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Literatura de Terror. Ahora bien, si lo que se busca son textos que caen en el género del horror, una estupenda opción es el sitio El espejo gótico. La colección de novelas, cuentos y autores en este sitio es basta además de bien ...Literatura
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El Espejo Gotico
Autores:
El cuento de terror (también conocido como cuento de horror o cuento de miedo, y en ciertos países de Sudamérica, cuento de suspenso), considerado en sentido estricto, es toda aquella composición literaria breve, generalmente de corte fantástico,
cuyo principal objetivo parece ser provocar el escalofrío, la inquietud o el desasosiego
en el lector, definición que no excluye en el autor otras pretensiones artísticas y literarias.
Un cuento de terror sería, por tanto, un relato literario y no oral, ya que, si bien existe
una amplia y antiquísima tradición de cuentos con dichos contenidos,
probablemente por tratarse de relatos transmitidos de boca en boca,
nunca han recibido otra denominación que la de “cuentos” o “leyendas”
a secas. Ni siquiera cuentos infantiles, aunque de índole terrorífica
(e inscritos en la tradición oral en su día), como
La Cenicienta, de
reciben la denominación de “cuentos de terror”, que parece haber sido acuñada
expresamente para las obras mayores del género aparecidas entre los
siglos XIX y XX.
La definición más amplia confunde, sin embargo, en muchos casos
el cuento de terror (más bien el cuento de miedo) con el “cuento”
tradicional. Se conocen cuentos de miedo desde siempre, desde
la más remota antigüedad: «El cuento de horror es tan antiguo como
el pensamiento y el habla humanos». (H. P. Lovecraft). Este tipo de
historias o leyendas se alimenta primordialmente de los diversos
miedos "naturales" del hombre: la muerte, las enfermedades y epidemias,
crímenes y desgracias de todo tipo, catástrofes naturales... Relatado
por los viejos del lugar al amor del fuego en noches propicias, el cuento
de miedo es elemento típico del folklore de los pueblos, y ha sido una
de las primeras formas culturales de la humanidad, tan antigua, sin duda,
como la épica, la magia y la religión, de las cuales igualmente se nutría.
Pensemos en los dioses y demonios, los buenos y malos espíritus,
los monstruos, leviatanes, magos y adivinos que, a través de los
mitos, leyendas, epopeyas y epopeyas mitológicas, han asustado
al hombre a lo largo de toda la Antigüedad, en culturas tan dispares
como las de la India, Japón, Mesopotamia, América del Sur, Grecia,
pueblos nórdicos y celtas...
En la literatura de la Grecia clásica, por ejemplo, encontramos elementos que diríase ya prefiguran algunos aspectos del relato de terror.
El último canto de la Ilíada, que trata sobre el rescate del cadáver de Héctor, está impregnado de una atmósfera casi sobrenatural, se comporta como un espectro poderoso, omnipresente y protector.
En la parte central de la Odisea nos adentramos en un mundo y en una geografía imaginarios, a veces fantasmagóricos, con amenazas
tales como la de la diosa Circe (cuya descripción coincide con la de las brujas arquetípicas de toda la literatura posterior), y monstruos especial atención a los tabúes de todo tipo, procedentes de todas las partes del mundo y de todas las épocas. Uno de los mitos más
antiguos en este sentido es el que Fraser llama alma externada,
vinculado con la muerte y la resurrección.
Fábulas de esta clase están difundidas extensamente en el mundo, y del número y la variedad de incidentes y detalles de que está
revestida la idea principal podemos deducir que la idea de un
alma externada es una de las que han tenido más fuerte arraigo
en la mentalidad de los hombres en una etapa histórica primitiva.
Los cuentos populares son un fidedigno reflejo del mundo tal
como apareció ante la mente primitiva y podemos estar seguros
de que una idea que se encuentre corrientemente en ellos, por
absurda que nos parezca, debió ser alguna vez artículo de fe
corriente. Esta convicción, en lo que se refiere al supuesto poder
de separar el alma del cuerpo por un tiempo más o menos largo,
se corrobora ampliamente por una comparación de los cuentos
populares en cuestión con las creencias y prácticas actuales de los salvajes.
La rama dorada, de J. G. Frazer
En el cuento de miedo popular se entrecomilla de alguna manera al Mal, buscando atemorizar con él a las buenas gentes, a fin de exorcizarlo,
o quizá sólo por advertir de sus peligros. Así, el cuento de miedo
llega en muchos aspectos a confundirse en la forma y en el fondo
con las citadas expresiones originales del espíritu colectivo
(¿no supone la propia Biblia un buen muestrario de relatos terroríficos?), cosa que no es de extrañar, dados los resortes anímicos tan sutiles
que suelen remover en el lector o en la audiencia sus espinosos contenidos.
