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viernes, 30 de julio de 2010

Charles Dickens -- La novia del ahorcado

Charles Dickens

La novia del ahorcado





Era una auténtica casa antigua de muy curios descripción, en la que abundaban las viejas tallas las vigas, los tablones, y que tenía una excelente antigua caja de escalera con una galería o escales superior separada de la primera por una curiosa estacada de roble viejo o de caoba de Honduras. Es y seguirá siendo durante muchos años una casa de notable pintoresquismo; y en la profundidad d los viejos tablones de caoba habitaba un misterio grave, como si fueran lagunas profundas de agua o,, cura, como las que sin duda habían existido entre ellos cuando eran árboles, dando al conjunto un carácter muy misterioso a la caída de la noche.

Cuando nada más bajar del coche el señor Goodchild y señor Idle se presentaron por primera vez en la puerta y penetraron en el sombrío y hermoso salón, fueron recibidos por media docena d ancianos silenciosos vestidos de negro, todos exactamente igual, que se deslizaron escaleras arriba junto a los serviciales propietario y camarero, pero sin que pareciera que se estuvieran entrometiendo en su camino, o les importara si lo estaban haciendo no, y que se apartaron hacia la derecha y la izquierda de la vieja escalera cuando los huéspedes entraron en la sala de estar. Era un día claro y brillante, pero al cerrar la puerta el señor Goodchild dijo: -¿Quién demonios son esos ancianos?

Y poco después, cuando ambos salieron y entraron, no observaron que hubiera anciano alguno. Desde entonces los ancianos no volvieron a reaparecer, ni siquiera uno de ellos. Los dos amigos habían pasado una noche en la casa pero no habían vuelto a verlos. El señor Goodchild paseó por la casa, revisó los pasillos y miró en las puertas, pero no encontró ningún anciano; por lo visto, ningún miembro del establecimiento echaba en falta a anciano alguno ni lo esperaba.

Otra circunstancia extraña llamó la atención de los dos amigos. Era que la puerta de la sala de estar no se quedaba quieta un cuarto de hora entero. La abrían con titubeos, o confiadamente, la abrían un poco, o mucho, pero siempre la volvían a cerrar de golpe sin una palabra de explicación. Los dos amigos estaban leyendo, o escribiendo, o comiendo, bebiendo, hablando o dormitando; la puerta se abría siempre en un momento inesperado y ambos miraban hacia ella, la volvían a cerrar de nuevo y no veían a nadie. Cuando esto había sucedido ya unas cincuenta veces, el señor Goodchild le dijo a su compañero en tono de broma:

-Tom, empiezo a pensar que había algo raro en aquellos seis ancianos.

Llegó la segunda noche y ellos estaban escribiendo desde hacía dos o tres horas; escribían una parte de las perezosas notas de las que se han sacado estas perezosas páginas. Habían dejado de escribir, depositando las gafas sobre la mesa, entre ellos. La casa estaba cerrada y tranquila. Alrededor de la cabeza de Thomas Idle, que estaba acostado en su sofá, se hallaban suspendidas guirnaldas de humo fragante Las sienes de Francis Goodchild se hallaban similarmente decoradas mientras estaba recostado hacia, atrás en su sillón, con las dos manos entrelazada: tras la cabeza y las piernas cruzadas.

Habían estado hablando de varios temas, sin omitir el de los extraños ancianos, y se encontraban ocupados todavía en esa conversación cuando el señor Goodchild cambió de actitud abruptamente a tiempo que se ponía a darle cuerda a su reloj.

Empezaban a sentirse lo bastante adormecidos como par, dejar de hablar por una actividad tan ligera. Thomas ldle, que estaba hablando en ese momento, s, detuvo y preguntó:

-¿Qué hora es?

-La una-contestó Goodchild.

Y como si hubiese ordenado algo a uno de lo, ancianos, y la orden fuera ejecutada con prontitud (y a decir verdad todas las órdenes eran obedecida, así en aquel excelente hotel), se abrió la puerta i apareció en ella uno de los ancianos. No entró, sino que se quedó en pie con la mano en la puerta.

-¡Tom, por fin, uno de los seis! -exclamó el señor Goodchild con un susurro de sorpresa-. ¿En qué puedo servirle, señor?

-¿En qué puedo servirle, señor? -repitió el anciano.

-Yo no llamé.

-La campana lo hizo -replicó el anciano.

Dijo campana de un modo profundo y potente, como si se estuviera refiriendo a la campana de la iglesia.

-Creo que tuve el placer de verle ayer-comentó Goodchild.

-No puedo estar seguro de ello -fue la respuesta del ceñudo anciano.

-Creo que me vio, ¿no le parece?

-¿Le vi? -preguntó el anciano-. Claro que le vi. Pero veo a muchos que nunca me ven a mí.

Era un anciano reservado, lento, terroso y estable. Un anciano cadavérico de lenguaje calibrado. Un anciano que parecía incapaz de pestañear, como si le hubieran clavado los párpados a la frente. Un anciano cuyos ojos, dos puntos de fuego, no tenían más movimiento que el que le permitiría el hecho de tenerlos unidos con la nuca por unos tornillos que le atravesaran el cráneo y estuvieran remachados y sujetos por el exterior, entre su cabello gris.

La noche se había vuelto tan fría para la capacidad sensorial del señor Goodchild que se estremeció. Comentó a la ligera, como excusándose:

-Me da la impresión de que hay alguien caminando sobre mi tumba.

-No -repuso el extraño anciano-. No hay nadie allí.

El señor Goodchild miró a ldle, pero éste estaba con la cabeza envuelta en humo.

-¿Que no hay nadie allí? -dijo Goodchild.

-No hay nadie en su tumba, se lo aseguro -contestó el anciano.

Había entrado y cerrado la puerta, y ahora se sentó. No se dobló para sentarse como hacen las otras personas, sino que dio la impresión de hundirse mientras estaba erguido, como si cayera en un cuerpo de agua, hasta que la silla le detuvo.

-Mi amigo, el señor Idle -dijo Goodchild, deseoso de introducir a una tercera persona en la conversación.

-Estoy al servicio del señor Idle -dijo el anciano sin mirarle.

-Si vive usted aquí desde hace tiempo -empezó a decir Francis Goodchild.

-Así es.

-Entonces quizá pueda aclararnos una cuestión acerca de la cual mi amigo y yo dudábamos esta mañana. Han ahorcado criminales en el castillo, ¿no es así?

-Así lo creo -contestó el anciano.

-¿Les colocan con el rostro vuelto hacia esa noble vista?

-Te colocan la cabeza de cara al muro del castillo -repuso el otro-. Cuando estás colgado, ves que sus piedras se expanden y contraen violentamente, y una expansión y contracción similares parecen tener lugar en tu propia cabeza y en tu pecho. Luego se produce una acometida de fuego y un terremoto, y el castillo salta por el aire y tú caes por un precipicio.

Daba la impresión de que le molestaba la corbata. Se llevó la mano a la garganta y movió el cuello de un lado a otro. Era un anciano cuya cara estaba como hinchada, y la nariz vuelta e inmóvil hacia un lado, como si tuviera un pequeño gancho insertado en esa ventanilla. El señor Goodchild se sentía muy incómodo y empezó a pensar que la noche era calurosa, en lugar de fría.

-Una potente descripción, señor -comentó.

-Una sensación potente -le corrigió el anciano.

El señor Goodchild volvió a mirar al señor Thomas Idle, pero Thomas estaba boca arriba con el rostro atento y vuelto hacia el anciano, sin hacer señal alguna de reconocimiento. En ese momento le pareció al señor Goodchild que unos hilos de fuego salían de los ojos del anciano en dirección a los suyos, y que se quedaban allí. (El señor Goodchild, al escribir el presente relato de su experiencia, afirma con la mayor solemnidad que tenía la poderosa sensación de que desde ese momento le obligaban a mirar al anciano a través de esos dos hilos de fuego).

-Debo decírselo -afirmó el anciano con una mirada pétrea y fantasmal.

-¿Qué? -preguntó Francis Goodchild.

-Usted sabe dónde sucedió. ¡Ahí!

El señor Goodchild no pudo saber en ese momento, ni nunca lo sabrá, si el anciano señalaba a la habitación de arriba, o a la de abajo, o a cualquier habitación de la antigua casa, o una habitación de alguna otra casa antigua de esa vieja ciudad. Se sintió confundido por la circunstancia de que el índice de la mano derecha del anciano parecía introducirse en uno de los hilos de fuego, encenderse el propio dedo y hacer una embestida de fuego en el aire, como si señalara hacia algún lugar. Y tras señalar, deshizo el gesto.

