BLOOD

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viernes, 29 de enero de 2010

EL PASILLO DE LA MUERTE , 4ªPARTE , UNA EJECUCION ESPELUZNANTE --- STEPHEN KING

STEPHEN

KING

El pasillo de la muerte

4º parte

( Una ejecución espeluznante)

Titulo original : The Green Mile IV. The Bad Death of Edward

1

Aparte de escribir estas páginas, desde que vine a vivir a Georgia Pines llevo un pequeño

diario -poca cosa, cada día escribo un par de párrafos, sobre todo acerca de la climatología- y

anoche estuve hojeándolo. Quería saber cuánto tiempo había pasado desde que mis nietos,

Christopher y Lisette, me habían traído aquí, prácticamente obligado.

-Es por tu bien, abuelo -dijeron.

Es natural. ¿No es lo que dice la gente cuando por fin encuentra la forma de librarse de un

problema que habla y camina?

Ha pasado poco más de un año. Lo curioso es que no sé si me parece un año, o más, o

menos. Mi sentido del tiempo parece estar fundiéndose, como un muñeco de nieve después de una

helada de enero. Es como si el tiempo hubiera perdido el significado que tenía: la hora oficial del

Este, la hora de verano, la hora de invierno. Aquí sólo existe la hora de Georgia Pines; es decir, la

hora de los viejos, la hora de las viejas, la hora de mearse en la cama. Lo demás ha desaparecido.

Desaparecido.

Éste es un lugar peligroso. Al principio uno no se da cuenta, cree que es sólo un lugar

aburrido, tan inofensivo como una guardería a la hora de la siesta, pero es peligroso, creedme.

Desde mi llegada he visto a mucha gente deslizarse hacia la senilidad, y a veces hacen algo más

que deslizarse: se sumergen en ella con la vertiginosa velocidad de un submarino. Llegan aquí

bastante bien -con la mirada ausente, atados a un bastón o incluso con incontinencia urinaria, pero

bien- y de repente les ocurre algo. Un mes más tarde están sentados en la sala de la tele, mirando a

Oprah Winfrey con la boca entreabierta y un olvidado vaso de zumo de naranja inclinado y

goteando en una mano. Al cabo de otro mes, hay que recordarles los nombres de sus hijos cuando

éstos vienen a visitarlos. Y un mes después, es preciso recordarles sus propios nombres. Algo les

pasa, no cabe duda. Es el tiempo de Georgia Pines. Aquí el tiempo es como un ácido diluido que

primero borra la memoria y después el deseo de seguir viviendo.

Hay que resistir. Es lo que siempre le digo a Elaine Connelly, mi amiga especial. Para mí las

cosas han mejorado desde que comencé a escribir lo que me ocurrió en 1932, el año en que John

Coffey llegó al pasillo de la muerte. Cientos de recuerdos son horribles, pero siento que aguzan mi

mente y mi conciencia, como una cuchilla que saca punta a un lápiz, y eso le da sentido al dolor.

Sin embargo, no basta con escribir y recordar. También tengo un cuerpo, por gastado y grotesco

que sea, y lo ejercito todo lo que puedo. Al principio me costó -los viejos como yo no somos

buenos haciendo ejercicio por la mera necesidad de hacerlo-, pero ahora que mis caminatas tienen

un propósito se ha vuelto más sencillo.

Salgo después del desayuno, casi siempre en cuanto aclara. Esta mañana llovía, y aunque la

humedad me da dolor de huesos, cogí un chubasquero del perchero situado al lado de la puerta de

la cocina y salí de todos modos. Si un hombre tiene una obligación, debe cumplirla por mucho que

le cueste. Además, hay algunas compensaciones. La principal es mantener el sentido del tiempo

real, diferenciarlo del tiempo de Georgia Pines. Y con dolor o sin él, la lluvia me gusta. Sobre todo

por la mañana temprano, cuando el día es joven y parece lleno de promesas, incluso para un viejo

acabado como yo.

Pasé por la cocina, me detuve a pedir un par de tostadas a uno de los cocineros de ojos

soñolientos, y salí. Crucé el campo de cróquet y luego el pequeño jardín cubierto de malezas. Más

allá hay una arboleda, atravesada por un sendero estrecho y serpenteante, y un par de cobertizos

abandonados, que se desmoronan lentamente. Caminé despacio por el sendero, oyendo el suave y

espectral tamborileo de la lluvia sobre los pinos, masticando una tostada con los pocos dientes que

me quedan. Me dolían las piernas, pero era un dolor leve, tolerable. En líneas generales, me sentía

bastante bien. Aspiré el aire gris y húmedo tan profundamente como pude, absorbiéndolo como si

fuera un alimento.

Cuando llegué al segundo cobertizo, entré por un instante y me ocupé del asunto que me

había llevado allí.

Veinte minutos más tarde, mientras volvía sobre mis pasos, sentí el gusanillo del hambre en

el estómago y pensé que no me vendría mal comer algo más sustancial que una tostada. Un cuenco

de avena con leche o incluso unos huevos revueltos con una salchicha. Las salchichas me

encantan, siempre me han gustado, pero en los últimos tiempos si como más de una me dan

cagarrinas. Sin embargo, una sola no me haría ningún daño. Luego, con el estómago lleno y la

mente todavía fresca gracias al aire húmedo (eso esperaba), iría a la terraza y a escribir sobre la

ejecución de Eduard Delacroix. Lo haría lo antes posible, antes de perder el valor.

Mientras cruzaba el campo de cróquet en dirección a la puerta de la cocina, pensaba en

Cascabel, en la forma en que Percy Wetmore le había roto el espinazo de una patada y en los gritos

de Delacroix al darse cuenta de lo que había hecho su enemigo; de modo que no vi a Brad Dolan,

semioculto por el contenedor, hasta que me cogió de la muñeca.

-¿Has salido a dar un pequeño paseo, Paulie?

Di un respingo y aparté la mano. Me había sobresaltado -todo el mundo se aparta cuando se

asusta-, pero eso no era todo. Recordad que estaba pensando en Percy Wetmore, y Brad me

recuerda a él. En parte porque siempre lleva un libro en el bolsillo (Percy solía llevar una revista de

aventuras; Brad una edición en rústica de chistes que sólo causan gracia a la gente mezquina como

él), y en parte porque se comporta como el rey de la Montaña de Mierda, pero sobre todo porque es

un hipócrita que disfruta haciendo daño al prójimo.

Noté que acababa de entrar a trabajar; aún no se había puesto el uniforme blanco. Llevaba

unos tejanos y una horrible camisa de estilo vaquero. En una mano tenía los restos de un pastelillo

que había robado de la cocina y lo comía debajo del alero para no mojarse y, estoy seguro, para

vigilarme. También estoy seguro de que tengo que tener cuidado con Brad Dolan. No le caigo

bien, no sé por qué, del mismo modo que nunca supe por qué a Percy Wetmore le disgustaba

Delacroix. En realidad, disgustar es una expresión demasiado suave: Percy odió a Delacroix con

toda el alma desde el momento en que el pequeño francés llegó al pasillo de la muerte.

-¿Qué haces con ese chubasquero, Paulie? preguntó tocando el cuello de la prenda-. No es

tuyo.

-Lo cogí del vestíbulo -respondí. Detesto que me llame Paulie, y creo que él lo sabe, pero no

quiero darle la satisfacción de demostrárselo-. Hay muchos, y no voy a estropearlo. Después de

todo, es para la lluvia, ¿verdad?

-Pero no para ti, Paulie -dijo tocándolo otra vez-. Ésa es la cuestión. Los chubasqueros no

son para los residentes, sino para los empleados.

-Aun así no veo qué tiene de malo el que lo use.

Esbozó una sonrisa.

-No se trata de que hagas algo malo, sino de que cumplas con las reglas. ¿Cómo sería la vida

sin reglas? -Sacudió la cabeza, como si mi sola visión le hiciera sentir pena por estar vivo-. Quizá

creas que un viejo como tú no tiene que preocuparse por las reglas, pero no es así, Paulie.

Sonreía con desprecio, como si me odiara. ¿Por qué? No lo sé. A veces no hay una razón, y

eso es lo más terrible.

-Bueno, lamento haber violado las reglas -dije con voz aguda, casi plañidera, y me detesté a

mí mismo por hablar de aquel modo, pero soy viejo y los viejos solemos hablar con tono

quejumbroso. Lo cierto es que nos asustamos con facilidad-. No lo sé -añadí.

Sólo quería deshacerme de él. Cuanto más lo escuchaba hablar, mayor era el parecido que le

encontraba con Percy. William Wharton, el loco que ingresó en el pasillo de la muerte en el otoño

de 1932 en una ocasión cogió a Percy y lo asustó tanto que el guardia se meó en los pantalones.

«Si comentáis esto con alguien -nos dijo Percy- estaréis en la cola del paro antes de una semana.»

Ahora, tantos años después, me parece oír a Brad Dolan pronunciando las mismas palabras con

idéntico tono de voz. Es como si al escribir sobre aquellos tiempos hubiera abierto una puerta

secreta que conecta el pasado con el presente: Percy Wetmore con Brad Dolan, Janice Edgecombe

con Elaine Connelly, la prisión de Cold Mountain con la residencia geriátrica Georgia Pines. Y si

esa idea no me impide dormir esta noche, nada lo hará.

Hice ademán de seguir hacia la cocina, pero Brad volvió a cogerme de la muñeca. No sé si la

primera vez lo había hecho adrede, pero esta vez sí; me apretaba tanto que me hacía daño.

Mientras tanto, miraba a un lado y a otro para asegurarse de que no hubiese nadie bajo la lluvia, de

que nadie viera que estaba maltratando a uno de los viejos que debía cuidar.

-¿Qué haces en ese sendero? -preguntó-. Sé que no vas a follarte a nadie. Esos tiempos han

pasado para ti, así que dime, ¿qué haces?

-Nada -respondí, diciéndome que debía mantener la calma y no demostrarle que me hacía

daño, recordándome que no había mencionado el cobertizo sino únicamente el sendero-. Camino

para refrescarme la mente.

-Ya es demasiado tarde, Paulie. Tu mente no recuperará la lucidez. -Volvió a apretarme la

delgada muñeca de viejo, presionando los huesos frágiles, sin dejar de mirar a un lado y a otro para

comprobar que nadie lo veía. Brad no tenía miedo de romper las reglas sino de que lo pillaran

haciéndolo. En ese sentido también se parecía a Percy Wetmore, que en ningún momento nos

permitía olvidar que era pariente del gobernador-. A tu edad, es un milagro que puedas recordar

quién eres. Eres demasiado viejo, incluso para un museo como éste. Me das grima, Paulie.

-Suéltame -dije, intentando que mi voz no sonara suplicante. No se trataba sólo de orgullo.

Pensé que si suplicaba, lo envalentonaría, como el olor a miedo suele envalentonar a un perro

furioso y animarlo a morder cuando en otras circunstancias se habría limitado a ladrar. Eso me

recordó al periodista que había escrito sobre el juicio de Coffey. Era un temerario llamado

Hammersmith, y lo más temible de él era que no era consciente de su temeridad.

En lugar de soltarme, Dolan volvió a apretarme la muñeca, y gemí. No quería hacerlo, pero

fui incapaz de evitarlo. Me dolían hasta los tobillos.

-¿Qué haces allí, Paulie? Dímelo.

-Nada -repetí. No lloraba, pero temía empezar a hacerlo si seguía apretándome de ese modo-.

Nada. Sólo camino. Me gusta andar. ¡Suéltame!

Lo hizo, pero apenas el tiempo suficiente para cogerme de la otra mano, que estaba cerrada.

-Abre -dijo-. Deja que papá vea qué llevas ahí.

Obedecí y Dolan gruñó disgustado al ver lo que llevaba: los restos de la segunda tostada. La

había apretado en mi mano derecha cuando me cogió la muñeca izquierda y tenía los dedos

embadurnados con mantequilla, mejor dicho, margarina; como es lógico, aquí no hay mantequilla.

-Entra y lávate las malditas manos -dijo retrocediendo y dando otro bocado al pastelillo-.

Caramba.

Subí por la escalerilla. Me temblaban las piernas y el corazón me latía como una máquina

con las válvulas flojas y los pistones viejos. Cuando cogí el pomo que me permitiría entrar en la

cocina y librarme del peligro, Dolan dijo:

-Si le cuentas a alguien que te he apretado la muñeca, Paulie, diré que sufres alucinaciones.

El principio de una demencia senil. Sabes que me creerán. Si tienes un hematoma, pensarán que te

lo has hecho solo.

Sí. Tenía razón. Y una vez más, podría haber sido Percy Wetmore quien pronunciaba

aquellas palabras, un Percy que había conseguido mantenerse joven y mezquino mientras yo me

había vuelto viejo e indefenso.

-No diré nada a nadie -murmuré-. No tengo nada que decir.

-Eso está muy bien, cariño. -Su voz era suave y burlona, la voz de un capugante (para usar la

expresión favorita de Percy) que creía que iba a ser joven eternamente-. Y pienso descubrir en qué

andas. Me ocuparé de ello, ¿sabes?

Claro que lo sabía, pero no iba a darle la satisfacción de reconocerlo. Entré, crucé la cocina

(olía a huevos y salchichas, pero yo había perdido el apetito) y colgué el chubasquero en su sitio.

Luego subí a mi habitación, descansando en cada escalón, dando tiempo a mi corazón para que se

calmara, y cogí las cosas para escribir.

Salí a la galería y en el preciso instante en que me sentaba ante la pequeña mesa junto a la

ventana, se asomó mi amiga Elaine. Parecía cansada, incluso enferma. Se había peinado, pero aún

llevaba la bata. Los viejos no nos fijamos mucho en nuestro aspecto; no podemos darnos ese lujo.

-No quiero molestarte -dijo-. Si ibas a empezar a escribir...

-No seas tonta -respondí-. Me sobra más tiempo que a Bayer aspirinas. Ven.

Entró en la galería, pero se detuvo al lado de la puerta.

-Es que no podía dormir, y estaba mirando por la ventana cuando vi...

-A Dolan y a mí manteniendo una agradable charla -dije. Esperaba que sólo nos hubiera

visto, que la ventana estuviese cerrada y no me hubiera oído suplicar a Dolan que me dejase

marchar.

-No parecía agradable ni amistosa -dijo-. Paul, ese Dolan ha estado haciendo preguntas sobre

ti. La semana pasada me interrogó. Entonces no le di importancia, pensé que era un cotilla, pero

ahora me pregunto qué sucede.

-Conque ha estado haciendo preguntas sobre mí... -dije intentando disimular mi ansiedad-.

¿Qué clase de preguntas?

