso. La oscuridad ibal
levantando velo tras velo, no gradualmente, sino a saltos, como cuando alguien apaga una
mecha con torpeza. Entocnes se dio cuenta que no tenía delante sólo una Grandiosidad,
sino que a todo su alrededor se alzaban otras parecidas, algunas mucho más altas que la
primera, formando el círculo que le rodeaba.
Entonces, con un sobresalto, se recobró. Le volvieron el equilibrió y el sentido
común. No era rara, a fin de cuentas, la broma que la vista le había gastado, ayudada por
el aire enrarecido de las alturas y del hechizo del amanecer. El esfuerzo prolongado del ojo
para distinguir el sendero en una luz incierta hace que se equivoque fácilmente en su
apreciación de la perspectiva. Siempre sufre una ilusión al cambiar repetidamente de foco.
Estas sombras oscuras en círculo no eran sino baluartes de precipicios aún distantes cuyas
murallas gigantescas enmarcaban el tremendo anfiteatro hasta el cielo.
Su cercanía era mero efecto de la oscuridad y la distancia.
El impacto de este descubrimiento le produjo una momentánea indecisión y
perplejidad. Se enderezó, alzó la cabeza, y miró a su alrededor. Los peñascos, le pareció,
retrocedieron instantáneamente a sus sitios de siempre; como si se hubiesen acercado;
hubo un tambaleo en los riscos más altos; oscilaron terriblemente, luego se recortaron
inmóviles contra un cielo ya vagamente carmesí. El fragor que Limasson oyó, que muy
bien podía haber sido el tumulto de la carrera precipitada de todos ellos, no era en
realidad sino el viento del amanecer que chocaba contra sus costados, arrancando ecos de
alas irritadas. Y los flecos de bruma, rayando el aire como trazos de rápido movimiento, se
enroscaban y flotaban en los espacios vacíos.
Se volvió hacia el sacerdote que había llegado junto a él.
—Que extraño es —dijo— este principio del nuevo día. Se me ha ofuscado la vista
por un momento. Pensé que las montañas se alzaban justo en mitad de mi camino. Y al
mirar ahora, me ha parecido que retrocedían a toda prisa —su voz sonó baja, perdida en el
aire atento.
El hombre le miró fijamente. Se había quitado el gorro, acalorado por la ascensión, y
contestó, al tiempo que aleteaba una débil sombra en su semblante. Una levísima
oscuridad se lo envolvió, fue como si se le formara una máscara. El rostro ahora velado
había estado... desnudo. Tardó tanto en contestar que Limasson oyó cómo su mente
afilaba la frase como si fuese un lápiz.
Habló muy despacio. "Se mueven, quizá, al moverse Sus poderes; y Sus minutos son
nuestros años. Su paso es siempre tumulto. Entonces se produce desorden en los asuntos
de los hombres, y confusión en sus espíritus. Puede que haya ruina y zozobra; pero del
naufragio surgirá una cosecha fuerte y fresca. Pues como un mar, pasan Ellos."
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Había en su semblante una grandeza que parecía sacada maravillosamente de las
montañas, su voz era grave y profunda; no hizo ademán ni gesto alguno; y en su actitud
había una rara firmeza que transmitía, a través de sus palabras, una especie de sagrada
profecía.
Largas, atronadoras ráfagas de viento pasaron a lo lejos entre los precipicios mientras
hablaba. Y en el mismo instante, sin esperar al parecer una réplica a sus extrañas palabras,
se inclinó y comenzó a deshacer su mochila. El cambio de lenguaje sacerdotal a este
menester práctico y vulgar fue singularmente desconcertante.
—Es hora de descansar —añadió—, y hora de comer. Preparémonos —y sacó varios
paquetes pequeños y los colocó en fila en el suelo. Limasson sintió que le aumentaba el
temor mientras observaba; y con él, un gran asombro. Porque sus palabras parecían
presagiosas; como si dijese, de pie en el enlosado de algún templo inmenso: "¡Preparemos
un sacrificio...!" de las profundidades donde había estado oculta hasta ahora, le llegó la
conciencia de una idea clave que explicaba todo el extraño proceder: el súbito encuentro
con estos desconocidos, la impulsiva aceptación de su proyecto para la gran ascención, la
actitud grave de ambos como si se tratase de un Ceremonia de inmenso designio, el
engaño desconcertante de la vista y, finalmente, el lenguaje solemne del hombre de más
edad que confirmaba lo que él había considerado al principio una ilusión. Todo esto cruzó
por su cerebro en espacio de un segundo... y con ello, el intenso deseo de dar media
vuelta, retroceder, echar a correr.
