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domingo, 4 de julio de 2010

HORROR EN EL MUSEO - H. P. Lovecraft y Hazel Heald

HORROR EN EL MUSEO

H. P. Lovecraft y Hazel Heald


I


Fue una desganada curiosidad lo que llevó en un principio a Stephen jones al Museo de Rogers. Alguien le había comentado algo acerca del extraño estableci­miento subterráneo de la calle Southwark, cruzando el río, donde había estatuas de cera mucho más horribles que las peores efigies expuestas en el museo de Madame Tussaud, y se había acercado allí uh día de abril para ver cuánta decepción podía causarle. Extrañamente, no fue así. Había algo diferente y peculiar allí, después de todo. Por supuesto, no faltaban los truculentos tópicos: Lan­drú, el doctor Crippen, Madame Demers, Rizzio, Lady jane Grey, interminables víctimas mutiladas de la guerra y la revolución, y monstruos del tipo de Gilles de Rais y el Marqués de Sade; pero también había otros seres que aceleraron su respiración y le hicieron quedarse hasta que sonó la campanilla de cierre. El hombre que había diseñado tal colección no podía ser un vulgar saltimban­qui. Había imaginación, incluso genio enfermizo, en algunos de sus trabajos.

Más tarde, había indagado acerca de George Rogers. El hombre había estado en el equipo del Tussaud, pero algún problema había hecho que lo abandonara. Se comentaban maledicencias acerca de su estado mental y chismes sobre su enloquecida forma de trabajar en secreto, aunque, posteriormente, la prosperidad de su propio museo subterráneo había embotado el filo de algunas críticas, al tiempo que afilado las insidiosas pun­tas de otras. La teratología e iconografía de pesadilla eran sus pasiones, e incluso él había tenido el tacto de emplazar algunas de sus peores efigies en una sala espe­cial reservada a los adultos. Ésa era la estancia que tanto fascinara a Jones. Había bastardas entidades híbridas que sólo la fantasía podía incubar, modeladas con dia­bólica pericia y coloreadas con una horrible semejanza de vida.

Algunas eran las figuras de los mitos habituales: gor­gonas, quimeras, dragones, cíclopes y todos sus tenebrosos congéneres. Otras estaban extraídas de ciclos de soterradas leyendas más oscuras y que se mencionaban en un tono más furtivo; el negro e informe Tsathoggua, el multitentaculado Cthulhu, el proboscídeo Chaugnar Faugn y otras blasfemias insinuadas en prohibidos libros, tales como el Necronomicón, el Libro de Eibon, o los Unaussprechlicben Kulten de Von Junzt. Pero lo peor de todo eran aquellos seres: completamente nuevos para Rogers, y mostrando figuras que ningún relato de la antigüedad osó jamás siquiera insinuar. Algunas eran odiosas parodias de formas de vida orgánicas conocidas mien­tras que otras parecían extraídas de febriles sueños sobre otros planetas o galaxias. Las extrañas pinturas de Clark Asthon Smith podrían sugerir algo de eso... pero nada podía insinuar el efecto de punzante, espantoso terror provocado por el gran tamaño y el trabajo diabólicamen­te hábil, así como las infernales e ingeniosas condiciones de luz bajo las que se exhibían.

Stephen Jones, como ocioso degustador de la extra­vagancia en el arte, había visitado al propio Rogers en su sombría oficina o taller, más allá de la estancia aboveda­da del museo... una cripta que causaba espanto a la Vista:

alumbrada débilmente por polvorientas ventanas emplazadas cómo troneras horizontales en la pared de ladrillo, al nivel de los antiguos adoquines de un patio interior. Era allí donde se restauraban las imágenes... allí, también, era donde se elaboraban. Brazos, piernas, cabezas y torsos de cera yacían en grotesca mescolanza sobre varios bancos de trabajo, mientras que en altas estante­rías se entremezclaban indiscriminadarnente pelucas enmarañadas, dientes de aspecto hambriento y ojos de cristal de mirada fija. Vestidos de todas clases pendían de ganchos y, en una estancia, había grandes pilas de cera color carne, así como estantes colmados con botes de pintura y pinceles de todos tipos. En el centro de la habitación había un gran horno usado para preparar la cera para su moldeado, con el hogar cubierto por un inmenso recipiente de hierro con bisagras, con un caño que per­mitía verter la cera fundida mediante el simple toque de un dedo.

Otras cosas en la deprimente cripta eran menos des­criptibles: solitarias partes de problemáticas entidades cuyas formas completas eran los fantasmas del delirio. En otro extremo había una puerta de pesadas planchas de madera asegurada con un candado insólitamente grande y un símbolo muy curioso pintado en su superfi­cie. Jones, que había tenido acceso, en cierta ocasión, al temible Necronomicón, se estremeció involuntariamente al reconocerlo. Este empresario, reflexionó, debía ser sin duda una persona de erudición desconcertantemente amplia en campos oscuros y dudosos.

Tampoco le defraudó la conversación de Rogers. El hombre era alto, delgado y bastante desaliñado, con grandes ojos negros que relumbraban en un semblante pálido y habitualmente cubierto por una barba de varios días. No le molestó la intrusión de Jones, antes al contra­rio, pareció dar la bienvenida a la oportunidad de desa­hogarse con alguien interesado. Su voz era singularmen­te profunda y resonante, y albergaba una especie de refrenada intensidad que bordeaba lo febril. Jones no se asombró de que muchos le consideraran un demente.

Mediante sucesivas preguntas — y las que en semanas sucesivas se convertirían en algo parecido a un hábito-, Jones había encontrado a Rogers progresivamente comunicativo y abierto. Desde el principio, hubo indicios de extrañas creencias y prácticas por parte del empresario, y, más tarde, tales insinuaciones se convirtieron en rela­tos abiertos cuya extravagancia —a pesar de una pocas fotografías de prueba— era casi cómica; Fue un día de junio, una noche que Jones había llevado una botella de buen whisky, cuando replicó a su anfitrión algo libre­mente que los relatos resultaban verdaderamente demenciales. Previamente, hubo salvajes narraciones:

comentarios sobre misteriosos viajes al Tíbet, al interior de África, al desierto de. Arabia, al valle del Amazonas, Alaska y algunas islas poco conocidas del Pacífico Sur, además de jactancias de haber leído algunos libros monstruosos y casi míticos, tales como los prehistóricos fragmentos Pnakóticos y los cánticos del Dhol, atribuidos a la maligna e inhumana Leng; pero nada de todo esto había sido tan inconfundiblemente demencial como lo que había salido a relucir aquella tarde de junio bajo el influjo del whisky

Para ser sinceros, Rogers comenzó haciendo vagos alardes de haber descubierto ciertos seres en la naturaleza que nadie encontrara antes y haber vuelto con prue­bas tangibles de tales descubrimientos. Según su perora­ta etílica, había llegado más lejos que nadie en la inter­pretación de los oscuros y primordiales libros que estu­diara, siendo encaminado por ellos a algunos remotos lugares donde se ocultaban extraños supervivientes... supervivientes de eones y ciclos vitales anteriores a la humanidad, en algunos casos conectados con otras dimensiones y mundos; una comunicación que era fre­cuente en los olvidados días prehumanos. Jones se mara­villó de las fantasías que tales ideas podían conjurar y se preguntó también cuál sería el historial mental de Rogers. Habría sido su trabajo entre los enfermizos espantajos del Madame Tussaud el inicio de tales vuelos de la imaginación o, por el contrario, era una tendencia innata, y la elección de su trabajo era simplemente una de sus manifestaciones? De cualquier forma, el trabajo del hombre estaba estrechamente ligado a sus ideas. Hasta entonces, no había confundido la tendencia? de sus sombrías insinuaciones con las monstruosidades de pesadilla de la velada sala de «Sólo adultos>>. Descuidando el ridículo, intentaba insinuar que no todo en aquellas anormalidades demoníacas era artificial.

Fue el abierto excepticismo y diversión de Jones ante tales pretensiones irresponsables lo que cortaron la cre­ciente cordialidad. Rogers, evidentemente, se tornaba todo aquello muy en serio; de ahí en adelante, se tomó parco de palabras y resentido, tolerando a Jones sólo gracias a una tenaz ansiedad de romper su muro de edu­cada y complaciente incredulidad. Continuaron los cuentos estrafalarios y las sugerencias sobre ritos y sacrificios a los indescriptibles dioses primordiales, y, a cada momento, Rogers podía guiar a su invitado a una de las odiosas blasfemias de la sala vedada y mostrar las faccio­nes difíciles de compaginar con incluso la más delicada artesanía. Jones continuaba sus visitas impelido por una fascinación, aunque era consciente de haber perdido la estima de su anfitrión. A veces intentaba congeniar con Rogers mediante fingidos asentimientos a sus locas insi­nuaciones o afirmaciones, pero el enjuto empresario rara vez resultaba engañado por tales tácticas.

