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jueves, 5 de mayo de 2011

Autobiografía por H. P. Lovecraft


Autobiografía

ALGUNAS NOTAS SOBRE ALGO QUE NO EXISTE

por H. P. Lovecraft (1890-1937).
Escrito publicado de forma póstuma.
Título original en inglés: «Some Notes On A Nonentity»
Para mí, la principal dificultad al escribir una autobiografía es encontrar algo importante que contar. Mi existencia ha sido reservada, poco agitada y nada sobresaliente; y en el mejor de los casos sonaría tristemente monótona y aburrida sobre el papel.
Nací en Providence, R.I. -donde he vivido siempre, excepto por dos pequeñas interrupciones- el 20 de agosto de 1890; de vieja estirpe de Rhode Island por parte de mi madre, y de una línea paterna de Devonshire domiciliada en el estado de Nueva York desde 1827.
Los intereses que me llevaron a la literatura fantástica aparecieron muy temprano, pues hasta donde puedo recordar claramente me encantaban las ideas e historias extrañas, y los escenarios y objetos antiguos. Nada ha parecido fascinarme tanto como el pensamiento de alguna curiosa interrupción de las prosaicas leyes de la Naturaleza, o alguna intrusión monstruosa en nuestro mundo familiar por parte de cosas desconocidas de los ilimitados abismos exteriores.
Cuando tenía tres años o menos escuchaba ávidamente los típicos cuentos de hadas, y los cuentos de los hermanos Grimm están entre las primeras cosas que leí, a la edad de cuatro años. A los cinco me reclamaron Las mil y una noches, y pasé horas jugando a los árabes, llamándome «Abdul Alhazred», lo que algún amable anciano me había sugerido como típico nombre sarraceno. Fue muchos años más tarde, sin embargo, cuando pensé en darle a Abdul un puesto en el sigloVIII y atribuirle el temido e inmencionable Necronomicon!
Pero para mí los libros y las leyendas no detentaron el monopolio de la fantasía. En las pintorescas calles y colinas de mi ciudad nativa, donde los tragaluces de las puertas coloniales, los pequeños ventanales y los graciosos campanarios georgianos todavía mantienen vivo el encanto del siglo XVIII, sentía una magia entonces y ahora difícil de explicar. Los atardeceres sobre los tejados extendidos por la ciudad, tal como se ven desde ciertos miradores de la gran colina, me conmovían con un patetismo especial. Antes de darme cuenta, el siglo XVIII me había capturado más completamente que al héroe de Berkeley Square; de manera que pasaba horas en el ático abismado en los grandes libros desterrados de la biblioteca de abajo y absorbiendo inconscientemente el estilo de Pope y del Dr. Johnson como un modo de expresión natural. Esta absorción era doblemente fuerte debido a mi frágil salud, que provocó que mi asistencia a la escuela fuera poco frecuente e irregular. Uno de sus efectos fue hacerme sentir sutilmente fuera de lugar en el período moderno, y pensar por lo tanto en el tiempo como algo místico y portentoso donde todo tipo de maravillas inesperadas podrían ser descubiertas.
También la naturaleza tocó intensamente mi sentido de lo fantástico. Mi hogar no estaba lejos de lo que por entonces era el límite del distrito residencial, de manera que estaba tan acostumbrado a los prados ondulantes, a las paredes de piedra, a los olmos gigantes, a las granjas abandonadas y a los espesos bosques de la Nueva Inglaterra rural como al antiguo escenario urbano. Este paisaje melancólico y primitivo me parecía que encerraba algún significado vasto pero desconocido, y ciertas hondonadas selváticas y oscuras cerca del río Seekonk adquirieron una aureola de irrealidad no sin mezcla de un vago horror. Aparecían en mis sueños, especialmente en aquellas pesadillas que contenían las entidades negras, aladas y gomosas que denominé «night-gaunts» [espectros nocturnos o alimañas descarnadas].
Cuando tenía seis años conocí la mitología griega y romana a través de varias publicaciones populares juveniles, y fui profundamente influido por ella. Dejé de ser un árabe y me transformé en romano, adquiriendo de paso una rara sensación de familiaridad y de identificación con la antigua Roma sólo menos poderosa que la sensación correspondiente hacia el siglo XVIII. En un sentido, las dos sensaciones trabajaron juntas; pues cuando busqué los clásicos originales de los cuales se tomaron los cuentos infantiles, los encontré en su mayoría en traducciones de finales del siglo XVII y del XVIII. El estímulo imaginativo fue inmenso, y durante una temporada creí realmente haber vislumbrado faunos y dríadas en ciertas arboledas venerables. Solía construir altares y ofrecer sacrificios a Pan, Diana, Apolo y Minerva.
En este período, las extrañas ilustraciones de Gustave Doré‚ -que conocí en ediciones de Dante, Milton y La balada del Antiguo Marinero- me afectaron poderosamente. Por primera vez empecé‚ a intentar escribir: la primera pieza que puedo recordar fue un cuento sobre una cueva horrible perpetrado a la edad de siete años y titulado «The Noble Eavesdropper» [El noble fisgón]. Este no ha sobrevivido, aunque todavía poseo dos hilarantes esfuerzos infantiles que datan del año siguiente: «The Mysterious Ship» [La nave misteriosa] y «The Secret of the Grave» [El secreto de la tumba], cuyos títulos exhiben suficientemente la orientación de mi gusto.
A la edad de casi ocho años adquirí un fuerte interés por las ciencias, que surgió sin duda de las ilustraciones de aspecto misterioso de «Instrumentos filosóficos y científicos» al final del Webster's Unabrigded Dictionary. Primero vino la química, y pronto tuve un pequeño laboratorio muy atractivo en el sótano de mi casa. A continuación vino la geografía, con una extraña fascinación centrada en el continente antártico y otros reinos inexplorados de remotas maravillas. Finalmente amaneció en mí la astronomía; y el señuelo de otros mundos e inconcebibles abismos cósmicos eclipsó todos mis otros intereses durante un largo período hasta después de mi duodécimo cumpleaños. Publicaba un pequeño periódico hectografiado titulado The Rhode Island Journalof Astronomy, y finalmente -a los dieciséis- irrumpí en la publicación real en la prensa local con temas de astronomía, colaborando con artículos mensuales sobre fenómenos de actualidad para un periódico local, y alimentando la prensa rural semanal con misceláneas más expansivas.
Fue durante la secundaria -a la que pude asistir con cierta regularidad- cuando produje por primera vez historias fantásticas con algún grado de coherencia y seriedad. Eran en gran parte basura, y destruí la mayoría a los dieciocho, pero una o dos probablemente alcanzaron el nivel medio del «pulp». De todas ellas he conservado solamente «The Beast in the Cave» [La bestia de la cueva] (1905) y «The Alchemist» [El alquimista] (1908). En esta etapa la mayor parte de mis escritos, incesantes y voluminosos, eran científicos y clásicos, ocupando el material fantástico un lugar relativamente menor. La ciencia había eliminado mi creencia en lo sobrenatural, y la verdad por el momento me cautivaba más que los sueños. Soy todavía materialista mecanicista en filosofía. En cuanto a la lectura: mezclaba ciencia, historia, literatura general, literatura fantástica, y basura juvenil con la más completa falta de convencionalismo.
Paralelamente a todos estos intereses en la lectura y la escritura, tuve una niñez muy agradable; los primeros años muy animados con juguetes y con diversiones al aire libre, y el estirón después de mi décimo cumpleaños dominado por persistentes pero forzosamente cortos paseos en bicicleta que me familiarizaron con todas las etapas pintorescas y excitadoras de la imaginación del paisaje rural y los pueblos de Nueva Inglaterra. No era de ningún modo un ermitaño: más de una banda de la muchachada local me contaba en sus filas.
Mi salud me impidió asistir a la universidad; pero los estudios informales en mi hogar, y la influencia de un tío médico notablemente erudito, me ayudaron a evitar algunos de los peores efectos de esta carencia. En los años en que debería haber sido universitario viré de la ciencia a la literatura, especializándome en los productos de aquel siglo XVIII del cual tan extrañamente me sentía parte. La escritura fantástica estaba entonces en suspenso, aunque leía todo lo espectral que podía encontrar -incluyendo los frecuentes sueltos extraños en revistas baratas tales como All-Story y TheBlack Cat-. Mis propios productos fueron mayoritariamente versos y ensayos: uniformemente despreciables y relegados ahora al olvido eterno.
En 1914 descubrí la United Amateur Press Association y me uní a ella, una de las organizaciones epistolares de alcance nacional de literatos noveles que publican trabajos por su cuenta y forman, colectivamente, un mundo en miniatura de crítica y aliento mutuos y provechosos. El beneficio recibido de esta afiliación apenas puede sobrestimarse, pues el contacto con los variados miembros y críticos me ayudó infinitamente a rebajar los peores arcaísmos y las pesadeces de mi estilo. Este mundo del «periodismo aficionado» está ahora mejor representado por la National Amateur Press Association, una sociedad que puedo recomendar fuerte y conscientemente a cualquier principiante en la creación. Fue en las filas del amateurismo organizado donde me aconsejaron por primera vez retomar la escritura fantástica; paso que dí en julio de 1917 con la producción de «La tumba» y «Dagon» (ambos publicados después en Weird Tales) en rápida sucesión. También por medio del amateurismo se establecieron los contactos que llevaron a la primera publicación profesional de mi ficción: en 1922, cuando Home Brew publicó un horroroso serial titulado «Herbert West - Reanimator». El mismo círculo, además, me llevó a tratar con Clark Ashton Smith, Frank Belknap Long, Wilfred B. Talman y otros después celebrados en el campo de las historias extraordinarias.
Hacia 1919 el descubrimiento de Lord Dunsany -de quien tomé la idea del panteón artificial y el fondo mítico representado por «Cthulhu», «Yog-Sothoth», «Yuggoth», etc.- dio un enorme impulso a mi escritura fantástica; y saqué material en mayor cantidad que nunca antes o después. En aquella época no me formaba ninguna idea o esperanza de publicar profesionalmente; pero el hallazgo de Weird Tales en 1923 abrió una válvula de escape de considerable regularidad. Mis historias del período de 1920 reflejan mucho de mis dos modelos principales, Poe y Dunsany, y están en general demasiado fuertemente inclinadas a la extravagancia y un colorismo excesivo como para ser de un valor literario muy serio.
Mientras tanto mi salud había mejorado radicalmente desde 1920, de manera que una existencia bastante estática comenzó a diversificarse con modestos viajes,dando a mis intereses de anticuario un ejercicio más libre. Mi principal placer fuera de la literatura pasó a ser la búsqueda evocadora del pasado de antiguas impresiones arquitectónicas y paisajísticas en las viejas ciudades coloniales y caminos apartados de las regiones más largamente habitadas de América, y gradualmente me las he arreglado para cubrir un territorio considerable desde la glamorosa Quebec en el norte hasta el tropical Key Westen el sur y el colorido Natchez y New Orleans por el oeste. Entre mis ciudades favoritas, aparte de Providence, están Quebec; Portsmouth, New Hampshire; Salem y Marblehead en Massachusetts; Newport en mi propio estado; Philadelphia; Annapolis; Richmond con su abundancia de recuerdos de Poe; la Charleston del siglo XVIII, St. Augustine del XVI y la soñolienta Natchez en su peñasco vertiginoso y con su interior subtropical magnífico. Las «Arkham» y «Kingsport» que salen en algunos de mis cuentos son versiones más o menos adaptadas de Salem y Marblehead. Mi Nueva Inglaterra nativa y su tradición antigua y persistente se han hundido profundamente en mi imaginación y aparecen frecuentemente en lo que escribo. Vivo actualmente en una casa de 130 años de antigüedad en la cresta de la antigua colina de Providence, con una vista arrobadora de ramas y tejados venerables desde la ventana encima de mi escritorio.
Ahora está claro para mí que cualquier mérito literario real que posea está confinado a los cuentos oníricos, de sombras extrañas, y «exterioridad» cósmica a pesar de un profundo interés en muchos otros aspectos de la vida y de la práctica profesional de la revisión general de prosa y verso. Por qué es así, no tengo la menor idea. No me hago ilusiones con respecto al precario estatus de mis cuentos, y no espero llegar a ser un competidor serio de mis autores fantásticos favoritos: Poe, Arthur Machen, Dunsany, Algernon Blackwood, Walter de la Mare, y Montague Rhodes James. La única cosa que puedo decir en favor de mi trabajo es su sinceridad. Rechazo seguir las convenciones mecánicas de la literatura popular o llenar mis cuentos con personajes y situaciones comunes, pero insisto en la reproducción de impresiones y sentimientos verdaderos de la mejor manera que pueda lograrlo. El resultado puede ser pobre, pero prefiero seguir aspirando a una expresión literaria seria antes que aceptar los estándares artificiales del romance barato.
He intentado mejorar y hacer más sutiles mis cuentos con el paso de los años, pero no logré el progreso deseado. Algunos de mis esfuerzos han sido mencionados en los anuarios de O'Brien y O. Henry, y unos pocos tuvieron el honor de ser reimpresos en antologías; pero todas las propuestas para publicar una colección han quedado en nada. Es posible que uno o dos cuentos cortos puedan salir como separatas dentro de poco. Nunca escribo si no puedo ser espontáneo: expresando un sentimiento ya existente y que exige cristalización. Algunos de mis cuentos involucran sueños reales que he experimentado. Mi ritmo y manera de escribir varían bastante en diferentes casos, pero siempre trabajo mejor de noche. De mis producciones, mis favoritos son «The Colour Out of Space» [El color que cayó del cielo] y «The Music of Erich Zann» [La música de Erich Zann], en el orden citado. Dudo si podría tener algún éito en el tipo ordinario de ciencia ficción.
Creo que la escritura fantástica ofrece un campo de trabajo serio nada indigno de los mejores artistas literarios; aunque uno muy limitado, ya que refleja solamente una pequeña sección de los infinitamente complejos sentimientos humanos. La ficción espectral debe ser realista y centrarse en la atmósfera; confinar su salida de la Naturaleza al único canal sobrenaturalelegido, y recordar que el escenario, el tono y los fenómenos son más importantes para comunicar lo que hay que comunicar que los personajes y la trama. La «gracia» de un cuento verdaderamente extraño es simplemente alguna violación o superación de una ley cósmica fija, una escapada imaginativa de la tediosa realidad; por lo tanto son los fenómenos más que las personas los «héroes» lógicos. Los horrores, creo, deben ser originales: el uso de mitos y leyendas comunes es una influencia debilitadora. La ficción publicada actualmente en las revistas, con su orientación incurable hacia los puntos de vista sentimentales convencionales, estilo enérgico y alegre, y artificiales tramas de «acción», no puntuan alto. El mejor cuento fantástico jamás escrito es probablemente «The Willows» [Los sauces] de Algernon Blackwood.
23 de noviembre de 1933

