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jueves, 1 de julio de 2010

Edgar Allan Poe -- Morella

Edgar Allan Poe

Morella

El mismo, por si mismo únicamente, eternamente uno, y solo.
Platón, Symposium


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Consideraba yo a mi amiga Morella con un sentimiento de profundo, aunque muy singular afecto. Habiéndola conocido casualmente hace muchos años, mi alma, desde nuestro primer encuentro, ardió con un fuego que no había conocido antes jamás; pero no era ese fuego el de Eros, y representó para mi espíritu un amargo tormento la convicción gradual de que no podría definir su insólito carácter ni regular su vaga intensidad. Sin embargo, nos tratamos, y el destino nos unió ante el altar; jamás hablé de pasión, ni pensé en el amor. Ella, aun así, huía de la sociedad, y dedicándose a mí, me hizo feliz. Asombrarse es una felicidad, y una felicidad es soñar.


La erudición de Morella era profunda. Como espero mostrar, sus talentos no eran de orden vulgar, y su potencia mental era gigantesca. Lo percibí, y en muchas materias fui su discípulo. No obstante, pronto comprendí que, quizá a causa de haberse educado en Pressburgo ponía ella ante mí un gran número de esas obras místicas que se consideran generalmente como la simple escoria de la literatura alemana. Esas obras, no puedo imaginar por qué razón, constituían su estudio favorito y constante, y si en el transcurso del tiempo llegó a ser el mío también, hay que atribuirlo a la simple, pero eficaz influencia del hábito y del ejemplo.


Con todo esto, si no me equivoco, pero tiene que ver mi razón. Mis convicciones, o caigo en un error, no estaban en modo alguno basadas en el ideal, y no se descubriría, como no me equivoque por completo, ningún tinte del misticismo de mis lecturas, ya fuese en mis actos o ya fuese en mis pensamientos.

Persuadido de esto, me abandoné sin reserva a la dirección de mi esposa, y me adentré con firme corazón en el laberinto de sus estudios. Y entonces -cuando, sumiéndome en páginas aborrecibles, sentía un espíritu aborrecible encenderse dentro de mí- venía Morella a colocar su mano fría en la mía, y hurgando las cenizas de una filosofía muerta, extraía de ellas algunas graves y singulares palabras que, dado su extraño sentido, ardían por sí mismas sobre mi memoria. Y entonces, hora tras hora, permanecía al lado de ella, sumiéndome en la música de su voz, hasta que se infestaba de terror su melodía, y una sombra caía sobre mi alma, y palidecía yo, y me estremecía interiormente ante aquellos tonos sobrenaturales. Y así, el gozo se desvanecía en el horror, y lo más bello se tornaba horrendo, como Hinnom se convirtió en Gehena.[1]

Resulta innecesario expresar el carácter exacto de estas disquisiciones que, brotando de los volúmenes que he mencionado, constituyeron durante tanto tiempo casi el único tema de conversación entre Morella y yo.

Los enterados de lo que se puede llamar moral teológica las concebirán fácilmente, y los ignorantes poco comprenderían, en todo caso. El vehemente panteísmo de Fichte, la palingenesia modificada de los pitagóricos, y por encima de todo, las doctrinas de la Identidad tal como las presenta Schelling, solían ser los puntos de discusión que ofrecían mayor belleza a la imaginativa Morella. Esta identidad llamada personal, la define con precisión mister Locke, creo, diciendo que consiste en la cordura del ser racional. Y como por persona entendemos una esencia inteligente, dotada de razón, y como hay una conciencia que acompaña siempre al pensamiento, es ésta la que nos hace a todos ser eso que llamamos nosotros mismos, diferenciándonos así de otros seres pensantes y dándonos nuestra identidad personal. Pero el principium individuationis -la noción de esa identidad que en la muerte se pierde o no para siempre- fue para mí en todo tiempo una consideración de intenso interés, no sólo por la naturaleza pasmosa y emocionante de sus consecuencias, sino por la manera especial y agitada como la mencionaba Morella.

Pero realmente había llegado ahora un momento en que el misterio del carácter de mi esposa me oprimía como un hechizo. No podía soportar por más tiempo el contacto de sus pálidos dedos, ni el tono profundo de su palabra musical, ni el brillo de sus melancólicos ojos. Y ella sabía todo esto, pero no me reconvenía.

Parecía tener conciencia de mi debilidad o de mi locura, y sonriendo, las llamaba el Destino. Parecía también tener conciencia de la causa, para mí desconocida, de aquel gradual desvío de mi afecto; pero no me daba explicación alguna ni aludía a su naturaleza. Sin embargo, era ella mujer, y se consumía por días. Con el tiempo, se fijó una mancha roja constantemente sobre sus mejillas, y las venas azules de su pálida frente se hicieron prominentes. Llegó un instante en que mi naturaleza se deshacía en compasión; pero al siguiente encontraba yo la mirada de sus ojos pensativos, y entonces sentíase mal mi alma y experimentaba el vértigo de quien tiene la mirada sumida en algún aterrador e insondable abismo.


¿Diré que anhelaba ya con un deseo fervoroso y devorador el momento de la muerte de Morella? Así era; pero el frágil espíritu se aferró en su envoltura de barro durante muchos días, muchas semanas y muchos meses tediosos, hasta que mis nervios torturados lograron triunfar sobre mi mente, y me sentí enfurecido por aquel retraso, y con un corazón demoníaco, maldije los días, las horas, los minutos amargos, que parecían alargarse y alargarse a medida que declinaba aquella delicada vida, como sombras en la agonía de la tarde.
Pero una noche de otoño, cuando permanecía quieto el viento en el cielo, Morella me llamó a su lado. Había una oscura bruma sobre toda la tierra, un calor fosforescente sóbrenlas aguas, y entre el rico follaje de la selva de octubre, hubiérase dicho que caía del firmamento un arco iris.


-Éste es el día de los días -dijo ella, cuando me acerqué-: un día entre todos los días para vivir o morir. Es un día hermoso para los hijos de la tierra y de la vida, ¡ah, y más hermoso para las hijas del cielo y de la muerte!

Besé su frente, y ella prosiguió:

-Voy a morir, y a pesar de todo, viviré.

-¡Morella!

-No han existido nunca días en que hubieses podido amarme; pero a la que aborreciste en vida la adorarás en la muerte.

-¡Morella!

-Repito que voy a morir. Pero hay en mí una prenda de ese afecto, ¡ah, cuan pequeño!, que has sentido por mí, por Morella. Y cuando parta mi espíritu, el hijo vivirá, el hijo tuyo, el de Morella. Pero tus días serán días de dolor, de ese dolor que es la más duradera de las impresiones, como el ciprés es el más duradero de los árboles. Porque han pasado las horas de tu felicidad, y no se coge dos veces la alegría en una vida, como las rosas de Paestum dos veces en un año. Tú no jugarás ya más con el tiempo el juego del Teyo; pero, siéndote desconocidos el mirto y el vino, llevarás contigo sobre la tierra tu sudario, como hace el musulmán en la Meca.

-¡Morella! -exclamé-. ¡Morella! ¿cómo sabes esto?

Pero ella volvió su rostro sobre la almohada, un leve temblor recorrió sus miembros, y ya no oí más su voz.
Sin embargo, como había predicho ella, su hijo -el que había dado a luz al morir, y que no respiró hasta que cesó de alentar su madre-, su hijo, una niña, vivió. Y creció extrañamente en estatura y en inteligencia, y era de una semejanza perfecta con la que había desaparecido, y la amé con un amor más ferviente del que creí me sería posible sentir por ningún habitante de la Tierra.


Pero, antes de que pasase mucho tiempo, se ensombreció el cielo de aquel puro afecto, y la tristeza, el horror, la aflicción, pasaron veloces como nubes. He dicho que la niña creció extrañamente en estatura y en inteligencia. Extraño, en verdad, fue el rápido crecimiento de su tamaño corporal; pero terribles, ¡oh, terribles!, fueron los tumultuosos pensamientos que se amontonaron sobre mí mientras espiaba el desarrollo de su ser intelectual. ¿Podía ser de otra manera, cuando descubría yo a diario en las concepciones de la niña las potencias adultas y las facultades de la mujer, cuando las lecciones de la experiencia se desprendían de los labios de la infancia y cuando veía a cada hora la sabiduría o las pasiones de la madurez centellear en sus grandes y pensativos ojos? Como digo, cuando apareció evidente todo eso ante mis sentidos aterrados, cuando no le fue ya posible a mi alma ocultárselo más, ni a mis facultades estremecidas rechazar aquella certeza, ¿cómo puede extrañar que unas sospechas de naturaleza espantosa y emocionante se deslizaran en mi espíritu, o que mis pensamientos se volvieran, despavoridos, hacia los cuentos extraños y las impresionantes teorías de la enterrada Morella? Arranqué a la curiosidad del mundo un ser a quien el Destino me mandaba adorar, y en el severo aislamiento de mi hogar, vigilé con una ansiedad mortal cuanto concernía a la criatura amada.

Y mientras los años transcurrían, y mientras día tras día contemplaba yo su santo, su apacible, su elocuente rostro, mientras examinaba sus formas que maduraban, descubría día tras día nuevos puntos de semejanza en la hija con su madre, la melancólica y la muerta. Y a cada hora aumentaban aquellas sombras de semejanza, más plenas, más definidas, más inquietantes y más atrozmente terribles en su aspecto. Pues que su sonrisa se pareciese a la de su madre podía yo sufrirlo, aunque luego me hiciera estremecer aquella identidad demasiado perfecta; que sus ojos se pareciesen a los de Morella podía soportarlo, aunque, además, penetraran harto a menudo en las profundidades de mi alma con el intenso e impresionante pensamiento de la propia Morella. Y en el contorno de su alta frente, en los bucles de su sedosa cabellera, en sus pálidos dedos que se sepultaban dentro de ella, en el triste tono bajo y musical de su palabra, y por encima de todo -¡oh, por encima de todo!- en las frases y expresiones de la muerta sobre los labios de la amada, de la viva, encontraba yo pasto para un horrendo pensamiento devorador, para un gusano que no quería perecer.

