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miércoles, 8 de julio de 2009

UN LUGAR DE LOS DIOSES


UN LUGAR DE LOS DIOSES
Stephen Vincent Benet



El Norte, el Oeste y el Sur son buenos terrenos de caza, pero está prohibido ir al Este. Está prohibido ir a cualquiera de los Lugares Muertos excepto para buscar metal, y en tales casos el que toca el metal tiene que ser un sacerdote o el hijo de un sacerdote. Después, el hombre y el metal tienen que ser purificados. Esas son las normas y las leyes; y están bien hechas. Está prohibido cruzar el gran río y contemplar el lugar que fue el Lugar de los Dioses. Está severamente prohibido. Ni siquiera podemos pronunciar su nombre. Allí es donde moran los espíritus, y los demonios. Allí se encuentran las cenizas del Gran Incendio. Esas cosas están prohibidas; han estado prohibidas desde el principio de los tiempos.
Mi padre es un sacerdote. Por tanto, yo soy el hijo de un sacerdote. He estado en los Lugares Muertos con mi padre. Al principio, estaba asustado. Cuando mi padre entró en la casa en busca de metal, me quedé de pie junto a la puerta, sintiéndome débil y pequeño. Era la casa de un hombre muerto, la casa de un espíritu. No tenla el olor del hombre, aunque en un rincón había huesos humanos. Pero el hijo de un sacerdote no puede dar muestras de temor. Contemplé los huesos en la sombra y mantuve mi voz firme.
Luego salió mi padre con el metal: un trozo grande, impresionante. Mi padre me miró con los dos ojos, pero yo no eché a correr. Me dio el metal para que lo sostuviera. Lo cogí y continué viviendo. De modo que mi padre supo que yo era realmente su hijo y que cuando me llegara la hora sería un sacerdote. Eso fue cuando yo era muy joven. Sin embargo, mis hermanos no lo habían hecho, aunque eran buenos cazadores. A partir de entonces, me cedieron el mejor trozo de carne y el rincón más caliente junto al fuego. Mi padre velaba por mí; estaba muy contento porque sería un sacerdote. Pero cuando fanfarroneaba o lloraba sin motivo, me castigaba con más severidad que a mis hermanos. Y era justo que lo hiciera.
Pasado un tiempo, recibí autorización para ir a las casas muertas en busca de metal. De modo que aprendí cómo eran aquellas casas, y los huesos dejaron de asustarme. Los huesos son ligeros y viejos; a veces se deshacen en polvo si los toco. Pero esto es un gran pecado.
Aprendí los cánticos y los sortilegios. Me enseñaron a contener la sangre de una herida, y muchos secretos. Un sacerdote tiene que saber muchos secretos: eso era lo que mi padre decía. Si los cazadores creen que lo sabemos todo acerca de los cánticos y los sortilegios, pueden creerlo; no les perjudica. Me enseñaron a leer libros antiguos y a escribir la antigua escritura. Era difícil y me costó mucho aprenderlo. Mis conocimientos me hacían feliz; eran como fuego en mi corazón. Lo que más me gustaba era oír hablar de los Tiempos Antiguos y las historias de los dioses. Me hacía a mí mismo muchas preguntas que no podía contestarme, pero el formularlas era bueno. Por la noche, me gustaba permanecer despierto y escuchar el ruido del viento. Me parecía la voz de los dioses mientras volaban a través del aire.
Nosotros no somos ignorantes como el Pueblo de los Bosques. Nuestras mujeres hilan la lana en la rueca, y nuestros sacerdotes llevan túnicas blancas. Nosotros no comemos raíces, ni hemos olvidado la antigua escritura, aunque es muy difícil de comprender. Sin embargo, mis conocimientos y mi falta de conocimientos ardían en mí. Deseaba saber más. Cuando, al fin, fui un hombre, me dirigí a mi padre y le dije:
- Ha llegado el momento de que emprenda mi viaje. Dame tu permiso.
Me miró durante largo rato, acariciándose la barba, antes de contestar:
- Sí, ha llegado el momento,
Aquella noche, en la casa del sacerdocio, pedí y recibí la purificación. El cuerpo me dolió, pero mi espíritu era una roca fría. Mi propio padre me interrogó acerca de mis sueños.
Me ordenó mirar el humo del fuego y ver. Vi, y dije lo que vi. Era lo que siempre había visto: un río y, más allá del río, un gran Lugar Muerto, por el que paseaban los dioses. Siempre había pensado en eso. Los ojos de mi padre tenían una expresión severa cuando se lo dije; ya no era mi padre, sino un sacerdote. Dijo:
- Este es un sueño fuerte.
- Es mío - dije, mientras el humo se dispersaba y mi cabeza se sentía más ligera.
En la cámara exterior estaban entonando el canto de la Estrella, que era como un zumbar de abejas en mi cerebro.
Mi padre me preguntó cómo iban vestidos los dioses, y yo le dije cómo iban vestidos los dioses. Nosotros sabemos cómo van vestidos por los libros, pero yo les había visto como si estuvieran delante de mí. Cuando hube terminado, dejó caer las támaras tres veces y las estudió mientras caían.
- Este es un sueño muy fuerte - repitió - Puede devorarte.
- No tengo miedo - dije, y le miré con los dos ojos. Mi voz sonó muy débil en mis oídos, pero eso era a causa del humo.
Mi padre me tocó en el pecho y en la frente. Me dio el arco y las tres flechas.
- Tómalas - dijo -. Está prohibido viajar hacia el Este. Está prohibido cruzar el gran río. Está prohibido ir al Lugar de los Dioses. Todas esas cosas están prohibidas.
- Todas esas cosas están prohibidas - dije, pero la que hablaba era mi voz, y no mi espíritu.
Mi padre volvió a mirarme.
- Hijo mío - dijo -, en mi juventud también tuve sueños. Si tus sueños no te devoran, puedes ser un gran sacerdote. Si te devoran, continuarás siendo mi hijo. Ahora, puedes emprender tu viaje.
Me puse en marcha rápidamente, como ordena la ley. El cuerpo me dolía, pero no mi corazón. Cuando amaneció, me encontraba fuera de la vista de la aldea. Oré y me purifiqué a mí mismo, esperando una señal. La señal fue un águila. Volaba hacia el Este.
A veces, las señales son enviadas por espíritus malos. Esperé de nuevo sobre la roca plana, sin tomar ningún alimento. Estaba muy quieto. Podía sentir el cielo sobre mi cabeza y la tierra debajo de mi cuerpo. Esperé hasta que el sol empezó a hundirse. Entonces, tres ciervos cruzaron el valle, dirigiéndose hacia el Este; no me olfatearon ni me vieron. Entre ellos había un cervatillo blanco: una señal muy grande.
Los seguí a distancia, esperando lo que sucedería. Mi corazón estaba turbado por aquella marcha hacia el Este, pero yo sabía que tenía que ir. Mi cabeza estaba muy débil a causa del ayuno; ni siquiera vi la pantera que saltaba sobre el cervatillo blanco. Pero, antes de que pudiera darme cuenta, el arco estaba en mi mano. Disparé, y la pantera cayó en pleno salto. No es fácil matar a una pantera con una sola flecha, pero la que yo disparé le penetró por el ojo y se alojó en su cerebro. Entonces supe que tenía que ir hacia el Este. Supe que ése era mi viaje. Cuando se hizo de noche, encendí una fogata y asé carne.
Hay ocho soles de viaje hasta el Este, y un hombre pasa por muchos Lugares Muertos. El Pueblo de los Bosques les teme, pero yo no. Una vez encendí mi fogata al borde de un Lugar Muerto, por la noche, y a la mañana siguiente, en la casa muerta, encontré un buen cuchillo, muy poco oxidado. Era pequeño para lo que llegó más tarde, pero animó a mi corazón. Siempre que buscaba algo que cazar, lo encontraba delante de mi flecha. Por dos veces me crucé con grupos de cazadores del Pueblo de los Bosques sin que me vieran. De modo que supe que mi magia era fuerte y mi viaje despejado, a pesar de la ley.
Cuando iba a ponerse el octavo sol, llegué a las orillas del gran río. Estaba a medio día de viaje después de que hube dejado el camino de los dioses. Ahora no utilizamos los caminos de los dioses, ya que están deshaciéndose en grandes bloques de piedra. El bosque es más seguro. Desde muy lejos, había visto el agua a través de los árboles, pero los árboles eran muy tupidos. Al final salí a un espacio abierto, en la cima de un farallón. Debajo estaba el gran río, como un gigante tendido al sol. Es muy largo, muy ancho. Puede beberse todos los arroyos que nosotros conocemos y quedarse con sed. Su nombre es Ou-dis-sun, el Sagrado, el Largo. Ningún hombre de mi tribu lo ha visto; ni siquiera mi padre, el sacerdote. Era mágico, y oré.
Luego alcé mis ojos y miré hacia el Sur. Allí estaba: el Lugar de los Dioses.
¿Cómo puedo decir el aspecto que tenía? No lo comprenderíais. Estaba allí, a la rojiza claridad del crepúsculo. Aquellas cosas eran demasiado grandes para ser casas. Estaba allí, bañado por la luz roja del crepúsculo, poderoso y en ruinas. Supe que los dioses no tardarían en verme. Me cubrí los ojos con las manos y me arrastré hasta el bosque.
Desde luego, hacer lo que había hecho y continuar vivo era suficiente. Desde luego, pasar la noche sobre el farallón era suficiente. Los del Pueblo del Bosque no se atrevían a acercarse tanto. Sin embargo, a lo largo de toda la noche, supe que tendría que cruzar el gran río y llegar al Lugar de los Dioses, aunque los dioses me devoraran. Mi magia no me serviría para nada, y sin embargo había un fuego en mis entrañas, un fuego en mi mente. Cuando salió el sol, pensé: «Mi viaje ha sido despejado. Ahora regresaré, dando por terminado mi viaje». Pero, mientras lo estaba pensando, sabía que no lo haría. Si iba al Lugar de los Dioses, seguramente moriría, pero si no iba, no volvería a haber paz en mi espíritu. Y, si se es sacerdote y el hijo de un sacerdote, es preferible perder la vida a perder el espíritu.
No obstante, mientras construía la balsa, las lágrimas brotaron de mis ojos. Los hombres del Pueblo de los Bosques podían haberme matado sin lucha, de haber llegado en aquel momento, pero no se presentaron. Cuando la balsa estuvo hecha, recité los adagios de los difuntos y me pinté a mí mismo para la muerte. Mi corazón estaba frío como una rana y mis rodillas parecían de agua, pero el fuego que ardía en mi mente no me hubiera permitido reposar. Mientras empujaba mi balsa río adentro, empecé mi canto fúnebre. Tenía derecho a él. Era un canto muy bonito. Canté:

«Soy John, hijo de John. Mi pueblo es el Pueblo
de las Colinas. Ellos son los hombres.
Voy a los Lugares Muertos, pero no soy asesinado.
Cojo el metal de los Lugares Muertos, pero no soy maldecido.
Viajo por los caminos de los dioses y no tengo miedo.
¡Eh-yah!
He matado la pantera. ¡Eh-yah!
He venido al gran río. Nadie había llegado hasta aquí antes.
Está prohibido ir hacia el Este, pero yo he venido;
prohibido ir al gran río, pero yo estoy aquí.
Abrid vuestros corazones, vuestros espíritus, y escuchad el canto.
Ahora voy al Lugar de los Dioses; no regresaré.
Mi cuerpo está pintado para la muerte, y mis piernas tiemblan.
Pero mi corazón es grande mientras voy al Lugar de los Dioses.