miércoles, 4 de mayo de 2011

La maldición que cayó sobre Sarnath


La maldición que cayó sobre Sarnath

  1.  Lovecraft


Existe en la tierra de Mnar un lago vasto de aguas tranquilas al que ningún río alimenta y del cual tampoco fluye río alguno. En sus orillas se alzaba, hace diez mil años, la poderosa ciudad de Sarnath, mas hoy ya no existe allí ciudad alguna.
Se dice que, en un tiempo inmemorial, cuando el mundo era joven y ni aun los hombres de Sarnath habían llegado a la tierra de Mnar, a la orilla de aquel lago se alzaba otra ciudad: la ciudad de Ib, construida en piedra gris, que era tan antigua como el propio lago y estaba habitada por seres que no resultaba agradable contemplar. Muy extraños y deformes eran tales seres, cual corresponde en verdad a seres pertenecientes a un mundo apenas esbozado, aún sólo toscamente empezado a modelar. En los cilindros de arcilla de Kadatheron está escrito que los habitantes de Ib eran, por su color, tan verdes como el lago y las nieblas que de él se elevan; que poseían abultados ojos y labios gruesos y blandos y extrañas orejas y que carecían de voz. También está escrito que procedían de la luna, de la que habían descendido una noche a bordo de una gran niebla, junto con el lago vasto de aguas tranquilas y la propia ciudad de Ib, construida en piedra gris. Cierto es, en todo caso, que adoraban un ídolo, tallado en piedra verdemar, que representaba a Bokrug, el gran saurio acuático, ante el cual celebraban danzas horribles cuando la luna gibosa mostraba su doble cuerno. Y escrito está en el papiro de Ilarnek que un día descubrieron el fuego y que desde aquel día encendieron hogueras para mayor esplendor de sus ceremoniales. Pero no hay mucho más escrito sobre estos seres, pues pertenecieron a épocas muy remotas y el hombre es joven y apenas conoce nada de quienes vivieron en los tiempos primigenios.
Al cabo de muchos milenios, de eras incontables, llegaron los hombres a la tierra de Mnar. Eran pueblos pastores, de tez oscura, que llegaron con sus ganados y construyeron Thraa, Ilarnek y Kadatheron en las riberas del tortuoso río Ai. Y ciertas tribus, más osadas que las otras, llegaron hasta las orillas del lago y construyeron Sarnath en un lugar donde la tierra estaba preñada de metales preciosos.
No lejos de Ib, la ciudad gris, colocaron estas tribus nómadas las primeras piedras de Sarnath, y grande fue su asombro a la vista de los extraños habitantes de Ib. Mas a su asombro se mezclaba el odio, pues, a su juicio, no era deseable que seres de aspecto semejante convivieran, sobre todo al anochecer, con el mundo de los hombres. Tampoco les agradaron las extrañas figuras esculpidas en los grises monolitos de Ib, pues nadie podía explicar cómo habían pervivido tales esculturas hasta la aparición del hombre, a no ser porque la tierra de Mnar era como un remanso de paz y se hallaba muy a trasmano de las demás tierras, tanto de las tierras reales como del país de los sueños.
A medida que los hombres de Sarnath iban conociendo mejor a los seres de Ib, su odio iba en aumento, y a ello no dejó de contribuir el descubrimiento de que estos seres eran débiles, y blandos sus cuerpos al contacto con piedras o flechas. Así, pues, un día, los jóvenes guerreros, los honderos y los lanceros y los arqueros marcharon sobre Ib y mataron a todos sus habitantes, arrojando sus extraños cuerpos al lago con ayuda de largas lanzas, va que prefirieron no tocarlos. Y como tampoco les agradaban los grises monolitos esculpidos de Ib, también los arrojaron al lago, aunque no sin antes maravillarse del inmenso trabajo que habría debido costar el acarreo de las piedras con que estaban construidos, ya que éstas sin duda procedían de regiones remotas, pues en la tierra de Mnar y en países adyacentes no existía piedra alguna que se pareciese a ella.
Así, pues, nada quedó de la antiquísima ciudad de Ib, excepto el ídolo, tallado en piedra verdemar, que representaba a Bokrug, el saurio acuático, el cual fue llevado a Sarnath por los jóvenes guerreros, como símbolo de su victoria sobre los arcaicos dioses y habitantes de Ib y como señal también de hegemonía sobre toda le tierra de Mnar. Mas en la noche que siguió al día en que había sido instalado en el templo, algo terrible debió suceder, pues sobre el lago se vieron luces fantásticas y, por la mañana, notaron las gentes que el ídolo no estaba en el templo y que el sumo sacerdote Taran-Ish yacía muerto, como fulminado por un terror indecible, y, antes de morir, Taran-Ish había trazado con mano insegura, sobre el altar de crisolita, el signo de MALDICION.
Después de Taran-Ish se sucedieron en Sarnath muchos sumos sacerdotes, mas nunca volvió a encontrarse el ídolo de piedra. Y pasaron muchos siglos, en el curso de los cuales Sarnath se convirtió en una ciudad extraordinariamente próspera, hasta el punto de que, excepto los sacerdotes y las viejas, todos olvidaron el signo que Taran-Ish había trazado en el altar de crisolita. Entre Sarnath y la ciudad de Ilarnek se creó una ruta de caravanas, y los metales preciosos de la tierra fueron canjeados por otros metales y por exquisitas vestiduras y por joyas y por libros y por herramientas para los orfebres y por todos los lujosos artificios de los pueblos que habitaban en las riberas del tortuoso río Ai y aun más allá. Y así creció Sarnath, poderosa y sabia y bella, y envió ejércitos invasores que sojuzgaron las ciudades vecinas; y, por fin, en el trono de Sarnath se sentaron reyes que gobernaban toda la tierra de Mnar y muchos países adyacentes.
Maravilla del mundo y orgullo de la humanidad era Sarnath la magnífica. Sus murallas eran de mármol pulido de las canteras del desierto y su altura era de trescientos codos y su anchura de setenta y cinco, de tal modo que, por el camino de ronda, podían pasar dos carretas a la vez. Su longitud era de quinientos estadios y rodeaban la ciudad excepto por la parte del lago, donde había un dique de piedra gris contra el que se estrellaban las extrañas olas que se alzaban una vez al año, durante la ceremonia que conmemoraba la destrucción de Ib. Tenía Sarnath cincuenta calles, que iban del lago a las puertas de las caravanas, y otras cincuenta más que iban en dirección perpendicular a aquéllas. De ónice estaban pavimentadas todas, excepto las que eran vía de paso para caballos, camellos y elefantes, estando éstas empedradas con losas de granito. Y las puertas de Sarnath eran tantas como calles llegaban a sus murallas, y todas eran de bronce y estaban flanqueadas por estatuas de leones y elefantes esculpidos en una piedra que hoy desconocen ya los hombres. Las casas de Sarnath eran de ladrillo vidriado y de calcedonia y todas tenían un jardín amurallado y un estanque cristalino. Con extraño arte estaban construidas, pues ninguna otra ciudad tenía casas como las suyas; y los viajeros que llegaban de Thraa y de Ilarnek y de Kadatheron se maravillaban al contemplar las cúpulas resplandecientes que las coronaban.
Pero aún más maravillosos eran los palacios y los templos y los jardines construidos por Zokkar, rey de tiempos remotos. Había muchos palacios, el último de los cuales era más grande que cualquiera de los de Thraa, Ilarnek o Kadatheron. Tan altos eran sus techos que, a veces, los visitantes imaginaban hallarse bajo la bóveda del mismo cielo; sin embargo, cuando encendían sus lámparas alimentadas con aceites de Dother, las paredes mostraban vastas pinturas que representaban reyes y ejércitos de tal esplendor que quien las contemplaba sentía asombro y pavor a la vez. Muchos eran los pilares de los palacios, todos de mármol veteado y cubiertos de bajorrelieves de insuperable belleza. Y en la mayor parte de los palacios, los suelos eran mosaicos de berilio y lapislázuli y sardónice y carbunclo y otros materiales preciosos, dispuestos con tanto arte que el visitante a veces creía caminar sobre macizos de las flores más raras. Y había asimismo fuentes que arrojaban agua perfumada en surtidores instalados con sorprendente habilidad. Mas superior a todos los demás era el palacio de los Reyes de Mnar y países adyacentes. El trono descansaba sobre dos leones de oro macizo y estaba situado tan alto que, para llegar a él, era preciso subir una escalinata de muchos peldaños. Y el trono estaba tallado en una sola pieza de marfil y ya no vive hombre que sepa explicar de dónde procedía pieza de tal tamaño. En aquel palacio había también muchas galerías y muchos anfiteatros donde leones, hombres y elefantes combatían para solaz de los reyes. A veces, los anfiteatros eran inundados con aguas traídas del lago mediante poderosos acueductos y entonces se celebraban allí justas acuáticas o combates entre nadadores y mortíferas bestias del mar.
Altivos y asombrosos eran los diecisiete templos de Sarnath, construidos en forma de torre con piedras brillantes y policromas desconocidas en otras regiones. Mil codos de altura medía el mayor de todos, donde residía el sumo sacerdote, rodeado de un boato apenas superado por el del propio rey. En la planta baja había salas tan vastas y espléndidas como las de los palacios; en ellas se agolpaban las multitudes que venían a adorar a Zo-Kalar y a Tamash y a Lobon, dioses principales de Sarnath, cuyos altares, envueltos en nubes de incienso, eran como tronos de monarcas. Las imágenes de Zo-Kalar, de Tamash y de Lobon tampoco eran como las de otros dioses, pues tal era su apariencia de vida que cualquiera habría jurado que eran los propios dioses augustos, de rostros barbados, quienes se sentaban en los tronos de marfil. Y por interminables escaleras de circonio se llegaba a la más alta cámara de la torre más alta, desde la cual los sacerdotes contemplaban, de día, la ciudad y las llanuras y el lago que se extendía a sus pies y, de noche, la luna críptica y los planetas y estrellas, llenos de significado, y sus reflejos en el lago. Allí se celebraba un rito, arcaico y muy secreto, en execración de Bokrug, el saurio acuático, y allí se conservaba el altar de crisolita con el signo de Maldición trazado por Taran-Ish.
Maravillosos asimismo eran los jardines plantados por Zokkar, rey de tiempos remotos. Se hallaban situados en el centro de Sarnath, ocupando gran extensión de terreno, y estaban rodeados por una elevada muralla. Se hallaban protegidos por una inmensa cúpula de cristal, a través de la cual brillaban el sol, la luna y los planetas cuando el tiempo era claro, y de la cual pendían imágenes refulgentes del sol, de la luna, de las estrellas y de los planetas cuando el tiempo no era claro. En verano, los jardines eran refrigerados mediante una fresca brisa perfumada producida por grandes aspas ingeniosamente concebidas, y en invierno eran caldeados mediante fuegos ocultos, de tal modo que en aquellos jardines siempre era primavera. Entre prados verdes y macizos multicolores corrían numerosos riachuelos de lecho pedregoso y brillante, cruzados por muchos puentes. Muchas eran también las cascadas que interrumpían su plácido curso y muchos los estanques, rodeados de lirios, en que sus aguas se remansaban. Sobre la superficie de arroyos y remansos se deslizaban blancos cisnes, mientras pájaros raros cantaban en armonía con la música del agua. Sus verdes orillas se elevaban formando terrazas geométricas, adornadas aquí y allá con rotondas y emparrados florecidos, con bancos y sitiales de pórfido y mármol. Y también había profusión de templetes y santuarios donde reposar o donde rezar, mas sólo a los dioses menores.
Todos los años se celebraba en Sarnath una fiesta que conmemoraba la destrucción de Ib, durante la cual abundaban vino, canciones, danzas y juegos de todas clases. Rendíanse también honores a las sombras de los que habían aniquilado a los extraños seres primordiales, y el recuerdo de tales seres y de sus dioses arcaicos se convertía en objeto de mofa por parte de danzantes y vihuelistas coronados con rosas de los jardines de Zokkar. Y los reyes contemplaban las aguas del lago y maldecían los huesos de los muertos que yacían bajo su superficie.
Grandiosa, más allá de todo cuanto pueda imaginarse, fue la fiesta con que se celebró el milenario de la destrucción de Ib. Más de un decenio llevaba hablándose de ella en la tierra de Mnar y, cuando se aproximó la fecha, llegaron a Sarnath, a tomos de caballos, camellos y elefantes, los hombres de Thraa, de Ilarnek, de Kadatheron y de todas las ciudades de Mnar y de los países que se extendían más allá de sus fronteras. Cuando llegó la noche señalada, ante las murallas de mármol se alzaban ricos pabellones de príncipes y sencillas tiendas de viajeros. En el salón de banquetes, Nargis-Hei, el monarca, se embriagaba, reclinado, con vinos antiguos procedentes del saqueo de las bodegas de Pnoth, y a su alrededor comían y bebían los nobles y afanábanse los esclavos. En aquel banquete se habían consumido manjares raros y delicados: pavos reales de las lejanas colinas de Implan, talones de camello del desierto de Bnaz, nueces y especias de Sydathria y perlas de Mtal disueltas en vinagre de Thraa. De salsas hubo número incontable, preparadas por los más sutiles cocineros de todo Mnar y gratas al paladar de los invitados más exigentes. Mas, de todas las viandas, eran las más preciadas los grandes peces del lago, de gran tamaño todos, que se servían en bandejas de oro incrustadas con rubíes y diamantes.
Mientras en el palacio, el rey y los nobles celebraban el banquete y contemplaban con impaciencia la vianda principal, que aún les aguardaba, aunque servida ya en las bandejas de oro, otros comían y festejaban en el exterior. En la torre del gran templo, los sacerdotes celebraban la fiesta con algazara y, en los pabellones plantados fuera del recinto amurallado de la ciudad, reían y cantaban los príncipes de las tierras vecinas. Y fue el sumo sacerdote Gnai-Kah el primero en observar las sombras que descendían al lago desde el doble cuerno de la luna gibosa y las infames nieblas verdes que a su encuentro se alzaban del lago, envolviendo en brumas siniestras torres y cúpulas de Sarnath, cuyo destino ya había sido señalado. Luego, los que se hallaban en las torres y fuera del recinto amurallado contemplaron extrañas luces en las aguas y vieron que Akurión, la gran roca gris que se alzaba en la orilla a gran altura sobre ellas, se hallaba ahora casi sumergida. Y el miedo cundió, rápido aunque vago, de tal modo que los príncipes de Ilarnek y de la lejana Rokol desmontaron y plegaron sus pabellones y partieron veloces, aunque apenas sin saber por qué.
Luego, próxima ya la medianoche, abriéronse de golpe todas las puertas de bronce de Sarnath y por ellas salió una multitud enloquecida que se extendió, como una ola negra, por la llanura, de tal modo que todos los visitantes, príncipes o viajeros, huyeron empavorecidos. Pues en los rostros de esta multitud se leía la locura nacida de un horror insoportable, y sus lenguas articulaban palabras tan atroces que ninguno de los que las escucharon se detuvo a comprobar sin eran verdad. Algunos hombres de mirada alucinada por el pánico gritaban a los cuatro vientos lo que habían visto a través de los ventanales del salón de banquetes del rey, donde, según decían, ya no se hallaban Nargis-Hei ni sus nobles ni sus esclavos, sino una horda de indescriptibles criaturas verdes, de ojos protuberantes, labios fláccidos y extrañas orejas y carentes de voz; y estos seres danzaban con horribles contorsiones, portando en sus zarpas bandejas de oro y pedrería de las que se elevaban llamas de un fuego desconocido. Y en su huida de la ciudad maldita de Sarnath a tomos de caballos, camellos y elefantes, los príncipes y los viajeros volvieron la mirada hacia atrás y vieron que el lago continuaba engendrando nieblas y que Akurión, la gran roca gris, estaba casi sumergida. A través de toda la tierra de Mnar y países adyacentes se extendieron los relatos de los que habían logrado huir de Sarnath y las caravanas nunca más volvieron a poner rumbo a la ciudad maldita ni codiciaron ya sus metales preciosos. Mucho tiempo transcurrió antes de que viajero alguno se encaminase a ella, y aún entonces sólo se atrevieron a ir los jóvenes valerosos y aventureros, de cabellos rubios y ojos azules, que ningún parentesco tenían con los pueblos de Mnar. Cierto que estos hombres llegaron al lago impulsados por el deseo de contemplar Sarnath, mas, aunque vieron el lago vasto de aguas tranquilas y la gran roca Akurión, que se elevaba en la orilla a gran altura sobre ellas, no les fue dado contemplar la maravilla del mundo y orgullo de la humanidad. Donde antaño se habían levantado murallas de trescientos codos y torres aún más altas ahora tan sólo se extendían riberas pantanosas y donde antaño habían vivido cincuenta millones de hombres ahora tan sólo se arrastraba el abominable reptil de agua. No quedaban ni aun las minas de metales preciosos. La MALDICION había caído sobre Sarnath.
Mas, semienterrado entre los juncos, percibieron un curioso ídolo de piedra verdemar, un ídolo antiquísimo que representaba a Bokrug, el gran saurio acuático. Este ídolo, transportado más adelante al gran templo de Ilarnek, fue adorado en toda la tierra de Mnar siempre que el doble cuerno de la luna gibosa se alzaba en el cielo.

