BLOOD

william hill

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domingo, 11 de abril de 2010

LOS MITOS DE CTHULHU -- VARIOS AUTORES -- EL BESO SINIESTRO

EL BESO SINIESTRO

(The Black Kiss)

Robert Bloch y Henry Kuttner

Surgen vestidos con túnicas

verdes, bramando, de los

verdes infiernos del mar, donde

hay cielos caídos, y clamores

malignos, y criaturas sin ojos

Chesterton: Lepanto

1.- El ser de las aguas

Graham Dean aplastó nerviosamente su cigarrillo y se encontró con los ojos intrigados del doctor Hedwig.

–Nunca estuve tan preocupado anteriormente –dijo–. Estos sueños son tan extrañamente persistentes. No son como las pesadillas comunes y casuales. Parecen –sé que suena un tanto ridículo– parecen estar planeados.

–¿Sueños planeados? Tonterías –el doctor Hedwig lanzó una mirada desdeñosa–. Usted, señor Dean, es un artista, y por naturaleza, de temperamento impresionable. Esta casa de San Pedro es nueva para usted, y dice que oyó relatos extravagantes. Los sueños se deben a la imaginación y al exceso de trabajo.

Dean miró por la ventana hacia afuera, con el ceño fruncido en su rostro desusadamente pálido.

–Espero que tenga usted razón –dijo en voz baja–. Pero no puede atribuirse este semblante a los sueños. ¿O sí?

Señaló con un gesto las grandes ojeras azules que había debajo de los ojos del joven artista. Las manos señalaron la exangüe palidez de sus delgadas mejillas.

–Eso se debe al exceso de trabajo, señor Dean. Sé lo que le pasa mejor que usted mismo.

El canoso médico tomó una hoja cubierta con sus propias y casi indescifrables notas, y la examinó repasando lo que había escrito.

–Usted heredó esta casa en San Pedro hace pocos meses, ¿no? Y se mudó a ella solo para trabajar un poco.

–Sí. La costa del mar tiene aquí unos paisajes maravillosos. –Durante un momento el rostro de Dean adquirió un aspecto juvenil, al avivar el entusiasmo sus fuegos casi extinguidos. Entonces continuó, con el ceño fruncido en gesto preocupado: –Pero últimamente no he podido pintar, ni siquiera marinas; de cualquier modo es muy extraño. Mis bocetos ya no parecen estar enteramente correctos. Parece haber en ellos un poder que yo no pongo allí...

–¿Un poder, dijo?

–Sí, un poder de malignidad, si puedo llamarlo con esa palabra. Es algo que no se puede definir. Algo que hay detrás del cuadro le extrae toda su belleza. Y en estas últimas semanas no he estado trabajando en exceso, doctor Hedwig.

El doctor echó otra mirada al papel que tenía en la mano.

–Bueno, en eso no estoy de acuerdo con usted. Usted podría no ser consciente del esfuerzo que realiza. Esos sueños con el mar que parecen preocuparlo carecen de significado, excepto como indicio de su estado nervioso.

–Está equivocado. –Dean se levantó repentinamente. Su voz era estridente–. Eso es lo terrible del caso. Los sueños no carecen de significado. Parecen ser acumulativos; acumulativos y planeados. Se vuelven cada noche más vívidos, y cada vez veo más: de ese lugar verde y brillante situado debajo del mar. Me voy acercando cada vez más a esas sombras negras que nadan allí; esas sombras de las que yo sé que no son sombras, sino algo peor. Cada noche veo más. Es como si fuera completando un boceto, agregando gradualmente. cada vez más hasta que...

Hedwig observaba agudamente a su paciente. Insinuó:

–¿Hasta?

Pero el tenso rostro de Dean se relajó. Se había detenido justo a tiempo. –No, doctor Hedwig. Usted debe tener razón. Es exceso de trabajo y nervios, como usted dice. Si creyera lo que me dijeron los mejicanos sobre Morella Godolfo... Bueno, estaría loco y sería un tonto.

–¿Quién es esa tal Morella Godolfo? ¿Alguna mujer que ha estado llenándole la cabeza de cuentos disparatados?

Dean sonrió.

–No tiene que preocuparse por Morella. Fue mi tía tatarabuela. Vivía en la casa de San Pedro e inició las leyendas, creo.

Hedwig había estado garabateando algo en un papel.

–Y bien, ¡ya entiendo, joven! Usted escuchó esas leyendas; su imaginación voló usted soñó. Esta receta lo pondrá bien.

–Gracias.

Dean tomó el papel, levantó su sombrero de la mesa, y se dirigió hacia la puerta. Se detuvo en el vano, sonriendo torcidamente.

–Pero usted no está en lo cierto al pensar que las leyendas me hicieron soñar, doctor. Empecé a soñar antes de haber oído la historia de la casa.

Y una vez dicho eso, salió.

Mientras conducía de regreso a San Pedro, Dean trató de comprender qué le había ocurrido. Pero siempre se estrellaba contra el muro de la imposibilidad. Cualquier explicación lógica se perdía en la maraña de la fantasía. Lo único que no podía explicar –y que el doctor Hedwig no había podido explicar– eran los sueños.

Los sueños comenzaron al poco tiempo de haber entrado en posesión de su heredad: esta antigua casa al norte de San Pedro, que había permanecido desierta durante tanto tiempo. El lugar era de una pintoresca antigüedad, y eso atrajo a Dean desde el principio. Había sido construida por uno de sus antepasados cuando los españoles aún gobernaban California. Uno de estos Dean –entonces el apellido era Dena– había ido a España y había regresado con una novia.

Su nombre era Morella Godolfo, y alrededor de esta mujer, desaparecida tanto tiempo atrás, giraban todas las leyendas posteriores.

Todavía había en San Pedro mejicanos arrugados y desdentados, que murmuraban increíbles relatos sobre Morella Godolfo, la que nunca había envejecido, y tenía un poder sobrenaturalmente maligno sobre el mar. Los Godolfo se habían contado entre las más orgullosas familias de Granada; pero furtivas leyendas se referían a su relación con los terribles hechiceros y nigromantes moriscos. Según esos mismos horrores insinuados, Morella había aprendido misteriosos secretos en las tétricas torres de la España morisca, y cuando Dena la trajo como novia al otro lado del mar, ella ya había sellado un pacto con las fuerzas del mal y había experimentado un cambio.

