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miércoles, 8 de diciembre de 2010

Lord Dunsany - Las imprudentes plegarias de Pombo el idólatra



Lord Dunsany - Las imprudentes plegarias de Pombo el idólatra





     Pombo el idólatra había dirigido a Ammuz una súplica sencilla,
     indispensable, de esas que incluso un ídolo de marfil podía conceder con
     suma facilidad, y Ammuz no la había concedido inmediatamente. Luego, Pombo
     había rezado a Tharma pidiendo el derrocamiento de Ammuz, un ídolo
     simpático a los ojos de Tharma, y al hacerlo violó el protocolo de los
     dioses. Tharma rehusó conceder la petición. Pombo suplicó desesperadamente
     a todos los dioses de la idolatría, pues aunque se trataba de un asunto
     sencillo, era indispensable para él. Dioses más antiguos que Ammuz
     rechazaron las plegarias de Pombo, e incluso dioses más recientes y por
     tanto de mayor reputación. Les suplicó uno a uno y todos rehusaron
     escucharle. Al principio él ni siquiera pensó en aquel sutil protocolo
     divino que había violado. Se le ocurrió de repente mientras rezaba al
     quincuagésimo ídolo, un diosecillo verde jade conocido de los chinos,
     contra el cual se habían aliado todos los demás ídolos. Cuando Pombo
     descubrió esto sintió amargamente haber nacido y se lamentó, alegando que
     estaba perdido. Podía vérsele entonces en cualquier parte de Londres
     frecuentando tiendas de antigüedades y otros lugares donde venden ídolos
     de marfil o de piedra, ya que residía en Londres con otros de su raza
     aunque había nacido en Burmah y era de los que consideran sagrado el
     Ganges. En las tardes lluviosas del peor noviembre podía verse su rostro
     macilento en el resplandor de cualquier tienda pegado completamente al
     cristal, suplicando a algún apacible ídolo cruzado de piernas, hasta que
     la policía le hacía circular. Y después de la hora de cierre se iba de
     nuevo a su sórdida habitación, en esa parte de nuestra capital donde
     raramente se habla inglés, a suplicar a pequeños ídolos que poseía. Y
     cuando la sencilla e indispensable súplica de Pombo fue igualmente
     rechazada por los ídolos de museos, salas de subasta y tiendas, entonces
     consultó consigo mismo y compró incienso, y lo quemó en un brasero frente
     a sus propios ídolos baratos, y mientras tanto tocó un instrumento como
     los que utilizan los encantadores de serpientes. Y los ídolos seguían
     aferrándose a su protocolo.
     No sé si Pombo conocía este protocolo y lo consideraba frívolo frente a su
     exigencia; o si ésta, cada vez más apremiante, trastornó su mente; mas lo
     cierto es que Pombo el idólatra cogió un palo y súbitamente se volvió
     iconoclasta.
     Pombo el iconoclasta abandonó inmediatamente su casa, dejando que sus
     ídolos fueran barridos por el polvo mezclándose así con el Hombre. Fue a
     ver a un archiidólatra de fama que esculpía ídolos en piedras poco
     corrientes y le expuso su caso. El archiidólatra, que creaba sus propios
     ídolos, reprochó a Pombo en nombre de la Humanidad por haber roto sus
     ídolos. "Pues, ¿acaso no los ha hecho el hombre?", dijo. Y en cuanto a los
     ídolos mismos habló larga y doctamente, explicándole el protocolo divino,
     que Pombo había violado, por lo que ningún otro ídolo escucharía sus
     súplicas. Cuando Pombo oyó esto lamentó y protestó amargamente, y maldijo
     a los dioses de marfil y a los dioses de jade, y a la mano del Hombre que
     los había hecho, mas sobre todo maldijo su protocolo, que había arruinado,
     según dijo, a un inocente. De manera que, finalmente, aquel archiidólatra
     que hacía sus propios ídolos interrumpió su trabajo de un ídolo de jaspe
     para un rey que estaba harto de Wosh, y tuvo compasión de Pombo, y le dijo
     que, aunque ningún ídolo escucharía sus plegarias, no muy lejos de allí
     actuaba cierto ídolo de mala reputación que no sabía nada de protocolos y
     aceptaba plegarias que ningún otro dios respetable hubiera consentido en
     escuchar. Cuando Pombo oyó esto, tomó dos puñados de la barba del
     archiidólatra y los besó alegremente, y enjugó sus lágrimas y volvió a ser
     el mismo impertinente de siempre. Y el que esculpía en jaspe al usurpador
     de Wosh explicó que en la aldea del Fin del Mundo, en el extremo más
     alejado de la Ultima Calle, hay un hoyo que podría tomarse por un pozo,
     rodeado por la tapia del jardín, y que, si descendía hasta su mismo borde
     y buscaba a tientas con los pies, encontraría un saliente, que es el
     último peldaño de un tramo de escaleras que conduce a los confines del
     Mundo.
     -Como todos los hombres saben, esas escaleras deben tener un destino o
     incluso un peldaño final -dijo el archiidólatra-; mas discutir acerca de
     los tramos inferiores es perder el tiempo.
     Entonces a Pombo le castañetearon los dientes, pues temía la oscuridad;
     mas el que fabricaba sus propios ídolos le explicó que aquellas escaleras
     estaban siempre iluminadas por el pálido crepúsculo azulado en el que el
     Mundo gira.
     -Entonces -dijo- pasarás cerca de la Casa Solitaria y bajo el puente que
     conduce de la Casa a Ninguna Parte, cuya utilidad no se adivina; desde
     allí dejarás atrás a Maharrion, el dios de las flores, y a su sumo
     sacerdote, que no es ni pájaro ni gato; y de esa manera llegarás al
     idolillo Duth, el dios de mala reputación que hará caso de tu plegaria.
     Y siguió esculpiendo su ídolo de jaspe para el rey que estaba harto de
     Wosh; y Pombo le dio las gracias y se marchó cantando, pues en su vulgar
     mente pensaba que "tenía consigo a los dioses".
     Hay un largo trecho desde Londres al Fin del Mundo, y a Pombo no le
     quedaba dinero. No obstante, en un plazo de cinco semanas estaba paseando
     por la Ultima Calle, aunque no diré cómo consiguió llegar hasta allí, ya
     que no fue de una forma completamente honrada. Pombo encontró el pozo al
     final del jardín, más allá de la última casa de la Ultima Calle, y
     mientras se descolgaba del borde con las manos cruzaron por su mente
     innumerables pensamientos, principalmente el que afirmaba que los dioses
     se reían de él por boca del archiidólatra, su profeta, y ese pensamiento
     se le metió en la cabeza hasta dolerle tanto como las muñecas... y
     entonces encontró el peldaño.
     Pombo bajó las escaleras. Allí estaba, efectivamente, el crepúsculo en el
     que el mundo gira, y en él las estrellas brillaban débilmente a lo lejos.
     Mientras bajaba no había nada ante él excepto aquel extraño y melancólico
     derroche de crepúsculo, con su multitud de estrellas, y sus cometas
     precipitándose al exterior a través de él o volviendo a casa. Luego divisó
     las luces del puente hacia Ninguna Parte y, de pronto, se encontró con el
     fulgor de la reluciente ventana del salón de la Casa Solitaria, y allí oyó
     voces que pronunciaban palabras, y las voces de ninguna manera eran
     humanas, y de no ser por su imperante necesidad habría gritado y huido. A
     mitad de camino entre las voces y Maharrion, al que ahora veía
     sobresaliendo del mundo, cubierto de halos irisados, divisó a la
     misteriosa bestia gris que no es ni gato ni pájaro. Mientras Pombo
     vacilaba, tiritando de miedo, oyó que las voces de la Casa Solitaria
     subían de tono, y en eso descendió sigilosamente unos cuantos peldaños y
     se abalanzó contra la bestia. La bestia observaba atentamente a Maharrion,
     el cual lanzaba burbujas hacia arriba, cada una de las cuales era una
     estación primaveral en desconocidas constelaciones, y llamaba a las
     golondrinas hacia inimaginables parajes. Le observaba sin volverse
     siquiera para mirar a Pombo, y le vio caer en el Linlunlarna, el río que
     nace en los confines del Mundo, cuya corriente depura el polen dorado que
     es arrebatado al Mundo para convertirse en la alegría de las Estrellas. Y
     allí estaba delante de Pombo el idolillo de mala reputación a quien nada
     importa el protocolo y el cual atiende las plegarias rechazadas por la
     totalidad de los dioses respetables. No sé, ni eso le importa a Pombo, si
     finalmente su visión de aquél excitó su impaciencia, o si fue su misma
     necesidad, superior a cuanto podía soportar, la que le condujo escaleras
     abajo tan velozmente; o si, como es más probable, pasó corriendo junto a
     la bestia demasiado deprisa; mas, en todo caso, no pudo detenerse, como
     era su propósito, a orar a los pies de Duth, sino que siguió bajando a la
     carrera los angostos peldaños, agarrándose a las peladas y lisas rocas
     hasta caerse del Mundo, como caemos en sueños, cuando nuestro corazón deja
     de latir y despertamos con un espantoso susto. Mas no hubo despertar para
     Pombo, el cual todavía sigue cayendo hacia las indiferentes estrellas, y
     su destino es el mismo que el de Slith.


     -Había allí una chica extraordinariamente hermosa -prosiguió Terner-. Pero
     para describir a cualquiera de ellos se necesitaría el lenguaje de un
     amante, y además convertirlo en poesía. Nadie me creerá. Hablé con ella,
     aunque por supuesto mis palabras no le decían nada. Confiaba tanto en su
     brillante inteligencia que casi esperaba que entendiera cada una de mis
     palabras, y así lo hizo a menudo. Extrañas aves volaban sobre nosotros,
     yendo y viniendo del bosque, y ella me reveló sus nombres en la extraña
     lengua marciana. Mpah y Nto son dos de los que puedo recordar y deletrear;
     y además estaba Ingu, ave de color naranja vivo y negro, con una larga
     cola como nuestras urracas. Cuando trataba de contarme algo referente a
     Ingu, quien en ese preciso momento volaba sobre nosotros, graznando lejos
     de los árboles, súbitamente me hizo una señal. Yo miré y efectivamente
     algo salía del bosque.

     Durante algún tiempo, Terner resopló en silencio.

     -No puedo describírselo. Aquí no tenemos nada parecido. Por lo menos sobre
     la tierra. Un pulpo tiene una ligera semejanza con eso en cuanto a su
     cuerpo obeso y sus largas y delgadas patas, aunque éste sólo tenía dos, y
     dos brazos igualmente largos y delgados. Pero la cabeza y la inmensa boca
     no se parecían a nada de lo que conocemos. Nunca he visto nada tan
     horrible. Venía derecho a la alambrada. Inmediatamente me escabullí antes
     de que me viera, como me había advertido que hiciera aquella encantadora
     chica. No tenía ni idea de que el grueso alambre había sido entrelazado
     para protegerse precisamente de aquella bestia. Me escondí en una especie
     de matorral florido. Todavía puedo recordar su perfume: un aroma dulzón
     que no se parece a ningún otro de nuestro planeta. No tenía ni idea de si
     ellos estarían completamente a salvo de la bestia. Y entonces vino
     directamente hacia nosotros, acercándose a la alambrada. La vi de cerca,
     completamente desnuda y flácida, a excepción de aquellos miembros
     cimbreantes. Antes de que me diera cuenta de lo que estaba haciendo, la
     bestia levantó una tapadera en el techo y metió uno de sus horribles y
     largos tentáculos. Anduvo a tientas con extraordinaria rapidez y, cogiendo
     a una chica, la sacó por la tapadera. Yo me encontraba lejos de la
     alambrada y no podía disparar. La bestia le retorció el pescuezo a la
     chica en un momento y la arrojó al suelo, volviendo a meter su brazo. Salí
     corriendo de mi refugio, pero antes de que llegara a su lado había
     atrapado a otra joven y la había sacado por la tapadera; y cuando doblé la
     esquina, le estaba retorciendo el pescuezo. Aquellos hombres habían hecho
     pocos esfuerzos para huir de la espantosa mano, esquivándola únicamente
     cuando pasaba a su lado; aunque, cuando escogía a alguno, había poca
     posibilidad de esquivarla, como ellos parecían reconocer. Y ahora, cuando
     llegué junto a ellos, estaban todos de pie en un rincón con una solemne
     resignación en sus rostros.