Tanto si se elevaban por los aires sobre escobas como sobre
machos cabríos, el volar podía ser peligroso para las brujas...,
ya que el tañido de la campana de una iglesia podía derribar
su aéreo vehículo. Una bruja llamada Lucrezia fue quemada
después de confesar que, cuando regresaba del sabbat,
su demonio la arrojó sin contemplaciones al oír el toque
del Angelus
En la Edad Media las crónicas y anales oficiales y oficiosos aparecen salpicados de todo tipo de datos, supersticiones y
En todos los países se ha asustado siempre a los niños
con los demoniosindígenas respectivos, y más en concreto en los de habla hispana, con las distintas variantes de El Coco, igualmente multitud de fábulas y narraciones orales y escritas, largas y cortas, unas tirando a lo didáctico y benévolo y otras
directamente a lo terrible; historias genuinas y deformadas
en infinitas versiones, y dirigidas a un público en el que
no se diferenciaban las edades.
Historia de la brujería, de Frank Donovan
En relación con la derivación literaria del terror popular,
«horror homeopático»:
Entonces, ¿cuál es el motivo —en estos días en que una solitaria casa de campo probablemente está equipada
con luz eléctrica, radio y teléfono— de nuestro regreso
a esos cuentos anticuados? Bastan, creo dos razones:
primera, la añoranza de místicas experiencias que siempre
parecen manifestarse durante períodos de confusión social,
cuando el progreso político está bloqueado: tan pronto
como sentimos que nuestro mundo propio nos ha fallado,
tratamos de encontrar evidencias de otros mundos; segunda,
el instinto de inocularnos contra el pánico de los horrores
reales desatados en la tierra —Gestapo y G.P.U.,
ataques de tanques y bombardeos aéreos, casas
equipadas con trampas— por medio de inyecciones
de horror imaginario, lo cual nos tranquiliza con la pasajera
ilusión de que las fuerzas del crimen y la locura puedan
ser domadas y obligadas a proveernos con un simple
entrenimiento dramático. Hasta tratamos de hacerlas
agradables y divertidas, como en Arsénico por compasión,
que difícilmente hubiera podido hacerse popular o siquiera
ponerse en escena durante cualquier otro periodo de nuestra
historia.
De Un tratado sobre cuentos de horror (1944)
Sobre este terror literario (y ciñéndonos en todo momento a la literatura occidental),
difícilmente se entiende el hecho de que, pese a tratarse de una modalidad con
tan venerables precedentes y que ha contado entre sus cultivadores con algunos
épocas, hoy en día se trate al objeto de este artículo con una cierta distancia,
sin duda despectiva, como vulgar literatura “de género”, fenómeno debido tal
vez a las connotaciones negativas adquiridas por el contacto, en los últimos
años, con cierto tipo de cine y otras manifestaciones audiovisuales de baja
calidad y peor gusto (el subgénero conocido como gore, de origen anglosajón).
Dejando aparte las fuentes tradicionales, nutridas de la cultura y
la historia de los pueblos, el cuento de terror literario trata de
vérselas y hacerse eco de esos espantos mucho más personales
que nos persiguen y agobian a través de las pesadillas.
Un cuento de terror no supone, en realidad, más que un intento de recrear
con fines catárticos (si bien no falta quien afirme que sádicos) tales
mundos oníricos, con todo lo de estrambótico y siniestro que contienen,
aunque acatando siempre unas determinadas reglas. Sólo hay una
salvedad: al final, llegada la necesidad, no le asiste a uno el recurso
de despertarse.
Como producto artístico, el cuento de miedo se ve constreñido, pues,
en el prólogo a la Antología de la literatura fantástica, cita leyes
generales, por un lado, y especiales (para cada cuento específico),
por otro, pero son tres los elementos o exigencias fundamentales
que se admiten comúnmente como requisitos a cumplir. En
primer lugar, ha de verificarse un cuidado muy especial en el diseño
del clima, la "atmósfera" que rodea los siniestros acontecimientos de marras, aspecto este en el cual los grandes autores se evidencian a
menudo como auténticos virtuosos. «La atmósfera es siempre el elemento
más importante, por cuanto el criterio final de la autenticidad no reside
en urdir la trama, sino en la creación de una impresión determinada.»
(Lovecraft, op. cit.)
El cuentista suele asimismo trabajar con gran detalle el desarrollo
narrativo, la gradación de efectos, es decir, la estructura secuencial
de la historia, de manera que contribuya en todo lo posible a la
(tan apreciada o más que la propia originalidad por Poe);
lo que se pretende suscitar en el lector es el miedo, y está de sobra
demostrado que a tal efecto prima una mecánica lenta y gradual.
