BLOOD

william hill

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martes, 13 de octubre de 2009

UN DÍA DE CAMPO

UN DÍA DE CAMPO

Tenían proyectado hacía cinco meses salir a almorzar en los alrededores de París el día del santo de la señora Dufour, que se llamaba Pétronille. Por ello, como habían esperado con impaciencia esa partida, se habían levantado muy temprano aquella mañana.
El señor Dufour, que le había pedido prestado el coche al lechero, conducía. La carreta, de dos ruedas, estaba muy limpia; tenía un techo sostenido por cuatro montantes de hierro del que colgaban cortinas que habían alzado para ver el paisaje. Sólo la de detrás flotaba al viento, como una bandera. La mujer, al lado de su esposo, estaba radiante con un extraordinario traje de seda cereza. A continuación, en dos sillas, se sentaban una vieja abuela y una jovencita. Se distinguía también la cabellera amarilla de un muchacho que, a falta de asiento, se había tumbado al fondo y del que aparecía sólo la cabeza.
Tras haber seguido la avenida de los Campos Elíseos y cruzado las fortificaciones por la puerta Maillot, se habían puesto a contemplar la comarca.
Al llegar al puente de Neuilly, el señor Dufour había dicho: «Ahí tenéis el campo, ¡por fin! », y su mujer, ante esa señal, se había enternecido con la naturaleza.
En la encrucijada de Courbevoie, les había asaltado la admiración ante la lejanía de los horizontes. A la derecha, allá lejos, estaba Argenteuil, con su elevado campanario; por encima aparecían los cerros de Sannois y el Molino de Orgemont. A la izquierda, el acueducto de Marly se dibujaba sobre el cielo claro de la mañana, y se divisaba también, de lejos, la terraza de Saint-Germain; mientras que enfrente, al final de una cadena de colinas, unas tierras removidas indicaban el nuevo fuerte de Cormeilles. Muy al fondo, con un retroceso formidable, por encima de llanuras y pueblos, se entreveía un oscuro verdor de bosques.
El sol comenzaba a quemar los rostros; el polvo llenaba los ojos de continuo y, a los dos lados de la carretera, se desplegaba una campiña interminablemente desnuda, sucia y hedionda. Hubiérase dicho que una lepra la había devastado, royendo hasta las casas, pues esqueletos de edificios hundidos y abandonados, o bien pequeñas casuchas inacabadas por falta de pago a los contratistas, alzaban sus cuatro paredes sin techo.
De trecho en trecho crecían en el suelo estéril largas chimeneas de fábricas, única vegetación de aquellos campos pútridos por los cuales la brisa de la primavera paseaba un perfume de petróleo y de esquisto mezclado con otro olor aún menos agradable.
Por fin habían cruzado el Sena por segunda vez, y, en el puente, había sido arrobador. El río resplandecía de luz; un vaho se elevaba de él, absorbido por el sol, y se experimentaba una suave quietud, una frescura benéfica al respirar por fin un aire más puro que no había sido barrido por el humo negro de las fábricas o las miasmas de los muladares.
Un hombre que pasaba había dado el nombre de la zona: Bezons.
El coche se detuvo, y el señor Dufour se puso a leer la prometedora muestra de un figón: «Restaurante Poulin, calderetas y pescado frito, reservados particulares,bosquecillos y columpios. ¿Qué, señora Dufour, te conviene? ¿ te decidirás por fin? »
La mujer leyó a su vez: «Restaurante Poulin, calderetas y pescado frito, reservados particulares, bosquecillos y columpios.» Después miró largamente la casa.
Era una posada de campo, blanca, situada al borde de la carretera. Mostraba, por la puerta abierta, el cinc brillante del mostrador ante el cual estaban dos obreros endomingados.
Por fin la señora Dufour se decidió: «Sí, está bien —dijo—, y, además, tiene buenas vistas.» El coche entró en un amplio terreno plantado de grandes árboles que se extendía detrás de la posada y que sólo estaba separado del Sena por el camino de sirga.
Entonces se apearon. El marido saltó primero, luego abrió los brazos para recibir a su mujer. El estribo, sujeto por dos barras de hierro, estaba muy lejos, de forma que, para alcanzarlo, la señora Dufour tuvo que dejar ver la parte inferior de una pierna cuya primitiva finura desaparecía ahora bajo una invasión de grasa que bajaba de los muslos.
El señor Dufour, a quien el campo excitaba ya, le pellizcó vivamente la pantorrilla, y después, cogiéndola por debajo de los brazos, la depositó pesadamente en tierra, como un enorme paquete.
Ella se dio unas palmadas en su traje de seda para desprender el polvo, mientras miró el lugar donde se encontraba.
Era una mujer de unos treinta y seis años, metida en carnes, exuberante y de aspecto agradable. Respiraba con fatiga, sofocada violentamente por la opresión de un corsé demasiado apretado; y la presión de aquel chisme empujaba hacia su papada la masa fluctuante del pecho superabundante.
A continuación la jovencita, posando la mano en el hombro de su padre, saltó con ligereza ella sola. El muchacho de pelo amarillo se había apeado poniendo un pie sobre la rueda, y ayudó al señor Dufour a descargar a la abuela.
Entonces desengancharon el caballo, que fue atado a un árbol, y el coche cayó de narices, con los dos varales en el suelo. Los hombres, habiéndose quitado las levitas, se lavaron las manos en un cubo de agua, y después se reunieron con las señoras instaladas ya en los balancines.
La señorita Dufour trataba de columpiarse de pie, ella sola, sin lograr darse suficiente impulso. Era una guapa chica de dieciocho a veinte años; una de esas mujeres cuyo encuentro por la calle os azota con un súbito deseo, y os deja hasta la noche una vaga inquietud y una agitación de los sentidos. Alta, de talle esbelto y caderas anchas, tenía la piel muy morena, los ojos muy grandes, el pelo muy negro. Su traje dibujaba netamente la firme plenitud de su carne acentuada aún más por los esfuerzos que hacía con los riñones para remontarse. Sus brazos tensos sujetaban las cuerdas por encima de su cabeza, de modo que su pecho se alzaba, sin una sacudida, a cada impulso que daba. Su sombrero, arrastrado por una ráfaga de viento, había caído a sus espaldas; y el balancín se lanzaba poco a poco, mostrando a cada vuelta sus piernas finas hasta la rodilla, y lanzando a la cara de los dos hombres, que la miraban riendo, el aire de sus faldas, más embriagador que los vapores del vino.
Sentada en el otro columpio, la señora Dufour gemía de forma monótona y continua: «Cyprien, ven a empujarme; ¡ven a empujarme de una vez, Cyprien! » Al final él fue y, remangándose la camisa, como antes de emprender un trabajo, puso a su mujer en movimiento con infinita fatiga.
Aferrada a las cuerdas, tenía las piernas estiradas, para no tropezar con el suelo, y disfrutaba al verse aturdida por el vaivén del chisme. Sus formas, sacudidas, tembleteaban continuamente como la gelatina en una bandeja. Pero, a medida que los impulsos crecían, la asaltaron el vértigo y el miedo. A cada bajada, lanzaba un grito agudo que hacía acudir a todos los rapaces del pueblo; y allá, delante de ella, por encima del seto del jardín, distinguía vagamente un surtido de cabezas traviesas que gesticulaban variadamente con las risas.
Al aparecer una camarera, encargaron el almuerzo.
«Fritos del Sena, conejo salteado, ensalada y postre», articuló la señora Dufour, con aire importante. «Traiga dos litros de tinto y una botella de burdeos», dijo su marido. «Almorzaremos en la hierba», agregó la joven.
La abuela, enternecida al ver el gato de la casa, lo perseguía hacia diez minutos prodigándole inútilmente las más dulces denominaciones. El animal, halagado interiormente sin duda por aquella atención, se mantenía siempre muy cerca de la mano de la buena señora, aunque sin dejarse alcanzar, y daba tranquilamente vueltas a los árboles, contra los cuales se frotaba, la cola erguida, con un pequeño ronroneo de placer.
«¡Mirad! —gritó de repente el joven de pelo amarillo que fisgoneaba por el terreno—, ¡hay unos barcos estupendos! » Fueron a ver. Bajo un pequeño cobertizo de madera estaban colgadas dos soberbias yolas de remeros, finas y trabajadas como muebles de lujo. Descansaban una junto a otra, semejantes a dos altas mozas delgadas, con su longitud estrecha y reluciente, y daban ganas de marchar sobre el agua en las hermosas noches apacibles o en las claras mañanas de verano, de rozar los ribazos floridos donde árboles enteros bañan sus ramas en el agua, donde temblequea el eterno escalofrío de las cañas, y de donde alzan el vuelo, como relámpagos azules, rápidos martines pescadores.
Toda la familia, con respeto, las contemplaba. «Oh, sí, son estupendas», repitió gravemente el señor Dufour. Y las detallaba como un experto. Había remado, él también, en sus verdes años, decía; e incluso con aquello en la mano
—y hacía ademán de tirar de los remos— le importaba un bledo todo el mundo. Había vapuleado en carreras a más de un inglés, en tiempos, en Joinville; y bromeó con la palabra damas, con que se designan los dos toletes que sujetan los remos, diciendo que los remeros, y con razón, no salían jamás sin sus damas. Se acaloraba al perorar y proponía obstinadamente que apostasen que con una barca como aquélla él haría seis leguas por hora sin apresurarse.
«Está listo», dijo la camarera que apareció en la entrada. Se precipitaron; pero hete aquí que en el mejor sitio, que la señora Dufour había elegido mentalmente para instalarse, estaban almorzando ya dos jóvenes. Eran los propietarios de las yolas, sin duda, pues iban vestidos de remeros.
Se habían estirado en unas sillas, casi acostados. Tenían la cara tostada por el sol y el pecho cubierto solamente por una fina camiseta de algodón blanco que dejaba asomar sus brazos desnudos, robustos como los de un herrero. Eran dos sólidos mozos y presumían mucho de vigor, pero mostraban en todos sus movimientos esa gracia elástica de los miembros que se adquiere con el ejercicio, tan diferente de la deformación que imprime al obrero su penoso esfuerzo, siempre igual.
Intercambiaron rápidamente una sonrisa al ver a la madre, luego una mirada al divisar a la hija. «Dejémosles nuestro sitio —dijo uno—, así entablaremos relación». El otro se levantó al punto y, con su gorra mitad roja y mitad negra en la mano, se ofreció caballerosamente a ceder a las señoras el único lugar del jardín donde no daba el sol. Aceptaron deshaciéndose en disculpas; y, para que la cosa fuera más campestre, la familia se instaló en la hierba sin mesa ni asientos. Los dos jóvenes se llevaron su cubierto a unos cuantos pasos y reanudaron la comida. Sus brazos desnudos, que mostraban sin cesar, turbaban un poco a la joven. Incluso fingía volver la cabeza y no fijarse en ellos, mientras que la señora Dufour, más atrevida, instigada por una curiosidad femenina que era acaso deseo, los miraba a cada momento, comparándolos sin duda con añoranza con las fealdades secretas de su marido.
Se había derrumbado sobre la hierba, con las piernas dobladas a la manera de los sastres, y se meneaba continuamente, con el pretexto de que las hormigas se le habían metido en alguna parte. El señor Dufour, huraño ante la presencia y la amabilidad de los extraños, buscaba una postura cómoda que por lo demás no encontraba, y el joven de pelo amarillo comía silenciosamente como un ogro.
«Hace un tiempo precioso, caballero», dijo la gruesa señora a uno de los remeros. Quería mostrarse amable a causa del sitio que les habían cedido.
«Sí, señora —respondió—. ¿Vienen ustedes a menudo al campo?
— ¡Oh!, una o dos veces al año solamente, para tomar el aire; ¿y usted, caballero?
—Vengo a dormir todas las noches.
— ¡Ah!, debe de ser muy agradable.
—Sí, desde luego, señora».
Y contó su vida de todos los días, poéticamente, de manera que hizo vibrar el corazón de aquellos burgueses privados de hierba y hambrientos de paseos por el campo con ese bobo amor a la naturaleza que los obsesionaba todo el año detrás del mostrador de su tienda.
La joven, emocionada, alzó los ojos y miró al remero. El señor Dufour habló por primera vez: «Eso sí que es vida» —dijo. Agregó—: «¿Un poco más de conejo, querida?
—No, gracias, cariño.»
Ella se volvió de nuevo hacia los jóvenes y, señalando sus brazos:
«¿No tienen nunca frío así? » —dijo.
Se echaron a reír los dos, y espantaron a la familia con el relato de sus prodigiosos esfuerzos, de sus baños sudados, de sus carreras entre la niebla de las noches; se golpearon violentamente el pecho para demostrar qué sonido daba.
«¡Oh!, tienen ustedes pinta de fuertes», dijo el marido, que ya no hablaba de la época en que vapuleaba a los ingleses. La joven los examinaba ahora de lado; y el muchacho de pelo amarillo, atragantándose con la bebida, tosió desesperadamente, rociando el traje de seda cereza de la jefa, que se enfadó y mandó traer agua para lavar las manchas.
Entre tanto la temperatura se volvía terrible. El río relumbrante parecía un foco de calor, y los vapores del vino turbaban las cabezas.
El señor Dufour, sacudido por un hipo violento, se había desabrochado el chaleco y la cintura del pantalón; mientras que su mujer, presa de sofocos, desabotonaba su traje poco a poco. El aprendiz balanceaba con aire alegre sus greñas de lino y se servía trago tras trago. La abuela, sintiéndose achispada, se mantenía muy rígida y muy digna. En cuanto a la joven, no dejaba traslucir nada; sólo sus ojos se encendían vagamente, y su piel muy morena se coloreaba en las mejillas con un tono más rosado.
El café los remató. Hablaron de cantar y cada cual echó su copla, que los otros aplaudieron con frenesí. Después se levantaron con dificultad, y mientras que las dos mujeres, aturdidas, respiraban, los dos hombres, totalmente curdas, hacían gimnasia. Pesados, fofos, y con el rostro escarlata, se colgaban torpemente de las anillas sin lograr levantarse; y sus camisas amenazaban continuamente con evacuar sus pantalones para ondear al viento como estandartes.
Entre tanto los remeros habían echado las yolas al agua y regresaban cortésmente a proponer a las señoras un paseo por el río.
«Señor Dufour, ¿me dejas? ¡Por favor! », gritó su mujer. El la miró con pinta de borracho, sin entender. Entonces se acercó un remero, con dos cañas de pescar en la mano. La esperanza de pescar gobios, ese ideal de los tenderos, encendió los ojos sombríos del hombrecillo, que accedió a todo lo que quisieron, y se instaló a la sombra, bajo el puente, los pies bailando encima del río, junto al joven del pelo amarillo, que se durmió a su lado.
Uno de los remeros se sacrificó; se llevó a la madre.
« ¡En el bosquecillo de la isla de los ingleses! », gritó al alejarse.
La otra yola se puso en marcha más lentamente. El remero miraba tanto a su compañera que no pensaba en otra cosa, y lo había invadido una emoción que paralizaba su vigor.
La joven, sentada en el asiento del timonel, se abandonaba a la dulzura de estar sobre el agua. Se sentía asaltada por una renuncia a pensar, por una quietud de los miembros, por un abandono de sí misma, como presa de una múltiple embriaguez. Se había puesto muy roja, con la respiración entrecortada. El aturdimiento del vino, multiplicado por el calor torrencial que chorreaba en torno a ella, hacía que todos los árboles de la orilla la saludasen a su paso. Una vaga necesidad de disfrute, una fermentación de la sangre recorrían su carne excitada por los ardores de aquel día; y estaba también turbada por aquel mano a mano sobre el agua, en medio de aquella tierra despoblada por el incendio del cielo, con aquel joven que la encontraba hermosa, cuyos ojos le besaban la piel, y cuyo deseo era tan penetrante como el sol.
La impotencia de ambos para hablar aumentaba su emoción, y miraban los alrededores. Entonces, haciendo un esfuerzo, él le preguntó su nombre.
«Henriette —dijo.
— ¡Vaya!, yo me llamo Henri», prosiguió él.
El sonido de sus voces los había calmado; se interesaron por las orillas. La otra yola se había parado y parecía esperarlos. El que la tripulaba gritó:
«Os alcanzaremos en el bosque; vamos hasta Robinson, porque la señora tiene sed.»
Después se inclinó sobre los remos y se alejó tan rápidamente que pronto dejaron de verlo. Mientras tanto un fragor continuo que se distinguía vagamente desde hacía un tiempo se acercaba muy deprisa. El propio río parecía estremecerse como si el ruido sordo ascendiera de sus profundidades.
« ¿ Qué es eso que se oye? », preguntó ella.
Era el salto de la presa que cortaba el río en dos en la punta de la isla. El se perdía en una explicación cuando, en medio del estruendo de la cascada, un canto de pájaro que parecía muy remoto los sorprendió.
«Vaya —dijo él—, los ruiseñores cantan de día: eso es que las hembras incuban».
¡Un ruiseñor! Ella no lo había oído nunca, y la idea de escuchar uno despertó en su corazón la visión de poéticas ternuras. ¡Un ruiseñor! , es decir, el invisible testigo de las citas de amor al que invocaba Julieta en su balcón; esa música del cielo concertada con los besos de los hombres; ¡ese eterno inspirador de todas las romanzas lánguidas que abren un ideal azul en los pobres corazoncitos de las chiquillas enternecidas!
Iba, pues, a oír un ruiseñor.
«No hagamos ruido —dijo su compañero—, podemos bajar en el bosque y sentarnos muy cerca de él.»
La yola parecía deslizarse. Aparecieron unos árboles en la isla, cuya ribera era tan baja que los ojos se sumergían en lo más tupido de la espesura. Se detuvieron; la barca quedó atada; y, apoyándose Henriette en el brazo de Henri, se adentraron entre las ramas.
«Inclínese» —dijo él.
Se inclinó, y penetraron en un inextricable revoltijo de bejucos, de hojas y de cañas, en un asilo inencontrable que era preciso conocer y al que el joven llamaba riendo «su reservado particular».
Justamente por encima de sus cabezas, posado en uno de los árboles que los resguardaban, el pájaro seguía desgañitándose. Lanzaba trinos y gorgoritos, después desgranaba grandes sonidos vibrantes que llenaban el aire y parecían perderse en el horizonte, desplegándose a lo largo del río y volando sobre las llanuras, a través del silencio de fuego que entorpecía la campiña.
No hablaban por miedo a que escapase. Estaban sentados uno junto al otro y, lentamente, el brazo de Henri rodeó la cintura de Henriette y la estrechó con dulce presión. Ella, sin cólera, cogió aquella mano audaz y la alejaba sin cesar a medida que él la acercaba, sin experimentar, por otra parte, el menor embarazo con aquella caricia, como si hubiera sido una cosa natural que rechazaba con igual naturalidad.
Escuchaba al pájaro, perdida en un éxtasis. Sentía deseos infinitos de felicidad, bruscas ternuras que la atravesaban, revelaciones de poesías sobrehumanas, y tal aplanamiento de los nervios y del corazón que lloraba sin saber por qué. El joven la estrechaba contra sí ahora; no lo rechazaba ya, sin pensar en ello.
El ruiseñor calló de pronto. Una voz lejana gritó:
« ¡Henriette!
—No conteste —dijo él muy bajo—, haría volar al pájaro.»
Tampoco ella pensaba en responder.
Se quedaron así algún tiempo. La señora Dufóur se había sentado en alguna parte, pues se oían vagamente, de vez en cuando, los grititos de la gruesa señora que bromeaba sin duda con el otro remero.
La jovencita seguía llorando, embargada por sensaciones muy dulces, la piel cálida y pinchada en todas partes por desconocidos cosquilleos. La cabeza de Henri estaba sobre su hombro; y, bruscamente, la besó en los labios. Ella tuvo una rebelión furiosa y, para evitarlo, se dejó caer de espaldas. Pero él se arrojó sobre ella, cubriéndola con todo su cuerpo. Persiguió un buen rato aquella boca que le huía, y después, al alcanzarla, pegó a ella la suya. Entonces, enloquecida por un deseo formidable, ella le devolvió el beso, estrechándolo sobre su pecho, y toda su resistencia cedió como aplastada por una carga demasiado pesada.
Todo estaba en calma en las cercanías. El pájaro volvió a cantar. Lanzó primero tres notas penetrantes que parecían una llamada de amor, después, tras un silencio de un instante, inició con voz debilitada unas lentísimas modulaciones.
Se deslizó una brisa suave, levantando un murmullo de hojas, y entre la profundidad de las ramas pasaban dos suspiros ardientes que se mezclaban con el canto del ruiseñor y con el leve hálito del bosque. Una embriaguez invadía al pájaro, y su voz, acelerándose poco a poco como un incendio que prende o una pasión que crece, parecía acompañar bajo el árbol un restallido de besos. Después el delirio de su gaznate se desencadenó enloquecido. Tenía desmayos prolongados en un trino, grandes espasmos melodiosos.
A veces descansaba un poco, emitiendo solamente dos o tres sonidos ligeros que terminaban de pronto con una nota sobreaguda. O bien comenzaba una loca carrera, con brotes de gamas, estremecimientos, sacudidas, como un furioso canto de amor, seguido por gritos de triunfo. Pero se calló, al escuchar bajo él un gemido tan profundo que se le hubiera tomado por el adiós de un alma. El ruido se prolongó algún tiempo y se remató con un sollozo.
Estaban muy pálidos, los dos, al abandonar su lecho de verdor. El cielo azul les parecía oscurecido; el ardiente sol estaba apagado a sus ojos; percibían la soledad y el silencio. Caminaban rápidamente uno al lado del otro, sin hablarse, sin tocarse, pues parecían haberse convertido en enemigos irreconciliables, como si una repugnancia se hubiera alzado entre sus cuerpos, un odio entre sus ánimos.
De vez en cuando, Henriette gritaba:
«¡Mamá!»
Se produjo un ajetreo bajo un zarzal. Henri creyó ver una enagua blanca que se bajaba con rapidez sobre una gruesa pantorrilla; y apareció la enorme señora, un poco confusa y más roja aún, los ojos muy brillantes y el pecho tumultuoso, demasiado cerca quizás de su vecino. Este debía de haber visto cosas muy divertidas, pues su rostro estaba surcado por risas súbitas que lo cruzaban a pesar suyo.
La señora Dufour se cogió de su brazo con aire tierno, y volvieron a las barcas. Henri, que caminaba delante, siempre mudo al lado de la jovencita, creyó distinguir de repente una especie de gran beso ahogado.
Por fin regresaron a Bezons.
El señor Dufour, pasada la borrachera, se impacientaba. El joven de pelo amarillo tomaba un bocado antes de dejar la posada. El coche estaba enganchado en el patio, y la abuela, montada ya, se desolaba porque tenía miedo de que la cogiera la noche en la llanura, pues los alrededores de París no eran seguros.
Se dieron apretones de manos, y la familia Dufour se marchó.
«Hasta la vista» —gritaban los remeros.
Un suspiro y una lágrima les respondieron.
Dos meses después, al pasar por la calle de los Mártires, Henri leyó sobre una puerta: Dufour, ferretero.
Entró.
La gruesa señora abultaba aún más tras el mostrador. Se reconocieron al punto y, después de mil cumplidos, él pidió noticias.
«¿Qué tal la señorita Henriette?
—Muy bien, gracias, se ha casado.
La emoción le oprimió; agregó:
«Y... ¿con quién?
—Pues con el joven que nos acompañaba, ya sabe usted; él se hará cargo del negocio.
— ¡Oh! , claro.»
Se marchaba muy triste, sin saber demasiado bien por qué. La señora Dufour lo llamó:
« ¿Y su amigo? —dijo tímidamente.
—Pues le va bien.
—Déle recuerdos nuestros, ¿eh?; y cuando venga, dígale que pase a vernos...— se ruborizó mucho, y después agregó—: Me dará mucho gusto; dígaselo.
—No dejaré de hacerlo. ¡Adiós!
—No..., ¡hasta pronto! »
Al año siguiente, un domingo que hacía mucho calor, todos los detalles de esta aventura, que Henri no había olvidado nunca, regresaron a él súbitamente, tan claros y deseables, que volvió solo a su cuarto del bosque.
Quedó estupefacto al entrar. Ella estaba allí, sentada en la hierba, con aire triste, mientras que a su lado, en mangas de camisa, su marido, el joven de pelo amarillo, dormía a conciencia, como un bruto.
Se puso tan pálida al ver a Henri que éste creyó que iba a desmayarse. Después empezaron a charlar con toda naturalidad, como si nada hubiese ocurrido entre ellos.
Pero cuando él le contaba que le gustaba mucho aquel paraje y que iba a menudo a descansar allí los domingos, evocando muchos recuerdos, ella lo miró largamente a los ojos.
«Yo pienso en eso todas las noches —dijo.
—Vamos, querida —replicó bostezando su marido—, creo que ya es hora de marcharnos».