martes, 3 de mayo de 2011

SEIS DISPAROS A LA LUZ DE LA LUNA -- LOVECRAFT


SEIS DISPAROS A LA LUZ DE LA LUNA
HOWARD PHILLIPS LOVECRAFT

No es corriente descargar los seis tiros de un revólver con toda precipitación, cuando uno sólo habría sido sin duda suficiente; pero hubo muchas cosas en la vida de Herbert West que no eran corrientes. No es habitual, por ejemplo, que un médico recién salido de la universidad se vea obligado a ocultar los motivos que le impulsan a elegir determinada casa y consulta; sin embargo, ese fue el caso de Herbert West. Cuando obtuvimos él y yo el título de la Facultad de Medicina de la Universidad Miskatonic, y tratamos de paliar nuestra penuria instalándonos como facultativos de medicina general, tuvimos mucho cuidado en ocultar que habíamos elegido nuestra casa por su aislamiento y su proximidad al cementerio.
Un deseo de soledad de esta naturaleza rara vez carece de motivos; y como es natural, nosotros los teníamos también. Nuestras necesidades se debían a un trabajo claramente impopular. Externamente éramos médicos tan solo; pero por debajo de esa superficie había objetivos de una importancia mucho más grande y terrible, ya que lo esencial en la vida de Herbert West era la búsqueda en las negras y prohibidas regiones de lo desconocido, en las que esperaba descubrir el secreto de la vida, y de devolver la animación perpetua al barro frío del cementerio. Una búsqueda de ese género requiere extraños materiales, entre ellos, cadáveres humanos recientes; y para mantenerse abastecido de tales elementos indispensables, uno debe vivir discretamente, y no muy lejos de un lugar de enterramientos anónimos.
West y yo nos habíamos conocido en la universidad, y fui el único que simpatizó con sus espantosos experimentos. Gradualmente me había convertido en su ayudante inesperado, y ahora que abandonábamos la Universidad teníamos que seguir juntos. No era fácil que dos doctores encontraran salida juntos; pero finalmente, por influencia de la universidad, se nos proporcionó una consulta en Bolton, pueblo industrial próximo a Arkham, la sede universitaria. Las fábricas textiles de Bolton son las más grandes del valle de Miskatonic, y sus operarios políglotas no han sido jamás pacientes gratos para los médicos de la localidad. Elegimos nuestra casa con el mayor cuidado, y adoptamos finalmente un edificio ruinoso, próximo al final de Pond Street, a cinco números de nuestro vecino más cercano. Y separada del cementerio tan sólo por una extensión de pradera cortada por una estrecha franja de espeso bosque que hay al norte. Dicha distancia era mayor de lo que hubiéramos deseado; pero no encontramos una casa más cerca, a menos que nos hubiésemos instalado en el otro lado del prado, lo que quedaba muy retirado del distrito industrial. Pero no estábamos demasiado descontentos ya que no teníamos vecinos, entre nosotros y nuestra siniestra fuente de abastecimiento. El camino era algo largo, pero podíamos transportar nuestros mudos ejemplares sin que nadie nos molestase. Nuestro trabajo fue sorprendentemente abundante desde el principio mismo... lo bastante abundante como para satisfacer a la mayoría de los jóvenes doctores, y lo bastante abundante para resultar un aburrimiento y una pesadez para aquellos estudiosos cuyo verdadero interés residía en otra cosa. Los trabajadores de las fábricas eran de inclinación algo turbulentas; así que además de sus numerosas necesidades de asistencia médica, sus frecuentes golpes, cuchilladas y pendencias nos daban mucho trabajo. Pero lo que verdaderamente acaparaba nuestro interés era el laboratorio secreto que habíamos instalado en el sótano: un laboratorio con su mesa larga bajo las luces eléctricas donde, en las primeras horas de la madrugada, inyectábamos a menudo las diversas soluciones de West en las venas de los despojos que sacábamos de la fosa común. West experimentaba, febrilmente, tratando de encontrar algo que pusiese en marcha de nuevo los movimientos vitales, tras haberlos interrumpido ese fenómeno que llamamos muerte; pero chocaba con los más horrorosos obstáculos. La solución debía tener una composición especial según los distintos tipos: la que servía para los conejillos de Indias no valía para los seres humanos, y cada clase requería sensibles modificaciones. Los cuerpos tenían que ser excepcionalmente frescos, dado que una ligera descomposición del tejido cerebral hacía imposible que la reanimación fuese perfecta. En efecto, el mayor problema estaba en conseguir cadáveres suficientemente frescos... West había tenido experiencias horribles durante sus investigaciones secretas en la universidad, con cadáveres de dudosa calidad. Las consecuencias de una animación parcial o imperfecta eran mucho más horrendas que los fracasos totales, y los dos teníamos recuerdos pavorosos de ese tipo de resultados. Desde nuestra primera sesión demoniaca en la granja deshabitada de Meadow Hill, Arkham, no habíamos dejado de sentir una secreta amenaza; y West, aunque en casi todos los sentidos era un autómata frío, científico, rubio y de ojos azules, confesaba a menudo, con un estremecimiento, que le parecía que era víctima de una furtiva persecución. Tenía la impresión de que le seguían; ilusión psíquica debida a sus nervios trastornados, y aumentada por el hecho innegablemente perturbador de que al menos uno de nuestros tres ejemplares reanimados aun seguía vivo: se trataba de un ser espantoso y carnívoro, el cual permanecía encerrado en una celda acolchada de Sefton. Había otro, además el primero, cuyo exacto destino nunca llegamos a saber.
Tuvimos bastante suerte con los ejemplares de Bolton; mucha más que con los de Arkham. Aún no hacía una semana que estábamos instalados, cuando nos apoderamos de una víctima de accidente la misma noche de su entierro, y conseguimos que abriese los ojos con una expresión asombrosamente lúcida, antes de que fallara la solución. Había perdido un brazo... De haber tenido el cuerpo integro, quizá hubiéramos tenido mas suerte. Entre esa fecha y el siguiente mes de enero efectuamos tres ensayos más: uno fue un fracaso total; en otro, conseguimos un claro movimiento muscular; en cuanto al tercero, el resultado fue estremecedor: se levantó por sí solo y emitió un sonido gutural. Luego vino un periodo de mala suerte; descendió el número de entierros, y los que se efectuaban eran de ejemplares demasiado enfermos o mutilados para poderlos aprovechar nosotros. Seguíamos la pista a todas las defunciones y circunstancias en que estas ocurrían con un cuidado sistemático.
Una noche de marzo, sin embargo, conseguimos inesperadamente un ejemplar que no provenía de la fosa común. El puritanismo imperante en Bolton, tenía prohibida la práctica del boxeo, lo que no dejaba de tener las lógicas consecuencias. Los combates mal dirigidos entre los obreros eran cosa corriente, y de vez en cuando traían de fuera algún campeón profesional de escasa categoría. Esa noche de finales de invierno habían celebrado un combate de este tipo, evidentemente con desastrosas consecuencias, ya que vinieron a buscarnos dos polacos asustados, suplicándonos en un lenguaje casi incoherente que atendiésemos un caso muy secreto y desesperado. Les seguimos hasta un cobertizo abandonado, donde todavía quedaba un grupo de espectadores extranjeros, observando asustados un cuerpo negro que yacía exánime en el suelo. En el combate se habían enfrentado Kid O'Brien (un joven torpe y ahora tembloroso, con una nariz ganchuda muy poco irlandesa) , y Buck Robinson, "EI Betún de Harlem". El negro había sido noqueado; y tras un breve exámen, nos dimos cuenta de que no se recuperaría. Era un ser repugnante, con pinta de gorila, unos brazos anormalmente largos que me parecían de manera inevitable patas anteriores, y una cara que irremediablemente hacía pensar en los secretos insondables del Congo las llamadas de tam-tam bajo una luna misteriosa. El cuerpo debió de tener peor aspecto en vida, pero el mundo contiene muchas fealdades. Aquella gente despreciable estaba asustada, ya que no sabía que podía exigirles la ley, si el caso llegaba a conocerse; y se sintieron agradecidos cuando West, a pesar de mis involuntarios estremecimientos; se ofreció a librarles del cuerpo en secreto... puesto que conocía muy bien sus intenciones.
Había una luna resplandeciente sobre el paisaje sin nieve; pero vestimos el cadáver, y lo llevamos a casa entre los dos por las calles desiertas y el campo, del mismo modo que transportamos un cadáver parecido una horrible noche en Arkham. Nos dirigimos a casa por el campo de atrás; entramos el ejemplar por la puerta trasera, lo bajamos al sótano, y lo preparamos para nuestro experimento habitual. Nuestro miedo a la policía era absurdamente considerable, aunque habíamos calculado nuestro recorrido de forma que no nos tropezamos con el guardia que hacía ronda por aquel distrito.
El resultado fue enojosamente decepcionante. Con su aspecto horrendo, nuestra presa fue totalmente insensible a todas las soluciones que inyectamos en su negro brazo. De modo que, como se acercaba peligrosamente la hora del amanecer, hicimos lo mismo que con los demás: lo llevamos a rastras por el prado hasta la franja de bosque próxima al cementerio de enterramientos anónimos, y lo enterramos allí en la mejor sepultura que la helada tierra nos permitió. La fosa no era demasiado honda, pero era tan buena como la del ejemplar anterior, aquel que se había levantado y había proferido un grito. A la luz de nuestras linternas oscuras, lo cubrimos cuidadosamente con hojas y ramas secas, seguros de que la policía no lo descubriría jamás en un bosque tan oscuro y espeso. Al día siguiente, me sentí alarmado, ya que un paciente me trajo la noticia de que se sospechaba que habían celebrado un combate, y que había muerto alguien. West tenía otro motivo de preocupación: por la tarde le habían llamado para que atendiese un caso que acabó de forma amenazadora. Una italiana se había puesto histérica porque se le había extraviado el hijo, un chiquillo de cinco años, que había desaparecido por la mañana y no había vuelto para comer, y presentaba síntomas sumamente alarmantes dado que padecía del corazón. Era un histerismo estúpido, ya que el chico se había escapado más de una vez; pero los campesinos italianos son extraordinariamente supersticiosos, y esta mujer parecía tan angustiada por los presagios como por los hechos. Hacia las siete de la tarde la mujer falleció, y su frenético marido armó un escándalo espantoso, empeñado en matar a West, a quien culpaba furiosamente de no haberle salvado la vida. Los amigos le sujetaron cuando le vieron sacar un cuchillo; pero West se marchó en medio de inhumanos alaridos, maldiciones y juramentos de venganza. En su último dolor, el hombre parecía haberse olvidado de su hijo, que aún no había regresado, entrada ya la noche. Se habló de buscarle en el bosque; pero la mayoría de los amigos de la familia se ocuparon de la difunta y del vociferante marido. Total, la tensión nerviosa a que se vio sometido West fue sin duda tremenda. El pensar en la policía y en el italiano loco le agobiaba tremendamente.
Nos retiramos a descansar alrededor de las once, pero yo no dormí bien. Bolton contaba con un cuerpo de policías sorprendentemente eficaz pese a ser un pueblo pequeño; y yo no paraba de pensar en el escándalo que se provocaría si llegaba a descubrir lo ocurrido la noche anterior. Podía significar el fin de nuestro trabajo en la localidad... y quizá la cárcel para los dos. Me inquietaban los rumores que corrían acerca del combate de boxeo. Pasadas las tres, el resplandor de la luna me dió en los ojos; pero me volví sin levantarme a cerrar su persiana. Luego sonaron unos golpes enérgicos en la puerta de atrás. Permanecí inmóvil, algo aturdido; poco después oí a West llamar a mi puerta. Estaba en bata y zapatillas, y tenía en las manos un revólver y una linterna eléctrica. Al ver el revólver, comprendí que pensaba más en el enajenado italiano que en la policía. Será mejor que bajemos los dos susurró. No estaría bien no contestar; quizá sea un paciente... sería muy propio de uno de esos idiotas llamar por la puerta de atrás. Así que bajamos los dos sigilosamente, con un temor en parte justificado, y en parte debido sólo al misterio de las primeras horas le la madrugada. Volvieron a llamar, un poco más fuerte. Al llegar a la puerta, corrí el cerrojo cautelosamente y abrí de par en par; y al revelarnos la luz de la luna la figura que teníamos delante. West hizo algo muy extraño. A pesar del evidente peligro de atraer sobre nuestras cabezas la temida investigación policial (cosa que felizmente evitamos por el relativo aislamiento de nuestra casa), mi amigo, súbita, excitada e innecesariamente, vació las seis recámaras de su revólver sobre nuestro nocturno visitante. Porque no se trataba del italiano ni del policía. Recortándose horrendamente contra la luna espectral, había un ser gigantesco y deforme, inconcebible salvo en las pesadillas; una aparición de ojos vidriosos, negra, y casi a cuatro patas, cubierta de hojas y ramas y barro; sucia de sangre coagulada, la cual mostraba entre sus dientes relucientes una cosa cilíndrica, terrible, blanca como la nieve, que terminaba en una mano diminuta.


