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sábado, 17 de septiembre de 2011

LA BIBLIOTECA DE BABEL Jorge Luis Borges


Jorge Luis Borges



El universo (que otros llaman la Biblioteca) se compone de un número indefinido, y tal vez infinito, de galerías hexagonales, con vastos pozos de ventilación en el medio, cercados por barandas bajísimas. Desde cualquier hexágono se ven los pisos inferiores y superiores: interminablemente. La distribución de las galerías es invariable. Veinte anaqueles, a cinco largos anaqueles por lado, cubren todos los lados menos dos; su altura, que es la de los pisos, excede apenas la de un bibliotecario normal. Una de las caras libres da a un angosto zaguán, que desemboca en otra galería, idéntica a la primera y a todas. A izquierda y a derecha del zaguán hay dos gabinetes minúsculos. Uno permite dormir de pie; otro, satisfacer las necesidades finales. Por ahí pasa la escalera espiral, que se abisma y se eleva hacia lo remoto. En el zaguán hay un espejo, que fielmente duplica las apariencias. Los hombres suelen inferir de ese espejo que la Biblioteca no es infinita (si lo fuera realmente ¿a qué esa duplicación ilusoria?); yo prefiero soñar que las superficies bruñidas figuran y prometen el infinito... La luz procede de unas frutas esféricas que llevan el nombre de lámparas. Hay dos en cada hexágono: transversales. La luz que emiten es insuficiente, incesante.
Como todos los hombres de la Biblioteca, he viajado en mi juventud; he peregrinado en busca de un libro, acaso del catálogo de catálogos; ahora que mis ojos casi no pueden descifrar lo que escribo, me preparo a morir a unas pocas leguas del hexágono en que nací. Muerto, no faltarán manos piadosas que me tiren por la baranda; mi sepultura será el aire insondable; mi cuerpo se hundirá largamente y se corromperá y disolverá en el viento engendrado por la caída, que es infinita. Yo afirmo que la Biblioteca es interminable. Los idealistas arguyen que las salas hexagonales son una forma necesaria del espacio absoluto o, por lo menos, de nuestra intuición del espacio. Razonan que es inconcebible una sala triangular o pentagonal. (Los místicos pretenden que el éxtasis les revela una cámara circular con un gran libro circular de lomo continuo, que da toda la vuelta de las paredes; pero su testimonio es sospechoso; sus palabras, oscuras. Ese libro cíclico es Dios.) Básteme, por ahora, repetir el dictamen clásico: La Biblioteca es una esfera cuyo centro cabal es cualquier hexágono, cuya circunferencia es inaccesible.
A cada uno de los muros de cada hexágono corresponden cinco anaqueles; cada anaquel encierra treinta y dos libros de formato uniforme; cada libro es de cuatrocientas diez páginas; cada página, de cuarenta renglones; cada renglón, de unas ochenta letras de color negro. También hay letras en el dorso de cada libro; esas letras no indican o prefiguran lo que dirán las páginas. Sé que esa inconexión, alguna vez, pareció misteriosa. Antes de resumir la solución (cuyo descubrimiento, a pesar de sus trágicas proyecciones, es quizá el hecho capital de la historia) quiero rememorar algunos axiomas.
El primero: La Biblioteca existe ab aeterno. De esa verdad cuyo colorario inmediato es la eternidad futura del mundo, ninguna mente razonable puede dudar. El hombre, el imperfecto bibliotecario, puede ser obra del azar o de los demiurgos malévolos; el universo, con su elegante dotación de anaqueles, de tomos enigmáticos, de infatigables escaleras para el viajero y de letrinas para el bibliotecario sentado, sólo puede ser obra de un dios. Para percibir la distancia que hay entre lo divino y lo humano, basta comparar estos rudos símbolos trémulos que mi falible mano garabatea en la tapa de un libro, con las letras orgánicas del interior: puntuales, delicadas, negrísimas, inimitablemente simétricas.
El segundo: El número de símbolos ortográficos es veinticinco. Esa comprobación permitió, hace trescientos años, formular una teoría general de la Biblioteca y resolver satisfactoriamente el problema que ninguna conjetura había descifrado: la naturaleza informe y caótica de casi todos los libros. Uno, que mi padre vio en un hexágono del circuito quince noventa y cuatro, constaba de las letras MCV perversamente repetidas desde el renglón primero hasta el último. Otro (muy consultado en esta zona) es un mero laberinto de letras, pero la página penúltima dice «Oh tiempo tus pirámides». Ya se sabe: por una línea razonable o una recta noticia hay leguas de insensatas cacofonías, de fárragos verbales y de incoherencias. (Yo sé de una región cerril cuyos bibliotecarios repudian la supersticiosa y vana costumbre de buscar sentido en los libros y la equiparan a la de buscarlo en los sueños o en las líneas caóticas de la mano... Admiten que los inventores de la escritura imitaron los veinticinco símbolos naturales, pero sostienen que esa aplicación es casual y que los libros nada significan en sí. Ese dictamen, ya veremos no es del todo falaz.)
Durante mucho tiempo se creyó que esos libros impenetrables correspondían a lenguas pretéritas o remotas. Es verdad que los hombres más antiguos, los primeros bibliotecarios, usaban un lenguaje asaz diferente del que hablamos ahora; es verdad que unas millas a la derecha la lengua es dialectal y que noventa pisos más arriba, es incomprensible. Todo eso, lo repito, es verdad, pero cuatrocientas diez páginas de inalterables MCV no pueden corresponder a ningún idioma, por dialectal o rudimentario que sea. Algunos insinuaron que cada letra podía influir en la subsiguiente y que el valor de MCV en la tercera línea de la página 71 no era el que puede tener la misma serie en otra posición de otra página, pero esa vaga tesis no prosperó. Otros pensaron en criptografías; universalmente esa conjetura ha sido aceptada, aunque no en el sentido en que la formularon sus inventores.
Hace quinientos años, el jefe de un hexágono superior dio con un libro tan confuso como los otros, pero que tenía casi dos hojas de líneas homogéneas. Mostró su hallazgo a un descifrador ambulante, que le dijo que estaban redactadas en portugués; otros le dijeron que en yiddish. Antes de un siglo pudo establecerse el idioma: un dialecto samoyedo-lituano del guaraní, con inflexiones de árabe clásico. También se descifró el contenido: nociones de análisis combinatorio, ilustradas por ejemplos de variaciones con repetición ilimitada. Esos ejemplos permitieron que un bibliotecario de genio descubriera la ley fundamental de la Biblioteca. Este pensador observó que todos los libros, por diversos que sean, constan de elementos iguales: el espacio, el punto, la coma, las veintidós letras del alfabeto. También alegó un hecho que todos los viajeros han confirmado: No hay en la vasta Biblioteca, dos libros idénticos. De esas premisas incontrovertibles dedujo que la Biblioteca es total y que sus anaqueles registran todas las posibles combinaciones de los veintitantos símbolos ortográficos (número, aunque vastísimo, no infinito) o sea todo lo que es dable expresar: en todos los idiomas. Todo: la historia minuciosa del porvenir, las autobiografías de los arcángeles, el catálogo fiel de la Biblioteca, miles y miles de catálogos falsos, la demostración de la falacia de esos catálogos, la demostración de la falacia del catálogo verdadero, el evangelio gnóstico de Basilides, el comentario de ese evangelio, el comentario del comentario de ese evangelio, la relación verídica de tu muerte, la versión de cada libro a todas las lenguas, las interpolaciones de cada libro en todos los libros, el tratado que Beda pudo escribir (y no escribió) sobre la mitología de los sajones, los libros perdidos de Tácito.
Cuando se proclamó que la Biblioteca abarcaba todos los libros, la primera impresión fue de extravagante felicidad. Todos los hombres se sintieron señores de un tesoro intacto y secreto. No había problema personal o mundial cuya elocuente solución no existiera: en algún hexágono. El universo estaba justificado, el universo bruscamente usurpó las dimensiones ilimitadas de la esperanza. En aquel tiempo se habló mucho de las Vindicaciones: libros de apología y de profecía, que para siempre vindicaban los actos de cada hombre del universo y guardaban arcanos prodigiosos para su porvenir. Miles de codiciosos abandonaron el dulce hexágono natal y se lanzaron escaleras arriba, urgidos por el vano propósito de encontrar su Vindicación. Esos peregrinos disputaban en los corredores estrechos, proferían oscuras maldiciones, se estrangulaban en las escaleras divinas, arrojaban los libros engañosos al fondo de los túneles, morían despeñados por los hombres de regiones remotas. Otros se enloquecieron... Las Vindicaciones existen (yo he visto dos que se refieren a personas del porvenir, a personas acaso no imaginarias) pero los buscadores no recordaban que la posibilidad de que un hombre encuentre la suya, o alguna pérfida variación de la suya, es computable en cero.
También se esperó entonces la aclaración de los misterios básicos de la humanidad: el origen de la Biblioteca y del tiempo. Es verosímil que esos graves misterios puedan explicarse en palabras: si no basta el lenguaje de los filósofos, la multiforme Biblioteca habrá producido el idioma inaudito que se requiere y los vocabularios y gramáticas de ese idioma. Hace ya cuatro siglos que los hombres fatigan los hexágonos... Hay buscadores oficiales, inquisidores. Yo los he visto en el desempeño de su función: llegan siempre rendidos; hablan de una escalera sin peldaños que casi los mató; hablan de galerías y de escaleras con el bibliotecario; alguna vez, toman el libro más cercano y lo hojean, en busca de palabras infames. Visiblemente, nadie espera descubrir nada.
A la desaforada esperanza, sucedió, como es natural, una depresión excesiva. La certidumbre de que algún anaquel en algún hexágono encerraba libros preciosos y de que esos libros preciosos eran inaccesibles, pareció casi intolerable. Una secta blasfema sugirió que cesaran las buscas y que todos los hombres barajaran letras y símbolos, hasta construir, mediante un improbable don del azar, esos libros canónicos. Las autoridades se vieron obligadas a promulgar órdenes severas. La secta desapareció, pero en mi niñez he visto hombres viejos que largamente se ocultaban en las letrinas, con unos discos de metal en un cubilete prohibido, y débilmente remedaban el divino desorden.
Otros, inversamente, creyeron que lo primordial era eliminar las obras inútiles. Invadían los hexágonos, exhibían credenciales no siempre falsas, hojeaban con fastidio un volumen y condenaban anaqueles enteros: a su furor higiénico, ascético, se debe la insensata perdición de millones de libros. Su nombre es execrado, pero quienes deploran los «tesoros» que su frenesí destruyó, negligen dos hechos notorios. Uno: la Biblioteca es tan enorme que toda reducción de origen humano resulta infinitesimal. Otro: cada ejemplar es único, irreemplazable, pero (como la Biblioteca es total) hay siempre varios centenares de miles de facsímiles imperfectos: de obras que no difieren sino por una letra o por una coma. Contra la opinión general, me atrevo a suponer que las consecuencias de las depredaciones cometidas por los Purificadores, han sido exageradas por el horror que esos fanáticos provocaron. Los urgía el delirio de conquistar los libros del Hexágono Carmesí: libros de formato menor que los naturales; omnipotentes, ilustrados y mágicos.
También sabemos de otra superstición de aquel tiempo: la del Hombre del Libro. En algún anaquel de algún hexágono (razonaron los hombres) debe existir un libro que sea la cifra y el compendio perfecto de todos los demás: algún bibliotecario lo ha recorrido y es análogo a un dios. En el lenguaje de esta zona persisten aún vestigios del culto de ese funcionario remoto. Muchos peregrinaron en busca de Él. Durante un siglo fatigaron en vano los más diversos rumbos. ¿Cómo localizar el venerado hexágono secreto que lo hospedaba? Alguien propuso un método regresivo: Para localizar el libro A, consultar previamente un libro B que indique el sitio de A; para localizar el libro B, consultar previamente un libro C, y así hasta lo infinito... En aventuras de ésas, he prodigado y consumido mis años. No me parece inverosímil que en algún anaquel del universo haya un libro total; ruego a los dioses ignorados que un hombre - ¡uno solo, aunque sea, hace miles de años! - lo haya examinado y leído. Si el honor y la sabiduría y la felicidad no son para mí, que sean para otros. Que el cielo exista, aunque mi lugar sea el infierno. Que yo sea ultrajado y aniquilado, pero que en un instante, en un ser, Tu enorme Biblioteca se justifique.
Afirman los impíos que el disparate es normal en la Biblioteca y que lo razonable (y aun la humilde y pura coherencia) es una casi milagrosa excepción. Hablan (lo sé) de «la Biblioteca febril, cuyos azarosos volúmenes corren el incesante albur de cambiarse en otros y que todo lo afirman, lo niegan y lo confunden como una divinidad que delira». Esas palabras que no sólo denuncian el desorden sino que lo ejemplifican también, notoriamente prueban su gusto pésimo y su desesperada ignorancia. En efecto, la Biblioteca incluye todas las estructuras verbales, todas las variaciones que permiten los veinticinco símbolos ortográficos, pero no un solo disparate absoluto. Inútil observar que el mejor volumen de los muchos hexágonos que administro se titula «Trueno peinado», y otro «El calambre de yeso» y otro «Axaxaxas mlo». Esas proposiciones, a primera vista incoherentes, sin duda son capaces de una justificación criptográfica o alegórica; esa justificación es verbal y, ex hypothesi, ya figura en la Biblioteca. No puedo combinar unos caracteres dhcmrlchtdj que la divina Biblioteca no haya previsto y que en alguna de sus lenguas secretas no encierren un terrible sentido. Nadie puede articular una sílaba que no esté llena de ternuras y de temores; que no sea en alguno de esos lenguajes el nombre poderoso de un dios. Hablar es incurrir en tautologías. Esta epístola inútil y palabrera ya existe en uno de los treinta volúmenes de los cinco anaqueles de uno de los incontables hexágonos, y también su refutación. (Un número n de lenguajes posibles usa el mismo vocabulario; en algunos, el símbolo biblioteca admite la correcta definición ubicuo y perdurable sistema de galerías hexagonales, pero biblioteca es pan o pirámide o cualquier otra cosa, y las siete palabras que la definen tienen otro valor. Tú, que me lees, ¿estás seguro de entender mi lenguaje?).
La escritura metódica me distrae de la presente condición de los hombres. La certidumbre de que todo está escrito nos anula o nos afantasma. Yo conozco distritos en que los jóvenes se prosternan ante los libros y besan con barbarie las páginas, pero no saben descifrar una sola letra. Las epidemias, las discordias heréticas, las peregrinaciones que inevitablemente degeneran en bandolerismo, han diezmado la población. Creo haber mencionado los suicidios, cada año más frecuentes. Quizá me engañen la vejez y el temor, pero sospecho que la especie humana - la única - está por extinguirse y que la Biblioteca perdurará: iluminada, solitaria, infinita, perfectamente inmóvil, armada de volúmenes preciosos, inútil, incorruptible, secreta.
Acabo de escribir infinita. No he interpolado ese adjetivo por una costumbre retórica; digo que no es ilógico pensar que el mundo es infinito. Quienes lo juzgan limitado, postulan que en lugares remotos los corredores y escaleras y hexágonos pueden inconcebiblemente cesar, lo cual es absurdo. Quienes la imaginan sin límites, olvidan que los tiene el número posible de libros. Yo me atrevo a insinuar esta solución del antiguo problema: La biblioteca es ilimitada y periódica. Si un eterno viajero la atravesara en cualquier dirección, comprobaría al cabo de los siglos que los mismos volúmenes se repiten en el mismo desorden (que, repetido, sería un orden: el Orden). Mi soledad se alegra con esa elegante esperanza.