ABANDONADO

ABANDONADO

—Es preciso estar loca para salir al campo a estas horas con un calor insufrible. De dos meses a esta parte, se te ocurren ideas muy extrañas. A la fuerza me haces venir a la orilla del mar, cuando en cuarenta y cinco años que llevamos de matrimonio jamás tuviste semejante fantasía. Sin pedirme parecer, eliges como residencia de verano esta población triste, Fècamp,
y te invade un deseo furioso de hacer ejercicio (¡eso tú, que nunca dabas dos pasos!), al extremo de querer salir al campo a estas horas en el día más caluroso del año. Dile a nuestro amigo Apreval que te acompañe, puesto que se presta amablemente a todos tus caprichos. Yo, por mi parte, me quedo a dormir la siesta.
La señora Cadour dijo:
—¿Quiere usted acompañarme, Apreval?
Este se inclinó, sonriendo con una galantearía de los tiempos pasados. mientras decía:
—Iré a donde usted vaya.
—Bueno; idos a coger una insolación—exclamó el señor de Cadour.
Y se metió en su cuarto del hotel de los Baños para echarse un par de horas en la cama. Cuando la respetable señora y su antiguo compañero quedaron solos, se pusieron en marcha. Ella dijo con voz muy baja y apretándole una mano:
—¡Al fin! ¡Al fin!
El murmuró:
—Se ha vuelto usted loca. Estoy convencido en absoluto de que se ha vuelto usted loca. Piense cuánto arriesga. Si ese hombre...
Ella le interrumpió, sobresaltada:
—¡Oh, Enrique! No diga usted nunca ese hombre cuando hablemos de él.
El prosiguió bruscamente:
—¡Bueno! Si nuestro hijo sospecha cualquier cosa, y receloso descubre la verdad, nos tiene cogidos para siempre. Pudo usted pasar cuarenta años alejada, sin conocerle siquiera, ¿qué antojo es el de hoy?
Habían seguido la calle que va de la playa al pueblo. Volvieron a la derecha para subir el repecho de Etretat. El camino blanco se inundaba con los abrasadores rayos del sol.
Andaban despacio, sofocándose, a paso corto. Ella se apoyaba en el brazo de su amigo, mirando hacia adelante, con los ojos fijos, insistentes.
Preguntó:
—¿De manera que tampoco usted le ha visto nunca?
—¡Jamás!
—Pero ¿es posible?
—No comencemos nuevamente la eterna discusión. Yo tengo mujer y tengo hijos, como usted tiene un marido; como usted, debo guardarme de murmuraciones.
Ella no respondió. Pensaba en su juventud lejana, en las cosas que ya pasaron. Todo era triste. Se había casado, como se casan muchas mujeres, a instancias de la familia, con un hombre al que apenas conocen. Su marido era diplomático; vivió con él como viven todas las mujeres de buena sociedad.
Pero sucedió que un joven, Apreval, casado también, la quiso con un amor profundo, y durante una larga ausencia del señor Cadour, que había ido a las Indias, enviado por el Gobierno, la señora sucumbió.
¿Le hubiera sido posible resistir más? ¿Negarse? ¿Pudo resolverse a no ceder, adorándole como le adoraba? ¡No! ¡Ciertamente, no! ¡Era pedirle demasiado! Era demasiado sufrir. ¡La vida es tan miserable y engañosa! ¿Puede uno evitar ciertas asechanzas de la suerte, huir su destino? Siendo mujer, abandonada, sola, sin ternuras que la remedien, sin hijos que la defiendan, ¿se puede, un día y otro día, evitar una pasión que arrastra la existencia? ¿Se puede huir del sol, para encerrarse hasta la muerte en la oscuridad?
Entonces, después de tanto tiempo, recordaba ella todos los detalles, las caricias, las ansias, las impaciencias aguardándole.¡Qué días tan felices! Los únicos felices. Y ¡qué pronto acabaron! Luego se sintió embarazada. ¡Qué angustias!
—¡Oh! Aquel viaje al Mediodía, un viaje largo, doloroso; los temores incesantes, la vida misteriosa, oculta en la casita solitaria, cerca del mar, en el fondo de un jardín del que nunca se atrevió a salir.
¡Cómo recordaba los días eternos que pasó al pie de un naranjo, con los ojos fijos en el fruto redondo y rojo, escondido casi entre verdes hojas! Deseaba salir, acercarse al mar, cuya brisa fecunda recibía por encima de la tapia, cuyo constante vaivén oía sin cesar, cuya superficie azul, brillante al sol, y salpicada por blancas velas, era su encanto. Pero tenía miedo hasta de asomarse a la puerta. Si alguien la hubiese reconocido en aquel estado, con aquella cintura deforme y vergonzosa...
Y los días de inquietud, los últimos días torturadores; y la espantosa noche del suceso. ¡Cuántas miserias había padecido! ¡
Qué noche aquella! ¡Cuánto gimió, cuánto gritó! No se borraba de su memoria el rostro pálido de su amante, besándole a cada minuto las manos; la cabeza calva del médico, la cofia blanquísima de la enfermera.
Y la sacudida violenta de su corazón al oír el débil gemido de la criatura, aquel primer esfuerzo de una voz de hombre.
Y al día siguiente... ¡Ah! ¡Al día siguiente, único de su vida en que lo tuvo cerca y besó a su hijo! Porque jamás volvieron a verle sus ojos.
Y desde entonces, ¡qué larga, penosa y vacía existencia, en la cual siempre, siempre flotaba el recuerdo imborrable de aquella criatura! ¡Y jamás volvió a verle, ni una sola vez, a aquel pedazo de sus entrañas, al hijo de sus amores!
Lo cogieron, lo llevaron, lo escondieron. Ella supo solamente que unos campesinos normandos lo educaban, que vivía como campesino, que se casó, bien casado, y que fue bien establecido por su padre.
¡Cuántas veces, durante cuarenta años, ella quiso ir a verle, para besarle! ¡No imaginaba que se habría desarrollado! Le suponía siempre como aquella larva humana que sólo un día cogió en brazos, apretándo1e contra su cuerpo dolorido.
Cuantas veces dijo a su amante: «No aguardo más, quiero verle, voy a verle», siempre la convencía, la contenía. Ella no sabia reprimirse, callarse, y el otro adivinaría y exploraría, comprometiéndolos.
—¿Cómo es?—preguntaba la señora.
—No lo sé. Tampoco le conozco.
—¿Es posible? ¡Tener un hijo y no conocerle! ¡Rechazarle con temor, ocultarle como una vergüenza!
Iban camino adelante, fatigados por el calor, ganando poco a poco el inacabable repecho. Ella prosiguió:
—Parece un castigo. Jamás tuve otro. Y a aquél, no verle... No. Era imposible resistir al deseo de verle, que hace tantos años me obsesiona. Los hombres no comprenden eso. Piense usted que no está lejos el día de mi muerte.
Y ¿era posible morir sin volverle a ver?
—¿Cómo pude aguantar tanto tiempo? He pensado en él durante toda mi vida. ¡Qué horrorosa vida, con este pensamiento constante! ¡No he despertado una sola vez, ni una sola vez, sin que mi primer pensamiento no fuese para él, para el hijo mío! ¿Cómo estará? Me siento culpable, culpable de su abandono, de mi cobardía. ¿Se debe temer al mundo en tales casos? Debí dejarlo todo para no dejarle a él; conservarle, cuidarle y educarle. Hubiera sido más dichosa. Y no me atrevíi. ¡Bien lo pagué con mi sufrimiento; ¡ Ah! Esas pobres criaturas abandonadas... ¡cómo deben de odiar a sus madres!
De pronto se detuvo, ahogada por los sollozos. El valle estaba desierto y mudo bajo la luz abrumadora del sol.
—Descanse usted un poco; siéntese un rato—dijo Apreval.
Ella se dejó conducir hasta la cuneta, y, después de sentarse, ocultó el rostro entre las manos. Sus cabellos canosos, formando rizos, caían sobre sus mejillas, mezclándose con su llanto. Lloraba, herida por un dolor profundo.
El estaba en pie, frente a ella, inquieto, no, sabiendo qué decirle, repetía:
—Vamos.., valor...
Ella se levantó de pronto:
—¡Lo tendré!
Y secándose los ojos, avanzó nuevamente con su paso inseguro de anciana.
El camino se hundía, más adelante, bajo un grupo de árboles, que ocultaban algunas casas. Oyeron el choque vibrante y regular de un martillo en un yunque.
Bien pronto vieron, a su derecha, una carreta parada junto a un cobertizo, y a la sombra dos hombres ocupados en herrar un caballo.
El señor de Apreval se acercó preguntando:
—¿La masía de Pedro Benedicto?
Uno de los hombres respondió:
Tome usted el camino a la izquierda, y siga derecho; es la tercera pasando el café. Tiene un pino junto a la valla. No es fácil equivocarse.
Volvieron a la izquierda. Ella estaba más tranquila, pero con las piernas cansadas y el corazón palpitante. A cada paso, murmuraba como un rezo: «¡Dios mío! ¡Dios mío!» Y oprimía su garganta una emoción terrible, haciéndola vacilar como si le hubiesen cortado las corvas.
El señor de Apreval, nervioso, algo pálido, le dijo bruscamente:
—Si no sabe usted moderarse, todo se descubrirá en seguida. Trate de contenerse y disimular. Ella balbucía:
—¿Puedo hacer más de lo que hago? ¡Hijo mío! ¡Cuando pienso que voy a ver al hijo mío! Avanzaban por una senda, entre los corrales de las masías, a la sombra de una doble fila de hayas.
Y, de pronto, se hallaron frente a la valla junto a la cual crecía un pino.
—Aquí es.
Ella se detuvo y observó.
La corralada, llena de manzanos, era grande. La casa, pequeña. Se veían también allí la cuadra, el establo, el gallinero. Bajo un cobertizo de pizarra, los carros, las carretas y una tartanita. Cuatro bueyes pastaban a la sombra de los árboles. Las gallinas iban y venían.
La puerta de la casa estaba abierta. No se veía a nadie; no se ola ningún ruido.
Entraron. Un perro negro salió de su casita, ladrando con furor.
Junto a la pared había cuatro colmenas en fila.
El señor de Apreval gritó:
—¿Hay alguien?
Apareció una chiquilla de diez años aproximadamente, vestida con una camisa de algodón y una falda de lana, con las piernas desnudas y sucias, con la expresión tímida y desconfiada. Se paró delante de la puerta como para impedir la entrada, preguntando:
—¿Qué buscan ustedes?
—¿Está en casa tu padre?
—No.
—¿Adónde ha ido?
—No lo sé.
—¿Y tu madre?
—Con las vacas.
—¿Vendrá pronto?
—No lo sé.
Y bruscamente la señora, como si temiera que se la llevaran de allí a la fuerza sin conseguir su propósito, dijo con voz precipitada:
—No me voy sin verle.
—Le aguardaremos, amiga mía. Y vieron que una campesina se acercaba con dos cántaros de hojalata que parecían muy pesados, y que lucían como espejos reflejando el sol.
Era coja la campesina; llevaba el pecho cruzado por una toquilla de lana oscura, lavada por las lluvias, deslucida por el calor, y tenía el aspecto de una criada pobre y sucia.
—Ahí viene mi madre—dijo la niña.
Acercándose la mujer, miraba recelosamente a los forasteros. Luego entró en la casa como si no los hubiera visto.
Parecía vieja, con el rostro arrugado, amarillento, duro; la cara de pavo de las campesinas.
El señor de Apreval la llamó.
—Diga usted, señora, ¿podría usted vendernos dos vasos de leche?
La mujer refunfuñó, apareciendo en su puerta después de haberse descargado los cántaros: —No vendo leche.
—Nosotros entramos porque teníamos bastante sed. La señora es anciana y se fatigó. ¿No hay manera de que hallemos algo que beber?
La campesina, observándola con ojos inquietos y desconfiados, al fin se decidió:
—Ya que vinieron ustedes aquí, les daré leche.
Y volvió a entrar en su casa.
Luego salió la chicuela con dos sillas y las puso a la sombra de un manzano, y la mujer compareció al poco rato con dos tazones de leche, que ofreció a los forasteros.
Y se quedó cerca, vigilándolos, como si pretendiese adivinar o descubrir sus intenciones.
—¿Son ustedes de Fécamp? —preguntó la campesina.
El señor de Apreval respondió:
—Si; venimos de Fécamp, donde pasamos el verano.
Y después de un silencio prosiguió:
—¿Podría usted vendernos pollos todas las semanas?
Después de algunas vacilaciones, la campesina dijo:
—Sí podré. ¿Los quieren ustedes tiernecitos?
—Tiernecitos.
—¿A cómo los pagan ustedes en el mercado?
Apreval no lo sabía, y se volvió hacía la señora.
—¿Cuánto cuestan los pollos en el mercado?
Ella balbució con los ojos llenos de lágrimas:
—Cuatro francos, o cuatro cincuenta.
La campesina miraba de reojo, visiblemente extrañada, y luego preguntó:
—¿Está enferma esta señora?
Apreval, viendo que su amiga lloraba, no sabía qué decir.
—No, no... Es que... ha perdido el reloj en la carretera. Un magnífico reloj, y por eso... lo siente. Si alguien lo encuentra, nos avisará usted.
La campesina guardaba silencio; de pronto dijo:
—¡Miren a mi hombre!
Los forasteros no le habían visto entrar porque estaban de espaldas al postigo.
Apreval se inmutó; la señora de Cadour estuvo a punto de caer al suelo desmayada.
Un hombre apareció tirando de una vaca, encorvado, jadeante.
Sin saludar a los forasteros decía:
—Maldito animal, ¡qué penco!
Y pasó de largo para entrar en el establo.
El llanto de la señora se había secado repentinamente y estaba confundida, muda, espantada. «¡Su hijo! ¡Aquél era su hijo»
Apreval, preocupado por la misma idea, preguntó:
—¿Es el señor Benedicto?
La campesina, desconfiada, a la pregunta contestó con otra:
—¿Quién le ha dicho a usted su nombre?
Y el caballero prosiguió:
—El herrador que hay en la carretera.
Todos callaban, con los ojos fijos en la puerta del establo, que aparecía como una mancha negra en el muro. No se veía nada; se oían ruidos leves de movimientos, de pasos, amortiguados en la paja.
El hombre apareció al fin, secándose la frente, y se dirigió a la casa con lentitud, con perezoso balanceo.
Tampoco esta vez atendió a los forasteros, y dijo a su esposa:
—Tráeme un jarro de sidra, tengo sed.
Luego entró en el portal, y la campesina fue a la bodega, dejando solos a los parroquianos.
La señora Cadour, desconsolada, murmuró:
—Vámonos, Enrique. Vámonos en seguida.
El señor de Apreval, sosteniéndola como pudo, la fue llevando para que no se cayera, después de dejar cinco francos sobre una silla.
Cuando estuvieron en el camino, ella rompió a llorar, sacudida por el dolor, y balbuciendo:
—¡Ah! ¿Qué hizo usted con aquella criatura?
El, palideciendo, respondió secamente:
—Hice lo que pude hacer. Su masía vale ochenta mil francos. Es un dote que no tienen la mayor parte de los hijos de familias acomodadas.
Y volvieron despacio, sin hablar. Ella seguía llorando; sus lágrimas corrían por su rostro, continuas, interminables.
Al fin se calmó. Entraban ya en el pueblo.
El señor Cadour los aguardaba para comer. Se echó a reír al verlos llegar.
—¡Bravísimo! ¡Perfectamente! Mi testaruda mujer ha cogido una insolación. ¡Cuando yo digo que de un tiempo a esta parte se ha vuelto loca!
Nada contestaron el uno ni la otra.
Y cuando el marido preguntó, frotándose las manos:
—¿Se les hizo, al menos, agradable su caminata?
El señor de Apreval le respondió:
—Sí, muy agradable; muy agradable.

EL ANTICRISTO


El Anticristo
Federico Nietzsche
PROLOGO
Este libro está hecho para muy pocos lectores. Puede que no viva
aún ninguno de ellos. Esos podrían ser los que comprendan mi
Zaratustra: ¿acaso tengo yo derecho a confundirme con aquellos a
quienes hoy se presta atención? Lo que a mi me pertenece es el pasado
mañana. Algunos hombres nacen póstumos.
Las condiciones requeridas para comprender y para
comprenderme luego con necesidad, las conozco demasiado bien. Hay
que ser probo hasta la dureza en las cosas del espíritu para poder
soportar sólo mi seriedad y mi pasión. Hay que estar acostumbrado a
vivir en las montañas y ver a nuestros pies la miserable locuacidad
política y el egoísmo de los pueblos que la época desarrolla. Hay que
hacerse indiferente; no debe preguntarse si la verdad favorece o
perjudica al hombre. Hay que tener una fuerza de predilección para las
cuestiones que ahora espantan a todos; poseer el valor de las cosas
prohibidas: es preciso estar predestinado al laberinto. De esas soledades
hay que hacer una experiencia. Tener nuevos oídos para una nueva
música; nuevos ojos paca las cosas más lejanas: nueva conciencia para
verdades hasta ahora mudas, y la voluntad de la economía en grande
estilo; conservar las propias fuerzas y el propio entusiasmo; hay que
respetarse a sí mismo, amarse a sí mismo: absoluta libertad para
consigo mismo...
Ahora bien; sólo los forjados así son mis lectores; mis lectores
predestinados; ¿qué me importan los demás? Los demás son
simplemente la humanidad. Se debe ser superior a la humanidad por la
fuerza, por el temple, por el desprecio...
FRIEDRICH NIETZSCHE
1
Mirémonos de frente. Somos hiperbóreos, y sabemos bastante
bien cuán aparte vivimos. "Ni por tierra ni por mar encontrarás el
camino que conduce a los hiperbóreos," Píndaro ya sabía esto de
nosotros. Más allá del septentrión, de los hielos, de la muerte, se
encuentra nuestra vida, nuestra felicidad... Nosotros hemos descubierto
la felicidad, conocemos el camino, hallamos la salida de muchos
milenios de laberinto. ¿Quien más la encontró? ¿Acaso el hombre
moderno? "Yo no se ni salir ni entrar; yo soy todo lo que no sabe ni salir
ni entrar", así suspira el hombre moderno... Estábamos aquejados de
esta modernidad, de una paz pútrida, de un compromiso perezoso, de
toda la virtuosidad impura del sí y del no modernos. Semejante
tolerancia y amplitud de corazón, que lo perdona todo porque lo
comprende todo, es para nosotros viento de sirocco. Vale más vivir
entre los hielos que entre las virtudes modernas y otros vientos
meridionales... Fuimos bastante valerosos; no tuvimos clemencia ni
para nosotros ni para los demás; pero por largo tiempo no sabíamos
dónde nos conduciría nuestro valor. Nos volvimos sombríos, nos
llamaron fatalistas. Nuestro fatum era la plenitud, la tensión, la
hipertrofia de las fuerzas. Teníamos sed de rayos y de hechos;
estábamos muy lejos de la felicidad de los débiles, de la abnegación, En
nuestra atmósfera soplaba un huracán; nuestra naturaleza se oscurecía
porque no hallábamos ninguna vía. Esta es la fórmula de nuestra
felicidad: un si, un no, una línea recta, una meta.
2
¿Qué es lo bueno? Todo lo que eleva en el hombre el sentimiento
de poder, la voluntad de poder, el poder mismo.
¿Qué es lo malo? Todo lo que proviene de la debilidad.
¿Qué es la felicidad? El sentimiento de lo que acrece el poder; el
sentimiento de haber superado una resistencia.
No contento, sino mayor poderío; no paz en general, sino guerra;
no virtud, sino habilidad (virtud en el estilo del Renacimiento. virtud
libre de moralina).
Los débiles y los fracasados deben perecer; ésta es la primera
proposición de nuestro amor a los hombres. Y hay que ayudarlos a
perecer.
¿Qué es lo más perjudicial que cualquier vicio? La acción
compasiva hacía todos los fracasados y los débiles: el cristianismo.
3
El problema que presento aquí no consiste en aquello que la
humanidad debe realizar en la serie de las criaturas (el hombre es un
fin), sino en el de tipo de hombre que se debe educar, que se debe
querer como el de mayor valor, como más digno de vivir, como más
seguro del porvenir.
Este tipo altamente apreciable ha existido ya muy a menudo; pero
como un caso afortunado, como una emoción, no fue nunca querido.
Quizás, por el contrario, fue querido, cultivado, obtenido, el tipo
opuesto: el animal doméstico, el animal de rebaño, aquel animal
enfermo que se llama hombre: el cristiano...
4
La humanidad no representa una evolución hacia algo mejor y
más fuerte o más alto como hoy se cree. El progreso no es más que una
idea moderna; esto es, una idea falsa. El europeo de hoy está muy por
debajo del europeo del Renacimiento: un desarrollo sucesivo no es
absolutamente, con cualquier necesidad, elevación, ni incremento, ni
refuerzo.
En otro sentido, se verifica continuamente el logro de casos
singulares en los diversos puntos de la tierra y de las más diversas
culturas, con las cuales se representa en realidad un tipo superior: una
cosa que, en relación con el conjunto de la humanidad, es un
superhombre. Semejantes casos afortunados de gran éxito fueron
siempre posibles, y acaso serán aún siempre posibles. También
generaciones enteras, razas, pueblos, pueden en ciertas circunstancias
constituir un efecto afortunado de esta especie.
5
No se debe adornar y acicalar el cristianismo: hizo una guerra
mortal a cierto tipo superior de hombre; desterró todos los instintos
fundamentales de este tipo, de estos instintos extrajo y destiló el mal el
hombre malo; consideró al hombre fuerte como lo típicamente
reprobable, como el réprobo.
El cristianismo tomó partido por todo lo que es débil, humilde.
fracasado, hizo un ideal de la contradicción a los instintos de
conservación de la vida fuerte; estropeó la razón misma de los
temperamentos espiritualmente más fuertes, enseñó a considerar
pecaminosos, extraviados, tentadores, los supremos valores de la
intelectualidad. El ejemplo más lamentable es éste: la ruina de Pascal,
que creyó que su razón estaba corrompida por el pecado original,
cuando sólo estaba corrompida por su cristianismo.
6
A mis ojos se ha ofrecido un espectáculo doloroso, pavoroso: yo
descorrí el velo que ocultaba la perversión del hombre. En mi boca,
semejante palabra está por lo menos libre de una sospecha, de la
sospecha de contener una acusación moral contra el hombre. Ha sido
pensada por mi – querría destacar esto una vez más –, libre de
moralina; y esto hasta el punto de que tal perversión es considerada por
mi precisamente allí donde hasta ahora se aspiraba más
conscientemente a la virtud, a la divinidad. Yo (y esto se adivina)
entiendo la perversión en el sentido de decadencia; sostengo que todos
los valores en que hoy la humanidad sintetiza sus más altos deseos son
valores de decadencia.
Considero pervertido a un animal, a una especie, a un individuo,
cuando pierde sus instintos, cuando escoge y prefiere lo nocivo. Una
historia de los sentimiento superiores, de los ideales de la humanidad –
y es posible que yo la escriba –, sería tal vez la explicación de por qué el
hombre se ha pervertido de este modo. Para mi, la misma vida es
instinto de crecimiento, de duración, de acumulación de fuerzas, de
poder; donde falta la voluntad de poderío, hay decadencia. Sostengo
que a todos los supremos valores de la humanidad les falta esta
voluntad; que los valores de decadencia, los valores nihilistas, dominan
bajo los nombres más sagrados.
7
LA RELIGIÓN DE LA COMPASIÓN SE LLAMA CRISTIANISMO.
–La compasión está en contradicción con las emociones tónicas que
elevan la energía del sentimiento vital, produce un efecto depresivo.
Con la compasión crece y se multiplica la pérdida de fuerzas que en sí el
sufrimiento aporta ya a la vida. Hasta el sufrimiento se hace contagioso
por la compasión: en ciertas circunstancias, con la compasión se puede
llegar a una pérdida complexiva de vida y de energía vital, que está en
una relación absurda con la importancia de la causa (el caso de la
muerte del Nazareno). Éste es el primer punto de vista; pero hay otro
más importante. Suponiendo que se considera la compasión por el valor
de las reacciones que suele provocar, su carácter peligroso para la vida
aparece a una luz bastante más clara. La compasión dificulta en gran
medida la ley de la evolución, que es la ley de la selección. Conserva lo
que está pronto a perecer; combate a favor de los desheredados y de
los condenados de la vida, y manteniendo en vida una cantidad de
fracasados de todo linaje, da a la vida misma una aspecto hosco y
enigmático. Se osó llamar virtud a la compasión (mientras que en toda
moral noble es considerada como debilidad); se ha ido más allá; se ha
hecho de ella la virtud, el terreno y el origen de todas las virtudes; pero
esto fue ciertamente hecho (cosa que se debe tener siempre en cuenta)
desde el punto de vista de una filosofía que era nihilista, que llevaba
escrita en su escudo la negación de la vida. Schopenhauer estaba con
ella en su derecho; con la compasión, la vida es negada y se hace más
digna de ser negada; la compasión es la práctica del nihilismo.