En el cuento propiamente dicho —donde no hay espacio
para desarrollar caracteres o para una gran profusión y
variedad incidental—, la mera construcción se requiere
mucho más imperiosamente que en la novela. En esta última,
una trama defectuosa puede escapar a la observación, cosa
que jamás ocurrirá en un cuento. Empero, la mayoría de
nuestros cuentistas desdeña la distinción. Parecen empezar
sus relatos sin saber cómo van a terminar; y, por lo general,
sus finales —como otros tantos gobiernos de Trínculo—,
parecen haber olvidado sus comienzos.
de Marginalia, por Edgar A. Poe
Todo cuento de terror, finalmente, como se ha dicho, resulta
en un pequeño tratado sobre el Mal en alguno de sus infinitos rostros
y formas, por lo que, en principio, conviene obviar toda otra consideración,
moralista o sensible, a la hora de abordar su ejecución o su lectura.
Bioy Casares, aunque refiriéndose a la literatura fantástica, añade
otro factor de obviedad fundamental: la "sorpresa", que, además
de argumental, puede ser verbal (por la terminología utilizada), e
incluso de puntuación.
Los auténticos cuentos macabros cuentan con algo más que un misterioso asesino, unos huesos ensangrentados o unos
espectros agitando sus cadenas según la vieja regla.
Pues debe respirarse en ellos una determinada atmósfera
de expectación e inexplicable temor ante lo ignoto y el más
allá; han de estar presentes unas fuerzas desconocidas (...)
la maligna y específica suspensión o la derrota de las leyes
desde siempre vigentes de la Naturaleza, que representan
nuestra única salvaguardia contra los asaltos del caos y
los demonios del espacio insondable.
El horror sobrenatural en la literatura, de H. P. Lovecraft
En Lovecraft parece haberse inspirado para su definición el médico
, hoy por hoy, más importantes antologías aparecidas en lengua
castellana (Los Mitos de Cthulhu, Antología de cuentos de terror...):
Lo que caracteriza al verdadero cuento de miedo es la aparición de un elemento sobrenatural e inexplicable,
totalmente irreductible al universo conocido, que rompe
los esquemas conceptuales vigentes e insinúa la existencia
de leyes y dimensiones que no podemos ni intentar comprender,
so pena de sufrir graves cortocircuitos cerebrales.
Prólogo de Los mitos de Cthulhu
He aquí una referencia clara al cuento de terror literario,
aunque parece más bien restringirse al modelo y espíritu del
propio Lovecraft. Pero lo que habría que destacar sin duda es Llopis, por otra parte, hace oscilar el género de la novela larga al relato
breve, de lo irreal al realismo, del realismo al onirismo, del cuento
al informe técnico, del informe técnico a la ciencia-ficción, de ésta
al misticismo, etc., en sucesivas oleadas.
más exigente del arte literario».
Los compiladores Michael Cox y R. A. Gilbert (Historias de fantasmas
de la literatura inglesa, Edhasa), acerca de esta misma variedad,
sostienen que
Los protagonistas fantasmales deben actuar con intencionalidad; sus acciones, o las consecuencias de las mismas, deben constituir
el tema central del relato, en lugar de las acciones de los vivos.
Y, lo más importante, todo fantasma, sea humano, animal o
cadáver reanimado, debe estar indiscutiblemente muerto.
Prólogo de Historias de fantasmas de la literatura inglesa
entre otras contribuciones, de la antología The dark descent,
traducido como El gran libro del terror por Ed. Martínez Roca)
afirma que al final de un cuento de terror, el lector se queda
con una nueva percepción de la naturaleza de la realidad, y
divide la literatura de terror en tres corrientes: 1. La alegoría
moral (relatos sobrenaturales). 2. La metáfora psicológica
(psicopatologías varias), y 3. Lo fantástico (la moderna
mezcla de ambas).
(Teoría y técnica del cuento) se queja de las clasificaciones
habituales:
Algunas clasificaciones son demasiado abstractas. Roger Caillois ha propuesto que se prepare una tabla teórica y
de ahí se deduzcan y prevean los temas actuales y posibles,
de la misma manera que de la tabla de propiedades
químicas de Mendeliev se pudieron predecir elementos
hasta entonces desconocidos. Otras clasificaciones son
demasiado concretas. Enumeran todas las variantes temáticas
que les vienen a las mientes. Si en la tabla general se habla de
"seres inexistentes", en la enumeración concreta se habla de
dioses, ángeles, hadas, duendes, gigantes, monstruos,
brujas, fantasmas, vampiros, licántropos, esqueletos,
larvas y así ad nauseam (...) por prolijas
que sean las listas de temas siempre quedan
cuentos que no se dejan clasificar. Los del subgénero
de la ciencia-ficción son los que más se resisten.
