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miércoles, 27 de agosto de 2008

LEGION -- WILLIAM PETER BLATTY -- EL EXORCISTA II -- 1ªparte

LEGION

William Peter Blatty





PRIMERA PARTE

Y Jesús le preguntó: ¿Cuál es tu nombre? Él dijo: Legión es mi nombre, porque somos muchos.
S. MARCOS 5:9.
DOMINGO, 13 de MARZO


1


Estuvo pensando en la muerte, en sus infinitos gemidos, en los aztecas arrancando corazones vivos, y en el cáncer, y en niños de tres años enterrados vivos, y se preguntó si Dios era extraño y cruel, pero entonces recordó a Beethoven y la heterogeneidad de las cosas y de la alondra, en el «Hurra por Karamazov», y en la bondad. Contempló el sol que asomaba por detrás del Capitolio y teñía el Potomac de matices anaranjados. Miró después el horror que yacía a sus pies. Algo había ido mal entre el hombre y su creador, y la evidencia estaba aquí, en este embarcadero.
—Creo que lo han encontrado, teniente.
—¿Qué?
—El martillo. Lo han encontrado.
—El martillo. Ah, sí...
Los pensamientos de Kinderman se aferraron al mundo. Miró hacia arriba y vio al equipo del laboratorio de lo criminal en el muelle. Estaban recogiendo con un cuentagotas, un tubo de ensayo y fórceps; registrando con una cámara fotográfica, un bloc de dibujo y yeso. Sus voces quedaban ahogadas, eran simples fragmentos susurrantes, y se movían sin hacer ningún ruido, como las figuras de un sueño. Cerca de allí palpitaban los motores del buque-draga color gris de la Policía, complementando el espanto de aquella mañana.
—Bueno, creo que ya casi hemos terminado aquí, teniente.
—¿De veras? ¿Hemos terminado?
Kinderman miró bizqueando, a causa del frío. El helicóptero de búsqueda se alejaba, volando bajo por encima del agua parda por el lodo y haciendo parpadear sus suaves luces rojas y verdes. El detective lo contempló mientras iba empequeñeciéndose hasta desaparecer en la aurora como una esperanza desvanecida. Kinderman escuchó, inclinando un poco la cabeza; después se estremeció y metió las manos más profundamente en los bolsillos de su abrigo. Los chillidos de la mujer se habían vuelto más penetrantes. Se agarraban a su corazón y a los bosques recónditos y silenciosos a las orillas del helado río.
Oyó un ruido aleteante, como de tejido. Miró y vio a Stedman, el policía patólogo, arrodillado junto a la pesada sábana de lona que acaba de utilizar para cubrir algo abultado en el muelle. Estaba mirándolo con atención, frunciendo el entrecejo y concentrándose. Su cuerpo estaba inmóvil. Únicamente su respiración tenía vida. Alentaba helada y desaparecía después en el ávido aire. Bruscamente, Stedman se puso en pie y se volvió hacia Kinderman.
—Sabes, esos cortes en la mano izquierda de la víctima...
—¿Qué piensas de esos cortes?
—Pues, creo que siguen cierta pauta.
—¿Estás seguro?
—Sí, así lo creo. Un signo del zodíaco. Me parece que Géminis.
El corazón de Kinderman perdió un latido. Aspiró con fuerza, Después miró hacia el río. Una larga embarcación de remos de la Universidad de Georgetown se deslizó en silencio pasando ligera junto al casco voluminoso del buque-draga. Reapareció después, para desaparecer por debajo del Puente Key. Centelleó una luz, Kinderman miró hacia abajo, a la lona y lo que cubría. No. No podía ser —pensó—. No podía ser.
El patólogo siguió la mirada de Kinderman, y su mano, moteada de manchas rojas a causa del aire helado, tiró de las puntas del cuello de su abrigo para unirlas con más fuerza. Lamentó no haberse traído la bufanda. La había olvidado ese día. Se había vestido con demasiada prisa.
—Vaya modo extraño de morir —dijo con suavidad—. Tan antinatural...
La respiración de Kinderman era enfisematosa; en sus labios quedaba prendido un vaporcillo blanco.
—Ninguna muerte es natural —murmuró.
Alguien había creado el mundo. Eso tenía sentido. Pues, ¿por qué un ojo querría formarse? ¿Para ver? ¿Y por qué debería ver?
¿Para sobrevivir? ¿Y por qué debería sobrevivir? ¿Y por qué? ¿Y por qué? La pregunta infantil rondaba en la nebulosa, un pensamiento en busca de su hacedor que arrinconaba la razón en un laberinto sin salida y daba a Kinderman la certeza de que el universo materialista era la mayor superstición de su época. Kinderman creía en maravillas, pero en lo imposible: no creía en una infinita sucesión de azares, o en que el amor y los actos de la voluntad quedaban reducidos a neuronas que se encendían en el cerebro.
—¿Cuánto tiempo hace que el «Géminis» ha muerto? —preguntó Stedman.
—Diez, doce años —respondió Kinderman—. Doce.
—¿Tenemos la seguridad de que ha muerto?
—Está muerto.
En cierto modo —pensó Kinderman—. Parcialmente. El hombre no era todavía un nervio. El hombre tenía un alma. ¿Cómo podría, en otro caso, la materia reflejarse en sí misma? ¿Y cómo era que Cari Jung había visto un fantasma en su cama y que la confesión de un pecado podía curar una enfermedad corporal y los átomos de su cuerpo estaban cambiando de continuo, y sin embargo todas las mañanas se despertaba y seguía siendo él mismo? Sin una vida en el más allá, ¿cuál era el valor del trabajo? ¿Cuál era el punto de la evolución?
—Está muerto en cierta manera.
—¿Qué ha dicho, teniente?
—Nada.
Los electrones cruzaban de un punto a otro sin atravesar nunca el espacio entre ambos. Dios tenía Sus misterios. Yahvé: «Yo estaré allí; como aquel que yo soy estaré allí.» Muy bien. Amén. Pero todo era tan confuso, cuánta confusión. El Creador hizo al hombre conocer y distinguir entre el bien y el mal, sentirse afrentado ante todo aquello que era monstruoso y maligno; y, sin embargo, el propio esquema de la creación era afrentoso, pues la ley de la vida era la ley de nutrirse en un universo lleno de un extremo a otro de estrellas estallantes y mandíbulas sangrientas. Evita servir de alimento y siempre queda la posibilidad de que mueras en una inundación de lodo, o en un terremoto, o en tu cuna, o que te dieran veneno de ratas por mano de tu propia madre, o ser frito en aceite por Genghis Khan o ser despellejado vivo o decapitado, o sofocado, simplemente por la emoción o la diversión que ello proporcionara. Cuarenta y tres años en el Cuerpo de Policía, y él lo había visto. ¿No lo había visto ya todo? Y ahora esto. Por un momento, intentó hallar huidas familiares: imaginar que el universo y todo lo que había en él eran simplemente pensamientos en la mente del Creador; o de que el mundo de la realidad externa no existía en ninguna parte sino en su propia mente, de modo que nada fuera de él mismo sufría de veras. Algunas veces esto daba resultado. No ocurrió así esta vez.
Kinderman observó el bulto debajo de la lona. «No, no era esto —pensó Kinderman—: no era el daño que nosotros escogemos o infligimos.» El horror era el mal en el tejido de la creación. Las canciones de las ballenas eran encantadoras y adorables, pero el león desgarraba y abría la barriga del ñu, y los diminutos icneumónidos se alimentaban con los cuerpos vivos de las orugas debajo de las hermosas lilas y en los prados; y el pajarillo que guía hasta la miel, de garganta negra, gorjea alegremente, pero deposita sus huevos en los nidos ajenos, y cuando el polluelo guía está incubado, inmediatamente mata a sus hermanastros con un gancho duro y afilado situado cerca del extremo de su pico del que se desprende tan pronto como ha cometido su criminal acto. ¿Qué mano u ojo inmortales? Kinderman frunció el ceño ante el espantoso recuerdo de la sala infantil psiquiátrica de un hospital. En una habitación había cincuenta camas dentro de una jaula, todas ellas ocupadas por un niño chillón. Y entre ellos un niño de ocho años cuyos huesos no se habían desarrollado desde la infancia. ¿Podía quizá la gloria y la belleza de la creación justificar el dolor de un niño semejante? I van Karamazov se merecía una respuesta.
—Los elefantes se mueren de coronarias, Stedman.
—¿Cómo dices?
—En la selva. Están muñéndose por la tensión del suministro de su alimento y su agua. Tratan de ayudarse mutuamente. Si uno de ellos se muere demasiado lejos, los otros llevan sus huesos hasta el cementerio.
El patólogo parpadeó y se agarró más fuertemente a los pliegues de su abrigo.
Había oído hablar de estos despropósitos, de estos arranques inesperados y de que últimamente se habían estado produciendo con frecuencia; pero ésta era la primera vez que los oía personalmente. En la Comisaría circulaba el rumor de que Kinderman, pintoresco o no, estaba volviéndose senil, y ahora Stedman le observó con aire de interés profesional, no viendo nada anormal en el modo de vestir del detective: el abrigo gris de cheviot, desaseado y grande de talla; los pantalones arrugados, haciendo bolsas y con vueltas; el sombrero de fieltro, deslucido, luciendo en la cinta una pluma arrancada de algún pájaro moteado, ignominioso. Ese hombre es una tienda ambulante de ropa usada, pensó el patólogo, y su mirada observó aquí y allá una mancha de huevo. Pero este había sido siempre el estilo de Kinderman, Stedman lo sabía. En eso no había nada de anormal. Ni tampoco en su ser físico: los dedos cortos y regordetes, tenían las uñas bien cuidadas, sus mofletes relucían por el jabón, y sus húmedos ojos castaños caídos en los extremos parecían estar todavía contemplando tiempos pasados. Como siempre, sus maneras y sus delicados movimientos sugerían un padre vienes, del viejo mundo, perpetuamente ocupado en el arreglo de las flores.
—Y en la Universidad de Princeton —continuó Kinderman—, están haciendo experimentos con chimpancés. El chimpancé tira de una palanca y de la máquina sale un hermoso plátano. Hasta aquí, maravilloso, ¿no es así? Pero ahora los buenos doctores han construido una pequeña jaula y han colocado otro chimpancé dentro de ella. Entonces ahí llega el primer chimpancé en busca de su premio habitual, sólo que esta vez cuando tira de la palanca, consigue su plátano, sí, pero el chimpancé ve a su colega dentro de la jaula que ahora chilla a causa de un choque eléctrico. Después de eso, a pesar de su apetito, o aunque esté hambriento, el primer chimpancé no tirará de la palanca mientras vea otro chimpancé dentro de la jaula. Lo intentaron con cincuenta, con cien chimpancés, y cada vez ocurrió lo mismo. De acuerdo, quizás algún goniff, algún sabelotodo, tipo Dillinger, algún sádico, tiraría de la palanca; pero el noventa por ciento de las veces no lo harían.
—No sabía eso.
Kinderman continuó mirando fijamente la lona. Se examinaron dos esqueletos de Neandertal descubiertos en Francia, y se comprobó que habían vivido durante dos años a pesar de graves heridas que les incapacitaban. Era evidente, pensaba él, que la tribu los había mantenido vivos. Y fíjate en los niños, consideró. No había nada más agudo, el detective lo sabía, que el sentido de justicia de un niño, el sentido de lo que era propio, de cómo debían ser las cosas. ¿De dónde procedía eso? Y cuando mi Julie tenía tres años, no podías darle una golosina o un juguete pues lo regalaba en seguida a algún otro niño. Después aprendió a atesorarlo para ella. No era el poder lo que corrompía, creía él; era los empellones y las injusticias del mundo de la experiencia y un saco de cosas de poco peso. Los niños venían a este mundo sin ningún bagaje, excepto su inocencia. Su bondad era innata. No se aprendía y tampoco era un egoísmo ilustrado. ¿Qué chimpancé hubo que alguna vez le dorara la píldora a una compradora para que se quedara con toda la colección de su serie primaveral de negligés? Es ridículo. Realmente. ¿Quién ha oído contar algo semejante? Y ahí precisamente estaba la paradoja. La maldad física y la bondad moral se entrelazaban como las aletas de una doble hélice incrustadas en el código ADN del cosmos. ¿Pero cómo puede ocurrir esto?, se preguntaba el detective. ¿Habría algún marrullero suelto en el universo? ¿Un Satán? No. Es estúpido. Dios le atizaría tan fuerte en la cabezota que se pasaría la eternidad contándole al sol que, en cierta ocasión, había conocido a Arnold Schwarzenegger y le había estrechado la mano. Satán dejaba intacta la paradoja, una herida sangrienta de la mente que nunca se curaba.
Kinderman cambió su peso de un pie a otro. El amor de Dios ardía con un calor oscuro y vivo, pero no daba ninguna luz. ¿Habría sombras en Su naturaleza? ¿Era Él brillante y sensible, pero torcido? Después de todo lo dicho y hecho, ¿estaba la respuesta a lo que había dejado de ser misterio en que Dios era realmente Leopold y Loeb? ¿O sería quizá que estaba más cerca de ser un putz de lo que nadie había imaginado ahora, un ser de asombroso pero limitado poder? El detective se imaginó un dios semejante alegando ante un tribunal: «Culpable con una explicación, su Señoría.» La teoría tenía atractivo. Era racional y obvia, y, ciertamente, la más sencilla que se acomodaba a todos los hechos. Pero Kinderman la rechazó de inmediato y subordinó la lógica a su intuición, tal como hacía en tantos de sus casos de homicidio.
—Yo no vine a este mundo para vender a Guillermo de Occamm de puerta en puerta —se le había oído decir a menudo a colegas confundidos, e incluso, en una ocasión, a una computadora—. Mi presentimiento, mi opinión —solía decir.
Y ahora sentía de ese modo respecto al problema de la maldad. Algo murmuraba en su alma que la verdad era confusa y relacionada de algún modo con el Pecado Original; pero sólo por analogía y vagamente.
Algo era distinto. El detective alzó la mirada. Los motores del buque-draga se habían parado. Y también los chillidos de la mujer. En medio del silencio Kinderman oyó los embates del agua en el muelle. Se volvió y encontró la mirada paciente de Stedman.
—Primer punto, no podemos seguir encontrándonos de este modo. Punto dos, ¿has intentado alguna vez meter el dedo en una sartén al rojo vivo manteniéndolo allí un rato? —No, no lo he hecho.
—Yo lo he intentado. Es imposible. Duele demasiado. Uno lee en los periódicos que alguien murió en el incendio de un hotel. «Treinta y dos personas perdidas en el incendio del "Mayflower"», dice el periódico. Pero uno nunca llega a saber realmente lo que eso significa. Uno no puede apreciarlo, no puede imaginarlo. Pon un dedo en la sartén y entonces lo sabrás.
Stedman asintió en silencio. Los párpados de Kinderman cayeron y después miró fija y tristemente al patólogo. Mírale —pensó—; cree que estoy loco. Es imposible hablar de cosas como ésta. —¿Hay algo más, teniente?
Sí. Shadrack, Meshack y Abednego. «Y entonces el rey, estando enojado, ordenó traer sartenes y calderos de bronce para calentarlos; y ordenó que cortasen la lengua de aquel que había hablado el primero, y habiéndole arrancado la piel de la cabeza, que también le cercenaran las manos y los pies. Y ahora le ordenó, pues seguía aún con vida, que fuese traído junto al fuego y se le friera en la sartén.»
—No, nada más.
—¿Podemos llevarnos el cuerpo? —Todavía no.
«El dolor tenía su utilidad —reflexionó Kinderman—, y el cerebro podía eliminarlo en cualquier momento.» ¿Pero cómo? El Gran Espíritu en el Cielo no nos lo ha dicho. No se han podido saber, por medio de algún error básico, las claves secretas descodificadoras del dolor. Rodarán cabezas, pensó sombríamente Kinderman. —Stedman, vete. Esfúmate. Ve a tomar café. Kinderman estuvo observándole mientras Stedman se dirigía a la casa del embarcadero en donde se le reunió el equipo del laboratorio de lo criminal, el Dibujante y el Hombre de la Evidencia, y el Medidor y el Jefe Anotador. Sus maneras mostraban indiferencia. Uno de ellos rió con malicia. Kinderman se preguntó qué es lo que se habría dicho, y pensó en Macbeth y en el entorpecimiento gradual del sentido moral.
El Anotador entregó una libreta de notas a Stedman. El patólogo asintió y los del equipo se marcharon. Sus pasos hicieron crujir la grava del camino que les condujo con rapidez más allá de una ambulancia y de los enfermeros que esperaban, y muy pronto estarían echando pullas y quejándose de sus mujeres en las vacías calles adoquinadas de Georgetown. Iban apresurados, probablemente dispuestos a desayunar, quizás en la agradable «White Tower» de la calle M. Kinderman echó una mirada a su reloj y movió afirmativamente la cabeza. Sí. La «White Tower». Estaba abierta toda la noche. Tres huevos no muy hechos, por favor, Louise. Mucho tocino, ¿de acuerdo? Y el bollo tostado. El calor servía para algo. Dieron la vuelta a la esquina y desaparecieron de su vista. Resonó una carcajada.
La mirada de Kinderman pasó de nuevo al patólogo. Otra persona estaba hablando ahora con él, el sargento Atkins, el ayudante de Kinderman. Joven y endeble, llevaba un chaquetón verde de la Marina sobre la americana de su traje de franela marrón y un gorro marinero de lana negra hundido hasta las orejas, que ocultaba un cabello corto y erizado. Stedman le estaba entregando la libreta. Atkins asintió, se alejó algunos pasos y se sentó en el banco que había delante de la casa del muelle. Abrió la libreta y estudió su contenido. No lejos de él se sentaban la llorosa madre y una enfermera. La enfermera rodeaba con sus brazos a la mujer, consolándola.
Ahora Stedman estaba solo y se quedó de pie allí, observando atentamente la madre, muy quieto. Kinderman se fijó con interés en su expresión. De modo que sientes algo, Alan —pensó—; tantos años de mutilaciones y finales violentos, pero dentro de ti todavía queda algo de sentimiento. Muy bien. También lo hay en mí. Nosotros somos parte del misterio. Si la muerte fuese como la lluvia, únicamente natural, ¿por qué habríamos de sentir de esta manera, Alan? Tú y yo en particular. ¿Por qué? Kinderman ansiaba estar en su casa, en su cama. El cansancio le penetraba hasta los huesos de las piernas, y después en la tierra debajo de él, pesado.
—¿Teniente?
Kinderman se volvió y dijo:
—¿Qué hay?
Era Atkins.
—Soy yo, señor.
—Sí, ya veo que eres tú. Puedo verlo perfectamente.
Kinderman fingía mirarle con desdén, dirigiendo miradas reprobadoras al abrigo y al gorro antes de mirarle a los ojos. Los ojos de Atkins eran pequeños y color jade. Giraban un poco hacia adentro, proporcionándole un aspecto meditativo permanente. A Kinderman le recordaba un monje, del tipo medieval, de esos que uno veía en las películas, con su expresión austera, honesta y estúpida. Atkins no era estúpido, el teniente lo sabía. Treinta y dos años y veterano naval del Vietnam, salido de la Universidad Católica, detrás de aquella máscara inexpresiva, Atkins ocultaba algo brillante y fuerte que desplegaba actividad, algo maravilloso y destinado a morir, que no ocultaba por malicia, en opinión de Kinderman, sino a causa de cierta gentileza de espíritu. Aunque de constitución ligera, en una ocasión había desarmado a un gigantón drogado que blandía un cuchillo en la garganta de Kinderman; y cuando la hija de Kinderman había tenido aquel accidente de automóvil, casi fatal, Atkins había pasado doce días con sus noches en la sala de visitas de su hospital. Se había tomado las vacaciones para poder hacerlo. Kinderman le amaba. Atkins era leal como un perro.
—Yo también estoy aquí, Martin Luther, y estoy escuchando. Kinderman, el judío sabio, es todo oído. —¿Qué otra cosa podía hacerse ahora, sino eso? ¿Llorar?—. Estoy escuchando a Atkins, a ti, anacronismo andante. Cuéntame. Infórmame de las buenas nuevas de Ghent. ¿Y las huellas dactilares?
—Muchas. En los remos. Pero están bastante confusas, teniente.
—Una lástima.
—Algunas colillas de cigarrillo —ofreció Atkins con esperanza. Esto era útil. Las examinarían para el tipo de sangre—. Algunos cabellos sobre el cadáver.
—Esto está bien. Muy bien. —Ayudaría a poder identificar al criminal.
—Y también hay esto —dijo Atkins. Le tendió un sobre de celofán.
Kinderman lo cogió delicadamente por el extremo y frunció el entrecejo al alzarlo al nivel de sus ojos. Dentro había algo plástico y rosado.
—¿Qué es?
—Un clip. Para cabello femenino.
Kinderman estrechó los ojos, acercándose más el sobre.
—Parece que hay algo impreso.
—Sí. Dice «Great Falls, Virginia».
Kinderman bajó el sobre y miró a Atkins.
—Lo venden en un tenderete de recuerdos en Great Falls —explicó—. Mi hija Julie tenía uno. Eso ocurrió hace años, Atkins. Yo se lo compré. Le traje dos iguales. Tenía dos. —Devolvió el sobre a Atkins y respiró—. Es de una niña
Atkins se encogió de hombros. Echó una mirada hacia la casa del embarcadero y se metió el sobre en el bolsillo.
—Tenemos ahí a esa mujer, teniente.
—¿Podrías quitarte ese ridículo gorro? No estamos haciendo el papel de Dick Powell en Aquí llega la Marina, Atkins. No sigas exhibiendo tu Haiphong; todo ha terminado.
Dócilmente, Atkins se quitó el gorro y lo metió en el otro bolsillo de la chaqueta. Se estremeció.
—Póntelo otra vez —le dijo Kinderman con suavidad.
—Estoy bien.
—Yo no. Ese corte de pelo es mucho peor. Póntelo otra vez.
Atkins vaciló, y entonces Kinderman añadió:
—Vamos, póntelo. Hace frío.
Atkins se ajustó nuevamente el gorro a la cabeza.
—Ahí tenemos a esa mujer —repitió.
—¿Tenemos a quién?
—A esa mujer vieja.
El cuerpo había sido descubierto en la casa del embarcadero aquella mañana de domingo, 13 de marzo, por Joseph Mannix, el barquero, al acudir para ocuparse del negocio: cebos y equipos, y alquiler de kayaks, canoas y botes de remo. La declaración de Mannix haba sido concisa:

DECLARACIÓN DE JOSEPH MANNIX
Me llamo Joe Mannix y..., qué?
(Interrupción del agente investigador.) Sí, sí, ya le he entendido, lo entiendo. Mi nombre es Joseph Francis Mannix, y vivo en el número 3.618 de la calle Prospect de Georgetown, Washington, D.C. Soy propietario y dirijo el «Potomac Boathouse». Llegué allí aproximadamente a las cinco y media. Entonces es cuando suelo abrir, preparar el cebo y preparar el café. Los clientes vienen a eso de las seis; algunas veces cuando llego ya me están esperando. Hoy no había nadie. Recogí el periódico que se hallaba delante de la puerta y..., ¡oh! Oh, Jesús. Jesús...
(Interrupción: el testigo se recupera.) Llegué allí, abrí la puerta, entré, comencé a preparar el café. Entonces salí para contar los botes. Algunas veces los desamarran. Cortan la cadena con unos alicates. Así que los conté. Hoy todos estaban allí. Entonces vuelvo a entrar y veo el carrito del chico y la pila de periódicos y veo..., veo...
(El testigo hace un ademán hacia el cadáver de la víctima; no puede continuar; el agente investigador pospone proseguir el interrogatorio.)

La víctima era Thomas Joshua Kintry, un muchacho negro de doce años, hijo de Lois Annabel Kintry, viuda, treinta y ocho años, y profesora de Lengua en la Universidad de Georgetown. Thomas Kintry tenía una ruta de reparto de periódicos y entregaba el Washington Post. Debía haber hecho su entrega aquella mañana en la casa del embarcadero, aproximadamente, a las cinco de la madrugada. La llamada de Mannix a la Comisaría de Policía llegó a eso de las cinco y treinta y ocho minutos de la madrugada. Se identificó de inmediato a la víctima porque llevaba una etiqueta con su nombre —con dirección y número de teléfono— bordado en su anorak a cuadros verdes: Thomas Kintry era mudo. Sólo hacía quince días que sé ocupaba de aquella ruta de reparto, de otro modo Mannix le hubiera reconocido. No fue así. Pero sí lo reconoció Kinderman; había identificado al muchacho por sus trabajos en el club de la Policía.
—Esa mujer vieja —dijo Kinderman en un triste eco.
Sus cejas se juntaron entonces en una expresión de asombro y miró hacia la lejanía, en dirección al río.
—La tenemos en la casa del embarcadero, teniente.
Kinderman volvió la cabeza y miró a Atkins de forma penetrante.
—¿Está caliente? —preguntó—. Asegúrate de que no tenga frío.
—La hemos abrigado con una manta y la chimenea está encendida.
—Debería de comer algo. Dale sopa, sopa caliente.
—Se ha tomado un caldo.
—El caldo es bueno... Asegúrate de que esté caliente.
La patrulla la había recogido a unos cincuenta metros más arriba de la casa del embarcadero, donde estaba de pie, entre la hierba de la orilla sur del antiguo Canal «C & O», ahora seco, un canal en desuso por el que en otros tiempos las barcazas de madera tiradas por caballos transportaban pasajeros hacia uno y otro lado de sus ochenta kilómetros de longitud; ahora lo utilizaban sobre todo para hacer jogging. Probablemente setentona, cuando el equipo de búsqueda la rescató, la mujer estaba temblando, de pie, con los brazos apretados en jarras mirando intensamente a su alrededor con lágrimas en los ojos como si estuviera perdida, desorientada y asustada. Pero no podía, o no quería, responder a las preguntas y daba la impresión de que era o bien senil, o aturdida, o catatónica. Nadie sabía lo que había estado haciendo allí. Cerca del lugar no había alojamientos. Llevaba un pijama de algodón estampado con unas florecillas pequeñas debajo de una bata de lana con cinturón, y zapatillas color rosa pálido forradas de piel. La temperatura exterior era congeladora.
Stedman reapareció.
—¿Ha terminado ya con el cadáver, teniente?
Kinderman dirigió su mirada hacia la lona manchada de sangre.
—¿Ha terminado con Thomas Kintry?
Llegaron nuevamente los sollozos hasta sus oídos. Sacudió la cabeza.
—Atkins, lleva a Mrs. Kintry a su casa —murmuró—. Y a la enfermera, llévate también a la enfermera. Dile que se quede con la madre hoy, todo el día. Yo mismo le pagaré las horas extras, no importa. Llévala a casa.
Atkins comenzó a decir algo, pero fue interrumpido.
—Sí, sí, sí, la mujer vieja. Me acuerdo. Iré a verla.
Atkins se marchó para cumplir la orden de Kinderman. Y entonces Kinderman dobló una rodilla, jadeando y gruñendo con el esfuerzo por inclinarse.
—Thomas Kintry, perdóname —murmuró con suavidad, y entonces apartó la lona que le cubría y recorrió poco a poco con la mirada los brazos, el pecho y las piernas.
Son tan delgadas, como las de un jilguero, pensó. El muchacho era huérfano y había padecido pelagra. Lois Kintry lo había adoptado cuando el chico tenía tres años. Una nueva vida. Que ahora terminaba. El chico había sido crucificado, clavado por las muñecas y pies a las partes planas de los extremos de unos remos de kayak dispuestos en forma de cruz; y los mismos clavos gruesos de casi diez centímetros le habían sido clavados en la coronilla, formando un círculo, penetrando en el hueso y finalmente en el cerebro. La sangre le corría por encima de los ojos, muy abiertos todavía por el terror, llegando hasta una boca que aún perduraba abierta en lo que debió ser un grito silencioso del muchacho de miedo y de insoportable dolor.
Kinderman examinó los cortes de la mano izquierda de Kintry. Era cierto: presentaban un dibujo: el signo de Géminis. Entonces observó la otra mano y vio que faltaba el dedo índice. Había sido cercenado. El detective sintió un escalofrío.
Volvió a cubrir el cuerpo con la lona y se incorporó pesadamente y respirando con dificultad. Miró entonces hacia abajo. Yo encontraré a tu asesino, Thomas Kintry, pensó.
Aunque fuese Dios.
—De acuerdo, Stedman, ve a dar un paseo —dijo—. Llévate el cadáver y sal de mi vista. Llevas el hedor del formaldehído y de la muerte.
Stedman se volvió para ir a buscar al personal de la ambulancia.
—No, no, espera un momento —le gritó Kinderman.
Stedman se volvió. Kinderman se acercó a él y le habló con suavidad.
—Espera hasta que su madre se haya marchado.
Stedman asintió.
El buque-draga estaba amarrado. Un sargento de Policía que llevaba una chaqueta de cuero negro con forro de vellón, saltó con ligereza al muelle y se acercó. Llevaba algo envuelto en un paño y estaba a punto de hablar cuando Kinderman le interrumpió.
—Espere un minuto, espere; ahora no, un minuto nada más.
El sargento siguió la mirada de Kinderman. Atkins estaba hablando con la enfermera y con Mrs. Kintry. Mrs. Kintry asintió y las mujeres se levantaron. Kinderman tuvo que desviar la mirada, pues por un momento Mrs. Kintry estuvo mirando la lona. A su chico. Kinderman esperó un momento y después preguntó:
—¿Se han marchado?
—Sí, están entrando en el coche —dijo Stedman.
—Bien, sargento —replicó Kinderman—, veamos de qué se trata.
El sargento desplegó en silencio la envoltura de tejido oscuro y puso a la vista lo que parecía ser un mazo de cocina de picar carne; tuvo cuidado de no tocarlo con las manos.
Kinderman lo observó y explicó después:
—Mi esposa tiene algo parecido a eso. Para el schnitzel. Pero es más pequeño.
—Es de un tipo que suele utilizarse en los restaurantes —dijo Stedman—. O en las grandes cocinas de las instituciones. Yo los he visto en el Ejército.
Kinderman alzó la mirada hacia él.
—¿Esto pudo ser el arma? —preguntó.
Stedman asintió.
—Déselo a Delyra —ordenó Kinderman al sargento—. Yo voy a entrar ahí para ver a esa anciana.
El interior de la casa del embarcadero era cálido. Ardían y crepitaban unos leños en la gran chimenea alrededor de la cual se habían situado grandes piedras redondas. Las paredes aparecían adornadas con unas conchas.
—¿Podría usted decirnos su nombre, por favor, señora?
La mujer estaba sentada en un desgarrado diván amarillo «Naughahyde», frente a la chimenea, y cerca se hallaba una mujer policía. Kinderman quedose ante ellas, jadeante, sosteniendo el sombrero delante de él cogido por el ala. La anciana parecía no verle ni oírle, y su mirada ausente parecía fija en algo dentro de ella. Los ojos del detective se agrandaron arrugándose en una expresión de asombro. Se sentó en una silla delante de la mujer, y, con cuidado depositó el sombrero sobre una pila de viejas revistas tiradas, sin cubierta y rotas, olvidadas en una pequeña mesa de madera que había entre ellos; el sombrero cubrió un anuncio de whisky.
—¿Podría darnos a conocer su nombre, querida?
No hubo respuesta. Los ojos de Kinderman lanzaron una pregunta silenciosa a la mujer policía, que inmediatamente asintió y le dijo bajito:
—Ha estado haciendo eso continuamente, excepto cuando le hemos dado comida. Y cuando le cepillé el pelo —añadió.
La mirada de Kinderman volvió a la mujer, que estaba haciendo unos curiosos movimientos rítmicos con las manos y los brazos. Su mirada recayó entonces en algo que antes no había visto, algo pequeño y rosado cerca de su sombrero encima de la mesa.
Lo recogió y leyó el pequeño impreso:
—Great Falls, Virginia.
Faltaba la n de Virginia.
—No pude encontrar la otra —dijo la mujer policía—, así que al cepillarle el cabello se la saqué.
—¿Ella llevaba esto?
—Sí.
El detective sintió un estremecimiento, por la emoción del descubrimiento y de asombro. Era concebible que la anciana hubiese sido testigo del crimen. Pero, ¿qué habría estado haciendo a esa hora en el muelle? ¿Y con este frío? ¿Qué había estado haciendo allá arriba, también, en el «Canal C&O», allí donde la habían encontrado? Inmediatamente se le ocurrió que este viejo ser enfermizo era senil y quizás habría estado paseando un perro. ¿Un perro? Sí, a lo mejor el perro se alejó corriendo de ella y no pudo encontrarle. Eso justificaría la forma en que lloraba. Entonces se le ocurrió una sospecha aún más terrible: la mujer podía haber sido testigo del crimen, lo cual había podido traumatizarla y desequilibrarla; por lo menos de forma temporal. Experimentó una mezcla de piedad, excitación e inquietud. Debían conseguir que hablase.
—¿No puede usted decirnos su nombre, por favor, señora?
Ninguna respuesta. En medio del silencio, continuó con sus misteriosos movimientos. Fuera, una nube se deslizó por delante del sol, y la débil luz solar invernal penetró como una gracia inesperada a través de una ventana próxima. Iluminó tenuemente el rostro y los ojos de la anciana, dándole un aspecto de tierna compasión. Kinderman se inclinó un poco; creyó percibir una pauta continuada en sus movimientos: con las piernas juntas, apretadas, la anciana movía alternativamente una mano hacia la cadera, hacía un raro y ligero movimiento, y después alzaba la mano en lo alto, por encima de su cabeza, en donde terminaba la secuencia con unas pequeñas sacudidas.
Kinderman continuó observándola durante un buen rato, y después se levantó.
—Retenía en la sala de detenidos, Jourdan, hasta que descubramos quién es.
La mujer policía asintió.
—Has cepillado su cabello —le dijo el detective—. Eso ha estado muy bien. Permanece con ella.
—Sí.
Kinderman se dio la vuelta y abandonó la casa del embarcadero. Impartió algunas instrucciones, desconectó su mente y se dirigió a su hogar, una pequeña y cálida casa Tudor en las cercanías de Foxhall Road. Hacía sólo seis años que, para complacer a su esposa, había roto con el hábito de vivir en un apartamento, y todavía seguía hablando del «campo» cuando se refería a esta zona ligeramente rústica.
Entró en la casa y gritó:
—Dumpling [Apelativo cariñoso. En realidad, una especie de budín. (N. del T.)], estoy en casa. Soy yo, tu héroe, el inspector Clouseau.
Colgó su sombrero y su abrigo en el perchero del pequeño recibidor, se quitó la correa de la pistolera, desenfundó la pistola y lo guardó todo bajo llave en el cajón de un pequeño escritorio oscuro, junto al perchero.
—¿Mary?
Nadie respondió. Olía a café recién hecho y se dirigió con pesadez hacia la cocina. Julie, su hija de veintidós años debía estar dormida, sin duda alguna. Pero, ¿dónde se hallaba Mary? ¿Y Shirley, su suegra?
La cocina era de estilo colonial. Kinderman lanzó una triste mirada hacia los potes de cobre y los varios utensilios que colgaban de ganchos fijos en la campana del fogón, tratando de imaginarlos colgando en la cocina de cualquier persona en un ghetto de Varsovia; a continuación, se acercó desmañadamente hasta la mesa de la cocina.
—Arce —murmuró en voz alta, pues cuando estaba solo solía hablar consigo mismo—. ¿Qué judío distinguiría el arce del queso? No podrían saberlo, es imposible, es extraño.
Vio una nota encima de la mesa. La cogió y la leyó.

Mi muy querido Billy:
No te enfades, pero cuando el teléfono nos despertó, Mamá insistió en que nos fuéramos de visita a Richmond, como un castigo, supongo, de modo que he creído que era mejor que saliéramos temprano. Ella ha dicho que, en el Sur, los judíos deberían mantenerse unidos. ¿Quién hay en Richmond?
¿Te has divertido con tu Grupo de Policías? No veo el momento de llegar a casa y enterarme. Te he preparado lo de costumbre y lo he guardado en el frigorífico. ¿Crees que estarás esta noche en casa, o, como de costumbre piensas ir a patinar sobre el hielo del Potomac con Ornar Sharif y Catherine Deneuve?
Besos. Yo.