FIN

lunes, 12 de septiembre de 2011

Flores de las Tinieblas



Flores de las Tinieblas
(Fleurs de Ténèbres-1883)
Villiers de L'Isle-Adam

¡Oh, los bellos atardeceres! Ante los brillantes cafés de los bulevares, en las terrazas de las horchaterías de moda, ¿qué de mujeres con trajes multicolores, qué de elegantes "callejeras" dándose tono!
Y he aquí las pequeñas vendedoras de flores, que circulen con sus frágiles canastillas.
Las bellas desocupadas aceptan esas flores perecederas, sobrecogidas, misteriosas...
- ¿Misteriosas?
- ¡Sí, si las hay!
Existe, - sabedlo, sonrientes lectoras -, existe en el mismo París cierta agencia que se entiende con varios conductores de los entierros de lujo, incluso con enterradores, para despojar a los difuntos de la mañana, no dejando que se marchiten inútilmente en las sepulturas todos esos espléndidos ramos de flores, esas coronas, esas rosas que, por centenares, el amor filial o conyugal coloca diariamente en los catafalcos.
Estas flores casi siempre quedan olvidadas después de las fúnebres ceremonias. No se piensa más en ello; se tiene prisa por volver. ¡Se concibe!
Es entonces cuando nuestros amables enterradores se muestran más alegres. ¡No olvidan las flores estos señores! No están en las nubes; son gente práctica. Las quitan a brazadas, en silencio. Arrojarlas apresuradamente por encima del muro, sobre un carretón propicio, es para ellos cosa de un instante.
Dos o tres de los más avispados y espabilados transportan la preciosa carga a unos floristas amigos, quienes gracias a sus manos de hada, distribuyen de mil maneras, en ramitos de corpiño, de mano, en rosas aisladas inclusive, estos melancólicos despojos.
Llegan luego las pequeñas floristas nocturnas, cada una con su cestita. Pronto circulan incesantemente, a las primeras luces de los reverberos, por los bulevares, por las terrazas brillantes, por los mil un sitios de placer.
Y jóvenes aburridos y deseosos de hacerse agradables a las elegantes, hacia las cuales sienten alguna inclinación, compran estas flores a elevados precios y las ofrecen a sus damas.
Estas, todas con rostros empolvados, las aceptan con una sonrisa indiferente y las conservan en la mano, o bien las colocan en sus corpiños.
Y los reflejos del gas empalidecen los rostros.
De suerte que estas criaturas-espectros, adornadas así con flores de la Muerte, llevan, sin saberlo, el emblema del amor que ellas dieron y el amor que reciben.