No obstante cuando llegué al Lugar de los Dioses estaba asustado, muy asustado. La corriente del gran río es muy fuerte; agarraba mi balsa con sus manos. Aquello era magia, ya que el río es ancho y tranquilo. Pude sentir los espíritus malos a mi alrededor en la radiante mañana; pude sentir su aliento sobre mi nuca mientras me deslizaba corriente abajo. Nunca había estado tan solo. Traté de pensar en mis conocimientos, pero en mis conocimientos no había ya ninguna fuerza, y me sentí pequeño y desnudo como un pájaro recién salido del cascarón... solo sobre el gran río, el siervo de los dioses.
Sin embargo, al cabo de un rato mis ojos se abrieron y vi. Vi las dos orillas del río; vi que en otra época habían habido caminos de los dioses a través del río, aunque ahora estaban rotos y caídos. Eran muy grandes y habían quedado rotos en la época del Gran Incendio, cuando cayó fuego del cielo. Y la corriente me llevaba cada vez más cerca del Lugar de los Dioses, y las enormes ruinas se erguían más altas delante de mis ojos.
No conozco las costumbres de los ríos; nosotros somos el Pueblo de las Colinas. Traté de guiar mi balsa con la pértiga, pero empezó a girar. Pensé que el río quería llevarme más allá del Lugar de los Dioses y sumergirme en las Aguas Amargas de las leyendas.
Entonces me enfurecí; mi corazón se sintió fuerte. Dije en voz alta: «Soy un sacerdote y el hijo de un sacerdote» Los dioses me escucharon; me enseñaron cómo tenía que remar con la pértiga en un lado de la balsa. La corriente cambió por sí misma; me acercó cada vez más al Lugar de los Dioses.
Cuando estaba muy cerca, mi balsa chocó contra algo y volcó. Yo puedo nadar en nuestros lagos; nadé hasta la playa. Había un gran espigón de metal oxidado que se hundía en el río; me arrastré hasta él y me senté allí, jadeando. Había salvado mi arco, y dos flechas, y el cuchillo que había encontrado en el Lugar Muerto, pero eso era todo. Mi balsa se alejaba remolineando hacia las Aguas Amargas. La miré, pensando que si estuviera montado en ella, al menos tendría una muerte segura. Sin embargo, cuando hube secado y tensado la cuerda de mi arco, eché a andar hacia el Lugar de los Dioses.
Notaba el suelo bajo mis pies; no me quemaba. No es cierto - como dicen algunas leyendas - que el suelo, allí, queme siempre, ya que a mí no me quemaba. Aquí y allá había las huellas del Gran Incendio en las ruinas, es verdad. Pero eran unas huellas muy antiguas. No es cierto, tampoco, como dicen algunos de nuestros sacerdotes, que el Lugar de los Dioses sea una isla cubierta de nieblas y sortilegios. No lo es. Es un gran Lugar Muerto... mayor que cualquiera de los Lugares Muertos que conocemos. Está Cruzado Y entrecruzado por caminos de los dioses; aunque la mayor parte de ellos están agrietados y rotos. En todas partes hay las ruinas de las altas torres de los dioses.
¿Cómo diré lo que vi? Avancé cautelosamente, con el arco en la mano, atento a la menor señal de peligro. Tenía que haber oído los lamentos de los espíritus y los alaridos de los demonios, pero no oí nada. Todo estaba silencioso y bañado por el sol. El viento y la lluvia y los pájaros que dejaban caer semillas habían hecho su obra; la hierba crecía en las grietas de la piedra rota. Es una hermosa isla; no me extraña que los dioses la escogieran para establecerse en ella. Si yo hubiese llegado allí como un dios, hubiera hecho lo mismo.
¿Cómo diré lo que vi? Las torres no están todas rotas; aquí y allí se yergue una, como un gran árbol en un bosque, y los pájaros anidan en lo más alto. Pero las torres tienen un aspecto tenebroso, porque los dioses no moran ya en ellas. Vi a un pez-halcón, cazando peces en el río. Vi una pequeña danza de mariposas blancas sobre un montón de piedras y columnas rotas. Avancé y miré a mi alrededor; vi una piedra labrada, con unas letras grabadas, partida por la mitad. Puedo leer letras, pero no pude entender aquéllas. Decían: UBTREAS. Había también la destrozada imagen de un hombre o un dios. Había sido hecha de piedra blanca y llevaba el pelo largo y echado hacia atrás, como el de una mujer. Su nombre era ASHING, como leí en un trozo de su roto pedestal. Pensé que sería prudente rezarle a ASHING, aunque yo no conocía a aquel dios.
¿Cómo diré lo que vi? Ni la piedra ni el metal olían a hombre. Ni había muchos árboles en aquel páramo de piedra. Había muchas palomas, que anidaban en las torres: los dioses debieron amarlas mucho, o quizás las utilizaban para sus sacrificios. Había gatos salvajes de ojos verdes, que vagabundeaban por los caminos de los dioses sin temer al hombre. Por la noche aullaban como demonios, pero no son demonios. Los perros salvajes son más peligrosos, ya que cazan en manadas, pero no los encontré hasta más tarde. En todas partes hay piedras labradas, que tienen grabadas cifras y palabras mágicas.
Avancé hacia el Norte; no traté de ocultarme. Cuando un dios o un demonio me viera, moriría. Pero no tenía miedo. Mi hambre de conocimiento ardía en mí; había demasiadas cosas que no podía comprender. Al cabo de un rato, el que estaba hambriento era mi estómago. Podía haber cazado, pero no lo hice. Es sabido que los dioses no cazaban como nosotros; obtenían su alimento de cajas y tarros encantados. A veces se encuentra alguno en los Lugares Muertos. En cierta ocasión, cuando era un chiquillo, abrí uno de aquellos tarros, probé su contenido y lo encontré dulce, pero mi padre me descubrió y me castigó severamente; ya que a menudo, aquel alimento es mortal. Ahora lo había superado todo en materia de prohibiciones, y entré en las torres más bonitas, buscando el alimento de los dioses.
Lo encontré finalmente en las ruinas de un gran templo en el centro de la ciudad. Tenla que haber sido un templo importante, ya que el techo estaba pintado como el cielo nocturno con sus estrellas: pude apreciarlo claramente, a pesar de que los colores estaban muy desteñidos. Descendía hacia unas grandes cuevas y túneles: tal vez guardaban aquí sus esclavos. Pero, cuando empecé a bajar, oí el chillido de las ratas, de modo que no bajé. Las ratas son asquerosas, y allí tenía que haber muchas tribus de ratas, a juzgar por los chillidos. Pero encontré comida en el centro de unas ruinas, detrás de una puerta que estaba abierta. Comí solamente las frutas de los tarros; tenían un sabor muy dulce. Había bebida, también, en botellas de cristal; la bebida de los dioses es fuerte, y se sube a la cabeza. Cuando hube comido y bebido, dormí encima de una piedra, con el arco al alcance de mi mano.
Al despertarme, el sol estaba bajo. Vi a un perro sentado. Su lengua colgaba fuera de su boca; parecía que estuviera riéndose. Era un perro grande con un pelaje de color gris oscuro, tan grande como un lobo. Me incorporé de un salto y le grité, pero no se movió; continuó allí sentado, como si se estuviera riendo. Aquello no me gustó. Cuando cogí una piedra para tirársela, se apartó rápidamente de la trayectoria de la piedra. No me tenía miedo; me miraba como si yo fuera carne. Desde luego, podía haberle matado con una flecha, pero ignoraba si había otros. Además, se estaba haciendo de noche.
Miré a mi alrededor. No lejos de allí había un ancho y agrietado camino de los dioses, que conducía hacia el Norte. Las torres eran bastante altas, aunque no tan altas como otras y si bien la mayoría de las casas muertas estaban derruidas, algunas se mantenían en pie. Avancé hacia aquel camino de los dioses, manteniéndome en las alturas de las ruinas, mientras el perro me seguía. Cuando llegué al camino de los dioses, vi que había otros detrás de él. De no haberme despertado tan a tiempo, me hubieran sorprendido durmiendo y me hubieran hecho trizas. De todos modos, me tenían atrapado; no se apresuraban. Cuando entré en la casa muerta, permanecieron vigilantes en la entrada. Indudablemente, pensaban tener una buena caza. Pero un perro no puede abrir una puerta, y yo sabía, por los libros, que a los dioses no les gusta vivir al nivel del suelo, sino en las alturas.
Acababa de encontrar una puerta que pude abrir cuando los perros decidieron atacar. ¡Ja! Quedaron sorprendidos al cerrarles la puerta en las narices; era una buena puerta, de metal fuerte. Pude oírles ladrar ferozmente, pero no me detuve a contestarles. Estaba a oscuras. Encontré una escalera y empecé a subirla. La escalera daba muchas vueltas, y mi cabeza empezó también a darlas. En lo más alto había otra puerta; encontré el tirador y la abrí. Entré en una pequeña cámara. En uno de los dos lados había una puerta de bronce que no podía ser abierta, ya que no tenía ningún pomo. Tal vez había una palabra mágica para abrirla, pero yo no conocía la palabra. Me dirigí hacia la puerta de la parte opuesta de la pared. La cerradura estaba rota, de modo que me limité a empujarla y a entrar.
Dentro, había un lugar de grandes riquezas. El dios que vivió allí debió de haber sido un dios poderoso. La primera habitación era una pequeña antesala. Esperé allí durante algún tiempo, diciéndoles a los espíritus del lugar que llegaba en son de paz y no como un ladrón. Cuando me pareció que habían tenido tiempo de oírme, continué avanzando. ¡Ah, qué riquezas! Todo estaba tal como había sido. Las grandes ventanas que se abrían sobre la ciudad no habían sufrido ningún daño, aunque estaban cubiertas con el polvo de muchos años. Había alfombras en los suelos, cuyos colores no estaban demasiado desteñidos, y las sillas eran blandas y hondas. Había cuadros en las paredes, muy raros, muy hermosos. Recuerdo uno de un ramillete de flores en un jarrón; si uno se acercaba a él, no podía ver nada más que manchas de color, pero si retrocedía unos pasos, las flores podían haber sido cogidas el día anterior. Experimenté una extraña sensación al mirar aquel cuadro, y al mirar la figura de un pájaro, esculpida en alguna arcilla dura y ver que era tan parecido a nuestros pájaros. En todas partes había libros, la mayoría en lenguas que no pude leer. El dios que vivió allí tuvo que haber sido un dios sabio.
Sin embargo, era muy raro. Había un lugar para lavarse, pero sin agua; quizás los dioses se lavaban con aire. Habla un lugar para cocinar, pero sin leña, y aunque había una máquina para cocer comida, no había ningún lugar para poner fuego. Tampoco había velas ni lámparas. Había cosas que parecían lámparas, pero no tenían aceite ni mecha. Todas aquellas cosas eran mágicas, pero yo las toqué y continuaba viviendo; la magia había desaparecido de ellas. Permitidme decir una cosa muy rara. En el lugar para lavarse, una cosa decía «Caliente», pero no era caliente al tacto; otra cosa decía «Fría», pero no estaba fría. Esto debió de haber sido una poderosa magia, pero la magia había desaparecido. No comprendí nada... y me hubiera gustado saberlo.
La casa del dios estaba cerrada y seca y polvorienta. He dicho que la magia había desaparecido, pero eso no es cierto; había desaparecido de las cosas mágicas, pero no había desaparecido del lugar. Sentía los espíritus a mi alrededor, pesando sobre mí. Hasta entonces no había dormido nunca en un Lugar Muerto y, sin embargo, aquella noche tenía que dormir allí. Al pensar en ello, mi lengua se secó en mi garganta, a pesar de mi deseo de adquirir más conocimientos. Estuve a punto de bajar y enfrentarme con los perros. Sin embargo no lo hice.
No habla recorrido todas las habitaciones cuando cayó la oscuridad. Entonces, regresé a la gran habitación que se abría sobre la ciudad y encendí fuego. Había un lugar para hacer fuego y una caja llena de leña, aunque no creo que cocinaran allí. Me envolví en una alfombra y dormí enfrente del fuego.
Ahora contaré lo que es una magia muy poderosa. Me desperté en medio de la noche. Cuando me desperté, el fuego se había apagado y yo tenía frío. Me pareció oír susurros y voces a mi alrededor. Cerré los ojos para acallarlos. Alguien dirá que volví a dormirme, pero yo no creo que me durmiera. Pude sentir a los espíritus arrastrando a mi propio espíritu fuera de mi cuerpo, del mismo modo que un pez es arrastrado fuera del agua.
¿Por qué tendría que mentir acerca de ello? Soy un sacerdote y el hijo de un sacerdote. Si existen espíritus, como ellos dicen, en los pequeños Lugares Muertos próximos a nosotros, ¿qué espíritus no habrá en aquel gran Lugar de los Dioses? ¿Y no desearían hablar después de tan largos años? Sé que me sentí arrastrado del mismo modo que un pez es arrastrado fuera del agua. Me había salido de mi propio cuerpo; pude ver mi cuerpo dormido enfrente del fuego apagado, pero no era yo. Me habían arrastrado para que contemplara la ciudad de los dioses.
Tenía que haber sido oscuro, ya que era de noche, pero no había oscuridad. En todas partes había luces: líneas de luz, círculos y manchas de luz... Diez mil antorchas no hubieran iluminado tanto. El mismo cielo estaba intensamente iluminado; apenas podían verse las estrellas a causa del intenso resplandor del cielo. Pensé: «Esto es magia poderosa», y temblé. En mis oídos había un rugido semejante al de la torrencial crecida de los ríos. Luego, mis ojos fueron acostumbrándose a la luz y mis oídos al ruido. Supe que estaba viendo la ciudad tal como había sido cuando los dioses estaban vivos.
¡Sí, era un gran espectáculo! No hubiera podido presenciarlo con el cuerpo: mi cuerpo hubiera muerto. Por todas partes andaban los dioses, a pie y en carruajes; había dioses en número incontable y sus carruajes bloqueaban las calles. Habían convertido la noche en día para su placer; no se acostaban con el sol. El ruido de su ir y venir era el ruido de muchas aguas. Lo que podían hacer era mágico; lo que hacían era mágico.
Miré a través de otra ventana; los grandes puentes de sus ríos hablan sido reparados, y los caminos de los dioses iban de Este a Oeste. ¡Y los dioses eran incansables, siempre estaban en movimiento! Excavaban túneles por debajo de los ríos; volaban por el aire. Con herramientas increíbles, realizaban obras gigantescas; ninguna parte de la tierra estaba a salvo de ellos, ya que, si deseaban una cosa, la pedían al otro extremo del mundo. Y siempre, mientras trabajaban y descansaban, mientras se divertían y hacían el amor, había un redoble en sus oídos: el pulso de la ciudad gigante, latiendo y latiendo como el corazón de un hombre.
¿Eran felices? ¿Qué es la felicidad para los dioses? Eran grandes, eran poderosos, eran maravillosos y terribles. Al contemplarles, a ellos y a su magia, me sentía como un niño. Un poco más, me parecía, y pondrían sus manos sobre las estrellas. Les veía dotados de sabiduría más allá de la sabiduría, y de conocimientos más allá del conocimiento. Y, sin embargo, no todo lo que hicieron estuvo bien hecho, y a pesar de su sabiduría no consiguieron la paz.
Entonces vi lo que les había sucedido, y fue algo indescriptiblemente espantoso. Cayó sobre ellos mientras andaban por las calles de su ciudad. He estado en las luchas contra el Pueblo del Bosque: he visto morir a los hombres. Pero cuando los dioses guerrean contra los dioses, utilizan armas que nosotros no conocemos. Fuego que cae del cielo y una niebla que envenena. Aquélla fue la época del Gran Incendio y de la Destrucción. Corrían como hormigas por las calles. ¡Pobres dioses, pobres dioses! Luego, las torres empezaron a caer. Unos cuantos escaparon... si, unos cuantos. Las leyendas lo cuentan. Pero, incluso después de que la ciudad se hubo convertido en un Lugar Muerto, durante muchos años el veneno estuvo todavía en el suelo. Lo vi todo; vi morir al ultimo de ellos. En la ciudad destrozada la oscuridad era completa, y yo lloré.
Vi todo esto. Lo vi tal como lo he contado; aunque no con el cuerpo. Cuando me desperté por la mañana estaba hambriento, pero no pensé en mi hambre, ya que mi corazón estaba perplejo y aturdido. Conocía el motivo de la existencia de los Lugares Muertos, pero no comprendía por qué habla sucedido. Me parecía que no tenía que haber sucedido, con toda la magia que poseían. Recorrí toda la casa buscando una respuesta. En la casa había muchas cosas que no pude comprender, a pesar de ser un sacerdote y el hijo de un sacerdote. Era como estar a orillas del gran río por la noche, sin ninguna luz para mostrar el camino.
Entonces vi al dios muerto. Estaba sentado en su silla junto a la ventana, en una habitación en la cual no había entrado antes, y, en el primer momento, creí que estaba vivo. Luego vi la piel del dorso de su mano: era como cuero resecado. La habitación estaba cerrada, caliente y seca; indudablemente, esto le había conservado tal como era. Al principio tuve miedo de acercarme a él; luego, el temor desapareció. Estaba sentado, contemplando su ciudad; iba vestido con las ropas de los dioses. No era ni joven ni viejo; no pude calcular su edad. Pero en su rostro había sabiduría, y una gran tristeza. Era evidente que no había querido huir. Se había sentado junto a su ventana, para ver morir a su ciudad; después, también él había muerto. Pero es preferible perder la vida que perder el espíritu; y por el rostro de aquel dios podía asegurarse que no había perdido su espíritu. Sabía que, si le tocaba, se desharía en polvo; y, sin embargo, en su rostro había algo inconquistado.
Y esto es todo, ya que entonces supe que el muerto era un hombre. Supe que todos habían sido hombres, ni dioses ni demonios. Este es un gran conocimiento, difícil de decir y de creer. Eran hombres. Recorrieron un oscuro camino, pero eran hombres. Después de eso no tuve miedo. No tuve miedo de regresar a mi hogar, aunque tuve que luchar dos veces con los perros y me vi perseguido durante dos días por el Pueblo del Bosque. Cuando vi de nuevo a mi padre, oré y fui purificado.
Mi padre tocó mis labios y mi pecho. Dijo:
- Te marchaste siendo un muchacho. Has regresado convertido en un hombre y en un sacerdote.
Dije:
- ¡Padre, eran hombres! ¡He estado en el lugar de los Dioses y lo he visto! Ahora, mátame si es la ley, pero yo sé que eran hombres.
Me miró con los dos ojos.
- La ley no tiene siempre la misma forma - dijo -. Has hecho lo que has hecho. Yo no pude hacerlo en mi época, pero tú has llegado detrás de mí. ¡Cuenta!
Hablé, y él escuchó. Después, quise contárselo a todo el pueblo, pero mi padre me disuadió de hacerlo.
- La verdad es un ciervo difícil de cazar - dijo -. Si comes demasiada verdad de una vez, puedes morir de una indigestión de verdad. Nuestros antepasados no obraron caprichosamente al prohibir los Lugares Muertos.
Tenía razón; es mejor que la verdad llegue poco a poco. Yo he aprendido esto, siendo un sacerdote. Quizás en los tiempos antiguos comieron el conocimiento demasiado de prisa.
De todos modos, ha sido un comienzo, ahora no vamos a los Lugares Muertos sólo en busca de metal; allí hay libros, y herramientas. Los libros resultan difíciles de leer, y las herramientas mágicas están rotas, pero podemos examinarlas e interrogarnos. Al menos, ha sido un comienzo. Y, cuando sea Sumo Sacerdote, iremos más allá del gran río. Iremos al Lugar de los Dioses - al lugar Nuevayork -, no un solo hombre, sino una compañía. Andaremos por las calles agrietadas y pronunciaremos sus nombres en voz alta, sin temor.
Buscaremos las imágenes de los dioses y encontraremos el dios ASHING y los otros: los dioses LICOLN y BILTMORE y MOSES. Pero los que edificaron la ciudad eran hombres; no eran dioses ni demonios. Eran hombres. Recuerdo el rostro del hombre muerto. Eran hombres que estuvieron aquí antes que nosotros. Tenemos que volver a edificar.


