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viernes, 20 de julio de 2007

ENTRE LO GOTICO Y LO VICTORIANO // CUENTOS DE AMOR // EL VETO DEL HIJO // THOMAS HARDY

THOMAS HARDY (1840-1928)


Nació en Higher Bockhampton (Dorset), hijo de un maestro de obras. Fue aprendiz y discípulo de un arquitecto en Dorchester y posteriormente delineante en Londres, en pleno fervor del estilo neogótico. En 1872, animado por George Meredith tras haber publicado tres novelas, abandonó la arquitectura para dedicarse a escribir. Under the Greenwood Tree había iniciado ese mismo año el ciclo de «novelas de Wessex», nombre del antiguo reino sajón que incluía las actuales regiones de Dorset y Wiltshire; a este ciclo pertenecen, entre otras, Lejos del mundanal ruido (1874), The Retum of the Native (1878), The Trumpet-Major (1880), El alcalde de Casterbridge (1886) y Tess la de los d'Urberville (1891), además de Jude el Oscuro (1895), cuya escandalosa acogida le «curó para siempre -según sus propias palabras-, de todo interés por seguir escribiendo novelas». Su arte se concentró entonces en la poesía, en una serie de volúmenes editados en su mayor parte después de 1898. Fue autor también de un gran drama épico, The Dynasts (1904-1908). Publicó, asimismo, cuatro volúmenes de relatos breves: Wessex Tales (1888), A Group of Noble Dames (1891), Life's Little Ironies (1894) y A Changed Man (1913). «El veto del hijo» (The Son’s Veto) apareció por primera vez en The Illustrated London News, en diciembre de 1891; más tarde formaría parte de su tercer volumen de relatos, Life's Little Ironies.


El veto del hijo



I
Para un hombre que lo contemplara por detrás, aquel pelo castaño era un prodigio y un misterio. Bajo el oscuro sombrero de castor, coronado de un penacho de plumas negras, los largos bucles, enroscados y trenzados como los juncos de un cesto, constituían un raro ejemplo, si bien algo rudimentario, de artístico ingenio. Uno podía entender que semejantes ondas y tirabuzones se hicieran para durar intactos un año, o por lo menos un mes de calendario; pero que fueran deshechos regularmente a la hora de acostarse, después de un único día de existencia, parecía un despilfarro innecesario de una obra tan lograda.
Y la pobre se había peinado sin ayuda de nadie. No tenía doncella, y era casi la única habilidad de la que podía vanagloriarse. Por eso se esmeraba tanto.
Se trataba de una joven dama inválida (aunque no en grado extremo) en una silla de ruedas; alguien la había subido a la parte delantera de un parterre de césped, muy cerca de un quiosco de música donde, en una cálida tarde del mes de junio, se celebraba un concierto. Éste tenía lugar en uno de los pequeños parques o jardines privados de las afueras de Londres, y estaba organizado por una asociación local con el fin de recaudar fondos para alguna sociedad benéfica. Hay mundos y mundos en la gran ciudad, y, a pesar de que nadie en las inmediaciones había oído hablar de esa sociedad benéfica, de esa banda o de ese parque, el recinto estaba lleno de un público interesado que sabía lo suficiente de todo aquello.
Mientras los compases se sucedían, eran muchos los oyentes que observaban a la dama de la silla de ruedas, cuyo peinado por detrás, a causa de su posición prominente, invitaba a ser examinado. Su rostro apenas resultaba visible, pero los cabellos ingeniosamente entrelazados que hemos mencionado antes, la blancura de sus orejas y de su nuca, y la curva de una mejilla que no era flácida ni amarillenta, hacían concebir la idea de que era realmente hermosa contemplada de frente. No es infrecuente que esa clase de expectativas se desvanezcan tan pronto como se descubre la realidad; y, en este caso, cuando la dama, al mover la cabeza, exhibió finalmente sus facciones, éstas no resultaron tan bellas como la gente a sus espaldas había supuesto, o incluso esperado... sin saber por qué.
Por un motivo (¡ay, con cuánta frecuencia se oye esa queja!): era menos joven de lo que habían imaginado. Y, sin embargo, era indudable que su rostro era atractivo y reflejaba buena salud. Sus detalles fueron revelándose cada vez que se volvía para hablar con un muchacho de doce o trece años que la acompañaba, y cuya gorra y chaqueta evidenciaban que era alumno de un conocido internado. Los espectadores más próximos podían oír que la llamaba «madre».
Cuando se acabó el recital y el público abandonó el lugar, fueron muchos los que pasaron junto a ella. Y casi todos volvieron la cabeza para observar de cerca a la interesante mujer, que continuó inmóvil en su silla hasta que el camino estuvo suficientemente despejado para avanzar sin obstáculos. Como si esperase sus miradas, y no le importara satisfacer su curiosidad, sus ojos se encontraron con los de algunos de sus observadores; y eran dulces, castaños y muy afectuosos, aunque de expresión algo triste.
Fue conducida fuera del parque, y siguió por la acera hasta desaparecer en la distancia, con el colegial a su lado. A algunas personas que la vieron alejarse y preguntaron quién era, se les respondió que se trataba de la segunda esposa del pastor de una parroquia vecina, y que era coja. Por lo general, todos creían que era una mujer con una historia... inocente, pero una historia de una u otra clase.
Mientras conversaba con ella, durante el trayecto de vuelta a casa, el muchacho, que caminaba a su lado, dijo que esperaba que su padre no les hubiera echado en falta.
-Seguro de que ha estado tan cómodo estas últimas horas que no nos ha echado en falta -respondió ella.
-Seguro que, querida madre, no seguro de que -exclamó el colegial con una impaciencia quisquillosa y casi cruel-. ¡Tendría que saberlo a estas alturas!
La madre se apresuró a corregir el error, y no pareció ofenderse por sus palabras, ni querer vengarse de él, como podía haber hecho, ordenándole que se limpiara la boca; pues estaba llena de migajas, debido a sus intentos disimulados de comer un trozo de pastel que llevaba escondido en el bolsillo. Después de esto, la hermosa mujer y el muchacho siguieron avanzando en silencio.
Esa cuestión gramatical estaba muy relacionada con su historia, y la dama cayó en una especie de ensueño, más bien melancólico, según todos los indicios. Era como si estuviera preguntándose a sí misma si había actuado sabiamente organizando su vida del modo en que lo había hecho.
En un remoto rincón del norte de Wessex, a cuarenta millas de Londres y cerca de la próspera ciudad de Aldbrickham, había un bonito pueblo con una iglesia y una rectoría que ella conocía bien, pero que su hijo nunca había visto. Era su aldea natal, Gaymead, y el primer suceso relacionado con su actual situación había ocurrido en ese lugar cuando sólo era una joven de diecinueve años.
Qué bien recordaba el primer acto de su pequeña tragicomedia, la muerte de la primera mujer de su reverendo esposo. Ésta ocurrió en un anochecer de primavera, y ella, que durante tantos años había ocupado el lugar de la difunta, en aquel entonces no era más que una criada de la rectoría.
Después de haber hecho todo lo posible por salvarla y de anunciar su muerte, la muchacha había salido en medio de la oscuridad para visitar a sus padres, que vivían muy cerca, y darles la triste noticia. Al empujar la verja blanca y mirar hacia los árboles que crecían al oeste, impidiendo ver la tenue luz del cielo nocturno, distinguió, sin sorprenderse demasiado, la figura de un hombre junto al seto.
-¡Ay, Sam! ¡Qué susto me has dado! -exclamó con picardía para salvar las apariencias.
Era un jardinero que conocía. Después de contarle los detalles de lo ocurrido, los dos jóvenes guardaron silencio, con ese estado de ánimo exaltado y sosegadamente filosófico que suele experimentarse cuando una tragedia se produce muy cerca, pero no se cierne directamente sobre los filósofos. No obstante, tenía mucho que ver con sus relaciones.
-Y ¿seguirás trabajando en la rectoría como hasta ahora? -preguntó Sam.
A ella no se le había ocurrido pensar en eso.
-¡Sí, supongo que sí! -contestó-. Imagino que todo seguirá igual...
El muchacho la acompañó a casa de su madre. No tardó en rodear la cintura de la joven con su brazo. Ella lo rechazó dulcemente; pero él insistió y ella acabó cediendo.
-Verás, querida Sophy, aún no sabes si continuarás allí. Es posible que necesites un hogar; algún día yo te ofreceré uno, pero todavía no estoy preparado.
-¡No tengas tanta prisa, Sam! Jamás he dicho que me gustaras; ¡eres tú el que me persigues!
-Pero sería absurdo que no probara suerte contigo, como los demás -exclamó el joven, inclinándose para darle un beso de despedida, pues habían llegado a casa de la madre.
-No, Sam; ¡de ningún modo! -protestó ella, tapándole la boca con su mano-. Deberías ser más serio en una noche como ésta.
Y le dijo adiós sin permitir que la besara o que entrase dentro.
El pastor que acababa de enviudar era por aquel entonces un hombre de unos cuarenta años, de buena familia y sin hijos. Había llevado una vida muy solitaria en aquel cargo eclesiástico, debido en parte a que ningún terrateniente residía en la zona; y la pérdida de su mujer no hizo sino reforzar su costumbre de huir de la observación de los demás. La gente lo vio aún menos que antes, y fue alejándose cada vez más del ritmo y alboroto de los movimientos que, en el mundo exterior, reciben el nombre de progreso. Muchos meses después de la muerte de su esposa, la organización de su hogar seguía siendo la misma de siempre; y la cocinera, las dos doncellas y el lacayo realizaban o no sus tareas, según les apetecía... sin que el vicario se diera cuenta. Más tarde comprendió que sus criados no parecían tener nada que hacer en su pequeña familia de un solo miembro. Y lo vio con tanta claridad que decidió reducir su número. Pero se le anticipó Sophy, la segunda doncella, quien una tarde le comunicó que deseaba abandonar su servicio.
-¿Y por qué motivo? -inquirió el pastor.
-Sam Hobson me ha pedido que me case con él, señor.
-Y tú... ¿quieres casarte?
-No mucho, señor. Pero así tendré un hogar. Y hemos oído que uno de nosotros tendrá que marcharse.
Un día o dos más tarde, la joven le dijo:
-No deseo irme todavía, señor, si a usted no le importa. Sam y yo nos hemos peleado.
Él levantó la cabeza para mirarla. Apenas la había observado hasta entonces, aunque a menudo había sido consciente de su dulce presencia en el cuarto. ¡Qué criatura tan silenciosa y delicada! !Parecía un gatito! Era la única de sus criadas a la que veía con frecuencia. ¿Qué haría si Sophy se marchaba?
Sophy no se marchó, aunque sí lo hizo una de sus compañeras, y todo volvió a ser como antes.
Cuando el señor Twycott, el vicario, se puso enfermo, Sophy se encargaba de subirle la comida, y un día, nada más salir de la habitación, éste oyó un ruido en la escalera. La joven se había resbalado con la bandeja, y se había torcido de tal modo el tobillo que no podía levantarse. Llamaron al médico del pueblo; el pastor mejoró, pero Sophy estuvo mucho tiempo impedida; y se le informó de que jamás podría volver a caminar demasiado ni tener una ocupación que le exigiera estar largo tiempo en pie. Tan pronto como la joven se sintió un poco mejor, habló a solas con el vicario.
Puesto que le prohibían andar y trajinar de aquí para allá, y lo cierto es que era incapaz de hacerlo, su deber era marcharse de la casa. Podría trabajar en algo que le permitiera estar sentada, y tenía una tía costurera.
El rector se había sentido profundamente conmovido por todo lo que ella había sufrido por su causa, y se apresuró a exclamar;
-¡De ningún modo, Sophy! Cojees o no cojees, no puedo consentir que te vayas. ¡Nunca más volverás a dejarme!
Se acercó a ella, y, aunque la joven jamás supo decir cómo había ocurrido, sintió los labios de él en su mejilla. Entonces le pidió que se casara con él. Sophy no le amaba exactamente, pero le profesaba un respeto rayano en la veneración. Aunque hubiera querido alejarse de él, difícilmente se habría atrevido a rechazar a un personaje tan venerable y augusto para ella; de modo que aceptó en el acto ser su esposa.
Así, pues, una hermosa mañana, mientras las puertas se hallaban abiertas para que la iglesia se ventilara, y los pájaros cantaban, revoloteaban y se posaban sobre las vigas maestras del tejado, se celebró una boda, de la que casi nadie tuvo noticia, en el reclinatorio donde los fieles reciben la comunión. El pastor y un clérigo vecino habían entrado por una puerta, y Sophy por otra, seguida de los dos testigos; y en breve salieron convertidos en marido y mujer.
El señor Twycott sabía perfectamente que, al dar ese paso, había cometido un suicidio social, a pesar del carácter sin tacha de Sophy; de ahí que hubiera tomado ciertas medidas. Había cambiado su beneficio eclesiástico con un compañero que se ocupaba de una parroquia al sur de Londres; y el matrimonio se trasladó allí tan pronto como pudo, abandonando su preciosa casa de campo, rodeada de árboles, arbustos y terreno de su propiedad, por una vivienda pequeña y polvorienta, en medio de una calle larga y recta, y el hermoso repicar de sus campanas por el estruendo más monótono y horrible que jamás haya torturado los oídos de un hombre. El vicario lo hizo por ella. Vivían, sin embargo, lejos de cuantos conocían su situación anterior; y se sentían mucho menos observados que en una parroquia rural.
Sophy la mujer era la compañera más encantadora que cualquier hombre podía tener, aunque Sophy la dama tenía sus defectos. Mostraba una habilidad innata por los pequeños refinamientos domésticos, siempre que estuvieran relacionados con los objetos y los buenos modales; pero en lo que llamamos cultura era menos intuitiva. Llevaba casada más de catorce años, y su marido se había preocupado mucho de su educación; pero ella seguía sin comprender muy bien algunos usos gramaticales, lo que no le granjeaba el respeto de las pocas personas que conocía. Lo que más le apenaba de esto era que su único hijo, en cuya educación no se había escatimado ni se escatimaría jamás el menor gasto, era ya lo bastante mayor para percibir esas deficiencias en su madre; y no sólo para verlas sino para sentirse irritado por su existencia.
De modo que vivió en la ciudad, y pasó las horas trenzando sus preciosos cabellos, hasta que sus mejillas, antaño como manzanas, se volvieron rosa pálido. Su pie jamás se había recuperado del todo tras el accidente, y se vio prácticamente obligada a dejar de andar. A su marido había llegado a gustarle Londres por su libertad y la intimidad de su vida hogareña; pero era veinte años mayor que Sophy y, últimamente, se veía aquejado de una grave enfermedad. Ese día, sin embargo, parecía encontrarse lo bastante bien para que ella acompañara a su hijo Randolph al concierto.