Así pasaron dos lustros de su vida, y hasta ahora mi hija permanecía sin nombre sobre la tierra. «Hija mía» y «amor mío» eran las denominaciones dictadas habitualmente por el afecto paterno, y el severo aislamiento de sus días impedía toda relación. El nombre de Morella había muerto con ella. No hablé nunca de la madre a la hija; érame imposible hacerlo. En realidad, durante el breve período de su existencia, la última no había recibido ninguna impresión del mundo exterior, excepto las que la hubieran proporcionado los estrechos límites de su retiro.


Pero, por último, se ofreció a mi mente la ceremonia del bautismo en aquel estado de desaliento y de excitación, como la presente liberación de los terrores de mi destino. Y en la pila bautismal dudé respecto al nombre. Y se agolparon a mis labios muchos nombres de sabiduría y belleza, de los tiempos antiguos! y de los modernos, de mi país y de los países extranjeros, con otros muchos, muchos delicados de nobleza, de felicidad y de bondad. ¿Qué me impulsó entonces a agitar el recuerdo de la muerta enterrada? ¿Qué demonio me incitó a suspirar aquel sonido cuyo recuerdo real hacía refluir mi sangre a torrentes desde las sienes al corazón? ¿Qué espíritu perverso habló desde las reconditeces de mi alma, cuando, entre aquellos oscuros corredores, y en el silencio de la noche, musité al oído del santo hombre las sílabas «Morella»? ¿Qué ser más demoníaco retorció los rasgos de mi hija, y los cubrió con los tintes de la muerte cuando estremeciéndose ante aquel nombre apenas audible, volvió sus límpidos ojos desde el suelo hacia el cielo, y cayendo prosternada sobre las losas negras de nuestra cripta ancestral, respondió: «¡Aquí estoy!»?

Estas simples y cortas sílabas cayeron claras, fríamente claras, en mis oídos, y desde allí, como plomo fundido, se precipitaron silbando en mi cerebro. Años, años enteros pueden pasar; pero el recuerdo de esa época, ¡jamás! No desconocía yo, por cierto, las flores y la vid; pero el abeto y el ciprés proyectaron su sombra sobre mí noche y día. Y no conservé noción alguna de tiempo o de lugar, y se desvanecieron en el cielo las estrellas de mi destino, y desde entonces se ensombreció la tierra, y sus figuras pasaron junto a mí como sombras fugaces, y entre ellas sólo vi una: Morella. Los vientos del firmamento suspiraban un único sonido en mis oídos, y las olas en el mar murmuraban eternamente: «Morella.» Pero ella murió, y con mis propias manos la llevé a la tumba; y reí con una risa larga y amarga al no encontrar vestigios de la primera Morella en la cripta donde enterré la segunda.


LA COSA EN EL DORMITORIO -- David Langford



LA COSA EN EL DORMITORIO


David Langford


EL CÍRCULO DE INICIADOS que rodeaba el rugiente fuego que ardía en el bar del King’s Head se había visto lamentablemente disminuido en los últimos tiempos, pese a que la conversación había sido tan amena como siempre. Para empezar, el rugiente fuego se había visto sustituido por un radiador que emitía unos lúgubres tañidos, e incluso el popular señor Jorkens había dejado de venir cuando el propietario instaló su tercera máquina para jugar a los Invasores del Espacio. Esa noche en particular la conversación no andaba demasiado burbujeante, y todas las burbujas que le faltaban a la charla podían encontrarse en exceso dentro de las espumeantes jarras de cerveza: los únicos que estaban presentes eran el mayor Godalming, Carruthers y el viejo Hyphen-Jones, y, tras haber pasado mediante una sencilla transición de los gases de la cerveza a la guerra química y a los recuerdos militares en general, el mayor estaba embarcado en sus sobadas anécdotas sobre cómo había perdido el lóbulo de una oreja cuando luchó contra Rommel, la cicatriz de duelo que adquirió estando en Heidelberg durante un viaje organizado, y la fea herida de kukri que había recibido en Bradford. Hyphen-Jones y Carruthers expresaban su apreciación mediante bostezos y engullían cerveza; excusas aún a medio formar sobre el no hacer que la mujer les esperase levantada hasta demasiado tarde parecían temblar en la atmósfera igual que un ectoplasma, cuando de repente una sombra cayó sobre la mesa

—Bueno, amigos, ¿pago una ronda?

Quien había hablado era un hombre alto, apuesto y curtido por el tiempo y los viajes desde los zapatos de tacón hasta el bolso que llevaba colgado del hombro, cada centímetro de su ser hacía pensar en el típico caballero inglés.

—¡Smythe, mi querido amigo! —exclamó el mayor—. ¡Le dábamos por muerto!

—No me extraña —dijo Smythe— Ya lo estuve una vez… Quizá recuerden aquel horrible asunto de la cafetera encantada, ¿no? Sí, entonces estuve clínicamente muerto durante un breve periodo de tiempo. No fue nada. Hay cosas mucho peores que la muerte, sí, cosas muchísimo peores…

—¿La cerveza de barril de Murrage, por ejemplo? —sugirió Carruthers. Smythe no pasó por alto aquella sutil indirecta. Cogió las jarras vacías y las llevó hasta el mostrador, volviendo tan sólo veinte minutos después con tres cervezas y una abundante ración de ginebra y tónica para él.

—Salud —dijo el mayor— Bueno, ¿dónde ha estado usted durante estos últimos tres meses? Supongo que liado con alguna mujer, tal y como hizo durante medio año después de haberse cargado al fantasma en aquel caso del «Búfalo Astral», ¿no? Ah, diablillo cachondo…

—Nada de eso —se rió Smythe— Un día por una cosa y el otro día por otra… Bueno, el caso es que he cambiado un poco de locales en los últimos tiempos. Pronto lo entenderán…

—Bueno, hombre, maldita sea, ¿de qué caso se trata? —dijo el mayor con voz de trueno— ¿Qué hay más terrible que la muerte? ¿Sabe una cosa? Le veo cambiado… La experiencia ha dejado su marca en usted. ¡Dios santo! ¡Su cabello! ¡Acabo de darme cuenta de que se ha vuelto blanco!

—No es más que un poco de tinte, mi querido mayor… Tenía ganas de ver qué tal estaba de rubio. Pero dejen que les hable del caso que debe ser considerado como uno de los más asombrosos y siniestros de toda mi carrera…, un caso impresionante de lo que sólo puedo calificar como posesión oculta.

—Ya tuvimos uno de ésos el año pasado—dijo Carruthers, rascándose la cabeza—. Aquel asunto del murciélago gigante de Sumatra…, ¿o fue un gato gigante? He acabado descubriendo que todas las temibles influencias del otro mundo se parecen mucho entre sí.

Smythe se instaló más cómodamente en su taburete favorito, sonrió y abrió una bolsita de patatas fritas de aquella forma suya tan característica que le indicaba a sus amigos que iba a empezar otra de sus fascinantes narraciones, y que se esperaba de ellos que le fueran pagando la bebida al narrador durante el resto de la velada.

—Como saben, he conseguido ganarme cierta reputación en los terrenos de la investigación detectivesca, lo oculto y ciertos trucos extraños de la mente… —En ese momento Smythe, como de costumbre, repartió unas cuantas tarjetas y mencionó el 10% de rebaja que les hacía a los amigos—. Esa fue la razón de que la señora Pring acudiera a mí con su terrible problema. Quien me recomendó fue una intima amiga suya que había oído hablar de mi anuncio en el suplemento dominical del Sunday Sport. La señora Pring…

—Ah, mujeriego incurable… —jadeó Hyphen-Jones con voz asmática—. Y me imagino que el señor Pring le pilló in fraganti, ¿no?

Smythe le contempló con expresión muy seria y se comió fríamente otra patata.

—La señora Pring es una viuda de cuarenta y seis años cuyo hogar se encuentra en la pequeña y no demasiado impresionante población costera de Dash. Alquila una habitación de su casa en las condiciones habituales, proporcionando cama y desayuno; personalmente, creo que su negocio tendría más éxito si no se dedicara a rellenar los colchones con cereales para el desayuno y sirviera el antiguo contenido del colchón en cuencos cada mañana, pero temo que me estoy adelantando a la historia. La historia que me contó la señora Pring, hace tres meses, era extraña, terrible y única, como lo son tantas de las historias que me han contado en mi oficina. Verán, a lo largo de los años, mi clienta se había fijado en que la gente que se alojaba en su casa tendía a presentar una curiosa particularidad estadística. La señora Pring lleva una contabilidad muy detallada (de hecho, lleva dos), y no había ninguna posibilidad de que su memoria la estuviera engañando. Seré breve: muchos caballeros (para utilizar su expresión) habían dormido y desayunado en la casa de la señora Pring y, por alguna razón que personalmente encuentro inexplicable, habían vuelto a esa casa en años posteriores. Algunas mujeres hacían lo mismo: lo extraño y lo que le llamó la atención a la señora Pring es que las mujeres jóvenes o incluso las relativamente jóvenes tenían tendencia a no regresar. De hecho, tenían tendencia a marcharse de repente, expresando de forma bastante variada su disgusto o su incomodidad, después de haber pasado tan sólo una noche en la habitación. Que a la señora Pring le hicieran falta varios años para percatarse del fenómeno creo que puede explicarse por su delicado estado de salud, tan precario que sólo se mantiene en pie gracias a ir casi cada día a comprar líquidos medicinales que no se venden en las farmacias. Que la señora Pring se sintió muy alarmada ante su descubrimiento lo demuestra el hecho de que estuvo casi un año entero dando la tostada del desayuno con mantequilla en vez de con margarina: todo siguió igual. Bien, ¿qué sacan ustedes en claro de esto?

—Supongo que en aquella habitación fatal había tenido lugar alguna terrible tragedia, ¿no? —dijo Carruthers.

Smythe puso cara de sorpresa e incluso llegó a caérsele una patata frita.

—Bueno… Sí, la verdad es que sí. ¿Cómo lo ha adivinado?

—Mi querido amigo, llevo más de ocho años escuchando sus curiosas e incomparables historias.