Así decían los relatos, y decían aún más cosas sobre la vida de Morella en la antigua casa de San Pedro. Su esposo había vivido durante diez o más años después del matrimonio; pero los rumores decían que ya no poseía un alma. Es cierto que su muerte fue mantenida en secreto, en forma muy misteriosa, por Morella Godolfo, que siguió viviendo sola en la gran casa situada junto al mar.

Las murmuraciones de los peones crecieron monstruosamente a partir de entonces. Se referían al cambio sufrido por Morella Godolfo; ese cambio operado por medio de la hechicería, que le llevaba a nadar mar adentro en las noches de luna, de modo que los que la observaban veían su cuerpo blanco que fulguraba entre la espuma. Hombres lo suficientemente audaces como para contemplarla desde los acantilados podían vislumbrar de modo fugaz su figura, jugando con extrañas criaturas marinas que saltaban a su alrededor en las negras aguas, frotando su cuerpo con sus cabezas espantosamente deformes. Estas criaturas no eran focas, ni tampoco ninguna forma conocida de vida submarina, según se afirmaba; aunque a veces podían oírse las carcajadas de una risa ahogada y cloqueante. Se dice que Morella Godolfo se alejó nadando una noche, para no regresar jamás. Pero a partir de entonces las risas eran más fuertes a la distancia, y los juegos entre las negras rocas continuaron, de modo que los relatos de los primeros peones se habían ido trasmitiendo hasta el presente.

Tales eran las leyendas que Dean conocía. Los hechos eran dispersos y poco convincentes. La antigua casa se había venido deteriorando, y en el transcurso de los años sólo había sido arrendada ocasionalmente. Esos arrendamientos habían sido tan cortos como infrecuentes. No pasaba nada definidamente malo en la casa situada entre Punta White y Punta Fermín, pero los que allí habían vivido decían que el fragor de las olas sonaba en una forma sutilmente diferente cuando era escuchado desde las ventanas que dominaban el mar, y, además, ellos tenían sueños desagradables. A veces, los ocasionales arrendatarios habían mencionado con particular horror las noches de luna, cuando todo el mar se volvía claramente visible. De cualquier modo, los ocupantes por lo general abandonaban la casa de manera precipitada.

Dean se había trasladado a la casa inmediatamente después de heredarla, por que había pensado que sería el lugar ideal para pintar los paisajes que amaba. Se había enterado de la leyenda de los hechos relacionados a ella con posterioridad, y por ese entonces habían comenzado sus sueños.

Al principio habían sido bastante convencionales, aunque, extrañamente todos giraban en torno del mar que él tanto amaba. Pero no era el mar que él amaba el que veía en sus sueños.

Las Gorgonas poblaban sus sueños. Escila se retorcía horriblemente en las aguas oscuras y embravecidas, donde huían aullando las arpías. Criaturas horripilantes emergían lentamente de las profundidades negras como la tinta donde habitaban bestias marinas hinchadas y desprovistas de ojos. Terribles y gigantescos leviatanes saltaban y se sumergían mientras monstruosas serpientes trepaban en extraña obediencia a una falsa luna. Horrores ocultos e inmundos de las profundidades del mar lo tragaban en sueños.

Esto ya era bastante malo, pero sólo fue un preludio. Los sueños empezaron a cambiar. Era casi como si los primeros de ellos formaran un marco definido para horrores aún mayores por venir. De las imágenes míticas de antiguos dioses del mar emergía otra visión. Sólo incipiente al principio, fue tomando una forma y un significado definidos muy lentamente, en un período de varias semanas. Y era éste el sueño que Dean temía ahora.

Había ocurrido por lo general justo antes de despertarse: la visión de una luz verde y translúcida, en la que nadaban lentamente unas sombras tenebrosas. Noche tras noche, el límpido resplandor esmeralda se fue volviendo más claro, y las sombras se trasformaron en un horror más visible. Éstas no se veían nunca con claridad, aunque sus cabezas amorfas tenían una cualidad extrañamente repulsiva que Dean podía reconocer.

Pronto, en este sueño suyo, las sombrías criaturas se apartaban como para permitir el paso de otra. Nadando a través de la bruma verde, se acercaba una forma enroscada, que Dean no podía asegurar si era similar a las demás o no, porque su sueño siempre terminaba allí. La proximidad de esta última forma lo hacía despertar siempre en un paroxismo de terror de pesadilla.

Soñaba que estaba en alguna parte debajo del mar, en medio de sombras con cabezas deformes que nadaban; y cada noche una sombra, en particular, se iba acercando cada vez más.

Ahora, todos los días, cuando se despertaba con el frío viento marino del temprano amanecer que soplaba por las ventanas, permanecía acostado con el ánimo lánguido y perezoso hasta mucho después de la salida del sol. Cuando en aquellos días se levantaba se sentía inexplicablemente cansado y no podía pintar. En esa mañana en particular, el aspecto de su rostro ojeroso al mirarse en el espejo lo había impulsado a visitar al médico. Pero el doctor Hedwig no había resultado útil.

Sin embargo, Dean hizo preparar la receta en el camino de regreso a su casa. Un trago del tónico pardusco y amargo lo hizo sentir un poco más fuerte; pero, al estacionar el coche, el sentimiento de depresión volvió instalarse en él. Caminó hasta la casa, aún confundido y presa de un extraño temor.

Debajo de la puerta había un telegrama. Dean lo leyó perplejo, con el ceño fruncido:

RECIEN ENTERADO USTED ESTA VIVIENDO CASA SAN PEDRO STOP ES DE VITAL IMPORTANCIA QUE DESALOJE INMEDIATAMENTE STOP MUESTRE ESTE CABLE AL DOCTOR MAKOTO YAMADA 17 BUENA STREET SAN PEDRO STOP VUELVO VIA AEREA STOP VEA A YAMADA HOY

MICHAEL LEIGH

Dean volvió a leer el mensaje, y un recuerdo relampagueó en su mente. Michael Leigh era su tío, pero no lo había visto en años. Leigh había sido un enigma para la familia; era un ocultista y pasaba la mayor parte del tiempo investigando en lejanos rincones de la tierra. Desaparecía ocasionalmente durante largos períodos. El cable que tenía Dean había sido enviado desde Calcuta, y supuso que Leigh había salido recientemente de algún lugar del interior de la India para entonces enterarse de la herencia de Dean.

Dean buscó en su mente. Ahora recordaba que había habido alguna disputa familiar sobre esta misma casa, años atrás. No recordaba exactamente los detalles; pero sí recordaba que Leigh había pedido que la casa de San Pedro fuera demolida. Leigh no había alegado motivos valederos, y cuando la petición fue denegada había desaparecido durante algún tiempo. Y ahora llegaba este inexplicable telegrama.