-Adónde vas cuando sales a caminar, por ejemplo, y por qué lo haces.

Solté una risita forzada.

-Ahí tienes un hombre que no cree en las virtudes del ejercicio físico.

-Piensa que escondes algo. -Hizo una pausa-. Y yo también.

Abrí la boca, aunque no sé qué iba a decir, pero antes de que pudiera articular palabra Elaine

me detuvo con un ademán de sus manos deformes, aunque curiosamente bellas.

-Si lo haces, no quiero saber de qué se trata, Paul. Tus asuntos sólo te incumben a ti. Me

educaron en esa creencia, aunque no todo el mundo la comparte. Sólo quería decirte que tuvieras

cuidado. Y ahora te dejo trabajar.

Se volvió para marcharse, pero antes de que franqueara el umbral la llamé. Se volvió y me

miró con expresión inquisitiva.

-Cuando termine lo que estoy escribiendo... -comencé, pero me detuve a mitad de la frase y

sacudí la cabeza-. Si termino lo que estoy escribiendo -rectifiqué-, ¿querrás leerlo?

Reflexionó por un instante y luego esbozó una sonrisa capaz de enamorar a cualquier

hombre, incluso a uno viejo como yo.

-Será un placer.

-Antes de decir eso deberías esperar a leerlo -observé pensando en la ejecución de Delacroix.

-De todos modos, lo leeré de principio a fin -respondió-. Lo prometo. Aunque antes tendrás

que terminar.

Me dejó para que lo hiciese, pero pasó un buen rato antes de que empezara a escribir. Estuve

mirando por la ventana durante casi una hora, tamborileando con el lápiz sobre la mesa,

observando cómo el día se aclaraba poco a poco, pensando en Brad Dolan, que me llama Paulie y

nunca se cansa de sus chistes sobre chinos, vietnamitas, hispanos e irlandeses, rumiando las

palabras de Elaine Connelly: «Cree que escondes algo, y yo también.»

Es probable que sea así. Sí; quizá lo haga. Y, naturalmente, Brad Dolan quiere saber qué es.

No porque piense que se trata de algo importante (supongo que lo es sólo para mí), sino porque no

le parece bien que un viejo tenga secretos. Nada de coger chubasqueros del perchero que está al

lado de la puerta de la cocina, y nada de secretos. De lo contrario, es probable que los tipos como

yo creamos que seguimos siendo humanos. ¿Por qué es inadmisible que pensemos algo así? Dolan

no lo sabe, y en eso también se parece a Percy.

Así fue como mis pensamientos, al igual que un río que gira en un meandro, me llevaron del

momento en que Dolan apareció debajo del alero de la cocina y me cogió de la muñeca, hasta

Percy, el mezquino Percy Wetmore y la forma en que se vengó del hombre que se había reído de

él.

Delacroix había estado arrojando el carrete para que Cascabel fuera tras él, y aquél rebotó en

la pared de la celda, saliendo al pasillo. Eso fue todo. Entonces Percy tuvo su gran oportunidad.

2

-¡No, imbécil! -gritó Bruto, pero Percy no le hizo el menor caso.

En el preciso instante en que Cascabel alcanzaba el carrete, demasiado concentrado en su

número para advertir la proximidad de su antiguo enemigo, Percy le asestó un puntapié con la

gruesa suela de una de sus botas de trabajo. El espinazo del animal se partió con un crujido

audible, y de su boca comenzó a manar sangre. Los ojitos pequeños y oscuros parecieron saltar de

sus órbitas, y en ellos vi una expresión de angustia y sorpresa demasiado humana para tratarse de

un ratón.

Delacroix soltó un grito de horror y pena. Se lanzó contra la puerta de la celda, sacó los

brazos entre los barrotes y comenzó a repetir el nombre del ratón una y otra vez.

Percy se volvió hacia él con una sonrisa en los labios. De hecho, se volvió también hacia

Bruto y hacia mí.

-Ya está -dijo-. Sabía que tarde o temprano lo cogería. Sólo era cuestión de tiempo.

Dio media vuelta y caminó sobre sus pasos, dejando a Cascabel tendido en el linóleo verde,

en medio de un creciente charco de sangre.

Dean se levantó de la mesa de entrada, golpeándose la rodilla con ella y arrojando el tablero

de juego al suelo. Las fichas se esparcieron en todas las direcciones.

-¿Qué has hecho esta vez? -le gritó a Percy-. ¿Qué demonios has hecho esta vez, imbécil?

Percy no respondió. Pasó junto a la mesa sin decir palabra, alisándose el pelo con los dedos.

Cruzó mi despacho hacia el almacén. William Wharton contestó por él:

-¿Jefe Dean? Creo que lo que ha hecho es enseñar al francés que nadie se ríe de él. -Y luego

soltó una carcajada sincera, una risa franca y alegre, como la de un hombre de campo.

En aquel tiempo conocí a personas (casi siempre aterradoras) que sólo parecían normales

cuando reían. Will Wharton el Salvaje, era uno de ellos.

Volví a mirar al ratón, atónito. Todavía respiraba, pero había pequeñas gotas de sangre entre

sus finísimos bigotes y sus ojos, poco antes brillantes como gotas de aceite, se habían vuelto

opacos. Bruto recogió el carrete de colores, lo miró y luego me miró a mí. Parecía tan aturdido

como yo. Detrás de nosotros, Delacroix seguía gritando con angustia y horror. Naturalmente, no

era sólo por el ratón. Percy había abierto una grieta en las defensas de Delacroix y todo el miedo

acumulado salía por allí. Sin embargo, Cascabel era el centro de todos esos sentimientos

reprimidos, y escucharlo era terrible.

-¡No, no! -repetía una y otra vez, entre gritos de desesperación e inconexas plegarias

en.francés-. ¡No, no, no! ¡Pobre Cascabel!

-Dádmelo.

Alcé la vista, sorprendido por aquella voz grave que al principio no reconocí. Era John

Coffey. Al igual que Delacroix, había sacado los brazos entre los barrotes de la celda, aunque sólo

hasta la mitad del antebrazo; el resto era demasiado grueso para pasar. Pero a diferencia de

Delacroix, no agitaba los brazos; sencillamente los mantenía extendidos con las palmas hacia

arriba en un ademán de impaciencia. Su voz reflejaba la misma urgencia, y supongo que por eso

me costó reconocerla. Parecía un hombre distinto del alma en pena que había ocupado la celda

durante las últimas semanas.

-¡Démelo, señor Edgecombe, antes de que sea demasiado tarde!

Entonces recordé lo que había hecho por mí y comprendí. Supuse que no podía hacer ningún

daño, aunque tampoco creía que pudiera ayudar. Cuando recogí el ratón, me sobresalté ante su

contacto: su lomo estaba tan atravesado por huesos rotos que parecía una almohadilla para alfileres

cubierta de piel. Aquello no era una infección urinaria. Sin embargo...

-¿Qué haces? -me preguntó Bruto mientras depositaba a Cascabel sobre la enorme mano

derecha de Coffey-. ¿Qué demonios haces?

Coffey metió el ratón en la celda. El animalito yacía inerte sobre la palma de su mano, con la

cola suspendida entre el pulgar y el índice, la punta sacudiéndose ligeramente en el aire. Entonces

Coffey cubrió su mano derecha con la izquierda, creando una especie de cúpula. Ya no podíamos

ver a Cascabel; sólo la cola permanecía a la vista, colgando y moviéndose como un péndulo

mortecino. Coffey se llevó las manos a la cara, abriendo los dedos de la derecha de modo que

formaba brechas semejantes a los barrotes de las celdas de la prisión. La cola del ratón caía ahora

hacia el lado de las manos que quedaba frente a nosotros.

Bruto se acercó a mí con el carrete de colores en la mano.

-¿Qué hace?

-Calla -dije.

Delacroix había dejado de llorar.

-Por favor, John -murmuró-. Por favor, Johnny, ayúdalo, s'il vous plait.

Dean y Harry se unieron a nosotros, éste con un mazo de cartas en la mano.

-¿Qué pasa? -preguntó Dean, pero yo me limité a sacudir la cabeza. Volvía a sentirme

hipnotizado. ¡Caray!; creo que lo estaba.

Coffey acercó la boca al resquicio entre dos de sus dedos e inspiró hondo. Por un instante el

tiempo pareció detenerse. Luego separó la cabeza de las manos y vi la cara de un hombre muy

enfermo o que sufre un dolor desesperante. Le brillaban los ojos, se mordía con fuerza el labio

inferior y la cara morena palideció hasta adquirir un color desagradable, como una mezcla de

ceniza y barro. Desde lo más profundo de su garganta surgió un sonido ahogado.

-¡Dios bendito! -murmuró Bruto. Sus ojos parecían a punto de saltar de las órbitas.

-¿Qué? -preguntó Harry como si ladrara-. ¿Qué pasa?

-¡La cola! ¿No la ves? ¡La cola!

La cola de Cascabel ya no era un péndulo mortecino; se movía con brusquedad de un lado a

otro, como la cola de un gato que intenta cazar un pájaro. Entonces, desde el hueco de las manos

de Coffey, se oyó un chillido familiar.

Coffey volvió a emitir ese sonido ahogado, gutural, y volvió la cabeza hacia un lado, como

alguien que quiere escupir la flema acumulada en la garganta. En lugar de eso, exhaló por la boca

y la nariz una nube de insectos negros. Creo que eran insectos, y los demás pensaron lo mismo,

aunque ya no estoy seguro de que lo fuesen. Volaron alrededor de él como una nube que oscureció

sus rasgos por un instante.

-¡Dios mío! ¿Qué es eso? preguntó Dean con voz aguda, horrorizado.

-Tranquilo -me oí decir-. No os asustéis. Desaparecerán dentro de unos segundos.

Igual que cuando Coffey me había curado la infección urinaria, los «bichos» se volvieron

blancos y poco después se esfumaron.

-¡Mierda! -susurró Harry.

-¿Paul? -dijo Dean con voz vacilante-. ¿Paul?

Coffey parecía haberse recuperado, como alguien

que ha conseguido escupir el trozo de carne con que se había atragantado. Se agachó,

apoyó las manos en el suelo, y después de espiar entre los dedos, las abrió. Cascabel estaba

perfectamente -ni un solo bulto en su espinazo, ni una protuberancia debajo de la piel- y salió

corriendo. Se detuvo por un momento junto a los barrotes de la celda de Coffey y cruzó el pasillo

en dirección a la de Delacroix. Noté que aún tenía gotas de sangre en los bigotes.

Delacroix lo cogió, riendo y llorando al mismo tiempo, cubriendo al ratón con besos

ruidosos y desvergonzados. Dean, Harry y Bruto lo miraban con mudo estupor. Entonces Bruto dio

un paso al frente y pasó el carrete entre los barrotes. Al principio, Delacroix no lo vio, pues sólo

tenía ojos para el ratón, como un padre que acaba de recuperar a un hijo que había estado a punto

de ahogarse. Bruto le tocó el hombro con el carrete. Delacroix lo vio, lo cogió y volvió a

concentrarse en Cascabel, acariciándole la piel y devorándolo con los ojos, como si necesitara

cerciorarse de que el ratón se encontraba bien.

-Arrójalo -dijo Bruto-. Quiero verlo correr..

-Se encuentra bien, jefe Bowell. Gracias a Dios, está bien.

-Arrójalo -repitió Bruto-. Hazme caso.

Delacroix se inclinó de mala gana, claramente reacio a soltar a Cascabel, al menos por el

momento. Luego, con la mayor suavidad, arrojó el carrete, que rodó por el suelo de la celda, más

allá de la caja de cigarros Corona, y chocó contra la pared.

Cascabel lo persiguió, aunque no con la rapidez de costumbre. Parecía cojear un poco de la

pata posterior izquierda, y eso es lo que más me impresionó. Aquella ligera cojera daba visos de

realidad a lo ocurrido.

Sin embargo, alcanzó el carrete, y lo empujó con el hocico hacia Delacroix con el

entusiasmo de siempre. Me volví hacia John Coffey, que sonreía detrás de los barrotes de la celda.

Era una sonrisa cansada, no exactamente de felicidad, pero la urgencia que había visto en su rostro

mientras pedía que le entregáramos el ratón y la posterior expresión de dolor y miedo, como si se

ahogara, habían desaparecido. Era el John Coffey de siempre, con su aspecto ausente y la extraña

mirada distante.

-Lo has ayudado, ¿verdad, grandullón?

-Sí -respondió Coffey. La sonrisa se ensanchó un poco y por un instante reflejó felicidad-.

He ayudado al ratón de Delacroix, lo he ayudado. He ayudado a... -Guardó silencio, incapaz de

recordar el nombre del animal.

-Cascabel -dijo Dean mientras lo miraba con expresión cautelosa, inquisitiva, como si

esperase que en cualquier momento se incendiara o comenzase a flotar dentro de la celda.

-Eso -dijo Coffey-. Cascabel. Es un ratón de circo. Y va a vivir en una casa con cristal

esmerilado.

-Puedes estar seguro -dijo Harry, que también contemplaba a Coffey.

A nuestras espaldas, Delacroix estaba tendido en su camastro con Cascabel sobre el pecho.

Lo acunaba cantándole una canción francesa que parecía una nana.

Coffey miró hacia el extremo del pasillo donde estaba la mesa de entrada y la puerta de mi

despacho.

-El jefe Percy es malo -dijo-. Es muy malo. Aplastó al ratón de Del. A Cascabel.

Entonces, antes de que pudiéramos contestar -en el caso de que se nos hubiera ocurrido algo

que decir- regresó a su camastro, se tendió y volvió la cara hacia la pared.

3

Veinte minutos más tarde, cuando Bruto y yo entramos en el almacén, Percy estaba de

espaldas. Había encontrado una lata de cera para muebles en el estante situado encima del armario

donde dejábamos los uniformes sucios (y a veces nuestras ropas de paisano, puesto que en la

lavandería de la prisión les daba igual lavar una cosa que otra) y estaba encerando los brazos y las

patas de la silla eléctrica. Es probable que esto os parezca extraño, incluso macabro, pero para

Bruto y para mí era la cosa más normal que Percy había hecho en toda la noche. Al día siguiente la

Freidora se presentaría en público y, al menos en apariencia, Percy estaría a cargo del espectáculo.

-Percy -dije.

Se volvió. La canción que tarareaba se ahogó en su garganta. Al principio no vi la expresión

de miedo que esperaba, pero noté que Percy parecía mayor y pensé que John Coffey tenía razón.

Era malo. La experiencia me había demostrado que la maldad es como una droga, y creo que nadie

estaba en mejores condiciones que yo para llegar a esa conclusión. Percy se había convertido en un

adicto; había disfrutado con lo que le había hecho al ratón, y sobre todo con los gritos

desesperados de Delacroix.