La Tortura de la Esperanza




La Tortura de la Esperanza
(La Torture par L'Esperance)
Villiers de L'Isle Adam

Hace ya muchos años, al caer una tarde, el venerable Pedro Arbuez D'Espila, sexto prior de los Dominicanos de Segovia, el tercer gran inquisidor de España, seguido por un fray redentor, y precedido por dos familiares de Su Santidad, el último llevando un farol, hicieron su entrada en una catacumba subterránea. La cerradura de una enorme puerta crujió, y ellos ingresaron en una celda, donde la luz mortecina revelaba entre anillos sujetados a la pared un potro de tormento manchado de sangre, un brasero y una botija de barro. Sobre una pila de paja, cargado con grilletes, y con su cuello circunvalado por un aro metálico, estaba sentado un hombre muy demacrado, de edad incierta, vestido solo con harapos.
Este prisionero no era otro que Rabbi Aser Abarbanel, un judío de Aragón, quien fuera acusado de usura e impiedad por los pobres, y que había sido sometido diariamente a torturas por más de un año. Aún "su ceguera era tan densa como su recato" y se negaba a abjurar de su fe.
Orgulloso de una ascendencia que databa de cientos de años, orgulloso de sus ancestros, todos judíos dignos de su nombre, él descendía según el Talmud, de Otoniel, y consecuentemente de Ipsiboa, esposa del último juez de Israel, una circunstancia que había acrecentado su coraje entre las incesantes torturas. Con lágrimas en sus ojos, el venerable Pedro Arbuez D'Espila, dirigiéndose al estremecido rabbi, le recomendó:
- Hijo mío, alégrate: tu proceso está por llegar a su fin. Si en la presencia de tal obstinación fui forzado a permitir, con profundo desagrado, el uso de gran severidad, mi tarea de fraternal corrección tiene sus límites. Tu eres la higuera que, habiendo fallado en muchas temporadas en dar sus frutos, al final se marchitó, pero solamente Dios puede juzgar tu alma. Tal vez, la Infinita Piedad brille sobre tí en el último momento. Nosotros así lo esperamos. Hay ejemplos. Entonces duerme bien por la noche. Mañana serás incluído en un auto de fe: esto es, serás expuesto al quemadero, las llamas simbólicas del Fuego Eterno: solo quema, mi hijo, a la distancia; y la Muerte tardará al menos dos (hasta tres) horas en venir, en cuenta de los vendajes húmedos y helados con los que envolvemos las cabezas y corazones de los condenados. Habrá otros cuarenta y tres contigo. Te ubicarás en la última fila, para que tengas tiempo de invocar a Dios y ofrecerle a Él tu bautismo de fuego, que será del Espíritu Santo.
Con estas palabras, habiendo señalado a los guardias para desencadenar al prisionero, el prior lo abrazó tiernamente. Entonces fue el turno del fray redentor, quien, en un tono bajo, por el perdón para el judío por el que se lo había hecho sufrir con el propósito de redimirlo; entonces los dos familiares silenciosamente lo besaron. Luego de esta ceremonia, el cautivo fue soltado, solitario y desconcertado, en la oscuridad.
Rabbi Aser Abarbanel, con labios emparchados y el rostro consumido por el sufrimiento, al principio se quedó mirando fijamente las puertas cerradas de su celda. ¿Cerradas? La palabra inconscientemente rozó un vago capricho en su mente, el capricho que había tenido por un instante al ver la luz de las linternas a través de una grieta entre la puerta y la pared. Una mórbida idea de esperanza, debido a la debilidad de su mente, se agitó en su entera humanidad. Él se arrastró a través de la extraña visión. Entonces, muy cautelosamente, deslizó un dedo en la hendidura, provocando la apertura de la puerta delante suyo. ¡Maravilloso! Por un extraordinario accidente el familiar que la cerró había girado la pesada llave de manera que el pestillo no había entrado en el hueco, y las puertas giraron sobre sus bisagras.
El Rabbi se aventuró con su mirada hacia afuera. Con la ayuda de un polvillo luminoso, él distinguió primeramente un semicírculo de paredes a través de las que se proyectaba una escalera; y opuesto a él, en la cima de seis peldaños de piedra, una especie de portal negro, que se abría a un inmenso corredor, cuyos primeros ángulos eran visibles desde abajo.
Esperanzado se arrastró hasta el umbral. Sí, era realmente un corredor, pero parecía interminable. Una anémica luz lo iluminaba: eran lámparas suspendidas desde el abovedado cielo raso que iluminaban a intervalos deslucido matiz del ambiente, la distancia era cubierta en sombras. No había una puerta en todo el pasillo. Unicamente, a un lado, el izquierdo, había pesadas troneras enrejadas, hundidos en las paredes, lo que dejaba pasar una luz que bien podía ser de la tarde. ¡Y qué terrible silencio! La vacilante esperanza del judío era tenaz ya que podría ser la última.
Sin dubitación, se aventuró en el pabellón, siempre bajo las troneras, tratando de convertirse a sí mismo en parte de la oscuridad de las paredes. Él avanzó lentamente, arrastrándose cuerpo a tierra, acallando los gritos de dolor cuando alguna herida abierta enviaba una aguda punzada a través de su cuerpo.
Súbitamente el sonido de unos pasos que se acercaban alcanzó su oído. Él tembló violentamente, y el miedo se reprimió, su vista se nubló. Bien, eso fue todo, no había duda. Se comprimió en un hueco, y medio muerto de miedo, esperó.
Era un familiar que venía apresurado. Él pasó velozmente, llevando en su mano fuertemente asido un instrumento de tortura, una espantosa figura, y luego desapareció. El pánico en que el rabbi entró pareció haber suspendido sus funciones vitales, y él estuvo cerca de una hora incapaz de moverse. Temiendo que las torturas se reiniciaran si era atrapado, pensó en regresar a su calabozo. Pero la vieja esperanza susurraba en su alma ese divino "tal vez" que nos consuela en las horas de peor dolor. Un milagro se había operado. Él no tenía que dudar ya más. Comenzó a reptar hacia su chance de escapar. Exausto por el sufrimiento y hambriento, estremecido del dolor, él se apuró a continuar. El sepulcral corredor pareció extenderse misteriosamente, mientras él, aún avanzando, miraba en la oscuridad en donde había más posibilidades de escape.
¡Oh, oh! Nuevamente escuchaba pasos, pero esta vez eran más lentos, más pesados. Las formas negra y blanca de dos inquisidores aparecieron, emergiendo de la oscuridad. Estaban conversando en tono bajo, y parecían discutir sobre algún asunto importante, ya que gesticulaban con vehemencia.
En vista de este espectáculo, Rabbi Aser Abarbanel cerró sus ojos; su corazón latía tan violentamente que casi lo estaba sofocando; sus harapos se humedecieron con el sudor frío de la agonía; él permaneció inmóvil pegado a la pared, su boca abierta, bajo los rayos de una lámpara, rezando al Dios de David.
Justamente enfrente a él, los dos inquisidores tomaron una pausa bajo la luz de la lámpara, indudablemente debido a algún accidente durante el curso de sus argumentaciones. Uno, mientras escuchaba a su compañero, contempló al rabbi. Y, bajo su vista, él se imaginó de nuevo sintiendo las ardientes tenazas quemando sus carnes, él era una vez más un hombre torturado. Desfalleciente, casi sin aliento, con párpados trémulos, él tembló al contacto con la sotana del monje. Pero, extrañamente aunque por un hecho natural, el vistazo del inquisidor no fue otro que el de un hombre evidentemente absorto en su conversación, fascinado por lo que estaba escuchando; sus ojos se clavaron y pareció mirar al judío sin llegar a verlo.
De hecho, luego del lapso de un par de minutos, las dos oscuras figuras lentamente siguieron su camino, aún conversando en tono bajo, hacia el mismo lugar del que el prisionero venía. Él no había sido visto. Entre la horrible confusión en la mente del rabbi, la idea se disparó en su cerebro: '¿Puedo estar muerto que ellos no llegan a verme?' Una horrible impresión lo atacó desde su letargo: mirando hacia la pared contra la cual su cara se pegó, él imaginó estar en presencia, dos feroces ojos que le miraban. Volvió su cabeza hacia atrás en un súbito frenesí de pavor, su cabello se encrespó. ¡Aún no! No. Su mano estuvo a tientas sobre las piedras: era el reflejo de los ojos del inquisidor, aún impresionados en su retina.
¡Adelante! Él tenía que apurarse hacia su ilusión de salvación, a través de la oscuridad, ya que estaba a unos treinta pasos de distancia. Él puso más velocidad a sus rodillas, sus manos, para poder verse a salvo de aquella pesadilla, y pronto entró en la porción de penumbra del terrible corredor.
Súbitamente el pobre miserable sintió una ráfaga de aire frío en las manos; venía desde bajo la pequeña puerta que estaba al final de las dos paredes.
Oh, Cielos, si esta puerta pudiera ser abierta. Todos los nervios del miserable cuerpo del fugitivo se tensaron en la esperanza. Examinó la puerta desde el piso hasta el marco superior, apenas era capaz de distinguir su contorno a pesar de la oscuridad reinante. Él pasó su mano sobre la puerta: no tenía cerradura, ¡no había cerradura! ¡Un picaporte! La empujó, el picaporte cedió a la presión de su pulgar: la puerta silenciosamente se abrió delante de él.
- ¡Halleluia! -murmuró el rabbi en una muestra de gratitud que, estando en el umbral, mientras contemplaba la escena delante de él.
La puerta se había abierto a un jardín, enmarcado en un cielo astrífero, ¡en primavera, libertad, vida! Se revelaban los campos vecinos, donde se dilataban las sierras, cuyas sinuosas líneas azules se recortaban contra el horizonte. ¡Por fin la libertad! ¡Oh, el escape! Él podría pasar toda la noche bajo los limoneros, cuyas fragancias lo embargaban. Una vez en las montañas estaría libre y seguro. Inhaló el delicioso aire; la briza lo revivió, sus pulmones se expandieron. Sintió en su corazón las Veniforas de Lázaro. Y para agradecer una vez más a Dios que le había otorgado su Gracia, él extendió sus brazos, elevando sus ojos al Cielo. ¡Fue un éxtasis de felicidad!
Entonces él imaginó que veía la sombra de sus brazos acercarse a sí, creyendo que estos oscuros brazos lo rodeaban, y como que era afectuosamente presionado contra el pecho de alguien. Una figura alta estaba frente a él. Él bajo sus ojos, y permaneció inmovil, jadeando para respirar, deslumbrado, con la vista fija, atontado por el terror.
¡Horror! Él estaba en el abrazo del Gran Inquisidor, el venerable Pedro Arbuez D'Espila, que lo contemplaba con ojos húmedos de lágrimas, como un buen pastor que ha encontrado a su oveja descarriada.
El oscuro sacerdote presionó al desventurado judío contra su corazón con enorme fervor, con un arranque de amor, que el filo de la toga friccionó el pecho del domínico. Y mientras Aser Abarbanel con ojos desorbitados gemía en agonía del abrazo del místico, vagamente comprendió que todas las fases de su fatal tarde fueron únicamente parte de una tortura premeditada, la de la Esperanza. El Gran Inquisidor, con un acento de reprobación y una mirada de consternación, murmuró en su oído, su respiración árida y ardiente de un largo ayuno:
- ¡Qué, hijo mío! En la víspera, probablemente, de tu salvación, deseas dejarnos?

La Jaula



La Jaula
A. Bertram Chandler

El encarcelamiento es siempre una experiencia humillante, sea cual fuere el espíritu filosófico del prisionero. El encarcelamiento que nos inflige alguien de nuestra propia especie es muy desagradable, pero se puede hablar a los que nos han capturado, cabe conseguir que lo comprendan a uno al exponer sus necesidades, en ciertas ocasiones incluso apelar a ellos de hombre a hombre.
Pero el encarcelamiento constituye una humillación doble cuando los captores nos tratan como a un animal de especie inferior.

