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viernes, 5 de noviembre de 2010

EL ARMARIO -- GUY DE MAUPASSANT

    EL ARMARIO


          
     Hablábamos de mujeres galantes, la eterna conversación de los hombres.
      Uno dijo:
     —Voy a referir un suceso extraño.
      Y era como sigue:
     ***
     Un anochecer de invierno se apoderó de mí un abandono perturbador; uno de los terribles abandonos que dominan cuerpo y alma de cuando en cuando. Estaba solo, y comprendí que me amenazaba una crisis de tristeza, esas  tristezas lánguidas que pueden  conducirnos al suicidio.
     Me puse un abrigo y salí a la calle. Una lluvia menuda me calaba la ropa, helándome los huesos. En los cafés no había gente. Y ¿Adónde ir? ¿Dónde pasar dos horas? Decidime a entrar en Folies-Bergére, divertido mercado carnal. Había escaso público; los hombres vulgares, y las mujeres, las mismas de siempre, las miserables mozas desapacibles, fatigadas, con esa expresión de imbécil desdén que muestran todas, no sé por qué.
     De pronto descubrí entre aquellas pobres criaturas despreciables a una joven fresca, linda, provocadora. La detuve y brutalmente, sin reflexionar, ajusté con ella el precio de la noche. Yo no quería volver a mi casa.
     Y la seguí. Vivia en la calle de los Mártires. La escalera estaba oscura. Subí despacio, encendiendo cerillas.
     Ella se detuvo en el cuarto piso,  y cuando entramos en su habitación, echando el cerrojo de su puerta, me preguntó:
     —¿Piensas quedarte aquí hasta mañana?
     —Eso me propongo; eso convinimos.
     Bien, mi vida, lo pregunté por curiosidad. Aguárdame un minuto que enseguida vuelvo.
     Y me dejó a oscuras. Oí cerrar dos puertas; luego me pareció que aquella mujer hablaba con alguien. Quedé sorprendido, inquieto. La idea de un chulo me turbó, aun cuando tengo bastante fuerza defenderme.
     «Veremos lo que sucede», pensé.
     Y afinando el oído, escuchaba. Se movían con grandes precauciones para no hacer ningún ruido. Luego sentí abrir otra puerta y me pareció que hablaban, pero muy bajo.
     La moza volvió al fin con una bujía, diciéndome:
     —Ya puedes entrar.
     Entré, y pasando por un comedor donde sin duda nunca se come, me condujo a un gabinete alcoba.
     —Ponte cómodo, mi vida.
     Yo lo inspeccionaba todo y no encontraba cosa que pudiera causarme inquietud.
     Ella se desnudó tan de prisa, que ya estaba en la cama cuando yo no me había quitado aún el abrigo.
     Y riendo, prosiguió:
     —¿Qué te ocurre? ¿Te has convertido en estatua de sal? Acaba y ven.
     Así lo hice.
     A los cinco minutos me daban intenciones de vestirme y escapar. Pero el maldito abandono que me amenazó en mi casa con tristezas crueles, me quitaba las energías, reteniéndome, a disgusto mío, en aquella cama pública. El encanto sensual que me había hecho sentir aquella criatura en el teatro, desapareció cuando la vi tan cerca y deseosa de complacerme. Su carne vulgar, semejante a la de todas, y sus besos insípidos, me desilusionaron.
     Para entretenerme le hice varias preguntas:
     —¿Hace mucho que vives en esta casa?
     —El quince de febrero hará seis meses.
     —Y antes, ¿en dónde vivías?
     —En la calle Clauzel. Pero la portera la tomó conmigo y tuve que despedirme.
     Relatóme con detalles minuciosos aquella historia.
     De pronto sentí ruido cerca de nosotros; así como un suspiro; después un roce ligero, como si alguien se removiera sobre una silla.
     Me senté con viveza en la cama, preguntando:
     —¿Qué significa ese ruido?
     Ella respondió tranquilamente:
     —No te importe, mi vida; es en el otro cuarto. Como son tan delgadas las paredes, todo se oye. ¡Hacen unas casas! ¡De cartón!
     Mi abandono era tan grande, que me arrebujé de nuevo entre sábanas. Y proseguimos la conversación. Movido por la estúpida curiosidad que induce a todos los hombres a conocer la primera falta de las mujeres galantes, como para encontrar en ellas un rastro de inocencia, tal vez evocada por una frase ingenua que ofrece la imagen del pudor perdido, pues aun cuando mienten se descubre alguna vez entre mentiras algo conmovedor, le dije:
     —Vaya, cuéntame cómo cediste al primer amante.
     —Yo era criada en el restaurante Marinero de Agua Dulce, y un señorito me forzó mientras le hacía la cama.
     Recordé la teoría de un médico amigo, un observador filósofo que, por hacer servicio en un hospital de mujeres, conoce todas las flaquezas de las pobres criaturas victimas de la embestida brutal del macho errante con dinero en el bolsillo.
     —Siempre—me decía—, siempre una moza es vencida por un hombre de su clase o condición. Tengo anotadas muchas observaciones acerca del asunto. Se acusa a los ricos de coger la flor de la inocencia entre las niñas pobres. No es verdad. Los. ricos pagan luego las flores tronchadas; las cogen en la segunda floración, pero no cortan jamás el primer capullo.
     Reí, mirando a mi compañera.
     —Ya sabes que conozco tu historia. El señorito no era el primero. Hubo antes otro.
     —Te lo juro, mi vida.
     —Mientes, mi cielo.
     —No, no; te lo juro.
     —Mientes... Vaya, dime la verdad.
     Ella dudó, asombrada; yo continué.
     —Soy adivino, somnámbulo. Ahora no me dices la verdad. Cuando te duermas yo haré que la digas.
     Tuve miedo; era estúpida como todas, balbució:
     —¿Cómo lo has adivinado?
     —Vamos, dilo.
     —¡Ah! La primera vez casi no fué nada. Para una fiesta contrataron a un gran cocinero. Desde que Alejandro llegó, dispuso de toda la fonda. El amo, el ama, estaban a sus órdenes, como si fuera un rey. Desde la cocina gritaba: «¡Manteca! ¡Huevos! ¡Coñac! » Y era necesario llevarle corriendo lo que pedía, porque si no se incomodaba mucho y daba miedo.
     Cuando hubo acabado, sentóse a fumar su pipa frente a la puerta, y al pasar yo con una pila de platos, me dijo:
     —Muchacha, vente conmigo a la ribera para enseñarme la campiña.
     Fui con él como una tonta, y apenas llegamos a la orilla del río, me forzó con tal prisa, que apenas me di cuenta de lo que hizo. Luego se fue en el tren de las nueve. No le vi más.
     —Y ¿así acabó todo?
     —Creo que Angel es hijo suyo.
     —¿Quién es Angel?
     —Mi nene.
     —¡Ah! Muy bien. Y luego dijiste al señorito que te había hecho la criatura, ¿no es cierto?
     —Si.
     —¿Tenia dinero el señorito?
     —Algo. Me dejó una renta de trescientos francos.
     Aquellas confianzas me divertían. Proseguí.
     —Muy bien, mi cielo; muy bien. Sois menos tontas de lo que parece. Y ¿cuántos años tiene Angel?
     —Doce. Hará su primera comunión en primavera.
     —Bravo. Y desde que te ocurrió esa... desgracia... te dedicaste al oficio...
     Suspiró, resignada.
     —Se hace lo que se puede...
     Un ruido, bastante fuerte, me hizo saltar de la cama. No me cabía duda; era el ruido que produce un cuerpo que se desploma y luego se levanta de nuevo agarrándose a la pared.
     Cogí la bujía y miré alrededor, furioso. Ella se había levantado también, y trataba de contenerme, repitiendo:
     —No es nada, mi vida; te aseguro que no es nada.
     Pero yo, que sabía ya dónde se produjo el ruido, me dirigí a un armario que había junto a la cabecera de la cama y lo abrí de par en par...
     Tembloroso, aterrado, con los ojos muy abiertos y brillantes, apareció un chiquillo anémico y débil agarrado a los barrotes de una silla, de la cual había caído, sin duda.
     Al verme rompió a llorar, tendiendo los brazos hacia su madre.
     —Yo no tengo la culpa, mamá; yo no tengo la culpa. Estaba dormido y me caí. No me castigues; yo no tengo la culpa.
     Acercándome a la mujer, dije:
     —¿Qué significa esto?
     Ella, confusa y desalentada, respondió entre dientes:
     —Ya lo ves. No gano bastante para tenerlo pensionista y no puedo pagar un cuarto mayor. Duerme conmigo cuando no hay nadie, y cuando alguien viene por una hora o dos, lo escondo en el armario. Pero cuando hay cliente para toda la noche se cansa y le duelen los riñones de dormir en la silla... Tampoco él tiene la culpa. Quisiera verte durmiendo en una silla, metido en un armario... Ya veríamos...
     Irritándose, gritaba.
     El niño seguía llorando.
     Yo también sentía ganas de llorar.
     Y volví a mi casa tristemente.
     