La tensión culminó en septiembre. Jones se había dejado caer casualmente en el museo una tarde y deam­bulaba por los penumbrosos corredores, cuyos horrores le eran ahora tan familiares, cuando escucho un sonido muy curioso proveniente de la dirección del taller de Rogers. Otros lo escucharon también y se sobresaltaron nerviosamente mientras los ecos retumbaban por el gran sótano abovedado. Los tres empleados cambiaron extra­ñas miradas, y uno de ellos, un oscuro y taciturno sujeto de aspecto extranjero que siempre oficiaba como encar­gado de Rogers, sonrió de una forma que pareció con­fundir a sus colegas y que hirió violentamente la sensibi­lidad de Jones. Era el aullido o el grito de un perro, y era un sonido lanzado bajo un espanto supremo entremez­clado con agonía. Su frenesí desnudo y angustiado era espantoso de escuchar y, en aquel establecimiento de grotesca anormalidad, resultaba doblemente odioso. Jones recordó que no se admitían perros en el museo.

Estaba a punto de ir hasta la puerta que llevaba al taller; cuando el oscuro empleado le detuvo con palabras y gestos. Mr. Rogers, dijo el hombre, con una suave y ligeramente acentuada voz, al tiempo apologética y vaga­mente sardónica, estaba fuera y había órdenes tajantes de no admitir a nadie en el taller en su ausencia. Respecto a aquel aullido, sin duda procedía del patio adjunto al museo. La vecindad estaba llena de chuchos extraviados, y sus peleas a veces eran impresionantemente ruidosas. No había perros en ningún lugar del museo. Pero si Mr. Jones deseaba ver a Mr. Rogers, podría encontrarle justo antes del cierre.

Tras aquello, Jones subió los viejos peldaños de pie­dra hacia la calle y examinó el mísero vecindario con curiosidad. Los pobres y decrépitos edificios — antigua­mente moradas y ahora, en su mayoría, tiendas y almace­nes—- eran realmente vetustos. Algunos de ellos tenían techos a dos aguas que parecían devolver a los tiempos de los Tudor, y un débil hedor miasmático pendía sobre toda la zona. Junto a la sucia construcción cuyos sótanos albergaban el museo, había un bajo soportal que daba paso a un oscuro callejón empedrado, y Jones sintió un vago deseo de encontrar el patio tras el taller y tranquili­zar a su mente respecto del asunto del perro. El patio estaba en penumbra bajo la tardía luz del ocaso, cercado por paredes traseras, aún más feas e intangiblemente amenazadoras que las destartaladas fachadas de las malignas y antiguas casas: No había ningún perro a la vista, y Jones se preguntó cómo podrían las consecuencias de aquel frenético alboroto desvanecerse tan rápido.

A pesar de la afirmación del encargado sobre que no había ningún perro en el museo, Jones escrutó nerviosamente los tres ventanucos del taller del sótano: angostos rectángulos horizontales; cercanos al pavimento lleno de hierbas, con hoscos cristales que parecían tan repulsivos e indiferentes como los ojos de un pez muerto. A su izquierda, un gastado tramo de escalones guiaban a una gruesa y pesadamente aherrojada puerta. Algún impulso le llevó a agacharse sobre los húmedos adoquines resquebrajados y escudriñar, esperando que las gruesas cor­tinas verde, movidas mediante largas cuerdas que pendían de un nivel asequible, estuvieran bajadas. La super­ficie exterior estaba enturbiada por la suciedad, pero mientras las frotaba con su pañuelo vio que no había cortinas entorpeciendo la visión.

Tan oscuro estaba el interior del sótano que no había mucho que ver, pero el grotesco instrumental de trabajo amenazaba espectralmente a cada momento a Jones, según iba probando cada ventana. Al principio parecía evidente que no había nadie en el interior, pero cuando observó por la ventana de la derecha -la más cercana al corredor de entrada—, vio un resplandor en el extremo más alejado de la estancia que le hizo detenerse perplejo. No había ninguna razón para la presencia de esa luz. Era una zona interior de la estancia y no podía recordar luces de gas o eléctricas en ese lugar. Otra mirada delimitó el resplandor a un amplió rectángulo vertical, y un pensamiento brotó en su cabeza. En esa dirección, siempre se había percatado de la pesada puerta de plan­chas con el candado anormalmente grande; la puerta que nunca estaba abierta y sobre la que estaba cruda­mente trazado el odioso y críptico símbolo proveniente de los fragmentarios anales de prohibidas magias pri­mordiales. Debía estar abierta en aquel instante, y había una luz en su interior. Todas sus primeras especulacio­nes acerca de dónde guiaría aquella puerta, y lo que habría tras ella, se renovaron entonces con multiplicada e inquietante fuerza.

Jones deambuló sin objetivo alrededor del deprimen­te vecindario hasta el cierre, a las seis en punto, momen­to en que volvió al museo para interrogar a Rogers. Ape­nas podía decirse por qué deseaba tan fervientemente ver en aquél momento al hombre, pero debía tener algu­nos recelos inconscientes sobre aquel terrible y no ubica­do grito canino de la tarde, así como sobre el resplandor en aquel inquietante, y habitualmente cerrado, portón de pesado candado. Los empleados se habían ido cuando llegó, y pensó que Orabona —el cetrino encargado de

aspecto extranjero— le había mirado con algo parecido a una diversión astuta y soterrada. No le gustaba aquella mirada, aun cuando le había visto dirigírsela a su patrón multitud de veces.

La abovedada sala de exhibición resultaba fantasmal al estar desierta, pero él la cruzó rápidamente y golpeó en la puerta de la oficina y taller. La respuesta se demoró, aunque hubo pasos en el interior. Finalmente, respon­diendo a una segunda llamada, el cerrojo chasqueó, y la antigua puerta de seis paneles crujió abriéndose renuen­temente, revelando la figura desganada y de ojos febriles de George Rogers. Desde el principio, resultó evidente que el empresario estaba de un insólito humor. Una peculiar mezcla de reluctancia y a la vez alegría al reci­birle, y, en un instante, su charla sé desvió hacia extrava­gancias de la clase más espantosa e increíble.

Supervivientes dioses primordiales... sacrificios indes­criptibles... la pretensión de realidad sobre algunos de los horrores de la sala... todos los alardes habituales, aunque completados con unas peculiares confidencias en aumento. Obviamente, reflexionó Jones, la locura del pobre diablo se estaba imponiendo. A veces, Rogers lan­zaba miradas furtivas a la pesada puerta interior cerrada con candado, del extremo de la habitación, o hacia una pieza de tosca arpillera depositada en el suelo; no lejos de - él, bajo la que parecía yacer algún objeto. Jones fue poniéndose más nervioso según transcurría el tiempo, y comenzó a tener dudas sobre la conveniencia de men­cionar los extraños sucesos de la tarde, tal como primera­mente había querido ansiosamente hacer.

La voz de bajo, sepulcralmente resonante, de Rogers casi se rompió bajo la excitación de su febril farfullo.

¿Recuerdas — espetó— lo que te dije sobre esa ciudad en minas de Indochina donde vivían los Tcho-Tcho? Tuviste que admitir que había estado cuando viste las fotografías, aun pensando que yo hice de cera a aquel nadador ovalado de la oscuridad. Si los hubieras Visto contorsionarse en las piscinas subterráneas como yo...

»Bueno, esto es aún mayor. Nunca te hablé de ello, porque quería rematarla antes de hacer ninguna preten­sión. Cuando veas la instantánea, sabrás que la geografía no puede haber sido falsificada, e imagino que tengo otra forma de probar que Eso no es ninguno de mis pro­ductos de cera. Nunca la has visto porque los experimen­tos no me permitían ponerla en exhibición.

El empresario miró de forma extraña hacia la puerta cerrada con el candado.

——Todo procede de ese gran ritual del octavo frag­mento Pnakótico. Existieron seres en el norte; antes de la tierra de Lomar — -previos a la existencia de la humani­dad—-, y esto .es uno dc ellos. Tuvimos que ir a Alaska y remontar el Noatak desde Fort Morton, pero la cosa esta­ba allí donde yo sabía que estaría. Grandes ruinas ciclópeas, hectáreas de ellas. Quedaba menos de lo que creía­mos, ¿pero qué se puede esperar después de tres millo­nes de años? ¿Y no apuntan las leyendas de los esquima­les en esa misma dirección? No pudimos llevar uno de esos infelices con nosotros, y tuvimos que conducir el tri­neo todo el camino de vuelta a Nome en busca de ameri­canos. A Orabona no le sentaba bien aquel clima.., se volvió hosco e irritable.

»Más tarde te contaré cómo lo encontramos. Cuando volarnos el hielo de los pilares de la ruina central, la escalera estaba donde sabíamos que debía estar. Queda­ban algunas tallas, y no hubo ningún problema para impedir que los yanquis nos siguieran al interior. Orabona temblaba como una hoja... nunca pensarías eso por la forma en que se pavonea ese maldito insolente. Sabía lo bastante de la Tradición Primigenia para estar apropiada­mente temeroso. La luz eterna desapareció, pero nues­tras antorchas alumbraban lo bastante. Vimos los huesos de otros que habían llegado antes que nosotros... eones atrás, cuando el clima era cálido. Algunos de esos huesos pertenecían a seres como jamás has imaginado. En el ter­cer nivel subterráneo encontrarnos el trono de marfil sobre el que tanto hablan los fragmentos... y puedo decirte con conocimiento de causa que no estaba vacío.