Dean estaba cansado después de su largo viaje en coche; y la insatisfactoria entrevista con el doctor lo había irritado más de lo que había pensado. Tampoco tenía ánimo para cumplir el pedido efectuado por el tío en su telegrama, y para emprender el largo viaje hasta Buena Street, que estaba a varias millas de distancia. La somnolencia que sentía era empero un saludable agotamiento normal, a diferencia de la languidez de las últimas semanas. El tónico que había tomado había servido para algo, después de todo.

Se dejó caer en su silla favorita, junto la ventana que dominaba el mar, despabilándose para observar los llameantes colores de la puesta de sol. Pronto el sol desapareció debajo del horizonte, y la oscuridad gris se fue acercando. Aparecieron las estrellas, y muy lejos, hacia el norte, pudo ver las borrosas luces de los barcos de juego frente a Venice. Las montañas le impedían ver San Pedro, pero un pálido y difuso resplandor en esa dirección le indicaba que los nuevos bárbaros despertaban a una vida rugiente y agitada. La superficie del Pacífico se fue aclarando lentamente. La luna llena estaba saliendo por encima de las colinas de San Pedro. Durante un largo rato Dean permaneció sentado junto a la ventana, con la pipa olvidada en la mano, y la vista fija en las lentas ondas del océano, que parecían latir con una vida poderosa y extraña. Gradualmente aumentó la somnolencia, y lo venció. De inmediato, antes de caer en el abismo del sueño, pasó por su mente el dicho de da Vinci: "Las dos cosas más maravillosas del mundo son la sonrisa de una mujer y el movimiento de las poderosas aguas".

Soñó, y esta vez tuvo un sueño diferente. Primero sólo había oscuridad, y un bramido y estrépito como de mares agitados, y, extrañamente mezclado con esto, el confuso pensamiento en una sonrisa de mujer... y en unos labios de mujer... labios que hacían un mohín, seductores; pero, cosa extraña, los labios no eran rojos, ¡no! Eran muy pálidos, exangües, como los labios de algo que ha permanecido durante mucho tiempo debajo del mar...

La brumosa visión se trasformó y durante un brevísimo instante, Dean creyó ver el verde y silencioso lugar de sus visiones anteriores. Las sombrías formas negras se movían con mayor rapidez detrás del velo, pero este cuadro no duró más que un segundo. Cruzó por su mente como un relámpago y desapareció, y Dean se quedó solo en una playa; una playa que reconoció en sueños: la arenosa ensenada situada debajo de la casa.

La brisa salina le acarició fríamente la cara, y el mar resplandeció como la plata a la luz de la luna. Un débil chapoteo le reveló que algo en el mar hendía la superficie de las aguas. Hacia el norte, el mar bañaba la abrupta cara del acantilado, obstruido y sembrado de sombras tenebrosas. Dean sintió el impulso súbito inexplicable de moverse en aquella dirección. Cedió a él.

Mientras trepaba por las rocas fue súbitamente consciente de una extraña sensación, como si unos penetrantes ojos estuvieran clavados en él: ¡unos ojos que lo observaban y le advertían! Vagamente surgió en su mente el delgado rostro de su tío, Michael Leigh, con sus profundos ojos que lo miraban de manera amenazadora. Pero esto desapareció velozmente, y se encontró ante una oscura cavidad más profunda en la cara del acantilado. Supo que debía entrar allí.

Se deslizó entre dos salientes puntas rocosas y se encontró en una completa y lúgubre oscuridad. Sin embargo, de algún modo tenía conciencia de que estaba en una cueva, y podía oír el ruido que hacía el agua muy cerca. Todo lo que sentía era un mohoso olor salado a putrefacción marina, el olor fétido de las cuevas no utilizadas del océano, y de las bodegas de los antiguos barcos. Caminó hacia adelante, y al inclinarse el piso abruptamente hacia abajo, tropezó y cayó de cabeza en el agua helada y poco profunda. Sintió, antes que vio, el revoloteo de un rápido movimiento, y entonces, de golpe, unos cálidos labios se apretaron contra los suyos.

Labios humanos, pensó Dean al principio.

Se apoyó sobre el costado en el agua helada, con sus labios apretados contra esos otros que le correspondían. No podía ver nada, porque todo se perdía en la oscuridad de la cueva. La tentación sobrenatural de esos labios invisibles lo hizo estremecer de pies a cabeza.

Les respondió, apretándolos con fuerza; les dio aquello que estaban deseando ávidamente. Las aguas invisibles golpearon contra las rocas, murmurando advertencias.

Y en aquel beso lo inundó la extrañeza. Sintió que lo recorrían una conmoción y un hormigueo, luego un estremecimiento de súbito éxtasis, e inmediatamente después vino el horror. Una negra y repugnante pestilencia pareció inundar su cerebro, en una forma indescriptible pero horriblemente real, haciéndolo estremecer de repugnancia. Era como si una indecible malignidad se estuviera volcando en su cuerpo, en su mente, en su propia alma, a través de aquel beso blasfemo sobre sus labios. Se sintió asqueado, contaminado. Retrocedió. Se puso de pie de un salto.

Y Dean vio, por primera vez, la cosa horrible que había besado, en momentos en que la luna que se ponía enviaba una pálida saeta de luminosidad por la boca de la cueva. Porque algo se irguió ante él, un bulto serpentino y semejante a una foca, que se enroscaba, y serpenteaba, y se movió hacia él, cubierto de un pestilente fango que brillaba; y Dean gritó y se dio a la fuga, con un terror de pesadilla desgarrándole el cerebro, escuchando a sus espaldas un leve chapoteo, como si alguna pesada criatura se hubiera echado nuevamente al agua...

2.- Una visita del doctor Yamada

Se despertó. Se encontraba aún en la silla junto a la ventana, y la luna palidecía ante la luz grisácea del amanecer. Estaba estremecido por las náuseas, enfermo y tembloroso por el espantoso realismo del sueño. Sus ropas estaban empapadas por la transpiración, y el corazón le latía violentamente. Parecía agobiarlo un inmenso letargo y tuvo que hacer un intenso esfuerzo para levantarse de la silla y dirigirse tambaleándose hasta un sofá, en el que se tiró para dormitar de a ratos durante varias horas.

Lo despertó un agudo repiqueteo de la campanilla de la puerta. Se sentía aún débil y aturdido; pero el temible letargo había disminuido un tanto. Cuando Dean abrió la puerta, un japonés parado en el porche inició una leve inclinación de saludo, gesto que se detuvo abruptamente cuando los penetrantes ojos negros se clavaron en el rostro de Dean. Del visitante llegó un corto silbido de inspiración.

