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jueves, 4 de noviembre de 2010

EL ESPECTRO DEL NOVIO -- Relato de un viajero -- Washington Irving

EL ESPECTRO DEL
NOVIO
Relato de un viajero
Washington Irving
--
No hallaré el descanso en mi posada Falstaff1
Durante un viaje que hice cierta vez por los Países Bajos, llegué una noche a la
Pomme d'Or2, el mejor hostal de una pequeña villa flamenca. Lo hice pasada la hora
convenida para la table d'hôte3, por lo que me vi obligado a cenar a solas los restos
del menú que me sirvieron. Hacía un frío espantoso. Tomé asiento al fondo de un
amplio comedor a la sazón vacío; acaso angustiado por aquella soledad, por aquel
silencio que me hacía tener la sensación de que había llegado a un lugar solitario,
pedí al posadero algo que leer, y el buen hombre, prestamente, me ofreció cuanto
componía la biblioteca de su casa y pensión: una Biblia familiar holandesa y un
almanaque escrito en la misma lengua, pero también unos cuantos periódicos
parisinos atrasados... Me entretenía en la lectura de alguno de aquellos periódicos
atrasados cuando llegaron hasta mis oídos unas risas que parecían originarse en la
cocina del hostal. Cualquiera que haya viajado por el continente sabe lo muy
importante que resulta para el viajero llegar a un lugar en el que las cocinas sean
alegres; sobre todo, en circunstancias como la mía, con un tiempo de perros, cuando
más necesario se hace el calor en todos los sentidos... Dejé a un lado, pues, el
periódico que leía, y me levanté con ánimo de hacer una incursión, más o menos
profunda, allá por donde estaba la cocina del hostal, pues la verdad es que me hacía
franca ilusión encontrarme con gente que riera con tantas ganas. Vi allí, reunidos al
amor del fuego de los fogones, a varios viajeros que habían arribado al hostal antes
que yo, a hora prudencial, pues, en una diligencia; estaban en animada charla con las
personas que se encargaban de cocinar para la clientela del Pomme d'Or. Estaban,
como he dicho, sentados alrededor de uno de los fogones, que parecía un altar ante el
que se hubiera congregado una comunidad, aun pequeña, de fieles; había sobre el
fogón, en la pared, cacharros de cocina y una vajilla completa y reluciente, en la que
destacaba un juego de té presto para el servicio. Una lámpara de aceite, grande y de
cristal reluciente, daba luz a los que allí charlaban y reían, arrojando sus sombras
descomunales contra las paredes de la amplia cocina. Bajo aquella amarillenta luz de
la lámpara sólo aparecía bien iluminada la escena que mostraba a esas personas,
permaneciendo el resto de la cocina en una penumbra atrayente, que sugería
placidez e intimidad. Una hermosa flamenca, con largos pendientes dorados en sus
orejas y con un pequeño corazón, igualmente dorado, pendiente de su cuello por una
cadenita, parecía la sacerdotisa que oficiaba el rito de la reunión ante aquel fogón
1 Sir John Falstaff (1378-1459), célebre marino, amigo y compañero de Enrique V de
Inglaterra en sus correrías guerreras y en sus francachelas. Shakespeare lo inmortalizó en
Henry IV y en The Merry Wives of Windsor, por sugerencia, en esta última obra, de la
reina Isabel I, quien según es fama dijo a Shakespeare que deseaba ver a Falstaff
enamorado. Irving, claro, cita a Shakespeare: no conoció a Falstaff Ni a Orson Wells, claro.
2 La Manzana de Oro.
3 Aquí, la hora de la cena, el menú de la casa.
como un altar, en la cocina del hostal.
Varios de los allí presentes fumaban plácida y relajadamente sus pipas, con ese
especial regusto con que se saborea un buen tabaco aromático después de una
excelente cena, cuando ya comienza a desearse el caliente lecho para descansar. Ya he
dicho que se contaban anécdotas, y justo entré cuando uno de aquellos hombres
concluía la suya y empezaba un francés a referir otra... Era el francés un hombre de
cara larga y magra pero jovial, con enormes patillas, y comenzó a contar historias
galantes de las que, cómo no, había sido protagonista, entre el regocijo de las
muchachas flamencas de la cocina y las risas admiradas de los demás hombres allí
reunidos... Lo propio, en fin, de esos templos de la liberalidad y de la honesta
diversión que son las cocinas de los hostales cuando llega la noche.
Desde luego, no vi mejor ocasión de sacudirme el tedio, y como en realidad aún
no me apetecía irme a dormir, a despecho del cansancio, tomé asiento junto a los allí
congregados, procurando no hacer ruido. Escuché así varias historias más que
referían los viajeros, algunas de una increíble extravagancia y otras más verosímiles,
como ocurre en estos casos. Todas ellas, sin embargo, se me han borrado ya de la
memoria, a excepción de la que narró un hombre, que pido permiso para relatar...
Lamento no poder hacerlo con la vivacidad y convicción, empero, con que hizo su
relato aquel hombre, ni con su aire tan peculiar, ni con sus gestos tan apropiados...
Era un viejo suizo corpulento, que tenía la pinta del que ha viajado mucho. Vestía
decorosamente, muy pulcro y hasta elegante con su chaqueta verde de buen paño,
con sus calzones de cuero con peto igualmente de cuero protegiéndole el pecho, y
con sus medias de lana. Era muy corpulento, como ya he dicho, a pesar de su edad
proyecta, y gesticulante, con la mandíbula poderosa, de nariz aquilina, de ojos
grandes y chispeantes, rubios aún sus cabellos, a pesar de las canas que lucía, que le
caían crecidos sobre el cuello de un abrigo largo de terciopelo e igualmente verde,
esos abrigos que en realidad son una capa, prenda tan típica entre los viajeros que
recorren en invierno el continente. A veces lo interrumpían en su relato, bien las
preguntas de quienes escuchaban, sobre todo las preguntas de las muchachas, o bien
la llegaba de algún huésped aún más tardón que yo mismo, y él a todos atendía,
cordial, deferente, para seguir después a lo suyo con el mismo entusiasmo de antes...
Y alguna vez se interrumpía él mismo, con el pretexto de dar lumbre a su pipa, sin
duda para incrementar las ansias de quienes lo escuchábamos... Ni que decir tiene
que las muchachas, y en especial la flamenca rubicunda de los pendientes dorados, le
miraban con embeleso, como enamoradas.
Me gustaría que mis lectores se lo imaginaran con su pipa genuina de écume de
mer4, con su mentón poderoso, sentado en un sillón con todo su aire mundano
mientras refería aventuras, como sin importancia, que a todos sorprendían, con la
cabeza siempre alta, más que la de un gallo, y entornando a veces los ojos para
reafirmar un aspecto particularmente memorable de su relato, o mirando de reojo
4 Espuma de mar.
con ellos cuando el misterio tenía que ser aprensivo; así, acaso, la última historia que
contó, y que a continuación paso a referirles, les toque en el alma tan profundamente
como a mí me llegara.
En la cumbre de una de las alturas de Odenwald, país salvaje y romántico de la
Alta Germania, situado cerca de donde confluyen el Mosa y el Rin, se alzaba hace
muchos años el castillo del barón Von Landshort5. Ahora, por el tiempo en que
transcurre mi historia, se hallaba en ruinas y casi sepultado por un bosque de hayas y
de negros abetos; no obstante, la vieja torre que servía de punto de observación y
vigilancia más importante del castillo aún se elevaba por encima de los árboles, de
igual manera que el barón del que hablo se esforzaba en mantener su dominio sobre
los campesinos de la comarca.
El barón era un descendiente venido a menos de la gran familia de los
Katzenellenbogen6 y heredero de sus bienes y del orgullo que fue divisa de la estirpe.
Aunque el afán guerrero de sus antepasados había hecho que disminuyera el número
de sus propiedades, pretendía el barón, sin embargo, seguir dando muestras de una
opulencia infinita. Eran tiempos de paz y todos los nobles de Alemania habían
abandonado sus góticos torreones defensivos, colgados de las montañas como nidos
de águilas, para afincarse en los valles, lugares de común más placenteros y que
propician una existencia, por ello, más cómoda.
Tenía el barón una hija, su única descendiente; pero la naturaleza compensó no
haberle dado más que esa hija, haciendo de ella, en cambio, un prodigio, un dechado
de virtudes. Tanto sus primas como todas las nodrizas y comadres de la comarca
aseguraban al padre que no había en toda Germania quien pudiera rivalizar con ella
en belleza. ¿Quién mejor que ellas para aseverarlo? Había recibido la educación más
esmerada, siempre bajo la vigilancia de dos de sus tías, unas viejas solteronas que,
habiendo pasado varios años de su juventud en uno de los pequeños principados de
Alemania, estaban, por ello, versadas más que cumplidamente en todas las ramas del
saber, en todos los conocimientos precisos para instruir convenientemente a una
joven de abolengo y belleza tan notables como los de su sobrina. Por la virtud de los
consejos recibidos de sus tías, así, la hija del barón accedió a un grado sumo de
perfección espiritual. Aún no había dejado atrás sus maravillosos dieciocho años, y
ya hacía encantadores bordados y representaba escenas santas prodigiosas en los
5 Humorada sarcástica de Irving: Landshort, tierra pequeña, o país pequeño, o principado
pequeño, en oposición al título de Landgraviate, propio de algunos principados de la
antigua Alemania
6 Mano de gato; en inglés, Cat's-Elbow. Pone Irving una nota en el original, según la cual tal
era el nombre de una familia muy poderosa en otro tiempo, llamada así por haberse
contado entre sus miembros una dama muy perspicaz y celebrada por su firmeza, que
impedía que le temblara la mano ante cualquier situación difícil o a la hora de castigar a
sus súbditos.
telares, tan expresivas que se podía jurar al verlas que las ánimas del purgatorio
habían vuelto a la vida. Era capaz de leer, además, y sin mayores esfuerzos, lo mismo
libros religiosos que otros con las historias de caballeros andantes del Heldenbuch7.
Había hecho, en fin, grandes progresos en la escritura, con lo que ya era capaz de
escribir su nombre sin olvidarse de una sola letra; lo hacía de manera muy pulcra,
harto legible, a tal punto que sus tías podían leerlo sin necesidad de ponerse las
antiparras para tratar de adivinar cuál sería una u otra letra... Mas, muy
especialmente, sobresalía en artes tales como las de cuál era la danza del día, tocar en
el arpa distintos aires de la tierra, y también en el laúd, además de saberse de
memorias las más tiernas baladas de los Minnielieders8.
Las tías de la bella joven, que en sus años mozos habían sido, sin embargo,
mujeres coquetas y de virtud más que en entredicho, eran las personas más idóneas
para vigilar como auténticas cancerberas la conducta de su sobrina, pues no hay
dueña de una virtud tan rigurosa y de un decoro tan sobrio como una coqueta que se
quedó soltera... Raramente consentían que la bella se alejara de su vista y pocas veces
le permitían salir de las estancias del castillo sin que cayera sobre sus espaldas su
mirada. Sin cesar leían en voz alta, para que lo oyese bien la muchacha, tratados
sobre las conveniencias sociales y la obediencia pasiva. Y en lo que a los hombres
respecta, ¡ah, caramba!, le decían que jamás habría de consentir en mirarlos, salvo si
se hallaba a gran distancia de ellos, y en cualquier caso con tanta desconfianza y
prevención, que sin una autorización especial de ellas mismas no se hubiera atrevido
la pobre, jamás, a recrearse la vista en la contemplación del más bello doncel del
mundo... Eso, pues, mirar a un hombre, no, nunca, jamás... Tal atrevimiento, estaba
segura, le hubiera supuesto morir de inmediato a sus pies.
Pronto dieron sus frutos los rigores de aquella educación. La joven dama era un
perfecto ejemplo de morigeración y discreción. Mientras las demás muchachas de su
edad, cual flores mundanas que cada mano puede acariciar y tirar después,
marchitaban el brillo de su hermosura encantadora en los torbellinos del mundo y la
vida, nuestra modesta y encantadora virgen, tan hermosa, dirigida siempre por sus
virtuosas cancerberas, florecía como el botón de una rosa solitaria que se alza y abre
magnífica en su esplendor entre todas las espinas que la cercan. Sus tías, ni que
decirlo, la contemplaban más orgullosas de sí mismas que de su sobrina, y se decían
que aunque todas las demás jóvenes se alejaran del recto camino, gracias al cielo,
semejante baldón nunca caería sobre la hermosa heredera de los Katzenellenbogen.
Sin embargo, era el caso que, aunque el barón de Landshort no tenía más que
7 Das Heldenbuch, o Libro de los héroes. Colección de romances sobre gestas caballerescas
germánicas del siglo XIII, sobre todo las de los héroes Hugdietrich, Ortnit y Wolfdietrich.
8 Canciones populares que se acompañaban con laúd. A pesar de su prosapia germánica, el
nombre deriva del hebreo minn, plural de men, que designa de manera genérica los
instrumentos de cuerda.
aquella hija única, no por eso era menos numerosa su familia, pues había querido
darle la Providencia toda una legión de parientes sin fortuna, que, cual es de común
en todos aquellos parientes cuyo afecto conviene poco, mostraban una clara
disposición y hasta un cariño enorme hacia el barón, al que se sentían muy apegados,
y aprovechaban cualesquiera circunstancias para dejarse caer como un enjambre
sobre el castillo para darle muestras de su amor. Cada fiesta familiar era celebrada
por estas buenas gentes a costa del barón, y cuando ya habían comido y bebido hasta
reventar declaraban enternecidos que nada había sobre la faz de la tierra, y aun en
los cielos, como las deliciosas reuniones de familia que tanto les alegraban los
corazones.
El barón, a pesar de ser un hombre más bien bajo, tenía un alma elevada, cabe
decirlo así... Más aún, se tenía por el más grande hombre del pequeño mundo en que
vivía; tamaña convicción acerca de su superioridad sobre los demás le colmaba de
dicha. Por eso disfrutaba narrando larguísimas historias sobre las virtudes y el valor
de sus antepasados, cuyos antañones retratos, en las paredes del castillo, parecían
hacer guiños y muecas, de burla las más de las veces, a quienes los contemplaban, y
nadie le escuchaba con mayor benevolencia que quienes se sentaban invitados a su
mesa. Era además hombre muy dado a lo maravilloso y creía a pies juntillas en todos
esos cuentos fantásticos y hasta sobrenaturales que de común se refieren en las
montañas y en los valles de Germanía. La credulidad de sus huéspedes, sin embargo,
era aún más grande y sincera que la suya; oían cada historia maravillosa con los ojos
muy abiertos, tanto más que la boca, y nunca dejaban de admirarse de lo escuchado,
aunque fuese la centésima vez que se lo repetían... Así de a gusto vivía el barón de
Landshort, oráculo de su mesa, monarca absoluto de su pequeño imperio; dichoso y
feliz, sobre todo, creyéndose el hombre más sabio de su siglo.
Por el tiempo a que se refiere mi relato, se celebró en el castillo una gran
reunión de familia para tratar de un asunto de la mayor importancia: buscar un
marido conveniente a la hija del barón. A tales efectos habíase celebrado ya una
reunión entre el barón de Landshort y un viejo y noble caballero de Baviera, para
negociar acerca de la unión de las casas de ambos mediante el matrimonio de sus
hijos; incluso se habían iniciado ya los preparativos del casamiento con toda la
escrupulosidad que la empresa requería, aunque aún no se hubieran visto ni hablado
los futuros contrayentes... Se designó hasta el día para la ceremonia, por lo que se
cursó recado urgente al joven conde Von Altenburg, el futuro esposo, que servía en
los ejércitos imperiales, a fin de que se pusiera en camino para recibir la blanca y
pura mano de la hija del barón. Desde Würtzburg, donde había hecho noche,
llegaron al castillo cartas suyas anunciando en una el día, y en la otra la hora
aproximada, en que llegaría.
Todo el castillo se dispuso a darle la bienvenida adecuada. La novia se había
vestido para la ocasión con especial cuidado. Sus tías habían vigilado con
minuciosidad máxima su tocado, escogiendo cada adorno del vestido no sin
discutirlo largo rato, cosa que aprovechó la joven, dicho sea de paso, para seguir su
propio gusto, que, por ventura, era muy delicado.
Cabe decir que estaba todo lo hermosa que podía desear un esposo en agraz,
pues además la emoción de la espera hacía que le brillasen los ojos, y que lucieran
sus encantos todos, con un fulgor nuevo. El rubor que cubría su cara; las
palpitaciones de su seno, tibia y dulcemente agitado; sus ojos, de tanto en tanto
ensoñecidos, todo, en fin, proclamaba el tumulto de emociones que se había
despertado en su joven y tierno corazón. Sus tías, siempre a su lado, le daban graves
consejos sobre las maneras que debía observar, sobre las cosas que debía decir, para
dar al futuro esposo el recibimiento más honesto.
El barón no era ajeno a todas aquellas expectativas; aunque nada tenía que
hacer, pues ya se encargaban los demás de todo, su naturaleza de hombre inquieto le
hacía ir y venir de aquí para allá, entre criados y amas, exhortándoles a trabajar
duramente aunque no se concedieran un breve descanso, de forma tal que se le oía
zumbar en las habitaciones y en los patios, como esas moscas inclementes e
inoportunas que no hacen otra cosa que incomodarnos en los días del verano.
Mientras tanto, ya había sido sacrificada y dispuesta para los pucheros la
ternera más grande de cuantas tenía en la granja; ya por los bosques habían resonado
los gritos de alerta y victoria de los cazadores dedicados a cobrar exquisitas piezas;
ya estaba la cocina atiborrada de viandas para preparar; ya las bodegas rebosaban de
océanos de Rhein-Wein9 y hasta el gran tonel de Heidelberg10 prestó su contribución
a la fiesta... Todo, en fin, estaba dispuesto para recibir cual era debido hacerlo al
distinguido huésped, con tanto Sausy Braus11 como es propio de las normas de la
hospitalidad germana; pero el novio tan esperado no aparecía; pasaron horas y más
horas y no llegó.
El sol, cuyos rayos penetraban hasta lo más profundo de los ricos bosques de
Odenwald, acabó por derramar su luz sólo sobre las cumbres de la montaña. El
barón, desde la más alta torre de su castillo, se fatigaba la vista inútilmente mirando
en lontananza, ansioso por avistar al conde y su séquito. Una vez creyó verlo al fin; el
sonido de un cuerno, prolongado en el aire por los ecos del valle, resonó en sus oídos
y le alegró el corazón. Vio a lo lejos muchos hombres a caballo que avanzaban por el
camino... Mas apenas llegaron al pie de la montaña, tomaron de pronto una dirección
9 Vino del Rin.
10 En el Estado de Baden, en la región del valle del Neckar, cervecera por excelencia. El
edificio más notable de la ciudad es el castillo de Königstuhl, del siglo XIII, que se alza
sobre una colina. En una de sus dependencias se conserva el famoso tonel de Heidelberg,
capaz de albergar el contenido de 283.229 botellas de litro.
11 Saus und Braus, del alemán medieval: significa vivir en la abundancia de los dones de la
tierra. En sentido figurado, comilona pantagruélica; en el sur, fiesta campesina en la que
abundan los productos de la región; en slang actual, reunión de triperos en el lenguaje
callejero berlinés de la droga, ponerse hasta arriba.
que desde luego no conducía al castillo.
Se ocultó al fin el sol lentamente. A la tenue luz del crepúsculo, los murciélagos
empezaron a revolotear girando enloquecidos sobre su cabeza; el camino se hacía
cada vez más oscuro; ya no se veía ni oía a nadie; sólo, de vez en vez, a cualquier
labriego fatigado por la dura jornada que caminaba pesadamente hacia su choza.
Todos los que estaban en el castillo del barón mostraban una perplejidad
absoluta, cuando no gran inquietud... Mientras, en otro lugar de Odenwald,
acontecía en el mismo momento una escena al menos curiosa.
El joven conde Von Altenburg marchaba tranquilamente; iba al trote corto, sin
prisa, con esa satisfacción propia de un hombre que en breve tomará por esposa a
una bella y joven dama, cuando ya sus amistades lo han liberado de todas las trabas
y han disipado todas sus incertidumbres, propias, por lo demás, de quien se ve
obligado a hacer la corte. Estaba seguro el conde de que su futura esposa le esperaba
para ofrecerle una magnífica mesa con la que regalarse tras el largo camino. Mas
ocurrió que se había encontrado en Würtzburg con un compañero de armas, con el
que había servido algún tiempo atrás en la frontera. Herman Von Starkenfaust era
uno de los guerreros más fornidos, intrépidos y temibles de la caballería alemana.
Volvía ahora, ya licenciado, al castillo de su padre, no muy alejado del de Landshort,
aunque hay que mencionar que una antigua querella mantenía aún, por aquel
tiempo, la enemistad de las dos familias, a la que sin embargo eran ajenos el conde y
el caballero. En la alegría que a los dos embargó por su encuentro, ambos se contaron
sus últimas aventuras y avatares; el conde, naturalmente, le dijo que iba a contraer
matrimonio con una dama a la que jamás había visto, pero de la que tenía las mejores
nuevas, incluso las referencias más maravillosas. Como iban en la misma dirección,
convinieron en hacer juntos el resto del viaje; a fin de hacerlo aún con mayor
comodidad, abandonaron Würtzburg a hora muy temprana de la mañana,
ordenando el conde a su séquito que saliera más tarde para darles alcance y reunirse
de nuevo.
Con el relato de sus aventuras, entre las que no faltaban tales o cuales combates,
fueron haciéndose más grato el viaje, de común tedioso; el conde, por lo demás, en
ocasiones se excedía al hablar de aquella prometida a la que jamás había visto,
diciendo por ejemplo que era la mujer más hermosa del mundo y otras y muy felices
cosas por el estilo... Sin que se hiciera apenas un silencio entre ellos, se adentraron,
pues, en las montañas de Odenwald y atravesaron uno de los desfiladeros más
oscuros y peligrosos del viaje.
Es bien sabido que los bosques de Germania albergaban por aquel tiempo
muchos bandidos, casi tantos como castillos llenos de fantasmas había, y en la época
en que transcurre esta verídica narración, eran muchos los desertores de la milicia a
los que no les había quedado otro remedio, a fin de evitar la muerte, que echarse a
los caminos organizados en bandas de salteadores. Nadie ha de sorprenderse, así las
cosas, si digo que nuestros dos caballeros fueron atacados al cabo por una banda de
ladrones cuando, atrás ya el desfiladero, se adentraron en el bosque. Se defendieron
con gran coraje, como es lógico; lucharon largo tiempo, y ya estaban a punto de
sucumbir, empero, cuando acudió el séquito del conde en su auxilio. Huyeron los
bandidos entonces; mas el conde había recibido una herida mortal y no tardaría
mucho en fallecer. Antes, sin embargo, se le llevó con cuidado a Würtzburg para que
fuese atendido por un sabio monje que lo mismo curaba las almas que los cuerpos...
En vano. La mitad de su talento, la que curaba los cuerpos, se demostró incapaz de
evitar que allí concluyesen los días del pobre conde Von Altenburg.
En su lecho de muerte suplicó el conde a su amigo que se dirigiese al castillo del
barón de Landshort tan presto como pudiera para comunicar la causa de que no
hubiese estado junto a su prometida en la hora anunciada; aunque no se tratase del
amante más apasionado, sí hay que hacer notar que era probablemente el hombre
más cumplidor de sus obligaciones y palabra, y se mostraba ciertamente dolido por
no haber hecho acto de presencia donde se le esperaba. También por la misma razón
suplicaba al amigo que cumpliese cuanto antes su encargo. «Si no se hace así —le dijo
—, no reposaré tranquilo en mi tumba». Lo repitió hasta dos veces más,
solemnemente.
Tan viva súplica no necesitaba más que ser atendida, sin otras consideraciones;
así, pues, el guerrero Starkenfaust calmó a su amigo prometiéndole cumplir
fielmente su última voluntad y le tendió su mano para darle la prueba necesaria de la
validez de su palabra. El moribundo llevó la mano del amigo a su corazón, muy
agradecido por su gesto noble, y apenas unos pocos segundos después comenzaba a
delirar trágicamente. Habló, en su sinrazón, de su prometida, de la felicidad que le
aguardaba junto a ella; dio órdenes para que se le preparase un caballo con el que
dirigirse cuanto antes hacia el castillo de Landshort... Y murió soñando que galopaba.
Starkenfaust exhaló entonces un suspiro y se echó a llorar, lamentándose de tan
trágica como prematura muerte; no obstante, pronto pensó en el encargo hecho por
su amigo antes de expirar; sentía una opresión terrible en el pecho y tenía la cabeza
atormentada por la inquietud y la prisa de cumplir cuanto antes aquella última
voluntad del conde, pues no en vano tenía que presentarse en la casa de los enemigos
históricos de su familia sin haber sido invitado, y encima para acabar con las
ilusiones y con la alegría de los allí reunidos, comunicándoles tan triste nueva... Pero,
al tiempo, cobraba en él fuerza, paulatinamente, una cierta curiosidad por ver de
cerca a la bella Katzenellenbogen, cuya fama de hermosa se extendía ya más allá de
la comarca y a quien tan alejada del mundo habían tenido siempre... No en vano era
Starkenfaust un rendido, si no devoto, admirador del bello sexo, y se daba en su
carácter, además, una cierta tendencia a la originalidad en sus comportamientos, que
lo llevaba a emprender cualquier aventura con que sólo se le pasara una vez por la
cabeza. Antes de partir, cuidadoso como lo era con los detalles, hizo los necesarios
arreglos con los frailes del convento para la celebración del funeral por su amigo, que
sería enterrado posteriormente en la catedral de Würtzbug, en la cripta de sus
antepasados, y los servidores del conde, llenos de tristeza, cargaron con sus restos
para hacer el trágico traslado hasta la iglesia.
Mas, volvamos de nuevo a la familia de los Katzenellenbogen... Esperaban
todos impacientemente al novio, y no menos impacientemente, que se sirviera la
comida... Y volvamos al barón, al que dejamos en su torre vigía... Desesperado el
barón porque ya se había cerrado la noche sin que diera señales de vida el futuro
esposo de su hija, bajó de la torre. El banquete, que se había retrasado ya más de lo
necesario, no se podía demorar por más tiempo pues comenzaban a secarse algunas
de las viandas preparadas; el jefe de los cocineros, muy apurado y nervioso, pero no
sólo él, sino la servidumbre toda, y los pinches de la cocina, y naturalmente los
parientes, todos, en fin, mostraban un hambre semejante al que pueda tener todo un
batallón de soldados tras días y días sin probar bocado. Muy a su pesar, no le quedó
al barón más remedio que dar su consentimiento para que todos ellos recibieran la
ración pertinente, aunque aún no hubiera hecho acto de presencia el invitado de
honor.
Tomaron todos asiento, al fin, ante su plato; ya iban a dar cuenta del banquete,
cuando se dejó sentir a poca distancia la llamada de un cuerno, lo que
inequívocamente anunciaba la presencia inminente de un viajero... Sonaron más
toques, prolongados por los ecos de los patios del castillo, que fueron respondidos
por los cuernos de la guardia para dar cuenta de que se le franqueaba el paso al que
llegaba. El barón salió apresuradamente a dar la bienvenida a quien creía su futuro
yerno.
Ya habían bajado los guardias el puente levadizo, ya se encontraba el viajero
ante la reja de la puerta... Era un caballero alto y muy fuerte, a lomos de un poderoso
caballo negro; llegaba muy pálido, pero tenía brillantes los ojos; una muy honda
melancolía parecía haber impresionado su semblante y le daba un aspecto más que
notable de héroe romántico... El barón se lamentó de verle llegar solo y sin equipaje;
por un momento se sintió herido en su dignidad, pues aquel a quien tenía por el
prometido de su hija se presentaba con tales y tan lamentables trazas ante la familia,
de rancio abolengo y gran distinción, a la que iba a unirse... En suma, se dijo que su
futuro yerno era un tanto descortés, no importaba lo muy duro que le hubiera
resultado el viaje... Así y todo, se calmó pronto el barón, diciendo para sus adentros
que a buen seguro había procedido así debido a la ansiedad que tenía por conocer a
su hija, lo que le llevó a ponerse en camino sin aguardar a su servidumbre y sin
acicalarse siquiera.
—Lo siento —dijo el recién llegado—; no quería llegar a vuestra casa a hora tan
intempestiva...
El barón lo interrumpió entonces con un auténtico chaparrón de cumplidos, que
acompañaba de miles de salutaciones cordiales, ya que, olvidada su desazón y su
resentimiento anteriores, el caballero se había expresado de manera tan elocuente y
diplomática. Quiso el extraño detener aquel torrente de palabras, un par de veces,
alzando la mano; pero viendo que era imposible hacer que el barón callase para
escucharle, se resignó, bajó la cabeza y esperó a que acabara.
Así llegaron al último patio del castillo. Al fin hizo el barón una pausa; mas en
cuanto el caballero intentó abrir la boca para explicarse, de nuevo fue interrumpido,
ahora por la irrupción de las mujeres de la familia, que llevaban de las manos a la
novia, modosa ésta, pugnando vergonzosa por esconderse tras ellas, ruborizada
dulcemente en su sonrisa... No pudo por menos que contemplarla arrebatado el
caballero, como en éxtasis; tal parecía que se hubiera enajenado su alma al
contemplar a tan bella damita. Una de las tías solteronas murmuró entonces unas
palabras al oído de la hermosa v virginal muchacha, que hizo un gran esfuerzo para
hablar, alzando tímidamente sus ojos de un azul profundo, húmedos por las alegres
lágrimas que intentaba reprimir. Miró al caballero, pero fue sólo un segundo, pues de
inmediato bajó los ojos otra vez. No le brotó una sola palabra de entre los labios, pero
una graciosa sonrisa que vagaba por su boca le marcó dos no menos lindos hoyuelos
en sus mejillas de rosa, como si hubiera querido demostrarle que nada le placía más
que su presencia. Era imposible, ciertamente, que una damita en la tierna y feliz edad
de los dieciocho años, dispuesta a entregarse al amor y al matrimonio en cuerpo y en
alma, no quedase encantada ante la presencia de un caballero como aquél, de porte
tan impresionante y de nobleza más que evidente.
El caballero se presentaba muy tarde, por lo que no había tiempo para más
preámbulos, ni mucho menos para seguir hablando. El barón era hombre que se
distinguía por adoptar decisiones rápidamente, así que, dejando para el día siguiente
cualquier explicación, hizo que todos tomaran asiento a la mesa para que se diera
inicio, de una vez por todas, al banquete de bienvenida, aún intacto.
