BLOOD

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martes, 29 de diciembre de 2009

Soy Leyenda - Richard Matheson

SOY

LEYENDA

RICHARD MATHESON

I

Enero de 1976

1

En aquellos días nublados, Robert Neville no sabía con certeza cuándo se

pondría el sol, y a veces ellos ya ocupaban las calles antes de que él regresara.

Durante toda su vida, la hora del crepúsculo estaba relacionada con el aspecto

del cielo, y por lo general, prefería no alejarse demasiado.

Paseaba alrededor de la casa, bajo una luz grisácea y débil, con un

cigarrillo en la boca y un hilo de humo por encima del hombro. Comprobó que

las ventanas no tuvieran alguna madera suelta. Los ataques más violentos

dejaban tablones rotos o medio arrancados, y debía remendarlos. Odiaba esta

tarea. Hoy afortunadamente, sólo faltaba un tablón.

Cuando estuvo en el patio revisó el invernadero y el depósito de agua. A

veces los hierros que cubrían el depósito se aflojaban y las cañerías estaban

retorcidas o rotas. A veces, en el invernadero, las piedras que arrojaban por

encima del muro agujereaban los cristales y había que cambiarlos.

Pero el depósito y el invernadero estaban intactos en esta ocasión.

Regresó a la casa. Cuando abrió la puerta de calle apareció en el espejo

una imagen de sí mismo absolutamente distorsionada. Hacía un mes que había

colgado allí aquel espejo agrietado. Al cabo de pocos días, algunos trozos caían

en el porche. Puede caer entero, pensó. No tenía idea de colgar allí otro

maldito espejo; no valía la pena. En cambio, había puesto algunas cabezas de

ajo. Darían mejor resultado.

Cruzó lentamente la sala, sumida en el más absoluto silencio, dobló por el

oscuro pasillo de la izquierda, y entró en el dormitorio.

En otro tiempo, la habitación había estado abarrotada de adornos, pero

ahora todo era completamente funcional. Como la cama y el escritorio

ocupaban muy poco espacio, había convertido una pared en almacén.

En el estante se podía encontrar un serrucho, un torno y una piedra de

esmeril. Y en la pared, un muestrario completo de herramientas.

Neville cogió el martillo y encontró, en medio del desorden de una caja,

unos cuantos clavos. Volvió a salir, y clavó rápidamente el tablón que se había

estropeado, arrojando los clavos restantes en la derrumbada puerta próxima.

Permaneció allí durante un rato, de pie en el jardín, contemplando la calle

larga y silenciosa. Era un hombre alto, tenía treinta y seis años y su

ascendencia era inglesa y alemana. En su rostro, nada llamaba especialmente

la atención, excepto la boca, ancha y firme, y los brillantes ojos azules, que

observaban ahora las ruinas de las casas vecinas. Las había quemado para

evitar que se acercaran por los tejados.

Pasados algunos minutos, respiró hondo y volvió a entrar. Arrojó el

martillo sobre el sofá de la entrada, encendió otro cigarrillo y tomó la copa de

la media mañana.

Poco después entró en la cocina de mala gana. Debía deshacerse de la

basura acumulada en el vertedero. Debía también quemar los platos y vasos

de papel, y quitar el polvo a los muebles, y lavar el fregadero y la bañera, y

cambiar las sábanas y la funda de la almohada. Pero vivía solo, y esas cosas

podían esperar.

A mediodía, Neville estaba en el invernadero recogiendo cabezas de ajo.

Al principio su estómago no podía soportar el olor de ajo. Ahora lo tenía

impregnado en las ropas, y a veces pensaba que hasta en la piel, y casi no lo

notaba.

Cuando le pareció que tenía suficientes volvió a casa y los colocó en el

vertedero. Accionó el interruptor de la pared. La luz vaciló unos instantes antes

de brillar normalmente. Neville dejó escapar un chasquido de disgusto entre

las mandíbulas apretadas. Otra vez el generador. Tendría que repasar el

maldito manual y comprobar los cables. Y si la reparación era demasiado

complicada, debería comprar un nuevo generador.

Se sentó, malhumorado, en un taburete junto al vertedero y sacó un

cuchillo. Primero, fue separando los pequeños dientes rosados entre sí, luego

los cortó por la mitad. El acre y penetrante olor inundó la cocina. Puso en

funcionamiento el acondicionador de aire y la atmósfera quedó bastante limpia.

Luego, con un punzón, practicó un agujero en cada mitad de diente y las

atravesó con un alambre hasta formar unos veinticinco collares.

En un principio colgaba estos collares en los cristales, pero la pedrea le

había obligado a tapar todos los cristales con madera terciada. Finalmente

había sustituido estas maderas por tablones, con lo que la casa se había

convertido en un lúgubre sepulcro; pero había puesto fin a aquella lluvia de

piedras y vidrios rotos que entraba todas las noches en las habitaciones. Y una

vez instalados los tres acondicionadores de aire, se pudo respirar mejor. Un

hombre puede acostumbrarse a todo.

Cuando tuvo terminados los collares, salió y los clavó en los tablones de

las ventanas, y retiró luego los viejos porque ya habían perdido casi todo el

olor.

Realizaba este trabajo dos veces por semana. No había otra forma de

defenderse mejor que ésta, por el momento.

¿Defenderse?, pensaba a menudo. ¿Para qué?

Durante la tarde pasó el rato haciendo estacas.

Con la ayuda del torno reducía los tarugos de madera a estacas de veinte

centímetros. Luego les afilaba la punta en la piedra de esmeril.

Era un trabajo agobiante y monótono, y el aserrín flotaba en el aire con su

tibio olor y le penetraba los poros y los pulmones, y le provocaba la tos.

Pero las estacas nunca alcanzaban, independientemente de las que

hiciese. Y los tarugos escaseaban cada vez más. Pronto tendría que usar

tablas. Pensó, irritado, que eso sería el colmo.

Todo era demasiado deprimente y debía pensar en cambiarlo. ¿Pero

cómo, si no podía dedicar ni un minuto a pensar?

Mientras torneaba, el altavoz del dormitorio dejaba llegar el sonido de la

Tercera, la Séptima y la Novena de Beethoven. Con la música llenaba el

terrible vacío del tiempo.

A partir de las cuatro de la tarde empezó a contemplar el reloj de pared.

Trabajaba en silencio, con los labios apretando el cigarrillo, los ojos clavados

en el taladro que mordía la madera sembrando el suelo de un polvo

blanquecino.

Las cuatro y cuarto. Las cuatro y media. Las cinco menos cuarto.

Sólo faltaba una hora y los asquerosos bastardos rodearían la casa. Tan

pronto como se pusiera el sol, aparecerían.

Se detuvo ante la enorme nevera para elegir su cena. Los ojos indecisos

se pasearon por las carnes, los vegetales congelados, los panes y los pasteles,

las frutas y cremas.

Sacó al fin dos costillas de cordero, unos guisantes y una botella de zumo

de naranja. Luego, empujó la puerta con el codo para cerrarla y se acercó a las

latas de conserva que se apilaban hasta el techo. Tomó una de jugo de tomate

y salió de la habitación. En otro tiempo Kathy dormía allí. Ahora era el refugio

de su estómago.

Cruzó la sala. El mural que tapizaba la pared del fondo mostraba un

acantilado, con un hermoso océano verde y azul. Las olas se rompían contra

unas rocas negras. Muy arriba, en el cielo azul, las gaviotas estaban

suspendidas en el aire, y a la derecha un árbol torcido colgaba sobre el abismo

y las ramas oscuras quedaban recortadas contra el cielo.

Neville entró en la cocina y dejó caer los alimentos sobre la mesa, con los

ojos fijos en el reloj. Las seis menos veinte. Faltaba poco.

Puso un poco de agua en una olla y esperó a que hirviera. Luego quitó el

hielo a la carne y la colocó en la parrilla. Cuando el agua estuvo a punto, metió

los guisantes en la olla. El mal funcionamiento del generador, sin duda, era

debido a la cocina eléctrica.

En la mesa cortó dos rebanadas de pan y se sirvió un vaso de jugo de

tomate. Se quedó mirando el segundero que giraba lentamente en la esfera del

reloj.

Después de beber el jugo de tomate fue hasta la puerta y salió al porche.

Dio unos pasos más, atravesó el césped y llegó a la acera.

El cielo se estaba ennegreciendo y soplaba un frío viento. Miró a lo largo

de la calle. Llegarían de un momento a otro.

Oh, en realidad, no eran peores que aquellas malditas tormentas de

arena. Se encogió de hombros, atravesó el jardín y volvió a entrar en la casa.

Cerró la puerta con llave y colocó la tranca en su lugar correspondiente.

Regresó a la cocina, dio la vuelta a las costillas de cordero y apagó la placa en

donde hervían los guisantes.

Estaba sirviéndose la cena cuando se detuvo para mirar el reloj. Hoy

habían llegado a las seis y veinticinco. Ben Cortman gritaba:

—¡Sal, Neville!

Neville se sentó y empezó a comer, suspirando.

Después de cenar, en la sala, trató de leer. Se había preparado un whisky

con soda y lo tenía en la mano mientras hojeaba un texto de fisiología. Del

altavoz instalado en la puerta del vestíbulo le llegaba a gran volumen una obra

de Shoenberg.

No suena bastante alto, pensó. Los oía aún afuera. Oía sus murmullos y

sus pasos, sus gritos, sus gruñidos y sus peleas. De vez en cuando una piedra

o un ladrillo golpeaban la casa. A veces ladraba un perro.

Y todos se reunían allí para lo mismo.

Cerró los ojos por un instante. Luego encendió un cigarrillo con

resignación y dejó que el humo le llenara los pulmones.

Si tuviese tiempo aislaría la casa y evitaría los ruidos. Todo sería mejor si

no tuviera que escucharlos. Aún después de seis meses le destrozaban los

nervios.

Ya ni siquiera los miraba. Al principio había abierto una mirilla en la puerta

para espiarlos. Pero un día las mujeres se dieron cuenta y le incitaban a salir

de la casa con ademanes obscenos.

Dejó el libro y clavó los ojos en la alfombra, escuchando la música de

Verklärte Nacht. Podía ponerse tapones en los oídos y no oiría

los ruidos de la calle; pero entonces tampoco oiría la música, y no quería

quedarse encerrado en un caparazón.

Volvió a cerrar los ojos. La presencia de las mujeres complicaba las cosas,

pensó; las mujeres, como muñecas lascivas en la noche. Esperaban provocarle

y que se decidiera a salir.

Se estremeció. Todas las noches sucedía lo mismo: empezaba a leer y a

escuchar música. Luego pensaba en aislar la casa, y finalmente pensaba en las

mujeres.

De nuevo aquel calor insoportable en las entrañas. Conocía muy bien

aquella sensación y le enfurecía no poder dominarla. El calor era cada vez más

fuerte, hasta que tenía que incorporarse y pasearse por la sala con los puños

apretados. Entonces encendía el proyector y veía una película, o comía mucho,

o bebía mucho, o aumentaba el volumen de la música hasta lastimarse los

oídos.

Sintió que el estómago se le retorcía como un alambre. Recogió el libro e

intentó leer, concentrándose en cada palabra.

Pero un segundo después el libro estaba otra vez sobre sus rodillas. Miró

hacia la biblioteca. Aquella sabiduría no calmaría nunca su fuego; siglos y

siglos de palabras no podían satisfacer aquel deseo imperativo e irracional.

Se sintió enfermo, humillado. Se le habían terminado todas las

posibilidades. Lo habían obligado al celibato, y debía asumirlo.

Extendió la mano, aumentó el volumen de la música y trató de leer una

página entera sin detenerse. Leyó algo sobre corpúsculos sanguíneos que

atraviesan membranas, y pálidas linfas y nódulos linfáticos, y linfocitos y

fagocitos...

...para terminar en el hombro izquierdo, cerca del tórax, en una de las

venas largas del sistema circulatorio...

Cerró el libro de un golpe.

¿Por qué no le dejaban tranquilo? ¿Creían que sería de todos? ¿Eran tan

estúpidos? ¿Por qué venían todas las noches? Después de cinco meses podían

haber desistido y probar suerte en otro lugar.

Fue hasta el bar y se sirvió otra copa. Mientras volvía a su sitio oyó que

unas piedras rodaban por el tejado y caían entre los arbustos del fondo de la

casa. Además del ruido de las piedras, se oían los acostumbrados gritos de Ben

Cortman:

—¡Sal, Neville!

Algún día agarraré a ese bastardo, pensó mientras bebía de un sorbo el

amargo líquido. Algún día lo encontraré y le clavaré una estaca, justo en el

centro de su maldito pecho.

Mañana. Mañana aislaría la casa. No quería pensar más en las mujeres. Si

la aislaba quizá dejaría de pensar en ellas.

La música cesó y Neville sacó los discos del plato y los guardó en sus

fundas. Ahora los sonidos de la calle le llegaban claramente. Cogió un disco

cualquiera, lo puso en el tocadiscos y elevó el volumen.

El año de la plaga, de Roger Leie, le llenó los oídos. Los violines chirriaban

y gemían; los tambores sonaron como los latidos de un corazón agonizante;

las flautas tocaron una extraña melodía átona.

Sacó, furioso, el disco, y lo rompió en su rodilla derecha. Hacía tiempo que

deseaba hacerlo. Caminó luego rígidamente hasta la cocina y echó los pedazos

al cubo de basura. Allí permaneció un rato, en la oscuridad, con los ojos

cerrados y apretando los dientes, tapándose los oídos con los puños. Dejadme

sólo, dejadme solo, ¡dejadme solo!

Era inútil. No podía vencerlos de noche. Era inútil intentarlo; la noche les

pertenecía. Estaba comportándose como un estúpido. Haría mejor mirando una

película, pero no, no tenía ganas de instalar el proyector. Se iría en seguida a

la cama con tapones en los oídos. Al fin y al cabo, así terminaban todas sus

noches.

Rápidamente, tratando de no pensar en nada, entró en el dormitorio y se

desnudó. Se puso los pantalones del pijama y fue al cuarto de baño. Nunca

usaba chaqueta para dormir. Se había acostumbrado en Panamá, durante la

guerra.

Se miró en el espejo mientras se lavaba. Contempló el pecho ancho y

velludo y el tatuaje que le habían hecho en Panamá, una noche. durante una

borrachera. Qué estúpido era en esa época, pensó. Bueno, quizá aquella cruz

adornada le había dado suerte.

Se cepilló los dientes cuidadosamente. Ahora era su propio dentista.

Muchas cosas podían irse al diablo, pero su salud era muy importante. ¿Por

qué no dejo también el alcohol?, pensó, ¿Por qué no acabo con aquel infierno?

Antes de irse a la cama recorrió la casa, apagando luces. Contempló el

mural durante unos minutos y trató de pensar que era realmente el océano.

¿Pero cómo podría concentrarse con todos aquellos chillidos y gritos

nocturnos?

Apagó la luz de la sala y entró en el dormitorio.

Una mueca de disgusto se dibujó en su cara. El aserrín cubría las sábanas.

Lo sacudió con la mano pensando que debía separar el almacén del dormitorio.

Sería mejor hacer esto, sería mejor hacer aquello, pensó cansadamente. Había

tanto que hacer. Nunca resolvería el verdadero problema.

Se puso los tapones en los oídos y se hundió en el silencio. Apagó la luz y

se deslizó entre las sábanas. Eran poco más de las diez. Qué más da, pensó,

me levantaré más temprano.

Tendido en la cama, aspiró profundamente en la oscuridad, esperando que

le viniera el sueño. Pero el silencio no era una gran ayuda. Aún los tenía

grabados; hombres de caras blancas que se arrastraban por la calle, buscando

incesantemente cómo llegar a él. Algunos, quizá en cuclillas, acechando como

perros, chirriaban los dientes y se balanceaban hacia adelante y hacia atrás,

hacia adelante y hacia atrás.

Y las mujeres... ¿Pero iba a pensar otra vez en ellas? Se acostó boca

abajo profiriendo una maldición y apretó la cabeza contra la almohada. Así se

quedó durante un rato, respirando pesadamente, retorciéndose.

Todas las noches pronunciaba mentalmente el mismo deseo: ¡Que llegue

la mañana. Dios, haz que llegue la mañana!

Soñó con Virginia y gritó durante el sueño y los dedos se le clavaron en la

colcha como garras.

2

El despertador sonó a las cinco y media. Neville estiró el brazo entumecido

y lo paró.

Buscó los cigarrillos, encendió uno, y se sentó a fumar en la cama. Al cabo

de un rato se levantó, cruzó la sala y espió por la mirilla.

Afuera, en el césped, las oscuras figuras se alzaban como guardianes.

Mientras miraba algunas empezaron a alejarse, y se oían murmullos de

descontento. Otra noche llegaba a su fin.

Volvió al dormitorio, encendió la luz y empezó a vestirse. Mientras se

ponía la camisa oyó el grito de Ben Cortman:

—¡Sal, Neville!

Y eso fue todo. En seguida se alejarían, más débiles que antes. Quizá se

habían atacado entre ellos, lo que ocurría a menudo. Nada los unía. Obedecían

sólo a una necesidad.

Una vez vestido, Neville se sentó en la cama y escribió la lista de los

recados del día:

Torno en Sears.

Agua.

Generador.

Madera (?).

Rutina.

Terminó rápidamente el desayuno: un vaso de zumo de naranja, una

tostada y dos tazas de café. No podía acostumbrarse a comer con tranquilidad.

Arrojó el vaso y el plato de papel en el cubo de basura y se cepilló los

dientes. Conservaba ese hábito, y eso le consoló.

Cuando llegó a la puerta, alzó los ojos. El cielo estaba claro, casi sin

nubes. Hoy podía salir. Fantástico.

En el suelo del porche tropezó con algunos pedazos del espejo. Bueno,

seguía rompiéndose. Lo limpiaría luego.

Había un cuerpo sin vida en la acera y otro entre las ruinas de la casa

vecina. Ambas eran mujeres. Eran casi siempre mujeres las víctimas.

Abrió la puerta del garaje y sacó marcha atrás su furgoneta Willys. Bajó

luego y abrió la puerta trasera. Se puso unos gruesos guantes y se acercó a la

mujer de la acera.

Mientras arrastraba los cuerpos por el césped y los arrojaba a la lona

pensó que a la luz del día no eran en absoluto atractivas. No había ni una gota

en ellas; tenían el color del pescado. Cerró la caja.

Recorrió el jardín recogiendo en un saco todos los ladrillos y piedras que le

habían arrojado. Lo llevó al coche y se quitó los guantes. Luego entró de nuevo

en la casa, se lavó las manos y preparó unos bizcochos y un termo de café

caliente.

Entró en el dormitorio y recogió el haz de estacas. Se lo cargó al hombro,

cogió un martillo de la pared y volvió a salir.

Esa mañana no trataría de encontrar a Ben Cortman. Había otras cosas

que hacer. Durante un instante recordó su intención de aislar la casa. Bueno,

al diablo con eso. Lo haría otro día, quizá algún día que estuviera nublado.

Se metió en la camioneta y releyó su lista. El torno era imprescindible.

Pero antes debía librarse de los cuerpos.

Puso el motor en marcha y retrocedió rápidamente hacia el bulevar

Compton. Desde allí se dirigió al este. Las casas se alzaban a ambos lados de

la calle, silenciosas y vacías; los coches estaban aparcados a lo largo de las

aceras.

Bajó la vista un momento y examinó el indicador del combustible. Aún

quedaba medio depósito, pero sería bueno detenerse en la avenida Western y

llenarlo. Por el momento, no había motivo para utilizar la gasolina almacenada

en el garaje.

Entró en la callada gasolinera. Acercó un bidón y con la manguera

comenzó a llenar el depósito hasta que éste desbordó y el líquido se

desparramó por el cemento.

Revisó el aceite, el agua, la batería y los neumáticos. Todo estaba en

orden. Así sucedía casi siempre, porque lo cuidaba mucho. Si se le estropeara

alguna vez y no pudiese regresar antes del crepúsculo...

Bueno, no había motivo para preocuparse. Si eso ocurriera, sería el fin.

Continuó por el bulevar Compton hasta dejar atrás la gasolinera y las

otras calles muertas. No se veía a nadie.

Pero Neville sabía dónde estaban.

El fuego aún ardía. Cuando estuvo más cerca se puso los guantes y la

máscara de gas y se quedó mirando la oscura columna de humo que oscilaba

sobre la tierra. Todo el campo, desde junio de 1975, era un gran pozo.

Detuvo el coche y bajó rápidamente de un salto, ansioso por terminar

cuanto antes. Abrió la puerta trasera, tiró de uno de los cuerpos y lo arrastró

hasta el borde del pozo. Allí lo levantó y le dio un empujón.

El cuerpo bajó rodando hasta el fondo ceniciento y humeante.

Regresó a la furgoneta jadeando, a pesar de la máscara de gas.

Empujó el otro cuerpo al pozo y tiró el saco de ladrillos y piedras, y se

alejó de allí a toda prisa.

Cuando se hubo alejado un kilómetro, se sacó la máscara y los guantes y

los echó atrás. Abrió la ventanilla y se puso a respirar a bocanadas el aire frío.

Sacó un frasco de la guantera y tomó un largo trago de whisky. Luego

encendió un cigarrillo y aspiró profundamente el humo. En ocasiones, debía ir

todos los días al pozo, durante varias semanas, y siempre se sentía enfermo.

En algún lugar, allá abajo, estaba Kathy.

Camino de Inglewood se detuvo en un mercado en busca de agua mineral.

Cuando entró en el silencioso almacén sintió de pronto el fétido olor de los

alimentos putrefactos. Empujó rápidamente el carrito a lo largo de los

silenciosos y polvorientos almacenes.

Por fin encontró las botellas de agua. En el fondo, una puerta se abría a

unos pocos escalones. Metió las botellas en el carrito y subió. El propietario del

mercado debería estar en el piso de arriba.

Eran dos. En el vestíbulo, recostada en un sofá, había una mujer de unos

treinta años, enfundada en una bata roja. Respiraba lentamente, tenía los ojos

cerrados y las manos cruzadas sobre el estómago.

Neville buscó el martillo y la estaca. Siempre era difícil clavársela cuando

estaban vivos, especialmente a las mujeres. De nuevo sintió aquella urgencia

insensata que le endurecía los músculos.

La mujer no profirió sonido alguno, excepto un ronco estertor. Mientras

entraba en la alcoba, Neville oyó algo similar a un ruido de agua. Bueno, ¿qué

otra cosa podía hacerse?, se preguntó. No sabía aún si se habría equivocado.

Se detuvo en la entrada de la habitación, mirando fijamente la cama, con

el pecho agitado y respirando con dificultad. Luego, obedeciendo a un impulso,

se acercó y miró a la niña.

¿Por qué todas me recuerdan a Kathy?, pensó, sacando la segunda estaca

con manos temblorosas.

Siguió su camino, y mientras se acercaba lentamente a Sears trató de

olvidar, pensando en el efecto de las estacas.

Cruzó, preocupado, la desierta avenida. Sólo se oía el apagado gruñido de

su motor. Parecía increíble que ahora, después de cinco meses, comenzara a

preocuparse.

¿Y cómo sabía que siempre acertaba en el corazón? Tenía que ser en el

corazón, lo había dicho el doctor Busch. Sin embargo, él, Neville, no tenía

conocimientos de anatomía.

Frunció el ceño. Era irritante haber actuado en todo ese odioso proceso sin

haber titubeado una sola vez.

Sacudió la cabeza. Debo pensar detenidamente en todo esto, ordenar las

preguntas antes de respondérmelas. Hay que hacer las cosas de un modo

científico.

Sí, sí, sí, pensó, sombras del viejo Fritz. Neville estaba en desacuerdo con

su padre, y había luchado contra su pensamiento mecánico y lógico. El viejo

Fritz había muerto negando violentamente la existencia de los vampiros, hasta

el último instante.

Encontró el torno en Sears. Lo cargó en la furgoneta y luego registró el

edificio.

Vio a cinco en el sótano, escondidos en oscuros lugares, y halló uno en

una nevera. Cuando vio al hombre metido allí, en ese ataúd de porcelana, no

pudo contener la risa.

Más tarde se dio cuenta de que sólo un mundo sin humor justificaba esa

risa.

Hacia las dos se detuvo y almorzó. Todo parecía tener sabor a ajo.

Era sorprendente el efecto del ajo. El olor debía alejarlos, ¿pero por qué?

Había muchos puntos oscuros: que no salieran de día, que no soportaran

el ajo, que los mataran definitivamente las estacas, que temieran las cruces y

que evitaran los espejos.

Según la leyenda, eran invisibles en los espejos o se transformaban en

murciélagos. Pero la ciencia y la realidad habían logrado vencer aquellas

supersticiones. Asimismo, era disparatado creer que se transformaban en

lobos. Sin duda alguna, existían perros vampiros; los había visto y oído fuera

de la casa, de noche. Pero sólo eran perros.

Neville apretó los labios. Olvídalos, se dijo a sí mismo; no estás preparado

aún. Algún día podrás entender todo esto, pero ahora no. Hay cuestiones más

urgentes que resolver.

Después del almuerzo, fue de casa en casa y utilizó todas las estacas.

Cuarenta y siete.

3

'La fuerza del vampiro reside en que nadie cree en él'.

Gracias, doctor Van Helsing, pensó Neville dejando a un lado su ejemplar

de Drácula. Se quedó con los ojos fijos en la biblioteca, escuchando el segundo

concierto para piano de Brahms, con un vaso de whisky en la mano derecha y

un cigarrillo en la izquierda.

En efecto. El libro era un compendio de supersticiones y

convencionalismos simples pero esa línea decía la verdad. Nadie había creído

en ellos, ¿y cómo se podían luchar contra algo inverosímil?

Así había sido. Algo oscuro y nocturno se había cruzado en las sombras

medievales. Algo imposible e inconsistente, algo que sólo existía en hechos e

ideas, en las páginas de la literatura fantástica. Los vampiros pertenecían a

otra época, como los idilios de Summers o los melodramas de Stoker. Eran

apenas unas líneas en la Enciclopedia Británica o quizás material para

escritores o películas de mediana calidad. Una débil leyenda que se había

transmitido de siglo en siglo.

Bueno, pues ahora era cierto.

Tomó un sorbo de whisky y cerró los ojos, dejando bajar el líquido helado

por la garganta hasta calentarle el estómago. Era cierto, pensó, pero nadie

había podido averiguarlo. Oh, sabían que existía algo, pero de ninguna manera

podía ser eso. Eso era algo imaginario, una mera superstición, no había nada

semejante en la vida real.

Y antes de que la ciencia hubiese destruido la leyenda, la leyenda

devoraría la ciencia y todo lo demás.

Ese día no había buscado madera. No había revisado el generador. No

había recogido los trozos de espejo rotos. Ni siquiera había cenado; no tenía

apetito. Sucedía a menudo. No podía hacer aquello y comer luego

despreocupadamente. Ni aún después de cinco meses.

Pensó en los niños que había visto aquella tarde y apuró su bebida.

Parpadeó y las paredes de la habitación bailaron un poco ante él. Te estás

emborrachando, hombre, se dijo a sí mismo. ¿Y qué importa?, replicó. ¿Tenía

alguien más derecho?

Lanzó el libro al otro extremo del cuarto. Adiós, Van Helsing, y Mina, y

Jonathan, y tú, conde de ojos sanguinolentos. Ficciones, extrapolaciones

estúpidas de un tema sombrío.

Tosió atragantándose. Afuera, Ben Cortman lo invitaba a salir una noche

más. Espera ahí, Benny, no te vayas, pensó. Espera a que me ponga el

smoking.

Espera, Benny. Bueno, ¿por qué no?, se preguntaba. ¿Por qué no salir

ahora? Sólo así podría librarse definitivamente de ellos.

Convirtiéndose en uno de ellos.

Se rió entre dientes. Era muy simple. Se incorporó y se acercó

tambaleándose al bar. ¿Por qué no? ¿Por qué sufrir tanto cuando con sólo abrir

una puerta y bajar unos escalones se solucionaría todo en seguida?»

Había, por supuesto, una ínfima posibilidad de que existieran otros como

él en alguna parte, intentando sobrevivir, esperando poder encontrar algún día

a gentes de su especie. ¿Pero cómo podía encontrarlos si vivían a más de un

día de viaje?

Encogiéndose de hombros, se llenó de nuevo el vaso con whisky. ¿Cuál

era su actividad desde hacía meses? Poner collares de ajo en las ventanas,

redes en el invernadero, quemar los cuerpos, quitar las piedras y, poco a poco,

ir reduciendo aquella multitud. ¿Por qué engañarse a sí mismo? Nunca había

encontrado a nadie más.

Se dejó caer pesadamente en el sofá. Aquí estoy, comodísimo, acosado

por un regimiento de sedientos de sangre que sólo aspiran a sorber libremente

la mía. Tomen un trago, caballeros, éste es realmente por mí.

Una mueca de odio apareció en su rostro. ¡Bastardos! ¡Los mataré a todos

antes que ceder! Apretó con fuerza la mano derecha y el vaso estalló en

pedazos.

Bajó los ojos y miró turbiamente los cristales en el suelo, el resto todavía

seguía en su mano, y la sangre diluida en whisky goteaba lentamente.

¿Les gustaría verla?, se preguntó. Se incorporó, furioso, de un salto, y

casi abrió la puerta. Sería bueno frotarles la cara con la mano y oírlos aullar.

Cerró en seguida los ojos, sacudiéndose. Contrólate, amigo, pensó. Ve a

vendarte esa condenada mano.

Entró en el cuarto de baño dando un traspiés y se lavó cuidadosamente la

mano, estremeciéndose cuando la tintura de yodo entraba en la herida. Se

vendó luego torpemente. Respiraba con dificultad y el sudor le bañaba la

frente. Deseaba un cigarrillo.

Volvió a la sala, cambió Brahms por Bernstein y encendió un cigarrillo.

¿Qué haré si un día me faltan los clavos para los ataúdes?, se preguntó

observando la lenta columna de humo azul. Bueno, sería difícil que eso

ocurriera. Tenía mil cajas en el armario de Kathy ...

En la despensa, se corrigió, la despensa, la despensa.

El cuarto de Kathy.

Miró con ojos apagados el mural mientras La edad de la ansiedad le

invadía los oídos. Edad de la ansiedad, meditó. Te creías ansioso, Lenny. Lenny

y Benny, ustedes dos debían conocerse. Compositor, le presento al cadáver.

Mamá, cuando sea mayor quiero ser un vampiro como papá. Oh, querido mío,

Dios te bendiga, claro que llegarás a serlo.

El whisky gorgoteó en el vaso. Hizo una mueca de dolor y cambió de

mano la botella.

Se sentó y bebió. Apuremos el gastado filo de la sobriedad, pensó.

Arrastremos la desmenuzada visión de la realidad cuanto antes. Los odio.

El cuarto comenzó a girar sobre sí mismo y el suelo se onduló bajo la silla.

Una agradable neblina cubrió todas las cosas. Neville miró el vaso, los discos.

Reposó la cabeza primero a un lado y luego al otro. Afuera ellos rondaban,

murmuraban y esperaban a que saliera. Pobres vampiros, pensó, pobres

criaturas, tan abandonadas, paseándose frente a mi casa como gatitos

sedientos.