-Usted sabe que ella era una novia -dijo el anciano.

-Sé que todavía envían tarta nupcial -comentó el señor Goodchild titubeando-.

Esta atmósfera me resulta oprimente.

Ella era una novia, había dicho el anciano. Era una joven hermosa, de cabellos blondos y ojos grandes que no tenía carácter ni propósito. Una nada débil, crédula, incapaz e indefensa. No como su madre. No, no. Lo que reflejaba era el carácter del padre.

La madre se había preocupado de asegurárselo todo para ella, para su propia vida, cuando el padre de esta joven (una niña en aquel momento) murió (de un desvalimiento total, no de otra enfermedad) y entonces él renovó la amistad que en otro tiempo había tenido con la madre. Por dinero había dejado el campo libre al hombre de cabellos blondos y ojos grandes (o la no entidad). Pudo tolerar eso por dinero. Y quería una compensación en dinero.

Por ello regresó al lado de aquella mujer, la madre, volvió a enamorarla, bailó a su alrededor y se sometió a sus caprichos. Ella descargó sobre él todo capricho que tuviera, o pudiera inventar. Y él lo soportaba. Y cuanto más lo soportaba, más quería una compensación en dinero, y más decidido estaba a obtenerlo.

¡Pero ay! Antes de que la obtuviera, ella le engañó. En uno de sus estados imperiosos, se quedó congelada y no volvió a descongelarse. Una noche se llevó las manos a la cabeza, lanzó un grito, se quedó rígida, permaneció en esa actitud varias horas y murió. Y él no había obtenido, todavía, una compensación en dinero. ¡Qué el infierno se la llevase! Ni un solo penique.

La había odiado durante toda esa segunda relación y había ansiado vengarse de ella. Falsificó entonces la firma de ella en un documento en el que dejaba todo lo que tenía a su hija, de diez años entonces, a quien traspasaba absolutamente todas sus propiedades, y se designaba a sí mismo como el tutor de la hija.

Cuando deslizó el documento bajo la almohada de la cama en la que yacía ella, se inclinó sobre un oído sordo de la muerta y susurró:

-Orgullosa amante, hace tiempo que había decidido que, viva o muerta, me compensarías con dinero.

Y así sólo quedaban ya dos. Él y la hermosa y estúpida hija de cabellos blondos y ojos grandes, que después se convertiría en la novia.

Él la sometió a disciplina. En una casa retirada, oscura y oprimente, la sometió a disciplina con una mujer vigilante y poco escrupulosa.

-Mi digna dama -le dijo-: tiene ante usted una mente que ha de ser formada, eme ayudará a formarla?

Aceptó el encargo. Pues también quería compensación en dinero, y la había obtenido.

La joven fue formada para que tuviera miedo de él, y en la convicción de que no podría escaparse. Desde el principio se le enseñó a considerarlo como a su futuro esposo, al hombre que debía casarse con ella, el destino que la ensombrecía, la certidumbre resignada de que nunca podría escapar. La pobre tonta era como cera blanca y blanda en las manos de ellos, y adoptó la forma con la que la modelaron. se endureció con el tiempo. Se convirtió en parte de si misma. Inseparable de sí misma hasta el punto d que esa forma sólo se separaría de ella si le quitara la vida.

Durante once años había habitado en la casa o: cura y su tenebroso jardín. Él tenía celos incluso d la luz y el aire que llegaban hasta ella, y procuraba mantenerla apartada. Cegó las amplias chimenea: ocultó las pequeñas ventanas, dejó que una hiedra de fuertes tallos se esparciera a su capricho por la fachada de la casa, que el musgo se acumulara en lo frutales sin podar que había en el jardín de muro rojos, que la hierba creciera sobre sus senderos ver des y amarillos. La rodeó de imágenes de pena y desolación. Procuró que estuviera llena de miedo hacia el lugar y las historias que sobre él le contaban, luego, con el pretexto de corregirla, la dejaba sola c la obligaba a que se encogiera en la oscuridad Cuando la mente de la joven se encontraba más deprimida y llena de terrores, entonces salía él de uno de los lugares en los que se ocultaba para vigilarla, se presentaba como su único recurso.

Así, siendo desde su niñez la única encarnación que se presentaba ante su vida con el poder de obligar y el poder de aliviar, el poder de atar y el pode de soltar, quedaba asegurada la ascendencia sobre la debilidad de la joven. Tenía ella veintiún años y veintiún días cuando él llevó a la tenebrosa casa a su boba, asustada y sumisa novia de tres semanas.

Para entonces había despedido ya a la institutriz, lo que le faltaba por hacer lo haría mejor solo, y una noche lluviosa llegaron al escenario de su prolongada preparación. Ella se volvió hacia él en el umbral con la lluvia goteando desde el porche y dijo:

-¡Ay, señor, ahí está el reloj de la muerte sonando para mí!

-¡Muy bien! ¿Y qué si así fuera? -respondió él. -¡Ay, señor! ¡Tráteme amablemente y tenga piedad de mí! Le suplico que me perdone. ¡Si me perdona haré cualquier cosa que usted quiera!

Eso se había convertido en la cantinela constante de la pobre tonta: « le suplico que me perdone». «Perdóneme».

No merecía ni que la odiara, sólo sentía desprecio por ella. Pero ella había estado mucho tiempo en su camino, y hacía también tiempo que él ya se había cansado, el trabajo estaba cerca del final y tenía que realizarlo.

-¡Estúpida, sube las escaleras! -exclamó él.

Ella obedeció inmediatamente, murmurando: «haré todo lo que usted desee». Cuando entró en el dormitorio de la novia, habiéndose retrasado un poco por las fuertes cerraduras que tenía la puerta principal pues estaban solos en la casa, ya que había dispuesto que el personal de servicio tuviera libre el día), la encontró acobardada en la esquina más lejana, y allí de pie se apretaba contra las tablas

de la pared como si quisiera meterse entre ellas. Tenía su cabello blondo alborotado sobre el rostro, y sus ojos grandes le miraban con un terror vago.

-¿De qué tienes miedo? Ven y siéntate a mi lado. -Haré todo lo que quiera. Le suplico que me perdone, señor. ¡Perdóneme! -le dijo con su monótona cantinela, tal como acostumbraba.

-Ellen, mañana tendrás que escribir esto, de propio puño y letra. También procurarás que otros te vean atareada en hacerlo. Cuando lo hayas escrito todo perfectamente, y corregido todos los errores, llama a dos personas que haya en la casa y firma con tu nombre delante de ellos. Después métetelo en el pecho para que esté a salvo, y cuando mañana por la noche me vuelva a sentar aquí, me lo das.

Así lo haré todo, con el máximo cuidado. Haré todo lo que usted desee.

-Entonces no tiembles ni vaciles.

-Haré todo lo posible para evitarlo... ¡si usted me perdona!

Al día siguiente ella se sentó en el escritorio e hizo todo tal como se lo habían pedido. Con frecuencia él entraba y salía de la habitación, para observarla, y la veía siempre escribiendo lenta y laboriosamente: repitiéndose en voz alta las palabras que copiaba, con una apariencia totalmente mecánica, y sin preocuparse ni esforzarse por entenderlas, salvo de cumplir el encargo. Él vio que seguía las órdenes que había recibido en todos los aspectos; y por la noche, cuando estaban a solas de nuevo en el mismo dormitorio de la novia, él acercó su silla junto al hogar, ella se le acercó tímidamente desde su distante asiento, sacó el papel del pecho y se lo puso a él en la mano.

Ese documento le concedía todas las posesiones de la joven en caso de que muriera. Colocó a la joven ante él, cara a cara, para poder mirarla fijamente, y le preguntó con numerosas y claras palabras, ni más ni menos que las necesarias, si sabía lo que iba a pasar. Había manchas de tinta en el pecho de su vestido blanco, y hacía que su rostro pareciera todavía más marchito, y sus ojos más grandes, cuando asintió con la cabeza. Había manchas de tinta en la mano que extendió ante él poniéndose de pie, con la que se alisó y arregló nerviosamente su falda blanca.

La cogió por el brazo, la miró al rostro todavía con mayor fijeza y atención, y le dijo:

-¡Y ahora, muere! He terminado contigo.

Ella se encogió y lanzó un grito bajo y reprimido.

-No voy a matarte. No pondré en peligro mi vida por ti. ¡Muere!