—Bien, no importa. La señora Pring desarrolló la teoría de que aquel durísimo colchón estaba infestado, y no por elementales como en aquel terrible caso del Edredón Ondulante, sino por lo que ella, en su rústico vocabulario, llamaba "incestos". Tal y como lo expresaba ella: "Pensé que aquellos bichos del demonio podían preferir a las jóvenes damas con la piel suave y blanca… Bueno, de todas formas, pensé que lo mejor sería echarme un sueñecito allí yo misma y enterarme de si había algún bicho de los que se arrastran: pulgas, piojillos, cucarachas o lo que fuese…" Y eso es lo que hizo la señora Pring: dando muestras de un valor nada normal, pasó una noche en su habitación para huéspedes. Lo cierto es que su relato de lo ocurrido resulta bastante confuso, pero habló varias veces de que había algo que se arrastraba…, pero en cuanto a la naturaleza y acciones de tal cosa, se mostró tan incoherente como incómoda. Quizá ya hayan deducido que daba muestras de esa misma incomodidad que impulsaba a marcharse tan apresuradamente a sus jóvenes huéspedes del sexo femenino.

—Y supongo que a la mañana siguiente fue a verle a usted y le pidió que hiciera algo al respecto, ¿no? —dijo el mayor.

Smythe fue estudiando por turno el rostro de cada uno de sus amigos, hasta que Hyphen-Jones malinterpretó aquella pausa destinada a conseguir un mayor efecto dramático y se escabulló para pedir otra ronda de bebidas.

—Si he de ser sincero —siguió diciendo Smythe en voz baja—, lo primero que intentó fue investigar el fenómeno más de cerca durmiendo en aquella habitación todas y cada una de las noches durante los seis meses siguientes. Al parecer, durante todo ese período de tiempo no se produjo ninguna otra manifestación, tal y como me informó ella misma teniendo que hacer cierto esfuerzo para contener sus emociones; finalmente acabó decidiendo olvidar la experiencia, pensando que era una alucinación, y no volvió a pensar en ella hasta la primera semana de la nueva temporada estival…, cuando nada menos que tres jóvenes seguidas se alojaron una noche en la habitación y se marcharon al día siguiente sin haberse comido la margarina que ya habían pagado. Una de ellas le murmuró a la señora Pring unas cuantas frases incoherentes sobre un fantasma inquieto al que era preciso darle descanso. Fue entonces cuando la señora Pring decidió que debía hacer algo al respecto; y, tras haber comprobado que mis honorarios podían deducirse de la declaración de impuestos, puso el asunto en mis manos.

—¿Y por qué cree usted que esa tal señora Pring sólo vio una vez al lo-que-sea ése? —preguntó Carruthers.

—Mi teoría tenía que tomar en consideración el hecho de que este fantasma es lo que muy bien podría llamarse un fantasma machista, con una preferencia por las jóvenes totalmente contraria a la Ley sobre la Discriminación Sexual. Y la deducción lógica es que la señora Pring, siendo una dama perteneciente a lo que suele calificarse como la edad madura, no tardó en dejarle de ser atractiva a la…, bueno, llamémosle manifestación. Pueden imaginarse a la señora Pring como si fuera una jarra de esa repulsiva cerveza de barril: un solo sorbo es más que suficiente para cualquier persona dotada de cierto buen gusto.

—Estoy empezando a tener cierta vaga pero monstruosa idea de adónde pretende ir a parar —observó el mayor, hablando lenta y cuidadosamente.

—Es peor de lo que cree —le aseguró Smythe—. Tengo la absoluta seguridad de que, después de haber pasado una noche en aquella habitación, nunca volveré a ser el mismo de antes.

—Pero… —protestó Hyphen-Jones con su temblorosa voz de costumbre, antes de que Smythe le hiciera callar con un seco gesto cargado de carisma y dotes de mando que le derramó media pinta de cerveza en el regazo.

—Me pareció que lo más adecuado era realizar un exorcismo —dijo Smythe—, pero antes necesitaba saber a qué me enfrentaba. Supongo que recordarán aquel horroroso asunto de Frewin Hall, el de la Habitación que Crujía…, el exorcismo no tuvo el más mínimo efecto sobre los ratones. Cuando intenté interrogarla más a fondo, la señora Pring se protegió tras una muralla de risitas y rubores: comprendí que no me quedaba más remedio que pasar una noche en la habitación y comprobar qué clase de impresiones astrales podía sacar del ambiente con el soberbio entrenamiento de mi sistema nervioso. Así pues, tomé un billete de primera clase para Dash y la señora Pring me acompañó, aunque me alegra poder decir que ella viajó en segunda clase. El lugar era tan deprimente como me había imaginado, y recordaba una especie de gran penitenciaría situada junto al mar; la casa de la señora Pring hubiera podido servir como el edificio para las celdas de máxima seguridad. Bien, una vez allí, me preparé para enfrentarme a la impresionante Presencia que permeaba todo aquel sitio, presencia que parecía consistir básicamente en un terrible olor a repollo hervido, y me dispuse a pasar una noche dentro de la habitación encantada. Le aseguré a la señora Pring que yo jamás fracasaba…, ¿les he narrado alguna vez la historia de un caso en el que hubiera fracasado?

Hyphen-Jones alzó nuevamente la mirada.

—¿Qué hay de aquella vez en que…? ¡Uf! —Algún impulso paranormal había hecho que el resto de su cerveza acabara cayendo sobre su regazo.

—Bien, pues, como iba diciendo, le aseguré que nunca fracasaba (¡ah, cuán poco imaginaba yo lo que iba a suceder!), y le dije que ya podía dar por exorcizado el lo-que-fuese que se encontraba en aquella habitación. Y, ¿saben una cosa? Tuve la impresión de que se entristecía, como si estuviera admitiendo que la vieja tía favorita de la familia tenía que ser encerrada después de haber cometido varios asesinatos con una sierra mecánica pero igual que si le costara admitir tal necesidad. Así pues, subí uno a uno los chirriantes peldaños que llevaban hasta esa estancia del horror. El sol poniente se asomaba por su única ventana con una oleada de luz mugrienta pero fantasmagórica. Sin embargo, en la habitación no había nada de siniestro salvo el papel de la pared, que se estaba despegando, un papel cuyo dibujo verde y púrpura me hizo pensar en el desprendimiento de retina, no sé por qué… Y ahí aguardé mientras iba cayendo la noche, con todas las luces apagadas para eliminar las interferencias etéricas…

—Bueno, viejo amigo, ¿y qué sucedió? —exclamó Carruthers—. ¿Qué le pasó?

—Exactamente lo que había esperado: nada de nada. Fuera cual fuese la fuerza que encantaba aquella habitación, siguió comportándose como un sucio cerdo machista hasta el último instante. Sólo sentí un escalofrío pasajero cuando un lejano reloj del pueblo dio las doce de la noche…, la hora de las brujas, el momento en que empiezo a cobrar tarifa doble. Al final acabó amaneciendo y, dado que me encontraba en el balneario de Dash, ni tan siquiera se trataba de un amanecer decente, con luces rosadas y todo eso: no, era más bien como si un pastel de gelatina emergiera por el este. Desde luego, Dash es un sitio impresionante…

»Durante el desayuno, cuando mis dientes no estaban demasiado ocupados luchando con la famosa tostada matinal de la señora Pring, la interrogué concienzudamente sobre la historia de la habitación. Como ya saben, los sabuesos de lo oculto podemos sacar muchas deducciones de las respuestas a preguntas aparentemente inofensivas; después de algunas indagaciones rutinarias sobre asuntos tales como si acostumbraba a celebrar Misas Negras en dicha habitación, le hice una pregunta cargada de sutileza. "Señora Pring", le dije, "¿ha sucedido alguna tragedia en ese horripilante cuarto?" . La señora Pring lo negó con una considerable irritación, y me dijo: "Oiga, ¿en qué clase de pensión se cree que está? Nunca he tenido quejas y todos mis clientes han quedado siempre muy satisfechos de mis servicios, incluso el señor Brosnan, el que sufrió la intoxicación, y estoy segura de que debió pillarla por culpa de haber comprado pescado con patatas fritas, y eso que tengo estrictamente prohibido que los huéspedes se traigan la comida… No, señor mío, le aseguro que no va a intoxicarse comiendo mis huevos con tocino".

»Yo estaba razonablemente convencido de ello, pues me había fijado en la cantidad de veces que la señora Pring dejaba caer el tocino al suelo, y a partir de entonces había tomado la precaución de esconder mi ración en la servilleta (dentro de la que descubrí los restos dejados por algunos visitantes anteriores, cosa que me interesó notablemente). Tras un breve silencio durante el que la señora Pring comprobó la temperatura del té usando un dedo y, al parecer, la encontró satisfactoria, añadió: "Claro está que no debemos olvidar al pobre señor Nicholls, aunque de eso ya hace muchos años".

»Los sabuesos de lo oculto estamos entrenados para captar al instante cualquier dato, por muy trivial que pueda parecer. "¿Y qué le sucedió al pobre señor Nicholls?", pregunté, como sin darle importancia a la cosa.

»"Oh, el pobre tuvo un accidente terrible, vaya que sí. Oh, sí, fue algo horrible. Por suerte no estaba casado… Verá, el caso es que tuvo un problema con la puerta y consiguió pillarse con ella. Es comprensible, claro, teniendo en cuenta lo torpe que era y lo grande que tenía la… Bueno, por suerte no estaba casado, es lo que yo he dicho siempre, y naturalmente después de aquello no podía ni soñar en casarse, claro está. Después oí decir que se había hecho funcionario. Oooh, señor. ¿no creerá usted que…?"

»"Pues eso es justamente lo que yo creo, señora Pring", le dije solemnemente. Ya podrán imaginarse que los sabuesos de lo oculto estamos más que acostumbrados a fenómenos como las manos sin cuerpo o las cabezas que se aparecen en lugares de mala fama, e incluso he llegado a encontrarme con un pie sin cuerpo. Supongo que recordarán el caso del «Juanete Aullante», el que mandó a tres arzobispos al asilo… Bueno, pues deduje que el desgraciado señor Nicholls, aunque pareciera que en su mayor parte aún seguía vivo, sentía que le faltaba alguna de sus partes, y esas partes merodeaban aún por la habitación de la señora Pring. Tras haber oído mi teoría, la dueña de la pensión pareció algo menos asombrada y horrorizada de lo que yo me había esperado. "Caray", dijo, con una expresión peculiarmente absorta, y luego añadió: "Claro, tendría que haberle reconocido". Decidí que lo mejor sería no llevar más lejos mi interrogatorio.

