BLOOD

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jueves, 28 de octubre de 2010

El homúnculo ---- Robert Bloch

EL HOMÚNCULO

Robert Bloch




Háganse a la idea de que no puedo jurar que mi historia sea cierta. Pudiera haber sido un sueño; o peor aún, un síntoma de algún severo desorden mental. Pero yo creo que es cierta. Despues de todo, ¿Cómo podemos estar seguros de todas las cosas que hay sobre la tierra? Aún existen monstruosidades extrañas, y espantosas e increibles perversiones. Cada año que pasa, cada nuevo descubrimiento geográfico o científico, saca a la luz algún nuevo fragmento de la macabra evidencia de que el mundo no es, exactamente, el lugar que imaginamos. En ocasiones ocurren incidentes peculiares, que rozan la locura más absoluta.
¿Cómo podemos estar seguros de la validez de nuestras patéticas concepciones de la realidad? A cada hombre entre un millón, le es revelado un espantoso conocimiento, y el resto de nosotros permanecemos piadosamente ignorantes. Ha habido viajeros que jamás regresaron, y trabajadores de minería que desaparecieron. Y algunos de los que regresaron, fueron considerados locos, debido a lo que contaron, y otros prefirieron ocultar la sabiduría que tan horriblemente les había sido revelada. Ciegos como somos, sabemos muy poco de aquello que acecha más allá de nuestra vida normal. Ha habido relatos sobre serpientes marinas y criaturas de las profundidades; leyendas de enanos y gigantes; informes de raros horres médicos y partos antinaturales. Asombrosas pesadillas de la personalidad humana, han salido a la luz bajo el espantoso estímulo de la guerra, de la plaga o de la hambruna. Ha habido caníbales, necrófilos, y gules, ritos impíos de adoración y sacrificio; maniacos homicidas, y crímenes blasfemos. Y cuando pienso, entonces, en lo que he visto y oído, y lo comparo con otras grotescas e increibles realidades, comienzo a temer por mi razón.
Pero si existe alguna explicación cuerda de este asunto, le imploro a Dios que se me diga, antes de que sea demasiado tarde. El Doctor Pierce me dice que debo calmarme; me aconsejó que escribiera esta narración con el fín de mitigar mi aprensión. Pero no estoy calmado, y nunca me calmaré hasta que sepa la verdad de una vez por todas; hasta que esté enteramente convencido de que mis miedos no están fundados en una espantosa realidad.




Ya era un hombre nervioso, cuando acudí a descansar a Bridgetown. Había sido una dura prueba, aquel año en la escuela, y me hallaba muy feliz de apartarme de la tediosa rutina de las clases. El éxito de mis cursos de lectura aseguraban mi puesto en la facultad para el próximo año, y en consecuencia, aparté de mi mente cualquier especulación académica, cuando decidí tomarme unas vacaciones. Elegí ir a Bridgetown debido a las excelentes posibilidades que el lago me brindaba para la pesca de trucha. Las instalaciones que elegí, de entre toda la voluminosa literatura sobre hoteles, consistían en un lugar tranquilo y pacífico, según anunciaba el sencillo folleto. No ofrecía un campo de golf, un paseo, o una piscina cubierta. No hacía mención de ningún enorme salón de bolos, una orquesta de dieciocho piezas, o una cena formal. Y lo mejor de todo, el anuncio ni siquiera ensalzaba la grandeza escénica del lago y el bosque. No proclamaba, polisilábicamente, que el Lago Kane era 'Un eterno paraiso de la Naturaleza, en el que cerúleos cielos y frondosa vegetación impelen al gozoso visitante a saborear los gozos de la juventud'. Por aquel motivo, hice la reserva, llené mi maleta, preparé un par de pipas y salí.
Quedé más que satisfecho con el lugar, cuando llegué. Bridgetown es un pueblo pequeño y rústico; un apartado superviviente de días más antiguos y sencillos. Situado en el mismo Lago Kane, se halla por completo rodeado de bosques, y de suaves prados bañados por el sol en los que la gente de las granjas vive en serena felicidad. El peso de la civilización moderna ha caído muy débilmente sobre esta gente y sus maneras tranquilas. Son pocos los automóviles, tractores y demás. Hay algunos teléfonos, y a unas cinco millas de distancia, la Autovía del Estado proporciona un cómodo acceso al pueblo. Eso es todo. Las casas son viejas, las calles rectas. Los artistas, diletantes suburbanos y ascetas profesionales aún no han invadido aquel bucólico escenario. El número de veraneantes es pequeño y selecto. Unos cuandos cazadores y aficionados a la pesca, pero nada de ese gentío ordinario que sale a cazar por placer. Las familias de por allí no comparten esos gustos; ignorantes y poco sofisticados como son, reconocen fácilmente la vulgaridad.
Así que mi entorno era ideal. El lugar en el que me hospedaba era un hostal de tres plantas junto al mismo lago ‑la Casa Kane, regentada por Absolom Gates. Era un personaje de la vieja escuela; un vigoroso y encanecido veterano cuyo padre se había dedicado a la pesca hasta finales de los sesenta. Él mismo era un apasionado de todo lo referente a la pesca; pero sólo desde la ventana del salón Waltonian. Su instalación era algo así como la Meca de los pescadores. Las habitaciones eran grandes y aireadas; la comida abundante y excelentemente preparada por la hermana viuda de Gates. Tras mi primera inspección, me preparé a disfrutar de una estancia notablemente placentera.
Entonces, en mi primera visita al pueblo, me topé con Simon Maglore por la calle.




Conocí por primera vez a Simon Maglore durante mi segundo curso como instructor en la Escuela. Incluso entonces, me había impresionado enormemente. Y no sólo debido a sus características físicas, aunque eran bastante inusuales. Era alto y delgado, con unos hombros enormemente grandes, y la espalda ligeramente inclinada. No se trataba de una joroba, en el sentido habitual de la palabra, pero parecía sufrir un peculiar abultamiento tumoroso junto a su hombro izquierdo. Intentaba disimular aquel bulto, con gran vergüenza, pero su prominencia hacía que dichos intentos resultaran estériles. De todos modos, aparte de su desafortunada deformidad, Maglore había sido un tipo muy bien parecido. De cabello negro, ojos grises, piel suave, parecía ser un fino especimen de hombre inteligente. Y fue esa inteligencia lo que tanto me había impresionado de él. Su trabajo en clase era rotundamente brillante, y en ocasiones alcanzaba calidades que rondaban el puro genio. Pese al deje peculiarmente mórbido de su trabajo en poesía y ensayo, era imposible ignorar el poder y la imaginación que podían producir tan salvajes escenarios y delirantes colores. Uno de sus poemas ‑La Bruja está Ahorcada ‑le hizo merecedor del Premio Edsworth Memorial de aquel año, y algunas de obras principales, fueron reeditadas en ciertas antologías privadas.
Desde el principio, sentí un gran interés hacia ese joven y su inusual talento. Al principio, no había respondido a mis intentos por llegar a él; me supuse que era un alma solitaria. Hasta qué punto era ésto debido a su peculiaridad física o a su actitud mental, es algo que no puedo decir. Había vivido solo en el pueblo, y se decía que tenía grandes metas. No se mezclaba con los demás estudiantes, aunque le habrían aceptado de buena gana, por su ánimo dispuesto, su encantadora disposición, y su vasto conocimiento del arte y la literatura. De cualquier modo, gradualmente, conseguí imponerme a su natural reticencia, y me gané su amistad. Me invitó a sus habitaciones, y hablamos.
Y fue entonces cuando averigüé sus firmes creencias en lo oculto y esotérico. Me habló de sus antepasados en Italia, y del interés que habían mostrado por la brujería. Uno de ellos había sido agente de los Medici. Habían emigrado a América en épocas tempranas, debido a ciertos cargos lanzados contra ellos por la Santa Inquisición. También me habló de sus propios estudios en los reinos de lo desconocido. Sus habitaciones estaban plagadas de extraños dibujos que había confeccionados a partir de sueños, e imágenes de arcilla, aún más extrañas. Sus estanterías contenían multitud de libros raros y antiguos. Observé la obra de Ranfts, "De Masticatione Mortuorum in Tumulis" (1734); la valiosísima "Cábala de Saboth" (traducción griega, circa 1686); los "Comentarios sobre la Brujería", de Mycroft; y el infame "Los Misterios del Gusano", de Ludvig Prinn.
Realicé numerosas visitas a sus apartamentos, antes de que Maglore abandonara la Escuela, repentinamente, en el otoño del año 33. La muerte de sus padres le hizo acudir al Este, y partió sin despedirse. Pero en el fondo, había aprendido a respetarle bastante, y sentía un profundo interés por sus planes futuros, que incluían un libro sobre la historia de la pervivencia de los cultos de brujas en América, y una novela que trataba sobre el efecto psicológico de la superstición sobre la mente. Nunca me escribió, y no volví a saber nada más de él hasta este encuentro casual en la calle del pueblo.




Me reconoció. Dudo mucho que yo hubiera sido capaz de identificarle a él. Había cambiado. Mientras nos estrechábamos la mano, noté su apariencia desastrada y poco cuidada. Parecía más viejo. Su rostro era más delgado, y mucho más pálido. Tenía oscuras sombras en torno a sus ojos ‑y en ellos. Sus manos temblaban; su rostro forzaba una sonrisa sin vida. Su voz era más profunda al hablar, pero preguntó por mi salud del mismo modo encantador que siempre lo había hecho. Rápidamente le expliqué el motivo de mi presencia allí, y comencé a preguntarle.
Me informó de que vivía allí, en la pequeña ciudad; había vivido allí desde la muerte de sus padres. Estaba trabajando de lleno en sus libros, pero sentía que el resultado de su labor justificaba de sobra cualquier inconveniente físico que pudiera sufrir. Se disculpó por su desaseado aspecto y sus maneras cansadas. Deseaba tener una larga charla conmigo alguna de estas noches, pero iba a estar muy atareado durante los próximos días. Posiblemente, a la semana siguiente, podría ir a visitarme al hotel ‑en aquel momento había salido a comprar papel al colmado del pueblo y se disponía a regresar a su casa. Con una precipitada despedida, me volvió la espalda y se alejó.
Y al hacerlo, recibí otro sobresalto. El bulto de su espalda había crecido. Ahora era virtualmente el doble de grande de lo que era cuando le conocí, y no había ya posibilidad alguna de ocultarla. Indudablemente, el trabajo duro se había cobrado un precio severo en las energías de Maglore. Pensé en un sarcoma, y me estremecí.
Caminando de vuelta al hotel, estuve dándole vueltas a la cabeza. La apariencia de Simon me preocupaba. No era saludable para él, el trabajar tan duro, y la elección de sus temas puede que no fuera la adecuada. El constante aislamiento y la tensión nerviosa se habían combinado para minar su constitución de un modo alarmante, y tomé la determinación de ofrecerme como mentor de sus actos. Resolví visitarle a la menor oportunidad, sin esperar a una invitación formal. Algo tenía que hacer.
A mi llegada al hotel se me ocurrió otra idea. Le preguntaría a Gates qué era lo que sabía sobre Simon y su trabajo. Quizás hubiera algo interesante aparte de su actividad, que pudiera explicar su curiosa transformación. De modo que busqué al entrañable caballero y le expuse la cuestión.