II
Cuando vislumbramos de nuevo a Sophy, está de luto por su marido.
El señor Twycott jamás se recuperó, y ahora yacía en un abarrotado cementerio al sur de la gran ciudad, donde, si todos los muertos allí enterrados se hubieran levantado con vida, ninguno de ellos habría sabido quién era ni habría reconocido su nombre. El muchacho le había seguido obedientemente hasta la tumba, y luego había regresado al internado.
Durante todos esos cambios, Sophy fue tratada como la niña que era por temperamento, aunque no por edad. Y se quedó sin ningún control sobre los bienes de su marido, más allá de su modesta renta personal. Éste había tenido miedo de que la inexperiencia de su mujer la empujara a correr riesgos, y había dejado cuanto había podido en manos de un fideicomisario. Había previsto y organizado que el niño pudiera terminar sus estudios en el internado, y que, a su debido tiempo, fuera a Oxford y se ordenara; así que Sophy no tenía más preocupaciones que comer y beber, convertir la indolencia en una ocupación, y seguir trenzando y enroscando sus cabellos castaños, limitándose a tener una casa abierta para que el hijo pudiera visitarla en vacaciones.
Adivinando que su mujer le sobreviviría muchos años, el pastor había comprado una casa adosada en la misma calle interminable donde se hallaban, frente a frente, la iglesia y la vivienda del párroco, que sería de Sophy mientras deseara vivir en ella. Y era allí donde residía ahora, contemplando el trozo de césped que tenía delante, y el intenso tráfico que había siempre al otro lado de la verja; o asomándose al alféizar de la ventana del primer piso, y abarcando con la vista el panorama de árboles cubiertos de hollín, aire brumoso y fachadas grises, entre los que resonaban los ruidos habituales en una importante calle de la periferia.
De algún modo, el hijo, con sus aristocráticos conocimientos escolares, sus gramáticas y sus aversiones, estaba perdiendo todas aquellas devociones infantiles, que incluían el sol y la luna, con las que, al igual que otros niños, había nacido, y que su madre, que seguía siendo una criatura, tanto había amado en él. Estaba circunscribiendo su ámbito a unos pocos miles de individuos nobles y adinerados, una simple capa de barniz de los más de mil millones de seres que no le interesaban en absoluto. Y cada vez fue alejándose más de ella. Como el milieu de Sophy era un barrio de pequeños comerciantes y humildes oficinistas, y apenas tenía más compañía que la de sus dos criadas, no fue extraño que, tras la muerte de su marido, perdiera en seguida los pequeños refinamientos que él le había inculcado, y se convirtiese, para su hijo, en una madre de cuyos errores y de cuyo origen un caballero como él tenía que avergonzarse. Pues aún estaba lejos de ser lo bastante hombre (si es que algún día llegaba a serlo) para dar a los pecados de ella su verdadero valor, que era mínimo al lado del tierno cariño que brotaba de su corazón, y que guardaba celosamente en su pecho hasta que él, o cualquier otra persona o cosa, se mostrara mejor dispuesto a aceptarlo. Si el muchacho hubiera vivido en casa con ella, lo habría tenido todo; pero parecía necesitarlo muy poco en las actuales circunstancias y aquél continuaba almacenado.
La vida de Sophy se hizo insoportablemente aburrida; no podía dar paseos, y no le atraía salir en carruaje ni viajar a ninguna parte. Pasaron casi dos años sin que ocurriera nada, y ella seguía contemplando aquella calle de la periferia, recordando el pueblo donde había nacido, y al que habría vuelto... ¡y con cuánta alegría!... incluso para trabajar en los campos.
Como no hacía ningún ejercicio físico, era frecuente que no pudiera conciliar el sueño; y se levantaba en medio de la noche o con las primeras luces del día y contemplaba la calle, entonces vacía, donde las farolas se alzaban como centinelas que esperasen el paso de un desfile. Algo muy parecido a ese desfile se producía todas las mañanas, hacia la una de la madrugada, cuando los vehículos del campo pasaban cargados de verduras y hortalizas para el mercado de Covent Garden. Sophy los veía a menudo a esa hora silenciosa y oscura, avanzando lentamente... un carro tras otro, llevando verdes bastiones de coles que inclinaban sus cabezas como si fueran a caer y que, sin embargo, nunca se caían, murallas de cestas repletas de judías y guisantes, pirámides de nabos blancos como la nieve, howdahs
* bamboleantes con toda clase de productos... avanzando lentamente tras unos viejos caballos nocturnos, que parecían preguntarse pacientemente, en medio de sus huecos resoplidos, por qué tenían que trabajar siempre a aquella hora silenciosa en que todas las demás criaturas sensibles tenían el privilegio de descansar. Envuelta en un manto, se consolaba mirándolos y sintiéndose cerca de ellos cuando el abatimiento o el nerviosismo le impedían dormir, y viendo cómo todas aquellas verduras frescas parecían cobrar vida al pasar junto a las farolas, y cómo los animales sudorosos exhalaban humo y brillaban después de tantas millas de viaje.
Para Sophy, aquellas gentes y vehículos medio rurales, que se movían en un ambiente urbano y que llevaban una vida tan diferente de quienes trabajaban durante el día en esa misma calle, estaban llenos de interés, casi de encanto. Cierta madrugada, un hombre que pasaba acompañando un carro de patatas miró con bastante dureza la fachada de la casa, y Sophy pensó con extraña emoción que su figura le resultaba familiar. Decidió estar atenta por si lo veía de nuevo. Como era un carromato muy anticuado y tenía la parte delantera pintada de amarillo, era fácil de reconocer, y tres noches después lo vio por segunda vez. El hombre que iba junto a él, tal como había imaginado, era Sam Hobson, antes jardinero en Gaymead, que tiempo atrás se hubiera casado con ella.
A veces se había acordado de él y se había preguntado si la vida en una pequeña casa de campo con Sam no habría sido más feliz que la vida que había elegido. No había pensado en él apasionadamente, pero su triste situación aumentó el interés por su resurrección... un tierno interés imposible de exagerar. Volvió a la cama y empezó a pensar. Aquellos hortelanos que iban a la ciudad con tanta regularidad a la una o a las dos de la mañana, ¿a qué hora regresaban? Recordó vagamente haber visto pasar sus carros vacíos, apenas perceptibles entre el tráfico del día, en algún momento antes de las doce.
Tan sólo era el mes de abril, pero aquella mañana, después del desayuno, dejó la ventana abierta y se quedó mirando al exterior, mientras la débil luz del sol la iluminaba. Fingía coser, pero sus ojos no se apartaban nunca de la calle. Entre las diez y las once, el ansiado carro, ahora vacío, reapareció en su viaje de vuelta. Pero Sam no miraba a uno y otro lado, y parecía absorto en sus pensamientos.
-¡Sam! -grito ella.
El hombre se volvió sobresaltado, y su rostro se iluminó. Llamó a un niño para que sujetara el caballo y, después de apearse, se colocó bajo su ventana.
-Si pudiera bajar con facilidad, Sam, ¡lo haría! -dijo Sophy-. ¿Sabías que vivía por aquí?
-Bueno, señora Twycott, sabía que vivía en algún lugar de los alrededores. La he buscado a menudo.
Sam le explicó brevemente su presencia en el lugar. Hacía mucho tiempo que había abandonado su trabajo de jardinero en la aldea cercana a Aldbrickham, y ahora era el encargado de unos huertos en el sur de Londres; una de sus obligaciones era llevar el carro lleno de verduras y hortalizas a Covent Garden dos o tres veces por semana. Respondiendo a su curiosa pregunta, admitió haberse dirigido a ese barrio porque, uno o dos años antes, había leído en el periódico de Aldbrickham la muerte del anterior vicario de Gaymead en el sur de Londres; la noticia había despertado en él un interés por saber dónde vivía que había sido incapaz de dominar y que le había llevado a rondar esa localidad hasta conseguir su actual puesto de trabajo.
Hablaron de su pueblo natal en el viejo y querido Wessex del Norte, y de los lugares donde habían jugado juntos de niños. Ella trató de recordar que ahora era una persona distinguida, y que no debía mostrar demasiada familiaridad con Sam. Pero no podía impedirlo, y las lágrimas que asomaban a sus ojos se reflejaban en su voz.
-Me temo que no es usted feliz, señora Twycott -dijo Sam.
-¡Claro que no! Sólo hace dos años que perdí a mi marido.
-No quería decir eso. ¿Le gustaría volver a su hogar?
-Este es mi hogar... y lo será siempre. La casa es mía. Pero comprendo... -se le escapó entonces-. Sí, Sam. ¡Echo de menos mi hogar... nuestro hogar! Me encantaría estar en él, y no haberme marchado nunca, y morir allí. Pero sólo es un sentimiento momentáneo -añadió, recordando su deber-. Tengo un hijo, ¿sabes?, un buen muchacho. Ahora está en el colegio.
-Muy cerca de aquí, ¿no? He visto muchos por esta calle.
-¡Oh, no! En ninguno de esos horribles agujeros. Está en un internado... uno de los mejores de Inglaterra.
-¡Por supuesto! Había olvidado, señora, que lleva usted muchos años siendo una dama.
-No, no soy una dama-respondió tristemente-. Nunca lo seré. Pero él es un caballero, y eso... lo hace todo... ¡Ay, qué difícil para mí!



III
La amistad que volvieron a entablar de un modo tan extraño progresó rápidamente. Sophy se asomaba a menudo a la ventana para charlar un poco con él, de noche o de día. Le entristecía no poder acompañar a su viejo amigo a pie durante un pequeño trecho, y hablarle con más libertad que cuando se detenía ante su casa. Cierta noche, a principios de junio, mientras ella esperaba por si lo veía después de una ausencia de varios días, él abrió la verja y le dijo dulcemente:
-¿No cree que un poco de aire fresco le sentaría bien? Sólo llevo media carga esta mañana. ¿Por qué no viene conmigo hasta Covent Garden? Hay un buen sitio entre las coles, donde he extendido un saco. Puede regresar a casa en carruaje antes de que nadie se levante.
Ella rehusó al principio, pero luego, temblando de excitación, terminó de vestirse rápidamente, se arrebujó en un manto y se cubrió la cabeza con un velo; después bajó sigilosamente las escaleras con la ayuda del pasamanos, como podía hacer en caso de emergencia. Cuando abrió la puerta, encontró a Sam en el escalón de entrada, y él la levantó en sus fuertes brazos y la llevó a través del patio delantero hasta su carromato. No se veía ni se oía un alma en aquella calle interminable, con sus farolas en constante espera convergiendo a ambos lados. El aire era tan fresco como en el campo a aquellas horas, y las estrellas brillaban, excepto al nordeste, donde se veía una luz blanquecina... el alba. Sam la deposito cuidadosamente en el asiento y siguió adelante.
Los dos hablaron como en los viejos tiempos, Sam reprendiéndose a sí mismo cuando creía comportarse con demasiada familiaridad. En más de una ocasión, a ella le asaltó la duda de si habría hecho bien en satisfacer aquel capricho.
-Pero me siento tan sola en casa -añadió-, y ¡esto me hace tan feliz!
-Tiene que volver, querida señora Twycott. Es la mejor hora para tomar el aire.
Empezó a clarear. Los gorriones invadieron las calles y la ciudad se llenó de gente y de carruajes. Cuando se acercaron al río era de día; y en el puente contemplaron todo el resplandor del sol de la mañana en dirección a St Paul, y el centelleo del agua, en cuya superficie no se movía ni una sola embarcación.
Cerca de Covent Garden, Sam la dejó en un carruaje de alquiler, y se separaron mirándose como lo hacen dos viejos amigos. Sophy llegó a casa sin el menor contratiempo, fue cojeando hasta la puerta y entró con sus llaves sin que nadie la viera.
El aire puro y la presencia de Sam la habían hecho revivir: sus mejillas se habían vuelto sonrosadas... y estaba casi hermosa. Tenía algo más por lo que vivir además de su hijo. Era una mujer intuitiva por naturaleza, y sabía que no había nada malo en su paseo, pero sospechaba que socialmente había sido una temeridad.
No tardó, sin embargo, en ceder a la tentación de volver a acompañarlo, y en esa ocasión su conversación fue inequívocamente afectuosa, y Sam dijo que nunca la olvidaría, a pesar de lo mal que le había tratado en el pasado. Después de muchas dudas, le contó un proyecto que podía llevar a cabo, y en el que le gustaría embarcarse, puesto que no le convencía el trabajo de Londres: establecerse como frutero en Aldbrickham, la capital del condado donde habían nacido. Sabía de una oportunidad... la tienda de unos ancianos que querían retirarse.
-Y ¿por qué no lo haces, Sam? -preguntó ella, sintiendo que se le encogía el corazón.
-Porque no estoy seguro de... si vendrías conmigo. Sé que no lo harías... ¡no podrías! Has sido una dama durante tanto tiempo que ya no podrías casarte con alguien como yo.
-¡Supongo que sería difícil para mí! -asintió Sophy, también asustada con la idea.
-Si pudieras hacerlo -prosiguió Sam con vehemencia-, sólo tendrías que sentarte en la salita trasera y mirar por el tabique de vidrio cuando yo no estuviese... para vigilar un poco. La cojera no te lo impediría... y yo te daría todos los caprichos que pudiese, querida Sophy... ¡Si tuviera alguna esperanza! -le suplicó.
-Seré franca contigo, Sam -dijo ella, acariciando su mano-. Lo haría si no tuviera a nadie, y con mucho gusto, aunque pierda todo lo que tenga si vuelvo a casarme.
-¡No importa! ¡Así seremos más independientes!
-Querido, querido Sam, ¡qué bueno eres! Pero hay algo más. Tengo un hijo... Cuando me siento muy desgraciada, a veces imagino que no es realmente mío sino de mi difunto marido, que lo dejó a mi cuidado. ¡Tiene tan poco que ver conmigo y se parece tanto a su padre! Ha recibido una educación tan esmerada, y yo soy tan ignorante, que no me siento digna de ser su madre... Pero tendría que decírselo.
-Desde luego -exclamó Sam, que leyó sus pensamientos y percibió su miedo.
-A pesar de todo, Sophy... señora Twycott, puedes hacer lo que desees -añadió-. El hijo es él, no tú.
-¡Ay, no lo entiendes! Si pudiera casarme contigo, Sam, lo haría... algún día. Pero debes esperar un poco y dejarme reflexionar.
Aquello era suficiente para él, y estaba radiante cuando se separaron. Pero ella no. Contárselo a Randolph parecía imposible. Podía esperar hasta que él fuera a Oxford, cuando lo que ella hiciera apenas afectara a su vida. Pero ¿toleraría esa idea algún día? Y de no hacerlo, ¿sería capaz ella de desafiarlo?
No le había dicho nada cuando llegó el torneo anual de cricket en Lord's
*, aunque Sam ya había regresado a Aldbrickham. La señora Twycott se sentía más fuerte de lo habitual: acompañó a Randolph al partido, y estuvo en condiciones de abandonar su silla de ruedas y andar un poco. Se le ocurrió la brillante idea de abordar despreocupadamente el asunto cuando fueran de un lado a otro entre los espectadores; mientras el muchacho estuviera concentrado en el partido, cualquier asunto doméstico le parecería insignificante comparado con la victoria del día. Pasearon bajo el caluroso sol de julio, aquellos dos seres humanos, tan alejados el uno del otro y, al mismo tiempo, tan próximos; y Sophy contempló un elevado porcentaje de niños como el suyo, con anchos cuellos de camisa blancos y sombreros puntiagudos, todos alrededor de las hileras de grandes carruajes bajo los que se amontonaban los débris** de exquisitos almuerzos: huesos, migajas de hojaldre, botellas de champaña, vasos, platos, servilletas y la plata familiar. Entretanto, en los coches se sentaban los orgullosos padres; pero nunca una pobre madre como ella. Si Randolph no se hubiera relacionado con aquellas personas, ni hubiera concentrado todo su interés en ellas, ni se hubiera preocupado únicamente por la clase a la que pertenecían, ¡qué fáciles habrían sido las cosas! Un gran ¡hurra! se elevó entre la multitud de parientes para aclamar una pequeña jugada con el bate, y Randolph saltó como un loco para ver lo ocurrido. Sophy recordó la frase que había preparado; pero fue incapaz de pronunciarla. La ocasión era, quizá, inoportuna. El contraste entre la historia de su relación con Sam y el despliegue de elegancia que Randolph identificaba consigo mismo sería nefasto. Decidió esperar un momento mejor.
Una tarde en que los dos estaban solos en su sencilla residencia suburbana, donde la vida no era de color azul sino pardo, ella rompió finalmente su silencio, si bien resaltó, al anunciarle un probable segundo matrimonio, que no se celebraría en mucho tiempo, hasta que él llevara una vida independiente.
Al muchacho le pareció una idea muy razonable, y quiso saber si ya había elegido a alguien. La madre vaciló; y él pareció tener un presentimiento.
-Confío en que mi padrastro sea un caballero -dijo.
-No lo que tú consideras un caballero -respondió ella tímidamente-. Yo era de su misma clase antes de conocer a tu padre.
Y poco a poco fue poniéndole al corriente de todo. El joven escuchó con rostro impasible durante un rato; y luego enrojeció, se apoyó en la mesa y rompió a llorar con desconsuelo.
La madre se acercó a él y, deshaciéndose también en llanto, le besó cuanto pudo el rostro y le dio palmaditas en la espalda como si aún fuera el bebé de antaño. Cuando Randolph se hubo recuperado de su paroxismo de rabia y dolor, corrió a su dormitorio y se encerró con llave.
Se intentaron toda clase de argumentos por el ojo de la cerradura, pues la madre se quedó esperando y escuchando al otro lado de la puerta. Transcurrió mucho tiempo antes de que él contestara, y, cuando lo hizo, fue para exclamar con dureza desde su cuarto:
-¡Me avergüenzo de usted! ¡Será mi ruina! ¡Un despreciable patán! ¡Un palurdo! ¡Un payaso! ¡Me degradará ante los ojos de todos los caballeros de Inglaterra!
-No sigas... ¡es posible que me equivoque! ¡Trataré de evitarlo! -sollozó tristemente Sophy.
Antes de que Randolph se marchara aquel verano, ella recibió una carta de Sam. Le comunicaba que había tenido la suerte de hacerse inesperadamente con la tienda. Ya era de su propiedad; era la más grande de la ciudad, tenía tanto verduras como frutas, y algún día sería un hogar incluso digno de ella. ¿Le dejaba ir corriendo a la ciudad para verla?
Se encontró con él a escondidas, y le dijo que debía seguir esperando una respuesta definitiva. El otoño pasó lentamente y, cuando Randolph regresó a casa en Navidad, ella sacó a relucir el asunto de nuevo. Pero el joven caballero se mostró inflexible.
Nadie habló del tema durante meses; luego volvió a abordarse, y se dejó a un lado debido a la aversión del hijo; se produjo un nuevo intento; y la dulce criatura estuvo alegando razones y suplicando hasta que pasaron cuatro o cinco años. Entonces el leal Sam repitió su oferta de matrimonio con cierta perentoriedad. El hijo de Sophy, ahora en la universidad, había venido de Oxford una Semana Santa cuando ella comentó el asunto. Tan pronto como él se ordenara, argumentó, tendría una casa propia, en la que ella, con sus errores gramaticales y su ignorancia, sería un estorbo. Mucho mejor tenerla lo más lejos posible.
La ira de Randolph fue mucho menos infantil, pero siguió sin dar su consentimiento. Sophy, por su parte, se mostró más insistente, y él dudó que pudiera contar en ella cuando estuviese lejos. Sin embargo, con la indignación y el desprecio por su gusto, logró mantener su influencia; y acabó llevándola ante una pequeña cruz y un altar que había instalado en su dormitorio para rezar en privado, y le ordenó arrodillarse y jurar que no se casaría con Samuel Hobson sin su permiso.
-¡Se lo debo a mi padre! -exclamó el joven.
La pobre mujer le obedeció, pensando que su hijo se ablandaría tan pronto como recibiera las órdenes sagradas y se dedicase de lleno al trabajo eclesiástico. Pero no fue así. Por aquel entonces, su humanidad había sido suficientemente arrinconada por su educación para que no se tambaleara su firmeza; aunque su madre habría podido llevar una vida idílica con su fiel frutero, sin que nada hubiera empeorado en el mundo.
La cojera de Sophy se agravó con el paso del tiempo, y rara vez o nunca abandonaba la casa en la larga calle del sur, donde su corazón parecía languidecer.
-¿Por qué no puedo decirle a Sam que me casaré con él? ¿Por qué? -murmuraba lastimeramente cuando no había nadie cerca.
Alrededor de cuatro años después, un hombre de mediana edad esperaba en la entrada de la frutería más importante de Aldbrickham. Era el propietario, pero aquel día, en lugar de su ropa habitual de trabajo, llevaba un elegante traje negro; y su escaparate tenía los postigos medio cerrados. Un cortejo fúnebre fue acercándose desde la estación de tren: pasó por delante de su puerta y salió de la ciudad en dirección a la aldea de Gaymead. El hombre, con lágrimas en los ojos, sostuvo el sombrero en su mano mientras avanzaban los carruajes; y desde el coche fúnebre, un joven clérigo, pulcramente afeitado y con un amplio chaleco, dirigió una mirada cargada de odio al tendero.