—Qué historia tan espantosa —dijo Carruthers con un estremecimiento—. Pensar en ese pobre señor Nicholls, incapaz de conocer nunca más el deleite de estar con una mujer…

—En eso comparto su destino —dijo Smythe con una voz bastante rara. Después de sus palabras hubo un silencio cargado de aprensión. Smythe se lamió los labios e irguió los hombros.

—Tengo que ir a soltar el chorrito —observó, saliendo de la habitación entre una oleada de comentarios y especulaciones sobre si había o no algo raro en su forma de caminar.

—Mi estrategia —siguió diciendo Smythe en cuanto hubo regresado—, era atraer a la manifestación y hacerla salir a terreno descubierto para poder exorcizarla mediante el Ritual de la Liga Astral. Para llevar a cabo ese ritual hace falta poseer una endiablada agilidad física pero tiene un gran poder sobre los elementales, las manifestaciones del más allá y los parquímetros. Pero, ¿cómo atraer a esa entidad inhumana y hacer que se mostrara de forma visible? La señora Pring había dejado de resultarle atractiva, lo cual era comprensible, y lo cierto es que no podía pedirle a una joven inocente que se expusiera a lo que yo sospechaba ahora que estaba acechando dentro de aquella habitación.

»Al final me di cuenta de que sólo podía hacer una cosa. Durante el día hice ciertas adquisiciones francamente fuera de lo corriente en la más bien repugnante ciudad de Dash, y además visité al peluquero local. Mi querido mayor, ¿fue usted quien dijo algo sobre que el miedo me había dejado el pelo color rubio ceniza? Después quité los muebles de aquella habitación e hice mis preparativos…, no sin previamente haberle dado instrucciones a la señora Pring de que se quedara en el piso de abajo, ofreciéndole una botella de su medicina favorita para asegurarme de que así lo haría. Tenía la sospecha de que el agua de aquel pueblo no era demasiado pura; por lo que bendije una cierta cantidad de cerveza y dibujé con ella mi habitual pentáculo protector. Era un pentáculo Carnacki modelo Mark IX, garantizado para resultarle impenetrable a cualquier fenómeno ectoplásmico materializado según los patrones que se especifican en el Reglamento de Pesas y Medidas Británico.

»A primera hora de la tarde llevé a cabo las últimas etapas de mi plan. Me desnudé y me puse las ropas que había comprado, compras que me resultaron un tanto embarazosas. Disponía de un delicioso vestido negro ceñido con un tajo en la falda, tajo que llegaba casi hasta la cadera; y, aparte de ese vestido, me las ingenié para prepararme unos senos soberbios utilizando ciertas estratagemas bien conocidas de cuantos tratan con lo oculto. No pienso aburrirles con los pequeños detalles, como el perfume altamente sensual que haría sufrir una taquicardia instantánea a cualquier varón normal, por no mencionar al infortunado señor Nicholls, o el lápiz de labios color pastel que complementaba de forma tan hermosa el color de mis ojos, o las medias de seda negra con que enfundé mis piernas después de habérmelas depilado cuidadosamente, o…

—Está bien, está bien —dijo el mayor, engullendo apresuradamente su cerveza— Creo que ya hemos captado la idea.

—Bueno, como quieran. Esperé en el interior del enorme pentáculo, con la habitación iluminada tan sólo por el vacilante resplandor de las velas que había adquirido en el departamento de artículos místicos de la sucursal Woolworth de Dash. Mientras esperaba pude verme en el espejo atornillado a una pared (seguramente porque la señora Pring pensaba que sus huéspedes eran capaces de llevarse cualquier espejo de metro veinte por ochenta centímetros que no estuviera adecuadamente clavado a la pared): les aseguro que estaba magnífico, que era toda una visión de… Oh, bueno, ya que insisten…

»Aguardé en silencio, sintiendo crecer la tensión, esperando sentir en cualquier momento el chorro de una presencia sobrenatural, y las velas se fueron consumiendo. La atmósfera de la habitación se fue cargando con el presagio de alguna abominación que se aproximaba, igual que ocurre en la sala de espera de un dentista. De repente me di cuenta de que estaba rodeado por una extraña claridad, una neblina luminosa muy pálida que llenaba el aire, igual que si la señora Pring estuviera hirviendo inmensas cantidades de pintura luminosa en su cocina, situada justo debajo del cuarto. La luz se fue coagulando con una temible lentitud, condensándose y contrayéndose hacia un punto del aire situado a unos cincuenta y cinco centímetros del suelo; de repente cobró forma, y vi la palpitante silueta ectoplásmica de la cosa que llevaba tanto tiempo apareciéndose en aquella habitación. Su tamaño era mayor de lo que había esperado, y puede que de un extremo a otro tuviera unos treinta centímetros; empezó a moverse de un lado para otro, suspendida en el aire, igual que si estuviera buscando algo: se movía de una forma muy curiosa, entiéndanme, como un ojo que… Bueno, tuve la idea de que se había formado encima de la cama y justo en el centro de ella, o que eso habría hecho si yo no hubiera quitado la cama antes de empezar con mis preparativos. Y justo cuando esa idea iluminaba mi mente igual que una bombilla encendiéndose, la Cosa pareció darse cuenta de que no había nada que la sostuviera, y cayó al suelo con un golpe apagado pero totalmente sólido y audible.

—¿Audible? —dijo Hyphen-Jones con voz temblorosa—. Pero, ¿cómo? ¿Con un plaf, con un clong o con un…?

Smythe le miró con impaciencia.

—Con el mismo ruido que haría una gran salchicha de frankfurt cayendo desde cincuenta y cinco centímetros de altura encima de unos tablones de madera, si es que desea saberlo con precisión. ¡Ah, el horror! Esas manifestaciones sólidas son los más terribles de los peligros astrales, aquellos con los que menos se puede discutir… Sí, desde luego es mucho más sencillo vérselas con una entidad astral que no puede responder golpeándote de repente en el plexo solar ¡Y lo peor de todo, algo que habría podido volver blanco mi cabello si no me lo hubiera teñido ya con este color —que, por cierto, me queda muy bien—, es que la Cosa había caído dentro del pentáculo, y que ahora estaba conmigo! Les ruego una vez más que se imaginen todo el horror de aquella situación, la impresión de haber sufrido una violación espiritual: mis defensas exteriores ya habían sido penetradas. Aquella encarnación inhumana se irguió moviéndose de un lado para otro igual que una cobra preparándose para el ataque…, y un instante después empezó a venir hacia mí. Me niego rotundamente a describir de qué forma se movía pero creo que hay orugas capaces de hacer lo mismo que ella. Si es así, no tienen ni la más mínima vergüenza. Sabía que un horrible peligro se aproximaba para atacarme…, cuando algo se materializa dentro de tus defensas la situación siempre resulta horriblemente peligrosa, aunque quizá esto no fuera tan malo como en el caso del Trompeteo Fantasma. Supongo que lo recuerdan, ¿no? Sí, cuando el espectro del elefante cobró forma sólida dentro de mi pentáculo, que era indiscutiblemente pequeño para él. Pero por lo menos en este caso creía estar a salvo de lo peor.

—¿Y por qué estaba a salvo de lo peor? —le preguntó un perplejo Hyphen-Jones.

—Una mera cuestión de anatomía —dijo Smythe evasivamente, dejando que Hyphen-Jones se aclarara por sí solo—. Lo cierto es que mi confianza era excesiva. Lo más seguro era salir de aquel cuarto, y quizá después me fuese posible cargarme a la manifestación con un exorcismo de largo alcance efectuado desde el rellano… Pero lo que hice fue experimentar con un poco de la cerveza bendita que me había quedado después de dibujar el pentáculo. Le arrojé un poco a la Cosa que se arrastraba hacia mí igual que una serpiente y…, bueno, supongo que la Cosa poseía una sensibilidad muy considerable. Lo cierto es que lanzó un escupitajo de rabia y se desvaneció con un estallido de ectoplasma.

»Creí que la Cosa se había encogido definitivamente, al menos para el resto de la noche, abandonando su forma rígida y volviendo a las innombrables Esferas Exteriores… Había vuelto a caer en la trampa del exceso de confianza. Seguía inmóvil, con mi conjunto fatalmente atractivo, cuando de repente la niebla luminosa llenó el aire a mi alrededor y… No, no puedo describir lo que ocurrió entonces. Algunos de los grimorios más antiguos recomiendan que los practicantes de las artes mágicas, ya sean blancas o negras, se tapen cada uno de los nueve orificios del cuerpo como parte de los preliminares al ritual. Creo que ahora sé por qué lo recomiendan.

—Dios mío, ¿no querrá decir que…? —exclamó Carruthers, pero dio la impresión de que le faltaba el vocabulario o el deseo de completar la frase. Hyphen-Jones parecía estar contando en voz baja.

—Caray, caray —murmuró el mayor.

Y, con pocas palabras, Smythe les explicó cómo se había marchado de Dash, tomándose el tiempo justo para recibir sus honorarios y recomendarle a la señora Pring que a partir de entonces durmiera en la habitación maldita mientras alquilaba la suya. De hecho, se fue tan deprisa que ni tan siquiera tuvo tiempo para cambiarse de ropa.

—Así que ya ven: la Cosa en la Habitación transformó mi vida —concluyó con voz alegre—. Y ahora, dejen que les hable de mi último caso, un caso que antes no había tenido muchas ganas de investigar…, el asunto de la habitación encantada del Café Royal, donde se dice que camina la sombra de Oscar Wilde. Bueno, dicen que como mínimo camina, a lo mejor…

LA LOTERÍA DE BABILONIA -- Jorge Luis Borges

LA LOTERÍA DE BABILONIA

Jorge Luis Borges

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Como todos los hombres de Babilonia, he sido procónsul; como todos, esclavo; también he conocido la omnipotencia, el oprobio, las cárceles. Miren: a mi mano derecha le falta el índice. Miren: por este desgarrón de la capa se ve en mi estómago un tatuaje bermejo; es el segundo símbolo, Beth. Esta letra, en las noches de luna llena, me confiere poder sobre los hombres cuya marca es Ghimel, pero me subordina a los de Aleph, que en las noches sin luna deben obediencia a los de Ghimel. En el crepúsculo del alba, en un sótano, he yugulado ante una piedra negra toros sagrados. Durante un año de la luna, he sido declarado invisible: gritaba y no me respondían, robaba el pan y no me decapitaban. He conocido lo que ignoran los griegos: la incertidumbre. En una cámara de bronce, ante el pañuelo silencioso del estrangulador, la esperanza me ha sido fiel; en el río de los deleites, el pánico. Heráclides Póntico refiere con admiración que Pitágoras recordaba haber sido Pirro y antes Euforbo y antes algún otro mortal; para recordar vicisitudes análogas yo no preciso recurrir a la muerte ni aún a la impostura.