Lo que aprendí de él me dejó perplejo. Por lo visto, a los habitantes no le gustaban ni el Amo Simon, ni su familia. Sus antepasados habían sido bastante adinerados, pero su nombre había sido enturbiado por una dudosa reputación, incluso desde los primeros días. Brujas y hechiceros, tanto unos como otros, constituían su árbol genealógico. Sus oscuras actividades habían sido cuidadosamente ocultadas al principio, pero la gente de su entorno podía atestiguarlo. Por lo visto, casi todos los Maglore habían poseído ciertas malformaciones físicas que les habían hecho sospechosos. Algunos habían nacido con velos en los ojos; otros con pies palmeados. Uno o dos habían sido enanos, y todos ellos habían sido acusados, en algún momento, de poseer el popular 'mal de ojo'. Algunos de ellos habían sido "noctácopos", podían ver en la oscuridad. Simon no era, por lo visto, el primer jorobado de la familia. Su abuelo lo había sido, y antes que él, su tatarabuelo.
Había también, muchos indicios de endogamia y de ser un clan cerrado. Eso, en opinión de Gates y de su gente, apuntaba claramente a una cosa... Brujería. Y tampoco era la única evidencia. ¿Acaso los Maglore no evitaban el publo y permanecían recluidos en su vieja casa de las colinas? Además, ninguno de ellos iba a la iglesia. ¿No se sabía de ellos, además, que daban largos paseos al ponerse el sol, y de noche, cuando toda la gente decente y respetable estaba durmiendo? 
Probablemente, tenían sus buenas razones para no mostrarse sociables. Quizás tenían cosas que deseaban ocultar en su vieja casa, y puede que tuvieran miedo de que esas cosas se supieran por allí. La gente sabía que aquel lugar estaba repleto de libros embrujados e impíos, y había una vieja historia que decía que toda la familia era fugitiva de algún lugar del extranjero, debido a algo que habían hecho. Despues de todo, ¿Quién podía decirlo? Parecían sospechosos; actuaban de un modo raro; quizás lo eran. Desde luego, nadie podía decirlo a ciencia cierta. La histeria en masa de la quema de brujas y los rumores de posesiones satánicas no habían penetrado hasta esta parte de la región. No había indicios de altares en los bosques, ni las espectrales presencias forestales de los mitos indios. Ninguna desaparición ‑bovina o humana ‑podía ser imputada a la familia Maglore. Legalmente, su historial estaba limpio. Pero la gente les temía. Y este último ‑Simon ‑era el peor.
Nunca se había comportado como es debido. Su madre murió al nacer él. Habían tenido que traerse a un doctor de fuera del pueblo ‑ningún hombre de la localidad habría tratado un caso así. El bebé, además, había nacido casi muerto. Durante algunos años nadie le había visto. Su padre y su tío habían dedicado todo su tiempo a cuidar de él. Cuando tenía siete años, el muchacho había sido enviado a una escuela privada. Regresó una vez, cuando tenía casi doce años. Fue cuando murió su tío. Se volvió loco, o algo así. En cualquier caso, tuvo una especie de ataque, que acabó desembocando en una hemorragia cerebral, según dijo el doctor. 
Simon era por entonces, un muchacho muy apuesto ‑excepto por la giba, claro está. Pero no parecía estar muy desarrollada en aquel tiempo ‑de hecho, era bastante pequeña. Se quedó algunas semanas, y luego regresó de nuevo a la escuela. No había vuelto a aparecer hasta la muerte de su padre, hacía dos años. El anciano había muerto a solas en su gran casa, y el cuerpo no había sido descubierto hasta varias semanas después. Un vendedor ambulante había llamado; entró en el abierto vestíbulo, y encontró al viejo Jeffrey Maglore muerto en su gran butacón. Sus ojos estaban abiertos, y velados por una mirada de espantoso temor. Ante él, había un gran libro de hierro, cubierto de extraños e indescifrables caracteres.
Un médico, convocado apresuradamente, pronunció que su muerte se debía aun fallo cardiaco. Pero el vendedor, tras escrutar aquellos ojos cubiertos de pavor, y mirando las grotescas e inquietantes figuras del libro, no estaba tan seguro de ello. No tuvo oportunidad de curiosear por allí, de todos modos, pues aquella noche llegó el hijo.
La gente le miró de un modo extraño cuando vino, pues aún no se le había enviado aviso alguno sobre la muerte de su padre. Callaron, también, cuando él les mostró una carta de hacía dos semanas, con la escritura del viejo, que anunciaba una premonición de muerte inminente, y aconsejaba al joven que regresara a casa. Las cuidadosas y contenidas frases de aquella carta, parecían tener un significado secreto; pues el joven nunca llegó a preguntar sobre las circunstancias de la muerte de su padre. El funeral fue privado; y el consiguiente entierro tuvo lugar en la cripta familar, junto a la casa.
Los insólitos y peculiares eventos que rodearon el regreso al hogar de Simon Maglore, pusieron inmediatamente en guardia a la gente. Tampoco ocurrió nada que alterara su opinión original acerca del muchacho. Permanecía solo todo el tiempo, en aquella casa silenciosa. No tenía criados, y no hizo amigos. Sus poco frecuentes viajes al pueblo, los hacía con el único propósito de obtener vituallas. Se las llevaba él mismo, en su coche. Compraba una buena cantidad de carne y pescado. De vez en cuando paraba por la farmacia, donde compraba sedantes. No parecía nada comunicativo, y contestaba a todas las preguntas con monosílabos. Aún así, era obviamente, una persona bien educada. En general, se rumoreaba que estaba escribiendo un libro. Gradualmente, sus visitas se hicieron cada vez menos frecuentes.
Entonces, la gente empezó a comentar su cambio de apariencia. De un modo sutil, pero evidente, se había alterado inquientantemente. En primer lugar, se notó que su deformidad se había incrementado. Se veía obligado a llevar un amplio gabán para ocultar su volumen. Caminaba con una ligera inclinación, como si su peso le diera problemas. Además, no iba nunca al médico, y nadie, de entre la gente del pueblo, tenía el valor de hacerle comentario alguno, o preguntarle sobre su estado. También estaba envejeciendo. Comenzaba a parecerse a su tio Richard, y sus ojos habían adoptado ese guiño especial que denotaba un poder noctacópico. Todo aquello excitaba los rumores entre la gente, para quien la familia Maglore había sido tema para interesantes conjeturas durante generaciones.
Más tarde, dichas especulaciones se habían basado en hechos más tangibles. Pues recientemente, Simon había aparecido por varias de las granjas aisladas de la región, paseando furtivamente.
Preguntaba sobre todo a la gente de edad avanzada. Estaba escribiendo un libro, según les decía, acerca del folklore. Deseaba preguntarles sobre las antiguas leyendas de los alrededores. Preguntaba si alguno de ellos, había oído alguna vez relatos concernientes a cultos locales, o rumores sobre rituales en el bosque. ¿Había alguna casa encantada o lugar embrujado en la espesura? ¿Habían oído alguna vez el nombre 'Nyarlathotep', o referencias a 'Shub‑Niggurath' o al 'Mensajero Negro'? ¿Podían recordar algo de los antiguos mitos de los Indios Pasquantog, acerca de los 'hombres‑bestia', o recordaban alguna historia sobre oscuros encapuchados que sacrificaban terneros en las montañas? Estas y otras preguntas similares, pusieron en guardia a los granjeros, ya de por sí, suspicaces por naturaleza. Si hubieran poseido tales conocimientos, estos habrían sido de una naturaleza decididamente impía, y no se habrían atrevido a revelarlos a aquel forastero tan pagado de si mismo. Algunos de ellos, sabían algo de esas cosas, debido a antiguos relatos que les habían llegado desde la costa, más al norte, y otros habían escuchado pesadillas susrradas por reclusos, acerca de las montañas del este. Había un montón de cosas en torno a esas materias, que ellos, francamente, no sabían, y que sospechaban que ningún forastero debería escuchar. Fuera donde fuera, Maglore se encontraba con evasivas o con reacciones escandalizadas, y partía tras haber dado una impresión decididamente mala.
Las historias sobre sus visitas comenzaron a multiplicarse. Adoptaron el tópico de una elaborada discusión. Un anciano lugareño en particular... un granjero llamado Thatcherton, que vivía solo en una pequeña parcela al oeste del lago, por debajo de la autovía... tenía una historia singularmente interesante que contar. Maglore había aparecido una noche, alrededor de las ocho, y llamó a la puerta. Persuadió a su anfitrión para que dialogara con él, y entonces intentó engatusarle, prometiendo revelarle cierta información concerniente a la presencia de un cementerio abandonado, que se rumoreaba existía en algún lugar de los alrededores.
El granjero contó que su invitado estaba en un estado próximo a la histeria, que afirmaba con la cabeza una y otra vez, del modo más melodramático, y hacía frecuentes alusiones a un montón de estupideces mitológicas sobre 'los secretos de la tumba', 'el decimotercer servidor', 'la Fiesta de Ulder', y 'los cantos de los Dholes'. También hablaba de 'el ritual del Padre Yig', y ciertos nombres que pronunció, relaccionados con raras ceremonias en el bosque, que decía tenían lugar cerca de aquel cementerio. Maglore preguntó si le había desaparecido algún ternero, y si su anfitrión había escuchado alguna vez 'voces en el bosque, haciéndole proposiciones'.
El hombre dijo que no, a todas aquellas cosas, y se negó a permitir que su invitado regresara a inspeccionar la zona por el día. En aquel momento, el inesperado visitante se mostró muy enfadado, y estaba a punto de objetar acaloradamente, cuando ocurrió algo muy extraño. Maglore empalideció de repente, y pidió que se le excusara. Parecía estar sufriendo fuertes dolores internos, pues se inclinó hacia delante y se dirigió a trompicones hasta la puerta. Y mientras lo hacía, ¡Thatcherton recibió la enloquecedora impresión de que la joroba de su espalda se estaba moviendo! Parecía agitarse, y agarrarse a los hombros de Maglore, ¡como si éste tuviera un animal escondido bajo su gabán! En aquella situación, Maglore se giró bruscamente, y se dirigió de espaldas hacia la salida, como intentando ocultar aquel inusual fenómeno. Salió rápidamente, sin mediar palabra, y corrió por el camino en dirección a su coche. Corrió como un mono, se introdujo frenéticamente en el interior del coche, y lo puso en marcha precipitadamente, haciendo que las ruedas rechinaran, mientras se alejaba del patio a toda prisa. Desapareció en la noche, dejando detrás a un hombre entristecido e intrigado, que no tardó en difundir entre sus amigos, el relato de su fantástico visitante.
Desde entonces, sus paseos habían cesado bruscamente, y hasta aquella misma tarde, Maglore no había vuelto a aparecer en el pueblo. Pero la gente seguía hablando, y no era bienvenido. Le hacían el vacío a ese hombre, fuera lo que fuera.




