BLOOD

william hill

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miércoles, 27 de junio de 2012

TU FRIALDAD





TU  FRIALDAD







Cada noche mi vida es para ti 
como un juego cualquiera 
y nada más 
porque a mi me atormenta en el alma 
tu frialdad .

Yo quisiera saber 
si mi alma es igual 
a la de cualquier mujer 
porque a mi me atormenta 
en el alma 
tu frialdad . 

Y sueño con gran pasión 
que vives para mi 
como yo vivo, niño, 
por ti.

martes, 26 de junio de 2012

HAN CAIDO LOS DOS



HAN CAIDO LOS DOS


Han caído los dos cual soldados fulminados al suelo
y ahora están atrapados los dos en la misma prisión
vigilados por el ojo incansable del deseo voraz
sometidos a una insoportable tensión de silencio.
Han caído los dos bajo el punto de vista exclusivo
iniciando una guerra en que nadie pudo vencer jamás
ella sabe lo que el hombre espera sin haberlo aprendido
y él encuentra un sentido al enigma que no le dejaba existir.
Antes eran dos barcos sin rumbo
hoy son dos marionetas que van
persiguiendo una luz cegadora
por la línea del tiempo.
Han caído los dos en la boca de un dios tenebroso
que sonríe mostrando sus dientes de acero.
Han caído los dos cual soldados fulminados al suelo
y ahora están atrapados los dos en la misma prisión
vigilados por el ojo incansable del deseo voraz
sometidos a una insoportable tensión de silencio
Antes eran dos barcos sin rumbo
hoy son dos marionetas que van
persiguiendo una luz cegadora
por la línea del tiempo.
Han caído los dos en la boca de un dios tenebroso
que sonríe mostrando sus dientes de acero
Ella sabe lo que el hombre espera sin haberlo aprendido
y él encuentra un sentido al enigma que no le dejaba existir