-No me riñáis -dijo con un tono de voz casi afable-. Al fin y al cabo, no era más que un

ratón. Nunca debería haber estado aquí y vosotros lo sabéis.

-El ratón se encuentra bien -dije. Mi corazón latía desbocado, pero me esforcé por hablar con

suavidad, casi con indiferencia-. Perfectamente. Corre, chilla y persigue el carrete otra vez. Lo de

matar ratones se te da tan bien como cualquiera de las demás cosas que haces aquí.

Me miró con expresión de asombro e incredulidad.

-No esperaréis que me lo crea, ¿verdad? He reventado a ese maldito bicho. Oí el ruido. Así

que ya podéis...

-Cierra el pico.

Me miró con los ojos desorbitados.

-¿Qué has dicho?

Di un paso al frente. Sentía que me latía una vena en medio de la frente. No recordaba haber

estado tan furioso en mucho tiempo.

-¿No te alegras de que Cascabel se encuentre bien después de todas las conversaciones que

hemos tenido sobre nuestra obligación de mantener la calma entre los prisioneros, sobre todo

cuando se acerca el final? He pensado que te aliviaría saberlo, que te alegrarías incluso, teniendo

en cuenta que Delacroix será ejecutado mañana.

Percy me miró, luego miró a Bruto, y su aparente serenidad se trucó en inquietud.

-¿Qué clase de broma es ésta? -preguntó.

-No es ninguna broma, amigo dijo Bruto-. El que lo consideres así es... bueno, una de las

razones por las que es imposible confiar en ti. Si quieres que sea sincero contigo, te diré que creo

que eres un caso perdido.

-Cuida tus palabras -dijo Percy con aspereza. Comenzaba a acusar el miedo, miedo de lo que

pudiésemos hacerle, de lo que pudiéramos estar tramando. Me alegró detectar ese temor; nos

facilitaría las cosas-. Conozco a gente importante.

-Eso dices, pero como eres tan soñador... dijo Bruto, que parecía a punto de echarse a reír.

Percy dejó el trapo de encerar en el asiento de la silla, cuyas correas estaban sujetas a los

brazos y las patas.

-Maté a ese ratón -dijo con voz no demasiado firme.

-Si quieres compruébalo personalmente -dije-. Vivimos en un país libre.

-Lo haré -respondió-. Lo haré.

Pasó junto a nosotros, con los labios apretados y jugueteando con el peine entre sus manos

pequeñas (Wharton tenía razón: eran bonitas). Subió los peldaños y entró en mi despacho. Bruto y

yo permanecimos en silencio al lado de la Freidora, aguardando su regreso. No sé a Bruto, pero a

mí no se me ocurría nada que decir. Ni siquiera sabía qué pensar sobre lo que acabábamos de ver.

Unos tres minutos después, Bruto cogió el trapo de Percy y comenzó a encerar los gruesos

barrotes del respaldo de la silla. Tuvo tiempo de terminar con uno y empezar con otro antes de que

regresara Percy, que tropezó y estuvo a punto de caer por los peldaños que comunicaban mi

despacho con el almacén, y caminó hacia nosotros con paso vacilante y una expresión de

perplejidad e incredulidad en el rostro.

-Lo habéis cambiado -dijo con tono acusatorio-. Cabrones, habéis cambiado de ratón. Estáis

gastándome una broma y os aseguro que lo lamentaréis. Si no dejáis de burlaros de mí, acabaréis

en la cola del paro. ¿Quiénes os habéis creído que sois? -Hizo una pausa para recuperar el aliento,

con los puños apretados.

Te diré quiénes somos -dije-. Somos tus compañeros de trabajo... aunque no por mucho

tiempo. -Tendí los brazos y lo cogí de los hombros. No con demasiada fuerza, pero con la

suficiente para inmovilizarlo.

Percy intentó soltarse.

-Quita tus...

Bruto le cogió la mano derecha, pequeña y blanda, y la aprisionó en su puño bronceado.

-Cierra el pico, maldito cabroncete. Si sabes lo que te conviene, aprovecharás esta última

oportunidad para quitarte la cera de los oídos.

Lo hice girar, lo levanté sobre la plataforma y lo hice retroceder hasta que la parte posterior

de sus rodillas chocó contra el asiento de la silla eléctrica, obligándolo a sentarse. Su serenidad se

había esfumado, al igual que su malicia y su arrogancia. Aunque aquellas actitudes eran auténticas,

debéis recordar que Percy era muy joven y a su edad constituían una especie de coraza, como una

fina y desagradable capa de pintura. Todavía era posible hacer mella en ella, y supuse que Percy ya

estaba preparado para escucharnos.

-Quiero que me des tu palabra -dije.

-¿Sobre qué? -Todavía intentaba sonreír, pero en sus ojos había una expresión de horror.

Aunque la corriente eléctrica del cuarto de interruptores estaba desconectada, el asiento de madera

de la Freidora tenía su propio poder, y supe que Percy lo percibía.

-Tu palabra de que si mañana por la noche te dejamos a cargo de la ejecución, te irás a Briar

Ridge y nos dejarás en paz -dijo Bruto con una vehemencia que no había empleado antes-. De que

al día siguiente pedirás el traslado.

-¿Y si me niego? ¿Si llamo a ciertas personas y les cuento que me habéis acosado y

amenazado, que os habéis comportado como vulgares matones?

-Si tus contactos son tan buenos como crees, es probable que nos despidan -dije-. Pero antes

nos aseguraremos de que tú también lo pases muy mal, Percy.

-¿Por lo del ratón? ¡Vamos! ¿Creéis que a alguien le importará que haya aplastado al ratón

de un asesino? ¿Pensáis que eso puede preocuparle a alguien ajeno a este basurero?

-No. Pero tres hombres te vieron permanecer de brazos cruzados mientras Bill Wharton

intentaba estrangular a Dean Stanton con la cadena de las esposas. Y eso les importará. Te juro,

Percy, que el mismísimo gobernador se preocupará por eso.

Las mejillas y la frente de Percy se tiñeron de roj o.

-¿Pensáis que os creerán? -preguntó, pero su voz había perdido la fiereza. Era evidente que

sabía que nos creerían, y a Percy no le gustaban los problemas. No veía nada de malo en violar las

normas, pero que lo pillaran haciéndolo era otra cosa.

-Tengo fotos de los hematomas del cuello de Dean -añadió Bruto. No sé si era cierto o no,

pero sonaba bien-. ¿Sabes qué demuestran las fotos? Que Percy estuvo a punto de morir sin que

nadie lo ayudara, a pesar de que tú estabas ahí, detrás de Wharton. Tendrás que responder a

algunas preguntas difíciles, ¿no crees? Y una historia así podría perseguirte durante bastante

tiempo. Lo más probable es que la mancha siga en tu expediente mucho después de que tus

parientes dejen su cargo y vuelvan a su casa a beber julepe de menta en el jardín de su casa. El

expediente de un hombre puede ser muy interesante, y la gente tendrá ocasión de leerlo muchas

veces a lo largo de su vida.

Percy nos miró con expresión de incredulidad. Se llevó la mano izquierda a la cabeza y se

mesó el cabello. No dijo nada, pero supe que lo teníamos acorralado.

-Resolvamos este asunto de una buena vez -dije-. A ti te hace tanta gracia trabajar aquí como

a nosotros tenerte de compañero, ¿no es cierto?

-¡Detesto este lugar! -exclamó-. Detesto la forma en que me tratáis. Nunca me habéis dado

una oportunidad. -En eso último estaba muy equivocado, aunque pensé que no era el momento de

discutir acerca de ello-. Pero tampoco me gusta que me obliguen a hacer lo que no quiero. Mi

padre me enseñó que si te dejas intimidar una vez, la gente acaba haciéndolo siempre. -Le

brillaban los ojos, que eran casi tan bonitos como sus manos-. Y sobre todo, no me gusta que me

intimiden los grandullones como éste. -Miró a mi amigo y gruñó-: Bruto... al menos tienes el mote

que te corresponde.

-Tienes que entender algo, Percy -dije-. En nuestra opinión, eres tú quien ha estado

intimidándonos. No hacemos más que repetirte cómo debes hacer las cosas mientras tú insistes en

hacerlas a tu manera. Luego, si algo sale mal, te escudas en tus relaciones. Aplastar el ratón de

Delacroix... Bruto me miró y me retracté al instante-. Mejor dicho, intentar aplastar el ratón de

Delacroix es un ejemplo. Te empeñas en intimidar y nosotros no hacemos más que defendernos.

Pero escúchame: si haces las cosas bien, saldrás de aquí sin problemas, oliendo como una rosa,

como un joven prometedor que asciende en su carrera. Nadie se enterará de esta conversación.

¿Qué dices? Compórtate como un adulto y promete que te marcharás de aquí después de la

ejecución de Delacroix.

Pareció pensárselo, y al cabo de unos instantes sus ojos cobraron una expresión extraña, la

expresión de alguien que acaba de tener una buena idea. No me alegré mucho, pues lo que para

Percy era una buena idea no solía serlo para nosotros.

-Al menos piensa en lo agradable que será alejarte de un montón de mierda como Wharton

-dijo Bruto.

Percy asintió con la cabeza y dejé que se pusiera de pie. Se alisó la camisa del uniforme, la

metió dentro del pantalón y se peinó rápidamente.

-De acuerdo. Mañana me haré cargo de la ejecución de Delacroix y al día siguiente pediré el

traslado a Briar Ridge. Es un trato. ¿Os parece bien?

-Muy bien -dije. Aquella expresión continuaba en sus ojos, pero en ese momento me sentía

demasiado aliviado para preocuparme por ella.

Percy tendió la mano.

-¿Sellamos el trato?

Bruto y yo le estrechamos la mano. ¡Qué idiotas!

4

El día siguiente fue el más sofocante, aunque el último de calor de aquel extraño octubre.

Cuando llegué al trabajo los truenos retumbaban en el oeste y unas nubes oscuras comenzaban a

agolparse en el horizonte. Al caer la noche comenzaron a acercarse, cruzadas por relámpagos

azules y blancos. A eso de las diez hubo un tornado en el condado de Trapingus -mató a cuatro

personas y arrancó el techo de las caballerizas de Tefton- y en Cold Mountain se desató una

tormenta eléctrica con fuertes vientos. Más tarde pensé que el propio cielo protestaba por la

horrible muerte de Eduard Delacroix.

Al principio, todo fue bastante bien. Del había pasado un día tranquilo en su celda, jugando a

ratos con Cascabel, pero la mayor parte del tiempo acariciándolo tendido en el camastro.

Wharton intentó crear problemas en más de una ocasión. En cierto momento le gritó a

Delacroix que en cuanto bajara los peldaños que lo llevarían al infierno, los demás comerían unas

riquísimas hamburguesas de ratón, pero Delacroix no contestó. Finalmente, Wharton pareció llegar

a la conclusión de que no valía la pena seguir y dejó de molestarlo.

A las diez menos cuarto se presentó el hermano Schuster. y nos alegró a todos diciendo que

rezaría con Del en francés. Parecía un buen presagio, pero nos equivocamos.

Alrededor de las once comenzaron a llegar los testigos, casi todos hablando en voz baja

sobre el tiempo y especulando sobre la posibilidad de que un corte de fluido eléctrico obligara a

posponer la ejecución. Era evidente que no sabían que la Freidora poseía su propio generador y

que la función tendría lugar a menos que le cayera un rayo directamente encima. Harry estaba en el

cuarto de los interruptores, de modo que Bill Dodge y Percy Wetmore se ocuparon de acomodar a

la gente en sus asientos y ofrecerles un vaso de agua fría. Entre el público había dos mujeres: la

hermana de la joven que Del había violado y asesinado, y la madre de una de las víctimas del

incendio. La segunda era corpulenta, pálida y decidida. Le dijo a Harry Terwilliger que esperaba

que el hombre que iban a ver se sintiese aterrorizado, que sabía que los fuegos del infierno estaban

preparados para él y que Satanás lo estaba esperando. Luego se echó a llorar y ocultó la cara tras

un pañuelo casi tan grande como la funda de una almohada.

Los truenos, apenas amortiguados por el techo metálico, retumbaban con fuerza. La gente

miraba hacia arriba con inquietud. Los hombres, aparentemente incómodos por tener que usar

corbata a esa hora de la noche, se enjugaban el sudor de las mejillas (en el almacén hacía un calor

sofocante) y, naturalmente, no apartaban la vista de la Freidora. Quizá durante la semana hubiesen

gastado bromas al respecto, pero a las once y media de la noche no había lugar para bromas.

Comencé esta historia diciendo que la situación no tenía ninguna gracia para aquellos que debían

sentarse en la silla de roble, pero lo cierto es que no sólo a los condenados se les borraba la sonrisa

de la cara cuando llegaba el momento. La silla se veía tan desnuda sobre la plataforma, con las

correas de las piernas a cada lado, como uno de esos aparatos que usaban los enfermos de polio.

Nadie hablaba, y cuando volvió a sonar un trueno con el crujido súbito e inesperado de un árbol

que se astilla, la hermana de la víctima de Delacroix dejó escapar un breve grito. El último en

sentarse en la sección de los testigos fue Curtis Anderson, en representación del alcaide Moores.

A las once y media me acerqué a la celda de Delacroix con Bruto y Dean detrás de mí. Del

estaba sentado en el camastro con Cascabel en el regazo. El ratón tenía el cuello estirado hacia la

cara del condenado y los ojos como gotas de aceite fijos en ella. Del le acariciaba la cabeza,

mientras grandes y silenciosas lágrimas se deslizaban por sus mejillas. El ratón parecía mirar esas

lágrimas. Al oír pisadas, el francés alzó la vista. Estaba muy pálido. A mi espalda, sentí más que vi

a John Coffey, de pie tras las rejas de su celda.

Del dio un respingo al oír el ruido de las llaves, pero mantuvo la compostura y continuó

acariciando la cabeza de Cascabel mientras yo abría la puerta.

-Hola, jefe Edgecombe -dijo-. Hola chicos. Saluda, Cascabel.

Pero el ratón siguió mirando con arrobamiento la cara del pequeño francés, como si se

preguntara por el motivo de las lágrimas. El carrete de colores estaba en la caja de cigarros Corona.

Pensé que Del lo había guardado allí por última vez y me embargó la emoción.

-Eduard Delacroix, como funcionario del tribunal...

-¿Jefe Edgecombe?

Iba a continuar con mi discurso, pero lo pensé mejor.

-¿Qué pasa, Del?

Me entregó el ratón.

-Aquí tiene. No deje que le pase nada a Cascabel.