     -¿No podían hacer nada? -pregunté yo. Pues la idea de que una parte de la
     raza humana estuviera completamente desamparada ante semejante horror era
     tan nueva para mí que no podía aceptarla. Pero él lo había notado, y lo
     comprendía.

     -No era más que un gallinero -dijo él-. ¿Qué otra cosa podían hacer?
     Pertenecían a esa bestia.

     -¡Que pertenecían a eso! -exclamé yo.

     -¿No lo entiende? -dijo Jorkens-. El hombre allí no es el gallito.

     -¿Qué? -dije con voz entrecortada.

     -No -dijo Terner-, así es.

     -Es otra raza, ¿lo entiende? -añadió Jorkens.

     -Sí -admitió Terner-. Es un planeta más viejo, ¿sabe? Y, por alguna razón,
     en todo este tiempo se ha adelantado a ellos.

     -Y ¿qué hizo usted? -pregunté yo.

     -Corrí hacia la bestia -contestó él-. No sé por qué pensé que, por la
     forma en que los trataba, un hombre no la asustaría fácilmente; de manera
     que no me molesté en seguirle los pasos, sino que simplemente corrí tras
     ella según se alejaba llevando colgados por los tobillos a aquellas dos
     jóvenes. Entonces la bestia se volvió hacia mí y alargó un brazo, y yo le
     disparé un tiro con mi revólver del calibre 45. La bestia giró en redondo
     y dejó caer los cuerpos, dando un traspiés mientras agitaba los brazos y
     gimoteaba por su gran boca. Evidentemente no estaba acostumbrada a ser
     lastimada. Se alejó gimoteando y yo la seguí; y le disparé dos o tres
     veces más, y la dejé muerta o moribunda, me daba igual.
     "El ruido de mis disparos había despertado a todo el bosque. Los pájaros
     volaron chillando y piando, y animales que hasta entonces no había visto
     comenzaron a ulular en las sombras. Entre el clamor general creí detectar
     unos sonidos que podían proceder de bocas como la de la bestia que acababa
     de matar. Evidentemente era hora de irse.
     "Regresé a la jaula, donde todos contemplaban en silencio y con curiosidad
     a la criatura muerta. Ninguno de ellos me dirigió la palabra. Entonces
     comprendí que había cometido un error. Al parecer no se debe matar a esas
     bestias. Únicamente se volvió hacia mí la chica con la que había hablado
     de los pájaros, la cual me señaló rápidamente al cielo, en dirección a la
     Tierra. El clamor en el bosque iba en aumento. La chica llevaba razón: era
     hora de irse. Me despedí de ella. Me pregunto qué le diría con los ojos.
     Me despedí con mayor tristeza que antes. Estuve a punto de quedarme. De no
     haber sido por lo mucho que tenía que contar a nuestra propia gente, me
     habría quedado allí y habría repartido mis dos docenas de cartuchos entre
     aquellas repugnantes bestias. Pero pensé que debía volver a la Tierra para
     llevar noticias. ¡Y al final no me creyeron!

     "Según pasaba al lado de aquel horrible cuerpo le arrojé una piedra,
     prefiriendo no utilizar otro cartucho, a causa del clamor del bosque. Pero
     aquella pobre gente metida en el gallinero no lo aprobó. En seguida podía
     uno darse cuenta. Su destino era ser devorados por aquella bestia, y
     ninguna interferencia les parecía buena.

     "Regresé a mi avión lo más rápido que pude. Nadie lo había descubierto.
     Todavía estaba en el valle, intacto. Es posible que momentáneamente
     lamentara un poco el no haber encontrado ningún obstáculo en mi retirada a
     la Tierra. Eso hubiera facilitado las cosas. Y sin embargo nunca debí
     haberlo hecho. En cualquier caso, allí estaba mi avión; me subí a él y
     empecé a envolverme en aquellos vendajes, sin los cuales es imposible
     sobrevivir en aquel desolado vacío que existe entre nuestra atmósfera y la
     suya. Alguien asomó por el bosque al oírme entrar en el avión. Me miró
     como si fuera un zorro, pero yo seguí adelante con mis vendajes. Los
     ruidos del bosque parecían estar muy próximos. Entonces pensé de pronto:
     ¿y si fuera un perro y no un zorro? ¿De qué lado estaría un perro en
     Marte? Difícilmente podía imaginarme que un perro no estuviera del lado
     del hombre. Pero había visto tantas cosas horribles que dudé. iría a
     avisarles de que estaba allí. Me di prisas con los vendajes. Pero sentía
     que estaban pisando la maleza muy cerca de mí. Entonces vi agitarse unas
     ramas. Y un grupo de ellos salió en tropel del bosque, apresurándose hacia
     su gallinero. Se encontraban a menos de cien yardas y me vieron. Entonces,
     aquellas asquerosas criaturas se dieron la vuelta y vinieron hacia mí. Les
     disparé y puse en marcha los motores del avión. Al parecer alcancé a una
     de ellas, pero no podía oír nada a causa del estruendo de los motores. Por
     un momento el disparo pareció desconcertarlas; luego se dirigieron hacia
     mí, con una extraña mirada en sus asquerosos rostros y las manos
     extendidas. Únicamente las dispersé. Con su elevada estatura casi podrían
     haber agarrado mi avión cuando pasé por encima de ellas. Y me fui con
     todos los vendajes ondeando. Por supuesto así no podía enfrentarme al
     espacio. Pero tampoco podía vestirme y al mismo tiempo pilotar
     correctamente el avión. Si me equivocaba en un solo grado, nunca daría con
     la Tierra. Tampoco tenía más gasolina. Obviamente la había economizado.
     Pues no me servía más que para una millonésima parte de mi viaje, durante
     los aterrizajes. No se puede remover el espacio.

     "Bueno, recorrí unas veinte millas y descendí en la amplia llanura en la
     que aquella luna estaba dragando su canal de barro para que nosotros
     pudiéramos verlo a través de nuestros telescopios. Y tuve que ascender y
     descender varias veces hasta asegurarme de que aterrizaba en un lugar
     donde no me quedara atascado, como me sucedió más tarde. El caso es que
     descendí y seguí vistiéndome. Y mientras tanto se me ocurrió pensar que
     Marte estaba más consciente de mi presencia allí que lo que yo hubiera
     esperado. Las aves parecían inquietas, demasiado escurridizas. En todo
     caso, me encontraba al aire libre y podía ver a quien se acercara. No
     obstante, me habría gustado haber ido unas cien millas más lejos, si no
     fuera por la preocupación que sentía de quedarme sin reserva de gasolina
     más allá de donde sabía que la necesitaría. De manera que me quedé allí y
     ahorré gasolina, y menos mal que lo hice. Bueno, acabé de vendarme y,
     mientras observaba el Sol a fin de encontrar el camino de regreso a casa,
     vi a lo lejos a algunas de aquellas espantosas criaturas. Nunca supe de
     verdad si me estaban persiguiendo, pero el caso es que apresuraron mis
     cálculos y me impidieron recoger muestras de rocas y de la flora de Marte,
     lo cual evidentemente habría impedido la vehemente incredulidad con que
     fui acogido a mi regreso. Además, las muestras de cinco árboles
     diferentes, que había recogido en el bosque, desaparecieron cuando me fui
     precipitadamente la primera vez.

     -¿Y no se trajo nada de Marte? -pregunté yo. Pues la historia me parecía
     cierta y confiaba en que se pudiera probar.

     -Nada, excepto una caja de cerillas, rota de una forma muy peculiar. Y sin
     haber visto al ser que la rompió, tampoco ella le probará nada. Más tarde
     se la mostraré.

     -¿Quién la rompió? -pregunté yo.

     -Ya me lo dirá usted cuando llegue a eso -dijo él-. Se la mostraré y usted
     mismo lo descubrirá.

     Jorkens asintió con la cabeza.

     -Bueno, lo cierto es que no recogí flores ni ninguna otra cosa, excepto
     esas ramas que perdí. Sé que debería haberlo hecho. Y tal vez me apresuré
     demasiado en irme cuando vi ese segundo grupo en la lejanía. Pero había
     contemplado los rostros de las bestias y únicamente pensaba en ellas.
     Tenía una cámara fotográfica y saqué unas cuantas instantáneas del
     paisaje, que deberían haber sido concluyentes. Pero no me la traje a mi
     regreso. Después le contaré lo que sucedió.

     "Lo último que hubiera pensado era toda esa incredulidad a mi regreso.
     Además, las bocas de aquellas bestias repugnantes ocupaban toda mi
     imaginación. Me apresuré en mis cálculos y regresé en dirección al Sol. Vi
     varios de esos gallineros, pero poco más aparte del bosque y las llanuras
     de barro. Muy pronto Marte adquirió un hermoso color azul cobalto, cuya
     belleza me puso todavía más triste.

     "Entonces comenzó de nuevo otro día largo y agotador, en que tanto el Sol
     como el avión parecían estar inmóviles. Con los motores apagados, sin
     ningún ruido, inmóvil, sin viento, las semanas transcurrieron lentamente
     sin señal alguna del paso del tiempo. Era un lugar espantoso; el tiempo
     parecía haberse detenido.

     "Había empezado otra vez a desesperarme mortalmente cuando, de pronto,
     descubrí frente a mí, como una pluma de cisne solitaria en el espacio, la
     conocida forma curva de un mundo iluminado en su cuarta parte por el Sol.
     Inconfundiblemente era un planeta. Y sin embargo, y pese a estar contento
     por aproximarme a casa, una cosa me dejó extraordinariamente perplejo: me
     pareció que me había anticipado diez días a lo previsto. "Qué asombrosa
     suerte", pensé, "parte de mis cálculos deben estar equivocados, y sin
     embargo no he perdido el rastro de la Tierra".

     "No lo había descubierto tan pronto como descubrí Marte, a causa de su
     situación tan próxima al Sol. En consecuencia, cuando lo vi era ya
     bastante grande. Según aumentaba más y más de tamaño, traté de calcular a
     qué continente me estaba acercando, aunque no importaba demasiado pues
     disponía de suficiente gasolina para realizar un buen aterrizaje, a menos
     que tuviera mala suerte. Sin embargo, no podía tratarse del mismo lugar en
     donde yo esperaba aterrizar, ya que me había anticipado tanto a mis
     previsiones. El caso es que no pude vislumbrar nada, pues la mayor parte
     del orbe estaba a oscuras. Y cuando me metí en aquellas tinieblas fue como
     una bendición después del deslumbramiento del Sol en aquel interminable
     día. Pues en realidad no hay allí luz, sólo deslumbramiento. En aquella
     espantosa soledad por ninguna parte entra la luz; únicamente pasa a tu
     lado como un resplandor. Por fin me metí en la oscuridad y encendí los
     motores; y volé hasta llegar al primer limbo del crepúsculo, que me
     suministraba suficiente luz para aterrizar, ya que estaba cansado de mirar
     el Sol. Y así fue como llegué a hacer un mal aterrizaje y mis ruedas se
     hundieron en un pantano. No fue eso lo que encaneció mi cabello. Sentí que
     se me helaba el cuero cabelludo y mi pelo se encaneció, pero no fue por
     haberme atascado en un pantano. Fue al comprobar, en el mismo momento del
     aterrizaje, que me había equivocado de planeta. A pesar de la oscuridad,
     debería haberme dado cuenta antes, cuando descendía: era demasiado
     pequeño. Mas ahora lo descubría: me había equivocado de planeta y ni
     siquiera sabía en cuál estaba. La espantosa soledad provocada por el
     accidente paralizó al principio mis pensamientos. Y cuando empecé a
     pensar, todo era desconcierto. ¿Qué planetas había entre Marte y el Sol?
     Solamente la Tierra, Venus y Mercurio. El tamaño apuntaba a Mercurio. Pero
     había que tener en cuenta que me había anticipado a mis previsiones, no
     atrasado. O ¿acaso funcionaba mal mi cronómetro? Sin embargo, el Sol, que
     había surgido hacía unos cinco minutos, no parecía mayor que desde la
     Tierra. De hecho parecía bastante menor. Tal vez, pensé, era Venus a pesar
     de todo; aunque era demasiado pequeño incluso para Venus. Y los asteroides
     los tenía todos detrás de mí, más allá de Marte.

