EL CENTRO DEL INFIERNO H. A. Murena (Héctor Álvarez) JUDAS. Allí está, en el centro del Infierno, punto que es asimismo la base de toda la morada. Sobre el recinto que lo aloja se alza el misterioso edificio, vastísima y en apariencia caótica construcción de la que nadie sabe dónde se inicia ni hasta dónde se extiende, pero en algunas de cuyas habitaciones penetramos, junto a algunos de cuyos muros marchamos, los no muertos, en esta Tierra, sin saberlo, acaso sintiéndolo, porque es aquí donde empieza ese reino que podemos franquearnos con un gesto: se los reconoce —a tales cuartos, a tales paredes—, pese a su aspecto natural y humano, por un latido singular, seco y afiebrado, que percibiríamos con perturbadora claridad si apoyásemos una mano sobre ellos; se dice que los latidos son los del corazón del condenado que está en el centro, y que resultan más notables en los límites exteriores del edificio que sobre el pecho mismo del que surgen, que parecería yerto; pero sólo uno ha tocado ese pecho. Está echado boca arriba, cubierto con una túnica de color rosa muy tenue, está inmóvil, el vientre desmesuradamente hinchado, sin duda a causa de la larga permanencia en la misma posición; mantiene los ojos casi siempre cerrados, pero al anochecer los abre, negros, con una chispa en el medio, de fijeza irreal increíble: un largo aprendizaje debe haber tras esa cautela que hace que no los desvíe hacia lado alguno. Porque el recinto en que yace se halla invadido por una bruma blanquecina y húmeda, a causa de la cual mana de toda cosa un abundante sudor frío y resulta imposible distinguir los confines del lugar; pero, no obstante, la bruma permite ver sombras que se mueven en torno al condenado, formas negras, más grandes que un hombre, a veces quietas, velludas, arañas, tarántulas gigantescas, se cree. Con los ojos abiertos, con los ojos cerrados, bajo la escolta de sus negras compañeras, sueña, esto es, en su presente infinito —en esa condición desde la que por fin advierte que tanto tarda en caer a tierra el pétalo de una rosa como una existencia humana en transcurrir o una estrella en apagarse, en ese estado en el que comprende que todos los siglos pasados, presentes y futuros son una sola, efímera chispa—, vuelve a vivir, fantasiosa, terroríficamente, algunos de los instantes que ahora se agolpan en tropel contra él, pero que en este mundo, convertidos en actos o peligrosas larvas de actos, guardando una sucesión que parecía un orden, compusieron el fuego para su eternidad. Llega a la casa del monte, donde los otros están reunidos, tan lejos, tan alto para un mediodía ardiente, aunque no por capricho, sino por precaución, prudencia en la que también se mezcla una veta de desafío, pues la ciudad está demasiado cerca. Del agua tibia, de los pescados descompuestos, de los eucaliptos color coral bajo la corteza rota, de las porquerizas, de los limoneros en flor, cunde sobre el país entero un olor a felicidad putrefacta, que a él lo oprime, lo fatiga más que la marcha hasta el vómito. En tres oportunidades le habló ya, cada vez que le oyó anunciar sus proyectos insensatos. ¿Qué es la humanidad, qué es el reino de otro mundo?, le dijo. Fantasías, fantasmas, vacuas generalidades. La humanidad soy yo, y aquél y aquel otro que te siguen, aquellos a quienes piensas abandonar a mano de los verdugos; el otro mundo más valdría que se hiciese sentir un poco aquí abajo. En cada oportunidad le lanzó una mirada excesivamente dura, acaso excesivamente tierna, le contestó con el silencio. ¿Será el Dios? Nunca lo creyó ni dejó de creerlo. Por lo demás, ¡tanto importa! Mientras esté en la Tierra como hombre, ese relámpago debe servir al hombre. Ahora llora, de pie, erguido en su elevada estatura, hermoso, con una pelusa apenas visible sobre sus mejillas de niño consentido, llora, y los otros, tirados en la habitación, lo contemplan sin saber qué hacer, excepto Juan, por supuesto, que se abraza a sus piernas y también llora. No lo esperaron para comer, ahítos ya de un pan ázimo devorado más por miedo que por hambre; pero él no quiere comer. Habla. En seguida de llegar, aunque es de noche cerrada, aunque el habitáculo se llena de escorpiones, cincuenta, cien, que los demás matan como pueden. Lo enfrenta. ¿Has visto el dolor de los que te siguen, la miseria de nuestro pueblo esclavizado, los leprosos, los famélicos, el abandono en que viven?, le dice. ¿Qué derecho tienes a buscarte el suicidio cuando los que te amamos confiamos en que no nos dejarás solos con nuestras llagas? ¿En qué Dios te convertirás cuando la muerte te haya cerrado los ojos al sufrimiento? Lava primero el mal que tienes a tu alcance, y piensa, habla luego, si te queda tiempo, del otro mundo: eso le dice. Lo hace llorar, para impedirle que termine con una mísera muerte de delincuente su vida de taumaturgo capaz tal vez de sacrificarlo todo por el brillo. Gracias a esa dura sabiduría suya se ha tornado posible esta mansa, triunfal entrada en Tesalónica: aunque deba viajar en litera cubierta, pues la luz demasiado intensa le hace daño, El puede ver —levantando un poco los visillos— no sólo a los pobladores, arrodillados en reverencial silencio ante su paso, sino también a los soldados, los romanos, abandonados por sus jefes, que huyeron, ligeramente despavoridos, ante el éxtasis en que cayeron sus inferiores a la noticia de que llegaba quien llegaba. Y este paso por Nicópolis, donde el mismísimo cónsul los honra con su untuosa cordialidad burocrática, les ofrece su mansión; y este feliz arribo a Nápoles, donde sus preceptos se cumplen antes de verlo siquiera, todo esto se lo deben a él, a él, capaz de presumirlo desde el día en que descubrió al entonces joven hipnotizador desperdiciando sus actos mágicos en curaciones arbitrarias, que beneficiaban a uno y dejaban a la multitud seducida, pero tan enferma como si no hubiese ocurrido nada, lo comprendió cuando abandonó sus importantes posesiones, su situación social, las tradiciones: el jovenzuelo, guiado, podía llevarlos muy lejos por el camino de la salvación de su escarnecida raza. Hasta Roma, como lo dijo con sincero, fervoroso regocijo Caifás, la noche que él logró que se abrazaran en el monte de los Olivos, la Roma bañada por la luz lunar que contemplan desde lo que fuera recinto del Senado, silla ahora del dulce poder, del verdadero Dios, pastor de los pueblos satisfechos, libres y pacíficos. Pues eso esperan las naciones, a los discípulos, a los misioneros que, tras un sumario curso de adiestramiento, llegan, multiplican y multiplican los panes, sin dificultad, incluso de modo un poco mecánico, curan los males con panaceas asombrosas, que se les entregan a granel, persuaden a los ricos —quizá con cierto esfuerzo, pero siempre eficazmente— para que cedan sus bienes a los pobres, en el tiempo en que tarda una mano en abrirse erigen altos palacios donde sólo había tugurios, pantanos, alargan la dicha a todos. Henchidos de agradecimientos, peregrinos y legados de cada comarca del orbe avanzan con unción hacia este sitial del bien, avanzan, interminablemente, en bello orden, bajo la mirada paternal de los fornidos, minuciosos guardias (pues la felicidad común enfurece tanto a los que fueran explotadores, poderosos, que es menester durante esta generación —nada más que durante esta generación, claro está— reforzar con prudencia la vigilancia para que cuatro insensatos no logren desbaratar lo construido). El príncipe los recibe, a la distancia considerable que la santidad exige, los mira llorando, porque le ha quedado esa costumbre, que recrudece sobre todo en las oportunidades en que se cruza con Pedro, quien ha engordado tanto, llora, sin causa, teniendo en cuenta que incluso en los milagros especiales, a los que ahora se limita, alcanza cumbres no imaginadas, como esta resurrección del tal Lázaro, al que arrancó de la tumba hediendo, rígido, en forma quizá un poco espectacular para estos tiempos, pero de cualquier modo edificante, si se deja de lado a la parienta del resucitado, a la que ya no es posible sacarse de encima, siempre con su frasco de ungüento. La verdad, él siente de pronto miedo ante milagros semejantes, debe confesárselo, se pregunta si será el Dios, pero piensa en seguida que está ya viejo, algo chocho, con sus arrebatos de patética grandeza, y que aunque ahora