Tuvo una idea. Alzó el meñique, que apareció tembloroso ante sus ojos.

Amigos, me acercaré a vosotros para discutir sobre los vampiros. Un

representante de la minoría siempre lo hubo.

Pero voy a esbozar concretamente las bases de mi tesis: los vampiros son

víctimas de un prejuicio.

La explicación de dicho prejuicio es ésta: Se los desprecia porque se los

teme; por lo tanto...

Neville siguió bebiendo.

Una vez, en las noches de la Edad Media, los vampiros habían sido muy

poderosos y enormemente temidos. Se los consideraba anatema, y todavía lo

eran. La sociedad los perseguía sin descanso.

¿Pero son sus necesidades más detestables que las de otros animales e

incluso las de algunos hombres? Realmente, reflexiona, ¿es tan malo el

vampiro?

A fin de cuentas, sólo bebe sangre.

¿Por qué entonces ese profundo odio, esa condenación eterna? ¿Por qué el

vampiro no era libre de elegir su vivienda? ¿Por qué debía estar siempre

oculto? ¿Por qué exterminarlos? Ah, ¿te das cuenta? El desamparado inocente

ha terminado convirtiéndose en un animal perseguido. El vampiro carece de

medios propios para subsistir, no puede educarse. Se le niega el derecho del

voto. No es extraño que arrastre una existencia nocturna y depredadora.

Neville dejó escapar un gruñido. Claro, todo es cierto, pero no permitiría

que mi hermana se casase con uno de ellos.

Era un callejón sin salida, pensó, encogiéndose de hombros.

La música cesó. La aguja siguió patinando sobre los surcos negros. Neville

sintió que un frío le subía por las piernas. Eso le pasaba cuando bebía

demasiado. Uno deja de saborear las delicias de la bebida. Ya no hay consuelo

en el alcohol. El derrumbe se adelanta a la dicha. El cuarto estaba volviendo a

su lugar original. Los sonidos de la calle le aturdían de nuevo.

—¡Sal, Neville!

Se le hizo un nudo en la garganta y exhaló un ronco suspiro. Sal. Las

mujeres esperaban allí, con los vestidos abiertos o desnudas. Su piel espera mi

roce, sus labios esperan... mi sangre, ¡mi sangre!

Como si no se tratara de su propia mano, Neville se miró el puño pálido

que se alzaba lenta y temblorosamente, para caer luego sobre su pierna. El

dolor le hizo aspirar el aire enrarecido. Por todas partes se olía a ajo. En la

ropa, los muebles y en la comida, y aun en el whisky. Sírvame un poco de ajo

con soda, por favor. El chiste murió rápidamente.

Se levantó y comenzó a pasearse. ¿Qué haré ahora? ¿Caeré en la rutina

de todas las noches? Leer, beber, pensar en aislar la casa, pensar en las

mujeres. Las mujeres, desnudas, anhelantes y sedientas de sangre,

desplegaban ante él los cálidos cuerpos. No, no eran cálidos.

Un quejido tembloroso le subió por el pecho y la garganta. ¿Qué

esperaban aquellos malditos? ¿Suponían que iba a sucumbir y entregarse?

Quizá estaban en lo cierto. Ya estaba levantando la tranca de la puerta.

Muchachas, humedézcanse los labios que voy ahora mismo.

Afuera, oyeron el ruido de la tranca y un alarido de anticipación llenó la

noche.

Neville giró sobre sí mismo, retrocedió y golpeó con los puños la pared

con tal fuerza que agrietó el yeso y se lastimó la piel.

Después de un rato logró recuperar la calma. Puso la tranca en la puerta y

se dirigió al dormitorio. Se dejó caer en la cama, de espaldas, gimiendo. La

mano izquierda golpeó una vez, débilmente, el cabezal de la cama.

¡Dios mío!, pensó ¿hasta cuándo, hasta cuándo?

4

Neville no pensó en poner el despertador y el timbre no sonó aquella

mañana. Durmió toda la noche a pierna suelta, el cuerpo inmóvil, como forjado

en hierro. Cuando por fin abrió los ojos, eran las diez.

Se incorporó con un murmullo de disgusto, sacando las piernas fuera de la

cama. Le latían las sienes como si el cerebro quisiera salir del cráneo.

Fantástico, pensó, esto es la borrachera de anoche. No necesitaba más

averiguaciones.

Se levantó, y quejándose, fue arrastrándose hasta el cuarto de baño, y se

remojó la cara y la cabeza en agua bien fría. No es suficiente, protestó, no. Me

siento realmente mal. El hombre que se reflejaba en el espejo era flaco,

barbudo, y aparentaba más de cuarenta años. Amor, tu mágico encanto

alcanza a todos los hombres. Estas palabras ininteligibles le golpearon en el

cerebro como sábanas mojadas en el viento.

Cruzó lentamente el vestíbulo y desatrancó la puerta de calle. Una

maldición salió de sus labios cuando vio a otra mujer tendida en la acera.

Sintió que la ira le invadía el cuerpo, pero eso aumentó los latidos del cráneo y

se controló. Estoy enfermo, pensó.

El cielo era de un gris plomizo. ¡Bien!, dijo. ¡Otro día encerrado en esta

covacha! Dio un portazo con rabia, pero en seguida se arrepintió, gimiendo. El

golpe se le había metido en el cerebro. Afuera oyó caer los últimos restos del

espejo. Apretó los labios haciendo una débil mueca.

Las dos tazas de café sólo empeoraron las cosas todavía más. Dejó la taza

y regresó al vestíbulo. Al diablo con todo, pensó. Volveré a emborracharme.

Pero el alcohol le sabía a trementina. Visiblemente contrariado, arrojó el

vaso contra la pared y se quedó contemplando cómo el líquido mojaba la

alfombra. Demonios, me voy a quedar sin vasos. La idea lo enfureció.

Se hundió en el sofá y se quedó allí sacudiendo la cabeza con suavidad.

Era inútil; se sentía vencido. Los oscuros bastardos lo habían vencido.

De nuevo le atacaba aquella inquietante sensación. Sentía como si su

cuerpo se expandiera y que la casa se contraía sobre él, y que en cualquier

momento el armazón volaría en pedazos; maderas, yeso y ladrillos. Se levantó

y se dirigió rápidamente hacia la puerta.

Se detuvo en el césped, respirando profundamente el aire húmedo, de

espaldas a la casa. Pero las otras casas no eran menos desagradables, y

también las odiaba, así como el pavimento y las aceras y los jardines y toda la

calle.

Y de pronto se dio cuenta de que debía irse de allí. Estuviera nublado o

no, debía salir inmediatamente.

Cerró la puerta de la calle, sacó el candado del garaje y alzó la pesada

puerta. No se entretuvo en bajarla. Volveré pronto, pensó. Será sólo un

momento.

Sacó rápidamente la furgoneta, e hizo marcha atrás hasta la calle. Dio

vuelta y apretó el acelerador, entrando en el bulevar Compton. No llevaba

rumbo alguno.

Dobló la esquina a unos sesenta kilómetros por hora y antes de cruzar la

próxima bocacalle ya corría a más de noventa. El coche saltaba hacia adelante.

La pierna tensa de Neville apretaba el acelerador a fondo. Las manos eran de

hielo en el volante. Por el bulevar vacío y muerto alcanzó los ciento veinte

kilómetros por hora: un impresionante rugido quebraba aquella opresiva

quietud.

La hierba del cementerio había crecido tan aprisa que ya se doblaba sobre

sí misma, crujiendo bajo los pesados zapatos de Neville. No se oía más sonido

que el de sus pisadas y el desafortunado canto de los pájaros. En un tiempo

creí que cantaban porque todo estaba bien en el mundo, reflexionó Neville. Me

equivoqué. Cantan porque son débiles mentales.

Había recorrido diez kilómetros antes de descubrir a dónde se dirigía. Era

raro cómo se lo había ocultado. En principio sólo estaba enfermo y deprimido y

necesitaba salir de la casa. No se había dado cuenta de que iba a visitar a

Virginia.

Pero había venido directamente y a toda velocidad. Había detenido la

furgoneta junto a la acera, cruzando a pie la herrumbosa puerta, y ahora

caminaba entre aquellas hierbas crecidas.

¿Cuándo había sido la última visita? Hacía un mes por lo menos. Hubiera

podido traer algunas flores, pero hasta llegar a la verja no comprendió lo que

estaba haciendo.

Apretó los labios al sentir de nuevo el persistente dolor. ¿Por qué Kathy no

estaba descansando también allí? ¿Cómo se había dejado dominar por aquellos

estúpidos, siguiendo sus reglas? Si por lo menos estuviese allí junto a su

madre...

Tenso, se acercó a la cripta. La puerta de hierro estaba entornada. Oh, no

se habrán atrevido, pensó. Echó a correr entre las hierbas húmedas. Si la han

tocado quemaré la ciudad, anunció. Lo juro, quemaré la ciudad hasta sus

cimientos.

Abrió bruscamente la puerta y el hierro golpeó con un sonido hueco y

resonante la pared de mármol. Echó una rápida ojeada a la losa y el ataúd.

Se tranquilizó, suspirando con alivio. Todavía seguía intacta. En seguida

vio al hombre. Estaba echado en un rincón de la cripta, con el cuerpo doblado

sobre el suelo.

Furioso, Neville corrió hacia el cuerpo, y agarrándolo por la chaqueta, lo

sacudió, lo arrastró por el suelo y lo arrojó violentamente fuera de la cripta. El

cuerpo rodó sobre sí mismo, quedando de cara al cielo.

Neville volvió a la cripta, jadeante. Con los ojos cerrados, puso las manos

sobre el ataúd.

Estoy aquí, pensó. He vuelto. Recuérdame.

Tiró las flores que había traído en la última visita y sacó las hojas que el

viento había arrastrado hasta la cripta.

Luego se sentó junto al ataúd y apoyó la frente en el frío metal. Era como

sentir la caricia de las suaves manos del silencio.

Podría morirme ahora, pensó, así, dulcemente, sin llantos ni temblores. Si

pudiese estar con ella. Si tuviera la certeza de que estaré con ella.

Cerró lentamente las manos y dejó caer la cabeza.

Virginia. Llévame contigo.

Una lágrima cristalina se deslizó sobre sus manos inmóviles.

No sabía cuánto tiempo nabía transcurrido desde que llegó allí. Al fin,

pensó, aun el dolor más profundo se mitiga, la desesperación más intensa

cede. La maldición del verdugo: el preso se acostumbra a sus cadenas.

Se puso de pie. Todavía vivo, reflexionó; mi corazón late insensatamente;

la sangre corre por inercia; huesos y músculos funcionan sin motivo.

Echó una última mirada a la tapa del ataúd, y al fin se volvió con un

suspiro y dejó la cripta cerrando la puerta silenciosamente.

Había olvidado al hombre y casi tropezó con él. Se desvió murmurando

una maldición y se alejó del cuerpo.

De repente, se dio la vuelta con brusquedad.

¿Cómo podía ser? Miró, incrédulo, el cuerpo del hombre. Estaba muerto,

realmente muerto. El cambio había sido inmediato, parecía como si llevase

varios días muerto.

Se sintió súbitamente excitado. Algo había matado al vampiro, algo

brutalmente eficaz. Ni estacas, ni ajos, y sin embargo...

De pronto lo comprendió. Claro, ¡la luz del día! ¡Durante cinco meses

había visto que no salían durante el día, pero no se le había ocurrido

preguntarse el porqué! Cerró los ojos asombrado de su propia estupidez.

Tenían que ser los rayos del sol; los rayos infrarrojos y ultravioletas. ¿Pero

por qué? Nada sabía sobre los efectos de la luz solar en el cuerpo humano.

Y, además, aquel hombre había sido realmente un vampiro, un cadáver

viviente. ¿Tendría la luz el mismo efecto sobre los que todavía estaban vivos?

Por primera vez en meses se sentía excitado. Corrió a la furgoneta.

Cuando estuvo en el interior del vehículo pensó si no sería mejor llevarse

el cadáver. ¿Quizás atraería a los otros, que podrían invadir la cripta? No, no

se atreverían a acercarse al ataúd; estaba sellado con ajo. Además, la sangre

del hombre ahora estaba muerta...

¡Seguro, los rayos del sol modificaban de algún modo la sangre de los

vampiros!

¿Era posible, entonces, que todo guardara relación con la sangre? ¿El ajo,

las cruces, el espejo, la estaca, la luz del día, e incluso la tierra en que algunos

dormían? Ño comprendía la razón, y sin embargo...

Le quedaba mucho por leer, mucho por investigar. Lo había pensado algún

tiempo, pero últimamente no se había dedicado a ello. Ahora esta idea le daba

nuevas fuerzas.

Puso en marcha el coche y se dirigió calle arriba, entrando en un barrio de

residencias, y se detuvo ante la casa más próxima.

Se dirigió hasta la puerta, pero la encontró cerrada con llave. Con un

suspiro de impaciencia intentó lo mismo en la casa vecina. La puerta estaba

aquí abierta y Neville cruzó el vestíbulo a toda prisa y subió los alfombrados

escalones de dos en dos.

Encontró a la mujer en el dormitorio. Sin titubear, la agarró por las

muñecas. El cuerpo golpeó contra el suelo y se oyó un débil gemido. Neville la

arrastró escaleras abajo.

Cuando atravesaban el vestíbulo, la mujer comenzó a moverse. Sus

manos apretaron las muñecas de Neville y el cuerpo se retorció sobre la

alfombra. No abrió los ojos, pero jadeaba y murmuraba intentando liberarse.

De pronto clavó sus oscuras uñas en la carne de Neville, que se apartó y

profiriendo una maldición la agarró por los cabellos. Habitualmente, le hubiera

parecido casi intolerable hacer estas cosas; aquellas personas habían sido

como él. Pero ahora se sentía animado por un nuevo fervor, el fervor

experimental.

Aún así, cuando llegaron a la calle se estremeció al oír el entrecortado

grito de horror de la mujer.

La apoyó en la acera. La mujer agitaba las manos; estiraba los labios

manchados de rojo. Neville la miraba tensamente.

Sintió que algo le ahogaba. Bueno, sufre, es verdad; pero es un vampiro y

si pudiese me mataría con placer. Hay que verlo de este modo, el único modo.

Mordiéndose los labios se quedó allí hasta que la vio morir.

La mujer dejó de agitarse, dejó de murmurar, y sus manos fueron

abriéndose lentamente como capullos blancos sobre el cemento. Neville le

auscultó el corazón. No latía. La carne empezaba a enfriarse.

Se incorporó con una débil sonrisa, subió al coche y se alejó de allí.

Después de tanto tiempo descubría un método más eficaz. No necesitaría más

estacas.

De pronto, se le cortó el aliento. ¿Cómo podía saber si la mujer estaba

muerta? ¿Cómo podía averiguarlo antes del crepúsculo?

La ira lo dominaba de nuevo, una ira impaciente. Todas las preguntas

parecían anular las posibles respuestas.

Detuvo la furgoneta en un supermercado y se sentó a beber un jugo de

tomate.

¿Cómo iba a saberlo? No podía quedarse con la mujer hasta que

anocheciera.

Podía llevarla a su casa.

Estaba irritado consigo mismo. Hoy no lograba acertar una respuesta.

Ahora tenía que desandar el camino y encontrar el cadáver, y no se acordaba

de dónde estaba la casa exactamente.

Puso en marcha el motor echando una mirada a su reloj. Las tres. Tenía

tiempo. Apretó el acelerador y la camioneta empezó a correr.

Tardó media hora aproximadamente en encontrar la casa. La mujer seguía

en la acera, tal como la había dejado. Neville se puso los guantes, abrió las

puertas de la camioneta, se acercó a la mujer y la metió en la caja. Después se

sacó los guantes. Alzó la muñeca. Miró el reloj. Sólo eran las tres. Tenía

tiempo... ¡Las tres!

Sacudió el reloj y se lo acercó al oído, con el corazón en un puño.

El reloj se había parado.

5

Neville hizo girar la llave del motor con dedos temblorosos. Las manos

sujetaban rígidamente el volante, y dando media vuelta, apuntó hacia

Gardena.

¡Qué estúpido había sido! Por lo menos había tardado una hora en llegar

al cementerio. Había permanecido en la cripta durante horas. Luego, el viaje

en busca de aquella mujer, y el viaje al supermercado, y luego de nuevo en

busca de la mujer.

¿Cuánto tiempo había pasado?

¡Insensato! Sintió frío en las venas al imaginarlos esperándole ante la

casa. ¡Oh, Dios mío, y la puerta del garaje había quedado abierta! La gasolina,

los equipos, ¡el generador!

Con un gemido entrecortado pisó a fondo el acelerador y la camioneta

echó a correr. La aguja del cuentakilómetros osciló, y saltó de los noventa

hasta los cien, y luego hasta los ciento veinte. ¿Qué ocurriría si ya estaban

esperándolo? ¿Cómo podría entrar en casa?

Trató de calmarse. No podía derrumbarse ahora. Tenía que entrar. No hay

por qué preocuparse, entrarás, se dijo a sí mismo. Pero no se le ocurría el

sistema.

Se pasó la mano nerviosamente por el pelo. Fantástico, fantástico, pensó.

Afrontas todo esto para seguir vivo, y el día menos pensado no vuelves a

tiempo. Merecía cualquier castigo por haber olvidado dar cuerda al reloj. Y

ellos se encargarían gustosamente de castigarlo.

Las silenciosas calles desfilaban rápidamente. Neville miraba de vez en

cuando las puertas de las casas. Empezaba a oscurecer aparentemente, pero

sin duda era su imaginación. No podía ser tan tarde.

Acababa de pasar la esquina de Western y Compton cuando un hombre

salió corriendo de un edificio y gritó. A Neville se le heló la sangre. El grito del

hombre quedó resonando en el aire.

No podía ir más aprisa. En cualquier momento reventarían los neumáticos,

o se rompería el eje de la dirección, y el coche iría a estrellarse contra

cualquier casa. Le temblaban los labios. Cerró la boca con fuerza. Las manos

se le entumecían en el volante.

Tuvo que reducir la velocidad al llegar a la esquina de Cimarrón. Por el

retrovisor, vio un hombre que salía de una casa y corría detrás de él.

Los neumáticos chirriaron al doblar la esquina. Neville ahogó un grito.

Estaban todos esperándole frente a la casa.

Sintió un nudo de terror en la garganta. No quería morir. Podía haberlo

imaginado. Pero no quería morir. Por lo menos, no de este modo.

Habían oído rugir el motor y las caras blancas se iban volviendo hacia él.

Algunos salieron corriendo del garaje. Neville apretó con furia las mandíbulas.

¡Qué forma tan estúpida de morir!

Venían ya hacia él, cruzando la calle. Neville comprendió de pronto que no

podía detenerse. Apretó el acelerador, y un instante después la camioneta los

iba atrepellando, derribándolos como si fueran bolos. Sintió temblar el chasis

con el impacto. Los rostros blancos pasaron ante la ventanilla con gritos

desgarradores.

Los dejó atrás, y vio por el espejo retrovisor cómo corrían persiguiéndolo.

Tuvo una idea. De repente, aminoró la velocidad hasta cuarenta y luego treinta

kilómetros por hora.

Volvió la cabeza. Las caras de un blanco grisáceo estaban cada vez más

cerca, con los ojos clavados en el coche y en él.

De pronto, se giró sobresaltado. Alguien había gruñido muy cerca. Miró

por la ventanilla y vio el rostro enloquecido de Ben Cortman junto al coche.

Apretó rápidamente el pedal del gas, pero el otro pie resbaló sobre el

embrague. La camioneta se detuvo. Un sudor frío le bañó la frente. Se inclinó

hacia el botón de arranque. La mano de Ben Cortman se le clavó en el hombro.

Neville profirió una maldición y apartó aquella mano blanca.

—¡Neville! ¡Neville!

Ben Cortman lo alcanzó de nuevo, con sus frías garras de hielo. Neville

logró librarse otra vez y siguió accionando el botón. Detrás se oían los gritos

excitados de los que se acercaban.

Por fin el motor se puso en marcha en el instante en que las uñas de Ben

Cortman se clavaban en la mejilla de Neville.

—¡Neville!

El dolor le hizo cerrar la mano, y el puño rígido se dirigió hacia el rostro de

Cortman. Cortman cayó de espaldas contra el suelo y el coche se alejó a toda

prisa. Otro había subido a la parte trasera de la camioneta. Durante unos

instantes Neville vio el rostro ceniciento, apretado contra la ventanilla. Se

dirigió hacia la esquina y dobló bruscamente; salió el hombre despedido y se

puso a correr trastabillando por el césped, con los brazos en alto, yendo a

golpear violentamente el frente de una casa.

Neville se sentía entumecido y frío. El corazón le saltaba en el pecho. La

sangre le bajaba por la mejilla. Se pasó una mano temblorosa por la cara.

Dobló en la esquina, a la derecha. Fue hasta la calle Haas y dobló de

nuevo a la derecha. ¿Qué sucedería si cruzaban los terrenos baldíos y

bloqueaban la calle?

Los vio seguirle, como una manada de lobos, y redujo un poco la

velocidad, para volver a acelerar inmediatamente. Contaba con que todos le

siguieran. ¿Sospecharían lo que tramaba?

La camioneta alcanzó rápidamente la otra esquina. Neville dobló a ochenta

por hora, llegó a la calle Cimarrón y dobló otra vez a la derecha.

Retuvo el aliento. No había nadie a la vista. Quizá podía salvarse, pero

debería abandonar la camioneta.

Se acercó a la acera y abrió la portezuela. Mientras bajaba, algunos gritos

se acercaban por la esquina.

Intentaría cerrar el garaje. De lo contrario podían destruir el generador;

no habían tenido tiempo aún. Corrió por la acera.

—¡Neville!

Se detuvo bruscamente. Cortman salió de entre las sombras del garaje y

chocó contra él, casi derribándolo. Sintió sus manos frías y fuertes apretándole

el cuello y un fétido aliento que le bañaba el rostro. Neville retrocedió

trastabillando hacia la acera. La boca blanca y fungosa le buscó la garganta.

Neville alzó bruscamente el puño derecho y lo dejó caer con toda su

fuerza sobre el pecho de Cortman. Se oyó un sonido sordo. Un hombre

apareció por la esquina, corriendo y gritando.

Neville agarró violentamente a Cortman por los sucios y largos cabellos y

lo arrastró por la acera hasta el coche. La cabeza de Cortman golpeó el estribo.

No tenía tiempo para ocuparse del garaje. Neville subió rápidamente los

escalones del porche y se detuvo de pronto. ¡Dios mío, las llaves!

Sintió que le faltaba el aliento. Inspiró y echó a correr hacia el coche.

Cortman se incorporó gruñendo sordamente. Neville le golpeó la cara con la

rodilla, y Cortman cayó de nuevo contra la acera. Las llaves estaban en la

guantera.

Cuando Neville salió de la camioneta uno de ellos saltó hacia él.

Retrocedió apoyándose en el asiento, y el hombre, tropezando con sus

piernas, rodó pesadamente por la acera. Neville dio un salto, cruzó el césped,

y alcanzó el porche.

Se detuvo para buscar la llave y otro hombre subió tras él. El impacto

llevó a Neville contra la casa. Otra vez aquel aliento fétido y la boca

entreabierta sobre su cuello. Hundió la rodilla en el vientre del hombre y luego,

apoyándose contra la pared, alzó bruscamente el pie. El hombre, doblado

sobre sí mismo, cayó sobre otro que se acercaba por el césped.

Neville abrió la puerta, entró, y se volvió para cerrarla cuando un brazo

alcanzó a pasar por la abertura. Neville apretó con todas sus fuerzas hasta oír

cómo se quebraban los huesos. Luego abrió, apartó el brazo roto y cerró de un

portazo. Puso la tranca con manos temblorosas.

Apoyado en la pared, fue resbalando lentamente hacia el suelo y se tendió

de espaldas. Se quedó allí en la oscuridad, con el pecho agitado y los brazos y

las piernas extendidos e insensibles. Afuera se oían gritos furiosos y golpes

violentos. Piedras y ladrillos Viyeron sobre la casa.

Al cabo de un rato Neville se dirigió al bar. Parte del whisky se derramó

sobre la alfombra. Bebió apoyando el cuerpo en el mueble, con un nudo

apretándole la garganta y los labios temblorosos.

Sintió bajar el calor del líquido hasta el estómago y se sintió reconfortado.

Respiró despacito.

Afuera se oyó un estruendo.

Neville corrió a espiar por la mirilla. Piedras y ladrillos rompían el

parabrisas de la camioneta, volcada en medio de la calle, y algunos hombres

provistos de garrotes golpeaban el motor con todas sus fuerzas. Neville sintió

furia en las venas, una corriente como un ácido le recorrió todo el cuerpo.

De pronto se acordó del generador y trató de encender la lámpara. No

había luz. Corrió a la cocina. El refrigerador no funcionaba. Fue de una

habitación a otra. Todos los alimentos se estropearían. La casa era una casa

muerta.

—¡Basta! —gritó en un estallido de cólera.

Revolvió las ropas de la cómoda con impaciencia hasta que las manos se

encontraron con las armas.

Cruzó la sala y sacó la tranca de la puerta dejándola caer al suelo. Los de

afuera lo oyeron y empezaron a aullar. ¡Ya salgo, bastardos!, gritó Neville en

su mente.

Abrió la puerta de par en par y disparó contra el primero en la cara. El

hombre giró en redondo y cayó desde el porche al césped, en donde dos

mujeres con los vestidos rotos lo recibieron en sus brazos. Neville vio cómo los

cuerpos se retorcían con las balas y oyó gritos desgarradores.

Disparó hasta agotar las balas. Luego siguió allí, en el porche,

golpeándolos ciegamente con las culatas de las armas, y observando

aterrorizado cómo volvían a él los mismos que había herido. Y cuando le

arrebataron las pistolas, recurrió a los puños y los codos, y los alejó cabezazos

y a patadas.

Sólo cuando sintió aquel intenso dolor en el hombro se dio cuenta de lo

que estaba haciendo. Apartando a un lado a dos mujeres, llegó hasta la

puerta. El brazo de un hombre le rodeó el cuello. Neville se dobló hacia

adelante haciendo saltar al hombre por encima de su cabeza.

Antes de que lo alcanzasen otra vez, cerró la puerta en seguida y atrancó.

Apoyándose contra la pared, de pie en la fría oscuridad de la casa Neville

volvió a escuchar los gritos de los vampiros. Casi sin fuerzas golpeó el yeso de

la pared; las lágrimas le corrían por las barbudas mejillas; la mano lastimada

le dolía intensamente. Todo estaba perdido todo.

—Virginia —sollozó como un niño perdido y asustado—. Virginia. Virginia.

II

Marzo de 1976

6

La casa, al fin, era confortable otra vez.

Aún más que antes en realidad, pues después de tres días de trabajo

había logrado aislar las paredes. Ahora podían gritar y aullar a su gusto. Era un

descanso no tener que oír nuevamente a Ben Cortman.

Le había llevado tiempo y trabajo. En primer lugar tuvo que buscar una

nueva camioneta. No había sido tarea fácil.

Había tenido que ir hasta Santa Mónica. No conocía otra casa Willys,

nunca había conducido otras marcas y no era momento para experimentos.

Como no podía ir andando hasta Santa Mónica buscó otro coche por los

alrededores, pero la mayor parte no funcionaban, por un motivo u otro; la

batería descargada, la bomba de aceite rota, falta de gasolina, neumáticos

deshinchados.

Por fin, a un kilómetro de su casa, encontró un coche en buen estado y

corrió a Santa Mónica en busca de otra camioneta. Le puso una batería nueva,

llenó el depósito de gasolina, cargó algunos bidones y volvió a la casa. Llegó

una hora antes del anochecer.

Por suerte no habían estropeado el generador. Aparentemente, los

vampiros no conocían su importancia. Neville sólo había encontrado un cable

roto y las huellas de algunos garrotazos. Lo arregló en seguida, durante la

mañana siguiente al ataque, evitando así que la comida se estropeara. Se

alegró reármente, pues ahora que faltaba electricidad en el pueblo hubiese

sido imposible conseguir alimentos congelados.

Después, había arreglado el garaje sacando restos de bombillas, fusibles,

cables, repuestos de motor y una caja de semillas que había guardado allí

hacía años.

La lavadora no funcionaba y la había cambiado. Pero todo esto no había

sido difícil. En cambio, le había costado volver a llenar los bidones de gasolina.

En esto se han superado a sí mismos, pensó con irritación mientras limpiaba el

combustible derramado en el suelo.

En el interior de la casa había arreglado el yeso de la pared y, como nuevo

estímulo, había cambiado el mural, dando así una apariencia distinta a la sala.

Había puesto entusiasmo en su trabajo, una vez empezado. Era algo en

qué ocuparse, algo en lo qué consumir los restos de ira. De ese modo rompía

la monotonía de las tareas diarias; el traslado de los cadáveres, las

reparaciones del exterior, los collares de ajo.

En esos días bebía poco; trataba de no probar el whisky durante el día, y

de que las copas nocturnas fueran simplemente para acompañar en los

momentos de descanso y no un suicidio camuflado. Tuvo más apetito y

aumentó dos kilos. Hasta durmió por las noches, profundamente, y sin

pesadillas.

Durante un día o dos abrigó la idea de mudarse a un lujoso apartamento

de algún hotel, pero la abandonó al valorar todo el trabajo que sería necesario

para acondicionarlo. No, ya estaba bien en su casa.

Ahora, sentado en el vestíbulo, escuchaba Júpiter, de Mozart, y pensaba

S oy Leyenda R ichard Matheson

sobre cómo y dónde comenzaría su investigación.

Conocía algunos detalles, pero eran sólo pequeñas señales en un terreno

desconocido. Sin duda alguna, la respuesta residía en otra parte. Quizá en

algún hecho familiar, no valorado debidamente y sin relación aparente con el

resto.

¿Pero qué?

Recostado en la silla, con una copa en la mano derecha, observaba el

mural.

Era un paisaje canadiense: bosques profundos, estáticos y misteriosos, de

sombras verdes, donde reinaba el profundo silencio de la naturaleza

indomable.

Neville clavó pensativamente su mirada en las sombras verdes del mural.

Aquella noche, hacía tiempo, se había desatado una tormenta de arena. El

viento había sacudido la casa, colándose por las rendijas, y hasta por los poros

del yeso, cubriendo los suelos y los muebles con una fina capa de polvo que

reposaba sobre la cama y se metía en los ojos y bajo las uñas.

Neville había pasado media noche despierto, tratando de oír la pesada

respiración de Virginia, pero sólo le llegaba el fragor de la tormenta. Durante

un rato, suspendido entre el sueño y la vigilia, había llegado a sentir como si

ruedas gigantescas trituraran la casa y unas terribles superficies abrasivas

corroyeran su esqueleto.

No llegaba a acostumbrarse a las tormentas de arena, no soportaba aquel

sonido sibilante de los torbellinos. Cuando empezaban, apenas podía dormir, y

al día siguiente iba a la fábrica con un gran cansancio en el cuerpo y en la

mente.

Y ahora, además, la preocupación por Virginia.

A las cuatro de la mañana se desveló y advirtió que la tormenta había

cesado. El sonido del silencio le silbaba en los oídos.

Mientras se movía para acomodarse el retorcido pijama, se dio cuenta de

que Virginia estaba despierta. Acostada boca arriba, miraba el cielo raso.