Al notar el movimiento, o adivinar quizá la emoción que lo produjo, el sacerdote alzó
los ojos rápidamente. En su voz hubo tal frialdad que pareció como si hablara este
escenario de glacial desolación.
—Demasiado tarde se te ocurre regresar. Ya no es posible. Ahora estás ante las
puertas del nacimiento... y de la muerte. Todo lo que podía ser estorbo, lo has arrojado a
un lado valerosamente. Sé ahora valiente hasta el final.
Y mientras oía estas palabras, Limasson tuvo de repente una nueva y espantosa
visión interior de la humanidad, un poder que descubría de manera infalible las
necesidades espirituales de otros, y por tanto, de sí mismo. Con un sobresalto, se dio
cuenta de que el más joven, que les había acompañado con creciente dificultad a medida
que subían más arriba... no era sino un estorbo que retardaba la marcha. Y volvió la
mirada para reconocer el paisaje.
—No lo encotrarás —dijo su compañero— porque se ha ido. Nunca, a menos que le
llames débilmente, le volverás a ver, ni siquiera oír su voz.
Y Limasson comprendió que, en el fondo, este hombre no le había gustado en ningún
momento por su teatral afición a lo sensacional y lo efectista; más aún, que incluso lo
detestaba y depreciaba. Podía haberle visto caer, y consumirse de hambre, y no habría
movido un solo dedo para salvarle. Y ahora era con este hombre maduro con quien tenía
que resolver un asunto espantoso.
—Me alegro —replicó—; porque al final debe de haber confirmado mi
muerte...¡nuestra muerte! Y se acercaron al pequeño círculo de alimento que el sacerdote
había dispuesto sobre el suelo rocoso, unidos por un íntimo entendimiento que colmaba la
perplejidad de Limasson. Vio que había pan, y que había sal; también había un pequeño
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frasco de vino tinto. En el centro del círculo había un fuego minúsculo hecho con ramitas
de rododendros silvestres que el sacerdote había recogido. El humo se elevaba en forma
de delgada hebra azul. No revelaba siquiera un temblor, tan profunda era aquí la quietud
del aire de la montaña; pero a lo lejos, entre los precipicios, corría el fragor de las cascadas,
y detrás, el rugido apagado como de picos y campos de nieve barridos por un tronar
continuo que rodaba en el cielo.
—Están pasando —dijo el sacerdote en voz baja—, y saben que estás aquí. Ahora
tienes la ocasión de tu vida; porque, si aceptas por propia voluntad, el éxito es seguro. Te
encuentras ante las puertas del nacimiento y de la muerte. Ellos te ofrecen la vida.
—¡Sin embargo... les negué! —mumuró para sí.
—Negar es invocar: les has llamado, y han venido. Todo lo que te piden es el
sacrificio de tu pequeña vida personal. Sé valiente... ¡y dásela!
Cogió el pan mientras hablaba, y, cortándolo en tres pedazos, colocó uno delante de
Limasson, otro delante de sí mismo, y el tercero sobre la llama, que lo ennegreció al
principio, y luego lo consumió.
—Cómetelo, y comprende —dijo—; porque es el alimento que hará revivir tu vida
languideciente.
A continuación hizo lo mismo con la sal. Luego, alzando el frasco de vino, se lo llevó
a los labios, ofreciéndoselo después a su compañero. Tras haber bebido los dos, aún
quedaba la mayor parte del contenido. Alzó el recipiente devotamente con ambas manos
hacia el cielo. Se quedó estático.
—A Ellos ofrendo, en tu nombre, la sangre de tu vida personal. Por la renuncia que
tú consideras la muerte, cruzarás las puertas del nacimiento a la vida de la libertad. Pues
el último sacrificio que Ellos te piden es... éste.
E inclinándose ante las cumbres distantes, derramó el vino sobre el suelo rocoso.
Durante un rato no fue capaz de calcular —tan terribles eran las emociones de su
corazón—, el sacerdote permaneció en esta actitud de adoración y obediencia. Cesó el
tumulto de las montañas. Un absoluto silencio descendió sobre el mundo. Parecía una
pausa en la historia íntima del universo. Todo esperaba... hasta que volvió a levantarse. Y
al hacerlo, se disipó la máscara que durante horas se había extendido sobre su semblante.