La partida del cohete patrulla podría, quizás, ser disculpada por no haber reconocido como seres racionales a los supervivientes de la nave de línea interestelar Lode Star. Habían transcurrido doscientos días por lo menos, desde su aterrizaje en el planeta innominado, un aterrizaje forzoso que se produjo cuando los generadores Ehrenhaft de laLode Star, obligados a trabajar con gran exceso sobre su capacidad normal por una avería del regulador electrónico, la hicieron volar lejos de las rutas regulares hasta una región inexplorada del espacio. La Lode Star había aterrizado con bastante facilidad, pero poco después (las desgracias nunca vienen solas), su pila atómica se hizo incontrolable y el capitán ordenó al primer oficial que evacuase a los pasajeros ¾los cuales no tenían por qué soportar la emergencia¾, llevándolos tan lejos como fuese posible.
Hawkins y el personal a su cargo se hallaban ya bastante lejos cuando se produjo un fogonazo de energía liberada y una explosión no muy violenta. Los supervivientes deseaban volver para presenciarlo, pero Hawkins los hizo seguir adelante con maldiciones y, a veces, golpes. Afortunadamente estaban a sotavento de la nave y así escaparon a los efectos de la explosión.
Cuando los fuegos artificiales parecieron teminar, Hawkins, acompañado por el doctor Boyle, el cirujano de la nave, regresó al lugar del desastre. Los dos hombres, temerosos de la radiactividad, fueron precavidos y se mantuvieron a una prudente distancia del cráter poco profundo y humeante aún, que indicaba dónde estuvo la nave. Era evidente que el capitán, sus oficiales y técnicos constituían ahora una parte infinitesimal de la nube incandescente en forma de hongo.
Después de esto, los cincuenta y tantos hombres y mujeres, supervivientes de la Lode Star, estaban cambiando. No fue un proceso rápido, ya que Hawkins y Boyle, ayudados por un comité de los pasajeros más responsables, habían combatido en una obstinada acción de retaguardia. Pero la suya era una lucha sin esperanza. El clima estaba en su contra, para empezar. Hacía calor, siempre en las cercanías de los treinta grados. Y había humedad, cayendo incesantemente una fina y cálida llovizna. El aire parecía rico en esporas de hongos que, por fortuna, no atacaban a la piel viva, pero medraban en la materia orgánica muerta y sobre las ropas. Se desarrollaban en un grado ligeramente menor en los metales y sobre los tejidos sintéticos que usaban muchos de los náufragos.
El peligro, un peligro exterior, hubiese contribuido a mantener la moral. Pero allí no existían animales peligrosos. Sólo existían pequeñas cosas de piel suave, no muy diferentes de las ranas, que avanzaban a saltitos a través de la maleza húmeda, y criaturas semejantes a peces en los numerosos ríos, que variaban en tamaño desde el tiburón al renacuajo y que poseían toda la belicosidad del primero.
El alimento no significó un problema, pasadas las primeras horas de hambre. Algunos voluntarios habían probado un hongo grande y suculento que crecía en los huecos de unos corpulentos árboles semejantes a helechos. Decidieron que tenía buen sabor. Tras un lapso de cinco horas, no habían muerto ni se quejaban de dolores abdominales. Aquel hongo constituiría la dieta habitual de los náufragos. En las semanas que siguieron, se encontraron otros hongos, bayas y raíces, todos ellos comestibles. Proporcionaban una ración gratamente recibida.
Pese al calor penetrante, el fuego era lo que más echaban de menos. Con él podrían haber completado su alimentación, cociendo los pequeños seres parecidos a ranas del bosque lluvioso y los peces de los riachuelos. Quienes mostraban un espíritu más esforzado, comían estos animales crudos, pero la mayor parte de los demás miembros de la comunidad los miraban con asco. El fuego les hubiese ayudado también a retrasar la oscuridad de las largas noches y, gracias a su calor y a su luz, desvanecer la ilusión de frialdad producida por el incesante rocío de todas las hojas y frondas.
Al huir de la nave, la mayoría de los supervivientes poseían encendedores de bolsillo, pero se perdieron con la desintegración de sus ropas. En todo caso, cualquier intento de encender una fogata en los primeros días, hubiese fallado al no existir, según aseguró Hawkins, un solo sitio seco en todo aquel maldito planeta. Hacer fuego ahora resultaba completamente imposible; aun cuando se hubiese contado entre ellos un experto en frotar dos ramitas secas, no hubiera encontrado material con que trabajar.
Se establecieron de modo permanente en la cima de una colina de escasa altura. (Allí no existía, en lo que podía distinguir la vista, ninguna montaña.) El bosque era allí menos espeso que en las llanuras circundantes, y el terreno menos pantanoso. Trenzando frondas de los helechos árboles, consiguieron construir unos refugios primitivos, más por motivos de aislamiento que por las comodidades que con ello pudieran obtener. Recurrieron con cierta desesperación a las formas gubernamentales de los mundos que habían abandonado para elegir un consejo. Boyle, el cirujano de la nave, fue su jefe. Hawkins fue rechazado sólo por dos votos, debido al resentimiento de muchos pasajeros, que atribuían al personal ejecutivo de la nave la responsabilidad por haberlos arrastrado a la presente situación.
La primera reunión del consejo tuvo lugar en una choza ¾si así pudiese llamarse¾, construida especialmente para tal propósito. Los miembros del consejo se acurrucaron en cuclillas formando un círculo. Boyle, el presidente, se puso de pie con lentitud. Hawkins sonrió con despecho al comparar la desnudez del cirujano con la pomposidad que parecía haber asumido en su rango electivo, confrontando la dignidad del hombre con la desaliñada apariencia que ofrecía su cabello gris, sin cortar ni peinar, y su desordenada y grisácea barba.
¾Señoras y caballeros ¾comenzó Boyle.
Hawkins miró en torno suyo los cuerpos desnudos y pálidos, los cabellos fibrosos y sin brillo, las largas uñas sucias de los hombres y los labios sin pintar de las mujeres. Pensaba que su aspecto tampoco era el de un oficial y un caballero.
¾Señoras y caballeros ¾continuó Boyle¾. Hemos sido elegidos para representar a la comunidad humana sobre este planeta. Sugiero que en esta primera reunión discutamos nuestras probabilidades de supervivencia, no como individuos sino como raza...
¾Quisiera preguntar al señor Hawkins cuáles son nuestras probabilidades de ser rescatados ¾preguntó una de las dos mujeres que componían el consejo, una criatura seca, con aspecto de solterona, de costillas y vértebras prominentes.
¾Insignificantes ¾respondió Hawkins¾, como ya sabe, no es posible ninguna comunicación con otras naves espaciales ni con estaciones planetarias cuando se está operando en el Sendero Interestelar. Cuando salimos del Sendero y vinimos a parar aquí en nuestro desgraciado aterrizaje, lanzamos una llamada de auxilio, pero no pudimos explicar nuestro paradero. Además, no sabemos si la llamada fue recibida o no...
¾Señorita Taylor ¾cortó Boyle malhumorado¾. Señor Hawkins. Quisiera recordarles que soy el presidente electo de este consejo. Ya tendremos tiempo después para una discusión general.
»Como la mayor parte de ustedes habrá supuesto ya, la edad de este planeta, biológicamente hablando, corresponde a la de la Tierra durante el período Carbonífero. Sabemos que todavía no existen especies que nos disputen nuestra supremacía. Con el tiempo tales especies surgirán (análogas a los lagartos gigantes fósiles de la Era Triásica), pero entonces estaremos sólidamente establecidos...
¾¡Estaremos muertos! ¾exclamó uno de los hombres.
¾Estaremos muertos ¾convino el doctor¾, pero nuestros descendientes sí estarán vivos. Tenemos que pensar en facilitarles el mejor punto de partida posible. El lenguaje que les legaremos...
¾No me interesa el lenguaje, doctor ¾chilló el otro miembro femenino. Era una rubia pequeña, delgada, de expresión dura¾. Es a mí a quien concierne la cuestión de los descendientes. Represento a las mujeres en edad de procrear..., somos quince aquí. Hasta ahora las muchachas han sido extremadamente cuidadosas. Tenemos razones para ello. ¿Puede garantizar, como médico, no disponiendo de drogas ni instrumentos, alumbramientos sin peligro? ¿Puede garantizar que nuestros hijos tendrán una buena probabilidad de supervivencia?
Boyle se desprendió de su pomposidad como de una prenda de vestir muy usada.
¾Seré franco ¾dijo¾. No dispongo, tal como usted apuntó, señorita Hart, de drogas ni de instrumentos. Pero puedo asegurarle que sus probabilidades de alumbramiento sin peligro son mucho mejores que las usuales en la Tierra durante, digamos, el siglo dieciocho. Le explicaré el motivo. En este planeta, que nosotros sepamos (y ya llevamos aquí lo suficiente para saberlo), no existen microorganismos nocivos al hombre. En el caso contrario, los que hemos sobrevivido seríamos ahora simples masas de supuración. La mayoría de nosotros, desde luego, hubiésemos muerto de septicemia hace tiempo. Creo que esto contesta las preguntas de ustedes dos.
¾No he terminado aún ¾insistió ella¾. Existe otro punto a considerar. Somos aquí cincuenta y tres, entre hombres y mujeres. Hemos contado diez matrimonios. Esto significa treinta y tres individuos solteros, de los cuales veinte son hombres. Veinte hombres para trece mujeres. Todas nosotros somos jóvenes, pero también somos mujeres. ¿Qué clase de fórmula estableceremos? ¿Monogamia? ¿Poliandria?
¾Monogamia, naturalmente ¾exclamó un hombre alto y delgado. Era el único entre los presentes que iba vestido, si así podía considerarse un sarmiento de vid arrollado a la cintura.
¾De acuerdo, entonces ¾observó la muchacha¾. Monogamia. La prefiero, desde luego. Pero le advierto que si vamos a seguir esta línea, surgirá un conflicto. En cualquier asesinato cuyos móviles sean la pasión y los celos, la mujer resulta tan posible víctima como el hombre, y no quiero verme complicada en eso.
¾¿Qué propone entonces, señorita Hart? ¾preguntó Boyle.
¾Sólo esto, doctor. Cuando llegue el momento, dejaremos a un lado el amor. Si dos hombres desean casarse con la misma mujer, que peleen por ella y el mejor la conseguirá y la conservará.
¾Selección natural... ¾murmuró el cirujano¾. Estoy a favor, pero debemos ponerlo a votación.

