BLOOD

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domingo, 31 de julio de 2011

EL HOMBRE PI




1
EL HOMBRE PI
Alfred Bester
¿Cómo decir? ¿Cómo escribir? Cuando a veces puedo ser fluido, delicado
incluso, y luego, recupero, pour mieux sauter, eso se apodera de mí. Empuja.
Fuerza. Presiona.
A veces
debo
retroceder
pero
no
para
saltar
no, ni siquiera para saltar mejor. No tengo control alguno sobre el yo, el
lenguaje, el amor, el destino. Debo compensar. Siempre.
Pero de todos modos lo intento.
Quae nocent docent. Sigue traducción: Lo que duele, enseña. Yo estoy herido
y he herido a muchos. ¿Qué hemos aprendido, sin embargo? Sin embargo. Me
despierto por la mañana del mayor dolor de todos preguntándome qué casa.
Riqueza, comprendes. ¡Maldita sea! Una casa en Londres, una villa en Roma,
otra casa en Nueva York, un rancho en California. Me despierto. Miro. ¡Ah! El
aspecto del lugar en que estoy es familiar. Así:
Dormitorio Dormitorio
Baño Cocina
Baño Terraza
¡Oh, oh! Estoy en mi casa de Nueva York, pero ese baño-baño espalda contra
espalda. Puf. Todo el ritmo desacompasado. Desequilibrio. El esquema resulta
doloroso. Telefoneo abajo, al portero. En ese momento pierdo mi inglés. (Hablo
todas las lenguas. Un goulash. Estoy obligado. ¿Por qué? ¡Ah!)
—Pronto. Eccomi, Signore Storm. No. Obligado a parlare italiano. Esperar.
Llamaré otra vez en cinque minuti.
Re infecta. Latín. Inconcluso el asunto me ducho, cuerpo dientes, pelo, me
afeito la cara, lo seco todo y pruebo otra vez. Voilá! El inglés, ella viene. Otra
vez al invento de A. G. Bell ("Señor Watson, venga aqui, le necesito".) Por
teléfono hablo con el portero. Buen tipo. Consigue liquidar un montón de
trabajo en un dos por tres.
—¿Sí? Aquí Abraham Storm otra vez. Sí. Exactamente. Señor Lundgren, sea
mi rabino personal y haga venir algunos obreros aquí esta mañana. Quiero
esos dos baños convertidos en uno. Sí. Dejaré cinco mil dólares encima de la
nevera. Gracias, Sr. Lundgren.
Quería vestir franela gris esta mañana, pero tuve que ponerme el traje de "piel
de tiburón". ¡Maldita sea ! El nacionalismo africano tiene extraños efectos
secundarios vuelvo al dormitorio trasero (ver diagrama) y abro la puerta, que
fue instalada por la Compañía Nacional de Seguridad, Inc. Entro.
Todo radia hermosamente. Recorriendo arriba y abajo el espectro
electromagnético. Desviación visual del ultraVioleta hacia el infrarrojo. Onda
ultracorta chillando. Radiación alfa, beta y gama copiosamente. Y los
interruptores inn tt errrr ump pppiendo al azar y cómodamente. Estoy en paz.
¡Dios mío! ¡Conocer incluso un momento de paz!
Tomo el metro hasta la oficina de Wall Street. Chofer demasiado peligroso;
podría ponerse amistoso. No me atrevo a tener amigos. Mucho mejor el metro
matutino, apreturas, masa empaquetada; ninguna norma que ajustar, no se
exigen cambios ni compensaciones. ¡Paz! Compro todos los periódicos de la
mañana, por lo de las pautas. Se leen demasiados Times, debo leer Tribune
para compensar. Demasiado News. Leo Mirror. Y así sucesivamente.
En el vagón del metro capto la mirada de un ojo; pequeño, oscuro, grisazulado,
propiedad de un hombre anónimo que transmite la convicción de que jamás le
has visto y jamás le verás de nuevo. Pero capto esa mirada y hace sonar un
timbre al fondo de mi mente. Él se da cuenta. Ve el brillo que aparece en mis
ojos antes de que yo pueda ocultarlo. Así que me siguen otra vez... ¿Pero
quién? ¿USA? ¿USSR? ¿Matoids?
Salgo rápidamente del metro en City Hall y les doy una pista falsa hasta el
Woolworth Building, por si operan con dos espías. La teoría básica de
cazadores y cazados no es evitar que te localicen (es inevitable) sino dejar
tantas pistas a cubrir que se dispersen. Entonces se ven obligados a
abandonarte. Tienen tantos hombres para tantas operaciones. Es una cuestión
de disminución de beneficios.
El tráfico en City Hall estaba desincronizado (como está siempre) y tuve que
caminar por el lado caliente de la calle para compensar. Tomé un ascensor
hasta la décima planta del edificio. Allí me cogió súbitamente algo de aaaIgun
lug ar. AaaIgo maaalo. Empecé a gritar, pero fue inútil. Un viejo empleado salió
de la oficina con abrigo de alpaca, portafolios, gafas de oro.
—Él no —discutí con el aire—. Es un buen hombre. Él no. Por favor.
Pero estoy obligado. Me aproximo. Dos golpes; cuello y estómago. Se
derrumba, retorciéndose. Le pateo las gafas. Le quito el reloj de bolsillo y lo
destrozo. Rompo las plumas. Rompo los papeles. Luego se me permite volver
al ascensor y bajar de nuevo. Eran las diez y media. Me retrasaba. Maldito
inconveniente. Cogí un taxi para Wall Street 99. Di diez dólares de propina al
conductor. Metí mil en un sobre (secretamente) y envié al conductor de nuevo
al edificio para que localizase al empleado y se los diese.
Trabajo rutinario de mañana en la oficina. Mercado en alza; tablero indicador
ético; un infierno para equilibrar y compensar, aunque yo conozca las pautas
de dinero. Voy atrasado en la suma de 109.872,43 dólares a las once y media;
pero con un paso de gigante las normas me colocan adelantado en 57.075,94
dólares a las doce y media en punto, Tiempo de Ahorro luz del día, al que mi
padre solía llamar tiempo Woodrow Wilson.
57.075 es una buena pauta, pero esos 94 centavos. Puf. Parece toda la hoja
de balances desequilibrada, es espantoso. Por encima de todo simetría. Solo
tengo 24 centavos en el bolsillo. Llamo a la secretaria, le pido prestados 70
centavos y arrojo el total por la ventana. Me siento mejor mientras veo cómo
cae a la calle, pero entonces la sorprendo mirándome asombrada y encantada.
Muy malo. Muy peligroso.
Despido a la chica al instante.
—Pero, ¿Por qué, señor Storm? ¿Por qué? —pregunta, procurando no llorar.
Querida cosita. Cara pecosa y descocada, pero no tan descocada ahora.
—Porque está empezando a gustarme.
—¿Y qué hay de malo en eso?
—Cuando la contraté le advertí que no debía llegar a gustarme.
—Creí que bromeaba usted.
—Pues no. Ahora debe irse. Está despedida.
—Pero, ¿Por qué?
—Porque temo que podría empezar a gustarme.
—¿Se trata de un nuevo tipo de proposición?—preguntó ella.
—Por Dios.
—Bueno, no tiene por qué despedirme—dijo furiosa—.
—Bueno. Entonces puedo acostarme con usted.
Se puso roja y abrió a boca para insultarme, mientras sus ojos pestañeaban.
Una chica encantadora. No podía ponerla en peligro. Le puse el sombrero y el
abrigo, le di el sueldo de un año como indemnización, y la eché. Punkt.
Apuntar en la memoria: admitir sólo hombres, con preferencia casados,
misántropos y asesinos. Hombres que puedan odiarme.
Luego, a comer. A un restaurante lindamente equilibrado. Mesas fijadas al
suelo. Nadie moviéndolas. Todas las sillas ocupadas por clientes. Bonita
estructura. No tengo necesidad de compensar ni ajustar. Ordenado y
lindamente estructurado comedor para el yo:
Martini Martini
Martini
Croque Monsieur Roquefort
Ensalada
Café
Pero se consume tanto azúcar en el restaurante que tuve que tomar café sólo,
que no me gusta. Sin embargo, todavía una buena estructura. Equilibrada.
X~—X—41 = número primo.
Perdón, por favor. A veces controlo y veo qué compensaciones han de
realizarse. Otras veces se me impone desde sólo Dios sabe dónde o por qué.
Entonces he de hacer lo que estoy obligado a hacer, ciegamente, como hablar
el galimatías que hablo; a veces resultándome odioso, como lo del empleado
del Edificio Woolworth. Aún así, la ecuación se hunde cuando X = 40.
