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jueves, 22 de julio de 2010

EL _ ALEPH -- JORGE LUIS BORGES

EL ALEPH

JORGE LUIS BORGES

O God, I could be bounded in a nutshell and count myself a King of infinite space.
Hamlet, II, 2.

But they will teach us that Eternity is the Standing still of the Present Time, a
Nuncstans (as the Schools call it); which neither they, nor any else understand, no more than they would a Hicstans for a infinite greatnesse of Place.
Leviathan, IV, 46

La candente mañana de febrero en que Beatriz Viterbo murió, después de una imperiosa agonía que no se rebajó un solo instante ni al sentimentalismo ni al miedo, noté que las carteleras de fierro de la Plaza Constitución habían renovado no sé qué aviso de cigarrillos rubios; el hecho me dolió, pues comprendí que el incesante y vasto universo ya se apartaba de ella y que ese cambio era el primero de una serie infinita. Cambiará el universo pero yo no, pensé con melancólica vanidad; alguna vez, lo sé, mi vana devoción la había exasperado; muerta, yo podía consagrarme a su memoria, sin esperanza, pero también sin humillación. Consideré que el 30 de abril era su cumpleaños; visitar ese día la casa la calle Garay para saludar a su padre y a Carlos Argentino Daneri, su primo hermano, era un acto cortés, irreprochable, tal vez ineludible. De nuevo aguardaría en el crepúsculo de la abarrotada salita, de nuevo estudiaría las circunstancias de sus muchos retratos, Beatriz Viterbo, de perfil, en colores; Beatriz, con antifaz, en los carnavales de 1921; la primera comunión de Beatriz; Beatriz, el día de su boda con Roberto Alessandri; Beatriz, poco después del divorcio, en un almuerzo del Club Hípico; Beatriz, en Quilmes, con Delia San Marco Porcel y Carlos Argentino; Beatriz, con el pekinés que le regaló Villegas Haedo; Beatriz, de frente y de tres cuartos, sonriendo; la mano en el mentón... No estaría obligado, como otras veces, a justificar mi presencia con módicas ofrendas de libros: libros cuyas páginas, finalmente, aprendí a cortar, para no comprobar, meses después, que estaban intactos.

Beatriz Viterbo murió en 1929; desde entonces no dejé pasar un 30 de abril sin volver a su casa. Yo solía llegar a las siete y cuarto y quedarme unos veinticinco minutos; cada año aparecía un poco más tarde y me quedaba un rato más; en 1933, una lluvia torrencial me favoreció: tuvieron que invitarme a comer. No desperdicié, como es natural, ese buen precedente; en 1934, aparecí, ya dadas las ocho con un alfajor santafecino; con toda naturalidad me quedé a comer. Así, en aniversarios melancólicos y vanamente eróticos, recibí gradualmente confidencias de Carlos Argentino Daneri.

Beatriz era alta, frágil, muy ligeramente inclinada: había en su andar (si el oximoron es tolerable) una como graciosa torpeza, un principio de éxtasis; Carlos Argentino es rosado, considerable, canoso, de rasgos finos. Ejerce no sé qué cargo subalterno en una biblioteca ilegible de los arrabales del Sur; es autoritario, pero también es ineficaz; aprovechaba, hasta hace muy poco, las noches y las fiestas para no salir de su casa. A dos generaciones de distancia, la ese italiana y la copiosa gesticulación italiana sobreviven en él. Su actividad mental es continua, apasionada, versátil y del todo insignificante. Abunda en inservibles analogías y en ociosos escrúpulos. Tiene (como Beatriz)grandes y afiladas manos hermosas. Durante algunos meses padeció la obsesión de Paul Fort, menos por sus baladas que por la idea de una gloria intachable. "Es el Príncipe de los poetas en Francia", repetía con fatuidad. "En vano te revolverás contra él; no lo alcanzará, no, la más inficionada de tus saetas."

El 30 de abril de 1941 me permití agregar al alfajor una botella de coñac del país. Carlos Argentino lo probó, lo juzgó interesante y emprendió, al cabo de unas copas, una vindicación del hombre moderno

- Lo evoco - dijo con una admiración algo inexplicable - en su gabinete de estudio, como si dijéramos en la torre albarrana de una ciudad, provisto de teléfonos, de telégrafos, de fonógrafos, de aparatos de radiotelefonía, de cinematógrafos, de linternas mágicas, de glosarios, de horarios, de prontuarios, de boletines...

Observó que para un hombre así facultado el acto de viajar era inútil; nuestro siglo XX había transformado la fábula de Mahoma y de la montaña; las montañas, ahora convergían sobre el moderno Mahoma.

Tan ineptas me parecieron esas ideas, tan pomposa y tan vasta su exposición, que las relacioné inmediatamente con la literatura; le dije que por qué no las escribía. Previsiblemente respondió que ya lo había hecho: esos conceptos, y otros no menos novedosos, figuraban en el Canto Augural, Canto Prologal o simplemente Canto-Prólogo de un poema en el que trabajaba hacía muchos años, sin réclame, sin bullanga ensordecedora, siempre apoyado en esos dos báculos que se llaman el trabajo y la soledad. Primero abría las compuertas a la imaginación; luego hacía uso de la lima. El poema se titulaba La Tierra; tratábase de una descripción del planeta, en la que no faltaban, por cierto, la pintoresca digresión y el gallardo apóstrofe.

Le rogué que me leyera un pasaje, aunque fuera bre- ve. Abrió un cajón del escritorio, sacó un alto legajo de hojas de block estampadas con el membrete de la Biblioteca Juan Crisóstomo Lafinur y leyó con sonora satisfacción.

He visto, como el griego, las urbes de los hombres,
Los trabajos, los días de varia luz, el hambre;
No corrijo los hechos, no falseo los nombres,
Pero el
voyage que narro, es... autour de ma chambre.

Estrofa a todas luces interesante - dictaminó -. El primer verso granjea el aplauso del catedrático, del académico, del helenista, cuando no de los eruditos a la violeta, sector considerable de la opinión; el segundo pasa de Homero a Hesíodo (todo un implícito homenaje, en el frontis del flamante edificio, al padre de la poesía didáctica), no sin remozar un procedimiento cuyo abolengo está en la Escritura, la enumeración, congerie o conglobación; el tercero - ¿barroquismo, decadentismo, culto depurado y fanático de la forma? - consta de dos hemistiquios gemelos; el cuarto francamente bilingüe, me asegura el apoyo incondicional de todo espíritu sensible a los desenfados envites de la facecia. Nada diré de la rima rara ni de la ilustración que me permite ¡sin pedantismo!acumular en cuatro versos tres alusiones eruditas que abarcan treinta siglos e apretada literatura: la primera a la Odisea, la segunda a los Trabajos y días, la tercera a la bagatela inmortal que nos depararan los ocios de la pluma del saboyano...Comprendo una vez más que el arte moderno exige el bálsamo de la risa, el scherzo. ¡Decididamente, tiene la palabra Goldoni!

Otras muchas estrofas me leyó que también obtuvieron su aprobación y su comentario profuso; nada memorable había en ella; ni siquiera la juzgué mucho peores que la anterior. En su escritura habían colaborado la aplicación, la resignación y el azar; las virtudes que Daneri les atribuía eran posteriores. Comprendí que el trabajo del poeta no estaba en la poesía; estaba en la invención de razones para que la poesía fuera admirable; naturalmente, ese ulterior trabajo modificaba la obra para él, pero no para otro. La dicción oral de Daneri era extravagante; su torpeza métrica le vedó, salvo contadas veces, transmitir esa extravagancia al poema (1 ).

Una sola vez en mi vida he tenido la ocasión de examinar los quince mil dodecasílabos del Polyolbion, esa epopeya topográfica en la que Michael Drayton registró la fauna, la flora, la hidrografía, la orografía, la historia militar y monástica de Inglaterra; estoy seguro de que ese producto considerable, pero limitado, es menos tedioso que la vasta empresa congénere de Carlos Argentino. Éste se proponía versificar toda la redondez del planeta; en 1941 ya había despachado unas hectáreas del estado de Queensland, más de un kilómetro del curso del Ob, un gasómetro al Norte de Veracruz, las principales casas de comercio de la parroquia de la Concepción, la quinta de Mariana Cambaceres de Alvear en la calla Once de Setiembre, en Belgrano, y un establecimiento de baños turcos no lejos del acreditado acuario de Brighton. Me leyó ciertos laboriosos pasajes de la zona australiana de su poema; esos largos e informes alejandrinos carecían de la relativa agitación del prefacio. Copio una estrofa (2):

Sepan. A manderecha del poste rutinario,
(Viniendo, claro está, desde el Nornoroeste)
Se aburre una osamenta - ¿Color? Blanquiceleste -
Que da al corral de ovejas catadura de osario.
- ¡Dos audacias - gritó con exultación - rescatadas, te oigo mascullar, por el éxito! Lo admito, lo admito. Una, el epíteto rutinario, que certeramente denuncia,
en passant, el inevitable tedio inherente a las faenas pastoriles y agrícolas, tedio que ni las geórgicas ni nuestro ya laureado Don Segundo se atrevieron jamás a denunciar así, al rojo vivo. Otra, el enérgico prosaísmo se aburre una osamenta, que el melindroso querrá excomulgar con horror, pero que apreciará más que su vida el crítico de gusto viril. Todo el verso, por lo demás, es de muy subidos quilates. El segundo hemistiquio entabla animadísima charla con el lector, se adelanta a su viva curiosidad, le pone una pregunta en la boca y la satisface... al instante. ¿Y qué me dices de ese hallazgo blanquiceleste? El pintoresco neologismo sugiere el cielo, que es un factor importantísimo del paisaje australiano. Sin esa evocación resultarían demasiado sombrías las tintas del boceto y el lector se vería compelido a cerrar el volumen, herida en lo más íntimo el alma de incurable y negra melancolía.

Hacia la medianoche me despedí.

Dos domingos después, Daneri me llamó por teléfono, entiendo que por primera vez en la vida. Me propuso que nos reuniéramos a las cuatro, "para tomar juntos la leche, en el contiguo salón-bar que el progresismo de Zunino y de Zungri - los propietarios de mi casa, recordarás - inaugura en la esquina; confitería que te importará conocer". Acepté, con más resignación que entusiasmo. Nos fue difícil encontrar mesa; el "salón-bar", inexorablemente moderno, era apenas un poco menos atroz que mis previsiones; en las mesas vecinas el excitado público mencionaba las sumas invertidas sin regatear por Zunino y por Zungri. Carlos Argentino fingió asombrarse de no sé qué primores de la instalación de la luz (que, sin duda, ya conocía) y me dijo con cierta severidad:

- Mal de tu grado habrás de reconocer que este local se parangona con los más encopetados de Flores.

Me releyó, después, cuatro o cinco páginas del poema. Las había corregido según un depravado principio de ostentación verbal: donde antes escribió azulado, ahora abundaba en azulino, azulenco y hasta azulillo. La palabra lechoso no era bastante fea para él; en la impetuosa descripción de un lavadero de lanas, prefería lactario, lacticinoso, lactescente, lechal... Denostó con amargura a los críticos; luego, más benigno, los equiparó a esas personas, "que no disponen de metales preciosos ni tampoco de prensas de vapor, laminadores y ácidos sulfúricos para la acuñación de tesoros, pero que pueden indicar a los otros el sitio de un tesoro". Acto continuo censuró la prologomanía, "de la que ya hizo mofa, en la donosa prefación del Quijote, el Príncipe de los Ingenios". Admitió, sin embargo, que en la portada de la nueva obra convenía el prólogo vistoso, el espaldarazo firmado por el plumífero de garra, de fuste. Agregó que pensaba publicar los cantos iniciales de su poema. Comprendí, entonces, la singular invitación telefónica; el hombre iba a pedirme que prologara su pedantesco fárrago. Mi temor resultó infundado: Carlos Argentino observó, con admiración rencorosa, que no creía errar el epíteto al calificar de sólido el prestigio logrado en todos los círculos por Álvaro Melián Lafinur, hombre de letras, que, si yo me empeñaba, prologaría con embeleso el poema. Para evitar el más imperdonable de los fracasos, yo tenía que hacerme portavoz de dos méritos inconcusos: la perfección formal y el rigor científico, "porque ese dilatado jardín de tropos, de figuras, de galanuras, no tolera un solo detalle que no confirme la severa verdad". Agregó que Beatriz siempre se había distraído con Álvaro.