-Del, no creo que venga conmigo. No...

-Mais out, ha dicho que sí. Dice que lo sabe todo sobre usted, jefe Edgecombe, y que usted

lo llevará a ese sitio de Florida donde los ratones hacen trucos. Dice que confía en usted. -Tendió

más la mano y, aunque parezca increíble, el ratón pasó de su palma a mi hombro. Era tan ligero

que no podía sentirlo a través de la chaqueta del uniforme, pero percibía su calor-. Otra cosa, jefe.

No permita que ese malvado vuelva a acercarse a él. No deje que le haga daño a mi ratón.

-No, Del, no lo permitiré. -Me preguntaba qué debía hacer con el animal en aquel momento.

No podía llevar a Delacroix ante los testigos con un ratón en el hombro.

-Yo lo cogeré, jefe dijo una voz detrás de mí. Era John Coffey, y me pareció un misterio que

hablara precisamente en aquel momento, como si me hubiera leído el pensamiento-. Sólo por un

rato. Y si a Del no le importa.

Delacroix asintió con la cabeza.

-Sí. Cógelo hasta que haya acabado esta locura... Bien! Y después de... Volvió la mirada

hacia Bruto y hacia mí-. ¿Van a llevarlo a Florida? ¿A ese lugar llamado Ratilandia?

-Sí. Lo más probable es que Paul y yo vayamos juntos -respondió Bruto mientras observaba

con expresión de inquietud y preocupación cómo Cascabel pasaba de mi hombro a la enorme

mano de Coffey. El ratón no protestó ni hizo ademán de escapar. De hecho, trepó a la mano de

Coffey con la misma tranquilidad con que había subido a mi hombro-. Cogeremos unos días de las

vacaciones que nos corresponden, ¿verdad, Paul?

Asentí con un gesto y Del me imitó, con los ojos brillantes y esbozando una sonrisa.

-La gente pagará cinco centavos para verlo. Dos, en el caso de los niños. ¿No es cierto, jefe

Howell?

-Exacto, Del.

-Usted es un buen hombre, jefe Howell dijo Delacroix-. Y usted también, jefe Edgecombe.

Es verdad que a veces me gritan, pero sólo cuando lo merezco. Todos son buenos, excepto ese

Percy.

Ojalá pudiera volver a verlos en otro sitio. Mauvais temps, mauvais chance.

-Tengo que decirte algo, Del -dije-. Lo mismo que debo decirle a todo el mundo antes de la

ejecución. No es gran cosa, pero forma parte de mi trabajo, ¿entiendes?

-Out, messieur -respondió y miró por última vez a Cascabel, sentado en el hombro de John

Coffey-. Au revoir, mon ami -dijo, echándose a llorar-. Je t'aime, mon petit. -Y le sopló un beso.

Aquel beso podría haber parecido gracioso, incluso grotesco, pero no lo fue.

Por un instante, mi mirada se cruzó con la de Dean, pero la desvié de inmediato. Dean miró

hacia la celda de seguridad y esbozó una sonrisa extraña. Creo que estaba a punto de llorar. En

cuanto a mí, dije lo que tenía que decir, y cuando terminé Delacroix salió por última vez de su

celda.

-Espera un momento -dijo Bruto, e inspeccionó la coronilla afeitada de Del, donde debía ir el

casquete. Hizo un gesto de asentimiento y dio una palmada en el hombro al francés.

-Perfecto. Vamos.

Así fue como Eduard Delacroix inició su último trayecto por el pasillo de la muerte, la cara

mojada con una mezcla de sudor y lágrimas y los truenos resonando en el exterior. Bruto caminaba

a la izquierda del condenado, yo a la derecha y Dean detrás de él.

Schuster estaba en mi despacho, donde montaban guardia Ringgold y Battle. Schuster miró a

Del, sonrió y le habló en francés. A mí me pareció un francés macarrónico, pero lo cierto es que

produjo un efecto maravilloso. Del también sonrió, se acercó a Schuster y lo abrazó. Ringgold y

Battle se pusieron tensos, pero yo alcé una mano y sacudí la cabeza.

Schuster escuchó el torrente de palabras en francés ahogadas por las lágrimas, asintió como

si entendiera perfectamente y dio a Delacroix una palmada en la espalda. Me miró por encima del

hombro del francés y dijo:

-Apenas si entiendo la mitad de lo que dice.

-No creo que importe -respondió Bruto.

-Yo tampoco, hijo -contestó Schuster con una sonrisa. Era el mejor de todos, y ahora me doy

cuenta de que nunca supe qué fue de él. Espero que haya conservado su fe.

Se puso de rodillas y entrelazó las manos. Delacroix lo imitó.

-Not' Pere, qui étes aux cieux -comenzó Schuster, y Delacroix lo siguió. Rezaron el

padrenuestro juntos en aquel francés gutural con acento cajún, hasta llegar a «mais déliverez-nous

du mal, ainsi soit-il». Para entonces, Del había dejado de llorar y parecía tranquilo.

Siguieron con unos salmos bíblicos (en inglés), sin olvidar la parábola de las aguas

tranquilas. Por fin Schuster hizo ademán de levantarse, pero Del lo cogió de la manga de la camisa

y dijo algo en francés. Schuster lo escuchó con atención y respondió. Del añadió algo más y lo

miró esperanzado.

Schuster se volvió hacia mí y dijo:

-Quiere decir algo más, Edgecombe. Una plegaria con la que no puedo ayudarlo porque no

pertenece a mi fe. ¿Está bien?

Miré al reloj de la pared y vi que faltaban diecisiete minutos para las doce.

-Sí -responde. Pero tendrá que darse prisa. Ya sabe que debemos cumplir con el horario

previsto.

-Sí, lo sé. -Se volvió hacia Delacroix e hizo un gesto de asentimiento.

Del cerró los ojos como para rezar, pero por un instante no dijo nada. Frunció el entrecejo y

tuve la impresión de que buscaba algo en lo más profundo de su memoria, como un hombre que

registra un desván en busca de un objeto que no ha usado o necesitado en mucho, mucho tiempo.

Volví a mirar el reloj y habría dicho algo si no hubiese sido porque Bruto me tiró de la manga y

sacudió la cabeza.

Entonces Del comenzó, hablando en voz baja pero rápido en ese francés cajún que era tan

suave y sensual como el pecho de una mujer:

-Marie! Je vous salue, Marie, oui, pleine de gráce; le Seigneur est avec vous; vous étes bénie

entre toutes les femmes et mon cher fésus, le fruit de vos entrailles, est béni. -Lloraba otra vez,

pero creo que ni él mismo lo sabía-. Sainte Marie, ma mére, Mére de Dieu, priez pour moi, priez

pour nous, pauv' pécheurs, maint ánt et a Pheure... le'heure de notre mort. L'heure de mon mort.

-Hizo una inspiración profunda, temblorosa-. Ainsi soit-il.

Mientras Delacroix se ponía de pie, un relámpago iluminó la habitación con un resplandor

blanco azulado. Todo el mundo se sobresaltó, excepto Del, que aún parecía abstraído en sus

oraciones. Tendió una mano, sin mirar hacia dónde. Bruto se la cogió y la apretó por un instante.

Delacroix lo miró y sonrió.

-Nous voyons... -comenzó, pero al instante volvió a hablar en inglés con un esfuerzo

evidente-. Ya podemos seguir, jefe Edgecombe. Estoy en paz con Dios.

-Muy bien -dije, preguntándome si seguiría sintiéndose en paz con Dios quince minutos más

tarde, cuando estuviera sentado al otro lado de los interruptores. Esperaba que sus plegarias

hubieran sido oídas y que la Madre María rezara por él con toda el alma, porque en aquel momento

necesitaba toda la protección posible. Fuera, un trueno volvió a sacudir el cielo-. Vamos, Del. Ya

queda poco.

-Bien, jefe, está bien, porque ya no tengo miedo. -Eso dijo, pero vi en sus ojos que mentía,

padrenuestro o no, avemaría o no. Cuando cruzan el último tramo de linóleo verde, todos tienen

miedo.

-Espera al fondo, Del -ordené, aunque no hubiera necesitado decírselo. En efecto, se detuvo

junto a los peldaños, o más bien se quedó paralizado al ver a Percy Wetmore en la plataforma, con

el cubo de la esponja a los pies y el teléfono que comunicaba con el gobernador apenas visible

detrás de su cadera derecha.

-Non -dijo Del en voz baja, horrorizado-. Non, non, él no.

-Sigue andando -dijo Bruto-. Míranos a mí y a Paul y olvida que él está ahí.

-Pero...

La gente se había vuelto a mirarnos, pero moviendo un poco el cuerpo yo aún podía coger el

codo izquierdo de Delacroix sin que me vieran.

-Tranquilo -dije tan bajo que sólo Del y Bruto podían oírme-. Lo único que la gente

recordará de ti es cómo te marchaste, así que dales un buen ejemplo.

En ese momento resonó el trueno más fuerte de la noche, lo bastante potente para hacer

vibrar el tejado metálico del almacén. Percy se sobresaltó como si alguien lo hubiera asustado y

Del dejó escapar una risita desdeñosa.

-Si suena un trueno más fuerte, volverá a mearse en los pantalones -dijo, e irguió los

hombros, aunque lo cierto es que no tenía mucho que erguir-. Vamos. Acabemos de una vez.

Nos acercamos a la plataforma. Delacroix echó una mirada fugaz y nerviosa a los testigos

-que en esta ocasión eran alrededor de veinticinco-, pero Bruto, Dean y yo mantuvimos la vista fija

en la silla. Todo parecía en orden. Levanté un pulgar y arqueé una ceja a Perey, que hizo una

mueca como si quisiera decir: «¿Qué pasa? Por supuesto que todo está en orden.»

Esperaba que tuviera razón.

Bruto y yo cogimos automáticamente a Delacroix de los codos para ayudarlo a subir a la

plataforma. Ésta apenas medía unos quince centímetros de altura, pero os sorprendería saber

cuántos condenados, incluso los más duros, necesitaban ayuda para subir el último peldaño de su

vida.

Sin embargo, Del lo hizo bien. Se detuvo por un instante frente a la silla (evitando mirar a

Percy) y aunque parezca mentira habló a la Freidora, como si quisiera presentarse:

-C'est mol -dijo.

Percy intentó cogerlo, pero Delacroix se volvió y se sentó solo. Me arrodillé a su izquierda y

Bruto a su derecha. Me protegí la entrepierna y el cuello de la forma que ya he descrito

anteriormente y manipulé la hebilla de manera que se cerrara como las fauces de un animal

alrededor del esquelético tobillo del francés. Se oyó otro trueno y di un respingo. Una gota de

sudor se me metió en el ojo y me escoció. Ratilandia. Por alguna razón no dejaba de pensar en

Ratilandia y en los cinco centavos de la entrada. Dos para los niños que contemplarían a Cascabel

a través de las ventanas de vidrio esmerilado.

La correa se resistía a cerrarse. Oía las inspiraciones profundas de Del. Los pulmones que

cuatro minutos después estarían achicharrados se esforzaban por mantener en funcionamiento el

corazón acelerado por el miedo. En aquel momento, el hecho de que hubiera matado a media

docena de personas no parecía importante. No digo esto con la intención de pronunciarme sobre el

bien y el mal; me limito a contar lo que sentí.

Dean se arrodilló a mi lado y susurró:

-¿Qué pasa, Paul?

-No puedo... -comencé, pero entonces la hebilla se cerró con un chasquido. Debió de haber

pellizcado la piel de Delacroix, porque el francés se estremeció y dejó escapar un pequeño gemido.

-Lo siento -dije.

-Está bien, jefe -respondió Del-. Sólo dolerá un minuto.

Del lado de Bruto estaba la correa con el electrodo, que siempre tardaba un poco más en

cerrar, de modo que los tres nos levantamos en el mismo momento. Dean cogió la correa

correspondiente a la muñeca izquierda y Percy la derecha. Yo estaba preparado para ayudar a

Percy en caso de que lo necesitara, pero se las apañó mejor con la correa de la muñeca que yo con

la del tobillo. Noté que Delacroix temblaba, como si ya le hubieran aplicado una corriente de baja

intensidad. También podía oler su sudor rancio y fuerte, que me recordó el vinagre en que se

conservan los encurtidos.

Dean hizo un gesto de asentimiento a Percy, que volvió la cabeza, dejando ver la herida que

se había hecho al afeitarse esa misma mañana y dijo:

-Descarga uno.

Se oyó un zumbido similar al ruido que hace una nevera vieja al conectarse y las luces del

almacén se volvieron más brillantes. Hubo unas cuantas exclamaciones y murmullos entre el

público. Del se agitó en la silla, cogiendo los brazos de roble con las manos con tanta fuerza que

sus nudillos palidecieron. Sus ojos se movieron con rapidez de lado a lado y su respiración se

aceleró aún más. Prácticamente jadeaba.

-Tranquilo -murmuró Bruto-. Tranquilo, Del.

Lo estás haciendo muy bien. Aguanta. Lo haces muy bien.

«Eh, muchachos -pensé-, venid a ver lo que hace Cascabel.» Y otro trueno resonó sobre

nuestras cabezas.

Percy se colocó con solemnidad enfrente de la silla eléctrica. Era su gran momento, se había

convertido en la estrella y todas las miradas estaban fijas en él... todas, excepto una. Delacroix

mantenía la vista en su regazo. Yo habría apostado cualquier cosa a que Percy se hacía un lío a la

hora de pronunciar su discurso, pero lo hizo sin vacilar, con voz misteriosamente serena.

-Eduard Delacroix, ha sido condenado a morir en la silla eléctrica por un jurado integrado

por sus conciudadanos y en virtud de una sentencia dictada por un juez de este estado. ¿Tiene algo

que decir antes de que se ejecute la sentencia?

Del intentó hablar y al principio sólo consiguió emitir un murmullo agónico. Las comisuras

de la boca de Percy dibujaron la sombra de una sonrisa desdeñosa y me habría gustado fusilarlo

allí mismo. Entonces, Del se lamió los labios y lo intentó otra vez:

-Lamento lo que he hecho -dijo-. Daría cualquier cosa por volver atrás, pero es imposible.

Así que ahora... -Un trueno estalló como un mortero aéreo sobre nuestras cabezas. Del se

sobresaltó en la silla hasta donde le permitieron las correas, y sus ojos parecieron querer salirse de

las órbitas-. Así que ahora debo pagar el precio de mis errores. Que Dios me perdone. -Volvió a

lamerse los labios y miró a Bruto-. No olviden su promesa sobre Cascabel -dijo en voz más baja,

sólo para nosotros.

-No lo olvidaremos, no te preocupes -respondí dándole una palmada en la mano fría como la

arcilla-. Irá a Ratilandia.