  

VELANDO EL CADÁVER -- GUY DE MAUPASSANT



VELANDO EL CADÁVER


     Había muerto sin agonía, tranquilamente, como mujer cuya vida fué irreprochable; y descansaba ahora en la cama boca arriba, cerrados los ojos, tranquilas sus facciones, los largos cabellos blancos cuidadosamente peinados cual si hubiese hecho su tocado diez minutos antes de morir, y toda su fisonomía de difunta tan recogida, tan reposada, tan resignada, que se comprendía que un alma tiernísima había habitado en aquel cuerpo, que aquella anciana serena había llevado la más tranquila de las existencias, que en su fin no había habido ni sacudidas ni remordimientos.
     De rodillas junto al lecho mortuorio, su hijo, un magistrado de principios inflexibles, y su hija Margarita, en religión la hermana Eulalia, lloraban amargamente.
     Desde su infancia les había inculcado una irreprochable moral, enseñándoles la religión sin debilidades y el deber sin transacción. Él, el varón, se había hecho magistrado, y blandiendo la ley sacudía sin piedad a los débiles, a los desfallecidos; ‘ella, la muchacha, empapada en la virtud que la había bañado en aquella familia austera, se había casado con Dios, disgustada de los hombres. No habían conocido a su padre; lo único que sabían era que había hecho a su madre desgraciada; y no tenían más detalles acerca de él.
     La religiosa besaba locamente una de las manos de la muerta, una mano de marfil semejante a la del Cristo amortajado. Al otro lado del cuerpo tendido, la otra mano de la difunta parecía tener todavía la colcha estrujada con ese errante gesto que se llama el decisivo; y la ropa había allí conservado pequeñas arrugas, como un recuerdo de los movimientos que preceden a la eterna inmovilidad. Unos ligeros golpes dados en la puerta hicieron que se alzasen los dos trastornados rostros, y el sacerdote, que acababa de cenar, entró nuevamente. Estaba rojo, sofocado por los comienzos de la digestión, pues había echado mucho coñac en el café para luchar contra la fatiga de las pasadas noches y la de la noche de vela que comenzaba.
     Parecía triste; en su rostro se veía esa falsa tristeza del eclesiástico para quien la muerte es una manera de ganarse la vida. Hizo la señal de la cruz, y acercándose con su gesto profesional:
     —Aquí estoy, pobres hijos míos —murmuró—, dispuesto a ayudarlos a pasar estas tristes horas.
     Pero sor Eulalia se levantó súbitaamente:
     —Gracias, padre mío; mi hermano y yo deseamos quedar solos con ella. Son éstos los últimos instantes que la veremos, y deseamos estar los tres solos, como en otra época, como cuando..., cuando... cuando éramos niños y nuestra po..., pobre madre…
     No pudo acabar; tantas eran sus lágrimas, de tal modo la oprimía el dolor.
     El sacerdote se inclinó, más alegre, pensando en su cama.
     —Como gustéis, hijos míos—dijo. Se arrodilló, se santiguó, rezó, se levantó y salió despacito, murmurando:
     —¡Era una santa!
     La difunta y sus hijos quedaron solos. Un oculto reloj producía en la sombra un ruido regular, y por la abierta ventana los suaves perfumes del heno y de la madera penetraban con un lánguido claror de luna. De la campiña no llegaba ningún sonido más que el de las notas volantes de los sapos y, a veces, el ronquido de un insecto nocturno que penetraba como una bala y chocaba en la pared. Una infinita paz, una divina melancolía y una silenciosa serenidad rodeaban a aquella difunta, pareciendo huir con ella y echarse fuera de allí apaciguando la propia Naturaleza.
     De pronto, el magistrado, de rodillas siempre y con la cabeza oculta entre las ropas del lecho, con voz lejana, desgarradora, lanzada a través de las mantas y las sábanas, gritó:
     —¡Madre, madre, madre!
     Y la hermana, echándose contra el suelo, dando en el entarimado con su frente de fanática, convulsionada, retorcida, vibrante, como en una crisis de epilepsia, gimió:
     —¡Jesús, Jesús, madre, Jesús! Y, sacudidos por un huracán de dolor, ambos jadeaban, gemían amargamente.
     Mucho tiempo después se levantaron y se quedaron mirando el querido cadáver. Y los recuerdos, esos recuerdos lejanos, ayer tan dulces y hoy tan crueles, se presentaban en su imaginación con todos esos pequeños detalles olvidados, esos pequeños detalles íntimos y familiares que hacen vivir de nuevo al ser desaparecido. Recordaban circunstancias, palabras, sonrisas, entonaciones de voz de la que ya no volvería a hablarles. La tornaban a ver feliz y tranquila, se repetían las frases que en otro tiempo les dirigiera con un ligero movimiento de la mano que ella empleaba a veces, como para llevar el compás, cuando pronunciaba un discurso importante.
     Y la amaban como nunca la habían amado. Y comprendían, midiendo su desesperación, hasta qué punto iban ahora a verse abandonados.
     Luego, poco a poco, la fuerza de la crisis fue disminuyendo como las lluviosas calmas siguen a las borrascas en el agitado Océano, y se pusieron a llorar de un modo más suave.
     Era su sostén, su guía, toda su juventud, toda la alegre parte de su existencia lo que desaparecía; era su lazo con la vida, la madre, la mamá, la carne creadora, el punto de unión con los abuelos que no tenían ya.
     Ahora quedaban solitarios, aislados; ya no podrían mirar tras sí.
     La monja dijo a su hermano:
     —Ya sabes que mamá tenía grande afición a leer sus viejas cartas; todas están ahí, en ese cajón. ¿No haríamos bien en leerlas a nuestra vez, reviviendo toda su vida en esta noche que hemos de pasar junto a ella? Sería como un camino del Calvario, como un conocimiento que haríamos con su madre, con nuestros viejos parientes desconocidos, cuyas cartas se encuentran ahí, y de quienes tan a menudo nos hablaba. ¿Te acuerdas?
     *
     