* Sillas, generalmente con dosel, para montar en elefante.

* Famoso campo de cricket en St. John's Wood, en Londres. Pertenece al Marylebone Cricket Club, pero se juegan en él toda clase de partidos y torneos. El autor se refiere aquí al torneo anual entre los mejores colegios privados.

** Restos

ENTRE LO GOTICO Y LO VICTORIANO // CUENTOS DE AMOR // ¿ QUIEN MATO A ZEBEDEE ? // WILKIE COLLINS

WILKIE COLLINS (1824-1889)


Hijo del paisajista William Collins, nació en Londres. Fue aprendiz en una compañía de comercio de té, estudio leyes, hizo sus pinitos cómo pintor y actor, y antes de conocer a Charles Dickens en 1851, había publicado ya una biografía de su padre, Memoirs of the Life of William Collins (1848), una novela histórica, Antonina (1850), y un libro de viajes, Ramblees Beyond Railways (1851). Pero el encuentro con Dickens fue decisivo para la trayectoria de ambos. Basil inició en 1852 una serie de novelas «sensacionales», llenas de misterio y violencia, pero siempre dentro de un entorno de clase media, que, con su técnica brillante y su compleja estructura, sentaron las bases del moderno relato detectivesco y obtuvieron en seguida una gran repercusión: La dama de blanco (1860), Armadale (1862) ó La piedra lunar (1868) fueron tan aplaudidas cómo imitadas. Sin nombre (1862) y Marido y mujer (1870), también de este período, están escritas sin embargp con otras pautas; sus mujeres son heroínas dramáticamente condicionadas por una arbitraria, aunque real, situación legal. En la década de 1870, Collins ensayó temas y formas nuevas: La pobre señorita Finch (1871-1872) es un buen ejemplo de esta época. Escribió, asimismo, numerosos relatos breves. «Quién mató a Zebedee?» (Who killed Zebedee?) apareció por primera vez en enero de 1881 en The Seaside Library, y más tarde formaría parte del volumen de relatos Little Novels con el título de Mr. Policeman and the Cook.

¿Quién mató a Zebedee?

UNA INTRODUCCIÓN PARA MÍ


Cierto anochecer, antes de que el médico se marchara, le pregunté cuánto tiempo creía que me quedaba de vida. Me dijo que no era fácil saberlo, que podía morir antes de que él regresara por la mañana o vivir hasta finales de mes.
Al día siguiente estaba lo bastante vivo para pensar en la salvación de mi alma, y como era católico, pedí que me trajesen un sacerdote.
La historia de mis pecados, relatada en confesión, incluía haber faltado a mi deber y haber quebrantado las leyes de mi país. En opinión del sacerdote (y yo me mostré de acuerdo con él), tenía que reconocer públicamente mi culpa, si quería hacer acto de contrición como un buen católico inglés. Decidimos, por ese motivo, dividirnos el trabajo. Yo narré las circunstancias, mientras el reverendo padre cogía la pluma y modelaba la historia.
He aquí el resultado.

I

Cuando era un joven de veinticinco años, ingresé en el cuerpo de policía londinense. Después de casi dos años de cumplir con las severas y mal remuneradas tareas que caracterizan esa ocupación, me vi envuelto en la investigación oficial de mi primer caso serio y terrible... un caso nada menos que de asesinato.
Las circunstancias fueron las siguientes:
En aquella época, estaba destinado en una comisaría del norte de Londres, de la que, con su permiso, no daré más detalles. Cierto lunes me tocaba estar de guardia por la noche. Hasta las cuatro de la madrugada no ocurrió nada fuera de lo habitual. Era primavera y, entre el gas del alumbrado y el fuego de la chimenea, hacía demasiado calor en la oficina. Me dirigí a la puerta para respirar un poco de aire fresco, lo que sorprendió al inspector de servicio, un hombre muy sensible al frío. Caían unas gotas, y la humedad era tan desagradable que no tardé en volver junto a la lumbre. No creo que llevase más de un minuto sentado cuando alguien empujó violentamente la puerta giratoria. Una mujer completamente trastornada irrumpió en la habitación con un grito.
-¿Es ésta la comisaría? -preguntó.
Por una de esas bromas que gasta la naturaleza, nuestro inspector (por lo demás, un oficial excelente) tenía un temperamento ardiente bajo su constitución friolera.
-¡Válgame Dios! ¿Acaso no tiene ojos para verlo, mujer? -exclamó-. ¿Qué es lo que ocurre?
-¡Un asesinato! ¡Eso es lo que ocurre! -respondió ella con vehemencia-. Por el amor de Dios, vengan conmigo. Es en la casa de huéspedes de la señora Crosscapel, en el número catorce de Lehigh Street. ¡Una joven ha asesinado a su marido en plena noche! Con un cuchillo, señor. Dice que cree que lo ha matado mientras ella dormía.
Confieso que me asusté al oír sus palabras; y el tercer agente de servicio (un sargento) pareció, asimismo, impresionado. Ella era joven y muy bonita, incluso presa del terror, recién salida de la cama y vestida de cualquier forma, a toda prisa. En aquellos tiempos, me gustaban las mujeres altas... y, como suele decirse, ella era de mi tipo. Le acerqué una silla, y el sargento atizó el fuego. En cuanto al inspector, no había nada que pudiera alterarlo. La interrogó con la misma frialdad que si se tratara de un caso de robo de poca cuantía.
-¿Ha visto a la víctima? -preguntó.
-No, señor.
-¿Ya la esposa?
-No, señor. No me atreví a entrar en el dormitorio. Sólo conozco el crimen de oídas.
-¿De veras? Y ¿quién es usted? ¿Uno de los huéspedes?
-No, señor. Soy la cocinera
-¿Acaso la pensión no tiene dueño?
-Sí, señor. Está terriblemente asustado. Y la doncella ha ido en busca del médico. Los pobres criados tienen que hacerlo todo, por supuesto. ¡Ay! ¿Por qué pondría los pies en esa horrible casa?
La infortunada mujer rompió a llorar y temblaba de la cabeza a los pies. El inspector puso su declaración por escrito, y luego le pidió que la leyera y estampara su firma. Con este proceder, lo único que pretendía era que se le acercara lo suficiente para oler su aliento.
-Cuando las personas declaran algo extraordinario -me explicó después-, a veces uno se ahorra problemas cerciorándose de que no están bebidas. También he conocido a algunas que estaban locas... pero no es algo frecuente. Generalmente, lo leerás en su mirada.
La joven se levantó y escribió su nombre, Priscilla Thurlby. La prueba del inspector demostró que estaba sobria; y sus ojos -que sin duda eran de un hermoso color azul, además de dulces y afables, cuando no tenían aquella expresión de terror ni estaban enrojecidos por el llanto- le convencieron (tal como supuse) de que ella estaba en su sano juicio. Y lo primero que hizo fue poner el caso en mis manos. Comprendí que, ni siquiera entonces, creía que la historia fuera cierta.
-Vuelve con ella a la pensión -dijo-. Tal vez sea una estúpida broma, o una pelea más ruidosa de lo normal. Compruébalo personalmente, y escucha la opinión del médico. Si se confirma la gravedad del asunto, avísanos en seguida; y no dejes que nadie entre o salga de la casa hasta que lleguemos. ¡Un momento! ¿Sabes ya lo que has de decir si alguien quiere declarar algo por su cuenta?
-Sí, señor. Debo advertir a todos de que cualquier cosa que digan será puesta por escrito y podrá utilizarse en su contra.
-¡Muy bien! Un día de éstos llegarás a inspector. Y ahora, ¡señorita! -y, con estas palabras, se despidió de ella y la dejó a mi cargo.
Lehigh Street no estaba muy lejos... a unos veinte minutos andando desde la comisaría. Reconozco que pensé que el inspector había sido bastante duro con Priscilla. Era natural que la joven estuviera enfadada con él.
-¿Qué ha querido decir con eso de una broma? -exclamó-, ¡Ojalá estuviera tan asustado como yo! Es la primera vez que trabajo de criada, señor... y pensaba que había encontrado un lugar muy respetable.
Apenas hablé con ella; a decir verdad, estaba bastante nervioso por la misión que me habían encomendado. Al llegar a la casa, alguien abrió la puerta antes de que yo tuviera tiempo de llamar. Un caballero salió, y resultó ser el médico. Se detuvo nada más verme.
-Debe tener mucho cuidado, agente -dijo-. He hallado al hombre boca arriba, en la cama, muerto... con la navaja que le ha matado todavía clavada.
Al oír esto, sentí la necesidad de enviar a alguien a la comisaría. ¿Dónde podría encontrar a un mensajero de confianza? Me tomé la libertad de preguntar al doctor si no le importaría repetir sus palabras a la policía. La jefatura le venía casi de camino a casa. Accedió amablemente a mi petición.
La patrona (la señora Crosscapel) se reunió con nosotros mientras hablábamos. Aún era una mujer joven; y no parecía fácil de asustar, ni siquiera por un asesinato en la casa. Su marido estaba en el pasillo, detrás de ella. Tenía suficiente edad para ser su padre; y temblaba hasta tal punto de terror que cualquiera podría haber pensado que él era el culpable. Quité la llave de la puerta, después de asegurarme de que estaba bien cerrada.
-Nadie puede abandonar la pensión, ni entrar en ella, hasta que venga el inspector. Y ahora debo registrar el edificio para ver si se han forzado puertas o ventanas -señalé a la señora Crosscapel.
-Hay una llave en la puerta del patio -respondió ella-. Siempre está cerrada. Puede bajar conmigo y comprobarlo.
Priscilla nos acompañó. Su patrona le ordenó que encendiera el fuego de la cocina.
-A algunos de nosotros nos sentará bien una taza de té -comentó la señora Crosscapel.
Le dije que, dadas las circunstancias, se tomaba las cosas con mucha calma. Ella me repuso que la patrona de una casa de huéspedes no podía permitirse el lujo de perder los estribos, pasara lo que pasara.
Encontré la puerta del patio cerrada con llave, y las contraventanas de la cocina con el cerrojo echado. La cocina y la puerta trasera estaban, asimismo, atrancadas. No había nadie escondido en ningún lugar. Volví a subir las escaleras e inspeccioné el ventanal de la sala que daba a la fachada. De nuevo, unas contraventanas firmemente cerradas respondieron de la seguridad de la habitación. Oí una voz cascada a través de la puerta de la salita trasera.
-El agente puede entrar -dijo-, si promete no mirarme.
Me volví hacia la patrona en busca de alguna aclaración.
-Es mi huésped, la señorita Mybus -contestó-; una dama de lo más respetable que se aloja en esta planta.
Cuando entré en el cuarto, vi algo cuidadosamente enrollado en la colcha de la cama. La pudorosa señorita Mybus se había hecho invisible de ese modo. Una vez convencido de la seguridad de la parte baja de la casa, y con las llaves en mi bolsillo, me dispuse a subir al piso de arriba.
Mientras nos dirigíamos a las alturas, pregunté si habían recibido alguna visita el día anterior. Sólo habían venido dos personas, amigas de los huéspedes, y la señora Crosscapel las había despedido personalmente en la puerta. Mi siguiente pregunta estuvo relacionada con sus inquilinos. En la planta baja se alojaba la señorita Mybus. En el primer piso, y ocupando las dos habitaciones, el señor Barfield, un solterón que trabajaba en una oficina de comercio. Una planta más arriba, en el dormitorio que daba a la fachada, el señor John Zebedee, la víctima, y su mujer; en el cuarto del fondo, el señor Deluc, representante de una compañía de cigarros, y supuestamente un caballero criollo de La Martinica. En la buhardilla delantera, el señor y la señora Crosscapel; en la que daba al patio, la cocinera y la doncella. Y éstos eran los habitantes que tenía regularmente la pensión. Pregunté por las criadas.
-Dos muchachas excelentes -replicó la patrona-; de otro modo, no servirían en mi casa.
Llegamos al segundo piso, y encontramos a la doncella de guardia ante la puerta del dormitorio principal. No era tan agraciada como la cocinera y, como es natural, estaba muy asustada. Su señora le había ordenado que se quedará allí para avisar si la señora Zebedee, a la que tenían encerrada en el cuarto, se ponía violenta. Mi llegada liberó a la doncella de su responsabilidad. Corrió escaleras abajo para reunirse con su compañera en la cocina.
Pregunté a la señora Crosscapel cómo y cuándo se habían enterado del asesinato.
-Poco después de las tres -contestó-, me despertaron los gritos de la señora Zebedee. La encontré aquí en el rellano, y el señor Deluc, muy alarmado, intentaba tranquilizarla. Como duerme en la habitación contigua, sólo tuvo que abrir la puerta cuando sus gritos le despertaron. «¡Mi querido John ha sido asesinado! ¡Y yo soy la única culpable... lo maté dormida! », repitió una y otra vez con desesperación, hasta que cayó desvanecida. El señor Deluc y yo la llevamos de vuelta a su dormitorio. Los dos creíamos que la pobre criatura se había vuelto loca por culpa de alguna espantosa pesadilla. Pero cuando nos acercarnos a la cama... no me pregunte lo que vimos, el doctor ya se lo ha contado. Durante una época trabajé de enfermera en un hospital y me acostumbré a ver las cosas más horribles. Sin embargo, se me heló la sangre y la cabeza empezó a darme vueltas. En cuanto al señor Deluc, pensé que iba a desmayarse.
Después de oír esto, pregunté si la señora Zebedee había dicho o hecho algo extraño desde que era huésped de la señora Crosscapel.
-¿Acaso cree que no está en su sano juicio? -quiso saber la patrona-. Lo cierto es que cualquiera sería de su opinión... ante una joven que se acusa a sí misma de haber asesinado a su marido mientras estaba dormida. Lo único que puedo decir es que, hasta esta madrugada, jamás había conocido a una personita más pacífica, juiciosa y educada que la señora Zebedee. Recién casada, imagínese; y enamorada hasta los tuétanos de su infortunado esposo. Yo diría que, entre las gentes de su nivel social, eran una pareja modélica.
No quedaba nada más por decir en el rellano de la escalera. Abrimos la puerta y entramos en el cuarto.

