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martes, 23 de febrero de 2010

EDGAR ALLAN POE -- CUENTOS V

Edgar Allan Poe

Cuentos

(Traducción Julio Cortázar)

El alce

Con frecuencia se ha opuesto el escenario natural de Norteamérica, tanto en sus líneas generales como en sus detalles, al paisaje del Viejo Mundo —en especial de Europa—, y no ha sido más profundo el entusiasmo que mayor la disensión entre los defensores de cada parte. No es probable que la discusión se cierre pronto, pues aunque se ha dicho mucho por ambos lados, aún queda por decir un mundo de cosas.

Los turistas ingleses más distinguidos que han intentado una comparación, parecen considerar nuestro litoral norte y este, comparativamente hablando, así como todo el de Norteamérica o, por lo menos, el de Estados Unidos, digno de consideración. Poco dicen, porque han visto menos, del magnífico paisaje de algunos de nuestros distritos occidentales y meridionales —del dilatado valle de Luisiana, por ejemplo—, realización del más exaltado sueño de un paraíso. En su mayor parte estos viajeros se conforman con una apresurada inspección de los lugares más espectaculares de la zona: el Hudson, el Niágara, las Catskills, Harper’s Ferry, los lagos de Nueva York, el Ohio, las praderas y el Mississippi. Son éstos, en verdad, objetos muy dignos de contemplación, aun para aquel que ha trepado a las encastilladas riberas del Rin, o ha errado

Junto al azul torrente del Ródano veloz.

Pero éstos no son todos los que pueden envanecernos y en realidad llegaré a la osadía de afirmar que hay innumerables rincones tranquilos, oscuros y apenas explorados, dentro de los límites de los Estados Unidos, que el verdadero artista o el cultivado amante de las más grandes y más hermosas obras de Dios preferirá a todos y cada uno de los prestigiosos y acreditados paisajes a los cuales me he referido.

En realidad, los verdaderos edenes de la tierra quedan muy lejos de la ruta de nuestros más sistemáticos turistas; ¡cuánto más lejos, entonces, del alcance de los forasteros que, habiéndose comprometido con los editores de su patria a proveer cierta cantidad de comentarios sobre Norteamérica en un plazo determinado, no pueden cumplir este pacto de otra manera que recorriendo a toda velocidad, libreta de notas en mano, los más trillados caminos del país!

Acabo de mencionar el valle de Luisiana. De todas las regiones extensas dotadas de belleza natural, ésta es quizá la más hermosa. Ninguna ficción se le ha aproximado. La más espléndida imaginación podría derivar sugestiones de su exuberante belleza. Y la belleza es, en realidad, su única característica. Poco o nada tiene de sublime. Suaves ondulaciones del suelo entretejidas con cristalinas y fantásticas corrientes costeadas por pendientes floridas, y como fondo una vegetación forestal, gigantesca, brillante, multicolor, rutilante de gayos pájaros, cargada de perfume: estos rasgos componen, en el valle de Luisiana, el paisaje más voluptuoso de la tierra.

Pero, aun en esta deliciosa región, las partes más encantadoras sólo se alcanzan por sendas escondidas. A decir verdad, por lo general el viajero que quiere contemplar los más hermosos paisajes de Norteamérica no debe buscarlos en ferrocarril, en barco, en diligencia, en su coche particular, y ni siquiera a caballo, sino a pie. Debe caminar, debe saltar barrancos, debe correr el riesgo de desnucarse entre precipicios, o dejar de ver las maravillas más verdaderas, más ricas y más indecibles de la tierra.

En la mayor parte de Europa esta necesidad no existe. En Inglaterra es absolutamente desconocida. El más elegante de los turistas puede visitar todos los rincones dignos de ser vistos sin detrimento de sus calcetines de seda, tan bien conocidos son todos los lugares interesantes y tan bien organizados están los medios de acceso. Nunca se ha dado a esta consideración la debida importancia cuando se compara el escenario natural del viejo mundo con el del nuevo. Toda la belleza del primero es parangonada tan sólo con los más famosos pero en modo alguno más eminentes lugares del último.

El paisaje fluvial tiene indiscutiblemente en sí mismo todos los elementos principales de la belleza y, desde tiempos inmemoriales, ha sido el tema favorito del poeta. Pero mucha de su fama es atribuible al predominio de los viajes por vía fluvial sobre los realizados por terreno montañoso. De la misma manera los grandes ríos, por ser habitualmente grandes caminos, han acaparado en todos los países una indebida admiración. Han sido más observados y, en consecuencia, han constituido tema de discurso más a menudo que otras corrientes menos importantes pero con frecuencia de mayor interés.

Un singular ejemplo de mis observaciones sobre este tópico puede hallarse en el Wissahiccon, un arroyo (pues apenas merece nombre más importante) que se vuelca en el Schuykill, a unas seis millas al oeste de Filadelfia. Ahora bien, el Wissahiccon es de una belleza tan notable, que si corriera en Inglaterra sería el tema de todos los bardos y el tópico común de todas las lenguas, siempre que sus orillas no hubieran sido loteadas a precios exorbitantes como solares para las villas de los opulentos. Sin embargo, hace muy pocos años que se oye hablar del Wissahiccon, mientras el río más ancho y más navegable, en el cual se vuelca, ha sido celebrado desde largo tiempo atrás como uno de los más hermosos ejemplos de paisaje fluvial americano. El Schuykill, cuyas bellezas han sido muy exageradas —y cuyas orillas, por lo menos en las cercanías de Filadelfia, son pantanosas como las del Delaware—, en modo alguno es comparable, en cuanto objeto de interés pintoresco, con el más humilde y menos famoso riachuelo del cual hablamos.

Hasta que Fanny Kemble, en su extraño libro sobre los Estados Unidos, señaló a los nativos de Filadelfia el raro encanto de esa corriente que llega a sus propias puertas, este encanto no era más que sospechado por algunos caminantes aventureros de la vecindad. Pero una vez que el Diario abrió los ojos de todos, el Wissahiccon, hasta cierto punto, alcanzó de inmediato la notoriedad. Digo «hasta cierto punto», pues en realidad la verdadera belleza del riachuelo se encuentra lejos de la ruta de los cazadores de pintoresquismo de Filadelfia, quienes rara vez avanzan más allá de una milla o dos de la boca del riacho, por la excelentísima razón de que allí se detiene la carretera. Yo aconsejaría al aventurero deseoso de contemplar sus más hermosos parajes que tomara el Ridge Road, el cual corre desde la ciudad hacia el oeste, y, después de alcanzar el segundo sendero más allá del sexto mojón, siguiera este sendero hasta el final. Así sorprenderá al Wissahiccon en uno de sus mejores parajes, y en un esquife, o recorriendo sus orillas, puede remontar la corriente y bajar con ella, como se le ocurra: en cualquier dirección encontrará su recompensa.

Ya he dicho, o debería haber dicho, que el arroyo es estrecho. Sus orillas son casi siempre escarpadas y consisten en altas colinas cubiertas de nobles arbustos cerca del agua y coronadas, a gran altura, por algunos de los más espléndidos árboles forestales de América, entre los cuales sobresale el Liriodendron Tulipifera. Las orillas inmediatas, sin embargo, son de granito, de aristas agudas o cubiertas de musgo, que el agua diáfana lame en su suave flujo, como las azules olas del Mediterráneo los peldaños de sus palacios de mármol. A veces, frente a los acantilados, se extiende una pequeña y limitada meseta cubierta de ricos pastos, la cual brinda la posición más pintoresca para un cottage y un jardín que la más opulenta imaginación pueda concebir. Los meandros de la corriente son numerosos y bruscos, como ocurre habitualmente cuando las orillas son escarpadas, y así la impresión que reciben los ojos del viajero al avanzar, es la de una interminable sucesión de laguitos, o, mejor dicho, de estanques, infinitamente variados. El Wissahiccon, sin embargo, debe ser visitado, no como el «bello Melrose», al claro de luna o aun con tiempo nublado, sino en el más brillante fulgor del mediodía, pues la estrechez de la garganta por la cual corre, la altura de las colinas laterales, la espesura del follaje, conspiran para producir un efecto sombrío, si no absolutamente lóbrego, que, a menos de ser aliviado por una luz general, brillante, desmerece la pura belleza del paisaje.

No hace mucho visité el arroyo por el camino descrito y pasé la mayor parte de un día bochornoso navegando en un esquife por sus aguas. El calor fue venciéndome gradualmente y, cediendo a la influencia del paisaje y del tiempo y al suave movimiento de la corriente, me sumí en un semisueño, durante el cual mi imaginación se solazó en visiones de los antiguos tiempos del Wissahiccon, de los «buenos tiempos» en que no existía el Demonio de la Locomotora, cuando nadie soñaba con picnics, cuando no se compraban ni se vendían «derechos de navegación», cuando el piel roja hollaba solo, junto con el alce, los cerros que ahora se destacan allá arriba. Y mientras estas fantasías iban adueñándose gradualmente de mi espíritu, el perezoso arroyo me había llevado, pulgada tras pulgada, en torno a un promontorio y a plena vista de otro que limitaba la perspectiva a una distancia de cuarenta o cincuenta yardas. Era un cantil empinado, rocoso, que se hundía profundamente en el agua y presentaba las características de una pintura de Salvator Rosa mucho más señaladas que en cualquier otra parte del recorrido. Lo que vi sobre ese acantilado, aunque seguramente era un objeto de naturaleza muy extraordinaria, considerados la estación y el lugar, al principio ni me sorprendió ni me asombró, por su absoluta y apropiada coincidencia con las soñolientas fantasías que me envolvían. Vi, o soñé que veía, de pie en el borde mismo del precipicio, con el cuello tendido, las orejas tiesas y toda la actitud reveladora de una curiosidad profunda y melancólica, uno de los más viejos y más osados alces, idénticos a los que yo uniera con los pieles rojas de mi visión.

Digo que durante unos minutos esta aparición ni me sorprendió ni me asombró. Durante ese intervalo mi alma entera quedó absorta en una intensa simpatía. Imaginé al alce quejoso tanto como maravillado de la manifiesta decadencia operada en el arroyo y en su vecindad, aun en los últimos años, por la cruel mano del utilitarismo. Pero un ligero movimiento de la cabeza del animal destruyó de inmediato el conjuro del ensueño que me envolvía, y despertó en mí la sensación cabal de la novedad de la aventura. Me incorporé sobre una rodilla dentro del esquife y, mientras dudaba entre detener mi marcha o dejarme llevar más cerca del objeto que me había maravillado, oí las palabras «¡chist!, ¡chist!», pronunciadas rápidamente pero con prudencia desde los matorrales de lo alto. Instantes después un negro emergía de la maleza, separando las ramas con cuidado y caminando cautelosamente. Llevaba en una mano un puñado de sal y, tendiéndola hacia el alce, se acercó lento pero seguro. El noble animal, aunque un poco inquieto, no hizo el menor intento de escapar. El negro avanzó, ofreció la sal y dijo unas palabras de aliento o conciliación. Entonces el alce agachó la cabeza, pateó y después se echó tranquilamente y aceptó el ronzal.

Así termina mi cuento del alce. Era un viejo animal mimado, de hábitos muy domésticos, y pertenecía a una familia inglesa que ocupaba una villa de la vecindad.


La esfinge

Durante el espantoso reinado del cólera en Nueva York acepté la invitación de un pariente a pasar quince días en el retiro de su confortable cottage, a orillas del Hudson. Teníamos allí todos los habituales medios de diversión veraniegos; y vagabundeando por los bosques con nuestros cuadernos de diseño, navegando, pescando, bañándonos, con la música y los libros hubiéramos pasado bastante bien el tiempo, de no ser por las temibles noticias que nos llegaban todas las mañanas de la populosa ciudad. No transcurría un día sin que nos trajeran nuevas de la muerte de algún conocido. Por lo tanto, como la mortalidad aumentaba, aprendimos a esperar diariamente la pérdida de algún amigo. Al fin temblábamos ante la cercanía de cada mensajero. El mismo aire del sur nos parecía impregnado de muerte. Este paralizante pensamiento se apoderó de mi alma toda. No podía hablar, ni pensar, ni soñar en nada. Mi huésped era de temperamento menos excitable y, aunque su ánimo estaba muy deprimido, se esforzaba por confortar el mío. En ningún momento lo imaginario afectaba su intelecto, bien nutrido de filosofía. Estaba suficientemente vivo para los terrores concretos, pero sus sombras no lo atemorizaban.

Sus intentos por sacarme del estado de anormal melancolía en que me hallaba sumido fueron frustrados en gran medida por ciertos volúmenes que yo había encontrado en su biblioteca. Por su índole, tenían fuerza suficiente para hacer germinar cualquier simiente de superstición hereditaria que se hallara latente en mi pecho. Había estado leyendo estos libros sin que él lo supiese, y, por lo tanto, le resultaba imposible explicarse a veces las violentas impresiones que habían hecho en mi fantasía.

Uno de mis tópicos favoritos era la creencia popular en presagios, creencia que en esa época de mi vida yo estaba seriamente dispuesto a defender. Teníamos largas y animadas discusiones sobre este punto, en las que él sostenía la absoluta falta de fundamento de la fe en tales cosas, y yo replicaba que un sentimiento popular nacido con absoluta espontaneidad —es decir, sin aparentes huellas de sugestión— tiene en sí mismo inequívocos elementos de verdad y es digno de mucho respeto.

El hecho es que, poco después de mi llegada a la casa, me ocurrió un incidente tan absolutamente inexplicable y que tenía en sí tanto de ominoso, que bien se me podía excusar si lo consideraba como un presagio. Me aterró y al mismo tiempo me dejó tan confundido y tan perplejo, que transcurrieron varios días antes de que me resolviera a comunicar la circunstancia a mi amigo.

Casi al final de un día de calor abrumador, estaba yo sentado con un libro en la mano delante de una ventana abierta desde la cual dominaba, a través de la larga perspectiva formada por las orillas del río, la vista de una distante colina cuya ladera más cercana había sido despojada por un desmoronamiento de la mayor parte de sus árboles. Mis pensamientos habían errado largo tiempo desde el volumen que tenía delante, a la tristeza y desolación de la vecina ciudad. Levantando los ojos de la página, cayeron éstos en la desnuda ladera de la colina y en un objeto, en una especie de monstruo viviente de horrible conformación, que rápidamente se abrió camino desde la cima hasta el pie, desapareciendo por fin en el espeso bosque inferior. Al principio, cuando esta criatura apareció ante la vista, dudé de mi razón o, por lo menos, de la evidencia de mis sentidos, y transcurrieron algunos minutos antes de lograr convencerme de que no estaba loco ni soñaba. Sin embargo, cuando describa el monstruo (que vi claramente y vigilé durante todo el período de su marcha), para mis lectores, lo temo, será más difícil aceptar estas cosas de lo que lo fue para mí.

Considerando el tamaño del animal en comparación con el diámetro de los grandes árboles junto a los cuales pasara —los pocos gigantes del bosque que habían escapado a la furia del desmoronamiento—, concluí que era mucho más grande que cualquier paquebote existente. Digo paquebote porque la forma del monstruo lo sugería; el casco de uno de nuestros barcos de guerra de setenta y cuatro cañones podría dar una idea muy aceptable de sus líneas generales. La boca del animal estaba situada en el extremo de una trompa de unos sesenta o setenta pies de largo, casi tan gruesa como el cuerpo de un elefante común. Cerca de la raíz de esta trompa había una inmensa cantidad de negro pelo hirsuto, más del que hubieran podido proporcionar las pieles de veinte búfalos; y brotando de este pelo hacia abajo y lateralmente surgían dos colmillos brillantes, parecidos a los del jabalí, pero de dimensiones infinitamente mayores. Hacia adelante, paralelo a la trompa y a cada lado de ella, se extendía una gigantesca asta de treinta o cuarenta pies de largo, aparentemente de puro cristal y en forma de perfecto prisma, que reflejaba de manera magnífica los rayos del sol poniente. El tronco tenía forma de cuña con la cúspide hacia tierra. De él salían dos pares de alas, cada una de casi cien yardas de largo, un par situado sobre el otro y todas espesamente cubiertas de escamas metálicas; cada escama medía aparentemente diez o doce pies de diámetro. Observé que las hileras superior e inferior de alas estaban unidas por una fuerte cadena. Pero la principal peculiaridad de aquella cosa horrible era la figura de una calavera que cubría casi toda la superficie de su pecho, y estaba diestramente trazada en blanco brillante sobre el fondo oscuro del cuerpo, como si la hubiera dibujado cuidadosamente un artista. Mientras miraba aquel animal terrible, y especialmente su pecho, con una sensación de espanto, de pavor, con un sentimiento de inminente calamidad que ningún esfuerzo de mi razón pudo sofocar, advertí que las enormes mandíbulas en el extremo de la trompa se separaban de improviso y brotaba de ellas un sonido tan fuerte y tan fúnebre que me sacudió los nervios como si doblaran a muerto; y, mientras el monstruo desaparecía al pie de la colina, caí de golpe, desmayado, en el suelo.

Al recobrarme, mi primer impulso fue, por supuesto, informar a mi amigo de lo que había visto y oído; y apenas puedo explicar qué sentimiento de repugnancia me lo impidió.

Por fin, una tarde, tres o cuatro días después de lo ocurrido, estábamos juntos en el aposento donde había visto la aparición, yo ocupando el mismo asiento junto a la misma ventana y él tendido en un sofá al alcance de la mano. La asociación del lugar y la hora me impulsaron a referirle el fenómeno. Me escuchó hasta el final; al principio rió cordialmente y luego adoptó un continente excesivamente grave, como si sobre mi locura no cupiese ninguna duda. En ese momento tuve otra clara visión del monstruo, hacia el cual, con un grito de absoluto terror, dirigí su atención. Miró ansiosamente, pero afirmó que no veía nada, aunque yo le señalé con detalle el camino de la bestia mientras descendía por la desnuda ladera de la colina.

Entonces me alarmé muchísimo, pues consideré la visión, o como un presagio de mi muerte, o, peor aún, como anuncio de un ataque de locura. Me eché violentamente hacia atrás y durante unos instantes hundí la cara en las manos. Cuando me destapé los ojos, la aparición ya no era visible.

Mi huésped, sin embargo, había recobrado en cierto modo la calma de su continente y me interrogaba con minucia sobre la conformación de la bestia. Cuando le hube dado cabal satisfacción sobre este punto, suspiró profundamente, como aliviado de alguna carga intolerable, y siguió conversando con una calma que me pareció cruel sobre varios puntos de filosofía que habían constituido hasta entonces el tema de discusión entre nosotros. Recuerdo que insistió muy especialmente (entre otras cosas) en la idea de que la principal fuente de error de todas las investigaciones humanas se encontraba en el riesgo que corría la inteligencia de menospreciar o sobrestimar la importancia de un objeto por el cálculo errado de su cercanía.

—Para estimar adecuadamente —decía— la influencia ejercida a la larga sobre la humanidad por la amplia difusión de la democracia, la distancia de la época en la cual tal difusión puede posiblemente realizarse no dejaría de constituir un punto digno de ser tenido en cuenta. Sin embargo, ¿puede usted mencionarme algún autor que, tratando del gobierno, haya considerado merecedora de discusión esta particular rama del asunto?

Aquí se detuvo un momento, se acercó a una biblioteca y sacó una de las comunes sinopsis de historia natural. Pidiéndome que intercambiáramos nuestros asientos para poder distinguir mejor los menudos caracteres del volumen, se sentó en mi sillón junto a la ventana y, abriendo el libro, prosiguió su discurso en el mismo tono que antes.

—De no ser por su extraordinaria minucia —dijo— en la descripción del monstruo quizá no hubiera tenido nunca la posibilidad de mostrarle de qué se trata. En primer lugar, permítame que le lea una sencilla descripción del género Sphinx, de la familia Crepuscularia, del orden Lepidóptera, de la clase Insecta o insectos. La descripción dice lo siguiente: «Cuatro alas membranosas cubiertas de pequeñas escamas coloreadas, de apariencia metálica; boca en forma de trompa enrollada, formada por una prolongación de las quijadas, sobre cuyos lados se encuentran rudimentos de mandíbulas y palpos vellosos; las alas inferiores unidas a las superiores por un pelo rígido; antenas en forma de garrote alargado, prismático; abdomen en punta. La Esfinge Calavera ha ocasionado gran terror en el vulgo, en otros tiempos, por una especie de grito melancólico que profiere y por la insignia de muerte que lleva en el corselete.»

Aquí cerró el libro y se reclinó en el asiento, adoptando la misma posición que yo ocupara en el momento de contemplar «el monstruo».

—¡Ah, aquí está! —exclamó entonces—. Vuelve a subir la ladera de la colina, y es una criatura de apariencia muy notable, lo admito. De todos modos, no es tan grande ni está tan lejos como usted lo imaginaba; pues el hecho es que, mientras sube retorciéndose por este hilo que alguna araña ha tejido a lo largo del marco de la ventana, considero que debe de tener la decimosexta parte de un pulgada de longitud, y que a esa misma distancia, aproximadamente, se encuentra de mis pupilas.


El Ángel de lo Singular

Extravagancia

Era una fría tarde de noviembre. Acababa de dar fin a un almuerzo más copioso que de costumbre, en el cual la indigesta trufa constituía una parte apreciable, y me encontraba solo en el comedor, con los pies apoyados en el guardafuegos, junto a una mesita que había arrimado al hogar y en la cual había diversas botellas de vino y liqueur. Por la mañana había estado leyendo el Leónidas, de Glover; la Epigoniada, de Wilkie; el Peregrinaje, de Lamartine; la Columbiada, de Barlow; la Sicilia, de Tuckermann, y las Curiosidades, de Griswold; confesaré, por tanto, que me sentía un tanto estúpido. Me esforzaba por despabilarme con ayuda de frecuentes tragos de Laffitte, pero como no me daba resultado, empecé a hojear desesperadamente un periódico cualquiera. Después de recorrer cuidadosamente la columna de «casas de alquiler», la de «perros perdidos» y las dos de «esposas y aprendices desaparecidos», ataqué resueltamente el editorial, leyéndolo del principio al fin sin entender una sola sílaba; pensando entonces que quizá estuviera escrito en chino, volví a leerlo del fin al principio, pero los resultados no fueron más satisfactorios. Me disponía a arrojar disgustado

Este infolio de cuatro páginas, feliz obra

Que ni siquiera los poetas critican,

cuando mi atención se despertó a la vista del siguiente párrafo:

«Los caminos de la muerte son numerosos y extraños. Un periódico londinense se ocupa del singular fallecimiento de un individuo. Jugaba éste a “soplar el dardo”, juego que consiste en clavar en un blanco una larga aguja que sobresale de una pelota de lana, todo lo cual se arroja soplándolo con una cerbatana. La víctima colocó la aguja en el extremo del tubo que no correspondía y, al aspirar con violencia para juntar aire, la aguja se le metió por la garganta, llegando a los pulmones y ocasionándole la muerte en pocos días.»

Al leer esto, me puse furioso sin saber exactamente por qué.

—Este artículo —exclamé— es una despreciable mentira, un triste engaño, la hez de las invenciones de un escritorzuelo de a un penique la línea, de un pobre cronista de aventuras en el país de Cucaña. Individuos tales, sabedores de la extravagante credulidad de nuestra época, aplican su ingenio a fabricar imposibilidades probables... accidentes extraños, como ellos los denominan. Pero una inteligencia reflexiva («como la mía», pensé entre paréntesis apoyándome el índice en la nariz), un entendimiento contemplativo como el que poseo, advierte de inmediato que el maravilloso incremento que han tenido recientemente dichos «accidentes extraños» es en sí el más extraño de los accidentes. Por mi parte, estoy dispuesto a no creer de ahora en adelante nada que tenga alguna apariencia «singular».

—¡Tios mío, qué estúpido es usted, verdaderamente! —pronunció una de las más notables voces que jamás haya escuchado.

En el primer momento creí que me zumbaban los oídos (como suele suceder cuando se está muy borracho), pero pensándolo mejor me pareció que aquel sonido se asemejaba al que sale de un barril vacío si se lo golpea con un garrote; y hubiera terminado por creerlo de no haber sido porque el sonido contenía silabas y palabras. Por lo general, no soy muy nervioso, y los pocos vasos de Laffitte que había saboreado sirvieron para darme aún más coraje, por lo cual alcé los ojos con toda calma y los pasee por la habitación en busca del intruso. No vi a nadie.

—¡Humf! —continuó la voz, mientras seguía yo mirando—. ¡Debe de estar más borracho que un cerdo, si no me ve sentado a su lado!

Esto me indujo a mirar inmediatamente delante de mis narices y, en efecto, sentado en la parte opuesta de la mesa vi a un estrambótico personaje del que, sin embargo, trataré de dar alguna descripción. Tenía por cuerpo un barril de vino, o una pipa de ron, o algo por el estilo que le daba un perfecto aire a lo Falstaff. A modo de extremidades inferiores tenía dos cuñetes que parecían servirle de piernas. De la parte superior del cuerpo le salían, a guisa de brazos, dos largas botellas cuyos cuellos formaban las manos. La cabeza de aquel monstruo estaba formada por una especie de cantimplora como las que se usan en Hesse y que parecen grandes tabaqueras con un agujero en mitad de la tapa. Esta cantimplora (que tenía un embudo en lo alto, a modo de gorro echado sobre los ojos) se hallaba colocada sobre aquel tonel, de modo que el agujero miraba hacia mí; y por dicho agujero, que parecía fruncirse en un mohín propio de una solterona ceremoniosa, el monstruo emitía ciertos sonidos retumbantes y ciertos gruñidos que, por lo visto, respondían a su idea de un lenguaje inteligible.

—Digo —repitió— que debe de estar más borracho que un cerdo para no verme sentado a su lado. Y digo también que debe ser más estúpido que un ganso para no creer lo que está impreso en el diario. Es la ferdad... toda la ferdad... cada palabra.

—¿Quién es usted, si puede saberse? —pregunté con mucha dignidad, aunque un tanto perplejo—. ¿Cómo ha entrado en mi casa? ¿Y qué significan sus palabras?

—Cómo he entrado aquí no es asunto suyo —replicó la figura—; en cuanto a mis palabras, yo hablo de lo que me da la gana; y he fenido aquí brecisamente para que sepa quién soy.

—Usted no es más que un vagabundo borracho —dije—. Voy a llamar para que mi lacayo lo eche a puntapiés a la calle.

—¡Ja, ja! —rió el individuo—. ¡Ju, ju, ju! ¡Imposible que haga eso!

—¿Imposible? —pregunté—. ¿Qué quiere decir?

—Toque la gambanilla —me desafió, esbozando una risita socarrona con su extraña y condenada boca.

Al oír esto me esforcé por enderezarme, a fin de llevar a ejecución mi amenaza, pero entonces el miserable se inclinó con toda deliberación sobre la mesa y me dio en mitad del cráneo con el cuello de una de las largas botellas, haciéndome caer otra vez en el sillón del cual acababa de incorporarme. Me quedé profundamente estupefacto y por un instante no supe qué hacer. Entretanto, él seguía con su chachara.

—¿Ha visto? Es mejor que se quede quieto. Y ahora sabrá quién soy. ¡Míreme! ¡Fea! Yo soy el Ángel de lo Singular.

—¡Vaya si es singular! —me aventuré a replicar—. Pero siempre he vivido bajo la impresión de que un ángel tenía alas.

—¡Alas! —gritó, furibundo—. ¿Y bara qué quiero las alas? ¿Me doma usted por un bollo?

—¡Oh» no, ciertamente! —me apresuré a decir muy alarmado—. ¡No, no tiene usted nada de pollo!

—Pueno, entonces quédese sentado y bórlese pien, o le begaré de nuevo con el baño. El bollo tiene alas, y el púho tiene alas, y el duende tiene alas, y el gran tiablo tiene alas. El ángel no tiene alas, y yo soy el Ángel de lo Singular.

—¿Y qué se trae usted conmigo? ¿Se puede saber...?

—¡Qué me draigo! —profirió aquella cosa—. ¡Bues... qué berfecto maleducado tebe ser usted para breguntarle a un ángel qué se drae!

Aquel lenguaje era más de lo que podía soportar, incluso de un ángel; por lo cual, reuniendo mi coraje, me apoderé de un salero que había a mi alcance y lo arrojé a la cabeza del intruso. O bien lo evitó o mi puntería era deficiente, pues todo lo que conseguí fue la demolición del cristal que protegía la esfera del reloj sobre la chimenea. En cuanto al ángel, me dio a conocer su opinión sobre mi ataque en forma de dos o tres nuevos golpes en la cabeza. Como es natural, esto me redujo inmediatamente a la obediencia, y me avergüenza confesar que sea por el dolor o la vergüenza que sentía, me saltaron las lágrimas de los ojos.

—¡Tíos mío! —exclamó el ángel, aparentemente muy sosegado por mi desesperación—. ¡Tios mío, este hombre está muy borracho o muy triste! Usted no tebe beber tanto... usted tebe echar agua al fino. ¡Vamos beba esto... así, berfecto! ¡Y no llore más, famos!

Y, con estas palabras, el Ángel de lo Singular llenó mi vaso (que contenía un tercio de oporto) con su fluido incoloro que dejó salir de una de las botellas-manos. Noté que las botellas tenían etiquetas y que en las mismas se leía: «Kirschenwasser».

La amabilidad del ángel me ablandó grandemente y, ayudado por el agua con la cual diluyó varias veces mi oporto, recobré bastante serenidad como para escuchar su extraordinarísimo discurso. No pretendo repetir aquí todo lo que me dijo, pero deduje de sus palabras que era el genio que presidía sobre los contretemps de la humanidad, y que su misión consistía en provocar los accidentes singulares que asombraban continuamente a los escépticos. Una o dos veces, al aventurarme a expresar mi completa incredulidad sobre sus pretensiones, se puso muy furioso, hasta que, por fin, estimé prudente callarme la boca y dejarlo que hablara a gusto. Así lo hizo, pues, extensamente, mientras yo descansaba con los ojos cerrados en mi sofá y me divertía mordisqueando pasas de uva y tirando los cabos en todas direcciones. Poco a poco el ángel pareció entender que mi conducta era desdeñosa para con él. Levantóse, poseído de terrible furia, se caló el embudo hasta los ojos, prorrumpió en un largo juramento, seguido de una amenaza que no pude comprender exactamente y, por fin, me hizo una gran reverencia y se marchó, deseándome en el lenguaje del arzobispo en Gil Blas, beaucoup de bonheur et un peu plus de bon sens.

Su partida fue un gran alivio para mí. Los poquísimos vasos de Laffitte que había bebido me producían una cierta modorra, por lo cual decidí dormir quince o veinte minutos, como acostumbraba siempre después de comer. A las seis tenía una cita importante, a la cual no debía faltar bajo ningún pretexto. La póliza de seguro de mi casa había expirado el día anterior, pero como surgieran algunas discusiones, quedó decidido que los directores de la compañía me recibirían a las seis para fijar los términos de la renovación. Mirando el reloj de la chimenea (pues me sentía demasiado adormecido para sacar mi reloj del bolsillo) comprobé con placer que aún contaba con veinticinco minutos. Eran las cinco y media; fácilmente llegaría a la compañía de seguros en cinco minutos, y como mis siestas habituales no pasaban jamás de veinticinco, me sentí perfectamente tranquilo y me acomodé para descansar.

Al despertar, muy satisfecho, miré nuevamente el reloj y estuve a punto de empezar a creer en accidentes extraños cuando descubrí que en vez de mi sueño ordinario de quince o veinte minutos sólo había dormido tres, ya que eran las seis menos veintisiete. Volví a dormirme, y al despertar comprobé con estupefacción que todavía eran las seis menos veintisiete. Corrí a examinar el reloj, descubriendo que estaba parado. Mi reloj de bolsillo no tardó en informarme que eran las siete y media y, por consiguiente, demasiado tarde para la cita.

—No será nada —me dije—. Mañana por la mañana me presentaré en la oficina y me excusaré. Pero, entretanto, ¿qué le ha ocurrido al reloj?

Al examinarlo descubrí que uno de los cabos del racimo de pasas que había estado desparramando a capirotazos durante el discurso del Ángel de lo Singular había aprovechado la rotura del cristal para alojarse —de manera bastante singular— en el orificio de la llave, de modo que su extremo, al sobresalir de la esfera, había detenido el movimiento del minutero.

—¡Ah, ya veo! —exclamé—. La cosa es clarísima. Un accidente muy natural, como los que ocurren a veces.

Dejé de preocuparme del asunto y a la hora habitual me fui a la cama. Luego de colocar una bujía en una mesilla de lectura a la cabecera, y de intentar la lectura de algunas páginas de la Omnipresencia de la Deidad, me quedé infortunadamente dormido en menos de veinte segundos, dejando la vela encendida.

Mis sueños se vieron aterradoramente perturbados por visiones del Ángel de lo Singular. Me pareció que se agazapaba a los pies del lecho, apartando las cortinas, y que con las huecas y detestables resonancias de una pipa de ron me amenazaba con su más terrible venganza por el desdén con que lo había tratado. Concluyó una larga arenga quitándose su gorro-embudo, insertándomelo en el gaznate e inundándome con un océano de Kirschenwasser, que manaba a torrentes de una de las largas botellas que le servían de brazos. Mi agonía se hizo, por fin, insoportable y desperté a tiempo para percibir que una rata se había apoderado de la bujía encendida en la mesilla, pero no a tiempo de impedirle que se metiera con ella en su cueva. Muy pronto asaltó mis narices un olor tan fuerte como sofocante; me di cuenta de que la casa se había incendiado, y pocos minutos más tarde las llamas surgieron violentamente, tanto, que en un período increíblemente corto el entero edificio fue presa del fuego.

Toda salida de mis habitaciones había quedado cortada, salvo una ventana. La multitud reunida abajo no tardó en procurarme una larga escala. Descendía por ella rápidamente sano y salvo cuando a un enorme cerdo (en cuya redonda barriga, así como en todo su aire y fisonomía, había algo que me recordaba al Ángel de lo Singular) se le ocurrió interrumpir el tranquilo sueño de que gozaba en un charco de barro y descubrir que le agradaría rascarse el lomo, no encontrando mejor lugar para hacerlo que el ofrecido por el pie de la escala. Un segundo después caía yo desde lo alto, con la mala fortuna de quebrarme un brazo.

Aquel accidente, junto con la pérdida de mi seguro y la más grave del cabello (totalmente consumido por el fuego), predispuso mi espíritu a las cosas serias, por lo cual me decidí finalmente a casarme.

Había una viuda rica, desconsolada por la pérdida de su séptimo marido, y ofrecí el bálsamo de mis promesas a las heridas de su espíritu. Llena de vacilaciones, cedió a mis ruegos. Arrodilléme a sus pies, envuelto en gratitud y adoración. Sonrojóse, mientras sus larguísimas trenzas se mezclaban por un momento con los cabellos que el arte de Grandjean me había proporcionado temporariamente. No sé cómo se enredaron nuestros cabellos pero así ocurrió. Levánteme con una reluciente calva y sin peluca, mientras ella ahogándose con cabellos ajenos, cedía a la cólera y al desdén. Así terminaron mis esperanzas sobre aquella viuda por culpa de un accidente por cierto imprevisible, pero que la serie natural de los sucesos había provocado.

Sin desesperar, empero, emprendí el asedio de un corazón menos implacable. Los hados me fueron propicios durante un breve período, pero un incidente trivial volvió a interponerse. Al encontrarme con mi novia en una avenida frecuentada por toda la élite de la ciudad, me preparaba a saludarla con una de mis más respetuosas reverencias, cuando una partícula de alguna materia se me alojó en el ojo, dejándome completamente ciego por un momento. Antes de que pudiera recobrar la vista, la dama de mi amor había desaparecido, irreparablemente ofendida por lo que consideraba descortesía al dejarla pasar a mi lado sin saludarla. Mientras permanecía desconcertado por lo repentino de este accidente (que podía haberle ocurrido, por lo demás, a cualquier mortal), se me acercó el Ángel de lo Singular, ofreciéndome su ayuda con una gentileza que no tenía razones para esperar. Examinó mi congestionado ojo con gran delicadeza y habilidad, informándome que me había caído en él una gota, y —sea lo que fuere aquella «gota»— me la extrajo y me procuró alivio.

Pensé entonces que ya era tiempo de morir, puesto que la mala fortuna había decidido perseguirme, y, en consecuencia, me encaminé al río más cercano. Una vez allí me despojé de mis ropas (dado que bien podemos morir como hemos venido al mundo) y me tiré de cabeza a la corriente, teniendo por único testigo de mi destino a un cuervo solitario, el cual, dejándose llevar por la tentación de comer maíz mojado en aguardiente, se había separado de sus compañeros. Tan pronto me hube tirado al agua, el pájaro resolvió echar a volar llevándose la parte más indispensable de mi vestimenta. Aplacé, por tanto, mis designios suicidas, y luego de introducir las piernas en las mangas de mi chaqueta, me lancé en persecución del villano con toda la celeridad que el caso reclamaba y que las circunstancias permitían. Mas mi cruel destino me acompañaba, como siempre. Mientras corría a toda velocidad, la nariz en alto y sólo preocupado por seguir en su vuelo al ladrón de mi propiedad, percibí de pronto que mis pies ya no tocaban terra firma: acababa de caer a un precipicio, y me hubiera hecho mil pedazos en el fondo, de no tener la buena fortuna de atrapar la cuerda de un globo que pasaba por ahí.

Tan pronto recobré suficientemente los sentidos como para darme cuenta de la terrible situación en que me hallaba (o, mejor, de la cual colgaba), ejercité todas las fuerzas de mis pulmones para llevar dicha terrible situación a conocimiento del aeronauta. Pero en vano grité largo tiempo. O aquel estúpido no me oía, o aquel miserable no quería oír. Entretanto el globo ganaba altura rápidamente, mientras mis fuerzas decrecían con no menor rapidez. Me disponía a resignarme a mi destino y caer silenciosamente al mar, cuando cobré ánimos al oír una profunda voz en lo alto, que parecía estar canturreando un aire de ópera. Mirando hacia arriba, reconocí al Ángel de lo Singular. Con los brazos cruzados, se inclinaba sobre el borde de la barquilla; tenía una pipa en la boca y, mientras exhalaba tranquilamente el humo, parecía muy satisfecho de sí mismo y del universo. En cuanto a mí, estaba demasiado exhausto para hablar, por lo cual me limité a mirarlo con aire implorante.

Durante largo rato no dijo nada, aunque me contemplaba cara a cara. Por fin, pasándose la pipa al otro lado de la boca, condescendió a hablar.

—¿Quién es usted y qué diablos hace aquí? —preguntó.

A esta demostración de desfachatez, crueldad y afectación sólo pude responder con una sola palabra: «¡Socorro!»

—¡Socorro! —repitió el malvado—. ¡Nada te eso! Ahí fa la potella... ¡Arréglese usted solo, y que el tiablo se lo lleve!

Con estas palabras, dejó caer una pesada botella de Kirschenwasser que, dándome exactamente en mitad del cráneo, me produjo la impresión de que mis sesos acababan de volar. Dominado por esta idea me disponía a soltar la cuerda y rendir mi alma con resignación, cuando fui detenido por un grito del ángel, quien me mandaba que no me soltara.

—¡Déngase con fuerza! —gritó—. ¡Y no se abresure! ¿Quiere que le dire la otra potella... o brefiere bortarse bien y ser más sensato?

Al oír esto me apresuré a mover dos veces la cabeza, la primera negativamente, para indicar que por el momento no deseaba recibir la otra botella, y la segunda afirmativamente, a fin de que el ángel supiera que me portaría bien y que sería más sensato. Gracias a ello logré que se dulcificara un tanto.

—Entonces... ¿cree por fin? —inquirió—. ¿Cree por fin en la bosipilidad de lo extraño?

Asentí nuevamente con la cabeza.

—¿Y cree en mí, el Ángel de lo Singular?

Asentí otra vez.

—¿Y reconoce que usted es un borracho berdido y un estúbido?

Una vez más dije que sí.

—Bues, pien, bonga la mano terecha en el polsillo izquierdo te los bantalones, en señal de su entera sumisión al Ángel de lo Singular.

Por razones obvias me era absolutamente imposible cumplir su pedido. En primer lugar, tenía el brazo izquierdo fracturado por la caída de la escala y, si soltaba la mano derecha de la soga, no podría sostenerme un solo instante con la otra. En segundo término, no disponía de pantalones hasta que encontrara al cuervo. Me vi, pues, precisado, con gran sentimiento, a sacudir negativamente la cabeza, queriendo indicar con ello al ángel que en aquel instante me era imposible acceder a su muy razonable demanda. Pero, apenas había terminado de moverla, cuando...

—¡Fáyase al tiablo, entonces! —rugió el Ángel de lo Singular.

Y al pronunciar dichas palabras dio una cuchillada a la soga que me sostenía, y como esto ocurría precisamente sobre mi casa (la cual, en el curso de mis peregrinaciones, había sido hábilmente reconstruida), terminé cayendo de cabeza en la ancha chimenea y aterricé en el hogar del comedor.

Al recobrar los sentidos —pues la caída me había aturdido terriblemente— descubrí que eran las cuatro de la mañana.

Estaba tendido allí donde había caído del globo. Tenía la cabeza metida en las cenizas del extinguido fuego, mientras mis pies reposaban en las ruinas de una mesita volcada, entre los restos de una variada comida, junto con los cuales había un periódico, algunos vasos y botellas rotos y un jarro vacío de Kirschenwasser de Schiedam. Tal fue la venganza del Ángel de lo Singular.