-Y una mierda dijo Percy mientras abrochaba la última correa sobre el pecho de Delacroix-.

Ese lugar no existe. Los muchachos te han contado un cuento de hadas para tranquilizarte. Creí

que lo sabías, maricón.

Un brillo extraño en los ojos de Del me indicó que una parte de él ya lo sabía, aunque se

resistía a aceptarlo. Miré a Percy, sorprendido y furioso, y él me devolvió la mirada, como si me

preguntara qué iba a hacer al respecto. Por supuesto, me tenía en sus manos. Yo no podía hacer

nada delante de los testigos, con Delacroix sentado en la frontera entre la vida y la muerte. Todo lo

que quedaba por hacer era acabar de una vez.

Percy cogió la capucha del gancho y la colocó sobre la cara del francés, ajustándola debajo

de la barbilla. El siguiente paso consistía en coger la esponja del cubo y colocarla en el casquete, y

ahí fue donde Percy se apartó de la rutina por primera vez: en lugar de inclinarse y sacar la

esponja, descolgó el casquete del respaldo de la silla y se agachó con él en la mano. En otras

palabras, en lugar de acercar la esponja al casquete -la forma corriente de hacerlo- acercó el

casquete a la esponja. Debí advertir que algo no iba bien, pero estaba demasiado nervioso. Fue la

única ejecución en que me sentí completamente fuera de control. En cuanto a Bruto, en ningún

momento miró a Percy, al menos mientras éste se inclinaba sobre el cubo (de tal forma que

ocultaba con su cuerpo lo que hacía) o cuando se incorporó y se volvió hacia Del con el círculo de

esponja marrón dentro del casquete. Bruto miraba la tela que cubría la cara del francés,

contemplaba la forma en que la seda se le pegaba, dibujando el círculo de la boca abierta de

Delacroix, y se separaba otra vez cuando el condenado exhalaba el aire. Gruesas gotas de sudor

caían por la frente y las sienes del guardia, justo debajo del cuero cabelludo. Era la primera

ejecución en que veía sudar a Bruto. Detrás de él, Dean parecía aturdido y enfermo, como si se

esforzara para no vomitar la cena. Ahora sé que todos intuíamos que algo iba mal, aunque no

pudiéramos determinar qué. En aquel momento nadie sabía que Percy había estado interrogando a

Jack van Hay. Le había hecho muchas preguntas, aunque en su mayor parte eran para disimular su

verdadera intención. Lo que Percy quería saber -lo único que quería saber- era el cometido que

cumplía la esponja. Por qué se la mojaba en solución salina... y qué podía ocurrir si no se hacía.

Qué podía ocurrir si la esponja estaba seca.

Percy colocó el casquete sobre la cabeza de Delacroix. El hombrecillo se sobresaltó y volvió

a gemir, esta vez más alto. Algunos testigos se movieron incómodos en sus asientos. Dean dio un

paso al frente con la intención de ayudar a sujetar la correa de la barbilla, pero Percy le hizo una

señal de que se alejara. Dean obedeció, encorvando ligeramente la espalda y dando un respingo

cuando otro trueno sacudió el almacén. Esta vez se oyeron las primeras gotas de lluvia sobre el

tejado. Sonaban fuertes, como si alguien arrojara puñados de cacahuetes contra una tabla de lavar.

Sin duda habréis oído la expresión «se me heló la sangre». Seguro. Todo el mundo la usa,

pero la única vez en mi vida que sentí que me ocurría algo parecido fue aquella temprana y

tormentosa madrugada de 1932, diez segundos después de medianoche. No fue la ponzoñosa

expresión de triunfo en la cara de Percy Wetmore mientras se apartaba de la figura encapuchada y

amarrada a la Freidora; fue lo que debería haber visto y no vi. Las mejillas de Delacroix no estaban

mojadas con el agua que debía caer del casquete. Entonces entendí.

-Eduard Delacroix -decía Percy-, de acuerdo con la ley del estado, ahora se le aplicará una

descarga eléctrica que pondrá fin a su vida.

Miré a Bruto con una angustia que reducía el dolor de mi infección urinaria a la categoría de

un simple golpe en el dedo.

«¡La esponja está seca!», articulé en silencio, moviendo los labios, pero Bruto no entendió,

sacudió la cabeza y volvió a mirar la capucha del francés, donde sus últimos esfuerzos por respirar

hacían que la seda se pegara a su cabeza y se separara de ella, alternativamente.

Cogí a Percy del codo, pero se apartó de mí con una mirada serena. Fue una mirada fugaz,

pero lo dijo todo. Más tarde contaría mentiras y verdades a medias que la gente importante creería,

pero yo sabía la verdad. Percy era un buen alumno cuando algo le interesaba (lo habíamos

descubierto en los ensayos) y escuchó con atención cuando Van Hay le explicó que la esponja

mojada en solución salina conducía la electricidad, convirtiendo la descarga en una especie de

proyectil que iba directamente al cerebro. Sí; Percy sabía muy bien lo que hacía. Supongo, que más

tarde le creí cuando dijo que no sabía lo lejos que llegaría, pero eso no cuenta, ¿verdad? Yo creo

que no. Sin embargo, no podía hacer nada, a menos que gritara delante del ayudante del alcaide y

de todos los testigos que no accionaran el interruptor. Creo que si me hubieran dado otros cinco

segundos lo habría hecho, pero Percy no me los concedió.

-Que Dios se apiade de su alma -dijo al hombrecillo jadeante y aterrorizado sentado en la

silla, luego miró hacia el rectángulo de tela metálica donde aguardaban Harry y Jack; este último

con la mano en el interruptor que rezaba «El secador de pelo de Mabel». El médico estaba de pie a

la derecha de la ventana, tan silencioso e inexpresivo como era habitual en él, con la mirada fija en

el maletín negro que tenía a sus pies.

-Descarga dos.

Al principio, todo fue como de costumbre: un zumbido un poco más alto que el primero,

aunque no demasiado, y la involuntaria sacudida hacia adelante del cuerpo de Delacroix debida a

los espasmos musculares.

Entonces las cosas se torcieron. El zumbido se volvió vacilante y siguió un chasquido, como

si alguien arrugara un trozo de celofán. Percibí un olor horrible, que no identifiqué como una

mezcla de esponja y pelo quemados hasta que vi los hilos azules de humo saliendo por los

costados del casquete. Más humo escapaba por el agujero situado en la parte superior del casquete

por donde entraba la electricidad; como el humo que sale de una tienda india.

Delacroix comenzó a sacudirse en la silla, moviendo de un lado a otro la cabeza cubierta por

la capucha, como expresando una negativa vehemente. Sus piernas comenzaron a dar pequeñas

patadas, detenidas por las correas que rodeaban sus tobillos. Otro trueno retumbó sobre nuestras

cabezas y la lluvia arreció con mayor fuerza.

Miré a Dean Stanton, que me devolvió la mirada con expresión confusa. Se oyó un estallido

debajo del casquete, como cuando una piña explota en el fuego, y esta vez también vi humo debajo

de la capucha, surgiendo en pequeñas espirales.

Me acerqué a la ventana de tela metálica que nos separaba del cuarto de los interruptores,

pero antes de que pudiera abrir la boca, Brutus Howell me cogió del codo y apretó con tanta fuerza

que me hizo hormiguear los nervios. Estaba blanco como la mantequilla, pero no parecía presa del

pánico.

-No ordenes que paren -dijo en voz baja-. No lo hagas. Ya es demasiado tarde.

Al principio, cuando Del empezó a gritar, los testigos no lo oyeron. La lluvia en el tejado de

metal se había convertido en un rugido y los truenos eran continuos. Pero los que estábamos en la

plataforma oímos bien los gemidos ahogados de dolor debajo de la capucha humeante, los

chillidos de un animal herido o mutilado por una enfardadora de heno.

El zumbido del casquete era entrecortado y fuerte, interrumpido por sonidos similares a las

interferencias de radio. Delacroix comenzó a moverse de atrás adelante, como un niño que tiene

una rabieta. La plataforma tembló y Del se convulsionaba casi con fuerza suficiente para romper la

correa del pecho. La corriente lo sacudía de lado a lado y oí el crujido de su hombro derecho al

dislocarse o romperse. Siguió un ruido parecido a un martillazo sobre un cajón de madera. La

entrepierna de los pantalones, apenas visible debido a las constantes contracciones de sus piernas,

se oscureció. Entonces el francés empezó a emitir unos chillidos horribles, agudos -como los de

una rata, audibles a pesar del intenso aguacero.

-¿Qué demonios le pasa? -gritó alguien.

-¿Resistirán las correas?

-¡Dios! ¡Qué olor!

-¿Es normal todo esto? -preguntó una de las mujeres.

Delacroix se movía hacia adelante y hacia atrás, hacia adelante y hacia atrás. Percy lo miraba

boquiabierto, horrorizado. Sin duda, había esperado que ocurriese algo, pero no aquello.

La capucha que cubría la cara de Delacroix se incendió y al olor a esponja y pelo

chamuscados se sumó el de carne asada. Bruto cogió el cubo donde había estado la esponja (ahora

vacío) y corrió hacia la pila situada en un extremo de la estancia.

-¿No debería cortar la electricidad, Paul? -preguntó Van Hay a través de la tela mecánica.

Parecía perplejo-. ¿No debería...?

-¡No! -respondí. Bruto lo había entendido antes y yo estaba de acuerdo: teníamos que

terminar. Lo que quiera que hiciéramos durante el resto de nuestras vidas era secundario: en aquel

momento debíamos acabar con Eduard Delacroix-. ¡Por el amor de Dios! Sigue dándole al

interruptor. Sigue.

Me volví hacia Bruto, vagamente consciente de los comentarios de la gente a nuestras

espaldas, algunos de pie, un par gritando.

-¡Deja eso! -grité-. ¡Nada de agua! ¡Nada de agua! ¿Estáis locos?

Bruto me miró y comprendió. Arrojar agua sobre un hombre que recibía una descarga

eléctrica era lo último que debía hacerse. Miró alrededor, vio el extintor colgado en la pared y fue

en su busca. Buen chico.

La capucha se había abierto lo suficiente para revelar una cara más negra que la de John

Coffey. Los ojos de Del, ahora globos blancos de gelatina transparente, habían saltado de sus

órbitas y caían sobre sus mejillas. Noté que las pestañas habían desaparecido y que los párpados

ardían. Salía humo del cuello entreabierto de la camisa, que también se incendió. Y el zumbido de

la electricidad continuaba, vibraba en mi cabeza. Creo que fue algo similar a lo que oyen los locos.

Dean dio un paso al frente, creyendo ingenuamente que podría apagar las llamas de la camisa

de Del con las manos, y tiré de él con tanta fuerza como para levantarlo en vilo. Tocar a Delacroix

en aquel momento era como meterse en la boca del lobo. En este caso, un lobo electrificado.

No me volví a mirar qué ocurría detrás de nosotros, pero parecía un infierno; sillas que caían,

gente chillando, una mujer que gritaba a voz en cuello: « ¡Paren, paren! ¿No ven que ya ha tenido

suficiente?» Curtis Anderson me cogió del hombro y preguntó qué demonios pasaba y por qué no

ordenaba a Jack que cerrara la corriente.

-Porque no puedo -respondí-. Hemos llegado demasiado lejos para parar ahora, ¿no lo ves?

De cualquier modo, todo acabará en unos segundos.

Pero pasaron al menos dos minutos antes de que acabara, los dos minutos más largos de mi

vida, y creo que Delacroix permaneció consciente todo el tiempo. Gritaba, temblaba, se sacudía.

Salía humo de sus orificios nasales y de su boca, que había adquirido el color morado de las

ciruelas maduras. La lengua humeaba como una plancha caliente y los botones de la camisa

estallaban o se derretían. La camiseta no se había incendiado, pero estaba achicharrada y

percibíamos claramente el olor a quemado del vello del pecho.

La gente corrió hacia la puerta como un rebaño en estampida, pero no pudo salir (al fin y al

cabo estábamos en una prisión), de modo que permaneció apiñada allí mientras Delacroix se asaba

vivo. «Me estoy friendo -había dicho el viejo Tuu en el ensayo de la ejecución de Arlen

Bitterbuck-. Soy un pavo asado.» Los truenos continuaban y la lluvia caía del cielo con justificada

furia.

En cierto momento recordé al médico y lo busqué con la mirada. Seguía allí, pero tendido en

el suelo al lado del maletín negro. Se había desmayado.

Bruto se acercó a mí con el extintor en la mano.

-Todavía no -dije.

-Ya lo sé.

Buscamos a Percy y lo encontramos detrás de la Freidora, paralizado, con los ojos muy

abiertos, mordiéndose los nudillos.

Por fin Delacroix cayó hacia atrás con la cara desfigurada inclinada sobre un hombro. Seguía

temblando, pero sabíamos por experiencia que era sólo por efecto de la corriente. El casquete había

caído ligeramente a un lado, pero cuando lo retiramos unos minutos después, la mayor parte del

cuero cabelludo y el pelo que quedaba se desprendieron con él, como pegados al metal por un

poderoso adhesivo.

-¡Corta! -grité a Jack tras unos treinta segundos en que el bulto carbonizado, deforme y

humeante sentado en la silla eléctrica sólo se movía con los espasmos de la electricidad. El

zumbido se cortó en el acto e hice un gesto de asentimiento a Bruto.

El guardia se volvió y arrojó el extintor en los brazos de Percy con tanta fuerza que estuvo a

punto de derribarlo de la plataforma.

-Hazlo tú -dijo Bruto-. Al fin y al cabo eres el maestro de ceremonias, ¿no es así?

Percy le dirigió una mirada entre desdeñosa y asesina, colocó el extintor en posición,

bombeó y lanzó una enorme nube de espuma blanca sobre el hombre de la silla. Noté que las

piernas de Delacroix se sacudían otra vez cuando el chorro le dio en la cara y pensé: « ¡Oh, no,

tendremos que empezar otra vez», pero no hubo más movimientos.

Anderson tranquilizaba a los testigos asustados, les decía que todo iba bien, que todo estaba

bajo control, que la tormenta eléctrica había producido una subida de tensión y que no había razón

para preocuparse. Sólo faltó que les dijera que lo que en realidad olían -una asquerosa mezcla de

pelo chamuscado, carne frita y mierda fresca- era Chanel n.° 5.

-Coge el estetoscopio del médico -dije a Dean cuando se agotó el contenido del extintor.

Delaeroix estaba cubierto de blanco y lo peor del hedor había sido reemplazado por un punzante

olor a producto químico.

-El médico... ¿Debería...?

