BLOOD

william hill

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domingo, 6 de septiembre de 2009

ALMAS TORTURADAS

Clive Barker
Almas Torturadas
ANIMÆ DAMNATÆ


La Leyenda de Primordium



CONTENIDOS
Libro Uno
La Cara Secreta del Génesis
Libro Dos
El Asesino Transformado
Libro Tres
El Vengador
Libro Cuatro
El Cirujano del Sagrado Corazón
Libro Cinco
El Poseedor de Primordium
Libro Seis
La Segunda Llegada


LIBRO UNO
La cara secreta del Génesis
I

Él es un transformador de carne humana; un creador de monstruos. Si un Suplicante viene a él con suficiente necesidad, suficientemente hambriento para cambiar, sabiendo qué tan doloroso el cambio será, lo acomodará. Se convierten en objetos de belleza perversa bajo su mano; sus cuerpos rehechos en modas que ellos no tienen poder de mandar.
Sobre los años, sobre los siglos, ciertamente, esta criatura extraordinaria se ha regido por muchos nombres. Pero lo llamaremos por el nombre de pila que recibió alguna vez: Agonistes.
¿Dónde lo encontraría un Suplicante? Usualmente en lo que él llama «los lugares de ardor»: desiertos, por ejemplo. Pero algunas veces él puede ser encontrado en lugares de ardor en nuestras ciudades inflamadas: sitios en donde la desesperación ha chamuscado toda creencia en la esperanza y el amor.
Allí él se mueve, silenciosamente, irreprochable, su presencia apenas es más que un rumor. Y allí él espera a esos que necesitan encontrarlo.
Cuando un Suplicante se presenta, él o ella, allí nunca hay coerción. Nunca hay violencia, al menos hasta que el Suplicante haya cedido su carne.
Entonces sí, pueden haber algunas dudas, una vez que el trabajo comienza. La verdad es que en muchas ocasiones un Suplicante ha implorado morir antes que continuar siendo «manipulado» por Agonistes. Duele en exceso, dicen, cómo sus bisturís y sus antorchas operan su cirugía terrible en él. Pero en todo el tiempo que ha estado vagando por el mundo, Agonistes sólo una vez, en toda la vida, ha concedido la comodidad de la muerte a un Suplicante que cambió de idea. Ese hombre fue Judas Iscariote, quien le suplicó a Agonistes ahorcado de un árbol. En los demás él trabaja, a pesar de sus quejas, algunas veces por días y noches, retornando a sus labores cuando un pedazo de carne ha sanado, permitiéndole comenzar ya en la siguiente parte de la cirugía.
Hay algunas compensaciones menores para todo este dolor, los cuales Agonistes ofrecerá tal vez a sus Suplicantes como él trabaje. Él les cantará, por ejemplo, se dice que se sabe cada arrullo escrito, en cada lenguaje de mundo; las canciones de cuna y de pecho, para apaciguar a los hombres y las mujeres que él rehace en la imagen de sus terrores.
Y, si por alguna razón él se siente particularmente compasivo con el Suplicante, Agonistes puede dar a su víctima un pedazo de su propia carne para comer: sólo un trocito, cortado con uno de sus bisturís más finos de la carne blanda de su muslo, o su labio interno. Según la leyenda, no hay comida más reconfortante, más exquisita que la carne de Agonistes. Un mero trozo de eso en la lengua del Suplicante los hará a él o a ella olvidar todos los horrores que enfrentan, y se entregan a un lugar de calma paradisíaca.
Entonces una vez que su cliente es apaciguado Agonistes continua su trabajo, cortando, ardiendo, cauterizando, estirando, torciendo, reconfigurando.
Algunas veces traerá un espejo para mostrar a sus Suplicantes lo que él tan lejanamente ha creado. Algunas veces dirá que quiere que los resultados sean una sorpresa. Y así el Suplicante, sólo le queda imaginar, a través de la neblina de dolor, en qué lo transforma Agonistes.
II
Es un arte lo que logra Agonistes.
Él afirma que es «El primer Arte», esta creación de carne nueva, siendo el arte que Dios solía usar para dar vida al ser. Agonistes cree en Dios; reza para Él noche y día: agradeciéndole por hacer un mundo en que hay tanta desesperación y un hambre tan profundo de venganza que los Suplicantes le buscan y le piden que los reconfigure en la imagen de su ideal monstruoso.
Y parece que Dios aparentemente no encuentra ofensa en lo que hace Agonistes, porque para dos mil años y medio que ha recorrido caminando el planeta, realizando lo que él llama su arte santo, y ningún daño le ha venido. De hecho, ha prosperado.
Algunas de las personas que estuvieron bajo su cuchillo, como Poncio Pilato, tienen un sitio en la historia de nuestra cultura. Muchos son anónimos. Él ha transformado a los potentados y los gángsters, a actores que fallaron y a los arquitectos; las mujeres que fueron engañadas por sus maridos y vienen buscando una forma nueva para dar la bienvenida a su adúltero, en sus relaciones sexuales entre casados; las maestras de escuela y vendedoras de perfumes, entrenadores de perros y quemadores de carbón. Los poderosos y los insignificantes, el noble y el campesino. Mientras son Suplicantes sinceros, y sus oraciones suenen genuinas, entonces Agonistes estará atento a ellos.
¿Quién es él, este Agonistes? ¿Este artista, este peregrino, este transformador de carne y huesos humanos?
En verdad, nadie realmente lo sabe. Hay un volumen cismático en la Librería del Vaticano llamado «Un Tratado sobre la Locura de Dios», escrito por un Cardinal Gaillema en el medio del siglo diecisiete. En él, Gaillema argumenta que la historia de la Creación del Mundo ofrecida en el Libro del Génesis está equivocada en varios detalles, uno en particular es relevante aquí: En el séptimo día, el Cardinal discutió, Dios no descansó. En lugar de eso, llevado en un tipo de estado eufórico de fuga por los labores de Su Creación, Dios continuó trabajando. Pero las creaciones que Él hizo en Su estado agotado no fueron las bestias sanas con las cuales Él había poblado al Edén. En un día y una noche, errante en medio de las glorias frescas de creación, Él hizo formas que desafiaron toda la belleza de su trabajo anterior.
Destructores y demonios, éstos fueron antítesis de las formas sanas que Él había hecho en los primeros seis días.
Una de las criaturas que Jehová creó, según el Cardinal fue Agonistes.
Por eso es que Agonistes puede rezar a Su Padre en el Cielo, y esperar ser escuchado. Él es —al menos según cuenta el Cardinal Gaillema— una de las creaciones propias de Dios.
Y no hay duda de que en su forma perversa Agonistes sirve una función. Sobre los años, sobre los siglos, él fue la respuesta para las oraciones incontables para la liberación de impotencia.
Las palabras pueden cambiar de oración en oración, pero en la carne de ellos está siempre la misma:
Oh, Agonistes, entregador oscuro, hazme a la imagen de las pesadillas de mis enemigos. Deja a mi carne ser como las cosas donde tú guardas sus terrores; deja a mi cráneo ser una campana que suena su toque de difuntos. Dame una canción para cantar, la cual será la canción de su desesperación, y les dejará a ellos despertarse y encontrarme cantándola al pie de sus camas.
Deshazme, desbarátame, transfórmame.
Y si tú no puedes hacer eso por mí, Agonistes, entonces déjame ser excremento; déjame ser nada; menos de nada.
Pues quiero ser el terror de mis enemigos, o quiero el olvido.
La elección, Señor, es tuya.

LIBRO DOS
El asesino transformado
I

La ciudad de Primordium fue fundada antes que cualquiera de las ciudades grandes de mitos o historia. Ciertamente, de acuerdo a muchas fuentes, fue la primera ciudad construida. Antes de Troya, antes de Roma, antes de que Jerusalén, estuvo Primordium.
Hasta hace poco era regida por una dinastía de Emperadores, de quienes su larga tenencia había producido una aptitud para la crueldad que tenía, desafiando los peores excesos de los corruptos Césares de Roma. El Emperador Perfetto XI, por ejemplo, que controló Primordium por dieciséis años hasta la Gran Insurrección, fue un hombre familiar con cada corrupción de mente y de espíritu. Vivió en lujo excesivo, en un palacio que creyó impregnable, importándole casi nada los dos o tres cuartos de millón de personas que ocuparon Primordium.
Al final, esa fue su desatadura.
Pero iremos a eso.
II

Primero, déjenme contarles sobre Zarles Kreiger, quien vino del mínimo status de la ciudad. Cuando era un chiquillo, era común que él comiera en el Vomitorium, donde —como en la antigua Roma— los ricos arrojaban la comida sustanciosa y podría ser comprada por poco dinero, y consumida al mismo tiempo. Fue la buena suerte de Kreiger que tal vida de pobreza no le matara. Por alguna paradoja física, las experiencias que habían reducido a la mayoría de hombres a sombras de sus anteriores egos, sirvieron para confortar a Zarles. Cuando él tenía trece años de edad él era más alto que todos sus hermanos mayores. Y junto con su pericia física vino otra cosa, una curiosidad acerca de cómo trabajaba la corrupción infinita de la ciudad donde vivía. Sin entender la trampa en la cual estaba atrapado, él aseguro que nunca podría escaparse de eso.
A la edad de catorce se convirtió en un corredor para un gángster en East City llamado Duraf Cascarellian, y rápidamente se elevó a sí mismo en el trabajo criminal, simplemente porque estaba dispuesto a hacer cualquier cosa que le ordenaran. A cambio, Cascarellian trató a Kreiger como un hijo, protegiéndolo de la captura enviando hombres afuera, después de Kreiger para hacer la limpieza posterior a uno de sus asesinatos. Kreiger era un asesino desordenado. No era para él la raja sencilla a través de la garganta. Le gustaba usar guadañas, primero destripando a sus víctimas, luego estrangulándolas con sus entrañas.
Ahora tal comportamiento no pasa desapercibido por mucho, aún en una ciudad tan llena de excesos como Primordium. Y la reputación de Kreiger fue aumentada considerablemente por los golpes que Cascarellian le hacía hacer frecuentemente a políticos. Los jueces, los congresistas, los periodistas, que criticaban al Emperador, fueron a menudo las víctimas de Kreiger. Personalmente, él no se preocupó por la afiliación de sus víctimas. La sangre era sangre hasta donde a Kreiger le importaba, y él llevó el mismo placer en lo que fuera la carne de un Realista o un Republicano.
Entonces encontró a una mujer llamada Lucidique, y todo eso cambió.
III

Lucidique era la hija de un Senador que había estado quejoso últimamente en el debate público acerca del hecho de que la ciudad estaba en un estado de decadencia.
La Dinastía Perfetto usaba los impuestos de la gente para financiar sus propios placeres, el Senador exigió: «Tiene que detenerse».
La orden vino rápidamente del Emperador: «Líbreme de este Senador».
Cascarellian, importándole un bledo los asuntos filosóficos, pero feliz de complacer al Emperador, mandó a Kreiger para matar al buscapleitos político.
Kreiger fue a la hacienda del Senador, lo atrapó en el jardín en medio de sus rosas, lo destripó y lo llevó adentro. Se dispuso a arreglar el cuerpo del Senador en la mesa del comedor, cuando Lucidique entró. Ella estaba desnuda, justamente venía del baño. Pero se preparó también para el intruso: llevaba dos cuchillos.
Hizo un círculo alrededor de Kreiger; él estaba en medio de la sangre y las entrañas de su padre.
—Si se mueve, lo mataré —dijo ella.
—¿Con dos cuchillos de mesa? —dijo Kreiger cortando el aire con sus guadañas—. Vuelva al baño y olvide que estuve aquí.
—¡Este era mi padre al cual usted asesinó!
—Sí. Veo el parecido.
—Qué habría pasado si un hombre como usted hubiera pensado dos veces antes de llevar un cuchillo a la garganta de mi padre. Él quiso derrocar al Imperio para el que usted y los suyos son explotados.
—¿Yo y los míos? Usted no sabe nada acerca de mí.
—Puedo adivinar —dijo Lucidique—. Usted nació en la mugre, y vivó en ella, por tanto que nunca ve lo que pasa frente suyo.
La expresión de Kreiger cambió.
—Quizá usted sabe un poco —replicó él con voz inquieta. La confianza de la mujer lo enervó—. Le dejaré llevar luto por su padre —agregó, retirándose de la mesa.
—¡Espere! —exclamó la mujer—. No tan rápido.
—¿A que se refiere con “espere”? La podría matar en un latido si quisiera.
—Pero no quiere, ya lo habría hecho.
—¿Cómo se llama?
—Lucidique.
—Así que ¿qué quiere de mí?
—Quiero que venga conmigo a las calles más asquerosas de Primordium.
—Créame, ya las conozco.
—Entonces usted me enseñara.
IV
Fue la caminata más extraña que alguna vez tomaron un hombre y una mujer. Aunque Kreiger había lavado la sangre del Senador de su cara, manos y armas, él todavía olía a asesinato. Y aquí estaba, caminando al lado de la hija del hombre asesinado, envuelto en lino oscuro.
Conjuntamente, vieron lo peor de Primordium: la enfermedad, la violencia, y la pobreza moledora, no aliviada. Y aún ahora y entonces Lucidique apuntó a los muros y las torres del palacio de invierno del Emperador, cualquier cuarto del mismo contenía suficiente riqueza para alimentar a los barrios bajos de la ciudad, y alimentar a cada chiquillo muerto de hambre.
Y por primera vez en muchos, muchos años, Kreiger sintió un poco de emoción real, recordando las condiciones de su propia llegada, sentirse en las cloacas abiertas de las calles de Primordium mientras su madre vendía su cuerpo acribillado de droga para uno de los guardias del Emperador. Hubo ira en él mientras caminaba. Y firmemente la ira creció.
—¿Qué quiere que haga? —dijo, frustrado por lo que sentía, su impotencia—. Nunca podría acercarme al Emperador.
—No estés tan seguro.
—¿A que se refiere?
—Estás en lo correcto, la Dinastía es intocable mientras seas sólo un hombre; un pequeño asesino alquilado para matar a Senadores con sobrepeso. Pero supón que puedes estar más allá de eso. Entonces podrías hacer caer a la Dinastía.
—¿Cómo?
Lucidique le dio a Kreiger una mirada lateral.
—Es muy poca cosa lo que te puedo enseñar aquí. Además, tengo a un padre para enterrar. Si quiere saber más, entonces encuéntrame mañana por la noche afuera del Gates Occidental. Ven solo.
—Si esto es algún tipo de trampa —dijo Kreiger—..., algún modo para vengar a su padre... entonces antes de que me atrapen cortaré sus ojos.
Lucidique sonrió.
—Haces mucha platica de amor —dijo.
—A eso me refiero.
—Lo sé. Y no sería tan estúpida en lo que se refiere a conspirar contra usted. Al contrario. Creo que queremos conocernos el uno al otro. Y quiero decir que irrumpo en el asesinato de mi padre, y te reprimes completamente de matarme. Hay alguna conexión entre nosotros. ¿Lo sientes, o no?
Kreiger miró la calle sucia entre ellos. La noche se había llenado de sentimientos que no había anticipado experimentar. Y ahora aquí había otro, admitiendo la intimidad extraña que él sentía por la hija del hombre que había asesinado.
—Sí —dijo—, lo siento —y después de un largo silencio—: ¿A qué hora mañana por la noche?
—Algo después de la una —respondió Lucidique—. Esperaré allí.
V

Al día siguiente las calles de Primordium estaban vivas con chismes y especulación: la muerte del Senador había comenzado toda clase de rumores. ¿Fue este asesinato la primera indicación de que el Emperador no haría más movimientos hacia la democracia en la ciudad? Creyendo ser el caso, muchos miembros del Senado dejaron a Primordium rápidamente, en caso de que estuvieran en la lista de golpe del Emperador. Hubo un sentido general de desasosiego en todas partes.
Y en Kreiger, un sentido profundo de anticipación.
Apenas había dormido, pensando en lo que había ocurrido la noche anterior. No, no justamente esa noche. Pensando en su vida: hacia dónde la había dirigido hasta ahora, y adónde —si la promesa de Lucidique fuera verdadera— iría tras esto.
De vez en cuando recorría su mirada los muros del palacio (el cual tuvo en dos ocasiones, tanto hoy como ayer, numerosos guardas patrullándolos), preguntándose, a sí mismo, a qué se refería ella acerca de encontrar la manera para que para un hombre haga caer la Dinastía.
VI
A la una en punto de la mañana, a una milla fuera del West Gate de Primordium, él estaba sentado sobre una piedra esperando. Cuando pasaron nueve minutos, un par de caballos se aproximaron (no de la ciudad, desde donde Kreiger había esperado que ella viniera, sino desde el Desierto, el cual yacía vasto y mayormente no figurado en el mapa, fuera del oeste y del suroeste de la ciudad.)
Quedaron cercanos, y desmontaron.
—Kreiger...
—¿Sí?
—Quiero que conozcas a Agonistes.
Kreiger había oído rumores acerca de este hombre Agonistes. Era el tipo de historia que se intercambiaba entre asesinos, más leyenda que realidad.
Pero aquí estaba. Tan real como la mujer que lo había traído.
—Oí que usted quiere hacer a Primordium una Republica —dijo Agonistes—. Solo.
—Ella me persuadió de que era posible —contestó Kreiger—. Pero... no creo que así sea.
—Debería tener más fe, Kreiger. Lo puedo hacer el terror de los Emperadores, si es lo suficientemente malo. Depende de usted. Tome una decisión rápidamente, pues tengo mejores negocios que hacer en otro sitio esta noche, si no requiere de mis servicios. Puedo oír cientos de oraciones diluviando por Primordium en este preciso momento; gente esperándome para darles el poder para cambiar su mundo.
Lucidique puso su mano en la cara de Kreiger.
—Ahora es el momento, y veo que no lo quieres —ella dijo—. Tienes miedo.
—¡No tengo miedo! —se exaltó. Pensó en su madre, muerta por la viruela, sus hermanos muertos en la calle cuando niños por gente bien nacida pasando en caballos, su hermana, en el asilo, que nunca a será cuerda otra vez—. Tómeme —dijo.
—¿Está seguro? —cuestionó Agonistes—. Recuerde, no hay marcha atrás.
—No quiero volver. Tómeme. Cámbieme.
Recorrió con la mirada a Lucidique. Ella estaba sonriente.
—Tome a los caballos —ordenó Agonistes a la mujer—. No los necesitaremos.
Y, juntos, Kreiger y Agonistes giraron y entraron en el desierto.
VII

Al día siguiente, Lucidique enterró a su padre. Los rumores callaron en la ciudad, pero había todavía una corriente oculta, sutil pero penetrante: Primordium estaba en un estado muy volátil; como un explosivo, el cual podría estar listo completamente con una sacudida.
Ocho noches después de que Agonistes sacara a Kreiger al desierto, Lucidique —cuya casa de su padre yacía cerca del palacio— despertó al sonido de unos gritos.
Se levantó, y fue a la ventana. Había luces de fuego en todas las ventanas del palacio. Las puertas permanecían abiertas anchamente. Los guardas corrían de un lado a otro desordenadamente. Se vistió, anónimamente, y bajó a las calles. El estrépito había despertado a la ciudad; y aunque los guardas del Emperador volvían al frente, tratando de implementar un toque de queda en el lugar, nadie los atendía.
Lucidique entró en el palacio. Los gritos se habían reducido progresivamente ahora, para ser reemplazados por rezos que la mitad murmuró.
No le tomó mucho descubrir que había sido la criatura que una vez Zarles Kreiger había sido. Había muerte por todas partes. Y su matanza había sido indiscriminada: hombres y mujeres, sí; pero también sus niños, sus bebés; sus bebés nonatos.
El Imperio Perfetto dejó de regir Primordium esa noche. No había ninguno vivo para hacer eso. Kreiger los había matado a todos.
Cuando Lucidique estuvo en el Gran Salón del Palacio, en una piscina de sangre que llegó a los muros, percibió una reflexión. Miró hacia arriba.
Allí estaba. Kreiger, rehecho. El scythe-meister. No hubo casi ninguna cosa sobrante del hombre que ella había conocido: el trabajo manual de Agonistes había transformado al asesino humilde en algo que hechizaría las pesadillas y las calles de Primordium por largos años venideros.
Él se le acercó. Ella se preguntó si éste era su último momento; si él tenía la intención de matarla tan eficazmente como había despachado a todos los demás. Pero no. Él simplemente se apoyó en el suelo y le murmuró al oído:
—... tú no puedes imaginarlo.
Entonces dejó la carnicería detrás, y vagó afuera en la noche, haciendo una pausa sólo para lavar sus cuchillas en una de las muchas fuentes en los patios.
LIBRO TRES
El vengador
I