Dean dijo con irritación:

–¿Y bien? ¿Quiere usted verme?

El otro aún lo estaba mirando. con su delgado rostro amarillento debajo del tieso cabello gris. Era un hombre pequeño, delgado, con el rostro cubierto de una sutil red de arrugas. Después de una pausa dijo: –Soy el doctor Yamada.

Dean frunció el ceño, perplejo. Súbitamente recordó el cable de su tío del día anterior. En su interior comenzó a crecer una extraña e irracional irritación, y dijo, con más brusquedad de lo que hubiera querido. –Espero que esta no sea una visita profesional. Yo ya...

–Su tío, ¿es usted el señor Dean?, me envió un cable. Estaba bastante preocupado. –El doctor Yamada echó casi furtivamente una mirada a su alrededor.

Dean sintió que el fastidio bullía en su interior, y su irritación aumentó.

–Me temo que mi tío es un tanto excéntrico. Él no tiene nada de qué preocuparse. Lamento que usted haya hecho el viaje para nada.

El doctor Yamada no pareció ofenderse por la actitud de Dean. Por el contrario, una extraña expresión de simpatía cruzó durante un instante su pequeño rostro.

–¿Le importa si paso? –preguntó y se adelantó con confianza.

Lejos de cerrarle el paso, Dean no encontró forma de detenerlo, y descortesmente condujo a su visita a la habitación en que había pasado a noche, indicándole que se sentara en una silla, mientras él se ocupaba de la cafetera.

Yamada se sentó inmóvil, observando silenciosamente a Dean. Entonces dijo sin preámbulos:

–Su tío es un gran hombre, señor Dean.

Dean hizo un gesto evasivo.

–Sólo lo he visto una vez.

–Es uno de los más grandes ocultistas del momento. Yo también he estudiado las ciencias de la psiquis; pero al lado de su tío soy un principiante.

Dean dijo:

–El es un excéntrico. El ocultismo, como usted lo llama, nunca me interesó.

El pequeño japonés lo contempló impasiblemente.

–Usted cae en un frecuente error, señor Dean. Usted considera al ocultismo como un pasatiempo para maniáticos. No –alzó una delgada mano–, la incredulidad está pintada en su rostro. Bien, es comprensible. Es un anacronismo una actitud trasmitida desde las épocas más antiguas, cuando los científicos eran llamados alquimistas y los hechiceros eran quemados por haber hecho pactos con el diablo. Pero en realidad no hay hechiceros, no hay brujos. No en el sentido en que el hombre comprende estos términos. Existen hombres y mujeres que han logrado el dominio de ciertas ciencias que no están totalmente sujetas a leyes físicas terrenales.

En el rostro de Dean había una leve sonrisa de incredulidad. Yamada continuó tranquilamente:

–Usted no cree porque no entiende. No hay muchos que puedan comprender, o que deseen comprender esa ciencia mayor que no está sujeta a leyes terrenales. Pero aquí tiene usted un problema, señor Dean –una pequeña chispa de ironía se asomó en los ojos negros–. ¿Puede explicarme cómo es que yo sé que usted ha estado sufriendo de pesadillas recientemente?

Dean dio un respingo y se quedó mirando. Luego sonrió.

–Sucede que conozco la respuesta, doctor Yamada. Ustedes, los médicos, tienen una forma de ayudarse mutuamente, y debo haber dejado que algo se me escapara ayer con el doctor Hedwig–. Su tono era ofensivo, pero Yamada se limitó a encogerse levemente de hombros.

–¿Conoce usted a su Homero? –preguntó, saliéndose aparentemente del tema y ante la sorprendida seña afirmativa de Dean continuó: –¿Y a Proteo? ¿Usted recuerda al Viejo del Mar que tenía el poder de cambiar de forma? No deseo forzar su incredulidad, señor Dean; pero desde hace mucho tiempo los que estudian el saber oculto saben que detrás de esa leyenda existe una verdad muy espantosa. Todos los relatos sobre posesión por espíritus, sobre reencarnación y hasta los comparativamente inocentes experimentos de transmisión de pensamiento, apuntan a la verdad. ¿Por qué supone usted que el folklore abunda en relatos de hombres que pueden trasformarse en bestias, hombres–lobos, hienas, tigres, el hombrefoca de los esquimales? ¡Porque esos relatos están basados en la verdad!

«No quiero decir con esto –prosiguió– que sea posible la metamorfosis real del cuerpo, hasta donde sabemos. Pero desde hace mucho se sabe que la inteligencia –la mente– de un adepto puede ser transferida al cerebro y al cuerpo de un sujeto satisfactorio. Los cerebros de los animales son débiles, y carecen del poder de resistencia. Pero los hombres son diferentes, a menos que se den ciertas circunstancias...

Ante su vacilación, Dean ofreció al japonés una taza de café –en esos días había generalmente café haciéndose en la cafetera– y Yamada lo aceptó con una leve inclinación formal de agradecimiento. Dean bebió su café en tres rápidos sorbos, y se sirvió más. Yamada, después de un sorbo de cortesía, apartó la taza y se inclinó hacia adelante con seriedad. –Debo pedirle que ponga su mente en estado receptivo, señor Dean. No se deje influir por sus ideas convencionales sobre la vida en esta cuestión. Es fundamental, para su conveniencia, que usted me escuche con cuidado, y comprenda. Entonces... quizás...

Vaciló, y volvió a echar una mirada extrañamente furtiva a la ventana.

–La vida ha seguido en el mar rumbos diferentes de la vida en la tierra. La evolución ha seguido un curso diferente. En las grandes profundidades del océano, se ha descubierto vida completamente extraña a la nuestra: criaturas luminosas que estallan al ser expuestas a la más ligera presión del aire; y en sus inmensos abismos se han desarrollado formas de vida completamente inhumanas, formas de vida que la mente no iniciada puede creer imposibles. En Japón, un país insular, hemos tenido noticia de esos habitantes del mar desde hace generaciones. El escritor inglés de ustedes, Arthur Machen, dijo una gran verdad cuando afirmó que el hombre, temeroso de esos extraños seres, les ha atribuido formas hermosas o simpáticamente grotescas que en realidad no poseen. Tenemos así las nereidas y las oceánicas; pero, a pesar de todo, el hombre no pudo ocultar totalmente el carácter en verdad repugnante de esas criaturas. Están como consecuencia las leyendas de las Gorgonas, de Escila y de las arpías, y, significativamente, de las sirenas y su maldad. Sin duda usted conoce el cuento de las sirenas: cómo ansiaban robar el alma de un hombre cómo la extraían por medio de su beso.