II

Estaba en la cama, acostado boca arriba, tal como lo había descrito el médico. En el lado izquierdo de su camisa de dormir, justo sobre el corazón, la tela ensangrentada contaba su espantosa historia. Por lo que uno era capaz de juzgar, contemplando de mala gana aquel rostro sin vida, debía de haber sido un hombre muy guapo. Era una visión que acongojaría a cualquiera; pero creo que el momento más doloroso para mí fue cuando reparé en su desdichada mujer.
Estaba en el suelo, acurrucada en un rincón; una mujer pequeña y morena, vestida con elegancia de colores muy vivos. Su cabello negro y sus enormes ojos castaños parecían intensificar aún más la terrible palidez de su rostro. Nos miraba fijamente, como si no nos viera. Le hablamos, y no salió una sola palabra de sus labios. Si no se hubiera pellizcado sin cesar los dedos y no se hubiese estremecido de vez en cuando como si tuviera frío, cualquiera podría pensar que estaba muerta, al igual que su marido. Me acerqué a ella y traté de levantarla. La joven se echó hacia atrás con un grito que me dio escalofríos, y no por estentóreo, sino porque se acercaba más al gemido de un animal que al de un ser humano. Por muy tranquila y serena que se hubiera mostrado siempre ante la patrona de la casa de huéspedes, lo cierto es que ahora se encontraba fuera de sí. Es posible que me suscitara lástima, o que yo estuviera totalmente trastornado... lo único que sé es que no me pareció posible que fuera culpable. Incluso llegué a decir a la señora Crosscapel:
-No creo que lo hiciera ella.
Mientras pronunciaba estas palabras, alguien llamó a la puerta de la calle. Bajé en seguida las escaleras y dejé entrar (con gran alivio) al inspector, acompañado de uno de nuestros hombres.
Esperó a que yo le contara lo ocurrido, antes de subir, y expresó su conformidad con los pasos que había seguido.
-Todo parece indicar que alguien de la casa ha cometido el asesinato -comentó.
Y, después de decir esto, dejó al otro agente en la planta baja y subió conmigo al segundo piso.
Llevaba menos de un minuto en la habitación cuando descubrió un objeto que a mí me había pasado inadvertido.
Se trataba de la navaja con la que se había cometido el delito. El médico la había encontrado en el cuerpo de la víctima, la había extraído para examinar la herida y la había dejado en la mesilla de noche. Era una de esas navajas tan prácticas, que tienen una sierra, un sacacorchos y otros utensilios parecidos. La enorme hoja volvía a cerrarse, una vez abierta, con un resorte. Excepto en los lugares donde estaba manchada de sangre, seguía tan brillante como el día de su compra. Había una pequeña placa en el mango de asta, con una inscripción a medio grabar donde se leía: «Para John Zebedee de ...». Y, aunque parezca extraño, ahí se interrumpía.
¿Quién o qué había detenido el trabajo del grabador? Era imposible adivinarlo. Sin embargo, el inspector encontró ese detalle muy alentador.
-Nos servirá de ayuda -exclamó.
Luego, sin dejar de mirar a la pobre criatura en el rincón, escuchó lo que la señora Crosscapel tenía que contarle.
Cuando ésta terminó de hablar, el inspector quiso conocer al huésped que dormía en la habitación contigua.
El señor Deluc apareció en la puerta del dormitorio; el espectáculo que vio en el interior le hizo volver la cabeza, horrorizado. Iba envuelto en un maravilloso batín azul, con cinturón y orlas de color dorado. Su escaso pelo rizado caía en tirabuzones (si eran artificiales o no, soy incapaz de decirlo). Tenía la tez aceitunada Sus ojos color marrón verdoso eran de esos que se llaman «saltones»; daba la sensación de que podrían salir de su rostro si alguien ponía una cuchara debajo. Llevaba el bigote y la perilla cuidadosamente aceitados, y, para completar el equipo, tenía un cigarro largo y negro en la boca.
-No es insensibilidad ante esta horrible tragedia -explicó-. Tenga los nervios destrozados, señor agente, y sólo así lograré serenarme. Le ruego que me disculpe y tenga compasión de mí.
El inspector interrogó a este testigo a fondo y sin demasiados miramientos. No era un hombre que se dejara engañar por las apariencias, pero comprendí que el señor Deluc estaba muy lejos de gustarle, y que desconfiaba de él. No nos dijo nada que no me hubiera contado ya la señora Crosscapel. El señor Deluc regresó a su habitación.
-¿Cuánto tiempo lleva alojado con ustedes? -preguntó el inspector, en cuanto se dio la vuelta.
-Cerca de un año -respondió la patrona.
-¿Les facilitó referencias?
-Todo lo buenas que podíamos desear.
Acto seguido, dio los nombres de unos comerciantes que tenían una famosa compañía de cigarros en la City. El inspector anotó aquella información en su libreta.
Preferiría no extenderme en lo que ocurrió a continuación: resulta demasiado penoso para detenerme en ello. Únicamente les diré que la pobre demente fue llevada a comisaría en un carruaje. El inspector se quedó con la navaja y con un libro que encontramos en el suelo, titulado El mundo del sueño. Cerramos con llave el baúl con todas sus pertenencias, además de la puerta del dormitorio; las dos llaves quedaron a mi cargo. Me ordenaron permanecer en la casa e impedir que nadie la abandonara, hasta que, muy pronto, tuviera noticias del inspector.

III

La investigación judicial fue aplazada y el interrogatorio ante el magistrado concluyó con un auto de prisión preventiva; la señora Zebedee no estaba en condiciones de seguir los trámites en ninguno de los dos casos. El médico declaró que una terrible impresión la había dejado completamente postrada. Cuando le preguntaron si creía que había estado en sus cabales antes del asesinato, se negó a contestar de forma categórica.
Pasó una semana. El hombre asesinado recibió sepultura, y su anciano padre asistió al funeral. De vez en cuando veía a la señora Crosscapel y a las dos criadas, con el fin de que me facilitaran mas datos sobre algún detalle de interés. Tanto la cocinera como la doncella habían avisado de su marcha con un mes de antelación, negándose, por su propio bien, a continuar en una casa que había sido escenario de un crimen. Los nervios del señor Deluc le empujaron, asimismo, a mudarse; los sueños más terribles alteraban su reposo. Pagó la sanción estipulada y se marchó sin previo aviso. El huésped de la primera planta, el señor Barfield, conservó sus habitaciones, pero obtuvo permiso de sus jefes para ausentarse, y se refugió en el campo con unos amigos. La señorita Mybus fue la única que se quedó, en su salita de la planta baja.
-Cuando uno se siente cómodo a mi edad -dijo la anciana-, no hay nada que le haga cambiar de alojamiento. Un asesinato dos pisos más arriba es casi lo mismo que un asesinato en la casa vecina. La distancia, como puede ver, es lo único que importa.
A la policía le era indiferente lo que hicieran los huéspedes. Teníamos hombres de paisano vigilando la pensión noche y día. Seguíamos discretamente a los que se marchaban, y, a partir de ese momento, los agentes de su distrito no les quitaban el ojo de encima. Mientras no pudiéramos someter a interrogatorio y escuchar la extraordinaria declaración de la señora Zebedee -pues, hasta entonces, habíamos sido incapaces de seguir la pista de la navaja y de llegar hasta su comprador-, estábamos decididos a impedir que cualquier persona que hubiese estado en la pensión de la señora Crosscapel la noche del asesinato se nos escabullera

IV

Quince días más tarde, la señora Zebedee estuvo lo bastante recuperada para prestar declaración, después de las observaciones previas que se realizan a quienes se hallan en sus condiciones. En esta ocasión, el médico fue rotundo al afirmar que la joven estaba en su sano juicio.
La señora Zebedee había trabajado de criada. Durante sus últimos cuatro años de servicio, había ocupado el puesto de doncella de la señora en casa de una familia residente en Dorsetshire. El único defecto que le habían encontrado allí era que, de vez en cuando, padecía sonambulismo, lo que obligaba a otra criada a dormir en su mismo cuarto, con la puerta bien cerrada y la llave debajo de la almohada. Por lo demás, la doncella fue descrita por su señora como un «auténtico tesoro».
En los últimos seis meses que vivió en esa casa, un joven llamado John Zebedee entró a trabajar de lacayo (con muy buenas recomendaciones). No tardó en enamorarse de la encantadora doncellita, y ella le correspondió. Es muy posible que hubieran tenido que esperar años y años antes de que su situación económica les permitiera casarse, de no haber sido por la muerte del tío de Zebedee, que le dejó una pequeña fortuna de dos mil libras. Para unas personas de su posición, era una riqueza suficiente para hacer lo que quisieran, y salieron de la casa donde habían servido juntos para contraer matrimonio; las niñas de la familia mostraron su cariño por la señora Zebedee actuando como sus damas de honor.
El joven marido era un hombre prudente. Decidió invertir su pequeño capital del modo más ventajoso, dedicándose a la cría de ovejas en Australia. Su mujer no puso ninguna objeción. Estaba dispuesta a seguir a John al fin del mundo.
Así, pues, pasaron su breve luna de miel en Londres, a fin de ver con sus propios ojos el barco donde iban a hacer la travesía. Eligieron la pensión de la señora Crosscapel porque el tío de Zebedee siempre se había alojado allí cuando visitaba Londres.
Faltaban diez días para embarcarse. Eso proporcionó a la joven pareja unas agradables vacaciones, y la posibilidad de disfrutar cuanto quisieran de los monumentos y espectáculos de la gran ciudad.
La primera noche fueron al teatro. Los dos estaban acostumbrados al aire fresco del campo, y el calor y el gas del alumbrado les parecieron asfixiantes. Sin embargo, aquel pasatiempo nuevo para ellos les agradó tanto que, al día siguiente, decidieron asistir a otro espectáculo. En esa segunda ocasión, John Zebedee encontró el calor insoportable. Salieron del teatro y llegaron a su alojamiento cerca de las diez en punto.
Dejemos que el resto de la historia lo cuente la propia señora Zebedee:
-Nos quedamos charlando un rato en nuestro dormitorio, y el dolor de cabeza de John empeoró. Le convencí de que se acostara, y apagué la vela (la luz del fuego era suficiente para desvestirse) a fin de que pudiera dormirse antes. Pero estaba demasiado inquieto para conciliar el sueño. Me pidió que le leyera algo. Los libros siempre le adormecían.
»Aún no había empezado a desnudarme, de modo que volví a encender la vela y abrí mi único libro. John lo había descubierto en el quiosco de libros de la estación, y se había fijado en él porque se titulaba El mundo del sueño. Solía bromear conmigo por ser sonámbula, y me lo regaló con estas palabras: "Aquí tienes algo que seguro te interesará".
»No llevaba ni media hora leyendo cuando se quedó profundamente dormido. Como no estaba cansada, continué la lectura en voz baja.
»Lo cierto es que el libro me interesaba mucho. Una de sus historias era terrible y me impresionó vivamente: la historia de un hombre que apuñalaba sonámbulo a su propia mujer. Pensé en cerrar el libro después de aquello, pero cambié de opinión y seguí leyendo. Los capítulos siguientes no eran tan emocionantes. Estaban llenos de eruditas explicaciones sobre por qué conciliamos el sueño, qué pasa en nuestros cerebros cuando estamos inconscientes, y esa clase de cosas. Y acabé quedándome también amodorrada en el sillón junto a la chimenea.
»No recuerdo a qué hora me acosté, ni cuánto tiempo estuve dormida, ni si tuve algún sueño o no. La vela y el fuego se habían consumido y estaba oscuro como boca de lobo cuando me desperté. Ni siquiera sé por qué lo hice, a menos que fuera por el frío que hacía en la habitación.
»Había una vela de repuesto en la repisa de la chimenea. Encontré la caja de cerillas y la encendí. Fue entonces cuando, por primera vez, me volví hacia la cama y vi...
Había visto el cadáver de su marido, asesinado mientras ella dormía junto a él; y el mero recuerdo hizo que la pobre criatura se desmayara. El interrogatorio se suspendió. La joven recibió toda clase de cuidados y atenciones; el capellán estaba tan preocupado por su bienestar como el médico.
No he mencionado las declaraciones de la patrona y de las criadas. Fueron tomadas por simple formalidad. Lo poco que sabían no probaba nada contra la señora Zebedee. La policía fue incapaz de descubrir algo que confirmase su primera y enloquecida acusación contra sí misma. Los señores de la última casa donde había trabajado hablaron de ella en los términos más elogiosos. Habíamos llegado a un punto muerto.
Se había juzgado más oportuno no sorprender al señor Deluc, por el momento, citándolo como testigo. La acción de la ley, sin embargo, se precipitó en esta ocasión al recibir un escrito privado del capellán.
Después de entrevistarse dos veces con la señora Zebedee, el reverendo caballero estaba convencido de que la joven era tan inocente como él de la muerte de su marido. No consideró justificado repetir unas palabras que le habían dicho de manera confidencial; se limitó a recomendar que citasen al señor Deluc para que compareciera en el siguiente interrogatorio. Y siguieron su consejo.
La policía no tenía ninguna prueba contra la señora Zebedee cuando se reanudó la investigación. Para cumplir con todos los requisitos, fue conducida al banquillo de testigos. Apenas se mencionó el descubrimiento del cadáver de su marido cuando se despertó a altas horas de la madrugada. únicamente se le hicieron tres preguntas importantes:
En primer lugar, sacaron la navaja. ¿La había visto alguna vez en manos de su marido? Nunca. ¿Sabía algo de ella? Nada en absoluto.
En segundo lugar, ella o su marido ¿cerraron con llave la puerta del dormitorio cuando volvieron del teatro? No. ¿La cerró ella más tarde? No.
En tercer lugar, ¿tenía alguna razón para creer que había asesinado sonámbula a su marido? Ninguna, si no fuera porque estaba fuera de sí en ese momento, y porque el libro le había metido esa idea en la cabeza.
Después de estas declaraciones, enviaron fuera de la sala a los demás testigos. El motivo fue la lectura del escrito del capellán. Preguntaron a la señora Zebedee si había ocurrido algo desagradable entre el señor Deluc y ella.
Sí. El la había cogido desprevenida en las escaleras, había tenido el atrevimiento de decir que la amaba y había llevado aún más lejos el insulto intentando besarla. Ella le había abofeteado y le había dicho que, si volvía a comportarse de ese modo, se lo contaría a su marido. El se había puesto furioso y había exclamado: «¡Se arrepentirá de esto, señora!».
Después de consultarlo, y a petición de nuestro inspector, decidieron no informar al señor Deluc, todavía, de las declaraciones de la señora Zebedee. Cuando los testigos volvieron a la sala, el señor Deluc repitió el mismo testimonio que le había dado previamente al inspector; entonces le preguntaron si sabía algo de la navaja. La miró sin el menor atisbo de culpabilidad en su rostro, y juró no haberla visto jamás hasta ese momento. La nueva investigación llegó a su fin sin que hubiéramos descubierto nada.
Pero seguimos vigilando al señor Deluc. Y dedicamos nuestros siguientes esfuerzos a tratar de relacionarlo con la compra de la navaja.
El resultado (era como si realmente hubiera una especie de adversidad en el caso) volvió a ser desalentador. No nos costó averiguar, por la marca que había en la hoja, que el mayorista era de Sheffield. Pero fabricaba miles de navajas similares y las vendía en todas partes. En cuanto a dar con la persona que había grabado la inscripción a medias (sin saber dónde o quién la había comprado), habría sido más fácil encontrar la proverbial aguja en un pajar. Nuestro último recurso fue fotografiar la navaja, con la inscripción boca arriba, y enviar una copia a todas las comisarías del país.
Al mismo tiempo, estudiamos a fondo al señor Deluc; lo que quiero decir es que investigamos su pasado, por si había conocido antes a la víctima y había tenido alguna disputa o rivalidad con él a causa de una mujer. Pero no nos vimos recompensados con semejante hallazgo.
Descubrimos que Deluc había llevado una vida disipada, y había elegido siempre las peores compañías. Pero se había preocupado de no infringir la ley. Un hombre puede ser un vagabundo y un libertino, puede insultar a una dama, puede amenazarla lleno de ira porque su rostro acaba de ser abofeteado, pero no podemos deducir, de estos borrones en su carácter, que haya asesinado al marido a altas horas de la madrugada.
De modo que, cuando nos llamaron, una vez más, para presentar nuestro informe, seguíamos sin tener pruebas. Las fotografías tampoco lograron descubrir al propietario de la navaja, ni explicar el motivo de la inscripción a medio grabar. Se permitió que la infortunada señora Zebedee regresara con sus amigos, siempre que se comprometiera a volver si su presencia era requerida. Los artículos de los periódicos empezaron a preguntarse cuántos asesinos más conseguirían despistar a la policía. Las autoridades de la hacienda pública ofrecieron una recompensa de cien libras por la información necesaria. Pero pasaron las semanas y nadie reclamó el dinero.
Nuestro inspector no era un hombre que se rindiera fácilmente. Prosiguieron las investigaciones y los interrogatorios. No es necesario hablar de ellos. Fuimos derrotados y, en lo que se refiere a la policía y al público, ahí terminó la historia. El asesinato del pobre recién casado no tardó en caer en el olvido, como otros crímenes sin resolver. Sólo un oscuro individuo fue lo bastante necio para intentar esclarecer, en sus horas libres, el enigma de quién mató a Zebedee. Pensaba que ascendería al puesto más elevado del cuerpo policial si triunfaba allí donde sus superiores habían fracasado; y, aunque todos se reían de él, se aferró a su pequeña ambición. Para no andarme con rodeos, yo era ese hombre.