FIN


EL HECHIZO MAS FUERTE


EL HECHIZO MAS FUERTE
L. Sprague De Camp



Vista débilmente a través de una llovizna otoñal, que hacía brillar el empedrado a la luz del ocaso, la ciudad de Kern - antigua, colorida, bulliciosa y vital -, se extendía sobre las aguas del océano Occidental. Las banderas desplegadas de la ciudad se agitaban, con los pliegues húmedos, en los mástiles situados sobre las torres de vigilancia, a lo largo de los muros, donde los centinelas hacían guardia y observaban a través de la oscuridad.
A lo largo de la amplia calle Océano, como se denominaba la calzada situada frente al mar, unas pocas personas se movían en las tinieblas, mientras el agua gorgoteaba en los albañales. La mayor parte de las rechonchas barcazas de transporte que llevaban de un lado a otro el comercio de Kern, así como las estilizadas galeras que lo protegían de los corsarios de las islas Gorgon, habían sido dejadas fuera de servicio durante la estación, sacadas del agua y colocadas en cobertizos situados a lo largo de la playa al sur del paseo que daba al mar. Por lo tanto, había muy pocas naves utilizando los muelles y embarcaderos de la calle Océano, a excepción de las cajas usuales donde se colocaba el pescado, la mayor parte de las cuales estaba expuesta a la tormenta.
Un carro de dos caballos pasó traqueteando, con unas ruedas de bronce golpeando estrepitosamente sobre el empedrado y con su conductor llevando bien sujetas las riendas de las cabalgaduras semisalvajes. El pasajero estaba envuelto hasta los ojos, para protegerse de la humedad, pero las luces procedentes de las casas iluminaban los adornos dorados del vehículo, poniendo así de manifiesto que el personaje debía pertenecer a la oligarquía de príncipes mercaderes.
Suar Peial, apretando bajo su capa un par de abultados objetos, andaba por la calle, prestando muy poca atención a las dudosas personas que miraban hacia el exterior desde las puertas y callejuelas. Estas personas, después de observar la estatura de Suar y la delgada vaina que se veía por debajo de la capa, miraban hacia otro lado para observar otras cosas más tranquilizadoras.
Un ruido, procedente de una calleja, atrajo la atención de Suar. Con una simple mirada, se dio cuenta de que se estaba librando una lucha. Un hombre, con la espalda apoyada en un ángulo de la pared, se defendía de las patadas y golpes de una especie de porra con la que le atacaba un grupo de cinco. El aspecto de estos últimos, tan andrajosos como las hojas caídas de los robles que bordeaban las avenidas de Kern, indicaron a Suar que se trataba de los típicos ladrones del barrio.
Un hombre sensato que viviera en aquella zona se limitaría a pasar tranquilamente de largo, aparentando no haber visto ni oído nada. Pero si Suar era sensato, no estaba dispuesto a serlo en Kern. Lo habría sido en su casa, en Zhysk, en el mar Sireniano; incluso podría haber llegado a ser rey de Zhysk. Pero tal y como se presentaban las cosas, aquel hombre estaba destinado a caer bajo las porras y espadas de sus atacantes en cuestión de segundos. Aun cuando hubiera sido el doble de grande y hubiera estado mucho mejor armado, no podía enfrentarse con cinco al mismo tiempo. Si sus cobardes asaltantes hubieran estado dispuestos a arriesgar uno o dos embates más duros, el hombre ya habría sido dominado.
Suar se quitó la capa, envolvió con ella los objetos que llevaba, desenvainó su delgado estoque de bronce y se dirigió resueltamente hacia el lugar de la pelea. A medida que avanzaba, escogió como primer contrincante al que llevaba la porra. En cuanto a los otros, dos llevaban espadas cortas, de hoja ancha, y los otros dos, simples cuchillos. De haber dispuesto de un escudo o de una armadura, Suar habría tenido muy poco que temer de la porra, pero, al no disponer de defensa adecuada, temía enfrentarse a ella con su estoque, de unos setenta centímetros de largo.
El hombre que llevaba el garrote se volvió al oírle aproximarse y saltó hacia atrás. Los otros cuatro también se apartaron de su víctima, en una actitud con la que parecían dispuestos a huir inmediatamente. Entonces, el de la porra dijo:
- Sólo es uno. ¡Matémosle también!
Dio un paso hacia adelante, haciendo oscilar el arma. Suar no trató de evitar el ataque; antes, por el contrario, sus largos y huesudos brazos y piernas se lanzaron hacia adelante en una poderosa embestida, atravesando con la punta de su estoque el brazo del hombre. Después, Suar saltó hacia atrás, tratando de recuperarse antes de que lo alcanzara la porra. No lo consiguió del todo. Aunque el golpe quedó debilitado por la herida sufrida en el brazo del ladrón, la madera alcanzó el cráneo de Suar, le raspó la oreja derecha y pegó sobre su hombro del mismo lado; sintió el doloroso golpe, pero no lo bastante fuerte como para inutilizarle. Después, la porra cayó al suelo cuando su propietario abrió la mano a causa de su herida en el brazo.
Cuando el hombre se quedó allí, sosteniéndose el brazo herido y mirándole estúpidamente, la espada de Suar se movió de nuevo con rapidez, como la lengua de una serpiente, y la punta se introdujo en el amplio pecho del ladrón. El hombre de la porra lanzó una maldición, tosió, se dobló y cayó sobre el barro de la calleja. Cuando los demás comenzaron a acercarse más a Suar, rodeándole, éste lanzó una estocada contra el espadachín más cercano a él, que retrocedió, sin ser alcanzado; inmediatamente después, Suar se revolvió contra uno de los que llevaban cuchillo. El hombre intentó coger la hoja con su mano libre, pero Suar evitó el agarrón y le clavó la espada en el cuerpo.
Todo esto se había desarrollado en menos tiempo de lo que un hombre tranquilo tarda en respirar tres veces. En aquel instante, un sonido seco atrajo la atención de todos. La víctima original se había arrojado contra la espalda de su atacante más cercano tras recoger la porra del suelo, propinándole un poderoso golpe en la cabeza.
Después, quedaron tres ladrones tirados en el barro y los otros dos echaron a correr, huyendo. Uno de los que yacían en el suelo seguía moviéndose y gimiendo.
Suar miró al hombre que había rescatado. No podía distinguir mucho bajo aquella luz penumbrosa, pero se dio cuenta de que llevaba pantalones de tartán y el majestuoso bigote de los bárbaros del noreste. El hombre retrocedió un poco, cogiendo con fuerza la porra, como si aún no estuviera muy seguro de las intenciones de Suar.
- Puedes apartar eso, camarada - dijo Suar, envainando su espada -. No soy ningún ladrón, sino un simple poetastro.
- ¿Quién eres, entonces? - preguntó el pequeño hombre.
Al igual que Suar, hablaba el hesperiano bastardo de los puertos del océano Occidental, aunque con un extraño acento.
- Soy Suar Peial de Amferé, de profesión cantante de canciones dulces. Y vos, buen señor, ¿quién sois?
El hombre emitió algunos sonidos muy curiosos a través de su garganta, como si estuviera imitando el ladrido de un perro.
- ¿Qué habéis dicho? - preguntó Suar.
- Dije que mi nombre es Ghw Gleokh. Supongo que debo daros las gracias por haberme rescatado.
- Vuestra elocuencia me abruma. ¿Sois extranjero?
- Así es - contestó Ghw Gleokh -. Ayudadme a vendar estas heridas. - Y mientras Suar le vendaba dos ligeras heridas que Ghw había recibido, éste preguntó -: ¿Me podéis decir dónde diablos se puede comprar en Kern un poco de vino para remojarse el gaznate?
- Me dirigía a la taberna de Derende para ejercer mi oficio - contestó Suar -. No tengo ninguna objeción que poner a que me acompañéis.
Mientras hablaba, Suar limpió la espada en las ropas del cuerpo que tenía más cerca, la envainó y se volvió. Recogió su capa y los objetos que tenía enrollados en ella y reanudó su camino. Ghw Gleokh echó a trotar detrás de él con la espada ancha del hombre muerto, pues él no poseía ninguna.
Suar se dirigió directamente a la taberna de Derende y apartó la cortina de cuero que servía de puerta. Tuvo que agacharse para no dar con la cabeza en la parte superior del marco de la entrada, pues él procedía de Poseidonis, al otro lado de los mares occidentales - o Pusad, como también se le llamaba -, donde un metro noventa de altura era una estatura normal. El fuego crepitaba en la chimenea central, y su resplandor iluminaba los rostros barbudos y sin barba, mientras que el humo formaba una capa azulada que se deslizaba lentamente por el agujero existente en el techo. Era un fuego pequeño, pues en Kern nunca hacía verdadero frío.
Suar se abrió paso por entre los bancos abarrotados, saludó a un par de conocidos y colocó sus objetos sobre el mostrador de servicio de Derende. Uno era una maltrecha y vieja lira, el otro un saco de provisiones que olía fuertemente a pescado, a pesar de los muchos olores que se notaban en la taberna.
- ¡Oh, si es el poeta! - exclamó Derende, apretando su enorme barrigón contra el otro lado del mostrador -. ¿Estás bien, vagabundo?
- Bastante bien, mesonero - contestó Suar -. Te traigo, para que cocinéis mi cena, a la propia reina de las criaturas marinas, a la perla de los peces. ¡Mira!
Desató el cordel que ataba el saco de provisiones y dejó sobre el mostrador un gran pulpo. Ghw, que se había empinado detrás de él para poder ver, retrocedió, lanzando un terrible grito.
- ¡Dioses! - gritó -. ¡Ese es el monstruo universal! ¿Estáis seguro de que está muerto?
- Completamente seguro - contestó Suar, sonriendo burlonamente.
- No cabe duda de que lo habéis robado a algún pobre pescador - gruñó Derende.
- ¡Qué mal juzga el mundo a un artista! - exclamó Suar -. si os dijera que lo he conseguido honradamente, no me creeríais, así es que, ¿para qué discutir? En cualquier caso, cocinadlo bien con aceite de oliva y unas pocas verduras, y servidlo con el mejor vino verde de Zhynsk.
Derende comenzó a recoger el pulpo.
- Las verduras y el aceite las podéis tener gratis a cambio de vuestro canto, pero en cuanto al vino, tendréis que pagarlo.
- ¡Vaya! Esta mañana aún tenía algunas monedas, pero me enzarcé en un juego y las perdí. Si me fiáis hasta que cante y pase la bandeja...
- En ese caso - dijo Derende, sacudiendo la cabeza -, la cerveza de cebada será buena para vos.
- ¡Por las cuerdas de la lira! - exclamó Suar -, ¿Cómo esperáis que cante habiendo bebido esa agua de fregar platos? - después, haciendo gestos hacia las demás personas que llenaban la taberna, dijo -: ¿Suponéis que todas estas personas están aquí porque les gusta vuestra cerveza amarga y por vuestra cara bonita? Vienen a escucharme. ¿Quién llena vuestro nauseabundo tugurio noche tras noche?
- Escuchadme - dijo Derende -. Tendrá que ser cerveza, o ya podéis marcharos con vuestros cantos a otra parte. Traeré una mujer; alguna moza de pechos robustos que no sólo cantará para ellos sino que, además...
Ghw Gleokh se adelantó entonces y colocó sobre el mostrador una pequeña moneda de cobre en forma de una cabeza en miniatura, en la que estaba grabado el pez volador de Kern.
- Tome - dijo, con su misterioso acento -. Dénos una buena jarra de vino.
Derende sonrió al ver la moneda.
- Así está mejor, maese Derende - dijo Suar -. Y ahora, viejo barril de manteca, ¿habéis visto a mi amigo Midawan, el herrero?
- No esta noche - contestó Derende, sacando una botella de cuero y un par de jarras de cuero embreado.
- Sin duda alguna, vendrá más tarde - comentó Suar -. ¿Hay alguna nueva noticia?
- El Senado ha contratado a un nuevo hechicero - replicó Derende -. Un tarteso llamado Barik.
- ¿Y qué ocurrió con el antiguo?
- Lo empalaron a causa de la tormenta de arena.
- ¿A qué se refiere? - preguntó Ghw con interés.
- Conjuró una tormenta de arena para aplastar una incursión de camellos de lixitanos del desierto - explicó Derende -, pero se equivocó de dirección y enterró a un puñado de nuestros propios guerreros. ¿Y qué noticias tenéis vos, Suar?
- ¡Oh! El joven Okkozen, el hijo del cónsul Bulkajmi, fue arrestado por conducir imprudentemente su carro estando bebido. Gracias a sus buenas relaciones, el magistrado lo dejó libre después de haberle dado una buena reprimenda. Geddel, el comerciante, ha sido asesinado en las montañas Atlanteas por una bruja a la que trató de engañar a la hora de pagarle sus hechizos mortales. - Suar se volvió entonces hacia su compañero y dijo -: Mi buen Ghw, encontremos un lugar donde sentarnos, aunque tengamos que hacer levantar de su asiento a uno de estos grasientos kerneanos. Vais a compartir mi hermoso pulpo, y yo, a cambio, masticaré un trozo de vuestro pan.
- El pan lo podéis tener a cambio de lo que os debo - dijo Ghw en tono áspero -, pero ni con una espada al rojo vivo me obligarán a comer un solo trozo de ese terrible monstruo marino.
- Tanto peor para vos - comentó Suar y, mirando sobre las cabezas de los presentes, señaló hacia un lugar -. Allí hay un banco vacío. Vamos.
El banco era uno de los dos situados a ambos lados de una mesa, ubicada en una esquina.
Dos hombres estaban sentados frente a ellos, con las espaldas apoyadas contra la pared y unas capas negras extendidas sobre sus cabezas. Al principio, Suar los tomó por euskerianos a causa de las capas, pero al sentarse se dio cuenta de que su aspecto resultaba un tanto extraño. El más joven y alto comía pan y queso, mientras que el más viejo y pequeño no comía, sino que inhalaba el humo picante que se elevaba de un diminuto brasero puesto en la mesa, frente a él. no prestaron ninguna atención a los recién llegados.
Suar desenrolló su capa y la colocó debajo del banco, poniendo al descubierto la falda a franjas de los oriundos de Poseidonis, así como una vieja camisa de lo que hacía mucho tiempo, había sido una lana exquisita, y que ahora se veía muy remendada. Se colocó en el extremo del banco, de cara a la pared, frente al pequeño extranjero vestido de negro, mientras que Ghw se quitó su capa y se colocó en el otro extremo. Suar llenó las jarras de vino, mientras Ghw cortaba rebanadas del pan de cebada que llevaba, ligeramente humedecido por la lluvia. Poco después, los dos se encontraban masticando y engullendo.
- Mi querido y viejo camarada - dijo Suar, con la boca llena -, ¿qué es esa cosa curiosa con la que estabais golpeando a los ladrones, como Zormé apaleando a los brutonianos? Me parece que nunca he visto nada igual.
Ghw, que era un hombre de baja estatura, con el pelo rojo y unos brazos de longitud simiesca, lanzó una terrible mirada a su compañero.
- Eso es algo de lo que no me gusta hablar - gruñó Ghw.
- Allá vos si queréis ser un piojo - comentó Suar, encogiéndose de hombros.
Rasgó las cuerdas de su lira y dirigiéndose al hombre pequeño que estaba sentado frente a él, dijo:
- Perdonadme, caballero, pero ese humo no me parece una dieta muy alimenticia. Si gustáis tomar un trozo de la mejor ensalada de pulpo que se ha hecho en Kern, me complacerá mucho guardaros uno en cuanto llegue, pues el monstruo resulta demasiado grande, incluso para mi amplia capacidad.
El hombre levantó por fin la mirada. Sus pupilas no eran más que unos simples puntos bajo el brillo parpadeante de la luz que se encontraba en el pequeño brasero, situado en el centro de la mesa.
- Vuestras intenciones son meritorias - dijo -, y por ellas seréis honrado en los libros de los dioses. Pero habéis de saber, mortal, que cuando el alma está alimentada, el cuerpo se ocupa de sí mismo.
- Vos también sois mortal - observó Suar -. Bueno, me parece que voy a tener que comerme ese bicho yo solo...
- No será así - dijo una nueva voz -. Lo he traído para compartirlo con vos.
Un hombre moreno, de altura media y unos enormes músculos, con pelo y rasgos algo negroides, se encontraba en uno de los extremos de la mesa, sosteniendo un gran plato de madera sobre el que se habían amontonado los trozos humeantes del pulpo cocinado.
- Aparta esa luz, vieja jirafa, y que se vaya este tipo de pelo rojo.
El hombre dejó el plato sobre la mesa, se acercó una silla, y dejó en la mesa un trozo de queso, media hogaza de pan y una bolsa llena de pastillas, que eran su contribución a la comida.
- No - dijo Suar -, este hombre de pelo rojo es amigo mío, porque acabo de salvarle la vida.
Suar narró brevemente la historia de la batalla, hinchándola un poco, y añadió:
- Se llama Ghw Gleokh, si es que lo podéis creer. Si no lo podéis pronunciar, aclaraos un poco la garganta y os acercaréis lo suficiente a la pronunciación correcta. Supongo que procede de una de las tribus de bárbaros y sangrientos celtas. ¿No es así, Ghw?
- Todo correcto, excepto esa observación de que somos bárbaros. Soy un gálata. ¿Quién es este hombre?