Zarles Kreiger fue humano una vez. Un asesino trabajando para el gángster Duarf Cascarellian; Kreiger fue un hombre que haría cualquier cosa por un precio. Pero hay algunas tareas que tienen un precio imprevisto, y ésta probó ser una de ellas. Atrapado in fraganti por la hija del Senador, la exquisita Lucidique, Kreiger fue persuadido de que él había sido una víctima. Los gobernantes de la ciudad en la cual todos ellos vivieron —la vasta, ciudad en estado degenerado de Primordium— fueron las almas verdaderamente culpables; y hasta que la dinastía fuera hecha caer, la vida seguiría una confusión cruenta en la cual los hombres como Kreiger actuaban como animales rabiosos y las mujeres como Lucidique perdieron a sus seres queridos.
Tenía que detenerse. Y Lucidique sabía cómo. Ella persuadió a Kreiger para ponerse a sí mismo en las manos de una entidad antigua llamado Agonistes, quien lo reconfiguraría traumáticamente.
Él hizo lo que Lucidique sugería, y después de ocho días y noches en el desierto, regresó a Primordium como El Scythe Meister, una poderosa maquina de destrucción, quien en cuestión de horas llevó a la Dinastía Perfetto a su fin.
Antes de desaparecer en el desierto, musitó unas palabras para Lucidique, cuatro palabras azuzadoras: «... tu no puedes imaginarlo...»
II
Llamaron a esa noche —la noche en que el Emperador y su familia fueron asesinados— la Gran Insurrección. En su velorio, un montón de insurrecciones menores tomaron lugar, como las viejas enemistades. Las figuras poderosas que habían usado el reinado decadente del Emperador Perfetto como una cubierta para sus corrupciones —jueces, obispos, miembros del clero, el gremio y los líderes de unión— se encontraron sin protección, y cara a cara con la gente a la que habían sacado provecho.
Aún esos de entre las clases criminales que tuvieron ejércitos privados para protegerlos en contra de esta misma eventualidad fueron temerosos ahora.
Tomando, por ejemplo, a Duarf Cascarellian. Él no era de ningún modo un hombre estúpido. El hecho de que su asesino, Zarles Kreiger, había desaparecido la noche de la Insurrección, le hizo desconfiar de que el destino de Kreiger estuviera unido con la caída casi sobrenatural del Emperador. Ciertamente, uno de los espías de Cascarellian, quien había sido un guarda en el palacio la noche de la matanza, había visto a la criatura llamada El Scythe Meister lavando sus armas en una de las muchas fuentes del Palacio. El informante había escapado de la masacre sin daño, vino a él y reportó tan improbable como paciencia que la figura semi-mítica del Scythe Meister tenía un parecido sutil pero innegable a Zarles Kreiger.
¿Era posible, se preguntó Cascarellian, que el asesino perdido y El Scythe Meister fueran de algún modo la misma persona? ¿Hubo estado algo incomprensible trabajando en Kreiger, convirtiéndolo en este vengador imparable? ¿Y si es así, qué parte hizo Lucidique —que había tenido un intercambio breve con El Scythe Meister— jugando durante el proceso?
III
Cascarellian no durmió bien por mucho. Tuvo pesadillas en las cuales El Scythe Meister quebraba sus puertas, como había destruido las puertas del Palacio del Emperador, matando a sus tenientes, como había matado a los guardas del palacio, y finalmente había venido al pie de su cama —como el asesino había ido a la cama de Emperador—, jalándole extremidad por extremidad.
Decidió que la mejor forma de protegerse de esta fuerza desconocida era a través de Lucidique. Mandó a tres de sus hijos a traer a la hija cautiva del Senador, ordenándoles hacer lo menos posible para despertar su furia. En su corazón (aunque él nunca habría admitido esto a nadie, ni aun a su sacerdote) estaba un poco asustado de Lucidique. Ella necesitó ser tratada con más respeto del que él fue capaz de proponer a las mujeres.
Desafortunadamente, su descendencia no era tan elegante como él. Sin embargo, habían tomado su respectiva captura. Lucidique fue ridiculizada, abusada, pasada por humillaciones. Sin duda habría sido peor que la forma del Viejo Cascarellian al no regresar temprano de su negocio, interrumpiendo a sus hijos ridiculizando a la mujer.
Lucidique instantáneamente demandó saber por qué estaba siendo mantenida. Si Cascarellian tenía la intención de matarla, ¿por qué demonios no lo hacía? Estaba harta, le habló. De él, de sus hijos, de la misma vida. Ella había visto demasiada sangre.
—¿Usted estaba en el Palacio, o no? ¿La Noche de la Gran Insurrección?
—Sí. Estaba allí.
—Usted tiene algo con esta criatura: este ¿Scythe Meister?
—Mis negocios, Cascarellian.
—La podría dejar a mis hijos por media hora. ¡Terminarían con usted!
—Sus hijos no me intimidan. Tampoco usted.
—No deseo hacerla sentir incómoda. Usted está aquí bajo mi protección; eso es todo. ¿Sabe lo que es allí afuera en nuestras calles? ¡Un pandemonio! ¡La ciudad parece deshacerse.
—¿Piensa que tenerme aquí va a protegerle de lo que viene en camino? —dijo Lucidique.
Una expresión de miedo supersticioso cruzó la cara de Cascarellian.
—¿Que viene en camino? —dijo—. ¿Usted sabe algo acerca del futuro?
—No. —dijo Lucidique hastiada—. No soy profeta. No sé que es lo que va a ocurrirle a usted y francamente no me importa. Si el mundo se acaba mañana, no creo que vaya a ser usted juzgado muy amigablemente, pero —se encogió de hombros—, ¿por qué me debería importar? Yo no estaré allí para verle sufrir en el Infierno.
Cascarellian estaba pálido, húmedo y pegajoso, mientras Lucidique hablaba. Ella sólo sabía la mitad de lo que le provocaba al viejo, pero tenía un cierto placer en eso. Éste era el hombre que la había dejado huérfana; ¿Por qué no disfrutar su miedo supersticioso?
—¿Usted piensa que soy un hombre estúpido? —dijo al rato.
—¿Tener miedo de la forma que usted tiene miedo ahora? Sí. Pienso que eso es lastimoso.
—No quiero su desprecio —Cascarellian demostró una sinceridad extraña.
—Me basta con los enemigos.
—Entonces no me haga uno a mí.
Lucidique dijo:
—Déjeme ir. ¡Déjeme ver el cielo!
—La sacaré, si eso es lo que quiere.
—¿Lo hará?
—Sí. Iremos a donde usted quiera.
—Quiero salir al desierto. Fuera de la ciudad.
—¿Realmente? ¿Por qué?
—Se lo dije. Quiero ver el cielo...
IV
Al día siguiente, un convoy de tres coches atravesó las calles caóticas de Primordium con destino a West Gate. En el primer coche, dos de los mejores hombres de Cascarellian, guardaespaldas leales que le habían salvado en muchos atentados contra su vida.
En el coche de atrás, los tres hermanos, preguntándose en voz alta (como progresivamente hicieron estos días) si su padre había alcanzado una especie de locura. ¿Por qué estaba permitiéndole a esta mujer Lucidique sus antojos? ¿No entendía que ella tuviera toda la razón para odiarle, para hacer planes en contra de él?
En el coche intermedio, conducía Marius, el conductor de Cascarellian por tres décadas, se sentó el Don en persona, acompañado por Lucidique.
—¿Satisfecha? —le dijo, una vez que estaban fuera de las puertas, y a la vista del cielo abierto.
—Un poco mas lejos, por favor... —dijo ella.
—No piense que puede engañarme, mujer. ¡Puede ser más lista que la mayoría de las mujeres, pero no escapará de mí, si esa es su intención!
Siguieron adelante en silencio a la distancia.
—Pienso que vinimos lo suficientemente lejos. ¡Y ya ha visto bastante al cielo por un día!
—¿No puedo solamente salir y caminar?
—¿Caminar ahora, es eso?
—Por favor. ¿No hay daño en eso o sí? Mire... campo abierto en todas direcciones.
Cascarellian consideró esto por un momento. Entonces llamó al convoy para una parada.
Una tormenta de arena estaba en el horizonte, lentamente acercándose a la carretera.
—¡Mejor se da prisa! —le espetó el Don.
Lucidique observó el muro entrante de arena, entonces recorrió la mirada por alrededor de los hombres que salían de los coches; particularmente a los hermanos. Sonrieron astutamente cuando la vieron. Uno de ellos dio un golpecito a su lengua entre sus labios, una simple obscenidad.
Eso la colmó. Lucidique le dio su espalda —a todos ellos— y comenzó a dirigir sus pasos hacia la tormenta de arena.
Un coro de advertencias instantáneamente brotó detrás de ella.
—¡No de otro paso —dijo uno de los hermanos—, o le dispararé!
Ella se volvió hacia él, con sus brazos completamente abiertos.
—¡Pues dispara! —dijo.
Entonces ella cambió de dirección otra vez y caminó a grandes pasos hacia adelante.
—¡Venga aquí, mujer! —gritó el Don—. No hay ninguna cosa allí afuera excepto arena.
El viento de la tormenta batía sobre del pelo de Lucidique. Fue como un halo oscuro alrededor de su cabeza.
—¿Me oyó? —El Don la llamó.
Lucidique miró sobre su hombro.
—Venga a caminar conmigo —le dijo.
El viejo sujetó duramente su puro, y entonces fue tras la mujer.
Sus hijos en coro le dijeron que era una trampa: ¿Qué estaba haciendo? ¿Estaba loco?
Él los ignoró. Simplemente siguió las huellas de Lucidique a través de la arena.
Ella miró por encima de su hombro al viejo, quien tenía una expresión curiosa. De alguna forma extraña él estaba feliz en ese momento; más feliz que lo que había estado en muchos años, con el viento caliente en contra de su cara, y la mujer bella llamándolo a ir con ella.
En vista de que él la obedecía, devolvió su mirada fija a la tormenta de polvo, la cual era de más de cien yardas ahora. Había algo moviéndose en su corazón. Ella no estaba sorprendida. Aunque no había planeado la reunión que estaba delante suyo, sabía, no obstante, en su corazón, que venía. Su vida, desde que entró en la cámara letal de su padre, y visto a Kreiger trabajando, había sido como un sueño extraño, del cuál ella en cierta forma tomaba parte sin esfuerzo consciente.
Dejó de caminar. Cascarellian la había alcanzado y había agarrado su brazo. Él tenía un cuchillo en la otra mano. Lo presionó en el pecho de ella.
—¡Así que aquí es dónde esta él! —dijo Cascarellian clavando los ojos en el gigante oscuro en el corazón de la tormenta—. Tu Scythe-Meister.
Cuando él habló, la tormenta de arena adquirió un gran esfuerzo repentino de velocidad y llegó a ellos.
—¡No te acerques más! —el Don advirtió a la criatura en la tormenta—. La mataré.
Presionó el cuchillo en la piel de Lucidique, para sacar una cantidad suficiente de sangre.
—Dígale que conserve su distancia —le exigió.
—No es Kreiger. Es un hombre llamado Agonistes. Tiene las marcas de Dios en él.
La herejía de esto hizo volver al estómago devoto de Cascarellian.
—¡No hable de ese modo! —dijo, y con un gran esfuerzo repentino de rectitud condujo el cuchillo a su corazón. Ella extendió la mano, y tocó la herida, entonces con su dedo ensangrentado rozó su frente. Una marca de muerte.
Cascarellian dejó el cuerpo caer al suelo y ordenó una retirada rápida a los coches antes de que la tormenta los alcanzase. Este negocio sombrío no estaba acabado, sólo porque ella estaba muerta. Lo supo. Apenas comenzaba.
Convirtió su casa en una fortaleza. Selló las ventanas, y usó agua bendita. Tapó con ladrillos las chimeneas. Puso a los guardas y los perros patrullando el lugar día y noche.
Después de una semana comenzó a creer en eso, quizá con su fe y sus donaciones para la diócesis, comprando congregaciones, orando por su seguridad, tendría algún efecto.
Comenzó a relajarse.
Entonces, en la tarde del octavo día, un viento salió del oeste, un viento arenoso. Siseó en las puertas selladas y las ventanas. Pasó bajo las tablas de entarimado. El viejo tomó dos tranquilizantes y un vaso de vino, y fue a sentarse en su tina.
Un sopor agradable lo sobrecogió cuando se sentó en el agua caliente. Sus ojos agitados se cerraron.
Y entonces su voz. En cierta forma ella había entrado. Ella había sobrevivido al cuchillo en su corazón y había entrado.
—Mírate —le dijo—. Desnudo como un bebé.
Agarró su toalla para cubrirse, pero cuando lo hizo, ella salió de las sombras y se mostró en toda su terrible gloria. No era la Lucidique que él había conocido; ni remotamente. Su cuerpo entero fue transformado. Ella se convirtió en un arma viva.
—Oh Jesús ayúdame... —murmuró él.
Ella lo alcanzó y lo castró con un barrido de su guadaña.
Él puso sus manos ensangrentadas en su ingle vacía y tropezó para afuera, pidiendo ayuda. Pero la casa estaba vacía del techo al sótano. Llamó a sus hijos, uno por uno. Ninguno vino. Sólo su viejo perro Malleus respondió su llamada, y al pasar por la cocina dejó las huellas rojas en la pálida alfombra. Se comía algo humano.
—Todos muertos —dijo Lucidique.
Entonces, agarró por la nuca a Cascarellian, cual gata sosteniendo a un gatito errante, y lo levantó por los aires, sin esfuerzo alguno.
La sangre de su ingle vacía cayó contra la alfombra.
Ella puso su cuchilla en su pecho y cortó su corazón. Luego abandonó su cuerpo despellejado bajo las escaleras.
Más tarde, cuando el viento se había acabado, y las estrellas eran nítidas, ella salió a la calle, dejando la puerta de la mansión Cascarellian abierta a la vista a fin de que la atrocidad fuera pronto descubierta. Salió allí, a través de una variedad de calles posteriores y callejones, hacia West Gate, y, por consiguiente, al desierto.