Digámoslo otra vez: este instinto depresivo y contagioso dificulta
aquellos instintos que tienden a la conservación y al aumento de valor
de la vida: tanto en calidad de multiplicador de la miseria, cuanto en
calidad de conservador de todos los miserables es un instrumento
capital para el incremento de la decadencia; la compasión nos encariña
con la nada... No se dice la nada; en lugar de la nada se dice el más
allá, o Dios, o la verdadera vida, o el Nirvana, la redención, la beatitud...
Esta inocente retórica, que proviene del reinado de la idiosincrasia
moral-religiosa, aparece de pronto bastante menos inocente si se
comprende qué tendencia se encubre aquí bajo el manto de frases
sublimes: la tendencia hostil a la vida. Schopenhauer era hostil a la
vida: por esto hizo de la compasión una virtud... Aristóteles vio en la
compasión, como es sabido, un estado de ánimo morboso y peligroso,
que fuera bueno tratar de cuando en cuando con un purgante; consideró
la tragedia como una catarsis. En realidad, partiendo del instinto de la
vida, se debería crear un medio para asestar un golpe a una
acumulación morbosa y peligrosa de compasión, como era representada
por el caso de Schopenhauer (y también por toda nuestra decadencia
literaria y artística de San Petersburgo a París, de Tolstoy a Wagner):
para hacerla estallar... Nada más malsano en nuestra malsana
modernidad que le compasión cristiana. Ser aquí médico, ser aquí
implacable. poner aquí el cuchillo, esto nos compete a nosotros, esto es
nuestro modo de amar a los hombres; de este modo somos filósofos
nosotros los hiperbóreos.
8
Preciso es decir aquí quiénes son nuestros contrarios: los
teólogos, y todo lo que tiene en su cuerpo sangre de teólogo, toda
nuestra filosofía es preciso haberla visto dentro de sí; se debe haber
muerto por ella para no admitir más bromas en este punto (la libertad
de pensamiento de nuestros investigadores de la naturaleza y fisiólogos
es para mi una broma: les falta la pasión en estas cosas, e! haber
sufrido por ellas). Esta intoxicación va mucho más allá de lo que se
cree; yo vuelvo a encontrar los instintos teológicos de la presunción allí
donde hoy se siente la gente idealista, donde quiera que, so pretexto de
un origen elevado, se pretende el derecho de mirar la realidad con aire
superior y lejano... El idealista, lo mismo que el sacerdote, tiene en sus
manos todos los grandes conceptos (y no sólo la mano), los pone en
fuego; con benévolo desprecio contra el intelecto, los sentidos, los
honores, el vivir bien, la ciencia, y ve tales cosas por debajo de si como
fuerzas dañinas y seductoras, sobre las cuales el espíritu se libra
existiendo puramente para si; como sí la humildad, la castidad, la
pobreza, en una palabra, la santidad no hubiese hasta ahora hecho a la
vida un mal infinitamente mayor que cualquier vicio u otra cosa
terrible... El espíritu puro es la mentira pura... Mientras el sacerdote sea
considerado como una especie superior de hombre, el sacerdote, que es
el negador, el calumniador, el envenenador de la vida por profesión, no
dará respuesta a la pregunta: ¿qué es la verdad? Ya se ha invertido la
verdad cuando el consciente abogado de la nada y de la negación es
considerado como el representante de la verdad...
9
Yo declaro la guerra a este instinto de teólogos: dondequiera
encontramos sus huellas. El que en su cuerpo tiene sangre de teólogo,
tiene a priori una posición oblicua y deshonesta frente a las cosas. El
pathos que de aquél se desarrolla se llama fe: que es un cerrar los ojos
ante si una vez para siempre, para no padecer el aspecto de una
insanable falsedad. Se hace así una moral, una virtud, una santidad de
esta defectuosa óptica con la que se observan todas las cosas, se
confunde la buena conciencia con la falsa visión, se exige que ninguna
otra cualidad óptica tenga valor en adelante una vez que se ha hecho
sacrosanta la propia con los nombres de Dios, redención, eternidad. Yo
exhumo dondequiera el instinto teológico; es la forma mas difundida y
realmente más subterránea de falsedad que existe en la tierra. Lo que
un teólogo siente como verdadero debe ser falso: en esto hay casi un
criterio de verdad. Su más profundo instinto de conservación veda que
la realidad sea honrada en cualquier punto o tome simplemente la
palabra. Donde llega la influencia de los teólogos, el juicio de valor
queda invertido; verdadero y falso son necesariamente trocados; lo más
nocivo a la vida, aquí es llamado "verdadero"; lo que la, eleva, la
aumenta, la afirma, la justifica y la hace triunfa, se llama falso...Si
acontece que los teólogos tienden la mano al poder, a través de la
conciencia de los principios de los pueblos, no dudamos de lo que
sucederá siempre: la voluntad del fin, la voluntad nihilista quiere el
poder...
10
Los alemanes me entienden fácilmente cuando digo que la filosofía
ha sido estropeada por la sangre de los teólogos. El sacerdote
protestante es el abuelo de la filosofía alemana, el protestantismo es el
pecado original de esta filosofía. Definición del protestantismo: la
hemiplejia del cristianismo y de la razón... Basta pronunciar las palabras
seminario de Tubinga para comprender lo que es en el fondo la filosofía
alemana: una teología insidiosa... Los bávaros han sido los mejores
mentirosos de Alemania; mienten inconscientemente. ¿De dónde nació
la gloria de que al advenimiento de Kant prevaleciese el mundo de los
doctores alemanes, mundo compuesto en sus tres cuartas partes de
hijos de pastores y de maestros? ¿De dónde nació la persuasión
alemana de que con Kant comenzó una crisis de mejoramiento? El
instinto de teólogo que hay en el doctor alemán adivinó qué se hacía
entonces posible. Se abría un camino indirecto hacia el antiguo ideal: el
concepto de mundo verdadero, el concepto de la moral considerada
como esencia del mundo (estos dos pérfidos errores, los más pérfidos
de todos los errores), desde entonces, en virtud de un escepticismo
mezclado y hábil, eran de nuevo, si no demostrables, por lo menos no
refutables... La razón, el derecho de la razón, no llega tan lejos... De la
realidad se había hecho una apariencia; se había hecho realidad de un
mundo completamente falso, del mundo del ser... El éxito de Kant es
simplemente un éxito de teólogos: Kant, como Lutero, como Leibniz, fue
un obstáculo más en la probidad alemana, en sí no muy sólida.
11
UNA PALABRA MAS CONTRA KANT MORALISTA. –Una virtud
ha de ser una invención nuestra, una defensa y una necesidad de uno
mismo; en todo otro caso será simplemente un peligro. Lo que no es
una condición de nuestra vida, la perjudica; una virtud derivada
simplemente de un sentimiento de respeto frente al concepto de virtud,
como Kant quería, es dañosa. La virtud, el deber, el bien en si, el bien
con el carácter de la impersonalidad y de la validez universal, son
quimeras en las que se manifiesta la decadencia, el último agotamiento
de la vida, la cicatería de Königsberg. Las más profundas leyes de la
conservación y del crecimiento ordenan lo contrario; esto es, que cada
cual encuentre la propia virtud, el propio imperativo categórico. Un
pueblo perece cuando confunde sus deberes con el concepto de deber
en general. Nada arruina más honda y más íntimamente que aquel
deber impersonal, aquel sacrificio ante el Moloch de la abstracción.
¡Y no se ha considerado peligroso para la vida el imperativo
categórico de Kant! Sucede que el instinto de los teólogos lo tomó bajo
su protección. Una acción a la cual nos impulsa el instinto de la vida
tiene en el goce la demostración de su justicia; mientras que aquel
nihilista de entrañas dogmático-cristianas consideraba el goce como una
objeción... ¿Qué es lo que más rápidamente destruye a un hombre sino
el laborar, pensar, sentir, sin una interna necesidad, sin una elección
personal profunda, sin alegría, como autómata del deber? Esta es
precisamente la fórmula de la decadencia hasta el idiotismo... Kant se
volvió idiota, ¡Y fue contemporáneo de Goethe! ¡Y esta araña funesta
fue considerada como el filósofo alemán, y lo sigue siendo!... Me cuidaré
de decir lo que pienso de los alemanes... ¿Acaso Kant no vio en la
Revolución francesa el paso de la forma inorgánica del Estado a la forma
orgánica? ¿No se preguntó si existía un hecho que puede ser explicado
de otro modo que por una disposición moral de la humanidad, de suerte
que con él, de una ves para todas, sea demostrada la tendencia de la
humanidad hacia el bien? Respuesta de Kant: Eso es la revolución. El
instinto que fracasa en todo y en todos, la antinaturaleza como instinto,
la decadencia alemana como filosofía, eso es Kant.
12
Dejo a un lado a algunos escépticos, el único tipo respetable en la
historia de la filosofía; todos los demás desconocen las primeras
exigencias de la probidad intelectual. Todos los que hacen como las
damiselas, esos grandes charlatanes y monstruos, consideran ya como
argumentos los bellos sentimientos, los altos pechos como un fuelle de
la divinidad, la convicción como un criterio de verdad; Por último, Kant
intentó también, con inocencia alemana, dar aspecto científico a esta
forma de corrupción, a esta falta de conciencia intelectual, con el
concepto de razón práctica; inventó propiamente una razón hecha a
propósito para los casos en que no nos debemos preocupar de la razón;
esto es, cuando oímos la voz de la moral, el sublime precepto del tú
debes. Si se considera que en casi todos los pueblos el filosofo es un
desarrollo ulterior del tipo del sacerdote, no nos sorprenderá ya esta
herencia del sacerdote, la acuñación de moneda para si mismo. Cuando
se tienen deberes sagrados, por ejemplo, el de salvar a los hombres,
perfeccionarlos, redimirlos; cuando se lleva en el pecho la divinidad;
cuando se es intérprete de imperativos ultramundanos, con semejante
misión se está fuera de todas las valoraciones simplemente conformes a
la razón, se está ya santificado por semejante misión, se es ya el tipo de
un orden superior... ¿Qué le importa a un sacerdote la ciencia? ¡Está
harto por encima de ella! ¡Y el sacerdote ha dominado hasta ahora! ¡Él
fijó las nociones de verdadero y de falso!
13
No quitemos valor al hecho de que nosotros mismos, espíritus
libres, somos ya una transmutación de todos los valores, una
declaración viva de guerra y de victoria a todas las viejas ideas de
verdadero y no verdadero; Las perspectivas más excelentes son las que
se han encontrado más tarde; pero las perspectivas más excelentes son
los métodos. Todos los métodos, todas las premisas de nuestra moderna
mentalidad científica tuvieron en contra, durante miles de años, el más
profundo desprecio; por ello se estaba excluido del comercio con los
hombres honrados, se pasaba por enemigo de Dios, por despreciador de
la verdad, por poseído del demonio. En calidad de caracteres científicos
se era chandala... Está contra nosotros todo el pathos de la humanidad,
su concepto de lo que debe ser verdadero, de lo que debe estar al
servicio de la verdad; todo imperativo tú debes se volvió hasta ahora
contra nosotros... Nuestros objetos, nuestras prácticas, nuestra manera
silenciosa, prudente, desconfiada, todo esto pareció a la humanidad
completamente indigno y despreciable.
Por ultimo, se podrá demandar equitativamente si no fue
justamente un gusto estético el que tuvo a la humanidad en tan larga
ceguera; exigía de la verdad un efecto pintoresco; exigía también que el
investigador obrase rudamente sobre los sentidos. Nuestra modestia
repugnó durante mucho tiempo su gusto; ¡oh, cómo adivinaron esos
paveznos de Dios!...
14
Hemos renovado los métodos En todos los campos somos ahora
más modestos. Ya no derivamos al hombre del espíritu de la divinidad;
le hemos colocado entre los animales. Para nosotros es el animal más
fuerte, porque es el más astuto: consecuencia de ello es su
intelectualidad. Por otra parte, nos precavemos de una vanidad que
querría haces oír su voz también aquí; aquélla según la cual el hombre
sería la gran intención recóndita de la evolución animal. No es en modo
alguno el coronamiento de la creación; junto a él, toda criatura se
encuentra al mismo nivel de perfección... Y al sostener esto,
sostenemos aún demasiado; el hombre es, en un sentido relativo, el
animal peor logrado, el más enfermizo, el más peligrosamente desviado
de sus instintos, aunque por cierto, a pesar de todo esto, es el más
interesante.
Por lo que se refiere a los animales, Descartes fue el primero que
con venerable audacia aventuró la idea de considerar al animal como
una maquina; toda nuestra fisiología se afana por demostrar esta
proposición. Pero nosotros, lógicamente, no ponemos, como Descartes,
aparte al hombre; lo que hoy, en general, se comprende del hombre,
llega exactamente hasta el punto en que es comprendido como una
máquina. Otrora se concedía al hombre, como un don proveniente de un
poder superior, el libre albedrío: hoy le hemos quitado incluso la
voluntad, en el sentido de que por voluntad no se puede entender una
facultad. La antigua palabra voluntad sirve sólo para indicar una
resultante, unía especie de reacción individual que sigue necesariamente
a una cantidad de estímulos, en parte contradictorios y en parte
concordantes; la voluntad no obra ya, no mueve ya...
En otro tiempo, en la conciencia del hombre, en el espíritu, se
columbraba la prueba de su alto origen, de su divinidad; para hacer
perfecto al hombre se le aconsejó que ocultara en si los sentidos lo
mismo que las tortugas, que suspendiera sus relaciones con los
hombres, que depusiera la envoltura mortal; entonces habría quedado
de él lo principal: el espíritu puro. También sobre este punto pensamos
nosotros mejor; el ser consciente, el espíritu, es considerado por
nosotros precisamente como síntoma de una relativa imperfección del
organismo, como un intentar, un tentar. un fallar; como una fatiga en la
que se gasta inútilmente mucha fuerza nerviosa; nosotros queremos
que una cosa cualquiera pueda ser hecha de modo perfecto hasta
cuando es hecha conscientemente. El espíritu puro es una pura
impertinencia: si quitamos de la cuenta el sistema nervioso y los
sentidos, la envoltura mortal, erramos el cálculo, y nada más.
15
Ni la moral ni la religión entran en contacto en el cristianismo con
un punto cualquiera de la realidad. Causas puramente imaginarias (Dios,
alma, yo, espíritu libre, albedrío y también voluntad no libre), efectos
puramente imaginarios (pecado, redención, gracia, castigo, perdón de
los pecados). Relaciones entre criaturas imaginarias (Dios, espíritu,
alma) ; una ciencia natural imaginaria (antropocéntrica: falta completa
de la noción de las causas naturales); una sicología imaginaria
(completo desconocimiento de si mismo, interpretación de sentimientos
generales placenteros o desplacenteros; por ejemplo, de los estados del
nervio simpático, con la ayuda del lenguaje figurado de una idiosincrasia
religiosa-moral; arrepentimiento, remordimiento, tentación diabólica, la
proximidad de Dios); una teología imaginaria (el reino de Dios, el juicio
final, la vida eterna).
Este mundo, de pura ficción, se distingue perjudicialmente del
mundo de los sueños, en que desvalora, niega la realidad. En cuanto el
concepto de naturaleza fue encontrado como opuesto al de Dios, la
palabra natural debía ser sinónima de reprobable; todo aquel mundo de
ficción tiene su raíz en el odio contra lo natural (contra la realidad); es
la expresión de un profundo disgusto de la realidad... Pero con esto todo
queda explicado. ¿Quién es el que tiene motivos pasa salir, con una
mentira de la realidad? El que sufre por ella. Pero sufrir por la realidad
significa ser una realidad mal lograda...
El predominio de los sentimientos de desplacer sobre los de placer
es la causa de aquélla moral y aquella religión ficticias; pero ese
predominio suministra la fórmula de la decadencia.
16
La critica del concepto cristiano de Dios nos lleva a idéntica
conclusión. En este concepto venera el cristiano las condiciones en
virtud de las cuales se distinguen sus propias virtudes; proyecta el goce
que encuentra en si mismo su sentimiento de poderlo en un ser al cual
pueda estar agradecido por estas cualidades. Quien es rico quiere
donar; un pueblo feroz tiene necesidad de un Dios para hacer
sacrificios... La religión, dentro de estas mismas premisas, es una forma
de gratitud. Se es reconocido consigo mismo; para esto se tiene
necesidad de un Dios. Un Dios semejante debe poder ayudar y
damnificar, debe ser amigo y enemigo; se le admira en el bien como en
el mal.
La castración, contraria a la naturaleza, de un Dios para hacer de
él un Dios sólo del bien, estaría aquí fuera de toda deseabilidad. Hay
necesidad del Dios malo tanto como del Dios bueno; no se debe la
propia existencia precisamente a la tolerancia, a la filantropía... ¿Qué
importancia tendría un Dios que no conociera la cólera, la venganza, la
envidia, el escarnio. la violencia? ¿Que no conociera ni siquiera los
fascinadores apasionamientos de la victoria y del aniquilamiento?
Semejante Dios no se concebiría: ¿qué objeto tendría? Claro está que
cuando un pueblo perece, cuando siente desvanecerse definitivamente
la fe en su porvenir, la esperanza en su libertad; cuando la sujeción le
parece la primera utilidad y las virtudes del esclavo son para él
condiciones de conservación, entonces su Dios también debe
transformarse. Entonces se hace astuto, miedoso, modesto, aconseja la
paz del alma, el no odiar, la indulgencia hasta el amor del amigo y del
enemigo. Moraliza siempre, se arrastra en la caverna de las virtudes
privadas, se convierte en Dios para todos, se hace un hombre privado,
cosmopolita... En otro tiempo, el Dios representaba un pueblo, la fuerza
de un pueblo, todo lo que de agresivo y de sediento de poderlo anidaba
en el alma de un pueblo: ahora es simplemente el buen Dios...
En realidad, para los dioses no hay otra disyuntiva: o son la
voluntad de poderío, y entonces serán los Dioses de un pueblo, o son la
incapacidad de poderlo, y entonces se hacen necesariamente buenos...
17
Donde en cualquier forma declina la voluntad de poderío, se da
siempre a la vez una regresión fisiológica, una decadencia. La divinidad
de la decadencia, mutilada de sus virtudes y de sus instintos viriles, es
ahora necesariamente el Dios de los degenerados fisiológicamente, de
los débiles. Estos no se llaman a sí mismos los débiles: se llaman los
“buenos”... Se comprende sin necesidad de explicaciones en qué
momento de la historia se hace justamente posible la ficción dualística
de un Dios bueno y de un Dios malo. Con el mismo instinto con que los
sometidos rebajan su Dios al grado de bien en si, cancelan las
cualidades buenas del Dios de los vencedores; se vengan de su amo,
haciendo del Dios de éstos un diablo. El Dios bueno es así también el
diablo: ambos son partes de la decadencia.
¿Cómo es posible haberse rendido tanto a la simpleza de los
teólogos cristianos, que se haya llegado a decretar con ellos que la
evolución del concepto de Dios, del Dios de Israel, del Dios de un pueblo
al Dios cristiano, al compendio de todos los bienes, es un progreso? Pero
el mismo Renan lo decretó así. ¡Como si Renan tuviera el derecho dé ser
simple! Sin embargo, lo contrario salta a los ojos. Si la suposición de la
vida "ascendente", si todo lo que es fuerte. valeroso, soberano, fiero, es
eliminado del concepto de Dios; si, paulatinamente, Dios se rebaja hasta
llegar a ser el símbolo de un báculo para los fatigados, un áncora de
salvación para todos los náufragos; si llega a ser el Dios de los pobres,
el Dios de los pecadores, el Dios de los enfermos por excelencia, y el
predicado dé salvador, redentor queda, por decirlo así, como el
predicado divino en general, ¿de qué nos habla semejante
transformación, semejante reducción de la divinidad? En efecto: con
esto el reino de Dios ha llegado a ser más grande. En otro tiempo, Dios
sólo tenía su pueblo, su pueblo elegido. Después se marchó al
extranjero, lo mismo que su pueblo, en peregrinación, y desde entonces
ha residido ya fijamente en parte alguna: desde que se encontró
dondequiera en su casa él, el gran cosmopolita, desde que no tuvo de
su parte el gran número y la mitad de la tierra. Pero el Dios del gran
número, el demócrata entre los dioses, no por esto se hizo un. fiero Dios
pagano; siguió siendo hebreo, siguió siendo el Dios de todos los
rincones y lugares oscuros, de todos los barrios insalubres del mundo
entero... Luego como antes, su reino mundial es un reino del mundo
subterráneo, un hospital, un reino de ghetto... Y él mismo es tan pálido,
tan débil, tan decadente... Hasta los más pálidos entre los pálidos se
hicieron dueños de él; los señores metafísicos, los albinos de la idea.
Estos tejieron lentamente en torno a él su telaraña, hasta que él,
hipnotizado por sus movimientos, se convirtió a su vez en una araña, en
un metafísica. Y entonces tejió el mundo, sacándolo de si mismo – sub
specie Spinozae –; entonces se transfiguró en un ser cada vez más sutil
y pálido, se convirtió en ideal, se hizo espíritu puro, llegó a ser lo
absoluto, la cosa en si... Decadencia de un Dios: Dios se hizo cosa en
si...
18
El concepto cristiano de Dios –el Dios entendido como Dios de los
enfermos, como araña, como espíritu– es uno de los conceptos más
corrompidos de la divinidad que se han forjado sobre la tierra; quizá
represente el nivel más bajo en la evolución descendente del tipo de los
dioses. Dios, degenerado hasta ser la contradicción de la vida, en vez de
ser su glorificación y su eterna afirmación. La hostilidad declarada a la
vida, a la naturaleza, a la voluntad de vivir, en el concepto de Dios.
Dios, convertido en fórmula de toda calumnia, de toda mentira del más
allá. ¿La nada divinizada en Dios, la voluntad de la nada santificada!
19
El hecho de que las razas fuertes de la Europa septentrional no
hayan rechazado al Dios cristiano no hace honor verdaderamente a sus
cualidades religiosas, para no hablar del buen gusto. Debieran haberse
sacudido semejante aborto de la decadencia, enfermizo, decrepito. Pero
como no se libraron de él, pesa sobre ellas una maldición; acogieron en
todos sus instintos la enfermedad, la vejez, la contradicción; desde
entonces no crearon ya ningún Dios. ¿En casi dos milenios, ni un solo
nuevo Dios! Pero, en cambio, sostuvieron siempre, como si existiera de
derecho, como un ultimum y un máximum de la fuerza que crea los
dioses, del creator espíritus en el hombre, este Dios, digno de
compasión, del monótono teísmo cristiano. Esta híbrida creación de
decadencia extraída del cero, que es concepto de contradicción, en la
que todos los instintos de la decadencia, todas las vilezas y los tedios
del alma encuentran su sanción.
20
No desearía haber ofendido, con mi condenación del cristianismo,
una religión afín, que ha prevalecido sobre el cristianismo por el número
de los que la profesan: el budismo. Ambas están vinculadas entre si
como religiones nihilistas, son religiones de decadencia; pero se
distinguen una de otra del modo más notable. Si hoy se pueden
parangonar entre sí es cosa de que el crítico del cristianismo está
profundamente agradecido a los doctos indios.
El budismo es cien veces más realista que el cristianismo; tiene en su
cuerpo la herencia de la posición objetiva y audaz de los problemas;
viene después de un movimiento filosófico durante cientos de años;
cuando llega, la idea de Dios está ya acabada. El budismo es la única
religión realmente positivista que la historia nos muestra, aun en su
teoría del conocimiento (un severo fenomenalismo); no habla ya de
lucha contra el pecado, sino que, dando plena razón a la realidad, dice
lucha contra el sufrir. Tiene –y esto le distingue profundamente del
cristianismo– detrás de si la auto mistificación de los conceptos morales;
está, hablando en mi lenguaje, más allá del bien y del mal. Los dos
hechos fisiológicos sobre los cuales se funda y que tiene presentes son:
en primer lugar, una excesiva irritabilidad de la sensibilidad, que se
manifiesta como refinada capacidad para el dolor; en segundo lugar,
excesiva espiritualización, un vivir demasiado largo entre conceptos y
procedimientos lógicos, por el cual el instinto de la persona ha quedado
lesionado en provecho del instinto impersonal (ambos son estados de
ánimo, que por lo menos algunos de mis lectores, los objetivos,
conocerán por experiencia como los conozco yo). A base de estas
condiciones fisiológicas se ha producido uno depresión: Esta la combate
Buda con la higiene. Contra la depresión emplea la vida al aire libre, la
vida errante; la sobriedad y la selección en los manjares; la prudencia
ante los licores; igualmente, la vigilancia contra todas las emociones que
producen bilis y calentamiento de la sangre; ninguna preocupación, ni
para si ni para los demás. Reclama ideas que calmen y serenen,
encuentra medios para desembarazarse de las ideas contrarías. Imagina
la bondad, el ser bueno, como favorable a la salud. La oración es
excluida, así como el ascetismo; nada de imperativos categóricos,
ninguna constricción en general, ni siquiera en el seno de las
comunidades conventuales (de las cuales se puede salir). Todos éstos
fueron medios para fortalecer aquella excitabilidad demasiado grande.