Debo esa variedad casi atroz a una institución que otras repúblicas ignoran o que obra en ellas de modo imperfecto y secreto: la lotería. No he indagado su historia; sé que los magos no logran ponerse de acuerdo; sé de sus poderosos propósitos lo que puede saber de la luna el hombre no versado en astrología. Soy de un país vertiginoso donde la lotería es parte principal de la realidad: hasta el día de hoy, he pensado tan poco en ella como en la conducta de los dioses indescifrables o de mi corazón. Ahora, lejos de Babilonia y de sus queridas costumbres, pienso con algún asombro en la lotería y en las conjeturas blasfemas que en el crepúsculo murmuran los hombres velados.

Mi padre refería que antiguamente ¿cuestión de siglos, de años? la lotería en Babilonia era un juego de carácter plebeyo. Refería (ignoro si con verdad) que los barberos despachaban por monedas de cobre rectángulos de hueso o de pergamino adornados de símbolos. En pleno día se verificaba un sorteo: los agraciados recibían, sin otra corroboración del azar, monedas acuñadas de plata. El procedimiento era elemental, como ven ustedes.

Naturalmente, esas «loterías» fracasaron. Su virtud moral era nula. No se dirigían a todas las facultades del hombre: únicamente a su esperanza. Ante la indiferencia pública, los mercaderes que fundaron esas loterías venales, comenzaron a perder el dinero. Alguien ensayó una reforma: la interpolación de unas pocas suertes adversas en el censo de números favorables. Mediante esa reforma, los compradores de rectángulos numerados corrían el doble albur de ganar una suma y de pagar una multa a veces cuantiosa. Ese leve peligro (por cada treinta números favorables había un número aciago) despertó, como es natural, el interés del público. Los babilonios se entregaron al juego. El que no adquiría suertes era considerado un pusilánime, un apocado. Con el tiempo, ese desdén justificado se duplicó. Era despreciado el que no jugaba, pero también eran despreciados los perdedores que abonaban la multa. La Compañía (así empezó a llamársela entonces) tuvo que velar por los ganadores, que no podían cobrar los premios si faltaba en las cajas el importe casi total de las multas. Entabló una demanda a los perdedores: el juez los condenó a pagar la multa original y las costas o a unos días de cárcel. Todos optaron por la cárcel, para defraudar a la Compañía. De esa bravata de unos pocos nace el todo poder de la Compañía: su valor eclesiástico, metafísico.

Poco después, los informes de los sorteos omitieron las enumeraciones de multas y se limitaron a publicar los días de prisión que designaba cada número adverso. Ese laconismo, casi inadvertido en su tiempo, fue de importancia capital. Fue la primera aparición en la lotería de «elementos no pecuniarios». El éxito fue grande. Instada por los jugadores, la Compañía se vio precisada a aumentar los números adversos.

Nadie ignora que el pueblo de Babilonia es muy devoto de la lógica, y aun de la simetría. Era incoherente que los números faustos se computaran en redondas monedas y los infaustos en días y noches de cárcel. Algunos moralistas razonaron que la posesión de monedas no siempre determina la felicidad y que otras formas de la dicha son quizá más directas.

Otra inquietud cundía en los barrios bajos. Los miembros del colegio sacerdotal multiplicaban las puestas y gozaban de todas las vicisitudes del terror y de la esperanza; los pobres (con envidia razonable o inevitable) se sabían excluidos de ese vaivén, notoriamente delicioso. El justo anhelo de que todos, pobres y ricos, participasen por igual en la lotería, inspiró una indignada agitación, cuya memoria no han desdibujado los años. Algunos obstinados no comprendieron (o simularon no comprender) que se trataba de un orden nuevo, de una etapa histórica necesaria... Un esclavo robó un billete carmesí, que en el sorteo lo hizo acreedor a que le quemaran la lengua. El código fijaba esa misma pena para el que robaba un billete. Algunos babilonios argumentaban que merecía el hierro candente, en su calidad de ladrón; otros, magnánimos, que el verdugo debía aplicárselo porque así lo había determinado el azar... Hubo disturbios, hubo efusiones lamentables de sangre; pero la gente babilónica impuso finalmente su voluntad, contra la oposición de los ricos. El pueblo consiguió con plenitud sus fines generosos. En primer término, logró que la Compañía aceptara la suma del poder público. (Esa unificación era necesaria, dada la vastedad y complejidad de las nuevas operaciones.) En segundo término, logró que la lotería fuera secreta, gratuita y general. Quedó abolida la venta mercenaria de suertes. Ya iniciado en los misterios de Bel, todo hombre libre automáticamente participaba en los sorteos sagrados, que se efectuaban en los laberintos del dios cada sesenta noches y que determinaban su destino hasta el otro ejercicio. Las consecuencias eran incalculables. Una jugada feliz podía motivar su elevación al concilio de magos o la prisión de un enemigo (notorio o íntimo) o el encontrar, en la pacífica tiniebla del cuarto, la mujer que empieza a inquietarnos o que no esperábamos rever; una jugada adversa: la mutilación, la variada infamia, la muerte. A veces un solo hecho -el tabernario asesinato de C, la apoteosis misteriosa de B- era la solución genial de treinta o cuarenta sorteos. Combinar las jugadas era difícil; pero hay que recordar que los individuos de la Compañía eran (y son) todopoderosos y astutos. En muchos casos, el conocimiento de que ciertas felicidades eran simple fábrica del azar, hubiera aminorado su virtud; para eludir ese inconveniente, los agentes de la Compañía usaban de las sugestiones y de la magia. Sus pasos, sus manejos, eran secretos. Para indagar las íntimas esperanzas y los íntimos terrores de cada cual, disponían de astrólogos y de espías. Había ciertos leones de piedra, había una letrina sagrada llamada Qaphqa, había unas grietas en un polvoriento acueducto que, según opinión general, daban a la Compañía; las personas malignas o benévolas depositaban delaciones en esos sitios. Un archivo alfabético recogía esas noticias de variable veracidad.

Increíblemente, no faltaron murmuraciones. La Compañía, con su discreción habitual, no replicó directamente. Prefirió borrajear en los escombros de una fábrica de caretas un argumento breve, que ahora figura en las escrituras sagradas. Esa pieza doctrinal observaba que la lotería es una interpolación del azar en el orden del mundo y que aceptar errores no es contradecir el azar: es corroborarlo. Observaba asimismo que esos leones y ese recipiente sagrado, aunque no desautorizados por la Compañía (que no renunciaba al derecho de consultarlos), funcionaban sin garantía oficial.

Esa declaración apaciguó las inquietudes públicas. También produjo otros efectos, acaso no previstos por el autor. Modificó hondamente el espíritu y las operaciones de la Compañía. Poco tiempo me queda; nos avisan que la nave está por zarpar; pero trataré de explicarlo.

Por inverosímil que sea, nadie había ensayado hasta entonces una teoría general de los juegos. El babilonio es poco especulativo. Acata los dictámenes del azar, les entrega su vida, su esperanza, su terror pánico, pero no se le ocurre investigar sus leyes laberínticas, ni las esferas giratorias que lo revelan. Sin embargo, la declaración oficiosa que he mencionado inspiró muchas discusiones de carácter jurídico-matemático. De alguna de ellas nació la conjetura siguiente: Si la lotería es una intensificación del azar, una periódica infusión del caos en el cosmos ¿no convendría que el azar interviniera en todas las etapas del sorteo y no en una sola? ¿No es irrisorio que el azar dicte la muerte de alguien y que las circunstancias de esa muerte -la reserva, la publicidad, el plazo de una hora o de un siglo- no estén sujetas al azar? Esos escrúpulos tan justos provocaron al fin una considerable reforma, cuyas complejidades (agravadas por un ejercicio de siglos) no entienden sino algunos especialistas; pero que intentaré resumir, siquiera de modo simbólico.

Imaginemos un primer sorteo, que dicta la muerte de un hombre. Para su cumplimiento se procede a un otro sorteo, que propone (digamos) nueve ejecutores posibles. De esos ejecutores, cuatro pueden iniciar un tercer sorteo que dirá el nombre del verdugo, dos pueden reemplazar la orden adversa por una orden feliz (el encuentro de un tesoro, digamos), otro exacerbará la muerte (es decir la hará infame o la enriquecerá de torturas), otros pueden negarse a cumplirla... Tal es el esquema simbólico. En la realidad el número de sorteos es infinito. Ninguna decisión es final, todas se ramifican en otras. Los ignorantes suponen que infinitos sorteos requieren un tiempo infinito; en realidad basta que el tiempo sea infinitamente subdivisible, como lo enseña la famosa parábola del Certamen con la Tortuga. Esa infinitud condice de admirable manera con los sinuosos números del Azar y con el Arquetipo Celestial de la Lotería, que adoran los platónicos... Algún eco deforme de nuestros ritos parece haber retumbado en el Tíber: Ello Lampridio, en la Vida de Antonino Heliogábalo, refiere que este emperador escribía en conchas las suertes que destinaba a los convidados, de manera que uno recibía diez libras de oro y otro diez moscas, diez lirones, diez osos. Es lícito recordar que Heliogábalo se educó en el Asia Menor, entre los sacerdotes del dios epónimo.

También hay sorteos impersonales, de propósito indefinido: uno decreta que se arroje a las aguas del Eufrates un zafiro de Taprobana; otro, que desde el techo de una torre se suelte un pájaro; otro, que cada siglo se retire (o se añada) un gramo de arena de los innumerables que hay en la playa. Las consecuencias son, a veces, terribles.