El Rey Peste

Relato en el que hay una alegoría

Los dioses toleran a los reyes

Aquello que aborrecen en la canalla.

(Buckhurst,

La tragedia de Ferrex y Porrex)

Al toque de las doce de cierta noche del mes de octubre, durante el caballeresco reinado de Eduardo III, dos marineros de la tripulación del Free and Easy, goleta que traficaba entre Sluis y el Támesis y que anclaba por el momento en este río, se asombraron muchísimo al hallarse instalados en el salón de una taberna de la parroquia de St. Andrews, en Londres, taberna que enarbolaba por muestra la figura de un «Alegre Marinero».

Aquel salón, aunque de pésima construcción, ennegrecido por el humo, bajo de techo y coincidente en todo sentido con los tugurios de su especie en aquella época, se adaptaba bastante bien a sus fines, según opinión de los grotescos grupos que lo ocupaban, instalados aquí y allá.

De aquellos grupos, nuestros dos marinos constituían el más interesante, si no el más notable.

El que aparentaba más edad, y a quien su compañero daba el característico apelativo de «Patas», era mucho más alto que el otro. Debía de medir seis pies y medio, y el encorvamiento de su espalda era sin duda consecuencia natural de tan extraordinaria estatura. Lo que le sobraba en un sentido, veíase más que compensado por lo que le faltaba en otros. Era extraordinariamente delgado y sus camaradas aseguraban que, estando borracho, hubiera servido muy bien como gallardete en el palo mayor; mientras que, hallándose sobrio, no habría estado mal como botalón de bauprés. Pero estas bromas y otras de la misma naturaleza no parecían haber provocado jamás la menor reacción en los músculos de la risa de nuestro marino. De pómulos salientes, gran nariz aguileña, mentón huyente, mandíbula inferior caída y enormes ojos protuberantes, la expresión de su semblante parecía reflejar una obstinada indiferencia hacia todas las cosas de este mundo en general, aunque al mismo tiempo mostraba un aire tan solemne y tan serio que inútil sería intentar describirlo.

Por lo menos en la apariencia exterior, el marinero más joven era el exacto reverso de su camarada: Su estatura no pasaba de cuatro pies. Un par de sólidas y arqueadas piernas sostenía su rechoncha y pesada figura mientras los cortos y robustos brazos, terminados en un par de puños más grandes que lo habitual, colgaban balanceándose a los lados como las aletas de una tortuga marina. Unos ojillos de color impreciso chispeaban profundamente incrustados bajo las cejas. La nariz se perdía en la masa de carne que envolvía su cara redonda y purpúrea, y su grueso labio superior descansaba sobre el inferior, todavía más carnoso, con una expresión de profundo contento que se hacía más visible por la costumbre de su dueño de lamérselos de tiempo en tiempo. No cabía duda de que miraba a su altísimo camarada con una mezcla de maravilla y de burla; de cuando en cuando contemplaba su rostro en lo alto, como el rojo sol poniente contempla los picos del Ben Nevis.

Varias y llenas de incidentes habían sido las peregrinaciones de aquella meritoria pareja durante las primeras horas de la noche, por las diferentes tabernas de la vecindad. Pero ni las mayores fortunas duran siempre, y nuestros amigos se habían aventurado en este último salón con los bolsillos vacíos.

En el momento en que empieza esta historia, Patas y su camarada Hugh Tarpaulin[1] hallábanse instalados con los codos sobre la gran mesa de roble del centro de la sala, y las manos en las mejillas. Más allá de un gran frasco de cerveza (sin pagar), contemplaban las ominosas palabras: «No se da crédito», que para su indignación y asombro, habían sido garrapateadas en la puerta mediante el mismísimo mineral cuya presencia pretendían negar[2]. Lejos estamos de pretender que el don de descifrar caracteres escritos —don que en aquellos días se consideraba apenas menos cabalístico que el arte de trazarlos— hubiera sido conferido a nuestros dos hijos del mar; pero la verdad es que en aquellas letras había cierto carácter retorcido, ciertos bandazos de sotavento totalmente indescriptibles pero que, en opinión de ambos marinos, presagiaban abundancia de mal tiempo, y que los determinaron al unísono, conforme a las metafóricas expresiones de Patas, a «darle a las bombas, arriar todo el trapo y largarse viento en popa».

Habiendo, pues, apurado la cerveza que quedaba, y abotonados apretadamente sus cortos jubones, se lanzaron ambos a toda carrera hacia la puerta. Aunque Tarpaulin rodó dos veces en la chimenea, confundiéndola con la salida, acabaron por escabullirse felizmente, y media hora después de las doce, nuestros héroes estaban otra vez prontos a cualquier travesura, huyendo a toda carrera por una oscura calleja rumbo a St. Andrews’ Stair, encarnizadamente perseguidos por la huéspeda del «Alegre Marinero».

En los tiempos de este memorable relato, así como muchos años antes y muchos después, en toda Inglaterra, y especialmente en Londres, resonaba periódicamente el espantoso clamor de: «¡La peste!» La ciudad había quedado muy despoblada, y en las horribles regiones vecinas al Támesis, donde entre tenebrosas, angostas e inmundas callejuelas y pasajes parecía haber nacido el Demonio de la Enfermedad, erraban tan sólo el Temor, el Horror y la Superstición.

Por orden del rey aquellos distritos habían sido condenados, y se prohibía, bajo pena de muerte, penetrar en sus espantosas soledades. Empero, el mandato del monarca, las barreras erigidas a la entrada de las calles y, sobre todo, el peligro de una muerte atroz que con casi absoluta seguridad se adueñaba del infeliz que osara la aventura, no podían impedir que las casas, vacías y desamuebladas, fueran saqueadas noche a noche por quienes buscaban el hierro, el bronce o el plomo, que podía luego venderse ventajosamente.

Lo que es más, cada vez que al llegar el invierno se abrían las barreras, comprobábase que los cerrojos, las cadenas y los sótanos secretos habían servido de poco para proteger los ricos depósitos de vinos y licores que, teniendo en cuenta el riesgo y la dificultad de todo traslado, fueran dejados bajo tan insuficiente custodia por los comerciantes de alcoholes de aquellas barriadas.

Pocos, sin embargo, entre aquellos empavorecidos ciudadanos atribuían los pillajes a la mano del hombre. Los demonios populares del mal eran los espíritus de la peste, los dueños de la plaga y los diablos de la fiebre; contábanse historias tan escalofriantes, que aquella masa de edificios prohibidos terminó envuelta en el terror como en una mortaja, y hasta los saqueadores solían retroceder aterrados por la atmósfera que sus propias depredaciones habían creado; así, el circuito estaba entregado por completo a la más lúgubre melancolía, al silencio, a la pestilencia y a la muerte.

En una de aquellas aterradoras barreras que señalaban el comienzo de la región condenada viéronse súbitamente detenidos Patas y el digno Hugh Tarpaulin en el curso de su carrera callejuelas abajo. Imposible era retroceder y tampoco perder un segundo, pues sus perseguidores les pisaban los talones. Pero, para lobos de mar como ellos, trepar por aquellas toscas planchas de madera era cosa de juego; excitados por la doble razón del ejercicio y del licor, escalaron en un santiamén la valla y, animándose en su carrera de borrachos con gritos y juramentos, no tardaron en perderse en el fétido e intrincado laberinto.

De no haber estado borrachos perdidos, sus tambaleantes pasos se hubieran visto muy pronto paralizados por el horror de su situación. El aire era helado y brumoso. Las piedras del pavimento, arrancadas de sus alvéolos, aparecían en montones entre los pastos crecidos, que llegaban más arriba de los tobillos. Casas demolidas ocupaban las calles. Los hedores más fétidos y ponzoñosos lo invadían todo; y con ayuda de esa luz espectral que, aun a medianoche, no deja nunca de emanar de toda atmósfera pestilencial, era posible columbrar en los atajos y callejones, o pudriéndose en las habitaciones sin ventanas, los cadáveres de muchos ladrones nocturnos a quienes la mano de la peste había detenido en el momento mismo en que cometían sus fechorías.

Aquellas imágenes, aquellas sensaciones, aquellos obstáculos no podían, sin embargo, detener la carrera de hombres que, de por sí valientes y ardiendo de coraje y de cerveza fuerte, hubieran penetrado todo lo directamente que su tambaleante condición lo permitiera en las mismísimas fauces de la muerte. Adelante, siempre adelante balanceábase el lúgubre Patas, haciendo resonar la profunda desolación con los ecos de sus terribles alaridos, semejantes al espantoso grito de guerra de los indios; y adelante, siempre adelante contoneábase el robusto Tarpaulin, colgado del jubón de su más activo compañero, pero sobrepasando sus más asombrosos esfuerzos en materia de música vocal con rugidos in basso que nacían de la profundidad de sus estentóreos pulmones.

No cabía duda de que habían llegado a la plaza fuerte de la peste. A cada paso, a cada tropezón, su camino se volvía más fétido y horrible, los senderos más angostos e intrincados. Enormes piedras y vigas que de tiempo en tiempo se desplomaban de los podridos tejados mostraban con la violencia de su caída la enorme altura de las casas circundantes; y cuando, para abrirse paso a través de continuos montones de basura, había que apelar a enérgicos esfuerzos, no era raro que las manos encontraran un esqueleto, o se hundieran en la carne descompuesta de algún cadáver.

Súbitamente, cuando los marinos se tambaleaban frente a la entrada de un alto y espectral edificio, un grito más agudo que de ordinario, brotando de la garganta del excitado Patas, fue respondido desde adentro con una rápida sucesión de salvajes alaridos, que semejaban carcajadas demoníacas. En nada acoquinados por aquellos sonidos que, dada su naturaleza, el lugar y la hora, hubieran helado la sangre de corazones menos ígneos que los suyos, nuestra pareja de borrachos se lanzó de cabeza contra la puerta, abriéndola de par en par y entrando a tropezones, en medio de un diluvio de juramentos.

La habitación en la cual se encontraron resultó ser la tienda de un empresario de pompas fúnebres; pero una trampa abierta en un rincón del piso, próximo a la entrada, dejaba ver el comienzo de una bodega ampliamente provista, como lo proclamaba además la ocasional explosión de una que otra botella. En medio de la habitación había una mesa, en cuyo centro surgía un enorme cubo de algo que parecía punch. Profusamente desparramadas en torno aparecían botellas de diversos vinos y cordiales, así como jarros, tazas y frascos de todas formas y calidades. Sentados sobre soportes de ataúdes veíase a seis personas alrededor de la mesa. Trataré de describirlas una por una.

De frente a la entrada y algo más elevado que sus compañeros sentábase un personaje que parecía presidir la mesa.

Era tan alto como flaco, y Patas se quedó confundido al ver a alguien más descarnado que él. Tenía un rostro amarillo como el azafrán, pero, salvo un rasgo, sus facciones no estaban lo bastante definidas como para merecer descripción. El rasgo notable consistía en una frente tan insólita y horriblemente elevada, que daba la impresión de un bonete o una corona de carne encima de la verdadera cabeza. Su boca tenía un mohín y un pliegue de espectral afabilidad, y sus ojos —como los de todos los presentes— estaban fijos y vidriosos por los vapores de la embriaguez. Este caballero hallábase envuelto de pies a cabeza en un paño mortuorio de terciopelo negro ricamente bordado, que caía en pliegues negligentes como si fuera una capa española. Tenía la cabeza llena de plumas como las que se ponen a los caballos en las carrozas fúnebres, y las agitaba a un lado y otro con aire tan garboso como entendido; sostenía en la mano derecha un enorme fémur humano, con el cual parecía haber estado apaleando a alguno del grupo por cualquier fruslería.

Frente a él, y dando la espalda a la puerta, veíase a una dama cuya extraordinaria apariencia no le iba a la zaga. Aunque casi tan alta como la persona descrita, no podía quejarse de una flacura anormal. Al contrario, hallábase por lo visto en el último grado de hidropesía y su cuerpo se asemejaba extraordinariamente a la enorme pipa de cerveza que, saltada la tapa, aparecía cerca de ella en un ángulo del aposento. Aquella señora tenía el rostro perfectamente redondo, rojo y relleno, y presentaba la misma peculiaridad (o, más bien, falta de peculiaridad) que mencionamos en el caso del presidente; vale decir que tan sólo uno de sus rasgos alcanzaba a distinguirse claramente en su cara. El sagaz Tarpaulin no había dejado de notar que la misma observación podía aplicarse a todos los asistentes a la fiesta, pues cada uno parecía poseer el monopolio de una determinada porción del rostro. En la dama de quien hablamos, se trataba de la boca. Comenzando en la oreja derecha abríase en un terrorífico abismo hasta la izquierda, al punto que los cortos aros que llevaba se le metían todo el tiempo en la abertura. Esforzábase, sin embargo, por mantenerla cerrada, adoptando un aire de gran dignidad. Su vestido consistía en una mortaja recién planchada y almidonada que le llegaba hasta la barbilla, cerrándose en un volante rizado de muselina de algodón.

Sentábase a su derecha una jovencita minúscula, a quien la dama parecía proteger. Esta delicada y frágil criatura daba evidentes señales de una tisis galopante a juzgar por el temblor de sus descarnados dedos, la lívida coloración de sus labios y las manchas héticas que aparecían en su piel terrosa. Pese a ello, en toda su figura se advertía un extremado haut ton; lucía con un aire tan gracioso como negligente un ancho y hermoso sudario del más fino linón de la India; el cabello le colgaba en bucles sobre el cuello, y había en su boca una suave sonrisa juguetona; pero su nariz, extraordinariamente larga, fina, sinuosa, flexible y llena de barrillos, le llegaba hasta más abajo del labio inferior; a pesar del aire delicado con que de cuando en cuando la movía a uno y otro lado con ayuda de la lengua, aquella nariz daba a su fisonomía una apariencia un tanto equívoca.

Al otro lado, a la izquierda de la dama hidrópica, veíase a un hombrecillo achacoso, rechoncho, asmático y gotoso, cuyas mejillas descansaban en los hombros de su propietario como dos enormes odres de vino oporto. Cruzado de brazos y con una pierna vendada puesta sobre la mesa, parecía imaginar que tenía derecho a alguna especial consideración. Sin duda se sentía profundamente orgulloso de cada pulgada de su persona, pero se esmeraba especialmente en llamar la atención sobre su abigarrado levitón. No poco dinero le habría costado este último, que le sentaba admirablemente, pues estaba hecho con una de esas fundas de seda bordada que en Inglaterra y otras partes sirven para cubrir los escudos que se cuelgan en lugares visibles cuando ha muerto algún miembro de una casa aristocrática.

A su lado, y a la derecha del presente, veíase a un caballero con largas calzas blancas y calzones de algodón. Estremecíase de la manera más ridícula, como si sufriera un acceso de lo que Tarpaulin llamaba «los espantos». Su mentón, recién afeitado, estaba apretadamente sujeto por un vendaje de muselina, y sus brazos, igualmente atados por las muñecas, no le permitían servirse a gusto de los licores de la mesa, precaución que Patas encontró muy acertada en vista del aire embrutecido y avinado de su fisonomía. De todas maneras, las inmensas orejas de aquel personaje, que por lo visto no era posible sujetar como el resto de su cuerpo, se proyectaban en el espacio y, cada vez que alguien descorchaba una botella, se estremecían como en un espasmo.

Frente a él, sexto y último de la reunión, veíase a un personaje extrañamente rígido, atacado de parálisis, quien debía sentirse sumamente incómodo dentro de sus vestiduras. En efecto, su único atavío lo constituía un flamante y hermoso ataúd de caoba. Su parte superior apretaba la cabeza de quien lo vestía, extendiéndose hacia adelante como una caperuza, y daba a su rostro un aire indescriptiblemente interesante. A los lados del ataúd se habían practicado agujeros para los brazos, teniendo en cuenta tanto la elegancia como la comodidad; pero aquel traje impedía a su propietario mantenerse tan erguido como sus compañeros; y mientras yacía reclinado contra su soporte, en un ángulo de cuarenta y cinco grados, un par de enormes ojos protuberantes giraban sus terribles globos blanquecinos hacia el techo, como si estuvieran estupefactos de su propia enormidad.

Frente a cada uno de los presentes veíase una calavera que servía de copa. De lo alto colgaba un esqueleto, atado por una pierna a una soga sujeta en un gancho del techo. La otra pierna, suelta, se apartaba del cuerpo en ángulo recto, haciendo que aquella masa crujiente girara y se balanceara a cada ráfaga de viento que penetraba en la estancia. En el cráneo de tan horribles restos había carbones encendidos, que arrojaban una luz vacilante pero intensa sobre la escena; en cuanto a los ataúdes y otros implementos propios de una empresa de pompas fúnebres, habían sido apilados en torno de la habitación y contra las ventanas, impidiendo que el menor rayo de luz escapara a la calle.

A la vista de tan extraordinaria asamblea y de sus atavíos no menos extraordinarios, nuestros dos marinos no se condujeron con el decoro que cabía esperar. Apoyándose en la pared que tenía más próxima, Patas dejó caer más de lo acostumbrado su mandíbula inferior, mientras abría los ojos hasta que alcanzaron el diámetro máximo mientras Hugh Tarpaulin, agachándose hasta que su nariz quedó al nivel de la mesa, apoyó las palmas de las manos en las rodillas y estalló en un mar de carcajadas tan agudas, sonoras y estrepitosas como fuera de lugar y descomedidas.

No obstante, sin ofenderse por tan grosera conducta, el alto presidente dirigió una afable sonrisa a los intrusos, saludándolos muy dignamente con un movimiento de las plumas de la cabeza; tras de lo cual, levantándose, los tomó del brazo y los condujo a un asiento que otros de los presentes habían preparado para ellos. Patas no ofreció la menor resistencia y se instaló como le indicaron, pero el galante Hugh, llevando su caballete de ataúd desde donde lo habían puesto hasta un lugar próximo a la jovencita tísica de la mortaja, se instaló a su lado lleno de alegría y, zampándose una calavera llena de vino tinto, brindó por una amistad más íntima. Al oír esto, el rígido caballero en el ataúd pareció excesivamente incomodado, y hubieran podido producirse consecuencias graves de no mediar la intervención del presidente, quien, luego de golpear en la mesa con su hueso, reclamó la atención de los presentes con el discurso siguiente:

—En tal feliz ocasión, es nuestro deber...

—¡Sujeta ese cabo! —lo interrumpió Patas con gran seriedad—. ¡Sujeta ese cabo, te digo, y que sepamos quiénes sois y qué demonios hacéis aquí, equipados como todos los diablos del infierno y bebiéndoos las buenas bebidas que guarda para el invierno mi excelente camarada Will Wimble, el empresario de pompas fúnebres!

Ante esta imperdonable demostración de descortesía, todos los presentes se enderezaron a medias, profiriendo una nueva serie de espantosos y demoníacos alaridos como los que habían llamado la atención de los marinos. Pero el presidente fue el primero en recobrar la compostura y, volviéndose con gran dignidad hacia Patas, le dijo:

—Con el mayor placer satisfaré tan razonable curiosidad por parte de nuestros ilustres huéspedes, a pesar de no haber sido invitados. Sabed que en estos dominios soy el monarca y que gobierno mi imperio absoluto bajo el título de “Rey Peste I”.

»Esta sala, que suponéis injuriosamente la tienda de Will Wimble, el empresario de pompas fúnebres, persona a quien no conocemos y cuyo plebeyo nombre no había ofendido hasta ahora nuestros reales oídos... esta sala digo, es la Sala del Trono de nuestro palacio, consagrada al consejo del reino y a otras sagradas y augustas finalidades.

»La noble dama sentada frente a mí es la “Reina Peste”, nuestra serenísima consorte. Los otros augustos personajes que contempláis son miembros de mi familia y llevan la insignia de la sangre real bajo sus títulos respectivos de “Su Gracia el Archiduque Pes-tífero”, “Su Gracia el Duque Pest-ilencial”, “Su Gracia el Duque Tem-pestad” y “Su Alteza Serenísima la Archiduquesa Ana-Pesta”.

»Con referencia a vuestra consulta sobre las razones de nuestra presencia en este consejo, se nos perdonará que contestemos que sólo nos concierne, y que es asunto exclusivo de nuestro privado y real interés, sin que nadie este autorizado a inmiscuirse en absoluto. Pero en consideración a esos derechos de que, como huéspedes y desconocidos, podéis imaginaros poseedores, os explicaremos que nos encontramos aquí esta noche, luego de profundas búsquedas y prolongadas investigaciones, para examinar, analizar y determinar exactamente ese espíritu indefinible, esas incomprensibles cualidades y caracteres de los inestimables tesoros del paladar, vale decir los vinos, cervezas y licores de esta excelente metrópoli; todo ello para llevar adelante no solamente nuestros propios designios, sino para acrecentar la prosperidad de ese soberano extraterreno cuyo reino cubre todos los nuestros, cuyos dominios son ilimitados, y cuyo nombre es “Muerte”.»

—¡Cuyo nombre es Davy Jones! —gritó Tarpaulin, sirviendo un cráneo de licor a la dama que tenía a su lado y bebiéndose otro por su cuenta.

—¡Profano lacayo! —dijo el presidente, concentrando su atención en el meritorio Hugh—. ¡Profano y execrable canalla! Hemos dicho que, en consideración de esos derechos que, aun en tu repugnante persona, no queremos quebrantar, hemos condescendido a responder a vuestras groseras e insensatas demandas. Empero, frente a tan sacrílega intrusión en nuestro consejo, creemos de nuestro deber condenarte y multarte, a ti y a tu compañero, a beber un galón de ron con melaza, que tragaréis brindando por la prosperidad de nuestro reino de un solo trago y de rodillas; tras lo cual quedaréis libres para seguir vuestro camino o quedaros y ser admitidos a los privilegios de nuestra mesa, conforme a vuestros gustos respectivos e individuales.

—Sería cosa por completo imposible —dijo entonces Patas, a quien las frases y la dignidad del Rey Peste I habían inspirado evidentemente cierto respeto, por lo cual se puso de pie para hablar, sujetándose a la vez a la mesa—. Sería imposible, sabedlo, majestad, que yo estibara en mi bodega la cuarta parte del licor que acabáis de mencionar. Aun dejando de lado el cargamento subido a bordo esta mañana a manera de lastre, y sin mencionar las distintas cervezas y licores embarcados por la tarde en diversos puertos, me encuentro ahora con un arrumaje completo de cerveza, adquirido y debidamente pagado en la enseña del «Alegre Marinero». Vuestra Majestad tendrá, pues, la gentileza de considerar que la intención reemplaza el hecho, pues de ninguna manera podría tragar una sola gota... y mucho menos una gota de esa infame agua de sentina que responde a la denominación de ron con melaza.

—¡Amarra eso! —interrumpió Tarpaulin, no menos asombrado por la longitud del discurso de su compañero que por la naturaleza de su negativa—. ¡Amarra eso, marinero de agua dulce! ¡Basta de charla, Patas! Mi casco está todavía liviano, aunque ya veo que tú te estás hundiendo un poco. En cuanto a tu parte de cargamento, en vez de armar tanto jaleo me animo a encontrar sitio para él en mi propia cala, pero...

—Semejante arreglo —interrumpió el presidente— no está para nada de acuerdo con los términos de la multa o sentencia, que es por naturaleza irrevocable e inapelable. Las condiciones que hemos impuesto deben ser cumplidas al pie de la letra sin un segundo de vacilación... ¡Y si así no se hiciere, decretamos que ambos seáis atados juntos por el cuello y los talones y ahogados por rebeldes en aquel casco de cerveza!

—¡Magnífica sentencia! ¡Justa y apropiada sentencia! ¡Gloriosa decisión! ¡La más meritoria, adecuada y sacrosanta condena! —gritó al unísono la familia Peste. El rey hizo aparecer en su frente una infinidad de arrugas; el hombrecillo gotoso sopló como dos fuelles juntos; la dama de la mortaja balanceaba su nariz de un lado al otro; el caballero de los calzones levantó las orejas, y la dama del sudario jadeó como un pez fuera del agua, mientras el del ataúd parecía más rígido que nunca y revolvía los ojos.

—¡Uh, uh, uh! —rió Tarpaulin, sin cuidarse de la excitación general—. ¡Uh, uh, uh! Estaba yo diciendo, cuando Mr. Rey Peste se inmiscuyó en la conversación, que una tontería de dos o tres galones más o menos de ron con melaza nada pueden hacerle a un barco tan sólido como yo si no anda demasiado cargado. Pero si se trata de beber a la salud del Diablo (¡a quien Dios perdone!) y ponerme de rodillas delante de ese espantajo de rey, a quien conozco tan bien como a mí mismo, pobre pecador que soy... ¡Sí, lo conozco, puesto que se trata de Tim Hurlygurly, el actor...! Pues bien, en ese caso, ya no sé realmente qué pensar ni qué creer.

No pudo terminar en paz su discurso. Al oír el nombre de Tim Hurlygurly, la entera asamblea saltó de sus asientos.

—¡Traición! —gritó su majestad el Rey Peste I.

—¡Traición! —exclamó el hombrecillo gotoso.

—¡Traición! —chilló la Archiduquesa Ana-Pesta.

—¡Traición! —murmuró el caballero de las mandíbulas atadas.

—¡Traición! —gruñó el del ataúd.

—¡Traición, traición! —aulló su majestad la de la inmensa boca. Y, sujetando al infortunado Tarpaulin por la parte posterior de sus pantalones en momentos en que se disponía a beber otra calavera de licor, lo alzó en el aire y lo dejó caer sin ceremonia en el gran casco abierto de su amada cerveza. Luego de flotar y hundirse varias veces como una manzana en un jarro de toddy, terminó por desaparecer en un torbellino de espuma que sus movimientos creaban en el ya efervescente brebaje.

Patas, empero, no estaba dispuesto a soportar mansamente la derrota de su compañero. Luego de arrojar al Rey Peste por la trampa abierta, el valiente marino le dejó caer la tapa sobre la cabeza, mientras lanzaba un juramento, y corrió al centro de la habitación. Aferrando el esqueleto que colgaba sobre la mesa, empezó a agitarlo con tal energía y buena voluntad que, en momentos en que los últimos resplandores se apagaban en la estancia, alcanzó a romper la cabeza del hombrecillo gotoso. Lanzándose luego con todas sus fuerzas contra el fatal casco lleno de cerveza y de Hugh Tarpaulin, lo derribó al suelo en un segundo. Brotó un verdadero diluvio de cerveza, tan terrible, tan impetuoso, tan arrollador, que el cuarto se inundó de pared a pared, la mesa se volcó con toda su carga, los caballetes quedaron patas arriba, el jarro de ponche cayó en la chimenea... y las señoras en grandes ataques de nervios. Montones de artículos mortuorios flotaban aquí y allá. Jarros, picheles, damajuanas se confundían en la melée, y las botellas revestidas de paja se entrechocaban desesperadamente con los botellones vacíos. El hombre de los estremecimientos se ahogó allí mismo, el caballero paralítico salió flotando en su ataúd... y el victorioso Patas, tomando por la cintura a la gruesa dama de la mortaja, lanzóse con ella a la calle, corriendo en línea recta hacia el Free and Easy, seguido con viento fresco por el temible Hugh Tarpaulin, quien, luego de estornudar tres o cuatro veces, jadeaba y resoplaba tras él, llevándose consigo a la Archiduquesa Ana-Pesta.


Cuento de Jerusalén

Intensos rigidam in frontem ascendere canos Passus erat.

(Lucano, De Catone)

(...un hirsuto pelmazo.)

Traducción[3]

Corramos a las murallas —dijo Abel-Phittim a Buzi-Ben-Levi y a Simeón el Fariseo, el décimo día del mes de Tammuz del año del mundo tres mil novecientos cuarenta y uno—. Corramos a las murallas, junto a la puerta de Benjamín, en la ciudad de David, que dominan el campamento de los incircuncisos; pues es la última hora de la cuarta guardia y va a salir el sol; y los idólatras, cumpliendo la promesa de Pompeyo, deben de estar esperándonos con los corderos para los sacrificios.

Simeón, Abel-Phittim y Buzi-Ben-Levi eran los Gizbarim o subcolectores de las ofrendas en la santa ciudad de Jerusalén.

—Bien has dicho —replicó el Fariseo—. Apresurémonos, porque esta generosidad por parte de los paganos es sorprendente, y la volubilidad ha sido siempre atributo de los adoradores de Baal.

—Que son volubles y traidores es tan cierto como el Pentateuco —dijo Buzi-Ben-Levi—, pero ello tan sólo para con el pueblo de Adonai. ¿Cuándo se ha sabido que los amonitas descuidaran sus intereses? ¡No me parece que sea tan generoso facilitarnos corderos para el altar del Señor y recibir en cambio treinta siclos de plata por cabeza!

—Olvidas, Ben-Levi —replicó Abel-Phittim—, que el romano Pompeyo, impío sitiador de la ciudad del Altísimo, no tiene la seguridad de que los corderos así adquiridos serán dedicados a alimento del espíritu y no del cuerpo.

—¡Cómo, por las cinco puntas de mi barba! —gritó el Fariseo, que pertenecía a la secta de los llamados Tundidores (pequeño grupo de santos, cuya manera de tundirse y lacerarse los pies contra el suelo era desde hacía mucho una espina y un reproche para los devotos menos ahincados, y una piedra de toque para los transeúntes menos dotados)—. ¡Por las cinco puntas de esa barba, que, por ser sacerdote, me está vedado afeitarme! ¿Habremos vivido para ver el día en que un blasfemo idólatra advenedizo romano nos acuse de destinar a los apetitos de la carne los elementos más santos y consagrados? ¿Habremos vivido para ver el día en que...?

—No nos preocupemos de las razones del filisteo —lo interrumpió Abel-Phittim—, pues hoy nos beneficiamos por primera vez de su avaricia o de su generosidad; apresurémonos a llegar a las murallas, no sea que las ofrendas falten en ese altar cuyo fuego las lluvias del cielo no pueden extinguir, y cuyas columnas de humo ninguna tempestad puede alterar.

La parte de la ciudad hacia la cual se encaminaban nuestros excelentes Gizbarim ostentaba el nombre de su arquitecto, el rey David, y era considerada como la zona mejor fortificada de Jerusalén, hallándose situada sobre la abrupta y majestuosa colina de Sión. Un ancho y profundo foso circunvalatorio, tallado en la roca viva, estaba defendido por una solidísima muralla que nacía en su borde interno. A intervalos regulares surgían en la muralla torres cuadradas de mármol blanco, las menores tenían sesenta pies de alto, y las mayores, ciento veinte. Pero en las cercanías de la puerta de Benjamín la muralla no nacía del borde mismo del foso. Por el contrario, entre el nivel de éste y la base del baluarte alzábase un risco de doscientos cincuenta codos que formaba parte del abrupto monte Moriah. Así, cuando Simeón y sus compañeros llegaron a lo alto de la torre llamada Adoni-Be-zek —la más alta de las torres que rodeaban Jerusalén y lugar habitual de parlamentos con el ejército sitiador— pudieron contemplar el campamento del enemigo desde una eminencia que sobrepasaba en muchos pies la pirámide de Keops y en no pocos el templo de Belus.

—En verdad digo —suspiró el Fariseo, mientras se inclinaba sobre el vertiginoso precipicio—, los incircuncisos son tantos como las arenas de la playa... como las langostas del desierto. El valle del Rey se ha convertido en el valle de Adommin.

—Y, sin embargo —agregó Ben-Levi—, no podrías señalarme un solo filisteo... ¡No, ni siquiera uno, desde Aleph a Tau, desde el desierto hasta las fortificaciones, que parezca más grande que la letra Jod!

—¡Bajad la cesta con los siclos de plata! —gritó de pronto, con acentos tan broncos como ásperos, un soldado romano que parecía haber surgido de las regiones de Plutón—. ¡Bajad esa cesta con el maldito dinero, cuyo solo nombre basta para dislocar la mandíbula de un noble romano! ¿Es así como mostráis vuestra gratitud hacia nuestro amo Pompeyo, que, en su condescendiente bondad, ha creído oportuno escuchar vuestras importunidades de idólatras? El dios Febo, que es un dios verdadero, corre en su carro desde hace una hora. ¿Y no teníais vosotros que estar en las murallas cuando asomara? ¡Ædepol! ¿Creéis que nosotros, conquistadores del mundo, no tenemos otra cosa que hacer que esperar a la puerta de cada perrera para traficar con los perros de este mundo? ¡Vamos, abajo... y atención a que vuestras baratijas tengan el color y el peso debidos!

—¡El Elohim! —profirió el Fariseo, mientras los discordantes acentos del centurión resonaban en los peñascos del precipicio y se perdían contra el templo—. ¡El Elohim! ¿Quién es el dios Febo? ¿A quién invoca el blasfemador? ¡Dilo tú, Buzi-Ben-Levi, que eres versado en las leyes de los gentiles, y has habitado entre los que se contaminan con los Teraphim? ¿Habló de Nergal el idólatra? ¿O de Ashimah? ¿De Nibhaz... de Tartak... de Adramalech... de Anamalech... de Succoth-Benith... de Dagon... de Belial... de Baal-Perith... de Baal-Peor... o de Baal-Zebub?

—De ninguno de ellos, en verdad... pero ten cuidado que la cuerda no resbale demasiado rápidamente entre tus dedos, pues si la cesta quedara colgada de aquel peñasco saliente harías caer lamentablemente las santas cosas del santuario.

Con ayuda de una máquina de construcción bastante grosera, la cesta pesadamente cargada descendió entonces con lentitud hasta llegar a la muchedumbre de abajo; desde el vertiginoso pináculo podía verse a los romanos que se amontonaban confusamente en torno de ella, pero la gran altura y la niebla no permitían divisar con precisión lo que pasaba.

Transcurrió así media hora.

—¡Llegaremos demasiado tarde! —suspiró el Fariseo al cumplirse este período, mientras miraba hacia el abismo—. ¡Llegaremos demasiado tarde, y los Katholim nos despojarán de nuestras funciones!

—¡Nunca más nos regalaremos con lo mejor de la tierra! —agregó Abel-Phittim—. ¡Nuestras barbas perderán su perfume de incienso y nuestros cuerpos el hermoso lino del Templo!

—¡Raca! —juró Ben-Levi—. ¿Pretenderán robarnos el dinero de la compra? ¡Santísimo Moisés! ¿Estarán acaso pesando los siclos del tabernáculo?

—¡Han dado la señal! —gritó el Fariseo—. ¡Por fin han dado la señal! ¡Tira de la cuerda, Abel-Phittim... y también tú, Buzi-Ben-Levi! ¡Pues en verdad digo que los filisteos están sujetando todavía la cesta o el Señor ha dulcificado sus corazones y la han cargado con un animal de gran peso!

Y los Gizbarim tiraron de la cuerda, mientras su carga ascendía balanceándose pesadamente entre la espesa niebla.

—¡Booshoh! ¡Booshoh!

Tal fue la exclamación que brotó de los labios de Ben-Levi cuando, después de una hora de trabajo, empezó a verse algo en la extremidad de la cuerda.

—¡Booshoh! ¡Oh vergüenza! ¡Es un carnero de los sotos de Engedi... y más arrugado que el valle de Jehoshaphat!

—Es un primer nacido del rebaño —opuso Abel-Phittim—. Lo reconozco por su balido y por su manera inocente de doblar las patas. Sus ojos son más hermosos que las joyas del Pectoral, y su carne es como la miel del Hebrón.

—Es un becerro engordado en las praderas de Bashan —dijo el Fariseo—. ¡Los paganos se han portado admirablemente con nosotros! ¡Que nuestras voces se alcen en un salmo! ¡Demos las gracias con el shawm y el salterio! ¡Con el arpa y el huggab, con la cítara y el sacabuche!

Sólo cuando la cesta se hallaba a pocos pies de los Gizbarim, un sordo gruñido les reveló que contenía un cerdo de enorme tamaño.

—¡El Emanu! —gritó el trío, levantando los ojos y soltando la cuerda, con lo cual el cerdo se volvió de cabeza entre los filisteos—. ¡El Emanu! ¡Dios sea con nosotros...! ¡Es la carne innominable!


El hombre que se gastó

Un relato de la reciente campaña
contra los cocos y los kickapoos

Pleurez, pleurez, mes yeux, et fondez vous en eau! La moitié de ma vie a mis l’autre au tombeau.

(Corneille)

No recuerdo ahora dónde o cuándo vi por primera vez a aquel apuesto militar, el brigadier general honorario John A. B. C. Smith. Sin duda, alguien me presentó a él en alguna ceremonia pública, ¡naturalmente!, presidida por alguna persona muy importante, ¡claro está!, en un sitio o en otro, ¡por supuesto!, aunque me haya olvidado inexplicablemente de su nombre. Debo decir que esperé aquella presentación en un estado de nervios que me impidió formarme una idea bien definida del lugar y del tiempo. Soy constitucionalmente nervioso; es un defecto de familia, y no lo puedo impedir. La menor apariencia de misterio, la cosa más ínfima que no alcance a comprender, bastan para sumirme de inmediato en un estado de lamentable agitación.

Había por así decir algo notable —sí, notable, aunque el término es muy débil para expresar plenamente lo que quisiera dar a entender— en la apariencia de aquel personaje. Tenía probablemente seis pies de estatura y un aspecto muy imponente. Se notaba en él un air distingué que hablaba de una refinada cultura y hacía suponer una alta cuna. Sobre este tema —el de la apariencia personal de Smith— siento una especie de melancólica satisfacción en ser minucioso. Su cabello hubiera hecho honor a un Bruto; ondulábase de la manera más extraordinaria, y tenía un brillo incomparable. Era de un negro azabache, y este color —o, mejor dicho, este no-color— era asimismo el de sus inimaginables patillas. Ya habréis advertido que no puedo hablar sin entusiasmo de estas últimas; no es decir demasiado si afirmo que eran el más hermoso par de patillas existentes bajo el sol. Flanqueaban, y a veces hasta cubrían en parte la más perfecta boca imaginable, donde lucían los dientes más regulares y más blancos que concebirse puedan. En cada ocasión apropiada nacía de aquella boca una voz sumamente clara, melodiosa y bien timbrada. Con respecto a los ojos, Smith estaba igualmente muy bien dotado. Cada uno de los suyos valía por un par de órganos oculares ordinarios. Muy grandes y brillantes, tenían pupilas de un color castaño profundo, y una que otra vez se advertía en ellos esa ligera e interesante oblicuidad que da tanta fuerza a la expresión.

El torso del general era sin duda alguna el más hermoso que haya visto jamás. En vano se hubiera querido encontrar alguna falla en sus maravillosas proporciones. Tan rara peculiaridad ponía de manifiesto, muy ventajosamente, unos hombros que hubieran provocado el rubor de la humillación en el Apolo de mármol. Me apasionaban los hombros, y puedo decir que jamás había visto perfección semejante. Los brazos estaban igualmente bien modelados, y los miembros inferiores no les iban en zaga en cuanto a perfección. Eran realmente el nec plus ultra de las piernas hermosas. Todo conocedor de la materia reconocía que aquellas piernas eran notables. Ni demasiado carnosas, ni demasiado flacas; ni rudeza ni fragilidad. Imposible imaginar una curva más graciosa que la del os femoris; ni siquiera faltaba la suave prominencia de la parte posterior de la fibula, que contribuye a la conformación de una pantorrilla debidamente proporcionada. Hubiera pedido a los dioses que a mi amigo y talentoso escultor Chiponchipino le fuera dado contemplar las piernas del brigadier general honorario John A. B. C. Smith.

Empero, aunque los hombres tan apuestos no abundan tanto como las razones o las zarzamoras, me resultaba imposible creer que lo notable a que he aludido, ese extrañó je ne sais quoi que envolvía a mi reciente conocido, procediera tan sólo de la acabada perfección de sus dones corporales. Quizá emanara de su actitud, pero tampoco en esto puedo ser demasiado afirmativo. Había un estiramiento, por no decir rigidez, en su actitud, un grado de precisión mesurada y, si se me permite decirlo así, rectangular, en todos sus movimientos, que en una persona más pequeña hubiera parecido lamentable afectación o pomposidad, pero que en un caballero de las dimensiones del general no podía atribuirse más que a reserva, a hauteur y, en una palabra, al loable sentido de lo que corresponde a la dignidad de las proporciones colosales.

El excelente amigo que me presentó al general Smith me dijo al oído algunas frases elogiosas sobre el militar. Era un hombre notable, muy notable, y en realidad uno de los más notables de la época. Gozaba de especial favor ante las damas, sobre todo por su alta reputación de hombre valeroso.

—En ese terreno es insuperable. No hay nadie más temerario que él. Un verdadero paladín, sin la menor duda —dijo mi amigo con un susurro, llenándome de excitación por el misterio que había en su voz.

—Sí, un paladín completo, a no dudarlo. Y lo demostró, a fe mía, durante la última y terrible lucha en los pantanos del sud, contra los indios cocos y los kickapoos. (Aquí mi amigo abrió mucho los ojos.) ¡Dios me asista! ¡Cuánta sangre, pólvora... todo lo imaginable! ¡Prodigios de valor! Supongo que ha oído usted hablar de él... Probablemente no ignora que es el hombre que...

—¡Vaya, vaya! ¿Cómo está usted? ¿Cómo le va? ¡Cuánto me alegro de encontrarlo! —lo interrumpió en ese momento el general en persona, tomando del brazo a mi amigo e inclinándose rígida pero profundamente cuando le fui presentado.