Asentí, profusamente asentí. Aclaré, para mayor verosimilitud, que no hablaría el lunes con Álvaro, sino el jueves: en la pequeña cena que suele coronar toda reunión del Club de Escritores. (No hay tales cenas, pero es irrefutable que las reuniones tienen lugar los jueves, hecho que Carlos Argentino Daneri podía comprobar en los diarios y que dotaba de cierta realidad a la frase.) Dije, entre adivinatorio y sagaz, que antes de abordar el tema del prólogo describiría el curioso plan de la obra. Nos despedimos; al doblar por Bernardo de Irigoyen, encaré con toda imparcialidad los porvenires que me quedaban: a) hablar con Álvaro y decirle que el primo hermano aquel de Beatriz(ese eufemismo explicativo me permitiría nombrarla) había elaborado un poema que parecía dilatar hasta lo infinito las posibilidades de la cacofonía y del caos; b) no hablar con Álvaro. Preví, lúcidamente, que mi desidia optaría por b.

A partir del viernes a primera hora, empezó a inquietarme el teléfono. Me indignaba que ese instrumento, que algún día produjo la irrecuperable voz de Beatriz, pudiera rebajarse a receptáculo de las inútiles y quizás coléricas quejas de ese engañado Carlos Argentino Daneri. Felizmente nada ocurrió - salvo el rencor inevitable que me inspiró aquel hombre que me había impuesto una delicada gestión y luego me olvidaba.

El teléfono perdió sus terrores, pero a fines de octubre, Carlos Argentino me habló. Estaba agitadísimo; no identifiqué su voz, al principio. Con tristeza y con ira balbuceó que esos ya ilimitados Zunino y Zungri, so pretexto de ampliar su desaforada confitería, iban a demoler su casa.

-¡La casa de mis padres, mi casa, la vieja casa inveterada de la calle Garay! - repitió, quizá olvidando su pesar en la melodía.

No me resultó muy difícil compartir su congoja. Ya cumplidos los cuarenta años, todo cambio es un símbolo detectable del pasaje del tiempo; además se trataba de una casa que, para mí, aludía infinitamente a Beatriz. Quise aclarar ese delicadísimo rasgo; mi interlocutor no me oyó. Dijo que si Zunino y Zungri persistían en ese propósito absurdo, el doctor Zunni, su abogado, los demandaría ipso facto por daños y perjuicios y los obligaría a abonar cien mil nacionales.

El nombre de Zunni me impresionó; su bufete, en Caseros y Tacuarí, es de una seriedad proverbial. Interrogué si éste se había encargado ya del asunto. Daneri dio que le hablaría esa misma tarde. Vaciló y con esa voz llana, impersonal, a que solemos recurrir para confiar algo muy íntimo, dijo que para terminar el poema le era indispensable la casa, pues en un ángulo del sótano había un Aleph. Aclaró que un Aleph es uno de los puntos del espacio que contienen todos los puntos.

- Está en el sótano del comedor - explicó, aligerada su dicción por la angustia -. Es mío, es mío; yo lo descubrí en la niñez, antes de la edad escolar. La escalera del sótano es empinada, mis tíos me tenían prohibido el descenso, pero alguien dijo que había un mundo en el sótano. Se refería, lo supe después, a un baúl, pero yo entendí que había un mundo. Bajé secretamente, rodé por la escalera vedada, caí. Al abrir los ojos, vi el Aleph.

-¡El Aleph! - repetí.

-Sí, el lugar donde están, sin confundirse, todos los lugares del orbe, vistos desde todos los ángulos. A nadie revelé mi descubrimiento, pero volví. ¡El niño no podía comprender que le fuera deparado ese privilegio para que el hombre burilara el poema! No me despojarán Zunino y Zungri, no y mil veces no. Código en mano, el doctor Zunni probará que es inajenable mi Aleph.

Traté de razonar.

-Pero, ¿no es muy oscuro el sótano?

-La verdad no penetra un entendimiento rebelde. Si todos los lugares de la Tierra están en el Aleph, ahí estarán todas las luminarias, todas las lámparas, todos los veneros de luz.

-Iré a verlo inmediatamente.

Corté, antes de que pudiera emitir una prohibición. Basta el conocimiento de un hecho para percibir en el acto una serie de rasgos confirmatorios, antes insospechados; me asombró no haber comprendido hasta ese momento que Carlos Argentino era un loco. Todos esos Viterbos, por lo demás... Beatriz(yo mismo suelo repetirlo) era una mujer, una niña de una clarividencia casi implacable, pero había en ella negligencias, distracciones, desdenes, verdaderas crueldades, que tal vez reclamaban una explicación patológica. La locura de Carlos Argentino me colmó de maligna felicidad; íntimamente, siempre nos habíamos detestado.

En la calle Garay, la sirvienta me dijo que tuviera la bondad de esperar. El niño estaba, como siempre, en el sótano, revelando fotografías. Junto al jarrón sin una flor, en el piano inútil, sonreía (más intemporal que anacrónico) el gran retrato de Beatriz, en torpes colores. No podía vernos nadie; en una desesperación de ternura me aproximé al retrato y le dije:

- Beatriz, Beatriz Elena, Beatriz Elena Viterbo, Beatriz querida, Beatriz perdida para siempre, soy yo, soy Borges.

Carlos entró poco después. Habló con sequedad; comprendí que no era capaz de otro pensamiento que de la perdición del Aleph.

- Una copita del seudo coñac - ordenó - y te zampuzarás en el sótano. Ya sabes, el decúbito dorsal es indis-pensable. También lo son la oscuridad, la inmovilidad, cierta acomodación ocular. Te acuestas en el piso de la baldosas y fijas los ojos en el decimonono escalón de la pertinente escalera. Me voy, bajo la trampa y te quedas solo. Algún roedor te mete miedo ¡fácil empresa! A los pocos minutos ves el Aleph. ¡El microcosmo de alquimistas y cabalistas, nuestro concreto amigo proverbial, el multum in parvo!

Ya en el comedor, agregó:

- Claro está que si no lo ves, tu incapacidad no invalida mi testimonio... Baja; muy en breve podrás entablar un diálogo con todas las imágenes de Beatriz.

Bajé con rapidez, harto de sus palabras insustanciales. El sótano, apenas más ancho que la escalera, tenía mucho de pozo. Con la mirada, busqué en vano el baúl de que Carlos Argentino me habló. Unos cajones con botellas y unas bolsas de lona entorpecían un ángulo. Carlos tomó una bolsa, la dobló y la acomodó en un sitio preciso.

- La almohada es humildosa - explicó - , pero si la levanto un solo centímetro, no verás ni una pizca y te quedas corrido y avergonzado. Repantiga en el suelo ese corpachón y cuenta diecinueve escalones.

Cumplí con su ridículo requisito; al fin se fue. Cerró cautelosamente la trampa, la oscuridad, pese a una hendija que después distinguí, pudo parecerme total. Súbitamente comprendí mi peligro: me había dejado soterrar por un loco, luego de tomar un veneno. Las bravatas de Carlos transparentaban el íntimo terror de que yo no viera el prodigio; Carlos, para defender su delirio, para no saber que estaba loco tenía que matarme. Sentí un confuso malestar, que traté de atribuir a la rigidez, y no a la operación de un narcótico. Cerré los ojos, los abrí. Entonces vi el Aleph.

Arribo, ahora, al inefable centro de mi relato, empieza aquí, mi desesperación de escritor. Todo lenguaje es un alfabeto de símbolos cuyo ejercicio presupone un pasado que los interlocutores comparten; ¿cómo transmitir a los otros el infinito Aleph, que mi temerosa memoria apenas abarca? Los místicos, en análogo trance prodigan los emblemas: para significar la divinidad, un persa habla de un pájaro que de algún modo es todos los pájaros; Alanus de Insulis, de una esfera cuyo centro está en todas partes y las circunferencia en ninguna; Ezequiel, de un ángel de cuatro caras que a un tiempo se dirige al Oriente y al Occidente, al Norte y al Sur. (No en vano rememoro esas inconcebibles analogías; alguna relación tienen con el Aleph.) Quizá los dioses no me negarían el hallazgo de una imagen equivalente, pero este informe quedaría contaminado de literatura, de falsedad. Por lo demás, el problema central es irresoluble: La enumeración, si quiera parcial, de un conjunto infinito. En ese instante gigantesco, he visto millones de actos deleitables o atroces; ninguno me asombró como el hecho de que todos ocuparan el mismo punto, sin superposición y sin transparencia. Lo que vieron mis ojos fue simultáneo: lo que transcribiré sucesivo, porque el lenguaje lo es. Algo, sin embargo, recogeré.

En la parte inferior del escalón, hacia la derecha, vi una pequeña esfera tornasolada, de casi intolerable fulgor. Al principio la creí giratoria; luego comprendí que ese movimiento era una ilusión producida por los vertiginosos espectáculos que encerraba. El diámetro del Aleph sería de dos o tres centímetros, pero el espacio cósmico estaba ahí, sin disminución de tamaño. Cada cosa (la luna del espejo, digamos) era infinitas cosas, porque yo claramente la veía desde todos los puntos del universo. Vi el populoso mar, vi el alba y la tarde, vi las muchedumbres de América, vi una plateada telaraña en el centro de una negra pirámide, vi un laberinto roto (era Londres), vi interminables ojos inmediatos escrutándose en mí como en un espejo, vi todos los espejos del planeta y ninguno me reflejó, vi en un traspatio de la calle Soler las mismas baldosas que hace treinta años vi en el zaguán de una casa en Frey Bentos, vi racimos, nieve, tabaco, vetas de metal, vapor de agua, vi convexos desiertos ecuatoriales y cada uno de sus granos de arena, vi en Inverness a una mujer que no olvidaré, vi la violenta cabellera, el altivo cuerpo, vi un cáncer de pecho, vi un círculo de tierra seca en una vereda, donde antes hubo un árbol, vi una quinta de Adrogué, un ejemplar de la primera versión inglesa de Plinio, la de Philemont Holland, vi a un tiempo cada letra de cada página (de chico yo solía maravillarme de que las letras de un volumen cerrado no se mezclaran y perdieran en el decurso de la noche), vi la noche y el día contemporáneo, vi un poniente en Querétaro que parecía reflejar el color de una rosa en Bengala, vi mi dormitorio sin nadie, vi en un gabinete de Alkmaar un globo terráqueo entre dos espejos que lo multiplicaban sin fin, vi caballos de crin arremolinada, en una playa del Mar Caspio en el alba, vi la delicada osadura de una mano, vi a los sobrevivientes de una batalla, enviando tarjetas postales, vi en un escaparate de Mirzapur una baraja española, vi las sombras oblicuas de unos helechos en el suelo de un invernáculo, vi tigres, émbolos, bisontes, marejadas y ejércitos, vi todas las hormigas que hay en la tierra, vi un astrolabio persa, vi en un cajón del escritorio (y la letra me hizo temblar) cartas obscenas, increíbles, precisas, que Beatriz había dirigido a Carlos Argentino, vi un adorado monumento en la Chacarita, vi la reliquia atroz de lo que deliciosamente había sido Beatriz Viterbo, vi la circulación de mi propia sangre, vi el engranaje del amor y la modificación de la muerte, vi el Aleph, desde todos los puntos, vi en el Aleph la tierra, vi mi cara y mis vísceras, vi tu cara, y sentí vértigo y lloré, porque mis ojos habían visto ese objeto secreto y conjetural, cuyo nombre usurpan los hombres, pero que ningún hombre ha mirado: el inconcebible universo.