—¿Qué te pasa? —le preguntó somnoliento.

Virginia no contestó.

—Querida...

La mujer se volvió hacia él.

—Nada —dijo—, duerme.

—¿Cómo te encuentras?

—Igual.

—Oh.

Neville la miró un rato.

—Bueno —dijo al fin, y dándose vuelta trató de dormir.

El despertador sonó a las seis y media. Casi siempre lo apagaba Virginia,

y en algunas ocasiones Neville, estirando el brazo por encima del cuerpo

inmóvil de su mujer. Virginia seguía boca arriba, mirando al techo.

—¿Qué te pasa? —preguntó Neville preocupado. Virginia lo miró y sacudió

la cabeza.

—No lo sé —dijo—, no puedo dormir.

—¿Porqué?

S oy Leyenda R ichard Matheson

La mujer se encogió de hombros.

—¿Te sientes débil aún? —preguntó Neville. Su mujer intentó sentarse y

no pudo—. Trata de no moverte. —Neville le acercó una mano a la frente—.

Parece que no tienes fiebre —le dijo.

—No me encuentro mal —dijo Virginia—. Sólo... cansada.

—Estás muy pálida.

—Ya sé. Parezco un espectro.

—No te levantes.

Virginia se había incorporado.

—No voy a morirme de ésta —dijo—. Vamos, vístete.

—No te levantes si no te sientes bien, querida. Virginia le palmeó el

hombro y sonrió.

—Se me pasará pronto. Prepárate.

Neville estaba afeitándose cuando oyó los pasos de Virginia arrastrando

las zapatillas. Abrió la puerta y la vio cruzar la sala muy despacio, abrigada con

una bata y tambaleándose ligeramente. Neville volvió a cerrar la puerta

sacudiendo la cabeza. No debería levantarse.

El polvo también cubría la palangana. Había polvo por todas partes.

Neville había tenido que improvisar una carpa sobre la cama de Kathy. La lona

estaba colgada de la pared, junto al cabezal de la cama, y dos maderas la

sostenían en el suelo.

La arenisca había impregnado el jabón y Neville no había podido afeitarse

bien. Pero ya era tarde, y no podía perder más tiempo. Se lavó la cara, cogió

una toalla limpia del armario del pasillo y se secó.

Antes de volver a su habitación, miró en el cuarto de Kathy.

Dormía aún. La cabecita rubia descansaba relajada sobre la almohada. El

sueño le había coloreado las mejillas. Neville pasó un dedo por la lona y le

quedó gris de polvo. Sacudió la cabeza disgustado y salió del cuarto.

—Si estas condenadas tormentas de arena terminasen de una vez —dijo

al entrar en la cocina, unos minutos después—. Me parece que...

Se calló. Habitualmente Virginia estaba de pie junto a la cocina, friendo

unos huevos, o preparando unas tostadas, o haciendo café. Hoy estaba

sentada a la mvia sin nacer nada. Sobre la cocina hervía el café, solamente.

—Querida, si no te encuentras bien, vuelve a la cama —le dijo Neville—.

Yo me ocuparé del desayuno.

—No, déjalo —dijo Virginia—. Sólo estaba descansando. Lo siento.

Enseguida te prepararé unos huevos.

—Descansa —replicó Neville—. No soy un inútil.

Se acercó a la nevera y la abrió.

—Me gustaría saber qué tengo —dijo Virginia—. La mitad de los vecinos

tiene lo mismo y tú dices que en la fábrica está de baja la mayor parte del

personal.

—Quizá se trate de algún virus.

—No sé.

—Entre las tormentas, los mosquitos y las enfermedades, la vida va

haciéndose difícil —dijo Neville sirviéndose zumo de naranja de una botella—.

Es algo diabólico.

En el zumo de naranja había una mota negra.

—No entiendo cómo entran en el refrigerador —comentó Neville.

—No me sirvas a mí, Bob —dijo Virginia.

—¿No quieres un poco?

—No.

—Te haría bien.

—No, gracias, querido —dijo la mujer, tratando de sonreír. Neville volvió

la botella a su lugar y se sentó frente a ella con el vaso en la mano.

—¿No te duele nada? —preguntó—. ¿La cabeza? ¿O algo?

Virginia negó con un ademán.

—Si supiera qué me pasa... —dijo.

—Llama hoy mismo al doctor Busch.

—Lo haré —dijo Virginia incorporándose.

Neville le acarició la mano.

—No, no, querida, no te muevas.

—Pero no hay motivo para estar así.

Parecía enfadada. Siempre había sido así desde que Neville la conocía. La

enfermedad la irritaba, de algún modo le parecía como un insulto.

—Vamos —dije Neville levantándose—. Te ayudaré a volver a la cama.

—No, estaré aquí contigo. Ya me acostaré cuando Kathy salga para la

escuela.

—Bueno. ¿No necesitas nada?

—No.

—¿Un poco de café? Virginia negó con la cabeza.

—Vas a enfermar de veras si no comes.

—No tengo apetito.

Neville terminó su naranjada y se volvió para freír unos huevos. Rompió

las cascaras en el borde de la sartén, y echó yemas y claras en la manteca

derretida. Sacó luego el pan de un cajón y volvió a la mesa.

—Dame. Lo pondré en la tostadora —dijo Virginia—. Ocúpate tú... Oh,

Dios.

—¿Qué te pasa?

La mujer sacudió débilmente una mano ante su cara.

—Un mosquito —dijo con una mueca.

Neville se acercó y aplastó al mosquito entre las palmas de las manos.

—Mosquitos —dijo Virginia—. Moscas. Moscas de arena.

—Entramos en la era de los insectos —dijo Neville.

—No me gusta —continuó Virginia. Traen pestes. Tendremos que poner

también una mosquitera en la cama de Kathy.

—Sí, sí —dijo Neville volviendo a la cocina y moviendo la sartén para que

los huevos no se pegaran—. Ya lo había pensado.

—No creo que ese insecticida sirva —dijo Virginia.

—¿No?

—No.

—Dios, dicen que es uno de los mejores.

Neville puso los huevos en un plato.

—¿De veras no quieres café? —preguntó.

—No, gracias.

Neville se sentó y su mujer le acercó la tostada con mantequilla.

—Espero que no estemos criando una raza de superbichos —dijo Neville—.

¿Recuerdas aquellos saltamontes gigantes que encontraron en Colorado?

—Sí.

—Quizá los insectos son... ¿Cómo los llaman? Mutantes.

—¿Qué quiere decir?

—Oh, significa que... cambian. Evolucionan saltando fases intermedias, y

llegan a desarrollarse como nunca lo harían si no fuese por...

Silencio.

—¿Los bombardeos? —preguntó la mujer.

—Podría ser.

—Bueno, por lo menos provocan las tormentas. Y quizá otras cosas.

Virginia suspiró fatigada y sacudió la cabeza.

—Y dicen que ganamos la guerra —dijo.

—¿Quién la ganó?

—Los mosquitos la ganaron.

Neville sonrió débilmente.

—Me parece que tienes razón —dijo.

Callaron un momento. Sólo se oía el tenedor de Neville en el plato y el de

la taza en el platillo.

—¿Te levantaste anoche para ver a Kathy? —preguntó al fin la mujer.

—Acabo de verla ahora. Estaba dormida.

—Bueno.

Virginia miró a Neville atentamente.

—He estado pensando, Bob —dijo—. Quizás deberíamos enviarla al Este, a

casa de tu madre, hasta que mejore. Puede ser contagioso.

—Quizá sí —dijo Neville, dudando—. Pero si es contagioso, en casa de mi

madre no estará mejor.

—¿Estás seguro? —preguntó Virginia. Parecía preocupada.

Neville se encogió de hombros.

—No sé, querida. Pienso que aquí está a salvo. Si las cosas empeoran en

el barrio, dejará de ir a la escuela.

Virginia empezó a decir algo, pero en seguida se detuvo.

—Bueno —dijo. Neville miró su reloj.

—Será mejor que me vaya.

Virginia asintió con la cabeza y Neville terminó rápidamente su desayuno.

Estaba a punto de tomar el café cuando Virginia le preguntó si tenían el

periódico del día anterior.

—Está en la sala —dijo Neville.

—¿Algo nuevo?

—No. Lo de siempre. Ha invadido todo el país, un poco en cada lugar. No

han descubierto aún de qué germen se trata.

Virginia se mordió el labio inferior.

—¿Nadie sabe nada?

—Lo dudo. Si alguien lo supiese supongo que ya lo habrían dicho.

—Pero deben tener alguna idea.

—Todos tienen ideas, pero...

—¿Qué dicen?

Neville se encogió de hombros.

—Se hacen todo tipo de comentarios, empezando por la guerra

bacteriológica.

—¿Puede ser?

—¿Guerra bacteriológica?

—Sí.

—La guerra ha terminado —dijo Neville.

—Bob —dijo Virginia de pronto—. ¿Crees que debes ir al trabajo?

Neville sonrió.

—¿Qué otra cosa puedo hacer? —preguntó—. Tenemos que comer.

—Ya sé, pero...

Neville, estirándose sobre la mesa, cogió la mano de su mujer. Estaba

helada.

—Todo se resolverá, querida —dijo.

—¿Mando a Kathy a la escuela?

—Sí, no te preocupes. Mientras las esíbelas sigan abiertas, no hay motivo

para dejarla en casa. No está enferma.

—Pero los otros chicos...

—Creo que es lo mejor para ella —dijo Neville.

Virginia dejó escapar un sonido entrecortado. Luego dijo:

—Bueno, si te parece...

—¿No quieres nada antes de irme? —preguntó Neville.

Virginia sacudió la cabeza.

—No salgas hoy —le dijo Neville—, y acuéstate.

—Así lo haré —dijo ella—. Cuando Kathy se vaya.

Neville le apretó la mano. Afuera sonó una bocina. Neville terminó el café

de un sorbo y fue al cuarto de baño a lavarse los dientes. Luego cogió la

chaqueta del armario y se la puso.

—Hasta luego, querida —le dijo a Virginia besándola—. Quédate tranquila.

—Hasta luego —dijo ella—. Ten cuidado.

Neville cruzó el jardín. Sintió entre los dientes el polvo del aire. Podía

olerlo y le producía picazón en la nariz.

—Buenos días —dijo cuando entró en el coche.

—Buenos días —respondió Ben Cortman.

7

'Destilado del Allium estivum, género de liliáceas en el que están

comprendidos el ajo, el puerro, la cebolla, el cebollino. Es de color pálido y olor

penetrante, y contiene varios sulfures. Composición: agua, 64,6% ; proteínas,

6.8%; grasa,0.1% ;hidratos de carbono, 26.3%; fibras, 0.8%; ceniza, 1.4%'.

Eso era. Neville se quedó mirando el diente de ajo, rosado y correoso, en

la palma de la mano. Durante siete meses había fabricado varios cientos de

collares y los había colgado fuera de la casa. Era el momento de descubrir por

qué alejaba a los vampiros.

Dejó el diente en el borde del fregadero. Puerros, cebollas, cebollinos.

¿Serían tan efectivos como el ajo? Si fuera así, se sentiría realmente tonto.

Había recorrido kilómetros en busca de ajos y en cambio se encontraban

cebollas por todas partes.

Machacó el diente hasta conseguir una masa pulposa y olió el fluido acre

en el filo de la cuchilla.

Muy bien, ¿y entonces? No había nada revelador en el pasado, excepto

charlas y apuntes sobre insectos y virus.

El pasado sólo traía el dolor del recuerdo. Cada palabra que recordaba era

como la punta de un cuchillo que se clavaba en la carne; una vieja herida que

se abría otra vez. Debía aceptar el presente tal como era, dejando a un lado el

pasado. Pero sólo el alcohol lograba borrar en ocasiones aquella profunda

tristeza.

Sacudió la cabeza. Bueno, maldita sea, se dijo a sí mismo, muévete.

Miró nuevamente el texto: El agua. ¿Podía ser? No, era ridículo. Todas las

cosas tenían agua. ¿Proteínas? No era eso. ¿Grasa? No. ¿Hidratos de carbono?

Tampoco. ¿Fibra? No. ¿Cenizas? No. ¿Qué era entonces?

'El olor y sabor que caracterizan al ajo se deben a un aceite esencial que

corresponde a un 0.2% del peso, y que consiste fundamentalmente en sulfuro

de alilo y en isoticianato de alilo'.

Quizá era esta la respuesta.

'El sulfuro de alilo puede obtenerse a partir de calentar aceite de mostaza

y sulfuro de potasio hasta una temperatura de cien grados'.

Neville se arrellanó en el sillón de la sala resoplando contrariado. ¿Y dónde

diablos encontraré aceite de mostaza o sulfuro de potasio? ¿Y los elementos

químicos?

Empezó a andar, pero se dio de narices contra el suelo.

Se levantó y se encaminó hacia el bar. Pero, mientras se servía una copa,

retiró bruscamente la botella. No, no pensaba ir a ciegas hasta que la vejez o

un accidente terminaran con él. Encontraría la respuesta o lo dejaría todo,

incluso la vida.

Miró el reloj. Las diez y veinte de la mafíana. Tenía tiempo. Fue

resueltamente hasta el pasillo y consultó la guía telefónica. Había un lugar en

Inglewood.

Cuatro horas más tarde levantaba la cabeza de la mesa de trabajo, con el

cuello agarrotado. Miró el líquido en la aguja hipodérmica: sulfuro de alilo. Por

primera vez sentía que desde el principio de su forzado aislamiento había

conseguido algo.

Excitado, corrió al coche y fue más allá del área ya limpia y señalada con

tiza. Era probable que algunos nuevos vampiros se hubieran ocultado allí. Pero

no tenía tiempo para buscarlos.

Acercó el coche a la acera, entró en una casa y se dirigió al dormitorio.

Una mujer joven yacía en la cama, con un hilo de sangre en la boca.

Neville volvió de espaldas a la mujer y le levantó el camisón para

inyectarle el sulfuro de alilo. Luego la volvió otra vez y dio un paso atrás.

Durante media hora se quedó allí, mirándola.

No ocurrió nada.

Nada de esto tiene sentido, argüyó mentalmente. Si cuelgo ajos alrededor

de la casa, los vampiros no se acercan. Y el ajo caracteriza por ese aceite que

le he inyectado. Y sin embargo no ha pasado nada. ¡Maldita sea, no ha pasado

nada!

Tiró la jeringa al suelo y temblando de rabia y frustración volvió a su

refugio. Antes de que empezara a oscurecer instaló un armazón de madera en

el césped y colgó allí unas ristras de cebollas. Pasó la noche desvelado.

Por la mañana fue a mirar el armazón de madera.

Otro símbolo: la cruz. Tenía una dorada en la mano que brillaba a la luz

de la mañana. Esto también alejaba a los vampiros.

¿Por qué? ¿Tenía que existir una respuesta lógica, algo que pudiera

aceptar sin caer en la superstición?

Solo podía saberlo de un modo.

Sacó a la mujer de la cama, sin reparar en que siempre experimentaba

con mujeres. No le preocupaba admitir que la observación fuese válida. Era el

primer vampiro con que había tropezado, nada más. Es cierto que había un

hombre en el vestíbulo, pero no iba a violar a la mujer. Aunque a veces se

sorprendía a sí mismo. La conciencia de otro tiempo se había transformado en

una molesta compañía.

La llevó a su casa, y durante la tarde no estuvo con ella. Estuvo en el

garaje revisando la camioneta.

Por fin llegó la misericordiosa noche. Neville cerró el garaje, entró en la

casa y atrancó la puerta. Luego se sirvió una copa y se sentó en el sillón,

frente a la mujer.

Del techo, justo sobre su cara, pendía una cruz.

Hacia las seis y media la mujer abrió los ojos, de pronto, como el que

despierta con una obligación determinada y no entra en vigilia perezosamente,

sino con movimientos claros y precisos.

Tan pronto como vio la cruz, apartó los ojos, con un ronco jadeo,

agitándose en la silla.

—¿Por qué le asusta? —preguntó Neville, sobresaltándose ante el sonido

de su propia voz.

La mujer miró a Neville. Le brillaron los ojos y la lengua lamió los labios

como si no formara parte de la boca. El cuerpo se le contraía tratando de

acercarse a él. Profirió un gruñido gutural. Parece un perro cuando defiende su

hueso, pensó Neville estremeciéndose.

—La cruz —preguntó nerviosamente—. ¿Por qué le tiene miedo?

La mujer trató de librarse de sus ataduras, las manos en los bordes de la

silla. No hablaba, sólo respiraba jadeando.

—¡La cruz! —gritó Neville furiosamente.

Se puso de pie. El vaso cayó y se derramó spbre la alfombra. Cogió la

cruz con dedos rígidos y se la acercó a la cara. La mujer apartó la cabeza con

un sordo grito de horror y se retorció en la silla.

—¡Mírela! —aulló Neville.

El terror paralizaba a la mujer. La mirada extraviada se paseaba por el

cuarto; ojos grandes y blancos con pupilas negras como el hollín.

Neville le tocó el hombro pero en seguida retiró la mano, ensangrentada,

con los dientes marcados.

Sintió un nudo en el estómago. Rápidamente, la abofeteó hasta doblarle la

cabeza.

Minutos más tarde arrojaba el cuerpo a la calle y cerraba la puerta

inmediatamente. Permaneció un rato apoyado en la puerta, respirando

pesadamente. A pesar del aislamiento de las paredes, los oyó aullar como

chacales, disputándose los restos.

Poco después fue al cuarto de baño y se limpió las heridas con alcohol,

gozando con el dolor.

8

Neville se agachó y cogió un puñado de tierra. La dejó escapar por entre

los dedos, deshaciendo los negros terrones. ¿Cuántos, se preguntaba,

duermen en la tierra, como dice la leyenda?

Algunos.

Entonces, ¿qué porcentaje de la leyenda era realidad?

Con los ojos cerrados, soltó lentamente la tierra oscura. ¿Existía alguna

respuesta? Si par lo menos tuviera la certeza de que quienes dormían en la

tierra habían regresado de la muerte, podría elaborar alguna teoría.

Pero no lo sabía. Otro problema irresoluble. Como el que se había

planeado la noche anterior.

¿Cómo reaccionaría un vampiro mahometano ante la visión de una cruz?

Se sorprendió al oír su propia risa: un ronco ladrido en la mañana

silenciosa. Dios mío, pensó, hace tiempo que no me río. Ya lo había olvidado.

Recordaba la tos de un perro enfermo. Bueno, eso es lo que soy ahora, al fin y

al cabo: un perro muy enfermo.

Había habido un principio de tormenta hacia las cuatro de la mañana, y

los recuerdos volvieron a su memoria. Virginia, Kathy, aquellos horribles días.

Trató de distraerse. Era peligroso. Pensar en el pasado era terminar

bebiendo.

Aunque no se explicaba por qué había elegido vivir. Probablemente,

pensó, no hay un motivo concreto. Estoy demasiado aturdido para acabar con

todo.

Bueno... Juntó las manos como si por fin hubiese decidido algo. ¿Qué

haría ahora? Miró alrededor como si sucediera algo interesante en la calle

silenciosa.

Muy bien, decidió impulsivamente, veré si el truco del agua da resultado.

Escondió una manguera en una zanja y la llevó así hasta una artesa de

madera. El agua pasaba por la artesa, pasaba por otro agujero a una segunda

manguera, y llegaba al subsuelo.

Cuando finalizó la tarea, entró y se dio una ducha. Luego se afeitó y se

quitó la venda de la mano. La herida había cicatrizado bien. Pero esto no le

quitaba el sueño. El tiempo había demostrado que estaba inmunizado.

A las seis y veinte se instaló en la sala, frente a la mirilla. Al rato se

desperezaba; le dolían todos los músculos. Se sirvió un whisky.

Cuando se acercó a la mirilla, Ben Cortman ya cruzaba el césped.

—Sal, Neville —murmuró Neville, y Cortman, como si le oyese, le devolvió

las mismas palabras en un grito.

Neville siguió allí, inmóvil, observando a Cortman.

En general, no había cambiado mucho de aspecto. Tenía el pelo todavía

negro, seguía siendo corpulento y con el rostro pálido. Pero ahora llevaba

barba y un grueso bigote. Esta era la diferencia fundamental. Antes, cuando le

esperaba para ir juntos a la fábrica, Ben estaba siempre perfectamente

afeitado y olía a colonia.

Resultaba extraño verlo ahora: un Ben completamente desconocido. En

otro tiempo había conversado con aquel hombre, había ido con él al trabajo,

comentando los partidos de baseball o los asuntos políticos, y después de la

enfermedad y de cómo estaban Virginia y Kathy, y de cómo estaba Freda

Cortman, y...

Neville sacudió la cabeza. Era inútil seguir con eso. El pasado estaba tan

lejos como el verdadero Cortman.

Sacudió nuevamente la cabeza. El mundo está al revés, pensó. Los

muertos caminan por las calles, y no me sorprende. El retorno de los

cadáveres se ha convertido en algo cotidiano. ¡Con qué rapidez se acepta lo

increíble si se ve con frecuencia!

Tragó un poco de whisky y trató de pensar a quién se parecía Cortman.

Durante un tiempo estuvo convencido de que Cortman le recordaba a alguien,

pero no sabía a quién.

Se encogió de hombros. ¿Qué importancia tenía eso?

Dejó el vaso en el suelo y fue a la cocina para abrir el grifo del agua.

Cuando volvió a vigilar por la mirilla vio a otro hombre y una mujer en el

césped. Nunca hablaban entre sí. Daban vueltas y vueltas, infatigablemente,

como si se tratase de lobos, sin cruzar jamás una mirada, los ojos hambrientos

clavados en la casa y en la presa que había dentro.

De pronto Cortman vio el agua que corría por la artesa y se quedó

mirándola. Después de un rato levantó la cara y sonrió mostrando los dientes.

Neville se quedó rígido.

Cortman saltaba de un lado al otro de la artesa. Neville sintió un nudo en

la garganta. ¡Él bastardo sabía!

Caminó de prisa hasta el dormitorio y temblando cogió las pistolas del

cajón de la cómoda.

Cortman estaba pisoteando los bordes de la artesa cuando la bala lo hirió

en el hombro derecho.

Retrocedió trastabillando y cayó en el cemento, con las piernas hacia

arriba. Neville volvió a disparar y la bala dio contra la acera a unos centímetros

de su cuerpo.

Cortman se incorporó gruñendo y la tercera bala le alcanzó el pecho.

Neville, con el humo acre de la pistola aún en el ambiente, volvió a mirar.

La mujer apareció entonces ante Cortman y comenzó a levantarse la falda.

Neville cerró la mirilla. No quería ver eso. Había bastado un segundo para

sentir aquel dolor ardiente en su interior.

Al cabo de un rato volvió a mirar y Cortman estaba paseándose,

llamándolo.

Y, bajo la luz de la luna, de pronto recordó a quién se parecía Cortman.

¡Dios mío, era como Oliver Hardy! Los dos cortos que había pasado en su

proyector. Cortman era el eco muerto del gran cómico. Un poco más delgado,

solamente. Hasta el bigote era igual.

Oliver Hardy cayendo de espaldas bajo el impacto de las balas. Oliver

Hardy volviendo siempre a por otra ración, no importaba qué ocurriese.

Agujereado por las balas, pinchado por cuchillos, aplastado por automóviles,

chocando contra paredes, hundido en el mar, pasado por chimeneas. Y

volviendo siempre, paciente y amoratado. Eso era Ben Cortman. Un maligno y

detestable Oliver Hardy aporreado y resistente.

¡Dios mío! No podía parar de reírse. Más que ganas de reírse, era un

alivio, una salida. Las lágrimas le rodaban por las mejillas. Con las sacudidas el

vaso se derramó y el líquido le mojó de arriba a abajo, provocándole todavía

más risa. El vaso por fin cayó a la alfombra, y Neville también, retorciéndose

con espasmos de incontenible diversión. La risa incesante llenó la sala.

Más tarde fue el llanto.

Introdujo la estaca en el estómago, en el hombro. En el cuello con un solo

martillazo. En los brazos y piernas, y siempre sucedía lo mismo: la carne

blanca quedaba cubierta por la sangre roja.

Creía haber encontrado la solución. Había que desangrarlos: una

hemorragia.

Pero luego, cuando encontró a la mujer en la casita blanca y verde, y le

clavó la estaca, la disgregación fue tan rápida que tuvo que huir, y ya no pudo

probar el desayuno.

Cuando se recuperó, y se atrevió a volver, sólo encontró sobre la colcha

una línea de algo parecido a sal y pimienta, una línea tan larga como el

cuerpo. Nunca había visto nada parecido.

Sacudido por la escena, salió despacito de la casa y se sentó en el coche

durante una hora, bebiendo hasta vaciar la botella. Pero ni siquiera el alcohol

podía borrar aquella impresión.

Había sido todo tan rápido... El martillazo aún le sonaba en los oídos, y ya

la mujer no era más que una línea.

Recordó una charla con un negro, en la fábrica. El hombre conocía el

asunto y le había hablado de mausoleos y gente metida en cajones

herméticos, donde se conservaban con la misma apariencia de siempre.

—Pero deje usted entrar un poco de aire —le había dicho el negro—, y

¡bum!, se transforman en una línea de sal y pimienta. Así de fácil. —Y el negro

hacía chasquear los dedos.

La mujer, pues, llevaba mucho tiempo muerta. Quizá, se le ocurrió, era

uno de los vampiros originarios de la plaga. Sólo Dios sabía cuánto tiempo

había escapado de la muerte.

Neville se sintió demasiado deprimido, y ese día, y los siguientes, no hizo

nada. Se quedó en casa, bebiendo y tratando de olvidar, y dejó que los

cuerpos se apilaran en la hierba, y el frente sin reparar.

Durante varios días, sentado en el sillón, con el vaso en la mano, pensó

en su mujer. Y no importaba la cantidad de alcohol ingerida. Seguía pensando

en su mujer. Se veía a sí mismo entrando en la cripta, levantando la tapa del

ataúd.

Pensó que algo se estaba destruyendo en él. Se sentía tan paralizado, tan

sereno y tan frío. ¿Sólo eso quedaría de ella?

9

Por la mañana. Una soleada quietud amenizada por el canto de los

pájaros. Ni un poco de brisa que moviera los pequeños capullos alrededor de

las casas, los arbustos o las cercas de hojas oscuras. Una silenciosa nube de

calor suspendida sobre el ambiente.

El corazón de Virginia se había parado.

Neville miraba aquel pálido rostro, y acariciaba tímidamente los dedos de

su mujer. Sentado al borde de la cama, inmóvil, había quedado insensible

como un bloque de carne y huesos. No parpadeaba, y respiraba tan

lentamente que parecía muerto.

Algo le había pasado a su mente.

Desde el instante en que había dejado de latir el corazón de Virginia sintió

la cabeza como si fuera de piedra. La calcificación había comenzado por el

cerebro, interesando luego a su alrededor. Lentamente, con los miembros

aflojados, se había hundido en la cama. Y ahora no entendía cómo aguantaba

sentado allí, cómo la desesperación no lo arrojaba al suelo. Pero no podía

quedarse postrado. Unas tenazas sujetaban el tiempo. Todo se había parado.

La vida y el mundo había hecho un alto, junto con Virginia.

Pasaron así treinta minutos, después cuarenta.

Luego, poco a poco, como si estuviese haciendo un descubrimiento, sintió

que el cuerpo le temblaba. No era un temblor localizado, un nervio aquí, un

músculo allá. Temblaba todo el cuerpo, convulsivamente, como un saco de

nervios imposible de dominar. Y su mente, lo que se había salvado de su

mente, supo que esta era su reacción.

Siguió así durante más de una hora, con la mirada fija en el rostro de

Virginia.

Luego, de pronto, algo le sacudió el pecho, y aquello terminó. Neville se

levantó de la cama y salió de la habitación.

Al servirse el whisky derramó la mitad en el fregadero. Bebió el resto de

un trago. Se apoyó contra la pared. Volvió a llenar el vaso con manos

temblorosas y bebió compulsivamente.

Es sólo un sueño, se dijo. Fue como si una voz pronunciara las palabras

en su interior.

—Virginia...

Volvió la cabeza a ambos lados. Sus ojos examinaban la cocina como si

tuviera que descubrir algo, como si buscase la salida en aquella casa de horror.

Apretó las temblorosas manos una contra otra. Las formas bailaban ante sus

ojos. Sintió que una náusea le subía por la garganta y apartó las manos con

fuerza.

—Virginia.

Dio un paso adelante y trastabilló. Se le escapó un grito. Sintió un fuerte

dolor en la rodilla derecha, y luego se le extendió a toda la pierna. Se arrastró

tambaleándose hasta la sala. Se quedó allí como un superviviente de un

terremoto, con los ojos clavados en la puerta de la alcoba, volviendo a

presenciar aquella escena.

El incendio con sus feroces llamas rojas y amarillas, y la densa columna

de humo que subía hacia el cielo. El cuerpo de Kathy en sus brazos. Y un

hombre que, acercándose, le arrebataba a Kathy y se la llevaba como si fuese

un muñeco de trapo. Y él allí, de pie, soportando aquellos golpes de horror.

De pronto había saltado hacia adelante con un grito ronco:

—¡Kathy!

Unos brazos lo sujetaron, unos hombres con máscaras y delantal. Se lo

llevaron a rastras; sus pies dejaron las huellas en la arena.

Luego sintió aquel dolor en la mandíbula, y la oscuridad de las nubes

nocturnas anularon el día. El licor que le bajaba por la garganta, la tos, el

jadeo, y luego el coche de Ben Cortman, y él sentado al volante, rígidamente,

mientras se alejaban. La intensa humareda cubría el cielo como el negro

fantasma de la desesperación terrestre.

Recordó y cerró los ojos.

—No.

No permitiría que echaran allí a Virginia. No, aunque le costase la vida.

Llegó a la puerta y salió al porche. Cruzó el césped seco y amarillento y

caminó en dirección a la casa de Ben Cortman. El resplandor del sol le cegaba.

Caminaba con los brazos colgando a lo largo del cuerpo.

El timbre tocaba Qué seco estoy. Neville sintió deseos de romperlo. Se

acordó de que Ben había instalado las campanillas pensando que sería

gracioso.

Esperó rígido ante la puerta, sintiendo aún el pulso en la cabeza. No

importa lo que diga la ley, no importa que negarme signifique morir, ¡no la

echaré allí!

Golpeó la puerta con el puño.

—¡Ben!

Silencio. Las cortinas blancas colgaban inmóviles en las ventanas del

frente. Se podía ver el sofá rojo y la lámpara de pie con su pantalla de flecos.

Neville parpadeó. ¿Qué día era? Lo había olvidado, había perdido la noción del

tiempo.

Dejó caer la cabeza sobre el pecho. Una furia de impaciencia le invadía el

cuerpo.

¡Ben!

Golpeó la puerta de nuevo con los nudillos. Maldita sea, ¿dónde se ha

metido Ben? Apretó el timbre con el dedo muy tieso y las campanillas volvieron

a tocar la canción, repetidamente: 'Qué seco estoy, qué seco estoy, qué seco

estoy...'

Jadeando empujó con fuerza la puerta, que se abrió de par en par. Estaba

sin la llave echada. Neville entró en el vestíbulo silencioso.