jueves, 13 de enero de 2011

La Casa Maldita -- Lovecraft




La Casa Maldita

Lovecraft


Rara vez deja de haber ironía incluso en el mayor de los horrores. Algunas veces forma parte directa de la trama de los sucesos, mientras que otras sólo atañe a la Posición fortuita de éstos entre las personas y los lugares. ,Un magnífico ejemplo de este último caso puede encontrarse en la antigua ciudad de Providence, donde acostumbraba a ir Edgar Allan Poe, a mediados del siglo pasado, durante su infructuoso galanteo a Mrs. Whitman, Poeta de excelentes dotes. Poe solía parar en la Mansión House -nuevo nombre de la Hostería de la Bola de Oro, cuyo techo cobijó a Washington, a Jefferson y a Lafayette-, y su paseo preferido era hacia el Norte, por la misma calle, donde se encontraban la casa de Mrs. Whitman y el vecino cementerio de St. John, situado en la falda de la colina cuyo recoleto recinto' con abundancia de lápidas del siglo XVIII, le fascinaba de manera especial.

Lo irónico del caso es que en el curso de aquel paseo, tantas veces repetido, el más grande maestro de lo terrible y de lo fantástico tenía que pasar por delante de cierta casa situada en el lado oriental de la calle, un edificio deslucido y anticuado que se hallaba posado sobre la brusca subida de la ladera de la colina, con un amplio y descuidado jardín que databa de la época en ¡que la región era en parte campo abierto. No parece que Poe escribiera o hablara nunca de la casa, m se tiene noticia de que hubiera reparado en ella. Y, sin embargo, aquella morada para las dos personas en posesión de cierta información, iguala o supera en horror a las más descabelladas fantasías del genio que con tanta frecuencia pasó por delante de ella sin saber lo que ocultaba y se alza con mirada maliciosa y rígida como símbolo de todo lo que es indeciblemente espantoso.

La casa era -en realidad, continúa siendo- de las que atraen el interés de los curiosos. Originalmente granja, por lo menos en parte, tenía el habitual aspecto colonial - de las casas prósperas de tejado puntiaguado de la Nueva Inglaterra de mediados del siglo xviii, con dos pisos y ático, pórtico georgiano y paredes interiores recubiertas de madera, como dictaba la evolución del gusto en esa época. Estaba orientada hada el Sur y tenía un elevado tejado cuyos dos aleros daban, respectivamente,, a la ladera de la colina y a la calle. Su construcción, de hace más de siglo y medio, se había adaptado al nivelado y al enderezamiento del camino en aquella vecindad particular, pues Benefit Street, llamada originalmente Back Street, se trazó como sinuoso sendero entre los sepulcros' de los primeros colonos y sólo se enderezó cuando el traslado de los cadáveres al Cementerio del Norte permitió abrir camino a través de los antiguos predios familiares.

En un principio, el muro posterior se alzaba sobre un campo de hierba que quedaba como a veinte pies por encima del nivel de la calle, pero un ensanchamiento de ésta, aproximadamente en tiempos de la Guerra de la Independencia, absorbió casi todo el espacio intermedio y dejó los cimientos al aire, por lo que hubo que construir en él sótano un muro de ladrillo, que dio a esta hundida parte de la casa una fachada dotada de puerta y dos ventanas por encima del nivel del suelo, casi a la altura de la calle nueva. Cuando se construyó la acera hace un siglo, se eliminó el resto del espacio intermedio, y en sus paseos Poe debió de ver sólo un muro vertical de ladrillo que nacía del borde de la acera, coronado a una altura de diez pies por la pesada silueta de la antigua casa entejada propiamente dicha.

Los terrenos, propiedad de la familia, se extendían por la parte trasera y subían un buen trecho por la loma, hasta casi llegar a Wheaton Street. El espacio al sur de la casa, el que lindaba con Benefit Street, quedaba, naturalmente, muy por encima del nivel de la actual acera, formando una plataforma que acababa en un muro de guijas húmedas y mohosas horadado por un tramo muy inclinado de estrechos escalones que conducía al interior, entre paredes que formaban una especie de desfiladero, y desembocando en la parte superior en un despeinado macizo de césped, muros de ladrillo rezumantes y jardines descuidados, cuyas desmanteladas urnas de cemento, tiestos herrumbrosos caídos de trípodes de nudosas patas y objetos parecidos hacían parecer más atractiva, por contraste, la puerta principal, maltratada por la intemperie, con su montante roto, pilastras jónicas podridas y carcomida cornisa triangular.

Lo que oí de muchacho acerca de la Casa Maldita fue simplemente que la gente moría en ella en cantidad alarmante. Esa había sido la razón, me decían, por la que sus primeros propietarios la habían abandonado unos veinte años después de haberla construido. La casa era, evidentemente, malsana, tal vez a causa de la humedad y de los hongos que crecían en el sótano, del tufo enfermizo que lo contaminaba todo, de las corrientes de los pasillos o de la calidad del agua de la bomba y del pozo. Estas. cosas ya eran lo bastante malas y a ellas culpaban, las personas que yo conocía, de las desgracias de la casa. Únicamente los cuadernos de notas de mi tío el anticuario, Dr. Elihu Whipple, me revelaron detalladamente las más oscuras y vagas suposiciones que formaban una corriente folklórica subterránea entre los sirvientes más antiguos y la gente humilde, conjeturas que nunca llegaron muy lejos y fueron en su mayor parte olvidadas cuando Providence se convirtió en ciudad importante con una población moderna y cambiante.

En realidad, los habitantes serios de la ciudad nunca consideraron la casa como «encantada» exactamente. No se hablaba de ruidos de cadenas, ni de heladas corrientes de aire, ni de apagones de luces, ni de caras en las ventanas. Los extremistas decían que traía «mala suerte», pero no pasaban de ahí. Lo indiscutible era que en ella morían gran número de personas, o, mejor dicho, que en ella habían muerto un gran número de personas, pues después de ciertos peculiares acontecimientos ocurridos allí hace más de sesenta años, el edificio había quedado abandonado debido a la imposibilidad de alquilarlo. Aquellas personas no murieron todas repentinamente por una, causa determinada; parecía más bien que su vitalidad iba sien-
do minada de un modo insidioso y que su resistencia dependía de su mayor o menor fortaleza natural. Y las que no morían mostraban en diversos grados un tipo de anemia o consunción, y a veces una decadencia de las facultades mentales, que no hablaban a favor de la salubridad del edificio. Debe añadirse que las casas vecinas parecían estar completamente libres de aquella perniciosa condición.

Esto es cuanto sabía antes que mis insistentes preguntas llevaran a mi tío a mostrarme las notas que finalmente nos embarcaron en nuestra espantosa investigación. En mi niñez, la Casa Maldita estaba vacía, con sus árboles desnudos, nudosos y viejos, su alta hierba de una palidez extraña y cizaña de aspecto de pesadilla en el abandonado patio en el que jamás se posaban los pájaros. Los muchachos solíamos invadir la finca, y aún recuerdo mi terror juvenil provocado no sólo por la morbosa calidad de aquella siniestra vegetación, sino ante la atmósfera y el olor de la ruinosa casa, cuya puerta abierta cruzábamos frecuentemente en busca de emociones. Los cristales de las ventanas estaban rotos en su mayoría, y una indescriptible desolación rodeaban los precarios paneles dé madera que cubrían las paredes, los desvencijados postigos interiores, el papel de los muros que colgaba a tiras, la escayola que se desmoronaba, las inseguras escaleras y los pocos muebles estropeados que todavía quedaban. El polvo y las telarañas daban un mayor matiz de abandono a aquel ambiente atemorizador, y muy valiente tenía que ser el muchacho que se aventuraba por la escalera que conducía al desván, una pieza espaciosa y alargada, con vigas al descubierto, iluminada solamente por la incierta luz de las pequeñas buhardillas de sus extremos y repleta de un montón de arcones, sillas y ruecas rotas que infinitos años de abandono habían cubierto y adornado de formas monstruosas y diabólicas.

Pero, después de todo, el desván no era la parte más terrible de la casa. Lo que nos provocaba mayor repulsión era el húmedo sótano, aunque quedaba completamente por encima del nivel del suelo en el lado que miraba a la calle, separado de la concurrida acera por un endeble tabique de ladrillo en el que se abrían una puerta y una ventana. No sabíamos si frecuentarlo atraídos por su estímulo fantasma], o rehuirlo para bien del alma y la cordura. En primer lugar, el mal olor de la casa era más pronunciado allí; y, además, no nos gustaban la blanca fungosidad que brotaba algunas veces del duro suelo de tierra en los veranos lluviosos. Aquellos hongos, de grotesco parecido con la vegetación del patio exterior, tenían formas verdaderamente horribles, detestables caricaturas de setas de especies desconocidas. Se pudrían pronto y en determinada fase de su descomposición adquirían una leve fosforescencia, de modo que los transeúntes nocturnos hablaban, a veces, de los fuegos fatuos que brillaban detrás de los destrozados cristales de las ventanas, por las que se esparcía el mal olor.

Nunca, ni siquiera en las más descabelladas vísperas de Todos los Santos, bajamos al sótano de noche, pero en algunas de nuestras visitas diurnas pudimos percibir la fosforescencia, especialmente si el día era oscuro y húmedo. También captábamos a menudo una cosa más sutil, algo muy extraño que era, sin embargo, y en el mejor de los casos, apenas una sugestión. Me refiero a una mancha nebulosa y blanquecina en el suelo de tierra, un depósito, vago y cambiante de moho y nitro que, en ocasiones, creíamos ver entre la esparcida fungosidad cerca del inmenso fogón de la cocina del sótano. Algunas veces nos parecía que aquella mancha tenía una extraña semejanza con la figura de una persona encorvada, aunque generalmente no existía tal parecido, y con frecuencia ni siquiera la veíamos. Cierta tarde de lluvia en que aquella sensación fue particularmente intensa y en que, además, había creído ver una especie de emanación tenue, amarillenta y temblorosa que brotaba del dibujo en dirección a la campana de la chimenea, le hablé a mi tío del asunto. Se limitó a sonreír ante aquella curiosa fantasía, pero me pareció que había en su sonrisa un matiz de reminiscencia. Más tarde me enteré de que en algunas de las antiguas leyendas que circulaban por la región había una idea similar a la mía, una idea que también aludía a las formas de vampiro y de lobo que tomaba el humo de la gran chimenea, y de los anómalos contornos adoptados por algunas de las retorcidas raíces de árbol que se abrían camino hasta el sótano por entre las piedras sueltas de los cimientos.