La tarde era tranquila. Por un instante pensé que podría verme obligado a salir
para Roma (Italia), pero algo ajustó las cosas sin necesidad de mí. La
Sociedad Protectora de Animales me cogió por matar a mi perro a golpes, pero
yo había aportado 10.000 dólares para su Refugio. Salí con un balanceo de
cabeza. Pinté bigotes en carteles, rescaté a un gatito que se ahogaba, salvé a
una mujer de un desaprensivo y fui a que me afeitaran la cabeza. Día normal
para mí.
Al anochecer, al ballet para relajarme con todas las hermosas estructuras,
equilibradas, pacíficas, suaves. Luego respiré profundamente, aplaqué mi
repugnancia y me obligué a acudir a Le Bitnique, el centro de reunión beatnik.
Odio Le Bitnique, pero necesito una mujer y debo ir adonde odio. Aquella chica
pelirroja que despedí tan esbelta y llena de deliciosa malicia, y lanzándome
pícaras miradas. Así pues, Poisson d'avril, me dirigí hacia Le Bitnique.
Caos. Negrura. Sonidos y olores, una cacofonía. Una bombilla de 25 watios en
el techo. Un maldito pianista interpreta música progresiva. En la pared L
muchachos beatniks, con gorras, gafas negras y barbas públicas, jugando al
ajedrez. En la pared R está el bar y chicas beatniks con bolsas marrones de
papel bajo el brazo que contienen artículos de tocador. Se mueven y
maniobran para buscar un colchón para la noche.
¡Esas chicas beatniks! Todas delgadas... excitantes para mí esta noche porque
hay demasiados norteamericanos que sueñan con mujeres muy gruesas, y yo
debo compensar. (En Inglaterra me gustan las mujeres gruesas porque
Inglaterra le gustan las mujeres delgadas). Todas llevan pantalones ajustados,
blusas sueltas, pelo Brigitte Bardot, maquillaje italiano (ojos negros, labios
blancos), y cuando caminan lo hacen con ese ritmo que emocionó a aquel tipo
llamado Herrick hace tres siglos cuando escribió:
Luego, cuando levanto los ojos y veo
esa valiente vibración libre a ambos lados;
¡Oh, cómo me arrebata ese brillo!
Elijo una que brilla. Hablo. Ella insulta. Yo insulto también y pago unas copas.
Ella bebe e insulta. Yo espero que sea lesbiana e insulto. Ella refunfuña y odia,
pero inútilmente. No hay colchón para esta noche. La patética bolsa de papel
marrón bajo el brazo. Reprimo la simpatía y vuelve el odio. Ella no se baña.
Sus estructuras mentales están desequilibradas. Seguridad. Ningún daño
puede venirme de ella. La llevo a casa para seducir por desprecio mutuo. Y en
el salón (ver diagrama) se sienta esbelta y pecosa mi pequeña secretaria,
recientemente despedida, que ahora espera por mí.
Dirección: 49 bis Avenue Hoche. París, Beme, Francia.
Obligado a ir allí por lo que pasó en Singapur. Se hicieron necesarios ajustes y
compensaciones extremos. Casi, por un momento, pensé que tendría que
atacar al director de la Opera Cómica, pero el destino fue bondadoso y me
permitió cumplir sólo con una exhibición indecente bajo el Petite Carrousel. Y
pude encontrar una beca en la Sorbona antes de ser despachado.
De cualquier modo en mi casa de Nueva York ahora con un (1) baño, y el
cambio, 1997 dólares, estaré tranquilo con los magníficos 1991 que quedaron.
Ella estaba allí sentada, estaba allí sentada, vistiendo un traje negro de cóctel
con falda estrecha, medias negras, zapatos y la bella y regular curva de las
piernas, y el pecho tan rosado como su rostro (quizás también su enagua.) Así,
y, espesos polvos; un inconveniente. Voy a la cocina y me froto encima de la
nevera. ¡Uf! Tiré 6 dólares por la ventana y quizás siete.
La piel pecosa brillaba con un rosa tiznado de turbación. También rojo de
peligro. Su cara estaba muy tensa por lo atrevida que pensaba estar siendo.
Me gusta también así; pero no con demasiado ímpetu. Contacto al frenético
empolvado para que su piel parezca lechosa, la camisa con corcho quemado
para compensar.
—Mí amiga querría saber por qué tú invades mi apartamento inglés.
—Perdóneme, por favor, hasta que venga un mensajero Lundgren —
balbució—. Le dije que necesitaba usted unos importantes documentos de su
oficina.
—Si, bitte. Meine pidgin haben sich.
—EntschUId lgehn Sie Deutsch? Geaendert, Sprac en.
—No.
—Danrl warte ich-
La beatnik se balanceaba cada lado. La alcancé frente a la puerta (ninguna
excusa). Volvió sobre sus talones y se alejó, su valiente vibración en la mano
101 dólares (estructura perfecta).
—¿Qué le pasó? —dije yo—¿Cómo se llama ?
—¡Dios mío! Mí nombre? ¿ He estado trabajando en su oficina tres meses y no
lo conoce realmente?
—No, y no quiero saberlo ahora.
—Soy Lizzie Chalnersimer
—Váyase, Lizzie
—Me llamaba usted siempre "Señorita". ¿Por qué se afeitó la cabeza?
—Así que....
—Es muy chic—dijo juiciosamente—, pero no sé. Me recuerda a un actor de
cine al que odio. ¿Qué quiere decir con eso de un problema en Viena?
—Nada que a usted le importe. ¿Qué hace usted? ¿Qué quiere de mí?
—A usted —dijo, enrojeciendo ferozmente.
—¡Quiere usted salir de aquí, por amor de Dios!
—¿Qué tiene ella que no tenga yo?—exigió Lizzie; luego su cara se
descompuso—. ¿No lo tengo así? Qué. Tiene. Ella. Que. Yo. No. Tenga. Sí.
—Me voy a Bennington. Están fuertes en agresión, pero flojos en gramática.
—¿Qué quiere decir con eso de que se va a Bennington?
—Bueno, es una universidad. Creí que todo el mundo lo sabía.
—Pero, ¿Qué es eso de que va?
—Estoy en mi primer año. Te expulsan a latigazos a no ser que adquieras
experiencia en tu campo.
—¿Cuál es su campo?
—Antes era economía. Ahora es usted. ¿Qué edad tiene?
—Ciento nueve mil ochocientos setenta y dos.
—¡Oh. vamos! ¿Cuarenta?
—Treinta.
—¡No! ¿De veras?—cabeceó satisfecha—. Eso si que hay diez años de
diferencia entre nosotros. Muchos.
7
—¿Está enamorada de mi, Lizzie? ¿Y he de ser yo?
—Sé que suena como una idea—bajó los ojos—. Supongo que las mujeres
deben estar continuamente echándose en sus brazos.
—No siempre.
—¿Qué es usted, blasé o algo así? Quiero decir que no soy apabullante, pero
tampoco soy lo que sep siYa.
—Es usted encantadora.
—Entonces, ¿Por qué me rechaza?
—Estoy intentando protegerla.
—Sé protegerme muy bien cuando llega el momento.
—Ahora es el momento, Lizzie.
—Lo menos que podía hacer es ofenderme como hizo a esa chica junto al
ascensor.
—¿Estaba espiando?
—Claro que espiaba. No esperaría usted que me quedase aquí sentada mano
sobre mano, ¿verdad? Tengo que vigilar a mi hombre, ya que lo he
conseguido.
—¿Su hombre?
—Sucede—dijo ella en voz baja—. Nunca lo creía, pero sucede. Uno se
enamora y se desenamora, y siempre piensa que es de veras y para siempre.
Y luego conoces a otro y ya no es cuestión de amor. Sabes simplemente que
él es tu hombre, y estás ligada a él. Yo estoy ligada.
Alzó los ojos y me miró... ojos violeta, llenos de juventud y decisión y ternura, y
sin embargo más viejos que veinte años... mucho más viejos. Me di cuenta de
lo solo que estaba, no atreviéndome nunca a amar, obligado siempre a vivir
con los que odiaba. Podía caer en aquellos ojos violeta para siempre.
—Voy a impresionarla—dije. Miré el reloj. La una y media. Una hora tranquila.
Dios quiera que el idioma norteamericano permanezca conmigo un buen rato.
Me quité la chaqueta y la camisa y le enseñé mi espalda, llena de cicatrices.
Lizzie lanzó un gemido.
—Me las hice yo mismo—dije—. Porque me permití sentir simpatía por un
hombre y hacerme amigo suyo. Este fue el precio que pagué, y tuve suerte.
Ahora espere aquí.
Entré en el dormitorio principal donde la vergüenza de mi corazón estaba
embalsamada en un plateado ataúd oculto en el cajón de la derecha de mi
escritorio. Lo llevé al salón. Lizzie me miraba con ojos muy abiertos.