»El ser del trono no se movía... y supimos que Eso necesitaba un sacrificio. Pero no deseábamos despertar­lo. Era mejor llevarlo primero a Londres. Orabona y yo volvimos a la superficie en busca de -una gran caja, pero cuándo lo hubimos metido no pudimos subirla los tres tramos de escalones. Aquellos peldaños estaban hechos para seres humanos, y su tamaño nos estorbaba. De cualquier forma, era diabólicamente pesado. Tuvimos que traer a los americanos abajo para -sacar a Eso. No estaban ansiosos de entrar en el sitio, pero, por supuesto, lo peor estaba a salvo dentro de la caja. Les dijimos que era un lote de tallas de marfil.. muestras arqueológicas, y, tras ver el trono tallado, probablemente nos creyeron. Es un prodigio que no se imaginaran la existencia de un tesoro oculto y pidieran una parte. Habrán contado extraños cuentos en Nome más tarde, aunque dudo de que volvieran a esas ruinas, incluso -bajo el señuelo del trono de marfil.

Rogers hizo una pausa, revolvió en su escritorio y exhibió un sobre con fotografías de gran tamaño. Sacan­do una y colocándola ante sí boca abajo, tendió el resto a Jones. El escenario era verdaderamente extraño; colinas cubiertas de hielo, trineos de perros, hombres envueltos en pieles e inmensas ruinas derrumbadas contra un telón de nieve.., ruinas cuyos contornos extravagantes e inmensos bloques de piedra a duras penas podían ser descritos. Una, realizada con flash, mostraba una increí­ble estancia interior con extrañas tallas y un curioso trono cuyas proporciones implicaban que no había sido diseña­do para ocupantes humanos. Las tallas de la gigantesca construcción — elevados muros y techos peculiarmente abovedados— eran totalmente simbólicas e incluían dise­ños completamente desconocidos y algunos jeroglíficos oscuramente citados en obscenas leyendas. Sobre el trono destacaba el mismo símbolo espantoso que ahora estaba pintado en el taller sobre la puerta de hierro cerra­da con candado. Jones lanzó una nerviosa mirada al por­tal cerrado. Sin duda, Rogers había estado en extraños lugares y visto extraños seres. Aún así, aquellas demen­ciales fotografías de interior podían ser fácilmente un fraude, tomadas en un escenario inteligentemente dise­ñado. Uno no debía ser demasiado crédulo. Pero Rogers estaba prosiguiendo.

-Bueno, embarcamos la caja en Nome y fuimos a Londres sin ningún problema. Era la primera vez que volvíamos trayendo algo que tuviera un resto de vida. No lo exhibimos: había cosas mas importantes que hacer con Eso. Necesitaba el alimento de un sacrificio, ya que Eso era un dios. Desde luego, yo no podía suministrarle la clase de sacrificio que solían brindarle en sus días, ya que tales cosas no existen ahora. Pero había otros seres que podían servir. La sangre es vida, ya sabes. Aún los lemures y los elementales que son más viejos que la tie­rra reaparecen cuando la sangre de hombres o bestias se les ofrece en las condiciones adecuadas.

La expresión del rostro del narrador estaba volvién­dote progresivamente alarmante y repulsiva, por lo que ­Jones se removió involuntariamente en su silla. Rogers pareció percatarse del nerviosismo de su invitado y prosiguió con una peculiar sonrisa maligna.

Traje Eso el año pasado, y desde entonces he esta­do probando ritos y sacrificios. Orabona no ha sido de mucha ayuda, ya que siempre estuvo en contra de la idea de despertarlo. Odia a Eso... probablemente porque tiene miedo de lo que Eso pueda llegar a significar. Lleva encima una pistola, en todo momento, -para protegerse.. imbécil, ¡como si hubiera alguna protección humana contra ese Ser! Si lo veo alguna vez usar esa pistola, lo estrangulo. Quiere que lo mate y haga una efigie con Eso. Pero estoy empecinado en mis propios planes y los llevaré a cabo, ¡a pesar de todos los cobardes como Ora­bona y todos los malditos escépticos sardónicos como tú, Jones! He entonado los ritos, realizado ciertos sacrificios y la última semana hubo un cambio. El sacrificio fue.... ¡aceptado y agradecido!

En ese momento, Rogers se relamió los -labios, mien­tras Jones permanecía incómodamente rígido. El empre­sario se detuvo y se alzó, cruzando la sala hacia la pieza de arpillera que tan a menudo ojeara. Inclinándose, asió una de las esquinas mientras volvía a hablar.

Ya te has reído bastante de mi trabajo... es el momento de que conozcas ciertos hechos. Orabona me dijo que escuchaste el aullido de un perro por aquí esta tarde. ¿Sabes lo que eso significa?

- Jones se sobresaltó. A pesar de toda su curiosidad, se hubiera contentado con salir sin arrojar más luz sobre el asunto que tanto le desconcertaba. Pero Rogers fue ine­xorable y comenzó a alzar la pieza de arpillera. Bajo ella yacía una exprimida, casi informe masa que Jones tardó en clasificar. ¿Qué fue aquel ser viviente que algo había aplastado; exprimiendo su sangre y perforándolo en un millar de sitios, retorciéndolo en una destrozada y grotes­ca masa de huesos rotos? Tras un momento, Jones com­prendió lo que debía ser. Era lo que quedaba de un perro; un perro, quizás, de considerable tamaño y color blanquecino. Su raza era imposible de reconocer, ya que la torsión le había convertido en una indescriptible y odiosa forma. La mayor parte del pelaje estaba quemado como por efecto de un fuerte ácido, y la desnuda piel sin sangre estaba plagada de innumerables heridas o incisiones circulares. El método de tortura necesario para -cau­sar tal resultado estaba más allá de la imaginación.

Jones, con una neta aversión que se impuso a su ascendente desazón, saltó en pie con un grito.

-¡Tú, maldito sádico... demente... haces una cosa así y te llamas un hombre decente!

Rogers dejó caer la arpillera con una maligna sonrisa despectiva y encaró a su huésped, que se aproximaba.. Sus palabras transmitían una calma antinatural.

¿Por qué, imbécil, crees que Yo hice esto? Admita­mos que el resultado es desagradable para nuestros limitados criterios humanos. ¿Y qué? Ni es humano ni preten­de serlo. El sacrificio simplemente se le ofrece. Entregué este perro a Eso. Lo sucedido es obra suya, no mía. Necesita alimentarse de lo ofrecido y lo hace a su propia manera. Pero déjame qúe te enseñe cómo es.

Mientras Jones aguardaba dudoso, el orador volvió a su escritorio y cogió la fotografía que antes dejara boca abajo sin mostrar. Ahora se la tendió con una -curiosa mirada. Jones la tomó y la miró, de forma mecánica. Tras un instante, la mirada del visitante se volvió más atenta y absorta, ya que la fuerza completamente satánica del ser retratado tenía un efecto casi hipnótico. Verdaderamente, Rogers se había sobrepasado al modelar la espantosa pesadilla captada por la cámara. El ser era una obra de genio puro e infer­nal, y Jones se preguntó cómo reaccionaría el público cuando fuera puesto en exhibición. Un ser tan odioso no tenía derecho a la existencia... probablemente, la simple visión de eso, tras ser hecho, había completado el desequilibrio de la mente de su autor, llevándole a adorarlo con brutales sacrificios. Sólo una fuerte cordura podía resistir la insidiosa sugerencia de que -la blasfemia era -o había sido— alguna exótica enfermiza forma de vida.

El ser del retrato se sentaba o estaba sujeto, sobre una hábil reproducción del monstruosamente tallado trono de las curiosas fotografías anteriores. Describirlo con un vocabulario ordinario sería imposible, ya que no existía nada, ni siquiera aproximadamente similar, que se correspondiera con lo que siempre ha llenado la imaginación de la humanidad cuerda. Representaba algo qui­zás lejanamente conectado con los vertebrados de este planeta... aunque no se podía estar muy seguro de eso. Sus dimensiones eran ciclópeas, ya que, incluso sentado, se alzaba a casi el doble de altura que Orabona, que esta­ba retratado al lado. Mirando con atención, se podían seguir sus similitudes con las formas corporales de los vertebrados superiores.