La mesa estaba servida en el gran salón del castillo. Los muros, cubiertos de
retratos de los héroes de la familia Katzenellenbogen, alguno de los cuales, por cierto,
era incluso bien parecido, y de incontables trofeos de caza, y otros obtenidos en
justas memorables a lo largo de los tiempos. Había también, en tan severa
decoración, petos y cotas destrozados, lanzas rotas, pendones desgarrados,
estandartes pisoteados por los caballos, salpicado todo ello con los despojos de los
animales cazados: la quijada de algún lobo, los colmillos de un jabalí, algunos de
aspecto tan amenazador como las ballestas y las flechas junto a las que eran
exhibidos, al lado de mazas, hachas y espadas cruzadas. Aquel a quien tenían por el
novio prestó poca atención, sin embargo, a la sociedad que lo rodeaba y al
mismísimo festín que se le ofrecía, con ser extraordinario; por el contrario, no hacía
más que mirar a la hermosa novia. Hablaba tan bajo que los convidados no podían
oírle, pues téngase en cuenta que los enamorados apenas tienen voz, de tan
arrebatados; el amor murmura suave y dulcemente su lenguaje. Sólo esperaba el
caballero una palabra de la novia, pues qué amante es tan poco sutil como para no
estremecerse de gozo con el más leve sonido de la voz de su amada?
Aquella ternura y aquella gravedad que se daban en el recién llegado, la
exquisitez de sus modales en contraste con su aspecto fiero, impresionaron
profundamente a la virginal damita, que le prestaba una atención máxima mientras
cambiaba del suave arrebol al rubor intenso; de vez en vez balbucía una respuesta, y
cuando los ojos del caballero dejaban de mirarla, le lanzaba ella una mirada, de reojo
y a hurtadillas, para saciarse con su romántica apostura... Naturalmente, exhalaba
entonces un suspiro encantador. Era más que evidente que ambos habían sucumbido
ya a la más ardorosa pasión. Las tías solteronas de la damita, harto versadas ellas en
los secretos del corazón, se decían por lo bajo que ambos se habían enamorado nada
más verse, cosa de la que se congratulaban.
Así transcurrió el festín, pues, entre el beneplácito de los invitados; mas acabó
un poco salvajemente, pues ida la morigeración primera los parientes del barón
dieron cuenta de las viandas con ese apetito depredador que es propio de quien anda
de común con la bolsa vacía y encima respirando de continuo el sano aire de las
montañas. Como no podía ser de otra forma, narró el barón lo más granado de sus
historias y anecdotario, pero hay que decir que pocas veces lo había hecho tan bien
como entonces. Si en una de sus narraciones había algún acontecimiento maravilloso,
quienes lo escuchaban quedaban aún más encantados que los personajes de la
historia; si decía alguna jocosidad, sabían cuándo reírse en el momento oportuno.
Cabe añadir que el barón, como la gran mayoría de los señores de su tiempo, poseía
una dignidad enorme y no era, por ello, hombre dado a las excentricidades y a los
chascarrillos groseros, por lo que pocos eran los que tenían por una tontería plena
sus historias; y si creía haber consentido en cualquier cosa chocarrera, bien que a su
pesar, y aunque los demás no lo hubiesen advertido, acudía presto al vino el barón
para llenarles las copas, forzar un brindis y dejar que cayera el velo del vino así de
gratamente bebido sobre su desliz anterior. Naturalmente, una gracia, por muy
absurda e involuntaria que sea, siempre es bien recibida cuando el dueño de la casa
la acompaña con una invitación a beber un caldo excelente.
Entre los invitados, por lo demás, los espíritus más pobres y mezquinos de la
parentela del barón aprovechaban el contento general para decir cosas que en otra
ocasión jamás se hubieran atrevido a proclamar. Susurraban al oído de las mujeres
mil cuentos festivos, algunos incluso procaces, que atacaban de risa convulsa a
quienes los oían... y a quienes los contaban, claro... Un primo carnal del barón, por
ejemplo, un hombre muy pobre pero que no por ello era malhumorado y sombrío,
sino todo lo contrario, un hombre sanote v de cara muy colorada, se puso a aullar en
un momento dado, más que a cantar, varias de esas cancioncillas populares que las
púdicas tías solteronas de la novia oyeron a través del abanico abierto con el que se
tapaban la cara.
En medio de tan tumultuosa como alegre reunión, el recién llegado, empero,
mantenía una extraña gravedad que contrastaba, no obstante su delicada educación,
de la que hacía gala en todo momento, con la algarabía reinante a su alrededor. A
medida que avanzaba la noche, sin embargo, se le vio más triste y pensativo, y cosa
aún más sorprendente, las historias del barón, en vez de divertirle, como a los demás,
le hacían sentirse más melancólico y evocador... A veces parecía sumido en una
honda meditación; otras, un vistazo huraño, inquieto y furtivo que echase a los
demás, denotaba la turbación en que se debatían sus pensamientos v el sentir de su
alma. No obstante, conversaba con la novia; mas eran sus palabras, con ella, tan
animadas como misteriosas. Aquel misterio que había en algunas de las cosas que
decía el caballero, hizo que la frente antes serena de la doncella comenzara a
oscurecerse con nubes negras de pena; su corazón comenzaba a palpitar
sobresaltado, no por el entusiasmo del amor, sino por el temor de una pena muy
grande.
Aquello, naturalmente, no pudo escapar a la atención de varios de los allí
presentes. La inexplicable y súbita tristeza de la novia, y la rigidez del caballero, llenó
de inquietud a quienes les observaban, al punto de que, poco después, todos
hablaban en voz baja, habían cesado los cánticos y las bromas, se miraban
acongojados... Se testimoniaban, en fin, su sorpresa ante aquella melancolía de los
amantes, cuya causa ignoraban. Poco a poco fue haciéndose el silencio en el gran
salón del castillo. Se entrecortaban las conversaciones, aun las que se hacían en voz
más baja, con un lúgubre silencio... Y donde antes hubo algarabía, fiesta, relatos
jocosos y hasta indecentes, comenzaron a producirse narraciones trágicas, de
aventuras sobrenaturales las más... A un cuento realmente pavoroso sucedía otro aún
más terrible. El barón hizo que más de una dama estuviera a punto de sufrir un
síncope, con el relato sobre un espectro que llevaba a la grupa de su caballo a la bella
Leonora... Una historia espantosa, es cierto, pero real; una historia que después de
sucedida apareció en versos magníficos que en el presente admira el mundo entero12
El caballero al que todos tenían por el prometido de la hija del barón escuchó
aquella historia atentamente y quedó impresionado a tal punto, que hubo de
levantarse de su silla, haciendo mucho ruido, antes de que el anfitrión la concluyera.
Al hacerlo, destacó sobremanera su gran estatura; el barón, que era hombre de corta
talla, como ya se ha señalado, creyó hallarse entonces ante la presencia de un gigante,
o de algún otro ser nacido de las historias fantásticas a las que tanto propendía. Oyó
el caballero de pie, pues, el final de la narración del padre de la novia; lanzó entonces
un hondo suspiro y se despidió de los allí presentes con educación y mucha
solemnidad, dejándolos perplejos. Miraron todos al barón, entonces, que además de
atónito parecía haber sido tocado por un rayo.
12 Alude Irving a Godofredo Augusto Bürger (1747-1794), una de cuyas haladas más
memorables es Leonera, de 1774. De él dijo Schiller, sin embargo, que «le falta el concepto
ideal del amor y de la belleza», acaso porque la poesía de Bürger rezuma carnalidad v no
idealiza en vano a las mujeres; las trató abundantemente y padeció más de una unión
desdichada; una de ellas, Elisa Bürger, incluso le robó varias obras de teatro v algún
poemario que luego publicó con su nombre, cuando el poeta, harto de sus infidelidades,
decidió separarse de ella en 1792.
—¡No podéis abandonar el castillo a estas horas! —le dijo el barón,
rehaciéndose—. Es la recepción que os brindamos... Y ya os hemos dispuesto
aposentos para que descanséis...
Pero el caballero movió la cabeza triste y misteriosamente.
—Debo —dijo al fin— pasar esta noche en otros aposentos, bien distintos de los
que me ofrecéis.
Algo en su tono hizo que el barón se conmoviera, mas, como era hombre
orgulloso, repitió su hospitalario ofrecimiento. El caballero, no obstante, se limitaba a
negar con la cabeza, sin decir palabra, mirando al suelo. Al fin alzó la mano, en señal
de despedida, y abandonó el salón. Las tías solteronas de la bella novia se quedaron
de piedra; la hermosa virgen escondió sus ojos a la mirada de los demás para que no
viesen que lloraba.
El barón, no obstante, y por hacer que prevaleciera su dignidad, se levantó para
ir tras el caballero, alcanzándole cuando llegaba al patio donde su poderoso caballo
negro golpeaba impacientemente el suelo de piedra con sus cascos. El caballero,
entonces, y como no quería mostrar descortesía para con su anfitrión, se volvió y dijo
con voz ahogada, casi sepulcral:
—Ahora que nadie nos oye puedo deciros el secreto de mi marcha... He hecho
una promesa solemne y he de cumplirla...
—¿Cómo? —dijo el barón—. ¿Y no os puede reemplazar alguien de vuestra
confianza para cumplir ese compromiso?
—Nadie puede reemplazarme. Estoy obligado por mi palabra a ir a la catedral
de Würtzburg.
—Bien, de acuerdo —aceptó el barón—. Id presto, pero tendréis que regresar
mañana en busca de mi hija.
—No —dijo muy lúgubre el caballero—; no he dado mi palabra de llevar a
vuestra hija al altar de la catedral de Wützburg. Me esperan los gusanos de la
sepultura... Estoy muerto... Me asesinaron unos salteadores de caminos... Mi cuerpo
yace ahora en la catedral de Wützburg y seré enterrado a medianoche... Mi tumba,
pues, me aguarda abierta; es preciso que cumpla mi palabra.
Montó rápidamente a caballo, cruzó como una flecha el puente levadizo y
pronto se perdió el eco de los cascos de su montura, barridos por un súbito viento
feroz y la oscuridad de la noche.
El barón, profundamente consternado, volvió al salón del castillo donde se
había celebrado el festín y contó lo que acababa de pasarle... Dos damas de las allí
presentes se desmayaron de golpe. Otras se pusieron enfermas sólo de pensar que
habían compartido mesa con un espectro. Varios de los parientes del barón creyeron
que aquel caballero fantasmagórico podía ser el cazador al que aluden tantas
leyendas alemanas13. Otros hablaron de los espíritus de las montañas, de los duendes
y demonios de los bosques, en fin, de una buena cantidad de seres sobrenaturales,
cuyas historias han espantado desde tiempo inmemorial a las buenas gentes de
Germania. Uno de los parientes más pobres del barón incluso supuso, y así lo
proclamó, que acaso aquello no fuera más que una broma del novio, una disculpa
para retirarse, añadiendo que su sombría apariencia, y hasta su clara extravagancia,
no hacían presagiar nada bueno, a pesar de sus modales. Ni que decir tiene que de
inmediato mostraron su indignación ante aquellas palabras los allí presentes, y sobre
todo el barón, que lo miró como si fuera un renegado de la fe verdadera... El pobre
incrédulo no tuvo más remedio que abjurar de inmediato de su herejía y abrazar con
fervor la fe de los verdaderos creyentes, aun en los espectros.
Mas, cualesquiera que hubieran sido las dudas, quedaron disipadas por
completo a la mañana siguiente, cuando llegaron al castillo heraldos con la mala
nueva de la muerte del joven conde y de su entierro en la catedral de Wützburg... Es
fácil imaginar la consternación que aquellas noticias causaron en el castillo. El barón
se encerró en su cuarto para llorar sin ser visto; los invitados que la noche anterior
tanto regocijo mostraran no querían, empero, dejarle solo con su dolor y vagaban por
los patios, o se reunían en los salones, para lamentarse, más que por el fallecimiento
del novio, por la tristeza de tan gran hombre como era el barón, valedor de muchos
de ellos. Acaso por afán de cobrar fuerza y valor ante la desgracia fue por lo que
comieron y bebieron abundantemente a lo largo del día.
La pobre y virginal doncella, viuda antes de casarse, era quien más lástima
daba... ¡Había perdido a su esposo antes de haberlo abrazado siquiera! ¡Y qué esposo!
Si era así de agraciado e imponente como espectro, ¿cómo habría sido en vida?
Lloraba y se lamentaba llenando las estancias todas del castillo con su dolor, salvo el
comedor donde se hartaban los parientes.
Pasó la segunda noche de su viudez en su cuarto, acompañada de una de sus
tías, que tenía el decidido empeño de dormir junto a ella. Esta mujer, su tía, a la que
conmocionaban especialmente las historias de fantasmas y aparecidos en general, y
que además sabía narrarlas muy bien, contó uno de aquellos cuentos a su sobrina,
para que se quedase dormida, mas la que se durmió al cabo fue ella misma, aun sin
terminarla, pero hay que decir que escogió para la ocasión una de las historias más
largas de cuantas se sabía... Aquella habitación estaba bastante apartada de las demás
y daba a un pequeño jardín; la hija del barón, dormida ya su tía, sumida en sus
recuerdos y en las expectativas frustradas, la virginal y contrita muchacha,
contemplaba la pálida claridad de la luna en cuarto creciente, que parecía tremolar
entre las hojas de las ramas de un álamo que se alzaba frente a la ventana. El reloj del
castillo había dado ya las doce cundo se dejó sentir en el jardín una dulce música de
laúd, muy melodiosa y grata. La joven se tiró de inmediato del lecho y acudió para
asomarse a la ventana. Oculto entre las sombras de los árboles apenas se divisaba un
13 También Bürger recrea esa figura, en un poema titulado El feroz cazador.
fantasma; mas la luna le prestó su luz para que pudiera verlo... ¡Era el espectro de su
novio! Más que de la visión espectral, se asustó entonces la doncella por el grito de
terror que escuchó justo tras ella... Su tía, a la que había despertado aquella música,
también acudió a la ventana; gritó al contemplar al fantasma y se desmayó. Cuando
recuperó el sentido, la visión ya se había esfumado.
De las dos, fue la tía quien requirió más atenciones, pues el terror
experimentado ante aquello acabó por trastornarla durante un tiempo.
La muchacha, por el contrario, hasta en el espectro de su novio encontraba
dulzura y encantamiento placentero; a fin de cuentas, siempre que se le aparecía
conservaba su apostura y su belleza varonil, y aunque el fantasma de un hombre sea
cosa poco propicia para satisfacer los más ardientes deseos de una joven dama
enferma de amor, pues no es un fantasma, en el fondo, otra cosa que una sombra leve
y fugaz, sólo verlo le daba el necesario consuelo. La tía había declarado que jamás
volvería a dormir en aquella habitación e intentó que tampoco su sobrina lo hiciera,
pero en esta ocasión la joven fue tenaz en su porfía y se negó a dormir en otros
aposentos del castillo. Quería, como es lógico pensarlo, dormir sola en su habitación
para recibir tranquilamente la visita del espectro de su novio. Antes, empero, rogó a
su tía que no contara la historia del fantasma, si no quería arrebatarle el único placer
melancólico que le quedaba sobre la tierra, cual lo era el de dormir en una habitación
guardada durante la noche por la sombra expectante de su amado. No sé cuánto
tiempo hubiera podido mantener la tía solterona su secreto, pues era dada a hablar
apasionadamente de prodigios y contar aquello le podía haber supuesto un auténtico
triunfo; seguro que ninguna otra solterona, en toda la comarca, tenía una historia tan
pavorosa como la suya. Aún hoy se dice por aquellos pagos, con admiración, que
guardó silencio durante una semana entera... Pero pronto quedó libre del tormento
de seguir haciéndolo, pues comprobó una mañana, cuando se disponía a bajar de sus
aposentos para desayunar, la mala nueva de que la joven había desaparecido. No
estaba en su cuarto, ni había dormido en su lecho; tenía la ventana abierta; la tierna
palomita, pues, parecía haber volado.
Es difícil hacerse una idea de la estupefacción en que se sumieron los
moradores del castillo ante la ausencia de la hija del barón. Hasta los parientes del
barón que comían a dos carrillos hicieron una pausa y cesaron en su voraz apetito,
cuando la tía solterona, llevándose las manos a la cabeza, recorrió todas las estancias
del castillo diciendo con un hilo de voz: «El fantasma, el fantasma... Se la ha llevado
el fantasma».
Con muy pocas y acongojadas palabras refirió entonces la pavorosa escena del
jardín, de la que ella mismo había sido testigo. Y repetía una y otra vez que el
espectro había raptado a su sobrina, opinión secundada por dos jóvenes criadas,
además, que aseguraron haber oído trotar a un caballo hacia la medianoche; no
cupieron dudas a los allí presentes de que era el brioso corcel negro del caballero,
que así se había llevado a su tumba a la virginal doncella. Tan cruel acontecimiento
consternó pronto a los moradores de la región toda, aunque tales sucesos, según lo
atestiguan las historias que por allí se refieren, son tristemente habituales en
Alemania.
Mas, ¡cuán lamentable era el estado del barón! ¡Cuán dura la puñalada que
había atravesado su corazón de padre y miembro de la muy digna estirpe de los
Katzenellenbogen! Una de dos: o su hija había sido arrastrada a la tumba, o tenía por
yerno a un espectro... Y hasta podía darse la circunstancia, se decía lloroso, de que
tuviera por nietos a una banda de duendecillos... El pobre hombre perdió la cabeza,
por lo que todo el castillo, como suele decirse, anduvo en lo sucesivo patas arriba...
Dio el barón, en su dolor, órdenes tales como la de que su guardia recorriera a
caballo todos los rincones, senderos y grutas de Odenwald, y él mismo llegó a ceñir
su espada y a capitanear alguna partida durante muchas y largas jornadas de
infructuosa búsqueda, bien ceñidos los estribos a sus pies, para dar con la hija
desaparecida... Mas, en tales afanes estaba un día cuando una nueva visión lo dejó
petrificado a las puertas de su castillo: era una dama montada en un palafrén, que se
dirigía al castillo acompañada de un caballero... Puso la dama su caballo al galope
hasta llegar a las mismas puertas del castillo, y desmontando allí cayó a los pies del
barón y se abrazó a sus rodillas: era la hija a la que creía perdida para siempre; el
caballero, claro está, el espectro del novio.
Confuso, el barón miraba alternativamente a su hija y al espectro, y difícil le
resultaba dar crédito a lo que sus ojos le mostraban. El espectro tenía mucho mejor
aspecto que cuando lo conoció, como si el reino de las sombras le sentara
estupendamente; vestía de maravilla, con lo que su imponente estampa se realzaba.
Ya no estaba pálido ni parecía melancólico; por el contrario, su apostura parecía
fogosa, juvenil, y le brillaban sus grandes ojos negros de tanta alegría.
Bien, digamos que muy pronto se aclaró todo aquel misterio... El caballero en
cuestión no era otro que Herman Von Starkenfaust, que muy pronto pasó a referir al
dueño del castillo aquella trágica aventura que viviera con el malogrado conde Von
Altenburg. Confesó, así, que fue él quien se presentó aquella noche en el castillo,
cuando todos aguardaban al novio; que como el barón no le dejaba decir una palabra,
cada vez que quiso transmitirle la mala nueva que llevaba, nada pudo contarle antes
de que le fuera presentada la novia y antes de que lo sentaran a la mesa; y que, como
al ver a la bella novia su corazón le dio un vuelco y quedó prendido de ella al
instante, dejó que se le tomara por el pretendiente verdadero, quien ya estaba
muerto, añadiendo que fueron las historias de aparecidos que contó el barón aquella
noche lo que le sugirió la idea que puso en práctica, deseoso de irse de allí de una vez
por todas para atender a la promesa hecha al buen amigo en su lecho de muerte.
El caballero, por lo demás, había seguido visitando a la muchacha furtivamente,
presentándose en el jardín como si fuera un fantasma, porque, según dijo, temía no
ser aceptado como quien en realidad era a causa del histórico enfrentamiento de sus
familias, pues también con la de los Katzenellenbogen, además de con los Altenburg,
estaba enfrentada la suya. El caballero y la dama aseguraron que ya se habían
desposado.
El barón, en cualquier otra circunstancia, se hubiera mostrado inflexible y duro,
pues tenía en muy alta estima los fueros de la autoridad paterna, mas adoraba a su
hija, había llorado largamente su ausencia, y se regocijaba de verla aún viva y si cabe
más hermosa, aunque tuviera por esposo a un caballero de una casa enemiga. Pero,
al menos, y gracias a los cielos, no era un espectro.
Es preciso señalar, sin embargo, que la añagaza del caballero, haciéndose pasar
por un muerto, no se avenía rigurosamente con sus principios, de una observación
absoluta de la verdad; pero algunos viejos amigos que estaban allí presentes y que
habían guerreado más que ampliamente, dijeron al barón que toda estratagema es
lícita tanto en el amor como en la guerra, y que el caballero Von Starkenfaust tenía
derecho a un privilegio especial después de haber servido en la caballería, fuerza
obligada a librar encarnizados combates por aquellos tiempos. Así, dichosamente,
concluyó todo, pues... El barón perdonó su fuga a los amantes y el castillo vivió
festejos y celebraciones varios, en los que los parientes del barón abrumaban al
caballero con sus lisonjas y atenciones, pues no en vano era galante, generoso... y
muy rico, de muy buena casa, aunque históricamente enemiga.
De las tías solteronas, digamos que se escandalizaron un poco ante todo lo
acontecido, y que se dolieron algo más pues con ello resultó evidente que su rígido
sistema educativo, basado en la reclusión y en la obediencia pasiva, había fracasado
con su sobrina... Eso sí, de lo que más se lamentaron fue de no haber puesto una
celosía bien forjada en la ventana de la habitación de la entonces doncella. Una de
ellas, ya sabemos quién, se sentía mortificada pues al cabo su maravillosa historia del
rapto de la joven a manos del espectro, al que juraba haber visto, además, no era sino
causa de burla de los otros. Así y todo, trataba de consolarse diciéndose que su
sobrina, por lo menos, había encontrado un hombre de carne y hueso con el que
amar, para no verse obligada a hacerlo con una vana y fugaz sombra.

Jorge Luis Borges --- EL LIBRO DE LOS SERES IMAGINARIOS





Jorge Luis Borges
EL LIBRO DE LOS SERES IMAGINARIOS

-
PRÓLOGO
-
El nombre de este libro justificaría la inclusión del príncipe Hamlet, del punto, de la línea, de la
superficie, del hipercubo, de todas las palabras genéricas y, tal vez, de cada uno de nosotros y
de la divinidad. En suma, casi del universo. Nos hemos atenido, sin embargo, a lo que
inmediatamente sugiere la locución "seres imaginarios", hemos compilado un manual de los
extraños entes que ha engendrado, a lo largo del tiempo y del espacio, la fantasía de los
hombres.
Ignoramos el sentido del dragón, como ignoramos el sentido del universo, pero algo hay en su
imagen que concuerda con la imaginación de los hombres, y así el dragón surge en distintas
latitudes y edades.
Un libro de esta índole es necesariamente incompleto; cada nueva edición es el núcleo de
ediciones futuras, que pueden multiplicarse hasta el infinito.
Invitamos al eventual lector de Colombia o del Paraguay a que nos remita los nombres, la
fidedigna descripción y los hábitos más conspicuos de los monstruos locales.
Como todas las misceláneas, como los inagotables volúmenes de Robert Burton, de Fraser o
de Plinio, El libro de los Seres Imaginarios no ha sido escrito para una lectura consecutiva.
Querríamos que los curiosos lo frecuentaran, como quien juega con las formas cambiantes que
revela un calidoscopio.
Son múltiples las fuentes de esta "silva de varia lección"; las hemos registrado en cada
artículo. Que alguna involuntaria omisión nos sea perdonada.
J.L.B. / M.G.
Martínez, septiembre, 1967


---
A BAO A QU
Para contemplar el paisaje más maravilloso del mundo, hay que llegar al último piso de la
Torre de la Victoria, en Chitor. Hay ahí una terraza circular que permite dominar todo el
horizonte. Una escalera de caracol lleva a la terraza, pero sólo se atreven a subir los no
creyentes de la fábula, que dice así:
En la escalera de la Torre de la Victoria, habita desde el principio del tiempo el A Bao A Qu,
sensible a los valores de las almas humanas. Vive en estado letárgico, en el primer escalón, y
sólo goza de vida consciente cuando alguien sube la escalera. La vibración de la persona que
se acerca le infunde vida, y una luz interior se insinúa en él. Al mismo tiempo, su cuerpo y su
piel casi traslúcida empiezan a moverse. Cuando alguien asciende la escalera, el A Bao A Qu
se coloca en los talones del visitante y sube prendiéndose del borde de los escalones curvos y
gastados por los pies de generaciones de peregrinos. En cada escalón se intensifica su color,
su forma se perfecciona y la luz que irradia es cada vez más brillante. Testimonio de su
sensibilidad es el hecho de que sólo logra su forma perfecta en el último escalón, cuando el
que sube es un ser evolucionado espiritualmente. De no ser así el así, el A Bao A Qu queda
como paralizado antes de llegar, su cuerpo incompleto, su color indefinido y su luz vacilante.
El A Bao A Qu sufre cuando no puede formarse totalmente, y su queja es un rumor apenas
perceptible, semejante al roce de la seda. Pero cuando el hombre o la mujer que lo reviven
están llenos de pureza, el A Bao A Qu puede llegar al último escalón, ya completamente
formado e irradiando una viva luz azul. Su vuelta a la vida es muy breve, pues al bajar el
peregrino, el A Bao A Qu rueda y cae hasta el escalón inicial, donde, ya apagado y semejante
a una lámina de contornos vagos, espera al próximo visitante. Sólo es posible verlo bien
cuando llega a la mitad de la escalera, donde las prolongaciones de su cuerpo, que a manera
de bracitos lo ayudan a subir, se definen con claridad. Hay quien dice que mira con todo el
cuerpo y que al tacto recuerda la piel del durazno.
En el curso de los siglos, el A Bao A Qu ha llegado una sola vez a la perfección.
El capitán Burton registra la leyenda del A Bao A Qu en una de las notas de su versión de Las
Mil y Una Noches.
ABTU Y ANET
Según la mitología de los egipcios, Abtu y Anet son dos peces idénticos y sagrados que van
nadando ante la nave de Ra, dios del sol, para advertirlo contra cualquier peligro. Durante el
día, la nave viaja por el cielo, del naciente al poniente; durante la noche, bajo tierra, en
dirección inversa.
LA ANFISBENA
La Farsalia enumera las verdaderas o imaginarias serpientes, que los soldados de Catón
afrontaron en los desiertos de África; ahí están la Parca "que enhiesta como báculo camina" y
el Yáculo, que viene por el aire como una flecha, y "la pesada Anfisbena, que lleva dos
cabezas". Casi con iguales palabras la describe Plinio, que agrega: "como si una no le bastara
para descargar su veneno". El Tesoro de Brunetto Latini -la enciclopedia que éste recomendó a
su antiguo discípulo en el séptimo círculo del Infierno- es menos sentencioso y más claro: "La
Anfisbena es serpiente con dos cabezas, la una en su lugar y la otra en la cola; y con las dos
puede morder, y corre con ligereza, y sus ojos brillan como candelas". En el siglo XVII, Sir
Thomas Browne observó que no hay animal sin abajo, arriba, delante, detrás, izquierda y
derecha, y negó que pudiera existir la Anfisbena, en la que ambas extremidades son
anteriores. Anfisbena, en griego, quiere decir "que va en dos direcciones". En las Antillas y en
ciertas regiones de América, el nombre se aplica a un reptil que comúnmente se conoce por
"doble andadora", por "serpiente de dos cabezas" y por "madre de las hormigas". Se dice que
las hormigas la mantienen. También se dice que, si la cortan en dos pedazos, éstos se juntan.
Las virtudes medicinales de la Anfisbena ya fueron celebradas por Plinio.
LOS ÁNGELES DE SWEDENBORG
Durante los últimos veinticinco años de su estudiosa vida, el eminente hombre de ciencia y
filósofo Emmanuel Swedenborg (1688-1772) fijó su residencia en Londres. Como los ingleses
son taciturnos, dio en el hábito cotidiano de conversar con demonios y ángeles. El Señor le
permitió visitar las regiones ultraterrenas y departir con sus habitantes. Cristo había dicho que
las almas, para entrar en el cielo, deben ser justas; Swedenborg añadió que deben ser
inteligentes; Blake estipularía después que fueran artísticas.
Los Ángeles de Swedenborg son las almas que han elegido el Cielo. Pueden prescindir de
palabras; basta que un Ángel piense en otro para tenerlo junto a él. Dos personas que se han
querido en la tierra forman un solo Ángel. Su mundo está regido por el amor; cada Ángel es
un Cielo. Su forma es la de un ser humano perfecto; la del Cielo lo es asimismo. Los Ángeles
pueden mirar al norte, al sur, al este o al oeste; siempre verán a Dios cara a cara.
Son ante todo teólogos; su deleite mayor es la plegaria y la discusión de problemas
espirituales.
Las cosas de la tierra son símbolos de las cosas del Cielo. El sol corresponde a la divinidad. En
el Cielo no existe tiempo; las apariencias de las cosas cambian según los estados de ánimo.
Los trajes de los Ángeles resplandecen según su inteligencia.
En el Cielo los ricos siguen siendo más ricos que los pobres, ya que están habituados a la
riqueza. En el Cielo, los objetos, los muebles y las ciudades son mas concretos y complejos
que los de nuestra tierra; los colores, más variados y vívidos. Los Ángeles de origen inglés
propenden a la política; los judíos, al comercio de alhajas; los alemanes llevan libros que
consultan antes de contestar. Como los musulmanes están acostumbrados a la veneración de
Mahoma, Dios los ha provisto de un Ángel que simula ser el Profeta.
Los pobres de espíritu y los ascetas están excluidos de los goces del Paraíso porque no los
comprenderían.
UN ANIMAL SOÑADO POR KAFKA
"Es un animal con una gran cola, de muchos metros de largo, parecida a la del zorro. A veces
me gustaría tener su cola en la mano, pero es imposible; el animal está siempre en
movimiento, la cola siempre de un lado para otro. El animal tiene algo de canguro, pero la
cabeza chica y oval no es característica y tiene algo de humana; sólo los dientes tienen fuerza
expresiva, ya los oculte o los muestre. Suelo tener la impresión de que el animal quiere
amaestrarme; si no, qué propósito puede tener retirarme la cola cuando quiero agarrarla, y
luego esperar tranquilamente que ésta vuelva a atraerme, y luego volver a saltar".
Franz Kafka: Hochzeitsvorbereitungen au dem Lande, 1953
UN ANIMAL SOÑADO POR C. S. LEWIS
"El canto era fuerte ya, y la espesura muy densa, de manera que no podía ver casi a un metro
delante de él, cuando la música cesó súbitamente. Oyó un ruido de maleza que se rompe. Se
dirigió rápidamente en aquella dirección, pero no vio nada. Había casi decidido abandonar su
búsqueda cuando el canto recomenzó un poco más lejano. De nuevo se dirigió hacia él; de
nuevo el que cantaba guardó silencio y lo evadió. Llevaría más de una hora jugando a esta
especie de escondite cuando su esfuerzo fue recompensado.