Esta era, en resumen, la historia de mi amigo Gates. Cuando terminó, me retiré a mi alcoba sin hacer comentarios, para meditar sobre el relato.
No me inclinaba a apoyar las supersticiones locales. Mi larga experiencia en tales materias me hacían desacreditar automáticamente la mayoría de sus detalles. Sabía lo bastante de la psicología rural como para darme cuenta de que cualquier cosa fuera de lo ordinario es mirada siempre con sospecha. Supongamos que la familia Maglore vivía recluida: ¿Y qué? Cualquier grupo de procedencia extranjera tendería a vivir apartado. Parecía garantizada una predisposición racial a la deformidad... lo cual no les convertía en brujos. La masa ha perseguido a mucha gente acusándoles de brujería, cuando su único crimen consistía en poseer algún defecto físico. Incluso la endogamia era algo fácil de esperar cuando se sufría de ostracismo social. Pero ¿Qué había de mágico en todo aquello? Esas cosas son bastante comunes entre la gente del campo, no sólo entre los extranjeros. Además. ¿Libros raros? Seguramente. ¿Noctacopía? Era algo bastante común en todo el mundo. ¿Locura? Quizás... una mente solitaria suele degenerar. Simon era brillante, de todos modos. Desafortunadamente, su atracción hacia lo místico y lo desconocido le estaban conduciendo a la abstacción. Había sido una mala idea el buscar información para su libro entre la analfabeta población de aquel sitio. Naturalmente, eran intolerantes y desconfiados. Y su paupérrima condición física conseguía una importancia exagerada ante los ojos de aquellos crédulos pueblerinos. 
Aún así, probablemente había la suficiente verdad en aquella narración distorsionada como para hacer que fuera imperativo el hablar al momento con Maglore. Debía salir de aquella atmósfera insana, y ver a un médico eficiente. Su genio no debía ser malgastado o destruído por tal obstáculo ambiental. Le asfixiaba, mental y físicamente. Me decidí a visitarle a la mañana siguiente. 
Tras aquella resolución, bajé a cenar, dí un corto paso por el embarcadero del lago, a la luz de la luna, y me retiré a dormir.




A la tarde siguiente, me dispuse a cumplir mi propósito. La Mansión Maglore se alzaba en una explanada a una media milla de Bridgetown, y se reflejaba fantasmalmente sobre el lago. No era un lugar agradable; era demasiado viejo, y demasiado descuidado. Imaginé el aspecto que tendrían sus destartaladas ventanas en una noche sin luna, y me estremecí. Aquellas aberturas vacías me recordaban a un murciélago ciego. El tejado a dos aguas parecía su embozada cabeza, y las amplias habitaciones laterales, coronadas con torrecillas, bien podían servir de alas. Cuando me percaté del camino que seguían mis pensamientos me sentí sorprendido e inquieto. Mientras caminaba por el largo paseo, a la sombra de los árboles, me esforcé en reprimir mi imaginación. Estaba allí por un motivo concreto.
Me hallaba casi calmado cuando llamé al timbre. Su espectral sonido arrancó ecos por los serpenteantes corredores del interior. Sonaron pasos débiles y vacilantes, y entonces, con un chasquido, la puerta se abrió. Allí, recortado contra el umbral, estaba Simon Maglore.
Maglore se asomaba al crepúsculo gris, y la distorsionada forma de su cuerpo quedaba piadosamente sumergida en una oleada de sombras. Había algo siniestro en el repelente ángulo que adoptaba al inclinarse así, y no me atreví a mirar fijamente a su abultada espalda o a sus brazos, que colgaban lacios a los lados.
Tan sólo su rostro resultaba visible por completo. Era una máscara mortuoria de cera, con una expresión vacía que parecía no reconocerme.
Sólo sus ojos estaban vivos. Sus pupilas dilatadas brillaban en la oscuridad con una intensidad felina. Le observé, intentando dominar la inexplicable repulsión que surgía en mi interior.
‑Simon,‑le dije, ‑He venido a...‑
Sus labios se apretaron. ¿Fue una ilusión debida a la luz, o sus labios me parecieron gusanos blancos que se arrastraban por su rostro? ¿Fue una ilusión o su boca me pareció una negra caverna de la cual surgieron sus palabras?
No pude saberlo. No tuve certeza de nada, excepto de una cosa; la voz que se arrastró débilmente hasta mis oídos no era la voz del Simon Maglore que yo conocía. Era más débil, chillona, y cargada de una oculta sorna.
‑Vete. No puedo verte hoy,‑susurró.
‑Pero quería ayudarte. Yo...
‑Vete, estúpido... ¡Vete!
La puerta se cerró con un portazo ante mi atónita cara, y me encontré solo.
Pero no estuve solo en mi camino de vuelta al pueblo. Mis pensamientos se hallaban hechizados por la presencia de otro... aquella presencia agresiva, ajena, que una vez fue mi amigo, Simon Maglore.




2


Aún me hallaba aturdido cuando regresé al pueblo. Pero después de llegar a mi cuarto del hotel, comencé a razonar conmigo mismo. Mi romántica imaginación me había jugado una mala pasada. El pobre Maglore estaba enfermo... probablemente era víctima de algún severo trastorno nervioso. Recordé que acostumbraba a comprar sedantes en la farmacia local. En mi estúpido arranque emotivo, había confundido tristemente su desafortunada dolencia. ¡Qué crío había sido! Debía regresar al día siguiente y disculparme. Después, Maglore debía ser persuadido para marcharse, y volver de nuevo a su ser original. Parecía estar francamente mal, y además, su temperamento le estaba dominando. ¡Como había cambiado ese hombre!
Aquella noche dormí poco. Por la mañana temprano volví a salir. En esta ocasión evité cuidadosamente las inquietantes imágenes mentales que la vieja casa sugería a mi susceptible cerebro. En ello estaba cuando toqué el timbre.
Fue un Maglore diferente el que me recibió. También él había cambiado para bien. Parecía viejo y enfermo, pero había una luz normal en sus ojos y una sana entonación en su voz mientras me hacía entrar cortésmente, y se disculpaba por su delirante espasmo del día anterior. Era víctima de frecuentes ataques, según dijo, y planeaba marcharse en breve y tomarse unas largas vacaciones. Estaba ansioso por terminar su libro... ya le quedaba muy poco...  y regresar al trabajo de la Universidad. Y de aquel asunto, cambió abruptamente la conversación a una serie de nostálgicos interludios. Recordaba nuestra mutua asociación en el campus, cuando nos sentábamos a charlar, y parecía ansioso por enterarse de los asuntos de la Escuela. Durante casi una hora, vitualmente monopolizó la conversación y la mantuvo de ese modo, para así evitar cualquier pregunta directa de naturaleza personal por mi parte.
De cualquier modo, me resultó fácil ver que estaba muy lejos de encontrarse bien. Parecía estar trabajando bajo una intensa presión; Sus palabras parecían forzadas, su actitud tensa. Una vez más, noté lo pálido que estaba; como desprovisto de sangre. Su malformada espalda parecía inmensa; y su cuerpo, en consecuencia, parecía encogido. Recordé mis temores sobre un tumor canceroso, y me pregunté ni no sería el caso. Mientras tanto, se agitaba, obviamente incómodo. Su charla parecía casi vacía; las estanterías estaban desordenadas, y los espacios vacíos estaban cubiertos de polvo. No había papeles ni manuscritos visibles sobre la mesa. Una araña había construido su tela en el techo.
Durante una pausa en su conversación, le pregunté por su trabajo. Respondió vagamente que era muy absorbente, y que le estaba robando casi todo su tiempo. De todos modos, había realizado algunos descubrimientos sorprendentes, que resultaban un pago generoso por sus esfuerzos. Le resultaría emocionalmente agotador, en su actual estado, entrar en detalles sobre lo que estaba haciendo, pero podía anticiparme que ya sólo sus hallazgos en el campo de la brujería abrirían nuevos capítulos a la historia antropológica y metafísica. Estaba particularmente interesado en la vieja tradición acerca de los 'familiares'... las diminutas criaturas que se decía que eran los emisarios del diablo, y que se suponía que ayudaban a la bruja o el hechicero bajo la forma de un pequeño animal... una rata, un gato, un ave o un reptil. En ocasiones se representaban como pertenecientes al cuerpo del mismo brujo, o nutriéndose de él. La idea de una 'tetilla del diablo' en los cuerpos de las brujas, allí donde sus familiares succionaban los nutrientes de su sangre, quedaba plenamente iluminada por los hallazgos de Maglore. Su libro tenía también un aspecto médico; tenía la firme convicción de presentar tales hechos sobre bases científicas. Los efectos de desórdenes glandulares en los casos denominados de 'posesión demoniaca' eran también estudiados.
Y con aquello, Maglore terminó abruptamente. Se sentía muy cansado, me dijo, y necesitaba algo de reposo. Pero confiaba en ver terminado en breve su trabajo, y entonces le gustaría marcharse para un largo descanso. No era saludable para él, el vivir solo en aquella vieja casa, y en ocasiones le asaltaban pensamientos extraños, y tenía raros lapsus de memoria. De todos modmos, no tenía alternativa en aquellos momentos, dado que la naturaleza de sus investigaciones demandaban tanto privacidad como soledad. En ocasiones, sus experimentos requerían de ciertas vías y cursos para los que era mejor no ser molestado, y no estaba muy seguro de cuanto tiempo podría seguir aguantando la presión. De todos modos, lo llevaba en la sangre... probablemente yo ya estaba al corriente de que procedía de una larga saga de necromantes. Pero basta de tales cosas. Me rogó que me fuera al momento. Volvería a escucharle de nuevo, a primeros de la semana siguiente.
Mientras me levantaba, noté de nuevo lo débil y agitado que parecía Simon. Ahora caminaba con una excesiva inclinación, y la presión sobre su espalda debía de ser enorme. Me condujo por el largo vestíbulo hasta la puerta, y mientras guiaba el camino, noté el temblor de su cuerpo, mientras se delimitaba contra el llameante crepúsculo que penetraba a través de los paños de las ventanas. Sus hombros se movían con una lenta y suave ondulación, como si la giba de su espalda estuviera latiendo de vida. Recordé el relato de Thatcherton, el viejo granjero, que clamaba haber visto realmente tal movimiento. Durante un momento, me asaltó una poderosa nausea; entonces me di cuenta de que la menguante luz estaba creando una ilusión óptica de lo más común.
Al alcanzar la puerta, Maglore se esforzó por despedirme apresuradamente. Ni siquiera extendió su mano para un apretón de despedida, sino que se limitó a murmurar un breve 'buenas noches', con voz tensa y dubitativa. Le observé en silencio unos instantes cuán desmejorado parecía su rostro, antaño apuesto, incluso ante la luz de rubí del ocaso. Entonces, mientras observaba, una sombra reptó por su cara. Parecía ser púrpura y oscura, en una súbita y escalofriante metamorfosis. El oscurecimiento aquel, se hizo más pronunciado, y leí el pánico en sus ojos. Incluso mientras me forzaba a mí mismo a responder a su despedida, el horror se arrastró hasta su rostro. Su cuerpo cayó en aquella peculiar y encogida postura que ya antes había notado, y sus labios se curvaron en una macabra expresión. Por un momento, pensé de verdad que aquel hombre estaba a punto de atacarme. En lugar de ello, se rió... una risa chillona, aguda, que ascendió oscuramente hasta mi cerebro. Abrí la boca para hablar, pero él retrocedió hacia la oscuridad del vestíbulo y cerró la puerta. 
Me quedé estupefacto por la sorpresa, no del todo desprovista de miedo. ¿Estaría enfermo Maglore, o en realidad era un demente? Cosas así de grotescas no parecían posibles en un hombre normal.
Me apresuré, avanzando en el brillante crepúsculo. Mi mente, embrujada, estaba inmersa en profundas deliberaciones, y el distante sonido de los cuervos se mezclaba con mis pensamientos, como una letanía malvada.