Dean estaba ahora en la ventana, dando la espalda al japonés. Cuando Yamada se detuvo, dijo inexpresivamente:

–Prosiga.

–Tengo razones para creer –prosiguió Yamada con gran tranquilidad– que Morella Godolfo, la mujer de la Alhambra, no era completamente... humana. No dejó descendencia. Esos seres nunca tienen hijos: no pueden.

–¿Qué está queriendo decir usted?–. Dean se había dado vuelta, y estaba de frente al japonés, con el rostro terriblemente pálido, y las sombras que tenía debajo de los ojos horrorosas y lívidas. Repitió con aspereza: –¿Qué está queriendo decir usted? No puede asustarme con sus cuentos, si eso es lo que está tratando de hacer. Usted... mi tío quiere que me vaya de esta casa, por alguna razón particular de él. Usted está utilizando estos medios para que me vaya, ¿no es así? ¿Eh?

–Usted debe irse de esta casa –dijo Yamada–. Su tío está en camino, pero puede que no llegue a tiempo. Escúcheme: esas criaturas –las que habitan en mar– envidian al hombre. La luz del sol, y los cálidos juegos, y los campos de la tierra, cosas que los que habitan en el mar no pueden normalmente poseer. Esas cosas y el amor. Recuerde lo que dije sobre la transferencia de la mente, la posesión de un cerebro por una inteligencia extraña. Para estos seres, éste es el único medio de obtener aquello que desean y de conocer el amor de un hombre o de una mujer. A veces –no con mucha frecuencia– una de estas criaturas logra apoderarse de un cuerpo humano. Siempre están al acecho. Cuando hay un naufragio, allí van, como buitres a un festín. Pueden nadar a una velocidad extraordinaria. Cuando un hombre se está ahogando, las defensas de su mente están bajas, y de este modo, los habitantes del mar pueden a veces adquirir un cuerpo humano. Hay relatos sobre hombres salvados de naufragios que a partir de entonces sufrieron un extraño cambio.

«¡Morella Godolfo era una de esas criaturas! Los Godolfo conocían gran parte del saber oculto pero lo usaban con fines malignos, la llamada magia negra. Y según creo, través de esto aquel habitante del mar obtuvo poder para usurpar el cerebro y el cuerpo de la mujer. Tuvo lugar una trasferencia. La mente del habitante del mar tomó posesión del cuerpo de Morella Godolfo, y la inteligencia de la verdadera Morella fue introducida en la horrible forma de aquella criatura de las profundidades del mar. Eventualmente, el cuerpo humano de la mujer murió, y la mente usurpadora regresó a su envoltura original. Entonces, la inteligencia de Morella Godolfo fue arrojada de su prisión temporaria y quedó sin hogar. Esa es la verdadera muerte.

Dean sacudió con lentitud la cabeza como si estuviera negando, pero no habló. E inexorablemente Yamada continuó.

–Desde entonces, durante años y generaciones ella ha habitado en el mar, esperando. Su poder es muy fuerte en este lugar, donde ella alguna vez vivió. Pero, como le dije, esta trasferencia sólo puede verificarse en circunstancias muy excepcionales. Los moradores de esta casa podían ser perturbados por sueños, pero nada más. El ser maligno no tiene poder para robar sus cuerpos. Su tío sabía eso, de lo contrario habría insistido para que el lugar fuera destruido inmediatamente. Él no previó que usted viviría aquí alguna vez.

El pequeño japonés se inclinó hacia adelante, y sus ojos eran dos puntos de luz negra.

–No tiene que decirme lo que padeció en el mes pasado. Lo sé. El habitante del mar tiene poder sobre usted. Y eso se debe a una cosa: existen lazos de sangre, aun cuando usted no desciende directamente de ella. Y su amor por el océano: su tío habló de eso. Usted vive aquí solo con sus pinturas y las fantasías de su imaginación; no ve a nadie más. Usted es una víctima ideal, y a ese horror marino le fue fácil entrar en rapport con usted. Incluso usted ya muestra los estigmas.

Dean estaba en silencio con el rostro como una pálida sombra entre las sombras más oscuras de los rincones de la habitación ¿Qué estaba tratando de decirle este hombre? ¿Adónde conducían esos indicios?

–Recuerde lo que dije–. La voz del doctor Yamada era fanáticamente grave. –Esa criatura lo quiere a usted por su juventud, por su alma. Lo ha atraído a usted en sueños, con visiones de Poseidonia, las sombrías grutas en el fondo del mar. Le ha enviado al principio visiones engañosas, para ocultar lo que hacía. Esa criatura le ha extraído sus fuerzas y ha debilitado sus resistencias, esperando el momento en que ella estará lo suficientemente fuerte como para tomar posesión de su cerebro.

"Le he dicho lo que ella quiere, lo que pretenden todos esos horrores híbridos. A su tiempo, ella misma se le revelará a usted, y cuando la voluntad de ella lo domine en el sueño, usted cumplirá lo que ella mande. Lo arrastrará al fondo del mar, y le mostrará los abismos infestados de kraken donde habitan esos seres. Usted irá voluntariamente, y ésa será su perdición. Ella puede atraerlo a los banquetes que allí realizan, los banquetes que celebran con los ahogados que encuentran flotando, procedentes de barcos naufragados. Y usted pasará por semejante locura en su sueño porque ella lo domina. Y entonces, entonces, cuando usted se haya vuelto lo suficientemente débil, logrará su anhelo. El ser del mar usurpará su cuerpo y volverá a caminar sobre la tierra. Y usted descenderá a la oscuridad donde habitó una vez en sueños, para siempre. Al menos que yo esté equivocado, usted ya ha visto lo suficiente como para saber que lo que digo es verdad. Creo que ese terrible momento no está tan lejos, y le advierto que usted no puede tener la esperanza de resistir solo el mal. Sólo con la ayuda de su tío y yo ...

El doctor Yamada se puso de pie. Se adelantó y se colocó frente a frente ante el aturdido joven. En voz baja preguntó:

–En sus sueños, ¿lo ha besado ese ser?

Durante un brevísimo instante, no más largo que un latido del corazón, hubo un completo silencio. Cuando Dean abrió la boca para hablar una pequeña y curiosa señal de advertencia pareció resonar en su cerebro Ascendió, como el sordo bramido de una caracola, y se sintió invadido por una vaga náusea.