Pensé en aquel momento (y lo sigo pensando) que jamás había escuchado una voz tan clara y resonante, ni contemplado semejante dentadura. Pero debo reconocer que lamenté que nos hubiera interrumpido justamente cuando, después de los murmullos y las insinuaciones que anteceden, me sentía interesadísimo por el héroe de la campaña contra los cocos y los kickapoos.

Empero, la deliciosa y brillante conversación del brigadier general honorario John A. B. C. Smith no tardó en disipar completamente mi disgusto. Como nuestro amigo se marchó casi de inmediato, sostuvimos un largo tête-à-tête, y no sólo quedé muy complacido sino que aprendí muchas cosas. Jamás he oído a un narrador más fluido, ni a un hombre más informado. Con loable modestia, sin embargo, se abstuvo de tocar el tema que más me apasionaba —aludo a las misteriosas circunstancias referentes a la guerra contra los cocos—, y por mi parte, una delicadeza que considero oportuna me vedó mencionar la cuestión, pese a que me sentía tentadísimo de hacerlo. Noté asimismo que el valeroso militar prefería los tópicos de interés filosófico y que se complacía especialmente en comentar el rápido progreso de las invenciones mecánicas. Cualquiera fuera el rumbo de nuestro diálogo, volvía invariablemente a ocuparse del asunto.

—No hay nada comparable a esto —decía—. Somos un pueblo admirable y vivimos en una edad maravillosa. ¡Paracaídas y ferrocarriles... trampas perfeccionadas y fusiles de gatillo! Nuestros barcos a vapor recorren todos los mares, y el globo de Nassau se dispone a efectuar viajes regulares (a sólo veinticinco libras el pasaje) entre Londres y Timboctú. ¿Quién puede prever la inmensa influencia sobre la vida social, las artes, el comercio, la literatura, que habrán de tener los grandes principios del electromagnetismo? ¡Y le aseguro a usted que no es todo! El progreso de las invenciones no conoce fin. Las más admirables, las más ingeniosas... y permítame usted agregar, Mr... Mr. Thompson, según creo, permítame agregar, digo, que los dispositivos mecánicos mas útiles, los más verdaderamente útiles... surgen día a día como hongos, si es que puedo expresarme así o, más figurativamente, como... sí, como saltamontes... como saltamontes, Mr. Thompson... en torno de nosotros... ¡ja, ja!... en torno de nosotros.

Mi nombre no es Thompson; pero de más está decir que me separé del general Smith con multiplicado interés por su persona, imbuido de una altísima opinión sobre sus dotes de conversador y una profunda convicción de los valiosos privilegios que gozamos por vivir en esta época de invenciones mecánicas. Mi curiosidad, sin embargo, no había quedado completamente satisfecha, y resolví de inmediato hacer averiguaciones entre mis amistades sobre el brigadier general honorario y sobre los tremendos sucesos quorum pars magna fuit durante la campaña de los cocos y de los kickapoos.

La primera oportunidad que se me presentó y que (horresco referens) no tuve el menor escrúpulo en aprovechar, aconteció en la iglesia del reverendo doctor Drummummupp, donde un domingo, a la hora del sermón, me encontré no solamente instalado en uno de los bancos, sino al lado de mi muy meritoria y comunicativa amiga Miss Tabitha T. Apenas la descubrí, me congratulé por el buen cariz que tomaban mis asuntos, y no me faltaba razón, ya que si alguien sabía alguna cosa sobre el brigadier general honorario John A. B. C. Smith, esa persona era Mis Tabitha T. Nos telegrafiamos unas cuantas señales y empezamos sotto voce un animado tête-à-tête.

—¿Smith? —dijo ella, en respuesta a mi ansiosa pregunta—. ¿Querrá usted decir el general A. B. C.? ¡Dios me asista, hubiera jurado que estaba al tanto de todo! ¡Un episodio tan horrible! ¡Ah, esos kickapoos, qué monstruos sanguinarios! Sí, luchó como un héroe... prodigios de valor... renombre inmortal. ¡Smith! ¡Brigadier general honorario John A. B. C.! Vamos, bien sabe usted que se trata del hombre que...

—¡El hombre —gritó el doctor Drummummupp con todas sus fuerzas, y con un puñetazo que estuvo a punto de romper el pulpito—, que ha nacido de mujer, sólo vivirá poco tiempo; así como crece, así es cortado como una flor!

Me apresuré a correrme al extremo del banco, advirtiendo por las miradas que me echaba el predicador que la cólera, poco menos que fatal para el pulpito, provenía de los murmullos entre la dama y yo. No había nada que hacerle; me sometí, pues, resignadamente, y escuché envuelto en el martirio de un silencio digno el resto de aquel importantísimo discurso.

A la noche siguiente acudí algo tarde al teatro Rantipole, donde estaba seguro de satisfacer inmediatamente mi curiosidad mediante el simple expediente de entrar al palco de aquellas exquisitas muestras de afabilidad y omnisciencia, las señoritas Arabella y Miranda Cognoscenti. El notable trágico Climax representaba a Yago ante un público numeroso, y me costó algún trabajo hacerme entender, máxime cuando nuestro palco estaba casi suspendido sobre la escena.

—¡Smith! —dijo Miss Arabella, que por fin comprendió mi pregunta—. ¡Smith! ¿El general John A. B. C.?

—¡Smith! —coreó pensativamente Miranda—. ¡Dios me bendiga! ¿Vio usted alguna vez un hombre de mejor estampa?

—Jamás, amiga mía; pero, por favor, dígame usted...

—¿Y una gracia tan inimitable?

—Nunca, bajo palabra de honor. Pero quisiera saber...

—¿O un sentido tan profundo de la escena?

—¡Señorita!

—¿O una apreciación más delicada de las verdaderas bellezas de Shakespeare? ¡Mire usted qué piernas!

—¡Oh, qué demonios! —dije, y me volví otra vez hacia su hermana.

—¡Smith! —repitió ella—. ¿No será el general John A. B. C.? ¡Ah, qué horrible fue aquello! ¿No es cierto? ¡Y qué miserables los cocos... de un salvajismo...! Afortunadamente vivimos en una época de tantas invenciones... ¡Smith, oh, sí, un gran hombre! ¡Temerario hasta el límite! ¡Renombre inmortal! ¡Prodigios de coraje! ¡Nunca oí nada parecido! (Esto fue dicho a gritos.) ¡Dios me asista! Ya sabe usted, es el hombre que...

...ni la mandragora

Ni todos lo elixires somníferos del mundo

Te proporcionarán jamás ese dulce sueño

De que gozaste ayer!

—aulló Climax casi en mi oído y agitando el puño delante de mi cara en una forma que no pude ni quise tolerar. Me separé inmediatamente de las señoritas Cognoscenti, pasé entre bastidores y, al aparecer aquel pillo, le di una paliza que espero recordará hasta el día de su muerte.

Durante la soirée en casa de una encantadora viuda, Mrs. Kathleen O’Trump, me sentí seguro de que no volvería a sufrir una decepción. Apenas nos habíamos sentado a la mesa de juego, teniendo a mi bonita huéspeda vis-à-vis, le hice las preguntas cuya respuesta se había convertido en algo tan esencial para mi tranquilidad de espíritu.

—¡Smith! —dijo mi amiga—. ¿Supongo que alude usted al general John A. B. C.? ¡Qué terrible episodio! ¿Oros, dijo usted? ¡Ah, esos kickapoos, qué miserables! Por favor, Mr. Tattle, estamos jugando al whist... De todas maneras ésta es la época de las invenciones... ciertamente es la época par excellence... ¿habla usted francés? ¡Sí, un héroe, y de una temeridad increíble! ¿No tiene usted corazones, Mr. Tattle? ¡Imposible! ¡Sí, un renombre inmortal... prodigios de valor! ¿Qué nunca había oído hablar de él? ¡Cómo! ¡Si se trata del hombre que...!

—¿Hombrequet? ¿El capitán Hombrequet? —interrumpió desde lejos y a gritos una invitada—. ¿Está usted hablando del capitán Hombrequet y del duelo? ¡Oh, quiero escuchar lo que dicen! ¡Por favor, Mrs. O’Trump... siga usted, le suplico que siga contando!

Y así lo hizo Mrs. O’Trump, emprendiendo una narración sobre un cierto capitán Hombrequet, a quien habían ahorcado o muerto a tiros, o que por lo menos lo merecía. ¡Palabra! Y como Mrs. O’Trump continuaba indefinidamente... acabé por marcharme. Aquella noche me sería imposible escuchar nada referente al brigadier general honorario John A. B. C. Smith.

Me consolé, sin embargo, pensando que tanta mala suerte no podía durar siempre, y me decidí audazmente a procurarme informaciones en los salones de fiesta de aquel hechicero angelillo, la graciosa Mrs. Pirouette.

—¡Smith! —exclamó ésta mientras dábamos vueltas y vueltas en un pas de zéphyr ¿Se refiere usted al general John A. B. C.? ¡Ah, qué terrible esa historia de los cocos! ¿No es cierto? ¡Qué gentes tan horribles son los indios! ¡Ponga la punta de los pies hacia afuera! ¿No le da vergüenza? Un hombre valerosísimo, el pobre... Pero vivimos en una época de maravillosas invenciones... ¡Dios mío, me falta el aliento! ¡Sí, un coraje temerario! ¡Prodigios de valor! ¿Que nunca oyó usted hablar de él? ¡Imposible! ¡Tengo que sentarme y hacérselo saber! ¡Si justamente Smith es el hombre que...!

—¡Man-fredo! —gritó Miss Sabihonda, en momentos en que yo llevaba a Mrs. Pirouette hacia un sofá—. ¿Cómo sé puede decir semejante cosa? ¡Le aseguro que se trata de Man-fredo y no de Man-frido!

Y como Miss Sabihonda me tomara por testigo de la manera más perentoria, me vi precisado, quisiera o no, a terciar en la solución de una disputa referente al título de cierto drama poético de Lord Byron. Y aunque afirmé de inmediato que el verdadero título era Man-frido, y de ninguna manera Man-fredo, apenas me volví en busca de Mrs. Pirouette descubrí que se había perdido de vista, por lo cual me marché de su casa envuelto en la más amarga animosidad contra la entera raza de las sabihondas.

Las cosas se estaban poniendo muy serias, y resolví visitar sin pérdida de tiempo a mi amigo íntimo Mr. Theodore Sinivate, pues estaba seguro de obtener de él alguna información precisa.

—¡Smith! —exclamó, con su peculiar manera de arrastrar las palabras—. ¿No se tratará del general John A. B. C.? Triste asunto ese de los kickapoos, ¿no es cierto? Una temeridad extraordinaria... ¡una lástima verdaderamente! ¡Qué época, qué maravillosos inventos! ¡Prodigios de valor! Dicho sea de paso, ¿no oyó hablar usted del capitán Hombrequet?

—¡Que se vaya al diablo el capitán Hombrequet! —repuse—. Por favor, siga con su relato.

—¡Ejem! Pues bien... es exactamente la même cho-o-ose, como decimos en Francia. ¿Smith, eh? ¿El brigadier general John A. B. C.? Vea usted... —y aquí Mr. Sinivate creyó oportuno ponerse un dedo contra la nariz—. ¿No pretenderá insinuar, verdadera y conscientemente, que no sabe nada de la historia de Smith? Porque usted habla de Smith, supongo, de John A. B. C., ¿eh? Pues, estimado amigo, se trata del hombre...

Señor Sinivate —imploré—. ¿Se trata del hombre de la máscara de hierro?

—No-o-o —repuso, con aire de entendido—. Ni tampoco del hombre de la luna.

Consideré que esta réplica constituía un punzante y claro insulto, y abandoné de inmediato la casa, lleno de cólera y dispuesto a exigir a mi amigo Mr. Sinivate una pronta explicación por tan poco caballeresca conducta y tanta mala educación.

Pero, en el ínterin, no estaba dispuesto a renunciar a las informaciones que deseaba. Me quedaba todavía un recurso. Lo mejor sería ir a la fuente misma. Visitaría inmediatamente al general, pidiéndole con palabras explícitas una solución de tan abominable misterio. Aquí al menos, no habría posibilidad de error. Sería llano, positivo, perentorio, tan conciso como Tácito o Montesquieu.

Llegué muy temprano a casa del general, que se estaba vistiendo, pero como insistí en que se trataba de algo urgente, un viejo mucamo negro me hizo pasar al dormitorio, y se quedó allí para servir a su amo. Como es natural, al entrar en la habitación miré en torno buscando a su ocupante, pero no lo distinguí. Había un bulto muy grande y muy raro contra mis pies, y, como no estaba yo del mejor de los humores, le di un puntapié para quitarlo del camino.

—¡Ejem... ejem... no me parece una conducta muy correcta, que digamos! —dijo el bulto con una vocecilla tan débil como curiosa, algo entre chirrido y silbido.

Grité de terror y huí diagonalmente hasta refugiarme en el rincón más alejado del dormitorio.

—¡Mi estimado amigo! —volvió a silbar el bulto—. ¿Qué... qué... qué cosa le sucede? ¡Hasta creería que no me reconoce usted!

¿Qué podía yo contestar a eso? Tambaleándome, me dejé caer en un sillón y, con la boca abierta y los ojos fuera de las órbitas, esperé la solución de aquel enigma.

—No deja de ser raro que no me haya reconocido, ¿verdad? —insistió la indescriptible cosa, que, según alcancé a ver, estaba efectuando en el suelo unos movimientos inexplicables, bastante parecidos a los de ponerse una media. Pero sólo se veía una pierna.

—No deja de ser raro que no me haya reconocido, ¿verdad? ¡Pompeyo, tráeme esa pierna!

Pompeyo se acercó al bulto y le alcanzó una notable pierna artificial, con su media ya puesta, que el bulto se aplicó en un segundo, tras lo cual vi que se enderezaba.

—Y aquella batalla fue harto sangrienta —continuó diciendo la cosa, como si monologara—. Pero no hay que meterse a pelear contra los cocos y los kickapoos y creer que se va a salir de allí con un mero rasguño. Pompeyo, haz el favor de darme ese brazo. Thomas —agregó, volviéndose a mí— es el mejor fabricante de piernas postizas; pero si alguna vez necesitara usted un brazo, querido amigo, permítame que le recomiende a Bishop.

Y a todo esto Pompeyo le atornillaba un brazo.

—Aquella lucha fue una cosa terrible, puedo asegurárselo. Vamos, perillán, colócame los hombros y el pecho. Pettit fabrica los mejores hombros, pero si quiere usted un pecho vaya a Ducrow.

—¡Un pecho! —exclamé.

—¡Pompeyo! ¿Terminarás de ponerme la peluca? Que lo esculpen a uno no tiene nada de agradable, pero a fin de cuentas siempre es posible procurarse un peluquín tan bueno como éste en De L’Orme.

—¡Peluquín!

—¡Vamos, negro, mis dientes! Para una buena dentadura, le aconsejo ir en seguida a Parmly. Cuesta caro, pero hacen trabajos excelentes. En cuanto a mí, me tragué no pocos de mis dientes cuando uno de los indios cocos me machacaba con la culata del rifle.

—¡Culata del rifle! ¡Lo machacaba! ¿Pero qué ven mis ojos?

—¡Oh, ahora que lo menciona... trae aquí ese ojo Pompeyo, y atorníllalo pronto! Esos kickapoos no son nada lerdos para dejarlo a uno tuerto. Pero el doctor Williams es un hombre de talento, y no puede imaginarse lo bien que veo con los ojos que fabrica.

Comencé entonces a percibir con toda claridad que el objeto erguido ante mí era nada menos que mi reciente conocido, el brigadier general honorario John A. B. C. Smith. Debo reconocer que las manipulaciones de Pompeyo habían transformado por completo la apariencia de aquel hombre. Pero su voz me seguía dejando perplejo, aunque el misterio no tardó en disiparse como los otros.

—¡Pompeyo, condenado negro —chirrió el general—, estaría por creer que vas a dejarme salir sin mi paladar!

Murmurando una excusa el negro se acercó a su amo, le abrió la boca con el aire entendido de un jockey y le ajustó en el interior un aparato de singular aspecto, haciéndolo con grandísima destreza, aunque por mi parte no alcancé a ver nada. El cambio en la expresión del general fue tan instantáneo como sorprendente. Cuando habló de nuevo, su voz había recobrado aquella rica tonalidad y potencia que me habían llamado la atención en nuestra primera entrevista.

—¡Malditos sean esos perros! —dijo con una articulación tan clara que me sobresalté—. ¡Malditos sean! No sólo me hundieron el paladar, sino que se tomaron el trabajo de cortarme por lo menos siete octavos de lengua. Pero, afortunadamente, tenemos a Bonfanti, que es inigualable en toda América cuando se trata de artículos de esta especie. Se lo recomiendo a usted con toda confianza —agregó el general, inclinándose— y le aseguro que mucho me complace poder hacerlo.

Agradecí su gentileza lo mejor posible y me despedí de inmediato, perfectamente enterado de la verdad y sin el menor resto de aquel misterio que tanto me había perturbado. Era evidente. Era clarísimo. El brigadier general honorario John A. B. C. Smith era el hombre... que se gastó.


Tres domingos por semana

¡Viejo empedernido, zamacuco, obstinado, mohoso, tozudo, emperrado y bárbaro! —dije cierta tarde (en mi fantasía) a mi tío abuelo Rumgudgeon, mientras lo amenazaba con el puño (en mi imaginación).

Sólo en la imaginación. Diré que, en verdad, había cierta discrepancia entre lo que yo decía y lo que no tenía el coraje de decir, entre lo que hacía y lo que no me faltaba gana de hacer.

Cuando abrí la puerta del salón la vieja marsopa habíase instalado con los pies sobre la chimenea, un vaso de oporto en la zarpa, esforzándose violentamente por poner en práctica la cancioncilla:

Remplis ton verre vide!

Vide ton verre plein!

—Querido tío —dije, cerrando suavemente la puerta y aproximándome con la más blanda de mis sonrisas—, ha sido usted siempre tan amable y considerado manifestándome su benevolencia de tantas... de tantísimas maneras, que... que siento como si sólo fuera necesario sugerirle una vez más cierta insignificante cosilla, para tener la seguridad de su plena aprobación.

—¡Ejem! —dijo él—. ¡Veamos, muchacho... sigue!

—Estoy seguro, querido tío (¡condenado vagabundo!), de que usted no tiene intención de oponerse a mi casamiento con Kate. Ya sé que se trata de una broma... ¡Ja, ja! ¡Qué gracioso es usted a veces!

—¡Ja, ja, ja! —repitió él—. ¡Que te cuelguen... vaya si lo soy!

—¿No es cierto? ¡Bien sabía yo que bromeaba! Pues bien, tío, todo lo que Kate y yo deseamos ahora es que tenga usted la gentileza de aconsejarnos sobre... sobre la fecha... ya sabe usted, tío... En fin, ¿cuándo sería más conveniente para usted que se realice la... la boda?

—¡Vete de aquí, vagabundo! ¿Qué pretendes decir? ¡Espérate sentado!

—¡Ja, ja, ja! ¡Je, je, je! ¡Oh, magnífico! ¡Oh, qué broma extraordinaria! ¡Qué ingenio! Pero todo lo que quisiéramos, tío, es que nos indique exactamente la fecha.

—¡Ah! ¿Exactamente?

—Sí, tío. Es decir... siempre que le resulte agradable.

—¿Y no sería lo mismo, Bobby, si lo dejáramos al azar... digamos, alguna fecha dentro de un año o cosa así, eh? ¿O tengo que fijarla exactamente?

—Por favor, tío... exactamente.

—Pues bien, Bobby, puesto que eres un excelente muchacho... y puesto que quieres una fecha exacta... te la diré.

—¡Mi querido tío!

—¡Silencio, caballerito! —exclamó, ahogando mi voz—. Sí, te la diré. Tendrás mi consentimiento... y la pecunia[4], no debemos olvidarnos de la pecunia... ¡Veamos! ¿Qué día fijaremos? ¿Hoy es domingo, verdad? Pues bien, te casarás exactamente... ¿me has oído?, exactamente cuando haya tres domingos en una semana. ¿Has entendido, caballerito? ¿Por qué te quedas boquiabierto? Te lo repito: tendrás a Kate y tendrás la pecunia cuando haya tres domingos en una semana, pero no hasta entonces, gran bribón... ¡no hasta entonces, aunque me maten! Ya me conoces, y sabes que soy hombre de palabra. ¡Y ahora vete!

Tras lo cual vació su vaso de oporto, mientras yo escapaba desesperado del salón.

Mi tío abuelo Rumgudgeon era un «excelente anciano caballero inglés», pero, a diferencia del de la canción, tenía sus puntos débiles. Era un personaje diminuto, obeso, pomposo, apasionado y hemisférico, de roja nariz, gran cabezota, abundante faltriquera y elevado concepto de su persona. Dueño del mejor corazón de este mundo, un especial espíritu de contradicción le había hecho ganar, entre aquellos que sólo lo conocían superficialmente, fama de tacaño. Como muchas personas excelentes, parecía dominado por el caprichoso deseo de gastar la paciencia, deseo que, a primera vista, hubiera podido confundirse con maldad. A cualquier pedido que le hacía, un rotundo «¡No!» era su respuesta inmediata; pero al final —muy al final— terminaba negándose a muy pocos pedidos. Se defendía empecinadamente contra todo ataque que llevara a su faltriquera, pero terminaba dando sumas que estaban en proporción directa con la duración del sitio y el empecinamiento de la resistencia. En materia de caridad, nadie daba más con menos amabilidad.

Mi tío demostraba el más profundo de los desprecios por las bellas artes y, muy especialmente, por la literatura. Casimir Perier le había inspirado este último, con su petulante pregunta: A quoi un poète est-il bon?, que mi tío repetía en todos los casos y con la más extraña de las pronunciaciones, considerándola el nec plus ultra del ingenio. Así, mi frecuentación de las Musas había provocado su profundo disgusto. Cierto día en que le solicité un nuevo ejemplar de Horacio, me aseguró que la traducción de Poeta nascitur non fit era: «A nasty poet for nohting fit» (Un repugnante poeta, incapaz de nada); naturalmente su versión me produjo grandísima cólera. El antagonismo de mi tío hacia las «humanidades» había ido en aumento en los últimos tiempos, a causa de una inclinación hacia lo que él consideraba ciencias naturales. Alguien lo había detenido en la calle confundiéndolo nada menos que con el doctor Dubble L. Dee, conferenciante en física recreativa y otras fruslerías. Esta confusión lo deslumbró, y, en la época de este relato (ya que en definitiva se está convirtiendo en un relato), mi tío abuelo Rumgudgeon sólo se mostraba accesible y pacífico en todo aquello que coincidiera con el capricho científico que lo dominaba. En cuanto al resto, se reía desaforadamente de todo, y en materia política era tan obstinado como simple. Creía con Horsley, que «nada tiene el pueblo que ver con las leyes, aparte de obedecerlas».

Había yo pasado toda mi vida a su lado, pues mis padres, al morir, me legaron a él como la más rica de las herencias. Creo que el viejo miserable me quería como a su propio hijo (y casi tanto como quería a Kate), pero lo mismo me daba una vida de perros. Desde que cumplí un año hasta los cinco, me aplicó constantes y regulares azotainas. De los cinco a los quince, me amenazó a cada momento con enviarme a un reformatorio. De los quince a los veinte, no pasó un día sin que me prometiera desheredarme hasta el último centavo. Cierto es que yo era una buena pieza, pero esto formaba parte de mi naturaleza y valía como un artículo de fe. En Kate, empero, tenía una amiga leal, y no lo ignoraba. Era una excelente muchacha, que me había prometido gentilmente ser mi esposa (con pecunia y todo), siempre que me las arreglara para obtener el consentimiento de mi tío abuelo. ¡Pobre niña! Tenía apenas quince años y, sin ese consentimiento, su escaso capital no le sería entregado hasta después de que cinco interminables veranos «arrastraran consigo su lenta duración». ¿Qué hacer, entonces? A los quince años, y aun a los veintiuno (pues yo había franqueado ya mi quinta olimpiada), cinco años de espera equivalen a quinientos. Inútilmente asediaba a mi tío con mis demandas. Había él encontrado una pièce de résistence (como dirían los señores Ude y Carene), que se adaptaba maravillosamente a su petulante fantasía. Job mismo se hubiera indignado al ver cómo aquel viejo gato jugaba con nosotros cual si fuéramos dos miserables ratoncillos. En lo profundo de su corazón nada deseaba con más ardor que nuestra unión. Desde el principio había estado de acuerdo. Y hubiera sido capaz de sacar diez mil libras de su propio bolsillo (pues la dote de Kate era de ella), de habérsele ocurrido alguna cosa que excusara nuestro natural deseo. Pero habíamos sido lo bastante imprudentes como para mencionar el tema por nuestra cuenta. No oponerse, bajo tales circunstancias, hubiera estado más allá de sus fuerzas.

He dicho ya que mi tío tenía sus puntos débiles, pero no debe entenderse por ello que aludo a su obstinación. Al contrario, ésta se contaba entre sus puntos fuertes: assurément ce n’était pas son faible. Cuando hablo de sus debilidades me refiero a una superstición de vieja solterona que lo dominaba. Se consideraba muy fuerte en sueños, portentos, et id genus omne de galimatías. Mostrábase asimismo muy puntilloso en pequeños detalles de honor y, a su manera, era hombre de palabra. Más aún: estas cosas le constituían una verdadera obsesión. No tenía el menor escrúpulo en faltar al espíritu de sus promesas, pero la letra era para él cosa inviolable.

Esta peculiaridad de su carácter, sumada al ingenio de Kate, nos permitió un día —poco después de mi entrevista con mi tío en el salón— sacarle una inesperada ventaja; pero ahora, después de haber agotado como los modernos bardos y oradores todo mi tiempo disponible en prolegómenos, resumiré lo sucedido en las pocas palabras que constituyen el meollo de la historia.

Ocurrió —pues así lo ordenaron los hados— que entre los conocidos de mi prometida se contaban dos oficiales de la marina que acababan de volver a Inglaterra después de un año de ausencia. Concertado nuestro plan, mi prima, ambos caballeros y yo acudimos a visitar a mi tío en la tarde del domingo 10 de octubre, exactamente tres semanas después de la memorable decisión que tan cruelmente había desbaratado nuestras esperanzas. Durante la primera media hora la conversación tocó los temas ordinarios, pero luego logramos, de manera muy natural, darle el siguiente giro:

Capitán Pratt.—Pues bien, he estado un año ausente. Exactamente un año... ¡Veamos! ¡Pues, sí, hoy es diez de octubre! ¿Recuerda, Mr. Rumgudgeon, que vine a despedirme de usted hace exactamente un año? Dicho sea de paso, me parece una coincidencia bastante curiosa que nuestro amigo aquí presente, el capitán Smitherton, haya estado también ausente un año... Exactamente un año, ¿no es así?

Smitherton.—En efecto, hoy hace un año justo. Recordará usted, Mr. Rumgudgeon, que vine aquel día en compañía del capitán Pratt, a fin de despedirme de usted.

Tío.—Sí, sí... me acuerdo muy bien... ¡Ciertamente es muy raro! Ambos ausentes durante un año... Muy extraña coincidencia, por cierto. Lo que el doctor Dubble L. Dee llamaría una extraordinaria concurrencia de sucesos. El doctor Dub...

Kate.—(Interrumpiéndolo.) ¡Sí, papá, es muy extraño! Pero el capitán Pratt y el capitán Smitherton no siguieron la misma ruta, y eso significa una diferencia.

Tío.—¿Una diferencia, muchacha? ¡Al contrario! ¡La cosa es así muchísimo más notable! El doctor Dubble L. Dee...

Kate.—¿Sabes, papá? El capitán Pratt dio la vuelta al cabo de Hornos, y el capitán Smitherton al de Buena Esperanza.

Tío.—¡Pues bien! El uno fue hacia el este y el otro hacia el oeste, y los dos dieron la vuelta completa a la tierra. Dicho sea de paso, el doctor Dubble L. Dee...

Yo.(Presurosamente.) Capitán Pratt, ¿por qué no viene a pasar la velada de mañana con nosotros...? También usted, capitán Smitherton. Nos contarán los detalles de sus viajes, haremos una partida de whist, y...

Pratt.—¡Vamos, querido muchacho! ¿Jugar al whist en domingo? Alguna otra noche, si quiere, pero...

Kate.—¡Oh, no, Robert no es tan impío como para proponer eso! Pero hoy es domingo, capitán.

Tío.—¡Naturalmente!

Pratt.—Les pido disculpas a ambos, pero no puedo engañarme hasta ese punto. Sé que mañana es domingo porque...

Smitherton.(Muy sorprendido.) ¿Qué están diciendo ustedes? ¿No fue ayer domingo?

Todos.—¡Ayer! ¡Vamos, usted bromea!

Tío.—¡Hoy es domingo! ¡Como si no lo supiera!

Pratt.—¡Oh, no! ¡Mañana es domingo!

Smitherton.—¡Se han vuelto ustedes locos! ¡Tan seguro estoy de que ayer era domingo, como de que estoy sentado en esta silla!

Kate.(Dando un brinco.) ¡Ya sé..., ya sé! ¡Oh, papá, ésta es una sentencia contra ti, por... por lo que sabes! Ya veo lo que ocurre, y puedo explicarlo fácilmente. Es muy sencillo. El capitán Smitherton dice que ayer era domingo, y tiene razón. El primo Bobby, papá y yo decimos que hoy es domingo, y tenemos razón. El capitán Pratt sostiene que mañana será domingo, y tiene razón. El hecho es que todos estamos en lo cierto, y que hay tres domingos en una semana.

Smitherton.(Tras una pausa.) Dicho sea entre nosotros, Pratt, Kate nos ha aventajado en astucia. ¡Qué tontos hemos sido! Mr. Rumgudgeon, la cuestión es la siguiente: como usted sabe, la tierra tiene una circunferencia de veinticuatro mil millas. El globo gira sobre su eje... da vueltas sobre el mismo... hace pasar esas veinticuatro mil millas de su circunferencia, yendo de oeste a este, exactamente en veinticuatro horas. ¿Me sigue usted, Mr. Rumgudgeon?

Tío.—Por supuesto... por supuesto. El doctor Dub...

Smitherton.(Tapando su voz.) Pues bien, señor: la velocidad de esta revolución es de mil millas por hora. Supongamos ahora que yo me traslado a mil millas al este de donde estamos. Como es natural, me anticipo a la salida del sol en una hora exacta con respecto a Londres. Veo salir el sol una hora antes que usted. Si avanzo otras mil millas en la misma dirección, me anticipo en dos horas, otras mil millas, y tendré tres horas de adelanto, y así sucesivamente hasta que, terminada la vuelta al globo, y otra vez en este mismo sitio después de viajar veinticuatro mil millas al este, me habré anticipado en veinticuatro horas a la salida del sol en Londres; vale decir que estaré adelantado en un día con respecto al tiempo de usted. ¿Claro, no es cierto?

Tío.—Pero Dubble L. Dee...

Smitherton.(A gritos.) El capitán Pratt, en cambio, una vez que hubo viajado mil millas al oeste de este punto, se encontró atrasado en una hora, y cuando terminó su recorrido de veinticuatro mil millas al oeste quedó atrasado en un día con respecto al tiempo de Londres. Vale decir que, para mí, ayer era domingo, como lo es hoy para usted y lo será mañana para Pratt. Y, lo que es más, Mr. Rumgudgeon, los tres tenemos razón, pues ningún principio científico puede darnos ventaja al uno sobre los otros.

Tío.—¡Santo cielo! ¡Pues bien, Kate... pues bien, Bobby... como habéis dicho, ésta es una sentencia contra mí! Pero soy hombre de palabra... ¡no lo olvidéis! ¡Kate será tuya, muchacho (con pecunia y todo), cuando te parezca bien! ¡Atrapado, por Júpiter! ¡Tres domingos juntos! ¡Tendré que ir a preguntarle a Dubble L. Dee lo que opina de esto!


«Tú eres el hombre»

Yo haré el papel de Edipo en el enigma de Rattleborough. Explicaré a ustedes —como solamente yo puedo hacerlo— el secreto mecanismo que produjo el milagro de Rattleborough, el único, el verdadero, el admitido, el indiscutible, el indisputable milagro que acabó definitivamente con la infidelidad de los rattleburguenses y devolvió a la ortodoxia de los abuelos a todos los pecadores que se habían atrevido a mostrarse escépticos.

Este suceso —que lamentaría mucho exponer en un tono de inadecuada ligereza— tuvo lugar durante el verano de 18... Mr. Barnabas Shuttleworthy, uno de los vecinos más ricos y respetables del pueblo, había desaparecido días atrás bajo circunstancias que llevaban a sospechar las más funestas consecuencias. Había salido de Rattleborough un sábado muy temprano, a caballo, con la manifiesta intención de trasladarse a la ciudad de N..., a unas quince millas, y volver aquella misma noche. Empero, dos horas después su caballo volvió sin él y sin los sacos que al partir llevaba en la montura. El animal estaba herido y cubierto de barro. Aquellas circunstancias, como es natural, alarmaron mucho a los amigos del desaparecido; y cuando el domingo por la mañana se supo que no había vuelto, el pueblo se levantó en masa para ir a buscar su cadáver.

El primero y más enérgico organizador de esta búsqueda era un amigo íntimo de Mr. Shuttleworthy, llamado Mr. Charles Goodfellow, o, como todo el mundo le decía, «Charley Goodfellow» o «el viejo Charley Goodfellow». Ahora bien, si se trata de una maravillosa coincidencia o si el nombre tiene un efecto imperceptible sobre el carácter, es cosa que no he podido verificar jamás; pero existe el hecho incuestionable de que jamás ha existido un hombre llamado Charles que no fuera un individuo recto, varonil, honesto, bondadoso y franco, dueño de una voz profunda y clara, agradable de escuchar, y unos ojos que miran a la cara, como diciendo: «Tengo la conciencia tranquila, no temo a nadie, y jamás sería capaz de una acción mezquina». Y así ocurre que todos los generosos, negligentes «actores de carácter» se llaman con toda seguridad Charles.

Pues bien, aunque sólo llevaba unos seis meses en Rattleborough y nadie tenía noticias sobre él antes de que llegara para instalarse entre nosotros, el «viejo Charley Goodfellow» no había hallado la menor dificultad para hacerse amigo de toda la gente respetable del pueblo. Ni un solo vecino hubiera dudado un momento de su palabra, y, en cuanto a las damas, hacían cuanto estaba en su poder para congraciarse con él. Y esto provenía del hecho de llamarse Charles y de ser, por tanto, dueño de uno de esos rostros sinceros que proverbialmente constituyen «la mejor carta de recomendación».

He dicho ya que Mr. Shuttleworthy era uno de los hombres más respetables y, sin duda, el más rico de Rattleborough, y que el «viejo Charley Goodfellow» había intimado con él al punto de que parecía su hermano. Ambos caballeros eran vecinos, y aunque Mr. Shuttleworthy visitaba rara vez —si es que lo hizo alguna— al «viejo Charley», y jamás se supo que comiera en su casa, ello no impedía que ambos amigos estuvieran muchísimo juntos como ya lo he dicho; en efecto, el «viejo Charley» no dejaba pasar un día sin entrar tres o cuatro veces a ver cómo estaba su vecino, y muchas veces se quedaba a tomar el desayuno o el té, y casi siempre a cenar. En estas últimas ocasiones hubiera sido difícil saber cuánta cantidad de vino se tomaban los dos camaradas de una sola vez. La bebida favorita del «viejo Charley» era el Chateau Margaux, y a Mr. Shuttleworthy parecía agradarle ver cómo su amigo se tomaba botella tras botella. Tanto es así que un día, cuando el vino había despertado el ingenio de ambos, aquél dijo a su compañero, dándole una palmada en la espalda:

—Te diré una cosa «viejo Charley», y es que eres el mejor compañero que haya encontrado desde que nací. Y, puesto que te gusta tanto beber de ese vino, que me cuelguen si no voy a regalarte un gran cajón de Chateau Margaux. ¡Que me cuelguen —repitió Mr. Shuttleworthy, que tenía la mala costumbre de decir juramentos, aunque no pasaba de algunos bastante inofensivos— si esta misma tarde no mando pedir a la ciudad un doble cajón del mejor vino que tengan y te lo regalo! ¡Vaya si lo haré! No digas ni una palabra: te repito que lo haré y se acabó. De modo que ponte al acecho...; ya te llegará uno de estos días, justamente cuando menos lo esperes.

Menciono este ejemplo de generosidad por parte de Mr. Shuttleworthy a fin de mostrar a ustedes lo muy íntimos que eran aquellos dos amigos.

Pues bien, el domingo de mañana, cuando no quedó duda alguna de que a Mr. Shuttleworthy le había sucedido algo grave, jamás vi a nadie tan preocupado como «el viejo Charley Goodfellow». Cuando oyó por primera vez que el caballo había vuelto a casa sin su amo, sin los sacos de la montura y cubierto de sangre de resultas de un pistoletazo que había atravesado el pecho del pobre animal sin llegar a matarlo; cuando oyó todo eso, se puso tan pálido como si el desaparecido hubiese sido su padre o su hermano, mientras temblaba convulsivamente como si lo hubiese atacado una fiebre palúdica.

Al principio pareció demasiado abatido por el dolor como para tomar ninguna iniciativa o decidir algún plan de acción; durante largo rato se esforzó por disuadir a los restantes amigos de Mr. Shuttleworthy de que tomaran medidas, pensando que era preferible esperar —una semana o dos, y aun un mes o dos— hasta ver si no se producía alguna novedad o si el mismo desaparecido no se presentaba explicando sus razones por haber abandonado en esa forma a su caballo. Pienso que ustedes habrán observado frecuentemente esta tendencia a contemporizar o a diferir en gentes que se hallan bajo la acción de un dolor muy intenso. Sus facultades mentales parecen entorpecidas, y experimentan una especie de horror hacia toda acción; nada les parece preferible a quedarse inmóviles en su cama y «acunar su propia pena», como les gusta decir a las señoras de edad; en otras palabras, rumiar sus dificultades.

Las gentes de Rattleborough tenían en tan alta estima la sensatez y la discreción del «viejo Charley», que la mayor parte se manifestó dispuesta a seguir sus consejos y no efectuar investigaciones «hasta que hubiera alguna novedad», según lo expresaba el honesto caballero. Y estoy convencido de que esta decisión hubiera sido unánime de no mediar la muy sospechosa interferencia del sobrino de Mr. Shuttleworthy, joven de hábitos sumamente disipados y de pésima reputación. Este sobrino, llamado Pennifeather, no quiso atender razones ni «quedarse tranquilo», sino que insistió en salir inmediatamente en busca «del cadáver del asesinado». Tal fue la expresión que empleó, y Mr. Goodfellow no dejó de hacer notar en esa ocasión que «era una frase extraña, por no decir más». Semejante observación en boca del «viejo Charley» provocó gran efecto en la multitud, y oyóse a uno del grupo preguntar de manera muy vehemente «cómo era posible que el joven Pennifeather estuviera tan bien enterado de las circunstancias relativas a la desaparición de su acaudalado tío como para sentirse autorizado a afirmar, clara e inequívocamente, que su tío había sido asesinado». Siguieron a esto picantes réplicas y controversias entre varios de los presentes, y especialmente entre el «viejo Charley» y Mr. Pennifeather, lo que no provocó ninguna sorpresa, pues bien era sabida la animosidad existente entre ambos desde hacía varios meses. Las cosas habían alcanzado a tal punto que Mr. Pennifeather llegó en una ocasión a derribar de un golpe al amigo de su tío, acusándolo de algunos excesos cometidos por aquél en casa de su pariente, donde se alojaba el joven. Se afirmaba que, en esta ocasión, el «viejo Charley» se había conducido con ejemplar moderación y cristiana caridad. Incorporándose, sacudió sus ropas y no hizo la menor tentativa de devolver el golpe recibido, limitándose a murmurar unas palabras sobre sus propósitos de «vengarse sumariamente en la primera oportunidad», reacción muy natural y justificable de su cólera, que no tenía ningún sentido especial y que, sin duda, había olvidado casi inmediatamente.

Como quiera que fuesen aquellos incidentes (que no se relacionan con lo que estamos narrando), los pobladores de Rattleborough terminaron dejándose persuadir por Mr. Pennifeather, y decidieron dispersarse en las regiones adyacentes en busca del desaparecido. Tal fue la primera intención, pues parecía lo más natural que las gentes se dispersaran en distintos grupos que explorarían de la manera más minuciosa las regiones circunvecinas. Sin embargo, no sé por qué ingenioso razonamiento que he olvidado, el «viejo Charley» acabó convenciendo a la asamblea de que este plan no era el más conveniente. Al decir que los convenció exceptúo a Mr. Pennifeather; pero el hecho es que al final se decidió efectuar una búsqueda cuidadosa a cargo de todos los vecinos en masse; naturalmente, el «viejo Charley» tomó la dirección.

Por lo que a esto último respecta, no hay duda de que el jefe era el más capacitado, pues todo el mundo sabía que el «viejo Charley» tenía ojos de lince; empero, aunque los llevó a toda clase de rincones apartados, por senderos que nadie había sospechado jamás que existieran en la región, y aunque la búsqueda continuó incesantemente noche y día durante más de una semana, fue imposible hallar la menor huella de Mr. Shuttleworthy. Cuando digo «la menor huella» no debe entendérseme literalmente, pues no dejaron de encontrarse algunas huellas. Las señales de las herraduras del caballo (que eran de un tipo especial) fueron seguidas hasta un lugar situado a tres millas al este del pueblo, sobre el camino real a la ciudad. Aquí las huellas se desviaban por un atajo que atravesaba un bosque y volvía a salir al camino real, abreviando en media milla el recorrido regular. Al seguir las pisadas por este sendero, el grupo llegó finalmente hasta un charco de agua estancada oculto a medias por las zarzas a la derecha del sendero; en este punto se interrumpían las marcas de herraduras.