—Hace cinco años, una chica se enamoró de mí —expliqué—. Una chica
como usted. Me sentía muy solo entonces, como siempre. En vez de
protegerla de mí mismo, perdí el control. Ahora quiero que vea el precio que
ésta pagó. Me despreciará usted por esto, pero debo enseñárselo...
Un resplandor hirió mis ojos. Luces de un edificio del fondo de la calle. Me
lancé a la ventana y observé. Las luces procedían de un edificio situado tres
más abajo del mío; se apagaron, cinco segundos de eclipse, luego volvieron.
Sucedió en el edificio situado a dos del mío, y luego en el contiguo. La chica se
acercó a mi lado y me cogió del brazo. Temblaba un poco.
—¿De qué se trata?—preguntó—. ¿Cuál es el problema?
—Espere—dije.
Las luces de mi apartamento se apagaron durante cinco segundos y luego
volvieron a encenderse.
—Ellos me han localizado—expliqué.
—¿Ellos? ¿Localizado?
—Han detectado mis radiaciones con el BD.
—¿Qué es un B.D.?
—Buscador de Dirección. Luego cortan la corriente en los edificios de la
vecindad durante cinco segundos (edificio por edificio) hasta que cesa la
emisión. Entonces saben que estoy en esta casa, aunque no saben en qué
apartamento.—Me puse la camisa y la chaqueta—. Buenas noches, Lizzie.
Desearía poder besarla.
Me echó los brazos al cuello y me dio un sonoro beso, todo calor, todo
terciopelo, todo entrega. Intenté apartarla.
—Es usted un espía—dijo—. Iré a la silla eléctrica con usted.
—Me gustaría mucho ser un espía—dije—. Adiós, mi queridísimo amor.
Recuérdeme.
Soyez ferme. Un gran error dejar aquello deslizarse. Pasó, creo, porque mi
norteamericano también se deslizó. De pronto mi conversación volvió a
convertirse en un galimatías. Mientras comía, el diablillo se quitó sus zapatitos
de ópera y se subió la falda de cocktail hasta los muslos para poder correr.
Corre a mi lado y baja conmigo la escalerilla de incendios hasta el garaje del
sótano. La golpeo para que se detenga, la insulto. Ella me golpea también y
lanza insultos aún peores, sin dejar de reír y de chillar. La amo por esto.
¡Maldición! Está condenada.
Entramos en el coche, Aston Martin, pero con el volante a la izquierda, y nos
lanzamos a toda velocidad hacia el oeste en la Calle 53, al este en la 54 y al
norte en la Primera Avenida. Busco el puente de la calle 59 para abandonar la
isla de Manhattan. Tengo un avión de mi propiedad en Babylon, Long Island,
siempre dispuesto para este tipo de tropiezos.
—J' y suis, j' y este no es mi lema—dije a Elizabeth Chalmers, cuyo francés es
tan inseguro como su gramática... una halagüeña debilidad—. Una vez me
atraparon en Londres en Correos. Yo recibía correspondencia en el Apartado
General. Me enviaron una carta en blanco en un sobre rojo, y así me siguieron
hasta 139 Piccadilly, London W I. Teléfono Mayfair 7211. Rojo de peligro.
¿Tiene usted roja toda la piel?
—¡No está roja!—dijo ella indignada.
—Quiero decir rosada.
—Sólo donde salen pecas—dijo ella—. ¿Qué significa toda esta fuga? ¿Por
qué habla de ese modo tan extraño y actúa de forma tan rara? ¿Está seguro
de que no es un espía?
—Sólo convencido.
—¿Es usted un ser de otro mundo que vino en un Objeto Volador No
Identificado?
—¿La asustaría mucho eso?
—Sí, si significase que no podíamos amarnos.
—¿Y qué pensaría si nos propusiésemos conquistar la Tierra?
—A mí sólo me interesa conquistarle a usted.
—No soy ni he sido nunca un ser de otro mundo de los que vienen en Objetos
Voladores no Identificados.
—¿Qué es usted entonces?
—Un compensador.
—¿Qué es eso?
—¿Conoce usted el diccionario de los señores Funk Waganlle? Editado por
Frank H. Vizetelly. Cito: "Aquél o aquello que compensa, como un instrumento
para neutralizar la influencia de la atracción local sobre la aguja de una brújula
o un aparato automático para igualar la presión del gas en la..." ¡Maldita sea!
Frank H. Vizetelly no utiliza esa mala palabra. Soy yo mismo porque la ruta me
sitúa ahora frente al puente de la Calle 59. Debería haberlo supuesto. Tendría
que haber percibido estructuras, pero estaba demasiado distraído con la
encantadora muchacha. Probablemente estén bloqueados todos los puentes y
túneles que salen de esta isla de 24 dólares. Podría cruzar el puente, pero
podría herir a mi angelical Elizabeth Chalmers, lo que me convertiría una brute
figure y me produciría además una tristeza insuperable. Así que paré el coche.
Rendición.
—Kamerad—dije, y pregunté—: ¿Quiénes son? ¿Ku Klux Klan?
Un hombre de expresión dura dijo que no.
—¿Defensores de la Supremacía Blanca en el Mundo?
De nuevo no. Me sentí mejor. Resultaba siempre desagradable ser capturado
por tipos lunáticos que buscaban figurones.
—¿URSS?
Me miró fijamente, luego dijo:
—Agente especial Krimms del FBI —y me mostró la placa. Le abracé con
gratitud. FBI es salvación. Él retrocedió, preguntándose si yo no estaría loco.
No me preocupaba.
Besé a Elizabeth Chalmers y ella abrió su boca bajo la mano para murmurar:
—No admitas nada; niégalo todo. Te conseguiré un abogado.
Luces brillantes en la oficina de Plaza Foley. Las sillas están colocadas
exactamente así; las cortinas dispuestas exactamente así. He pasado por esto
ya tantas veces. El individuo anónimo de ojos negros de la mañana en el metro
me interroga. Se llama S.I. Dolan. Intercambiamos una mirada. La suya dice,
me engañaste esta mañana. La mía dice, eso hice. Nos respetamos; luego
empieza el interrogatorio.
—¿Se llama usted Abraham Storm?
—El sobrenombre es "Base".
—¿Nacido el 25 de diciembre?
—Sí, un niño navideño
—¿1929?
—Fui un niño de la Depresión.
—Parece usted muy bromista.
—Humor de horca, S. I. Dolan. Desesperación. Sé que nunca me harán
confesar nada, y estoy desesperado.
—Muy trágico. Quiero ser convicto... pero no puedo conseguirlo.
—¿Nacido en San Francisco?
—Sí.
—Colegio Grand. Dos años en Berkeley. Cuatro años en la marina. Terminó en
Berkeley. Doctorado en estadística.
—Sí. Muchacho cien por cien norteamericano.
—¿Ocupación actual, financiero?
—¿Oficinas en Nueva York, Roma, París y Londres?
—¿Propiedades conocidas, por cuentas bancarias, acciones y bonos, tres
millones de dólares?
—¡No, no, no! —yo estaba angustiado— Tres millones trescientos treinta y tres
mil trescientos treinta y tres dólares y treinta y tres centavos.
—Tres millones de dólares —insistió Dolan—. En números redondos
—No hay números redondos; sólo hay estructuras.
—Storm, ¿Qué demonios pretende?
—Hágame confesar—supliqué—. Quiero ir a la silla eléctrica y librarme de todo
esto.
—¿Pero de qué me habla?
—Pregunte y le explicaré.
—¿Qué está usted emitiendo desde su apartamento?
—¿Qué apartamento? Emito desde todos ellos.
—En Nueva York. No somos capaces de descifrar el código.
—No hay ningún código; todo es puro azar.
—¿Puro qué?
—Pura paz, Dolan.
—¡Paz!
—He pasado por esto ya tantas veces. En Ginebra, Berlín Londres, Río... ¿Me
permite que se lo explique a mi modo? Y, por amor de Dios, deténgame si
puede supliqué.
Tomé aliento. Resultaba siempre tan difícil. Tiene uno que hacerlo con
metáforas. Pero eran las tres y mi norteamericano duraría un rato.
—¿Le gusta bailar?
—¿Pero qué demonios...?
—Tenga paciencia. Estoy explicándoselo. ¿Le gusta bailar?
—¿Cuál es el placer de la danza? Es el que un hombre y una mujer
establezcan juntos un ritmo, una estructura una pauta. Balanceándose,
adelantándose, siguiendo, dirigiendo, cooperando. ¿No?
—¿Y qué?
—Y los desfiles. ¿Le gustan los desfiles? Masas de hombres y mujeres
cooperando para establecer estructuras pautas. ¿Por qué es la guerra época
de alegría para un país aunque nadie lo admita? Porque hay todo un pueblo
cooperando, equilibrando y sacrificando para hacer una gran estructura. ¿No?
—Ahora espere un momento, Storm...