—Ben —exclamó—. Ben, necesito tu coche.

El y su mujer estaban en el dormitorio, acostados en las camas gemelas,

silenciosos e inmóviles en su estado de coma diurno. Ben,. en pijama; Freda,

en camisón de seda.

Se quedó un momento mirándolos. En el cuello blanco de Freda había

algunas heridas, con unas costras de sangre. Neville miró a Ben. No mostraba

heridas. Oyó una voz interior que decía: ojalá despertase de esta pesadilla.

Sacudió la cabeza. No, no era posible despertar.

Encontró las llaves del coche en el escritorio. Las cogió y abandonó la

silenciosa casa. Sería la última vez que los veía muertos.

El motor roncó pesadamente, y Neville lo dejó calentar algunos minutos

mientras esperaba sentado al volante con los ojos fijos en el, polvoriento

parabrisas. Una mosca de cuerpo redondo volaba alredej dor de su cabeza en

el cálido y cerrado interior del coche. Neville miró la tapicería, de color verde,

sintiendo en el cuerpo los temblores del motor.

Al fin puso el coche en marcha y salió a la calle.

La casa estaba fresca y en silencio. Neville pisó suavemente la alfombra, y

luego sus pasos resonaron en la sala.

Se detuvo en el umbral y contempló a Virginia. Estaba tumbada de

espaldas, con las manos tendidas a los costados, los dedos blancos

ligeramente cerrados. Parecía dormir.

Neville volvió a la sala. ¿Qué podía hacer? Una cosa u otra. Todo era igual.

De cualquier modo, la vida dejaba de tener sentido.

Se detuvo ante la ventana con los ojos perdidos en la calle inundada de

sol.

¿Para qué fui a buscar el coche, entonces?, se preguntó. No puedo

quemarla. No quiero. ¿Y qué otra cosa es posible? No hay servicios fúnebres.

Todos, sin excepción, deben ser llevados a los fuegos en seguida. No había

otro sistema, a primera vista, de evitar el contagio. Sólo las llamas podían

destruir las bacterias.

Neville lo sabía. Sabía que así era la ley. ¿Pero cuántos la cumplían?

¿Cuántos mandos arrojaban allí a sus mujeres? ¿Cuántos padres incineraban a

sus hijos? ¿Cuántos hijos mandaban a sus padres a aquella inmensa hoguera?

Ño, aunque no existiera nada más no quemaría a su mujer.

Pasó una hora, y Neville se decidió al fin.

Buscó aguja e hilo.

Cosió la manta hasta que sólo dejó asomar el rostro de Virginia. Luego,

con dedos temblorosos y un nudo en el estómago, cosió la manta sobre la

boca. Sobre la nariz y sobre los ojos.

Luego fue a la cocina y tomó otro trago de whisky.

Volvió al dormitorio tambaleándose. Durante un buen rato se quedó allí

respirando pesadamente. Luego se inclinó y la cogió en brazos.

—Vamos, nena —murmuró.

Las palabras parecieron aflojarlo todo. Sintió que temblaba, y que las

lágrimas le bajaban lentamente por las mejillas. Atravesó la sala con el cuerpo

en los brazos y salió a la calle.

La colocó en el asiento de atrás y subió al coche. Suspiró profundamente y

buscó la llave del arranque.

El coche corrió unos metros marcha atrás y se detuvo. Neville bajó y fue

al garaje para buscar una pala.

Sintió que las fuerzas le abandonaban. Cruzaba la calle lentamente.

Neville dejó la pala en la parte trasera y entró en el coche.

—¡Espere!

Fue un grito seco. El hombre empezó a correr, pero se detuvo en seguida,

jadeando.

Neville esperó en silencio hasta que el hombre estuvo cerca.

—¿Podría usted... llevar... a mi madre? —dijo el hombre.

—Yo... yo...

La mente de Neville estaba bloqueada. Pensó que rompería a llorar de

nuevo, pero se contuvo, enderezándose.

—No voy a... allá —dijo.

El hombre lo miró sin entender.

—Pero su...

—¡No voy al fuego, he dicho! —estalló Neville, y giró la llave de contacto.

—Pero su mujer —dijo el hombre—. Su esposa ha...

Neville pisó el embrague.

—Por favor... —suplicó el hombre.

—¡No voy allá! —contestó Neville sin mirarlo.

—¡Pero es la ley! —gritó el hombre, furioso.

El coche retrocedió rápidamente y Neville dobló hacia el bulevar Compton.

Mientras se alejaba vio al hombre de pie en la acera. No, no voy a arrojar a

Virginia al fuego, se dijo mentalmente.

Las calles habían quedado desiertas. Dobló a la izquierda y se encaminó

hacia el este. No podía ir a los cementerios porque estaban cerrados y

vigilados. Los hombres que habían intentado enterrar a sus familiares habían

muerto a tiros.

Dobló a la derecha en la calle siguiente, y luego de nuevo a la derecha,

entrando en una calle tranquila que bordeaba un baldío. A los cincuenta metros

detuvo el motor y dejó que el coche siguiera en silencio el resto del trayecto.

Nadie lo vio descargar el bulto y entrar con él en el terreno cubierto de

matórrales. Tampoco lo vio nadie cuando depositaba el cuerpo en el suelo y se

inclinaba, desapareciendo entre las hierbas.

Cavó lentamente, clavando la pala en la tierra blanda. El sol brillante

calentaba el pequeño claro y el aire era tibio. El sudor le corría en líneas por la

cara. Sintió el olor húmedo y penetrante de la tierra removida.

Por fin terminó la fosa. Dejó la pala a un lado y se arrodilló. Había temido

tanto este momento.

Pero no podía perder más tiempo. Si lo descubrían, averiguarían lo que

hacía. No importaba la muerte, pero no estaba dispuesto a que la quemaran.

Apretó las mandíbulas. No.

Suavemente, la metió en la fosa, cuidando que la cabeza no diera contra

el suelo.

Se puso en pie y miró un rato el cuerpo envuelto en la manta. Por última

vez, pensó. Se acabó la charla, no más amor. Once maravillosos años

enterrados en un agujero. Comenzó a temblar. No, se dijo a sí mismo, no

queda tiempo para eso.

Unas lágrimas interminables empañaron el mundo y Neville echó la tierra

cálida sobre el cuerpo inmóvil.

Vestido y tumbado en la cama miraba el cielo raso. Estaba medio

borracho y en la oscuridad brillaban las luciérnagas.

Extendió el brazo derecho sin mirar. La mano tropezó con la botella y los

dedos reaccionaron demasiado tarde. Siguió tumbado en la oscuridad de la

noche escuchando cómo el whisky salía a borbotones de la botella y se

derramaba por el suelo.

Volvió la cabeza sobre la almohada y miró la hora. Eran las dos de la

mañana. Habían pasado dos días desde que la enterró. Dos ojos que miraban

el reloj, dos oídos que escuchaban el zumbido eléctrico, dos labios apretados,

dos manos sobre la cama.

Sacudió la cabeza para aclararse, pero el mundo entero parecía

organizarse de pronto en un sistema de pares: dos personas muertas, dos

ventanas, dos escritorios, dos alfombras, dos corazones que...

Aspiró profundamente el aire nocturno, lo retuvo unos instantes, y luego

lo expiró relajando el cuerpo. Dos días, dos manos, dos ojos, dos piernas, dos

pies...

Bajó las piernas de la cama y se quedó sentado. Se metió de pies en el

charco de whisky y sintió que se le empapaban los calcetines. Un viento frío

frío golpeaba los cristales.

En medio de la oscuridad se preguntó a sí mismo: ¿Qué me queda al fin y

al cabo?

Se incorporó cansadamente y entró a trompicones en el cuarto de baño,

dejando huellas húmedas. Se lavó la cara y buscó una toalla.

¿Qué me queda? ¿Qué...?

Se enderezó rígidamente en la fría oscuridad.

Alguien estaba abriendo la puerta de calle.

Sintió un escalofrío que le corría por la espalda. Es Ben, se dijo. Viene a

por las llaves del coche.

La toalla le cayó al suelo. Unos nudillos golpearon la puerta, débilmente,

como si estuvieran tocando la madera.

Neville se dirigió lentamente hacia la sala, el corazón le golpeó el pecho.

A continuación un débil puño golpeó la puerta. ¿Qué pasa?, pensó Neville.

No está echada la llave. Por la ventana abierta entraba un aire helado.

—¿Quién...? —preguntó incapaz de abrir.

Trastabilló, dio un paso atrás, se volvió y se apoyó de espaldas en la

puerta, respirando jadeante.

No ocurrió nada. Neville se contuvo.

En seguida sintió que se ahogaba. Alguien se movía afuera, murmurando.

Neville cruzó los brazos sobre el pecho y luego, de pronto, abrió la puerta de

un tirón y los rayos de la luna iluminaron el umbral.

Ni siquiera gritó. Se quedó allí, clavado en el suelo, mirándola

inexpresivamente.

—Rob...ert —dijo Virginia.

10

El departamento de ciencias estaba en el segundo piso. Los pasos de

Neville sonaron a hueco en los escalones de mármol de la Biblioteca Pública de

Los Angeles. Era el 7 de abril de 1976.

Se le había ocurrido, después de pasar varios días sumido en borracheras,

disgustos e investigaciones inconcretas, que estaba perdiendo el tiempo. Era

indudable que los experimentos aislados no llevaban a ninguna parte. Si había

alguna solución racional al problema (y debía creer que sí) no la encontraría de

ese modo.

En su nuevo y ordenado programa había decidido estudiar la sangre. El

primer paso era, pues, buscar algunos libros sobre el tema.

En la biblioteca, el silencio era total. Afuera se oía a veces el canto de los

pájaros, y aun cuando éstos callasen parecía seguir oyéndose alguna especie

de canto. Era inexplicable, pero el silencio parecía más fúnebre dentro que

fuera.

Especialmente aquí, en este enorme edificio de piedra gris que albergaba

toda la literatura de un mundo muerto. Quizá, pensó, estoy rodeado

meramente por muros psicológicos. Pero esto no era gran cosa. No había

psiquiatras para tratar neurosis sin fundamento y alucinaciones auditivas. El

último hombre del mundo estaba absolutamente encerrado en sus ilusiones.

Neville entró en el departamento de ciencias.

Era un cuarto de techo alto, con amplios ventanales. Cerca de la puerta se

alzaba el escritorio donde en otro tiempo quedaban registrados los libros.

Neville se detuvo allí un momento, paseando la mirada por la silenciosa

sala, sacudiendo lentamente la cabeza. Muchos libros, pensó: testimonio de la

inteligencia de un planeta, migajas de mentes fútiles, mezcla de sistemas

inútiles para impedir la muerte del hombre.

Se acercó a las estanterías de la izquierda y sus zapatos golpearon las

oscuras baldosas. Miró las tarjetas que clasificaban los libros de los estantes.

Astronomía, leyó, libros sobre el cielo. Pasó de largo. No le interesaba ya el

cielo. Aquella antigua curiosidad había muerto junto con otras. Física, Química,

Ingeniería. Siguió adelante y entró en la sección que ocupaba su interés.

Se detuvo y alzó los ojos. En el techo había dos hileras de luces apagadas,

y el cielo raso estaba dividido en grandes cuadrados profundos, decorados con

mosaicos indúes, al parecer. La luz del día entraba por las ventanas

polvorientas, y unas motas grises quedaban suspendidas en los rayos de sol.

Observó las largas mesas de madera y las hileras de sillas. Todo estaba en

su sitio. El último día, pensó, alguna bibliotecaria solterona había recorrido la

sala colocando las sillas en el lugar correspondiente, con una laboriosa

precisión.

Se imaginó a la mujer que había muerto solitaria para volver, quizá,

condenada a terribles vagabundeos, y sacudió la cabeza. Basta, se dijo, no hay

tiempo para divagaciones románticas.

Pasó ante otros libros hasta que llegó a Medicina. Esta era la sección que

le interesaba. Miró los títulos y encontró libros sobre higiene, fisiología (general

y especial), terapéutica. Un poco más allá, bacteriología.

Sacó cinco obras de fisiología general y varios libros que trataban temas

relacionados con la sangre y los dejó sobre una mesa. ¿Le interesaban también

algunos textos sobre la bacteriología? Durante un rato miró indeciso los títulos.

Al fin se encogió de hombros. Bueno, ¿en qué se diferenciaban? Sacó

varias obras al azar y las añadió al montón. Tenía nueve libros, suficientes

para empezar. Podía volver en cualquier momento. Cuando salía de la sala

miró el reloj sobre la puerta. Las manecillas rojas se habían parado a las siete

y veinticinco. Neville se preguntó qué día se habrían detenido. Dios mío, ¿qué

importancia tiene ahora todo esto? se dijo con desprecio. Aquella nostálgica

preocupación por el pasado cada vez le irritaba más. Era una debilidad, lo

sabía, una debilidad que no debía permitirse. Sin embargo, de cuando en

cuando, se sorprendía meditando ampliamente sobre algún aspecto del pasado

reciente.

Desde dentro tampoco pudo abrir las puertas grandes. Estaban bien

cerradas con llave. Tuvo que salir por la ventana rota, dejando caer los libros

en la acera, uno a uno. Llevó luego los libros al coche.

Mientras ponía en marcha el motor vio que había aparcado en un lugar

prohibido, junto a una acera pintada de rojo. Miró arriba y abajo de la calle.

—¡Policía! —se descubrió gritando—. ¡Eh, policía!

Se rió durante un kilómetro, sorprendido de que aquello le pareciera tan

divertido.

Dejó el libro. Había estado releyendo los temas referentes al sistema

linfático. Recordó vagamente haberlos leído meses atrás, durante el tiempo

que ahora calificaba de 'período congelado'. Pero aquella lectura, sin aplicación

posible, no le había interesado suficientemente.

Ahora podía encontrar algo en esas páginas.

Las delgadas paredes de los capilares permitían que el plasma sanguíneo

penetrara en los tejidos junto con los glóbulos rojos y blancos. Estos elementos

retornaban eventualmente al sistema circulatorio a través de los vasos

linfáticos, llevados por el claro líquido llamado linfa.

Durante el camino de vuelta, la linfa atravesaba nódulos linfáticos que

interrumpían el paso de la corriente y filtraban las partículas de desecho,

evitando que pasaran al caudal sanguíneo.

Bien.

Había dos cosas que activaban el sistema linfático: lo., la respiración: el

diafragma comprimía el abdomen, haciendo subir la sangre y la linfa; 2o., el

movimiento físico: los músculos comprimían los vasos linfáticos, haciendo

circular la linfa. Un complejo sistema de válvulas impedía el retroceso de la

corriente.

Pero los vampiros no respiraban; por lo menos los muertos. Eso podía

significar que la mitad de la corriente linfática había quedado interrumpida. Y

algo más: que una cantidad importante de productos de desecho no quedaban

liberados en el sistema linfático del vampiro.

A Neville le venía a la memoria el olor fétido de aquellos seres.

Siguió leyendo.

'Las bacterias pasan a la corriente sanguínea, donde... los glóbulos

blancos desempeñan un papel importante en la defensa contra las bacterias...

La luz solar mata muchos gérmenes y... algunas enfermedades humanas

pueden ser transmitidas por moscas, mosquitos... Y allí, estimulados por el

ataque de las bacterias, los productores de fagocitos introducen nuevos

corpúsculos en la corriente sanguínea...'.

Neville dejó el libro sobre sus rodillas. Le resbaló por las piernas y cayó en

la alfombra.

Siempre parecía existir relación entre las bacterias y las enfermedades de

la sangre. Sin embargo, aún se burlaba de los que habían muerto denunciando

los gérmenes y rechazando a los vampiros.

Se levantó para prepararse una copa. Pero, de pie ante el bar, se quedó

mirando fijamente la pared, mientras golpeaba con el puño la tabla del bar,

lenta y rítmicamente.

Gérmenes.

Hizo una mueca. Bueno, en nombre de Dios, se dijo desanimado, el

peligro no reside en las palabras.

Respiró hondo. Bien, se dirigió a sí mismo, ¿hay algo que se oponga a los

gérmenes?

Se alejó del bar como si dejara el problema allí. Fue a la cocina y se sentó

mirando la cafetera humeante. Gérmenes. Bacterias. Virus, Vampiros. ¿Por

qué me niego? pensó. ¿Es sólo una terquedad reaccionaria, o quizás es que la

tarea excede mis límites?

No sabría decirlo. Podría intentar un nuevo camino: el del compromiso.

Una teoría no era necesariamente contraria a la otra.

Las bacterias podían explicar la existencia de los vampiros.

Y de pronto todo pareció aclararse.

Era como si se tratara de aquel niño holandés que tapando con el dedo el

agujero del dique, impide que entre el mar de la razón. Allí se había quedado,

en cuclillas, y satisfecho. Ahora se había incorporado, destapando el agujero. Y

un mar de respuestas entraba en él.

La plaga se había extendido tan aprisa que se preguntaba si hubiese sido

posible con la sola acción de los vampiros.

Se sintió hundido por la evidencia de la respuesta. Sólo las bacterias

podían explicar la progresiva rapidez de la plaga, el aumento geométrico de las

víctimas.

Apartó la taza de café, tenía el cerebro ocupado en una docena de ideas

diferentes.

Las moscas y mosquitos también eran responsables. Extendiendo la

enfermedad y haciéndola correr por el mundo.

Sí, las bacterias podían ser la explicación de muchas cosas: el encierro

durante el día y el estado de coma provocado por los gérmenes para

protegerse de la luz del sol.

Y se le había ocurrido una nueva idea: las bacterias podían ser la fuerza

misma del vampiro.

Sintió que un escalofrío le recorría la espalda. ¿Era posible que el mismo

germen que mataba a los vivos animara a los muertos?

Era imprescindible averiguarlo. Dio un salto y salió corriendo de la sala.

Cuando estaba a punto de abrir la puerta se detuvo bruscamente, con una risa

nerviosa. Dios mío, pensó, ¿me estoy volviendo loco? Ya es de noche.

Sonrió conformándose y se paseó por la sala. Quizá la teoría no lo

explicase todo. ¿Qué pasaba con las estacas? Trató de situarlas en un cuadro

general infeccioso, pero sólo podían guardar relación con las hemorragias, y

eso no explicaba el caso de aquella mujer. Y seguro que no era el corazón.

Parecía que su nueva teoría empezaba a tambalearse. Las bacterias no

podían explicar tampoco el efecto de las cruces. El suelo. No, no había nada

allí. El agua corriente, el espejo, los ajos...

Neville sintió que no podía dominar sus nervios y deseó gritar y frenar

aquellas ideas desorbitadas. ¡Tenía que descubrir algo! ¡Maldita sea!, exclamó

mentalmente. ¡Lo descubriré!

Se sentó, tembloroso y tenso, tratando de dejar en blanco la mente.

Señor, pensó al fin, ¿qué me sucede? Tengo una idea, no puedo explicarlo todo

en un minuto, y si tardo más de un minuto en explicármelo todo siento pánico.

¿Estaré volviéndome loco?

Tomó el vaso; ahora lo necesitaba. Alzó la mano hasta que el temblor

cedió. Bueno, muchacho, cálmate. Santa Claus vendrá esta noche a traerte

todas las respuestas. Ya no serás un solitario Robinson Crusoe en una isla

desierta, rodeado por un océano de muerte.

Se rió de la idea y se calmó un poco. Me ha salido una frase genial, pensó.

El último hombre en el mundo es Edgard Guest.

Bueno, dijo, ahora te vas a la cama. No vas a pensar en veinte cosas

distintas. No puedes seguir así. Eres un desastre emocional.

Lo primero es conseguir un microscopio. Lo primero, repitió mientras se

quitaba la ropa, ignorando aquel nudo en el estómago, el deseo de sumergirse

sin más preámbulos en la investigación.

No se sentía bien, acostado allí en la oscuridad y madurando una sola

idea. Sabía que debía ser así. Un primer paso, maldita sea, un primer paso.

Sonrió con una mueca, en la oscuridad, consolándose con la idea de un

trabajo bien definido.

Sin embargo, antes de dormir se permitió una nueva reflexión. Las

picaduras, los insectos, la transmisión de hombre a hombre... ¿era eso

suficiente para explicar la terrible rapidez con que se extendía la plaga?

Se durmió con el interrogante en la mente. Y a eso de las tres de la

mañana despertó sintiendo que otra tormenta de arena caía sobre la ciudad. Y

de pronto, en un segundo, encontró la relación.

11

El primero que encontró no servía.

Cualquier vibración perturbaba la imagen. Estaba desajustado. El espejo,

de pivotes flojos, se desequilibraba fácilmente. Además, el microscopio carecía

de condensadores y polarizadores. Tenía un solo portaobjetivo, y cada vez que

quería variar los aumentos debía cambiar la lente.

Pero era previsible. No sabía nada de microscopios, y se había llevado a la

casa el primero que había encontrado. Tres días más tarde lo lanzaba contra la

pared y lo hacía pedazos.

Luego, más tranquilo, fue ala biblioteca y buscó documentación sobre

microscopios.

La próxima vez no se lo llevó hasta asegurarse de que era un buen

instrumento: tres portaobjetivos, condensador y polarizador, buena base,

movimientos precisos, diafragma, buenas lentes. Una muestra más, se dijo a sí

mismo, de la estupidez de trabajar atolondrado. Sí, sí, repitió del mal humor.

Se obligó a pasar varias horas estudiando el instrumento.

Trabajó con el espejo hasta conseguir dirigir un rayo de la luz sobre el

objeto deseado en pocos segundos. Se familiarizó con las lentes, desde la de

tres pulgadas a la de un doceavo de pulgada. Rompió trece platinas hasta que

aprendió a colocar una gota de aceite de cedro en cada una y bajar luego la

lente suavemente hasta tocar la gota.

Después de tres días de plena dedicación, aprendió a manipular los

estriados tornillos de ajuste, a gobernar el diafragma y los condensadores e

iluminar la platina con precisión. Pronto obtuvo así imágenes definidas y

claras.

Luego chocó con el problema más arduo. A pesar de sus esfuerzos no

podía evitar la presencia de alguna partícula de polvo. Por lo que a veces le

parecía estar estudiando rocas.

Resolver esto era especialmente difícil, pues casi cada cuatro días

estallaba una tormenta de arena. Finalmente instaló unos protectores de tul.

Aprendió a trabajar con método. Descubrió que el desorden (y el tiempo

que empleaba en buscar las cosas) hacía que el polvo se acumulara en las

platinas. Sin proponérselo, casi jugando, pronto destinó un lugar para cada

cosa: platinas, placas, probetas, pinzas, platillos, agujas, productos químicos.

Descubrió, sorprendido, que el orden le producía un verdadero placer. La

herencia del viejo Fritz, al fin y al cabo, se justificó, sonriendo.

Luego consiguió una muestra de sangre.

Dedicó varios días a preparar unas gotas y ponerlas en la platina. Durante

un tiempo no confiaba en que lo lograria.

Pero al fin una mañana, por casualidad, como si fuese un asunto sin

importancia, puso su trigésima séptima muestra de sangre bajo las lentes,

concentró la luz, ajustó los espejos, y luego el diafragma y el condensador.

Cada segundo parecía aumentar el ritmo de sus latidos, pues, de algún modo,

intuía que ésta vez sí.

El momento llegó. Contuvo el aliento.

Allí, moviéndose delicadamente en la platina, había un germen.

Te nombro vampiríis. Las palabras se le ocurrieron mientras miraba por la

lente ocular.

Consultó un texto de bacteriología y descubrió que una bacteria cilindrica

era un bacilo, una varita protoplasmática que se movía en la sangre por medio

de unos hilitos, proyecciones de la membrana celular. Estos flagelos agitaban

vigorosamente el líquido ambiente y movían el bacilo.

Durante un rato permaneció mirando el microscopio, incapaz de pensar o

seguir adelante.

Fuera lo que fuese lo que estaba allí, en la platina, era el origen del

vampiro. Todos los siglos de superstición se desvanecían en aquel instante.

Los científicos tenían razón entonces; se trataba de bacterias. Le había

tocado a él, Robert Neville, de treinta y seis años, superviviente, completar la

encuesta y descubrir al asesino: un germen dentro del vampiro.

De pronto, una honda depresión le embargó. Allí estaba ahora la

respuesta, pero era demasiado tarde. Trató ansiosamente de animarse a la

vista de los resultados, pero no pudo. No sabía por dónde empezar. El

problema parecía irresoluble. ¿Cómo podría curar a los que todavía vivían? No

sabía nada sobre bacterias.

Bueno, ¡sabré!, prometió interiormente. Y se obligó a estudiar.

Algunas especies de bacilos, cuando las condiciones de vida se vuelven

desfavorables, son capaces de crear en ellos mismos unos cuerpos llamados

esporas.

Así, condensan los contenidos celulares en un cuerpo de forma oval y

gruesas paredes. El cuerpo se separa luego del bacilo y la espora queda libre,

y es resistente a los cambios químicos y físicos.

Más tarde, cuando las condiciones de vida mejoran, la espora germina,

conservando todas las cualidades del bacilo original.

Neville, de pie, con los ojos cerrados, se agarraba con fuerza a los bordes

del vertedero. Encontraría algo allí, se dijo a sí mismo, algo. ¿Pero qué?

Supongamos, continuó, que el vampiro no consiga sangre. Las condiciones

estarían en contra ael bacilo vampiríis.

Pero para protegerse a sí mismo, el bacilo crea la espora, poniendo en

coma al vampiro. Luego, cuando las condiciones ambientes cambian, el

vampiro se reanima.

¿Pero cómo puede saber el germen en dónde hay sangre? Neville dio un

puñetazo en el vertedero. Releyó el capítulo. Había algo allí. Lo presentía.

Cuando las bacterias no se alimentan adecuadamente, su metabolismo se

altera y producen bacteriófagos (proteínas inanimadas, autorreproductoras).

Estos bacteriófagos destruyen las bacterias.

Cuando no hay sangre, el metabolismo será anormal, los bacilos

absorberán agua y reventarán al fin destruyendo las células.

Otra vez aparecían las esporas. Había que incluirlas en el cuadro.

Bueno, suponiendo que el vampiro no entre en coma y suponiendo que su

cuerpo se corrompa sin sangre, el germen puede crear aún sus esporas y...

¡Claro! ¡Las tormentas de arena!

Las esporas libres eran transportadas por las tormentas. El polvo

lastimaba la piel, y las esporas se alojaban en esas pequeñas heridas. Una vez

dentro, la espora podía germinar y multiplicarse por fisión, destruyendo los

tejidos. El bacilo liberaba así los cuerpos descompuestos, venenosos, en tejidos

sanos. Los venenos alcanzaban eventualmente la corriente sanguínea.

El proceso quedaba completado.

Y todo sin vampiros de ojos inyectados en sangre, inclinados sobre

hermosas heroínas dormidas. Todo sin murciélagos que revolotean detrás de

los cristales.

El vampiro era un ser real. Pero nadie había averiguado su verdadera

historia. Neville recordó entonces algunas plagas.

La caída de Atenas fue similar a la plaga de 1975. Antes que pudieran

reaccionar, la ciudad ya había caído. Los historiadores hablaban de la peste

bubónica. Neville, sin embargo, creía que el culpable era el vampiro.

No, no precisamente el vampiro. Desde ahora, aquel espectro asesino

sería sobre todo una herramienta del germen; su papel sería el del villano de

la historia. El germen que había propagado su azote mientras la gente huía

aterrorizada.

¿Y la peste negra, aquel mal espantoso que barrió Europa, destruyendo

casi tres cuartos de la población?

¿Vampiros también?

Cuando eran las diez de la noche, a Neville le dolía la cabeza y sentía los

ojos hinchados como globos. Se dio cuenta de que tenía hambre. Sacó carne

de la nevera, la dejó en el horno y tomó una ducha.

Se sobresaltó al oír un golpe en un costado de la casa.

En seguida sonrió cansadamente. Había estado tan abstraído durante todo

el día, que había olvidado la manada.

Mientras se secaba, trató de recordar. No distinguía, entre los vampiros de

la calle, los vivos de los activados por los gérmenes. Extraño, pensó. Debía de

haber alguna diferencia entre las dos clases, pues sus disparos sólo destruían a

algunos, dejando incólumes a otros. Los muertos, presumiblemente, podían

resistir las balas.

Y se le ocurrían otro problema. ¿Por qué venían los vivos? ¿Y por qué sólo

unos cuantos y no todos los del barrio?

Neville tomó un vaso de vino con la carne y le sorprendió el buen sabor de

todo. La comida habitual le sabía a madera. El trabajo me ha abierto el apetito,

pensó.

Además, no estaba interesado en el whisky. Sacudió la cabeza. Era

dolorosamente obvio qué buscaba en la bebida.

De la carne sólo dejó los huesos. Luego fue a la sala con el resto del vino,

hizo sonar unos discos en el tocadiscos y se arrellanó en el sillón.

Se quedó allí escuchando las suites primera y segunda de Daphnis y Cleo,

de Ravel, con las luces apagadas excepto las lámparas de la pared. Durante un

rato se olvidó totalmente de los vampiros.

12

Al día siguiente todo se estancó.

La lámpara solar destruía los gérmenes de la platina, pero eso no

explicaba gran cosa.

Neville hizo una mezcla de sulfuro de alilo con sangre contagiada y no

ocurrió nada. El sulfuro fue absorbido por la sangre, y los gérmenes

continuaron viviendo.

Se paseó inquieto por el dormitorio.

El ajo los alejaba, y la sangre era imprescindible para su existencia. Sin

embargo, si se mezclaban estos dos elementos, nada ocurría. Neville apretó

con furia los puños.

Un momento..., se dijo. Esa sangre era de un vampiro vivo.

Una hora más tarde trabajaba con otra muestra. La mezcló con sulfuro de

elilo y miró atento por el microscopio. Nada.

El almuerzo se le atragantó.

¿Y las estacas, entonces? Las hemorragias, al parecer, no eran lo más

importante. Aquella maldita mujer...

Pasó media tarde tratando de concentrarse en algo. Al fin, de un golpe tiró

el microscopio y se dirigió a tropezones hacia la sala. Se arrojó en el sillón y se

quedó allí, tamborileando con los dedos impacientemente.

Felicidades, Neville, eres imposible, dijo mordiéndose los nudillos.

Afrontemos el problema, pensó, consecuentemente. Perdí la cabeza hace

mucho tiempo. No puedo pensar más de dos días seguidos sin aturdirme. Soy

un inútil, un estúpido, un guiñapo.

Bien, decidió encogiéndose de hombros. Volveré al problema.

Hay hechos indiscutibles. Hay un germen, contagioso, al que la luz solar lo

mata; el ajo es un arma contundente. Algunos vampiros duermen en la tierra;

las estacas clavadas en el corazón los destruyen. No se transforman en lobos o

murciélagos, pero el contagio puede salpicar a ciertos animales, que se

convierten también en vampiros.

De acuerdo.

Hizo una lista. Una columna empezaba con la palabra Bacilos; la otra, con

signo de interrogación.

Comenzó.

La cruz. No, eso no podía guardar relación alguna con los bacilos. Era

quizá algo psicológico.

La tierra. ¿Habría alguna sustancia en el suelo que afectaba a los

gérmenes? No. ¿Cómo llegaba la tierra hasta el caudal sanguíneo? Además,

sólo eran una minoría los que dormían en la tierra.