Sentí infinita veneración, infinita lástima.

-Tarumba habrás quedado de tanto curiosear donde no te llaman - dijo una voz aborrecida y jovial - . Aunque te devanes los sesos, no me pagarás en un siglo esta revelación. ¡Qué observatorio formidable, che Borges!

Los pies de Carlos Argentino ocupaban el escalón más alto. En la brusca penumbra, acerté a levantarme y a balbucear:

-Formidable. Sí, formidable.

La indiferencia de mi voz me extrañó. Ansioso, Carlos Argentino insistía:

-¿La viste todo bien, en colores?

En ese instante concebí mi venganza. Benévolo, manifiestamente apiadado, nervioso, evasivo, agradecí a Carlos Argentino Daneri la hospitalidad de su sótano y lo insté a aprovechar la demolición de la casa para alejarse de la perniciosa metrópoli que a nadie ¡créame, que a nadie! perdona. Me negué, con suave energía, a discutir el Aleph; lo abracé, al despedirme y le repetí que el campo y la seguridad son dos grandes médicos.

En la calle, en las escaleras de Constitución, en el subterráneo, me parecieron familiares todas las caras. Temí que no quedara una sola cosa capaz de sorprenderme, temí que no me abandonara jamás la impresión de volver. Felizmente, al cabo de unas noches de insomnio me trabajó otra vez el olvido.
Postdata del 1º de marzo de 1943. A los seis meses de la demolición del inmueble de la calle Garay, la Editorial Procusto no se dejó arredrar por la longitud del considerable poema y lanzó al mercado una selección de "trozos argentinos". Huelga repetir lo ocurrido; Carlos Argentino Daneri recibió el Segundo Premio Nacional de Literatura (3). El primero fue otorgado al doctor Aita; el tercero al doctor Mario Bonfanti; increíblemente mi obra Los naipes del tahúr no logró un solo voto. ¡Una vez más, triunfaron la incomprensión y la envidia! Hace ya mucho tiempo que no consigo ver a Daneri; los diarios dicen que pronto nos dará otro volumen. Su afortunada pluma (no entorpecida ya por el Aleph) se ha consagrado a versificar los epítomes del doctor Acevedo Díaz.

Dos observaciones quiero agregar: una sobre la naturaleza del Aleph; otra, sobre su nombre. Éste, como es sabido, es el de la primera letra del alfabeto de la lengua sagrada. Su aplicación al círculo de mi historia no parece casual. Para la Cábala esa letra significa el En Soph, la ilimitada y pura divinidad; también se dijo que tiene la forma de un hombre que señala el cielo y la tierra, para indicar que el mundo inferior es el espejo y es el mapa del superior; para la Mengenlehre, es el símbolo de los números transfinitos, en los que el todo no es mayor que alguna de las partes. Yo querría saber: ¿Eligió Carlos Argentino ese nombre, o lo leyó, aplicado a otro punto donde convergen todos los puntos, en alguno de los textos innumerables que el Aleph de su casa le reveló? Por increíble que parezca yo creo que hay (o que hubo) otro Aleph, yo creo que el Aleph de la calle Garay era un falso Aleph.

Doy mis razones. Hacia 1867 el capitán Burton ejerció en el Brasil el cargo de cónsul británico; en julio de 1942 Pedro Henríquez Ureña descubrió en una biblioteca de Santos un manuscrito suyo que versaba sobre el espejo que atribuye el Oriente a Iskandar Zu al-Karnayn, o Alejandro Bicorne de Macedonia. En su cristal se reflejaba el universo entero. Burton menciona otros artificios congéneres - la séptuple copa de Kai Josrú, el espejo que Tárik Benzeyad encontró en una torre (1001 Noches, 272), el espejo que Luciano de Samosata pudo examinar en la Luna (Historia Verdadera, I, 26), la lanza especular que el primer libro del Satyricon de Capella atribuye a Júpiter, el espejo universal de Merlín, "redondo y hueco y semejante a un mundo de vidrio" (The Faerie Queene, III, 2, 19) - , y añade estas curiosas palabras: "Pero los anteriores(además del defecto de no existir) son meros instrumentos de óptica. Los fieles que concurren a la mezquita de Amr, en el Cairo, saben muy bien que el universo está en el interior de una de las columnas de piedra que rodean el patio central... Nadie, claro está, puede verlo, pero quienes acercan el oído a la superficie declaran percibir, al poco tiempo, su atareado rumor... la mezquita data del siglo VII; las columnas proceden de otros templos de religiones anteislámicas, pues como ha escrito Abenjaldún: En las repúblicas fundadas por nómadas, es indispensable el concurso de forasteros para todo lo que sea albañilería".

¿Existe ese Aleph en lo íntimo de una piedra? ¿Lo he visto cuando vi todas las cosas y lo he olvidado? Nuestra mente es porosa para el olvido; yo mismo estoy falseando y perdiendo, bajo la trágica erosión de los años, los rasgos de Beatriz.


FIN


El demonio en Ceirno --- José Manuel Fernández Argüelles



El demonio en Ceirno


José Manuel Fernández Argüelles







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Adorar a un dios es práctica común de los hombres en todos los tiempos. También es frecuente que en algunas de esas creencias aparezca la figura de un oponente dañino a la divinidad entendida como bondadosa que protege y ampara. Y lo usual en todos esos credos humanos es desear una buena relación con el dios bueno y temer y alejarse de la criatura enfrentada y mala. Pero lo cierto es que siempre se pueden encontrar, en esas comunidades de fieles, reducidos grupos que van a contracorriente, que siendo creyentes, desean acercarse al poder oscuro y alejarse, e incluso odiar, al nombrado como bondadoso. Las razones de estas minorías suelen ser el ansia de apartarse de lo común, o la necesidad de evidenciar su rechazo al resto, o simplemente mostrar su odio a los semejantes, por algún daño o afrenta, o también pueden tomar tan particular opción por un desengaño con su anterior dios clemente. Y si se entra en su juego de creencias mágicas, podemos incluso suponer que son captados por el poder maligno con sus artes y engaños, según cuentos y tradiciones folclóricas que tanto abundan en todas esas comunidades.


La historia que a continuación narro me aconteció a mí, que no sólo soy un pertinaz incrédulo, sino que además no suelo interesarme por las costumbres religiosas de los otros. Y recalco el hecho de que yo haya sido el protagonista de este suceso por ser el menos indicado para que le ocurriese, pues ser el elegido para dirimir en la confrontación entre el Bien y el Mal (o al menos entre los que creen en uno o en otro) y estar obligado a realizar un milagro, no es para lo que estaba mejor preparado.


Todo comenzó cuando fui a visitar a un antiguo amigo, el cual me había escrito cierta misteriosa carta días atrás. En ella, tras recordarme nuestra antigua relación fraternal y explicarme someramente los acontecimientos de su vida en los últimos tres años, que era el tiempo transcurrido desde que no nos veíamos, pasaba a rogarme que le hiciese una visita en el pueblo donde actualmente residía y ejercía de maestro. No aclaraba en la carta la urgencia de mi ayuda, tan sólo dejaba intuir un problema personal que le trastornaba seriamente. Lo cierto es que, casualmente, disponía de días libres en aquel momento, y no he de negar que la intriga es una fuerza muy grande a la hora de tomar mis decisiones. Eso, junto con la amistad que siempre me unió a Álvaro, el amigo referenciado, hizo que no perdiese mucho tiempo en iniciar el viaje hacia Peñalta, el así llamado pueblo de mi destino.


Encontrar Peñalta no resultó tan sencillo como yo pensaba, a pesar de ser un viajero impenitente e ir armado de varios mapas de la zona. Equivoqué la ruta un par de veces y tuve que preguntar en varias ocasiones. En una de éstas, cuando requerí a una anciana, apostada al lado de la carretera, por el camino correcto, la mujer se agachó para quedar a la altura de la ventana de mi vehículo y me estuvo observando un buen rato en silencio, tanto que repetí la pregunta en voz más alta, temiendo que, por la edad, padeciese cierto grado de sordera. Ella, por fin, dijo:

-Ya casi ha llegado. En el próximo desvío a la izquierda tomará la ruta que sube al pueblo. Pero usted no es.

-Yo no soy ¿qué?

-Usted no es -repitió ella, dejando sin terminar lo que entendí por una frase inconclusa y, por tanto, sin significado.

La anciana se apartó del coche, dando por finalizada la conversación, y yo continué mi viaje buscando la derivación a la izquierda, que no tardé en hallar. Era una pésima carretera en pendiente, llena de curvas y muy estrecha (por suerte el tráfico en contra era nulo), y me llevó a lo alto de una ladera que dulcificaba su empinada orografía en un pequeño remanso ligeramente llano; y ahí se aposentaban el medio centenar de casas de Peñalta. Era una población fea, de casas muy viejas y sin que se notase el afán de sus moradores por mantenerlas en pie, en medio de una naturaleza triste, abundante de zarzas y yerbas espesas, sin flores silvestres por ningún sitio. Incluso los abundantes árboles parecían tomar, en su ramas, formas tan retorcidas que angustiaban el espíritu cuando se los observaba con detalle. El paisaje del valle, que se dominaba desde aquella altura, estaba, ese día de mi llegada (que ya alcanzaba algo más de la media tarde) nublado, cubierto en parte por una turbia neblina que no lo dejaba apreciar en toda su extensión, que al fin y al cabo no era mucha, pues resultaba estrecho y torcía pronto, cortado por otros montes que impedían su prolongación rectilínea. Así quedaba todo el contorno recogido entre cuatro montes, dos a los lados y otros dos, un poco más lejos, pero no mucho, a los extremos del valle. Era como estar en una habitación oscura, fea y estrecha. Nada parecido a lo que uno se imagina y ansía cuando sale al campo y asciende un monte o visita un lejano pueblo perdido en las alturas. Pero en estos parajes en los que me hallaba, el contorno era desalentador. Como dije, todo parecía confabularse (desde la estrechez del valle, que impedía recrear la vista, hasta la triste y retorcida flora) para desalentar al visitante ocasional que se perdiese por aquellas lejanas tierras.


Por supuesto, en un lugar tan pequeño, no representó ninguna dificultad dar con el maestro del pueblo. En cuanto aparqué mi coche en la pequeña plaza y pregunté a los primeros lugareños con los que topé, uno de ellos me indicó, tras observarme detenidamente (como ya había hecho la vieja antes), la casa de mi amigo Álvaro. Éste, nada más verme a través de la ventana de su vivienda, salió a recibirme efusivamente. Nos abrazamos en plena calle y pronto me pasó al interior de su casa, vieja y empobrecida como todas las del lugar.

Nuestra conversación inició su andadura, tras los saludos iniciales de rigor, por la narración muy ligera e intrascendente de nuestra vida en los últimos tres años, que eran los de nuestro alejamiento, como ya dije. Yo le conté que seguía más o menos como antes, igual de soltero, con el mismo trabajo y tan feliz como siempre. Él, por su parte, me fue explicando que llevaba en el pueblo casi dos años, destinado de maestro, y también permanecía soltero. Y mientras mi amigo iba contando, de una forma banal e intrascendente su actual vida, yo me fijaba en su aspecto, que estaba muy cambiado. Lo encontraba mucho mas delgado, su rostro, a pesar de manifestar alegría por el encuentro, tenía una apariencia triste, como si sus rasgos, antes más sanos, tuviesen ahora la propensión natural a conformar una expresión amarga. Y sus ojos. Esos sí que eran distintos. Ahora estaban hundidos, enmarcados en unas profundas ojeras azuladas; incluso los notaba más pequeños y negros que antes, también más huidizos. Pero esto ya me pareció excesivo, y lo achaqué a mi mala memoria en recordar tan perfectamente el rostro del amigo.

-Ahora que lo pienso, estarás cansado y hambriento, y yo aquí atormentándote con mis historias -exclamó Álvaro, sacándome así de las cábalas sobre su trasformado aspecto.