—Escúcheme Dolan. Yo soy sensible a las estructuras... más que al baile o a
los desfiles o a la guerra; muchísimo más. Más que a la norma 2/4 de día y
noche, o a la 4/8 de las estaciones... más, mucho más. Soy sensible a la
normas de todo el espectro del universo: vista y sonido, rayos gamma,
agrupaciones de pueblos, actos de hostilidad y de benigna caridad, crueldades
y bondades, música de las esferas... y me veo obligado a compensar. Siempre.
—¿Compensar?
—Sí. Si un niño cae y se hace daño, la madre le besa. ¿No es así? Pues es
compensación. Restaura un equilibrio. Un hombre pega a un caballo, tú le
pegas a él, ¿verdad? De nuevo el equilibrio. Si un mendigo te produce
demasiada simpatía, deseas arrearle una patada. ¿No es así? Más
compensación. El marido que es infiel a su mujer es más amable de lo normal
con ella. Todas las mujeres conocen esta regla, y la temen. ¿Qué es la
deportividad sino una norma compensadora que elimina el embarazo de ganar
o perder? ¿No se buscan mutuamente asesino y victima para cumplir sus
pautas?
"Multiplique eso hasta el infinito y me tendrá a mí. Yo tengo que besar y que
dar patadas. Me veo obligado a hacerlo. Empujado. No sé cómo llamar a esta
compulsión mía. Suelen llamar Psi a la percepción extrasensorial. ¿Cómo
llamaría usted a la percepción extranormativa? ¿Pi?
—¿Pi? ¿Qué quiere decir eso ?
—La dieciseisava letra del alfabeto griego. Designa la relación entre la
circunferencia de un circulo y su diámetro. 3,14159... Ia serie continúa
interminablemente. Es trascendental y nunca puede resolverse con una
expresión finita; y para mí es una tortura... como pi en imprenta, que significa
tipo confuso y trastocado, sin orden ni concierto.
—¿Pero de qué demonios habla usted?
—Hablo de pautas, de normas; del orden del universo. Yo me veo obligado a
mantenerlo y restaurarlo. A veces me veo obligado a hacer cosas maravillosas
y caritativas actos de generosidad; otras veces me veo obligado a hacer
locuras, a hablar lenguajes extraños, a ir a sitios extraños, realizar actos
abominables, porque equilibrios que no puedo percibir exigen ajuste.
—¿Qué actos abominables?
—Puede usted investigar y yo puedo confesar, pero dará lo mismo. Las
normas no me permitirán declararme convicto. No me dejarán terminar. La
gente se niega a testificar. Los hechos no significarán pruebas. Lo hecho
dejará de estarlo. Lo malo se convertirá en bueno.
—Storm, creo que está usted loco.
—Quizás, pero tampoco podrá usted meterme en un manicomio. Se ha
intentado antes. Incluso yo mismo lo intenté. Sin resultado.
—¿Y qué me dice de esas emisiones?
—Estamos inundados de emisiones de ondas, de quantas y partículas, y yo
soy sensible también a ellas- pero están demasiado entremezcladas para
ajustarse a pautas. Hay que neutralizarlas. Así que emito una antinorma para
eliminarlas y conseguir un poco de paz.
—¿Pretende usted decirme que es un superhombre?
—No. Ni mucho menos. Sólo soy el hombre al que encontró Simón el Simple.
—No se burle.
—No me burlo. ¿No recuerda el cuento?
Dolan frunció el ceño. Por fin dijo:
—Mi nombre completo es Simon Ignacio Dolan.
—Lo siento. No lo sabía. No quería hacer ninguna alusión personal.
Me miro furioso y luego dejó mi dossier sobre la mesa. Lanzó un suspiro y se
dejó caer en una silla. Esto alteró la norma y tuve que moverme. Me miró de
reojo.
—Hombre Pi —expliqué.
—Muy bien —dijo él—. No podemos retenerle.
—Todos lo intentan —dije— pero nunca pueden.
—¿Quiénes lo intentan?
—Los gobiernos, creyendo que soy un espía; la policía, que quiere enterarse
de por qué me relaciono con tanta gente de forma tan extraña; políticos en el
exilio con la esperanza de que yo les financie una contrarrevolución; fanáticos
que sueñan que soy su rico mesías; sectas religiosas, lunáticos solitarios...
todos me persiguen, esperando poder utilizarme. Ninguno puede. Yo formo
parte de algo mucho mayor. Pienso que quizás todos formemos parte de algo
mucho mayor, aunque yo sea el primero en tener conciencia de ello.
—Confidencialmente, ¿Qué me dice de esos actos abominables?
Tomé aliento.
—Ese es el motivo de que no pueda tener amigos. Ni una chica. A veces se
ponen tan mal las cosas en un sitio que tengo que hacer terribles sacrificios
para restaurar la norma. He de destruir algo que amo. Yo... tenía un perro al
que quería mucho. No me gusta pensar en él... Tuve en tiempos una chica. Me
amaba. Y yo... Había un chico en la marina conmigo. Él... No quiero hablar de
eso.
—¿Asustado, de pronto?
—No, ni mucho menos; ¡estoy maldito! Porque algunas de las normas a las
que debo ajustarme son ritmos exteriores al mundo... algo distinto a lo que
pueda sentirse en la Tierra. 29/51... 108/303. tiempos así. ¿Qué es lo que
mira? ¿No cree usted que pueda ser aterrador? Reproduzca un tiempo 7/5
para mí.
—No sé música.
—Eso no tiene nada que ver con la música. Intente cinco con una mano y siete
con la otra, haciendo que ambas mantengan una pauta regular. Entonces
comprenderá la complejidad y el terror de esas extrañas normas que vienen a
mí.
De pronto la cara de Dolan se iluminó.
—¿Se refiere usted a algo parecido al instinto doméstico?
—¿Instinto doméstico?
—Las normas que ayudan a aves y animales a encontrar su hogar desde
cualquier sitio. Nadie sabe cómo.
—Eso mismo; sólo que mayor.
—Usted debía estar en un laboratorio, Storm. ¿Y de dónde viene todo esto?
—No sé. Es un universo desconocido, demasiado grande para abarcarlo; pero
tengo que ajustarme a los tiempos de sus ritmos y compensarlos... con mis
acciones, reacciones, emociones, sentidos, mientras esas presiones gigantes
adelante
me empujan
y me hacen
me empujan
y me hacen
retroceder
y me llevan
dentro
y atrás y fuera
—Ahora el otro brazo —dijo Elizabeth con firmeza—.
Estoy en mi cama, yo. Pensando de nuevo. La mitad (1/2) en el pijama; la otra
mitad (1/2) cogida por la chica pecosa. Me alzo. Ella empuja. El pijama puesto
ahora y me toca a mi ruborizarme. Allá en San Francisco me educaron muy
recatadamente.
—M maniadme hum —dije—. Traducción: "¡Oh la Joya en el loto!" Aludiendo a
tí. ¿Qué pasó?
—Te desmayaste—dijo ella—. El señor Dolan tuvo que dejarte marchar. El
señor Lundgren me ayudó a subirte al apartamento. ¿Cuánto he de darle?
—Cinque lire. No. ¿Parla italiano, gentile signorina?
—¿Otra vez de tus pautas?
—Ja. —Asentí y esperé. Tras unos saltos en Grecia y Portugal, el inglés
norteamericano volvió por fin a mí— ¿Por que no te largas de aquí cuando aún
estás a tiempo?
—Aún estoy ligada a ti—dijo ella—. Métete en la cama...
—No.
—Sí. Puedes casarte conmigo después.
—¿Dónde está la caja de plata?
—En el fondo del incinerador.
—¿Sabes lo que había en ella?
—Sé lo que había en ella.
—¿Y aún sigues aquí?
—Fue monstruoso lo que hiciste. ¡Monstruoso!
Su pícaro rostro estaba cubierto de maquillaje. Había estado llorando.
—¿Dónde está ahora ella?—añadió.
—No lo sé. Las comprobaciones llevan a un número de cuenta en Suiza. No
quiero saber. ¿Cuánto puede soportar el corazón?
—Creo que voy a descubrirlo—dijo ella.
Apagó las luces. En la oscuridad se oyó el rumor de la ropa. Nunca hasta
entonces había oído yo la música de una persona a la que amo desvistiéndose
para mí... para mi. Hice una última tentativa de salvar a mi amada.
—Te amo—dije—y tú sabes lo que eso significa. Cuando las normas exigen un
sacrificio, debo ser más cruel incluso contigo, más monstruoso...
—No —dijo ella—. Nunca estuviste enamorado antes. El amor también crea
normas.
Me besó. Sus labios ardían, pero su piel estaba helada. Tenía miedo, pero su
corazón latía fuerte y apasionado.
—Nada puede dañarnos ya. Créeme.