     Y tomaron del cajón unos diez legajos de papeles amarillentos, cuidadosamente sujetos y colocados unos contra otros. Depositaron encima de la cama estas reliquias y escogiendo una de ellas, sobre la cual estaba escrita la palabra «Padre», la abrieron y leyeron.
     Eran esas viejas epístolas que se encuentran en los antiguos muebles familiares, esas epístolas que tienen el olor de otro siglo. La primera rezaba: «Querida mía»; y otra: «Mi hermosa hijita», y las otras: «Mi querida niña», y otras, por fin: «Mi querida hija.» Y de pronto la monja se puso a leer en voz alta, a leer nuevamente a la muerta su historia, todos sus dulces recuerdos. Y el magistrado, con un codo apoyado en la cama, le prestaba atención, fijos los ojos en su madre. Y el cadáver Inmóvil parecía feliz.
     Interrumpiéndose, sor Eulalia dijo de pronto:
     —Será menester meterlas en su tumba, hacerle un sudario de todo esto y amortajarla con él.
     Y cogiendo otro legajo, sobre el cual nada había escrito, principió a leer como antes.
     
     «Querida mía: Te amo hasta la locura. Desde ayer sufro como un condenado, achicharrado por tu recuerdo. Siento tus labios bajo los míos, tus ojos bajo mis ojos, tu carne bajo mi carne. ¡Te amo, te amo! Me has enloquecido. Mis brazos se abren, jadeo impulsado por un ansia inmensa de poseerte nuevamente. He conservado en mi boca el sabor de tus besos...»
     
     El magistrado se había puesto en píe; la monja se interrumpió; le arrancó la carta, buscó la firma. No la llevaba el papel; sólo se leían estas palabras: «El que te adora»; el nombre era «Enrique». Su padre se llamaba Renato. Entonces el hijo, con rápidas manos, revolvió el paquete de cartas, tomó otra y leyó:
     
     «No puedo vivir sin tus caricias...»
     
     Y en pie, severo como en su tribunal, miró impasible a la muerta. La monja, erguida como una estatua, con algunas olvidadas lágrimas en los extremos de los ojos, contemplando a su hermano, esperaba. El atravesó entonces el aposento andando despacio, llegó a la ventana y, con la mirada perdida en la noche, meditó.
     Cuando volvió la cabeza, sor Eulalia, ya secos los ojos, permanecía en pie, junto al lecho, baja la cara.
     El avanzó, recogió vivamente las cartas y las fué echando revueltas en el cajón; en seguida corrió los cortinajes de la cama.
     Y cuando el día hizo palidecer las bujías que ardían sobre la mesa, el hijo abandonó lentamente su sillón y, sin mirar ni una vez más a la madre, que había, condenándola, separado de ellos, dijo lentamente:
     —Ahora, hermana mía, salgamos de aquí.
     