viernes, 8 de junio de 2012

LOS CANGREJOS CAMINAN SOBRE LA ISLA



LOS CANGREJOS CAMINAN SOBRE LA ISLA
Anatoli Dneprov



- ¡Eh! ¡Vayan con cuidado! - les gritó Cookling a los marineros. Estos estaban con el
agua hasta la cintura, y después de haber metido por la borda de la barca un pequeño
cajón de madera, intentaban arrastrarlo a lo largo de la borda.
Era el último cajón de los diez que había traído el ingeniero a la isla.
- ¡Vaya calor! Es un infierno - se lamentó Cookling secándose el rollizo y rojo cuello con
un pañuelo de colores. Después se quitó la camisa empapada de sudor y la echó sobre
la arena -. Desnúdese, Bad, aquí no hay ninguna civilización.
Yo miré melancólicamente la ligera goleta, que se mecía lentamente en las olas a unos
dos kilómetros de la costa. Debería volver por nosotros al cabo de veinte días. - ¿Para
qué demonios nos hemos metido con sus máquinas en este infierno solar? - le dije a
Cookling cuando me quitaba la ropa -. Con este sol, mañana se podrá liar tabaco con su
piel.
- No importa. El sol nos hace mucha falta. A propósito, mire, ahora es exactamente
mediodía y lo tenemos verticalmente sobre la cabeza.
- En el ecuador siempre es así - mascullé sin apartar los ojos de la «Paloma» -, según
lo describen todos los libros de geografía.
Se acercaron los marineros y se pararon en silencio ante el ingeniero. Este,
pausadamente, metió la mano en el bolsillo del pantalón y sacó un fajo de billetes.
- ¿Basta? - preguntó alargándoles unos cuantos.
Uno de ellos asintió con la cabeza.
- En este caso, están libres. Pueden regresar a la nave. Recuérdenle al capitán Gale
que lo esperamos dentro de veinte días.
- Manos a la obra, Bad - me dijo Cookling -. Estoy muy impaciente por empezar.
Yo lo miré fijamente.
- Hablando claramente, no sé para qué hemos venido aquí. Comprendo que allá en el
Almirantazgo usted quizá tuviese ciertos reparos en decírmelo todo. Ahora creo que lo
puede hacer.
El rostro de Cookling se contrajo en una mueca y miró al suelo.
- Claro que se puede... Y allá se lo habría dicho, de tener tiempo.
Presentí que mentía, pero no dije nada. Mientras tanto Cookling, de pie, se frotaba el
cuello rojo púrpura con la rolliza palma de la mano.
Sabía que cuando él iba a mentir, siempre hacía esto.
Ahora me lo confirmaba.
- Vea usted, Bad, se trata de un divertido experimento para verificar la teoría de ese,
cómo se llama... - se interrumpió y clavó sus ojos en los míos con mirada penetrante.
- ¿De quién?
- De sabio inglés... Caramba, se me ha ido de la cabeza su apellido... ¡Ah, lo recuerdo!
de Charles Darwin.
Me acerqué a él hasta tocarlo y le puse la mano en el hombro desnudo.
- Oiga, Cookling. Usted seguramente cree que soy un idiota de remate y que no sé
quién es Charles Darwin. Déjese de mentiras y dígame claramente para qué hemos
desembarcado en esta parcela de arena ardiente en medio del océano. Y le ruego que
no me mencione más a Darwin.
Cookling soltó una carcajada, abriendo la boca y mostrando sus dientes postizos. Se
separó unos cinco pasos y dijo:
- Y a pesar de todo usted es un estúpido, Bad. Precisamente vamos a comprobar aquí
la teoría de Darwin. - ¿Y para ello ha traído aquí diez cajones llenos de hierro? - le
pregunté acercándome de nuevo a él. Me quemaba la sangre el odio hacia este
gordiflón reluciente de sudor.
- Sí - dijo cesando de sonreír -. Y en lo que se refiere a sus obligaciones, antes que
nada tiene que abrir el cajón número uno y sacar la tienda de campaña, el agua, las
conservas y los instrumentos necesarios para abrir los demás cajones.
Cookling me habló como lo hizo en el polígono cuando me presentaron a él. Entonces
iba de uniforme militar y yo también.
- Está bien - musité entre dientes y me acerqué al cajón número uno.
En dos horas levantamos allí mismo, a la orilla, la tienda de campaña. Introdujimos en
ella la pala, la barra, el martillo, varios destornilladores, un punzón y otros instrumentos
de herrería. Allí mismo colocamos cerca de un centenar de latas de diferentes
conservas y los recipientes con agua dulce.
A pesar de ser jefe, Cookling trabajaba como un buey. En verdad estaba impaciente por
empezar. Trabajando no advertimos cómo la «Paloma» levó anclas y desapareció tras
el horizonte.
Después de cenar la emprendimos con el cajón número dos. En él había una carretilla
común de dos ruedas parecida a las que se usan en los andenes de las estaciones
ferroviarias para transportar el equipaje.
Me acerqué al tercer cajón, pero Cookling me detuvo: - Examinemos primeramente el
mapa. Tendremos que distribuir y llevar a diferentes sitios el resto de la carga.
Yo lo miré con asombro.
- Es necesario para el experimento - me explicó.
La isla era circular, como un plato vuelto hacia abajo, con una pequeña bahía en el
norte, precisamente donde desembarcamos. La bordeaba una playa de arena de unos
cincuenta metros de ancho. A continuación de la franja de arena empezaba una meseta
de poca altura con un matorral bajo y reseco por el calor.
El diámetro de la isla no pasaba de tres kilómetros.
En el mapa había unas señales con lápiz rojo: unas a lo largo de la playa, otras en el
interior.
- Lo que vamos a sacar ahora tenemos que distribuirlo por estos lugares - dijo Cookling.
- ¿Qué es esto? ¿Instrumentos de medición?
- No - dijo el ingeniero y se echó a reír. Tenía la exasperante costumbre de reírse
cuando alguien ignoraba lo que él sabía.
El tercer cajón pesaba terriblemente. Supuse que contenía una maciza máquina.
Cuando saltaron las primeras tablas, poco me faltó para gritar de asombro. Del mismo
se deslizaron y cayeron planchas y barras metálicas de diversas dimensiones y formas.
El cajón estaba repleto de piezas metálicas.
- ¡Como si tuviéramos que jugar al rompecabezas de cubos! - exclamé sacando los
pesados lingotes: paralelepipédicos, cúbicos, circulares y esféricos.
- ¡Quiá! - contestó Cookling y la emprendió con el siguiente cajón.
El cajón número cuatro y todos los siguientes, hasta el noveno inclusive, estaban llenos
de lo mismo: piezas metálicas.
Estas piezas eran de tres clases: grises, rojas y plateadas. Sin dificultad determiné que
eran de hierro, cobre y zinc.
Cuando iba a emprenderla con el décimo y último cajón Cookling dijo:
- Este lo abriremos cuando hayamos distribuido las piezas por la isla.
Los tres días siguientes los invertimos en distribuir el metal por la isla. Las piezas las
poníamos en pequeños montones. Unos, sobre la arena, otros, por indicación del
ingeniero, los enterrábamos. En unos montones había barras metálicas de todas clases,
en otros, sólo de una clase.
Cuando terminamos con todo esto, volvimos a la tienda de campaña y nos acercamos
al cajón número diez.
- Ábralo, pero con cuidado - ordenó Cookling.
Este cajón era mucho más ligero que los otros y de menor dimensión.
En él había serrín bien apisonado y, en medio, un paquete envuelto en fieltro y en papel
encerado. Desenvolvimos el paquete.
Lo que apareció ante nosotros era un aparato de forma rara.
A primera vista parecía un gran juguete metálico para niños, semejante a un cangrejo
de mar. Sin embargo esto no era un cangrejo común y corriente. Además de las seis
patas articuladas, llevaba delante dos pares más de finos brazos-tentáculos, cuyos
extremos estaban escondidos en el entreabierto «hocico» del horroroso animal. En una
concavidad del dorso del cangrejo brillaba un pequeño espejo parabólico de metal
pulido con un cristal rojo oscuro en el centro. A diferencia de los cangrejos, éste tenía
dos pares de ojos, uno delante y otro detrás.
Durante largo rato estuve mirando perplejo este bicho.
- ¿Le gusta? - me preguntó Cookling después de un largo silencio.
Yo me encogí de hombros.
- Parece que en realidad no hemos venido aquí más que a jugar con rompecabezas de
cubos y juguetes de niños.
- Esto es un juguete peligroso - pronunció con presunción Cookling -. Ahora lo va a ver.
Levántelo y póngalo en la arena.
El cangrejo resultó ligero, de no más de tres kilogramos.
En la arena se mantuvo con bastante estabilidad.
- Bueno, ¿y qué más? - le pregunté irónicamente al ingeniero.
- Esperemos un poco, que se caliente.
Nos sentamos en la arena y nos pusimos a observar el monstruo metálico. Al cabo de
unos dos minutos observé que el espejito de la espalda giraba lentamente hacia el sol.
- ¡Oh, parece que se anima! - exclamé y me levanté. Cuando me puse de pie, mi
sombra cayó casualmente en el mecanismo y el cangrejo, de súbito, empezó a caminar
con sus patas y salió otra vez al sol. De lo inesperado que fue, di un enorme brinco
echándome a un lado.
- ¡Vaya con el juguete! - rió a carcajadas Cookling -. ¿Qué, se ha asustado?
Yo me sequé el sudor de la frente.
- Dígame, por favor, Cookling, ¿qué vamos a hacer aquí? ¿Para qué hemos venido?
Cookling también se levantó y acercándoseme dijo ya seriamente:
- A comprobar la teoría de Darwin.
- Pero, si eso es una teoría biológica, teoría de la selección natural, de la evolución,
etc... - musité.
- Precisamente. A propósito, mire, nuestro héroe va a beber agua.
Yo estaba anonadado. El juguete se acercó a la orilla y dejando caer una pequeña
trampa absorbía agua. Una vez saciado, volvió otra vez al sol y se quedó inmóvil.
Miré esta pequeña máquina y sentí una mezcla de repugnancia y miedo hacia ella. Por
un instante me pareció que el torpe cangrejo recordaba en algo al mismo Cookling.
Después de cierta pausa le pregunté al ingeniero: - ¿Esto lo ha inventado usted?
- Ajá - casi mugió asintiendo, y se echó en la arena.
Yo también me eché y, callado, clavé la mirada en el extraño aparato, que parecía
inanimado.
Me arrastré de bruces hacia el aparato y empecé a observarlo.
El dorso del cangrejo era la superficie de un semicilindro de bases planas, por delante y
por detrás. En cada una de estas había dos agujeros de lejano parecido con los ojos.
Esta impresión la acentuaba el brillo de unos cristales que había en el interior del
cuerpo. Debajo del cuerpo se veía una plataforma plana: la panza. Un poco más arriba
del nivel de la plataforma, y del interior del cuerpo, salían tres pares grandes y dos
pares pequeños de tentáculos con pinzas.
El interior del cangrejo no se podía ver.
Mirando este juguete, yo intentaba comprender por qué el Almirantazgo le concedía
tanta importancia, hasta el extremo de equipar una nave especial para su traslado a la
isla.
Cookling y yo seguimos echados en la arena hasta que el sol hubo bajado tanto en el
horizonte que la sombra de los arbustos que crecían a lo lejos llegó a cubrir un poco el
cangrejo metálico. En cuanto esto sucedió, éste empezó a moverse ligeramente y de
nuevo se puso al sol. Pero la sombra lo alcanzó allí también. Entonces el cangrejo se
arrastró a lo largo de la costa, acercándose cada vez más agua, que aún seguía
iluminada por el sol. Parecía que el calor de los rayos solares le era Imprescindible.
Nosotros nos levantamos y lentamente fuimos tras la máquina.
Así, poco a poco, fuimos dando la vuelta a la isla hasta que aparecimos en la parte
occidental de la misma.
Aquí, junto a la orilla, había uno de los montones de barras metálicas. Cuando el
cangrejo se halló a unos diez metros del montón, de súbito, y olvidándose del sol, se
lanzó precipitadamente hacia aquél y se quedó inmóvil junto a una de las barras de
cobre.
Cookling me dio en el brazo y dijo:
- Ahora vamos a la tienda de campaña. Lo interesante será mañana por la mañana.
En la tienda de campaña cenamos callados y nos envolvimos cada uno en una ligera
manta de franela. Me pareció que Cookling estaba satisfecho de que yo no le hiciera
preguntas. Antes de dormirme oí que se volvía de un costado a otro, y a veces se reía.
El sabía algo que nadie conocía.
Al día siguiente, por la mañana temprano, fui a bañarme. El agua estaba templada y
nadé largo rato en el mar, contemplando cómo en el oriente, sobre la llanura de agua
apenas alterada por las olas, se encendía la purpúrea aurora. Cuando volví a nuestro
refugio y entré en la tienda, el ingeniero militar ya no estaba allí.
«Se habrá marchado a contemplar a su monstruo mecánico», pensé y abrí una lata de
piña.
No bien me hube comido tres trocitos, cuando se oyó a lo lejos, débilmente al principio,
y después cada vez más potente, la voz del ingeniero:
- ¡Teniente, venga corriendo! ¡De prisa! ¡Ha empezado! ¡Corra aquí!
Salí de la tienda y vi a Cookling que, de pie, entre las matas, agitaba la mano.
- ¡Vamos! - me dijo resollando como una locomotora -. Vamos de prisa.
- ¿Adónde, ingeniero?
- Adonde dejamos ayer a nuestro buen mozo.
El sol ya estaba bastante alto cuando llegamos al montón de las barras metálicas. Estas
resplandecían vivamente y al principio no pude percibir nada.
Sólo cuando no faltaban más de dos pasos para llegar junto al montón, percibí hilitos
finos de humo azulado que se elevaban, Y después... Me detuve corno paralizado. Me
restregué los ojos, pero la visión no desapareció.
Junto al montón de metal había dos cangrejos exactamente iguales al que sacamos el
día anterior del cajón.
- ¿Será posible que uno de ellos estuviese enterrado en la chatarra metálica? - exclamé.
Cookling se puso varias veces en cuclillas y se rió frotándose las manos.
- ¡Deje ya de una vez de hacerse el idiota! - le grité -. ¿De dónde ha surgido el segundo
cangrejo?
- ¡Ha nacido! ¡Ha nacido esta noche!
Yo me mordí el labio y sin decir palabra me acerqué a los cangrejos de cuyos dorsos se
elevaban finos hilos de humo. Al Principio me pareció que tenía alucinaciones: ¡los dos
cangrejos trabajaban con celo!
Sí, trabajaban, así como se dice, eligiendo el material con movimientos rápidos de sus
finos tentáculos anteriores. Los tentáculos anteriores tocaban las barras metálicas Y,
creando en sus superficies un arco voltaico, como en la soldadura eléctrica, fundían
trozos de metal. Los cangrejos se metían el metal en sus anchas bocas. En el interior
de estos bichos metálicos ronroneaba algo. A veces salía crepitando de las fauces un
haz de chispas, después, el segundo par de tentáculos sacaba del interior las piezas
elaboradas.
Estas piezas, en determinado orden, se montaban en la pequeña plataforma que iba
saliendo poco a poco por debajo del cangrejo.
En la plataforma de uno de los cangrejos ya estaba casi montada la copia acabada del
tercer cangrejo, mientras que en la del segundo cangrejo apenas empezaban a
perfilarse los contornos del mecanismo. Estaba terriblemente asombrado ante lo que
veía.
- ¡Pero si estos bichos construyen otros semejantes a sí mismos! - exclamé.
- Exactamente. El único objetivo de esta máquina es construir otras semejantes - dijo
Cookling.
- Pero, ¿es posible eso? - pregunté sin poder comprender ya nada.
- ¿Por qué no? Cualquier máquina, por ejemplo el torno, puede elaborar piezas para
otro torno igual que él. Y se me ha ocurrido hacer una máquina-autómata que pueda
reconstruirse desde el principio hasta el fin. El modelo de esta máquina es mi cangrejo.
Yo me quedé pensativo, procurando comprender lo que me había dicho el ingeniero. En
este momento, las fauces del primer cangrejo se abrieron y de allí se deslizó una cinta
metálica ancha. Esta cinta envolvió todo el mecanismo montado en la plataforma,
formando de tal manera el dorso del tercer autómata. Cuando el dorso estuvo montado,
las rápidas patas anteriores soldaron las paredes anterior y posterior con los orificios y
el nuevo cangrejo ya estaba listo. Como en sus hermanos, en una oquedad de la
espalda brillaba el espejo metálico con el cristal rojo en el centro.
El cangrejo productor retiró la plataforma bajo la panza y su «hijo» se plantó con sus
patas en la arena. Yo noté que el espejo del dorso empezó a girar lentamente en busca
del sol. Un poco después, el cangrejo se fue a la orilla y sació su sed. Luego se puso al
sol, inmóvil, a calentarse.
Pensé que todo era un sueño.
Estaba yo observando al recién nacido cuando Cookling dijo:
- Ya está listo el cuarto.
Torné la cabeza y vi que «había nacido» el cuarto cangrejo.
Mientras tanto, los dos primeros seguían como si tal cosa en el montón de metal,
cortándolo y tragándoselo, repitiendo lo que ya habían hecho antes.
El cuarto cangrejo también fue a beber agua.
- ¿Para qué demonios beben agua? - pregunté.
- Para cargar de electrólitos el acumulador. Mientras alumbra el sol, su energía se
transforma en electricidad mediante el espejo del dorso y la batería de silicio. Con esta
energía basta para el trabajo del día y para recargar el acumulador. De noche el
autómata se alimenta de la energía almacenada en el acumulador durante el día.
- Entonces, ¿estos bichos trabajan día y noche?
- Sí, día y noche, sin descansar.
El tercer cangrejo empezó a agitarse y también se arrastró al montón de metal.
Trabajaban ya tres autómatas, mientras el cuarto se cargaba de energía solar.
- Pero si no hay material para las baterías de silicio en estos montones de metal... - le
objeté procurando llegar a comprender la tecnología de esta monstruosa
autoproducción de mecanismos.
- Ni falta que hace. Aquí hay cuanto se quiera - Cookling lanzó torpemente con el pie un
poco de arena -. La arena es un óxido de silicio. En el interior del cangrejo, debido a la
acción del arco eléctrico, se consigue obtener silicio puro.
Regresamos por la tarde a la tienda de campaña, cuando en el montón del metal ya
estaban trabajando seis autómatas y dos se calentaban al sol.
- ¿Para qué todo esto? - le pregunté a Cookling durante la cena.
- Para la guerra. Estos cangrejos son una horrible arma de sabotaje - me dijo
sinceramente.
- No comprendo, ingeniero.
Cookling terminó de masticar el estofado y, sin prisa explicó:
- Figúrese usted qué ocurriría si estos aparatos se dejasen subrepticiamente en
territorio enemigo.
- Bueno, ¿y qué? - pregunté dejando de comer.
- ¿Sabe usted lo que es progresión?
- Supongamos que lo sé.
- Nosotros empezamos ayer con un cangrejo, ahora ya hay ocho. Mañana habrá
sesenta y cuatro, pasado mañana, quinientos doce, y así sucesivamente. Dentro de
diez días habrá más de diez millones. Para ello hacen falta treinta mil toneladas de
metal.
Al oír estas cifras quedé mudo de asombro
- Sí, pero...
- Estos cangrejos en un corto espacio de tiempo pueden comerse todo el metal del
enemigo, todos sus carros blindados, cañones, aviones, etc. Todas las máquinas,
mecanismos, instalaciones. Todo el metal de su territorio. Al cabo de un mes no queda
ni un gramo de metal en toda la esfera terrestre. Todo el metal se invierte en la
producción de estos cangrejos. Tenga en cuenta que, durante la guerra, el metal es el
material estratégico más importante.
- ¡Ahora comprendo por qué el Almirantazgo está tan interesado en su juguete!... -
murmuré.
- Exactamente. Pero éste es solamente el primer modelo. Quiero simplificarlo
considerablemente y con ello acelerar el proceso de reproducción de autómatas.
Acelerarlo, digamos, en dos o tres veces. Hacer una construcción más estable y rígida.
Hacerlos más móviles. Elevar la sensibilidad de los localizadores del metal. Entonces,
durante la guerra, mis autómatas serán peor que la peste. Quiero que el enemigo pierda
todo el potencial metálico en dos o tres días.
- Bien, pero cuando estos autómatas se traguen todo el metal del territorio enemigo, ¡se
arrastrarán hacia nuestro propio territorio! - exclamé.
- Esto ya es otra cuestión. El trabajo de los autómatas se puede codificar y, sabiendo la
clave, interrumpirlo en cuanto aparezcan en nuestro territorio. A propósito, de esta
manera se pueden traer a nuestro territorio todas las reservas de metal del enemigo.
...Esa noche yo tuve unos sueños horribles. Avanzaban arrastrándose hacia mí legiones
de cangrejos metálicos, haciendo ruido con sus tentáculos y con finas columnas de
humo azul elevándose de sus cuerpos.
Los autómatas del ingeniero Cookling, al cabo de cuatro días, poblaron toda la isla.
De creer en sus cálculos, había más de cuatro mil.
Sus cuerpos relucientes al sol se veían por doquier. Cuando se terminaba el metal de
un montón, empezaban a buscar por la isla y encontraban nuevos montones.
Al quinto día, ante la puesta del sol, fui testigo de una horrorosa escena: dos cangrejos
riñeron por un trozo de cinc.
Esto fue en la parte sur de la isla, donde habíamos enterrado unas cuantas barras de
cinc. Los cangrejos, que trabajaban en distintos lugares, iban periódicamente allí para
elaborar la pieza de cinc correspondiente. Y ocurrió que acudieron al hoyo de cinc al
mismo tiempo unas dos docenas de cangrejos y empezó un verdadero tumulto. Los
mecanismos se arremetían mutuamente. Sobre todos se destacó un cangrejo más ágil
que los otros y, según me pareció, más agresivo y fuerte.
Empujando a sus hermanos y arrastrándose por encima de ellos, intentaba coger del
fondo del hoyo un trozo de metal. Cuando ya había alcanzado la meta, otro cangrejo se
agarró del mismo trozo con sus pinzas. Ambos mecanismos tiraban para su lado. El
que, según me pareció, era más ágil, le arrancó por fin el trozo a su adversario; sin
embargo éste no se avino a ceder su trofeo y, corriendo detrás del otro, se sentó
encima y le metió sus finos tentáculos en la boca.
Los tentáculos del primero y del segundo autómatas se enredaron y con descomunal
fuerza empezaron a destrozarse.
Ningún mecanismo de alrededor prestó atención a aquello. Sin embargo, entre estos
dos se libró una lucha a muerte. Vi que el cangrejo que estaba encima de repente cayó
de espaldas y la plataforma de hierro se deslizó hacia abajo dejando al descubierto las
entrañas. En este momento su enemigo empezó a cortarle el cuerpo con el arco
eléctrico. Cuando el cuerpo de la víctima se deshizo en partes, el vencedor empezó a
arrancarle las palancas, piñones, conductores y a metérselos rápidamente en la boca.
A medida que las piezas conseguidas de esta manera iban a parar al interior del
rapiñador, su plataforma empezó a desplazarse rápidamente hacia adelante,
realizándose en ella un febril montaje de un nuevo mecanismo.
Unos minutos después se deslizó de la plataforma a la arena el nuevo cangrejo.
Cuando le relaté a Cookling todo lo que había visto. éste se limitó a soltar su risita.
- Esto es precisamente lo que hace falta - dijo.
- ¿Para qué?
- Ya le he dicho que quiero perfeccionar mis autómatas.
- Bueno, ¿y qué? Coja los planos y piense cómo rehacerlos. ¿Para qué esta guerra
civil? Así, van a comerse unos a otros.
- ¡Eso es! Y sobrevivirán los más perfectos.
Después de pensarlo objeté:
- ¿Qué quiere decir con los más perfectos? Si todos son iguales. Según tengo
entendido, se reproducen a sí mismos.
- ¿Qué piensa usted? ¿Que se puede elaborar una copia absolutamente igual al
original? Usted, seguramente debe saber que incluso en la producción de bolas para los
cojinetes no se pueden hacer dos bolas exactamente iguales. Sin embargo, allí es más
fácil de conseguirlo. Aquí el autómata productor tiene un sistema comparador, el cual
compara la copia a hacer con su propia construcción. ¿Usted se figura qué va a resultar
si cada copia siguiente se elabora según la copia anterior y no según el original? Al fin y
al cabo puede resultar un mecanismo distinto del original.
- Pero si no se parece al original, no cumplirá su función fundamental de reproducirse -