Tenía un torso casi globular con seis largos y sinuosos miembros rematados en pinzas de cangrejo. En su extre­mo superior, un globo secundario surgía hacia delante como una burbuja; el triángulo de tres ojos fijos de pesca­do, sus grandes patas y la evidentemente flexible trompa, así como un distendido sistema lateral análogo a las bran­quias, sugería que era una cabeza. La mayor parte del cuerpo estaba cubierto con lo que a primera vista parecía ser piel, pero a la que un examen más detenido mostraba como una densa mata de oscuros y delgados tentáculos o filamentos de succión, cada uno provisto de una boca que recordaba a la cabeza de un áspid. En la cabeza, tras la trompa, los tentáculos tendían a ser más largos y grue­sos, marcados con listas espirales... sugiriendo el tradicio­nal cabello de serpiente de Medusa. Decir que tal ser tenía una expresión parecía paradójico, aunque Jones sin­tió que el triángulo de saltones ojos de pez y que esa obli­cuamente suspendida trompa desprendían una mezcla de odio, glotonería y completa crueldad incomprensibles para un ser humano, ya se hallaban entremezcladas con otras emociones ajenas al mundo o incluso al sistema solar. En esta bestial anormalidad, reflexionó, Rogers debía haber vertido toda su demencia maligna y todo su extraordinario genio de escultor. El ser era increíble.., aun cuando la fotografía probara su existencia.

Rogers interrumpió sus ensueños.

Bueno... ¿Qué piensas de Eso? ¿No preguntas ahora qué es lo que ha aplastado al perro y lo ha exprimido con un millón de bocas? Necesitaba alimentarse... y vol­verá a necesitarlo. Es un dios, y yo soy el primer sacerdo­te de su postrer culto. ¡Iä! ¡Shub-Niggurath! ¡La Cabra con un Millar de Crías!

Jones bajó la foto con disgusto y piedad.

Mira, Rogers, esto no puede ser. Todo tiene sus limites, tú lo sabes. Es una gran obra y todo eso, pero no es tu dios. Mej6r sería que no la vieras nunca más... deja que Orabona se deshaga de ella y trata de olvidarla. Y déjame romper esta foto bestial, también.

Con un graznido, Rogers le arrancó la foto y la devol­vió al escritorio.

Imbécil... tú... ¡tú todavía crees que todo es un frau­de! ¡Todavía piensas que hice Eso y que mis figuras no son otra cosa que cera inerte! ¡Maldito seas, eres aún más patán que una imagen de cera de ti mismo! ¡Pero te daré pruebas y sabrás! No ahora mismo, ya que Eso descansa tras el sacrificio.., más tarde. Oh, si... no te quedarán dudas entonces acerca de su poder.

Mientras Rogers observaba hacia la puerta interior del candado, Jones tomó sombrero y bastón de un banco cercano.

Muy bien, Rogers, lo dejaremos para más tarde.

Ahora tengo que irme, pero volveré mañana por la tarde.

Ten en cuenta mi advertencia y mira si no suena sensata.

Pregunta también a Orabona lo que piensa.

Rogers enseñó sus dientes como una bestia salvaje.

Tienes que irte, ¿eh? ¡Así que tienes miedo! ¡Miedo a pesar de toda esa palabrería! Dices que las efigies son sólo cera, pero sales corriendo cuando comienzo a probar que no lo son. Eres como los tipos que apuestan que son capaces de pasar una noche en el museo... vienen envalentonados, pero después de una hora ¡están gritan­do y aporreando para que les dejen salir! Quieres que pregunte a Orabona, ¿eh? Vosotros dos... ¡Siempre contra mi! ¡Queréis impedir el próximo reinado terrenal de Eso!

Jones conservó la calma.

-No, Rogers... nadie está en contra tuya. Tampoco tengo miedo de tus figuras; de hecho, admiro tu trabajo. Estamos un poco nerviosos esta noche, pero supongo que algo de descanso nos hará sentir mejor.

De nuevo, Rogers refrenó la partida de su invitado.

No tienes miedo, ¿eh?... Entonces, ¿por qué estás tan ansioso de marcharte?... ¿Te atreves o no a quedarte a solas aquí, en la oscuridad? ¿A qué tanta prisa si no crees en Eso?

Alguna nueva idea parecía haberse despertado en Rogers, yJones le observó atentamente.

Bueno, no tengo especial prisa... ¿pero qué ganaría quedándome aquí a solas en la oscuridad? ¿Qué proba­ría? Mi única pega es que es poco confortable para dor­mir. ¿Qué mejor podemos hacer?

En ese momento, fue Jones quien tuvo una idea. Continuó en tono conciliador.

Mira Rogers... te acabo de preguntar qué probaría quedándome aquí, cuando ambos lo sabemos. Probaría que tus efigies son sólo eso, y que no debes dejar que tu imaginación te lleve por donde te ha llevado últimamen­te. Supón que me quedo. Si aguanto hasta el amanecer, ¿aceptarás tomarte de otra forma las cosas... marcharte tres meses de vacaciones o así y dejar que Orabona des­truya esa nueva creación? Bueno... ¿Qué te parece?

El rostro del empresario resultaba difícil de interpre­tar. Era patente que estaba pensando rápidamente y que, de las diversas emociones en conflicto, el triunfo maligno llevaba las de ganar. Su voz tuvo una cualidad estreme­cedora al responder.

¡Hecho! Si aguantas, seguiré tus indicaciones. Pero tienes que aguantar. Iremos a cenar y volveremos. Te encerraré en la sala de exhibiciones y me iré a casa. Por la mañana, volveré antes que Orabona él viene media hora antes que los demás— para ver cómo estás. Pero no digas nada hasta estar totalmente seguro de tu excepticis­mo. Otros se han echado atrás... tienes esa opción. Y supongo que aporrear en la puerta exterior llamará la atención de algún policía. Puede que no te guste tanto después de un rato... estarás en el mismo edificio, aun­que no en la misma habitación, que Eso.

Mientras dejaban la puerta trasera en el sucio patio interior, Rogers llevó consigo la pieza de arpillera... las­trada con su horrible carga. Cerca del centro del patio había un agujero de alcantarilla cuya tapa quitó silencio­samente el empresario, dando una estremecedora impre­sión de familiaridad con aquella tarea. Con arpillera y todo, el lastre cayó al’ olvido del laberinto de las cloacas. Jones se estremeció y casi se encogió ante la enjuta figu­ra que iba a su lado cuando salieron a la calle.

De tácito acuerdo, no cenaron juntos, pero quedaron en reunirse frente al museo a las once.

Jones tomó un coche y respiró más tranquilo al cruzar el puente de Waterloo y aproxirnarse al brillantemente iluminado Strand. Cenó en un café tranquilo y, posterior­mente, volvió a su casa de Portland Place para bañarse y coger unas pocas cosas. Ociosamente, se preguntó qué estaría haciendo Rogers. Había oído decir que el hombre tenía una amplia y sombría casa en Walworth Road, llena de libros oscuros y prohibidos, útiles ocultistas e imáge­nes de cera que no se atrevía a poner en exhibición. Ora­bona, según se decía, vivía en otra ala de la misma casa.

A las once, Jones encontró a Rogers esperando en la puerta del sótano en Southwark Street. Cruzaron pocas palabras, pero ambos parecían sentir con la amenazado­ra tensión. Convinieron en que la sala de exhibición abo­vedada sería el lugar de la prueba y Rogers no insistió en que el observador se quedara en la estancia, especial para adultos, de los supremos horrores. El empresario, habiendo apagado todas las luces con interruptores manejados desde el taller, cerró la puerta de la cripta con una de la llaves de su atestado llavero. Sin estrecharle la mano, salió a la calle, cerró la puerta tras de sí y ascendió los gastados peldaños hacia la calleja exterior. Cuando dejaron de oírse las pisadas, Jones comprendió que la larga y tediosa vigilia había comenzado.



II


Más tarde, en la completa oscuridad de aquel sótano de grandes arcos, Jones maldijo la ingenuidad infantil que le había llevado allí. Durante la primera media hora había encendido su linterna a intervalos. Pero ahora, estar sentado en uno de los bancos para visitantes se había convertido en algo que crispaba los nervios. Cada cierto tiempo, la luz surgía iluminando algún objeto gro­tesco y enfermizo: una guillotina, un indescriptible monstruo híbrido, un rostro de barba pastosa pletórico de maldad, un cuerpo con torrentes rojos fluyendo de la garganta cercenada. Jones sabía que no había ninguna realidad siniestra tras tales seres; pero, tras la primera media hora, prefería no mirarlos.

Por qué se había molestado seguir la corriente a aquel demente apenas podía imaginarlo. Hubiera sido mucho más sencillo dejarlo simplemente solo, o haber llamado a un especialista en perturbaciones mentales. Probable­mente, reflexionaba, era la camaradería de un artista hacia otro. Había tanto genio en Rogers, que probaba cada forma factible de ayudarle a superar su creciente manía. Un hombre capaz de imaginar y construir aque­llos increíbles seres con apariencia de vida, tal y como él había hecho, no estaba, seguramente, alejado de la total grandeza. Tenía la fantasía de un Sime o un Doré unida a la minuciosa y científica habilidad de un Blatschkas. De hecho, había realizado con el mundo de pesadilla lo que Blatschkas, mediante las réplicas maravillosamente exac­tas de plantas realizadas en fino hierro forjado y cristal coloreado, había hecho con el mundo de la botánica.