II


M tío no me dio a conocer las notas e informes que había reunido acerca -de la Casa Maldita hasta que fui un hombre adulto. El Dr. Whipple era un médico sensato y conservador de la antigua escuela, y a pesar del interés que le inspiraba la casa no deseaba alentar a un muchacho a pensar en cosas anormales. Sus propias opiniones, en el sentido de que el edificio había sido construido en un paraje insalubre, no tenían nada de anormal, pero se daba cuenta de que el pintoresquismo de lo que había suscitado su propio interés podría asociarse en la mente fantástica de un muchacho con toda clase de macabras imaginaciones.

Mi tío era un solterón, un hombre de pelo blanco, de rostro rasurado vestido a la antigua e historiador local notable, que había roto frecuentemente una lanza contra guardianes de la tradición tan polémicos como Signey S. Rider y Thomas W. Bicknell. Vivía con un criado en una antigua casa georgiana de aldabón, escalinata y barandal de hierro que se alzaba amenazadoramente en North Court, calle de empinada pendiente, junto a la mansión colonial de ladrillo en la que su abuelo -primo de un famoso corsario, el capitán Whipple, que en 1772 quemó la goleta Gaspee de Su Majestad-, había votado el 4 de mayo de 1776 por la independencia de la colonia de Rhode Island. A su alrededor, en la húmeda biblioteca de techo bajo y blancos paneles que la humedad hacía amarillear, de pesada repisa tallada sobre la chimenea y ventanas de pequeños cristales color vino, se guardaban las reliquias y documentos de su antigua familia, entre los cuales había muchas ambiguas alusiones a la Casa Maldita de Benefit Street. Ese malsano lugar no se encuentra lejos, pues Benefit Street corre a lo largo del borde de la precipitada pendiente por encima del Tribunal, por donde treparon las primeras casas de los colonizadores.

Cuando mi tío me consideró lo bastante maduro como para digerirla, puso ante mis ojos una crónica realmente extraña. A pesar de la longitud de su contenido, lleno de estadísticas y monótonas genealogías, corría por ella una hebra continua de tenaz y persistente horror y de malignidad preternatural que me impresionaron más que al buen doctor. Sucesos independientes encajaban entre sí de manera asombrosa, y detalles al parecer insignificantes prometían un potencial de espantosas posibilidades. Una nueva y ardiente curiosidad brotó en mí, comparada con la cual la que sentí de muchacho era débil y rudimentaria. La primera revelación me llevó a realizar una investigación a fondo y finalmente a aquella estremecedora búsqueda que resultó tan desastrosa para mí y para los míos. Pues mi tío insistió en unirse a las pesquisas -que yo había iniciado, y tras haber estado cierta noche en aquella casa, no volvió a salir conmigo. Ahora estoy solo, sin aquel espíritu amable cuyos largos años estuvieron llenos de honor, virtud, buen gusto, benevolencia y erudición. He erigido una urna de mármol en memoria suya en el cementerio de St. John --el lugar bien amado de Poe-, el recogido soto de altísimos sauces que queda sobre la loma, en donde tumbas y lápidas se agrupan serenamente entre la mole blanquecina de la iglesia, las casas y los muros de contención de Benefit Street.

La historia de la casa, que se abría paso entre un laberinto de fechas, no revelaba nada siniestro en lo referente a su construcción, ni en lo referente a la honorable familia que la edificó. Y, sin embargo, desde sus comienzos la rodeó un aura de calamidades, que pronto adquirió proporciones de mal agüero. La historia, cuidadosamente recopilada por mi tío comenzaba con la construcción del edificio en 1763, y desarrollaba el tema con una desacostumbrada cantidad de detalles. Sus primeros moradores fueron William Harris, su esposa Rhoby Dexter y sus hijos, Elkanah, nacida en 1755; Abigail, nacida en 1757; William, junior, nacido en 1759, y Ruth, nacida en 1761. Harris era un adinerado mercader y marino, dedicado al comercio con las Indias Occidentales y relacionado con la firma de Obadiah Brown y sus sobrinos. Después de la muerte de Brown en 1761, la nueva casa de Nicholas Brown & Co. le nombró capitán del bergantín Prudence, construido en Providence, de 120 toneladas, lo que le permitió construir la nueva casa que había anhelado tener desde que contrajo matrimonio.

El lugar que había elegido -una parte de la recientemente enderezada Báck Street, calle nueva y de buen vecindario, que corría a lo largo de la ladera de la colina que dominaba el populoso Cheapside- reunía todo lo que pudiera desearse, y la casa hacía honor al solar que ocupaba. Era todo lo buena que podía ser dada una fortuna moderada, y Harris se apresuró a mudarse a ella antes que naciera el quinto hijo que esperaba la familia. Este hijo, un varón, llegó en diciembre, *pero nació muerto. Durante un siglo y medio no iba a nacer en aquella casa ningún niño vivo.

En el mes de abril, cayeron enfermos los niños, y Abi. gail y Ruth murieron poco después. El Dr. Job Ives diagnosticó el mal como una clase de fiebre infantil, aunque hubo otros que hablaron de simple debilitación y decaimiento. En cualquier caso, la enfermedad parecía ser contagiosa, pues en el mes de junio Hannah Bowen, una de las dos criadas de la casa, murió de la misma dolencia. El¡ Lideason, la otra criada, se quejaba constantemente de debilidad, y hubiera regresado a la granja de su padre de no haber sido por el gran cariño que le cobré a Mehitabel Rehoboth, que había reemplazado a Hannah. Eli falleció al año siguiente, año triste en verdad, pues en él murió el mismo William Harris, debilitado por el clima de la Martinica, donde sus ocupaciones lo habían retenido durante largas temporadas en la década anterior.

Rhoby, su viuda, nunca se repuso de la pérdida de su marido, y la muerte de su primogénita, Elkanah, ocurrida dos años después, significó el golpe decisivo a su razón. En 1768 fue víctima de una locura benigna, y quedó recluida en el piso superior de la casa; su hermana mayor, Mercy Déxter, soltera, llegó a la casa para cuidar de la familia. Mercy era una mujer muy poco agraciada, huesuda y de gran fortaleza física; pero su salud empeoró visiblemente desde su llegada. Profesaba un profundo afecto a su desventurada hermana y un cariño especial al único sobrino que le quedaba, William, que luego de haber sido un niño fuerte y robusto se había convertido en un muchacho flacucho y enfermizo. Ese mismo año murió Mehítabel, y el otro criado, Preserved Smith, se marchó sin dar una explicación coherente, o aduciendo simplemente algunas historias poco razonables y diciendo que no le gustaba el olor de la casa. Durante algún tiempo, Mercy no pudo conseguir más ayuda, pues siete muertes y un caso de locura, todo ello en un período de cinco años, habían comenzado a fomentar habladurías, repetidas primeramente junto a la lumbre, y convertidas luego en absurdos rumores. Finalmente, consiguió unos criados que no eran del pueblo: Ann White, una mujer melancólica de la parte de North Kingstown que hoy forma la villa de Exeter, y un hombre competente venido de Boston que se llamaba Zenas Low.

Ann White fue la primera en dar forma definida a los rumores. Mercy nunca debió tomar a criada alguna de la comarca de Nooseneck Hill, pues esas tierras remotas y atrasadas eran entonces, como hoy, semillero de las más inquietantes supersticiones. En 1892, fecha relativamente reciente, las gentes de Exeter desenterraron un cadáver y quemaron ceremonialmente el corazón para impedir ciertas supuestas apariciones nocivas para la salud y la paz de la población, y puede imaginarse cuál era el punto de vista de esa comarca en 1768. Ann habló mucho e indiscretamente, y al cabo de unos meses Mercy la despidió reemplazándola con una fiel y amable criada de Newport, María Robbins.

Mientras tanto, la infortunada Rhoby Harris, en su locura, daba rienda suelta a sueños y falsas aprensiones de la más horrible especie. Había veces en que sus gritos se hacían insoportables y durante largos períodos decía tales horrores que su hijo tuvo que ser enviado a casa de su primo, Peleg Harrís, que vivía en Presbyterian Lane, cerca del nuevo edificio del colegio universitario. El muchacho parecía mejorar después de estas visitas, y de haber sido Mercy tan inteligente como bien intencionada, hubiera dejado que el chico se quedara a vivir permanentemente en casa de Peleg. La tradición no está de acuerdo en lo que Mrs. Harris gritaba en sus estallidos de violencia, o, mejor dicho, los relatos son tan absurdos que se
invalidan a sí mismos. Pues resulta, efectivamente, absurdo oír que una mujer que solamente tenía rudimentarios conocimientos del francés, gritara durante horas enteras empleando un francés grosero y coloquial, o que la misma persona, en la vigilada soledad de su habitación, se quejara amarga y excitadamente de una presencia que la miraba fijamente y la atormentaba con dentelladas y mordiscos. Zena, el criado, murió en 1772, y cuando Mistress Harris se enteró lo celebró con risas y alborozo, algo incomprensible en ella. Al año siguiente falleció, siendo enterrada en el Cementerio del Norte, junto a su marido.

Cuando comenzó la guerra con Inglaterra en 1775, William Harris, a pesar de sus dieciséis años y de su endeble constitución, consiguió alistarse en el Ejército de Observación a las órdenes del general Greene, y a partir de entonces empezó a mejorar de salud y a ganar en prestigio. En 1780, siendo capitán de las fuerzas de Rhode Island en Nueva jersey, mandadas por el coronel Angell, conoció a Phebe Hetfield, de Elizabethtown, contrajo matrimonio con ella y la llevó consigo a Providence al año siguiente cuando le licenciaron honrosamente en el ejército.

El regreso del joven soldado no fue un acontecimiento feliz. La casa, es cierto, se encontraba aún en buen estado la calle se había ensanchado y le habían cambiado el nombre de Back Street por el de Benefit Street. Pero el antes robusto cuerpo de Mercy Dexter se había encogido y desmejorado curiosamente, y ahora era una patética figura encorvada de voz cavernosa y desconcertante palidez, característica singularmente compartida por María, la única criada que quedaba. En el otoño de 1782, Phebe Harris dio a luz una hija muerta, y el día 15 del siguiente mes de mayo, Mercy fallecía tras una vida laboriosa, austera y virtuosa.

William Harris, convencido por fin de la naturaleza radicalmente malsana de su casa, decidió abandonarla y cerrarla para siempre. Consiguió alojamiento provisional para su esposa y para él en la Hostería de la. Bola de Oro, recientemente abierta, y dispuso la construcción de una casa nueva y mejor en Westminster Street, en el ensanche de la ciudad, al otro lado del Gran Puente. Allí nació en 1785 su hijo Dutee, y allí vivió la familia hasta que el desarrollo y necesidades, del comercio los llevaron a instalarse al otro lado del río, y más allá de la loma en Angell Street, en el nuevo barrio residencial del Este, en donde el desaparecido Archer Harris construyó su suntuosa y fea residencia con tejado a la francesa en 1876. William. y Phebe murieron víctimas de la epidemia de fiebre amarilla en 1797, pero Dutee fue criado por su primo Rathbone Harris, hijo de Peleg.

Rathbone era un hombre práctico y arrendó la casa de Benefit Street, a pesar del deseo de William de conservarla desalquilada. juzgó que tenía la obligación hacia su pupilo de sacar el máximo beneficio del patrimonio del muchacho, y no le importaron las muertes y enfermedades que ocasionaron continuos cambios de inquilinos, ni la creciente aversión que la casa generalmente inspiraba. Es probable que sintiera únicamente enojo cuando, en 1804, las autoridades municipales le dieron orden de fumigarla con azufre, alquitrán y alcanfor como consecuencia del comentado fallecimiento de cuatro personas, probablemente causado por un brote de fiebre epidémica. Se dijo que el lugar olía a fiebre.

El propio Dutee no pensó gran cosa en la 5 asa, pues llegó a ser oficial de un barco corsario y presto servicios con distinción en el Vigilant, mandado por el capitán Cahoone en la guerra de 1812. Regresó ileso, contrajo matrimonio en 1814 y fue padre aquella memorable noche del 23 de septiembre de 1815, en que una gran tormenta arrastró las aguas de la bahía hasta que cubrieron la mitad de la ciudad lanzando una gran balandra a buena altura de Westminster Street de modo que sus mástiles casi golpearon las ventanas de los Harris en simbólica afirmación de que el recién nacido, We1come, era hijo de marino.

WeIcome no sobrevivió a su padre, pero sí vivió lo suficiente para morir gloriosamente en Fredericksburg en 1862. Ni él ni su hijo Archer supieron nada de la Casa Maldita, sino que era un engorro casi imposible de arrendar, tal vez a causa de la perniciosa humedad y del olor a viejo y a abandono. En realidad, no volvió a ser alquilada después de una serie de muertes que culminaron en 1861, y que pasaron inadvertidas a causa de la emoción de la guerra. Carrington Harris, el último descendiente varón de la familia, la conocía sólo como un lugar abandonado, pintoresco y centro de leyendas hasta que yo le conté mi experiencia. Se proponía derribarla y construir en el solar un nuevo edificio de apartamentos, pero después de mi relato decidió dejarla en pie, instalar cañerías y alquilarla. No se ha tropezado todavía con ninguna dificultad para encontrar inquilinos. El horror ha desaparecido.

