BLOOD

william hill

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domingo, 6 de septiembre de 2009

ALMAS TORTURADAS

Clive Barker
Almas Torturadas
ANIMÆ DAMNATÆ


La Leyenda de Primordium



CONTENIDOS
Libro Uno
La Cara Secreta del Génesis
Libro Dos
El Asesino Transformado
Libro Tres
El Vengador
Libro Cuatro
El Cirujano del Sagrado Corazón
Libro Cinco
El Poseedor de Primordium
Libro Seis
La Segunda Llegada


LIBRO UNO
La cara secreta del Génesis
I

Él es un transformador de carne humana; un creador de monstruos. Si un Suplicante viene a él con suficiente necesidad, suficientemente hambriento para cambiar, sabiendo qué tan doloroso el cambio será, lo acomodará. Se convierten en objetos de belleza perversa bajo su mano; sus cuerpos rehechos en modas que ellos no tienen poder de mandar.
Sobre los años, sobre los siglos, ciertamente, esta criatura extraordinaria se ha regido por muchos nombres. Pero lo llamaremos por el nombre de pila que recibió alguna vez: Agonistes.
¿Dónde lo encontraría un Suplicante? Usualmente en lo que él llama «los lugares de ardor»: desiertos, por ejemplo. Pero algunas veces él puede ser encontrado en lugares de ardor en nuestras ciudades inflamadas: sitios en donde la desesperación ha chamuscado toda creencia en la esperanza y el amor.
Allí él se mueve, silenciosamente, irreprochable, su presencia apenas es más que un rumor. Y allí él espera a esos que necesitan encontrarlo.
Cuando un Suplicante se presenta, él o ella, allí nunca hay coerción. Nunca hay violencia, al menos hasta que el Suplicante haya cedido su carne.
Entonces sí, pueden haber algunas dudas, una vez que el trabajo comienza. La verdad es que en muchas ocasiones un Suplicante ha implorado morir antes que continuar siendo «manipulado» por Agonistes. Duele en exceso, dicen, cómo sus bisturís y sus antorchas operan su cirugía terrible en él. Pero en todo el tiempo que ha estado vagando por el mundo, Agonistes sólo una vez, en toda la vida, ha concedido la comodidad de la muerte a un Suplicante que cambió de idea. Ese hombre fue Judas Iscariote, quien le suplicó a Agonistes ahorcado de un árbol. En los demás él trabaja, a pesar de sus quejas, algunas veces por días y noches, retornando a sus labores cuando un pedazo de carne ha sanado, permitiéndole comenzar ya en la siguiente parte de la cirugía.
Hay algunas compensaciones menores para todo este dolor, los cuales Agonistes ofrecerá tal vez a sus Suplicantes como él trabaje. Él les cantará, por ejemplo, se dice que se sabe cada arrullo escrito, en cada lenguaje de mundo; las canciones de cuna y de pecho, para apaciguar a los hombres y las mujeres que él rehace en la imagen de sus terrores.
Y, si por alguna razón él se siente particularmente compasivo con el Suplicante, Agonistes puede dar a su víctima un pedazo de su propia carne para comer: sólo un trocito, cortado con uno de sus bisturís más finos de la carne blanda de su muslo, o su labio interno. Según la leyenda, no hay comida más reconfortante, más exquisita que la carne de Agonistes. Un mero trozo de eso en la lengua del Suplicante los hará a él o a ella olvidar todos los horrores que enfrentan, y se entregan a un lugar de calma paradisíaca.
Entonces una vez que su cliente es apaciguado Agonistes continua su trabajo, cortando, ardiendo, cauterizando, estirando, torciendo, reconfigurando.
Algunas veces traerá un espejo para mostrar a sus Suplicantes lo que él tan lejanamente ha creado. Algunas veces dirá que quiere que los resultados sean una sorpresa. Y así el Suplicante, sólo le queda imaginar, a través de la neblina de dolor, en qué lo transforma Agonistes.
II
Es un arte lo que logra Agonistes.
Él afirma que es «El primer Arte», esta creación de carne nueva, siendo el arte que Dios solía usar para dar vida al ser. Agonistes cree en Dios; reza para Él noche y día: agradeciéndole por hacer un mundo en que hay tanta desesperación y un hambre tan profundo de venganza que los Suplicantes le buscan y le piden que los reconfigure en la imagen de su ideal monstruoso.
Y parece que Dios aparentemente no encuentra ofensa en lo que hace Agonistes, porque para dos mil años y medio que ha recorrido caminando el planeta, realizando lo que él llama su arte santo, y ningún daño le ha venido. De hecho, ha prosperado.
Algunas de las personas que estuvieron bajo su cuchillo, como Poncio Pilato, tienen un sitio en la historia de nuestra cultura. Muchos son anónimos. Él ha transformado a los potentados y los gángsters, a actores que fallaron y a los arquitectos; las mujeres que fueron engañadas por sus maridos y vienen buscando una forma nueva para dar la bienvenida a su adúltero, en sus relaciones sexuales entre casados; las maestras de escuela y vendedoras de perfumes, entrenadores de perros y quemadores de carbón. Los poderosos y los insignificantes, el noble y el campesino. Mientras son Suplicantes sinceros, y sus oraciones suenen genuinas, entonces Agonistes estará atento a ellos.
¿Quién es él, este Agonistes? ¿Este artista, este peregrino, este transformador de carne y huesos humanos?
En verdad, nadie realmente lo sabe. Hay un volumen cismático en la Librería del Vaticano llamado «Un Tratado sobre la Locura de Dios», escrito por un Cardinal Gaillema en el medio del siglo diecisiete. En él, Gaillema argumenta que la historia de la Creación del Mundo ofrecida en el Libro del Génesis está equivocada en varios detalles, uno en particular es relevante aquí: En el séptimo día, el Cardinal discutió, Dios no descansó. En lugar de eso, llevado en un tipo de estado eufórico de fuga por los labores de Su Creación, Dios continuó trabajando. Pero las creaciones que Él hizo en Su estado agotado no fueron las bestias sanas con las cuales Él había poblado al Edén. En un día y una noche, errante en medio de las glorias frescas de creación, Él hizo formas que desafiaron toda la belleza de su trabajo anterior.
Destructores y demonios, éstos fueron antítesis de las formas sanas que Él había hecho en los primeros seis días.
Una de las criaturas que Jehová creó, según el Cardinal fue Agonistes.
Por eso es que Agonistes puede rezar a Su Padre en el Cielo, y esperar ser escuchado. Él es —al menos según cuenta el Cardinal Gaillema— una de las creaciones propias de Dios.
Y no hay duda de que en su forma perversa Agonistes sirve una función. Sobre los años, sobre los siglos, él fue la respuesta para las oraciones incontables para la liberación de impotencia.
Las palabras pueden cambiar de oración en oración, pero en la carne de ellos está siempre la misma:
Oh, Agonistes, entregador oscuro, hazme a la imagen de las pesadillas de mis enemigos. Deja a mi carne ser como las cosas donde tú guardas sus terrores; deja a mi cráneo ser una campana que suena su toque de difuntos. Dame una canción para cantar, la cual será la canción de su desesperación, y les dejará a ellos despertarse y encontrarme cantándola al pie de sus camas.
Deshazme, desbarátame, transfórmame.
Y si tú no puedes hacer eso por mí, Agonistes, entonces déjame ser excremento; déjame ser nada; menos de nada.
Pues quiero ser el terror de mis enemigos, o quiero el olvido.
La elección, Señor, es tuya.

LIBRO DOS
El asesino transformado
I

La ciudad de Primordium fue fundada antes que cualquiera de las ciudades grandes de mitos o historia. Ciertamente, de acuerdo a muchas fuentes, fue la primera ciudad construida. Antes de Troya, antes de Roma, antes de que Jerusalén, estuvo Primordium.
Hasta hace poco era regida por una dinastía de Emperadores, de quienes su larga tenencia había producido una aptitud para la crueldad que tenía, desafiando los peores excesos de los corruptos Césares de Roma. El Emperador Perfetto XI, por ejemplo, que controló Primordium por dieciséis años hasta la Gran Insurrección, fue un hombre familiar con cada corrupción de mente y de espíritu. Vivió en lujo excesivo, en un palacio que creyó impregnable, importándole casi nada los dos o tres cuartos de millón de personas que ocuparon Primordium.
Al final, esa fue su desatadura.
Pero iremos a eso.
II

Primero, déjenme contarles sobre Zarles Kreiger, quien vino del mínimo status de la ciudad. Cuando era un chiquillo, era común que él comiera en el Vomitorium, donde —como en la antigua Roma— los ricos arrojaban la comida sustanciosa y podría ser comprada por poco dinero, y consumida al mismo tiempo. Fue la buena suerte de Kreiger que tal vida de pobreza no le matara. Por alguna paradoja física, las experiencias que habían reducido a la mayoría de hombres a sombras de sus anteriores egos, sirvieron para confortar a Zarles. Cuando él tenía trece años de edad él era más alto que todos sus hermanos mayores. Y junto con su pericia física vino otra cosa, una curiosidad acerca de cómo trabajaba la corrupción infinita de la ciudad donde vivía. Sin entender la trampa en la cual estaba atrapado, él aseguro que nunca podría escaparse de eso.
A la edad de catorce se convirtió en un corredor para un gángster en East City llamado Duraf Cascarellian, y rápidamente se elevó a sí mismo en el trabajo criminal, simplemente porque estaba dispuesto a hacer cualquier cosa que le ordenaran. A cambio, Cascarellian trató a Kreiger como un hijo, protegiéndolo de la captura enviando hombres afuera, después de Kreiger para hacer la limpieza posterior a uno de sus asesinatos. Kreiger era un asesino desordenado. No era para él la raja sencilla a través de la garganta. Le gustaba usar guadañas, primero destripando a sus víctimas, luego estrangulándolas con sus entrañas.
Ahora tal comportamiento no pasa desapercibido por mucho, aún en una ciudad tan llena de excesos como Primordium. Y la reputación de Kreiger fue aumentada considerablemente por los golpes que Cascarellian le hacía hacer frecuentemente a políticos. Los jueces, los congresistas, los periodistas, que criticaban al Emperador, fueron a menudo las víctimas de Kreiger. Personalmente, él no se preocupó por la afiliación de sus víctimas. La sangre era sangre hasta donde a Kreiger le importaba, y él llevó el mismo placer en lo que fuera la carne de un Realista o un Republicano.
Entonces encontró a una mujer llamada Lucidique, y todo eso cambió.
III