     "Lo que no sabía entonces era que Eros (y tal vez también otros), a causa
     de la inclinación de algunos de los asteroides, llegaba a estar a veces a
     menos de catorce millones de millas de nosotros. De manera que, aunque
     gira alrededor del Sol más allá de Marte, al que llega a aproximarse hasta
     una distancia de unos treinta y cinco millones de millas, Eros a veces
     está más cerca de la Tierra que ningún otro asteroide. De esto nada sabía
     yo; y, sin embargo, cuando empecé a pensar con sensatez, los hechos
     acabaron por hablar por sí mismos: me encontraba en un asteroide perdido o
     desconocido. Debería ser más fácil examinar un cuerpo celeste cuando
     realmente está uno posado en él, rodeado por sus continentes, que cuando
     aparece en un telescopio no mayor que una cabeza de alfiler. Mas la
     tranquilidad, la seguridad, sobre todo ese sentimiento hogareño que tiene
     cualquier astrónomo, constituyen inestimables ayudas al pensamiento
     preciso.

     "Comprendí que había cometido un error al partir de Marte, equivocándome
     en los cálculos por las prisas, y que tenía la suerte de haber llegado a
     cualquier otra parte. ¿Quién puede decir, al pensar en lo que podía
     haberme convertido, quién puede decir mejor que yo que casi me convertí en
     un cometa?

     -Muy cierto -dijo Jorkens.

     Terner dijo todo aquello con la mayor gravedad. Evidentemente el peligro
     le había rondado.

     -Cuando me di cuenta de dónde debía encontrarme -continuó Terner-, me puse
     a trabajar para sacar el avión del pantano, metiéndome en el barro hasta
     las rodillas. Fue más fácil de lo que pensé. Y cuando lo saqué, lo elevé
     por encima de mi cabeza y cargué con él unas nueve millas por tierra firme.

     -¿Cargó usted solo con un aeroplano? -pregunté yo-. ¿Cuánto pesaba?

     -Alrededor de una tonelada -dijo Terner.

     -¿Y fue usted capaz de cargar con él?

     -Con una sola mano -respondió-. La atracción de esos asteroides es
     insignificante para cualquiera que está acostumbrado a la de la Tierra. En
     Marte me sentía muy fuerte, pero eso no era nada comparado con lo que
     podía hacer allí, en Eros, o dondequiera que me encontrara.

     "Llegué a la linde de un bosque de diminutos robles achaparrados, del
     tamaño de los ejemplares enanos de los japoneses. Estuve atento a la
     presencia de cualquier bestia repugnante como las de Marte, pero no vi
     nada de ninguna especie. Unas pocas mariposas nocturnas, o al menos eso
     creí yo, salieron volando de los árboles; aunque, al recordarlo ahora,
     creo que fueron pájaros. Entonces me dediqué a realizar nuevos cálculos.
     Me encontraba ahora tan cerca de la Tierra, que podría alcanzarla si era
     capaz de despegar del asteroide; eso, suponiendo que fuera acertada mi
     conjetura (y no lo podía ser más) acerca de la rotación del asteroide. No
     podía considerar más que una conjetura, pues ni siquiera sabía en qué
     pequeño planeta me encontraba, y las conjeturas son mala cosa para los
     cálculos. Pero deben utilizarse cuando no se tiene otra cosa a mano.
     Conocía al menos cuáles eran las órbitas que seguían los asteroides, de
     manera que sabía la distancia que tenían que recorrer; pero el tiempo que
     tardarían en recorrerlas sólo podía conjeturarlo a partir del que
     empleaban sus vecinos, que yo sabía. Si hubiera estado más lejos de la
     Tierra, esas conjeturas habrían echado a perder mis cálculos y nunca
     habría encontrado la forma de volver a casa.

     "Bien, me senté sin que me perturbara nada salvo mi propia respiración, y
     realicé esos cálculos con la mayor precisión de que fui capaz. Debía
     respirar tres o cuatro veces más rápido que en la Tierra, pues no parecía
     haber allí tanto aire como aquí. Desde luego no debería haberlo en un
     planetoide como Eros. Más que la respiración, lo que me preocupó fue el
     pensar que sólo disponía de mis motores para despegar, ya que había usado
     el último de mis cohetes al abandonar Marte, y nunca supuse que los
     volvería a necesitar. Imagínense que un pasajero de Southampton a Nueva
     York desembarcara súbitamente en una isla del Atlántico. Estaría mucho
     menos sorprendido que yo al aterrizar aquí; no estaba preparado. La
     atracción de Eros, o quienquiera que fuera el planetoide, no era demasiado
     como para no poder superarla; pero la cantidad de atmósfera en la que
     tendría que despegar seguramente sería también escasa, como el planeta que
     envolvía. Sabía que podría alcanzar bastante velocidad para despegar de
     Eros únicamente si disponía de tiempo suficiente para hacerlo y la
     atmósfera llegaba lo suficientemente lejos. Sabía aproximadamente hasta
     dónde llegaba la atmósfera, pues la había notado en las alas de mi avión
     durante el descenso. Pero ¿llegaría lo suficientemente lejos? Ese fue el
     pensamiento que me inquietó mientras elaboré mis números, respirando como
     si tuviera mucha fiebre. Mientras afuera hubiera algún tipo de atmósfera
     que respirar, no necesitaba usar el aire comprimido. Pues las horas de
     vida que me quedaban antes de llegar a la Tierra dependían de mi
     suministro de aire comprimido. Bueno, mientras el planetoide giraba hacia
     el Sol y amanecía en donde yo había aterrizado al atardecer, hice
     proyectos y fijé mi objetivo en la Tierra, sin prisas, cosa que no había
     hecho en Marte. Tuve tiempo entonces de inspeccionar el bosque de robles,
     cuyas ondulantes copas se bamboleaban debajo de mí. Dirigí una última
     mirada a esa caja de cerillas. Trátela con cuidado. ¿Cuál diría usted que
     fue la causa de ese agujero que presenta?

     Cogí de su mano una caja de cerillas Bryant & May, considerablemente
     destrozada; rota por dentro; con un agujero lo bastante grande como para
     que pasara un ratón.

     -Parece como si algo la hubiese traspasado con mucha fuerza -dije yo.

     -No la traspasa -contestó él-. El agujero solamente existe por un lado.

     -Se mete dentro -dije yo.

     -No del todo. Mire de nuevo -dijo Terner.

     Efectivamente se abría hacia fuera. Pero no podía imaginarme cómo se había
     hecho. Y así se lo hice saber a Terner.

     Entonces él llevó la caja de cerillas hasta la repisa de la chimenea, en
     donde había dos diminutas cabañas de porcelana, y la puso entre las dos, y
     le colocó un techo de paja que le había hecho a medida. Las pequeñas
     cabañas tenían aproximadamente el mismo tamaño.

     -¿Qué piensa usted de esto? -preguntó Terner.

     No sabía nada y así se lo dije, pero tenía algo más que añadir.

     -Parece como si un elefante se hubiera escapado de una de las cabañas
     -dije yo.

     Terner se volvió hacia Jorkens, que asentía con la cabeza, con bastante
     benevolencia aunque con cierto disimulo.

     No comprendí aquel intercambio vehemente de miradas.

     -¿Qué? -pregunté.

     -Eso mismo -dijo Terner.

     -¿Un elefante? -pregunté yo.

     -Había rebaños enteros en el bosque de robles -dijo Terner-. Cuando al
     amanecer me incliné a coger una rama de uno de los árboles para traérmela
     a la Tierra, los vi de repente. Se precipitaron hacia mí y atrapé uno de
     ellos, un magnífico ejemplar adulto; pero ninguno de ellos era mayor que
     un ratón. Comprendí que eso debía ser una prueba irrevocable. Tiré la
     rama; después de todo no era más que un puñado de hojas de roble enano; y
     metí el elefante en esa caja de cerillas, poniéndole alrededor una goma
     para que no se abriera. La caja de cerillas la arrojé al interior de una
     mochila que llevaba encima de los vendajes.

     "Bueno, podía haber recogido muchas más cosas; pero, como dije, tenía una
     prueba rotunda y la había llevado colgada a mis espaldas todo el tiempo,
     oprimiéndome con su peso y haciéndome sentir que me había equivocado de
     planeta. Es éste un sentimiento del que nadie que lo haya experimentado
     puede librarse ni por un solo momento. Usted, Jorkens, ha viajado también
     bastante; ha estado en desiertos y en lugares extraños.

     -Sí, las marismas de papiro, por ejemplo -susurró Jorkens.

     -Pero -prosiguió Terner- ni siquiera allí, ni más lejos en el corazón del
     Sahara, puede usted haber experimentado tan irresistible, tan
     incesantemente, ese sentimiento del que le hablo. No se trata de simple
     nostalgia, es una abrumadora y omnipresente sensación de estar en un lugar
     inadecuado; tan fuerte que sirve de aviso amenazador que te repites en tu
     fuero interno con cada latido del pulso. Es algo que no puedo explicar a
     aquellos que no se hayan perdido alguna vez en Oriente, una emoción que no
     puedo compartir con nadie.

     -Muy natural -dijo Jorkens.

     -Bueno, así que lo tenía todo preparado -prosiguió Terner-, no sólo para
     mí, sino también para el pequeño elefante. Disponía de un bote de hojalata
     en el que tenía la intención de meterlo antes de abandonar la atmósfera de
     Eros, y hallé una forma de renovar el aire en su interior mediante mi
     propia respiración, que era suficiente para mantener con vida a la bestia.
     Tenía un trozo de tela verde, ramas de roble, como se hace con las orugas;
     y agua, y todo era para él. Luego abandoné todo aquello de lo que podía
     prescindir, a fin de aligerar el avión para el despegue de Eros. Arrojé al
     pantano mi revólver y los cartuchos, y también fue allí a parar mi cámara
     fotográfica. Luego me puse en camino y volví a volar por la noche hacia
     una región de Eros desde donde podía verse la Tierra, colgando por encima
     del horizonte de su pequeño vecino. En la noche de Eros brillaba una
     especie de pequeña luna, como una bola de cricket de color turquesa pálido
     engastada en plata. Apunté con precisión, con todas las tolerancias que
     había calculado, y me lancé de vuelta a casa volando bajo donde la
     atmósfera de Eros era más densa. A aquella altura tan escasa, el aparato
     simplemente adquirió velocidad. Luego llegó el momento crucial en que viré
     hacia arriba en dirección a mi objetivo. ¿Sería la atmósfera lo
     suficientemente pesada para que las alas de mi avión siguieran
     funcionando? Lo era: me dirigía exactamente en la dirección correcta,
     mientras me alejaba de la noche y la Tierra palidecía a lo lejos. ¿Podría
     mantener la velocidad? No podía hacer mucho más en aquella tenue
     atmósfera. Me preguntaba si alguien de la Tierra encontraría mis huesos, o
     si Eros me atraería de nuevo junto a mi avión. Mas no me olvidaba de mi
     elefante, y traté de alcanzar la caja de cerillas para arrojarla en el
     bote; entonces descubrí lo que le he mostrado.

     -¿Se había ido el elefante? -pregunté.