En la cima de la loma había una depresión poco profunda, un cuadrilátero natural. Alrededor de sus bordes se sentaron los náufragos, todos menos cuatro. Uno de ellos era el doctor Boyle, consciente que sus deberes presidenciales incluían los de árbitro. Se decidió que sería la persona más competente para declarar vencido a uno de los competidores. Otro miembro de este grupo era la joven Mary Hart. Había encontrado una varita dentada para peinar sus largos cabellos y tejido una guirnalda de flores amarillas, con la que pensaba coronar al vencedor. Hawkins se preguntó, al tomar asiento entre los otros miembros del consejo, si aquello significaba el deseo de imitar una ceremonia matrimonial terrestre, o bien pretendía resucitar algo más perverso.
¾Fue una lástima que las cenizas de la explosión cayeran sobre nuestros relojes ¾dijo el hombre grueso sentado a la derecha de Hawkins¾. Si tuviéramos algún sistema para medir el tiempo, podríamos establecer asaltos, y hacer de esto un combate de boxeo reglamentario.
Hawkins inclinó la cabeza. Miraba al curioso grupo en el centro del cuadrilátero: una petulante mujer bárbara, un pomposo anciano y dos jóvenes de oscura barba con cuerpos blancos y relucientes. Los conocía a ambos. Fennet había sido tripulante de la desdichada Lode Star. Clemens, por lo menos siete años mayor que él, era un pasajero y había sido prospector de minas en los mundos de la frontera.
¾Si tuviéramos algo para apostar ¾apuntó el hombre gordo¾, lo haría por Clemens. Ese cadete suyo no tiene nada que hacer. Ha sido educado para jugar limpio, Clemens está acostumbrado precisamente a lo contrario.
¾Fennet se encuentra en mejores condiciones ¾repuso Hawkins¾. Ha estado haciendo ejercicio, mientras que Clemens no hizo sino dormir y comer. ¡Fíjese que panza tiene!
¾No poseen nada de malo la carne sana y los músculos fuertes ¾afirmó el hombre gordo, dándose palmadas en el vientre.
¾¡Prohibido morderse y sacarse los ojos! ¾intervino el doctor¾. ¡Que gane el mejor!
Se separó vivamente de los contrincantes, quedando de pie junto a Mary Hart.
Ambos luchadores parecían preocupados, con los puños en tensión. Los dos tenían aire de deplorar que las cosas hubiesen llegado a tal extremo.
¾¡Adelante¾chilló al fin Mary Hart¾. ¿No me deseáis? Vais a vivir aquí mucho tiempo y os sentiréis muy solos sin una mujer.
¾Siempre podrían esperar hasta que tus hijas crecieran, Mary ¾bromeó uno de sus amigos.
¾¿Y si no tengo hijas? ¾arguyó ella¾. ¡A este paso, desde luego que no!
¾¡Adelante! ¾chilló la multitud¾. ¡Adelante!
Fennet inició el ataque. Avanzó desconfiado, golpeando débilmente con su puño derecho la cara mal protegida de Clemens. No fue un golpe duro, pero debió resultar doloroso. Clemens se llevó la mano a la nariz, la retiró y quedó mirando la sangre brillante que la manchaba. Profirió un gruñido, se adelantó pesadamente con los brazos abiertos para hacer presa en su enemigo. El joven saltó hacia atrás, golpeando dos veces más con la derecha.
¾¿Por qué no lo golpea de verdad? ¾preguntó el hombre grueso.
¾¿Para romperse todos los huesos del puño? No llevan guantes, amigo ¾repuso Hawkins.
Fennet decidió intentar una finta. Se mantuvo firme, con los pies ligeramente separados, y puso en juego su derecha una vez más. Esta vez su blanco no fue el rostro de su contrincante, sino el vientre. Hawkins se sorprendió al ver que el prospector encajaba los golpes con aparente ecuanimidad. Debía ser, pensó, mucho más resistente de lo que aparentaba en realidad.
El cadete saltó a un lado vivamente... y resbaló en la hierba húmeda. Clemens cayó pesadamente sobre él. Hawkins pudo oír el silbido del aire saliendo forzado de los pulmones del muchacho. Los gruesos brazos del prospector rodearon el cuerpo de Fennet, cuando la rodilla de éste se lanzó rencorosamente contra la ingle de su adversario. Clemens emitió un gemido, pero continuó apretando fieramente. Una de sus manos rodeaba ahora la garganta de Fennet; la otra, con los dedos malignamente engarfiados, intentó clavarse en los ojos del cadete.
¾¡Prohibido sacarse los ojos! ¾gritó Boyle¾. ¡Prohibido sacarse los ojos!
Se arrodilló para asir con ambas manos la gruesa muñeca de Clemens.
Algo hizo que Hawkins levantara la vista. Debía ser un sonido, aunque era difícil: los espectadores estaban gritando como hinchas del boxeo en un combate profesional. Apenas podía culpárseles, pues aquella era la primera ocasión para divertirse que habían tenido desde la pérdida de la nave. Debió ser en realidad el sexto sentido que poseen todos los buenos navegantes del espacio. Lo que vio le hizo lanzar un grito.
Un helicóptero se cernía sobre el cuadrilátero. Su diseño, sutilmente extraño, indicó a Hawkins que no se trataba de un aparato terrestre. Repentinamente, de su parte inferior cayó una red, al parecer de metal. Envolvió a los luchadores, atrapando también al doctor y a Mary Hart.
Hawkins volvió a gritar un chillido inarticulado. Incorporándose, se lanzó en auxilio de sus enredados compañeros. La red parecía como si estuviese viva. Retorcía alrededor de sus muñecas, ataba sus tobillos. Algunos otros náufragos corrieron a ayudar a Hawkins.
¾¡No os acerquéis! ¾advirtió¾. ¡Dispersaos!
El débil zumbido de los rotores del helicóptero aumentó en intensidad. La máquina se elevó en el aire. En un tiempo extraordinariamente breve, el cuadrilátero se redujo ante la vista del primer oficial a un pequeño círculo verde pálido, en el cual unas hormigas se escurrían sin dirección de un lado a otro. La máquina voladora se movía ya entre las nubes bajas envuelta en un blanco vacío.
Cuando, al fin, efectuó el descenso, Hawkins no se sorprendió al ver entre los árboles la torre plateada de una gran nave espacial inmóvil en una meseta llana.
El mundo al que fueron trasladados habría constituido una señalada mejora sobre el que acababan de dejar, de no ser por la equivocada bondad de sus captores. La jaula donde los tres fueron alojados reproducía, con notable fidelidad, las condiciones climáticas del planeta sobre el que se perdió la Lode Star. Estaba acristalada y desde unos rociadores situados en el techo caía una constante llovizna de agua templada. Un par de helechos aburridos proporcionaba cierto refugio contra el deprimente y continuo aguacero. Dos veces diarias en la parte trasera de la jaula, hecha al parecer de hormigón, se abría una compuerta y por ellas les arrojaban tabletas de un hongo decididamente similar al que había constituido su alimento. En el suelo de la jaula existía un hoyo; los prisioneros supusieron acertadamente que tenía un propósito sanitario.
A ambos lados había otra jaula. En una de ellas estaba Mary Hart, sola. Podía hacerles gestos y ademanes de saludo, con la mano, y eso era todo. La otra encerraba a una bestia cuyas líneas generales hacían pensar en una langosta o un bogavante, pero con fuertes rasgos de calamar. Al otro lado de la ancha calle se levantaban otras jaulas, pero no podían ver su contenido.
Hawkins, Boyle y Fennet, sentados en el húmedo suelo, miraban a través de los gruesos cristales y los barrotes a los seres que los contemplaban desde el exterior.
¾Aunque sólo fueran humanoides ¾suspiraba el doctor¾. Si su forma fuera sólo un poco parecida a la nuestra, podríamos intentar convencerles que nosotros también somos seres inteligentes.
¾Pero no tienen la misma forma ¾repuso Hawkins¾. Y en la situación contraria, nos costaría trabajo admitir que tres barriles de cerveza con seis patas eran hombres y nuestros hermanos... Prueba otra vez el teorema de Pitágoras ¾indicó al joven.
Sin gran entusiasmo, Fennet arrancó frondas del helecho arborescente más cercano. Las rompió en pedazos más pequeños; después, las colocó en el suelo musgoso, formando la figura de un triángulo rectángulo, con los cuadrados construidos sobre los tres lados. Los nativos ¾uno grande, otro ligeramente menor y otro pequeño¾ lo miraban curiosamente con sus ojos planos y opacos. El mayor metió la punta de un tentáculo en un bolsillo ¾las cosas aquellas llevaban ropa¾ y sacó un paquete de brillantes colores, que entregó al pequeño. Éste desgarró la envoltura y comenzó a introducir pedazos de una materia azul brillante en la ranura de la parte superior, que obviamente le servía de boca.
¾Me gustaría que les estuviera permitido dar comida a los animales ¾suspiró Hawkins¾. Estoy harto de esos malditos hongos.
¾Recapitulemos ¾dijo el doctor¾. Después de todo, no nos queda más que hacer. Fuimos arrebatados, seis en total, de nuestro campamento por el helicóptero. Nos condujeron a la nave de observación, que no parece muy perfeccionada en relación a nuestros vehículos interestelares. Según usted, Hawkins, esa nave emplea un propulsor Ehrenhaft, o algo tan parecido como un hermano gemelo...
¾Exacto ¾aseveró Hawkins.
¾Ya dentro de la nave fuimos encerrados en jaulas separadas. No nos dan mal trato, porque nos proporcionan alimento y agua a frecuentes intervalos. Hemos desembarcado en este extraño planeta, pero no hay posibilidad de ver algo más. Estamos encerrados a la fuerza en jaulas como animales. Sabemos que nos conducen hacia alguna parte, pero eso es todo. Cuando llegamos, la puerta se abre y esos barriles de cerveza ambulantes nos apresan con pértigas provistas de redes. Cogieron a Clemens y a la señorita Taylor y se los llevaron. No volvimos a verlos. El resto de nosotros pasa la noche y las veinticuatro horas siguientes en jaulas individuales. Un día después nos traen a este... zoo.
¾¿Cree que los sometieron a vivisección? ¾preguntó Fennet¾. Nunca me ha gustado Clemens, pero...
¾Mucho me temo que sí ¾admitió Boyle¾. Nuestros amos conocerán ahora la diferencia entre los sexos. Desgraciadamente, la vivisección no permite descubrir inteligencia.
¾¡Brutos inmundos! ¾barbotó el joven.
¾Calma, hijo ¾aconsejó Hawkins¾. No se les puede culpar. Hemos practicado la vivisección en animales mucho más semejantes a nosotros de lo que lo somos a esas cosas.
¾El problema ¾prosiguió el doctor¾ es convencer a esas cosas (como usted las llama, Hawkins), que somos seres racionales como ellos. ¿Cómo definiríamos nosotros a un ser racional?
¾Como alguien que conoce el teorema de Pitágoras ¾repuso Fennet, enfurruñado.
¾Leí en alguna parte ¾observó Hawkins¾, que la historia del Hombre es la historia del animal que descubrió el fuego y el uso de herramientas...
¾Hagamos fuego, entonces ¾sugirió el doctor¾. Construyamos algunas herramientas y usémoslas.
¾No diga tonterías. No disponemos absolutamente de nada. Ni siquiera de un diente postizo... Hizo una pausa. Recuerdo ahora que cuando era joven, se pusieron de moda entre los cadetes de las naves interestelares los antiguos trabajos de artesanía. Nos considerábamos descendientes en línea directa de los tripulantes de los barcos a vela y aprendíamos a empalmar cuerdas y cables, a trenzar sogas, nudos de fantasía y todas esas cosas. Entonces, uno de nosotros tuvo la idea de hacer cestas. Prestábamos servicio en una nave de turismo y acostumbrábamos fabricar nuestras cestas a escondidas, las adornábamos después con colores vivos y las vendíamos a los pasajeros como auténticos souvenirs del Planeta Perdido del Rey Arturo VI. Ya se pueden imaginar lo que ocurrió cuando el capitán y el primer oficial lo descubrieron...
¾¿Adónde quiere ir a parar? ¾preguntó el doctor.
¾A eso precisamente. Demostraremos nuestra destreza manual, tejiendo cestas. Yo les enseñaré el procedimiento.
¾Podría resultar... ¾concedió Boyle lentamente¾. Podría servir, sí... Por otra parte, no olvidemos que ciertos pájaros y animales poseen esta habilidad. En la Tierra existe el castor, que construye presas muy ingeniosas; el pájaro tejedor, que fabrica un nido cubierto para su compañera como parte del ritual de enamoramiento...