se le ocurriera hacerse crucificar no conseguiría que le diesen el gusto, entre gentes tan satisfechas, nadie que aspire ya a nada, en la perfecta organización que se extiende a toda la superficie habitable, nadie que quiera cosa alguna fuera de lo que tiene, hasta tal punto que muchos, en el hartazgo de felicidad, ceden a la censurable moda que busca un último goce en el suicidio. Salvo la insignificancia de los escorpiones, que extrañamente se multiplican en las ciudades, irrumpen aquí, en el mismo recinto del bien, a decenas, a centenares, pero a los que los discípulos, gracias a una larga práctica, ultiman con gran destreza, la situación alcanzada merece un solo califi- cativo: perfecta. Y resulta grato ser el lugarteniente del príncipe (habiéndose al fin establecido las imprescindibles jerarquías), recibir los reflejos más directos de su nimbo, ser un segundo acaso más importante que el primero, pues la acción está en su mano, y las masas agradecen más las acciones que las promesas, vivan su nombre a la par que el del príncipe, ahora que han salido a los balcones, lo vivarán más cuando, con los treinta dineros que cada fiel debe donar a la entrada del templo, el bienestar crezca y crezca y crezca. Sueña. Pero sus velludas compañeras velan, marchan en círculo en torno a él, se detienen, adelantan sus negras cabezas, hunden los picos en los pómulos, bajo la túnica rosa, en el pecho, en el vientre, en los que han sido, son o serán sus genitales, muerden, tiran. El condenado sale de su ensueño, ve dónde está, la morada cuyo horror se torna más nítido a luz evanescente de su quimera, ve, y lanza un alarido, no por dolor, sino por ver, pues las heridas, como en este mundo, no están destinadas a hacerlo sufrir, tienen por fin llamarlo a la realidad, a juicio ante ella, pero su alejamiento es tal que aproximarse se confunde con lo doloroso. Clama, calla, vuelve a clamar, con una fuerza que haría estremecer las paredes, si esas paredes pudieran estremecerse. Después se reanuda el silencio. que parecería no haber sido interrumpido jamás. Es que, otra vez, sueña, mientras las oscuras formas retoman su ronda, cede nuevamente a las llamas de su éxtasis. Por fin, por fin entiende, estalla en su cerebro la luz prodigiosa, se multiplica en otros estallidos igualmente esclarecedores, después de tanta penuria de vida crasamente material, después de obedecer a ciegas en la noche de lo que no era fe sino credulidad, entiende. Los torpes, los bastos, los medrosos se apartan temblando hasta los confines más remotos del cuartucho, vuelven la cara contra las paredes, querrían desaparecer en ellas, habiendo oído decir al Maestro que aquel a quien dé el bocado será el que lo entregará, habiendo visto estirarse hacia todos, con el gesto del más pobre de los pobres, la mano que ofrece el bocado. Qué ascenso entonces, no sólo por arriba de los otros, sino también hasta la altura del Maestro, cuando se adelanta, en apariencia sereno, pero lo cierto que estremecido de gloria, y toma el bocado, come, único dispuesto al sacrificio, único dispuesto a darlo todo, igual que el Maestro, come. Pues, ¿de qué modo, si no? Descubre, más penetrante que cualquiera, qué les exige, qué les suplica El: que lo entreguen, uno con amor más fuerte que el amor, decidido a descender al pozo de abyección en cuyo fondo yace el puñal reservado a su pecho, que lo arrastren al patíbulo, para que lo que está escrito sea consumado. ¿Quién lo hará? ¿Acaso los tibios regentes de la sinagoga, con imaginación a lo sumo para mandar una banda de sicarios a fin de que ejecuten una tropelía inútil entre las sombras? ¿Acaso los tiernos discípulos, hijos de la confusión y la pasividad, que no saben más que lamentarse, asombrarse, llorar? Nadie fuera de él con fuerzas para contemplar al Maestro con las manos atadas atrás, tan evidentemente diminuto entre los gordos doctores que, envalentonados por la superioridad numérica, lo interrogan, lo vejan; sólo quien tenga la religiosidad de él puede ver el rostro simple y maduro, de ojos chispeantes de dignidad, el rostro enmarcado por el cabello azulino y ardiente, por la barba de noble abundancia, el rostro amado y temido, padeciendo las bofetadas de esa crápula, los escupitajos, y saber que todo lo que acontece es obra suya. Y aún lo peor, a tanta distancia de la cruz gloriosa e infamante, oír el gemido de la hora nona como si lo gritasen junto a sus orejas, sobrellevar de pie, inmóvil, en medio del campo, las tres horas de oscuridad diurna, sintiendo cómo tira de él hacia el centro de la Tierra el peso prodigioso, mágico de los treinta irrisorios dineros por los que había simulado venderse. Cuánto más fácil ser uno de los once, llegar a la casa del supuesto traidor después de los días iniciales de confusión, arrodillarse ante él y reverenciarlo, habiendo empezado a descubrir su grandeza, que aunque el Maestro entregó el cuerpo, la sangre, él dio algo más preciado, el alma, el amor, ese amor que ellos graciosa, cómodamente pudieron demostrar en forma invariable hacia el Maestro antes, hacia él ahora, al terminar por filtrarse en sus espesas cabezas la luz, besándolo, abrazándolo, pese al inconveniente que significan las pequeñas serpientes verdes que han penetrado en la casa, se echan sobre los adoradores, intentan introducirse en las partes más molestas, hay que arrancarle una a Pedro, entre los chillidos del infeliz. Por otro lado, ¿quién de ellos hubiera podido acertar con el camino entre la maraña de señales legadas por el Maestro, que, si se quiere, había hablado a veces un poquito demás? Hubieran cedido a la primaria, sentimental propensión a imitarlo, se hubiesen buscado el sacrificio, llámeselo cárcel, leones, crucifixión u hoguera, borrado en unos meses cualquier rastro de ellos, incluso de la doctrina, el curioso poder de ser los administradores del otro mundo derrochado en un tris. Imposible que llegaran a comprender que en materia de gestos desesperados bastaba con lo del Maestro, que era necesario ceder paso a la razón va, al cálculo, para obligar a la fuerza romana a un pacto, colocándose bajo la tibia ala del imperio, pero siendo su mismo corazón, desalojados de allí los idólatras, y avanzar a la sombra de sus picas y espadas en la conversión de los pueblos aún renitentes. No, no estarían hoy en el Capitolio, guardianes de la fe ofi- cial, amparados y, sin embargo, independientes, por no escatimar apoyo a nadie, ni a gobernantes ni a opositores, estar sabiamente con los oprimidos y con los que los oprimen, pues, ¿qué es el mundo sino ciudadela del Demonio, sitio de prueba? Así hay que dejarlo, en toda su iniquidad. Merced a esta iluminada, piadosa diplomacia, la iglesia es finalmente ecuménica, incluso al disperso pueblo asesino se le brinda auxilio, estando cada uno de sus integrantes registrado, fichado, a la espera del turno para el potro de tortura que lo conducirá a la salvación que su enferma voluntad no te permite desear. Una, infalible, el pecho se les llena de gloria cuando contemplan en los mapas la extensión de la iglesia, el cumplimiento del mandato del Maestro de difundir su evangelio, aunque haya sido preciso actuar con rigor contra algunos desequilibrados que, invocando la enseñanza, pretendieron cometer irregularidades, curaciones milagrosas, sacrificios de amor, manumisión de esclavos, toda la gama de lo subversivo. Bien estaba eso en el pasado, cuando el Maestro moraba con ellos, pero ahora Dios regresó al cielo, y en la Tierra han quedado los hombres: cada cual en su sitio. Porque es sabido lo que acontecería si se insistiera en traer a este mundo el Reino de Dios: abomi- nación, ayuntamiento con la bajeza, matrimonio con el pecado. ¿Quién querría ir entonces hacia Dios? Hasta tal punto que si el mismo Dios pusiera su mano en la balanza en favor de la repetición de sus extremismos, por su propia causa sería preferible cortar esa mano. Las gentes son toscas, brutales, entienden blanco sobre negro, hay que inculcarles odio a la Tierra, quedando sólo para los sacerdotes la mesurada apreciación de lo escasamente positivo que el mundo alberga. Aunque sea penoso, desgarre el alma verlo, las gentes deben sufrir, sólo así acuden al santuario, aumenta el número de los prosélitos de comunión diaria, o sea lo primor- dial, la asiduidad disciplinada, la fe, la