     -Había embestido, como haría cualquiera de su especie -dijo Terner-. Debió
     de irse antes de que yo abandonara Eros. Vea por usted mismo, ahora que
     conoce las proporciones adecuadas, que esta caja de cerillas no sería para
     él más que una chabola para un elefante de los nuestros. Y contaba con
     poderosos colmillos. A nadie se le ocurriría encerrar a un elefante en una
     choza de tablas tan delgadas. Mas nunca pensé en ello. Usted lo comprendió
     en seguida. Pero yo puse esas cabañas a su lado para proporcionarle a
     usted la escala exacta. Bueno, por el momento envidié su libertad. No
     tenía ni idea de la amarga incredulidad contra la que tendría que
     enfrentarme. Pensaba más en la lucha decisiva de la que dependía mi vida:
     la velocidad de mi avión contra la atracción de Eros.

     "Y de pronto lo conseguimos. Hubo una ligera sacudida de todos mis
     barriles y botes cuando despegué de Eros. Luego comenzó una vez más un
     largo día. En su mayor parte lo pasé pensando en todo lo que iba a contar
     a nuestras doctas sociedades acerca de Marte y de ese asteroide que yo
     creo que era Eros. Pero estaban demasiado ocupados con su erudición como
     para considerar una nueva verdad. Sus oídos estaban vueltos al pasado;
     eran sordos al presente. Bien, bien...

     Y fumó en silencio.

     -¿Alcanzó usted su objetivo? -preguntó Jorkens.

     -Desde luego -dijo Terner-. Por supuesto me ayudó la atracción de la
     Tierra. De repente la vi brillar a la luz del día, y no parecía estar muy
     alejada. ¡Oh, qué emoción la de estar volviendo a casa! Al principio la
     Tierra palideció, luego lentamente se tornó plateada; y creció más y más.
     Después adquirió un ligero tono dorado, un enorme creciente dorado en el
     cielo; a simple vista una visión de lo más hermosa, pero que sugiere algo
     a todo el ser que el entendimiento no logra asir. Tal vez uno se dé cuenta
     después de todo, mas aun así nunca puede transmitirlo, nunca puede hablar
     a nadie de aquella dorada belleza. Las palabras no bastan. La música tal
     vez podría, pero yo no sé tocar ningún instrumento. Me gustaría componer
     una melodía, ya me entienden, acerca de la Tierra llamándole a uno a casa,
     con toda esa luz cambiante; sólo que sería condenadamente impopular, ya
     que no se parecería en nada a lo que la gente suele escuchar a diario.

     "Bien, logré mi objetivo. Con la ayuda de la gran atracción que la Tierra
     ejerce, volví de nuevo a casa. El Atlántico era lo único que temía, y lo
     evité con creces. Tomé tierra en el Sahara, que podía haber sido sólo algo
     mejor que el Atlántico. Pero descendí del avión y caminé un poco, y cuando
     llevaba unos cinco minutos de inspección encontré una moneda de cobre del
     tamaño de una pieza de seis peniques, que llevaba grabada la efigie de
     Constantino. Había reconocido inmediatamente el Sahara, pero después supe
     que me encontraba en la parte norte, donde había estado el antiguo Imperio
     romano, y comprobé que tenía suficiente gasolina para llegar a las
     ciudades. Me puse de nuevo en camino en dirección norte y volé hasta
     divisar un grupo de árabes con un rebaño de ovejas o cabras: no es posible
     especificarlo hasta que uno se aproxima mucho más. Aterricé cerca de ellos
     y les dije que había venido de Inglaterra. No era mi deseo asombrarles,
     cosa que habría conseguido contándoles la pura verdad, de manera que les
     dije que había volado desde Inglaterra. Y me di cuenta de que no me
     creyeron. Fue como un anticipo de la futura incredulidad del mundo.

     "Bien, volví a casa y conté mi historia. La prensa no fue hostil al
     principio. Me hicieron varias entrevistas. Pero pretendieron que fueran
     frívolas. Exigían alguna foto mía despidiéndome con el pañuelo de los
     amigos que dejaba en Marte. Pero ¿cómo podía yo ser frívolo después de ver
     lo que había visto? Incluso ahora se me hiela la sangre en las venas cada
     vez que pienso en ello. Y pienso en ello siempre. ¿Cómo hubiera podido
     agitar mi pañuelo a esa pobre gente, sabiendo que uno a uno iban a ser
     devorados por una bestia más horrible de lo que nuestra imaginación puede
     describir? Ni siquiera sonreí cuando me fotografiaron. Insistí en suprimir
     los pequeños chistes de las entrevistas. Me convertí en un ser irritable.
     Taciturno, dijeron ellos. Bueno, era cierto. Y después se volvieron en
     contra mía. Lo peor de todo fue que Amely no me creyera. ¡Cuándo pienso lo
     que éramos el uno para el otro! Debería haberme creído.

     -Aunque sólo fuera por simple cortesía -dijo Jorkens.

     -¡Oh!, fue bastante cortés -apostilló Terner-. Le pregunté sinceramente si
     me creía, y ella me contestó: "Te creo rotundamente".

     -Bien, ahí lo tiene -dijo Jorkens con alegría-. Por supuesto que le cree.

     -No, no -precisó Terner, fumando más que nunca-. No, no me creyó. Cuando
     le conté lo de aquella encantadora chica de Marte no me hizo ni una sola
     pregunta. Eso no era propio de
     Amely. Ni una sola palabra acerca de ella.

     Durante un buen rato recorrió la habitación de arriba a abajo, fumando con
     rápidas bocanadas. Estuvo tanto tiempo callado y ajeno a nuestra presencia
     que Jorkens me hizo una seña y, dejándole solo, nos marchamos de la casa.

La guadaña --- Robert Bloch --- Segador




LA GUADAÑA

Robert Bloch

Despues de que los niños crezcan y se trasladen, una nueva criatura acude a tu casa.
Su nombre es Muerte.
Viene en silencio, sin los llantos de un infante, y no hará que estés despierto por la noche ni exigirá diariamente tu atención. Pero, de alguna manera, sabrás que ha venido para quedarse. Y sigue creciendo, haciéndose más grande y más fuerte a cada día que pasa, mientras tú te haces más pequeño y más débil. Tarde o temprano tendrá lugar la inevitable confrontación..., y cuando eso suceda, tú serás quien tenga que marcharse.
Ross escribió estas líneas la mañana de su sexagésimo quinto cumpleaños, y luego las hizo a un lado.
Estaba cansado de escribir sobre la Muerte con M mayúscula. Como autor de fantasía había contribuido lo suyo a dramatizar la mortalidad del hombre, y era difícil encontrar un acercamiento nuevo al tema. Demasiados escritores habían agotado la idea: la Muerte como ángel, la Muerte fijando una cita en Samarra, la Muerte de vacaciones, la Muerte atrapada en un árbol, la Muerte erradicada, la Muerte engañada. Todo eran deseos. No había nada angelical en la Segadora; no toma vacaciones, no se la puede engañar ni erradicar. La Muerte es una fuerza impersonal, no un esqueleto articulado que porta una guadaña.
Ross se encogió de hombros y se levantó de su mesa. Después de todo, un hombre tiene derecho a celebrar su cumpleaños, aunque a nadie más le importe si vive o muere.
Sus padres y parientes habían muerto hacía tiempo y él nunca había llegado a casarse. Durante los años pasados aquí, en la península al norte de Michigan, Ross no había hecho ninguna amistad. Se escribía con su agente y sus editores, pero su único contacto personal con la gente se producía cuando iba a la ciudad en busca de provisiones.
Ross era un solitario, pero nunca se sentía solo. Periodicos, revistas y libros llenaban su buzón, y sus hijos le hacían compañía.
Sus hijos se encontraban cn las estanterías de su despacho, fila tras fila: las novelas con sus columnas dorsales estiradas y sus pieles robustas, las historias cortas aseguradas cn el interior de las paginas de revistas y antologías. Algunas, transformadas por las traduccioncs, hablaban lenguas extranjeras. Otras, aparecían solamente en ediciones originales, con las voces debilitadas hasta un susurro por el paso de los años. Pero aquí y en el extranjero, agotadas las ediciones o no, todavía vivían, aún poseían el poder de hablar a nuevos lectores en el futuro.
Ross los cuidaba con orgullo paternal, pues incluso el más pequeño de ellos contenía algo de él. Amaba a sus hijos, y los envidiaba, porque le sobrevivirían. Eventualmente, por supuesto, también ellos morirían: sus columnas vertebrales se agrietarían, sus encuadernaciones se romperían, sus paginas se desmoronarían. Pero mucho antes de que eso sucediera su propia columna vertebral perdería su fuerza, la piel que envolvía su cuerpo se agrietaría y se encogería hasta que lo que había dentro se desintegrara.
Ya casi estaba empezando a suceder. Ahora, mientras los años cobraban su tarifa sin descanso; mientras los ojos se nublaban, los dientes se caían, los dolores proliferaban, la memoria se oscurecía y los pensamientos escapaban de su control para centrarse en el miedo.
Ross vio que el día era soleado y salió a dar un paseo por el bosque. Pero había sombras acechando entre los árboles, y el miedo caminaba con él. Por mucho que lo intentara, no podía dejar de pensar en la Muerte. La Muerte con M mayúscula. Vendría tarde o temprano, propiciando el sueño eterno.
Dormir, tal vez soñar...
Eso era lo que realmente temía. La mente continúa funcionando cuando se duerme. Supongamos que continúa funcionando cuando se muere. Supongamos que la conciencia sigue viviendo, incluso en la tumba, en la húmeda oscuridad donde el cerebro yace enterrado dentro de un cadáver que se pudre, aprisionado aunque consciente, incapaz de escapar a la eternidad definitiva de horror sin esperanza.
¿Se sigue sintiendo todavía dolor? Si se evitan los terrores de la tumba, ¿provocará la cremación un tormento como los fuegos del infierno? 
Su mente reflexionaba sobre las formas en que podría venir el final: la súbita violencia de un accidente, o incluso un asesinato, o la lenta agonía de la enfermedad. Mientras Ross paseaba, la luz del sol se debilitó y las sombras se hicieron más profundas. No iba a encontrar solaz aquí en el bosque. 
De regreso a la casa, se preparó una comida solitaria y luego tomó unos cuantos tragos, pero difícilmente podía considerar aquello como una celebración de cumpleaños. El pensamiento le obsesionaba..., ¿cómo se encontraría con la Muerte?
Y esa noche, despues de quedarse dormido, se encontró con la Muerte en sueños.
Allí estaba, la Reina de los Terrores, un brillante esqueleto al pie de su cama. Los dedos huesudos de su mano izquierda estaban engarfiados en torno a un antiguo reloj de arena; las zarpas, sin carne bajo la mano derecha, agarraban el mango de una guadaña.
Ross contempló la cruel curva de la hoja de la guadaña.... la guadaña de la Segadora. La Muerte, advirtió, no era una niña. La aparición que tenía delante registraba todos los atributos de la leyenda, el esquelético símbolo de la tradición y el Tarot.
Ross también advirtió que estaba soñando.
-Te equivocas.
No se produjo ningún sonido, pero Ross oyó la palabra, e incluso vio el movimiento de la mandíbula sobresaliente.
-¡No! -Ross hablaba dormido . No puedes ser real..., sólo eres producto de mi imaginación.
La Muerte se rió sin emitir sonido, pero Ross la oyó, junto con las palabras no habladas que siguieron.
-¿Y esos libros e historias que has escrito? Todos son producto de tu imaginación, pero son bastante reales. Existen porque las has creado.
-Yo no te he creado -murmuró Ross.
-Porque no has tenido necesidad -respondió la Muerte-. La imaginación posee un poder propio. Y la imaginación de millones de hombres antes que tú me ha dado semblanza y sustancia. Créeme, soy tan real como tú. Aún más, ya que tú morirás y yo viviré eternamente.
Una vez más, la risa sin sonido.
-¿Por qué estás aquí? -susurró Ross.
La Muerte se movió con la guadaña y el sonido de la hoja al cortar el aire fue bastante audible.
-Ha llegado tu hora.
La cabeza de Ross se sacudió en su almohada.
-¡Pero no quiero morir!
Pocos hombres quieren, a menos que sufran una agonía insoportable. Considérate afortunado por ahorrarte ese sufrimiento.
Ross se echó a temblar.
-Por favor, te suplico...
-Mueren los mendigos. Y también los reyes. Auténtica democracia.
Súbitamente, Ross fue consciente del escalofrío que le recorría. Su cuerpo fue invadido por un frío aturdidor que le helaba la sangre en las venas.
-¡No! -jadeó Tiene que haber algún medio...
La calavera asintió lentamente.
-Ya veo que quieres hacer un trato.
-¿Es posible? -murmuró Ross.
-Por supuesto. -Los dedos huesudos acariciaron la hoja de la guadaña con un sonido chirriante-. Una vez caminé por el mundo con este arma y la descargué sobre cada hombre, mujer o niño en el momento determinado.
La Muerte se llevó al pecho el reloj de arena.
-Pero el mundo cambió. En vez de unos pocos miles, hay millones de mortales. demasiados para caer bajo una simple guadaña.
»Al principio recibí ayuda. Hambre y peste. epidemias de cólera, plaga bubónica. una docena de otras enfermedades fatales. Pero la medicina avanzó y el número de supervivientes volvió a crecer.
»Durante una temporada las guerras solventaron mi problema. Gengis Khan, Atila, Tamerlán y un centenar de nombres en el pasado, gente como Napoleón, Hitler, Stalin, me dieron batallas donde caían cincuenta mil en un solo día.
»Todavía tengo guerras, incluso nuevas drogas y enfermedades, pero nunca es suficiente en esta época de explosión demografica. Por eso estoy dispuesta a hacer una oferta.
Ross fruncio el ceño.
-No soy un gobernante ni un general..., sólo un hombre ordinario.
-No espero nada extraordinario -dijo la voz que no era una voz-. Pero todo ayuda. ¿Qué te parece tratar conmigo en una base de uno por uno? ¿Un año extra de vida por cada muerte?
-¿La inmortalidad?
-No prometo eso. Puedes cansarte y decidir terminar nuestro trato. Mientras tanto. vamos a llamarlo un aplazamiento de la ejecución.
La mandíbula de la calavera tembló con silencioso regocijo. Ross frunció el ceño otra vez.
-Pero me estás pidiendo que me convierta en un asesino.
-Ya has asesinado muchas veces en tu imaginación, y has descrito los hechos en tus libros.
-Eso es distinto. No podría matar de verdad a otro ser humano.
-¿Por qué no? La vida no tiene significado. Todo el mundo muere, tarde o temprano. -La sonrisa de la calavera se acentuó-. Y puedes escoger a quien quieras. Piensa en el poder que te estoy dando.
-¡No quiero ese poder!
-¿Ni siquiera aunque sea un poder para hacer el bien? -Una vez más los dedos huesudos acariciaron la guadaña-. Mira a tu alrededor. El mundo esta lleno de gente que merece morir. Elige adecuadamente y no estarás provocando la muerte..., estarás haciendo justicia. 
-Sigue siendo asesinato -murmuró Ross.
-Considérate un Ángel Vengador -murmuró la Muerte-. ¿No conoces a nadie que haya perdido el derecho a vivir?
Ross dudó y luego asintió.
-Tienes razón, hay alguien. Un hombre llamado Wade, el que mató a todas esas mujeres y escapó con una sentencia a cadena perpetua, lo que significa que volverá a salir dentro de unos pocos años. No me importaría matar a un asesino de masas.
-Lo siento -le dijo la Muerte-. Da la casualidad de que Wade es uno de mis emisarios. Hicimos un trato hace mucho tiempo y aún le quedan años por vivir, dentro o fuera de la cárcel.
Ross suspiró.
-Entonces me dirigiré a la gente que permitió tal fallo de la justicia. Su despreciable abogado, el imbécil del juez, el estupido jurado...
La sonrisa de la calavera pareció ampliarse.
-No olvides al oficial que se suponía que tenía que vigilarlo cuando estaba en libertad bajo fianza de una condena previa, ni a las autoridades juveniles, que le pusieron en libertad antes. Si esperas eliminar a todo el mundo conectado con el caso, te convertirás también en un asesino de masas.
-¡Pero tiene que haber alguien que sea responsable en última instancia!
-Tú decides. El poder para matar o salvar será solo tuyo. Nunca te obligaré a actuar si no quieres. Es parte de nuestro Contrato.
-Sigue sin gustarme la idea...
La Muerte blandió su guadaña.
-¿Te gusta esto más? -Se inclinó sobre el pie de la cama-. Piensa en lo que te estoy ofreciendo. Un año entero a cambio de una pequeña vida. Tómate tu tiempo, escoge tu candidato, tu propio método.
-Supón que me cogen.
-No te cogerán. Has dedicado toda tu carrera a escribir crímenes perfectos. Usa la misma ingenuidad en tu propio beneficio y no habrá peligro. -El brazo huesudo alzó la guadaña y una bocanada de aire helado abanicó la cara de Ross-. ¿Será así entonces? ¿Lo haces? ¿O mueres?
Ross se agitó, inquieto.
-Y si acepto tu oferta..., entonces, ¿qué?
Los hombros esqueléticos se encogieron.
-Nada. Ningún contrato firmado con sangre. nada de abracadabra. Sólo un acuerdo verbal. Una vida, un año. Llámalo un regalo de cumpleaños.
Las cuencas de la calavera se fijaron en la cara de Ross.
-¿Y bien?
-Hecho -susurró Ross.
La Muerte alzo el reloj de arena y le dio la vuelta. La arena empezó a caer lentamente sobre la mitad inferior, grano a grano.
-Un año -murmuró la Muerte.
Y desapareció.
Si es que realmente había estado allí.