El agua. Podía ser absorbida por los poros y... No, eso era absurdo. Los

vampiros salían también con lluvia. Otro concepto para la columna del

interrogante. Neville escribió con el pulso tembloroso.

El sol. Trató vanamente de alegrarse al poder incluirlo en la columna de la

izquierda.

La estaca. No. Tragó saliva. Atención.

El espejo. En nombre de Dios, ¿cómo podía guardar relación un espejo

con los gérmenes? La apresurada escritura en la columna de la derecha era

ininteligible.

El ajo. Neville se detuvo, castañeando los dientes. Tenía que añadir más

conceptos a la columna de los bacilos. Era casi una cuestión de honor. El ajo,

el ajo. Cómo debía de afectar a los gérmenes.

Comenzó a escribir en la columna de la derecha, pero antes de terminar

sintió que la ira crecía en su interior como la lava en un volcán.

¡Maldita sea!

Arrugó la hoja con rabia y la tiró a un rincón. Levantó la cabeza

súbitamente, mirando a su alrededor. Quería romper algo, le daba igual lo que

fuera. ¡Habías concluido, creías, el período congelado! se gritó a sí mismo

corriendo hacia el bar.

Se detuvo. No, no voy a empezar de nuevo. Se pasó las manos por los

cabellos. Un movimiento convulsivo le puso un nudo en la garganta. Se

estremeció conteniendo su furia.

El gorgoteo del whisky le molestó. Puso la botella boca abajo y el whisky

salió a borbotones golpeando las paredes del vaso y salpicando la mesa.

Neville bebió el whisky de un trago, echando la cabeza hacia atrás.

¿Soy un animal!, gritó. ¡Un estúpido y torpe zopenco!

Vació el vaso y lo echó al suelo. El vaso golpeó contra los libros y rodó por

la alfombra. Neville saltó, pisoteándolo hasta hacerlo añicos.

Luego, guando sobre sus talones, volvió al bar y se sirvio otro vaso. Lo

apuró rápidamente. Llenó otro. Demasiado lento, ¡maldita sea! Bebió

directamente de la botella, atragantándose, quemándose la garganta y

sintiendo desprecio de sí mismo.

Arrojó la botella, que fue a chocar contra el mural, haciéndose pedazos. El

resto de whisky que quedaba corrió por los troncos de los árboles y el suelo.

Neville cruzó la sala, recogió un trozo de vidrio y desgarró el mural de arriba a

abajo.

Dejó caer el trozo de vidrio. Sentía un dolor persistente en los dedos.

Miró. Se había hecho un corte.

¡Bien! gritó alegremente, y apretó los bordes de la herida. La sangre cayó

goteando sobre la alfombra.

Al cabo de una hora estaba totalmente borracho, acostado de espaldas en

el suelo, sonriendo inexpresivamente.

El mundo se ha destruido, pensó. Nada de gérmenes, nada de ciencia. El

mundo ha sido presa de lo sobrenatural, es ya un mundo sobrenatural.

Harper's Bizarro, La Revista del Sábado de las Brujas, El Hogar Siniestro, El

joven doctor Jekyll, La otra mujer de Drácula, La muerte puede ser hermosa,

No sea ensartado a medias, y Las Grandes Tiendas del Ataúd.

Neville siguió ebrio durante dos días, y había decidido seguir así hasta el

fin del mundo, o hasta el fin del whisky. Y lo hubiera cumplido si no hubiese

sido por una casualidad.

Ocurrió en la tercera mañana, cuando salió tambaleándose al porche para

saber si el mundo se mantenía firme.

Había un perro vagabundeando en la acera.

Cuando oyó el ruido de la puerta de calle, dejó de husmear, alzó la cabeza

y salió sacudiendo sus delgadas patas.

Por un momento Neville, sorprendido, quedó inmóvil, petrificado, con los

ojos clavados en el perro. El animal se alejaba con el rabo entre las piernas.

¡Estaba vivo! ¡A la luz del sol! Neville saltó hacia adelante, ahogando un

grito y trastabillando. Recuperó el equilibrio y echó a correr detrás del perro.

—¡Eh! —gritó, y su ronca voz rompió el silencio de la calle—. ¡Ven aquí!

Cruzó la acera.

—¡Eh! —llamó de nuevo—. Ven aquí, criatura.

El perro, por la otra acera, corría con la pata izquierda en el aire y las

negras garras arañando las losas.

—¡Ven, criatura, no te haré daño! —llamó Neville.

Sintió dolor en el costado y la cabeza le estallaba. El perro se detuvo un

instante y miró hacia atrás. Luego se metió entre unas casas y Neville lo pudo

ver bien. Era castaño y blanco, mestizo, con la oreja izquierda desgarrada y

caída.

—¡No te escapes!

Neville no registró el estremecido grito de histeria que le salía de la

garganta. El perro desapareció entre las casas. Gimiendo, Neville corrió más de

prisa, sin tener en cuenta los efectos de la resaca.

Pero cuando llegó al patio el animal había desaparecido.

Corrió hasta la cerca y miró al otro lado. Nada. Se volvió. Quizá el perro

estaba en la calle.

La calle aparecía desierta.

Durante una hora vagó por el barrio, buscando en vano y llamando de

cuando en cuando.

Al fin volvió a la casa seriamente deprimido. Cruzarse con un ser vivo,

encontrar un compañero después de tanto tiempo, y perderlo tan aprisa.

Aunque sólo se tratase de un perro. ¿Sólo un perro? Para Neville era el colmo

de la evolución planetaria.

No pudo tomar nada. Se sentía tan débil y enfermo que tuvo que

acostarse. Pero no durmió. Permaneció tendido, temblando febrilmente,

agitando la cabeza a un lado y a otro, sobre la almohada.

—Ven, criatura —murmuraba en el delirio—. Ven, no te haré daño.

Por la tarde volvió a buscarlo. En dos manzanas a la redonda examinó

todos los patios, todas las calles, todas las viviendas.

Cuando volvió, hacia las cinco, dejó un plato de leche y una salchicha en

la acera, y los rodeó con un collar de ajos, con la idea de que los vampiros no

se acercasen.

Más tarde se le ocurrió que si el perro estaba contagiado el ajo lo alejaría

también. Pero, entonces, ¿cómo vagaba por las calles a la luz del día? Quizá

aún no estaba enfermo. Pero ¿cómo había sobrevivido a los ataques

nocturnos?

De pronto, se le ocurrió: ¿y si viene esta noche atraído por la leche y ellos

le atacan? No podría soportarlo. Se suicidaría, pensó.

Otra vez el inexplicable enigma de sus ganas de vivir. Ahora se entretenía

con algunos experimentos, pero la vida era aún un viaje estéril y sin sentido. A

pesar de lo que le rodeaba o podía conseguir (excepto compañía humana),

aquella vida no podía mejorar, ni siquiera cambiar. Siempre viviría como hasta

ahora. ¿Durante cuántos años? Treinta, quizá cuarenta, si no se destruía antes

bebiendo.

La idea de aguantar cuarenta años más en estas condiciones lo

estremeció.

Y sin embargo aún no se había suicidado. En verdad, si seguía sin comer,

ni beber, ni dormir adecuadamente, la salud no le iba a durar mucho tiempo.

Estaba haciendo trampa con los porcentajes, sospechó.

Pero descuidar la salud no era suicidio. ¿Por qué no había intentado

suicidarse?

No sabía qué responder. No se había resignado aún, ni había aceptado

aquella vida. Sin embargo, seguía allí, ocho meses después de que la plaga

hubiera aniquilado a su última víctima, nueve meses desde que había hablado

por última vez con un ser humano, diez desde que acaeció la muerte de

Virginia. Allí estaba, sin futuro y sin presente, pero todavía se mantenía en la

brecha.

¿Instinto de conservación? ¿Estupidez? ¿Exceso de imaginación? ¿Por qué

no se había suicidado al principio, cuando estaba absolutamente hundido?

¿Qué le había llevado a atrincherarse en la casa, instalar un refrigerador, un

generador, una cocina eléctrica, un depósito de agua, construir un

invernadero, un banco de trabajo, destruir las casas aledañas, coleccionar

discos y libros, y almacenar montañas de latas de conserva, y aun —parecía

increíble— colocar un mural?

¿Era la vida algo más que palabras, una fuerza incontrolable que

gobernaba la conciencia? ¿Intentaba la naturaleza sobrevivir a pesar suyo?

Cerró los ojos. ¿Por qué tratar de razonar? No había respuesta. Su

supervivencia era un mero accidente. Demasiado obtuso, sencillamente, para

terminar de repente.

Más tarde reparó las partes rotas del mural. Los cortes quedaban

disimulados, si no se miraba de cerca.

Intentó por un instante volver a pensar en el problema de los bacilos, pero

advirtió que sólo tenía a su imaginación el perro. Asombrado, se descubrió

deseando humildemente que el animal no sufriese ningún daño. En ese

momento sentía la desesperada necesidad de creer en un Dios protector.

Aunque, de un momento a otro, comenzaría a burlarse de sí mismo.

Sin embargo, logró ignorar su mente iconoclasta y siguió rezando. Porque

quería el perro, lo necesitaba.

13

A la mañana siguiente, la leche y la salchicha habían desaparecido.

Neville miró arriba y abajo de la acera. Había dos mujeres, pero no el

perro. Suspiró aliviado. Gracias a Dios, pensó. En seguida, hizo una mueca. Si

fuese una persona religiosa, pensó, diría que han atendido mi plegaría.

¿Pero cómo era que no había vigilado la venida del perro? Debía de haber

sido al alba, cuando no quedaba nadie en las calles. Se conformó pensando

que estaba atrayendo al animal, aunque sólo fuese por la comida. Pero quizá

se la habían llevado los vampiros. Una rápida ojeada disipó sus temores. La

salchicha había pasado por encima del collar de ajos y habían quedado restos

en el cemento. Y la saliva del animal había salpicado alrededor del plato.

Antes de desayunar preparó un poco más de leche y otra salchicha, y

llevó todo a la sombra para que la leche no se estropease. Pensó un momento,

y añadió un tazón con agua fresca.

Luego, después de comer, cargó a las dos mujeres y las llevó al fuego; de

vuelta, se detuvo en un supermercado y recogió dos docenas de latas de la

mejor comida para perro, cajas de bizcochos para perro, polvos antiparásitos y

un cepillo de alambre.

Señor, cualquiera diría que voy a tener un bebé o algo parecido, pensó

mientras volvía al coche con la carga. Una débil sonrisa le asomó a la cara.

¿Por qué engañarse?, reflexionó. El descubrimiento del germen no le había

entusiasmado demasiado.

Regresó a toda prisa y no pudo evitar expresar su desilusión. La carne y la

leche estaban en el mismo sitio. Bueno, ¿qué te creías? se preguntó. El perro

no va a comer continuamente. Ya volverá cuando tenga hambre.

Dejó los bultos en la cocina y miró el reloj. Las diez y cuarto. Calma, se

dijo a sí mismo. Conserva por lo menos esta virtud.

Salió a revisar las ventanas y el invernadero. Había que clavar un tablón

suelto y arreglar el techo de vidrio.

Mientras recogía los ajos se preguntaba, una vez más, por qué los

vampiros no le habían incendiado la casa. ¿Temerían el fuego? ¿O simplemente

no se les había ocurrido? Al fin y al cabo, sus cerebros no podían razonar como

antes. El paso de la vida normal a una muerte animada debía dañar los tejidos.

No, la teoría no era exactamente ésta, pues de noche venían también

algunos vampiros a los que nada les había dañado sus cerebros,

probablemente.

Dejó el asunto. No estaba inspirado para problemas. Pasó parte de la

mañana preparando nuevos collares de ajos. En una ocasión recordó la

leyenda: sólo los capullos de la planta eran eficaces. Se encogió de hombros.

¿En dónde estaba la diferencia?

Después del almuerzo se instaló en la mirilla espiando el tazón y el plato.

No se oía ningún sonido, salvo el zumbido apenas perceptible del

acondicionador de aire.

El perro llegó alrededor de las cuatro. Neville, medio endormiscado,

parpadeó y vio que cruzaba lentamente la calle, vigilando la casa con ojos

precavidos. Se preguntó qué le pasaba en la pata izquierda. Si conseguía

curarlo quizá se ganaría su afecto. Sombras de Androcles, pensó en la

penumbra.

Se obligó a permanecer inmóvil y mirar. Era increíble. La vista del perro

alimentándose, castañeteando las mandíbulas y chasqueando la lengua

satisfecho, le devolvía una cálida impresión de normalidad. Una amplia sonrisa

se le dibujó en la cara, una sonrisa inconsciente. Era un perro encantador.

Sintió un nudo en el estómago. El perro terminó de comer y se alejaba.

Saltó de la banqueta y cogió el pestillo.

En seguida se contuvo. No, así no, decidió de mala gana. Lo asustaré si

salgo. Ahora tengo que dejarlo ir.

Regresó a la mirilla y lo siguió mientras cruzaba la calle y se escondía de

nuevo entre las casas. Está bien, se conformó. Volverá.

Se apartó de la mirilla y se preparó un whisky con agua. Sentado en el

sillón y saboreando los sorbos se preguntó dónde pasaría el perro las noches.

El día anterior ya le había intrigado y pensaba que el animal debía de

esconderse muy hábilmente.

Era quizá, pensó, una de esas excepciones que confirman la regla. De

algún modo, por suerte, casualidad o cierta inteligencia, el perro había

sobrevivido a la plaga y a sus espantosas víctimas.

Entonces, si un perro, con todas sus limitaciones, había logrado subsistir,

quizá un ser humano... Trató de cambiar de idea. Era peligroso alentar

esperanzas. Había asumido, hacía tiempo, su soledad.

A la mañana siguiente el perro apareció de nuevo. Neville abrió la puerta

sigilosamente y salió. En seguida, el animal se apartó de un salto y echó a

correr calle abajo.

Neville pensó en perseguirlo, pero se frenó. Aparentemente relajado, se

sentó en los escalones del porche.

El perro desapareció otra vez entre las casas. Neville esperó un cuarto de

hora y volvió a entrar.

Después de tomar un ligero desayuno puso afuera más comida.

Esta vez vino a las cuatro. Neville salió cuando el perro terminaba su

comida.

Se le escapó también. Pero advirtiendo que Neville no lo perseguía, se

detuvo en medio de la calle y se giró a mirarlo.

—Ven, no tengas miedo —dijo Neville, pero al oír su voz el animal se

asustó y salió corriendo.

Neville se quedó sentado en el porche, rígido, apretando los dientes con

fuerza. Maldita sea, ¿por qué huirá?, se preguntó. ¡Condenado cuzco!

Pensó entonces en las penurias del perro, acurrucado en las sombras,

Dios sabía dónde, durante noches interminables, escondiéndose de los

vampiros, que pasaban muy cerca de él. Hambriento y sediento, luchando por

la supervivencia en un mundo sin dueños cariñosos y protectores.

Pobre bestia, pensó. Seré bueno contigo.

Quizá los perros podían sobrevivir más fácilmente que los seres humanos,

se dijo. Eran más pequeños y podían esconderse en lugares inaccesibles.

También eran capaces, quizá, de advertir la naturaleza extraña del vampiro,

quizá la descubrían con el olfato.

No le sirvió de consuelo. Pues siempre, a pesar de todo, había deseado

encontrar a un semejante: hombre, mujer, niño, no importaba. Sin la

incesante influencia de las masas, el sexo perdía rápidamente importancia. En

cambio, la soledad seguía en primera línea.

Muchas veces había imaginado que se encontraba con alguien, se había

concedido esa licencia. Pero a menudo intentaba resignarse a la inevitable

realidad. El, Robert Neville, era el único superviviente del mundo. Por lo

menos, del mundo que conocía.

—¡Neville!

Vio a Ben Cortman, que atravesaba la calle corriendo, y se incorporó de

un salto. Pensando en el perro había olvidado el crepúsculo.

Entró rápidamente en la casa y cerró con llave. Luego atrancó la puerta

con manos débiles.

Durante unos días Neville salió al porche cuando el perro terminaba de

comer. Se le escapaba siempre, pero a medida que pasaban los días, se

detenía, más confiado, en medio de la calle para mirar hacia atrás. Neville no

lo perseguía nunca. Sentado en el porche, lo miraba y esperaba. Aquello

parecía un juego.

Un día, Neville se sentó en el porche antes de que el perro llegase. Y

cuando apareció en la acera de enfrente, siguió sentado.

Durante casi un cuarto de hora el perro se paseó por la acera, arriba y

abajo, sin acercarse a la comida. Neville se alejó del plato, y el perro pareció

animarse. Pero, de pronto, cuando Neville cruzó las piernas inconscientemente,

retrocedió con rapidez. Luego caminó de un lado a otro, por la calle, sin saber

qué hacer: miraba a Neville, la comida, y otra vez a Neville.

—Vamos, criatura —dijo Neville—, acércate al plato. Demuestra que eres

un perro bueno.

Pasaron diez minutos más. El perro estaba ahora en la misma acera de la

casa, moviéndose en círculos cada vez más pequeños.

—Así se hace —dijo Neville suavemente.

Esta vez el perro no parecía asustado ni se aparto al oír la voz. Neville

esperó, sin moverse.

El animal se acercó todavía más, con el cuerpo tenso y vigilándole.

—Está bien —le dijo Neville.

De pronto el perro corrió, arrebató la comida y salió a toda prisa. Las

carcajadas de Neville lo siguieron a través de la calle.

—Mal bicho —comentó cariñosamente.

Contempló al perro mientras comía. Se había tendido en el césped

amarillo que había enfrente de la casa, con los ojos clavados en Neville.

Disfruta, pensó Neville. De hoy en adelante tendrás comida de perro. Se acabó

la carne fresca.

Cuando el perro terminó de comer, sin incorporó y cruzó la calle con

menos miedo. Neville sintió que el corazón le latía con fuerza. El perro

empezaba a confiar en él, y eso, de algún modo, le emocionaba.

—Adelante —se oyó decir a sí mismo en voz alta—. Toma el agua ahora.

En su rostro apareció una repentina sonrisa de deleite. El perro alzaba la

oreja sana. ¡Está escuchando!, pensó Neville excitado. ¡Entiende lo que digo, el

granuja!

—Adelante, criatura —siguió diciendo—. Toma el agua y la leche. No te

haré daño.

El perro se acercó al agua y bebió ávidamente, alzando de cuando en

cuando la cabeza para vigilar.

—No hago nada —le dijo Neville.

Qué rara le sonaba su propia voz.

Un año era mucho tiempo para vivir solo y silencioso.

Cuando estés conmigo, le dijo al perro mentalmente, hablaré hasta

romperte los tímpanos.

El perro acabó el agua.

—Ven, criatura —invitó Neville, golpeándose la rodilla—. Ven aquí.

El perro lo miró con curiosidad, alzando otra vez la oreja sana. Esos ojos,

pensó Neville. Qué mundo de emociones revelan esos ojos. Desconfianza,

miedo, esperanza, soledad... todo ahí dentro. Pobre bicho.

—Vamos, ven. No te haré daño —dijo dulcemente.

Se incorporó y el perro echó a correr esta vez también. Neville se quedó

allí, viendo cómo huía, sacudiendo la cabeza contrariado.

Pasaron unos días. Neville continuaba sentándose en el porche a las horas

de las comidas, y no pasó mucho tiempo antes que el perro volviera de nuevo

a acercarse al plato y al tazón sin titubeos, casi con audacia, con la seguridad

de quien tiene conciencia de sus conquistas.

Y durante todo ese tiempo, Neville le hablaba dulcemente.

—Eso es, criatura. Come. Es buena comida, ¿verdad? Claro que lo es. Soy

tu amigo y te doy comida. Come, bicho, come. Así está bien. Eres un perro

bueno.

Neville hablaba sin cesar, halagando, vertiendo palabras cariñosas en la

mente temerosa del animal.

Cada día se sentaba un poco más cerca. Hasta que al fin hubiese podido

tocarlo, quizá estirándose un poco. Sin embargo, no lo hizo. No me arriesgaré,

se dijo a sí mismo.

Pero era difícil mantener las manos quietas. Casi podía sentir cómo se le

escapaban, deseando tocar aquella cabeza. Sentía tanta necesidad de amar a

alguien, y el perro era un candidato tan hermosamente feo.

Siguió hablándole hasta acostumbrarlo despacio al sonido de su voz. El

animal casi nunca lo miraba. Iba y venía sin titubeos, comiendo y ladrando.

Pronto, pensó Neville, podré acariciarle la cabeza. Los días se convirtieron en

semanas, y cada hora hacía menos lejana aquella amistad.

Un día, el perro no apareció.

Neville estaba desencajado. Se había acostumbrado tanto a sus idas y

venidas que había llegado a organizarse su vida alrededor de las comidas del

perro. Todo se reducía al deseo de verlo y tocarlo.

Pasó nervioso la tarde, recorriendo el barrio, llamando en voz alta al

animal. Pero no lo vio por ninguna parte. El perro no volvió al atardecer, ni a la

mañana siguiente. Neville lo buscó de nuevo, pero esta vez con menos

esperanza. Lo encontraron, pensó, los sucios bastardos. Pero no podía creerlo

realmente. No quería creerlo.

El tercer día, por la tarde, estaba en el garaje cuando oyó el ruido del

tazón. Corrió afuera, conteniendo el aliento.

—¡Has vuelto! —gritó.

El perro se asustó y dejó el plato bruscamente, con el hocico chorreando

agua.

El corazón de Neville dio un salto. El perro jadeaba con la lengua fuera.

Los ojos le brillaban.

—No —dijo Neville con la voz rota—. Oh, no.

El perro seguía retrocediendo por el césped, con las patas flacas y

temblorosas. Neville se sentó en seguida en los escalones del porche y

permaneció allí, estremeciéndose. Oh, no, pensó angustiado; oh, Dios, no.

Miró al perro, que relamía el agua. No. No. No.

—No puede ser cierto —murmuró sin pensarlo. Luego, instintivamente,

extendió la mano. El perro se echó atrás enseñando un poco los dientes.

—Está bien, criatura —dijo Neville en voz baja—. No te haré daño.

No pudo impedir que el perro desapareciese, y no vio dónde se escondía.

Dentro de alguna casa, probablemente, pero eso no era una buena indicación.

Neville no durmió aquella noche. Se paseó arriba y abajo de la sala,

tomando café y maldiciendo la lentitud con que pasaban las horas. Tenía que

atraer el perro. Y pronto. Aún estaba a tiempo de curarlo.

¿Pero cómo? Debía de haber una forma. Aún con lo poco que sabía, debía

encontrar la forma.

A la mañana siguiente se sentó junto al tazón y observó estremeciéndose

que el perro cruzaba la calle despacio. Sus ojos estaban más opacos que el día

anterior. Pensó en saltar y, cogiéndolo por la fuerza, meterlo en la casa.

Pero sabía que si fracasaba lo perdería todo y el perro no volvería.

Durante la comida intentó acariciarle, pero el perro se apartó gruñendo.

Intentó dominarlo.

—¡No te muevas! —dijo con voz firme, pero el perro se asustó aún más, y

se alejó. Neville tuvo que convencerle durante quince minutos, con su voz

ronca y temblorosa, antes de que el animal volviera al agua.

Esta vez lo siguió y por fin vio el escondite. Podía poner una cortina

metálica para protegerle, pero no lo hizo. No quería asustarlo. Y, además, no

habría sistema de llegar a él sino a través del suelo, y eso llevaría tiempo.

Tenía que apresarlo rápidamente.

El perro no volvió por la tarde y Neville llevó un tazón de leche y lo dejó

debajo de aquella casa. A la mañana siguiente, el tazón estaba vacío. Iba a

llenarlo de nuevo, pero se dio cuenta de que de ese modo el perro no dejaría

su madriguera. Puso otra vez el tazón en el porche de su casa y confió en que

el animal tuviese fuerzas para llegar hasta él. Estaba demasiado preocupado

para reparar en otra cosa.

Pasó la noche muy inquieto. Por la mañana, el perro no apareció. Neville

fue otra vez hasta la casa de enfrente. Escuchó atento, pero no oyó ningún

sonido. El animal estaba muy lejos, o...

Volvió a su casa y se sentó en el porche a esperar. No desayunó ni

S oy Leyenda R ichard Matheson

almorzó.

Por la tarde, el perro salió de entre las casas, moviéndose lentamente

sobre sus flacas patas. Neville esperó inmóvil a que alcanzase la comida.

Luego, rápidamente, se inclinó y lo tomó por el lomo.

El perro trató de morderlo, pero Neville le apretó la boca con la otra

mano. El cuerpo flaco y casi sin pelo opuso resistencia. Unos gemidos de terror

le estremecieron la garganta.

—Bueno, bueno —repitió Neville—. No pasa nada, perrito.

Entró rápidamente en la casa, se dirigió al dormitorio y puso al perro

sobre un lecho de mantas que había preparado por si acaso. Tan pronto como

soltó las mandíbulas, el perro intentó morder, pero Neville apartó rápidamente

la mano. El animal salió corriendo hacia la puerta y resbaló por el linóleo.

Neville dio un salto y le cerró el paso. El perro se escondió debajo de la cama.

Neville se agachó y miró. Vio los ojos, brillantes como tizones, y oyó el

entrecortado jadeo.

—Vamos, sal de ahí, criatura —rogó lastimosamente—. No te haré daño.

Estás enfermo. Te curaré.

El perro no se movió. Neville se incorporó suspirando y salió del cuarto,

cerrando la puerta. Recogió el tazón y el plato y los llenó con agua y leche. Los

puso en el dormitorio, cerca de las mantas.

Al pasar junto a la cama, escuchó los jadeos del animal.

—Oh —murmuró, lamentándose—, ¿por qué no confías en mí?

Estaba cenando cuando oyó aquel terrible lamento.

Con el corazón en la boca, se apartó de la mesa de un salto y corrió hasta

el dormitorio. Abrió la puerta y encendió la luz.

En el rincón, bajo la mesa de trabajo, el perro arañaba el suelo, tratando

de abrir un agujero.

—¡Vamos, vamos! —dijo Neville rápidamente.

El perro se volvió bruscamente y reculó hacia la pared, mostrando los

dientes amarillos, con un rugido en la garganta.

De pronto Neville comprendió qué sucedía. Era de noche, y el animal,

aterrorizado, trataba de cavar un escondrijo.

Neville le miró sin saber qué hacer. Estaba desanimado. El perro se

escurrió debajo de la mesa.

A Neville se le ocurrió al fin una idea. Se acercó a la cama y tiró de la

colcha. Volvió a la mesa y se agachó para mirarlo.

El perro estaba casi pegado contra la pared. Temblaba como una hoja, y

unos gruñidos guturales le sacudían la garganta.

—Bueno, bueno —dijo Neville.

Echó la colcha debajo de la mesa y el perro intentó retroceder todavía

más. Neville se incorporó y aguardó unos momentos. Si pudiese hacer algo, se

dijo. Pero ni siquiera consigo acercarme.

Bueno, decidió al fin, si no confía en mí, recurriré al cloroformo. Así, por lo

menos, podría examinarle la pata e intentaría curarlo.

Fue a la cocina, pero no pudo cenar. Al fin tiró la comida al cubo de la

basura y volvió el café a la cafetera. Ya en la sala se sirvió un whisky y bebió

un buen trago. No le supo a nada. Dejó el vaso y entró en la habitación con el

rostro sombrío.

El perro se había escondido debajo de la colcha. Seguía temblando y

gimiendo incesantemente. Imposible intentar nada, pensó Neville. Está

demasiado asustado.

Se acercó a la cama y se sentó. Se mesó los cabellos y se cubrió el rostro.

Cúralo, cúralo, decía para sí, y dio un débil puñetazo contra la manta.

Se volvió de repente, apagó la luz y se tendió de espaldas sin desvestirse.

En la misma posición, se sacó los zapatos y los dejó caer.

Silencio. Clavó los ojos en el cielo raso oscuro y empezó a pensar: ¿Por

qué no me levanto? ¿Por qué no hago algo?

Se dio vuelta. Trata de dormir, se dijo automáticamente. Sabía que no iba

a dormir. Escuchó en la oscuridad los gemidos del perro. Se está muriendo, se

va a morir, no puedo hacer nada.

No pudo resistir más y estiró un brazo para encender la lámpara de la

mesilla de noche. Mientras paseaba por el cuarto oyó que el perro trataba de

librarse de la colcha. Pero se había enredado y comenzó a aullar, poseído por

el terror.

Neville se arrodilló y le puso las manos sobre el lomo para calmarlo. Lanzó

un ladrido entrecortado, y las mandíbulas castañetearon bajo la colcha.

—Bueno —dijo Neville—. Basta.

El perro trató de librarse, sin dejar de emitir aquel agudo gemido. Neville

le acarició el cuerpo suavemente, hablándole con voz calma y dulce.

—Bueno, bueno, animal. Nadie va a hacerte daño. Tranquilízate. Vamos,

tranquilízate. Eso es. Descansa. Nadie te hará daño. Te cuidaré.

Siguió hablándole así, ininterrumpidamente, durante cerca de una hora,

con una voz baja y monocorde. Y lentamente, aquellos temblores fueron

cediendo. Una sonrisa animó el rostro de Neville.

—Muy bien, criatura. Cálmate. Te cuidaré.

El perro dejó de agitarse. Neville le acarició desde la cabeza hasta la cola.

—Eres un perro bueno. Un perro bueno —dijo con dulzura—. Voy a

cuidarte. Nadie podrá hacerte daño. ¿Comprendes? Claro que sí. Claro. Serás

mi perro, ¿vale?

Se sentó con cuidado en el suelo sin parar de acariciar al animal.

—Eres un perro bueno, un perro bueno.

La voz de Neville era tranquila, relajada.

Pasó cerca de una hora más y levantó al perro, que durante unos

instantes se resistió y empezó a gemir. Pero Neville le habló de nuevo y lo

calmó.

Se sentó en la cama y puso al perro, aún envuelto en la colcha, sobre sus

rodillas. Se quedó así durante horas, acariciando y hablando. El perro quedó

inmóvil, respirando con más facilidad.

A eso de las once Neville fue sacando lentamente la colcha y la cabeza del

perro quedó descubierta.

Durante un rato el animal trató de zafarse de las caricias. Pero Neville le

sujetó con una mano en el cuello y con la otra lo rascó y acarició suavemente.

—Pronto estarás bien —murmuró—. Muy pronto.

El perro lo miró con ojos tristes y enfermos, y luego sacó la lengua y lamió

la palma de Neville.

Neville sintió un nudo en la garganta. Miró al perro silenciosamente. Las

lágrimas le corrieron por las mejillas.

Una semana después, murió el perro.

14

No bebía exageradamente. Al contrario. En realidad bebía menos. Neville

estaba convencido de que las últimas copas lo habían llevado a la sima, lo

habían hundido en una desesperada frustración. Ahora sólo podía subir.

Después de las últimas semanas, se daba cuenta de que la esperanza no

era la respuesta. Nunca lo había sentido así. En aquel mundo de horror real no

había escapatoria en los sueños. Podía adaptarse al horror. Pero la monotonía

era el peor obstáculo, comprendía ahora. Y ese descubriminto lo tranquilizaba;

era como poner todas las cartas sobre su mesa mental y, repasándolas,

ordenar definitivamente el juego.