V

Sin pretenderlo, he sido un poco desconsiderado al contar mi historia.
Dos personas no vieron nada malo en mi resolución de seguir investigando por mi cuenta. Una de ellas fue la señorita Mybus, y la otra, Priscilla Thurlby, la cocinera.
A la señorita Mybus, para empezar con la dama, le había indignado la resignación con que la policía había aceptado su derrota. Era una mujer enjuta y menuda, de mirarla expresiva, que no se mordía la lengua.
-Es algo que me resulta familiar -afirmó-. Sólo hace falta volver la vista atrás un año o dos. Recuerdo un par de casos de asesinato en Londres... y los criminales nunca fueron encontrados. Yo también soy un ser humano, y me pregunto si no seré la próxima víctima. Es usted un joven muy apuesto, y me gustan su valor y su perseverancia. Puede venir siempre que lo desee; y diga que viene a visitarme si le ponen algún impedimento para entrar. ¡Una cosa más! Me sobra mucho tiempo y no tengo un pelo de tonta. Aquí, en la planta baja, veo a todos los que entran y salen de la casa. Déjeme su dirección; es posible que todavía le consiga alguna información.
A pesar de sus buenas intenciones, la señora Mybus no tuvo ocasión de ayudarme. Pensé que, de las dos mujeres, Priscilla Thurlby sería probablemente la más útil.
En primer lugar, era inteligente y muy activa, y (como aún no había encontrado un buen empleo) no tenía que dar cuenta a nadie de sus movimientos.
En segundo lugar, era una mujer en la que yo podía confiar. Antes de abandonar su hogar para colocarse de criada en Londres, el rector de su parroquia natal le escribió una caria de recomendación, de la que adjunto una copia. Decía lo siguiente:
Es una satisfacción para mí recomendar a Priscilla Thurlby para cualquier empleo respetable que pueda desempeñar. Sus padres son personas ancianas y enfermas, cuyos ingresos han disminuido en los últimos tiempos; y tienen una hija másjoven que mantener. En lugar de ser una carga para sus progenitores, Priscilla se dirige a Londres para entrar en el servicio doméstico y ayudar a la familia con su sueldo. Esta circunstancia habla por sí sola. Hace muchos años que conozco a los Thurlby, y lo único que lamento es no tener ningún puesto libre en mi casa para esta bondadosa muchacha.
(Firmado)
HENRY DERRINCTON, rector de Roth

Después de leer estas palabras, podía pedir tranquilamente a Priscilla que me ayudara a reabrir el misterioso caso de asesinato con muy buenos propósitos.
Tenía el convencimiento de que lo sucedido en la pensión de la señora Crosscapel no había sido aún bien investigado. Para continuar mis pesquisas, pregunté a Priscilla si sabía algo que pudiera relacionar a la otra criada con el señor Deluc.
-No quisiera que las sospechas recayeran en una persona inocente -contestó de mala gana-. Además, trabajé tan poco tiempo con ella...
-Dormía en su mismo cuarto -señalé-, y tuvo usted muchas oportunidades de observar cómo se comportaba con los huéspedes. Si le hubieran preguntado esto en el interrogatorio, habría contestado con sinceridad.
Este argumento pareció convencerla. Sus datos arrojaron nueva luz sobre el señor Deluc, y sobre el caso en general. Actué de acuerdo con esa información. Fue un trabajo lento, debido a las exigencias de mis responsabilidades cotidianas, pero, con la ayuda de Priscilla, avancé resueltamente en la dirección que me había propuesto.
Además de esto, debía otras cosas a la hermosa cocinera de la señora Crosscapel. Antes o después tendré que confesarlo, así que ¿por qué no hacerlo ahora? Supe por primera vez lo que era el amor gracias a Priscilla. Conocí los besos más maravillosos gracias a Priscilla. Y, cuando le pedí que se casara conmigo, no me respondió que no. He de reconocer que pareció algo triste y dijo:
-¿Cómo pueden pensar en casarse algún día dos personas tan pobres como nosotros?
-No tardaré en dar con la pista que mi inspector no ha logrado encontrar. Entonces, amor mío, podré casarme contigo.
En nuestra siguiente cita, hablamos de sus padres. Yo ya era su prometido. A juzgar por lo que había oído sobre el comportamiento de otras personas en mi situación, pensé que lo más correcto era conocer a sus progenitores. Priscilla se mostró de acuerdo, y escribió a casa ese mismo día para decir que nos esperaran al final de la semana.
Me quedé de guardia por la noche, y conseguí, de ese modo, casi todo el día siguiente libre. Me vestí con sencillez, y sacamos nuestros billetes de tren hasta Yateland, la estación más cercana al pueblo donde vivían los padres de Priscilla.

VI

El tren se detuvo, como de costumbre, en la ciudad de Waterbank. Como Priscilla se ganaba la vida de costurera (mientras no encontraba otra colocación) y había trabajado hasta muy tarde, estaba agotada y tenía sed. Bajé del vagón para comprar un poco de gaseosa. La estúpida jovencita de la cantina fue incapaz de sacar el tapón de la botella y se negó a dejar que la ayudara. Cogió un sacacorchos y lo introdujo torcido. Perdí la paciencia y le quité la botella de las manos. Cuando acababa de sacar el tapón, tocaron la campana en el andén. Serví rápidamente la gaseosa en un vaso, pero el tren empezaba a moverse cuando salí de la cantina. Los mozos de estación me detuvieron cuando intentaba saltar al vagón. Me quedé atrás.
Tan pronto como recuperé la calma, consulté el horario de trenes. Habíamos llegado a Waterbank a la una y cinco, y Yateland (la siguiente estación) estaba a diez minutos. Sólo podía confiar en que Priscilla mirase también el horario y me esperara. Si hubiera intentado ir andando de una estación a otra, habría perdido tiempo en vez de ganarlo. No tardaría en llegar otro tren, y me entretuve visitando la ciudad.
Con todo mi respeto a sus habitantes, Waterbank (para los foráneos) es un lugar muy aburrido. Subí por una calle y bajé por otra, y me detuve a mirar una tienda que llamó mi atención; no por algo que viera en ella, sino porque era el único comercio con los postigos cerrados.
Habían fijado en ellos un cartel, anunciando el alquiler del local. El nombre y el negocio del antiguo comerciante se leían en las tradicionales letras pintadas: «James Wycomb, cuchillero, etc.».
Por primera vez, me di cuenta de que habíamos olvidado un obstáculo en nuestro camino al distribuir las fotograbas de la navaja. Ninguno de nosotros habíamos recordado que cierto número de cuchilleros quedaría fuera de nuestro alcance... unas veces por haberse jubilado, y otras por haberse declarado en quiebra. Yo siempre llevaba encima una copia de la fotografía, así que pensé: «¡He aquí una posibilidad remota de que la navaja nos conduzca hasta el señor Deluc!».
Después de tocar dos veces la campanilla, un viejo muy sucio y muy sordo abrió la puerta de la tienda.
-Será mejor que suba las escaleras y hable con el señor Scorrier, en el último piso -dijo.
Puse los labios en la trompetilla del anciano y le pregunté quién era el señor Scorrier.
-El cuñado del señor Wycomb. El señor Wycomb ha muerto. Si quiere comprar su negocio, dígaselo al señor Scorrier.
Al oír su respuesta, me dirigí a la planta superior y encontré al señor Scorrier grabando unas letras en una placa de latón. Era un hombre de mediana edad, con rostro cadavérico y ojos vidriosos. Después de pedirle disculpas, saqué la fotografía.
-Si me permite, señor, ¿sabe algo de la inscripción de esta navaja? -inquirí.
Cogió su lupa para mirarla.
-¡Qué curioso! -exclamó en voz baja-. Recuerdo ese extraño nombre... Zebedee. Sí, señor, yo la grabé, hasta donde llega. Me gustaría saber qué me impidió terminarla.
El nombre de Zebedee, y la inscripción a medias, habían aparecido en todos los periódicos de Inglaterra. Y él se tomaba el asunto con tanta calma que yo no supe cómo interpretar su respuesta. ¿Acaso era posible que no hubiera leído la noticia del asesinato? ¿O se trataba de un cómplice con un increíble dominio sobre sí mismo?
-Perdone -le dije-, ¿lee usted los periódicos?
-Jamás! Tengo la vista muy cansada. Me abstengo de leer por el bien de mi trabajo.
-¿No ha oído mencionar el nombre de Zebedee? Especialmente a alguien que lea los periódicos.
-Es muy probable, pero no presté atención. Cuando acabo mi jornada laboral, doy un paseo. Luego ceno, bebo unos traguitos de ponche y fumo mi pipa. Y después me acuesto. ¡Quizá le parezca una existencia aburrida! Pero fui muy desgraciado en mi juventud, señor. Y ganar lo justo para vivir y tener un poco de reposo, antes de descansar para siempre en la tumba..., es todo cuanto deseo. Hace mucho tiempo que el mundo gira sin mí. ¡Y es lo mejor!
El pobre hombre era sincero. Me sentí avergonzado de haber dudado de él. Volví al asunto de la navaja.
-¿Sabe dónde fue comprada y por quién? -pregunté.
-Mi memoria no es tan buena como antes -replicó-, pero tengo algo que me sirve de ayuda.
Sacó de un armario un viejo y sucio álbum, en el que, por lo que pude ver, había pegado tiras de papel escritas a mano. Consultó un índice y abrió una página. Su rostro sombrío pareció revivir durante unos segundos.
-¡Ah! Ahora lo recuerdo dijo-. La navaja fue comprada a mi difunto cuñado, en la tienda de abajo. Vuelvo a acordarme de todo, señor. Una persona enajenada irrumpió en este mismo cuarto y ¡me quitó la navaja de las manos cuando aún no había terminado la inscripción!
Comprendí que estaba muy cerca de descubrir algo.
-¿Me deja ver lo que ha refrescado su memoria? -inquirí.
-Sí, señor. Me gano la vida grabando inscripciones y direcciones, y voy pegando en este libro los manuscritos que me entregan, con mis anotaciones en el margen. Si lo hago es porque me sirven de modelo para los nuevos clientes. Y también porque refrescan mi memoria.
Volvió el álbum hacia mí y señaló una tira de papel que ocupaba la parte inferior de una hoja.
Leí la inscripción completa, destinada a la navaja que había matado a Zebedee, y decía lo siguiente:
«Para John Zebedee. De Priscilla Thurlby».

VII

Es casi imposible para mí describir lo que sentí cuando el nombre de Priscilla apareció ante mis ojos como una confesión de culpabilidad por escrito. Soy incapaz de decir cuanto tiempo tardé en sobreponerme. Lo único que recuerdo con claridad es que asusté al pobre grabador.
Mi primer deseo fue apoderarme de la inscripción manuscrita. Le expliqué que era un policía y le pedí que me ayudara a resolver un crimen. Incluso le ofrecí dinero. Él lo rechazó.
-Se lo daré gratis -dijo-, si me promete marcharse muy lejos y no regresar nunca.
Trató de recortarla de la página, pero sus manos temblaban demasiado. Lo hice yo mismo, e intenté darle las gracias. No quiso ni oírme.
-¡Váyase! -exclamó-. No me fío de usted.
Puede objetarse que yo no debía haber estado tan seguro de la culpabilidad de la joven hasta haber tenido más pruebas en su contra. Es posible que alguien le hubiera robado la navaja (suponiendo que ella fuese la persona que se la había quitado al grabador), y que el ladrón la hubiera utilizado más tarde para cometer el asesinato. Todo eso es cierto. Pero no abrigué la menor duda desde que leí aquella línea detestable en el álbum del señor Scorrier.
Volví a la estación sin ningún plan definido en la cabeza. El tren que me había propuesto coger ya había salido de Waterbank. El siguiente se dirigía a Londres. Subí en él... sin ningún plan definido en la cabeza.
En Charing Cross me encontré con un amigo.
-Pareces muy enfermo -dijo-. Ven a beber algo.
Acepté su invitación. Necesitaba un trago. El alcohol me infundió ánimos y aclaró mis ideas. Mi amigo siguió su camino, y yo el mío. Poco después, decidí lo que iba a hacer.
En primer lugar, tomé la determinación de renunciar a mi puesto en la policía, por un motivo que pronto saldrá a la luz. En segundo lugar, reservé una cama en una posada. Priscilla, con toda seguridad, volvería a Londres e iría a mi alojamiento para investigar por qué no había acudido a la cita. Entregar a la justicia a una mujer a la que tanto había amado era un deber demasiado cruel para un pobre hombre como yo. Prefería abandonar el cuerpo de policía. Por otra parte, si ella y yo nos encontrábamos antes de que el tiempo me hubiera ayudado a recobrar la calma, me aterraba la idea de convertirme en un asesino y matarla allí mismo. La muy miserable, además de engañarme para que me casara con ella, había intentado implicar a la inocente criada en el asesinato.
Esa misma noche se me ocurrió un modo de disipar las dudas que todavía me atormentaban. Escribí al rector de Roth, comunicándole que era el prometido de Priscilla, y le pedí que me contara (en consideración a mi estatus) la relación que hubiera podido tener con un individuo llamado John Zebedee.
Recibí esta respuesta a vuelta de correo:

Señor:
Dadas las circunstancias, creo que es mi deber contarle confidencialmente lo que todos cuantos deseamos lo mejor para Priscilla hemos guardado en secreto por su bien.
Zebedee trabajaba de criado en una casa del vecindario. Lamento hablar así de un hombre que ha tenido tan triste final, pero el trato que dio a Priscilla no es sino una prueba de la perversión y crueldad de su carácter. Los dos jóvenes eran novios, y añadiré, indignado, que él intentó seducirla con promesas de matrimonio. La virtud de ella le opuso resistencia, y él fingió sentirse avergonzado de sí mismo. Las amonestaciones se publicaron en mi iglesia Al día siguiente, Zebedee desapareció, y abandonó cruelmente a Priscilla. Era un criado muy competente, y supongo que consiguió otro empleo. Puede usted imaginar el sufrimiento de la pobre muchacha después de semejante ultraje. Cuando se fue a Londres con mi recomendación, respondió al primer anuncio, y tuvo la mala fortuna de empezar a trabajar de criada en la misma casa de huéspedes donde (según las noticias que he leído en el periódico sobre el asesinato) Zebedee llevó a la persona con la que se casó después de abandonar a Priscilla. Tenga la seguridad de que va a contraer matrimonio con una joven excelente, y acepte mis mejores deseos de felicidad.