Advirtióse, sin embargo, que en el lugar había habido una lucha, y las señales indicaban que un cuerpo grande y pesado había sido arrastrado desde el sendero al charco. Se procedió a dragar cuidadosamente este último, pero ninguna tentativa dio resultado. Disponíanse los presentes a volverse, desesperando de conocer la verdad, cuando la Providencia sugirió a Mr. Goodfellow la idea de desaguar completamente el charco. El proyecto fue recibido con hurras y el «viejo Charley» muy elogiado por su sagacidad e inteligencia. Como muchos vecinos traían palas, dada la eventualidad de desenterrar un cadáver, el desagüe pudo efectuarse rápida y eficazmente. Tan pronto quedó visible el fondo se vio en el centro del lecho de barro un chaleco de terciopelo de seda negra que casi todos los presentes reconocieron como de propiedad de Mr. Pennifeather. El chaleco estaba desgarrado y manchado de sangre.

Varias personas de la asamblea recordaban claramente que el joven lo llevaba puesto la mañana de la partida de Mr. Shuttleworthy, mientras otros se manifestaban dispuestos a afirmar bajo juramento que Mr. Pennifeather no había usado dicha prenda en ningún momento posterior a aquel día. Y no se encontró a nadie que afirmara haber visto al joven vistiendo el chaleco en cualquier momento subsiguiente a la desaparición de Mr. Shuttleworthy.

Todo esto creaba una situación sumamente seria para el joven, y como confirmación de las sospechas desatadas contra él notóse que se ponía terriblemente pálido y que no era capaz de pronunciar una palabra cuando se lo urgió a que se explicara. Ante esto, los pocos amigos que su disoluta manera de vivir le habían dejado lo abandonaron instantáneamente y se mostraron todavía más enérgicos que sus antiguos y reconocidos enemigos al demandar su arresto inmediato

Empero, la magnanimidad de Mr. Goodfellow brilló entonces, por contraste, con su más alto resplandor. Hizo una cálida y elogiosa defensa de Mr. Pennifeather, durante la cual aludió más de una vez a su propio y sincero perdón por el insulto que aquel disipado joven, «heredero del excelente Mr. Shuttleworthy», le había inferido en un arrebato de pasión. «Lo perdonaba —agregó— desde lo más profundo de su corazón, en cuanto a él (Mr. Goodfellow), lejos de llevar a su extremo las sospechosas circunstancias que desgraciadamente existían contra Mr. Pennifeather, haría todo cuanto estuviera en su poder y emplearía la escasa elocuencia de que era capaz para... para suavizar, en la medida en que pudiera hacerlo en paz con su conciencia, los peores aspectos que presentaba aquel extraordinario y enigmático asunto.»

Mr. Goodfellow continuó durante una larga media hora en este tono, que hacía gran honor tanto a su inteligencia como a su corazón; pero las gentes de corazón generoso pocas veces son capaces de observaciones sensatas; incurren en toda clase de errores, contretemps y despropósitos en el entusiasmo de su celo por servir a un amigo; y así, con las mejores intenciones de este mundo, le hacen muchísimo daño en lugar de favorecerlo.

Así ocurrió en el presente caso con la elocuencia del «viejo Charley», pues, aunque se esforzaba por ayudar al sospechoso, sucedió —no sé bien cómo— que cada sílaba que pronunciaba, con la deliberada o inconsciente intención de no exagerar la buena opinión del público sobre el orador, tuvo el efecto de acentuar las sospechas ya latentes sobre la persona cuya causa defendía y exasperar contra él la furia de la multitud.

Uno de los errores más inexplicables cometidos por el orador fue su alusión al sospechoso como «el heredero del excelente Mr. Shuttleworthy». Ninguno de los presentes había pensado antes en eso. Recordaban solamente ciertas amenazas proferidas un año atrás por el tío en el sentido de desheredar a su sobrino (que era su único pariente), y daban por seguro que éste había sido, en efecto, desheredado; tan simples eran los vecinos de Rattlesborough. Pero las observaciones del «viejo Charley» los hicieron pensar en el asunto y advirtieron la posibilidad de que aquellas amenazas no hubieran pasado de tales. Sin transición, pues, surgió la pregunta natural de cui bono?, que sirvió aún más que el chaleco para atribuir tan horrible crimen al joven Pennifeather. Aquí, a fin de no ser mal entendido, permítaseme una digresión para hacer notar que esta brevísima y sencilla frase latina es invariablemente mal traducida y mal concebida. En todas las novelas de misterio y en otras —por ejemplo, las de Mrs. Gore, autora de Cecil, dama que cita en todas las lenguas, desde el caldeo al chickasaw, ayudada sistemáticamente en su erudición por Mr. Beckford—, en todas esas novelas, repito, desde las de Bulwer Lytton y Dickens hasta las de Turnapenny y Ainsworth, las dos palabritas latinas cui bono son traducidas: «¿con qué fin?», o (como si fuera quo bono): «¿con qué ventaja?». Empero, su verdadero sentido es: «¿para beneficio de quién?». Cui, de quién; bono, ¿es para beneficio? La frase es puramente legal y se aplica precisamente en casos como el que nos ocupa, donde la probabilidad de que alguien haya cometido un delito depende del beneficio que recaiga sobre el mismo como consecuencia del delito. Ahora bien, en este caso, la pregunta cui bono? implicaba directamente a Mr. Pennifeather. Luego de testar en su favor, su tío lo había amenazado con desheredarlo. Pero la amenaza no había sido llevada a efecto; el testamento original, según se supo, no presentaba alteración. En caso contrario, el único motivo presumible para el crimen habría sido el muy ordinario de la venganza; pero aún éste podía rebatirse por la esperanza de todo desheredado de volver a ganar la confianza de su pariente. No habiéndose modificado el testamento, mientras la amenaza seguía suspendida sobre la cabeza del sobrino, todos vieron en ello el más manifiesto motivo para tan horrible crimen, y tal fue la sagaz conclusión de los meritorios ciudadanos de Rattlesborough.

Mr. Pennifeather, pues, fue arrestado allí mismo y la multitud, luego de buscar otro poco, se volvió al pueblo llevándolo bien custodiado. En el camino, además, ocurrió otra cosa tendente a confirmar las sospechas existentes. Mr. Goodfellow, cuyo celo lo hacía adelantarse siempre al grueso del grupo, corrió unos pasos, agachóse y levantó un objeto que había en el pasto. Luego de examinarlo rápidamente, se notó que intentaba esconderlo en el bolsillo de la chaqueta, pero los otros se lo impidieron, viéndose que el objeto hallado era una navaja española que una docena de personas reconocieron inmediatamente como de propiedad de Mr. Pennifeather. Lo que es más, sus iniciales aparecían grabadas en el puño. La hoja de la navaja estaba abierta y ensangrentada.

Ya no podía quedar duda sobre la culpabilidad del sobrino del muerto, y, apenas llegados a Rattlesborough, fue entregado al juez para su interrogatorio.

Su situación adquirió entonces un cariz aún más desagradable. Al preguntársele dónde había estado la mañana de la desaparición de Mr. Shuttleworthy, tuvo la descarada audacia de admitir que aquel día había salido con su rifle a cazar ciervos en las inmediaciones del charco donde se había encontrado, gracias a la sagacidad de Mr. Goodfellow, su chaleco ensangrentado.

El «viejo Charley» levantóse entonces y, con lágrimas en los ojos, pidió permiso para declarar. Dijo que un profundo sentido del deber para con su Hacedor y sus semejantes no le permitía continuar en silencio por más tiempo. Hasta ahora, el más sincero afecto hacia el joven inculpado (no obstante la forma en que se había conducido con él) lo había movido a imaginar cuanta hipótesis le sugería la imaginación, a fin de explicar todo lo sospechoso de esas circunstancias tan incriminatorias para Mr. Pennifeather; pero dichas circunstancias eran ya demasiado convincentes, demasiado condenatorias. No podía vacilar, diría lo que sabía, aunque su corazón le estallara de dolor al hacerlo.

Procedió entonces a declarar que, la tarde anterior a la partida de Mr. Shuttleworthy, este venerable caballero había dicho a su sobrino (y él, Mr. Goodfellow, lo había oído) que el motivo que lo llevaba a viajar al día siguiente por la mañana era hacer un depósito de una cuantiosa suma de dinero en el Banco de los Granjeros y Mecánicos de la ciudad; agregó que en el curso de la conversación, Mr. Shuttleworthy había manifestado redondamente a su sobrino la irrevocable determinación de anular su testamento y desheredarlo hasta el último centavo. Y, tras de ello, el testigo pidió solemnemente al inculpado que declarara si lo que acababa de decir era o no la más escrupulosa de las verdades.

Para la estupefacción de los presentes, Mr. Pennifeather admitió francamente que lo dicho era la verdad.

El magistrado consideró entonces pertinente enviar a dos oficiales de policía para que efectuaran una perquisición en el aposento que el joven ocupaba en casa de su tío. Los policías no tardaron en volver trayendo consigo la bien conocida cartera de cuero bermejo, con aplicaciones de metal, que el anciano desaparecido llevara consigo durante años. Faltaba su valioso contenido y vanamente se esforzó el magistrado por obtener del inculpado una confesión sobre el destino del dinero o el lugar donde se hallaba escondido. Mr. Pennifeather se obstinó en afirmar que no sabía nada de todo aquello. Por otra parte, los policías descubrieron entre el elástico y el colchón de la cama una camisa y un pañuelo para el cuello, con el monograma del acusado, espantosamente manchados con la sangre de la víctima.

A esta altura de la encuesta se hizo saber que el caballo del asesinado acababa de morir a consecuencia de la herida que recibiera. Mr. Goodfellow propuso entonces que se procediera a efectuar la autopsia del animal, a fin de descubrir, si era posible, la bala. Así se hizo; y como para que la culpabilidad del acusado quedara demostrada de manera definitiva, Mr. Goodfellow, luego de larga búsqueda dentro del pecho del caballo, terminó por localizar y extraer una bala de gran tamaño que, hechas las pruebas correspondientes, resultó corresponder exactamente al calibre del rifle de Mr. Pennifeather, que era mayor que el de cualquier otro vecino del pueblo o sus inmediaciones. Para confirmar aún más la cuestión se descubrió que la bala tenía una señal o reborde en ángulo recto con la sutura habitual; no tardó en verificarse que dicha señal coincidía con la existente en los moldes para fundir balas que, según confesión del acusado, le pertenecían. Apenas probado esto, el magistrado a cargo de la encuesta rehusó escuchar nuevos testimonios y ordenó de inmediato que el prisionero fuera juzgado por asesinato, negándose resueltamente a dejarlo en libertad bajo fianza, a pesar de que Mr. Goodfellow protestó calurosamente contra esta severidad, y ofreció salir como fiador por cualquier suma que se pidiera. Esta generosidad por parte del «viejo Charley» hallábase muy de acuerdo con su amable y caballeresca conducta a lo largo de toda su permanencia en Rattleborough. En este caso, el excelente caballero se dejaba llevar de tal manera por la excesiva fogosidad de su simpatía, que al ofrecerse como fiador de su joven amigo parecía olvidar que no poseía un centavo en el mundo entero.

Los resultados de la decisión pueden imaginarse fácilmente. Acompañado por el odio y la execración de todo Rattleborough, Mr. Pennifeather fue juzgado en el tribunal de causas criminales; la cadena de pruebas circunstanciales (reforzada por algunos hechos condenatorios adicionales, que la sensible conciencia de Mr. Goodfellow le prohibió mantener secretos) fue considerada tan sólida y concluyente, que el jurado no se molestó en abandonar sus asientos para pronunciar el inmediato veredicto de culpable de asesinato en primer grado. Momentos después el miserable era condenado a muerte y conducido nuevamente a la cárcel del condado para esperar la inexorable venganza de la ley.

En el ínterin, la noble conducta del «viejo Charley Goodfellow» había duplicado la estima que le profesaban los honestos ciudadanos del pueblo. Su popularidad era diez veces mayor que antes, y, como consecuencia natural de la hospitalidad que recibía en todas partes, se vio forzado a modificar un tanto los hábitos parsimoniosos que su pobreza le impusiera hasta entonces; empezó con frecuencia a ofrecer pequeñas réunions en su casa, donde la alegría y el buen humor reinaban supremos —enfriados momentáneamente, claro está, por el recuerdo ocasional del prematuro y melancólico destino que aguardaba al sobrino del íntimo amigo de tan generoso huésped.

Un bello día, este magnífico caballero tuvo la agradable sorpresa de recibir la siguiente carta:

Mr. Charles Goodfellow, Esq., Rattleborough.

Estimado señor:

De conformidad con un pedido transmitido a nuestra firma, hace dos meses, por nuestro estimado cliente Mr. Barnabas Shuttleworthy, tenemos el honor de remitirle a su domicilio un doble cajón de Chateau Margaux, marca antílope, sello violeta. Cajón numerado y marcado como se indica al pie.

Saludamos a usted muy atentamente,

HOGGS, FROGS, BOGS & CO.

Ciudad de. ..,21 de junio 18...

P. S.—El cajón le llegará al día siguiente del recibo de esta carta. Agregamos nuestros saludos a Mr. Shuttleworthy.

H.,F.,B.&CO.

Chal. Mar. A. N° 1, 6 doc. bot. (1/2 gruesa).

A decir verdad, desde la muerte de Mr. Shuttleworthy, Mr. Goodfellow había perdido toda esperanza de recibir alguna vez el prometido Chateau Margaux, por lo cual le pareció que recibirlo ahora representaba una especial merced de la Providencia. Como es natural, se llenó de regocijo, y en la exuberancia de su alegría invitó a un numeroso grupo de amigos a un petit souper para la noche siguiente, dispuesto a hacerles probar parte del regalo del buen Mr. Shuttleworthy. Por cierto que no dijo nada acerca del «buen Shuttleworthy» cuando expidió las invitaciones. Después de pensarlo mucho, decidió proceder así. Que yo sepa, a nadie mencionó que hubiera recibido un regalo de Chateau Margaux. Limitóse a invitar a sus amigos a que compartieran con él un vino de excelente calidad y fino aroma que había encargado dos meses atrás y que recibiría al día siguiente. Muchas veces me he sentido perplejo pensando por qué el «viejo Charley» decidió no decir a nadie que aquel vino era un obsequio de su viejo amigo, pero me fue imposible comprender sus razones para callar, aunque sin duda debía tenerlas, y excelentes.

Llegó el día siguiente, y con él una numerosa y distinguida asistencia se hizo presente en casa de Mr. Goodfellow. Puede decirse que la mitad del pueblo estaba allí (y yo entre ellos), pero, para gran irritación del huésped, el Chateau Margaux no apareció hasta última hora, cuando la suntuosa cena ofrecida por el «viejo Charley» había sido ampliamente saboreada por los huéspedes. Llegó, empero, y por cierto que era un cajón enormemente grande; entonces, como la asamblea se hallaba de muy buen humor, decidióse por unanimidad que se colocaría sobre la mesa y que se extraería inmediatamente su contenido.

Dicho y hecho. Por mi parte, di una mano, y en menos de un segundo teníamos el cajón sobre la mesa, en medio de las botellas y vasos, gran parte de los cuales se rompieron en la confusión. El «viejo Charley», que estaba completamente borracho y tenía el rostro empurpurado, sentóse con aire de burlona dignidad en la cabecera, golpeando furiosamente sobre la mesa con un vaso, mientras reclamaba orden y silencio «durante la ceremonia del desentierro del tesoro».

Luego de algunas vociferaciones, se logró restablecer el orden y, como suele suceder en tales casos, se produjo un profundo y extraño silencio. Habiéndoseme pedido que levantara la tapa, acepté, como es natural, «con infinito placer». Inserté un formón, pero apenas hube dado unos martillazos, la tapa del cajón se alzó bruscamente y, en el mismo instante, surgió del interior, enfrentando al huésped, el magullado, sangriento y putrefacto cadáver de Mr. Shuttleworthy. Por un instante contempló fija y dolorosamente, con sus ojos sin brillo y ya sin forma, el rostro de Mr. Goodfellow. Entonces, lenta pero claramente, se oyó que decía estas palabras: «¡Tú eres el hombre!» Y cayendo sobre el borde del cajón, como satisfecho de lo que había dicho, quedó con los brazos colgando sobre la mesa.

La escena que siguió excede toda descripción. La carrera hacia las puertas y ventanas fue espantosa, y muchos de los hombres más robustos se desmayaron allí mismo de puro horror. Pero, después del primer clamoroso arrebato de miedo, todos los ojos se clavaron en Mr. Goodfellow. Aunque viva mil años, jamás olvidaré la más que mortal agonía reflejada en la horrorosa expresión de su cara, espectralmente pálida después de haberse mostrado tan rubicunda de vino y de triunfo. Durante varios minutos permaneció inmóvil como una estatua de mármol; sus ojos, absolutamente privados de expresión, parecían vueltos hacia adentro y perdidos en el espectáculo de su propia alma asesina. Por fin la vida surgió otra vez, proyectada hacia el mundo exterior; levantándose de un salto, cayó pesadamente con la cabeza y los hombros sobre la mesa, en contacto con el cadáver, mientras de sus labios brotaba rápida y vehemente la detallada confesión del espantoso crimen por el cual Mr. Pennifeather hallábase encarcelado y esperando la muerte.

Lo que contó fue, en resumen, lo siguiente: Había seguido a su víctima hasta las vecindades del charco, hirió allí al caballo de un pistoletazo y mató a Mr. Shuttleworthy a golpes de culata. Luego de apoderarse de la cartera de la víctima, supuso que el caballo había muerto y lo arrastró con gran trabajo hasta las zarzas contiguas al charco. Cargó el cadáver de su víctima sobre su propio caballo y lo llevó a un lugar donde hacerlo desaparecer, situado a mucha distancia a través de los bosques.

El chaleco, la navaja, la cartera y la bala habían sido colocados por él mismo donde fueron hallados, a fin de vengarse de Mr. Pennifeather. También se las arregló para dejar en su cuarto el pañuelo y la camisa manchados de sangre.

Hacia el final del espeluznante relato, las palabras del miserable asesino se hicieron sordas y entrecortadas. Cuando hubo terminado, se enderezó, alejándose tambaleante de la mesa, hasta caer... muerto.

Aunque eficientes, los medios mediante los cuales pudo lograrse esta oportuna confusión fueron bien sencillos. La exagerada franqueza y bonhomía de Mr. Goodfellow me había disgustado desde el principio, despertando mis sospechas. Me hallaba presente cuando Mr. Pennifeather lo golpeó, y la diabólica expresión de su rostro, por más pasajera que fuese, me dio la seguridad de que no dejaría de cumplir al pie de la letra su promesa de vengarse. Hallábame, pues, preparado para apreciar las maniobras del «viejo Charley» de una manera muy diferente de la de los buenos vecinos de Rattleborough. Vi de inmediato que todos los descubrimientos incriminatorios nacían directa o indirectamente de él. Pero lo que me abrió completamente los ojos fue el episodio de la bala hallada por Mr. Goodfellow en el cuerpo del caballo. Aunque los vecinos lo habían olvidado, yo no dejé de recordar que el caballo presentaba un orificio por donde había penetrado el proyectil, y otro por donde había salido. Si se encontraba una bala en el cuerpo, tenía que haber sido depositada allí por la misma persona que decía haberla encontrado. La camisa y el pañuelo ensangrentados confirmaron la idea sugerida por el hallazgo de la bala; en efecto, el examen de la sangre demostró que se trataba solamente de vino tinto. Pensando en esas cosas, y también en el rumboso cambio de vida de Mr. Goodfellow, mis sospechas se hicieron cada vez más fuertes, y no eran menos intensas por ser el único que las abrigaba.

En el ínterin, me ocupé privadamente de buscar el cadáver de Mr. Shuttleworthy; tenía mis buenas razones para hacerlo en zonas completamente opuestas a aquellas hacia las cuales Mr. Goodfellow había dirigido a los vecinos. El resultado fue que, algunos días más tarde, llegué a un antiguo pozo seco, cuya boca estaba casi enteramente cubierta de zarzas; y allí, en el fondo, hallé lo que buscaba.

Ocurrió que yo había escuchado el diálogo entre los dos amigos, cuando Mr. Goodfellow se las arregló para inducir a su anfitrión a que le regalara un cajón de Chateau Margaux. Basándome en este hecho, decidí obrar en consecuencia. Procurándome un trozo muy fuerte de barba de ballena, lo introduje por la garganta del cadáver y metí a éste en un viejo cajón de vino, teniendo cuidado de doblarlo en forma tal que la barba de ballena se doblara junto con él. De esta manera tuve que apretar fuertemente la tapa para mantenerla ajustada mientras la clavaba; y, como es natural, tenía la seguridad de que, tan pronto los clavos fueran extraídos, la tapa se levantaría, y tras ella el cuerpo.

Arreglado así el cajón, lo marqué y numeré como se ha dicho; luego de escribir una supuesta carta de los vinateros que surtían a Mr. Shuttleworthy, di instrucciones a mi criado para que llevara el cajón en una carretilla hasta la puerta de Mr. Goodfellow, a una señal que yo le haría. En cuanto a las palabras que pensaba hacer pronunciar al cadáver, confiaba suficientemente en mis habilidades de ventrílocuo, y por lo que respecta a su efecto, confiaba en la conciencia del miserable asesino.

Creo que no me queda nada por explicar. Mr. Pennifeather fue puesto inmediatamente en libertad, heredó la fortuna de su tío y, aprovechando la lección de la experiencia, inició desde aquel día una nueva y dichosa vida.


Bon-Bon

Quand un bon vin meuble mon estomac

Je suis plus savant que Balzac,

Plus sage que Pibrac;

Mon seul bras faisant l’attaque

De la nation Cossaque

La mettroit au sac;

De Charon je passerois le lac

En dormant dans son bac;

J’irois au fier Eac,

Sans que mon cœur fit tic ni tac,

Présenter du tabac.

(Vaudeville francés)

No creo que ninguno de los parroquianos que, durante el reino de... frecuentaban el pequeño café en el cul-de-sac Le Febre, en Rúan, esté dispuesto a negar que Pierre Bon-Bon era un restaurateur de notable capacidad. Me parece todavía más difícil negar que Pierre Bon-Bon era igualmente bien versado en la filosofía de su tiempo. Sus pâtés de foies eran intachables, pero, ¿qué pluma podría hacer justicia a sus ensayos sur la Nature, a sus pensamientos sur l’âme, a sus observaciones sur l’esprit? Si sus omelettes, si sus fricandeaux eran inestimables, ¿qué literato de la época no hubiera dado el doble por una idée de Bon-Bon que por la despreciable suma de todas las idées de los savants? Bon-Bon había explorado bibliotecas que para otros hombres eran inexploradas; había leído más de lo que otros podían llegar a concebir como lectura, había comprendido más de lo que otros hubieran imaginado posible comprender; y si bien no faltaban en la época de su florecimiento algunos escritores de Rúan para quienes «su dicta no evidenciaba ni la pureza de la Academia, ni la profundidad del Liceo», y a pesar, nótese bien, de que sus doctrinas no eran comprendidas de manera muy general, no se sigue empero de ello que fuesen difíciles de comprender. Pienso que su propia evidencia hacía que muchas personas las tomaran por abstrusas. Kant mismo —pero no llevemos las cosas más allá— debe principalmente su metafísica a Bon-Bon. Este no era platónico ni, hablando en rigor, aristotélico; tampoco, a semejanza de Leibniz, malgastaba preciosas horas que podían emplearse mejor inventando una fricassée o, facili gradu, analizando una sensación, en frívolas tentativas de reconciliar todo lo que hay de inconciliable en las discusiones éticas. ¡Oh no! Bon-Bon era jónico. Bon-Bon era igualmente itálico. Razonaba a priori. Razonaba a posteriori. Sus ideas eran innatas... o de otra manera. Creía en Jorge de Trebizonda. Creía en Bessarion. Bon-Bon era, enfáticamente... Bon-Bonista.

He hablado del filósofo en su calidad de restaurateur. No quisiera, empero, que alguno de mis amigos vaya a imaginarse que, al cumplir sus hereditarios deberes en esta última profesión, nuestro héroe dejaba de estimar su dignidad y su importancia. ¡Lejos de ello! Hubiera sido imposible decir cuál de las dos ramas de su trabajo le inspiraba mayor orgullo. Opinaba que las facultades intelectuales estaban íntimamente vinculadas con la capacidad estomacal. Incluso no creo que estuviera muy en desacuerdo con los chinos, para quienes el alma reside en el estómago. Pensaba que, como quiera que fuese, los griegos tenían razón al emplear la misma palabra para la mente y el diafragma[5]. No pretendo insinuar con esto una acusación de glotonería, o cualquier otra imputación grave en perjuicio del metafísico. Si Pierre Bon-Bon tenía sus debilidades —¿y qué gran hombre no las tiene por miles?—, eran debilidades de menor cuantía, faltas que, en otros caracteres, suelen considerarse con frecuencia a la luz de las virtudes. Con respecto a una de estas debilidades, ni siquiera la mencionaría en este relato si no fuera por su notable prominencia, el extremo alto rilievo con que asoma en el plano de sus características generales. Hela aquí: jamás perdía la oportunidad de hacer un trato.

No digo que fuera avaricioso... nada de eso. Para la satisfacción del filósofo, no era necesario que el trato fuese ventajoso para él. Con tal que se hiciera el convenio —de cualquier género, término o circunstancia—, veíase por muchos días una triunfante sonrisa en su rostro y un guiñar de ojos llenos de malicia que daba pruebas de su sagacidad.

Un humor tan peculiar como el que acabo de describir hubiera llamado la atención en cualquier época, sin que tuviera nada de maravilloso. Pero en los tiempos de mi relato, si esta peculiaridad no hubiese llamado la atención, habría sido ciertamente motivo de maravilla. Pronto se llegó a afirmar que, en todas las ocasiones de este género, la sonrisa de Bon-Bon era muy diferente de la franca sonrisa irónica con la cual reía de sus propias bromas, o recibía a un conocido. Corrieron rumores de naturaleza inquietante; repetíanse historias sobre tratos peligrosos, concertados en un segundo y lamentados con más tiempo; y se citaban ejemplos de inexplicables facultades, vagos deseos e inclinaciones anormales, que el autor de todos los males suele implantar en los hombres para satisfacer sus propósitos.

El filósofo tenía otras debilidades, pero apenas merecen que hablemos de ellas en detalle. Por ejemplo, es sabido que pocos hombres de extraordinaria profundidad de espíritu dejan de sentirse inclinados a la bebida. Si esta inclinación es causa o más bien prueba de esa profundidad, es cosa más fácil de decir que de demostrar. Hasta donde puedo saberlo, Bon-Bon no consideraba que aquello mereciera una investigación detallada, y tampoco yo lo creo. Empero, al ceder a una propensión tan clásica, no debe suponerse que el restaurateur perdía de vista esa intuitiva discriminación que caracterizaba al mismo tiempo sus ensayos y sus tortillas. Cuando se encerraba a beber, el vino de Borgoña tenía su honra, y había momentos destinados al Côte du Rhone. Para él, el Sauternes era al Medoc lo que Catulo a Homero. Podía jugar con un silogismo al probar el St. Peray, desenredar una discusión frente al Clos de Vougeot y trastornar una teoría en un torrente de Chambertin. Bueno hubiera sido que un análogo sentido del decoro lo hubiese detenido en la frívola tendencia a que he aludido más arriba, pero no era así. Por el contrario, dicho trait del filosófico Bon-Bon llegó a adquirir a la larga una extraña intensidad, un misticismo, como si estuviera profundamente teñido por la diablerie de sus estudios germánicos favoritos.

Entrar en el pequeño café del cul-de-sac Le Pebre, en la época de nuestro relato, era entrar en el sanctum de un hombre de genio. Bon-Bon era un hombre de genio. No había un sólo sous-cuisinier en Rúan que no afirmara que Bon-Bon era un hombre de genio. Hasta su gato lo sabía, y se cuidaba mucho de atusarse la cola en su presencia. Su gran perro de aguas estaba al tanto del hecho y, cuando su amo se le acercaba, traducía su propia inferioridad conduciéndose admirablemente y bajando las orejas y las mandíbulas de manera bastante meritoria en un perro. Sin duda, empero, mucho de este respeto habitual podía atribuirse a la apariencia del metafísico. Un aire distinguido se impone, preciso es decirlo, hasta a los animales; y mucho había en el aire del restaurateur que podía impresionar la imaginación de los cuadrúpedos. Siempre se advierte una majestad singular en la atmósfera que rodea a los pequeños grandes —si se me permite tan equívoca expresión— que la mera corpulencia física no es capaz de crear por su sola cuenta. Por eso, aunque Bon-Bon tenía apenas tres pies de estatura y su cabeza era minúscula, nadie podía contemplar la rotundidad de su vientre sin experimentar una sensación de magnificencia que llegaba a lo sublime. En su tamaño, tanto hombres como perros veían un arquetipo de sus capacidades, y en su inmensidad, el recinto adecuado para su alma inmortal.

En este punto podría —si ello me complaciera— extenderme en cuestiones de atuendo y otras características exteriores de nuestro metafísico. Podría insinuar que llevaba el cabello corto, cuidadosamente peinado sobre la frente y coronado por un gorro cónico de franela con borlas; que su chaquetón verde no se adaptaba a la moda reinante entre los restaurateurs ordinarios; que sus mangas eran algo más amplias de lo que permitía la costumbre; que los puños no estaban doblados, como ocurría en aquel bárbaro período, con el mismo material y color de la prenda, sino adornados de manera más fantasiosa, con el abigarrado terciopelo de Génova; que sus pantuflas eran de un púrpura brillante, curiosamente afiligranado, y que se las hubiera creído fabricadas en el Japón de no ser por su exquisita terminación en punta y la brillante coloración de sus bordados y costuras; que sus calzones eran de esa tela amarilla semejante al satén, que se denomina aimable; que su capa celeste, que por la forma semejaba una bata, ricamente ornamentada con dibujos carmesíes, flotaba gentilmente sobre los hombros como la niebla de la mañana... y que este tout ensemble fue el que dio origen a la notable frase de Benevenuta, la Improvisatrice de Florencia, al afirmar «que era difícil decir si Pierre Bon-Bon era realmente un ave del paraíso, o más bien un paraíso de perfecciones». Podría, como he dicho, explayarme sobre todos estos puntos si ello me complaciera, pero me abstengo; los detalles meramente personales pueden ser dejados a los novelistas históricos, pues se hallan por debajo de la dignidad moral de la realidad.

He dicho que «entrar en el café del cul-de-sac Le Pebre era entrar en el sanctum de un hombre de genio»; pero sólo otro hombre de genio hubiera podido estimar debidamente los méritos del sanctum. Una muestra, consistente en un gran libro, balanceábase sobre la entrada. De un lado del volumen aparecía una botella; del otro, un pâté. En el lomo se leía con grandes letras: Œuvres de Bon-Bon. Así, delicadamente, se daban a entender las dos ocupaciones del propietario.

Al pisar el umbral, presentábase a la vista todo el interior del local. El café consistía tan sólo en un largo y bajo salón, de construcción muy antigua. En un ángulo se veía el lecho del metafísico. Varias cortinas y un dosel a la griega le daban un aire a la vez clásico y confortable. En el ángulo diagonal opuesto aparecían en familiar comunidad los implementos correspondientes a la cocina y a la biblioteca. Un plato lleno de polémicas descansaba pacíficamente sobre el aparador. Más allá había una hornada de las últimas éticas, y en otra parte una tetera de mélanges en duodécimo. Libros de moral alemana aparecían como carne y uña con las parrillas, y un tenedor para tostadas descansaba al lado de Eusebius, mientras Platón reclinábase a su gusto en la sartén, y manuscritos contemporáneos se arrinconaban junto al asador.

En otros sentidos, el café de Bon-Bon difería muy poco de cualquiera de los restaurants de la época. Una gran chimenea abría sus fauces frente a la puerta. A la derecha, un armario abierto desplegaba un formidable conjunto de botellas.

Allí mismo, cierta vez a eso de medianoche, durante el riguroso invierno de..., Pierre Bon-Bon, después de escuchar un rato los comentarios de los vecinos sobre su singular propensión, y echarlos finalmente a todos de su casa, corrió el cerrojo con un juramento y se instaló, malhumorado, en un confortable sillón de cuero junto a un buen fuego de leña.

Era una de esas espantosas noches que sólo se dan una o dos veces cada siglo. Nevaba copiosamente y la casa temblaba hasta los cimientos bajo las ráfagas del viento que, entrando por las grietas de la pared, corriendo impetuosas por la chimenea, agitaban terriblemente las cortinas del lecho del filósofo y desorganizaban sus fuentes de pâté y sus papeles. El pesado volumen que colgaba fuera, expuesto a la furia de la tempestad, crujía ominosamente, produciendo un sonido quejumbroso con sus puntales de roble macizo.

He dicho que el filósofo se instaló malhumorado en su lugar habitual junto al fuego. Varias circunstancias enigmáticas ocurridas a lo largo del día habían perturbado la serenidad de sus meditaciones. Al preparar unos œufs à la Princesse, le había resultado desdichadamente una omelette à la Reine; el descubrimiento de un principio ético se malogró por haberse volcado un guiso, y, finalmente —aunque no en último lugar—, habíasele frustrado uno de esos admirables tratos que en todo momento le encantaba llevar a feliz término. Empero, a la irritación de su espíritu nacida de tan inexplicable contrariedad no dejaba de mezclarse algo de esa ansiedad nerviosa que la furia de una noche tempestuosa se presta de tal manera a provocar.

Luego de silbar a su gran perro de aguas negro para que se instalara más cerca de él, y de ubicarse intranquilo en su sillón, Bon-Bon no pudo dejar de recorrer con ojos inquietos y cautelosos esos lejanos rincones del aposento cuyas densas sombras sólo parcialmente alcanzaba a disipar el rojo fuego de la chimenea. Luego de completar un escrutinio cuya exacta finalidad ni siquiera él era capaz de comprender, acercó a su asiento una mesita llena de libros y papeles y no tardó en absorberse en la tarea de corregir un voluminoso manuscrito, cuya publicación era inminente.

Llevaba así ocupado algunos minutos, cuando...

—No tengo ningún apuro, Monsieur Bon-Bon —murmuró una voz quejumbrosa en la estancia.

—¡Demonio! —exclamó nuestro héroe, enderezándose de un salto, derribando la mesa a un lado y mirando estupefacto en torno.

—Exactísimo —repuso tranquilamente la voz.

—¡Exactísimo! ¿Qué es exactísimo? ¿Y cómo ha entrado usted aquí? —vociferó el metafísico, mientras sus ojos se posaban en algo que yacía tendido cuan largo era sobre la cama.

—Le estaba diciendo —continuó el intruso, sin molestarse por las preguntas— que no tengo la menor prisa, que el negocio que con su permiso me trae aquí no es urgente... y que, en resumen, puedo muy bien esperar a que haya terminado con su exposición.

—¡Mi exposición! ¿Y cómo sabe usted... como puede saber que estaba escribiendo una exposición? ¡Gran Dios...!

—¡Sh...! —susurró el personaje, con un sonido sibilante; y levantándose presurosamente del lecho, dio un paso hacia nuestro héroe, mientras una lámpara de hierro que colgaba sobre él se balanceaba convulsivamente ante su cercanía.

El asombro del filósofo no le impidió observar en detalle el atuendo y la apariencia del desconocido. Su silueta, extraordinariamente delgada y muy por encima de la estatura común, podía apreciarse gracias al raído traje negro que la ceñía, y cuyo corte correspondía al estilo del siglo anterior. No cabía duda de que aquellas ropas habían estado destinadas a una persona mucho más pequeña que su actual poseedor. Los tobillos y muñecas se mostraban al descubierto en una extensión de varias pulgadas. En los zapatos, empero, un par de brillantísimas hebillas parecía dar un mentís a la extrema pobreza manifiesta en el resto del atavío. Llevaba la cabeza cubierta y era completamente calvo, aunque del occipucio le colgaba una queua de considerable extensión. Un par de anteojos verdes, con cristales a los lados, protegía sus ojos de la luz y al mismo tiempo impedían que Bon-Bon pudiera verificar de qué color y conformación eran. No se notaba por ninguna parte la presencia de una camisa, pero una corbata blanca, muy sucia, aparecía cuidadosamente anudada en la garganta, y las puntas, colgando gravemente, daban la impresión (que me atrevo a decir no era intencional) de que se trataba de un eclesiástico. Por cierto que muchos otros detalles, tanto de su atuendo como de sus modales, contribuían a robustecer esa impresión. Sobre la oreja izquierda, a la manera de los pasantes modernos, llevaba un instrumento semejante al stylus de los antiguos. En el bolsillo superior de la chaqueta veíase claramente un librito negro con broches de acero. Este libro estaba colocado de manera tal que, accidentalmente o no, permitía leer las palabras Rituel Catholique en letras blancas sobre el lomo.

La fisonomía del personaje era atractivamente saturnina y de una palidez cadavérica. La frente, muy alta, aparecía densamente marcada por las arrugas de la contemplación. Las comisuras de la boca caían hacia abajo, con una expresión de humildad por completo servil. Tenía asimismo una manera de juntar las manos, mientras avanzaba hacia nuestro héroe, un modo de suspirar y una apariencia general de tan completa santidad, que impresionaba de la manera más simpática. Toda sombra de cólera se borró del rostro del metafísico una vez que hubo completado satisfactoriamente el escrutinio de su visitante; estrechándole cordialmente la mano, lo condujo a un sillón.

Sería un error radical atribuir este instantáneo cambio de humor del filósofo a cualquiera de las razones que podían haber influido en su ánimo. Hasta donde pude alcanzar a conocer su carácter, Pierre Bon-Bon era el hombre menos capaz de dejarse llevar por las apariencias exteriores, aunque fueran de lo más plausibles. Imposible, además, que un observador tan sagaz de los hombres y las cosas no hubiera advertido instantáneamente el verdadero carácter del personaje que así se abría paso en su hospitalidad. Por no decir más, la conformación de los pies del visitante era suficientemente notable, mantenía apenas en la cabeza un sombrero exageradamente alto, notábase una trémula vibración en la parte posterior de sus calzones y la vibración del faldón de su chaqueta era cosa harto visible. Júzguese, pues, con qué satisfacción encontróse nuestro héroe en la repentina compañía de una persona hacia la cual había experimentado en todo tiempo el más incondicional de los respetos. Demasiado diplomático era, sin embargo, para que se le escapara la menor señal de que sospechaba la verdad. No era su intención demostrar que se daba perfecta cuenta del alto honor que tan inesperadamente gozaba, sino que se proponía inducir a su huésped a que, en el curso de una conversación, le permitiera elucidar ciertas importantes ideas éticas, las cuales, una vez incluidas en su próxima publicación, esclarecerían a la humanidad, inmortalizando de paso a su autor, y bien puedo agregar que la avanzada edad del visitante, así como su conocido dominio de la ciencia moral, permitían suponer que no dejaría de estar al tanto de dichas ideas.

Movido por tan elevadas miras, nuestro héroe invitó a sentarse al caballero visitante, mientras echaba nuevos leños al fuego y colocaba sobre la mesa, devuelta a su primitiva posición, algunas botellas de Mousseux. Completadas rápidamente estas operaciones, puso su sillón vis-à-vis con el de su compañero y esperó a que este último iniciara la conversación. Pero los planes, aun los más hábilmente elaborados, suelen verse frustrados en la aplicación, y el restaurateur quedó estupefacto ante las primeras palabras de su visitante.

—Veo que me conoce usted, Bon-Bon —dijo—. ¡Ja, ja, ja! ¡Je, je, je! ¡Ji, ji, ji! ¡Jo, jo, jo! ¡Ju, ju, ju!

Y el diablo, renunciando bruscamente a la santidad de su apariencia, abrió en toda su capacidad una boca de oreja a oreja, como para mostrar una dentadura mellada pero terriblemente puntiaguda, y, mientras echaba la cabeza hacia atrás, rió larga y sonoramente, con maldad, con un resonar estentóreo, mientras el perro negro, agazapado, se agregaba al clamoreo, y el gato, huyendo a la carrera, se erizaba y maullaba desde el rincón más alejado del aposento.

Pero nada de esto fue imitado por el filósofo; era un hombre de mundo y no rió como el perro ni traicionó su temblor con maullidos como el gato. Preciso es confesar que estaba algo asombrado al ver que las blancas letras que formaban las palabras Rituel Catholique sobre el libro que sobresalía del bolsillo de su huésped se transformaban instantáneamente en color y en sentido, y que en lugar del título original brillaban con rojo resplandor las palabras Registre des Condamnés. Esta sorprendente circunstancia dio a la respuesta de Bon-Bon un tono un tanto confuso que, de lo contrario, creemos, no hubiera tenido.

—Pues bien, señor —dijo el filósofo—. Pues bien, señor... para hablar sinceramente... creo que usted es... palabra de honor... que es el di... quiero decir que, según me parece, tengo una vaga... muy vaga idea del alto honor que...

—¡Oh, ah! ¡Sí, perfectamente! —interrumpió su Majestad—. ¡No diga usted más! ¡Ya me doy cuenta!

Y, quitándose los anteojos verdes, limpió cuidadosamente los cristales con la manga de su chaqueta y los guardó en el bolsillo.