Sus ojos miraron severamente a Limasson. Éste le miró a su vez... y le reconoció. Estaba
ante el hombre que mejor conocía del mundo: él mismo.
Había acontecido la muerte. Había acontecido, también esa recuperación espléndida
que es el nacimiento y la resurrección.
Y el sol, en ese instante, con la súbita sorpresa que sólo las montañas conocen, asomó
nítido sobre las cumbres, bañando de luz inmaculada el paisaje y la figura de pie. En el
vasto Templo donde se arrodilló, como en ese otro Tempo interior y más grande que es la
verdadera Casa de Realeza de la humanidad, se derramó la Presencia culminante que es...
la Luz.
—Porque así, y sólo así, pasarás de la muerte a la vida —cantó una voz melodiosa
que ahora reconoció también, por primera vez, como inequívocamente suya.
Fue maravilloso. Pero el nacimiento de la luz es siempre maravilloso. Fue angustioso;
pero el parto de la resurrección, desde el principio de los tiempos, ha estado acompañado
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por la dulzura del intenso dolor. Porque la mayoría se halla aún en estado prenatal,
nonato, sin tener conciencia clara de una existencia espiritual. Andan a tienteas,
frocejeando en el seno materno, perpetuamente dependientes de otros. Negar es siempre
una llamada a la vida, una protesta contra la perpetua tiniebla y en favor de la liberación.
Sin embargo, el nacimiento es la ruina de todo aquello de lo que se ha dependido hasta
entonces. Viene entonces ese estar solo que al principio parece un desolado aislamiento. El
tumulto de la destrucción precede a la liberación.
Limasson se puso de pie, se enderezó con dificultad, miró a su alrededor, desde la
figura ahora junto a él hasta la cumbre nevada de esa Tour du Néant que nunca escalaría.
Volvió el rugido y trueno del paso de Ellos. Las montañas parecían tambalearse.
—Están pasando —susurró la voz junto a él, y dentro de él también—; pero te han
conocido, y tu ofrenda ha sido aceptada. Cuando ellos se acercan al mundo, siempre hay
naufragios y desastres en los asuntos humanos. Traen desorden y confusión a la mente del
hombre; una confusión que parece final, un desorden que parece amenazar con la muerte.
Porque hay tumulto en Su Presencia, y un caos que parece hundimiento de todo orden.
Después, de esta inmensa ruina, surge la vida con un nuevo proyecto. Su entrada es la
dislocación, el desarreglo su fuerza. Ha tenido lugar el nacimiento...
El sol le deslumbró. Aquel rugido distante, como un viento, pasó junto a él y le rozó
la cara. Un aire helado, como de una estrella fugaz, suspiró sore él.
—¿Estás preparado? —oyó.
Volvió a arrodillarse. Sin un gesto de vacilación o renuencia, desnudó su pecho al sol
y al viento. Un relámpago descendió veloz, instantáneo, y le llegó al corazón con infalible
puntería. Vio el destello en el aire, sintió el ardiente impacto del golpe, incluso vio brotar
el chorro y caer en el suelo rocoso, mucho más rojo que el vino...
Jadeó unos momentos con dificultad, se tambaleó, sintió vértigo, se desplomó... y un
instante después, tan rápido sucedió todo, tuvo conciencia de que le sujetaban unas
manos, y le ayudaban a ponerse de pie. Pero estaba muy débil para sostenerse solo. Le
llevaron a la cama. El conserje, y el hombre que le había abordado para pedirle fuego cinco
minutos antes tratando de entablar conversación, estaban uno junto a sus pies y el otro
junto a su cabeza. Al cruzar el vestíbulo del hotel, vio que la gente miraba; su mano
estrujaba las cartas sin abrir que le habían entregado poco antes.
—En realidad, creo que... me las puedo arrelgar solo —dijo, dándoles las gracias—. Si
me dejan, puedo andar. Me he mareado un momento.
—Es el calor del vestíbulo —empezó a decir el caballero con voz sosegada,
comprensiva.
Le dejaron de pie en la escalera, observándole un momento para ver si se había
recobrado del todo. Limasson subió sin vacilar los dos tramos hasta su habitación. Se le
había pasado el mareo momentáneo. Se sentía totalmente recobrado, fuerte, confiado,
capaz de mantenerse de pie, capaz de andar, capaz de escalar.

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