Era evidente que ni el rector, ni los padres y amigos sabían nada le la compra de la navaja. El único desgraciado que conocía la verdad era el hombre que le había pedido que fuera su esposa.
Pero había algo que me debía a mí mismo, o al menos eso creía: nadie debía pensar que yo también la había abandonado vilmente. Por muy horrible que fuera la perspectiva, tenía que verla de nuevo, y por última vez.
Priscilla estaba cosiendo cuando entré en el cuarto. Al abrir la puerta, se levantó. Sus mejillas enrojecieron y me miró indignada. Di un paso adelante... y ella vio mi rostro. Éste la obligó a guardar silencio.
Mi explicación no pudo ser más concisa.
-He estado en la cuchillería de Waterbank -dije-. Aquí está la inscripción de la navaja, escrita hasta el final de tu puño y letra. Una palabra mía bastaría para ahorcarte. ¡Que Dios me perdone! Soy incapaz de pronunciarla.
Su tez sonrosada adquirió un horrible color rojizo. Me miró fijamente, sin parpadear, como si hubiera sufrido un ataque. Se quedó ante mí, inmóvil y silenciosa. Sin decir nada más, arrojé la inscripción al fuego. Sin decir nada más, la dejé.
Nunca volví a verla.

VIII

Pero, unos días después, tuve noticias de ella.
Hace mucho tiempo que quemé la carta. ¡Ojalá hubiera podido olvidarla también! Se quedó grabada en mi memoria. Si muero en mis cabales, la carta de Priscilla será lo último que recuerde en este mundo.
En esencia, repetía lo que ya me había contado el rector. Me informaba, asimismo, de que había comprado la navaja como un recuerdo para Zebedee, que había perdido una muy parecida. El sábado se leyeron las amonestaciones. El domingo, él la abandonó... y Priscilla cogió bruscamente la navaja de la mesa mientras el grabador realizaba su trabajo.
Lo único que sabía era que, al llegar a la casa de huéspedes con su mujer, Zebedee había añadido una nueva punzada de dolor al agravio previamente infligido. Sus deberes la obligaban a estar en la cocina, y Zebedee jamás supo que vivía allí. Todavía recuerdo las últimas líneas de su confesión:

El demonio pareció entrar en mí cuando, al subir a acostarme, probé el cierre de su puerta y descubrí que estaba abierta; escuché unos instantes y me asomé al interior del cuarto. Pude verlos, a la luz mortecina de la vela... el uno dormido en la cama; ella, junto al fuego. Yo tenía la navaja en la mano, y se me ocurrió la idea de matarlo, a fin de que la ahorcaran a ella por el asesinato. No pude volver a sacar la hoja después de hacerlo. Pero ¡escúchame bien! Yo te quería de veras; no acepté casarme contigo porque difícilmente podrías ahorcar a tu mujer si averiguabas quién mató a Zebedee.
Desde entonces no he vuelto a saber nada de Priscilla Thurlby. Ni siquiera sé si está viva o muerta. Es posible que mucha gente piense que merezco ser colgado por no haberla enviado a la horca. Y tal vez les desilusione oír que he muerto tranquilamente en mi cama. No los culpo. Soy un pecador arrepentido. Adiós para siempre a todos los cristianos compasivos



ENTRE LO GOTICO Y LO VICTORIANO // CUENTOS DE AMOR // EN LA CUEVA DE MALACHI // ANTHONY TROLLOPE

ANTHONY TROLLOPE (1815-1882)


Nació en Londres, hijo menor de un abogado hipocondríaco y fracasado y de la escritora Frances Milton Trollope. Después de estudiar en Winchester y en Harrow, consiguió un puesto de funcionario en el Servicio de Correos, donde trabajó más de treinta años. En 1841 fue enviado a Irlanda, país que siempre le fascinó. Allí conoció a Rose Heseltine, con la que contrajo matrimonio y tuvo dos hijos. Delicioso narrador de gran finura psicológica, publicó su primera obra en 1847 y, a lo largo de su prolífica carrera, escribió cuarenta y siete novelas, varios libros de viajes y numerosos ensayos y relatos breves. Trollope reflejó como nadie el ambiente de la sociedad clerical inglesa en su serie de novelas ambientadas en la imaginaria Barchester: The Warden (1855), Barchester Towers (1857), Doctor Thorne (1858), Framley Parsonage (1859-1860), The Small House at Allington (1864), The Last Chronicle of Barset (1867); pero también escribió magníficas novelas políticas y sociales, entre las que cabe destacar Orley Farm (1862), Can You Forgive Her? (1864-1865), He Knew He Was Right (1869) y The Way We Live Now (1875). «La cueva de Malachi» (Malachi's Cove) apareció por primera vez en la revista Good Words en diciembre de 1864, y se incluyó más tarde en el tercer volumen de relatos breves del autor, Lotta Schmidt and Other Stories, (1867).