Si Bon-Bon se había asombrado por el incidente del libro, su asombro creció enormemente ante el espectáculo que se presentó ante él. Al levantar los ojos, lleno de curiosidad por conocer el color de los de su huésped, se encontró con que no eran negros, como había imaginado; ni grises, como podía haberlo imaginado; ni castaños o azules, ni amarillos o rojos, ni purpúreos o blancos, ni verdes... ni de ningún otro color de los cielos, de la tierra o de las aguas. En resumen, no solamente Bon-Bon vio claramente que su Majestad no tenía ojos de ninguna especie, sino que le resultó imposible descubrir la menor señal de que hubieran existido en otro momento; pues el espacio donde debían hallarse era tan sólo —me veo obligado a decirlo— una lisa superficie de carne.

No entraba en la naturaleza del metafísico abstenerse de hacer algunas averiguaciones sobre las fuentes de tan extraño fenómeno, y la respuesta de su Majestad fue tan pronta como digna y satisfactoria.

—¡Ojos! ¡Mi querido Bon-Bon ... ojos! ¿Dijo usted ojos? ¡Oh, ah! ¡Ya veo! Supongo que las ridículas imágenes que circulan sobre mí le han dado una falsa idea de mi apariencia personal... ¡Ojos! Los ojos, Pierre Bon-Bon, están muy bien en su lugar adecuado... Dirá usted que dicho lugar es la cabeza. De acuerdo, si se trata de la cabeza de un gusano. Igualmente para usted, dichos órganos son indispensables... Pero ya lo convenceré de que mi visión es más penetrante que la suya. Hay un gato en ese rincón... un bonito gato... ¿lo ve usted? Mírelo con cuidado. Pues bien, Bon-Bon, ¿alcanza usted a contemplar los pensamientos... he dicho los pensamientos... las ideas, las reflexiones... que nacen en el pericráneo de ese gato? ¡Ahí tiene... no los ve usted! Pues el gato está pensando que admiramos el largo de su cola y la profundidad de su mente. Acaba de llegar a la conclusión de que soy un distinguido eclesiástico, y que usted es el más superficial de los metafísicos. Ya ve, pues, que no tengo nada de ciego; pero, para uno de mi profesión, los ojos a que usted alude serían únicamente una molestia y estarían en constante peligro de ser arrancados por una horquilla de tostar o un agitador de brea. Para usted, lo admito, esos aparatos ópticos resultan indispensables. Esfuércese por emplearlos bien, Bon-Bon; por mi parte, mi visión es el alma.

Tras esto el visitante se sirvió vino y, luego de llenar otro vaso para Bon-Bon, lo invitó a beberlo sin escrúpulos y a sentirse perfectamente en su casa.

—Un libro muy sagaz el suyo, Pierre —continuó su Majestad, dándole una palmada de connivencia en la espalda, una vez que nuestro amigo hubo vaciado su vaso en cumplimiento del pedido de su visitante—. Un libro muy sagaz, palabra de honor. Un libro como los que a mí me gustan... Pienso, sin embargo, que su presentación del tema podría mejorarse, y muchas de sus nociones me recuerdan a Aristóteles. Este filósofo fue uno de mis conocidos más íntimos. Lo quería muchísimo por su terrible malhumor, así como por la increíble facilidad que tenía para equivocarse. En todo lo que escribió sólo hay una verdad sólida, y se la sugerí yo a fuerza de tenerle lástima al verlo tan absurdo. Supongo, Pierre Bon-Bon, que sabe usted muy bien a qué divina verdad moral aludo.

—No podría decir que...

—¿De veras? Pues bien, fui yo quien dijo a Aristóteles que, al estornudar, el hombre expelía las ideas superfluas por la nariz.

—Lo cual... ¡hic!... es absolutamente cierto —dijo el metafísico, mientras se servía otro gran vaso de Mousseux y ofrecía su tabaquera de rapé al visitante.

—Tuvimos también a Platón —continuó su Majestad, declinando modestamente la invitación a tomar rapé y el cumplido que entrañaba—. Tuvimos a Platón, por quien en un tiempo sentí el afecto que se guarda a los amigos. ¿Conoció usted a Platón, Bon-Bon? ¡Ah, es verdad, le pido mil perdones! Pues bien, un día me lo encontré en Atenas, en el Partenón. Me dijo que estaba preocupadísimo buscando una idea. Le hice escribir que Me dijo que lo haría y se volvió a casa, mientras yo seguía viaje a las pirámides. Pero mi conciencia me remordía por haber pronunciado una verdad, aunque fuera para ayudar a un amigo, y, volviéndome rápidamente a Atenas, llegué junto a la silla del filósofo cuando se disponía a escribir el

Dando un capirotazo a la lambda, la hice volverse cabeza abajo. Por eso la frase dice ahora: y constituye, como usted sabe, la doctrina fundamental de su metafísica.

—¿Estuvo usted en Roma? —preguntó el restaurateur mientras terminaba su segunda botella de Mousseux y extraía del armario una amplia provisión de Chambertin.

—Sólo una vez, Monsieur Bon-Bon, sólo una vez. Hubo un tiempo —dijo el diablo como si recitara un pasaje de un libro— en que la anarquía reinó durante cinco años, en los cuales la república, privada de todos sus funcionarios, no tuvo otra magistratura que los tribunos del pueblo, y éstos carecían de toda investidura legal que los capacitara para las funciones ejecutivas. En ese momento, Monsieur Bon-Bon... y sólo en ese momento estuve en Roma... y, por tanto, carezco de relaciones terrenas con su filosofía[6].

—¿Y qué piensa usted... qué piensa usted... ¡hic!... de Epicuro?

—¿Qué pienso de quién? —preguntó el diablo estupefacto—. No pretenderá usted encontrar ningún error en Epicuro, espero. ¿Qué pienso de Epicuro? ¿Habla usted de mí, caballero? ¡Epicuro soy yo! Soy el mismo filósofo que escribió cada uno de los trescientos tratados que tanto celebraba Diógenes Laercio.

—¡Miente usted! —dijo el metafísico, a quien el vino se le había subido un tanto a la cabeza.

—¡Muy bien! ¡Muy bien, señor mío! ¡Ciertamente muy bien! —dijo su Majestad, al parecer sumamente halagado.

—¡Miente usted! —repitió el restaurateur, dogmáticamente—. ¡Miente... ¡hic!... usted!

—¡Pues bien, sea como usted quiera! —dijo el diablo pacíficamente, y Bon-Bon, después de vencer a su Majestad en la controversia, consideró de su deber concluir una segunda botella de Chambertin.

—Como iba diciendo —continuó el visitante—, y como hacía notar hace un momento, en ese libro suyo, Monsieur Bon-Bon, hay algunas nociones demasiado outrées. ¿Qué pretende usted, por ejemplo, con todo ese camelo del alma? ¿Puede usted decirme, caballero, qué es el alma?

—El... ¡hic!... alma —repitió el metafísico, remitiéndose a su manuscrito— es indudablemente...

—¡No, señor!

—Indudablemente...

—¡No, señor!

—Indudablemente...

—¡No, señor!

—Evidentemente...

—¡No, señor!

— Incontrovertiblemente...

—¡No, señor!

—¡Hic!

—¡No, señor!

—E incuestionablemente, el...

—¡No, señor, el alma no es eso!

(Aquí el filósofo, con aire furibundo, aprovechó la ocasión para dar instantáneo fin a la tercera botella de Chambertin.)

—Pues entonces... ¡hic!... Diga usted, señor: ¿qué es?

—No es ni esto ni aquello, Monsieur Bon-Bon —repuso pensativo su Majestad—. He probado... quiero decir he conocido algunas almas muy malas, y algunas otras excelentes.

Al decir esto se relamió, pero, como apoyara involuntariamente la mano en el volumen que llevaba en el bolsillo, se vio atacado por una violenta serie de estornudos.

—Conocí el alma de Cratino —continuó—. Era pasable... La de Aristófanes, chispeante. ¿Platón? Exquisito... No su Platón, sino el poeta cómico; su Platón hubiera hecho vomitar a Cerbero... ¡puah! Veamos... tuvimos a Nevio, Andrónico, Plauto y Terencio. Luego Lucilio, Catulo, Nasón y Quinto Flaco... ¡Querido Quintón! Así lo apodaba yo mientras cantaba un seculare para divertirme, y yo lo tostaba suspendido de un tridente... ¡tan divertido! Pero a esos romanos les falta sabor. Un griego gordo vale por una docena de ellos, aparte de que se conserva, cosa que no puede decirse de un Quirite. Probemos su Sauternes.

A esta altura, Bon-Bon había decidido mantenerse fiel al nil admirari, y se apresuró a bajar las botellas en cuestión. Notaba, empero, un extraño sonido, como si alguien estuviera meneando el rabo. Pero el filósofo prefirió no darse por enterado de tan indecorosa conducta de su Majestad; limitóse a dar un puntapié al perro y ordenarle que se estuviera quieto. El visitante continuó entonces:

—Descubrí que Horacio tenía un sabor muy parecido al de Aristóteles... y ya sabe usted que me agrada la variedad. Imposible diferenciar a Terencio de Menandro. Para mi asombro, Nasón era Nicandro disfrazado. Virgilio tenía un tonillo nasal como el de Teócrito. Marcial me hizo recordar muchísimo a Arquíloco, y Tito Livio era sin duda alguna Polibio.

—¡Hic! —observó aquí Bon-Bon, mientras su Majestad proseguía.

—Empero, si algún penchant tengo, Monsieur Bon-Bon... si algún penchant tengo, es el de la filosofía. Permítame decirle, sin embargo, que no cualquier demo... que no cualquier caballero sabe cómo elegir a un filósofo. Los de estatura elevada no son buenos, y los mejores, si no se los descascara bien, tienden a ser un tanto amargos a causa de la hiel.

—¡Si no se los descascara...!

—Quiero decir, si no se los saca de su cuerpo.

—¿Y qué pensaría usted de un... ¡hic!... médico?

—¡Ni los mencione, por favor! ¡Puah, puah! —y su Majestad eructó violentamente—. Solamente probé uno... ese canalla de Hipócrates... ¡Olía a asafétida!... ¡Puah, puah! Pesqué un terrible resfrío, lavándolo en la Estigia... y a pesar de todo me contagió el cólera morbo.

—¡Qué... hic... qué miserable! —exclamó Bon-Bon—. ¡Qué aborto... hic... de una caja de píldoras!

Y el filósofo vertió una lágrima.

—Después de todo —continuó el visitante—, si un demo... si un caballero ha de vivir, necesita desplegar suficiente habilidad. Entre nosotros, un rostro rechoncho indica diplomacia.

—¿Cómo es eso?

—Pues bien, a veces nos vemos bastante apretados en materia de provisiones. Tiene usted que saber que, en un clima tan bochornoso como el nuestro, resulta imposible mantener vivo a un espíritu por más de dos o tres horas, y, luego de muerto, a menos de encurtirlo inmediatamente (y un espíritu encurtido no es sabroso), se pone a... a oler, ¿comprende usted? La putrefacción es de temer siempre que nos envían las almas en la forma habitual.

—¡Hic! ¡Hic! ¡Gran Dios! ¿Y cómo se las arreglan?

En este momento la lámpara de hierro empezó a oscilar con redoblada violencia y el diablo saltó a medias de su asiento; pero luego, con un contenido suspiro, recobró la compostura, limitándose a decir en voz baja a nuestro héroe:

—Le ruego una cosa, Pierre Bon-Bon: que no profiera juramentos.

El filósofo se zampó otro vaso, a fin de denotar su plena comprensión y aquiescencia, y el visitante continuó:

—Pues bien, nos arreglamos de diversas maneras. La mayoría de nosotros se muere de hambre; algunos transigen con el encurtido; por mi parte, compro mis espíritus vivient corpore, pues he descubierto que así se conservan muy bien.

—¿Pero el cuerpo ...hic ...el cuerpo?

—¡El cuerpo, el cuerpo! ¿Y qué, el cuerpo? ¡Oh, ah, ya veo! Pues bien, señor mío, el cuerpo no se ve afectado para nada por la transacción. He efectuado innumerables adquisiciones de esta especie en mis tiempos, y los interesados jamás experimentaron el menor inconveniente. Vayan como ejemplo Caín y Nemrod, Nerón, Calígula, Dionisio y Pisístrato... aparte de otros mil, que jamás sospecharon lo que era tener un alma en los últimos tiempos de sus vidas. Empero, señor mío, esos hombres eran el adorno de la sociedad. ¿Y no tenemos a A... a quien conoce usted tan bien como yo? ¿No se halla en posesión de todas sus facultades mentales y corporales? ¿Quién escribe un epigrama más punzante que él? ¿Quién razona con más ingenio? ¿Quién...? ¡Pero, basta! Tengo este convenio en el bolsillo.

Así diciendo, extrajo una cartera de cuero rojo y sacó de ella cantidad de papeles. Bon-Bon alcanzó a ver parte de algunos nombres en diversos documentos: Maquiav... Maza... Robesp... y las palabras Calígula, George, Elizabeth. Su Majestad eligió una angosta tira de pergamino y procedió a leer las siguientes palabras:

«A cambio de ciertos dones intelectuales que es innecesario especificar, y a cambio, además, de mil luises de oro, yo, de un año y un mes de edad, cedo por la presente al portador de este convenio todos mis derechos, títulos y pertenencias de esa sombra llamada mi alma. (Firmado) A...»[7].

(Y aquí su Majestad leyó un nombre que no me creo justificado a indicar de una manera más inequívoca.)

—Era un individuo muy astuto —resumió—, pero, como usted, Monsieur Bon-Bon, se equivocaba acerca del alma. ¡El alma... una sombra! ¡Ja, ja, ja! ¡Je, je je! ¡Ju, ju, ju! ¡Imagínese una sombra fricassée!

—¡Imagínese... hic... una sombra fricassée! —repitió nuestro héroe, cuyas facultades se estaban iluminando grandemente ante la profundidad del discurso de su Majestad.

—¡Imagínese... hic... una sombra fricassée! —repitió—. ¡Que me cuelguen... hic... hic...! ¡Y si yo hubiera sido tan... hic... tan estúpido! ¡Mi alma señor... hic!

—¿Su alma, Monsieur Bon-Bon?

—¡Sí, señor! ¡Hic! Mi alma es...

—¿Qué, señor mío?

—¡No es ninguna sombra, que me cuelguen!

—¿Quiere usted decir...?

—Sí, señor. Mi alma es... hic... ¡sí, señor!

—¿No pretende usted afirmar que...?

—Mi alma est... hic... especialmente calificada para... hic... para un...

—¿Un qué, señor mío?

—Un estofado.

—¡Ah!

—Un souflée.

—¡Eh!

—Un fricassée.

—¿De veras?

—Ragout y fricandeau... ¡Veamos un poco, mi buen amigo! ¡Se la dejaré a usted... hic... haremos un trato! —y el filósofo palmeó a su Majestad en la espalda.

—Semejante cosa es imposible —dijo este último calmosamente, mientras se levantaba de su asiento.

El metafísico se quedó mirándolo.

—Tengo suficiente provisión por el momento —dijo su Majestad.

—¡Hic! ¿Cómo?

—Y, en cambio, carezco de fondos disponibles.

—¿Qué?

—Además, no está nada bien de mi parte que...

—¡Caballero!

—...que me aproveche...

—¡Hic!

—...de su triste y poco caballeresca situación en este momento.

Y con esto, el visitante saludó y se retiró —sin que pueda decirse exactamente de qué manera—. Pero en un bien pensado esfuerzo por arrojar una botella al «villano» rompióse la fina cadena que colgaba del techo, y el metafísico quedó postrado por el golpe de la lámpara al caer.


Los anteojos

Hace años estaba de moda ridiculizar la noción de «amor a primera vista»; pero aquellos que piensan y sienten profundamente han defendido siempre su existencia. Los descubrimientos modernos en el campo que cabe llamar magnetismo ético o estética magnética permiten suponer con toda probabilidad que los afectos humanos más naturales y, por tanto, más verdaderos e intensos son aquellos que surgen en el corazón como obra de una simpatía eléctrica; en una palabra, que los grilletes psíquicos más brillantes y duraderos son aquellos que quedan remachados por una mirada. La confesión que me dispongo a hacer agregará otro ejemplo a tantos que prueban la verdad de esta concepción. Mi historia requiere cierto detalle. Soy todavía muy joven, pues no he cumplido aun los veintidós años. Mi nombre actual es muy vulgar y hasta plebeyo: Simpson. Digo «actual», pues hace poco que se me conoce por él, que adopté legalmente el año pasado a fin de recibir una cuantiosa herencia que me dejó un pariente lejano, Adolphus Simpson, Esq. El legado incluía la condición de que adoptara el nombre del testador; al decir nombre me refiero al apellido y no al nombre; mi nombre o, más exactamente, mis nombres, son Napoleón Bonaparte.

Asumí el apellido con cierta resistencia, pues mi verdadero patronímico, Froissart, me inspira un muy perdonable orgullo, y creo que me sería posible trazar mi descendencia del inmortal autor de las Crónicas. Y ya que hablamos de apellidos, mencionaré una singular coincidencia de sonido en los de mis predecesores inmediatos. Mi padre era Monsieur Froissart, de París. Su esposa, mi madre, con la cual se casó teniendo ella quince años, era Mademoiselle Croissart, la hija mayor del banquero Croissart, cuya esposa, a su vez, sólo tenía dieciséis años al casarse con él, y era la hija mayor de un tal Víctor Voissart. Muy curiosamente, Monsieur Voissart habíase casado con una dama de nombre parecido, Mademoiselle Moissart. También ella se desposó siendo todavía una niña; y su madre, Madame Moissart, tenía sólo catorce años cuando la llevaron al altar. Estos matrimonios tempranos son usuales en Francia. De todas maneras, he aquí a los Moissart, Voissart, Croissart y Froissart de mi línea de ascendencia directa. Empero, mi nombre se convirtió en el de Simpson por disposición legal, con tanta repugnancia de mi parte que en un momento dado vacilé en aceptar el legado que tan inútil y molesta condición traía aneja.

Por lo que se refiere a dotes personales, no creo carecer de ellas. Antes bien, estimo que soy muy proporcionado y poseo lo que nueve de cada diez personas llaman un hermoso semblante. Mido cinco pies y once pulgadas de estatura. Tengo cabello negro y rizado. La nariz está bastante bien. Los ojos son grandes y grises y, aunque —he de confesarlo— sumamente débiles, su apariencia no hace sospechar semejante cosa. La debilidad de mi visión me preocupó siempre en alto grado, y acudí a todos los remedios posibles —salvo el de usar anteojos. Siendo joven y bien parecido es natural que me desagraden y que me haya negado redondamente a llevarlos. Nada conozco que desfigure tanto el rostro de un joven, o que dé a cada rasgo un aire de gravedad si no de santurronería y de vejez. Un monóculo, por otra parte, tiene un sabor de afectación y rebuscamiento. Hasta ahora me las he arreglado lo mejor posible sin ninguno de los dos. Pero estoy hablando demasiado de detalles meramente personales, que después de todo carecen de importancia. Me contentaré con agregar que poseo temperamento sanguíneo, arrebatado, ardiente y entusiasta, y que toda mi vida he sido devoto admirador de las mujeres.

Una noche del invierno pasado entré en un palco del teatro P..., acompañado de mi amigo Mr. Talbot. Era una velada de ópera y el programa presentaba especial atractivo, por lo cual la sala hallábase de bote en bote. Entramos empero a tiempo para obtener las plateas que habíamos reservado, y a las cuales conseguimos llegar con no poca dificultad.

Durante dos horas, mi compañero, que era un melómano consumado, consagró su mayor atención a la escena; por mi parte pasé ese tiempo entreteniéndome en observar al público, formado en su mayor parte por la élite de la ciudad. Satisfecho sobre este punto me disponía a contemplar a la prima donna, cuando mis ojos quedaron detenidos y paralizados por una figura sentada en uno de los palcos que hasta entonces había escapado a mi escrutinio.

Aunque viva mil años, jamás olvidaré la intensa emoción que sentí al contemplar aquella imagen. Era aquella la mujer más exquisita que jamás viera antes. El rostro estaba vuelto hacia el escenario y, durante varios minutos, no pude distinguirlo, pero su forma era divina; imposible usar otra palabra que exprese suficientemente sus admirables proporciones; hasta ese término, «divino», parece ridículamente débil mientras lo escribo.

La magia de una bella forma de mujer, la nigromancia de la gracia femenina, eran poderes a los cuales jamás había resistido; pero aquí estaba la gracia personificada, encarnada, el beau idéal de mis más exaltadas y entusiasmadas visiones. Hasta donde la barandilla del palco permitía adivinarlo, la figura de aquella dama era de estatura mediana y se aproximaba, sin serlo del todo, a lo majestuoso. Su perfecta plenitud, su tournure, eran deliciosas. La cabeza, de la cual sólo veía la parte posterior, rivalizaba en sus líneas con la Psique griega, y una toca de gaze aérienne, que me recordó el ventum textilem de Apuleyo, la exhibía más que la ocultaba. El brazo derecho apoyábase en el antepecho del palco y estremecía cada fibra de mi ser con su exquisita simetría. La parte superior estaba cubierta con una de esas mangas sueltas y abiertas, a la moda, y bajaba apenas más allá del codo. Por debajo de ella nacía otra de un material muy leve y ceñido que terminaba en un puño de rico encaje, el cual caía graciosamente sobre la mano y sólo permitía ver los delicados dedos, en uno de los cuales centelleaba un anillo de brillantes, cuyo extraordinario valor advertí de inmediato. La admirable redondez de la muñeca veíase realzada claramente por un brazalete ornamentado con una magnífica aigrette de joyas, todo lo cual expresaba, en términos inequívocos, la riqueza y el exquisito gusto de su portadora.

Contemplé aquella real aparición durante casi media hora, como si me hubiese vuelto de piedra, y en ese período sentí toda la fuerza y la verdad de cuanto se ha dicho y cantado sobre el «amor a primera vista». Mis sentimientos diferían completamente de los que experimentara hasta entonces, aun en presencia de los parangones más célebres de hermosura femenina. Una inexplicable simpatía de alma a alma, que me veo impelido a considerar magnética, parecía no solamente fijar mi visión, sino mi capacidad mental y sentimental, sobre el admirable objeto que tenía ante mí. Vi... sentí... supuse que estaba profunda, loca, irrevocablemente enamorado... y todo ello antes de haber contemplado el rostro de mi amada. Tan intensa era la pasión que me consumía, que incluso si las facciones aún invisibles de aquella mujer resultaban ser comunes y vulgares me sentía seguro de que no cambiaría; tan anómala es la naturaleza del único amor verdadero —del amor a primera vista—, y tan poco depende de las condiciones externas, que sólo parecen crearlo y controlarlo.

Mientras seguía envuelto en admiración frente a tan encantador espectáculo, un repentino murmullo del público hizo que la dama desviara un tanto el rostro, permitiéndome contemplarla claramente de perfil. Su belleza excedía mis esperanzas, pese a lo cual había en ella algo que me decepcionó, sin que me fuera posible decir exactamente de qué se trataba. He dicho «decepcionó», pero la palabra no hace al caso. Mis sentimientos se calmaron y exaltaron al mismo tiempo. Asumieron un tono en el que había menos transporte y más entusiasmo sereno, un entusiasmo reposado. Quizá ese sentimiento nació del aire matronil, como de Madonna, que reinaba en aquel semblante, pero al mismo tiempo comprendí que no procedía enteramente de ello. Había otra cosa, un misterio que no alcanzaba a develar, cierta expresión del rostro que me perturbaba a la vez que acrecía intensamente mi interés. En suma, me hallaba en ese estado mental que predispone a un hombre joven y susceptible a cometer cualquier extravagancia. De haber visto sola a la dama hubiera entrado resueltamente en su palco para hablarle; pero, afortunadamente, la acompañaban dos personas: un caballero y una mujer extraordinariamente hermosa, que parecía varios años menor que ella.

Di vueltas en mi imaginación a mil planes que me permitieran ser presentado a la dama, o que, por lo menos, me permitieran apreciar más de cerca su hermosura. De haber podido hubiese buscado un asiento cercano al palco, pero el teatro estaba repleto; para colmo, los despiadados decretos de la moda habían prohibido imperiosamente el uso de gemelos y me hallaba desprovisto de un instrumento que tanto me hubiese ayudado.

Por fin me decidí a apelar a mi compañero.

—Talbot —dije—, sé que usted tiene unos gemelos. Préstemelos.

—¡Unos gemelos! ¡Vamos! ¿Y para qué querría yo unos gemelos? —respondió, volviéndose impaciente hacia el escenario.

—Pero, Talbot —insistí, tocándole el hombro—, escúcheme al menos, por favor... ¿Ve ese palco? ¡Allí... no, el siguiente! ¿Vio alguna vez una mujer más hermosa?

—No cabe duda de que es muy hermosa —dijo él.

—¿Quién puede ser?

—¡Vamos! ¿Va usted a decirme que no lo sabe? «No reconocerla significa que usted mismo es desconocido...» Es la celebrada Madame Lalande, la belleza de la temporada por excelencia, el tema de conversación de toda la ciudad. Inmensamente rica, además... viuda, y un magnífico partido... Acaba de llegar de París.

—¿La conoce usted?

—Sí, he tenido ese honor.

—¿Me presentará a ella?

—Por supuesto, con el mayor placer. ¿Cuándo?

—Mañana, a la una, nos encontraremos en B...

—Perfectamente. Y ahora cállese, si le es posible.

Me vi precisado a obedecer, pues Talbot se mantuvo obstinadamente sordo a mis restantes preguntas o pedidos, ocupándose exclusivamente de lo que ocurría en el escenario hasta el fin de la velada.

Entretanto guardaba yo mis ojos fijos sobre Madame Lalande, y por fin tuve la buena suerte de contemplar de frente su rostro. Era exquisitamente hermoso como mi corazón me lo había anunciado aun antes de que Talbot me lo confirmara; empero, ese algo ininteligible continuaba perturbándome. Concluí finalmente que lo que me afectaba era cierto aire de gravedad, de tristeza o, más exactamente, de cansancio, que robaba algo de juventud y frescura a aquel rostro, dándole en cambio una seráfica ternura y majestad, y multiplicando así diez veces su interés para un temperamento tan romántico y entusiasta como el mío.

Mientras satisfacía mis ojos descubrí con profunda conmoción que la dama acababa de advertir la intensidad de mi mirada y que se había sobresaltado levemente. Pero me sentía tan fascinado que me fue imposible dejar de mirarla. Desvió ella el rostro, y otra vez vi el cincelado contorno de su nuca y su cabeza. Pasados unos minutos como si sintiera curiosidad por saber si persistía en mi examen, movió gradualmente la cabeza y otra vez encontró mi ardiente mirada. Sus grandes ojos oscuros bajaron al punto, mientras un profundo rubor teñía sus mejillas. Pero cuál sería mi estupefacción al notar que no solamente se abstenía de apartar el rostro, sino que tomaba de su regazo unos gemelos, los ajustaba y se ponía a observarme intensa y deliberadamente durante varios minutos.

Si una centella hubiese caído a mis pies, no me habría sentido más asombrado. Pero mi asombro no involucraba la menor ofensa o disgusto pese a que acción tan audaz me hubiera ofendido y disgustado en otra mujer. Su proceder, en cambio, revelaba tanta serenidad, tanta nonchalance, tanto reposo... y a la vez traducía un refinamiento tan grande, que hubiera sido imposible percibir allí el menor descaro, y mis únicos sentimientos fueron de admiración y sorpresa.

Noté que, al levantar por primera vez los gemelos, la dama parecía quedar satisfecha de su rápida inspección de mi persona, y los retiraba ya de sus ojos cuando, cediendo a un nuevo pensamiento, volvió a mirar y continuó haciéndolo, con la atención fija en mí durante varios minutos; puedo incluso asegurar que no fueron menos de cinco.

Esta conducta, tan fuera de lo común en un teatro norteamericano, atrajo la atención general y originó un perceptible movimiento y murmullo entre el público, que por un momento me llenó de confusión, aunque no pareció causar el menor efecto en el rostro de Madame Lalande.

Satisfecha su curiosidad —si era tal—, apartó los gemelos y volvió a concentrarse en la escena, quedando de perfil como al principio. Continué mirándola incansable, aunque me daba perfecta cuenta de lo descortés de mi conducta. No tardé en ver que su cabeza cambiaba lenta y suavemente de posición y comprobé que la dama, mientras fingía contemplar la escena, no hacía más que observarme atentamente. Inútil decir el efecto que semejante proceder, en una mujer tan fascinadora, podía causar en mi vehemente espíritu.

Luego de escrutarme durante un cuarto de hora, el bello objeto de mi pasión se dirigió al caballero que la acompañaba y, mientras ambos hablaban, vi por la forma en que miraban que la conversación se refería a mi persona.

Terminado el diálogo, Madame Lalande se volvió otra vez hacia la escena y durante un momento pareció absorta en la representación. Pero, pasado un momento, sentí que me dominaba una incontenible agitación al ver que por segunda vez dirigía hacia mí los gemelos y que, desdeñando el renovado murmullo del público, me examinaba de la cabeza a los pies con la misma milagrosa compostura que tanto había deleitado y confundido mi alma momentos antes.

Tan extraordinaria conducta, sumiéndome en afiebrada excitación, en un verdadero delirio de amor, sirvió para alentarme más que para desconcertarme. En la alocada intensidad de mi devoción me olvidé de todo lo que no fuera la presencia y la majestuosa hermosura de la visión que así respondía a mis miradas. Esperé la oportunidad, y cuando me pareció que el público estaba concentrado en la ópera y que los ojos de Madame Lalande se fijaban en los míos, le hice una ligera pero inconfundible inclinación de cabeza.

Sonrojóse profundamente y apartó los ojos; después, lenta y cautelosamente, miró en torno como para asegurarse de que mi audacia no había sido advertida y se inclinó finalmente hacia el caballero sentado junto a ella.

Tuve entonces clara conciencia de la torpeza que había cometido, e imaginé un inmediato pedido de explicaciones, mientras una imagen de pistolas al amanecer flotaba rápida y desagradablemente en mi pensamiento. Pero me esperaba una tranquilidad tan grande como instantánea al ver que la dama se limitaba a alcanzar un programa al caballero sin decirle palabra; el lector podrá empero hacerse una vaga idea de mi estupefacción, de mi profundo asombro, del delirante trastorno de mi corazón y de mi alma cuando, después de haber mirado furtivamente en torno, Madame Lalande posó de lleno sus ojos en los míos, y luego, con una débil sonrisa que dejaba ver sus brillantes dientes como perlas, me hizo dos inclinaciones de cabeza tan inequívocas como afirmativas...

Sería inútil que me extendiera sobre mi alegría, mi transporte, el ilimitable éxtasis de mi corazón. Si algún hombre se volvió loco por exceso de felicidad, ése fui yo en aquel momento. Amaba. Era mi primer amor y lo sentía así. Era un amor supremo, indescriptible. Era «amor a primera vista», y también a primera vista había sido apreciado y correspondido.

¡Sí, correspondido! ¿Cómo y por qué había de dudarlo? ¿Qué otra explicación podía dar de semejante conducta por parte de una mujer tan hermosa, tan acaudalada, tan llena de cualidades y altísimos méritos, de posición social tan encumbrada y en todo sentido, tan respetable como indudablemente lo era Madame Lalande? ¡Sí, me amaba... correspondía al entusiasmo de mi amor con un entusiasmo tan ciego, tan firme, tan desinteresado, tan lleno de abandono, tan ilimitado como el mío!

Aquellas deliciosas fantasías se vieron interrumpidas por la caída del telón. Levantóse el público y sobrevino la confusión de costumbre. Apartándome de Talbot, me esforcé desesperadamente por acercarme a Madame Lalande. Pero como la multitud no me lo permitiera, renuncié a mi propósito y volví a casa, consolándome por no haber podido rozar siquiera el borde de su manto, al pensar que Talbot me presentaría a ella al día siguiente.

Llegó, por fin, la mañana; vale decir que por fin amaneció después de una larga y fatigosa noche de impaciencia. Las horas se arrastraron, lúgubres e innumerables caracoles, hasta la una. Pero está dicho que aun Estambul tendrá su fin, y la hora llegó. Oyóse la campanada de la una. Con su último eco me presenté en B... y pregunté por Talbot.

—Está ausente —me respondió el lacayo, que era precisamente el de mi amigo.

—¡Ausente! —exclamé, retrocediendo varios pasos—. Permítame decirle, amiguito, que eso es completamente imposible. Mr. Talbot no está ausente. ¿Qué quiere usted hacerme creer?

—Nada, señor... salvo que Mr. Talbot está ausente. Se fue a S... apenas terminó de desayunar, y dejó dicho que no volvería hasta dentro de una semana.

Me quedé petrificado de horror y rabia. Quise replicar, pero la lengua no me obedecía. Por fin, me alejé, lívido de cólera, mientras en mi interior enviaba a toda la familia Talbot a las regiones más recónditas del Erebo. No cabía duda de que mi amable amigo, il fanatico, habíase olvidado de su cita conmigo y que la había olvidado en el momento mismo de fijarla. Jamás había sido hombre de palabra. Imposible remediarlo, y, por tanto, ahogando lo mejor posible mi resentimiento, remonté malhumorado la calle, haciéndole fútiles averiguaciones sobre Madame Lalande a cuanto amigo encontraba en mi camino. Descubrí que todos habían oído hablar de ella, pero como sólo llevaba algunas semanas en la ciudad, pocos podían jactarse de conocerla personalmente. Estos pocos carecían de familiaridad suficiente para creerse autorizados a presentarme en el curso de una visita matinal.

Mientras, lleno de desesperación, hablaba con un trío de amigos sobre el único tema que absorbía mi corazón, ocurrió que el tema mismo pasó cerca de nosotros.

—¡Allí está, por mi vida! —exclamó uno de ellos.

—¡Extraordinariamente hermosa! —dijo el segundo.

—¡Un ángel sobre la tierra! —pronunció el tercero.

Miré y vi un carruaje abierto que se nos acercaba lentamente y en el cual hallábase sentada la encantadora visión de la ópera, acompañada por la dama más joven que había compartido su palco.

—Su compañera es igualmente interesante —dijo el amigo que había hablado primero.

—Ya lo creo, y me parece asombroso —dijo el segundo—. Tiene todavía un aire de lo más lozano. Claro que el arte hace maravillas... Palabra, se la ve mejor que hace cinco años en París. Todavía es una hermosa mujer. ¿No le parece, Froissart... quiero decir, Simpson?

¡Todavía! —exclamé—. Y ¿por qué no habría de ser una hermosa mujer? Pero, comparada con su amiga, es como una bujía frente a la estrella vespertina... como una luciérnaga al lado de Antar.

—¡Ja, ja, ja! ¡Vamos, Simpson, vaya estupenda manera que tiene de hacer descubrimientos... por lo menos originales!

Y nos separamos, mientras uno del trío empezaba a canturrear un alegre vaudeville, del cual sólo pode oír las palabras

Ninon, Ninon, Ninon à bas

À bas Ninon de l’Enclos!

En el curso de esta escena había ocurrido algo que sirvió para consolarme muchísimo, alimentando aún más la pasión que me consumía. Cuando el carruaje de Madame de Lalande pasó junto a nuestro grupo, observé que me reconocía y, lo que es más, que me llenaba de felicidad al concederme la más seráfica de las sonrisas sobre cuyo sentido no podía caber la más pequeña duda.

Por lo que se refiere a la presentación, me vi precisado a abandonar toda esperanza hasta que a Talbot se le ocurriera regresar de la campaña. Entretanto, frecuenté asiduamente todos los lugares de diversión distinguidos y, por fin, en el mismo teatro donde la viera por primera vez tuve la suprema dicha de encontrarla nuevamente y de cambiar con ella mis miradas. Pero esto sólo ocurrió después de una quincena. Diariamente, en el ínterin, había preguntado por Talbot, y diariamente me había estremecido de rabia ante el eterno «No ha regresado todavía» de su lacayo.

Aquella noche, pues, me sentía al borde de la locura. Me habían dicho que Madame Lalande era francesa y que acababa de llegar de París. ¿No podría ocurrir que regresara bruscamente a su patria? ¿Y si partía antes del regreso de Talbot? ¿No la perdería para siempre? La sola idea me resultaba insoportable. Y, puesto que mi felicidad futura estaba en juego, me decidí a proceder virilmente. En una palabra: terminada la representación seguí a la dama hasta su residencia, tomé nota de la dirección y a la mañana siguiente le envié una larga y detallada carta donde volcaba plenamente los sentimientos de mi corazón.

Hablé en ella audaz y libremente... en una palabra, lleno de pasión. No oculté nada, ni siquiera mis defectos. Aludí a las románticas circunstancias de nuestro primer encuentro, y mencioné las miradas que se habían cruzado entre nosotros. Llegué al extremo de decirle que me sentía seguro de su amor, a la vez que le ofrecía esta seguridad y mi propia e intensa devoción como doble excusa por mi imperdonable conducta. Como tercer argumento, aludí a mis temores de que pudiera marcharse de la ciudad antes de haber tenido la ocasión de serle formalmente presentado. Y terminé aquella epístola, la más exaltada y entusiasta que se haya escrito nunca, con una franca declaración de mi estado social y mi fortuna, a la vez que le ofrecía mi corazón y mi mano.

Esperé la respuesta dominado por la más desesperante ansiedad. Después de lo que me pareció un siglo, me fue entregada.

Sí, me fue entregada su respuesta. Por más romántico que parezca, recibí una carta de Madame Lalande... la hermosa, la acaudalada, la idolatrada Madame Lalande. Sus ojos, sus magníficos ojos, no habían desmentido su noble corazón. Como una verdadera francesa, había obedecido a los francos dictados de la razón, a los impulsos generosos de su naturaleza, despreciando las convencionales mojigaterías de la sociedad. No se había burlado de mi propuesta. No se había refugiado en el silencio. No me había devuelto mi carta sin abrir. Por el contrario, me contestaba con otra escrita por su propia y exquisita mano. Decía:

Monsieur Simpson, me bernodará bor no écrire muy bien en su hermoso idioma. Hace muy boco que soy arrivée y no he tenido la obortunité de l’étudier.

Desbués de disculbarme por mi redacción, diré que, hélas!!, Monsieur Simpson ha adivinado berfectamente... ¿Necesito decir más? Hélas!! ¿No habré dicho más de lo que corresbondía?

Eugènie Lalande

Besé un millón de veces este billete de tan noble inspiración, e incurrí en mil otras extravagancias que escapan a mi memoria. Pero, entretanto, Talbot no volvía. ¡Ay! Si hubiera podido concebir el sufrimiento que su ausencia me ocasionaba, ¿no habría volado inmediatamente, dada nuestra amistad y simpatía, en mi auxilio? Pero, entretanto, no volvía. Le escribí. Me contestó. Hallábase retenido por urgentes negocios, pero no tardaría en regresar. Me suplicaba que no me impacientara, que moderase mis transportes, leyera libros tranquilizadores, bebiera únicamente vino del Rin y requiriese los consuelos de la filosofía para que me ayudaran. ¡El muy insensato! Si no podía venir en persona, ¿por qué, en nombre de todo lo razonable, no agregaba a su carta otra de presentación? Volví a escribirle, rogándole que así lo hiciera. La carta me fue devuelta por el mismo lacayo con una nota a lápiz escrita al dorso. El villano se había reunido con su amo en la campaña y me decía:

Salió ayer de S..., pero no dijo a dónde iba ni cuándo va a volver. Me parece mejor devolverle esta carta, pues reconozco su letra y pienso que usted tiene siempre mucha prisa.

Lo saluda atentamente,

Stubbs

Inútil agregar que después de esto consagré tanto al amo como al criado a las divinidades infernales; pero de nada me valía encolerizarme y las quejas no me servían de consuelo.

Sin embargo, la audacia de mi temperamento me daba una última posibilidad. Hasta ahora esa audacia me había sido útil y decidí que la emplearía nuevamente para mis fines. Además, después de la correspondencia que habíamos mantenido, ¿qué acto de mera informalidad podía cometer que, dentro de ciertos límites, pudiera Madame Lalande considerar indecoroso? Desde el envío de mi carta había tornado la costumbre de observar su casa, y descubrí que la dama salía al atardecer, acompañada por un negro de librea, y paseaba por la plaza a la cual daban sus ventanas. Allí, entre los sotos sombríos y lujuriantes, en la gris penumbra de un anochecer estival, esperé la oportunidad de aproximarme a ella.

Para engañar mejor al sirviente que la acompañaba procedí con el aire de una vieja relación de familia. En cuanto a ella, con una presencia de ánimo verdaderamente parisiense, comprendió de inmediato y, al saludarme, me tendió la más hechiceramente pequeña de las manos. Instantáneamente el lacayo se quedó atrás y, entonces, con los corazones rebosantes, nos explayamos larga y francamente sobre nuestro amor.

Como Madame Lalande hablaba el inglés con mayor dificultad de la que tenía para escribirlo, nuestra conversación se desarrolló necesariamente en francés. Esta dulce lengua, tan apropiada para la pasión, me permitió liberar el impetuoso entusiasmo de mi naturaleza, y con toda la elocuencia de que era capaz supliqué a mi amada que consintiera en un matrimonio inmediato.