3


A la mañana siguiente, tras una noche de turbulentas deliberaciones, tomé una decisión. Funcionara o no, Maglore debía marcharse, y al momento. Estaba a punto de sufrir un serio colapso físico y mental. Sabiendo lo inútil que me iba a resultar, el regresar allí y dscutir con él, decidí que podía emplear algunos métodos más fuertes para hacerle ver la luz.
De modo que, aquella tarde, me entrevisté con el Doctor Carstairs, el médico local, y le conté todo lo que sabía. Enfaticé particularmente, el inquietante suceso de la tarde anterior, y le dije con franqueza lo que sospechaba. Tras una larga discusión, Carstairs accedió a acompañarme al momento hasta la casa de los Maglore, y allí tomar las medidas que fueran necesarias para sacarle de allí. En respuesta a mi petición, el doctor trajo consigo los materiales necesarios para un completo exámen físico. Una vez que pudiera persuadir a Simon para que se sometiera a un diagnóstico médico, estaba seguro de que vería que los resultados hacían necesario que se pusiera en tratamiento al instante.
El sol se ocultaba cuando me acomodé en el asiento del copiloto del Ford del Doctor Carstairs y nos dirigimos a las afueras de Bridgetown por la carretera del sur, donde los cuervos emitían sus peculiares sonidos. Nos movíamos lentamente, y en silencio. De modo que fuimos capaces de escuchar claramente aquel singular y agudo alarido desde la vieja casa de la colina. Agarré el brazo del doctor sin mediar palabra, y un segundo más tarde abandonábamos la carretera y nos introducíamos en el patio de entrada. 'Dese prisa,' musité mientras recorría a toda prisa el paseo y me disponía a subir de un salto los escalones hasta la cerrada puerta principal.
Golpeamos la madera con el puño, inútilmente, y entonces nos dirigimos a las ventanas del ala izquierda. La luz del ocaso menguaba en una tensa y expectante oscuridad, mientras trepábamos por la abertura y nos dejábamos caer sobre el suelo del interior. El Doctor Carstairs accionó una linterna de bolsillo, y nos pusimos de pie. El corazón me retumbaba en el pecho, pero ningún otro sonido rompió el silencio sepulcral mientras abríamos la puerta de la estancia y avanzábamos por el oscuro vestíbulo hasta el estudio. A nuestro alrededor, sentí una horrible Presencia; un demonio al acecho que vigilaba nuestro avance con ojos de insana burla, y cuya maligna alma se agitó con una risa infernal mientras abríamos la puerta del estudio y descubríamos lo que yacía en su interior.
Entonces, ambos gritamos. Simon Maglore yacía a nuestros pies, con la cabeza girada, y sus apretados hombros descansando sobre un pequeño lago de cálida sangre fresca. Estaba boca abajo, y se había quitado la ropa de cintura para arriba, de modo que toda su espalda era visible. Cuando vimos lo que allí descansaba, casi enloquecimos, y entonces comenzamos a hacer lo que debíamos, intentando apartar nuestra mirada, en la medida de lo posible, de aquella cosa absolutamente monstruosa del suelo.
No me pidan que lo describa con detalle. No puedo hacerlo. Hay ocasiones en las que los sentidos se nublan piadosamente, debido a que una completa percepción podría ser fatal. Incluso ahora, hay ciertas cosas que desconozco acerca de aquella abominación, y no me atrevo a permitirme recordarlas. Tampoco les hablaré sobre los libros que encontramos en aquella habitación, o sobre el terrible documento que había sobre la mesa, y que constituía la Obra Maestra inacabada de Simon Maglore. Lo quemamo todo en la chimenea antes de llamar al pueblo solicitando un forense; y si el doctor se hubiera salido con la suya, también habríamos destruído a la Cosa. Y fue entonces, cuando apareció el forense para hacer su examen, cuando los tres juramos guardar silencio en lo concerniente al modo exacto en el que Simon Maglore había hallado la muerte. Entonces nos fuimos, pero antes de que yo hubiera quemado el otro documento... la carta dirigida a mí, que Maglore se hallaba escribiendo en el momento de morir.
Y así, como ven, nadie lo supo jamás. Más tarde me encontré con que la propiedad me había sido donada, y la casa está siendo demolida mientras escribo estas líneas. Pero debo hablar, aunque sólo sea para aliviar mi propio tormento.
No me atrevo a reproducir la carta por entero; pero sí puedo incluir una parte de aquella increible blasfemia:


"...y por ello, claro está, es por lo que comencé a estudiar brujería. Aquello me impelía a hacerlo. ¡Dios, si sólo pudiera hacer que comprendieras ese horror! El nacer de este modo... con esta cosa, este homúnculo, ¡ese monstruo! Al principio era pequeño; todos los doctores decían que era un siamés no desarrollado. ¡Pero estaba vivo! Tenía un rostro y dos manos, pero con unas piernas se adentraban en mi carne, y que le conectaban a mi cuerpo..."
"Durante tres años lo mantuvieron bajo sigiloso estudio. Yacía con el rostro inclinado hacia abajo, apoyado en mi espalda, y sus manos se agarraban a mis hombros. Los hombres decían que contaba con su propio par de diminutos pulmones, pero que carecía de estómago y de sistema digestivo. Aparentemente, obtenía sus nutrientes a través del tubo carnoso que lo unía a mi cuerpo. ¡Y crecía! Pronto, abrió los ojos, y comenzó a desarrollar unos pequeños dientes. En una ocasión, mordió en la mano a uno de los doctores... De modo que decidieron mandarme de nuevo a casa. Era obvio que no podía ser extirpado. Juré mantener en secreto todo el asunto, y ni siquiera mi padre lo supo, casi hasta el final. Vestía ropas anchas, y aquello no crecía demasiado, al menos hasta que regresé... ¡Entonces se produjo aquel cambio infernal!"
"Me hablaba, te digo, ¡Me hablaba!... aquel rostro pequeño y arrugado, como el de un monito... el modo en que movía aquellos diminutos ojos rojizos... esa vocecita chillona decía "más sangre, Simon... Quiero más"... y entonces crecía; debía alimentarle dos veces al día, y cortar las uñas de sus pequeñas manos negras..."
"Pero nunca predije esto; ¡Jamás me dí cuenta de que estaba tomando el control! Antes me habría suicidado. ¡Lo juro! El año pasado comenzó a darse a conocer durante algunas horas y a darme algunos datos. Dirigía la redacción de mi libro, y en ocasiones me obligaba a salir de noche en extraños vagabundeos... Tomaba cada vez más y más sangre, y yo me debilitaba más y más. Cuando volvía en mí, intentaba combatirlo. Busqué todo aquel material sobre las leyendas de los familiares, e investigué, intentando zafarme de su dominio. Pero fue en vano. Y mientras tanto, él crecía y crecía; se hizo más fuerte, más atrevido y más sabio. Ahora hablaba conmigo, y en ocasiones me tanteaba. Supe que deseaba que le escuchara y obedeciera todo el tiempo. ¡Las promesas que me hizo aquella horrible boquita! Convocaría al Oscuro y me uniría a un Culto. Entonces tendríamos poder para mandar, y para llamar a la tierra a una nueva Maldad."
"No deseaba obedecer... ya lo sabes. Pero me estaba volviendo loco, y perdía tanta sangre... ahora, Eso tomaba el control casi todo el tiempo, y ello hizo que yo temiera volver a la ciudad, porque esta Cosa diabólica podría pensar que yo estaba intentando escapar, y podría moverse en mi espalda y asustar a la gente... Cuando tenía los lapsus, y Eso controlaba mi mente, escribía sin parar... y entonces viniste."
"Sé que quieres que me vaya, pero Eso no me dejará. Es demasiado tozudo para permitirlo. Incluso mientras intento escribir estas líneas, puedo sentirle, lanzando órdenes a mi mente para que me detenga. Pero no me detendré. Te lo contaré todo, mientras aún tenga oportunidad; antes de que me domine para siempre y cumpla su negra voluntad con mi pobre cuerpo, y domine mi alma indefensa. Deseo que sepas dónde se halla mi libro, para que puedas destruirlo si algo ocurriera. Quiero decirte cómo disponer de esos espantosos volúmenes viejos de la librería. Y por encima de todo. Deseo que me mates, si llegaras a ver que el homúnculo ha ganado el control absoluto. ¡Dios sabe lo que intetará hacer cuando me halla doblegado!... ¡Qué duro me está resultando luchar, pues en todo momento me está ordenando que baje mi pluma y queme esta hoja! Pero le combatiré... debo hacerlo, hasta que pueda contarte qué fue lo que me dijo la criatura... lo que planea dejar suelto por el mundo cuando me tenga totalmente esclavizado... Te lo diré... No puedo pensar... Lo escribiré, ¡Maldito seas! ¡Para!... ¡No! ¡No hagas eso! Mantén tus manos........."


Eso es todo. Maglore se detuvo allí, debido a su muerte; porque aquella Cosa no deseaba que se revelara su secreto. Es espantoso pensar en aquel horror, propio de una pesadilla, pero ese pensamiento no es el peor. Lo que me turba es lo que ví cuando abrimos aquella puerta... la imagen que explicaba cómo había muerto Maglore.
Allí estaba Maglore, en el suelo, cubierto de sangre. Estaba desnudo hasta la cintura, como ya he dicho; y yacía boca abajo. Pero en su espalda estaba aquella Cosa, tal como la había descrito. ¡Y fue aquel pequeño monstruo, temiendo que sus secretos fueran revelados, quien trepó un poco más alto por la espalda de Simon Maglore, y quien, apretando sus diminutas zarpas negras en torno a su desprotegido cuello, las hundió en la carne hasta matarle!





El demonio en la tierra -- Robert Bloch

El demonio en la tierra
Robert Bloch


1 -  EL INSTITUTO


—Permita que le haga una pregunta —me espetó mi visitante—. ¿Quisiera ir usted al infierno por diez mil dólares?
—Amigo mío, enséñeme el dinero y dígame cuándo sale el primer tren —repliqué.
—Hablo en serio —repuso con gravedad el profesor Keith.
Al cabo de un instante cerré la boca, que había abierto de par en par.
—Un momento —pedí—. Usted no posee pezuñas ni se aparece entre nubes de azufre, ni está loco ni toma drogas. Usted es el profesor Phillips Keith, director asociado del Instituto Rocklynn. Y me ofrece diez mil dólares por ir al infierno.
El hombrecillo que estaba ante mí se ajustó los lentes y sonrió. Su aspecto era de obispo apacible.
—Si alguien ha de ir al infierno en mi lugar, deseo que sea usted —declaró muy solemne.
—Muy amable, profesor y le agradezco la deferencia. Pero quisiera que se explicara mejor y entonces tai vez me decidiese. Un hombre no recibe este ofrecimiento todos los días.
Por toda respuesta me tendió un recorte de periódico.
—Lea esto.