le repuse.
- Bueno, ¿y qué? de su cadáver otro autómata hará copias más acertadas. Las copias
acertadas serán precisamente aquellas en que, de manera estrictamente casual, se
acumulen las particularidades constructivas que las hagan más vitales. Así deben surgir
las copias más fuertes, más rápidas y más simples. He aquí por qué no pienso
romperme la cabeza con los planos. Sólo me queda esperar a que los autómatas se
traguen todo el metal y empiecen la guerra entre ellos, tragándose mutuamente y
reproduciéndose. Así surgirán los autómatas que me hacen falta.
Esa noche estuve largo rato sentado en la arena ante la tienda, mirando al mar y
fumando. ¿Será posible que Cookling realmente haya acometido una empresa de
graves consecuencias para la humanidad? ¿Será posible que en esta pequeña isla
perdida en el océano hayamos cultivado una terrible peste capaz de tragarse todo el
metal de la esfera terrestre?
Mientras yo estaba sentado pensando en todo este pasaron junto a mí varios bichos
metálicos. Caminaban sin cesar de trabajar incansablemente con el chirriar de los
mecanismos. Uno de los cangrejos tropezó conmigo, y yo, con repugnancia le di un
puntapié. El cangrejo volcó y quedó impotente panza arriba. Casi instantáneamente se
lanzaron sobre él otros dos cangrejos, y en la oscuridad relucieron cegadoras chispas
eléctricas.
¡Al infeliz lo cortaban en trozos eléctricamente! Para mí aquello era el colmo. Me dirigí
rápidamente a la tienda de campaña y saqué una barra del cajón. Cookling ya estaba
roncando. Me acerqué cautelosamente al grupo de cangrejos y con todas mis fuerzas le
di con la barra a uno de ellos. No sé por qué me había figurado que esto espantaría a
los demás pero no ocurrió nada parecido. Sobre el cangrejo que yo había destrozado se
lanzaron otros, y de nuevo refulgieron las chispas.
Yo repartí unos cuantos golpes más, pero eso sólo aumentó la cantidad de chispas
eléctricas. Del interior de la isla acudieron unos cuantos bichos más.
En la oscuridad sólo veía los contornos de los mecanismos y en este tumulto me
pareció que uno de ellos era de dimensiones particularmente grandes.
Lo hice mi blanco. Sin embargo, cuando mi barra tocó su espalda, di un grito y salté a
un lado: ¡había recibido una descarga eléctrica a través de la barra! El cuerpo de este
bicho no sé de qué manera tenía un potencial eléctrico. «Protección originada por la
evolución», cruzó por mi mente.
Con el cuerpo temblando me acerqué al ruidoso grupo de mecanismos para recobrar mi
barra. ¡Eso era lo que yo pensaba! En la oscuridad, a la luz irregular de muchos arcos
eléctricos, vi como cortaban en partes mi barra. El que con más porfía lo hacía era el
autómata más grande, el que yo quería destruir.
Regresé a la tienda de campana y me eché en la cama.
Durante cierto tiempo logré caer en un pesado sueño. Esto, al parecer, no duró mucho.
El despertar fue repentino: sentía que por mi cuerpo se arrastraba algo frío y pesado.
Me levanté de un salto. El cangrejo (en el primer momento no había caído en ello)
desapareció en el interior de la tienda. Al cabo de unos segundos vi una deslumbrante
chispa eléctrica. El maldito cangrejo había venido adonde estábamos nosotros en busca
de metal. Su electrodo estaba cortando la lata de agua dulce.
Sacudiendo rápidamente a Cookling lo desperté, y le expliqué desconcertadamente el
caso.
- ¡Todas las latas al mar! ¡Las provisiones y el agua al mar!- ordenó.
Empezamos a transportar las latas al mar y a colocarlas en el fondo arenoso donde el
agua nos llegaba a la cintura. Allá llevamos también todos nuestros instrumentos.
Empapados y sin fuerzas, permanecimos sentados a la orilla, sin dormir hasta el
amanecer. Cookling resollaba con dificultad, y yo, para mis adentros, me alegré de que
a él le hubiese tocado sufrir las consecuencias de su empresa. En aquel momento yo lo
odiaba y le deseaba con ansia un castigo mayor.
No recuerdo cuánto tiempo había pasado desde que llegamos a la isla, sólo sé que un
magnífico día Cookling declaró solemnemente:
- Lo más interesante empieza ahora. Todo el metal se ha consumido.
Efectivamente, recorrimos todos los sitios donde antes estaba el material metálico y allí
no quedaba nada. A lo largo de la costa y entre los matorrales se veían los hoyos
vacíos.
Los cubos, lingotes y barras metálicas se habían convertido en mecanismos que en
gran cantidad corrían de un lado a otro de la isla. Sus movimientos ya eran rápidos e
impetuosos; los acumuladores estaban cargados a más no poder, y ya no gastaban
energía en el trabajo. Estúpidamente corrían buscando por la costa, se arrastraban
entre los matorrales de la meseta, chocaban unos con otros y, frecuentemente, con
nosotros.
Observándolos me convencí de que Cookling tenía razón. Los cangrejos efectivamente
eran diferentes. Se diferenciaban por sus dimensiones, por la magnitud de las pinzas,
por el volumen de su boca-taller. Unos eran más ágiles, otros menos. Por lo visto había
grandes diferencias en el mecanismo interno.
- Bueno, pues - dijo Cookling - ya es hora de que empiecen a luchar.
- ¿Lo dice en serio? - le pregunté.
- Claro. Para ello es suficiente darles a probar un trozo de cobalto. El mecanismo está
construido de tal manera que si se introduce en él aunque sea una cantidad
insignificante de este metal, aplasta, si se puede decir así, el respeto mutuo.
A la mañana siguiente Cookling y yo nos dirigimos a nuestro «almacén marino». Del
fondo sacamos la correspondiente porción de conservas, agua y cuatro barras grises y
pesadas de cobalto, reservadas especialmente por el ingeniero para la etapa decisiva
del experimento.
Cuando Cookling salió a la playa, llevando en alto las barras de cobalto, lo rodearon
inmediatamente varios cangrejos. Estos no pasaban el límite de la sombra del
ingeniero, pero se notaba que la aparición del nuevo metal los había intranquilizado. Yo
estaba a unos pasos del ingeniero y observaba con asombro cómo algunos
mecanismos intentaban torpemente saltar.
- ¡Vea usted qué variedad de movimientos! Cómo no se parecen unos a otros. Y en esta
guerra civil a que los vamos a obligar, van a sobrevivir los más fuertes y aptos. Estos
darán una generación más perfecta.
Con estas palabras, Cookling lanzó uno tras otro los trozos de cobalto hacia los
arbustos.
Lo que siguió a ello es difícil de describir.
Sobre el metal cayeron al mismo tiempo varios mecanismos y, empujándose
mutuamente, empezaron a cortarlos eléctricamente. Otros se agolpaban inútilmente
detrás, intentando atrapar un trozo de metal. Varios se encaramaron sobre las espaldas
de sus compañeros y se arrastraron intentando llegar al centro.
- ¡Mire, ahí tiene la primera batalla! - exclamó alegremente el ingeniero militar,
aplaudiendo.
Al cabo de unos minutos, el lugar adonde había echado Cookling las barras metálicas
se convirtió en arena de una horrible batalla, hacia la cual acudían corriendo nuevos y
nuevos autómatas.
A medida que las partes cortadas de los mecanismos y el cobalto iban a parar a las
tragaderas de nuevas y nuevas máquinas, éstas se iban transformando en salvajes e
intrépidas fieras e inmediatamente se arrojaban sobre sus «parientes».
En la primera fase de esta batalla, los atacantes fueron los que habían probado el
cobalto. Estos cortaban en partes a los autómatas que acudieron de todas partes con la
esperanza de adquirir el metal necesario. Sin embargo, a medida que el cobalto lo
probaban más y más cangrejos, la batalla se hacía más feroz. En este momento
empezaron a tomar parte en el juego los recién «nacidos», creados en esta reyerta.
¡Era una generación de autómatas asombrosa! Eran de menor tamaño y poseían una
velocidad colosal. Me asombró que no necesitasen cargar el acumulador.
Les era suficiente la energía solar captada por los espejos del dorso, mucho mayores
que los corrientes. Su acometividad era sorprendente. Atacaban al mismo tiempo a
varios cangrejos y cortaban a dos o tres a la vez.
Cookling estaba de pie en el agua y su fisonomía expresaba una satisfacción sin
límites. Se frotaba las manos y profería:
- ¡Bien, muy bien! ¡Me figuro lo que viene detrás!
En lo que se refiere a mí, miraba esta lucha de mecanismos con gran repugnancia y
horror. ¿Qué va surgir como resultado de esta lucha?
Hacia el mediodía, la zona de la playa junto a nuestra tienda de campaña se había
convertido en un enorme campo de batalla. Aquí habían acudido los autómatas de toda
la isla. La guerra transcurría en silencio, sin gritos ni gemidos, sin estruendos ni
estampidos de cañones. El chisporroteo de los numerosos electrodos, zumbido y
chirrido de los cuerpos metálicos de las máquinas acompañaban a esta matanza
descomunal.
La mayor parte de la generación que había surgido entonces era de poca estatura y
muy ágil, pero ya empezaban a surgir nuevas especies de autómatas. Estos superaban
considerablemente a los demás, por sus dimensiones. Sus movimientos eran lentos,
pero se percibía una gran fuerza en ellos, y se defendían con éxito de los autómatas
enanos.
Cuando el sol empezó a declinar, en los movimientos de los mecanismos pequeños se
inició de repente un brusco cambio: todos se agruparon en la parte occidental y
empezaron a moverse con más lentitud.
- ¡Caramba, toda esta compañía está sentenciada! - dijo Cookling con voz ronca -.
¡Pero si no tienen acumuladores! En cuanto se ponga el sol, sucumbirán.
Efectivamente, en cuanto la sombra de los arbustos se alargó lo suficiente para cubrir la
gran multitud de los pequeños autómatas, se quedaron inmóviles en el acto. Ya no era
un ejército de pequeños rapiñadores agresivos, sino un enorme almacén de trastos
metálicos.
Sin apresurarse se acercaron a ellos los enormes cangrejos, de más de medio metro de
altura, y empezaron a tragárselos uno tras otro. En las plataformas de los gigantes se
vislumbraban los contemos de una generación de dimensiones todavía mayores.
Cookling frunció el ceño. Estaba claro que esa evolución no le sentaba bien. Lentos
cangrejos autómatas de gran tamaño eran un instrumento muy deficiente para el
sabotaje en la retaguardia enemiga.
Mientras los cangrejos gigantes deshacían a la pequeña generación, en la playa se
restableció temporalmente la tranquilidad.
Salí del agua y me siguió, callado, el ingeniero. Fuimos a la parte oriental de la isla para
descansar un poco.
Yo estaba muy cansado y me dormí casi inmediatamente de echarme cuan largo era en
la calentita y blanda arena.
A media noche me despertó un grito escalofriante. Cuando me puse en pie de un salto,
no vi nada más que la franja gris de la playa arenosa y el mar que se unía al cielo negro
sembrado de estrellas.
El grito se repitió por el lado de los matorrales, pero más débil. Sólo entonces me di
cuenta de que Cookling no estaba a mi lado. Eché a correr hacia donde me parecía
haber oído su voz.
El mar, como siempre, estaba muy tranquilo, y las pequeñas olas solamente de tarde en
tarde, con un chapoteo apenas perceptible, se deslizaban por la arena. Sin embargo me
pareció que la superficie del mar en donde habíamos dejado en el fondo las reservas de
víveres y los recipientes de agua dulce, se agitaba. Algo se chapuzaba y chapoteaba
allí.
Decidí que allí estaba Cookling ocupado en algo.
- Señor ingeniero, ¿qué hace ahí? - grité, acercándome a nuestro almacén submarino.
- ¡Yo estoy aquí! - oí inesperadamente que la voz venía de la derecha.
- ¡Dios mío!, ¿dónde está usted?
- Aquí - oí de nuevo la voz del ingeniero -. Estoy en el agua hasta el cuello, venga aquí.
Me metí en el agua y tropecé con algo duro. Era un enorme cangrejo que se había
adentrado bastante en el agua y estaba de pie en sus largas patas.
- ¿Por qué se ha metido tan adentro? ¿Qué hace ahí? - le pregunté.
- Me perseguían y me han obligado a meterme aquí - chilló lastimosamente el gordiflón.
- ¿Lo perseguían? ¿Quiénes?
- Los cangrejos.
- ¡No puede ser! Pero si a mí no me persiguen.
De nuevo tropecé en el agua con un autómata, di un pequeño rodeo evitándolo y por fin
me puse junto al ingeniero. Efectivamente estaba con el agua al cuello.
- Dígame qué ha pasado.
- Ni yo mismo lo entiendo - pronunció con voz temblorosa -. Cuando estaba durmiendo,
uno de los autómatas, inesperadamente, me atacó. Yo creía que había sido una
casualidad, y me aparté, pero de nuevo empezó a acercarse y me tocó la cara con su
pinza... Entonces me levanté y aparté a un lado. El detrás... Eché a correr... El cangrejo,
detrás. Se le unió otro... después otro... Un pelotón... Y me han acorralado aquí...
- Es raro. Hasta ahora no ha habido nada parecido - dije -. En todo caso, si como
resultado de la evolución se les ha elaborado el instinto antihumano, no me perdonarían
a mí.
- No sé - gimió Cookling -. Pero temo salir a la orilla...
- Tonterías - le dije cogiéndolo de la mano -. Vamos hacia oriente paralelamente a la
costa. Yo lo defenderé.
- ¿Cómo?
- Ahora nos acercamos al almacén y yo cojo cualquier objeto pesado, por ejemplo, un
martillo...
- ¡Guárdese de que sea metálico! - gimió el ingeniero -. Es mejor que coja una tabla de
un cajón o algo de madera.
Nos deslizamos lentamente a lo largo de la costa. Cuando llegamos al almacén, dejé al
ingeniero solo y me acerqué a la orilla.
Se oía un gran chapoteo en el agua y el conocido chirriar de los mecanismos.
Los bichos metálicos habían despachurrado las latas de conserva. Habían alcanzado
nuestro almacén submarino.
- ¡Cookling, estamos perdidos! - grité -. Se han tragado todas nuestras latas de
conserva.
- ¿Sí? - pronunció lastimosamente -. ¿Qué vamos a hacer ahora?
- Eso corre de su cuenta. Toda la culpa la tiene su necia empresa. Usted ha sacado el
tipo de arma de sabotaje que le gusta. Ahora deshaga el entuerto.
Yo di la vuelta rodeando a los autómatas y salí a la playa.
Allí, en la oscuridad, arrastrándome entre los cangrejos, recogí, palpando por la arena,
trozos de carne, piñas en conserva, manzanas y algunos otros manjares, y los trasladé
a la meseta arenosa. A juzgar por la cantidad que había desparramada por la playa,
estos bichos habían trabajado de lo lindo mientras dormíamos. No encontré ni una lata
entera.
Mientras estaba ocupado en recoger los restos de nuestras provisiones, Cookling
estaba a unos veinte pasos de la orilla, metido en el agua hasta el cuello.
Estaba tan ocupado en recoger los restos, y tan disgustado, que me olvidé de su
existencia. Sin embargo, pronto me lo recordó con un agudo grito.
- ¡Dios mío, Bad, ayúdeme, se me acercan!
Me eché al agua y, tropezando con los monstruos metálicos, me dirigí hacia donde
estaba Cookling. Y allí, a unos cinco pasos de él, tropecé con un cangrejo.
El cangrejo no me hizo el más mínimo caso.
- ¡Vaya diablos!, ¿por qué lo odian tanto a usted? ¡Si usted, como quien dice, es su
progenitor!
- No sé - con estertores y medio ahogándose, gimió el ingeniero -. Haga algo, Bad, para
ahuyentarlos. Si sale un cangrejo más alto que éste, estoy perdido...
- Vaya, hombre, con la evolución. A propósito, ¿qué lugar de estos cangrejos es el más
vulnerable? ¿Cómo se les puede estropear el mecanismo?
- Antes había que romperles el espejo parabólico o sacarles el acumulador del interior.
Ahora no sé... Aquí hace falta una investigación especial...
- ¡Maldito sea usted con sus investigaciones! - dije entre dientes y agarré el delgado
brazo anterior del cangrejo extendido hacia la cara del ingeniero.
El autómata reculó. Le cogí el segundo brazo y también se lo doblé. Estos tentáculos se
doblaron fácilmente, como un hilo de cobre.
Claramente se notó que al bicho metálico no le gustó esta operación y empezó
lentamente a salir del agua. El ingeniero y yo nos fuimos a lo largo de la costa.
Cuando salió el sol, todos los autómatas salieron del agua y durante cierto tiempo se
calentaron. Durante este tiempo pude romper a pedradas los espejos parabólicos del
dorso de lo menos cincuenta monstruos. Todos dejaron de moverse.
Pero, por desgracia, esto no mejoró la situación: fueron víctimas de los otros con
asombrosa velocidad, y empezaron a salir nuevos autómatas. Romper las baterías de
silicio del dorso de todas las máquinas era superior a mis fuerzas. Varias veces tropecé
con autómatas bajo potencial eléctrico, lo cual debilitó mi decisión de luchar contra ellos.
Todo este tiempo Cookling seguía en el mar.
Muy pronto se enardeció de nuevo la lucha entre los monstruos y parecía que se habían
olvidado por completo del ingeniero.
Dejamos el campo de batalla y nos trasladamos al lado opuesto de la isla. El ingeniero
estaba tan aterido de frío de las largas horas de baño de mar que, dando diente con
diente, se echó de bruces y me pidió que le cubriese de arena caliente.
Después regresé a nuestro primitivo refugio para coger la ropa y lo que quedaba de
nuestros víveres. Sólo entonces observé que la tienda de campaña estaba destrozada:
habían desaparecido las estacas de hierro clavadas en la arena y los anillos metálicos
con que se fijaba la tienda a las cuerdas.
Debajo de la lona encontré la ropa de Cookling y la mía. Allí también se podían
observar huellas del trabajo de los cangrejos buscando metal. Habían desaparecido los
ganchos, botones y hebillas de metal. En su lugar se veían huellas de tela quemada.
Mientras tanto, la batalla de los autómatas se había trasladado de la orilla al interior de
la isla. Cuando subí a la meseta, vi que casi en el centro de la isla, entre los arbustos,
se elevaban unos cuantos monstruos, casi de la altura de un hombre: patas con pinzas.
Por parejas se separaban a diferentes lados y después se embestían a gran velocidad.
Al chocar, se oían sonoros golpes metálicos. En los lentos movimientos de estos
gigantes se sentía una enorme fuerza y gran peso.
Ante mis ojos se derribaron varios mecanismos, algunos de ellos fueron destrozados
inmediatamente.
Pero ya estaba hasta la coronilla de estos cuadros de batalla entre las locas máquinas;
por ello, cargando con todo lo que había conseguido recoger de nuestro antiguo refugio,
me marché lentamente adonde estaba Cookling.
El sol quemaba sin compasión y antes de llegar al lugar donde había enterrado en la
arena al ingeniero, me metí varias veces en el agua.
Ya me acercaba al montículo de arena bajo el cual estaba Cookling durmiendo sin
fuerzas, después de los baños nocturnos, cuando del lado de la meseta apareció de
entre los arbustos un enorme cangrejo.
Era de mayor estatura que yo, y sus patas eran altas y macizas. Se desplazaba a saltos
irregulares, encorvando de manera extraña su cuerpo. Los tentáculos anteriores, de
trabajo, eran enormemente largos y se arrastraban por la arena. La boca-taller estaba
hipertrofiada de manera excepcional, la cual representaba casi la mitad del cuerpo.
El «ictosauro», así lo bauticé, descendía torpemente hacia la orilla y volvía el cuerpo
hacia todos lados, como si reconociese el terreno. Maquinalmente agité en su dirección
la lona de la tienda, como se hace cuando se quiere espantar a un animal que se haya
interpuesto en el camino. No me hizo ni el menor caso, y de manera extraña,
desplazándose de lado y describiendo un gran arco, empezó a acercarse al montículo
de arena donde dormía Cookling.
Si yo hubiese supuesto que el monstruo se dirigía contra el ingeniero, habría acudido
enseguida en su ayuda. Pero la trayectoria que seguía el mecanismo era tan
indeterminada que al principio creía que se dirigía hacia el mar: y solamente cuando
tocó el agua con los tentáculos y de repente se volvió y se fue rápidamente hacia el
ingeniero, tiré la carga a un lado y corrí hacia allí.
El «ictiosauro» se paró junto a Cookling y se agachó un poco.
Observé que los extremos de los largos tentáculos se movieron en la arena frente a la
cara del ingeniero.
A renglón seguido, donde había habido un montículo se elevó una nube de arena. Era
Cookling que, como picado por una avispa, se había puesto en pie de un salto y lleno
de pánico intentaba huir del monstruo.
Pero era ya tarde...
Los finos tentáculos rodearon fuertemente el gordo cuello del ingeniero y tirando hacia
arriba se lo llevaron a la boca del mecanismo. Cookling quedó impotente en el aire,
agitando los brazos y las piernas.
Aunque yo odiaba al ingeniero con toda mi alma, no podía permitir que muriese en
lucha con un bicho metálico cualquiera.
Sin pensarlo un segundo me cogí a las altas patas del cangrejo y tiré de ellas con todas
mis fuerzas: pero esto era lo mismo que derribar un tubo de acero profundamente
clavado en el suelo. El «ictiosauro» ni se movió.
Me subí a pulso a su espalda. Por un momento mi cara estuvo a la altura de la
desfigurada faz de Cookling. «los dientes», me cruzó por la mente ¡Cookling tenía
dientes de acero!...
Con todas las fuerzas de mi puño le di al espejo parabólico que brillaba al sol.
El cangrejo giró sobre el mismo lugar. La cara azulada de Cookling con los ojos
saltándosela de las órbitas estaba a la altura de la boca-taller. En ese momento ocurrió
algo horroroso. Una chispa eléctrica saltó a la frente del ingeniero, a su sien. Después
los tentáculos del cangrejo aflojaron y el pesado cuerpo del creador de la peste de
hierro cayó a la arena sin sentido.
Cuando enterraba a Cookling, por la isla corrían, persiguiéndose, varios cangrejos
enormes, sin prestamos la menor atención.
Envolví a Cookling en la lona de la tienda y lo enterré en el centro de la isla en un
profundo hoyo. Lo enterré sin sentir la menor compasión. En mi boca reseca crujía la
arena y mentalmente maldecía al muerto por su ruin empresa. Según la moral cristiana,
yo cometía un gran pecado.
Después, me pasé varios días seguidos acostado en la playa, mirando al horizonte
hacia el lado de donde debía aparecer la «Paloma». El tiempo transcurría terriblemente
despacio y el implacable sol parecía que se había parado encima de mi cabeza. A
veces me arrastraba hasta el agua y sumergía en ella mi tostada cara.
Para olvidar el hambre y la ardiente sed, procuraba pensar en algo abstracto. Pensaba
en que en nuestros tiempos, multitud de personas inteligentes malgastaban sus
energías intelectuales en causar perjuicios a otras personas. Por ejemplo, el invento de
Cookling, yo estaba seguro de que se podía utilizar para fines nobles, por ejemplo, para
extraer metal. Se podía haber dirigido la evolución de estos bichos de tal manera que
cumplieran esta tarea con el mayor rendimiento. Llegué a la conclusión de que con el
correspondiente perfeccionamiento del mecanismo, éste no se transformaría en una
torpe y gigantesca mole.
Una vez cayó sobre mí una enorme sombra circular. Con dificultad levanté la cabeza y
miré lo que me tapaba el sol. Resultó que estaba acostado entre las patas de un
cangrejo de dimensiones monstruosas. Se acercó a la orilla y parecía que miraba el
horizonte y esperaba algo.
Después empecé a ver alucinaciones. En mi excitado cerebro, el cangrejo gigante se
transformó en un depósito de agua dulce, elevado a gran altura, al cual yo no podía
llegar...
Me desperté a bordo de la goleta, y cuando el capitán Gale, me preguntó si había que
cargar en el buque el enorme y extraño mecanismo que había en la playa, yo le dije que
por el momento ninguna falta hacía.