viernes, 22 de octubre de 2010

Guy de Maupassant -- El Miedo




EL MIEDO
Guy De Maupassant
--
Volvimos a subir a cubierta después de la cena. Ante nosotros, el
Mediterráneo no tenía el más mínimo temblor sobre toda su superficie, a la que
una gran luna tranquila daba reflejos. El ancho barco se deslizaba, echando al cielo,
que parecía estar sembrado de estrellas, una gran serpiente de humo negro; detrás
de nosotros, el agua blanquísima, agitada por el paso rápido del pesado buque,
golpeada por la hélice, espumaba, removía tantas claridades que parecía luz de
luna burbujeando.
Ahí estábamos, unos seis u ocho, silenciosos, llenos de admiración, la vista
vuelta hacia la lejana África, adonde nos dirigíamos. De pronto el comandante, que
fumaba un puro en medio de nosotros, retomó la conversación de la cena.
—Sí, aquel día tuve miedo. Mi navío se quedó seis horas con esa roca en el
vientre, golpeado por el mar. Afortunadamente, por la tarde nos recogió un barco
carbonero inglés que nos había visto.
Entonces un hombre alto con el rostro quemado, de aspecto serio, uno de esos
hombres que uno imagina que han cruzado largos países desconocidos, en medio
de peligros incesantes, y cuyos ojos tranquilos parecen conservar, en su
profundidad, algo de los países extraños que han visto; uno de esos hombres que
uno adivina empapado en el valor, habló por primera vez:
—Usted dice, comandante, que tuvo miedo; no le creo en absoluto. Usted se
equivoca en la palabra y en la sensación que experimentó. Un hombre enérgico
nunca tiene miedo ante un peligro apremiante. Está emocionado, agitado, ansioso;
pero el miedo es otra cosa.
El comandante prosiguió, riéndose:
—¡Caray ! Le vuelvo a decir que yo tuve miedo.
Entonces el hombre de tez morena dijo con una voz lenta :
—¡Permítame explicarme ! El miedo (y hasta los hombres más intrépidos
pueden tener miedo) es algo espantoso, una sensación atroz, como una
descomposición del alma, un espasmo horroroso del pensamiento y del corazón,
cuyo mero recuerdo provoca estremecimientos de angustia. Pero cuando se es
valiente, esto no ocurre ni ante un ataque, ni ante la muerte inevitable, ni ante
todas las formas conocidas de peligro: ocurre en ciertas circunstancias anormales,
bajo ciertas influencias misteriosas frente a riesgos vagos. El verdadero miedo es
como una reminiscencia de los terrores fantásticos de antaño. Un hombre que cree
en los fantasmas y se imagina ver un espectro en la noche debe de experimentar el
miedo en todo su espantoso horror. Yo adiviné lo que es el miedo en pleno día,
hace unos diez años. Lo experimenté, el pasado invierno, una noche de diciembre.
Y, sin embargo, he pasado por muchas vicisitudes, muchas aventuras que parecían
mortales. He luchado a menudo. Unos ladrones me dieron por muerto. Fui
condenado, como sublevado, a la horca en América y arrojado al mar desde la
cubierta de un buque frente a la costa de China. Todas las veces creí estar perdido
e inmediatamente me resignaba, sin enternecimiento e incluso sin
arrepentimientos. Pero el miedo no es eso.
Lo presentí en África. Y, sin embargo, es hijo del Norte; el sol lo disipa como
una niebla. Fíjense en esto, señores. Entre los orientales, la visa no vale nada; se
resignan en seguida; las noches están claras y vacías de las sombrías
preocupaciones que atormentan los cerebros en los países fríos. En Oriente, donde
se puede conocer el pánico, se ignora el miedo. Pues bien, esto es lo que me ocurrió
en esa tierra de África:
Atravesaba las grandes dunas al sur de Uargla. Es éste uno de los países más
extraños del mundo. Conocerán la arena unida, la arena recta de las interminables
playas del Océano. ¡Pues bien! Figúrense al mismísimo Océano convertido en
arena en medio de un huracán; imaginen una silenciosa tormenta de inmóviles olas
de polvo amarillo. Olas altas como montañas, olas desiguales, diferentes,
totalmente levantadas como aluviones desenfrenados, pero más grandes aún, y
estriadas como el moaré. Sobre ese mar furioso, mudo y sin movimiento, el sol
devorador del sur derrama su llama implacable y directa. Hay que escalar aquellas
láminas de ceniza de oro, volver a bajar, escalar de nuevo, escalar sin cesar, sin
descanso y sin sombra. Los caballos jadean, se hunden hasta las rodillas y resbalan
al bajar la otra vertiente de las sorprendentes colinas.
Íbamos dos amigos seguidos por ocho espahíes y cuatro camellos con sus
camelleros. Ya no hablábamos, rendidos por el calor, el cansancio, y resecos de sed
como aquel desierto ardiente. De pronto uno de aquellos hombres dio como un
grito; todos se detuvieron; permanecimos inmóviles, sorprendidos por un
inexplicable fenómeno conocido por los viajeros en aquellas regiones perdidas.
En algún lugar, cerca de nosotros, en una dirección indeterminada, redoblaba
un tambor, el misterioso tambor de las dunas; sonaba con claridad, unas veces más
vibrante, otras debilitado, deteniéndose, e iniciando de nuevo su redoble
fantástico.
Los árabes, espantados, se miraban; uno dijo, en su idioma: "La muerte está
sobre nosotros." Y entonces, de pronto, mi compañero, mi amigo, casi mi hermano,
se cayó de cabeza del caballo, fulminado por una insolación.
Y durante dos horas, mientras intentaba en vano salvarle, aquel tambor
inalcanzable me llenaba el oído con su ruido monótono, intermitente e
incomprensible; y sentía deslizarse por mis huesos el miedo, el verdadero miedo,
el odioso miedo, frente al cadáver amado, en ese agujero incendiado por el sol
entre cuatro montes de arena, mientras el eco desconocido nos arrojaba, a
doscientas leguas de cualquier pueblo francés, el redoble rápido del tambor.
Aquel día entendí lo que era tener miedo; y lo supe aún mejor en otra
ocasión...
El comandante interrumpió al narrador:
—Perdone, señor, pero ¿aquel tambor? ¿Qué era?
El viajero contestó:
—No lo sé. Nadie lo sabe. Los oficiales, a menudo sorprendidos por ese ruido
singular, lo suelen atribuir al eco aumentado, multiplicado, desmesuradamente
inflado por las ondulaciones de las dunas, de una lluvia de granos de arena
arrastrados por el viento al chocar con una mata de hierbas secas; ya que siempre
se ha comprobado que el fenómeno se produce cerca de pequeñas plantas
quemadas por el sol, y duras como el pergamino. Aquel tambor no sería más que
una especie de espejismo del sonido. Eso es todo. Pero no lo supe hasta más tarde.
Sigo con mi segunda emoción.