cotidiana búsqueda del beso que todo lo lava (suprimida la costumbre de la comunión mediante el pan, peligrosa por sus reminiscencias), acuden, no obstante la rara plaga de serpientes verdes que llenan los santuarios en los momentos menos indicados, buscan introducirse en las partes más molestas de los devotos. Acuden, y conforta oírlos, apiñados en la plaza del Capitolio sin que les importe la violenta lluvia, el frío, mientras él, vestido de blanco, esperará aún largo rato antes de salir, por estricta piedad, escuchando que lo llaman padre incomparable, maestro sapientísimo, hermano infinito, sabiendo que, más allá de los nubarrones, la sonrisa de Dios se extiende como el arco iris en el cielo. Sueña, con los ojos abiertos, con los ojos cerrados. Pero sus compañeras se mueven otra vez, clavan sus filosas, sanguinolentas bocas en esa carne, destrozan un cuerpo desdichadamente indestrozable. El condenado grita, calla, grita, en instantes eternos, hasta que vuelve el silencio. Porque de nuevo sueña. Imposible seguir prestándose a ese juego: ¿quién echa agua sobre las brasas para ir a soplar las llamas? Es un hombre común, y lo sabe; como todos los hombres comunes ha aceptado y practicado una religión en la que no cree, un dios por supuesto inexistente, ritos ridículos a los que se asiste sólo por no llamar la atención en vano. Pero cuando apareció este otro, cuando la luz de sus promesas descubrió sin atenuantes la putrefacción, el oscurantismo, la senectud reaccionaria del Sanedrín, ni siquiera fue necesario un chistido pura que lo siguiera, dejándolo todo, y como un perro. Resultaba tan claro que había en éste un soplo liberal, renovación, un impulso progresista que ayudaría a desembarazarse de las antiguallas, prejuicios caducos, cualquier cosa que se opusiera al juego franco del sentido común. ¡Qué gozo verlo desafiar las leyes del sábado, arrancar al templo el monopolio del comercio expulsando de allí a los mercaderes, alternar con prostitutas y esclavos, viva prueba del cual debe ser el comportamiento de un verdadero demócrata, el criterio ajustado sólo al valor, no a la castas! Porque, ¿cómo se puede insistir en la patraña de que existe un Dios que contempla las desigualdades, la miseria, la injus- ticia, los sufrimientos, todo el mal del mundo, y permanece con los brazos cruzados, amando al hombre? Dicen que se trata de un misterio, que haya mal, que se debe amar a Dios a través de ese misterio, aunque claro que lo dicen los que engordan no obstante tal misterio, casi gracias a él, los caballeros de la sinagoga. Y éste los había calado desde el principio, los tenía sin duda entre ceja y ceja, quisiéralo o no descargaba golpes mortales sobre la patraña. Verdad que de entrada tal oro había aparecido envuelto en mucha ganga, como los milagros, trucos ya practicados por tantos magos, que eran una insistencia en lo nebuloso, en el oscurantismo que se atacaba. Estaban además las insinuaciones de que era una encamación de Dios, Dios mismo, aunque las enunciaba en forma suficientemente sibilina para que resultaran tolerables, y lo resultaron, marcaron en realidad el límite de su tolerancia. Pues cuando ve que aquella mujer le derrama encima el perfume de más alto precio en el mercado, las monedas de la subsistencia común, el despilfarro que no suscita reprensión sino la sonrisa complacida del preludio a una recaída de imprevisto furor en las pretensiones principescas, reconoce, cómo no, que éste es igual a los demás, ambicioso de coronar la pirámide de un nuevo Sanhedrín, partidario de las esclavizadoras diferencias sociales, torrente de reacción, que acaba de salpicarlo con lo que para su paciencia es la última gota. Y en cuanto a demagogia, especular con el fondo oscuro de los hombres, mistificarlos con la nube de la sangre y la ridícula creencia en un más allá, ha resultado al fin peor que los fariseos, si se atiende a los anuncios de la melodramática muerte que proyecta, más peligroso. ¿Qué no puede desatarse en esa ciudad hirviente de peregrinos llegados de los cuatro rincones del mundo, crispado magma de fanatismo y expectación, la mínima chispa hasta dónde es capaz de arrastrar a las masas ebrias de augurios, qué imá- genes fatales, perniciosas pueden grabar el esbozo de una nueva quimera, un gesto de este extraviado? No: no será él quien proporcione zancos a otro déspota. Y si ese rostro de mirada inhumana (ligeramente oblicua, la del rey que no quiere fulminar aún a sus vasallos), si ese cráneo cubierto por el cabello aplastado, ondulado con minuciosa simetría de la que sólo se burla en la frente un mechón recalcitrante que refleja todo lo antipático de su carácter, si esa boca entreabierta y temblona, con la exasperación quejosa de los niños, reclaman un traidor, sea: él está dispuesto. Mente fría, corazón sereno, servidor de la razón, no permitirá el encumbramiento, que progrese el espectáculo preparado, hará que lo encarcelen, sí, traicionará, si es que la fidelidad a lo sensato, limpio, merece llamarse traición. Creer que exista un dios perfecto que permite que su creación esté corrompida por el mal puede ser un capricho, veleidad de mentes débiles; aceptar que ese dios, además de existir, está encarnado en un hombre que necesita una falsa muerte para arreglar su situación, es ya una demencia que exige remedio a la carrera. A paso rápido, como avanza hacia la ciudad, entre las zarzas y las rosas silvestres que le hacen sangrar levemente las piernas sin que lo sienta, urgido ante estos seres decrépitos, animales embalsamados a los cuales la estopa que es su carne les vibra únicamente por la cólera o la desconfianza, a pesar de las negociaciones previas, desconfianza sin embargo, pues lo hacen esperar en el recinto exterior, mientras discuten la hora, magnitud, estilo de la patrulla. Aparte, siempre aparte el que defiende la verdad, marcha con los policías en la noche, trepa por el monte a la luz de los hachones, llegan, avanza hacia el otro, el primero, nada que ocultar, obrando en nombre del bien. Y es extraño entonces cómo todo se detiene, se acalla, se esfuma, quedan solos, uno ante el otro, horas, mirándose, mientras aclara, con lentitud terrible, pese a la ausencia del sol, amanece, surge el resplandor desde el círculo íntegro del horizonte, aunque los sirvientes inmóviles no se decidan a apagar los hachones, el candente fulgor del mediodía lo traspasa todo, y sabe que él está cometiendo un insondable daño, porque la luz no lo atraviesa, resbala, rebota, se afana sobre los límites de su cuerpo, único núcleo maligno, listo a expandirse1 cuando la luz ceda. Grandes ratas trepan por sus piernas, se introducen bajo su vestimenta, lo habitan desde siempre, aunque acabe de advertirlo, pero no le repugnan ni lo avergüenzan, bajo la mirada de El, tan distinta de lo que había imaginado cuando no se atrevía a afrontarla, más infinita que el amor, más piadosa que la sombra, más profunda que la muerte. Lo besa ahora, Dios, lo ha abrazado y lo besa, no para impedir la traición, sino convirtiéndose casi en el brazo que la ejecuta, mientras él, como si se desangrara, siente que es Dios, sin dejar de ser una hirviente cueva de ratas, se transforma en ese terrible misterio, gracias al beso, se ha transformado en Dios, tan lejos de sí, habiendo llegado al centro de sí, donde estaba Dios, más cerca de él que él mismo. Sueña, pero las tarántulas del dolor llegan junto a él, tiran de sus músculos, su piel, sus vísceras, hasta que se despierta, y clama. Porque, hombre, hombre común, mente sensata, corazón pequeño, no tolera el misterio, no se comprende, tiembla ante la posibilidad de amar, sufre por perderla, y grita, sufre, y grita, para callar sólo cuando vuelven a poseerlo los sueños. Sueña, tendido boca arriba, hinchado, cubierto por su túnica rosa, sueña de nuevo en este instante, porque esos tres sueños deben acosarlo incesantemente hasta el fin de lo creado. Se dice que a cada uno de sus alaridos una partícula de redención desciende sobre los dementes, los tristes que son sus hermanos, la cofradía de casi todos los no muertos. Y se dice también que por gracia al dolor que padece cada vez que despierta 1 “expanderse” en el original. (inimaginable para los hombres, presumible quizá sólo por los santos) el resto del Infierno está deshabitado, para siempre, vacío, abolido.