-Olvídate del médico; limítate a coger su estetoscopio -dije-. Terminemos con esto y

saquémoslo de aquí.

Dean asintió. Le gustaba la idea de terminar y sacar a Delacroix de allí. Nos gustaba a

ambos. Abrió el maletín negro y comenzó a buscar. El médico empezaba a moverse, señal de que

no había sufrido una apoplejía o un ataque al corazón.

Eso era bueno. Aunque la forma en que Bruto miraba a Percy no lo era.

-Ve al túnel y espera junto a la camilla -dije.

Percy tragó saliva.

-Paul, yo no sabía...

-Cierra el pico. Ve al túnel y espera junto a la camilla. Ahora mismo.

Volvió a tragar saliva, hizo una mueca como si lo hubiera ofendido, y se dirigió hacia la

puerta que conducía a las escaleras y el túnel. Llevaba el extintor en los brazos como si fuera una

criatura. Dean pasó a su lado con el estetoscopio. Lo cogí y me lo puse en los oídos. Lo había

usado alguna vez cuando estaba en el ejército, y es como montar en bicicleta, no se olvida.

Limpié la espuma del pecho de Delacroix y estuve a punto de vomitar al ver que una parte de

su piel se desprendía de la carne como... bueno, como la piel de un pavo asado.

-¡Dios mío! -sollozó a mi espalda una voz que no reconocí-. ¿Siempre es así? ¿Por qué no

me avisaron? No habría venido.

«Demasiado tarde, amigo», pensé.

-Sacad a ese hombre de aquí -dije dirigiéndome a Bruto, a Dean o a quienquiera que me

oyese. Lo dije cuando estuve seguro de que no vomitaría sobre el regazo humeante de Delacroix-.

Llevarlos a todos hacia la puerta.

Me armé de valor y apoyé el disco del estetoscopio en el surco negro y rojo de carne viva

que había abierto en el pecho de Delacroix. Escuché, rezando para no oír nada, y así fue.

-Está muerto -dije a Bruto. -Gracias a Dios. -Sí. Gracias a Dios. Tú y Dean coged la camilla.

Desabrochemos las correas y saquémoslo de aquí lo antes posible.

5

Bajamos los doce escalones y descargamos el cuerpo en la camilla. Mi mayor terror era que

la carne chamuscada se desprendiera de los huesos mientras lo manipulábamos -no podía olvidar la

imagen del pavo asado-, pero no fue así.

Curtis Anderson permaneció arriba, tranquilizando a los testigos; o al menos intentándolo, y

fue una suerte para Bruto, porque no pudo verlo cuando se dirigió hacia la parte delantera de la

camilla y se precipitó sobre Percy, que parecía atónito. Lo cogí de un brazo y eso también fue una

suerte para ambos. Suerte para Percy porque Bruto iba a darle un golpe de muerte, y suerte para

Bruto porque de haberlo hecho habría perdido su empleo o incluso acabado en prisión.

-No -dije.

-¿Qué quieres decir? -preguntó con ira-. Has visto lo que ha hecho. ¿Vas a seguir

permitiendo que se escude en sus relaciones después de lo que ha hecho?

-Sí.

Bruto me miró boquiabierto y con una expresión de furia tal en los ojos que parecía a punto

de echarse a llorar.

-Escucha, Bruto, si le pegas todos perderemos el trabajo. Tú, Dean, yo y quizá el propio Jack

van Hay. Los demás ascenderán un puesto o dos, empezando por Bill Dodge, y la comisión

directiva contratará a tres o cuatro parados para cubrir el hueco. Quizá tú puedas permitírtelo,

pero... -señalé con un pulgar a Dean, que miraba el húmedo túnel de ladrillos con las gafas en la

mano y parecía tan aturdido como Percy- ¿qué me dices de Dean? Tiene dos hijos, uno en el

instituto y otro a punto de entrar.

-Entonces ¿qué hacemos? -preguntó Bruto-. ¿Permitir que salga impune?

-No sabía que hubiese que mojar la esponja -dijo Percy con voz débil, mecánica.

Naturalmente, era la versión que tenía preparada de antemano, cuando esperaba cometer una

simple picardía en lugar del cataclismo que acababa de presenciar-. Cuando ensayábamos no la

mojábamos.

-Maldito cabrón -dijo Bruto y se lanzó sobre Percy. Volví a atajarlo y lo empujé hacia atrás.

Entonces se oyeron pasos en los escalones. Me volví, temeroso de ver aparecer a Curtis Anderson,

pero era Harry Terwilliger. Tenía las mejillas blancas como el papel y los labios morados, como si

acabara de comer pastel de arándanos.

Volví a concentrarme en Bruto.

-Por el amor de Dios, Bruto. Delacroix está muerto y no podemos hacer nada al respecto.

Además, Percy no vale la pena.

¿Ya tenía yo el plan en mente o comenzaba a urdirlo? Os aseguro que desde entonces me lo

he preguntado muchas veces. Me lo he preguntado durante muchos años y jamás di con una

respuesta satisfactoria. Supongo que no tiene demasiada importancia. Son muchas las cosas que no

la tienen, aunque eso no impide que uno especule sobre ellas durante años.

-Habláis de mí como si fuera imbécil -dijo Percy. Aún parecía aturdido y asombrado, como

si alguien acabara de darle un puñetazo en el estómago, pero comenzaba a recuperarse.

-Y lo eres, Percy -dije.

-Eh, no podéis...

Tuve que hacer un esfuerzo enorme para no pegarle. El agua goteaba entre los ladrillos del

túnel mientras nuestras sombras se movían, grandes y deformes sobre las paredes, como las del

relato de Poe sobre la calle Morgue. Los truenos seguían sonando, aunque allí abajo llegaban

amortiguados.

-Sólo quiero oírte decir una cosa, Percy, y es que repitas la promesa de pedir el traslado a

Briar Ridge mañana mismo.

-No os preocupéis por eso -dijo con evidente mal humor. Echó un vistazo a la figura cubierta

con una sábana que yacía en la camilla, desvió la vista, me miró por un segundo y volvió a desviar

la vista.

-Será lo mejor -dijo Harry-. De lo contrario, es probable que conozcas a Bill Wharton el

Salvaje mucho mejor de lo que deseas. -Hizo una pausa-. Yo lo arreglaría.

Percy nos tenía miedo, y probablemente temía lo que pudiésemos hacerle si seguía allí

cuando descubriéramos que había hablado con Jack van Hay acerca de la esponja y el motivo por

el que había que empaparla en solución salina, pero el comentario de Harry sobre Wharton

provocó una expresión de auténtico terror en sus ojos. Supe que recordaba cómo lo había

inmovilizado Wharton, acariciándole el pelo y hablándole con dulzura.

-No te atreverías -murmuró Percy.

-Claro que sí -respondió Harry con calma-. ¿Y sabes una cosa? Nadie me culparía, porque ya

has demostrado ser un imprudente con los prisioneros. Además de incompetente, por supuesto.

Percy cerró los puños y sus mejillas se tiñeron de rojo.

-No soy ningún...

-Sí que lo eres -dijo Dean uniéndose a nosotros. Formábamos un semicírculo alrededor de

Percy, a los pies de la escalera. No tenía escapatoria, pues detrás de él la camilla le bloqueaba la

salida con su carga de carne humeante oculta debajo de una sábana vieja-. Acabas de quemar vivo

a Delacroix. Si eso no es incompetencia, ya me dirás qué es.

Percy parpadeó. Había planeado protegerse fingiendo ignorancia y ahora descubría que había

caído en su propia trampa. No sé qué habríamos dicho a continuación, porque en ese preciso

momento Curtis Anderson bajó por las escaleras corriendo. Al oírlo, nos apartamos un poco de

Percy para que no pareciera que lo amenazábamos.

-¿Qué demonios ha sido eso? -rugió Anderson-. ¡Por todos los santos! Allí arriba el suelo

está cubierto de vómitos. ¡Y el olor! He ordenado a Magnusson y al viejo Tuu que abran las

ventanas, pero apuesto a que ese olor no desaparecerá en cinco años. Y el maldito Wharton está

cantando. Lo he oído.

-¿Acaso desafina, Curt? -preguntó Bruto. Ya sabéis que uno puede quemar el gas de un

escape con una chispa sin resultar herido, siempre, claro está, que lo haga antes de que la

concentración sea demasiado alta. Aquello fue igual. Miramos a Bruto por un instante y luego

estallamos en carcajadas. Nuestra risa sonora, histérica, retumbó en el túnel sombrío como el

aleteo de murciélagos. Nuestras sombras se inclinaron y temblaron en las paredes. Al final, incluso

Percy se unió a nosotros. Por fin la risa se desvaneció y todos nos sentimos un poco mejor.

Volvimos a sentirnos cuerdos.

-Muy bien, muchachos -dijo Anderson enjugándose las lágrimas con un pañuelo y todavía

soltando una risita ocasional-. ¿Qué demonios ha ocurrido?

-Fue una ejecución -dijo Bruto. Su tono sereno sorprendió a Anderson, pero no a mí, o al

menos no demasiado. Bruto siempre se las apañaba para quitar dramatismo a las cosas-. Y

efectiva.

-¿Cómo puedes calificar de efectivo un aborto eléctrico como ése? ¡Los testigos no dormirán

en un mes! ¡Qué digo!; ese gordo cabrón no dormirá en un año entero.

Bruto señaló la camilla y el bulto situado debajo de la sábana.

-Está muerto, ¿no es cierto? En cuanto a los testigos, mañana la mayoría le contará a sus

amigos que fue un acto de justicia divina: Del quemó vivas a varias personas y nosotros lo

quemamos vivo a él. Claro que no dirán que fuimos nosotros, sino la voluntad divina que se

manifestó a través de nosotros. Y quizá haya algo de cierto en ello. ¿Y sabes qué es lo mejor? ¿La

más pura verdad? La mayoría de sus amigos desearán haber estado aquí para verlo. -Al decir esto,

miró a Percy con una mezcla de repulsión e ironía.

-¿Y qué más da si se enfadan un poco? -preguntó Harry-. Vinieron por voluntad propia.

Nadie los obligó.

-Yo no sabía que la esponja debía estar mojada -repitió Percy como un robot-. En los

ensayos no la mojábamos.

Dean lo miró con disgusto.

-¿Cuántos años estuviste meándote sobre la tapa del water antes de que te dijeran que había

que levantarla? -se mofó.

Percy abrió la boca para responder, pero les dije que cerrara el pico y, milagrosamente, me

hizo caso. Entonces me volví hacia Anderson.

-Percy lo fastidió todo, Curtis, ésa es la pura verdad. -Lo miré, desafiándolo a que me

contradijera, pero no lo hizo, quizá porque leyó mis pensamientos: era mejor que Anderson

pensara que se trataba de un estúpido error y no de una fechoría deliberada.

Además, lo que se dijera en el túnel no tenía importancia. Lo que le importaba, lo único que

importa a los Percy Wetmore del mundo, es el informe que reciben oralmente o por escrito los

peces gordos.

Anderson nos miró a los cinco con perplejidad. Miró incluso a Del, aunque éste ya no podía

hablar.

-Supongo que podría haber sido peor -dijo.

-Es cierto -asentí-. Podría seguir vivo.

Curtis parpadeó. Era obvio que esa posibilidad no se le había cruzado por la cabeza.

-Quiero un informe completo de este asunto mañana -ordenó-. Y ninguno de vosotros

hablará con el alcaide Moores antes de que lo haga yo. ¿De acuerdo?

Sacudimos la cabeza con vehemencia. Si Curtis Anderson quería contárselo todo al alcaide

personalmente, no teníamos nada que objetar.

-Eso si los periodistas no lo publican en los periódicos... -añadió.

-No lo harán -dije-. Si lo hacen, los editores los matarán. Demasiado macabro para las

familias. Pero ni siquiera lo intentarán; los que vinieron esta noche eran todos veteranos. A veces

las cosas salen mal; eso es todo. Lo saben tan bien como nosotros.

Anderson reflexionó por un instante y luego asintió con la cabeza. Se volvió hacia Percy con

una expresión de asco en el rostro habitualmente sereno.

-Eres un imbécil y no me caes bien -dijo. Percy lo miraba atónito-. Pero si le cuentas a

alguno de tus amiguitos que he dicho esto, lo negaré. Y estos hombres me respaldarán. Te has

metido en una buena, chico.

Se volvió y empezó a subir por las escaleras. Cuando iba por el cuarto escalón, lo llamé:

-¿Curtis?

Se volvió con expresión inquisitiva, pero no dijo nada.

-No debes preocuparte por Percy -dije-. Pronto se trasladará a Briar Ridge. A un puesto

mejor y más importante. ¿No es verdad, Percy?

-En cuanto acepten el traslado -añadió Bruto.

-Y mientras tanto, pedirá la baja por enfermedad todas las noches -terció Dean.

Eso enfureció a Percy, que no había trabajado el tiempo suficiente en la prisión para

acumular días de baja pagados. Miró a Dean y dijo con tono de disgusto:

-Eso es lo que tú crees.

6

Volvimos al bloque alrededor de la una y cuarto (todos excepto Percy, a quien mandé a

limpiar el almacén) y me puse a escribir el informe. Decidí hacerlo en la mesa de entrada. Si me

sentaba en la cómoda silla de mi despacho, había grandes posibilidades de que me quedase

dormido. Quizá os parezca extraño, considerando lo que había ocurrido una hora antes, pero tenía

la impresión que desde las once de la noche del día anterior había vivido tres vidas seguidas sin

dormir.

John Coffey estaba de pie junto a los barrotes de su celda, con lágrimas en sus ojos extraños

y distantes. Eran como sangre que manase de una herida incurable pero indolora. Más cerca de la

mesa, Wharton estaba sentado en el camastro, moviéndose de lado a lado y entonando una canción

que se había inventado y no completamente carente de sentido. Si no recuerdo mal, decía algo así:

¡Asémonos, tú y yo, oh, oh, oh! ¡Sangrantes y humeantes, oh, oh, oh! No fue Roy, no fue

Phylly, no fue Jackie, no fue Billy. ¡Fue un franchute apestoso, oh, oh, oh, llamado Delacroix, oh,

oh, oh!

-Calla, degenerado -dije.

Wharton sonrió mostrando los dientes podridos. Él no se estaba asando, al menos por el

momento. Estaba contento, feliz, y parecía que en cualquier momento iba a empezar a bailar

claque.

-Entra y hazme callar-dijo con tono jocoso, y enseguida empezó otra estrofa de la «canción

de la barbacoa», cuya letra no carecía de sentido. Algo pasaba aquella noche, no cabía duda.

Wharton demostraba un ingenio bilioso y repulsivo, pero brillante a su manera.