A la luz del día, Ross no estaba tan seguro. La mente juega malas pasadas.
Y el cuerpo tambien.
A media tarde estaba de nuevo en la cama, temblando de fiebre. Los sueños pueden anunciar la enfermedad, se dijo. Pero a medida que la oscuridad se hacía mayor, la fiebre aumentó, propiciando visiones... La Muerte, con su cara sin carne y su voz sin sonido, con la guadaña y el reloj de arena. ¿Cuánto tardaría en agotarse la arena? Cuando lo hiciera, la guadaña golpearía, y Ross la temía. «¿No conoces a nadie que haya perdido el derecho a vivir?»
Ross intento pensar. La mente es un ordenador, y en el delirio, el ordenador esta en horas bajas. Esos escritores ricos con sus modernos procesadores de textos... ¿también se estropeaban sus caros equipos? Tenía la mente en blanco. como la pantalla de un ordenador, pero algo parpadeó en su visión.
Se formó una cara. La había visto mucha veces antes, en primeros planos durante las entrevistas de televisión, asomada a las primeras páginas de los periódicos, sonriendo con aire de suficiencia en las solapas de los libros.
Kevin Colfax. Conocía el nombre. Gracias a los medios de comunicación, todo el mundo conocía a Kevin Colfax. Un autor famoso. Dueño de una villa en la Riviera, una flota de coches clasicos, una sexta esposa y una docena de amantes.
Novelas en clave, así llamaba a sus libros. Canibalizaba las páginas de The National Enquirer y People, cogía las vidas de las celebridades y las convertía en pornografía: sexo burdamente explícito, e insolencia vulgar para alimentar las fantasías de millones de estúpidos entregados a masturbaciones mentales. Sus productos de baja calidad le habían catapultado a la lista de best-sellers y a la cabeza de las fiestas repletas de arribistas, que no tenían otro sitio donde ir excepto donde los llevaran sus experiencias con las drogas, y que se pasaban el día esnifando coca. Pero ahora ya estaba en el sitio al que pertenecía..., en la lista de Ross.
La cara se difuminó en el arrojo de fiebre y Ross murmuró entre sus labios secos y agrietados:
-Matare a Kevin Colfax.
El sudor bañaba su cuerpo cuando se hundió en el sueño.
Cuando se despertó a la manana siguiente la fiebre había desaparecido pero la resolución persistía. Kevin Colfax merecía morir.
La única cuestión era cómo... Tenía que haber un medio que no dejara ninguna pista.
¿Veneno?
Años atras, Ross había investigado toxicología y había amasado un número impresionante de textos de referencia. Era sorprendente cuántos componentes letales eran fáciles de conseguir, o crear, a partir de otras simples sustancias, que pueden encontrarse en todas las casas. De rápida actuación, fatales y casi indetectables si se tomaban las precauciones adecuadas.
Una vez supo qué tenía que buscar, Ross no perdió el tiempo. El insecticida había sido retirado del mercado hacía años, pero él nunca se había molestado en tirarlo a la basura y aun tenía el spray medio lleno. Tras calentarlo un poco, la materia se condensó, dejando un mortífero destilado que mataría al contacto.
Pero ¿cómo hacer el contacto?
No conocía a Kevin Colfax ni a nadie en los circulos privilegiados en los que se desenvolvía. No había manera de introducir unos gramos de la sustancia venenosa en su comida o en su bebida, o en la cocaína que introducía en sus fosas nasales. Colfax estaba rodeado por guardias de seguridad que lo protegían de amigos, enemigos y fans por igual. 
Fans.
Ross se sentó ante la máquina y escribió una carta. La carta de un fan que pedía a Kevin Colfax una foto autografiada.
Escribió con rapidez; los guantes de goma no interfirieron con su velocidad. Ni interfirieron cuando añadió una gota de agua a un miligramo del polvo venenoso, hasta volverlo una pasta que esparció cuidadosamente en la solapa del sobre sellado, que incluyó en su carta para que Colfax le contestara.
El nombre y la dirección del sobre eran falsos, por supuesto. pero el veneno era real. Real y digno de confianza. Un lametón y la lengua absorbería la dosis fatal, propiciando la muerte en cuestión de minutos.
Ross encontró la dirección de Colfax en el Quien es Quién, la copió en el sobre exterior y le pegó un sello. Luego condujo hasta una ciudad situada a treinta millas de su zona postal, y sus manos enguantadas dejaron caer la muerte en el buzón.
Después de eso, todo lo que tuvo que hacer fue esperar.
Cuatro días despues, leyo el artículo en el periódico:

POLICIA INVESTIGA
MUERTE MISTERIOSA

Nueva York (UPI).- Las autoridades investigan la posibilidad de asesinato en la súbita muerte de Florence Rimpau, de 23 años, secretaria personal del famoso novelista Kevin Colfax. Segun su jefe, la señorita Rimpau parecía gozar de excelente salud cuando sufrió un colapso en el momento que atendía la correspondencia. Los enfermeros no pudieron reanimarla, y se ha ordenado una autopsia después de que los informes indicaran que el veneno podría ser una posible causa.