FIN

miércoles, 6 de junio de 2012

EL DUEÑO DE RAMPLING GATE


EL DUEÑO  DE RAMPLING GATE

ANNE RICE


Rampling Gate: ¡era tan real para nosotros en aquellas viejas pinturas, alzándose como un castillo de hadas por encima del bosque oscuro que lo rodeaba! Una mole de piedra rematada en tejados de caballete y chimeneas, entre dos inmensos torreones; paredes de piedra gris cubiertas de hiedra, ventanas que reflejaban las nubes huidizas.

Pero ¿por qué papá nunca fue allí? ¿Por qué nunca nos llevó? ¿Y por qué en su lecho de muerte, en los meses sombríos que siguieron al fallecimiento de mamá, dijo a mi hermano Richard que Rampling Gate había de ser destruido piedra por piedra? Ramplíng Gate, que siempre había pertenecido a los Rampling; Ramplíng Gate, que había subsistido impávido más de cuatrocientos años.

Estábamos asustados ante los trabajos que nos esperaban, y dolorosamente aturdidos, Richard acababa de cumplir su cuarto año en Oxford. Dos vertiginosas temporadas sociales en Londres me habían deparado algún tímido éxito. Todavía prefería borronear poemas y relatos en el silencio de mi habitación a pasar las noches bailando, pero mantenía en secreto aquella inclinación, y aunque distábamos mucho de ser dos niños mimados, nuestros padres nos proporcionaban cuanto podíamos desear. Pero ahora los años de despreocupación se habían terminado. Nos veíamos obligados a comportarnos con prudencia y sentido de la responsabilidad.

Y nos sentíamos apesadumbrados, sentados en el estudio abarrotado de libros de papá, contemplando las antiguas pinturas de Rampling Gate, junto a la pequeña estufa de carbón.

-Destrúyela, Richard -dijo papá-. En cuanto yo haya muerto.

-Sencillamente no lo entiendo, Julie -confesó Richard, mientras vertía el jerez en la copa de cristal tallado que yo sostenía en la mano-. Es un valor genuino, una construcción de época, una auténtica mansión del siglo quince en excelente estado de conservación. Una tal Mrs. Blessington, nacida y criada en la aldea de Rampling, ha estado administrándola, al parecer, los últimos años. Estaba allí cuando falleció tío Baxter, que fue el último Rampling en vivir bajo aquel techo.

-le pregunté- que fue ese año cuando papá retiró todos los cuadros y los escondió?

-No lo olvidaré nunca' dijo Richard- . No podría hacerlo. Fue algo tan extraño y tan impropio de papá.

Se arrellanó en su asiento, chupando pensativo su pipa.

-Luego hubo un incidente muy raro, cuando vio a aquel hombre joven en la estación Victoria.

-Sí, exactamente -dije, haciéndome un ovillo en el sillón forrado de terciopelo, al tiempo que contemplaba las llamitas azuladas que bailaban en la estufa-. ¿Recuerdas lo alterado que estaba papá?

Y sin embargo, había sido un incidente mínimo. En realidad, no había ocurrido nada en absoluto. En aquella época no podíamos tener más de seis y ocho años, respectivamente, y habíamos ido a la estación con nuestro padre para despedir a unos amigos. Por la ventanilla de un tren, papá vio a un hombre joven con cara de reproche, y aquello le molestó. Incluso hoy puedo recordar la cara con toda claridad. Era notablemente bien parecido, de nariz recta y delgada, cejas bien dibujadas, y con una mata de abundante cabello castaño. Sus grandes ojos negros miraron a papá con expresión de profunda tristeza; papá tiró de nosotros y nos llevó de allí a toda prisa.

-Y la discusión que tuvieron esa noche papá y mamá -añadió Richard, pensativo-. Recuerdo que los escuchamos desde el rellano de la escalera, y lo asustados que estábamos.

-Y papá dijo que él no se contentaba ya con ser únicamente el dueño de Rampling Gate; él había venido a Londres dispuesto a manifestarse también allí; aquel horror indecible, así lo llamó, había sobrepasado los límites de la audacia.

-Sí, exactamente, y cuando mamá intentó tranquilizarle y sugirió que tal vez había imaginado cosas, él se enfureció todavía más.

-Pero ¿quién podía ser el dueño de Rampling Gate, si no lo era papá? Por entonces, el tío Baxter hacía ya mucho tiempo que estaba muerto.

-No sé exactamente lo que hacer con este asunto -murmuró Richard-. Y no hay nada en los papeles de papá que pueda sugerir alguna explicación al problema.

Examinó el más reciente de los cuadros, un grabado deliciosamente coloreado que mostraba la mansión reflejada en las aguas azules del lago.

Pero te aseguro que lo peor de todo, Julie -asintió, meneando la cabeza-, es que nunca hemos visto la casa con nuestros propios ojos.

Nuestras miradas se cruzaron y se produjo una momentánea confusión, que rápidamente se desvaneció. Me incliné hacia adelante.

-Él no dijo que no fuéramos allí, ¿verdad, Richard? -pregunté-. Que no pudiéramos visitar la casa antes de destruirla.

-¡No, por supuesto que no! -exclamó Ríchard, y una amplía sonrisa asomó a su rostro-. Después de todo, ¿no es eso algo que debemos a otras personas, Julie? Al tío Baxter, que se gastó los últimos restos de su fortuna restaurando la casa, y a Mrs. Blessington, que la ha administrado todos estos años,

-¿Y qué me dices de la aldea? -añadí a toda prisa-. ¿Qué significará para sus habitantes ver destruido Rampling Gate? Está claro que debemos ir y ver el lugar nosotros mismos.

-De acuerdo, entonces. Escribiré enseguida a Mrs. Blessington. Le diré que vamos allí y que no sabemos cuánto tiempo nos quedaremos.

-¡Oh, Ríchard, va a ser maravilloso! -No pude contenerme y le abracé, pero él se ruborizó, y chupó su pipa exactamente del mismo modo que lo habría hecho papá-. Tenemos que pasar allí una quincena por lo menos. Quiero conocer bien el lugar, en especial si...

Pero me entristecía demasiado recordar el mandato de papá. Era mucho más divertido pensar únicamente en el viaje. Empaqueté mis manuscritos porque, quién sabe, tal vez en aquel ambiente melancólico y exquisito podía encontrar la inspiración que buscaba. Sentí un júbilo casi maligno, porque venía a quebrar el duelo que pesaba sobre nosotros desde el día en que papá nos abandonó.

-Es lo más correcto que podemos hacer, ¿verdad, Richard? -pregunté dubitativa, un tanto desconcertada por lo mucho que deseaba ir. Había como un placer ¡lícito en el hecho de poder por fin visitar Rampling Gate.

-«Un horror indecible» -repetí para mí las palabras de papá, con una ligera mueca. ¿Qué significaba aquello? Pensé de nuevo en el joven extraño, casi exquisito, al que apenas había alcanzado a ver en un vagón de tren, mirándonos con una expresión melancólica en su rostro enjuto. Llevaba un gran abrigo negro y una bufanda roja de lana, y podía recordar su intensa palidez en contraste con aquella mancha de color. Su cutis parecía de porcelana. Era extraño que lo recordara de modo tan vívído, incluso la ligera inclinación de la cabeza y el largo y espeso cabello castaño. Pero había sido tan sólo un reflejo en una ventanilla, y ahora me daba cuenta de que aquel fugaz instante lo había revestido para mí de un ideal de belleza masculina que desde entonces jamás me había vuelto a cuestionar. Pero papá se puso tan furioso en aquel momento... Sentí una inconfundíble punzada de remordimiento.