Una sonrisa cálida, breve, puso calor en su mirada. Dejó la nota, buscó la crema de queso, los tomates, el salmón, los encurtidos y una golosina de almendras, todo ello colocado en un plato en el frigorífico. Rebanó y tostó un par de panecillos, se sirvió café y se sentó a la mesa. Vio entonces en la silla de su izquierda el Washington Post del domingo. Miró el plato de comida delante de él. Tenía el estómago vacío, pero no podía comer. Había perdido el apetito.
Permaneció sentado un rato, tomando el café. Alzó la mirada. Un pájaro estaba cantando fuera. ¿Con este tiempo? ¿Deberían encerrarlo en un manicomio. Está enfermo, necesita ayuda.
—Y yo también —murmuró el detective en voz alta.
El pájaro calló entonces, y el único ruido audible fue el tictac del péndulo del reloj de pared. Miró la hora: eran las ocho y cuarenta y dos minutos. Todos los goyim estarían camino de la iglesia. No les haría ningún daño. Rezad por Thomas Kintry, por favor.
—Y por William F. Kinderman —añadió en voz alta.
Sí. Y otro. Bebió el café a pequeños sorbos. «Qué coincidencia tan retorcida —pensó Kinderman— que una muerte como la de Kintry ocurriera en un día como hoy, en este duodécimo aniversario de una muerte tan chocante, violenta y misteriosa como ésta.»
Kinderman alzó la mirada hacia el reloj. ¿Se habría parado? No. Funcionaba. Se removió inquieto en su asiento. Presentía algo extraño en la cocina. ¿Qué sería? Nada. Estás cansado. Cogió la golosina, la desenvolvió y se la comió. No es tan buena sin haber saboreado primero la conserva —se lamentó.
Sacudió la cabeza y se puso en pie con un suspiro. Apartó el plato de comida, aclaró su taza de café en el fregadero, salió de la cocina y subió la escalera hacia el segundo piso. Pensó que podría echar un sueñecito y dejar a su subconsciente libre, para que ordenara las pistas que él nunca sabía había visto, pero en la cima de la escalera se detuvo y murmuró: «Géminis.»
¿El «Géminis»? Imposible. Aquel monstruo murió; no podría ser. «¿Por qué entonces se le ponían de punta los pelitos en el dorso de la mano?», se preguntó. Sostuvo las manos en alto, con las palmas hacia abajo. Sí. Están de punta. ¿Por qué?
Oyó a Julie que se despertaba y acudía a su cuarto de baño. Permaneció quieto allí mismo durante un rato, perplejo e inseguro. Debería hacer algo. Pero, ¿qué? Las normas usuales de investigación e inducción quedaban excluidas, estaban buscando un maníaco, y el laboratorio no tendría ninguna información hasta aquella noche. Presintió que ya se había sacado de Mannix todo lo poco que pudiera saber, y en estos momentos no podía presionarse a la madre de Kintry. De todos modos, el muchacho no tenía conocidos o costumbres malsanos; eso ya lo sabía Kinderman por su relación habitual con el chico. El detective agitó la cabeza. Tenía que salir, moverse, perseguir. Oyó la ducha de Julie. Se volvió y bajó la escalera hasta el recibidor. Recuperó su pistola, se puso el sombrero y salió a la calle.
Una vez fuera se quedó con la mano en el tirador de la puerta, preocupado, pensativo e inseguro. El viento empujaba un vaso de plástico por la avenida, y Kinderman estuvo escuchando sus leves impactos de desamparo; entonces se paró. Bruscamente se dirigió hacia su coche, entró y se alejó de allí.
Sin saber cómo había llegado hasta allí, Kinderman se encontró estacionado ilegalmente en la Calle 33, cerca del río. Salió del vehículo. Aquí y allá vio un Washington Post en el escalón de la puerta. Esa visión le pareció triste y desvió su mirada. Cerró el auto con llave.
Caminó cruzando un pequeño parque hasta un puente que atravesaba el canal. Siguió un sendero hasta la casa del embarcadero. Los curiosos ya se habían reunido allí, vagando y charlando, aunque nadie parecía saber exactamente lo que había ocurrido. Kinderman se dirigió a las puertas de la casa. Estaban cerradas con llave y un letrero rojo y blanco indicaba CERRADO. Kinderman miró el banco junto a las puertas, y se sentó, respirando con dificultad mientras se dejaba caer apoyando la espalda en la pared de la casa del embarcadero.
Observó a la gente que había en el muelle. Sabía que los criminales psicópatas frecuentemente se complacían en la atención que promovían sus hechos violentos. Podía estar aquí, en medio de este grupo del muelle, quizá preguntando:
—¿Qué ha ocurrido? ¿Lo sabe usted? ¿Han asesinado a alguien?
Buscó alguna persona con una sonrisa demasiado fija, o con un tic nervioso o con mirada de drogado y, muy especialmente, a alguien que hubiera oído lo que había sucedido, pero que seguía allí haciendo las mismas preguntas a otro recién llegado. Kinderman había metido la mano en un bolsillo interior de su abrigo; solía guardar allí alguna novela de bolsillo. Sacó Claudio el Dios y contempló la cubierta con desánimo. Deseaba fingir que era un viejo que estaba pasando el domingo junto al río, pero la novela de Robert Graves presentaba el peligro de que sin desearlo se enfrascara en su lectura y permitiera al criminal esquivar su escrutinio. Ya la había leído un par de veces y conocía bien el peligro de quedar absorto nuevamente en su lectura. La metió de nuevo en el bolsillo y sacó con rapidez otro libro. Miró el título. Era Esperando a Godot. Suspiró aliviado y pasó al segundo acto.
Permaneció en aquel lugar hasta el mediodía, sin ver a nadie sospechoso. Hacia las once de la mañana no había nadie más en el muelle y había parado la afluencia, pero Kinderman había esperado la hora extra, confiado. Ahora miró su reloj, y después los botes amarrados al muelle. Algo le mortificaba. ¿Qué era? Estuvo pensando en ello un buen rato pero no pudo identificarlo. Guardó el Godot y se marchó.
Encontró un papel de multa en el parabrisas de su coche. Lo sacó de debajo del limpiaparabrisas, y lo miró con incredulidad. El coche era un «Chevrolet Cámaro» sin marca, pero llevaba las placas de la Comisaría de Policía. Arrugó el billete que se metió en el bolsillo, abrió la puerta, entró y se marchó. No tenía una idea clara de adonde ir, y acabó en la Comisaría de Georgetown. Una vez dentro, se acercó al sargento de guardia detrás del mostrador.
—¿Quién ha estado poniendo multas de aparcamiento en la Treinta y Tres cerca del Canal durante esta mañana, sargento?
El sargento alzó la mirada hasta él.
—Robín Tennes.
—Estoy emocionado por estar vivo en un tiempo y un lugar en el que hasta una chica ciega puede convertirse en policía —le dijo Kinderman.
Después le entregó la multa y se alejó anadeando.
—¿Hay noticias sobre el chico, teniente? —voceó el sargento.
Todavía no había examinado el papel de la multa.
—No hay noticias, no hay noticias —replicó Kinderman—. Nada.
Subió la escalera y cruzó la sala de la patrulla, esquivando las preguntas de los curiosos, hasta que, finalmente, llegó a su despacho. Todo el espacio de una pared estaba ocupado por un mapa finamente detallado de la zona noroeste de la ciudad, mientras el de otra aparecía cubierto por una pizarra. En la pared detrás del escritorio, entre dos ventanas encaradas hacia el Capitolio, colgaba un cartel de Snoopy, regalo de Thomas Kintry.
Kinderman se sentó detrás de su escritorio, conservando el sombrero y el abrigo, este último abrochado. Sobre el escritorio había un bloc calendario, un ejemplar en rústica del Nuevo Testamento y una caja de plástico de color claro que contenía pañuelos de papel. Sacó uno y se secó la nariz, y después contempló las fotografías empotradas en la parte frontal de la caja: su esposa, su hija. Secándose todavía, giró un poco la caja, mostrando la fotografía de un sacerdote de cabello oscuro; Kinderman siguió inmóvil entonces, leyendo la inscripción.
—Continúa vigilando a esos dominicos, teniente.
La firma decía «Damien». La mirada del detective se detuvo en la sonrisa del rostro arrugado, y después en la cicatriz sobre el ojo derecho. Bruscamente, arrugó el pañuelo de papel que tenía en la mano, lo arrojó a la papelera y estaba a punto de coger el teléfono cuando Atkins entró. Kinderman alzó la mirada mientras aquél cerraba la puerta.
—Oh, eres tú.
Soltó el teléfono y juntó fuertemente las manos delante de él, tomando el aspecto de un Buda de barrio vestido.
—¿Tan pronto?
Atkins se acercó y se sentó en una silla delante del escritorio. Se sacó el gorro, desviando su mirada hasta el sombrero de Kinderman.
—No te preocupes de la insolencia —le dijo Kinderman—. Te dije que te quedaras con Mrs. Kintry.
—Han venido su hermana y su hermano. Y otras personas de la escuela, de la Universidad. He creído que debía regresar.
—Excelente Atkins. Tengo montones de cosas que puedes hacer.
Kinderman esperó mientras Atkins sacaba una pequeña libretita roja y un bolígrafo. Continuó entonces:
—En primer lugar, ponte en contacto con Francis Berry. Fue el jefe investigador de la brigada «Géminis» hace algunos años. Sigue todavía en Homicidios, en San Francisco. Quiero todo lo que tenga sobre el asesino «Géminis». Todo. Quiero todo el expediente.
—Pero el «Géminis» ya hace doce años que está muerto.
—¿Es así de verdad? ¿Realmente, Atkins? No tenía ninguna idea. ¿Quieres decir que todos esos titulares en los periódicos eran ciertos? ¿Y en la Radio y la Televisión, Atkins? Sorprendente. De veras... Me siento derrotado.
Atkins estaba escribiendo, mostrando en sus labios curvados una sonrisa breve, maliciosa. La puerta crujió al abrirse y asomó la cabeza del jefe del laboratorio de lo criminal.
—No te quedes ahí perdiendo el tiempo en el umbral, Ryan. Entra, acércate —le dijo Kinderman.
Ryan entró y cerró la puerta detrás de él.
—Escucha Ryan —siguió Kinderman—. Fíjate en el joven Atkins. Estás en presencia de la majestad, de un gigante. No, de verdad. Un hombre ha de recibir justo reconocimiento. ¿Te gustaría enterarte de los más esplendorosos momentos de la carrera de Atkins con nosotros? Ciertamente. No deberíamos cubrir las estrellas con un cesto de quimbombó. La semana pasada, por decimonona...
—Vigésima —le corrigió Atkins, sosteniendo en alto su bolígrafo para dar mayor énfasis.
—Por vigésima vez, nos ha traído a Mishkin, el notorio malhechor. ¿Su crimen? Su habitual modus operandi. Entra en los apartamentos y traslada todos los muebles del lugar. Renueva la decoración. —Kinderman trasladó sus observaciones a Atkins—. Esta vez lo enviaremos a «Psicosis», lo juro.
—¿Y qué tiene que ver Homicidios con eso? —preguntó Ryan.
Atkins se volvió hacia él, inexpresivo.
—Mishkin deja mensajes amenazando con la muerte si alguna vez vuelve y encuentra algo fuera de su lugar.
Ryan parpadeó.
—Trabajo heroico, Atkins, homérico —explicó Kinderman—. Ryan, ¿tienes alguna cosa que decirme?
—Todavía no.
—Entonces, ¿por qué me haces perder el tiempo?
—Estaba pensando si habría algo nuevo.
—Hace mucho frío fuera. Además, el sol salió esta mañana. ¿Tienes más preguntas del oráculo, Ryan? Algunos reyes procedentes del Oriente están esperando su turno.
Ryan pareció enfadarse y salió de la habitación. Kinderman le siguió con la mirada y cuando la puerta se hubo cerrado miró a Atkins.
—Se ha tragado por entero el asunto de Mishkin.
Atkins asintió.
El detective sacudió la cabeza.
—El hombre no distingue ninguna música —dijo.
—Pero lo intenta, señor.
—Gracias, Madre Teresa.
Kinderman estornudó y alargó la mano para coger un «Kleenex».
—Jesús.
—Gracias, Atkins. —Kinderman se limpió la nariz y tiró el pañuelo—. De modo que vas a conseguirme el expediente «Géminis».
—Exacto, señor.
—Después comprueba si alguien ha reclamado a la anciana.
—Todavía no, señor. Lo comprobé antes de venir aquí.
—Llama al Washington Post, departamento de distribución; consigue el nombre del jefe de la ruta de Kintry y pásalo por el ordenador del FBI. Comprueba si alguna vez ha tenido dificultades con la ley. A las cinco de la madrugada, con un frío glacial, lo más probable es que el criminal no estuviese dando un paseo y se encontrara por casualidad con Kintry. Alguien sabía que estaría allí.
A través del suelo se filtró el ruido de una máquina de teletipo. Kinderman miró hacia donde procedía el sonido.
—¿Quién puede pensar en este lugar?
Atkins afirmó con la cabeza.
De repente, el ruido del teletipo cesó. Kinderman suspiró y miró a su ayudante,
—Existe otra posibilidad. Alguien de la ruta del reparto de Kintry podría haberlo matado, alguien a quien él ya hubiera entregado el periódico antes de llegar a la casa del embarcadero. Hubiera podido matarlo y después arrastrarlo hasta el embarcadero. Es posible. De modo que todos esos nombres han de entrar en el ordenador.
—Muy bien, señor.
—Una cosa más. Quedaban por distribuir casi la mitad de los periódicos de Kintry. En el Post que te digan quién ha llamado quejándose de que no les han llevado el periódico. Bórralos de la lista, y aquellos que queden, aquellos que no hayan llamado, mete también sus nombres en la computadora.
Atkins dejó de escribir en su bloc de notas. Alzó su mirada expectativa hacia Kinderman.
Kinderman asintió.
—Sí. Exactamente. Los domingos la gente siempre quiere leer las páginas cómicas, Atkins. De modo que si alguien no ha llamado diciendo que quiere su periódico, sólo pueden haber dos razones: el suscriptor está muerto o es el criminal. Es una conjetura. Pero no puede hacer ningún daño. También deberías comprobar esos nombres con el ordenador del FBI. A propósito, ¿crees que llegará un día en que los ordenadores podrán pensar?
—Lo dudo mucho.
—También yo. Leí una vez que le hicieron esta pregunta a un teólogo y él respondió que este problema le causaría insomnio únicamente cuando los ordenadores comenzaran a preocuparse porque sus piezas quizá se estaban desgastando. Lo mismo siento yo. Los ordenadores, es una suerte, que Dios les bendiga, son correctos. Pero una cosa fabricada con otras cosas no puede pensar sobre sí misma. ¿Tengo razón? Todo es ka-ka, eso de decir que la mente es realmente cerebro. Seguro, yo tengo la mano en el bolsillo. ¿Es mi bolsillo mi mano? Todos los alcohólicos de la calle saben que un pensamiento es un pensamiento y no algunas células o chazerei que funcionan en el cerebro. Saben más bien que los celos no son una especie de juego de «Atari». Entretanto, ¿quién engaña a quién? Si todos esos maravillosos científicos del Japón pudieran construir un cerebro artificial, necesitarías guardarlo en un almacén de un millón de metros cúbicos, para poderlo ocultar de tu vecina, Mrs. Briskin, y asegurarle que no ocurre nada raro en la puerta del vecino. Además, yo sueño en el futuro, Atkins. ¿Qué ordenador que tú conozcas podría hacer eso?
—¿Ha eliminado usted a Mannix?
—Yo no quiero decir que sueñe en el futuro en general, predecible. Yo sueño en lo que tú nunca podrías adivinar. Y no soy sólo yo. Lee Experiment in Time de J. W. Dunne. También el psiquiatra Jung y Wolfgang Pauli, su sesudo compañero físico al que ahora llaman el padre de la teoría cuántica. De esa gente podrías comprarte un coche usado, Atkins. En cuanto a Mannix, es el padre de siete, un santo, y le conozco desde hace dieciocho años. Olvídalo. Lo que resulta peculiar, según mi opinión, es que Stedman no viera señal alguna de que quizás a Kintry le golpeasen primero en la cabeza. ¿Con qué le golpearon, cómo sucedió? Estaba inconsciente. Dios mío, estaba inconsciente. —Kinderman bajó la mirada y sacudió la cabeza—. Seguro que debemos buscar a más de un monstruo, Atkins. Alguien tuvo que sujetarle. Tuvo que ser así.
Sonó el teléfono. Kinderman miró los pulsadores. La línea privada.
Cogió el auricular y dijo:
—Kinderman.
—¿Bill?
Era su esposa.
—Oh, eres tú, cariño. Dime, ¿cómo está Richmond? ¿Estás allí todavía?
—Sí, acabamos de visitar el edificio del Capitolio. Es blanco.
—Qué excitante...
—¿Cómo va tu día, querido?
—Maravillosamente, amorcito. Tres asesinatos, cuatro violaciones y un suicidio. Por otra parte, mis alegres momentos aquí con los chicos del distrito sexto. Vidita, ¿cuándo va a salir la carpa del baño?
—Ahora no puedo hablar.
—Oh, entiendo. La Madre de Gracci está ahí a mano. La Madre Misterio. Se ha metido en el establo contigo, ¿cierto?
—No puedo hablar. ¿Vendrás esta noche a cenar o no?
—Creo que no, ángel mío.
—¿A almorzar entonces? No comes como es debido cuando yo no estoy ahí. Ahora mismo podríamos regresar..., estaríamos en casa a las dos.
—Gracias, cariño, pero hoy debo animar al Padre Dyer [Juego de palabras. Dyer significa tintorero. (N. del T.)]
—¿Qué sucede?
—Cada año, en este mismo día, se pone azul.
—Oh, hoy es el día.
—Es hoy.
—Lo había olvidado.
Dos policías entraron en la sala de arrestos llevando a rastras a un detenido. Éste resistía con fuerza y gritaba protestas e insultos.
—¡Yo no lo hice! ¡Soltadme, jodidos de mierda!
—¿Qué es ese ruido? —preguntó la esposa de Kinderman.
—Sólo un goyim, dulzura. No te inquietes. —Se oyó un portazo en la sala de arrestos—. Me llevaré al Tintorero a un cine. Hablaremos. Le gustará.
—Muy bien, de acuerdo. Prepararé un plato y lo pondré en el horno, por si acaso.
—Eres un tesoro. Oh, a propósito, esta noche cierra las ventanas.
—¿Por qué?
—Me sentiré mejor. Abrazos y besos, querida dumpling.
—También para ti.
—Deja una nota sobre la carpa, ¿quieres, cariño? No quiero entrar y encontrarla.
—¡Oh, Bill!
—Adiós, cariño.
—Adiós.
Colgó el teléfono y se levantó. Atkins le estaba mirando con fijeza.
—La carpa es algo que a ti no te importa —le explicó el detective—. Lo que ha de preocuparte únicamente es que algo está podrido en el reino de Dinamarca. —Se dirigió hacia la puerta—. Tienes mucho que hacer, de modo que sé amable y hazlo. En cuanto a mí, desde las dos hasta las cuatro y media estaré en el «Cine Biograph». Después, estaré en «Clyde's» o habré regresado aquí. Cuando lleguen noticias del laboratorio avísame en seguida. Sea lo que sea. Llámame. Adiós, Lord Jim. Disfruta de tu lujoso crucero en el Patna. Vigila las filtraciones.
Cruzó el umbral y se fue al mundo de los hombres que mueren. Atkins le vio caminar arrastrando los pies por la sala de la brigada, esquivando las preguntas cómo esquivaría a los mendigos en una calle de Bombay. Y cuando hubo bajado la escalera, y lo perdió de vista, Atkins ya le echaba de menos.
Se levantó de su silla y se acercó a la ventana. Miró fuera, los monumentos de mármol blanco de la ciudad bañados por la luz del sol, cálidos y reales. Escuchó el tráfico. Se sentía inquieto. Se agitaba una especie de oscuridad que él no podía abarcar y, sin embargo, percibía su movimiento. ¿Qué sería? Kinderman la había presentido. Estaba seguro.
Atkins desechó el pensamiento. Creía en el mundo y en los hombres y compadecía a ambos. Confiando en lo mejor, se volvió y se puso a trabajar.





2


Joseph Dyer, un sacerdote jesuita, irlandés, de cuarenta y cinco años de edad y profesor de Religión en la Universidad de Georgetown, había comenzado su domingo con la misa de Cristo, refrescando su fe y renovando su misterio, celebrando la esperanza en la vida futura e implorando misericordia para toda la Humanidad. Después de la misa se dirigió hasta el cementerio jesuita, en la hondonada del campus del recinto de la Universidad, en donde había colocado algunas flores frente a una lápida grabada con el nombre DAMIEN KARRAS, S. J. Después desayunó copiosamente en el refectorio, consumiendo porciones gargantuescas de todo: tortitas, chuletas de cerdo, pan de centeno, salchichas, tocino entreverado y huevos. Había estado sentado junto al rector de la Universidad, el padre Healy, su amigo desde hacía mucho tiempo.
—Joe, ¿dónde puedes meter todo eso? —se maravilló Healy, mientras contemplaba al pequeño y pecoso pelirrojo que se preparaba un emparedado de tortitas y chuleta de cerdo.
Dyer volvió sus mortecinos ojos azules hacia el rector y respondió inexpresivo:
—Vida limpia, mon pére.
Alargó la mano entonces para coger la leche y se sirvió otro vaso.
El padre Healy movió la cabeza y siguió bebiendo a sorbos su café, olvidando dónde habían quedado en su discusión de Donne como poeta y como sacerdote.
—¿Tienes planes para hoy, Joe? ¿Te quedarás por aquí?
—¿Es que quieres enseñarme tu colección de corbatas o qué?
—He preparado una charla para la «American Bar Association», para la próxima semana, y me gustaría comentarla.
Healy estuvo contemplando fascinado a Dyer mientras éste vertía un lago de jarabe de arce en su plato.
—Sí, estaré por aquí hasta la una y cuarto, y después me iré al cine con un amigo. El teniente Kinderman. Ya le conoces.
—¿Con cara de sabueso? ¿El poli?
Dyer asintió, mientras se llenaba la boca.
—Es un tipo interesante —observó el rector.
—Todos los años, en este mismo día, se siente abatido y depresivo, de modo que tengo que animarle. Le encanta el cine.
—¿Y hoy es el día?
Dyer asintió, llena de nuevo la boca.
El rector sorbía su café.
—Lo había olvidado.

Dyer y Kinderman se encontraron en el cine «Biograph» de la calle M y vieron casi la mitad de El halcón maltes, placer que quedó interrumpido cuando un hombre del público se sentó junto a Kinderman e hizo algunos comentarios perceptivos y apreciativos respecto de la película, que Kinderman aceptó amablemente, y después el hombre siguió mirando la pantalla mientras colocaba una mano en el muslo de Kinderman, en cuyo momento éste se volvió hacia su vecino, incrédulamente, profiriendo un:
—Juro por Dios, que no puedo creerle... —mientras cerraba unas esposas en la muñeca del hombre.
Siguió una pequeña conmoción mientras Kinderman conducía a ese hombre al vestíbulo, llamaba a un coche de la patrulla y después lo metía dentro del vehículo.
—Asústalo y suéltalo después —le dijo el teniente al conductor policía.
El hombre asomó la cabeza por la ventanilla del asiento posterior.
—Soy amigo personal del senador Klureman.
—Estoy seguro que lamentará mucho oír decir eso en las noticias de las seis —respondió el detective. Y añadió al conductor—: Avanti! ¡Adelante!
El coche patrulla se alejó. Se había reunido una pequeña multitud. Kinderman miró a su alrededor buscando a Dyer y, finalmente, le descubrió arrinconado en una puerta. Estaba mirando calle arriba, y con la mano sostenía juntas las solapas de su abrigo ocultándose el cuello para que no pudiera verse su alzacuello. Kinderman se acercó a él.
—¿Qué está usted haciendo, fundando una Orden llamada «Padres al acecho»?
—Intentaba hacerme invisible.
—Ha fallado usted —repuso Kinderman ingeniosamente. Alargó la mano y tocó a Dyer—. Mire eso. Es su brazo.
—Vaya, seguro que uno siempre se divierte cuando sale con usted, teniente.
—Está usted portándose ridículamente.
—Sin bromas.
—Ese putz patético —murmuró el detective tristemente—. Me ha arruinado la película.
—Ya la ha visto usted diez veces.
—Y otras diez, incluso veinte, no haría ningún daño.
Kinderman cogió el brazo del sacerdote y ambos echaron a andar.
—Vayamos a comer un bocado a «The Tombs» o a «Clyde's» o «F. Scott's» —insinuó el detective—. Tomaremos un piscolabis y discutiremos la crítica.
—Recuerdo el resto.
Dyer se detuvo.
—Bill, parece cansado. ¿Un caso duro?
—No demasiado.
—Parece cansado —insistió Dyer.
—No, estoy bien. ¿Y usted?
—Estoy bien.
—Miente.
—Usted también —replicó Dyer.
—Exacto.
La mirada de Dyer recorrió preocupada el rostro del detective. Su amigo parecía exhausto y profundamente inquieto. Algo andaba mal.
—Realmente, tiene usted un horrible aspecto de cansancio —comentó—. ¿Por qué no se va a casa y se echa un poco?
Ahora se está preocupando por mí —pensó Kinderman.
—No, no puedo ir a casa —explicó.
—¿Por qué no?
—La carpa.
—Sabe, he creído que ha dicho «carpa».
—La carpa —repitió Kinderman.
—Y lo ha pronunciado otra vez.
Kinderman se acercó más a Dyer, hasta hallarse a unos centímetros de distancia de la cara del sacerdote, y fijó en él una mirada malévola y firme.
—La madre de mi Mary está de visita, ¿no? Se lamenta de que yo sostengo malas relaciones y que, de alguna manera, estoy emparentado con Al Capone; le hace a mi mujer regalos chanuká de «Chutzpa» y «Kibbutz Número Cinco», como es natural perfumes hechos en Israel, los mejores. Shirley. ¿Tiene una idea de lo que es ella? Bien. Ahora nos va a cocinar una carpa. Un pescado sabroso. Yo no estoy en contra. Pero como se supone que este pescado está lleno de impurezas, Shirley ha comprado vivo el pez, y durante tres días el animal ha estado nadando en nuestra bañera. En este momento, mientras estamos hablando, el pez nada en mi bañera. Arriba y abajo. Abajo y arriba. Limpiándose de las impurezas. Y yo le tengo odio. Otra observación más: Padre Joe, usted está ahora muy cerca de mí, ¿no es cierto? ¿Lo ha notado? Sí. Ha notado que hace varios días que yo no me he bañado. Tres días. La carpa. De modo que nunca regreso a casa antes de que la carpa esté dormida. Creo que si la veo mientras nada, la mataré.
Dyer se separó de él, riendo a carcajadas.
Mejor. Mucho mejor —pensó Kinderman.
—Bueno, y ahora, ¿qué va a ser? ¿«Clyde's», «The Tombs» o «F. Scott's»?
—«Billy Martin's».
—No se ponga difícil. Ya he hecho una reserva en «Clyde's».
—«Clyde's».
—Sabe, había pensado que podía decidirse por ese lugar.
—Lo he hecho.
Se alejaron juntos para olvidar la noche.

Atkins estaba sentado junto a su escritorio y parpadeó. Creyó que a lo mejor había comprendido mal, o quizá no se había explicado con suficiente claridad. Lo repitió de nuevo, esta vez sosteniendo el teléfono más cerca de sus labios, y entonces, otra vez, escuchó las respuestas que había oído con anterioridad.
—Sí, entiendo... Sí, gracias. Muchísimas gracias.
Colgó el teléfono. En el pequeño despacho, sin ventanas, podía oír su propia respiración. Movió la lámpara del escritorio en un ángulo que no le diese en los ojos, y colocó luego la mano bajo su resplandor. Las puntas de sus dedos aparecían pálidas, blancas, bajo las uñas. Atkins estaba asustado.

—¿Podría traerme un poco más de tomate para la hamburguesa?
Kinderman estaba haciendo espacio en la mesa para colocar las patatas fritas que la joven camarera de cabello oscuro acababa de traerles.
—Oh, gracias —dijo ella, y dejó el plato en la mesa, entre Kinderman y Dyer—. ¿Le bastarán tres rodajas?
—Con dos es suficiente.
—¿Más café?
—No, estoy satisfecho. Gracias, señorita. —El detective alzó la mirada hacia Dyer—. ¿Y usted, Bruce Dern? ¿Una séptima taza?
—No, gracias —replicó Dyer, dejando su tenedor junto a un plato en el que había una gran tortilla sin tocar de coco y curry.
Cogió los cigarrillos que estaban encima del mantel a cuadros azules y blancos.
—En seguida volveré con el tomate —dijo la camarera.
Sonrió y se dirigió hacia la cocina.
Kinderman miró el plato de Dyer.
—No está usted comiendo. ¿No se encuentra bien quizá?
—Demasiado fuerte.
—¿Demasiado fuerte? Yo le he visto a usted mojar «Twinkies» en la mostaza. Oiga, hijo mío, permita que un experto le diga lo que está demasiado fuerte. El «Chef Milani» al rescate.
Kinderman cogió su tenedor y tomó un trocito de la tortilla de Dyer. Dejó entonces el tenedor y miró inexpresivo el plato de Dyer.
—Ha encargado usted un hallazgo arqueológico.
—Volviendo al tema del cine —dijo Dyer.
Exhaló su primera bocanada de humo.
—A punto mi lista de las diez mejores películas que se han filmado —declaró Kinderman—. ¿Cuáles son sus favoritas, padre? Nómbreme las cinco primeras.
—Mis labios están sellados.
—No con demasiada frecuencia.
Kinderman estaba poniendo sal a las patatas fritas. Dyer se encogió de hombros con humildad. —¿Quién puede decir los cinco primeros puestos en calidad para cualquier cosa?
—Atkins —respondió de inmediato el detective—. Él puede hacerlo al mencionarle la categoría de lo que sea: películas, fandangos..., lo que sea. Menciónele herejes, y le dará una lista de diez, y por orden de preferencia, sin ninguna vacilación. Atkins es un hombre de decisiones rápidas. No importa, tiene buen gusto y acostumbra a tener razón.
—¿Realmente? ¿Y cuáles son sus películas predilectas?
—¿Las cinco primeras?
—Las cinco primeras.
—Casablanca.
—¿Y las otras cuatro?
—La misma. Está absolutamente loco por esa película.
El jesuita asintió.
—Él asiente —explicó Kinderman sombrío—. «Dios es una zapatilla de tenis», le cuenta el hereje, y Torquemada asiente y dice: «Guardia, suéltale. Queda mucho por decir en ambas partes.» Realmente, padre, estos apresuramientos en el juicio han de cesar. Esto es lo que resulta de tanto canto y tanta guitarra en sus orejas.
—¿Quiere usted saber mi película favorita?
—Por favor, apresúrese —comentó alegremente Kinderman—. Rex Reed está en una cabina telefónica esperando mi llamada.
—Es una vida maravillosa —dijo Dyer—. ¿Es usted feliz?
—Sí, una excelente decisión —dijo Kinderman.
Estaba satisfecho.
—Creo que la habré visto una veintena de veces —admitió el sacerdote con una sonrisa.
—No puede hacerle daño.
—Seguro que me entusiasma.
—Sí, es inocente y buena. Colma el corazón.
—Usted dijo lo mismo sobre "Cabeza Borradora"..
—No mencione esa obscenidad —gruñó Kinderman—. Atkins la denomina «Un largo día de viaje hacia la cabra».
La camarera regresó y dejó una fuente con rodajas de tomate.
—Aquí tiene lo pedido, señor.
—Gracias —replicó el detective.
Ella miró la tortilla delante de Dyer.
—¿Algo anda mal en esa tortilla?
—No, es que está durmiendo.
La chica se echó a reír.
—¿Quiere que le traiga alguna otra cosa?
—No, esto está bien. Creo que es, sencillamente, que no tengo apetito.
La muchacha indicó el plato.
—¿Quiere que me lo lleve?
El cura asintió, y la camarera lo retiró.
—Coma algo, Gandhi —pidió Kinderman empujando el plato de patatas hacia Dyer.
El sacerdote las ignoró y preguntó:
—¿Cómo está Atkins? No le he visto desde la misa de Nochebuena.
—Está bien y, en junio, casado.
Dyer se animó.
—Oh, eso está muy bien.
—Va a casarse con el amor de su infancia. Es tan agradable. Tan dulce. Dos lindos bebés perdidos en el bosque.
—¿Dónde se celebrará la boda?
—En un camión. Incluso ahora ahorran todo su dinero para los muebles. La novia está empleada de vigilante en un supermercado, que Dios la bendiga, mientras que Atkins, como de costumbre, durante el día me ayuda y por la noche roba en tiendas «7-Eleven». Por cierto, ¿es ético para los empleados del Gobierno tener dos empleos, o es que yo soy quisquilloso respecto a este asunto, padre? Me gustaría recibir su consejo espiritual.
—Yo no creo que guarden mucho dinero contante en esas tiendas.
—A propósito, ¿cómo está su madre?
Dyer había estado apagando su cigarrillo. Se detuvo y miró con extrañeza a Kinderman.
—Bill, ha muerto.
El detective pareció confuso
—Hace un año y medio que murió. Creí que se lo había dicho a usted.
Kinderman sacudió la cabeza.
—No lo sabía.
—Bill, se lo dije a usted.
—Lo siento mucho.
—Yo no lo siento. Tenía noventa y tres años, y sufría y fue una bendición.
Dyer miró a un lado. La caja de música había cobrado vida y miró hacia el sonido. Vio unos estudiantes bebiendo cerveza en unas gruesas jarras.
—Creo que había tenido cinco o seis falsas alarmas —dijo volviendo su mirada hacia Kinderman—. Un hermano o una hermana siempre llamándome durante años para decirme: «Joe, mamá se está muriendo, es mejor que vengas.» Esta vez sucedió de verdad.
—Lo siento muchísimo. Debe de haber sido terrible.
—No. No lo fue. Cuando yo llegué me dijeron que estaba muerta..., mi hermano, mi hermana, el doctor. De modo que entre y leí los Últimos Ritos junto a su cama. Y cuando terminé, abrió los ojos y me miró. Di un salto que casi salgo de mis calcetines. Entonces me dijo: «Joe, ha sido una plegaria bonita, adorable, preciosa. Y ahora, ¿podrías prepararme un trago, hijo?» Bueno, Bill, todo lo que pude hacer fue lanzarme escalera abajo hacia la cocina. ¡Estaba tan condenadamente excitado! Le preparé un whisky con hielo, se lo subí y ella se lo bebió. Entonces, le cogí el vaso vacío de las manos, y ella me miró fijamente y dijo: «Joe, creo que nunca te he dicho esto, hijo, pero eres un hombre maravilloso.» Y entonces se murió. Pero lo que realmente me conmovió... —Se interrumpió, al ver que los ojos de Kinderman se humedecían—. Si va a hacerme una escena lacrimógena, me largo.
Kinderman se frotó el ojo con un nudillo.
—Lo siento. Pero es triste pensar que las madres son tan falibles —dijo él—. Por favor, continúe.
Dyer inclinó la cabeza por encima de la mesa.
—Lo que no puedo olvidar, lo que realmente me conmovió más que otra cosa, fue que allí estaba aquella anciana decrépita, de noventa y tres años, con las células de su cerebro agotadas, su visión y su oído medio perdidos, y su cuerpo sólo unos harapos de lo que había sido anteriormente, pero cuando ella me habló, Bill, cuando ella me habló, su ser entero estaba allí.
Kinderman asintió con la cabeza, contemplando sus manos enlazadas encima de la mesa. No deseada y sombría, en su mente surgió como un disparo una imagen de Kintry clavado en los remos.
Dyer colocó una mano sobre la muñeca de Kinderman.
—Eh, vuelva aquí. Todo está bien —dijo—. Ella está bien.
—Me parece a mí que el mundo es una víctima homicida —le respondió Kinderman con aspereza. Alzó su mirada hasta el sacerdote—. ¿Inventaría Dios algo como la muerte? Hablando llanamente, es una idea miserable. No es popular. Padre, no es una ganancia.
—No sea estúpido. Usted no querría vivir para siempre —replicó Dyer—. Se aburriría.
—Tengo mis pasatiempos.
El jesuita se echó a reír.
Animado, el detective se inclinó y continuó:
—Yo pienso en el problema del mal.
—Oh, eso.
—He de recordarlo. Una excelente frase. Sí, «Terremoto en la India: Millares de muertos», dice el titular del periódico. «Oh, eso», exclamo yo.
—Oh, vamos...
—Otro ganador. No tan bueno como «oh, eso», pero, sí, también un éxito. San Francisco de «Clyde's», aquí presente, hablando a los pájaros y, entretanto, tenemos cáncer y niños mongólicos, por no mencionar el sistema gastrointestinal y ciertas estéticas relacionadas con nuestros cuerpos que Audrey Hepburn no querría oír mencionadas en su cara. ¿Podemos tener un buen Dios con tantos disparates en marcha? ¿Un Dios que, alegremente, se traslada por el cosmos como un omnipotente Billy Burke mientras las criaturas sufren y nuestras personas amadas yacen debilitadas y mueren? En esta cuestión, tu Dios siempre adopta la Quinta Enmienda.
—¿Y por qué debería la Mafia conseguir todas las ventajas?
—Palabras iluminadoras por cierto. Padre, ¿está usted predicando otra vez? Me gustaría oír alguna más de sus agudezas.
—Bill, la cuestión está en que en medio de este horror hay una criatura llamada hombre que puede ver que es horrible. Así que, ¿de dónde sacamos estos conceptos de «malo», «cruel» e «injusto»? Uno no puede decir que una línea está algo torcida a menos que tenga una noción de una línea que esté recta.
El detective estaba intentado interrumpirle, pero el sacerdote continuó:
—Nosotros formamos parte del mundo. Si es malo, no deberíamos estar pensando que es malo. Deberíamos pensar que las cosas que llamamos malas son sencillamente naturales. Los peces no se sienten mojados en el agua. Pertenecen a ese medio, Bill. Los hombres, no.
—Sí, ya he leído esto en G. K. Chesterton, Padre. De hecho, así es como he sabido que su Mister Grande en el velterrayn no es una especie de Jekyll y Hyde. Pero esto sólo compone el gran misterio, padre, la gran historia detectivesca del cielo que desde los salmistas a Kakfa ha estado volviendo loca a la gente que ha intentado imaginar cómo son las cosas. No importa. El teniente Kinderman está en el caso. ¿Conoce usted a los agnósticos?
—Soy un entusiasta de Bullets.
—No tiene usted ninguna vergüenza. Los agnósticos creían que un «Delegado» creó el mundo.
—Esto es realmente insoportable —replicó Dyer.
—Estoy sólo hablando.
—Ahora va a decirme que San Pedro era católico.
—Sólo estoy hablando. De modo que entonces Dios le dijo a este ángel que he mencionado, a ese Delegado: «Toma... aquí tienes un par de dólares, ve a crear este mundo para mí, ha sido una inspiración, mi última idea nueva.» Y el ángel fue y lo hizo, sólo que, al no ser perfecto, ahora tenemos ese actual chazerei del que he hablado.
—¿Es ésa tu teoría? —preguntó Dyer.
—No, eso no sacaría a Dios del aprieto.
—Sin bromas. ¿Cuál es tu teoría?
Kinderman adoptó una actitud furtiva.
—No importa. Es algo nuevo. Algo sorprendente. Algo muy grande.
La camarera se había acercado y dejó con sigilo la cuenta encima de la mesa.
—Ahí está —dijo Dyer, dándole un vistazo.
Kinderman removió distraído su café frío y recorrió la habitación con la mirada, como si estuviera vigilando para no ser oídos por un agente de espionaje. Inclinó hacia delante la cabeza, con aire de conspirador:
—Mi planteamiento del mundo —empezó con cautela— es algo parecido a la escena de un crimen. ¿Comprende? Reúno las pistas. Entretanto, tengo ya algunos carteles de «Se busca». ¿Tendría la amabilidad de colgarlos en el campus? Son gratuitos. Sus votos de pobreza pesan mucho en su mente; yo soy muy sensible a eso. No hay cargo alguno.
—¿No está usted contándome su teoría?
—Le daré una pista —dijo Kinderman—. Coagulación.
Las cejas de Dyer se juntaron.
—¿Coagulación?
—Cuando usted se corta, su sangre no puede coagularse sin que dentro de su cuerpo funcionen catorce pequeñas operaciones separadas, y precisamente por cierto orden; pequeñas plaquetas y estos lindos y diminutos corpúsculos, lo que sea, marchando por aquí, marchando por allí, haciendo esto, haciendo aquello, de un modo determinado, o usted acabaría con un aspecto muy raro perdiendo sangre que caería sobre su pastrami.
—¿Ésa es la pista?
—Queda otra. El sistema autónomo. Además, las enredaderas pueden encontrar agua a muchos kilómetros de distancia.
—Estoy perdido.
—Manténgase firme, hemos recogido su señal. —Kinderman inclinó su cabeza y la acercó a la de Dyer—. Las cosas que al parecer no tienen conciencia de que están comportándose como lo hacen.
—Gracias, profesor Irwin Corey.
Kinderman se sentó bruscamente otra vez radiante.
—Usted es la prueba viviente de mi tesis. ¿Ha visto esa película de horror llamada Alien?
—Sí.
—La historia de su vida. Mientras tanto, no importa, yo he aprendido mi lección. No envíe nunca a los guías sherpa para que lleven una roca; solamente les caerá encima y les producirá dolor de cabeza.
—¿Pero eso es todo lo que piensa contarme sobre su teoría? —protestó Dyer.
Cogió su taza de café.
—Eso es todo. Mi palabra final.
De pronto la taza cayó de la mano de Dyer. Sus ojos se desenfocaron. Kinderman cogió la taza y la enderezó, y después cogió una servilleta en la que empapó el café derramado antes que manchase el regazo de Dyer.
—Padre Joe, ¿qué le pasa? —preguntó Kinderman alarmado.
Comenzó a levantarse, pero Dyer le indicó que se sentara. Parecía estar recobrando la normalidad.
—Todo va bien, todo va bien —explicó el sacerdote.
—¿Está usted enfermo? ¿Qué le pasa?
Dyer sacó un cigarrillo del paquete. Movió la cabeza.
—No, no es nada. —Encendió el cigarrillo, sacudió la cerilla para apagarla y la arrojó con ligereza al cenicero—. Últimamente he estado sintiendo estos ligeros mareos estúpidos.
—¿Ha visitado algún médico?
—Lo hice, pero no pudo encontrarme nada. Podría ser cualquier cosa. Una alergia, un virus. —Dyer se encogió de hombros—. Mi hermano Eddie pasó por lo mismo durante muchos años. Era emocional. De todos modos, mañana por la mañana me harán algunas pruebas.
—¿Un chequeo?
—En el «General» de Georgetown. El padre rector insiste. Francamente, sospecha malévolamente que tengo alergia a repasar los escritos de los exámenes, y quiere una confirmación científica.
El reloj de pulsera de Kinderman comenzó a sonar. Lo paró y comprobó la hora.
—Las cinco y media —murmuró. Su mirada inexpresiva se volvió hacia Dyer—. La carpa está durmiendo —entonó Kinderman.
Dyer se cubrió la cara con las manos y se echó a reír.
Sonó el transmisor de Kinderman. Éste lo sacó de su cinturón y lo desconectó.
—¿Querrá usted perdonarme por un momento, padre Joe?
Jadeaba, al incorporarse de la mesa.
—No me abandone con la cuenta —comentó Dyer.
El detective no respondió. Se dirigió a un teléfono, llamó a la Comisaría y habló con Atkins.
—Algo peculiar está sucediendo, teniente.
—¿De veras? ¿De qué se trata?
Atkins explicó dos novedades. La primera concernía a los suscriptores de la ruta de Kintry. Nadie se había quejado de no haber recibido el periódico; todos habían recibido uno, incluso aquellos a los que Kintry hubiera debido entregarles su ejemplar después de su parada en la casa del embarcadero del Potomac. Lo habían recibido después de morir el chico.
La segunda novedad se refería a la anciana. Kinderman había ordenado una comparación de rutina entre su cabello y las mechas de cabellos que se encontraron en la mano de Kintry.
Concordaban.