CULTURA GOTICA , DARK , BLOOD , ESCRITOS E IMAGENES OSCURAS SI ALGUNO DE LOS LECTORES DE ESTE BLOCK, LE GUSTARIA QUE SE EDITARA ALGUN ESCRITO SUYO, O LO QUE TENGA EN MENTE, RUEGO SE MANDE A LA DIRECCION snake@ono.com , PONIENDO EN EL ASUNTO DEL MAIL , EL NOMBRE DEL BLOG " GOTICO" ; A PARTE EN EL CUERPO DEL MENSAJE, SU MAIL, SI QUIERE QUE SE EDITE, ASI COMO EL NOMBRE DEL ESCRITO, Y LO QUE DESEE QUE ACOMPAÑE A EL... (TITULO, NOMBRE O SEUDONIMO,...)
viernes, 12 de noviembre de 2010
EL CENTRO DEL INFIERNO
jueves, 8 de abril de 2010
EL CENTRO DEL INFIERNO
EL CENTRO DEL INFIERNO
H. A. Murena
(Héctor Álvarez)
JUDAS. Allí está, en el centro del Infierno, punto que
es asimismo la base detoda la morada. Sobre el recinto que lo aloja se alza el misterioso edificio, vastísima
y en apariencia caótica construcción de la que nadie sabe dónde se inicia ni hasta
dónde se extiende, p
ero en algunas de cuyas habitaciones penetramos, junto aalgunos de cuyos muros marchamos, los no muertos, en esta Tierra, sin saberlo,
acaso sintiéndolo, porque es aquí donde empieza ese reino que podemos
franquearnos con un gesto: se los reconoce
—a tales cuartos, a tales paredes—,pese a su aspecto natural y humano, por un latido singular, seco y afiebrado, que
percibiríamos con perturbadora claridad si apoy
ásemos una mano sobre ellos; sedice que los latidos son los del corazón del condenado que está en el centro, y que
resultan más notables en los límites exteriores del edificio que sobre el pecho mismo
del que surgen
, que parecería yerto; pero sólo uno ha tocado ese pecho.Está echado boca arriba, cubierto con una túnica de color rosa muy tenue, está
inmóvil, el vientre des
mesuradamente hinchado, sin duda a causa de la largapermanencia en la misma posición; mantiene los ojos casi siempre cerrados, pero al
anochecer los abre, negros, con una chispa en el medio, de fijeza irreal increíble: un
largo aprendizaje debe haber tras esa cautela que hace que no los desvíe hacia lado
alguno. Porque el recinto en que yace se halla invadido por una bruma blanquecina
y húmeda, a causa de la cual mana de toda cosa un abundante sudor frío y resulta
imposible distinguir los confines del lugar; pero, no obstante, la bruma permite ver
sombras que se mueven en torno al condenado, formas negras, más grandes que
un hombre, a veces quietas, velludas, arañas, tarántulas gigantescas, se cree.
Con los ojos abiertos, con los ojos cerrados, bajo la escolta de sus negras
compañeras, sueña, esto es, en su presente infinito —en esa condición desde la que
por fin advierte que tanto tarda en caer a tierra el pétalo de una rosa como una
existencia humana en transcurrir o una estrella en apagarse, en ese estado en el
que comprende que todos los siglos pasados, presentes y futuros son una sola,
efímera chispa—, vuelve a vivir, fantasiosa, terroríficamente, algunos de los
instantes que ahora se agolpan en tropel contra él, pero que en este mundo,
convertidos en actos o peligrosas larvas de actos, guardando una sucesión que
parecía un orden, compusieron el fuego para su eternidad.
Llega a la casa del monte, donde los otros están reunidos, tan lejos, tan alto
para un mediodía ardiente, aunque no por capricho, sino por precaución, prudencia
en la que también se mezcla una veta de desafío, pues la ciudad está demasiado
cerca. Del agua tibia, de los pescados descompuestos, de los eucaliptos color coral
bajo la corteza rota, de las porquerizas, de los limoneros en flor, cunde sobre el país
entero un olor a felicidad putrefacta, que a él lo oprime, lo fatiga más que la marcha
hasta el vómito. En tres oportunidades le hab
ló ya, cada vez que le oyó anunciar susproyectos insensatos. ¿Qué es la humanidad, qué es el reino de otro mundo?, le
dijo. Fantasías, fantasmas, vacuas generalidades. La humanidad soy yo, y aquél y
aquel o
tro que te siguen, aquellos a quienes piensas abandonar a mano de losverdugos; el otro mundo más valdría que se hiciese sentir un poco aquí abajo. En
cada oportunidad le lanzó una mirada excesivamente dura, acaso excesivamente
tierna, le contestó con el
silencio. ¿Será el Dios? Nunca lo creyó ni dejó de creerlo.Por lo demás, ¡tanto importa! Mientras esté en la Tierra como hombre, ese
relámpago debe servir al hombre. Ahora llora, de pie, erguido en su elevada
estatura, hermoso, con una pelusa apenas visible sobre sus mejillas de niño
consentido, llora, y los otros, tirados
en la habitación, lo contemplan sin saber quéhacer, excepto Juan, por supuesto, que se abraza a sus piernas y también llora. No
lo esperaron para comer, ahítos ya de un pan ázimo devorado más por miedo que
por hambre; pero él no quiere comer. Habla. En seguida d
e llegar, aunque es denoche cerrada, aunque el habitáculo se llena de escorpiones, cincuenta, cien, que
l
os demás matan como pueden. Lo enfrenta. ¿Has visto el dolor de los que tesiguen, la miseria de nuestro pueblo esclavizado, los leprosos, los famélicos,
elabandono en que viven?, le dice. ¿Qué derecho tienes a buscarte el suicidio cuando
los que te amamos confiamos en que no nos dejarás solos con nuestras llagas? ¿En
qué Dios te convertirás cuando la muerte te haya cerrado los ojos al sufrimiento?