- Mi viejo amigo Midawan, el herrero - contestó Suar -. Como desayuno, se come cabezas de lanza de bronce. Procede de Tegrazen, en el sur, que se encuentra junto a las fronteras con el País Negro. Aunque es de ascendencia parcialmente negra, jura una y otra vez que nunca ha probado carne humana. Yo le tomo el pelo con eso cuando me fastidia.
- Algún día me tomarás el pelo un poco más de lo que estaré dispuesto a soportar - dijo Midawan, sentándose en la silla, al extremo de la mesa -, y te haré un nudo con ese cuello de cisne que tienes. Vamos, gálata, ¡toma un tentáculo!
- ¡Apartad de mí esa babosa criatura marina! - dijo Ghw -. ¿Es que en toda Kern no hay un buen asado?
- Desde luego - contestó Suar -. Pero sólo para los ricos. Nosotros, la gente corriente, nos consideramos afortunados si podemos probar un trozo de asado durante la Fiesta de Korb. No era así en el país de donde procedo, en el que engullíamos filetes de bisonte todos los días. Y, hablando de caza, esa misteriosa barra vuestra, ¿es alguna especie de arma o instrumento de caza?
Para entonces, Ghw Gleokh había bebido ya el vino suficiente como para haberse suavizado. Lanzó un sonoro eructo y dijo:
- Podéis decirlo así; podéis decirlo. En realidad, es una herramienta mágica que posee el más alto poder. Cuando se la utiliza adecuadamente, ningún hombre y ninguna bestia puede resistirla.
En aquel momento habló el hombre más joven y alto que llevaba la capa y estaba sentado al otro lado e la mesa:
- ¡Vaya! Escuchen la fanfarronada de ese bárbaro.
- Caballero - dijo Ghw, poniéndose rígido -, no os conozco, pero no permito que ninguna gentuza me hable de esa manera.
- En cuanto a eso - dijo el joven de la capa -, soy Qahura, aprendiz de mago, y éste es mi maestro, Semkaf. Venidos de la ciudad de Tifón, en el país de Setesh, cuya magia está tan lejos de la vuestra, como la vuestra pueda estarlo de la de un niño.
- Tranquilizaos, tonto - murmuró el viejo mago, el que fuera identificado con el nombre de Semkaf.
- Pero, maestro, no es correcto permitir que estos salvajes se mofen y se burlen de nosotros. Se les tiene que dar una lección.
- Si hay aquí alguien que deba enseñarle algo a alguien, seré yo - dijo Ghw, elevando la voz -. Soy un druida iniciado de los gálatas, conocido por todos, mientras que nunca oí hablar de vuestra Tifón y hasta dudo que exista.
- Claro que existe - dijo Qahura -, como aprenderíais en cuanto nos visitarais y fuerais desollado en cualquiera de nuestros altares para el sacrificio. Tifón se eleva, en negro y púrpura, surgiendo de los márgenes místicos el mar de Tesh, entre las tumbas piramidales de los reyes que reinaron con el mayor esplendor sobre Setesh, cuando la poderosa Torrutseish no era más que un pueblo, y cuando la dorada Kern no era más que un trozo de playa vacío. Ningún hombre viviente conoce la historia completa de Tifón, ni las circunvoluciones de sus calles y de sus pasajes secretos, ni los enormes tesoros de sus reyes, ni de los poderes ocultos de sus hechiceros. En cuanto a vos - espetó el aprendiz -, si sois un druida, ¿dónde están vuestro manto blanco y vuestra corona de muérdago? ¿Qué estáis haciendo en Kern?
- ¡Oh! Eso, mi rimbombante y joven amigo, es una cuestión de política tribal. Nuestro arquedruida murió repentinamente, y algunos tuvieron la mala intención de asegurar que yo lo había matado.
- Evidentemente - dijo Qahura -, esa magia druídica de que os jactáis no fue suficiente para evitar las hojas de los cuchillos. ¿Podéis hacer algo que no sea la simple lectura de las señales del tiempo atmosférico?
- Todo lo que vos podáis hacer y mucho más. Por ejemplo, ¿queréis ver a los héroes de Gálata?
Sin esperar la contestación, Ghw extendió una mano sobre la mesa, dando algunos pases y murmurando unas palabras. Inmediatamente, aparecieron sobre la mesa un grupo de pequeñas figuras, del tamaño de un dedo meñique; algunas iban a pie, otras a caballo y otras montaban en unos carros de ruedas escitas. Algunas llevaban pantalones bárbaros, mientras que otras iban desnudas y llevaban el cuerpo pintado con chillones colores. Se movieron precipitadamente y sus gritos sonaron en los oídos de Suar como el zumbido de los mosquitos. Un par de ellos comenzaron a luchar con espadas del tamaño de astillas.
- ¡Vaya! - exclamó Qahura -. Pequeños maniquíes, pero cualquiera de los gatos sagrados de Setesh acabaría rápidamente con todos ellos.
Lanzó a su vez algunas palabras y un gran gato amarillo apareció sobre la mesa. Agarró a uno de los gálatas en miniatura y comenzó a zarandearlo como si se tratara de un pequeño ratoncillo. Con un gesto, Ghw eliminó a los otros héroes, aunque el gato continuó zarandeando a su víctima.
- Todo lo que vos podáis hacer, lo puedo hacer yo también, y mejor - dijo Ghw -. Conjuráis a un familiar en forma de un gato, yo haré lo mismo, pero con forma de lobo, y ya veremos...
- ¡Caballeros! - exclamó Suar, colocando una mano sobre el brazo de Ghw -. Antes de que continúe esta competencia, haciendo aparecer leones y mamuts, consideren que la taberna de Derende no es el lugar más adecuado para que luchen entre sí esa clase de criaturas. Nos destrozarían, a nosotros y a los demás clientes, como si fuéramos pequeñas sabandijas. Y, lo que es más importante, aún no he cantado mis canciones, ni pasado mi platillo. Os pido que esperéis hasta que se aclare el tiempo y podamos dirigirnos hacia cualquier lugar abierto, al otro lado de las murallas, para que entonces podáis convocar cada uno todos vuestros séquitos demoníacos. A los kerneanos les agradará mucho el juego.
- Hay algo de bueno en eso que decís, poeta - dijo Qahura -. Sin embargo, debe quedar bien entendido que nosotros, los de Setesh, sentimos el máximo desprecio por cualquier hechizo que este druida expulsado pueda poner en marcha. Mi propio maestro Semkaf manda a la gran serpiente Apepis, que podría tragarse al maestro Ghw y a todas sus miniaturas de un solo bocado.
- Me parece que no será así - dijo Ghw, cogiendo algo de debajo del banco -. Este es el hechizo más fuerte de todos. Sólo tengo que dirigirlo hacia vos o a cualquiera de vuestros monstruos para que caigan muertos como si hubieran sido sacudidos por un rayo.
Mostró en la mano el objeto con el que se había estado defendiendo contra los ladrones. Se trataba de un tubo de bronce de unos sesenta centímetros, abierto por un extremo y cerrado por el otro, sujeto por bandas de bronce a una pieza de madera labrada que se extendía más allá del extremo cerrado, y que terminaba en una especie de culata cuadrada.
El viejo de Setesh tuvo que hacer un esfuerzo para salir de su estupor.
- Esto es interesante, gálata - admitió -. Aunque estoy de acuerdo con todo lo que dice Qahura y mucho más, nunca había visto una vara mágica como ésa. ¿Cómo actúa?
Ghw bebió un largo trago de vino, hipó y rebuscó algo en un talego. Sacó finalmente un puñado de una sustancia oscura y granular, que vertió sobre el extremo abierto del tubo, introduciéndola en éste.
- Se inserta este polvo mágico, así - dijo -. Después, se introduce esta bola de plomo, hecha para que quepa sin dificultades en el interior del tubo, y se coloca sobre el polvo..., así. Se empuja la bala hacia abajo con un palo en cuyo extremo hay varios trapos, con objeto de colocarla en su sitio..., así. Se echa después un poco del polvo en este pequeño agujero..., así. Después se enciende este polvo con cualquier llama adecuada y, produciendo una poderosa llamarada la bala es impulsada, atravesando cualquier objeto que se interponga en su camino. Pero no temáis; valoro demasiado estos polvos como para desperdiciarlos haciendo una demostración ante un par de saltimbanquis degenerados como vosotros.
- ¿Por qué no lo usasteis contra los ladrones? - preguntó Suar.
- Porque el tubo no estaba cargado y porque, aun cuando lo hubiera estado, no disponía de fuego con el cual ponerlo en marcha.
Los ojos despiertos de Semkaf miraban fijamente el artilugio.
- ¿Y cuál es la composición de ese polvo? - preguntó.
Ghw hizo girar la cabeza con una solemnidad de beodo.
- ¡Eso nunca lo sabréis por mí! Me fue confiado por parte del desgraciado arquedruida, justo antes de su accidente. Cuando se encontraba tendido, moribundo a causa del corte que él mismo se había hecho, me confió el instrumento y todos sus secretos.
Midawan el herrero, que se había mantenido demasiado ocupado hasta ese momento como para tomar parte en la conversación, dijo:
- No me gusta vuestro instrumento mágico, extranjero. Si tiene el suficiente polvo detrás de la bola, destrozará mi escudo o mi peto más fuerte. ¿Qué sería entonces de mi oficio? ¡Al fondo del océano!
- No sería sólo eso - comentó Suar -. Si estas mejoras estuvieran introducidas en el ejército, el viejo y noble arte de la esgrima no tardaría en desaparecer. Ahora que los hombres luchan cargados como langostas con planchas y láminas de bronce, antes que un estoque prefieren llevar esas enormes espadas de hoja ancha, para abrirse paso así por entre las defensas del enemigo. Son como simples golpes de leñador.
- Los tiempos cambian y uno tiene que cambiar con ellos - dijo Midawan.
- Cierto, pero eso también se aplica a vos - observó Suar -. Así es que será mejor que comencéis a elaborar una serie de faroles de bronce y espejos para el día en que esos instrumentos se hayan adueñado de los campos de batalla.
Semkaf se inclinó entonces hacia Ghw Gleokh.
- Desearía vuestro instrumento, mortal. Dádmelo.
- ¡Cómo! ¡Insolente bribón! - replicó Ghw -. ¿Estáis loco? Nosotros matamos a los hombres por menos de lo que habéis dicho.
- ¡Caballeros! - dijo Suar -. ¡Aquí no, os lo ruego! O esperad al menos a que haya terminado la Canción de Vrir y haya recogido mi dinero. Os llenaré los corazones de emoción... - y se apresuró a tocar la lira.
- ¿Qué son vuestras canciones para mí? - preguntó Semkaf -. Yo no poseo emociones mortales. Quiero...
- Así pues, sois como esos glotones cerdos de Kern - dijo Suar -. No apreciáis las artes, como ellos. Sólo se preocupan por el dinero. De cualquier modo, ese instrumento no os servirá de nada si no sabéis la fórmula del polvo.
- Eso lo puedo saber en cuanto quiera a través de mis propias artes - replicó Semkaf -. Vamos, amigo Ghw, os ofrezco a cambio lo que es de mayor valor para vos.
- ¿Y qué es eso, bufón! - preguntó Ghw.
- Únicamente vuestra vida.
Ghw lanzó un escupitajo a través de la mesa e inmediatamente después cogió su jarra de vino y lanzó lo que en ella quedaba contra el rostro del de Setesh.
- ¡Eso es para vos!
Semkaf se secó su escuálido rostro con la punta de su capa y volvió su cabeza de halcón hacia su aprendiz, murmurando:
- Estos salvajes me están hartando. Mátales, Qahura.
Qahura humedeció un dedo en su jarra de vino, trazó un símbolo sobre la mesa y comenzó a recitar algo. Antes de que pudiera terminar la primera frase en la desconocida lengua que empleaba, Ghw Gleokh elevó su instrumento de tubo con la mano derecha y se apoyó la culata de madera contra el hombro, de modo que la parte abierta del tubo apuntara contra el pecho de Qahura. Con la mano izquierda, cogió la llama del brasero y la aplicó al pequeño agujero situado sobre la parte superior del tubo.
Se oyó un ruido sibilante y del agujero surgió un penacho de llama amarillenta y unas chispas. Casi instantáneamente, la habitación se estremeció con el estampido de una tremenda explosión. La llama y el humo surgidos por el extremo abierto del tubo impidieron el poder ver a Qahura.
Mientras la habitación aún estaba llena de los ecos de la explosión, todos los rostros se volvieron hacia la mesa de Suar. Después, se escucharon terribles gritos y el sonido de las sillas y mesas arrastradas, cuando todos los presentes intentaron salir de allí al mismo tiempo, abalanzándose unos sobre otros, llenos de pánico. El gato conjurado por Qahura se desvaneció en el mismo instante de la explosión. Suar tosió ante el olor del sulfuro quemado.
Cuando empezó a aclararse el humo, Qahura, con los párpados caídos y la boca abierta, cayó sobre la mesa, con el rostro, ennegrecido por el humo, sobre el vino derramado. Por encima de su cuerpo, Semkaf y Ghw se quedaron mirando fijamente el uno al otro. Ghw había dejado el tubo a un lado, sacando la espada de hoja ancha que le quitara al ladrón, pero ahora parecía estar luchando contra una extraña parálisis que le atenazaba. Suar trató de levantarse, descubriendo que se había enredado las piernas con el banco, la capa y el estoque.
- Os he subestimado - dijo Semkaf, sacándose de uno de los dedos un anillo en forma de reptil y realizando movimientos místicos con él, al tiempo que decía: ¡Antif maa-yb, 'oth-m-hru, Apepite!
Suar percibió un terrible hedor a reptil y el seco deslizarse de unas escamas. No vio nada pero, a su derecha, Midawan el herrero retrocedió como si hubiera sentido un contacto invisible y Ghw Gleokh lanzó un grito horrendo. Algo se agarró al gálata, haciéndole caer del banco al suelo. Suar, que aún intentaba ponerse de pie, se quedó atónito al observar que el brazo derecho del ex-druida había desaparecido hasta la altura del hombro.
Los demás clientes casi habían vaciado ya el local, saliendo al exterior a través de todas las aberturas existentes. Todos desaparecieron en un momento.
Con un rápido movimiento, Midawan sacó un cuchillo de hoja ancha de su cinto y saltó diagonalmente sobre la mesa, desde el extremo donde se hallaba sentado, yendo a caer casi sobre el regazo de Suar, en el mismo lugar donde antes estuviera sentado Ghw. Al mismo tiempo que cayó, su brazo derecho se extendió, introduciendo el cuchillo en el pecho de Semkaf, cortándole a mitad de otra frase de anatema y condena.
En el suelo, Ghw realizaba extrañas convulsiones, como si una inmensa e invisible serpiente le estuviera estrujando mortalmente. Su cuerpo se dobló y se sacudió y los huesos crujieron como astillas.
Suar se libró de su enredo, se levantó rápidamente, retrocediendo hasta la puerta. El y Midawan eran las últimas personas que quedaban en la taberna, a excepción de los tres magos. Cuando Suar echaba a correr hacia la puerta, arrastrando la capa y llevándose su preciosa lira, se detuvo un instante para mirar hacia atrás.
Ahora, Semkaf estaba echado hacia adelante, con el rostro sobre la mesa, como su aprendiz, y a su lado. Sobre el suelo, Ghw Gleokh, ensangrentado y distorsionado, había dejado de retorcerse. Ahora estaba quieto en el suelo, pero tanto su cabeza como su otro brazo también habían desaparecido. En aquella última mirada, Suar vio como la zona de invisibilidad descendía hasta que sólo quedó la mitad inferior del cuerpo de Ghw y sus piernas. Parecía como si estuviera viendo a una rana que fuera tragada por la cabeza de una serpiente invisible...
Ya en el exterior, Suar y Midawan corrieron tres manzanas a lo largo de la calle Océano antes de detenerse para respirar.
- ¿Por qué mataste a Semkaf? - preguntó Suar -. En realidad, no era una pelea nuestra.
- ¿Es que no le oíste decir a Qahura que nos matara a todos? Estos brujos no son precisamente amables cuando lanzan sus maldiciones.
- ¿Y cómo pudiste hacerlo cuando Ghw no pudo?
- No lo sé. Supongo que fue porque llevé cuidado de no mirarle a los ojos, y quizás porque estaba algo debilitado por aquella droga que estaba inhalando; me parece que era el olor de la rosa de la muerte.
- Pero ahora, su demonio privado ha quedado suelto sin nadie capaz de hacerlo regresar a su propio mundo.
- Normalmente, esas cosas regresan por sí solas - comentó Midawan, encogiéndose de hombros -. Eso es, al menos, lo que he oído decir. Si mañana oímos decir que Apepis aún anda suelta por la ciudad, podemos ir a ver a mis primos, en Tegrazen. Además, de no haberle matado, Semkaf se habría enterado de los secretos del tubo tronador y si esa cosa llega a ser utilizada por todos, mi negocio habría terminado por venirse abajo.
Suar Peial se dio cuenta entonces de que Midawan llevaba el ingenio de tubo en cuestión. Al hablar, el herrero hizo girar el instrumento por encima de su cabeza y lo lanzó con fuerza hacia la bahía. Suar escuchó un débil chapoteo cuando el arma chocó invisiblemente contra el agua, hundiéndose en la oscuridad.
- ¡Eh! - exclamó Suar -. Si tú no lo querías, yo podría haber vendido el bronce por el precio de varias comidas. Como esta noche no he tenido oportunidad de cantar, no sé cuando podré volver a comer ni cuando podré beber una jarra de vino, o presumir con una moza.
- Es mucho mejor que esas cosas estén fuera del alcance de cualquiera - dijo Midawan -. Por mi parte, puedo invitarte a una comida o dos. Ya sabes que eso en realidad no me preocupa. tendremos que mejorar nuestras artes; pero ningún juguete mágico como ése nos dejará nunca fuera del negocio. Sí, señor, las armaduras continuarán existiendo.