Bajo el influjo bienhechor de la Compañía, nuestras costumbres están saturadas de azar. El comprador de una docena de ánforas de vino damasceno no se maravillará si una de ellas encierra un talismán o una víbora; el escribano que redacta un contrato no deja casi nunca de introducir algún dato erróneo; yo mismo, en esta apresurada declaración he falseado algún esplendor, alguna atrocidad. Quizá, también, alguna misteriosa monotonía... Nuestros historiadores, que son los más perspicaces del orbe, han inventado un método para corregir el azar; es fama que las operaciones de ese método son (en general) fidedignas; aunque, naturalmente, no se divulgan sin alguna dosis de engaño. Por lo demás, nada tan contaminado de ficción como la historia de la Compañía... Un documento paleográfico, exhumado en un templo, puede ser obra del sorteo de ayer o de un sorteo secular. No se publica un libro sin alguna divergencia entre cada uno de los ejemplares. Los escribas prestan juramento secreto de omitir, de interpolar, de variar. También se ejerce la mentira indirecta.

La Compañía, con modestia divina, elude toda publicidad. Sus agentes, como es natural, son secretos; las órdenes que imparte continuamente (quizá incesantemente) no difieren de las que prodigan los impostores. Además ¿quién podrá jactarse de ser un mero impostor? El ebrio que improvisa un mandato absurdo, el soñador que se despierta de golpe y ahoga con las manos a la mujer que duerme a su lado ¿no ejecutan, acaso, una secreta decisión de la Compañía? Ese funcionamiento silencioso, comparable al de Dios, provoca toda suerte de conjeturas. Alguna abominablemente insinúa que hace ya siglos que no existe la Compañía y que el sacro desorden de nuestras vidas es puramente hereditario, tradicional; otra la juzga eterna y enseña que perdurará hasta la última noche, cuando el último dios anonade el mundo. Otra declara que la Compañía es omnipotente, pero que sólo influye en cosas minúsculas: en el grito de un pájaro, en los matices de la herrumbre y del polvo, en los entresueños del alba. Otra, por boca de heresiarcas enmascarados, que no ha existido nunca y no existirá. Otra, no menos vil, razona que es indiferente afirmar o negar la realidad de la tenebrosa corporación, porque Babilonia no es otra cosa que un infinito juego de azares.

FIN



miércoles, 30 de junio de 2010

NO HAY CAMINO AL PARAÍSO -- CHARLES BUKOWSKI

No hay camino al paraíso de Charles Bukowski

NO HAY CAMINO AL PARAÍSO

CHARLES BUKOWSKI

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Yo estaba sentado en un bar de Western Avenue. Era alrededor de medianoche y me
encontraba en mi habitual estado de confusión. Quiero decir, bueno, ya sabes,
nada funciona bien: las mujeres, el trabajo, el ocio el tiempo, los perros...
Finalmente sólo puedes ir y sentarte atontado, totalmente noqueado, y esperar;
como si estuvieses en una parada de autobús aguardando la muerte.
Bueno, pues yo estaba allí sentado y aquí entra una con el pelo largo y moreno,
un bello cuerpo y tristes ojos marrones. Yo no dí la vuelta para mirarla, seguí
con mi vaso. La ignoré incluso cuando vino y se sentó a mi lado a pesar de que
todos los demás asientos estaban acíos. De hecho, éramos las únicas personas que
había en el bar sin contar al encargado. Pidió un vino seco. Entonces me
preguntó lo que estaba bebiendo.
—Escocés con agua —contesté
—Y sírvale al señor un escocés con agua —le dijo al barman.
Bueno, esto no era muy normal.
Abrió su bolso, cogió una pequeña jaula, sacó de ella unos hombrecitos y los
puso sobre la barra. Tenían alrededor de diez centímetros de altura, estaban
apropiadamente vestidos y parecían tener vida. Eran cuatro: dos mujeres y dos
hombres.
—Ahora los hacen así —dijo ella—. Son muy caros. Me costaron cerca de 2000
dólares cada uno cuando los compré. Ahora ya valen cerca de 2400. No conozco el
proceso de fabricación pero probablemente sea ilegal.
Estaban paseando sobre la barra. De repente, uno de los hombrecitos abofeteó a
una de las pequeñas mujeres.
—¡Tú, perra! —dijo—. No quiero saber nada más de ti.
—¡No, George, no puedes hacerme esto! —gritaba ella llorando—. ¡Yo te amo! ¡Me
mataré! ¡Te necesito!
—No me importa —dijo el hombrecito, y sacó un minúsculo cigarrillo,
encendiéndolo con gesto altivo—. Tengo derecho a hacer lo que se me dé la gana.
—Si tú no la quieres —dijo el otro hombrecito —yo me quedo con ella, yo la amo.
—Pero yo no te quiero a ti, Marty. Yo estoy enamorada de George.
—Pero él es un cabrón, Anna, un verdadero cabronazo.
—Lo sé, pero le amo de todos modos.
Entonces el pequeño cabrón se fue hacia la otra mujercita y la besó.
—Creo que se me está formando un triángulo —dijo la señorita que me había
invitado al whisky–. Te los presentaré. Ese es Marty, y George, y Anna y Ruthie.
George va de bajada, se lo hace bien. Marty es una especie de cabeza cuadrada.
—¿No es triste mirar todo esto? Eh... ¿Cómo te llamas?
—Dawn. Un nombre horrible, pero eso es lo que a veces les hacen las madres a sus
hijos.
—Yo soy Hank. ¿Pero no es triste...?
—No, no es triste mirar todo esto. Yo no he tenido mucha suerte con mis propios
amores, una suerte horrible, a decir verdad.
—Todos tenemos una suerte horrible.
—Supongo que sí. De todos modos, me compré estos hombrecitos y ahora me
entretengo en mirarlos, es como no tener ninguno de los problemas, pero tenerlo
todo presente. Lo malo es que me pongo terriblemente caliente cuando empiezan a
hacer el amor. Es la parte más difícil para mí.
—¿Son sexys?
—¡Muy, muy sexys. Dios, me ponen de verdad caliente!
—¿Por qué no los pones a que lo hagan? Quiero decir, ahora mismo.
Podremos mirarlos juntos.
—Oh, no se pueden manejar, tienen que ponerse a hacerlo por su cuenta.
—¿Y lo hacen a menudo?
—Oh, son bastante buenos. Lo hacen cerca de cuatro o cinco veces por semana.
Mientras tanto, ellos paseaban por la barra.
—Escucha —decía Marty—, dame una oportunidad. Sólo dame una oportunidad, Anna...
—No —decía la pequeña Anna—, mi amor pertenece a George. No puede ser de otra
manera.
George estaba besando a Ruthie, acariciando sus pechos. Ruthie estaba empezando
a calentarse.
—Ruthie está empezando a calentarse —le dije a Dawn.
—Sí que lo está. Está empezando de verdad.
Yo también me estaba poniendo cachondo. Abracé a Dawn y la besé.
—Mira —dijo ella—, no me gusta que hagan el amor en público. Me los voy a llevar
a casa y que lo hagan allí.
—Pero entonces no podré verlo.
—Bueno, sólo tienes que venir conmigo y podrás.
—De acuerdo —dije— vámonos.
Acabé mi bebida y salimos juntos. Ella llevaba a los hombrecitos metidos en la
jaula. Subimos al coche y los pusimos entre nosotros en el asiento delantero.
Miré a Dawn. Era realmente joven y bella. Parecía también inteligente. ¿Cómo
podía haber fracasado con los hombres? Bueno, había tantos modos de fracasar
unas relaciones... Los hombrecitos le habían costado 8000 dólares. Todo eso sólo
para alejarse de las relaciones sexuales sin alejarse de ellas. Su casa estaba
cerca de las colinas, un sitio agradable. Salimos del coche y fuimos hacia la
puerta. Yo llevaba a la gentecilla en la jaula mientras Dawn abría la puerta.
—Estuve oyendo a Randy Newman la semana pasada en el Trobador. ¿Verdad que es
grande? —me preguntó.
—Sí que lo es —contesté.
Entramos y Dawn abrió la jaula y los sacó y los puso sobre la mesita de café.
Entonces se metió en la cocina y abrió el refrigerador y sacó una botella de
vino. La trajo en compañía de dos copas.
—Perdona —dijo— pero pareces un poco chiflado. ¿En qué trabajas?
—Soy escritor.
—¿Y vas a escribir algo acerca de esto?
—Nunca se lo creerá nadie, pero lo escribiré.
—Mira —dijo Dawn —George le ha quitado las bragas a Ruthie. Le está metiendo el
dedo. ¿Un poco de hielo?
—Sí, ya lo veo. No, no quiero hielo. El tío va bien derecho.
—No sé —dijo Dawn—, pero de verdad que me pone cachonda el mirarlos. Quizás es
porque son tan pequeños. Realmente me calientan.
—Entiendo lo que quieres decir.
—Mira, George la está tumbando, se lo va a hacer.
—Sí, allá van.
—¡Míralos!
—¡Dios o la puta!
Abracé a Dawn. Coimenzamos a besarnos. Cuando parábamos, sus ojos pasaban de
mirarme a mí a mirar a los hombrecitos fornicando, y luego volvía a mirarme de
nuevo a los ojos. Yo seguía siempre su mirada.
El pequeño Marty y la pequeña Anna también estaban mirando.
—Mira —decía Marty—, ellos lo están haciendo. Nosotros deberíamos hacerlo
también. Incluso las personas grandes van a hacerlo. ¡Míralos!
—¿Oíste eso? —le pregunté a Dawn—. Ellos dicen que vamos a hacerlo, ¿es verdad
eso?
—Espero que sea verdad —dijo Dawn.
La tumbé sobre el sofá y le subí la falda por encima de los muslos. La besé a lo
largo del cuello.
—Te amo —dije.
—¿De verdad? ¿De verdad?
—Sí, de alguna manera, sí...
—De acuerdo —dijo la pequeña Anna al pequeño Marty— podemos hacerlo nosotros
también, pero que quede claro que yo no te quiero.
Se abrazaron en medio de la mesita de café. Yo le había quitado ya a Dawn las
bragas. Dawn gemía. La pequeña Ruthie gemía. Marty se la metió por fin a la
pequeña Anna. Estaba pasando en todas partes. Me pareció como si toda la gente
del mundo estuviese haciéndolo. Entonces me olvidé de toda la otra gente del
mundo. Nos fuimos al dormitorio y allí se la metí a Dawn en una larga y
tranquila cabalgada...
Cuando ella salió del baño yo estaba leyendo una estúpida historia en el
Playboy.
—Estuvo tan bien —dijo.
—Fue un placer —contesté.
Se volvió a meter en la cama conmigo. Dejé la revista.
—¿Crees que nos lo podemos hacer juntos? —me preguntó.
—¿Qué quieres decir?
—Quiero decir que si tú crees que podemos seguir así, juntos, durante algún
tiempo.
—No sé. Las cosas ocurren. El principio siempre es lo más fácil.
Entonces escuchamos un grito proveniente de la salita. «Oh oh», dijo Dawn. Se
levantó y salió corriendo de la habitación. Yo la seguí.
Cuando llegué, ella estaba sosteniendo a George en sus manos.
—¡Oh, Dios mío!
—Qué ha pasado?
—Anna se lo hizo.
—¿Qué le hizo?
—¡Le cortó las pelotas! ¡George es un eunuco!
—¡Uau!
—¡Tráeme algo de papel higiénico, rápido! ¡Se está desangrando!
—Ese hijo de puta —decía la pequeña Anna desde la mesita de café —si yo no puedo
tener a George, nadie lo tendrá.
—¡Ahora las dos me pertenecéis! —dijo Marty.
—Ah no, tienes que elegir una de nosotras —dijo Anna.
—¿A cuál prefieres? —preguntó Ruthie.
—Yo os amo a las dos. dijo Marty.
—Ha parado de sangrar —dijo Dawn —se está quedando frío.
Envolvió a George en un pañuelo y lo puso sobre el mantel.
—Quiero decir —dijo Dawn —que si tú crees que lo nuestro no va a funcionar, no
quiero seguir por más tiempo.
—Creo que te amo, Dawn —dije.
—Mira —dijo ella—. ¡Marty está abrazando a Ruthie!
—¿Crees que van a hacerlo?
—No sé. Parecen excitados.
Dawn cogió a Anna y la metió en la pequeña jaula.
—¡Dejadme salir! ¡Los mataré a los dos! ¡Dejadme salir! —gritaba.
George gimió desde el interior del pañuelo sobre el mantel. Marty le había
quitado las bragas a Ruthie. Yo me atraje a Dawn. Era joven, bella e
inteligente. Podía volver a estar enamorado. Era posible. Nos besamos. Me
sumergí en sus grandes ojos marrones. Entonces me levanté y eché a correr. Sabía
donde estaba. Una cucaracha y un águila hacían el amor. El tiempo era un bobo
con un banjo. Seguía corriendo. Su larga cabellera me caía por la cara.
—¡Mataré a todo el mundo! —gritaba la pequeña Anna. Se agitaba sacudiendo su
jaula de alambre a las tres de la madrugada.