Precisamente por esto no exige ninguna lucha contra los que piensan de
modo distinto; contra nada se defiende más su doctrina que contra el
sentimiento de la venganza, de la aversión, del rencor (la enemistad no
termina mediante la enemistad: este es el conmovedor retornillo de
todo el budismo)... Y esto con razón: precisamente estas emociones
serían totalmente malsanas con relación al fin dietético principal. El
cansancio intelectual, que ha encontrado existente, y que se expresa en
una demasiado grande objetividad (o sea, debilitamiento del interés
individual, pérdida del centro de gravedad de egoísmo) es combatida
por él refiriendo rigurosamente a la persona los intereses más
espirituales. En la doctrina de Buda, el egoísmo se convierte en deber:
la sentencia sólo es necesaria una cosa la pregunta ¿cómo te librarás del
sufrimiento?, regulan y circunscriben todo el régimen espiritual. (Quizá
se deba recordar aquel ateniense que hizo igualmente guerra a la
ciencia pura, Sócrates, que elevó también, en el reino de los problemas,
el egoísmo personal al grado de moral.)
21
Condición preliminar del budismo es un clima muy suave, una
gran dulzura y liberalidad en las costumbres, la ausencia del militarismo
y el hecho de que el movimiento tenga su foco en las clases superiores y
hasta en las clases doctas. Se quiere la serenidad, la calma, la ausencia
de deseos como meta suprema y se alcanza esta meta. El budismo no
es una religión en que se aspire simplemente a la perfección: la
perfección es el caso normal.
En el cristianismo aparecen ente todo los instintos de los
sojuzgados y de los oprimidos; los estratos más bajos son los que
buscan en él la salvación. En él la casuística del pecado, la crítica de sí
mismo, la inquisición de la conciencia es ejercida como ocupación, como
remedio contra el aburrimiento; sin cesar se mantiene vivo el afecto
hacia, un poderoso, llamado Dios (mediante la oración); lo más alto es
considerado inaccesible, es tenido como don, como gracia. Falta
también la publicidad; el escondite, el lugar oscuro, es cristiano. El
cuerpo es despreciado, la higiene repudiada como sensualidad; La
Iglesia se previene hasta contra la limpieza (la primera medida tomada
por los cristianos en España después de la expulsión de los moriscos fue
la clausura de los baños públicos, de los cuales sólo en Córdoba había
unos doscientos setenta). Cristiano es un cierto sentido de la crueldad,
contra si mismo y contra los demás; el odio contra los infieles; la
voluntad de persecución. Ante todo se cultivan las imágenes foscas y
excitantes: los estados de ánimo más deseados, designados con los
nombres más altos, los estados epileptoides; se practica la dieta para
favorecer los estados morbosos y para sobrexcitar los nervios. Cristiana
es la enemistad mortal hacia los poderosos de la tierra, hacia los nobles
y, al mismo tiempo, una secreta concurrencia (se les deja el cuerpo, se
quiere solamente el alma)... Cristiano es el odio contra el espíritu,
contra la fiereza, contra el valor, contra la libertad, el libertinaje del
espíritu; es el odio contra los sentidos, contra toda clase de goces.
22
Cuando el cristianismo abandonó su primitivo terreno, es decir, los
estratos sociales más humildes, el "subsuelo" del mundo antiguo;
cuando alcanzó poderío entre los pueblos bárbaros, no contó ya, como
condición preliminar en su nuevo terreno, con hombres fatigados, sino
con hombres interiormente salvajes que se destrozaban
recíprocamente: el hombre fuerte, pero mal constituido. El descontento
de sí propio, el sufrimiento de si mismo, no es ya aquí como entre los
budistas una excesiva excitabilidad y capacidad de dolor, sino, en
cambio, más bien un deseo preponderante de desfogar la tensión
interna en acciones e ideas hostiles. El cristianismo tuvo necesidad de
conceptos y valores bárbaros para hacerse dueño de los bárbaros: tales
son el sacrificio del primogénito, el beber sangre en la sagrada
comunión, el desprecio del espíritu y de la cultura; el tormento en todas
sus formas, corporal y espiritual; la gran pompa del culto. El budismo es
una religión para hombres tardíos, para razas bonachonas, suaves.
ultraespirituales, que sienten fácilmente el dolor (Europa no está
todavía, ni mucho menos, madura para el budismo): es una
reconducción de aquellas razas a la paz y a la serenidad, a la dieta en
las cosas del espíritu, a un cierto endurecimiento en las cosas
corporales. El cristianismo quiere dominar sobre animales de presa: su
procedimiento es convertirlos en enfermos; el debilitamiento es la receta
cristiana para la domesticación, para la civilización. El budismo es una
religión encaminada al fin y estancamiento de la civilización, el
cristianismo no encuentra aún la civilización ante si: en circunstancias la
crea.
23
Digamos también que el budismo es cien veces más frío, más
veraz, más objetivo. No tiene necesidad de hacer decentes sus
sufrimientos, su capacidad de dolor, mediante la interpretación del
pecado; dice simplemente lo que piensa: yo sufro. Para el bárbaro, en
cambio, el sufrir no es nada de respetable en si: precisamente tiene
necesidad de una interpretación para confesarse a sí mismo que sufre
(su instinto le lleva más bien a negar el sufrimiento, a soportarlo en
silencio). En este caso la palabra diablo fue un beneficio; de esta
manera se consiguió un enemigo muy poderoso y temible, ya no hubo
necesidad de avergonzarse de sufrir por tal enemigo.
EI cristianismo posee en el fondo algunas sutilezas que pertenecen
al Oriente. En primer lugar, sabe que es completamente igual que una
cosa sea o no sea verdadera, y que la que importa es la medida en que
es creída verdadera. La verdad y la creencia en la verdad de una cosa
son dos mundos de intereses completamente extraños el uno al otro,
son casi dos mundos opuestos, se va del uno al otro por caminos
profundamente diversos. Conocer esto forma casi la sabiduría en
Oriente: así lo comprende el brahmán, así lo comprende Platón, y todos
los discípulos de la ciencia esotérica. Si, por ejemplo, se encuentra
alguna felicidad en creerse libres de pecado, como premisa de esto no
es necesario que el hombre sea pecador, sino que se sienta pecador.
Pero si sobre todo es necesaria en general una fe, se debe desacreditar
la razón, la lógica, la especulación: el camino que conduce a la verdad
es un camino ilícito.
Una gran esperanza es un estimulante de la vida mucho mayor
que cualquier felicidad realmente experimentada. Hay que sostener a los
que sufren con una esperanza que no pueda ser contradicha con
ninguna realidad, que no pueda ser eliminada por el cumplimiento:
mediante una esperanza en el más allá. (Precisamente a causa de ésta
su idoneidad para sostener a los infelices, la esperanza fue considerada
por los griegos como el mal de los males, como el mal verdaderamente
pérfido: es el fondo de la caja de los males.) Para que sea posible el
amor, Dios debe ser una persona; para que los instintos más bajos
puedan tener voz, Dios debe ser joven. Ante todo hay que poner al
fervor de las mujeres un santo que sea bello, al de los hombres a una
María. Porque hay que establecer la premisa de que el cristianismo
quiere dominar en un terreno en el que los cultos afrodisíacos o de
Adonis han determinado el concepto del culto. La exigencia de la
castidad refuerza la vehemencia y la profundidad del instinto religioso,
hace que el culto sea más ardiente, más entusiasta, más lleno de alma.
El amor es el estado de ánimo en que el hombre ve con
preferencia los cosas tal como éstas no son. En el amor, la fuerza de la
ilusión ha llegado a culminar, así como aquella fuerza que suaviza y
transfigura. En el amor se soporta más que en cualquier otro estado, se
tolera todo. Se trataba de encontrar una religión en que se pudiera ser
amado: con esto se está por encima de las peores vicisitudes de la vida,
ya no se sienten. Esto por lo que se refiere a las tres virtudes cristianas:
fe, esperanza y amor: yo las llamo las tres habilidades cristianas. El
budismo es demasiado tardío, demasiado positivista para ser tenido
como sabio en esta forma.
24
Aquí estudio sólo el problema del nacimiento del cristianismo. La
primera proposición para resolverlo es ésta: el cristianismo sólo se
puede comprender partiendo del terreno en que ha crecido: no es un
movimiento contrario al instinto judaico; por el contrario, es su
consecuencia lógica, es una ulterior conclusión en la terrible lógica de
aquel instinto. En la formula del Redentor: La salvación viene de los
hebreos.
La segunda proposición es ésta: el tipo psicológico del Galileo es
aún reconocible, pero sólo en su completa degeneración (que es al
mismo tiempo una mutilación y una enorme adición de rasgos
extranjeros) pudo servir para lo que estaba destinado, o sea para dar el
tipo de un redentor de la humanidad.
Los hebreos son el pueblo más extraordinario en la historia del
mundo, porque, colocados ante el problema de ser o no ser, con
conciencia totalmente admirable prefirieron el ser a toda costa; y esta
costa fue la falsificación radical de toda la naturaleza, de toda
naturaleza, de toda realidad, de todo el mundo interior, así como de
todo el mundo exterior. Trazaron un límite contra todas las condiciones
en las cuales hasta ahora un pueblo podía y debía vivir, se crearon para
su uso propio un concepto opuesto de condiciones naturales, invirtieron
sucesivamente la religión, el culto, la moral, la historia, la sicología, de
un modo irremediable, haciendo de él la "contraposición de sus valores
naturales". Nosotros encontramos una vez más el mismo (fenómeno y
en proporciones enormemente mayores, pero sólo todavía como una
copia: la Iglesia cristiana carece, frente al pueblo de los santos, de
cualquier pretensión a la originalidad. Precisamente por esto, los
hebreos son el pueblo más fatal de la historia del mundo: con sus
ulteriores efectos hicieron de tal manera falsa a la humanidad, que aun
hoy el cristiano puede tener sentimientos antijudaicos sin comprender
que él es la "última consecuencia del judaísmo".
En mi Genealogía de la moral he adoptado por primera vez,
psicológicamente, el concepto de contraste entre una moral noble y una
moral de rencor, de las cueles la segunda nace del no dicho a la
primera: pero ésta es completamente la moral judío-cristiana. Para
poder decir no a todo lo que constituye el movimiento ascendente de la
vida, la buena constitución, el poder, la belleza, la afirmación de si
mismo sobre la tierra, el instinto de rencor, hecho aquí numen, tuvo que
inventar otro mundo, partiendo del cual aquella afirmación de la vida
aparecía como el mal, como la cosa más reprobable en si. Desde el
punto de vista psicológico, el pueblo judío es un pueblo que manifiesta
una fuerza vital tenacísima, y que, colocado en una situación imposible,
toma voluntariamente, por la más profunda habilidad del instinto de
conservación, el partido de todos los instintos de la decadencia, no ya
dejándose dominar por ellos, sino habiendo adivinado en ellos une
fuerza con la cual se pues desarrollar contra el mundo. Los hebreos son
lo opuesto a todos los decadentes: tuvieron que sostener el partido de
los decadentes hasta dar la ilusión, y con un non plus ultra del genio
histriónico supieron colocarse en el vértice de todos los movimiento de
decadencia ( en calidad del cristianismo de Pablo), para crear de sí algo
más fuerte que un partido cualquiera que afirmase la vida. Para aquella
especie de hombres que en el judaísmo y en el cristianismo llegó al
poder, la decadencia es un forma sacerdotal, es sólo un medio: esta
especie de hombres tiene un interés vital en hacer que la humanidad
enferme y en invertir, en sentido peligroso para la vida y calumniador
para el mundo, los conceptos de bien y mal, verdadero y falso.
25
La historia de Israel tiene un valor inapreciable como historia
típica de toda desnaturalización de los valores naturales: señalaré cinco
hechos de ésta.
En el origen, sobre todo en la época de los reyes, el mismo Israel
estaba en relaciones justas, o sea naturales, con las cosas todas. Su
Javeh era la expresión de la conciencia de poderlo, el gozo de sí mismo,
la esperanza de si mismo; en él se esperaba victoria y salvación, con él
se tenía confianza en la naturaleza, se aguardaba que la naturaleza
diera aquello de que el pueblo tenía necesidad, sobre todo la lluvia.
Javeh es el Dios de Israel y por consiguiente el Dios de la justicia: ésta
es la lógica de todo pueblo fuerte y que posee conciencia perfecta de su
propio poder. En los ritos festivos se manifiestan estos dos aspectos de
la afirmación que de si mismo hace un pueblo: este pueblo es
reconocedor de los grandes destinos en virtud de los cuales ascendió
mucho, y de la sucesión de las estaciones y de su fortuna en el pastoreo
y en la agricultura.
Durante mucho tiempo este estado de cosas es el idea, aun
cuando estaba ya dolorosamente suprimido en virtud de la anarquía en
el interior y de los asirios en el exterior. Pero el pueblo conservó como
aspiración suprema aquella visión de un rey buen soldado y Juez
austero: la conservó sobre todo aquel típico profeta (o sea critico y
satírico del momento) llamado Isaías.
Pero todas las esperanzas resultaron incumplidas. El viejo Dios no
podía ya nada de lo que pudo en otro tiempo. Había que abandonarle.
¿Qué sucedió? Se alteró su concepción, se desnaturalizó su concepción:
a tal precio se conservó.
Javeh, el Dios de la justicia, no fue ya una misma cosa con Israel,
una expresión del sentimiento personal del pueblo: fue desde entonces
un Dios bajo condiciones...; su concepción fue un instrumento en manos
de los agitadores sacerdotales, los cuales desde entonces interpretaron
toda fortuna como premio y toda desventura como castigo de una
desobediencia a Dios: aquella manera mentirosa de interpretar un
pretenso orden moral del mundo por el cual, de una vez para siempre,
fue invertido el concepto natural de causa y efecto. Cuando con el
premio y el castigo se ha arrojado del mundo la causalidad natural, hay
necesidad de una causalidad contraria a la naturaleza; y luego sigue
todo el resto de las cosas innaturales. Un Dios que exige, en lugar de un
Dios que socorre, que aconseja, que es, en el fondo, el verbo de toda
feliz inspiración del valor y de la confianza en si... La moral no es ya
expresión de las condiciones de vida y de crecimiento de un pueblo, no
es ya su más profundo instinto de vida, sino que se ha vuelto abstracta,
se ha vuelto contraria a la vida; la moral es la perversión sistemática de
la fantasía, es la mal mirada para todas las cosas. ¿Qué es la moral
judaica, que es la moral cristiana? Es el acaso que ha perdido su
inocencia; es la desventura manchada con el concepto de pecado; es el
bienestar considerado como peligro, como tentación: el malestar
fisiológico envenenado por el gusano del remordimiento...
26
El concepto de Dios, falsificado; el concepto de moral, falsificado;
a este punto no se ciñó el sacerdote judaico. No podemos utilizar toda la
historia de Israel: echémosla lejos. Así dijeron los sacerdotes.
Estos sacerdotes realizaron aquel prodigio de falsificación del cual
es prueba gran parte de la Biblia: transfirieron al campo religioso el
pasado de su propio pueblo con un incomparable desprecio de toda
tradición, de toda realidad histórica; es decir, hicieron de aquel pasado
un estúpido mecanismo de salvación, un mecanismo de culpa contra
Javeh y del consiguiente castigo, de devoción a Javeh y del consiguiente
premio. Experimentaríamos una impresión mucho más dolorosa de este
vergonzoso acto de falsificación de la historia si la interpretación
eclesiástica de la historia, desde hace milenios acá no nos hubiese hecho
obtusos para las exigencias de la probidad in historicis. Y los filósofos
secundaron a la Iglesia: la mentira del orden moral del mundo invadió
todo el campo de la filosofía moderna. ¿Qué significa orden moral del
mundo? Que hay, de una vez para siempre, una voluntad de Dios
respecto de lo que el hombre debe hacer o dejar de hacer: que el valor
de un pueblo, de un individuo, se mide por el grado de obediencia
prestada a la voluntad divina: que en los destinos de un pueblo, de un
individuo, se muestra como dominante la voluntad de Dios, o sea como
punitiva y remunerativa, según el grado de obediencia. La realidad
puesta en el lugar de esta miserable mentira, significa: una raza
parasitaria de hombres que prospera únicamente a expensas de todas
las formas sanas de la vida, la raza del sacerdote, que abusa del nombre
de Dios, que llama reino de Dios a un estado social en el que el
sacerdote fija el valor de las cosas, que llama voluntad de Dios a los
medios con los cuales semejante estado es conseguido o conservado;
que, con frío egoísmo, mide los pueblos, los tiempos. los individuos, por
el hecho de que ayuden o contraríen el predominio de los sacerdotes.
Obsérvese cómo trabajan los sacerdotes: en manos de los sacerdotes
hebreos la gran época de la historia de Israel se convirtió en una época
de decadencia; el destierro, la larga desventura, se transformó en un
eterno castigo por la gran época, por una época en que el sacerdote no
era aun nada. De las grandes figuras de ha historia de Israel, de
aquellas figuras, muy libres, hicieron, según las necesidades, miserables
hipócritas o socarrones o ateos, simplificaron la sicología de todo gran
acontecimiento en la fórmula idiota de obediencia o desobediencia a
Dios. Un paso más, la voluntad de Dios (o sea las condiciones de
conservación del poder de los sacerdotes), debe ser conocida; a este fin
es necesaria una gran falsificación literaria, es descubierta una Sagrada
Escritura, es publicada bajo la pompa hierática, con días de expiación y
lamentaciones sobre el largo pecado. La voluntad de Dios estaba fijada
durante dilatado tiempo: la desgracia fue que el pueblo se alejó de
ella... Ya Moisés había recibido la revelación de la voluntad de Dios...
¿Qué sucedió? El sacerdote había formulado. con rigor y pedantería, de
una vez para siempre, hasta los grandes y pequeños impuestos que se
debían pagar (sin olvidar los mejores trozos de carne, porque el
sacerdote es un gran devorador de bistecs), lo que quiere tener, lo que
es voluntad de Dios... Desde entonces todas las cosas de su vida
quedaban reglamentadas de modo que el sacerdote era en todas partes
indispensable; en todas las vicisitudes naturales de la vida, en el
nacimiento, en el matrimonio, en las enfermedades, en la muerte, para
no hablar del sacrificio (de la Cena), aparece el santo parásito, para
quitarles su carácter natural, o, según su lenguaje, para santificarlas....
Porque hay que comprender esto: toda costumbre natural, toda
institución natural ( Estado. tribunales, bodas, asistencia a los enfermos
y a los pobres), toda exigencia inspirada por el instinto de la vida, en
resumen, todo lo que tiene en si su valor, es, por el parasitismo del
sacerdote (o del orden moral del mundo), privado sistemáticamente de
valor, opuesto a su valor: y luego es precisa una sanción, es necesario
un poder valorizador que niegue en aquellas cosas la naturaleza, y cree
para ellas precisamente un valor... El sacerdote desvalora, quita
santidad a la naturaleza: a este precio, en general, existe. La
desobediencia de Dios, o sea al sacerdote, a la ley, recibe de ahora en
adelante el nombre de pecado; los medios para reconciliarnos con Dios
son, como se ha contenido, medios por los que la sujeción al sacerdote
es garantizada aún profundamente: el sacerdote es el único que puede
salvar...
Desde el punto de vista psicológico, en toda sociedad u
organización sacerdotal los pecados se hacen indispensables: son los
verdaderos manipuladores del poder: el sacerdote vive de los pecados,
tiene necesidad de que haya pecadores... Principio supremo: "Dios
perdona a los que hacen penitencia"; en otros términos: Dios perdona a
quien se somete al sacerdote.
27
En este terreno tan falso, en que toda la naturaleza, todo valor
natural, toda realidad tenía contra si los más profundos instintos de la
clase dominante, creció el cristianismo, forma de enemistad mortal
hacia la realidad aun no superada. El pueblo santo, que para todas las
cosas sólo conservaba valores sacerdotales y palabras sacerdotales, y,
con una lógica de argumentación que puede inspirar terror, había
separado de sí como ejemplo, como mundo, como pecado, todo lo que
de poderío existía aún en la tierra; este pueblo creó por instinto una
última formula, lógica hasta la negación de si misma: como cristiano,
negó hasta la última forma de la realidad, el pueblo santo, el pueblo de
los elegidos, la misma realidad hebrea. Este es un caso de primer orden:
el pequeño mundo insurreccional que fue bautizado con el nombre de
Jesús de Nazaret, es una vez más el instinto judaico, en otros términos,
el instinto de los sacerdotes que no soporta ya al sacerdote como
realidad; es la invención de una forma de existencia aún más abstracta,
de una visión del mundo aún más irreal que la que va unida a la
organización de una Iglesia. El cristianismo niega a la iglesia.
Yo no se contra quién se dirigía la insurrección de la cual Jesús fue
considerado acertada o equivocadamente como autor, si no fue contra la
Iglesia judaica, dando á la Iglesia exactamente el sentido en que hoy
tomamos esta palabra. Fue una insurrección contra los buenos y los
justos. contra los Santos de Israel, contra la jerarquía de la sociedad, no
contra la corrupción de la sociedad, sino contra la casta, el privilegio, el
orden, la fórmula: fue la incredulidad en los hombres superiores, un no
dicho a todo lo que era sacerdote y teólogo. Pero la jerarquía que con
aquella insurrección, aun cuando no fuera sino por un momento, se
puso en pleito, era la construcción lacustre en que el pueblo hebreo
continuó existiendo sobre las aguas, la última posibilidad fatigosamente
conseguida de sobrevivir, el residuo de su existencia política particular;
un ataque contra ella era un ataque contra el más profundo instinto del
pueblo, contra la más tenaz voluntad de vivir de un pueblo que jamás
ha existido en la tierra.
Este santo anárquico, que llamó a la revuelta contra el orden
dominante al bajo pueblo, a los réprobos y pecadores, a los chandala,
en el seno del judaísmo, con un lenguaje, si hemos de dar fe a los
Evangelios, que aun hoy conduciría a un hombre a la Siberia, fue un
delincuente político en la medida en que los delincuentes políticos eran
posibles en una comunidad absurdamente impolítica. Esto le condujo a
la Cruz. Murió por su culpa: falta todo motivo para creer que muriera
por culpa de otros, aunque esto se ha sostenido repetidamente.
28
Cosa completamente distinta es si tuvo en general conciencia de
semejante contradicción, ó si no fue simplemente considerado como
esta contradicción. Y Justamente aquí toco yo el problema de la
sicología del redentor.
Confieso que pocos libros leo con tanta dificultad como los
Evangelios. Estas dificultades son diferentes de aquellas en cuya
demostración la docta curiosidad del espíritu alemán ha conseguido uno
de sus más innegables triunfos. Es ya remoto el tiempo en que también
yo, como todo joven docto, saboreaba, con la prudente lentitud de un
filólogo refinado, la obra del incomparable Strauss. Tenía entonces
veinte años: hoy soy demasiado serio para estas cosas. ¿Qué me
importan a mi las contradicciones de la tradición? ¿Cómo se puede
llamar tradiciones a las leyendas genéricas de santos? Las historias de
santos son la literatura más equivoca que existe: emplear con ellas
métodos científicos, "si no poseemos otros" documentos, me parece
cosa condenada a priori; es un simple pasatiempo de eruditos.
29
Lo que a mi me importa es el tipo psicológico del redentor. Éste
podría estar contenido en los Evangelios a despecho de los Evangelios,
por cuanto éstos son mutilados o sobrecargados de rasgos extraños:
como el tipo de Francisco de Asís está contenido en sus leyendas a
despecho de sus leyendas. No se trata de la verdad sobre aquello que él
ha hecho o dicho, sobre el modo como murió realmente, sino del
problema de si su tipo puede ser en general representado aún, si es
tradicional.
Las tentativas que yo conozco de leer en los Evangelios hasta la
historia de un alma, me parecen pruebas de una ligereza psicológica
abominable. El señor Renan, este payaso in psicologisis, ha adoptado
para su explicación del tipo de Jesús las dos ideas más inadecuadas que
a este propósito se pudieran imaginar: la idea de genio y la idea de
héroe (heros). Pero si hay una idea poco evangélica, es la idea de
héroe. Aquí se ha convertido en instinto precisamente lo contrario de
toda lucha; de todo sentimiento de lucha: aquí, la incapacidad de resistir
se hace moral (no resistir al mal es la más profunda palabra del
Evangelio, en cierto sentido es su clave), la beatitud está en la paz, en
la dulzura del ánimo, en la imposibilidad de ser enemigos. ¿Qué significa
la buena nueva? Significa que se ha hallado la verdadera vida, la vida
eterna, no en una promesa, sino que ya existe, está en nosotros; como
un vivir en el amor, en el amor sin detracción o exclusión, sin distancia.
Cada uno de nosotros es hijo de Dios...; Jesús no pretende
absolutamente nada por si solo; cada uno de nosotros es igual a otro
como hijo de Dios...