Avanzó cautelosamente en dirección a uno de estos cantos fuertes, vio finalmente a través de
las ramas floridas una forma negra. Deteniéndose cuando dejaba de cantar, y avanzando de
nuevo con cautela cuando reanudaba el canto, la siguió durante diez minutos. Finalmente tuvo
al cantor delante de los ojos, ignorando que era espiado. Estaba sentado, erecto como un
perro, y era negro, liso y brillante; sus hombros llegaban a la altura de la cabeza de Ransom;
las patas delanteras sobre las que estaba apoyado eran como árboles jóvenes, y las pezuñas
que descansaban en el suelo eran anchas como las de un camello. El enorme vientre redondo
era blanco, y por encima de sus hombros se elevaba, muy alto, un cuello como de caballo.
Desde donde estaba, Ransom veía su cabeza de perfil; la boca abierta lanzaba aquella especie
de canto de alegría, y el canto hacía vibrar casi visiblemente su lustrosa garganta. Miró
maravillado aquellos ojos húmedos, aquellas sensuales ventanas de su nariz. Entonces el
animal se detuvo, lo vio y se alejó, deteniéndose a los pocos pasos, sobre sus cuatro patas, no
de menor talla que un elefante joven, meneando una larga cola peluda. Era el primer ser de
Perelandra que parecía mostrar cierto temor al hombre. Pero no era miedo. Cuando lo llamó
se acercó a él. Puso su belfo de terciopelo sobre su mano y soportó su contacto; pero casi
inmediatamente volvió a alejarse. Inclinando el largo cuello, se detuvo y apoyó la cabeza entre
las patas. Ransom vio que no sacaría nada de él, y cuando al fin se alejó, perdiéndose de
vista, no lo siguió. Hacerlo le hubiera parecido una injuria a su timidez, a la sumisa suavidad
de su expresión, a su evidente deseo de ser para siempre un sonido y sólo un sonido, en la
espesura central de aquellos bosques inexplorados. Ransom prosiguió su camino; unos
segundos más tarde, el sonido empezó de nuevo detrás de él, más fuerte y más bello que
nunca, como un canto de alegría por su recobrada libertad.
"Las bestias de esta especie no tienen leche, y, cuando paren, sus crías son amamantadas por
una hembra de otra especie. Es una bestia grande y bella, y muda, y hasta que la bestia que
canta es destetada vive entre sus cachorros y está sujeta a ella. Pero cuando ha crecido se
convierte en el animal más delicado y glorioso de todos los animales y se aleja de ella. Y ella
se admira de su canto"...
C. S. Lewis Perelandra, 1949
EL ANIMAL SOÑADO POR POE
En su Relato de Arthur Gordon Pym, de Nantucket, publicado en 1838, Edgar Allan Poe
atribuyó a las islas Antártidas una fauna asombrosa pero creíble. Así, en el capítulo dieciocho
se lee:
"Recogimos una rama con frutos rojos, como los del espino, y el cuerpo de un animal
terrestre, de conformación singular. Tres pies de largo y seis pulgadas de alto tendría; las
cuatro patas eran cortas y estaban guarnecidas de agudas garras de color escarlata, de una
materia semejante al coral. El pelo era parejo y sedoso, y perfectamente blanco. La cola era
puntiaguda, como de rata y tendría un pie y medio de longitud. La cabeza parecía de gato, con
excepción de las orejas, que eran caídas, como las de un sabueso. Los dientes eran del mismo
escarlata de las garras".
No menos singular era el agua de esas tierras australes:
"Primero nos negamos a probarla, suponiéndola corrompida. No sé cómo dar una idea justa de
su naturaleza, y no lo conseguiré sin muchas palabras. A pesar de correr con rapidez por
cualquier desnivel, nunca parecía límpida, excepto al despeñarse en un salto. En casos de
poco declive, era tan consistente como una infusión espesa de goma arábiga, hecha en agua
común. Éste, sin embargo, era el menos singular de sus caracteres. No era incolora ni era de
un color invariable, ya que su fluencia proponía a los ojos todos los matices del púrpura, como
los tonos de una seda tornasolada. Dejamos que se asentara en una vasija y comprobamos
que la masa del líquido estaba separada en vetas distintas, cada una de tono individual, y que
esas vetas no se mezclaban. Si se pasaba la hoja de un cuchillo a lo ancho de las vetas, el
agua se cerraba inmediatamente, y al retirar la hoja, desaparecía el rastro. En cambio, cuando
la hoja era insertada con precisión entre dos de las vetas, ocurría una separación perfecta,
que no se rectificaba en seguida".
ANIMALES ESFÉRICOS
La esfera es el más uniforme de los cuerpos sólidos, ya que todos los puntos de la superficie
equidistan del centro. Por eso y por su facultad de girar alrededor del eje sin cambiar de lugar
y sin exceder sus límites, Platón (Timeo, 33) aprobó la decisión del Demiurgo, que dio forma
esférica al mundo. Juzgó que el mundo es un ser vivo y en las Leyes (898) afirmó que los
planetas y las estrellas también lo son. Dotó, así, de vastos Animales Esféricos a la zoología
fantástica y censuró a los torpes astrónomos que no querían entender que el movimiento
circular de los cuerpos celestes era espontáneo y voluntario.
Más de quinientos años después, en Alejandría, Orígenes enseñó que los bienaventurados
resucitarían en forma de esferas y entrarían rodando en la eternidad.
En la época del Renacimiento, el concepto de Cielo como animal reapareció en Vantini; el
neoplatónico Marsilio Ficino habló de los pelos, dientes y huesos de la Tierra, y Giordano Bruno
sintió que los planetas eran grandes animales tranquilos, de sangre caliente y de hábitos
regulares, dotados de razón. A principios del siglo XVII, Kepler discutió con el ocultista inglés
Robert Fludd la prioridad de la concepción de la Tierra como monstruo viviente, "cuya
respiración de ballena, correspondiente al sueño y a la vigilia, produce el flujo y el reflujo del
mar". La anatomía, la alimentación, el color, la memoria y la fuerza imaginativa y plástica del
monstruo fueron estudiados por Kepler.
En el siglo XIX, el psicólogo alemán Gustav Theodor Fechner (hombre alabado por William
James, en la obra A Pluralistic Universe) repensó con una suerte de ingenioso candor las ideas
anteriores. Quienes no desdeñan la conjetura de que la Tierra, nuestra madre, es un
organismo, un organismo superior a la planta, al animal y al hombre, pueden examinar las
piadosas páginas de su Zend-Avesta. Ahí leerán, por ejemplo, que la figura esférica de la
tierra es la del ojo humano, que es la parte más noble de nuestro cuerpo. También, "que si
realmente el cielo es la casa de los ángeles, éstos sin duda son las estrellas, porque no hay
otros habitantes del cielo".
ANIMALES DE LOS ESPEJOS
En algún tomo de las Cartas edificantes y curiosas que aparecieron en París durante la primera
mitad del siglo XVIII, el P. Zallinger, de la Compañía de Jesús, proyectó un examen de las
ilusiones y errores del vulgo de Cantón; en un censo preliminar anotó que el Pez era un ser
fugitivo y resplandeciente que nadie había tocado, pero que muchos pretendían haber visto en
el fondo de los espejos. El P. Zallinger murió en 1736 y el trabajo iniciado por su pluma quedó
inconcluso; ciento cincuenta años después Herbert Allen Giles tomó la tarea interrumpida.
Según Giles, la creencia del Pez es parte de un mito más amplio, que se refiere a la época
legendaria del Emperador Amarillo.
En aquel tiempo, el mundo de los espejos y el mundo de los hombres no estaban, como ahora,
incomunicados. Eran, además, muy diversos; no coincidían ni los seres ni los colores ni las
formas. Ambos reinos, el especular y el humano, vivían en paz; se entraba y se salía por los
espejos. Una noche, la gente del espejo invadió la tierra. Su fuerza era grande, pero al cabo
de sangrientas batallas las artes mágicas del Emperador Amarillo prevalecieron. Este rechazó
a los invasores, los encarceló en los espejos y les impuso la tarea de repetir, como en una
especie de sueño, todos los actos de los hombres. Los privó de su fuerza y de su figura y los
redujo a meros reflejos serviles. Un día, sin embargo, sacudirán ese letargo mágico.
El primero que despertará será el Pez. En el fondo del espejo percibiremos una línea muy
tenue y el color de esta línea será un color no parecido a ningún otro. Después, irán
despertando las otras formas. Gradualmente diferirán de nosotros, gradualmente no nos
imitarán. Romperán las barreras de vidrio o de metal y esta vez no serán vencidas. Junto a las
criaturas de los espejos combatirán las criaturas del agua.
En el Yunnan no se habla del Pez sino del Tigre del Espejo. Otros entienden que antes de la
invasión oiremos desde el fondo de los espejos el rumor de las armas.
DOS ANIMALES METAFÍSICOS
El problema del origen de las ideas agrega dos curiosas criaturas a la zoología fantástica. Una
fue imaginada al promediar el siglo XVIII; la otra, un siglo después.
La primera es la "estatua sensible" de Condillac. Descartes profesó la doctrina de las ideas
innatas; Etienne Bonnot de Condillac, para refutarlo, imaginó una estatua de mármol,
organizada y conformada como el cuerpo de un hombre, y habitación de un alma que nunca
hubiera percibido o pensado. Condillac empieza por conferir un solo sentido a la estatua: el
olfativo, quizá el menos complejo de todos. Un olor a jazmín es el principio de la biografía de
la estatua; por un instante, no habrá sino ese olor en el universo, mejor dicho, ese olor será el
universo, que, un instante después, será olor a rosa, y después a clavel. Que en la conciencia
de la estatua haya un olor único, y ya tendremos la atención; que perdure un olor cuando
haya cesado el estímulo, y tendremos la memoria; que una impresión actual y una del pasado
ocupen la atención de la estatua, y tendremos la comparación; que la estatua perciba
analogías y diferencias, y tendremos el juicio; que la comparación y el juicio ocurran de
nuevo, y tendremos la reflexión; que un recuerdo agradable sea más vívido que una impresión
desagradable, y tendremos la imaginación. Engendradas las facultades del entendimiento, las
facultades de la voluntad surgirán después: amor y odio (atracción y aversión), esperanza y
miedo. La conciencia de haber atravesado muchos estados dará a la estatua la noción
abstracta de número; la de ser olor a clavel y haber sido olor a jazmín, la noción del yo.
El autor conferirá después a su hombre hipotético la audición, la gustación, la visión y por fin
el tacto. Este último sentido le revelará que existe el espacio y que en el espacio, él está en un
cuerpo; los sonidos, los olores y los colores le habían parecido, antes de esa etapa, simples
variaciones o modificaciones de su conciencia.
La alegoría que acabamos de referir se titula Traité des sensations y es de 1754; para esta
noticia, hemos utilizado el tomo segundo de la Histoire de la philosophie de Bréhier.
La otra criatura suscitada por el problema del conocimiento es el "animal hipotético" de Lotze.
Más solitario que la estatua que huele rosas y que finalmente es un hombre, este animal no
tiene en la piel sino un punto sensible y movible, en la extremidad de una antena. Su
conformación le prohíbe, como se ve, las percepciones simultáneas. Lotze piensa que la
capacidad de retraer o proyectar su antena sensible bastará para que el casi incomunicado
animal descubra el mundo externo (sin el socorro de las categorías kantianas) y distinga un
objeto estacionario de un objeto móvil. Esta ficción ha sido alabada por Vaihinger; la registra
la obra Medizinische Psychologie, que es de 1852.
LOS ANTÍLOPES DE SEIS PATAS
De ocho patas dicen que está provisto (o cargado) el caballo del dios Odín, Sleipnir, cuyo
pelaje es gris y que anda por la tierra, por el aire y por los infiernos; seis patas atribuye a los
primitivos Antílopes un mito siberiano. Con semejante dotación era difícil, o imposible,
alcanzarlos; el cazador divino Tunk-poj fabricó unos patines especiales con la madera de un
árbol sagrado que crujía incesantemente y que los ladridos de un perro le revelaron. También
crujían los patines y corrían con la velocidad de una flecha; para sujetar, o moderar, su
carrera, hubo que ponerles unas cuñas fabricadas con la leña de otro árbol mágico. Por todo el
firmamento persiguió Tunk-poj al Antílope. Este, rendido, se dejó caer a la tierra y Tunk-poj le
cortó las patas traseras.
"Los hombres -dijo- son cada día más pequeños y débiles. Cómo van a poder cazar Antílopes
de Seis Patas, si yo mismo apenas lo logro".
Desde aquel día los Antílopes son cuadrúpedos.
EL APLANADOR
Entre los años de 1840 y de 1864, el Padre de la Luz (que también se llama la Palabra
Interior) deparó al músico y pedagogo Jakob Lorber una serie de prolijas revelaciones sobre la
humanidad, la fauna y la flora de los cuerpos celestes que constituyen el sistema solar. Uno de
los animales domésticos cuyo conocimiento debemos a esa revelación es el Aplanador o
Apisonador (Bodendrucker) que presta incalculables servicios en el planeta Mirón, que el editor
actual de la obra de Lorber identifica con Neptuno.
El Aplanador tiene diez veces el tamaño del elefante, al que se parece muchísimo. Está
provisto de una trompa algo corta y de colmillos largos y rectos; la piel es de un color verde
pálido. Las patas son cónicas y muy anchas; las puntas de los conos parecen encajarse en el
cuerpo. Este plantígrado va aplanando la tierra y precede a los albañiles y constructores. Lo
llevan a un terreno quebrado y lo nivela con las patas, con la trompa y con los colmillos.
Se alimenta de hierbas y de raíces y no tiene enemigos, fuera de algunas variedades de
insectos.
ARPÍAS
Para la Teogonía de Hesíodo, las Arpías son divinidades aladas, y de larga y suelta cabellera,
más veloces que los pájaros y los vientos; para el tercer libro de la Eneida, aves con cara de
doncella, garras encorvadas y vientre inmundo, pálidas de hambre que no pueden saciar.
Bajan de las montañas y mancillan las mesas de los festines. Son invulnerables y fétidas; todo
lo devoran, chillando, y todo lo transforman en excrementos. Servio, comentador de Virgilio,
escribe que así como Hécate es Proserpina en los Infiernos, Diana en la tierra, y Luna en el
cielo, y la llaman "diosa triforme", las Arpías son Furias en los infiernos, Arpías en la tierra y
Demonios (Dirae) en el cielo. También las confunden con las Parcas.
Por mandato divino, las Arpías persiguieron a un rey de Tracia que descubrió a los hombres el
porvenir o que compró la longevidad al precio de sus ojos y fue castigado por el sol, cuya obra
había ultrajado. Se aprestaba a comer con toda su corte y las Arpías devoraban o
contaminaban los manjares. Los argonautas ahuyentaron a las Arpías; Apolonio de Rodas y
William Morris (Life and Death of Jason) refieren la fantástica historia. Ariosto, en el canto
treinta y tres del Furioso, transforma al rey de Tracia en el Preste Juan, fabuloso emperador
de los abisinios.
Arpías, en griego, significa "las que raptan", "las que arrebatan". Al principio, fueron
divinidades del viento, como los Maruts de los Vedas, que blanden armas de oro (los rayos) y
que ordeñan las nubes.
EL ASNO DE TRES PATAS
Plinio atribuye a Zarathustra, fundador de la religión que aún profesan los parsis de Bombay,
la escritura de dos millones de versos; el historiador arábigo Tabari afirma que sus obras
completas, eternizadas por piadosos calígrafos, abarcan doce mil cueros de vaca. Es fama que
Alejandro de Macedonia las hizo quemar en Persépolis, pero la buena memoria de los
sacerdotes pudo salvar los textos fundamentales y desde el siglo IX los complementa una obra
enciclopédica, el Bundahish, que contiene esta página:
"Del Asno de Tres Patas se dice que está en la mitad del océano y que tres es el número de
sus cascos y seis el de sus ojos y nueve el de sus bocas y dos el de sus orejas y uno su
cuerno. Su pelaje es blanco, su alimento es espiritual y todo él es justo. Y dos de los seis ojos
están en el lugar de los ojos y dos en la punta de la cabeza y dos en la cerviz; con la
penetración de los seis ojos rinde y destruye.
"De las nueve bocas, tres están en la cabeza y tres en la cerviz y tres adentro de los ijares...
cada casco, puesto en el suelo, cubre el lugar de una majada de mil ovejas, y bajo el espolón
pueden maniobrar hasta mil jinetes. En cuanto a las orejas, son capaces de abarcar a
Mazandarán". El cuerno es como de oro y hueco, y le han crecido mil ramificaciones. Con ese
cuerno vencerá y disipará todas las corrupciones de los malvados.
"Del ámbar se sabe que es el estiércol del Asno de Tres Patas. En la mitología del mazdeísmo,
este monstruo benéfico es uno de los auxiliares de Ahura Mazdah (Ormuz), principio de la
Vida, de la Luz y de la Verdad".
ΕL AVE FÉNIX
En efigies monumentales, en pirámides de piedra y en momias, los egipcios buscaron
eternidad; es razonable que en su país haya surgido el mito de un pájaro inmortal y periódico,
si bien la elaboración ulterior es obra de los griegos y de los romanos. Erman escribe que en la
mitología de Heliópolis, el Fénix (benu) es el señor de los jubileos, o de los largos ciclos de
tiempo; Herodoto, en un pasaje famoso (II, 73), refiere con repetida incredulidad una primera
forma de la leyenda:
"Otra ave sagrada hay allí que sólo he visto en pintura, cuyo nombre es el de Fénix. Raras
son, en efecto, las veces que se deja ver, y tan de tarde en tarde, que según los de Heliópolis,
sólo viene a Egipto cada quinientos años, a saber cuando fallece su padre. Si en su tamaño y
conformación es tal como la describen, su mole y figura son muy parecidas a las del águila, y
sus plumas, en parte doradas, en parte de color carmesí. Tales son los prodigios que de ella
nos cuentan, que aunque para mi poco dignos de fe, no omitiré el referirlos. Para trasladar el
cadáver de su padre desde Arabia hasta el Templo del Sol, se vale de la siguiente maniobra:
forma ante todo un huevo sólido de mirra, tan grande cuanto sus fuerzas alcancen para
llevarlo, probando su peso después de formado para experimentar si es con ellas compatible;
va después vaciándolo hasta abrir un hueco donde pueda encerrar el cadáver de su padre, el
cual ajusta con otra porción de mirra y atesta de ella la concavidad, hasta que el peso del
huevo preñado con el cadáver iguale al que cuando sólido tenía; cierra después la abertura,
carga con su huevo, y lo lleva al Templo del Sol en Egipto. He aquí, sea lo que fuere, lo que de
aquel pájaro refieren".
Unos quinientos años después, Tácito y Plinio retomaron la prodigiosa historia; el primero
rectamente observó que toda antigüedad es oscura, pero que una tradición ha fijado el plazo
de la vida del Fénix en mil cuatrocientos sesenta y un años (Anales, VI, 28). También el
segundo investigó la cronología del Fénix; registró (X, 2) que, según Manilio, aquél vive un
año platónico, o año magno. Año platónico es el tiempo que requieren el sol, la luna y los
cinco planetas para volver a su posición inicial; Tácito, en el Diálogo de los oradores, lo hace
abarcar doce mil novecientos noventa y cuatro años comunes. Los antiguos creyeron que,
cumplido ese enorme ciclo astronómico, la historia universal se repetiría en todos sus detalles,
por repetirse los influjos de los planetas; el Fénix vendría a ser un espejo o una imagen del
universo. Para mayor analogía, los estoicos enseñaron que el universo muere en el fuego y
renace del fuego y que el proceso no tendrá fin y no tuvo principio.
Los años simplificaron el mecanismo de la generación del Fénix. Herodoto menciona un huevo,
y Plinio, un gusano, pera Claudiano, a fines del siglo IV, ya versifica un pájaro inmortal que
resurge de su ceniza, un heredero de sí mismo y un testigo de las edades. Pocos mitos habrá
tan difundidos como el del Fénix. A los autores ya enumerados cabe agregar: Ovidio
(Metamorfosis, XV), Dante (Infierno, XXIV), Shakespeare (Enrique VIII, v, 4), Pellicer (El
Fénix y su historia natural), Quevedo (Parnaso español, VI), Milton (Samson Agonistes, in
fine). Mencionaremos asimismo el poema latino De Ave Phoenice, que ha sido atribuido a
Lactancio, y una imitación anglosajona de ese poema, del siglo VIII. Tertuliano, San Ambrosio
y Cirilo de Jerusalén han alegado el Fénix como prueba de la resurrección de la carne. Plinio se
burla de los terapeutas que prescriben remedios extraídos del nido y de las cenizas del Fénix.
EL AVE ROC
El Roc es una magnificación del águila o del buitre, y hay quien ha pensado que un cóndor,
extraviado en los mares de la China o del Indostán, lo sugirió a los árabes. Lane rechaza esta
conjetura y considera que se trata, más bien, de una especie fabulosa de un género fabuloso,
o de un sinónimo árabe del "simurg". El Roc debe su fama occidental a Las Mil y Una Noches.
Nuestros lectores recordarán que Simbad, abandonado por sus compañeros en una isla, divisó
a lo lejos una enorme cúpula blanca y que al día siguiente una vasta nube le ocultó el sol. La
cúpula era un huevo de Roc y la nube era el ave madre. Simbad, con el turbante, se ata a la
enorme pata del Roc; éste alza el vuelo y lo deja en la cumbre de una montaña sin haberlo
sentido. El narrador agrega que el Roc alimenta a sus crías con elefantes.
En los Viajes de Marco Polo (III, 36) se lee: "Los habitantes de la isla de Madagascar refieren
que en determinada estación del año llega de las regiones australes una especie extraordinaria
de pájaro, que llaman Roc. Su forma es parecida a la del águila, pero es incomparablemente
mayor. El Roc es tan fuerte que puede levantar en sus garras a un elefante, volar con él por
los aires y dejarlo caer desde lo alto para devorarlo después. Quienes han visto el Roc
aseguran que las alas miden dieciséis pasos de punta a punta y que las plumas tienen ocho
pasos de longitud".
Marco Polo agrega que unos enviados del Gran Khan llevaron una pluma de Roc a la China.
BAHAMUT
La fama de Bahamut llegó a los desiertos de Arabia, donde los hombres alteraron y
magnificaron su imagen. De hipopótamo o elefante lo hicieron pez que se mantiene sobre un
agua sin fondo y sobre el pez imaginaron un toro y sobre el toro una montaña hecha de rubí y
sobre la montaña un ángel y sobre el ángel seis infiernos y sobre los infiernos la tierra y sobre
la tierra siete cielos. Leemos en una tradición recogida por Lane: “Dios creó la tierra, pero la
tierra no tenía sostén y así bajo la tierra creó un ángel. Pero el ángel no tenía sostén y así
bajo los pies del ángel creó un peñasco hecho de rubí. Pero el peñasco no tenía sostén y así
bajo el peñasco creó un toro con cuatro mil ojos, orejas, narices, bocas, lenguas y pies. Pero
el toro no tenía sostén y así bajo el toro creó un pez llamado Bahamut, y bajo el pez puso
agua, y bajo el agua puso oscuridad, y la ciencia humana no ve más allá de ese punto".
Otros declaran que la tierra tiene su fundamento en el agua; el agua, en el peñasco; el
peñasco, en la cerviz del toro; el toro, en un lecho de arena; la arena, en Bahamut; Bahamut,
en un viento sofocante; el viento sofocante, en una neblina. La base de la neblina se ignora.
Tan inmenso y tan resplandeciente es Bahamut que los ojos humanos no pueden sufrir su
visión. Todos los mares de la tierra, puestos en una de sus fosas nasales, serían como un
grano de mostaza en mitad del desierto. En la noche 496 del Libro de Las Mil y Una Noches, se
refiere que a Isa (Jesús) le fue concedido ver a Bahamut y que, lograda esa merced, rodó por
el suelo y tardó tres días en recobrar el conocimiento. Se añade que bajo el desaforado pez
hay un mar, y bajo el mar un abismo de aire, y bajo el aire, fuego, y bajo el fuego, una
serpiente que se llama Falak, en cuya boca están los infiernos.
La ficción del peñasco sobre el toro y del toro sobre Bahamut y de Bahamut sobre cualquier
otra cosa parece ilustrar la prueba cosmológica de que hay Dios, en la que se argumenta que
toda causa requiere una causa anterior y se proclama la necesidad de afirmar una causa
primera, para no proceder en infinito.
BALDANDERS
Baldanders (cuyo nombre podemos traducir por "Ya diferente" o "Ya otro" ) fue sugerido al
maestro zapatero Hans Sachs, de Nuremberg, por aquel pasaje de la Odisea en que Menelao
persigue al dios egipcio Proteo, que se transforma en león, en serpiente, en pantera, en un
desmesurado jabalí, en un árbol y en agua. Hans Sachs murió en 1576; al cabo de unos
noventa años, Baldanders resurge en el sexto libro de la novela fantástico-picaresca de
Grimmelshausen Simplicius Simplicissimus. En un bosque, el protagonista da con una estatua
de piedra, que le parece el ídolo de algún viejo templo germánico. La toca y la estatua le dice
que es Baldanders y toma las formas de un hombre, de un roble, de una puerca, de un
salchichón, de un prado cubierto de trébol, de estiércol, de una flor, de una rama florida, de
una morera, de un tapiz de seda, de muchas otras cosas y seres, y luego, nuevamente, de un
hombre. Simula instruir a Simplicissimus en el arte "de hablar con las cosas que por su
naturaleza son mudas, tales como sillas y bancos, ollas y jarros"; también se convierte en un
secretario y escribe estas palabras de la Revelación de San Juan: "Yo soy el principio y el fin",
que son la clave del documento cifrado en que le deja las instrucciones. Baldanders agrega
que su blasón (como el del turco y con mejor derecho que el Turco) es la inconstante luna.
Baldanders es un monstruo sucesivo, un monstruo en el tiempo; la carátula de la primera
edición de la novela de Grimmelshausen trae un grabado que representa un ser con cabeza de
sátiro, torso de hombre, alas desplegadas de pájaro y cola de pez, que con una pata de cabra
y una garra de buitre pisa un montón de máscaras, que pueden ser los individuos de las
especies. En el cinto lleva una espada y en las manos un libro abierto, con las figuras de una
corona, de un velero, de una copa, de una torre, de una criatura, de unos dados, de un gorro
con cascabeles y un cañón.
LA BANSHEE
Nadie parece haberla visto; es menos una forma que un gemido que da horror a las noches de
Irlanda y (según la Demonología y Hechicería de Sir Walter Scott) de las regiones montañosas
de Escocia. Anuncia, al pie de las ventanas, la muerte de algún miembro de la familia. Es
privilegio peculiar de ciertos linajes de pura sangre celta, sin mezcla latina, sajona o
escandinava. La oyen también en Gales y en Bretaña. Pertenece a la estirpe de las hadas. Su
gemido lleva el nombre de "keening".
EL BASILISCO
En el curso de las edades, el Basilisco se modifica hacia la fealdad y el horror y ahora se lo
olvida. Su nombre significa "pequeño rey"; para Plinio el Antiguo (VIII, 33), el Basilisco era
una serpiente que en la cabeza tenía una mancha clara en forma de corona. A partir de la
Edad Media, es un gallo cuadrúpedo y coronado, de plumaje amarillo, con grandes alas
espinosas y cola de serpiente que puede terminar en un garfio o en otra cabeza de gallo. El
cambio de la imagen se refleja en un cambio de nombre; Chaucer, en el siglo XIV, habla del
"basilicock". Uno de los grabados que ilustran la Historia Natural de las Serpientes y Dragones
de Aldrovandi le atribuye escamas, no plumas, y la posesión de ocho patas. [Ocho patas tiene,
según la Edda Menor, el caballo de Odín.]
Lo que no cambia es la virtud mortífera de su mirada. Los ojos de las gorgonas petrificaban;
Lucano refiere que de la sangre de una de ellas, Medusa, nacieron todas las serpientes de
Libia: el Áspid, la Anfisbena, el Amódite, el Basilisco. El pasaje está en el libro noveno de la
Farsalia; Jáuregui lo traslada así al español:
El vuelo a Libia dirigió Perseo,
Donde jamás verdor se engendra o vive;
Instila allí su sangre el rostro feo,
Y en funestas arenas muerte escribe;
Presto el llovido humor logra su empleo
En el cálido seno, pues concibe
Todas sierpes, y adúltera se extraña
De ponzoñas preñadas la campaña...
La sangre de Medusa, pues en este
Sitio produjo al Basilisco armado
En lengua y ojos de insanable peste,
Aun de las sierpes mismas recelado:
Allí se jacta de tirano agreste,
Lejos hiere en ofensas duplicado,
Pues con el silbo y el mirar temido
Lleva muerte a la vista y al oído.
El Basilisco reside en el desierto; mejor dicho, crea el desierto. A sus pies caen muertos los
pájaros y se pudren los frutos; el agua de los ríos en que se abreva queda envenenada
durante siglos. Que su mirada rompe las piedras y quema el pasto ha sido certificado por
Plinio. El olor de la comadreja lo mata; en la Edad Media, se dijo que el canto del gallo. Los
viajeros experimentados se proveían de gallos para atravesar comarcas desconocidas. Otra
arma era un espejo; al Basilisco lo fulmina su propia imagen.
Los enciclopedistas cristianos rechazaron las fábulas mitológicas de la Farsalia y pretendieron
una explicación racional del origen del Basilisco. (Estaban obligados a creer en él, porque la
Vulgata traduce por "basilisco" la voz hebrea Tsepha, nombre de un reptil venenoso.) La
hipótesis que logró más favor fue la de un huevo contrahecho y deforme, puesto por un gallo
e incubado por una serpiente o un sapo. En el siglo XVI, Sir Thomas Browne la declaró tan
monstruosa como la generación del Basilisco Por aquellos años, Quevedo escribió su romance
El Basilisco, en el que se lee:
Si está vivo quien te vio,
Toda tu historia es mentira,
Pues si no murió, te ignora,
Y si murió no lo afirma.
EL BEHEMOTH
Cuatro siglos antes de la era cristiana, Behemoth era una magnificación del elefante o del
hipopótamo, o una incorrecta y asustada versión de esos dos animales; ahora es,
exactamente, los diez versículos famosos que lo describen (Job XL, 15-24) y la vasta forma
que evocan. Lo demás es discusión o filología.
El nombre "Behemoth" es plural; se trata (nos dicen los filólogos) del plural intensivo de la voz
hebrea "b'hemahh", que significa "bestia". Como dijo Fray Luis de León en su Exposición del
Libro de Job: "Behemoth que siendo un animal vale por muchos".
A título de curiosidad recordemos que también es plural el nombre de Dios, Elohim, en el
primer versículo de la Ley, aunque el verbo que rige está en singular ("En el principio hizo los
Dioses, el cielo y la tierra") y que esta formación ha sido llamada plural de majestad o de
plenitud *.
Análogamente, en la Gramática de la Real Academia Española se lee: "Nos, sin embargo de
ser plural por su naturaleza, suele juntarse con nombres del número singular cuando de sí
propias hablan personas constituidas en dignidad; v. gr.: "Nos, D. Luis Belluga, por la gracia
de Dios y de la Santa Sede Apostólica, Obispo de Cartagena".
Estos son los versículos que figuran en el Behemoth, en la traducción literal de Fray Luis de
León, que se propuso "conservar el sentido latino y el aire hebreo que tiene su cierta
majestad".