La muerte del perro no había supuesto la desesperación que temía. En

cierto modo sintió morir esperanzas y excitaciones vanas. Aceptando así su

cárcel, sin intentar imposibles fugas ni golpear inútilmente los muros.

Y así, conformado, volvió al trabajo.

Sucedió casi un año antes, al cabo de unos días de haber llevado a

Virginia a su segunda y última morada.

Débil, con el pensamiento vacío, con la impresión de una pérdida

irreparable, deambulaba por las calles, poco después del mediodía, con las

manos caídas a los costados, arrastrando los pies. Su rostro no expresaba

nada.

Había vagado por las calles durante varias horas, sin fijarse por dónde

pasaba. Sabía que no podía volver a las habitaciones vacías de la casa, que no

podía mirar las cosas que ambos habían tocado, poseído y disfrutado juntos.

No podía mirar la cama vacía de Kathy, las ropas colgadas todavía en las

perchas, las joyas y los perfumes de la cómoda.

Y caminaba así, sin saber dónde estaba, cuando vio aquellos grupos de

gente y al hombre que le tironeó de la manga echándole a la cara un fétido

aliento a ajo.

—Ven, hermano, ven —dijo el hombre con voz ronca. Neville observó al

hombre: la garganta de rosada piel de pavo, las mejillas con manchas rojas,

los ojos febriles, el traje oscuro, sucio y arrugado—. Ven y sálvate, hermano,

sálvate.

Neville le miró fijamente. No entendía nada. El hombre le tironeaba de la

manga, con dedos esqueléticos.

—Nunca es demasiado tarde para arrepentirse —dijo el hombre—. La

salvación llega a todos los que...

El resto de la frase se ahogó en el murmullo de la tienda a donde se

acercaban. Era como el sonido de un océano que quisiera salir. Neville trató de

deshacerse del hombre.

—No quiero...

El hombre no escuchaba. Le arrastró.

—Pero yo no...

La tienda ya lo había engullido, hundiéndolo en un mar de gritos, pataleos

y aplausos. Neville retrocedió por instinto y sintió que el corazón le latía

aceleradamente. Estaba rodeado por centenares de personas, que se cerraban

como una oleada sobre él, y aullaban, y gritaban palabras ininteligibles.

Por fin cesaron los gritos y se oyó una voz que salía de la penumbra,

como un látigo del destino, chirriando en los altavoces.

—¿Queréis retroceder ante la sagrada cruz de Dios? ¿Queréis miraros al

espejo y no ver la imagen de esa cara que Dios os ha dado? ¿Queréis salir de

las tumbas arrastrándoos como monstruos surgidos del infierno?

Hablaba en un tono de voz imperativo, vibrante, apremiante.

—¿Queréis transformaros en bestias negras e impías? ¿Queréis estropear

el cielo de la noche con demoníacos aleteos de murciélago? ¿Queréis, digo, ser

una de esas criaturas eternamente condenadas, monstruos nocturnos dejados

de la mano de Dios?

—¡No! —estalló la muchedumbre, sacudida por el miedo—. ¡No, sálvanos!

Neville dio un paso atrás, chocando con adeptos que alzaban las manos y

clamaban piedad a los cielos.

—Pues bien, ¡escuchad! ¡Oíd la palabra de Dios! ¡El mal azotará todas las

naciones, el castigo del Señor alcanzará todo el mundo! En verdad os digo que

si dejarnos de ser niños, inocentes y puros a los ojos de Dios, si no cantamos

la gloria del Señor Todopoderoso y de su único hijo, Jesucristo Nuestro Señor,

si no nos hincamos de rodillas y pedimos perdón por nuestras ofensas,

¡estamos condenados! ¡Oíd, oíd\ ¡Estamos condenados, condenados,

condenados!

—¡Amén!

—¡Sálvanos!

La gente se retorcía y gemía, golpeándose el pecho, y gritaba

aterrorizada, profiriendo espantados aleluyas.

Neville era transportado de un lado a otro, sacudido por una tormenta de

plegarias y abandonado al fuego cruzado de fanáticas devociones.

—¡Dios ha castigado nuestros múltiples pecados! ¡Dios ha dejado caer

sobre nosotros el peso de su ira! ¡Dios nos ha enviado el diluvio en forma de

torrente de criaturas infernales! Ha abierto las tumbas, ha descubierto las

criptas, ha levantado a los muertos de sus negros sepulcros, ¡y los ha lanzado

contra nosotros! La muerte y el infierno nos envían sus cadáveres. ¡Esta es la

palabra de Dios! Oh, Dios, nos has castigado. Oh Dios, has desenmascarado

nuestras faltas, nos has flagelado con tu ira todopoderosa!

Los aplausos sonaron como una descarga de fusilería, los cuerpos iban de

un lado a otro como empujados por el viento. Eran los gemidos de los que

pronto morirían, de los que luchaban aún por la vida. Neville se abrió paso

entre los asistentes, las manos extendidas hacia delante como manos de ciego

que tantean el camino.

Consiguió salir, débil y tembloroso. Dentro de la tienda, la gente seguía

gritando. La noche ya había caído.

Sentado en la sala, tomando un whisky suave, con un libro de psicología

sobre las rodillas, Neville recordó aquella tarde.

'La condición conocida como ceguera histérica —leyó— puede ser parcial o

total, e incluir uno o varios objetos'.

Esto era un nuevo descubrimiento. Hasta el momento, había intentado

atribuir a los gérmenes todas las características del vampiro. Si algunas de

esas características no coincidían con los gérmenes, Neville las atribuía a la

superstición. Alguna vez había buscado explicaciones psicológicas, pero sin

darles demasiada importancia.

No había motivos, pensaba ahora, para negar que en algunos fenómenos

se dieran causas físicas y causas psicológicas. Parecía una de esas evidencias

que ni un ciego dejaría de lado. Bueno, siempre me he resistido a la evidencia,

reflexionó.

Si se prestase atención a la reacción que habían experimentado algunas

víctimas, todo era fácil de entender. En los últimos días de la plaga algunos

diarios habían extendido el pánico a los vampiros a todos los lugares del país.

Neville mismo recordaba la interminable sucesión de artículos

pseudocientíficos: todo formaba parte de una desesperada campaña para

vender más periódicos.

Había sido algo realmente grotesco. Un frenético deseo de vender

mientras el mundo agonizaba.

La prensa escrita había mostrado sus entrañas en aquellos días. Y a esto

se sumaba una búsqueda desesperada de respuestas que mucha gente trataba

de hallar en los cultos primitivos. Con poco éxito. No sólo morían tan

rápidamente como los otros, sino que además lo hacían aterrorizados.

Luego, aquel espantoso horror que suponía la resurrección. Recuperar la

conciencia bajo tierra, una tierra húmeda y pesada, y advertir que la muerte

no significaba el descanso. Abrirse paso con manos como garras a través de la

tierra, impulsados por una extraña e irresistible fuerza.

Hechos como estos podían destruir lo que quedase de la mente. Y así

muchas cosas empezaban a tener explicación. Por ejemplo, la cruz.

El temor a ser repelidos por un símbolo adorado resucitaba,

extendiéndose así el miedo a dicho símbolo. Los vampiros arrastrados por

antiguos temores se repugnaban a sí mismas, corriendo un tupido velo en la

mente. Se convertían, pues, en esclavos solitarios de la noche, almas perdidas

y agobiadas, que buscaban descanso en la tierra nativa para sentirse unidos a

algo, a cualquier cosa.

¿El agua? Sólo era la aceptación de una leyenda. Según la historia de Tam

O'Shanter, las brujas rehuían el agua. Y, por consiguiente... todas aquellas

criaturas que se relacionaban de algún modo, quedaban confundidas en

leyendas y supersticiones.

¿Y cómo explicar los vampiros vivos? Eso también era simple.

En vida habían sido los desquiciados, los locos. ¿Cómo el vampirismo no

iba a atraerlos? Neville se atrevía a decir que todos los vivos que venían a su

casa, de noche, estaban locos. Se creían verdaderos vampiros, pero sólo eran

dementes. Y por eso no le habían quemado la casa. No podían pensar.

Recordó al hombre que una noche se había subido a un farol, frente a la

casa. Y mientras él espiaba por la mirilla, se había arrojado al vacío, moviendo

los brazos frenéticamente. Neville no lo entendió entonces, pero ahora la

respuesta era obvia: el hombre se identificaba con un murciélago.

Neville observó el vaso casi vacío, y se quedó con los labios fijos en una

sonrisa.

Así que, pensó, lentamente, puede que al fin haya descubierto algo. He

descubierto que no son una especie invencible. Muy al contrario. Son una

especie extremadamente débil y vulnerable.

Dejó el vaso sobre la mesa.

No lo necesito, pensó. No necesito ya excitar mi imaginación. No necesito

beber para olvidar, o esconderme en otro mundo. No hay nada que olvidar. No

por ahora.

Era la primera vez, desde la muerte del perro, que sonreía casi satisfecho.

Quedaba mucho por aprender, pero ya no tanto. Curiosamente, la vida ahora

se había vuelto soportable. Vestiré los hábitos del eremita sin llantos, pensó.

En el tocadiscos sonaba la música, serena y tranquila.

Afuera, los vampiros esperaban.

III

Junio de 1978

15

Había salido a cazar a Cortman. Este era ahora su principal

entretenimiento, una de las pocas diversiones. En los días en que podía dejar

el barrio, y no había reparaciones urgentes en la casa, Neville buscaba

desesperadamente. Debajo de los coches, en los matorrales, en las chimeneas,

los armarios, bajo las camas, en las neveras. En cualquier lugar donde un

hombre pudiera esconderse.

Ben Cortman podía ser hallado en cualquiera de esos sitios, en un

momento u otro. Neville creía que Cortman cambiaba de escondite

continuamente. Sentía, también, que amaba el peligro. Si la frase no hubiese

sido un contrasentido hubiese dicho que Cortman gozaba de la vida. Hasta

había llegado a pensar que ahora era más feliz que nunca.

Neville se dirigió pausadamente hacia una casa del bulevar Compton. Era

una mañana como otra cualquiera. Cortman no aparecía, aunque no podía

esconderse demasiado lejos. Pues siempre era el primero en llegar.

Mientras avanzaba con paso rápido, pensó otra vez qué haría si lo

encontraba. Su plan era el de siempre: eliminación inmediata. Pero no sería

fácil. Oh, no sentía el más mínimo afecto por Cortman. Ni siquiera

representaba, para él, una parte del pasado. Porque el pasado estaba muerto,

y él, Neville, había asumido esa muerte.

No, no se trataba de eso. Quizá, pensó, no deseaba terminar aquella

actividad recreativa. Los demás eran criaturas inanimadas. Ben, por lo menos,

tenía más imaginación. Podía ser, aventuraba Neville, que Cortman hubiera

nacido para ser vampiro y seguir vivo después de muerto. Con estos

pensamientos se quedó sonriendo.

En un porche próximo se sentó emitiendo un gruñido. Luego sacó

lentamente la pipa, y perezosamente la llenó de tabaco. Poco después unos

hilülos de humo flotaban en el aire cálido y tranquilo.

En esta época Neville se había convertido en un hombre más corpulento y

más sereno. La reposada vida de ermitaño le había hecho ganar algunos kilos,

y ahora pesaba más de noventa. Se le había redondeado la cara; el cuerpo —

bajo las ropas anchas— era fuerte y musculoso. Desde hacía un tiempo había

dejado de afeitarse. Sólo de vez en cuando se recortaba la barba espesa y

rubia. Llevaba el pelo largo y suelto. Contrastando con el oscuro color moreno

de la cara, sus ojos azules parecían más serenos y claros.

Apoyó la espalda en el escalón de ladrillos, echando unas lentas

bocanadas de humo. En aquel campo de enfrente, en el otro lado, todavía se

conservaba una depresión donde había enterrado a Virginia, y en donde

Virginia se había desenterrado. Pero este recuerdo no entristecía a Neville. Se

había curtido. El tiempo había perdido su proyeccción de pasado y futuro.

Había sólo un presente. Una lucha cotidiana sin cimas de alegría ni

profundidades de desesperación. Soy fundamentalmente vegetativo, pensaba a

menudo de sí mismo. Y por eso luchaba.

Permaneció allí un rato, mirando una mancha blanca en medio del campo.

De pronto, advirtió que se movía.

Parpadeó. Los músculos se pusieron rígidos. Un sonido de duda le salió de

la garganta. Luego, incorporándose, alzó la mano izquierda para evitar el

deslumbramiento del sol.

Mordió convulsivamente el extremo de la pipa.

Una mujer.

Abrió la boca y la pipa cayó al suelo, pero no se molestó en recogerla.

Durante largo rato se quedó allí, de pie en el porche, mirando.

Cerró los ojos, los volvió a abrir. Todavía seguía allí. Sintió que el corazón

le golpeaba el pecho.

La mujer no lo había visto. Cruzaba el campo con la cabeza baja. Neville

alcanzaba a distinguir el pelo rojizo, que se movía con la brisa, los brazos que

caían flojamente a los lados. Parpadeó otra vez, inmóvil. Era una visión tan

increíble, después de tres años. No podía creerlo.

Una mujer. Viva. Bajo la luz del sol.

La miró, boquiabierto. Estaba más cerca y se veía que era joven. No

tendría mucho más de veinte años. Llevaba un vestido blanco, arrugado y

sucio. La piel era morena, el pelo rojizo.

Me he vuelto loco. Las palabras surgieron espontáneamente.

Llevaba tiempo preparándose para una alucinación semejante. El hombre

que muere de sed ve un lago en un espejismo. ¿Por qué un hombre que desea

desesperadamente una compañía no ha de ver una mujer que camina bajo el

sol?

Neville movió la cabeza de un lado a otro. No, no era eso. Podía oír hasta

sus pisadas. La mujer no era un espejismo. El movimiento de su pelo, el de los

brazos. Seguía mirando al suelo. ¿Quién era? ¿A dónde iba? ¿Dónde había

estado?

Dejó de hacer preguntas. Algún instinto saltó por un instante las barreras

defensivas levantadas por el tiempo.

Alzó el brazo izquierdo.

—¡Eh! —gritó, dando un salto hacia la acera—. ¡Eh! ¡Eh!

Un instante de silencio, repentino y absoluto. La mujer levantó la cabeza y

ambos se miraron.

Neville quería gritar otra vez, pero no le salía la voz, se quedó con la

mente en blanco. Una mujer viva. La palabra se repetía a sí misma como un

eco. Viva, viva, viva...

Girando rápidamente, la mujer echó a correr a través del campo.

Durante un instante, Neville no supo qué hacer. Al fin sintió que el

corazón le ahogaba y se lanzó a la calle. Sus pesadas botas golpearon el

pavimento.

—¡Espere! —gritó.

La mujer siguió corriendo. Neville vio cómo saltaba alejándose por el

terreno irregular. Y de pronto se dio cuenta, comprendió que no podría

detenerla con palabras. Pensó en su propia estupefacción al verla. ¿Cómo

debía de haberse sorprendido ella al oír aquella llamada en el silencio y al ver a

aquel hombre barbudo gesticulando!

Neville saltó a la otra acera y corrió. ¡Estaba viva! No podía creerlo. Viva.

¡Una mujer viva!

La mujer no podía correr tan aprisa como él. Neville pronto estuvo cerca.

Ella lo miró aterrorizada.

—¡No le haré daño! —gritó Neville, corriendo. De pronto la mujer tropezó

y cayó de rodillas. Volvió la cara y Neville vio una vez más aquella expresión

de terror.

—¡No le haré daño! —gritó de nuevo.

La mujer se incorporó de un salto y corrió.

No se oía más sonido que el de los zapatos de ella y las botas de Neville.

Este comenzó a saltar sobre las hierbas, ganando terreno. El vestido de la

mujer se enredaba entre las plantas.

—¡Párese! —gritó Neville, aunque temía que ella no lo escucharía.

No lo escuchó. Corrió más aprisa aún, apretando los labios. Neville hizo un

esfuerzo y corrió todavía más, en línea recta. La mujer corría en zig-zag, con el

cabello al viento.

Neville estaba ya tan cerca que podía oír la respiración agitada de la

mujer. No quería asustarla, pero tampoco podía perderla. No había nada en el

mundo, excepto ella. Tenía que alcanzarla.

Otra vez el campo abierto. Los dos jadeaban. La mujer se volvió y Neville

vio el terror dibujado en su rostro: un hombre alto y barbudo, de ojos

decididos, persiguiéndola.

Pero al fin le dio alcance. Estiró la mano y la agarró por el hombro.

Ahogando un grito, la mujer se retorció y se tambaleó, perdió el equilibrio

y cayó de lado. Neville dio un salto e intentó ayudarla. Ella retrocedió,

arrastrándose, y trató de ponerse de pie, pero esta vez cayó de espaldas.

—Tome —jadeó Neville, alargándole una mano. La mujer apartó la mano

de Neville bruscamente y luchó por levantarse. Neville la cogió por el brazo,

pero la otra mano cayó sobre él y sus afiladas ufias le cruzaron toda la frente y

la sien derecha. Neville gimió y soltó el brazo y ella se volvió rápidamente y

echó a correr de nuevo.

Neville saltó y la agarró por los hombros.

—No tema nada, por favor...

Na pudo terminar la frase. La mano de la mujer le tapó la boca, y se oyó

solo un jadeo y una lucha y los pies que resbalaban en el suelo, sobre las

hierbas.

—¡Basta! —gritó Neville enfurecido, pero ella no le hizo caso.

Saltó hacia atrás, y la mano cerrada de Neville desgarró el.vestido,

dejando al descubierto un hombro. La mujer quiso arañarlo ai nuevo, pero

Neville la sujetó por las muñecas, mientras recibía un puntapié en el tobillo.

—¡Maldita sea!

Furioso, la abofeteó. La mujer bajó la cabeza y lo miró aturdida. De pronto

rompió a llorar. Se hincó de rodillas y se cubrió la cabeza con los brazos, como

protegiéndose de otros golpes.

Neville miró jadeando la postura retorcida. Parpadeó y suspiró.

—Levántese —dijo—. No le haré daño.

La mujer no levantó ni la cabeza. Neville la miró confundido. No sabía

cómo hablarle.

—Dije que no le haré daño —repitió.

Ella lo miró entonces, pero se echó hacia atrás, como si el rostro de

Neville la asustara. Se quedó así, mirándolo atemorizada.

—¿Por qué tiene miedo?

Neville no reparó en que la suya era la voz dura y estéril de un hombre

que ha perdido todo contacto humano. No emanaba amabilidad de ninguna

clase.

Dio un paso adelante y la mujer volvió a retroceder, gimiendo. Neville le

volvió a ofrecer la mano.

—Tome, levántese.

La muchacha se incorporó lentamente, pero sin su ayuda. De pronto

advirtió la desnudez de su pecho y se cubrió con la tela rota.

Pasaron un rato mirándose, recuperando el aliento con dificultad. Y ahora

que había superado el primer contacto, Neville no sabía qué decir. Había

soñado esta escena durante años. Pero sus sueños no se parecían a esto.

—¿Cómo... cómo se llama? —preguntó.

La muchacha no podía hablar. Miraba fijamente a Neville, temblándole los

labios.

—¿Y bien? —exclamó Neville, y ella se estremeció.

—R-Ruth —titubeó.

Neville sintió una descarga que le corría por todo el cuerpo. La voz de la

mujer lo había aflojado. Cualquier pregunta ahora era inútil. Sentía ganas de

llorar.

Extendió una mano, casi sin darse cuenta. El hombro tembló bajo su

palma.

—Ruth —dijo Neville con una voz inexpresiva.

Sintió un nudo en la garganta.

—Ruth —repitió.

Los dos se miraron en medio del campo, abierto y cálido.

16

La muchacha dormía. Eran las cuatro de la tarde. Neville había entrado

por lo menos veintena de veces en el dormitorio para controlar si se

despertaba. Ahora, en la cocina, tomaba café y pensaba.

¿Y si está enferma?, se preguntaba a sí mismo.

Empezó a preocuparse unas pocas horas antes y ahora no podía dejar de

pensar en ello. No importaban las razones. Tenía la piel quemada por el sol. La

había visto a la luz del día. También el perro había andado a la luz del día.

Los dedos de Neville no cesaban de tamborilear sobre la mesa.

La simplicidad del principio había desaparecido. El sueño se había

convertido en una compleja historia. No había habido abrazos efusivos ni

dulces palabras. Darle alcance en el campo había sido un triunfo. Conseguir

que entrara en la casa, algo más difícil todavía. Ella se había resistido

suplicándole que no la matase. No escuchaba lo que Neville le decía; sólo

lloraba e imploraba. Neville había imaginado una escena propia de Hollywood:

los dos entrarían abrazados, mirándose a los ojos, y las imágenes se

difuminaban en las sombras. En vez de eso, había tenido que pelear, y discutir,

y forcejear.

Una vez dentro, la mujer había adoptado la misma actitud que el perro;

acurrucada en un rincón. No había querido comer ni beber nada. Finalmente,

Neville decidió arrastrarla al dormitorio y encerrarla bajo llave.

Suspiró desanimado, jugueteando con el asa de la taza.

En todo este tiempo, pensó, he soñado con tener una compañera. Y

ahora, lo primero que hago es desconfiar y la trato con impaciencia y crueldad.

Y sin embargo, no estaba preparado para tener otro comportamiento.

Había vivido demasiado solo durante este último tiempo. No importaba que

ella tuviese una apariencia normal. Había visto a muchos en estado de coma, y

aparentemente parecían tan sanos como ella. Aquella caminata bajo el sol no

era suficiente. Había dudado demasiado. No podía creer que hubiese más

personas normales. Y tras la primera impresión, el dogma aceptado durante

años había vuelto a imponerse.

Neville se incorporó con evidente cansancio y volvió al dormitorio. La

mujer seguía como antes. Quizá ha entrado en coma, pensó.

Se detuvo junto a la cama, observándola. Ruth. Había tantas cosas que él

desearía saber... Y sin embargo casi temía saberlas. Pues si era como los

otros, sólo había una solución. Y de la gente que uno debe eliminar es mejor

ignorar su vida.

Neville se retorció las manos, observando inexpresivamente a la mujer. ¿Y

si había salido del coma por un tiempo y había echado a caminar? Parecía

posible. Y sin embargo, había estudiado que los gérmenes resistían cualquier

cosa excepto la luz del sol. ¿Por qué eso no era suficiente para convencerlo?

Bueno, podía hacer algo para resolver la duda.

Se inclinó hacia ella y le puso una mano en el hombro.

—Despierte —dijo zarandeándola.

La mujer siguió inmóvil. A Neville se le quedaron rígidas las mandíbulas y

los dedos se le agarrotaron sobre el hombro.

Y de pronto advirtió la cadenita de oro que la muchacha lucía en el cuello.

Neville la cogió con pulso inseguro y la sacó de debajo del vestido.

Miraba todavía la cruz cuando la mujer abrió los ojos, moviendo

lentamente la cabeza sobre la almohada. No está en coma, pensó Neville.

—¿Qué hace? —preguntó la mujer con un hilo de voz. Se hacía más difícil

desconfiar de ella cuando hablaba. El timbre de una voz humana era algo tan

especial que Neville no podía resistirse.

—Estaba... Nada —dijo.

Neville retrocedió torpemente y se apoyó en la pared. Miró a la mujer

durante un rato. Luego le preguntó:

—¿De dónde viene?

La joven clavó en él una mirada inexpresiva.

—Le he preguntado de dónde viene —repitió Neville.

Tampoco ahora hubo respuesta. Neville se retiró de la pared con una

mirada dura.

—Inglewood —se apresuró a decir la mujer.

—Ya —dijo Neville—. ¿Vivía... sola?

—Con mi marido.

—¿Y dónde está el ahora?

—Ha... muerto —susurró ella entrecortadamente.

—¿Cuándo?

—Hace una semana.

—¿Y qué hizo usted entonces?

—Escapar. —La mujer se mordió el labio inferior—. Escapar.

—¿Quiere decir que ha ido de un lado a otro desde entonces?

—S-sí.

Neville la miró sin hacer más preguntas. Luego se volvió y fue hacia la

cocina. Abrió la puerta de un armario y cogió un puñado de dientes de ajo. Los

puso en un plato, los cortó y los machacó. Un olor acre brotó del interior.

Cuando Neville volvió, la mujer estaba medio incorporada, apoyándose en

un codo. Sin titubear, Neville le acercó el plato a la nariz.

La mujer volvió la cabeza protestando.

—¿Qué hace? —preguntó, y tosió una vez.

—¿Por qué vuelve la cabeza?

—Por favor...

—Dígame por qué vuelve la cabeza.

—¡El olor! —La voz de la joven se quebró en un sollozo—. ¡Es

insoportable!

Neville le puso el plato aún más cerca. Con una visible náusea, la mujer se

apartó, apretándose contra la pared y sacando las piernas de la cama.

—¡Basta! ¡Por favor!

Nevüle alejó el plato y observó que la mujer aoblaba, llevándose las

manos al estómago.

—Usted es uno de ellos —dijo con un frío desprecio.

La mujer se sentó de repente, se incorporó y corrió al baño. Dio un

portazo y Neville oyó cómo vomitaba.

Apretando los labios con rabia, puso el plato en la mesilla de noche.

Infectada. Seguro. Había estudiado hacía un año que los organismos

infectados con el bacilo vampirus eran alérgicos al olor del ajo. Los tejidos

estimulados por la planta sensibilizaban las células, provocando reacciones

anormales. Si se les inyectaba sulfuro de alilo en las venas, la reacción era casi

nula. No ocurría lo mismo cuando se les sometía a aspirar el olor.

Neville se sentó pesadamente en la cama. La mujer había reaccionado

negativamente. Después de un rato, frunció el ceño. Si lo que ella había

contado era cierto, si había vagabundeado durante una semana, naturalmente

estaría débil y agotada, y en esas condiciones cualquier persona podía vomitar

tan sólo con el olor del ajo.

Dejó caer el puño sobre la colcha. Entonces, no tenía ninguna certeza,

nada definitivo. Y, objetivamente, sabía que no podía tomar decisión alguna.

Las pruebas eran insuficientes. Lo había aprendido a fuerza de trabajo, y no lo

podía ignorar.

Seguía sentado en la cama cuando la mujer salió del baño y se quedó en

el pasillo, mirándole. Luego se volvió hacia la sala. Neville se levantó y la

siguió. Cuando llegó a la sala ya la encontró sentada en el sofá.

—¿Está satisfecho? —le preguntó la mujer.

—Ño importa —dijo Neville—. Es usted quien está en observación, no yo.

La mujer levantó la mirada airadamente como si fuese a decir algo. Luego

se relajó y sacudió la cabeza de un lado a otro. Neville sintió un repentino

impulso de simpatía. Parecía tan desamparada, con las manos reposando

sobre el regazo, ignorando el vestido roto. Neville observó la ligera curva del

pecho. Era una mujer muy delgada, nada que ver con la que había soñado en

ocasiones. No importa, se dijo a sí mismo, eso ya no tiene la menor

importancia.

Neville se sentó en una silla, contemplándola. La mujer miraba al suelo.

—Escuche —dijo Neville—. Hay indicios de que está infectada.

Concretamente por su reacción ante el ajo.

La mujer siguió en silencio.

—¿No tiene nada que argumentar? —insistió Neville.

La mujer alzó los ojos.

—Usted cree que soy uno de ellos —dijo.

—Puede ser.

—¿Y qué opina de esto? —preguntó la mujer mostrando la cruz.

—No significa nada —dijo Neville.

—Estoy despierta. No estoy en coma.

Neville no replicó. Era algo que no podía saber con certeza y no aliviaba

sus dudas.

—He estado en Inglewood muchas veces —dijo al fin—. ¿Cómo no oyó el

ruido del motor?

—Inglewood es muy grande —dijo ella.

Neville la miró con atención, golpeando con la mano el borde de la silla.

—Me... me encantaría creerle —dijo.

—¿Sí? —preguntó la mujer.

En seguida se dobló hacia delante, con los labios apretados, el vientre

contraído. Neville no se inmutó. Durante mucho tiempo sólo había contado con

la compañía de los muertos. Se sentía vacío y con las emociones bloqueadas.

Cuando se recuperó, la mujer alzó los ojos. Miró duramente a Neville.

—He tenido un estómago delicado durante toda la vida —dijo—. La

semana pasada vi morir a mi marido, hecho pedazos. Ante mis propios ojos.

Perdí dos niños a causa de la plaga. Y en estos últimos días he vagado de un

lado a otro, escondiéndome durante la noche y sin comer apenas. Desquiciada

por el miedo, durmiendo con intermitencias. De pronto oigo que alguien grita.

Usted me persigue, me golpea, me arrastra. Y luego, porque no tolero el olor

de un plato de ajos bajo mi nariz, ¡dice que estoy infectada! —La mujer

retorció la manos—. ¿Qué espera? —preguntó, y se apoyó contra el respaldo

del sofá, cerrando los ojos, tironeando nerviosamente del vestido. Por un

momento intentó poner en su lugar el pedazo roto, pero la tela volvió a caer, y

la joven dejó escapar un sollozo de impotencia.

Neville se inclinó hacia delante. Comenzaba a sentir mala conciencia

ahora, a pesar de sus sospechas y dudas. No podía evitarlo. Había olvidado

cómo sollozaban las mujeres. Alzó lentamente una mano y la miró

acariciándose la barba.

—Permitiría... —comenzó y se detuvo. Tragó un poco de saliva y continuó

—: ¿Permitiría que le sacase una muestra de sangre? Yo...

La mujer se incorporó ofendida y tambaleándose se dirigió hacia la puerta.

Neville se levantó también.

—¿Qué hace? —preguntó.

La mujer no respondió. Sus manos buscaban torpemente cómo abrir la

cerradura.

—No puede salir —dijo Neville, alarmado—. Dentro de poco rato la calle

estará llena de ellos.

—No voy a seguir aquí —sollozó ella—. ¿Qué le importa si me matan?

La mano de Neville se cerró sobre el brazo de la joven, que lo rechazó

enojada.

—¡Déjeme sola! —exclamó—. No le pedí que me trajera aquí. ¿Por qué no

me deja marchar?

Neville se quedó a su lado, sin saber qué decir.

—No puede salir —repitió.

La convenció para que volviera al sofá. Luego le sirvió un poco de whisky.

No importa si está infectada o no, pensó, no importa. Le alcanzó el vaso. La

mujer movió la cabeza negativamente.

—Bébalo —dijo Neville—. La sosegará un poco.

La joven lo miró con ira.

—¿Así podrá pasarme más ajo por la cara? Neville negó con un gesto.

—Beba —dijo.

Pasó un momento y al fin la mujer accedió. El whisky la hizo toser. Dejó el

vaso en el brazo del sofá, estremeciéndose.

—¿Por qué quiere que me quede? —preguntó llorosa.

Neville la miró sin saber qué responder. Al fin dijo:

—Aunque esté infectada no puedo dejarla salir. No se imagina qué le

harían.

La mujer cerró los ojos.

—No me importa —dijo.

17

—No puedo entenderlo —dijo Neville después de la cena—. Han pasado

casi tres años, y algunos todavía están vivos. Las reservas de alimentos se han

terminado. Por lo que he podido observar, pasan las horas de sol en estado de

coma. —Neville sacudió la cabeza—. Pero no están muertos. Tres años, y no

están muertos. ¿Qué es lo que los mantiene vivos?