3


Cuando ella le vio a través de la ventana, él había estado ausente sólo unos minutos, pero ella profirió una exclamación de gozo y comenzó a correr. Cruzó apresuradamente el umbral con los brazos tendidos hacia él, mostrando en su alegre y juvenil rostro un resplandor apasionado.
—¡Amor de mi vida! —le gritó él con júbilo.
Y al cabo de un momento, tenía el sol en sus brazos.
—Buenos días, doctor. ¿Lo mismo de siempre?
Amfortas no lo oyó. Su mente estaba en su corazón.
—¿Lo mismo de siempre, doctor?
Volvió. Estaba de pie en una pequeña y estrecha tienda de comestibles y venta de bocadillos, al volver la esquina de la «Georgetown University». Miró a su alrededor. Los otros clientes se habían marchado. Charlie Price, el viejo tendero, que estaba detrás del mostrador, observaba su rostro con expresión bondadosa.
—Sí, Charlie, lo mismo —replicó Amfortas distraído.
Su voz era suave y sombría. Miró y vio a Lucy, la hija del tendero, que descansaba en una silla junto al escaparate delantero de la tienda. Se preguntó cómo le había llegado el turno tan rápidamente.
—Un chop suey para el doctor —murmuró Price.
El tendero se inclinó por encima de los compartimientos-escaparate en donde había guardado los buñuelos y panecillos dulces de la mañana, y sacó un gran panecillo relleno con canela, azúcar, pasas y nueces. Se levantó y envolvió el panecillo con un pedazo de papel de parafina, colocando el paquete en una bolsa que depositó sobre el mostrador.
—Y un café cargado.
El tendero se encaminó pesadamente hacia el «Sílex» y los vasos de plástico.

Habían ido en bicicleta alrededor de Bora Bora, y de pronto él se adelantó con rapidez dando la vuelta a una pronunciada curva donde sabía que ella no podía verle. Frenó, saltó y, rápidamente, recogió un puñado de amapolas de un rojo ardiente que crecían libremente junto a la carretera en grupos esplendorosos como el amor de los ángeles apiñados delante de Dios; y cuando ella giró por la curva, ya la esperaba, de pie en medio del camino, con las ardientes flores en alto para que ella las viera. Ella frenó sorprendida y miró las flores, asombrada; y entonces de sus ojos brotaron las lágrimas que le resbalaron por las mejillas.

—Te amo, Vincent.
—¿Ha estado trabajando otra vez en el laboratorio toda la noche, doctor?
Estaban plegando una bolsa de papel que cerraron en su parte superior. Amfortas alzó la mirada. Su pedido estaba listo y esperando en el mostrador.
—No toda la noche. Sólo algunas horas.
El tendero examinó el rostro macilento, se enfrentó con los ojos sombríos, tan oscuros como los bosques. ¿Qué estaban diciéndole? Algo. Relucían con un grito silencioso, misterioso. Más que pena. Otra cosa.
—No abuse demasiado. Parece cansado.
Amfortas asintió con la cabeza. Estaba buscando en un bolsillo del jersey azul marino que llevaba sobre su bata blanca del hospital. Sacó un dólar y se lo dio al tendero.
—Gracias, Charlie.
—Recuerde lo que le he dicho.
—Lo recordaré.
Amfortas cogió la bolsa y, al cabo de un momento, la campanilla de la puerta de entrada tintineó ligeramente y el doctor estaba en la calle mañanera. Alto y delgado, con los hombros doblados, durante un rato permaneció pensativo delante de la tienda, cabizbajo. Una mano sostenía la bolsa apretada contra el pecho. El tendero se acercó a su hija y juntos estuvieron observándole.
—Tantos años, y nunca le he visto sonreír —murmuró Lucy. El tendero apoyó el brazo en un estante. —¿Por qué debería hacerlo?

Él estaba sonriendo pero le dijo:
—No podría casarme contigo, Ann.
—¿Por qué no? ¿Es que no me amas?
—Pero sólo tienes veintidós años.
—¿Es malo eso?
—Yo te doblo la edad —replicó él—. Algún día estarías empujándome en mi silla de ruedas.
Ann se levantó de su asiento y, riendo alegremente, se sentó en su regazo y le rodeó con los brazos.
—Oh, Vincent, yo te mantendré joven.

Amfortas oyó gritos, el rumor de pasos y miró hacia la calle Prospect, a su derecha, el rellano de la larga escalera de empinados escalones de piedra que bajaba hasta la calle M. Allí a lo lejos, y algo más allá, el río y la casa del embarcadero; durante muchos años esos escalones habían sido conocidos como los «Escalones de Hitchcock». El equipo de Georgetown subía corriendo. Formaba parte de su entrenamiento. Amfortas les observó cuando aparecieron en el rellano, y después, cuando se dirigieron corriendo hacia el campus, perdiéndose de vista. Se quedó allí de pie hasta que se desvanecieron sus vigorosas voces, dejándole solo en el pasillo sin sonido, en donde las acciones de los hombres eran confusas y toda la vida carecía de propósito, excepto el de esperar.
A través de la bolsa sintió el calor del café caliente en la palma de su mano. Dobló la calle Prospect y caminó lentamente por la 36 hasta llegar a su apretujada casa de dos pisos. Estaba sólo a unos metros de distancia de la tienda de comestibles, y era modesta y muy vieja. Al otro lado de la calle se veía una residencia femenina y una escuela del servicio extranjero y, una manzana más hacia la izquierda, se hallaba la iglesia de la Santísima Trinidad. Amfortas se sentó en el blanco y restregado porche, abrió entonces la bolsa y sacó el panecillo. Ella solía ir a buscárselo los domingos.

—Después de morir volvemos a Dios —le dijo él. Ann había estado hablando de su padre, que había perdido el año anterior, y quería consolarla—. Entonces formamos parte de Él —terminó.
—¿Como nosotros mismos?
—Quizá no. Podríamos perder nuestra identidad. Él vio que a Ann se le llenaban los ojos de lágrimas, y su pequeño rostro se contorsionaba con el esfuerzo por no llorar. —¿Qué te pasa? —le preguntó. —Perderte para siempre...

Hasta aquel día, no había temido a la muerte.
Repicaron las campanas de la iglesia y una fina hilera de estorninos se alzó de la Santísima Trinidad formando un arco, revoloteando y dando vueltas en una danza salvaje. Comenzó a salir gente de la iglesia. Amfortas consultó su reloj. Eran las siete y quince minutos. De alguna manera había faltado a su misa de las seis y media. Durante los últimos tres años había asistido diariamente a la misa. ¿Cómo podía haber faltado hoy? Contempló por un momento el panecillo que tenía en la mano, y después, lentamente, lo dejó caer de nuevo en la bolsa de papel. Alzó las manos colocando su pulgar izquierdo en la muñeca derecha y sus dos dedos izquierdos en la palma de su mano derecha. Aplicó entonces presión con los tres dedos y comenzó a moverlos dando vueltas en la palma. Su mano derecha, que se movía en un movimiento reflejo, buscó a tientas y siguió el movimiento de los dedos.
Amfortas detuvo estas manipulaciones. Se contempló las manos.
Cuando pensó otra vez en el mundo, miró la hora. Eran las siete y veinticinco. Cogió la bolsa y el ejemplar del Washington Post del domingo que yacía voluminoso y manchado de tinta junto a la puerta. Nunca lo envolvían. Entró en la lobreguez de su vacía casa, depositó la bolsa y el periódico en la mesita de la entrada, salió de nuevo al exterior y cerró con llave. Se volvió en el rellano, y miró al cielo. Estaba nublándose y volviéndose gris. Al otro lado del río, unos negros nubarrones se deslizaban rápidamente hacia el oeste y se había alzado un vientecillo fresco, que agitaba las ramas de los saúcos que bordeaban las calles. Estaban desnudos en esta estación. Amfortas se abrochó con lentitud el cuello de su jersey, y sin más equipaje que su angustia y su soledad, comenzó a caminar hacia el lejano horizonte. Estaba a ciento sesenta millones de kilómetros del Sol.

El «Hospital General» de Georgetown era un edificio macizo y relativamente nuevo. Su moderno exterior se extendía desde la calle O y la Carretera Reservoir y, en su parte occidental, se encaraba con la 37. Amfortas podía llegar caminando hasta allí desde su casa en dos minutos, y aquella mañana se presentó en el ala de Neurología del cuarto piso exactamente a las siete y media. El residente estaba esperándole junto a la mesa de recepción y comenzaron a hacer juntos las rondas, de una a otra habitación entre los pacientes, y el residente le presentaba cada caso nuevo, mientras Amfortas hacía las preguntas al paciente. Discutieron los diagnósticos mientras cruzaban el vestíbulo.
El 402 era un vendedor de treinta y seis años que manifestaba síntomas de lesión cerebral; en particular «negligencia unilateral». Vestía cuidadosamente una mitad de su cuerpo, el ipselateral a la lesión mientras que ignoraba por completo el otro lado. Únicamente se afeitaba un lado de la cara.
El 404 era un economista, de cincuenta años. Sus problemas habían comenzado hacía seis meses cuando sufriera una operación en el cerebro por epilepsia. El cirujano, sin tener otra alternativa, había extraído ciertas porciones de los lóbulos temporales.
Un mes antes de ingresar en el «Georgetown General», el paciente había participado en una reunión del comité del Senado y, durante nueve horas seguidas, intensas, había proyectado un nuevo plan para revisar los códigos de los impuestos basándose en los problemas que el comité le había presentado aquella misma mañana.
Sus razonamientos y planteamiento de los hechos resultaron asombrosos. No lo resultó menor su conocimiento del código presente, y sólo se necesitaron seis horas para organizar los detalles del plan y dejarlos sentados de una manera ordenada. Al finalizar la reunión, el economista resumió el plan en media hora sin ni tan siquiera referirse a las notas tomadas recientemente. Después de eso se fue al despacho y se sentó a su escritorio. Contestó tres cartas; después se volvió hacia su secretaria y le dijo:
—Tengo el presentimiento de que hoy debía haber asistido a una reunión en el Senado.
A minuto que pasaba ya no podía formar recuerdos de las cosas recientes.
La 411 era una chica, de veinte años, un caso probable de meningococcia. El residente era nuevo y no observó la vacilación cuando se dio a conocer a Amfortas el nombre de la enfermedad.
En la 420 había un carpintero de cincuenta y un años que se quejaba de una «extremidad fantasma». El año anterior había perdido un brazo y continuamente sufría un dolor insoportable en una mano que ya no tenía.
La alteración se había desarrollado de la manera habitual; al principio el carpintero había sentido «sensaciones de cosquilleo», y un sentido de forma definida de la mano. Le parecía que se movía en el espacio como una extremidad normal cuando él caminaba, se sentaba o se tendía en la cama. Llegaba al extremo de intentar alcanzar algún objeto sin pensarlo. Y, después, llegó el terrible dolor cuando la mano se agarrotó y se negaba a relajarse.
El hombre se sometió a una operación de reconstrucción, así como a la extracción de pequeñas neuromas, nódulos de tejidos regenerados de nervio.
Al principio notó algún alivio. Permanecía la sensación de tener la mano, pero ahora le parecía que podía flexionarla y mover los dedos.
Volvió entonces de nuevo el dolor en la mano fantasma que tenía una postura apretada con los dedos presionando el pulgar y flexionando fuertemente la muñeca. Ningún esfuerzo conseguía mover ninguna parte de la mano. Algunas veces la sensación de tensión en la mano resultaba insoportable; otras, explicaba el carpintero, le parecía como si le clavaran repetida y profundamente un bisturí en el mismo lugar de la herida original. Se quejaba de una sensación de taladro en los huesos del dedo índice. La sensación parecía comenzar en el extremo del dedo, pero después se alargaba hasta el hombro, y el muñón comenzaba a mostrar contracciones clónicas.
El carpintero se quejaba de marearse con frecuencia cuando el dolor era agudo. Si, finalmente, ese dolor desaparecía, la tensión de su mano parecía aflojarse un poco, pero nunca lo suficiente para permitir el movimiento.
Amfortas le hizo una pregunta al carpintero:
—Su mayor preocupación parece radicar en la tensión de su mano. ¿Podría usted decirme el porqué?
El carpintero le pidió que doblara sus dedos sobre el pulgar, flexionara la muñeca y después alzara el brazo manteniéndolo en posición torcida detrás de la espalda. El neurólogo lo hizo. Pero al cabo de unos minutos el dolor fue demasiado intenso y Amfortas terminó el experimento.
El carpintero afirmó con la cabeza y dijo:
—Exacto. Pero usted puede bajar la mano. Yo no puedo.
Salieron en silencio de la habitación.
Mientras cruzaban el pasillo, el residente se encogió de hombros.
—No sé..., ¿podemos ayudarle?
Amfortas recomendó una inyección de novocaína en los ganglios del simpático en la parte superior torácica.
—Esto le aliviará durante algún tiempo. Algunos meses.
Pero sólo eso. Sabía que no había cura para una extremidad fantasma.
O un corazón roto.
La 424 era un ama de casa. Desde los dieciséis años se había estado quejando de un dolor abdominal, tan persistentemente, que con el paso de los años había logrado un historial de catorce operaciones abdominales. Después, hubo una herida menor en la cabeza y se quejó tanto de un dolor intenso que se le hizo una descompresión temporal. Ahora sus quejas se concretaban en un dolor insoportable en las piernas y la espalda. Al principio, se había negado a dar su historial. Y ahora yacía permanentemente sobre el costado izquierdo y gritaba si el residente se esforzaba por hacerla tender de espaldas. Cuando Amfortas se inclinó y, con suavidad, le golpeó la zona del sacro, la mujer gritó y tembló con violencia.
Cuando la dejaron, Amfortas estuvo de acuerdo con el residente en que esa mujer debía ser llevada al Psiquiátrico con la observación de probable adicción a cirugía.
Y al dolor.
La 425, otra ama de casa, de treinta años de edad, se quejaba de un dolor de cabeza crónico, palpitante, acompañado de anorexia y vómitos. La posibilidad peor era una lesión, pero el dolor estaba localizado en un lado de la cabeza, y también había teicopsia, una ceguera temporal causada por la aparición en el campo visual de un área luminosa encerrada en unas líneas en zigzag. Normalmente, la teicopsia era un síntoma de migraña. Además, la paciente procedía de una familia que daba gran importancia a los logros, y que poseía unas normas estrictas de conducta que negaban o castigaban cualquier expresión de sentimientos agresivos. Normalmente, ése era el historial de un clásico paciente de migraña. La hostilidad reprimida, gradualmente, se convertía en una ira inconsciente, y esa ira atacaba al paciente en la forma de dicha alteración.
Otro asunto para el Psiquiátrico.
El 427 era el último, un hombre de treinta y ocho años, con una posible lesión en un lóbulo temporal. Era uno de los conserjes del hospital que había introducido una docena, más o menos, de bombillas eléctricas dentro de un cubo de agua, y las hacía oscilar con rapidez de arriba abajo. Más tarde, no podía recordar lo que había hecho. Esto era un automatismo, conocido como «acción automática» característica de un ataque psicomotor. Tales ataques podían ser gravemente destructivos, según las emociones inconscientes del sujeto, aunque la mayoría de las veces resultaban inofensivos y, simplemente, inadecuados. Siempre singulares, estas fugas solían durar poco, aunque en algunos casos excepcionales habían durado muchas horas y eran considerados totalmente inexplicables, como el asombroso caso de un hombre que había volado en un avión ligero desde un aeropuerto de Virginia a Chicago y, sin embargo, nunca había aprendido a manejar un avión ni recordaba en absoluto el incidente. Algunas veces, se producían violentos accesos. Un hombre que más tarde se descubrió presentaba cierta cicatriz en la sien relacionada con un hemangioma, mató a su mujer durante un ataque de furor epiléptico.
El caso del conserje estaba más dentro de las normas. En su historial figuraban ataques incoordinados, auras de sabores u olores desagradables; describía una tableta de chocolate que sabía a «metal» y un olor de «carne podrida» sin causa aparente. Había también otras fugas de deja vu, así como de todo lo contrario, jamáis vu: una sensación de extrañeza en ambientes familiares. Estos episodios solían estar precedidos por un movimiento peculiar de fricción de los labios. A menudo se producía tras haber ingerido alcohol.
Además, sufría de alucinaciones visuales, entre ellas micropsia, en la que los objetos parecían menores de su tamaño real; y levitación, una sensación de elevarse en el aire, sin soporte alguno. El conserje también había tenido un leve ataque de un fenómeno conocido como «el doble». Había visto su sosía tridimensional copiando sus palabras y acciones.
El electroencefalograma había sido muy claro. Los tumores de esta naturaleza, si se trataba de uno de ellos, actuaban lenta y solapadamente durante muchos meses, haciendo presión en las meninges; pero, finalmente, adoptaría un impulso momentáneo y, en cosa de pocas semanas dejaba desatendida, comprimida y aplastada la médula.
El resultado era la muerte.
—Willie, dame una mano —dijo Amfortas gentilmente.
—¿Cuál de ellas? —preguntó el conserje.
—Cualquiera. La izquierda.
El conserje hizo lo ordenado.
El interno estaba mirando a Amfortas con una expresión ligeramente enfurruñada.
—Ya he hecho eso —explicó con cierto retintín.
.—Pues quiero hacerlo otra vez —le respondió Amfortas con suavidad.
Colocó sus dos primeros dedos de la mano izquierda en la palma de la mano del conserje y su pulgar derecho en la muñeca del hombre, y después apretó y comenzó a mover los dedos girando. La mano del conserje se agarró de un modo reflejo y siguió el movimiento de los dedos.
Amfortas se detuvo y soltó la mano.
—Gracias, Willie.
—Muy bien, señor.
—No te preocupes.
—No me preocuparé.
A las nueve y media, aproximadamente, el interno y Amfortas estaban de pie junto a la máquina de café en la esquina de la entrada al Psiquiátrico. Discutieron sus diagnósticos, resumiendo los nuevos casos. Cuando llegaron al conserje, el resumen fue rápido.
—Ya he encargado un examen con el scanner —dijo el interno.
Amfortas dio su conformidad. Únicamente después del examen tendrían la certeza de que allí estaba la lesión y, probablemente, cerca de sus fases finales.
—Quizá deseará reservar una sala de operaciones, por si acaso.
Incluso ahora, una operación quirúrgica a tiempo podría salvar la vida de Willie.
Cuando el interno llegó junto a la niña de la cual se sospechaba que tuviese meningitis, Amfortas se mostró tieso y reservado, casi brusco. El interno observó el súbito cambio, pero ya sabía que los neurólogos investigadores tenían mucha fama de ser introvertidos, poco comunicativos y raros. Atribuyó a eso su cambio de comportamiento, o, quizás, a la juventud de la niña y la posibilidad de que no pudiera hacerse nada para evitarle una grave invalidez o, incluso, una muerte dolorosa.
—¿Cómo va tu investigación, Vincent?
El interno había terminado su café y estaba arrugando su vaso antes de arrojarlo a la papelera. Lejos del oído de los pacientes, se dejaban a un lado las formalidades.
Amfortas se encogió de hombros. Una enfermera pasó junto a ellos llevando un carrito con medicamentos, y él la siguió con la mirada. Su indiferencia comenzaba a molestar al joven interno.
—¿Cuánto tiempo hace que estás en ello? —insistió tenaz, decidido ahora a derribar la extraña barrera que se alzaba entre ellos.
—Tres años —respondió Amfortas.
—¿Alguna novedad?
—No.
Amfortas le pidió datos de los casos más antiguos de la sala. El residente se dio por vencido.
A las diez, Amfortas atendió las grandes rondas, una conferencia con todo el personal programada hasta el mediodía. El jefe de Neurología dio una conferencia sobre la esclerosis múltiple. Igual que los internos y residentes amontonados en el vestíbulo, Amfortas no pudo oírla, aunque estaba sentado en la mesa de conferencias. Sencillamente no escuchaba.
Después de la conferencia, se produjo una discusión que pronto se convirtió en debate respecto a política interdepartamental. Amfortas lo aprovechó para decir:
—Excusadme un minuto.
Y salió. Nadie se dio cuenta de que ya no regresó a la sala. Las grandes rondas cerraron con la estentórea voz del jefe de Neurología que gritaba:
—¡Y estoy más que harto de los borrachos en este servicio! ¡Permaneced sobrios o idos a hacer puñetas fuera de la sala, maldita sea!
Esto sí que lo oyeron todos los internos y residentes.
Amfortas había regresado a la habitación 411. La niña con meningitis estaba sentada, con la mirada hipnóticamente clavada en el aparato de televisión instalado en la pared opuesta. Estaba cambiando de canales. Cuando Amfortas entró, sus ojos se desviaron hacia él. No movió la cabeza. La enfermedad ya le había puesto rígido el cuello. Moverlo le causaba dolor.
—Hola, doctor.
Su dedo pulsó un botón del mando a distancia. La imagen televisiva se desvaneció.
—No lo apagues, está bien —se apresuró a decir Amfortas.
Ella contemplaba la vacía pantalla.
—Ahora no hay nada. Nada que valga la pena.
Amfortas permaneció al pie de la cama, observándola. La niña llevaba trenzas y era pecosa.
—¿Estás cómoda? —le preguntó.
Ella se encogió de hombros.
—¿Qué sucede? —insistió Amfortas.
—Me aburro. —Su mirada se volvió hacia el médico. Le sonrió. Pero Amfortas vio las bolsas oscuras debajo de sus ojos—. Durante el día nunca hay nada bueno en la televisión.
—¿Duermes bien? —le preguntó.
—No.
Amfortas cogió el gráfico. Ya se le había recetado hidrato de cloral.
—Me dan píldoras, pero no sirven de nada —manifestó la niña.
Amfortas dejó en su sitio el gráfico. Cuando volvió a mirarla, la niña había colocado, dolorosamente, su cuerpo en ángulo hacia la ventana. Miraba afuera.
—¿No podría tener puesta la televisión durante la noche? ¿Sin el sonido?
—Tal vez te consiga unos auriculares —repuso Amfortas—. Nadie más podría oírla.
—Todos los canales cierran a las dos de la madrugada —dijo tristemente.
Amfortas le preguntó qué es lo que hacía.
—Juego a tenis.
—¿ Profesionalmente?
—Sí.
—¿Das lecciones?
No las daba. Jugaba en el circuitos de torneos.
—¿Tienes clasificación?
Ella respondió:
—Sí, el número nueve.
—¿Del país?
—Del mundo.
—Perdona mi ignorancia —dijo él.
Se sintió frío. No podía adivinar si la niña sabía lo que tal vez la aguardase. Continuaba mirando a través de la ventana.
—Bueno, supongo que ahora todo son recuerdos —explicó con suavidad.
Amfortas sintió un nudo en el estómago. Ella lo sabía.
Acercó una silla al lado de la cama y le preguntó los torneos en los que había ganado. La niña pareció animarse ante eso y él se sentó.
—Oh, bueno, el francés y el italiano. Y el de Clay Courts. El año que gané el francés no había nadie en él.
—¿Y el italiano? —le preguntó él—. ¿A quién ganaste en las finales?
Estuvieron hablando del juego durante media hora más.
Cuando Amfortas miró la hora y se levantó para marcharse, la chica quedó callada inmediatamente y volvió a mirar por la ventana.
—Claro, está bien —murmuró ella.
Amfortas pudo oír cómo sus defensas volvían a cerrarse.
—¿Tienes familia en la ciudad? —le preguntó.
—No.
—¿Dónde están?
La niña desvió el cuerpo del ángulo hacia la ventana y volvió a conectar el aparato de televisión.
—Todos están muertos —explicó distraídamente.
La frase quedó casi ahogada por el sonido del partido que se retransmitía. Cuando la dejó, ella seguía con los ojos clavados en el aparato.
En el vestíbulo, Amfortas la oyó llorar.

Amfortas dejó pasar el almuerzo y estuvo trabajando en su despacho, terminando con el papeleo de diversos casos. Dos de ellos eran epilepsias en las que los ataques se presentaban de manera extraña. En el primer caso —una mujer en mitad de su treintena— se desencadenaba ante el sonido de la música, y la muchacha de once años del segundo caso, simplemente, sólo tenía que mirarse la mano.
Todos los otros casos constituían unas formas de afasia:
Una paciente que repetía todo lo que se le decía.
Un paciente que podía escribir, pero era totalmente incapaz de releer lo que había escrito.
Un paciente incapaz de reconocer a una persona sólo por sus rasgos raciales. Para reconocerle, necesitaba oír su voz, o bien observar alguna característica determinada, como una verruga o un color de cabello especial.
Las afasias se relacionaban con lesiones cerebrales.
Amfortas bebía café e intentaba concentrarse. No podía. Dejó su pluma y miró la fotografía que tenía sobre el escritorio. Una joven rubia.
Se abrió de golpe la puerta de su oficina y Freeman Temple, el jefe de Psiquiatría, entró con sus pasos delicados, flexibles, alzándose ligeramente sobre los dedos de los pies al caminar. Acercó una silla al escritorio y se dejó caer en ella.
—¡Chico, vaya mujer que tengo para ti! —explicó con alegría. Alargó las piernas y las cruzó cómodamente mientras encendía un cigarrillo y arrojaba al suelo la cerilla apagada—. Juro por Dios —continuó— que vas a entusiasmarte. Tiene unas piernas esbeltas que le llegan hasta el trasero. ¿Y los pechos? Jesús, uno de ellos es tan grande como una sandía, y el otro, ¡ése sí que es realmente grande! Además, le gusta Mozart. Vince, ¡has de salir con ella!
Amfortas le observó inexpresivo. Temple era bajo y cincuentón, pero tenía cierto aire travieso, un porte juvenil de aspecto jubiloso. Sin embargo, sus ojos eran como campos de trigo agitándose en la brisa, y algunas veces tenían una mirada fría, calculadora. Amfortas no sentía confianza hacia él, ni tampoco simpatía. Cuando Temple no estaba fanfarroneando de sus conquistas amorosas, hablaba de sus combates de boxeo en la Universidad e intentaba que todos le llamaran «Duque».
—Así me llamaban en Stanford —decía—. Me llamaban «Duque».
Y contaría todas las bonitas enfermeras a las que siempre había evitado una pelea, porque «bajo la ley, mis manos están consideradas armas mortales». Cuando bebía resultaba insoportable, y todo su juvenil encanto se transformaba en malignidad. «Ahora debía estar borracho —pensó Amfortas—, o tomado muchas anfetaminas, o ambas cosas.»
—He estado saliendo con su amiga. —Temple continuó con el tema—. Está casada, pero qué demonios... ¿Y qué? ¿Cuál es la diferencia? De todos modos, la que he escogido para ti es soltera. ¿Quieres su número?
Amfortas cogió su pluma y miró sus papeles. Tomó una nota en uno de ellos.
—No, gracias. No he salido con chicas hace muchos años —explicó con suavidad.
Bruscamente, el psiquiatra pareció serenarse y miró a Amfortas con una mirada dura, fría.
—Ya lo sé —dijo inexpresivo.
Amfortas continuó trabajando.
—¿Cuál es el problema? ¿Es que eres impotente? —preguntó Temple—. Eso sucede a menudo en tu situación. Yo puedo curarlo con hipnosis. Puedo curar cualquier cosa con hipnosis. Soy muy bueno en eso. Soy bueno realmente, bueno de verdad. Soy el mejor.
Amfortas continuó ignorándolo. Hizo una corrección en un papel.
—El condenado electroencefalograma se ha roto. ¿Puedes creerlo?
Amfortas continuaba silencioso y escribiendo.
—De acuerdo, ¿de qué demonios se trata?
Amfortas alzó la mirada y vio que Temple sacaba de su bolsillo una hoja de memorándum doblada y la arrojaba sobre el escritorio. Amfortas la cogió y la desplegó. Al leerla, vio, en lo que parecía ser su propia letra, la críptica declaración: «La vida es menos hábil.»
—¿Qué es lo que demonios significa? —repitió Temple.
Su actitud ahora era abiertamente hostil.
—No lo sé —repuso Amfortas.
—¿Que tú no lo sabes?
—Yo no he escrito eso.
Temple saltó de su silla hacia el escritorio.
—¡Cristo, tú mismo me diste eso ayer delante de recepción! Estaba ocupado y me lo metí en el bolsillo. ¿Qué significa?
Amfortas dejó la nota a un lado y continuó con su trabajo.
—Yo no la escribí —repitió.
—¿Estás loco? —Temple agarró la nota y la sostuvo frente a Amfortas—. ¡Ésta es tu letra! ¿Ves esos círculos sobre las íes? Incidentalmente, puedo decirte que esos círculos son una señal de perturbación.
Amfortas borró una palabra y escribió encima de ella.
La cara del psiquiatra de cabello blanco, enrojeció. De un salto llegó hasta la puerta, que abrió de golpe.
—Sería mejor que me concertases una cita —resopló—. ¡Eres un hombre condenadamente airado y hostil, y ahora estás más jodidamente loco que un chiflado!
Temple salió dando un portazo.
Durante un buen rato Amfortas estuvo mirando la nota. Después volvió a su trabajo. Tenía que acabarlo esta semana.

Por la tarde, Amfortas dio una conferencia en la Escuela Médica de la Universidad de Georgetown. Revisó el caso de una mujer que, desde su nacimiento, había sido incapaz de sentir ningún dolor. Siendo niña se había mordido la punta de la lengua mientras masticaba comida, y había sufrido quemaduras de tercer grado después de haberse arrodillado durante algunos minutos sobre un radiador encendido, para contemplar la puesta del sol por una ventana. Cuando más tarde fue examinada por un psiquiatra, declaró no haber sentido ningún dolor en el momento en que su cuerpo fue sometido a un fuerte electrochoque, al agua caliente a elevadas temperaturas, o a un baño helado que se prolongó mucho rato. Resultaba igualmente anormal el hecho de que no registrase cambios en su presión sanguínea, en los latidos del corazón o en la respiración cuando se le aplicaban dichos estímulos. No podía recordar ni tan siquiera haber estornudado o tosido, el reflejo de náusea sólo se conseguía con grandes dificultades; y los reflejos córneos que protegían los ojos estaban totalmente ausentes. Fallaron también una variedad de estímulos, tales como meterle un palito por las ventanillas de la nariz, pellizcarle tendones o inyectarle histamina debajo de la piel: todo ello, considerado normalmente unas formas de tortura, no le causó el menor dolor.
Eventualmente, la mujer presentó graves problemas médicos: cambios patológicos en las rodillas, cadera y espina dorsal. Se le hicieron algunas operaciones ortopédicas. Su cirujano atribuyó sus problemas a la falta de protección en las articulaciones que, normalmente, se producía por la sensación de dolor. Había fracasado en sostener su peso al estar de pie, volverse mientras dormía o evitar determinadas posturas que producen inflamación en las articulaciones.
Murió a la edad de veintinueve años a causa de infecciones masivas que no pudieron ser dominadas.
No hubo preguntas.

A las tres y treinta y cinco minutos Amfortas estaba de regreso en su despacho. Cerró la puerta con llave, se sentó y esperó. Sabía que ahora no podía trabajar. No en este momento preciso.
Ocasionalmente, alguien llamaba a la puerta, pero él esperó a que los pasos se alejaran. También giró la manecilla y después llamaron con los nudillos; supo que se trataba de Temple, incluso antes de poder oír su bajo gruñido a través de la madera de la puerta.
—Tú, loco bastardo, sé que estás ahí. Déjame entrar para que pueda ayudarte.
Amfortas se mantuvo en silencio y, durante un buen rato, no oyó ruido alguno al otro lado de la puerta. Después escuchó una voz suave, dominada, que decía «tetas gordas». Y otro silencio. Imaginó que Temple tendría la oreja pegada a la puerta. Finalmente, escuchó sus pasos saltarines que crujían al alejarse sobre sus dobles suelas. Amfortas continuó dejando pasar el tiempo.
A las cinco menos veinte llamó por teléfono a un amigo de otro hospital, un neurólogo que formaba parte del personal. Cuando estuvo al habla, Amfortas le dijo:
—Eddie, soy Vincent. ¿Ha llegado ya el resultado de mi scanner?
—Sí, ya ha llegado. Estaba a punto de llamarte.
Siguió un silencio.
—¿Es positivo? —preguntó al fin Amfortas.
Otro silencio. Después:
—Sí.
Casi inaudible.
—Yo me haré cargo de eso. Adiós, Ed.
—¿Vince?
Pero Amfortas ya había colgado el teléfono.
Sacó una hoja del papel de cartas departamental de un cajón a la derecha de su escritorio, y después, cuidadosamente, escribió una carta dirigida al jefe de Neurología.