INSTITUTO CIENTÍFICO A PUNTO DE CONVERTIRSE EN UN ANTRO DE BRUJERÍA


El mundialmente famoso Instituto Rocklynn se transformará en un lugar de reunión de demonios y duendes, según los proyectos de Thomas M. Considine, el famoso filántropo.
Considine ha donado cincuenta mil dólares para que se utilicen en lo que él califica de "estudio científico de la hechicería y la magia negra".
El profesor Phillips Keith ha anunciado hoy que el Instituto Rocklynn se propone estudiar seriamente las posibilidades del proyecto. Las bases científicas de los miagas antiguos son muy notables y el profesor Keith declara que tal estudio puede ofrecer resultados muy maravillosos.
Los vendedores de gatos negros, sapos disecados y filtros de amor, hallarán muy ventajoso entablar relaciones con el Instituto Rocklynn.


—¡Es repugnante que hablen así del Instituto! —exclamé, devolviendo el recorte a Keith—. Ahora, cuénteme la verdad.
Keith se puso de pie.
—¿Por qué no me acompaña y lo averigua por sí mismo?
—Encantado.
Salimos de mi casa y, subiendo al coche del profesor, nos internamos entre el tráfico callejero.
—Por lo visto, no se trata de ninguna exageración periodística —comenté—. ¿De veras proyecta semejante experimento?
—Nunca he pensado nada con mayor seriedad —replicó el profesor—. Yo fui quien convenció a Considine para que donase ese dinero. Durante muchos años ha sido mi ambición llevar a cabo un experimento de esa clase. Lamento que los periódicos se hayan enterado del asunto; pero, de ahora en adelante, ya no habrá más publicidad. Nadie debe saber que el Instituto Rocklynn intenta resucitar lo muerto y conjurar a los demonios en la ciudad más moderna de la tierra.
—Bien —quise saber—, ¿cuál es mi papel en este asunto?
—Muy sencillo. Me citaron su nombre como el de un escritor de novelas terroríficas o fantásticas. Por tanto, pensé que usted se hallaría más capacitado que otros para comprender esas verdades.
—Pero yo no creo en esas patrañas —objeté.
—Naturalmente. A eso voy. Usted se halla capacitado para comprender lo que intentamos; pero es escéptico; no cree en lo que escribe; por ello se le ha elegido como testigo oficial e historiador de nuestros experimentos. O sea que le contratamos como testigo.
—¿ Quiere decir que me pagarán diez mil dólares por verles hacer brujerías? ¿Por acompañarles montado en una escoba?
Keith se echó a reír.
—Es usted demasiado incrédulo. Venga, necesita un ejemplo inmediatamente.
Entramos en el rascacielos, subimos en el ascensor particular, cruzamos el vestíbulo del Instituto Rocklynn, situado en el ático, y atravesamos una puerta señalada como "Privado". Si alguna vez esta palabra ha estado bien empleada era en esta ocasión, pues era la simple barrera que separaba la cordura de la demencia. .
Una demencia negra en una habitación tapizada enteramente de negro. Iluminada por las rojas llamas de un brasero, cuyas ascuas eran como parpadeantes ojos infernales y llena de perfumes de especias, humedad y tumba.
Era una estancia que pertenecía al siglo XV, arrancada a los sueños de los hechiceros y alquimistas.
Cierto que las mesas y estantes eran modernos, pero gemían bajo el peso de viejos horrores.
Una hilera de tubos de ensayo, de moderno cristal Pyrex, pero con etiquetas tan infernales como éstas: "Sangre de murciélago", "Raíz de mandrágora", "Polvo de momio", "Grasa de cadáver", y aún otras peores.
En un rincón se veían unas neveras modernísimas, que contenían innumerables cuerpos. Junto a un fuego de leña, sobre unos trébedes, veíanse extraños calderos. Un estante contenía instrumentos de alquimia. Frascos con hierbas se hallaban junto a otros que contenían huesos pulverizados. El suelo estaba cruzado por dibujos pentagonales y signos del zodíaco, hechos con pintura azul fosforescente, y alguna otra materia que emitía radiaciones rojizas.
Una pared estaba cubierta de libros. La luz se reflejaba en polvorientos y resecos volúmenes, que en un tiempo estuvieron en contacto con las manos de las brujas y los nigromantes.
Por un momento, permanecí junto al profesor Keith, en tanto la férrea puerta que acabábamos de cruzar se cerraba detrás de nosotros. Unos ojos, de pronto, se fijaron en los dibujos y horrores de aquella habitación.
De repente algo se movió en un extremo de la estancia y avanzó hacia mí. De momento, sólo era una sombra blanca, pero luego... Di un salto que por poco me obliga a chocar mi cabeza con el techo.
—Le presento al doctor Ross —le presentó el profesor.
—¡Ejem! —carraspeé.
El ovalado rostro del doctor Ross se inclinó hacia delante. Una fina mano estrechó la mía y, con deliciosa voz, el doctor declaró:
—Tengo un gran placer en conocerle.
—¡Ejem! —repetí.
—¿Sólo sabe decir "ejem"? —preguntó muy curioso el doctor Ross.
—Creo que también usted perdería la voz si le metiesen en un cuarto lleno de horrores, y cuando esperase encontrarse delante de un fantasma viese avanzar hacia usted a la muchacha más hermosa...
Me interrumpí. Sin embargo, no me arrepentía de mi desliz, pues el doctor Ross era en realidad la doctora Ross, una joven bellísima. Su cabello rubio no estaba oculto por ninguna gorrita médica y sus atractivas facciones estaban debidamente maquilladas, y su cuerpo esbelto quedaba bien modelado por la bata blanca.
—Muchas gracias —dijo la doctora Ross sin ningún embarazo—. Bien venido al Instituto Rocklynn. Supongo qué se interesa por la magia negra ¿verdad?
—Si todas las brujas son como usted...
—Lily Ross no es ninguna Circe —me interrumpió el profesor Keith—, y a usted no se le contrata para que la piropee. Hay mucho trabajo que hacer. Esta tarde invocaremos a un demonio.
—¡Demonio! —exclamé en broma—. ¿Habla en serio?
Keith sacó del bolsillo unos papeles y los colocó sobre la mesa, junto a un crucifijo invertido en el que estaba clavado un murciélago, cabeza abajo. Sacando una pluma estilográfica me lo tendió.
—Firme.
—¿Qué he de firmar?
—El contrato que compromete sus servicios por tres meses. Diez mil dólares. Cinco mil ahora y otros cinco mil al término de nuestro ¡experimento. ¿Conforme?
—Desde luego —asentí.
Con mano temblorosa firmé el contrato, recibiendo del profesor Keith el cheque extendido por él mismo.
—Bien —sonrió Keith, guardando los documentos—. ¿Podemos empezar ya, Lily?
—Todo está dispuesto, profesor —replicó la joven.
—Entonces, trace el pentagrama —murmuró Keith—. En la nevera encontrará la sangre perfectamente conservada. Recite la invocación y encienda los fuegos. Yo la protegeré con los revólveres. Si ocurriese algo dispararía a matar.
Con una amable sonrisa, Keith sacó dos revólveres que llevaba en sus fundas sobaqueras y los empuñó fuertemente.