-Por supuesto que es lo más correcto, Julie -respondió Richard. Siguió sentado al escritorio, redactando cartas, y yo me sentí incapaz de abarcar toda la profundidad de mis pensamientos.

Atardecía ya cuando el viejo carricoche desvencijado nos subió por la suave ladera de la montaña, desde la pequeña estación del ferrocarril, y contemplamos por fin, por vez primera, la magnífica mansión. Creo que retuve el aliento. El cielo había palidecido hasta adquirir un matiz rosado por debajo de un es trato de nubes suavemente redondeadas, y los postreros rayos del sol se reflejaban en los paneles superiores de las ventanas emplomadas, cubriéndolas de una pátina dorada.

-Oh, es majestuoso -susurré-, parece una gran catedral. ¡Y pensar que nos pertenece!

Richard me dio un ligero beso en la mejilla. De súbito me sentí enloquecer, dispuesta de alguna forma a dejarme arrastrar a donde me llevara el temor o el encanto que emanaba de aquel lugar; no sabría decir con certeza cuál de las dos cosas, tal vez una mezcla sublime de ambas.

Deseaba con toda mí alma saltar al suelo y acercarme a pie a la mansión, para ver cómo crecían más y más sus torreones delante de mí; pero nuestro caballo aceleró el paso, e instantes después se adelantó una fila de criados que se inclinaban con rígidas reverencias. La anciana y arrugada ama de llaves indicó con amplios gestos a los hombres que se hicieran cargo de los baúles y de las bolsas de viaje.

Richard y yo fuimos introducidos en el enorme vestíbulo por la frágil y experta figura de Mrs. Blessington; nuestras pisadas resonaban con estruendo en el pavimento de mármol ' y parpadeamos ante los polvorientos rayos de luz que caían sobre la larga mesa de roble, las macizas sillas de madera tallada y los tapices pesados y sombríos que colgaban de los altos muros.

-Es un lugar encantado -exclamé, incapaz de contenerme-. ¡Oh, Richard, estamos en nuestra casa!

Mrs. Blessington rió feliz, y su mano reseca apretó con fuerza la mía. Sus ojillos azules me contemplaban con una expresión curiosamente vacua, a pesar de su sonrisa.

-¡De nuevo hay Ramplings en Rampling Gate! No saben lo feliz que es este día para mí. Y sí, querida -añadió, corno si acabara de leerme el pensamiento en aquel mismo instante-, soy casi ciega, y lo he sido durante muchos años. Pero si descubre una sola cosa fuera de lugar en esta casa, dígamelo enseguida, porque será la excepción, puedo asegurárselo, y no la regla.

De su rostro arrugado emanaba una simpatía tan grande, que me cautivó de inmediato.

Encontramos nuestros dormitorios, los mejores de la mansión, bien aireados, con sábanas blancas de hilo y con las chimeneas encendidas para expeler la humedad siempre presente entre los gruesos muros. Las ventanas de cristales emplomados en figura de rombos se abrían al espléndido paisaje del lago y del bosque de robles que lo rodeaba; algunas luces dispersas revelaban la aldea situada más allá.

Aquella noche reímos como niños mientras cenábamos en la gran mesa de roble, iluminados únicamente por la débil luz de unas velas. Y después, jugamos una encarnizada partida de billar en la sala de juegos que había sido la última reforma del tío Baxter; y me temo que también bebimos alguna copa de coñac de más.

En el momento en que me disponía ya a acostarme, pregunté a Mrs, Blessíngton sí había vivido alguien en la casa desde la muerte del tío Baxter. Eso había sucedido en el año 1838, hacía casi cincuenta años, y ella era ya entonces el ama de llaves.

-No, querida -respondió rápidamente, al tiempo que ahuecaba las almohadas de plumas-. Su padre vino ese año, como bien sabe, pero no estuvo aquí más que uno o dos meses, y enseguida regresó a su casa.

-¿Nunca vivió aquí un hombre joven, después...? -insistí, aunque en realidad no tenía el menor deseo de averiguar nada que perturbara la felicidad que sentía. ¡Cuánto me gustaba la pulcritud espartana de aquel dormitorio, las paredes de piedra desnudas de todo tipo de papel o de adorno, el resplandor de la pulida madera de avellano del lecho!

-¿Un hombre joven ... ? -Dejó escapar una risa fácil, casi condescendiente, y con la infalible seguridad con que manejaba las cosas que la rodeaban, levantó el hurgón y atizó el fuego de la chimenea-. ¡Qué cosas tan raras me pregunta!

Quedé silenciosa por unos instantes, sentada frente al espejo, y retiré la última aguja de mi cabello, que cayó suelto, espeso y cálido, sobre mis hombros. Me daba una sensación agradable, como si se tratara de una suave capucha bajo la cual podía ocultarme. Pero ella se volvió como si percibiera en mí alguna incomodidad, y se aproximó.

-¿Por qué habla de un hombre joven, señorita? -preguntó. Lenta, minuciosamente, sus dedos examinaron las largas trenzas que reposaban sobre mis hombros. Tomó el peine de mis manos

Contarle la historia me parecía perfectamente ridículo, de modo que recurrí a una versión abreviada; le dije, sencillamente, que nos habíamos tropezado inesperadamente con un joven diabólicamente guapo al que mí padre, furioso, había llamado más tarde el dueño de Ramplíng Gate.
-¿Así que era guapo? -inquirió, mientras cepillaba mi cabello enredado con suavidad. Pareció pendiente de cada una de mis palabras, mientras yo volvía a describirlo.

-¿No apareció ningún intruso en esta casa, por entonces, Mrs. Blessington? -le pregunté-. ¿Ningún misterio sin resolver ... ?

Respondió con una risa alegre.

-¡Oh, no, querida, esta casa es el lugar más seguro del mundo! -se apresuró a declarar-. Es una casa feliz, ¡Ningún intruso se atrevería a perturbar Rampling Gate!

Y en efecto, nada perturbó la serenidad de los días siguientes. Los humos y los ruidos de Londres, y las palabras de nuestro padre moribundo, pasaron a ser un sueño. Lo real eran nuestros largos paseos juntos por los jardines descuidados, y nuestros viajes de punta a punta del lago en el pequeño esquife. Tomábamos el té bajo el techo acristalado del invernadero vacío. Y por la noche subíamos las escaleras con los mejores libros de la biblioteca del tío Baxter en las manos, dispuestos a leerlos a la luz de las velas en la intimidad de nuestros dormitorios.

Todas nuestras discretas investigaciones en la aldea nos llevaron a la misma conclusión: los aldeanos amaban la mansión y no contaban historias antiguas ni inquietantes. Por el contrario, repetidamente nos dijeron que Rampling era el pueblo más apacible de Inglaterra, y que nadie se atrevería -las mismas palabras de Mrs. Blessington- a perturbar el lugar.

-Esa vieja casa es nuestro ángel de la guarda -dijo la anciana de la librería en la que Richard compraba los periódicos de Londres-. ¿Qué sería el pueblo de Rampling, sin la casa Ramada Rampling Gate?

¿Cómo íbamos a explicarles la orden de nuestro padre? ¿Cómo podíamos tenerla presente nosotros mismos? No volvimos a hablar ni una sola vez del desastre propuesto, y Richard escribió a su empresa que no regresaría a Londres hasta el otoño.

Había encontrado una mina de materiales clásicos en los viejos volúmenes de la biblioteca del tío Baxter, y yo instalé mis bártulos de escribir en el pequeño estudio situado junto a la biblioteca, del que me adueñé por completo.

Nunca había conocido tanta paz y quietud. Parecía que la atmósfera de Rampling Gate permeaba las más simples descripciones que escribía, y enriquecía con un toque de añeja sabiduría las tramas y los personajes que creaba. El lunes después de nuestra llegada finalicé mi primera narración corta, y descendí a pie hasta el pueblo para enviarla con urgencia a los editores del Blackwood Magazines.

¿Qué era lo que había aterrorizado a mi padre en este precioso rincón de Inglaterra? -me pregunté-. ¿Qué recuerdo había podido ensombrecer sus horas postreras hasta el punto de llevarle a maldecir este lugar?

Mi corazón se abrió a aquel silencio celestial, y a la innegable majestuosidad de un paisaje que me hacía olvidarme totalmente de mí misma. Había ocasiones en las que me sentía un intelecto incorpóreo flotando en un silencio insondable, mientras recorría los senderos del jardín o los pasillos de piedra que habían sido testigos de demasiados acontecimientos para percatarse de la presencia de una joven pequeña y frágil, que en algunos momentos Regaba incluso al extremo de hablar en voz alta a las armaduras que la rodeaban, a las estatuas rotas del jardín, a los querubes de las fuentes que desde hacía años y mas anos ya no tenían agua que verter desde las conchas que sostenían.

Pero ¿había en aquel entorno idílico alguna fuerza maligna que aún se ocultaba de nosotros, alguna historia secreta que lo explicara todo? Un horror indecible... En mi recuerdo volvía a ver a aquel joven, y me invadía la extraña sensación de que en mi memoria o en mi imaginación se había enriquecido aquella imagen en los últimos días. Tal vez lo había reinventado en sueños, y había adornado con un rubor brillante sus labios y sus mejillas. Tal vez, al recrear su figura para Mrs. Blessington, le había permitido alzar la mano hasta la bufanda roja de modo que pude advertir entonces los dedos, largos, delicados y sugestivos, de una mano de músico.

Todo aquello rondaba confusamente por mi mente cuando entré de nuevo en la casa, sin hacer ruido, y vi a Richard sentado en su sillón de piel favorito, junto al fuego.

Un aire cálido entraba por la puerta abierta del jardín, y sin embargo el brillo de las llamas era invitador, y hacía que la amplia habitación, con sus estanterías abarrotadas de libros encuadernados en cuero, pareciera atractiva y pequeña como un refugio.

-Siéntate -dijo gravemente Ríchard, sin dirigirme más que una mirada apresurada-. Quiero leerte algo de inmediato.

Tenía en las manos un libro largo y estrecho.
-Esto pertenecía al tío Baxter -dijo-. Y al principio creí que se trataba sólo de un libro de, cuentas que había llevado en la época de las reformas, pero he encontrado anotaciones de diario que corresponden a las últimas semanas de su vida. Están escritas apresuradamente y son casi indescifrables, pero he conseguido averiguar lo que dicen.

-Muy bien, pues léemelas -manifesté, pero sentí un ligero escalofrío de temor al decirlo. No quería saber ninguna cosa terrible relativa a este lugar. Si pudiéramos permanecer siempre aquí..., pero eso era imposible, por supuesto.

-Escucha esto -dijo Richard, pasando cuidadosamente una página-. «Cinco de mayo, mil ochocientos treinta y ocho: él está aquí, lo sé con toda seguridad. Ha vuelto otra vez». Y varios días más tarde: «Cree que ésta es su casa, de verdad, y bebería mi vino y fumaría mis cigarros si pudiera. Lee mis libros y mis papeles, sin molestarse en disimular. He dado órdenes de cerrar todo con llave». Y finalmente, la última anotación, escrita la mañana del día en que murió: «Estoy cansado, cansado hasta la muerte, y él no es la causa menor de mí agotamiento. La última noche le vi con mis propios . ojos. Estaba en esta misma habitación. Se mueve y habla exactamente igual que un mortal, y se atreve a contarme sus secretos. Él es un demonio astuto y yo un simple mortal. ¡Cómo voy a luchar con él!».

-Buen Dios -susurré lentamente. Me levanté de la silla en la que me había sentado, y de pie a su lado leí yo misma aquella página. La escritura estaba garabateada, y era la última anotación del libro. Yo sabía que el corazón del tío Baxter había cedido. No tuvo una muerte violenta, sino pacífica, en aquella misma habitación, con un libro piadoso en las manos.

-Podría tratarse de la misma persona de la que habló papá aquella noche? -preguntó Richard.

A pesar del sol que entraba a raudales por las puertas abiertas, me sacudió un violento escalofrío. Por primera vez me sentí inquieta en esta casa, inquieta por nuestra audacia al venir aquí, sin hacer caso de las palabras de papá.

-Pero eso sucedió muchos años antes, Richard... -dije-. ¡Y qué puede significar esa referencia a un ser sobrenatural! ¡Seguramente el pobre hombre estaba trastornado! ¡No era un espíritu lo que yo vi en el vagón del tren!

Me dejé caer en el sillón colocado frente al suyo, y procuré aquietar los latidos de mi corazón.
-Julie -Richard habló en voz baja, al tiempo que cerraba el libro-, Mrs. Blessington ha vivido aquí feliz durante años. Seis criados duermen todas las noches en el ala norte. Con toda seguridad, no existe nada de todo eso.

-Y sin embargo, no resulta nada divertido, ¿no es cierto? -apunté tímidamente-. No es nada parecido a las historias de fantasmas que solíamos contarnos el uno al otro, cuando poblábamos las tinieblas de seres imaginarios y nos reíamos de los amigos de la escuela que se asustaban al escucharnos.

-Durante toda mí vida -dijo él, con la mirada clavada en la mía-, he oído historias de duendes y de espíritus, unas imaginarias y otras supuestamente verídicas, y casi invariablemente se menciona que la casa en cuestión está embrujada, o que posee una atmósfera que despierta un presentimiento peculiar, una sensación de amenaza o de alarma...

-Sí, lo sé, y aquí no existe en absoluto esa atmósfera envenenada.

-Al contrario, no me he sentido más a gusto en mi vida. -Hundió la mano en el bolsillo para extraer de él la inevitable cerilla con la que encender la pipa que enarbolaba-. Y a propósito, Julie, no sé cómo voy a poder cumplir el último deseo de papá, de destruir este edificio piedra por piedra.

Asentí, llena de simpatía. Lo mismo pensaba yo desde el momento mismo de nuestra llegada. Incluso ahora, me sentía cómoda, natural, completamente segura.

Súbitamente, de modo irracional, deseé que no hubiera encontrado las anotaciones del libro del tío Baxter.

-¡Tendré que hablar una vez más con Mrs. Blessington! -dije, casi de mal humor-. Me refiero a una conversación seria...