La cueva de Malachi


En la costa norte de Cornualles, entre Tintagel y Bossiney, al borde del mar; vivía no hace mucho tiempo un anciano que se ganaba la vida recogiendo algas para venderlas como abono. Los acantilados de esa región son sobrecogedores y majestuosos, y las olas del norte golpean contra ellos con enorme violencia. Diría que es el paisaje más hermoso de acantilados de toda Inglaterra, aunque le superen en belleza muchos tramos de la costa oeste de Irlanda, y quizá también ciertos lugares de Gales y Escocia. Los acantilados deben ser escarpados, estar cortados a pico, y dejar de vez en cuando un pequeño paso desde su cima hasta la arena que hay en su base. El mar debe llegar, si no hasta ellos, muy cerca, y, sobre todo, sus aguas han de ser de color azul, pero no de esa tonalidad plomiza que nos resulta tan familiar en Inglaterra. En Tintagel se cumplen todos esos requisitos, excepto ese brillante color azul tan hermoso. Pero los acantilados son abruptos y escarpados, y la franja de arena, al subir la marea, es muy estrecha... tan estrecha que, con las mareas vivas, apenas hay sitio donde apoyar el pie.
Muy cerca de esa franja se hallaba la pequeña cabaña o el chamizo de Malachi Trenglos, el anciano que he mencionado antes. Pero Malachi, o el viejo Glos, como le llamaba la gente de los alrededores, no había construido su casa totalmente encima de la arena. Había en la roca una grieta enorme que formaba una garganta muy angosta, tan perfecta desde la cima hasta la base que dejaba suficiente espacio para que por ella discurriera un camino difícil y empinado. La abertura de esa grieta era tan ancha que Trenglos había podido construir en ella su morada, sobre un Cimiento de roca, y llevaba viviendo allí muchísimos años. Se decía que, en los primeros tiempos de su negocio, llevaba las algas hasta la cima del acantilado en un cesto que cargaba sobre las espaldas, pero que, últimamente, se había hecho con un burro, al que había entrenado para subir y bajar por el empinado sendero con un único canasto sobre sus lomos, pues las rocas no le permitirían llevar una alforja a cada lado; y para ese ayudante había construido junto a su vivienda un cobertizo, casi tan espacioso como el lugar dónde él residía.
Pero, con el paso de los años, el viejo Glos se procuró otra compañía, además de la del burro, o mejor dicho, la Divina Providencia le brindó otra ayuda; y lo cierto es que, de no haber sido así, el anciano se habría visto obligado a renunciar a su cabaña y a su independencia, y a ingresar en el asilo de Camelford. Padecía reumatismo, los años le habían encorvado hasta doblarlo, y poco a poco se veía incapaz de acompañar al burro en su camino de ascenso al mundo de la parte superior, o de ayudar siquiera a recoger las codiciadas algas de las olas.
En la época a la que hace referencia nuestra historia, Trenglos llevaba doce meses sin subir a lo alto del acantilado, y seis meses sin ocuparse de su negocio, salvo coger el dinero y guardarlo, si es que sobraba algo, y sacudir de vez en cuando el forraje del burro. El verdadero trabajo lo hacía todo Mahala Trenglos, su nieta.
Todos los granjeros de la costa y los pequeños tenderos de Camelford conocían a Mally Trenglos. Era una criatura de aspecto salvaje, casi sobrenatural, con el cabello negro y despeinado flotando al viento, de pequeña estatura, manos diminutas y brillantes ojos negros; pero la gente decía que era muy fuerte, y los niños de los alrededores aseguraban que trabajaba día y noche y que no conocía la fatiga. En cuanto a su edad, existían muchas dudas. Unos afirmaban que tenía diez años, y otros veinticinco, pero dejaremos que el lector sepa que, en aquella época, acababa de cumplir los veinte. Los ancianos hablaban bien de Mally por lo bondadosa que era con su abuelo; y afirmaban que, aunque le llevaba casi todos los días un poco de ginebra y de tabaco, jamás se compraba nada para ella. En lo que concierne a la ginebra..., nadie que conociera a la joven podría acusarla de interesarse por la bebida. Pero no tenía amigos y apenas conocía a nadie de su edad. Aseguraban que era maliciosa e irascible, que no tenía una palabra amable para nadie, y que era una pequeña arpía en todos los sentidos. Los muchachos no se interesaban por ella; pues, en cuanto a vestimenta, todos los días eran iguales para Mally. jamás se arreglaba los domingos. Generalmente, no llevaba medias, y no parecía preocuparse en absoluto de ejercer ninguno de esos atractivos femeninos de los que podría haber hecho gala si hubiera querido. Todos los días eran iguales para ella en lo que se refiere a indumentaria; y me temo que, hasta hace relativamente poco, todos los días eran iguales para ella en cualquier otro sentido. El anciano Malachi no había vuelto a entrar en una iglesia desde que empezó a vivir bajo el acantilado.
Sin embargo, en los dos últimos años, Mally se había sometido a las enseñanzas del pastor de Tintagel, y había acudido a misa los domingos; y con tanta frecuencia que nadie que conociera las peculiaridades de su residencia osaría echarle en cara su escasa puntualidad. Pero no se vestía de un modo diferente en esas ocasiones. Se quedaba en un asiento muy bajo de piedra, en la entrada de la iglesia, con la gruesa falda roja y la holgada chaqueta marrón, ambas de sarga, que llevaba todos los días; pues eran las prendas que se adaptaban mejor al trabajo duro y peligroso entre las aguas. El pastor había insistido en que fuera a misa, y Mally le había contado que no tenía ningún vestido para acudir a la iglesia. Él le había explicado que sería bien recibida con independencia de la ropa que llevara. La joven había creído en sus palabras, y se había presentado allí con un coraje digno de admiración, aunque no hay duda de que éste iba unido a una obstinación mucho menos admirable.
Pues la gente decía que el viejo Glos era rico, y que Mally podría tener ropa decente si quisiera. El señor Polwarth, el pastor, puesto que el anciano no podía llegar hasta él, bajaba al pie del acantilado para visitarlo, y le había insinuado algo al respecto en ausencia de Mally. Pero el viejo Glos, que había sido muy paciente con él en otras cuestiones, se enfureció de tal modo cuando aludió al dinero que el señor Polwarth se vio obligado a cambiar de tema; y Mally siguió sentándose en el banco de piedra con su faldita de sarga y su larga cabellera cayéndole sobre el rostro. Y, en esas ocasiones, tenía incluso la consideración de atarse el pelo con un viejo cordón de zapato. Y éste seguía recogido los lunes y los martes, pero los miércoles por la tarde los cabellos negros de Mally siempre se las ingeniaban para soltarse.
No cabía la menor duda de que la joven era una trabajadora incansable, pues entre ella y el burro amontonaban una cantidad de algas verdaderamente asombrosa. El viejo Glos, según afirmaban, nunca había recogido ni la mitad; pero en aquella época los precios habían bajado, lo que obligaba a conseguir más. Así que Mally y el burro trabajaban y trabajaban, y los montones de algas crecían de un modo que sorprendía a todos aquellos que miraban sus manos diminutas y su delgada figura. ¿No la ayudaría alguien por las noches, un hada, un demonio u otro ser parecido? Mally respondía a la gente con tanta brusquedad que no era de extrañar que se dijeran cosas desagradables de ella.
Nadie oyó nunca que Mally Trenglos protestara por su trabajo, pero, por aquel entonces, empezó a lamentarse enérgicamente del modo en que la trataban algunos vecinos. Se sabe que fue a quejarse al señor Polwarth; y, cuando éste no pudo ayudarla o no le prestó el apoyo necesario, se dirigió... ¡ay, como una tonta!... a la oficina de cierto abogado de Camelford, que posiblemente no lo haría mejor que el señor Polwarth.
La naturaleza del agravio era la siguiente. El lugar donde Mally recogía las algas era una pequeña gruta, que todos conocían como la cueva de Malachi por el anciano que vivía al lado, cuyo único acceso era el paso que llevaba desde la cima del acantilado hasta la cabaña de Trenglos. La anchura de la cueva, en la bajamar, podía tener unas doscientas yardas, y las rocas sobresalían de tal modo a ambos lados que, tanto por el norte como por el sur, los dominios de Trenglos quedaban fuera del alcance de los intrusos. Y el paraje había sido muy bien elegido para ese propósito.
Las olas se precipitaban en el interior de la cueva, arrastrando gran cantidad de algas que quedaban entre las rocas cuando bajaba la marea. Durante los vientos equinocciales de primavera y verano, el suministro nunca escaseaba; y los altos y mullidos montones de algas, empapados de sal, podían recogerse allí, incluso cuando la mar estaba en calma y no podían encontrarse en muchas millas. La tarea de recoger algas en los rompientes era difícil y peligrosa... tan difícil que gran parte de las algas volvían a ser arrastradas mar adentro cuando subía la marea.
Mally no recogía ni la mitad de las que veía a sus pies. Y no lamentaba las que se llevaban nuevamente las olas, pero, cuando algún intruso entraba en la cueva y le quitaba lo que era suyo... o de su abuelo, se sentía desconsolada. Y ese descaro, esa intrusión, fue lo que empujó a la pobre Mally al abogado de Camelford. Pero, ¡ay!, aunque éste cogió el dinero de Mally, no pudo hacer nada para ayudarla; y la joven se quedó descorazonada.
Estaba convencida, al igual que su abuelo, de que el sendero que llevaba a la cueva era de su propiedad. Cuando se enteró de que la cueva, así como el mar que entraba en ella, no era un feudo del viejo Trenglos, comprendió que podían tener razón. Pero ¿qué ocurría entonces con el derecho de paso? ¿No tenía importancia quién había trazado el camino? ¿No se había dejado ella la piel subiendo piedras con sus pequeñas manos para que el burro de su abuelo tuviera donde apoyarse? ¿No se había afanado en echar capas de tierra en la pared del acantilado para que el animal avanzara con más facilidad por aquel sendero escarpado? Y ahora, cuando veía a los hijos de los granjeros más importantes bajar con sus burros... e incluso había uno que venía con un pony, y no un niño, sino un joven lo bastante crecido para tener discernimiento y no robar a un anciano y a una muchacha.... Mally llenaba de injurias a todo el género humano y juraba que el abogado de Camelford era un necio.
Cualquier intento de explicarle que había suficientes algas para ella era inútil. ¿Acaso no eran todas de Mally y de su abuelo o, por decirlo de otro modo, no era de ellos el único sendero que conducía hasta las algas? ¿Y no veía ella su trabajo entorpecido e interrumpido? ¿No se había visto obligada a dejar el burro cargado a veinte yardas -protestaba, aunque en realidad habían sido cinco-, porque el hijo del granjero Gunliffe se había interpuesto en su camino con el ladrón de su pony? El granjero Gunliffe había pretendido comprarle las algas al precio que él quería y, como Mally se había negado, le había enviado al granuja de su hijo para amargarle la vida de ese modo.
-¡Desjarretaré la bestia la próxima vez que venga! -le dijo Mally al viejo Glos, echando literalmente fuego por los ojos.
La pequeña propiedad del granjero Gunliffe, que poseía alrededor de cincuenta acres de tierra, se hallaba muy cerca del poblado de Tintagel y a menos de una milla del acantilado. Las encinas de mar, como las llamaban, eran el único abono a su alcance, y no hay duda de que consideraba injusto que la obstinación de Mally Trenglos le impidiera emplearlas.
-Hay muchísimas otras cuevas, Barty -señaló Mally a Barty Gunliffe, el hijo del granjero.
-Pero ninguna tan cerca de casa, Mally, ni con tantas algas como ésta.
Después añadió que sólo las recogería en los lugares más inaccesibles. Él era más grande y más fuerte, y trabajaría en las rocas más batidas por el mar, donde ella nunca faenaba. Mally lo miró con desdén, y juró ser capaz de llegar allí donde él jamás se aventuraría; y repitió la amenaza de desjarretar el pony. Barty se burló de su indignación y de sus cabellos alborotados, y le dijo que era una sirena.
-¡Una sirena! -protestó ella-. ¡Te voy a dar sirenas a ti! Si yo fuera un hombre, jamás vendría a robar a una pobre muchacha y a un anciano inválido. Pero ¡tú no lo eres, Barty Gunliffe! Ni siquiera eres medio hombre.
Sin embargo, Bartholomew Gunliffe era un joven muy apuesto. Medía alrededor de cinco pies y ocho pulgadas, sus brazos y sus piernas eran fuertes, tenía el cabello rizado y trigueño y los ojos azules. Aunque su padre no era más que un humilde granjero, todas las muchachas de la zona le apreciaban. A todo el mundo le gustaba Barty, salvo a Mally Trenglos, que lo odiaba a muerte.
Cuando preguntaban a Barty por qué alguien tan afable como él importunaba a una pobre muchacha y a un anciano, se apresuraba a decir que era una cuestión de justicia. No se podía consentir, en su opinión, que una sola persona se creyera con derecho a poseer lo que Dios Todopoderoso había creado para todos. No quería perjudicar a Mally, y así se lo había explicado a ella. Pero Mally era una arpía, una pequeña y salvaje arpía; y alguien tenía que enseñarle un poco de educación. En cuanto la joven le hablara con cortesía, él conseguiría que su padre pagara al anciano Trenglos una especie de peaje por usar el camino.
-¿Hablarle con cortesía? -decía Mally-. jamás! !Tendrían que cortarme la lengua!
Y parece que el viejo Glos, en lugar de hacer todo lo contrario, alentaba su modo de enfocar el asunto.
Pero el abuelo de Mally no la animaba a desjarretar el pony. Eso sería muy grave, y el viejo Glos sabía que los dos lo pasarían muy mal si Mally era encarcelada. Por ese motivo, le sugirió que pusiera toda clase de obstáculos al animal de Barty, dando por sentado que su burro, mucho mejor entrenado, conseguiría sortearlos sin problemas. Y cuando volvió a bajar, Barty Gunliffe encontró un sendero sembrado de peligros al acercarse a la cabaña de Malachi; pero se las arregló para abrirse paso, y la pobre Mally vio como las piedras que tanto le había costado subir eran apartadas del camino y caían rodando con un empeño tan insistente en perjudicarla que estuvo a punto de enloquecer.
-¡Caramba, Barty! ¡Qué amable eres al visitarnos! -exclamó el viejo Glos, sentado en el umbral de la cabaña, cuando divisó al intruso.
-No haré daño a nadie mientras no me lo hagan a mí -repuso el joven-. El mar es de todos, Malachi.
-Y el cielo también, pero no puedo subirme en el tejado de tu enorme granero para contemplarlo -contestó Mally entre las rocas con un largo gancho en la mano (era la herramienta con que recogía las algas)-. Aunque desconoces lo que es la justicia y el valor, o no vendrías a importunar a un anciano como él.
-No quiero importunarlo, Mally, ni a ti tampoco. Pero déjame tranquilo un rato y, a pesar de todo, seremos amigos.
-¡Amigos! -exclamó ella-. ¿Y quién quiere tenerte por amigo? ¿Por qué mueves esas piedras? Son de mi abuelo.
Y estaba tan furiosa que hizo ademán de lanzarse sobre él.
-Déjalo en paz, Mally dijo el anciano-; déjalo en paz. Recibirá su merecido. Si sigue viniendo por aquí, algún día de viento se ahogará.
-¡Pues que se ahogue! -repuso Mally, indignada-. Aunque se cayera en la poza grande que hay entre las rocas y la marea estuviera subiendo, yo no movería un dedo para ayudarlo.
-Seguro que lo harías, Mally; me pescarías con tu gancho como si fuera un montón de algas.
Mally se alejó de él con desprecio mientras decía estas palabras, y entró en la cabaña. Había llegado la hora de prepararse para el trabajo, y una de las cosas que más le dolía era que alguien como Barty Gunliffe pudiera mirarla mientras faenaba entre los rompientes.
Era una tarde de abril, y pasaban unos minutos de las cuatro. Durante toda la mañana había soplado un fuerte viento del nordeste, acompañado de algunos chaparrones, y las gaviotas llevaban toda la jornada entrando y saliendo de la cueva, una señal inequívoca para Mally de que la siguiente marea cubriría de algas las rocas.
Las olas veloces rompían con increíble celeridad sobre los arrecifes, y había llegado el momento de adueñarse del tesoro, si querían hacerse con él ese día. A las siete en punto comenzaría a anochecer, a las nueve sería la pleamar, y antes del amanecer las aguas les arrebatarían la cosecha si no la recogían antes. La joven lo sabía muy bien, y Barty estaba empezando a comprenderlo.
Mientras Mally descendía descalza, con el largo gancho en la mano, vio al pony de Barty esperando pacientemente en la arena, y deseó con toda su alma atacar al noble bruto. El joven, mientras tanto, contemplaba el mar desde una roca de gran tamaño, empuñando una horca de tres puntas. Había afirmado que sólo recogería las algas en sitios inaccesibles para Mally, y buscaba un lugar seguro por donde empezar.
-Déjalo en paz, déjalo en paz. -gritó el anciano a Mally, cuando la vio dar un paso hacia el animal, al que odiaba casi tanto como a su amo.
Al oír la voz de su abuelo en el rumor del viento, desistió de su propósito, si es que lo tenía, y se dirigió al trabajo. Cuando entró en la cueva y, valiéndose de brazos y piernas, avanzó por las rocas, divisó a Barty, que seguía en la misma posición prominente; más allá, en el exterior, las olas de cresta blanca se agitaban y rompían con violencia, y el viento ululaba entre las cavernas y los salientes del acantilado.
De vez en cuando caía un aguacero y, aunque había suficiente claridad, las nubes habían oscurecido el cielo. Sería difícil encontrar una escena más hermosa para aquellos que aman el esplendor de la costa. La luz era perfecta. Nada podía superar la majestuosidad de los colores: el azul del mar, la blancura de las olas que rompían, las arenas doradas, las vetas rojizas y pardas que hacían resplandecer el acantilado.
Pero ni Mally ni Barty pensaban en esas cosas. Y lo cierto es que tampoco pensaban en la tarea que estaban realizando, al menos de un modo ordinario. Barty meditaba sobre el mejor modo de lograr su propósito de trabajar más allá de los dominios femeninos de Mally, mientras ésta tomaba la resolución de llegar siempre más lejos que su compañero.
Y, en cierto modo, Mally tenía ventaja sobre él. Conocía todas y cada una de las rocas, y sabía con seguridad cuáles eran firmes y ofrecían un buen punto de apoyo. Y sus movimientos se habían perfeccionado con la práctica. Barty, sin duda, era mas fuerte que ella, e igual de diligente. Pero él no podía saltar de una piedra a otra entre las olas como ella, ni era capaz de aprovechar la fuerza del agua en beneficio propio. Llevaba recogiendo algas en aquella cueva desde que era una chiquilla de seis años, y conocía los mejores sitios y rincones. Las olas eran sus amigas, y ella podía utilizarlas. Sabía medir su fuerza, v cuándo v dónde cesarían.
Mally era magnífica en las pozas de agua salada de su cueva, magnífica y muy audaz. Mientras veía a Barty avanzar con dificultad entre las rocas, se decía a sí misma, con júbilo, que él se equivocaba de camino. Por la dirección en que soplaba el viento, las algas no llegarían hasta la pared norte de la cueva; y además allí estaba la gran poza... la gran poza que ella había mencionado cuando le deseó algo funesto.
Y entonces empezó a trabajar, recogiendo los cabellos alborotados del océano y dejando un cargamento tras otro en el extremo más alejado de la playa, a fin de poder retirarlos por la noche antes de que las olas regresaran con la marea para reclamar su botín.
Barty, por su parte, apiló las algas contra la pared norte que he mencionado antes. Su montón creció cada vez más, hasta que el joven comprendió que, por mucho que trabajara el pony, no podría recogerlo todo aquella noche. Pero su montón no era tan grande como el de Mally. El gancho de ésta era mejor que su horca, y la habilidad de la joven mayor que su fuerza. Y cada vez que el joven fallaba, Mally se burlaba de él con una risa extraña, casi sobrenatural, y le gritaba entre el viento que no era ni siquiera medio hombre. Barty, al principio, le respondía con buen humor, pero, cuando ella empezó a jactarse de su éxito y a señalar su fracaso, el joven se enfadó y no volvió a dirigirle la palabra. Y se reprochó a sí mismo perder gran parte del botín que tenía ante sus ojos.
La mar embravecida estaba repleta de vegetación a la deriva, que las olas habían arrancado del fondo del océano; pero eran masas que la corriente empujaba más allá de Barty, lejos de él, y que incluso una, dos veces, le pasaron por encima. Y la voz sobrenatural de Mally resonaba en sus oídos, mofándose de él. La oscuridad era cada vez mayor entre las rocas, la marea subía con violencia, y las ráfagas de viento silbaban con creciente furia. Pero Barty siguió trabajando. Mientras Mally lo hiciera, él continuaría; y se quedaría un rato más después de que ella se marchara. No dejaría que una muchacha le venciese.
La gran poza estaba llena de agua, pero de un agua que parecía hervir como si estuviera en una olla. Y la olla estaba llena de masas flotantes... verdaderos tesoros de algas marinas que se agitaban en su superficie; formaban una capa tan gruesa, que parecía posible descansar en ellas sin hundirse.
Mally sabía lo inútil que era intentar rescatar algo de la furia de aquel caldero hirviendo. La poza continuaba por debajo de las rocas, y el lado más próximo a la orilla tenía gran altura, era muy resbaladizo y estaba cortado a pico. La poza siempre tenía agua, incluso en marea baja; y Mally estaba convencida de que su profundidad era abismal. Los peces que caían en ella podían volver a escapar al océano, muy lejos de allí; y así se lo contaba Mally a quienes visitaban la cueva cuando estaba de buenas. Conocía bien esa poza. Acostumbraba a llamarla Poulnadioul, que, traducido, significa la poza del Diablo. Y jamás trataba de recoger las algas que habían llegado hasta ella.