LIBRO CUATRO
El cirujano del Sagrado Corazón
I

Con el Emperador y su familia muerta en manos del Scythe Meister, y el Don de Primordium, Duraf Cascarellian, asesinado por Lucidique (junto con la mayor parte de sus hijos y sus guardaespaldas) una paz inquieta, pobló la ciudad. Las riñas menores y las batallas que habían brotado después de la Gran Insurrección se tranquilizaron. No había nadie que quisiera llamar la atención; no con tantas Fuerzas Armadas asesinas en las calles de la ciudad.
La junta Militar que se había hecho cargo de manejar la ciudad durante esta crisis estaba bajo la dirección de un triunvirato de Generales: Bogoto, Urbano y Montefalco. No fueron mejores ni peores que cualquiera de su tipo: Hombres que se habían levantado a la parte superior de su comercio beligerante mostrando la propensión máxima para la crueldad y el control.
Pero bajo el sadismo institucionalizado y su aptitud maniaca para la violencia, dos calidades por mucho tiempo escondidas en los corazones de los tres Generales, también yacían las calidades que habrían estado avergonzados de confesar que poseían.
Uno, un sentimentalismo enfermizo (enfocado a sus madres en los casos de los Generales Bogoto y Urbano, y en chicas de seis o siete en caso de Montefalco).
En segundo lugar, una aptitud sorprendente para la superstición.
Se volvió indiscutido, pero cada uno de ellos sabía que los otros fueron tocados por un miedo profundo de lo extraño. Y no hubo ciudad más inundada de materias malvadas que Primordium. El rumor abundó aquí; y su tema fue rara vez racional. Las historias que pasaron alrededor de los fuegos de campamento de los soldados (y tarde o temprano llegó a oídos de los Generales) tenían horrores antinaturales: cosas que desafiaron la razón; cuentos de monstruos que se proliferaron a causa del Scythe Meister; de los fantasmas vengativos de niños; de súcubos, sus atributos sexuales discutidos adentrándose en detalles.
Una noche, después de beber mucho, los tres hombres desahogaron sus miedos.
—Creo —dijo Urbano—, que esta maldita ciudad está embrujada.
Los otros dos hombres inclinaron la cabeza desagradablemente.
—¿Qué sugiere usted que hagamos acerca de eso? —preguntó Bogoto.
Fue Montefalco quien contestó.
—Bueno, para empezar... por si acaso, quemaría el barrio de inmigrantes ilegales. Son ellos los que se involucran en la mayoría de estas ocurrencias malvadas.
—Pero la mano de obra... —dijo Bogoto—. ¿Quién vaciaría nuestras latas de mierda? ¿Quién enterraría a los leprosos?
Montefalco tuvo que conceder el punto.
—Al menos podríamos apuntar a cualquier elemento que sospechamos que se relacione con Fuerzas demoníacas.
—Bien. Bien. —dijo Urbano—. Vigilancia.
—Y castigo —Montefalco continuó—. Impondremos, medidas draconianas.
—Ejecuciones públicas.
—¡Sí!
—¿Incendios?
—No, demasiado teatral. Los tiroteos son limpios y rápidos. Y no huelen.
—¿Eso le molesta? —dijo Bogoto.
Montefalco se estremeció.
—Odio el olor de los cuerpos quemados —dijo.
II
Mientras los Generales debatieron los méritos relativos de este tipo de ejecución, Lucidique dormía —o trataba de dormir— en la casa que su padre había construido muchos años atrás para su madre. Sus somnolencias estaban inquietas. Tantas memorias. Tantos arrepentimientos.
A menudo en tiempos pretéritos, en tiempos más simples, cuando el sueño la eludiese, ella salía caminando. Ahora, claro está, no podría salir de día. La transformación de su cuerpo que había sido forjado por Agonistes había resultado en un físico que era fuerte, flexible y poderoso, pero que aterrorizó a muchos que pusieron los ojos en ella.
Cuando salía —aún en la noche más negra—, hacía lo mejor posible para mantenerse en las callejuelas quietas de Primordium donde no sería vista.
Esa noche, habiéndose rendido al hecho de dormir, fue a vagar en estos callejones, y se hizo consciente de que estaba siendo seguida.
Después de un poco de distancia sintió el ritmo del paso, y se dio cuenta de que conocía a su perseguidor. Era Zarles Kreiger, el asesino transformado en Scythe Meister.
Ella se detuvo, y dio media vuelta.
El Scythe Meister se detuvo a poca distancia de ella. Su carne tenía la misma luminiscencia enfermiza que la de ella; un brillo bacteriano que era parte del trabajo manual de Agonistes. Mientras más crudas las heridas (y hubo partes de ambos en sus cuerpos transformados que fueron diseñados para nunca curarse) más clara la luminiscencia con la cual se quemaron.
—Pensé que habías dejado la ciudad —dijo ella.
—Lo hice. Por un rato. Salí al desierto. Meditado en mi estado cambiado.
—¿Y aprendiste algo de tus meditaciones?
Kreiger negó con la cabeza.
—¿Así que regresaste?
—Así que regresé.
III
Algunos días después de que los tres Generales habían intercambiado sus miedos acerca de la presencia de poderes no sacros en Primordium, Montefalco lo trajo conjuntamente otra vez para un viaje de medianoche.
—¿A dónde vamos?
—Hay un hombre llamado Doctor Talisac que ha estado guiando experimentos con mi patrocinio para varios años.
—¿Qué tipo de experimentos? —quiso saber Urbano.
—Espero que él perfeccione un soldado. Haga una máquina de pelea que no sea susceptible al miedo.
—¿Ha tenido éxito?
—No. No hasta ahora. No tengo muchas esperanzas en él ahora. Es muy adicto a muchos de sus medicamentos, y... pues bien, verá usted mismo. Pero hubo un fracaso que podría sernos útil ahora.
—¿Un fracaso útil? —dijo Bogoto, algo divertido por la paradoja.
—Necesitamos a una criatura que saque a los elementos malvados fuera de Primordium. Creo que él tiene a tal criatura.
—Ah... —dijo Urbano.
—¿Quiere ver conmigo a esta criatura?
—¿Dónde está?
—Lo escondí fuera en lo que solía ser el Albergue del Sagrado Corazón, en Dreyfus Hill.
—Pensé que el lugar estaba vacío.
—Esa es la impresión que quise dar al mundo. Si alguien se aventura allí dentro, entonces lo mataré y tiraré al canal.
—¿Qué pasó con las monjas?
Montefalco sonrió.
—Nada muy humanitario, me temo —dijo—. Los soldados pueden ser brutos si son sacados fuera de sus casillas.
El tema quedó allí, y los tres fueron hacia Dreyfus Hill.
IV
Zarles Kreiger se desperezó desnudo en la cama de Lucidique. Ella lo miró admirativamente: en la plétora de cicatrices; en la forma intrincada de maquinaciones que su carne había formado con las propias creaciones de Agonistes. Plata unida con hueso y nervio, oro y bronce igual.
Ella se subió encima suyo. Arcos de electricidad brincaron entre ellos: pezón con pezón, ojo con ojo.
¡Qué tiempo era!, pensó ella. Aquí estaba con el hombre que había tomado la vida de su padre. En cierto sentido había algo más que tabú acerca de su intimidad. Fueron ambos la descendencia del mismo padre. Ambos los niños de Agonistes.
—Me pregunto si él aprobaría —dijo Lucidique.
—¿Quieres decir Agonistes?
—Sí.
Kreiger no habló. Fue Lucidique quien se dio cuenta a lo que su amante se refería de las implicaciones de Agonistes.
—¿Lo viste en el desierto?
—Sí.
—¿Y él te envió aquí?
—Sí.
—¿Para encontrarme?
—Para estar contigo. Él dijo que tú eras lo único que me haría feliz.
V
El Hospicio del Sagrado Corazón era un edificio enorme, sus pisos, altos en la oscuridad. Pero los Generales no tuvieron que esperar por mucho tiempo a un guía. Después de algunos minutos una enana —que se presentó como Camille— vino con velas.
Ella dio escolta al trío uniformado a través de los claustros resonantes (los cuales permanecían llenos con montículos enormes de suciedad) y bajo dos pisos de escaleras pronunciadas en el laboratorio del Doctor Talisac.
Su área de trabajo había sido extraída de la tierra para acomodarse a la escala de la experimentación del Doctor y conservar en secreto su localización. En lugar de teja había tierra dura pisada bajo las botas de los Generales, y los muros eran suciedad trillada. El lugar hedía a tierra fría, que sirvió para completar la escena. Pues sí, el hedor era de la tumba, que fue muchas veces visitada antes que ellos. Los muertos fueron las materias primas de Talisac, y yacían por todas partes, en estados diversos de amputación. Él era un consumidor antieconómico. En muchos casos los cadáveres tenían sólo una extremidad, o una porción de una extremidad; un ojo, en un caso, los labios en otro.
—Así que ¿donde esta él? —demandó Urbano saber.
Camille señalo el camino sobre una alfombra de cadáveres hacia una esquina húmeda de la cámara inmensa, donde Talisac los aguardó.
Él miró, a los ojos asombrados de los Generales, como a una de sus víctimas; un experimento terrible, inverosímil en los extremos a los cuales un humano podría ser puesto.
Pendía de su boca un dispositivo cuyo propósito estaba más allá de la comprensión de los Generales, su boca enganchada de arriba, como si fuera un pez. En su perversidad, o su genio, o ambos, había creado algún tipo de vientre externo por su cuenta. Una bolsa semitranslúcida colgaba de la porción inferior de su abdomen, abajo en medio de sus delgadas piernas. Había vida interior.
—Un Mongroid —Camille murmuró.
Montefalco apartó sus ojos de la vista pestosa del vientre y sus contenidos torcidos, y dirigió la palabra a su dueño.
—¿Talisac? —dijo—. Necesitamos algo de usted.
Talisac volvió sus ojos ondeantes en la dirección de Montefalco. Cuando habló, la forma tullida de su boca hacía que lo que dijese fuera virtualmente incomprensible. Tomó a Camille para traducir.
—Él dice: «¿Qué? ¿Qué necesita usted?»
—Necesitamos a un demonio que ponga miedo en el corazón del mismo Diablo.
Montefalco dijo:
—Una bestia entre las bestias. Algo para restregar a la ciudad de sus monstruos por ser aún más monstruoso.
Talisac hizo un sonido extraño —el cual podría haber sido risa—; sacudiéndose colgado ahí de sus ganchos. La criatura en su vientre respondió al movimiento de su padre por espasmos.
—¿Cómo demonios obtuvo aquello? —Bogoto murmuró para Urbano detrás de sí.
—No murmure —Camille chasqueó—. Odia que lo hagan.
—Él se preguntaba cómo quedó embarazado Talisac —dijo Urbano.
Esta vez Talisac puso a trabajar sus labios, en la orden de responder por su cuenta. La respuesta fue una sola palabra:
—Ciencia —dijo.
—¿Realmente? —cuestionó Urbano, suficientemente reconfortado para pasar por encima de alguno de los cuerpos mutilados para examinar más de cerca a Talisac—. Me complace oír eso. Habría estado preocupado si hubiera alguna impropiedad sexual aquí.
Otra vez, Talisac se rió, aunque ninguno de los Generales estaban para ver el humor de la situación. Su risa pasó, habló otra vez. Esta vez los servicios de Camille como traductora fueron requeridos.
—Él tiene un golem que, piensa, puede satisfacer sus propósitos muy bien —dijo la enana—. Sólo pide una cosa a cambio.
—¿Y qué es? —dijo Montefalco.
—Que usted no trate de lastimar a cualquiera de sus hijos.
—¿A que se refiere con eso? —dijo Montefalco, inclinando la cabeza hacia el vientre torcido.
—Ef —Dijo Talisac—. Ef mi hifo.
—¿Qué dijo? —Urbano preguntó a Camille.
—Él dijo que es su hijo —contestó Camille.
Montefalco se encogió de hombros.
—Ningún daño se le hará a este Mongroid, si a nosotros nos es dado un demonio propio.
Montefalco dijo:
—Personalmente garantizaré eso.
—Bien —dijo Camille. Entonces, sin que Talisac hablara otra vez, agregó—: Preferiría que ustedes no vengan aquí juntos otra vez. Sólo el General Montefalco.
—No discutiré eso —dijo Bogoto, eludiendo al horror fuera mientras se retiraba—. Si él nos da a nuestro monstruo, entonces puede dar a luz a unos mil mocosos hasta donde me importe. Solo manténgalos a un infierno de distancia de mí.
VI
Lucidique yacía en la sangre y el sudor que manchó la cama al lado de su amante, y observó la luna a través de la ventana.
—Esto no puede durar bastante, tú sabes. Esta cosa entre nosotros.
—¿Por qué no?
—¿Para que dos como nosotros encontremos alguna felicidad conjuntamente? —dijo—. Es contra la naturaleza. Tú mataste a mi padre. Te debería odiar.
—Y tú me mandaste al infierno en las manos de Agonistes. Te debería odiar.
—Qué par hacemos.
—Tal vez deberíamos volver fuera, al desierto —dijo Kreiger—. Estaríamos más seguros allí.
Lucidique se rió.
—Escúchate. ¡Más seguros! ¿No se supone que el mundo debería estar asustado de nosotros? No hay otra forma.
—Solo quiero agarrarme de esto... esperar que sienta.
Lucidique pasó a través de la cama y puso su cuchilla a lo largo del brazo de Kreiger.
—No podemos dejar a Primordium —dijo.
—¿Por qué no? Se está incendiando tarde o temprano. Hay que dejarlo quemar.
—Pero amor, iniciamos el fuego, tú y yo. Deberíamos quedarnos y observarlo hasta el fin.
Kreiger inclinó la cabeza.
—Si es lo que quieres.
—Es la forma en que las cosas tienen que acabar.
—¿Acabar? ¿Por qué dices eso?
—Silencio, amor. Será mejor de esta forma, verás. —Ella lo abrazó y lo besó—. Hazlo por mí.
—Esa es tan buena razón como cualquiera que alguna vez oí —dijo Kreiger.
—¿Así que te quedarás?
—Me quedaré.

LIBRO CINCO
El Poseedor de Primordium
I

Habiendo hecho los arreglos con Talisac de los que proveería a una criatura, los tres Generales —Bogoto, Urbano y Montefalco— regresaron a los Cuarteles Militares y esperaron. Bogoto fue el más ansioso de los tres. Él había visto su parte de las escenas de batalla; cuerpos volados en pedazos, el hedor en el aire de tanto quemarse pelo y huesos; pero las cosas grotescas del laboratorio de Talisac le habían causado disgusto y nervios.
Decidió hacer lo que hacía a menudo cuando su vida se ponía difícil: condujo a través de la ciudad en la noche para buscar la comodidad de una mujer llamada Greta Sabatier, una adivina. Aunque él estaba consternado: si, pensaba, cualquiera de sus Generales lo supiera; el consejo de Sabatier había estado detrás de mucho de lo que Bogoto había hecho en años: quiénes le habían favorecido entre sus subordinados, y a quién había relegado; aún, en ocasiones, cómo había puesto a funcionar alguna de sus campañas militares. Y como los acontecimientos en Primordium firmemente se habían convertido en más, se resquebraron, Bogoto había llegado a depender cada vez más de la sabiduría de Sabatier. Sus naipes, él había llegado a creer, habían transmitido pistas vitales para su destino. En un mundo donde la locura estaba constantemente en el aire, y en ninguna cosa y en nadie se podía confiar, hizo un sentido paradójico al buscar iluminación de una mujer que leyó el futuro en un paquete de naipes sucios.
—Usted ha visto a alguien poderoso —Greta le contó toda esa noche, golpeando ligeramente uno de los naipes que ella justamente había volteado—. No puedo decir si es un hombre... o una mujer.
Bogoto describió a Talisac, colgando de sus ganchos, con ese vientre vil colgante entre sus piernas.
Sabatier estudiaba su cara.
—¿Usted conoce a esta persona de quien hablo?
Bogoto inclinó la cabeza.
—Parece que usted no necesita ninguna advertencia de mí. ¿Él o ella, cuál es?
—Es un hombre.
—Parece que él tiene amigos... aliados... es difícil estar seguros exactamente quiénes o qué son... los naipes son muy ambiguos. Pero habrá daño de esta fuente, cualquier cosa.
—¿Daño para mí?
—Daño para el mundo.
—Huh.
—¿Eso tiene menos importancia para usted, verdad?
—Por supuesto. ¿Piensa que debería considerar dejar la ciudad?
—Pues... usted es un militar. No es la primera vez que he visto muerte en sus naipes, General.
Ésta fue la primera vez que Greta había hecho mención de la profesión del General. Si ella lo supo de los naipes, o de las distinciones con las cuales él fue regularmente elogiado, cualquiera adivinaría.
—Pero no creo que alguna vez lo viera tan cercanamente a usted —ella siguió, mirando los naipes.
—Ya veo.
—Pues sí, pienso que usted debería considerar la partida. Al menos hasta que este período no confirmado esté terminado astronómicamente.
—Así que no son sólo los naipes, ¿son las estrellas también?
—Son todos reflejos uno de otro: los naipes, las estrellas, las palmas. Es la misma historia dondequiera que usted mire.
Ella buscó desordenadamente en los naipes mientras habló, y tiró uno sobre la mesa delante de General Bogoto. Se llamaba La Torre, y representaba —en una forma simplificada, aun cruda—, una torre herida por un relámpago. Su mitad superior hacía erupción, lloviendo abajo escombros, y cuerpos; la mitad inferior estaba rota y lista para destronar.
—¿Este es Primordium? —preguntó Bogoto.
—Es el futuro de la ciudad —Greta contestó inclinando la cabeza—. O al menos de uno de ellos.
—¿Saldrá usted también? —Bogoto lo dijo con la intención de atrapar a la mujer.
Greta era tan vieja como la mesa anticuada en la que ella le leyó los naipes y sus piernas eran un buen negocio menos fidedigno. Ella nunca dejaba Primordium; o así lo pensó él.
—Sí, salgo. Ésta será la última vez que usted me vea, General, a menos que usted venga a Calyx.
—¿Usted se ira a Calyx?
—Mañana. Antes de que las cosas se pongan peor.
II
La casa en la Calle Diamanda, que una vez había pertenecido al Senador asesinado, había tenido una reputación últimamente.
Había amantes allí, se rumoreó; varios de ellos. Día y noche, los que pasaban por ahí oyeron el sonido de que hacían el amor: los suspiros, los sollozos, las demandas irresistibles.
Las casas cercanas estaban virtualmente desiertas, sus dueños habían huido de Primordium hacia ciudades más seguras; o aún mejor, del país. La vida en una granja de cerdos podría ser aburrida, pero al menos tenía la oportunidad de ser larga. No obstante la gente vino a la Calle Diamanda últimamente, simplemente para escuchar bien el ruido de placer de la casa iluminada con lámparas. No, no sólo para oír. Hubo un sentimiento acerca del lugar, lo cual se metió debajo de la piel de la gente. La energía, rezumándose fuera de las ventanas abiertas fue suficiente para hacer a las luciérnagas reunirse en decenas de miles en su crepúsculo y describir figuras del ballet elaboradas en su persecución de uno a otro, el aire tan grueso con su pasión, y su luz tan insistente, la casa afestonada con sus trayectorias de vuelo, lo cual demoraba bastante después de que fuese hecha, y los insectos que caían agotados y extinguidos en la hierba larga.
Algunas veces, a las personas lascivas, quienes se demoraban en las sombras de las casas cercanas, esperando ver momentáneamente a los amantes, les fue concedido lo que querían ver. Como la fuerza extraña del estrépito del amante sugería, no eran criaturas naturales, de ningún modo. Parecían híbridos; una tercera parte humana, una tercera metálica, y otra tercera que estaba entre carne y los dispositivos hechos para abrir y rebanar y entrar en ellos. Sangraron como se levantasen de sus sabanas nupciales; Pero sonreían, besándose las heridas del uno al otro como si fueran insignificantes, como si estas costras y estas llagas y heridas fueran prueba de devoción.
Los rumores se regaron, lo suficientemente rápido. No tardó mucho para que el General Montefalco supiera de la casa en la Calle Diamanda, y la reputación que se había logrado. Fue a la locación, tarde en la noche. Las cosas estaban en plena actividad: el aire lleno con luces parpadeantes, las casas gimiendo y sacudiéndose. Entonces gritos de terrible alegría salieron fuera del interior iluminado con fuego, y sombras, moviéndose de cuarto en cuarto como el momento de la pasión de los amantes los llevó alrededor de la casa.
Montefalco nunca había visto, oído o sentido nada como eso antes. Una ola de algo como la superstición atravesó su cuerpo, debilitando sus intestinos y haciendo su pelo, de un cuarto de pulgada de largo, erizarse.
Comenzó a retirarse de la casa, con las manos húmedas y pegajosas. Cuando oyó una voz detrás de sí. Se volteó. Era Urbano. Parecía un hombre que había descubierto alguna cosa verdaderamente terrible acerca de sí mismo, o de Dios, o de ambos.
—Mataremos a estos —Montefalco dijo muy serenamente.
El General Urbano comenzó a inclinar la cabeza, pero el movimiento fue mucho para su enfermo sistema. Vomitó una sustancia amarillenta, la cual salpicó sus botas inmaculadamente pulidas. Sacó un pañuelo y limpió su boca; entonces dijo:
—Sí.
—¿Sí?
—Sí. Mataremos a estos.
Más tarde esa noche, Montefalco volvió a ver a Talisac. Volvió solo, lo que resultó ser un movimiento sabio. Ni Urbano ni Bogoto tuvieron las agallas para aguardar allí.
El lugar se había deteriorado considerablemente en las cuarenta y ocho horas desde la última vez que pasó por el umbral; los cuerpos estaban todavía por todo el lugar, pero estaban en una condición nueva. Los miró como si toda la humedad, toda la energía, hubiera sido chupada de ellos, dejándolos marchitos. Los ojos se habían salido de las cuencas y los labios habían sido jalados hacia atrás de los dientes, dándoles a todos ellos la apariencia de ciegos, parecían monos chillando.
La carne en sus torsos se había marchitado a los huesos; como si tuviese la carne en sus brazos y en las piernas. La piel misma era ahora como un delgado tejido fino secado, mostrando la estructura del hueso. Cuando la enana Camille pareció saludar a Montefalco, y pateó a una pareja de cadáveres a un lado, se alejaron de su patada como si fueran muchos maniquís de papel.
—¿Está hecho? —Montefalco le preguntó.
—Oh sí, está hecho —dijo Camille con una sonrisa centelleante—, y pienso que usted estará muy contento.
Una voz emergió de las sombras, palabras que Montefalco no podía comprender.
—Me está preguntando lo que descubrió —respondió Camille.
El General pasó la vista en el cuarto amurallado en suciedad, buscando lo que podría ser; y allí al final de la cámara vio una forma monumental, cubierta con un tapiz roído obviamente traído del piso de arriba.
—¿Eso? —dijo, no en espera de la confirmación, antes de acercarse a eso. Como caminó a grandes pasos a través de los cuerpos, chasquearon bajo sus talones, haciendo erupción en polvo y fragmentos. Pronto el cuarto se llenó de añicos de cosas humanas pálidas.
Montefalco se agarró del tapiz. Como hizo eso, Camille nombró a la cosa
—Venal Anatomica.
El General quitó de encima el tapiz y lo reveló.
Como podría haber sido adivinada su escala bajo la alfombra, era de un tamaño heroico, nueve pies de altura o más. Tenía la cara de la muerte, y estaba equipado con una variedad de armas homicidas medievales. Tenía uñas escabrosamente remachadas en su hombro y su pierna. La sangre se había coagulado alrededor de las uñas, pero cuando Anatomica comenzó a moverse (como ahora lo hizo) sangre fresca burbujeó de las heridas y bajó corriendo por su cuerpo.
—¿Me conoce? —preguntó el General.
—Sí —dijo Camille—. Está listo a obedecer sus instrucciones.
Talisac habló, y Camille tradujo.
—Dice que él no tiene lealtad para su Creador, únicamente a usted, General Montefalco.
—Es bueno oír eso.
Montefalco lo llamó por señas.
—Ven entonces.
La criatura dio un paso indeciso. Entonces otro.
—¿Puedo ir con usted? —dijo Camille.
Montefalco miró hacia abajo en su desnudez.
—Sólo si se cubre completamente —dijo.
Ella sonrió, y entonces se fue a traer un abrigo de pieles picado de pulgas.
Salieron a la noche conjuntamente los tres: El General, la enana y Venal Anatomica.
El amanecer no estaba muy distante. Ni era el fin de ciertas cosas. Sin embargo, Greta Sabatier había sido asesinada por los bandidos en el camino de Calyx —un destino que ella no había previsto—; había estado en lo cierto acerca de mucho. Una edad venía a un final: Y era la Edad de Los Amantes.