-Pero si ya lo he hecho yo -respondió él-. Le pregunté sobre todo el asunto esta mañana, en cuanto hube hecho el descubrimiento, y se echó a reír. juró que nunca ha visto aquí nada fuera de lo normal, y que ninguna persona viva del pueblo puede contar historias sobre este lugar. Me repitió que está encantada de que hayamos regresado a Rampling Gate. No creo que tenga la menor sospecha de que nos proponemos destruir la casa. ¡Oh, si lo supiera, eso le destrozaría el corazón!

-¿Nunca ha visto nada fuera de lo normal? -me sorprendí-. ¿Eso dijo? ¡Qué forma más extraña de expresarse, Richard, cuando apenas puede ver nada en absoluto!

Pero no me escuchaba. Había dejado el libro a un lado y se había levantado muy despacio, casi perezosamente; salió paseando por la doble puerta al pequeño jardín, y miraba por encima de la alta barrera de los robles que inclinaban sus ramas acodadas casi hasta la superficie del lago. No había el menor ruido en aquella hora temprana del día, salvo el suave susurro de las hojas de los árboles sacudidas por la brisa, y el piar esporádico de algún pájaro.

-Tal vez se ha ido, Julie -dicho Richard por encima del hombro, y su voz sonó nítida en aquel silencio-, si alguna vez estuvo aquí. Tal vez nadie tiene ya nada que temer en este lugar. No pensarás quedarte aquí todo el invierno, ¿verdad? Supongo que querrás estar de vuelta en Londres para entonces.

Parecía muy pequeño frente a los grandes árboles y el cielo roto en pequeños fragmentos relucientes por el entramado del follaje que filtraba tenuemente la luz.

Rampling Gate se había apoderado de él. Y le comprendí a la perfección, porque también se había apoderado de mí. Podría muy bien quedarme aquí todo el invierno, sin importarme la soledad ni el frío. No quería volver nunca más a mi casa.

Y la inmediatez del misterio contribuía a debilitar todavía más mi percepción de todas las cosas y lugares restantes.

Después de una larga pausa, me levanté, salí al jardín y coloqué mi mano en el brazo de Richard.

-Hay algo que sé de cierto, Julie -dijo, como si nos hubiéramos seguido hablando durante todo el rato-. juré a papá que haría lo que me pidió, y eso me está destrozando. De una u otra manera lo llevaré siempre sobre mi conciencia, tanto si destruyo la casa como si me rebelo contra mi propio padre y contra la carga que me impuso en su postrer aliento.

-Hemos de buscar ayuda, Richard. Consejo de nuestros abogados, de los confesores de papá. Debes escribirles y contarles todo el asunto. Papá estaba febril cuando te dio esa orden. Si podemos exponer lo ocurrido a esas personas, ellos nos ayudarán a decidir.

Eran las tres en punto cuando abrí los ojos. Pero había estado despierta durante largo tiempo. Había oído las lejanas campanadas del reloj del salón, hora a hora. Y no sentía miedo al estar tendida sola en la oscuridad, sino algo distinto. Una especie de agitación vaga e inexorable, una sensación de vacío y de necesidad que me hizo finalmente levantarme de la cama. Me pregunté cómo podría hacer desaparecer aquella tensión. Miraba fijamente los objetos más sencillos en la sombra. El pequeño tapiz colocado sobre la chimenea, con sus esbeltos príncipes y princesas semidesvanecidos por el desgaste de las fibras y de los hilos. El retrato de una antepasada isabelina, que me miraba con un ojo almendrado desde su pequeño marco.

¿Qué era esta casa, en realidad ? ¿Tan sólo un lugar, o bien un estado de ánimo? ¿Qué le estaba haciendo a mi alma? ¿Por qué las anotaciones del libro del tío Baxter no nos habían devuelto a Londres a toda prisa? ¿Por qué nos habíamos quedado juntos hasta tan tarde en el gran salón, después de cenar, sin pronunciar una sola palabra?

Me sentí de repente muy cansada, y al mismo tiempo excluida de algún secreto magno y deslumbrante; ¿y no era ésa la misma palabra que había empleado el tío Baxter?

Consciente únicamente de mi insoportable cansancio, me puse mi bata de lana, abroché el botón del cuello y anudé el cinturón. Luego me calcé las zapatillas, y me dirigí al salón.

La luna iluminaba la escalera de madera de roble, y el rincón donde estaba la puerta abierta del dormitorio de Richard. Me acerqué de puntillas, y vi que la cama estaba vacía e intacta.

De modo que también él estaba desvelado aquella noche, y había salido de su cuarto igual que yo. ¡Ah, si al menos hubiera venido a buscarme y me hubiera pedido que le acompañara!

Me volví y descendí sin hacer ruido las largas escaleras.

El gran salón se abrió delante de mí, oscuro como una gran caverna; la luz de la luna acariciaba, aquí y allá, un par de espadas cruzadas o un escudo colgado. Pero en el otro extremo de la estancia, en el estudio situado junto a la biblioteca, vi con toda claridad una lucecita que parpadeaba. Y la brisa que atravesaba la inmensa sala traía el inconfundible olor de un fuego de leña.

Me encogí de hombros, aliviada. Richard estaba allí, podríamos hablar. 0 tal vez explorar los dos juntos todas las habitaciones, formando 0 pantalla con las manos para preservar las frágiles llamas de nuestras velas. Una sensación de bienestar me invadió y me hizo sentirme en calma; y aunque la distancia que nos separaba parecía interminable, me entró una prisa desesperada por franquearla, y eché a correr de repente a lo largo de la gran mesa de comedor, con sus macizos candelabros, hasta precipitarme finalmente en la pequeña habitación que se abría junto a las puertas de la biblioteca.

Sí, Richard estaba allí. Estaba sentado, con los ojos cerrados, dormitando en el sillón de piel, y la brisa procedente del jardín hacía temblar las frágiles llamas de las velas colocadas sobre la chimenea de piedra y sobre la mesita situada a su lado.

Me disponía a acudir junto a él, después de cerrar las puertas, para darle un ligero beso y preguntarle por qué no se iba a la cama, cuando de improviso vi por el rabillo del ojo a alguien más en la habitación.

En el rincón más lejano, a la izquierda, junto al escritorio, había otra figura, inclinada sobre los papeles de Richard, con las manos pálidas en reposo sobre la superficie de madera.

Sabía que no podía ser cierto. Sabía que tenía que estar soñando, que ninguna de las cosas que había en la habitación, y menos que ninguna otra aquella figura, podía ser real. Porque se trataba del mismo hombre que había visto quince años antes en un vagón de tren, y ni el más mínimo detalle de la apariencia de aquel joven sombrío había cambiado. Tenía el mismo pelo espeso y lustroso, peinado descuidadamente tan sólo en la parte del cogote en que pendía sobre el cuello ancho de su chaqueta negra, y la piel era tan fina que casi resplandecía en la sombra. Los ojos oscuros se alzaron de repente y me miraron con una expresión tan curiosa que casi me hizo gritar.

Nos miramos fijamente a través de la habitación oscura; yo de pie junto a la puerta, y él visible e innegablemente sobresaltado porque le había sorprendido de improviso. Mi corazón se detuvo.

En una fracción de segundo avanzó hacia mí, abolió el espacio que nos separaba y se inclinó sobre mi rostro, mientras sus dedos blancos se cerraban con suavidad sobre mis brazos.

-Julie! -susurró, en una voz tan baja que me pareció que me hablaban mis propios pensamientos. Pero no se trataba de un sueño; era una persona real. Me estaba sujetando, y de mi interior escapó un grito agudo, ensordecedor, incontrolable, cuYos ecos se extendieron por las cuatro paredes de la estancia.

Vi que Richard se levantaba de su sillón. Yo estaba sola. Agarrada al marco de la puerta, di un traspié hacia adelante y entonces, de nuevo, con toda claridad vi al joven intruso: estaba de pie en el jardín, mirando hacia atrás por encima del hombro, y en el instante siguiente desapareció.
No podía dejar de gritar. No pude ni siquiera cuando Richard me sostuvo, cargó conmigo y me hizo sentar en el sillón.

Todavía seguía sollozando cuando finalmente llegó Mrs. Blessíngton. Me tendió una copita de cordial, mientras Richard me suplicaba una vez más que dijera lo que había visto.

-¡Tú ya le conoces! -dije a Richard, casi histérica-. Era él, el joven del tren. Sólo que ahora llevaba una levita pasada de moda desde hace muchos años, y un corbatín de seda desanudado al cuello. Richard, estaba leyendo tus papeles, revolviéndolos y leyéndolos en una oscuridad completa.

-De acuerdo -contestó Richard, y con un gesto expresivo me pidió calma-. Él estaba sentado en el escritorio. Y como allí no había luz, no pudiste verle bien.

-¡Richard, era él! ¿No lo entiendes? ¡Me tocó, me sujetó los brazos!

Miré implorante a Mrs. Blessington, que meneaba de un lado a otro su cabeza en la que los ojillos brillaban a la luz como cuentas de cristal azules.

-¡Me llamó Julie! -susurré-. ¡Conoce mi nombre!

Me levanté, me apoderé de una vela, y empujando a Richard fuera de mi camino me acerqué al escritorio.

-¡Buen Dios! -exclamé-. ¿No ves lo que ha ocurrido? ¡Son tus cartas al doctor Partridge y a Mrs. Sellers, sobre el asunto del derribo de la casa!

Mrs. Blessington dio un leve grito y se llevó una mano a la mejilla. Parecía un pájaro disecado con un gorro de noche. Abrumada, se dejó caer en la silla de respaldo recto colocada junto a la puerta.

-Seguro que no crees que pueda tratarse del mismo hombre, Julie, después de tantos años...

-Pero no ha cambiado ni en el más mínimo detalle. No hay confusión posible, Richard, era él, te lo aseguro, él mismo.

-Oh, querida, querida... -susurró Mrs. Blessington-. ¿Qué hará él si intentan derribar la casa? ¿Qué va a hacer ahora?

-¿Qué va a hacer quién? -preguntó despacio Richard, al tiempo que sus ojos se estrechaban. Me arrebató la vela y se acercó a ella. Yo me había quedado mirándola con la boca abierta, sin darme del todo cuenta de lo que acababa de decir.

-¡De modo que sabe quién es él! -murmuré.

-Julie, calla de una vez! -dijo Richard.

Pero el rostro del ama de llaves se había vuelto rígido, su palidez había desaparecido, y los ojos eran de nuevo distantes y apagados.

-¡Usted sabía que él estaba aquí! -insistí-. Debe contárnoslo de una vez.

Con un esfuerzo, se puso en pie.

-No hay nada en esta casa que pueda hacerle daño a usted -dijo-, ni a ninguno de nosotros.

1 Se volvió, rechazando a Richard que intentaba ayudarla, y cruzó sola el salón oscuro.

-Ya no me necesitan aquí -declaró, en voz baja-, y si van a derribar esta casa construida por los abuelos de sus abuelos, podrán hacerlo perfectamente sin mi ayuda.

-10h, no pensamos hacer una cosa así, Mrs. Blessington! -insistí.

Pero ella se dirigía ya a la galería que llevaba al ala norte.

-Ve tras ella, Richard. Ya la has oído. Sabe quién es él.

-He oído lo suficiente por esta noche -contestó Richard, casi irritado-. Los dos tenemos que irnos a la cama. A la luz del día analizaremos todo este embrollo y registraremos la casa.

-Pero alguien tiene que decírselo a él, ¿no es así`? -pregunté.

-¿Decir qué? ¿Y a quién te refieres?

-¡Decirle que no vamos a derribar la casa! -contesté pronunciando con claridad las palabras, en voz muy alta, escuchando el eco de mi propia voz.

El día siguiente fue el más agotador que habíamos vivido desde nuestra llegada. Nos costó buena parte de la mañana convencer a Mrs. Blessington de que no teníamos intención de destruir Rampling Gate. Richard echó las cartas al correo y decidió no hacer nada hasta que recibiéramos ayuda.

Y los dos juntos, empezamos a registrar la casa. Pero la noche nos sorprendió a media tarea, después de haber cubierto el torreón, el ala sur y la mayor parte de la casa propiamente dicha. Nos quedaba todavía por registrar el torreón norte, que se encontraba en un estado de ruina casi total, y algunas estantías subterráneas que en épocas pasadas habían servido de mazmorras y ahora estaban tapiadas. También había armarios y escaleras ocultos por todas partes, en los que apenas habíamos mirado, y en determinados momentos no podíamos decir con Precisión dónde habíamos estado registrando y dónde no.

. Pero a la hora de la cena también había quedado meridianamente claro que Richard se encontraba en un estado próximo a la exasperación, y convencido de que yo no había visto nada en absoluto la noche anterior, en el estudio.

También había llegado a la conclusión de que tío Baxter se había vuelto loco antes de morir, o bien de que las notas garabateadas en su diario se referían en clave a algún acontecimiento social que le había afectado de forma inusual.

Pero yo sabía lo que había visto. Y a medida que avanzaba el día, me fui haciendo más callada y distraída. Mrs. Blessington y yo no cruzábamos la menor palabra, y pude comprender demasiado bien la rabia que había advertido en la voz de mi padre en aquella noche lejana en la que, de regreso de la estación Victoria, mí madre le acusó de imaginar cosas.

Pero lo que me obsesionaba por encima de todo era el aspecto amable del hombre misterioso al que había conseguido ver por un instante; los ojos oscuros casi inocentes que me habían mirado brevemente antes de que yo empezara a gritar.

-Es extraño que a Mrs. Blessíngton no le asuste -dije en voz baja y distraída, sin preocuparme de que Richard me oyera o no-. Y ninguna otra persona de por aquí parece tenerle miedo.

Me asaltaban las más extrañas fantasías. Volvían a mi cabeza las palabras despreocupadas de los habitantes del pueblo.

-Lo más sensato es que hagas una cosa de la mayor importancia, antes de irte a dormir -dije a Richard-. Deja escrita una nota con la declaración de que no tienes intención de derribar la casa.

-Julie, has creado un dilema imposible -protestó Richard-. Insistes en tranquilizar a la aparición asegurándole que la casa no va ser destruida, cuando de hecho afirmas haber comprobado la existencia de la criatura que precisamente impulsó a nuestro padre a darnos la orden que nos dio.

-¡Ah, desearía no haber venido nunca aquí! -estallé de repente.

-En ese caso, vamonos los dos, y decidamos sobre este asunto en casa.

-No, de eso se trata. No podría irme jamás sin conocer antes... «sus secretos»..., «el demonio astuto». ¡No podría seguir viviendo sin saber la verdad!