A medianoche, los toques de un distante reloj se fil­traron en la oscuridad, y Jones se sintió arropado por el mensaje de un mundo exterior que aún existía. La above­dada sala del museo era como una tumba... espantosa en su total soledad. Aun un ratón sería una bienvenida com­pañía; pero Rogers se había jactado de que —por «cierta razón», según decía— ni ratones ni insectos se acercaban jamás al establecimiento. Era muy curioso, pero parecía ser cierto. La quietud mortal y el silencio eran virtual­mente completos. ¡Si tan sólo hubiera un sonido! Tosió, pero hubo algo burlón en el coro de reververaciones. Se juró no comenzar a hablar consigo mismo. Eso significa­ría la desintegración nerviosa. El tiempo parecía discurrir anormal y desconcertantemente lento. Hubiera jurado que habían pasado horas desde que enfocara por última vez la luz sobre su reloj, pero sólo era el toque de la medianoche.

Deseó que sus sentidos no estuvieran tan preternatu­ralmente agudos. Algo en la oscuridad y quietud parecía agudizarlos, como en respuesta a débiles impulsos que no eran tan fuertes como para llamarlos impresiones. Sus oídos parecían a veces captar un débil y elusivo susurro que no podía ser totalmente identificado con el zumbido nocturno de las míseras calles del exterior, y pensó en algo tan vago e irrelevante como la música de las esferas y la desconocida e inaccesible vida de otras dimensiones presionando contra la nuestra. Rogers especulaba bas­tante sobre tales cosas.

Las motas de luz que flotaban ante sus ojos sumidos en la oscuridad parecían crear curiosas simetrías de perfi­les y movimientos. A menudo se había preguntado sobre esos extraños rayos del abismo insondable que centellean ante nosotros en ausencia de iluminación terrenal, pero nunca había sabido que se comportara así. Les faltaba el tranquilo sin sentido de las motas de luz ordinarias.., insi­nuando alguna voluntad o propósito distante de cual­quier concepción terrestre.

Luego vino la sugerencia de extraños movimientos. No había nada abierto, pero, a pesar de la total falta de corrientes de aire, Jones sintió que el aire no estaba total­mente en calma. Había intangibles variaciones de pre­sión... aunque no lo bastante como para sugerir el espan­toso movimiento de invisibles elementales. Era anormal­mente frió, además. No le gustaba nada de eso. El aire tenía un regusto salado, como si estuviera mezclado con la salmuera de oscuras aguas subterráneas y hubiera un descarnado indicio de algún aroma de inefable hume­dad. Durante el día nunca se había percatado de que las figuras de cera tuvieran olor. Aun entonces sentía a medias que no eran las figuras de cera las que debían oler así. Era más bien como el débil olor de especimenes en los museos de historia natural. Curioso, dadas las pre­tensiones de Rogers acerca de que sus figuras no eran completamente artificiales... de hecho, era probable que tal pretensión fuera lo qúe hacia a su imaginación conju­rar tales sospechas olfativas. Debía guardarse contra los excesos de la imaginación... ¿No habían enloquecido tales cosas a Rogers?

Pero la completa soledad de aquel sitio era espanto­sa. Incluso las distantes campanadas parecían llegar atra­vesando abismos cósmicos. Esto hizo a Jones pensar en la demente fotografía que le mostrara Rogers... la estrafa­lariamente tallada habitación del críptico trono, que aquel sujeto pretendía que era parte de unas ruinas con tres millones de años de antigüedad, emplazadas en las rehuidas e inaccesibles soledades del Ártico. Quizás Roger había estado en Alaska, pero la fotografía no era más que un montaje. No podía ser de otra manera, con todas aquellas tallas y terribles símbolos. Y la monstruosa figura supuestamente encontrada en aquel trono... ¡Que explosión de fantasía enfermiza! Jones se preguntaba cuán lejos estaría de la demente obra maestra de cera... quizás estaba tras aquella pesada puerta de planchas de madera, cerrada con candado, que llevaba más allá del taller. Pero no debía dejarse obsesionar por una imagen de cera. ¿No estaba aquella estancia repleta de tales seres, algunos de los cuales eran apenas menos horribles que el espantoso «Ello»? Y, más allá de una gruesa lona a la izquierda, estaba la estancia de «Sólo adultos>>, con sus indescriptibles espejismos del delirio.

La proximidad de las innumerables formas de cera comenzó a crispar progresivamente los nervios de Jones mientras pasaba el cuarto de hora. Conocía tan bien el museo que podía ubicar sus habituales imágenes incluso en la total oscuridad. De hecho, las tinieblas tenían el efecto de prestar a las recordadas imágenes algún ele­mento imaginario sumamente perturbador. La guillotina parecía crujir y el barbudo semblante de Landrú —que mató a sus quince esposas— se contorsionaba con expresión de monstruosa amenaza. De la cercenada gar­ganta de Madame Demers parecía brotar un gorgoteante sonido, mientras que la descabezada y desmembrada víctima de un asesino del baúl intentaba aproximarle más y más sus ensangrentados muñones. Jones comenzó a entornar sus ojos para ver si podía difuminar las imáge­nes, sin el menor resultado. De hecho, al entornar los ojos, el extraño e intencional trasfondo de granos de luz se hacía más perturbadoramente pronunciado.

Luego, repentinamente, comenzó a intentar distinguir las odiosas imágenes que primitivamente había tratado de hacer desvanecerse. Lo hizo porque estaban dando paso a entidades aún más odiosas. A pesar de sí mismo, su memoria comenzó a reconstruir las blasfemias total­mente inhumanas que acechaban las oscuras esquinas, y aquellos grumosos híbridos brotaban rezumando y ser­penteando hacia él, como tratando de encerrarle en un círculo. El negro Tsathoggua se modeló a sí mismo, desde una gárgola de aspecto de rana, en una larga y sinuosa línea con centenares de rudimentarios pies, y un blando y enjuto ser nocturno extendió sus alas como para avanzar y sofocar al observador. Jones se forzó a sí mismo para no gritar. Sabía que estaba volviendo a los tradicionales terrores de su infancia y decidió utilizar su razón de adulto para mantener a raya los fantasmas. Esto -le ayudó un poco, según descubrió, al encender de nuevo la luz. Espantosas como eran las imágenes reveladas, no lo eran tanto como las que había conjurado su fantasía en la total oscuridad.

Pero había un inconveniente. Aun a la luz de la linter­na, no pudo dejar de sospechar un leve y furtivo temblor en una parte de la lona que mantenía oculta la terrible sala de «Sólo adultos». Conocía lo que había detrás y se estremeció. Su imaginación conjuró las impresionantes formas del fabuloso Yog-Sothoth... tan sólo una aglomera­ción de globos iridiscentes, pero inmenso en su sugeren­cia de maldad. ¿Qué era esa maldita masa flotando lenta­mente hacia él y sacudiendo la partición que estorbaba su camino? Una ligera protuberancia en la lona y a la derecha insinuaba el afilado cuerno del Gnoph-keh, el peludo ser mítico del hielo groenlandés, que caminaba a veces sobre dos piernas, otras sobre cuatro y en ocasiones sobre seis. Para apartar esto de su cabeza, Jones caminó audazmente hacia la infernal sala con la linterna luciendo constante­mente. Por supuesto, ninguno de sus temores era real. Aunque, ¿no ondulaban lenta e insidiosamente los largos tentáculos faciales del gran Cthulhu? Sabía que eran flexi­bles, pero no comprendía que el movimiento de aire cau­sado por su avance bastase para agitarlos.

Volviendo a su asiento en el exterior de la sala, entre-cerró los ojos y dejó que los simétricos puntos de luz jugaran. El distante reloj lanzó un solitario toque. ¿Seda tan sólo la una? Enfocó la linterna sobre su reloj y vio que así era. Seda, en efecto, duro aguardar hasta el alba. Roger volvería sobre las ocho, antes incluso que Orabo­na. Habría luz en el exterior en el sótano principal mucho antes de eso, pero nada de ésta entraría allí. Todas las ventanas de este sótano habían sido tapiadas, excepto los tres ventanucos que daban al patio. Sería una espera muy larga, en resumen.

Sus oídos estaban sufriendo también alucinaciones ahora... ya que podía jurar que oía pisadas sigilosas y pesadas en el taller del otro lado de la puerta cerrada y asegurada. No tenía sentido pensar en el no exhibido horror que Rogers llamaba «Eso». El ser era una contami­nación... había vuelto loco a su creador, e incluso su retrato evocaba terrores de la imaginación. No podía estar en el taller... estaba, obviamente, más allá de la puerta de pesadas planchas y candado. Aquellos pasos eran en verdad pura imaginación.