Lucidique era la hija de un Senador que había estado quejoso últimamente en el debate público acerca del hecho de que la ciudad estaba en un estado de decadencia.
La Dinastía Perfetto usaba los impuestos de la gente para financiar sus propios placeres, el Senador exigió: «Tiene que detenerse».
La orden vino rápidamente del Emperador: «Líbreme de este Senador».
Cascarellian, importándole un bledo los asuntos filosóficos, pero feliz de complacer al Emperador, mandó a Kreiger para matar al buscapleitos político.
Kreiger fue a la hacienda del Senador, lo atrapó en el jardín en medio de sus rosas, lo destripó y lo llevó adentro. Se dispuso a arreglar el cuerpo del Senador en la mesa del comedor, cuando Lucidique entró. Ella estaba desnuda, justamente venía del baño. Pero se preparó también para el intruso: llevaba dos cuchillos.
Hizo un círculo alrededor de Kreiger; él estaba en medio de la sangre y las entrañas de su padre.
—Si se mueve, lo mataré —dijo ella.
—¿Con dos cuchillos de mesa? —dijo Kreiger cortando el aire con sus guadañas—. Vuelva al baño y olvide que estuve aquí.
—¡Este era mi padre al cual usted asesinó!
—Sí. Veo el parecido.
—Qué habría pasado si un hombre como usted hubiera pensado dos veces antes de llevar un cuchillo a la garganta de mi padre. Él quiso derrocar al Imperio para el que usted y los suyos son explotados.
—¿Yo y los míos? Usted no sabe nada acerca de mí.
—Puedo adivinar —dijo Lucidique—. Usted nació en la mugre, y vivó en ella, por tanto que nunca ve lo que pasa frente suyo.
La expresión de Kreiger cambió.
—Quizá usted sabe un poco —replicó él con voz inquieta. La confianza de la mujer lo enervó—. Le dejaré llevar luto por su padre —agregó, retirándose de la mesa.
—¡Espere! —exclamó la mujer—. No tan rápido.
—¿A que se refiere con “espere”? La podría matar en un latido si quisiera.
—Pero no quiere, ya lo habría hecho.
—¿Cómo se llama?
—Lucidique.
—Así que ¿qué quiere de mí?
—Quiero que venga conmigo a las calles más asquerosas de Primordium.
—Créame, ya las conozco.
—Entonces usted me enseñara.
IV
Fue la caminata más extraña que alguna vez tomaron un hombre y una mujer. Aunque Kreiger había lavado la sangre del Senador de su cara, manos y armas, él todavía olía a asesinato. Y aquí estaba, caminando al lado de la hija del hombre asesinado, envuelto en lino oscuro.
Conjuntamente, vieron lo peor de Primordium: la enfermedad, la violencia, y la pobreza moledora, no aliviada. Y aún ahora y entonces Lucidique apuntó a los muros y las torres del palacio de invierno del Emperador, cualquier cuarto del mismo contenía suficiente riqueza para alimentar a los barrios bajos de la ciudad, y alimentar a cada chiquillo muerto de hambre.
Y por primera vez en muchos, muchos años, Kreiger sintió un poco de emoción real, recordando las condiciones de su propia llegada, sentirse en las cloacas abiertas de las calles de Primordium mientras su madre vendía su cuerpo acribillado de droga para uno de los guardias del Emperador. Hubo ira en él mientras caminaba. Y firmemente la ira creció.
—¿Qué quiere que haga? —dijo, frustrado por lo que sentía, su impotencia—. Nunca podría acercarme al Emperador.
—No estés tan seguro.
—¿A que se refiere?
—Estás en lo correcto, la Dinastía es intocable mientras seas sólo un hombre; un pequeño asesino alquilado para matar a Senadores con sobrepeso. Pero supón que puedes estar más allá de eso. Entonces podrías hacer caer a la Dinastía.
—¿Cómo?
Lucidique le dio a Kreiger una mirada lateral.
—Es muy poca cosa lo que te puedo enseñar aquí. Además, tengo a un padre para enterrar. Si quiere saber más, entonces encuéntrame mañana por la noche afuera del Gates Occidental. Ven solo.
—Si esto es algún tipo de trampa —dijo Kreiger—..., algún modo para vengar a su padre... entonces antes de que me atrapen cortaré sus ojos.
Lucidique sonrió.
—Haces mucha platica de amor —dijo.
—A eso me refiero.
—Lo sé. Y no sería tan estúpida en lo que se refiere a conspirar contra usted. Al contrario. Creo que queremos conocernos el uno al otro. Y quiero decir que irrumpo en el asesinato de mi padre, y te reprimes completamente de matarme. Hay alguna conexión entre nosotros. ¿Lo sientes, o no?
Kreiger miró la calle sucia entre ellos. La noche se había llenado de sentimientos que no había anticipado experimentar. Y ahora aquí había otro, admitiendo la intimidad extraña que él sentía por la hija del hombre que había asesinado.
—Sí —dijo—, lo siento —y después de un largo silencio—: ¿A qué hora mañana por la noche?
—Algo después de la una —respondió Lucidique—. Esperaré allí.
V

Al día siguiente las calles de Primordium estaban vivas con chismes y especulación: la muerte del Senador había comenzado toda clase de rumores. ¿Fue este asesinato la primera indicación de que el Emperador no haría más movimientos hacia la democracia en la ciudad? Creyendo ser el caso, muchos miembros del Senado dejaron a Primordium rápidamente, en caso de que estuvieran en la lista de golpe del Emperador. Hubo un sentido general de desasosiego en todas partes.
Y en Kreiger, un sentido profundo de anticipación.
Apenas había dormido, pensando en lo que había ocurrido la noche anterior. No, no justamente esa noche. Pensando en su vida: hacia dónde la había dirigido hasta ahora, y adónde —si la promesa de Lucidique fuera verdadera— iría tras esto.
De vez en cuando recorría su mirada los muros del palacio (el cual tuvo en dos ocasiones, tanto hoy como ayer, numerosos guardas patrullándolos), preguntándose, a sí mismo, a qué se refería ella acerca de encontrar la manera para que para un hombre haga caer la Dinastía.
VI
A la una en punto de la mañana, a una milla fuera del West Gate de Primordium, él estaba sentado sobre una piedra esperando. Cuando pasaron nueve minutos, un par de caballos se aproximaron (no de la ciudad, desde donde Kreiger había esperado que ella viniera, sino desde el Desierto, el cual yacía vasto y mayormente no figurado en el mapa, fuera del oeste y del suroeste de la ciudad.)
Quedaron cercanos, y desmontaron.
—Kreiger...
—¿Sí?
—Quiero que conozcas a Agonistes.
Kreiger había oído rumores acerca de este hombre Agonistes. Era el tipo de historia que se intercambiaba entre asesinos, más leyenda que realidad.
Pero aquí estaba. Tan real como la mujer que lo había traído.
—Oí que usted quiere hacer a Primordium una Republica —dijo Agonistes—. Solo.
—Ella me persuadió de que era posible —contestó Kreiger—. Pero... no creo que así sea.
—Debería tener más fe, Kreiger. Lo puedo hacer el terror de los Emperadores, si es lo suficientemente malo. Depende de usted. Tome una decisión rápidamente, pues tengo mejores negocios que hacer en otro sitio esta noche, si no requiere de mis servicios. Puedo oír cientos de oraciones diluviando por Primordium en este preciso momento; gente esperándome para darles el poder para cambiar su mundo.
Lucidique puso su mano en la cara de Kreiger.
—Ahora es el momento, y veo que no lo quieres —ella dijo—. Tienes miedo.
—¡No tengo miedo! —se exaltó. Pensó en su madre, muerta por la viruela, sus hermanos muertos en la calle cuando niños por gente bien nacida pasando en caballos, su hermana, en el asilo, que nunca a será cuerda otra vez—. Tómeme —dijo.
—¿Está seguro? —cuestionó Agonistes—. Recuerde, no hay marcha atrás.
—No quiero volver. Tómeme. Cámbieme.
Recorrió con la mirada a Lucidique. Ella estaba sonriente.
—Tome a los caballos —ordenó Agonistes a la mujer—. No los necesitaremos.
Y, juntos, Kreiger y Agonistes giraron y entraron en el desierto.
VII

Al día siguiente, Lucidique enterró a su padre. Los rumores callaron en la ciudad, pero había todavía una corriente oculta, sutil pero penetrante: Primordium estaba en un estado muy volátil; como un explosivo, el cual podría estar listo completamente con una sacudida.
Ocho noches después de que Agonistes sacara a Kreiger al desierto, Lucidique —cuya casa de su padre yacía cerca del palacio— despertó al sonido de unos gritos.
Se levantó, y fue a la ventana. Había luces de fuego en todas las ventanas del palacio. Las puertas permanecían abiertas anchamente. Los guardas corrían de un lado a otro desordenadamente. Se vistió, anónimamente, y bajó a las calles. El estrépito había despertado a la ciudad; y aunque los guardas del Emperador volvían al frente, tratando de implementar un toque de queda en el lugar, nadie los atendía.
Lucidique entró en el palacio. Los gritos se habían reducido progresivamente ahora, para ser reemplazados por rezos que la mitad murmuró.
No le tomó mucho descubrir que había sido la criatura que una vez Zarles Kreiger había sido. Había muerte por todas partes. Y su matanza había sido indiscriminada: hombres y mujeres, sí; pero también sus niños, sus bebés; sus bebés nonatos.
El Imperio Perfetto dejó de regir Primordium esa noche. No había ninguno vivo para hacer eso. Kreiger los había matado a todos.
Cuando Lucidique estuvo en el Gran Salón del Palacio, en una piscina de sangre que llegó a los muros, percibió una reflexión. Miró hacia arriba.
Allí estaba. Kreiger, rehecho. El scythe-meister. No hubo casi ninguna cosa sobrante del hombre que ella había conocido: el trabajo manual de Agonistes había transformado al asesino humilde en algo que hechizaría las pesadillas y las calles de Primordium por largos años venideros.
Él se le acercó. Ella se preguntó si éste era su último momento; si él tenía la intención de matarla tan eficazmente como había despachado a todos los demás. Pero no. Él simplemente se apoyó en el suelo y le murmuró al oído:
—... tú no puedes imaginarlo.
Entonces dejó la carnicería detrás, y vagó afuera en la noche, haciendo una pausa sólo para lavar sus cuchillas en una de las muchas fuentes en los patios.
LIBRO TRES
El vengador
I