—Yo ya no sé qué creer. Formamos parte de un universo cuya grandeza es
superior a todo conocimiento. ¿Y si resulta ser demasiado gigantesco para el
amor?
—Está bien—dijo ella tranquilamente—. Si el amor es una cosa pequeña y
tiene que acabar, que acabe. Que acaben todas las cosas pequeñas como el
amor, el honor, la misericordia y la risa... si hay algo mayor más allá.
—Pero, ¿Qué puede ser mayor que eso? ¿Qué puede haber más allá?
—Si somos demasiado pequeños para sobrevivir, ¿Cómo vamos a poder
saberlo?
Se deslizó muy cerca de mí y los extremos de su cuerpo eran como escarcha.
Y así, juntos, pecho con pecho, caldeándonos con nuestro amor, criaturas
asustadas en un mundo portentoso más allá del conocimiento... Aterrador y sin
embargo espeeeraaadooo.
FIN

E L --- E N T I E R R O--- P R E M A T U R O /// E D G A R A L L A N P O E





EL ENTIERRO PREMATURO

E L   E N T I E R R O

P R E M A T U R O

E D G A R   A L L A N   P O E






EL ENTIERRO PREMATURO

Hay ciertos temas de interés absorbente, pero
demasiado horribles para ser objeto de una obra de
ficción. El buen escritor romántico debe evitarlos si
no quiere ofender o ser desagradable. Sólo se tratan
con propiedad cuando lo grave y majestuoso de la
verdad los santifican y sostienen. Nos estremecemos,
por ejemplo, con el más intenso «dolor agradable
» ante los relatos del paso del Beresina, del
terremoto de Lisboa, de la peste de Londres y de la
matanza de San Bartolomé o de la muerte por asfixia
de los ciento veintitrés prisioneros en el Agujero
Negro de Calcuta. Pero en estos relatos lo excitante
es el hecho, la realidad, la historia. Como ficciones,
nos parecerían sencillamente abominables.
He mencionado algunas de las más destacadas y
augustas calamidades que registra la historia, pero
en ellas el alcance, no menos que el carácter de la
calamidad, es lo que impresiona tan vivamente la
imaginación. No necesito recordar al lector que, del
largo y horrible catálogo de miserias humanas, podría
haber escogido muchos ejemplos individuales
más llenos de sufrimiento esencial que cualquiera de
esos inmensos desastres generales. La verdadera
desdicha, la aflicción última, en realidad es particular,
no difusa. ¡Demos gracias a Dios misericordioso
que los horrorosos extremos de agonía los sufra el
hombre individualmente y nunca en masa!
Ser enterrado vivo es, sin ningún género de duda,
el más terrorífico extremo que jamás haya caído
en suerte a un simple mortal. Que le ha caído en
suerte con frecuencia, con mucha frecuencia, nadie
con capacidad de juicio lo negará. Los límites que
separan la vida de la muerte son, en el mejor de los
casos, borrosos e indefinidos... ¿Quién podría decir
dónde termina uno y dónde empieza el otro? Sabemos
que hay enfermedades en las que se produce
un cese total de las funciones aparentes de la vida, y,
sin embargo, ese cese no es más que una suspensión,
para llamarle por su nombre. Hay sólo pausas
temporales en el incomprensible mecanismo.
Transcurrido cierto período, algún misterioso principio
oculto pone de nuevo en movimiento los mágicos
piñones y las ruedas fantásticas. La cuerda de
plata no quedó suelta para siempre, ni irreparablemente
roto el vaso de oro. Pero, entretanto, ¿dónde
estaba el alma?
Sin embargo, aparte de la inevitable conclusión
a priori de que tales causas deben producir tales
efectos, de que los bien conocidos casos de vida en
suspenso, una y otra vez, provocan inevitablemente
entierros prematuros, aparte de esta consideración,
tenemos el testimonio directo de la experiencia médica
y del vulgo que prueba que en realidad tienen
lugar un gran número de estos entierros. Yo podría
referir ahora mismo, si fuera necesario, cien ejemplos
bien probados. Uno de características muy
asombrosas, y cuyas circunstancias igual quedan aún
vivas en la memoria de algunos de mis lectores,
ocurrió no hace mucho en la vecina ciudad de Baltimore,
donde causó una conmoción penosa, intensa
y muy extendida. La esposa de uno de los más
respetables ciudadanos- abogado eminente y miembro
del Congreso- fue atacada por una repentina e
inexplicable enfermedad, que burló el ingenio de los
médicos. Después de padecer mucho murió, o se
supone que murió. Nadie sospechó, y en realidad
no había motivos para hacerlo, de que no estaba
verdaderamente muerta. Presentaba todas las apariencias
comunes de la muerte. El rostro tenía el
habitual contorno contraído y sumido. Los labios
mostraban la habitual palidez marmórea. Los ojos
no tenían brillo. Faltaba el calor. Cesaron las pulsaciones.
Durante tres días el cuerpo estuvo sin enterrar,
y en ese tiempo adquirió una rigidez pétrea.
Resumiendo, se adelantó el funeral por el rápido
avance de lo que se supuso era descomposición.
La dama fue depositada en la cripta familiar, que
permaneció cerrada durante los tres años siguientes.
Al expirar ese plazo se abrió para recibir un sarcófago,
pero, ¡ay, qué terrible choque esperaba al marido
cuando abrió personalmente la puerta! Al empujar
los portones, un objeto vestido de blanco cayó rechinando
en sus brazos. Era el esqueleto de su mujer
con la mortaja puesta.
Una cuidadosa investigación mostró la evidencia
de que había revivido a los dos días de ser sepultada,
que sus luchas dentro del ataúd habían
provocado la caída de éste desde una repisa o nicho
al suelo, y al romperse el féretro pudo salir de él.
Apareció vacía una lámpara que accidentalmente se
había dejado llena de aceite, dentro de la tumba;
puede, no obstante, haberse consumido por evaporación.
En los peldaños superiores de la escalera que
descendía a la espantosa cripta había un trozo del
ataúd, con el cual, al parecer, la mujer había intentado
llamar la atención golpeando la puerta de hierro.
Mientras hacía esto, probablemente se desmayó o
quizás murió de puro terror, y al caer, la mortaja se
enredó en alguna pieza de hierro que sobresalía hacia
dentro. Allí quedó y así se pudrió, erguida.
En el año 1810 tuvo lugar en Francia un caso de
inhumación prematura, en circunstancias que contribuyen
mucho a justificar la afirmación de que la
verdad es más extraña que la ficción. La heroína de
la historia era mademoiselle [señorita] Victorine Lafourcade,
una joven de ilustre familia, rica y muy
guapa. Entre sus numerosos pretendientes se contaba
Julien Bossuet, un pobre littérateur [literato] o
periodista de París. Su talento y su amabilidad habían
despertado la atención de la heredera, que, al
parecer, se había enamorado realmente de él, pero el
orgullo de casta la llevó por fin a rechazarlo y a casarse
con un tal Monsieur [señor] Rénelle, banquero y
diplomático de cierto renombre. Después del matrimonio,
sin embargo, este caballero descuidó a su
mujer y quizá llegó a pegarla. Después de pasar
unos años desdichados ella murió; al menos su estado
se parecía tanto al de la muerte que engañó a
todos quienes la vieron. Fue enterrada, no en una
cripta, sino en una tumba común, en su aldea natal.
Desesperado y aún inflamado por el recuerdo de su
cariño profundo, el enamorado viajó de la capital a
la lejana provincia donde se encontraba la aldea, con
el romántico propósito de desenterrar el cadáver y
apoderarse de sus preciosos cabellos. Llegó a la
tumba. A medianoche desenterró el ataúd, lo abrió
y, cuando iba a cortar los cabellos, se detuvo ante
los ojos de la amada, que se abrieron. La dama había
sido enterrada viva. Las pulsaciones vitales no habían
desaparecido del todo, y las caricias de su amado
la despertaron de aquel letargo que
equivocadamente había sido confundido con la
muerte. Desesperado, el joven la llevó a su alojamiento
en la aldea. Empleó unos poderosos reconstituyentes
aconsejados por sus no pocos
conocimientos médicos. En resumen, ella revivió.
Reconoció a su salvador. Permaneció con él hasta
que lenta y gradualmente recobró la salud. Su corazón
no era tan duro, y esta última lección de amor
bastó para ablandarlo. Lo entregó a Bossuet. No
volvió junto a su marido, sino que, ocultando su
resurrección, huyó con su amante a América. Veinte
años después, los dos regresaron a Francia, convencidos
de que el paso del tiempo había cambiado
tanto la apariencia de la dama, que sus amigos no
podrían reconocerla. Pero se equivocaron, pues al
primer encuentro monsieur Rénelle reconoció a su
mujer y la reclamó. Ella rechazó la reclamación y el
tribunal la apoyó, resolviendo que las extrañas circunstancias
y el largo período transcurrido habían
abolido, no sólo desde un punto de vista equitativo,
sino legalmente la autoridad del marido.