Luego creyó escuchar girar la llave de la puerta del taller. Encendiendo su linterna, no vio nada excepto el antiguo portón de seis paneles en su posición correcta. De nuevo probó la oscuridad y cerró los ojos, pero siguió una angustiosa ilusión de crujido; esta vez no fue la guillotina, sino la lenta y furtiva apertura de la puerta del taller. No quería gritar. Si gritaba, estaría perdido. Había ahora una especie de reptar o arrastrar audible y avanzaba lentamente hacia él. Debía retener el control sobre si mismo. ¿No lo había hecho cuando las indescrip­tibles formas del cerebro trataron de acercársele? El arras­trar resonó más cerca y su resolución desfalleció. No gritó, simplemente barbotó un desafío.

¿Quién está ahí? ¿Quién es usted? ¿Qué quiere?

No hubo respuesta, pero el arrastrar siguió. Jones no sabía qué era lo que más temía... encender la linterna o permanecer en la oscuridad mientras el ser reptaba hacia él. Este ser era diferente, lo sabía con certeza, a los otros terrores de la tarde. Sus dedos y garganta se agita­ban espasmódicamente. El silencio era imposible, y la espera en la total negrura comenzaba a ser la más intole­rable de todas las condiciones. De nuevo gritó histérica­mente.

¡Alto! ¿Quién está ahí? -Encendió los reveladores rayos de su linterna. Luego, paralizado por lo que vio, dejó caer la linterna y gritó.., no una, sino muchas veces.

El ser que se arrastraba hacia él en la oscuridad era la gigantesca y blasfema forma de una negra entidad que no era totalmente mono ni completamente insecto. Su piel colgaba flojamente de su estructura, y su rugosa cabeza de ojos muertos se balanceaba constantemente de un lado a otro. Sus patas superiores estaban extendi­das con las garras abiertas, y todo el cuerpo se tensaba con malignidad homicida, a pesar de la completa ausen­cia de expresión facial. Tras los gritos y la llegada de la oscuridad, brincó y, en un instante, tenía a Jones sujeto contra el sueló. No hubo lucha, ya que el observador se había desmayado.

El desvanecimiento de Jones no pudo durar más de un instante, ya que el indescriptible ser estaba arrastrán­dole simiescamente por la oscuridad cuando recobró la consciencia. Lo que le despertó plenamente eran los sonidos que profería el ser... o mejor dicho, la voz con la que los profería. Aquella voz era humana, y además familiar. Sólo un ser viviente podía tener los roncos y febriles acentos con los que entonaba cánticos a un horror desconocido.

¡Iä! ¡Iä! — aullaba—. Ya voy, oh, Rhan-Tegoth, voy con tu alimento. Largo tiempo has esperado y malcomi­do, pero ahora tendrás lo prometido. Esto y más, ya que en vez de Orabona será uno de los que más han dudado de ti. Lo aplastarás y secarás, con todas sus dudas, y así -te harás más fuerte. E incluso entre los hombres será mostrado como un monumento a tu gloria. Rhan-Tegoth, infinito e invencible, soy tu esclavo y sumo sacerdote. Tienes hambre, yo la aplaco. He leído el signo y te lo he llevado derecho. Te alimentaré con sangre y tú me ali­mentarás con poder. ¡! ¡Shub-Niggurath! ¡La Cabra con un Millar de Retoños!

En un instante todos los terrores de la noche abando­naron a Jones como un manto que cae. De nuevo era dueño de si mismo, ya que sabia que era un peligro totalmente terrenal y material al que tenía que enfrentar-se. No era ningún monstruo de fábula, sino un peligroso demente. Era Rogers, vestido con algún disfraz de pesa­dilla de su propio y enloquecido diseño, dispuesto a rea­lizar un espantoso sacrificio al dios-demonio que había creado en cera. Evidentemente, debía haber entrado al taller por el patio trasero, se había disfrazado y había avanzado para apresar a su víctima finamente encerrada y presa del pánico. Su fuerza era prodigiosa, y si debía ser frustrado habría de actuar rápido. Continuaría alimen­tando la creencia del loco en su inconsciencia, mientras la presa fuera relativamente débil. La sensación de pasar un umbral le dijo que estaba entrando en el taller negro como la tinta.

Con la fuerza que da el miedo mortal, Jones dio un brusco salto desde la medio yacente postura en la que estaba siendo arrastrado. Durante un instante se liberó de las manos del atónito maniaco, y, en otro instante, una embestida afortunada puso sus manos alrededor de la garganta extravagantemente disfrazada de su captor. Simultáneamente, Rogers le aferró a él y, sin mayores pre­liminares, ambos se trabaron en una lucha a vida o muer­te. El entrenamiento atlético de Jones, sin duda, fue su única salvación, ya que su enloquecido atacante, abando­nando cualquier exhibición de juego limpio, decencia o incluso autopreservación, era una máquina de salvaje destrucción tan formidable como un lobo o una pantera.

Gritos guturales salpicaban ocasionalmente la terrible lucha en la oscuridad. Saltó la sangre, las ropas se rasga­ron, y al fin Jones sintió la garganta del maniaco, libre ya de su máscara espectral. No dijo una palabra, sino que puso cada gramo de energía en defender su vida. Rogers pateó, buscó los ojos de su enemigo, dio cabezazos, mordió, rasgó y escupió... y aún encontró fuerzas para vociferar ocasionales frases. La mayor parte de su pala­brería era una jerga ritual llena de referencias a «Eso» o «Rhan-Tegoth» y, para los crispados nervios de Jones, era como silos gritos tuvieran respuesta de bufidos y aulli­dos demoníacos, provenientes de una infinita distancia. Hacia el final, ambos rodaron por el suelo, volcando bancos o golpeándose contra los muros y los basamen­tos de ladrillo del horno de mezcla del centro. Hasta el fin, Jones no pudo estar seguro de salvarse, pero el últi­mo lance se inclinó a su favor. Un rodillazo contra el pecho de Rogers produjo una total relajación y, un ins­tante después, supo que había ganado.

A pesar de lo duro que le resultaba sostenerse, Jones se levantó y tanteó los muros buscando el interruptor de la luz, ya que había perdido su linterna, junto con la mayor parte de sus ropas. Mientras palpaba, arrastraba a su desvanecido contrario, temiendo un repentino ataque cuando el demente volviera en si. Encontrando la caja, probó hasta hallar el interruptor correcto. Luego, mien­tras el taller, salvajemente desordenado, aparecía bajo la repentina luz, volvió para atar a Rogers con cuantas cuer­das y cinturones pudo encontrar a mano. El disfraz del sujeto — o lo que quedaba de él— parecía estar realizado con alguna desconcertante clase de cuero. Por diversas razones, a Jones se le puso la carne de gallina al tocarlo, y parecía haber un extraño y oxidado olor en él. En las ropas de calle de debajo, estaba el llavero de Rogers, y la exhausta víctima lo aferró como su pasaporte final a la libertad. Las pantallas de las pequeñas ventanas pareci­das a troneras estaban bajadas y aseguradas, y así las dejó.

Enjugando la sangre de la lucha en un recipiente apropiado, Jones buscó las ropas más ordinarias y menos extravagantes que pudo encontrar en los percheros. Pro­bando la puerta del patio, descubrió que estaba asegura­da con un cerrojo de resorte que no necesitaba llave desde el interior. Guardó el llavero, no obstante, para entrar, cuando volviera, con ayuda... ya que, claramente, lo que había que hacer era llamar a un psiquiatra. No había teléfono en el museo, pero no sería difícil de encontrar en un restaurante nocturno o en una farmacia de guardia. Casi había abierto la puerta para salir cuando un torrente de odiosas injurias del otro lado de la habita­ción le indicó que Rogers — cuyas heridas visibles se limitaban a un largo y profundo rasguño en la mejilla izquierda—. había recobrado la consciencia.

¡Idiota! ¡Desove de Noth-Yidik y efluvio de K’thun! ¡Hijo de los perros que aúllan en el torbellino de Azat­hoth! Podrías haber sido sagrado e inmortal, y ahora trai­cionas a Eso y a su sacerdote! ¡Cuidado... porque está hambriento! Debiera haber sido Orabona... ese maldito perro traicionero listo para revolverse contra Eso y contra mí... pero terminé concediéndote el primer honor. Ahora, ambos debéis temer, ya que Eso no es agradable sin su sacerdote.

»¡Iä!¡Iä! ¡La venganza se acerca! ¿Sabes que podrías haber sido inmortal? ¡Mira al horno! El fuego está listo y hay cera en la olla. hubiera hecho contigo lo que hice con las otras formas vivientes. ¡Ey! Tú que has jurado que todas mis efigies eran de cera, ¡te habrías convertido en una de ellas! Cuando Eso se hubiera saciado, y fueras como aquel perro que te mostré, ¡hubiera inmortalizado tus pedazos aplastados y lacerados! La cera lo hubiera hecho. ¿No decías que soy un gran artista? Cera en cada poro... cera en cada centímetro cuadrado tuyo... ¡Iä! ¡Iä! Y después el mundo hubiera podido contemplar tu mutila­da carcasa ¡y preguntarse cómo podría yo haber imagina­do tal cosa! ¡Ey! Y Orabona hubiera sido el siguiente, y otros tras de él... ¡y todos hubieran acrecentado mi fami­lia de cera!