Ocurrió el invierno pasado, en un bosque del noreste de Francia. El cielo
estaba tan oscuro que la noche llegó dos horas antes. Tenía como guía a un
campesino que andaba a mi lado, por un pequeñísimo camino, bajo una bóveda de
abetos a los que el viento desenfrenado arrancaba aullidos. Entre las copas veía
correr nubes desconcertadas, nubes enloquecidas que parecían huir ante un
espanto. A veces, bajo una inmensa ráfaga, todo el bosque se inclinaba en el mismo
sentido con un gemido de sufrimiento; y me invadía el frío, a pesar de mi paso
ligero y mi ropa pesada. Teníamos que cenar y dormir en la casa de un
guardabosque, cuya morada ya no quedaba muy lejos. Iba allí para cazar.
A veces mi guía levantaba los ojos y murmuraba: "¡Qué tiempo tan triste!"
Luego me habló de la gente a cuya casa llegábamos. El padre había matado a un
cazador furtivo dos años antes y, desde entonces, parecía sombrío, como
atormentado por un recuerdo. Sus dos hijos, ya casados, vivían con él.
La noche era profunda. No veía nada delante de mí, ni a mi alrededor, y las
ramas de los árboles chocaban entre sí llenando la noche de un incesante rumor.
Finalmente vi una luz y en seguida mi compañero llamó a una puerta. Nos
contestaron los gritos agudos de unas mujeres. Después una voz de hombre, una
voz sofocada, preguntó: "¿Quién es?" Mi guía dio su nombre. Entramos. Fue un
cuadro inolvidable.
Un hombre viejo de pelo blanco y mirada loca, con la escopeta cargada en la
mano, nos esperaba de pie en mitad de la cocina mientras dos mozarrones,
armados con hachas, vigilaban la puerta. Distinguí en los rincones oscuros a dos
mujeres arrodilladas, con el rostro escondido contra la pared. Nos presentamos. El
viejo volvió a poner su arma contra la pared y mandó que se preparara mi
habitación; luego, como las mujeres no se movían, me dijo bruscamente:
—Verá usted, señor; esta noche, hace dos años, maté a un hombre. El año
pasado volvió para buscarme. Le espero otra vez esta noche—. Y añadió con un
tono que me hizo sonreír: —Por eso no estamos tranquilos.
Le tranquilicé como pude, feliz por haber venido precisamente aquella noche,
y asistir al espectáculo de ese terror supersticioso. Conté varias historias y conseguí
tranquilizarles a casi todos.
Cerca del fuego, un viejo perro, bigotudo y casi ciego, uno de esos perros que
se parecen a gente que conocemos, dormía el morro entre las patas. Fuera, la
tormenta encarnizada azotaba la pequeña casa y, a través de un estrecho cristal,
una especie de mirilla situada cerca de la puerta, veía de pronto todo un
desbarajuste de árboles empujados violentamente por el viento a la luz de grandes
relámpagos.
Notaba perfectamente que, a pesar de mis esfuerzos, un terror profundo se
había apoderado de aquella gente, y cada vez que dejaba de hablar, todos los oídos
escuchaban a lo lejos. Cansado de presenciar aquellos temores estúpidos, iba a
pedir acostarme, cuando el viejo guarda de pronto saltó de su silla, cogió de nuevo
su escopeta, mientras tartamudeaba con una voz enloquecida:
—¡Ahí está! ¡Ahí está! ¡Le oigo!
Las dos mujeres volvieron a caerse de rodillas en los rincones, escondiendo el
rostro; y los hijos volvieron a coger sus hachas. Iba a intentar tranquilizarles otra
vez, cuando el perro dormido se despertó de pronto y, levantando la cabeza,
tendiendo el cuello, mirando hacia el fuego con sus ojos casi apagados, dio uno de
esos lúgubres aullidos que hacen estremecerse a los viajeros, de noche, en el
campo. Todos los ojos se volvieron hacia él; ahora permanecía inmóvil, tieso sobre
las patas, como atormentado por una visión; se echó de nuevo a aullar hacia algo
invisible, desconocido, sin duda horroroso, ya que todo el pelo se le ponía de
punta. El guarda, lívido, gritó: —¡Lo huele! ¡Lo huele! Estaba ahí cuando lo maté—
y las dos mujeres enloquecidas se echaron a gritar con el perro.
A mi pesar, un gran escalofrío me corrió entre los hombros. El ver al animal
en aquel lugar, a aquella hora, en medio de aquella gente enloquecida, resultaba
espantoso. Entonces, durante una hora, el perro aulló sin moverse; aulló como
preso de angustia en un sueño; y el miedo, el espantoso miedo entró en mí; ¿el
miedo a qué? ¿Lo sabré yo? Era el miedo, y punto. Permanecíamos inmóviles,
lívidos, en espera de un acontecimiento horroroso, aguzando el oído, el corazón
latiendo, descompuestos al menor ruido. Y el perro se puso a dar vueltas alrededor
del cuarto, oliendo las paredes y siempre gimiendo. ¡Aquel animal nos volvía
locos! Entonces el campesino que me había guiado, se abalanzó sobre él, en una
especie de paroxismo de terror furioso, y abriendo una puerta que daba a un
pequeño patio, echó al animal afuera. Éste se calló en seguida, y nos quedamos
sumidos en un silencio aún más terrorífico. Y de pronto todos a la par tuvimos una
especie de sobresalto: un ser se deslizaba contra la pared, en el exterior, hacia el
bosque; luego pasó junto a la puerta, que pareció palpar, con una mano vacilante;
no volvimos a oír nada más durante dos minutos que nos convirtieron en
insensatos; luego volvió, siempre rozando la pared; y raspó ligeramente, como lo
haría un niño con la uña; y de pronto una cabeza apareció contra el cristal de la
mirilla, una cabeza blanca con ojos luminosos como los de una fiera. Y un sonido
salió de su boca, un sonido indistinto, un murmullo quejumbroso. Entonces un
estruendo formidable estalló en la cocina. El viejo guarda había disparado.
Inmediatamente sus hijos se precipitaron, taparon la mirilla levantando la gran
mesa que sujetaron con el aparador. Y les juro que al oír el estrépito del disparo
que no me esperaba tuve tal angustia en el corazón, el alma y el cuerpo, que me
sentí desfallecer y a punto de morir de miedo.
Nos quedamos ahí hasta la aurora, incapaces de movernos, de decir una
palabra, crispados en un enloquecimiento inefable. No nos atrevimos a desatrancar
la salida hasta no ver, por la hendidura de un sobradillo, un fino rayo de día.
Al pie del muro, junto a la puerta, yacía el viejo perro, con el hocico
destrozado por una bala. Había salido del patio escarbando un agujero bajo una
empalizada.
El hombre de rostro moreno se calló; luego añadió:
—Aquella noche no corrí ningún peligro, pero preferiría volver a vivir todas
las horas en las que me enfrenté con los peligros más terribles, antes que el minuto
único del disparo sobre la cabeza barbuda de la mirilla.
(23 de octubre de 1882)