En ese momento, y como si hubiese sido convocada por las palabras, apareció una adusta mujer, que me fue presentada como la sirvienta de la casa. Era una señora mayor que nosotros dos, aunque no vieja; vestía de negro y tenía el gesto serio y triste, y sus ojos, curiosamente, eran tan negros y hundidos como los de Álvaro. En ese momento también me pareció recordar que los pueblerinos a los que pregunté por la casa del maestro tenían unas características faciales similares. Pensé que en los pueblos pequeños no eran raras las similitudes de ese tipo, pero tal teoría no cuadraba en el caso de Álvaro, que no era del lugar, así que no quise divagar más sobre lo que quizás sólo eran especulaciones sin sentido. La asistenta, tras observarme un buen rato, y cuando ya esperaba que también ella se refiriese a mí diciendo usted no es (¿no soy el que esperaban?, ¿no soy de la clase de personas que ellos deseaban?), en cambio, dijo:

-La cena estará en menos de una hora.

-Aquí cenamos siempre temprano -aclaró Álvaro- ¿Te parece bien?

Asentí, y mi amigo añadió que allí la vida no era como en las ciudades, que el ciclo vital de la jornada comenzaba de madrugada y que el descanso nocturno, por tanto, se iniciaba casi nada más oscurecer. Yo deseaba iniciar un diálogo más enjundioso sobre el por qué de la desesperada carta que me había remitido, pero hube de posponer ese deseo, pues la mujer, que me fue presentada como doña Zira, tomó mi bolsa de viaje, que había permanecido en el suelo hasta entonces, y me ordenó (más que ofrecerse) que la acompañase al piso superior, donde estaba la habitación libre de la casa, que ya había dispuesto para mí, informó, desde el día que contesté a mi amigo confirmando la visita.

Por fin, tras colocar mis cosas en un vetusto armario, probar la confortabilidad de la vieja cama de colchón de lana y asearme un poco del sudor y el polvo del camino en un baño con óxido en las cañerías y desconchones en las paredes, bajé de nuevo al salón donde ya estaba preparada la cena. Decidí no dejar para más tarde el verdadero motivo de mi presencia.

-Y bien, Álvaro, creo que ya es hora de que hablemos de tu carta.

-Después, después... -fue toda su respuesta, y de inmediato dirigió la charla, mientras comíamos, hacia nuestros recuerdos comunes en los años pasados, lo que nos llevó largos minutos, pues eran muchos y muy amenos, aunque en ese momento más parecían la disculpa para retrasar el verdadero interés de ambos, sobre todo de él, si yo recordaba bien el tono urgente y dramático de la misiva que me había enviado.

Tras la cena, la señora Zira recogió la mesa en silencio y estuvo un rato en la cocina limpiando y colocando los cubiertos, después se despidió con sequedad y se fue, según me informó Álvaro, a su casa, pues no dormía en la de mi amigo. Esto, por fin, nos iba a permitir, supuse, comenzar a hablar del motivo por el que yo había hecho el viaje y por el que me hallaba, ya algo ansioso y desconcertado, en aquel pueblo.

-Verás -comenzó diciendo Álvaro-. Recuerdo bien la carta que te envié. En ella te hablaba de que en este nuevo destino docente para el que me han contratado me estaban ocurriendo cosas que afectaban a mi salud espiritual, o mental, si prefieres que empleemos tus conceptos materialistas, pero ahora que te tengo aquí delante no sé cómo explicártelo. Lo cierto es que yo sólo soy incapaz de enfrentarme a ello, pero contarlo a un extraño (a un extraño al pueblo, quiero decir) ahora me parece ridículo. Pensé en ti, no sólo por nuestra amistad, sino también por tu actitud distante y reflexiva ante los hechos religiosos, pero esa misma falta de fe, por tu parte, hace que me sienta cohibido y hasta avergonzado a la hora de explicarte lo que sucede.

Cada vez me sentía más desconcertado ante la actitud insegura de Álvaro. Era evidente que algo le sucedía, pues su aspecto físico (misteriosamente semejante a otros habitantes del lugar) así me lo indicaba. Sospeché que esos rostros de rasgos tensos, labios con rictus amargos y ojeras pronunciadas, que daban a la mirada una intensidad dañina, podrían ser debidos a algún tipo de alimentación común a los habitantes del pueblo o a la contaminación del agua, por suponer alguna cosa razonable. Era evidente que estaba divagando y llegando a conclusiones precipitadas, así que decidí frenar mi ímpetu deductivo, que por lo apresurado no me llevaría más que a sin sentidos y obcecaciones peligrosas para el limpio pensar. Lo mejor, decidí, sería tranquilizar a Álvaro y darle tiempo para que recuperase la confianza en mí. Al fin y al cabo, en tres años puedes perder muchas cosas; una de ellas, la camaradería. Y si sólo era esto lo que había extraviado, lo daba por bueno, pues se podía recuperar. Lo que temía era que el daño en ese tiempo hubiese sido mayor y afectase a cosas más profundas y ajenas a mi intervención. De todas formas, estaba dispuesto a colaborar en lo que fuese, y el primer paso era la paciencia. Tendría que contener mi ansia por descubrir lo que atormentaba a mi buen amigo hasta que éste tuviese el ánimo dispuesto para hacerme partícipe de ello.

-Descansemos hoy -dije-. Mañana hablaremos de todo lo que consideres necesario, ¿de acuerdo?


Aunque estaba cansado del viaje, no pude dormir. Ya fuese porque en una cama nueva siempre tuve dificultades para conciliar el sueño o porque la incertidumbre sobre lo que sucedía me desvelaba, el caso es que no hacía otra cosa que moverme inquieto e insomne. En tales circunstancias, como es natural, los recuerdos surgieron como sustituto del sueño, y así comencé a pensar en lo distintos que siempre habíamos sido Álvaro y yo. Desde nuestra primera juventud, cuando surgíamos de una adolescencia en la que nos hicimos amigos, él siempre era el muchacho silencioso e introvertido que me seguía en las tropelías que yo proponía. Formábamos un buen equipo: yo buscando locuras y amores con cada chica con la que topaba, y él yendo a mi zaga, tímido y asustado, como un escudero que siempre se apartaba en el último momento de las incertidumbres, las aventuras y los amores. Si yo era el impetuoso que lograba placeres y golpes, según la suerte de cada momento, él era el timorato que se conformaba con mirar de lejos, y al que nada bueno ni malo le sucedía. Parecía tener suficiente con divertirse gracias a la visión de mis andanzas, y no buscar las propias. Siempre fue el paradigma del misógino. Hubiese sido un buen monje o cura, pues el celibato era su condición natural, cosa que jamás pude entender, pues su desapego hacia el amor (al menos el amor carnal) era algo que me resultaba inconcebible. De todas formas, me venía bien así, pues nunca era rival y sí compañero sumiso de aventuras, que me dejaba el terrero libre en mis avances y conquistas con las jóvenes que me atraían, que eran todas en aquel tiempo de descubrimientos amatorios (ahora ya discrimino un poco más). Aunque lo cierto es que mi vida sentimental, aunque intensa, tampoco ha sido precisamente estable, por lo que, al igual que Álvaro (aunque por razones bien diferentes), yo tampoco he encontrado jamás alguien que me retenga preso de amor (perdón por la cursilería). De todas formas, este asunto nunca fue importante en nuestra fraternal relación. Él se apartaba del trato con las mujeres y esperaba a que yo acabase con la de turno para seguir en la compañía de nuestra amistad. Sólo teníamos pequeñas discusiones con respecto a la religión, pues él era profundamente creyente, y yo, además de no serlo, daba nula importancia a ese asunto. Así que, para su desesperación, cuando Álvaro me hablaba de Dios, yo le daba la razón en todo, sin discutir, pero quedando en evidencia mi falsedad y desinterés, por lo que mi asentimiento en tal asunto era como la razón que se da a los tontos, lo que hacía que él (dándose perfecta cuenta) se molestase hasta el punto de la ira: las únicas veces que alcanzaba tal estado. Con el tiempo, acabó abandonando los intentos por convencerme para que fuese partícipe de sus creencias, y ya casi nunca más volvimos a hablar de ellas.


Como la noche, al iniciarla tan pronto en la cama y no lograr un buen dormir, se me hacía larga, los recuerdos vinieron en tropel a sustituir el vacío del sueño, y así me vi envuelto en la vorágine de secuencias lejanas compartidas con Álvaro, como es natural, ya que era el causante, más o menos directo, de mi desvelo. Una de las remembranzas que más se empecinaron en agarrarse a la vigilia fue la de cierto día, hacía ya de esto algunos años, en el que mi amigo y yo compartíamos el banco de un parque. Yo le hablaba de cierta muchacha hacia la que tenía serias pretensiones, y él, como era habitual, me escuchaba en silencio, aunque en esta ocasión parecía mostrarse levemente inquieto por mi relato. Intuí que la joven en cuestión podía interesarle a él también, aunque sus posibilidades de conquista eran tan escasas como las de todos los timoratos, y temí que descargase sobre mí los celos de su frustración. Como siempre opiné que lo mejor para evitar malos entendidos es hablar claro, le expuse, con rotundidad y soltura, mis sospechas sobre su interés hacía la chica de la que le estaba hablando, y él se sintió avergonzado y violento, pero no quiso comentar nada sobre ello, más al contrario, comenzó a reprochar mi falta de sentimientos puros y duraderos hacia las mujeres que pretendía; y de esa argumentación, que yo rebatí diciendo que la pureza está en el momento de la relación y no en su permanencia en el tiempo, él pasó, como era frecuente en aquellos tiempos, a hablarme de que Dios no permite esa promiscuidad fácil a la que yo me prestaba. Como siempre que mi amigo desviaba los asuntos que de verdad le interesaban hacia el recurso cómodo de las normas de su fe, yo le di la razón con desgana, pues, ya antes lo expliqué, no entraba nunca en ese tipo de discusiones. Pronto comprendió que era inútil aquel diálogo y que mis palabras de asentimiento a su diatriba religiosa eran contemporizadoras y falsas. Así abandonó su perorata proselitista y retornó al mutismo inicial y sempiterno. Yo no volví a mencionar a aquella joven a la que por entonces estaba enamorando y de la que ya no recuerdo el nombre. Lo que no pude evitar fue percibir un cierto odio en Álvaro, o eso intuí, aunque pronto lo olvidé, pues no pareció tener consecuencias. De todas formas, ahora pienso que aquello fue el inicio de nuestro alejamiento. Aunque las razones para nuestra separación fueron, varios meses después, de carácter profesional, desde aquella breve y tensa conversación en el parque comenzamos a vernos con menos frecuencia. No puedo sentirme culpable. Al fin y al cabo yo no le quité nada, sino que fue él, con su falta de carisma y gracia, el que no supo enamorar ni a aquella ni a ninguna mujer. En cualquier caso, en medio de esa noche blanca y larga, concluí que aquella era una historia pasada, y si me venía ahora el recuerdo de ella era por ese punto de irreflexivo temor que siempre se tiene ante los despechados y rencorosos, más si se está en su casa, en su terreno, a su merced. Todo esto eran ideas que finalmente me hicieron reír, pues nada temía de mi buen amigo Álvaro. Y es que los procesos mentales son así de fatuos cuando no hallan acomodo en el descanso del sueño.


La noche siguió su avance sin descanso y cada vez con más ansiedad en mi interior. Deseaba aclarar las cosas con el amigo, pero no quería forzar la situación, pues bien sabía que cuando era presionado en algo que no deseaba, se encerraba en un mutismo inquebrantable, pareciendo un autista ajeno a todo lo que se le requería. De tal manera me dispuse a soportar las horas que me esperaban hasta la llegada del buen dormir como una cadena de malos augurios. Me recriminé por la falta de previsión al no portar ni tan siquiera un libro o revista para el viaje, y como en la habitación que me fue asignada no vi ninguna lectura a mano, decidí ponerme el pantalón, dejando la camisa del pijama, y bajar al salón por si encontraba algo con lo que distraer el pensamiento. Allí encontré, al parecer también desvelado, a Álvaro mirando la noche a través de la ventana.