Sonrió ella ante mi impaciencia. Aludió a la vieja cuestión del decoro —ese espantajo que a tantos aleja de la dicha hasta que la oportunidad de ser dichosos ha pasado para siempre—. Me hizo notar que, imprudentemente, había yo dicho a todos mis amigos que ansiaba conocerla; por ello resultaba imposible ocultar la fecha en que nos habíamos visto por primera vez. Sonrojándose, aludió a lo muy reciente de dicha fecha. Casarnos de inmediato sería impropio, indecoroso... outré. Y todo esto lo decía con un encantador aire de naïveté que me arrobaba al mismo tiempo que me lastimaba y me convencía. Llegó al punto de acusarme, entre risas, de precipitación, de imprudencia. Me pidió que tuviera en cuenta que, en el fondo, yo no sabía siquiera quién era ella, cuáles sus perspectivas, sus vinculaciones, su posición social. Pidióme, con un suspiro, que reconsiderara mi propuesta, y agregó que mi amor era un capricho, un fuego fatuo, una fantasía del momento, un castillo en el aire del entusiasmo más que del corazón. Y todo esto mientras las sombras del suave anochecer se hacían más y más profundas en torno de nosotros; pero luego, con una gentil presión de la mano semejante a la de un hada, sentí que en un instante dulcísimo destruía todos los argumentos que acababa de levantar.

Repliqué lo mejor que pude... como sólo un enamorado puede hacerlo. Hablé extensamente y en detalle de mi devoción, de mi arrobo, de su rara belleza y de mi profunda admiración. Insistí finalmente, con la energía de la convicción, en los peligros que rodean el sendero del amor, ese sendero que jamás avanza en línea recta... y deduje de ello el evidente peligro de alargar innecesariamente el recorrido.

Este último argumento pareció, por fin, mitigar el rigor de su determinación. Aplacóse, pero me dijo que todavía quedaba un obstáculo, que sin duda yo no había tenido en cuenta. Tratábase de una delicada cuestión, especialmente si era una mujer quien debía aludir a ella; al hacerlo contrariaba sus sentimientos, pero por estaba dispuesta a cualquier sacrificio. Mencionó entonces la edad. ¿Me había dado plenamente cuenta de la diferencia de edad entre nosotros? Que el marido sobrepasara a su esposa en algunos años —incluso quince y hasta veinte— era cosa que la sociedad consideraba admisible y hasta aconsejable. Pero, por su parte, siempre había creído que la edad de la esposa no debía exceder jamás la del esposo. ¡Ay, demasiado frecuente era ver cómo diferencias tan anormales conducían a una vida desdichada! Sabía que yo no pasaba de los veintidós años, mientras quizá yo no estuviera enterado de que los años de mi Eugènie excedían muy considerablemente de esa cifra.

En todo lo que decía notábase una nobleza de alma, una candorosa dignidad que me deleitó y me encantó, cerrando para siempre tan dulces cadenas. Apenas pude contener el excesivo transporte que me dominaba.

—¡Querida, querida Eugènie! —dije—. ¿Qué dice usted? Tiene usted unos años más que yo. Y ¿qué importa eso? Las costumbres del mundo son otras tantas locuras convencionales. Para aquellos que se aman como nosotros, ¿qué diferencia hay entre un año y una hora? Dice usted que tengo veintidós años; de acuerdo, y hasta le diría que puede considerar que tengo veintitrés. En cuanto a usted, queridísima Eugènie, apenas puede tener usted... apenas puede tener unos… unos...

Detúveme un instante esperando que Madame Lalande me interrumpiera para decirme su edad. Pero una francesa rara vez se expresa directamente, y en vez de responder a una pregunta embarazosa usa siempre alguna forma que le es propia. En este caso, Eugènie, que parecía estar buscando algo que llevaba guardado en el seno, dejó caer una miniatura que recogí inmediatamente y le presenté.

—¡Guárdela! —me dijo con una de sus más adorables sonrisas—. Guárdela como mía, como de alguien a quien representa de manera demasiado halagadora. Por lo demás, en el reverso de esta miniatura hallará usted la información que desea. Está oscureciendo, pero podrá examinarla en detalle mañana por la mañana. Ahora me escoltará usted hasta casa. Mis amigos se disponen a celebrar allí una pequeña levée musical. Me atrevo a decirle que escuchará cantar muy bien. Y como los franceses no somos tan puntillosos como ustedes los norteamericanos, no tendré dificultad en presentarlo como a un antiguo conocido.

Y, con esto, se apoyó en mi brazo y volvimos a su casa. La mansión era muy hermosa y descuento que estaba finamente amueblada. No puedo pronunciarme sobre este último detalle, pues había anochecido cuando llegamos y en las casas más distinguidas de Norteamérica las luces se encienden raras veces a esa hora, la más placentera de la estación estival. Pero más tarde encendióse una sola lámpara con pantalla en el salón principal y pude ver que la estancia hallábase dispuesta con insólito buen gusto y hasta esplendor; las dos salas siguientes, donde había también grupos de invitados, permanecieron durante toda la velada en una agradable penumbra. He ahí una costumbre llena de encanto, pues da a los asistentes la elección entre la luz y la sombra, y que nuestros amigos de ultramar harían muy bien en seguir.

Aquella noche fue la más deliciosa de mi vida. Madame Lalande no había exagerado al aludir a la capacidad musical de sus amigos. El canto que escuché en esa ocasión me pareció superior al de cualquier otro círculo privado que hubiese escuchado anteriormente fuera de los de Viena. Los instrumentistas eran muchos y de gran talento. En cuanto a las cantantes —pues predominaban las damas—, revelaban un alto nivel artístico. Hacia el final, insistentemente solicitada por los auditores, Madame Lalande se levantó sin afectación y sin hacerse rogar de la chaise longue donde había estado sentada a mi lado, y en compañía de uno o dos caballeros y de su amiga de la ópera encaminóse hacia el piano situado en el salón. Hubiera querido acompañarla, pero comprendí que, dada la forma en que había sido presentado, convenía que me quedara discretamente en mi lugar. Me vi, pues, privado del placer de verla cantar, aunque no de escucharla.

La impresión que produjo en los presentes puede calificarse de eléctrica, pero en mí su efecto fue todavía más grande. No sé cómo describirlo. Nacía en parte del sentimiento amoroso que me poseía, pero, sobre todo, de la extraordinaria sensibilidad de la cantante. El arte es incapaz de comunicar a un aria o a un recitativo una expresión más apasionada de la que ella les infundía. Su versión de la romanza de Otello, el tono con que pronunció las palabras «Sul mio sasso», en Los Capuletos, resuena todavía en mi memoria. Su registro bajo era sencillamente milagroso. Su voz abarcaba tres octavas completas, extendiéndose desde el re de contralto hasta el re de soprano ligera; aunque suficientemente poderosa como para llenar la sala del San Carlos, la articulaba con la más minuciosa precisión, tanto en las escalas ascendentes como en las descendentes, las cadencias y florituras. En el final de La Sonámbula logró el más notable de los efectos en el pasaje donde se dice:

Ah!, non giunge uman pensiero

Al contento ond’io son piena.

Aquí, imitando a la Malibrán, modificó la melodía original de Bellini, dejando caer la voz hasta el sol tenor, y entonces, con una rápida transición, saltó al sol sobreagudo, a dos octavas de intervalo.

Terminados aquellos milagros de ejecución vocal, Madame Lalande volvió a la estancia donde me hallaba y se sentó nuevamente a mi lado, mientras yo le expresaba en términos entusiastas el deleite que me había causado su interpretación. No dije nada de mi sorpresa y, sin embargo, estaba muy sorprendido; pues cierta debilidad o mejor cierta trémula indecisión en la voz de mi amada cuando conversaba naturalmente, me había hecho suponer que, cantando, no se elevaría sobre un nivel ordinario de interpretación.

Nuestro diálogo volvióse entonces tan largo, profundo e ininterrumpido, como pleno de franqueza. Hízome narrar muchos episodios de mi vida y escuchó con ansiosa atención cada palabra que le decía. No oculté nada, pues no me creía con derecho para hacerlo, a su cariñosa confianza. Alentado por su candor sobre la delicada cuestión de la edad, no sólo detallé con toda franqueza muchos defectos menudos que me aquejaban, sino que confesé francamente todos esos defectos morales y aun físicos cuya revelación, al exigir un coraje muy grande, prueban categóricamente la fuerza del amor. Me referí a mis locuras de estudiante, mis extravagancias, las juergas de la juventud, mis deudas y mis galanteos. Llegué incluso a referirme a cierta tos hética que me había preocupado en un tiempo, a un reumatismo crónico, a una tendencia a la gota y, finalmente, a la desagradable y molestísima debilidad visual que hasta entonces ocultara cuidadosamente.

—Sobre este último punto —dijo riendo Madame Lalande— ha cometido usted una imprudencia al confesar, pues de no haberlo hecho doy por sentado que nadie hubiese podido acusarlo de tal defecto. Y ya que hablamos de esto —continuó, mientras me parecía, pese a la penumbra de la estancia, que el rubor ganaba sus mejillas—, ¿recuerda usted, mon cher ami, este pequeño auxiliar que cuelga de mi cuello?

Mientras hablaba hizo girar entre sus dedos el pequeño par de gemelos que tanto me habían trastornado en la ópera.

—¡Oh, cómo quiere usted que no lo recuerde! —exclamé, oprimiendo apasionadamente la delicada mano que me ofrecía el instrumento para que lo examinara.

Era un complicado y admirable juguete, ricamente revestido y afiligranado, resplandeciente de gemas que, a pesar de la falta de luz, daban prueba de su altísimo valor.

Eh bien, mon ami! —continuó ella, con cierto empressement en su voz que me sorprendió un tanto—. Eh bien, mon ami, me ha pedido usted insistentemente un favor que, según sus amables palabras, considera inapreciable. Me ha pedido que nos casemos mañana... Si le doy mi consentimiento... que, añado, representa asimismo consentir a los requerimientos de mi corazón... ¿no tendré derecho a pedir, a mi vez, un pequeño favor?

—¡Pídalo usted! —exclamé con una energía que estuvo a punto de concentrar sobre nosotros la atención de los asistentes, mientras sólo la presencia de éstos me impedía arrojarme apasionadamente a los pies de mi amada—. ¡Pídalo, queridísima Eugènie, ahora mismo... aunque esté ya concedido antes de que haya usted dicho una sola palabra!

—Pues bien, mon ami, entonces vencerá usted, por esta Eugènie a quien ama, esa menuda debilidad que acaba de confesarme... esa debilidad antes moral que física, y que, permítame decírselo, no sienta a la nobleza de su verdadero carácter ni a la sinceridad de su temperamento; una debilidad que, de no ser dominada, habrá de crearle tarde o temprano muy penosas dificultades. Vencerá usted, por mí, esa afectación que lo induce (como usted mismo reconoce) a negar franca o tácitamente el defecto visual de que padece. A negarlo, sí, puesto que no quiere emplear los medios habituales para remediarlo. En una palabra, que deseo verle usar anteojos... ¡Sh...! ¡No me diga nada! Usted ha consentido ya en usarlos... por mí. Por eso aceptará ahora este juguete que tengo en la mano, y que, aunque admirable auxiliar de la visión, no puede considerarse —una joya demasiado valiosa. Advertirá usted que, mediante una ligera modificación, en esta forma... o así... puede adaptarse a los ojos como un par de anteojos comunes, o sirve para llevar en el bolsillo del chaleco como gemelos de teatro. Pero usted ha consentido, por mí, en llevarlos desde ahora en la primera de sus formas.

Este pedido —¿debo confesarlo?— me confundió profundamente. Pero la recompensa a la cual estaba unido no me permitía vacilar un solo momento.

—¡De acuerdo! —exclamé, con todo el entusiasmo de que era dueño—. ¡Acepto... acepto de todo corazón! Sacrifico cualquier sentimiento por usted. Esta noche llevaré estos gemelos sobre mi corazón... como gemelos; pero con las primeras luces de esa mañana que me proporcione la felicidad de llamarla mi esposa... habré de colocarlos sobre mi... sobre mi nariz... y usarlos desde entonces en la forma que usted lo desea, menos a la moda y menos romántica, cierto, pero mucho más útil para mí.

Nuestra conversación se encaminó entonces a los detalles concernientes al siguiente día. Me enteré por mi prometida que Talbot acababa de regresar a la ciudad. Debía ir a verlo inmediatamente y procurarme un coche. La soirée no terminaría antes de las dos, y a esa hora el coche estaría en la puerta; entonces, aprovechando la confusión ocasionada por la partida de los invitados, Madame Lalande podría subir al carruaje sin ser observada. Acudiríamos a casa de un pastor que estaría esperando para unirnos en matrimonio; luego de eso dejaríamos a Talbot en su casa y saldríamos para realizar una breve jira por el este, dejando a la sociedad local que hiciera los comentarios que se le ocurriera.

Una vez todo planeado, salí de la casa y me encaminé en busca de Talbot, pero en el camino no pude contenerme y entré en un hotel para examinar la miniatura. Los anteojos me ayudaron muchísimo para ver todos sus detalles y me permitieron descubrir un rostro de admirable belleza. ¡Ah, esos ojos tan grandes como luminosos, la altiva nariz griega, los rizos abundantes y negros...!

—¡Sí! —me dije, exultante—. ¡He aquí la imagen misma de mi adorada!

Y al examinar el reverso encontré estas palabras: «Eugènie Lalande, veintisiete años y siete meses».

Hallé a Talbot en su casa y le informé inmediatamente de mi buena fortuna. Pareció extraordinariamente sorprendido, como era natural, pero me felicitó muy cordialmente y me ofreció toda la ayuda que pudiera proporcionarme. En resumen, cumplimos el plan como había sido trazado y, a las dos de la mañana, diez minutos después de la ceremonia nupcial, me encontré en un carruaje cerrado en compañía de Madame Lalande... es decir de la señora Simpson, viajando a gran velocidad rumbo al noreste.

Puesto que deberíamos viajar toda la noche, Talbot nos había aconsejado que hiciéramos el primer alto en C..., pueblo a unas veinte millas de la ciudad, donde podríamos desayunar y descansar un rato antes de seguir viaje. A las cuatro, el coche se detuvo ante la puerta de la posada principal. Ayudé a salir a mi adorada esposa y ordené inmediatamente el desayuno. Entretanto fuimos conducidos a un saloncito y nos sentamos.

Amanecía ya y pronto sería la mañana. Mientras contemplaba arrobado al ángel que tenía junto a mí, se me ocurrió de golpe la singular idea de que era aquélla la primera vez, desde que conociera la celebrada belleza de Madame Lalande, que podía contemplar aquella hermosura a plena luz del día.

—Y ahora, mon ami —dijo ella, tomándome la mano e interrumpiendo mis reflexiones—, puesto que estamos indisolublemente unidos, puesto que he cedido a sus apasionados ruegos y cumplido mi parte de nuestro convenio... espero que no olvidará usted que también le queda por cumplir un pequeño favor, una promesa. ¡Ah, vamos! ¡Déjeme recordar! Pues sí, me acuerdo perfectamente de las palabras con las cuales hizo anoche una promesa a su Eugènie. Dijo usted así: «¡Acepto... acepto de todo corazón! Sacrifico cualquier sentimiento por usted. Esta noche llevaré estos gemelos sobre mi corazón... como gemelos; pero con las primeras luces de esa mañana que me proporcione la felicidad de llamarla mi esposa... habré de colocarlos sobre mi... sobre mi nariz... y usarlos desde entonces en la forma que usted lo desea, menos a la moda y menos romántica, cierto, pero mucho más útil para mí...» Tales fueron sus exactas palabras, ¿no es así, queridísimo esposo?

—Tales fueron, en efecto —repuse—, y veo que tiene usted una excelente memoria. Lejos de mí, querida Eugènie, faltar al cumplimiento de la insignificante promesa. Pues bien... ¡vea! ¡Contemple! Me quedan bien, ¿no es cierto?

Y luego de preparar los cristales en su forma ordinaria de anteojos, me los apliqué rápidamente, mientras Madame Simpson, ajustándose la toca y cruzándose de brazos, sentábase muy derecha en una silla, en una actitud tan rígida como estirada, que incluso cabía considerar indecorosa.

—¡Que el cielo me asista! —grité, en el instante mismo en que el puente de los anteojos se hubo posado en mi nariz—. ¡Dios mío! ¿Qué les ocurre a estos cristales?

Y, luego de quitármelos rápidamente, me puse a limpiarlos con un pañuelo de seda y me los ajusté otra vez.

Pero si en la primera ocasión había ocurrido algo capaz de sorprenderme, esta vez la sorpresa se transformó en estupefacción, y esta estupefacción era profunda, extrema... y bien puede calificarse de espantosa. En nombre de todo lo horrible, ¿qué significaba esto? ¿Podía creer a mis ojos... ? ¿Podía? Lo que estaba viendo ¿era... era colorete? ¿Y esas... esas arrugas en el rostro de Eugènie Lalande? Y... ¡oh, Júpiter y todos los dioses y diosas!, ¿qué había sido de... de... de sus dientes?

Arrojé violentamente al suelo los anteojos y, levantándome de un salto, enfrenté a Mrs. Simpson, los brazos en jarras, convulsa y espumante la boca que, al mismo tiempo, era incapaz de articular palabra por el espanto y la rabia.

Creo haber dicho ya que Madame Eugènie Lalande —quiero decir, Simpson— hablaba el inglés apenas algo mejor de como lo escribía y por esta razón jamás empleaba dicha lengua en las conversaciones usuales. Pero la cólera puede arrastrar muy lejos a una dama, y en esta ocasión llevó a Mrs. Simpson al punto de pretender expresarse en un idioma del cual no tenía la menor idea.

—Pues pien, monsieur —dijo, después de contemplarme con aparente asombro durante un momento—. ¡Pues pien, monsieur! ¿Qué basa? ¿Qué le ocurre? ¿Le ha dado el baile de San Vito? Si no le barezco pien, ¿bor qué se casó conmigo?

—¡Miserable! —bisbiseé—. ¡Vieja bruja...!

—¿Fieja? ¿Bruja? No tan fieja, desbués de todo... apenas ochenta y tos años.

—¡Ochenta y dos! —balbuceé, retrocediendo hasta la pared—. ¡Ochenta y dos mil mandriles! ¡La miniatura decía veintisiete años y siete meses!

—¡Y así es... así era! La miniatura fue bintada hace cincuenta y cinco años. Cuando me casé con mi segundo esboso, Monsieur Lalande, hice bintar ese retrato para la hija que había tenido con mi primer esboso, Monsieur Moissart.

—¡Moissart! —dije yo.

—Sí, Moissart —repitió, burlándose de mi pronunciación, que, a decir verdad, no era nada buena—. ¿Y qué? ¿Qué sabe usted de Moissart?

—¡Nada, vieja espantosa, absolutamente nada, aparte de que hay un antepasado mío que llevaba ese nombre!

—¡Ese nombre! ¿Y gué hay de malo en ese nombre? Es un egcelente nombre, lo mismo que Voissart, que también es un egcelente nombre. Mi hija, Mademoiselle Moissart, se gasó con Monsieur Voissart, y los dos nombres son egcelentes nombres.

—¿Moissart? —exclamé—. ¿Y Voissart? ¿Qué quiere usted decir?

—¿Qué guiero decir? Guiero decir Moissart y Voissart, y si me da la gana diré también Croissart y Froissart. La hija de mi hija, Mademoiselle Voissart, se gasó con Monsieur Croissart, y luego la nieta de mi hija, Mademoiselle Croissart, se gasó con Monsieur Froissart. ¡Y no dirá usdé que éste no es también un egcelente nombre!

—¡Froissart! —murmuré, empezando a desmayarme—. ¿No pretenderá usted decir... Moissart... y Voissart... y Croissart... y Froissart?

—Glaro que lo digo —declaró aquel horror, repantigándose en su silla y estirando muchísimo las piernas—. Digo Moissart, Voissart, Croissart y Froissart. Pero Monsieur Froissart sí era lo que ustedes llaman estúbido... pues salió de la bella France para fenir a esta estúbida América... y cuando estuvo aquí nació su hijo que es todavía más estúbido, muchísimo más estúbido... según oigo decir, bues todavía no he tenido el placer de gonocerlo bersonalmente... ni yo ni mi amiga, Madame Stéphanie Lalande. Sé que se llama Napoleón Bonaparte Froissart... y supongo que ahora usdé dirá que tamboco ése es un egcelente y respetable nombre.

Fuera la extensión o la naturaleza de este discurso, el hecho es que pareció provocar una excitación asombrosa en Mrs. Simpson. Apenas lo hubo terminado con gran trabajo, saltó de su silla como si la hubiesen hechizado y al hacerlo dejó caer al suelo un enorme polisón. Ya de pie, hizo chasquear sus desnudas encías, agitó los brazos, mientras se arremangaba y sacudía el puño delante de mi cara, y terminó sus demostraciones arrancándose la toca, y con ella una inmensa peluca del más costoso y magnífico cabello negro, todo lo cual arrojó al suelo con un alarido y se puso a pisotear y a patear en un verdadero fandango de arrebato y de enloquecida rabia.

Entretanto yo me había desplomado en el colmo del horror en la silla vacía.

—¡Moissart y Voissart! —repetía enmimismado, mientras asistía a las cabriolas y piruetas—. ¡Croissart y Froissart! ¡Moissart, Voissart, Croissart... y Napoleón Bonaparte Froissart! Pero, entonces, inefable serpiente... ¡Pero si se trata de mí! ¡De mí! ¿Oye usted? ¡De mí...! —continué, vociferando con todas mis fuerzas—. ¡Yo soy Napoleón Bonaparte Froissart, y que me confunda por toda la eternidad si no acabo de casarme con mi tatarabuela!

En efecto, Madame Eugènie Lalande, quasi Simpson y anteriormente Moissart, era mi tatarabuela. Había sido hermosísima en su juventud, y todavía ahora, a los ochenta y dos años, conservaba la estatura majestuosa, la escultural cabeza, los hermosos ojos y la nariz griega de su doncellez. Con ayuda de ello, polvos de arroz, carmín, peluca, dentadura postiza, falsa tournure y las más hábiles modistas de París, lograba mantener una respetable posición entre las bellezas un peu passées de la metrópoli francesa. En ese sentido, merecía ciertamente compararse a la celebérrima Ninon de l’Enclos.

Era inmensamente rica, y al quedar viuda por segunda vez, y sin hijos, recordó que yo vivía en Norteamérica, y dispuesta a convertirme en su heredero se encaminó a los Estados Unidos acompañada de una parienta lejana de su segundo esposo, llamada Stéphanie Lalande.

En la ópera, la atención de mi tatarabuela se vio reclamada por mi insistente escrutinio de su persona; cuando a su vez me examinó con ayuda de los gemelos parecióle notar en mí un aire de familia. Muy interesada y no ignorando que el heredero que buscaba vivía en la ciudad, quiso saber algo acerca de mi persona. El caballero que la acompañaba me conocía y le dijo quién era. Sus palabras renovaron su interés y la indujeron a repetir su escrutinio, fue este gesto el que me dio la audacia suficiente para conducirme en la forma imprudente que he narrado. Cuando me devolvió el saludo, lo hizo pensando que, por alguna rara coincidencia, yo había descubierto su identidad. Y cuando, engañado por mi miopía y las artes de tocador sobre la edad y los encantos de la extraña dama, pregunté con tanto entusiasmo a Talbot quién era, mi amigo supuso que me refería a la belleza más joven, como es natural, y me contestó sin faltar a la verdad, que era «la célebre viuda, Madame Lalande».

A la mañana siguiente, mi tatarabuela se encontró en la calle con Talbot, a quien conocía desde hacía mucho en París, y, como es natural, la conversación versó sobre mí. Aclaróse entonces la cuestión de mi defecto visual, pues era bien conocido aunque yo no estuviera enterado de ello. Para su gran pesar, mi excelente tatarabuela se dio cuenta de que se había engañado al suponerme enterado de su identidad, y que, en cambio, había estado poniéndome en ridículo al expresar públicamente mi amor por una anciana desconocida.

Dispuesta a castigarme por mi imprudencia, urdió un plan en connivencia con Talbot. Decidieron que éste se marcharía, a fin de no verse obligado a presentarme. Mis averiguaciones en la calle sobre «la hermosa viuda Madame Lalande», eran tomadas por todos como referentes a la dama más joven; así, la conversación con los tres amigos a quienes encontrara poco después de salir de casa de Talbot se explica fácilmente, lo mismo que sus alusiones a Ninon de l’Enclos. Nunca tuve oportunidad de ver en pleno día a Madame Lalande, y en el curso de su soirée musical, mi tonta resistencia a usar anteojos me impidió descubrir su verdadera edad. Cuando se pidió a «Madame Lalande» que cantara, todos se referían a la más joven, y fue ésta quien acudió al salón, pero mi tatarabuela, dispuesta a confundirme cada vez más, se levantó igualmente y acompañó a la joven hasta el piano. Si hubiese querido ir con ella, estaba pronta a decirme que las conveniencias exigían que me quedara donde estaba; pero mi propia y prudente conducta hizo innecesario esto último. Las canciones que tanto admiré, y que me confirmaron en la idea de la juventud de mi amada, fueron cantadas por Madame Stéphanie Lalande. En cuanto a los anteojos, me fueron entregados como complemento del engaño, como un aguijón en el epigrama de la burla. El obsequio dio además oportunidad para aquel sermón sobre mi presuntuosidad, que escuché tan religiosamente. Es casi superfluo añadir que los lentes del instrumento habían sido expresamente cambiados por otros que se adaptaban a mi miopía. Y por cierto que me iban estupendamente.

El sacerdote que nos había unido en matrimonio era un amigo de diversiones de Talbot y no tenía nada de sacerdotal. Su especialidad eran los caballos y, después de permutar la sotana por un levitón, se encargó de guiar el carruaje que llevaba a «la feliz pareja» en su viaje de bodas. Talbot se había instalado junto a él. Los dos miserables estaban metidos hasta el fondo en aquella burla y, por una rendija de la ventana del saloncito de la posada, divirtiéronse la mar presenciando el dénouement del drama. Me temo que tendré que desafiarlos a ambos.

De todas maneras, no soy el marido de mi tatarabuela, cosa que me produce un inmenso alivio con sólo pensarlo; pero, en cambio, soy el marido de Madame Lalande... de Madame Stéphanie Lalande, con la cual mi excelente y anciana parienta se ha tomado el trabajo de unirme para siempre, aparte de declararme su heredero universal cuando muera (si es que muere alguna vez). En resumen: jamás volveré a tener nada que ver con billets doux, y dondequiera que se me encuentre, andaré con ANTEOJOS.


El diablo en el campanario

¿Qué hora es?

(Antiguo adagio)

Todo el mundo sabe, de una manera general, que el lugar más hermoso del mundo es —o era, ¡ay!— la villa holandesa de Vondervotteimittiss. Sin embargo, como queda a alguna distancia de cualquiera de los caminos principales, en una situación en cierto modo extraordinaria, quizá muy pocos de mis lectores la hayan visitado. Para estos últimos convendrá que sea algo prolijo al respecto. Y ello es en verdad tanto más necesario cuanto que si me propongo hacer aquí una historia de los calamitosos sucesos que han ocurrido recientemente dentro de sus límites, lo hago con la esperanza de atraer la simpatía pública en favor de sus habitantes. Ninguno de quienes me conocen dudará de que el deber que me impongo será cumplido en la medida de mis posibilidades, con toda esa rígida imparcialidad, ese cauto examen de los hechos y esa diligente cita de autoridades que deben distinguir siempre a quien aspira al título de historiador.

Gracias a la ayuda conjunta de medallas, manuscritos e inscripciones estoy capacitado para decir, positivamente, que la villa de Vondervotteimittiss ha existido, desde su origen, en la misma exacta condición que aún hoy conserva. De la fecha de su origen, sin embargo, me temo que sólo hablaré con esa especie de indefinida precisión que los matemáticos se ven a veces obligados a tolerar en ciertas fórmulas algebraicas. La fecha, puedo decirlo, teniendo en cuenta su remota antigüedad, no ha de ser menor que cualquier cantidad determinable.

Con respecto a la etimología del nombre Vondervotteimittiss, me confieso, con pena, en la misma falta. Entre multitud de opiniones sobre este delicado punto —algunas agudas, algunas eruditas, algunas todo lo contrario— soy incapaz de elegir ninguna que pueda considerarse satisfactoria. Quizá la idea de Grogswigg —que casi coincide con la de Kroutaplenttey— deba ser prudentemente preferida. Es la siguiente: Vondervotteimittiss —Vonder, lege Donder— Votteimittiss, quasi und Bleitziz —Bleitziz obsol: pro Blitzen. Esta etimología, a decir verdad, se halla confirmada por algunas huellas de fluido eléctrico manifiestas en lo alto del campanario del edificio de la Municipalidad. No deseo, sin embargo, pronunciarme en tema de semejante importancia, y debo remitir al lector deseoso de información a las Oratiunculae de Rebus Praeter-Veteris, de Dundergutz. Véase también, Blunderbuzzard, De Derivationibus, págs. 27 a 5.010, in folio, edición gótica, caracteres rojos y blancos, con reclamos y sin iniciales, donde pueden consultarse también las notas marginales autógrafas de Stuffundpuff y los comentarios de Gruntundguzzell.

No obstante la oscuridad que envuelve la fecha de la fundación de Vondervotteimittiss y la etimología de su nombre, no cabe duda, como dije antes, de que siempre existió como lo vemos actualmente. El hombre más viejo de la villa no recuerda la menor diferencia en el aspecto de cualquier parte de la misma, y, a decir verdad, la sola insinuación de semejante posibilidad es considerada un insulto. La aldea está situada en un valle perfectamente circular, de un cuarto de milla de circunferencia, aproximadamente, rodeado por encantadoras colinas cuyas cimas sus habitantes nunca osaron pasar. Lo justifican con la excelente razón de que no creen que haya absolutamente nada del otro lado.

En torno a la orilla del valle (que es muy uniforme y pavimentado de baldosas chatas) se extiende una hilera continua de sesenta casitas. De espaldas a las colinas, miran, claro está, al centro de la llanura que queda justo a sesenta yardas de la puerta de cada una. Cada casa tiene un jardinillo delante, con un sendero circular, un cuadrante solar y veinticuatro repollos. Los edificios mismos son tan exactamente parecidos que es imposible distinguir uno de otro. A causa de su gran antigüedad el estilo arquitectónico es algo extraño, pero no por ello menos notablemente pintoresco. Están construidos con pequeños ladrillos endurecidos a fuego, rojos, con los extremos negros, de manera que las paredes semejan un tablero de ajedrez de gran tamaño. Los gabletes miran al frente y hay cornisas, tan grandes como todo el resto de la casa, sobre los aleros y las puertas principales. Las ventanas son estrechas y profundas, con vidrios muy pequeños y grandes marcos. Los tejados están cubiertos de abundantes tejas de grandes bordes acanalados. El maderaje es todo de color oscuro, muy tallado, pero pobre en la variedad del diseño, pues desde tiempo inmemorial los tallistas de Vondervotteimittiss sólo han sabido tallar dos objetos: el reloj y el repollo. Pero lo hacen admirablemente bien y los prodigan con singular ingenio allí donde encuentran espacio para la gubia.

Las casas son tan semejantes por dentro como por fuera, y el moblaje responde a un solo modelo. Los pisos son de baldosas cuadradas, las sillas y mesas de madera negra con patas finas y retorcidas, adelgazadas en la punta. Las chimeneas son anchas y altas, y tienen no sólo relojes y repollos esculpidos en el frente, sino un verdadero reloj que hace un prodigioso tic-tac, en el centro de la repisa, y en cada extremo un florero con un repollo que sobresale a manera de batidor. Entre cada repollo y el reloj hay un hombrecillo de porcelana con una gran barriga, y en ella un agujero a través del cual se ve el cuadrante de un reloj.

Los hogares son amplios y profundos, con morillos de aspecto retorcido y agresivo. Allí arde constantemente el fuego sobre el cual pende un enorme pote lleno de repollo agrio y carne de cerdo, que una buena mujer de la casa vigila continuamente. Es una anciana pequeña y gruesa, de ojos azules y cara roja, y usa un gran bonete como un terrón de azúcar, adornado de cintas purpúreas y amarillas. El vestido es de una basta mezcla de lana y algodón de color naranja, muy amplio por detrás y muy corto de talle, a decir verdad muy corto en otras partes, pues no baja de la mitad de la pierna. Las piernas son un poco gruesas, lo mismo que los tobillos, pero lleva un bonito par de calcetines verdes que se las cubren. Los zapatos, de cuero rosado, se atan con un lazo de cinta amarilla que se abre en forma de repollo. En la mano izquierda lleva un pequeño reloj holandés; en la derecha empuña un cucharón para el repollo agrio y el cerdo. Tiene a su lado un gordo gato mosqueado, con un reloj de juguete atado a la cola que «los muchachos» le han puesto por bromear.

En cuanto a los muchachos, están los tres en el jardín cuidando el cerdo. Tienen cada uno dos pies de altura. Usan sombrero de tres puntas, chaleco color púrpura que les llega hasta los muslos, calzones de piel de ante, calcetines rojos de lana, pesados zapatos con hebilla de plata y largos levitones con grandes botones de nácar. Cada uno de ellos tiene, además, una pipa en la boca y en la mano derecha un pequeño reloj protuberante. Una bocanada de humo y un vistazo, un vistazo y una bocanada de humo. El cerdo, que es corpulento y perezoso, se ocupa ya de recoger las hojas que caen de los repollos, ya de dar una coz al reloj dorado que los pillos le han atado también a la cola para ponerle tan elegante como al gato.

Justo delante de la puerta de entrada, en un sillón de alto respaldo y asiento de cuero, con patas retorcidas de puntas finas como las mesas, está sentado el viejo dueño de la casa en persona. Es un anciano pequeño e hinchado, de grandes ojos redondos y doble papada enorme. Sus ropas se parecen a las de los muchachos, y no necesito decir nada más al respecto. Toda la diferencia reside en que su pipa es un poco más grande que la de aquéllos y puede aspirar una bocanada mayor. Como ellos, usa reloj, pero lo lleva en el bolsillo. A decir verdad, tiene que cuidar algo más importante que un reloj, y he de explicar ahora de qué se trata. Se sienta con la pierna derecha sobre la rodilla izquierda, muestra un grave continente y mantiene, por lo menos, uno de sus ojos resueltamente clavado en cierto objeto notable que se halla en el centro de la llanura.

Este objeto está situado en el campanario del edificio de la Municipalidad. Los miembros del Consejo Municipal son todos muy pequeños, redondos, grasos, inteligentes, con grandes ojos como platos y gordo doble mentón, y usan levitones mucho más largos y las hebillas de los zapatos mucho más grandes que los habitantes comunes de Vondervotteimittiss. Desde que vivo en la villa han tenido varias sesiones especiales y han adoptado estas tres importantes resoluciones:

«Que está mal cambiar la vieja y buena marcha de las cosas.»

«Que no hay nada tolerable fuera de Vondervotteimittiss», y

«Que seremos fieles a nuestros relojes y a nuestros repollos.»

Sobre la sala de sesiones del Consejo se encuentra la torre, y en la torre el campanario, donde existe y ha existido, desde tiempos inmemoriales, el orgullo y maravilla del pueblo: el gran reloj de la villa de Vondervotteimittiss. Y a este objeto se dirige la mirada de los viejos señores sentados en los sillones con asiento de cuero.

El gran reloj tiene siete cuadrantes, uno a cada lado de la torre, de modo que se lo puede ver fácilmente desde todos los ángulos. Sus cuadrantes son grandes y blancos, las agujas pesadas y negras. Hay un campanero cuya única obligación es cuidarlo; pero esta obligación es la más perfecta de las sinecuras, pues jamás se ha sabido hasta hoy que el reloj de Vondervotteimittiss haya necesitado nada de él. Hasta hace poco tiempo, la simple suposición de semejante cosa era considerada herética. Desde el más remoto período de la antigüedad al cual hacen referencia los archivos, la gran campana ha dado regularmente la hora. Y a decir verdad, lo mismo ocurría con todos los otros relojes grandes y chicos de la villa. Nunca hubo otro lugar semejante para saber la hora exacta. Cuando el gran badajo consideraba oportuno decir: «¡Las doce!», todos sus obedientes seguidores abrían la boca simultáneamente y respondían como un verdadero eco. En una palabra: los buenos burgueses eran aficionados a su repollo agrio, pero estaban orgullosos de sus relojes.

Todas las gentes que poseen sinecuras son más o menos respetadas, y como el campanero de Vondervotteimittiss tiene la más perfecta de las sinecuras, es el más perfectamente respetado de todos los hombres del mundo. Es el principal dignatario de la villa, y los mismos cerdos lo miran con un sentimiento de reverencia. Los faldones de su levita son mucho más largos; su pipa, las hebillas de sus zapatos, sus ojos y su barriga, mucho más, grandes que los de cualquier otro señor del pueblo; y, en cuanto a su papada, no sólo es doble, sino triple.

Acabo de pintar la feliz condición de Vondervotteimittiss. ¡Lástima que tan hermoso cuadro tuviera que sufrir un cambio!

Era un viejo dicho de los más prudentes habitantes que «nada bueno puede venir del otro lado de las colinas»; y en verdad parece que las palabras tuvieron algo de proféticas. Faltaban anteayer cinco minutos para mediodía cuando apareció un objeto de aspecto muy extraño en lo alto de la colina del este. Semejante suceso atrajo, por supuesto, la atención universal, y cada pequeño señor sentado en un sillón con asiento de cuero volvió uno de sus ojos con asombrada consternación hacia el fenómeno, mientras mantenía el otro en el reloj de la torre.

En el momento en que faltaban sólo tres minutos para mediodía se advirtió que el singular objeto en cuestión era un joven muy diminuto con aire de extranjero. Descendía las colinas a gran velocidad, de modo que todos tuvieron pronto oportunidad de mirarlo bien. Era en verdad el personaje más precioso y más pequeño que jamás se hubiera visto en Vondervotteimittiss. Su rostro mostraba un oscuro color tabaco y tenía una larga nariz ganchuda, ojos como guisantes, una gran boca y una excelente hilera de dientes que parecía deseoso de mostrar sonriendo de oreja a oreja. Entre los bigotes y las patillas no quedaba nada del resto de su cara por ver. Llevaba la cabeza descubierta y el pelo cuidadosamente rizado con papillotes. Constituía su traje una levita de faldones puntiagudos, de uno de cuyos bolsillos colgaba la larga punta de un pañuelo blanco, pantalones de casimir negro, medias negras y escarpines de punta mocha con grandes lazos de cinta de satén negra. Bajo un brazo llevaba un gran chapeau-de-bras y bajo el otro un violín casi cinco veces más grande que él. En la mano izquierda tenía una tabaquera de oro de la cual, mientras bajaba la colina haciendo cabriolas y toda clase de piruetas fantásticas, aspiraba incesantemente tabaco con el aire más satisfecho del mundo. ¡Santo Dios! ¡Qué espectáculo para los honestos burgueses de Vondervotteimittiss!

Hablando francamente el individuo tenía, a pesar de su sonrisa, un aire audaz y siniestro, y mientras corcoveaba derecho hacia la villa, el viejo aspecto de sus escarpines mochos despertó no pocas sospechas, y más de un burgués que lo miraba aquel día hubiera dado algo por atisbar debajo del pañuelo de algodón blanco que colgaba tan importunamente del bolsillo de su levita puntiaguda. Pero lo que provocaba justa indignación era que el picaro galancete, mientras daba aquí un paso de fandango, allí una vuelta, no parecía tener la más remota idea de eso que se llama guardar el compás.

Las buenas gentes del pueblo apenas habían tenido tiempo de abrir por completo los ojos cuando, faltando medio minuto para mediodía, el bribón se plantó de un salto en medio de ellos, hizo un chassez aquí, un balancez allá y luego, después de una pirouette y de un pas-de-zephyr, subió como en un vuelo hasta el campanario del edificio de la Municipalidad, donde el campanero, estupefacto, fumaba con expresión de dignidad y espanto. Pero el pequeño personaje lo tomó de inmediato por la nariz, lo sacudió y lo empujó, le encajó el gran chapeau-de-bras en la cabeza, se lo hundió hasta la boca y entonces, enarbolando el violín, lo golpeó tanto y con tanta fuerza que entre el campanero tan gordo y el violín tan hueco se hubiera jurado que había un regimiento de tambores redoblando la retreta del diablo en lo alto del campanario de la torre de Vondervotteimittiss.

No se sabe qué acto desesperado de venganza hubiera provocado en los habitantes este ataque sin conciencia, de no ser por el importante hecho de que entonces faltaba sólo medio segundo para mediodía. La campana estaba a punto de sonar y era una cuestión de absoluta y suprema necesidad que todos pudieran mirar bien sus relojes. Parecía evidente, sin embargo, que justo en ese momento el individuo de la torre estaba haciendo con el reloj algo que no le correspondía. Pero como empezaba a sonar, nadie tuvo tiempo de atender a sus maniobras, pues estaban todos entregados a contar las campanadas.

—¡Una! —dijo el reloj.

—¡Uuna! —repitió como un eco cada viejo y pequeño señor en cada sillón con asiento de cuero, en Vondervotteimittiss—. ¡Uuna! —dijo también su reloj—. ¡Una! —dijo también el reloj de su mujer—. ¡Uuna! —los relojes de los muchachos y los pequeños y dorados relojitos de juguete en las colas del gato y el cerdo.

—¡Dos! —continuó la gran campana.

—¡Tos! —repitieron todos los relojes.

—¡Tres! ¡Cuatro! ¡Cinco! ¡Seis! ¡Siete! ¡Ocho! ¡Nueve! ¡Diez! —dijo la campana.