lunes, 18 de octubre de 2010

EL DIABLO -- GUY DE MAUPASSANT




EL DIABLO


    El campesino permanecía de pie, frente al médico, ante el lecho de la moribunda. La vieja, tranquila, resignada, lúcida, miraba a los dos hombres y los oía charlar. Iba a morir. No se rebelaba, su tiempo había terminado. Tenía noventa y dos años.
    Por la ventana y la puerta abiertas, el sol de julio entraba a raudales, lanzaba su llama caliente sobre el suelo de tierra oscura, sinuoso y aplastado por los zuecos de cuatro generaciones de los aldeanos. También llegaban los olores del campo, traídos por brisa ardiente, olores de hierbas, de trigo, de hojas, quemadas bajo el calor del mediodía. Los saltamontes zumbaban exasperados, llenaban el campo de una crepitación aguda, parecida al ruido de las carracas de madera que venden a los niños en las ferias.
    El médico, elevando la voz, decía:
    —Honoré, no puedes dejar a tu madre sola en este estado ¡Se va a morir de un momento a otro!
    Y el campesino, desolado, repetía:
    —Pero tengo que recoger el trigo. Hace ya demasiado que está segado. Y ahora, precisamente, el tiempo es bueno. ¿Tú que dices, madre?
    Y la vieja moribunda, atenazada aún por la avaricia normanda decía que sí con los ojos y la cabeza, animaba a su hijo a recoger el trigo y a dejarla morir completamente sola.
    Pero el médico se enfadó y, golpeando el suelo con el pie dijo:
    —Eres un verdadero animal, ¿me has oído?, y no te permitiré hacer eso, ¿me has oído? Y si no tienes más remedio que recoger el trigo hoy mismo ¡vete a buscar a la Rapet, demonio, y encárgale que cuide a tu madre! Lo digo yo, ¿me has oído? Y si no me obedeces, te dejaré reventar como un perro cuando tú estés enfermo, ¿me has oído?
    El campesino, alto y delgado, de gestos lentos, torturado por la indecisión, por el miedo al médico y por el amor feroz al ahorro, dudaba, calculaba, balbucía:
    —¿Cuánto cobra la Rapet por cuidar un enfermo? El médico gritaba:
    —¿Y yo qué sé? Depende del tiempo que le pidas. ¡Arréglatelas con ella, diablo! Pero quiero que esté aquí dentro de una hora, ¿me has oído?
    El hombre se decidió.
    —Ya voy, ya voy. No se enfade, señor doctor. Y el doctor se fue, advirtiendo:
    —Ya lo sabes, ya lo sabes: ten cuidado, que yo no bromeo cuando me enfado.
    En cuanto se quedó solo, el campesino se volvió hacia su madre, y, con voz resignada, le dijo:
    —Voy a buscar a la Rapet, ya que él se empeña. Quédate tranquila hasta que yo vuelva.
    Y salió.
    La Rapet, una vieja planchadora, velaba a los muertos y a los moribundos del municipio y de los alrededores. Después, cuando había cosido a sus clientes dentro de la sábana de la que no debían salir más, volvía a coger su plancha con la que restregaba la ropa de los vivos. Arrugada como una manzana vieja, malvada, celosa, avara con una avaricia rayana en lo anormal, doblada en dos como si se le hubiera roto la cintura por el eterno movimiento de la plancha sobre las telas, se diría que tenía una especie de amor monstruoso y cínico por la agonía. Sólo hablaba de las personas que había visto morir, de todas las variedades de muertes a las que había asistido. Y las contaba con una gran profusión de detalles siempre parecidos, como un cazador habla de las piezas cobradas.
    Cuando Honoré Bontemps entró en su casa, la encontró preparando agua con añil, para los cuellos de las aldeanas.
    —Buenas tardes. ¿Qué tal le va, tía Rapet?
    Ella volvió la cabeza hacia él.
    —Así, así. ¿Y a ti?
    —¡Oh! A mí, bien. Es mi madre la que anda mal.
    —¿Tu madre?
    —Sí, mi madre.
    —¿Qué tiene tu madre?
    —Pues que está en las últimas.
    La vieja retiró las manos del agua cuyas gotas, azuladas transparentes le chorreaban hasta la punta de los dedos y caían en el balde.
    Preguntó, con súbita simpatía:
    —¿Tan mal está?
    —El médico dice que no pasa de esta tarde.
    —Pues, entonces, sí que está mal.
    Honoré titubeó. Necesitaba algunos preámbulos para la propuesta que preparaba.  Pero, como no se le ocurría nada, se decidió de golpe:
    —¿Cuánto me llevaría por cuidarla hasta el final? Ya sabe que no somos ricos. Ni siquiera puedo pagarme una criada. Es eso lo que la ha puesto así, a mi pobre madre; demasiado trabajo, demasiadas fatigas. Trabajaba por diez, a pesar de sus noventa y dos años. Ya no queda gente como ella.
    La Rapet respondió gravemente:
    —Hay dos precios: dos francos el día y tres la noche, para los ricos. Un franco el día y dos la noche, para los otros. Tú me darás uno y dos.
    Pero el campesino reflexionaba Conocía bien a su madre. Sabía lo tenaz, lo vigorosa y lo resistente que era. Aquello podía durar ocho días, a pesar de la opinión del médico.
    Resueltamente, dijo:
    —No. Preferiría que me hiciese un precio, vamos, un precio hasta el final. Usted se arriesga y yo también. El médico dice que morirá pronto. Si es así, mejor para usted, peor para mí.  Pero si aguanta hasta mañana o más, mejor para mí, peor para usted.
    La vieja, sorprendida, miraba al hombre. Nunca había tratado una muerte a destajo. Dudaba, tentada por la idea de probar suerte. Después sospechó que la querían engañar.
    —No puedo decir nada hasta que no haya visto a tu madre —contestó.
    —Venga a verla.
    Ella se secó las manos y lo siguió inmediatamente.
    Durante el camino no hablaron nada. Ella andaba de prisa, mientras que él levantaba sus grandes piernas como si debiera, cada paso, atravesar un arroyo.
    Las vacas acostadas en los campos, agobiadas por el calor, levantaban la cabeza pesadamente y lanzaban débiles mugidos a aquellas dos personas que pasaban, para pedirles hierba fresca.
    Al acercarse a su casa, Honoré Bontemps murmuró:
    —¿Y si ya se hubiera acabado?
    Y su deseo inconsciente se manifestó en el sonido de su voz. Pero la vieja no se había muerto. Permanecía echada sobre la espalda, en su camastro, con las manos sobre el cobertor de lana color violeta; unas manos horriblemente delgadas, contraídas, semejantes a animales extraños, a cangrejos, y agarrotadas por los reumatismos, las fatigas, los trabajos casi seculares habían realizado.
    La Rapet se aproximó a la cama y miró atentamente a la moribunda. Le tomó el pulso, le palpó el pecho, la oyó respirar, le hizo preguntas para oírla hablar. Después, la contempló todavía buen rato y salió seguida de Honoré. Su opinión estaba formada. La vieja no llegaría a la noche. Él le preguntó:
    —¿Entonces, qué?
    La mujer respondió:
    —Pues que esto durará dos días, quizá tres. Me pagarás seis ricos por todo.
    Él exclamó:
    —¡Seis francos! ¡Seis francos! ¿Ha perdido la cabeza? Le digo que tiene para cinco o seis horas, no más.
    Y los dos discutieron mucho tiempo, encarnizadamente Como la mujer iba a volverse atrás, como el tiempo pasaba, como el trigo no se iba a recoger solo, al fin él aceptó:
    —Bueno, de acuerdo. Seis francos.
    Y se marchó a grandes zancadas hacia su trigo, tendido en el suelo, bajo el sol pesado que hace madurar las cosechas.