-¡Vaya!, parece que ninguno de los dos duerme -dije, y después aclaré que buscaba alguna lectura con la que pasar las horas.

-Hoy no se ve la luna -fue toda su respuesta, de aparente incongruencia.

En efecto, la noche estaba cubierta por una intensa capa de bruma, y aunque en el cielo debiera de haber una espléndida luna llena, nada se dejaba percibir de su brillo desde este pueblo perdido entre montañas y niebla.

-¿Tienes algún libro de lectura ligera que prestarme? -insistí.

Tomó, de una estantería cercana, un pequeño volumen de cuentos policíacos, y me lo tendió con desgana. Después se sentó, y en su gesto cansado percibí, con notable claridad, que parecía haber envejecido más de los tres años que separaban nuestro último encuentro. Así se lo dije, tomando, yo también, asiento frente a él.

-La vida ha sido extraña par mí en los últimos tiempos.

Si pensé que había llegado el momento de las confidencias por las que había sido convocado, me equivoqué. Álvaro guardó un prolongado silencio, que respeté a la espera de que retomase el hilo de su discurso, pero al ver que permanecía mudo y con la vista perdida en el suelo, fui yo el que se sintió obligado a iniciar una banal conversación.

-Es extraño que exista una escuela en un pueblo tan pequeño. Suelen concentrar a los alumnos en poblaciones mayores, ¿no es cierto?

-Es una especie de colegio privado -contestó él-. Lo financian los propios vecinos. Yo soy el profesor contratado por ellos.

-Bueno, serás una figura relevante. Tú, el alcalde y el cura. Las enseñas de todo pueblo pequeño y típico.

Quise ser gracioso, no sonsacar ninguna información importante. Al menos esa no había sido mi intención, pero obtuve una respuesta que me desconcertó más de lo que ya estaba.

-En este pueblo no hay alcalde ni cura. Los vecinos toman las decisiones en una especie de asamblea.

-¿Y qué le ocurrió al cura?

-No hay iglesia.

Ya no podía decir que era un pueblo típico, indudablemente. Así se lo mencioné a Álvaro, aunque añadí que todavía tenía el nombre de Peñalta como topónimo clásico y de evidente relación con el medio.

-Tampoco en la denominación es un pueblo típico. En los mapas se llama como tú has dicho, pero en realidad su nombre es otro.

Mi gesto mudo de interrogación le obligó a aclararme la duda.

-Ceirno. Se llama Ceirno.

-¿Significa algo?

-Absolutamente nada.

Expuse que me asombraba que el nombre de un pueblo antiguo no tuviese origen en algún hecho conocido, en determinado personaje histórico o en la apropiación del nombre de algún accidente geográfico o planta común en el lugar o algo por el estilo.

-No tiene ningún significado -insistió él con tozudez, y aunque no lo di por bueno, dejé de porfiar en un asunto que no me importaba especialmente. Tan sólo añadí:

-Supongo que el error en lo mapas es algo que sí tendrá explicación razonable.

-Es un error administrativo que viene de lejos. Todos en los contornos saben de ello, y a quienes preguntáis por el nombre falso, os informan del lugar sin más.

Álvaro debió notar un gesto de complacencia en mi rostro, porque sonrió levemente, y dijo:

-Siempre has necesitado entenderlo todo. Entenderlo razonablemente, quiero decir. Para tu completa satisfacción, te diré que, aunque no tiene ninguna relación con este pueblo, en algunos lugares de América, existe el apellido Ceirno.

-Eso puede ser un indicio -expuse ilusionado.

-Lo que antes he dicho: necesitas entenderlo todo. Tu mente es de una lógica devastadora. Siempre has sido igual, y no me extraña que ahora continúes con tu afán de poner etiquetas a todo lo que se mueva, de encontrar explicacion a la mínima inquietud que te provoque una duda.

-Pues sí -afirmé con energía, ya que eso era lo que me parecía una actitud inteligente ante la vida y sus acontecimientos.

Entones, en medio de aquel salón viejo y escasamente iluminado por una lámpara de techo de poca potencia, con muebles antiguos y mal conservados, con exiguos adornos en la paredes, todos referentes a diversas actividades agrarias, guardamos un incómodo silencio. Noté que faltaba aquella sintonía que antaño nos unía como hermanos. Ahora Álvaro parecía no sólo distante, sino cargado de un cinismo con el que marcaba una distancia que no me agradaba.

Como al día siguiente era sábado, supuse que tendríamos mucho tiempo para reencontrar nuestros pasados buenos sentimientos, pero decidí que mejor comenzar ahora, en esta noche que se anunciaba larga.

-Mi mente siempre ha tenido la virtud de ser lógica -comencé diciendo, por fin, y rompiendo el silencio, ya demasiado largo y tirante-. Ya se que lo que en mí son reflexiones congruentes, en ti es... fe.

Me arrepentí nada más decirlo, pero no puede evitar ese ataque, quizás por lo defraudado que me sentía ante la actitud de mi amigo, que no parecía dispuesto a brindarme su confianza después de hacerme viajar hasta lugar tan triste y de apariencia tan aciaga. Él, en cambio, no se mostró molesto. Al contrario, sonrió sin esfuerzo y compuso en su rostro un gesto relajado y comprensivo.

-Nunca discutimos por eso, ¿recuerdas? -dijo.

-Tienes razón, perdona, y no vamos a empezar ahora con disputas más retóricas que útiles.

-Puedes tener la seguridad de que no deseo convencerte sobre las virtudes de mi fe de antaño.

La frase era sumamente reveladora: ¡de antaño! Él se dio cuenta también de su confesión, y como no parecía dispuesto a hacerme partícipe de las nuevas inquietudes, rápidamente, y sin darme tiempo a intervenir, desvió la conversación por otros derroteros.

-Mañana, cuando estés descansado del viaje, hablaremos de tu mente lúcida y cuerda. En ella confío. Ahora mejor descansamos un poco.

-Es temprano, Álvaro; y ninguno de los dos tiene sueño. Por qué no me adelantas un poco de lo que te preocupa.

Había decidido tomar la iniciativa, aunque supusiese contravenir la norma de no inquietar la inestable sicología de mi amigo, pero estaba algo molesto por su fría actitud, y no negaré que la intriga ya me dolía.

-Mañana hablamos, ¿de acuerdo? -insistió, tozudo, él.

Vi cómo desviaba, por tercera o cuarta vez, la mirada hacia la ventana. Ahora parecía entrar un pálida claridad mortecina, lo que indicaba que la niebla levantaba.

-¡Quizás ahora se vea la luna! -exclamó con inusitado entusiasmo.

En efecto, se apreciaba con notable claridad la absoluta redondez de su amarillento círculo. La niebla, como por conjuro, había desaparecido, y la noche se descubrió clara y, por contraste con la situación anterior, brillante. Los dos nos habíamos acercado a la ventana y mirábamos, como embelesados, el cielo lunar y estrellado. Ya que en el pueblo no abundaban las luces callejeras (alguna dispersa había, pero poco ayudaban a despejar la oscuridad) se podía, gracias a esa escasez de alumbrado eléctrico que pone artificio a la noche, vislumbrar en lo alto la inmensidad estrellada de un firmamento ahora diáfano.

-¡La noche! -exclamó Álvaro, y noté en su voz un deje eufórico que no entendí. Después, mirándome con extraña intensidad, me conminó a que nos retirásemos y, sin esperar a que yo lo hiciese, se fue a su habitación sin más explicaciones. Por supuesto, al encontrarme sólo, tomé el libro que me había prestado y fui a acostarme sin entender la situación acontecida.


Una vez en mi habitación, ni podía concentrarme en la lectura de los cuentos ni dormirme. La mente se dispersaba hacia fantasmas inconcretos, y una ansiedad inexplicable negaba la tranquilidad necesaria para la lectura y el descanso. Cerré el libro y lo deposité sobre la mesilla de noche, después me incorporé, pues de pié y paseando parece que la intranquilidad es más llevadera. Así me acerqué a la ventana, que daba a la calle de la fachada principal de la casa, y vi, para mi asombro, andando por ella a mi amigo. No tardé un segundo en tomar la decisión de ponerme de nuevo los pantalones y esta vez también un jersey grueso, en lugar de la camisa del pijama. Bajé a saltos la escalera y me planté en la calle con la rapidez de quién intuye que los próximos segundos pueden deparar acontecimientos extraordinarios. Alcancé a ver a Álvaro perderse en el fondo de la estrecha callejuela, torciendo a la derecha y desapareciendo tras la esquina de una de las casuchas desbastada por los años. Por supuesto, no grité su nombre. Era evidente que yo no estaba invitado a esa excursión nocturna, así que emprendí una silenciosa carrera para no perder su rastro visual, y alcancé el final de la calle justo a tiempo para verlo tomar un camino que salía del pueblo en dirección a los bosques que rodeaban todo el contorno. La recién aparecida luna, con su brillo intenso permitía andar sin peligro por los estrechos y retorcidos caminos de monte. Yo mantenía una distancia, con respecto a mi perseguido, de unos quince metros, lo que hacía que cada poco perdiese su visión, según los recodos del sendero, delimitado por una tupida vegetación, pero el propio camino me mantenía sin dificultad en la pista, pues Álvaro no se salía de él. De pronto, y a pesar de mi nerviosismo y los acelerados latidos del corazón, que parecían un tambor que resonase en todo el bosque, me pareció oír los pasos de varias personas. Sin dudarlo un momento, me lancé hacia el borde del camino, y me oculté tras el tronco grueso de un árbol. Al internarme, aunque sólo fuese unos escasos metros, en el interior del bosque, la breve luz de la luna ya no me procuraba la suficiente claridad, tamizada en exceso por la arboleda, por lo que di varios traspiés y temí hacer más ruido del que me convenía. No tenía claro de qué me estaba protegiendo, pero un sexto sentido, ese que no es más que sana precaución unida a la reflexión intuitiva, me prevenía para actuar con cautela. Así escondido, vi pasar a un grupo de cinco personas, dos mujeres y tres hombres; todos del pueblo, pues su aspecto era inconfundible. Incluso a la luz leve de la noche sus rostros tenían esa cualidad mustia que ya había observado nada más llegar. Caminaban con cierta premura, aunque sin correr. Iban en profundo silencio y muy serios, como si se dirigiesen a un acto de cierta relevancia al que todos (menos yo, por supuesto) habían sido convocados. Pensé que esa reunión no habría de ser festiva, pues su silencio y seriedad así lo indiciaban. Mientras meditaba esto y esperaba a que se alejase el grupo de cinco para salir de mi escondrijo y seguirles, de nuevo oí pasos que se acercaban en la misma dirección, y otro grupo, esta vez de ocho o diez personas, pasó ante mí con las mismas características que el anterior. Recordé entonces algo que Álvaro me había comentado: las asambleas que parecían celebrar los pueblerinos para tomar sus decisiones. Pero ¿de noche?, ¿a la luz de la luna? Me gustan las cosas lógicas, y esta no parecía tener sentido razonable alguno. Cada vez me sentía más ridículo allí escondido, apretado contra el rugoso tronco y hundidos los pies en la confusa maleza que dificultaba mis movimientos, haciéndolos torpes y más ruidosos de lo que consideraba prudente. Por fin, cuando ya nadie parecía transitar por el camino, tomé la decisión de emprender el seguimiento de aquellos misteriosos grupos de personas, que, era de suponer, habrían de ir en pos del mismo destino que mi amigo. Fue entonces cuando un terrible dolor, que apenas duró un segundo, se incrustó en mi nuca y no tuvo tiempo de extenderse por todo el cerebro, pues tras ese segundo de sorpresa dolorosa perdí el sentido.