Casi involuntariamente, se oyó decir a sí mismo:

–No.

De manera confusa, como desde una distancia increíblemente remota, oyó que Yamada contenía el aliento, como si estuviera sorprendido. Entonces el japonés dijo:

–Eso es bueno. Muy bueno. Ahora escuche: su tío estará pronto aquí. Ha fletado especialmente un aeroplano. ¿Quiere usted ser mi huésped hasta que él llegue?

La habitación pareció oscurecerse ante los ojos de Dean. La figura del japonés se alejaba, disminuyendo de tamaño. Por la ventana llegó el fragoroso ruido de las olas, y sus ondas resonaron en el cerebro de Dean. Dentro del estruendo penetró un susurro débil y persistente.

–Acepta –murmuraba–. ¡Acepta!

Y Dean escuchó que su propia voz aceptaba la invitación de Yamada.

Parecía incapaz de pensar en forma coherente. Este último sueño lo perseguía... y ahora la inquietante historia del doctor Yamada... Estaba enfermo... ¡Eso es!, muy enfermo. Necesitaba dormir mucho, ahora. Le pareció Que lo inundaba y lo trataba una oleada de oscuridad. Dejó gustosamente que recorriera su fatigada cabeza. Solo existían la oscuridad y el incesante susurro de aguas agitadas.

Sin embargo le pareció que sabía, de algún modo extraño, que aún se encontraba –alguna parte externa de él– consciente. Extrañamente se dio cuenta de que el doctor Yamada y él habían dejado la casa, entraban a un coche, y recorrían una larga distancia. Se encontraba –con ese otro yo, extraño y externo– charlando en tono casual con el doctor; entraba a su casa de San Pedro; bebía; comía. Y mientras tanto su alma, su verdadero ser, era sepultado en las olas de la oscuridad.

Por fin, una cama. Desde abajo, parecía que el oleaje se fundía con la oscuridad que inundaba su cerebro. Ahora le hablaba a él, mientras se levantaba a hurtadillas y descolgaba por la ventana. La caída hizo vibrar considerablemente a su yo externo: pero se encontró sobre el suelo, ileso. Se mantuvo en las sombras mientras bajaba arrastrándose hasta la playa, en las negras y ávidas sombras que eran como la oscuridad que se agitaba en su alma.

3.- Tres horas terribles

De golpe, volvió a ser él mismo, completamente. El agua fría lo había logrado; el agua en que se encontró nadando. Estaba en el océano, llevado por olas de un color tan plateado como un relámpago que de vez en cuando fulguraba en lo alto. Oyó el trueno, y sintió las gotas de lluvia. Sin estar sorprendido por la súbita transición, siguió nadando, como si estuviera totalmente enterado de alguna meta planeada. Por primera vez en más de un mes se sentía enteramente vivo, realmente él mismo. Había en él una oleada de alocado júbilo que desafiaba los hechos; ya no parecían preocuparle su reciente enfermedad, las terribles advertencias de su tío y el doctor Yamada, ni la oscuridad innatural que anteriormente había oscurecido su mente. En realidad, ya no tenía que pensar: era como si lo estuvieran dirigiendo en todos sus movimientos.

Ahora estaba nadando paralelamente a la playa, y observó con curiosa indiferencia que la tormenta se había calmado. Un brillo pálido y brumoso se cernía sobre las rompientes olas, y parecía estar haciendo señas.

El aire estaba frío, lo mismo que el agua, y las olas altas; sin embargo, Dean no sentía ni frío ni fatiga. Y cuando vio los seres que lo estaban esperando en la playa rocosa que se encontraba delante de él perdió toda percepción de sí mismo, en medio de una creciente alegría.

Esto era algo inexplicable, porque se trataba de las criaturas de sus últimas y más extravagantes pesadillas. Incluso ahora no los vio simplemente mientras jugaban en las olas, sino que había en sus tenebrosos perfiles oscuros indicios de un pasado horror. Eran unos seres semejantes a focas; monstruos grandes, hinchados, parecidos a peces, con cabezas carnosas y disformes. Estas cabezas descansaban sobre cuellos alargados que ondulaban con una facilidad serpentina, y observó, sin otra sensación que la de una curiosa familiaridad, que las cabezas y los cuerpos de las criaturas eran de un blanco descolorido por el mar.

Pronto estuvo nadando entre ellos, nadando con una extraordinaria e inquietante naturalidad. Se admiró interiormente, con un resto de su sensibilidad anterior, de que ahora las bestias marinas no lo horrorizaran en lo más mínimo. En cambio, casi con un sentimiento de parentesco escuchó sus extraños y graves gruñidos y cacareos; escuchó y comprendió.

Supo lo que decían, y no se asombró. Lo que escuchaba no le daba miedo, aunque, de haber sido dichas en los sueños anteriores, las palabras le habrían producido en el alma un horror abismal.

Supo adónde iban y qué se proponían hacer cuando todo el grupo se internara nadando en el agua una vez más, y sin embargo, no tuvo miedo. Por el contrario, sintió una extraña hambre ante el pensamiento de lo que iba a suceder, un hambre que lo impulsó a adelantarse mientras los seres, con ondulante rapidez, se deslizaban por las aguas oscuras como la tinta, hacia el norte. Nadaban a una velocidad increíble; sin embargo pasaron horas antes de que apareciera una costa entre las tinieblas, iluminada por un fulgor luminoso enceguecedor que venía de la costa.

El crepúsculo se ensombrecía sobre las aguas hasta volverse verdadera oscuridad, pero la luz cercana a la costa ardía brillantemente. Parecía venir de una enorme nave naufragada que se hallaba en las olas frente a la costa, un gran casco que flotaba en las aguas como una bestia encogida. Había botes reunidos a su alrededor, y brillantes luces flotantes que revelaban la escena.

Como por obra de un instinto, Dean, con la manada detrás de él, se dirigió hacia el lugar. Se movieron rápida y silenciosamente, con sus viscosas cabezas confundidas en las sombras en las que se mantenían mientras daban vueltas alrededor de los botes y nadaban hacia la gran forma encogida. Ahora ésta se destacaba por encima de él, y pudo ver brazos que se movían desesperadamente mientras los hombres se hundían, uno tras otro, bajo la superficie. La masa colosal de la que saltaban era una nave naufragada de vigas retorcidas, en la que pudo descubrir el contorno combado de una forma vagamente familiar.