10. Ves agora a Behemoth; yerba como buey come.
11. Ves; fortaleza suya en sus lomos, y poderío suyo en ombligo de su vientre.
12. Menea su cola como cedro; nervios de sus vergüenzas enhebrados.
13. Sus huesos fístulas de bronce; como vara de hierro.
14. El principio de caminos de Dios, quien le hizo aplicará su cuchillo.
15. Que a él montes le producen yerba, y todas las bestias del campo hacen juegos allí.
16. Debajo de sombríos pace; en escondrijo de caña, en pantanos húmedos.
17. Cúbrenle sombríos su sombra; cercáranle sauces del arroyo.
18. Ves; sorberá río, y no maravilla; tiene fiucia (fiducia, confianza) que el Jordán pasará por
su boca.
19. En sus ojos como anzuelo le prenderá; con palos agudos horadará sus es palabra hebrea,
que es como decir bestias; al juicio común de todos sus doctores, significa el elefante, llamado
ansí por su desaforada grandeza, narices.
Agregamos, para aclaración de lo anterior, la versión de Cipriano de Valera:
10. He aquí ahora Behemoth, al cual yo hice contigo; yerba come como buey.
11. He aquí ahora que su fuerza está en sus lomos; y su fortaleza en el ombligo de su vientre.
12. Su cola mueve como un cedro; y los nervios de sus genitales son entretejidos.
13. Sus huesos son fuertes como acero, y sus miembros como barras de hierro.
14. Él es la cabeza de los caminos de Dios: el que le hizo le acercará de su espada.
15. Ciertamente los montes llevan renuevo para él; y toda bestia del campo retoza allá.
16. Debajo de las sombras se echará, en lo oculto de las cañas, y de los lugares húmedos.
17. Los árboles sombríos le cubren con su sombra; los sauces del arroyo le cercan.
18. He aquí que él robará el río que no corra; y confiase que el Jordán pasará por su boca.
19. El le tomará por sus ojos en los tropezaderos, y le horadará la nariz.
** Es la mayor de las maravillas de Dios, pero Dios, que lo hizo, lo destruirá.
*** Las voces subrayadas no figuran en el original hebreo y han sido suplidas por el traductor.
EL BORAMETZ
El cordero vegetal de Tartaria, también llamado Borametz y "Polypodium Borametz", y
"polipodio chino", es una planta cuya forma es la de un cordero, cubierta de pelusa dorada. Se
eleva sobre cuatro o cinco raíces; las plantas mueren a su alrededor y ella se mantiene
lozana; cuando la cortan sale un jugo sangriento.
Los lobos se deleitan en devorarla. Sir Thomas Browne la describe en el tercer libro de la obra
Pseudodoxia Epidemica (Londres, 1646). En otros monstruos se combinan especies o géneros
animales; en el Borametz, el reino vegetal y el reino animal.
Recordemos a este propósito la mandrágora, que grita como un hombre cuando la arrancan, y
la triste selva de los suicidas, en uno de los círculos del Infierno, de cuyos troncos lastimados
brotan a un tiempo sangre y palabras, y aquel árbol soñado por Chesterton, que devoró los
pájaros que habían anidado en sus ramas y que, en la primavera, dio plumas en lugar de
hojas.
LOS BROWNIES
Son hombrecitos serviciales de color pardo, del cual han tomado su nombre. Suelen visitar las
granjas de Escocia y durante el sueño de la familia, colaboran en las tareas domésticas. Uno
de los cuentos de Grimm refiere un hecho análogo.
El ilustre escritor Robert Louis Stevenson afirmó que había adiestrado a sus Brownies en el
oficio literario. Cuando soñaba, éstos le sugerían temas fantásticos; por ejemplo, la extraña
transformación del doctor Jekill en el diabólico señor Hyde, y aquel episodio de Olalla en el
cual un joven, de una antigua casa española, muerde la mano de su hermana.
EL BURAK
El primer versículo del capítulo diecisiete del Alcorán consta de estas palabras: "Alabado sea El
que hizo viajar, durante la noche, a su siervo desde el templo sagrado hasta el templo que
está más lejos, cuyo recinto hemos bendecido, para hacerle ver nuestros signos". Los
comentadores declaran que el alabado es Dios, que el siervo es Mahoma, que el templo
sagrado es el de La Meca, que el templo distante es el de Jerusalén y que, desde Jerusalén, el
Profeta fue transportado al séptimo cielo. En las versiones más antiguas de la leyenda,
Mahoma es guiado por un hombre o un ángel; en las de fecha posterior, se recurre a una
cabalgadura celeste, mayor que un asno y menor que una mula. Esta cabalgadura es Burak,
cuyo nombre quiere decir "resplandeciente". Según Burton, los musulmanes de la India suelen
representarlo con cara de hombre, orejas de asno, cuerpo de caballo y alas y cola de pavo
real.
Una de las tradiciones islámicas refiere que Burak, al dejar la tierra, volcó una jarra llena de
agua. El Profeta fue arrebatado hasta el séptimo cielo y conversó en cada uno con los
patriarcas y ángeles que lo habitaban y atravesó la Unidad y sintió un frío que le heló el
corazón cuando la mano del Señor le dio una palmada en el hombro. El tiempo de los hombres
no es conmensurable con el de Dios; a su regreso, el Profeta levantó la jarra de la que aún no
se había derramado una sola gota. Miguel Asín Palacios habla de un místico murciano del siglo
XIII, que en una alegoría que se titula Libro del nocturno viaje hacia la Majestad del más
Generoso ha simbolizado en Burak el amor divino. En otro texto se refiere al "Burak de la
pureza de la intención ".
EL CABALLO DEL MAR
A diferencia de otros animales fantásticos, el Caballo del Mar no ha sido elaborado por
combinación de elementos heterogéneos; no es otra cosa que un caballo salvaje cuya
habitación es el mar y que sólo pisa la tierra cuando la brisa le trae el olor de las yeguas en las
noches sin luna. En una isla indeterminada -acaso Borneo-, los pastores manean en la costa
las mejores yeguas del rey y se ocultan en cámaras subterráneas; Simbad vio el potro que
salía del mar y lo vio saltar sobre la hembra y oyó su grito.
La redacción definitiva del Libro de Las Mil y Una Noches data, según Burton, del siglo XIII; en
el siglo XIII nació y murió el cosmógrafo Al-Qazwiní que, en su tratado Maravillas de la
creación, escribió estas palabras: "El Caballo Marino es como el caballo terrestre, pero las
crines y la cola son más crecidas y el color más lustroso y el vaso está partido como el de los
bueyes salvajes y la alzada es menor que la del caballo terrestre y algo mayor que la del
asno". Observa que el cruzamiento de la especie marina y de la terrestre da hermosísimas
crías y menciona un potrillo de pelo oscuro, "con manchas blancas como piezas de plata".
Wang Tai-hai, viajero del siglo XVIII, escribe en la Miscelánea china:
"El Caballo Marino suele aparecer en las costas en busca de la hembra; a veces lo apresan. El
pelaje es negro y lustroso; la cola es larga y barre el suelo; en tierra firme anda como los
otros caballos, es muy dócil y puede recorrer en un día centenares de millas. Conviene no
bañarlo en el río, pues en cuanto ve el agua, recobra su antigua naturaleza y se aleja
nadando".
Los etnólogos han buscado el origen de esta ficción islámica en la ficción grecolatina del viento
que fecunda las yeguas. En el libro tercero de las Geórgicas, Virgilio ha versificado esta
creencia. Más rigurosa es la exposición de Plinio (VIII, 67):
"Nadie ignora que en Lusitania, en las cercanías del Olisipo (Lisboa) y de las márgenes del
Tajo, las yeguas vuelven la cara al viento occidental y quedan fecundadas por él; los potros
engendrados así resultan de admirable ligereza, pero mueren antes de cumplir los tres años".
El historiador Justino ha conjeturado que la hipérbole "hijos del viento", aplicada a caballos
muy veloces, originó esta fábula.
EL CANCERBERO
Si el Infierno es una casa, la casa de Hades, es natural que un perro la guarde; también es
natural que a ese perro lo imaginen atroz. La Teogonía de Hesíodo le atribuye cincuenta
cabezas; para mayor comodidad de las artes plásticas, este número ha sido rebajado y las
tres cabezas del Cancerbero son del dominio público. Virgilio menciona sus tres gargantas;
Ovidio, su triple ladrido; Butler compara las tres coronas de la tiara del Papa, que es portero
del Cielo, con las tres cabezas del perro que es portero de los Infiernos (Hudibras, IV, 2).
Dante le presta caracteres humanos que agravan su índole infernal: barba mugrienta y negra,
manos uñosas que desgarran, entre la lluvia, las almas de los réprobos. Muerde, ladra y
muestra los dientes.
Sacar el Cancerbero a la luz del día fue el último de los trabajos de Hércules. Un escritor inglés
del siglo XVIII, Zachary Grey, interpreta así la aventura:
"Este Perro con Tres Cabezas denota el pasado, el presente y el porvenir, que reciben y como
quien dice, devoran todas las cosas. Que fuera vencido por Hércules prueba que las Acciones
heroicas son victoriosas sobre el Tiempo y subsisten en la Memoria de la Posteridad".
Según los textos más antiguos, el Cancerbero saluda con el rabo (que es una serpiente) a los
que entran en el Infierno, y devora a los que procuran salir. Una tradición posterior lo hace
morder a los que llegan; para apaciguarlo era costumbre poner en el ataúd un pastel de miel.
En la mitología escandinava, un perro ensangrentado, Garmr, guarda la casa de los muertos y
batallará con los dioses, cuando los lobos infernales devoren la luna y el sol. Algunos le
atribuyen cuatro ojos; cuatro ojos tienen también los perros de Yama, dios brahmánico de la
muerte.
El brahmanismo y el budismo ofrecen infiernos de perros, que, a semejanza del Cerbero
dantesco, son verdugos de las almas.
EL CATOBLEPAS
Plinio (VIII, 32) cuenta que en los confines de Etiopía, no lejos de las fuentes del Nilo, habita
el Catoblepas. "Fiera de tamaño mediano y de andar perezoso. La cabeza es notablemente
pesada y al animal le da mucho trabajo llevarla; siempre se inclina hacia la tierra. Si no fuera
por esta circunstancia, el Catoblepas acabaría con el género humano, porque todo hombre que
le ve los ojos, cae muerto".
Catoblepas, en griego, quiere decir "que mira hacia abajo". Cuvier ha sugerido que el "gnu"
(contaminado por el basilisco y por las gorgonas) inspiró a los antiguos el Catoblepas. En el
final de la Tentación de San Antonio se lee:
"El Catoblepas, búfalo negro, con una cabeza de cerdo que cae hasta el suelo, unida a las
espaldas por un cuello delgado, largo y flojo como un intestino vaciado. Está aplastado en el
fango, y sus patas desaparecen bajo la enorme melena de pelos duros que le cubren la cara. -
Grueso, melancólico, hosco, no hago otra cosa que sentir bajo el vientre el calor del fango. Mi
cráneo es tan pesado que me es imposible llevarlo. Lo enrollo alrededor de mí, lentamente; y,
con las mandíbulas entreabiertas, arranco con la lengua las hierbas venenosas humedecidas
por mi aliento. Una vez, me devoré las patas sin advertirlo. -Nadie, Antonio, ha visto mis ojos,
o quienes los vieron han muerto. Si levantara mis párpados rosados e hinchados te morirías
enseguida".
EL CENTAURO
El Centauro es la criatura más armoniosa de la zoología fantástica. "Biforme" lo llaman las
Metamorfosis de Ovidio, pero nada cuesta olvidar su índole heterogénea y pensar que en el
mundo platónico de las formas hay un arquetipo del Centauro, como del caballo o del hombre.
El descubrimiento de ese arquetipo requirió siglos; los monumentos primitivos y arcaicos
exhiben un hombre desnudo, al que se adapta incómodamente la grupa de un caballo. En el
frontón occidental del Templo de Zeus, en Olimpia, los Centauros ya tienen patas equinas; de
donde debiera arrancar el cuello del animal arranca el torso humano.
Ixión, rey de Tesalia, y una nube a la que Zeus dio la forma de Hera, engendraron a los
Centauros; otra leyenda refiere que son hijos de Apolo. (Se ha dicho que "centauro" es una
derivación de gandharva; en la mitología védica, los Gandharvas son divinidades menores que
rigen los caballos del sol.) Como los griegos de la época homérica desconocían la equitación,
se conjetura que el primer nómada que vieron les pareció todo uno con su caballo y se alega
que los soldados de Pizarro o de Hernán Cortés también fueron Centauros para los indios.
"Uno de aquellos de caballo cayó del caballo abajo; y como los indios vieron dividirse aquel
animal en dos partes, teniendo por cierto que todo era una cosa, fue tanto el miedo que
tuvieron que volvieron las espaldas dando voces a los suyos, diciendo que se había hecho dos
haciendo admiración dello: lo cual no fue un misterio; porque a no acaecer esto, se presume
que mataran todos los cristianos", reza uno de los textos que cita Prescott.
Pero los griegos conocían el caballo, a diferencia de los indios; lo verosímil es conjeturar que el
Centauro fue una imagen deliberada y no una confusión ignorante.
La más popular de las fábulas en que los Centauros figuran es la de su combate con los
lapitas, que los habían convidado a una boda. Para los huéspedes, el vino era cosa nueva; en
mitad del festín, un Centauro borracho ultrajó a la novia e inició, volcando las mesas, la
famosa Centauromaquia que Fidias, o un discípulo suyo, esculpiría en el Partenón, que Ovidio
cantaría en el libro duodécimo de las Metamorfosis, y que inspiraría a Rubens. Los Centauros,
vencidos por los lapitas, tuvieron que huir de Tesalia. Hércules, en otro combate, aniquiló a
flechazos la estirpe.
La rústica barbarie y la ira están simbolizadas en el Centauro, pero "el más justo de los
Centauros, Quirón" (Ilíada, XI, 832), fue maestro de Aquiles y de Esculapio, a quienes instruyó
en las artes de la música, de la cinegética, de la guerra y hasta de la medicina y la cirugía.
Quirón memorablemente figura en el canto duodécimo del Infierno, que por consenso general
se llama "canto de los Centauros". Véanse a este propósito las finas observaciones de
Momigliano, en su edición de 1945.
Plinio dice haber visto un Hipocentauro, conservado en miel, que mandaron de Egipto al
emperador. En la Cena de los siete sabios, Plutarco refiere humorísticamente que uno de los
pastores de Periandro, déspota de Corinto, le trajo en una bolsa de cuero una criatura recién
nacida que una yegua había dado a luz y cuyo rostro, pescuezo y brazos eran humanos y lo
demás equino. Lloraba como un niño y todos pensaron que se trataba de un presagio
espantoso. El sabio Tales lo miró, se rió y dijo a Periandro que realmente no podía aprobar la
conducta de sus pastores.
En el quinto libro de su poema De rerum natura, Lucrecio afirma la imposibilidad del Centauro,
porque la especie equina logra su madurez antes que la humana y, a los tres años, el
Centauro sería un caballo adulto y un niño balbuciente. Este caballo moriría cincuenta años
antes que el hombre.
EL CIEN CABEZAS
El Cien Cabezas es un pez creado por el karma de unas palabras, por su póstuma repercusión
en el tiempo. Una de las biografías chinas del Buda refiere que éste se encontró con unos
pescadores, que tironeaban de una red. Al cabo de infinitos esfuerzos, sacaron a la orilla un
enorme pez, con una cabeza de mono, otra de perro, otra de caballo, otra de zorro, otra de
cerdo, otra de tigre, y así hasta el número cien. El Buda le preguntó:
- ¿No eres Kapila?
- Soy Kapila -respondieron las Cien Cabezas antes de morir.
El Buda explicó a los discípulos que en una encarnación anterior, Kapila era un brahmán que
se había hecho monje y que a todos había superado en la inteligencia de los textos sagrados.
A veces, los compañeros se equivocaban y Kapila les decía "cabeza de mono", "cabeza de
perro", etcétera. Cuando murió, el karma de esas invectivas acumuladas lo hizo renacer
monstruo acuático, agobiado por todas las cabezas que había dado a sus compañeros.
EL CIERVO CELESTIAL
Nada sabemos de la estructura del Ciervo Celestial (acaso porque nadie lo ha podido ver
claramente), pero sí que estos trágicos animales andan bajo tierra y no tienen otra ansia que
salir a la luz del día. Saben hablar y ruegan a los mineros que los ayuden a salir. Al principio,
quieren sobornarlos con la promesa de metales preciosos; cuando falla este ardid, los Ciervos
hostigan a los hombres, y éstos los emparedan firmemente en las galerías de la mina. Se
habla asimismo de hombres a quienes han torturado los Ciervos.
La tradición añade que si los Ciervos emergen a la luz, se convierten en un líquido pestilente
que puede asolar al país.
Esta imaginación es china y la registra el libro Chinese Ghouls and Goblins (Londres, 1928) de
G. Willoughby-Meade.
CROCOTAS Y LEUCROCOTAS
Ctesias, médico, de Artajerjes Mnemón, se valió de fuentes persas para urdir una descripción
de la India, obra de valor inestimable para saber cómo los persas del tiempo de Artajerjes
Mnemón se imaginaban la India. El capítulo treinta y dos de ese repertorio ofrece una noticia
del lobo-perro; Plinio (VIII, 30) dio a ese hipotético animal el nombre de Crocota y declaró que
"no había nada que no pudiera partir con los dientes y acto continuo digerir".
Más precisa que la Crocota es la Leucrocota, en la que ciertos comentadores han visto el
reflejo del gnu, y otros de la hiena, y otros, una fusión de los dos. Es rapidísima y del tamaño
del asno silvestre. Tiene patas de ciervo, cuello, cola y pecho de león, cabeza de tejón,
pezuñas partidas, boca hasta las orejas y un hueso continuo en lugar de dientes. Habita en
Etiopía (donde asimismo hay toros salvajes, armados de cuernos movibles) y es fama que
remeda con dulzura la voz humana.
CRONOS O HÉRCULES
El tratado Dudas y Soluciones sobre los Primeros Principios del neoplatónico Damascio registra
una curiosa versión de la teogonía y cosmogonía de Orfeo, en la que Cronos -o Hércules- es
un monstruo:
"Según Jerónimo y Helánico (si los dos no son uno solo), la doctrina órfica enseña que en el
principio hubo agua y lodo, con los que se amasó la tierra. Estos dos principios puso como
primeros: agua y tierra. De ellos salió el tercero, un dragón alado, que por delante mostraba
la cabeza de un toro, por detrás la de un león y por el medio el rostro de un dios; lo llamaron
"Cronos que no envejece" y también "Heracles". Con él nació la Necesidad, que también se
llama la Inevitable, y que se dilató sobre el Universo y tocó sus confines... Cronos, el dragón,
sacó de sí una triple simiente: el húmedo Éter, el ilimitado Caos y el nebuloso Erebo. Debajo
de ellos puso un huevo, del que saldría el mundo. El último principio fue un dios que era
hombre y mujer, con alas de oro en las espaldas y cabezas de toro en los flancos, y sobre la
cabeza un desmesurado dragón, igual a toda suerte de fieras..".
Tal vez porque lo desaforado y monstruoso parece menos propio de Grecia que del Oriente,
Walter Kranz atribuye a estas invenciones una procedencia oriental.
UNA CRUZA
"Tengo un animal curioso, mitad gatito, mitad cordero. Es una herencia de mí padre. En mi
poder se ha desarrollado del todo; antes era más cordero que gato. Ahora es mitad y mitad.
Del gato tiene la cabeza y las uñas, del cordero el tamaño y la forma; de ambos los ojos, que
son huraños y chispeantes, la piel suave y ajustada al cuerpo, los movimientos a la par
saltarines y furtivos. Echado al sol, en el hueco de la ventana, se hace un ovillo y ronronea; en
el campo corre como loco y nadie lo alcanza. Dispara de los gatos y quiere atacar a los
corderos. En las noches de luna su paseo favorito es la canaleta del tejado. No sabe maullar y
abomina de los ratones. Horas y horas pasa en acecho ante el gallinero, pero jamás ha
cometido un asesinato.
"Lo alimento con leche; es lo que le sienta mejor. A grandes tragos sorbe la leche entre sus
dientes de animal de presa. Naturalmente es un gran espectáculo para los niños. La hora de
visita es los domingos por la mañana. Me siento con el animal en las rodillas y me rodean
todos los niños de la vecindad.
"Se plantean entonces las más extraordinarias preguntas, que no puede contestar ningún ser
humano:
"Por qué hay un solo animal así, por qué soy yo su poseedor y no otro, si antes ha habido un
animal semejante y qué sucederá después de su muerte, si no se siente solo, por qué no tiene
hijos, cómo se llama, etcétera. No me tomo el trabajo de contestar; me limito a exhibir mi
propiedad, sin mayores explicaciones.
"A veces las criaturas traen gatos; una vez llegaron a traer dos corderos. Contra sus
esperanzas no se produjeron escenas de reconocimiento. Los animales se miraron con
mansedumbre desde sus ojos animales, y se aceptaron mutuamente como un hecho divino.
En mis rodillas el animal ignora el temor y el impulso de perseguir. Acurrucado contra mí, es
como se siente mejor. Se apega a la familia que lo ha criado. Esa fidelidad no es
extraordinaria; es el recto instinto de un animal, que aunque tiene en la tierra innumerables
lazos políticos, no tiene uno solo consanguíneo, y para quien es sagrado el apoyo que ha
encontrado en nosotros. "A veces tengo que reírme cuando resuella a mi alrededor, se me
enreda entre las piernas y no quiere apartarse de mí. Como si no le bastara ser gato y cordero
quiere también ser perro. Una vez -eso le acontece a cualquiera- yo no veía modo de salir de
dificultades económicas, ya estaba por acabar con todo. Con esa idea me hamacaba en el
sillón de mi cuarto, con el animal en las rodillas; se me ocurrió bajar los ojos y vi lágrimas que
goteaban en sus grandes bigotes. ¿Eran suyas o mías? ¿Tiene este gato de alma de cordero el
orgullo de un hombre? No he heredado mucho de mi padre, pero vale la pena cuidar este
legado. "Tiene la inquietud de los dos, la del gato y la del cordero, aunque son muy distintas.
Por eso le queda chico el pellejo. A veces salta al sillón, apoya las patas delanteras contra mi
hombro y me acerca el hocico al oído. Es como si me hablara, y de hecho vuelve la cabeza y
me mira deferente para observar el efecto de su comunicación. Para complacerlo hago como si
lo hubiera entendido y muevo la cabeza. Salta entonces al suelo y brinca alrededor.
"Tal vez la cuchilla del carnicero fuera la redención para este animal, pero él es una herencia y
debo negársela. Por eso deberá esperar hasta que se le acabe el aliento, aunque a veces me
mira con razonables ojos humanos, que me instigan al acto razonable". Franz Kafka
CHANCHA CON CADENAS
En la página 106 del Diccionario folklórico argentino (Buenos Aires, 1950) de Félix Colluccio se
lee:
"En el norte de Córdoba y muy especialmente en Quilinos, se habla de la aparición de una
chancha encadenada que hace su presencia por lo común en horas de la noche. Aseguran los
lugareños vecinos a la estación del ferrocarril que la chancha con cadenas a veces se desliza
sobre las vías férreas y otros nos afirmaron que no era raro que corriera por los cables del
telégrafo, produciendo un ruido infernal con las "cadenas". Nadie la ha podido ver, pues
cuando se la busca desaparece misteriosamente".
DEMONIOS DEL JUDAÍSMO
Entre el mundo de la carne y del espíritu, la superstición judaica presuponía un orbe que
habitaban ángeles y demonios. El censo de su población excedía las posibilidades de la
aritmética. Egipto, Babilonia y Persia contribuyeron, a lo largo del tiempo, a la formación de
ese orbe fantástico. Acaso por influjo cristiano (sugiere Trachtenberg) la Demonología o
Ciencia de los Demonios importó menos que la Angelología o Ciencia de los Angeles.
Nombremos, sin embargo, a Keteh Merirí, Señor del Medio Día y de los Calurosos Veranos.
Unos niños que iban a la escuela se encontraron con él; todos murieron salvo dos. Durante el
siglo XIII la Demonología Judaica se pobló de intrusos latinos, franceses y alemanes, que
acabaron por confundirse con los que registra el Talmud.
LOS DEMONIOS DE SWEDENBORG
Los Demonios de Emmanuel Swedenborg (16881772) no constituyen una especie; proceden
del género humano. No están felices en esa región de pantanos, de desierto, de selvas, de
aldeas arrasadas por el fuego, de lupanares, y de oscuras guaridas, pero en el Cielo serían
más desdichados. A veces un rayo de luz celestial les llega desde lo alto; los Demonios lo
sienten como una quemadura y como un hedor fétido. Se creen hermosos, pero muchos
tienen caras bestiales o caras que son meros trozos de carne o no tienen caras. Viven en el
odio recíproco y en la armada violencia; si se juntan lo hacen para destruirse o para destruir a
alguien. Dios prohibe a los hombres y a los ángeles trazar un mapa del Infierno, pero sabemos
que su forma general es la de un Demonio. Los Infiernos más sórdidos y atroces están en el
oeste.
EL DEVORADOR DE LAS SOMBRAS
Hay un curioso género literario que independientemente se ha dado en diversas épocas y
naciones: la guía del muerto en las regiones ultraterrenas. El Cielo y el Infierno de
Swedenborg, las escrituras gnósticas, el Bardo Thödol de los tibetanos (título que, según
Evans-Wentz, debe traducirse "Liberación por audición en el plano de la posmuerte") y el Libro
egipcio de los Muertos no agotan los ejemplos posibles. Las "semejanzas y diferencias" de los
dos últimos han merecido la atención de los eruditos; bástenos aquí repetir que para el
manual tibetano el otro mundo es tan ilusorio como éste, y para el egipcio es real y objetivo.
En los dos textos hay un tribunal de divinidades, algunas con cabeza de mono; en los dos, una
ponderación de las virtudes y de las culpas. En el Libro de los Muertos, una pluma y un
corazón ocupan los platillos de la balanza; en el Bardo Thödol, piedritas de color blanco y de
color negro. Los tibetanos tienen demonios que ofician de furiosos verdugos; los egipcios, el
Devorador de las Sombras.
El muerto jura no haber sido causa de hambre o causa de llanto, no haber matado y no haber
hecho matar, no haber robado los alimentos funerarios, no haber falseado las medidas, no
haber apartado la leche de la boca del niño, no haber alejado del pasto a los animales, no
haber apresado los pájaros de los dioses. Si miente, los cuarenta y dos jueces lo entregan al
Devorador "que por delante es cocodrilo, por el medio, león y, por detrás, hipopótamo". Lo
ayuda otro animal, Babaí, del que sólo sabemos que es espantoso y que Plutarco identifica con
un titán, padre de la Quimera".
EL DOBLE
Sugerido o estimulado por los espejos, las aguas, y los hermanos gemelos, el concepto del
Doble es común a muchas naciones. Es verosímil suponer que sentencias como "Un amigo es
un otro yo" de Pitágoras o el "Conócete a ti mismo" platónico se inspiraron en él. En Alemania
lo llamaron el Doppelgaenger; en Escocia el Fetch, porque viene a buscar (fetch) a los
hombres para llevarlos a la muerte. Encontrarse consigo mismo es, por consiguiente,
ominoso; la trágica balada Ticonderoga de Robert Louis Stevenson refiere una leyenda sobre
este tema. Recordemos también el extraño cuadro How they met themselves de Rossetti; dos
amantes se encuentran consigo mismos, en el crepúsculo de un bosque. Cabría citar ejemplos
análogos de Hawthorne, de Dostoievski y de Alfred de Musset.
Para los judíos, en cambio, la aparición del Doble no era presagio de una próxima muerte. Era
la certidumbre de haber logrado el estado profético. Así lo explica Gershom Scholem. Una
tradición recogida por el Talmud narra el caso de un hombre en busca de Dios, que se
encontró consigo mismo.
En el relato William Wilson de Poe, el Doble es la conciencia del héroe. Este lo mata y muere.
En la poesía de Yeats, el Doble es nuestro anverso, nuestro contrario, el que nos
complementa, el que no somos ni seremos. Plutarco escribe que los griegos dieron el nombre
de "otro yo" al representante de un rey.
EL DRAGÓN
El Dragón posee la capacidad de asumir muchas formas, pero éstas son inescrutables. En
general lo imaginan con cabeza de caballo, cola de serpiente, grandes alas laterales y cuatro
garras, cada una provista de cuatro uñas. Se habla asimismo de sus nueve semblanzas: sus
cuernos se asemejan a los de un ciervo, su cabeza a la del camello, sus ojos a los de un
demonio, su cuello al de la serpiente, su vientre al de un molusco, sus escamas a las de un
pez, sus garras a las del águila, las plantas de sus pies a las del tigre, y sus orejas a las del
buey. Hay ejemplares a quienes les faltan orejas y que oyen por los cuernos. Es habitual
representarlo con una perla, que pende de su cuello y es emblema del sol. En esa perla está
su poder. Es inofensivo si se la quitan.
La historia le atribuye la paternidad de los primeros emperadores. Sus huesos, dientes y saliva
gozan de virtudes medicinales. Puede, según su voluntad, ser visible a los hombres o invisible.
En la primavera sube a los cielos; en el otoño se sumerge en la profundidad de las aguas.
Algunos carecen de alas y vuelan con ímpetu propio. La ciencia distingue diversos géneros.
El Dragón Celestial lleva en el lomo los palacios de las divinidades e impide que éstos caigan
sobre la tierra; el Dragón Divino produce los vientos y las lluvias, para bien de la humanidad;
el Dragón Terrestre determina el curso de los arroyos y de los ríos; el Dragón Subterráneo
cuida los tesoros vedados a los hombres. Los budistas afirman que los Dragones no abundan
menos que los peces de sus muchos mares concéntricos; en alguna parte del universo existe
una cifra sagrada para expresar su número exacto. El pueblo chino cree en los Dragones más
que en otras deidades, porque los ve con tanta frecuencia en las cambiantes nubes.
Paralelamente, Shakespeare había observado que hay nubes con forma de Dragón (sometimes
we see a cloud that's dragonish).
El Dragón rige las montañas, se vincula a la geomancia, mora cerca de los sepulcros, está
asociado al culto de Confucio, es el Neptuno de los mares y aparece en tierra firme. Los reyes
de los Dragones del Mar habitan resplandecientes palacios bajo las aguas y se alimentan de
ópalos y de perlas. Hay cinco de esos reyes: el principal está en el centro, los otros cuatro
corresponden a los puntos cardinales. Tienen una legua de largo; al cambiar de postura hacen
chocar a las montañas. Están revestidos de una armadura de escamas amarillas. Bajo el
hocico tienen una barba; las piernas y la cola son velludas. La frente se proyecta sobre los
ojos Llameantes, las orejas son pequeñas y gruesas, la boca siempre abierta, la lengua larga y
los dientes afilados. El aliento hierve a los peces, las exhalaciones del cuerpo los asa. Cuando
suben a la superficie de los océanos producen remolinos y tifones; cuando vuelan por los aires
causan tormentas que destechan las casas de las ciudades y que inundan los campos. Son
inmortales y pueden comunicarse entre sí a pesar de las distancias que los separan y sin
necesidad de palabras. En el tercer mes hacen su informe anual a los cielos superiores.