Abrí los ojos entre desconcertado y temeroso. Lo primero que noté fue un terrible dolor en toda la cabeza, aunque más concentrado en la nuca, y después el asombro por no saber dónde estaba. De todas formas no tardé en reconocer la habitación de invitados de Álvaro y recordar la aventura en el bosque. Me encontraba acostado en la cama, vestido, aunque descalzo. Fue al intentar incorporarme cuando el malestar se agudizó y me hizo proferir una exclamación de dolor; entonces vi sobre mí, o por mejor decir, de pie al lado de la cama, a la señora Zira, con su traje negro y la seriedad mortecina del rostro.

-No intente levantarse. Se ha dado un fuerte golpe en la cabeza -dijo.

No estaba tan seguro de que el golpe hubiese sido cosa mía, por mi imprudencia o tontuna al andar entre los matojos del bosque, pero bien es cierto que tenía las ideas algo confusas sobre lo acontecido en los últimos segundos antes del desvanecimiento, por lo que no intenté rebatir la aseveración de la adusta mujer. En cualquier caso obedecí sus instrucciones, difíciles de contravenir por el tono imperativo y rotundo, y permanecí acostado con la cabeza ladeada para no apoyar la parte trasera y dolorida.

-Tome esto, le va a aliviar.

Yo había cerrado un momento los ojos, y al oír a Zira los abrí para encontrármela otra vez a mi lado con una humeante taza en las manos. Ahora sí permitió que incorporase con esfuerzo el torso y quedarse sentado sobre la cama. Así sorbí un caldo más bien espeso y de sabor imposible de definir. No era grato ni desagradable, ni soso ni salado, algo insípido, pero tenía un extraño regusto a indefinibles yerbas. Lo cierto es que siempre he sido muy escrupuloso con lo que tomo, pero las circunstancias no eran las más propicias para mantener un criterio firme con respecto a mis principios alimenticios. Además, ya mencioné el poder disuasorio que tenía aquella mujer. El caso es que tragué todo el brebaje y volví a recostarme, ayudado con energía por Zira.

-Ahora cierre los ojos y descanse, es lo que necesita -me dijo.

No tenía intención de dormir, sino que deseaba aclarar los acontecimientos que habían culminado con el golpe, del que cada vez estaba más seguro no me había propinado yo mismo en una caída o contra una rama. Decidí dejar pasar unos pocos minutos antes de levantarme, contradiciendo sin reparo las órdenes de la sirvienta de mi amigo; pero justo cuando ya estaba por saltar de la cama, un cansancio enorme me invadió y el dolor que atenazaba mi cerebro pareció irse aflojando poco a poco, como si una furiosa garra apartase, por fin, su peso de mi resentida cabeza. Un dulce sueño fue ganando mi voluntad con la contundencia de lo inevitable, y el último pensamiento fue para la pócima que había tomado y de la que estaba seguro era la responsable de mi estado de aparente bienestar y mi absoluta necesidad de dormir.


Desperté a medias, y la luz triste de la luna, aunque intensa para ser nocturna, aún daba esa peculiar claridad confusa a la habitación, tras su paso sigiloso por las cortinas de la ventana. Me encontraba sin fuerzas, y la cabeza volvía a dolerme. No sentía el ímpetu de luchar, de incorporarme y aclarar las cosas, lo que evidenciaba que todavía hacía efecto sobre mí el brebaje que aquella mujer me había echo ingerir. Pude ver en la pantalla luminosa del reloj que apenas eran las seis de la madrugada. Tenía frío. Estaba desconcertado, algo asustado, me sentía desprotegido y sólo. El aullido de un perro, apagado por la distancia, era mi única compañía. Escuchaba el lastimero lamento perruno como una voz compañera que me sujetaba al mundo real. Por fin, logré izar mi cuerpo y quedar sentado en el borde de la cama. Soporté un leve mareo, pero el dolor del cráneo no se incrementó, como había temido. Entonces se abrió la puerta de la habitación y apareció Álvaro, que escucharía los ruidos al incorporarme.

-¿Estás bien? -preguntó.

Tras interesarse por mi estado, fue de la misma opinión que la sirvienta (o sea, que yo, en mi torpeza, me había dado un golpe) y, por toda explicación del viaje nocturno, dijo que se había convocado una reunión popular de manera imprevista. Debido a mi estado de ligera ofuscación, ya fuese por el golpe o por el extraño líquido tragado, tardé en dar la oportuna contestación que pujaba por salir de mi boca, y que no era otra que tachar de ridículo mentiroso a mi amigo, pero, ante mi silencio, fue él quien continuo hablando.

-Lo cierto es que creo que debes irte -me soltó-. Fue un error la carta que te envié. Atravesaba un momento depresivo y no se correspondía con la realidad todo el temor que te insinué en ella. Como ves estoy bien. Lamento que te haya echo perder el tiempo.

Sus frases rotundas y apresuradas, dichas como aprendidas de antemano y mal ensayadas, sonaron en mis oídos como una traición a nuestra amistad añeja. Me estaba expulsando de su casa y, al tiempo, rompiendo la fraternidad que nos había unido.

-Me iré ahora mismo -murmuré.

-No, es de madrugada y quizás no estás aún recuperado. Descansa unas horas más.

Unas horas. Era todo lo que me daba, y después la despedida para siempre. Estaba perdiendo a un amigo y todavía no sabía por qué. En cualquier caso, era cierto que me encontraba débil, dolorido y somnoliento, por lo que cerré los ojos, ocultando así mi desilusión y buscando, en el reposo, las fuerzas para irme más tarde. No tardé en dormirme, y cuando de nuevo desperté ya era más de medio día, la cabeza había dejado de molestarme, a no ser que tocase la zona golpeada, y me encontraba con fuerzas para levantarme ágil de la cama. Y como convocada por mi despertar apareció, tras golpear, a modo de aviso, débilmente la puerta, la sirvienta Zira, que me encontró en pie y a medio vestir. Sin sorprenderse un ápice por mi postura, con los pantalones todavía sin subir, dijo con voz pausada y de aparente amabilidad:

-Ya se va, entonces.

No entonó la frase a modo de pregunta, sino afirmando lo que parecía ser, también, su deseo.

No tardé más que unos pocos minutos en estar en el salón de la casa, dispuesto para la marcha. Álvaro, ya junto a la puerta para abrirla sin demora, esbozó una sonrisa forzada, que me dolió más que si no hubiese tratado de fingir esa cordialidad falsa. Nos dimos un frío adiós, y ambos iniciamos el gesto de tender la mano para dar el último apretón, pero también los dos contuvimos, en el último momento, un gesto que no era sino el de un puro acto teatral, vacío y mentiroso. A pesar de que era evidente mi malestar y su vergüenza, me acompañó hasta el coche.

-Lo siento -dijo con voz neutra, cuando yo estaba a punto de arrancar el vehículo.

-¿No crees que me debes una explicación seria? -pregunté, buscando un último acercamiento.

Álvaro, entonces, dijo algo desconcertante y que, en ese momento, interpreté como una tontería más que hacía de nuestra ruptura algo inevitable.

-Ahora estoy con Fini muchas veces.

¿Fini? ¿A qué venía aquel sinsentido? Yo le tendía una mano y él me devolvía una estupidez. Encendí el motor del coche y salí del pueblo sin mirar, por el espejo retrovisor, el improbable saludo de despedida del que había sido mi amigo de juventud.

No muy lejos de la última casa, cuando ya tomaba la estrecha carretera que me conducía al valle, hube de aminorar la marcha para dar paso a un pueblerino que portaba, caminando por en medio de la vía publica, una cesta con lo que me parecieron setas y hongos. Su mirada hosca, de ojos profundamente hundidos, fue la única despedida que tuve.

Ya sé que narro estos sucesos de forma entrecortada y demasiado escueta. Pero el dolor de aquellos acontecimientos aún pervive, y me daña incluso este recuerdo que transcribo al papel.


Descendí a la carretera llana del valle, y mi desánimo empeoró al pensar en las horas de viaje que tenía por delante. Se iniciaba la tarde, y el sol, en su cenit, alcanzaba estas profundidades geográficas que ahora atravesaba, pero no servía para levantar mi ánimo, sino que hacía más molesta la estancia en un coche sin aire acondicionado. Tomé la decisión de parar en el primer pueblo que alcanzase para almorzar un poco y relajarme antes de ir hasta mi ciudad. Lo que no se me iba de la cabeza era la última frase de Álvaro. ¿Fini? ¿A qué Fini se refería? Y pensando en este misterio pronto detuve el vehículo junto a un pequeño grupo de casas al lado de la carretera, precisamente el lugar donde, en la ida, también había parado, esa vez para preguntar a una anciana por el camino a seguir. Eran diez o doce casuchas, y en el bajo de una de ellas parecía estar ubicado un comercio que hacía las funciones, entre otras que no tuve tiempo de averiguar, de bar, restaurante y estafeta de correos. Cuando entré no había en el lugar más que un parroquiano y el dueño tras el mostrador, que me observaron con no disimulada curiosidad, pero no tenía ganas de trabar conversación, pues mi ánimo no estaba bien dispuesto para las relaciones sociales. Así ingerí algún liviano alimento, y pronto pedí la cuenta para irme. Fue en el momento en que el dueño del local ponía ante mí la nota de la factura, cuando uno de esos destellos que el cerebro tiene a veces, hizo que recordase a Fini. Fue como un relámpago que iluminó, sin motivo aparente, los más ocultos repliegues de la memoria. Finita era aquella muchacha en la que había pensado la noche anterior, por la que casi habíamos discutido, de jóvenes, Álvaro y yo; la que parecía que había sido la única chica por la que mi amigo había mostrado cierto interés y por la que me había reprochado (según él) mi promiscuidad en aquellos tiempos, seguramente más pensando en ella que en las otras. Pero no tenía sentido. Era imposible que resultase la misma Fini. De ella tenía noticias, quizás no muy recientes, pero ciertas, de que se había casado con un cartero, disfrutaba dos hijos y se habían ido a vivir a una ciudad lejana al sur del país. No me parecía coherente pensar que se hubiese encontrado con Álvaro, dejase a su familia y habitase ahora en... Aquí abandoné tal razonar con una sonrisa que llamó la atención del amo del bar y del otro que ocupaba en silencio el mostrador. Era imposible, o al menos improbable, tal desarrollo de la historia. No podía ser la misma mujer. Pero, entonces, ¿por qué Álvaro la nombró como si yo hubiera de conocerla? Los otros dos ocupantes del bar pronto dejaron de prestarme atención, pensando, seguramente, que los extraños no son más que gente rara de paso. Yo, por mi parte, decidí posponer la marcha, mientras intentaba recordar las palabras exactas de mi amigo: Estoy con Fini. ¿Era eso lo que había dicho? Ahora estoy con Fini muchas veces. Sí, era esa la expresión que había empleado. Eso significaba que no estaban juntos siempre, sino a menudo, pero no siempre. Y dijo ahora, ¿quizás desde que estaba en ese pueblo miserable, se llamase como se llamase? A pesar de que no podía admitir lógica alguna en todo este razonar, no era capaz de desprenderme de esas palabras, que agitaban mi intelecto hasta el punto de sentir dolor físico por la incomodidad de la reflexión. Esta vez el dolor de cabeza no era por el golpe, sino por el funcionamiento anómalo de los engranajes lógicos en los que sustentaba todo mi pensar, por no decir mi vida entera.