Zarles Kreiger fue humano una vez. Un asesino trabajando para el gángster Duarf Cascarellian; Kreiger fue un hombre que haría cualquier cosa por un precio. Pero hay algunas tareas que tienen un precio imprevisto, y ésta probó ser una de ellas. Atrapado in fraganti por la hija del Senador, la exquisita Lucidique, Kreiger fue persuadido de que él había sido una víctima. Los gobernantes de la ciudad en la cual todos ellos vivieron —la vasta, ciudad en estado degenerado de Primordium— fueron las almas verdaderamente culpables; y hasta que la dinastía fuera hecha caer, la vida seguiría una confusión cruenta en la cual los hombres como Kreiger actuaban como animales rabiosos y las mujeres como Lucidique perdieron a sus seres queridos.
Tenía que detenerse. Y Lucidique sabía cómo. Ella persuadió a Kreiger para ponerse a sí mismo en las manos de una entidad antigua llamado Agonistes, quien lo reconfiguraría traumáticamente.
Él hizo lo que Lucidique sugería, y después de ocho días y noches en el desierto, regresó a Primordium como El Scythe Meister, una poderosa maquina de destrucción, quien en cuestión de horas llevó a la Dinastía Perfetto a su fin.
Antes de desaparecer en el desierto, musitó unas palabras para Lucidique, cuatro palabras azuzadoras: «... tu no puedes imaginarlo...»
II
Llamaron a esa noche —la noche en que el Emperador y su familia fueron asesinados— la Gran Insurrección. En su velorio, un montón de insurrecciones menores tomaron lugar, como las viejas enemistades. Las figuras poderosas que habían usado el reinado decadente del Emperador Perfetto como una cubierta para sus corrupciones —jueces, obispos, miembros del clero, el gremio y los líderes de unión— se encontraron sin protección, y cara a cara con la gente a la que habían sacado provecho.
Aún esos de entre las clases criminales que tuvieron ejércitos privados para protegerlos en contra de esta misma eventualidad fueron temerosos ahora.
Tomando, por ejemplo, a Duarf Cascarellian. Él no era de ningún modo un hombre estúpido. El hecho de que su asesino, Zarles Kreiger, había desaparecido la noche de la Insurrección, le hizo desconfiar de que el destino de Kreiger estuviera unido con la caída casi sobrenatural del Emperador. Ciertamente, uno de los espías de Cascarellian, quien había sido un guarda en el palacio la noche de la matanza, había visto a la criatura llamada El Scythe Meister lavando sus armas en una de las muchas fuentes del Palacio. El informante había escapado de la masacre sin daño, vino a él y reportó tan improbable como paciencia que la figura semi-mítica del Scythe Meister tenía un parecido sutil pero innegable a Zarles Kreiger.
¿Era posible, se preguntó Cascarellian, que el asesino perdido y El Scythe Meister fueran de algún modo la misma persona? ¿Hubo estado algo incomprensible trabajando en Kreiger, convirtiéndolo en este vengador imparable? ¿Y si es así, qué parte hizo Lucidique —que había tenido un intercambio breve con El Scythe Meister— jugando durante el proceso?
III
Cascarellian no durmió bien por mucho. Tuvo pesadillas en las cuales El Scythe Meister quebraba sus puertas, como había destruido las puertas del Palacio del Emperador, matando a sus tenientes, como había matado a los guardas del palacio, y finalmente había venido al pie de su cama —como el asesino había ido a la cama de Emperador—, jalándole extremidad por extremidad.
Decidió que la mejor forma de protegerse de esta fuerza desconocida era a través de Lucidique. Mandó a tres de sus hijos a traer a la hija cautiva del Senador, ordenándoles hacer lo menos posible para despertar su furia. En su corazón (aunque él nunca habría admitido esto a nadie, ni aun a su sacerdote) estaba un poco asustado de Lucidique. Ella necesitó ser tratada con más respeto del que él fue capaz de proponer a las mujeres.
Desafortunadamente, su descendencia no era tan elegante como él. Sin embargo, habían tomado su respectiva captura. Lucidique fue ridiculizada, abusada, pasada por humillaciones. Sin duda habría sido peor que la forma del Viejo Cascarellian al no regresar temprano de su negocio, interrumpiendo a sus hijos ridiculizando a la mujer.
Lucidique instantáneamente demandó saber por qué estaba siendo mantenida. Si Cascarellian tenía la intención de matarla, ¿por qué demonios no lo hacía? Estaba harta, le habló. De él, de sus hijos, de la misma vida. Ella había visto demasiada sangre.
—¿Usted estaba en el Palacio, o no? ¿La Noche de la Gran Insurrección?
—Sí. Estaba allí.
—Usted tiene algo con esta criatura: este ¿Scythe Meister?
—Mis negocios, Cascarellian.
—La podría dejar a mis hijos por media hora. ¡Terminarían con usted!
—Sus hijos no me intimidan. Tampoco usted.
—No deseo hacerla sentir incómoda. Usted está aquí bajo mi protección; eso es todo. ¿Sabe lo que es allí afuera en nuestras calles? ¡Un pandemonio! ¡La ciudad parece deshacerse.
—¿Piensa que tenerme aquí va a protegerle de lo que viene en camino? —dijo Lucidique.
Una expresión de miedo supersticioso cruzó la cara de Cascarellian.
—¿Que viene en camino? —dijo—. ¿Usted sabe algo acerca del futuro?
—No. —dijo Lucidique hastiada—. No soy profeta. No sé que es lo que va a ocurrirle a usted y francamente no me importa. Si el mundo se acaba mañana, no creo que vaya a ser usted juzgado muy amigablemente, pero —se encogió de hombros—, ¿por qué me debería importar? Yo no estaré allí para verle sufrir en el Infierno.
Cascarellian estaba pálido, húmedo y pegajoso, mientras Lucidique hablaba. Ella sólo sabía la mitad de lo que le provocaba al viejo, pero tenía un cierto placer en eso. Éste era el hombre que la había dejado huérfana; ¿Por qué no disfrutar su miedo supersticioso?
—¿Usted piensa que soy un hombre estúpido? —dijo al rato.
—¿Tener miedo de la forma que usted tiene miedo ahora? Sí. Pienso que eso es lastimoso.
—No quiero su desprecio —Cascarellian demostró una sinceridad extraña.
—Me basta con los enemigos.
—Entonces no me haga uno a mí.
Lucidique dijo:
—Déjeme ir. ¡Déjeme ver el cielo!
—La sacaré, si eso es lo que quiere.
—¿Lo hará?
—Sí. Iremos a donde usted quiera.
—Quiero salir al desierto. Fuera de la ciudad.
—¿Realmente? ¿Por qué?
—Se lo dije. Quiero ver el cielo...
IV
Al día siguiente, un convoy de tres coches atravesó las calles caóticas de Primordium con destino a West Gate. En el primer coche, dos de los mejores hombres de Cascarellian, guardaespaldas leales que le habían salvado en muchos atentados contra su vida.
En el coche de atrás, los tres hermanos, preguntándose en voz alta (como progresivamente hicieron estos días) si su padre había alcanzado una especie de locura. ¿Por qué estaba permitiéndole a esta mujer Lucidique sus antojos? ¿No entendía que ella tuviera toda la razón para odiarle, para hacer planes en contra de él?
En el coche intermedio, conducía Marius, el conductor de Cascarellian por tres décadas, se sentó el Don en persona, acompañado por Lucidique.
—¿Satisfecha? —le dijo, una vez que estaban fuera de las puertas, y a la vista del cielo abierto.
—Un poco mas lejos, por favor... —dijo ella.
—No piense que puede engañarme, mujer. ¡Puede ser más lista que la mayoría de las mujeres, pero no escapará de mí, si esa es su intención!
Siguieron adelante en silencio a la distancia.
—Pienso que vinimos lo suficientemente lejos. ¡Y ya ha visto bastante al cielo por un día!
—¿No puedo solamente salir y caminar?
—¿Caminar ahora, es eso?
—Por favor. ¿No hay daño en eso o sí? Mire... campo abierto en todas direcciones.
Cascarellian consideró esto por un momento. Entonces llamó al convoy para una parada.
Una tormenta de arena estaba en el horizonte, lentamente acercándose a la carretera.
—¡Mejor se da prisa! —le espetó el Don.
Lucidique observó el muro entrante de arena, entonces recorrió la mirada por alrededor de los hombres que salían de los coches; particularmente a los hermanos. Sonrieron astutamente cuando la vieron. Uno de ellos dio un golpecito a su lengua entre sus labios, una simple obscenidad.
Eso la colmó. Lucidique le dio su espalda —a todos ellos— y comenzó a dirigir sus pasos hacia la tormenta de arena.
Un coro de advertencias instantáneamente brotó detrás de ella.
—¡No de otro paso —dijo uno de los hermanos—, o le dispararé!
Ella se volvió hacia él, con sus brazos completamente abiertos.
—¡Pues dispara! —dijo.
Entonces ella cambió de dirección otra vez y caminó a grandes pasos hacia adelante.
—¡Venga aquí, mujer! —gritó el Don—. No hay ninguna cosa allí afuera excepto arena.
El viento de la tormenta batía sobre del pelo de Lucidique. Fue como un halo oscuro alrededor de su cabeza.
—¿Me oyó? —El Don la llamó.
Lucidique miró sobre su hombro.
—Venga a caminar conmigo —le dijo.
El viejo sujetó duramente su puro, y entonces fue tras la mujer.
Sus hijos en coro le dijeron que era una trampa: ¿Qué estaba haciendo? ¿Estaba loco?
Él los ignoró. Simplemente siguió las huellas de Lucidique a través de la arena.
Ella miró por encima de su hombro al viejo, quien tenía una expresión curiosa. De alguna forma extraña él estaba feliz en ese momento; más feliz que lo que había estado en muchos años, con el viento caliente en contra de su cara, y la mujer bella llamándolo a ir con ella.
En vista de que él la obedecía, devolvió su mirada fija a la tormenta de polvo, la cual era de más de cien yardas ahora. Había algo moviéndose en su corazón. Ella no estaba sorprendida. Aunque no había planeado la reunión que estaba delante suyo, sabía, no obstante, en su corazón, que venía. Su vida, desde que entró en la cámara letal de su padre, y visto a Kreiger trabajando, había sido como un sueño extraño, del cuál ella en cierta forma tomaba parte sin esfuerzo consciente.
Dejó de caminar. Cascarellian la había alcanzado y había agarrado su brazo. Él tenía un cuchillo en la otra mano. Lo presionó en el pecho de ella.
—¡Así que aquí es dónde esta él! —dijo Cascarellian clavando los ojos en el gigante oscuro en el corazón de la tormenta—. Tu Scythe-Meister.
Cuando él habló, la tormenta de arena adquirió un gran esfuerzo repentino de velocidad y llegó a ellos.
—¡No te acerques más! —el Don advirtió a la criatura en la tormenta—. La mataré.
Presionó el cuchillo en la piel de Lucidique, para sacar una cantidad suficiente de sangre.
—Dígale que conserve su distancia —le exigió.
—No es Kreiger. Es un hombre llamado Agonistes. Tiene las marcas de Dios en él.
La herejía de esto hizo volver al estómago devoto de Cascarellian.
—¡No hable de ese modo! —dijo, y con un gran esfuerzo repentino de rectitud condujo el cuchillo a su corazón. Ella extendió la mano, y tocó la herida, entonces con su dedo ensangrentado rozó su frente. Una marca de muerte.
Cascarellian dejó el cuerpo caer al suelo y ordenó una retirada rápida a los coches antes de que la tormenta los alcanzase. Este negocio sombrío no estaba acabado, sólo porque ella estaba muerta. Lo supo. Apenas comenzaba.
Convirtió su casa en una fortaleza. Selló las ventanas, y usó agua bendita. Tapó con ladrillos las chimeneas. Puso a los guardas y los perros patrullando el lugar día y noche.
Después de una semana comenzó a creer en eso, quizá con su fe y sus donaciones para la diócesis, comprando congregaciones, orando por su seguridad, tendría algún efecto.
Comenzó a relajarse.
Entonces, en la tarde del octavo día, un viento salió del oeste, un viento arenoso. Siseó en las puertas selladas y las ventanas. Pasó bajo las tablas de entarimado. El viejo tomó dos tranquilizantes y un vaso de vino, y fue a sentarse en su tina.
Un sopor agradable lo sobrecogió cuando se sentó en el agua caliente. Sus ojos agitados se cerraron.
Y entonces su voz. En cierta forma ella había entrado. Ella había sobrevivido al cuchillo en su corazón y había entrado.
—Mírate —le dijo—. Desnudo como un bebé.
Agarró su toalla para cubrirse, pero cuando lo hizo, ella salió de las sombras y se mostró en toda su terrible gloria. No era la Lucidique que él había conocido; ni remotamente. Su cuerpo entero fue transformado. Ella se convirtió en un arma viva.
—Oh Jesús ayúdame... —murmuró él.
Ella lo alcanzó y lo castró con un barrido de su guadaña.
Él puso sus manos ensangrentadas en su ingle vacía y tropezó para afuera, pidiendo ayuda. Pero la casa estaba vacía del techo al sótano. Llamó a sus hijos, uno por uno. Ninguno vino. Sólo su viejo perro Malleus respondió su llamada, y al pasar por la cocina dejó las huellas rojas en la pálida alfombra. Se comía algo humano.
—Todos muertos —dijo Lucidique.
Entonces, agarró por la nuca a Cascarellian, cual gata sosteniendo a un gatito errante, y lo levantó por los aires, sin esfuerzo alguno.
La sangre de su ingle vacía cayó contra la alfombra.
Ella puso su cuchilla en su pecho y cortó su corazón. Luego abandonó su cuerpo despellejado bajo las escaleras.
Más tarde, cuando el viento se había acabado, y las estrellas eran nítidas, ella salió a la calle, dejando la puerta de la mansión Cascarellian abierta a la vista a fin de que la atrocidad fuera pronto descubierta. Salió allí, a través de una variedad de calles posteriores y callejones, hacia West Gate, y, por consiguiente, al desierto.