Ruth se había puesto la bata de Neville. A eso de las cinco había

empezado a tranquilizarse, se había bañado y cambiado de ropa. Su cuerpo

flaco se le perdía entre los anchos pliegues de la bata. Se había echado el pelo

hacia atrás, atándoselo en la nuca con un lazo.

Ruth dio un golpecito en el platillo de café.

—Los veíamos a menudo —dijo—. Temíamos acercarnos. Pero creíamos

que no eran peligrosos.

—¿No sabía usted que vuelven después de muertos?

Ruth movió negativamente la cabeza.

—No.

—¿Y no se preguntaban quiénes eran los que atacaban de noche?

—Nunca pensamos que... —Ruth sacudió la cabeza lentamente—. Es difícil

creer algo así.

—Supongo —dijo Neville.

Ruth comía en silencio, y Neville la contemplaba. Parecía increíble que

fuese una mujer normal. Parecía mentira que después de tantos años tuviese

por fin una compañera. No sólo dudaba de ella. Dudaba de que algo tan

extraordinario pudiese ocurrir en aquel lugar perdido.

—Cuénteme más cosas sobre ellos —dijo Ruth. Neville se incorporó y sacó

la cafetera del fuego. Le sirvió a Ruth otra taza, se sirvió él también, devolvió

la cafetera a su sitio y se sentó.

—¿Cómo se encuentra ahora?

—Mejor. Gracias.

Neville hizo un gesto afirmativo y se sirvió una cucharadita de azúcar en

su café. Sintió que ella lo observaba. ¿Qué pensará? Suspiró preguntándose

cómo podría disipar sus dudas. Durante un rato había decidido que confiaba en

ella. Ahora ya no estaba tan seguro.

—Todavía no confía en mí —dijo Ruth como si le leyera los pensamientos.

Neville alzó rápidamente la cabeza. Luego se encogió de hombros.

—No... no es eso —dijo.

—Sí lo es —dijo Ruth pausadamente. Suspiró—. Oh, bueno. Si quiere

analizarme la sangre, analícela.

Neville la miró perturbado, preguntándose si se trataría de un truco. Bebió

un sorbo de café, tratando de reprimir el movimiento convulsivo de su

garganta. Es absurdo, pensó, ser tan desconfiado.

Dejó la taza en la mesa.

—Bien —dijo—. Muy bien.

Miró a la joven, que tenía los ojos fijos en el café.

—Si está usted infectada —le dijo— trataré de curarla por todos los

medios.

Ella le miró a los ojos.

—¿Y si no puede?

Se hizo un silencio.

—Bebamos primero —dijo al fin Neville.

Los dos bebieron. Luego Neville preguntó:

—¿Lo intentamos ahora?

—Por favor —dijo la joven—. Mañana por la mañana. Me siento aún...

Mañana por la mañana.

Terminaron el café en silencio. No sentía una gran satisfacción sabiendo

que iba a analizarle la sangre. Temía descubrir que estuviera infectada.

Mientras tanto pasarían una noche juntos. Intimarían, y quizá se sintiesen

atraídos el uno por el otro. Cuando al día siguiente tuviera que...

Más tarde, en la sala, tomaron un poco de oporto mirando el mural y

escuchando la cuarta sinfonía de Schubert.

—Nunca lo hubiese creído —dijo Ruth, más animada—. Nunca hubiese

creído que volvería a escuchar música. Que bebería vino. —Miró a su alrededor

—. Ha hecho un excelente trabajo.

—¿Cómo era su casa? —preguntó Neville.

—No se parecía en nada a esto —dijo Ruth—. No teníamos un...

—¿Cómo protegían la casa? —interrumpió Neville.

—Oh —La joven pensó un momento—. Habíamos atrancado las ventanas,

por supuesto. Y usábamos cruces.

—No siempre da resultado —dijo Neville serenamente, después de mirarla

un momento.

Ruth se quedó sorprendida.

—¿No?

—¿Por qué un judío ha de temer la cruz? —dijo Neville—. ¿Por qué un

vampiro que ha sido judío ha de temerla? Casi todos temen convertirse en

vampiros. La mayoría acusan ceguera histérica ante los espejos. Pero la cruz...

Bueno, no creo que ni un judío, ni un hindú, ni un mahometano, ni un ateo

temieran la cruz.

Ruth alzó el vaso de vino y siguió escuchando a Neville en silencio.

—Por eso las cruces no siempre dan resultado —continuó Neville.

—No me dejó terminar la frase —dijo Ruth—. Utilizábamos ajos también.

—Creí que eso le provocaba náuseas.

—Y me las provocaba. He perdido más de diez kilos en este último tiempo.

Estaba enferma.

Neville movió la cabeza convencido. Pero mientras iba a la cocina en

busca de otra botella de vino pensó que ella ya debía de estar habituada al ajo

después de tanto tiempo.

También podía no haber conseguido acostumbrarse. ¿Por qué desconfiar

ahora? A la mañana siguiente le examinaría la sangre. He estado solo

demasiado tiempo, pensó. Me he vuelto tan incrédulo que dudo de todo, a no

ser que lo vea en el microscopio. Soy un buen hijo de mi padre, maldita sea su

estampa.

De pie en la oscuridad de la cocina, descorchando la botella, Neville miró

hacia la sala. Ruth tenía el cuerpo de una adolescente. No parecía que hubiera

tenido dos hijos.

Y lo más insólito en todo este asunto, pensó, es que no me provoca

ninguna excitación.

Si nos hubiésemos encontrado dos años antes, quizá todo hubiera sido

distinto. Había pasado momentos terribles en aquellos días, momentos que

obligaban a aceptar cualquier solución, por espantosa que fuera.

Afortunadamente, había comenzado con los experimentos, y algo se había

calmado en su interior. La salvación del monje, reflexionó Neville.

Ahora no sentía casi nada. Sólo un leve movimiento, bajo los abruptos

estratos de la abstinencia. Estaba contento de que sucediera así. Y, además,

no podía estar seguro de que Ruth fuese la compañera esperada. Ni sabía

tampoco si a la mañana siguiente podría seguir viviendo.

¿Curarla? Era algo casi imposible.

Volvió a la sala con la botella abierta. Ruth le sonrió delicadamente

mientras Neville le servía vino.

—He estado contemplando el mural —dijo la joven—. Uno creería que en

vez de una pared hay un bosque.

Neville emitió un gruñido.

—Debe de haberle costado mucho acondicionar así la casa.

—Usted puede imaginárselo —dijo Neville—. Pasó por lo mismo.

—No teníamos nada semejante —dijo ella—. Era una casa pequeña. En

nuestra nevera no cabía casi nada.

—Les debe de haber faltado la comida —dijo Neville mirándola

atentamente.

—Comíamos conservas —dijo la joven.

Neville movió .la cabeza. Era una respuesta lógica, debía reconocerlo.

Pero no le gustaba. Era sólo una sospecha, lo sabía, pero no le gustaba.

—¿Y el agua? —preguntó.

Ruth lo miró en silencio durante un rato.

—No cree una sola palabra de lo que le cuento, ¿no es cierto?

—No es eso —dijo Neville—. Me interesa conocer su forma de vida.

—Es inútil, no puede disimular. Ha estado solo demasiado tiempo. Ha

perdido la capacidad de mentir.

Neville gruñó. Tenía la impresión de que la joven vacilaba con él. Es

ridículo, arguyó. Es sólo una muchacha. Seguramente tiene razón y la casa era

un escondite oscuro y desgraciado.

—Hábleme de su marido —dijo de pronto.

La sombra de un recuerdo cruzó la cara de la joven. Se acercó el vaso a

los labios.

—No ahora —dijo—. Por favor.

Neville se recostó en el sillón, sin saber por qué se sentía irritado. Las

palabras de la mujer podían ser ciertas. También podían ser mentira.

¿Pero qué sacaría con mentir? se preguntó. Mañana le analizaré la sangre.

¿De qué le serviría mentir ahora si enseguida conoceré la verdad?

—Sabe —dijo Neville tratando de distender aquella rigidez—, he estado

pensando que si tres personas pudieron sobrevivir a la plaga, ¿por qué no

más?

—¿Cree usted que puede ser? —preguntó la joven.

—¿Por qué no? Habrá otros como nosotros.

—Cuénteme cosas sobre el germen —dijo ella.

Neville titubeó un momento, luego dejó el vino sobre la mesa. ¿Y si le

decía todo? ¿Y si ella escapaba y volvía de la muerte conociendo todo lo que él

sabía?

—Es muy complicado.

—¿Qué dijo acerca de la cruz? —recordó la joven—. ¿Cómo sabe que es

cierto?

—¿Recuerda lo que le conté de Ben Cortman? —preguntó Neville, contento

de volver a algo que la mujer ya sabía, y esquivando su curiosidad.

—Este hombre que usted...

Neville hizo un signo afirmativo.

—Sí. Venga —digo incorporándose—. Se lo mostraré. Cuando estaba junto

a ella, detrás de la mirilla, Neville sintió que el olor del pelo y la piel de la joven

no le gustaba. ¿Por qué? se preguntó en seguida. Soy como Gulliver después

de visitar a los caballos lógicos, el olor humano me ofende.

—Es el que está al lado del farol —dijo.

La joven asintió.

—¿Por qué son tan pocos?

—Los he matado a casi todos —dijo Neville—. Sólo faltan ésos.

—¿Cómo es que está encendido el farol? —preguntó Ruth—. Creí que

habían destruido los circuitos eléctricos.

—Sí, pero conecté el farol con mi generador —dijo Neville—. Así puedo

verlos bien.

—¿No rompen la bombilla?

—La he protegido bien con alambres.

—¿No se encaraman y tratan de romperla?

—He untado el poste con ajo.

Ruth sacudió la cabeza.

—No se le escapa un detalle.

Neville dio un paso atrás y la miró un momento. ¿Cómo puede mirarlos

tan fríamente, se dijo, preguntar con tanta curiosidad, haciendo sólo una

semana que vio cómo destrozaban a su marido? Más dudas. ¿Nunca cesarían?

Sabía que no, hasta saber definitivamente la verdad.

Ruth se apartó de la mirilla.

—¿Me perdona un momento? —dijo.

Neville la siguió con la mirada mientras ella iba hacia el baño, y oyó cómo

cerraba la puerta con llave. Luego cerró la mirilla y volvió al sillón. Una sonrisa

fatigada le apareció en los labios. Miró el fondo del vaso y se tironeó

distraídamente la barba.

'¿Me perdona un momento?'.

Las palabras de Ruth habían sonado grotescamente divertidas. Restos de

una educación olvidada. Consejos de Emily Post para quienes vivían en la

tumba. Etiqueta para vampiros adolescentes.

Se le truncó la sonrisa.

¿Y ahora qué? ¿Qué depararía el futuro? ¿Estaría ella todavía allí una

semana después, o en el pozo de fuego?

Neville sabía que si ella estaba infectada trataría de curarla por todos los

medios. Pero ¿y si no tenía el bacilo? En cierta forma esta posibilidad era aún

más enervante. En el primer caso ya sabía a qué atenerse, sin abandonar

esquemas y normas. Pero si la joven se quedaba, tendrían que establecer una

relación determinada, quizá ser marido y mujer, tener hijos...

Sí, esto era más difícil.

De pronto comprendió que en estos años se había transformado en un

solterón empedernido y malhumorado. No pensaba ya en su mujer, su hija, ni

su pasado. Bastaba el presente. Y temía las responsabilidades y los sacrificios.

Temía entregarse de nuevo. Temía amar de nuevo.

Cuando la joven salió del baño, Neville seguía en la sala, pensando. El

tocadiscos dejaba oír solamente el ruido de la aguja.

Ruth dio la vuelta al disco. Comenzó el tercer movimiento de la sinfonía.

—Bueno, ¿y qué pasa con Cortman? —preguntó sentándose.

Neville la miró sorprendido.

—¿Cortman?

—Me iba a contar algo de él y la cruz.

—Oh. Sí, una noche lo hice entrar y le mostré la cruz.

—¿Qué pasó?

¿La mataré ahora? ¿La mataré y quemaré sin esperar el análisis?

Neville sintió que le faltaba el aire. Pensamientos semejantes daban

testimonio del mundo que había integrado; un mundo terrible donde era más

fácil asesinar que esperar.

Bueno, no he ido tan lejos todavía, pensó. Soy un hombre, no un animal

destructor.

—¿Pasa algo malo? —dijo la joven nerviosa.

—¿Por qué?

—Me clava la mirada.

—Lo siento —dijo Neville fríamente—. Estoy... pensando.

La joven no discutió. Alzó el vaso y Neville vio que temblaba. Debía tener

cuidado. No quería que ella sospechara lo que él sentía.

—Cuando le mostré la cruz —continuó, Cortman estalló en risas.

Ruth hizo un gesto de comprensión.

—Pero cuando le mostré una tora ante los ojos, reaccionó violentamente .

—¿Qué le puso ante los ojos?

—Una tora. El libro de la ley, creo que ese es su nombre.

—Y eso... ¿qué reacción le produjo?

—Lo había atado a la silla, pero cuando la vio se desató de golpe y me

atacó.

La joven parecía haber recuperado la confianza.

—¿Qué pasó?

—Me golpeó en la cabeza con algún objeto contundente. No recuerdo con

qué. Pero utilicé la tora para reducirlo y hacerle retroceder hasta la puerta.

—Oh.

—¿Entiende? La cruz no tiene el poder absoluto que le confiere la leyenda.

Cuando la leyenda apareció en Europa la cruz se convirtió naturalmente en un

símbolo defensivo por tratarse de un continente católico. La cruz luchando

contra el poder de las tinieblas.

—¿No podía haber disparado contra Cortman? —preguntó Ruth.

—¿Cómo sabe que yo tenía un arma?

—Bueno... lo imagino. Nosotros teníamos una pistola.

—Entonces, ya sabrá que las balas no surten efecto sobre los vampiros.

—No... no teníamos la certeza —dijo la joven, y añadió rápidamente—:

¿Usted sabe por qué? ¿Por qué las balas no los destruyen?

Neville negó con la cabeza.

Quedaron en silencio, escuchando la música.

En realidad lo sabía, pero prefería no decírselo.

Experimentando con vampiros muertos había averiguado que los bacilos

provocaban la secreción de un líquido pegajoso que sellaba rápidamente las

heridas de bala. El líquido envolvía las balas, aislándolas, y los gérmenes

seguían activando el cuerpo. Disparar contra los vampiros era como lanzar

piedras al agua. El líquido pegajoso impedía que las balas destruyeran

cualquier órgano vital.

Miró a la joven, que estaba arreglándose en ese momento los pliegues de

la falda. Neville vislumbró un muslo moreno, pero en vez de excitarse se irritó.

Era aquel un típico truco femenino, pensó, un movimiento forzado.

A medida que pasaba el tiempo, sentía cómo iba alejándose de ella. En

cierto sentido, hasta deseaba no haberla conocido. Había alcanzado cierto

equilibrio con los años, había asumido la soledad, se había acostumbrado a

ella, y ahora...

Para calmar la ansiedad buscó su pipa y el tabaco. Preparó la pipa y la

encendió. Por un instante, pensó: ¿le pregunto si le molesta el humo? No se lo

pregunto.

El disco terminó. La joven se incorporó y Neville vio cómo miraba las

fundas. Parecía una adolescente, tan delgada. ¿Quién es?, pensó. ¿Quién es

realmente?

—¿Puedo poner esto? —preguntó la joven mostrando un álbum.

Neville respondió sin mirar.

—Ponga lo que quiera.

La joven se sentó y empezaron a oír los primeros compases del segundo

concierto de Rachmaninoff. Sus gustos no son notablemente atrevidos, pensó

Neville mirándola expresivamente.

—Cuénteme algo sobre usted —dijo la mujer.

Otra frase típicamente femenina, pensó Neville. En seguida se acusó de

quisquilloso. ¿Por qué su irritación iba en aumento?

—No tengo nada que decir.

La muchacha sonreía de nuevo. ¿Acaso se burlaba?

—Esta tarde me asustó terriblemente —dijo ella—. Con ese aspecto

desaliñado. Y esa mirada salvaje.

Neville lanzó una bocanada de humo. ¿Mirada salvaje? Qué ridículo

comentario. ¿Qué pretendía? ¿Reducir las distancias con ingenio?

—¿Qué aspecto esconde bajo esas barbas?

Neville trató de sonreír, pero no pudo.

—Un rostro vulgar, simplemente.

—¿Qué edad tiene, Robert?

Neville sintió un nudo en la garganta. Era la primera vez que le llamaba

por su nombre. Oírlo en labios de una mujer, después de tres años, era raro e

inquietante. No me llame así, estuvo a punto de decir. No quería confianzas. Si

la mujer estaba infectada y no podía curarla, se desharía de ella como de un

extraño.

La joven volvió la cabeza.

—No tiene por qué contestar si no quiere —dijo serenamente—. No le

molestaré más. Me iré mañana.

Neville se puso rígido.

—Pero... —dijo.

—No quiero alterar su vida —dijo ella—. No tiene por qué sentirse

obligado... porque seamos... los únicos.

Neville la miró fijamente y sintió un escalofrío de culpa. ¿Por qué no me

fío de ella?, se preguntó. Si está infectada, no saldrá de aquí con vida. ¿Qué

puedo temer?

—Perdone —dijo—. He... pasado demasiado tiempo solo.

La mujer no levantó la vista.

—Si quiere saber algo sobre mí —continuó Neville— trataré de

complacerla.

La mujer dudó. Luego miró a Neville con ojos profundos.

—Me gustaría saber algo sobre la enfermedad —dijo al fin—. Perdí a mis

dos hijas. Y también a mi marido.

Neville la observó y luego dijo:

—Es un germen. Una bacteria cilindrica. Introduce en la sangre una

solución isotónica. La circulación de la sangre se ralentiza. El bacilo vive en la

sangre. Sin ella los bacteriófagos lo matan, o pasa al estado de espora.

La muchacha lo miró asombrada. Neville advirtió que no se había

enterado de nada.

—Bueno —continuó—, no importa. La espora es un cuerpo de forma oval,

con los elementos básicos del bacilo común. Si el vampiro se descompone, las

esporas, transportadas por el viento, germinan en otros cuerpos y lo infectan.

La mujer movió la cabeza, incrédula.

—Los bacteriófagos son proteínas inanimadas. En este caso el

metabolismo anormal destruye las células.

Luego Neville explicó, simplificando, los daños que el germen causaba en

el sistema linfático. Citó el ajo como elemento alérgico y otros síntomas de la

enfermedad.

—¿Por qué cree que somos inmunes? —preguntó la joven.

Durante un rato Neville la miró sin responder. Al fin se encogió de

hombros, y dijo:

—No sé nada sobre usted. En cuanto a mí, cuando estaba en Panamá,

durante la guerra, me mordió un murciélago. Y aunque no puedo demostrarlo,

creo que había mordido antes a algún vampiro, contrayendo así la

enfermedad. El germen le obligó a consumir sangre humana. Pero,

afortunadamente, era un germen débil, y aunque estuve terriblemente

enfermo, no llegué a morir. Mi cuerpo entonces quedó inmunizado. Esta es mi

teoría. Y por ahora no encuentro una explicación mejor.

—Pero... ¿no existirán otros seres que les ocurriera lo mismo?

—No sé —dijo Neville serenamente—. Maté al murciélago. —Se encogió de

hombros—. Quizá no había atacado a nadie más.

La mujer lo miró sin decir palabra, y Neville se sintió incómodo. Comenzó

a hablar de nuevo, pero esta vez sin ganas.

Se refirió someramente a las dificultades con que había tropezado en sus

estudios.

—Al principio creí que las estacas debían atravesar el corazón. Era la

leyenda. Descubrí después que no era imprescindible. Les atravesaba cualquier

parte del cuerpo y morían igual. Pensé entonces que los mataba la hemorragia,

pero un día...

Y Neville le contó el caso de la mujer que se había desintegrado ante sus

ojos.

—Entonces me di cuenta de que no era la hemorragia —continuó Neville

recordando complacido su descubrimiento—. No sabía qué hacer. Al fin un día

encontré la solución.

—¿Qué solución? —preguntó la joven.

—Experimenté con un vampiro muerto. Le puse un brazo en una cámara

neumática y lo pinché en el vacío. Salió sangre. —Neville hizo una pausa—.

Eso fue todo.

La mujer lo miró fijamente sin comprender.

—No entiende —dijo Neville.

—Yo... no —admitió ella.

—Cuando entró aire en la cámara, el brazo se descompuso. La muchacha

siguió escuchando atentamente.

—El bacilo —dijo Neville— es un organismo saprofito y puede vivir con o

sin oxígeno, pero en la sangre es anaeróbico y vive en simbiosis con el

vampiro. El vampiro lo alimenta con su sangre, y el germen le proporciona

energía.

—¿Sí? —dijo la joven.

—Cuando entra el aire —prosiguió Neville—, la situación del germen

cambia: se transforma en aeróbico y la simbiosis se interrumpe. El bacilo

queda en situación de parásito, y con su particular violencia, devora al

huésped.

—Entonces la estaca... —comenzó a decir la mujer.

—Deja entrar aire, naturalmente. Y mantiene la abertura en la carne. El

líquido pegajoso no cierra las heridas como en la caso de las balas. El corazón,

pues, no es esencial. Basta con abrir las muñecas —Neville sonrió débilmente—

. ¡Cuando pienso en el tiempo que invertí haciendo estacas!

Ella manifestó su comprensión. El vaso que tenía aún en la mano lo dejó

en la mesa.

—Por eso aquella mujer —dijo Neville— se descompuso tan aprisa. Había

estado muerta mucho tiempo, y cuando entró el aire, el germen provocó una

desintegración inmediata.

Un estremecimiento recorrió el cuerpo de la joven.

—Es horrible —dijo.

Neville la miró sorprendido. ¿Horrible? Era curioso. No se le había ocurrido

pensarlo durante años. Para él la palabra 'horrible' carecía de significado. Un

horror acumulado termina por convertirse en costumbre. Para Neville la

situación se reducía a simples hechos, nada más. No se calificaban.

—¿Y qué pasa con aquellos... que todavía siguen vivos? —preguntó ella.

—Bueno dijo Neville—, cuando se les cortan las venas el germen actúa

como le he explicado. Pero la mayoría muere simplemente por hemorragia.

—Simplemente por hemorragia —repitió la joven, y volvió la cabeza.

—¿Qué ocurre? —preguntó Neville.

—Nada. Nada.

Neville sonrió.

—Uno se acostumbra a estas cosas —dijo—. Es obligado.

La joven volvió a estremecerse.

—Créame —dijo Neville—. No hay otro camino. ¿Sería mejor dejarlos

morir de la enfermedad y que vuelvan luego convertidos en vampiros?

Ella se apretó las manos.

—Pero usted dijo que hay muchos todavía vivos —recordó nerviosamente

—. ¿Cómo sabe que no seguirán así?

—Lo sé —dijo Neville—. He estudiado el germen. Sé cómo se reproduce. El

organismo lucha, pero al fin el germen siempre gana. He empleado

antibióticos, pero no sirven de nada. Es inevitable. Las vacunas no inmunizan

tampoco en los casos avanzados. No se puede luchar contra los gérmenes y a

la vez elaborar anticuerpos. Es así, créame. Si no los mato, tarde o temprano

morirán, y entonces vendrán a buscarme. No hay más alternativa.

Neville y la joven callaron y en la sala sólo se oyó el sonido de la aguja

rozando los surcos interiores del disco. Ella tenía la mirada fija en el suelo. Es

curioso, pensó Neville, justificar ahora lo que ayer parecía necesario. Nunca

había pensado que podía estar equivocado. La presencia de la mujer

despertaba ahora otros pensamientos. Pensamientos extraños.

—¿Cree que estoy equivocado? —preguntó Neville con voz incrédula.

La joven se mordió el labio inferior y evitó la respuesta.

—Ruth —dijo Neville.

—Yo no puedo juzgarlo —dijo al fin.

18

—¡Virginia!

El desgarrador grito de Neville rompió la silenciosa oscuridad y la silueta

negra se apretó contra la pared.

Neville saltó de la cama y miró a su alrededor con ojos somnolientos. El

corazón le latía en el pecho, como un prisionero golpea las paredes de un

calabozo. De pie, aún en estado de somnolencia, no sabía qué hora era ni

dónde estaba.

—¿Virginia? —preguntó débilmente, temblorosamente—. ¿Virginia?

—Soy... soy yo —respondió la voz en la oscuridad.

Neville avanzó con paso inseguro hacia el débil rayo de luz que entraba

por la mirilla abierta. Parpadeó despacio. Extendió una mano y oyó un jadear.

—Soy Ruth. Ruth —dijo la silueta en voz baja.

Neville se quedó allí, tambaleándose en la oscuridad, con la expresión del

que no comprende.

—Soy Ruth —repitió la silueta en voz más alta.

Neville se despertó completamente. Algo frío se le retorció en el pecho y

el estómago. No era Virginia. Sacudió la cabeza y se frotó los ojos con los

dedos entumecidos.

Se quedó mirando a la joven durante un buen rato, sintiendo el gran peso

de una repentina depresión que le aplastaba.

—Oh —murmuró débilmente—. Oh, yo...

La nebulosa que lo había envuelto se desvaneció. Observó la mirilla y

luego a Ruth.

—¿Qué hacía? —preguntó con una voz dormida, y encendió la lámpara.

—Nada —dijo ella, nerviosa—. No podía dormir.

Neville parpadeó ante la luz. Luego su mano soltó el interruptor de la

lámpara y se volvió. La mujer estaba apoyada contra la pared, con los brazos

colgando y los puños apretados.

—¿Por qué se ha vestido? —preguntó Neville, sorprendido. La joven

respiraba ruidosamente, mirando a Neville. Este se frotó los ojos y se despejó

las sienes.

—Estaba... estaba mirando —dijo ella.

—¿Pero por qué se ha vestido?

—No podía conciliar el sueño.

Neville la miró, todavía un poco chocado pero sintiendo que el corazón se

le calmaba. A través de la mirilla se oían los aullidos de la calle, y por

consiguiente escuchó el grito de Cortman:

—¡Sal, Neville!

Neville se acercó a la puerta y acabó de cerrar la mirilla. Luego se volvió

hacia Ruth.

—Le he preguntado por qué se ha vestido.

—Me vestí, simplemente.

—¿Iba a marcharse mientras yo dormía?

—No, yo...

—¿Iba a irse?

La joven dejó escapar un gemido. Neville le había agarrado la muñeca

apretándosela.

—No, no —se apresuró a decir—. ¿Cómo podría hacerlo, con ellos ahí

fuera?

Neville miró el rostro aterrorizado de la joven. Se estremeció al recordar

la sensación que le había invadido al despertar, creyendo que era Virginia.

Bruscamente, le soltó el brazo y se alejó. Estaba convencido de que el

pasado había muerto. Pero se preguntaba: ¿Cuánto tarda en morir el pasado?

La joven no dijo ni una palabra. Neville se sirvió un poco de whisky y lo

tomó de un trago. Virginia, Virginia, pensó desesperándose, todavía en mi

mente. Cerró los ojos y apretó las mandíbulas.

—¿Se llamaba así? —preguntó ella.

Neville se puso tenso, pero cedió en seguida.

—Bueno —dijo con voz cansada—. Vuelva a la cama.

La joven dio un paso atrás.

—Lo siento —dijo.

De pronto, Neville comprendió. En realidad, no quería que ella se

acostase. Quería que se quedase con él haciéndole compañía. No sabía por

qué, pero no quería estar solo.

—La confundí con mi mujer —se oyó decir—. Desperté de súbito y creí...

Bebió otro trago de whisky, se atragantó y comenzó a toser. Ruth lo

miraba desde la penumbra.

—Ella volvió una vez —dijo Neville—. La enterré, pero una noche volvió.

Era como... como usted esta noche. Una sombra, un contorno. Estaba muerta.

Pero volvió. Traté de tenerla conmigo, pero no podía ser la de antes. Sólo

quería...

Neville contuvo un sollozo.

—Mi propia mujer —dijo con voz temblorosa—, ¡volviendo sólo para

beberme la sangre!

Golpeó con el vaso la barra del bar. Se volvió, caminó rápidamente hasta

la mirilla y regresó otra vez al bar. Ruth no abrió la boca. Seguía en la

oscuridad, escuchando.

—La llevé otra vez —dijo—. Tuve que tratarla como a los demás. Mi propia

mujer. Una estaca —añadió con voz terrible—. Tuve que clavarle una estaca en

el corazón. Entonces no sabía otro método. Yo...

No pudo terminar. Calló largo rato, temblando de pies a cabeza,

apretando los párpados con fuerza.

Al fin habló otra vez:

—Sucedió hace casi tres años. Y aún lo recuerdo, es como si hubiera

sucedido ayer —dio un puñetazo sobre el bar—. Todo esfuerzo es inútil. Y no

puedo acostumbrarme, olvidarme.

Se mesó nerviosamente los cabellos y continuó:

—Sé lo que usted siente. Lo sé. Al principio no me di cuenta. No confié en

usted. Me sentía protegido y tranquilo en mi refugio. Ahora... —sacudió la

cabeza lentamente, derrotado—. En un segundo todo ha desaparecido. La

costumbre, la seguridad, la paz...

—Robert. —La voz de la joven parecía tan angustiada y triste como la

suya—. ¿Por qué nos han castigado así? —preguntó.

Neville suspiró entrecortadamente.

—No sé. No hay respuesta. No hay motivo aparente. Simplemente, es así.

La joven se había acercado. Y de pronto, sin titubeos, sin forcejeos,

Neville la apretó contra él y se transformaron en dos seres que se fundían en

la profunda soledad de la noche.

—Robert. Robert.

Las manos de Ruth acariciaban los hombros de Neville, una y otra vez, y

Neville la apretaba contra él con fuerza y cerrando los ojos se perdía en

aquellos cabellos tibios y suaves.

Se besaron largo rato, y sus manos abrazaban con fuerza el cuello de

Neville.

Se sentaron luego, a la tenue luz de la sala.

—Lo siento, Ruth —dijo Neville.

—¿De veras lo sientes?

—Sí. Siento haber sido tan cruel cuando te encontré, no haber confiado en

ti.

Ella calló.

—Oh, Robert —dijo luego—. Es todo tan injusto. ¡Tanto! ¿Por qué

seguimos vivos? ¿Por qué no hemos muerto como los demás? Sería mejor que

todos hubiésemos desaparecido.

—Calla, calla —dijo Neville, sintiendo que ya no podía controlar las

emociones que lo invadían—. Todo se arreglará.

Un escalofrío recorrió el cuerpo de la joven.

—Sí, sí. Todo se arreglará —repitió Neville.

—¿Y cómo?

—Se arreglará —dijo Neville, aunque no estaba seguro de nada y sabía

que las palabras brotaban sólo gracias a aquella tensión liberada.

—No —dijo ella—. No.

—Sí, Ruth. Sí.

Neville allí, en el sofá, había perdido la noción del tiempo. Lo había

olvidado todo, el tiempo y el lugar. Estaba con ella, estaban solos en el mundo

y se necesitaban; eran los únicos supervivientes de un oscuro terror.

Y de pronto sintió la necesidad de ayudarla cuanto antes.