Mientras tanto, los otros dos de la barra, uno a cada lado de la misma, no parecían interesarse por mí, y aunque mantenían un extraño silencio, como si yo les molestase para hablar de sus cosas, decidí permanecer un poco más de tiempo allí sentado, intentando aclarar mis ideas, que cuando son tan confusas tiendo a la inmovilidad hasta que hallo algo razonable a lo que asirme, y así tomo impulso y vuelvo a la actividad seguro con el buen pensar. Y en estas disquisiciones estaba cuando, a través de la ventana del local, vi a la anciana a quien había peguntado, en mi primera parada, por el pueblo de Peñalta. Sin duda era la misma. Iba andando lentamente, y parecía dirigirse al lugar donde me encontraba. Probablemente vendría a comprar alguna vianda o determinado artículo de limpieza. Era un comercio de ultramarinos, al fin y al cabo; el único del pueblo. Nada raro había en que la buena anciana se acercase allí casualmente. A través de la ventana, como digo, vi su figura, de lentitud medida en cada paso inseguro, pero de cuerpo todavía erguido, sin la doblez derrotada de los años. Era una mujeruca pequeña y de rasgos nobles y bondadosos. Esa fue mi impresión, la que nos viene, sin más razón que nuestro sentimiento, al entendimiento de lo que inventamos con más probabilidades de error que de acierto. Aunque, en este caso, y sólo lo menciono en honor a la vieja (ya que no es relevante para la historia que narro), no equivocó el corazón aquello que dio a intuir la vista. Pues, como decía, acabó la anciana por entrar en el local, y no tardó un segundo en poner sus ojos en mí, cosa nada extraña por ser yo el único desconocido que allí había y estar observándola con intensidad no disimulada. Creo que ya se retrasó un poco más en reconocerme, pero al final, con un suspiro de alivio, como el de quién estuvo haciendo un esfuerzo, en este caso mental, dijo sin ningún reparo:

-¡Tú eres el del otro día!

Asentí con una sonrisa, y ella se acercó a mi mesa con la curiosidad desinhibida de los viejos, para preguntarme:

-¿Todo bien en ese pueblo?

No parecía querer nombrarlo, y yo hice un gesto dubitativo, como indicando que ni bien ni mal. Los de la barra, aunque no debieran saber de qué hablábamos, intercambiaron una mirada de complicidad, y el parroquiano acodado en el mostrador, mientras se incorporaba e iniciaba su salida del local, aprovechó para exclamar:

-¡Mierda de poblacho!

Supuse a qué se refería, y no creí oportuno hacer ningún comentario. Por fin, tras el silencio que provocó el exabrupto de gárrulo y quedar solos la anciana y yo, si exceptuamos al dueño del bar, que ahora parecía abstraído en lejanos pensamientos, reflejados, por la dirección de su mirada, en un rincón de la estancia, decidí entablar conversación con la vieja. Fue una intuición o, quizás, la lógica fugaz que el cerebro hace por su cuenta, sin el necesario aporte, siempre lento, de la reflexión.

-Señora -dije-, quizás pueda usted informarme sobre ese pueblo. Tengo allí un amigo y no he quedado muy satisfecho de mi visita. Ya sé que no me explico bien, pero...

-Nadie queda satisfecho de ese lugar -me cortó ella, y dejé que siguiera hablando, cosa que parecía resultarle muy fácil.

La anciana comenzó por manifestar su alegría de que me fuese pronto del lugar; después me recomendó no volver, y finalmente, sugirió que me olvidase de todo. Por supuesto, yo con esto no tenía suficiente, así que probé suerte con una pregunta directa:

-¿Y usted sabe cómo se llama, realmente, ese pueblo?

Tanto ella como el dueño casi dejan de respirar, o eso me pareció, pero pronto reaccionaron; él volvió a colgar sus ojos en una distraída esquina y ella se sentó a mi lado en la mesa. Así principió a relatarme, con voz queda, aunque ansiosa, la historia o leyenda de Ceirno.

La vieja comenzó por decirme que el diablo estaba en Ceirno, que así se llamaba, confirmó, el sitio. Sin ningún reparo ni asomo de duda o insinuación de chanza, me soltó que todos los habitantes de ese maldito pueblo eran endemoniados, que se reunían en noches de luna llena para celebrar con su dueño, el demonio, los oscuros sacrilegios que pudrían aún más sus almas pecadoras, y que , poco a poco, todos se iban transformando en la imagen del maligno: seres esqueléticos, con ojos de animal y con la faz carcomida por el pecado. Según ella, quienes residían en Ceirno vivían tan sólo para convocar al mal, y que ese maligno era quien les daba el veneno del que se alimentaban y les procuraba una felicidad engañosa y mortal de la que nadie podía escapar, pues ni lo deseaban ni tenían voluntad para ello. El demonio de Ceirno, me dijo finalmente en un susurro, los va comiendo por dentro mientras los engaña con sueños.

-¡Vieja loca! -exclamó de pronto el dueño del bar- ¡Tú sí que vas a ir al infierno por hablar pecados con los desconocidos!

-Pero este no es -replicó ella.

-Viene de allá -fue lo que el otro contestó, y después apartó la mirada, depositándola, de nuevo, en una pared, dando por zanjada así cualquier discusión.

Mis andanzas parecían ser vox pópuli, por lo que supuse que la mujer ya había informado a todos sus vecinos de mi primera parada en el lugar. Quise defenderla, pero no tuve ocasión, pues ella se levantó de inmediato y dijo, sin dirigirse a nadie en especial:

-Mejor me voy, que hablo y hablo y no sé las tonterías que digo. Al fin y al cabo, ni yo misma me escucho.

Salió con paso rápido y sin comprar nada, si a eso había venido. Una vez quedé solo, pues el del mostrador no parecía contar como acompañante, pensé que había escuchado un cuento de vieja, una de esas historias populares que pasan de boca en boca y de generación en generación, y que en este caso no evidenciaba más que la rivalidad entre pueblos vecinos, uno de los cuales tenía peculiares costumbres, no aceptadas de buen grado por estos otros entre los que ahora me encontraba. Con una sonrisa de superioridad, esa que el extranjero emplea cuando su incomprensión choca con las costumbres locales de los sitios que roza, más que visita, salí del bar, tras depositar en la mesa el importe de la factura. No dejé propina para la escultórica figura que, tras la barra, no se digno ni mirarme cuando me despedí.

Ya en el coche, a los pocos minutos de reemprender el viaje de regreso a mi casa, hube de reconocer que los hechos acontecidos en el pueblo de Álvaro, y experimentados en carne propia, se salían de lo común, pero no estaba dispuesto a admitir, como explicación, las fantasías populares de gentes que hallaban entretenimiento en crear malos dichos de sus vecinos. Pero lo que no puede evitar, después de muchos kilómetros de aburrido conducir, fue que mi pensamiento aligerase esa rutina con todo lo acontecido y oído. Comencé por pensar en el nombre del pueblo. Ceirno. Terminaba en una negación. Ceir-no. Y de pronto, no alcanzo a comprender el proceso mental seguido para ello, se me ocurre sumar una consonante más a la C, siendo el resultado la letra D. A continuación añado una vocal a la segunda letra del nombre, y me da la i. Sigo con la otra vocal y con el mismo sistema de suma, y obtengo la o. Finalmente, añado una consonante más a la r, y la nueva palabra termina en s. Dios. Dios-no. Durante un momento la mente se quedó en blanco, pero pronto se disparó en una confusión de ideas vertiginosas. La vieja, en su historia, me había hablado de visitas nocturnas del diablo, de aquelarres que aprovechaban la luna llena para seguir la tradición de los que se ocultaban de la Santa Inquisición en los bosques, amparándose en la tenue luz para guiarse a través de la oscuridad, pues las antorchas los delatarían. Iban a lo profundo de la arboleda, lejos de miradas enemigas, y encenderían la hoguera por el calor y para la cocción de pócimas. Recordé al hombre en la carretera a la salida de Ceirno. Iba con una cesta llena de hongos y setas. En la hoguera se prepararían infusiones alucinógenas con esos productos. Con ellas verían al diablo, a Fini y cualquier deseo reprimido que hubiesen tenido, al tiempo que destruirían su cuerpo, pues esos brebajes sin duda habrían de ser veneno lento. Así tenían, todos los vecinos, la faz demacrada, los ojos hundidos. Ese alucinógeno, que consumirían cada noche de luna llena, era el que minaba la voluntad y la salud de Álvaro. Era por eso que me había pedido ayuda. Por eso o por lo que él entendía como su alma, que le preocuparía más. Pero, para mí, el verdadero daño estaba en el cuerpo. Era evidente que el preparado de esos hongos, a parte de las falsas visiones, emponzoñaría el hígado, la sangre y el cerebro. Y el mal de esos órganos, y otros que no alcanza mi ignorancia científica, se trasluciría en el tono macilento de la piel, las facciones marcadas y tensas del rostro, las ojeras profundas, y un pensamiento ido, doblegado, ausente de bondades y afectos antiguos. Por fin, mi razonar había llegado a buen puerto. Me sentía injustamente orgulloso después de este hallazgo intelectual, y digo injustamente porque nada solucionaba con ello, sino mi tranquilidad supuestamente erudita, y que no era más que vano engreimiento. En cambio, mi amigo seguía a merced de las fantasías y las drogas, que no por ser naturales eran menos dañinas. Me avergoncé de mi postura egoísta, pero no supe qué actitud tomar. Mientras tanto, ya me acercaba a mi destino. La tarde, aunque soleada, oscurecía por el horizonte, y las primeras casas de la ciudad se vislumbraban a pocos kilómetros.


Llevé el coche a un lado de la carretera. Lo detuve en el arcén y exterioricé mi frustración y mis dudas en un largo suspiro y, después, en una palabra malsonante, que ni venía a cuento ni servía para nada.

-¡Mierda!

Eran las horas finales de una tarde extraña, anormal en mi vida, sin referente en ninguna experiencia previa que sirviese para ayudarme a tomar una decisión. Mi comportamiento, siempre razonable y lógico, se perdía en la inseguridad, por eso me mantuve detenido un tiempo muy largo, hasta que, por fin, y sin más determinación que hacer las cosas por una obligación moral que no puedes entender, di media vuelta y tomé el camino de regreso al pueblo de Álvaro. Bien comprendía que mi presencia ahora no era deseada. Además, no sabía qué hacer (salvo el hecho de salvar a mi amigo), ni mucho menos cómo. Estaba dirigiéndome a una empresa para la que no estaba preparado, sin un plan concreto y con esa punzada que la duda provoca cuando avisa de que hay algo más que el razonamiento no alcanza. En fin, tenía ante mi todos los componentes de las situaciones que siempre he rehuido en la vida. Y a pesar de ello estaba camino de Ceirno a toda la velocidad que mi vehículo permitía.