LIBRO CUATRO
El cirujano del Sagrado Corazón
I

Con el Emperador y su familia muerta en manos del Scythe Meister, y el Don de Primordium, Duraf Cascarellian, asesinado por Lucidique (junto con la mayor parte de sus hijos y sus guardaespaldas) una paz inquieta, pobló la ciudad. Las riñas menores y las batallas que habían brotado después de la Gran Insurrección se tranquilizaron. No había nadie que quisiera llamar la atención; no con tantas Fuerzas Armadas asesinas en las calles de la ciudad.
La junta Militar que se había hecho cargo de manejar la ciudad durante esta crisis estaba bajo la dirección de un triunvirato de Generales: Bogoto, Urbano y Montefalco. No fueron mejores ni peores que cualquiera de su tipo: Hombres que se habían levantado a la parte superior de su comercio beligerante mostrando la propensión máxima para la crueldad y el control.
Pero bajo el sadismo institucionalizado y su aptitud maniaca para la violencia, dos calidades por mucho tiempo escondidas en los corazones de los tres Generales, también yacían las calidades que habrían estado avergonzados de confesar que poseían.
Uno, un sentimentalismo enfermizo (enfocado a sus madres en los casos de los Generales Bogoto y Urbano, y en chicas de seis o siete en caso de Montefalco).
En segundo lugar, una aptitud sorprendente para la superstición.
Se volvió indiscutido, pero cada uno de ellos sabía que los otros fueron tocados por un miedo profundo de lo extraño. Y no hubo ciudad más inundada de materias malvadas que Primordium. El rumor abundó aquí; y su tema fue rara vez racional. Las historias que pasaron alrededor de los fuegos de campamento de los soldados (y tarde o temprano llegó a oídos de los Generales) tenían horrores antinaturales: cosas que desafiaron la razón; cuentos de monstruos que se proliferaron a causa del Scythe Meister; de los fantasmas vengativos de niños; de súcubos, sus atributos sexuales discutidos adentrándose en detalles.
Una noche, después de beber mucho, los tres hombres desahogaron sus miedos.
—Creo —dijo Urbano—, que esta maldita ciudad está embrujada.
Los otros dos hombres inclinaron la cabeza desagradablemente.
—¿Qué sugiere usted que hagamos acerca de eso? —preguntó Bogoto.
Fue Montefalco quien contestó.
—Bueno, para empezar... por si acaso, quemaría el barrio de inmigrantes ilegales. Son ellos los que se involucran en la mayoría de estas ocurrencias malvadas.
—Pero la mano de obra... —dijo Bogoto—. ¿Quién vaciaría nuestras latas de mierda? ¿Quién enterraría a los leprosos?
Montefalco tuvo que conceder el punto.
—Al menos podríamos apuntar a cualquier elemento que sospechamos que se relacione con Fuerzas demoníacas.
—Bien. Bien. —dijo Urbano—. Vigilancia.
—Y castigo —Montefalco continuó—. Impondremos, medidas draconianas.
—Ejecuciones públicas.
—¡Sí!
—¿Incendios?
—No, demasiado teatral. Los tiroteos son limpios y rápidos. Y no huelen.
—¿Eso le molesta? —dijo Bogoto.
Montefalco se estremeció.
—Odio el olor de los cuerpos quemados —dijo.
II
Mientras los Generales debatieron los méritos relativos de este tipo de ejecución, Lucidique dormía —o trataba de dormir— en la casa que su padre había construido muchos años atrás para su madre. Sus somnolencias estaban inquietas. Tantas memorias. Tantos arrepentimientos.
A menudo en tiempos pretéritos, en tiempos más simples, cuando el sueño la eludiese, ella salía caminando. Ahora, claro está, no podría salir de día. La transformación de su cuerpo que había sido forjado por Agonistes había resultado en un físico que era fuerte, flexible y poderoso, pero que aterrorizó a muchos que pusieron los ojos en ella.
Cuando salía —aún en la noche más negra—, hacía lo mejor posible para mantenerse en las callejuelas quietas de Primordium donde no sería vista.
Esa noche, habiéndose rendido al hecho de dormir, fue a vagar en estos callejones, y se hizo consciente de que estaba siendo seguida.
Después de un poco de distancia sintió el ritmo del paso, y se dio cuenta de que conocía a su perseguidor. Era Zarles Kreiger, el asesino transformado en Scythe Meister.
Ella se detuvo, y dio media vuelta.
El Scythe Meister se detuvo a poca distancia de ella. Su carne tenía la misma luminiscencia enfermiza que la de ella; un brillo bacteriano que era parte del trabajo manual de Agonistes. Mientras más crudas las heridas (y hubo partes de ambos en sus cuerpos transformados que fueron diseñados para nunca curarse) más clara la luminiscencia con la cual se quemaron.
—Pensé que habías dejado la ciudad —dijo ella.
—Lo hice. Por un rato. Salí al desierto. Meditado en mi estado cambiado.
—¿Y aprendiste algo de tus meditaciones?
Kreiger negó con la cabeza.
—¿Así que regresaste?
—Así que regresé.
III
Algunos días después de que los tres Generales habían intercambiado sus miedos acerca de la presencia de poderes no sacros en Primordium, Montefalco lo trajo conjuntamente otra vez para un viaje de medianoche.
—¿A dónde vamos?
—Hay un hombre llamado Doctor Talisac que ha estado guiando experimentos con mi patrocinio para varios años.
—¿Qué tipo de experimentos? —quiso saber Urbano.
—Espero que él perfeccione un soldado. Haga una máquina de pelea que no sea susceptible al miedo.
—¿Ha tenido éxito?
—No. No hasta ahora. No tengo muchas esperanzas en él ahora. Es muy adicto a muchos de sus medicamentos, y... pues bien, verá usted mismo. Pero hubo un fracaso que podría sernos útil ahora.
—¿Un fracaso útil? —dijo Bogoto, algo divertido por la paradoja.
—Necesitamos a una criatura que saque a los elementos malvados fuera de Primordium. Creo que él tiene a tal criatura.
—Ah... —dijo Urbano.
—¿Quiere ver conmigo a esta criatura?
—¿Dónde está?
—Lo escondí fuera en lo que solía ser el Albergue del Sagrado Corazón, en Dreyfus Hill.
—Pensé que el lugar estaba vacío.
—Esa es la impresión que quise dar al mundo. Si alguien se aventura allí dentro, entonces lo mataré y tiraré al canal.
—¿Qué pasó con las monjas?
Montefalco sonrió.
—Nada muy humanitario, me temo —dijo—. Los soldados pueden ser brutos si son sacados fuera de sus casillas.
El tema quedó allí, y los tres fueron hacia Dreyfus Hill.
IV
Zarles Kreiger se desperezó desnudo en la cama de Lucidique. Ella lo miró admirativamente: en la plétora de cicatrices; en la forma intrincada de maquinaciones que su carne había formado con las propias creaciones de Agonistes. Plata unida con hueso y nervio, oro y bronce igual.