Lava primero el mal que tienes a tu alcance, y piensa, habla luego, si t
e quedatiempo, del otro mundo: eso le dice. Lo hace llorar, para impedirle que termine con
una mísera muerte de delincuente su vida de taumaturgo capaz tal vez de
sacrificarlo todo por el brillo. Gracias a esa dura sabiduría suya se ha tornado
posible esta mansa, triunfal entrada en Tesalónica: aunque deba viajar en litera
cubierta, pues la luz demasiado intensa le hace daño, El puede ver
—levantando unpoc
o los visillos— no sólo a los pobladores, arrodillados en reverencial silencio antesu paso, sino también a los soldados, los romanos, abandonados por sus jefes, q
uehuyeron, ligeramente despavoridos, ante el éxtasis en que cayeron sus inferiores a
la noticia de que llegaba quien
llegaba. Y este paso por Nicópolis, donde elmismísimo cónsul los honra con su untuosa cordialidad burocrática, l
es ofrece sumansión; y este feliz arribo a Nápol
es, donde sus preceptos se cumplen antes deverlo siqui
era, todo esto se lo deben a él, a él, capaz de presumirlo desde el día enqu
e descubrió al entonces joven hipnotizador desperdiciando sus actos mágicos encuracion
es arbitrarias, que beneficiaban a uno y dejaban a la multitud seducida, perotan enferma como si no hubi
ese ocurrido nada, lo comprendió cuando abandonó susimportantes posesiones, su situación social
, las tradiciones: el jovenzuelo, guiado,podía lle
varlos muy lejos por el camino de la salvación de su escarnecida raza.Hasta Roma, como lo dijo con sincero, fervoroso regocijo Caifás,
la noche que éllogró que se abrazaran
en el monte de los Olivos, la Roma bañada por la luz lunarque cont
emplan desde lo que fuera recinto del Senado, silla ahora del dulce poder,del v
erdadero Dios, pastor de los pueblos satisfechos, libres y pacíficos. Pues esoesp
eran las naciones, a los discípulos, a los misioneros que, tras un sumario cursode adiestramiento, llegan, multiplican y multiplican los panes, sin dificultad, incluso
de modo un poco
mecánico, curan los males con panaceas asombrosas, que se lesentregan a granel, persuaden a los ricos
—quizá con cierto esfuerzo, pero siempreeficazment
e— para que cedan sus bienes a los pobres, en el tiempo en que tardauna mano en abrirse erigen altos palacios donde sólo había tugurios, pantanos,
alargan la dicha a todos. Henchidos de agradecimientos, peregrinos y legados de
cada comarca del orbe avanzan con unción hacia este sitial del bien, avanzan,
interminablemente, en bello orden, bajo la mirada paternal de los fornidos,
minuciosos guardias (pues la felicidad común enfurece tanto a los que fueran
explotadores, poderosos, que es menest
er durante esta generación —nada más quedurante esta generación, claro est
á— reforzar con prudencia la vigilancia para quecuatro insensatos no logren desbaratar lo construido). El príncipe los recibe, a la
distancia consid
erable que la santidad exige, los mira llorando, porque le haqu
edado esa costumbre, que recrudece sobre todo en las oportunidades en que secru
za con Pedro, quien ha engordado tanto, llora, sin causa, teniendo en cuenta queincluso en los milagros especiales, a los que ahora s
e limita, alcanza cumbres noimaginadas, como esta resurrección d
el tal Lázaro, al que arrancó de la tumbahediendo, rígido, en forma quizá un poco espectacular para estos tiempos, p
ero decualquier modo edifi
cante, si se deja de lado a la parienta del resucitado, a la que yano es posible sacarse de encima, siempre con su frasco de ungüento. La verdad, él
sient
e de pronto miedo ante milagros semejantes, debe confesárselo, se pregunta sis
erá el Dios, pero piensa en seguida que está ya viejo, algo chocho, con susarrebatos de patética grandeza, y q
ue aunque ahora se le ocurriera hacersecrucificar no conseguiría que le diesen el gusto, entre gentes tan satisfechas, nadie
que aspire ya a nada, en la perfecta organización que se extiende a toda la
superficie habitable, nadie que quiera cosa alguna fuera de lo q
ue tiene, hasta talpunto que muchos, en el hartazgo de felicidad, ceden a la censurable moda que
busca
un último goce en el suicidio. Salvo la insignificancia de los escorpiones, queextrañamente se multiplican en las ciudades, irrumpen aquí, en el mismo recinto del
bien, a decenas, a centenares, pero a los que los discípulos, gracias a una larga
práctica, ultiman con gran destreza, la situación alcanzada merece un solo calificativo:
perfecta. Y resulta grato ser el lugarteniente del príncipe (habiéndose al fin
establecido las imprescindibles jerarquías), recibir los reflejos más directos de su
nimbo, ser un segundo acaso más importante que el primero, pues la acción está en
su mano, y las masas agradecen más
las acciones que las promesas, vivan sunombre a la par que el del príncipe, ahora que han salido a los balcones, lo vivarán
más cuando, con los treinta dineros que cada fiel debe donar a la entrada del
templo, el bienestar crezca y crezca y crezca.
Sueña. Pero sus velludas compañeras velan, marchan en círculo
en torno a él,se detienen, adelantan sus negras cabezas, hunden
los picos en los pómulos, bajola túnica rosa, en el pecho, en el vientre, en los que han sido, son o serán sus
genitales, muerden, tiran. El condenado sale de su ensueño, ve dónde está, la
morada cuyo horror se torna más nítido a luz evanescente de su quimera, ve, y
lanza un alarido, no por dolor, sino por ver, pues las heridas, como en este mundo,
no están destinadas a hacerlo sufrir, tienen por fin llamarlo a la realidad, a juicio ante
e
lla, pero su alejamiento es tal que aproximarse se confunde con lo doloroso. Clama,calla, vuelve a clamar, con una fuerza que haría estremecer las paredes, si esas
paredes pudieran estremecerse. Después se reanuda el silencio. que parecería no
haber sido interrumpido jamás.
Es que, otra vez, sueña, mientras las oscuras formas
retoman su ronda, cedenuevamente a las llamas de su éxtasis.