FIN

miércoles, 1 de julio de 2009

El gato negro --- Edgar Allan Poe

Edgar Allan Poe
El gato negro


No espero ni pido que nadie crea el extraño aunque simple relato que voy a escribir. Estaría
completamente loco si lo esperase, pues mis sentidos rechazan su evidencia. Pero no estoy loco,
y sé perfectamente que esto no es un sueño. Mañana voy a morir, y quiero de alguna forma
aliviar mi alma. Mi intención inmediata consiste en poner de manifiesto simple y llanamente y
sin comentarios una serie de episodios domésticos. Las consecuencias de estos episodios me
han aterrorizado, me han torturado y, por fin, me han destruido. Pero no voy a explicarlos. Si
para mí han sido horribles, para otros resultarán menos espantosos que barroques. En el
futuro, quizá aparezca alguien cuya inteligencia reduzca mis fantasmas a lugares comunes, una
inteligencia más tranquila, más lógica y mucho menos excitable que la mía, capaz de ver en las
circunstancias que voy a describir con miedo una simple sucesión de causas y efectos
naturales.
Desde la infancia sobresalí por docilidad y bondad de carácter. La ternura de corazón era tan
grande que llegué a convertirme en objeto de burla para mis compañeros. Me gustaban, de
forma singular, los animales, y mis padres me permitían tener una variedad muy amplia.
Pasaba la mayor parte de mi tiempo con ellos y nunca me sentía tan feliz como cuando les daba
de comer y los acariciaba. Este rasgo de mi carácter crecía conmigo y, cuando llegué a la
madurez, me proporcionó uno de los mayores placeres. Quienes han sentido alguna vez afecto
por un perro fiel y sagaz no necesitan que me moleste en explicarles la naturaleza o la
intensidad de la satisfacción que se recibe. Hay algo en el generoso y abnegado amor de un
animal que llega directamente al corazón del que con frecuencia ha probado la falsa amistad y
frágil fidelidad del hombre.
Me casé joven y tuve la alegría de que mi mujer compartiera mis preferencias. Cuando
advirtió que me gustaban los animales domésticos, no perdía ocasión para proporcionarme los
más agradables. Teníamos pájaros, peces de colores, un hermoso perro, conejos, un mono
pequeño y un gato.
Este último era un hermoso animal, bastante grande, completamente negro y de una
sagacidad asombrosa. Cuando se refería a su inteligencia, mi mujer, que en el fondo era
bastante supersticiosa, aludía con frecuencia a la antigua creencia popular de que todos los
gatos negros eran brujas disfrazadas. No quiero decir que lo creyera en serio, y sólo menciono el
asunto porque acabo de recordarla.
Pluto- pues así se llamaba el gato- era mi favorito y mi camarada. Sólo yo le daba de comer, y
él en casa me seguía por todas partes. Incluso me resultaba difícil impedirle que siguiera mis
pasos por la calle.
Nuestra amistad duró varios años, en el transcurso de los cuales mi temperamento y mi
carácter, por causa del demonio Intemperancia (y me pongo rojo al confesarlo), se habían
alterado radicalmente. Día a día me fui volviendo más irritable, malhumorado e indiferente
hacia los sentimientos ajenos. Llegué, incluso, a usar palabras duras con mi mujer, y terminé
recurriendo a la violencia física. Por supuesto, mis favoritos sintieron también el cambio de mi
carácter.
No sólo los descuidaba, sino que llegué a hacerles daño. Sin embargo, hacia Pluto sentía el
suficiente respeto como para abstenerme de maltratarlo, cosa que hacía con los conejos, el
mono y hasta el perro, cuando, por casualidad o por afecto, se cruzaban en mi camino. Pero mi
enfermedad empeoraba- pues, ¿qué enfermedad se puede comparar con el alcohol?-, y al fin
incluso Pluto, que ya empezaba a ser viejo y, por tanto, irritable, empezó a sufrir las
consecuencias de mi mal humor.
Una noche en que volvía a casa completamente borracho, después de una de mis correrías
por el centro de la ciudad, me pareció que el gato evitaba mi presencia. Lo agarré y, asustado
por mi violencia, me mordió ligeramente en la mano. Al instante se apoderó de mí una furia de
diablos y ya no supe lo que hacía. Fue como si la raíz de mi alma se separaba de un golpe del
cuerpo; y una maldad más que diabólica, alimentada por la ginebra, estremeció cada fibra de
mi ser. Saqué del bolsillo del chaleco un cortaplumas, lo abrí mientras seguía sujetando al
pobre animal por el pescuezo y deliberadamente le saqué un ojo. Me pongo más rojo que un
tomate, siento vergüenza, tiemblo mientras escribo tan reprochable atrocidad.
Cuando me volvió la razón con la mañana, cuando el sueño hubo disipado los vapores de la
orgía nocturna, sentí que el horror se mezclaba con el remordimiento ante el crimen del que era
culpable, pero sólo era un sentimiento débil y equívoco, y no llegó a tocar mi alma. Otra vez me
hundí en los excesos y pronto ahogué en vino los recuerdos de lo sucedido.
El gato mientras tanto mejoraba lentamente. La cuenca del ojo perdido presentaba un
horrible aspecto, pero el animal parecía que ya no sufría. Se paseaba, como de costumbre, por
la casa; aunque, como se puede imaginar, huía aterrorizado al verme. Me quedaba bastante de
mi antigua forma de ser para sentirme agraviado por la evidente antipatía de un animal que
una vez me había querido tanto. Pero ese sentimiento pronto cedió paso a la irritación. Y
entonces se presentó, para mi derrota final e irrevocable, el espíritu de la PERVERSIDAD. La
filosofía no tiene en cuenta a este espíritu. Sin embargo, estoy tan seguro de que mi alma existe
como de que la perversidad es uno de los impulsos primordiales del corazón humano... una de
las facultades primarias indivisibles, uno de los sentimientos que dirigen el carácter del
hombre. ¿Quién no se ha sorprendido a sí mismo cien veces en los momentos en que cometía
una acción estúpida o malvada por la simple razón de que no debía cometerla? ¿No hay en
nosotros una tendencia permanente, que nos enfrenta con el sentido común, a transgredir lo
que constituye la Ley por el simple hecho de serlo (existir)? Este espíritu de perversidad se
presentó, como he dicho, en mi caída final. Y ese insondable anhelo que tenía el alma de vejarse
a sí misma, de violentar su naturaleza, de hacer el mal por el mal mismo, me empujó a
continuar y finalmente a consumar el suplicio que había infligido al inocente animal. Una
mañana, a sangre fría, le pasé un lazo por el pescuezo y lo ahorqué en la rama de un árbol, lo
ahorqué mientras las lágrimas me brotaban de los ojos y el más amargo remordimiento me
retorcía el corazón; lo ahorqué porque recordaba que me había querido y porque estaba seguro
de que no me había dado motivos para matarlo; lo ahorqué porque sabía que, al hacerlo,
cometía un pecado, un pecado mortal que pondría en peligro mi alma hasta llevarla- si esto
fuera posible- más allá del alcance de la infinita misericordia del dios más misericordioso y más
terrible.
La noche del día en que cometí ese acto cruel me despertaron gritos de «¡Fuego!» La ropa de
mi cama era una llama, y toda la casa estaba ardiendo. Con gran dificultad pudimos escapar
del incendio mi mujer, un criado y yo. Todo quedó destruido. Mis bienes terrenales se perdieron
y desde ese momento no me quedó más remedio que resignarme.
No caeré en la debilidad de establecer una relación de causa y efecto entre el desastre y la
acción criminal que cometí. Simplemente me limito a detallar una cadena de hechos, y no
quiero dejar suelto ningún eslabón. Al día siguiente del incendio visité las ruinas. Todas las
paredes, salvo una, se habían desplomado. La que quedaba en pie era un tabique divisorio, de
poco espesor, situado en el centro de la casa, y contra el cual antes se apoyaba la cabecera de
mi cama. El yeso del tabique había aguantado la acción del fuego, algo que atribuí a su reciente
aplicación. Una apretada muchedumbre se había reunido alrededor de esta pared y varias
personas parecían examinar parte de la misma atenta y minuciosamente. Las palabras
«¡extraño!, ¡curioso!» y otras parecidas despertaron mi curiosidad. Al acercarme más vi que en la
blanca superficie, grabada en bajorrelieve, aparecía la figura de un gigantesco gato. El contorno
tenía una nitidez verdaderamente extraordinaria. Había una cuerda alrededor del pescuezo del
animal.
Al descubrir esta aparición- ya que no podía considerarla otra cosa- el asombro y el terror me
dominaron. Pero la reflexión vino en mi ayuda. Recordé que había ahorcado al gato en un jardín
colindante con la casa. Cuando se produjo la alarma del incendio, la gente invadió
inmediatamente el jardín: alguien debió cortar la soga y tirar al gato en mi habitación por la
ventana abierta. Sin duda habían tratado así de despertarse.
Probablemente la caída de las paredes comprimió a la víctima de mi crueldad contra el yeso
recién encalado, cuya cal, junto con la acción de las llamas y el amoniaco del cadáver, produjo
la imagen que ahora veía.
Aunque, con estas explicaciones, quedó satisfecha mi razón, pero no mi conciencia, sobre el
asombroso hecho que acabo de describir, lo ocurrido impresionó profundamente mi
imaginación. Durante meses no pude librarme del fantasma del gato, y en todo ese tiempo
dominó mi espíritu un sentimiento informe, que se parecía, sin serlo, al remordimiento. Llegué
incluso a lamentar la pérdida del gato y a buscar, en los sucios antros que habitualmente
frecuentaba, otro animal de la misma especie y de apariencia parecida, que pudiera ocupar su
lugar.
Una noche, medio borracho, me encontraba en una taberna pestilente, y me llamó la
atención algo negro posado en uno de los grandes toneles de ginebra, que constituían el
principal mobiliario del lugar. Durante unos minutos había estado mirando fijamente ese tonel
y me sorprendió no haber advertido antes la presencia de la mancha negra de encima. Me
acerqué a él y lo toqué con la mano. Era un gato negro, un gato muy grande, tan grande como
Pluto y exactamente igual a éste, salvo en un detalle. Pluto no tenía ni un pelo blanco en el
cuerpo, mientras este gato mostraba una mancha blanca, tan grande como indefinida, que le
cubría casi todo el pecho.
Al acariciarlo, se levantó en seguida, empezó a ronronear con fuerza, se restregó contra mi
mano y pareció encantado de mis cuitas. Había encontrado al animal que estaba buscando.
Inmediatamente propuse comprárselo al tabernero, pero me contestó que no era suyo, y que no
lo había visto nunca antes ni sabía nada del gato.
Seguí acariciando al gato y, cuando iba a irme a casa, el animal se mostró dispuesto a
acompañarme. Le permití que lo hiciera, parándome una y otra vez para agacharme y
acariciarlo. Cuando estuvo en casa, se acostumbró en seguida y pronto se convirtió en el gran
favorito de mi mujer.
Por mi parte, pronto sentí que nacía en mí una antipatía hacia el animal. Era exactamente lo
contrario de lo que yo había esperado, pero- sin que pueda justificar cómo ni por qué- su
evidente afecto por mí me disgustaba y me irritaba. Lentamente tales sentimientos de disgusto y