Y a partir de ese momento, un día tras otro, una noche tras otra se sentó delante de ella, en su tenebroso dormitorio, pronunciando la palabra o transmitiéndosela con la mirada. Siempre que levantaba sus ojos grandes y carentes de significado desde las manos en las que enterraba la cabeza hasta la figura rígida que estaba sentada en la silla con los brazos cruzados y la frente enarcada, leía en los ojos del hombre: «¡muere!» Cuando caía dormida, agotada, recuperaba estremecida la conciencia oyendo en susurros: «¡muere!» Cuando caía en su viejo ruego de ser perdonada, la respuesta era aún: «¡muere!» Después de haber pasado despierta y sufriendo la larga noche, cuando el sol naciente llameaba en la habitación sombría, oía como saludo:

-¿Un día más y no te has muerto? ¡Muere! Encerrada en la desértica mansión, apartada d toda la humanidad y entregada a esa lucha sin respiro alguno, llegó a esta conclusión, que ella, o él, tenían que morir. Él lo sabía muy bien, y por ello con centró su fuerza contra la debilidad de la mujer Una hora tras otra la sujetaba por un brazo hasta que éste se ponía negro, y le ordenaba que muriera Y sucedió, una mañana ventosa, antes del amanecer. Él calculó que debían ser las cuatro y media pero no podía estar seguro porque se había olvidado de darle cuerda al reloj y se había parado. Ella se había apartado de él durante la noche con gritos repentinos y fuertes, los primeros que había expresa do así, y él tuvo que taparle la boca con las manos Desde ese momento ella se había quedado quieta en la esquina entablada en la que se había dejado caer,, él la había dejado y había vuelto a su silla, sentándose con los brazos cruzados y la frente ceñuda.

Más pálida bajo la pálida luz, más incolora que, nunca en el amanecer plomizo, la vio acercarse arrastrándose por el suelo hacia él: una ruina pálida deformada por los cabellos, el vestido y los ojos salvajes, impulsándose hacia delante con una maní doblada e irresuelta.

-¡Ay, perdóneme! Haré cualquier cosa. ¡Ay, señor, le ruego que me diga que puedo vivir!

-¡Muere!

-¿Tan decidido está? ¿No hay esperanza para mí?

-¡Muere!

Ella tensó sus grandes ojos por la sorpresa y el miedo; la sorpresa y el miedo se transformaron en reproche; y el reproche en una nada vacía. Estaba hecho. Al principio él no se sintió muy seguro, salvo de que el sol de la mañana estaba colgando joyas en los cabellos de la joven. Vio el diamante, la esmeralda y el rubí brillando en pequeños puntos mientras la miraba, hasta que la levantó y la dejó sobre la cama.

Fue enterrada enseguida, y ahora todos se habían ido y él había tenido su compensación.

Tenía pensado viajar. Eso no significaba que quisiera malgastar su dinero, pues era un hombre ahorrativo y amaba terriblemente el dinero (en realidad, más que cualquier otra cosa), pero se había cansado de la casa desolada y deseaba volverle la espalda y olvidarla. Sin embargo, la casa valía dinero, y el dinero no debía tirarse. Decidió venderla antes de partir. Para que no pareciera tan en ruinas y obtener así un precio mejor, contrató algunos trabajadores para que asearan el jardín, cubierto de malas hierbas; para que cortaran el tronco muerto, podaran la hiedra que caía en enormes masas sobre las ventanas y el frente de la casa, y para que limpiaran los caminos, en los que la hierba llegaba hasta la mitad de la pierna.

Él mismo trabajó con ellos. Trabajó más tiempo que ellos, y una tarde, al oscurecer, se quedó trabajando a solas con el hocejo en la mano. Era una tarde de otoño y la novia llevaba ya cinco semanas muerta.

«Está oscureciendo demasiado para seguir trabajando -se dijo a sí mismo-.

Terminaré por hoy» Detestaba la casa y le horrorizaba entrar en ella Contempló el porche oscuro, que le aguardaba como si fuera una tumba y comprendió que era una casa maldita. Cerca del porche, y cerca de donde t estaba, había un árbol cuyas ramas ondulaban frente al mirador del dormitorio de la novia, donde todo había sucedido. De pronto el árbol se meció le sobresaltó. Volvió a moverse, aunque la noche era tranquila. Al levantar la vista y mirar hacia él, vi una figura entre las ramas.

Era la figura de un hombre joven. Miraba hacia abajo, mientras él levantaba la vista; las ramas crujieron y se movieron; la figura descendió rápida mente y se deslizó hasta hallarse frente a él. Era u joven esbelto, aproximadamente de la edad de la novia, de largos cabellos de color castaño claro.

-¿Qué tipo de ladrón eres tú? -le preguntó cogiendo al joven por el cuello.

El joven, al moverse para quedar libre, le lanzó un golpe con el brazo que le dio en la cara y la garganta. Se enzarzaron, pero el joven se liberó de él retrocedió gritando con gran ansiedad y horror:

-¡No me toques! ¡Antes preferiría que me toca el diablo!

Se quedó quieto, con el hocejo en la mano, mirando al joven. Pues la mirada del joven era como complemento de la última mirada de la novia, y n había esperado volver a verla de nuevo.

-No soy un ladrón. Pero aunque lo fuera, no cogería una sola moneda de tu tesoro, aunque con ella pudiera comprarme las Indias. ¡Asesino!

-¿Cómo?

-Hace ya casi cuatro años que me subí ahí por primera vez-dijo el joven señalando hacia el árbol-. Me subí ahí para verla. La vi. Hablé con ella. Y me he subido al árbol muchas veces para verla y escucharla. Yo era un muchacho, escondido entre las ramas, cuando desde ese mirador me dio esto.

Le enseñó una trenza de cabello blondo atada con una cinta de luto.

-Su vida fue una vida de lamentaciones -siguió diciendo el joven-. Me dio esto como prenda y señal de que estaba muerta para todos salvo para ti. De haber tenido más edad, o de haberla visto antes, la habría salvado de ti. ¡Pero ya estaba atrapada en la tela de araña la primera vez que me subí al árbol, y no podía hacer ya nada para liberarla!

Al decir estas palabras tuvo un ataque de sollozos y llantos: débilmente al principio, y luego más apasionados.

-¡Asesino! Estaba subido al árbol la noche en que la trajiste de nuevo aquí.

Aquí, en el árbol, la oí hablar de la muerte que vigilaba en la puerta. Por tres veces estuve en el árbol mientras te encerrabas con ella, matándola lentamente.

Desde el árbol la vi yacer muerta sobre la cama. Desde el árbol te he vigilado buscando pruebas y rastros de tu culpa. Cómo lo hiciste sigue siendo un misterio para mí, pero te perseguiré hasta que entregues tu vida al verdugo. Hasta ese momento no te librarás de mí. ¡La amaba! No puedo conocer la piedad hacia ti.

Ase no, ¡la amaba!

El joven, que había perdido el sombrero alba del árbol, tenía la cabeza pelada.

Se dirigió hacia puerta. Para llegar hasta ella tenía que pasar junto asesino.

Cabían, entre uno y otro, dos carruajes los antiguos, y el horror del joven, que se expresa abiertamente en todos los rasgos de su rostro y toe los miembros de su cuerpo, siéndole muy difícil soportar, le hacía mantenerse a distancia. Él (me refiero al otro) no había movido ni mano ni pie des que se quedó quieto para mirar al muchacho. Ahí giró para seguirle con la mirada. Cuando vio la m de

color castaño claro ante él, vio también una curva rojiza que iba desde su mano hasta la cabeza del muchacho. Y vio también desde el principio dónde había caído, y digo había caído y no caería, pues percibió claramente que todo había sucedido antes de c él lo hiciera. Le abrió la cabeza y se quedó allí, y el muchacho cayó boca arriba.

Por la noche enterró el cuerpo, al pie del árbol En cuanto salió la luz de la mañana, se dedicó a mover todo el terreno que había alrededor del árbol a cortar y podar los matorrales y las hierbas que lo rodeaban. Cuando llegaron los trabajadores, no ha allí nada sospechoso; y por ello nada sospechara Pero en un momento había desbaratado to, sus precauciones destruyendo el triunfo del p que durante tanto tiempo había preparado y c con tanto éxito había llevado a cabo. Se había desembarazado de la novia, adquiriendo su fortuna sin poner en peligro su vida; pero ahora, por una muerte con la que nada había ganado, se vería obligado a vivir para siempre con una cuerda alrededor del cuello.

Desde ese momento vivió encadenado a la casa de la tristeza y el horror, que no podía soportar. Temeroso de venderla o abandonarla, para evitar que pudieran descubrir el cadáver, se vio obligado a vivir en ella. Contrató como criados a dos viejos, un hombre y una mujer; y habitó en la casa, temiéndola. Durante mucho tiempo su mayor dificultad fue el jardín. ¿Debía mantenerlo cuidado, tendría que permitir que volviera a su antiguo estado de abandono, cuál sería la manera en la que probablemente llamaría menos la atención?