Por fin, por fin entiende, estalla en su cerebro la luz prodigiosa, se multiplica en
otros estallidos igua
lmente esclarecedores, después de tanta penuria de vidacrasamente material, después de obedecer a ciegas en la noche de lo que no era fe
sino credulidad, entiende. Los torpes, los bastos, los medrosos se apartan
temblando hasta los confines más remotos del cuartucho, vuelven la cara contra las
paredes, querrían desaparecer en ellas, habiendo oído decir al Maestro que aquel a
quien dé el bocado será el que lo entregará, habiendo visto estirarse hacia todos,
con el gesto del más pobre de los pobres, la mano que ofrece el bocado. Qué
ascenso entonces, no sólo por arriba de los otros, sino también hasta la altura del
Maestro, cuando se adelanta, en apariencia sereno, pero lo cierto que estremecido
de gloria, y toma el bocado, come, único dispuesto al sacrificio, único dispuesto a
darlo todo, igual que el Maestro, come. Pues, ¿de qué modo, si no? Descubre, más
penetrante que cualquiera, qué les exige, qué les suplica El: que lo entreguen, uno
con amor más fuerte que el amor, decidido a descender al pozo de abyección en
cuyo fondo yace el puñal reservado a su pecho, que lo arrastren al patíbulo, para
que lo que está escrito sea consumado. ¿Quién lo hará? ¿Acaso los tibios regentes
de la sinagoga, con imaginación a lo sumo para mandar una banda de sicarios a fin
de que ejecuten una tropelía inútil entre las so
mbras? ¿Acaso los tiernos discípulos,hijos de la con
fusión y la pasividad, que no saben más que lamentarse, asombrarse,llorar? Nadie fuera de él con fuerzas para contemp
lar al Maestro con las manosatadas atrás
, tan evidentemente diminuto entre los gordos doctores que,envale
ntonados por la superioridad numérica, lo interrogan, lo vejan; sólo quientenga la religiosidad de él puede v
er el rostro simple y maduro, de ojos chispeantesde dignidad, el rostro enmarcado por el cabello azuli
no y ardiente, por la barba denoble abundan
cia, el rostro amado y temido, padeciendo las bofetadas de esacrápula, los escupitajos, y saber que todo lo qu
e acontece es obra suya. Y aún lopeor, a tanta distancia de la cruz gloriosa e infamante, oír e
l gemido de la hora nonacomo si lo gritasen j
unto a sus orejas, sobrellevar de pie, inmóvil, en medio delcampo, las tres horas de oscuridad diurna, sintiendo cómo tira de él
hacia el centrode la Tierra el peso prodigioso, mágico de los treinta irrisorios dineros por los que
había simulado v
enderse. Cuánto más fácil ser uno de los once, llegar a la casa delsupuesto traidor después de los días iniciales de confusión, arrodillarse ante é
l yr
everenciarlo, habiendo empezado a descubrir su grandeza, que aunque el Maestroentregó el cuerpo, la sangr
e, él dio algo más preciado, el alma, el amor, ese amorqu
e ellos graciosa, cómodamente pudieron demostrar en forma invariable hacia elMaestro antes, hacia é
l ahora, al terminar por filtrarse en sus espesas cabezas laluz, besándolo, abrazándolo, pese al inconveniente que significan las pequeñas
serpientes verd
es que han penetrado en la casa, se echan sobre los adoradores,intentan introducirse en las partes más molestas, hay que arrancarle una a Pedro,
entre los chillidos del infeliz. Por otro lado, ¿quién de ellos hu
biera podido acertarcon el camino entre la maraña d
e señales legadas por el Maestro, que, si se quiere,había hablado a veces un poquito demás? Hubieran cedido a la primaria,
s
entimental propensión a imitarlo, se hubiesen buscado el sacrificio, llámeselocárcel, leo
nes, crucifixión u hoguera, borrado en unos meses cualquier rastro deellos, incluso de la doctrina, el curioso poder de ser los administradores del otro
mundo derrochado en un tris. Imposible que ll
egaran a comprender que en materiade gestos desesperados bastaba con lo d
el Maestro, que era necesario ceder pasoa la ra
zón va, al cálculo, para obligar a la fuerza romana a un pacto, colocándosebajo la tibia ala del imperio, pero siendo su mismo corazón, desalo
jados de allí losidó
latras, y avanzar a la sombra de sus picas y espadas en la conversión de lospueblos aún renitentes. No, no estarían hoy en el Capitolio, guardianes de la fe oficial,
amparados y, sin embargo, independient
es, por no escatimar apoyo anadie, ni a gob
ernantes ni a opositores, estar sabiamente con los oprimidos ycon
los que los oprimen, pues, ¿qué es el mundo sino ciudadela del Demonio, sitiod
e prueba? Así hay que dejarlo, en toda su iniquidad. Merced a esta iluminada,piadosa diplomacia, la iglesia es finalm
ente ecuménica, incluso al disperso puebloas
esino se le brinda auxilio, estando cada uno de sus integrantes registrado,fichado, a la espera del turno para el potro de tor
tura que lo conducirá a la salvaciónque su enferma voluntad no te permite desear. Una, infalible, el pecho se les llena
de gloria cuando contemplan en los mapas la extensión de la iglesia, el
cumplimiento del mandato del Maestro de difundir su evangelio, aunque haya sido
preciso actuar con rigor contra algunos desequilibrados que, invocando la
enseñanza, pretendieron cometer irregularida
des, curaciones milagrosas, sacrificiosde amor
, manumisión de esclavos, toda la gama de lo subversivo. Bien estaba esoen el pasado, cuando el Maestro moraba con ellos, pero ahora Dios regresó al cielo,
y en la Tierra han quedado los hombres: cada cual en s
u sitio. Porque es sabido loque acontecería si se insistiera en traer a este mundo el Reino de Dios: abominación,
ayuntamiento con la bajeza, matrimonio con el pecado. ¿Quién querría ir
entonces hacia Dios? Hasta tal punto que si el mismo Dios pusiera su mano en la
balanza en favor de la repetición de sus extremismos, por su propia causa sería
preferible cortar esa mano. Las gentes son toscas, brutales, entienden blanco sobre
negro, hay que inculcarles odio a la Tierra, quedando sólo para los sacerdotes la
mesurada apreciación de lo escasamente positivo que el mundo alberga. Aunque
sea penoso, desgarre el alma verlo, las gentes deben sufrir, sólo así acud
en alsantuario, aumenta el número de los prosélitos de comun
ión diaria, o sea lo primordial,la asiduidad disciplinada, la fe, la cotidiana búsqueda del beso que todo lo lava
(suprimida la costumbre de la comunión mediante el pan, peligrosa por sus
reminiscencias), acuden, no obstante la rara plaga de serpientes verdes que llenan
los santuarios en los momentos menos indicados, buscan introducirse en
las partesmás molestas de los devotos. Acuden, y conforta o
írlos, apiñados en la plaza delCapitolio sin que les importe la violenta lluvia, el frío, mientras él, vestido de blanco,
esperará aún largo rato antes de salir, por estricta piedad, escuchando que lo llaman
padre incomparable, maestro sapientísimo, hermano infinito, sabiendo que, más allá
de los nubarrones, la sonrisa de Dios se extiende como el arco iris en el cielo.
Sueña, con los ojos abiertos, con los ojos cerrados. Pero sus compañeras se
mueven otra vez, clavan sus filosas, sanguinolentas bocas en esa carne, destrozan
un cuerpo desdichadamente indestrozable. El condenado grita, calla, grita, en
instantes eternos, hasta que vuelve el silencio. Porque de nuevo sueña.
Imposible seguir prestándose a ese juego: ¿quién
echa agua sobre las brasaspara ir a soplar las llamas? Es un hombre común, y lo sabe; como todos los hombres
comunes ha aceptado y practicado una religión en la que no cree, un dios por
supuesto inexistente, ritos ridículos a los que se asiste sólo por no llamar la a
tenciónen vano. Pero cuando apareció este otro, cuando la luz de sus promesas descubrió
sin atenuantes la putrefacción, el oscurantismo, la senectud reaccionaria del
San
edrín, ni siquiera fue necesario un chistido pura que lo siguiera, dejándolo todo,y como un perro.
Resultaba tan claro que había en éste un soplo liberal, renovación,un impulso progresista que ayudaría a desembarazarse de las antiguallas, prejuicios
caducos, cualquier cosa qu
e se opusiera al juego franco del sentido común. ¡Quégozo verlo desafiar las leyes del sábado, arrancar al templo el monopolio del
comercio expulsando de allí a los mercaderes, alternar con prostitutas y esclavos,
viva prueba del cual debe ser el comportamiento de un verdadero demócrata, el
criterio a
justado sólo al valor, no a la castas! Porque, ¿cómo se puede insistir en lapatraña de que existe un Dios que contempla las desigualdades, la miseria, la injusticia,
los sufrimientos, todo el mal del mundo, y permanece con los brazos cruzados,
amando al hombre? Dicen que se trata de un misterio, que haya mal, que se debe
amar a Dios a través de ese misterio, aunque claro que lo dicen los que engordan no
obstante tal misterio, casi gracias a él, los caballeros de la sinagoga. Y éste los
había calado desde el principio, los tenía sin duda entre ceja y ceja, quisiéralo o no
descargaba golpes mortales sobre la patraña. Verdad que de entrada tal oro había
aparecido envuelto en mucha ganga, como los milagros, trucos ya practicados por
tantos mag
os, que eran una insistencia en lo nebuloso, en el oscurantismo que seatacaba. Estaban además las insin
uaciones de que era una encamación de Dios,Dios mismo, aunque las enunciaba en forma suficientemente sibilina para que
resultaran tolerables, y lo resultaron, marcaron en realidad el límite de su tolerancia.