III


Puede imaginarse lo profundamente que me impresionaron los anales de los Harris. En esta ininterrumpida historia parecía anidar una persistente maldad superior a todo lo que yo había conocido en la naturaleza; una maldad claramente relacionada con la casa, y no con la familia. Confirmó esta impresión la colección menos sistemática de heterogéneos datos de mi tío -leyendas procedentes de habladurías de criados, recortes de periódicos, copias, certificados de defunción extendidos por médicos colegas suyos y cosas semejantes. No puedo reproducir todo esa material, pues mi tío fue un incansable investigador del pasado y sintió gran interés por la Casa Maldita; pero puedo referirme a diversos puntos destacados que llaman la atención por su repetición en muchos informes procedentes de diversas fuentes. Por ejemplo, los rumores de la servidumbre coincidían casi unánimemente en atribuir al sótano, con sus hongos y su mal olor, la supremacía en la perniciosa influencia. Hubo criadas -Ann White especialmente- que se resistían a usar la cocina del sótano, y por lo menos tres leyendas muy concretas hablaban de las extrañas formas, casi humanas o diabólicas, que tomaban las raíces de los árboles y las manchas de moho en esa parte de la casa. Estas últimas me interesaban profundamente recordando lo que yo había visto de chico, pero tuve la sensación de que la mayor parte de lo importante había quedado en cada caso oscurecido en buena parte por añadiduras sacadas del común acerbo de cuentos locales de fantasmas.

Ann White, con su superstición típica de Exeter, había difundido la más estrambótica y al mismo tiempo más coherente de las historias o patrañas según la cual tenía que estar enterrado bajo la casa uno de esos vampiros, o muertos que conservan la forma corporal y viven de la sangre o del aliento de los seres vivos, cuyas espantosas huestes envían sus formas o espíritus acechantes al exterior durante la noche. Para acabar con un vampiro, dicen las comadres, hay que desenterrarlo y quemarle el corazón, o por lo menos atravesárselo con una estaca, y la tenaz insistencia de Ann en que debía cavarse el suelo del sótano en busca de cadáveres había sido la causa principal de que la despidieran.

Pero sus historias encontraron un amplio auditorio, y se aceptaron más fácilmente porque la casa estaba edificada efectivamente en un lugar que en otra época sirviera de cementerio. Para mí esto tenía menos importancia que ciertos detalles realmente desconcertantes -la queja del criado, Preserved Smith, que había precedido a Ann sin oír jamás hablar de ella, de que algo «le chupaba el aliento» por la noche; los certificados de defunción de las víctimas de la fiebre en 1804, expedidos por el Dr. Chad Hopkins, es que se mencionaba que las cuatro personas carecían inexplicablemente de sangre; y los oscuros desvaríos de la pobre Rhoby Harris cuando se quejaba de los agudos dientes y ojos vidriosos de una presencia semivisible.

Aunque libre de vanas supersticiones, estas cosas me producían una extraña sensación que se intensificó al leer dos recortes de periódico de fechas muy distintas relativos a muertes acaecidas en la Casa Maldita -uno de la Providence Gazette and Country-journal, del 12 de abril de 1815, y el otro del Daily Transcrípt and Chronicle, del 27 de octubre de 1845-, y que detallaban un espeluznante suceso cuya repetición resultaba extraña Parece ser que en ambos casos la persona agonizante, en 1815 una dulce anciana llamada Stafford, y en 1845 un maestro de mediana edad llamado Eleazer Durfee, se transfiguró horriblemente, vidriándose su mirada e intentando morder la garganta del médico que le atendía. Todavía más extraño fue el caso que puso término al alquiler de la vivienda, una serie de muertes por anemia precedidas de locura en el curso de la cual los enfermos atentaban contra la vida de sus parientes mediante incisiones en el cuello o en las muñecas

Esto ocurrió en 1860 y 1861, cuando mí tío comenzaba a ejercer su profesión de médico; y antes de partir para el frente oyó hablar mucho del caso a sus colegas más viejos. Lo que resultaba verdaderamente inexplicable era la forma en que las víctimas -gente ignorante, pues aquella casa maloliente y rehuida no podía alquilarse a otra clase de personas-, balbuceaban imprecaciones en francés, lengua que era imposible que hubieran estudiado verdaderamente. Aquello hacía pensar en la pobre Rhaby Harris de casi den años antes, y tanto impresionó esto a mi tío que empezó a reunir datos históricos acerca de la casa a su regreso de la guerra, después de escuchar los relatos personales de los doctores Chase y Whitmarsh. Realmente, comprobé que mi tío había pensado mucho en el asunto y de que se alegraba de mi propio interés abierto y comprensivo que le permitía discutir conmigo cosas de las que otros se hubieran reído. Su imaginación no había llegado tan lejos como, la mía, pero presentía que el lugar tenía algo de raro por su potencial para la imaginación y que merecía ser tenido en cuenta como inspiración en el terreno de lo grotesco y lo macabro.

Por mi parte estaba dispuesto a tomar todo el asunto con gran seriedad y empecé inmediatamente no sólo a revisar las pruebas, sino a acumular tantos datos como pudiera reunir. Hablé muchas veces con Archer Harris, el anciano propietario de la casa, antes que muriera en 1916, y obtuve de él y de su hermana soltera, todavía viva, una auténtica corroboración de todos los datos que mi tío había reunido acerca de la familia. Pero cuando les pregunté qué relación pudo tener la casa con Francia o con su lengua, se confesaron tan desconcertados e ignorantes respecto a ese asunto como yo. Archer nada sabía, Y lo único que pudo decir su hermana era que posiblemente su abuelo, Dutee Harris, había oído hablar de algo capaz de arrojar alguna luz sobre el tema. El viejo marino, que sobrevivió dos años a su hijo muerto en la guerra, no conoció por sí mismo la leyenda, pero recordaba que su primera niñera, la anciana María Robbins, parecía estar vagamente enterada de algo que podía haber dado cierto extraño significado a los desvaríos franceses de Rhoby Harris que tantas veces había oído en los últimos días de aquella desgraciada mujer. María había vivido en la Casa Maldita desde 1769 hasta que la familia se mudó en 1783 y había visto morir a Mercy Dexter. Una vez le insinuó algo a Dutee, aún niño, sobre un detalle algo extraño de los últimos momentos de Mercy, pero el chico lo había olvidado todo excepto que se trataba de algo raro. La nieta recordaba aquel detalle de un modo confuso. Ni ella ni su hermano estaban tan interesados en la casa como Carrington, el hijo de Archer y actual propietario, con quien hablé después de lo que me pasó.

Una vez que conseguí de la familia Harris. todos los datos que sabían, me dediqué a investigar los antiguos archivos y documentos de la ciudad con más cuidado y minuciosidad que lo había hecho mí tío. Lo que buscaba era una historia completa del solar en que se construyó la casa desde la fundación de la ciudad, ocurrida en 1636, o aun desde tiempos anteriores, si es que podía desenterrar alguna leyenda de los indios Narragansett con el fin de obtener los datos. Encontré, para empezar, que aquellos terrenos formaron parte de una larga franja de tierra otorgada originalmente a John Throckmorton, una de las muchas similares que comenzaban en Tcvwn Street, junto al río, y se extendían sobre la colina hasta un lugar que coincidía aproximadamente con la de la moderna Hope Street. La propiedad de Throckmorton, naturalmente, se había subdividido posteriormente, y dediqué mucho tiempo y trabajo a investigar qué había sido de aquella parte por la que luego correría Back o Benefit Street. Parece, según rumores, que había sido el cementerio de los Throckmorton, pero cuando estudié más cuidadosamente los documentos, descubrí que todas las tumbas habían sido trasladadas en una fecha anterior al Cementerio del Norte, situado en la Pawtucket West Road.

Y de pronto encontré, por pura casualidad, pues no estaba en los legajos principales y muy bien pudo pasarme inadvertido, algo que me emocionó profundamente, pues encajaba con algunos de los aspectos más extraños del caso. Era un documento de arrendamiento de 1697, relativo a un pequeño trozo de tierra, y otorgado a un tal Etienne Roulet y a su esposa. Al fin había aparecido el elemento francés, y también otro más profundamente horripilante que el nombre evocó extrayéndolo de mis insólitas y heterogéneas lecturas, lo que me llevó a estudiar febrilmente el plano del lugar tal como había sido antes del trazado de la Back Street entre 1747 y 1758. Encontré lo que a medias -esperaba; en el solar donde se alzaba ahora la Casa Maldita, detrás de una casita de planta baja, los Roulets habían enterrado a sus muertos, sin que existiera constancia de ningún traslado de tumbas. El documento terminaba de un modo confuso y tuve que buscar en los archivos de la Sociedad Histórica de Rhode Island y en la Biblioteca Shepley hasta encontrar una referencia local al nombre de Etienne Roulet. Por fin encontré algo y de tan vago y monstruoso significado que decidí investigar inmediatamente el sótano de la Casa Maldita con una nueva y emocionada minuciosidad.

Al parecer, los Roulets llegaron en 1696 de East Greenwich a la costa occidental de la bahía de Narragansett. Eran hugonotes procedentes de Caude, y habían tropezado con una fuerte oposición antes de que se les permitiera instalarse en Providence. La impopularidad les había acosado en East Greenwich, a donde llegaron en 1686 después de la revocación del Edicto de Nantes, y decían las malas lenguas que la ojeriza procedía de algo más que de los prejuicios raciales o nacionales, o de las rencillas sobre tierras que afectaron a otros colonizadores franceses que disputaron con los ingleses, rencillas que ni siquiera el gobernador Andros pudo apaciguar. Pero su ardiente protestantismo -demasiado ardiente, según algunos- y su manifiesta aflicción cuando los echaron del pueblo hizo que les concedieran refugio; y el aceitunado Etienne Roulet, menos ducho en faenas agrícolas que en leer extraños libros y dibujar raros diagramas, logró que le dieran un puesto de oficinista en el muelle de Pardon Tillinghast, en el extremo sur de Town Street. Pero tuvo lugar un alboroto de algún tipo, tal vez cuarenta años más tarde, después de la muerte del viejo Roulet, y nadlie parecía haber vuelto a oír hablar de la familia desde entonces.

Al parecer, durante más de un siglo se recordó bien a los Roulet, y se habló frecuentemente de ellos como protagonistas de incidentes ocurridos en la vida apacible' del puerto de Nueva Inglaterra. Paul, el hijo de Etienne, muchacho tacitumo cuya conducta impredecible probablemente había provocado el escándalo que hizo desaparecer a la familia, fue especialmente motivo de conjeturas; y aunque Providence no compartió nunca los temores a la brujería de sus vecinos puritanos, insinuaban las viejas comadres que las plegarias de Paul no eran proferidas en el momento adecuado ni dirigidas a quien debían dirigir-' se. Todo esto constituyó la base de la leyenda conocida por la andana María Robbins. La relación que pudiera .tener con los desvaríos en francés de Rhoby Harris y de otros habitantes de la Casa Maldita, sólo podrían determinarlo la imaginación o algún descubrimiento futuro. Me pregunté cuántos de los que habían conocido las leyendas habían sabido de aquel eslabón más con lo terrible, que mis extensas lecturas me permitieron descubrir; un dato, significativo encontrado en los anales del horror, morboso y que habla de Jacques Roulet, de Caude, condenado en 1598 a morir en la hoguera por demoníaco, salvado luego de las llamas por el Parlament de París y encerrado en un manicomio. Fue encontrado en un bosque cubierto de sangre y de jirones de carne , poco después de que una pareja de lobos dieran muerte a un muchacho y lo despedazaran. Se había visto escapar ileso a uno de los lobos. Sin duda una bonita historia para escucharla al lado de la chimenea, con un nombre y un lugar extrañamente significativos, pero llegué a la conclusión de que no era posible que los chismosos de Providence en general pudieran conocerla. De haberse sabido, la coincidencia de los nombres hubiera provocado acciones drásticas inducidas por el miedo, aunque, ¿no pudo ,haber sido su difusión, aunque entre susurros, la causa del alboroto final que hizo desaparecer a los Roulet de la ciudad?

Comencé a visitar el lugar maldito con creciente frecuencia, a estudiar la malsana vegetación del jardín, a examinar todas las paredes de la casa y a revisar, pulgada a pulgada, el suelo de tierra del sótano. Finalmente, con permiso de Carrington Harris, me procuré una llave para la puerta del sótano que había dejado de usarse y que daba directamente a Benefit Street, pues prefería tener una salida más directa al exterior que la que brindaban las oscuras escaleras, el vestíbulo del piso bajo y la puerta principal. Allí, donde lo morboso acechaba en cada rincón, investigué y hurgué en los largos atardeceres en que el sol se filtraba por la puerta cubierta de telarañas que quedaba por encima del nivel del piso y que me situaba tan sólo a unos cuantos pies de la apacible acera de la calle. Ninguna novedad premió mi labor, sólo la deprimente y mohosa humedad y las leves sugerencias de olores desagradables y salitrosos perfiles en el suelo, y supongo que muchos transeúntes debieron de mirarme con curiosidad a través de los cristales rotos.

Finalmente, por una sugerencia de mi tío, decidí convertir en nocturnas mis visitas., y una noche de tormenta guié el rayo de luz de una linterna eléctrica por el suelo rezumante en que se dibujaban extrañas siluetas y en el que brotaban hongos semifosforescentes. El lugar me había deprimido curiosamente aquella tarde, y casi estaba preparado cuando vi -o creí ver- entre los blanquecinos sedimentos la silueta especialmente definida de la «sombra encorvada» que había imaginado desde muchacho. Su claridad era asombrosa y sin precedentes, y mientras la observaba creí ver de nuevo el tenue y tembloroso
'hálito amarillento que me había asustado una tarde lluviosa, hacía muchos años.

Se elevó por encima de la mancha antropomórfica de moho que había junto a la chimenea: era un vapor sutil, malsano, casi luminoso que mientras flotaba tembloroso en el aire húmedo parecía adoptar una forma vaga, incierta y maligna, para luego disiparse gradualmente en una desvaída nube subiendo a través de la oscuridad de la gran chimenea y dejando un repulsivo hedor a su paso. Fue en verdad horrible, y mucho más para mí, por lo que sabía del lugar. Negándome a huir, lo contemplé hasta que se desvaneció, y mientras lo miraba sentí que también aquello me observaba ávidamente con ojos más imaginables que visibles. Cuando se lo conté a mi tío le impresionó profundamente, y después de una hora de reflexión, tomó una decisión definitiva y drástica. Sopesando mentalmente la importancia de la cuestión, y el significado de nuestra relación con ella, insistió en que ambos debíamos probar, y si era posible destruir, el misterioso horror de la casa dedicándonos una noche, o varias, a vigilar juntos, dispuestos a actuar violentamente en aquella bodega mohosa y apestada de los hongos.