¡Hacer de Jesús un héroe!... ¡Y qué error la palabra genio! Todo
nuestro concepto, todo concepto de espíritu propio de nuestra cultura
carece de sentido en el mundo en que vive Jesús. Para hablar con el
rigor del fisiólogo, aquí estaría en su puesto otra palabra... Nosotros
conocernos un estado de morbosa excitabilidad del sentido del tacto,
que retrocede ante todo contacto, ante la idea de apresar cualquier
objeto sólido. Transportemos a su última lógica semejante habitus
fisiológico, como odio instintivo de toda realidad, como una fuga a lo
intangible, a lo incomprensible, como repugnancia a toda fórmula, a
toda noción de tiempo y de espacio, a todo lo que es fijo, costumbre,
institución, Iglesia; como un habitar en un mundo no tocado de ninguna
especie de realidad, en un mundo simplemente interior, verdadero,
eterno... "El reino de Dios está en vosotros"...
30
El odio instintivo contra la realidad es consecuencia de una
extrema incapacidad de sufrimiento y de irritación, que no quiere ya ser
en general tocada, porque de todo contacto recibe una impresión
demasiado profunda.
La exclusión instintiva de todo lo que nos repugna, de toda
enemistad, de todo límite y distancia en el sentimiento, es consecuencia
de una extrema incapacidad de sufrimiento y de irritación, que siente ya
como un dolor intolerable (o sea como nocivo, como desaconsejado por
el instinto de conservación) toda resistencia, toda necesidad de resistir,
y sólo conoce la beatitud (el placer) en no oponerse ya a nada, ni al
alma ni al bien, y considerar el amor como la única, como la última
posibilidad de vida.
Estas son las dos realidades fisiológicas sobre las cuales y de las
cuales ha crecido la doctrina de la redención.
La llamo un sublime ulterior desarrollo del hedonismo sobre bases
completamente morbosas. Contiguo a éste, si bien con fuerte adición de
vitalidad y fuerza nerviosa griega, está el epicureismo, la doctrina
pagana de la redención. Epicuro fue un decadente típico: yo fui el
primero en reconocerle como tal. El miedo al dolor, hasta de lo que en el
dolor hay de infinitamente pequeño, no puede fundar otra cosa que una
religión del amor.
31
Por anticipado he dado mi respuesta al problema. Su premisa es
ésta: que el tipo del Redentor nos ha sido transmitido de un modo
completamente desfigurado. Esta desfiguración tiene en si mucha
verosimilitud: semejante tipo no podía, por muchas razones, subsistir
puro, entero. El ambiente en que se movió esta extraña figura debió
dejar huellas en él, y aún más la historia, la índole de las primeras
comunidades cristianas: esta índole, reaccionando sobre el tipo, lo
enriqueció con rasgos que se deben interpretar como motivados por el
proselitismo y con fines de propaganda. Aquel mundo extraño y
enfermizo en que nos introducen los Evangelios, un mundo que parece
salido de una novela rusa, en que los desechos de la sociedad, las
enfermedades nerviosas y un pueril idiotismo parecen darse cita, debe
en todo caso haber formado el tipo más grosero: particularmente los
primeros discípulos traducen en su propia crudeza un ser ondulante
constantemente entre símbolos y cosas incomprensibles, para poder
comprender de ellos alguna cosa; para ellos, el tipo no existió hasta que
pudo ser adaptado a otras formas más conocidas. El profeta, el Mesías,
el futuro juez, el maestro de moral, el taumaturgo, Juan Bautista,
fueron otras tantas ocasiones para hacer que variase el tipo...
Finalmente, no despreciemos lo que es propio de toda gran
veneración, especialmente de una veneración sectaria; ésta borra en la
criatura venerada los rasgos originales, a menudo penosamente
extraños y las idiosincrasias: ni los ve siquiera. Habría que lamentar que
un Dostoyevsky no hubiera vivido cerca de este interesantísimo
decadente, o sea un hombre que supiera sentir precisamente el encanto
irresistible de semejante mezcla de sublimidad, de enfermedad y de
puerilidad. Un último punto de vista: el tipo podría, en calidad de tipo de
decadencia, haber sido efectivamente múltiple y contradictorio de modo
particular: no se puede excluir totalmente tal posibilidad. Sin embargo,
todo nos induce a negarla; precisamente en este caso la tradición
debería ser notablemente fiel y objetiva; pero nosotros tenemos para
admitir lo contrario de esto. Entretanto, es manifiesta una contradicción
entre el predicador de la montaña del lago y de las campos, cuya
aparición exige una especie de Buda sobre un terreno mucho menos
indio, y aquel fanático del ataque, aquel enemigo mortal da los teólogos
y de los sacerdotes, que la malignidad de Renan glorificó como le grand
maître en ironie. Yo mismo no dudo que una cantidad copiosa de bilis (y
hasta de esprit) se haya vertido sobre el tipo del maestro por el estado
de ánimo excitado de la propaganda cristiana: se conoce muy bien la
falta de escrúpulos de todos los sectarios cuando hacen la propia
apología partiendo de su maestro. Cuando la primera comunidad
necesitó de un teólogo judicante, litigante, furioso, malignamente sutil,
contra los teólogos, se creó su Dios según sus necesidades: y sin
ambages puso en su boca aquellos conceptos totalmente no evangélicos
de que no podía prescindir, los del retorno, del juicio final, de toda clase
de expectaciones y promesas temporales...
32
Insisto que no admito que se introduzca el fanático en el tipo del
redentor: la palabra impérieux, de que se sirve Renan, ya basta por si
sola para anular el tipo. La buena nueva es precisamente ésta, que ya
no hay contradicciones; el reino de los cielos pertenece a los niños: la fe
que se hace sentir no es una fe conquistada, existe, es desde el
principio, es por decirlo así, una puerilidad referida al campo espiritual.
El caso de la pubertad retrasada y no desarrollada en el organismo,
como lógica consecuencia de la degeneración, es familiar por lo menos a
los fisiólogos.
Semejante fe no se encoleriza, no censura, no se defiende, no
empuña la espada, no sospecha siquiera en qué medida podría un día
dividir a los hombres. No se demuestra ní con los milagros, ni con
premios. ni con promesas, y mucho menos con la escritura: ella misma
es en todo momento su milagro, su premio, su demostración, su reino
de Dios. Esta fe no se formula siquiera, vive y se guarda de las
fórmulas. Ciertamente, el caso del ambiente, de la lengua, de la
educación, determina cierto círculo de ideas: el cristianismo primitivo
manipula únicamente ideas semítico-judaicas (el comer y beber en la
Santa Cena forma parte de tales ideas; de esta idea abusó malamente
la Iglesia, como de todo lo Judaico). Pero cuidémonos de ver en esto
más que un lenguaje figurado, una semiótica, una ocasión de crear
símbolos. Para este antirrealista el hecho de que ninguna palabra fuera
tomada a la letra era la condición preliminar para poder hablar en
general. Entre los indios se habría servido de las ideas de Sankhyam,
entre los chinos, de las de Laotse, sin encontrar diferencias entre éstas.
Con una cierta tolerancia en la expresión, podríamos decir de Jesús que
era un espíritu libre, rechazaba todo lo dogmático: la letra mata, todo lo
que es dogmático mata. El concepto, la experiencia, la vida, como sólo
él la conoce, se opone para él a toda especie de palabra, de fórmula, de
ley, de fe, de dogma. Sólo habla de lo más entrañable: vida, o verdad, o
luz son las palabras de que se sirve para indicar las cosas más íntimas;
todo lo demás, toda la realidad, toda la naturaleza, la lengua misma,
sólo tiene para él el valor de un signo, de un símbolo
En este punto no debemos engañarnos, por grande que sea la
seducción que existe en el prejuicio cristiano, o mejor, eclesiástico:
semejante simbolista por excelencia está fuera de toda religión, de toda
idea de culto, de toda historia, de toda ciencia natural, de toda
experiencia del mundo, de toda ciencia, de toda política, de toda
sicología, de todos los libros y de todas las artes; su sabiduría consiste
precisamente en que creer que existan cosas de este género es pura
locura. La cultura no le es conocida ni de oídas, no tiene necesidad de
luchar contra ella, no la niega... Lo mismo se puede decir del Estado, de
toda organización y de la sociedad burguesa, del trabajo, de la guerra;
no tuvo nunca motivo para negar el mundo, ni siquiera sospechó el
concepto eclesiástico del mundo...; precisamente lo que no puede hacer
es negar.
También falta la dialéctica, falta la idea de que una fe, una verdad,
puede ser demostrada con argumentos (sus pruebas son luces internas,
sentimientos internos de placer y afirmaciones internas de si mismo,
simples pruebas de Fuerza).
Semejante doctrina no puede ni siquiera contradecir: no
comprende que haya otras doctrinas, que pueda haberlas; no sabe
imaginar un criterio opuesto... Cuando lo encuentra se entristece, por
íntima compasión, de la ceguera – porque ve la luz –, pero no hace
objeciones.
33
En toda la sicología del Evangelio falta el concepto de culpa y
castigo y asimismo el de recompensa. El pecado, cualquier relación de
distancia entre Dios y el hombre, es abolido: precisamente ésta es la
buena nueva. La felicidad no es prometida, no está sujeta a condiciones,
es la única realidad; lo demás son signos que sirven para hablar de
ella...
La consecuencia de tal estado de ánimo se proyecta en una nueva
práctica, en la verdadera práctica evangélica. Lo que distingue al
cristiano no es una fe: el cristiano obra, se distingue, por otro modo de
obrar. Se distingue en que no ofrece resistencia, ni con sus palabras ni
con su corazón, a quien le hace daño; no hace diferencia entre
extranjero y conciudadano, entre hebreos y no hebreos (el prójimo es
realmente el compañero de fe, el hebreo); el que no se encoleriza
contra nadie ni desprecia a nadie; el que no se deja ver en los en los
tribunales ni reclama cosa alguna (no jurar ); el que en ningún caso, ni
siquiera cuando esta demostrada la infidelidad de la mujer, se separa
de su mujer. Todo esto en el fondo es un solo principio, es consecuencia
de un solo instinto.
La vida del redentor no fue otra cosa que esta práctica, su misma
muerte no fue nada más... No tenía ya necesidad de formulas ni de ritos
en sus relaciones para con Dios, ni siquiera de la oración. (Quiso
prescindir de toda la doctrina judaica, de la penitencia y de la
reconciliación: sabe que únicamente la práctica de la vida es la que hace
que el hombre se sienta divino, bienaventurado, evangélico, en todo
tiempo hijo de Dios. No penitencia, no la "oración" para obtener el
"perdón" son las vías que conducen a Dios: únicamente la práctica
evangélica conduce a Dios, ¡ella es precisamente "Dios"!
Lo que suprimió el evangelio fue el judaísmo de las ideas de
pecado, perdón de pecado, fe, salvación mediante la fe; toda la doctrina
eclesiástica judía fue negada en la buena nueva.
El profundo instinto del modo como se debe vivir para sentirse en
el cielo, para sentirse eterno, mientras que con toda otra actitud no se
siente uno en el cielo: esta únicamente es la realidad psicológica de la
redención. Una nueva conducta, no una nueva fe...
34
Si yo entiendo algo de este gran simbolista, es el hecho de que
tomó como realidades, como verdades, únicamente las realidades
interiores, que comprendió todo lo demás, todo lo que es natural: el
tiempo, el espacio, la historia, como signos, como ocasiones para
imágenes. La idea de hijo del hombre no es la de una persona concreta,
perteneciente a la historia, algo de singular, de único, sino un hecho
eterno, un símbolo psicológico separado de la noción de tiempo. Lo
mismo puedo decir, y en el más alto sentido, del Dios de este simbolista
típico, del reino de Dios, del reino de los cielos; de la cualidad de hijos
de Dios. Nada menos cristiano que la crudeza de la iglesia, que imagina
un Dios como una persona, un reino de Dios que viene, un reino de los
cielos puesto más allá, un hijo de Dios que es la segunda persona de la
trinidad. Todo esto es – perdóneseme la expresión – un puñetazo en los
ojos ( ¡oh, y sobre qué ojos!) del Evangelio: un cinismo histórico
mundial en la irrisión del símbolo... Y, sin embargo, es evidente lo
indicado con los signos de padre y de hijo (no es evidente para todos, lo
admito); con la palabra hijo se expresa la introducción en un
sentimiento de transfiguración de todas las cosas (la beatitud); con la
palabra padre se expresa este mismo sentimiento: el sentimiento de la
eternidad y de la perfección. Me avergüenzo de pensar lo que la Iglesia
ha hecho de este símbolo: ¿No ha puesto en el umbral de la fe cristiana
una historia de Anfitrión? ¿Y no ha añadido un dogma de la inmaculada
concepción? Pero de este modo ha maculado la concepción...
El reino de los cielos es un estado del corazón, no una cosa que
advierte en la tierra o después de la muerte. Todo el concepto de la
muerte natural falta en el Evangelio; la muerte no es un puente, un
paso; falta porque es propia de un mundo completamente diverso,
puramente aparente, útil sólo para fabricar signos con que expresarnos.
La hora de la muerte no es un concepto cristiano: la hora, el tiempo, la
vida física y sus crisis no existen para el maestro de la buena nueva... El
reino de Dios no es cose esperada: no tiene un ayer ni un mañana, no
llegará dentro de mil años, es una esperanza de un corazón, está en
todas partes y en ninguna...
35
Este dulce mensajero murió como vivió, como enseñó; no para
redimir a los hombres, sino para mostrar cómo se debe vivir. Lo que
dejó como legado a la humanidad es una práctica: su actitud frente a
los jueces, esbirros, acusadores y cualquier clase de calumnia y de
escarnio, su actitud en la cruz. No resiste, no defiende su derecho, no
da un paso para alejar de si la ruda suerte, antes por el contrario, la
provoca... Y ruega, sufre, ama con aquello, en aquellos que hacen el
mal... No defenderse, no indignarse, no atribuir responsabilidad... Pero
igualmente no resistir al mal amarlo...
36
Sólo nosotros, espíritus libres, poseemos las condiciones
necesarias para comprender una cosa que diecinueve siglos no han
comprendido: aquella probidad convertida en instinto y pasión que hace
la guerra a la santa mentira, aún mas que a toda otra mentira... Se
estaba infinitamente lejos de nuestra neutralidad amorosa y prudente,
de aquella disciplina del espíritu que únicamente hace posible adivinar
cosas tan extrañas a nosotros, tan delicadas: se quiere siempre, con
desvergonzado egoísmo, ver en aquellas cosas únicamente el propio
provecho: se ha fundado la Iglesia sobre lo contrario del Evangelio...
El que buscara indicios de este hecho, de que detrás del gran
teatro de los mundos hay una divinidad irónica que maneja los hilos, no
encontraría confirmación alguna en aquel prodigioso punto de
interrogación que se llama cristianismo. En vano se busca una forma
muy grande de ironía en la historia mundial que ésta: que la humanidad
se arrodilla ante lo contrario de lo que fue el origen, el sentido, el
derecho del Evangelio; que en el concepto de Iglesia ha santificado
precisamente lo que el dulce mensajero considera por bajo de sí, detrás
de si.
37
Nuestra época blasona de su sentido histórico: ¿cómo ha podido
imponerse el absurdo de que en los comienzos del cristianismo se
encuentre la grosera fábula de un taumaturgo y de un redentor, y que
todo el elemento espiritual y simbólico sea sólo un desarrollo más
tardío? Y a la inversa, la historia del cristianismo – a partir de la muerte
en la cruz – es la historia del error, cada vez más grosero, de un
simbolismo originario. Con la difusión del cristianismo sobre masas aún
más vastas, aún más rudas, a las que les faltaban siempre las premisas
de que el cristianismo partió, se hizo cada vez más necesario vulgarizar,
barbarizar el cristianismo: éste absorbió en si doctrinas y ritos de todos
los cultos subterráneos del imperium romanum, los absurdos de todas
las razones e imaginaciones enfermas. El destino del cristianismo
consiste en la necesidad de que su fe se contaminara de esta
enfermedad, se hiciera baja, vulgar, como enfermizas, bajas y vulgares
eran las necesidades que se pretendía satisfacer con ella. Finalmente, la
barbarie enfermiza se adicionó para formar el poder en calidad de
Iglesia: de Iglesia, que es la forma de la enemistad formal contra toda
probidad, contra toda alteza de ánima, contra toda disciplina del
espíritu, contra toda generosa y buena humanidad. Los valores
cristianos por una parte, los nobles por otra: ¡nosotros los primeros,
nosotros espíritus libres, hemos restablecido este contraste de valores,
el mayor que existe!
38
Al llegar aquí no puedo contener un suspiro. Hay días en que
anida en mi en sentimiento más negro que la más negra melancolía: el
desprecio de los hombres. Y para que no quede duda sobre lo que yo
desprecio y a quién desprecio, diré que desprecio al hombre moderno, al
hombre del cual yo soy desgraciadamente contemporáneo. El hombre
de hoy... Su impura respiración me ahoga. Contra el pasado, yo, como
todos los estudiosos, alimento una gran tolerancia, es decir, me hago
generosamente violencia a mi mismo: yo atravieso el mundo-manicomio
de milenios enteros con prudencia tétrica, ya se llame cristianismo, o fe
cristiana o Iglesia cristiana; me guardo mucho de hacer a la humanidad
responsable de las enfermedades que han afligido su espíritu. Pero mi
sentimiento se rebela apenas me interno en los tiempos modernos, en
nuestro tiempo.
Nuestro tiempo es sabio... Lo que en otro tiempo era simplemente
malsano, hoy es indecente, es indecente ser hoy cristiano. Y aquí
comienza mi náusea. Yo miro en torno a mi: ya no queda una palabra
de todo lo que en otro tiempo se llamaba verdad; nosotros no podemos
ya soportar que un sacerdote pronuncie solamente la palabra verdad.
Aun teniendo las más modestas pretensiones a la probidad, hoy se debe
saber que un teólogo, un sacerdote, un Papa, con cualquier frase que
pronuncia no sólo se equivoca, sino que miente, y que no es ya libre de
mentir por inocencia, por ignorante. También sabe el sacerdote, como lo
sabe cualquiera, que no hay Dios, ni pecado, ni redentor; que libre
albedrío y orden moral del mundo son mentiras: la seriedad, la profunda
victoria del espíritu sobre si mismo no permiten ya a nadie que sea
ignorante sobre estas cosas... Todas las concepciones de la Iglesia son
reconocidas por lo que son, como la más triste acuñación de moneda
falsa que ha existido hecha con el fin de desvalorizar la Naturaleza y los
valores naturales: el sacerdote mismo es reconocido como lo que es,
como la más peligrosa especie de parásito, como la verdadera araña
venenosa de la vida... Nosotros sabemos, nuestra conciencia sabe hoy,
qué valen en general aquellas funestas ínvenciones de los sacerdotes y
de la iglesia, de qué servirán, esto es, para conseguir aquel estado de
damnificación de la humanidad, cuyo espectáculo produce náuseas, los
conceptos de más allá, juicio final, inmortalidad del alma, el alma
misma, sin instrumentos de tortura y sistemas de crueldad, en virtud de
los cuales el sacerdote se hizo el amo y siguió siendo el amo... Todos
saben esto, y sin embargo todo sigue igual. Donde ha ido a parar el
último sentimiento del decoro, del respeto de si mismo, si hasta
nuestros hombres de Estado – por lo demás, una especie de hombres y
de anticristianos bastante descocada en la práctica – se llamean aun hoy
cristianos y toman la comunión?
¡Un joven príncipe a la cabeza de sus regimientos, espléndido
como expresión del egoísmo y de la elevación de su pueblo, profesa sin
pudor el cristianismo! Pero ¿que es lo que niega el cristianismo? ¿Qué es
lo que llama mundo? El hecho de ser soldado, de ser juez, de ser
patriota; el de defenderse, de atenerse al propio honor, de querer el
propio provecho, de ser orgulloso... Toda práctica de cada momento,
todo instinto, toda valoración que se convierte en hecho es hoy
anticristiana; ¿qué aborto de falsedad debe ser el hombre moderno para
no avergonzarse todavía de llamarse cristiano!
39
Retrocedamos y contemos la verdadera historia del cristianismo.
Ya la palabra cristiano es un equivoco: en el fondo no hubo más que un
cristiano, y éste murió en la cruz. El Evangelio murió en la cruz. Lo que
a partir de aquel momento se llamó evangelio era lo contrario de lo que
él vivió; una mala nueva, un Dysangelium. Es falso hasta el absurdo ver
la característica del cristiano en una fe, por ejemplo, en la fe de le
redención por medio de Cristo; únicamente la práctica cristiana, el vivir
como vivió el que murió en la cruz es lo cristiano... Aun hoy, tal vida es
posible para ciertos hombres, y hasta necesaria: el verdadero, el
originario cristianismo será posible en todos los tiempos. No una
creencia, sino un obrar, sobre todo, un no hacer muchas cosas, un ser
de otro modo... Los estados de conciencia, por ejemplo, una fe, un tener
por verdadero – toda sicología sobre este punto – son perfectamente
indiferentes y de quinto orden, comparados con los valores de los
instintos; hablando más rigurosamente, toda la noción de causalidad
espiritual es falsa. Reducir el hecho de ser cristianos, la cristiandad, al
hecho de tener una cosa por verdadera, a un simple fenomenalismo de
la conciencia, significa negar el cristianismo. En realidad, jamás hubo
cristianos. El cristiano es simplemente una psicológica incomprensión de
sí mismo. Si mira mejor en él verá que, a despecho de toda fe, dominan
simplemente los instintos, ¡y qué instintos!
La fe fue en todos los tiempos, por ejemplo, en Lutero, sólo una
capa, un pretexto, un telón, detrás del cual los instintos desarrollaban
su juego; una hábil ceguera sobre la dominación de ciertos instintos... le
fe – ya la he llamado yo la verdadera habilidad cristiana –: se habló
siempre de fe, se obró siempre por sólo el instinto... En el mundo
cristiano de las ideas no se presenta nada que tanto desflore la realidad;
por el contrario, en el odio instintivo contra toda realidad reconocemos
el único elemento impelente en la raíz del cristianismo. ¿Qué es lo que
se sigue de aquí? Se sigue que también in psychologysis el error es
radical, o sea determinante de la esencia, o sea de la sustancia. Quítese
aquí una sola idea, póngase en su puesto una sola realidad, y todo el
cristianismo se precipita en la nada. Mirando desde lo alto, este hecho
insólito entre todos los hechos, una religión no sólo plagada de errores,
sino sólo creadora de errores nocivos, que envenenan la vida y el
corazón, y hasta genial en inventarlos, es un espectáculo para los
dioses, para divinidades, que lo son también los filósofos, y que yo, por
ejemplo, he hallado en aquellos famosos diálogos de Naxos. En el
momento en que la náusea abandona a estas divinidades (¡y nos
abandona a nosotros!) se hacen agradecidas al espectáculo que ofrecen
los cristianos; aquella miserable pequeña estrella que se llama Tierra,
merece acaso únicamente en gracia a este curioso caso una mirada
divina, un interés divino... Nosotros estimamos muy poco el
cristianismo: el cristiano falso hasta la inocencia deja atrás a los monos;
respecto de los cristianos, una conocida teoría de la descendencia es
una pura amabilidad...
40
El hecho del Evangelio se decide con la muerte, está suspendido
de la Cruz... Precisamente la muerte, aquella muerte inesperada y
vergonzosa; precisamente la cruz, que en general estaba reservada
solamente a la canalla, sólo esta horrible paradoja puso a los discípulos
frente al verdadero enigma: ¿quién era éste?, ¿qué era esto? El
sentimiento sacudido y profundamente ofendido, la sospecha de que
semejante muerte pudiera ser la refutación de su causa, el terrible signo
de interrogación ¿por que precisamente así?, este estado de ánimo se
comprende harto fácilmente. Aquí todo debía ser necesario, tenía un
sentido, una razón, una altísima razón; el amor de un discípulo no
conoce e! azar. Sólo entonces se abrió el abismo: ¿quién lo abrió?,
¿quién fue su enemigo natural? Esta pregunta fue lanzada como un
relámpago. Respuesta: el judaísmo "dominante", su clase más alta.
Desde aquel momento los hombres se sintieron en rebelión contra el
orden social, al punto se sintió a Jesús como en rebelión contra el orden
social. Hasta entonces faltaba en su figura este rasgo belicoso, negador,
por la palabra y la acción; aún es más: era todo lo contrario.