Ross dejo que el periódico cayera de sus dedos temblorosos, y pasaron varios días de ausiedad antes de que apareciera otro articulo. Florence Rimpau era más que una secretaria. ambicionaba labrarse una carrera de escritora y, según su apenada familia, esperaba ansiosamente la publicación de su primera novela cuando le sorprendió la muerte.
Había más. Los resultados de la autopsia confirmaron la teoría del veneno, pero no había ninguna pista. El propio Kevin Colfax fue exonerado rápidamente de cualquier conexión con el caso. Aparentemente, la fuente del veneno y el método usado para emplearlo no habían sido descubiertos por la policía ni los patólogos. Ross podía felicitarse: nunca le cogerían. Había sido un crimen perfecto.
El crimen perfecto.... pero la víctima equivocada.
Ross se echó a temblar. Era responsable de la muerte de una muchacha inocente, de cortar un brillante futuro, y de causar pena y dolor a su familia y amistades. ¿Por qué no había anticipado aquella posibilidad? 
Sabía la respuesta, por supuesto. Su ansioso acto había sido provocado por la envidia; había sido la envidia, no la justicia, lo que le había inducido a asesinar.
¿Y para qué? Su enemigo. Kevin Colfax, seguía vivo. En cualquier caso, la publicidad que rodeaba la misteriosa tragedia dispararía las ventas de sus libros.
Los meses siguientes pasaron rápidamente, pero cada día le parecía una eternidad a Ross, y las noches eran interminables agonías de sueños cargados de culpa.
Pero el tiempo tiene medios de curar los traumas y enmendar los recuerdos; a medida que se acercaba su siguiente cumpleaños, Ross advirtió que, en efecto, había sobrevivido otro año.
Por supuesto, aquello no tenía nada que ver con su trato, se dijo. Aquello había sido sólo un sueño. Habría seguido viviendo sin la pesadilla relacionada con la Muerte. Y cuando remitieron los retortijones de la culpa, volvió a sentir que la vida era dulce. Como había deseado, había tiempo para leer, descansar y disfrutar de comodidades y diversiones.
Y entonces el tiempo se agotó.
El tiempo se agotó una noche mientras Ross yacía en la cama, revolviéndose y agitándose y maldiciéndose por ser un estúpido. 
La diversión había sido su caída. La diversión bajo las formas de una tal Janice Coy. Coy, reflexionó amargamente, era un nombre poco apropiado para la joven que había conocido casualmente hacía un mes en un bar del pueblo vecino, pues no tenía nada de tímida. A su edad. El sexo apenas era un imperativo..., al menos eso había pensado hasta su encuentro con Janice. Había ido al bar a tomar sólo un trago, y le resultó una sorpresa verse tonteando con una hembra atractiva. Del tonteo pasó a asuntos más serios. Cuando descubrió que Janice se dedicaba a eso, Ross simplemente se encogió de hombros y pagó. Adiós, Janice.
Dos semanas después fue «Hola, doctor».
Herpes. Eso era lo que la furcia le había contagiado. Sucia pécora. Ahora sufría, pero las llagas sanarían y habría períodos de mejora. Podría haber sido peor; al menos su estado no era fatal.
Sólo la guadaña era fatal. La guadaña, que se deslizaba en un arco de plata a través de la oscuridad de sus sueños.
La Muerte estaba de pie junto a su cama.
La guadaña se mecía distraídamente, pero conocía su propósito. La Muerte tendió el reloj, y Ross vio que los últimos granos de arena caían en la mitad inferior. Y ahora, a medida que la arena iba descendiendo, la guadaña se alzaba. De repente, la habitación oscura se volvió muy fría.
La Muerte sonrió.
-¡No! -Ross sacudió la cabeza-. Ahora no... ¡Dame otra oportunidad!
La sonrisa de la Muerte era fija, pero la guadaña osciló.
-¿Deseas renovar nuestro trato?
La voz que no era una voz se repitió en los oídos de Ross, y este asintió rápidamente.
-Por favor...
Las mandíbulas sonrientes se movieron.
-Según recuerdo, querías matar a alguien que mereciera morir. Pero no salió así, ¿no?
-Fue un accidente -tembló Ross-. Cometí un error.
-Un error que aún lamentas. -La Muerte hizo una pausa-. ¿Deseas volver a correr el riesgo?
-Confía en mí -susurró Ross.
-Es en tu conciencia en lo que no confío -dijo la Muerte-. ¿Estás seguro de que puedes hacerlo?
Ross miró el reloj que se iba vaciando. Luego contempló la guadaña alzarse, miró la hoja ancha y brillante. Si aquella hoja descendía, su brillo se volvería opaco, bañado con su propia sangre.
-¡Estoy seguro! -chilló Ross-. ¡Te lo prometo!
-De acuerdo.
La guadaña se retiró, el reloj dio la vuelta, y una vez más la mitad llena del globo doble quedó en la parte de arriba. Las arenas del tiempo tardarían un año en agotarse.
-Feliz cumpleaños.
La Muerte se dio la vuelta, aún sonriendo.
Y desapareció.


Después de todo, resultó un cumpleaños feliz, porque ahora Ross sabía lo que tenía que hacer.
Esta vez ya había decidido quién merecía morir: Janice, la puta que le había contagiado, que aún difundía la enfermedad entre las víctimas inocentes de sus corruptos encantos.
Una vez más, era simplemente cuestión de método.
Ross no conocía nada de Janice, aparte de su breve encuentro, pero, para tener éxito, el cazador debe estudiar primero la naturaleza de la bestia. Sólo después de haberse familiarizado con sus hábitos y hábitat puede acosar a su presa.
Así, Ross se dedicó a descubrirla, a acorralarla.
Volver a encontrarla en el bar no fue ningún problema. Pretender alegrarse por este segundo encuentro fue más difícil, y llevarlo hasta su lujuriosa conclusión fue casi imposible a la luz de lo que sabía. Pero Ross se las arregló.
Para Janice, en las semanas que siguieron, Ross fue solo uno de sus fulanos regulares, un cliente entrado en años que hacía pocas demandas a sus habilidades profesionales y del que siempre se podían sacar unos cuantos pavos rápidos. Chas-chas-gracias-señora.
Ella no llegó a darse cuenta de que era un cazador que estudiaba su presa, buscando un método para derribarla.
Ross ya sabía que poseía los medios para asegurar la muerte sin ningún fallo; su veneno no dejaría ninguna pista.
Pero ¿cómo usarlo? Los fans de Janice (si podían ser llamados así) no escribían cartas. No iban detrás de su autógrafo precisamente. Los pobres idiotas no se daban cuenta nunca de que les dejaba una firma de otro tipo, como había hecho con él. La sucia contagiadora merecía morir, y moriría.
El buen cazador es paciente, y la paciencia de Ross dio sus frutos. Cuando la visitó por tercera vez ya se había familiarizado lo suficiente con los hábitos de Janice para encontrar una solución.
Lo descubrió en el baño: la solución líquida del gel de baño que usaba. Y el pequeño frasco de plástico que lo contenía estaba casi vacío.
Durante el curso de su cuarto encuentro él se excuso y volvió a comprobar. Notó que sólo había gel para una aplicación más. Probablemente Janice se bañara cuando él se marchara. y ni ella ni nadie más detectaría la pequeña cantidad de líquido incoloro e inodoro que anadió al frasco. Con suerte, el veneno no haría efecto hasta pasados unos minutos, y entonces ya habría salido del baño y se estaría preparando para acostarse. Por supuesto, quedaba el problema del frasco, que posiblemente vaciaría y tiraría a la basura, pero era probable que nadie se diera cuenta. En cualquier caso, tenía que prepararse para aceptar aquel riesgo..., y así lo hizo.
Una vez más sufrió los tormentos de la espera. pero Janice no sufrió nada. A la semana siguiente, cuando regresó al bar, el camarero le dio la triste noticia.
El cuerpo de Janice había sido encontrado el día anterior, tendido en la cama, en su pequeño apartamento situado calle arriba. No tenía ninguna marca, a excepción de algunos herpes delatores; aparentemente había sufrido un ataque cardíaco y no parecía que fueran a practicarle la autopsia.
Esa era la mala noticia, y Ross se la tomó con bastante calma. Fue la noticia triste lo que realmente le sacudió.
Janice no había muerto sola. Lo que nadie sabía (y lo que Janice no mencionaba nunca) era que el segundo dormitorio del apartamento estaba ocupado por su hijo de seis meses. El bebé no había sido atendido durante los días que siguieron a la muerte de su madre, y había muerto de inanición.
Ross salió del bar anonadado. Se fue a casa pero no encontro paz allí. Aunque el camarero tuviera razón y no fuera a haber investigación, aunque la policía nunca llamara a su puerta, Ross no sintio ningún consuelo en su seguridad.
Su mision había tenido éxito, pero no se había detenido allí. No era ningún Ángel Vengador......era el asesino de un niño inocente.
El tormento interior se convirtió en agonía externa. No era el escozor de un herpes, sino el síntoma de una psique atormentada. Ross no podía trabajar, no podía leer ni descansar. Aún peor, no podía comer ni dormir. Cuando por fin llamó a un medico, estaba demasiado débil para andar. Terminó en el hospital con un gota a gota en el brazo y cuidados intensivos las veinticuatro horas. Le alimentaron a la fuerza, le llenaron de medicamentos hasta que por fin se recuperó.
Pero el médico estaba profunda y profesionalmente sorprendido.
-La verdad, no sé qué decirle -admitió-. Electrocardiogramas, escáners, todas esas pruebas de laboratorio y aún no hemos sacado nada en limpio. Excepto el herpes, claro, que va remitiendo. Si tuviera que aventurar un diagnóstico, diría que el problema es geriátrico.
-¿Y eso qué significa? -preguntó Ross.
-Va a cumplir usted sesenta y siete años. Según las estadísticas actuales, puede continuar sano durante una buena temporada. El problema es que el cuerpo humano no se rige siempre por las estadísticas. He visto casos de gente más joven que usted sacar un certificado médico y dos días después del examen... bingo. -El doctor trató de suavizar su aseveración con una sonrisa-. Supongo que todo se reduce al viejo dicho. Cuando llega tu hora, te tienes que ir.
-Pero no me siento viejo -murmuró Ross-. Sólo débil...
El doctor se encogió de hombros.
-Eso pasará. En cuanto recupere las fuerzas, es probable que se encuentre bien. Recuperará sus signos vitales. Pero a partir de ahora será mejor que se tome las cosas con calma. Le enviaré a casa una dieta estricta. no más alcohol, se acabó el fumar. Aparte de eso, lo único que puedo decirle es que se cuide.
Ross se miró al espejo cuando regreso a casa pero no le gustó lo que vio. Resultado de su crimen o de la enfermedad, la cara que le miraba era la de un anciano.
«Cuando llega tu hora, te tienes que ir.»
Si su aspecto le sorprendía, aún más le conmovieron sus otros cambios físicos. Aunque poco a poco ganó peso, aun no tenía la fuerza para enfrentarse con la rutina diaria. Las tareas de cocinar y limpiar la casa le dejaban exhausto, hasta el punto de que buscar placer se hizo inútil. Pasear se convirtió en una carga, subir las escaleras era como escalar el monte Everest.
¿Descansar? No aquí, ya no. «Cuando llega tu hora...»
Finalmente, fue.
Aunque su mente ponía obstáculos y su cuerpo se rebelaba, Ross se obligó a visitar las casas de descanso, de retiro, de convalecencia locales... Ninguna parecía realmente un hogar, y la mayoría eran simples almacenes donde apilar cuerpos cansados, bien fuera de pie, en sillas de ruedas, o en lechos de muerte.
Pero Ross no tenía miedo de morir; aunque había tomado una vida por error, su deuda con la Muerte estaba pagada durante meses. Y aunque su búsqueda era deprimente, continuó hasta encontrar un lugar que parecía confortable en comparación. Era con diferencia el más caro de todos, pero podría soportar los gastos extra después de vender la casa.
Ponerla en el mercado y venderla le ocupó más de lo que esperaba, y lo mismo pasó con el periodo de depósito que siguió. Incluso con el tiempo extra, Ross tenía las manos llenas. Vaciarlas era el problema auténtico; vaciarlas de todo lo que había acumulado durante años. Lo peor fue decir adiós a sus hijos, vendérselos a un librero que se los llevó en cajas de cartón que parecían ataúdes en miniatura. Ross se preguntó en qué tipo de ataúd habría sido enterrado el hijo de Janice, y luego descartó el pensamiento. «Olvida el pasado, deja que los muertos entierren a los muertos.» Tenía que encargarse de los anuncios, tratar con los compradores de muebles de segunda mano, vaciar la casa hasta que de ella sólo quedara un cubo vacío donde pasear mientras esperaba el fin.
«No, el fin no -se recordó Ross-. Esto es un nuevo principio.»
La Casa de Descanso de Sunset Cres resultó ser mejor de lo que había esperado. Localizada en los barrios residenciales de una ciudad cercana, el edificio era moderno y bien equipado. Había servicio de lavandería, y una línea de autobuses para ir de compras a la ciudad. Las comidas estaban preparadas decentemente, con dietas especiales para aquellos que las necesitaban. Su habitación era amplia, con un gran armario, baño privado, una cómoda cama y un balcón que daba al jardín.
Y lo mejor de todo, allí estaba Sheila.
Sheila era una de las tres enfermeras residentes. Alta, delgada, con pelo castaño y ojos azules, debía rondar los cincuenta años, pero no aparentaba esa edad. Ya que estaba asignada a su planta, Ross la veía muy a menudo, y lo que veía le gustaba.
Para su sorpresa, ella le había identificado como escritor, e incluso dijo haber leído algunos de sus libros. Cierto o falso, se sintió adulado por su reconocimiento y complacido por su presencia. Gradualmente, la reticencia profesional de Sheila remitió y llegó a saber más cosas de ella. De joven había trabajado en un hospital importante, y luego lo había dejado para casarse, al parecer, felizmente. Tres años antes, despues de la muerte de su marido, regresó a su oficio de enfermera. Llevaba bien su viudedad, pero al ir trabando amistad con él Sheila le confesó que a veces echaba de menos la intimidad y las tareas domésticas de su casa. Ross pudo entenderlo fácilmente, pues también añoraba su hogar.
Lo que más le molestaba eia su contacto diario con los otros residentes a la hora de comer, en la sala de recreo, los pasillos o los jardines. 
Ross no podía entablar amistad con los otros residentes. No le gustaba la forma en que sus mentes se centraban en el pasado, o cómo trataban sus cuerpos con el presente. Le irritaba el castañeteo de los dientes postizos, el temblequeo de las piernas envejecidas, el continuo contrapunto de toses y gargantas aclaradas. Le molestaba ver sus muletas y sillas de ruedas, le deprimía ver cómo algunas caras familiares desaparecían dentro de habitaciones oscuras equipadas con tanques de oxígeno y camas de hospital.
Hacía todo lo posible para no pensar en aquellas cosas..., cancer, colapsos, ataques cardíacos, la enfermedad de Alzheimer. No importaba lo que le dijera el espejo, Ross no se sentía viejo. En realidad, desde que había conocido a Sheila, le parecía sentirse más joven. ¿No le habia dicho el médico que si se cuidaba podría vivir muchos años?
Tenía un futuro por delante y no necesitaba pasarlo aquí. Tal vez no podría vivir en otra casa, pero había apartamentos en la zona. Y Sheila había dicho que añoraba tener un hogar propio. Podría levantar un hogar para ella, un hogar para él.
Lo pensó una noche mientras estaba tendido en la cama y miraba el techo a oscuras. Su vida no había acabado. Después de todo. aún no tenía setenta años..., ahora que lo pensaba, mañana cumpliría sesenta y ocho.
-¿Habra un mañana?
Escuchó la pregunta con escalofriante claridad. Sólo que no la había formulado él, y el escalofrío que le apretaba entre sus gélidos dedos estaba realmente presente en la habitación. Sus ojos se dirigieron rápidamente al pie de la cama y a la figura fosforescente que allí había.
La Muerte saludó, sonriente, y alzó el reloj de arena que tenía ya casi vacía la mitad superior.
Pero fue la guadaña lo que observó Ross..la guadaña, alzada en un arco inexorable y cuya hoja desnuda cayó despues rápidamente para amenazar su garganta.
-¡Deténte! -chilló.
La guadaña osciló.
-¿Otro año? -susurró la Muerte.
-Sí -asintió Ross ansiosamente-. Otro año.
Pero la guadaña no se retiró; permaneció alzada, afilada y brillante, dispuesta a completar su trabajo.
-Ya conoces el precio -murmuró la Muerte.
-Lo pagaré...,puedes estar segura.
-¿Sí?
La guadaña permaneció en el aire, tan cerca que incluso en las sombras Ross pudo distinguir las manchas oscuras por sus filos, las gotas resecas que ensuciaban la superficie de la hoja.
La Muerte fijó en él su mirada sin ojos.
-¿Cómo lo sabes? ¿Ya has seleccionado a tu siguiente víctima?
-¡No uses esa palabra! Esta vez no cometeré ningún error. No sufrirá ningun inocente.
La Muerte se encogió de hombros.
-Pero ¿quién es inocente? Todos deben morir, tarde o temprano. -La guadaña volvió a avanzar-. No puedo confiar en ti para que sigas siendo juez y jurado. Sólo hay una ley..., una vida por otra vida.
La hoja cayó.
-¡Por favor! -chilló Ross-. ¡Tendras tu vida, lo juro!
La hoja se retiró. Pero Ross no dejó de temblar hasta que la zarpa huesuda de la Muerte agarró el reloj y le dio la vuelta.
-Rápido -murmuró la Muerte-. Tienes que hacerlo rápido.
Su voz sólo resultó audible al oído interno de Ross; por fuera, fue tan silenciosa como las arenas cambiantes. Y ahora voz y visión se difuminaron, perdidas en las profundidades del sueño.