Tomó una decisión intermedia consistente en trabajarlo él mismo, en las horas libres de la tarde, pidiendo luego al viejo que le ayudara; pero nunca le dejaba a éste que trabajara solo. Y él mismo hizo un emparrado junto al árbol, para poder sentarse allí y ver que estaba a salvo.

Conforme cambiaban las estaciones, y con ellas el árbol, su mente percibía peligros siempre cambiantes. Cuando tenía hojas, pensaba que las ramas superiores estaban adoptando al crecer la forma de un hombre joven... que tomaban exactamente la forma de aquel joven, sentado en una horquilla que se movía con el viento. Cuando caían las hojas, pensaba que al caer del árbol formaban letras sugerentes, o que tendían a amontonarse, sobre la tumba, formando un montículo típico de cementerio. Durante el invierno, cuando el árbol estaba desnudo, creía que las ramas movían hacia él el fantasma del golpe que había dado al joven, y le amenazaban abiertamente En la primavera, cuando la savia ascendía por tronco, se preguntaba si con ella no subían partículas secas de sangre. De esa manera cada año resultaba más evidente que el anterior la figura del joven formada por hojas y agitándose al viento.

Sin embargo, siguió manejando más y más su dinero. Se dedicaba a negocios secretos, al negocio d, oro en polvo, y a casi todos los negocios clandestinos que producían grandes beneficios. En diez año había multiplicado tantas veces su dinero que los comerciantes y transportistas que tenían tratos ce él no mentían en absoluto cuando decían que había incrementado su fortuna doce veces.

Hace cien años que poseía esa riqueza, cuando gente podía perderse fácilmente.

Había oído que era el joven, por tener noticia de la búsqueda que había organizado pero la búsqueda fue abandona y el joven olvidado.

La ronda anual de cambios en el árbol se había repetido diez veces desde que enterrara el cadáver pie del árbol cuando se produjo en la zona una gran tormenta. Comenzó a medianoche y azotó la zona hasta la mañana. Lo primero que oyó decir aquel mañana al viejo criado fue que un rayo había golpeado el árbol.

Había derribado el tronco de una manerasorprendente, partiéndolo en dos mitades marchitas una de ellas descansaba sobre la casa, y la otra sol una parte del viejo muro rojizo del jardín, en el que había abierto un boquete con la caída.

La fisura había abierto el árbol hasta un poco por encima de la tierra, deteniéndose allí. Existía gran curiosidad por ver el árbol, y al revivir sus antiguos miedos se sentó en su emparrado, como un anciano, a observar a la gente que acudía a verlo.

Empezaron a llegar rápidamente, y en tan gran número que cerró la puerta del jardín y se negó a dejar entrar a nadie. Pero unos científicos llegaron desde muy lejos para examinar el árbol y en mala hora les dejó pasar... ¡que el diablo les confunda!

Los científicos querían cavar hasta la raíces para examinarlas atentamente, lo mismo que la tierra que había encima. ¡Jamás, mientras él viviera! Le ofrecieron dinero por ello. ¡Ellos! Hombres de ciencia a los que podría haber comprado por entero con un trazo de su pluma. Les enseñó de nuevo la puerta del jardín, la cerró y aseguró con una barra.

Pero estaban dispuestos a hacer lo que deseaban, por lo que sobornaron al viejo criado, un miserable desagradecido que se quejaba siempre al recibir su salario de que le estaba pagando poco, y se introdujeron en el jardín por la noche con linternas, picos y palas para cavar junto al árbol. Él estaba acostado en la habitación de la torreta, al otro lado de la casa, pues no se había vuelto a ocupar el dormitorio de la novia, pero soñó enseguida con picos y palas y se levantó.

Acudió junto a una ventana alta de aquel lado, desde donde pudo ver las linternas, a los científicos, y la tierra suelta formando un montículo que él mismo en otro tiempo había hecho y había vuelto a poner en el suelo, y finalmente, surgió a la vista. ¡L, encontraron! Lo iluminaron un momento. Se inclinaron sobre él hasta que uno de ellos dijo:

-El cráneo está fracturado.

-Mira aquí los huesos -añadió otro.

-Y aquí la ropa -replicó otro más.

Y entonces el primero de ellos volvió a cavar exclamó:

-¡Un hocejo oxidado!

Al día siguiente dio cuenta de que estaba sometido a una vigilancia estricta y de que no podía i a parte alguna sin que le siguieran. Antes de que transcurriera una semana fue encarcelado y confinado. Gradualmente las circunstancias se fueros uniendo en su contra, con desesperada malicia y terrible ingenio. ¡Vea cómo es la justicia de los hombres, y cómo llegó hasta él! Acabó siendo acusado d haber envenenado a la joven en su dormitorio.

¡Precisamente él, que cuidadosa y expresamente había evitado poner en peligro un cabello de su cabeza por causa de la novia, y que la había visto morir por s propia incapacidad!

Hubo dudas con respecto a cuál de los dos ases¡ natos debería juzgársele primero; pero eligieron f auténtico, le consideraron culpable y le condenare a muerte. ¡Infelices sedientos de sangre! Le habría considerado culpable de cualquier cosa, tan decid dos estaban a quitarle la vida.

Su dinero no pudo salvarle y fue ahorcado. Élso yo, y fui ahorcado en el castillo de Lancaster de cara al muro hace ya cien años.

Ante esa afirmación terrible el señor Goodchild trató de levantarse y gritar.

Pero las dos líneas de fuego que salían de los ojos del anciano y llegaban a los suyos, le mantuvieron quieto y no pudo emitir un sonido. Sin embargo, su sentido del oído era agudo y pudo darse cuenta de que el reloj daba las dos. ¡Y en cuanto el reloj dio esa hora vio ante él a dos ancianos!

Dos.

Los ojos de cada uno de ellos se conectaban con los suyos mediante dos películas de fuego; cada una exactamente igual a la otra; cada una dirigida hacia él en el mismo instante; cada una rechinando los mismos dientes en la misma cabeza, con la misma nariz torcida por encima, y la misma expresión difusa a su alrededor.

Dos ancianos. Que no se diferenciaban en nada, igualmente discernibles, con la copia de la misma intensidad que el original, y el segundo tan real como el primero.

-¿A qué hora llegó a la puerta de abajo? -preguntaron los dos ancianos.

A las seis.

-¡Y había seis ancianos en las escaleras!

Después de que el señor Goodchild se limpiara el sudor de la frente, o intentara hacerlo, los dos ancianos dijeron con una sola voz y utilizando la primera persona del singular:

-Había sido anatomizado, pero todavía no habían unido mi esqueleto para colgarlo en un gancho de hierro cuando empezó a susurrarse que la habitación de la novia estaba encantada. Estaba encantada, y yo estaba allí. Nosotros estábamos allí.

Ella y yo lo estábamos. Yo, en la silla junto al hogar; ella, de nuevo una ruina pálida, arrastrándose por el suelo hacia mí. Pero no era yo el que hablaba ya, y la única palabra que ella me decía desde la medianoche hasta el alba era:

«¡vive!» » Allí estaba, además, la juventud. En el árbol plantado junto a la ventana.

Entrando y saliendo con la luz de la luna, mientras el árbol se inclinaba y estiraba. Desde siempre estuvo él allí, observándome en mi tormento; revelándoseme a ratos, bajo las luces pálidas y las sombras pizarrosas por las que entra y sale, con la cabeza pelada y un hocejo clavado sesgadamente en su cabello.

» En el dormitorio de la novia, todas las noches hasta el amanecer, exceptuando un mes al año, por lo que ahora le diré, él se esconde en el árbol y ella viene hacia mí arrastrándose por el suelo, acercándose siempre, sin llegar nunca, visible siempre como por la luz de la luna, tanto si ésta brilla como si no, diciendo siempre desde medianoche hasta el alba su única palabra: «¡vive!» » Pero en el mes en que me obligaron a abandonar esta vida, este mes presente de treinta días, el dormitorio de la novia está vacío y tranquilo. Pero no mi antiguo calabozo. No las habitaciones en las que durante diez años habité inquieto y temeroso. Entonces son éstas las que están encantadas. A la una de la mañana, soy lo que vio cuando el reloj dio esa hora: un anciano. A las dos de la mañana, soy dos ancianos. Y tres a las tres. A las doce del mediodía soy doce ancianos, uno por cada ciento por ciento de mis beneficios. Y cada uno de los doce con doce veces mi capacidad de sufrimiento y agonía. Desde esa hora hasta las doce de la noche, yo, doce hombres que presagian angustia y miedo, aguardan la llegada del verdugo. ¡A las doce de la noche, yo, doce hombres desconectados, que oscilan invisibles fuera del castillo de Lancaster, con doce rostros frente al muro!