Evidentemente, la pequeña comunidad no comprendió justamente lo
principal, lo que constituía un modelo en este modo de morir: la
libertad, la superioridad sobre todo sentimiento de rencor; ¡signo de
cuán poco se comprendía de él en general! En sí, Jesús, con su muerte,
no pudo querer otra cosa que dar públicamente la prueba, la
demostración poderosa de su doctrina... Pero sus discípulos estaban
muy lejos de perdonar su muerte, lo que habría sido evangélico en el
más alto sentido, o de "ofrecerse" a semejante muerte con dulce y
amable tranquilidad de corazón... Prevaleció el sentimiento menos
evangélico: la venganza. Era imposible que la causa concluyese con esa
muerte: hubo necesidad de represalias, de juicio (y, sin embargo, ¿qué
cosa menos evangélica que la represalia; el castigo, el juzgar?) Una vez
más pasó al primer término la expectación popular de un Mesías; se
tomó en consideración un momento histórico: el reino de Dios había de
venir para juzgar a sus enemigos... Pero con esto se confundió todo: ¡el
reino de Dios considerado como acto final, como promesa! El Evangelio,
sin embargo, había sido precisamente la existencia, el cumplimiento, la
realidad de este reino de. Dios. Entonces precisamente se introdujo en
el tipo del maestro todo el desprecio y la amargura contra los fariseos y
los teólogos, ¡y con este se hizo de él un fariseo y un teólogo! Por otra
parte, la salvaje veneración de estas almas salidas completamente de
sus quicios no toleró ya la igualdad de todos los hombres como hijos de
Dios, igualdad evangélica que Jesús había predicado: su venganza
consistió en levantar en alto a Jesús de un modo extravagante, en
separarlo de ellos: lo mismo que en otro tiempo los hebreos, para
vengarse de sus enemigos, separaron de ellos a su propio Dios y lo
elevaron en alto. El Dios único, el único hijo de Dios; ambos son
productos del rencor...
41
Entonces surgió un absurdo problema: ¿cómo pudo Dios permitir
esto? A esta pregunta, la razón de la pequeña comunidad perturbada
encontró una respuesta terriblemente absurda: Dios dio su hijo para la
remisión de los pecados, como víctima. ¡De este modo se concluyó de
un golpe con el Evangelio! ¡El sacrificio expiatorio, en su forma más
repugnante y bárbara, el sacrifico del inocente por los pecados de los
pecadores! ¿Qué horrible paganismo! Jesús había abolido el mismo
concepto de culpa; negado todo abismo entre Dios y el hombre; había
concebido esta unidad entre Dios y el hombre como su buena nueva...
¡Y no como privilegio! ¡Desde aquel momento se llegó, gradualmente, a
crear el tipo de redentor: la doctrina del Juicio y del retorno, la doctrina
de la muerte como una muerte expiatoria, la doctrina de la resurrección,
con la que es anulado todo el concepto de bienaventuranza, la única y
total realidad del Evangelio, en provecho de un estado subsiguiente a la
muerte... Pablo logificó luego sobre esta concepción, sobre esta
imprudente concepción, con aquella desfachatez rabínica que le
distinguía en todas las ocasiones: “si Cristo no resucitó después de la
muerte, nuestra fe es vana”. Y de golpe se hizo del Evangelio la más
despreciable de todas las promesas irrealizables: la impúdica doctrina
de la inmortalidad personal...! ¡Pablo mismo la predicó como una
recompensa!...
42
Se ve lo que acaba con la muerte en la Cruz: una disposición
nueva y completamente original para un movimiento budístico de paz,
para una efectiva y no sólo prometida felicidad en la tierra. Porque ésta
sigue siendo – ya lo he puesto de relieve – la diferencia fundamental
entre las dos religiones de decadencia: 'el budismo no promete, sino
que cumple; el cristianismo lo promete todo, pero no cumple nada.
A la buena nueva siguió de cerca la pésima nueva: la de Pablo. En
Pablo se encarna el tipo opuesto al de buen mensajero, el genio del
odio, de la inexorable lógica del odio. ¿Qué ha sacrificado al odio este
disangelista? Ante todo, el redentor: le clavó en la cruz. La vida, el
ejemplo, la doctrina, la muerte, el sentido y el derecho de todo el
Evangelio, nada existió ya cuando este monedero falso, movido por el
odio, comprendió qué era lo que únicamente necesitaba. ¡No la realidad,
no la verdad histórica! Y una vez más el instinto sacerdotal de los
hebreos cometió el mismo gran delito contra la Historia: borró
simplemente el ayer, el antes de ayer del cristianismo: inventó por si
una historia del primer cristianismo. Aún más: fabricó una vez más la
historia de Israel, para que apareciera como la prehistoria de su obra:
todos los profetas pan hablado de ese redentor... La Iglesia falsificó más
tarde hasta la historia de la Humanidad, haciendo de ella la prehistoria
del cristianismo... El tipo del redentor, su doctrina, su práctica, su
muerte, el sentido de la muerte, hasta lo que sucede después de la
muerte, nada permaneció intacto, nada permaneció ni siquiera
semejante a la realidad. Lo que hizo Pablo fue simplemente transferir el
centro de gravedad de toda aquella existencia detrás de tal existencia,
en la mentira del Jesús resucitado. En el fondo, tuvo necesidad de la
muerte en la Cruz y de algo más... Crecer sincero a Pablo, que tenía su
patria en la sede principal de la luminosa filosofía estoica, cuando con
una alucinación se dispone la prueba de la supervivencia del redentor, o
bien prestar fe a su relación de haber él mismo tenido esta alucinación,
sería, por parte de un filósofo, una verdadera necedad: Pablo quiere el
fin, por consiguiente, quiere los medios... Lo que él mismo no creía, lo
creyeron los idiotas entre los cuales sembró él su doctrina.
Su necesidad era el poder: con Pablo, el sacerdote quiere una vez
más el poder; sólo podía servirse de ideas, teorías, símbolos con los que
se tiraniza a las masas y se forman los rebaños. ¿Qué es lo que Mahoma
únicamente tomó a préstamo, más tarde, del cristianismo? La invención
de Pablo, su medio para llegar a la tiranía del sacerdote: la creencia en
la inmortalidad, o sea la doctrina del juicio...
43
Si se coloca el centro de gravedad de la vida no en la vida, sino en
el más allá – en la nada –, se ha arrebatado el centro de gravedad a la
vida en general. La gran mentira de la inmortalidad personal destruye
toda razón, toda naturaleza en el instinto; todo lo que en los instintos es
benéfico, favorable a la vida; todo lo que garantiza el porvenir despierta
desde entonces desconfianza. Vivir de modo que la vida no tenga ningún
sentido, es ahora el sentido de la vida... ¿A qué fin solidaridad, a qué fin
gratitud por el origen y por los antepasados, a que fin colaborar con
confianza, promover y proponerse un bien común?... Estas son otras
tantas tentaciones, otras tantas desviaciones del justo camino: una sola
cosa es necesaria... No se puede mirar con bastante desprecio la
doctrina según la cual cada uno de nosotros, en calidad de alma
inmortal, tiene igual categoría que los demás: y en la colectividad de
todas las criaturas la salvación de cada individuo puede pretender una
importancia eterna, y todos los hipócritas y semilocos (Dreiviertes-
Verrückte) pueden imaginar que por su amor las leyes de la Naturaleza
serán constantemente infringidas; no se puede mirar con bastante
desprecia semejante elevación de toda clase de egoísmos que llega al
infinito, a la impudicia...
Y, sin embargo, el cristianismo debe su victoria a esta miserable
adulación de la vanidad personal; con esto precisamente ha convertido a
si todo lo que está mal formado, lo que tiene intenciones de revuelta, lo
que se encuentra mal, todo el desecho y la hez de la Humanidad. La
salvación del alma significa que el mundo gira en torno a mi... El veneno
de la doctrina de la igualdad de derechos para todos fue vertido y
difundido por el cristianismo; partiendo de los rincones más ocultos de
los malos instintos, ha movido una guerra mortal a todo sentimiento de
respeto y de distancia entre hombre y hombre, es decir, a la premisa de
toda elevación, de todo aumento de cultura: del rencor de las masas
hizo su arma principal contra nosotros, contra todo lo que es noble,
alegre, generoso, en la tierra, contra nuestra felicidad en la tierra...
Conceder la inmortalidad a cualquiera fue hasta ahora el mayor y más
pérfido atentado contra la humanidad noble.
¡Y no demos poca importancia al hecho de que el cristianismo se
ha insinuado aun en la política! Nadie tiene hoy ya el valor de los
privilegios, de los derechos patronales, de experimentar sentimientos de
respeto de sí mismo y de sus semejantes; de sentir el pathos de la
distancia... ¡Nuestra política está enferma de esta falta de valor!
La aristocracia de la mentalidad fue más subterráneamente
minada por la mentira de la igualdad de las almas: y si la creencia en el
privilegio de la mayoría hace revoluciones y las seguirá haciendo, el
cristianismo es, no se dude, las valoraciones cristianas: ¡son las que
convierten en sangre y delitos toda revolución! El cristianismo es una
insurrección de todo lo que se arrastra a ras de la tierra contra lo que
está arriba: el Evangelio de los humildes hace humildes...
44
Los Evangelios son inestimables como testimonios de la
corrupción, ya intolerable, que existía en el seno de las primeras
comunidades cristianas. Aquello que más tarde condujo Pablo a feliz
término con el cinismo lógico de un rabino, no fue más que un proceso
de decadencia que comenzó con la muerte del Redentor. Hay que leer
los Evangelios con grandísimas precauciones: detrás de cada palabra
hay una dificultad. Yo admito, y de esto se me deberá gratitud, que
precisamente por eso son para un psicólogo una diversión de primer
orden: como lo contrario de toda corrupción ingenua, como sofisticación
por excelencia, como una obra maestra de corrupción psicológica. Los
Evangelios tienen sustancialidad propia. La Biblia, en general, no resiste
ningún parangón. Estamos entre hebreos: primer punto de vista para no
perder por completo el hilo conductor. La transferencia de si mismo a la
santidad, transferencia que precisamente se convierte en genio y que no
fue nunca alcanzada en otra parte por hombres ni por libros, esta
acuñación de moneda falsa, no es un caso de dotes especiales de un
individuo, de un temperamento de excepción. Para esto es necesaria la
raza. En el cristianismo, entendido como el arte de mentir santamente,
el judaísmo entero, una preparación y una técnica judaica muy seria,
que duró muchos siglos, consigue la maestría. El cristiano, esta última
ratio de la mentira, es una vez más el hebreo; mejor tres veces más...
La voluntad sistemática de emplear solamente conceptos, símbolos,
gestos, que es demostrada por la práctica del sacerdote; la instintiva
repugnancia a cualquier otra práctica, a cualquier otro género de
perspectiva de valor y de utilidad, todo esto no es sólo tradición, es
"herencia"; sólo en calidad de herencia obra como naturaleza. Toda la
Humanidad, y hasta los mejores testigos de los mejores tiempos
(exceptuando uno sólo, el cual acaso es sencillamente un superhombre),
se dejaron engañar. Se leyó el Evangelio como el libro de la inocencia...;
nadie indicó con que maestría se recita en el Evangelio una comedia.
Ciertamente, si llegásemos a verla, aunque sólo fuera de pasada,
todos estos maravillosos hipócritas y santos artificiales, toda esta
comedia, terminarían; y precisamente porque no leo una palabra sin ver
gestos, acabo por dejarla... Yo no puedo soportar su modo de elevar sus
ojos al cielo ... Afortunadamente, para los más los libros son mera
literatura. No debemos dejarnos engañar; ellos dicen: no juzguéis, pero
mandan al infierno a todo lo que constituye un obstáculo en su camino.
Haciendo juzgar a Dios, juzgan ellos mismo; glorificando a Dios se
glorifican ellos mismos: exigiendo la virtud de que ellos mismos son
capaces – es decir, la virtud de que tienen necesidad para conservar la
dominación –, se dan grandes aires de luchar por la virtud, de combatir
por el predominio de la virtud. "Nosotros vivimos, nosotros morimos,
nosotros nos sacrificamos por el bien" (esto es, por la verdad, por la luz,
por el reino de Dios); en realidad, hacen lo que no pueden menos de
hacer. Mientras que, a modo de hipócritas, se muestran humildes, se
ocultan en los rincones, viven como sombras en la sombra, hacen de
esto un deber: su vida de humildad aparece como un deber, y como
deber es una prueba más de piedad hacia Dios... ¡Ah, que humilde,
casto, misericordioso modo de impostura! ¡La virtud misma es
confiscada por esa gentecilla; ellos saben cuál es la importancia de la
moral!
La realidad es que aquí la más consciente presunción de elegidos
desempeña el papel de modestia; desde entonces se han formado dos
partidos: el partido de la verdad, o sea ellos mismos, la comunidad, los
buenos y los justos, y, de otra parte, el resto del mundo... Este fue el
más funesto delirio de grandezas que hasta ahora existió en la tierra:
pequeños abortos de hipócritas y mentirosos comenzaron a reivindicar
para si los conceptos de Dios, verdad, luz, espíritu, amor, sabiduría,
vida, casi como sinónimos de ellos mismos, para establecer así un limite
entre ellos y el mundo; pequeños superlativos de hebreos, maduros
para toda clase de manicomio, hicieron girar en torno a ellos mismos
todo valor, como si precisamente el cristiano fuese el sentido, la sal, la
medida y también el último tribunal de todo lo demás...
Este funesto acontecimiento sólo se hizo posible por el hecho de
que ya había en el mundo un género afín de delirio de grandeza, afín
por raza: el judaico; apenas se abre el abismo entre hebreos y hebreocristianos,
a estos , últimos no les quedó otra elección que emplear
contra ellos mismos, contra los hebreos, los mismos procedimientos de
conservación que el instinto judaico aconsejaba, mientras que hasta
entonces los hebreos lo habían empleada contra todo lo que no era
hebreo. El cristiano es sólo un hebreo de confesión más libre.
45
Doy un cierto número de pruebas de aquello que se le metió en la
cabeza a esa gentecilla, de lo que puso en labios de su maestro: simples
profesiones de fe de bellas almas.
“Y todos aquellos que no os recibieren ni os oyeren, saliendo de
allí, sacudid el polvo que está debajo de vuestros pies, en testimonio a
ellos. De cierto os digo que más tolerable será, el castigo de los de
Sodoma y Gomorra el día del Juicio que el de aquella ciudad.” (Marcos,
6, 11.) ¡Qué evangélico es esto!
“Y cualquiera que escandalizare a uno de estos pequeñitos que
creen en mi, mejor le fuera si se le atase una piedra de molino el cuello,
y fuera echado en la mar.” (Marcos, 9, 42.) ¡Qué evangélico es esto!
“Y si tu ojo te fuere ocasión de caer, sácalo: mejor te es entrar al
reino de Dios con un ojo que teniendo dos ojos ser echado a la
Gehenna, donde el gusano de ellos no muere y el fuego nunca se
apaga.". (Marcos 9, 47.) No se trata precisamente de los ojos...
"También les dijo: «De cierto os digo que hay algunos de los que
están aquí que no gustarán la muerte basta que hayan visto el reino de
Dios, que viene con potencia»”.) (Marcos, 9, 1.) Mientes muy bien, ¿oh
león!
“Cualquiera que quisiere venir en pos de mi, niéguese a si mismo,
y tome su cruz y sígame. Porque... “ (“Observación de un psicólogo!”: la
moral cristiana es refutada por sus porqués; sus argumentos refutan, y
esto es cristiano.) (Marcos, 8, 94.)
“No Juzgaréis, para que no seáis juzgados. Porque con el juicio
con que juzguéis seréis juzgados: y con la medida con que medís, os
volverán a medir". (Mateo. 7, 1.) ¡Qué concepto de la Justicia, de un
juez justo!...
“Porque si amareis a los que os aman, ¿qué recompensa
tendréis!? ¿No hacen también lo mismo los publicanos? Y si abrazaseis a
vuestros hermanos solamente, ¿qué hacéis de más? ¿No hacen así
también los Gentiles?" (Mateo, 5, 46.) Principio del amor cristiano: en
fin de cuentas, quiere ser bien pagado...
“Mas si no perdonareis a los hombres sus ofensas, tampoco
vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas.” (Mateo, 6, 15.) Muy
comprometedor para el susodicho Padre...
"Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas
estas cosas os serán añadidas." (Mateo 6, 33.) Todas estas cosas, es
decir: comida, vestidos, todo lo que hace falta en la vida. Es un error
para hablar modestamente... Poco antes, Dios aparece en calidad de
sastre; por lo menos, en ciertos casos...
"Gozaos en aquel día, y alegraos, "porque he aquí vuestro
galardón es grande en los cielos, porque así hacían sus padres a los
profetas." (Lucas, 6, 23.) ¡Oh cínica canalla! Ya se compara con los
profetas...
"¿No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios
mora en vosotros? Si alguno violare el templo de Dios, Dios destruirá al
tal; porque el templo de Dios, el cual sois vosotros, santo es." (Pablo, a
los corintios. I, 3, 16.) Cosas como esta no serán nunca bastante
despreciadas...
"¿O no sabéis que los santos han de juzgar al mundo? Y si el
mundo ha de ser juzgado por vosotros, ¿sois indignos de juzgar cosas
muy pequeñas?" (Pablo a los corintios, I, 6, 2.) Desgraciadamente, esto
no es sólo el discurso de un loco... Este terrible mentidor continúa,
textualmente, así: "¿O no sabéis que hemos de juzgar a los ángeles?
¿Cuánto más las cosas de este siglo?"
"¿No ha enloquecido Dios la sabiduría del mundo? Porque por no
haber el mundo conocido la sabiduría de Dios, a Dios por sabiduría.
agradó a Dios salvar a los creyentes por la locura de la predicación....No
sois muchos sabios, según la carne; no muchos poderosos, no muchos
nobles, Antes, lo necio del mundo escogió Dios para avergonzarnos a los
sabios; y lo flaco del mundo escogió Dios para avergonzar lo fuerte: y lo
vil del mundo y lo menospreciado escogió Dios, y lo que no es, para
deshacer lo que es: para que ninguna carne se jacte de su presencia."
(Pablo, a los corintios, 1, 20 y sig.) Para comprender este pasaje,
testimonio capital de la sicología de toda moral de chandala, léase la
primera parte de mi Genealogía de la moral; en ella se pone de
manifiesto por primera vez la contradicción entre una moral noble y una
moral de chandala, nacida del rencor y de la venganza impotente. Pablo
fue el mayor de los apóstoles de la venganza...
46
¿Qué se deduce de aquí? De aquí se deduce que es conveniente
ponerse los guantes cuando se lee el Nuevo Testamento. Casi nos obliga
a ello la presencia de tanta impureza. Nos guardaremos de escoger para
el trato cristianos primitivos, como nos guardaríamos de los judíos
polacos: no hay que oponerles reparo alguno, pero tienen mal olor.
En vano he buscado en el Nuevo Testamento un rasgo simpático:
nada hay en él que sea libre, benévolo, franco ni honesto. Aquí no ha
comenzado todavía el humanismo, falta el instinto de limpieza; en el
Nuevo Testamento no hay mas que malos instintos. Todo es vileza; todo
allí es un cerrar los ojos y un engañarse a si mismo. Cuando se ha leído
el Nuevo Testamento, cualquier otro libro parece limpio: para poner un
ejemplo, yo, después de haber leído a san Pablo, leí con verdadero
arrebato a Petronio, aquel gracioso y petulante humorista, del cual se
podría decir lo que Domenico Boccaccio escribía de César Borgia al
duque de Parma: "Es inmortalmente sano, inmortalmente sereno y bien
constituido: e tutto festo..."
Estos hipocritillas desbarran precisamente en lo esencia. Atacan,
pero todo lo que es atacado por ellos se hace por esto mismo
distinguido. Cuando un cristiano primitivo ataca, el atacado no resulta
con mancha; por el contrario es un honor tener contra si cristianos
primitivos. No se puede leer el Nuevo Testamento sin sentir predilección
por lo que en él resulta maltratado, para no hablar de la sabiduría de
este mundo, que un descarado fanfarrón intenta en vano desacreditar
con predicaciones estúpidas... Hasta los escribas y los fariseos han
sacado provecho de semejantes adversarios: debieron tener algún valor
para ser odiados de manera tan indecente. ¡La hipocresía, he aquí un
reproche que los cristianos primitivos tendrían derecho a hacer! Por
último, escribas y fariseos eran privilegiados; esto basta; el odio de los
chandalas no tiene necesidad de otros motivos. El primer cristiano, y
temo que también el último cristiano, que acaso yo viva lo suficiente
para ver es rebelde por un profundo instinto contra todo lo que es
privilegiado; vive y combate siempre por la igualdad de derechos... Si se
observa mejor, no tiene elección. Si se quiere ser, personalmente, un
elegido de Dios, o un templo de Dios, o un juez de los ángeles, entonces
todo otro principio de elección, por ejemplo, la elección fundada en la
probidad, en el espíritu y en el orgullo, en la belleza y en la libertad del
corazón, me hace simplemente mundo, el mal en sí... Moraleja: toda
palabra en labios de un cristiano primitivo es una mentira, cada una de
sus acciones es una falsedad instintiva; todos sus valores, todos sus
fines son nocivos, pero lo que odia, esto tiene valor... El cristiano, el
cristiano sacerdote particularmente, es un criterio de valores.
Debo aún añadir que en todo el Nuevo Testamento se encuentra
una sola figura que se deba honrar: Pilatos, el gobernador romano.
Tomar en serio un asunto entre judíos, es cosa a la que no se resuelve.
Un judío de más o menos, ¿qué importancia tiene?... La noble ironía de
un romano, ante el cual se ha hecho un cínico abuso de la palabra
verdad, ha enriquecido el Nuevo Testamento con la única palabra que
tiene valor, que es por si la critica y aun el aniquilamiento del Nuevo
Testamento: ¿qué es la verdad?...
47
Lo que nos distingue no es el hecho de que no encontramos a Dios
ni en la historia, ni en la naturaleza, ni detrás de la naturaleza, sino el
hecho de que consideramos lo que se oculta bajo el nombre de Dios, no
como divino, sino como miserable, absurdo, nocivo; no sólo como error,
sino como delito contra la vida... Nosotros negamos a Dios en cuanto
Dios... Si se nos demostrase este Dios de los cristianos, creeríamos aún
menos en él. Para expresarnos con una fórmula: Deus, qualem Paulus
creavit, dei negatio.
Una religión como el cristianismo, que en ningún punto se
encuentra en contacto con la realidad, que se quiebra en cuanto la
verdad adquiere sus derechos aun en un solo punto, debe naturalmente
ser enemiga mortal de la sabiduría del mundo, o sea de la ciencia; debe
aprobar todos los medios con que la disciplina del espíritu, la pureza y la
serenidad en los casos de conciencia del espíritu, la noble frialdad y
libertad del espíritu pueden ser envenenadas, calumniadas, difamadas.
La fe como imperativo es el veto contra la ciencia; en la práctica es la
mentira a toda costa... Pablo comprendió que la mentira – que la fe – es
necesaria; a su vez la Iglesia, más tarde, comprendió a Pablo.
Aquel Dios que Pablo se inventó, un Dios que desacredita la
sabiduría del mundo (o en sentido estricto, los dos grandes adversarios
de toda superstición: la filología y la medicina), no es en realidad mas
que la resuelta decisión de Pablo de llamar Dios a su propia voluntad, la
Thora; esto es Judaico, Pablo quiere desacreditar la sabiduría del
mundo: sus enemigos son los buenos filólogos y los médicos de la
escuela alejandrina; a éstos les hace la guerra. En realidad, no se es
filólogo y médico sin ser al mismo tiempo anticristiano. Porque en
calidad de filólogos se mira detrás de los libros santos, y en calidad de
médicos sé ve detrás del cristiano típico la degeneración psicológica. El
médico dice: Incurable; el filólogo dice: Charlatanería.
48
¿Se ha entendido bien la famosa historia que se encuentra al
principio de la Biblia, la del terrible miedo de Dios ante la ciencia? No se
ha comprendido. Este libro de sacerdotes por antonomasia comienza,
como es justo, con la gran dificultad íntima del sacerdote: el sacerdote
tiene un solo peligro, por consiguiente, Dios tiene sólo un gran peligro.
El viejo Dios, todo espíritu, todo gran sacerdote, todo perfección,
pasea por distracción en sus jardines; pero se aburre. En vano luchan
contra el tedio los dioses mismos. ¿Qué hace Dios? Inventa al hombre;
el hombre es divertido... Pero he aquí que también el hombre se aburre,
La compasión de Dios por la única miseria que todos los Paraísos tienen
en si, no conoce limites: pronto creó otros animales. Primer error de
Dios: el hombre no encontró divertidos a los animales – fue su amo, no
quiso ser un animal. Después de esto Dios creó a la mujer. Y, en
realidad, entonces acabó de aburrirse; pero acabaron también otras
cosas. La mujer fue el segundo error de Dios. "La mujer es, por su
naturaleza, serpiente: Eva"; esto lo sabe todo sacerdote; "de las
mujeres procede todo el mal sobre la tierra"; esto también lo sabe todo
sacerdote. "Por consiguiente, también de ella viene la ciencia..."
Precisamente, de la mujer aprende el hombre a gustar el árbol del
conocimiento.
¿Qué había sucedido! El viejo Dios se vio acometido de un
tremendo error. El hambre mismo se había hecho su mayor error; Dios
se había creado un rival: la ciencia nos hace iguales a Dios; ¡cuando el
hombre se hace sabio han terminado los sacerdotes y los dioses!