molestia se transformaron en la amargura del odio. Procuraba no encontrarme con el animal;
un resto de vergüenza y el recuerdo de mi acto de crueldad me frenaban de maltratarlo.
Durante algunas semanas no le pegué ni fue la víctima de mi violencia; pero gradualmente,
muy gradualmente, llegué a sentir una inexpresable repugnancia por él y a huir en silencio de
su odiosa presencia, como si fuera un brote de peste.
Lo que probablemente contribuyó a aumentar mi odio hacia el animal fue descubrir, a la
mañana siguiente de haberlo traído a casa, que aquel gato, igual que Pluto, no tenía un ojo. Sin
embargo, fue precisamente esta circunstancia la que le hizo más agradable a los ojos de mi
mujer, quien, como ya dije, poseía en alto grado esos sentimientos humanitarios que una vez
fueron mi rasgo distintivo y la fuente de mis placeres más simples y puros.
El cariño del gato hacia mí parecía aumentar en la misma proporción que mi aversión hacia
él. Seguía mis pasos con una testarudez que me resultaría difícil hacer comprender al lector.
Dondequiera que me sentara venía a agazaparse bajo mi silla o saltaba a mis rodillas,
cubriéndome con sus repugnantes caricias. Si me ponía a pasear, se metía entre mis pies y así,
casi, me hacía caer, o clavaba sus largas y afiladas garras en mi ropa y de esa forma trepaba
hasta mi pecho. En esos momentos, aunque deseaba hacerlo desaparecer de un golpe, me
sentía completamente paralizado por el recuerdo de mi crimen anterior, pero sobre todo- y
quiero confesarlo aquí- por un terrible temor al animal.
Aquel temor no era exactamente miedo a un mal físico, y, sin embargo, no sabría definirlo de
otra manera. Me siento casi avergonzado de admitir- sí, aun en esta celda de criminales me
siento casi avergonzado de admitir que el terror, el horror que me causaba aquel animal, era
alimentado por una de las más insensatas quimeras que fuera posible concebir. Más de una vez
mi mujer me había llamado la atención sobre la forma de la mancha de pelo blanco, de la cual
ya he hablado, y que constituía la única diferencia entre este extraño animal y el que yo había
matado. El lector recordará que esta mancha, aunque era grande, había sido al principio muy
indefinida, pero, gradualmente, de forma casi imperceptible mi razón tuvo que luchar durante
largo tiempo para rechazarla como imaginaria, la mancha iba adquiriendo una rigurosa nitidez
en sus contornos. Ahora ya representaba algo que me hace temblar cuando lo nombro- y por
eso odiaba, temía y me habría librado del monstruo si me hubiese atrevido a hacerlo-;
representaba, digo, la imagen de una cosa atroz, siniestra... ¡la imagen del PATÍBULO! ¡Oh
lúgubre y terrible máquina del horror y del crimen, de la agonía y de la muerte!
Y entonces me sentí más miserable que todas las miserias del mundo juntas. ¡Pensar que
una bestia, cuyo semejante yo había destruido desdeñosamente, una bestia era capaz de
producir esa angustia tan insoportable sobre mí, un hombre creado a imagen y semejanza de
Dios! ¡Ay, ni de día ni de noche pude ya gozar de la bendición del descanso! De día, ese animal
no me dejaba ni un instante solo; y de noche, me despertaba sobresaltado por sueños
horrorosos sintiendo el ardiente aliento de aquella cosa en mi rostro y su enorme pesoencarnada
pesadilla que no podía quitarme de encima- apoyado eternamente sobre mi corazón.
Bajo la opresión de estos tormentos, sucumbió todo lo poco que me quedaba de bueno. Sólo
los malos pensamientos disfrutaban de mi intimidad; los más retorcidos, los más perversos
pensamientos. La tristeza habitual de mi mal humor terminó convirtiéndose en aborrecimiento
de todo lo que estaba a mi alrededor y de toda la humanidad; y mi mujer, que no se quejaba de
nada, llegó a ser la más habitual y paciente víctima de las repentinas y frecuentes explosiones
incontroladas de furia a las que me abandonaba.
Un día, por una tarea doméstica, me acompañó al sótano de la vieja casa donde nuestra
pobreza nos obligaba a vivir. El gato me siguió escaleras abajo y casi me hizo caer de cabeza,
por lo que me desesperé casi hasta volverme loco. Alzando un hacha y olvidando en mi rabia los
temores infantiles que hasta entonces habían detenido mi mano, lancé un golpe que hubiera
causado la muerte instantánea del animal si lo hubiera alcanzado. Pero la mano de mi mujer
detuvo el golpe. Su intervención me llenó de una rabia más que demoníaca; me solté de su
abrazo y le hundí el hacha en la cabeza. Cayó muerta a mis pies, sin un quejido.
Consumado el horrible asesinato, me dediqué urgentemente y a sangre fría a la tarea de
ocultar el cuerpo. Sabía que no podía sacarlo de casa, ni de día ni de noche, sin correr el riesgo
de que los vecinos me vieran. Se me ocurrieron varias ideas. Por un momento pensé
descuartizar el cadáver y quemarlo a trozos. Después se me ocurrió cavar una tumba en el piso
del sótano. Luego consideré si no convenía arrojarlo al pozo del patio, o meterlo en una caja,
como si fueran mercancías, y, con los trámites normales, y llamar a un mozo de cuerda para
que lo retirase de la casa. Por fin, di con lo que me pareció el mejor recurso. Decidí emparedar
el cadáver en el sótano, tal como se cuenta que los monjes de la Edad Media emparedaban a
sus víctimas.
El sótano se prestaba bien para este propósito. Las paredes eran de un material poco
resistente, y estaban recién encaladas con una capa de yeso que la humedad del ambiente no
había dejado endurecer. Además, en una de las paredes había un saliente, una falsa chimenea,
que se había rellenado de forma que se pareciera al resto del sótano. Sin ningún género de
dudas se podían quitar fácilmente los ladrillos de esa parte, introducir el cadáver y tapar el
agujero como antes, de forma que ninguna mirada pudiera descubrir nada sospechoso.
No me equivocaba en mis cálculos. Con una palanca saqué fácilmente los ladrillos y, después
de colocar con cuidado el cuerpo contra la pared interior, lo mantuve en esa posición mientras
colocaba de nuevo los ladrillos en su forma original Después de procurarme argamasa, arena y
cerda, preparé con precaución un yeso que no se distinguía del anterior, y revoqué
cuidadosamente el enladrillado. Terminada la tarea, me sentí satisfecho de que todo hubiera
quedado bien. La pared no mostraba la menor señal de haber sido alterada. Recogí del suelo los
cascotes más pequeños. Y triunfante miré alrededor y me dije: «Aquí, por lo menos, no he
trabajado en vano»
El paso siguiente consistió en buscar a la bestia que había causado tanta desgracia; pues por
fin me había decidido a matarla. Si en aquel momento el gato hubiera aparecido ante mí, habría
quedado sellado su destino, pero, por lo visto, el astuto animal, alarmado por la violencia de mi
primer acceso de cólera, se cuidaba de aparecer mientras no se me pasara mi mal humor. Es
imposible describir, ni imaginar el profundo y feliz sentimiento de alivio que la ausencia del
odiado animal trajo a mi pecho. No apareció aquella noche, y así, por primera vez desde su
llegada a la casa, pude dormir profunda y tranquilamente; sí, pude dormir, incluso con el peso
del asesinato en mi alma.
Pasaron el segundo y el tercer día y no volvía mi atormentador. Una vez más respiré como un
hombre libre. ¡El monstruo aterrorizado había huido de casa para siempre! ¡No volvería a verlo!
Grande era mi felicidad, y la culpa de mi negra acción me preocupaba poco. Se hicieron algunas
investigaciones, a las que me costó mucho contestar. Incluso registraron la casa, pero
naturalmente no se descubrió nada. Consideraba que me había asegurado mi felicidad futura.
Al cuarto día, después del asesinato, un grupo de policías entró en la casa
intempestivamente y procedió otra vez a una rigurosa inspección. Seguro de que mi escondite
era inescrutable, no sentí la menor inquietud. Los agentes me pidieron que los acompañara en
su registro. No dejaron ningún rincón ni escondrijo sin revisar. Al final, por tercera o cuarta vez
bajaron al sótano. No me temblaba ni un solo músculo. Mi corazón latía tranquilamente como el
de quien duerme en la inocencia. Me paseaba de un lado a otro del sótano. Había cruzado los
brazos sobre el pecho e iba tranquilamente de acá para allá. Los policías quedaron totalmente
satisfechos y se disponían a marcharse. El júbilo de mi corazón era demasiado fuerte para ser
reprimido. Ardía en deseos de decirles, al menos, una palabra como prueba de triunfo y de
asegurar doblemente su certidumbre sobre mi inocencia.
-Caballeros- dije, por fin, cuando el grupo subía la escalera-, me alegro de haber disipado sus
sospechas. Les deseo felicidad y un poco más de cortesía. Por cierto, caballeros, esta casa esta
muy bien construida... (En mi rabioso deseo de decir algo con naturalidad, no me daba cuenta
de mis palabras.). Repito que es una casa excelentemente construida. Estas paredes... ¿ya se
van ustedes, caballeros?... estas paredes son de gran solidez.
Y entonces, empujado por el frenesí de mis bravatas, golpeé fuertemente con el bastón que
llevaba en la mano sobre la pared de ladrillo tras la cual estaba el cadáver de la esposa de mi
alma.
¡Que Dios me proteja y me libre de las garras del archidemonio! Apenas había cesado el eco
de mis golpes, y una voz me contestó desde dentro de la tumba. Un quejido, ahogado y
entrecortado al principio, como el sollozar de un niño, que luego creció rápidamente hasta
convertirse en un largo, agudo y continuo grito, completamente anormal e inhumano, un
aullido, un alarido quejumbroso, mezcla de horror y de triunfo, como sólo puede surgir en el
infierno de la garganta de los condenados en su agonía y de los demonios gozosos en la
condenación.
Hablar de lo que pensé en ese momento es una locura. Presa de vértigo, fui tambaleándome
hasta la pared de enfrente. Por un instante el grupo de hombres de la escalera se quedó
paralizado por el espantoso terror. Luego, una docena de robustos brazos atacó la pared, que
cayó de un golpe. El cadáver, ya corrompido y cubierto de sangre coagulada, apareció de pie
ante los ojos de los espectadores. Sobre su cabeza, con la roja boca abierta y el único ojo de
fuego, estaba agazapada la horrible bestia cuya astucia me había llevado al asesinato y cuya voz
delatora me entregaba ahora al verdugo. ¡Había emparedado al monstruo en la tumba!

jueves, 25 de junio de 2009

UNA CRUZ DE SIGLOS --- Otros mundos, otros dioses.

UNA CRUZ DE SIGLOS

Henry Kuttner







Lo llamaron Cristo. Pero no era el Hombre que cinco mil años atrás había recorrido trabajosamente el largo camino hacia el Gólgota. Lo llamaron Buda y Mahoma, lo llamaron Cordero, y Bendito de Dios. Lo llamaron Príncipe de la Paz y el Inmortal.

Su nombre era Tyrell.

Ahora acababa de ascender por otro camino, el escarpado sendero que llevaba al monasterio de la montaña, y por un momento se detuvo parpadeante ante la brillosa luz del sol. Su túnica blanca estaba teñida del color negro ritual.