LIBRO SEIS
La Segunda Llegada
I

En su búnker de suciedad y cadáveres Talisac esperaba aisladamente, mientras su cuerpo —el cual era una cosa sin precedentes— avanzó dando sacudidas y saltos y espasmos.
Había una criatura en su interior; el Mongroid, el infante de la Segunda Llegada. O es lo que él había llegado a creer, después de años de haber gastado experimentando en otros, y en sí mismo. No fue hasta que hubo creado un homúnculo que sería prácticamente su hijo, su carne hecha del mismo adn suyo, que llegó a creer que era algo santo la llegada inminente. Era otro Parto Virginal.
Eran sólo horas ahora, para que la criatura estuviera en sus brazos.
Él no tendría a nadie para compartir el triunfo de lo que había logrado, pero así sea. Había estado solo toda su vida, aun en la compañía de sus seres humanos asociados. Aisladamente con su ambición, solo con sus fracasos, solo con los sueños extraños que llegaron a encontrarle en la mitad de la noche; sueña con su hijo, hablándole, diciéndole que el mundo iba a acabar, pero que no importaría, porque estarían juntos, hombre y criatura, hasta la consumación de los siglos.
Podía sentir a la criatura luchando para salir ahora. Podía oír su voz diminuta, aguda tratando de liberarse.
El dolor lo atormentaba; un alucinógeno cruel. Sollozó y gritó; el Convento nunca había oído tales maleficios como oyó ahora.
Pero finalmente el vientre se desgarró como Santo Hijo salió con sus manos pequeñas, sus uñas pequeñas, y a borbotones de fluidos de sangre que el Mongroid fue vomitando encima del suelo en medio de los cadáveres.
II
—¿Kreiger?
Lucidique fue a la ventana y lo llamó en el jardín alrededor de la casa del padre. Zarles Kreiger, el Scythe Meister, quien últimamente se había convertido en amante de Lucidique, había salido al jardín para traerle algunas flores perfumadas. El dormitorio hedía al aceite pungente que sus cuerpos violentamente transfigurados dieron. Era un olor amargo y desagradable; no el olor salado de sexo natural.
Pero el jardín estaba lleno de flores dulces de olor que embozarían la amargura; y algunos de los perfumes más extraños fueron esos de flores tan abiertas después del anochecer. Eran casi las dos en la mañana; y los olores que se levantaron del oscuro jardín eran muy fuertes.
Ella llamó el nombre de Kreiger otra vez. Entonces le pareció verlo; una presencia oscura moviéndose a través de los arbustos.
Si eso era Kreiger, ¿por qué no respondió su llamada? Quizá eso no era él.
Conservando su silencio ahora, ella avanzó a rastras bajando las escaleras y salió al jardín.
Hubo una brisa suave, balsámica esa noche: hizo a los arbustos y los árboles agitarse. El jardín era grande, y su trazado complejo, pero ella había estado jugando aquí desde niña. Pudo haber encontrado su camino en esos caminos estrechos, laberínticos y alrededor de sus parches rosados y sus arboledas secretas con los ojos cerrados.
Fue directamente al lugar donde pensó que había visto al hombre desde la ventana del dormitorio. A pesar de la dulzura de madreselvas y jazmines que ciernen el la noche, su nariz atrapó el olor de alguna otra cosa, alguien más, en los alrededores. Hubo un hedor que no fue el olor amargado de su cuerpo, o de Kreiger. Era algo más.
Algo que la hizo pensar en enfermedad, corrupción, muerte.
Permaneció en silencio. Algo se movió a través de los arbustos a corta distancia. Vio su forma, silueteada en contra del cielo sin estrellas: unos vastos hombros deformados, acorazados, el pecho de un buey. Lo que fuere, recorrió caminando con una cojera pronunciada, arrastrando su pierna izquierda. Mientras más cercano a ella más fuerte era el olor de corrupción. Este intruso era la fuente; sin duda.
Entonces, de la oscuridad cercana, el sonido de la voz de su amante:
—¡Lucidique! ¡Fuera de aquí! ¡Rápido!
Había algo quebrado en su voz.
—¿Qué te ocurrió? —dijo, asustada de la respuesta.
Oyendo su voz, el intruso miro en su dirección. Una capucha de carne se deslizó hacia atrás de la mitad superior de su cara. Revelando sus características esqueléticas. Éste era —como ellos— un monstruo. Y no era como ellos. No la mano de obra de Agonistes, al menos. No era producto del arquitecto no alabado del Edén.
Este intruso era un niño de osario, si alguna vez hubo uno. Fue hecho de parcelas de carne podrida y nervios y huesos, todo unido junto y dado y fétido.
Se retiró mientras eso caminaba a grandes pasos hacia ella. Ella sabía como matar; eso no estaba en duda. Pero la criatura todavía la hacía temer. Era poderoso e indiferente; ella sabía, cualquier dolor que podría causarle.
—¡Vete! —oyó a Kreiger gritándole.
Sus ojos voltearon en su dirección, y por la luz del cobertizo de la ventana del dormitorio lo vio, en el suelo, la sangre saliendo a raudales de él.
—¡Cristo!
Hizo un intento de ir hacia él, pero el intruso se movió para interceptarla, sus manos ansiosas para arrancar a rasgones su garganta.
Pero ella no iba a huir del jardín; no con su amante yaciendo allí en la suciedad, sangrando de cien lugares. En lugar de eso, dio vuelta y condujo al carnicero lejos de Kreiger, esquivando a través del jardín que se hizo más oscuro, usando su conocimiento de su trazado para duplicar la distancia entre ellos.
Todavía venía detrás suyo, tirando su peso a través del enredo de arbustos espinosos, emitiendo un estrépito gutural, como el ruido de algún mecanismo inmenso que imperfectamente copió el sonido de un animal atormentado; un toro, puede ser, bajo el martillo del carnicero. Fue horrendo oírlo.
Ella había venido al lugar donde esperaba ser más lista que su perseguidor: un árbol que había escalado mil veces cuando era niña, y ahora escalaba otra vez, tan rápidamente que, cuando el intruso quedó a la vista, ella estaba ya oculta en su guarida frondosa.
Ahora, pensó, la bestia sólo vagaría bajo el árbol, quizá la podría matar. Descendiendo fuera de las ramas y haciendo un corte en su garganta. Aún si era algo que estaba hecho de aguas sucias del mortuorio, respiraba; y si ella podría abrir su garganta de oreja a oreja, entonces estaría muerta como cualquier otra cosa rajada.
Pero cerca de seis pies del árbol la criatura se detuvo, e inhaló por la nariz el aire, mirando alrededor suspicazmente. ¿Tuvo sospecha que había una trampa colocada aquí?
Ella no podría creer que tuvo el ingenio para ser tan cuidadoso. ¿Y aun había hecho alto, o no? Y ahora se retiró del árbol, desatando un ruido bajo, apenas audible en su garganta, cojeando completamente en la oscuridad.
Cuidadosamente partió el follaje, para ver si podría descubrir lo que estaba pasando. Hubo algún sonido de la dirección en la cual había venido, y entonces un gemido audible de Kreiger.
Oh Dios, no, pensó. No dejes al intruso ser lo suficientemente listo para usar a Kreiger como cebo...
Sus temores se realizaron un momento más tarde, como la criatura reapareció entre la espina crecida espesamente, arrastrando algo pesado detrás de sí. Era Kreiger, por supuesto. Este amante de ella, quien había sido reducido a poco más que un saco, transportado detrás del demonio anónimo, había sido un terror hace mucho tiempo. Como el asesino Zarles Kreiger una vez había hechizado la ciudad de Primordium desde las barracas hasta los castillos. Entonces, después de que su transformación por Agonistes terminó, como el Scythe Meister, había arrasado a la clase dirigente de la ciudad en una noche de color escarlata.
¡Pero al verlo ahora! Su cara estaba abierta, como si el demonio simplemente hubiera metido sus dedos en la boca de Kreiger (cuyos labios Lucidique había besado una hora antes) y lo hubiera desgarrado como una bolsa de papel. Lo demás de su cuerpo había sido tan cruelmente tratado; la carne arrancada a rasgones, exponiendo el esternón y las costillas y la canilla de su muslo. La pérdida de sangre de estas heridas fue traumática. Era admirable que Kreiger estuviera todavía vivo. Pero explícitamente —habiendo sido sorprendido en el jardín mientras pacíficamente recogía flores— él había contraatacado hasta que no tuvo fuerzas para pelear, en cuyo punto su asaltante simplemente había esperado en el jardín mientras una de sus dos víctimas lentamente sangró a morir, sabiendo que el otro aparecería al tiempo dado.
Y así ella lo sabía. Sin duda la criatura había planeado despacharla en un latido; ahora tenía la obligación de persuadirla con ruegos fuera de su escondite con este rehén ensangrentado. Agarró del cuello a Kreiger y lo levantó con una mano, empujando su cara destrozada hacia el árbol. La cabeza de Kreiger pendía de su cuello; sus ojos rodaron hacia atrás en sus cuencas. Estaba cercano a morir como no había diferencia.
Entonces su asesino levantó su otra mano y llamó por señas a la mujer en el árbol.
Cuando hizo eso tiró bruscamente de la cabeza de Kreiger de regreso, como a una muñeca. Para Lucidique era agonizante más allá de las palabras ver a su amante, un hombre que había destruido a una dinastía, oscilando de arriba abajo como la muñeca de un ventrílocuo. La hizo perder toda razón. Aunque ella sabía que el intruso debajo tenía el poder físico para la matarla, no podía observar los últimos momentos de Kreiger en los que parecía un humillante teatro de marionetas.
Brincó del árbol con un chillido de furia, y antes de que la criatura pudiera hacer bajar su visera de carne, había cortado en tiras ambos de sus ojos con su arma, cegándola.
Dejó caer a Kreiger, y dejó escapar un rugido que sonó complacientemente como pánico.
Ella se agachó rápidamente bajo sus brazos cayendo y fue con Kreiger.
Él estaba muerto.
Miró hacia atrás a su asesino, quien estaba ciertamente en un estado de terror como de un niño. Su rugido se había convertido en aullidos que estaban próximos a descender en los quejidos.
Pudo haberlo herido otra vez con suficiente facilidad. Y quizá, después de una docena de heridas, o dos docenas, podía haber reclamado su vida. Excepto que no tenía tiempo para desaprovechar con la cosa cegada. Necesitaba llevar a Kreiger a alguna parte donde tuviera una esperanza de resurrección.
Fuera en el desierto. Fuera para encontrar a Agonistes.
Ella levantó el cuerpo de su amante sobre sus hombros (era más ligero de lo que había esperado; el problema era entonces, aunque la masa de su vida se había ido de él y nunca regresaría, aun por un milagro). No dejaría que tal pesimismo demorarse en su mente, sin embargo. Dejando al intruso ciego con furia en medio de las rosas, se dirigió al antepatio de la casa. Amablemente puso al cadáver en la parte trasera del coche, y entonces manejó fuera de la ciudad, en busca de una tormenta de polvo.
III
Talisac miró hacia abajo a la criatura que se había resbalado de su cuerpo: su Mongroid. Había visto cosas más bonitas, pero cosas más feas también. Tenía más confianza en sí mismo que cualquier criatura de cinco minutos de edad razonablemente debería tener; caminó, como un cangrejo, en cuatro manos; hizo los intentos rudimentarios de expresarse a sí mismo.
Él lo llamó, como a un perro, pero no venía. Estaba demasiado interesado en los cuerpos que yacían en todas partes sobre la cámara, examinándolos con su cabeza invertida, oliendo los ejemplos más rancios. Parecía tener una cabeza bien formada, hasta donde Talisac podría tener éxito. Hubo algún parecido de la familia allí, pensó.
Había dejado de tratar de llamar su atención, pero ahora —paradójicamente— sus ojos se detuvieron finalmente en él, y con su desgarbado, lateral modo de andar se le aproximó.
Miró alrededor del osario y como hiciese eso, pensó que los procesos fueron perfectamente claros. Hacía la primera distinción de su vida joven: entre los vivos y los muertos.
—Así es... —Talisac dijo intentando un tono alentador— ...ellos están muertos. No te sirven. Soy el único que puede ayudarte. Soy tu padre.
Cuánto de esto —cualquier cosa— el Mongroid había entendido, Talisac desconoció totalmente.
Un poco, adivinó. Pero tenían que comenzar en alguna parte. Era un negocio rendido y largo erigir esta cosa. Había esperado dar a luz a algo más digno de alabanza; algo que podría mostrar a Montefalco, y fuera financiado por más tiempo, para más investigaciones ambiciosas.
Ahora, tendría que hacer más que hablar rápido para obligar al General a ver a su visión de las cosas. El cangrejo que el homúnculo produjo de su saco de semen y agua de mar estaba muy lejos de la cruel criatura perfecta, que él había esperado producir: un himno para las glorias de la testosterona.
Pero no importaba, habría otros. Con el tiempo doblegaría a este, y le haría la vivisección para ver si podría trabajar donde los errores estaban. Entonces haría un intento otra vez.
La criatura había venido a unas pocas yardas de él, y estudiaba el saco en el cual había sido contenido por diecisiete semanas. La sangre todavía goteaba de eso, sobre del piso de suciedad. Corrió a pasos cortos y puso su lengua en la piscina, saboreando el fluido.
—No —dijo Talisac, débilmente rebelado por su despliegue—. No hagas eso.
No quiso atraerle algún apetito antinatural; por la sangre, o la carne, o no importa qué otros jugos cayeran de él libremente mientras pendiese allí. Estaba demasiado vulnerable en su estado presente.
—Malo —dijo, efectuando un tono de disgusto—. Malo.
Pero la criatura no tuvo interés en estar prohibida a cualquier cosa. Era una criatura de instinto, y su instinto le dijo que había una comida aquí. Rastreó la fuente de la piscina al cadáver colgante de carne que había sido su vientre provisional.
No le gustó del todo la apariencia en los ojos de la criatura. Ni como su barriga se hinchara, como si su apetito despertado evocara un cambio en su anatomía.
El Mongroid estaba poniéndose encima los andrajos ensangrentados sueltos de su carne ahora, su piel de la barriga hinchándose en silencio obscenamente.
—¡Camille! —gritó Talisac, olvidándose en su miedo que la enana salió en la compañía de General Montefalco. Estaba solo.
Y ahora, meciéndose allí, indefenso, la barriga de su descendencia se abrió, revelando una boca vasta, completamente formada con dientes.
—¡Jesús! ¡Oh Jesús!
Fueron las últimas palabras que Talisac pronunció.
Usando sus cuatro manos para levantarse de un salto hacia el vientre del cual recientemente había salido, la cosa cerró sus mandíbulas boquiabiertas en la ingle de su padre, sus dientes cavando profundo en la carne de Talisac. Los gritos por Jesús se convirtieron en un chillido bien fundado. El Mongroid tomó un bocado saludable de intestino y la virilidad y el vientre, y bajó al suelo otra vez para devorar lo que había arrancado a mordiscos.
Las entrañas de Talisac, con su mitad inferior removida, simplemente cayeron de su cuerpo: entrañas desenrolladas seguidas por hígado y riñones y bazo.
El genio del Hospicio de Sagrado Corazón dejó de gritar.
IV
Así, en una noche, Primordium perdió a dos de los monstruos que tuvieron hechizadas sus calles, y ganó dos nuevos.
Venal Anatomica —o El Ciego, como se le conocía—, tenía, en verdad, algo de un chiste. A pesar de su masa, y su fuerza fenomenal, nunca desarrolló las habilidades que compensan que a menudo vienen después de quedar ciego. Vivió siempre como si hubiera quedado ciego. Siempre agitándose violentamente, siempre enfureciéndose, siempre violento.
Montefalco se encargó de él, sin embargo, por un sentido bizarro de lealtad. Ordenó que cualquiera que atacara al una vez poderoso Venal Anatomica reciba disparos. Después de una docena de tales ejecuciones casuales, el mensaje lo hizo para esos que les gustaba atormentar la criatura. El Ciego se quedó solo para hechizar los cementerios de la ciudad, a menudo cavando y comiendo lo recientemente muerto.
V
Lucidique nunca encontró a Agonistes. Aunque condujo por varios días, buscando las tormentas de polvo donde él se escondía, el desierto estaba preternaturalmente quieto. Ni una brisa para mover un granito de arena; mucho menos una tormenta.
Después de una semana, cuando el cuerpo de El Scythe Meister comenzaba a oler, cavó un hueco con sus manos desnudas, y lo metió en él. En cuanto se sentó allí al lado del montículo, pensando, creyó oír a Agonistes llamando su nombre, y se levantó, lista en seguida para rescatar a Kreiger de su cama seca, y dejar al genio del Edén operar su Lazarena magia en su amante.
Pero no era la Resurrección que ella había oído. Fue justamente un truco el viento. Ciertamente, ni siquiera una vez en los siguientes cuarenta y un años, durante los cuales Lucidique rara vez se desviaba del rumbo más que una cuarta parte de una milla del lugar donde Zarles Kreiger fue colocado, hizo a Agonistes aparecer.
VI
Entonces un día, despertándose por el mismo cielo claro que la había despertado por más de cuatro décadas, tuvo un deseo de ver Primordium.
La casa que su padre había construido estaba todavía de pie, para su sorpresa; dejada por autoridades muy supersticiosas para tirar la puerta abajo. La ocupó de nuevo, y después de que algunas noches de sueño en las junturas desnudas sobrecogieron su miedo de memorias que destejerían su cordura, y emocionada en la cama manchada, antigua donde ella y Kreiger habían hecho el amor todos esos años antes.
No hubo pesadillas. Él estaba con ella, aquí, más que lo que alguna vez había estado en el desierto. La mantuvo, en sus sueños, y le murmuró travesuras, que algunas veces ella actuó, por los viejos tiempos. La sangre que dejó libremente, cuando la complació hacer eso. Nadie estaba a salvo de ella. Felizmente habría asesinado a un santo si él la hubiese mirado en alguna forma que la irritara.
Y una noche, justo por puro gusto, ella mató a los tres Generales, Montefalco, Bogoto y Urbano, quienes a estas fechas estaban gordos y viejos y con poca resistencia a su llegada.
Otra noche, fue a encontrar al asesino de Kreiger, El Ciego.
Lo encontró en el cementerio, llorando por sus rajados ojos, las lágrimas rendidas de un hombre que llora todas las noches, pero sin cura para ellos. Lo vigiló por algún rato, mientras él lloraba y comía a los muertos. Entonces lo dejó en su sufrimiento.
Fue cruel, claro está, dejarlo vivir, cuando ella lo pudo haber expulsado de su miseria con un solo golpe bien colocado. ¿Pero por que debería dispensar misericordia, cuándo nadie en toda la vida había sido compasivo con ella? Además, le complació saber que hubo tres monstruos en Primordium. El Mongroid (a quién ella también había ido a mirar en su reino excrementicio) en las aguas negras, Venal Anatomica en los osarios, y ella en la mansión de su padre. Tenía una cierta limpieza.
Algunas veces, cuando se sentía sola, pensaba en salir al desierto, y quedarse al lado del cadáver momificado de Kreiger; dejando que la arena la cubriera. Pero algo la detuvo de hacerlo. Quizá tenía que observar la ciudad de Primordium consumirse en llamas primero; o la locura de percepción avanzando a rastras sobre su columna vertebral.
Hasta entonces, experimentaría su destino, en sangre y lágrimas y soledad; en el conocimiento de que ella fue nombrada en las oraciones de decenas de miles de ciudadanos Temerosos de Dios todas las noches, que rogaron a El Señor para que los cuide a ellos a salvo de ella.
Era una tierra de inmortalidad.

viernes, 4 de septiembre de 2009

APARICIONES DE UN ANGEL

Apariciones de un Ángel
Ángela

Un día me encontraba en lo más recóndito del cielo, recostado en una nube, cuando de repente vino a mí esa figura, una imagen majestuosa y descomunal, su belleza era inmensa, tanto que perturbó mis pensamientos.
Entonces me puse de pie y me dispuse a buscar a aquella persona que me había puesto las alas de punta. Busqué por todo el cielo, pero mi búsqueda fue vana, no pude encontrar a nadie con semejante belleza.
Pasaron siglos y mi búsqueda seguía inconclusa, no podía entender porque no la encontraba, ¿acaso solo había sido un sueño? ¿No era real? No podía creer que no lo fuera, me negaba rotundamente. Entonces me recosté de nuevo en esa nube, aquella que me traía recuerdos del amor que nunca encontraría, cada vez me volvía mas loco al recordar semejante hermosura, sus ojos tan cálidos, su boca tan frágil y encantadora, aquellas mejillas sonrosadas, un hermoso cabello rojizo incandescente, su escultural figura me hacia pensar en los más viles deseos, mi juicio se perdía con su sola belleza, no podía conciliar el hecho de que sólo existiera en mis pensamientos.
Tal vez solo había sido una ilusión creada por mi perturbada mente, o un llamado divino, el cual anunciaba mi partida del cielo. Deseaba con todas mis fuerzas encontrarla, tenerla a mi lado por la eternidad, entonces me decidí, me levanté de un salto y volé lo más rápido que pude, caí en picada, baje a la tierra sin consentimiento de Dios, y me puse a indagar por todas partes, pero seguía sin aparecer. Solo quedaba un lugar en donde buscar, y si lo hacia seria mi ultimo vistazo al sol, así que me quede acostado en una piedra viendo el crepúsculo y grabé su efigie en mi memoria, respiré hondo y bajé.
Las cosas abajo (infierno) eran terroríficas, había miles de almas torturadas, sus gritos casi me dejaron sordo, traté de caminar con cautela para no ser descubierto, pasé por cada uno de los niveles, llegué a ver a los más viles demonios como a Aamon, Empusa, incluso vi a uno de nuestros antiguos amigos, un ángel caído, su nombre era Ertrael, no podía creer semejante masacre, pero que esperaba, estaba en el infierno, entonces bajé más, y entonces la encontré, su beldad era infinita, me quedé petrificado con semejante atractivo, era la mejor torturadora, sus víctimas reflejaban un dolor monstruoso, no pude hablar solo me quedé detenidamente a observarla, en ese momento sus ojos se posaron en mi, y entonces desperté de mi sueño inalienable.