    La mujer entró en la casa.
    Había traído trabajo. Porque, al lado de los moribundos y de los muertos, trabajaba sin descanso, o bien para ella, o bien para la familia que la empleaba en esta tarea a cambio de un suplemento de salario.
    De pronto, preguntó:
    —¿La han sacramentado, al menos, tía Bontemps?
    La campesina dijo que no con la cabeza. Y la Rapet, que era devota, se levantó con vivacidad.
    —¡Santo Dios! ¿Es posible? Voy a buscar al señor cura.
    Y se precipitó hacia la rectoral, tan de prisa que los chiquillos en la plaza, viéndola trotar de aquella manera, creyeron que había sucedido alguna desgracia.
    El sacerdote vino en seguida, con su sobrepelliz, precedido del monaguillo que tocaba una campanilla para anunciar el paso de Dios por el campo ardiente y en calma. Los hombres que trabajaban a lo lejos, se quitaban sus grandes sombreros y permanecían inmóviles esperando que la blanca vestidura desapareciera detrás de una granja. Las mujeres que recogían las gavillas se enderezaban para hacer la señal de la cruz. Unas gallinas negras, asustadas, huían a lo largo de las zanjas, balanceándose sobre las patas, hasta el agujero, que conocían bien, donde desaparecían bruscamente. Un potro, atado en un prado, se asustó al ver la sobrepelliz y se puso a dar vueltas al extremo de la cuerda, lanzando coces. El monaguillo, de sotana roja, iba de prisa. Y el sacerdote, con la cabeza inclinada sobre un hombro y cubierto con su bonete cuadrado, lo seguía murmurando oraciones. Y la Rapet venía detrás, completamente inclinada, doblada en dos, como para prosternarse mientras andaba, y con las manos juntas, como en la iglesia.
    Honoré los vio pasar desde lejos.
    —¿A dónde va nuestro párroco? —preguntó.
    Su jornalero, más sutil, respondió:
    —A llevar el Señor a tu madre, rediez.
    El campesino no se asombró:
    —Ah, pues podría ser.
    Y volvió a la faena.
    La tía Bontemps se confesó, recibió la absolución, comulgó. Y el sacerdote se volvió, dejando solas a las dos mujeres en la casucha sofocante.
    Entonces, la Rapet empezó a observar a la moribunda, preguntándose si aquello iba a durar mucho.
    El día iba declinando. El aire, más fresco, entraba en ráfagas más fuertes, hacía ondear contra la pared una estampa de Epinal sostenida por dos alfileres. Las cortinillas de la ventana, que habían sido blancas y ahora estaban amarillas y llenas de excrementos de mosca, parecían volar, forcejear, querer irse, como el alma de la vieja.
    Ella, inmóvil, con los ojos abiertos, tenía el aspecto de quien espera con indiferencia una muerte muy cercana que tarda en llegar. Su respiración, entrecortada, silbaba un poco en su garganta apretada. Se detendría dentro de un rato, y habría sobre la tierra una mujer menos, a la que nadie añoraría.
    Al caer la noche, volvió Honoré. Al acercarse al lecho vio que su madre vivía aún, y preguntó: «¿Qué tal?», como hacía antes, cuando ella no estaba bien.
    Después despidió a la Rapet, recordándole:
    —Mañana, a las cinco, sin falta.
    Ella contestó:
    —Mañana, a las cinco.
    Llegó, en efecto, al amanecer.
    Honoré, antes de irse a sus tierras, comía la sopa que había hecho él mismo.
    La mujer preguntó:
    Y qué, ¿ha muerto tu madre?
    Él contestó, con un guiño malicioso:
    —Está un poco mejor. 
    Y se marchó.
    La Rapet, presa de inquietud, se acercó a la agonizante, que permanecía en la misma situación, sofocada e impasible, con los ojos abiertos y las manos crispadas sobre el cobertor.
    Y la veladora comprendió que aquello podía seguir así dos días, cuatro días, ocho días. Y el espanto oprimió su corazón de avara, mientras que una cólera furiosa la hacía sublevarse contra aquel bribón que la había engañado y contra aquella mujer que no se moría.
    Se puso a trabajar, sin embargo, y esperé, con la mirada fija en el rostro arrugado de la tía Bontemps.
    Honoré volvió para almorzar. Parecía contento, casi guasón. Después volvió a salir. Realmente, estaba recogiendo el trigo en condiciones óptimas.
    La Rapet se exasperaba. Cada minuto que pasaba le parecía, ahora, tiempo robado, dinero robado. Tenía ganas, unas ganas locas, de coger por el cuello a aquella vieja borrica, a aquella vieja cabezona, a aquella vieja obstinada, y de detener, apretando un poco, aquel leve aliento jadeante que le robaba su tiempo y su dinero.
    Después reflexionó sobre el peligro que corría. Y, con otras ideas en la cabeza, se aproximó a la cama.
    —¿Ha visto ya al diablo? —preguntó.
    La tía Bontemps murmuró:
    —No.
    Entonces la veladora se puso a charlar, a contarle historias para aterrorizar su alma débil de moribunda.
    Unos minutos antes de morir, el diablo se aparecía, según ella, a todos los agonizantes. Tenía una escoba en la mano, un puchero en la cabeza, y lanzaba grandes gritos. Cuando se le veía, era el final, quedaban ya pocos instantes. Y enumeraba todos aquellos a quienes el diablo se había aparecido delante de ella, aquel año:
    Joséphin Loisel, Eulalie Ratier, Sophie Padagnau, Séraphine Grospied.
    La tía Bontemps, conmovida al fin, se agitaba, movía las manos, trataba de volver la cabeza para mirar hacia el fondo de la habitación.
    De pronto, la Rapet desapareció al pie de la cama. En un armario, cogió una sábana y se envolvió en ella. Se tapó la cabeza con el puchero, cuyos tres pies cortos y curvados se levantaban como tres cuernos. Agarró una escoba con la mano derecha y con la mano izquierda, un cubo de hojalata que lanzó bruscamente  al aire para que hiciera ruido al caer.
    Al chocar con el suelo, el cubo produjo un estrépito espantoso. Entonces subida en una silla, la veladora levantó la cortina que colgaba al extremo de la cama, y apareció, gesticulando, lanzando unos gritos agudos desde el fondo del pote de hierro que le tapaba la cara, y amenazando con su escoba, como un diablo de guiñol, a la vida campesina agonizante.
    Enajenada, con mirada de loca, la moribunda hizo un esfuerzo sobrehumano para incorporarse y escapar. Llegó a sacar de la cama los hombros y el pecho. Después, cayó hacia atrás, con un gran suspiro Todo había terminado.
    Y la Rapet, tranquilamente, volvió a colocar en su sitio todos los objetos: la escoba apoyada en el armario, la sábana dentro, el puchero en el hogar, el cubo en la tabla y la silla contra la pared. Después, con los gestos de una profesional, cerró los ojos enormes de la muerta, puso sobre la cama un plato, vertió dentro el agua bendita de la pila, sumergió en ella la rama de boj que colgaba sobre la cómoda y, arrodillándose, se puso a recitar con fervor las oraciones de los difuntos, que se sabía, , por su oficio, de memoria.
    Y cuando Honoré volvió, al atardecer, la encontró rezando, y calculó en seguida que ella le había ganado un franco, porque sólo habían pasado tres días y una noche, que en total hacían cinco francos, en lugar de los seis que él le debía.
    