Pues cuando v
e que aquella mujer le derrama encima el perfume de más alto precioen el mercado, las monedas de la subsistencia común, el despilfarro que no suscita
reprensión sino la sonrisa complacida del preludio a una recaída de imprevisto furor
en las pretension
es principescas, reconoce, cómo no, que éste es igual a los demás,ambicioso de coronar la pirámide de un nuevo San
hedrín, partidario de lases
clavizadoras diferencias sociales, torrente de reacción, que acaba de salpicarlocon lo que para su paciencia es la última gota. Y en cuanto a demagogia, especular
con el fondo oscuro d
e los hombres, mistificarlos con la nube de la sangre y laridícula creencia en un más allá, ha resultado al fin peor que los fariseos, si se
atiende a los anuncios de la melodramática muerte que proyecta, más peligroso.
¿Qué no puede desatarse en esa ciudad
hirviente de peregrinos llegados de loscuatro rincones del mundo, crispado magma de fanatismo y
expectación, la mínimachispa hasta dónde es capaz de arrastrar a las masas ebrias de augurios, qué imágenes
fatales, perniciosas pueden grabar el esbozo de una nueva quimera, un gesto
de este extraviado? No:
no será él quien proporcione zancos a otro déspota. Y si
ese rostro de miradainhumana (ligeramente obli
cua, la del rey que no quiere fulminar aún a sus vasallos),si ese cráneo cubierto por el cabello aplastado, ondulado con minuciosa simetría de
la que sólo se burla en la frente un mechón recalcitrante que refleja todo lo antipático
de su carácter, si esa boca entreabierta y temblona, con la
exasperación quejosa delos niños, reclaman un traidor, sea: él está dispuesto. Mente fría, corazón sereno,
servidor de la razón, no permitirá el encumbramiento, que progrese el espectáculo
pr
eparado, hará que lo encarcelen, sí, traicionará, si es que la fidelidad a lo sensato,limpio, merece llamarse traición. Creer que exista un dios perfecto qu
e permite quesu creación
esté corrompida por el mal puede ser un capricho, veleidad de mentesdébiles; aceptar que ese dios, además d
e existir, está encarnado en un hombre quenecesita una falsa muert
e para arreglar su situación, es ya una demencia que exigeremedio a la carrera. A paso rápido, como avanza hacia la ciudad, entre las zarzas y
las rosas silvestres que le hacen sangrar levemente las piernas sin que
lo sienta,urgido ante estos seres decrépitos, animales embalsamados a los
cuales la estopaque es su carne les vibra únicamente por la cólera o la desconfianza, a pesar de las
negociaciones previas, desconfianza sin embargo, pues lo hacen esperar en el
re
cinto exterior, mientras discuten la hora, magnitud, estilo de la patrulla. Aparte,siempre aparte el que defiende la verdad, marcha con los policías en la noche, trepa
por el monte a la luz de los ha
chones, llegan, avanza hacia el otro, el primero, nadaque ocultar, obrando en nombre d
el bien. Y es extraño entonces cómo todo sedetiene, se acalla, se esfuma, quedan solos, uno ante el otro, horas, mirándose,
mientras aclara, con lentitud terrible, pese a l
a ausencia del sol, amanece, surge elresplandor desde el círculo íntegro del horizonte, aunque los sirvientes inmóviles no
se decidan a apagar los hachones, el candente fulgor del mediodía lo traspasa todo,
y sabe que él está cometiendo un insondable daño, porque la luz no lo atraviesa,
resbala, rebota, se afana sobre los límites de su cuerpo, único núcleo maligno, listo
a expandirse
1 cuando la luz ceda. Grandes ratas trepan por sus piernas, seintroducen bajo su vestimenta, lo habitan desde siempre, aunque acabe de
advertirlo, pero no le repugnan ni lo avergüenzan, bajo la mirada de El, tan distinta
de lo que había imaginado cuando no se atrevía a afrontarla, más infinita que el
amor, más piadosa que la sombra, más profunda que la muerte. Lo besa ahora,
Dios, lo ha abrazado y lo besa, no para impedir la traición, sino convirtiéndose casi
en el brazo que la ejecuta, mientras él, como si se desangrara, siente que es Dios,
sin dejar de ser una
hirviente cueva de ratas, se transforma en ese terrible misterio,gracias al b
eso, se ha transformado en Dios, tan lejos de sí, habiendo llegado alcentro de sí, donde estaba Dios, más cerca de él que él mismo.
Sueña, pero las tarántulas del dolor llegan junto a él, tiran de sus músculos, su
piel, sus vísceras, hasta que se despierta, y clama. Porque, hombre, hombre común,
mente sensata, corazón pequeño, no tolera el misterio, no se comprende, tiembla
ante la posibilidad de amar, sufre por perderla, y grita, sufre, y grita, para callar sólo
cuando vuelven a poseerlo los sueños.
Sueña, tendido boca arriba, hinchado, cubierto por su túnica rosa, sueña de
nuevo en este instante
, porque esos tres sueños deben acosarlo incesantementehasta el fin de lo creado.
Se dice que a cada uno de sus alaridos una partícula de redención desciende
sobre los dementes, los tristes que son sus hermanos, la cofradía de casi todos los
no muertos.
Y se dice también que por gracia al dolor que padece cada vez que despierta
1
“expanderse” en el original.(inimaginable para los hom
bres, presumible quizá sólo por los santos) el resto delInfierno está deshabitado, para siempre, vacío, abolido.