Querido Jim:
Esto es difícil de expresar, y lo siento, pero necesito ser relevado de mis deberes habituales a partir de este jueves por la tarde, día 15 de marzo. Necesito disponer de todo el tiempo posible para mi investigación. Tom Soames es muy competente y mis pacientes están seguros en sus manos hasta que puedas encontrar alguien que me sustituya. El jueves terminaré los informes sobre los antiguos pacientes, y Tom y yo hemos estado ocupándonos hoy de los nuevos. A partir del jueves trataré de estar cerca por si hubiera alguna consulta, pero realmente no puedo prometerlo. De cualquier modo, me encontrarás en el laboratorio o en casa.
Sé que esto es repentino y te causará algunos problemas. Repito que lo siento mucho. Y sé que tú respetarás mi deseo de no seguir hablando sobre mi decisión. A final de semana dejaré libre mi mesa. El trabajo en la sala ha sido espléndido. Y también tú. Gracias.
Con pesar,
VINCENT AMFORTAS

Amfortas salió de su despacho, echó la carta en el buzón del jefe de Neurología y salió del hospital. Eran casi las cinco y media y se apresuró hacia la Santísima Trinidad. Podría acudir a misa de la tarde.
La iglesia estaba llena y él se quedó atrás, siguiendo la misa con una esperanza agonizante. Los cuerpos destrozados, que había estado tratando durante años, le habían imbuido un sentimiento sobre la soledad y la fragilidad del hombre. Los hombres eran diminutas llamas de vela, separadas y a la deriva en un vacío aterrador que era infinito y negro. Esta percepción le hacía abrazar a la Humanidad. Sin embargo, Dios le rechazaba. Él había hallado sus trazos crípticos en el cerebro, pero el Dios del cerebro únicamente le llamaba y atraía hacia él y, cuando se acercaba, le mantenía alejado de Él a la distancia del brazo; y, finalmente, ya no tenía nada que abrazar sino su fe. Unía las llamas de las velas en un abrazo y una unidad que se encumbraba e iluminaba la noche.
Oh Señor, he amado la belleza de tu casa...
Aquí estaba todo lo que era importante, ya que nada más lo era.
Amfortas echó una ojeada a la fila para confesarse. Era larga. Decidió ir al día siguiente. «Haría una confesión general —pensó—: una confesión de los pecados de toda su vida. Habría tiempo en la misa de la mañana.» A aquella hora raramente se formaba cola.
Y que sea para nosotros un consuelo infinito...
—Amén —dijo Amfortas con firmeza. Había tomado una resolución.
Abrió la puerta delantera con su llave y entró en la casa. En el recibidor cogió la bolsa y el Post y los llevó a la pequeña sala de estar, en donde encendió todas las lámparas. La casa era de alquiler, totalmente amueblada en una imitación de estilo colonial, barata, triste. La sala de estar terminaba en una cocina y un pequeño rincón para comer. Arriba había un dormitorio y un cuarto. Era todo lo que Amfortas necesitaba o deseaba.
Se acomodó en una butaca tapizada. Miró a su alrededor. Como de costumbre, la habitación estaba desaseada. Anteriormente, el desorden nunca le había inquietado. Pero, en aquel momento, sintió un extraño impulso de poner orden a su alrededor, de organizar y limpiar la casa. Era algo parecido al sentimiento antes de un largo viaje, o cuando procedía a la limpieza de su escritorio.
Decidió hacerlo al día siguiente. Se sentía cansado.
Miró el magnetófono colocado en un estante. Estaba conectado a un amplificador. Tenía auriculares. También estaba demasiado cansado para eso, decidió. En este momento no tenía suficientes energías. Miró el Washington Post en su regazo, y en seguida experimentó un punzante dolor de cabeza. Aspiró con fuerza y se llevó las manos a las sienes. Se levantó y el periódico quedó esparcido por el suelo.
Se precipitó escalera arriba hacia su habitación. Buscó a tientas la lámpara y la conectó. Junto a la cama, tenía una bolsa con los instrumentos médicos y la abrió; sacó una torunda, una jeringuilla y una ampolla color ámbar llena de un fluido. Se sentó en la cama, se desabrochó los pantalones, que bajó, exponiendo sus caderas. Al cabo de unos momentos se inyectó seis miligramos de «Decadron», un estero!, en el músculo de la pierna; el «Dilaudid» ya no le bastaba.
Amfortas se tumbó en la cama y esperó. Agarraba en la mano la ampolla color ámbar. Su corazón y su cabeza batían a ritmos diferentes, pero después de un rato se mezclaron en un solo palpitar. Perdió la noción del tiempo.
Cuando, finalmente, se sentó, vio que tenía los pantalones todavía en las rodillas. Se los subió y, al hacerlo, su mirada observó la cerámica blanca y verde en su mesilla de noche, un pato sedoso vestido con ropas de niña. Había un pequeño letrero que indicaba HAZME SONAR si CREES QUE SOY ADORABLE. Estuvo contemplándolo con tristeza durante unos momentos. Se abrochó el cinturón y bajó la escalera.
Entró en la sala de estar y recogió el Washington Post del domingo. Pensaba leerlo mientras se calentaba una cena congelada. Cuando encendió la luz de la cocina, en el techo, se detuvo de golpe. En la mesa de la cocina se encontraban los restos de su desayuno y un ejemplar del Washington Post del domingo. El periódico estaba en desorden y dividido.
Alguien había estado leyéndolo.





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DIVISIÓN DE LOS SERVICIOS DE LABORATORIO
Oficina de Ciencia Forense

INFORME DE LABORATORIO
13 de marzo de 1983

A: Dr. Alan Stedman ce: Dr. Francis Caponegro. Su Caso n.° 50. FS LAB n.° 77-N-025.
Víctima(s): Kintry, Thomas Joshua. Examinador: Licenciado Samuel Hirschberg. Laboratorio: «Bethesda». Edad: 12.
Raza: N. Sexo: M. Fecha de recepción: 13 de marzo de 1983. Sospechoso(s): Ninguno. Prueba presentada por: Dr. Stedman.
Una botella de sangre y una botella de orina para comprobación de alcohol y droga.

RESULTADOS DEL EXAMEN

Sangre: 0,96 % etanol en pesovolumen. Orina: 0,08 % etanol en pesovolumen.
Sangre y orina: Negativo con respecto a cantidades importantes de cianuro y fluoruro; negativo con respecto a barbituratos, carbamatos, hidantoínas, glutarímidos y otras drogas hipnótico-sedantes. Negativo con respecto a anfetaminas, antihistaminas, fenciclidina, benzodiacepinas. Negativo con respecto a narcóticos y analgésicos naturales y sintéticos. Negativo con respecto a antidepresivos tricíclicos y monóxido de carbono. Negativo con respecto a metales pesados. Positivo en el hallazgo de cloruro de succinilcolina, 18 miligramos.

SAMUEL HIRSCHBERG, lexicólogo, doctor en Medicina





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Existe una doctrina escrita en secreto que dice que el hombre es un prisionero que no tiene el derecho de abrir la puerta y huir; éste es un misterio que yo no acabo de comprender. Sin embargo, también creo que los dioses son nuestros guardianes, y que nosotros, los hombres, somos posesión suya.

Kinderman pensó en el fragmento de Platón. ¿Cómo podía evitarlo? Estaba presente en este caso,
—¿Qué significa? —Kinderman preguntaba a los otros—. ¿Cómo puede ser esto?
Estaban sentados alrededor de una mesa escritorio en medio de la sala de patrullas. Estaban presentes Kinderman, Atkins, Stedman y Ryan. Kinderman necesitaba actividad a su alrededor, el ajetreo constante de un mundo en donde reinaba el orden y el suelo no se desvanecería debajo de sus pies. Necesitaba la luz.
—Bueno, naturalmente no es una identificación positiva —dijo Ryan.
Se rascó un músculo del antebrazo. Igual que Stedman y Atkins, trabajaba en mangas de camisa; la habitación estaba sobrecalentada. Ryan se encogió de hombros.
—El cabello nunca es definitivo en eso, todos lo sabemos. Sin embargo...
—Sí, sin embargo —dijo Kinderman como un eco—. Sin embargo...
La médula de los cabellos era idéntica en su espesor, y la forma, medida y longitud de cada unidad de las escamas de las cutículas eran exactamente iguales en ambas muestras. Los cabellos que se habían arrancado de las manos de Kintry, presentaban unas raíces redondas y frescas, que hacían suponer una lucha.
Kinderman sacudió la cabeza.
—No puede ser —dijo—. Es farblundjet.
Miró la fotografía que habían tomado a la mujer, y después contempló la taza de té que tenía en la mano. Apretó con un dedo la rodaja de limón, sacudiendo y removiendo un poco. Todavía llevaba puesta la chaqueta.
—¿Qué le mató? —preguntó.
—El shock —respondió Stedman—. Y una asfixia lenta. —Todos le miraron—. Se le inyectó una droga llamada succinilcolina. Diez miligramos por cada cien kilogramos corporales causa parálisis instantánea —explicó—. Kintry tenía dentro casi veinte miligramos. No habría podido moverse ni respirar y, después de aproximadamente unos minutos, no podría respirar. La droga ataca el sistema respiratorio.
Descendió sobre ellos un cono de silencio, aislándoles del resto de la sala, del parloteo ruidoso de los hombres y del sonido de las máquinas.
Kinderman los oía pero los sonidos eran apagados y lejanos, plegarias olvidadas.
—¿Para qué «se usa —preguntó Kinderman— este... cómo lo has llamado?
—Succinilcolina.
—Te gusta pronunciar eso, ¿verdad, Stedman?
—Básicamente es un relajante muscular —explicó Stedman—. Se utiliza para anestesiar. Se usa, principalmente, en terapia de electrochoque.
Kinderman asintió.
—Podría señalar —añadió el patólogo— que la droga casi no deja margen para el error. Para conseguir el efecto que deseaba, el criminal tuvo que saber lo que hacía.
—Así que debía ser un médico —dijo Kinderman—. Quizás un anestesista. ¿Quién sabe? Alguien con calificación médica, ¿no es así? Y con acceso a esa droga, se llame como se llame. Incidentalmente, ¿encontramos nosotros alguna jeringuilla hipodérmica en el escenario del crimen o, como de costumbre, sólo alguno de esos premios «Crackerjack» que los niños ricos tiran continuamente?
—No encontramos ninguna jeringuilla —respondió Ryan con estoicismo.
—Encaja —suspiró Kinderman.
La búsqueda en el lugar del crimen les había proporcionado muy poco. Cierto, la maza llevaba las marcas del golpeteo con los clavos; pero únicamente se habían hallado huellas borrosas, y las pruebas de antígeno sanguíneo de saliva en las colillas de cigarrillo demostraban que el fumador tenía sangre del tipo O, el más común. Kinderman vio que Stedman consultaba su reloj de pulsera.
—Stedman, vete a casa —ordenó—. Y tú también, Ryan. Idos. Vamos. Marchaos a casa con vuestras familias y hablad de los judíos.
Se intercambiaron trivialidades de despedida y Ryan y Stedman escaparon hacia las calles sin nada más en sus mentes que la cena y el tráfico. Mientras Kinderman les contemplaba, la sala de patrulla revivió nuevamente para él, como si hubiera sido tocada por sus pensamientos ordinarios. Oyó sonar los teléfonos, a los hombres que gritaban; después cruzaron la puerta y los ruidos terminaron.
Atkins estuvo contemplando a Kinderman mientras éste sorbía su té, perdido en sus pensamientos; le vio cómo sacaba de dentro de la taza la rodaja de limón y la exprimía; después la dejó caer en la taza.
—Todo eso sobre los periódicos, Atkins —dijo distraídamente.
Alzó la mirada y se enfrentó con la firme mirada de Atkins.
—Ha de haber algún error, teniente. Ha de haberlo. Ha de existir alguna explicación. Lo comprobaré otra vez mañana en el Post.
Kinderman volvió la mirada hacia su té y sacudió la cabeza.
—No servirá de nada. No encontrarás nada. Me produce frío en el cerebro. Algo terrible está mofándose de nosotros, Atkins. No encontrarás nada. —Bebió nuevamente té y murmuró después—: Cloruro de succinilcolina. La cantidad exacta.
—¿Y qué hay de la anciana, teniente? Nadie la ha reclamado todavía. En sus ropas no se ha encontrado ninguna huella de sangre.
Kinderman le miró, animado de repente.
—¿Sabes algo de la avispa cazadora, Atkins? No, no lo sabes. No es conocida. No es corriente. Pero esta avispa es increíble. Un misterio. Para comenzar, su tiempo de vida sólo es de dos meses. Un tiempo corto. No importa, sin embargo, mientras sea provechosa. De acuerdo, sale de un huevo. Es un bebé, es graciosa, una avispa pequeña. Al cabo de un mes ya ha crecido del todo y tiene huevos propios. Y ahora, de pronto, los huevos necesitan alimentos, pero de un tipo especial, y sólo de una clase: un insecto vivo, Atkins. Digamos, por ejemplo, una cigarra; sí, las cigarras serían buenas. Tomemos, por ejemplo, a las cigarras. Ahora la avispa cazadora se lo imagina todo. Quién sabe cómo... Es un misterio. Olvídalo. No importa. Pero el alimento ha de estar vivo; la putrefacción sería fatal para el huevo y para la larva, y una cigarra viva y normal aplastaría el huevo o quizá se lo comería. De modo que la avispa no puede echar una red sobre un grupo de cigarras y después darlas a los huevos y decir: «Ea, ahí tenéis vuestra comida». ¿Creías que la vida era fácil para las avispas cazadoras, Atkins? ¿Sólo volar e ir clavando el aguijón todo el día, aleteando alegremente? No, no es tan fácil. De ninguna manera. Tienen problemas. Pero si la avispa, simplemente, puede paralizar a la cigarra, el problema está solucionado y la cena en la mesa. Pero, para hacerlo, ha de planear exactamente dónde clavar el aguijón a la cigarra, lo que supone un conocimiento total de la anatomía de la cigarra. Atkins, las cigarras están totalmente cubiertas por su coraza, esas escamas y, además, ha de calcular exactamente cuánto veneno ha de inyectar o, de otro modo, nuestra amiga la cigarra huirá o se morirá. La avispa necesita todo este conocimiento médico-quirúrgico. No te deprimas, Atkins. Es verdad. Todo va bien. Todas las avispas cazadoras del mundo, en este momento mismo mientras estamos sentados aquí, están cantando «No llores por mí, Argentina», y continúan paralizando insectos por todo el país. ¿No resulta asombroso? ¿Cómo puede ser eso?
—Bueno, es por instinto —explicó Atkins, sabiendo lo que Kinderman quería oír.
Kinderman se enfureció.
—Atkins, nunca digas «instinto», y te daré mi palabra de honor de que yo nunca diré «parámetros». ¿Podríamos encontrar un medio de vida?
—¿Y qué hay de «instintivo»?
—También verboten. Instinto. ¿Qué es el instinto? ¿Es que un nombre explica algo? Alguien te dice que hoy el sol no apareció en Cuba y tú respondes: «No importa, ¿es que hoy es el Día-En-Que-El-Sol-No-Sale-En-Cuba?» ¿Eso lo explica? Dale una etiqueta y ya tienes las cortinas para los milagros, ¿no es cierto? Deja que te diga algo: a mí tampoco me impresionan palabras como «gravedad». Desacuerdo, todo eso es totalmente otra cuestión. Entretanto, volvamos a la avispa cazadora, Atkins. Es asombrosa. Es parte de mi teoría.
—¿Su teoría del caso? —le preguntó Atkins.
—No sé. Podría ser. Quizá no. Es hablar por hablar. No, otro caso, Atkins. Algo mayor. —Hizo un ademán global—. Todo está relacionado. En cuanto a la anciana, entretanto...
Su voz se fue apagando y se oyó el rumor distante de un trueno. Miró por la ventana que una ligera llovizna comenzaba a salpicar en contactos vacilantes. Atkins se agitó en su silla.
—La anciana —suspiró Kinderman, con la mirada vaga—. Ella nos está adentrando en su misterio, Atkins. Yo dudo en seguirla. De veras.
Continuó pensativo durante algún tiempo. Después, bruscamente aplastó su vaso vacío y lo arrojó lejos. Cayó en la papelera, cerca del escritorio. Kinderman se levantó.
—Ve a visitar a tu enamorada, Atkins. Mascad goma y bebed limonada. Preparaos chocolate. En cuanto a mí, yo me voy. Adieu.
Pero durante unos instantes permaneció allí, mirando a su alrededor.
—Teniente, lo lleva usted puesto —dijo Atkins.
Kinderman se tocó el ala de su sombrero.
—Sí, es verdad. Cierto. Buena observación. Bien dicho.
Kinderman continuó ensimismado junto al escritorio.
—Nunca confíes en los hechos —jadeó—. Los hechos nos odian. Huelen mal. Odian a los hombres y odian la verdad.
Bruscamente, se volvió y se alejó vacilante.
Al cabo de un momento estaba de regreso buscando algún libro en los bolsillos de su abrigo.
—Una cosa más —le dijo a Atkins. El sargento se levantó—. Sólo un minuto. —Kinderman miró entre los libros, y después murmuró—: ¡Aja!
De entre las páginas de una obra de Teilhard de Chardin extrajo una nota que estaba escrita en el dorso de un envoltorio de caramelo. La sostuvo junto a su pecho.
—No mires —pidió con severidad a Atkins.
—No estoy mirando —respondió Atkins.
—Bueno, no lo hagas.
Kinderman, reservadamente, sostuvo en alto la nota y comenzó a leer: «Otro fundamento que confirma la existencia de Dios, relacionado con la razón y no con los sentimientos, es la dificultad extrema, 0 la casi imposibilidad de concebir este Universo inmenso y maravilloso como el resultado de una casualidad o necesidad ciega.»
Kinderman se acercó la nota al pecho y alzó la mirada:
—¿Quién escribió eso, Atkins?
—Usted.
—Los exámenes para teniente no serán hasta el próximo año. Adivine de nuevo.
—No lo sé.
—Charles Darwin —dijo Kinderman—. El origen de las especies.
Y tras decir eso, se metió la nota en el bolsillo y se marchó.
Regresó de nuevo.
—Algo más —le dijo a Atkins.
Se acercó a Atkins, su nariz a unos centímetros de distancia de la del sargento, las manos metidas en las profundidades de los bolsillos de su abrigo.
—¿Qué significa Lucifer?
—Portador de Luz.
—¿Y de qué está hecho el Universo?
—De energía.
—¿Cuál es la forma más común de la energía?
—La luz.
—Lo sé.
Y, tras eso, el detective se alejó, caminando incierto, con lentitud, por la sala de patrullas y bajó la escalera.
No regresó.

La mujer policía Jourdan estaba sentada en un rincón de la habitación del hospital. La anciana estaba bañada en los espectrales rayos de una luz ambarina de la lamparilla nocturna sobre su cama. Yacía inmóvil y silenciosa, con los brazos en los costados, y sus ojos miraban fijamente, sin expresión, perdidos en sus sueños. Jourdan podía oír su respiración regular, eso y el ruido persistente de la lluvia en la ventana. La mujer policía se agitó en su butaca, acomodándose. Cerró sus ojos soñolientos. Y entonces, de pronto, los abrió. En la habitación se oía un ruido extraño. Algo tintineaba y crujía. Era un sonido débil. Inquieta, Jourdan escudriñó la habitación y no supo que estaba asustada hasta que, instintivamente, suspiró aliviada al descubrir que el sonido lo habían causado unos cubitos de hielo que se descongelaban en un vaso junto a la cama.
Vio que se abría la puerta. Era Kinderman. Entró con suavidad en la habitación.
—Tome un respiro —le dijo a Jourdan.
Sintiéndose agradecida, la mujer se fue.
Kinderman estuvo contemplando a la mujer anciana durante un rato. Después se quitó el sombrero.
—¿Te encuentras bien, querida? —le preguntó con gentileza.
La anciana no respondió. Entonces, bruscamente, sus brazos se alzaron y sus manos trazaron los misteriosos movimientos simétricos que Kinderman había visto en la Casa del Embarcadero del Potomac. Cuidadosamente, Kinderman cogió una silla y la colocó con suavidad junto a la cama. Le llegó el olor del desinfectante. Se sentó en la silla y comenzó a observar con intensidad. Los movimientos tenían un significado. ¿Cuál era su significado? Las manos producían sombras en la pared opuesta, negros jeroglíficos arañiles, como un código. Kinderman estudió el rostro de la mujer. Tenía cierta expresión de santidad y en sus ojos se reflejaba algo extraño parecido a un anhelo.
Durante casi una hora Kinderman permaneció allí, en esa media luz extraña, con el sonido de la lluvia y su respiración y sus pensamientos. En un tiempo, meditó acerca de los quarks y los rumores de la física, respecto de que la materia no era una cosa, sino, simplemente, procesos en un mundo de sombras engañosas e ilusiones, un mundo en el que se decía que los neutrinos eran espíritus, y los electrones podían retroceder en el tiempo. Mira directamente a las estrellas más débiles y se desvanecerán —pensó Kinderman—, su luz sólo entra una vez por los conos de los ojos; pero mira a su alrededor y las verás: su luz proyecta rayos. Kinderman presintió que, en este nuevo universo extraño, él debía mirar a un costado para resolver su caso. Rechazaba que la anciana estuviera involucrada en el crimen; y, sin embargo, de alguna manera que Kinderman no podía aclarar, ella, en cierto modo, lo personificaba. Este instinto era enigmático y, sin embargo, vigoroso, cada vez que Kinderman reflexionaba separando los hechos.
Cuando cesaron, finalmente, los movimientos de la anciana, el detective se levantó y miró hacia la cama. Sostenía el sombrero con ambas manos, por las alas, y dijo:
—Buenas noches, señorita. Siento haberla molestado.
Después, salió de la habitación.
Jourdan estaba fumando en el vestíbulo. El detective se acercó a ella y estudió su cara. Parecía inquieta.
—¿Ha hablado? —le preguntó.
La mujer exhaló humo y negó con la cabeza.
—No. No ha hablado.
—¿Comió algo?
—Sí, cereales. Sopa caliente.
La mujer sacudió una ceniza inexistente.
—Pareces inquieta —le dijo Kinderman.
—No sé. Me pongo algo nerviosa ahí dentro. No hay motivo. Es sólo un presentimiento. —Se encogió de hombros—. No sé por qué...
—Estás muy cansada. Anda, vete a casa —le pidió el detective—. Hay enfermeras...
—No importa, no quisiera dejarla. Es tan patética. —Sacudió otra ceniza y sus ojos se movieron nerviosos—. Sí, supongo que, pese a todo, estoy bastante cansada. ¿Cree usted que debería de veras marcharme?
—Te has portado a las mil maravillas. Ahora vete a casa.
Jourdan pareció aliviada.
—Gracias, teniente. Buenas noches.
Se volvió y se alejó con rapidez. Kinderman estuvo contemplándola. También ella lo ha notado —pensó—, ha notado la misma cosa. ¿Pero qué? ¿Cuál es el problema? Esa anciana no lo hizo.
Kinderman contempló a una mujer de la limpieza, anciana, que se hallaba trabajando. En su cabeza llevaba una cinta sucia de color rojo. Fregaba el suelo. Es una mujer de la limpieza que friega el suelo —pensó—, eso es todo.
De nuevo en contacto con la normalidad, se fue a casa. Anhelaba su cama.
Mary estaba esperándole en la cocina. Se sentaba a la pequeña mesa de arce, envuelta en una bata de lana color azul pálido. Mary tenía un rostro obstinado y ojos maliciosos.
—Hola Bill. Pareces cansado —dijo.
—Me estoy cayendo de sueño.
La besó en la frente y se sentó.
—¿Tienes hambre? —le preguntó.
—No mucha.
—Hay un poco de carne.
—¿No será la carpa?
Mary se echó a reír.
—¿Cómo te ha ido el día? —le preguntó.
—Buenos momentos, como de costumbre, un juego.
Mary sabía lo de Kintry. Lo había oído en las noticias. Pero hacía años habían acordado que el trabajo de Kinderman nunca debía penetrar en la paz de su hogar, por lo menos no como tema de conversación. Las llamadas telefónicas nocturnas no podían evitarse.
—Así, pues, ¿qué hay de nuevo? ¿Cómo estaba Richmond? —preguntó él.
Ella hizo una mueca.
—Desayunamos allí, algo tarde, huevos revueltos y jamón, y los trajeron con porciones de cáscara, y mamá voceó allí mismo en el mostrador «estos judíos están locos».
—¿Y dónde está ella, nuestra venerable mavin de los fondos del río?
—Duerme.
—Gracias a Dios.
—Bill, sé amable. Puede oírte.
—¿En su sueño? Sí, naturalmente, amorcito. El Fantasma de la Bañera está siempre vigilando. Ella sabe que yo podría hacer algo realmente alocado con ese pez. Mary, ¿cuándo vamos a comernos esa carpa? Te hablo muy en serio.
—Mañana.
—De modo que esta noche me quedo otra vez sin baño, no?
—Puedes ducharte.
—Yo quiero un baño con montones de burbujas. ¿Crees que a la carpa le importarían algunas burbujas? Estoy dispuesto a negociar un acercamiento. Incidentalmente, ¿dónde está Julia?
—En su clase de danza.
—¿Clase de danza durante la noche?
—Bill, sólo son las ocho de la noche.
—Debería danzar de día. Es mejor.
—¿Mejor cómo?
—Fuera hay más luz. Es mejor. Podrá ver sus zapatos de punta. Únicamente los goyim danzan bien en la oscuridad. Los judíos tropiezan. No les gusta.
—Bill, tengo algunas novedades que espero no te enfurezcan.
—Vaya, la carpa ha tenido quintillizos...
—Por ahí. Julie quiere cambiarse su apellido por Febré.
El detective quedó perplejo.
—No hablas en serio.
—Hablo en serio.
—No, estás bromeando.
—Afirma que sería mejor para su imagen como danzarina.
Kinderman dijo atonalmente:
—Julie Febré.
—¿Por qué no?
Kinderman respondió:
—Los judíos son farmischt, no Febré. ¿Es esto lo que resulta de todo este jaleo que vemos en nuestra cultura? Lo siguiente será que el doctor Bernie Feinerman le deje respingona la nariz para estar de acuerdo con su nombre, y después de eso será la Biblia y el Libro de Febré, y en el Arca no habrá nada que se parezca a un ñu, únicamente animales de corte limpio llamados Melodía o Tab, todos ellos WASP de Dubuque [White, Anglo-Saxon, Protestan!. Teoría racista que desearía que todos los estadounidenses fuesen blancos, anglosajones y protestantes. (N. del T.)]. Algún día encontrarán los restos del Arca en los Hamptons. Deberíamos agradecer a Dios que el Faraón no esté aquí, ese goniff... En ese caso, se estaría riendo ahora mismo en nuestras barbas.
Mary dijo:
—Las cosas podrían ir peor.
Él respondió:
—Es posible.
—¿Se detiene el Arca en Richmond?
Kinderman estaba mirando al vacío.
—Lo salmos de Lance —dijo—. Me estoy ahogando.
Suspiró y dejó caer la cabeza sobre el pecho.
—Querido, vete a la cama, por favor —dijo Mary—. Estás agotado.
Él asintió.
—Sí. Estoy cansado. —Se levantó, se acercó a ella y la besó en la mejilla—. Buenas noches, cariño.
—Buenas noches, Bill. Te quiero.
—Yo también te quiero.
Subió la escalera y, al cabo de pocos minutos, estaba dormido.
Soñó. Al principio, sobrevolaba lugares campestres, resplandecientes, de colores brillantes; después eran pueblos y, más tarde ciudades, que de pronto se convirtieron en extraños y vulgares. Tenían el aspecto que debían tener, pero de alguna manera resultaban raros, y sabía que nunca podría describirlos. Como en cualquier otro sueño, Kinderman no tenía sensación de su cuerpo y, sin embargo, se sentía vigoroso y fuerte. Y el sueño era lúcido: él sabía que estaba dormido en su cama y que estaba soñando, y tenía un recuerdo total de los sucesos del día.
Bruscamente, se encontró de pie dentro de un edificio titánico construido de piedra. Sus paredes eran lisas y de un suave color rosa, que formaba una bóveda en un techo de sorprendente altura. Tuvo la sensación de hallarse en una inmensa catedral. Un gran espacio estaba lleno de camas semejantes a las que se encuentran en un hospital, estrechas y blancas, y había centenares de personas, posiblemente más, ocupadas en diversas actividades tranquilas. Algunas estaban sentadas o tumbadas en sus camas, mientras que otras deambulaban con sus pijamas o sus batas. La mayoría leían o hablaban, aunque un grupo de cinco de ellas cerca de Kinderman se reunían alrededor de una mesa y una especie de radiotransmisor. Sus rostros estaban alerta, y Kinderman pudo oír que una de ellas decía:
—¿Puede usted oírme?
Unos seres extraños paseaban por allí, hombres alados como ángeles con uniformes de médicos. Se movían entre las camas y las columnas de luz solar que se formaban a través de las ventanas circulares con cristales de colores. Parecían estar recetando o en tranquila conversación. El ambiente general era de paz.
Kinderman avanzó por entre las hileras de las camas que se extendían hasta donde él podía ver. Nadie notó su presencia, excepto, quizás, un ángel que volvió la cabeza y le miró con agrado cuando pasó junto a él y después volvió a su quehacer.
Kinderman vio a su hermano Max. Había sido estudiante de rabino durante muchos años, hasta su muerte en 1950. Como en los sueños corrientes, en donde los muertos nunca son vistos como tales, Kinderman se acercó sin prisas a Max, y se sentó junto a él en la cama.
—Me alegra verte, Max —le dijo. Y añadió—: Ahora los dos estamos soñando.
Su hermano movió con gravedad la cabeza y respondió:
—No, Bill. Yo no estoy soñando.
Y Kinderman recordó que Max estaba muerto. Junto a esta súbita realización, llegó la certeza absoluta de que Max no era una ilusión.
Kinderman le abrumó con preguntas sobre el más allá.
—¿Todas estas personas están muertas? —le preguntó.
Max asintió.
—Qué misterio —dijo.
—¿Dónde estamos? —preguntó Kinderman.
Max se encogió de hombros.
—No lo sé. No estoy seguro. Pero nosotros venimos aquí primero.
—Parece un hospital —observó Kinderman.
—Sí, todos nosotros somos tratados aquí —explicó Max.
—¿Sabes adonde vais después de esto?
Max repuso:
—No.
Continuaron hablando y, finalmente, Kinderman le preguntó abiertamente:
—¿Existe Dios, Max?
—No en el mundo de los sueños, Bill —respondió Max.
—¿Cuál es el mundo de los sueños, Max? ¿Es éste acaso?
—Es el mundo en donde meditamos nosotros mismos.
Cuando Kinderman le apremió para que aclarara su respuesta, las declaraciones de Max se hicieron vagas y confusas. En un momento dado explicó:
—Tenemos dos almas.
Después volvió a mostrarse dubitativo e incierto, y el sueño comenzó a desvanecerse por los costados, haciéndose más llano e insustancial hasta que, finalmente, Max fue sólo un fantasma que farfullaba palabras.
Kinderman se despertó y alzó la cabeza. A través de una rendija en las cortinas delante de una ventana vio la luz cobalto del amanecer. Dejó caer la cabeza nuevamente en la almohada y pensó en el sueño. ¿Qué significaba?
—Ángeles médicos —murmuró en voz alta.
Mary se agitó a su lado dormida. Kinderman se levantó con suavidad y abandonó la cama y entró en el cuarto de baño. Buscó a tientas el ligero interruptor y, cuando lo encontró, cerró la puerta y encendió la luz. Alzó el asiento del vaso del retrete y orinó. Al hacerlo echó una ojeada hacia la bañera. Vio a la carpa, que nadaba perezosamente, y desvió la mirada sacudiendo la cabeza.
—Momzer —murmuró.
Tiró de la cadena, descolgó su bata de un gancho de la puerta, apagó la luz y bajó la escalera.
Preparó un poco de té y se sentó a la mesa, perdido en pensamientos. ¿Era el sueño del futuro? ¿Un augurio de su muerte? Sacudió la cabeza. No, sus sueños del futuro tenían cierta configuración. Este sueño no la tenía. Este sueño no se parecía a ninguno de los que tuviera anteriormente. Le había afectado profundamente.
—No en el mundo de los sueños —murmuró—. Dos almas. Es el mundo en donde meditamos nosotros mismos.
«¿Sería el sueño su subconsciente y que le proporcionaba pistas al problema del dolor?», se preguntó. Quizá. Recordó Visiones, un ensayo de Jung, que describía el roce del psiquiatra con la muerte. Había estado hospitalizado y en coma cuando, de pronto, se encontró fuera de su cuerpo y a la deriva a muchos kilómetros por encima del planeta. Cuando estaba a punto de entrar en un templo flotante en el espacio, percibió vagamente la forma de su médico en su forma arquetipo, la de un basileo de Kos. El médico le reprendió y le exigió que retornase a su cuerpo para poder terminar su trabajo en la tierra. Un instante después, Jung estaba despierto en su cama del hospital. Su primera emoción fue la de inquietud por su médico, porque se le había aparecido en su forma arquetipo; ciertamente, su médico cayó enfermo algunas semanas después y murió al poco tiempo. Pero las emociones dominantes que Jung había sentido —y continuó sintiendo durante los seis meses siguientes— eran de depresión y de rabia por haber vuelto a un cuerpo y a un Universo que ahora él percibía como «cajas». «¿Cuál era la respuesta?», se preguntó Kinderman. ¿Sería acaso el Universo tridimensional una construcción artificial diseñada para encontrar solución a unos problemas específicos que no podrían ser solucionados de ninguna otra manera? ¿Es que el problema de la maldad en el mundo era intencionado? ¿Se colocaría el alma en un cuerpo como los hombres se ponían un traje de inmersión para entrar en el océano y trabajar en las profundidades de un mundo extraño? ¿Escogíamos nosotros quizás el dolor que sufríamos inocentemente?
Kinderman se preguntó si un hombre podía ser hombre sin dolor, o por lo menos la posibilidad de dolor. ¿No quedaría quizá limitado a ser un oso panda jugador de ajedrez? ¿Podría haber honor, valentía o bondad? Un dios que fuese bueno no podía evitar su intervención para aliviar el grito de un niño que sufría. Sin embargo, Él no lo hacía. Él miraba hacia delante. ¿Sería eso porque el hombre le había pedido que mirase al frente? ¿Porque el hombre había escogido, deliberadamente, el crisol para poder ser hombre antes de que comenzara el tiempo y los ardientes firmamentos hubieran sido esparcidos?
Un hospital. Médicos ángeles.
Sí, todos nosotros somos tratados aquí. Naturalmente —pensó Kinderman—. Encaja. Después de la vida hay una semana en la Puerta Dorada. Quizá también alguna Florida. No haría ningún mal.
Kinderman acarició durante un rato sus pensamientos, y decidió que la teoría del sueño se derrumbaba si la confrontaba con el sufrimiento de los animales mayores. La bestia más salvaje ciertamente no había escogido el sufrimiento, y el perro más leal no tenía vida futura. Pero ahí hay algo —pensó—; está cerca. Necesitaba un salto final, sorprendente, para que todo tuviera sentido y conservara la bondad de Dios. Estaba seguro de que se hallaba cerca de descubrirlo.
Pasos en la escalera, rápidos y ligeros. Kinderman miró a un lado e hizo una mueca. Los pasos se aproximaron cautamente a la mesa. Kinderman alzó la mirada. La madre de Mary estaba de pie, dominándole. Tenía ochenta años, era bajita y su cabello plateado aparecía recogido en un moño. Kinderman la observó. Hasta entonces nunca había visto una bata de color negro.
—No sabía que estuvieras levantado —dijo ella reservada.
Toda su cara aparecía fruncida.
—Estoy levantado —dijo Kinderman—. Eso es un hecho.
Ella pareció estar reflexionando lo dicho durante unos momentos. Después se acercó al fogón y dijo:
—Voy a prepararte un poco de té.
—Ya tengo.
—Pues tendrás más.
Bruscamente, ella se acercó inclinándose y miró su taza, dirigiéndole después una mirada como la que Dios debió lanzar a Caín después de haberle sido comunicadas las noticias.
—Está frío —dijo—. Yo lo prepararé caliente.
Kinderman miró su reloj. Casi las siete. «¿Qué había sucedido con el tiempo?», se pregunto.
—¿Cómo estaba Richmond? —preguntó.
—Todo schvartzers. No me obligues a ir allí nunca más.
Puso una tetera al fuego, con vigor, y comenzó a murmurar en yiddish. Sonó un teléfono que había en la mesilla de desayuno.
—Déjalo, yo lo cogeré —dijo la madre de Mary. Se movió con rapidez y cogió el auricular. Dijo—: ¿Si?
Kinderman la observó mientras ella escuchaba y, después, apartó el aparato con un murmullo de desprecio.
—Es para ti. Alguno de tus amigos gángsteres.
Kinderman suspiró. Se levantó y cogió el auricular.
—Kinderman —susurró con cansancio.
Escuchó. Su expresión quedó rígida.
—Estaré ahí en seguida —repuso.
Y colgó.
En la misa de las seis treinta en la iglesia de la Santísima Trinidad, habían asesinado a un sacerdote católico. Le habían decapitado en el confesionario mientras escuchaba una confesión.
Nadie en el escenario del crimen tenía la menor idea sobre quién pudo haberlo hecho.