Ella se subió encima suyo. Arcos de electricidad brincaron entre ellos: pezón con pezón, ojo con ojo.
¡Qué tiempo era!, pensó ella. Aquí estaba con el hombre que había tomado la vida de su padre. En cierto sentido había algo más que tabú acerca de su intimidad. Fueron ambos la descendencia del mismo padre. Ambos los niños de Agonistes.
—Me pregunto si él aprobaría —dijo Lucidique.
—¿Quieres decir Agonistes?
—Sí.
Kreiger no habló. Fue Lucidique quien se dio cuenta a lo que su amante se refería de las implicaciones de Agonistes.
—¿Lo viste en el desierto?
—Sí.
—¿Y él te envió aquí?
—Sí.
—¿Para encontrarme?
—Para estar contigo. Él dijo que tú eras lo único que me haría feliz.
V
El Hospicio del Sagrado Corazón era un edificio enorme, sus pisos, altos en la oscuridad. Pero los Generales no tuvieron que esperar por mucho tiempo a un guía. Después de algunos minutos una enana —que se presentó como Camille— vino con velas.
Ella dio escolta al trío uniformado a través de los claustros resonantes (los cuales permanecían llenos con montículos enormes de suciedad) y bajo dos pisos de escaleras pronunciadas en el laboratorio del Doctor Talisac.
Su área de trabajo había sido extraída de la tierra para acomodarse a la escala de la experimentación del Doctor y conservar en secreto su localización. En lugar de teja había tierra dura pisada bajo las botas de los Generales, y los muros eran suciedad trillada. El lugar hedía a tierra fría, que sirvió para completar la escena. Pues sí, el hedor era de la tumba, que fue muchas veces visitada antes que ellos. Los muertos fueron las materias primas de Talisac, y yacían por todas partes, en estados diversos de amputación. Él era un consumidor antieconómico. En muchos casos los cadáveres tenían sólo una extremidad, o una porción de una extremidad; un ojo, en un caso, los labios en otro.
—Así que ¿donde esta él? —demandó Urbano saber.
Camille señalo el camino sobre una alfombra de cadáveres hacia una esquina húmeda de la cámara inmensa, donde Talisac los aguardó.
Él miró, a los ojos asombrados de los Generales, como a una de sus víctimas; un experimento terrible, inverosímil en los extremos a los cuales un humano podría ser puesto.
Pendía de su boca un dispositivo cuyo propósito estaba más allá de la comprensión de los Generales, su boca enganchada de arriba, como si fuera un pez. En su perversidad, o su genio, o ambos, había creado algún tipo de vientre externo por su cuenta. Una bolsa semitranslúcida colgaba de la porción inferior de su abdomen, abajo en medio de sus delgadas piernas. Había vida interior.
—Un Mongroid —Camille murmuró.
Montefalco apartó sus ojos de la vista pestosa del vientre y sus contenidos torcidos, y dirigió la palabra a su dueño.
—¿Talisac? —dijo—. Necesitamos algo de usted.
Talisac volvió sus ojos ondeantes en la dirección de Montefalco. Cuando habló, la forma tullida de su boca hacía que lo que dijese fuera virtualmente incomprensible. Tomó a Camille para traducir.
—Él dice: «¿Qué? ¿Qué necesita usted?»
—Necesitamos a un demonio que ponga miedo en el corazón del mismo Diablo.
Montefalco dijo:
—Una bestia entre las bestias. Algo para restregar a la ciudad de sus monstruos por ser aún más monstruoso.
Talisac hizo un sonido extraño —el cual podría haber sido risa—; sacudiéndose colgado ahí de sus ganchos. La criatura en su vientre respondió al movimiento de su padre por espasmos.
—¿Cómo demonios obtuvo aquello? —Bogoto murmuró para Urbano detrás de sí.
—No murmure —Camille chasqueó—. Odia que lo hagan.
—Él se preguntaba cómo quedó embarazado Talisac —dijo Urbano.
Esta vez Talisac puso a trabajar sus labios, en la orden de responder por su cuenta. La respuesta fue una sola palabra:
—Ciencia —dijo.
—¿Realmente? —cuestionó Urbano, suficientemente reconfortado para pasar por encima de alguno de los cuerpos mutilados para examinar más de cerca a Talisac—. Me complace oír eso. Habría estado preocupado si hubiera alguna impropiedad sexual aquí.
Otra vez, Talisac se rió, aunque ninguno de los Generales estaban para ver el humor de la situación. Su risa pasó, habló otra vez. Esta vez los servicios de Camille como traductora fueron requeridos.
—Él tiene un golem que, piensa, puede satisfacer sus propósitos muy bien —dijo la enana—. Sólo pide una cosa a cambio.
—¿Y qué es? —dijo Montefalco.
—Que usted no trate de lastimar a cualquiera de sus hijos.
—¿A que se refiere con eso? —dijo Montefalco, inclinando la cabeza hacia el vientre torcido.
—Ef —Dijo Talisac—. Ef mi hifo.
—¿Qué dijo? —Urbano preguntó a Camille.
—Él dijo que es su hijo —contestó Camille.
Montefalco se encogió de hombros.
—Ningún daño se le hará a este Mongroid, si a nosotros nos es dado un demonio propio.
Montefalco dijo:
—Personalmente garantizaré eso.
—Bien —dijo Camille. Entonces, sin que Talisac hablara otra vez, agregó—: Preferiría que ustedes no vengan aquí juntos otra vez. Sólo el General Montefalco.
—No discutiré eso —dijo Bogoto, eludiendo al horror fuera mientras se retiraba—. Si él nos da a nuestro monstruo, entonces puede dar a luz a unos mil mocosos hasta donde me importe. Solo manténgalos a un infierno de distancia de mí.
VI
Lucidique yacía en la sangre y el sudor que manchó la cama al lado de su amante, y observó la luna a través de la ventana.
—Esto no puede durar bastante, tú sabes. Esta cosa entre nosotros.
—¿Por qué no?
—¿Para que dos como nosotros encontremos alguna felicidad conjuntamente? —dijo—. Es contra la naturaleza. Tú mataste a mi padre. Te debería odiar.
—Y tú me mandaste al infierno en las manos de Agonistes. Te debería odiar.
—Qué par hacemos.
—Tal vez deberíamos volver fuera, al desierto —dijo Kreiger—. Estaríamos más seguros allí.
Lucidique se rió.
—Escúchate. ¡Más seguros! ¿No se supone que el mundo debería estar asustado de nosotros? No hay otra forma.
—Solo quiero agarrarme de esto... esperar que sienta.
Lucidique pasó a través de la cama y puso su cuchilla a lo largo del brazo de Kreiger.
—No podemos dejar a Primordium —dijo.
—¿Por qué no? Se está incendiando tarde o temprano. Hay que dejarlo quemar.
—Pero amor, iniciamos el fuego, tú y yo. Deberíamos quedarnos y observarlo hasta el fin.
Kreiger inclinó la cabeza.
—Si es lo que quieres.
—Es la forma en que las cosas tienen que acabar.
—¿Acabar? ¿Por qué dices eso?
—Silencio, amor. Será mejor de esta forma, verás. —Ella lo abrazó y lo besó—. Hazlo por mí.
—Esa es tan buena razón como cualquiera que alguna vez oí —dijo Kreiger.
—¿Así que te quedarás?
—Me quedaré.