Anteriormente, los escritores y compiladores argentinos
a juzgar por el principio de selección que pareció animarlos
a la hora de reunir los materiales de su célebre Antología de la
literatura fantástica (1940), habían hecho coincidir en gran medida
el relato fantástico con el de terror, lo que no ayuda precisamente
como guía a aquellos con vocación clasificadora. Bioy Casares
afirmaba en el prólogo de la obra citada que no hay un tipo de
cuento fantástico, sino muchos. Lo mismo puede aplicarse al cuento
de terror. Tan absurdo parece ya dividirlo en cuentos de vampiros,
de fantasmas, de muertos vivientes, etc., como atender a criterios
puramente técnicos o estructurales para su estudio. El grado de
sofisticación literaria en este campo concreto (como en cualquier
otra manifestación artística, a la vuelta del siglo XX, lo que en música se conoce por “mestizaje”) ha llegado a tal punto que difícilmente
resultará verosímil —meramente productivo— otro criterio de
selección que el meramente histórico.
Los antecedentes inmediatos del formato breve, como tal, hay
que buscarlos, no obstante, en el largo, más en concreto en la
en la segunda mitad del siglo XVIII y primera del XIX, en tierra de nadie inspirados principalmente en el romanticismo alemán y en autores
entendieron por sobrenatural un tétrico submundo poblado de nobles
atrabiliarios, espectros aulladores y monjas ensangrentadas,
pululando preferentemente por lóbregas catacumbas de castillos
medievales marcados por alguna oscura maldición, convenientemente
subrayada a cada paso por rayos, truenos y centellas de tormenta
La parte baja del castillo estaba recorrida por varios claustros
intrincados, y no resultaba fácil para alguien tan ansioso dar con
la puerta que se abría a la caverna. Un terrible silencio reinaba
en aquellas regiones subterráneas, salvo, de vez en cuando,
algunas corrientes de aire que golpeaban las puertas que ella
había franqueado, y cuyos goznes, al rechinar, proyectaban su
eco por aquel largo laberinto de oscuridad. Cada murmullo le
producía un nuevo terror, pero aún temía más escuchar la voz
airada de Manfredo urgiendo a sus criados a perseguirla.
(El castillo de Otranto, 1764). Años más tarde, tuvo como
(Melmoth el errabundo, 1820), sin olvidar a la que fue precursora de
de 1817). También cabría mencionar aquí la novelaManuscrito (Para más información, véase el artículo correspondiente:
El castillo de Otranto, de Horace Walpole
Entre los primeros cuentistas propiamente dichos, es preciso
nombrar al alemán E.T.A. Hoffmann (1776-1822), a quien
Lovecraft llegó a tachar de ligero y extravagante, pero cuyo talento
pionero anticipó muchos de los temas y formas que dominarían en
años posteriores, incluyendo la ciencia-ficción, a través de títulos
como El magnetizador, El hombre de arena o Los autómatas.
prestigio en su tiempo, además de filósofo, científico y alborotador
político, a raíz de su devoción por Hoffmann, dejó a la posteridad un
nutrido ramillete de obritas repletas de brujas, vampiros y espectros
varios, a medias entresacados de la tradición popular y de su propia
cosecha. En ellas se aúnan la sencillez de diseño y el delicioso
sonsonete del viejo cuento de aparecidos: El vampiro Arnold-Paul
, El espectro de Olivier, Las aventuras de Thibaud de la Jacquière,
El tesoro del diablo.
Los huéspedes infernales comenzaron entonces a mover las mesas, a aullar, a mirar por las ventanas, adoptando formas
de osos, lobos, gatos, y de hombres terribles, en cuyas manos
se veían vasos llenos de vino, pescados y carne cocida y asada.
Historia de una aparición de demonios y espectros en 1609
, de Charles Nodier
Algo posterior, en España, el romántico tardío Gustavo Adolfo Bécquer (
1836-1870) fue muy aclamado por sus Leyendas las cuales contienen
algunos cuentos de miedo de extraordinario mérito (El monte de las
Ánimas, El miserere, Maese Pérez el organista...).
Motte-Fouqué (Ondina, novela corta), se sintieron pronto atraídos por la nueva corriente, contribuyendo de una u otra forma y con
desigual fortuna a la misma, si bien ninguno de ellos cultivó con
asiduidad el cuento de terror propiamente dicho.