La Revista de Cirugía de Leipzig, publicación de
gran autoridad y mérito, que algún editor americano
haría bien en traducir y publicar, relata en uno de
los últimos números un acontecimiento muy penoso
que presenta las mismas características.
Un oficial de artillería, hombre de gigantesca estatura
y salud excelente, fue derribado por un caballo
indomable y sufrió una contusión muy grave en la
cabeza, que le dejó inconsciente. Tenía una ligera
fractura de cráneo pero no se percibió un peligro
inmediato. La trepanación se hizo con éxito. Se le
aplicó una sangría y se adoptaron otros muchos remedios
comunes. Pero cayó lentamente en un sopor
cada vez más grave y por fin se le dio por muerto.
Hacía calor y lo enterraron con prisa indecorosa
en uno de los cementerios públicos. Sus funerales
tuvieron lugar un jueves. Al domingo siguiente, el
parque del cementerio, como de costumbre, se llenó
de visitantes, y alrededor del mediodía se produjo
un gran revuelo, provocado por las palabras de un
campesino que, habiéndose sentado en la tumba del
oficial, había sentido removerse la tierra, como si
alguien estuviera luchando abajo. Al principio nadie
prestó demasiada atención a las palabras de este
hombre, pero su evidente terror y la terca insistencia
con que repetía su historia produjeron, al fin, su
natural efecto en la muchedumbre. Algunos con
rapidez consiguieron unas palas, y la tumba, vergonzosamente
superficial, estuvo en pocos minutos
tan abierta que dejó al descubierto la cabeza de su
ocupante. Daba la impresión de que estaba muerto,
pero aparecía casi sentado dentro del ataúd, cuya
tapa, en furiosa lucha, había levantado parcialmente.
Inmediatamente lo llevaron al hospital más cercano,
donde se le declaró vivo, aunque en estado de
asfixia. Después de unas horas volvió en sí, reconoció
a algunas personas conocidas, y con frases inconexas
relató sus agonías en la tumba.
Por lo que dijo, estaba claro que la víctima
mantuvo la conciencia de vida durante más de una
hora después de la inhumación, antes de perder los
sentidos. Habían rellenado la tumba, sin percatarse,
con una tierra muy porosa, sin aplastar, y por eso le
llegó un poco de aire. Oyó los pasos de la multitud
sobre su cabeza y a su vez trató de hacerse oír. El
tumulto en el parque del cementerio, dijo, fue lo
que seguramente lo despertó de un profundo sueño,
pero al despertarse se dio cuenta del espantoso horror
de su situación.
Este paciente, según cuenta la historia, iba mejorando
y parecía encaminado hacia un restablecimiento
definitivo, cuando cayó víctima de la
charlatanería de los experimentos médicos. Se le
aplicó la batería galvánica y expiró de pronto en uno
de esos paroxismos estáticos que en ocasiones produce.
La mención de la batería galvánica, sin embargo,
me trae a la memoria un caso bien conocido y muy
extraordinario, en que su acción resultó ser la manera
de devolver la vida a un joven abogado de Londres
que estuvo enterrado dos días. Esto ocurrió en
1831, y entonces causó profunda impresión en todas
partes, donde era tema de conversación.
El paciente, el señor Edward Stapleton, había
muerto, aparentemente, de fiebre tifoidea acompañada
de unos síntomas anómalos que despertaron la
curiosidad de sus médicos. Después de su aparente
fallecimiento, se pidió a sus amigos la autorización
para un examen post-mortem [autopsia], pero éstos se
negaron. Como sucede a menudo ante estas negativas,
los médicos decidieron desenterrar el cuerpo y
examinarlo a conciencia, en privado. Fácilmente
llegaron a un arreglo con uno de los numerosos
grupos de ladrones de cadáveres que abundan en
Londres, y la tercera noche después del entierro el
supuesto cadáver fue desenterrado de una tumba de
ocho pies de profundidad y depositado en el quirófano
de un hospital privado.
Al practicársele una incisión de cierta longitud
en el abdomen, el aspecto fresco e incorrupto del
sujeto sugirió la idea de aplicar la batería. Hicieron
sucesivos experimentos con los efectos acostumbrados,
sin nada de particular en ningún sentido,
salvo, en una o dos ocasiones, una apariencia de
vida mayor de la norma en cierta acción convulsiva.
Era ya tarde. Iba a amanecer y se creyó oportuno,
al fin, proceder inmediatamente a la disección.
Pero uno de los estudiosos tenía un deseo especial
de experimentar una teoría propia e insistió en aplicar
la batería a uno de los músculos pectorales. Tras
realizar una tosca incisión, se estableció apresuradamente
un contacto; entonces el paciente, con un
movimiento rápido pero nada convulsivo, se levantó
de la mesa, caminó hacia el centro de la habitación,
miró intranquilo a su alrededor unos
instantes y entonces habló. Lo que dijo fue ininteligible,
pero pronunció algunas palabras, y silabeaba
claramente. Después de hablar, se cayó pesadamente
al suelo.
Durante unos momentos todos se quedaron paralizados
de espanto, pero la urgencia del caso
pronto les devolvió la presencia de ánimo. Se vio
que el señor Stapleton estaba vivo, aunque sin sentido.
Después de administrarle éter volvió en sí y
rápidamente recobró la salud, retornando a la sociedad
de sus amigos, a quienes, sin embargo, se les
ocultó toda noticia sobre la resurrección hasta que
ya no se temía una recaída. Es de imaginar la maravilla
de aquellos y su extasiado asombro.
El dato más espeluznante de este incidente, sin
embargo, se encuentra en lo que afirmó el mismo
señor Stapleton. Declaró que en ningún momento
perdió todo el sentido, que de un modo borroso y
confuso percibía todo lo que le estaba ocurriendo
desde el instante en que fuera declarado muerto por
los médicos hasta cuando cayó desmayado en el
piso del hospital. «Estoy vivo», fueron las incomprendidas
palabras que, al reconocer la sala de disección,
había intentado pronunciar en aquel grave
instante de peligro.
Sería fácil multiplicar historias como éstas, pero
me abstengo, porque en realidad no nos hacen falta
para establecer el hecho de que suceden entierros
prematuros. Cuando reflexionamos, en las raras veces
en que, por la naturaleza del caso, tenemos la
posibilidad de descubrirlos, debemos admitir que tal
vez ocurren más frecuentemente de lo que pensamos.
En realidad, casi nunca se han removido muchas
tumbas de un cementerio, por alguna razón, sin que
aparecieran esqueletos en posturas que sugieren la
más espantosa de las sospechas.
La sospecha es espantosa, pero es más espantoso
el destino. Puede afirmarse, sin vacilar, que ningún
suceso se presta tanto a llevar al colmo de la angustia
física y mental como el enterramiento antes de la
muerte. La insoportable opresión de los pulmones,
las emanaciones sofocantes de la tierra húmeda, la
mortaja que se adhiere, el rígido abrazo de la estrecha
 morada, la oscuridad de la noche absoluta, el
silencio como un mar que abruma, la invisible pero
palpable presencia del gusano vencedor; estas cosas,
junto con los deseos del aire y de la hierba que crecen
arriba, con el recuerdo de los queridos amigos
que volarían a salvarnos si se enteraran de nuestro
destino, y la conciencia de que nunca podrán saberlo,
de que nuestra suerte irremediable es la de los
muertos de verdad, estas consideraciones, digo, llevan
el corazón aún palpitante a un grado de espantoso
e insoportable horror ante el cual la
imaginación más audaz retrocede. No conocemos
nada tan angustioso en la Tierra, no podemos imaginar
nada tan horrible en los dominios del más
profundo Infierno. Y por eso todos los relatos sobre
este tema despiertan un interés profundo, interés
que, sin embargo, gracias a la temerosa
reverencia hacia este tema, depende justa y específicamente
de nuestra creencia en la verdad del asunto
narrado. Lo que voy a contar ahora es mi conocimiento
real, mi experiencia efectiva y personal.
Durante varios años sufrí ataques de ese extraño
trastorno que los médicos han decidido llamar catalepsia,
a falta de un nombre que mejor lo defina.
Aunque tanto las causas inmediatas como las
predisposiciones e incluso el diagnóstico de esta enfermedad
siguen siendo misteriosas, su carácter evidente
y manifiesto es bien conocido. Las
variaciones parecen serlo, principalmente, de grado.
A veces el paciente se queda un solo día o incluso
un período más breve en una especie de exagerado
letargo. Está inconsciente y externamente inmóvil,
pero las pulsaciones del corazón aún se perciben
débilmente; quedan unos indicios de calor, una leve
coloración persiste en el centro de las mejillas y, al
aplicar un espejo a los labios, podemos detectar una
torpe, desigual y vacilante actividad de los pulmones.