No podía creer que solo había sido un sueño nada más, me levanté rápidamente, desplegué las alas, quería volar a sus brazos no importaba el castigo que me impusieran al dejar el cielo, entonces sentí un gran estremecimiento.

Mis alas habían sido arrancadas, jamás vería a mi amor verdadero, estaba condenado a no poder dejar el cielo nunca más.

jueves, 3 de septiembre de 2009

Alejandro Dumas - La Hermosa Vampirizada


Alejandro Dumas - La Hermosa Vampirizada



Yo soy polaca, nacida en Sandomir,vale decir en un país donde las
leyendas se tornan artículos de fe, donde creemos en las tradiciones de
familia como y —acaso más que— en el Evangelio. No hay castillo entre
nosotros que no tenga su espectro, ni una cabaña que no tenga su genio
familiar. En la casa del rico como en la del pobre, en el castillo como en
la cabaña, se reconoce el principio amigo y el principio enemigo.
A veces estos dos principios entran en lucha y se combaten. Entonces se
escuchan ruidos tan misteriosos en los corredores, rugidos tan horrendos
en las antiguas torres, sacudidas tan formidables en las murallas, que los
habitantes huyen de la cabaña como del castillo, y aldeanos y nobles
corren a la iglesia en procura de la cruz bendita o de las santas
reliquias, únicos resguardos contra los demonios que nos atormentan. Pero
otros dos principios más terribles aún, más furiosos e implacables, se
encuentren allí enfrentados: la tiranía y la libertad.
El año 1825 vio empeñarse entre Rusia y Polonia una de esas luchas en las
cuales creyérase agotada toda la sangre de un pueblo, como a menudo se
agota la sangre de una familia entera. Mi padre y mis dos hermanos,
rebelados contra el nuevo zar, habían ido a alinearse bajo la bandera de
la independencia polaca, postrada siempre, siempre renacida. Un día supe
que mi hermano menor había sido muerto; otro día me anunciaron que mi
hermano mayor estaba mortalmente herido; y por fin, después de una jornada
angustiosa, durante la cual yo había escuchado aterrorizada el tronar
siempre más cercano del cañón, vi llegar a mi padre con un centenar de
soldados de a caballo, residuo de tres mil hombres que él comandaba.
Había venido a encerrarse en nuestro castillo con la intención de
sepultarse bajo sus ruinas. Mientras no temía nada por él, temblaba por
mí. Y en efecto, para él era único riesgo la muerte, porque estaba
segurísimo de no caer vivo en manos del enemigo; pero a mí me amenazaba la
esclavitud, el deshonor, la vergüenza. Mi padre escogió diez hombres entre
los cien que le quedaban, llamó al intendente, le hizo entrega de cuanto
dinero y objetos preciosos poseíamos y, recordando que —en ocasión de la
segunda división de Polonia— mi madre, casi niña aún, había encontrado un
asilo inaccesible en el monasterio de Sabastru, situado en medio de los
montes Cárpatos, le ordenó conducirme a aquel monasterio que abriría a la
hija, como hacía tiempo a la madre, sus hospitalarias puertas.
A despecho del gran amor que mi padre alimentaba por mí, nuestros saludos
no fueron largos. Según todas las probabilidades, los rusos debían llegar
el día siguiente a la vista del castillo, por lo que no había tiempo que
perder. Me puse de prisa un vestido de amazona, con el que solía acompañar
a mis hermanos en la caza. Me trajeron ensillado el mejor caballo de la
cuadra; mi padre me puso en los bolsillos del arzón sus propias pistolas,
obras maestras de las fábricas de Tula, me abrazó y dio la orden de
partida.
Durante aquella noche y el día siguiente recorrimos veinte leguas,
costeando uno de esos ríos sin nombre que desembocan en el Vístula. Esta
primer doble etapa nos había sustraído al peligro de caer en manos de los
rusos. El sol se dirigía al tramonto, cuando vimos brillar las nevadas
cimas de los Cárpatos.
Hacia la noche del día siguiente llegamos a su pie: al fin, en la mañana
del tercer día, comenzamos a avanzar por una de sus gargantas. Nuestros
Cárpatos no se parecen a los fértiles montes de vuestro occidente. Cuanto
la naturaleza tiene de extraordinario y grandioso se presenta allí en toda
su majestad. Sus tempestuosas cumbres se pierden en las nubes cubiertas de
eternas nieves; sus inmensos bosques de abetos se inclinan sobre el terso
espejo de lagos que por su vastedad semejan mares; y de aquellos lagos,
jamás navecilla alguna ha surcado sus ondas, jamás redes de pescadores
turbaron su cristal profundo como el azul del cielo; apenas, de tiempo en
tiempo, resuena allí la voz humana, haciendo escuchar un canto moldavo al
que contestan los gritos de los animales selváticos: y cantos y gritos van
a desvelar algún solitario eco, atónito de que un ruido cualquiera le haya
revelado su propia existencia. Por millas y millas se viaja allí bajo la
umbría bóveda de los bosques entrecruzados de las inesperadas maravillas
que la soledad nos descubre a cada instante, y que hacen pasar nuestro
ánimo del estupor a la admiración. Ahí doquiera hay peligro, y el peligro
se compone de mil riesgos diversos; pero no se tiene tiempo para
atemorizarse, tan sublimes son aquellos riesgos. Aquí hay alguna cascada a
la que dio origen imprevistamente la licuefacción de los hielos y que,
saltando de roca en roca, invade de pronto el angosto sendero que se
recorre, trazado por el paso de las fieras en fuga y del cazador que las
persigue; allí hay árboles minados por el tiempo, que se desprenden del
suelo y se derrumban con horrible estrépito semejante al de un terremoto;
en otra parte, en fin, son los huracanes los que os envuelven de nubes, en
medio de las cuales se ve centellear, extenderse y contorsionarse el
relámpago, como sierpe inflamada. Luego, tras de haber superado aquellas
moles agrestes, aquellos bosques primitivos, tras de encontraros en medio
de gigantescas montañas y bosques interminables, os veis ante inmensos
páramos, como mares que tienen también sus ondas y sus tempestades, áridas
y gibosas estepas, donde la vista se pierde en un horizonte sin límite.
Entonces no es terror lo que experimentáis, sino una triste y profunda
melancolía, de la cual nada hay que pueda distraeros, porque el aspecto de
la región, por lejos que se alargue vuestra mirada, es siempre el mismo.
Ascended o descended las cien veces iguales pendientes, buscando en vano
un camino trazado: al hallaros tan perdidos en aquel aislamiento, en medio
de desiertos, os creéis solos en la naturaleza, y vuestra melancolía se
convierte en desolación. Os parece inútil caminar más adelante, porque no
veis una meta para vuestros pasos; no encontráis una aldea, ni un
castillo, ni una cabaña, ni en suma vestigio de humana morada. Sólo de
cuando en cuando, como una tristeza más en aquella región melancólica, un
pequeño lago sin cañas, sin arbustos, dormido en el fondo de un barranco,
casi otro mar Muerto, os cierra el camino con sus verdes aguas, sobre las
cuales se levantan al acercaros algunas aves acuáticas de gritos
prolongados y discordantes. Rodead ese lago, trasponed el collado que está
delante de vosotros, descended a otro valle, superad otra colina, y así
sucesivamente, hasta que hayáis llegado a los comienzos de la cadena de
montes que van siempre disminuyendo más. Pero si al concluir esa cadena os
volvéis hacia el mediodía, la región recobra un carácter majestuoso, se os
presenta una naturaleza más grandiosa y descubriréis otra cadena de
montañas más altas, de forma más pintoresca, de más rica vegetación, toda
cubierta de espesos bosques, toda surcada de arroyos: con la sombra y con
el agua renace también la vida en aquella comarca; se escucha ya el tañido
de la campana de una ermita, y sobre el flanco de aquella montaña se ve
serpentear una caravana. Por fin, a los últimos rayos del sol poniente se
perciben desde lejos, a guisa de bandada de pájaros blancos, apoyándose
las unas en las otras, las casas de una aldea, que parece se hubieran
agrupado en cierto modo para defenderse de un asalto nocturno; pues con la
vida ha vuelto el peligro: aquí no se luchará con osos y lobos, como en
aquella altas montañas, sino con hordas de bandidos moldavos.
Entretanto nos acercábamos a nuestra meta. Diez días de camino habían
transcurrido sin ningún incidente. Ya distinguíamos la cumbre del monte
Pion, que se eleva sobre toda aquella familia de gigantes, y sobre cuya
vertiente meridional está situado el convento de Sabastru al cual yo me
trasladaba. Tres días más, y nos hallábamos al término de nuestro viaje.
Eran los últimos días de julio. Habíamos tenido una jornada muy cálida, y
hacia las cuatro respirábamos con ansioso deleite las primeras brisas del
atardecer. Habíamos dejado atrás hacía poco las torres ruinosas de
Niantzo. Bajábamos a una llanura que empezábamos a ver a través de una
hendidura de la montaña.
Desde el sitio donde estábamos, ya podíamos seguir con la vista el curso
del Bistriza, de riberas esmaltadas de bermejeantes viñedos y de altas
campánulas de flores blancas. Bordeábamos un abismo en cuyo fondo corría
el río, que en aquel lugar tenía apenas forma de torrente, y nuestras
cabalgaduras tenían escaso espacio para caminar dos de frente. Nos
precedía un guía, quien, inclinado de flanco sobre la grupa de su caballo,
cantaba una canción morlaca, cuyas palabras seguía con singular atención.
El cantor era también al mismo tiempo el poeta. Necesitaría ser uno de
aquellos montañeses para poder expresarnos la melancolía de su canción con
su salvaje tristeza, con toda su profunda sencillez. Las palabras de la
canción eran poco más o menos las siguientes:
"¡Ved allí ese cadáver en la palude de Stavila, donde corriera tanta
sangre de guerreros! No es un hijo de Iliria, no; es un feroz bandido, que
después de haber engañado a la gentil María, robó, exterminó, incendió.
"Rauda como el relámpago una bala ha venido a atravesar el corazón del
bandido; un yatagán le ha tronchado el cuello. Pero, oh misterio, después
de tres días, su sangre, tibia aún, riega la tierra bajo el pino tétrico y
solitario y ennegrece el pálido Ovigan.
"Sus ojos turquíes brillan siempre; huyamos, huyamos: guay de quien pase
por la palude cerca de él: ¡es un vampiro! El feroz lobo se aleja del
impuro cadáver, y el fúnebre buitre huye al monte de calvo frontis."
De pronto se oyó la detonación de un arma de fuego y el silbar de una
bala. La canción quedó interrumpida, y el guía, herido de muerte,
precipitóse al abismo, mientras su caballo se detenía temblando y
tendiendo la inteligente testa hacia el fondo del precipicio, donde
desapareciera su dueño. Al mismo tiempo, se levantó por los aires un grito
estridente, y sobre los flancos de la montaña vimos aparecer una treintena
de bandidos: estábamos completamente rodeados. Cada uno de los nuestros
empuñó un arma, y bien que tomados inopinadamente, mis acompañantes, como
que eran viejos soldados avezados al fuego, no se dejaron intimidar, y se
pusieron en guardia. Yo misma, dando el ejemplo, empuñé una pistola, y
conociendo bien cuán desventajosa era nuestra situación, grité:
¡Adelante!, y di con la espuela a mi caballo que se lanzó a toda carrera
hacia la llanura. Pero teníamos que vérnosla con montañeses que brincaban
de roca en roca como verdaderos demonios de los abismos, que aun saltando,
hacían fuego, manteniendo a nuestros flancos la posición tomada. Por lo
demás, nuestro plan había sido previsto. En un punto donde el camino se
ensanchaba y la montaña se allanaba un poco, aguardaba nuestro paso un
joven a la cabeza de diez hombres a caballo. Cuando nos vieron, pusieron
al galope sus cabalgaduras, y nos asaltaron de frente, mientras aquellos
que nos perseguían bajaban saltando en gran cantidad, y cortada de tal
modo nuestra retirada, nos rodeaban por todas partes.
La situación era grave y sin embargo, acostumbrada desde niña a las
escenas de guerra, pude apreciarla sin que se me escapara una sola
circunstancia. Todos aquellos hombres, vestidos de pieles de carnero,
llevaban inmensos sombreros redondos, coronados de flores naturales al
modo de los húngaros. Cada uno de ellos manejaba un largo fusil turco, que
agitaban vivamente luego de haber disparado, dando gritos salvajes, y en
la cintura portaba un sable corvo y dos pistolas. Su jefe era un joven de
apenas veintidós años, de tez pálida, de ojos negros y cabellos
ensortijados y cayéndole sobre las espaldas. Vestía la casaca moldava
guarnecida de piel y ajustada al cuerpo por una faja con listas de oro y
seda. En su mano resplandecía un sable corvo, y en su cintura relucían
cuatro pistolas. Durante la lucha daba gritos roncos e inarticulados que
parecían no pertenecer al habla humana, y sin embargo eran una eficaz
expresión de sus deseos, pues a aquellos gritos obedecían todos sus
hombres, ora echándose a tierra boca abajo para esquivar nuestras
descargas, ora levantándose para disparar a su vez, haciendo caer a
aquellos de nosotros que aún estaban de pie, matando a los heridos,
haciendo en suma de la lucha una carnicería. Yo había visto caer uno
después del otro los dos tercios de mis defensores. Cuatro estaban aún
ilesos y se apretaban a mi alrededor, no pidiendo una gracia que tenían la
certidumbre de no conseguir, y pensando sólo en vender la vida lo más cara
que fuese posible. Entonces el joven jefe dio un grito más expresivo que
los anteriores, tendiendo la punta de su sable hacia nosotros. En verdad
aquella orden significaba que debía rodearse nuestro último grupo de un
cerco de fuego y fusilarnos a todos juntos, pues de un golpe vimos
apuntarnos todos aquellos largos mosquetes.
Comprendí, que había llegado la hora final. Alcé los ojos y las manos al
cielo, murmurando una última plegaria, y aguardé la muerte. En ese
instante vi, no descender sino precipitarse de peña en pena, un joven que
se detuvo enhiesto sobre una roca que dominaba la escena, semejante a una
estatua en un pedestal, y, extendiendo la mano hacia el campo de batalla,
pronunció esta sola palabra: "¡Basta!" Todas las miradas se volvieron a
esa voz, y cada uno pareció obedecer al nuevo amo. Sólo un bandido apuntó
de nuevo su fusil e hizo el disparo. Uno de nuestros hombres dio un grito;
la bala le había roto el brazo izquierdo. Se volvió al punto para lanzarse
sobre el que le hiriera, pero aún no había hecho cuatro pasos su caballo,
que un relámpago brilló por encima de nosotros y el bandido rebelde cayó
herido por una bala en la cabeza... Tantas y tan diversas emociones habían
acabado mis fuerza; me desvanecí. Cuando recobré los sentidos, me hallé
acostada sobre la hierba, con la cabeza apoyada en las rodillas de un
hombre, de quien no veía sino la mano blanca y cubierta de anillos
rodeándome el cuerpo, mientras ante mí estaba parado, de brazos cruzados y
la espada bajo la axila, el joven jefe moldavo que dirigiera el asalto
contra nosotros. "Kostaki", decía en francés y con gesto autoritario el
que me sostenía, "haced que vuestros hombres se retiren de inmediato, y
dejadme el cuidado de esta joven. "Hermano, hermano", respondió aquel a
quien eran dirigidas tales palabras, y que parecía contenerse con
esfuerzo, "cuídate de no cansar mi paciencia; yo os dejo el castillo,
dejadme a mí el bosque. En el castillo vos sois el amo, pero aquí yo soy
todopoderoso. Aquí me bastaría una sola palabra para obligaros a
obedecerme". "Kostaki, yo soy el mayor; lo que quiere decir que soy amo en
todas partes, así en el bosque como en el castillo, allá y aquí. Como a
vos, me corre por las venas la sangre de los Brankovan, sangre real que
tiene el hábito de mandar, y yo mando." "Mandad a vuestros servidores,
Gregoriska, no a mis soldados." "Vuestros soldados son bandidos,
Kostaki... bandidos que haré ahorcar en las almenas de nuestras torres si
no me obedecen al instante." "Bien, probad de darles una orden."
Sentí entonces que quien me sostenía retiraba su rodilla, y colocaba
suavemente mi cabeza sobre una piedra.
Le seguí ansiosa con la mirada, y pude examinar a aquel joven, que cayera,
por así decirlo, del cielo en medio de la refriega, y que yo había podido
ver apenas, estando desmayada, mientras aparecía a punto en escena. Era un
joven de veinticuatro años, de alta estatura y con dos grandes ojos
celestes y resplandecientes como el relámpago, en los que se leía una
extraordinaria decisión y firmeza. Los largos cabellos rubios, indicio de
la estirpe eslava, le caían sobre las espaldas como los del arcángel
Miguel, circundando dos mejillas rubicundas y frescas; sus labios
realzados por una sonrisa desdeñosa, dejaban ver una doble hilera de
perlas. Vestía una especie de túnica de velludo negro, calzones ceñidos a
las piernas y botas bordadas; en la cabeza tenía un gorro puntiagudo
ornado de una pluma de águila; en la cintura portaba un cuchillo de caza,
y al hombro una pequeña carabina de dos caños, cuya precisión había
aprendido a apreciar uno de los bandidos. Extendió la mano, y con ese
gesto imperioso pareció imponerse hasta a su hermano. Pronunció algunas
palabras en lengua moldava, las cuales parecieron causar profunda
impresión sobre los bandidos. Entonces, a su vez, habló en la misma lengua
el joven jefe, y me pareció que su discurso estaba lleno de amenazas y de
imprecaciones. A aquel largo y vehemente discurso el hermano mayor
contestó con una sola palabra. Los bandidos se sometieron; hizo un gesto,
y los bandidos se sometieron; hizo un gesto, y los bandidos se reunieron
detrás de nosotros.
"¡Bien! Sea, pues, Gregoriska", dijo Kostaki volviendo a hablar en
francés. "Esta mujer no irá a la caverna, pero no por ello será menos mía.
La encuentro hermosa, la he conquistado yo y la quiero yo." Así diciendo,
se lanzó él hacia mí, y me levantó entre sus brazos. "Esta mujer será
llevada al castillo y entregada a mi madre, yo no la abandonaré", dijo mi
protector. "¡Mi caballo!", gritó Kostaki en lengua moldava. Varios
bandidos se apresuraron a obedecer, condujeron a su señor la cabalgadura
pedida... Gregoriska miró en torno, asió las bridas de un caballo sin
dueño, y saltó a la silla sin tocar los estribos. Kostaki, bien que me
tenía aún apretada entre sus brazos, montó en la silla casi tan ágilmente
como su hermano, y partió a todo galope. El caballo de Gregoriska pareció
haber recibido el mismo impulso y fue a ponerse pegado al flanco y al
pescuezo del corcel de Kostaki. Extraño de verse eran aquellos dos
caballeros que volaban el uno junto al otro, taciturnos, silenciosos, sin
perderse de vista un solo instante, aun cuando aparentaran no mirarse, y
se entregaban por entero a sus cabalgaduras, cuya impetuosa carrera los
llevaba a través de bosques, rocas y precipicios.
Tenía la cabeza caída, y esto me permitía ver los bellos ojos de
Gregoriska fijos en mí. Kostaki lo advirtió, me levantó la cabeza, y ya no
vi más que su tétrica mirada devorándome. Bajé los párpados, pero en vano;
a través de su velo, veía no obstante siempre aquella mirada
relampagueante que me penetraba hasta las vísceras y me punzaba el
corazón. Entonces me acaeció una extraña alucinación; parecíame ser la
Leonora de la balada de Bürger, llevada por el caballo y el caballero
fantasmas, y cuando sentí que se me cerraban abrí los ojos amedrentada,
tan persuadida estaba de ver alrededor mío sólo cruces rotas y tumbas