EL DRAGÓN CHINO
La cosmogonía china enseña que los Diez Mil Seres (el mundo) nacen del juego rítmico de dos
principios complementarios y eternos, que son el Yin y el Yang. Corresponden al Yin la
concentración, la oscuridad, la pasividad, los números pares y el frío; al Yang, el crecimiento,
la luz, el ímpetu, los números impares y el calor. Símbolos del Yin son la mujer, la tierra, el
anaranjado, los valles, los cauces de los ríos y el tigre; del Yang, el hombre, el cielo, el azul,
las montañas, los pilares, el Dragón.
El Dragón Chino, el Lung, es uno de los cuatro animales mágicos. (Los otros son el unicornio,
el fénix y la tortuga.) En el mejor de los casos el Dragón Occidental es aterrador, y en el peor,
ridículo; el Lung de las tradiciones, en cambio, tiene divinidad y es como un ángel que fuera
también león. Así, en las Memorias históricas de Ssu-Ma Ch'ien leemos que Confucio fue a
consultar al archivero o bibliotecario Lao Tse y que, después de la visita, manifestó:
"Los pájaros vuelan, los peces nadan y los animales corren. El que corre puede ser detenido
por una trampa, el que nada por una red y el que vuela por una flecha. Pero ahí está el
Dragón; no sé cómo cabalga en el viento ni cómo Llega al cielo. Hoy he visto a Lao Tse y
puedo decir que he visto al Dragón".
Un Dragón o un Caballo-Dragón surgió del río Amarillo y reveló a un emperador el famoso
diagrama circular que simboliza el juego recíproco del Yang y el Yin; un rey tenía en sus
establos Dragones de silla y de tiro; otro se nutrió de Dragones y su reino fue próspero. Un
gran poeta, para ilustrar los riesgos de la eminencia, pudo escribir: "El Unicornio acaba como
tambre, el Dragón como pastel de carne".
En el I King (Canon de las Mutaciones), el Dragón suele significar el sabio.
Durante siglos, el Dragón fue el emblema imperial. El trono del emperador se llamó el Trono
del Dragón; su rostro, el Rostro del Dragón. Para anunciar que el emperador había muerto, se
decía que había ascendido al firmamento sobre un Dragón.
La imaginación popular vincula el Dragón a las nubes, a la lluvia que los agricultores anhelan y
a los grandes ríos. "La tierra se une con el Dragón", es una locución habitual para significar la
lluvia. Hacia el siglo VI, Chang Seng-Yu ejecutó una pintura mural en la que figuraban cuatro
Dragones. Los espectadores lo censuraron porque había omitido los ojos. Chang, fastidiado,
retomó los pinceles y completó dos de las sinuosas imágenes. Entonces "el aire se pobló de
rayos y truenos, el muro se agrietó y los Dragones ascendieron al cielo. Pero los otros dos
Dragones sin ojos se quedaron en su lugar".
El Dragón Chino tiene cuernos, garras y escamas, y su espinazo está como erizado de púas.
Es habitual representarlo con una perla, que suele tragar o escupir; en esa perla está su
poder. Es inofensivo si se la quitan.
Chuang Tzu nos habla de un hombre tenaz que, al cabo de tres ímprobos años, dominó el arte
de matar Dragones, y que en el resto de sus días no dio con una sola oportunidad de
ejercerlo.
EL DRAGÓN EN OCCIDENTE
Una gruesa y alta serpiente con garras y alas es quizá la descripción más fiel del Dragón.
Puede ser negro, pero conviene que también sea resplandeciente; asimismo suele exigirse que
exhale bocanadas de fuego y de humo. Lo anterior se refiere, naturalmente, a su imagen
actual; los griegos parecen haber aplicado su nombre a cualquier serpiente considerable. Plinio
refiere que en el verano el Dragón apetece la sangre del elefante, que es notablemente fría.
Bruscamente lo ataca, se le enrosca y le clava los dientes. El elefante exangüe rueda por tierra
y muere; también muere el Dragón, aplastado por el peso de su adversario. También leemos
que los Dragones de Etiopía, en busca de mejores pastos, suelen atravesar el Mar Rojo y
emigrar a Arabia. Para ejecutar esa hazaña, cuatro o cinco Dragones se abrazan y forman una
especie de embarcación, con las cabezas fuera del agua. Otro capítulo hay dedicado a los
remedios que se derivan del Dragón. Ahí se lee que sus ojos, secados y batidos con miel,
forman un linimento eficaz contra las pesadillas. La grasa del corazón del Dragón guardada en
la piel de una gacela y atada al brazo con los tendones de un ciervo asegura el éxito en los
litigios; los dientes, asimismo, atados al cuerpo, hacen qué los amos sean indulgentes y los
reyes graciosos. El texto menciona con escepticismo una preparación que hace invencibles a
los hombres. Se elabora con pelo de león, con la médula de ese animal, con la espuma de un
caballo que acaba de ganar una carrera, con las uñas de un perro y con la cola y la cabeza de
un Dragón.
En el libro undécimo de la Ilíada se lee que en el escudo de Agamenón había un Dragón azul y
tricéfalo; siglos después los piratas escandinavos pintaban Dragones en sus escudos y
esculpían cabezas de Dragón en las proas de las naves. Entre los romanos, el Dragón fue
insignia de la cohorte, como el águila de la legión; tal es el origen de los actuales Regimientos
de Dragones. En los estandartes de los reyes germánicos de Inglaterra había Dragones; el
objeto de tales imágenes era infundir terror a los enemigos. Así, en el romance de Athis se
lee:
Ce souloient Romains porter, Ce nous fait moult à redouter*.
Esto solían llevar los romanos, / Esto hace que nos teman muchísimo.
En el Occidente el Dragón siempre fue concebido como malvado. Una de las hazañas clásicas
de los héroes (Hércules, Sigurd, San Miguel, San Jorge) era vencerlo y matarlo. En las
leyendas germánicas, el Dragón custodia objetos preciosos. Así, en la Gesta de Beowulf,
compuesta en Inglaterra hacia el siglo VIII, hay un Dragón que durante trescientos años es
guardián de un tesoro. Un esclavo fugitivo se esconde en su caverna y se lleva un jarro. El
Dragón se despierta, advierte el robo y resuelve matar al ladrón; a ratos baja a la caverna y la
revisa bien. (Admirable ocurrencia del poeta atribuir al monstruo esa inseguridad tan
humana.) El Dragón empieza a desolar el reino; Beowulf lo busca, combate con él y lo mata.
La gente creyó en la realidad del Dragón. Al promediar el siglo XVI, lo registra la Historia
Animalium de Conrad Gesner, obra de carácter científico.
El tiempo ha desgastado notablemente el prestigio de los Dragones. Creemos en el león como
realidad y como símbolo; creemos en el minotauro como símbolo, ya que no como realidad; el
Dragón es acaso el más conocido, pero también el menos afortunado de los animales
fantásticos. Nos parece pueril y suele contaminar de puerilidad las historias en que figura.
Conviene no olvidar, sin embargo, que se trata de un prejuicio moderno, quizá provocado por
el exceso de Dragones que hay en los cuentos de hadas. Empero, en la Revelación de San
Juan se habla dos veces del Dragón, "la vieja serpiente que es el Diablo y es Satanás".
Análogamente, San Agustín escribe que el diablo "es león y Dragón; león por el ímpetu,
Dragón por la insidia". Jung observa que en el Dragón están la serpiente y el pájaro, los
elementos de la tierra y el aire.
EL ELEFANTE QUE PREDIJO EL NACIMIENTO DE BUDA
Quinientos años antes de la era cristiana, la reina Maya, en el Nepal, soñó que un Elefante
blanco, que procedía de la Montaña de Oro, entraba en su cuerpo. Este animal onírico tenia
seis colmillos, que corresponden a las seis dimensiones del espacio indostánico: arriba, abajo,
atrás, adelante, izquierda y derecha. Los astrólogos del rey predijeron que Maya daría a luz un
niño, que sería emperador de la tierra o redentor del género humano. Aconteció, según se
sabe, lo último.
En la India, el Elefante es un animal doméstico. El color blanco significa humildad y el número
seis es sagrado.
LOS ELFOS
Son de estirpe germánica. De su aspecto poco sabemos, salvo que son siniestros y diminutos.
Roban hacienda y roban niños. Se complacen asimismo en diabluras menores. En Inglaterra se
dio el nombre de "elf-lock" (rizo de elfo) a un enredo del pelo, porque lo suponían obra de
Elfos. Un exorcismo anglosajón les atribuye la malévola facultad de arrojar desde lejos
minúsculas flechas de hierro, que penetran sin dejar un rastro en la piel, y causan dolores
neurálgicos. En alemán, pesadilla se traduce por Alp, los etimólogos derivan esa palabra de
"elfo", dado que en la Edad Media era común la creencia de que los Elfos oprimían el pecho de
los durmientes y les inspiraban sueños atroces.
LOS ELOI Y LOS MORLOCKS
El héroe de la novela The Time Machine (La máquina del tiempo), que el joven Wells publicó
en 1895, viaja, mediante un artificio mecánico, a un porvenir remoto. Descubre que el género
humano se ha dividido en dos especies: los Eloi, aristócratas delicados e inermes, que moran
en ociosos jardines y se nutren de fruta; y los Morlocks, estirpe subterránea de proletarios,
que, a fuerza de trabajar en la oscuridad, han quedado ciegos y que siguen poniendo en
movimiento, urgidos por la mera rutina, máquinas herrumbradas y complejas que no
producen nada. Pozos con escaleras en espiral unen ambos mundos. En las noches sin luna,
los Morlocks surgen de su encierro y devoran a los Eloi.
El héroe logra huir al presente. Trae como único trofeo una flor desconocida y marchita, que
se hace polvo y que florecerá al cabo de miles de siglos.
ESCILA
Antes de ser un monstruo y un remolino, Escila era una ninfa, de quien se enamoró el dios
Glauco. Este buscó el socorro de Circe, cuyo conocimiento de hierbas y de magias era famoso.
Circe se prendó de él, pero como Glauco no olvidaba a Escila, envenenó las aguas de la fuente
en que aquélla solía bañarse. Al primer contacto del agua, la parte inferior del cuerpo de Escila
se convirtió en perros que ladraban. Doce pies la sostenían y se halló provista de seis cabezas,
cada una con tres filas de dientes. Esta metamorfosis la aterró y se arrojó al estrecho que
separa Italia de Sicilia. Los dioses la convirtieron en roca. Durante las tempestades, los
navegantes oyen aún el rugido de las olas contra la roca.
Esta fábula está en las páginas de Homero, de Ovidio y de Pausanias.
LA ESFINGE
La Esfinge de los monumentos egipcios (llamada "Andro-esfinge" por Herodoto, para
distinguirla de la griega) es un león echado en la tierra y con cabeza de hombre;
representaba, se conjetura, la autoridad del rey y custodiaba los sepulcros y templos. Otras,
en las avenidas de Karnak, tienen cabeza de carnero, el animal sagrado de Amón. Esfinges
barbadas y coronadas hay en los monumentos de Asiria y la imagen es habitual en las gemas
persas. Plinio, en su catálogo de animales etiópicos, incluye las Esfinges, de las que no precisa
otro rasgo que "el pelaje pardo rojizo y los pechos iguales.
La Esfinge griega tiene cabeza y pechos de mujer, alas de pájaro, y cuerpo y pies de león.
Otros le atribuyen cuerpo de perro y cola de serpiente. Se refiere que asolaba el país de
Tebas, proponiendo enigmas a los hombres (pues tenía voz humana) y devorando a quienes
no sabían resolverlos. A Edipo, hijo de Yocasta, le preguntó:
"¿Qué ser tiene cuatro pies, dos pies o tres pies, y cuantos más tiene es más débil?".
[Así es, parece, la versión más antigua. Los años te agregaron la metáfora que hace de la vida
del hombre un solo día].
Edipo contestó que era el hombre, que de niño se arrastra en cuatro pies, cuando es mayor
anda en dos y a la vejez se apoya en un báculo. La Esfinge, descifrado el enigma, se precipitó
desde lo alto de su montaña.
De Quincey, hacia 1849, sugirió una segunda interpretación, que puede complementar la
tradicional. El sujeto del enigma, según De Quincey, es menos el hombre genérico que el
individuo Edipo desvalido y huérfano en su mañana, solo en la edad viril y apoyado en
Antígona en la desesperada y ciega vejez.
Ahora se formula de esta manera: ¿Cuál es el animal que anda en cuatro pies a la mañana, en
dos al mediodía y en tres a la tarde?
La misma fábula se encuentra en el Libro de Las Mil y Una Noches, en la leyenda de San
Brandán y en el Paraíso perdido de Milton, que nos muestra a la ballena durmiendo "en la
espuma noruega".
FASTITOCALON
La Edad Media atribuyó al Espíritu Santo la composición de dos libros. El primero era, según se
sabe, la Biblia; el segundo, el universo, cuyas criaturas encerraban enseñanzas inmorales.
Para explicar esto último, se compilaron los Fisiólogos o Bestiarios. De un bestiario anglosajón
resumimos el texto siguiente:
"Hablaré también en este cantar de la poderosa ballena. Es peligrosa para todos los
navegantes. A este nadador de las corrientes del océano le dan el nombre Fastitocalón. Su
forma es la de una piedra rugosa y está como cubierta de arena; los marineros que lo ven lo
toman por una isla. Amarran sus navíos de alta proa a la falsa tierra y desembarcan sin temor
de peligro alguno. Acampan, encienden fuego y duermen, rendidos. El traidor se sumerge
entonces en el océano; busca su hondura y deja que el navío y los hombres se ahoguen en la
sala de la muerte. También suele exhalar de su boca una dulce fragancia, que atrae a los otros
peces del mar. Estos penetran en sus fauces, que se cierran y los devoran. Así el demonio nos
arrastra al infierno".
FAUNA CHINA
El Chiang-liang tiene cabeza de tigre, cara de hombre, cuatro vasos, largas extremidades, y
una culebra entre los dientes.
En la región al oeste del Agua Roja habita el animal llamado Ch'ou-t'i que tiene una cabeza de
cada lado.
Los habitantes de Ch'can-T'ou tienen cabeza humana, alas de murciélago y pico de pájaro. Se
alimentan exclusivamente de pescado crudo.
El Hsiao es como la lechuza, pero tiene cara de hombre, cuerpo de mono y cola de perro. Su
aparición presagia rigurosas sequías.
Los Hsing-hsing son como monos. Tienen caras blancas y orejas puntiagudas. Caminan como
hombres, y trepan a los árboles.
El Hsing-t'ien es un ser acéfalo que, habiendo combatido contra los dioses, fue decapitado y
quedó para siempre sin cabeza. Tiene los ojos en el pecho y su ombligo es su boca. Brinca y
salta en los descampa, dos, blandiendo su escudo y su hacha.
El pez Hua o pez serpiente voladora parece un pez, pero tiene alas de pájaro. Su aparición
presagia la sequía.
El Hui de las montañas parece un perro con cara de hombre. Es muy buen saltador y se
mueve con la rapidez de una flecha; por ello se considera que su aparición presagia tifones.
Se ríe burlonamente cuando ve al hombre.
Los habitantes del País de los Brazos Largos tocan el suelo con las manos. Se mantienen
atrapando peces en la orilla del mar.
Los Hombres Marinos tienen cabeza y brazos de hombre, y cuerpo y cola de pez. Emergen a la
superficie de las Aguas Fuertes. La Serpiente Musical tiene cabeza de serpiente y cuatro alas.
Hace un ruido como el de la piedra musical.
El Ping-feng, que habita en el país del Agua Mágica, parece un cerdo negro, pero tiene una
cabeza en cada extremo. El Caballo Celestial parece un perro blanco con cabeza negra. Tiene
alas carnosas y puede volar. En la región del Brazo Raro, las personas tienen un brazo y tres
ojos. Son notablemente hábiles y fabrican carruajes voladores, en los que viajan por el viento.
El Ti-chiang es un pájaro sobrenatural que habita en las Montañas Celestiales. Es de color
bermejo, tiene seis patas y cuatro alas, pero no tiene ni cara ni ojos.
T'ai P'ing Kuang Chi
FAUNA DE LOS ESTADOS UNIDOS
La jocosa mitología de los campamentos de hacheros de Wisconsiti y de Minnesota incluye
singulares criaturas, en las que, seguramente, nadie ha creído.
El Hidebehind siempre está detrás de algo. Por más vueltas que diera un hombre siempre lo
tenía detrás y por eso nadie lo ha visto, aunque ha matado y devorado a muchos leñadores.
El Roperite, animal del tamaño de un petiso, tiene un pico semejante a una cuerda, que le
sirve para enlazar los conejos más rápidos.
El Teakettler debe su nombre al ruido que hace, semejante al del agua hirviendo de la caldera
del té, echa humo por la boca, camina para atrás y ha sido visto muy pocas veces.
El Axehandle Hound tiene la cabeza en forma de hacha, el cuerpo en forma de mango de
hacha patas retaconas, y se alimenta exclusivamente de mangos de hacha.
Entre los peces de esta región están los Upland Trouts, que anidan en los árboles, vuelan muy
bien y tienen miedo al agua.
Existe además el Goofang, que nada para atrás para que no se le meta el agua en los ojos y
"es del tamaño exacto del pez rueda, pero mucho más grande".
No olvidemos el Goofus Bird, pájaro que construye el nido al revés y vuela para atrás, porque
no le importa adónde va, sino dónde estuvo.
El Gillygaloo anidaba en las escarpadas laderas de la famosa Pyramid Forty. Ponía huevos
cuadrados para que no rodaran y se perdieran. Los leñadores cocían estos huevos y los
usaban como dados.
El Pinnacle Grouse sólo tenia un ala que le permitía volar en una sola dirección, dando
infinitamente la vuelta a un cerro cónico. El color del plumaje variaba según las estaciones y
según la condición del observador.
EL FÉNIX CHINO
Los libros canónicos de los chinos suelen defraudar, porque les falta lo patético a que nos tiene
acostumbrados la Biblia. De pronta, en su razonable decurso, una intimidad nos conmueve.
Esta, por ejemplo, que registra el séptimo libro de las Analectas de Confucio:
"Dijo el Maestro a sus discípulos: ¡Qué bajo he caído! Hace ya tiempo que no veo en mis
sueños al príncipe de Chu".
O ésta del libro noveno:
"El Maestro dijo: No viene el Fénix, ningún signo sale del río. Estoy acabado".
El "signo" (explican los comentadores) se refiere a una inscripción en el lomo de una tortuga
mágica. En cuanto al Fénix (Feng), es un pájaro de colores resplandecientes, parecido al
faisán y al pavo real. En épocas prehistóricas, visitaba los jardines y los palacios de los
emperadores virtuosos, como un visible testimonio del favor celestial. El macho, que tenia tres
patas, habitaba en el sol.
En el primer siglo de nuestra era, el arriesgado ateo Wang Ch'ung negó que el Fénix
constituyera una especie fija. Declaró que así como la serpiente se transforma en un pez y la
rata en una tortuga; el ciervo, en épocas de prosperidad general, suele asumir la forma del
unicornio, y el ganso, la del Fénix. Atribuyó esta mutación al "liquido propicio" que, dos mil
trescientos cincuenta y seis años antes de la era cristiana, hizo que en el patio de Yao, que fue
uno de los emperadores modelo, creciera pasto de color escarlata. Como se ve, su información
era deficiente o más bien excesiva.
En las regiones infernales hay un edificio imaginario que se llama Torre del Fénix.
EL GALLO CELESTIAL
Según los chinos, el Gallo Celestial es un ave de plumaje de oro, que canta tres veces al día.
La primera, cuando el sol toma su baño matinal en los confines del océano: la segunda,
cuando el sol está en el cenit; la última, cuando se hunde en el poniente. El primer canto
sacude los cielos y despierta a la humanidad. El Gallo Celestial es antepasado del Yang,
principio masculino del universo. Está provisto de tres patas y anida en el árbol Fu-sang, cuya
altura se mide por centenares de millas y que crece en la región de la aurora. La voz del Gallo
Celestial es muy fuerte; su porte, majestuoso. Pone huevos de los que salen pichones con
crestas rojas que contestan a su canto cada mañana. Todos los gallos de la tierra descienden
del Gallo Celestial, que se llama también el Ave del Alba.
GARUDA
Vishnu, segundo dios de la trinidad que preside el panteón brahmánico, suele cabalgar en la
serpiente que llena el mar, o en el ave Garuda. A Vishnu lo representan azul y provisto de
cuatro brazos que sostienen la clava, el caracol, el disco y el loto; a Garuda, con alas, rostro y
garras de águila y tronco y piernas de hombre. El rostro es blanco, las alas de color escarlata,
y el cuerpo, de oro. Imágenes de Garuda, labradas en bronce o en piedra, suelen coronar los
monolitos de los templos. En Gwalior hay uno, erigido por un griego, Heliodoro, devoto de
Vishnu, más de un siglo antes de la era cristiana.
En el Garuda-Purana (que es el decimoséptimo de los Puranas, o tradiciones), el docto pájaro
declara a los hombres el origen del universo, la índole solar de Vishnu, las ceremonias de su
culto, las ilustres genealogías de las casas que descienden de la luna y del sol, el argumento
del Ramayana y diversas noticias que se refieren a la versificación, a la gramática y a la
medicina.
En el Nagananda (Alegría de las Serpientes), drama compuesto por un rey en el siglo VII,
Garuda mata y devora una serpiente todos los días, hasta que un príncipe budista le enseña
las virtudes de la abstención. En el último acto, el arrepentido hace que vuelvan a la vida los
huesos de las serpientes devoradas. Eggeling sospecha que esta obra es una sátira
brahmánica del budismo.
Nimbarka, místico de fecha insegura, ha escrito que Garuda es un alma salvada para siempre;
también son almas la corona, los aros y la flauta del dios.
EL GATO DE CHESHIRE Y LOS GATOS DE KILKENNY
En inglés existe la locución "grin like a Cheshire cat" ("sonreír sardónicamente como un Gato
de Cheshire"). Se han propuesto varias explicaciones. Una, que en Cheshire vendían quesos
en forma de gato que ríe. Otra, que Cheshire es un condado palatino o "earldom" y que esa
distinción nobiliaria causó la hilaridad de los gatos. Otra, que en tiempos de Ricardo Tercero
hubo un guardabosque, Caterling, que sonreía ferozmente al batirse con los cazadores
furtivos.
En la novela onírica Alice in Wonderland publicada en 1865, Lewis Carroll otorgó al Gato de
Cheshire el don de desaparecer gradualmente, hasta no dejar otra cosa que la sonrisa, sin
dientes y sin boca. De los Gatos de Kilkenny se refiere que riñeron furiosamente y se
devoraron hasta no dejar más que las colas. El cuento data del siglo XVIII.
LOS GNOMOS
Son más antiguos que su nombre, que es griego, pero que los clásicos ignoraron, porque data
del siglo XV. Los etimólogos lo atribuyen al alquimista suizo Paracelso, en cuyos libros aparece
por vez primera.
Son duendes de la tierra y de las montañas. La imaginación popular los ve como enanos
barbudos, de rasgos toscos y grotescos; usan ropa ajustada de color pardo y capuchas
monásticas. A semejanza de los grifos de la superstición helénica y oriental, y de los dragones
germánicos, tienen la misión de custodiar tesoros ocultos.
Gnosis, en griego, es "conocimiento"; se ha conjeturado que Paracelso inventó la palabra
"gnomo", porque éstos conocían y podían revelar a los hombres el preciso lugar en que los
metales estaban escondidos.
EL GOLEM
Nada casual podemos admitir en un libro dictado por una inteligencia divina, ni siquiera el
número de las palabras o el orden de los signos; así lo entendieron los cabalistas y se
dedicaron a contar, combinar y permutar las letras de la Sagrada Escritura, urgidos por el
ansia de penetrar los arcanos de Dios.
Dante, en el siglo XIII, declaró que todo pasaje de la Biblia tiene cuatro sentidos, el literal, el
alegórico, el moral y el anagógico. Escoto Erígena, más consecuente con la noción de
divinidad, ya había dicho que los sentidos de la Escritura son infinitos, como los colores de la
cola del pavo real. Los cabalistas hubieran aprobado este dictamen; uno de los secretos que
buscaron en el texto divino no fue la creación de seres orgánicos. De los demonios se dijo que
podían formar criaturas grandes y macizas, como el camello, pero no finas y delicadas, y el
rabino Eliezer les negó la facultad de producir algo de tamaño inferior a un grano de cebada.
"Golem" se llamó al hombre creado por combinaciones de letras; la palabra significa,
literalmente, "una materia amorfa o sin vida".
En el Talmud (Sanhedrín, 65 b) se lee:
"Si los justos quisieran crear un mundo, podrían hacerlo. Combinando las letras de los
inefables nombres de Dios, Rava consiguió crear un hombre y lo mandó a Rav Zera. Este le
dirigió la palabra; como el hombre no respondía, el rabino le dijo:
"-Eres una creación de la magia; vuelve a tu polvo.
"Dos maestros solían cada viernes estudiar las leyes de la Creación y crear un ternero de tres
años, que luego aprovechaban para la cena".
[Parejamente, Schopenhauer escribe: "En la página 325 del primer tomo de su
Zauberoioliothek (Biblioteca mágica), Horst compendia así la doctrina de la visionaria inglesa
Jane Lead: Quien posee fuerza mágica, puede, a su arbitrio, dominar y renovar el reino
mineral, el reino vegetal y el reino animal; bastaría, por consiguiente, que algunos magos se
pusieran de acuerdo para que toda la Creación retornara al estado paradisíaco". (Sobre la
Voluntad en la Naturaleza, VII).]
La fama occidental del Golem es obra del escritor austriaco Gustav Meyrink, que en el quinto
capítulo de su novela onírica Der Golem (1915) escribe así:
"El origen de la historia remonta al siglo XVII. Según perdidas fórmulas de la cábala, el rabino
Judah Loew ben Bezabel construyó un hombre artificial -el llamado Golem- para que éste
tañera las campanas en la sinagoga e hiciera los trabajos pesados. No era, sin embargo, un
hombre como los otros y apenas lo animaba una vida sorda y vegetativa. Esta duraba hasta la
noche y debía su virtud al influjo de una inscripción mágica, que le ponían detrás de los
dientes y que atraía las libres fuerzas siderales del universo. Una tarde, antes de la oración de
la noche, el rabino se olvidó de sacar el sello de la boca del Golem y éste cayó en un frenesí,
corrió por las callejas oscuras y destrozó a quienes se le pusieron delante. El rabino, al fin, lo
atajó y rompió el sello que lo animaba. La criatura se desplomó. Sólo quedó la raquítica figura
de barro, que aún hoy se muestra en la sinagoga de Praga".
Eleazar de Worms ha conservado la fórmula necesaria para construir un Golem. Los
pormenores de la empresa abarcan veintitrés columnas en folio y exigen el conocimiento de
"los alfabetos de las doscientas veintiuna puertas" que deben repetirse sobre cada órgano del
Golem. En la frente se tatuará la palabra "Emet", que significa "Verdad". Para destruir la
criatura, se borrará la letra inicial, porque así queda la palabra "met", que significa "muerto"..
EL GRIFO
"Monstruos alados", dice de los Grifos Herodoto, al referir su guerra continua con los
Arimaspos; casi tan impreciso es Plinio, que habla de las largas orejas y del pico curvo de
estos "pájaros fabulosos" (X, 70). Quizá la descripción más detallada es la del problemático Sir
John Mandeville, en el capítulo ochenta y cinco de sus famosos Viajes:
"De esta tierra (Turquía) los hombres irán a la tierra de Bactria, donde hay hombres malvados
y astutos, y en esa tierra hay árboles que dan lana, como si fueran ovejas, de la que hacen
tela. En esa tierra hay "ypotains" (hipopótamos) que a veces moran en la tierra, a veces en el
agua, y son mitad hombre y mitad caballo, y sólo se alimentan de hombres, cuando los
consiguen. En esa tierra hay muchos Grifos, más que en otros lugares, y algunos dicen que
tienen el cuerpo delantero de águila, y el trasero de león, y tal es la verdad, porque así están
hechos; pero el Grifo tiene el cuerpo mayor que ocho leones y es más robusto que cien
águilas. Porque sin duda llevará volando a su nido un caballo con el jinete, o dos bueyes
uncidos cuando salen a arar, porque tiene grandes uñas en los pies, del grandor de cuerpos de
bueyes, y con éstas hacen copas para beber, y con las costillas, arcos para tirar".
En Madagascar, otro famoso viajero, Marco Polo, oyó hablar del roc, y al principio entendió
que se referían al "uccello grifone", al pájaro Grifo (Viajes, III, 36).
En la Edad Media, la simbología del Grifo es contradictoria. Un bestiario italiano dice que
significa el demonio; en general, es emblema de Cristo, y así lo explica Isidoro de Sevilla en
sus Etimologías: "Cristo es león porque reina y tiene la fuerza; águila, porque, después de la
resurrección, sube al cielo".
En el canto veintinueve del Purgatorio, Dante sueña con un carro triunfal tirado por un Grifo;
la parte de águila es de oro, la de león es blanca, mezclada con bermejo, por significar, según
los comentadores, la naturaleza humana de Cristo.(Blanco mezclado con bermejo da el color
de la carne. Estos recuerdan la descripción del Esposo en el Cantar de los Cantares ( V, 10-11
): "Mi amado, blanco y bermejo...; su cabeza como oro".
Otros entienden que Dante quería simbolizar al Papa, que es sacerdote y rey. Escribe Didron,
en su Iconografía cristiana: "El Papa, como pontífice o águila, se eleva hasta el trono de Dios a
recibir sus órdenes, y como león o rey anda por la tierra con fortaleza y con vigor".
LAS HADAS
Su nombre se vincula a la voz latina "fatum" (hado, destino). Intervienen mágicamente en los
sucesos de los hombres. Se ha dicho que las Hadas son las más numerosas, las más bellas y
las más memorables de las divinidades menores. No están limitadas a una sola región o a una
sola época. Los antiguos griegos, los esquimales y los pieles rojas narran historias de héroes
que han logrado el amor de estas fantásticas criaturas. Tales aventuras son peligrosas; el
Hada, una vez satisfecha su pasión, puede dar muerte a sus amantes.
En Irlanda y en Escocia les atribuyen moradas subterráneas, donde confinan a los niños y a
los hombres que suelen secuestrar. La gente cree que poseían las puntas de flechas neolíticas
que exhuman en los campos y a las que dotaban de infalibles virtudes medicinales.
A las Hadas les gusta el color verde, el canto y la música. A fines del siglo XVII un eclesiástico
escocés, el Reverendo Kirk, de Aberboyle, compiló un tratado que se titula "La Secreta
República de los Elfos, de las Hadas y de los Faunos". En 1815, Sir Walter Scott dio esa obra
manuscrita a la imprenta. Del señor Kirk se dice que lo arrebataron las Hadas porque había
revelado sus misterios. En los mares de Italia el Hada Morgana urde espejismos para
confundir y perder a los navegantes.