...refirió cosas horribles. Entre otras, asegura que vio a los esqueletos de los antiguos templarios y de los nobles
de Soria enterrados en el atrio de la capilla levantarse
al punto de la oración con un estrépito horrible, y, caballeros
sobre osamentas de corceles, perseguir como a una fiera
a una mujer hermosa, pálida y desmelenada, que con los
pies desnudos y sangrientos, y arrojando gritos de horror,
daba vueltas alrededor de la tumba de Alonso.
El Monte de las Ánimas, de Gustavo A. Bécquer
los dos autores que abrieron camino en el género. De Le Fanu se dice
que es el fundador del relato de fantasmas ("ghost story") moderno en
Gran Bretaña (El fantasma de la Señora Crowl, Té verde, El vigilante,
Dickon el diablo...), modalidad que tanta repercusión tendría luego
en la época victoriana. Pero lo que lo asemeja a Poe es el novedoso
tratamiento que da al fenómeno maléfico. La fácil explicación racional
, y aún más, el desenlace moralista positivo (la mano de la Providencia
Divina surgiendo de un modo u otro al final para poner las cosas,
al monstruo, al bueno y al malo, en su sitio) serán desterrados
definitivamente por estos autores. Ambos, además, inaugurarán
historia y a medir los efectos emocionales que al mero susto.
Decidió a la vez que era preciso despojar al relato de todo elemento
narrativo accesorio, alejándolo de la prolijidad novelística. Sobraba
todo aquello que no contribuyera al efecto puntual deseado; así,
de entrada, en sus cuentos no tienen cabida las citadas consideraciones
sociales, morales, religiosas («Comprendió que la eficacia de un
cuento depende de su intensidad como acaecimiento puro, es decir,
que todo comentario al acaecimiento en sí (...) debe ser radicalmente
suprimido»: Cortázar, op. cit. pág. 34). En sus poderosas
fantasmagorías no se trasluce otra cosa que una imaginación y
una inteligencia portentosas rígidamente al servicio de un designio
artístico. Poe no se fundamentó en una tradición específica. Ante las
acusaciones que se le dirigían de tratar de imitar a los alemanes,
afirmó: «Ese terror no viene de Alemania, sino del alma» (prólogo
de Cuentos de lo grotesco y arabesco, afirmación que ha sido corroborada
por gran parte de la crítica). Ningún otro autor, anterior o posterior,
ha sabido evocar como él una atmósfera malsana y de pesadilla,
hilvanar las escenas con tan infernal habilidad, culminar las historias
con tan sonora consistencia; retratar "los efectos de la condenación",
según Van Wyck Brooks.
Con Poe, el cuento de terror alcanzará sus más altas cimas
muy pronto, hacia los años 30 del siglo XIX, periodo que vio nacer el cuento como género autónomo, al decir de Cortázar (introducción a Ensayos y críticas de E. A. Poe). El norteamericano
es maestro absoluto del género porque, en primer lugar, siguiendo
al propio Cortázar, lo es de la técnica del relato breve en sí. Por un
lado su gran instinto narrativo (que ya reconocía su detractor
incorporar a un ámbito que él determinó muy exigente y especializado,
elementos sin embargo muy dispares, procedentes de las artes
plásticas, de la música, de la misma poesía, a los que incorporaba
incluso los efectos distorsionantes de los alucinógenos.
De Poe afirmó su seguidor Lovecraft: «Realizó lo que nadie había realizado o podía haber realizado, y a él debemos el relato de horror
moderno en su estado final y perfecto.» (Títulos: El gato negro,
La caída de la Casa Usher, El barril de amontillado, El corazón delator.)
Durante todo un día de otoño, triste, oscuro, silencioso, cuando las nubes se cernían bajas y pesadas en el cielo, crucé solo,
a caballo, una región singularmente lugubre del país; y, al fin,
al acercarse las sombras de la noche, me encontré a la vista
de la melancólica Casa Usher. No sé cómo fue, pero a la
primera mirada que eché al edificio invadió mi espíritu un
sentimiento de insoportable tristeza.
La caída de la Casa Usher, de Edgar A. Poe
genio (reseña de Twice-Told Tales, de Hawthorne). Este autor,
aunque gran estilista, se hallaba muy lastrado por el rígido puritanismo
en que se formó (un pariente suyo fue juez en los procesos contra la
brujería celebrados en Salem), y no supo o no quiso transmitir a sus
historias ni la fuerza ni el desgarro artístico que admiran en aquél.