» Cuando el dormitorio de la novia fue encantado por primera vez, se me hizo saber que este castigo no cesaría nunca hasta que pudiera dar a conocer su naturaleza y mi historia a dos hombres vivos al mismo tiempo. Años y años aguardé la llegada de dos hombres vivos al dormitorio de la novia. Por medios que ignoro entró en mi conocimiento la idea de que si dos hombres vivos con los ojos abiertos podían estar en el dormitorio de la novia a la una de la mañana, me verían sentado en mi silla.

» Finalmente, los murmullos según los cuales la habitación estaba espiritualmente turbada atrajeron a dos hombres a intentar la aventura. Apenas había aparecido en el hogar a medianoche (me presenté allí como si el rayo me hubiera lanzado a la existencia), cuando les oí subir las escaleras. Después les vi entrar. Uno de ellos era un hombre activo, audaz y alegre, en el punto culminante de su vida, de unos cuarenta y cinco años de edad; el otro, unos doce años más joven. Llevaban una cesta con provisiones y botellas. Les acompañaba una mujer joven con leña y carbón para encender el fuego. Una vez prendido éste, e hombre activo, audaz y alegre la acompañó por el pasillo exterior a la habitación hasta estar seguro de que había bajado a salvo las escaleras, y regresó riendo.

» Cerró la puerta, examinó el dormitorio, sacó, los contenidos de la cesta colocándolos en la mes situada delante del fuego, llenó las copas, comió bebió.

Su compañero, tan alegre y confiado como, él, hizo lo mismo: aunque él era el jefe. Una vez ce nados, colocaron las pistolas sobre la mesa, se volvieron de cara al fuego y empezaron a fumar pipa de tabaco extranjero.

» Habían viajado juntos, habían pasado junto mucho tiempo y tenían numerosos temas de conversación comunes. En mitad de la charla y las risas: el más joven hizo referencia a que el jefe estaba dispuesto siempre para cualquier aventura; fuera aquella o cualquier otra. Le contestó con estas palabra; » -No es así, Dick; aunque no tema a nada más me temo a mí mismo.

» Su compañero pareció algo confuso con es respuesta, y le preguntó que en qué sentido y cómo, tenía miedo a sí mismo.

» -Es muy fácil, Dick -le replicó-. Hay aquí ui fantasma que debe ser refutado.

¡Pues bien! No puedo responder de lo que provocaría mi fantasía si m hallara solo aquí, o de qué trucos podrían hacer mi sentidos para engañarme si estuviera a merced d ellos. Pero en compañía de otro hombre, y especial mente de ti, Dick, consentiría en retar a todos lo fantasmas de los que en el universo se ha hablado » -No tenía la vanidad de suponer que fuera de tanta importancia esta noche -respondió el otro. » -De tanta que, por la razón que te he dado, por nada del mundo me habría ofrecido a pasar aquí la noche a solas - eplicó entonces el

jefe, con mayor gravedad de la que había hablado hasta entonces. » Faltaban pocos minutos para la una. El hombre más joven había dejado caer la cabeza con su último comentario, y ahora la volvió a dejar caer más.

» -¡Despierta, Dick! -exclamó el jefe alegremente-. Las horas pequeñas son las peores.

» Lo intentó, pero la cabeza volvió a caerle sobre el pecho.

» -¡Dick! -le presionó el jefe-. ¡Manténte despierto!

» -No puedo -murmuró el otro confusamente-. No sé qué extraña influencia me está afectando. No puedo.

» Su compañero le miró con repentino horror y yo, aunque de una manera diferente, sentí también un horror nuevo; pues estaba a punto de ser la una y sentí que estaba llegando el segundo vigilante, y que pesaría sobre mí la maldición de tener que enviarle a dormir.

» -Levántate y camina, Dick -gritó el jefe-. ¡Inténtalo!

» De nada sirvió que se colocara tras la silla del durmiente y lo agitara. Sonó la una y yo me presenté ante el hombre de más edad, y él permaneció fijo ante mí.

» Me vi obligado a relatarle la historia a él solo, sin esperanza de beneficio.

Sólo para él fui un terrible fantasma que hacía una confesión totalmente inútil Comprendí que siempre sería igual. Que dos hombres vivos juntos no llegarían nunca a liberarme Cuando aparezco, los sentidos de uno de los dos quedan trabados por el sueño; él nunca me verá ni me escuchará; siempre me comunicaré con un oyente solitario y nunca servirá de nada. ¡Ay dolor, dolor, dolor Mientras los dos ancianos se frotaban las mano,, con esas palabras, surgió en la mente del señor Goodchild la idea de que se hallaba en la situación terrible de estar prácticamente a solas con el espectro, y que la inmovilidad del señor Idle se explicaba porque el encantamiento le había hecho quedarse dormido a la una.

En el terror indescriptible que le produjo este descubrimiento repentino, se esforzó a máximo para liberarse de los cuatro hilos de fuego, que acabaron por partirse dejando un camino abierto. Como ya no estaba atado, cogió del sofá al señor Idle y bajó precipitadamente las escaleras con él.

-¿Qué sucede, Francis? -preguntó el señor Idle-. Mi dormitorio no está aquí abajo. ¿Por qué diantres me estás transportando? Ahora puedo andar con un bastón. No quiero que me transporten. Déjame en el suelo.

El señor Goodchild lo dejó en el suelo del viejo salón y le miró con ojos enloquecidos.

-¿Qué estás haciendo? ¿Lanzándote como un idiota sobre alguien de tu propio sexo para rescatar le o perecer en el intento? -preguntó el señor Idle con un tono bastante petulante.

-¡El anciano! -clamó el señor Goodchild aturdido-. ¡Y los dos ancianos!

-La única anciana a la que pienso que te refieres -empezó a responder desdeñosamente el señor ldle, al tiempo que a tientas se abría camino por la escalera con la ayuda de su ancha balaustrada.

-Te aseguro, Tom -empezó a decirle el señor Goodchild ayudándole a su lado-, que desde que te quedaste dormido...

-¡Ésa sí que es buena! -exclamó Thomas ldle-. ¡Si ni he cerrado un ojo!

Con la peculiar sensibilidad sobre el tema de la infeliz acción de quedarse dormido fuera de la cama, destino de toda la humanidad, el señor ldle persistió en esa declaración. La misma sensibilidad peculiar impulsó al señor Goodchild, al ser acusado del mismo crimen, a repudiarlo con honorable resentimiento. Así por el momento resultaba complicada la cuestión del anciano y de los dos ancianos, y poco después se volvería imposible. El señor ldle dijo que todo era un lío formado por fragmentos reordenados de las cosas que había visto y pensando durante el día. El señor Goodchild respondió que cómo iba a ser así si no se había dormido. El señor ldle añadió que él era el que no se había dormido, y que nunca se dormiría, mientras que el señor Goodchild, por regla general, estaba dormido siempre. En consecuencia, se separaron para el resto de la noche en la puerta de sus respectivos dormitorios, un poco enfadados. Las últimas palabras del señor Goodchild fueron que en esa real y tangible antigua sala de estar de la real y tangible posada (y suponía que el señor ldle no negaría la existencia de ésta), había tenido todas aquellas sensaciones y experiencias, que estaban ahora a una o dos líneas de completarse, y qué él lo escribiría todo e imprimiría todas las palabras. El señor ldle replicó que lo hiciera si ése era su deseo... y lo era, y ahora está ya escrito.


La muerte del borracho --- Charles Dickens


La muerte del borracho

Charles Dickens




Nos atrevemos a asegurar que apenas hay nadie que tenga la costumbre de pasearse por los barrios más populosos de Londres y no pueda recordar entre sus "conocidos de vista", como decimos con frase familiar, a al­gún ser de aspecto desastroso y ruin, cayen­do cada vez más por grados casi impercep­tibles en la abyección y que, por lo andrajo­so y mísero de sus trazas, no provoque una fuerte y penosa impresión a aquel con quien se cruza. ¿Existe por ventura, alguien, mez­clado con la sociedad o que por sus ocupa­ciones tenga que mezclarse de vez en cuan­do, que no pueda recordar los tiempos en los cuales algún desdichado cubierto de ha­rapos y cohombre, que ahora va arrastrán­dose con toda la escualidez del sufrimiento y la pobreza, había sido un respetable co­merciante, o un oficinista, o un hombre de vida próspera, con buenas perspectivas y medios decentes? ¿No puede alguno de nuestros lectores recordar entre la lista de sus conocidos de algún día, a algún hombre caído y envilecido, que perece sobre el pa­vimento, en hambrienta miseria y de quien todo el mundo se aparta fríamente y que se defiende a sí mismo de la inanición nadie sabe cómo? ¡Dios mío! Demasiados fre­cuentes son, por desgracia, tales casos, que reconocen una causa -la embriaguez- esa avidez por el lento y seguro veneno que triunfa de toda consideración; que deja a un lado todo: mujer, hijos, amigos, felicidad y salud, y precipita locamente a sus víctimas en la decadencia y la muerte.