La rabia debe de ser un excelente antídoto contra el miedo, porque sin duda contribuyó a paliar mi natural alarma. Aquella noche no me desvestí, ni siquiera me quité los zapatos, sino que me senté en el dormitorio oscuro y vacío mirando con fije za la ventana de vidrios emplomados en forma de rombos hasta que toda la mansión quedó en silencio. Por fin, oí cerrarse la puerta de Richard. Después llegaron los chasquidos distantes que indicaban que otros cerrojos habían sido colocados en su lugar.

Y cuando el reloj del abuelo dio las once campanadas en el gran salón, Rampling Gate se sumió en el sueño como de costumbre.

Escuché atentamente, por si oía los pasos de mi hermano en el salón. Y cuando no le oí moverse de su habitación, me pregunté si la misma curiosidad que yo sentía no le impulsaría a venir a buscarme, para invitarme a que fuéramos juntos a descubrir la verdad.

Pero las cosas estaban bien así. No le quería a mi lado. Y sentía un oscuro júbilo al imaginarme a mi misma saliendo de mi dormitorio y bajando las escaleras, como lo había hecho la noche anterior. Esperaría una hora más, sin embargo, para estar segura. Dejaría que la noche llegara hasta el fondo: las doce, la hora embrujada. Mi corazón latía acelerado al pensarlo, y en sueños reconstruía el rostro que había visto, la voz que había pronunciado mi nombre.

¡Ah! ¿Por qué me parecía retrospectivamente tan íntima, como si nos hubiéramos conocido antes y hablado juntos a menudo, como si se tratara de alguien a quien reconocía en lo más profundo de mi ser?

-¿Cómo te llamas? -Creo que lo murmuré en voz alta. Y entonces me asaltó un espasmo de miedo. ¿Tendría valor suficiente para ir en su busca, para abrirle la puerta? ¿Estaba perdiendo la razón? Cerré los ojos y dejé reposar mi cabeza en el respaldo de mi sillón de terciopelo.

¿Qué había más vacío que esta noche rural? ¿Qué cosa podía ser más dulce?

Abrí los ojos. Había estado dormitando o hablándome a mí misma, intentando explicar a papá por qué era necesario que comprendiéramos nosotros mismos sus razones. Y entonces me di cuenta, me di plena y perfecta cuenta -creo que antes incluso de despertar- de que él estaba en pie junto a mi cama.

La puerta estaba abierta. Y él estaba allí, erguido, vestido exactamente igual que la noche anterior, y sus ojos oscuros se clavaban en mí con la misma curiosidad obvia; su boca era un simple pliegue, corno la de un escolar, y se apoyaba en el listón de la cabecera de la cama con la mano derecha, en una postura casi indolente. Parecía absorto en la contemplación de mi persona, sin advertir que yo le estaba mirando a mi vez.

Pero cuando me incorporé a medias, alzó un dedo corno para imponerme silencio, y me hizo una ligera seña

-¡Ah, eres tú! -susurré.

-Sí -contestó, en una voz discreta y casi imperceptible.

Pero habíamos estado hablando los dos, ¿no era así? Y yo le había estado haciendo preguntas, no, contándole cosas. Sentí de súbito que perdía el equilibrio y me sumergía en un sueño.

No, no era eso, sino la recuperación de un fragmento de algún sueño del pasado. Era esa especie de arrebato que nos arrastra en cualquier momento del día siguiente, al evocar el universo en el que nos encontrábamos totalmente sumergidos en sueños. Creo que por un instante oí nuestras voces, casi discutiendo, y vi a papá con su sombrero de copa y su abrigo negro, caminando solo por las calles del West End de Londres y asomándose a una puerta detrás de otra; y luego, alzándose por encima de la superficie de mármol de una mesa de un vago music-hall lleno de humo, tú..., tu rostro.

-Sí...

«¡Vuelve, Julie!» Era la voz de papá.

-... penetrar en su alma -insistía yo, recuperando el hilo perdido. ¿Pero se movían mis labios?-. Comprender qué es lo que le asustó lo que le enfureció. Dijo: «¡DerribadIo!»

_... nunca, nunca podrás hacer una cosa así. -Su rostro estaba afligido como el de un escolar a punto de echarse a llorar.

-No, , en absoluto, nosotros no queremos, ninguno de los dos, lo sabes bien... ¡Y tú no eres un fantasma' -Miré sus botas salpicadas de barro, la débil huella del polvo en aquella mejilla perfectamente blanca.

-¿Un fantasma? -preguntó casi enfurruñado, casi con amargura-. Ojalá lo fuera.

Como hipnotizada, le vi acercarse a mí y la habitación se oscureció cuando sentí en mi cara sus frías manos de seda. Yo me había levantado, estaba en pie delante de él, y le miraba a los ojos.

Oía los latidos de mi propio corazón. Los oía igual que la noche anterior, en el momento en que rompí a gritar. ¡Buen Dios estaba hablando con él! ¡El estaba dentro y me mostraba en sus brazos, además. río, y yo hablaba con él! Y estaba en sus brazos además.
-¡Real, absolutamente real! -susurre, y un profundo estremecimiento recorrió mi cuerpo, obligándome a buscar un punto de apoyo en la cama para no caer al suelo.

Me miraba como si intentara comprender algo terriblemente importante para él, y no me respondió . sus labios tenían un tono oscuro y una suavidad que aumentaba su atractivo, como sí nunca hubiera sido besado. Yo me sentí presa de un ligero vértigo, de cierta confusión, y ni siquiera me sentía segura de que realmente él estuviera allí.

--Oh, pero síque lo estoy... dijo en voz baja y sentí su aliento en mi mejilla, casi dulce, Estoy aquí y tu estás conmigo, Julie ...
-Sí ...
Mis ojos se cerraban. Tío Baxter estaba sentado a su escritorio, y yo podía oír el furioso rasgueo de su pluma.

-¡Demonio astuto! -dijo al viento de la noche, que entraba por las puertas abiertas.

-¡No! -exclamé yo. Papá se giró, en la puerta del music hall, y gritó mi nombre.

-Ámame, Julie -dijo su voz en mi oído, y sentí sus labios en mi garganta-. Sólo un beso, Julie, no hay ningún mal en ello...

Y el centro de mi ser, ese lugar secreto en el que crecen

todos los deseos y todas las exigencias, se abrió a él sin lucha y sin ruido. Habría caído de no haberme sostenido él. Mis brazos se cerraron en torno suyo, mis manos se deslizaron por la suave masa sedosa de sus cabellos.

Yo flotaba, y por Rampling Gate se extendía, como siempre, una paz infinita. Era Rampling Gate lo que yo sentía a mi alrededor; era su alma intemporal e impenetrable, que finalmente se había abierto como una flor... Sentí en mi interior una enorme sabiduría, el poder de ver tal como ve un dios, y captar la profundidad de las cosas con la misma destreza con la que los ojos exteriores registran su tamaño y su forma... Sí, susurré en voz alta, esas palabras de Keats, esas palabras..., planear sobre la medianoche sin esfuerzo...

No. En un instante violento nos separamos, y él se echó atrás con la misma brusquedad que yo.
Crucé tambaleante el suelo del dormitorio me así al marco de la ventana, y apoyé la frente en la pared de piedra.
Durante un largo instante permanecí inmóvil, con los ojos cerrados. Sentía un dolor agudo, pero casi placentero, en la garganta, en el lugar que sus labios habían rozado; y un hormigueo delicioso que ya no había de cesar.

Después me volví, y vi con toda claridad la habitación, la cama, la chimenea, el sillón. Él seguía en pie, exactamente en el mismo lugar en el que lo había dejado, y en su rostro se reflejaba la más desolada angustia.

-¿Qué es lo que han hecho conmigo? -murmuró-. ¿Me han hecho caer en la trampa más cruel de todas?

-Algo amenazador, de una amenaza inexpresable -susurré yo.

-Algo antiguo, Julie, algo que desafía el entendimiento, algo que puede suceder y que seguirá sucediendo.

-Pero entonces, ¿qué es lo que eres tú? -Toqué aquel doloroso latido con la punta de los dedos y, al bajar la vista, tragué saliva-. Sufres tanto, y eres aparentemente tan inocente, ¡y pareces capaz de amar!

Su rostro estaba tenso, como presa de un violento conflicto interior. Se volvió para irse. Apelé a toda mi voluntad para no ir detrás de él, y no rogarle que regresara. Pero él se volvió, desconcertado; luchó aún brevemente consigo mismo y luego, decidido ya, se inclinó y tomó mi mano.

-Ven conmigo -dijo.

Me atrajo hacia él con la misma suavidad de todos sus gestos, y deslizando su brazo por mi hombro, me guió hasta la puerta.

Subimos unas escaleras, cruzamos apresuradamente un largo pasillo, y a través de una pequeña puerta de madera accedimos a unas escaleras de caracol que yo no había visto anteriormente.

Pronto me di cuenta de que estábamos subiendo a lo alto del torreón norte de la casa, la parte en ruinas de la estructura que Richard y yo habíamos dejado sin registrar.

Por los estrechos ventanucos veía el paisaje suavemente ondulado que se extendía desde el bosque que rodeaba la mansión, y el pequeño grupo de luces tenues que señalaba el lugar en el que se alzaba la aldea de Rampling, junto a la pálida estela de la carretera de Londres.

Subimos más y más hasta Regar a la cámara más alta de la torre, que él abrió con una llave de hierro. Sostuvo la puerta para dejarme paso, y me encontré en una habitación espaciosa cuyas estrechas ventanas no estaban cerradas con cristales. La luz de la luna revelaba una curiosa mezcla de muebles y objetos diversos, como los que se encuentran en muchos desvanes. Había un escritorio, un gran estante con libros, sillones antiguos de piel, rollos amarillentos de viejos mapas, y pinturas enmarcadas colgadas de las paredes. Por todas partes había velas, colocadas en nichos de piedra abiertos en el muro o dispuestas sobre las mesas y los estantes. Aquí y allá, un barril servía de mesa y contrastaba con alguna silla de fina talla isabelina. La cera había goteado un poco por todas partes, y en medio de aquel desorden había abiertos ejemplares de periódicos recientes: el Mercure de París, y el Times de Londres entre otros.

No había ningún lugar donde dormir en aquella habitación.

Y al pensar en ello, en dónde se echarla para descansar, me asaltó un estremecimiento. Volví a sentir, vívidamente, sus labios rozando mi garganta, y sentí un súbito deseo de gritar.

Pero él me tenía en sus brazos, y besaba de nuevo mis mejillas y mis labios con toda delicadeza. Luego me hizo sentar en un sillón y encendió, una a una, las velas dispersas por la habitación.

Me estremecí, y mis ojos se humedecieron ligeramente a la luz. Vi más objetos inusuales: telescopios, cristales de aumento, un violín en su estuche abierto, y un puñado de conchas marinas relucientes y exquisitamente modeladas. También había joyas descuidadamente dispuestas, un sombrero de copa de seda negra y un bastón, un ramillete de flores marchitas y secas, daguerrotipos y camafeos en sus pequeños estuches de terciopelo, y libros abiertos.

Pero ahora estaba demasiado absorta por la visión de él a plena luz: el brillo de sus grandes ojos negros, el lustre de su cabello. Ni siquiera en la estación del ferrocarril le había visto con tanta claridad como ahora, a la suave luminosidad de las velas. Me destrozó el corazón.

Y sin embargo, me miraba como si yo fuera un festín para sus ojos, y pronunció de nuevo mi nombre de tal modo que sentí que la sangre se agolpaba en mi cara. Pero de súbito pareció producirse un corte brusco en el paso del tiempo. Yo había estado pensando, eso es, «qué es lo que tú eres, cuánto tiempo hace que existes...», y de nuevo me sentí dominada por el vértigo.

Me di cuenta de que me había levantado y estaba en pie a su lado, junto a la ventana; él se había vuelto a mirarme, y el paisaje que se extendía debajo de nosotros había cambiado imperceptiblemente. Las luces de Rampling habían desaparecido en la oscuridad que se extendía como una niebla espesa sobre la tierra. Un gran bosque, mucho más antiguo y denso que el de Rampling Gate, se extendía por las colinas, y súbitamente me sobrecogió el temor, como si me estuviera deslizando en un maelstrom del que nunca podría regresar por mi sola voluntad.

Seguía presente la sensación de que hablábamos y hablábamos los dos, con voces bajas y agitadas, y yo decía que no pensaba ceder.

-Sé mi testigo, es todo lo que te pido...

Y en mi interior había una tenue certeza de que la revelación que se avecinaba me había de cambiar fatalmente. Era como la lectura de un libro prohibido, o el recitado de un conjuro secreto.

-No, es solamente lo que fue -susurró él.

Y entonces, incluso la forma del terreno varió. La habitación misma había perdido su sustancia, como si un viento silencioso de terrible fuerza hubiera entrado en aquel lugar y lo arrastrara muy lejos.

Cabalgábamos en un carruaje, a través de la noche. Habíamos dejado el torreón hacía ya mucho tiempo, era la hora del crepúsculo y el cielo tenía el color de la sangre. Cruzábamos un bosque cuyos árboles eran tan altos y gruesos que apenas algún rayo del sol poniente llegaba a acariciar el suelo cubierto por una blanda alfombra de hojas caídas.

No tuvimos tiempo de disfrutar de aquel lugar mágico. Llegamos a terreno abierto, a las pequeñas parcelas de tierra labrada que rodeaban el antiguo pueblo de Knorwood, con sus tejados de caballete y sus calles estrechas y sinuosas. Vimos los muros del monasterio de Knorwood y la pequeña iglesia parroquial, con su campana que llamaba a vísperas bajo el cielo crepuscular. Knorwood bullía de vida, mil corazones latían en Knorwood, mil voces se alzaban en una plegaria comunitaria.

Pero muy lejos del pueblo, en lo alto de la colina que dominaba el bosque, se alzaba el torreón redondo de un castillo realmente antiguo; y hacia ese castillo en ruinas, apenas ya una sombra de sí mismo, nos dirigimos. Irrumpimos en sus estancias vacías como niños impetuosos, olvidados ya del caballo y del camino, y así Regamos al lugar en que esperaba el Señor del Castillo, una criatura adusta, de piel muy blanca, erguida delante del fuego crepitante del salón sin techo. Se giró, y clavó en nosotros sus ojillos estrechos y relucientes. Era un cuerpo muerto, lo comprendí de inmediato, pero en su interior vivía una magia inapreciable. Y mi joven compañero, aquel muchacho inocente, pasó junto a mí y cayó en los brazos del Señor. Vi el beso. Vi cómo el joven palidecía y luchaba por apartarse. Era lo mismo que yo habla hecho aquella misma noche, fuera del sueño, en mí propio dormitorio; y se apartó del Señor, llevándose la mano al agudo dolor de su garganta.