Los guardianes del exterior debían conocer criaturas de hábitos amorosos semejantes a los del pájaro tejedor de la Tierra. Después de tres días de febril confección de cestas, que consumió todos los helechos arborescentes, Mary Hart fue sacada de su jaula y metida en la de los tres hombres. Una vez desahogada su histérica necesidad de hablar con alguien, se mostró bastante indignada.
Era una suerte, pensó Hawkins algo amodorrado, tener de nuevo con ellos a Mary. Unos días más de confinamiento solitario y la muchacha se hubiese vuelto loca, probablemente. Pero su presencia en la misma jaula creó algunos problemas. Hubo que vigilar a Fennet, incluso al viejo chivo de Boyle...
Mary chilló.
Hawkins despertó bruscamente. Vio la pálida silueta de Mary ¾en aquel mundo nunca había noche de perfecta oscuridad¾ y, al otro lado de la jaula, las sombras de Fennet y Boyle. Se puso apresuradamente en pie, y se dejó caer junto a la muchacha.
¾¿Qué sucede? ¾preguntó.
¾No lo sé... Una cosa pequeña, con uñas afiladas... Me corría por encima.
¾Oh ¾suspiró Hawkins¾, sólo fue «Joe».
¾¿Joe¾repitió sorprendida.
¾No sabemos exactamente si es varón o hembra.
¾Creo que es, decididamente, varón ¾intervino el doctor.
¾¿Qué es «Joe»? ¾insistió ella de nuevo.
¾Debe ser el equivalente local de un ratón ¾explicó el doctor¾, aunque no se parezca mucho. Anda por todas partes, buscando sobras de comida. Estamos tratando de domesticarlo...
¾¿Se han vuelto locos? ¾chilló ella¾. Hagan algo con él, ¡en seguida! Tienen que envenenarlo, o atraparlo. ¡Ahora!
¾Mañana ¾dijo Hawkins.
¾¡Ahora! ¾exigió Mary con un chillido.
¾Mañana ¾repitió Hawkins con firmeza.

La captura de «Joe» resultó fácil. Dos cestas planas, engoznadas como las valvas de una concha, sirvieron de trampa. Escondía un cebo en el interior, un pedazo grande de hongo. Dispusieron ingeniosamente un palito vertical para que cayera al menor tirón que moviera el cebo. Hawkins, insomne en su húmedo lecho, escuchó el leve y sordo chasquido, que le avisó del funcionamiento de la trampa. Escuchó los indignados gruñidos de «Joe» y las menudas uñitas que arañaban el robusto material de la cesta.
Mary Hart estaba dormida y Hawkins la sacudió.
¾Lo hemos atrapado ¾dijo.
¾Entonces hay que matarlo ¾contestó ella, soñolienta.
Pero no lo hicieron. Los tres hombres le habían tomado cariño. Al comenzar el día, lo trasladaron a una jaula que Hawkins había confeccionado para él. Hasta la joven se aplacó cuando vio aquella bola inofensiva de piel multicolor, que saltaba indignada, arriba y abajo, dentro de su prisión. Mary insistió en alimentar al animalito, y gritaba con alegre vehemencia cuando los finos tentáculos se alargaban para coger de sus dedos el fragmento de hongo.
Durante tres días se entretuvieron mucho con su mascota. Al cuarto, sus guardianes entraron en la jaula con sus redes, inmovilizaron a sus ocupantes y se llevaron a «Joe» y a Hawkins.
¾Me temo que no hay remedio ¾murmuró Boyle¾. Habrá corrido la misma suerte...
¾Estará disecado y expuesto en algún museo ¾comentó Fennet sombríamente.
¾No, no es posible ¾sollozó la muchacha¾. ¡No es posible!
¾Sí lo es ¾dijo el doctor.
Se abrió abruptamente la compuerta de la jaula. Antes que los tres humanos pudieran buscar refugio en un rincón, se oyó una voz:
¾Todo está arreglado, pueden salir.
Hawkins entró en la jaula. Estaba afeitado y su aspecto parecía saludable. Iba ataviado con unos pantalones cortos hechos de un material rojo y brillante.
¾Salgamos ¾dijo otra vez¾. Nuestros huéspedes nos han presentado sus más sinceras disculpas y han dispuesto un alojamiento más adecuado para nosotros. Tan pronto como tengan una nave disponible, iremos a recoger a los demás supervivientes.
¾No tan aprisa ¾exigió Boyle¾. Aclaremos esto. ¿Qué los hizo comprender que éramos seres racionales?
El rostro de Hawkins se oscureció.
¾Únicamente los seres racionales encierran a otros seres en jaulas ¾dijo.

F I N

domingo, 11 de septiembre de 2011

AL ABISMO DE CHICAGO Ray Bradbury


Ray Bradbury



Bajo un pálido cielo de abril, con un leve viento que disipaba el recuerdo invernal, el anciano entró en el parque casi vacío a mediodía. Sus lentos pies estaban envueltos en vendas manchadas de nicotina, y tenía los cabellos enmarañados, largos y grises, lo mismo que su barba, rodeando una boca que parecía temblar continuamente llena de revelaciones.
El anciano miró hacia atrás como si hubiera perdido más cosas de las que podía empezar a recordar allí, en el montón de ruinas, ante la desdentada silueta de la ciudad. Al no encontrar nada, siguió arrastrando los pies hasta que localizó un banco ocupado por una mujer solitaria. La contempló, asintió con la cabeza, se sentó al otro extremo del banco y no volvió a mirarla.
Permaneció con los ojos cerrados y la boca ocupada durante tres minutos, moviendo la cabeza como si su nariz estuviera escribiendo una palabra en el aire. Hecho esto, abrió la boca para pronunciar la palabra con voz clara y aguda:
- Café.
La mujer dio un respingo e irguió el cuerpo.
Los nudosos dedos del anciano voltearon en pantomima sobre su regazo, sin mirar.
- ¡Gira el abrelatas! ¡Envase rojo brillante de letras amarillas! Aire comprimido. ¡Pufff! Envasado al vacío. ¡Ssst! ¡Como una serpiente!
La mujer volvió la cabeza como si la hubiesen golpeado, para contemplar con horrorizada fascinación la lengua en movimiento del anciano.
- Qué perfume, qué aroma, qué olor. ¡Exquisitos, oscuros, maravillosos granos brasileños, recién molidos!
La mujer se puso en pie de un salto, tambaleándose como si acabase de recibir un tiro, y se agarró al respaldo del banco.
El anciano abrió los ojos de par en par.
- ¡No! Yo...
Pero ella echó a correr, y desapareció.
El anciano suspiró y reanudó su deambular por el parque hasta encontrar un banco donde estaba sentado un joven completamente absorto en la tarea de envolver hierba seca en un pequeño rectángulo de papel fino. Sus delgados dedos moldearon la hierba tiernamente, en un rito casi sagrado, temblando mientras enrollaba el tubo; luego lo colocó entre sus labios e, hipnóticamente, lo encendió. Se reclinó hacia atrás, bizqueando de placer, comulgando con el fétido aire que invadía su boca y sus pulmones. El anciano contempló el humo exhalado disolviéndose en el viento de mediodía, y dijo:
- Chesterfield.
El joven se cogió las rodillas con fuerza.
- Raleighs - dijo el anciano -. Lucky Strike.
El joven le miró fijamente.
- Kent. Kools. Marlboro - dijo el anciano, sin mirar al joven -. Así se llamaban. Paquetes blancos, rojo, ámbar, verde hierba, azul celeste, dorado, con la tirilla roja en la parte superior para quitar el crujiente celofán, y la etiqueta azul del impuesto del Gobierno...
- ¡Cállese! - dijo el joven.
- Se compraban en las droguerías, en los quioscos de refrescos, en las estaciones del Metro...
- ¡Cállese!
- Calma - dijo el anciano -. Ese humo me ha hecho pensar...
- ¡No piense! - El joven hizo un gesto tan violento que su cigarrillo liado a mano cayó deshecho sobre sus piernas -. ¡Mire lo que ha conseguido!
- Lo siento. Era un día tan agradable y amistoso...
- ¡Yo no soy amigo de nadie!
- Todos somos amigos ahora; si no ¿para qué vivimos?
- ¿Amigos? - refunfuñó el joven, sacudiéndose del regazo la hierba y el papel -. Tal vez hubieran «amigos» en los años setenta, pero ahora...
- Mil novecientos setenta. Tú debías ser un niño entonces. Todavía se encontraban caramelos Butterfingers envueltos en papel de color amarillo canario. Baby Ruths, Clark Bars en papel naranja; Milky Ways... tómese un universo de estrellas, cometas, meteoros. Qué bonito...
- Nunca fue bonito. - El joven se puso en pie súbitamente -. ¿Qué le pasa a usted?
- Recuerdo las limas y los limones, eso es lo que me pasa. ¿Te acuerdas de las naranjas?
¡Maldita sea! Naranjas, un cuerno. ¿Me está llamando embustero? ¿Quiere ponerme enfermo? ¿Está usted chiflado? ¿No conoce la ley? ¿No sabe que puedo denunciarle?
- Lo sé, lo sé - dijo el anciano, encogiéndose de hombros -. El tiempo que hace me ha engañado. Me ha hecho comparar...
- Comparar rumores. Es como dicen ellos, la Policía, los Agentes Especiales. Ellos lo dicen. Son rumores, maldito agitador. Usted...
Cogió al anciano por las solapas, que se desgarraron, por lo que hubo de agarrarle otra vez, gritándole a la cara:
- Le voy a romper la crisma... Hace mucho tiempo que no le parto la cara a nadie...
Empujó al anciano. Del empujón pasó a las bofetadas, y de las bofetadas a los puñetazos: una verdadera lluvia de golpes cayó sobre el anciano, que la soportaba como alguien sorprendido por una terrible tormenta. Con sólo los dedos intentaba protegerse de los puños que magullaban sus mejillas, sus hombros, su frente, su barbilla, mientras el joven gritaba cigarrillos, gemía caramelos, aullaba tabacos, chillaba golosinas, y cuando el anciano cayó le atacó a puntapiés. De pronto, el joven dejó de golpearle y empezó a llorar. Al oír aquel ruido, el anciano, caído en el suelo, retorciéndose de dolor, apartó sus dedos de su boca lastimada y abrió los ojos para mirar con asombro a su agresor. El joven sollozaba.
- Por favor... - suplicó el anciano.
Los sollozos del joven se hicieron más ruidosos, y le brotaron lágrimas de los ojos.
- No llores - dijo el anciano -. No estaremos siempre hambrientos. Reconstruiremos las ciudades. Oye, no quise hacerte llorar, sólo quería que pensaras a dónde vamos, lo que estamos haciendo, lo que hemos hecho... No me pegabas a mí. Querías golpear otra cosa, pero yo estaba más a mano. Mira, no me has hecho nada. Estoy bien.
El joven dejó de llorar y bajó los ojos para mirar al anciano, quien forzó una sonrisa bañada en sangre.
- Usted... no puede andar por el mundo - dijo el joven - molestando a la gente. ¡Voy a buscar a alguien para que le ajuste las cuentas!
- ¡Espera! - El anciano hizo un esfuerzo por incorporarse -. ¡No!
Pero el joven, dando voces, echó a correr hacia la salida del parque.
Semiincorporado, el anciano se tentó los huesos, encontró uno de sus dientes caído entre la gravilla, lleno de sangre, y lo cogió tristemente.
- Estúpido - dijo una voz.
El anciano miró a su alrededor y hacia arriba.
Un hombre delgado, de unos cuarenta años, se apoyaba en un árbol cercano, con una expresión de cansancio y de curiosidad en su alargado rostro.
- Estúpido - repitió.
El anciano le miró con aire asombrado.
- ¿Ha estado usted ahí todo el tiempo, y no ha hecho nada?
- ¿Qué debía hacer? ¿Luchar con un tonto para salvar a otro? No. - El desconocido le ayudó a levantarse y sacudió el polvo de sus ropas -. Sólo peleo cuando vale la pena hacerlo. Vamos, le llevaré a mi casa.
El anciano volvió a mirarle con asombro.
- ¿Por qué?
- Ese muchacho regresará con la policía de un momento a otro. No quiero que le encierren; es usted un producto muy valioso. Había oído hablar de usted y le buscaba desde hace varios días. Y he tenido que encontrarle representando uno de sus famosos números... ¿Qué le dijo al muchacho para que se enfadase tanto?
- Le hablé de naranjas y de limones, de caramelos y cigarrillos. Estaba a punto de recordarle con todo detalle los juguetes de cuerda, las pipas de brezo y los cepillos de cerda cuando hizo caer el cielo sobre mí.
- Casi no se lo reprocho. A mí mismo me están entrando ganas. ¡Vámonos ya, oigo una sirena!
Y salieron rápidamente del parque.