Varios de estos hombres han sido empuja­dos por el infortunio o la miseria hacia el vi­cio que los ha degradado: la ruina de sus es­peranzas, la muerte de algún ser querido, la tristeza que consume paulatinamente, pero que no mata, los ha aturdido, y presentan el lamentable aspecto de los locos, muriendo lentamente por sus propias manos. Pero la mayor parte se ha sumergido consciente­mente en aquel golfo donde el hombre que entra ya no sale más, sino que cae cada vez más hondo, hasta que ya no hay esperanzas de salvación.

Uno de estos hombres estaba una vez sen­tado junto al lecho donde su mujer se moría; tenía a sus hijos arrodillados a su alrededor, mientras que, por lo bajo, mezclaba sus so­llozos con inocentes plegarias. La habita­ción era pobre y destartalada, y bastaba una ligera ojeada para convencerse de que aque­lla forma pálida que iba perdiendo la luz de la vida era víctima del dolor, la necesidad y las ansiosas preocupaciones que habían apesadumbrado su corazón un año tras otro. Una mujer más anciana, con el rostro cu­bierto de lágrimas, sostenía la cabeza de la moribunda, que era su hija. Pero no era ha­cia ella a quien la agonizante dirigía su páli­do rostro. No era a su mano, que aquellos fríos y temblorosos dedos apretaban: oprimían el brazo de su esposo. Los ojos a pun­to de ser cegados por la muerte, se posaban en su faz, y el hombre se estremeció ante su mirada. Su traje estaba sucio y roto, su ros­tro congestionado y sus ojos sanguinolentos. Había sido reclamado desde alguna infame orgía, al lecho de dolor y muerte.

Una luz velada, a un costado de la cama, proyectaba una débil claridad sobre el gru­po y a su alrededor, dejando el resto de la habitación en tinieblas. El silencio de la no­che reinaba fuera de la casa y la quietud de la muerte dominaba en el ambiente. Un re­loj pendía de la pared, en un repostero; su cansino tictac era lo único que rompía aquel profundo silencio, de una manera solemne, ya que todos aquellos que lo oían sabían que antes de dar otra hora, aquella pobre mujer habría muerto.

Es cosa terrible esperar la llegada de la muerte, saber que se ha desvanecido toda esperanza y que no hay salvación. Y estar sentado contando las horas temerosas de una larga noche, larga, larga..., como sólo saben los que velan a los enfermos. Hiela la sangre oír los secretos más caros al corazón -los secretos guardados largos años-, y que ahora confiesa el desesperado e incons­ciente ser que tenemos delante; y saber que toda la ciencia de este mundo no sirve de nada para arrebatar a aquel ser querido a la muerte. Muchos relatos han sido hechos por los moribundos; relatos de culpa y de cri­men, tan espantosos, que los circunstantes han huido del lecho del enfermo con horror y espanto, a no ser que les haya herido la lo­cura por lo que oyeron; y más de un desgra­ciado ha muerto solo, delirando sobre cosas que harían retroceder al más osado.

Ninguno de estos relatos tenían que oírse al lado del lecho ante el cual unos niños se arrodillaban. Sus sollozos y llanto medio ahogados rompían el silencio de la misera­ble habitación. Y cuando, al final, la mano de la madre se aflojó y, mirando sucesiva­mente a los hijos y al padre, intentó en vano hablar cayendo hacia atrás, sobre la almo­hada, todo quedó tan silencioso que parecía que se había sumergido en un profundo sue­ño. Se inclinaron sobre ella; la llamaron por su nombre, suavemente al principio, y luego en los tonos agudos y profundos de la de­sesperación, sin que la pobre mujer pronun­ciase una palabra. Auscultaron su pecho; pero no se percibió ningún ruido. Buscaron su corazón; pero ni el más débil latido fue perceptible. ¡El corazón se había roto, y ella había muerto!

El marido se desplomó sobre una silla al lado del lecho y cruzó sus manos sobre la frente, que le ardía. Miró a sus hijos, pero cuando sus ojos llorosos se encontraban con los suyos, desfallecía bajo las miradas. Nin­guna palabra de consuelo llegaba a sus oí­dos, ninguna mirada amable se fijaba en su rostro. Todos se apartaban de él y le evita­ban; y cuando, al fin, salió de la habitación, nadie le acompañó ni intentó consolar al viudo.

Ya habían pasado aquellos tiempos en que algún amigo le habría acompañado en su aflicción y algún pésame sincero le hubiera consolado en su dolor. ¿Dónde estaban aho­ra? Uno por uno, amigos, conocidos, sus más remotas relaciones habían abandonado al borracho. Sólo su mujer se le había mos­trado siempre fiel, lo mismo en la dicha que en la desgracia, en la enfermedad y la po­breza. ¿Y cómo le había correspondido él? Lo arrancaron de la taberna para llevarle a su lecho de muerte sólo por el tiempo justo de verla morir.

Salió bruscamente de su casa y anduvo de prisa por las calles. Remordimientos, miedo, vergüenza, todo se confundía en su mente. Perturbado por la bebida e impactado con la escena que acababa de contemplar, volvió a entrar en la taberna que hacía poco había abandonado. Una copa sucedió a otra. Su sangre se exaltó y la cabeza empezó a darle vueltas. ¡Muerta! Todos tenemos que morir; pero, ¿por qué ahora ella? Era demasiado

buena para él; sus amistades lo decían a me­nudo. ¡Malditos sean! ¿Acaso no la habían abandonado y dejado llorando en su casa? Bien... Estaba muerta y quizá era feliz. Mejor que así hubiese sucedido. Otro vaso... y otro... ¡Viva! La vida era alegre mientras du­raba, y él quería disfrutar de ella lo más po­sible.

Pasó el tiempo; los cuatro niños que ella le dejó se hicieron mayores. El padre continua­ba siendo el mismo, aunque más pobre y más harapiento, con aire más disoluto, pero siempre idéntico, firme e irremediable bo­rracho. Los muchachos, que vivían en esta­do casi salvaje, le habían abandonado. Sólo quedaba la hija, que trabajaba rudamente y que, con amenazas o golpes, le proporcio­naba a veces algo para la taberna. De ma­nera que él seguía su mismo camino habi­tual y se divertía de lo lindo.

Una noche, a eso de las diez, y como la muchacha hubiera estado enferma algunos días y sólo tuviese escaso dinero para beber, dirigió sus pasos hacia su casa, pensando que si quería que ella estuviese en disposi­ción de proporcionarle dinero era preciso que la enviase al médico de la parroquia o, en todo caso, se enterase de qué la aqueja­ba, cosa que hasta entonces no había hecho. Era una noche húmeda de diciembre, sopla­ba un viento frío y penetrante, y caía la llu­via pesadamente. Mendigó unos cuantos medios peniques a un transeúnte y después de haber comprado un panecillo, ya que le interesaba conservarle la vida a su hija, si­guió adelante tan de prisa como el viento y la lluvia se lo permitían.

A espaldas del Fleet Street, entre ella y la ribera del río, hay una serie de patios pe­queños y estrechos, que forman parte de Whitefriars: a uno de estos dirigió sus pasos.

Los vericuetos por donde se metió podían, en cuanto a suciedad y miseria, competir con el rincón más oscuro del antiguo san­tuario en sus aspectos más inmundos y ham­pones de todas las épocas. Las casas, de una altura de dos a cuatro pisos, tenían el sello indeleble que una larga exposición a la in­temperie, la niebla y el moho pueden causar a un edificio construido con los más despa­rejos y groseros materiales. Las ventanas te­nían en vez de cristales, papeles, y, por cor­tinas, los más estrafalarios trapos; las puertas se salían de sus quicios; se veían muchos pa­los y alambres para tender la ropa, y voces de borrachos y ruido de discusiones salían de cada casa.