2 - LA APARICIÓN


—Están cargados con balas de plata —me explicó el profesor—. Son excelentes contra los vampiros, los hombres-lobo y los vrykolas. No sé lo eficaces que puedan ser contra los dracónibus...
—¿Qué?
—Un dracónibu es un cacodemonio de la noche. Una especie de íncubo. Si el abate Richalmus no se engaña. Empleamos su invocación del libro Líber revelatonium de insidia et versutiis daemonum adversus homines. Dice que esos seres son negros, escamosos, de aspecto casi humano, aparte de las alas y los colmillos, pero de un orden inferior de inteligencia. Son algo semejantes a los elementales. Si las balas nada pueden contra ellos, siempre queda el pentagrama. Ya sabe qué es: una estrella de cinco puntas, que representa a Satanás, el macho cabrío del sábado.
—Oiga ¿está loco? —le pregunté a mi pesar.
—Un momento —se enojó Keith—. Desde el principio aclaremos una cosa: nada me importa su escepticismo. Y le ruego que no dude de mi buen juicio ni de la sinceridad de mis actos.
—¡Pero todo esto es demasiado pueril y absurdo! —me quejé—. ¡Mezclar la ciencia con la brujería!
—¿Por qué no? —inquirió Keith—. La magia de ayer es la ciencia de hoy. Los brujos de los siglos precedentes al nuestro trataban de alejar los demonios del cuerpo humano de que se habían apoderado. Actualmente, los psiquiatras curan la locura mediante el hipnotismo, casi de igual forma. Hubo un tiempo en que los alquimistas trataban de convertir en oro otros metales más bajos. Actualmente, ese mismo esfuerzo se continúa sobre la base de las mismas investigaciones. ¿No intentan en la actualidad los médicos obtener el elixir de larga vida empleando sangre humana y animal, como antes hacían los magos? ¿No se quiebran los cascos nuestros sabios con los vitales problemas de la Vida y la Muerte? ¿No conservan, vivas, cabezas de perros y gallinas a pesar de haber sido ya cercenadas? En otras épocas, esos trabajos costaban la hoguera. Aquellos sabios morían por enfrentarse con los problemas que hoy atacan abiertamente nuestros hombres de ciencia. Pero estoy convencido de que los sabios de antaño obtuvieron en algunos casos un éxito mayor que los de ahora.
—Entonces ¿cree que los hechiceros consiguieron resucitar a los muertos e invocar los espíritus elementales?
—Quiero decir que lo intentaron y que tal vez tuvieron éxito. Que sus teorías no eran erróneas, pero que quizás lo fueron sus sistemas y métodos de trabajo. Y opino que la ciencia moderna puede hacerse con las mismas teorías, aplicar los 'debidos métodos y obtener un éxito mayor. Y eso es lo que me dispongo a hacer.
—Pero...
—Observe.
Obedecí. Observé. La grácil figura de Lily Ross iba de un lado a otro de la estancia. Sus dedos, al acercarse al brasero, parecían poblarse de llamitas. De una bolsa que llevaba a la cintura sacó unos polvos que derramó sobre las ascuas, de las cuales se elevaron unas llamas verdes, azules y purpúreas. Un calidoscopio de diabólica luminosidad inundó la amplia estancia.
Rojas llamas brotaban de las velas y saltaban de los pabilos a la oscuridad.
Lily inclinóse al suelo y trazó un dibujo plateado. Una estrella de cinco puntas. El espacio interior de la estrella se llenó con un líquido rojo.
—Sangre —susurró Keith—. Sangre tipo B.
—¿Cómo?
—Sí, tipo B. ¿No le he contado que utilizábamos métodos científicos modernos? El hechicero de la Edad Media era casi un charlatán. Algunos rondaban por las cortes de los nobles o príncipes, pasando por astrólogos, por lectores quirománticos y halagando en todo a sus amos. Otros no hacían más que solicitar dinero para conseguir la transmutación del plomo en oro, lograr el elixir de la juventud o encontrar la piedra filosofal. Charlatanes y sólo charlatanes. Otra clase de vividores eran los que vendían filtros de amor, prometían echar mal de ojo a los enemigos de sus clientes y pretendían curar los males, desde la epilepsia al cólera. Mezclados entre esos impostores se hallaban los psicópatas. Los demonomaníacos que danzaban desnudos en los cerros y colinas durante el Walpurgis, afirmando cabalgar sobre escobas voladoras, conversar con los muertos y tener amantes infernales. Pero siempre existieron hombres que tomaron en serio los estudios de esa ciencia. De sus escritos, de sus hechizos e invocaciones, nos valemos ahora.
Keith hizo una pausa para indicar las estancias.
—Me costó largo tiempo reunir esta colección. Manuscritos, pergaminos, fragmentos de tratados, documentos secretos de todos los países y edades. Valiosos incunables que cuestan una fortuna. Pero la valen.
—¿Y no están llenos de las mismas necedades que los demás? —quise saber—. He leído algunos de tales libros y más parecen obra de algunos locos.
—Entre las solemnes necedades puede haber verdades enormes. Se descubren fácilmente. Algunas invocadas están equivocadas, otras son auténticas.
—¿O sea que si lee un conjuro aparecerá un demonio, un vampiro o un fantasma?
—Sí, si se lee correctamente —asintió Keith—. Ésa es la base. Ahí es donde interviene la ciencia. En muchos casos, por temor, no se ha escrito la invocación completa. En otros el conjuro tiene palabras cambiadas debido a una traducción incorrecta. La Iglesia quemó tolos los manuscritos y libros de esa clase que pudo hallar. Lo hizo durante varios siglos. Y tuvimos que emplear varios meses en los preparativos, seleccionando lo bueno entre lo malo, uniendo fragmentos sueltos, estudiando las fuentes de origen. Ha sido un trabajo muy arduo para la doctora Ross y para mí. No obstante, podemos hoy asegurar que poseemos en nuestras manos casi un centenar de conjuros legítimos para la invocación de las fuerzas sobrenaturales. Si se recitan como es debido, se obtiene, como con las oraciones corrientes, un resultado inmediato. Además, algunas de las invocaciones exigen ceremonias como ésta. Hemos gastado una enorme cantidad de dinero para reunir el instrumental y los materiales necesarios para estos experimentos. Cuesta mucho encontrar sangre de mandril y obtener los cadáveres necesarios. Es repulsivo, bien lo sé, pero imprescindible.
—Pero sangre del tipo B... —repetí, encogiéndome de hombres.
—Es una simple demostración de lo cuidado de nuestro método de trabajo. Atacaremos lo natural con métodos modernos. Tenga en cuenta los fracasos de nuestros antecesores. Ya he dicho que la mayoría de los hechiceros eran unos farsantes. Los que trabajaban seriamente utilizaban, a veces, traducciones equivocadas, como ya he demostrado. Como es natural, no triunfaban. Otras veces, carecían de los materiales debidos. Si el conjuro exigía el empleo de sangre de mandril, ellos utilizaban otra clase de sangre y, por simple reacción química, el conjuro quedaba destruido. Al utilizar sangre humana hay que tener en cuenta la cantidad tan variada de tipos existentes y, por consiguiente, un hechizo que surtiría efecto empleando la sangre debida, puede fracasar con el uso de otra sangre. Si ahora nos hallamos con una receta que exige el empleo de polvos de cuerno de unicornio, la echamos al cesto de los papeles pues sabemos que es un fraude. En fin, tal vez a usted todo eso le parezcan detalles sin valor, pero en ellos puede residir el triunfo, como resultado de un razonamiento científico. Hemos repasado bien nuestros hechizos e in- ' vocaciones, hemos comprobado las fórmulas, reuniendo los ingredientes más auténticos. En tales condiciones no podemos fracasar, si existe alguna verdad en las historias sobrenaturales que han privado en el mundo durante las edades anteriores a la nuestra. Hoy, empleando la sangre de tipo B, vamos a poner en práctica la invocación de Richalmus para evocar un dracónibus. La doctora Ross ha trazado el pentagrama y ha alimentado los fuegos con los tres colores. Ahora leerá la invocación en su original latino. Si las condiciones se producen exactamente como está mandado, pronto veremos al alado demonio de la noche que el buen abad describió tan gráficamente. Quizás lo podamos capturar y lo ofrezcamos como prueba viviente al mundo.
—¿Quiere capturarlo? —murmuré. Keith sonrió.
—¿Por qué no? Esa es la prueba que necesitamos para confundir a los escépticos. El mismo Tom Considine, cuando me dio el dinero, se rió de mí. Me gustaría ver su expresión cuando le enviase el dracónibus.
Keith soltó una carcajada y señaló al techo.
—Si la cosa aparece y es peligrosa, tengo siempre a mano las balas de plata para dominarlo, pero preferiría mucho más capturarla viva. Hay que tener en cuenta la importancia científica.
Miré hacia donde señalaba con el dedo. Suspendida por cadenas, en el techo, se veía como una cabina de cristal. Pendía directamente encima del espacio en que se veía el pentagrama.
—Fíjese en la palanca que se ve junto a la puerta —indicó Keith—. Sólo hay que moverla para que la jaula caiga sobre el ser que aparezca en este lugar.
—Pero el demonio romperá el cristal —objeté.
—En absoluto —sonrió el profesor—. Dentro del cristal hay una cantidad muy grande de cruces nada agradables para el demonio. Las junturas del cristal están protegidas por tubos de agua bendita y otro tubo penetra al interior para dar paso al aire y, en caso de necesidad, para descargar el suficiente monóxido de carbono que convierta la jaula en una cámara letal. Por tanto, si ocurre algo mueva la palanca.
Las palabras de Keith me impresionaron fuertemente. Parecían las palabras de un loco, pero el loco era nada menos que el profesor Keith del Instituto Rocklynn. El aire estaba lleno del hedor de las velas hechas con grasa de cadáver. La sangre manchaba el viejo símbolo trazado en el suelo. El silencio y la oscuridad se poblaban de rumores. Lily Ross, con un viejo pergamino en la mano, dio un paso hacia el azulado brasero.
Permaneció allí, como una estatua, como una bruja blanca, pronunciando las primeras palabras de la invocación. Su boca era como una flor escarlata de la que emanase corrupción. Sus labios parecían el cielo; pero su voz era el infierno. Veíase una hermosa joven y escuchaba a una vieja repulsiva y bruja.
Pronunciaba las palabras en latín, pero más que palabras eran sonidos, una invocación. La voz de la joven era el instrumento. Entonces comprendí el inmenso poder de la palabra como plegaria y corno invocación del diablo.
El rumor de la voz se mezclaba con la oscuridad que, a su vez, se confundía con las luces y los fuegos.
El pentagrama comenzó a vibrar. Las llamas corrían por el suelo. Las sombras se poblaban de zumbidos.
De pronto, se oyó un fuerte latido, las paredes se estremecían; adquirieron luego el compás de las palabras de la joven, el estruendo se confundió con ellas y como tomando energías, resonó más fuerte. El humo brotó de los braseros a la vez que un viento impetuoso soplaba en la habitación.
Me estremecí bajo la helada ráfaga que no era de aire. Una blanca figura inclinóse hacia el suelo. De pronto, sentí que me sacudían violentamente y una voz gritó:
—¡Despierte! Se ha dormido de pie. No soplaba ya viento. No se oía rumor alguno. Lily Ross estaba delante de mí, inmóvil, abatida.
—¡Hemos fracasado! —refunfuñó Keith.
—Sin embargo, yo noté...
—Autosugestión. No dio resultado. Déjeme ver esa copia de la invocación —le pidió a Lily. Tomó el papel y lo leyó atentamente.
—¡Maldición!
Lily abrió mucho los ojos.
—¿Qué ocurre?
—Aquí tenemos un ejemplo perfecto de lo que intentaba explicarle. Se ha cometido un error. No es la invocación que necesitábamos. No es la invocación de Richalmus sino otra muy parecida. Es la invocación del demonio, recopilada por Georgioso.
—¿Cómo puede haber ocurrido? —se apuró la joven—. Yo juraría que...
—Por error ha recitado la invocación al demonio —respondió Keith—. No me extraña que no ocurriese nada.
Volvióse de nuevo hacia mí, mas no pude decir nada, porque los ruidos y los zumbidos se habían reanudado. Y esta vez no cabía pensar en la autosugestión.
La habitación se estremeció como si todo el edificio fuese conmovido por un terremoto. Lily y el profesor Keith vacilaban junto a mí. Los braseros ardían con potentes llamas. Un rugido de tormenta llenaba nuestros cerebros.
A nuestros pies el pentagrama dibujado ardía materialmente. Dentro de él una negra sombra iba tomando consistencia: la figura del Macho Cabrío del Sábado.
Por el rabillo del ojo vi a Lily Ross avanzar con manos temblorosas y dejar caer el pergamino en el que había leído la invocación equivocada. ¡La que llamaba al demonio a este mundo!
¡Y ahora, dentro de los límites del trazado ¡pentagonal, envuelto en llamas rugientes, que danzaban, proyectando sus sombras contra los muros, donde parecían bailar una danza macabra, se veía ya una sombra más densa que las demás!