Bebió primero el vino hecho en casa, porque resultaba más fácil. La comida tendría que esperar hasta que su hambre venciera al dolor en su boca lastimada. Sorbió, asintiendo con la cabeza.
- Excelente, muchas gracias. Excelente.
El desconocido que le había sacado rápidamente del parque estaba sentado frente a él en la endeble mesa del comedor, mientras la esposa del desconocido colocaba unos platos rajados y desconchados sobre el raído mantel.
- La paliza - dijo el marido, finalmente -. ¿Cómo ocurrió?
Al oír esto, la esposa casi dejó caer un plato.
- Tranquilízate - dijo el marido -. Nadie nos ha seguido. Adelante, viejo. Cuéntenos por qué se comportaba usted como un santo aspirante al martirio. Es usted famoso, ¿no lo sabía? Todo el mundo ha oído hablar de usted. A muchos les gustaría conocerle. Pero yo deseo conocer en primer lugar las razones de su conducta. ¿Bien?
Pero el anciano estaba absorto en la contemplación del plato desconchado que tenía ante sí. ¡Veintiséis! ¡No: veintiocho guisantes! Contó la suma increíble, se inclinó sobre tan insólitas legumbres como un hombre que reza se inclina sobre las cuentas de su rosario. Veintiocho gloriosos guisantes verdes, y unas cuantas hilachas de fideos medio rancios anunciando que hoy las cosas iban mejor. Pero debajo del montoncito de pasta, el plato rajado demostraba que las cosas habían ido peor desde hacía muchos años. El anciano se quedó como suspendido sobre el plato, semejante a un enorme e inexplicable pajarraco caído por azar en aquel frío apartamento. Sus samaritanos anfitriones le contemplaron hasta que finalmente dijo:
- Estos veintiocho guisantes me recuerdan una película que vi cuando era niño. Un cómico... ¿Entienden ustedes esa palabra? Un hombre que hacía reír se encontraba con un loco en un asilo nocturno, y...
El marido y la esposa rieron en voz baja.
- No, no es ese todavía el chiste, lo siento - se disculpó el anciano -. El loco invitaba al cómico a sentarse ante una mesa vacía, sin cuchillos, ni tenedores, ni comida. «La cena está servida», anunciaba. Temiendo ser asesinado, el cómico le seguía la corriente. «¡Excelente!», exclamaba, fingiendo masticar la verdura, el filete y el postre, aunque no mordía nada. «¡Estupendo! ¡Maravilloso!», y tragaba aire. Ahora pueden reír.
Pero el marido y la esposa, completamente inmóviles, se quedaron mirando los platos y su mísero contenido
El anciano meneó la cabeza y continuó:
- El cómico, creyendo convencer al loco, exclamaba: «¡Y estos melocotones regados con coñac! ¡Soberbios!» «¿Melocotones?», gritó el loco, sacando un revólver. «¡Yo no he servido melocotones! ¡Está loco!» Y mataba al cómico por la espalda.
Durante el silencio que siguió, el anciano, cogió el primer guisante y lo sopesó amorosamente en la punta de su tenedor de estaño. Estaba a punto de llevárselo a la boca cuando...
Resonó una imperiosa llamada en la puerta.
- ¡Policía especial! - gritó una voz.
En silencio, pero temblando, la esposa ocultó el plato extraordinario.
El marido se levantó con serenidad para conducir al anciano hacia una pared, en la cual se abrió un entrepaño. El anciano pasó al otro lado, el entrepaño volvió a cerrarse y el anciano permaneció oculto allí, a oscuras, mientras al otro lado, invisible, se abría la puerta del apartamento. Se oyeron murmullos de voces excitadas. El anciano podía imaginar al Agente Especial con su uniforme azul oscuro, con el revólver en el puño, entrando para no ver sino los escasos muebles, las paredes desnudas, el resonante suelo de linóleo, las ventanas con hojas de cartón sustituyendo a los cristales: toda una delgada y grasienta película de civilización dejada sobre la playa vacía cuando se retiró la marea de la guerra.
- Estoy buscando a un viejo - dijo la cansada voz de la autoridad al otro lado de la pared. Qué extraño, pensó el anciano, incluso la ley suena cansada ahora -. Usa ropas remendadas... - Pero ahora todo el mundo llevaba ropas remendadas -. Sucio. De unos ochenta años de edad...
Pero, ¿acaso no va todo el mundo sucio? ¿No somos todos viejos?, se gritó el anciano en su fuero interno.
- Si le entregan, la recompensa son raciones para una semana - dijo la voz del policía -, más diez latas de verduras y cinco latas de sopa como gratificación especial.
Envases de hojalata con sus etiquetas de brillantes colores, pensó el anciano. Las latas aparecieron como meteoros deslizándose sobre sus párpados en la oscuridad. ¡Una atractiva recompensa! No DIEZ MIL DOLARES, ni VEINTE MIL DOLARES, no, no, sino... cinco maravillosas latas de sopa auténtica, no de sucedáneo, y diez, cuéntalas, diez hermosas y brillantes latas de verduras exóticas tales como habichuelas verdes y maíz tierno... ¡Piensa en ello! ¡Piensa!
Siguió un largo silencio, durante el cual el anciano creyó oí, leves murmullos de estómagos revolviéndose intranquilos, amodorrados pero capaces de evocar cenas más opíparas que los residuos de la antigua ilusión convertida en pesadilla durante el largo crepúsculo que había seguido al D. A.: Día del Aniquilamiento.
- Sopa, verduras - repitió la voz del policía -. ¡Quince hermosas latas!
La puerta se cerró de golpe.
Las pesadas botas resonaron a través del destartalado inmueble, y se oyeron nuevas llamadas a las tapaderas de ataúd de las puertas, para volver a otros Lázaros a la vida hablándoles en voz alta de latas brillantes y sopas auténticas. Finalmente, los golpes cesaron y resonó un último portazo.
El entrepaño volvió a abrirse. Marido y mujer evitaban mirar al anciano cuando salió. Él sabía por qué, e hizo gesto de tocarles el brazo.
- Hasta yo mismo - dijo, suspirando -. Hasta yo estuve a punto de entregarme para reclamar la recompensa, para comer la sopa...
Pero ellos continuaban sin mirarle.
- ¿Por qué? - inquirió -. ¿Por qué no me han entregado? ¿Por qué?
El marido, como si hubiera recordado algo de pronto, hizo una seña a su esposa. Ella se dirigió hacia la puerta, vaciló; su marido asintió con la cabeza, impaciente, y ella salió, silenciosa como un soplo sobre una telaraña. La oyeron deslizarse a lo largo del vestíbulo, llamando suavemente a las puertas, las cuales se abrían a susurros y murmullos.
- ¿Qué está haciendo? ¿Qué se propone hacer usted? - preguntó el anciano.
- Ya lo verá. Siéntese y termine de cenar - dijo el marido -. Dígame por qué es usted tan loco que ha llegado a enloquecernos a nosotros hasta el punto de ir a buscarle y traerle aquí.
- ¿Por qué soy tan loco? - El anciano se sentó y se puso a masticar lentamente, tomando uno a uno los guisantes del plato que le había sido devuelto -. Sí, soy un loco. ¿Cómo empezó mi locura? Hace años contemplé el mundo en ruinas, las dictaduras, los estados y naciones esquilmadas, y me dije: «¿Qué puedo hacer yo, un débil anciano? ¿Qué? ¿Reparar el desastre? ¡Bah!» Pero una noche, medio dormido, un antiguo disco de fonógrafo resonó en mi cabeza. Dos hermanas, llamadas Duncan, famosas cuando yo era un niño, cantaban una canción llamada RECORDANDO. «Recordar es lo único que hago, querido, conque inténtalo y recuerda tú conmigo.» Repetí la canción y no era una canción, sino un sistema de vida. ¿Qué podía ofrecer a un mundo que empezaba a olvidar? ¡Mi memoria! ¿Para qué iba a servir eso? Para ofrecer un nivel de comparación; decirles a los jóvenes lo que fue en otro tiempo, poner en evidencia nuestras pérdidas. Descubrí que, cuanto más recordaba, más lograba recordar. Según con quién me sentaba, recordaba las flores de imitación, los teléfonos, las neveras, las chicharras (¿ha hecho usted sonar alguna vez una chicharra?), los dedales, y los clips de bicicleta; no las bicicletas, no, sino los clips de bicicleta... ¿Verdad que resulta curioso? En cierta ocasión un hombre me pidió que recordara los instrumentos de a bordo de un Cadillac. Los recordé y se los descubrí detalladamente. Mientras me escuchaba unas gruesas lágrimas se deslizaron por sus mejillas. ¿Lágrimas de felicidad... o de tristeza? No puedo saberlo. Sólo puedo recordar. No hago literatura, no; nunca he tenido memoria para las comedias o los poemas. Son algo que se pierde, que muere. En realidad, no soy más que un evocador de lo vulgar, que al fin y al cabo es algo que también forma parte de la civilización. Lo único que ofrezco realmente son los restos y