—Ven —dijo—. Te analizaré ahora.

El cuerpo de la joven se puso tenso.

—No, no —dijo Neville rápidamente—. No temas nada. Si encontramos

algo, te curaré. Juro que te curaré, Ruth. Pero verás cómo no encontraremos

nada.

Ruth lo miraba en la oscuridad, sin decir palabra. Neville se incorporó y la

cogió de la mano. Sentía una excitación totalmente distinta. Quería curarla,

ayudarla.

—Permíteme —dijo—. No te dolerá. Te lo prometo. Quiero que estemos

seguros. Así podremos planear nuestra vida y trabajar. Te salvaré, Ruth. O

moriré contigo.

La joven se resistía, con el cuerpo tenso.

—Ven, Ruth.

Ahora que había puesto al descubierto sus emociones, Neville no tenía en

qué apoyarse y no podía controlar sus temblores.

La llevó al dormitorio. Y cuando vio plasmado el terror en aquel rostro, la

acercó a él y le acarició el pelo.

—Todo irá bien. ¿No lo entiendes?

La ayudó a sentarse en la banqueta. La joven estaba pálida. Neville

desinfectó la aguja quemándola con el mechero Bunsen. Luego se inclinó y la

besó en la mejilla.

—Todo irá bien —dijo dulcemente—. Todo irá bien. No te preocupes.

Ruth cerró los ojos y Neville clavó la aguja, sintiendo el dolor como si

hubiera pinchado su propio dedo. Extrajo la sangre y la extendió en la platina.

—Ya está —dijo, y pasó un algodón con alcohol por la yema del dedo,

temblando. No lograba controlarse. Apenas podía preparar el microscopio, y

miraba a Ruth y sonreía, tratando de borrarle del rostro aquel rictus de terror.

—No tengas miedo —dijo—. Por favor. Te curaré si estás enferma. Lo

haré, Ruth, te lo prometo.

La muchacha se sentó en silencio, mirándolo trabajar con los ojos

perdidos, moviendo nerviosamente las manos en el regazo.

—¿Y qué harás si... si estoy? —dijo al fin.

—No lo sé aún —dijo Neville—. No estoy seguro. Pero hay muchas cosas.

—¿Qué cosas?

—Vacunas, por ejemplo.

—Dijiste que las vacunas no dan resultado —comentó la joven con voz

débil.

—Sí, pero... —Neville se interrumpió para meter la platina en el

microscopio.

—Robert, ¿qué podrás hacer?

La joven se levantó de la banqueta y se acercó a Neville, que se inclinaba

ya sobre el microscopio.

—¡Robert, no mires! —suplicó de pronto. Pero era tarde: Neville ya había

visto.

Sin darse cuenta se le había entrecortado el aliento. Miró a la joven,

confundido.

—Ruth —susurró apenas.

La maza le golpeó en plena frente.

Neville sintió que la cabeza le estallaba de dolor y cayó de costado, sobre

el microscopio. Sorprendido, miró aquel rostro contraído por el miedo. La maza

golpeó otra vez. Neville gritó y cayó de rodillas hacia delante. A mil kilómetros

de distancia, oyó un sollozo contenido.

—Ruth —murmuró.

—¡Te supliqué para que no lo hicieras! —gritó la joven.

Neville la agarró por las piernas .y la joven dejó caer la maza por tercera

vez, ahora en la nuca.

¡Ruth!

Las manos de Neville perdieron fuerza. Cayó de bruces y cerró

convulsivamente los dedos en el aire, hundiéndose en las sombras.

19

Cuando volvió en sí, el silencio reinaba en la casa.

Durante un rato siguió allí, tendido, mirando confusamente el suelo.

Luego, con un lamento de dolor, se incorporó. Sintió como si un millón de

agujas le atravesara la cabeza, y volvió a caer sobre el frío suelo, cogiéndose

la cabeza con las manos.

Minutos después trató de levantarse lentamente agarrándose del borde de

la mesa. El suelo se movía bajo sus pies, y Neville tuvo que cerrar los ojos.

Esperó un momento.

Al fin consiguió llegar a rastras hasta el baño. Se lavó la cara con agua fría

y se sentó en el borde de la bañera, con una toalla húmeda envuelta en la

frente.

¿Qué había pasado? Miró parpadeando las blancas baldosas del suelo.

Se incorporó y llegó hasta la sala. Estaba vacía. La puerta de calle estaba

abierta permitiendo la entrada a la luz gris de la mañana. La joven se había

ido.

Empezaba a recordar. Regresó al dormitorio, apoyándose en las paredes.

Sobre la mesa, junto al volcado microscopio, había una carta. Cogió el

papel con dedos entumecidos, y acercándose a la cama, se sentó. Alzó el papel

hasta los ojos. Pero le bailaban las letras. Sacudió la cabeza suavemente y

volvió a cerrar los ojos. Al cabo de un rato pudo leer:

Robert: Ahora ya lo sabes. Ya has descubierto que te espiaba y sabes que casi todo lo que dije

era falso.

Te escribo esta carta porque quiero salvarte, en la medida de lo posible.

Cuando me pidieron que te espiara, no me interesaba tu vida. Porque yo tenía un marido,

Robert, y tú lo mataste.

Pero ahora las cosas son distintas. Yo sé ahora que tú no elegiste este modo de vida, como

nosotros no elegimos el nuestro. Estamos infectados. Pero a pesar de tus descubrimientos,

seguiremos vivos. Descubrimos el modo, y vamos a crear una nueva sociedad, sin prisas pero sin

pausas. Nos libraremos de esos miserables castigados por la muerte. Y aunque yo no lo quiera,

hemos decidido matarte a ti y a tus semejantes.

—¿A mis semejantes?, pensó Neville, aturdido. Pero siguió leyendo.

Trataré de salvarte. Les explicaré que estás demasiado bien protegido para que te ataquemos

ahora. Aprovecha el tiempo que te doy, Robert. Vete de la casa, escapa a las montañas y sálvate.

Ahora somos unos cuantos. Pero creceremos tarde o temprano, y entonces no podré impedir tu

destrucción. Te lo repito Robert, ¡sálvate mientras puedas! Sé que te costará creerlo. No creerás que

podemos vivir a la luz del sol, aunque sólo sea durante cortos periodos. No creerás que mi color

fuera natural y no producto del maquillaje. No creerás que podemos vivir con el germen en la

sangre.

Por eso te dejo una de mis pildoras.

Todo el tiempo que pasé aquí las estuve tomando. Las escondí en mi cinturón. Descubrirás

que están compuestas por sangre defebrinada y una droga. No sé exactamente cuál. Pero sé que la

sangre alimenta al germen y la droga impide su reproducción. El descubrimiento de esta pildora

frenó nuestra eliminación, ayudándonos a reconstruir el mundo. Créeme, es cierto. ¡Y por favor,

huye!

Perdóname también. No quería hacerte ningún daño. Pero me aterrorizaba pensar qué harías

cuando supieses la verdad.

Perdóname por haberte engañado tanto. Pero, por favor, cree sólo una cosa: cuando estábamos

abrazados, en la oscuridad, no estaba espiándote. Te quería.

Ruth.

Neville leyó otra vez la carta. Luego dejó caer la mano, abatido, y se

quedó mirando el suelo. No podía creerlo. Movía la cabeza, tratando de

comprender, pero era difícil.

Se acercó a la mesa con paso inseguro. Recogió la pildorita ambarina, la

sostuvo en la palma, y la olió. Sentía que la seguridad lo estaba abandonando.

¿Cómo podía, sin embargo, negar la evidencia? La pildora, el encuentro a

la luz del sol, su reacción ante el ajo.

Se sentó en la banqueta y miró la maza caída en el suelo. Lentamente, los

recuerdos se iban agolpando en su mente.

Cuando se encontraron en el campo, la joven había huido asustada. ¿Lo

estaba engañando? No, se asustó de veras. Su grito la había sorprendido sin

duda, aunque ella estuviese esperándolo. Luego, más tarde, controlando más

la situación, había argumentado que su reacción ante el ajo se debía a un

estómago delicado. Y había mentido, fingiendo una aceptación sin esperanza, y

le había sonsacado débilmente toda la información posible. Y cuando quería

irse, no podía, por culpa de Cortman y los demás. El había despertado en

aquel momento y se habían abrazado, y...

Neville dio un puñetazo a la mesa. Te quería. Mentira. ¡Mentira! Arrugó la

carta y la lanzó lejos.

El dolor creció con la ira y tuvo que agarrarse la cabeza entre las manos,

cerrando los ojos.

Al cabo de un rato se recuperó y puso el microscopio en su sitio.

El resto de la carta no era mentira, debía reconocerlo. Aun sin la pildora,

aun sin aquellos recuerdos, debía reconocerlo. Quedaba algo que Ruth y los

suyos parecían ignorar.

Miró por el microscopio un largo rato. Sí, lo había encontrado. Y admitir lo

que veía, cambió todo su mundo. ¡Qué estúpido e incapaz se sentía! ¿Cómo no

lo había previsto? Y sin embargo, había leído la frase cien, mil veces. Y nunca

se había detenido a entender todo su significado. Era una frase muy simple:

Las bacterias también pueden ser mutantes.

IV

Enero de 1979

20

Aparecieron de noche. Llegaron en coches oscuros, venían provistos de

linternas, rifles, hachas y palos. Llegaron de la oscuridad con un rugir de

motores, y los haces de luz largos y blancos de los faros doblaron la esquina

buscando la calle.

Neville en ese momento estaba espiando por la mirilla. Había dejado de

leer y miraba con curiosidad cuando los rayos de luz enfocaron las caras

descoloridas. Los vampiros se volvieron asustados, con los oscuros ojos

salvajes clavados en las luces.

Neville retrocedió bruscamente, alejándose de la mirilla. Durante un

momento permaneció allí, en las sombras de la sala, temblando, indeciso. El

rugido de los motores atravesó las paredes insonorizadas. Pensó en las pistolas

de la cómoda, en el rifle ametralladora de la mesa de trabajo, pensó en

atrincherar la casa.

Pero no. Lo tenía decidido. Lo había planeado todo, escrupulosamente,

durante los últimos meses. No se enfrentaría. Se acercó otra vez a la puerta, y

miró.

La calle era un continuo de escenas violentas y rápidas, iluminadas por el

potente resplandor de los faros. Hombres que perseguían a otros hombres,

ruidos de tacones sobre el pavimento. Luego un disparo, el eco del disparo, y

luego más disparos.

Dos vampiros rodaron por el pavimento. Cuatro hombres los sujetaron

con los brazos en cruz y otros dos les hundieron en el pecho las brillantes

puntas de unas picas. La noche se llenó de aullidos. Neville sintió que se

ahogaba.

Los hombres vestidos de oscuro tenían una clara idea de lo que hacían.

Había siete vampiros en la calle; seis hombres y una mujer. Los rodearon a

todos, los sujetaron por los brazos, y hundieron en su cuerpo las picas afiladas

como cuchillos. La sangre corría a mares por la calle, y los vampiros fueron

muriendo, uno a uno. Neville se estremeció. ¿Era ésta la nueva sociedad de la

que Ruth le había hablado? ¿Y tenían que actuar así, ensañándose de un modo

tan ciego y brutal? ¿Por qué venían de noche, cuando era mucho menos

violento matarlos de día?

Apretó los puños. Aquella metódica carnicería no le gustaba. Esos

hombres parecían asesinos, y no seres que defendían su existencia. Había

advertido una expresión de maligno triunfo en los rostros iluminados por la luz

de los faros. Eran rostros crueles, sin emoción. De pronto Neville se detuvo a

pensar. ¿Dónde estaba Ben? Miró arriba y abajo de la calle, pero no vio ningún

rastro de él. No quería que matasen a Ben Cortman, no quería que lo

destruyesen de esa manera. Estupefacto, se dio cuenta de que sentía más

simpatía por los vampiros que por esos seres.

Ahora los siete vampiros yacían inertes en sus charcos de sangre. Los

faros, sin cesar de moverse, iluminaban la noche. Un rayo enceguecedor

enfocó la mirilla. Neville se retiró. Luego la luz se alejó, y miró de nuevo.

Se oyó un grito. Los ojos de Neville siguieron la luz. Se puso tenso.

Cortman estaba en el tejado de la casa de enfrente. Trepaba lentamente

tratando de alcanzar la chimenea, con el cuerpo aplastado contra las tejas.

Neville comprendió de pronto que aquella alta chimenea había sido el

escondite de Cortman durante este tiempo. Apretó las mandíbulas. Cortman no

merecía morir en manos de aquellos desconocidos. Objetivamente, era un

absurdo; pero así lo sentía. Aquellos seres no podían apropiarse del descanso

de Cortman. Pero él, Neville, no podía intentar nada.

Con una mirada de desaliento, vio que los focos apuntaban hacia el

cuerpo encogido de Cortman. Las manos pálidas buscaban lentamente algún

asidero. Se movía lentamente, como si tuviera todo el tiempo del mundo.

¡Apresúrate!, pensó Neville, pero no lo dijo en voz alta. Sintió que se le

contraía él cuerpo, que luchaba junto con Cortman, imitando aquellos

movimientos de agonía.

Los hombres, sin pronunciar orden alguna, alzaron de pronto sus rifles y

el ruido de los disparos desgarraron la noche.

Neville sintió como si las balas entraran en su propia carne. Cortman se

retorció bajo los impactos y Neville se estremeció convulsivamente.

Cortman siguió retorciéndose. Neville vio la cara blanca y tensa. Ha

llegado el fin de Oliver Hardy, pensó, la muerte de las comedias y las risas. No

oía ya el ruido de los disparos. Ni siquiera notaba cómo las lágrimas le corrían

por la cara.

Ben Cortman estaba de rodillas ahora, y trataba de agarrarse a la

chimenea con dedos inseguros. Se retorció aún más, alcanzado por otras

balas. Sus ojos oscuros brillaban a la luz de los faros; su boca dejaba escapar

un quejido silencioso.

Al fin se puso de pie, apoyado en la chimenea, y Neville, palideciendo, vio

cómo alzaba la pierna derecha.

En ese instante se oyó el ruido de la ametralladora. Durante un momento,

Cortman recibió de pie los impactos, con las manos en alto y con expresión de

desafío en su cara blanca.

—Ben —murmuró Neville entrecortadamente.

El cuerpo de Cortman se dobló por la cintura y cayó hacia adelante. Perdió

el equilibrio y rodó lentamente por el tejado inclinado, y por fin cayó al vacío.

Siguió un silencio, y Neville oyó el cuerpo estrellándose contra la calle. Cerró

los ojos. Los hombres se acercaban a Cortman esgrimiendo sus picas.

Otra vez el ruido de botas sobre el pavimento. Neville retrocedió a la

oscuridad. De pie en medio de la sala, esperó que los hombres lo llamaran y le

invitaran a salir. Trató de recuperar la calma. No voy a luchar, se dijo. Aunque

quisiera hacerlo, aunque odio suficientemente a esos hornbres con sus armas y

sus ensangrentadas picas.

Pero no iba a luchar. Lo tenía bien decidido. Los hombres actuaban como

les parecía necesario, a pesar de aquella violencia inútil y aquel ensañamiento.

El, Neville, había matado a muchos y ahora ellos tenían que capturarlo. No

lucharía por salvarse. Se entregaría a la justicia de aquel nuevo mundo.

Cuando lo llamaran saldría y se rendiría. Lo tenía bien decidido.

Pero no lo llamaron. Neville retrocedió jadeando al oír ruido de hachas en

la puerta de calle. ¿Qué hacían? ¿Por qué no lo llamaban y le invitaban a salir?

S oy Leyenda R ichard Matheson

No era un vampiro, era un hombre. ¿Por qué se comportaban así?

Dio media vuelta y miró hacia la cocina. Derribaban también la puerta

trasera. Se quedó nervioso en medio del pasillo. Miró alternativamente a una y

otra puerta. ¡No entendía lo que estaba pasando! ¡No lo entendía!

Oyó unos disparos. Asustado, corrió al vestíbulo y comprobó que los

hombres habían hecho saltar a balazos la cerradura de la puerta de calle. Un

disparo más, con ecos que resonaran por la casa.

Y, de pronto, lo entendió. No iban a llevarlo ante sus tribunales para

juzgarlo. Iban a acabar con él.

Aterrorizado, corrió al dormitorio y buscó, aturrullado, en el cajón de la

cómoda.

Se volvió, temblando, con las pistolas en las manos. ¿Pero y si en realidad

sólo querían apresarlo? No podía molestarse porque no lo hubieran llamado. La

casa estaba a oscuras. Quizá pensaban que no estaba allí.

Se quedó en el dormitorio, sin encender la luz y sin saber qué hacer. ¿Por

qué no había escapado? ¿Por qué no había escuchado los consejos de Ruth?

¡Qué inconsciente había sido!

La puerta de la calle cedió al fin, y una de las pistolas se le cayó a Neville

de la mano. Un ruido de pies pesados cruzó la sala. Neville retrocedió,

empuñando la otra pistola. ¡No iban a matarlo tan fácilmente! Lanzó una

maldición. Había tropezado con su escritorio. En el vestíbulo un hombre decía

algo que Neville no pudo entender. Luego resplandeció la luz de unas linternas.

Neville contuvo la respiración. Sintió que todo a su alrededor empezaba a

girar. Así que este es el fin. No podía dejar de pensar. Este es el fin.

Las pisadas resonaron en el pasillo. Los dedos de Neville apretaron con

más fuerza la empuñadura de la pistola, los ojos seguían clavados en el

umbral.

Dos hombres entraron.

Los rayos de las linternas bailaron por el cuarto hasta dar con la cara de

Neville. Los hombres retrocedieron al instante.

—¡Tiene una pistola! —gritó uno de ellos, y disparó.

Neville oyó cómo la bala se incrustaba en la pared, por encima de su

cabeza. En seguida la pistola comenzó a disparar, iluminándole la cara con

breves resplandores. No apuntaba. Sólo apretaba el gatillo como un autómata.

Un hombre lanzó un grito de dolor.

En seguida Neville sintió un golpe en el pecho. Se tambaleó, disparó una

vez más y cayó de bruces soltando la pistola.

—¡Ya lo tenemos! —Oyó que alguien gritaba. Trató de recuperar la pistola,

pero una bota le aplastó la mano. Neville la apartó gritando y se quedó

mirando el suelo.

Unas manos lo agarraron con brusquedad por debajo de los brazos para

levantarlo. Se preguntó por qué no lanzaban el último disparo. Virginia, pensó,

Virginia, pronto estaré contigo. Sintió un terrible dolor en el pecho, como si

alguien le rociara con plomo fundido. Oyó el taconeo de otras botas, y se

dispuso a morir. Al menos, voy a morir en mi casa, pensó. Los hombres lo

arrastraron hasta la calle. Neville trató de luchar casi sin fuerzas.

—No —dijo—. ¡No!

Otro golpe. Esta vez en la cabeza. Perdió el mundo de vista.

—Virginia —murmuró Neville roncamente.

Y los hombres oscuros arrastraron el cuerpo inconsciente fuera de la casa.

A la soledad de la noche. A aquel mundo que les pertenecía y que ya no sería

nunca más el mundo de Neville.

21

Un confuso murmullo en el aire. Neville tosió débilmente, con una mueca

de dolor. Movió la cabeza de un lado a otro de la almohada. El ruido se

intensificó. Era como una suma de ruidos. Se llevó lentamente las manos al

pecho. ¿Por qué no le apagaban aquel fuego que le ardía encima? Alguien

continuaba metiéndole carbones encendidos en la carne. Otro gemido, de

agonía esta vez. Luego abrió los ojos.

Contempló, sin parpadear, el cielo raso de yeso. El dolor crecía y

disminuía intermitentemente. Neville volvió a contraer el rostro, resistiendo el

dolor. Si se relajaba, estaba perdido. Durante unos minutos luchó contra el

dolor. Luego, como una máquina que empieza a funcionar, jadeando,

deteniéndose, moviéndose otra vez, sintió que empezaba a despertar.

¿Dónde estoy?, se preguntó. El dolor era espantoso. Se miró el pecho y y

vio una amplia venda, con una mancha roja y húmeda. Cerró los ojos. Estoy

herido, se dijo. Malherido. Sentía la boca y la garganta resecas. Dónde estoy,

dónde estoy...

Entonces le vino a la memoria el ataque a la casa y los hombres oscuros.

Y supo dónde se encontraba antes de ver la ventanilla con barrotes que tenía a

un costado. Miró por la abertura un buen rato. El confuso ruido venía de

afuera.

Dejó balancear la cabeza sobre la almohada y continuó mirando el cielo

raso. Era difícil comprender que no se trataba de una pesadilla. Tres años de

soledad en la casa, para terminar así.

Pero ahí estaba ese terrible dolor en el pecho, y la mancha de sangre

empapando la venda. Cerró los ojos. Voy a morir, pensó. Y sin embargo, no

parecía que fuera a llegar el momento. A pesar de haber vivido con la muerte,

de haber pasado tantas veces sobre ella, como por una maroma, no parecía

real. La muerte propia escapaba de su capacidad de comprensión.

Estaba todavía tumbado de espaldas cuando se abrió una puerta.

No podía volverse. El dolor era insoportable. Oyó pasos que se acercaban

a la cama y se detenían junto a ella. Alzó los ojos, pero no vio a nadie. Mi

verdugo, pensó, la justicia de esta nueva sociedad. Cerró los ojos y esperó.

Oyó las pisadas otra vez. Neville trató de tragar saliva, pero tenía la

garganta demasiado seca. Se pasó la lengua por los labios para

humedecérselos.

—¿Tienes sed?

Abrió los ojos y miró, y el corazón aceleró sus latidos. El dolor aumentó.

Gimió y dobló la cabeza sobre la almohada, mordiéndose los labios y

apretando la manta con fuerza.

La mujer estaba a su lado, arrodillada, secándole la frente

humedeciéndole los labios con un trapo frío y húmedo. El dolor se mitigó, y

Neville vio al fin el rostro de la mujer. Se quedó mirándola, con ojos

entrecerrados por el dolor.

—Vaya —dijo finalmente.

La joven no respondió. Se levantó del suelo y se sentó en el borde del

camastro. Le secó otra vez la frente. Luego extendió un brazo y Neville oyó un

ruido de agua.

La joven le sujetó la cabeza, ayudándole a beber. El dolor aumentaba y

ahora era cortante y frío. Probablemente esto es lo que sentían ellos, pensó,

cuando las picas les atravesaban el corazón. Esta agonía cortante y mordiente.

La vida que se escapa con la sangre.

Dejó caer la cabeza en la almohada.

—Gracias —murmuró.

La joven lo miró con una curiosa expresión mezcla de simpatía y

desprendimiento a la vez. Se peinaba ahora hacia atrás, con el pelo recogido

en una cola. Parecía mucho más segura de sí misma.

—¿No me creíste, verdad? —dijo.

La sequedad de la garganta le hizo toser. Abrió la boca y aspiró una

bocanada de aire húmedo.

—Sí..., sí, te creí —dijo.

—¿Por qué no te fuiste entonces?

Neville trató de hablar, pero se le confundieron las palabras. Volvió a

tomar aliento.

—No... no pude —murmuró al fin—. Quise irme... varias veces. Una vez...

hasta recogí mis cosas y... dejé la casa. Pero volví... No podía... no podía

irme... Estaba demasiado habituado... a la casa... Era realmente eso, un...

hábito. Como el hábito de vivir. Estaba... acostumbrado.

Los ojos de la mujer miraron el rostro de Neville. Le secó otra vez la

frente, apretando los labios.

—Ahora es demasiado tarde. Lo sabes, ¿no es cierto?

—Lo sé —dijo Neville.

Trató de sonreír, y dejó escapar una mueca.

—¿Por qué te resististe entonces? Dijo Ruth—. Tenían la orden de traerte

aquí sin heridas. Si no te hubieras enfrentado a ellos, no te hubieran golpeado.

Un espasmo sacudió a Neville.

—Eso no cambiaría nada —dijo.

Cerró los ojos y apretó los dientes, luchando con el dolor. Cuando los

abrió otra vez, estaba todavía allí. La expresión de su rostro era la misma.

Neville sonrió débilmente.

—Tu...,tu sociedad... es realmente algo fantástico —jadeó—. ¿Quiénes

eran esos asesinos que destrozaron... mi casa? ¿El... consejo de justicia?

La mirada de la mujer era fría y serena. Ha cambiado, pensó Neville de

pronto.

—Todas las sociedades nuevas son primitivas —replicó la joven—. Tú ya lo

sabes. Son... como grupos terroristas que transforman la sociedad a base de

violencia. Es inevitable. Tú mismo utilizaste la violencia, Robert. Mataste.

Muchas veces.

—Sólo para... sobrevivir.

—Nosotros tenemos las mismas razones —dijo Ruth tranquilamente—.

Para sobrevivir. No podemos permitir que los muertos persigan a los vivos.

Deben ser destruidos. Así como quien mata a los muertos y a los vivos.

Neville respiró hondo, y el dolor le mordió los costados. Un escalofrío le

recorrió el cuerpo. Esto terminará pronto, pensó. No puedo resistir mucho

más. No, no temía a la muerte. No entendía por qué, pero no lo asustaba.

El dolor disminuyó. Neville miró el rostro sereno de la joven.

—De acuerdo —dijo—. Pero... ¿has visto la expresión de su cara cuando

matan? —Un movimiento compulsivo—. Alegría —murmuró—. Alegría pura.

La sonrisa de Ruth parecía irónica. Ha cambiado realmente, pensó Neville.

—¿Viste alguna vez tu cara? —preguntó la joven refrescándole la frente.

Yo la vi, ¿recuerdas? Y ni siquiera matabas entonces. Simplemente me

perseguías.

Neville cerró los ojos. ¿Por qué la escuchó?, pensó. Es un nuevo converso,

un nuevo militante de esta religión de la violencia.

—Quizá viste alegría en sus caras —siguió ella—. No es de extrañar. Son

muy jóvenes. Y son asesinos a sueldo, asesinos legales. Se los respeta porque

asesinan, se los admira. ¿Qué esperas de ellos? Son hombres. Y los hombres

llegan a gozar matando. Es una vieja historia, Robert. Tú la conoces bien.

Neville la miró. La sonrisa de Ruth era la sonrisa dura y tirante de la

mujer que quiere seguir siéndolo en la abnegación y el sacrificio.

—Robert Neville —dijo—, el último representante de la vieja raza.

El rostro de Neville cambió.

—¿El último? —murmuró, sintiendo de pronto sobre él el peso de una

profunda soledad.

—Así parece al menos —dijo ella indiferente—. Realmente eres el único.

Cuando desaparezcas, no quedará nadie como tú en nuestro mundo.

Neville miró por la ventana.

—Hay... gente... afuera —dijo.

La mujer movió la cábela afirmativamente.

—Están esperando.

—¿Mi muerte?

—Tu ejecución.

Neville levantó la mirada hacia ella sintiendo que se le ponían rígidos los

músculos.

—Convendría que se dieran prisa —dijo, sin miedo, con voz desafiante.

Se miraron a los ojos. Luego algo pareció ceder en ella. Estaba muy

pálida.

—Lo sabía —dijo—. Sabía que no tendrías miedo.

Impulsivamente acarició la mano de Neville.

—Cuando oí que iban a buscarte, pensé en prevenirte. Pero se me ocurrió

que si todavía estabas allí, nada te haría cambiar de idea. Luego pensé en

ayudarte a escapar. Pero me dijeron que estabas malherido, y una huida sería

imposible. —Una sonrisa le cruzó el rostro—. Me alegra que no tengas miedo.

Eres muy valiente, Robert —añadió con voz más suave.

Callaron, y Neville sintió la presión de su mano.

—¿Cómo... has podido venir? —preguntó.

—Soy oficial de rango en la nueva sociedad —dijo la joven.

Neville movió la mano bajo sus dedos.

—No dejes... no dejes... —Tosió, y asomó un hilo de sangre—. No dejes

que sean demasiado brutales... demasiado crueles.

—Qué puedo... —empezó Ruth, y calló. Sonrió en seguida—. Trataré de

que así sea —dijo.

Neville no pudo responder. El dolor aumentaba. Se retorcía y

convulsionaba como un animal dentro de su cuerpo.

Ruth se inclinó hacia él.

—Robert —dijo—. Escúchame. Quieren ejecutarte. Aunque estés herido.

Tienen que hacerlo. La gente ha estado esperando afuera toda la noche. Te

tienen miedo, Robert, te odian. Y quieren que pagues con tu vida.

Se desabrochó la blusa y buscó en el corpino. Sacó al fin un paquetito y lo

puso en la mano derecha de Neville.

—Es lo mejor que puedo hacer por ti, Robert —susurró— Para que sea

más breve. Te lo advertí. Te dije que huyeras —la voz le tembló ligeramente—.

No puedes luchar contra todos, Robert.

—Ya lo sé.

Las palabras de Neville se convirtieron en sonidos guturales. Ruth se

inclinó y rozó con sus labios frescos los de Neville. Luego se incorporó y se

abrochó la blusa.

—Tómalas pronto —dijo mirando la mano derecha de Neville.

Neville oyó sus pasos alejándose hacia la puerta y luego el ruido de llaves.

Cerró los ojos, y unas lágrimas ardientes corrieron por sus mejillas. Adiós,

Ruth.

Adiós al mundo.

Luego, de pronto, apoyándose en un brazo, se sentó en la cama. El dolor

era espantoso, pero Neville no se hundió. Con las mandíbulas apretadas, sacó

las piernas de la cama y se puso de pie. Sintiendo apenas el movimiento de

sus piernas, y tambaleándose, cruzó el calabozo.

Cayó contra la ventana, y miró a la calle. Estaba llena de gente. Se

agrupaban a la luz grisácea de la mañana. El sonido de sus voces llegaba a él

como el zumbido de abejas. Neville los miró, agarrado con la mano izquierda

de los barrotes y con los ojos febriles.

Entonces alguien lo vio.

Durante un rato las voces se elevaron un poco. Se oyeron algunos gritos.

Pero luego el silencio se extendió sobre sus cabezas como una pesada

capa. Todos volvieron hacia Neville sus rostros pálidos. Neville los observó

serenamente. Y de pronto razonó: Yo soy el anormal. La normalidad es un

concepto mayoritario. Norma de muchos, no de uno solo.

Y comprendió la expresión que reflejaban aquellos rostros: angustia,

miedo, horror. Le tenían miedo. Ellos le veían como un monstruo terrible y

desconocido, de una malignidad más odiosa que la de la plaga. Un espectro

invisible que como prueba de su existencia sembraba el suelo con los

cadáveres desangrados, de sus seres queridos. Y Neville los comprendió, y

dejó de odiarlos. La mano derecha apretó el paquetito de pildoras. Por lo

menos el fin no sería violento, por lo menos no habría una carnicería...

Neville observó a los nuevos habitantes de la tierra. No era uno de ellos.

Semejante a los vampiros, era un anatema y un terror oscuro que debían

eliminar y destruir. Y de pronto nació la nueva idea, divirtiéndolo, a pesar del

dolor.

Tosió carraspeando. Se dio vuelta y se apoyó en la pared mientras se

tomaba las pildoras. Se estrecha el círculo. Un nuevo terror nacido de la

muerte, una nueva superstición que invade la fortaleza del tiempo.

Soy leyenda.

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