LIBRO CINCO
El Poseedor de Primordium
I

Habiendo hecho los arreglos con Talisac de los que proveería a una criatura, los tres Generales —Bogoto, Urbano y Montefalco— regresaron a los Cuarteles Militares y esperaron. Bogoto fue el más ansioso de los tres. Él había visto su parte de las escenas de batalla; cuerpos volados en pedazos, el hedor en el aire de tanto quemarse pelo y huesos; pero las cosas grotescas del laboratorio de Talisac le habían causado disgusto y nervios.
Decidió hacer lo que hacía a menudo cuando su vida se ponía difícil: condujo a través de la ciudad en la noche para buscar la comodidad de una mujer llamada Greta Sabatier, una adivina. Aunque él estaba consternado: si, pensaba, cualquiera de sus Generales lo supiera; el consejo de Sabatier había estado detrás de mucho de lo que Bogoto había hecho en años: quiénes le habían favorecido entre sus subordinados, y a quién había relegado; aún, en ocasiones, cómo había puesto a funcionar alguna de sus campañas militares. Y como los acontecimientos en Primordium firmemente se habían convertido en más, se resquebraron, Bogoto había llegado a depender cada vez más de la sabiduría de Sabatier. Sus naipes, él había llegado a creer, habían transmitido pistas vitales para su destino. En un mundo donde la locura estaba constantemente en el aire, y en ninguna cosa y en nadie se podía confiar, hizo un sentido paradójico al buscar iluminación de una mujer que leyó el futuro en un paquete de naipes sucios.
—Usted ha visto a alguien poderoso —Greta le contó toda esa noche, golpeando ligeramente uno de los naipes que ella justamente había volteado—. No puedo decir si es un hombre... o una mujer.
Bogoto describió a Talisac, colgando de sus ganchos, con ese vientre vil colgante entre sus piernas.
Sabatier estudiaba su cara.
—¿Usted conoce a esta persona de quien hablo?
Bogoto inclinó la cabeza.
—Parece que usted no necesita ninguna advertencia de mí. ¿Él o ella, cuál es?
—Es un hombre.
—Parece que él tiene amigos... aliados... es difícil estar seguros exactamente quiénes o qué son... los naipes son muy ambiguos. Pero habrá daño de esta fuente, cualquier cosa.
—¿Daño para mí?
—Daño para el mundo.
—Huh.
—¿Eso tiene menos importancia para usted, verdad?
—Por supuesto. ¿Piensa que debería considerar dejar la ciudad?
—Pues... usted es un militar. No es la primera vez que he visto muerte en sus naipes, General.
Ésta fue la primera vez que Greta había hecho mención de la profesión del General. Si ella lo supo de los naipes, o de las distinciones con las cuales él fue regularmente elogiado, cualquiera adivinaría.
—Pero no creo que alguna vez lo viera tan cercanamente a usted —ella siguió, mirando los naipes.
—Ya veo.
—Pues sí, pienso que usted debería considerar la partida. Al menos hasta que este período no confirmado esté terminado astronómicamente.
—Así que no son sólo los naipes, ¿son las estrellas también?
—Son todos reflejos uno de otro: los naipes, las estrellas, las palmas. Es la misma historia dondequiera que usted mire.
Ella buscó desordenadamente en los naipes mientras habló, y tiró uno sobre la mesa delante de General Bogoto. Se llamaba La Torre, y representaba —en una forma simplificada, aun cruda—, una torre herida por un relámpago. Su mitad superior hacía erupción, lloviendo abajo escombros, y cuerpos; la mitad inferior estaba rota y lista para destronar.
—¿Este es Primordium? —preguntó Bogoto.
—Es el futuro de la ciudad —Greta contestó inclinando la cabeza—. O al menos de uno de ellos.
—¿Saldrá usted también? —Bogoto lo dijo con la intención de atrapar a la mujer.
Greta era tan vieja como la mesa anticuada en la que ella le leyó los naipes y sus piernas eran un buen negocio menos fidedigno. Ella nunca dejaba Primordium; o así lo pensó él.
—Sí, salgo. Ésta será la última vez que usted me vea, General, a menos que usted venga a Calyx.
—¿Usted se ira a Calyx?
—Mañana. Antes de que las cosas se pongan peor.
II
La casa en la Calle Diamanda, que una vez había pertenecido al Senador asesinado, había tenido una reputación últimamente.
Había amantes allí, se rumoreó; varios de ellos. Día y noche, los que pasaban por ahí oyeron el sonido de que hacían el amor: los suspiros, los sollozos, las demandas irresistibles.
Las casas cercanas estaban virtualmente desiertas, sus dueños habían huido de Primordium hacia ciudades más seguras; o aún mejor, del país. La vida en una granja de cerdos podría ser aburrida, pero al menos tenía la oportunidad de ser larga. No obstante la gente vino a la Calle Diamanda últimamente, simplemente para escuchar bien el ruido de placer de la casa iluminada con lámparas. No, no sólo para oír. Hubo un sentimiento acerca del lugar, lo cual se metió debajo de la piel de la gente. La energía, rezumándose fuera de las ventanas abiertas fue suficiente para hacer a las luciérnagas reunirse en decenas de miles en su crepúsculo y describir figuras del ballet elaboradas en su persecución de uno a otro, el aire tan grueso con su pasión, y su luz tan insistente, la casa afestonada con sus trayectorias de vuelo, lo cual demoraba bastante después de que fuese hecha, y los insectos que caían agotados y extinguidos en la hierba larga.
Algunas veces, a las personas lascivas, quienes se demoraban en las sombras de las casas cercanas, esperando ver momentáneamente a los amantes, les fue concedido lo que querían ver. Como la fuerza extraña del estrépito del amante sugería, no eran criaturas naturales, de ningún modo. Parecían híbridos; una tercera parte humana, una tercera metálica, y otra tercera que estaba entre carne y los dispositivos hechos para abrir y rebanar y entrar en ellos. Sangraron como se levantasen de sus sabanas nupciales; Pero sonreían, besándose las heridas del uno al otro como si fueran insignificantes, como si estas costras y estas llagas y heridas fueran prueba de devoción.
Los rumores se regaron, lo suficientemente rápido. No tardó mucho para que el General Montefalco supiera de la casa en la Calle Diamanda, y la reputación que se había logrado. Fue a la locación, tarde en la noche. Las cosas estaban en plena actividad: el aire lleno con luces parpadeantes, las casas gimiendo y sacudiéndose. Entonces gritos de terrible alegría salieron fuera del interior iluminado con fuego, y sombras, moviéndose de cuarto en cuarto como el momento de la pasión de los amantes los llevó alrededor de la casa.
Montefalco nunca había visto, oído o sentido nada como eso antes. Una ola de algo como la superstición atravesó su cuerpo, debilitando sus intestinos y haciendo su pelo, de un cuarto de pulgada de largo, erizarse.
Comenzó a retirarse de la casa, con las manos húmedas y pegajosas. Cuando oyó una voz detrás de sí. Se volteó. Era Urbano. Parecía un hombre que había descubierto alguna cosa verdaderamente terrible acerca de sí mismo, o de Dios, o de ambos.
—Mataremos a estos —Montefalco dijo muy serenamente.
El General Urbano comenzó a inclinar la cabeza, pero el movimiento fue mucho para su enfermo sistema. Vomitó una sustancia amarillenta, la cual salpicó sus botas inmaculadamente pulidas. Sacó un pañuelo y limpió su boca; entonces dijo:
—Sí.
—¿Sí?
—Sí. Mataremos a estos.
Más tarde esa noche, Montefalco volvió a ver a Talisac. Volvió solo, lo que resultó ser un movimiento sabio. Ni Urbano ni Bogoto tuvieron las agallas para aguardar allí.
El lugar se había deteriorado considerablemente en las cuarenta y ocho horas desde la última vez que pasó por el umbral; los cuerpos estaban todavía por todo el lugar, pero estaban en una condición nueva. Los miró como si toda la humedad, toda la energía, hubiera sido chupada de ellos, dejándolos marchitos. Los ojos se habían salido de las cuencas y los labios habían sido jalados hacia atrás de los dientes, dándoles a todos ellos la apariencia de ciegos, parecían monos chillando.
La carne en sus torsos se había marchitado a los huesos; como si tuviese la carne en sus brazos y en las piernas. La piel misma era ahora como un delgado tejido fino secado, mostrando la estructura del hueso. Cuando la enana Camille pareció saludar a Montefalco, y pateó a una pareja de cadáveres a un lado, se alejaron de su patada como si fueran muchos maniquís de papel.
—¿Está hecho? —Montefalco le preguntó.
—Oh sí, está hecho —dijo Camille con una sonrisa centelleante—, y pienso que usted estará muy contento.
Una voz emergió de las sombras, palabras que Montefalco no podía comprender.
—Me está preguntando lo que descubrió —respondió Camille.
El General pasó la vista en el cuarto amurallado en suciedad, buscando lo que podría ser; y allí al final de la cámara vio una forma monumental, cubierta con un tapiz roído obviamente traído del piso de arriba.
—¿Eso? —dijo, no en espera de la confirmación, antes de acercarse a eso. Como caminó a grandes pasos a través de los cuerpos, chasquearon bajo sus talones, haciendo erupción en polvo y fragmentos. Pronto el cuarto se llenó de añicos de cosas humanas pálidas.
Montefalco se agarró del tapiz. Como hizo eso, Camille nombró a la cosa
—Venal Anatomica.
El General quitó de encima el tapiz y lo reveló.
Como podría haber sido adivinada su escala bajo la alfombra, era de un tamaño heroico, nueve pies de altura o más. Tenía la cara de la muerte, y estaba equipado con una variedad de armas homicidas medievales. Tenía uñas escabrosamente remachadas en su hombro y su pierna. La sangre se había coagulado alrededor de las uñas, pero cuando Anatomica comenzó a moverse (como ahora lo hizo) sangre fresca burbujeó de las heridas y bajó corriendo por su cuerpo.
—¿Me conoce? —preguntó el General.
—Sí —dijo Camille—. Está listo a obedecer sus instrucciones.
Talisac habló, y Camille tradujo.
—Dice que él no tiene lealtad para su Creador, únicamente a usted, General Montefalco.
—Es bueno oír eso.
Montefalco lo llamó por señas.
—Ven entonces.
La criatura dio un paso indeciso. Entonces otro.
—¿Puedo ir con usted? —dijo Camille.
Montefalco miró hacia abajo en su desnudez.
—Sólo si se cubre completamente —dijo.
Ella sonrió, y entonces se fue a traer un abrigo de pieles picado de pulgas.
Salieron a la noche conjuntamente los tres: El General, la enana y Venal Anatomica.
El amanecer no estaba muy distante. Ni era el fin de ciertas cosas. Sin embargo, Greta Sabatier había sido asesinada por los bandidos en el camino de Calyx —un destino que ella no había previsto—; había estado en lo cierto acerca de mucho. Una edad venía a un final: Y era la Edad de Los Amantes.