cacharros cromados de tercera mano de una civilización que acabó por correr hacia el precipicio. Pero, de un modo u otro, la civilización debe ponerse de nuevo en marcha. Los que sepan ofrecer delicada poesía, que la recuerden, que la ofrezcan. Los que sepan tejer y fabricar hermosas redes, que las tejan, que las fabriquen. Mi talento es menos importante que el de ellos, y tal vez desdeñable en el largo trecho a recorrer hacia la antigua cumbre. Pero yo debo soñar que vale la pena. Porque, insignificantes o no, las cosas que la gente recuerde son las que tratará de recuperar. En consecuencia, me dedico a ulcerar sus deseos medio muertos con el ácido de mis recuerdos. Tal vez así se decidan a reconstruir la ciudad, el Estado y luego el mundo. Hagamos que un hombre desee el vino, otro un cómodo sillón; un tercero querrá un planeador con alas para remontarse sobre los vientos de marzo y construirá pterodáctilos electrónicos de mayor tamaño para dominar vientos todavía más fuertes, con un mayor número de pasajeros. Algún tonto deseará tener un árbol de Navidad, y un listo sabrá buscarlo. Juntemos todos esos deseos, y yo estaré allí para inducir a esos hombres a realizarlos. Sí, en otro tiempo hubiera gritado: «¡Sólo lo mejor de lo mejor, sólo la calidad verdadera!» Pero las rosas pueden florecer sobre el estiércol. Lo vulgar debe existir para que pueda florecer lo más excelente. Yo seré el más vulgar que exista y combatiré a todos los que dicen déjalo correr, húndete, revuélcate en el polvo, deja que las razas cubran el sepulcro donde estás enterrado vivo. Protestaré contra las tribus de hombres - mono vagabundos, contra los hombres - oveja que mastican la hierba de los campos despreciados por los lobos feudales que se hacen fuertes en las cumbres de los escasos rascacielos restantes y acaparan los alimentos olvidados. Mataré a esos villanos con un abrelatas y un sacacorchos. Los pondré en fuga con fantasmas de Buick, Kissel-Kar y Moon, les azotaré con látigos de regaliz hasta que griten pidiendo misericordia. ¿Si será posible conseguirlo? Ha de intentarse.
Con las últimas palabras, el anciano revolvió el último guisante en su boca, mientras su samaritano anfitrión se limitaba a mirarle con expresión de amable asombro. En toda la casa la gente se removía, se abrían y cerraban puertas, y los rumores crecían en intensidad por los corredores. El desconocido dijo:
- ¿Y usted me pregunta por qué no le hemos entregado? ¿Oye esos rumores al otro lado de la puerta?
- Parece como si todos los habitantes del inmueble...
- Todos. Viejo loco, ¿recuerda los cinematógrafos? Mejor aún, ¿los cinematógrafos al aire libre donde se podía entrar en automóvil?
El anciano sonrió.
- ¿Los recuerda usted?
- Casi.
- Mire, si va a seguir siendo un loco, si quiere correr riesgos, hágalo ahora y de una sola vez, ante un auditorio numeroso. ¿Por qué desperdiciar su aliento con una persona, o con dos o incluso tres, si...
El marido abrió la puerta e hizo un gesto con la cabeza hacia fuera. En silencio, uno a uno o por parejas, entraban los habitantes del inmueble. Entraban en aquella habitación como si fuese una sinagoga, o una iglesia, o ese otro tipo de templo llamado cinematógrafo, o el tipo de cinematógrafo llamado cine al aire libre. Y la tarde iba cayendo; el sol se hundía en el horizonte y muy pronto, en las primeras horas de la noche, al caer la oscuridad, la habitación quedaría envuelta en sombras y una sola luz iluminaría al anciano y éste hablaría y ellos escucharían y se cogerían de la mano y sería como en los viejos tiempos en las salas a oscuras, o en el interior de los coches, y sería sólo un recuerdo: palabras por palomitas, y palabras por goma de mascar, y refrescos, y bombones; pero las palabras, de todos modos, las palabras...
Y mientras la gente entraba y se sentaba en el suelo, y el anciano les contemplaba, negándose a creer que hubieran acudido sin conocerle siquiera, el marido dijo:
- ¿No es mucho mejor esto que correr un riesgo al aire libre?
- Sí. Es extraño... Odio el dolor, odio ser golpeado y perseguido. Pero mi lengua se mueve. Debo escuchar lo que dice. Pero esto es mejor.
- Bien. - El marido metió un billete rojo en la palma de la mano del anciano -. Cuando esto haya terminado, dentro de una hora, aquí hay un billete de un amigo mío que trabaja en Transportes. Un tren cruza el país cada semana. Cada semana consigo un billete para algún idiota al que deseo ayudar. Esta semana le toca a usted.
El anciano leyó el punto de destino en el doblado papel rojo:
- ABISMO DE CHICAGO. - Y añadió -: ¿Todavía está allí el Abismo?
- El año que viene, por estas fechas, el lago Michigan puede irrumpir a través de la última corteza y formar un nuevo lago en el pozo donde en otro tiempo estuvo la ciudad. Hay vida de todas clases en los bordes del cráter, y una vez al mes sale hacia el oeste un tren secundario. Cuando llegue allí, siga viaje y olvide que nos ha conocido. Le daré una pequeña lista de personas como nosotros. Cuando haya pasado algún tiempo, procure localizarlas: viven en lugares desérticos. Pero, por el amor de Dios, quédese al aire libre, durante un año y tómese unas vacaciones. Mantenga cerrada su maravillosa boca. - El marido le entregó una tarjeta amarilla -. Este es un dentista amigo mío. Dígale que le haga una dentadura nueva que sólo se abra a las horas de comer.
Al oír esto, algunos de los presentes se echaron a reír, y el anciano también rió silenciosamente. Los vecinos, docenas de ellos, habían acabado de entrar y era tarde. Marido y esposa cerraron la puerta y se quedaron de pie junto a ella, y se volvieron para presenciar la última ocasión especial en que el anciano podría abrir su boca.
El anciano se puso en pie.
Su auditorio permaneció inmóvil y silencioso.
El tren entró a medianoche, oxidado y ruidoso, en una estación súbitamente llena de nieve. Bajo la cruel ventisca, gentes mal lavadas subieron a los anticuados vagones empujando al anciano por el pasillo hasta un compartimiento vacío que en otro tiempo había sido un lavabo. El suelo no tardó en quedar convertido en un lecho rodante sobre el cual dieciséis personas se retorcían y daban vueltas en la oscuridad, tratando de conciliar el sueño.
El tren se precipitó a través de la blancura desierta.
El anciano se repetía: «Silencio, cállate, no hables, no digas nada, quédate quieto, ¡piensa!, ¡cuidado!, ¡no te muevas!», mientras se veía mecido, traqueteado, sacudido de acá para allá. Permanecía medio recostado contra una pared. Sólo había otro pasajero de pie en aquel horrible compartimiento: a unos pies de distancia, también recostado contra la pared, estaba un muchacho de ocho años cuya palidez enfermiza cubría sus mejillas. Completamente despierto, con los ojos brillantes, parecía contemplar, contemplaba, la boca del anciano. El muchacho miraba porque no tenía más remedio. El tren pitaba, rugía, traqueteaba, aullaba y corría.
Transcurrió media hora de estruendosa carrera nocturna bajo la luna velada por la nieve, y la boca del anciano permaneció herméticamente cerrada. Otra hora, y continuó cerrada. Una hora más y empezaron a aflojarse los músculos alrededor de sus mejillas. Otra, y sus labios se entreabrieron para desentumecerse. El muchacho permanecía despierto. El muchacho miraba, esperaba. Inmensos velos de silencio cernían el aire nocturno exterior, hendido por el avance del tren. Los viajeros, sumidos en un inconfesado terror, entumecidos por la velocidad, dormían cada uno su sueño, pero el muchacho no apartaba los ojos, y al fin el anciano se inclinó hacia delante, muy despacio.
- Eh..., muchacho. ¿Cómo te llamas?
- Joseph.
El tren traqueteaba y gruñía como un monstruo avanzando a través de una oscuridad intemporal hacia una mañana inimaginable.
Joseph... - El anciano saboreó la palabra y se adelantó un poco más, con los ojos risueños y brillantes. Su rostro se llenó de pálida belleza. Sus ojos se dilataron hasta que parecieron no ver. Miraban algo distante y oculto. Se aclaró la garganta, procurando no hacer ruido.
- Ejem...
El tren rugió al tomar una curva. La gente osciló de un lado a otro en sueños.
- Bueno, Joseph - susurró el anciano, alzando suavemente los dedos al aire -. Érase una vez...

FIN

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