LUNES, 14 DE MARZO









6


La existencia de vida en la Tierra dependía de una determinada presión de la atmósfera. Esta presión, a su vez, dependía de la acción constante de unas fuerzas físicas que, a su vez, dependían de la posición de la Tierra en el espacio que, a su vez, dependía de una determinada constitución del Universo. «¿Y qué causaba eso?», se preguntó Kinderman.
—¿Teniente?
—Estoy con usted, Horatio Hornblower. ¿Cuál es nuestra presente situación?
—Nadie vio nada anormal —explicó Atkins—. ¿Podemos dejar marcharse a los feligreses?
Kinderman estaba sentado en un banco de la iglesia cerca del lugar del crimen, uno de los confesonarios de atrás. Habían cerrado la puerta del confesionario, pero la sangre todavía se escurría por el pasillo, en donde se dividía en varios charcos, indiferentemente, mientras el personal policial del laboratorio se movía alrededor. Se habían cerrado con llave todas las puertas de la iglesia de la Santísima Trinidad y, en cada puerta, se veía a un santo uniformado. Se había permitido la entrada al rector de la iglesia y Kinderman le vio que escuchaba a Stedman. Ambos estaban de pie, cerca del lado izquierdo del altar de la iglesia delante de una imagen de la Virgen María. El anciano sacerdote asentía de vez en cuando, Y se mordía el labio inferior. Su rostro expresaba una contenida angustia.
—Sí, de acuerdo, déjales marchar —le dijo el detective a Atkins—. Que se queden los cuatro testigos. Tengo una idea.
Atkins asintió, y buscó después alguna prominencia desde donde poder anunciar que podían marcharse los pocos fieles que todavía permanecían en la iglesia. Se decidió por el altillo del coro y se encaminó en esa dirección.
Kinderman volvió a sumirse en sus pensamientos. ¿Era eterno el Universo? Podría ser. ¿Quién sabe? Un dentista inmortal podría estar haciendo empastes por toda la eternidad. ¿Pero, qué era lo que ahora sostenía el Universo? ¿Era quizás el Universo la causa de su propia constitución? ¿Importaría si los eslabones de la cadena de causalidades se prolongaran indefinidamente? No ayudaría —concluyó el detective. Imaginó un tren de mercancías cargando vestidos para «Abraham and Strauss» desde la pequeña fábrica de municiones cerca de Cleveland donde él siempre había imaginado que se fabricaban. Cada vagón de carga era arrastrado por el que le precedía. Ninguno podía moverse por sí mismo. Procediendo hasta el infinito en vagones no se concedería a ninguno de ellos aquello de que carecía, que era el movimiento. Infinidad cero veces era igual a cero. El tren no podría moverse a menos que fuese tirado por una locomotora, algo que era totalmente diferente a un vagón de tren. Motor Principal Inmóvil. Causa Primera Sin Causa. «¿Era eso una contradicción?», se preguntó Kinderman. Si todo había de tener una causa, ¿por qué no Dios? El detective estaba, simplemente, haciendo un ejercicio, y se respondió de inmediato que el principio de la causalidad derivaba de la observación del universo material, una especie singular de material. ¿Era esa materia el único ropaje en el colgador de la posibilidad? ¿Por qué no otra clase de materia distinta, una materia intemporal, fuera del espacio y de la materia? ¿Cree la tetera que lo es todo?
—Estaba pensado, teniente...
Kinderman se volvió para mirar a Ryan.
—¿Quieres que llame a «United Press» o debería conservar este milagro confinado a la iglesia?
—Deberíamos tomar algunas huellas de esos paneles corredizos de dentro del confesionario.
—¿Para qué otra cosa he convocado esta reunión? Busca huellas en la parte exterior de los paneles, y también en la parte interior, especialmente esos pequeños tiradores de metal que tienen.
—Todo lo que conseguiría del interior son las huellas digitales del sacerdote —dijo Ryan—. ¿De qué serviría?
—Estoy pasando el tiempo. El departamento me ha puesto a trabajar a base de un salario hora. Vigila tu instalación y no me hagas preguntas ridículas.
Ryan se mantuvo firme.
—No entiendo que las huellas del sacerdote tuvieran nada que ver con esto.
—Entonces, compórtate con fe. Éste es el lugar indicado.
—De acuerdo —respondió Ryan.
Se alejó, y con él se fue el respiro de Kinderman de su enfermiza sensación, el sentimiento de desesperación que se formaba dentro de él. Retornó a la lucha de reagrupar sus creencias. Sí, éste es d lugar —pensó—. Y el momento. Oyó las pisadas de los feligreses que abandonaban la iglesia y salían a la luz diurna de las calles vulgares.
Un astronauta norteamericano aterriza en Marte —pensó—, y en su superficie descubre una máquina fotográfica. ¿Cómo puede explicarse esa presencia allí? Podría pensar que él no había sido el primero en llegar, adivinó. No los rusos. Es una «Nikon». Demasiado cara. Pero quizás había habido un aterrizaje de alguna otra nación, o incluso, posiblemente, de seres extraños que primero habían visitado el planeta Tierra y se habían llevado a bordo la máquina para estudiarla. Podría pensar que su Gobierno le había mentido, había enviado algún otro norteamericano antes que él. Incluso podría concluir que tenía alucinaciones, o que estaba soñándolo todo. Pero una cosa seguro que no haría, Kinderman lo sabía bien: sería pensar que, puesto que Marte había sido bombardeada con meteoritos y chamuscada por erupciones volcánicas, era razonable pensar que, durante muchos miles de millones de años, casi todas las combinaciones imaginables de materiales podían haber ocurrido, y que la máquina de fotografiar era una de estas combinaciones al azar. Le dirían que estaba totalmente meshugge por efectos de exposición a algún tipo de rayo cósmico, y después le confinarían en una clínica especial con una bolsa llena de matzohs y una chapa de Cadete Espacial. Obturador, lente, regulador de velocidad del obturador, diafragma, enfoque automático, exposición automática. ¿Podía semejante ingenio ser creado por casualidad?
En el ojo humano había decenas de millones de conexiones eléctricas, las cuales podían manejar dos millones de mensajes simultáneos y, sin embargo, ver sólo la luz de un fotón.
Se encuentra en Marte un ojo humano.
El cerebro humano, casi kilo y medio de tejido, sostenía más de cien mil millones de células cerebrales y quinientos mil billones de conexiones sinápticas. Soñaba, escribía música y las ecuaciones de Einstein, creaba el lenguaje y la geometría y los motores que llegaban a las estrellas, y acunaba a una madre dormida durante la tempestad mientras la despertaba el menor grito de su bebé. Un ordenador que podía manejar todas sus funciones cubriría la superficie de la Tierra.
Es encontrado en Marte un cerebro humano.
El cerebro podía detectar una unidad de mercaptán entre cincuenta mil millones de unidades de aire, y si el oído humano fuese más sensible, oiría a las moléculas del aire en colisión. Las células de la sangre se alineaban de una en una cuando se enfrentaban con el estrechamiento de una venilla diminuta, y las células del corazón palpitaban a ritmo diferente hasta que entraban en contacto con otra célula. Cuando se tocaban, comenzaban a palpitar como una sola.
Es encontrado en Marte un cuerpo humano.
«Los centenares de millones de años de evolución, desde el paramecio al hombre, no solucionaron el misterio», pensó Kinderman. El misterio era la propia evolución. La tendencia básica de la materia era hacia una total desorganización, hacia un espacio final de total aventura de la que el Universo nunca se recuperaría. En cada instante sus relaciones se desanudaban, y se arrojaba de cabeza al vacío en un inquietante desparramamiento de sí mismo, impaciente por la muerte de sus soles que se enfriaban. Y, sin embargo, aquí había evolución, pensó Kinderman maravillado, un huracán que apilaba las pajas formando gavillas, bultos de una complejidad siempre creciente que negaban la naturaleza de su materia. La evolución era un teorema escrito en una hoja que flotaba en la dirección opuesta del río. Un Diseñador estaba trabajando. ¿Y qué otra cosa entonces? Es todo lo sencillo que puede ser. Cuando un hombre oye sonido de cascos en Central Park, no debería mirar a su alrededor en busca de cebras.
—Hemos despejado la iglesia, teniente.
La mirada de Kinderman se dirigió a Atkins, y después miró el confesionario con el cuerpo del sacerdote todavía en su interior.
—¿Lo hemos hecho, Atkins? ¿Realmente lo hemos hecho?
Ryan estaba echando polvo en los paneles exteriores y Kinderman estuvo contemplándole un momento, mientras sus párpados comenzaban, gradualmente, a cerrarse.
—También en la parte interior —dijo—. No lo olvides.
—No lo olvidaré —murmuró Ryan.
—Fantástico.
Kinderman se alzó pesadamente con un suspiro y, después, siguió a Atkins hasta otro confesionario en la parte de atrás y a la derecha de las puertas. Sentadas en los dos últimos bancos de la iglesia, se encontraban las personas que Atkins había retenido. Kinderman se detuvo para observarlas. Richard Coleman, un abogado cuarentón, trabajaba en la oficina del fiscal general. Susan Volpe, una atractiva joven de veintidós años, era estudiante de la Universidad de Georgetown. George Paterno era entrenador de rugby en el «Instituto Bullís» de Maryland. Era bajo y de complexión robusta, y Kinderman calculó que estaría en la treintena. Junto a él se hallaba sentado un hombre bien vestido, cincuentón. Era Richard McCooey, un graduado de Georgetown, propietario del «1789», un restaurante a una manzana de distancia de la iglesia. Kinderman le conocía porque también era propietario de «The Tombs», un popular rathskeller [ Voz alemana. Restaurante o cantina en un sótano. (N. del T.] en donde el detective se había encontrado con frecuencia con un amigo que había muerto hacía muchos años.
—Una o dos preguntas más, por favor —dijo Kinderman—. Sólo tardaré un minuto. Abreviaré. Primero, el señor Paterno. Por favor, ¿querría usted entrar en el confesionario?
El confesionario estaba dividido en tres compartimientos distintos. En el del medio, en donde había una puerta, se sentaba el confesor en la oscuridad, quizá con un pequeño resplandor de luz filtrándose a través de la reja en el techo del confesionario. Los otros dos compartimientos, uno en cada lado del cubículo, estaban equipados con escabeles, y, también, una puerta. En cada lado había un panel corredizo. Cuando un penitente estaba haciendo su confesión, el sacerdote tenía el panel en la posición abierta. Terminada la confesión, el sacerdote cerraba el panel, y abría el del otro lado, en donde esperaba el otro penitente.
Aproximadamente a las seis y treinta y cinco minutos de aquella mañana, un hombre de unos veinte años, no identificado todavía, pero descrito como poseedor de ojos verde pálido, cabeza rapada y que llevaba un suéter grueso de color azul, cuello cisne, había salido de la parte izquierda del confesionario después de haber Permanecido allí mucho rato en confesión, y su lugar fue ocupado Por George Paterno. En aquel momento, el difunto, padre Kenneth Bermingham, en otro tiempo rector de la Universidad Georgetown, se había vuelto para confesar a un hombre en el compartimiento derecho, también no identificado, pero descrito como vistiendo pantalones blancos de paño y un anorak de lana negra con capucha. Al cabo de seis o siete minutos este hombre salió y su lugar fue ocupado por un hombre maduro que llevaba una bolsa de compra. Después, tras un período descrito como «prolongado», el anciano salió, al parecer sin haber realizado su confesión, teniendo en cuenta que Paterno estaba primero en su turno para confesarse; sin embargo, no se había visto salir a Paterno de su compartimiento. El lugar del viejo había sido tomado por McCooey, y ambos, él y Paterno, habían esperado en la oscuridad, y McCooey aseguraba que suponía que el sacerdote estaba ocupado con Paterno, mientras que la versión de Paterno era que él suponía que el hombre del anorak no había terminado. Fuese cual fuera la verdad de sus declaraciones, ni el turno de Volpe ni el de Coleman llegaron. Fue Coleman el que notó que por debajo de la puerta fluía sangre.
—¿Señor Paterno?
Paterno estaba arrodillado en el compartimiento izquierdo del penitente. Iba recobrando el color en lo que parecía ser una tez aceitunada oscura. Volvió a mirar a Kinderman y parpadeó.
—Mientras usted estaba en el confesionario —continuó el detective—, el hombre del anorak estaba en el otro lado, y después el hombre anciano y, a continuación, el señor McCooey. Y usted me ha dicho que oyó cómo se cerraba en algún momento el panel del lado opuesto. ¿Recuerda esto?
—Sí.
—Ha dicho que supuso que el hombre del anorak ya había terminado.
—Sí.
—¿Oyó que se abriera nuevamente el panel? ¿Como si el sacerdote hubiera olvidado algo que quería decirle a ese hombre?
—No, no lo oí.
Kinderman asintió, cerró después la puerta de Paterno pasando al interior del compartimiento del confesor y se sentó.
—Yo cerraré el panel en su lado —le dijo a Paterno—. Después de hacerlo, usted escuche con toda atención, por favor.
Cerró el panel en el lado de Paterno, y después, lentamente, abrió el panel corredizo del otro lado. Abrió de nuevo el panel de Paterno.
—¿Ha oído usted algo?
—No.
Kinderman consideró meticulosamente esta respuesta. Cuando
Paterno comenzaba a alzarse, le dijo:
—Permanezca donde está, por favor, señor Paterno.
Kinderman salió del confesionario y se arrodilló en el compartimiento del penitente de la derecha. Abrió el panel y miró a Paterno.
—Cierre su panel y después escuche otra vez —le instruyó.
Paterno cerró el panel. Kinderman metió la mano en el compartimiento del confesor, encontró el tirador con el dorso del panel, y lo hizo deslizarse y cerrarse tanto como pudo hasta que la muñeca le impidió seguir adelante. En este momento soltó el tirador de metal y, utilizando la presión de las puntas de sus dedos en la parte del panel a su lado, hizo que corriera el resto del camino hasta cerrarse con un golpe apagado.
Kinderman se levantó y se encaminó al compartimiento del penitente de la izquierda, en donde abrió la puerta y miró a Paterno.
—¿Ha oído usted algo? —le preguntó Kinderman.
—Sí. Usted cerró el panel.
—¿Sonó de igual manera que cuando esperaba que el sacerdote se acercara a su lado?
—Sí, exactamente igual.
—¿Exactamente igual?
—Sí, exactamente.
—Descríbalo, por favor.
—¿ Describirlo ?
—Sí, descríbalo. ¿Cómo fue el ruido?
Paterno parecía vacilar. Entonces dijo:
—Bueno, se desliza un poco, y después se detiene; entonces vuelve a deslizarse hasta que se cierra.
—¿Así, con una ligera vacilación en el deslizamiento?
—Justo, del modo en que usted lo hizo.
—¿Y cómo puede estar seguro de que se cerró por completo?
—Sonó un ruido seco al final. Perceptible.
—¿Quiere decir más alto de lo normal?
—Era alto.
—¿Más de lo normal?
—Sí. Muy alto.
—Entiendo. ¿Y no se preguntó usted por qué no le llegó el turno después de oír eso?
—¿Si me lo pregunté?
—Porque no le llegaba el turno...
—Supongo que lo haría.
—Y después que oyó ese ruido, ¿cuánto tiempo pasó antes de que se descubriera el cadáver?
—No puedo recordarlo.
—¿Cinco minutos?
—No sé.
—¿Diez minutos?
—No sé.
—¿Sería más de diez minutos?
—No estoy seguro.
Kinderman estuvo pensándolo un rato. A continuación preguntó:
—¿Oyó algún otro ruido o ruidos mientras estuvo ahí dentro?
—¿Quiere usted decir como de hablar?
—Los que fuesen.
—No, no oí hablar.
—¿Oye usted hablar algunas veces estando en el confesionario?
—Algunas veces. Pero sólo si es en voz alta, como algunas veces el acto de contrición al final.
—¿Pero esta vez no oyó usted nada?
—No.
—No oyó hablar.
—Ninguna voz.
—¿Ningún murmullo?
—Ninguno.
—Gracias. Puede usted volver ahora a sentarse.
Desviando su mirada de Kinderman, Paterno se levantó con rapidez del escabel y se sentó otra vez junto a los otros. Kinderman se les encaró. El abogado estaba mirando la hora en su reloj. El detective se dirigió a él.
—El viejo con su bolsa de compra, señor Coleman.
El abogado dijo:
—¿Sí?
—¿Cuánto tiempo diría usted que permaneció en el confesionario?
—Quizá siete u ocho minutos, aproximadamente. Quizá más.
—¿Se quedó el hombre en la iglesia al acabar de confesarse?
—No lo sé.
—¿Y usted, señorita Volpe, se dio cuenta?
La muchacha estaba impresionada todavía y le miró sin comprenderle.
—¿Señorita Volpe?
Sobrevolveda, la mujer dijo:
—¿Sí?
—El viejo con la bolsa de la compra, señorita Volpe. Después de confesarse, ¿se quedó en la iglesia o se marchó?
Ella le miró vagamente durante un momento, y después respondió:
—Quizá le vi marcharse. No estoy segura.
—No está usted segura.
—No, no lo estoy.
—Pero cree que el hombre debió marcharse.
—Sí, pudo marcharse.
—¿Había algo raro en su manera de comportarse?
—¿Raro?
—Señor Coleman, ¿había algo raro?
—Sólo parecía algo senil —explicó Coleman—. Pensé que eso sería lo que le había demorado tanto.
—Dijo usted que ese hombre tendría setenta y pico años.
—Por ahí andaría. Caminaba muy inseguro.
—¿Caminaba? ¿Hacia dónde caminaba?
—Hacia su asiento.
—Entonces se quedó en la iglesia —dijo Kinderman.
—No, no he dicho eso —dijo Coleman—. Se dirigió hacia su banco y quizá rezó su penitencia. Después de eso pudo marcharse.
—He sido corregido muy adecuadamente, abogado. Gracias.
—No tiene importancia.
En los ojos del abogado relucía un brillo de satisfacción.
—¿Y qué hay del hombre de la cabeza rapada y del hombre con el anorak? —añadió Kinderman—. ¿Puede alguno de ustedes decirme si se quedaron en la iglesia o si se marcharon?
No hubo respuesta.
Kinderman volvió su mirada hacia la chica.
—Señorita Volpe, acerca del hombre del anorak... ¿Parecía raro en algún aspecto?
—No —dijo Volpe—. Quiero decir, no me fijé mucho en él.
—¿No parecería preocupado?
—Estaba tranquilo. Estaba normal.
—Estaba normal.
—Así es. Se lamía un poco los labios, eso es todo.
—¿Se estaba lamiendo un poco los labios?
—Bueno..., sí.
Kinderman estuvo pensándolo un rato. Y añadió después:
—Eso es todo. Muchas gracias por el tiempo que me han dedicado. Sargento Atkins, acompáñeles. Y vuelva después. Es importante.
Atkins acompañó a los testigos hasta el agente de la puerta. Llegó allí en ocho pasos, pero Kinderman estuvo contemplándole con una preocupación ansiosa como si Atkins estuviera de viaje en dirección a Mozambique y no se hallase seguro de su regreso.
Atkins volvió y se quedó de cara al teniente.
—¿Y bien, señor?
—Una cosa más sobre la evolución. Insisten en decir que es casualidad, todo casualidad, y eso es sencillo. Miles de millones de peces estuvieron aleteando en las riberas y entonces llega un día en que uno de ellos, más listo, mira a su alrededor y dice: «Maravilloso. La playa de Miami. El Fontainebleau. Creo que voy a quedarme por aquí y respiraré.» De modo que, Dios es testigo, así se cuenta la leyenda de la Carpa Piltdown. Pero todo es un schmeckle. Si el pez respira en el aire, cae muerto, no hay supervivientes, y su vida de playboy ha terminado. Así que, bueno, ésa es la fábula en la mente popular. ¿La quieres mejor? ¿Científica? Aquí estoy yo para complacerte. La historia real es que esta caballa que llegó del frío no permanece en la orilla. Se limita a hacer un pequeño respiro, un pequeño jadeo, un pequeño intento y vuelve en seguida al océano, a Cuidados Intensivos tocando su banjo y cantando baladas sobre sus alegres momentos en la tierra. Sigue haciendo esto, y quizá puede respirar un ratito más. También definitivamente posible; o quizá no. Pero después de toda esta práctica, pone algunos huevos, y cuando muere deja un testamento diciendo que sus pequeños descendientes deberían intentar respirar sobre la tierra, y firma su última voluntad diciendo: «Haced esto por vuestro padre. Os quiere, Bernie.» Y ellos lo hacen. Y siguen haciéndolo, una y otra vez, quizá durante centenares de millones de años siguen intentándolo, y cada generación lo mejora un poco más porque toda esta práctica está llegando a sus genes. Y cuando, finalmente, uno de ellos, delgaducho, con gafas, siempre leyendo, que no juega nunca en el gimnasio con los chicos, respira el aire y continúa respirando, y muy pronto está haciendo el Nautilus tres veces por semana en las Fuentes de De Funiack y se va a jugar a los bolos con los schvartzers. Naturalmente, es innecesario mencionarlo, todos sus descendientes no tienen problema ninguno en respirar todo el tiempo en el aire> su único problema reside en el caminar y quizás en el vomitar. Y ésa es la historia de las bocas de los científicos para tu credulidad. De modo que, de acuerdo, estoy simplificando mucho. ¿No lo hacen ellos? Cualquier schlump que hoy menciona «vertebrado» automáticamente es considerado como un genio. Y también un phylum. Esto te hará entrar gratuitamente en el Club del Cosmos. La ciencia nos proporciona muchos hechos pero muy pocos conocimientos. En cuanto a esta teoría sobre el pez, tiene sólo un pequeño problema —y Dios no permita que esto les detenga aunque este problema hace todo el asunto imposible—, ya que ocurre que toda esta práctica de estar respirando aire no llega a ninguna parte con una velocidad absolutamente máxima. Cada pez comienza todo el asunto desde el principio, y partiendo de una sola vida nada cambia en los genes. El gran eslogan para el pez es «Un día cada vez».
»Yo no digo que esté contra la evolución. Está muy bien. Sin embargo, aquí tenemos la historia sobre los reptiles. Piénsalo un poco. Suben a la tierra seca y ponen sus huevos. Hasta aquí, todo fácil, ¿no es así? Coser y cantar. Pero el pequeño bebé reptil dentro del huevo necesita agua, o se secará allá dentro y no llegará a nacer. Y, además de eso, necesita comida —mucha comida, de hecho—, porque se incuba como un adulto, como una persona mayor. Entretanto, no hay que preocuparse. ¿Lo necesitas? Lo tienes. Porque ahora dentro del huevo aparece mucha yema de huevo que dice: «Aquí estoy.» Esto es el alimento. Y la clara del huevo necesita todo un envoltorio especial a su alrededor o el conjunto se evapora diciéndote: «Me voy.» De modo que llega una cáscara hecha de una materia correosa, y el reptil sonríe. Demasiado pronto. No es tan fácil. A causa de esta cáscara, ahora el embrión no puede liberarse de sus desechos. De modo que necesitamos una vejiga. ¿Te está produciendo náuseas todo esto? Acabaré pronto. Además, ahora se necesita también una especie de draydle, alguna herramienta que el pequeño embrión pueda utilizar para salir de su cáscara dura, áspera. Hay todavía más, pero eso basta por ahora. No sigo, ya es suficiente. Porque, Atkins, ¡todos estos cambios en el huevo del reptil han de suceder todos al mismo tiempo! ¿Me estás oyendo? ¡Todos al mismo tiempo! Y, aunque uno sólo de ellos falte, todo ha terminado, y los embriones cumplirán sus citas en Samaba. Uno no puede disponer de la yema de huevo a punto y después mantenerla durante un millón de años hasta que aparezca la cáscara o la vejiga correteando alegremente y diciendo: «Lo siento, he llegado tarde, el rabino estuvo hablando demasiado.» Ahí tienes el servicio de mensajeros. Cada cambio debería ser derhangenet justo en ese momento, antes de que el otro hiciera su aparición. Y entretanto, ahora tenemos reptiles hasta nuestros tokis. Habla con la gente de Okeefenokee, ellos te lo dirán. ¿Pero, cómo es posible que esto llegara a ser? ¿Se produjeron todos los cambios en embrión al mismo tiempo por una increíble coincidencia? Sólo los imbéciles estarían de acuerdo con esta teoría, te lo garantizo. Y entretanto, en cuanto respecta a este crimen, el criminal es también el que ha matado a Kintry. Sin el uso de un agente paralizante instantáneo, hoy no habríamos tenido aquí un asesinato. Habría habido alboroto. No hubiera podido hacerse. Punto número dos, ahora tenemos a cinco personas como sospechosos: McCooey. Paterno, el hombre con la bolsa de la compra, el hombre de cabeza rapada y el hombre con los pantalones blancos y el anorak de lana negro. Sin embargo, estos crímenes son salvajes, indescriptibles, y nosotros estamos buscando a un psicótico con conocimientos médicos. Conozco a McCooey, y es tolerablemente sano dentro de ciertos límites. Que yo sepa no tiene conocimientos médicos. Y lo mismo le pasa a Paterno. Sólo para tener las cosas en orden, y absolutamente en emiss, pídele a Bullís un historial médico sobre él. Entretanto, el criminal no merodearía por aquí, de modo que McCooey y Paterno quedan absolutamente fuera. Es uno de los otros. Punto tres, el viejo podía haberlo hecho por sí solo. La decapitación con un alambre o con un par de tijeras, no requiere mucha fuerza. También podría hacerlo un cuchillo afilado, algo como un bisturí. El viejo estuvo en el compartimiento durante largo rato y su aparente senilidad podía ser fingida. Además, ese hombre fue el último que vio al sacerdote. Ésta es la escena número uno. Pero el hombre del anorak también hubiera podido hacerlo. Hubiera podido cerrar el panel para que el hombre de la bolsa de la compra no viera que el sacerdote estaba muerto. El viejo, en el ínterin, está esperando y, finalmente, se marcha sin haber visto al sacerdote. Pudiera ser que tuviera flatos, o quizá se cansa; y si es un hombre senil, según Coleman ha querido hacernos creer, incluso podría imaginar que ya había hecho su confesión, cuando de hecho todo lo que había realizado era dormitar en la oscuridad. Ésta es la escena número dos. En la escena tercera, el criminal es el hombre de la cabeza rapada. Mata al sacerdote, desliza y cierra el panel y sale del compartimiento. Pero el hombre del anorak vio después al sacerdote, lo que significa que éste estaba vivo. Hubiera podido suceder como sigue: el hombre del anorak está esperando mientras el de la cabeza afeitada comete el crimen. Pudiera ser que el hombre del anorak ahora ya está poniéndose nervioso con tanta espera y decide irse sin hacer su confesión. Podría pensar que estaba perdiendo demasiado tiempo de la misa. Cualquier motivo es posible —concluyó Kinderman—. El resto es silencio.
El recitado concerniente al asesinato había sido pronunciado en una cadencia rápida, implacable. Atkins sospechaba que los discursos de Kinderman ocultaban el trabajo de su mente en algún otro nivel, y quizás hasta eran necesarios para que aquel nivel funcionara. El sargento asintió. Sentía curiosidad por las preguntas que Kinderman le había hecho anteriormente a Paterno respecto a los ruidos de corrimiento de los paneles. Pero sabía que era mejor no preguntar.
—¿Tienes ya las huellas, Ryan? —preguntó Kinderman.
Atkins miró a su alrededor. Ryan estaba uniéndose a ellos acercándose por su espalda.
—Sí, tengo toda la colección —explicó Ryan.
Kinderman le miró inexpresivo y dijo:
—Con un juego habrá suficiente.
—Bien, ya lo tenemos.
—De dentro y de fuera, naturalmente.
—De dentro no.
—Voy a leerte tus derechos. Escucha con atención —le dijo Kinderman.
—¿Cómo demonios vamos a conseguirlas del interior con el cadáver dentro del confesionario?
Ahí quedaba. Las palabras habían sido pronunciadas. Stedman había terminado hacía mucho rato con el cadáver. Se habían tomado ya todas las fotografías. Únicamente quedaba el propio examen de Kinderman. Lo había demorado. Había conocido al sacerdote muerto. Otro caso, hacía mucho tiempo, le había puesto en contacto con él y, de vez en cuando, al correr de los años, se encontraba con Dyer, que había sido su ayudante. Una vez habían bebido juntos una cerveza en «The Tombs». Kinderman había simpatizado con él.
—Tienes razón —le dijo el detective a Ryan—. Agradezco tu oportuno recordatorio. Francamente, no sé qué podría hacer sin ti.
Ryan se alejó y se dejó caer en el extremo de un banco. Plegó los brazos y parecía dolido.
Kinderman se encaminó al confesionario del fondo. Miró al suelo. Habían quitado la sangre, y las baldosas de un suave color gris relucían por el enjuague de la fregona. Estaban húmedas todavía.
El detective se quedó allí un momento, de pie, respirando; después, bruscamente, alzó la mirada y abrió la puerta del confesionario. El padre Bermingham estaba sentado en la silla del compartimiento. Había sangre por todas partes, y los ojos del cura estaban muy abiertos con una mirada de terror. Kinderman tuvo que bajar la vista para verlos. La cabeza de Bermingham, erguida y encarada hacia fuera, estaba en su regazo. Le habían colocado las manos como si estuviera sosteniendo la cabeza para exhibirla.
Kinderman respiró profundamente algunas veces antes de moverse levantando con cuidado la mano izquierda del sacerdote. Examinó la palma y vio la marca de «Géminis». Bajó la mano, la soltó y después examinó la otra. Faltaba el dedo índice derecho.
Kinderman bajó la mano con delicadeza y miró el pequeño crucifijo negro que colgaba de la pared, detrás de la silla. Durante algún tiempo permaneció inmóvil. Bruscamente, se volvió y se alejó del compartimiento. Atkins estaba allí. Las manos de Kinderman se deslizaron en los bolsillos de su abrigo, y miró con fijeza al suelo.
—Sácale de aquí —dijo suavemente—. Díselo a Stedman. Sacadlo de aquí y conseguid huellas.
Se alejó con lentitud hacia la parte frontal de la iglesia.
Atkins le contempló. «Un hombre tan corpulento —pensó—, y sin embargo parecía tan abatido.» Vio que Kinderman se detenía cerca del altar donde se sentó con lentitud en uno de los bancos. Atkins se volvió y se fue en busca de Stedman.
Kinderman enlazó las manos en su regazo y las miró pensativo. Se sentía abandonado. Designio y causalidad —pensó—. Dios existe, lo sé. Muy bonito. Pero ¿qué es lo que Él posiblemente estaría pensando? ¿Por qué, sencillamente, no intervenía? Libre albedrío. De acuerdo. Deberíamos mantenerlo. Pero, ¿es que simplemente no había un límite en la tolerancia de Dios? Recordó una frase de G. K. Chesterton: «Cuando el dramaturgo sube al escenario, el drama ha terminado.» Bueno, dejemos que termine. ¿Quién lo quiere? Hiede. Su mente volvió a la posibilidad de que Dios fuera un ser de poder limitado. ¿Por qué no? Semejante respuesta era sencilla y directa. Y, sin embargo, Kinderman no podía evitar resistirse a ella con toda su fuerza. ¿Dios un patán? ¿Un putz? No era posible. El salto de su mente de Dios a la perfección no tenía transición. Era una identidad sin movimiento.
El detective sacudió la cabeza. Creía que el concepto de un Dios que fuera menos que todopoderoso, era tan aterrador como la no existencia de Dios. Quizá más todavía. La muerte era un final, por lo menos, sin un Dios. Pero, ¿quién sabía lo que podía hacer un Dios imperfecto? Si era menos que todopoderoso, ¿por qué no podría ser también menos que todo bueno, como el Dios vano, caprichoso y cruel de Job? Con toda la eternidad a Su disposición, ¿qué nuevas torturas malignas no podría imaginar?
¿Un Dios con límites? Kinderman rechazó el pensamiento. Dios, el Padre de las órbitas y de las nebulosas en espiral y las lunas de Saturno, el Autor de la gravedad y del cerebro, el Acechador en los genes y en las partículas subatómicas, ¿no podía manejar el cáncer y las malas hierbas?
Miró al crucifijo que estaba encima del altar, y, poco a poco, su expresión se hizo dura y exigente. ¿Cuál es tu parte en este asunto endiablado? ¿Me responderás? ¿Quieres llamar a un abogado? ¿He de leerte tus derechos? Tómalo con calma. Soy tu amigo. Puedo conseguirte protección. Contéstame sólo a unas pocas preguntas, ¿de acuerdo?
El rostro del detective comenzó a suavizarse, y miró al crucifijo con blandura y una serena maravilla en los ojos. ¿Quién eres tú? ¿El hijo de Dios? No, tú sabes que yo me creo eso. Sólo lo he preguntado por ser cortés. ¿No te importa que me exprese con franqueza? No puede hacer ningún daño. Si llega a hacerse demasiado sensible, quizás algo osado, puedes hacer vibrar un poco todas las ventanas que hay aquí. Me callaré. Sólo las ventanas. Con eso basta. No necesito que ningún edificio me caiga en la cabeza. Ya tengo a Ryan. ¿Lo has notado? De alguna manera, Job no tuvo que sufrir esta aflicción. ¿Quién se metió en ese compartimiento? No importa, no quiero crear problemas. Entretanto, yo no sé quién eres, eres Alguien. ¿Quién podría no darse cuenta? Tú eres Alguien. Eso es tan claro como un arroyo cristalino. Yo no necesito tener pruebas de que hiciste todos esos milagros. ¿A quién le importa'? No importa. Lo sé. ¿Y sabes cómo lo sé? Por lo que dijiste. Cuando yo leo: «Ama a tu enemigo» me estremezco. Me vuelvo loco, y dentro de mi pecho siento que algo está flotando, algo que parece como si hubiera estado allí todo el tiempo. Es como si todo mi ser, durante esos momentos justos, consistiera en el total reconocimiento de una verdad. Y entonces yo sé que tú eres Alguien. Nadie en la tierra hubiera nunca podido decir lo que tú dijiste. Nadie hubiera ni tan siquiera podido imaginarlo. ¿Quién lo hubiera imaginado? Las palabras te derriban.
Algo más, algo pequeño que yo pensaba que podría compartir contigo. ¿Te importaría? ¿Qué puede importar? Sólo estoy hablando. ¿En la barca, cuando los discípulos te ven de pie en la orilla y se dan cuenta entonces de que eres tú y de que te has alzado de entre los muertos? Pedro está de pie en cubierta totalmente desnudo. ¿Y por qué no? Es un pescador, es joven, debería disfrutar. Pero en seguida no puede esperar a que el bote siga, está tan excitado, tan excitado por la alegría al ver que eres tú. De modo que agarra el primer ropaje —¿recuerdas tú esto?—, pero ni tan siquiera necesita el tiempo para colocárselo. Se lo ata alrededor y salta de la barca y comienza a nadar como un loco hacia la orilla. ¿Es eso algo? Cada vez que lo recuerdo, ¡reluzco! No es una estampa de cualquier goyischer, estampa llena de reverencia, santidad, rigidez y probablemente mentiras; no es una imagen que está siendo comercializada, algún mito. No puedo creer que eso no sucediera. Es tan humano, tan sorprendente y tan real al mismo tiempo... Pedro ha de haberte amado mucho.
Y también yo. ¿Te sorprende? Bueno, pues es verdad. Pensar que tú has existido alguna vez es un pensamiento que me ofrece consuelo; que los hombres hubieran podido inventarte es un pensamiento que me da esperanza; y pensar que tú podrías existir, incluso ahora, eso me daría seguridad y un gozo que no podría contener. Me gustaría tocar tu cara y hacerte sonreír. No podría hacer ningún daño.
Acabemos con cumplidos y amenidades. ¿Quién eres tú? ¿Qué es lo que quieres de nosotros? ¿Quieres que suframos como tú sufriste en la cruz? Bueno, pues ya estamos haciéndolo. Por favor, no pierdas el sueño preocupándote por este problema. Todos nos mantenemos en buena forma a ese respecto. Vamos bien. Eso es lo que, principalmente, quería decirte en primer lugar. Y también el padre Bermingham, tu amigo, te envía recuerdos.





MARTES, 15 DE MARZO









7


Kinderman llegó a su oficina a las nueve. Atkins estaba esperándole. Habían llegado los resultados del laboratorio.
Kinderman se sentó a su escritorio y empujó a un lado algunos libros con páginas marcadas, para hacer espacio para los informes mecanografiados. Comenzó a leerlos. Se confirmaba el uso de la succinilcolina en el asesinato del sacerdote. Había también unas huellas que habían sido tomadas del tirador de metal del panel, a mano derecha del confesionario, y también de la madera alrededor. Encajaban con otras huellas al frente del panel, la parte que estaba encarada con el lado del penitente. No eran del sacerdote.
La información del Washington Post no había cambiado. Atkins tenía un informe sobre Paterno, pero Kinderman lo desechó.
—No tiene interés —dijo—. Es la bolsa de la compra o el anorak. Por favor, no me confundas con los hechos. ¿Dónde está Ryan?
—Ha salido —replicó Atkins.
—Eso es cierto.
Kinderman suspiró y se inclinó hacia atrás en su silla. Después miró la caja de pañuelos de papel sobre su mesa. Parecía perdido en sus pensamientos.
—La talidomida cura la lepra —dijo distraídamente. Bruscamente se inclinó hacia delante en dirección a Atkins—. ¿Tienes alguna idea de por qué la velocidad de la luz debería ser la máxima velocidad del universo? —preguntó.
—No —respondió Atkins—. ¿Por qué?
—No lo sé —dijo Kinderman. Encogió los hombros—. Sólo lo preguntaba. Entretanto, mientras no estemos en el tema, ¿sabes lo que dice tu Iglesia sobre la naturaleza de los ángeles?
—Amor puro —respondió Atkins.
—Exactamente. Incluso un ángel caído, dicen ellos. ¿Por qué no me lo habías dicho antes?
—Nunca me lo preguntó.
—¿Es que tengo que pensar en todas las preguntas?
El detective escogió un libro color verde de entre aquel bosque y, rápidamente, lo abrió en el lugar marcado por un papel de parafina plegado que en otro tiempo había envuelto una conserva.
—Tuve que encontrarlo por casualidad —dijo—. Está aquí, en este libro titulado Satán escrito por tus lantzmen, todos sacerdotes y teólogos católicos. ¡Escucha! —El detective comenzó a leer: «El conocimiento de un ángel es perfecto. Y por esta causa, el fuego del amor de un ángel no se construye con lentitud; no tiene fases de simple rescoldo; más bien el ángel es inmediatamente un holocausto, una rugiente conflagración, encendido por un amor que nunca disminuirá.»
Kinderman arrojó el libro a un lado en la pila.
—También dice que esta situación nunca cambia: ángel caído, ángel shmállen, cualquier ángel. ¿Así, qué pasa con toda esa propaganda que nos están haciendo sobre los diablos, siempre shmutzing, causando problemas por todos lados? Es una broma. No podría ser. No de acuerdo con tu Iglesia.
Había comenzado a buscar otro libro.
—¿Qué significan las huellas? —le preguntó Atkins.
—¡Aja! —Kinderman había encontrado lo que quería, y abrió el libro en una página doblada—. Podemos aprender algo de los pájaros —dijo.
—¿Podemos aprender algo de los pájaros? —repitió Atkins.
Kinderman se enfureció.
—Atkins, ¿qué es lo que he acabado de decir hace un momento? Ahora presta atención. Escucha lo que dice aquí sobre el aguzanieves.
—¿El aguzanieves?
Kinderman alzó severamente la mirada.
—Atkins, por favor, no vuelvas a hacerme esto.
—No, no lo haré.
—No, no lo harás. Ahora voy a decirte cómo el aguzanieves —Kinderman esperó—, cómo el aguzanieves construye su nido. Es increíble.
Bajó la mirada hacia el libro y comenzó a leer: —«El aguzanieves utiliza cuatro materiales distintos para la construcción: musgo, seda de araña, líquenes y plumas. En primer lugar busca una rama bifurcada de la manera adecuada. Recoge entonces musgo que coloca en la horca. La mayor parte del musgo cae, pero el pájaro persiste hasta que algunas piezas quedan prendidas. Entonces pasa a la seda de araña, que frota en el musgo hasta que queda pegada y entonces la estira y la utiliza para atar. Estas actividades continúan hasta que ya tiene hecha una plataforma. Y ahora el ave vuelve otra vez al musgo y comienza a alzar la copa alrededor, primero tejiendo de lado y después tejiendo verticalmente, lo que realiza en posición sentado, girando continuamente el cuerpo. Cuando la copa comienza a tener forma, empiezan otra serie de actividades: presión del pecho y pataleo. Después, cuando la copa ya se ha completado en un tercio, el pájaro comienza a recoger líquenes que servirán para cubrir sólo la parte exterior del nido, lo que lleva a cabo con bastantes maniobras acrobáticas. Cuando la copa ya está hecha en sus dos terceras partes, la rutina de construcción cambia para que quede un agujero pulido de entrada, en el punto más conveniente de aproximación. Entonces refuerza la pared alrededor del agujero y completa la bóveda. Y ahora comienza el recubrimiento con las plumas.» —Kinderman dejó el libro—. ¿Así que tú te creías, Atkins, que construir nidos era una cosa muy sencilla? ¿Alguna especie de dúplex prefabricado de paredes secas en Phoenix? ¡Fíjate en lo que está sucediendo! El pájaro ha de poseer alguna noción del aspecto que ha de tener el nido y, además, algunas ideas de que un poco de musgo aquí, un poco de liquen allí, todo ello son pasos que le conducirán en la dirección de un modelo ideal. ¿Es esto inteligencia? El aguzanieves tiene un cerebro del tamaño de una judía. ¿Qué es lo que dirige estas asombrosas actividades? ¿Crees tú que Ryan sería capaz de construir un nido semejante? No importa. Entretanto, y secundariamente, una pequeña digresión. ¿Dónde demonios queda ese «refuerzo del palo y la zanahoria» que los conductistas nos cuentan es necesario para que ese pájaro lleve a cabo estas operaciones? ¿Trece tipos diferentes de trabajo de construcción? B. F. Skinner hizo una buena cosa: durante la segunda Guerra Mundial entrenó palomos como pilotos kamikaze. Esto es emiss. Puedes comprobarlo en cualquier libro. Cargaban esas pequeñas bombas sujetas a sus barrigas, pero la realidad es que se perdían continuamente y hacían sus bombardeos en Filadelfia. Para que hablemos de la falta de libre voluntad del hombre... En cuanto a estas huellas digitales, no significan nada: únicamente confirman lo que yo ya sabía. El criminal ha tenido que cerrar el panel para que el siguiente en el turno de confesión no pudiera ver al sacerdote muerto. También lo hace para que se sospeche de alguna otra persona. Ése es el significado del ruido muy fuerte que oyó Paterno cuando cerraron el panel. El criminal quería convencer, a quien quiera que estuviese allí, de que había hecho su confesión y que el sacerdote estaba todavía vivo puesto que se le oyó cómo cerraba el panel. Esto también es el significado de la vacilación en el ruido del deslizamiento según lo observó Paterno. Un deslizarse, una vacilación, y después se cierra de golpe. Las huellas son las del criminal. Esto elimina al hombre de la cabeza rapada. Estaba a la izquierda. Las huellas y los ruidos raros, todos proceden de la derecha. El criminal es el hombre anciano con la bolsa de la compra o el hombre que llevaba un anorak de lana negro. —Kinderman se levantó y fue a buscar su abrigo—. Visitaré a Dyer en el hospital. Ve a ver a esa anciana señora, Atkins. Comprueba si ya ha hablado. ¿Ha llegado el expediente del «Géminis»?
—No, no ha llegado.
—Pues llámales. Y también haz venir a los testigos de la iglesia y que hagan retratos robot de los sospechosos. Avanti. Te veré junto a las aguas de Babilonia; siento que estoy a punto para graves lamentaciones. —Hizo una pausa en la puerta—. ¿Llevo el sombrero en la cabeza?
—Sí, lo lleva usted.
—Esto no es nada, sólo una conveniencia.
Cruzó el umbral de la puerta y después regresó.
—Un tema de discusión para alguna próxima ocasión: ¿Quién llevaría pantalones blancos en invierno? Un pensamiento. Adieu. Recuérdame.
Cruzó la puerta nuevamente y desapareció. Atkins se preguntó por dónde comenzaría.