Comprendí. Supe. Pero el castillo se disolvía ya con la misma seguridad con la que se disuelve todo en los sueños, y nos encontramos en algún lugar húmedo y cerrado.

La fetidez me resultaba insoportable, y era la más terrible de las fetideces: la de la muerte. Oí mis propios pasos sobre las losas del pavimento, y conseguí apoyarme en el muro. La minúscula plaza estaba desierta; un viento vagabundo hacía batir las puertas y las ventanas. Arriba y abajo de la estrecha callejuela vi las marcas en los dinteles de las casas. La peste, la Muerte Negra, había Regado al pueblo de Knorwood. La Muerte Negra lo había dejado desierto. En un instante de angustioso horror comprendí que nadie, ni una sola persona, había quedado con vida.

Pero no era del todo cierto. Alguien caminaba a tropezones por el estrecho callejón. Se tambaleaba, estaba a punto de caer, pero iba asomándose a una puerta tras otra, y finalmente Regó a un lugar caluroso y nauseabundo donde un niño lloraba tendido en el suelo. El padre y la madre estaban muertos en la cama. Y el gato grande y gordo de la familia, no afectado por la enfermedad, se divertía jugando con el infante que lloraba, con los ojos hinchados en su carita bañada por las lágrimas.

-Basta -me oí decir a mí misma. Me di cuenta de que estaba sosteniéndome la cabeza con ambas manos-. ¡Basta, basta ya, por favor!

Lloraba, y esperé que mi llanto consiguiera trascender aquella visión, de modo que el mísero cuarto se derrumbara a mi alrededor y volviera a encontrarme en la estancia de Rampling Gate. Pero no fue así. El joven se giró y me miró, y en aquel cuartucho fétido, no pude ver su rostro.

Pero sabía que era él, mi compañero, y pude oler su fiebre y su enfermedad, y el hedor del bebé moribundo, y vi el cuerpo ágil y lustroso del gato cuando daba un zarpazo a la mano tendida del niño.

-¡Basta, has perdido el control! -debí de gritar con todas mis fuerzas, pero el llanto del niño era aún más fuerte-. ¡Haz que pare!

-No puedo... -murmuró-. í Seguirá siempre así! ¡No parará nunca!

Con un penetrante alarido, di un puntapié al gato y lo envié volando fuera de aquel inmundo cuartucho, volcando al tiempo un cubo de leche, que se derramó sobre las piedras, tiñéndolas de blanco como por arte de brujería.

Pálido y febril, con la camisa empapada de sudor, mi compañero me tomó de la mano, y me arrastró fuera de la casa y del llanto del niño.

Muerte en los salones, muerte en los dormitorios, muerte en el claustro, muerte delante del altar mayor, muerte en los campos. Parecía el Juicio Final. Mil almas habían muerto en Knorwood -yo sollozaba y suplicaba que me alejara de allí-, y parecía el fin de toda la Creación.

Finalmente, la noche cubrió el pueblo muerto y él seguía vivo, cruzando tambaleante las colinas, atravesando el bosque, en dirección hacía la torre redonda en la que el Señor, con la mano posada en el alféizar de piedra de la ventana rota, esperaba su Regada.

-¡No vayas! -le supliqué. Corrí a su lado gritando, pero él no me oía. Por mucho que lo intentara, me era imposible cambiar el curso de las cosas.

El Señor se inclinó sobre él sonriendo con tristeza; le vio tambalearse y caer, dilatarse el pecho tratando de aspirar las últimas boqueadas. Finalmente los labios se movieron para pedir salvación, cuando era condenación lo que ofrecía el Señor, condenación lo que el Señor iba a darle.

-¡Sí, condenado pero vivo, respirando! -gritó el joven, alzándose en un postrer movimiento espasmódico. Y el Señor, que había permanecido inmóvil hasta ese instante, se inclinó a beber.

De nuevo el beso, el beso letal, la sangre extraída del cuerpo moribundo; después, el Señor alzó la cabeza inerte del joven para devolverle la sangre, extraída ahora del cuerpo del propio Señor.

Yo grité de nuevo: «No, no bebas». Se volvió a mirarme. Su rostro era ahora la imagen perfecta de la muerte, hasta el punto de que me pareció imposible que pudiera hablarme, y sin embargo lo hizo. Me preguntó: «¿Qué harías tú? ¿Regresarías a Knorwood, abrirías esas puertas una tras otra, tocarías la campana de la iglesia vacía? Y aunque lo hicieras, ¿revivirían los muertos?».

No esperó mi respuesta. Y yo no tenía ninguna respuesta que ofrecerle. Se volvió hacia el Señor que le esperaba, y aplicó su boca inocente en la vena que latía con toda la apariencia de la vida bajo la piel fría y translúcida de la garganta del Señor. Y la sangre fluyó en el cuerpo joven, venciendo con su poderosa irrupción la fiebre y la enfermedad que lo aquejaban, pero arrastrándolo al mismo tiempo más allá de la vida mortal.

Ahora estaba solo en el salón del Señor. La inmortalidad era suya, y con ella la sed de sangre que necesitaría para mantenerla. Yo podía sentir esa sed con todo mi ser. Contempló los muros desmoronados que se extendían a su alrededor, el fuego que lamía las piedras ennegrecidas de la gigantesca chimenea, el cielo nocturno visible a través del techo hundido con su infinita red de estrellas.

Y cada una de aquellas cosas se transfiguraba en su visión, y en la mía -en la visión que él me prestaba ahora-, en la esencia exquisita de sí misma. Una voz inaudible y eterna hablaba desde el velo estrellado del cielo, cantaba en el viento que susurraba entre las vigas rotas, suspiraba en las llamas que roían las piedras ennegrecidas del hogar.

Era el ritmo implacable del universo, presente debajo de todas las superficies, mientras dejaba de oírse el llanto de la última criatura viva -aquel frágil niño recién nacido-- en el pueblo del valle.

Se levantó un viento suave que dispersó el polvo de los terrones recién removidos de los campos de labranza desiertos. El cielo negro e infinito dejó caer la lluvia.

Pasaron años y más años. Todo lo que había sido Knorwood se confundió con la simple tierra. El bosque envió allí a sus silenciosos centinelas, y troncos poderosos se alzaron donde había habido chozas y casas, y en el mismo lugar en el que se alzaron los muros del monasterio.

Finalmente, nada quedó de Knorwood: ni el pequeño cementerio, ni la pequeña iglesia. Ni tan siquiera el nombre de Knorwood sobrevivió. Y era un horror superior a todo! los de más horrores el hecho de que ya nadie supiera que mil almas habían vivido y muerto en aquella aldea insignificante; que en ningún lugar de los grandes archivos en los que se registra la historia se hiciera la menor mención a aquella población.

Pero quedaba un ser que sí sabía, un ser que había sido testigo de todo y ahora miraba con fijeza el mismo lugar en el que había concluido su vida mortal. Aquel ser que había escapado arrastrándose a gatas del pozo del infierno que había sido aqueHa tragedia, era el joven que tenía a mi lado, el dueño de Rampling Gate.

Y a través de los muros de la vieja mansión se alzaba el recuerdo de las piedras del castillo en ruinas, y en los techos y suelos de las estancias se entrecruzaban las ramas de los antiguos árboles.

Todo lo que parecía sólido y majestuoso aquí, y seguro en la perspectiva de quienes dormían esta noche en la aldea de Rampling, era únicamente una frágil ciudadela contra el horror: sólo eso era la casa a la que ahora él se veía atado.

Sentí una inmensa pena. En algún momento de aquel desfile de imágenes me había perdido a mí misma, había perdido todo sentido del punto del espacio desde el que lo veía todo. Y en medio de una gran avalancha de luces y de ruidos regresé a la vida y me encontré de nuevo como había sido cuando viajábamos juntos por el bosque, salvo que ahora estábamos en el mundo actual, en la hora presente. Volábamos al parecer sobre los campos en tinieblas, siguiendo la vía del ferrocarril de Londres, donde la ciudad nocturna era un estallido de risas, agitación y luces deslumbrantes. Él caminaba a mi lado bajo las lámparas de gas, y en su rostro relucía la misma inocencia oscura, el mismo irresistible calor. Y parecía que nos apretábamos estrechamente el uno contra el otro en medio de la muchedumbre. Aquella muchedumbre era algo vivo, algo que se agitaba, y en todas partes emanaba un aroma excitante y oscuro, el aroma de la sangre fresca. Mujeres vestidas de pieles blancas y caballeros cubiertos con capas salían del teatro de la ópera brillantemente iluminado; el estrépito del music-hall nos invadió, y luego fue alejándose. Sólo quedó una tenue voz de soprano que cantaba una canción aguda y triste. Yo estaba en los brazos de él, y sus labios se apretaban contra los míos, y de nuevo tuve la misma lejana sensación de desgarramiento, de apertura inmensa e incontrolable en mi interior. Era la sed, y la promesa de saciarla medida únicamente por la intensidad de esa sed. Subimos corriendo muchas escaleras, penetramos en dormitorios de techos muy altos y paredes forradas de damasco rojo, donde yacían las mujeres más hermosas reclinadas en lechos de cabeceras de bronce, y el aroma se hizo tan intenso que no podía soportarlo; ante mí, aquellas mujeres se ofrecían a sí mismas, con los brazos abiertos.

-Bebe -susurró él-. Sí, bebe.

Y sentí que me invadía un gran calor, que me sofocaba y hacía borrosa mi visión, hasta que de nuevo partíamos, libres, ligeros e invisibles al parecer, saltando por encima de los techos o caminando de nuevo por calles resplandecientes de lluvia. Pero la lluvia no nos tocaba, ni la nieve que caía nos hacía estremecer; teníamos en nuestro interior un calor grande e indisoluble. juntos en el carricoche, conversamos en voz baja, con parrafadas exuberantes; éramos amantes, éramos constantes, éramos inmortales. Viviríamos tanto tiempo como Rampling Gate.

Intenté hablar; intenté terminar el conjuro. Sentí que sus brazos me rodeaban y supe que estábamos juntos en la habitación del torreón, y que había habido algún terrible error de cálculo.

-No me dejes -murmuró-. No entiendes lo que te estoy ofreciendo; te lo he contado todo; el resto no es sino vacío, fiebre e inquietud, las viejas palabras del poema. Bésame, Julie, ábrete a mí. No te tomaré contra tu voluntad...

De nuevo oí mi propio grito. Mis manos descansaban sobre su piel blanca y fría, sus labios eran suaves pero ávidos, sus ojos rendidos y eternamente jóvenes. Papá se volvió en la calle londinense empapada de lluvia y gritó: «Julíe!». Vi a Richard perdido entre la multitud, como si buscara a alguien; el ala del sombrero dejaba en sombra sus ojos, y los rasgos de su cara eran ásperos, rugosos como los de un anciano. ¡Un anciano!

Me aparté. Estaba libre. Lloraba sin ruido y los dos estábamos en la extraña y abarrotada habitación del torreón. Él estaba de pie junto a la ventana, recortada su figura contra las pálidas nubes. La luz de las velas brillaba en sus ojos. Me parecieron inmensos, tristes y sabios, y ¡oh, sí inocentes como he repetido una y otra vez.

-Me rebelé a ellos -dijo-. Sí, conté mi secreto. Por rabia o por amargura los convertí en mis siniestros compañeros de conspiración, y siempre vencí. No pudieron hacer nada contra mí, y tampoco lo harás tú. Pero aun así, serán ellos quienes triunfen, porque ahora me atormentan con su flor más hermosa. No te alejes de mí, Julie. Eres mía, Julie, como es mío Rampling Gate. Déjame arrancar esa flor y colocarla junto a mi corazón.

Después de muchas noches de discusiones, por fin Richard ha cedido. Me donará su parte de Rampling Gate, y yo me negaré en redondo a derribar el edificio. Entonces, él no podrá obedecer ya la orden de papá. Le he proporcionado el impedimento legal que necesitaba, y, por supuesto, legaré la casa en testamento a él y a sus hijos. Siempre deberá permanecer en manos de los Rampling.

Es una solución hábil, a mi entender, porque papá no me ordenó a mí que destruyera la mansión, y yo ya no tengo ningún escrúpulo referente a esa cuestión.

Todo lo que tiene que hacer él es llevarme a la pequeña estación del ferrocarril y verme marchar a Londres, y dejar de preocuparse por mí, que marcho a mi propia casa de Mayfair.

-Quédate aquí todo el tiempo que desees, y no te preocupes -le he dicho. Siento por él más cariño del que nunca podría expresar-. Desde el mismo momento en que pusiste los pies en este lugar, supiste que papá estaba completamente equivocado. Tío Baxter le metió esa manía en la cabeza, evidentemente, y Mrs. Blessington siempre ha tenido razón. No hay nada perjudicial en este lugar, Richard. Disfruta de él, y trabaja o estudia, según tu gusto.

La enorme locomotora pasa rugiendo a nuestro lado, y el tren frena su marcha hasta detenerse.

-Ahora debo irme, querido, dame un beso -digo.

-Pero qué te ha ocurrido, Julie, para convencerte tan aprisa...

-Todos estábamos equivocados, Richard -contesto-. Lo que importa es que ahora todos somos felices.

Y nos damos un fuerte abrazo.

Agito el pañuelo hasta que dejo de verle. Las luces parpadeantes del pueblo se pierden en la profunda luz color lavanda del atardecer, y la mole oscura de Rampling Gate aparece por un instante como el fantasma de sí misma, en lo alto de la colina.

Me siento y cierro los ojos. Luego los abro lentamente, saboreando el momento que he esperado tanto tiempo.

Él me sonríe, sentado en el lugar en el que ha permanecido todo el rato, en el rincón más lejano del asiento forrado de piel de enfrente, y ahora se incorpora con un movimiento ágil, casi delicado; y sentándose a mi lado, me estrecha en sus brazos.

-Tardaremos cinco horas en llegar a Londres -susurra a mi oído.

-Puedo esperar -respondo, mientras la sed me invade como una fiebre me aprieto contra él, sintiendo la presión de sus labios en mis párpados y en mi cuello.

-Me gustaría ir de caza por las calles de Londres, esta noche -confieso, con cierta timidez; pero sólo veo aprobación en sus ojos.

-Hermosa Julie, mi Julie... -murmura él.

-Te gustará la casa de Mayfaír -comento.

-Sí... -dice él.

-Y cuando Richard se canse al fin de Rampling Gate, volveremos a casa.

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