-
VISITANDO A :
INTERESANTES
-
Animated Dancing Leprechaun Gif - If You Could See What I See. 50 out of 5 stars 1. Happy St Patrick S Day All Images St Patrick Happy St Patricks Day St Patrick S Day We like to hand s...Hace 5 años
-
2018-03-16 - [image: 2018-03-16] Date: Mar 15, 2018 Number of Photos in Album: 1 View AlbumHace 8 años
-
ALGERNON BLACKWOOD EL SACRIFICIO - ALGERNON BLACKWOOD EL SACRIFICIO I Limasson era hombre religioso, si bien no se sabía de qué hondura y calidad, dado que ningún trance de supremo rigor l...Hace 12 años
-
Anne Rice - Taltos - 4 - Anne Rice - Taltos 4 30 Cómo sería la cueva por dentro, me pregunté. No sentía ningún deseo de oír voces del infierno, pero tal vez oyera un coro celestial...Hace 12 años
-
SPECIAL - PHILIP K. DICK - SPECIAL - PHILIP K. DICK - MINORITY REPORT SPECIAL - PHILIP K. DICK - IMPOSTOR SPECIAL - PHILIP K. DICK - EL MUNDO DE JON SPECIAL - PHILIP K. DICK - Y GIRA...Hace 12 años
-
LOS VERSOS SATANICOS - 3 - LOS VERSOS SATANICOS 3 VIIEL ÁNGEL AZRAEEL 1 Todo se reducía al amor, se decía Saladin Chamcha en su guarida: ...Hace 12 años
-
PHILIP K. DICK - NUESTROS AMIGOS DE FROLIK 8 - NUESTROS AMIGOS DE FROLIK 8 Philip K. Dick Primera parte —¡No quiero examinarme! —exclamó Bobby. Debes examinarte, pensó su padre. Si existe al...Hace 12 años
-
-
¿ UNA GRAN MENTIRA ? CONCILIO DE NICEA - El Concilio de Nicea Don Closson Introducción La doctrina de la trinidad es fundamental para la singularidad del cristianismo. Sostiene que la Biblia enseñ...Hace 12 años
-
Daniel Defoe - Aventuras de Robinson Crusoe - Daniel Defoe Aventuras de Robinson Crusoe Nací en 1632, en la ciudad de York, de una buena familia, aunque no de la región, pues mi padre era un extranj...Hace 13 años
-
GUIA DEL AUTOESTOPISTA GALACTICO - GUIA DEL AUTOESTOPISTA GALACTICO Douglas Adams A Jonny Brock, Clare Gorst y demás arlingtonianos, por el té, la simpatía y el sofá En los remotos e inexp...Hace 13 años
-
Asesinato en el campo de golf - Asesinato en el campo de golf Agatha Christie CAPITULO UNO UNA COMPAÑERA DE VIAJE Creo que existe una anécdota famosa según la cual un joven escritor...Hace 13 años
-
COPLAS A LA MUERTE DE SU PADRE - Jorge Manrique - COPLAS A LA MUERTE DE SU PADRE Jorge Manrique (1440-1478) 1.- Recuerde el alma dormida avive el seso e despierte contemplando cómo se pasa la vida, cómo se...Hace 13 años
-
Oscar Wilde - El retrato de Dorian Gray - Oscar Wilde El retrato de Dorian Gray El artista es creador de belleza. Revelar el arte y ocultar al artista es la meta del arte. El crítico es quien puede...Hace 13 años
-
El jugador - Fëdor Dostoyevski - El jugador Fëdor Dostoyevski CAPITULO I Por fin estaba de regreso, después de dos semanas de ausencia. Los nuestros llevaban ya tres días en Ruletenburg. Y...Hace 13 años
-
EL HALCÓN MALTÉS - Dashiell Hammett - EL HALCÓN MALTÉS Dashiell Hammett 1. Spade y Archer Samuel Spade tenía larga y huesuda la quijada inferior, y la barbilla era una V protuberante bajo la V ...Hace 13 años
-
GIBRÁN KHALIL GIBRÁN - EL PRECURSOR - GIBRÁN KHALIL GIBRÁN EL PRECURSOR (1920) EL PRECURSOR Tú eres el precursor de ti mismo, amigo mío, y las torres y ciudadelas erigidas en tu vida no son más...Hace 13 años
-
Aristóteles - Citas - Aristóteles 384 AC-322 AC. Filósofo griego. La amistad es un alma que habita en dos cuerpos; un corazón que habita en dos almas. El ignorante afirma, el sa...Hace 13 años
-
HISTORIA Y POLITICA - CONSTITUCIÓN ESPAÑOLA DE 1978 - Constitución de 1978 CONSTITUCIÓN ESPAÑOLA DE 1978 DON JUAN CARLOS I, REY DE ESPAÑA, A TODOS LOS QUE LA PRESENTE VIEREN Y ENTENDIEREN, SABED: QUE LAS CORTE...Hace 13 años
-
Viaje al Japón - Rudyard Kypling - RUDYYARD KYPLING VIAJE AL JAPÓN 1 Visión del Japón en diez horas, con una relación completa de los usos y costumbres de su pueblo, la historia de su Consti...Hace 13 años
-
Mercenarios del Infierno - “JUNTO A LUCIFER, CON BELIAL A MI ESPALDA, HE NADADO EN EL LAGO DE LLAMAS, CAMINADO POR LAS SENDAS PROHIBIDAS, LE HE HECHO EL AMOR A LILLITH, HE BAILADO LA...Hace 13 años
-
CONFESIONES DE UN ARTISTA DE MIERDA - Philip K. Dick - CONFESIONES DE UN ARTISTA DE MIERDA Philip K. Dick Uno Estoy hecho de agua. Jamás se darán cuenta de ello, porque la tengo contenida. También mis amigos es...Hace 13 años
-
ALAS NOCTURNAS - Robert Silverberg - ALAS NOCTURNAS Robert Silverberg IRuma es una ciudad construida sobre siete colinas. Dicen que fue una gran capital enuno de los ciclos pasados. De esto no...Hace 13 años
-
El caso de la esposa de mediana edad - Agatha Christie - El caso de la esposa de mediana edad Agatha Christie Cuatro gruñidos, una voz que preguntaba con tono de indignación por qué nadie podía dejar en paz su so...Hace 13 años
-
NOTICIAS - Plan de intervención social para familias afectadas por el VIH El Cumanés Prensa IX Congreso Científico/YF. CNP 12.939.- La profesora María Mercedes Gonzál...Hace 13 años
-
THE WALL - THE WALL Gana una tarjeta regalo de 500 euros. Apúntate, es gratis, y si tu ganas, yo también gano.Sigue este enlace: http://www.premiofacil.es/alta.php?id...Hace 13 años
-
Una brutal paliza de los antidisturbios causó la muerte a un joven belga - Una brutal paliza de los antidisturbios causó la muerte a un joven belga Captura del reportaje emitido por la VRT belga. VRT La brutalidad policial ha sido...Hace 13 años
-
Bombardeos aéreos de Barcelona en marzo de 1938 Bombardeos aéreos de Barcelona Campaña de Levante - Guerra Civil Española - Bombardeos aéreos de Barcelona en marzo de 1938 Bombardeos aéreos de Barcelona Campaña de Levante - Guerra Civil Española Fecha 16 - 18 de marzo de 1938 Lu...Hace 13 años
-
intimuru - Sobre la Arena: En Vivo - 2011 01. Basta de mentiras 02. Junto a mí 03. Desaparecer 04. Ya sé 05. Barco 06. Amor verdadero 07. Génesis (Vox Dei) 08. Interl...Hace 13 años
-
EL LADRÓN __ GUY DE MAUPASSANT - http://unpocodetodo2008.blogspot.com/2008/05/el-ladrn-guy-de-maupassant.html *EL LADRÓN __ GUY DE MAUPASSANT* *EL LADRÓN * *GUY DE MAUPASSANT* _ —Si...Hace 14 años
-
ESE FASCINENTE INTERNET, EL OBELISCO - BORIS VALLEJO - odo internet no es que un complejo mundo lleno de auténticos rincones verdaderamente genuinos. No siempre se suelen tomar muy en serio estas secciones d...Hace 16 años
-
-
-
-
-
-
-
-
-
-
-
-
-
¿QUIERES SALIR AQUI? ; ENLAZAME
GALERIAS
- GALERIA 1
- GALERIA 2
- GALERIA 3
- GALERIA 4
- GALERIA 5
- GALERIA 6
- GALERIA 7
- GALERIA 8
- GALERIA 9
- GALERIA 10
- GALERIA 11
- GALERIA 12
- GALERIA 13
- GALERIA 14
- GALERIA 15
- GALERIA 16
- GALERIA 17
- GALERIA 18
- GALERIA 19
- GALERIA 20
- GALERIA 21
- GALERIA 22
- GALERIA 23
- GALERIA 24
- GALERIA 25
- GALERIA 26
- GALERIA 27
- GALERIA 28
- GALERIA 29
- GALERIA 30
- GALERIA 31
- GALERIA 32
- GALERIA 33
- GALERIA 34
- GALERIA 35
- GALERIA 36
- GALERIA 37
- GALERIA 38
- GALERIA 39
- GALERIA 40
- GALERIA 41
- GALERIA 42
- GALERIA 43
- GALERIA 44
- GALERIA 45