3 - EL DIABLO


Ninguno de los tres que allí nos encontrábamos tenía fuerzas para mover un solo dedo. Mientras tanto, la presencia permanecía acurrucada en el centro del dibujo cabalístico, con su negra cara de macho cabrío iluminada por los fuegos. La peluda cabeza, los retorcidos cuernos, el diabólico y familiar rostro, todo fue cobrando forma y vida. Era, un cuadro, fruto de un sueño infernal.
De pronto, la figura entró en acción. Movió los brazos y los pies y comenzó a avanzar.
De un salto, obedeciendo más al instinto que a la voluntad, llegué a la puerta y accioné la palanca. Oyóse el chirriar de cadenas y, con fuerte estrépito, la jaula de cristal inastillable cayó sobre la figura, aprisionando en su interior a Satanás, Príncipe de las Tinieblas.
Aquel monstruo saltó contra los muros de cristal y retrocedió rápidamente.
—¡Dios mío! —exclamó en aquel momento Keith, que había recuperado el habla.
Me eché a reír. No pude evitarlo.
—¿Qué le ocurre? —susurró Lily.
—He luchado contra el propio Satanás y le he vencido —me envanecí.
—Es para volverse loco —musitó la joven—. Tenemos a Satanás encerrado en la habitación de un rascacielos.
—¿Sigue incrédulo? —preguntó Keith.
—Los incrédulos no sudan —repliqué, secándome la frente—, pero si no soy incrédulo, al menos soy práctico. ¿Qué hacemos ahora?
—Ante todo, encender la luz.
Keith fue hacia el interruptor y la estancia se llenó de prosaicas luces, convirtiendo la habitación en una estancia completamente vulgar... a no ser por la figura que había dentro de la jaula de cristal.
A oscuras, aquella visión era desagradable, pero a plena luz resultaba infinitamente peor. El satánico prisionero nos contemplaba orgullosamente erguido. La luz ponía de manifiesto todos los detalles. Demasiados detalles. Su piel negra relucía de manera opaca.
—Es tal como lo había imaginado —murmuró el profesor—. La perilla, el monóculo, la roja epidermis...
—¡Cómo! —exclamó—. ¿Dice que su piel es roja? ¡Es negra!
—Es escamosa —declaró Lily.
—¡Nada de escamas! —protesté—. ¿Qué dicen? ¿Y el monóculo donde está? ¡Si parece un macho cabrío negro!
—¿Está loco? —se irritó Keith—. Se ve claramente que es un hombre vestido de etiqueta, de cara roja, con un monóculo.
—¿Y su cola ahorquillada? —exclamó Lily—. ¡Eso es lo peor!
—¡No tiene cola! —grité—. Ninguno de ustedes lo ve bien.
Keith dio un paso atrás.
—Un momento —pidió—. Estudiemos eso. Usted cree ver un macho cabrío, negro, con facciones humanas ¿verdad? —me preguntó.
Asentí con el gesto.
—¿Y usted, Lily?
—Yo veo un ser escamoso, de cola ahorquillada. Parecido a un lagarto gris.
—Bien, yo veo a un hombre vestido de etiqueta, de cara roja —terminó el profesor—. Y todos tenemos razón.
—No entiendo.
—En realidad, nadie sabe cuál es el verdadero aspecto del diablo. Cada uno de nosotros se ha formado su imagen mental extraída de las ilustraciones de los libros consultados. Los adoradores y los enemigos de Satanás lo han pintado de distintas maneras. Para unos era el macho cabrío de las bacanales sabáticas; para otros era la encarnación de la tentadora serpiente. Para los modernos es un caballero rojo. Cada cual lo ve a su manera por lo que nosotros vemos una misma figura de tres formas distintas. Y no podemos dilucidar cuál es su aspecto verdadero. Puede ser gas, luz, o simplemente llama; pero nuestro cerebro le da forma material.
—Quizá tenga razón —se avino Lily.
—Todo esto es muy interesante —intervine—, pero ¿qué hacemos ahora? ¿Avisar a la prensa?
—¿Se burla? ¿Sabe qué ocurriría si el mundo se enterase de que lo tenemos prisionero en esta habitación? ¿No comprende la locura y el pánico que se desencadenaría sobre la tierra? Además, tenemos que realizar experimentos. Sí, ésta es nuestra oportunidad. La Providencia debió de guiarnos al cometer aquel error.
—¿Está seguro de que fue la Previdencia? —gimió Lily—. Tengo la impresión de que este regalo no nos viene del cielo.
—No se excite —le rogó el profesor—. Piense en lo que tenemos entre manos. ¡Es lo más grande que se ha legrado jamás!
—Keith, esto es peligroso —aduje—. No me gusta. Aparentemente, nuestro visitante está embotellado bajo esa campana de cristal, pero ¿y si fuerza la salida?
—No puede huir —declaró el profesor—. ¿Tiene usted miedo? ¿No se da cuenta de que en esta habitación tenemos la prueba de la existencia del demonio y de todo lo sobrenatural?
—Al demonio prefiero tenerlo lo más lejos posible —mascullé.
—Habla usted como un hombre miedoso.
—Es posible que los miedosos estén más en lo cierto que los científicos. Llevamos muchos siglos luchando contra ese ser y es posible que su inteligencia sea superior a la de ustedes. Sobre todo, en este caso.
—Examinaremos al demonio con todos los medios de investigación a nuestro alcance —declaró el profesor—. Lo someteremos a análisis de sangre, a rayos X... Volví la cabeza, disgustado ante tanta locura.
—Quizás ese ser pueda hablar —dijo Lily, a quien me había yo vuelto en busca de un poco de normalidad—. Impresionaremos fotografías...
— ¡Es el éxito... el verdadero triunfo de la ciencia! —blasonó el profesor—. Haremos un estudio científico de todo lo diabólico. La potencia que el hombre temió desde los primeros días de la creación está ahora en nuestras manos. ¡El gran dios Pan! ¡La serpiente! ¡El Ángel Caído! ¡Satanás! ¡Lucifer! ¡Luzbel! ¡Belcebú! ¡Azriel! ¡Asmodeo! ¡Sammael! ¡Zamiel! ¡El Príncipe de las Tinieblas! ¡El Macho Cabrío negro del Sábado! Ariman, Malik, Mefistófeles, el arquetipo del mal conocido por los hombres con infinidad de nombres.
Sentí deseos de soltar una nerviosa carcajada. ¡Era demasiado! Lily me salvó.
—Salgamos de aquí —propuso—. En seguida. Mañana podremos discutir sobre esto y convencernos de que no estamos locos.
—Sí, es mejor —asintió Keith—. Aquí está seguro. No puede escapar. La puerta se cierra automáticamente y nadie podrá entrar sin nuestro consentimiento.
El profesor fue hacia la puerta y yo le seguí, pero antes de salir me volví, tropezando con la mirada de unos ojos terribles que brillaban al otro lado del cristal. ¡Los mismos ojos que viera Fausto!




4 - EL INFIERNO SUELTO


—Esta es mi historia —concluí—. Ahora cuénteme la suya.
Lily Ross levantó su vaso, en el que tintineaba el hielo.
—Sólo un poco de bioquímica —sonrió—. Un empleo en el Instituto Rocklynn, como ayudante del profesor Keith.
—'No se burle de mí. Ahora es usted- una mujer bellísima ataviada con un traje de baile, color verde, que le sienta a maravilla. No sabe nada de química y sólo desea bailar.
Deseaba bailar, pero cuando volvimos a nuestra mesa observé que estaba muy preocupada.
—Estoy inquieta por el profesor Keith —susurró—. Tiene los nervios destrozados. No sé si mañana estará bien para los experimentos. Marchóse a casa para acostarse al momento.
—No se apure por él —reí—. Lo peor que puede ocurrirle es un fuerte dolor de cabeza, a consecuencia de una buena borrachera.
—¿Por qué dice esto? —se extrañó la joven.
—Eche una mirada hacia la mesa próxima a la orquestina. Si Keith pensaba acostarse es indudable que ha cambiado de opinión.
Lily miró hacia donde yo le indicaba y sus ojos se desorbitaron.
—¡Está ahí! —exclamó—. ¡Con una mujer!
—¡Y vaya mujer! —comenté—. Es Eva Vernon, la cantante. No lo hubiera creído un hombre tan de mundo.
—¡No lo es! —protestó Lily—. Jamás va a ninguna parte. No he sabido de él que acompañase nunca a una mujer. Y bebe champán...
—Vivir para ver —sonreí—. Está tranquilizando sus nervios. ¿Quiere que nos sentemos a su mesa?
—No, se disgustaría. Además, esto lo encuentro muy raro.
Me encogí de hombros, pero al cabo de un rato empecé a inquietarme. Keith se había bebido él solo una botella de champán, cantaba como un borracho y estaba colorado como un tomate.
—¡Es... es repugnante! —proclamó Lily, al salir del local.
—Olvídelo —le aconsejé.
Nos separamos a la puerta de su domicilio y a la mañana siguiente, cuando llegué al Instituto la encontré esperando.
—¿Dónde está el profesor? —pregunté viendo que estaba sola.
—No ha venido.
—Estará durmiendo el champán ingerido anoche. ¿Le .ha telefoneado?
—Sí, y su ama de llaves afirma que no ha vuelto a casa.
—Es raro, ¿Qué hacemos?
—Vayamos al laboratorio y aguardemos. Podemos echar una mirada a nuestro prisionero.
Lily fue hacia la puerta. Sacó una llave y al insertarla en la cerradura, exclamó:
—¡Está abierto!
Entramos.
La estancia se hallaba a oscuras. Sólo ardía un brasero. Un solo brasero y los ojos dentro de la jaula de cristal.
Delante de la jaula había un cuerpo tendido.
—¡Keith!
Lo sacudí. Trabajosamente se puso de pie.
—Oh, debí quedarme dormido. He pasado aquí toda la noche. Observando lo que hacía...
El profesor tenía el rostro demacrado. Y farfullaba, como si estuviese medio dormido.
—Vale más que se vaya a casa y duerma un poco —le recomendó Lily—. Nosotros nos quedaremos aquí. Si más tarde se encuentra bien trazaremos nuestros planes.
—Nada de eso —replicó el profesor, haciendo un esfuerzo como sacudiendo la fatiga de su cuerpo—. Estoy perfectamente bien. Lo que tengo que hacer es buscar a Considine. Necesito más dinero. Ustedes quédense aquí y vigilen. Nos veremos esta noche en el baile del Tubo de Ensayo. Dispondré allí un encuentro con Considine y otros amigos.
Salió precipitadamente de la habitación, dejándome a Lily y a mí mudos de asombro.
—¿El baile del Tubo de Ensayo? —repetí.
—Sí, es un baile que celebramos anualmente los protectores del Instituto Rocklynn. Sirve para allegar fondos. Mas no entiendo qué hará allí el profesor. Nunca le ha gustado asistir a esta clase de fiestas.
—Olvida lo de anoche.
—Pues no, no puedo olvidarlo. Estoy segura de que el profesor no se encuentra bien. Algo le ha ocurrido.
—No es él único que no se encuentra bien —repliqué—. Mire hacia la jaula.
Satanás se hallaba acurrucado en el suelo. Y sus ojos rojos brillaban cada vez con menos intensidad.
—¿Está enfermo? —inquirió Lily.
—No tiene aire ni comida —contesté—. ¿Qué debe comer Su Majestad Infernal?
Iba a seguir hablando, pero algo en el aspecto" del cautivo me detuvo.
—¡Ojalá Keith estuviera aquí! —exclamó Lily—. Deberíamos de hacer algo.
De pronto, Satanás se incorporó, avanzó lentamente hacia la barrera de cristal y nos miró.
En sus ojos no brillaba el odio sino la comprensión. Su gesto era de súplica.
—Quiere hablarnos —murmuró Lily. Los labios del monstruo se movían, dejando ver sus colmillos.
—Si pudiésemos entender su mensaje —dije, observando los gestos del cautivo.
Todo inútil.
De repente, aquel extraño ser se inclinó hacia el suelo y cogió algo que allí había.
Era un fragmento de yeso fosforescente, del que se habían servido para trazar el pentagrama. ¡Y el demonio empezó a escribir! ¡Con letras de fuego!


Pronto, deténganle antes de que sea demasiado tarde. Se ha introducido dentro de mí esta mañana y sé lo que piensa hacer.


Al pie de este horrible escrito había una firma en letras de fosforescencia plateada: 


Phillips Keith.


 Junto a mí, Lily temblaba convulsivamente.
—Vamos —dije.
—¿Adonde?
—En busca del profesor. Al baile del Tubo de Ensayo.