La solitaria lámpara en el centro del patio estaba apagada, fuese por la violencia del viento o por obra de algún habitante que te­nía buenas razones para oponerse a que su vivienda llamase demasiado la atención; y la única luz que caía sobre el roto y desigual pavimento procedía de unas miserables ve­las que aquí y allá lanzaban pálidos deste­llos, en casa de aquellos potentados que po­dían permitirse tanto lujo. Una cloaca corría por el centro del pasadizo, cuyo desagrada­ble olor era más intenso a causa de la lluvia; y a medida que el viento silbaba a través de las viejas casas, las puertas y postigos cru­jían sobre sus quicios y las ventanas batían con tal violencia que a cada momento pare­cía que amenazasen con destruirlo todo.

El hombre que hemos seguido hasta esta madriguera caminaba en la oscuridad, tro­pezando a veces con la cloaca o con otros afluentes producidos por la lluvia, y que acarreaban toda suerte de desperdicios. La puerta, o mejor dicho, lo que quedaba de ella, estaba abierta de par en par, por la con­veniencia de los numerosos vecinos; y por ella el hombre emprendió la ascensión de la vieja y estropeada escalera, hacia la buhar­dilla.

Sólo le faltaban para llegar uno o dos es­calones cuando la puerta se abrió, y una muchacha, cuyo aspecto demacrado y míse­ro sólo corrían parejos con la vela que su mano intentaba ocultar, asomó ansiosamen­te la cabeza:

-¿Eres tú, padre?

-¿Quién tenía que ser entonces? -repli­có el hombre con mal humor-. ¿Por qué tiemblas? Poco he podido beber hoy, porque donde no hay dinero, no hay bebida, y don­de no hay trabajo, no hay dinero. ¿Qué de­monios te pasa?

-No me encuentro bien, padre, no me encuentro bien -respondió ella, estallando en lágrimas.

-¡Ah! -replicó el hombre en el tono de una persona que se ve obligada a tener que reconocer algo muy desagradable-. Tienes que ponerte mejor, porque tienes que ganar dinero. Anda al médico de la parroquia y que te dé alguna medicina. Para eso le pa­gan, ¡maldito sea!... ¿Por qué te plantas así en la puerta? Déjame entrar.

-Padre -murmuró la muchacha-, Gui­llermo ha vuelto.

-¿Quién? -exclamó el hombre con un sobresalto.

-¡Calla! -replicó ella-. Guillermo; mi hermano Guillermo.

-¿Y qué se le ofrece? -dijo el hombre haciendo un esfuerzo para contenerse-. ¿Dinero? ¿Comida? ¿Bebida? Ha llamado a una mala puerta, si es así. Dame la vela, ton­ta, ¡no te voy a pegar!

Y le arrancó la vela de la mano y entró en la habitación.

Sentado en una vieja caja, con la cabeza apoyada en las palmas de las manos y los ojos fijos en un miserable fuego que ardía en el suelo, estaba un joven de unos veintidós años, míseramente vestido con una chaque­ta y unos pantalones viejos y ordinarios. Tu­vo un sobresalto cuando su padre entró.

-Cierra la puerta, María -dijo el joven precipitadamente-. Cierra la puerta. Parece como si no me conocieses, padre. Tiempo ha que me echaste de casa; también lo ha­brás tenido para olvidarme.

-¿Qué necesitas ahora? -dijo el padre, sentándose en un taburete al otro lado del fuego-. ¿Qué necesitas aquí ahora?

-Ocultarme -replicó el hijo-. Estoy en

un mal momento; eso es todo. Si me en­cuentran voy a bailar en el cabo de una cuerda. Y es seguro que me hallarán a me­nos que me esconda aquí.

-¿Quiere decir que has robado o matado? -dijo el padre.

-Sí; eso es -replicó el hijo-. ¿Te asom­bra eso, padre? -miró fijamente a los ojos del hombre, pero este los esquivó, bajando la vista al suelo.

-¿Dónde están tus hermanos? -preguntó luego de larga pausa.

-Donde no pueden estorbarte -replicó su hijo-. Juan se ha ido a América y Enri­que murió.

-¡Muerto! -exclamó el padre estreme­ciéndose.

-¡Muerto, sí! -replicó el joven-. Murió en mis brazos, de un balazo, como un perro. Se lo disparó el jefe de una mesa de juego. Cayó para atrás y su sangre me salpicó las manos. Corría como agua de su costado. Se sentía débil, se le nubló la vista, pero pudo arrastrarse por la hierba y se arrodilló, ro­gando a Dios que si tenía a su madre en el cielo, El escuchase sus ruegos en favor de su hijo menor. "Yo era su favorito, Will -di­jo-, y me alegra pensar que cuando ella se estaba muriendo, yo, que no era más que un niño y que sentía que se me rompía el cora­zón, me arrodillé a los pies de su cama y di gracias a Dios por haberme hecho tan bue­no para con ella, pues nunca hice yo brotar lágrima alguna de sus ojos. ¡Oh, Dios! ¿Por qué se llevaron a ella y padre se quedó?". Es­tas fueron sus palabras antes de morir -dijo el joven-. Escúchalas como gustes. Tú le pegaste en la cara, en un acceso de borra­chera, la mañana que nosotros huimos; ¡y aquí está el final de todo!

La muchacha lloraba, y el padre, hundien­do la cabeza entre sus manos y apoyando los codos sobre sus rodillas, la balanceaba de un lado a otro.

-Si me agarran -continuó el joven- me llevarán ante el jurado y me ahorcarán por

homicidio. No me pueden seguir las huellas hasta aquí si tú me ayudas, padre. Tú, si quieres, me puedes entregar a la justicia; pe­ro, si no lo haces, me quedaré aquí hasta que pueda escaparme al extranjero.

Durante dos días, los tres permanecieron encerrados en la habitación destartalada, atreviéndose apenas a moverse. A la tercera noche la muchacha se hallaba mucho peor que nunca, y los pocos mendrugos que te­nían se habían concluido. Era, pues, indis­pensable que alguien hiciese algo. Y como ella no podía salir por sí sola, salió el padre. Era ya casi noche cerrada.

En la parroquia le dieron una medicina pa­ra la hija y una pequeña ayuda monetaria. A la vuelta ganó seis peniques guardando un caballo. Y regresó a su casa con medios su­ficientes para sobrevivir dos o tres días.

Pasó por delante de una taberna. Titubeó un instante pero volvió atrás, dudó otra vez y, al fin, entró. Dos hombres, de quien no se había dado cuenta, estaban al acecho de él. Ya se disponían a abandonar todo, deses­perados de dar con la pista, cuando aquellos titubeos llamaron su atención; y al verle en­trar en la taberna le siguieron:

-Beberá conmigo, maestro -dijo uno de ellos, ofreciéndole una copa de whisky.

-Y también conmigo -erijo el otro, va­ciando su copa y volviéndola a llenar.

El hombre pensó en sus hijos hambrientos y en los peligros que corría Guillermo. Pero esto no significaba nada para el borracho: bebió, y la razón le abandonó.

-Hace una noche húmeda, Warden -murmuró uno de ellos a su oído, en el momento en que él se disponía a marcharse después de haberse gastado la mitad de su dinero del que, quizá, dependiera la vida de su hija.

-La noche más apropiada para que nues­tros amigos puedan esconderse, maestro Warden -observó el otro.

-Siéntese -dijo el que había hablado primero, llevándoselo a un rincón-. Nos hemos preocupado mucho por el mucha­cho. Hemos venido ex profeso para decirle que todo está a punto; pero que no podemos dar con él, ya que no sabemos dónde está metido, puesto que no nos dio sus señas, co­sa que no tiene nada de particular porque él mismo, cuando vino a Londres, no sabía concretamente a dónde dirigirse.

-No; ciertamente -respondió el padre.

Los dos hombres cambiaron una mirada.

-Hay un barco en el muelle que zarpa a medianoche, cuando la marea esté alta-re­sumió el primero-, y lo llevaremos a él. Su pasaje está tomado a nombre de otro, y, lo que es mejor, pagado. Ha sido una buena suerte encontrarle a usted.

-Grande -dijo el segundo.

-Una grandísima suerte -profirió el pri­mero, haciendo un guiño a su compañero.

-Otra copa, maestro. ¡De prisa! -dijo el personaje primero. Y, cinco minutos des­pués, el padre, en su inconsciencia, había puesto a su hijo en manos del verdugo.

El tiempo se arrastraba lento y pesado, mientras los dos hermanos, en su pobre es­condite escuchaban el menor ruido con an­siosa atención. Al fin, un paso torpe y fuerte resonó en la escalera; llegó al descanso, y el padre irrumpió en la habitación.

La muchacha advirtió que estaba borracho y avanzó hacia él con la vela en la mano, para sostenerlo; pero se paró bruscamente y con fuerte chillido se desplomó en el suelo: había visto la sombra de un hombre. Ambos entraron rápidamente. Enseguida, el joven era preso y maniatado.