abiertas. Vi algo un poco más alegre; era el patio interno de un castillo
moldavo construido en el siglo décimocuarto.
Kostaki me dejó resbalar a tierra, bajando casi en seguida después que yo;
pero, por rápido que hubiera sido su acto, Gregoriska le había precedido.
Como lo dijera, en el castillo él era el amo. Al ver llegar a los dos
jóvenes y a la extranjera que llevaban con ellos, acudieron los
servidores; pero, aunque dividieron sus diligencias entre Kostaki y
Gregoriska, aparecía claro que los mayores miramientos, el respeto más
profundo eran para el segundo. Se aproximaron dos mujeres, Gregoriska les
dio una orden en lengua moldava, y con la mano me indicó que la siguiera.
La mirada que acompañaba aquel gesto era tan respetuosa que yo no vacilé
absolutamente en obedecerle. Cinco minutos después me encontraba en una
cámara que, aun cuando pudiera parecer desnuda y triste a una persona de
menos fácil contentamiento, era sin embargo evidentemente la más hermosa
del castillo. Una gran habitación cuadrada, con una especie de diván de
sayal verde, asiento de día, lecho de noche. Había también allí cinco o
seis sillones de encina, un inmenso cofre, y en un ángulo un trono
semejante a una gran silla de coro.
No había que hablar de cortinas en las ventanas y en el lecho. A los
costados de la escalera que llevaba a aquella cámara, erguíanse, dentro de
nichos, tres estatuas de los Brankovan de tamaño superior al natural. Al
poco rato trajeron nuestros bagajes, entre los cuales se encontraban
también mis maletas. Las mujeres me ofrecieron sus servicios. Pero no
obstante, reparando el desorden que lo sucedido causara en mi tocado,
conservé mi vestimenta de amazona, la cual, más que cualquier otra,
acordaba con el modo de vestir de mis huéspedes. Apenas había hecho los
pocos cambios necesarios en mis ropas, cuando oí golpear levemente en la
puerta.
"Adelante", dije en francés, siendo esta lengua para nosotros los
polacos, como sabéis, casi una segunda lengua materna. Entró Gregoriska.
"¡Ah! señora, cuánto me complace que habléis francés." "Y yo también",
respondí, "estoy contenta de saber esta lengua, porque de tal modo he
podido, gracias a este hecho, apreciar toda la generosidad de vuestra
conducta conmigo. En esa lengua vos me defendisteis de los designios de
vuestro hermano, y en esa lengua os ofrezco yo la expresión de mi sincero
reconocimiento". "Os lo agradezco, señora. Era cosa muy natural que me
preocupara de una mujer que se encontraba en vuestra situación. Andaba de
caza por los montes, cuando llegaron a mi oído algunas detonaciones
anormales y continuas; comprendí que se trataba de un asalto a mano
armada, y marché al encuentro del fuego, como decimos nosotros en términos
guerreros. A Dios gracias, llegué a tiempo, pero ¿sería tal vez demasiado
atrevido si os preguntara, oh señora, por cuál motivo una mujer de alto
linaje, como lo sois vos, se ha visto reducida a aventurarse en nuestros
montes?" "Yo soy polaca", le contesté: "Mis dos hermanos sucumbieron, no
ha mucho, en la guerra contra Rusia; mi padre, a quien dejé yo mientras se
preparaba a defender su castillo, sin duda se les ha reunido ya a esta
hora, y yo, huyendo por orden de mi padre, de todos aquellos estragos, iba
en busca de refugio al monasterio de Sabastru, donde mi madre, en su
juventud y en circunstancias semejantes, había encontrado asilo seguro."
"Sois enemiga de los rusos, tanto mejor", dijo el joven; "este título os
será poderosa ayuda en el castillo, y nosotros necesitaremos de todas
nuestras fuerzas para sostener la lucha que se prepara. Pero ante todo,
señora, pues que yo sé quién sois vos, sabed también quiénes somos
nosotros: el nombre de los Brankovan no os es desconocido, ¿verdad,
señora?" Yo me incliné. "Mi madre es la última princesa de este nombre, la
última descendiente del ilustre jefe mandado matar por los Cantimir, los
viles cortesanos de Pedro I. Casó en primeras nupcias con mi padre, Serban
Waivady, príncipe también él, pero de estirpe menos ilustre. Mi padre
había sido educado en Viena, y allí pudo apreciar las ventajas de la
civilización. Decidió hacer de mí un europeo. Partimos para Francia,
Italia, España y Alemania. Mi madre —no le toca a un hijo, lo sé, narraros
lo que os diré, pero, ya que por nuestra salvación es necesario que nos
conozcamos bien, reconoceréis justos los motivos de esta revelación— mi
madre, digo, que durante los primeros viajes de mi padre, mientras era yo
aún niño, había tenido culpables relaciones con un jefe de parciales (que
con tal nombre, agregó sonriendo Gregoriska, se llaman en este país a los
hombres por quienes fuisteis agredida), cierto conde Giordaki Koproli,
medio griego y medio moldavo, escribió a mi padre confesándole todo y
pidiéndole el divorcio, apoyando su demanda en que no quería ella, una
Brankovan, continuar siendo por más tiempo mujer de un hombre que se
tornaba día a día más extranjero a su patria. ¡Ay! Mi padre no tuvo
necesidad de dar su asentimiento a esa petición, que os podrá parecer
extraña, pero entre nosotros es cosa muy natural. Él había muerto de un
aneurisma que desde mucho tiempo le atormentaba, y la carta de mi madre la
recibí yo. A mí ahora no me quedaba otra cosa que hacer votos sinceros por
la felicidad de mi madre, y le escribí una carta, en la que le comunicaba
estos votos míos junto con la noticia de su viudez. En aquella carta le
pedía también permiso para poder continuar mis viajes, que me fue
concedido. Tenía yo la firme intención de establecerme en Francia o
Alemania para no encontrarme cara a cara con un hombre que aborrecía, y
que no podía amar, quiero decir al marido de mi madre; cuando he aquí,
que, de improviso, vine a saber que el conde Giordaki Koproli había sido
asesinado, según decires, por los viejos cosacos de mi padre. Amaba yo
demasiado a mi madre para no apresurarme a regresar a la patria,
comprendía su aislamiento y la necesidad en que debía encontrarse de tener
junto a ella en tales circunstancias las personas que podían serle
queridas. Aun cuando ella nunca se hubiera mostrado muy tierna conmigo,
era su hijo. Una mañana llegué inesperadamente al castillo de mis padres.
Allí encontré un joven, a quien al principio tomé por un extranjero, pero
luego supe que era mi hermano. Era Kostaki, el hijo del adulterio,
legitimado por un segundo matrimonio; Kostaki, la indomable criatura que
visteis, para quien son leyes sólo sus pasiones, que nada tiene por
sagrado aquí abajo fuera de su madre, que me obedece como la tigresa
obedece al brazo que la ha domado, pero rugiendo por siempre, en la vaga
esperanza de poder devorarme un día. En el interior del castillo, en el
hogar de los Brakovan y de los Waivady, yo soy aún el amo; pero fuera de
este recinto, en la abierta campiña, él se convierte en el salvaje hijo de
los bosques y de los montes, que quiere doblegarlo todo bajo su férrea
voluntad. Cómo hoy él y sus hombres hicieron para ceder, no lo sé; quizá
por antigua costumbre, o por un resto de respeto que me tienen. Pero no
quisiera arriesgar otra prueba. Permaneced aquí, no salgáis de esta
cámara, del patio, del castillo en suma, y respondo de todo; si dais un
paso fuera del castillo, no puedo prometeros otra cosa que hacerme matar
por defenderos."
"¿No podré entonces", dije yo, "según el deseo de mi padre, continuar el
viaje hacia el convento de Sabastru?" "Obrad, intentad, ordenad, yo os
acompañaré, pero quedaré en mitad del camino, y vos... vos ciertamente no
alcanzaréis la meta de vuestro viaje." "Pero ¿qué hacer, entonces?"
"Quedaros aquí, aguardar, tomar consejo de los hechos y aprovechar las
circunstancias. Suponeos haber caído en una caverna de bandidos, y que
sólo vuestro valor podrá sacaros del apuro, vuestra calma salvaros. Mi
madre, a despecho de la preferencia que concede a Kostaki, hijo de su
amor, es buena y generosa. Por otra parte, es una Brankovan, vale decir
una verdadera princesa. La veréis: ella os defenderá de las brutales
pasiones de Kostaki. Poneos bajo la protección de ella: sed cortés, os
amará. Y en realidad (agregó él con expresión indefinible), ¿quién podría
veros y no amaros? Venid ahora al comedor donde mi madre os espera. No
demostréis fastidio ni desconfianza: hablad polaco: aquí nadie conoce esta
lengua; yo traduciré a mi madre vuestras palabras, y estáos tranquila, que
sólo diré aquello que sea conveniente decir. Sobre todo ni una palabra de
cuanto os he revelado: nadie debe sospechar que estamos de acuerdo. Vos no
sabéis aún de cuanta astucia y disimulación es capaz el más sincero de
entre nosotros. Venid."
Le seguí por la escalera iluminada de antorchas de resina ardiendo,
puestas dentro de manos de hierro que sobresalían del muro. Era evidente
que aquella insólita iluminación había sido dispuesta para mí. Llegamos al
comedor. Apenas Gregoriska hubo abierto la puerta de aquella sala, y
pronunciado en el umbral una palabra en lengua moldava, que después supe
significaba la extranjera, vino a nuestro encuentro una mujer de alta
estatura. Era la princesa Brankovan. Tenía cabellos blancos entrelazados
alrededor de la cabeza, la cual estaba cubierta de un gorro de cibelina,
ornado de un penacho, signo de su origen principesco. Vestía una especie
de túnica de brocado, el corpiño sembrado de piedras preciosas,
sobrepuesta a una larga hopalanda de estofa turca, guarnecida de piel
igual a la del gorro. Tenía en la mano un rosario de cuentas de ámbar, que
hacía correr rápidamente entre los dedos. Junto a ella estaba Kostaki,
vestido con el espléndido y majestuoso traje magiar, en el cual me pareció
aún más extraño. Su traje estaba compuesto de una sobrevesta de velludo
negro, de ancha mangas, que le caía hasta debajo de la rodilla, calzones
de casimir rojo, y los largos cabellos de color negro tirando a azulado le
caían sobre el cuello desnudo, rodeado solamente por la orla blanca de una
fina camisa de seda. Me saludó torpemente, y pronunció en moldavo algunas
palabras para mí ininteligibles.
"Podéis hablar en francés, hermano mío", dijo Gregoriska; "la señora es
polaca y comprende esta lengua".
Entonces Kostaki dijo en francés algunas palabras casi tan
incomprensibles para mí como las que pronunciara en moldavo; pero la
madre, tendiendo gravemente el brazo, interrumpió a los dos hermanos.
Aparecía claro que intimaba a sus hijos que esperaran a que sólo ella me
recibiera. Comenzó entonces en lengua moldava un discurso de cumplimiento,
al cual la movilidad de sus facciones daba un sentido fácil de explicarse.
Me indicó la mesa, me ofreció una silla cerca de ella, señaló con un gesto
la casa toda, como diciendo que estaba a mi disposición, y, sentándose
antes que los demás con benévola dignidad, hizo la señal de la cruz y
pronunció una plegaria. Entonces cada uno ocupó su lugar propio,
establecido por la etiqueta, Gregoriska cerca de mí. Como extranjera, yo
había determinado que a Kostaki le tocara el puesto de honor junto a su
madre Smeranda. Así se llamaba la condesa. También Gregoriska había mudado
de vestimenta. Llevaba él igualmente la túnica magiar y los calzones de
casimir, pero aquélla de color granate y estos turquíes. Tenía colgada del
cuello una espléndida condecoración, el nisciam del sultán Mahmud. Los
otros comensales de la casa cenaban en la misma mesa, cada uno en el sitio
que le correspondía según el grado que ocupaba entre los amigos o los
servidores. La cena fue triste: Kostaki no me dirigió nunca la palabra, si
bien su hermano tuvo siempre la atención de hablarme en francés. La madre
me ofrecía de todo con sus propias manos con ese ademán solemne que le era
natural; Gregoriska había dicho la verdad: era una verdadera princesa.
Luego de la cena, Gregoriska se acercó a su madre, y le explicó en lengua
moldava el deseo que yo debía tener de estar sola, y cuán necesario que
sería el reposo después de las emociones de aquella jornada. Smeranda hizo
un gesto de aprobación, me tendió la mano, me besó en la frente, como lo
hubiera hecho con una hija suya, y me deseó buena noche en su castillo.
Gregoriska no se había engañado: yo ansiaba ardientemente aquel instante
de soledad. Agradecí por eso a la princesa, quien me condujo hasta la
puerta, donde me esperaban las dos mujeres que antes ya me acompañaran en
mi cámara. Saludado que hube a la madre y a los dos hijos, volví a mi
aposento, de donde saliera una hora antes.
El sofá estaba transformado en lecho. Otros cambios no se habían hecho.
Agradecí a las mujeres: les hice comprender que me desvestiría sola, y
ellas salieron en seguida con mil testimonios de respeto que querían
significar tener órdenes de obedecerme en todo y por todo. Quedé sola en
aquella inmensa cámara, que mi candela podía alumbrar apenas en parte. Era
un singular juego de luces, una especie de lucha entre el resplandor
trémulo de mi cirio y los rayos de la luna que pasaban a través de la
ventana sin cortinados. Además de la puerta por la que entrara, y que caía
sobre la escalera, habían otras dos en la cámara; pero sus gruesos
cerrojos, que se cerraban por dentro, bastaban para tranquilizarme. Miré
la puerta de entrada; también ella tenía medios de defensa. Abrí la
ventana: daba sobre un abismo. Comprendí que Grigoriska había elegido
aquella cámara calculadamente. De vuelta por fin a mi sofá, encontré sobre
una mesita puesta junto a la cabecera una tarjeta doblada. La abrí y leí
en polaco: Dormid tranquila: nada tenéis que temer mientras permanezcáis
en el interior del castillo. Seguí el buen consejo, y como el cansancio
vencía sobre las preocupaciones que me tenían desazonada, me acosté y en
seguida me dormí.
Desde aquel momento quedaba fijada mi permanencia en el castillo y tenía
principio el drama que voy a narraros.
Los dos hermanos se enamoraron de mí, cada uno según su propia índole.
Kostaki me confesó de improviso al día siguiente que me amaba, y declaró
que sería suya y no de otro, y que me mataría antes que cederme a
quienquiera que fuese. Gregoriska no me dijo nada, pero se mostró lleno de
amor y de consideraciones conmigo. Para complacerme puso en práctica todos
los medios de su refinada educación, todos los recuerdos de una juventud
transcurrida en la más nobles Cortes de Europa. ¡Ay! No era cosa tan
difícil pues ya el primer sonido de su voz me había acariciado el alma, y
ya su primera mirada me había serenado el corazón. Al cabo de tres meses
Kostaki me había repetido cien veces que me amaba, y yo le odiaba;
Gregoriska aun no me había dicho una palabra de amor y yo sentía que
cuando él lo deseara sería toda suya.
Kostaki había renunciado a sus incursiones. Encerrado siempre en el
castillo, había cedido momentáneamente el mando a un lugarteniente, quién
de cuando en cuando venía a pedirle órdenes, y en seguida desaparecía.
También Smeranda había concebido por mí una amistad apasionada, cuyas
expresiones me causaban temor. Protegía ella visiblemente a Kostaki, y
parecía celosa de mí más aún de lo que él lo fuera. Pero como no hablaba
polaco ni francés, y yo no comprendía el moldavo, ella no tenía modo de
insistir ante mí en favor de su hijo predilecto. Había sin embargo
aprendido a decir en francés unas palabras que me repetía siempre cuando
posaba sus labios en mi frente: —¡Kostaki ama a Edvige!...—
Un día recibí una noticia horrible que colmó mi desventura. Los cuatro
hombres sobrevivientes al combate habían sido puestos en libertad y
regresado a Polonia, prometiendo que uno de ellos, antes de que pasaran
tres meses, volvería para darme noticias de mi padre. En efecto, una
mañana se presentó de nuevo uno de ellos. Nuestro castillo había sido
tomado, incendiado, destruido, y mi padre se había hecho matar
defendiéndolo. En adelante estaba sola en el mundo. Kostaki redobló sus
insinuaciones, y Smeranda sus ternuras; pero esta vez aduje como pretexto
mi duelo por la muerte de mi padre. Kostaki insistió diciendo que cuanto
más sola me encontraba tanto más necesidad tenía de apoyo, y su madre
insistió al par y acaso más que él.
Gregoriska me había hablado del poder que los moldavos tienen sobre sí
mismos, cuando no quieren que otros lean en su corazón. Él era un vivo
ejemplo de ello. Estaba segurísima de su amor, y sin embargo, si alguien
me hubiera preguntado en qué prueba se fundaba tal certidumbre, me habría
sido imposible decirlo: nadie en el castillo había visto nunca que su mano
tocara la mía, o que sus ojos buscaran los míos. Sólo los celos podían
hacer clara a Kostaki la rivalidad del hermano, como sólo el amor que
alimentaba yo por Gregoriska podía hacerme claro su amor. Sin embargo, lo
confieso, me inquietaba mucho aquel poder de Gregoriska sobre sí mismo. Yo
tenía fe en él, pero no bastaba; necesitaba ser convencida; cuando he aquí
que una noche, de vuelta apenas en mi cámara, oí golpear levemente a una
de las dos puertas que se cerraban por dentro. Por el modo de golpear
adiviné que era una llamada amiga. Me acerqué, preguntando quién estaba
allí.
"Gregoriska", contestó una voz cuyo acento no podía engañarme. "¿Qué
queréis de mí?", le pregunté toda temblorosa. "Si tenéis fe en mí", dijo
Gregoriska, "si me creéis hombre de honor, ¿me permitís una pregunta?"
"¿Cuál?" "Apagad la luz como si os hubierais acostado, y de aquí en media
hora, abridme esta puerta." "Volved dentro de media hora...", fue mi única
respuesta.
Apagué la luz, y aguardé. El corazón me palpitaba con violencia, pues
comprendía yo que se trataba de un hecho importante. Transcurrió la media
hora: oí golpear más levemente aún que la primera vez. Durante el
intervalo había descorrido los cerrojos; no me quedaba pues sino abrir la
puerta, Gregoriska entró, y sin que me dijera, cerré la puerta tras él y
eché los cerrojos. Él permaneció un instante mudo e inmóvil, imponiéndome
silencio con el gesto. Luego, cuando estuvo seguro de que ningún peligro
nos amenazaba por el momento, me llevó al centro de la vasta cámara, y
sintiendo, por mi temblor, que no habría podido sostenerme de pie, me
buscó una silla. Me senté o más bien me dejé caer sobre el asiento.
"¡Dios mío!", le dije; "¿qué hay de nuevo, o por qué tantas
precauciones?" "Porque mi vida, que no contaría para nada, y acaso también
la vuestra, dependen de la conversación que tendremos."
Amedrentada, le aferré una mano. Se la llevó él a los labios, mirándome
como si quisiera pedir excusas por tanta audacia. Bajé yo los ojos, era un
tácito consentimiento.
"Yo os amo", me dijo con aquella voz melodiosa como un canto; "¿me amáis
vos?" "Sí", le respondí. "¿Y consentiréis en ser mi mujer?" "Sí."
Llevó la mano a la frente con profunda expresión de felicidad. "Entonces,
¿no rehusaréis seguirme?" "Os seguiré doquiera." "Pues comprenderéis bien
que no podemos ser felices sino huyendo de estos lugares."
"¡Oh sí! Huyamos", exclamé. "¡Silencio", dijo él estremeciéndose,
"¡Silencio!" "Tenéis razón." Y me le acerqué toda tremante. "Escuchad lo
que he hecho", continuó Gregoriska; "escuchad por qué he estado tanto
tiempo sin confesaros que os amaba. Quería yo, cuando estuviera seguro de
vuestro amor, que nadie pudiera oponerse a nuestra unión. Yo soy rico,
querida Edvige, inmensamente rico, pero como lo son los señores moldavos:
rico en tierras, en ganados, en servidores. Ahora bien, he vendido por un
millón, tierras, rebaños y campesinos al monasterio de Hango. Me han dado
trescientos mil francos en muchas piedras preciosas, cien mil francos en
oro, el resto en letras de cambio sobre Viena. ¿Os bastará un millón?" Le
apreté la mano. "Me hubiera bastado vuestro amor, Gregoriska, juzgadlo
vos." "¡Bien! Escuchad; mañana voy al monasterio de Hango para tomar mis
últimas disposiciones con el superior. Él me tiene listos caballos que nos
esperarán de las nueve de la mañana en adelante ocultos a cien pasos de
castillo. Después de la cena, subiréis de nuevo como hoy a vuestra cámara;
como hoy apagaréis la luz; como hoy entraré yo en vuestro aposento. Pero
mañana, en vez de salir solo vos me seguiréis, saldremos por la puerta que
da sobre los campos, encontraremos los caballos, montaremos, y pasado
mañana por la mañana habremos recorrido treinta leguas. —¡Oh! ¡Por qué no
será ya pasado mañana!— ¡Querida Edvige!"
Gregoriska me apretó sobre el corazón, y nuestros labios se encontraron.
¡Oh! Lo había dicho él, yo había abierto la puerta de mi cámara a un
hombre de honor; pero comprendió bien que si no le pertenecía en cuerpo le
pertenecía en alma. Transcurrió la noche sin que pudiera cerrar los ojos.
Me veía huir con Gregoriska, me sentía transportada por él como ya lo
había sido por Kostaki: sólo que aquella carrera terrible, espantable,
fúnebre, se trocaba ahora en un apuro suave y delicioso, al que la
velocidad del movimiento agregaba deleite, pues también el movimiento
veloz tiene un deleite propio... Nació el día. Bajé. Parecióme que el
ademán con que me saludó Kostaki era aún más tétrico que de costumbre. Su
sonrisa era irónica y amenazadora. Smeranda no me pareció cambiada.
Durante la colación, Gregoriska ordenó sus caballos. Parecía que Kostaki
no pusiera ni la mínima atención en aquella orden. Hacia loas once,
Gregoriska nos saludó, anunciando que estaría de regreso recién a la
noche, y rogando a su madre que no le esperase a cenar: después, volvióse
hacia mí y rogóme quisiera admitir sus excusas.
Salió. La mirada de su hermano le siguió hasta cuando dejó la cámara, y
en ese momento le brotó de los ojos un tal relámpago de odio que me
estremecí. Podéis imaginaros con qué inquietud pasé aquel día. A nadie
había confiado nuestros designios, a duras penas le hablé a Dios de ello
en mis plegarias, y parecíame que todos los conocieran, que cada mirada
puesta en mí pudiera penetrar y leer en lo íntimo de mi corazón... La cena
fue un suplicio; hosco y taciturno, Kostaki, por costumbre, hablaba
raramente: esta vez no dijo más que dos o tres palabras en moldavo a su
madre, y siempre con tal acento que hacía estremecer. Cuando me levanté
para subir a mi aposento, Smeranda, como de ordinario, me abrazó, y al
abrazarme repitió aquella frase que desde ya ocho días no le saliera de la
boca: ¡Kostaki ama a Edvige!
Esta frase me siguió como una amenaza hasta mi cámara, y aun allí
parecíame que una voz fatal me susurrase al oído: ¡Kostaki ama a Edvige!
Ahora el amor de Kostaki, me lo había dicho Gregoriska, equivalía a la
muerte. Hacia las siete de la noche vi a Kostaki atravesar el patio. Se
volvió para verme, pero me aparté para que no pudiera descubrirme. Estaba
inquieta, pues por cuanto podía yo ver desde mi ventana, me parecía que él
iba directamente hacia la caballeriza. Me arriesgué a correr los cerrojos
de una de las puertas internas de mi cámara y pasar a la cámara vecina,
desde donde podía ver todo lo que él estaba por hacer. Dirigíase, en
efecto, hacia la caballeriza, y cuando hubo llegado a ella sacó él mismo
su caballo favorito, ensillándolo de su propia mano con el cuidado de un
hombre que da la mayor importancia a cada detalle. Vestía el mismo traje
que cuando se me apareciera la vez primera, pero no llevaba otra arma que
el sable. Cuando hubo ensillado el caballo, miró otra vez hacia la ventana
de mi cámara. No habiéndome visto, saltó sobre la silla, se hizo abrir la
misma puerta por la que saliera y debía volver su hermano, y se alejó a
todo galope en dirección del monasterio de Hango. Se me apretó entonces
terriblemente el corazón; un fatal presentimiento me decía que Kostaki iba
al encuentro de su hermano. Estuve a la ventana hasta cuando pude
distinguir el camino que, a un cuarto de legua de distancia del castillo,
hacía un recodo a la izquierda y se perdía en el comienzo de un bosque.
Pero la noche se tornaba cada vez más cerrada, y pronto no pude yo
distinguir más el camino.
Me quedé todavía.
Finalmente, la inquietud que me atormentaba renovó, precisamente por
exceso, mis fuerzas, y pues las primeras noticias, de uno o de otro
hermano, debían llegarme en la sala inferior, bajé.
Miré ante todo Smeranda. En la tranquilidad de su rostro advertí que no
tenía ninguna aprensión; daba órdenes para la acostumbrada cena, y los
cubiertos de los hermanos estaban en los lugares habituales. No me atreví
a interrogar a nadie. Por otra parte, ¿a quién hubiera podido dirigirme?
En el castillo ninguno, excepto Kostaki y Gregoriska, hablaban las dos
lenguas que yo sabía. Me sobresaltaba al mínimo rumor. Por costumbre, nos
poníamos a la mesa a las nueve.
Había bajado a la sala a las ocho y media, y seguía con la mirada la
aguja de los minutos, cuyo avance era casi visible sobre el amplio
cuadrante del reloj. La viajera aguja transitó la distancia que nos
separaba del cuarto de hora.
El cuarto golpeó, y las vibraciones resonaron profundas y tristes; en
seguida, la aguja continuó su girar silencioso, y la vi recorrer de nuevo
la distancia con la regularidad y la lentitud de la punta de un compás.
Algunos minutos antes de dar las nueve parecióme oír el pataleo de un
caballo en el patio. Lo oyó también Smeranda, y volvió el rostro hacia la
ventana: pero la noche era demasiado oscura para poder distinguir objeto
alguno. ¡Oh! Si me hubiera mirado en aquel momento, cuán presto habría
adivinado lo que pasaba en mi corazón...
Se había oído el patalear de un solo caballo, y era cosa muy natural,
pues estaba yo bien segura de que habría regresado un solo caballero.
¿Pero cuál? Resonaron algunos pasos en la antecámara; pasos lentos, como
los de un hombre que camina hesitando: cada uno de ellos me parecía
transitarme el corazón. La puerta se abrió, y en la oscuridad vi
delinearse una sombra.
La sombra se detuvo un instante en la puerta; el corazón se me quedó en
suspenso. La sombra avanzó, y a medida que entraba en el círculo de la
luz, recobraba yo el aliento.
Reconocí a Gregoriska. Algunos momentos más, y el corazón se me quebraba.
Reconocí a Gregoriska, pero estaba pálido como un cadáver. Con sólo verle
podíase adivinar que había acontecido algo terrible. "¿Eres tú, Kostaki?",
preguntó Smeranda. "No, madre mía", contestó Gregoriska con sorda voz.
"¡Ah, al fin!", dijo ella, "¿y desde cuándo acá toca a vuestra madre
esperaros?" "Madre mía", dijo Gregoriska mirando la péndola, "apenas son
las nueve". Y efectivamente en ese mismo momento sonaron las nueve. "Es
verdad", dijo Smeranda. "¿Dónde está vuestro hermano?
A pesar mío se presentó en mi mente el pensamiento de que Dios había hecho
la misma pregunta a Caín. Gregoriska no contestó. "Nadie ha visto hasta
ahora a Kostaki ?", preguntó Smeranda.
El vatar, o sea el mayordomo, fue a informarse.
"Hacia las siete", dijo él de regreso, "el conde ha estado en las
caballerizas, ha ensillado con propia mano su caballo, y ha partido por el
camino de Hango".
En ese instante mis ojos se encontraron con los de Gregoriska. No sé si
fue realidad o alucinación, pero me pareció notar una gota de sangre en
medio de su frente. Me llevé lentamente el dedo a la frente indicando el
punto donde creía yo ver aquella mancha, Gregoriska me comprendió: sacó el
pañuelo, secándose. "Sí, sí", murmuró Smeranda, "habrá encontrado algún
lobo u oso, y se habrá entretenido en perseguirlo. He aquí por qué un hijo
hace esperar a su madre. ¿Dónde le habéis dejado, Gregoriska?" "Madre
mía", respondió éste con voz conmovida pero firme, "mi hermano y yo no
hemos salido juntos". "Bien", dijo Smeranda. "Vamos a la mesa, cada uno
póngase en su lugar, y luego ciérrense las puertas; quien esté afuera,
dormirá afuera."
Las dos primeras partes de estas órdenes fueron estrictamente ejecutadas.
Smeranda se puso en su lugar, Gregoriska se sentó a su diestra, yo a su
siniestra. Después los servidores salieron para cumplir la tercera parte
de las órdenes, es decir para cerrar las puertas del castillo. En ese
momento mismo se escuchó un gran estrépito en el patio, y un servidor
entró espantado diciendo:
"Princesa, ha entrado en este instante al patio el caballo del conde
Kostaki, solo y por entero cubierto de sangre". "¡Oh!", murmuró Smeranda
levantándose pálida y amenazadora; "de tal modo volvió una noche al
castillo el caballo de su padre".
Dirigió una mirada a Gregoriska, no estaba pálido ya, estaba lívido. El
caballo del conde Koproli, en efecto, había regresado una noche al
castillo todo manchado de sangre, y una hora después los servidores
encontraron y trajeron el cuerpo del amo cubierto de heridas. Smeranda
tomó una antorcha de manos de un criado, acercóse a la puerta y abriéndola
bajó al patio. El caballo, espantado, era retenido trabajosamente por tres
o cuatro servidores que hacían toda clase de esfuerzos para
tranquilizarlo, Smeranda se aproximó al animal, examinó la sangre que
cubría la silla y vio una herida en su testuz.
"Kostaki fue muerto de frente", dijo ella, "en duelo, y por un solo
enemigo. Buscad su cuerpo, hijos míos, más tarde buscaremos al homicida".
Así como el caballo había entrado por la puerta de Hango, todos los
servidores se precipitaron afuera por ella, y se vieron sus antorchas
perderse en la campiña y entrar en lo profundo del bosque, como en una
hermosa noche de estío se ven centellear las luciérnagas en la llanura de
Niza o de Pisa.
Smeranda, como si hubiera estado segura de que la búsqueda no duraría
mucho, aguardó enhiesta en la puerta. Ni una lágrima humedecía las
mejillas de aquella madre desolada, sin embargo se veía que la
desesperación rugía tempestuosa en lo profundo de su corazón... Gregoriska
estaba detrás de ella, y yo cerca de Gregoriska. Al abandonar la sala,
pareció querer ofrecerme su brazo, pero no se había atrevido a hacerlo. De
ahí en cerca de un cuarto de hora se vio aparecer en el recodo del camino
una antorcha, luego una segunda, una tercera, y finalmente distinguiéronse
todas. Sólo que ahora, en vez de dispersarse estaban agrupadas en torno a
un centro común. Ese centro era, como bien pronto se pudo advertir, unas
parihuelas con un hombre tendido sobre ellas. El fúnebre cortejo avanzaba
lentamente, pero al cabo de diez minutos, quienes le llevaban se
descubrieron instintivamente la cabeza, y taciturnos entraron en el patio,
donde fue depositado el cuerpo. Entonces, con un majestuoso gesto Smeranda
ordenó se le abriera paso, y acercándose al cadáver puso una rodilla en
tierra ante él, apartó los cabellos que le formaban un velo sobre el
rostro, y estuvo contemplándolo largamente, sin derramar una lágrima. Le
abrió luego la vestimenta moldava y apartóla camisa ensangrentada. La
herida hallábase en la parte diestra del pecho. Debía haber sido hecha con
una hoja recta y de dos filos. Recordé haber visto esa mañana misma al a
costado de Gregoriska el largo cuchillo de caza que servía de bayoneta a
su carabina. Busqué con los ojos el arma: no estaba ya allí. Smeranda se
hizo llevar agua, mojó en ella su pañuelo y lavó la llaga. Una sangre pura
y tibia todavía enrojeció los labios de la herida. El espectáculo que
tenía bajo los ojos era a un tiempo atroz y sublime. Aquella vasta cámara
ahumada por las antorchas de resina, aquellos rostros bárbaros, aquellos
ojos centelleantes de ferocidad, aquellos ropajes singulares, aquella
madre que, a la vista de la sangre aun cálida, calculaba cuánto tiempo
hacía que la muerte arrebatara a su hijo, aquel profundo silencio
interrumpido sólo por los sollozos de los bandidos cuyo jefe era Kostaki,
todo eso, repito, tenía en sí algo de atroz y de sublime. Smeranda acercó
sus labios a la frente de su hijo, y se levantó; en seguida, echándose a
las espaldas las largas trenzas de blancos cabellos que se le había
desunido:
"¡Gregoriska!", dijo. Gregoriska se estremeció, sacudió la cabeza y
saliendo de su atonía: "Madre mía", respondió.
"Venid aquí, hijo mío, y escuchadme."
Gregoriska obedeció, temblando, pero obedeció.
A medida que se aproximaba al cuerpo de Kostaki, la sangre brotaba de la
herida más abundante y más roja. Afortunadamente Smeranda no miraba más
hacia aquel lado, pues a la vista de aquella sangre no habría tenido ya
necesidad de buscar el asesino. "Gregoriska", dijo ella, "bien sé que
Kostaki y tú no os mirabais con buenos ojos, bien sé que tú eres un
Waivady por parte de tu padre, y él un Koproli por parte del suyo, pero
por parte de vuestra madre sois ambos de la sangre de los Brankovan. Sé
que tú eres un hombre de ciudad occidental y él un hijo de las montañas
orientales; pero por el seno que os llevó a ambos, sois hermanos.
¡Pues bien! Gregoriska, quiero saber si mi hijo será llevado a yacer junto
a la tumba de su padre sin que haya sido pronunciado el juramento, si yo
en fin podré llorar tranquila, como mujer, descansando en vos, vale decir
en un hombre, para el castigo". "Decidme, señora, el nombre del homicida,
y ordenad; os juro que dentro de una hora, si vos lo exigís, habrá dejado
de vivir." "¿Juráis so pena de mi maldición, lo habéis entendido, hijo
mío? ¿Juráis que el asesino morirá, que no dejaréis piedra sobre piedra de
su casa: que su madre, sus hijos, sus hermanos, su mujer o su prometida
perecerán por vuestra mano? Juradlo, y, al jurarlo, invocad sobre vos la
cólera celeste, si faltáis a la sacra promesa. Si faltáis a esta sacra
promesa, padeceréis la miseria, la execración de los amigos, la maldición
de vuestra madre."
Gregoriska extendió la mano sobre el cadáver, y: "¡Juro que el asesino
morirá", dijo.
A aquel singular juramento, cuyo verdadero sentido yo sola y el muerto
quizá podíamos comprender, vi o creí ver cumplirse un horrendo prodigio.
Los ojos del cadáver se abrieron, se fijaron sobre mi más vivos cual nunca
los viera, y, como si aquella mirada hubiera sido palpable, sentí
penetrarme hasta el corazón un hierro candente. No resistí tanto dolor, y
me desvanecí.
Cuando recobré los sentidos me encontré acostada sobre el lecho de mi
cámara: una de las dos mujeres velaba cerca de mí. Pregunté dónde estaba
Smeranda; me fue contestado que velaba junto al cuerpo de su hijo.
Pregunté dónde estaba Gregoriska: se me dijo que en el monasterio de
Hango.
Ahora no era preciso huir: ¿no había muerto Kostaki? No se debía ya
hablar de boda, ¿podía yo casarme con el fratricida? Transcurrieron así
tres días y tres noches en medio de extraños sueños. En la vigilia y en el
sueño veía siempre aquellos dos ojos vivos en ese rostro de muerto: era
una visión horrenda. Kostaki debía ser sepultado al tercer día.
Por la mañana me fue traído de parte de Smeranda un vestido completo de
viuda. Me lo puse y bajé. La casa parecía vacía, todos estaban en la
capilla. Me encaminé hacia ella, y al tiempo que trasponía su umbral, vino
a mi encuentro Smeranda a quien no había visto desde hacia tres días.
Hubierais dicho que era la imagen del Dolor. Con lento movimiento como el
de una estatua, posó sobre mi frente sus helados labios, y con voz que
parecía salir ya de la tumba, pronunció las habituales palabras; ¡Kostaki
os ama!... No os podéis imaginar el efecto que produjeron en mi aquellas
palabras. Esa protesta de amor expresada en presente en vez de en pasado,
que decía os ama, y no ya os amaba; ese amor de ultratumba que venía a
buscarme en la vida, hizo sobre mi corazón una impresión terrible. Al
mismo tiempo apoderábase de mí un extraño sentimiento, tal como si fuera
verdaderamente la mujer de aquel que había muerto, no la prometida del
vivo. Aquel ataúd me atraía a mi pesar, dolorosamente, como la sierpe
atrae al pajarillo por ella fascinado.
Busqué con los ojos a Gregoriska; lo vi pálido y enhiesto contra una
columna: miraba hacia lo alto. No sé decir si me vio. Los monjes del
convento de Hango rodeaban el cuerpo cantando salmos del rito griego, a
veces armoniosos, con frecuencia monótonos. También yo hubiera querido
orar, pero la plegaria expiraba en mis labios; mi mente estaba tan confusa
que parecíame antes bien presenciar un consistorio de demonios que una
reunión de monjes. Cuando fue sacado el cuerpo de allí, quise seguirlo,
pero desfallecieron mis fuerzas. Sentí doblárseme las piernas, y me apoyé
en la puerta. Entonces Smeranda se me acercó e hizo una seña a Gregoriska.
Este se aproximó. Smeranda me habló en moldavo:
"Mi madre me ordena repetiros palabra por palabra lo que va a decir", me
expresó Gregoriska.
Smeranda habló de nuevo; cuando hubo terminado:
"He aquí las palabras de mi madre", dijo él: "Lloráis a mi hijo, Edvige,
vos le amabais, ¿verdad? Os agradezco vuestras lágrimas y vuestro amor; de
ahora en adelante tenéis una patria, una madre, una familia. Derramemos
las muchas lágrimas debidas a los muertos, luego seamos de nuevo dignas
ambas de aquel que ya no es... ¡yo su madre, vos su mujer! Adiós, tornad a
vuestra cámara; yo acompañaré a mi hijo hasta su última morada; cuando
regrese, me encerraré en mi estancia con mi dolor, y me volveréis a ver
sólo cuando lo haya vencido; estad tranquila, mataré este dolor, porque no
quiero que me mate a mí".
A estas palabras de Smeranda, traducidas por Gregoriska, no pude
responder sino con un gemido. Subí a mi cámara: el fúnebre cortejo se
alejó, y lo vi desaparecer en el ángulo del camino. El convento de Hango
estaba a sólo media legua de distancia del castillo en línea recta; pero
los obstáculos del suelo hacían dar muchas vueltas al camino, de modo que
se empleaban dos horas en recorrer aquel espacio. Era el mes de noviembre.
Las jornadas habíanse tornado frías y breves, y a las cinco ya era noche
oscura. Hacia las siete vi reaparecer las antorchas; el cortejo fúnebre
había regresado. El cadáver reposaba en la tumba de sus padres; todo
estaba concluido.
Os dije ya en qué singular pesadilla vivía presa luego del fatal suceso
que nos sumergiera a todos en el duelo, y sobre todo después que viera
reabrirse y fijarse sobre mí los ojos cerrados del muerto. La noche que
siguió, oprimida por las emociones experimentadas durante el día, estaba
aún más triste. Escuchaba sonar todas las horas del reloj del castillo, y
a medida que el tiempo fugitivo me acercaba al momento en que había muerto
Kostaki, sentíame cada vez más desconsolada. Sonaron las nueve menos
cuarto. Entonces se apoderó de mí una extraña sensación. Me corría por
todo el cuerpo un terror, un estremecimiento que me helaba; luego una
especie de sueño invencible entorpecía mis sentidos, oprimíame el pecho, y
me velaba los ojos. Tendí el brazo y fui a caer de espaldas sobre el
lecho. Sin embargo no había perdido totalmente los sentidos como para que