USURPACIÓN DE DERECHOS DE AUTOR

USURPACIÓN DE DERECHOS DE AUTOR

David F. Bischoff

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- No lo sé, Jim - dijo Keith, contemplando el disco flexible -. Tengo la sensación de que no está bien. Es como si fuera un robo.

- ¿Eh? - Jim tomó un sorbo de cerveza y dejó la lata junto a su Atari 800. Junto al CPU se veía la unidad de disco con su interior al descubierto y el revestimiento a un lado, como el caparazón de una tortuga disecada. Jim eructó y efectuó un pequeño ajuste en un tornillo de las entrañas del chisme.

- Comprados al por menor, estos programas tal vez valgan trescientos o cuatrocientos dólares. ¿Vale la pena desprenderse de ese dinero cuando se pueden conseguir gratis?

Keith examinó el disco. Parecía un disco de 45 r.p.m. barato, metido en una funda de cartulina; sólo que en vez de música estaba lleno de lenguaje de máquina registradora. En el lado derecho había una muesca, evidentemente de origen. A la izquierda, debajo de una insignia que representaba un elefante, había una muesca más chapucera y reciente.

- ¿A qué viene esta otra muesca, Jim?

- Para que se pueda usar el otro lado - explicó Jim -. Basta con que lo coloques y lo pongas en marcha y funcionará con normalidad. - El corpulento personaje cogió un disco, lo metió en la ranura e hizo funcionar el 800 -. Un cronómetro - explicó a Keith -. Desde que metí este tablero copiador ahí dentro, se ha portado de un modo un poco extraño.

Volvió su atención hacia el monitor. Los números de la pantalla cambiaban de vez en cuando.

Jim era el mentor de Keith en materia de ordenadores. Se habían conocido durante unas partidas mensuales de póker en las cuales, y dado lo poco elevado de las apuestas, Jim dispuso de mucho tiempo para charlar sobre su ordenador personal. Y aunque era sarcástico, Jim siempre se mostraba amistoso, y Keith sintió que podía confiar en él. Jim tenía una sólida confianza en sí mismo.

Hacía sólo un mes que, entre apuestas y puñados de palomitas de maíz, había dicho:

- Mira, el otro día leí en el periódico que los 800 habían bajado a doscientos dólares por aparato. ¡Doscientos! ¡Y yo pagué ocho! Y con una memoria de 48K. ¡Qué mundo éste! - echó un trago de cerveza y una mirada a los naipes que acababa de recibir -. Keith, deberías ir a comprar uno cuanto antes. Se te acabaría el salir de noche a ligar. Y yo te echaría una mano.

Keith pensó: «¿Por qué no? Puedo probarlo. ¿Quién sabe? Podría llegar a ser un genio de la programación y ganar mucho más dinero del que gano ahora, enseñando en la universidad del condado.»

Y así, Keith acudió a la tienda más próxima y compró un Atari más la unidad de disco, mucho más cara... («Las cintas son tan lentas que tienes tiempo hasta de echarte una siesta mientras esperas a que se traguen el programa», le había dicho Jim.)

Uno de los compañeros de Keith había adquirido un TRS-80, había aprendido a programar y ahora era un fanático del trabajo. «¡Amigo, a veces programar es mejor incluso que practicar el sexo!», había sido la conclusión de Robert. «¡Es fascinante!»

Así que mientras Keith rondaba por los bares e invitaba a las mujeres a bebidas caras, pensaba en su compañero Robert, que estaba tecleando en su máquina, urdiendo intrincados conjuros de algoritmos y disfrutando de una amante que nunca se quejaba.

Keith se tomó lo de la máquina con mucha menos seriedad; no le había costado demasiado dinero, era divertido practicar juegos como PacMan y Pilotos del Espacio e incluso había empezado a aprender BASIC.

Entonces Jim le llamó, invitándole a su casa para enseñarle algunas cosas.

Y allí estaba, con tres discos en la mano cuyos anversos y reversos estaban llenos de programas pirateados. Aquello le había puesto muy nervioso.

Lo único que había robado en su vida había sido una revista en una librería. Y después, cuando la hubo leído, volvió al local y, disimuladamente, la devolvió.

- ¡No seas tonto, muchacho! - insistió Jim -. Quédatelos. No son más que juegos. La próxima semana creo que podré pasarte un par de programas de tratamiento de textos. Y quizás incluso un Extracalc.

Keith se sintió nervioso mientras conducía el coche hacia casa. Pero después razonó. ¿Qué podía ocurrir? ¿Iba a seguirle el rastro el FBI sólo porque había aceptado unos programas copiados? ¡No, claro que no!

Dentro de su mal amueblada sala de estar, salpicada de libros, manuscritos y ejemplares atrasados de The New Yorker desparramados por el suelo, dejó los discos a un lado y fue al refrigerador a buscar un refresco. Después de abrir la botella y echar un trago, se dejó caer en su silla y probó el primer disco.

SACA EL CARTUCHO DE BASIC, ATONTADO, decía la pantalla. ESTO ESTÁ EN LENGUAJE DE MAQUINA.

Oh.

Después se echó a reír. Aquel Jim podía ser un verdadero bromista.

Abrió la cubierta del 800, sacó el cartucho etiquetado ATARI BASIC y volvió a meter el disco.

¡LA CAJA DE JUEGOS!, proclamó la parte alta de la pantalla.

Después salió la lista del contenido.

LOS INVASORES LOS MONSTRUOS MÁGICOS

PARTIDO DE CRICKET EL TRAGÓN

LA MISIÓN EL LABERINTO

Eligió EL TRAGÓN, que resultó ser una divertida imitación de PacMan. Al cabo de unos minutos, sin embargo, ya estaba aburrido. Seleccionó otro juego.

¡Los monstruos mágicos! ¿Por qué no? ¡El título sugería un buen juego de fantasía!

Tan pronto como se oyeron las señales de que el programa había sido asimilado, la pantalla se puso completamente blanca. Poco a poco, una sustancia de color rojo sangre comenzó a gotear desde la parte superior, formando unas letras horripilantes: LOS MONSTRUOS MÁGICOS.

Rodeadas de telarañas y cuajarones. «¡Qué maravilla de imágenes!», pensó Keith.

Por el altavoz brotó una música fantasmagórica: unos cuantos acordes de órgano, un suave gemido coral, un fantasmagórico temblor de cortinajes agitados por el viento, el tintineo de un candelabro. ¡Unos sonidos increíbles!

Jim le había dicho que parte de aquel material no estaba todavía en el mercado. «¿De dónde diablos lo habría sacado?», se preguntó Keith. Jim sólo sabía que era un programa de gran calidad, y se alegraba de haber tenido que ver en ello.

¡Seguro! Keith se había sentido de pronto tan feliz que se había tragado los escrúpulos y había aceptado los discos. Aquel juego probablemente estaría a la venta por cuarenta dólares en las tiendas.

Con un estertor y un jadeo de muerte, las letras del título se esfumaron. Se formó una boca, mostrando unos labios agrietados y unos agudos colmillos. La boca se animó y emitió una carcajada.