LIBRO SEIS
La Segunda Llegada
I

En su búnker de suciedad y cadáveres Talisac esperaba aisladamente, mientras su cuerpo —el cual era una cosa sin precedentes— avanzó dando sacudidas y saltos y espasmos.
Había una criatura en su interior; el Mongroid, el infante de la Segunda Llegada. O es lo que él había llegado a creer, después de años de haber gastado experimentando en otros, y en sí mismo. No fue hasta que hubo creado un homúnculo que sería prácticamente su hijo, su carne hecha del mismo adn suyo, que llegó a creer que era algo santo la llegada inminente. Era otro Parto Virginal.
Eran sólo horas ahora, para que la criatura estuviera en sus brazos.
Él no tendría a nadie para compartir el triunfo de lo que había logrado, pero así sea. Había estado solo toda su vida, aun en la compañía de sus seres humanos asociados. Aisladamente con su ambición, solo con sus fracasos, solo con los sueños extraños que llegaron a encontrarle en la mitad de la noche; sueña con su hijo, hablándole, diciéndole que el mundo iba a acabar, pero que no importaría, porque estarían juntos, hombre y criatura, hasta la consumación de los siglos.
Podía sentir a la criatura luchando para salir ahora. Podía oír su voz diminuta, aguda tratando de liberarse.
El dolor lo atormentaba; un alucinógeno cruel. Sollozó y gritó; el Convento nunca había oído tales maleficios como oyó ahora.
Pero finalmente el vientre se desgarró como Santo Hijo salió con sus manos pequeñas, sus uñas pequeñas, y a borbotones de fluidos de sangre que el Mongroid fue vomitando encima del suelo en medio de los cadáveres.
II
—¿Kreiger?
Lucidique fue a la ventana y lo llamó en el jardín alrededor de la casa del padre. Zarles Kreiger, el Scythe Meister, quien últimamente se había convertido en amante de Lucidique, había salido al jardín para traerle algunas flores perfumadas. El dormitorio hedía al aceite pungente que sus cuerpos violentamente transfigurados dieron. Era un olor amargo y desagradable; no el olor salado de sexo natural.
Pero el jardín estaba lleno de flores dulces de olor que embozarían la amargura; y algunos de los perfumes más extraños fueron esos de flores tan abiertas después del anochecer. Eran casi las dos en la mañana; y los olores que se levantaron del oscuro jardín eran muy fuertes.
Ella llamó el nombre de Kreiger otra vez. Entonces le pareció verlo; una presencia oscura moviéndose a través de los arbustos.
Si eso era Kreiger, ¿por qué no respondió su llamada? Quizá eso no era él.
Conservando su silencio ahora, ella avanzó a rastras bajando las escaleras y salió al jardín.
Hubo una brisa suave, balsámica esa noche: hizo a los arbustos y los árboles agitarse. El jardín era grande, y su trazado complejo, pero ella había estado jugando aquí desde niña. Pudo haber encontrado su camino en esos caminos estrechos, laberínticos y alrededor de sus parches rosados y sus arboledas secretas con los ojos cerrados.
Fue directamente al lugar donde pensó que había visto al hombre desde la ventana del dormitorio. A pesar de la dulzura de madreselvas y jazmines que ciernen el la noche, su nariz atrapó el olor de alguna otra cosa, alguien más, en los alrededores. Hubo un hedor que no fue el olor amargado de su cuerpo, o de Kreiger. Era algo más.
Algo que la hizo pensar en enfermedad, corrupción, muerte.
Permaneció en silencio. Algo se movió a través de los arbustos a corta distancia. Vio su forma, silueteada en contra del cielo sin estrellas: unos vastos hombros deformados, acorazados, el pecho de un buey. Lo que fuere, recorrió caminando con una cojera pronunciada, arrastrando su pierna izquierda. Mientras más cercano a ella más fuerte era el olor de corrupción. Este intruso era la fuente; sin duda.
Entonces, de la oscuridad cercana, el sonido de la voz de su amante:
—¡Lucidique! ¡Fuera de aquí! ¡Rápido!
Había algo quebrado en su voz.
—¿Qué te ocurrió? —dijo, asustada de la respuesta.
Oyendo su voz, el intruso miro en su dirección. Una capucha de carne se deslizó hacia atrás de la mitad superior de su cara. Revelando sus características esqueléticas. Éste era —como ellos— un monstruo. Y no era como ellos. No la mano de obra de Agonistes, al menos. No era producto del arquitecto no alabado del Edén.
Este intruso era un niño de osario, si alguna vez hubo uno. Fue hecho de parcelas de carne podrida y nervios y huesos, todo unido junto y dado y fétido.
Se retiró mientras eso caminaba a grandes pasos hacia ella. Ella sabía como matar; eso no estaba en duda. Pero la criatura todavía la hacía temer. Era poderoso e indiferente; ella sabía, cualquier dolor que podría causarle.
—¡Vete! —oyó a Kreiger gritándole.
Sus ojos voltearon en su dirección, y por la luz del cobertizo de la ventana del dormitorio lo vio, en el suelo, la sangre saliendo a raudales de él.
—¡Cristo!
Hizo un intento de ir hacia él, pero el intruso se movió para interceptarla, sus manos ansiosas para arrancar a rasgones su garganta.
Pero ella no iba a huir del jardín; no con su amante yaciendo allí en la suciedad, sangrando de cien lugares. En lugar de eso, dio vuelta y condujo al carnicero lejos de Kreiger, esquivando a través del jardín que se hizo más oscuro, usando su conocimiento de su trazado para duplicar la distancia entre ellos.
Todavía venía detrás suyo, tirando su peso a través del enredo de arbustos espinosos, emitiendo un estrépito gutural, como el ruido de algún mecanismo inmenso que imperfectamente copió el sonido de un animal atormentado; un toro, puede ser, bajo el martillo del carnicero. Fue horrendo oírlo.
Ella había venido al lugar donde esperaba ser más lista que su perseguidor: un árbol que había escalado mil veces cuando era niña, y ahora escalaba otra vez, tan rápidamente que, cuando el intruso quedó a la vista, ella estaba ya oculta en su guarida frondosa.
Ahora, pensó, la bestia sólo vagaría bajo el árbol, quizá la podría matar. Descendiendo fuera de las ramas y haciendo un corte en su garganta. Aún si era algo que estaba hecho de aguas sucias del mortuorio, respiraba; y si ella podría abrir su garganta de oreja a oreja, entonces estaría muerta como cualquier otra cosa rajada.
Pero cerca de seis pies del árbol la criatura se detuvo, e inhaló por la nariz el aire, mirando alrededor suspicazmente. ¿Tuvo sospecha que había una trampa colocada aquí?
Ella no podría creer que tuvo el ingenio para ser tan cuidadoso. ¿Y aun había hecho alto, o no? Y ahora se retiró del árbol, desatando un ruido bajo, apenas audible en su garganta, cojeando completamente en la oscuridad.
Cuidadosamente partió el follaje, para ver si podría descubrir lo que estaba pasando. Hubo algún sonido de la dirección en la cual había venido, y entonces un gemido audible de Kreiger.
Oh Dios, no, pensó. No dejes al intruso ser lo suficientemente listo para usar a Kreiger como cebo...
Sus temores se realizaron un momento más tarde, como la criatura reapareció entre la espina crecida espesamente, arrastrando algo pesado detrás de sí. Era Kreiger, por supuesto. Este amante de ella, quien había sido reducido a poco más que un saco, transportado detrás del demonio anónimo, había sido un terror hace mucho tiempo. Como el asesino Zarles Kreiger una vez había hechizado la ciudad de Primordium desde las barracas hasta los castillos. Entonces, después de que su transformación por Agonistes terminó, como el Scythe Meister, había arrasado a la clase dirigente de la ciudad en una noche de color escarlata.
¡Pero al verlo ahora! Su cara estaba abierta, como si el demonio simplemente hubiera metido sus dedos en la boca de Kreiger (cuyos labios Lucidique había besado una hora antes) y lo hubiera desgarrado como una bolsa de papel. Lo demás de su cuerpo había sido tan cruelmente tratado; la carne arrancada a rasgones, exponiendo el esternón y las costillas y la canilla de su muslo. La pérdida de sangre de estas heridas fue traumática. Era admirable que Kreiger estuviera todavía vivo. Pero explícitamente —habiendo sido sorprendido en el jardín mientras pacíficamente recogía flores— él había contraatacado hasta que no tuvo fuerzas para pelear, en cuyo punto su asaltante simplemente había esperado en el jardín mientras una de sus dos víctimas lentamente sangró a morir, sabiendo que el otro aparecería al tiempo dado.
Y así ella lo sabía. Sin duda la criatura había planeado despacharla en un latido; ahora tenía la obligación de persuadirla con ruegos fuera de su escondite con este rehén ensangrentado. Agarró del cuello a Kreiger y lo levantó con una mano, empujando su cara destrozada hacia el árbol. La cabeza de Kreiger pendía de su cuello; sus ojos rodaron hacia atrás en sus cuencas. Estaba cercano a morir como no había diferencia.
Entonces su asesino levantó su otra mano y llamó por señas a la mujer en el árbol.
Cuando hizo eso tiró bruscamente de la cabeza de Kreiger de regreso, como a una muñeca. Para Lucidique era agonizante más allá de las palabras ver a su amante, un hombre que había destruido a una dinastía, oscilando de arriba abajo como la muñeca de un ventrílocuo. La hizo perder toda razón. Aunque ella sabía que el intruso debajo tenía el poder físico para la matarla, no podía observar los últimos momentos de Kreiger en los que parecía un humillante teatro de marionetas.
Brincó del árbol con un chillido de furia, y antes de que la criatura pudiera hacer bajar su visera de carne, había cortado en tiras ambos de sus ojos con su arma, cegándola.
Dejó caer a Kreiger, y dejó escapar un rugido que sonó complacientemente como pánico.
Ella se agachó rápidamente bajo sus brazos cayendo y fue con Kreiger.
Él estaba muerto.