Y ahora, con curiosa indiferencia, nadó por allí perezosamente, evitando las luces que oscilaban sobre el agua, mientras observaba lo que hacían sus compañeros. Estaban cazando a sus víctimas. Los ávidos hocicos se abrían para tomar a los ahogados, y las hambrientas garras traían cadáveres de la oscuridad. Cada vez que vislumbraban a un hombre en sombras aún no invadidas por los botes de socorro, uno de los seres marinos cazaba astutamente a su víctima.

Al poco rato se volvieron y con lentitud se alejaron nadando. Pero ahora muchas de las criaturas estrechaban un siniestro trofeo contra sus pechos escamosos. Los miembros de los ahogados, de un color blanco pálido, se arrastraban en el agua al ser llevados hacia las tinieblas por sus captores. Con el acompañamiento de risas graves y repugnantes, las bestias nadaron alejándose, de regreso, lejos de la costa.

Dean nadó con los demás. Su mente estaba confusa nuevamente. Sabía qué era eso que estaba en el agua, y sin embargo no podía recordar su nombre. Había observado cómo esos aborrecibles horrores cazaban hombres perdidos y los arrastraban hacia el fondo; empero, no había intervenido. ¿Qué estaba pasando? En ese mismo momento, mientras nadaba con asombrosa agilidad, sintió un llamado que no pudo comprender totalmente, un llamado al que su cuerpo estaba obedeciendo.

Los seres híbridos se estaban dispersando de manera gradual. Con un pavoroso chapoteo desaparecían bajo la superficie de las gélidas aguas negras, arrastrando consigo los cadáveres terriblemente blandos de los hombres, arrastrándolos hacia la oscuridad que se encontraba debajo.

Estaban hambrientos. Dean lo supo sin tener que pensarlo. Siguió nadando, a lo largo de la costa, impulsado por su curioso instinto. Eso es; estaba hambriento

Y ahora iba en busca de comida. Durante horas nadó constantemente hacia el sur. Entonces llegó a la playa familiar, y sobre ella, una casa iluminada que Dean reconoció; su propia casa en el acantilado. Unas formas estaban bajando la pendiente; dos hombres con antorchas estaban descendiendo a la playa. No tenía que dejar que lo vieran; por qué, no lo sabía: pero no tenían que verlo. Se arrastró por la playa, manteniéndose próximo a la orilla del agua. Aun así, le parecía que se movía con gran rapidez.

Los hombres con las antorchas se encontraban ahora a cierta distancia detrás de él. Adelante se asomaba otro contorno familiar: una cueva. Había trepado antes por esas rocas, al parecer. Conocía los sombríos agujeros que salpicaban la roca del acantilado, y conocía el estrecho pasadizo de piedra por el cual logró hacer pasar su postrado cuerpo.

¿Había sido eso el grito de alguien, a lo lejos?

Vio oscuridad, y un charco de agua susurrante. Se arrastró hacia adelante, y sintió cómo las heladas aguas resbalaban sobre su cuerpo. Apagado por la distancia, llegó un persistente grito desde el exterior de la cueva.

–¡Graham! ¡Graham Dean!

Entonces sintió en las ventanas de la nariz el olor a húmeda pestilencia marina, un olor agradable y familiar. Ahora sabía adónde estaba. Era la cueva donde, en sueños, había besado al ser marino. Era la cueva en la cual...

Ahora recordaba. La mancha negra se disipó en su cerebro, y recordó todo. Su mente llenó el vacío, y recordó una vez más haber venido a ese lugar antes, esa misma noche, antes de haberse encontrado en el agua.

Morella Godolfo lo había llamado allí; hasta allí lo habían conducido sus siniestros susurros en la penumbra, cuando había venido desde la cama de la casa del doctor Yamada. Era el canto de sirena de la criatura marina que lo había atraído en sueños.

Recordó cómo ella se había enroscado a sus pies cuando él entró, y cómo había abandonado su cuerpo descolorido por el mar, hasta que su cabeza inhumana se había acercado a la de él. Y entonces los ardientes labios carnosos se habían apretado contra los suyos, los labios viscosos y repugnantes lo habían besado otra vez. ¡Un beso húmedo, horriblemente ávido! Sus sentidos se habían sumergido en la malignidad, de éste, porque supo que este segundo beso significaba la perdición.

"El habitante del mar tomará su cuerpo", había dicho el doctor Yamada... Y el segundo beso significaba la perdición.

¡Y todo eso había sucedido horas atrás!

Dean se movió por la cámara rocosa para no mojarse en el charco. Al hacerlo, contempló su cuerpo por primera vez en aquella noche; contempló con un cuello ondulante el aspecto que había tenido durante las tres horas pasadas en el mar. Vio las escamas semejantes a las de los peces, la áspera blancura de su piel viscosa; vio las venosas branquias. Entonces contempló fijamente las aguas del charco, para que el reflejo de su rostro fuera visible a la borrosa luz de la luna que se filtraba a través de las grietas de las rocas.

Lo vio todo...

Su cabeza descansaba sobre el largo cuello de reptil. Era una cabeza antropoide de contornos lisos monstruosamente inhumanos. Los ojos eran blancos y salientes; sobresalían con la mirada vidriosa de un ahogado. No había nariz, y el centro del rostro estaba cubierto por una maraña de tentáculos azules semejantes a gusanos. Lo peor de todo era la boca. Dean vio pálidos labios blancos en un rostro muerto, labios humanos. Labios que habían besado a los suyos. Y que ahora ¡eran los suyos!

Estaba en el cuerpo del maligno ser marino; ¡el maligno ser marino que había contenido una vez el alma de Morella Godolfo!

En ese momento Dean hubiera querido de buena gana morirse, ya que el completo y blasfemo horror de su descubrimiento era demasiado grande como para soportarlo. Ahora supo lo de sus sueños, y las leyendas; había llegado a saber la verdad, y había pagado un espantoso precio. Recordó, vívidamente, cómo había recobrado el sentido en el agua y cómo había nadado hasta encontrarse con aquellos otros. Recordó el gran casco negro del que habían sido rescatados en botes hombres que se estaban ahogando, la nave naufragada, destrozada en el agua. ¿Qué era lo que le había dicho Yamada? Cuando hay un naufragio, allí van como buitres a un festín. Y ahora, finalmente, recordó lo que se había sustraído a su memoria esa noche, qué era esa forma familiar sobre las aguas. Era un zeppelin que había caído. Él había ido nadando hasta los restos del naufragio con aquellos seres, y ellos se habían llevado hombres... Tres horas –¡por Dios!–. Dean deseó profundamente morir. Estaba en el cuerpo marino de Morella Godolfo, y esto era demasiado malo corrió para seguir viviendo.