Pero eso Barty Gunliffe no lo sabía, y Mally vio cómo se esforzaba por mantenerse en equilibrio sobre el borde peligrosamente resbaladizo de la poza. El joven logró afianzarse y metió su horca en el agua, sin demasiado éxito. Cómo se las arreglaba para seguir allí, era algo que Mally no entendía; pero se quedó un rato observándolo en silencio, muy angustiada, y de pronto lo vio resbalar. Resbaló, y recuperó el equilibrio... volvió a resbalar, y recuperó nuevamente el equilibrio.
-Déjate de tonterías, Barty! -gritó la muchacha-. Si te caes ahí, jamás conseguirás salir.
Quién sabe si únicamente quería asustarlo, o si su corazón se había ablandado pensando consternada en el peligro que corría. Ni siquiera ella podría decirlo. Odiaba a Barty con la misma intensidad de siempre, pero ¿cómo iba a desear que se ahogara delante de sus ojos?
-Tú sigue con lo tuyo, y no te preocupes por mí -respondió él, con voz ronca e irritada.
-¿Que no me preocupe por ti? Y ¿quién te ha dicho que lo hago? -replicó con aspereza la joven.
Y se dispuso a continuar su trabajo.
Pero cuando bajaba por las rocas buscando el equilibrio con su largo gancho en las manos, oyó súbitamente el ruido de algo que caía al agua y, dándose media vuelta, vio el cuerpo de su enemigo hundiéndose entre los remolinos de la poza. La marea había subido tanto que las olas batían y bañaban el costado más cercano al mar, y luego se alejaban nuevamente de las rocas con un ruido similar al de la caída de una catarata. Y entonces, cuando el agua sobrante se retiraba por un momento, la superficie de la poza se quedaba parcialmente en calma, aunque las inquietas burbujas siguieran en ebullición como si el caldero estuviera de verdad calentándose. Mas, en aquella ocasión, la quietud relativa no duró más que unos segundos, pues la ola siguiente llegó casi en el mismo instante en que empezaba a alejarse la espuma de la anterior; y el agua volvió a romper contra las rocas, mientras resonaba el rugido de la furiosa ola.
Mally se dirigió presurosa hasta el borde la poza, avanzando a gatas para correr menos peligro. Al retirarse una ola, el rostro y la cabeza de Barty aparecieron muy cerca de ella, y pudo ver su frente cubierta de sangre. No sabía si estaba vivo o muerto. Lo único que había vislumbrado era la sangre, y los cabellos trigueños entre la espuma. Entonces el cuerpo del joven fue arrastrado por la succión de la resaca; pero la gran cantidad de agua que expulsó la poza no fue suficiente para sacar al hombre.
Sin perder tiempo, Mally enganchó la chaqueta de Barty y lo arrastró hacia el lugar donde estaba arrodillada. Durante los segundos que la mar estuvo en calma, llegó a tenerlo tan cerca que pudo rozar su hombro. Tirando con todas sus fuerzas, ayudándose del mango largo y curvado de su gancho, luchó por agarrar al joven con la mano derecha. Pero no lo consiguió; lo único que pudo hacer fue tocarlo.
Entonces llegó la ola siguiente, gigantesca, avanzando con estrépito, contemplando a Mally como si fuera a arrojarla lejos de su roca, y destruirlos a los dos. Pero ella no tenía más remedio que seguir de rodillas, aferrada a su gancho.
Nadie sabe qué oraciones pasaron por su cabeza en esos instantes, no sólo por ella sino también por Barty, y por el pobre anciano que, ajeno a lo que ocurría, esperaba sentado en la cabaña. La enorme ola se precipitó sobre la muchacha, que estaba casi sin fuerzas, y cuando el agua se apartó de sus ojos, y el torbellino de la espuma y la violencia del embate se alejaron, se encontró tendida en la roca, mientras el joven, libre de su gancho, se apoyaba en el reborde resbaladizo, con medio cuerpo dentro de la poza y medio cuerpo fuera, después de haber sido empujado allí por las aguas. Mally le miró en ese preciso instante, y pudo ver que tenía los ojos abiertos y que luchaba por salir con sus propias manos.
-¡Cógete al gancho, Barty! -gritó ella, acercándole el palo mientras asía el cuello de su chaqueta con las manos.
Si hubiera sido su hermano, su amante o su padre, no se habría aferrado a él con más desesperación. El joven logró agarrarse al palo y, después de la siguiente ola, continuaba en el reborde. La muchacha no tardó en hallarse sentada una o dos yardas por encima de la poza, relativamente segura, mientras Barty yacía sobre las rocas con la cabeza, que no había dejado de sangrar, apoyada en su regazo.
Y ¿qué podía hacer ahora? No tenía fuerzas para llevarlo en brazos; y el mar sólo tardaría quince minutos en llegar hasta donde ella estaba. El joven estaba semiinconsciente, y muy pálido, y la sangre brotaba lentamente... muy lentamente... de la herida de su frente. Con suma delicadeza, Mally le retiró el cabello del rostro, y luego se inclinó sobre su boca para ver si respiraba; al mirarlo, comprendió que era realmente hermoso.
Daría cualquier cosa porque viviera. Nada era tan precioso para ella como su vida... esa vida que había rescatado, por el momento, de las olas. Pero ¿qué podía hacer? Su abuelo a duras penas podría bajar solo por las rocas, si es que lo conseguía. ¿Sería ella capaz de arrastrar al herido hacia la playa, aunque fuera unos pocos pies? Así podría estar tendido fuera del alcance de las olas hasta que ella consiguiera ayuda.
Empezó a intentarlo y lo movió, levantándolo un poco del suelo. Al hacerlo, se quedó asombrada de su propia fuerza; ésta era inagotable en aquellos momentos. Lenta, suavemente, dejándose caer en las rocas para que él cayera sobre ella, logró llevarlo de vuelta a la franja de arena, hasta un lugar que no alcanzarían las aguas en las dos horas siguientes.
Allí se reunió con ellos su abuelo, que por fin había visto lo sucedido desde la puerta.
-Abuelito -dijo ella-, se ha caído en la poza y, con las olas, se ha golpeado contra las rocas. Mire su frente.
-Yo creo que está muerto, Mally -exclamó el viejo Glos, bajando la vista para inspeccionarlo.
-No, abuelito; no está muerto; aunque tal vez se esté muriendo. Pero correré a la granja.
-Mally -replicó el anciano-, mira su cabeza. Dirán que lo hemos matado.
-¿Y quién va a decir eso? ¿Quién mentirá de ese modo? ¿Acaso no lo saqué yo de la poza?
-¡No importa! Su padre dirá que lo hemos matado.
Dijeran lo que dijeran después, Mally tenía muy claro cuál debía ser ahora su proceder: subir corriendo por el sendero para ir a la granja de Gunliffe y conseguir la ayuda necesaria. Si el mundo era tan malo como decía su abuelo, no le importaría dejar de vivir en él. Pero, aunque así fuera, no tenía la menor duda de lo que debía hacer ahora.
De modo que subió hasta la cima del acantilado tan rápido como le permitieron sus pies descalzos. Cuando llegó arriba, miró a uno y otro lado por si divisaba a alguien, pero no vio a nadie. Así que corrió cuanto pudo por los campos de trigo que conducían a la granja del viejo Gunliffe y, al aproximarse a la casa, distinguió a la madre de Barty apoyada en la verja. Intentó llamarla cuando estuvo cerca, pero apenas le quedaba aliento para gritar, de manera que siguió corriendo hasta que pudo asir a la señora Gunliffe por el brazo.
-¿Dónde está él? -inquirió Mally, poniéndose la mano sobre su acelerado corazón para no quedarse sin aire.
-¿A quién te refieres? -preguntó la señora Gunliffe, que participaba en la contienda familiar contra Trenglos y su nieta-. ¿Qué querrá esta muchacha? ¿Por qué me agarra así?
-Se está muriendo...
-¿Quién se está muriendo? ¿El viejo Malachi? Si el anciano se encuentra mal, enviaremos a alguien.
-No es el abuelo; ¡es Barty! ¿Dónde está él? ¿Dónde está su marido?
Pero para entonces la señora Gunliffe estaba sumida en la desesperación y gritaba pidiendo ayuda. Afortunadamente Gunliffe, el padre, se hallaba cerca, en compañía de un hombre del pueblo vecino.
-¿No mandarán a alguien a buscar al médico? -exclamó Mally-. Deberían llamar al médico.
La joven no se enteró si dieron esa orden, pero a los pocos minutos estaba cruzando de nuevo los campos para bajar corriendo el sendero que llevaba a la cueva, seguido de Gunliffe, su mujer y el otro hombre.
Durante el trayecto, Mally recuperó el habla, pues los demás no caminaban tan deprisa, y los movimientos que ellos consideraban rápidos permitieron a la joven recobrar el aliento. A medida que avanzaban, trató de explicar al padre lo ocurrido, sin mencionar apenas su intervención. La mujer iba detrás escuchando, y exclamaba de vez en cuando que habían matado a su hijo, antes de preguntar con desesperación si todavía seguía vivo. El padre, mientras andaban, no dijo casi nada. Tenía fama de ser un hombre callado Y juicioso, del que la gente hablaba bien por su diligencia y modo de actuar, aunque todos sabían que era firme y duro cuando se enojaba.
Al acercarse a la parte más alta del sendero, su compañero le susurró algo, y entonces se puso delante de Mally y la obligó a detenerse.
-Si tienes algo que ver con su muerte, lo pagarás -dijo.
Entonces la mujer gritó que su hijo había sido asesinado, y Mally, observando los tres semblantes, comprendió que las palabras de su abuelo se habían convertido en realidad. Sospechaban que ella lo había matado cuando había estado a punto de perder la vida por salvarlo.
Los miró con indignación y, sin pronunciar una palabra, empezó a bajar delante de ellos. ¿Qué podía contestar cuando la acusaban de algo semejante? Si optaban por decir que ella le había empujado a la poza y le había golpeado con su gancho mientras estaba en el agua, ¿cómo podría demostrar que no había sido así?
La pobre Mally sabía muy poco del derecho probatorio, y tenía la sensación de estar en sus manos. Y mientras descendía por el empinado sendero con paso rápido, tan rápido que los demás eran incapaces de seguir su ritmo, se sentía embargada por la emoción... por la emoción y el orgullo. Había luchado por la vida del hombre como si hubiera sido su hermano. La sangre no se había secado aún en sus piernas y brazos, donde la piel se había desgarrado por ayudarle. Había tenido la certeza, en algún momento, de que moriría con él en aquella poza. Y ¡ahora decían que lo había asesinado! Es posible que él no estuviera muerto, pero ¿cuál sería su versión si algún día volvía a hablar? Entonces recordó el instante en que Barty había abierto los ojos y le había parecido que la reconocía. No estaba asustada por ella, pues se sentía orgullosa de su conducta. Pero le embargaban el desdén y la ira.
Cuando llegó al pie del acantilado, les esperó cerca de la puerta de la cabaña, a fin de que la precedieran hasta el otro grupo, que se hallaba a escasa distancia, sobre la arena.
-Está allí... con el abuelo. Vayan a verlo -dijo Mally.
Los padres continuaron su camino tropezándose con las piedras, pero Mally se quedó junto a la puerta de la cabaña.
Barty Gunliffe yacía en la arena, en el lugar donde Mally lo había dejado, y el viejo Malachi Trenglos estaba a su lado, apoyándose con dificultad en un bastón.
-No se ha movido nada desde la marcha de Mally -explicó-, ni siquiera un poco. He colocado su cabeza sobre la vieja alfombra, como pueden ver, y he intentado darle unas gotas de ginebra, pero no quiere tomarlas... no quiere tomarlas.
-¡Ay, hijo mío! ¡Hijo mío! -exclamó la madre, arrojándose en la arena junto a su hijo.
-Silencio, mujer dijo el padre, arrodillándose lentamente al lado de la cabeza del muchacho-, no le harás ningún bien lloriqueando de ese modo.
Después de contemplar durante un minuto o dos el pálido semblante de su hijo, miró con dureza el de Malachi Trenglos. El anciano fue incapaz de resistir aquel terrible examen.
-Él se empeñó en venir -señaló Malachi-; es el único culpable.
-¿Quién lo ha golpeado? -preguntó el padre.
-Se habrá golpeado solo, al caerse entre los rompientes.
-¡Mentiroso! -exclamó el padre, levantando los ojos para mirar al anciano.
-¡Lo han asesinado! ¡Lo han asesinado! -gritó la madre.
-¡Guarda silencio, mujer! -repitió el granjero-. ¡Pagarán con su sangre la muerte de nuestro hijo!
Mally oía todas sus palabras, apoyada en una esquina de la choza, pero no se movió. Podían decir lo que quisieran. Podían hacer creer a los demás que había sido un asesinato. Podían llevarlos a rastras, tanto a ella como a su abuelo, a la cárcel de Camelford, y luego a Bodmin, y a la horca; pero no conseguirían arrebatarle el sentimiento que la invadía. Había hecho todo lo posible por salvarlo... todo lo posible y más. ¡Y lo había conseguido!
Recordó la amenaza que ella le había lanzado antes de bajar juntos a las rocas, y sus malos deseos. Habían sido unas palabras terribles; pero después había arriesgado su vida por salvarle. Podían decir lo que quisieran de ella, y hacer lo que les viniera en gana. Ella sabía lo que sabía.
Entonces el padre levantó la cabeza y los hombros de su hijo y pidió a los demás que le ayudaran a llevarlo. Lo alzaron entre todos con mucho cuidado, y se dirigieron con su carga hacia el lugar donde estaba Mally. Ella continuó inmóvil, pero siguió atentamente todos sus esfuerzos; y el anciano fue cojeando tras ellos, con la ayuda de su bastón.
Cuando llegaron a la altura de la cabaña, la joven miró el rostro de Barty y vio que estaba muy pálido. Ya no tenía la frente ensangrentada, pero se distinguía claramente la enorme y profunda herida, con su corte irregular, y la piel amoratada alrededor. El pelo trigueño le caía hacia atrás, tal como ella lo había dejado después de que la ola gigantesca les pasara por encima ¡Ay, qué hermoso le parecía a Mally con aquel semblante tan pálido y la conmovedora cicatriz en la frente! Volvió la cabeza para que no vieran sus lágrimas; pero siguió inmóvil y en silencio.
Sin embargo, en el momento en que dejaban atrás la cabaña, arrastrando los pies con su carga, la muchacha oyó un sonido que la empujó a moverse. Se irguió rápidamente, y echó la cabeza hacia delante como si quisiera escuchar algo; después empezó a seguir a los demás. Sí, se habían detenido en la parte más baja del camino, y habían vuelto a depositar el cuerpo de Barty sobre las rocas. Mally oyó de nuevo aquel sonido, que parecía un suspiro interminable, y, sin hacerles caso, corrió junto al herido.
-No está muerto -exclamó-. Miren; no está muerto.
Mientras hablaba, Barty abrió los ojos y miró a su alrededor.
-Barty, hijo mío, dime algo -suplicó la madre.
El joven volvió la cabeza hacia su madre, sonrió y pareció buscar algo ansiosamente con los ojos.
-¿Qué ocurre, muchacho? -dijo el padre.
Barty volvió de nuevo la cabeza en la dirección de esta voz y, al hacerlo, tropezó con la mirada de Mally.
-¡Mally! -susurró-. ¡Mally!
No fue necesario añadir nada más para que los presentes comprendieran que, en opinión de Barty, la muchacha no había sido su enemiga; y lo cierto es que, para Mally, no podía haber un triunfo mayor. Aquella palabra la había redimido, y se retiró nuevamente a la cabaña.
-Abuelito -exclamó-, Barty está vivo, y no creo que vuelvan a decir que nosotros le hicimos daño.
El viejo Glos movió la cabeza. Se alegraba de que el joven no hubiera muerto allí; no deseaba que le ocurriera nada malo, pero sabía de antemano lo que diría la gente. Cuanto más pobre era un hombre, más ganas tenía el mundo de pisotearlo. Mally hizo todo lo posible por animarlo, pues se sentía radiante.
Si se hubiera atrevido, habría subido a la granja para interesarse por Barty. Pero le faltó valor, así que volvió a su trabajo y arrastró las algas que había recogido hasta el lugar donde, al día siguiente, cargaría el burro. Mientras hacía esto, vio el pony de Barty, esperando pacientemente bajo las rocas; y cogió un poco de forraje y se lo tiró a la bestia.
Aunque estaba totalmente oscuro abajo en la cueva, Mally seguía acarreando algas cuando vislumbró la luz trémula de un farol que descendía por el sendero. Era una visión de lo más inusitada, pues los faroles no eran nada corrientes en la cueva de Malachi. La luz continuó bajando con bastante lentitud, mucho más despacio de lo que solía avanzar ella, y entonces divisó, en medio de la penumbra, la figura de un hombre en la parte más baja del camino. La muchacha subió hacia él, y descubrió que se trataba del señor Gunliffe.
-¿Eres Mally? -preguntó Gunliffe.
-Sí, soy yo; ¿cómo está Barty, señor Gunliffe?
-Tienes que venir a verlo en seguida -le pidió el granjero-. No pegará ojo hasta que no te vea. Espero que digas que sí.
-Desde luego que iré, si lo quieren así -contestó la joven.
Gunliffe esperó un momento, imaginando que Mally tendría que prepararse, pero Mally no necesitaba de ningún preparativo. Estaba chorreando agua salada de las algas que había arrastrado, y sus rizos de elfo ondeaban alborotados; pero, tal como estaba, se hallaba lista.
-El abuelo está acostado -afirmó-; puedo ir ahora mismo, si le parece.
Entonces Gunliffe se dio la vuelta y subió tras ella por el sendero, asombrado de la vida que llevaba Mally, tan diferente de la de otras criaturas de su sexo. Era ya noche cerrada, y la había encontrado trabajando sola en medio de la oscuridad, al borde de los rompientes, mientras el único ser humano que parecía encargado de protegerla dormía en su cama.
Cuando llegaron a la cima del acantilado, Gunliffe le cogió la mano para guiarla. Ella no entendió su gesto, pero tampoco hizo ademán de soltarse. El granjero dijo algo sobre despeñarse, pero habló tan bajo que Mally apenas pudo oírlo. Lo cierto es que el hombre sabía que ella había salvado la vida de su hijo y que él la había ofendido en lugar de darle las gracias. Ahora quería expresarle lo que sentía y, como no encontraba palabras, le mostraba su afecto de aquella manera silenciosa. La llevaba de la mano como si fuera una niña, y Mally andaba a su lado con paso ligero, sin hacer preguntas.
A la altura del corral, Gunliffe se paró un momento.
-Mally, pequeña -exclamó-, Barty no estará contento hasta que no te vea; pero tu visita ha de ser breve, muchacha. El médico dice que esta muy débil, y necesita dormir mucho.
Mally se limitó a asentir con la cabeza, y entró en la casa. La joven no había estado nunca en su interior, y contempló maravillada los muebles de la enorme cocina. Me gustaría saber si tuvo algún presentimiento de lo que iba a ser su destino. Pero no se detuvo un instante, y fue conducida al dormitorio del piso superior, donde Barty yacía en la cama de su madre.
-¿De veras es Mally? -inquirió la voz del extenuado Barty.
-De veras lo es -respondió la señora Gunliffe-; ya puedes decir lo que quieras.
-Mally -exclamó el muchacho-, Mally, si sigo vivo es sólo gracias a ti.
-No olvidaré lo que ha hecho -aseguró el padre, sin mirar a la joven-. No olvidaré nunca lo que ha hecho.
-Es nuestro único hijo -dijo la madre, cubriéndose el rostro con el delantal.
-Mally, ¿querrás ser amiga mía ahora? -preguntó Barty.
Aunque la hubieran nombrado dueña y señora del feudo de la cueva para siempre, Mally habría sido incapaz de decir nada en aquellos momentos. No era sólo que las palabras y la presencia de los Gunliffe la intimidaran y la dejaran muda, lo cierto es que la enorme cama, el espejo y las sorprendentes maravillas de la habitación le hacían sentir su propia insignificancia. Pero se acercó sigilosamente a Barty y colocó su mano sobre la de él.
-Seguiré yendo a recoger algas, Mally; pero todas serán para ti -afirmó Barty.
-De ningún modo, Barty, querido -exclamó la madre-; jamás volverás a ese horrible lugar. ¿Qué sería de nosotros si te ocurriera algo?
-No tiene que arrimarse a la poza -dijo Mally, hablando finalmente con voz solemne y comunicándoles lo que había guardado en secreto mientras Barty era su enemigo-, especialmente si sopla algún viento del norte.
-Será mejor que bajes ahora -señaló el padre.
Barty besó la mano que estrechaba entre las suyas, y Mally, al contemplarlo, tuvo la sensación de que parecía un ángel.
-¿Vendrás a vernos mañana, Mally? -quiso saber el joven.
Ella no contestó a su pregunta, y siguió a la señora Gunliffe fuera del cuarto. Cuando llegaron a la cocina, la madre le ofreció té, leche cremosa y un pastel recién sacado del horno... todas las exquisiteces que una granja podía proporcionar. No creo que a Mally le importara mucho la comida y la bebida aquella noche, pero empezó a pensar que los Gunliffe eran buena gente, muy buena gente. Era mucho mejor aquello, en todo caso, que verse acusada de asesinato y enviada a la cárcel de Camelford.
-No olvidaré nunca lo que ha hecho... nunca -había asegurado el padre.
Aquellas palabras la obsesionaban, y parecieron resonar en sus oídos durante toda la noche. ¡Cuánto se alegraba de que Barty hubiera bajado a la cueva! ¡Oh, sí, cuánto se alegraba! No había ningún peligro de que muriera; en cuanto al golpe en la frente ¿qué era una herida así para un muchacho como él?
-Padre te acompañará -dijo la señora Gunliffe cuando Mally se dispuso a emprender sola el camino de regreso.
Pero ella no lo permitió. Sabía por dónde volver, aunque fuera de noche.
-Ahora eres mi hija, Mally, y pensaré en ti de ese modo -exclamó la madre, al despedirse.
Mally meditó también sobre eso mientras se dirigía a casa. ¿Cómo podía convertirse en la hija de la señora Gunliffe? ¿Cómo? No creo que sea necesario proseguir con este relato. El lector sobrentenderá que Mally se convirtió en la hija de la señora Gunliffe, y cómo lo hizo; y, andando el tiempo, la enorme cocina y todas las maravillas de la granja fueron suyas. La gente decía que Barty Gunliffe se había casado con una sirena salida del mar; pero dudo mucho que a Mally le gustara oírlo; y cuando el propio Barty la llamaba así, ella fruncía el entrecejo, agitaba sus cabellos negros y simulaba darle un cachete con su pequeña mano.
El viejo Glos fue llevado a la cima del acantilado, y vivió sus últimos días bajo el techo de la casa del señor Gunliffe. En cuanto a la cueva y el derecho a recoger sus algas, se ha considerado desde entonces una parte de la granja Gunliffe, y no conozco a ningún vecino que esté dispuesto a poner eso en entredicho.

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