—¡Dres! ¡Cuatro! ¡Cingo! ¡Seis! ¡Siete! ¡Ocho! ¡Nuefe! ¡Tiez! —respondieron los otros.

—¡Once! —dijo la grande.

—¡Once! —asintieron las pequeñas.

—¡Doce! —dijo la campana.

—¡Toce! —replicaron todos, perfectamente satisfechos, y dejando caer la voz.

—¡Y las toce son! —dijeron todos los viejos y pequeños señores, guardando sus relojes. Pero el gran reloj todavía no había terminado con ellos.

—¡Trece! —dijo.

¡Der Teufel! —boquearon los viejos y pequeños hombrecitos empalideciendo, dejando caer la pipa y bajando todos la pierna derecha de la rodilla izquierda.

¡Der Teufel! —gimieron—. ¡Drece! ¡Drece! ¡Mein Gott, son las drece!

¿Para qué intentar la descripción de la terrible escena que siguió? Todo Vondervotteimittiss se sumió de inmediato en un lamentable estado de confusión.

—¿Qué le pasa a mi fiendre? —gimieron todos los muchachos—. ¡Ya tebo esdar hambriento a esda hora!

—¿Qué le pasa a mi rebollo? —chillaron todas las mujeres—. ¡Ya tebe esdar deshecho a esta hora!

—¿Qué le pasa a mi biba? —juraron los viejos y pequeños señores—. ¡Druenos y cendellas! —y la llenaron de nuevo con rabia y, reclinándose en los sillones, aspiraron con tanta rapidez y tanta furia que el valle entero se llenó inmediatamente de un humo impenetrable.

Entretanto los repollos se pusieron muy rojos y parecía como si el viejo Belcebú en persona se hubiese apoderado de todo lo que tuviera forma de reloj. Los relojes tallados en los muebles empezaron a bailar como embrujados, mientras los de las chimeneas apenas podían contenerse en su furia y se obstinaban en tal forma en dar las trece y en agitar y menear los péndulos, que eran realmente horribles de ver. Pero lo peor de todo es que ni los gatos ni los cerdos podían soportar más la conducta de los relojitos atados a sus colas, y lo demostraban disparando por todas partes, arañando y arremetiendo, gritando y chillando, aullando y berreando, arrojándose a las caras de las gentes, metiéndose debajo de las faldas y creando el más horrible estrépito y la más abominable confusión que una persona razonable pueda concebir. Y el pequeño y desvergonzado bribón de la torre hacía evidentemente todo lo posible para tornar más afligentes las cosas. De vez en cuando podía vérselo a través del humo. Estaba sentado en el campanario sobre el campanero, que yacía tirado de espaldas. El bellaco sujetaba con los dientes la cuerda de la campana y la sacudía continuamente con la cabeza, provocando tal estrépito que me zumban los oídos de sólo pensarlo. Sobre su regazo descansaba el gran violín, y lo rascaba sin ritmo ni compás con las dos manos, haciendo una gran parodia, ¡el badulaque! de «Judy O’Flannagan and Paddy O’Rafferty».

Estando las cosas en esa lastimosa situación abandoné el lugar con disgusto, y ahora apelo a todos los amantes de la hora exacta y del buen repollo agrio. Marchemos en masa a la villa y restauremos el antiguo orden de cosas reinante en Vondervotteimittiss, expulsando de la torre al pequeño individuo.


El sistema del doctor Tarr y del profesor Fether[8]

En el otoño de 18..., mientras viajaba por las provincias meridionales de Francia, mi camino me condujo a pocas millas de cierta Maison de Santé, o manicomio privado, del cual mucho había oído hablar a mis amigos médicos en París. Dado que jamás había visitado un establecimiento de esa clase, me pareció que no debía perder tan excelente oportunidad, y propuse a mi compañero de viaje (caballero con el cual me había relacionado casualmente pocos días antes) que nos desviáramos de la ruta por una o dos horas, a fin de visitar el hospicio. Mi amigo se opuso, arguyendo en primer término estar de prisa, y luego un comprensible horror a la vista de un lunático. Me rogó, empero, que la cortesía no impidiera la satisfacción de mi curiosidad, agregando que cabalgaría despacio a fin de darme ocasión de alcanzarlo ese mismo día o, a más tardar, al siguiente.

Cuando nos despedíamos se me ocurrió que podía surgir alguna dificultad para mi admisión en el establecimiento, y así se lo dije a mi amigo. Contestó que, a menos que yo conociera personalmente al director, Monsieur Maillard, o le presentara alguna credencial por escrito, sería difícil que me dejasen pasar, pues los reglamentos de dichos manicomios privados eran mucho más rígidos que los de los hospitales públicos. Pero como él había conocido años atrás a Maillard, tendría el placer de acompañarme hasta la puerta y presentarme, aunque sus sentimientos con respecto a la locura no le permitirían penetrar en la casa.

Le di las gracias y, luego de abandonar el camino real, tomamos un sendero cubierto de pasto que, media hora más tarde, nos llevó a una densa floresta situada al pie de una montaña. Cabalgamos casi dos millas por ese húmedo y lúgubre bosque, hasta divisar la Maison de Santé. Era un fantástico castillo, muy deteriorado, que, a juzgar por su edad y el descuido en que se hallaba, debía ser apenas habitable. Su apariencia me llenó de espanto y, conteniendo el caballo, estuve a punto de volverme. Pero pronto me avergoncé de mi debilidad y seguimos adelante.

Cuando nos acercábamos a la gran puerta noté que estaba entornada y que alguien espiaba por ella. Un instante después se asomó un hombre que se dirigió a mi compañero llamándolo por su nombre y estrechándole cordialmente la mano, mientras lo instaba a que desmontara. Se trataba de Monsieur Maillard en persona. Era un robusto y apuesto caballero de la vieja escuela, de modales muy finos y un cierto aire de gravedad, dignidad y autoridad que impresionaban sobremanera.

Luego de presentarme, mi amigo informó a Monsieur Maillard de mi deseo de visitar el establecimiento, y, al recibir de éste la seguridad de que yo sería bien atendido, se despidió y no tardó en perderse de vista.

El director me condujo entonces a una pequeña sala de recibo muy bien instalada, que entre otras señales de un gusto refinado contenía diversos libros, dibujos, vasos con flores e instrumentos de música. Ardía en el hogar un alegre fuego. Sentada al piano y cantando un aria de Bellini había una joven y hermosísima mujer que, al verme entrar, hizo una pausa en su canción y me recibió con graciosa cortesía. Hablaba en voz baja y todas sus actitudes eran apagadas. Me pareció advertir asimismo huellas de dolor en su rostro, de una palidez excesiva aunque no desagradable para mi gusto. Vestía de luto riguroso y provocó en mí un sentimiento donde se mezclaban el respeto, el interés y la admiración.

Había oído decir en París que la institución de Monsieur Maillard se regía por lo que se denominaba vulgarmente el «sistema de la dulzura»; que los castigos estaban abolidos, que se prescindía en casi todos los casos del confinamiento, y que los pacientes, aunque secretamente vigilados, gozaban de gran libertad aparente, permitiéndoseles que pasearan por la casa y los jardines con todos los derechos de las personas en su sano juicio.

Teniendo en cuenta estos informes, me cuidé de lo que decía en presencia de la joven, pues no estaba seguro de que fuese cuerda; había en sus ojos cierto brillo inquieto que me llevaba a sospechar que no lo era. Limité, pues, mis observaciones a tópicos generales, escogiendo aquellos menos indicados para desagradar o excitar a una loca. Contestó de la manera más sensata a todo lo que le dije, y hasta sus observaciones personales mostraban la señal del sentido común más evidente. Empero, una larga familiaridad con los fundamentos de la locura me habían enseñado a no fiarme de ninguna apariencia de cordura, y a lo largo de toda la conversación seguí obrando con las mismas precauciones iniciales.

Poco después presentóse un apuesto doméstico de librea, trayendo una bandeja con frutas, vino y otros refrescos, que compartí con el director y la dama, quien al poco rato abandonó el salón. Tan pronto hubo salido miré a mi huésped con aire de interrogación.

—No, no —repuso—. Forma parte de mi familia. Es mi sobrina, y por cierto que una mujer muy notable.

—Le pido mil disculpas por mi sospecha —dije—, pero sé muy bien que sabrá usted excusarme. La excelente administración de esta casa es bien conocida en París, y pensé que, después de todo, bien podía suceder que...

—Sí, claro está. No diga usted más. Soy yo quien debo darle las gracias por la loable prudencia que ha demostrado. Pocas veces se advierte tanta previsión en los jóvenes, y más de una vez han sucedido tristes contratiempos por culpa del aturdimiento de nuestros visitantes. Cuando mi antiguo sistema se hallaba en vigencia y se permitía a mis pacientes que pasearan a gusto por todos lados, con frecuencia caían en crisis frenéticas a causa de los imprudentes que visitaban este lugar. Por eso me vi obligado a establecer un sistema rígido de exclusión, y no permito la entrada de nadie en cuya discreción no pueda confiar.

—¡Cuando su antiguo sistema estaba en vigencia! —exclamé, repitiendo sus palabras—. ¿Debo entender, pues, que el «sistema de la dulzura», de que tanto he oído hablar, no se aplica más?

—Hace ya varias semanas —me contestó— que hemos renunciado a él por completo.

—¿Realmente? ¡Me asombra usted!

—Mi querido señor —dijo suspirando—, nos convencimos de la absoluta necesidad de volver a los antiguos métodos. El peligro del sistema de la dulzura era realmente espantoso, mientras que sus ventajas han sido muy exageradas por la opinión. Entiendo que en esta casa el experimento se ha cumplido de la manera más leal. Hicimos todo lo que era humana y racionalmente posible. Lamento que no nos haya visitado usted en otro tiempo, pues entonces podría juzgar por sí mismo. Supongo, sin embargo, que se halla al tanto del sistema de la dulzura... con todos sus detalles.

—No, ciertamente. Sólo he oído noticias de tercera o cuarta mano.

—Puedo decirle entonces que, en términos generales, el sistema consiste en que el paciente es ménagé, en que se toleran sus caprichos. Jamás nos oponíamos a las fantasías que asaltaban la mente de los locos. Por el contrario, no sólo las permitíamos, sino que las estimulábamos, y muchas de nuestras curas definitivas se lograron en esa forma. Ningún argumento impresiona tanto la débil razón del insano como la reductio ad absurdum. Por ejemplo, había aquí enfermos que se creían pollos. En estos casos el tratamiento consistía en aceptar la cosa como un hecho, en acusar al enfermo de estupidez por no admitir suficientemente que se trataba de un hecho, y, en consecuencia, privarlo durante una semana de todo alimento que no consistiera en la comida propia de los pollos. En esta forma, bastaban unos puñados de grano y de cascajo para hacer maravillas.

—Pero, ¿se reducía el sistema a esta especie de aceptación?

—En modo alguno. Teníamos mucha fe en las diversiones sencillas, tales como la música, la danza, los ejercicios gimnásticos, juegos de cartas, cierto tipo de libros y cosas parecidas. Pretendíamos tratar a cada enfermo como si sólo sufriera de un trastorno físico ordinario, y la palabra «locura» no se empleaba jamás. Un detalle de gran importancia consistía en que cada loco tenía la misión de vigilar las acciones de todos los demás. Depositar confianza en la comprensión o la discreción de un insano equivale a ganárselo en cuerpo y alma. De esta manera evitábamos el gasto de un nutrido cuerpo de guardianes.

—¿Y no aplicaba usted castigos de ninguna especie?

—Ninguno.

—¿Jamás encerraba a sus pacientes?

—Muy rara vez. Una que otra, si la enfermedad de alguno de ellos degeneraba en una crisis o en un acceso de locura furiosa, lo encerrábamos en una celda secreta para que su estado no se transmitiera a los demás, y lo manteníamos allí hasta entregarlo a sus amigos, pues nada teníamos que ver con los locos furiosos. Por lo general los trasladaban a un hospicio público.

—¿Y ahora ha cambiado usted todo eso... y cree haber obrado bien?

—Ciertamente. El sistema tenía sus ventajas, y aun sus peligros. Afortunadamente ha fracasado en todas las maisons de santé de Francia.

—Me sorprende usted mucho —observé—, pues daba por descontado que actualmente no había en este país ningún otro tratamiento para la locura.

—Es usted joven, amigo mío —replicó mi huésped—, pero llegará un día en que aprenderá a juzgar por sí mismo lo que ocurre en el mundo, sin confiar en las charlas ajenas. No crea nada de lo que oye, y sólo la mitad de lo que ve. No cabe duda de que, con respecto a nuestras maisons de santé, algún ignorante lo ha engañado. Después de cenar, cuando se haya recobrado de la fatiga de su viaje, tendré el placer de llevarlo a recorrer la casa y hacerle conocer un sistema que, en mi opinión y en la de todos aquellos que han presenciado su aplicación, es incomparablemente más efectivo que los utilizados hasta ahora.

—¿Es suyo el sistema? —pregunté.

—Me enorgullezco de afirmar que lo es... por lo menos en cierta medida.

Seguí conversando con Monsieur Maillard durante una o dos horas, durante las cuales me mostró los jardines y los invernáculos del establecimiento.

—En este momento no puedo permitirle que vea a mis pacientes —dijo—. Para los espíritus sensibles significa siempre un choque más o menos violento, y no quisiera privarlo de su apetito. Ahora iremos a cenar. Puedo ofrecerle ternera à la St. Menehoult, con coliflor en salsa veloutée. Y luego de una copa de Clos-Vougeot, sus nervios estarán suficientemente preparados.

A las seis se anunció la cena y mi huésped me condujo a un gran comedor, donde se hallaba reunida una numerosa asistencia, veinticinco o treinta personas en total. Todas ellas parecían de alto rango e indudablemente de gran cultura aunque no pude menos de pensar que sus vestimentas eran extravagantemente suntuosas, al punto de recordar los ostentosos despliegues de las cortes de antaño. Reparé en que dos tercios de los huéspedes eran señoras y que algunas no estaban vestidas como una parisiense hubiera juzgado de buen gusto en la actualidad. Muchas de ellas, por ejemplo, cuya edad no debía bajar de los setenta, se cubrían con profusión de joyas tales como anillos, brazaletes y aros, dejando el seno y los brazos desvergonzadamente descubiertos. Noté que muy pocos vestidos estaban bien cortados o, por lo menos, que muy pocos sentaban bien a sus portadoras. Mirando en torno descubrí a la interesante joven que Monsieur Maillard me había presentado en el pequeño recibimiento; pero grande fue mi sorpresa al ver que se había puesto un vestido con miriñaque, zapatos de tacón alto y un sucio gorro de encaje de Bruselas, tan grande que su rostro parecía ridículamente pequeño. La primera vez que la había visto llevaba luto riguroso, de la manera más recatada. En resumen, toda aquella asamblea vestía de una manera tan rara, que llegué a pensar por un instante en el «sistema de la dulzura», y me pregunté si Monsieur Maillard no querría engañarme hasta después de la cena, a fin de evitarme toda sensación desagradable mientras comía, por el hecho de encontrarme entre locos. Pero recordé haber oído en París que los provincianos del Sud eran gentes excéntricas, llenas de nociones anticuadas, y me bastó conversar con varios de los asistentes para que mis aprensiones se disiparan instantáneamente y por completo.

El comedor, aunque de buenas dimensiones y suficientemente cómodo, no parecía tampoco muy elegante. El suelo, por ejemplo, no estaba alfombrado, aunque reconozco que en Francia suele prescindirse de las alfombras. Faltaban cortinas en las ventanas; las persianas, ya cerradas, aparecían aseguradas con barras de hierro colocadas diagonalmente, a la manera de los cierres de las tiendas. Noté que aquella estancia constituía una de las alas del château, por lo cual tenía ventanas en tres lados del paralelogramo, hallándose la puerta en el cuarto. Había por lo menos diez ventanas.

La mesa estaba espléndidamente servida. La vajilla era abundantísima y aparecía repleta de toda clase de exquisitos bocados. La profusión era absolutamente bárbara. Había allí golosinas suficientes para satisfacer a los Anakim. Jamás en mi vida había presenciado un derroche tan generoso, tan desorbitado de todas las buenas cosas de la vida. Muy poco gusto imperaba, sin embargo, en su presentación, y mis ojos, habituados a las luces discretas, se sintieron ofendidos por el prodigioso resplandor de multitud de bujías colocadas sobre la mesa en candelabros de plata, así como en todos los lugares del aposento donde era posible fijarlas. Varios domésticos se ocupaban de servir, y en una gran mesa situada en la parte más lejana del comedor habíanse instalado siete u ocho personas provistas de violines, pífanos, trombones y un tambor. Durante la comida, estos individuos me fastidiaron muchísimo con una infinita variedad de ruidos que parecían considerar como música y que, por lo visto, entretenían muchísimo a los presentes.

En conjunto, pues, no pude dejar de pensar que había mucho de raro en cada cosa que allí se me ofrecía... Pero el mundo está formado por toda clase de gentes con toda clase de costumbres convencionales. Demasiado había viajado para no ser un perfecto adepto del nil admirari; por lo cual me senté con toda compostura a la diestra de mi huésped y, como estaba dotado de un sólido apetito, hice los honores a las excelentes viandas que me presentaron.

La conversación, entretanto, era muy animada. Como de costumbre, las damas hablaban mucho. Pronto noté que casi todos los presentes eran personas muy bien educadas, y en cuanto a mi huésped, resultaba una fuente inagotable de anécdotas divertidas. Se mostraba muy inclinado a hablar de sus funciones de director de la maison de santé y, para mi gran sorpresa, advertí que el tema de la locura era el favorito de todos los presentes. Se contaban historias muy graciosas sobre los caprichos de los pacientes.

—Una vez tuvimos aquí a un individuo —dijo un hombrecillo sentado a mi derecha— que se creía una tetera. Dicho sea de paso, ¿no es singular que esta manía se repita con tanta frecuencia entre los locos? Apenas hay un manicomio en Francia que no pueda proporcionar una tetera humana. La nuestra era una tetera de fabricación británica y cuidaba de pulirse a sí misma todas las mañanas con tiza y una piel de ante.

—Además —dijo un hombre de alta estatura, sentado frente a mí— no hace mucho tuvimos a un enfermo a quien se le había metido en la cabeza que era un asno, lo cual, hablando figurativamente, no dejaba de ser muy cierto. Era un paciente de lo más molesto y nos daba mucho trabajo mantenerlo dentro de ciertos límites. Largo tiempo se negó a comer nada que no fueran cardos, pero lo disuadimos de su idea al no dejarlo que comiera otra cosa. Se pasaba el tiempo soltando coces, así, vean ustedes... así... así...

—¡Señor de Kock, le ruego que se comporte debidamente! —lo interrumpió una anciana señora ubicada al lado del orador—. ¡Guárdese usted sus coces! ¡Ha estropeado mi vestido de brocado! ¿Acaso es necesario ilustrar de manera tan práctica una observación? Nuestro amigo aquí presente comprenderá lo mismo. Palabra, casi es usted tan asno como aquel pobre infeliz creía serlo. Sus coces eran de lo más naturales, puede creerme.

—Mille pardons, mam’zelle! —repuso Monsieur de Kock—. ¡Mil perdones! No tenía la menor intención ofensiva.

Mam’zelle Laplace, Monsieur de Kock tendrá el honor de beber vino con usted.

Y aquí Monsieur de Kock inclinóse, besó ceremoniosamente su propia mano y bebió en unión de Mam’zelle Laplace.

—Permítame usted, amigo mío —dijo Monsieur Maillard dirigiéndose a mí— ofrecerle un trozo de esta ternera à la St. Menehoult. Estoy seguro de que la encontrará especialmente sabrosa.

En este momento tres robustos camareros acababan de depositar con gran trabajo en la mesa un enorme plato, o mejor plato trinchero, conteniendo lo que supuse era el monstrum, horrendum, informe, ingens, cui lumen ademptum. Pero un escrutinio más cuidadoso me aseguró que se trataba tan sólo de un ternerillo asado entero, apoyado en las rodillas y sosteniendo una manzana en la boca, como se acostumbra en Inglaterra para servir una liebre.

—Muchas gracias —repuse—. Para decir verdad, no me gusta mucho la ternera à la... ¿cómo era?, pues siento que no me cae bien. Prefiero cambiar de plato y probar un bocado de conejo.

Había sobre la mesa algunas fuentes conteniendo lo que parecía ser conejo ordinario, plato muy exquisito y digno de ser recomendado.

—¡Pierre! —gritó el huésped—. Cambie el plato del señor y sírvale un trozo de conejo au-chat.

—¿Al qué? —dije yo.

—Au-chat.

—Pues bien, muchas gracias, pero... pensándolo mejor, prefiero servirme un poco de jamón.

«Verdaderamente uno no sabe nunca lo que come en las mesas de estos provincianos —me dije—. No quiero saber nada de su conejo al gato, ni tampoco de su gato al conejo, si es que lo sirven...»

—Y luego —dijo un personaje de aire cadavérico situado hacia el final de la mesa, recogiendo el hilo interrumpido de la conversación—, entre otras extravagancias tuvimos cierta vez a un paciente que sostenía con gran obstinación ser un queso de Córdoba, y andaba cuchillo en mano pidiendo a sus amigos que probaran una rebanada de su muslo.

—Era un perfecto loco, sin duda —dijo otro—, pero no se lo puede comparar con cierto individuo a quien todos conocemos, excepción hecha de ese extraño caballero. Aludo al hombre que se creía una botella de champaña y andaba siempre descorchándose con un ruido y un burbujeo... como esto.

Y el orador, muy groseramente según pensé, apoyó el pulgar derecho en la mejilla izquierda, retirándolo con un sonido semejante al de una botella que se descorcha, tras lo cual y mediante un hábil juego de la lengua entre los dientes, produjo un agudo silbido que duró largo tiempo y que imitaba el de la espuma del champaña. Noté claramente que esta conducta no era del agrado de Monsieur Maillard, pero no dijo nada y la conversación continuó a cargo de un hombrecito muy delgado que usaba una enorme peluca.

—Teníamos también a un ignorante —dijo— que se tomaba por una rana, a la cual por cierto no dejaba de parecerse bastante. Me hubiera gustado que le viese usted, señor —agregó, dirigiéndose a mí—, pues le habría encantado la naturalidad con que actuaba. Si aquel hombre no era una rana, sólo puedo agregar que lo lamento mucho. Su croar, en esta forma... O-o-o-ogh... O-o-o-o-ogh... era la nota más bella del mundo... ¡un si bemol! Y cuando ponía los codos en la mesa así... después de haber bebido un vaso o dos de vino... y abría la boca, así... y revolvía los ojos en esta forma... y los guiñaba con extraordinaria rapidez... pues bien, señor mío, puedo asegurarle que hubiera caído en el colmo de la admiración frente al genio de aquel hombre.

—No tengo la menor duda —dije.

—Y también teníamos a Petit Gaillard —dijo otro—, que se creía un polvo de rapé, y estaba afligidísimo porque no podía tomarse a sí mismo entre el pulgar y el índice.

—Y también a Jules Desoulières, que había sido un genio muy notable y, al enloquecer, creyó que era una calabaza. Perseguía de continuo al cocinero, pidiéndole que lo utilizara para hacer un pastel, a lo cual el cocinero se negaba indignado. Por mi parte no dejo de pensar que un pastel de calabaza à la Desouliè hubiera sido excelente.

—¡Me asombra usted! —exclamé, mirando con aire interrogativo a Monsieur Maillard.

—¡Ja, ja, ja! —rió este caballero—. ¡Ja, ja, ja; je, je, je; ji, ji, ji! ¡Excelente! No tiene por qué asombrarse, amigo mío. Nuestro compañero es todo un ingenio... un drôle... No hay que tomarlo al pie de la letra.

—También —dijo otro de los comensales— estaba Bouffon-Le Grand, un tipo extraordinario a su modo. El amor lo trastornó, y se creía dueño de dos cabezas. Sostenía que una de ellas era la de Cicerón, mientras la otra estaba compuesta; vale decir que era la de Demóstenes desde la frente a la boca, y la de Lord Brougham, de la boca al mentón. No es imposible que estuviera equivocado, pero lo hubiese convencido a usted de lo contrario, pues era hombre de grandísima elocuencia. Tenía verdadera pasión por la oratoria y no podía dejar de manifestarla. Por ejemplo, solía saltar sobre la mesa, en esta forma, y...

En este momento, alguien que se hallaba al lado del que hablaba le puso la mano en el hombro y le susurró unas palabras al oído; inmediatamente el otro guardó silencio y se dejó caer en su asiento.

—Y no olvidemos —dijo el que lo había interrumpido— a Boullard, la perinola. Le llamo la perinola porque le había entrado la manía muy singular, aunque no por completo irrazonable, de que se había convertido en perinola. Se hubiera usted muerto de risa viéndolo dar vueltas. Era capaz de pasarse horas girando sobre un talón, así... y...

Pero entonces, el amigo a quien el orador había interrumpido poco antes hizo lo mismo con él.

—¡Pues bien —gritó una anciana señora con todas sus fuerzas—, su Monsieur Boullard era un loco, y un loco muy tonto, por lo que veo! Permítame preguntarle: ¿quién ha oído hablar jamás de una perinola humana? ¡Qué absurdo! Madame Joyeuse era mucho más sensata, como todos saben. Tenía una manía, pero llena de buen sentido y que proporcionaba gran placer a todos los que se honraban en conocerla. Después de maduras reflexiones llegó a la conclusión de que a causa de algún accidente se había convertido en gallo. Pero en su calidad de tal se conducía muy correctamente. Batía las alas de una manera prodigiosa, así... así... así... y así... y en cuanto a su cacareo, era delicioso. ¡Co, corocó! ¡Co... corocó! ¡Co... corocóooo!

—¡Madame Joyeuse, le ruego que se reporte! —le interrumpió muy encolerizado nuestro anfitrión—. ¡O se conduce usted como una dama... o abandona inmediatamente la mesa! ¡Elija!

La dama (a la cual había oído con gran estupefacción llamar Madame Joyeuse, luego de la descripción que acababa de hacernos de alguien de ese mismo nombre), sonrojóse hasta la raíz de los cabellos y pareció sumamente humillada por el reproche. Bajó la cabeza, sin responder una sola palabra. Mas en ese momento otra señora, mucho más joven, reanudó la conversación. Era mi hermosa jovencita del recibimiento.

—¡Oh, Madame Joyeuse era una loca! —exclamó—. En cambio en la conducta de Eugènie Salsafette había mucho de buen sentido. Era una joven muy modesta y hermosa, que se había convencido de que la manera ordinaria de vestirse era indecente, y trataba de vestirse al revés, vale decir quedándose fuera de sus ropas y no dentro de ellas. Después de todo es algo muy fácil de hacer. Basta con empezar así... y luego así... y así... así... y entonces...

Mon Dieu! ¡mam’zelle Salsafette! —gritaron al unísono una docena de voces—. ¿Qué hace usted? ¡Deténgase... es suficiente! ¡Hemos visto perfectamente cómo se hace...! ¡Basta, basta!

Y numerosos comensales abandonaban ya sus sillas para impedir que mam’zelle Salsafette se pusiera a la par de la Venus de Médicis, cuando su intervención dejó de ser necesaria a causa de unos terribles gritos y alaridos que procedían de alguna parte del cuerpo central del château.

Mis nervios sufrieron un tardo choque al escuchar aquellos clamores, pero no pude dejar de sentir lástima por el resto de la asamblea. Jamás he visto a un grupo de personas razonables bajo un espanto semejante. Se pusieron pálidos como otros tantos cadáveres y, mientras se desplomaban en sus asientos, temblaban y se estremecían de terror, esperando la repetición de los gritos. Volvieron a oírse éstos con mayor fuerza y al parecer más cerca, se repitieron por tercera vez con gran intensidad y luego más apagados. Ante esta aparente cesación de los clamores, los comensales recobraron inmediatamente los ánimos y todo volvió a ser alegría y conversación como antes. Me atreví entonces a preguntar la causa de aquella interrupción

—Una simple bagatelle —dijo Monsieur Maillard—. Estamos habituados a estas cosas y en realidad nos preocupamos muy poco de ellas. De vez en cuando los locos se ponen a gritar a coro, pues uno excita al otro, como suele ocurrir con los perros de noche. Pero al coro de alaridos sucede en ocasiones una tentativa simultánea para emprender la fuga, y en esos casos no deja de haber cierto peligro.

—¿Y cuántos tiene usted a su cargo en este momento?

—No más de diez.

—¿Mujeres en su mayoría, supongo?

—¡Oh, no! Todos ellos hombres, y puedo asegurarle que bien robustos.

—¿De veras? Había oído decir que la mayoría de los insanos pertenecían al sexo bello.

—Así es en general, pero no siempre. Hace algún tiempo había aquí unos veintisiete pacientes, y entre ellos no menos de dieciocho mujeres; pero las cosas han cambiado mucho, como puede ver.

—Sí... han cambiado mucho, como puede ver —interrumpió el caballero que había dado de coces a Mam’zelle Laplace.

—¡Sí... han cambiado mucho, como puede ver! —coreó la asamblea.

—¡A sujetar la lengua todo el mundo! —gritó mi anfitrión lleno de cólera, tras lo cual los presentes guardaron un silencio de muerte durante casi un minuto, mientras una de las damas obedecía al pie de la letra a Monsieur Maillard, vale decir, sacaba la lengua, que tenía notablemente larga, y la sujetaba resignadamente con ambas manos hasta el fin de la fiesta.

—Pero esta dama —dije al director, inclinándome hacia él para que los demás no me oyeran—, esa excelente señora que acaba de hablar y nos ha ofrecido el cocoricó... supongo que es inofensiva, ¿verdad? Completamente inofensiva.

—¡Inofensiva! —exclamó él, en el colmo de la sorpresa—. ¿Qué... qué quiere usted decir?

—¿O nada más que un poco tocada? —dije, acompañando mis palabras con el ademán de tocarme la sien—. Doy por descontado que su enfermedad no es particularmente... peligrosa, ¿verdad?

—Mon Dieu! ¿Qué esta usted imaginándose? Esta señora, mi antigua e íntima amiga, Madame Joyeuse, es tan cuerda como yo. Tiene sus pequeñas excentricidades, claro está... pero bien sabe usted que todas las mujeres... todas las mujeres muy ancianas las tienen en mayor o menor grado.

—Por supuesto —convine—. Por supuesto... pero entonces, el resto de las damas y caballeros...

—Son mis amigos y colaboradores —interrumpió Monsieur Maillard, irguiéndose altaneramente.— Mis excelentes amigos y ayudantes.

—¡Cómo! ¿Todos ellos? ¿Las damas también?

—Claro está; no podríamos arreglarnos sin ayuda de mujeres, que son las mejores enfermeras del mundo para atender a los locos. Tienen una modalidad propia, sabe usted; sus ojos brillantes producen efectos maravillosos... algo así como la fascinación de la serpiente.

—Por supuesto —repetí—, por supuesto... De todos modos, actúan de manera un tanto extraña, ¿no? Son ligeramente raras... ¿no le parece a usted?

—¡Extrañas! ¡Raras! ¿Por qué piensa así? Aquí, en el Sud, no somos nada mojigatos; hacemos lo que más nos gusta, gozamos de la vida y de todo el resto... ¿Comprende usted?

—Por supuesto —dije—. Por supuesto.

—Y, además, puede ser que este Clos Vougeot se suba un tanto a la cabeza, ¿sabe usted?... Un tanto fuerte... Usted comprende, ¿no?

—Por supuesto —dije—, por supuesto. Dicho sea de paso, señor, ¿no dijo usted, si he oído bien, que el sistema que había adoptado en reemplazo del famoso sistema de la dulzura es de una extremada severidad?

—De ninguna manera. La reclusión es obligadamente rigurosa; pero el tratamiento... quiero decir el tratamiento médico, es más bien agradable a los pacientes.

—¿Y es usted el inventor del nuevo sistema?

—No en su totalidad. Parte del mismo procede del profesor Tarr, de quien habrá usted oído hablar seguramente; y mi plan contiene, además, modificaciones que, me complazco en decirlo, provienen del celebrado Fether, con quien, si no me equivoco, está usted estrechamente vinculado.

—Me avergüenza muchísimo reconocer que no he oído jamás mencionar a dichos caballeros —repliqué.

—¡Grandes dioses! —exclamó mi huésped, echando bruscamente atrás su silla y alzando las manos—. ¡Sin duda he oído mal! ¿No pretenderá decirme que jamás ha oído hablar del sabio doctor Tarr o del famoso profesor Fether?

—Me veo precisado a reconocer mi ignorancia —repuse—, pero la verdad está por encima de todas las cosas. Mucho me humilla ignorar las obras de esos extraordinarios estudiosos. Las buscaré lo antes posible, para leerlas con la máxima atención. Monsieur Maillard, usted ha conseguido... se lo digo muy sinceramente... avergonzarme de mí mismo.

Y era muy cierto.

—No diga usted más, mi joven amigo —replicó amablemente el director, estrechándome la mano—, y acompáñeme con una copa de Sauternes.

Bebimos. La asamblea imitó sin vacilar nuestro ejemplo. Todos charlaban, bromeaban, reían, hacían las cosas más absurdas, mientras los violines chirriaban, el tambor tronaba, los trombones mugían como otros tantos toros de bronce de Falaris... y aquella escena, empeorando de minuto en minuto, a medida que los vinos hacían su efecto, se convertía finalmente en una especie de pandemonio in petto. A todo esto, con algunas botellas de Sauternes y Vougeot entre los dos, Monsieur Maillard y yo continuábamos nuestro diálogo a gritos. Cualquier palabra pronunciada con tono natural se hubiera oído mucho menos que la voz de un pez en las cataratas del Niágara.

—¿No mencionó usted antes de la cena —le grité al oído— que el antiguo sistema de la dulzura encerraba ciertos peligros? ¿Puede explicarme cuáles?

—Sí —repuso él—, en algunas ocasiones era sumamente peligroso. Los caprichos de los locos son inexplicables, y en mi opinión, así como en la del doctor Tarr y el profesor Fether, nunca se está seguro si se los deja andar solos y sin vigilancia. Un insano puede ser «calmado» por un tiempo, pero terminará siempre provocando algún alboroto. Su astucia, además, es tan proverbial como grande. Si proyecta alguna cosa, la ocultará con maravillosa sagacidad, y la destreza con que finge la cordura presenta para el filósofo uno de los problemas más singulares del estudio de la mente. Créame usted: cuando un loco parece completamente sano, ha llegado el momento de ponerle la camisa de fuerza.

—Pero el peligro del cual hablaba usted, mi querido señor... En el curso de su propia experiencia... mientras dirigía esta casa... ¿ha tenido razones para creer que la libertad era peligrosa en un caso de locura?

—¿Aquí? ¿En el curso de mi propia experiencia? Pues bien... sí. Por ejemplo: no hace mucho, sucedió en esta misma casa algo muy extraño. Como usted sabe regía el sistema de dulzura y todos los enfermos andaban en libertad. Se conducían muy bien...; tan bien, que cualquier persona sensata se hubiera dado cuenta de que se preparaba algún designio diabólico, tanta era la compostura con que se portaban. Y así ocurrió, en efecto: una mañana, los guardianes se despertaron atados de pies y manos y metidos en las celdas, donde fueron atendidos como si fueran los locos... por los locos mismos, que habían usurpado las funciones de guardianes.

—¡No me diga usted! ¡Jamás he oído cosa tan absurda!

—Le cuento la verdad. Todo sucedió por culpa de un imbécil... un loco que sostenía haber inventado el mejor sistema de gobierno jamás imaginado... gobierno de locos, se entiende. Supongo que quería experimentar su invención y persuadió al resto de los enfermos a que se le unieran en una conspiración destinada a derrocar los poderes reinantes.

—¿Y lo consiguió?

—Naturalmente. Los guardianes y los guardados cambiaron muy pronto de puesto, con la importante diferencia de que los locos habían estado sueltos con anterioridad, mientras que los guardianes fueron encerrados en las celdas y tratados, lamento decirlo, de una manera muy desdorosa.

—Pero supongo que no tardó en producirse una contrarrevolución. Imposible que semejante estado de cosas se prolongara mucho. Las personas de la vecindad... los visitantes que acudían al establecimiento... no hay duda de que debieron dar la alarma.

—Pues se equivoca usted. El jefe de los rebeldes era demasiado astuto para eso. No admitió a ningún visitante, excepción hecha, cierto día, de un joven de aire tan estúpido que no le inspiró el menor temor. Lo dejó entrar en el establecimiento... simplemente para variar un poco... para divertirse con él. Tan pronto se hubo burlado lo suficiente, lo dejó salir para que se volviera a sus negocios.

—¿Y cuánto tiempo duró el reinado de los locos?

—¡Oh, mucho tiempo! Por lo menos, un mes..., no podría decir exactamente cuánto. Pero, entretanto, lo pasaron admirablemente, eso puedo jurárselo. Tiraron sus viejas ropas ajadas y se apoderaron del guardarropa y las joyas de la familia. La bodega del establecimiento estaba bien provista de vino, y esos diablos de locos son precisamente los que mejor saben beberlo. Vivieron muy bien, se lo aseguro.

—Y el tratamiento... ¿En qué consistía ese tratamiento especial que puso en práctica el jefe de los rebeldes?

—Pues bien; como ya le he hecho notar, un loco no es necesariamente un tonto, y en mi honesta opinión, dicho tratamiento era muchísimo mejor que el anterior. Consistía en un sistema verdaderamente extraordinario... muy sencillo... pulcro... nada complicado... realmente delicioso... Era...

Las observaciones de mi huésped se vieron bruscamente interrumpidas por una nueva serie de alaridos semejantes a los que tanto nos habían desconcertado previamente. Pero esta vez parecían proceder de personas que se aproximaban rápidamente.

—¡Santo Dios! —grité—. ¡Los locos han debido escaparse...!

—Mucho me lo temo —replicó Monsieur Maillard poniéndose mortalmente pálido.

Apenas había terminado la frase cuando se oyeron gritos e imprecaciones bajo las ventanas, y no tardó en verse que algunas gentes del exterior estaban tratando de abrirse paso en el comedor. Golpeaban la puerta con algo que parecía ser un acotillo, mientras sacudían las persianas con violencia prodigiosa.

Siguió una escena de espantosa confusión. Para mi indescriptible asombro, Monsieur Maillard se metió debajo del aparador. Yo hubiera esperado una mayor resolución de su parte. Los miembros de la orquesta que en el último cuarto de hora habían dado la impresión de estar demasiado borrachos para cumplir con su obligación, se enderezaron bruscamente aferrando sus instrumentos y, trepándose a la mesa, atacaron de común acuerdo el Yankee Doodle, que ejecutaron, si no afinadamente, por lo menos con energías sobrehumanas durante todo el transcurso del tumulto.

Entretanto, el caballero a quien con tanta dificultad habían impedido que saltara sobre la mesa se apresuró a hacerlo y, tras de plantarse entre las botellas y vasos, comenzó una arenga que no dudo hubiera sido de primer orden de haber podido escucharla. En el mismo instante, el hombre cuyas predilecciones iban hacia las perinolas comenzó a girar por la estancia con inmensa energía, abiertos los brazos en ángulo recto con el cuerpo, con lo cual se parecía realmente a una peonza, y derribando a todo aquel que se le ponía en el camino. Entonces, al escuchar un increíble ruido de botella descorchada y de vino espumante saliendo de ella, terminé por descubrir que procedía de la persona que había imitado a una botella de champaña en el curso de la cena. Por su parte, el hombre-rana croaba como si la salvación de su alma dependiera de cada sonido que profería. Y en mitad de todo esto alzábase el continuo rebuznar de un asno. En cuanto a mi buena amiga Madame Joyeuse, me daba verdadera lástima contemplar el estado de perplejidad en que se encontraba. Todo lo que hacía era quedarse en un rincón, al lado de la chimenea, repitiendo continuamente y con todas sus fuerzas: «¡Cocoricó-o-o-o-o!»

Y entonces se produjo la crisis, la catástrofe del drama. Como, aparte de los hurras, los alaridos y los cocoricós, quienes me rodeaban no ofrecían la menor resistencia a los de fuera, las diez ventanas no tardaron en ser forzadas casi simultáneamente. Y jamás olvidaré el asombro y el horror con que vi saltar por ellas y lanzarse entre nosotros, golpeando, pateando, arañando y aullando, un ejército que creí de chimpancés, orangutanes o enormes babuinos negros del cabo de Buena Esperanza.

Recibí una terrible paliza, tras de la cual rodé bajo un sofá y me quedé inmóvil. Luego de un cuarto de hora, tiempo en el cual escuché con todos mis sentidos lo que seguía ocurriendo en la habitación, llegué a una explicación satisfactoria del desenlace de aquella tragedia. Por lo visto, al hablarme del loco que había incitado a sus compañeros a la rebelión, Monsieur Maillard no había hecho otra cosa que relatarme sus propias hazañas. Este caballero había sido el director del establecimiento dos o tres años atrás, pero acabó por enloquecer a su turno y pasó a la categoría de paciente. El compañero de viaje que me había presentado ignoraba semejante cosa. En cuanto a los guardianes, dominados por los locos, habían sido primeramente untados de alquitrán, luego emplumados y finalmente metidos en las celdas subterráneas. Llevaban allí un mes, en el curso del cual Monsieur Maillard no solamente les había prodigado generosamente el alquitrán y las plumas (que constituían su «sistema»), sino que los había tenido a pan y agua. Esta última en forma de ducha diaria... Pero, al fin, tras de escapar por una cloaca, uno de los prisioneros logró poner en libertad a los demás.