(Títulos: Wakefield, El velo negro del predicador, El experimento
del Dr. Heidegger.)
y 1826, respectivamente, cultivaron un estilo campechano muy eficaz
, con grandes influencias alemanas (Hugo el lobo, El burgomaestre
embotellado).
El terror recuperó con el periodista norteamericano Ambrose Bierce
(1842-1914?) toda la garra y la intensidad que había desarrollado
Poe en sus orígenes. En sus arrebatadoras fantasías, muchas
de ellas ambientadas en la Guerra de Secesión americana,
el terror pánico acecha siempre en las cercanías, y en el momento
de desatarse parece decidido a devorar vivos literalmente a los
personajes. (Títulos: La cosa maldita, La muerte de Halpin Frayser
, Un habitante de Carcosa, La ventana tapiada...).
discípulo de Flaubert y admirador de Poe, a quien debe la literatura europea de terror algunas de sus mejores piezas. Sus hondas
convicciones naturalistas generaron, probablemente, los acusados
tintes emocionales presentes en sus mejores cuentos. Sus temas
fueron el pánico, la soledad, la locura, la perdición.
(Títulos: El Horla, ¿Quién sabe?, La cabellera, ¿Loco?)
Observé con estupor que nada me resultaba familiar. A mi alrededor se extendía una inmensa llanura desierta,
barrida por el viento, cubierta de yerbas altas y marchitas
que se agitaban y silbaban bajo la brisa de otoño, mensajera
de Dios sabe qué misterios e inquietudes. A largos intervalos,
veía unas rocas que emergían del suelo con formas extrañas
y fúnebres colores.
Un habitante de Carcosa, de Ambrose Bierce
A partir de la segunda mitad del siglo XIX, el terror encontró
un grupo de dignísimos cultivadores entre los grandes novelistas
de la época: Charles Dickens (La casa encantada), Robert Louis Stevenson
(Markheim), Rudyard Kipling (El rickshaw fantasma),
Arthur Conan Doyle (El parásito), H. G. Wells (El difunto míster Elvesham),
Henry James (Los amigos de los amigos), Bram Stoker(El entierro de las ratas)..
.Lo que había oído cuando Chartie gritó —me refiero al otro
grito, aún más trágico— ¿era el grito de desesperación
de la desdichada mujer al recibir el golpe, o el sollozo articulado
(fue como una ráfaga de una gran tormenta) del espíritu
exorcizado y apaciguado? Posiblemente esto último,
porque aquélla fue, misericordiosamente, la última de
las apariciones de Sir Edmund Orme.
Sir Edmund Orme, de Henry JamesDe este periodo es
preciso destacar a cuatro autores: M. R. James, Arthur Machen,
Algernon Blackwood y Walter de la Mare, con quienes culmina
el cuento de fantasmas victoriano.
El cuento de fantasmas en sí viviría su apogeo en la época
victoriana y en los comienzos del siglo XX, alcanzando niveles
nunca vistos de calidad y sofisticación. La lista de representantes
ingleses es interminable: Saki (El narrador de fábulas), M. R. James (1862-1936), erudito y profesor universitario, fue gran amante de la obra de Le Fanu, a quien consideraba el más
grande escritor de lo sobrenatural. Sus espectros, criaturas siempre
extrañas e inesperadas que unas veces escapan de profundos
escondrijos excavados en cementerios y catedrales y otras se
confunden con la luz diurna y los objetos más familiares,
prefiguran muchos de los horrores "cotidianos" que las generaciones
posteriores pondrían de moda. (Títulos: El sitial del coro, Silba y acudiré,
El álbum del canónigo Alberico.)
definitivamente los exhaustos horrores góticos. Encontró su
principal fuente de inspiración en las antiguas leyendas romanas
y celtas de su tierra. Al intentar una especie de neopaganismo,
anticipó la teogonía macabra desarrollada por su seguidor más
notable, H. P. Lovecraft. (Títulos: La pirámide ardiente, El pueblo
blanco, Los tres impostores.)
fantasmagórico, pero en ocasiones aporta al género un elemento
desconocido hasta el momento, como es el horror enmarcado
en majestuosos parajes de naturaleza virgen, adornado de
connotaciones paganas (en esto se equiparará a Machen).
(Títulos: El Wendigo, Los sauces, La casa vacía, Culto secreto.)
Por lo que Simpson puede recordar, fue un movimiento violento, como de algo que se arrastraba en el interior
de la tienda, lo que le despertó y le hizo darse cuenta
de que su compañero estaba sentado, muy tieso, junto
a él. Estaba temblando. Debían de haber pasado varias
horas, porque el pálido resplandor del alba recortaba su
silueta contra la tela de la tienda.