La noche fue imponiéndose en pocos minutos, y la sensación de adentrarme en un túnel a medida que avanzaba por la carretera, cada vez más solitaria, era la consecuencia lógica de mi estado anímico. Cuando pasé por el pueblo de la vieja, donde había comido y escuchado la historia demoníaca, no detuve la marcha. Seguí con la decisión inquebrantable de llegar ante Álvaro y... Entonces fue cuando comprendí que no tenía ni argumento ni fuerza alguna para arrebatar a mi amigo de su prisión dañina y voluntaria. Rodé unos kilómetros más, hasta la desviación al maldito pueblo, y antes de iniciar el ascenso detuve el coche. Tenía que pensar, planear una acción o algunas palabras convincentes. Algo, lo que fuese. Porque no tenía nada. Eran las once de la noche y no sabía qué hacer. La luna, justo sobre uno de los montes que me circundaban, parecía reposar en su cima, a punto de comenzar a rodar cuesta abajo y aplastarme. Finalmente, logré pensar con algo de frialdad. Álvaro podía atender a mi explicaciones. Si había enviado una carta pidiendo ayuda, es que todavía tenía momentos de lucidez, así que bien podría yo utilizar el ascendente que siempre poseí sobre él para sacarlo del pozo pútrido en el que ilusoriamente jugaba con su vida. Claro que tampoco podía descartar la posibilidad de que mi razonamiento fuese equivocado, y que nada fatal ocurriese en Peñalta, si así llamamos al pueblo que podía ser raro, pero no necesariamente dañino. En cualquier caso, todo pasaba por hablar francamente (y con dureza, si era necesario) con Álvaro. Lo que estaba claro era que mi seguridad personal podía estar en entredicho en cuanto pusiese un pie en las cercanías del poblado, así que tracé un plan de acercamiento. La luna facilitaba el caminar nocturno. Desde donde me hallaba aparcado, habría unos dos kilómetros escasos de ascensión. Así que dejé el coche, y sus delatores focos, y emprendí la subida con decisión segura. Por supuesto, animal estúpido de ciudad, calculé mal el tiempo y la lejanía. En un vehículo los distancias parecen menos y las cuestas apenas se notan. Andando tardé una penosa hora en llegar al inicio del pueblo, que en el silencio de la media noche estaba tan tranquilo como si de un lugar deshabitado se tratase. Sentí el hálito gélido de una soledad angustiosa. Era como si el abandono circundante se introdujese en mi ánimo como el frío de la noche lo hace en el cuerpo. Arrimándome a las sombras de las casas y agachándome como malhechor de vodevil, alcancé la puerta de la vivienda de Álvaro, la cual golpeé primero con cautela y después, al no responder nadie, con más ahínco. Ni los perros, en la distancia, contestaron. Fue entonces, torpe de mí, cuando recordé que la luna llena convocaba a todos los lugareños a aquellas reuniones, que yo ya adivinaba como aquelarres malsanos, donde la pócima alucinógena de los hongos y setas les cegaría a la realidad y les adentraría en mundos tan idílicos como falsos y dañinos. Como ya antes mencioné, mi decisión en la labor de salvamento que acometía era inquebrantable, así que emprendí la ruta del sendero ya conocido, aquel que se adentraba en el bosque. No negaré que un punto de morbosa curiosidad, por ver lo que sucedía en el interior de la espesa arboleda, ayudaba en mi camino hacia lo desconocido. En cualquier caso, allí estaba yo, con mi altruismo hacia el amigo y mi curiosidad malsana, y no iba a retroceder, aunque ahora iría más atento a lo que pudiera suceder a mis espaldas. Mas nadie había que me pusiese en peligro. Mi viaje, siguiendo el infalible camino entre los árboles, me llevó, sano y salvo, hasta un lugar desde el que divisaba parcialmente un iluminado claro en el bosque. Ahí me detuve, oculto en la oscuridad nocturna, tras arbustos y matojos. Vi la hoguera, sobre la que todavía humeaba una gran cacerola. El fuego servía de cocina para la pócima del engaño, así como para dar luz y calor a los que en torno a él retozaban. Y esta es la palabra exacta. Retozaban. Porque mi sorpresa fue enorme, ya que no contaba con semejante espectáculo. Como dije, mi visión de aquel claro en el bosque era parcial, y lo que en primera instancia vi fue un grupo de hombres y mujeres desnudos, unos diez o doce, quizás más, acoplándose como animales entorno al fuego, sin discriminar entre sexos y sin recato alguno. Se retorcían los unos sobre los otros como larvas lúbricas, y el espectáculo no era ni bello ni excitante, pues sus gestos y expresiones más parecían de rabia y dolor que de placer. Era como si el alucinógeno ingerido de la pócima, que aún hervía en la hoguera, les obligase a esos actos, no sólo desinhibiéndolos por completo, sino impeliéndoles hacia un sexo violento y urgente. Lo cierto es que parte de la repulsión que provocaba aquella escena también era motivado por la fealdad de los cuerpos, tanto de hombres como de mujeres, pues no tenían atractivo alguno, más al contrario, eran grotescos, unos de carnes fofas, otros de osamentas marcadas en la piel arrugada. Cuando, por fin, puede apartar la mirada de visión tan degradante, distinguí otro grupo, también de hombres y mujeres, unos desnudos y otros con escaso ropaje, que se golpeaban mutuamente, ya fuese con varas o a limpios manotazos. Como los anteriores, no mostraban más que rabia y frenesí, en apariencia obligados por una fuerza que los poseía. Fui moviendo mi posición de espía para alcanzar a ver una porción mayor del lugar; así observé a otros (entre los que, por cierto, se encontraba Zira) que, solitarios, yacían extenuados en distintas partes del prado, gemían o gritaban, y se autolesionaban ocasionalmente. Pero a quien no distinguía por ningún sitio era a Álvaro. Por supuesto, la visión de las caras, en aquel amasijo de cuerpos retorcidos y superpuestos, no era fácil, pero estaba convencido de no haber visto todavía a mi pobre amigo. Continué moviéndome alrededor de la escena, desde mi posición tras los arbustos, y por fin logré dar con Álvaro. Estaba sólo, algo apartado de los demás; se hallaba tumbado boca a bajo, aunque con el rostro ladeado (por eso pude reconocerlo) y, de cuando en cuando, parecía convulsionarse debido a violentas arcadas. Un charco de vómito embadurnaba la hierba a su alrededor. También, para mi mayor dolor y lástima, su cuerpo, al menos la parte que yo veía, estaba profusamente lacerado; múltiples marcas señalaban golpes en espalda, brazos, piernas y rostro. Pensé, sin temor a equivocarme, que había sido torturado, muy probablemente, por haber invitado a un desconocido, a alguien ajeno a aquella feroz confraternidad: a mí. O puede que el castigo se debiese a otra causa, también intuí: quizás a que hizo intención de abandonar el pueblo en un acto de lucidez. Mientras en mi cabeza iba amañando posibilidades y explicaciones, mi vista se distrajo de su concentración, y cuando, tras un pestañeo, presté atención al entorno de la hoguera, vi lo que habría de dejarme paralizado por la sorpresa y el terror. No muy lejos de mi amigo, en el borde del prado iluminado por el fuego, se encontraba, como presidiendo todo el contubernio, una monstruosa figura de apariencia no humana. Sus pies ungulados daban apariencia animal al cuerpo peludo, y ya de fisonomía más reconocible, con su abdomen y el pecho. Los brazos, extremadamente largos, acababan en garras de uñas curvas y grandes. Pero lo peor de todo era la cabeza, entre caprina y de hombre, con un morro prolongado a modo de hocico, labios finos y prietos, la nariz gruesa y aplastada, y los ojos negros, profundos, inmóviles. Toda sus faz estaba cubierta de abundante bello negro. Y de entre la espesa mata de pelo del cuero cabelludo, sobresalían lo que hube de admitir eran dos retorcidos y cortos cuernos. El horrible ente parecía un tótem, una estatua alta y majestuosa que presidiera la bacanal. El ser así deforme y de imagen imposible, mantenía tal inmovilidad que, si no fuese por el movimiento de su pecho, diríase que, en efecto, era una figura decorativa y sin vida. Lo curioso, al menos desde mi punto de vista, es que aquello que más me aterrorizaba no eran los cuerpos mortificados y lujuriosos, ni mi amigo herido, ni incluso la atroz imagen del monstruo, sino el hecho de que yo lo estuviera viendo. Porque no estaba bajo los efectos de ninguna droga o sugestión. Yo era un ser razonable e incrédulo, calculador y pragmático. ¡Y estaba mirando de frente, en medio de un aquelarre, al mismísimo diablo! Era tal mi turbación que sentí un momentáneo vahído del que me recuperé pronto, gracias a mi voluntad de mantenerme firme ante tal cúmulo de disparates contra la razón. Y en ese momento, tras recuperar cierta lucidez, vi, para mi más completo horror, los ojos de la bestia clavados en mí. Sentí paralizados todos los músculos del cuerpo; ninguno de ellos parecía pertenecerme o seguir la obediencia que deben a las órdenes del cerebro. Aquellos ojos de piedra negra, sin un solo pestañeo, fijos en los míos, eran tan dominantes, tan imperativos, que toda resistencia y movilidad parecían fuera de lugar. Adiviné o noté o intuí, más que ver (pues mis ojos seguían presos en una sola dirección), que algunas figuras, de las que habían estado rodando por el prado, me cercaban, pero no se abalanzaban sobre mí, pues permanecían expectantes, como a la espera de una orden que se demoraba. Entonces, la cornuda figura inició un movimiento que parecía torpe, debido a la corpulencia y el despropósito de los pies con pezuñas que soportaban un cuerpo erecto, pero su agilidad se puso pronto de manifiesto al plantarse ante mi en pocos segundos. Su mirada seguía reteniendo la mía, alucinada. Era el momento decisivo. O sucumbía o luchaba. Con un esfuerzo del que no me cría capaz logre cerrar los ojos y gritar:

-¡No creo en ti!

Fue como si el vacío se crease de pronto a mi alrededor. Permanecí con los ojos cerrados, quieto, seguro de que la lucha no iba a ser física, sino intelectual, quizás soñada, dirimida en el ámbito de la ilusión, pero también de la mente, y eso era algo que yo aceptaba. Al pronto de expulsar mi grito de confrontación, un pensamiento surgió en mi cabeza: Si no crees en mi, ¿tampoco crees en Dios?. Negué ser dominado por ninguna idea distinta y superior a mi mismo como humano. Entonces, ese pensamiento que provenía de otro, expresó una cruel risa, y dijo: Si niegas a Dios, ya eres mío. Con eso es suficiente. Aún luché más. Volví a gritar que sólo lo humano es creíble, que todo lo demás era incomprensión, pero no divinidad. Y el pensamiento que me venía de afuera, cada vez con más regocijo, manifestó que el ser humano es casi nada, que su fuerza era nula, que sin el sueño de un Dios no es más que polvo seco movido por el viento en cualquier dirección. Y de nuevo me preguntó si negaba a Dios. Y otra vez negué a ambos.

-¡Ya eres mío! -repitió la figura horrenda a la que me enfrentaba, ahora con voz sonora y bien audible.

Abrí los ojos. Una de las zarpas del demonio cogía mi cabeza por detrás, a la altura de la nuca, y la otra comenzaba a rodear mi cuerpo por encima del hombro para alcanzar la espalda, en lo que pretendía ser un abrazo, el gesto de estrecharme contra su peludo cuerpo: acogerme en su seno. Mientras, los pueblerinos que me rodeaban, se habían acercado y comenzaban a tirar de mis ropas con intención de desnudarme. Era un ridícula y grotesca iniciación, pero no tenía por qué ser de otro modo. La aceptación por parte del acólito es un proceso mental, y no importa la forma. Y esta pequeña idea fue mi salvación y el inicio del milagro. Recé. Oré, pero no a un dios, sino a mi mismo, al ser humano, al hombre que creó los diablos y los dioses, que dominó la naturaleza, al que se elevó sobre su minúscula forma y doblegó todo cuanto le rodeaba, y también al que puede aniquilar toda su propia creación. Imploré al humano ser que tiene el don de crear sueños y pesadillas, de construir la belleza y destruir con locura, al que puede modificar el curso de un río y también anegar la tierra. Invoqué a aquel, soy yo mismo, que tiene dentro de sí la más preciada de las fuerzas: la de hacer lo que quiera. El bien y el mal absoluto. Dios y el diablo a un tiempo. Y entonces, una fuerza, representada por una luz intensa que me rodeó, apartó las manos de los que tiraban de mis ropas y los lanzó al suelo; y al demonio lo elevó en el aire, separándome así de su abrazo, y lo mantuvo en alto hasta que comenzó a consumirse en un fuego que se inició en sus ojos y se extendió por el rostro y después por el cuerpo entero, hasta que, ya cenizas que el viento llevaría, empolvó la hierba de los alrededores.


La luz de la hoguera iluminaba a los hombres y mujeres que parecían despertar de un mal sueño. También mi amigo Álvaro, ya en apariencia más recuperado, se hallaba en pie oteando a su alrededor con incredulidad. Al principio todos me miraban con sorpresa e incluso, creí adivinar, con cierta admiración, pero pronto comenzaron a observarse unos a otros, a notar su desnudez y, probablemente, a recordar los actos que en su locura, potenciada por brebajes inmundos, habían llevado a cabo. Se fueron cubriendo las carnes doloridas con las prendas de vestir que primero encontraban por el suelo. Las miradas de reojo de los unos a los otros evidenciaban esa vergüenza que se inició hace muchos años, cuando también ciertos seres humanos escaparon de la tiranía y descubrieron lo que habían sido hasta entonces. En aquella ocasión el símbolo de su libertad fue el mordisco a un fruto prohibido.





F I N




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