  

domingo, 17 de octubre de 2010

LOS VEINTICINCO FRANCOS DE LA SUPERIORA -- GUY DE MAUPASSANT




    LOS VEINTICINCO FRANCOS DE LA SUPERIORA
  
  
     —Sí, señor; era graciosísimo el tío Pavilly, con aquellas piernas largas que parecían las de una araña, su cuerpo menudo, sus brazos kilométricos y su cabeza puntiaguda, coronada por un ramillete de pelo rojo en la cúspide del cráneo.
     Era un payaso, un payaso campesino, espontáneo, que había nacido para la broma, para hacer reír, para representar papeles, sencillos desde luego, porque era hijo de un labrador y él mismo lo era, y si leía le costaba su trabajo. Sí, señor; Dios lo había creado para divertir a los demás, a los pobres diablos del campo, que no disponen de teatros ni de festejos. Y los divertía a conciencia. Siempre había quien pagaba su ronda en el café, para tenerlo a su lado, y él bebía como un valiente, entre risas y cuchufletas, gastando bromas a todo el mundo, pero sin ofender a nadie y haciendo que todos se retorciesen de risa a su alrededor.
     Tan gracioso era que, a pesar de su fealdad, ni siquiera las mozas se le resistían, a fuerza de hacerlas reír. Entre broma y broma él las llevaba detrás de un muro, o a una cerca, o las metía en el establo, y una vez allí las cosquilleaba y las apremiaba con dicharachos tan cómicos, que las chicas tenían que apretarse los costados mientras rechazaban sus intentos. Entonces se ponía a dar zapatetas, hacia como si fuese a ahorcarse y ellas se doblaban de risa hasta saltárseles las lágrimas; él acechaba el momento propicio para voltearlas, y lo haría con tal oportunidad, que no se le escapaba una; ni siquiera las que habían empezado desafiándolo, por pura diversión.
     Resultó, pues, que a fines de julio se contrató para la siega en casa de maese Le Harivau, cerca e Rouville. Día y noche, por espacio de tres semanas enteras, hizo las delicias de los segadores y segadoras con sus bufonadas. Se exhibía durante el día en la llanura, entre las gavillas, con un sombrero de paja que le tapaba su rojo tupé, recogiendo la dorada mies con sus larguísimos brazos y atándola en haces; se detenía de pronto, y dibujaba un gesto extravagante que despertaba por todo el campo la risa de los trabajadores, que no le perdían nunca de vista. Durante la noche se escabullía como un reptil por la paja de los graneros en que dormían las mujeres, y sus manos merodeaban, levantando gritos, armando tumultos. Llovían sobre él golpes de zuecos, y él entonces escapaba a cuatro patas, semejante a un mono de caricatura entre los estallidos de regocijo de todo el pajar.
     Conducido por un mozo de blusa, que llevaba en la gorra una escarapela, avanzaba el último día por la blanca carretera, al paso lento de seis caballos tordos, el carro de los segadores, engalanado con cintas, acompañado de música de gaitas, rebosante de gritos, cantos, alegría y borracheras. Pavilly, en medio de las mujeres que se revolcaban de risa, bailaba un paso de sátiro ebrio, que contemplaban con la boca abierta desde los taludes de las granjas los muchachitos inexpertos y los campesinos, atónitos de ver la inverosímil estructura de aquel cuerpo.
     Cuando llegaban a la barrera de entrada de la granja de maese Le Harivau, dio de improviso un salto, levantando al mismo tiempo los brazos; pero al caer fue a dar en un borde de aquella larga carreta, salió volteado por encima, cayó sobre la rueda y de allí rebotó a la carretera.
     Sus compañeros se abalanzaron para socorrerlo. Estaba inmóvil, con un ojo cerrado y el otro entreabierto, lívido del susto, en el suelo a todo lo largo de sus larguísimos miembros.
     Cuando le tocaron la pierna derecha se puso a dar grandes gritos, y al intentar ponerlo en pie se desplomó.
     —Mucho me temo que se haya roto una pata—dijo uno de los hombres.
     En efecto, se había partido una pierna.
     Maese Le Harivau hizo que lo tendiesen encima de una mesa y un hombre a caballo salió para Rouville en busca del médico, que llegó una hora después.
     El granjero se mostró muy espléndido y anunció que pagaría los gastos de Pavilly en el hospital. El médico se lo llevó, pues, en su coche, y lo dejó en un dormitorio enjalbegado, donde le fue reducida la fractura.
     Así que se dio cuenta de que no moriría de aquélla y que lo iban a cuidar, a curar y a tratarlo con todo regalo, sin tener que trabajar, con sólo estar tumbado de espaldas y entre sábanas, sintió Pavilly que se apoderaba de él una alegría desbordante y se echó a reír con una risa muda y continua, que ponía al descubierto su dentadura podrida.
     En cuanto veía acercarse a su cama una monja, le hacía mil carantoñas alegres, guiñaba los ojos, torcía la boca, movía la nariz, que la tenia muy larga y con la que hacía a voluntad toda clase de contorsiones. Sus compañeros de dormitorio no podían contener la risa, por muy enfermos que estuviesen, y la hermana superiora solía acercarse con frecuencia a la cama de Pavilly para pasar un cuarto de hora entretenido. Inventaba para ella las más graciosas bufonadas, bromas inéditas, y como llevaba dentro de sí mismo el germen de todos los histrionismos, se hacía el devoto para complacerla, y hablaba del buen Padre Celestial con la seriedad de un hombre que sabe que hay momentos en la vida que no son risa.
     Se le ocurrió un día cantar canciones. La superiora quedó encantada y desde entonces volvió con más frecuencia; para sacar partido de aquella voz, le trajo un libro de himnos. Como ya empezaba a poder moverse, Pavilly solía sentarse en la cama y entonaba con voz de falsete las alabanzas del Altísimo, de María y del Espíritu Santo, mientras la buenaza y voluminosa hermana, a la derecha al pie de su cama, llevaba el compás con un dedo, enseñándole la música. Así que estuvo en disposición de caminar, le ofreció la superiora si quería quedarse algún tiempo más para cantar los oficios en la capilla, ayudando también a misa y haciendo las demás funciones del sacristán. Aceptó. Cojeando, vestido con sobrepelliz blanca, se le vió durante un mes entero entonar responsos y salmos con tan graciosos movimientos de cabeza, que aumentó la concurrencia de fieles y éstos hacían el vacío a la parroquia para acudir a las vísperas del hospital.
     Pero, como todo tiene un fin en este mundo, no hubo más remedio que despedirlo, así que estuvo completamente curado. La superiora le hizo un regalo veinticinco francos, en señal de agradecimiento.
     Al verse Pavilly en la calle con aquel dinero en el bolsillo, se puso a pensar en lo que haría. ¿Regresar al pueblo? No sin antes haber echado un trago, desde luego, cosa que no había podido hacer en mucho tiempo. Entró, pues, en un café. Nunca acostumbraba ir a la ciudad arriba de una o dos veces al año; de una de esas visitas especialmente, conservaba un  recuerdo confuso y embriagador de orgía. Pidió una copa de aguardiente, que se echó al cuerpo de un trago, para engrasar la tubería, y luego otra, para poder tomarle el gusto.
     En cuanto sintió en el paladar y en la lengua el sabor del aguardiente, de muchos grados y cargado de especias, se despertó en él con mayor viveza, después de periodo tan largo de sobriedad, el gusto y el ansia del alcohol que acaricia, que cosquillea, aromatiza y abrasa la boca. Comprendió que iba a beberse toda la botella, y preguntó su precio, para que le saliese más barata que al detalle. Le dijeron que tres francos, y los pagó; después de esto procedió a emborracharse con toda tranquilidad.
     Es preciso decir que lo hacía con método, pues quería mantenerse lo bastante despierto para gozar de otros placeres. Cuando ya estaba al borde de responder al saludo de las chimeneas, se levantó y salió con paso inseguro, llevando la botella debajo del brazo, rumbo a una casa pública.
     Su trabajo le costó, pero dio al fin con ella, después de haber preguntado la dirección a un carretero, que no la sabia; a un cartero, que se la dio equivocada;  a un panadero, que empezó a soltar palabrotas y lo trató de viejo cochino, y, ya por último, a un militar, que le acompañó galantemente hasta la casa y le aconsejó que fuese con la Reina.
     Aunque apenas eran las doce del día, entró Pavilly en aquel lugar de delicias, donde lo recibió una criada que quería darle con la puerta en las narices. Pero le hizo reír con una carantoña, le enseñó tres francos, tarifa normal de los servicios en aquel lugar, y fue tras ella, no sin fatigas, por una escalera muy oscura que conducía al primer piso. Una vez que lo metieron en un dormitorio, reclamó la presencia de la Reina, y mientras llegaba echó un trago más, bebiendo de la botella misma.
      Se abrió la puerta y se presentó una mujer. Era grande, gordinflona, coloradota, enorme. De un vistazo certero, un vistazo de mujer que conoce el paño, miró con desdén al borracho, que se había dejado caer en una silla, y le dijo:
      —¿No te da vergüenza de venir a semejante hora?
      Pavilly balbució:
      —Vergüenza, ¿de qué, princesa?
      —De molestar a una señora sin darle siquiera tiempo de comer la sopa.
      El esbozó una risa.
      —La que es valiente no tiene horas.
      —Y para coger una merluza como la que tú traes tampoco hay horas, cuba vieja.
     Pavilly se molestó.
      —En primer lugar, no soy una cuba, y en segundo lugar no traigo una merluza.
      —¿Que no estás borracho?
      —Que no estoy borracho.
      —¡No está borracho ¡ Si ni siquiera puedes tenerte en pie!
      Ella le miraba con la ira y la rabia de una pupila que piensa en que sus compañeras están comiendo.
      El se irguió:
      —¿Yo? ¿Yo? Para que veas, te voy a bailar una polca.
      Y para dar una demostración de resistencia se subió a la silla, hizo una pirueta y saltó encima de la cama, dejando en ella las horribles marcas de sus zapatos enfangados.
     —¡Ah cerdo¡—gritó la mujer.
     Se abalanzó hacia él y le asestó un puñetazo en el vientre, un puñetazo tal, que Pavilly perdió el equilibrio, hizo balancín en el pie de la cama, dio una vuelta completa, fue a caer sobre la cómoda, arrastró la palangana y la jarra del agua y se desplomó dando alaridos.
     Tan terrible fue el estruendo y tan desgarradores los alaridos, que acudió toda la casa, el amo, el ama, la criada y el personal.
     El amo se apresuró a levantar al hombre; pero, así que lo puso en pie, el campesino perdió otra vez el equilibrio, y rompió a vociferar gritando que se había roto la otra pierna, la sana, la sana. 
     Y era verdad. Fueron corriendo en busca de un médico, y acudió precisamente el que había curado a Pavilly en casa de maese Harivau.
     —Pero ¿cómo? ¿Otra vez? 
     —Si, señor.
     —¿Qué le pasa?
     —Que ahora se me ha roto la otra, señor.
     —¿Quién se la ha roto? 
     —Una mujerzuela.
     Todos estaban atentos a lo que hablaba. Las pupilas en traje de aseo, con las bocas todavía grasientas de la comida que tuvieron que interrumpir, el ama furiosa, el amo inquieto.
     —Este va a ser un asunto desagradable—dijo el médico—. Ya saben ustedes que el Ayuntamiento los tiene entre ojos. Lo mejor seria buscar la manera de que no trascendiese la cosa.
     —Y ¿cómo?—preguntó el amo.
     —Tal vez conviniese enviar a este hombre al hospital, de donde acaba de salir, dicho sea de paso, pagando su estancia allí.
     El amo contestó:
     —Por mi parte, prefiero eso a andar con líos.
     Y así fue como Pavilly volvía media hora más tarde al hospital, del que había salido una hora antes.
     La superiora alzó los brazos, afligida, porque lo apreciaba de veras, aunque también sonriente, porque no le disgustaba volver a verlo.
     —Pero ¿qué le ha pasado, buen hombre?
     —La otra pierna que se me ha roto, mi señora y bondadosa hermana.
     —¿Otra vez se ha subido usted a una carreta de paja, viejo bromista?
     Pavilly, confuso y cazurro, balbució:
     —No, no...; esta vez no ha sido eso...; esta vez no... No tuve yo la culpa, no la tuve... Era de paja, pero no era una carreta, sino un jergón.
     La superiora no consiguió sacarle más, y no se enteró nunca de que la culpa de aquella recaída la tenían sus veinticinco francos.
     
    

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