El Wendigo, de Algernon Blackwood
prestigio, fue uno de los mejores estilistas del género, maestro
del terror psicológico y urdidor de extrañas y sutiles tramas
protagonizadas por los sueños, la ansiedad y una callada
desesperación. (Títulos: La tía de Seaton, La orgía: un idilio,
Todos los santos, La trompeta.)
«son al mismo tiempo sátiras de la burguesía y visiones de horror
moral; narraciones que son lógicas y dominan nuestra atención y
fantasías que generan más escalofríos que toda la combinación
de Algernon Blackwood y M. R. James juntos. Un maestro puede
hacer que parezca más horrible ser perseguido por dos pelotitas
que por el espíritu de un maligno caballero templario, y más natural
covertirse en una cucaracha que ser mordido por una araña
diabólica» (op. cit.).
Lovecraft y compañía
es reconocido por la crítica, junto a Poe, como el máximo exponente
del cuento de terror. Su aportación más importante fue el llamado
"cuento materialista de terror". Mezclando el espanto con la
ciencia-ficción, se trata de una narración de horror cósmico que
propone una nueva mitología plena de escalofriantes dioses y
monstruosidades arquetípicos; se ha dicho que se trata de la última
de Poe, sus otras fuentes conocidas son el fantástico y enigmático
mundo de los sueños, la historia y el paisaje de Nueva Inglaterra,
su tierra, y un selecto grupo de autores de su predilección:
et alii. (Títulos: El horror de Dunwich, La sombra sobre Innsmouth,
En la noche de los tiempos, El clérigo malvado...).
Robert Suydam había logrado su objetivo y su victoria en un esfuerzo final que le desgarró los tendones, provocando
el desmoronamiento de su cuerpo nauseabundo. El impulso
había sido tremendo, pero su fuerza resistió hasta el final; y
mientras caía convertido en una pústula fangosa de corrupción,
el pedestal se tambaleó, se volcó y finalmente se precipitó desde
su base de ónice a las espesas aguas, despidiendo un último
destello de oro tallado al hundirse pesadamente en los negros
abismos del Tártaro inferior.
El horror de Red Hook, de H. P. Lovecraft
Pese a sus hábitos e idiosincrasia saturninos, Lovecraft
conoció en vida una nutrida camarilla de imitadores y seguidores
se encuentran algunos de los más sólidos cuentistas de esa
En el mundo anglosajónOtros grandes cuentistas norteamericanos de la época:
(El último hombre).
A partir de los años 70 del siglo XX, el terror literario registra
una acusada tendencia a la novela larga en detrimento del cuento.
Entre los más conocidos autores contemporáneos, en su mayoría
(Y la roca gritó), el joven (en los 80) y rompedor Clive Barker (Terror) y el omnipresente e irregular Stephen King (La niebla). Casi todos estos autores han cultivado con acierto la ciencia-ficción,
especialmente Bradbury y Matheson.
El motivo era evidente, pero al principio la mente de Randy
se negó a aceptarlo... Era demasiado imposible, demasiado
demencialmente grotesco. Mientras miraba, algo tiraba del
pie de Deke en el espacio entre dos de las tablas que
formaban la superficie de la balsa acuática. Entonces
vio el brillo opaco de la cosa negra, más allá del talón
y los dedos del pie derecho sutilmente deformado de
Deke; un brillo opaco en el que se movían giratorios
y malévolos colores.
La balsa, de Stephen King
Aquí puede mencionarse además a dos importantes escritoras
La influencia de la literatura fantástica anglosajona se observa
muy señaladamente en la obra de los argentinos
décadas del siglo XX. Aunque el subgénero de cuento gótico o
de terror no fue el más desarrollado por estos autores y por sus
el cuento fantástico, que normalmente trata de recrear un proceso
de extrañamiento operado en la vida cotidiana, mostrándose un
punto de vista de la realidad poco corriente, con visos de terror
a partir de esta situación.
Por tal motivo, en la obra de Borges y Bioy se rinde culto
a los por ellos considerados maestros de la narrativa breve
colecciones que editaron en los años 50, en Buenos Aires, que
incluyen a éstos y otros muchos autores ingleses y estadounidenses
de terror, del género policial y de misterio.El mexicano
Carlos Fuentes ha dedicado varias obras al género
(Aura, Cumpleaños, Inquieta compañía). Otro mexicano,
el gran cuentista Juan Rulfo (1918-1986), pionero del realismo mágico,
es considerado a veces escritor de terror, aparte de por su novela de
espectros Pedro Páramo, por relatos breves como Luvina o Talpa.