Otras veces el trance dura semanas e incluso
meses, mientras el examen más minucioso y las
pruebas médicas más rigurosas no logran establecer
ninguna diferencia material entre el estado de la
víctima y lo que concebimos como muerte absoluta.
Por regla general, lo salvan del entierro prematuro
sus amigos, que saben que sufría anteriormente de
catalepsia, y la consiguiente sospecha, pero sobre
todo le salva la ausencia de corrupción. La enfermedad,
por fortuna, avanza gradualmente. Las primeras
manifestaciones, aunque marcadas, son
inequívocas. Los ataques son cada vez más característicos
y cada uno dura más que el anterior. En esto
reside la mayor seguridad, de cara a evitar la inhumación.
El desdichado cuyo primer ataque tuviera la
gravedad con que en ocasiones se presenta, sería
casi inevitablemente llevado vivo a la tumba.
Mi propio caso no difería en ningún detalle importante
de los mencionados en los textos médicos.
A veces, sin ninguna causa aparente, me hundía poco
a poco en un estado de semisíncope, o casi desmayo,
y ese estado, sin dolor, sin capacidad de
moverme, o realmente de pensar, pero con una borrosa
y letárgica conciencia de la vida y de la presencia
de los que rodeaban mi cama, duraba hasta que
la crisis de la enfermedad me devolvía, de repente,
el perfecto conocimiento. Otras veces el ataque era
rápido, fulminante. Me sentía enfermo, aterido, helado,
con escalofríos y mareos, y, de repente, me
caía postrado. Entonces, durante semanas, todo estaba
vacío, negro, silencioso y la nada se convertía
en el universo. La total aniquilación no podía ser
mayor. Despertaba, sin embargo, de estos últimos
ataques lenta y gradualmente, en contra de lo repentino
del acceso. Así como amanece el día para el
mendigo que vaga por las calles en la larga y desolada
noche de invierno, sin amigos ni casa, así lenta,
cansada, alegre volvía a mí la luz del alma.
Pero, aparte de esta tendencia al síncope, mi
salud general parecía buena, y no hubiera podido
percibir que sufría esta enfermedad, a no ser que
una peculiaridad de mi sueño pudiera considerarse
provocada por ella. Al despertarme, nunca podía
recobrar en seguida el uso completo de mis facultades,
y permanecía siempre durante largo rato en un
estado de azoramiento y perplejidad, ya que las facultades
mentales en general y la memoria en particular
se encontraban en absoluta suspensión.
En todos mis padecimientos no había sufrimiento
físico, sino una infinita angustia moral. Mi
imaginación se volvió macabra. Hablaba de «gusanos,
de tumbas, de epitafios» Me perdía en meditaciones
sobre la muerte, y la idea del entierro
prematuro se apoderaba de mi mente. El espeluznante
peligro al cual estaba expuesto me obsesionaba
día y noche. Durante el primero, la tortura de la
meditación era excesiva; durante la segunda, era suprema,
Cuando las tétricas tinieblas se extendían
sobre la tierra, entonces, presa de los más horribles
pensamientos, temblaba, temblaba como las trémulas
plumas de un coche fúnebre. Cuando mi naturaleza
ya no aguantaba la vigilia, me sumía en una
lucha que al fin me llevaba al sueño, pues me estremecía
pensando que, al despertar, podía encontrarme
metido en una tumba. Y cuando, por fin, me
hundía en el sueño, lo hacía sólo para caer de inmediato
en un mundo de fantasmas, sobre el cual flotaba
con inmensas y tenebrosas alas negras la única,
predominante y sepulcral idea.
De las innumerables imágenes melancólicas que
me oprimían en sueños elijo para mi relato una visión
solitaria. Soñé que había caído en un trance
cataléptico de más duración y profundidad que lo
normal. De repente una mano helada se posó en mi
frente y una voz impaciente, farfullante, susurró en
mi oído: «¡Levántate!»
Me incorporé. La oscuridad era total. No podía
ver la figura del que me había despertado. No podía
recordar ni la hora en que había caído en trance, ni
el lugar en que me encontraba. Mientras seguía inmóvil,
intentando ordenar mis pensamientos, la fría
mano me agarró con fuerza por la muñeca, sacudiéndola
con petulancia, mientras la voz farfullante
decía de nuevo:
-¡Levántate! ¿No te he dicho que te levantes?
-¿Y tú- pregunté- quién eres?
-No tengo nombre en las regiones donde habito-
replicó la voz tristemente- Fui un hombre y soy
un espectro. Era despiadado, pero soy digno de lástima.
Ya ves que tiemblo. Me rechinan los dientes
cuando hablo, pero no es por el frío de la noche, de
la noche eterna. Pero este horror es insoportable.
¿Cómo puedes dormir tú tranquilo? No me dejan
descansar los gritos de estas largas agonías. Estos
espectáculos son más de lo que puedo soportar.
¡Levántate! Ven conmigo a la noche exterior, y deja
que te muestre las tumbas. ¿No es este un espectáculo
de dolor?... ¡Mira!
Miré, y la figura invisible que aún seguía apretándome
la muñeca consiguió abrir las tumbas de
toda la humanidad, y de cada una salían las irradiaciones
fosfóricas de la descomposición, de forma
que pude ver sus más escondidos rincones y los
cuerpos amortajados en su triste y solemne sueño
con el gusano. Pero, ¡ay!, los que realmente dormían,
aunque fueran muchos millones, eran menos
que los que no dormían en absoluto, y había una
débil lucha, y había un triste y general desasosiego, y
de las profundidades de los innumerables pozos
salía el melancólico frotar de las vestiduras de los
enterrados. Y, entre aquellos que parecían descansar
tranquilos, vi que muchos habían cambiado, en mayor
o menor grado, la rígida e incómoda postura en
que fueron sepultados. Y la voz me habló de nuevo,
mientras contemplaba:
-¿No es esto, ¡ah!, acaso un espectáculo lastimoso?
Pero, antes de que encontrara palabras para
contestar, la figura había soltado mi muñeca, las luces
fosfóricas se extinguieron y las tumbas se cerraron
con repentina violencia, mientras de ellas salía
un tumulto de gritos desesperados, repitiendo:
«¿No es esto, ¡Dios mío!, acaso un espectáculo
lastimoso?»
Fantasías como ésta se presentaban por la noche
y extendían su terrorífica influencia incluso en
mis horas de vigilia. Mis nervios quedaron destrozados,
y fui presa de un horror continuo. Ya no me
atrevía a montar a caballo, a pasear, ni a practicar
ningún ejercicio que me alejara de casa. En realidad,
ya no me atrevía a fiarme de mí lejos de la presencia
de los que conocían mi propensión a la catalepsia,
por miedo de que, en uno de esos ataques, me enterraran
antes de conocer mi estado realmente. Dudaba
del cuidado y de la lealtad de mis amigos más
queridos. Temía que, en un trance más largo de lo
acostumbrado, se convencieran de que ya no había
remedio. Incluso llegaba a temer que, como les causaba
 muchas molestias, quizá se alegraran de considerar
que un ataque prolongado era la excusa suficiente
para librarse definitivamente de mí. En vano
trataban de tranquilizarme con las más solemnes
promesas. Les exigía, con los juramentos más sagrados,
que en ninguna circunstancia me enterraran
hasta que la descomposición estuviera tan avanzada,
que impidiese la conservación. Y aun así mis terrores
mortales no hacían caso de razón alguna, no
aceptaban ningún consuelo. Empecé con una serie
de complejas precauciones. Entre otras, mandé remodelar
la cripta familiar de forma que se pudiera
abrir fácilmente desde dentro. A la más débil presión
sobre una larga palanca que se extendía hasta
muy dentro de la cripta, se abrirían rápidamente los
portones de hierro. También estaba prevista la entrada
libre de aire y de luz, y adecuados recipientes
con alimentos y agua, al alcance del ataúd preparado
para recibirme. Este ataúd estaba acolchado con un
material suave y cálido y dotado de una tapa elaborada
según el principio de la puerta de la cripta, incluyendo
resortes ideados de forma que el más débil
movimiento del cuerpo sería suficiente para que se
soltara. Aparte de esto, del techo de la tumba colgaba
una gran campana, cuya soga pasaría (estaba previsto)
 por un agujero en el ataúd y estaría atada a
una mano del cadáver. Pero, ¡ay!, ¿de qué sirve la
precaución contra el destino del hombre? ¡Ni siquiera
estas bien urdidas seguridades bastaban para
librar de las angustias más extremas de la inhumación
en vida a un infeliz destinado a ellas!