HANIEL, KAFZIEL, AZRIEL Y ANIEL
En Babilonia, Ezequiel vio en una visión cuatro animales o ángeles, "y cada uno Tenía cuatro
rostros, y cuatro alas y "la figura de sus rostros era rostro de hombre, y rostro de león a la
parte derecha, y rostro de buey a la parte izquierda, y los cuatro tenían asimismo rostro de
águila". Caminaban donde los llevara el espíritu, "cada uno en derecho de su rostro", o de sus
cuatro rostros, tal vez creciendo mágicamente, hacia los cuatro rumbos. Cuatro ruedas "tan
altas que eran horribles" seguían a los ángeles y estaban llenas de ojos alrededor.
Memorias de Ezequiel inspiraron los animales de la "Revelación de San Juan", en cuyo capítulo
cuarto se lee:
"Y delante del trono había como un mar de vidrio semejante al cristal; y en medio del trono; y
al derredor del trono cuatro animales llenos de ojos delante y detrás.
"Y el primer animal era semejante a un león, y el segundo animal, semejante a un becerro, y
el tercer animal tenía la cara como hombre, y el cuarto animal, semejante a! águila que vuela.
Y los cuatro animales tenían cada uno para sí seis alas al derredor; y dentro estaban llenos de
ojos; y no tenían reposo día ni noche, diciendo: Santo, Santo, Santo es el Señor Dios
Todopoderoso, que era, y que es, y que ha de venir".
En el Zohar (Libro del Esplendor) se agrega que los cuatro animales se llaman Haniel, Kafziel,
Azriel y Aniel, y que miran al oriente, al norte, al sur, y al occidente.
Stevenson preguntó que si tales cosas había en el cielo, qué no habría en el Infierno. Del
pasaje anterior del Apocalipsis derivó Chesterton su ilustre metáfora de la noche: "un
monstruo hecho de ojos".
"Hayoth" (seres vivientes) se llaman los ángeles cuádruples del Libro de Ezequiel; para el
Sefer Yetsirah, son los diez números que sirvieron, con las veintidós letras del alfabeto, para
crear este mundo; para el Zohar, descendieron de la región superior, coronados de letras.
De los cuatro rostros de los "Hayoth" derivaron los evangelistas sus símbolos; a Mateo le tocó
el ángel, a veces humano y barbado; a Marcos, el león; a Lucas, el buey; a Juan, el águila.
San Jerónimo, en su comentario a Ezequiel, ha procurado razonar estas atribuciones. Dice que
a Mateo le fue dado el ángel (el hombre) porque destacó la naturaleza humana del Redentor;
a Marcos, el león, porque declaró su dignidad real; a Lucas, el buey, emblema de sacrificio,
porque mostró su carácter sacerdotal; a Juan, el águila, por su vuelo ferviente.
Un investigador alemán, el doctor Riehard Hennig, busca el remoto origen de estos emblemas
en cuatro signos del zodiaco, que distan noventa grados uno del otro. El león y el toro no
ofrecen la menor dificultad: el ángel ha sido identificado con Acuario, que tiene cara de
hombre, y el águila de Juan con Escorpio, rechazado por juzgarse de mal agüero. Nicolás de
Vore, en su Diccionario de Astrología, propone también esta hipótesis y observa que las cuatro
figuras se juntan en la Esfinge, que puede tener cabeza humana, cuerpo de toro, garras y cola
de león y alas de águila.
HAOKAH, DIOS DEL TRUENO
Entre los indios sioux, Haokah usaba los vientos como palillos para que resonara el tambor del
Trueno: Sus cuernos demostraban que era también dios de la caza. Lloraba cuando estaba
contento; reía cuando triste. Sentía el frío como calor y el calor como frío.
LA HIDRA DE LERNA
Tifón (hijo disforme de la Tierra y del Tártaro) y Equidna, que era mitad hermosa mujer y
mitad serpiente, engendraron la Hidra de Lerna. Cien cabezas le cuenta Diódoro el historiador;
nueve, la Biblioteca de Apolodoro. Lemprière nos dice que esta última cifra es la más recibida;
lo atroz es que, por cada cabeza cortada, dos le brotaban en el mismo lugar. Se ha dicho que
las cabezas eran humanas y que la del medio era eterna. Su aliento envenenaba las aguas y
secaba los campos. Hasta cuando dormía, el aire ponzoñoso que la rodeaba podía ser la
muerte de un hombre. Juno la crió para que se midiera con Hércules.
Esta serpiente parecía destinada a la eternidad. Su guarida estaba en los pantanos de Lerna.
Hércules y Yolao la buscaron; el primero le cortó las cabezas y el otro fue quemando con una
antorcha las heridas sangrantes. A la última cabeza, que era inmortal, Hércules la enterró bajo
una gran piedra, y donde la enterraron estará ahora, odiando y soñando.
En otras aventuras con otras fieras, las flechas que Hércules mojó en la hiel de la Hidra
causaron heridas mortales.
Un cangrejo, amigo de la Hidra, mordió durante la pelea el talón del héroe. Este lo aplastó con
el pie. Juno lo subió al cielo, y ahora es una constelación y el signo de Cáncer.
EL HIJO DE LEVIATÁN
"En aquel tiempo, había en un bosque sobre el Ródano, entre Arles y Aviñón, un dragón,
mitad bestia y mitad pez, mayor que un buey y más largo que un caballo. Y tenía los dientes
agudos como la espada, y cuernos a ambos lados, y se ocultaba en el agua, y mataba a los
forasteros y ahogaba las naves. Y había venido por el mar de Galasia, y había sido engendrado
por Leviatán, cruelísima serpiente de agua, y por una bestia que se llama Onagro, que
engendra la región de Galasia."...
La légende dorée, Lyón, 1518
EL HIPOGRIFO
Para significar imposibilidad o incongruencia, Virgilio habló de encastar caballos con grifos.
Cuatro siglos después, Servio el comentador afirmó que los grifos son animales que de medio
cuerpo arriba son águilas, y de medio abajo, leones. Para dar mayor fuerza al texto, agregó
que aborrecen a los caballos... Con el tiempo, la locución "Jungentur jam grypes equis" (cruzar
grifos con caballos) llegó a ser proverbial; a principios del siglo XVI, Ludovico Ariosto la
recordó e inventó el Hipogrifo. Águila y león conviven en el grifo de los antiguos; caballo y
grifo en el Hipogrifo ariotesco, que es un monstruo o una imaginación de segundo grado.
Pietro Micheli hace notar que es más armonioso que el caballo con alas.
Su descripción puntual, escrita para un diccionario de zoología fantástica, consta en el Orlando
Furioso: "No es fingido el corcel, sino natural, porque un grifo lo engendró en una yegua. Del
padre tiene la pluma y las alas, las patas delanteras, el rostro y el pico; las otras partes, de la
madre y se llama Hipogrifo. Vienen (aunque, a decir verdad, son muy raros) de los montes
Rifeos, más allá de los mares glaciales".
La primera mención de la extraña bestia es engañosamente casual: "Cerca de Rodona vi un
caballero que tenía un gran corcel alado".
Otras octavas dan el estupor y el prodigio del caballo que vuela. Esta es famosa:
E vede l'oste e tutta la famiglia,
E chi a finestre e chi fuor ne la via,
Tener levati al ciel gli occhi e le ciglia,
Come L'Ecclisse o la Cometa sia.
Géde la Donna un'alta maraviglia
Che di Ieggier creduta non saria:
Vede passar un gran destriero a!ato,
Che porta in aria un cavalliero armato'.
[Y vio al huésped y a toda la familia, / Y a otros en las ventanas y en las calles, / Que
elevaban al cielo los ojos y las cejas, / Como si hubiera un eclipse o un cometa. / Vio la mujer
una alta maravilla, / Que no sería fácil de creer: / Vio pasar un gran corcel alado, / Que
llevaba por los aires a un caballero armado.]
Astolfo, en uno de los cantos finales, desensilla el Hipogrifo y lo suelta.
HOCHIGAN
Descartes refiere que los monos podrían hablar si quisieran, pero que han resuelto guardar
silencio, para que no los obliguen a trabajar. Los bosquimanos de África del Sur creen que
hubo un tiempo en que todos los animales podían hablar. Hochigan aborrecía los animales; un
día desapareció, y se llevó consigo ese don.
ICTIOCENTAUROS
Licofronte, Claudiano y el gramático bizantino Juan Tzetzes han mencionado alguna vez los
Ictiocentauros; otra referencia a ellos no hay en los textos clásicos. Podemos traducir
Ictiocentauros por Centauro-Peces; la palabra se aplicó a seres que los mitólogos han llamado
también Centauro-Tritones. Su representación abunda en la escultura romana y helenística.
De la cintura arriba son hombres, de la cintura abajo son peces, y tienen patas delanteras de
caballo o de león. Su lugar está en el cortejo de las divinidades marinas, junto a los
Hipocampos.
EL KAMI
Según un pasaje de Séneca, Tales de Mileto enseñó que la tierra flota en el agua, como una
embarcación, y que el agua, agitada por las tormentas, causa los terremotos. Otro sistema
sismológico nos proponen los historiadores, o mitólogos, japoneses del siglo VIII.
En una página famosa se lee:
"Bajo la Tierra -de llanuras juncosas- yacía un Kami (un ser sobrenatural) que tenía la forma
de un barbo y que, al moverse, hacía que temblara la tierra hasta que el Magno Dios de la Isla
de Ciervos hundió la hoja de su espada en la tierra y te atravesó la cabeza. Cuando el Kami se
agita, el Magno Dios se apoya en la empuñadura y el Kami vuelve a la quietud".
(El pomo de la espada, labrado en piedra, sobresale del suelo a unos pocos pasos del templo
de Kashima. Seis días y seis noches cavó en el siglo XVIII un señor feudal, sin dar con el fin
de la hoja.)
Para el vulgo, el Jinshin-Uwo, o Pez de los Terremotos, es una anguila de setecientas millas de
largo que lleva el Japón en el lomo. Corre de norte a sur; la cabeza viene a quedar bajo Kyoto,
la punta de la cola bajo Awomori. Algún racionalista se ha permitido invertir ese rumbo,
porque en el sur abundan los terremotos y resulta más fácil imaginar un movimiento de la
cola. De algún modo, este animal es análogo al Bahamut de las tradiciones arábigas y al
Midgardsorm de la Edda.
En ciertas regiones lo sustituye sin ventaja apreciable el Escarabajo de los Terremotos, el
Jinshin-Mushi. Tiene cabeza de dragón, diez patas de araña y está recubierto de escamas. Es
bestia subterránea no submarina.
KHUMBABA
¿Cómo era el gigante Khumbaba, que guarda la montaña de cedros de la despedazada
epopeya babilónica Gilgamesh, quizá la más antigua del mundo? George Burckhardt ha
tratado de reconstruirlo (Gilgamesh, Wiesbaden, 1952); he aquí, vertidas al español, sus
palabras:
"Enkidu derribó con el hacha uno de los cedros. "¿Quién ha penetrado en el bosque y ha
derribado un cedro?", dijo una enorme voz. Los héroes vieron acercarse a Khumbaba. Tenía
uñas de león, el cuerpo revestido de ásperas escamas de bronce, en los pies las garras del
buitre, en la frente los cuernos del toro salvaje, la cola y el órgano de la generación concluían
en cabeza de sierpe".
En el noveno canto de Gilgamesh, Hombres-Escorpiones -que de la cintura arriba suben al
cielo y de la cintura abajo se hunden en los infiernos- custodian, entre las montañas, la puerta
por la que sale el sol.
De doce partes, que corresponden a los doce signos zodiacales, consta el poema.
EL KRAKEN
El Kraken es una especie escandinava del zaratán y del dragón de mar o culebra de mar de los
árabes.
En 1752, el danés Eric Pontoppidan, Obispo de Bergen, publicó una Historia natural de
Noruega, obra famosa por su hospitalidad o credulidad; en sus páginas se lee que el lomo del
Kraken tiene una milla y media de longitud y que sus brazos pueden abarcar el mayor navío.
El lomo sobresale como una isla; Eric Pontoppidan llega a formular esta norma: "Las islas
flotantes son siempre Krakens". Asimismo escribe que el Kraken suele enturbiar las aguas del
mar con una descarga de liquido; esta sentencia ha sugerido la conjetura de que el Kraken es
una magnificación del pulpo.
Entre las piezas juveniles de Tennyson, hay una dedicada al Kraken. Dice, literalmente, así:
"Bajo los truenos de la superficie, en las honduras del mar abismal, el Kraken duerme su
antiguo, no invadido sueño sin sueños. Pálidos reflejos se agitan alrededor de su oscura
forma; vastas esponjas de milenario crecimiento y altura se inflan sobre él, y en lo profundo
de la luz enfermiza, pulpos innumerables y enormes baten con brazos gigantescos la verdosa
inmovilidad, desde secretas celdas y grutas maravillosas. Yace ahí desde siglos, y yacerá,
cebándose dormido de inmensos gusanos marinos hasta que el fuego del Juicio Final caliente
el abismo. Entonces, para ser visto una sola vez por hombres y por ángeles, rugiendo surgirá
y morirá en la superficie".
KUYATA
Según un mito islámico, Kuyata es un gran toro dotado de cuatro mil ojos, de cuatro mil
orejas, de cuatro mil narices, de cuatro mil bocas, de cuatro mil lenguas y de cuatro mil pies.
Para trasladarse de un ojo a otro o de una oreja a otra bastan quinientos años. A Kuyata lo
sostiene el pez Bahamut; sobre el lomo del toro hay una roca de rubí, sobre la, roca un ángel
y sobre el ángel nuestra tierra.
LOS LAMED WUFNIKS
Hay en la tierra, y hubo siempre, treinta y seis hombres rectos cuya misión es justificar el
mundo ante Dios. Son los Lamed Wufniks. No se conocen entre sí y son muy pobres. Si un
hombre llega al conocimiento de que es un Lamed Wufnik muere inmediatamente y hay otro,
acaso en otra región del planeta, que toma su lugar. Constituyen, sin sospecharlo, los secretos
pilares del universo. Si no fuera por ellos, Dios aniquilaría al género humano. Son nuestros
salvadores y no lo saben.
Esta mística creencia de los judíos ha sido expuesta por Max Brod.
La remota raíz puede buscarse en el capítulo dieciocho del Génesis, donde el Señor declara
que no destruirá la ciudad de Sodoma, si en ella hubiere diez hombres justos.
Los árabes tienen un personaje análogo, los Kutb.
LAS LAMIAS
Según los clásicos latinos y griegos, las Lamias habitaban en África. De la cintura para arriba
su forma era la de una hermosa mujer; más abajo la de una sierpe. Algunos las definieron
como hechiceras; otros como monstruos malignos. La facultad de hablar les faltaba, pero su
silbido era melodioso. En los desiertos atraían a los viajeros, para devorarlos después. Su
remoto origen era divino; procedían de uno de los muchos amores de Zeus. En aquella parte
de su Anatomía de la melancolía ( 1621) que trata de la pasión del amor, Robert Burton narra
la historia de una Lamia, que había asumido forma humana y que sedujo a un joven filósofo
"no menos agraciado que ella". Lo llevó a su palacio, que estaba en la ciudad de Corinto.
Invitado a la boda, el mago Apolonio de Tyana la llamó por su nombre; inmediatamente
desaparecieron la Lamia y el palacio. Poco antes de su muerte, John Keats (1795-1821) se
inspiró en el relato de Burton para componer su poema.
LOS LEMURES
También les dieron el nombre de "larvas". A diferencia de los Lares de la familia, que
protegían a los suyos, los Lemures, que eran las almas de los muertos malvados, erraban por
el mundo infundiendo horror a los hombres. Imparcialmente torturaban a los impíos y a los
justos. En la Roma anterior a la fe de Cristo, celebraban fiestas en su honor, durante el mes
de mayo. Las fiestas se llamaban Lamurias. Fueron instituidas por Rómulo, para apaciguar el
alma de Remo, a quien había ejecutado. Una epidemia asoló a Roma, y el oráculo, consultado
por Rómulo, aconsejó esas fiestas anuales que duraban tres noches. Los templos de las otras
divinidades se clausuraban y estaban prohibidas las bodas.
Era costumbre arrojar habas sobre las tumbas o consumirlas por el fuego, porque el humo
ahuyentaba a los Lemures. También los espantaban los tambores y las palabras mágicas. El
curioso lector puede interrogar Los Fastos de Ovidio.
LA LIEBRE LUNAR
En las manchas lunares, los ingleses creen descifrar la forma de un hombre; dos o tres
referencias al "hombre de la luna", al "man in the moon", hay en el Sueño de una noche de
verano. Shakespeare menciona su haz de espinas o maleza de espinas; ya alguno de los
versos finales del canto vigésimo del Infierno habla de Caín y de las espinas. El comentario de
Tommaso Casini recuerda a este propósito la fábula toscana de que el Señor dio a Caín la luna
por cárcel y lo condenó a cargar un haz de espinas hasta el fin de los tiempos. Otros, en la
luna, ven la Sagrada Familia, y así Lugones pudo escribir en su Lunario sentimental:
Y está todo: la Virgen con el niño; al flanco,
San José (algunos tienen la buena fortuna
De ver su vara); y el buen burrito blanco
Trota que trota los campos de la luna.
Los chinos, en cambio, hablan de la Liebre Lunar. El Buda, en una de sus vidas anteriores,
padeció hambre; para alimentarlo, una Liebre se arrojó al fuego. El Buda, como recompensa,
envió su alma a la luna. Ahí, bajo una acacia, la Liebre tritura en un mortero mágico las
drogas que integran el elixir de la inmortalidad. En el habla popular de ciertas regiones, esta
Liebre se llama "el doctor", o "liebre preciosa", o "liebre de jade".
De la liebre común se cree que vive hasta los mil años y que encanece al envejecer.
LILITH
"Porque antes de Eva fue Lilith", se lee en un texto hebreo. Su leyenda inspiró al poeta inglés
Dante Gabriel Rossetti ( 1828-1882) la composición de Edén Bawer. Lilith era una serpiente;
fue la primera esposa de Adán y le dio "glittering sons and radiant daughters" (hijos
resplandecientes e hijas radiantes). Dios creó a Eva después; Lilith, para vengarse de la mujer
humana de Adán, la instó a probar del fruto prohibido y a concebir a Caín, hermano y asesino
de Abel. Tal es la forma primitiva del mito, seguida por Rossetti. A lo largo de la Edad Media,
el influjo de la palabra "layil", que en hebreo vale por "noche", fue transformándolo. Lilith dejó
de ser una serpiente para ser un espíritu nocturno. A veces es un ángel que rige la generación
de los hombres; otras es demonios que asaltan a los que duermen solos o a los que andan por
los caminos. En la imaginación popular suele asumir la forma de una alta mujer silenciosa, de
negro pelo suelto.
LA MADRE DE LAS TORTUGAS
Veintidós siglos antes de la era cristiana, el justo emperador Yu el Grande recorrió y midió con
sus pasos las Nueve Montañas, los Nueve Ríos y los Nueve Pantanos y dividió la tierra en
Nueve Regiones, aptas para la virtud y la agricultura. Sujetó así las Aguas que amenazaban
inundar el Cielo y la Tierra; los historiadores refieren que la división que impuso al mundo de
los hombres le fue revelada por una Tortuga sobrenatural o angelical que salió de un arroyo.
Hay quien afirma que este reptil, Madre de todas las Tortugas, estaba hecho de agua y de
fuego; otros le atribuyen una sustancia harto menos común: la luz de las estrellas que forman
la constelación del Sagitario. En el lomo se leía un tratado cósmico titulado el Hong Fan (Regla
General) o un diagrama de las Nueve Subdivisiones de ese tratado, hecho de puntos blancos y
negros.
Para los chinos, el cielo es hemisférico y la tierra es cuadrangular; por ello descubren en las
Tortugas una imagen o modelo del universo. Las Tortugas participan, por lo demás, de la
longevidad de lo cósmico; es natural que las incluyan entre los animales espirituales (junto al
unicornio, al dragón, al fénix y al tigre) y que los augures busquen presagios en su caparazón.
Than-Qui (Tortuga-Genio) es el nombre de la que reveló el Hong Fan al emperador.
LA MANDRÁGORA
Como el Borametz, la planta llamada Mandrágora confina con el reino animal, porque grita
cuando la arrancan; ese grito puede enloquecer a quienes lo escuchan (Romeo y Julieta, IV,
3). Pitágoras la llamó "antropomorfa"; el agrónomo latino l.ucio Columela, "semi-homo", y
Alberto Magno pudo escribir que las Mandrágoras figuran la humanidad con la distinción de los
sexos. Antes, Plinio había dicho que la Mandrágora blanca es el macho y la negra es la
hembra. También, que quienes la recogen trazan alrededor tres círculos con la espada y miran
al poniente; el olor de las hojas es tan fuerte que suele dejar mudas a las personas. Arrancarla
era correr el albur de espantosas calamidades; el último libro de la Guerra judía de Flavio
Josefo nos aconseja recurrir a un perro adiestrado. Arrancada la planta, el animal muere, pero
las hojas sirven para fines narcóticos, mágicos y laxantes.
La supuesta forma humana de las Mandrágoras ha sugerido a la superstición que éstas crecen
al pie de los patíbulos. Browne (Pseudodoxia Epidémica, 1646) habla de la grasa de los
ahorcados; el novelista popular Hanns Heinz Ewers (Alraune, 1913), de la simiente.
Mandrágora, en alemán, es Alraune; antes se dijo Alruna; la palabra trae su origen de runa,
que significó "misterio", "cosa escondida", y se aplicó después a los caracteres del primer
alfabeto germánico.
El Génesis (XXX, 14) incluye una curiosa referencia a las virtudes generativas de la
Mandrágora. En el siglo XII, un comentador judeo-alemán del Talmud escribe este párrafo:
"Una especie de cuerda sale de una raíz en el suelo y a la cuerda está atado por el ombligo,
como una calabaza, o melón, el animal llamado Yadu'a, pero el Yadu'a es en todo igual a los
hombres: cara, cuerpo, manos y pies. Desarraiga y destruye todas las cosas, hasta donde
alcanza la cuerda. Hay que romper la cuerda con una flecha, y entonces muere el animal".
El médico Discórides identificó la Mandrágora con la circea, o "hierba de Circe", de la que se
lee en la Odisea, en el libro décimo:
"La raíz es negra, pero la flor es como la leche. Es difícil empresa para los hombres arrancarla
del suelo, pero los dioses son todopoderosos".
EL MANTÍCORA
Plinio (VIII, 30) refiere que, según Ctesias, médico griego de Artajerjes Mnemón, "hay entre
los etíopes un animal llamado Mantícora; tiene tres filas de dientes que calzan entre sí como
los de un peine, cara y orejas de hombre, ojos azules, cuerpo carmesí de león y cola que
termina en un aguijón, como los alacranes. Corre con suma rapidez y es muy aficionado a la
carne humana; su voz es parecida a la consonancia de la flauta y de la trompeta".
Flaubert ha mejorado esta descripción, en las últimas páginas de la Tentación de San Antonio
se lee: "El Mantícora (gigantesco león rojo, de rostro humano, con tres filas de dientes):
"Los tornasoles de mi pelaje escarlata se mezclan a la reverberación de las grandes arenas.
Soplo por mis narices del espanto de las soledades. Escupo la peste. Devoro los ejércitos,
cuando éstos se aventuran en el desierto.
"Mis uñas estan retorcidas como barrenos, mis dientes están tallados en sierra; y mi cola, que
gira, está erizada de dardos que lanzo a derecha, a izquierda, para adelante, para atrás. ¡Mira,
mira!
"El Mantícora arrojo las púas de la cola, que irradian como flechas en todas direcciones.
Llueven gotas de sangre sobre el follaje".
EL MINOTAURO
La idea de una casa hecha para que la gente se pierda es tal vez más rara que la de un
hombre con cabeza de toro, pero las dos se ayudan y la imagen del laberinto conviene a la
imagen del Minotauro. Queda bien que en el centro de una casa monstruosa haya un
habitante monstruoso.
El Minotauro, medio toro y medio hombre, nació de los amores de Pasifae, reina de Creta, con
un toro blanco que Poseidón hizo salir del mar Dédalo, autor del artificio que permitió que se
realizaran tales amores, construyó el laberinto destinado a encerrar y a ocultar al hijo
monstruoso. Éste comía carne humana; para su alimento, el rey de Creta exigió anualmente
de Atenas un tributo de siete mancebos y de siete doncellas. Teseo decidió salvar a su patria
de aquel gravamen y se ofreció voluntariamente. Ariadna, hija del rey, le dio un hilo para que
no se perdiera en los corredores; el héroe mató al Minotauro y pudo salir del laberinto.
Ovidio, en un pentámetro que trata de ser ingenioso, habla del "hombre mitad toro y toro
mitad hombre"; Dante, que conocía las palabras de los antiguos, pero no sus monedas y
monumentos, imaginó al Minotauro con cabeza de hombre y cuerpo de toro (Infierno, XII, 1-
30).
El culto del toro y de la doble hacha (cuyo nombre era "labrys", que luego pudo dar
"laberinto") era típico de las religiones prehelénicas, que celebraban Tauromaquias sagradas.
Formas humanas con cabeza de toro figuraron, a juzgar por las pinturas murales, en la
demonología cretense. Probablemente, la fábula griega del Minotauro es una tardía y torpe
versión de mitos antiquísimos, la sombra de otros sueños aún más horribles.
EL MIRMECOLEÓN
Un animal inconcebible es el Mirmecoleón, definido así por Flaubert: "León por delante,
hormiga por detrás, y con las pudendas al revés". La historia de este monstruo es curiosa. En
las Escrituras (Job, IV, 11) se lee: "El viejo león perece por falta de presa".
El texto hebreo trae "Iayish" por "león"; esta palabra anómala parecía exigir una traducción
que también fuese anómala; los Setenta recordaron un león arábigo que Eliano y Estrabón
llaman "myrmex" y forjaron la palabra "mirmecoleón".
Al cabo de unos siglos, esta derivación se perdió. Myrmex, en griego, vale por "hormiga"; de
las palabras enigmáticas "El león-hormiga perece por falta de presa" salió una fantasía que los
bestiarios medievales multiplicaron:
"El fisiólogo trata del león-hormiga; el padre tiene forma de león, la madre de hormiga; el
padre se alimenta de carne, y la madre de hierbas. Y éstos engendran el león-hormiga, que es
mezcla de los dos y que se parece a los dos porque la parte delantera es de león, la trasera de
hormiga. Así conformado, no puede comer carne, como el padre, ni hierbas, como la madre;
por consiguiente, muere".
LOS MONÓCULOS
Antes de ser nombre de un instrumento, la palabra "monóculo" se aplicó a quienes tenían un
solo ojo. Así, en un soneto redactado a principios del siglo XVII, Góngora pudo hablar del
"Monóculo galán de Galatea". Se refería, claro está, a Polifemo, de quien antes dijo en la
Fábula:
Un monte era de miembros eminente
Este que, de Neptuno hijo fiero,
De un ojo ilustre el orbe de su frente,
Émulo casi del mayor lucero;
Cíclope a quien el pino más valiente
Bastón le obedecía tan ligero,
Y al grave peso junco tan delgado,
Que un día era bastón y otro, caiado.
Negro el cabello, imitador undoso
De las obscuras aguas del Leteo,
Al viento que le peina proceloso
Vuela sin orden, pende sin aseo;
Un torrente es su barba impetuoso
Que, adusto hijo de este Pirineo,
Su pecho inunda, o tarde o mal o en vano
Surcada aún de los dedos de su mano...
Estos versos exageran y debilitan a otros del tercer libro de la Eneida (alabados por
Quintiliano) que a su vez exageran y debilitan a otros del noveno libro de la Odisea. Esta
declinación literaria corresponde a una declinación de la fe poética; Virgilio quiere impresionar
con su Polifemo, pero apenas cree en él, y Góngora sólo cree en lo verbal o en los artificios
verbales.
La nación de los Cíclopes no era la única que tenía un solo ojo; Plinio (VII, 2) también hace
mención de los Arimaspos:
"Nombres notables por tener sólo un ojo, y éste en la mitad de la frente. Viven en perpetua
guerra con los Grifos, especie de monstruos alados, para arrebatarles el oro que éstos extraen
de las entrañas de la tierra y que defienden con no menos codicia que la que ponen los
Arimaspos en despojarlos".
Quinientos años antes, el primer enciclopedista, Herodoto de Halicarnaso, había escrito (III,
116):
"Por el lado del norte, parece que hay en Europa copiosísima abundancia de oro, pero no
sabré decir dónde se halla ni de dónde se extrae. Cuéntase que lo roban a los Grifos los
monóculos Arimaspos; pero es harto grosera la fábula para que pueda creerse que existan en
el mundo hombres que tienen un solo ojo en la cara y son en lo restante como los demás".
EL MONO DE LA TINTA
"Este animal abunda en las regiones del norte y tiene cuatro o cinco pulgadas de largo: está
dotado de un instinto curioso; los ojos son como cornalinas, y el pelo es negro azabache,
sedoso y flexible, suave como una almohada. Es muy aficionado a la tinta china, y cuando las
personas escriben, se sienta con una mano sobre la otra y las piernas cruzadas esperando que
hayan concluido y se bebe el sobrante de la tinta. Después vuelve a sentarse en cuclillas, y se
queda tranquilo". WANG TA-HAI (1791)
EL MONSTRUO AQUERONTE
Un solo hombre, una sola vez, vio al monstruo Aqueronte; el hecho se produjo en el siglo XII,
en la ciudad de Cork. El texto original de la historia, escrito en irlandés, se ha perdido, pero un
monje benedictino de Regensburg (Ratisbona) lo tradujo al latín y de esa traducción el relato
pasó a muchos idiomas y, entre otros, al sueco y al español. De la versión latina quedan
cincuenta y tantos manuscritos, que concuerdan en lo esencial. Visio Tundali (Visión de
Tundal) es su nombre, y se la considera una de las fuentes del poema de Dante.
Empecemos por la voz "Aqueronte". En el décimo libro de la Odisea, es un río infernal y fluye
en los confines occidentales de la tierra habitable. Su nombre retumba en la Eneida, en la
Farsalia de Lucano y en las Metamorfosis de Ovidio. Dante lo graba en un verso:
Su la trista riviera d'Acheronte
Una tradición hace de él un titán castigado; otra, de fecha posterior, lo sitúa no lejos del polo
austral, bajo las constelaciones de las antípodas. Los etruscos tenían libros fatales que
enseñaban la adivinación, y libros aquerónticos que enseñaban los caminos del alma después
de la muerte del cuerpo. Con el tiempo, el "Aqueronte" llega a significar el "infierno". Tundal
era un joven caballero irlandés, educado y valiente, pero de costumbres no irreprochables. Se
enfermó en casa de una amiga y durante tres días y tres noches lo tuvieron por muerto, salvo
que guardaba en el corazón un poco de calor. Cuando volvió en sí, refirió que el ángel de la
guarda le había mostrado las regiones ultraterrenas. De las muchas maravillas que vio, la que
ahora nos interesa es el monstruo Aqueronte. Este es mayor que una montaña. Sus ojos
llamean y su boca es tan grande que nueve mil hombres cabrían en ella. Dos réprobos, como
dos pilares o atlantes, la mantienen abierta; uno está de pie, otro de cabeza. Tres gargantas
conducen al interior; las tres vomitan fuego que no se apaga. Del vientre de la bestia sale la
continua lamentación de infinitos réprobos devorados. Los demonios dicen a Tundal que el
monstruo se llama Aqueronte. El ángel de la guarda desaparece y Tundal es arrastrado con los
demás. Adentro de Aqueronte hay lágrimas, tinieblas, crujir de dientes, fuego, ardor
intolerante, frío glacial, perros, osos, leones y culebras. En esta leyenda, el infierno es un
animal con otros animales adentro.