Kinderman hizo dos paradas mientras iba de camino al «Hospital General» de Georgetown. Llegó ante el mostrador de información con una bolsa llena de hamburguesas «White Tower». Acunado en un brazo llevaba un gran oso de peluche vestido con pantalón corto azul pálido y una camiseta.
—Oh, señorita —dijo Kinderman.
La muchacha que estaba en el mostrador echó una ojeada a la camiseta del oso, donde se leía la inscripción: Si EL PORTADOR ESTÁ
DEPRIMIDO, DADLE CHOCOLATE INMEDIATAMENTE.
—Es gracioso —dijo la chica—. ¿Es para algún muchachito o para una niña?
—Para un muchachito —dijo Kinderman.
—¿Su nombre por favor?
—Padre Joseph Dyer.
—¿Le he oído correctamente, señor? ¿Ha dicho usted «padre»?
—Sí, eso mismo he dicho. Padre Joseph Dyer.
La chica echó una mirada al oso y después a Kinderman, y seguidamente miró en la lista de los pacientes.
—Neurología, habitación cuatro cero cuatro, cuarto piso. Cuando salga del ascensor tome a la derecha.
—Se lo agradezco mucho. Es usted muy amable.
Cuando Kinderman llegó a la habitación de Dyer, el sacerdote estaba en la cama. Llevaba sus gafas para leer y estaba sentado, cómodamente absorto detrás de un periódico que sostenía delante de su cara. «¿Lo sabría?», pensó Kinderman. Quizá no. Dyer había ingresado, aproximadamente, a la misma hora en que se cometía el asesinato. El detective confió en que le habrían tenido ocupado y ligeramente calmado desde entonces. Sabía que lo adivinaría al observar la expresión y conducta confiadas del jesuita y, queriendo saber para qué debía prepararse, Kinderman se acercó en silencio junto a la cama.
Dyer no le había visto allí de pie y Kinderman observó con atención su cara. Las señales eran buenas. Pero el detective se inquietó por el periódico. ¿Habría leído lo del asesinato? El detective echó una ojeada al periódico en busca de los titulares y, de pronto, quedó atónito.
—¿Y bien? ¿Va usted a sentarse o se quedará ahí de pie respirando encima de mí y enviándome todos sus microbios?
—¿Qué está leyendo usted? —preguntó Kinderman desanimadamente.
—Es el Women's Wear Daily. ¿Y qué? —La mirada del sacerdote se posó en el oso de peluche—. ¿Es para mí eso?
—Acabo de encontrarlo en la calle. He pensado que iría bien con usted.
—Vaya...
—¿Es que no le gusta?
—No estoy muy seguro del color —respondió Dyer tristemente. Entonces le entró un ataque de risa.
—Oh, ya entiendo. Hoy estamos haciendo Anastasia. Creía haberle oído decir que, realmente, no le pasaba nada —dijo Kinderman.
—Nunca se sabe —comentó Dyer lúgubremente.
Kinderman respiró. Ahora comprendía que Dyer gozaba de perfecta salud, y que todavía no sabía nada del asesinato. Puso el oso y la bolsa en las manos de Dyer.
—Tome, aquí tiene usted —dijo.
Buscó una silla, la colocó junto a la cama y se sentó.
—No puedo creer que usted lea Women's Wear Daily —le dijo.
—He de saber lo que ocurre —dijo Dyer—. No puedo ofrecer consejo espiritual al vacío.
—¿No cree usted que debería estar leyendo algo de sus Oficios o parecido? ¿Los Ejercicios Espirituales quizá?
—No te cuenta todas las modas —explicó el sacerdote con blandura.
—Cómase las hamburguesas —pidió Kinderman.
—No tengo apetito.
—Cómase la mitad. Son «White Tower».
—¿Y la otra mitad de dónde son?
—Del Espacio, su país nativo.
Dyer comenzó a abrir la bolsa.
—Bueno, a lo mejor me como una.
Una enfermera baja y regordeta entró caminando pesadamente en la habitación. Sus ojos tenían la dureza de una veterana. Traía un torniquete de goma y una jeringa hipodérmica. Se acercó a Dyer.
—Vengo a sacarle un poco de sangre, padre.
—¿Otra vez?
La enfermera se detuvo en seco.
—¿Otra vez «qué»? —preguntó.
—Alguien acaba de sacarme sangre hace cinco minutos.
—¿Está usted gastándome una broma, padre?
Dyer señaló la pequeña pieza redonda de esparadrapo en la parte interior de su antebrazo.
—Ahí está el agujero —dijo.
La enfermera miró.
—Tan cierto como que hay infierno que ahí está —siguió con mal humor.
Se volvió caminando beligerantemente, salió de la habitación y se la oyó aullar en el pasillo: ¿Quién ha pinchado a ese tipo?
Dyer miraba con fijeza la puerta abierta.
—Me encantan todas estas atenciones —comentó displicente.
—Sí, es agradable todo esto —convino Kinderman—. Tranquilo. ¿Cuándo se hará el ensayo de bombardeos?
—Oh, casi me olvidaba —repuso Dyer.
Metió la mano en el cajón de una mesilla de noche y sacó una tira de dibujos cómicos arrancada de las páginas de una revista. La entregó a Kinderman.
—He estado guardándolo para usted —concluyó.
Kinderman la miró. El dibujo mostraba un pescador bigotudo de pie al lado de una gigantesca carpa. El rótulo decía: ERNEST HEMINGWAY, PESCANDO EN LAS ROCOSAS, HA ATRAPADO UNA CARPA DE MÁS DE METRO Y MEDIO DE LONGITUD Y DECIDE ENTONCES NO ESCRIBIR SOBRE ELLO.
Kinderman alzó la mirada hacia Dyer, con expresión severa.
—¿De dónde ha sacado usted esto?
—Our Sunday Messenger —repuso Dyer—. Sabe, ya me empiezo a encontrar mejor. —Sacó una hamburguesa y empezó a comer—. Hummmm..., gracias, Bill. Es formidable. A propósito, ¿está la carpa todavía en el baño?
—Fue ejecutada anoche.
El detective observó a Dyer mientras se disponía a comer una segunda hamburguesa.
—La madre de Mary lloró copiosamente en la mesa. En cuanto a mí, me tomé un baño.
—Lo hubiera adivinado —replicó Dyer.
—¿Está usted disfrutando con sus hamburguesas, padre? Estamos en Cuaresma.
—Estoy exento de ayuno —explicó Dyer—. Por la enfermedad...
—En las calles de Calcuta los niños se mueren de hambre.
—Pero no comen vacas —repuso Dyer.
—Renuncio. La mayoría de judíos escogen a un sacerdote para que sea su amigo, y siempre es alguien como Teilhard de Chardin. ¿Y qué consigo yo? Un sacerdote que está al corriente de las modas desde «Giorgio's», y que trata a la gente como el cubo de Rubik, siempre dándoles la vuelta entre los dedos para tener diferentes colores. ¿Quién necesita eso? No, realmente, usted me resulta como una patada en el tokis.
—¿Quiere usted una hamburguesa? —le ofreció Dyer.
—Sí, creo que me gustaría comerme una.
Tras contemplar a Dyer, a Kinderman le había entrado apetito. Metió la mano en la bolsa y cogió una hamburguesa.
—Es el encurtido lo que me encanta —dijo—. Es lo que le confiere toda la gracia.
Dio un buen mordisco y alzó la mirada viendo a un médico que entraba en la habitación.
—Buenos días, Vincent —saludó Dyer.
Amfortas inclinó la cabeza y se detuvo al pie de la cama. Tomó el gráfico de Dyer y lo examinó.
—Éste es mi amigo, el teniente Kinderman —explicó Dyer—. Te presento al doctor Amfortas, Bill.
—Encantado de conocerle —repuso Kinderman.
Amfortas parecía no haberles oído. Estaba escribiendo algo en el gráfico.
—Alguien me ha dicho que mañana ya podré marcharme de aquí —dijo Dyer.
Amfortas asintió y volvió a colgar el gráfico.
—Ya empezaba a encontrarme a gusto aquí —explicó Dyer.
—Sí, las enfermeras son tan amables... —añadió Kinderman.
Por primera vez después de haber entrado en la habitación, Amfortas miró al detective de forma directa. Su rostro permaneció grave y melancólico, pero en la profundidad de sus tristes ojos oscuros se agitaba algo. ¿Qué estará pensando? —se preguntó el detective—. ¿Percibo una leve sonrisa detrás de esos ojos?
El contacto fue momentáneo; Amfortas se volvió y abandonó la habitación. Giró por el pasillo hacia la izquierda y se perdió de vista.
—Un auténtico saco de risas este médico —explicó Kinderman—. ¿Desde cuándo se dedica Milton Berle a la Medicina?
—Pobre hombre —convino Dyer.
—¿Pobre hombre? ¿Qué es lo que le pasa? ¿Le ha traicionado usted acaso?
—Ha perdido a su mujer.
—Oh, entiendo.
—Y nunca ha logrado recuperarse de ello.
—¿Divorcio?
—No, murió.
—Oh, lo siento. ¿Ha sido reciente?
—Hace tres años —explicó Dyer.
—Eso es mucho tiempo —repuso Kinderman.
—Lo sé. Pero murió de meningitis.
—Vaya.
—Dentro de él hay mucha ira. Él mismo la trató, pero no pudo salvarla, ni tampoco hacer mucho por aliviarle el dolor. Le dejó destrozado. Esta noche se va del hospital. Quiere dedicar todo su tiempo a la investigación. Comenzó después de que ella murió.
—¿Qué clase de investigación exactamente? —preguntó Kinderman.
—Dolor —dijo el sacerdote—. Estudia el dolor.
Kinderman consideró con interés este hecho.
—Parece usted saber bastante sobre él —comentó.
—Sí, realmente ayer se confió a mí bastante.
—¿Pero es que habla?
—Bueno, ya sabes lo que sucede con el alzacuello. Actúa como un imán para las almas atormentadas.
—¿He de deducir alguna especie de implicación personal al respecto?
—Si el zapato se ajusta, úsalo.
—¿Es católico?
—¿Quién?
—Toulouse Lautrec. ¿De quién voy a hablar si no del médico?
—Bueno, a menudo te vas por la tangente.
—Éste es el procedimiento normal para tratar con los chiflados. Ese Amfortas, ¿es o no es católico?
—Es católico. Ha estado asistiendo diariamente a la misa durante muchos años.
—¿Qué misa?
—La de las seis y media, en la Santísima Trinidad. A propósito, he estado reflexionando sobre tu problema.
—¿Qué problema?
—El problema del mal.
—¿Ese problema es mío solamente? —repuso Kinderman sorprendido—. ¿Qué es lo que les enseñan en sus escuelas? ¿Se dedican quizás a tejer cestos teológicos en el Seminario de las Avestruces con destino a los Ciegos? Éste es un problema de todo él mundo.
—Entiendo —respondió Dyer.
—Esto es nuevo.
—Es mejor que comiences a ser un poco amable conmigo.
—Entonces ese oso debe ser basura, por lo visto.
—El oso me ha conmovido honda y profundamente. ¿Puedo hablar?
—Es tan peligroso —dijo Kinderman.
Suspiró entonces y cogió el periódico. Lo abrió por cualquier página y comenzó a leer.
—Ya puede usted empezar, tiene toda mi atención —dijo.
—Bueno, pues estaba pensando —siguió Dyer—; al estar aquí, en el hospital, y todo eso...
—Estando aquí en el hospital sin tener nada malo —le corrigió Kinderman.
Dyer le ignoró.
—Comencé a reflexionar sobre cosas que he oído contar sobre la cirugía.
—Esta gente casi no lleva vestidos —dijo Kinderman, absorto en Women's Wear Daily.
—Dicen que cuando estás bajo anestesia —continuó Dyer— tu inconsciente se da cuenta de todo. Oye a los médicos y a las enfermeras que están hablando de ti. Siente el dolor del bisturí. —Kinderman alzó la mirada de la revista y miró al sacerdote—. Pero cuando despiertas de la anestesia es como si nunca hubiera sucedido —concluyó Dyer—. De modo que, cuando todos volvamos junto a Dios, así es como será con todo el dolor del mundo.
—Esto es cierto —convino Kinderman.
—¿Estás de acuerdo conmigo? —preguntó Dyer asombrado.
—Quiero decir sobre el inconsciente —aclaro Kinderman—. Algunos psicólogos, todos de primera fila, grandes figuras del pasado, hicieron estos experimentos y descubrieron que, dentro de nosotros, existe una segunda conciencia, eso que ahora nosotros conocemos como el inconsciente. Alfred Binet fue uno de ellos. ¡Escuche! Una vez Binet lo hizo. Coge una chica y la hipnotiza. Le dice que, a partir de aquel momento, no podrá verle ni oírle ni saber lo que está haciendo. De ningún modo. Coloca un papel delante de ella y un lápiz en su mano. Otra persona de la habitación comienza a hablar con la chica y hacerle un montón de preguntas. Binet, entretanto, también le hace preguntas al mismo tiempo; ¡y mientras la chica está hablando con el primer psicólogo, anota por escrito al mismo tiempo las preguntas de Binet! ¿No es fantástico? Otra cosa. Binet en cierto momento le clava un alfiler en la mano. La chica no siente nada; continúa hablando con el primer psicólogo. Pero, entretanto, el lápiz sigue moviéndose y escribiendo las palabras: «Por favor, no me hagan daño.» ¿No es algo asombroso? De todos modos, eso que usted ha dicho sobre la cirugía es verdad. Alguien está sintiendo todo ese cortar y pegar. ¿Pero quién es? —De pronto recordó su sueño y la críptica declaración proferida por Max: «Tenemos dos almas.»
»El inconsciente —murmuró Kinderman—. ¿Qué es? ¿Quién es? ¿Qué tiene que ver con el inconsciente colectivo? Todo forma parte de mi teoría, ¿entiende usted?
Dyer miró a lo lejos e hizo un ademán de impaciencia.
—Oh, nuevamente con eso —suspiró.
—Sí, está usted verde de envidia de Kinderman, la mente maestra, el Señor Moto Judío de su medio, ahora al borde de solucionar este problema del mal —explicó Kinderman. Unió las cejas en un ademán singular—. Mi cerebro gigante es como un esturión rodeado de pececillos.
Dyer volvió la cabeza.
—¿No crees que eso es algo indecoroso?
—No, no.
—Bueno, entonces, ¿por qué no me cuentas de una vez tu teoría? Oigámosla y acabemos con ello —dijo Dyer—. Cheech y Chong han estado esperando en el vestíbulo; su turno es el próximo.
—Es demasiado grande para que usted pueda abarcarlo —profirió Kinderman lúgubremente.
—Bueno, ¿qué hay de malo con el Pecado Original?
—¿Los bebés tendrán responsabilidad en algo que hizo Adán?
—Es un misterio —respondió Dyer.
—Es una broma. Admitiré que he estado dando vueltas a ese concepto —siguió Kinderman—. Se inclinó y los ojos comenzaron a relucirle—. Si el pecado fue que los científicos hicieron volar la Tierra hace muchos millones de años con algo como bombas de cobalto, nosotros hubiéramos tenido como consecuencia de este ísimmis mutaciones atómicas. Quizás esto crea los virus que provocan la enfermedad, incluso es posible que modifique todo el medio ambiente físico, de modo que ahora tenemos terremotos y catástrofes naturales. En cuanto a los hombres, se vuelven locos y farmischt y se convierten en monstruos por las horribles mutaciones; comienzan por comer carne, como los animales, y todo este ir al cuarto de baño y el gusto por el rock and roll. No pueden evitarlo. Es genético. Ni Dios puede evitarlo. El pecado es una condición que ha pasado a través de los genes.
—¿Y si todo hombre nacido fuese realmente, en otro tiempo, una parte de Adán? —preguntó Dyer—. Quiero decir físicamente..., ¿en realidad una de las células de su cuerpo?
La mirada de Kinderman se hizo bruscamente sospechosa.
—Así que con usted, padre, todo no es el catecismo dominical. Todos esos juegos de bingo le están haciendo un poco aventurero. ¿De dónde ha sacado usted esa idea?
—¿Y qué pasa con la idea? —preguntó Dyer.
—Usted está pensando. Pero esta noción no funciona.
—¿Por qué no?
—Es demasiado judaica. Además, hace a Dios amigo de rencillas. Es lo mismo que con lo que yo he dicho de los genes. Encaremos la verdad, Dios podría parar estas idioteces estúpidas en el momento que quisiera. Podría comenzar todas las cosas nuevamente desde el principio. ¿No podría decir: «Adán, lávate la cara ya es casi hora de comer» y olvidar todo el asunto? ¿No podría arreglar los genes? El Libro Sagrado te dice que perdones y olvides, pero, ¿y Dios? ¿No puede Él? ¿El más allá es Sicilia? Puzo tendría que oír esto. En dos segundos tendríamos el «Padrino Cuatro».
—Bueno, de acuerdo. ¿Cuál es tu teoría entonces? —insistió Dyer.
El detective adoptó un aire taimado.
—Todavía estoy trabajando en ello, padre. Mi inconsciente está schmeckling todo junto.
Dyer se volvió y dejó caer la cabeza en las almohadas, exasperado.
—Eso es aburrido —dijo.
Clavó los ojos en el aparato de televisión en blanco.
—Voy a darle otra pista —ofreció Kinderman.
—Me gustaría que viniera alguien y arreglara este aparato estúpido.
—Deje de insultarme y escuche mi pista.
Dyer bostezó.
—Es de su Libro Sagrado —continuó Kinderman—. «Lo que vosotros hagáis contra el más pequeño de estos pequeños míos, lo hacéis contra mí», parafraseó.
—Por lo menos podrían tener un juego de Invasores del Espacio en este lugar.
—¿Invasores del Espacio? —exclamó tristemente Kinderman haciendo eco.
Dyer se volvió hacia él y le pidió:
—¿Podrías traerme un periódico de la tienda de regalos? —¿Cuál, el National Enquirer, el Globe o el Star? —Creo que el Star sale los miércoles. ¿No es cierto? —Iré corriendo para encontrar algún terreno común entre nuestros planetas.
Dyer pareció ofendido.
—¿Y qué hay de malo con esas revistas? Mickey Rooney vio a un fantasma que se parecía a Abraham Lincoln. ¿En qué otro lugar puedes enterarte de esas cosas? El detective buscó en sus bolsillos.
—Tome, he traído algunos libros que pueden gustarle —le dijo al sacerdote.
Sacó algunos libros en rústica y Dyer leyó los títulos. —No son novelas —comentó con un gruñido—. Aburridos. ¿No podrías traerme una novela?
Kinderman se levantó pesadamente.
—Traeré una novela —convino. Se dirigió al pie de la cama y cogió el gráfico—. ¿De qué tipo? ¿Históricas?
—Scruples —respondió Dyer—. He llegado al capítulo tercero pero he olvidado de traerla conmigo.
Kinderman le miró inexpresivo, y después colocó nuevamente el gráfico en su lugar. Se volvió y caminó lentamente hacia la puerta.
—Después del almuerzo —le dijo a Dyer—. No debe excitarse usted antes del almuerzo. Yo también me voy a comer. —¿Después de engullirte tres hamburguesas? —Dos. Pero, ¿quién está contándolas?
—Si no tienen Scruples, tráeme Princesa Daisy —le dijo Dyer al detective mientras éste se iba.
Kinderman salió sacudiendo la cabeza.
Recorrió el pasillo un trecho y se detuvo de pronto. Vio a Amfortas de pie junto a la mesa de registro. Estaba escribiendo en un bloc. Kinderman se le acercó, asumiendo una expresión de preocupación trágica.
—¿Doctor Amfortas? —dijo el detective gravemente. El neurólogo alzó la mirada. Esos ojos —pensó Kinderman—. ¡Qué misterio hay en ellos!
—Se trata del padre Dyer —siguió el detective.
—Está perfectamente bien —repuso Amfortas con suavidad.
Volvió su atención a las notas.
—Sí, ya lo sé —convino Kinderman—. Es otra cosa. Algo terriblemente importante. Ambos somos amigos del padre Dyer, pero en esto yo no podría ayudarle. Únicamente usted.
El tono apremiante atrajo la mirada del doctor, y aquellos huraños ojos oscuros se adentraron en los del detective.
—¿De qué se trata? —preguntó Amfortas.
Kinderman miró a su alrededor, con aspecto precavido.
—No puedo contárselo aquí —explicó—. ¿No podríamos ir a algún lugar y tener una pequeña charla? —Miró su reloj—. Quizás almorzando... —insinuó.
—Ésa es una comida que nunca tomo —replicó Amfortas.
—Entonces contémpleme a mí. Por favor. Es importante.
Amfortas escudriñó en sus ojos durante un momento.
—Bueno, de acuerdo —dijo finalmente—. ¿Pero no podríamos hacerlo en mi oficina?
—Tengo apetito.
—Permita que vaya a buscar mi chaqueta.
Amfortas se alejó y cuando regresó llevaba su suéter cardigan azul marino.
—De acuerdo —le dijo a Kinderman.
Kinderman se fijó en el suéter.
—Va a helarse usted —dijo—. Póngase una chaqueta.
—Con esto me basta.
—No, no. Póngase algo de más abrigo. Ya puedo ver los titulares: «Neurólogo difunto por congelamiento. Se busca desconocido hombre gordo para ser interrogado.» Por favor, póngase una chaqueta. Un anorak, quizás. Algo de más abrigo. Yo me sentiría demasiado culpable. Y, tal como son las cosas, usted no es exactamente el prototipo de la salud.
—Con esto me basta —repitió con suavidad Amfortas—. Pero, muchas gracias. Aprecio su preocupación.
Kinderman pareció desilusionado.
—Muy bien —dijo—. Ya le he avisado.
—¿Adonde vamos? Tendrá que ser cerca de aquí.
—«The Tombs» —replicó Kinderman—. Vamos. —Enlazó su brazo con el del neurólogo y ambos se dirigieron hacia los ascensores—. Le hará a usted bien. Necesita un poco de aire fresco en las mejillas. Un pequeño nosh tampoco podría hacerle más delgado. ¿Ya sabe su madre esa tontería de saltarse comidas? No importa. Es usted testarudo. Puedo adivinarlo. Deseo suerte a su madre de usted.
El detective lanzó una mirada de apreciación al médico. ¿Estaba sonriendo? Es duro, es un caso duro —pensó Kinderman.
Camino de «The Tombs», el detective hizo preguntas sobre la condición de Dyer. Amfortas parecía preocupado y respondía con declaraciones concisas, breves, o bien asentía o sacudía la cabeza. Lo que resultó en concreto, es que los síntomas descritos por Dyer, aunque algunas veces eran advertencia de un tumor en el cerebro, en este caso probablemente serían debidos a la tensión o exceso de trabajo.
—¿Exceso de trabajo? —exclamó el detective con incredulidad mientras descendían por los peldaños de «The Tombs»—. ¿Tensión? ¿Quién lo hubiera adivinado? El hombre está más relajado que unos tallarines hervidos.
En «The Tombs» había manteles a cuadros en rojo y blanco, y una barra esférica en roble oscuro en donde se servía la cerveza en grandes y gruesas jarras de cristal. Las paredes estaban adornadas con grabados y litografías del pasado de Georgetown. La sala no estaba aún llena. Faltaban algunos minutos para el mediodía. Kinderman vio un compartimiento tranquilo.
—Ahí mismo —dijo.
Se encaminaron al lugar y se sentaron.
—Tengo tanto apetito... —dijo Kinderman.
Amfortas no replicó. Tenía la cabeza inclinada. Se miraba las manos que estaban enlazadas delante de él, sobre la mesa.
—¿Comerá usted algo, doctor?
Amfortas sacudió la cabeza.
—¿Y qué hay de Dyer? —preguntó—. ¿Qué es lo que usted quería decirme?
Kinderman se inclinó hacia delante, con modales y expresión ligeramente ominosos.
—No arreglen su aparato de televisión —dijo.
Amfortas alzó la mirada, inexpresivo.
—¿Qué ha dicho usted?
—Que no arreglen su televisor. Lo descubriría.
—¿Descubriría qué?
—¿No ha oído usted nada sobre el asesinato del sacerdote?
—Sí, algo he oído —repuso Amfortas.
—El sacerdote era amigo del padre Dyer. Si ustedes arreglan el televisor, escuchará las noticias. Y otra cosa, no le lleven periódicos, doctor. Avise a las enfermeras.
—¿Para esto me ha traído usted aquí, para decirme esas cosas?
—No sea duro de corazón —porfió Kinderman—. El padre Dyer tiene un alma delicada. Y, de todos modos, un hombre que está en un hospital no debería tener tales noticias.
—Pero ya lo sabe —dijo Amfortas.
El detective pareció ligeramente desconcertado.
—¿Lo sabe?
—Lo hemos estado discutiendo —explicó Amfortas.
El detective miró a lo lejos con aire de reconocimiento y de resignación.
—Qué propio de él —afirmó moviendo la cabeza—. No quiso que yo me preocupara con su angst, de modo que me hace una comedia como si fuese un bendito ignorante.
—¿Por qué me ha traído usted aquí, teniente?
El detective volvió la cabeza. Amfortas le estaba mirando con intensidad. Su expresión era desconcertante.
—¿Por qué le he traído aquí? —repitió Kinderman.
Los ojos le escocían y abultaban luchando por sostener la mirada del doctor, y se le estaban enrojeciendo rápidamente las mejillas.
—Sí, ¿por qué? Seguramente no sería por causa de un aparato de televisión —insistió Amfortas.
—Le he mentido a usted —dijo el detective bruscamente. —Ahora estaba ruborizado, y miró a otra parte comenzando a sacudir la cabeza y a sonreír—. Soy tan transparente... —siguió soltando una risita—. No sé cómo mantener la cara seria. —Se volvió hacia Amfortas y alzó las manos por encima de su cabeza—. Sí, culpable. No tengo vergüenza. He mentido. No podía evitarlo, doctor. Me dominaron unas fuerzas extrañas. Les ofrecí golosinas y les dije: «¡marchaos!» pero ellas sabían que yo era débil y se mantuvieron firmes y dijeron: «¡Miente, o para el almuerzo vas a comer flan y una tajada de melón caliente!»
—El taco hubiera podido ser más efectivo —replicó Amfortas. Kinderman bajó los brazos con sorpresa. La cara del neurólogo permanecía ilegible, pero su mirada seguía fija y directa. ¿Había hecho una broma?
—Sí, también el taco —convino Kinderman pasmado. —¿Qué es lo que quiere usted? —¿Me disculpará? Quería escudriñar en su mente. —¿Sobre qué?
—Sobre el dolor. Me vuelve loco. El padre Dyer me ha dicho que usted trabaja en este campo, que usted es un experto. ¿Le importa? Utilicé un truco para que pudiéramos hablar un poco sobre este tema. Pero ahora estoy avergonzado y le debo una disculpa, doctor. ¿Me perdona? ¿Sentencia suspendida quizá?
—¿Tiene usted un dolor crónico? —preguntó Amfortas.
—Sí, un tipo llamado Ryan. Pero éste no es el punto ahora; no se trata de ese sujeto.
Amfortas continuó como una presencia oscura.
—¿De qué se trata, pues? —dijo con suavidad.
Antes de que el detective pudiera responder, apareció un camarero con los menús. Era joven, estudiante universitario. Llevaba una corbata verde brillante y chaleco.
—¿Ambos almorzarán? —preguntó cortésmente.
Estaba ofreciendo los menús, pero Amfortas rechazó el suyo con un gesto de la mano.
—Para mí no —dijo blandamente—. Una taza de café solo, por favor. Eso es todo.
—Tampoco almuerzo para mí —explicó el detective—. Un poco de té quizá, con una rodaja de limón, por favor. Y algunas galletitas. ¿Tiene usted aquellas redonditas con jengibre y nueces?
—Sí, las tenemos, señor.
—Algunas de ésas. A propósito, ¿qué es eso de la corbata y el chaleco?
—Es el día de San Patricio, señor. Lo celebramos toda la semana en «The Tombs» —explicó el camarero—. ¿Algo para ustedes, caballeros?
—¿Tenéis quizá sopa de pollo?
—Con tallarines.
—Con lo que sea. También tráigame un poco, por favor.
El camarero asintió y se fue para cumplir el mandato.
Kinderman se animó al ver en otra mesa una enorme jarra llena de cerveza verde.
—Todo es una locura —murmuró—. Un hombre anda por ahí persiguiendo serpientes como un chiflado, y en vez de meterlo en una celda acolchada, en algún sanatorio, los católicos lo hacen santo. —Se volvió hacia Amfortas—. Las pequeñas serpientes de jardín, son inofensivas, ni tan siquiera comen patatas. ¿Es ése un comportamiento racional, doctor?
—Creía que estaba usted hambriento —comentó Amfortas.
—¿No puede usted dejar a un hombre con un harapo de dignidad? —preguntó Kinderman—. De acuerdo, eso ha sido otra gran mentira. Siempre lo hago. Soy un mentiroso del todo incorregible, y la vergüenza de mi Departamento. ¿Es usted feliz ahora, doctor?
Utilice mi cerebro para experimentos y descubra por qué me sucede esto. Entonces, por lo menos, tendré un poco de paz cuando muera..., sabré la respuesta. ¡Este problema ha estado enloqueciéndome toda mi vida!
En los ojos del médico se percibió como el fantasma de una sonrisa.
—Ha mencionado usted el dolor —dijo.
—Una verdad. Mire, usted sabe que yo soy un detective de Homicidios.
—Sí.
—Veo mucho dolor que se impone al inocente —comentó con gravedad el detective.
—¿Y por qué le preocupa eso?
—¿Qué religión profesa usted, doctor?
—Soy católico.
—De acuerdo entonces; usted lo sabrá, lo comprenderá. Mis preguntas tienen que ver con la bondad de Dios —siguió Kinderman— y las maneras en que pueden morir niños inocentes. Al final, ¿es que Dios les evita el horrible sufrimiento? ¿Es como en esa película El difunto protesta cuando el ángel saca al héroe del avión accidentado justo antes de que choque contra el suelo? He oído rumores sobre cosas parecidas. ¿Podrían ser verdad? Por ejemplo, hay un accidente de coche. En el auto hay niños. No salen mal heridos, pero el coche se incendia y los niños están atrapados dentro y no pueden salir. Se queman vivos, leemos más tarde en los periódicos. Es horrible. Pero, ¿qué sienten ellos, doctor? He oído en alguna parte que la piel se adormece. ¿Podría ser esto verdad?
—Usted es un extraño policía de Homicidios —dijo Amfortas.
Estaba mirando directamente a los ojos de Kinderman.
El detective se encogió de hombros.
—Me estoy haciendo viejo. He de pensar un poco en estas cosas. No puede hacer ningún daño. Entretanto, ¿cuál es la respuesta a mi pregunta?
Amfortas bajó la mirada hacia la mesa.
—Nadie lo sabe —respondió en voz baja—. Los muertos no nos lo cuentan. Podría suceder cualquier cosa —siguió—. La inhalación de humo podría matar antes que las llamas. O un ataque inmediato al corazón, o el shock. Además, la sangre tiende a correr hacia los órganos vitales en un esfuerzo por protegerlos. Eso justificaría los informes de piel insensibilizada. —Se encogió a su vez de hombros—. No lo sé. Sólo podemos adivinarlo.
—Pero, ¿qué sucede si todas esas cosas no suceden? —preguntó el detective.
—Todo es especulación —le recordó Amfortas.
—Por favor, doctor, especule. Estoy anhelante.
Llegó el camarero con lo encargado. Estaba colocando la sopa delante del detective, pero Kinderman le contuvo con un gesto.
—No, désela al doctor —dijo, y cuando Amfortas comenzó a rechazarla, el detective le interrumpió—: No me obligue a llamar a su madre. Tiene vitaminas y cosas que sólo se mencionan en la Tora. No sea testarudo. Debería usted comerla. Está llena de extraña bondad.
Amfortas accedió a que el camarero le dejara la sopa.
—A propósito, ¿no estará por ahí el señor McCooey? —preguntó Kinderman.
—Sí, creo que está arriba —respondió el camarero.
—¿Querría usted preguntarle si puedo verle un momento? Si está ocupado, no importa. No es importante.
—Sí, se lo preguntaré. ¿Cuál es su nombre, señor?
—William F. Kinderman. Él me conoce. Si está ocupado, es igual.
—Le daré el recado.
El camarero se alejó.
Amfortas contemplaba la sopa.
—Desde la primera sensación hasta la muerte pasan veinte segundos. Cuando los extremos de los nervios se queman, cesan de funcionar y el dolor acaba. Cuánto tiempo se necesita antes de que eso suceda, también es una suposición. Pero no será más de diez segundos. Entretanto, el dolor es lo más horrible que pueda imaginarse. Uno está totalmente consciente, plenamente conocedor del dolor. La adrenalina está bombeando.
Kinderman agitaba la cabeza con la mirada baja.
—¿Cómo es posible que Dios permita que continúen semejantes horrores? Es un misterio tan grande... —Alzó la mirada—. ¿No piensa usted nunca en estas cosas? ¿No le encolerizan?
Amfortas vaciló, y después se enfrentó con la mirada del detective. Este hombre está candente con la necesidad de contarme algo —pensó Kinderman—. ¿Cuál es su secreto? Pensó que veía dolor y un anhelo por compartirlo.
—Creo que me he confundido —dijo Amfortas—. Estaba intentando explicarme dentro de sus suposiciones. Algo que no he mencionado es que cuando el dolor se hace imposible, el sistema nervioso se sobrecarga. Se cierra, y el dolor acaba.
—Vaya, entiendo.
—El dolor es algo extraño —siguió Amfortas pensativo—. Aproximadamente, un dos por ciento de la gente aliviada de un dolor que han soportado durante largo tiempo desarrollan un grave disturbio mental tan pronto como se les quita el dolor. También se han hecho experimentos con perros —continuó—, con unas implicaciones más bien singulares.
Amfortas procedió a describir al detective una serie de experimentos realizados en 1957, por los que se criaron terrieres escoceses en jaulas aisladas desde su infancia hasta su madurez, de modo que se les privó de estímulos ambientales, incluyendo incluso el menor de los golpes y arañazos que podrían causarles incomodidad. Cuando estuvieron totalmente desarrollados, se aplicó un estímulo doloroso, pero los perros no respondieron de una manera normal. Muchos de ellos metieron la nariz en la llama de una cerilla, se retiraron reflexivamente y después, de inmediato, volvieron a olfatear la llama. Cuando la llama fue apagada inadvertidamente, los perros continuaron reaccionando como antes al encender una segunda y una tercera cerilla. Otros no olfatearon en absoluto la cerilla, pero no hicieron ningún esfuerzo por evitar su llama cuando los experimentadores tocaron sus hocicos con la llama un buen número de veces. Y los perros no reaccionaron a pinchazos repetidos con un alfiler. En contraste, los cachorros hermanos de estos perros, que habían sido criados en un ambiente normal, reconocieron un daño posible con tanta rapidez que los experimentadores no pudieron tocarles con la llama o el alfiler más de una vez.
—El dolor es muy misterioso —concluyó Amfortas.
—Dígame francamente, doctor. ¿No podría haber pensado Dios en algún otro medio para protegernos? ¿Alguna otra manera de sistema de advertencia para indicarnos que nuestros cuerpos estaban en algún problema?
—¿Quiere usted decir como un reflejo automático?
—Quiero decir como una campanilla que sonara en nuestra cabeza.
—Entonces, ¿qué sucedería cuando se cortase una arteria? —dijo Amfortas—. ¿Pondría usted el torniquete en seguida o aguantaría la campanilla hasta que terminase su redoble? ¿Y qué sucedería si usted fuese un niño? No, creo que no daría resultado.
—Entonces, ¿por qué nuestros cuerpos no han sido hechos impenetrables a la herida?
—Pregunte a Dios.
—Se lo pregunto a usted.
—No conozco la respuesta —repuso Amfortas.
—¿Y qué hace usted en su laboratorio, doctor?
—Intento aprender cómo suprimir el dolor cuando no lo necesitamos.
Kinderman esperó, pero el neurólogo no añadió más.
—Cómase su sopa —le instó amablemente el detective—. Se está enfriando. Como el amor de Dios.
Amfortas se tomó una cucharada y después dejó la cuchara. Produjo un frágil ruidillo metálico al tocar el plato.
—No tengo apetito —dijo. Miró su reloj—. Acabo de recordar algo —concluyó—. Debería marcharme.
Alzó la mirada hacia Kinderman y la clavó en él.
—Es una maravilla que usted crea en Dios —explicó Kinderman— con todos sus conocimientos sobre las funciones del cerebro.
—¿Señor Kinderman? —El camarero había regresado—. El señor McCooey parecía terriblemente ocupado ahí arriba. He creído mejor no molestarle. Lo siento.
El detective pareció cortado.
—No, haga el favor de interrumpirle —ordenó.
—Pero usted dijo que no era realmente importante.
—No lo es. Pero interrúmpale de todos modos. Desvarío. Nunca me expreso con sentido común. Soy viejo.
—Bien, de acuerdo, señor.
El camarero parecía indeciso, pero se encaminó hacia los escalones que conducían arriba.
Kinderman dedicó de nuevo su atención a Amfortas.
—¿No cree usted que todo son neuronas, todo esto que llamamos alma?
Amfortas miró nuevamente su reloj.
—Acabo de recordar algo —dijo—. Debo marcharme.
Kinderman parecía perplejo. ¿Estaré yo loco? Ya había hecho eso antes.
—¿Dónde estaba usted? —preguntó.
—Perdone, no le he entendido —dijo Amfortas.
—No importa. Escuche, permanezca aquí un poco más. Todavía tengo algunas cosas en mi mente. Me atormentan. ¿Querrá quedarse otro minutito? Además, es descortés que se vaya ahora. Yo no me he terminado mi té. ¿Es esto civilizado? Los médicos brujos ni tan siquiera deberían hacer esto. Deberían quedarse y agrandar cabezas encogidas para pasar el tiempo mientras que el viejo hombre blanco senil seguía hablando y divagando. Esto es educación. ¿Soy quizá demasiado audaz en este tema? Dígamelo con franqueza. La gente me dice de continuo que soy demasiado oblicuo y estoy intentando corregir esto, aunque posiblemente demasiado. ¿Es esto verdad? ¡Sea sincero!
El rostro de Amfortas se cubrió con una expresión amable. Se relajó y preguntó:
—¿En qué puedo ayudarle, teniente?
—Es este chazerei cerebro-contra-mente —explicó Kinderman—. Durante muchos años, he querido consultar a algún neurólogo, pero soy terriblemente tímido para conocer gente nueva. Entretanto, dígame, ¿son esas cosas que llamamos sentimientos y pensamientos sólo neuronas que se encienden en el cerebro?
—¿Quiere usted decir, si los sentimientos y pensamientos son, exactamente, el mismo hecho que esas neuronas? —Sí.
—¿Qué es lo que usted piensa? —preguntó Amfortas. Kinderman adoptó un aire de enterado y asintió. —Creo que son la misma cosa —repuso casi con severidad. —¿Y por qué lo cree?
—¿Por qué no? —replicó el detective—. ¿Quién necesita buscar esa cosa que llaman alma cuando el cerebro está llevando a cabo con toda evidencia esas cosas? ¿No tengo razón?
Amfortas se inclinó un poco hacia delante. Algún nervio había sido tocado. Habló calurosamente.
—Supongamos que está usted mirando al cielo —dijo con intensidad—. Usted ve una gran expansión homogénea. ¿Es eso un hecho igual a un modelo de descargas eléctricas que recorren una red en el cerebro? Fíjese en un pomelo. Produce una imagen circular en su campo de sensaciones. Pero la proyección cortical de este círculo en su lóbulo occipital no es circular. Ocupa un espacio que es elipsoidal. De modo que, ¿cómo podrían estas cosas ser un mismo hecho? Cuando uno piensa en el Universo, ¿cómo lo contiene en su cerebro? O pensemos en los objetos que hay en la habitación. Tienen formas distintas a cualquier cosa en su cerebro; así pues, ¿cómo son esas cosas en su cerebro? Hay algunos otros misterios que usted debería considerar. Uno de ellos es el «ejecutivo» relacionado con el pensamiento. Cada segundo está usted bombardeado por centenares, quizá millares, de impresiones sensoriales, pero las filtra todas menos aquellas inmediatamente necesarias para llevar a cabo sus objetivos del momento, y todas esas decisiones incontables se están haciendo en cada segundo e incluso en menos de una fracción de segundo. ¿Qué es lo que toma la decisión? ¿Qué toma ja decisión de tomar esa decisión? Aquí tenemos otra cosa en qué pensar, teniente: los cerebros de los esquizofrénicos a menudo tienen un conjunto estructural mejor que los cerebros de las personas sin problemas mentales, y algunas personas con la mayor parte de su cerebro eliminado continúan funcionando como ellas mismas.
—Pero, ¿qué hay de ese científico con sus electrodos? —preguntó Kinderman—. Toca una determinada célula del cerebro y la persona oye una voz del pasado, o experimenta una emoción determinada.
—Ése es Wilder Penfield —respondió el neurólogo—. Pero sus sujetos siempre dijeron que lo que fuese que el doctor producía en ellos con los electrodos, eso no formaba parte de ellos: se les hacía a ellos.
—Estoy asombrado —repuso el detective— al oír tales conceptos de un hombre de ciencia.
—Wilder Penfield no cree que la mente sea cerebro —dijo Amfortas—. Y tampoco lo cree Sir John Eccles. Éste es un fisiólogo británico que ganó el Premio Nobel por sus estudios del cerebro.
Las cejas de Kinderman se alzaron.
—¿Realmente?
—Sí, así es. Y si la mente es cerebro, entonces el cerebro tiene algunas capacidades totalmente innecesarias para la supervivencia física del cuerpo. Quiero decir cosas como el asombro y la auto-concienciación. Y algunos de nosotros vamos tan lejos como para creer que la conciencia en sí misma no está centrada en el cerebro. Hay motivos para sospechar que todo el cuerpo humano, incluyendo el cerebro, así como el propio mundo externo, todo está espacialmente situado dentro de la consciencia. Y un pensamiento final para usted, teniente. Es una parejita.
—Me entusiasman.
—A mí me encanta ésta en particular —siguió Amfortas—. Si la masa del cerebro fuese la masa de la mente, el oso estaría disparándome a la espalda.
Y después de esto, el neurólogo se inclinó hacia su sopa que comenzó a comer con avidez.
Con el rabillo del ojo el detective vio que McCooey se acercaba a la mesa.
—Exactamente lo que yo opino —le dijo Kinderman a Amfortas,
—¿Qué?
Amfortas miró al detective por encima de la cuchara.
—Estaba jugando un poco a ser abogado del diablo. Estoy de acuerdo con usted..., la mente no es el cerebro. Estoy seguro.
—Es usted un hombre muy extraño —dijo Amfortas.
—Sí, ya me lo ha dicho usted antes.
—¿Quería usted verme, teniente?
Kinderman alzó la mirada hacia McCooey. Éste llevaba sus gafas sin aros y tenía aspecto erudito. Lucía aún los colores de su Universidad: un blazer azul marino y pantalones de franela gris.
—Richard McCooey, le presento al doctor Amfortas —dijo Kinderman, haciendo un gesto hacia el doctor.
McCooey se inclinó y estrechó la mano al médico.
—Encantado de conocerle —dijo.
—Lo mismo digo.
McCooey se volvió hacia el detective.
—¿De qué se trata?
Echó una ojeada a su reloj.
—Es el té —dijo Kinderman.
—¿El té?
—¿Qué clase de té estáis utilizando estos días?
—«Lipton». El mismo de siempre.
—Pues tiene un sabor algo diferente.
—¿Para eso me ha mandado llamar?
—Oh, podría estar hablando sobre un centenar de trivialidades y Dios sabe qué más, pero sé que usted es un hombre muy ocupado. Le permito que se vaya.
McCooey miró fríamente hacia la mesa.
—¿Qué ha encargado usted? —preguntó.
—Esto que usted ve —respondió el detective.
McCooey le miró inexpresivamente.
—Ésta es una mesa para seis personas.
—Ahora mismo nos marcharemos.
McCooey se dio la vuelta sin pronunciar palabra y se alejó.
Kinderman miró a Amfortas. Se había terminado la sopa.
—Muy bien —dijo Kinderman—. Su madre recibirá un buen informe.
—¿Tiene usted más preguntas que hacer? —le preguntó Amfortas.
Probó su taza de café. Estaba fría.
—Cloruro de succinicolina —dijo Kinderman—. ¿Lo utilizan ustedes en el hospital?
—Sí. Quiero decir, no yo personalmente. Pero se utiliza en la terapia de electroshock. ¿Por qué me lo pregunta usted?
—Si alguna persona del hospital quisiera robar un poco, ¿podría hacerlo?
—Sí.
—¿Cómo?
—Podría cogerlo de un carrito de drogas cuando nadie le viese. ¿Por qué me lo pregunta?
Kinderman esquivó nuevamente la respuesta.
—Entonces, ¿alguien que no fuese del hospital podría hacerlo también?
—Si supiera en dónde buscar. Tendría que conocer los programas para cuando se necesita la droga y cuándo se reparte.
—¿Trabaja usted alguna vez en Psiquiatría?
—A veces. ¿Para esto me ha traído aquí, teniente?
Amfortas taladraba con los ojos al detective.
—No, no ha sido por eso —repuso Kinderman—. Honestamente. Juro por Dios. Pero ya que estamos aquí... —Dejó la frase en suspenso—. Si yo preguntase en el hospital naturalmente allí querrían quedar bien e insistirían en que no era posible que eso ocurriera. ¿Comprende usted? Pero mientras nosotros hablábamos, me di cuenta de que usted me diría la verdad.
—Es usted muy amable, teniente. Gracias. Es un hombre muy atento.
Kinderman sintió que algo se enardecía en su interior.
—Igualmente y ditto por mi parte —reconoció—. Sonrió entonces al recordar—. ¿Conoce usted ditto? Es una palabra que me encanta. Realmente. Me recuerda a Here Comes Mister Jordan. Pendleton la pronunciaba todo el tiempo.
—Sí, me acuerdo.
—¿Le gustó a usted aquella película?
—Sí.
—A mí también. Yo soy un protector de schmaltz, tengo que admitirlo. Pero semejante dulzura e inocencia en estos días... Bueno, eso ya ha desaparecido. Vaya vida... —suspiró Kinderman.
—Es una preparación para la muerte.
Nuevamente Amfortas sorprendió al detective. Ahora le estimó con todo calor.
—Esto es cierto —convino Kinderman—. Hemos de continuar hablando de estas cosas en algún otro momento.
El detective escudriñó en los ojos trágicos. Rebosaban de alguna cosa. ¿Qué? ¿Qué era?
—¿Ha terminado usted su café? —preguntó Kinderman.
—Sí.
—Yo me quedaré para pagar la nota. Ha sido usted muy amable al dedicarme este rato, pues yo ya sé que usted está muy ocupado.
Kinderman le tendió la mano. Amfortas se la cogió estrechándola con firmeza, y después se levantó para marcharse. Se entretuvo un momento, mirando fija y silenciosamente a Kinderman.
—La succinilcolina —dijo finalmente—. Es el asesinato, ¿verdad?
—Sí, es verdad.
Amfortas asintió y después se alejó. Kinderman le contempló mientras avanzaba entre las mesas. Entonces, al final, llegó a los escalones y desapareció. El detective suspiró. Llamó al camarero, pagó la cuenta, y subió los tres tramos de escalera hasta la oficina de McCooey. Le encontró allí hablando con un contable. McCooey alzó la mirada hacia él, inescrutable detrás de sus gafas.
—¿Se trata del ketchup? —dijo sin ningún tono en la voz.
Kinderman le indicó con un ademán que se acercara. McCooey se levantó y se acercó al detective.
—Aquel hombre que estaba en mi mesa —dijo Kinderman—. ¿Le vio usted perfectamente la cara?
—Perfectamente bien,
—¿Nunca le había visto antes?
—No lo sé. Todos los años veo millares de personas en mis tiendas.
—¿No le vio usted ayer entre las personas que esperaban para confesarse?
—Ah...
—¿Le vio usted o no?
—Me parece que no.
—¿Está usted seguro?
McCooey estuvo reflexionando. Después se mordió el labio inferior y sacudió la cabeza.
—Cuando uno está esperando para confesarse, tiende ,a no mirar a las otras personas. Principalmente se mira hacia el suelo y se hace un examen de los pecados. Si le vi, es seguro que no le recuerdo —acabó diciendo.
—Pero usted vio al hombre con el anorak.
—Sí. Sencillamente es que no sé si aquel hombre era éste.
—¿Podría usted jurar que no lo era?
.—No. Pero realmente no lo creo.
—No lo cree usted.
—No, no lo creo. Realmente tengo muchas dudas.
Kinderman salió del despacho de McCooey y se encaminó al hospital. Una vez allí se dirigió a la tienda de regalos y buscó entre los libros en rústica. Encontró Scruples y lo sacó del estante mientras movía la cabeza. Abrió al azar y leyó una página. Va a devorarlo en un santiamén —concluyó, y buscó algo más con que pudiera distraerse el jesuita hasta su salida. Dudó ante El informe Hite sobre la sexualidad masculina, pero prefirió escoger una novela romántica.
Kinderman se dirigió al mostrador con los libros. La vendedora echó una ojeada a los títulos.
—Estoy segura de que ella estará encantada con estos libros —dijo la chica.
—Sí, seguro que sí.
Kinderman buscó alguna chuchería cómica para añadir al tesoro. El mostrador estaba lleno de ellas. Algo llamó entonces su atención. Se quedó mirando fijamente, sin parpadear.
—¿Quiere usted alguna cosa más?
El detective no la oyó. Cogió un paquete de plástico de una caja. Dentro había un juego de clips para el cabello, de color rosa, y en cada uno de ellos la marca: «Great Falls, Virginia.»