«¡Bienvenido a Los monstruos mágicos!», dijo, con un ceceo parecido al de Boris Karloff. «¿Qué tipo de monstruo le gustaría crear esta noche? ¡Oh, tenemos todo tipo de bellezas para deleitar y asombrar su sentido de lo macabro!»

Apareció una lista.

VAMPIRO (1)

DUENDE (2)

GLÓBULO (3)

MOMIA (4)

DRAGÓN (5)

ELIJA SEGÚN EL NUMERO. NUEVAS POSIBILIDADES PULSANDO OPCIÓN

Keith alargó el dedo meñique y oprimió OPCIÓN, justo debajo de REAJUSTE DEL SISTEMA.

MONSTRUO DE FRANKENSTEIN (6)

JINETE SIN CABEZA (7)

SELKIE (8)

HOMBRE LOBO (9)

MIX'N'MATCH (10)

PARA VOLVER A LA PRIMERA LISTA, OPRIMIR OPCIÓN

«Sí», pensó Keith, «quiero algo de la primera lista.» Cuando oprimió de nuevo OPCIÓN se preguntó de qué trataría el juego. Lástima que no tuviese el prospecto. Eso era lo bueno de los programas que se compraban, que traían las instrucciones. Y también ilustraciones, cajas, otro disco... y cosas por el estilo.

«Con todo, no se puede ganar gratis», pensó Keith, mientras meditaba divertido su elección.

Acabó decidiéndose por GLÓBULO. La película de Steve McQueen era una de sus viejas películas de terror favoritas. ¿Qué saldría ahora?. Apretó el 3.

- ¡Oh, cielos, qué elección más inmunda! - dijeron los labios. La pantalla quedó en blanco por un momento, mientras la voz continuaba.

- ¡En el juego de Los monstruos mágicos la diversión depende de su imaginación! Y ahora que ha elegido su monstruo...

La palabra GLÓBULO apareció en la pantalla en un tono verde nauseabundo.

«¡Por favor, escriba un relato corto imaginado por usted, usando las siguientes palabras elegidas al azar de nuestro DICCIONARIO DEL MIEDO! Y después esté atento a lo que ocurra.»

Unas letras verdes aparecieron en la pantalla relampagueando:

DEPÓSITO DE CADÁVERES - GLOBO OCULAR - REBOSAR - ESPASMO - SANGRE

¡Qué curioso! Un juego que hay que contribuir a crear. Keith empezó a mecanografiar:

»El cadáver estaba tendido sobre la losa del depósito de cadáveres, verdoso, con la rigidez de la muerte. El amortajador se inclinó hacia él con un escalpelo. El cuerpo estaba desfigurado por un extraño cáncer. Se tenía que llenar de desinfectante para el entierro.

»De pronto, el cuerpo experimentó un espasmo. El amortajador pensó que podía ser el rigor mortis. Alargó la mano para hacer bajar la pálida cabeza.

»Los ojos del muerto se abrieron de pronto. Uno de los globos oculares saltó fuera de su cuenca y se alejó rodando. Algo largo y lechoso, como un chorrito de flema, rebosó de la cuenca vacía.

»El amortajador gritó cuando aquel extraño zarcillo se enrolló en su brazo y, con increíble rapidez, trepó brazo arriba como un blanco pitón de pus hasta enrollarse alrededor de su cuello.

»El grito del hombre se interrumpió con un borboteo. De su boca brotó sangre.

»¡Crac!¡El cuello del hombre se rompió! El pequeño Glóbulo alargó sus seudópodos hacia el cuerpo y empezó su festín.

Keith rió entre dientes. Bastante malo, pero divertido.

Apretó el botón EMPEZAR. La pantalla se aclaró. Apareció una losa. Encima de la losa había un cuerpo; inclinado sobre el cuerpo, un hombre con un escalpelo.

Era la ilustración del relato de Keith. El ojo desprendiéndose, el chorro de sustancia blancuzca, el amortajador estrangulado, todo. Completo, hasta con efectos sonoros.

«¡Uf!», se dijo Keith fascinado.

La voz sintetizada habló: «Su glóbulo es muy pequeño aún». La pantalla reveló una masa blanca, abigarrada, con seudópodos en forma de serpentina que se agitaban como movidos por alguna brisa fantástica. «¿Desea alimentarlo?»

Bajo la imagen apareció un rótulo ¡Una invitación para otro episodio!

- ¡Por supuesto! - replicó Keith, e inmediatamente empezó a escribir ¡SI!

- Use las palabras siguientes - requirió la voz.

BORRACHO - POLICÍA - CALLEJÓN - PISTOLA - GRITO - VÍSCERA

Keith empezó a escribir:

»El Callejón era oscuro y frío. El borracho estaba tendido ante una puerta, sorbiendo estúpidamente una botella de Thunderbird.

»No vio al Glóbulo deslizándose sobre el asfalto como el salivazo de un gigante.

»¡Hasta que fue demasiado tarde! Aunque el Glóbulo acababa de cenar en el depósito de cadáveres y todavía tenía un intenso color rojo al estar digiriendo la sangre humana, seguía estando hambriento. Siguió el sucio olor del borracho hasta su origen. El tipo estaba tan bebido que no se dio cuenta de que algo andaba mal hasta que el Glóbulo se le hubo comido la mitad de un pie. Miró abajo para ver la creciente opalescencia ondulándose mientras trepaba por sus piernas.

»Gritó, y de pronto notó que su boca estaba llena de una porquería ácida.

»Dos manzanas más allá, un policía oyó el grito. Corrió calle abajo y entró en el callejón. Todo lo que vio fue una masa sobre el suelo, cubierta por un viejo abrigo. Desenfundó la pistola y se puso a investigar.

» - Eh, amigo, ¿está usted bien? - preguntó.

»No hubo respuesta.

»El policía se inclinó y levantó el abrigo. Debajo de la ropa, a la tenue luz del farol callejero, vio un hombre medio devorado, cubierto por un hirviente protoplasma blanco y rojo.

»Blandiendo un hueso astillado en uno de sus seudópodos el Glóbulo efectuó un corte en el abdomen del policía. Las vísceras cayeron sobre la hambrienta masa.

«¡Puajj!», se dijo Keith, feliz, mientras los gráficos de la computadora convertían la sangrienta escena en imágenes. «¡Amigo, cuánto les va a gustar esto a los chiquillos!»

¡Y la representación estaba mejorando también! Los colores eran más intensos y las líneas casi no parecían estar hechas de puntos. ¡Increíble!

Mientras el Glóbulo consumía al policía, Keith lo veía crecer. Las imágenes eran tan buenas que incluso veía como el monstruo iba despojando el cuerpo de carne. Asombroso.

- ¡Maravilloso! - dijo la voz -. Miren cómo crece el monstruo cuando está bien alimentado. ¿Quiere seguir jugando?

¡Desde luego! - Keith escribió SI y esperó la respuesta.

- Excelente. ¡Esta vez, la historia es enteramente suya! - le informó la voz ceceante.

Keith pensó durante un momento y después empezó a escribir.

»A medida que el monstruo comía, se hacia mas poderoso, mas astuto y mas cruel.

»¡Sabía que necesitaba mas carne! ¡Mas carne humana para chupar, saborear y devorar!

»Mientras avanzaba entre las sombras de la noche captó la existencia de vida en el edificio que tenía delante.

»Una casa de pisos, llena de tierna y suculenta carne humana.

»¡Y allá arriba, una ventana abierta!

»Extendió lentamente un seudópodo hacia una tubería y empezó a ascender, dejando tras de sí un rastro viscoso.

»Y...

De pronto, el teléfono sonó. Keith se levantó para contestar a la llamada.

- ¿Diga?

- ¿Keith?

- ¿Sí?

- Soy Jim. Está ocurriendo algo muy extraño.

- ¿Eh?

- Escucha, quizá sería mejor que no hicieras nada con aquellos programas que te di hasta que yo pueda... - una pausa.

- Bueno, Jim, en realidad ya he...

- ¡Oh, Dios mío! - hubo un grito. La línea quedo cortada.

Keith intentó llamar a la policía, pero su teléfono estaba cortado también.

Tenía que hacer algo para ayudar a Jim. ¡La cosa se había puesto muy fea!

Mientras corría hacia la puerta, la pantalla del ordenador atrajo su atención. Seguían apareciendo más palabras.

El Glóbulo se deslizó lentamente tubería arriba, captando al ser humano que estaba dentro de la casa.

Éste sería especial. A éste lo saborearía lentamente, durante horas y horas y horas, absorbiendo su fuerza vital, disfrutando con la agonía de la víctima mientras su carne se disolvía lentamente....

«¡Al infierno con todo esto!» Keith apretó el botón para desconectar.

El ordenador no dejó de funcionar. Empezó a zumbar ominosamente.

Keith hizo girar el mando de la pantalla. Pero la pantalla permaneció encendida y los colores se intensificaron.

Oprimió el botón de REAJUSTE.

- Para poner fin a este programa - dijo la voz parecida a la de Karloff -, sírvase marcar las cifras de cancelación indicadas en el prospecto de su juego.

¿Prospecto? ¡El no tenía ningún prospecto!

- A menos, desde luego, que usted haya pirateado este programa, lo cual va expresamente contra los derechos de autor de los Microsistemas Cthulhu.

Desesperadamente, Keith desenchufó los aparatos. El ordenador y la pantalla continuaron brillando con un resplandor sobrenatural. Las palabras siguieron relampagueando en la pantalla.

»De pronto, el Glóbulo supo que tenía una misión que cumplir:

»¡Venganza contra el profanador de los derechos de autor de Yog Suggoth!

»¡Recordó los antiguos ritos de la tortura sarnaciana!

»¡Se relamió con anticipación!

Con ojos enloquecidos, Keith miró hacia la ventana. Lleno de pánico, corrió en dirección opuesta. Tenía que salir. Aquello no podía ser cierto. ¡Era como una inconcebible pesadilla!

Abrió la puerta de par en par. Entró una terrible pestilencia.

Pedazos y más pedazos de lo que una vez habían sido seres humanos flotaban sobre una masa, como moscas en el ámbar. Una mano se alzó desde el lechoso protoplasma, temblando espasmódicamente.

El Glóbulo siguió chapoteando.

En la pantalla, como sangre salida de una arteria, las palabras saltaron borboteando hacia la realidad.

FIN

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