Miró hacia atrás a su asesino, quien estaba ciertamente en un estado de terror como de un niño. Su rugido se había convertido en aullidos que estaban próximos a descender en los quejidos.
Pudo haberlo herido otra vez con suficiente facilidad. Y quizá, después de una docena de heridas, o dos docenas, podía haber reclamado su vida. Excepto que no tenía tiempo para desaprovechar con la cosa cegada. Necesitaba llevar a Kreiger a alguna parte donde tuviera una esperanza de resurrección.
Fuera en el desierto. Fuera para encontrar a Agonistes.
Ella levantó el cuerpo de su amante sobre sus hombros (era más ligero de lo que había esperado; el problema era entonces, aunque la masa de su vida se había ido de él y nunca regresaría, aun por un milagro). No dejaría que tal pesimismo demorarse en su mente, sin embargo. Dejando al intruso ciego con furia en medio de las rosas, se dirigió al antepatio de la casa. Amablemente puso al cadáver en la parte trasera del coche, y entonces manejó fuera de la ciudad, en busca de una tormenta de polvo.
III
Talisac miró hacia abajo a la criatura que se había resbalado de su cuerpo: su Mongroid. Había visto cosas más bonitas, pero cosas más feas también. Tenía más confianza en sí mismo que cualquier criatura de cinco minutos de edad razonablemente debería tener; caminó, como un cangrejo, en cuatro manos; hizo los intentos rudimentarios de expresarse a sí mismo.
Él lo llamó, como a un perro, pero no venía. Estaba demasiado interesado en los cuerpos que yacían en todas partes sobre la cámara, examinándolos con su cabeza invertida, oliendo los ejemplos más rancios. Parecía tener una cabeza bien formada, hasta donde Talisac podría tener éxito. Hubo algún parecido de la familia allí, pensó.
Había dejado de tratar de llamar su atención, pero ahora —paradójicamente— sus ojos se detuvieron finalmente en él, y con su desgarbado, lateral modo de andar se le aproximó.
Miró alrededor del osario y como hiciese eso, pensó que los procesos fueron perfectamente claros. Hacía la primera distinción de su vida joven: entre los vivos y los muertos.
—Así es... —Talisac dijo intentando un tono alentador— ...ellos están muertos. No te sirven. Soy el único que puede ayudarte. Soy tu padre.
Cuánto de esto —cualquier cosa— el Mongroid había entendido, Talisac desconoció totalmente.
Un poco, adivinó. Pero tenían que comenzar en alguna parte. Era un negocio rendido y largo erigir esta cosa. Había esperado dar a luz a algo más digno de alabanza; algo que podría mostrar a Montefalco, y fuera financiado por más tiempo, para más investigaciones ambiciosas.
Ahora, tendría que hacer más que hablar rápido para obligar al General a ver a su visión de las cosas. El cangrejo que el homúnculo produjo de su saco de semen y agua de mar estaba muy lejos de la cruel criatura perfecta, que él había esperado producir: un himno para las glorias de la testosterona.
Pero no importaba, habría otros. Con el tiempo doblegaría a este, y le haría la vivisección para ver si podría trabajar donde los errores estaban. Entonces haría un intento otra vez.
La criatura había venido a unas pocas yardas de él, y estudiaba el saco en el cual había sido contenido por diecisiete semanas. La sangre todavía goteaba de eso, sobre del piso de suciedad. Corrió a pasos cortos y puso su lengua en la piscina, saboreando el fluido.
—No —dijo Talisac, débilmente rebelado por su despliegue—. No hagas eso.
No quiso atraerle algún apetito antinatural; por la sangre, o la carne, o no importa qué otros jugos cayeran de él libremente mientras pendiese allí. Estaba demasiado vulnerable en su estado presente.
—Malo —dijo, efectuando un tono de disgusto—. Malo.
Pero la criatura no tuvo interés en estar prohibida a cualquier cosa. Era una criatura de instinto, y su instinto le dijo que había una comida aquí. Rastreó la fuente de la piscina al cadáver colgante de carne que había sido su vientre provisional.
No le gustó del todo la apariencia en los ojos de la criatura. Ni como su barriga se hinchara, como si su apetito despertado evocara un cambio en su anatomía.
El Mongroid estaba poniéndose encima los andrajos ensangrentados sueltos de su carne ahora, su piel de la barriga hinchándose en silencio obscenamente.
—¡Camille! —gritó Talisac, olvidándose en su miedo que la enana salió en la compañía de General Montefalco. Estaba solo.
Y ahora, meciéndose allí, indefenso, la barriga de su descendencia se abrió, revelando una boca vasta, completamente formada con dientes.
—¡Jesús! ¡Oh Jesús!
Fueron las últimas palabras que Talisac pronunció.
Usando sus cuatro manos para levantarse de un salto hacia el vientre del cual recientemente había salido, la cosa cerró sus mandíbulas boquiabiertas en la ingle de su padre, sus dientes cavando profundo en la carne de Talisac. Los gritos por Jesús se convirtieron en un chillido bien fundado. El Mongroid tomó un bocado saludable de intestino y la virilidad y el vientre, y bajó al suelo otra vez para devorar lo que había arrancado a mordiscos.
Las entrañas de Talisac, con su mitad inferior removida, simplemente cayeron de su cuerpo: entrañas desenrolladas seguidas por hígado y riñones y bazo.
El genio del Hospicio de Sagrado Corazón dejó de gritar.
IV
Así, en una noche, Primordium perdió a dos de los monstruos que tuvieron hechizadas sus calles, y ganó dos nuevos.
Venal Anatomica —o El Ciego, como se le conocía—, tenía, en verdad, algo de un chiste. A pesar de su masa, y su fuerza fenomenal, nunca desarrolló las habilidades que compensan que a menudo vienen después de quedar ciego. Vivió siempre como si hubiera quedado ciego. Siempre agitándose violentamente, siempre enfureciéndose, siempre violento.
Montefalco se encargó de él, sin embargo, por un sentido bizarro de lealtad. Ordenó que cualquiera que atacara al una vez poderoso Venal Anatomica reciba disparos. Después de una docena de tales ejecuciones casuales, el mensaje lo hizo para esos que les gustaba atormentar la criatura. El Ciego se quedó solo para hechizar los cementerios de la ciudad, a menudo cavando y comiendo lo recientemente muerto.
V
Lucidique nunca encontró a Agonistes. Aunque condujo por varios días, buscando las tormentas de polvo donde él se escondía, el desierto estaba preternaturalmente quieto. Ni una brisa para mover un granito de arena; mucho menos una tormenta.
Después de una semana, cuando el cuerpo de El Scythe Meister comenzaba a oler, cavó un hueco con sus manos desnudas, y lo metió en él. En cuanto se sentó allí al lado del montículo, pensando, creyó oír a Agonistes llamando su nombre, y se levantó, lista en seguida para rescatar a Kreiger de su cama seca, y dejar al genio del Edén operar su Lazarena magia en su amante.
Pero no era la Resurrección que ella había oído. Fue justamente un truco el viento. Ciertamente, ni siquiera una vez en los siguientes cuarenta y un años, durante los cuales Lucidique rara vez se desviaba del rumbo más que una cuarta parte de una milla del lugar donde Zarles Kreiger fue colocado, hizo a Agonistes aparecer.
VI
Entonces un día, despertándose por el mismo cielo claro que la había despertado por más de cuatro décadas, tuvo un deseo de ver Primordium.
La casa que su padre había construido estaba todavía de pie, para su sorpresa; dejada por autoridades muy supersticiosas para tirar la puerta abajo. La ocupó de nuevo, y después de que algunas noches de sueño en las junturas desnudas sobrecogieron su miedo de memorias que destejerían su cordura, y emocionada en la cama manchada, antigua donde ella y Kreiger habían hecho el amor todos esos años antes.
No hubo pesadillas. Él estaba con ella, aquí, más que lo que alguna vez había estado en el desierto. La mantuvo, en sus sueños, y le murmuró travesuras, que algunas veces ella actuó, por los viejos tiempos. La sangre que dejó libremente, cuando la complació hacer eso. Nadie estaba a salvo de ella. Felizmente habría asesinado a un santo si él la hubiese mirado en alguna forma que la irritara.
Y una noche, justo por puro gusto, ella mató a los tres Generales, Montefalco, Bogoto y Urbano, quienes a estas fechas estaban gordos y viejos y con poca resistencia a su llegada.
Otra noche, fue a encontrar al asesino de Kreiger, El Ciego.
Lo encontró en el cementerio, llorando por sus rajados ojos, las lágrimas rendidas de un hombre que llora todas las noches, pero sin cura para ellos. Lo vigiló por algún rato, mientras él lloraba y comía a los muertos. Entonces lo dejó en su sufrimiento.
Fue cruel, claro está, dejarlo vivir, cuando ella lo pudo haber expulsado de su miseria con un solo golpe bien colocado. ¿Pero por que debería dispensar misericordia, cuándo nadie en toda la vida había sido compasivo con ella? Además, le complació saber que hubo tres monstruos en Primordium. El Mongroid (a quién ella también había ido a mirar en su reino excrementicio) en las aguas negras, Venal Anatomica en los osarios, y ella en la mansión de su padre. Tenía una cierta limpieza.
Algunas veces, cuando se sentía sola, pensaba en salir al desierto, y quedarse al lado del cadáver momificado de Kreiger; dejando que la arena la cubriera. Pero algo la detuvo de hacerlo. Quizá tenía que observar la ciudad de Primordium consumirse en llamas primero; o la locura de percepción avanzando a rastras sobre su columna vertebral.
Hasta entonces, experimentaría su destino, en sangre y lágrimas y soledad; en el conocimiento de que ella fue nombrada en las oraciones de decenas de miles de ciudadanos Temerosos de Dios todas las noches, que rogaron a El Señor para que los cuide a ellos a salvo de ella.
Era una tierra de inmortalidad.

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