8


El Departamento Psiquiátrico del «Hospital General» de Georgetown estaba ubicado en un ala ampliada junto a Neurología, y se dividía en dos secciones principales. Una era el pabellón de perturbados. Aquí se confinaban los pacientes predispuestos a ataques de violencia, tales como paranoicos y catatónicos activos. Entre el laberinto de pasillos y las habitaciones de los pacientes de este departamento, también había celdas acolchadas. La seguridad era estrechamente vigilada. La otra sección era el llamado pabellón abierto. Aquí los pacientes eran inofensivos para ellos mismos o para los demás. La mayoría de pacientes eran de edad avanzada y estaban aquí a causa de diversos estados de senilidad. También había los depresivos y los esquizofrénicos, así como los alcohólicos, los pacientes postataque y las víctimas de la enfermedad de Alzheimer que producía un estado de senilidad prematura. Entre los casos había también un puñado de pacientes que eran catatónicos a largo plazo. Totalmente retirados de su ambiente, pasaban sus días en la inmovilidad, frecuentemente con una expresión fija y extraña en sus rostros. Algunas veces se animaban lo suficiente Para hablar, y eran en extremo sugestionables, aceptando órdenes que seguían al pie de la letra. En el pabellón abierto, no existían Cedidas de seguridad. Los pacientes, de hecho, podían salir durante el día o incluso durante algunos días. Para eso sólo necesitaban la firma o el impreso de permiso de uno de los médicos, o, más frecuentemente, de la enfermera de servicio, o incluso, en ocasiones, de la asistenta social.
—¿Quién le ha firmado el permiso? —preguntó Kinderman.
—La enfermera Allerton. Precisamente está de servicio en este momento. Llegará dentro de un segundo —explicó Temple.
Estaban sentados en su despacho, un pequeño cubículo estrecho justo a la vuelta de la sala de enfermeras en el pabellón abierto. Kinderman miró las paredes a su alrededor. Estaban cubiertas de diplomas y fotografías de Temple. En dos de las fotografías vio a Temple en la postura de un boxeador agachado. Parecía joven, de unos diecinueve o veinte años, y llevaba los guantes, la camiseta y el equipo craneal de los boxeadores colegiados. Su mirada era amenazadora. En todas las demás fotografías se veía a Temple rodeando con su brazo a una mujer linda, todas ellas diferentes, y en todas las fotos sonreía hacia la cámara. Kinderman examinó entonces el escritorio, en donde vio una estatua verde, descascarillada, de Excalibur, la espada de la leyenda artúrica. Impreso en su base se veían las palabras PARA SER DESENVAINADA EN CASO DE EMERGENCIA. Pegado con chinchetas a un lado del escritorio había la consigna «Un alcohólico es alguien que bebe más que su médico.» Sobre los papeles esparcidos aparecían cenizas de cigarrillo. La mirada de Kinderman pasó a Temple, evitando contemplar la parte superior de los pantalones del psiquiatra con la cremallera abierta.
—No puedo creer —dijo el detective—, que se permitiera salir a esa mujer y quedara desatendida.
Se había encontrado la pista de la mujer del muelle. Al salir de la tienda de regalos, Kinderman había mostrado su fotografía en cada mesa de registro, comenzando por el primer piso del hospital. En el cuarto, en Psiquiatría, la mujer fue reconocida como una paciente del pabellón abierto. Se llamaba Martina Otsi Lazlo. Había sido trasladada del Hospital del Distrito en donde había permanecido durante cuarenta y un años. Al principio, se había diagnosticado su enfermedad como una forma ligeramente catatónica de demencia precoz, un tipo de senilidad que comienza en la adolescencia. El diagnóstico continuó, aunque había cambiado la terminología hasta el traslado de Lazlo al «Hospital General» de Georgetown cuando se inauguró en 1970.
—Sí, he revisado su historial —dijo Temple— y supe que algo no encajaba en seguida. Había alguna cosa más.
Encendió un cigarrillo y arrojó la cerilla descuidadamente hacia un cenicero que había sobre el escritorio. No acertó y la cerilla cayó con un ligero pat sobre el expediente abierto del historial de un esquizofrénico. Temple contempló lúgubremente su poco acierto.
—Demonios, ya nadie sabe lo que están haciendo. Esa mujer había permanecido tanto tiempo en el Distrito que ya todos habían olvidado lo que la llevó allí. Perdieron sus primeros informes. Entonces yo le eché una ojeada y vi esos movimientos oscilantes continuos. Con las manos. Suele moverlas de esta manera —explicó Temple, comenzando a ilustrarlo para Kinderman, pero el detective le interrumpió.
—Sí, ya los he visto —dijo Kinderman blandamente.
—Oh, ¿los ha visto usted?
—Esa mujer está ahora en nuestra sala de detenidos.
—Bien por ella.
Kinderman sintió inmediatamente antipatía por Temple.
—¿Qué significan esos movimientos? —preguntó.
Un ligero golpeteo en la puerta interrumpió en aquel momento la respuesta.
—Entre —dijo Temple. Una joven enfermera atractiva, de unos veinte años, entró—. ¿No sé escogerlas? —preguntó Temple con un guiño al detective.
—¿Diga, doctor?
Temple miró a la enfermera.
—Señorita Allerton, ¿firmó usted un permiso para Lazlo el pasado sábado?
—¿Cómo dice?
—Lazlo. ¿Usted le dio permiso el sábado, no es cierto?
La enfermera parecía perpleja.
—¿Lazlo? No, no firmé ningún permiso.
—¿Y esto qué es entonces? —preguntó Temple.
Recogió un impreso de su escritorio y comenzó a leer en voz alta su contenido en beneficio de la enfermera.
—Paciente: Lazlo, Martina Otsi. Objeto: Permiso para visitar al hermano en Fairfax, Virginia, hasta el veintidós de marzo. —Temple alargó entonces el permiso a la enfermera—. Está fechado el sábado y firmado por usted —concluyó.
El ceño de la enfermera aumentó mientras examinaba el permiso.
—Fue durante su turno —siguió Temple—. Las dos de la tarde hasta las diez de la noche.
La enfermera alzó la mirada hacia Temple.
—Señor, yo no escribí esto —replicó.
La cara del psiquiatra comenzó a enrojecer.
—¿Está usted bromeando conmigo, pequeña?
La enfermera se puso nerviosa y se ruborizó bajo la mirada intensa del médico.
—No, yo no la escribí. No se había marchado. Yo comprobé las camas a las nueve y estaba en su cama.
—¿No es ésta su letra? —preguntó Temple.
—No, quiero decir, sí. Oh, no lo sé —exclamó Allerton. Estaba mirando otra vez el impreso—. Sí, parece mi letra, pero no lo es. Es algo distinta.
—¿Qué es diferente? —preguntó Temple.
—No sé. Pero sé que yo no la he escrito.
—A ver, déjeme verla. —Temple le quitó el papel de la mano y comenzó a observarlo con atención—. Oh, ya veo —comentó—. Estos pequeños círculos, ¿no es verdad? ¿Estos pequeños círculos encima de las íes en vez de puntos?
—¿Puedo verlo? —preguntó Kinderman.
Alargaba la mano pidiendo el papel.
Temple se lo entregó.
—Claro.
—Gracias.
Kinderman examinó el documento.
—Yo no escribí eso —insistía la enfermera.
—Sí, creo que tiene usted razón —murmuró Temple.
El detective alzó la mirada hacia el psiquiatra.
—¿Qué acaba de decir usted? —preguntó.
—Oh, nada. —Temple miró a la enfermera—. Está bien, nena. Ven durante tu descanso y te invitaré a un café.
La enfermera Allerton asintió, se volvió rápidamente y salió de la habitación.
Kinderman devolvió el impreso a Temple.
—Es raro, ¿no cree usted? ¿Quién falsificaría un permiso para que la señorita Lazlo saliera?
—Es una casa de locos.
El psiquiatra alzó las manos.
—¿Y por qué haría alguien semejante cosa? —preguntó Kinderman.
—Acabo de decírselo a usted. Todos los chiflados que andan por aquí no son pacientes.
—¿Se refiere usted al personal?
—Es contagioso.
—¿Y quién de su personal podría ser, por favor?
—Ah, bueno, demonios. No importa.
—¿No importa?
__Estaba bromeando.
—¿No está usted muy preocupado por lo sucedido?
—No, no lo estoy. —Temple arrojó el papel sobre su escritorio. Fue i a parar al cenicero—. Mierda.
Lo sacó de allí.
—Probablemente, debe ser una broma de algún interno medio imbécil o de algún pájaro que tiene algo contra mí.
—Pero si ése fuese el caso —señaló el detective—, la escritura se hubiera parecido sin duda alguna a la de usted.
—Tiene razón.
—Esto se conoce como paranoia, ¿verdad?
—Un tipo agudo.
Los ojos de Temple se cerraron hasta convertirse en dos resquicios. Del cigarrillo cayó ceniza azul-gris en el hombro de su americana. Pasó la mano por encima y quedó una mancha oscura.
—Ella misma pudo haberla escrito.
—¿La señorita Lazlo?
Temple se encogió de hombros.
—Podría ser.
—¿ Realmente?
—No, es dudoso.
—¿Vio alguien a la señorita Lazlo cuando se marchaba? ¿Había alguien con ella?
—No lo sé. Ya preguntaré.
—¿Hubo alguna otra comprobación de camas después de las nueve?
—Sí, la enfermera de noche realiza una a las dos —respondió Temple.
—¿Quiere usted preguntarle si vio a la señorita Lazlo en su cama?
—Sí, lo haré. Dejaré una nota. Escuche, ¿qué hay tan importante en esto? ¿Es que tiene algo que ver con los asesinatos?
—¿Qué; asesinatos?
—Bueno, ya lo sabe usted. Del chico y el sacerdote.
—Sí, está relacionado —replicó Kinderman.
—Así lo creía yo.
—¿Y por qué lo creía usted?
—Bueno, no soy precisamente estúpido.
—No, no lo es usted —convino Kinderman—. Es usted un hombre extremadamente inteligente.
—Así, ¿qué tiene que ver Lazlo con estas muertes?
—No lo sé. Está involucrada, pero no directamente.
—Estoy perdido.
—La condición humana.
—¿Es ésa la verdad? —preguntó Temple—. ¿Es seguro traerla otra vez aquí? —preguntó.
—Yo diría que sí. Entretanto, ¿está usted convencido de que ese permiso de salida está falsificado?
—No hay ninguna duda.
—¿Y quién lo falsificó?
—Eso no lo sé. Repite usted sus preguntas.
—¿Hay alguien entre su personal que suela escribir círculos sobre las íes?
Temple miró directamente a los ojos de Kinderman, y después de un momento desvió la mirada y dijo:
—No.
Lo dijo con énfasis.
«Con demasiado énfasis», pensó Kinderman. El detective le observó durante un momento. Preguntó después:
—Dígame, ¿cuál es el significado de los extraños movimientos de la señorita Lazlo?
Temple se volvió hacia él con una mueca de autosatisfacción.
—Sabe usted, mi trabajo se parece al suyo en muchos aspectos. Y yo soy un sabueso. —Se inclinó hacia el detective—. Mire, esto es lo que yo hice. Usted sabrá apreciarlo, lo sé. Los movimientos de la señorita Lazlo siguen una pauta exacta, ¿no es cierto? Siempre son los mismos. —Temple imitó los ademanes de la mujer—. Así que un día yo estoy en la tienda de un zapatero remendón esperando que me arregle las suelas. Sabe, lo hacen a máquina. Así que voy allí y le pregunto: «Dígame, ¿cómo hacían eso antes de disponer de máquinas?» Era un hombre viejo y tenía un acento, como servocroata. Yo estaba siguiendo un presentimiento que me vino mientras permanecía allí sentado. «Lo hacíamos a mano», me dice, riéndose. Cree que soy un tonto. Así que yo le digo: «Muéstremelo.» Él me dice que está ocupado, pero yo le ofrezco un poco de dinero, cinco pavos creo que fue, y él se sienta y coloca mi zapato entre sus rodillas y comienza a trabajar con esas largas tiras de cuero imaginarias que solían usar para coser las suelas a los zapatos. ¿Y sabe usted que parecían exactamente los mismos ademanes que Lazlo siempre está haciendo? ¡Ahí estaba la clave! ¡Los mismos movimientos! De modo que, tan pronto como pude, me puse en contacto con su hermano en Virginia y le hice algunas preguntas. ¿Y sabe usted lo que resultó? Antes de volverse loca, Lazlo fue abandonada por su novio, un tipo que creía que iba a casarse con ella. ¿Podría usted adivinar su ocupación?
—¿Era zapatero?
—Exactamente en el clavo. Ella no pudo soportar el perderle, de modo que se convirtió en él. Cuando la abandonó, solamente tenía diecisiete años, pero se identificó con ese hombre para toda su vida. Ya hace más de cincuenta y dos años.
Kinderman se entristeció.
—¿Qué le parece eso como trabajo detectivesco? —preguntó animadamente el psiquiatra—. Uno posee el instinto o no lo posee. Es puro instinto. Se presenta muy pronto. Cuando yo era residente trabajé en un caso de un paciente depresivo. Uno de sus síntomas era un clic en su oído, un clic que oía continuamente. De modo que, cuando acabé de entrevistar a ese tipo, se me ocurrió algo de pronto: «¿Cuál es el oído donde oye el clic?», le pregunté. Y él me respondió: «Lo oigo continuamente en el oído izquierdo.» «¿En el oído derecho no oye nada?», le pregunté yo. Replicó: «No, únicamente lo oigo en el oído izquierdo.» «¿Le importaría si escucho también?», le pregunté. Y él replicó: «No.» De modo que yo puse mi oído junto al de él y escuché. Y, Cristo, ¿sabe usted que yo también escuché ese clic? ¡Tan alto como era posible oírlo! El martillo de su tímpano resbalaba de continuo y hacía ese ruido. Le curé con cirugía y le dejé marchar. ¿Sabe usted que el hombre había estado allí durante casi seis años? A causa de ese clic, creía que estaba loco, y por causa de ello estaba deprimido. Tan pronto como supo que el clic era real superó su depresión en una sola noche.
—Ése es un caso realmente asombroso —convino Kinderman—. Realmente.
—Yo suelo usar mucho la hipnosis —siguió Temple—. A muchos médicos no les gusta. Creen que es demasiado peligrosa. ¿Pero estas gentes cree usted que están mejor como están? Cristo, uno ha de ser un sabueso y un inventor para ser bueno. Y por encima de todo, ha de ser creativo. Siempre. —Rió maliciosamente—. Estaba pensando ahora mismo —dijo— que, cuando yo era estudiante de Medicina pasé un tiempo en Ginecología. Había una paciente, una mujer cuarentona que había ingresado por sentir misteriosos dolores en la vulva. Observándola, llegué al convencimiento de que era un caso para Psiquiatría. Estaba seguro de que estaba loca, realmente un caso perdido. De modo que hablé con el residente psiquiátrico sobre esa mujer y él fue a hablar con ella un rato, y después me dijo que no estaba de acuerdo conmigo. Bueno, pues pasaron los días y yo me convencía cada vez más de que esa mujer estaba loca de atar. Pero el residente psiquiátrico no quería saber nada. Así que un día voy a la habitación de esa mujer. Llevaba conmigo una escalera baja y una sábana de caucho. Cerré la puerta, puse la sábana encima de ella, cubriéndola hasta el cuello, y entonces monté en la escalera, saqué fuera mi polla y oriné encima de la cama. Ella no podía creer lo que estaba viendo. Me bajé después de la escalera, plegué la sábana y salí del cuarto, llevándome la escalera y la sábana. Dejé que pasara el tiempo. Un día después, debía ser, me topo con el residente psiquiátrico durante el almuerzo. Me mira con fijeza y me dice: «Freeman, tenía usted razón en cuanto a esa señora. No creería usted ni en cien años lo que ha estado contando a todas las enfermeras.» —Temple se reclinó en su butaca con satisfacción—. Sí, requiere mucha devoción —dijo—. Ya lo creo que sí.
—Ha sido una lección para mí, doctor —replicó Kinderman—. Realmente, me ha abierto los ojos de tantas maneras... Sabe, algunos médicos, de otras ramas de la Medicina, atacan continuamente a la Psiquiatría.
—Son unos imbéciles —dijo Temple despreciativo.
—A propósito, hoy he almorzado con un colega de usted. Sabe, el doctor Amfortas, el neurólogo.
Los ojos del psiquiatra se estrecharon una fracción.
—Sí, Vince atacaría la Psiquiatría, seguro que sí.
—Oh, no, no —protestó Kinderman—. No lo hizo. No, él no la atacó. Sólo lo he mencionado porque almorcé con él. Estaba contento.
—¿Estaba qué?
—Un hombre agradable. Por cierto, quizás alguien podría acompañarme para mostrarme estos alrededores. —Se levantó—. Donde estaba la señorita Lazlo. Debería verlo.
Temple se levantó y aplastó el cigarrillo en el cenicero.
—Yo mismo le acompañaré —dijo.
—Oh, no, no, usted es un hombre muy ocupado. No, yo no podría molestarle, realmente no podría.
Las manos de Kinderman estaban alzadas en señal de protesta.
—No se preocupe —dijo Temple.
—¿Está usted seguro?
—Este lugar es la niña de mis ojos. Estoy orgulloso de él. Venga y se lo enseñaré.
Abrió la puerta.
—¿Está usted seguro?
—Seguro —respondió Temple.
Kinderman cruzó la puerta. Temple le siguió.
—Por aquí —explicó Temple señalando hacia la derecha; entonces comenzó a dar zancadas.
Kinderman seguía detrás de él, luchando por mantenerse a nivel con los largos pasos del médico.
—Me hace sentir culpable —comentó el detective.
—Bueno, va usted acompañado por la persona adecuada.
Kinderman visitó el pabellón abierto. Consistía en un laberinto de pasillos, la mayoría de ellos bordeados por las habitaciones de los pacientes, aunque en algunos había salas de conferencia y oficinas para el personal. También había un snack así como instalaciones para terapia física. Pero el centro de las actividades se hallaba en una gran sala de recreo con despacho para una enfermera, una mesa de ping-pong y un aparato de televisión. Cuando Temple y Kinderman llegaron allí, el psiquiatra le enseñó un grupo numeroso de pacientes que estaba contemplando algo que parecía una exhibición deportiva. La mayoría de ellos eran ancianos y miraban tristemente hacia la pantalla de televisión. Estaban vestidos con sus pijamas, batas y zapatillas.
—Aquí en donde está la actividad —explicó Temple—. Regañan todo el día discutiendo qué programa quieren ver. La enfermera de servicio se pasa el tiempo haciendo de arbitro.
—Ahora todos parecen felices con lo que están viendo —dijo Kinderman.
—Espere un poco. Vea, ahí hay un paciente típico —siguió Temple. Le señalaba a un hombre del grupo que miraba la televisión. Llevaba una gorrita de béisbol—. Es un castrofénico —Temple se explicó—. Cree en unos enemigos que están chupando todos los pensamientos de su mente. No sé. A lo mejor tiene razón. Y ahí tenemos a Lang. Es el tipo que está de pie, al fondo. Era un químico bastante bueno, hasta que comenzó a oír voces en una grabadora. De gente muerta. Respondiendo a sus preguntas. Había leído alguna especie de libro sobre ese tema. Esto es lo que le inició.
¿Por qué me suena esto familiar? —pensó Kinderman. Experimentó algo raro en su alma.
—Muy pronto comenzó a oír esas voces también en la ducha —siguió Temple—. Después en cualquier clase de agua corriente. Un grifo. El océano. Luego en las ramas movidas por el viento o en las hojas susurrantes. Y no tardó mucho en oírlas en sus sueños. Y ahora ya no puede alejarlas de él. Dice que la televisión las ahoga.
—¿Y esas voces le han hecho enfermar mentalmente? —preguntó Kinderman.
—No. La enfermedad mental es lo que le hizo oír esas voces.
—¿Como el clic en la oreja?
—No, ese individuo está realmente sonado. Palabra. Realmente chiflado. ¿Ve usted a esa mujer con el sombrerito absurdo? Otra belleza. Pero uno de mis éxitos. ¿La ve usted?
Estaba señalándole una mujer obesa de mediana edad sentada entre el grupo delante del aparato de televisión.
—Sí, la veo —convino Kinderman.
—Oh, oh —dijo Temple—. Ahora me ha visto. Aquí viene.
La mujer se estaba acercando a ellos con rapidez arrastrando los pies. Las zapatillas se deslizaban de forma ruidosa rascando el suelo. Pronto estuvo de pie directamente delante de ellos. Su sombrero, hecho de fieltro azul redondeado, aparecía recubierto con barras de caramelos sujetas con imperdibles.
—Nada de toallas —le dijo la mujer a Temple.
—Nada de toallas —respondió el psiquiatra como un eco.
La mujer dio la vuelta y volvió junto a su grupo.
—Solía acaparar toallas —dijo Temple—. Las robaba de los otros pacientes. Pero le curé la costumbre. Durante una semana le di siete toallas extra cada día. A la semana siguiente veinte, y a la otra cuarenta. Muy pronto tenía tantas toallas en su cuarto que no podía moverse, y cuando un día le llevamos la ración comenzó a chillar y a arrojar fuera las toallas. No podía soportarlas más. —El psiquiatra calló durante unos momentos, observando a la mujer mientras se sentaba en su sitio—. Supongo que el caramelo es lo siguiente —dijo Temple con voz átona.
—Están tan quietos —comentó el detective.
Miró a su alrededor a algunos de los pacientes sentados en las sillas. Estaban desplomados y distraídos, mirando sin ver al vacío.
—Sí, la mayoría de ellos son como vegetales —convino Temple. Se dio unos golpecitos en la cabeza con el dedo—. Nadie en casa. Claro está, las drogas ayudan.
—¿Las drogas?
—Su medicación —siguió Temple—. «Torazine». La reciben todos los días. Los hace ser aún más lelos.
—¿El carrito de las drogas viene por aquí?
—Claro.
—¿Lleva otras drogas además de «Torazine»?
Temple volvió la cabeza para mirar a Kinderman.
—¿Por qué?
—Solamente una pregunta.
El psiquiatra alzó los hombros.
—Pudiera ser. Si el carrito va de camino al pabellón de los perturbados.
—¿Es allí donde se realiza la terapia de electroshock?
—Bueno, ya no se hace tanto.
—¿No tanto como antes?
—Bueno, de vez en cuando —comentó Temple—. Sólo cuando se necesita.
—¿Tiene usted pacientes en este pabellón que tengan conocimientos médicos?
—Vaya pregunta rara... —dijo Temple.
—Es mi albatros —dijo Kinderman—. Mi oso. No puedo evitarlo. En cuanto pienso en una cosa, tengo que decirla inmediatamente.
Temple pareció desorientado por esta respuesta, pero entonces se volvió e hizo un gesto hacia uno de los pacientes, un hombre de mediana edad, delgado, sentado en una silla. Estaba junto a una ventana, mirando hacia fuera. La luz del sol de la tarde llegaba oblicua hasta él, dividiendo su cuerpo en claridad y oscuridad. No tenía expresión ninguna en su rostro.
—Fue médico por los años cincuenta en Corea —explicó Temple—. Perdió sus genitales. No ha dicho una palabra en casi treinta años.
Kinderman asintió. Se volvió y miró a la enfermera de servicio. La enfermera estaba ocupada escribiendo un informe. Un enfermero negro, de robusta complexión, estaba de pie cerca de ella, apoyando el brazo en el mostrador de la entrada mientras vigilaba a los pacientes de la sala.
—Veo que sólo tiene usted una enfermera aquí —observó Kinderman.
—Eso es todo lo que se necesita —respondió Temple tranquilamente. Se puso las manos en las caderas y miró a lo lejos frente a él—. Sabe, cuando el aparato de televisión está cerrado, todo lo que usted podría oír en esta sala sería el arrastrar de las zapatillas. Es un ruido rastrero —dijo. Continuó con la mirada fija durante un momento, y después volvió la cabeza para mirar al detective Kinderman estaba observando al hombre junto a la ventana—. Parece usted deprimido —le dijo Temple.
Kinderman se volvió hacia él y replicó:
—¿Yo?
—¿Tiene usted tendencia a quedar meditativo? Lo ha estado usted desde que se ha presentado por mi oficina. ¿Está siempre con ese humor?
Kinderman reconoció sorprendido que lo que Temple le estaba diciendo era la verdad. Desde que había entrado en su oficina, Kinderman no se había sentido él mismo. El psiquiatra había dominado su espíritu. ¿Cómo había hecho aquello? Le miró a los ojos. Dentro, había como un arremolinamiento.
—Es mi trabajo —dijo Kinderman.
—Entonces cámbielo. En cierta ocasión alguien me preguntó: «¿Qué podría hacer respecto a estos dolores de cabeza que sufro cada vez que como cerdo?» ¿Sabe usted lo que yo le respondí? «Pues deje de comer cerdo.»
—¿Podría ver la habitación de la señorita Lazlo, por favor?
—¿Quiere usted animarse, por favor?
—Lo intento.
—Estupendo. En ese caso, vamos, le llevaré a la habitación de esa mujer. Está cerca.
Temple condujo a Kinderman por un pasillo, y después a otro, y muy pronto ambos se encontraban en la habitación.
—Hay poca cosa aquí —dijo Temple.
—Sí, entiendo.
De hecho, no había nada. Kinderman miró en el armario. Allí dentro apareció otro albornoz azul. Buscó en los cajones. Estaban vacíos. En el cuarto de baño se veían toallas y jabón; eso era todo. Kinderman miró a su alrededor en el pequeño cuarto. De pronto sintió una corriente fría que le dio en el rostro. Parecía que fluía a través de él, y después se desviaba. Desvió la vista hacia la ventana.
Experimentó un sentimiento raro. Observó su reloj. Eran las tres y cincuenta y cinco minutos.
—Bueno, debo irme —dijo Kinderman—. Muchas gracias.
—A su disposición —replicó Temple.
El psiquiatra acompañó a Kinderman por un vestíbulo del ala de Neurología hasta fuera del pabellón. Se separaron a las puertas, junto al pabellón de régimen abierto.
—Debo volver a entrar —explicó Temple—. ¿Sabrá usted cómo salir de aquí?
—Sí, gracias.
—¿Le he hecho aprovechar el día, teniente?
—Y a lo mejor hasta la noche.
—Bien. Si alguna vez se siente usted deprimido otra vez llámeme y venga a verme. Puedo ayudarle.
—¿Qué escuela de Psiquiatría es la que usted sigue?
—Yo soy un behaviorista convencido —explicó Temple—. Déme todos los hechos y le diré por adelantado lo que hará una persona.
Kinderman bajó la mirada y sacudió la cabeza.
—¿Por qué mueve usted la cabeza? —le preguntó Temple.
—Oh, no es nada.
—No, es algo —dijo Temple—. ¿Cuál es el problema?
Kinderman alzó su mirada hacia unos ojos que eran beligerantes.
—Bueno, yo siempre he sentido pena por los behavioristas, doctor. Nunca pueden decir: «Gracias por pasarme la mostaza.»
Los labios del doctor se comprimieron. Sólo respondió:
—¿Cuándo nos devolverán a Lazlo?
—Esta noche. Dispondré lo necesario.
—Bien. Espléndido. —Temple empujó una puerta y entró. Añadió—: Ya le veré por el campus, teniente
Desapareció en el pabellón abierto. Kinderman se quedó allí inmóvil un momento, escuchando. Podía oír las suelas de caucho que se alejaban con rapidez. Cuando el sonido se desvaneció, inmediatamente experimentó un sentimiento de alivio. Suspiró, y entonces tuvo el presentimiento de que había olvidado alguna cosa. Notó un bulto en un bolsillo de su abrigo. Los libros de Dyer. Dobló hacia la derecha y se alejó de prisa.
Cuando Kinderman entró en la habitación de Dyer el sacerdote alzó la mirada de la lectura de su breviario. Estaba todavía en la cama.
—Bueno, hay que ver el tiempo que has necesitado —se lamentó—. Ya he pasado por siete transfusiones desde que te marchaste.
Kinderman se detuvo junto a la cama y arrojó los libros hacia el estómago de Dyer.
—Según usted ordenó —dijo—. La Vida de Monet y Conversaciones con Wolfgang Pauli. ¿Sabe usted por qué crucificaron a Cristo, padre? Lo prefirió a tener que exhibir estos libros en público. —No seas melindroso.
—Hay misiones de jesuitas en la India, padre. ¿No podría usted encontrar una en donde trabajar? Las moscas no son tan malas como se cuenta por ahí. Son muy lindas: todas de diferentes colores. Y además, Scruples ahora ya está traducido al hindi. Usted seguirá disfrutando de sus comodidades y los chotchkelehs usuales a su lado. Y además varios millones de ejemplares del Kama Sutra.
—Ya lo he leído.
—Sin duda alguna.
Kinderman se había acercado al pie de la cama, en donde cogió el gráfico médico de Dyer, le echó una ojeada y lo volvió a su lugar.
—¿Me perdonará usted si ahora abandono esta discusión mística? Un exceso de estética siempre me produce dolor de cabeza. Además tengo dos pacientes en otro pabellón, y ambos sacerdotes: Joe Di Maggio y Jimmy él Griego. Le dejo.
—Pues vete.
—¿Por qué tanta prisa?
—Quiero volver a leer Scruples.
Kinderman se volvió y comenzó a caminar.
—¿Es por algo que yo he dicho? —preguntó Dyer.
—La madre India está llamándole, padre.
Kinderman salió al pasillo y desapareció. Dyer estuvo mirando el umbral abierto, vacío.
—Adiós, Billy —murmuró con una sonrisa cálida, cariñosa.
Y al cabo de un momento volvió a su breviario.