Llegó una época- como me había ocurrido antes
a menudo- en que me encontré emergiendo de un
estado de total inconsciencia a la primera sensación
débil e indefinida de la existencia. Lentamente, con
paso de tortuga, se acercaba el pálido amanecer gris
del día psíquico. Un desasosiego aletargado. Una
sensación apática de sordo dolor. Ninguna preocupación,
ninguna esperanza, ningún esfuerzo. Entonces,
después de un largo intervalo, un zumbido
en los oídos. Luego, tras un lapso de tiempo más
largo, una sensación de hormigueo o comezón en
las extremidades; después, un período aparentemente
eterno de placentera quietud, durante el cual
las sensaciones que se despiertan luchan por transformarse
en pensamientos; más tarde, otra corta
zambullida en la nada; luego, un súbito restablecimiento.
Al fin, el ligero estremecerse de un párpado;
e inmediatamente después, un choque eléctrico de
terror, mortal e indefinido, que envía la sangre a
torrentes desde las sienes al corazón. Y entonces, el
primer esfuerzo por pensar. Y entonces, el primer
intento de recordar. Y entonces, un éxito parcial y
evanescente. Y entonces, la memoria ha recobrado
tanto su dominio, que, en cierta medida, tengo conciencia
de mi estado. Siento que no me estoy despertado
de un sueño corriente. Recuerdo que he
sufrido de catalepsia. Y entonces, por fin, como si
fuera la embestida de un océano, el único peligro
horrendo, la única idea espectral y siempre presente
abruma mi espíritu estremecido.
Unos minutos después de que esta fantasía se
apoderase de mí, me quedé inmóvil. ¿Y por qué?
No podía reunir valor para moverme. No me atrevía
a hacer el esfuerzo que desvelara mi destino, sin
embargo algo en mi corazón me susurraba que era
seguro. La desesperación- tal como ninguna otra clase
de desdicha produce-, sólo la desesperación me
empujó, después de una profunda duda, a abrir mis
pesados párpados. Los levanté. Estaba oscuro, todo
oscuro. Sabía que el ataque había terminado. Sabía
que la situación crítica de mi trastorno había pasado.
Sabía que había recuperado el uso de mis facultades
visuales, y, sin embargo, todo estaba oscuro, oscuro,
con la intensa y absoluta falta de luz de la noche que
dura para siempre.
Intenté gritar, y mis labios y mi lengua reseca se
movieron convulsivamente, pero ninguna voz salió
de los cavernosos pulmones, que, oprimidos como
por el peso de una montaña, jadeaban y palpitaban
con el corazón en cada inspiración laboriosa y difícil.
El movimiento de las mandíbulas, en el esfuerzo
por gritar, me mostró que estaban atadas, como
se hace con los muertos. Sentí también que yacía
sobre una materia dura, y algo parecido me apretaba
los costados. Hasta entonces no me había atrevido a
mover ningún miembro, pero al fin levanté con
violencia mis brazos, que estaban estirados, con las
muñecas cruzadas. Chocaron con una materia sólida,
que se extendía sobre mi cuerpo a no más de
seis pulgadas de mi cara. Ya no dudaba de que reposaba
al fin dentro de un ataúd.
Y entonces, en medio de toda mi infinita desdicha,
vino dulcemente la esperanza, como un querubín,
pues pensé en mis precauciones. Me retorcí e
hice espasmódicos esfuerzos para abrir la tapa: no
se movía. Me toqué las muñecas buscando la soga:
no la encontré. Y entonces mi consuelo huyó para
siempre, y una desesperación aún más inflexible reinó
triunfante pues no pude evitar percatarme de la
ausencia de las almohadillas que había preparado
con tanto cuidado, y entonces llegó de repente a mis
narices el fuerte y peculiar olor de la tierra húmeda.
La conclusión era irresistible. No estaba en la cripta.
Había caído en trance lejos de casa, entre desconocidos,
no podía recordar cuándo y cómo, y ellos me
habían enterrado como a un perro, metido en algún
ataúd común, cerrado con clavos, y arrojado bajo
tierra, bajo tierra y para siempre, en alguna tumba
común y anónima.
Cuando este horrible convencimiento se abrió
paso con fuerza hasta lo más íntimo de mi alma,
luché una vez más por gritar. Y este segundo intento
tuvo éxito. Un largo, salvaje y continuo grito o
alarido de agonía resonó en los recintos de la noche
subterránea.
-Oye, oye, ¿qué es eso?- dijo una áspera voz,
como respuesta.
-¿Qué diablos pasa ahora?- dijo un segundo.
-¡Fuera de ahí!- dijo un tercero.
-¿Por qué aúlla de esa manera, como un gato
montés?- dijo un cuarto.
Y entonces unos individuos de aspecto rudo me
sujetaron y me sacudieron sin ninguna consideración.
No me despertaron del sueño, pues estaba
completamente despierto cuando grité, pero me
devolvieron la plena posesión de mi memoria.
Esta aventura ocurrió cerca de Richmond, en
Virginia. Acompañado de un amigo, había bajado,
en una expedición de caza, unas millas por las orillas
del río James. Se acercaba la noche cuando nos sorprendió
una tormenta. La cabina de una pequeña
chalupa anclada en la corriente y cargada de tierra
vegetal nos ofreció el único refugio asequible. Le
sacamos el mayor provecho posible y pasamos la
noche a bordo. Me dormí en una de las dos literas;
no hace falta describir las literas de una chalupa de
sesenta o setenta toneladas. La que yo ocupaba no
tenía ropa de cama. Tenía una anchura de dieciocho
pulgadas. La distancia entre el fondo y la cubierta
era exactamente la misma. Me resultó muy difícil
meterme en ella. Sin embargo, dormí profundamente,
y toda mi visión- pues no era ni un sueño ni
una pesadilla- surgió naturalmente de las circunstancias
de mi postura, de la tendencia habitual de
mis pensamientos, y de la dificultad, que ya he mencionado,
de concentrar mis sentidos y sobre todo de
recobrar la memoria durante largo rato después de
despertarme. Los hombres que me sacudieron eran
los tripulantes de la chalupa y algunos jornaleros
contratados para descargarla. De la misma carga
procedía el olor a tierra. La venda en torno a las
mandíbulas era un pañuelo de seda con el que me
había atado la cabeza, a falta de gorro de dormir.
Las torturas que soporté, sin embargo, fueron
indudablemente iguales en aquel momento a las de
la verdadera sepultura. Eran de un horror inconcebible,
increíblemente espantosas; pero del mal procede
el bien, pues su mismo exceso provocó en mi
espíritu una reacción inevitable. Mi alma adquirió
temple, vigor. Salí fuera. Hice ejercicios duros.
Respiré aire puro. Pensé en más cosas que en la
muerte. Abandoné mis textos médicos. Quemé el
libro de Buchan. No leí más Pensamientos nocturnos, ni
grandilocuencias sobre cementerios, ni cuentos de
miedo como éste. En muy poco tiempo me convertí
en un hombre nuevo y viví una vida de hombre.
Desde, aquella noche memorable descarté para
siempre mis aprensiones sepulcrales y con ellas se
desvanecieron los achaques catalépticos, de los
cuales quizá fueran menos consecuencia que causa.
Hay momentos en que, incluso para el sereno
ojo de la razón, el mundo de nuestra triste humanidad
puede parecer el infierno, pero la imaginación
del hombre no es Caratis para explorar con impunidad
todas sus cavernas. ¡Ay!, la torva legión de los
terrores sepulcrales no se puede considerar como
completamente imaginaria, pero los demonios, en
cuya compañía Afrasiab hizo su viaje por el Oxus,
tienen que dormir o nos devorarán..., hay que permitirles
que duerman, o pereceremos.

ES NORMAL SER EN ESPAÑA POBRE ?

ES NORMAL SER EN ESPAÑA POBRE ?


Que se han hecho las cosas mal, se han hecho. Que las secuelas las estamos viviendo, también es un hecho. Pero para no olvidarlo, nos han quedado una serie de elefantes blancos, para que nos recuerden los errores. El punto es que no tengo claro si se están comprendiendo esos errores. Uno de los ejemplos más notorios del despilfarro y la mala planificación son nuestros ya famososaeropuertos fantasmas. Veamos algunos.
El Aeropuerto Central de Ciudad Real. Con su pista principal que es de las más largas de Europa, recibe unos pocos vuelos por semana. Se lo pensó como aeropuerto auxiliar, pero la distancia es demasiado importante para ese fin. La terminal recibiría 2.5 millones de personas por año. No necesito aclarar que ni 25 personas se encuentran en él.
En marzo se inauguró Castellón, cuyo costo ha sido de unos 150 millones de euros. No ha recibido por ahora ni un solo vuelo, pues no tiene autorización.
El aeropuerto de Huesca, a dos años de su inauguración espera el siguiente vuelo. Pues deben esperar tranquilos porque será dentro de algunos meses.
Solo ejemplos de la locura de construir cosas.

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