En 1758, Emmanuel Swedenborg escribió: "No me ha sido otorgado ver la forma general del
Infierno, pero me han dicho que de igual manera que el Cielo tiene forma humana, el Infierno
tiene la forma de un demonio".
LOS NAGAS
Los Nagas pertenecen a las mitologías del Indostán. Se trata de serpientes, pero suelen
asumir forma humana.
Arjuna, en uno de los libros del Mahabharata, es requerido por Ulupi, hijo de un rey Naga, y
quiere hacer valer su voto de castidad; la doncella le recuerda que su deber es socorrer a los
infelices; y el héroe le concede una noche. Buda, meditando bajo la higuera, es castigado por
el viento y la lluvia; un Naga compasivo se le enrosca siete veces alrededor y despliega sobre
él sus siete cabezas, a manera de un techo. El Buda lo convierte a su fe.
Kern, en su Manual del budismo indio, define a los Nagas como serpientes parecidas a las
nubes. Habitan bajo tierra, en hondos palacios. Los sectarios del Gran Vehículo refieren que el
Buda predicó una ley a los hombres y otra a los dioses, y que ésta -la esotérica- fue guardada
en los cielos y palacios de las serpientes, que la entregaron, siglos después, al monje
Nagarjuna.
He aquí una leyenda, recogida en la India por el peregrino Fa Hsien, a principios del siglo V:
"El rey Asoka llegó a un lago, cerca del cual había una torre. Pensó destruirla para edificar otra
más alta. Un brahmán lo hizo penetrar en la torre y, una vez adentro, le dijo:
"-Mi forma humana es ilusoria; soy realmente un Naga, un dragón. Mis culpas hacen que yo
habite este cuerpo espantoso, pero observo la ley que ha dictado el Buda y espero redimirme.
Puedes destruir este santuario, si te crees capaz de erigir otro que sea mejor.
"Le mostró los vasos del culto. El rey los miró con alarma, porque eran muy distintos de los
que fabrican los hombres, y desistió de su propósito".
EL NESNÁS
Entre los monstruos de la Tentación figuran los Nesnás, que "sólo tienen un ojo, una mejilla,
una mano, una pierna, medio cuerpo y medio corazón". Un comentador. Jean-Claude
Margolin, escribe que los ha forjado Flaubert, pero el primer volumen de Las Mi! v Una Noches
de Lane (1839) los atribuye al comercio de los hombres con los demonios. El Nesnás -así
describe Lane la palabra- es "la mitad de un ser humano: tiene media cabeza, medio cuerpo,
un brazo v una pierna; brinca con suma agilidad" y habita en las soledades del Hadramaut y
del Yemen. Es capaz de lenguaje articulado; algunos tienen la cara en el pecho, como los
Blemies, y cola semejante a la de la oveja: su carne es dulce y muy buscada. Una variedad de
Nesnás con alas de murciélago abunda en la isla de Raij (acaso Borneo), en los confines de
China; "pero -añade el incrédulo expositor- Alá sabe todo".
LAS NINFAS
Paracelso limitó su habitación a las aguas, pero los antiguos las dividieron en Ninfas de las
aguas y de la tierra. De estas últimas, algunas presidían sobre los bosques. Las Hamadríadas
moraban invisiblemente en los árboles y perecían con ellos; de otras se creyó que eran
inmortales o que vivían miles de años. Las que habitaban en el mar se llamaban Oceánidas o
Nereidas; las de los ríos, Náyades. Su número preciso no se conoce; Hesíodo aventuró la cifra
de tres mil. Eran doncellas graves y hermosas; verlas podía provocar la locura y, si estaban
desnudas, la muerte. Una línea de Propercio así lo declara.
Los antiguos les ofrendaban miel, aceite y leche. Eran divinidades menores; no se erigieron
templos en su honor.
LAS NORNAS
En la mitología medieval de los escandinavos, las Nornas son las Parcas. Snorri Sturluson, que
a principios del siglo XIII ordenó esa dispersa mitología, nos dice que las principales son tres y
que sus nombres son Pasado, Presente y Porvenir. Es verosímil sospechar que la última
circunstancia es un refinamiento, o adición, de naturaleza teológica; los antiguos germanos no
eran propensos a tales abstracciones. Snorri nos enseña tres doncellas junto a una fuente, al
pie del árbol Yggdrasill, que es el mundo. Urden inexorables nuestra suerte.
El tiempo (de que están hechas) las fue olvidando, pero hacia 1606 William Shakespeare
escribió la tragedia de Macbeth, en cuya primera escena aparecen. Son las tres brujas que
predicen a los guerreros el destino que los aguarda. Shakespeare las llama las "weird sisters",
las "hermanas fatales", las Parcas. Wyrd, entre los anglosajones, era la divinidad silenciosa
que presidía sobre los inmortales y los mortales.
LA ÓCTUPLE SERPIENTE
La Óctuple Serpiente de Koshi atrozmente figura en los mitos cosmogónicos del Japón. Ocho
cabezas y ocho colas tenía; sus ojos eran del color rojo oscuro de las cerezas; pinos y musgo
le crecían en el lomo, y abetos en las frentes. Al reptar, abarcaba ocho valles y ocho colinas;
su vientre siempre estaba manchado de sangre. Siete doncellas, que eran hijas de un rey,
había devorado en siete años y se aprestaba a devorar la menor, que se llamaba Peine-
Arrozal. La salvó un dios, llamado Valeroso-Veloz-Impetuoso-Macho. Este paladín construyó
un gran cercado circular de madera, con ocho plataformas. En cada plataforma puso un tonel,
lleno de cerveza de arroz. La Óctuple Serpiente acudió, metió una cabeza en cada tonel, bebió
con avidez y no tardó en quedarse dormida. Entonces Valeroso-Veloz-Impetuoso-Macho le
cortó las ocho cabezas. De las heridas brotó un río de sangre. En la cola de la Serpiente se
halló una espada, que aún se venera en el Gran Santuario de Atsuta. Estas cosas ocurrieron
en la montaña que antes se llamó de la Serpiente y ahora de Ocho Nubes; el ocho, en el
Japón, es cifra sagrada y significa "muchos". El papel-moneda del Japón aún conmemora la
muerte de la Serpiente.
Inútil agregar que el redentor se casó con la redimida, como Perseo con Andrómeda.
En su versión inglesa de las cosmogonías y teogonías del Japón (The Sacred Scriptures of the
Japanese, Nueva York, 1952), Post Wheeler recuerda los mitos análogos de la Hidra, de Fafnir
y de la diosa egipcia Hathor, a quien un dios embriagó con cerveza color de sangre, para librar
de la aniquilación a los hombres.
ODRADEK
"Unos derivan del eslavo la palabra "odradek" y quieren explicar su formación mediante ese
origen. Otros la derivan del alemán y sólo admiten una influencia del eslavo. La incertidumbre
de ambas interpretaciones es la mejor prueba de que son falsas; además, ninguna de ellas
nos da una explicación de la palabra.
"Naturalmente nadie perdería el tiempo en tales estudios si no existiera realmente un ser que
se llama Odradek. Su aspecto es el de un huso de hilo, plano y con forma de estrella, y la
verdad es que parece hecho de hilo, pero de pedazos de hilos cortados, viejos, anudados y
entreverados, de distinta clase y color. No sólo es un huso; del centro de la estrella sale un
palito transversal, y en este palito se articula otro en ángulo recto. Con ayuda de este último
palito de un lado y uno de los rayos de la estrella del otro, el conjunto puede pararse, como si
tuviera dos piernas.
"Uno estaría tentado de creer que esta estructura tuvo alguna vez una forma adecuada a una
función, y que ahora está rota. Sin embargo, tal no parece ser el caso; por lo menos no hay
ningún indicio en ese sentido: en ninguna parte se ven composturas o roturas; el conjunto
parece inservible, pero a su manera completo. Nada más podemos decir, porque Odradek es
extraordinariamente movedizo y no se deja apresar.
"Puede estar en el cielo raso, en el hueco de la escalera, en los corredores, en el zaguán. A
veces pasan meses sin que uno lo vea. Se ha corrido a las casas vecinas, pero siempre vuelve
a la nuestra. Muchas veces, cuando uno sale de la puerta y lo ve en el descanso de la
escalera, dan ganas de hablarle.
Naturalmente no se le hacen preguntas difíciles, sino que se lo trata -su tamaño diminuto nos
lleva a eso- como a un niño. "¿Cómo te llamas?", le preguntan. "Odradek", dice. "¿Y dónde
vives?" "Domicilio incierto", dice y se ríe, pero es una risa sin pulmones. Suena como un
susurro de hojas secas. Generalmente el diálogo acaba ahí. No siempre se consiguen esas
respuestas; a veces guarda un largo silencio, como la madera, de que parece estar hecho.
"Inútilmente me pregunto qué ocurrirá con él. ¿Puede morir? Todo lo que muere ha tenido
antes una meta, una especie de actividad, y así se ha gastado; esto no corresponde a
Odradek. ¿Bajará la escalera arrastrando hilachas ante los pies de mis hijos y de los hijos de
mis hijos? No hace mal a nadie, pero la idea de que puede sobrevivirme es casi dolorosa para
mí".
Franz Kafka [El título original es Die Sorge des Hausvofers (La preocupación del padre de
familia).]
EL PÁJARO QUE CAUSA LA LLUVIA
Además del dragón, los agricultores chinos disponen del pájaro llamado Shang Yang para
obtener la lluvia. Tiene una sola pata; en épocas antiguas los niños saltaban en un pie y
fruncían las cejas afirmando: "Lloverá porque está retozando el Shang Yang". Se refiere, en
efecto, que bebe el agua de los ríos y la deja caer sobre la tierra.
Un antiguo sabio lo domesticó y solía llevarlo en la manga. Los historiadores registran que se
paseó una vez ante el trono del príncipe Ch'i, agitando las alas y dando brincos. El príncipe,
alarmado, envió a uno de sus ministros a la corte de Lu, para consultar a Confucio. Este
predijo que el Shang Yang produciría inundaciones en la región y en las comarcas adyacentes.
Aconsejó la construcción de diques y canales. El príncipe acató las admoniciones del maestro,
y evitó así grandes desastres.
LA PANTERA
En los bestiarios medievales, la palabra "pantera" indica un animal asaz diferente del
"mamífero carnicero" de la zoología contemporánea. Aristóteles había mencionado que su olor
atrae a los demás animales; Eliano -autor latino apodado Lengua de Miel por su cabal dominio
del griego- declaró que ese olor también era agradable a los hombres. (En este rasgo, algunos
han conjeturado una confusión con el gato de algalia.) Plinio le atribuyó una mancha en el
lomo, de forma circular, que menguaba y crecía con la luna. A estas circunstancias
maravillosas vino a agregarse el hecho de que la Biblia griega de los Setenta usa la palabra
"pantera" en un lugar que puede referirse a Jesús (Oseas, V, 14).
En el bestiario anglosajón del Código de Exeter, la Pantera es un animal solitario y suave, de
melodiosa voz y aliento fragante. Hace su habitación en las montañas, en un lugar secreto. No
tiene otro enemigo que el dragón, con el que sin tregua combate. Duerme tres noches y,
cuando se despierta cantando, multitudes de hombres y animales acuden a su cueva, desde
los campos, los castillos y las ciudades, atraídos por la fragancia y la música. El dragón es el
antiguo enemigo, el Demonio; el despertar es la resurrección del Señor; las multitudes son la
comunidad de los fieles y la Pantera es Jesucristo.
Para atenuar el estupor que puede producir esta alegoría, recordemos que la Pantera no era
una bestia feroz para los Sajones, sino un sonido exótico, no respaldado por una
representación muy concreta. Cabe agregar, a título de curiosidad, que el poema Gerontion,
de Eliot, habla de Christ the tiger, de "Cristo el tigre".
Anota Leonardo da Vinci:
"La Pantera africana es como una leona, pero las patas son más altas, y el cuerpo más sutil.
Es toda blanca y está salpicada de manchas negras que parecen rosetas. Su hermosura deleita
a los animales, que siempre le andarían alrededor, si no fuera por su terrible mirada. La
Pantera, que no ignora esta circunstancia, baja los ojos; los animales se le aproximan para
gozar de tanta belleza y ella atrapa al que está más cerca y lo devora".
EL PELICANO
El Pelícano de la zoología común es un ave acuática, de dos metros de envergadura, con un
pico muy largo y ancho, de cuya mandíbula inferior pende una membrana rojiza que forma
una especie de bolsa para guardar pescado; el de la fábula es menor y su pico es breve y
agudo. Fiel a su nombre, el plumaje del primero es de color blanco; el del segundo es amarillo
y a veces verde. Aún más singular que su aspecto resultan sus costumbres.
Con el pico y las garras, la madre acaricia los hijos con tanta devoción que los mata. A los tres
días llega el padre; éste, desesperado al hallarlos muertos, se abre a picotazos el pecho. La
sangre que derraman sus heridas los resucita... Así refieren los bestiarios el hecho, salvo que
San Jerónimo, en un comentario al Psalmo 102 ("Soy como un pelícano del desierto, soy como
una lechuza del yermo"), atribuye la muerte de los hijos a la serpiente. Que el Pelícano se
abre el pecho y alimenta con su propia sangre a los hijos es la versión común de la fábula.
Sangre que da vida a los muertos sugiere la Eucaristía y la cruz, y así un verso famoso del
Paraíso (XXV, 113) llama "nuestro Pelícano" a Jesucristo. El comentario latino de Benvenuto
de Imola aclara: "Se dice pelícano porque se abrió el costado para salvarnos, como el pelícano
que vivifica a los hijos muertos con la sangre del pecho. El pelícano es ave egipcia. La imagen
del Pelícano es habitual en la heráldica eclesiástica y todavía la graban en los copones. El
bestiario de Leonardo da Vinci define así al Pelícano: "Quiere mucho a sus hijos, y hallándolos
en el nido muertos por las serpientes, se desgarra el pecho y, bañándolos con su sangre, los
vuelve a la vida".
LA PELUDA
A orillas del Huisne, arroyo de apariencia tranquila, merodeaba durante la Edad Media la
Peluda (la velue). Este animal habría sobrevivido el Diluvio, sin haber sido recogido en el arca.
Era del tamaño de un toro; tenía cabeza de serpiente, un cuerpo esférico cubierto de pelaje
verde, armado de aguijones cuya picadura era mortal. Las patas eran anchísimas, semejantes
a las de la tortuga; con la cola, en forma de serpiente, podía matar a las personas y a los
animales. Cuando se encolerizaba, lanzaba llamas que destruían las cosechas. De noche,
saqueaba los establos. Cuando los campesinos la perseguían, se escondía en las aguas del
Huisne, que hacía desbordar, inundando toda la zona.
Prefería devorar los seres inocentes, las doncellas y los niños. Elegía a la doncella más
virtuosa, a la que llamaban la Corderita (l'agnelle). Un día, arrebató a una Corderita y la
arrastró desgarrada y ensangrentada al lecho del Huisne. El novio de la víctima cortó con una
espada la cola de la Peluda, que era su único lugar vulnerable. El monstruo murió
inmediatamente. Lo embalsamaron y festejaron su muerte con tambores, con pífanos y
danzas.
EL PERITIO
Parece que la sibila de Eritrea afirmó en uno de sus oráculos que Roma sería destruida por los
Peritios.
Al desaparecer dichos oráculos en el año 642 de nuestra era (fueron quemados
accidentalmente), quien se ocupó en restituirlos omitió el vaticinio y por ello en los mismos no
hay indicación alguna al respecto.
Ante tan oscuro antecedente, se hizo necesario buscar una fuente que arrojara mayor luz
sobre el particular. Así fue como tras mil y un inconvenientes se supo que en el siglo XVI un
rabino de Fez (con toda seguridad Aaron-Ben-Chaim) había publicado un folleto dedicado a los
animales fantásticos, donde traía a colación la obra de un autor árabe leída por él, en la que
se mencionaba la pérdida de un tratado sobre los Peritios, al incendiar Omar la biblioteca de
Alejandría. Si bien el rabino no ha dado el nombre del autor árabe, tuvo la feliz idea de
transcribir algunos párrafos de su obra, dejándonos una valiosa referencia del Peritio. A falta
de mayores elementos, es juicioso limitarse a copiar textualmente dichos párrafos; helos aquí:
"Los Peritios habitan en la Atlántida y son mitad ciervos, mitad aves. Tienen del ciervo la
cabeza y las patas. En cuanto al cuerpo, es un ave perfecta con sus correspondientes alas y
plumaje.
"Su más asombrosa particularidad consiste en que, cuando les da el sol, en vez de proyectar
la sombra de su figura, proyectan la de un ser humano, de donde algunos concluyen que los
Peritios son espíritus de individuos que murieron lejos de la protección de los dioses.
"...se los ha sorprendido alimentándose de tierra seca... vuelan en bandadas y se los ha visto
a gran altura en las Columnas de Hércules.
"...ellos (los Peritios) son temibles enemigos del género humano. Parece que cuando logran
matar a un hombre, inmediatamente su sombra obedece a su cuerpo y alcanzan el favor de
los dioses...
"...los que cruzaron las aguas con Escipión para vencer a Cartago estuvieron a muy poco de
fracasar en su empresa, pues durante la travesía apareció un grupo compacto de Peritios, que
mataron a muchos... Si bien nuestras armas son impotentes ante el Peritio, el animal no
puede matar a más de un hombre.
"...se revuelca en la sangre de su víctima y luego huye hacia las alturas.
"...En Ravena, donde los vieron hace pocos años, dicen que su plumaje es de color celeste, lo
cual me sorprende mucho por cuanto he "leído" que se trata de un verde muy oscuro".
Aun cuando los párrafos que anteceden son suficientemente explícitos, es lamentable que a
nuestros días no haya llegado ninguna otra información atendible sobre los Peritios.
El folleto del rabino que permitió esta descripción se hallaba depositado hasta antes de la
última guerra mundial en la Universidad de Munich. Doloroso resulta decirlo, pero en la
actualidad ese documento también ha desaparecido, no se sabe si a consecuencia de un
bombardeo o por obra de los nazis.
Es de esperar que, si fue esta última la causa de su pérdida, con el tiempo reaparezca para
adornar alguna biblioteca del mundo.
LOS PIGMEOS
Para los antiguos, esta nación de enanos habitaba en los confines del Indostán o de Etiopía.
Ciertos autores aseveran que edificaban sus moradas con cáscaras de huevo. Otros, como
Aristóteles, han escrito que vivían en cuevas subterráneas. Para cosechar el trigo se armaban
de hachas como para talar una selva. Cabalgaban corderos y cabras, de tamaño adecuado.
Anualmente los invadían bandadas de grullas, procedentes de las llanuras de Rusia.
Pigmeo era asimismo el nombre de una divinidad, cuyo rostro esculpían los cartagineses en la
proa de las naves de guerra, para aterrar a sus enemigos.
LA QUIMERA
La primera noticia de la Quimera está en el libro sexto de la Ilíada. Ahí está escrito que era de
linaje divino y que por delante era un león, por el medio una cabra y por el fin una serpiente;
echaba fuego por la boca y la mató el hermoso Belerofonte, hijo de Glauco, según lo habían
presagiado los dioses. Cabeza de león, vientre de cabra y cola de serpiente, es la
interpretación más natural que admiten las palabras de Homero, pero la Teogonía de Hesíodo
la describe con tres cabezas, y así está figurada en el famoso bronce de Arezzo, que data del
siglo V. En la mitad del lomo está la cabeza de cabra, en una extremidad la de serpiente, en
otra la de león.
En el libro sexto de la Eneida reaparece "la Quimera armada de llamas"; el comentador Servio
Honorato observó qué, según todas las autoridades, el monstruo era originario de Licia y que
en esa región hay un volcán que lleva su nombre. La base está infestada de serpientes, en las
laderas hay praderas y cabras, la cumbre exhala llamaradas y en ella tienen su guarida los
leones; la Quimera seria una metáfora de esa curiosa elevación. Antes, Plutarco había
sugerido que Quimera era el nombre de un capitán de aficiones piráticas, que había hecho
pintar en su barco un león, una cabra y una culebra.
Estas conjeturas absurdas prueban que la Quimera ya estaba cansando a la gente. Mejor que
imaginarla era traducirla en cualquier otra cosa. Era demasiado heterogénea; el león, la cabra
y la serpiente (en algunos textos, el dragón) se resistían a formar un solo animal. Con el
tiempo, la Quimera tiende a ser "lo quimérico"; una broma famosa de Rabelais ("Si una
quimera, bamboleándose en el vacío, puede comer segundas intenciones") marca muy bien la
transición. La incoherente forma desaparece y la palabra queda, para significar lo imposible.
"Idea falsa", "vana imaginación", es la definición de Quimera que ahora da el diccionario.
REPTIL SOÑADO POR C. S. LEWIS
"Lentamente, temblorosa, con movimientos inhumanos una forma humana, escarlata bajo el
resplandor del fuego, salió del orificio a la caverna. Era el Inhumano, desde luego; arrastrando
su pierna rota y con la mandíbula inferior colgante como la de un cadáver, se puso de pie. Y
entonces, poco después de él, otro cuerpo apareció por el agujero. Primero salieron una
especie de ramas de árbol y después seis o siete puntos luminosos agrupados como una
constelación; luego, una masa tubular que reflejaba el resplandor rojo como si estuviese
pulida. El corazón le dio un vuelco al ver las ramas convertirse súbitamente en largos
tentáculos de alambre y los puntos de luz en otros tantos ojos de una cabeza recubierta de
caparazón, que fue seguida de un cuerpo cilíndrico y rugoso. Siguieron horribles cosas
angulares, piernas de varias articulaciones, y finalmente, cuando creía que todo el cuerpo
estaba ya a la vista, apareció otro cuerpo siguiendo al primero y otro tras el segundo. Aquel
ser se dividía en tres partes, unidas entre sí sólo por una especie de cintura de avispa, tres
partes que no parecían estar debidamente alineadas y daban la sensación de haber sido
pisoteadas; era una deformidad temblorosa, enorme, con cien pies, que yacía inmóvil al lado
del Inhumano, proyectando ambos sobre el muro de roca sus dos sombras enormes en unida
amenaza..".
C. S. Lewis. Perelandra, 1949
UN REY DE FUEGO Y SU CABALLO
Heráclito enseñó que el elemento primordial era el fuego, pero ello no equivale a imaginar
seres hechos de fuego, seres labrados en la momentánea y cambiante sustancia de las llamas.
Esta casi imposible concepción la intentó William Morris, en el relato "El anillo dado a Venus"
del ciclo El Paraíso terrenal (1868-1870). Dicen así los versos:
"El Señor de aquellos dominios era un gran rey, coronado y cetrado. Como una llama blanca
resplandecía su rostro, perfilado como un rostro de piedra; pero era un fuego que se
transformaba y no carne, y lo surcaba el deseo, el odio y el terror. Su cabalgadura era
prodigiosa; no era caballo ni dragón ni hipogrifo; se parecía y no se parecía a esas bestias, y
cambiaba como las figuras de un sueño".
Tal vez en lo anterior hay algún influjo de la deliberadamente ambigua personificación de la
Muerte en el Paraíso perdido (II, 666-73). Lo que parece la cabeza lleva corona y el cuerpo se
confunde con la sombra que proyecta alrededor.
LA SALAMANDRA
No sólo es un pequeño dragón que vive en el fuego; es también (si el Diccionario de la
Academia no se equivoca) "un batracio insectívoro de piel lisa, de color negro intenso con
manchas amarillas simétricas". De sus dos caracteres el más conocido es el fabuloso, y a
nadie sorprenderá su inclusión en este manual.
En el libro décimo de su Historia, Plinio declara que la Salamandra es tan fría que apaga el
fuego con su mero contacto; en el veintiuno recapacita, observando incrédulamente que si
tuviera esta virtud que le han atribuido los magos, la usaría para sofocar los incendios. En el
libro undécimo, habla de un animal alado y cuadrúpedo, la Pyrausta, que habita en lo interior
del fuego de las fundiciones de Chipre; si emerge al aire y vuela un pequeño trecho, cae
muerto. El mito posterior de la Salamandra ha incorporado el de ese olvidado animal.
El Fénix fue alegado por los teólogos para probar la resurrección de la carne; la Salamandra,
como ejemplo de que en el fuego pueden vivir los cuerpos. En el libro veintiuno de la Ciudad
de Dios de San Agustín, hay un capítulo que se llama "Si pueden los cuerpos ser perpetuos en
el fuego", y que se abre así:
"¿A qué efecto he de demostrar sino para convencer a los incrédulos de que es posible que los
cuerpos humanos, estando animados y vivientes, no sólo nunca se deshagan y disuelvan con
la muerte, sino que duren también en los tormentos del fuego eterno? Porque no les agrada
que atribuyamos este prodigio a la omnipotencia del Todopoderoso, ruegan que lo
demostremos por medio de algún ejemplo. Respondemos a éstos que hay efectivamente
algunos animales corruptibles porque son mortales, que, sin embargo viven en medio del
fuego".
A la Salamandra y al Fénix recurren también los poetas, como encarecimiento retórico. Así,
Quevedo, en los sonetos del cuarto libro del Parnaso español, que "canta hazañas del amor y
de la hermosura":
Hago verdad al Fénix en la ardiente
Llama, en que renaciendo me renuevo,
Y la virilidad del fuego pruebo
Y que es padre, y que tiene descendiente
La Salamandra fría, que desmiente
Noticia docta, a defender me atrevo,
Cuando en incendios, que sediento bebo
Mi corazón habita, y no los siente...
Al promediar el siglo XII, circuló por las naciones de Europa una falsa carta, dirigida por el
Preste Juan, rey de reyes, al emperador bizantino. Esta epístola, que es un catálogo de
prodigios, habla de monstruosas hormigas que excavan oro, y de un Río de Piedras, y de un
Mar de Arena con peces vivos, y de un espejo altísimo que revela cuanto ocurre en el reino, y
de un cetro labrado de una esmeralda, y de guijarros que confieren invisibilidad o alumbran la
noche. Uno de los párrafos dice: "Nuestros dominios dan el gusano llamado Salamandra. Las
Salamandras viven en el fuego y hacen capullos, que las señoras del palacio devanan, y usan
para tejer telas y vestidos. Para lavar y limpiar estas telas las arrojan al fuego".
De estos lienzos y telas incombustibles que se limpian con fuego, hay mención en Plinio (XIX,
4) y en Marco Polo (I, 39). Aclara este último: "La Salamandra es una substancia, no un
animal". Nadie, al principio, le creyó; las telas, fabricadas de amianto, se vendían como piel de
Salamandra y fueron testimonio incontrovertible de que la Salamandra existía.
En alguna página de su Vida, Benvenuto Cellini cuenta que, a los cinco años, vio jugar en el
fuego a un animalito, parecido a la lagartija. Se lo contó a su padre. Este le dijo que el animal
era una Salamandra y le dio una paliza, para que esa admirable visión, tan pocas veces
permitida a los hombres, se le grabara en la memoria.
Las Salamandras, en la simbología de la alquimia, son espíritus elementales del fuego. En esta
atribución y en un argumento de Aristóteles, que Cicerón ha conservado en el primer libro de
su De natura Deorum, se descubre por qué los hombres propendieron a creer en la
Salamandra. El médico siciliano Empédocles de Agrigento había formulado la teoría de cuatro
"raíces de cosas" cuyas desuniones y uniones, movidas por la Discordia y por el Amor,
componen la historia universal. No hay muerte; sólo hay partículas de "raíces", que los latinos
llamarían "elementos", y que se desunen. Estas son el fuego, la tierra, el aire y el agua. Son
increadas y ninguna es más fuerte que otra. Ahora sabemos (ahora creemos saber) que esta
doctrina es falsa, pero los hombres la juzgaron preciosa y general- mente se admite que fue
benéfica. "Los cuatro elementos que integran y mantienen el mundo y que aún sobreviven en
la poesía y en la imaginación popular tienen una historia larga y gloriosa", ha escrito Theodor
Gomperz. Ahora bien, la doctrina exigía una paridad de los cuatro elementos. Si había
animales de la tierra y del agua, era preciso que hubiera animales del fuego. Era preciso, para
la dignidad de la ciencia, que hubiera Salamandras. En otro artículo veremos cómo Aristóteles
logró animales del aire. Leonardo da Vinci entiende que la Salamandra se alimenta de fuego y
que éste le sirve para cambiar la piel.
LOS SÁTIROS
Así los griegos los llamaron; en Roma les dieron el nombre de Faunos, de Panes y de Silvanos.
De la cintura para abajo eran cabras; el cuerpo, los brazos y el rostro eran humanos y
velludos. Tenían cuernecitos en la frente, orejas puntiagudas y la nariz encorvada. Eran
lascivos y borrachos. Acompañaron al dios Baco en su alegre conquista del Indostán. Tendían
emboscadas a las Ninfas; los deleitaba la danza y tocaban diestramente la flauta. Los
campesinos los veneraban y les ofrecían las primicias de las cosechas. También les
sacrificaban corderos.
Un ejemplar de esas divinidades menores fue apresado en una cueva de Tesalia por los
legionarios de Sila, que lo trajeron a su jefe. Emitía sonidos inarticulados y era tan repulsivo
que Sila inmediatamente ordenó que lo restituyeran a las montañas.
El recuerdo de los Sátiros influyó en la imagen medieval de los diablos.
SERES TÉRMICOS
Al visionario y teósofo Rudolf Steiner le fue revelado que este planeta, antes de ser la tierra
que conocemos, pasó por una etapa solar, y antes por una etapa saturnina. El hombre, ahora,
consta de un cuerpo físico, de un cuerpo etéreo, de un cuerpo astral y de un yo; a principios
de la etapa o época saturnina, era un cuerpo físico, únicamente. Este cuerpo no era visible ni
siquiera tangible, ya que entonces no había en la tierra ni sólidos ni líquidos ni gases. Sólo
había estados de calor, Formas Térmicas. Los diversos colores definían en el espacio cósmico
figuras regulares e irregulares; cada hombre, cada ser, era un organismo hecho de
temperaturas cambiantes. Según el testimonio de Steiner, la humanidad de la época saturnina
fue un ciego y sordo e impalpable conjunto de calores y fríos articulados. "Para el
investigador, el calor no es otra cosa que una substancia aún más sutil que un gas", leemos
en una página de la obra Die Geheimwissenschaft im Umriss (Bosquejo de las Ciencias
Ocultas). Antes de la etapa solar, espíritus del fuego o arcángeles animaron los cuerpos de
aquellos "hombres", que empezaron a brillar y a resplandecer.