Aquella noche Ross durmió como un muerto, pero la mañana siguiente estaba vivo, disfrutando de la brillante promesa de los días por venir. La Muerte había desaparecido durante otro año, dejando sólo el eco débil y fantasmal de su despedida.
«Rápido.»
Pero ¿cómo podía obedecer? Ross sopesó el problema mientras se afeitaba y se vestía. Los recuerdos de sus errores anteriores regresaron y permanecieron con él mientras corría al patio. Sentado en el jardín, contempló la calle que había más allá, lleno de deseos de ser parte de la vida que allí había una vez más.
Un coche pasó velozmente, ajeno a su presencia. De alguna manera, los coches siempre parecían acelerar cuando pasaban junto a los hospitales, sanatorios o lugares como éste. Nadie quería recordar qué había dentro. La vida es para los vivos. «Que pase un buen día.»
El día de Ross no mejoró hasta que regresó a su habitación aquella tarde. Para su sorpresa, había recibido correspondencia: un solo sobre, pero no el de costumbre. Generalmente no recibía nada más que el cheque mensual de su pensión y algún que otro concurso publicitario que acababa en la papelera. Ross estaba anonadado; aparte de los vendedores por correo, ¿quién se preocupaba por él?
Sheila.
De alguna manera se había enterado de la fecha de su cumpleaños y le había enviado una postal. Sheila se preocupaba. 
Oscureció, pero para Ross el mundo era otra vez brillante. Sheila se preocupaba, y él también.
Aquella noche, cuando ella le miró, le contó cómo se sentía y lo que esperaba del futuro.
-Nuestro futuro -dijo-. Juntos.
Ross esperó su respuesta, confiando en que aceptara y parapetándose contra una negativa. Pero Sheila guardó silencio y no hubo contestación en sus ojos.
-¿No lo comprendes? -murmuró él-. Te estoy pidiendo que te cases conmigo.
Ella suspiró.
-Claro. El síndrome de la última enfermera.
Ross la miró y Sheila asintió.
-Es así como lo llaman los abogados. Un hombre mayor, solterón o viudo, cae enfermo y una enfermera le atiende. Cuando se recupera, se le declara lleno de gratitud.
-No es sólo gratitud.
Ross le cogió la mano, buscando su calidez y suavidad.
La calidez se convirtió en calor, la suavidad se afirmó en respuesta. Luego ya la tuvo entre los brazos y fue fácil hablar, exponer sus planes.
Sheila escuchó, sonriente, con los ojos brillantes.
-Parece magnífico, de verdad, pero tienes que darme una oportunidad para pensar. No podemos salir de aquí mañana, ya sabes. Tenemos que ser prácticos. asegurarnos de que tenemos suficiente para vivir, encontrar un apartamento, amueblarlo. Hay un millón de cosas de las que encargarse. Y tengo que anunciarlo.
-¡Entonces, hazlo! -dijo Ross-. Ahora. Rápido.
Cuando ella se marchó. su alegría permaneció empañada simplemente por una sola sombra..., ¿o era otra vez un eco?
«Rápido. -Las palabras de la Muerte-. Tienes que hacerlo rápido.»
Esa noche intentó reflexionar sobre el significado de aquella frase, a pensar en lo impensable.
Y por primera vez desde su llegada busco en el maletín que tenía guardado en el armario. Según todas las apariencias estaba vacío; sólo él sabía de la existencia del bolsillo oculto en su base. En su interior se encontraba el pequeño frasco de cristal con la poción de veneno definitiva. Al menos, así lo había pensado al empaquetar: una poción reservada para él mismo en caso de que la vida en este sitio se volviera insoportable.
Pero la vida ya no era insoportable y no necesitaba malgastarla aquí. Lo que significaba que la poción sería ahora definitiva para alguien más. 
Ross contempló el incoloro contenido del frasco girando silenciosamente. Luego lo apartó y el movimiento cesó. Ahora sólo giraban sus pensamientos; pensamientos venenosos que no podían ser contenidos mucho tiempo.
Reflexionó durante toda la noche. Tenía que hacerlo rápido..., pero ¿a quién?
No tenía ningún enemigo aquí. Y la amarga experiencia le había enseñado que la venganza era inútil. Ross recordó su resolución: no sufriría ningún inocente.
«Pero ¿quién es inocente? -Otra vez las palabras de la Muerte-. Todos deben morir tarde o temprano. Una vida por otra vida.»
Preguntas en la oscuridad, a la espera de una respuesta. Luego, poco antes del amanecer, Ross oyó su propia voz susurrando un nombre:
-La señora Endicott.
Aquí tenía su respuesta. La señora Endicott era la residente más vieja del hogar. Noventa y tres años, ciega y postrada en cama; nunca salía de su habitación, pero todos la conocían. La pura longevidad la había convertido en una institución dentro de la institución: «Imagina, lleva aquí más de veinte años y aún aguanta. Hay que reconocer que tiene ganas de vivir».
Ross sonrió ante la idea. ¿No se daban los idiotas cuenta de la verdad? ¿No podían al menos imaginar lo que tenía que ser estar postrado ciego e indefenso un año tras otro? Nadie tenía deseos de vivir en tal estado; simplemente, el pobre cuerpo ciego rehusaba obedecer la voluntad de morir. «Hay que reconocerlo», decían. Bien, él lo reconocería. Le daría la liberación que ansiaba. No sería asesinato. Sería eutanasia, un acto de piedad.
Ross se despertó el sábado por la mañana extrañamente fresco a pesar de su falta de sueño. Ahora sabía lo que tenía que hacer; aún mejor, sabía que quería hacerlo. El resto era cuestión de forma y medios.
El sábado era el día libre de Sheila, lo que hacía las cosas todavía más fáciles. Ella se detuvo en su habitación antes de marcharse y le dijo que iba a la ciudad a consultar con algunos agentes de la propiedad.
-No te preocupes, voy a insistir hasta que encuentre el lugar apropiado. En caso de que regrese tarde, te veré por la mañana. Oh. querido. estoy tan excitada...
Su sonrisa y su abrazo le dijeron más que sus palabras. y Ross se alegró cuando se marchó.
En cuanto a él, se puso a trabajar.
Hizo preguntas; preguntas cuidadosas, casuales, indiferentes. La habitación de la señora Endicott era la 409, a mitad del pasillo, a la izquierda, en su misma planta. Le servían de comer a las horas regulares; los miembros del personal le echaban un vistazo a intervalos durante el día. A las nueve apagaban las luces (aunque aquello no creaba ninguna diferencia para la pobre anciana). Comprobaban su estado cada tres horas por la noche, inspecciones de rutina a cargo de quien estuviera de guardia al otro extremo del pasillo. Esta noche, el enfermero a cargo era Bill Hawthorne, un joven muy amable aunque algo perezoso. Tendía a pasar parte del tiempo entre sus rondas sentado en su mesa leyendo cómics. «Tanto mejor -pensó Ross-. Sea paciente, señora Endicott. La ayuda viene de camino.»
Fue él quien tuvo que ser paciente a medida que el día se arrastraba. Al atardecer, estaba realmente tenso. Sheila no había regresado y las horas finales parecían interminables.
La primera ronda tenía lugar a medianoche. Cuando Hawthorne echó un vistazo en su habitación, Ross estaba tapado, aparentemente dormido. Pero momentos más tarde, después de que Hawthorne cerrara la puerta, Ross se puso en pie y se abrió camino en la oscuridad hasta el armario. Tras procurarse el frasco y llevárselo a la cama, esperó. Dentro de media hora Bill Hawthorne habría regresado a su mesa en el cuarto situado al otro extremo del corredor. Desde allí, el enfermero no podía ver el pasillo y sólo el sonido le haría investigar su fuente.
Pero no habría sonidos.
Ross abrió la puerta en silencio a las doce y media. No hizo ningún ruido al dirigirse lentamente hacia la izquierda. Hawthorne no podía oír los latidos de su corazón.
En silencio, llegó a la habitación 409. En silencio, abrió la puerta. En silencio, entró, cerró la puerta tras él y camino de puntillas hasta la cama.
Al principio sólo vio una silueta difusa acurrucada entre las mantas. Gradualmente, sus ojos se fueron acostumbrando a la oscuridad. La habitación era fría y olía débilmente a desinfectante mezclado con otro olor, el olor de la edad. Ross vio que emanaba de la boca medio abierta de la anciana cuando observó la arrugada ruina que era su cara, los mechones de pelo blanco que la enmarcaban. No dormía, pues tenía los ojos ciegos abiertos en una mirada sin vista.
En cierto sentido, la blancura lechosa de las cataratas que cubrían sus pupilas le confirmaron en sus conclusiones; se encontraba ante alguien que agradecería su promesa de alivio, aunque nunca supiera quién se lo había concedido. Ross supo lo que tenía que hacer.
Se identificaría como el doctor Morgan, el nuevo médico residente, que habia venido a darle un sedante. Todo lo que necesitaba hacer era verter el contenido del frasco en el vaso de agua que había sobre la mesilla de noche y ayudarla a llevárselo a los labios.
-¿Señora Endicott? -dijo en voz baja.
No hubo respuesta. Ross se recordó que era muy probable que con noventa y tres. años no oyera bien, y se acercó más.
-Señora Endicott.
Seguía sin haber respuesta. Suavemente, bajó la mano y la colocó sobre la frente huesuda. La frente fría, la frente helada que se dobló con su contacto mientras la cara giraba sobre la almohada y la boca se abría. No brotó ninguna respiración de aquellos labios, sólo un olor delator, y entonces lo supo.
La señora Endicott estaba muerta.