«Perro... ¿Aún crees que be fabricado todas mis efi­gies? ¿No sería mejor decir preservado? Ya sabes los extra­ños lugares que he visitado y los extraños seres que he traído. Cobarde... nunca osarías encarar al destructor cós­mico cuyo disfraz me coloqué para darte un susto... su simple presencia viva, o incluso el hecho de concebirlo, ¡te hubieran matado instantáneamente de miedo! ¡Iä! ¡Iä! ¡Eso aguarda hambriento la sangre que es vida!

Rogers, sosteniéndose contra la pared, tironeó de sus ataduras.

Mira esto, Jones... ¿y si me sueltas y yo te dejo mar­char? Hay que ser respetuosos con el sumo sacerdote de Eso. Orabona bastará para mantenerlo vivo.., y, cuando termine, inmortalizaré sus pedazos en cera para que el mundo los vea. Debieras haber sido tú, pero has rehusa­do tal honor. No te molestaré más. Suéltame y repartiré contigo el poder que Eso me dará. ¡Iä! ¡Iä! ¡Grande es Rhan-Tegoth! ¡Suéltame! Está hambriento al otro lado de la puerta y, si muere, los Primordiales nunca volverán. ¡Ey! ¡Ey! ¡Suéltame!

Jones simplemente agitó la cabeza, a pesar de que la repugnancia hacia los delirios del empresario le asqueaban. Rogers, ahora mirando salvajemente hacia la puerta de hierro con el candado, golpeó su cabeza una y otra vez contra el muro de ladrillo y comenzó a dar puntapiés con sus tobillos fuertemente atados. Jones comenzó a temer que se lesionaría y avanzó para atarlo más firmemente a algún objeto fijo. Contorsionándose, Rogers se apartó de él y comenzó a lanzar una serie de frenéticos aullidos cuya total y monstruosa inhumanidad resultaba espantosa y cuyo volumen era casi increíble. Parecía imposible que cualquier garganta humana pudiera producir ruidos tan estrepitosos y penetrantes, y Jones pensó que, de continuar, no necesitaría teléfono para pedir ayuda. En poco tiempo, algún policía llegaría a investigar, aun admitiendo que no hubiera vecinos que pudieran escuchar en aquel desierto distrito de alma­cenes.

¡Wza-y’ei! ¡Wza-y’ei! — aullaba el demente— Y’kaa haa bho... ii, Rhan-Tegotb... Ctbulhujhtagn... ¡Fi! ¡Fi! ¡Fi! ¡Fi!... ¡RhanJegoth, Rban-Tegoth, Rhan-Tegoth!

La estrechamente atada criatura, que había comenza­do a serpentear por el sucio suelo, alcanzó la puerta de planchas con el candado y comenzó a golpear atronado­ramente su cabeza contra ella. Jones temió tener que vol­ver a sujetarle y deseó no estar tan agotado por la lucha previa. El violento resultado estaba crispando de forma espantosa sus nervios y comenzó a sentir un rebrote de los indescriptibles temores que le asaltaran en la oscuri­dad. ¡Todo lo concerniente Rogers y su museo era tan infernalmente enfermizo y sugerente de negros panora­mas al otro lado de la vida! Era odioso el pensar en la obra maestra de cera, fruto del anormal genio, que en aquel momento debía agazaparse cerca en la oscuridad, más allá de la pesada puerta del candado.

Luego sucedió algo que envió un frío adicional por la columna de Jones e hizo que cada pelo -hasta los del dorso de su mano— se erizaran con un vago espanto más allá de cualquier clasificación. Rogers había parado bruscamente de gritar y golpear su cabeza contra la sóli­da puerta de hierro, y estaba buscando colocarse en una postura sentada. Tenía la cabeza torcida y escuchaba intensamente algo. Y entonces una sonrisa de diabólico triunfo iluminó su rostro y comenzó a hablar de forma inteligible nuevamente.., esta vez en un ronco murmullo que contrastaba extrañamente con su previo aullar esten­tóreo.

-¡Escucha, idiota! ¡Escucha atentamente! Eso me ha escuchado y acude. ¿No puedes oírlo chapotear mientras sale de su tanque al final del túnel? Lo alojé en las pro­fundidades porque nada es demasiado bueno para Ello. Es anfibio, ya lo sabes... viste las branquias en la foto. Llegó a la tierra procedente del plomizo Yuggoth, donde las ciudades están bajo los cálidos y profundos mares. Eso no puede erguirse aquí... demasiado alto... tiene que sentarse o agazaparse. Dame mis llaves.., debemos dejar­le salir y arrodillamos ante su presencia. Luego saldre­mos y encontraremos un perro o un gato... quizás un borracho... para darle el alimento que necesita.

No era lo que el loco decía, sino la forma de decirlo, lo que alteró seriamente a Jones. La total y demente con­fianza, y la sinceridad del enloquecido susurro, era con­denadamente contagiosa. La imaginación, con tales estí­mulos, podía -descubrir una amenaza activa en la diabóli­ca figura de cera que se agazapaba invisible al otro lado de la pesada plancha. Mirando a la puerta con atroz fasci­nación, Jones descubrió que se producían varios y distin­tos crujidos, aunque no aparecieron marcas de violencias en la superficie. Se preguntó cuán grande sería la habita­ción o armario del otro lado, y cómo estaría colocada la figura de cera. Aquella idea del loco sobre un tanque y un túnel era tan delirante como sus otras fantasías.

Después, en un terrible instante, Jones perdió por completo la respiración. El cinturón de cuero, con el que había pensado sujetar aún más a Rogers, cayó de sus manos inertes y un espasmo de terror le sacudió de pies a cabeza. Debiera haber sabido que el lugar le volvería loco, tal como había sucedido con Rogers; y ya estaba loco. Estaba loco, ya que sufría alucinaciones más salva­jes que las que le habían asaltado anteriormente en la noche. El loco le decía que escuchara el chapoteo de un monstruo mítico en un tanque del otro lado de la puer­ta... y entonces, Dios le ayudara, ¡Lo escuchó!

Rogers observó el espasmo de horror cubrir el rostro de Jones y convertirlo en una rígida máscara de miedo. Cacareó.

¡Por fin, loco, crees! ¡Por fin sabes! Lo escuchas y Eso viene! ¡Dame mis llaves, idiota... debemos reveren­ciarle y servirle!

Pero Jones no prestaba ninguna atención a una voz humana, loca o cuerda. Una parálisis fóbica le inmovili­zó sumiéndole en el estupor, con salvajes imágenes recorriendo su imaginación desamparada. Hubo un cha­poteo. Hubo un arrastrar o pisar, como de grandes patas húmedas sobre una superficie sólida. Algo se acercaba. Su olfato fue asaltado por un hediondo olor animal que brotaba desde las grietas en aquella puerta de pesadilla, parecido y a la vez diferente al de las jaulas de mamífe­ros de Regents Park.

No sabía si Rogers estaba hablando o no. La realidad se había desvanecido y era una estatua acosada por sueños y alucinaciones tan antinaturales que se convertían casi en objetivas y distantes para él. Creyó oir un husmeo o bufido proveniente de los desconocidos golfos al otro lado de la puerta y, cuando un repentino ruido aullante y trompeteante golpeó sus tímpanos, no pudo estar seguro de que procediera del estrechamente atado maniaco cuya imagen rielaba en su enturbiada visión. La fotogra­fia de aquel maldito e invisible ser de cera insistía en revolotear por su mente. Tal ser no tenía derecho a exis­tir. ¿Acaso no le había vuelto loco?

Mientras reflexionaba, una nueva evidencia de locura le asaltó. Algo, pensó, estaba palpando el pestillo de la puerta cerrada con candado. Estaba pateando, arañando y empujando la plancha. Hubo un trueno y la recia madera que se debilitó más y más. El hedor era espanto­so. Y entonces el asalto contra la puerta desde el interior se convirtió en una maligna y decidida embestida, como los redobles de un ariete. Hubo un ominoso crujido... un astillarse... un hedor cloacal... una plancha cayendo.. -una pata negra rematada en una pinza como la de un cangrejo..

jSocorro! ¡Socorro! ¡Dios, ayúdame!.. ¡Aaaaaaah!

Con intenso esfuerzo, Jones es capaz, hoy en día, de recordar la súbita ruptura de su parálisis de temor, des­cargándose en una frenética huida automática. Aquello debió ser curiosamente similar a las salvajes y desespera­das huidas de las enloquecedoras pesadillas,. ya que parecía haber saltado por la desordenada cripta en casi un latido de corazón, franqueado la puerta exterior y haberla cerrado y atrancado tras de si de golpe, saltado sobre los gastados peldaños de tres en tres y volado, fre­néticamente y sin rumbo, por el húmedo patio empedra­do y a través de las míseras calles del Southwark.