Moraleja: la ciencia es la cosa vedada en si, es lo único vedado. La
ciencia es el primer pecado, el germen de todos los pecados, el pecado
original. Sólo esto es la moral. Tú no debes conocer: todo lo demás se
sigue de aquí. El tremendo miedo experimentado por Dios no le impidió
ser hábil. ¿Cómo nos defenderemos de la ciencia? Este fue durante
mucho tiempo su problema capital. Respuesta: ¡Arrojemos al hombre
del Paraíso! La felicidad, el ocio, conducen a pensar; todos los
pensamientos son malos pensamientos... El hombre no debe pensar.
Y el sacerdote en sí inventa la miseria, la muerte, los peligros
mortales del parto, toda clase de sufrimientos, de dolores, de fatigas, y
sobre todo la enfermedad; ¡simples medios en la lucha contra la ciencia!
La miseria le impide al hombre pensar... Y, sin embargo, ¡cosa terrible!,
la obra de la ciencia se eleva, llega hasta el cielo, haciendo palidecer a
los dioses. ¿Qué hacer? El viejo Dios inventa la guerra, separa a los
pueblos, hace que los hombres se destruyan unos a otros (los
sacerdotes tuvieron siempre necesidad de la guerra). ¡De la guerra. que,
entre otras cosas, es una gran perturbadora de la paz de la ciencia! ¡Oh
cosa increíble! No obstante la guerra, la ciencia, la emancipación del
poder del sacerdote, aumentan. Y una última decisión se presenta al
viejo Dios: El hombre se ha hecho científico: no sirve, hay que ahogarlo.
49
¿Se me ha entendido? El comienzo de la Biblia contiene toda la
sicología del sacerdote. El sacerdote sólo conoce un peligro: la ciencia,
el sano concepto de causa y efecto. Pero la ciencia prospera
conjuntamente sólo en situaciones favorables; hay que tener tiempo,
hay que tener espíritu de sobra para investigar ., Por consiguiente, se
debe hacer al hombre infeliz: ésta fue en todo tiempo la lógica del
sacerdote.
Ya se adivina qué ha entrado en el mundo con arreglo a esta
lógica: el pecado. El concepto de culpa y de castigo, todo el orden moral
del mundo fue inventado contra la ciencia, contra el rescate del hombre
de los sacerdotes...
El hombre no debe mirar fuera de sí, sino dentro de si; no debe
mirar las cosas con habilidad y prudencia para aprender; en general, no
debe mirar; debe sufrir... Y debe sufrir de modo que tenga
constantemente necesidad del sacerdote. ¡Fuera los médicos! ¡Hay
necesidad de un salvador! ¡El concepto de culpa y de castigo,
comprendida la doctrina de la gracia, de la redención, del perdón -todas
completas mentiras privadas de toda realidad psicológica- fue inventado
para destruir en el hombre el sentido de las causas; fue un atentado
contra la nación de causa y afecto! ¡Y no un atentado realizado con el
puño, con el cuchillo, con la sinceridad con el odio y en el amor , sino
partiendo de los instintos más viles, más astutos, más bajos! ¡Un
atentado de sacerdotes! ¡Un atentado de parásitos! ¡Un vampirismo de
pálidas sanguijuelas subterráneas!... Si las consecuencias naturales
de una acción no son ya naturales, si no que se fantasea que sean
influidas por conceptos fantasmas de la superstición, por Dios, por
espíritus, por almas, como consecuencias puramente morales, con
premio castigo, indicación, medio de educación, es destruida la premisa
de la ciencia y se ha cometido el mayor delito contra la humanidad, fue
inventado para hacer imposible la ciencia, la civilización y el
ennoblecimiento del hombre; el sacerdote domina gracias a la invención
del pecado.
50
Al llegar a este punto no puedo prescindir de una sicología de la fe
del creyente, a favor, como es justo, de los creyentes. Si tampoco faltan
hoy personas que ignoran cuán indecoroso es el ser creyente – o
cómo esto es un signo de decadencia, de falta de falta de voluntad de
vivir–, ya se sabrá mañana. Mi voz llega incluso los duros de oído.
Parece, si no he comprendido mal, que llama la prueba de la fuerza.
La fe nos hace felices: luego es verdadera. Ante todo, se podría objetar
aquí que la felicidad tampoco está demostrada, sino que no es mas que
una promesa: la felicidad va unida a las :condiciones de la fe: hay que
ser feliz porque se cree...
Pero ¿cómo se puede demostrar que efectivamente su cede lo que
el sacerdote promete al creyente en un más allá inaccesible a todo
control? La presunta prueba de la fuerza es, por consiguiente, a su vez
la creencia en que no faltará aquel efecto que se nos promete por la fe.
Aderezado en una fórmula: "yo creo que la fe nos hace felices; por
consiguiente, la fe es verdadera". Pero con esto estamos ya al cabo de
la calle. Aquel por consiguiente es el absurdo mismo tomado como
criterio de verdad.
Pero supongamos, con alguna indulgencia, que esté demostrado
que la fe asegura la felicidad (que la felicidad no es sólo deseada, no es
sólo prometida de labios, un tanto sospechosos, de los sacerdotes): ¿fue
nunca la felicidad -o para hablar técnicamente, el placer- una prueba de
la verdad? Dista tanto de serlo que casi es lo contrario: en todo caso es
la más vehemente sospecha contra la "verdad", cuando sentimientos de
placer toman la palabra a la pregunta: ¿qué es la verdad? la prueba del
placer es una prueba para el placer, nada mas. ¿De dónde se podrá
sacar que precisamente los juicios verdaderos causan mayor placer que
los falsos, y que, de conformidad con una armonía preestablecida, llevan
necesariamente consigo sentimientos placenteros? La experiencia de
todos los espíritus severos y profundos enseña la contrario: Para
conquistar la verdad hay que sacrificar casi todo lo que es grato a
nuestro corazón, a nuestro amor, a nuestra confianza en la vida. Para
ello es necesario grandeza de alma: el servicio de la verdad es el más
duro de todos los servicios. ¿Qué significa ser probo en las cosas del
espíritu? Significa ser severos con nuestro propio corazón, despreciar los
bellos sentimientos y formarse una conciencia de cada mente...
51
Una breve visita a un manicomio nos enseña con suficiente
claridad que la fe en ciertas circunstancias hace hombres felices, que la
felicidad no hace de una idea fija una idea verdadera, que la fe no
transporta las montañas, sino que coloca montañas donde no las hay.
Esto no convence a un sacerdote, - porque éste niega por instinto que la
enfermedad sea una enfermedad y el manicomio un manicomio. El
cristianismo tiene necesidad de la enfermedad, casi como la Grecia tenía
necesidad de un exceso de salud: hacer enfermos es la verdadera
intención recóndita de todo el sistema de salvación propio de la Iglesia.
Y la Iglesia misma, ¿no es el manicomio católico como último ideal? ¿La
tierra en general, como manicomio? El hombre religioso, cual le quiere la
Iglesia, es un decadente típico; el momento en que una crisis religiosa
se posesiona de un pueblo es siempre caracterizado por epidemias
nerviosas; el mundo interno del hombre religioso se parece al mundo
interior de los sobreexcitados y de los agotados, hasta el punto de
confundirse con él; los más elevados estados de ánimo que el
cristianismo ha colocado sobre la humanidad como valores supremos,
son formas epileptoides: la Iglesia ha santificado solamente a locos o a
grandes impostores in majorem dei honorem... Yo osé una vez definir
todo el training cristiano de la expiación y de la redención (hoy
estudiado especialmente en Inglaterra) como una locura circular
producida metódicamente, como es natural sobre un terreno ya
preparado, o sea fundamentalmente morboso. Nadie es libre de llegar a
ser cristiano: no se convierte la gente al cristianismo, hay que estar
bastante enfermo para el cristianismo...
Nosotros, que tenemos el valor de la salud y también del
desprecio, ¡cuánto derecho tenemos a despreciar una religión que
enseñó a comprender mal el cuerpo, que rehúsa librar a éste de la
superstición sobre el alma! ¡que hace un mérito de la falta de
alimentación! ¡que combate en la salud una especie de enemigo, de
diablo, de tentación!; ¡que se persuadió de que es posible llevar un alma
perfecta en un cuerpo cadavérico, y a este fin debió tomarse una nueva
concepción de la perfección, una criatura pálida, enfermiza, idiotamente
fanática, la dicha santidad, la santidad que es simplemente una serie de
síntomas de un cuerpo empobrecido, enervado, irremediablemente
lesionado!...
El movimiento cristiano como movimiento europeo es, a priori, un
movimiento colectivo de los elementos de desecho y de descarte de
todo género (los cuales quieren llegar con el cristianismo al poder). No
expresa el ocaso de una raza, es un agregado de formas de decadencia
provenientes de todo lugar, las cuales se reúnen y se buscan. No es,
como se cree, la corrupción de la antigüedad misma, de la noble
antigüedad que hizo posible el cristianismo; nunca se combatirá con
suficiente saña el idiotismo erudito que aún sostiene una cosa
semejante. En la época en que las capas sociales enfermizas y dañadas
del chandala se cristianizaron en todo el imperio romano, el tipo
opuesto, la nobleza, existía precisamente en su forma más hermosa y
más dura. El gran número alcanzó el poder: el democratismo de los
instintos cristianos venció... El cristianismo no fue nacional, no se
concretó a una raza, se dirigió a todos los desheredados de la vida;
encontró en todas partes sus aliados. El cristianismo tiene en su base el
rencor de los enfermos, dirige sus instintos contra los sanos, contra la
salud. Todo lo que está bien constituido, todo lo que es altivo, orgulloso,
sobre todo la belleza, lastima sus ojos y sus iodos. Recordaré, una vez
más, la inestimable frase de Pablo: “Lo que es débil a los ojos del
mundo, lo que es loco para el mundo, lo que es innoble y despreciable
para el mundo, fue elegido por Dios"; ésta fue la fórmula, in hoc signo
llegó la decadencia.
Dios en la cruz, ¿todavía no se puede comprender el terrible
pensamiento oculto en este símbolo? Todo lo que es pensamiento, todo
lo que esta suspendido de una cruz es divino... Todos nosotros estamos
suspendidos de una cruz, por consiguiente, todos nosotros somos
divinos... Nosotros solos somos divinos... El cristianismo fue una
victoria, por él pereció una mentalidad más noble; el cristianismo ha
sido hasta hoy la más grande desgracia de la humanidad.
52
fil cristianismo está también en contradicción con toda buena
constitución intelectual: sólo puede valerse de la razón enferma como
razón cristiana, toma el partido de todo lo que es idiota, lanza la
maldición sobre el espíritu, sobre la soberbia del espíritu sano. Como la
enfermedad pertenece a la esencia del cristianismo, también el estado
típico de ánimo cristiano, la fe, debe ser un forma de enfermedad, y
todos los caminas rectos, honrados, científicos, que conducen al
conocimiento deben ser refutados por la Iglesia como caminos
prohibidos. Ya la duda es un pecado... La falta completa de limpieza
psicológica en el sacerdote --que se revela en su mirada-- es un
fenómeno y una consecuencia de la decadencia: obsérvese de un lado
las mujeres histéricas y de otro los niños de constitución raquítica, y se
verá que, ordinariamente, la falsedad instintiva, el placer de mentir por
mentir, son manifestaciones de decadencia. La fe significa no querer
saber qué es la verdad. El pietista, el sacerdote de ambos sexos, es
falso porque es un enfermo: su instinto exige que la verdad no tenga
razón en ningún punto.
"Lo que nos hace enfermos es bueno; lo que proviene de la
abundancia, del exceso, del poder, es malo"; así piensa el creyente. Yo
adivino a todo teólogo predestinado por la esclavitud a la mentira. Otro
indicio del teólogo es su incapacidad para la filología. Por filología debe
entenderse aquí, en sentido muy general, el arte de leer bien; de saber
interpretar los hechos sin falsearlos. Con interpretaciones; sin perder,
por el deseo de comprender, la prudencia, la paciencia, la finura. La
filología como ephexis en la interpretación; ya se trate de libros o de
noticias, de periódicos, de destinos o de hechos meteorológicos, para no
hablar de la salvación del alma...
El modo que un teólogo, ya se encuentre en Berlín o en Roma,
interpreta una palabra de la Escritura o un acontecimiento; una victoria
del ejército nacional, por ejemplo, bajo la alta luz de los salmos de
David, es siempre de tal manera audaz que un filólogo le hace perder la
paciencia. ¿Y qué decir cuando los pietistas y otras vacas de Suavia
justifican su miserable existencia cotidiana con el dedo de Dios, y de él
hacen un milagro de la gracia, de la providencia; un milagro de santa
experiencia? El más modesto empleo del espíritu, para no decir de la
decencia, deberla llevar a estos intérpretes a persuadirse de la completa
puerilidad e indignidad de semejante abuso del dedo de Dios. Si se
tuviese en el cuerpo una medida de piedad, por pequeña que fuera, un
Dios que nos cura oportunamente de un resfrío o que nos hace entrar en
el coche en el momento justo que estalla un gran aguacero, debería ser
un Dios tan absurdo que, si existiese, debería ser abolido. Un Dios cual
mensajero, como cartero, como mercader, es en el fondo una palabra
para indicar la más estúpida especie de todas las casualidades... La
Divina providencia, La “divina providencia”, tal como continúa creyendo
hoy en ella aproximadamente una tercera parte de la “Alemania culta”,
sería una objeción tan fuerte contra Dios, que no se la podría imaginar
mayor. ¡Y en todo caso, es una objeción contra los alemanes!...
53
Es tan falso que los mártires sufran algo por la verdad de una
cosa, que yo me atrevería a negar que jamás un mártir haya tenido
nunca nada que ver con la verdad. En el tono en que un mártir lanza a
la faz del mundo su convicción, se manifiesta ya un grado tan bajo de
probidad intelectual, tal obtusidad para el problema de la verdad, que
nunca hace falta refutar a un mártir. La verdad no es cosa que uno
posea y otro no: sólo ciudadanos o apóstoles de ciudadanos a la manera
de Lutero pueden pensar así en la verdad. Se puede tener seguridad de
que, según el grado de conciencia en las cosas del espíritu, la capacidad
de decidir, la decisión en este punto será siempre mayor. Ser
competente en cinco cosas y rehusar delicadamente ser competente en
lo demás... La verdad, como entiende esta palabra todo profeta, todo
librepensador, todo socialista, todo hombre de Iglesia, es una perfecta
prueba del hecho de que ni siquiera ha comenzado aquella disciplina del
espíritu y aquella superación de si mismo que es necesaria para
encontrar cualquier verdad, por mínima que sea.
Los mártires, dicho sea de pasada, fueron una gran desgracia en
la historia, sedujeron... La conclusión de todos los idiotas, comprendidas
las mujeres y el pueblo, de que tenga valor una causa por la cual
alguien afronta la muerte (o una causa que, como el cristianismo
primitivo, engendra epidemias de gentes que corren a la muerte), esta
conclusión dificultó indeciblemente la investigación, el espíritu de la
investigación y de la circunspección. Los mártires hicieron daño a la
verdad... Hoy mismo basta una cierta crueldad de persecución para
crear un nombre honorable a cualquier sectarismo carente en si de
valor. ¿Cómo? ¿Cambia el valor de una causa él hecho de que alguien
exponga por ella la vida? Un error que llega a ser honorable es un error
que posee un hechizo más para seducir: ¿creéis vosotros, señores
teólogos, que vamos a daros ocasión de haceros mártires por vuestra
mentira? Se refuta una cosa poniéndola cuidadosamente en hielo: así se
refuta también a los teólogos...
Ésta fue, precisamente, en la historia del mundo la estupidez de
todos los perseguidores: que dieron apariencia de honorabilidad a la
causa de los adversarios, que les hicieron el don del hechizo, del
martirio... Aun hoy la mujer se pone de rodillas ante un error, porque se
le ha dicho que alguien murió por este error en la cruz. ¿Es, pues, la
cruz un argumento? Pero sobre todas estas cosas hay uno que ha dicho
la palabra de que había necesidad desde hace miles de años:
Zaratustra.
- "Estos escribieron signos de sangre sobre la senda que
recorrieron, y su locura enseñó que con la sangre se demuestra la
verdad.
"Pero la sangre es el peor testimonio de la verdad; la sangre
envenena la más pura doctrina y la cambia en locura y odio de los
corazones.
"Y si alguien corre el fuego por su doctrina, ¿qué prueba esto? Más
tarde es que la propia doctrina surge del propio incendio"1.
54
No nos dejemos engañar: los grandes espíritus son escépticos.
Zaratustra es un escéptico. La fortaleza, la libertad proveniente de la
fuerza y del exceso de fuerza del espíritu se demuestra mediante el
escepticismo. Los hombres de convicciones no merecen ser tomados en
consideración para todos los principios fundamentales de valor y no
valor. Las convicciones son prisiones. Los convencidos no ven bastantes
lejos, no ven por debajo de si; pero para poder hablar de valor y no
valor se deben mirar quinientas convicciones por abajo de sí detrás de
sí... Un espíritu que apetezca cosas grandes y que quiera también los
medios para conseguirlas, es necesariamente escéptico. La libertad de
toda clase de convicciones forma parte de la fuerza, la facultad de mirar
libremente... La gran pasión, la base y la potencia del propio ser, aún
más iluminada y más despótica que él mismo, toma todo su intelecto a
su servicio: nos limpia de escrúpulos; nos da el valor hasta de usar
medios impíos, en ciertas circunstancias nos concede convicciones. La
convicción puede ser medio; muchas cosas se consiguen sólo por medio
de una convicción. La gran pasión no se somete a ellas, se sabe
soberana.
Viceversa, la necesidad de creer, la necesidad de un absoluto en el
sí y en el no, el carlylismo, si se me permite la expresión, es una
necesidad dé los débiles. El hombre de la fe, el creyente de toda género,
es necesariamente un hombre dependiente, un hombre que no puede
ponerse como fin, que no puede en general poner fines sacándolos de
sí. El creyente no se pertenece a si mismo, sólo puede ser un medio,
debe ser empleado, tiene necesidad de alguien que se valga de el. Su
instinto atribuye el supremo honor a la moral de la despersonalización, a
ésta le persuade todo: su habilidad, su experiencia, su vanidad. Toda
especie de fe es una expresión de despersonalización, de renuncia de sí
mismo... Si pensamos cuán necesario es a la mayor parte de los
hombres un regulador que les ligue y les fije desde el exterior, y cuánto
la constricción, o en sentido más elevado, la esclavitud, es la única y
última condición en que prospera el hombre débil de voluntad, y
especialmente la mujer, se comprende también la convicción o fe. El
hombre de convicciones tiene en la fe su espina dorsal. No ver muchas
1 “Así Hablaba Zaratustra”, ii, 24.
cosas, no sentirse cautivo de nada, ser siempre hombre de partido,
tener una óptica severa y necesaria en todos los valores, todo esto es
condición de la existencia de semejante especie de hombres. Pero con
esto se es lo contrario, el antagonista del veraz, de la verdad... El
creyente no es libre de tener en general una conciencia para el
problema de verdadero y no verdadero: el ser leales en este punto sería
pronto su ruina. La dependencia patológica de su óptica hace del
hombre convencido un fanático --Savonarola, Lutero, Rousseau,
Robespierre. Saint-Simon--, el tipo opuesto del espíritu fuerte y libre.
Pero las grandes actitudes de estos espíritus enfermos, de estos
epilépticos de la idea, impresionan a la masa; los fanáticos son
pintorescos, la humanidad prefiere ver actitudes a oír argumentos...
55
Demos un paso más en la psicología de la convicción, de la fe. Ya
durante largo tiempo he invitado yo a considerar si las convicciones no
son enemigas más peligrosas de la verdad que las mentiras --Humano,
demasiado humano, I, aforismo 483--. Ahora quisiera plantear la
pregunta decisiva: ¿Existe en general una contradicción entre la
convicción y la mentira? Todos creen que si, pero ¡qué no cree la gente!
Toda convicción tiene su historia, sus formas previas, sus errores; se
convierte en convicción después de mucho tiempo de no serlo, después
de haber sido durante largo tiempo apenas tal convicción. ¿Cómo? ¿No
podría también existir la mentira en estas formas embrionarias de la
convicción? Algunas veces sólo hubo necesidad de un cambio de
persona: en el hijo llega a ser convicción lo que en el padre era todavía
mentira. Por mentira entiendo yo no querer ver una cosa que se ve, no
querer verla en el modo que se la ve; no tiene importancia el hecho de
que la mentira se realice ante testigos o sin testigos, la mentira más
común es aquella con la que nos engañamos a nosotros mismos; mentir
a los demás es relativamente el caso excepcional.
Ahora bien, este negarse a ver lo que se ve, este no querer ver en el
modo que se ve una cosa, es casi la primera condición de todos los que
forman un partido, en cualquier sentido; el hombre de partido se hace
necesariamente un hombre que miente. Por ejemplo, los historiadores
alemanes están convencidos de que Roma fue el despotismo, que los
alemanes han traído al mundo el espíritu de libertad. ¿Qué diferencia
hay entre esta convicción y una mentira? ¿Nos podríamos asombrar si
por instinto todos los partidos, aun el partido de los historiadores
alemanes, tuvieran en la boca las grandes frases de la moral, si la moral
sobrevive casi sólo porque el hombre de partido de cualquier género
tiene necesidad de ellas a cada instante? “Ésta es nuestra convicción,
Nosotros la profesamos a la faz de todo el mundo, vivimos y morirnos
por ella – ¡respetad a todo el que tiene convicciones!" –; cosas de esta
índole he oído yo hasta en boca de los antisemitas. ¿Al contrario,
señores míos! Un antisemita no es más respetable por el hecho de que
mienta sistemáticamente... Los sacerdotes, que en tales cosas son más
sutiles y comprenden perfectamente la objeción implícita en el concepto
de convicción, o sea de la mentira sistemática, porque va dirigida a un
fin, han heredado de los hebreos la habilidad de introducir en este lugar
la idea de Dios, voluntad de Dios, revelación divina. El mismo Kant, con
su imperativo categórico, se encontró en el mismo caso: aquí su razón
se hizo práctica.
Hay problemas en los que la decisión sobre la verdad o falsedad
que contienen no está concedida al hombre: todos los más elevados
problemas, todos los sublimes problemas de valor se encuentran más
allá de la razón humana... Comprender los limites de la razón, esto es
precisamente la filosofía... ¿A qué fin concedió Dios al hombre la
revelación? ¿Habría hecho cosa superflua? El hombre no puede saber
por si mismo que es el bien y el mal: por eso Dios le enseñó su
voluntad... Moraleja: el sacerdote no miente, no existe el problema de
verdadero o no verdadero en las cosas de que hablan los sacerdotes;
estas cosas no permiten mentir. Porque para mentir se debería poder
decidir qué es lo verdadero; pero el hombre no puede hacer esto: por
consiguiente, el sacerdote no es mas que el interprete de Dios.
Semejante silogismo de los sacerdotes no es simplemente judaico
y cristiano; el derecho de mentir y la habilidad de la revelación son
propios del tipo sacerdote, tanto de los sacerdotes de la decadencia
como de los del paganismo (paganos son aquellos que dicen si a la vida,
para los cuales Díos es la palabra para decir si a todas las cosas). La ley,
la voluntad de Dios, el libro sagrado, la inspiración, son sólo palabras
para indicar las condiciones en las cuales el sacerdote adquiere el poder,
por las cuales conserva su poder; estos conceptos se encuentran en el
fondo de todas las organizaciones sacerdotales, de todas las
formaciones sacerdotales y filosófico-sacerdotales. La santa mentira es
común a Confucio, al Código de Manú, a Mahoma, a la Iglesia cristiana;
no falta en Platón. La verdad está aquí: estas palabras, doquiera que
son pronunciadas, significan: el sacerdote miente...
56
Finalmente, es importante el fin por el cual se miente. Mi objeción
contra los medios empleados por el cristianismo es ésta: que en él
faltan los fines santos. Sólo fines malos: envenenamiento, calumnias,
negación de la vida, desprecio del cuerpo, envilecimiento y corrupción
del hombre mediante el concepto de pecado; por consiguiente, también
sus medios son malos.
Ya leo con sentimiento opuesto el Código de Manú, obia
incomparablemente más intelectual y superior: sería un pecado contra
el Espíritu el nombrarle juntamente con la Biblia. Pronto se comprende
por qué: porque tiene detrás de si una verdadera filosofía; la tiene en sí,
y no solamente un judaísmo maloliente, mezcla de rabinismo y de
superstición: da a morder algo, hasta al psicólogo más estragado. No
olvidemos lo principal, la diferencia fundamental de toda especie de
Biblia; con el Código de Manú, las clases nobles, los filósofos y los
guerreros conservan su poder sobre las masas: por todas partes valores
nobles, un sentido de perfección, una afirmación de la vida, un
sentimiento triunfal de satisfacción de sí mismo y de la vida, sobre todo
el libro brilla el sol. Todas las cosas sobre las cuales el cristiano
desahoga su inagotable vulgaridad, por ejemplo, la generación, la
mujer, el matrimonio, son tratadas aquí seriamente, con respeto, con
amor y confianza. ¿Cómo poner en manos de las mujeres y de los niños
un libro que contiene aquellas abyectas palabras: "Para evitar la
prostitución que tenga cada uno una mujer propia y cada mujer un
hombre...: es mejor casarse que abrasarse?" Y ¿se puede ser cristiano
siendo así que con el concepto de la inmaculada concepción el
nacimiento del hombre es cristianizado, esto es, maculado?...