De alguna manera se las arregló para dar la vuelta, marcharse, reemprender sus pasos por el pasillo hasta llegar a la seguridad de su habitación. Allí, cesó su control y se hundió en la cama, sosteniendo aún el frasco inútil que había llevado en su inútil mision. El frasco resbaló de sus dedos temblorosos mientras se estremecía en silencio y cerraba los ojos llenos de desesperación.
Cuando volvió a abrirlos, tenía un visitante.
La desesperación dio paso al horror, pero esta vez Ross supo que no estaba soñando. La descarnada figura a los pies de su cama era bastante real.... eso. o se había vuelto loco. Cerró los ojos una vez más, deseando que su mente y su visión se aclararan.
Pero cuando abrió los ojos la figura seguía allí; se había acercado, y ahora se encontraba a la vera de su cama.
-¡Tú! -susurró Ross.
La calavera asintió levemente.
-¿Qué estás haciendo aquí?
-Tenía una cita pasillo abajo.
Ross notó la burla en la respuesta, en la sonrisa espectral.
-Sabías lo que iba a hacer -murmuró-. Podrías haber esperado.
-Había llegado su hora.
-¡Me engañaste!
-Yo no engaño -dijo la Muerte-. Recuerda, te advertí que actuases con rapidez. Pero lo hecho, hecho está.
-Entonces, ¿por qué estas aquí?
La Muerte se encogió de hombros.
-Creía que ya conocías la respuesta.
La calavera se acercaba. Ross pudo ver los manchones de moho verdoso pudriéndose en los amarillentos bordes craneanos. Pudo ver el filo manchado de sangre de la guadaña directamente encima de él, el reloj junto a su pecho. La mitad superior aún estaba llena de arena. 
Ross negó con la cabeza.
-¡Todavía no es el momento!
-Quien decide soy yo -le dijo la Muerte-. Tu tiempo se cumplió.
-Pero hicimos un trato...
-Un trato que no pudiste cumplir. No me arriesgaré a que cometas más fallos.
-¡No fallaré! -Las palabras surgieron atropelladamente-. Dame una oportunidad y lo demostraré. Elige tú..., no me importa quién sea la víctima mientras yo siga vivo.
-¿Lo dices en serio?
-Lo prometo. Dime a quién quieres que mate. Sólo dame el nombre.
-Muy bien -asintió la Muerte-. El nombre es Sheila.
-¡Oh,no! Sheila no..., no puedo...
La calavera, sonriente, se acercó más.
-¿Ves? Tu promesa no tiene valor. -La muerte alzó la guadaña-. ¡Ni tú tampoco!
Súbitamente, la hoja bajó, buscando la garganta de Ross.
Aterrado, Ross echó la cabeza a un lado mientras la guadaña descendía y se hundía en la almohada a sólo una pulgada de su cuello. El instinto le hizo levantar las manos y agarrar la huesuda muñeca de la Muerte, que luchaba por liberar la hoja. Desesperado, Ross afianzó su presa, retorciendo con todas sus fuerzas hasta que los huesos crujieron bajo la presión.
Entonces la Muerte soltó su tenaza y la guadaña quedó libre. Mientras caía, Ross soltó las manos y cerró los dedos en torno al mango del arma.
Al agarrarla, sintió una repentina descarga de fuerza que le recorría el brazo. El poder estaba en la guadaña, y él la poseía ahora.
La voz sin sonido de la Muerte dejó escapar una queja.
-¡Devuélvemela!
Ross sacudió la cabeza.
-No. Ahora es mía.
-Pero no tienes derecho...
-Éste es mi derecho.
Ross blandió la guadaña. La figura esquelética se retiró y susurró en silencio.
-Idiota... ¿Crees de verdad que podrás burlarme tan fácilmente?
-¡Pero te he burlado! -exclamó Ross.
Se levantó de la cama y blandió el arma. La Muerte cayó al suelo.
Las mandíbulas de la Muerte se abrieron y se cerraron convulsivamente.
-¡Devuélveme mi guadaña!
El poder que Ross poseía aumentó en su brazo y en su voz. Avanzó, gritando:
-¡No! ¡Márchate!
La forma esquelética se encogió, apretando fuertemente el reloj de arena contra su huesudo pecho. Una vez más Ross descargó un golpe, pero la hoja no alcanzó su blanco.
Durante un momento se hizo el silencio. Entonces la calavera se meneó y sus dientes podridos se abrieron en ronca respuesta.
-Te lo advierto. Nadie burla a la Muerte.
Ross sacudió la cabeza.
-¡Yo soy la Muerte ahora!
Ross alzó la guadaña, golpeó el aire vacío y luego parpadeó. La figura se había marchado.
Parpadeó de nuevo, abriendo mucho los ojos. ¿O simplemente los abría por primera vez? ¿Había andado y hablado en sueños otra vez? ¿Era otro sueño?
Entonces miró lo que tenía en la mano. La Muerte había desaparecido pero la guadaña permanecía, y era real. El arma de la Muerte estaba allí. El poder irradiaba de la hoja manchada de sangre. Era su poder, ahora.
Mientras la contemplaba, el alivio dio paso a la aprensión. Ross no quería tal poder. Todo lo que pretendía era salvarse, pero nunca podría representar el papel de la Segadora, nunca podría empuñar la guadaña. Su poder era inútil.
¿O no?
Mientras poseyera el arma, la Muerte no podría golpear a sus víctimas; había sido vencida. Durante un instante Ross sintió el calor de aquella idea, pero luego el calor dio paso a una oleada de frío miedo.
Miró otra vez la hoja. ¿Y si la Muerte regresaba a reclamar la guadaña mientras dormía? Ross no podría permanecer despierto eternamente, no podía guardarla día y noche. ¿Y qué pasaría si otros veían el arma? ¿Cómo podría explicar su presencia?
Sólo había una respuesta. Tenía que esconderla. Esconderla de los otros. Esconderla de la Muerte.
Ross miro el reloj. Las dos y diez. Dentro de menos de una hora el enfermero volvería a hacer su ronda. Hiciera lo que hiciese, tenía que ser pronto.
Agarrando el mango de la guadaña, se dirigió hacia la puerta, la abrió, se asomó al pasillo desierto. El enfermero estaría sentado ante su mesa en la alcoba al fondo del pasillo, a la derecha, y no había manera de pasar por delante de él sin que se diera cuenta. Pero a la izquierda el pasillo terminaba en una escalera trasera.
Se dirigió hacia allí de puntillas, bajó en silencio hasta la planta baja y se encaminó a la puerta que daba a los patios exteriores.
Al fondo de los patios estaba el jardín, y en el jardín florecían las rosas, con los pétalos cerrados como protección contra la noche.
Ross inhaló su aroma en la oscuridad mientras se acercaba. se arrodilló y luego cavó con la guadaña en la arena húmeda. Cavó profundamente, hasta que el hoyo fue lo suficientemente grande. Inspirando con fuerza, partió el mango del arma contra su rodilla. La madera cedió bajo el impacto. Sus dedos encontraron una roca. La alzó y golpeó la hoja de la guadaña, hasta que el metal se retorció y se curvó, y luego la hizo pedazos. Recogiendo los fragmentos, los arrojó al profundo hoyo. Tras cubrirlo con arena, alisó el suelo con los pies para que no se notara nada.
Jadeando, Ross se puso en pie. Se había acabado. Ni siquiera la Muerte sabría que era aquí donde había sido enterrada su arma. Y aunque la encontrara no tendría importancia, porque la guadaña había sido destruida.
Cruzó de vuelta el jardín, aliviado. Al subir la escalera y regresar en silencio a su habitación, Ross sintio la posesión de un poder aun mayor que el de la guadaña que había robado. Nadie podría detenerle ahora. Mañana, cuando viera a Sheila, llevarían a cabo sus planes, encontrarían su futuro.
Cansado, pero triunfante, Ross se hundió en la cama. Miró la oscuridad pero ya no la temía. No tenía necesidad de temerla, pues la Torva Segadora ya no era tal. La Reina de los Terrores había sido destronada.
Ross advirtió que se había equivocado en considerar a la Muerte como una niña... Tal vez la verdad era que la Muerte era vieja. Arrancarle la guadaña de las manos había sido sorprendentemente fácil, pues los viejos no pueden ofrecer resistencia. Esconder el arma había sido también fácil, pues la sabiduría se oscurece con la edad.
«Nadie burla a la Muerte.»
Ross sonrió ante el recuerdo de la amenaza, pues también era débil. El paso de incontables siglos había tomado su precio; el único poder de la Muerte residía en su guadaña, y ahora el poder había sido roto y enterrado.
Había otra posibilidad que Ross, ahora que pensaba con claridad, no descontaba del todo. Tal vez su visión de la Muerte había sido un sueño después de todo; un sueño recurrente nacido de su viva imaginación. Tal vez todo era parte de una ilusión nocturna; incluso su viaje al jardín podría ser fruto de alguna fuga sonambulística en la que había roto y enterrado algo que no existía. Pero fuera cual fuese la verdad, ahora estaba libre de ella para siempre. Fuera pesadilla o realidad. La guadaña nunca volvería a golpear, y por fin estaba a salvo.
Todavía sonriendo, Ross se sumergió en el sueño.


Poco despues, el enfermero hizo su ronda y entró en la habitación. Sonreía también, pero no por mucho tiempo. Lo que vio le hizo salir tambaleándose al pasillo, llamar a los otros a gritos. Acudieron a mirar e investigar, pero no descubrieron evidencia alguna de que ningun intruso hubiera forzado la entrada.
Lo que encontraron y nunca pudieron explicar fueron los fragmentos rotos de un reloj de arena en el suelo, junto a la cama. Y a Ross, tendido muerto en ella, con la boca abierta de par en par y la garganta llena de arena.

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