El «sistema de la dulzura» —con importantes modificaciones— se ha reanudado en el château; sin embargo, no puedo dejar de reconocer con Monsieur Maillard que su propio «tratamiento» era verdaderamente radical. Como muy bien lo había expresado, era «muy sencillo... pulcro... nada complicado...».

Sólo me resta añadir que, aunque he revisado todas las bibliotecas de Europa en busca de las obras del doctor Tarr y del profesor Fether, he fracasado hasta ahora en mi empeño por procurarme un ejemplar de las mismas.


Nunca apuestes tu cabeza al diablo

Cuento con moraleja

Con tal que las costumbres de un autor sean puras y castas —dice don Tomás de las Torres en el prefacio a sus Poemas amatorios, importa muy poco que no sean igualmente severas sus obras[9]. Presumimos que don Tomás ha de estar ahora en el Purgatorio a causa de su afirmación. Sería bueno tenerlo allí, desde un punto de vista de justicia poética, hasta que sus Poemas amatorios se agoten o empiecen a juntar polvo en las bibliotecas por falta de lectores. Toda ficción debería tener una consecuencia moral; y, lo que es más, los críticos han descubierto que no hay ficción que no la tenga. Hace ya tiempo, Felipe Melancthon escribió un comentario de la Batracomiomaquia, probando que lo que el poeta quería era volver odiosas las sediciones. Pierre La Seíne, dando un paso adelante, mostró que la verdadera intención consistía en recomendar a los jóvenes la temperancia en la comida y la bebida. Jacobus Hugo, por su parte, quedó convencidísimo de que, en Euenis, Homero insinuaba la persona de Calvino; que Antinoo era Martín Lutero; los Lotófagos, los protestantes en general, y las arpías, los holandeses. Nuestros escoliastas modernos son igualmente agudos. Estos señores demuestran la existencia de un sentido oculto en Los antediluvianos, de una parábola en Powhatan, de nueve ideas en Arrorró mi niño y del trascendentalismo en Pulgarcito. En resumen, se ha demostrado que ningún hombre de este mundo puede sentarse a escribir sin un profundísimo designio. Con esto, los autores se ahorran muchas preocupaciones. Un novelista, por ejemplo, no necesita preocuparse de las consecuencias morales, pues allí están —vale decir, están en alguna parte de su libro—, y tanto ellas como los críticos pueden arreglarse solos. Cuando llegue el momento oportuno, todo lo que dicho caballero se proponía y todo lo que no se proponía asomará a la luz, sea en el Dial o en el Down Easter, conjuntamente con aquello que debería haberse propuesto y aquello que claramente intentó proponerse; vale decir que todo se arreglará muy bien al final.

No hay ninguna justificación, pues, en la acusación que ciertos ignorantes han formulado contra mí; a saber: que jamás he escrito un cuento moral o, con palabras más precisas, un cuento con moraleja. Lo que pasa es que aquéllos no son los críticos predestinados a ponerme de manifiesto y a desarrollar mis moralejas; he ahí el secreto. Poco a poco, la North American Quarterly Humdrum los hará sentir avergonzados de su estupidez. Pero por el momento, con el fin de aplazar la ejecución capital y mitigar las acusaciones alzadas contra mí, ofrezco el siguiente y triste relato, cuya obvia moraleja no puede ser cuestionada de ninguna manera, ya que cualquiera puede leerla en las mayúsculas que forman el título del relato. Debería reconocerse mi mérito por esta disposición, mucho más sabia que la de La Fontaine y otros, que reservan hasta el último momento la impresión que desean producir y la meten de rondón en el final de sus fábulas.

Defuncti injuria ne officiantur, decía una ley de las doce tablas, y De mortuis nil nisi bonum es un excelente corolario, aun si los muertos en cuestión no son más que bagatelas difuntas. Lejos de mí la intención, pues, de vituperar a mi finado amigo Toby Dammit. Era un pobre perro, la verdad sea dicha, y tuvo una muerte de perros; pero no hay que reprocharle sus vicios. Nacieron de un defecto personal de su madre. Aquella señora hacía todo lo posible en materia de azotes cuando Toby era niño, ya que para su bien ordenada mente los deberes eran siempre placeres, y los niños, al igual que las chuletas duras o los olivos griegos, mejoran si se los golpea. Pero, ¡pobre mujer!, tenía el infortunio de ser zurda, y mejor es no azotar a un chico que azotarlo con la mano izquierda. El mundo gira de derecha a izquierda. Dar de latigazos a un crío de izquierda a derecha no sirve de nada. Si cada golpe en la dirección adecuada arranca de raíz una propensión maligna, se sigue que cada porrazo propinado en el sentido opuesto ahincará aún más la maldad. Muchas veces fui testigo de los castigos aplicados a Toby, y, aunque sólo fuera por la forma en que pateaba, podía percatarme de que cada día se estaba poniendo más malo. Noté, por fin, a través de las lágrimas que velaban mis ojos, que no quedaba esperanza alguna para el pequeño miserable, y cierto día en que le habían dado tantos golpes que tenía la cara completamente negra, al punto que lo hubieran tomado por un pequeño africano, sin otro efecto visible que el de hacerlo retorcerse en un ataque de ira, me fue imposible soportar aquello por más tiempo y, cayendo de rodillas, alcé mi voz para profetizar su ruina.

La precocidad de Toby para el vicio era horrorosa. A los cinco meses de edad le daban tales ataques de rabia que no podía articular palabra. A los seis meses lo pesqué mordisqueando un mazo de barajas. A los siete tenía por costumbre abrazar y besar a los bebés del sexo opuesto. A los ocho rehusó perentoriamente agregar su firma a un memorial en pro de la temperancia. Y así fue creciendo en iniquidad, mes tras mes, hasta que, al cumplir su primer año de vida, no sólo insistía en usar bigotes, sino que había adquirido una gran propensión a las palabrotas y juramentos, así como a sostener sus afirmaciones mediante apuestas.

La ruina que había vaticinado a Toby Dammit se cumplió, por fin, a causa de la poco caballeresca práctica mencionada en último término. Aquella costumbre «creció con su crecimiento y se esforzó con sus fuerzas», de modo que, cuando Toby llegó a ser hombre, apenas podía pronunciar una frase sin aderezarla con una promesa de juego. Y no apostaba en firme... nada de eso. Seré justo con mi amigo y diré que antes hubiera preferido hacerse monje. En su caso, aquello era una simple fórmula, y nada más. Sus expresiones no tenían el menor sentido positivo. Eran desahogos, simplemente —ya que no puedo decir que lo fueran inocentemente—; frases imaginativas con las cuales redondeaba sus declaraciones. Cuando decía: «Le apuesto esto y aquello», a nadie se le ocurría formalizar la apuesta, pero de todos modos yo no podía dejar de considerar que mi deber era reprenderlo. Aquella costumbre era inmoral, y así se lo decía. Era vulgar, y le rogaba que me creyera. Era desaprobada por la sociedad, y nadie me desmentiría por decirlo. Estaba prohibida por una ley del Congreso, y afirmándolo así no incurría en ninguna mentira. Le hacía reproches, sin resultado; aducía pruebas, vanamente. Si lo amenaza, se sonreía; si le suplicaba, prorrumpía en carcajadas. Si rogaba, se encogía desdeñosamente de hombros. Si lo amenazaba... se ponía a jurar. Si le daba de puntapiés... llamaba a la policía. Si le tironeaba de la nariz, se sonaba y apostaba su cabeza al diablo a que no me atrevería a repetir el experimento.

La pobreza era otro vicio que la deficiencia física de la madre de Dammit había acumulado sobre su hijo. Era detestablemente pobre, y por esa razón, sin duda, sus expresiones coléricas acerca de las apuestas tomaban raras veces un giro pecuniario. Nadie me hará decir que en alguna oportunidad le haya escuchado figuras de lenguaje tales como: «Le apuesto a usted un dólar». Por lo regular decía: «Le apuesto lo que quiera», o «Le apuesto cualquier cosa», o bien, mucho más significativamente, «Le apuesto mi cabeza al diablo».

Esta última fórmula era la que parecía agradarle más, quizá porque envolvía menos riesgo, pues Dammit se había vuelto muy parsimonioso. Si alguien le hubiera aceptado la apuesta, poco habría perdido, dado que tenía la cabeza muy pequeña; pero ésta es una observación personal y no estoy nada seguro de poder atribuírsela con justicia. De todos modos, la frase en cuestión se le pegaba más y más, a pesar de lo impropio que resultaba que un hombre apostara todo el tiempo su cerebro como si fuese un billete de banco; empero, la perversa naturaleza de mi amigo no le permitía darse cuenta de ello. Terminó por abandonar todas las restantes fórmulas, entregándose de lleno a: Le apuesto mi cabeza al diablo, con una pertinacia y una exclusividad que me desagradaban tanto como me sorprendían. Siempre me repelen aquellas circunstancias que no puedo explicarme. Los misterios obligan a un hombre a pensar, con lo cual su salud se perjudica. A decir verdad, había algo en el aire con que Mr. Dammit pronunciaba aquella ofensiva expresión, algo en su modo de enunciarla, que primero me interesó y luego me hizo sentirme muy preocupado; algo que, a falta de un término más preciso, se me permitirá calificar de raro —pero que Mr. Coleridge hubiese llamado místico, Mr. Kant panteístico, Mr. Carlyle retorcido y Mr. Emerson hiperenigmático—. Aquello empezó a no gustarme nada. El alma de Mr. Dammit estaba en peligro. Resolví emplear toda mi elocuencia a fin de salvarla. Prometí consagrarme a él como San Patricio, en la crónica irlandesa, se consagró al sapo, vale decir «despertándolo a su verdadera situación». Me puse a la tarea de inmediato. Una vez más me preparé para reprochar su lenguaje a mi amigo. Una vez más reuní mis energías para una tentativa final de reconvención.

Cuando hube terminado mi conferencia, Mr. Dammit se permitió algunas actitudes sumamente equívocas. Durante unos instantes guardó silencio, limitándose a mirarme interrogativamente a la cara. Luego ladeó la cabeza, mientras alzaba muchísimo las cejas. Tendiendo las palmas de sus manos, se encogió de hombros. Guiñó a continuación el ojo derecho, repitiendo la operación con el izquierdo. Inmediatamente cerró los dos ojos, apretando mucho los párpados. Los abrió a continuación de tal manera que me alarmé seriamente por las consecuencias. Aplicándose el pulgar a la nariz, consideró oportuno efectuar un indescriptible movimiento con el resto de los dedos. Por fin, colocando los brazos en jarras, condescendió a contestarme.

Sólo recuerdo los titulares de su discurso. Me estaría muy agradecido si me callaba la boca. No tenía ninguna necesidad de mis consejos. Despreciaba mis insinuaciones. Era lo bastante crecido como para cuidarse a sí mismo. ¿Lo creía todavía el bebé Dammit? ¿Pretendía insinuar alguna cosa sobre su carácter? ¿Me proponía insultarlo? ¿Estaba loco? ¿Estaba mi madre enterada, en una palabra, de que yo había salido de casa sin permiso? Me hacía esta última pregunta considerándome capaz de responder la verdad, y se declaraba dispuesto a creer en mi respuesta. Una vez más me preguntaba explícitamente si mi madre estaba enterada de que yo había salido solo de casa. Mi confusión —agregó— me traicionaba y, por tanto, estaba dispuesto a apostarle la cabeza al diablo a que mi buena madre no estaba enterada.

Mr. Dammit no se detuvo a esperar mi réplica. Girando sobre los talones, se alejó con precipitación muy poco digna. Y más le valió haberlo hecho así. Me sentí injuriado. Hasta colérico. Hubiera querido recoger por una vez su insultante apuesta. Hubiera ganado para el Archienemigo la mínima cabeza de Mr. Dammit; pues la verdad es que mamá estaba perfectamente enterada de mi momentánea ausencia del hogar.

Pero Khoda shefa midêhed —el cielo trae alivio—, como dicen los musulmanes cuando alguien les pisa los pies. Había sido insultado mientras cumplía con mi deber, y soporté el insulto como un hombre. Parecióme, no obstante, que había hecho todo lo que se podía pedir en el caso de aquel miserable individuo y resolví no molestarlo más con mis consejos, abandonándolo a su conciencia y a sí mismo. De todos modos, aunque no volví a hablarle del asunto, no pude privarme por completo de su compañía. Llegué incluso a tolerar algunas de sus tendencias menos reprobables y en ciertas ocasiones hasta alabé sus pésimas bromas (aunque con lágrimas en los ojos, como elogian los epicúreos la mostaza); a tal punto me dolía oír su profano lenguaje.

Un día radiante, en que habíamos salido a pasear tomados del brazo, nuestro camino nos condujo hasta un río. Había un puente y resolvimos cruzarlo. Era un puente techado, que protegía del mal tiempo y, como dentro tenía pocas ventanas, resultaba desagradablemente oscuro. Cuando penetramos, el contraste entre el brillo exterior y la penumbra influyó penosamente en mi ánimo. No así en el desdichado Dammit, quien apostó en seguida su cabeza al diablo a que yo estaba melancólico. Por su parte parecía de excelente humor. Quizá en exceso, lo cual me hacía sentir no sé qué rara sospecha. No me parecía imposible que fuera víctima de algún trascendentalismo. Pero no soy tan versado en el diagnóstico de esta enfermedad como para afirmar nada y, por desgracia, ninguno de mis amigos del Dial se hallaba presente. Sugiero la idea, no obstante, a causa de una cierta austera bufonería que parecía haber invadido a mi pobre amigo, induciéndolo a comportarse como un estúpido. Nada podía disuadirlo de deslizarse y saltar por encima o por debajo de cualquier cosa que se cruzara en su camino; todo esto gritando o susurrando palabras y palabrotas, a tiempo que su rostro conservaba una profunda gravedad. Realmente yo no sabía si tenerle lástima o emprenderla a puntapiés con él. Por fin, cuando habíamos atravesado casi todo el puente y nos acercábamos a su fin, nuestra marcha se vio impedida por un molinete. Pasé como corresponde en estos casos, es decir, que hice girar el molinete. Pero esto no convenía al capricho de Mr. Dammit. Insistió en saltar sobre el molinete, afirmando que era capaz de hacer al mismo tiempo una pirueta en el aire.

Pues bien, hablando seriamente, no me pareció que pudiera hacerlo. Las mejores piruetas, en cualquier estilo, las ha hecho mi amigo Mr. Carlyle, y sé muy bien que, así como no sería capaz de hacer ésta, tampoco podría hacerla Toby Dammit. Así se lo dije, agregando que era un fanfarrón y que hablaba por hablar. No me faltaron luego razones para lamentar haberme expresado así; pues instantáneamente Toby apostó su cabeza al diablo a que lo hacía.

Disponíame a replicarle, no obstante mi anterior resolución, con algunos reproches sobre su impiedad, cuando oí toser a mi lado. Aquella tos se parecía mucho a la exclamación «¡hola!», tanto que me sobresalté y miré en torno lleno de sorpresa. Por fin mis ojos cayeron de lleno en un nicho que había en la estructura del puente y vieron a un anciano y diminuto caballero cojo, de venerable aspecto. Nada podía ser más venerable que su apariencia, pues no sólo estaba enteramente vestido de negro sino que usaba una camisa muy limpia, cuyo cuello se plegaba esmeradamente sobre una corbata blanca, y sus cabellos aparecían partidos al medio, como los de una muchacha. Apoyaba pensativamente las manos en el estómago y tenía los ojos en blanco.

Al observarlo más de cerca percibí que llevaba puesto un delantal de seda negra sobre sus ropas, y la cosa me pareció sumamente extraña. Pero antes de que tuviera oportunidad de hacer la menor observación sobre tan singular circunstancia, me interrumpió con un segundo «¡hola!».

No me hallaba preparado para contestarle de inmediato. A decir verdad, las observaciones tan lacónicas como aquélla son de muy difícil respuesta. He conocido cierta revista trimestral que se quedó estupefacta a causa de la expresión «¡Disparates!»; se comprenderá, pues, que no me avergoncé de volverme a Mr. Dammit en busca de ayuda.

—Dammit —dije—, ¿qué estás haciendo? ¿No oyes? Este caballero dice «¡hola!»

Y lo miré severamente a tiempo que le hablaba. Porque si he de decir la verdad, me sentía especialmente perplejo, y cuando un hombre está especialmente perplejo debe fruncir el ceño y tomar un aire salvaje, pues de lo contrario es seguro que pondrá cara de estúpido

—Dammit —continué, aunque esta repetición del nombre empezaba a parecerse a un juramento, cosa que estaba muy lejos de mis intenciones[10]—. Dammit —agregué—, este caballero ha dicho «¡hola!»

No tengo intención de sostener que mi observación era profunda, pero he notado que el efecto de nuestras palabras no siempre está de acuerdo con la importancia que tienen para nosotros. Si hubiera hecho estallar una bomba a los pies de Mr. Dammit, o le hubiese golpeado en la cabeza con los Poetas y Poesías de Norteamérica, no lo hubiera visto tan trastornado como cuando me dirigí a él con aquellas simples palabras: «¡Dammit! ¿Qué estás haciendo? ¿No oyes? Este caballero dice ¡hola!»

—¡No me digas! —jadeó por fin, después de pasar por más colores que los que enarbola sucesivamente un barco pirata cuando se ve perseguido por otro de guerra—. ¿Estás seguro de que dijo eso? En fin, de todas maneras ya estoy pronto, y lo mejor es poner al mal tiempo buena cara. Ahí va, pues... ¡Hola!

Al oír esto el diminuto caballero pareció muy complacido, Dios sabe por qué. Saliendo del hueco que había ocupado hasta entonces, avanzó cojeando con un aire muy gentil y estrechó la mano de Dammit, mientras lo miraba en la cara con el más auténtico aire de bondad que pueda imaginar un ser humano.

—Estoy absolutamente seguro de que usted ganará, Dammit —dijo con una sonrisa llena de franqueza—. Pero, de todos modos, tenemos que hacer una prueba, aunque no sea más que por mera formalidad.

—¡Hola! —repitió mi amigo, quitándose la chaqueta con un profundo suspiro, atándose un pañuelo de bolsillo a la cintura y modificando indescriptiblemente su expresión al revolver los ojos y dejar caer las comisuras de la boca—. ¡Hola! —agregó, repitiendo la palabra después de una pausa. Y desde ese instante no le oí pronunciar ninguna otra que no fuese el consabido «¡hola!».

«Pues bien —me dije—, he aquí un silencio bastante notable por parte de Toby Dammit, y sin duda es consecuencia de toda su verbosidad anterior. Un extremo induce al otro. Me pregunto si se habrá olvidado de las numerosas preguntas que me hizo con tanta fluidez el día en que le propiné mi última conferencia. De todas maneras parece que se ha curado del trascendentalismo.»

—¡Hola! —prorrumpió Toby, como si hubiera estado leyendo en mis pensamientos, y mirándome con la cara de una oveja decrépita en una pesadilla.

El anciano caballero lo tomó del brazo y lo condujo un trecho hacia el interior del puente, a cierta distancia del molinete.

—Estimado amigo —dijo—, considero mi deber concederle todo este terreno para tomar impulso. Espere aquí, mientras me instalo junto al molinete a fin de verificar si usted lo salta elegante y trascendentalmente, sin omitir ninguno de los movimientos de una buena pirueta. Pura formalidad, por supuesto. Diré «una, dos, tres... ¡vamos!». Tenga buen cuidado de no arrancar hasta oír el «vamos».

Colocóse al lado del molinete, hizo una pausa como si se sumiera en profunda reflexión, luego miró hacia arriba y, según me pareció, sonrióse ligeramente, tras lo cual se ajustó las cintas del delantal, observó largamente a Dammit y, finalmente, dio la orden convenida:

—¡Una... dos... tres... y... vamos!

Exactamente al oírse la última palabra mi pobre amigo se lanzó a la carrera. Su estilo no era tan excelente como el de Mr. Lord, pero tampoco tan malo como el de los críticos de Mr. Lord; de todos modos me sentí seguro de que saltaría el obstáculo. Después de todo, si no lo saltaba... ¿qué? ¡Ah, ésa era la cuestión! ¿Y si no lo saltaba?

—¿Qué derecho tiene este caballero de obligar a otro a dar un salto? —dije en alta voz—. ¿Quién es este personaje achacoso? ¡Si me pide a mí que salte, no lo haré, como que estoy vivo, y no me importa en absoluto quién demonios sea!

Ya he dicho que el puente aquel estaba cubierto de la manera más ridícula, por lo cual las palabras producían un eco desagradable... aunque nunca había reparado en él tan claramente como al pronunciar mis últimas tres palabras.

Pero lo que dije, o pensé, o escuché fueron cosas que sólo llenaron un instante. Menos de cinco segundos después de tomar impulso, mi pobre Toby daba su salto. Lo vi venir corriendo ágilmente y dar un grandísimo salto, a tiempo que efectuaba las evoluciones más extraordinarias con las piernas a medida que se elevaba. Lo vi en el aire, haciendo una admirable figura de danza justamente encima del molinete; y, como es natural, me pareció insólitamente singular que no siguiera su recorrido hacia adelante. Pero todo aquello fue cosa de un segundo; antes de que tuviera tiempo de hacer la menor reflexión profunda, vi a Mr. Dammit que se desplomaba de espaldas y del mismo lado del molinete de donde se había elevado. Y al mismo tiempo vi que el anciano caballero salía corriendo a toda velocidad, tras de recoger y envolver en su delantal alguna cosa que acababa de caer desde la oscuridad de la techumbre del puente, justamente sobre el molinete.

Me quedé profundamente estupefacto ante todo esto, pero no tuve tiempo de pensar, pues Mr. Dammit estaba curiosamente inmóvil, por lo cual deduje que se sentía muy agraviado y que necesitaba de mi ayuda. Me apresuré a acercarme, descubriendo que había recibido lo que cabe calificar de herida grave. En efecto, había sido privado de la cabeza, que inútilmente busqué por todas partes. Decidí entonces llevarlo a casa y mandar llamar a los homeópatas. Entretanto se me ocurrió algo y, luego de abrir una ventana que había en esa parte del puente, descubrí instantáneamente la triste verdad. A unos cinco pies sobre el nivel del molinete, atravesando la techumbre a manera de soporte, veíase una fina barra de acero, con el filo colocado horizontalmente; formaba parte de una serie de soportes análogos que reforzaban la estructura del puente. No cabía duda de que el cuello de mi infortunado amigo habíase puesto en contacto con el filo de aquella barra.

Mr. Dammit no sobrevivió a su terrible pérdida. Los homeópatas no le suministraron bastante poca medicina, y la poca que le dieron no pudo él tomarla. Al final empeoró y acabó muriéndose, dando con ello una lección a todos los seres de vida desenfrenada. Regué su tumba con mis lágrimas, agregué una barra siniestra en el escudo de armas de su familia y, a fin de cubrir los gastos generales de su funeral, envié una cuenta sumamente moderada a los trascendentalistas. Los villanos se negaron a pagarla, por lo cual hice exhumar de inmediato a Mr. Dammit y lo vendí como alimento para perros.


Mixtificación

¡Diantre! Si éstos son tus «pasos» y tus «montantes»,

no quiero saber nada de ellos.

(Ned Knowles)

El barón Ritzner von Jung descendía de una noble familia húngara, cuyos miembros, hasta donde permiten asegurarlo antiquísimas y fidedignas crónicas, se habían destacado por esa especie de grotesquerie imaginativa de la cual Tieck, descendiente también de la familia, ha dado una ejemplificación tan vívida, aunque no la mejor.

Mi relación con Ritzner comenzó en el magnífico castillo de los Jung, al cual una serie de extrañas aventuras que no deseo hacer públicas me llevó en los meses de estío de 18... Fue allí donde gané su estima y, lo que era más difícil, un primer atisbo de su conformación mental. En tiempos posteriores estos atisbos se hicieron más profundos, y más estrecha la intimidad entre los dos; por eso, al encontrarnos otra vez en G...n, luego de tres años de separación, sabía todo lo que se necesitaba saber del carácter del barón Ritzner von Jung.

Recuerdo el rumor de expectativa que su llegada provocó en el recinto de la universidad la noche del 25 de junio. Recuerdo también claramente que, si todos los presentes lo declararon a primera vista «el hombre más notable del mundo», ninguno se esforzó por fundamentar su opinión. Tan innegable parecía el hecho de que fuera único, que toda pregunta sobre las razones de esa rareza hubieran resultado impertinentes. Pero, dejando esto de lado por el momento, me limitaré a observar que desde su llegada a la universidad el barón empezó a ejercer sobre los hábitos, modales, personas, faltriqueras y propensiones de la comunidad que lo rodeaba una influencia tan vasta como despótica, y al mismo tiempo tan indefinida como inexplicable. Así, el breve período de su residencia en la universidad constituyó una era en sus anales, y fue desde entonces denominada por los que pertenecían a ella o a sus descendientes como «aquella extraordinaria época de la denominación del barón Ritzner Von Jung».

A su llegada a G...n, Von Jung fue a visitarme a mis habitaciones. Carecía en aquel entonces de edad, con lo cual quiero decir que resultaba imposible hacerse una idea de sus años basándose en su apariencia personal. Lo mismo podía haber tenido quince que cincuenta, y en realidad tenía veintiún años y siete meses. Nada de apuesto había en él, más bien lo contrario. El contorno de su rostro era angular y áspero. Tenía una frente tan alta como hermosa, nariz chata, ojos grandes, pesados, vidriosos e inexpresivos. Pero en la boca había más terreno de observación. Los labios sobresalían ligeramente y estaban siempre apretados, al punto que sería imposible imaginar otra combinación de rasgos, por más compleja que fuera, capaz de producir de manera tan total y sencilla la impresión de gravedad, de solemnidad y reposo.

De lo que ya he adelantado se deducirá que el barón constituía una de esas anomalías humanas que se encuentran una que otra vez, y que hacen de la ciencia de las bromas el estudio y la ocupación de su vida. Una especial conformación de su mente lo capacitaba instintivamente para esta ciencia, mientras su aspecto físico le proporcionaba grandes facilidades para llevarla a la práctica. Estoy firmemente convencido de que en la época tan curiosamente llamada «de la dominación» del barón Ritzner von Jung, ninguno de los estudiantes de G...n sospechó jamás el misterio que envolvía su persona. Lo repito: estoy convencido de que nadie, fuera de mí, imaginó nunca que el barón era capaz de una broma fuera verbal o de hecho; antes hubieran acusado al viejo bulldog del jardín, al fantasma de Heráclito o a la peluca del emérito profesor de teología. Y esto mientras saltaba a los ojos que los más egregios e imperdonables artificios, extravagancias y bufonadas tenían por causa al barón, si no de manera directa, al menos por su intermedio o connivencia. La belleza, si así puedo llamarla, de su arte mystifique residía en la consumada habilidad —resultante de un conocimiento casi intuitivo de la naturaleza humana, y de un admirable dominio de sí mismo—, mediante la cual el barón lograba aparentar que las extravagancias que preparaba se producían a pesar de sus laudables esfuerzos para impedirlas y para mantener el buen orden y la dignidad de la casa de estudios. La profunda, la punzante, la sobrecogedora mortificación que el fracaso de sus meritorios esfuerzos dibujaba en cada rasgo de su semblante no dejaba la menor sombra de duda en el ánimo de sus compañeros más escépticos. Y no era menos digna de observación la habilidad que tenía para hacer derivar lo grotesco del creador a lo creado, de su propia persona a las absurdas consecuencias que de ella nacían. Jamás, antes de conocer al barón, había visto que un bromista escapara a las consecuencias inevitables de sus maniobras, es decir, que lo ridículo acabara por contaminar a su propia persona. Mi amigo, en vez, aunque envuelto continuamente en una atmósfera de capricho, daba la impresión de vivir tan sólo para las formas sociales más severas, y ni siquiera los miembros de su propia casa pensaron jamás en asociar a la memoria del barón Ritzner Von Jung otras nociones que las de rigidez y majestad.

Durante la época de su residencia en G...n, parecía como si el demonio del dolce far niente dominara como un incubo la universidad. Nada se hacía allí que no fuera comer, beber y divertirse. Las habitaciones de los estudiantes se habían convertido en sendas tabernas, y ninguna de ellas tenía tanta fama ni estaba tan concurrida como la del barón. Nuestras juergas eran numerosas, turbulentas y continuas, llenas siempre de incidentes.

Cierta vez habíamos prolongado la fiesta hasta el alba después de beber una insólita cantidad de vino. Fuera del barón y de mí, había siete u ocho asistentes. La mayoría eran jóvenes adinerados y de abolengo, orgullosos de su alcurnia y todos ellos imbuidos de un exagerado sentimiento del honor. Abundaban en las opiniones más ultragermánicas acerca del duelo. Estas opiniones quijotescas se habían visto vigorizadas por ciertas publicaciones aparecidas en París, así como por tres o cuatro duelos de resultado fatal que habían tenido lugar en G...n; por eso pasamos la mayor parte de la noche discutiendo entusiastamente aquel tema tan absorbente como apasionante.

El barón, que durante la primera parte de la fiesta se había mostrado extrañamente silencioso y abstraído, pareció por fin salir de su apatía, intervino en la conversación y disertó sobre los beneficios y, sobre todo, las bellezas del código de etiqueta imperante en materia de duelos caballerescos, haciéndolo con un ardor, una elocuencia y un apasionamiento tan grandes que provocó el entusiasmo de todos sus oyentes, y aún de mí mismo, que sabía perfectamente cómo el barón se burlaba en el fondo de aquellas mismas cosas que ahora defendía, y consideraba la fanfaronade de la etiqueta del duelo con el soberano desdén que ésta merece.

Mirando a mi alrededor en el curso de una de las pausas del discurso de mi amigo (del cual mis lectores podrán formarse una débil idea si digo que se parecía a la manera fervorosa, cantante, monótona y, sin embargo, musical del sentencioso Coleridge), advertí que uno de los presentes evidenciaba síntomas de un interés más que común. Este caballero, al que llamaré Hermann, era muy original en todo sentido —salvo, quizá, en el hecho muy general de ser un perfecto tonto—. Había llegado a gozar en cierto sector de la universidad de gran reputación como profundo pensador metafísico y, según creo, como discurridor lógico. Asimismo disfrutaba de gran renombre como duelista, aun en G...n; he olvidado el número exacto de víctimas que habían sucumbido a sus manos, pero eran varias. No cabe dudar de que era hombre valiente, pero su orgullo se fundaba principalmente en el minucioso conocimiento de la etiqueta del duelo y la exquisitez de su sentido del honor. Estas cosas constituían una manía que habría de acompañarlo hasta su muerte. Para Ritzner, siempre a la búsqueda de lo grotesco, aquellas peculiaridades le habían ofrecido ya amplio campo para sus bromas. Y aunque yo lo ignoraba, no tardé en darme cuenta esta vez de que mi amigo se traía entre manos alguna de las suyas, y que Hermann era el destinatario.

A medida que el barón adelantaba en su discurso —o más bien monólogo— advertí que la excitación de su auditor iba en aumento. Por fin intervino, objetando un punto sobre el cual Ritzner insistía entusiastamente, y dio detalladas razones para su oposición. A éstas contestó también en detalle el barón, sin alterar su tono de exagerado entusiasmo, terminando sus palabras con algo que me pareció de pésimo gusto, es decir, con un sarcasmo y una reflexión irónica.

La manía de Hermann se manifestó entonces en toda su fuerza. Fácil era advertirlo en la estudiada minuciosidad de su réplica. Me acuerdo perfectamente de sus últimas palabras:

—Permítame decir, barón Von Jung, que, si bien sus opiniones son en general correctas, en varios puntos me parecen ignominiosas para usted y para la universidad de la cual forma parte. Ciertos puntos no merecen siquiera que los refute seriamente. Y aun diría más, señor mío, si no temiera ofenderlo (y aquí sonrió amablemente); diría que sus opiniones no son las que cabe esperar de un caballero.

Cuando Hermann hubo pronunciado esta equívoca frase, todos los ojos se volvieron hacia el barón. Éste se puso pálido y luego muy rojo; dejando caer el pañuelo, se agachó para recogerlo, momento en el cual alcancé a atisbar en su rostro una expresión que no podía ser apreciada por ninguno de los asistentes. Aquel rostro estaba radiante y mostraba el aire zumbón que constituía su verdadero carácter, pero que jamás le había visto asumir, salvo cuando estábamos a solas y él se permitía una completa libertad.

Un instante después se puso en pie, enfrentando a Hermann; jamás he vuelto a ver tan instantáneo cambio de expresión. Hasta pensé por un momento que me había equivocado y que el barón procedía con la más absoluta seriedad. Parecía contenerse para no estallar, y su rostro estaba blanco como el de un cadáver. Guardó silencio breve tiempo, como si luchara por dominar sus emociones. Luego, pareciendo haberlo logrado en parte, alzó un vaso que había a su alcance y, mientras lo aferraba con fuerza, le oímos decir:

—El lenguaje que ha creído usted adecuado utilizar para dirigirse a mí, Mynheer Hermann, es tan objetable que no tengo tiempo ni paciencia para señalárselo en detalle. De todos modos, decir que mis opiniones no son las que cabe esperar de un caballero constituye una observación tan ofensiva que sólo me permite adoptar una línea de conducta. La cortesía, empero, no me permite olvidar que estos señores y usted mismo son mis huéspedes. Me perdonará, pues, que, teniendo en cuenta esta consideración, me aparte ligeramente de lo que se acostumbra entre caballeros en casos análogos de afrenta personal. Perdóneme por imponer un ligero trabajo a su imaginación, si le pido que considere por un instante que el reflejo de su persona en ese espejo es Mynheer Hermann en persona. Aceptado esto, no habrá la menor dificultad. Arrojaré este vaso de vino contra su imagen en el espejo con lo cual cumpliré en espíritu, ya que no al pie de la letra, lo que me corresponde hacer frente a su insulto, evitando al mismo tiempo ejercer contra usted una violencia física.

Y con estas palabras lanzó el vaso colmado de vino contra el espejo colgado frente a Hermann, golpeando la parte que reflejaba su imagen y, como es natural, rompiendo el cristal en mil pedazos. Todos los presentes se pusieron de pie al unísono y abandonaron la estancia, con excepción de Ritzner y de mí. En momentos en que Hermann salía, el barón me susurró al oído que lo siguiera y le ofreciera mis servicios. Así lo hice, sin saber qué pensar a ciencia cierta de tan ridículo asunto.

El duelista aceptó mi asistencia con su aire estirado y ultra recherché y, luego de tomarme del brazo, me guió a sus habitaciones. Trabajo me costó no reírmele en la cara mientras procedía a discutir, con la más profunda gravedad, lo que denominaba el «carácter refinadamente peculiar» del insulto que había recibido. Luego de una aburridora arenga en su estilo habitual, extrajo de la biblioteca cantidad de polvorientos volúmenes que trataban del duello, y me retuvo largo tiempo leyéndome fragmentos de los mismos y comentándolos profusamente. Tenía en sus manos la Ordenanza de Felipe el Hermoso sobre el combate singular, el Teatro del honor, de Favyn, y el tratado Sobre la autorización para los duelos, de Andiguier. Exhibió, además, pomposamente las Memorias de duelos, de Brantôme, publicado en Colonia, 1666, en caracteres elzevirianos, preciso y único volumen en papel vitela, con espaciosos márgenes y encuadernado por Derôme. Pero me llamó especialmente la atención, con aire de misteriosa sagacidad, sobre un espeso volumen en octavo, escrito en latín bárbaro por un tal Hedelin, un francés, que ostentaba el raro título de Duelli Lex Scripta, et non; aliterque. De este libro me leyó uno de los capítulos más raros del mundo, concerniente a las Injuriœ per applicationem, per constructionem, et per se, la mitad de lo cual, según me aseguró, se aplicaba estrictamente a su propio y «refinadamente peculiar» caso, aunque a mí me fue totalmente imposible comprender una sola sílaba de lo que me leyó.

Terminado el capítulo, Hermann cerró el libro y me preguntó qué consideraba oportuno en la circunstancia. Repuse que tenía la mayor confianza en la delicadeza y refinamiento de sus sentimientos, y que me atendría a lo que propusiera. Pareció lisonjeado con la respuesta y sentóse a escribir un mensaje al barón. Decía así:

Señor: Mi amigo Mr. P... le hará entrega de esta nota. Considero de mi incumbencia solicitarle que tenga a bien darme una explicación sobre lo ocurrido esta noche en sus aposentos. En caso de que declinara usted hacerlo, Mr. P... está conforme en arreglar, con la persona designada por usted, los detalles preliminares de un encuentro.

Con la expresión de mi profundo respeto, su muy humilde servidor.

Johann Hermann

Al barón Ritzner von Jung

18 de agosto de 18...

No sabiendo qué podía hacer mejor, llevé la epístola a Ritzner. Inclinóse al presentársela, y con grave expresión me rogó que me sentara. Luego de haber leído el cartel de desafío, escribió la siguiente respuesta, que llevé a Hermann:

Señor: Por intermedio de nuestro común amigo Mr. P... he recibido su carta de la fecha. Luego de reflexionar, admito francamente la conveniencia de la explicación sugerida por usted. Admito esto, me veo en gran dificultad (debido a la naturaleza refinadamente peculiar de nuestro desacuerdo y de la afrenta personal de que soy responsable) para expresar lo que tengo que decir por vía de explicación, en forma tal que satisfaga las minuciosas exigencias y los variados matices del presente caso. Deposito toda mi confianza, sin embargo, en la delicadísima discriminación en cuestiones vinculadas con la etiqueta, que ha dado a usted un renombre tan eminente y duradero. En la plena certidumbre de ser comprendido, pues, me permito no expresar mis sentimientos personales sino remitir a usted a las opiniones del Sieur Hedelin, tales como figuran en el noveno párrafo del capítulo Injuriœ per applicationem, per constructionem, et per se de su Duelli Lex Scripta, et non; aliterque. La finura de su discernimiento en las materias allí tratadas será suficiente, estoy seguro, para convencerlo de que la mera circunstancia de que yo lo remita a ese admirable pasaje bastará para satisfacer su caballeresco pedido de una explicación.

Con la expresión de mi profundo respeto, su muy obediente servidor.

Von Jung

Al señor Johann Hermann

18 de agosto de 18...

Hermann comenzó la lectura de esta carta con el entrecejo fruncido, pero no tardó en sonreír de la manera más ridículamente vanidosa al llegar a la jerigonza sobre las Injuriœ per applicationem, per constructionem, et per se. Una vez que hubo terminado, me pidió con la más suave de las sonrisas que tomara asiento, mientras consultaba el tratado en cuestión. Buscando el pasaje especificado, lo leyó para sí con gran cuidado y luego, cerrando el libro, me solicitó en mi carácter de amigo personal que expresara al barón Von Jung su profundo reconocimiento ante tan caballeresco proceder, y que le asegurara que la explicación ofrecida era de naturaleza tan honorable como satisfactoria.

Un tanto sorprendido por esto, retorné a los aposentos del barón, quien pareció recibir el amistoso mensaje de Hermann como si fuera la cosa más natural del mundo. Luego de conversar conmigo unos instantes, pasó a otra habitación, de la cual regresó trayendo el inmortal tratado Duelli Lex Scripta, et non; aliterque. Alcanzándome el volumen, me pidió que leyera una parte del mismo. Traté de hacerlo sin resultado, pues no me era posible comprender una sola sílaba. Ritzner tomó entonces el libro y me leyó un capítulo en voz alta. Para mi gran sorpresa, lo que leía resultó ser el más absurdo de los relatos acerca del duelo entre dos mandriles...

No tardó mi amigo en explicarme el misterio, mostrándome que aquel volumen, contra lo que aparentaba prima facie, estaba escrito siguiendo el sistema de los versos disparatados de Du Bartas; es decir, que las palabras habían sido ingeniosamente dispuestas para producir una apariencia inteligible y hasta de profundidad conceptual, aunque en realidad aquello no tenía pies ni cabeza. La clave del libro consistía en leer una palabra de cada tres, con lo cual surgían una serie de ridiculas chanzas sobre un combate celebrado en nuestros tiempos.

El barón me informó más tarde que se las había arreglado para que Hermann conociera el tratado dos o tres semanas antes de la aventura, y que por el tono general de su conversación se había dado cuenta de que lo había estudiado atentamente y que estaba convencidísimo de que era una obra de raro mérito. Basándose en esto, puso en práctica su broma. Hermann se hubiera dejado matar diez mil veces antes de reconocer su incapacidad para comprender cualquiera de las cosas que en este mundo se llevan escritas sobre el duelo.



[1] Tarpaulin, lienzo o sombrero encerado, y también marinero. (N. del T.)

[2] Juego de palabras intraducibie. El letrero dice: «No chalk», literalmente: No tiza, o sea la negativa a llevar cuentas, a dar crédito. (N. del T.)

[3] Bore, pelmazo, suena también como boar, cerdo. (N. del T.)

[4] Poe usa el término plum, que en Inglaterra designaba popularmente la suma de 100 libras esterlinas. (N. del T.)

[5] Φρένες.

[6] «Ils écrivaient sur la philosophie (Cicerón, Lucrecio, Séneca) mais c’était la philosophie grecque» (Condorcet).

[7] ¿Arouet, acaso?

[8] De tar, alquitrán, y feather, pluma. To tar and feather significa untar a alguien con alquitrán y cubrirlo luego de plumas. (N. del T.)

[9] En español en el original. (N. del T.)

[10] Damn it, ¡maldito sea! (N. del T.)

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