5 - EL DIABLO BAILA


Hacía diez minutos que aguardábamos en el baile cuando por fin llegó el profesor Keith. Iba disfrazado de Mefistófeles. Barba postiza, capa roja, rostro teñido de escarlata. Era su concepto de Satanás.
Jamás me había parecido tan alto. Alto, y delgado. Su disfraz era perfecto.
No fuimos los únicos en fijarnos en él. La orquesta acaba de interpretar una pieza y la concurrida sala constituía un excelente marco para su entrada en escena. Recordé a Lon Chaney en su caracterización de la Muerte Roja, en El Fantasma de la Ópera.
—¡Qué disfraz!
—Perfecto.
—Hasta renquea.
En efecto, Keith al andar cojeaba marcadamente. Keith avanzó orgullosamente por entre las circunstantes. Le vi saludar a un hombre disfrazado de pirata.
—Es Considine —susurró Lily.
Considine parecía reírse del disfraz del profesor. Otro de los invitados reunióse con ellos. La orquesta inició la interpretación de otra pieza. Los tres hombres desaparecieron.
—Démonos prisa —apremié a Lily—. Va a ocurrir algo.
Llegamos a la calle en el instante en que el coche negro en que iban los dos hombres y el demonio se ponía en marcha.
La suerte nos deparó en seguida otro taxi.
Hice subir a Lily y le ordené al chofer:
—Siga a ese auto... —me interrumpí—. ¡No! Sé adonde van. Llévenos al Instituto Rocklynn.
Parecíamos vivir en otro mundo, mientras cruzábamos las calles persiguiendo al demonio, y mientras ascendíamos en el ascensor por el rascacielos.
Cuando nos detuvimos frente a la puerta del laboratorio oímos una voz. Se parecía a la del profesor. Era una voz que utilizaba la boca y la laringe de Keith, pero en la que había unas notas que nada tenían de humanas.
—Ya ven lo que he conseguido, caballeros —decía—. Ni usted, señor Considine, ni usted, señor Wintergreen, pueden dudar ya de la evidencia de sus sentidos...
—¡Es espantoso! —se horrorizó Considine—. ¡El diablo en una cárcel de cristal!
—¿Espantoso? ¡Glorioso! ¿No ve las posibilidades que eso ofrece?
—Sí, desde el punto de vista científico el interés debe ser muy grande, pero prácticamente ¿qué ventaja nos ofrece? ¿Lo exhibirá por las ferias?
—Habla usted como un necio, Considine —replicó la voz ronca que era la de Keith—. ¿No comprende que ahí tenemos algo que puede convertirse en la fuerza más grande de la tierra?
—¿Fuerza? —preguntó Wintergreen.
—Sí, una fuerza todopoderosa. Piensen, por un, momento, lo que para nosotros puede significar este cautivo. Durante siglos, los hombres han rendido pleitesía al demonio. Convencidos de que el Reino de los Cielos está regido por Dios, afirman que la tierra está gobernada por Satanás. Por eso le han adorado. Si les concede la felicidad en la tierra, están dispuestos a ceder su dicha celestial.
—¡Qué locura!
—Sí —prosiguió burlona la voz ¡del profesor—, se reunían en lugares ocultos, en bodegas de casas viejas, en criptas de iglesias ruinosas, en la noche de Walpurgis. Velas fabricadas con grasa de niños no bautizados iluminaban las ceremonias, que se celebraban sobre el altar formado por el cuerpo de una doncella. Todos los fieles proclamaban en alta voz sus pecados y confesaban, arrepentidos, las buenas acciones.
—No hable así —intervino Wintergreen—. No somos niños para asustarnos con esas tonterías.
—Tampoco lo son los miles de satanistas que llevan a cabo esos ritos. Sin embargo, la mayoría de ellos son engañados por unos farsantes. Yo, en cambio, les ofrezco la representación física de Lucifer. Con su dinero 'pude disponer lo necesario para atraerlo a la tierra. Ahora pueden aprovechar su inversión. Tenemos el poder y la riqueza al alcance de la mano. Somos los dueños de Satanás, de lo que hasta ahora se consideraba un cuento infantil o una conseja de viejas, y con ello construiremos un imperio. Podremos dominar a las naciones, al mundo entero.
—¿ Se ha vuelto loco, Keith? —balbució tembloroso Considine—. Primero se presenta con ese, disfraz y luego nos habla de locuras, nos enseña ese monstruo y nos está convenciendo de su locura.
—Sí —añadió Wintergreen, débilmente—, yo me marcho.
— ¡No! ¡No saldrán de aquí! Conocen mi secreto y no permitiré que lo divulguen. Ninguno de ustedes saldrá de aquí hasta que hayan aceptado mis condiciones.
Yo no sabía exactamente qué hacer, pero aquel era el mejor momento para irrumpir en la habitación. Abrí, pues, la puerta y penetré en la negra estancia, acompañado de Lily.
Considine y Wintergreen nos contemplaron boquiabiertos. En la cárcel de cristal, la figura apresada agitaba frenéticamente los brazos.
Keith se abalanzó contra mí, pero antes de que me alcanzase saqué del bolsillo un frasco, lo destapé y eché su contenido al rostro del profesor.
Un hedor insoportable llenó la estancia. Densas nubes de humo brotaron de la carne rojiza. Cuando aquel ser cayó al suelo, me precipité sobre él y le obligué a tragarse el resto del líquido. La lucha concluyó al instante.
—Creí que iba a matarle —exclamó Lily—. Cuando usted le arrojó el ácido...
—No era ningún ácido —le informé—. Era agua bendita.




6 - LA AMENAZA DE SATANÁS


En la figura tendida en el suelo se había verificado un cambio absoluto. Desapareció el tinte rojo y el rostro de Keith recobró su aspecto normal. Un momento después se incorporó.
—¿Qué ocurrió? —preguntó con voz débil. Le conté todo lo sucedido.
—El agua bendita me ha salvado. Oh —añadió—, estuvo usted muy inspirado.
—Muy desesperado —le corregí.
—¿De qué están hablando? —se interesó Considine.
—Que el demonio se apoderó de mí.
—¿Cree eso?
—Usted mismo lo vio. No se trata de una novedad. La Biblia nos habla de ello. No sé cómo pudo ocurrir. Sin duda, la emoción debilitó mis defensas, y el mal halló fácil acceso dentro de mí. Por la noche regresé, ese ser que tenemos ahí dentro me hipnotizó y aunque no perdí totalmente la noción de las cosas, roe sentí empujado por una euforia y una ansias desconocidas.
Volvimos la vista hacia la jaula de cristal. Satanás estaba de nuevo dentro de ella, pero resultaba evidente que su poder transpasaba las frágiles barreras.
—Puede apoderarse de un cuerpo humano —advirtió el profesor—, y caminar por el mundo.
—Es necesario deshacernos de él —observé—. Que vuelva a su infierno.
—¡Hacerle volver! —repitió el profesor.
—No hay manera —objetó Lily—. No se conoce ningún medio para alejar al demonio.
Volví la cabeza hacia la cárcel. ¿Por qué no enviarle de nuevo al infierno?
Examiné la figura que se encontraba allí prisionera. La examiné y sonreí. Luego, mi sonrisa se trocó en una carcajada.
¿Aquello era el fabuloso Lucifer? ¡Era demasiado cómico para ser verdad! Me sentía más fuerte que él. Al fin y al cabo, le había vencido. Le dominé en la lucha cuerpo a cuerpo. ¡Yo era su amo! ¡El amo de Lucifer!
Sentía que unas inmensas energías penetraban en mi interior. ¡Yo era el amo!
—Ya sé —exclamé de repente.
—¿Sabe cómo hacerle volver al infierno? —preguntaron Lily y Keith.
—No, no es preciso. Soy más fuerte que Satanás. Lo he dominado. Lo seguiré dominando y emplearé ese poder.
Vi el espanto reflejado en todos los rostros.
—¿Por qué desprendernos de esa fuerza? —continué seguro de mí mismo—. ¿Por qué no ha de dominar Satanás en el mundo? ¿Por qué no he ser yo el amo de todo? Luché contra Dios y me venció, pero ahora...
De pronto, lo comprendí todo. Había dicho "luché contra Dios". Pero fue Luzbel el que se rebeló contra el Todopoderoso. Y yo creía haber sido yo mismo.
¡Yo! ¡El demonio!
Keith y los demás me miraban aterrados. Contemplaban mi rostro. Y yo advertía el cambio que se verificaba en él.
. Lily me tendió un espejo.
Comprendí la horrible verdad. Lo que le había sucedido al profesor me estaba ocurriendo a mí. Satanás se apoderaba de mi cuerpo.
¡Yo era Satanás!
El espejo cayó al suelo y se hizo añicos. Sentía horror y alegría... 
Examiné mis manos. Eran ya unas garras negras...
Cuando sus manos buscaron las culatas de sus dos revólveres cargados con balas de plata, adiviné la intención del profesor.
Estaban ambas armas sobre una mesa y yo llegué allí antes que él.
—¡Quieto! —ordené ferozmente, apuntándole yo a él y haciendo frente a todos los presentes—. Si alguien ha de disparar, ese alguien seré yo. ¡Soy el amo! ¡El dueño, dispensador de todos los males, de todos los pecados! ¡El señor absoluto de la tierra!
— ¡Dios mío! —gimió Lily.
Sentí como un trallazo en pleno rostro. El nombre del Señor abrasaba mis oídos.
Luego, Lily empezó a avanzar hacia mí, con las manos tendidas en actitud suplicante.
—¡Quieta o disparo! —le grité.
Ella continuó avanzando. En su mirada no había odio alguno, y sus labios murmuraban unas plegarias que me abrasaban el cuerpo y, sobre todo, el rostro, aquel rostro rojo, los cuernos que ya apuntaban, mi pelo leonado, crespo, hirsuto. Mis manos, convertidas en garras negras...
¡Tenía que terminar con aquel fuego que me abrasaba! ¡Debía matar a Lily! Pero cuando por fin me decidí a disparar, lo hice con el cañón del arma que empuñaba con la mano derecha, aplicado a mi propia sien.




7 - LA CAÍDA DE LUCIFER


—¡Cuidado! —exclamé—. ¡Cuidado!
—Lo siento —se excusó Keith—. Aunque sea una bala de plata existe el peligro de la infección.
—¿Se ha marchado? —pregunte, sin citar al ser cuya huida deseaba.
—Sí —contestó Lily—. En, cuanto usted disparó el revólver, la campana de cristal quedó vacía. No se vio ni humo ni fuego. Desapareció como una luz que se apaga.
—Fue un tiro muy afortunado —declaró Keith—. Rozó la carne y se perdió en el techo. Pero pudo haber
sido fatal.
—No entiendo por qué me pegue el tiro ni por qué desapareció Satanás.
—Es la eterna verdad —replicó -el profesor—. La virtud triunfando sobre el mal. Aunque usted no se dio cuenta, su conciencia luchó contra el diablo... y le venció.
—Es difícil no creer que todo ha sido un sueño. Lily apoyó una mano sobre mi hombro.
—Olvidémoslo.
Los demás se mostraron de acuerdo.
—¿Y cómo? —quise saber.
—Si no está demasiado enfermo —sonrió Lily.
—¿Enfermo? Me encuentro perfectamente.
—Entonces, vayamos a celebrar nuestra victoria —propuso Considine.
—¡Oh, no! —protesté—. La celebración la haremos nosotros dos solos ¿verdad, doctora Ross?
Lily tardó unos instantes en contestar con su más encantadora sonrisa:
—Verdad... pero no está bien abandonar a nuestros buenos amigos...
—¿No? ¿Por qué no? —protesté. Y dejándome llevar de mi indignación, exclamé—: ¡Que se vayan al diablo!



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