Me acerqué a John Coffey, que se enjugó las lágrimas con el dorso de las manos. Tenía los

ojos rojos e irritados y me pareció que también él estaba exhausto. No era lógico en el caso de un

hombre que apenas caminaba dos horas diarias por el patio de ejercicios y pasaba el resto del día

sentado, pero su cansancio era evidente.

-Pobre Del -dijo en voz baja y grave-. Pobre Del.

-Sí -dije-. Pobre Del. ¿Te encuentras bien, John?

-Del ya no sufre -dijo Coffey-. ¿Verdad, jefe?

-Sí, pero responde a mi pregunta, John: ¿te encuentras bien?

-Del ya no sufre. Ha tenido suerte. No importa cómo haya sido, ahora tiene más suerte que

ninguno.

Pensé que Delacroix tal vez no hubiese estado de acuerdo con ese punto de vista, pero no lo

dije. En su lugar, eché un vistazo a la celda de Coffey.

-¿Dónde está Cascabel?

-Corrió hacia allí -respondió señalando la celda de seguridad.

Asentí con la cabeza.

-Bueno, ya volverá.

Pero no lo hizo. Los días de Cascabel en el pasillo de la muerte habían terminado. El único

rastro de él fue lo que Bruto encontró ese invierno: unas cuantas astillas de madera de colores y el

olor a caramelo de menta que salía de la grieta de una viga.

Pensé en marcharme, pero no lo hice. Miré a John Coffey y él me devolvió la mirada como

si leyera mis pensamientos. Me dije que debía volver a la mesa de entrada a escribir el informe,

pero en su lugar pronuncié su nombre:

John Coffey.

-Sí, jefe -respondió de inmediato.

A veces un hombre necesita imperiosamente saber algo, y eso es lo que me ocurrió en aquel

momento. Me agaché y comencé a quitarme un zapato.

7

Cuando llegué a casa la lluvia había amainado y una luna tardía asomaba sobre las colinas

del norte. El sueño parecía haber desaparecido con las nubes. Estaba totalmente despierto y tenía la

impresión de que llevaba conmigo el olor de Delacroix. Pensé que lo olería en mi piel -asémonos,

tú y yo, sangrantes y humeantes, oh, oh, oh- durante mucho tiempo.

Janice me esperaba levantada, como todas las noches en que había ejecución. No pensaba

contarle lo ocurrido, no veía el sentido de torturarla, pero cuando entré le bastó con mirarme a la

cara para intuir algo, y quiso saberlo todo. De modo que me senté, cogí sus manos cálidas entre las

mías frías (la calefacción de mi viejo Ford no funcionaba bien y la temperatura había bajado varios

grados después de la tormenta) y le conté lo que creí que deseaba oír. Sin embargo, en mitad de la

historia me eché a llorar. No lo esperaba, y me sentía algo avergonzado, aunque sólo un poco. Al

fin y al cabo, estaba con mi esposa, y ella nunca me reñía por desviarme del camino que creía que

debía seguir un hombre... bueno, que debía seguir yo. Un hombre con una buena esposa es la

criatura más afortunada del mundo, y supongo que el que no la tiene debe de ser el más

desgraciado. Su única bendición es que quizá no sea consciente de ello. Lloré con la cabeza

apretada a su pecho y cuando pasó mi pequeña tormenta me sentí mejor... al menos un poco mejor.

Creo que fue entonces cuando se me ocurrió la idea. No me refiero al zapato. El zapato guardaba

cierta relación, pero eso no era todo. La idea de la que hablo fue una especie de iluminación:

entonces tomé conciencia de que John Coffey y Melinda Moores, por distintos que fueran en

tamaño, color y raza, tenían exactamente la misma mirada: triste, distante, de aflicción. La mirada

de un moribundo.

-Ven a la cama -dijo mi esposa por fin-. Ven a la cama conmigo, Paul.

Le obedecí, hicimos el amor y cuando terminamos se durmió. Tendido allí, mirando la

sonrisa de la luna y escuchando las vibraciones de las paredes, que por fin dejaban paso al otoño

después de un largo verano, recordé a John Coffey diciendo que había ayudado al ratón. «He

ayudado al ratón de Del. A Cascabel. Es un ratón de circo.»

«Seguro», pensé. Y quizá todos fuésemos ratones de circo, yendo de aquí para allí, apenas

conscientes de que Dios y sus guardianes divinos nos miraban en nuestras casas de cartón a través

de ventanas de vidrio esmerilado.

Cuando el día empezó a aclarar, conseguí dormir un poco; tal vez dos o tres horas, aunque lo

hice como suelo dormir en la actualidad en Georgia Pines, intranquilo y a ratos. Antes de

dormirme pensé en las iglesias de mi juventud. Los nombres cambiaban de acuerdo con los

caprichos de mi madre y sus hermanas, pero eran todas iguales: las iglesias de Alabado sea jesús,

el Señor es Poderoso. A la sombra de aquellas torres romas y cuadrangulares, la idea de redención

nos llegaba con la misma regularidad que la campana que invitaba a los fieles a orar. Sólo Dios

podía perdonar los pecados, podía y lo hacía, lavándolos con la sangre agónica de su Hijo

crucificado, pero eso no excusaba a Sus hijos de eludir la responsabilidad de redimirse por esos

pecados (o incluso por menos errores de juicio) siempre que fuera posible. La redención era

poderosa; era la llave de la puerta que dejaba atrás el pasado.

Me dormí pensando en la redención, en Eduard Delacroix incendiándose bajo el rugido de

los truenos, en Melinda Moores y en el grandullón con los ojos siempre llorosos. Esos

pensamientos se convirtieron en un sueño. En él, Jóhn Coffey estaba sentado a la orilla de un río,

lanzando gritos incoherentes y desesperados al cielo del amanecer mientras en la orilla opuesta un

tren de mercancías corría vertiginosamente hacia el oxidado viaducto que cruzaba Trapingus. El

negro acunaba en sus brazos los cuerpos desnudos de dos niñas rubias. Sus puños, similares a

enormes rocas marrones, estaban crispados. Alrededor de él cantaban los grillos y revoloteaban los

mosquitos, mientras el día ardía de calor. En mi sueño yo me acercaba a él, me arrodillaba a su

lado y le cogía las manos. Entonces sus puños se abrían y revelaban sus secretos. En uno de ellos

había un carrete de color verde, rojo y amarillo; en el otro, el zapato de un guardia.

-No pude evitarlo -dijo John Coffey-. Lo intenté, pero era demasiado tarde.

Y esta vez, en mi sueño, le entendí.

8

A las nueve de la mañana siguiente, mientras tomaba la tercera taza de café (aunque mi

esposa no dijo nada, advertí la desaprobación en su cara cuando me la trajo) sonó el teléfono. Entré

en el vestibulo y levanté el auricular. La telefonista me dijo que había alguien al otro lado. Luego

me deseó un buen día y colgó... al menos en apariencia. En aquellos tiempos, nunca sabías si

estaban escuchándote.

La voz de Hal Moores me impresionó. Sonaba grave y vacilante, como la de un octogenario.

Pensé que era una suerte que hubiéramos arreglado las cosas con Curtis Anderson en el túnel, que

era una suerte que estuviera de acuerdo con nosotros acerca de Percy, porque el hombre con quien

hablaba no volvería a trabajar en Cold Mountain.

-Paul. Tengo entendido que anoche hubo problemas. Y también sé que nuestro amigo Percy

Wetmore estuvo implicado.

-Hubo algún problema -admití, cogiendo el auricular con fuerza-, pero lo importante es que

el trabajo se hizo.

-Sí, claro.

-¿Puedo preguntarle quién se lo ha contado? -«Para atar cabos», pensé, aunque no lo dije.

-Puedes preguntármelo, pero como no es asunto tuyo, prefiero no contestarte. Sin embargo,

cuando telefoneé al despacho para ver si tenía algún recado o había algún asunto urgente, me

contaron algo interesante.

-¿Ah, sí?

-Sí. Parece que había una solicitud de traslado en mi escritorio. Percy Wetmore quiere

marcharse a Briar Ridge lo antes posible. Debe de haber rellenado la solicitud antes de que acabara

el turno de anoche, ¿no crees?

-Eso parece -asentí.

-En circunstancias normales, dejaría que Curtis se ocupara de ello, pero teniendo en cuenta la

atmósfera que se respira en el bloque E en los últimos tiempos, le he pedido a Hannah que me

traiga la solicitud a la hora de comer. Ella ha aceptado amablemente. Aprobaré la solicitud y la

enviaré a la capital esta misma tarde. Creo que Percy se marchará en un mes. Quizá antes incluso.

Esperaba que me alegrase con la noticia, y tenía razones para hacerlo. Robaría tiempo del

cuidado de su esposa para ocuparse de un asunto que en otro caso podría llevar seis meses, a pesar

de las relaciones de Percy. Sin embargo, sentí un vuelco en el corazón. ¡Un mes! Aunque quizá

diera igual. La llamada me libraba del deseo perfectamente natural de esperar antes de realizar un

acto arriesgado, y lo que pensaba en aquel momento era realmente arriesgado. En casos como ése,

a veces es mejor precipitarse antes de perder el valor. Si teníamos que vérnoslas con Percy (eso

suponiendo que los demás estuvieran de acuerdo con mi locura; es decir, suponiendo que pudiera

hablar en plural), mejor hacerlo aquella misma noche.

-¿Estás ahí, Paul? -susurró, como si hablara para sí-. Demonios, creo que se ha cortado la

comunicación.

-No. Estoy aquí, Hal. Es una gran noticia.

-Sí -asintió, y otra vez pensé que hablaba como un viejo, o al menos como una persona muy

frágil-. Ah, ya sé lo que piensas. -«No, alcaide», pensé. «Ni en un millón de años podría imaginar

lo que pienso»-. Piensas que nuestro amigo seguirá allí para la ejecución de Coffey. Es probable,

porque está prevista antes del día de Acción de Gracias, pero siempre puedes ponerlo en el cuarto

de los interruptores. Nadie protestará. Ni siquiera él, según creo.

-Lo haré -dije-. Y ¿cómo está Melinda?

Se produjo una larga pausa, tan larga que de no ser por el ruido de la respiración de Hal al

otro lado de la línea esta vez habría sido yo quien pensara que se había cortado la comunicación.

Cuando habló, lo hizo con voz mucho más baja:

-Se está hundiendo -dijo.

«Hundiendo.» La palabra que usaban en otros tiempos para evitar decir que alguien se moría,

aunque dando a entender que comenzaba a alejarse de la vida.

-Los dolores se han calmado un poco, al menos por el momento... pero no puede caminar sin

ayuda, no puede sostener las cosas, se hace pis en la cama... -Siguió otra pausa y Hal volvió a bajar

la voz para pronunciar algo que sonó como «dice».

-¿Qué dice, Hall -pregunté con el entrecejo fruncido. Mi esposa había entrado en el vestíbulo

y me miraba mientras se secaba las manos con un trapo de cocina.

-No dijo con una mezcla de rabia y tristeza-. Maldice.

-Ah. -Aún no entendía qué quería decir, pero no pregunté. No tuve necesidad de hacerlo.

-Está perfectamente normal, hablando de las flores del jardín, de un vestido que vio en un

catálogo o de lo que oyó decir a Roosevelt por la radio y de lo maravilloso que le parece y de

repente comienza a decir las cosas más horribles... las palabras más espantosas. No levanta la voz,

aunque quizá fuese mejor que lo hiciera, porque entonces uno entendería, entonces...

-Parecería otra persona.

-Exactamente -dijo, agradecido-. Pero oírla usar ese lenguaje horrible con la voz dulce de

siempre... Perdóname, Paul. -Su voz se quebró y oí que se aclaraba la garganta. Luego continuó,

un poco más alto pero con el mismo tono de angustia-. Quiere que venga el pastor Donaldson y sé

que sería un consuelo para ella, pero ¿cómo voy a pedírselo? Imagina que está leyendo las

escrituras con ella y lo insulta. Lo haría. Lo hizo conmigo anoche. Me dijo: «Pásame esa revista,

soplapollas.»

Paul, ¿de dónde ha sacado ese lenguaje? ¿Cómo es posible que conozca esas palabras?

-No lo sé, Hal. ¿Estarán en casa esta tarde?

Cuando se encontraba bien, cuando no lo torturaba el dolor o la preocupación, Hal Moores

tenía una vena sarcástica y cortante. Sus subordinados temían esa cualidad más que su furia o su

desdén. Su ironía, por lo general impaciente y brusca, podía herir como un ácido, y en aquel

momento me salpicó. Fue algo inesperado, pero me alegré de oírlo. Después de todo, parecía que

no había perdido las ganas de luchar.

-No -dijo-. Melinda y yo saldremos a bailar. Espalda contra espalda, giro a la izquierda, y

luego le diremos al violinista que es un cochino soplapollas.

Me cubrí la boca con la mano para reprimir la risa. Por suerte, la tentación pasó deprisa.

-Lo siento -dijo-. Últimamente no duermo bien y estoy de mal humor. Por supuesto que

estaremos en casa. ¿Por qué lo preguntas?

-No tiene importancia -respondí.

-No estarás pensando en venir a visitarnos, ¿verdad? Porque si anoche estabas de guardia,

hoy también. A menos que hayas cambiado el turno con alguien.

-No; no lo he cambiado -dije-. Esta noche estoy de guardia.

-De todos modos, tal como está Melinda, no sería buena idea.

-Quizá no. Gracias por la noticia.

-De nada. Y reza por Melinda, Paul.

Respondí que sí, pensando que tal vez hiciera algo más que rezar. Como dicen en la iglesia,

Dios ayuda a los que se ayudan. Colgué el auricular y miré a Janice.

-¿Cómo está Melly? -preguntó.

-No muy bien. -Le conté lo que me había dicho Hal, incluyendo la parte de los tacos, aunque

no mencioné la palabra «soplapollas». Terminé diciendo que según Hal se estaba «hundiendo» y

ella me miró con atención.

-¿Qué estás tramando? Porque estás tramando algo, y quizá no sea buena idea. Lo veo en tu

cara.

No podía mentirle, pues en nuestra relación nunca había habido cabida para las mentiras,

pero le dije que era mejor que no lo supiera, al menos por el momento.

-¿Es algo que podría crearte problemas? -En realidad, más que alarmada por la idea parecía

interesada, sencillamente. Era una de las cosas que más me gustaban de ella.

-Quizá.

-¿Es bueno?

-Quizá -repetí.

Seguía de pie, haciendo girar ociosamente la manivela del teléfono con una mano mientras

con los dedos de la otra apretaba la palanca de conexión.