La muchacha que lo acompañaba le tocó el brazo y lo estimuló suavemente para seguir adelante. Entró en la sombra del portón.

Entonces vaciló y volvió la mirada hacia atrás. El camino lo había conducido hasta la pradera de la montaña donde se levantaba el monasterio, de color verde deslumbrante en la incipiente primavera. Tenuemente, a lo lejos, sintió que lo desgarraba la idea de abandonar todo ese esplendor, pero intuyó que la situación mejoraría muy pronto. Y el esplendor estaba lejos. Ya no era del todo real. La muchacha le volvió a tocar el brazo y él asintió obediente y caminó hacia adelante, preocupado por la sensación de una pérdida inminente que su mente fatigada no alcanzaba a comprender.

Estoy muy viejo, pensó.

En el patio los sacerdotes se inclinaron ante él. Mons, el jefe, estaba de pie en la otra punta de un amplio estanque que devolvía el azul indiferente del cielo. De cuando en cuando una brisa suave, fresca, agitaba la superficie del agua.

Viejas costumbres enviaban mensajes a lo largo de sus nervios. Tyrell elevó una mano y los bendijo a todos.

Serenamente su voz pronunció las recordadas frases.

—Que haya paz. En la tierra afligida, en todos los mundos y en el santo cielo de Dios que está entre ellos, que haya paz. Los poderes de... de... —su mano vaciló; luego volvió a recordar— los poderes de la oscuridad no tienen fuerza para oponerse al amor y la comprensión de Dios. Yo les traigo la palabra de Dios. Es amor; es comprensión; es paz.

Aguardaron hasta que terminó. Era el momento inadecuado y el ritual equivocado. Pero no tenía importancia, porque él era el Mesías.

Del otro lado del estanque Mons hizo una seña. La muchacha que acompañaba a Tyrell apoyó suavemente las manos sobre los hombros de su túnica.

—Inmortal —exclamó Mons—, ¿te quitarás tus vestiduras manchadas y con ellas los pecados del tiempo?

Tyrell miró vagamente hacia el otro extremo del estanque.

—¿Bendecirás los mundos con otro siglo de tu santa presencia?

Tyrell recordó algunas palabras.

—Yo parto en paz; yo regreso en paz —dijo.

La muchacha le quitó suavemente la túnica blanca, se arrodilló y le retiró las sandalias. Desnudo, Tyrell quedó de pie sobre el borde del estanque.

Parecía un muchacho de veinte años. Tenía dos mil.

Sintió la herida de alguna profunda inquietud. Mons lo convocaba con un brazo en alto, pero Tyrell miró a su alrededor confusamente y encontró los ojos grises de la muchacha.

—¿Nerina? —murmuró.

—Entra al estanque —susurró ella—. Crúzalo a nado.

Él extendió la mano y tocó la de ella. La muchacha sintió esa maravillosa corriente de dulzura que era su fuerza indomable. Le apretó la mano con vehemencia, tratando de atravesarle las nubes de la mente, tratando de hacerle saber que todo volvería a estar bien, que ella esperaría, como ya tres veces, en los últimos trescientos años, había esperado su resurrección.

Era mucho más joven que Tyrell, pero también era inmortal.

En los ojos azules de Tyrell la niebla del cansancio se aclaró por un instante.

—Espérame, Nerina —dijo. Luego, recobrando su antigua destreza, se sumergió en el estanque con una zambullida impecable.

Ella lo observó nadar firme y seguro. En su cuerpo todo funcionaba bien; siempre funcionaba igual, por más que envejeciera. Era sólo su mente la que se endurecía, se hundía más profundamente en los surcos acerados del tiempo y perdía el roce con el presente de suerte que su memoria se iba fragmentando poco a poco. Pero los recuerdos más viejos tardaban más en partir, y los recuerdos automáticos eran los más perdurables.

Ella tenía conciencia de su propio cuerpo, joven y fuerte y hermoso, como lo sería siempre. Su mente... también había una respuesta para eso. Estaba contemplando la respuesta.

Soy inmensamente bienaventurada, pensó. De entre todas las mujeres de todos los mundos, yo soy la Novia de Tyrell, y el único ser inmortal que existe además de él.

Con amor y veneración lo miró nadar. A sus pies estaba la túnica desechada, manchada con las memorias de cien años.

No parecía tan lejano. Podía recordar muy claramente la última vez que había observado a Tyrell cruzar a nado el estanque. Y antes de esa vez había habido otra, y esa había sido la primera. Para ella; para Tyrell, no.

Tyrell salió del agua chorreando y vaciló. Ella sintió mucha angustia ante su cambio, su sólida seguridad era ahora asombrada interrogación. Pero Mons estaba listo. Avanzó y lo tomó de la mano. Condujo al Mesías hacia una puerta enclavada en el elevado muro del monasterio, y juntos desaparecieron por ella. Nerina pensó que Tyrell se volvía para mirarla, con la permanente ternura de su sosiego profundo y maravilloso.

Un sacerdote tomó la túnica manchada tendida a sus pies y se la llevó. Ahora la lavarían y la colocarían sobre el altar, el tabernáculo esférico con la forma del mundo natal. Volvería a lucir blanca y resplandeciente, y sus pliegues caerían suavemente ondulados sobre la tierra.

La lavarían por completo, así como lavarían también la mente de Tyrell, le limpiarían el atestado depósito de recuerdos acumulados en un siglo.

Los sacerdotes salieron en fila. Ella miró furtivamente hacia atrás, más allá del portón abierto, al verde intenso y hermoso del prado montañés, a la hierba de primavera que con sensualidad se estiraba hacia el sol después de la nieve invernal. Inmortal, pensó, mientras elevaba los brazos hacia el cielo y sentía en el cuerpo la cadencia profunda de su sangre eterna, licor de los dioses. Era Tyrell el que sufría. Yo ningún precio debo pagar por esta... maravilla.

Veinte siglos.

Y el primero debió ser de horror total.

Su mente regresó de las escondidas brumas de la historia que ahora era leyenda, y sólo tuvo un resplandor del sereno Cristo Blanco que surcaba ese caos de estruendosa maldad cuando la tierra se ennegreció, cuando se tino del color escarlata del odio y la angustia. ¡Ragnarok, Armageddón, Hora del Anticristo... dos mil años atrás!

Acosado, inmutable, con su prédica de amor y de paz, el Mesías Blanco había atravesado como una luz el descenso de la tierra a los infiernos.

Y había vivido, y las fuerzas del mal se habían destruido a sí mismas, y los mundos habían encontrado la paz... habían encontrado la paz hacía ya tanto tiempo que la Hora del Anticristo estaba perdida en el recuerdo, era leyenda.

Perdida, aún para la memoria de Tyrell. Nerina se alegraba de que fuera así. Hubiera sido terrible de recordar. Se estremeció al pensar cuál habría sido su martirio.

Pero hoy era el Día del Mesías, y Nerina, el único ser inmortal además de Tyrell, contempló con veneración y amor la puerta vacía por donde él había salido.

Miró el estanque azul. Un viento fresco le rizaba la superficie; una nube pasaba suavemente junto al sol y ensombrecía el brillo de la jornada.

Pasarían setenta años hasta que ella volviera a nadar en el estanque. Y al despertar los ojos azules de Tyrell la estarían mirando, él le tomaría las manos y la llamaría para que se unieran en la juventud primaveral en que vivían eternamente.

Los ojos grises de Nerina lo observaron; apoyó una mano en la de él mientras permanecía recostado en el lecho. Pero no despertó.

Ella miró a Mons ansiosamente.

Él inclinó la cabeza con un gesto tranquilizador.

Ella sintió un movimiento levísimo junto a su mano.

Los párpados de Tyrell temblaron. Se abrieron lentamente La seguridad sosegada y profunda aún seguía allí, en los ojos azules que tanto habían visto, en la mente que tanto había olvidado. Tyrell la miró un momento. Luego sonrió.

Trémula, Nerina dijo:

—Siempre tengo miedo de que me olvides.

—Siempre le devolvemos sus recuerdos de ti —dijo Mons—, Bendita de Dios. Siempre lo haremos. —Se inclinó sobre Tyrell— Inmortal, ¿estás verdaderamente despierto?

—Si —dijo Tyrell y se incorporó balanceando las piernas sobre el borde del lecho, poniéndose de pie con movimientos ágiles y decididos. Miró a su alrededor, vio la nueva túnica lista, completamente blanca, y se la puso. Tanto Nerina como Mons advirtieron que ya no había vacilación en su conducta. Más allá del cuerpo eterno, la mente estaba joven, segura y despejada otra vez.

Mons se arrodilló, y Nerina se arrodilló también. El sacerdote dijo suavemente:

—Agradecemos a Dios que nos permita una nueva Encarnación. Que la paz reine en este ciclo, y en todos los ciclos futuros.

Tyrell tomó a Nerina de la mano y la hizo ponerse de pie. Se agachó y también alzó a Mons.

—Mons, Mons —dijo con tono casi de reprensión—. Cada siglo que pasa me tratan menos como a un hombre y más como a un dios. Si hubieras vivido hace unos cientos de años... pues, rezaban cada vez que me despertaba, pero no se ponían de rodillas. Soy un hombre, Mons. No lo olvides.

—Trajiste paz a los mundos —dijo Mons.

—¿Entonces, me podrían dar algo de comer, como recompensa?

Mons hizo una reverencia y salió. Tyrell se volvió rápidamente hacia Nerina La firme delicadeza de sus brazos la rodeó.

—Si no despertara, alguna vez... —dijo—. Renunciar a ti sería lo más difícil de todo. No sabía lo solo que estaba hasta que encontré a otro inmortal.

—Nos quedaremos una semana en el monasterio —dijo ella—. Una semana de retiro antes de volver a casa. Me gusta estar aquí contigo más que cualquier otra cosa.

—Espera un poco —dijo él—. Algunos siglos más y perderás esa actitud de veneración. Me gustaría que así fuera. El amor es mejor... ¿y a qué otra persona puedo amar de esta manera?

Ella pensó en los siglos de soledad que había tenido Tyrell, y todo el cuerpo le dolió de amor y compasión.

Después del beso Nerina se echó hacia atrás y lo miró pensativamente.

—Has vuelto a cambiar —dijo—. Sigues siendo tú, pero..

—¿Pero qué?

—Estás más suave, de alguna manera.

Tyrell se rió.

—Cada vez me lavan la mente y me dan un nuevo surtido de recuerdos. Oh, casi todos los viejos, pero el conjunto es un poco distinto. Siempre lo es. Las cosas están ahora más tranquilas que hace un siglo. Así que me reacondicionan la mente para que se adecue a la época. De lo contrario me convertiría gradualmente en algo anacrónico. —Frunció ligeramente el ceño—. ¿Quién es ése?

Ella miró hacia la puerta.

—¿Mons? No. No hay nadie.

—¿Oh? Pues... sí, tendremos una semana de retiro. Tiempo para pensar e integrar mi personalidad reacondicionada. Y el pasado... —Volvió a vacilar.

—Me gustaría haber nacido antes —dijo Nerina—. Podría haber estado contigo...

—No —replicó él rápidamente—. Al menos, no hace mucho tiempo.

—¿Tan malo fue?

Él se encogió de hombros.

—Ya no sé cuánto hay de verdad en mis recuerdos. Me alegro de no recordar más de lo que recuerdo. Pero recuerdo lo necesario. Las leyendas dicen la verdad. —El dolor le ensombreció el rostro—. Las grandes guerras... el infierno se desató. ¡El infierno era omnipotente! El Anticristo salía a caminar a la luz del día, y los hombres temían lo que está en las alturas.. —Alzó los ojos hacia el pálido cielo raso de la habitación, y vio más allá—. Los hombres se volvieron bestias. Demonios. Les hablé de la paz, e intentaron matarme. Resistí. Era inmortal, por gracia de Dios. Sin embargo, hubieran podido matarme. Soy vulnerable a las armas. —Tomó aliento con una respiración profunda, prolongada—. La inmortalidad no bastaba. La voluntad de Dios me protegió, para que pudiera seguir predicando la paz hasta que, poco a poco, las bestias contrahechas se acordaron de sus almas y salieron del infierno...

Nerina nunca lo había oído hablar así.

Suavemente le tocó la mano.

Tyrell volvió a ella.

—Ya pasó —dijo Tyrell—. El pasado está muerto. Tenemos el día de hoy.

A lo lejos los sacerdotes entonaban un himno de júbilo y gratitud.

La tarde siguiente ella lo vio en el extremo de un corredor, inclinado sobre un bulto, agazapado y oscuro, y corrió hacia allí. Estaba agachado junto al cuerpo de un sacerdote, y al ver a Nerina tembló y se levantó; tenía el rostro pálido y consternado.

Ella miró hacia abajo y su rostro también palideció.

El sacerdote estaba muerto. Tenía marcas azules en la garganta, el cuello quebrado y la cabeza monstruosamente retorcida.

Tyrell se movió para resguardar el cuerpo de la mirada de Nerina.

—Lla... llama a Mons —dijo él, inseguro, como si hubiera llegado al final de los cien años—. Rápido. Esto... llámalo.

Mons llegó, miró el cuerpo y quedó estupefacto. Sus ojos encontraron la mirada azul de Tyrell.

—¿Cuántos siglos han pasado, Mesías? —preguntó, con voz trémula.

—¿Desde que termino la violencia? Ocho siglos, o más. Mons, nadie, nadie es capaz de esto —dijo Tyrell.

—Si —dijo Mons—. Ya no hay violencia. Ha sido desterrada de la raza. —Súbitamente se puso de rodillas—. ¡Mesías, vuelve a traer la paz! ¡El dragón ha resurgido del pasado!

Tyrell se irguió, una figura de poderosa humildad en su túnica blanca.

Levantó los ojos y rezó.

Nerina se arrodilló, su horror se disipó lentamente en el poder abrasador de la oración de Tyrell.

El murmullo recorrió el monasterio y volvió tembloroso desde el aire azul, transparente que se extendía más allá. Nadie sabía quién había cerrado mortalmente las manos en la garganta del sacerdote. Nadie, ningún humano era capaz de matar; como había dicho Mons, la capacidad de odiar, de destruir, había sido desterrada de la raza.

El murmullo no trascendió los muros del monasterio. La batalla tenía que celebrarse en secreto, ningún indicio debe perturbar la prolongada paz de los mundos.

Ningún humano.

Pero creció otro murmullo: El Anticristo ha vuelto a nacer.

Acudieron a Tyrell, al Mesías, en busca de consuelo.

—Paz —dijo—, paz; combatan el mal con la humildad, inclinen la cabeza en actitud de oración, recuerden el amor que salvó al hombre cuando hace dos mil años el infierno se abatió sobre los mundos.

Por la noche, lloró en sueños junto a Nerina, y luchó contra un enemigo invisible.

—¡Demonio! —gritó, y despertó temblando.

Ella lo estrechó en sus brazos, con orgullosa humildad, hasta que se volvió a dormir.