De regreso en la Comisaría, Kinderman pasó a través del ruidoso cuarto de la brigada, entró en su oficina y cerró la puerta. Atkins estaba esperándole. Se apoyaba contra una pared. Llevaba unos pantalones vaqueros de color azul y un grueso jersey con cuello alto vuelto, debajo de una chaqueta de cuero negro reluciente.
—Estamos descendiendo demasiado, Capitán Nemo —dijo Kinderman mirándole desmayadamente desde la puerta—. El casco no puede resistir esta presión. —Se encaminó hacia su escritorio—. Y yo tampoco puedo. ¿Atkins, en qué estás pensando? Detente. La duodécima noche ya está en el Folger, no aquí. ¿Qué es esto?
El detective se inclinó sobre su mesa escritorio y recogió dos croquis montados. Los miró con aire estúpido y después lanzó una mirada lastimera hacia Atkins.
—¿Éstos son los sospechosos? —preguntó.
—Ninguno de ellos fue visto con claridad —explicó Atkins.
—Me doy cuenta de ello. El viejo se parece a un aguacate senil que intenta hacerse pasar por Harpo Marx. Y el otro, entretanto, me confunde el cerebro. ¿El hombre del anorak tenía bigote? Nadie mencionó un bigote en la iglesia, ni una palabra al respecto.
—Ésa fue la contribución de la señorita Volpe.
—Señorita Volpe... —Kinderman dejó caer los croquis y se frotó la cara con la mano—. Meshugge, señorita Volpe, le presento a Julie Febré.
—Tengo que decirle algo, teniente,
—Ahora no. ¿No sabe ver cuándo un hombre está intentando morirse? Eso requiere una concentración absoluta, total. —Kinderman se sentó tristemente a su despacho y miró los croquis—. Sherlock Holmes lo tenía muy fácil —se lamentó lúgubremente—. No tenía ningún croquis del perro de los Baskerville con qué enfrentarse. Además, la señorita Volpe, sin duda alguna, tiene el valor de diez de sus Moriarty.
—Ha llegado el expediente Géminis, señor.
—Ya lo sé. Puedo verlo en mi escritorio. ¿Salimos a la superficie, Nemo? Mi visión ya no está confusa.
—Tengo algunas novedades para usted, teniente.
—Conserva tus pensamientos. He tenido un día fascinante en el «Hospital» de Georgetown. ¿No vas a preguntarme sobre mi día?
—¿Qué ha sucedido?
—No estoy en condiciones de discutirlo en este momento. Quiero tu opinión sobre algo. Todo esto es académico. ¿Lo comprendes? Sólo supón estos hechos hipotéticos. Un psiquiatra experimentado, alguien como el Jefe de Psiquiatría en el hospital, lleva a cabo torpes esfuerzos para hacerme creer que está encubriendo a un colega; digamos, por ejemplo, un neurólogo que trabaja en el problema del dolor. Esto sucede, en este hipotético caso, cuando yo le pregunto a este psiquiatra imaginario si entre su personal hay alguna persona que tenga cierta excentricidad en su modo de escribir. Este psiquiatra simulador me mira fijamente a los ojos durante dos o tres horas, entonces desvía la mirada a lo lejos y profiere un «no» con voz muy alta. Además, como un lince, yo descubro que hay fricciones entre ambos. Quizá no. Pero creo que sí. ¿Qué es lo que tú deduces de estas insensateces, Atkins?
—El psiquiatra quiere señalar con el dedo al neurólogo, pero no desea hacerlo de modo abierto.
—¿Y por qué no? —preguntó el detective—. Recuerda, este hombre está obstruyendo a la justicia.
—Es culpable de alguna cosa. Está involucrado. Pero si, al parecer, está encubriendo a otra persona, usted nunca sospecha; de él.
—Y así viviría eternamente. Estoy de acuerdo con tu opinión Entretanto, tengo otra cosa importante que contarte. En Beltsville Maryland, hace algunos años había un hospital para pacientes que se estaban muriendo de cáncer. De modo que les daban grandes dosis de LSD. No podía hacerles ningún daño. ¿No tengo razón? Y, además, ayudaba para el dolor. Entonces a todos ellos les ocurrió algo muy curioso. Todos tuvieron la misma experiencia, sin importar cuál fuese su religión o su ambiente. Imaginaban que iban directamente al fondo de la tierra a través de una especie de cloaca, con suciedad y basura. Y mientras lo hacían, eran esas cosas; eran lo mismo. Entonces comienzan a subir, arriba y arriba y, de pronto, todo es hermoso y están de pie delante del Todopoderoso que les dice: «Venid aquí junto a Mí, esto no es Newark.» Cada uno de ellos pasó por esta experiencia, Atkins. Bueno, de acuerdo, quizás un noventa por ciento. Eso basta. Pero lo principal es algo que dijeron. Afirmaron que sentían que todo el universo eran ellos mismos. Todos eran una misma cosa, dijeron: una persona. ¿No resulta sorprendente que todos contaran lo mismo? Además, considera el teorema de Bell, Atkins: en cualquier sistema de doble partícula, dicen los físicos, al cambiar el giro de una de las partículas simultáneamente se cambia el giro de la otra; ¡no importa la distancia que haya entre ambas, no importa si se trata de galaxias o de años luz!
—¿Teniente?
—Por favor, ¡mantente en silencio cuando estés hablando conmigo! Tengo algo más que decirte. —El detective se inclinó hacia delante con los ojos relucientes—. Piensa en el sistema autónomo. Realiza todas estas cosas aparentemente inteligentes para mantener a tu cuerpo en funcionamiento y vivo. Pero no tiene inteligencia propia. Tu mente consciente no está dirigiéndolo. «¿Pues qué es lo que lo dirige?», me preguntarás. Tu inconsciente. Ahora piensa en el Universo como si fuera tu cuerpo y en la evolución en las avispas cazadoras del sistema autónomo. ¿Qué es lo que dirige todo eso, Atkins? Piensa en ello. Y recuerda al inconsciente colectivo. Entretanto, yo no puedo quedarme sentado charlando para toda la vida. ¿Has visto o no has visto a la ancianita? No importa. Pertenece al «Hospital General» de Georgetown. Haz una llamada y envíala allí de inmediato. Es una paciente del psiquiátrico. Una interna.
—La ancianita ha muerto —explicó Atkins. —¿Qué?
—Murió esta tarde.
—¿Qué es lo que la mató?
—Le falló el corazón.
Kinderman se quedó con la mirada fija; finalmente bajó la cabeza y asintió.
—Sí, ése era el único camino para ella —murmuró. Sentía una tristeza profunda y conmovedora—. Martina Otsi Lazlo —murmuró cariñosamente. Alzó la mirada hacia Atkins—. Esa vieja dama era un gigante —le musitó—. En un mundo en donde el amor no perdura, ella era un gigante.
Abrió un cajón y sacó un clip que habían encontrado en el muelle. Lo sostuvo en la mano un momento, contemplándolo.
—Espero que ahora se haya reunido con él —dijo con suavidad. Puso el clip en el cajón y lo cerró—. Tiene un hermano en Virginia —explicó cansinamente a Atkins—. Su último apellido es Lazlo. Llama al hospital y arregla lo necesario. El contacto es Temple, doctor Temple. Es el jefe de Psiquiatría de allí, un goniff. No permitas que te hipnotice. Creo que hasta puede hacerlo por teléfono.
El detective se levantó y se encaminó hacia la puerta, se detuvo y regresó de nuevo a su escritorio.
—Caminar es bueno para el corazón —explicó. Cogió la carpeta que contenía el expediente Géminis y echó una mirada a Atkins—. No es desfachatez —advirtió—. No hables. —Se dirigió a la puerta, la abrió y después se volvió—. Da un repaso al ordenador en busca de recetas de succinilcolina extendidas durante este mes en el Distrito. Y también el pasado mes. Los nombres son Vincent Amfortas y Freeman Temple. ¿Vas a misa todos los domingos?
—No.
—¿Y por qué no? Como suelen decir entre las sotanas, Nemo, tú eres un trabajo de tres rociadas: bautismo, casamiento y muerte.
Atkins alzó los hombros.
—No pienso en ello —repuso.
—Muy evidente. Entretanto, una preguntita final, Atkins, y después de cabeza a los verdugos. Si Cristo no se hubiera dejado crucificar, ¿hubiéramos oído hablar de su resurrección? No me respondas. Es obvio, Atkins. Te agradezco tus esfuerzos y tu tiempo.
Disfruta de tu viaje al fondo del mar. Te aseguro que allá abajo sólo encontrarás peces de aspecto estúpido, con excepción de su jefe, una carpa gigante que pesa trece toneladas y que posee el cerebro de una tortuga. Es muy poco corriente, Atkins. Evítala. Si sospechase que nosotros tenemos alguna relación podría cometer una locura.
El detective se dio la vuelta y se alejó. Atkins le vio detenerse en medio de la sala de la brigada en donde alzó la mirada al cielo mientras que con los dedos se rozaba el ala de su ajado sombrero, Un policía que llevaba preso a un sospechoso chocó contra Kinderman y éste les dijo algo. Atkins no pudo oírlo. Finalmente, Kinderman se volvió y desapareció.
Atkins se acercó al escritorio y se sentó. Abrió el cajón y contempló el clip meditando sobre el significado de Kinderman al hablar del amor. Oyó pasos y alzó la mirada. Kinderman estaba de pie en el umbral.
—Si encuentro a faltar, aunque sea un caramelo de almendras —dijo— se acabó Batman y Robín. Entretanto, ¿a qué hora murió la ancianita?
—Aproximadamente a las tres cincuenta y cinco minutos —respondió Atkins.
—Entiendo —dijo Kinderman.
Estuvo mirando fijamente al vacío durante un rato, después se volvió con brusquedad y salió sin proferir palabra. Atkins se estuvo preguntando el alcance de la pregunta.
Kinderman se fue a su casa. En el recibidor se quitó el sombrero y el abrigo, y después entró en la cocina. Julie estaba sentada en la mesa de arce leyendo una revista de modas, mientras Mary y su madre se afanaban junto al fogón. Mary alzó la mirada de una salsa que estaba removiendo. Le sonrió:
—Hola, querido. Estoy contenta que hayas podido venir a cenar.
—Hola, papá —saludó Julie, todavía enfrascada en su lectura.
La madre de Mary dio la espalda al detective y limpió la superficie de la cocina con un trapo.
—Hola, dumpling —dijo Kinderman. Dio un beso a Mary en la mejilla—. Sin ti la vida sólo es pequeñas cuentas de vidrio y una pizza enmohecida —comentó—. ¿Qué hay para cenar? —añadió— Huelo a falda.
—No huelo a nada —gruñó Shirley—. Hazte arreglar la nariz.
—Esto lo dejo para Julie —repuso Kinderman sombríamente.
Se sentó a la mesa frente a su hija. En el regazo tenía el expediente Géminis. Los brazos de Julie estaban plegados y apoyados en la mesa, y su largo cabello negro rozaba las páginas de Glamour. Distraídamente, echó para atrás una trenza y volvió la página.
—Bueno, ¿y qué hay de Febré? —le preguntó el detective.
—Papá, por favor, no te excites —repuso Julie lacónicamente. Volvió otra página.
—¿Quién está excitado?
—Sólo estoy pensando en ello.
—Yo también.
—Bill, no te metas con Julie —dijo Mary.
—¿Y quién se mete con ella? Pero, Julie, esto nos va a causar un gran problema. Vamos a ver, una persona de una familia se cambia el nombre. Esto es fácil. Pero cuando tres de la misma familia hacen un cambio al mismo tiempo, y todos diferentes, no sé... Podría conducir, finalmente, a una histeria colectiva, por no mencionar una minúscula confusión. ¿Podríamos quizá coordinarlo todo?
Julie alzó sus hermosos ojos para mirar a los de su padre.
—No te entiendo, papá.
—Tu madre y yo vamos a cambiarnos el nombre por el de Darlington.
Un cucharón de madera cayó de golpe en el fregadero y Kinderman vio que Shirley salía con rapidez de la habitación. Mary volvió al frigorífico, riendo en silencio y con malicia.
—¿Darlington? —exclamó Julie.
—Sí —respondió Kinderman—. También nos estamos convirtiendo.
Julie ahogó un respingo y se cubrió la boca con la mano.
—¿Os vais a convertir al catolicismo? —preguntó asombrada.
—No seas boba —replicó Kinderman con suavidad—. Eso es tan malo como ser judío. Estamos pensando en el luteranismo, quizá. Estamos todos acabados con esas cruces gamadas en la sinagoga.
Kinderman oyó que Mary salía corriendo de la cocina.
—Tu madre está un poco alterada —explicó—. Los cambios siempre son duros al principio. Ya lo superará. No tenemos por qué hacerlo todo de una vez. Lo haremos poco a poco. Primero nos cambiamos el nombre, después nos convertimos, y entonces nos suscribiremos al The National Review.
—No puedo creer todo esto —repuso Julie.
—Pues créelo. Estamos entrando en el espíritu mezclador de los tiempos. Nos convertiremos en puré, aunque no en Febré. No te importe. Era inevitable. El único problema está en cómo coordinar todo este asunto. Estamos abiertos a las sugerencias, Julie. ¿Qué opinas tú?
—Creo que no deberíais cambiaros el nombre —replicó Julie enfáticamente.
—¿Y por qué no?
—¡Bueno, es vuestro nombre! —dijo. Vio a su madre que regresaba—. ¿Estás hablando en serio en cuanto a ese asunto, mamá?
—No tiene por qué ser Darlington, Julie —explicó Kinderman—. Escogeremos otro nombre en el que todos estemos de acuerdo. ¿Qué te parece Bunting?
Mary asintió con gravedad.
—Me gusta.
—Oh, Dios mío, esto es vergonzoso —estalló Julie.
Se levantó y salió impetuosamente de la cocina mientras la madre de Julie volvía a entrar.
—¿Ya has terminado de decir sandeces? —preguntó Shirley—. En esta casa yo no podría distinguir quién es una persona y quién no lo es. Todos parecen ser maniquíes profiriendo shtuss para atormentarme a mí y hacerme oír voces para encerrarme después en un manicomio.
—Sí, tienes razón —le dijo Kinderman con sinceridad—. Mis disculpas.
—¿Ves lo que yo quiero decir? —chilló Shirley—. Mary, ¡dile que pare inmediatamente!
—Bill, no sigas —pidió Mary.
—Ya he terminado.
La cena estuvo lista a las siete y quince minutos. Después, Kinderman se metió un largo rato en la bañera, intentando dejar su mente en blanco. Como de costumbre, no lo consiguió. Ryan lo hace tan fácilmente —reflexionó—. Debo preguntarle su secreto. Esperaré hasta que haya hecho algo bien y se sienta comunicativo. Su mente pasó del concepto de un secreto a Amfortas. Ese hombre es tan misterioso, tan oscuro. Había algo que Amfortas ocultaba, lo sabía. ¿Qué era? Kinderman cogió la botella de plástico y vertió un poco más del fluido de burbujas en la bañera. Le era difícil no adormecerse.
Terminado el baño, Kinderman se puso una bata y llevó el expediente Géminis a su despacho. Las paredes estaban recubiertas de carteles de cine, clásicos en blanco y negro de las décadas de los treinta y los cuarenta. Sobre el oscuro escritorio de madera se veían numerosos libros esparcidos. Kinderman frunció el ceño. Iba descalzo y había pisado un ejemplar de cantos agudos de El fenómeno humano de Teilhard de Chardin. Se agachó y lo recogió, colocándolo sobre el escritorio. Encendió la lámpara de sobremesa. La luz se reflejó en el estaño de envoltorios de caramelo, que acechaban entre los desperdicios como villanos relucientes. Kinderman se hizo espacio para el expediente, se rascó la nariz, se sentó e intentó concentrarse. Buscó entre los libros y encontró un par de gafas para leer. Las limpió con la manga de su bata y después se las puso. No podía ver todavía. Cerró un ojo y después otro, se quitó finalmente las gafas y lo hizo de nuevo. Decidió entonces que veía mejor sin las lentes. Enrolló su manga alrededor de las gafas y le dio un golpe fuerte contra una esquina del escritorio. El cristal cayó partido en dos piezas. La navaja de Occam —pensó Kinderman—. Se volvió a poner las gafas y lo intentó de nuevo.
No servía de nada. El problema estaba en el cansancio. Se quitó las gafas, salió de su despacho y se fue directamente a la cama.
Kinderman soñó. Estaba sentado en un teatro viendo una película con los pacientes del pabellón abierto. Creía que estaba viendo Horizontes perdidos aunque lo que aparecía en la pantalla era Casablanca. No dedujo ninguna discrepancia en ello. En el «Café de Rick», el pianista era Amfortas. Estaba cantando As Time Goes By cuando entró la actriz Ingrid Bergman, sólo que, en el sueño de Kinderman, la mujer era Martina Lazlo y su esposo lo interpretaba el doctor Temple. Lazlo y Temple se acercaron al piano y Amfortas dijo:
—Déjelo solo, señorita Use.
Y Temple dijo entonces:
—Dispárale.
Lazlo sacó un bisturí de su bolso y lo clavó en el corazón de Amfortas. De pronto Kinderman estaba en la película. Se sentaba a una mesa con Humphrey Bogart.
—Las cartas de tránsito están falsificadas —dijo Bogart.
—Sí, lo sé —replicó Kinderman.
Le preguntó a Bogart si Marx, su hermano, estaba involucrado y Bogart se encogió de hombros y dijo:
—Esto es «Rick's».
—Sí, todo el mundo viene aquí —convino Kinderman.
Afirmó con la cabeza:
—He visto esta película veinte veces.
—No puede hacer daño —explicó Bogart.
Entonces Kinderman experimentó pánico porque se había olvidado del resto del papel, y comenzó una discusión sobre el problema del mal y le hizo a Bogart un resumen de su teoría. En el sueño, sólo necesitó una fracción de segundo.
—Sí, Ugarte —siguió Bogart—. Ahora siento más respeto por ti. —Entonces Bogart inició una discusión sobre Cristo—. Tú le has dejado fuera de tu teoría —dijo—: los correos alemanes lo descubrirán.
—No, no, yo le incluyo —repuso Kinderman rápidamente.
Bruscamente, Bogart se convirtió en el padre Dyer y Amfortas y la señorita Lazlo estaban sentados a la mesa, aunque ahora ella era joven y extraordinariamente hermosa. Dyer escuchaba la confesión del neurólogo y, cuando le dio la absolución, Lazlo le entregó a Amfortas una rosa blanca.
—Y yo afirmé que nunca te abandonaría —le dijo a Dyer.
—Ve y no vivas más —replicó el cura.
Instantáneamente, Kinderman se encontraba junto al público y sabía que estaba soñando. La pantalla se había agrandado y llenaba toda su visión; en vez de Casablanca vio dos luces que destacaban en la vaguedad de un verde pálido de un vacío infinito. La luz de la izquierda era mayor y fulgurante, resplandeciendo con una radiación azulada. Mucho más lejos, a su derecha, aparecía una pequeña esfera blanca que relucía con el brillo y el poder de muchos soles, aunque no parpadeaba ni lanzaba destellos; era una luz serena.
Kinderman experimentó una especie de trascendencia. En su mente oyó la luz de la izquierda que comenzaba a hablar.
—No puedo por menos de amarte —decía. La otra luz no dio respuesta alguna. Siguió una pausa—. Eso es lo que yo soy —continuó la primera luz—. Amor puro. Quiero dar libremente mi amor —dijo. De nuevo la brillante esfera siguió en silencio. Entonces, al fin, la primera luz habló otra vez—. Quiero crearme a mí mismo —concluyó.
La esfera habló entonces.
—Habrá dolor —explicó.
—Lo sé.
—Tú no comprendes lo que es.
—Yo lo escojo —terció la luz azulada.
Y después esperó, parpadeando con suavidad.
Pasaron muchos momentos más antes de que la luz blanca hablase otra vez.
—Te enviaré a Alguien —dijo.
—No, no debes. No debes interferir.
—Formará parte de ti —siguió la esfera.
La luz azulada respiró hacia dentro de sí misma. Sus destellos eran leves y pequeños. Finalmente, se expandió de nuevo.
—Que sea entonces.
Ahora el silencio fue mucho más prolongado, mucho más profundo que antes. Había cierta pesadez en aquel silencio.
Finalmente, la luz blanca habló bajo y con tristeza.
—Adiós. Volveré a ti.
—Apresura ese día.
La luz azulada comenzó a fulgurar vigorosamente. Se hizo mayor y más radiante y más bella que nunca. Poco a poco se intensificó, hasta que se hizo casi del tamaño de la esfera. Allí pareció detenerse un momento.
—Te amo —dijo.
Al instante siguiente estalló esparciendo su brillo lejos en el espacio, brotando con ímpetu de sí mismo con una fuerza inimaginable en billones de chispas de asombrosa energía de luz y sonido.
Kinderman se despertó sobrevolvedo. Se sentó en la cama y se tocó la frente. Estaba cubierta de sudor. Todavía podía sentir la luz de la explosión en su retina. Permaneció sentado reflexionando un rato. ¿Era reol? El sueño lo parecía. Ni tan siquiera el sueño sobre Max había tenido esta consistencia. No pensó en el fragmento del sueño en el cine. El otro fragmento lo había borrado.
Saltó de la cama y bajó a la cocina donde conectó la luz y miró el reloj de péndulo de la pared. ¿Las cuatro y diez? Esto es una locura —pensó—. Frank Sinatra se va a la cama en este mismo momento. Sin embargo, se sentía alerta y extremadamente descansado. Encendió la llamita debajo de la tetera y se quedó esperando junto al fogón. Tenía que vigilar para cogerla antes del silbato. Shirley podría bajar. Mientras esperaba, pensó en su sueño de las luces. Le había afectado profundamente. «¿Qué era esta emoción que estaba sintiendo?», se preguntó. Era algo como una pérdida mordaz e insoportable. La había sentido al final de Breve encuentro. Reflexionó en el libro que había leído sobre Satanás, aquel libro escrito por teólogos católicos. Allí se describían la belleza y la perfección de Satanás como asombrosas. «Portador de la Luz.» «Estrella de la Mañana.» Dios debía haberlo amado mucho. ¿Cómo podía entonces haberlo condenado para toda la eternidad?
Tocó la tetera. Sólo estaba caliente. Algunos minutos más. Pensó nuevamente en Lucifer, aquel ser de increíble resplandor. Los católicos decían que su naturaleza era invariable. ¿Por qué, pues? ¿Podía, realmente, haber traído enfermedad y muerte al mundo? ¿Ser el autor de esa crueldad y maldad de pesadilla? No tenía sentido. Incluso el viejo Rockefeller había repartido centavos de vez en cuando. Pensó en los Evangelios, en todas aquellas personas poseídas. ¿Por qué? «No por los ángeles caídos», pensó, tínicamente los goyim mezclan los diablos con los dybbuks. Es una broma. Ésas eran personas difuntas que intentaban regresar. Cassius Clay puede hacerlo infinitamente; pero, ¿no puede hacerlo un pobre sastre muerto? «Satanás no andaba por ahí invadiendo cuerpos vivos; ni los Evangelios decían eso», pensó Kinderman. Oh, sí, Jesús bromeó sobre eso una vez —concedió. Los apóstoles se habían acercado a él, sin aliento y rebosantes de sus éxitos en expulsar a los demonios. Jesús asintió y mantuvo un rostro serio mientras les decía:
—Sí, ya he visto a Satanás al caer como un rayo del cielo.
Fue una ironía, una ligera tomadura de pelo. «Pero, ¿por qué como un rayo?», pensó Kinderman. ¿Por qué Cristo llamó a Satanás el «Príncipe de este Mundo»?
Pocos minutos después se preparaba una taza de té que llevó consigo a su despacho. Cerró con suavidad la puerta, se abrió camino a tientas hasta la mesa, encendió la luz y se sentó. Se puso a leer el expediente.
Los asesinatos Géminis estuvieron restringidos en San Francisco y se estuvieron perpetrando durante un período de siete años, desde 1964 a 1971, cuando el «Géminis» cayó muerto por una ráfaga de balas mientras trepaba por una viga del puente «Golden Gate», donde la Policía le había atrapado después de incontables intentos fracasados. Durante su tiempo de vida, se le imputó la responsabilidad de veintiséis asesinatos, todos ellos salvajes y con mutilaciones. Las víctimas fueron tanto del género femenino como del masculino, de diversas edades, y algunas veces hasta niños, y la ciudad vivió aterrorizada incluso cuando se conoció la identidad del «Géminis». El propio «Géminis» la había ofrecido en una carta al periódico San Francisco Chronicle, inmediatamente después de los primeros asesinatos. Se trataba de James Michael Vennamun, de treinta y un años, hijo de un célebre evangelista cuyas reuniones habían sido televisadas por todo el país cada domingo por la noche a las diez. Pero el «Géminis», a pesar de ello, no pudo ser hallado, aun contando con la ayuda del evangelista que se retiró de la vida pública en 1967. Cuando murió, finalmente, el cuerpo del «Géminis» cayó en el río, y aunque se estuvo dragando durante muchos días, y no se había hallado su cadáver, no quedó ninguna duda sobre su muerte. En su cuerpo habían acertado ráfagas de centenares de balas. Y las muertes cesaron a partir de entonces.
Kinderman volvió suavemente la página. Este apartado se refería a las mutilaciones. Bruscamente, se detuvo y repasó con atención un párrafo. Se le erizaron los pelos de la nuca. ¿Podía ser esto? —pensó—. ¡Dios mío, no podía ser! Y, sin embargo, aquí estaba. Alzó la mirada, respiró hondo y estuvo reflexionando un rato. Prosiguió después.
Llegó al perfil psiquiátrico, basado sobre todo en las cartas incoherentes y un Diario que escribió en su juventud. El hermano de «Géminis», Thomas, gemelo, era mentalmente atrasado y vivía en un continuo terror a la oscuridad, incluso cuando los demás se hallaban cerca. Dormía con la luz encendida. El padre, divorciado, se cuidó poco de los chicos, y era James el que protegía y cuidaba de Thomas.
Kinderman quedó muy pronto absorto en el relato.
Con ojos ausentes, dóciles, Thomas estaba sentado a una mesa mientras James le preparaba más tortitas. Karl Vennamun entró vacilante en la cocina cubierto sólo con los pantalones del pijama. Estaba borracho. Llevaba un vaso alto y una botella de whisky que casi estaba vacía. Miró confusamente a James.
—¿Qué estás haciendo? —le preguntó con hostilidad.
—Preparo más tortitas para Thomas —explicó James.
Pasó andando junto a su padre con una fuente llena cuando Vennamun le golpeó salvajemente en la cara con el dorso de la mano y le hizo caer al suelo.
—Eso ya lo veo, pequeño mocoso bastardo —rugió Vennamun—. ¡Hoy he dicho que no se le diera comida...! ¡Se ha cagado en los pantalones!
—¡No puede evitarlo! —protestó James.
Vennamun le pateó en el estómago y después se adelantó hacia Thomas que estaba estremecido de terror.
—¡Y tú! ¡Se te dijo que hoy no comieras! ¿Es que no me has oído? —Había unos platos con comida encima de la mesa y Vennamun los barrió con la mano arrojándolos al suelo—. ¡Mono del diablo, vas a aprender obediencia y limpieza, maldito seas!
El evangelista tiró del muchacho con las dos manos poniéndolo de pie y comenzó a arrastrarle hacia una puerta que conducía afuera. Por el camino le pegaba:
—¡Eres como tu madre! Eres una mierda. Eres un sucio bastardo católico.
Vennamun arrastró fuera al chico, hasta la puerta de la bodega. El día era brillante en las colinas boscosas de la península Reyes. Vennamun abrió la puerta de la bodega.
—¡Bajarás a la bodega, con las ratas, maldito seas!
Thomas temblaba y sus grandes ojos de gacela brillaban de miedo. Gritaba:
—¡No! ¡No! ¡No me dejes en la oscuridad! ¡Papá, por favor! Papá...
Vennamun le abofeteó y le arrojó escalera abajo.
Thomas gritó:
—¡Jim! ¡Jim!
La puerta de la bodega fue cerrada con llave.
—Sí, las ratas le mantendrán ocupado —rugió Vennamun con su voz incierta de borracho.
Comenzaron entonces los gritos de terror.
Vennamun ató entonces a su hijo James a una silla, y se sentó a continuación para ver la televisión y seguir bebiendo. Finalmente, quedó dormido. Pero James estuvo oyendo los gritos durante toda la noche.
Al romper el alba reinaba silencio. Vennamun se despertó, desató a James, y después salió y abrió la puerta de la bodega.
—Ahora ya puedes salir —gritó hacia abajo, hacia la oscuridad.
No obtuvo respuesta. Vennamun estuvo observando a James que se abalanzó por la escalera. Entonces oyó que alguien lloraba. No a Thomas. A James. James sabía que su hermano había perdido el juicio.
Thomas quedó permanentemente encerrado en el Hospital Mental del Estado de San Francisco. James iba a verle siempre que podía y, a los dieciséis años, se escapó de casa y se fue a trabajar como chico embalador en San Francisco. Cada noche iba a visitar a Thomas. Le sostenía la mano y le leía historias infantiles. Se quedaba con él hasta que se dormía. Así continuaron las cosas hasta una noche de 1964. Era un sábado. James había estado todo el día con Thomas.
Eran las nueve de la noche. Thomas se hallaba en la cama. James se sentaba en una silla, junto a la cama, muy cerca de su hermano, mientras un doctor comprobaba el corazón de Thomas. Se sacó el estetoscopio de los oídos y sonrió a James.
—Tu hermano está perfectamente.
Una enfermera asomó la cabeza por la puerta y le dijo a James:
—Señor, lo siento, pero se han terminado las horas de visita.
El doctor indicó a James que siguiera sentado en su silla, y después se encaminó a la puerta.
—Permítame dos palabras, señorita Keach. No, ahí fuera en el pasillo. —Salieron fuera—. ¿Es quizá su primer día aquí, señorita Keach?
—Sí, lo es.
—Bueno, espero que se encuentre usted bien aquí —dijo el doctor.
—Seguro que así será.
—Ese joven que está ahí con Tom Vennamun es su hermano. Estoy seguro de que usted lo habrá notado.
—Sí, lo he notado.
—Durante años ha venido aquí, fielmente, todas las noches. Le permitimos que se quede hasta que su hermano se duerme. Algunas veces permanece aquí toda la noche. Es un caso especial —terminó él doctor.
—Oh, ya entiendo.
—Y otra cosa más: la lámpara de su habitación. El chico está aterrorizado de la oscuridad. Patológicamente. Nunca le apague la luz. Temo por su corazón. Es terriblemente débil.
—Lo recordaré —replicó la enfermera. Sonrió.
El doctor le devolvió la sonrisa.
—Bueno, la veré mañana. Buenas noches.
—Buenas noches, doctor.
La enfermera Keach le estuvo mirando mientras el médico se alejaba por el pasillo, y su sonrisa inmediatamente se convirtió en un gesto despreciativo. Sacudió la cabeza y murmuró:
—Idiota.
En la habitación, James agarraba la mano de su hermano. Tenía el libro de cuentos delante de él, pero ya conocía todas las palabras; se las había contado un millar de veces: Good night, little house, and good night, mouse. Good night, comb, and good night, brush. Good night, nobody. Good night, mush. And good night to the old lady whispering «hush». Good night, stars. Good night, air.
Good night, noises everywhere.» [ Buenas noches, casita, buenas noches, ratita. Buenas noches, peine, buenas noches, cepillo. Buenas noches, nadie. Buenas noches, blandura. Y buenas noches a la vieja señora que murmura «dulzura». Buenas noches, estrellas. Buenas noches, aire. Buenas noches, ruidos por todas partes. (N. del T.)] James cerró por un momento los ojos, cansado. Después miró para ver si Thomas se había dormido. No lo estaba; miraba fijamente al techo. James vio que una lágrima rodaba por su cara.
Thomas balbuceó:
—Yo... te quiero, J-j-james.
—Yo te quiero a ti, Tom —le respondió cariñosamente su hermano.
Thomas cerró los ojos y pronto estuvo dormido.
Después que James se hubo marchado del hospital, la enfermera Keach pasó por delante de la habitación. Miró dentro. Vio a Thomas dormido y solo. Entró en el cuarto, apagó la luz y después cerró la puerta de la habitación al salir.
—Un caso especial —murmuró.
Volvió a su oficina y a sus gráficos.
En medio de la noche resonó en el hospital un chillido de terror. Thomas se había despertado. Los chillidos continuaron durante algunos minutos. Después hubo un brusco silencio. Thomas Vennamun había muerto.
Y en aquel momento nació el criminal Géminis.

Kinderman alzó la mirada hacia una ventana. El día estaba naciendo. Se sintió extrañamente conmovido por lo que acababa de leer. ¿Podía sentir piedad por semejante monstruo? Pensó nuevamente en las mutilaciones. El signo de Vennamun había sido el índice de Dios tocando el de Adán; de ahí el acercamiento constante del dedo índice. Y siempre había la K al principio de uno de los nombres de la víctima. Vennamun, Karl.
Acabó su informe: «Los asesinatos subsiguientes de las víctimas con la K inicial indican la muerte por delegación del padre, cuyo retiro eventual de la vida pública sugiere el motivo secundario de Géminis, la destrucción específica de la carrera del padre y de su reputación a través de su relación con los crímenes del Géminis.»
Kinderman miró con fijeza la última página de la carpeta. Se
sacó las gafas y miró otra vez. Parpadeó. No sabía qué conclusiones extraer.
Saltó hacia el teléfono cuando éste comenzó a sonar.
—Sí, aquí Kinderman —replicó en tono bajo.
Miró la hora y sintió miedo. Oyó la voz de Atkins. Después nada. Sólo zumbidos. Sintió frío, aturdimiento y náusea en el alma.
Habían asesinado al padre Dyer.

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