IV


El miércoles, 25 de junio de 1919, después de informar debidamente a Carrington Harrís, aunque sin comunicarle lo que esperábamos encontrar, mi tío y yo llevamos a la Casa Maldita dos hamacas y un catre de campaña plegables junto con unos aparatos científicos de gran peso y complejidad. Pusimos todo en el sótano durante el día y tapamos las ventanas con papel, con la intención de volver por la noche para nuestra primera guardia. Habíamos cerrado con llave la puerta del sótano que llevaba al piso bajo, y dado que teníamos llave para la puerta que daba a la calle, estábamos dispuestos a dejar allí los cos- tosos y delicados aparatos, conseguidos en secreto y a un elevado precio, tantos días corno fuera necesario. Nuestro plan era permanecer despiertos hasta muy tarde y vigilar luego por turno durante guardias de dos horas; yo me encargaría de la primera y mi compañero de la segunda; el que quedara libre descansaría en el catre.

M tío asumió la dirección de nuestra aventura y consiguió los instrumentos en los laboratorios de la Universidad de Brown y en la Armería de Cranston Street poniendo de manifiesto la gran vitalidad y resistencia de que disfrutaba a sus ochenta y un años. Elihu Whipple había vivido de acuerdo con las leyes higiénicas que había predicado como médico., y de no haber sido por lo que luego ocurrió, aún estaría entre nosotros Heno de vigor. Sólo dos personas saben o sospechan lo que ocurrió: Carrington Harris y yo. Tuve que contárselo a Harris porque era el propietario de la casa y merecía saber lo que había salido de ella. Además, habíamos hablado con él antes de iniciar nuestras investigaciones, y, al producirse la desaparición de mí tío, supe que sabría comprender y ayudarme a dar unas explicaciones públicas vitales y necesarias. Palideció al oírme, pero aceptó ayudarme y decidió que ya no habría peligro en alquilar la casa.

Decir que no estábamos nerviosos en aquella lluviosa noche de vigilancia sería faltar a la verdad. Ninguno de los dos éramos, como he dicho, supersticiosos, pero el estudio científico y la reflexión nos habían enseñado que el conocido universo de tres dimensiones abarca una mínima parte de la sustancia y energía del cosmos total. En aquel caso, existían numerosas pruebas auténticas de la existencia de fuerzas dotadas de un gran poder y, desde el Punto de vista humano, de una excepcional maldad. Afirmar que creíamos realmente en vampiros o en hombres-lobo no sería exacto. Más bien puede decirse que no estábamos dispuestos a negar la posibilidad de ciertas modificaciones anormales y sin clasificar de la energía vital Y la materia diluida, existentes con poca frecuencia en el espacio tridimensional a causa de su más íntima relación con otras unidades espaciales, pero lo suficientemente próximas a la nuestra como para manifestarse ocasionalmente en formas que, por faltarnos una perspectiva adecuada, escapan a nuestra comprensión.

En resumen, creíamos mi tío y yo que una incontrovertible serie de factores indicaban la existencia de un influjo persistente en la Casa Maldita que se remontaba a uno u otro de los colonos franceses de hacía dos siglos y que seguía actuando según insólitas y desconocidas leyes del movimiento atómico y electrónico. La historia de la familia Roulet parecía demostrar que sus miembros habían poseído una anormal afinidad con círculos de entidades exteriores, de esferas oscuras que sólo inspiran repulsión y terror a las personas normales. ¿No habrían puesto en movimiento los alborotos de la década de 1730 ciertas configuraciones cinéticas en el morboso cerebro de alguno de sus miembros --especialmente en el del, siniestro Paul Roulet- que habrían sobrevivido misteriosamente a los cuerpos asesinados y continuado funcionando en algún espacio multidimensional con las fuerzas originales impulsadas por un odio frenético de la comunidad invadida?

Indudablemente, esto no sería una imposibilidad física o bioquímica a la luz de la ciencia moderna que incluye la teoría de la relatividad y de la acción intraatómica. Es fácil imaginar un núcleo extraño de sustancia o energía, carente o no de forma, mantenido vivo por sustracciones imperceptibles o inmateriales de fuerza vital, o de tejidos corporales y fluidos de, otros seres vivos más palpables en los cuales penetra y con cuyos tejidos llega incluso a confundirse. Puede ser hostil de manera activa, u obedecer sencillamente a impulsos ciegos de conservación. En cualquier caso, semejante monstruo ha de ser forzosamen--te, en nuestro esquema vital, una anomalía y un intruso, y su eliminación es deber primordial de todo hombre que no sea enemigo de la vida, la salud y la cordura del mundo.

Lo que nos desconcertaba era nuestra completa ignorancia randa de la apariencia bajo la cual podíamos encontrar aquello.' Ninguna persona cuerda lo había visto, y pocas lo habían sentido de manera concreta. Podía ser energía'pura -una forma etérea y ajena al reino de la sustancia-, o podía ser parcialmente material, una masa desconocida y ambigua de plasticidad, capaz de transformarse a voluntad en una nebulosa aproximación de un estado sólido, líquido, gaseoso o a cualquier otro estado tenuamente carente de partículas. La mancha antropomórfica de mohoso salitre del suelo, la configuración o silueta del amarillento vapor y la curvatura de las raíces en algunas de las antiguas leyendas, tendían a confirmar por lo menos una remota y recordada conexión con la forma humana; pero nadie podía saber con certeza hasta qué punto era representativa o permanente aquella similitud.

Disponíamos de dos armas para combatirlo: una válvula Crookes de rayos catódicos de considerable tamaño, especialmente equipada y alimentada por potentes acumuladores, con pantallas y reflectores especiales por si la cosa era intangible y sólo podía ser destruida con radiaciones de éter de gran intensidad, y un par de lanzallamas militares de los que habían sido utilizados en la Guerra Mundial, por si era parcialmente materia y susceptible de destrucción mecánica, pues, al igual que los supersticiosos labriegos de Exeter, estábamos dispuestos a quemarle el corazón, si había algún corazón que quemar. Todo este equipo de agresión quedó instalado. en el sótano en lugares cuidadosamente dispuestos con relación al catre y a las sillas y a la zona delante de la chimenea donde el moho había tomado extrañas formas. Esa incitante mancha, dicho sea de paso, era sólo levemente visible cuando instalamos el catre, las sillas y los instrumentos, y cuando regresamos por la noche para iniciar la vigilancia. Por un momento dudé haberla visto alguna vez dibujada con mayor firmeza, pero entonces recordé las leyendas.

Nuestra guardia en el sótano comenzó a las diez de la noche, y discurrió sin que el transcurso de las horas aportara ninguna novedad. El débil resplandor que se filtraba hasta el sótano procedente de las farolas de la calle azotadas por la lluvia y la tenue fosforescencia de los detestables hongos nos permitían ver la humedad de la pared de Piedra, de la que había desaparecido todo vestigio del enjalbegado original; el suelo de tierra cubierto en parte de verdín y de repulsivos hongos; los restos podridos de las que fueron mesas, banquetas y sillas, y otros muebles no identificables; los gruesos maderos del piso superior y las grandes vigas del techo; la desvencijada puerta de tablones que conducía a cuartuchos y salas situados bajo otros aposentos de la casa; la escalera de piedra medio desmoronada con su estropeado pasamanos de madera; la tosca chimenea de ladrillos ennegrecidos en la que unos herrumbrosos trozos de hierro recordaban que allí hu en otros tiempos trébedes, morillos, espetones, aguilones, y otros adminículos del cocinero cuyos nombres han caí casi en el olvido, así como la puerta del horno de ladrillo y la pesada e intrincada maquinaria destructiva que habíamos llevado.

Como en mis anteriores exploraciones, habíamos dejado abierta la puerta que daba a la calle, para tener una vía de escape práctica y directa en el caso de que tuviéramos que enfrentarnos con manifestaciones imposibles de dominar. Pensábamos que nuestra larga presencia nocturna atraería a cualquier ente maligno que allí acechara; y que, estando preparados, podríamos eliminarlo con alguno de los medios de que disponíamos, después de haberlo reconocido y observado suficientemente. No teníamos la menor idea del tiempo que exigiría evocar y destruir la cosa Sabíamos, desde luego, que la aventura era arriesgada
ya que no podíamos intuir la, fuerza con que se manifestaría el fenómeno. Pero pensábamos que el juego valía pena y lo emprendimos solos y sin vacilar, comprendiendo que buscar ayuda sólo nos expondría al ridículo y tal vez condujera al fracaso de nuestros planes. Ese era nuestro estado de ánimo mientras charlábamos, avanzada la noche, hasta que el aire soñoliento de mi tío me recordó que había llegado el momento de que fuera a descansar un par de horas.

Algo semejante al miedo me heló el corazón cuando quedé allí sentado en la madrugada y sin compañía, y digo, sin compañía porque quien permanece junto a una persona dormida está verdaderamente solo, tal vez más so de lo que pueda imaginar. M tío respiraba pesadamente el rumor de la lluvia acompañaba sus aspiraciones punteadas por otro sonido de agua que goteaba en el interior de la casa, porque ésta era muy húmeda aún en tiempo seco y con aquella tormenta parecía un pantano. Me puse a mirar detenidamente la vieja mampostería de las paredes a la luz de los hongos y de los débiles reflejos que se filtraban por las persianas; en una ocasión, cuando aquel ruido estaba a punto de hacerme perder la paciencia, abrí la puerta y miré arriba y abajo de la calle alegrando mis ojos con cosas conocidas y también el olfato con el aire puro y saludable. Pero no sucedió nada que recompensara mi vigilancia y bostecé repetidamente mientras la fatiga comenzaba a predominar sobre el temor.

Luego, el oír a mi tío moverse en sueños, atrajo mi atención. Durante la última mitad de la primera hora se había movido varias veces, intranquilo, pero ahora estaba respirando con anormal irregularidad, suspirando a veces quejosamente. Lo enfoqué con mi linterna eléctrica y lo vi con la cara vuelta hacia atrás, por lo que me levanté Y crucé hasta el otro lado del catre y lo enfoqué nuevamente para ver si parecía tener algún dolor. Vi algo que me alarmó de forma sorprendente, teniendo en cuenta su relativa nimiedad. Debió ser, sencillamente, la asociación de una circunstancia poco frecuente con la siniestra naturaleza del lugar en que nos encontrábamos y la índole de nuestra misión, ya que la situación en sí no tenía nada de espantoso ni de anormal. Simplemente, la expresión del rostro de mi tío, perturbado por los sueños extraños que nuestra situación provocaba, revelaba una gran agitación y no parecía ser propia de él. Su expresión habitual era apacible y tranquila, mientras que ahora parecían luchar dentro de él diversas emociones. Creo que lo que me inquietó principalmente fue esa variedad. Mi tío, Mientras jadeaba y se movía con creciente inquietud y con ojos que había empezado a abrir, no parecía uno, sino muchos hombres, y daba la curiosa sensación de extrañamiento de sí mismo

De repente, comenzó a murmurar, y no me gustó el aspecto de su boca y de sus dientes mientras hablaba. Al principio no pude entender las palabras que decía, pero luego mi asombro fue muy grande cuando reconocí en ellas algo que me dejó helado hasta que recordé la gran cultura de mi tío y las interminables traducciones que había hecho de artículos de antropología y temas de la antigüedad para la Revue des Deux Mondes. Pues el respetable doctor Whipple estaba murmurando en francés, y las pocas frases que pude captar parecían estar relacionadas con los más oscuros mitos que había adaptado de la famosa revista de París.

De pronto, la frente de mi tío se mojó de sudor y él se incorporó bruscamente, medio despierto. Dejó de murmurar en francés para dar un grito en inglés, y exclamó en tono angustiado:

-¡Mi aliento..., mi aliento!

Despertó por completo y, recobrando su rostro la expresión normal, tomó mi mano y comenzó a relatarme u sueño cuyo espantoso significado sólo pude intuir con asombro.

Dijo que había pasado flotando desde una serie corriente de escenas soñadas a otra cuya rareza no podía relacionarse con nada que hubiera leído. Era de este mundo, y, sin embargo, ajena a él, una oscura confusión geométrica en la cual podían verse elementos de cosas familiares en las más anormales e inquietantes combinaciones Se advertía una sugerencia de imágenes extrañamente ordenadas superpuestas unas a otras; una perspectiva en la que lo esencial del tiempo, y también del espacio, parecía disuelto y mezclado de la manera más ilógica. esta caleidoscópica vorágine de imágenes fantasmales había instantáneas ocasionales si puede emplearse esta palabra, de singular claridad, pero de inexplicable heterogeneidad.

En un momento mi tío creyó yacer en una fosa red abierta, mientras una multitud de rostros con alborotados. rizos y sombreros tricornios lo miraban ceñudos desde lo alto. En otro momento le pareció estar dentro de una casa, aparentemente antigua, cuyos habitantes y detalles cambiaban continuamente y no podía recordar los rostros ni los muebles, ni siquiera la habitación, dado que puertas y ventanas cambiaban de forma y posición con la misma volubilidad que los demás objetos. Lo más raro, y mi tío se refirió a ello en el tono de quien no espera que le crean, era que muchos de los extraños rostros que había entrevisto en sueños tenían indudablemente los rasgos de la familia Harrís. Y todo el tiempo tuvo la sensación personal de ahogo, como si algo de naturaleza penetrante se hubiera esparcido por todo su cuerpo y estuviese tratando de adueñarse de sus funciones vitales. Me estremecí al pensar en esos procesos vitales, desgastados por ochenta y un años de trabajo continuo, luchando contra fuerzas desconocidas -as de las que un organismo más joven y robusto huiría con temor; pero al cabo de un momento me dije que los sueños sólo son sueños y que aquellas turbadoras visiones no eran, a lo sumo, más que la reacción de mi tío a las investigaciones y esperanzas que habían llenado nuestras mentes, con exclusión de cualquier otra
idea.