Un día Nerina y Mons fueron al cuarto de Tyrell para comunicarle el nuevo horror. Habían encontrado a un sacerdote muerto, salvajemente tajeado por un cuchillo filoso. Abrieron la puerta y lo vieron frente a ellos, sentado ante una mesita baja. Estaba rezando mientras contemplaba, con enferma fascinación, el cuchillo sangriento apoyado sobre la mesa.

—Tyrell... —dijo ella, y de improviso Mons inhaló una bocanada de aire rápida y temblorosa y giró bruscamente. La empujó hacia el otro lado de la puerta.

—¡Espera! —dijo con urgencia violenta—. ¡Espérame aquí! —antes de que pudiera decir una palabra la puerta se cerró y Nerina oyó que Mons le echaba cerrojo.

Permaneció allí, sin pensar, durante un rato largo.

Después Mons salió y cerró la puerta suavemente tras de si. La miró.

—Todo está bien —dijo—. Pero... ahora debes escucharme. —Y se quedó en silencio.

Intentó de nuevo.

—Bendita de Dios... —Volvió a respirar con dificultad—. Nerina. Yo... —rió en forma extraña—. Es raro. No puedo hablar a menos que te llame Nerina.

—¿Qué sucede? ¡Déjame ver a Tyrell!

—No, no. Se pondrá bien. Nerina, él está enfermo.

Ella cerró los ojos, tratando de concentrarse. Oyó la voz de Mons, insegura pero cada vez más fuerte.

—Esos asesinatos. Los cometió Tyrell.

—Mientes —dijo ella—. ¡Es mentira!

Mons replicó, casi bruscamente:

—Abre los ojos. Escúchame. Tyrell es... un hombre. Un gran hombre, un hombre muy bueno, pero no un dios. Es inmortal. Si no lo matan vivirá eternamente, como tú. Ya ha vivido mas de veinte siglos.

—¿Para qué decírmelo? ¡Ya lo sé!

—Debes ayudar —dijo Mons—. debes comprender. La inmortalidad es un accidente genético. Una mutación. Una vez cada mil años, tal vez cada diez mil, nace un ser humano inmortal. Su cuerpo se renueva a sí mismo; no envejece. Tampoco su cerebro. Pero su mente sí envejece...

—Hace sólo tres días —dijo Nerina desesperadamente—, Tyrell nadó en el estanque del renacimiento. Su mente no volverá a envejecer por un siglo. ¿Está...? ¿No se está muriendo?

—No, no. Nerina, el estanque del renacimiento no es más que un símbolo. Tú lo sabes.

—Sí. El verdadero renacimiento viene después, cuando nos metes en esa máquina. Lo recuerdo.

—La máquina —dijo Mons—. Si no se la usara cada siglo, tú y Tyrell se hubieran vuelto seniles e Impotentes hace mucho tiempo. La mente no es Inmortal, Nerina. Después de un tiempo ya no puede cargar con el peso del conocimiento, el saber, los hábitos. Pierde flexibilidad, la enturbia el rigor de la vejez. La máquina despeja la mente, como se puede despejar las unidades de memoria de una computadora. Entonces reemplazamos algunos recuerdos, no todos, y ponemos los necesarios en una mente clara y fresca, para que pueda crecer y aprender durante cien años más.

—Pero todo esto ya lo sé...

—Esos nuevos recuerdos forman una nueva personalidad, Nerina.

—¿Una nueva...? Pero Tyrell sigue siendo el mismo.

—No del todo. Cada siglo que pasa cambia un poco, a medida que la vida mejora y que los mundos son más felices. Cada siglo que pasa la nueva mente, la nueva personalidad de Tyrell se modifica, está más de acuerdo con el siglo que empieza que con el que acaba de terminar. Tú has renacido mentalmente tres veces, Nerina. No eres exactamente la misma que la primera vez. Pero no lo puedes recordar. No conservas todos los viejos recuerdos que alguna vez tuviste.

—Pero... pero qué...

—No sé —dijo Mons—. He hablado con Tyrell. Creo que esto es lo que sucedió. Al cabo de cada siglo en que la mente de Tyrell se limpiaba, se borraba, quedaba una mente en blanco, y sobre ella construíamos un nuevo Tyrell. No muy distinto. Sólo un poco, cada vez. ¿Pero más de veinte veces? Su mente ha de haber sido muy diferente hace veinte siglos. Y...

—¿Qué tan diferente?

—No lo sé. Suponíamos que cuando la mente se borraba, la estructura de la personalidad... desaparecía. Ahora pienso que no desapareció. Quedó sepultada. Reprimida, tan profundamente oculta en la mente que no podía emerger. Se tornó inconsciente. Así ocurrió siglo tras siglo. Y ahora Tyrell tiene más de veinte personalidades sepultadas en la memoria, tiene una personalidad múltiple que ya no puede mantenerse en equilibrio. En las tumbas de su mente hubo una resurrección.

—¡El Cristo Blanco nunca fue un asesino!

—No. En realidad, aún su primera personalidad, hace veinte siglos, ha de haber sido muy grande y buena para traer paz a los mundos, en aquellos tiempos del Anticristo. Pero a veces, en la sepultura de la mente, algo puede cambiar. Quizás alguna de esas personalidades enterradas se haya convertido en... en algo menos bueno que lo que fuera originariamente. Y ahora salió a la superficie.

Nerina se volvió hacia la puerta.

—Debemos estar muy seguros —dijo Mons—. Pero podemos salvar al Mesías. Podemos despejarle el cerebro, explorar muy profundamente, extirpar el espíritu maligno... Podemos salvarlo y devolverle la integridad. Debemos comenzar de inmediato. Nerina, reza por él.

La miró prolongada y afligidamente, se volvió y salió de prisa por el corredor. Nerina esperó, sin siquiera pensar. Al rato oyó un sonido leve. En un extremo del corredor había dos sacerdotes inmóviles; en el otro extremo, otros dos.

Abrió la puerta y fue hacia Tyrell.

Lo primero que vio fue el cuchillo manchado de sangre sobre la mesa. Después vio la oscura silueta junto a la ventana, contra la doliente intensidad del cielo azul.

—Tyrell —dijo, vacilante.

Él se volvió:

—Nerina. ¡Oh, Nerina!

Su voz era todavía dulce con la profunda fuerza de la calma.

Nerina se arrojó rápidamente a sus brazos.

—Estaba rezando —dijo él, y reclinó la cabeza para apoyarla sobre su hombro—. Mons me dijo... estaba rezando. ¿Qué es lo que hice?

—Eres el Mesías —dijo ella firmemente—. Salvaste al mundo del mal y del Anticristo. Eso hiciste.

—¡Pero el resto! ¡El demonio se apoderó de mi mente! Esta semilla que creció aquí, sin ver los rayos del sol de Dios... ¿en qué se convirtió? ¡Dicen que yo mato!

Al cabo de una larga pausa Nerina murmuró:

—¿Es cierto?

—No —dijo él, con certidumbre absoluta—. ¿Cómo habría podido? Yo, que he vivido por amor, más de dos mil años, no podría dañar a ningún ser viviente.

—Lo sabía —dijo ella—. Eres el Cristo Blanco.

—El Cristo Blanco —dijo él suavemente—. No quería semejante nombre. Soy sólo un hombre, Nerina. Nunca fui más que eso. Pero... algo me salvó, algo me mantuvo vivo en la Hora del Anticristo. Fue Dios. Fue Su mano. Dios... ¡ayúdame en este momento!

Ella lo estrechó con fuerza y traspuso con los ojos los límites de la ventana hacia el cielo brillante, el prado verde, las elevadas montañas con los picos rodeados de nubes. Dios estaba allí, y también más lejos, detrás del azul, en todos los mundos y en los abismos que los separaban, y Dios significaba paz y amor.

—Él te ayudará —dijo ella firmemente—. Anduvo a tu lado hace dos mil años. No se ha Ido.

—Sí —susurró Tyrell—. Mons debe estar equivocado. Cómo eran las cosas... lo recuerdo. Hombres como bestias. El cielo era fuego abrasador. Había sangre... había sangre. Más de quinientos años de sangre derramada por los hombres-bestias que luchaban.

Ella descubrió en él una súbita rigidez, un tembloroso endurecimiento, una nueva tensión aguda.

Él alzó la cabeza y la miró a los ojos.

Ella pensó en el hielo y en el fuego, hielo azul, fuego azul.

—Las grandes guerras —dijo él, con la voz rígida, entorpecida.

Después se cubrió los ojos con las manos.

—¡Cristo! —la palabra estalló en su garganta tiesa—. Dios, Dios..

—¡Tyrell! —ella gritó su nombre.

—¡Atrás! —gruñó él, y Nerina retrocedió con un tropiezo, pero Tyrell no hablaba con ella—. ¡Atrás, demonio! —Se arañó la cabeza, se la restregó entre las manos y se inclinó hasta quedar casi arrodillado ante ella.

—¡Tyrell! —gritó—. ¡Mesías! Eres el Cristo Blanco...

El cuerpo agazapado se levantó de un salto. Nerina contempló el nuevo rostro. Quedó sobrecogida de horror y repugnancia abismales.

Tyrell se quedó mirándola. Luego, de modo aterrador, le hizo una reverencia fanfarrona, teatral.

Ella sintió el borde de la mesa a sus espaldas. Tambaleó y tocó la pesada densidad de la sangre seca en la hoja del cuchillo. Era parte de la pesadilla. Estiró la mano hacia la empuñadura, consciente de que el acero podía resultarle mortal, dejando que su pensamiento se adelantara a la centelleante punta acerada apoyada contra su pecho.

La voz que oyó estaba teñida por la risa.

—¿Está filoso? —preguntó él—. ¿Todavía está filoso, amor mío? ¿O se desafiló con el sacerdote? ¿Lo usarás conmigo? ¿Lo intentarás? ¡Otras mujeres lo intentaron! —la risa espesa se le estranguló en la garganta.

—Mesías —musitó Nerina.

—¡Mesías! —se burló Tyrell—. ¡Un Cristo Blanco! ¡Príncipe de la Paz! Que pronuncia palabras de amor, que camina ileso en medio de las guerras más sangrientas que jamás hayan asolado a un mundo... oh sí, una leyenda, amor mío, de dos mil años de edad y todavía más. Y una mentira, ¡Se han olvidado! ¡Todos han olvidado cómo fueron realmente aquellos tiempos!

Ella sólo pudo sacudir la cabeza en impotente desmentida.

—Oh sí —dijo él—. Tú no vivías todavía. Nadie vivía. Salvo yo, Tyrell. ¡Qué carnicería! Yo sobreviví. Pero no por predicar la paz. ¿Sabes qué les ocurría a los que predicaban amor? Morían... pero yo no morí. Yo sobreviví, no por predicar.

Se balanceó, riendo.

—Tyrell el Sanguinario —exclamó—. Fui el más sanguinario de todos. Lo único que entendían era el miedo. Y en aquel tiempo no se asustaban fácilmente, no los hombres semejantes a bestias. Pero si me temían a mi.

Alzó las manos; los dedos como garras, los músculos tensos en un éxtasis de atroz recordación.

—El Cristo Rojo —dijo—. Pudieron llamarme así. Pero no lo hicieron. No cuando demostré lo que debía demostrar. Entonces me pusieron un nombre. Conocían mi nombre. Y ahora... —le hizo una mueca sarcástica—. Ahora que los mundos tienen paz, ahora me adoran como Mesías. ¿Qué puede hacer hoy Tyrell el Sanguinario?

La risa le brotó lenta, horrible y satisfecha.

Dio tres pasos y la abrazó. La carne de Nerina se contrajo ante el contacto de tanta iniquidad.

Y entonces, súbita, extrañamente, Nerina sintió que el mal lo abandonaba. Los brazos rígidos temblaron, se retiraron, y luego la volvieron a estrechar, con frenética ternura, mientras él inclinaba la cabeza y ella sentía el repentino calor de las lágrimas.

Tyrell no pudo hablar por un rato. Fría como la piedra, ella lo sostuvo.

De algún modo se encontró sentada en un sofá, y él estaba de rodillas ante ella, el rostro escondido en su falda.

No pudo comprender muchas de sus palabras ahogadas.

—Recuerdo... yo recuerdo... los viejos recuerdos... No lo puedo soportar, no puedo mirar atrás... ni adelante... ellos... ellos me pusieron un nombre. Ahora recuerdo...

Ella le apoyó una mano sobre la cabeza. Tenía el cabello frío y húmedo.

—¡Me llamaban Anticristo!

Tyrell alzó la cabeza y la miró.

—¡Ayúdame! —gritó con angustia—. ¡Ayúdame, ayúdame!

Entonces su cabeza volvió a caer y se apretó los puños contra las sienes, en un susurro inarticulado.

Ella recordó lo que tenía en la mano derecha, levantó el cuchillo y lo hundió con toda la fuerza que pudo, para brindarle la ayuda que él necesitaba.

Se paró, frente a la ventana, de espaldas a la habitación y al inmortal difunto.

Esperó que el sacerdote Mons regresara. Él sabría qué hacer a continuación. Probablemente habría que guardar el secreto, de alguna manera.

No le harían daño, eso lo sabía. La veneración que había rodeado a Tyrell también la circundaba a ella. Seguiría viviendo, sería ahora el único ser inmortal nacido en tiempo de paz, y viviría eternamente sola en los mundos de paz. Quizás algún día, alguna vez, nacería otro como ella, pero ahora no quería pensar en eso. Solamente quería pensar en Tyrell y en su soledad.

A través de la ventana contempló el azul y el verde brillante, el día puro de Dios, limpio ya de la última mancha roja del sangriento pasado humano. Sabía que Tyrell se hubiera alegrado de ver esa limpieza, esa pureza que se mantendría siempre.

Ella la vería mantenerse. Era parte de esa pureza, así como Tyrell no lo había sido. Y aún en la soledad que ya sentía, había de algún modo un sentimiento de compensación. Estaba consagrada a los siglos del hombre por venir.

Llegó más allá de su pena y su amor. Desde lejos pudo oír el solemne cántico de los sacerdotes. Era parte de la justicia que por fin llegaba a los mundos, después del largo y sangriento sendero del nuevo Gólgota. Pero era el último Gólgota, y ella seguirla adelante como debía hacerlo, consagrada y segura.

Inmortal.

Elevó la cabeza y miró firmemente el azul. Miraría adelante, hacia el futuro. El pasado estaba olvidado. Y para ella, el pasado no representaba una herencia sangrienta, una corrupción profunda que persistiría oculta en el infierno negro de los abismos de la mente hasta que la semilla monstruosa germinara para destruir la paz y el amor de Dios.

De pronto recordó que había cometido un crimen. Su brazo se estremeció nuevamente con la violencia del golpe; sintió en la mano el hormigueo de la sangre derramada.

Con extrema rapidez cerró el paso de los recuerdos a la conciencia. Miró hacia el cielo, y contuvo con fuerza las puertas clausuradas de su mente como si la embestida ya se precipitara contra los frágiles barrotes.





FIN

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