Aquí se detiene su memoria. Jones no sabe cómo llegó a su casa, y no existe evidencia de que cogiera un coche. Probablemente hizo todo el camino por ciego ins­tinto: por el puente de Waterloo, a lo largo del Strand y Charing Cross y subiendo Haymarket y Regent Street hacia su vecindad. Todavía vestía la extraña mezcolanza de ropas del museo cuando recobró la consciencia lo suficiente como para llamar al médico.

Una semana más tarde, el psiquiatra le permitió aban­donar la cama y salir al aire libre.

Pero no había contado todo a los especialistas. Sobre toda la experiencia colgaba un manto de locura y pesadi­lla, y sintió que el silencio era el único camino. Cuando estuvo recuperado, estudió exhaustivamente los periódi­cos que había coleccionado desde aquella espantosa noche , sin encontrar referencias a nada extraño en el museo. ¿Cuánto, después de todo, había sido realidad? ¿Dónde terminaba la realidad y comenzaba el delirio enfermizo? ¿Había cedido su mente en aquella oscura sala de exposición y todo, hasta la lucha con Rogers, era un fantasma de la fiebre? Le ayudada a recobrarse el acla­rar aquellos puntos enloquecedores. Debía ver la maldita fotografía de la imagen de cera apodada <

Transcurrió una quincena antes de que se atreviera a volver a Southwark Street. Fue en plena mañana, cuando había mayor adición de sana y cuerda actividad alrede­dor de las antiguas y decrépitas tiendas y almacenes. El letrero del museo seguía allí y, mientras se aproximaba, vio que estaba abierto. El portero cabeceó en placentero reconocimiento mientras él reunía el valor suficiente para entran, y, en la estancia abovedada inferior, un empleado tocó su visera animadamente. Quizás todo fuera un sueño. ¿Se atrevería a llamar a la puerta del taller y buscar a Rogers?

Enseguida, Orabona avanzó para darle la bienvenida. Su oscuro y picado semblante aparecía un tanto sardóni­co, pero Jones sintió que no era hostil. Habló con algo de acento.

Buenos días, Mr. Rogers. Hace tiempo que no le veíamos. ¿Buscaba a Mr. Rogers? Lástima, no está. Tenía compromisos en América y tuvo que marcharse. Sí, todo fue muy repentino. Ahora yo estoy a cargo... aquí y en la casa. Trato de mantener los altos niveles de Mr. Rogers... hasta que vuelva.

El extranjero sonrió... quizás sólo por amabilidad. Jones apenas sabía qué responder, pero se las arregló para murmurar unas pocas preguntas sobre el día poste­rior a su última visita. Orabona pareció sumamente divertido por las preguntas y tuvo sumo cuidado al for­mular las respuestas.

Oh, sí, Mr. Jones... el 28 del pasado mes. Lo recuer­do por diversos motivos. Por la mañana... antes de que llegara Mr. Rogers, ya sabe... encontré el taller algo desordenado. Fue un gran trabajo el... limpiar.., todo. Hubo... trabajo nocturno, ya sabe. Una nueva e impor­tante producción recibió un proceso secundario de coc­ción. Me hice cargo de todo al llegar.

»Era un ejemplar difícil de preparar... pero, por supuesto, Mr. Rogers me ha enseñado bien. Es, ya sabe, un gran artista. Al llegar, me ayudó a terminar la figura... me ayudó de forma muy material, se lo aseguro... pero se marchó tan repentinamente que ni se despidió de la gente. Tal como le digo, le llamaron repentinamente. Había importantes reacciones químicas involucradas. Hubo fuertes sonidos... de hecho, algunos camioneros del patio exterior imaginaron que habían oído algunos disparos de pistola... ¡que idea tan divertida!

Respecto a la nueva obra... el asunto es muy des­graciado. Es una gran obra maestra... diseñada y realiza­da, ya me entiende, por Mr. Rogers. Ya la verá cuando vuelva.

De nuevo, Orabona sonrió.

La policía, ya sabe. La pusimos de vigilancia una semana después y hubo dos o tres desvanecimientos. Un pobre hombre sufrió un ataque epiléptico frente a él. Sabe, es un pelo.., más fuerte... que el resto. Es más gran­de de lo normal. Por supuesto, estaba en la sala de adul­tos. Al día siguiente, una pareja de Scotland Yard lo exa­minó y dijo que era demasiado morboso para ser exhibi­do. Afirmó que teníamos que quitarlo. Fue una tremenda vergüenza... una obra de arte así... pero no me sentí justi­ficado para acudir a los tribunales en ausencia de Mr. Rogers. No le gustan los problemas con la policía... cuan­do vuelva.., cuando vuelva...

Por una u otra razón, Jones sintió una ascendente marea de desazón y repulsión. Pero Orabona proseguía.

-Usted es un entendido, Mr. Jones. Estoy seguro de no violar la ley brindándole una visita privada. Puede ser..., por supuesto, según los deseos de Mr. Rogers... que destruyamos el espécimen algún día... pero será un crimen.

Jones sintió un poderoso impulso de rechazar la visi­ta y huir precipitadamente, pero Orabona le llevaba cogi­do del brazo con el entusiasmo de un artista. La sala de adultos, abarrotada de horrores indescriptibles, no tenía visitantes. En el extremo más alejado sé había tapado un nicho y hacia allá avanzó el sonriente empleado.

-Debe saber, Mr. Jones, que el título de esta obra es «El Sacrificio de Rhan-Tegoth>>.

Jones se sobresaltó violentamente, pero Orabona no dio muestras de notarlo.

El informe y colosal dios es una réplica de ciertas oscuras leyendas estudiadas por Mr. Rogers. Se supone que llegó del espacio exterior y vivió en el Ártico hace tres millones de años. Realizaba sus sacrificios de una forma bastante peculiar y horrible, como podrá ver. Mr. Rogers lo ha dotado de un diabólico aspecto de vida... aun en el rostro de la víctima.

Temblando ahora violentamente, Jones se asió al pasamanos de latón frente al velado nicho. Casi estuvo por detener a Orabona cuando vio que la cortina comen­zaba a abrirse, pero algún impulso contrapuesto le coñ­tuvo. El extranjero sonrió triunfalmente.

¡Vea!

Jones se tambaleó a pesar de estar agarrado al pasa­manos.

-¡Dios!... ¡Dios mío!

Con sus buenos dos metros y medio, y a pesar de su actitud confusa y agazapada que expresaba una maligni­dad infinitamente cósmica, se mostraba a un increíble horror plantado frente a un ciclópeo trono de marfil cubierto de grotescas tallas. En el par central de sus seis patas llevaba un arrugado, aplastado, distorsionado ser sin sangre, perforado por un millón de punciones y, en ciertos lugares, quemado por la acción de un activo ácido. Sólo la mutilada cabeza de la víctima, pendiendo a un lado, revelaba que representaba a algo que fuera humano.

El propio monstruo no necesitaba presentación para alguien que hubiera visto cierta fotografía infernal. La maldita instantánea había sido demasiado fiel, aunque no podía mostrar el pleno horror que subyacía en la gigan­tesca entidad. El torso globular.., la burbujeante sugeren­cia de cabeza... los tres ojos de pescado... la larga trom­pa... las agallas protuberantes... el monstruoso pelaje de ventosas como áspides... los seis sinuosos miembros con sus patas negras y pinzas de cangrejo... ¡Dios!, ¡la familia­ridad de la pata negra rematada en una pinza de can­grejo!...

La sonrisa de Orabona era completamente condena­ble. Jones se atragantó y observó fijamente la odiosa exhibición con creciente fascinación que le aturdía y le perturbaba. ¿Qué entrevisto horror le sumía y le obligaba a mirar más y buscar detalles. Eso había vueko loco a Rogers... Rogers, supremo artista... decía que no eran artificiales.

Luego vio lo que le perturbaba. Era la aplastada y caída cabeza de cera de la víctima, y lo que insinuaba. Su rostro no estaba totalmente destruido y era familiar. Era como el enloquecido semblante del pobre Rogers. Jones observó más de cerca, sin saber del todo qué le impulsa­ba. ¿No era natural en un enloquecido ególatra moldear sus

La cera del rostro mutilado había sido moldeada con destreza increíble. Aquella incisiones... ¡cuán perfecta­mente reproducían la minada de heridas que algo infli­giera a aquel pobre perro! Pero había algo más. En la mejilla derecha podía distinguirse una irregularidad que desentonaba con el aspecto general... como si el autor hubiera tratado de cubrir un defecto de su primer mode­lo. Cuanto más lo miraba Jones, más misterioso y horrible le parecía... luego, bruscamente, recordó algo que le llenó de horror. Aquella espantosa noche... la lucha... el demente atado... y el largo y profundo arañazo en la mejilla izquierda del verdadero Rogers...

Jones, soltando la desesperada presa del pasamanos, cayó en un profundo desvanecimiento.

Orabona seguía sonriendo



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