¿Soñó estas cosas Rudolf Steiner? ¿Las soñó porque alguna vez habían ocurrido, en el fondo
del tiempo? Lo cierto es que son harto más asombrosas que los demiurgos y serpientes y
toros de otras cosmogonías.
LOS SILFOS
A cada una de las cuatro raíces o elementos en que los griegos habían dividido la materia,
correspondió después un espíritu. En la obra de Paracelso, alquimista y médico suizo del siglo
XVI, figuran cuatro espíritus elementales: los Gnomos de la tierra, las Ninfas del agua, las
Salamandras del fuego, y los Silfos o Sílfides del aire. Estas palabras son de origen griego.
Littré ha buscado la etimología de "Silfo" en las lenguas celtas, pero es del todo inverosímil
que Paracelso conociera o siquiera sospechara esas lenguas.
Nadie cree en los Silfos, ahora; pero la locución "figura de sílfide" sigue aplicándose a las
mujeres esbeltas, como elogio trivial. Los Silfos ocupan un lugar intermedio entre los seres
materiales y los inmateriales. La poesía romántica y el ballet no los han desdeñado.
EL SIMURG
El Simurg es un pájaro inmortal que anida en las ramas del Árbol de la Ciencia. Burton lo
equipara con el águila escandinava que, según la Edda Menor, tiene conocimiento de muchas
cosas y anida en las ramas del Árbol Cósmico, que se llama Yggdrasill.
El Thalaba (1801) de Southey y la Tentación de San Antonio (1874) de Flaubert hablan del
Simorg Anka; Flaubert lo rebaja a servidor de la reina Belkis y lo describe como un pájaro de
plumaje anaranjado y metálico, de cabecita humana, provisto de cuatro alas, de garras de
buitre y de una inmensa cola de pavo real. En las fuentes originales el Simurg es más
importante. Firdusi, en el Libro de reyes, que recopila y versifica antiguas leyendas del Irán, lo
hace padre adoptivo de Zal, padre del héroe del poema; Farid al-Din Attar, en el siglo XIII, lo
eleva a símbolo o imagen de la divinidad. Esto sucede en el Mantiq al-Tayr (Coloquio de los
Pájaros). El argumento de esta alegoría, que integran unos cuatro mil quinientos dÍsticos, es
curioso. El remoto rey de los pájaros, el Simurg, deja caer en el centro de China una pluma
espléndida; los pájaros resuelven buscarlo, hartos de su presente anarquía. Saben que el
nombre de su rey quiere decir "treinta pájaros"; saben que su alcázar está en el Kaf, la
montaña o cordillera circular que rodea la tierra. Al principio, algunos pájaros se acobardan: el
ruiseñor alega su amor por la rosa; el loro, la belleza que es la razón de que viva enjaulado; la
perdiz no puede prescindir de las sierras, ni la garza de los pantanos, ni la lechuza de las
ruinas. Acometen al fin la desesperada aventura; superan siete valles o mares; el nombre del
penúltimo es Vértigo; el último se llama Aniquilación. Muchos peregrinos desertan; otros
mueren en la travesía. Treinta, purificados por sus trabajos, pisan la montaña del Simurg. Lo
contemplan al fin: perciben que ellos son el Simurg, y que el Simurg es cada uno de ellos y
todos ellos.
El cosmógrafo AI-Qazwiní, en sus Maravillas de la creación, afirma que el Simorg Anka vive
mil setecientos años y que, cuando el hijo ha crecido, el padre enciende una pira y se quema.
"Esto -observa Lane- recuerda la leyenda del Fénix".
SIRENAS
A lo largo del tiempo, las Sirenas cambian de forma. Su primer historiador, el rapsoda del
duodécimo libro de la Odisea, no nos dice cómo eran; para Ovidio, son aves de plumaje rojizo
y cara de virgen; para Apolonio de Rodas, de medio cuerpo arriba son mujeres y, abajo, aves
marinas; para el maestro Tirso de Molina (y para la heráldica), "la mitad mujeres, peces la
mitad". No menos discutible es su género; el diccionario clásico de Lempriére entiende que
son ninfas, el de Quicherat que son monstruos y el de Grimal que son demonios. Moran en
una isla del poniente, cerca de la isla de Circe, pero el cadáver de una de ellas, Parténope, fue
encontrado en Campania, y dio su nombre a la famosa ciudad que ahora lleva el de Nápoles, y
el geógrafo Estrabón vio su tumba y presenció los juegos gimnásticos que periódicamente se
celebraban para honrar su memoria.
La Odisea refiere que las Sirenas atraían y perdían a los navegantes y que Ulises, para oír su
canto y no perecer, tapó con cera los oídos de los remeros y ordenó que lo sujetaran al mástil.
Para tentarlo, las Sirenas le ofrecieron el conocimiento de todas las cosas del mundo.
"Nadie ha pasado por aquí en su negro bajel sin haber escuchado de nuestra boca la voz dulce
como el panal, y haberse regocijado con ella y haber proseguido más sabio... Porque sabemos
todas las cosas: cuantos afanes padecieron argivos y troyanos en la ancha Tróada por
determinación de los dioses, y sabemos cuanto sucederá en la tierra fecunda" (Odisea, Xll).
Una tradición recogida por el mitólogo Apolodoro, en su Biblioteca, narra que Orfeo, desde la
nave de los argonautas, cantó con más dulzura que las Sirenas y que éstas se precipitaron al
mar y quedaron convertidas en rocas, porque su ley era morir cuando alguien no sintiera su
hechizo. También la Esfinge se precipitó desde lo alto cuando adivinaron su enigma.
En el siglo VI, una Sirena fue capturada y bautizada en el norte de Gales, y figuró como una
santa en ciertos almanaques antiguos, bajo el nombre de Murgen. Otra, en 1403, pasó por
una brecha en un dique, y habitó en Haarlem hasta el día de su muerte. Nadie la comprendía,
pero le enseñaron a hilar y veneraba como por instinto la cruz. Un cronista del siglo XVI
razonó que no era un pescado porque sabía hilar, y que no era una mujer porque podía vivir
en el agua.
El idioma inglés distingue la Sirena clásica (siren) de las que tienen cola de pez (mermaids).
En la formación de esta última imagen habrían influido por analogía los Tritones, divinidades
del cortejo de Poseidón.
En el décimo libro de la República, ocho Sirenas presiden la revolución de los ocho cielos
concéntricos. Sirena: supuesto animal marino, leemos en un diccionario brutal.
EL SQUONK
(Lacrima corpus dissolvens)
"La zona del Squonk es muy limitada. Fuera de Pennsylvania pocas personas han oído hablar
de él, aunque se dice que es bastante común en los cicutales de aquel Estado. El Squonk es
muy hosco y generalmente viaja a la hora del crepúsculo. La piel, que está cubierta de
verrugas y lunares, no le calza bien; los mejores jueces declaran que es el más desdichado de
todos los animales. Rastrearlo es fácil, porque llora continuamente y deja una huella de
lágrimas. Cuando lo acorralan y no puede huir o cuando lo sorprenden y lo asustan, se
disuelve en lágrimas. Los cazadores de Squonks tienen más éxito en las noches de frío y de
luna, cuando las lágrimas caen despacio y al animal no le gusta moverse; su llanto se oye bajo
las ramas de los oscuros arbustos de cicuta.
"EI señor J. P. Wentling, antes de Pennsylvania y ahora establecido en St. Anthony Park,
Minnesota, tuvo una triste experiencia con un Squonk cerca de Monte Alto. Había remedado el
llanto del Squonk y lo había inducido a meterse en una bolsa, que llevaba a su casa, cuando
de pronto el peso se aligeró y el llanto cesó. Wentling abrió la bolsa; sólo quedaban lágrimas y
burbujas".
William T. Cox. Fearsome Creatures of the Lumberwoods. Washington, 1910
TALOS
Los seres vivos hechos de metal o de piedra integran una especie alarmante de la zoología
fantástica. Recordemos los airados toros de bronce que respiraban fuego y que Jasón, por
obra de las artes mágicas de Medea, logró uncir al arado; la estatua psicológica de Condillac,
de mármol sensible; el barquero de cobre, con una lámina de plomo en el pecho, en la que se
leían nombres y talismanes, que rescató y abandonó, en Las Mil y Una Noches, al tercer
mendigo hijo de rey, cuando éste hubo derribado al jinete de la Montaña del Imán; las
muchachas "de suave plata y de furioso oro" que una diosa de la mitología de William Blake
apresó para un hombre, en redes de seda; las aves de metal que fueron nodrizas de Ares; y
Talos, el guardián de la isla de Creta.
[NOTA: A la serie podemos agregar un animal de tiro: el rápido jabalí Guillinbursti, cuyo
nombre quiere decir "el de cerdas de oro", y que también se llama Slidrugtanni, "el de
peligrosos colmillos". "Esta obra viva de herrería -escribe el mitólogo Paul Herrmann- salió de
la fragua de los habilidosos enanos; éstos arrojaron al fuego una piel de cerdo y sacaron un
jabalí de oro, capaz de recorrer la tierra, el agua y el aire. Por oscura que sea la noche,
siempre hay bastante claridad en el sitio en que esté el jabalí". Guillinbursti tira del coche de
Freyr, dios escandinavo de la generación y de la fecundidad.]
Algunos lo declaran obra de Vulcano o de Dédalo; Apolonio de superviviente de una Raza de
Bronce.
Tres veces al día daba la vuelta a la isla de Creta y arrojaba peñascos a los que pretendían
desembarcar. Caldeado al rojo vivo, abrazaba a los hombres y los mataba. Sólo era vulnerable
en el talón; guiados por la hechicera Medea, Cástor y Pólux, los Dióscuros, le dieron muerte.
EL T'AO-T'IEH
Los poetas y la mitología lo ignoran; pero todos, alguna vez, lo hemos descubierto en la
esquina de un capitel o en el centro de un friso, y hemos sentido un ligerísimo desagrado. El
perro que guardaba los rebaños del triforme Gerión tenía dos cabezas y un cuerpo y
felizmente Hércules lo mató; el T'ao-T'ieh invierte ese procedimiento y es más horrible, porque
la desaforada cabeza proyecta un cuerpo a la derecha y otro a la izquierda. Suele tener seis
patas, porque las delanteras sirven para los dos cuerpos. La cara puede ser de dragón, de
tigre o de persona; "máscara de ogro" la llaman los historiadores del arte. Es un monstruo
formal, inspirado por el demonio de la simetría a escultores, alfareros y ceramistas. Mil
cuatrocientos años antes de la era cristiana, bajo la dinastía de los Shang, ya figuraba en
bronces rituales.
T'ao-T'ieh quiere decir "glotón". Los chinos lo pintan en la vajilla, para enseñar frugalidad.
LOS TIGRES DEL ANNAM
Para los annamitas, tigres o genios personificados por tigres rigen los rumbos del espacio.
El Tigre Rojo preside el sur (que está en lo alto de los mapas); le corresponden el estío y el
fuego.
El Tigre Negro preside el norte; le corresponden el invierno y el agua.
El Tigre Azul preside el oriente; le corresponden la primavera y las plantas.
El Tigre Blanco preside el occidente; le corresponden el otoño y los metales.
Sobre estos Tigres Cardinales hay otro Tigre, el Tigre Amarillo, que gobierna a los otros y está
en el centro, como él Emperador está en el centro de China y China está en el centro del
mundo. (Por eso la llaman el Imperio Central; por eso, ocupa el centro del mapamundi que el
P. Ricci, de la Compañía de Jesús, trazó a fines del siglo XVl para instruir a los chinos.)
Lao Tse ha encomendado a los Cinco Tigres la misión de guerrear contra los demonios. Una
plegaria annamita, vertida al francés por Louis Cho Chod, implora con devoción el socorro de
sus incontenibles ejércitos. Esta superstición es de origen chino; los sinólogos hablan de un
Tigre Blanco, que preside la remota región de las estrellas occidentales. En el sur, los chinos
ubican un Pájaro Rojo; en el oriente, un Dragón Azul; en el norte, una Tortuga negra. Como
se ve, los annamitas han conservado los colores, pero han unificado los animales.
Los Bhils, pueblo del centro del Indostán, creen en infiernos para Tigres; los malayos saben de
una ciudad en el corazón de la jungla, con vigas de huesos humanos, con muros de pieles
humanas, con aleros de cabelleras humanas, construida y habitada por Tigres.
LOS TROLLS
En Inglaterra, las Valquirias quedaron relegadas a las aldeas y degeneraron en brujas; en las
naciones escandinavas los gigantes de la antigua mitología, que habitaban en Jotunheim y
guerreaban con el dios Thor, han decaído en rústicos Trolls. En la cosmogonía que da principio
a la Edda Mayor, se lee que, el día del Crepúsculo de los Dioses, los gigantes escalarán y
romperán Bifrost, el arco iris, y destruirán el mundo, secundados por un lobo y una serpiente;
los Trolls de la superstición popular son Elfos malignos y estúpidos, que moran en las cuevas
de las montañas o en deleznables chozas. Los más distinguidos están dotados de dos o tres
cabezas.
El poema dramático Peer Gynt (1867) de Henrik Ibsen les asegura su fama. Ibsen imagina que
son, ante todo, nacionalistas; piensan, o tratan de pensar que el brebaje atroz que fabrican es
delicioso y que sus cuevas son alcázares. Para que Peer Gynt no perciba la sordidez de su
ámbito, le proponen arrancarle los ojos.
EL UNICORNIO
La primera versión del Unicornio casi coincide con las últimas. Cuatrocientos años antes de la
era cristiana, el griego Ctesias, médico de Artajerjes Mnemón, refiere que en los reinos del
Indostán hay muy veloces asnos silvestres, de pelaje blanco, de cabeza purpúrea, de ojos
azules, provistos de un agudo cuerno en la frente, que en la base es blanco, en la punta rojo y
en el medio es plenamente negro. Plinio agrega otras precisiones (VIII, 31):
"Dan caza en la India a otra fiera: el Unicornio, semejante por el cuerpo al caballo, por la
cabeza al ciervo, por las patas al elefante, por la cola al jabalí. Su mugido es grave; un largo y
negro cuerno se eleva en medio de su frente. Se niega que pueda ser apresado vivo".
El orientalista Schrader, hacia 1892, pensó que el Unicornio pudo haber sido sugerido a los
griegos por ciertos bajorrelieves persas, que representan toros de perfil, con un solo cuerno.
En las Etimologías de Isidoro de Sevilla, redactadas a principios del siglo VII, se lee que una
cornada del Unicornio suele matar al elefante; ello recuerda la análoga victoria del Karkadán
(rinoceronte), en el segundo viaje de Simbad'. Otro adversario del Unicornio era el león, y una
octava real del segundo libro de la inextricable epopeya The Faerie Queene conserva la
manera de su combate. El león se arrima a un árbol; el Unicornio, con la frente baja, lo
embiste; el león se hace a un lado, y el Unicornio queda clavado al tronco. La octava data del
siglo xvI; a principios del XVIII, la unión del reino de Inglaterra con el reino de Escocia
confrontaría en las armas de Gran Bretaña el Leopardo (león) inglés con el Unicornio escocés.
En la Edad Media, los bestiarios enseñan que el Unicornio puede ser apresado por una niña; en
el Physiologus Graecus se lee: "Cómo lo apresan. Le ponen por delante una virgen y salta al
regazo de la virgen y la virgen lo abriga con amor y lo arrebata al palacio de los reyes". Una
medalla de Pisanello y muchas y famosas tapicerías ilustran este triunfo, cuyas aplicaciones
alegóricas son notorias. El Espíritu Santo, Jesucristo, el mercurio y el espacio sideral han sido
figurados por el Unicornio. La obra de Jung Psychologie und Alchemie (Zurich, 1944) historia y
analiza estos simbolismos.
Un caballito blanco con patas traseras de antílope, barba de chivo y un largo y retorcido
cuerno en la frente, es la representación habitual de este animal fantástico.
Leonardo da Vinci atribuye la captura del Unicornio a su sensualidad; ésta le hace olvidar su
fiereza y recostarse en el regazo de la doncella, y así lo apresan los cazadores.
1. Este nos dice que el cuerno del rinoceronte, partido en dos, muestra la figura de un
hombre; AI-Qazwiní dice que la de un hombre a caballo, y otros hablan de pájaros y de peces.
EL UNICORNIO CHINO
El Unicornio Chino o K'i-lin es uno de los cuatro animales de buen agüero; los otros son el
dragón, el fénix y la tortuga. El Unicornio es el primero de los animales cuadrúpedos; tiene
cuerpo de ciervo, cola de buey y cascos de caballo; el cuerno que le crece en la frente está
hecho de carne; el pelaje del lomo es de cinco colores entreverados; el del vientre es pardo o
amarillo. No pisa el pasto verde y no hace mal a ninguna criatura. Su aparición es presagio del
nacimiento de un rey virtuoso. Es de mal agüero que lo hieran o que hallen su cadáver. Mil
años es el término natural de su vida.
Cuando la madre de Confucio lo llevaba en el vientre, los espíritus de los cinco planetas le
trajeron un animal "que tenía la forma de vaca, escamas de dragón y en la frente un cuerno".
Así refiere Soothill la anunciación; una variante recogida por Wilhelm dice que el animal se
presentó solo y escupió una lámina de jade en la que se leían estas palabras:
"Hijo del cristal de la montaña (o de la esencia del agua), cuando haya caído la dinastía,
mandarás como rey sin insignias reales".
Setenta años después, unos cazadores mataron un K'i-lin que aún guardaba en el cuerno un
trozo de cinta que la madre de Confucio le ató. Confucio lo fue a ver y lloró porque sintió lo
que presagiaba la muerte de ese inocente y misterioso animal y porque en la cinta estaba el
pasado.
En el siglo XIII, una avanzada de la caballería de Zingis Khán, que había emprendido la
invasión de la India, divisó en los desiertos un animal "semejante al ciervo, con un cuerno en
la frente, pelaje verde", que les salió al encuentro y les dijo: "Ya es hora de que vuelva a su
tierra vuestro señor". Uno de los ministros chinos de Zingis, consultado por él, explicó que el
animal era un Chio-tuan, una variedad del K'i-lin. Cuatro inviernos hacía que el gran ejército
guerreaba en las regiones occidentales; el Cielo, harto de que los hombres derramaran la
sangre de los hombres, había enviado ese aviso. El emperador desistió de sus planes bélicos.
Veintidós siglos antes de la era cristiana, uno de los jueces de Shun disponía de un "chivo
unicorne", que no agredía a los injustamente acusados y que topaba a los culpables.
En la Anthologie raisonnée de la littérature chinoise (1948), de Margouliés, figura este
misterioso y tranquilo apólogo, obra de un prosista del siglo IX:
"Universalmente se admite que el Unicornio es un ser sobrenatural y de buen agüero; asi lo
declaran las odas, los anales, las biografías de varones ilustres y otros textos cuya autoridad
es indiscutible. Hasta los párvulos y las mujeres del pueblo saben que el Unicornio constituye
un presagio favorable. Pero este animal no figura entre los animales domésticos, no siempre
es fácil encontrarlo, no se presta a una clasificación. No es como el caballo o el toro, el lobo o
el ciervo. En tales condiciones, podríamos estar frente al Unicornio y no sabríamos con
seguridad que lo es. Sabemos que tal animal con crin es caballo y que tal animal con cuernos
es toro. No sabemos cómo es el Unicornio".
EL UROBOROS
Ahora el océano es un mar o un sistema de mares; para los griegos era un río circular que
rodeaba la tierra. Todas las aguas fluían de él y no tenía ni desembocadura ni fuentes. Era
también un dios o un titán, quizás el más antiguo, porque el Sueño, en el libro decimocuarto
de la Ilíada, lo llama origen de los dioses; en la Teogonía de Hesíodo, es el padre de todos los
ríos del mundo, que son tres mil, y que encabezan el Alfeo y el Nilo. Un anciano de barba
caudalosa era su personificación habitual; la humanidad, al cabo de siglos, dio con un símbolo
mejor.
Heráclito había dicho que en la circunferencia el principio y el fin son un solo punto. Un
amuleto griego del siglo llI, conservado en el Museo Británico, nos da la imagen que mejor
puede ilustrar esta infinitud: la serpiente que se muerde la cola o, como bellamente dirá
Martínez Estrada, "que empieza al fin de su cola". Uroboros (el que se devora la cola) es el
nombre técnico de este monstruo, que luego prodigaron los alquimistas.
Su más famosa aparición está en la cosmogonía escandinava. En la Edda Prosaica o Edda
Menor, consta que Loki engendró un lobo y una serpiente. Un oráculo advirtió a los dioses que
estas criaturas serían la perdición de la tierra. A1 lobo, Fenrir, lo sujetaron con una cadena
forjada con seis cosas imaginarias: "el ruido de la pisada del gato, la barba de la mujer, la raíz
de la roca, los tendones del oso, el aliento del pez y la saliva del pájaro". A la serpiente,
Jórmungandr, "la tiraron al mar que rodea la tierra y en el mar ha crecido de tal manera que
ahora también rodea la tierra y se muerde la cola".
En Jótunheim, que es la tierra de los gigantes, Utgarda-Loki desafía al dios Thor a Ievantar un
gato; el dios, empleando toda su fuerza, apenas logra que una de las patas no toque el sueló;
el gato es la serpiente. Thor ha sido engañado por artes mágicas.
Cuando llegue el Crepúsculo de los Dioses, Ia serpiente devorará la tierra, y el lobo, el sol.
LAS VALQUIRIAS
Valquiria significa, en las primitivas lenguas germánicas, "la que elige a los muertos". Un
conjuro anglosajón contra los dolores neurálgicos las describe, sin nombrarlas directamente,
de esta manera:
"Resonantes eran, sí, resonantes, cuando cabalgaban sobre la altura. Eran resueltas, cuando
cabalgaban sobre la tierra. Poderosas mujeres...".
No sabemos cómo las imaginaban las gentes de Alemania o de Austria; en la mitología
escandinava son vírgenes armadas y hermosas. Su número habitual era tres.
Elegían a los caídos en el combate y llevaban sus almas al épico paraíso de Odín, cuya
techumbre era de oro y que iluminaban espadas, no lámparas. Desde la aurora, los guerreros,
en ese paraíso, combatían hasta morir, luego resucitaban y compartían el banquete divino,
donde les ofrecían la carne de un jabalí inmortal e inagotables cuernos de hidromiel.
Bajo el creciente influjo del cristianismo, el nombre de Valquiria degeneró; un juez en la
Inglaterra medieval hizo quemar a una pobre mujer acusada de ser una Valquiria, es decir una
bruja.
LOS YINN
Alá, según la tradición islámica, hizo a los ángeles con luz, a los Yinn con fuego y a los
hombres con polvo. Hay quien afirma que la materia de los segundos es un oscuro fuego de
humo. Fueron creados dos mil años antes de Adán, pero su estirpe no alcanzará el día del
Juicio Final.
Al-Qazwiní los definió como "vastos animales aéreos de cuerpo transparente, capaces de
asumir varias formas". Al principio se muestran como nubes o como altos pilares indefinidos;
luego, según su voluntad, asumen la figura de un hombre, de un chacal, de un lobo, de un
león, de un escorpión o de una culebra. Algunos son creyentes; otros, heréticos o ateos. Antes
de destruir un reptil debemos pedirle que se retire, en nombre del Profeta; y es lícito matarlo
si no obedece. Pueden atravesar un muro macizo o volar por los aires o hacerse bruscamente
invisibles. A menudo llegan al cielo inferior, donde sorprenden la conversación de los ángeles
sobre acontecimientos futuros; esto les permite ayudar a magos y adivinos. Ciertos doctores
les atribuyen la construcción de las Pirámides o, por orden de Salomón, hijo de David, que
conocía el Todopoderoso Nombre de Dios, del Templo de Jerusalén.
Desde las azoteas o los balcones lapidan a la gente; también tienen el hábito de raptar
mujeres hermosas. Para evitar sus depredaciones conviene invocar el nombre de Alá, el
Misericordioso, el Apiadado. Su morada más común son las ruinas, las casas deshabitadas, los
aljibes, los ríos, y los desiertos. Los egipcios afirman que son la causa de las trombas de
arena. Piensan que las estrellas fugaces son dardos arrojados por Alá contra los Yinn
maléficos.
Iblis es su padre y su jefe.
YOUWARKEE
En su Breve historia de la literatura inglesa, Saintsbury considera que Youwarkee es una de
las heroínas más deliciosas de esa literatura. Mitad mujer y mitad pájaro o -como escribiría el
poeta Browning de su esposa muerta, Elizabeth Barrett- mitad ángel y mitad pájaro. Sus
brazos pueden abrirse en alas y un sedoso plumón cubre su cuerpo. Mora en una isla perdida
de los mares antárticos; ahí la descubre un náufrago, Peter Wilkins, que se casa con ella.
Youwarkee es de la estirpe de los Glums, una tribu alada. Wilkins los convierte a la fe de
Cristo, y muerta su mujer, logra regresar a Inglaterra.
La historia de este curioso amor puede leerse en la novela Peter Wilkins (1751), de Robert
Paltock.
EL ZARATAN
Hay un cuento que ha recorrido la geografía y las épocas; el de los navegantes que
desembarcan en una isla sin nombre, que luego se abisma y los pierde, porque está viva.
Figura esta invención en el primer viaje de Simbad y en el canto sexto del Orlando Furioso
(Ch'ella sia una isoletta ci credemo); en la leyenda irlandesa de San Brandán y en el bestiario
griego de Alejandría; en la Historia de las Naciones Septentrionales (Roma, 1555), del prelado
sueco Olao Magno, y en aquel pasaje del primer canto del Paraíso perdido, en el que se
compara el yerto Satán con una gran ballena que duerme sobre la espuma noruega (Him
hap'ly slumbering on the Norway foam).
Paradójicamente, una de las primeras redacciones de la leyenda la refiere para negarla.
Consta en el Libro de los animales de Al-Yahiz, zoólogo musulmán de principios del siglo IX.
Miguel Asín Palacios la ha vertido al español con estas palabras:
"En cuanto al Zaratán, jamás vi a nadie que asegurase haberlo visto con sus ojos. Algunos
marineros pretenden que a veces se han aproximado a ciertas islas marítimas; y en ellas
había bosques y valles y grietas; y han encendido un gran fuego; y cuando el fuego ha llegado
al dorso del Zaratán, ha comenzado éste a deslizarse (sobre las aguas) con ellos (encima) y
con todas las plantas que sobre él había; hasta tal punto, que sólo el que consiguió huir pudo
salvarse. Este cuento colma todos los relatos más fabulosos y atrevidos".
Consideremos ahora un texto del siglo XIII. Lo escribió el cosmógrafo AI-Qazwiní y procede de
la obra titulada Maravillas de la creación. Dice así:
"En cuanto a la tortuga marina, es de tan desaforada grandeza que la gente del barco la toma
por una isla. Uno de los mercaderes ha referido:
"Descubrimos en el mar una isla que se elevaba sobre el agua, con verdes plantas, y
desembarcamos y en la tierra cavamos hoyos para cocinar, y la isla se movió, y los marineros
dijeron: "Volved, porque es una tortuga, y el calor del fuego la ha despertado, y puede
perdernos".
En la Navegación de San Brandán se repite la historia:
"...y entonces navegaron, y arribaron a aquella tierra, pero como en algunos lugares había
escasa profundidad, y en otros, grandes rocas, fueron a una isla, que creyeron segura, e
hicieron fuego para cocinar la cena; pero San Brandán no se movió del buque. Y cuando el
fuego estaba caliente y la carne a punto de asarse, esta isla empezó a moverse, y los monjes
se asustaron y huyeron al buque dejando el fuego y la carne, maravillándose del movimiento.
Y San Brandán los reconfortó y les dijo que era un gran pez llamado Jasconye, que día y noche
trata de morderse la cola, pero es tan largo que no puede".
En el bestiario anglosajón del Códice de Exeter, la peligrosa isla es una ballena, "astuta en el
mal", que embauca deliberadamente a los hombres. Estos acampan en su lomo y buscan
descanso de los trabajos de los mares; de pronto, el Huésped del Océano se sumerge y los
marineros se ahogan.
En el bestiario griego, la ballena quiere significar la ramera de los Proverbios ("sus pies
descienden a la muerte; sus pasos sustentan el sepulcro"); en el bestiario anglosajón,
simboliza el Diablo y el Mal. Guardará ese valor simbólico en Moby Dick, que se escribirá diez
siglos después.
Véase el artículo El Uroboros, pág. 200.
EL ZORRO CHINO
Para la zoología común, el Zorro Chino no difiere mucho de los otros; no así para la zoología
fantástica. Las estadísticas le dan un promedio de vida que oscila entre ochocientos y mil
años. Se le considera de mal agüero y cada parte de su cuerpo goza de una virtud especial. Le
basta golpear la tierra con la cola para causar incendios; puede prever el futuro y asumir
muchas formas, preferentemente de ancianos, de jóvenes doncellas y de eruditos. Es astuto,
cauto y escéptico; su placer está en las travesuras y en las tormentas. Los hombres, cuando
mueren, suelen trasmigrar con cuerpo de Zorros. Su morada está cerca de los sepulcros.
Existen miles de leyendas sobre él; transcribimos una, que no carece de humorismo:
"Wang vio dos Zorros parados en las patas traseras y apoyados contra un árbol. Uno de ellos
tenía una hoja de papel en la mano, y ambos se reían como compartiendo una broma. Trató
de espantarlos, pero se mantuvieron firmes y él disparó contra el del papel; lo hirió en el ojo y
se llevó el papel. En la posada refirió su aventura a los otros huéspedes. Mientras estaba
hablando, entró un hombre que tenía un ojo lastimado. Escuchó con interés el cuento de Wang
y pidió que le mostraran el papel. Wang ya iba a mostrárselo, cuando el posadero notó que el
recién venido tenía cola. "¡Es un Zorro!", exclamó y en el acto el hombre se convirtió en un
Zorro y huyó. Los Zorros intentaron repetidas veces recuperar el papel, que estaba cubierto de
caracteres indescifrables, pero fracasaron. Wang resolvió volver a su casa. En el camino se
encontró con toda su familia, que se dirigía a la capital. Declararon que él mismo Wang les
había ordenado ese viaje, y su madre le mostró la carta en que le pedía que vendiera todas
las propiedades y se reuniera con él en la capital. Wang examinó la carta y vio que era una
hoja en blanco. Aunque ya no tenían techo que los cobijara, Wang ordenó: "Regresemos".
Un día apareció un hermano menor que todos habían dado por muerto. Preguntó por las
desgracias de la familia y Wang le refirió toda la historia. "Ah -dijo el hermano, cuando Wang
llegó a su aventura con los Zorros-, ahí está la raíz de todo el mal", Wang mostró el
documento. Arrancándoselo, su hermano lo guardó con apuro. "Al fin he recobrado lo que
buscaba", exclamó y, convirtiéndose en un Zorro, se fue.

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