no pudiera oír como unos pasos acercándose a mi puerta, después me pareció
abrirse la puerta, en seguida no vi ni escuché más nada. Sólo sentí un
vivo dolor en el cuello. Luego de lo cual caí en profundo letargo.
Me desperté a medianoche; mi lámpara ardía aún; intenté levantarme, pero
estaba tan débil que hube de repetir la tentativa dos veces. Finalmente
logré superar mi debilidad, y como despierta sentía en el cuello el mismo
dolor que experimentara en el sueño, me arrastré, apoyándome en el muro,
hasta el espejo, y miré. Algo que semejaba la punzadura de un alfiler
marcaba la arteria de mi cuello. Creí que algún insecto me hubiera picado
durante el sueño, y como me sentía abatida por la extenuación, me acosté
de nuevo y me dormí. A la mañana me desperté como de costumbre; pero
entonces sentí una tal debilidad como la experimentara sólo una vez en mi
vida, a la mañana siguiente de un día en que fuera sangrada. Me miré en el
espejo, y me sorprendí de mi extraordinaria palidez. La jornada
transcurrió triste y oscura; experimentaba yo una cosa singular; cuando me
encontraba en un lugar sentía necesidad de quedarme allí: cualquier cambio
de posición me fatigaba.
Llegada la noche, me trajeron la lámpara; mis mujeres, según podía yo
comprender por sus gestos, se ofrecieron a quedarse conmigo. Se lo
agradecí y salieron. A la misma hora que la noche precedente experimenté
los mismos síntomas. Quise levantarme entonces y pedir ayuda; pero no pude
llegar a la salida. Oí vagamente dar las nueve menos cuarto; los pasos
resonaron, abrióse la puerta, pero yo no veía ni escuchaba nada, y, como
la noche anterior, caí de espaldas sobre el lecho. Como el día anterior
experimenté un dolor en el mismo sitio. Como el día anterior me desperté a
medianoche; pero más pálida y más débil aún. Al día siguiente renovóse la
horrible pesadilla.
Estaba decidida a bajar a la estancia de Smeranda por muy débil que me
sintiera, cuando entró en la cámara una de mis mujeres y pronunció el
nombre de Gregoriska. El joven la seguía. Intenté levantarme para
recibirle; pero volví a caer en mi sillón. El dio un grito al verme, y
quiso lanzarse hacia mí; pero tuve la fuerza de tender el brazo hacia él.
"¿Qué venís a hacer aquí?, le pregunté. "¡Ay!", dijo él; "¡venía a
deciros adiós! A deciros que abandono este mundo que me es insoportable
sin vuestro amor y vuestra presencia; a anunciaros que me retiro al
monasterio de Hango". "Gregoriska", le respondí, "estáis privado de mi
presencias, pero no de mi amor. ¡Ay! Os amo siempre, y mi mayor pena es
que este amor sea en adelante casi un delito". "Entonces, ¿puedo esperar
que rogaréis por mí, Edvige? "Sí, pero no lo podré hacer por largo
tiempo", repliqué yo con una sonrisa. "¿Por qué no? Pero en verdad os veo
muy abatida, Decidme, ¿qué tenéis? ¿Por qué tan pálida?" "Porque... Dios
tiene ciertamente piedad de mí, y a él me llama."
Gregoriska se me acercó, tomóme una mano que no tuve fuerza de
sustraerle, mirándome fijo al rostro: "Esa palidez no es natural. Edvige"
me dijo; "¿cuál es la causa?" "Si os la dijera, Gregoriska, creeríais que
estoy loca." "No, no, hablad, Edvige, os lo suplico; estamos en un país
que no se parece a ningún otro país, en una familia que no se asemeja a
ninguna otra familia. Decidme, decídmelo todo, os lo encarezco."
Se lo narré todo: la extraña alucinación que me poseía a la hora en que
Kostaki debió morir; ese terror, ese letargo, ese frío glacial, esa
postración que me hacía caer de espaldas sobre el lecho, ese ruido de
pasos que me parecía oír, esa puerta que creía ver abrirse, y finalmente
ese agudo dolor en el cuello seguido de una palidez y de una debilidad
siempre crecientes. Creía yo que mi relato parecería a Gregoriska un
comienzo de locura, y lo terminaba con una cierta timidez, cuando por el
contrario advertí que me prestaba gran atención.
Cuando hube terminado de hablar, Gregoriska reflexionó un instante. "¿De
manera —preguntó él— que os dormís cada noche a las nueve menos cuarto?"
"Sí, por muchos que sean los esfuerzos que hago para resistir al sueño."
"¿Y a esa misma hora creéis ver abrirse la puerta?" "Sí, aunque eche el
cerrojo." ¿Y luego experimentáis un agudo dolor en el cuello?" "Sí, aunque
sea apenas visible la señal de la herida". ¿Me permitís ver?" Doblé la
cabeza hacia atrás. Examinó él la cicatriz. "Edvige —dijo Gregoriska
después de un momento de reflexión—, ¿tenéis confianza en mí?" "¿Me lo
preguntáis?", contesté. "¿Creéis en mi palabra?" "Como creo en el
Evangelio." "¡Bien! Edvige, por mi fe, os juro que no tenéis ocho días de
vida, si no consentís hacer, hoy mismo, lo que voy a deciros." "¿Y si
consiento?" "Si consentís, quizás os salvéis." "¿Quizás? Él se calló.
"Suceda lo que fuere, Gregoriska", continué diciendo yo "haré cuanto me
ordenéis hacer". "Escuchad entonces", dijo él. "y ante todo no os
espantéis. En vuestro país, como en Hungría y en nuestra Rumania, existe
una tradición". Temblé "porque esa tradición ya había vuelto a mi
memoria". "¡Ah! ¿Sabéis lo que quiero decir?" "Sí", contesté, "en Polonia
vi algunas personas padecer el horrendo hecho". "Queréis hablar del
vampiro, ¿no es verdad?" "Sí, niña aún, me sucedió ver desenterrar en el
cementerio de una aldea perteneciente a mi padre cuarenta personas muertas
en quince días, sin que se hubiera podido en ninguna ocasión acertar con
la causa de su muerte. Diecisiete de esos cadáveres expusieron todos los
signos de vampirismo, es decir fueron encontrados frescos como si hubieran
estado vivos; los otros eran sus víctimas". "¿Y qué se hizo para liberar
de eso a la región?" "Se les clavó un palo en el corazón, y luego los
quemaron." "Sí, así se acostumbra hacer; pero para nosotros eso no basta.
Para libraros de vuestro fantasma antes quiero conocerlo, y ¡por Dios! lo
conoceré. Sí, y si es preciso, lucharé cuerpo a cuerpo con él, quienquiera
fuere." "¡Oh, Gregoriska!", exclamé espantada. Dijo: "Quienquiera que
fuere", lo repito. Mas para llevar a buen fin esta terrible aventura, es
necesario que consintáis en hacer todo lo que os exigiré." "Decid." "Estad
pronta a las siete. Descended a la capilla, pero descended sola; es
necesario que venzáis a toda costa vuestra debilidad, Edvige. Allí
recibiremos la bendición nupcial. Consentídmelo, amada mía: para velar por
ti. Luego subiremos de nuevo a esta cámara, y entonces veremos." "¡Oh!
Gregoriska", exclamé, "¡si es él, os matará!" "No temáis, amada Edvige.
Consentid solamente." "Sabéis bien que haré todo lo que queráis,
Gregoriska." "Entonces, hasta luego a la noche." "Sí, haced lo que creáis
más oportuno, y os secundaré yo cuanto mejor pueda; adiós."
Se fue. Un cuarto de hora después vi a un caballero precipitarse a toda
carrera por el camino del monasterio; era él.
Apenas le hube perdido de vista, caí de rodillas y oré, oré como ya no
se reza en vuestras tierras sin fe, y aguardé a las siete, ofreciendo a
Dios y a los santos el holocausto de mis pensamientos; no me levanté sino
al sonar las siete. Estaba débil como una moribunda, pálida como una
muerta. Me eché sobre la cabeza un gran velo negro, descendí la escalera,
apoyándome en el muro, y me dirigí a la capilla sin encontrar a nadie.
Gregoriska me esperaba con el padre Basilio, prior del monasterio de
Hango. Ceñía una espada santa, reliquia de un antiguo cruzado que
asistiera a la toma de Constantinopla con Ville-Hardouin y Baldouin de
Flandes. "Edvige", dijo él golpeando con la mano su espada, "con la ayuda
de Dios, ésta romperá el encantamiento que amenaza vuestra vida. Acercaos
pues resueltamente; este santo hombre, que ya ha recibido mi confesión,
recibirá nuestros juramentos".
Comenzó la ceremonia; quizá nunca otra fue más sencilla y a un tiempo más
solemne. Nadie asistía al monje; él mismo nos puso sobre la cabeza las
coronas nupciales. Vestidos ambos de luto, giramos en torno al altar con
un cirio en la mano; luego el monje, tras de pronunciar las sacras
palabras, agregó: "Idos ahora, hijos míos, y el Señor os dé fuerza y valor
para luchar contra el enemigo del humano género. Armados de vuestra
inocencia y defendidos por Su justicia, venceréis al demonio. Id, y
benditos seáis".
Besamos los libros santos y salimos de la capilla. Entonces por vez
primera me apoyé en el brazo de Gregoriska, y parecióme que al contacto de
aquel fuerte brazo, de aquel noble corazón, volvía a mis venas la vida.
Estaba segura del triunfo, porque Gregoriska estaba conmigo; subimos a mi
cámara. Sonaban las ocho y media.
"Edvige", me dijo entonces Gregoriska "no tenemos tiempo que perder.
¿Quieres dormir, como de costumbre, para que todo suceda durante tu sueño,
o bien permanecer desvelada y verlo todo?" "Junto a ti nada temo: quiero
permanecer despierta y verlo todo."
Gregoriska extrajo de su pecho un boj bendito, húmedo aún de agua santa,
y me lo dio: "Toma entonces esta ramita", me dijo, "acuéstate en tu lecho,
recita las preces de la Virgen y aguarda sin temor. Dios está con
nosotros. Cuida ante todo de no dejar caer la ramita; con ella podrás
ordenar aun en el infierno. No me llames, no des ningún grito; reza,
confía y aguarda".
Me acosté en el lecho. Crucé las manos sobre el seno, y puse sobre él la
ramita bendecida. Gregoriska ocultóse tras del trono de que ya os hablé.
Contaba yo los minutos, y de seguro mi esposo hacía lo mismo. Sonaron los
tres cuartos. Vibraba aún el tañir del martillo, cuando me sentí presa del
mismo entorpecimiento, del mismo terror y del mismo frío glacial de los
días precedentes; acerqué a mis labios la rama bendita, y aquella primera
sensación se desvaneció. Oí entonces muy claro el ruido de aquel conocido
paso lento y medido que subía los peldaños de la escalera, y se aproximaba
a la puerta. Luego la puerta se abrió despaciosamente, sin ruido, como
empujada por sobrenatural fuerza, y entonces...
La voz se apagó a medias, casi sofocada en la garganta de la narradora.
Y entonces, continuó haciendo un esfuerzo, vi a Kostaki, pálido como se
me apareciera en las parihuelas; los largos cabellos negros, cayéndole
sobre las espaldas, goteaban sangre; vestía como de costumbre, pero tenía
descubierto el pecho y dejaba ver su sangrante herida. Todo estaba muerto,
todo era cadáver...carne, ropas, porte... solamente los ojos, aquellos
terribles ojos, estaban vivos.
Ante aquella aparición, ¡extraño es decirlo!, en vez de sentir
duplicárseme el espanto, sentí crecerme el valor. Dios me lo enviaba de
seguro para decidir mi situación y defenderme del infierno. Al primer paso
que el espectro dio hacia mi lecho, le clavé intrépidamente los ojos en el
rostro y le presenté la rama bendita. El espectro intentó avanzar, pero un
poder más fuerte que él lo retuvo en el sitio. Se detuvo. "¡Oh", murmuró;
"ella no duerme, lo sabe todo". Pronunció él estas palabras en lengua
moldava, y sin embargo las comprendí yo como si hubieran sido pronunciadas
en lengua por mí sabida.
Estábamos así uno frente al otro, el fantasma y yo, sin que pudiera
apartar mis miradas de las suyas, cuando con el rabillo del ojo vi a
Gregoriska salir detrás del baldaquino, semejante al ángel exterminador y
con la espada en el puño. Se hizo la señal de la cruz con la mano
siniestra, y avanzó lentamente con la espada tendida vuelta hacia el
fantasma; éste, al ver al hermano, desenvainó también el sable soltando
una horrible carcajada; pero apenas su sable tocó el hierro bendito, el
brazo le cayó inerte junto al cuerpo. Kostaki exhaló un suspiro de rabia y
desesperación. "¿Qué quieres de mí?", preguntó al hermano. "En nombre del
Dios verdadero y viviente", dijo Gregoriska, "conjúrote a que respondas."
"Habla", dijo el espectro rechinando los dientes. "¿Te he tendido yo una
emboscada?" "No." "¿Te he asaltado yo?" "No." "Te he herido yo?" "No." "Te
arrojaste tú mismo sobre mi espada y tú mismo corriste al encuentro de la
muerte. Luego, ante Dios y los hombres no soy culpable yo del delito de
fratricidio; luego no has recibido una misión divina sino infernal; luego
has salido de tu tumba no como una sombra santa sino como un espectro
maldito, y volverás a tu tumba." "¡Con ella, sí!", exclamó Kostaki
haciendo un supremo esfuerzo para apoderarse de mí. "¡Volverás allá
solo!", exclamó a su vez Gregoriska; "esta mujer me pertenece".
Y al pronunciar tales palabras tocó con la punta del hierro bendito la
llega viva. Kostaki exhaló un grito como si le hubiera tocado una espada
de fuego y, llevándose una mano al pecho, dio un paso atrás. Al mismo
tiempo, Gregoriska, con un movimiento que parecía coordinado con el del
hermano, dio un paso adelante; entonces, con los ojos fijos en los ojos
del muerto, con la espada contra el pecho de su hermano, comenzó una
marcha lenta, terrible, solemne. Era algo semejante al pasaje de don Juan
y el comendador; el espectro retrocedía bajo la presión de la sacra
espada, bajo la voluntad irresistible del campeón de Dios, que lo seguía
paso a paso, sin pronunciar una palabra, ambos anhelantes, ambos lívidos
del rostro, el vivo arrojando al muerto y obligándolo a abandonar el
castillo, su anterior morada, para volver a la tumba, su morada futura...
Os lo aseguro, a fe mía, ¡era cosa horrenda de verse! Y sin embargo, yo
misma, movida por una fuerza superior, invisible, desconocida, sin saber
lo que hacía, me levanté y los seguí. Bajamos la escalera, iluminados sólo
por las ardientes pupilas de Kostaki. Atravesamos la galería y el patio, y
luego traspusimos la puerta siempre con el mismo paso medido, el espectro
retrocediendo, Gregoriska con el brazo tendido, yo detrás de ellos.
Esta marcha fantástica duró una hora, pues era necesario volver el
cadáver a su tumba; pero en vez de seguir el camino acostumbrado, Kostaki
y Gregoriska atravesaron el terreno en línea recta, cuidándose poco de los
obstáculos, que para ellos ya no existían; ante ellos el suelo se
allanaba, los torrentes se secaban, los árboles se apartaban, las rocas se
abrían. El mismo milagro se operaba para mí: sólo que el cielo me parecía
todo cubierto de un negro velo, las lunas y las estrellas habían
desaparecido y en medio de las tinieblas sólo veía resplandecer los ojos
llameantes del vampiro. Llegamos de tal modo a Hango y pasamos a través
del seto vivo de madroños que servía de cerco al cementerio. Apenas
entrada, distinguí entre las sombras la tumba de Kostaki, junto a la de su
padre, no sabía que estuviera allí y sin embargo la reconocí. Nada me era
desconocido en aquella noche.
Gregoriska se detuvo al borde de la fosa abierta. "Kostaki", dijo él,
"aun no está todo terminado para ti, y una voz del cielo me avisa que se
puede ser concebido el perdón si te arrepientes; ¿prometes retornar a la
tumba?, ¿no salir de ella más?, ¿consagrar a Dios el culto que consagraste
al infierno?". "¡No!", respondió Kostaki. "¿Te arrepientes?", preguntó
Gregoriska. "¡No!" "Por última vez, ¿te arrepientes?" "¡No!" "Por última
vez, ¿te arrepientes?" "¡Bien!" invoca la ayuda de Satanás, como invoco yo
la de Dios, y veremos quién saldrá esta vez aún victorioso."
Resonaron simultáneamente dos gritos; los hierros se cruzaron
despidiendo centellas, y la lucha duró un minuto que me pareció un siglo.
Kostaki cayó; vi alzarse la terrible espada de su hermano, introducírsela
en el cuerpo, y clavar ese cuerpo sobre la tierra recién removida. Un
último grito que nada tenía de humano se alzó por el aire. Acudí:
Gregoriska estaba en pie, pero vacilante. Le di apoyo con mis brazos.
"¿Estás herido?", le pregunté ansiosamente. "No", me respondió, "pero en
tal duelo, querida Edvige, la lucha, no la herida, mata. He luchado con la
muerte, y a ella pertenezco". "Amigo, amigo", exclamé, "aléjate de aquí y
acaso vuelvas a la vida". "No, ésta es mi tumba, Edvige, pero no perdamos
tiempo; toma un poco de esta tierra impregnada de su sangre y aplícala a
la mordedura que te hizo; es el único medio que puede preservarte en el
porvenir de su horrendo amor."
Obedecí temblando. Me incliné para recoger aquella tierra sanguinosa, y
al doblarme vi el cadáver clavado al suelo: la espada bendita le
atravesaba el corazón, y una sangre oscura le brotaba abundante de la
herida, como si hubiera muerto en aquel momento.
Amasé un poco de tierra con la sangre, y apliqué a mi herida el espantoso
talismán. "Ahora, mi adorada Edvige", dijo Gregoriska con voz semiapagada,
"escucha bien mi último consejo. Abandona el país apenas te sea posible.
Sólo la distancia es una seguridad para ti. El padre Basilio recibió hoy
mi suprema voluntad y la cumplirá. "Edvige, un beso! ¡El último, el único
beso! ¡Edvige, me muero!" Y así diciendo, Gregoriska cayó junto al
hermano.
En cualquier otra circunstancia, en medio de aquel cementerio, cerca de
aquella tumba abierta, con aquellos dos cadáveres yaciendo uno junto al
otro, hubiera enloquecido; pero como dije ya, Dios me había inspirado una
fuerza igual a los acontecimientos, de los que él me hacía no sólo testigo
sino también actriz. Mientras miraba a mi alrededor en busca de ayuda, vi
abrirse la puerta del monasterio y avanzar los monjes de a dos conducidos
por el padre Basilio, llevando cirios ardientes y cantando las preces de
difuntos. El padre Basilio había llegado hacía poco al convento, y
previendo lo sucedido, dirigíase al cementerio con toda la congregación.
Me encontró viva cerca de los dos muertos. Una última convulsión había
retorcido el rostro de Kostaki; Gregoriska en cambio estaba tranquilo y
casi sonriente. Fue sepultado, como lo deseara él, junto al hermano, el
cristiano junto al maldito. Smeranda, cuando tuvo noticia de la nueva
desdicha, quiso verme, fue a buscarme al convento de Hango, y supo de mis
labios cuanto había acontecido en aquella tremenda noche.
Le referí todos los detalles de la fantástica historia, pero ella me
escuchó, como ya me escuchara Gregoriska, sin mostrar estupor ni espanto.
"Edvige", me contestó ella después de un instante de silencio, "por muy
extraño que sea lo que me habéis narrado, dijisteis sólo la verdad. La
estirpe de los Brankovan está maldita hasta la tercera y cuarta
generación, porque un Brankovan mató a un sacerdote. El término de la
maldición ha llegado, pues vos, aunque esposa, sois virgen, y en mí se
extingue el linaje. Si mi hijo os ha dejado en herencia un millón,
tomadlo. Después de mi muerte, salvo los píos legados que tengo la
intención de hacer, recibiréis el resto de mis bienes. Y ahora seguid el
consejo de vuestro esposo. Volveos lo más presto que podáis a aquellas
tierras donde Dios no permite se cumplan tan horrendos prodigios. No
necesito de nadie para llorar conmigo a mis hijos. Mi dolor quiere
soledad. Adiós, no me tengáis ya en cuenta. Mi suerte futura me pertenece
a mí sola y a Dios".
Y luego de besarme en la frente como de costumbre, me dejó y fue a
encerrarse en el castillo de Brankovan.
Ocho días después partí para Francia. Como lo esperara Gregoriska, mis
noches no fueran turbadas ya por el terrible fantasma. Restablecióse mi
salud, y de aquel suceso no me quedó otro recuerdo fuera de esta palidez
mortal que suele acompañar hasta la tumba a toda humana criatura que haya
sufrido el beso de un vampiro.

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