-Hecho sin ruido -dijo el uno a su com­pañero- gracias al viejo. Levanta a la mu­chacha, Tom. ¡Vaya, vaya! No sirve de nada llorar, niña. Todo se ha acabado y ya no tie­ne remedio.

El joven se detuvo un instante ante su her­mana y luego se revolvió fieramente hacia su padre, quien había rodado hasta la pared y, apoyado en ella, contemplaba el grupo con la torpeza propia del borracho.

-Oigame, padre -dijo en un tono que estremeció a este hasta la médula de los huesos-. Mi sangre y la de mi hermano ca­erán sobre tu cabeza. Yo nunca he recibido de ti ni una buena mirada, ni una palabra cariñosa, ni cuidado alguno y, vivo o muer­to, no he de perdonarte. Muere cuando quieras o como quieras, que yo estaré a tu lado. Te hablo como un hombre muerto y te advierto, padre, que tan seguro como un día te veré ante el Hacedor, igualmente compa­recerán allí tus hijos, tomados de ta mano, pidiendo justicia contra ti. -Levantó sus manos esposadas en un ademán de amena­za, fijó sus ojos en su tembloroso padre y sa­lió despacio de la habitación; jamás ni su padre ni su hermana le vieron ya en este mundo.

Cuando la pálida y triste luz de la mañana de invierno penetró en la sucia ventana de la habitación maldita, Warden despertó de su pesado sueño y se halló solo. Se levantó y miró a su alrededor; el viejo colchón de la­

na, en el suelo, estaba intacto; todo se halla­ba como recordaba haberlo visto la víspera y no había signo alguno de que nadie, ex­ceptuando él mismo, hubiese ocupado la es­tancia aquella noche. Preguntó a los inquili­nos y a los vecinos, pero nadie supo darle ra­zón de su hija; ni la habían visto ni oído. Va­gó por las calles y examinó todos los rostros miserables de los grupos que se agolpaban a su alrededor. Pero sus pesquisas fueron in­fructuosas, y volvió a su cuchitril a la noche, desolado y lleno de pesadumbre.

Por espacio de unos días continuó estas in­vestigaciones; mas no halló el menor rastro de su hija ni un solo eco de su voz. Por últi­mo, ya sin esperanzas, abandonó la perse­cución. Hacía tiempo que se había preocu­pado de la probabilidad de que ella lo aban­donase e intentase ganar su pan con tran­quilidad en cualquier sitio. Le había aban­donado, al fin, para vivir sola. Apretó los dientes y la maldijo.

Mendigó su pan de puerta en puerta. Cada penique era gastado de la misma manera. Pasó un año; el techo de una cárcel era el único que le dio cobijo por unos meses. Durmió bajo los puentes, en los depósitos de ladrillos, dondequiera que hubiese algún re­fugio contra el frío y la lluvia. Pero, durante el largo lapso de su pobreza, malestar y ca­rencia de albergue, continuaba siendo el mismo borracho.

Al fin, una amarga noche cayó sobre un peldaño; se sentía débil y enfermo. El des­gaste prematuro producido por la bebida y la disolución lo había dejado en los huesos. Sus mejillas estaban secas y pálidas; sus ojos turbios y hundidos y las piernas temblorosas. Una fría lluvia le calaba hasta los huesos.

En aquellos momentos, las escenas de su inútil vida, ya largo tiempo olvidadas, se acumularon, rápidas, en su cabeza. Recordó cuando tenía un hogar -un alegre hogar­y a todos los que lo habitaban y formaban un grupo a su alrededor; hasta le parecía que tocaba y oía las figuras de sus hijos. Miradas que hacia tiempo diera al olvido se fijaban largamente en él; voces ya acalladas por la tumba, sonaban en sus oídos como los tañi­dos de las campanas de la iglesia del pueblo. Pero sólo era un instante. La lluvia batía fu­riosamente contra su cuerpo y el frío y el hambre volvían a asaltarle atrozmente.

Se levantó y arrastró sus débiles miembros unos pasos. La calle estaba silenciosa y de­sierta y los escasos transeúntes pasaban a to­da prisa, por lo tarde de la hora, y su voz se perdía entre la tempestad. De nuevo un frío intenso le traspasó hasta el alma y le heló la sangre en las venas. Se acurrucó en el quicio de una puerta e intentó dormir un poco.

Pero el sueño había huido de sus ojos tur­bios y apagados. La cabeza divagaba de una manera extraña, sin embargo, estaba des­pierto y con el conocimiento íntegro. El rui­do, bien conocido, de la alegría causada por la embriaguez sonaba en sus oídos: la copa tocaba a sus labios, la mesa estaba cubierta de ricos manjares; y él los veía desde allí, sólo le bastaba alargar la mano y tomarlos...; pero, aunque sólo era una ilusión, se daba cuenta de que estaba solo y sentado en la calle desierta, contemplando cómo las gotas de lluvia golpeaban contra las piedras; que la muerte se le acercaba por momentos; y que nadie se preocuparía de socorrerlo.

De pronto se sobresaltó: había oído su pro­pia voz en el aire de la noche, no sabía có­mo ni por qué. "¡Oye!". Un sollozo. Otro. Sus sentidos le abandonaban; palabras a me­dio formar, incoherentes, se escapaban de sus labios: y sus manos querían desgarrar su carne. Se volvía loco; gritó, pidiendo auxi­lio, hasta que la voz le faltó del todo.

Levantó la cabeza y miró en toda su longi­tud la calle infinita. Recordó que margina­dos de la sociedad como él, condenados a vagar día y noche por estas calles misera­bles, a veces habían perdido la razón a cau­sa de su misma soledad. Se acordó de haber oído decir años antes, que un pobre sin ho­gar había sido sorprendido en una esquina afilando un cuchillo herrumbroso para cla­várselo en el corazón, prefiriendo la muerte al inacabable y doloroso ir y venir de un la­do a otro. En un instante fue tomada su re­solución y sus miembros recobraron nueva vida; corrió, corrió desde donde se hallaba y no se detuvo hasta llegar a la orilla.

Se arrastró sin ruido por los escalones de piedra que llevan al pie del puente de Waterloo, hasta la orilla misma. Se acurrucó en un rincón y retuvo el aliento mientras pasa­ba la ronda. El corazón de ningún prisione­ro no ha sentido nunca transportes iguales ante la esperanza de una libertad y vida nue­va como la mitad del júbilo que sintió este infeliz ante la perspectiva de la muerte. La guardia pasó cerca de él, pero no fue visto; y aguardando a que el ruido de los pasos muriera en la lejanía, descendió con cautela y se plantó bajo el oscuro arco que forma el muelle del río.

La corriente refluía y el agua se movía a sus pies. La lluvia había cesado, el viento estaba en calma, y todo, por el momento, es­taba quieto y silencioso, tanto que, cual­quier ruido en la otra orilla, aun el chapoteo de las aguas contra las barcas allí ancladas, podía ser oído perfectamente. La corriente era lánguida y perezosa. Formas extrañas y fantásticas emergieron del río y le hicieron señas de que se acercara; ojos oscuros y bri­llantes asomaron del agua con gesto burlón por sus dudas, y huecos murmullos a su es­palda lo empujaban hacia adelante. Enton­ces retrocedió unos pasos, luego recorrió un trecho y salió desesperadamente, cayendo en el agua.

No habían pasado cinco segundos cuando volvió a subir a la superficie de las aguas, pero ¡qué cambio habían experimentado en tan breve tiempo sus pensamientos y senti­mientos! La vida; sí, la vida de cualquier for­ma, con pobreza, miseria, hambre, ¡todo menos la muerte! Luchó y lidió con el agua y quiso gritar en las angustias de su terror; pero la maldición de su hijo sonó en sus oí­dos. Una mano que le diesen y estaba salva­do... Mas la corriente se lo llevó bajo los ar­cos del puente, y se hundió en ella.

Aun pudo subir y pelear por la vida. Por un instante, un solo instante, los edificios de los muelles de la orilla, las luces del puente, a través del cual la corriente le había arrastra­do, el agua negra y las nubes rápidas fueron visibles para él distintamente; pero se hun­dió de nuevo y otra vez volvió a salir. Llamas brillantes cayeron del cielo a la tierra, y se agitaron ante sus ojos, mientras el agua atro­naba sus oídos y le aturdía con su ruidoso bramido.

Una semana más tarde, un cuerpo apare­ció en la orilla, unas millas más allá; era una masa informe y horrible. Sin ser identificado ni llorado por nadie fue trasladado a la tum­ba. Y hace tiempo que allí su cadáver se ha descompuesto.


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