-¿Quieres que te deje solo mientras usas el teléfono? -preguntó-. ¿Que sea una buena

mujercita y me largue a lavar los platos o a tejer?

Asentí con un gesto.

-Yo no lo diría de ese modo, pero...

-¿Tendremos algún invitado a comer, Paul?

-Eso espero -dije.

9

Hablé con Bruto y con Dean de inmediato, porque los dos tenían teléfono. Harry no tenía, al

menos en aquel entonces, pero llamé al vecino más cercano y me devolvió la llamada veinte

minutos más tarde, avergonzado por hacerlo a cobro revertido y prometiéndome que la pagaría

cuando llegase el recibo. Le dije que hablaríamos de eso en su momento y lo invité a comer en

casa. Bruto y Dean estarían allí, y Janice había prometido preparar su famosa ensalada de col, por

no mencionar su aún más famoso pastel de manzanas.

-¿Una comida sin un motivo especial? -preguntó con escepticismo.

Admití que quería hablar con ellos de un asunto, pero que prefería no mencionarlo por

teléfono. Harry aceptó la invitación. Colgué el auricular, me acerqué a la ventana y miré a través

de ella con aire pensativo. No había despertado a Bruto ni a Dean, y lo cierto es que tampoco

parecía que Harry acabara de salir del reino de los sueños. Por lo visto, yo no era el único que

estaba perturbado por lo sucedido la noche anterior, y considerando la loca idea que tenía en la

cabeza, era mejor así.

Bruto, que vivía más cerca que los demás, llegó a las once y cuarto. Dean apareció quince

minutos más tarde y Harry (vestido ya para el trabajo) un cuarto de hora después. Janice nos sirvió

bocadillos de carne fría, ensalada de col y té helado. Comimos en la cocina; un día antes lo

habríamos hecho en el porche, disfrutando de la brisa, pero después de la tormenta la temperatura

había bajado unos siete grados y un viento fuerte soplaba desde las colinas.

-Puedes sentarte con nosotros -le dije a mi esposa.

Pero Janice sacudió la cabeza.

-Prefiero no enterarme de lo que tramáis; me preocuparé menos si no sé nada. Comeré algo

en el vestíbulo. Tengo una cita con Jane Austen y es muy buena compañía.

-¿Quién es Jane Austen? -preguntó Harry cuando mi esposa se hubo marchado-. ¿Una

pariente tuya o de Janice? ¿Una prima? ¿Es guapa?

-Es una escritora, tonto -dijo Bruto-. Murió antes de que Betsy Ross confeccionara la

primera bandera americana.

-Ah. -Harry parecía avergonzado-. No leo mucho. Sólo manuales de radio.

-¿En qué estás pensando, Paul? -preguntó Dean.

-En primer lugar, en John Coffey y en Casca-bel. -Su sorpresa no me extrañó. Creo que

estaban convencidos de que iba a hablarles de Delacroix o de Percy, o quizá de ambos. Miré a

Dean y a Harry-. Lo que ocurrió con Cascabel, lo que hizo Coffey... todo fue muy rápido. No sé si

llegasteis a tiempo para ver lo destrozado que estaba el ratón.

Dean negó con la cabeza.

-No. Pero vi la sangre en el suelo.

Me volví hacia Bruto, que dijo:

-Ese hijo de puta de Percy lo aplastó. Debería haber muerto, pero no lo hizo. Coffey lo salvó,

de algún modo lo curó. Sé que suena absurdo, pero lo vi con mis propios ojos.

-También me curó a mí, y yo hice algo más que verlo, lo sentí.

Les conté lo de mi infección urinaria, cómo había recrudecido, el sufrimiento que me había

causado (señalé por la ventana la pila de leños donde me había sostenido la mañana que había

caído de rodillas a causa del dolor), cómo había desaparecido por completo después de que Coffey

me tocara. Añadí que no había vuelto a aparecer.

No me llevó mucho tiempo contar mi historia, y cuando terminé todos reflexionaron en

silencio mientras comían los bocadillos.

-Le salen unas cosas negras de la boca -dijo Dean por fin-. Como mosquitos.

-Es verdad -asintió Harry-. Al principio eran negros, aunque luego se volvieron blancos y

desaparecieron. -Miró alrededor con aire pensativo-. Es como si hubiera olvidado todo hasta que tú

me lo recordaste, Paul. ¿No es extraño?

-No tiene nada de extraño -dijo Bruto-. Creo que es lo que suele hacer la gente cuando no

alcanza a entender algo, olvidarlo. No sienta bien recordar cosas que no se entienden. ¿Y qué pasó

contigo, Paul? ¿Había bichos cuando te curó?

-Sí. Creo que son la enfermedad... el dolor... el sufrimiento. Es como si absorbiese esas cosas

y luego las dejara salir al aire.

-Donde mueren -añadió Harry.

Me encogí de hombros. No sabía si morían o no, no estaba seguro, pero tampoco tenía

importancia.

-¿Aspiró tu enfermedad? -preguntó Bruto-. Ya sabes, cuando cogió al ratón parecía que

aspiraba el dolor... o la muerte.

-No -respondí-. Me tocó, sencillamente, y sentí una especie de corriente eléctrica, aunque no

fue dolorosa. Pero yo no estaba muriéndome. Sólo sufría.

Bruto asintió.

-El contacto y la respiración. Los predicadores siempre hablan de eso.

-Alabado sea jesús, el Señor es poderoso -apostillé.

-No sé si jesús tendrá algo que ver -dijo Bruto-, pero creo que John Coffey tiene poderes.

-De acuerdo -terció Dean-. Si decís que fue así, tendré que creeros. Los caminos del Señor

son inescrutables. Pero ¿qué tiene que ver todo esto con nosotros?

Ésa era la gran pregunta. Respiré hondo y les conté lo que me proponía hacer. Me

escucharon atónitos. Hasta Bruto, que solía leer revistas sobre hombrecillos verdes procedentes del

espacio, parecía atónito. Esta vez se produjo un silencio más largo, y nadie continuó con los

bocadillos.

Finalmente, Brutus Howell habló con voz serena y sensata:

-Si nos pillan perderemos el empleo, Paul, y tendríamos suerte si eso fuera todo.

Probablemente acabaríamos en el bloque A como huéspedes del estado, haciendo billeteros y

duchándonos de a dos.

-Sí -dije-. Es probable.

-Entiendo cómo te sientes -continuó-. Conoces a Moores mejor que cualquiera de nosotros.

Además de nuestro jefe es nuestro amigo, y sé que aprecias mucho a su esposa...

-Es la mujer más encantadora del mundo -dije- y significa mucho para él.

-Pero no la conocemos tan bien como tú y Janice -dijo Bruto-. ¿Verdad, Paul?

-Si la conocierais os caería bien -dije-, al menos si la hubierais conocido antes de que

enfermara. Hace muchas cosas por la comunidad, es religiosa y una buena amiga. Además, es

divertida. O lo era. Podría haceros llorar de risa con sus historias. Pero ésa no es la razón por la que

quiero salvarla, si es que puede salvarse. Lo que le ocurre es una afrenta, maldita sea. Una afrenta

a los ojos, a los oídos y al corazón.

-Muy noble, pero dudo mucho que ése sea el motivo por el que se te ha ocurrido esta idea

-dijo Bruto-. Creo que tiene que ver con Del; que quieres equilibrar la balanza de algún modo.

Tenía razón; claro que sí. Conocía a Melinda Moores mejor que los demás, pero quizá no lo

suficiente para arriesgar nuestros empleos o incluso nuestra libertad. O mi propio trabajo y mi

libertad. Tenía dos hijos adultos y lo último que deseaba en el mundo era que Janice tuviese que

escribirles diciendo que su padre sería sometido a juicio por... ¿Por qué? No estaba seguro.

Probablemente por alentar o consentir un intento de fuga.

Pero la muerte de Delacroix había sido la experiencia más desagradable, más perversa de mi

vida -no de mi vida laboral, sino de toda mi vida- y yo había participado en ella. Todos lo

habíamos hecho al permitir que Percy Wetmore permaneciera en el bloque E cuando sabíamos que

no estaba en condiciones de trabajar en un sitio semejante. Le habíamos hecho el juego. Hasta el

alcaide Moores tenía parte de responsabilidad. «Sus sesos se freirán tanto si forma parte del equipo

como si no», había dicho, y quizá tuviera razón, teniendo en cuenta lo que había hecho el francés,

pero Percy'había hecho algo más que freírle los sesos: le había hecho saltar los ojos de las órbitas y

le había quemado la cara. ¿Y por qué? ¿Porque Delacroix había asesinado a media docena de

personas? No; porque Percy se había meado en los pantalones y el pequeño francés había tenido el

atrevimiento de reírse de él. Todos habíamos tenido arte y parte en un acto monstruoso, y Percy

iba a salir impune. Se iría a Briar Ridge, feliz como una almeja cuando sube la marea, y allí

encontraría un asilo lleno de lunáticos con los que ejercitar a gusto su crueldad. No podíamos hacer

nada al respecto, pero quizá no fuera demasiado tarde para lavarnos la mierda de las manos.

-En mi iglesia no hablaban de equilibrar la balanza, sino de redención -dije-, pero supongo

que es más o menos lo mismo.

-¿De verdad crees que Coffey podría salvarla? -preguntó Dean en voz baja, asombrado-.

¿Qué piensas que haría? ¿Aspirar el tumor de su cabeza como si fuera el hueso de un melocotón?

-Creo que podría. No estoy seguro, desde luego, pero después de lo que hizo conmigo... y

con Cascabel...

-Es cierto que el ratón estaba en las últimas -dijo Bruto.

-Pero ¿lo haría? -murmuró Harry-. ¿Lo haría?

-Si puede, lo hará -respondí.

-¿Por qué? Coffey ni siquiera la conoce.

-Porque es lo que hace. Es lo que Dios le ha mandado hacer.

Bruto nos recordó que olvidábamos algo.

-¿Y qué hay de Percy? -preguntó.

Entonces les conté lo que se me había ocurrido al respecto.

Cuando terminé, Harry y Dean me miraban asombrados, pero Bruto esbozaba una reticente

sonrisa de admiración.

-Muy audaz, hermano Paul -dijo-. Te juro que me has dejado sin habla.

-¡Sería genial! -susurró Dean, y a continuación soltó una carcajada y aplaudió como un

niño-. ¡Hurra, hurra, hurra!

Debéis recordar que Dean tenía especial interés en la parte del plan que involucraba a Percy,

pues éste lo había puesto en peligro de muerte al quedarse paralizado durante el ataque de

Wharton.

-Sí, pero ¿qué pasará después? -preguntó Harry. Parecía reacio a aceptar el plan, pero su

mirada lo delataba: sus ojos brillaban como los de alguien que quiere que lo convenzan-. ¿Qué

pasará?

-Dicen que los muertos no hablan -rugió Bruto, y lo miré rápidamente para comprobar que

bromeaba.

-Creo que mantendrá la boca cerrada -dije.

-¿De veras? -Dean parecía escéptico. Se quitó las gafas y comenzó a limpiarlas-.

Convencedme.

-En primer lugar, no sabrá qué ha ocurrido. Creerá que todo ha sido una broma. En segundo

lugar, y lo más importante, tendrá miedo de hablar. Cuento con ello. Le diremos que si empieza a

escribir cartas o a hacer llamadas telefónicas, nosotros también-escribiremos cartas y haremos unas

cuantas llamadas.

-Sobre la ejecución -concluyó Harry.

-Y sobre cómo se quedó paralizado cuando Wharton atacó a Dean -dijo Bruto-. Creo que lo

que más le asusta es que la gente se entere de eso. -Asintió con un gesto lento y pensativo-. Podría

funcionar, pero ¿no tendría más sentido llevar a la señora Moores a Coffey que Coffey a la señora

Moores, Paul? Podríamos ocuparnos de Percy tal como lo has planeado y luego traerla a ella por el

túnel en lugar de sacar a Coffey por allí.

-Nunca -dije sacudiendo la cabeza-. Ni en un millón de años.

-¿Por el alcalde Moores?

-Sí. Es tan escéptico que a su lado el incrédulo Tomás parecería Juana de Arco. Si llevamos a

Coffey a su casa, lo sorprenderemos y creo que podremos conseguir que Coffey haga algo. De lo

contrario. . .

-¿Qué vehículo pensabas usar? -preguntó Bruto.

-Primero pensé en la «diligencia», pero supongo que no podríamos salir sin que lo

advirtiesen. Además, todo el mundo la conoce en treinta kilómetros a la redonda. Supongo que

tendríamos que usar mi Ford.

-Piénsalo mejor -dijo Dean mientras volvía a ponerse las gafas-. No podrías meter a John

Coffey en tu coche aunque lo desnudaras, lo cubrieras de mantequilla y lo empujaras con un

calzador. Estás tan acostumbrado a verlo que has olvidado lo grande que es.

No tenía respuesta para eso. Aquella mañana había concentrado casi toda mi atención en el

problema de Percy y en el obstáculo menor, aunque considerable, de Bill Wharton. Ahora me daba

cuenta de que transportar a Coffey no iba a ser tan sencillo como creía.

Harry Terwilliger cogió el resto de su segundo bocadillo, lo miró por un segundo y volvió a

dejarlo.

-Si cometiéramos esta locura -dijo-, supongo que podríamos usar mi furgoneta y sentarlo en

la parte trasera. A esa hora no habrá mucha gente en los caminos. Sería después de medianoche,

¿verdad?

-Sí -respondí.

-Olvidáis algo, muchachos -dijo Dean-. Sé que Coffey ha estado muy tranquilo desde que

ingresó en el bloque. Se pasa el día sentado en el camastro llorando, pero se trata de un asesino, y

es enorme. Si decidiera escapar de la furgoneta de Harry, sólo podríamos detenerlo disparándole.

Y a un tipo como ése habrá que dispararle varias veces para matarlo, aunque usemos una 45. ¿Y si

no pudiéramos detenerlo? ¿Y si matara a alguien más? No me gustaría perder mi empleo ni ir a

prisión, tengo esposa e hijos que dependen de mí para comer, pero creo que sería aún peor llevar la

muerte de otra niña en la conciencia.

-No ocurrirá.

-¿Cómo puedes estar seguro?

No respondí. No lo sabía. Estaba convencido de que harían esa pregunta, pero no se me

ocurría cómo explicar lo que sabía. Bruto me ayudó.

-Tú no crees que sea culpable, ¿verdad, Paul? -Parecía incrédulo-. Piensas que el gran

tontorrón es inocente.

-Estoy seguro de que lo es -dije.

-¿Y cómo puedes estarlo?

-Por dos motivos -respondí-. El primero es mi zapato. -Me incliné y comencé a hablar.

CONTINUARÁ...

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