La conversación contribuyó también a disipar mi sensación di: rareza, y no tardé en rendirme a los bostezos, con lo cual aproveché mi turno para dormir. Mi tío parecía ahora muy despierto y se alegró que le hubiera llegado el turno de vigilar,
aunque la pesadilla lo había despertado mucho antes de las dos horas de descanso que an- Pronto Me dormí e inmediatamente me le correspondí vi acosado por sueños de la más inquietante naturaleza. En mis visiones experimenté una soledad cósmica y abismal, que la hostilidad me acosaba desde todos los rincones de alguna prisión en que me hallaba encerrado. Me pareció estar atado y amordazado, atormentado por los resonantes gritos de multitudes lejanas sedientas de mi sangre. Se me presentó el rostro de mi tío con expresión menos placentera que la que tenía cuando lo veía despierto, Y recuerde mis inútiles tentativas de gritar. No fue un reposo agradable, y por un instante no lamenté el alarido que atravesó las barreras del sueño v me dejó en una penetrante y sorprendida vigilia, en la `que cada objeto que tenía a la vista se destacaba con una nitidez y realidad superiores a lo natural.

V


Había estado echado de espaldas a mi tío, por lo que al despertar bruscamente sólo vi la puerta que daba a la calle, la ventana que quedaba más hada el Norte y la p red, la parte del suelo y el techo del norte de la habitación, todo ello fotografiado con mórbida inmediatez mi cerebro y con una luz más brillante que la de los hongos o la que llegaba desde la calle. No era una luz intensa ni mucho menos, ni siquiera suficiente para leer un libro corriente. Pero proyectaba la sombra de mi cuerpo y la cama sobre el suelo y tenía una fuerza penetrante: amarillenta que sugería las cosas con más fuerza que misma luminosidad. Percibí esto claramente, aunque de mis sentidos estaban violentamente trastornados. P resonaba en mis oídos el eco de aquel grito escalofriante en tanto que asqueaba mi olfato el hedor que llenaba, lugar. Mi mente, tan alerta como mis sentidos, reconoció lo anormal; y casi automáticamente salté de la cama y me volví para coger los instrumentos de destrucción que habíamos dejado instalados sobre la mancha de humedad delante de la chimenea. Mientras me volvía, temía peor, ya que el grito lo había proferido la voz de mi tío e ignoraba contra qué amenaza tendría que defenderle y defenderme.

Pero lo que vi fue peor de lo que había imaginado. Hay horrores que son más que horrendos, y aquél era de esos núcleos de horror de las pesadillas que condensaba todo el espanto que el cosmos reserva para fulminar a unos cuantos seres malditos y desgraciados. De la tierra apestada por los hongos, brotaba una luz vaporosa, amarillenta, malsana y cadavérica que se elevaba hasta tomar una vaga forma gigantesca de incierta silueta humana mitad hombre y mitad monstruo, a través de la cual pude ver la campana y el hogar de la chimenea que quedaba detrás. Era todo ojos -lupinos y burlones- y la rugosa cabeza como de insecto se desvanecía en lo alto en una tenue neblina que se enroscaba horriblemente y acababa por desaparecer por la chimenea. Digo que vi aquello, pero sólo he conseguido rastrear su abominable tentativa de forma a través del recuerdo consciente. Entonces no tuvo para mí sino el aspecto de una nube en aparente ebullición, ligeramente fosforescente, de repugnante fungosidad, que rodeaba y disolvía en horrible plasticidad el único objeto en el cual se concentraba mi atención. Ese objeto era el venerado Elihu Whipple, que con el rostro ennegrecido y las facciones desfiguradas me miraba descaradamente y murmuraba palabras incomprensibles en tanto que procuraba alcanzarme con unas garras goteantes para despedazarme con la furia que aquel horror le había inculcado.

Tan sólo la rutina me salvó de la locura. Me había preparado para el momento decisivo y este entrenamiento ciego fue lo que me ayudó. Comprendiendo que aquel burbujeante maleficio no era de sustancia vulnerable para la fuerza física o la química, hice caso omiso del lanzallamas que estaba a mi izquierda, conecté la corriente de la válvula catódica y lo enfoqué hacia aquella escena blasfema lanzando contra ella las más potentes radiaciones de éter que el artificio humano puede extraer del espacio y las corrientes de la naturaleza. Se produjo una neblina azulada y un frenético chisporroteo, y la fosforescencia amarilla perdió luminosidad. Pero me di cuenta de que la pérdida de luz era solamente efecto del contraste y que las ondas del aparato eran absolutamente ineficaces.

Entonces, en medio de aquel demoníaco espectáculo, vi un nuevo horror que me lanzó vacilante y tembloroso hacia la puerta no cerrada con llave que se abría a la calle tranquila, sin cuidarme de los anómalos horrores que desataba sobre el mundo, ni lo que los hombres pudieran pensar y juzgar de mi conducta. En aquella mezcla de penumbra azulada y amarillenta, la silueta de mi tío había comenzado uña nauseabunda licuefacción cuya esencia resuIta imposible de describir, y en el curso de la cual se producían en su rostro unos cambios de identidad que sólo la locura puede concebir. Era simultáneamente un demonio y una multitud, un matadero y una procesión. Iluminada por aquella luz híbrida e incierta, la cara de gelatina se trasmutaba y adquiría una docena, una veintena, un centenar de aspectos; y con una mueca fue cayendo al suelo coronando un cuerpo que se derretía como sí fuera de sebo y presentando en caricatura las facciones de legiones de seres que eran y no eran desconocidos.

Vi las facciones de la estirpe de los Harris, varones y mujeres, adultos y niños y otros rostros viejos y jóvenes, bastos y refinados, familiares y desconocidos. Durante un segundo apareció una imitación envilecida de una miniatura de la pobre Rhoby Harris que había visto en el Museo de la Escuela de Dibujo, y otra vez me pareció ver la huesuda imagen de Mercy Dexter, tal como la recordaba en un cuadro que había en la casa de Carrington Harris. Aquello sobrepasaba en horror todo lo imaginable. Hacia el final, cuando una extraña mezcla de facciones de sirvientes y niños pequeños titilaba cerca del suelo sobre el que prosperaban los hongos, tuve la impresión que los distintos rostros luchaban entre sí y procuraban formar unos rasgos semejantes a los del bondadoso rostro de mi tío. Me gusta pensar que él existió en aquel momento y que trató de decirme adiós. Creo que de mi seca garganta salió un gemido de despedida en el momento en que salía tropezando a la calle; un hilillo de grasa me siguió por la puerta hasta la acera empapada por la lluvia.

El resto es sombrío y monstruoso. En la calle mojada no había nadie y no había en todo el mundo una sola persona con la cual me hubiera atrevido a hablar. Anduve sin rumbo, pasé por College Hill y ante el Athenaeum bajé por Hopkíns Street y crucé el puente que lleva a la parte más animada de la ciudad, en donde los elevados edificios parecían protegerme, como las cosas materiales modernas protegen al mundo contra los antiguos y maléficos prodigios. Luego, la aurora gris rompió húmedamente por el Este, recortando la silueta de la loma arcaica y los venerables campanarios que sobre ella se alzaban, atrayéndome al lugar en donde mi terrible tarea estaba sin acabar. Finalmente, mojado, sin sombrero, ofuscado por la luminosidad de la mañana, entré por la puerta tremenda de Benefit Street que había dejado entreabierta y que todavía se mecía misteriosamente a la vista de la gente madrugadora con la que no me atreví a hablar.

Había desaparecido la grasa, pues el mohoso suelo era poroso. Y delante de la chimenea no quedaba vestigio de la gigantesca forma de salitre doblada sobre sí misma. Vi la cama, las sillas, los instrumentos, mi sombrero abandonado y el de paja amarillenta de mi tío. Me dominaba la incertidumbre y apenas podía recordar lo que era sueño y lo que era realidad. Luego, poco a poco, fue recobrando el sentido y supe que había presenciado cosas más espantosas que las que había soñado. Me senté y traté de conjeturar en la medida en que la razón me lo permitió, qué había acontecido y cómo podría acabar con el horror, si en realidad había existido. No parecía ser algo material, ni etéreo, ni ninguna otra cosa concebible por una mente mortal. ¿Qué podía ser, pues, sino alguna emanación exótica? ¿Algún vapor vampiresco corno el que la gente rústica de Exeter dice que flota sobre algunos cementerios? Pensé que aquélla era la clave, y volví a mirar el suelo en donde hongos y salitre habían tomado extrañas formas. Al cabo de diez minutos ya había decidido. Cogiendo mi sombrero, me marché a casa,. me bañé ,comí y encargué por teléfono un pico, una pala, una máscara antigás y seis garrafones de ácido sulfúrico, todo lo cual deberían entregarme a la mañana siguiente en la puerta del sótano de la Casa Maldita de Benefit Street. Después traté de dormir, pero, al no conseguirlo, pasé las horas leyendo y componiendo versos anodinos para serenarme.

A las once de la mañana del día siguiente comencé a cavar. Hacía un tiempo soleado, y lo celebré. Seguía solo, Ya que por mucho temor que me inspirara el horror desconocido, temía más a la idea de contárle a alguien lo sucedido. Posteriormente le revelé todo a Harris, por pura necesidad y porque él había oído ya algunas antiguas leyendas que podían predisponerle a la credulidad. Al revolver la negra tierra delante de la chimenea, la pala hizo fluir de los blancos hongos un viscoso zumo amarillo, y temblé por lo que podría descubrir. Algunos secretos del interior de la tierra no son buenos para el género humano y aquél me parecía uno de ellos.

Me temblaban las manos perceptiblemente, pero no por eso dejé de cavar; y al cabo de un rato lo hacía dentro de la gran fosa que había abierto. A medida que el agujero se hacía más hondo -tenía ya alrededor de seis pies cuadrados-, el nauseabundo olor aumentaba y no dudé más de mi inminente contacto con la cosa infernal cuyas emanaciones habían embrujado la casa durante más de un siglo y medio. Me pregunté qué aspecto tendría, cuáles serían su forma y sustancia y qué tamaño habría cobrado al cabo de tantos años de alimentarse chupando vidas ajenas. Finalmente, salí del agujero, esparcí la tierra amontonada, y luego dispuse los. garrafones de ácido alrededor de dos de los bordes, de modo que cuando fuera necesario pudiera vaciarlos todos rápidamente en la fosa, Después de eso eché tierra sobre los otros dos lados cavando más lentamente y colocándome la máscara antigás cuando el olor aumentó. Me encontraba casi acobardado por la proximidad de un algo sin nombre que tal vez encontrara en el fondo de la fosa.

De pronto la pala chocó contra algo más blando que la tierra. Me estremecí y me dispuse a salir del agujero en el cual estaba ahora hundido hasta el cuello. Pero recobré el valor y seguí sacando tierra a la luz de la linterna eléctrica que había llevado conmigo. La superficie que descubrí era semitraslúcida y vidriosa, una especie de gelatina congelada y semiputrefacta. Seguí quitando tierra y vi que tenía forma. Había una grieta sobre la cual se doblaba parte de aquella sustancia. Lo que quedó a la vista era aproximadamente cilíndrico; algo semejante a un gigantesco tubo de chimenea doblado cuya parte más gruesa mediría dos pies de diámetro. Excavé un poco más y luego salí bruscamente del agujero para apartarme de tan repugnante hallazgo. Destapé frenéticamente los pesados garrafones y vertí el corrosivo contenido uno y otro en aquella fosa sepulcral y sobre aquella increíble anormalidad cuyo gigantesco codo había visto.

El cegador torbellino de vapores amarillo-verdosos que ascendió tempestuosamente de la fosa cuando cayó el torrente de ácido, nunca se borrará de mi memoria. La gente de toda aquella colina habla del «día amarillo», en que unos vapores virulentos y horribles se elevaron desde el montón de residuos vertidos por una fábrica en el río Providence, pero yo sé lo muy equivocados que están en cuanto al origen. También hablan del espantoso rugido que brotó al mismo tiempo de alguna cañería subterránea de gas o de agua, y de nuevo podría corregirles si me atreviera. Fue algo impresionante y no comprendo cómo estoy vivo después de haber pasado por aquella experiencia. Tras vaciar el cuarto garrafón, que tuve que utilizar cuando las emanaciones habían empezado a filtrarse por la máscara, me desmayé, pero cuando me recuperé, vi que ya no salían más vapores de la fosa.

Vacié los otros dos sin ningún resultado concreto, y, al cabo de un rato, me pareció que ya no había peligro en volver a rellenar la fosa. Cuando terminé mi tarea empezaba a anochecer, pero el miedo había desaparecido del lugar. La humedad era menos fétida y los extraños hongos se habían marchitado, convirtiéndose en un polvo grisáceo que se esparcía como ceniza por el suelo. Uno de los terrores más ocultos de la tierra había desaparecido para siempre, y si hay infierno, al fin había ido a parar a él el alma diabólica de un ser maldito. Cuando apisoné la última paletada de tierra mohosa, derramé la primera lágrima de las muchas que he, vertido en sincero homenaje a la memoria de mí querido tío.

A la primavera siguiente ya no brotó una hierba pálida, ni creció cizaña de desconocida especie, en el jardín escalonado de la Casa Maldita, y poco después Carrington Harris alquiló su propiedad. Todavía tiene un aspecto fantasmal, pero su peculiaridad me subyuga y sentiré algo mezclado con una pena extraña, cuando la derríben para convertirla en un vulgar edificio de apartamentos o en una deslucida tienda. Los estériles árboles del jardín han comenzado a dar unas manzanitas dulces, y el año pasado anidaron los pájaros en sus nudosas ramas.

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