También han contribuido al género a lo largo del siglo XX los
argentinos Leopoldo Lugones (La loba) y Santiago Dabove
(Ser polvo), el cubano Virgilio Piñera (La carne), el uruguayo
Felisberto Hernández (colección La casa inundada), el venezolano
Salvador Garmendia (Claves) y el mexicano Juan José Arreola
(La migala), entre otros.
De habla hispana, cabe mentar como auténticos especialistas
en el cuento de miedo, a tres continuadores de Edgar Allan Poe
1914-1984): Casa tomada, Todos los fuegos el fuego, La noche
boca arriba...
Oyó gritar, un grito ronco que rebotaba en las paredes. Otro grito, acabando en un quejido. Era él que gritaba en las tinieblas,
gritaba porque estaba vivo, todo su cuerpo se defendía con el grito
de lo que iba a venir, del final inevitable. Pensó en sus
compañeros que llenarían otras mazmorras, y en los que
ascendían ya los peldaños del sacrificio.
La noche boca arriba, de Julio Cortázar
En España, aparte del ya mencionado Bécquer, a lo largo de los
siglos XIX y XX, escribieron cuentos de miedo, entre otros, autores
fúnebre de espectros y sombras ensangrentadas),
Los demonios del lugar). Otros autores españoles se encuentran
“Nocte”, la cual cuenta con más de treinta miembros. Publicaciones en castellano
Las editoriales en castellano nunca han parecido muy
dispuestas a fomentar el género entre las nuevas generaciones
de escritores. No obstante, concretamente en España, desde
los años 60 del siglo XX, no han dejado de aparecer antologías
de relatos macabros procedentes de poderosos sellos
l material a la creación vernácula. Tenemos así las múltiples
ediciones en rústica de Editorial Bruguera (Las mejores historias
insólitas, Las mejores historias de ultratumba, Las mejores historias
de fantasmas...), a cargo de compiladores de prestigio en la materia
como Kurt Singer, Forrest J. Ackerman o A. van Hageland,
así como las numerosas ediciones a cargo de las editoriales,
alguna de ellas ya desaparecida, Minotauro, Grijalbo, Molino,
Acervo, Ultramar, Géminis, Fontamara, Versal, Uve, Siruela, Vértice, etc.
editoriales anglosajones, prefiriéndose la importación de
De Alianza Editorial contamos con las cuidadas selecciones
por su cuenta, una intensa y brillante labor en este campo. Editorial
Edhasa publicó en 1989 la canónica Historias de fantasmas de la
literatura inglesa, de Cox y Gilbert. Ed. Martínez Roca había sacado
en 1977 la también excelente Relatos maestros de terror y misterio,
editada por Agustí Bartra. Esta misma editorial, en los años 80 y 90 , ofertó nutridas selecciones de revistas norteamericanas de
que suponen un amplio muestrario de las últimas y eclécticas
tendencias. Más recientemente, de la especializada Editorial
Valdemar, junto a otros muchos títulos, Felices pesadillas, en dos
generosos volúmenes, y han surgido iniciativas nuevas como las
protagonizadas por las editoriales Jaguar y Factoría de Ideas.
Hitos del género
Tomando como referencia los títulos que se acaban de citar,
podría aventurarse una lista selecta de cuentos de terror,
en orden a la especial atención que han recibido
tradicionalmente por parte de antologistas y críticos:
Las ratas del cementerio, de Henry Kuttner. *Una rosa para Emily, El burlado, de Jack London. Vinum Sabbati ( o El polvo blanco), (*Antologados como cuentos de misterio y terror por
La lista puede ampliarse indefinidamente:
Las ratas en las paredes, El Sabueso, de Lovecraft. La noche, de . Schalken el pintor, El fantasma de la señora Crowl, de
Panorama desde la colina, Mr. Humphreys y su herencia,
El diario de Mr. Poynter, Los sitiales de la catedral de Barchester,
El grabado, de M. R. James. El pueblo blanco, El sello negro, El ladrón de cadáveres, de Stevenson. Los sauces, Antiguas de la torre, de E. F. Benson. El hijo, El espectro, El almohadón de Cartas de mamá, La noche boca arriba, Las babas del diablo,
El joven Goodman Brown, La hija de Rappaccini, de Nathaniel La marca de la bestia, La extraña cabalgada de Morrowbie Jukes,
El jardín del Montarto, Era una presencia muerta, de Noel Clarasó. El grano de la granada, de Edith Wharton. El olor, de P. McGrath. La tercera expedición, Los hombres de la Tierra, de Ray Bradbury. Lord Mountdrago, de R. Coover. El papel amarillo, de Charlotte P. Gilman. El valle de lo
Fullcircle, de John Buchan. Et in sempiternum pereant, de