Yo no conozco libro alguno en que se diga a la mujer tantas cosas
buenas y tiernas como en el Código de Manú; aquellos viejos santones
tratan a la mujer con una gracia y delicadeza que acaso no ha sido
superada nunca. "La boca de una mujer – se lee allí –, el seno de una
joven, la oración de un niño, el humo del sacrificio, son siempre puros;”
Y en otro lugar: "No hay nada mas puro que la luz del sol, la sombra de
una vaca, el aire, el agua, el fuego y la respiración de una noven." Un
último pasaje, que es quizá también una santa mentira: "Todas las
aberturas del cuerpo por encima del ombligo son puras, las de debajo
son impuras. Sólo en la virgen es puro todo el cuerpo."
57
Se toma en flagrante la insanía de los medios de que se vale el
cristiano cuando se compara el fin del cristianismo con el del Código de
Manú; cuando se pone de manifiesto este contraste de fines. El critico
del cristianismo no puede menos de hacerle despreciable. Un Código
como el de Manú, nace como nace todo buen Código: resume la
experiencia, la sabiduría y la moral experimental de largos milenios;
concluye, no crea. La premisa de una codificación de este género es el
juicio que los medios con que crear autoridad a una verdad conquistada
lentamente y a caro precio sean profundamente diversos de aquellos por
los que se podría demostrar aquella verdad. Un Código no relata nunca
la utilidad, las razones, la casuística de los precedentes de una ley:
porque con ello perdería el tono imperativo, el tú debes, la condición
para ser obedecido. El problema estriba precisamente en esto.
En un cierto punto de la evolución de un pueblo, la clase más
juiciosa, o sea la que sabe mirar atrás y a lo lejos, declara establecida la
práctica según la cual se debe o se puede vivir.
El fin de esta clase es hacer una recolección lo más posible rica y
constante de los tiempos de experimentación y de las malas
experiencias. Ante todo, de lo que nos debemos guardar es de la
continuación del experimento, de la preexistencia de un estado fluido de
valores, del indagar, del elegir, del criticar los valores hasta el infinito.
Contra esto se alza un doble muro; ante todo la revelación, o sea la
afirmación de que la razón de aquellas leyes no es de origen humano,
no ha sido buscada y encontrada lentamente entre errores, sino que
ésta, como de origen divino, es completa, perfecta, sin historia, un don,
un milagro, simplemente comunicada... En segundo lugar, la tradición, o
sea la afirmación de que la ley existía ya desde tiempo antiquísimo, y
que el ponerla en duda sería contrario a la piedad, seria un delito contra
los antepasados. La autoridad de la ley se funda en estas dos tesis: Dios
la dio, los antepasados la observaron.
La razón superior de semejante procedimiento se encuentra en la
intención de constreñir a la conciencia a que se retire, paso a paso, de la
vida reconocida por justa (o sea demostrada por una experiencia
enorme y sutilmente tamizada), de modo que se consiga el perfecto
automatismo del instinto; esta premisa de todo género de maestría y de
perfección en el arte de la vida. Fijar un Código a la manera, de Manú
significa brindar a un pueblo la facultad de hacerse maestro, de llegar a
ser perfecto, de inspirar al supremo arte de vida. "A tal fin hay que
hacerle inconsciente"; tal es el fin de toda santa mentira.
La ordenación de las castas, la ley suprema y dominante es sólo la
sanción de una ordenación natural, de una ley natural de primer orden,
sobre la cual no tiene poder ningún arbitrio, ninguna idea moderna. En
toda sociedad sana se distinguen entre si, condicionándose
recíprocamente, tres tipos, que fisiológicamente tienen una gravitación
distinta, cada uno de los cuales tiene su propia higiene, un campo de
trabajo propio, una cualidad propia de sentimientos de la perfección y
de la maestría. La naturaleza y no Manú es la que separa a los hombres
que dominan por su entendimiento, por la fuerza de los músculos o del
carácter, de aquellos que no se distinguen por ninguna de estas cosas,
de los mediocres; estos últimos constituyen el mayor número, los otros
son la flor de la sociedad. La clase más alta – yo la llamo los poquísimos
– por ser perfecta tiene también los privilegios correspondientes a los
poquísimos: entre los cuales está el representar la felicidad, la belleza,
la bondad en la tierra. Únicamente a los hombres más intelectuales les
es permitida la belleza: sólo en ellos no es debilidad la bondad.
Pulchrum est paucorum hominum; la belleza es un privilegio. Nada es
menos permitido a que las maneras feas o una mirada pesimista; una
mirada que afea, o una indignación ante el aspecto de conjunto de las
cosas. La indignación es el privilegio del chandala; e igualmente el
pesimismo. El mundo es perfecto; así habla el instinto de los más
intelectuales, el instinto que afirma: la imperfección, las cosas de todo
género que estén por bajo de nosotros, la distancia, el pathos de la
distancia, el chandala mismo forma parte también de esta perfección.
Los hombres más intelectuales, como son fuertes, encuentran su
felicidad allí donde otros encontrarían su ruina: en el laberinto, en la
dureza consigo mismos y con los demás, en el experimento: su goce
consiste en vencerse a si mismos; el ascetismo es en ellos necesidad,
instinto, y para ellos es un recreo jugar con vicios que destruirían a
otros... El conocimiento es una forma del ascetismo.
Estos son la especie más honorable de hombres: esto no excluye
que sean la especie más serena y más amable. Dominan, no porque
quieran, sino porque existen; no les es lícito ser los segundos. Los
segundos: tales son los guardianes del derecho, los administradores del
orden y de la seguridad, las nobles guerreros y sobre todo el rey
considerado como la más alta fórmula del guerrero, del juez y del
conservador de la ley. Los segundos son los ejecutores de los
intelectuales; la cosa más próxima a ellos, los que les quitan todo lo que
es grosero en el trabajo de dominación, su séquito, su mano derecha,
sus mejores discípulos. En todo esto, lo repetimos, no hay nada de
arbitrario, nada de fatal; lo que es diverso es artificial, entonces se hace
daño a la naturaleza...
La ordenación de las castas, la jerarquía, formula solamente la ley
suprema de la vida misma; la separación de los tres tipos es necesaria
para la conservación de la sociedad, para hacer posibles tipos más altos
y altísimos; la desigualdad de los derechos es precisamente la condición
para que haya derechos en genero. Un derecho es un privilegio. Según
su modo de ser cada cual tiene su privilegio. No despreciamos los
derechos de los mediocres. La vida es siempre más dura conforme se va
elevando, aumenta el frío, aumenta la responsabilidad. Una gran
civilización es un pirámide: sólo puede vivir en un terreno amplio, tiene
como primera condición una mediocridad fuerte y sanamente
consolidada. El oficio, el comercio, la agricultura, la ciencia, gran parte
del arte, en una palabra, todo el complejo de la actividad profesional se
armoniza únicamente con la moderación en el poder y en el desear;
estaría fuera de lugar entre las excepciones, el instinto que le es propio
contradiría tanto el aristocratismo como el anarquismo. Para ser una
utilidad pública, una rueda, una función, es necesario un destino
natural: lo que hace de los hombres máquinas inteligentes no es la
sociedad, no es el género de felicidad de que son simplemente capaces
la mayor parte de los hombres. Para los mediocres, ser mediocres, es
una felicidad: la maestría en una sola cosa, la especialidad es para loa
mediocres un instinto natural. Sería totalmente indigno de un espíritu
profundo ver ya una objeción en la mediocridad en sí. Es, por el
contrario, la primera cosa necesaria para que pueda haber excepciones;
una alta civilización tiene por condición la mediocridad. Sí el hombre de
excepción maneja precisamente a los mediocres con manos más
delicadas que las que emplea para manejarse él y a sus iguales, ésta no
es sólo una cortesía del corazón; es simplemente su deber... ¿A
quiénes odio yo más entre la plebe moderna? A la plebe socialista, a los
apóstoles de los Tschandala que minan en el obrero el instinto, el goce,
el sentimiento de contentarse con su propia existencia pequeña, que le
hacen envidioso, que le enseñan la venganza... La injusticia no se
encuentra nunca en la desigualdad de derechos; se encuentra en la
exigencia de derechos iguales... ¿Qué es lo malo? Pues ya lo he dicho:
todo la que nace de la debilidad, de la envidia, la de venganza. El
anarquista y el cristiano tienen un mismo origen.
58
En realidad, el fin por que se miente constituye una diferencia:
según que con este fin se quiera conservar o destruir. Se puede instituir
una igualdad perfecta entre el cristiano y el anarquista: su objeto, su
instinto, tiende solamente a la destrucción. Basta leer la historia para
sacar de ella la prueba de esta afirmación: la historia la presenta con
terrible claridad. Ya hemos aprendido a conocer un Código religioso que
tiene por objeto perpetuar la más alta condición de prosperidad de la
vida, esto es, una gran organización de la sociedad; el cristianismo
encontró su misión en poner término precisamente a tal organización,
porque en ella la vida prosperaba. Con esto, los resultados de la razón
durante largas épocas de experiencia y de incertidumbre debían ser
empleados para una remota utilidad, y la cosecha debía ser tan grande,
tan rica, tan completa como fuera posible: aquí, por el contrario, la
cosecha fue envenenada por la noche... Lo que existía aere perennius, el
imperium romanum, la más grandiosa forma de organización en
circunstancias difíciles hasta ahora realizada, en comparación con la cual
todo lo anterior, todo lo posterior es artificio, chapucería, diletantismo;
aquellos santos anarquistas se impusieron el religioso deber de
destruirlo, de destruir el mundo, esto es, el imperium romanum, hasta
que no quedase piedra sobre piedra, hasta que los germanos y otros
rudos campesinos se hicieron dueños de él. El cristiano y el anarquista,
ambos decadentes, ambos incapaces de obrar de otro modo que
disolviendo, envenenando, entristeciendo, chupando sangre; ambos
poseídos del instinto del odio mortal contra todo lo que existe, lo que es
grande, lo que dura, lo que promete un porvenir a la vida... El
cristianismo fue el vampiro del imperium romanum; una noche hizo
inconsciente la obra enorme de los romanos, la de conquistar el terreno
para una gran civilización que tuviera para si el tiempo.
¿No se comprende todavía? El imperium romanum que nosotros
conocemos, que la historia de las provincias romanas nos muestra cada
vez mejor, esta admirable obra de arte de gran estilo, fue un comienzo,
su construcción estaba calculada para demostrar su bondad en miles de
años; hasta hoy no se construyó nunca así, ni siquiera se sonó nunca
construir en igual medida sub specie aeterni.
Esta organización era bastante sólida para soportar malos
emperadores: la calidad de las personas no tiene nada que ver en estas
cosas; primer principio de toda gran arquitectura. Pero este principio no
fue bastante sólido contra la más corrompida especie de corrupción,
contra los cristianos... Este oculto gusano, que en la noche, en la niebla
y en el equivoco se insinuaba entre todos los individuos y quitaba a todo
individuo la seriedad para las cosas verdaderas, el instinto en general
para la realidad, esta banda vil, afeminada y dulzona, fue poco a poco
haciendo extrañas a las almas a aquella prodigiosa construcción, esto
es, aquellas naturalezas preciosas, virilmente nobles, que en la causa de
Roma vieron su propia causa, su propia seriedad, su propio orgullo. La
socarronería de los hipócritas, el secreto de los conventículos, conceptos
sombríos como infierno, sacrificio del inocente, unio mystica al beber la
sangre, sobre todo el fuego de la venganza lentamente avivado, de la
venganza del chandala; esto venció a Roma, la misma especie de
religión a la cual, en la forma en que preexistió, ya Epicuro le había
declarado la guerra. Léase a Lucrecio para comprender qué fue lo que
Epicuro combatió; no fue el paganismo, sino el cristianismo, o sea la
corrupción de las almas por obra del concepto de culpa, de castigo y de
inmortalidad. Combatió los cultos subterráneos, todo el cristianismo
latente; negar la inmortalidad fue ya una verdadera liberación. Y Epicuro
hubiera vencido, todo espíritu culto era epicúreo en el imperio romano,
entonces apareció Pablo... Pablo, el odio contra el mundo, el hebreo, el
hebreo errante por excelencia... Comprendió que con el pequeño
movimiento sectario cristiano, se podría, fuera del cristianismo, provocar
un incendio mortal, como con el símbolo de Dios en la Cruz se podría
reunir, para hacer con ello un poder enorme, todo lo que estaba abajo y
tenía secretas intenciones de revuelta, todo el conjunto de movimientos
anárquicos en el imperio. La salvación viene de los judíos. El
cristianismo fue una fórmula para superar y sumar los cultos
subterráneos de todas clases, el de Osiris, el de la Gran Madre, el de
Mitra, por ejemplo; en esta visión consistió el genio de Pablo. En este
punto su instinto fue tan seguro que puso en labios, y no sólo en labios
del Salvador, las ideas con que seducían las religiones de los chandalas,
haciendo descarada violencia a la verdad; y en hacer del Salvador una
cosa que pudiera comprenderla también un sacerdote de Mitra. Este fue
su momento de Damasco: comprendió que tenía necesidad de la
creencia en la inmortalidad para desacreditar el mundo, y que el
concepto de infierno vencería también de Roma, que con el más allá se
destruye la vida; .. Nihilista y cristiano son cosas que van de acuerdo...
59
De este modo fue anulada toda la labor del mundo antiguo: no
encuentro palabras con que expresar mis sentimientos ante un hecho
tan monstruoso. Y considerando que aquel trabajo era una preparación,
que precisamente entonces se echaban las bases para un trabajo de
milenios con granítica conciencia, repito que todo el sentido del mundo
antiguo fue destruido. ¿A que fin los griegos? ¿A qué fin los romanos?
Todas las condiciones de una docta cultura, todos los métodos científicos
existían ya, ya se había encontrado el gran arte, el incomparable arte de
leer bien; esta condición preliminar de una tradición de cultura, de la
unidad de la ciencia, la ciencia natural en unión con la matemática y la
mecánica, se encontraba en el mejor camino; el sentido de ha hechos.
el último y más precioso de todos los sentidos, tenía sus escuelas, su
tradición ya vieja de siglos. ¿Se comprende esto? Todo lo esencial se
habla encontrado, se estaba en condiciones de ponerse al trabajo; los
métodos, preciso es decirlo diez veces, son lo esencial, y son también la
cosa más difícil y lo que tiene contra sí, durante más tiempo, el hábito y
la pereza. Lo que nosotros hoy hemos reconquistado empleando
indecible violencia sobre nosotros mismos, porque todos teníamos aún
en cierto modo en el cuerpo los malos instintos, los instintos cristianos,
la mirada libre frente a la realidad, la mano circunspecta, la paciencia y
la seriedad en las cosas mínimas, toda la probidad del conocimiento,
existía ya cerca de dos milenios hace. Y además existía el tacto, el buen
gusto, el gusto delicado. No como adiestramiento de cerebros. No como
cultura alemana por estilo mazacote, sino como cuerpo, como gestos,
como instinto...; en una palabra, como realidad... ¡Todo en vano! ¡En
veinticuatro horas no quedó más que un recuerdo!
¡Griegos! ¡Romanos! ¡La nobleza del instinto, el gusto, la
investigación metódica, el genio de la organización y de la
administración, la creencia y la voluntad de un porvenir para el hombre,
el gran si a todas las cosas visibles en calidad de imperium romanum
visible a todos los sentidos, el gran estilo que no era ya simplemente
arte, sino que se había convertido en realidad, caridad, vida..., y no
sepultado en veinticuatro horas en virtud de un fenómeno natural! ¡No
destruido por los germanos y otros pueblos groseros, sino arruinado por
vampiros astutos, escondidos, invisibles, enemigos! No vencido, sino
chupado... ¡La oculta sed de venganza, la pequeña envidia elevada a
dueña! ¡Todo lo que es miserable, todo lo que sufre de si mismo, todo lo
que está animado de malos sentimientos, todo el mundo del ghetto que
brota de una vez del alma y sube a lo alto!
Léase cualquier agitador cristiano, por ejemplo, San Agustín, y se
comprenderá, se olerá que inmunda gente subió al poder. Nos
engañaríamos completamente si creyésemos que carecían de
entendimiento los jefes del movimiento cristiano: ¡Oh, eran hábiles,
hábiles hasta la santidad aquellos señores Padres de la Iglesia. Lo que
les faltaba era otra cosa muy distinta. La naturaleza los ha olvidado,
olvidó darles una modesta dote de instintos estimables, decorosos,
puros... Entre nosotros éstos no son ni siquiera hombres... Si el Islam
desprecia al cristianismo, tiene mil razones para ello: el Islam
presupone hombres...
60
E! cristianismo nos robó la cosecha de la civilización antigua, y
más tarde nos robó la cosecha de la civilización del Islam. El maravilloso
mundo morisco de cultura, en España, que en el fondo nos es mucho
más afín y habla a nuestros sentidos y a nuestro gusto mucho más que
Roma y Grecia, fue pisoteado (no digo por qué pies). ¿Por qué? Porque
era noble, porque debió su nacimiento a instintos viriles, porque
afirmaba la vid con los más raros y preciosos refinamientos de las
costumbres moriscas...
Más tarde los cruzados combatieron una cosa ante la cual les
hubiera sido mejor postrarse en el polvo, una civilización frente a la cual
hasta nuestro siglo XIX puede aparecer muy pobre, muy tardío.
Ciertamente, los cruzados querían hacer botín: el Oriente era rico...
Despojémonos de prejuicios: los cruzados fueron la más alta piratería y
nada más. La nobleza alemana, en el fondo nobleza de vikingos, se
encontró en su elemento con las cruzadas; la Iglesia sabia harto bien de
que modo se podía ganar a la nobleza alemana... La nobleza alemana,
que fue siempre lo que fueron los suizos, los mercenarios para la
Iglesia, siempre al servicio de los malos instintos de la Iglesia, estaba,
sin embargo, bien pagada... Precisamente con la ayuda de las espadas
tudescas, del valor y la sangre tudesca, condujo la Iglesia su guerra
mortal contra todo lo que es noble en la tierra.
Aquí se presenta una cantidad de preguntas dolorosas. La nobleza
alemana falta casi completamente en la historia de la cultura superior:
se adivina el motivo... Cristianismo, alcohol, los dos grandes medios de
corrupción... En si no se puede elegir entre cristianos e Islam, entre un
árabe y un hebreo. La decisión está ya hecha: nadie es libre de hacer
aquí una elección. O se es un chandala o no se es un chandala: "¡Guerra
a muerte a Roma! ¡Paz, amistad con el Islam!": así pensó, así hizo todo
espíritu libre, aquel genio entre los emperadores alemanes, Federico II.
¿Cómo? ¿Es que un alemán tiene que ser precisamente un genio, un
libre-pensador, para tener sentimientos decorosos? Yo no comprendo
cómo un alemán pudo nunca tener sentimientos cristianos...
61
Aquí es preciso volver a evocar un recuerdo que es aún cien veces
más penoso para los alemanes. Los alemanes han robado a la Europa la
última gran cosecha, la última cosecha que ha producido Europa, la del
Renacimiento. ¿Se comprende fácilmente, se quiere comprender que fue
el Renacimiento? Fue la transmutación de los valores cristianos, fue una
tentativa, hecha por todos los medios, con todos los instintos, con todo
el genio, para conducir a la victoria los valores contrarios, los valores
nobles... Hasta ahora no ha habido mas que esta gran guerra, hasta
ahora no ha habido posición de problemas más decisiva que la obrada
por el Renacimiento, mi problema es su problema...; ni tampoco ha
habido una forma de asalto más sistemática, más derecha, más
severamente desencadenada sobre todo el frente así como contra el
centro. Atacar en el punto decisivo, en la sede del cristianismo, poner
allí en el trono los valores nobles, o sea introducirlos en los instintos, en
las más profundas necesidades y deseos de los que tenían allí su sede...
Yo veo ante mi una posibilidad de fascinación y de encanto de aquellos,
completamente subterránea: me parece que esta posibilidad
resplandece en todos los estremecimientos con una belleza refinada,
que en ella obra un arte, tan divino, tan diabólicamente divino, que en
vano se encontraría a través de milenios una segunda posibilidad
semejante: veo un espectáculo tan rico de sentido, y, al mismo tiempo,
tan maravillosamente paradójico, que todas las divinidades del Olimpo
habrían prorrumpido en una carcajada inmortal: "¡César Borgia Papa!
¿Se me entiende? Pues bien: Esta habría sido la victoria que hoy yo solo
deseo... ; ¡con ésta el cristianismo quedaba abolido!...
¿Qué sucedió en cambio? Un fraile alemán, Lutero, llegó a Roma.
Este fraile, que tenla en el cuerpo todos los instintos vengativos de un
sacerdote fracasado, surgió en Roma contra el Renacimiento... En lugar
de comprender con profundo reconocimiento el prodigio acaecido, la
derrota del cristianismo en su sede, su odio supo sacar de aquel
espectáculo su propio sustento. El hombre religioso no piensa nunca
mas que en sí mismo.
Lutero vio la corrupción del papado, siendo así que se podía tocar
con la mano precisamente lo contrarío: la antigua corrupción, el
peccatum originale, el cristianismo no se sentaba ya en la silla Papal.
Por el contrario, se sentaba la vida, el triunfo de la vida. El gran si a
todas las cosas bellas, altas, audaces... Y Lutero restableció la Iglesia: la
atacó... El Renacimiento: un hecho sin sentido, un gran en vano. ¡Ah,
estos alemanes, cuanto nos han costado ya! Hacer todas las cosas
vanas: tal fue siempre la obra de los alemanes. La Reforma, Leibniz,
Kant y la llamada filosofía alemana; las guerras de liberación: el
imperio; cada vez fue reducida a la nada una cosa que ya existía, una
cosa irrevocable... Estos alemanes son mis enemigos, yo lo confieso; en
ellos desprecio yo toda especie de impureza de ideas y de valores, de
vileza frente a todo sincero si y no. Desde hace casi mil años han
confundido y embrollado todo lo que han tocado con sus dedos; tienen
en la conciencia hechas a medias, hechas por tres octavas partes, todas
las cosas de que la Europa padece; tienen también sobre su conciencia
la más impura especie de cristianismo que existe, la más insana. la más
irrefutable, el Protestantismo... Si no nos desembarazamos del
cristianismo, los alemanes tienen la culpa.
62
Con esto he llegado al fin y expreso mi juicio. Yo condeno el
cristianismo, yo elevo contra la Iglesia cristiana la más terrible de todas
las acusaciones que jamás lanzó un acusador. Para mi, es la más grande
de todas las corrupciones imaginables, tuvo la voluntad de la última
corrupción imaginable. La Iglesia cristiana no dejó nada libre de su
corrupción; de todo valor hizo un no valor, de toda verdad una mentira,
de toda probidad una bajeza de alma. Y todavía se atreven a hablarme
de los beneficios que ha reportado a la humanidad. Suprimir cualquier
miseria era cosa contraria a su más profundo interés: vive de miserias,
creó miserias para eternizarse... Por ejemplo, el gusano del pecado: la
Iglesia fue precisamente la que enriqueció a la humanidad con esta
miseria...
La igualdad de las almas ante Dios, esta falsedad, este pretexto
para los rencores de todos aquellos que tienen el ánimo abyecto, esta
idea que es un explosivo y que terminó por convertirse en una
revolución, idea moderna y principio de decadencia de todo el orden
social es dinamita cristiana... ¡Los beneficios humanitarios del
cristianismo! Éste hizo de la humanitas una contradicción consigo
misma, un arte de arruinarse a sí mismo, una voluntad de mentir a toda
costa, un desprecio y una repugnancia contra todos los instintos buenos
y honrados. Estas son para mí las bendiciones aportadas por el
cristianismo. El parasitismo como única práctica de la Iglesia; la Iglesia,
que con sus ideales anémicos, con sus idealidades de santidad, chupa
de la vida toda la sangre, todo el amor, toda la esperanza; el más allá
como voluntad de negar toda realidad; la cruz como signo de
reconocimiento por la más subterránea conjura que jamás ha existido,
conjura contra la salud, contra la belleza, contra el bienestar, contra la
bravura, contra el espíritu, contra la bondad del alma, contra la vida
misma...
Yo quiero escribir sobre todas las paredes esta eterna acusación
contra el cristianismo, allí donde haya paredes; yo poseo una escritura
que hace ver aun a los ciegos... Yo llamo al cristianismo la única gran
maldición, la única gran corrupción interior, el único gran instinto de
venganza, para el cual ningún medio es bastante venenoso, oculto,
subterráneo, pequeño; yo la llamo la única inmortal vergüenza de la
humanidad.
¡Y se computa el tiempo partiendo del dies nefastus con que
comenzó esta fatalidad, desde el primer día del cristianismo! ¿Y por qué
no mejor desde su último día? ¿Desde hoy? ¡Transmutación de todos los
valores!...
Federico Nietzsche, publicado en 1895

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