¡Morella Godolfo! ¿Dónde estaba ella? ¿Y su propio cuerpo, el cuerpo de Graham Dean? Un crujido en la sombría caverna, detrás de él, anunció la respuesta. Graham Dean se vio a sí mismo a la luz de la luna, vio su cuerpo, línea por línea, que avanzaba furtivamente del otro lado del charco en un intento de deslizarse hacia afuera sin ser advertido.

Las aletas de foca de Dean se movieron rápidamente. Su propio cuerpo se volvió.

Fue algo horrible para Dean verse reflejado donde no existía ningún espejo; y más horrible aún ver que en el rostro ya no estaban sus ojos. La mirada astuta y burlona de la criatura del mar se clavó en él desde atrás de su máscara de carne, y eran unos ojos antiguos, malignos. El pseudo–humano gruñó al verlo y trató de escabullirse en la oscuridad. Dean fue detrás de él, en cuatro patas.

Supo lo que tenía que hacer. Ese ser marino –Morella– se había apoderado de su cuerpo durante ese último beso siniestro, al mismo tiempo que él era introducido en el de ella. Pero ella aún no se había recuperado lo suficiente como para salir al mundo. Esa era la razón por la cual la había encontrado aún en la cueva. Ahora, sin embargo, ella se iría, y su tío Michael nunca lo sabría. El mundo nunca sabría, tampoco, qué clase de horror acechaba en su superficie, hasta que fuese demasiado tarde. Dean, odiando ahora su propia forma trágica, supo lo que tenía que hacer.

Con toda intención arrinconó al falso cuerpo de sí mismo en un rincón rocoso. Hubo una mirada de terror en esos gélidos ojos... Un sonido hizo que Dean se volviera, girado su cuello de reptil. A través de sus vidriosos ojos de pescado vio los rostros de Michael Leigh y del doctor Yamada. Antorchas en mano, estaban entrando en la cueva.

Dean supo lo que haría, y dejó de preocuparse. Estrechó el cuerpo humano que albergaba el alma de la bestia marina; lo estrechó en las aletas batientes de la bestia; lo tomó con sus propias patas y lo amenazó con sus propios dientes, cerca del blanco cuello humano de la criatura.

Desde atrás de él oyó gritos y alaridos a sus propias espaldas; pero Dean no les hizo caso. Tenía un deber que cumplir; algo que cumplir. Por el rabillo del ojo, vio que relucía el cañón de un revólver en la mano de Yamada.

Entonces se sucedieron dos tiros de hiriente llamarada, y el olvido que Dean deseaba. Pero murió feliz, porque se había cobrado el beso siniestro.

Mientras se hundía en la muerte, Graham Dean había mordido con dientes animales su propia garganta, y su corazón se llenó de paz cuando, al morir, se vio morir a sí mismo...

Su alma se confundió en el tercer beso siniestro de la Muerte.

LOS MITOS DE CTHULHU -- VARIOS AUTORES -- La sombra que huyó del capitel

La sombra que huyó del capitel
(The Shadow From the Steeple-1950)

Robert Bloch


William Hurley era irlandés de nacimiento y taxista de profesión. Sería, pues, redundante calificarle de charlatán.

En el mismísimo instante en que, cierto cálido atardecer veraniego, tomó a un pasajero en el centro de Providence, se puso a charlar. El pasajero era alto y delgado, de treinta y pocos años, y llevaba una cartera. Se sentó en el asiento posterior y rogó al conductor que le llevase a determinado número de Benefit Street. Hurley puso en marcha vehículo y lengua a toda velocidad.

Inició la conversación -que sería estrictamente unilateral- comentando diversos resultados de béisbol. El más sorprendente era, a su juicio, la derrota sufrida por los Gigantes. Indiferente al silencio de su pasajero, formuló luego algunas observaciones sobre el tiempo, detallando las condiciones atmosféricas pasadas, presentes y previstas para el futuro. Al no obtener tampoco contestación, el taxista procedió a analizar cierto suceso local del que informaba la prensa vespertina, a saber: la huida, aquella misma mañana, de dos panteras negras del Langer Brothers Circus, que solía instalarse de cuando en cuando en la ciudad. Por último, preguntó directamente al pasajero si no habría visto por casualidad un par de panteras negras vagando por los alrededores. El pasajero se limitó a mover la cabeza negativamente.

El conductor entonces hizo varios comentarios poco halagüeños sobre la competencia de la policía local. No le extrañaba que no capturasen a esas dos fieras. Según afirmó, los policías de la ciudad no eran capaces de coger ni un constipado, aunque se pasasen un año entero en un frigorífico. Este evidente rasgo de ingenio no pareció divertir al pasajero y, antes de que Hurley reanudase su monólogo, llegaron al número indicado de Benefit Street. Ochenta y nueve centavos cambiaron de bolsillo, pasajero y cartera se apearon y el taxi emprendió de nuevo la marcha.

En aquellos momentos, William Hurley ignoraba que pronto se iba a convertir oficialmente en la última persona que había visto con vida a su callado pasajero.

Lo demás son conjeturas (afortunadamente, tal vez). Cierto, sin embargo, que de lo que sucedió aquella noche en el viejo caserón de Benefit Street es fácil sacar ciertas conclusiones. Lo difícil es aceptarlas con ánimo leve.

Uno de los detalles más fáciles de esclarecer es el extraño silencio y la distante altivez del pasajero de Hurley. Este pasajero -Edmund Fiske, de Chicago (Illinois)- se dedicó, durante todo el trayecto, a meditar sobre la culminación de quince años de búsquedas e investigaciones. En efecto, aquel recorrido en taxi representaba para él la última etapa de su largo camino y, durante ella, pasó revista a las vicisitudes sufridas en el curso de su aventura.

Las investigaciones de Edmund Fiske habían comenzado el 8 de agosto de 1935, con motivo del fallecimiento de su íntimo amigo Robert Harrison Blake, de Milwaukee.

Durante su adolescencia, Blake, movido -como el propio Fiske- por su precoz y entusiasta interés hacia la literatura fantástica, había formado parte del «Círculo de Lovecraft», de ese grupo de escritores que mantenían correspondencia entre sí y con Howard Phillips Lovecraft, de Providence, ya fallecido.

Fiske y Blake se habían conocido precisamente a través de dicha correspondencia. Luego intercambiaron visitas: el uno fue a Milwaukee y después el otro a Chicago. Y en torno a su común interés por la literatura terrorífica y el arte fantástico fue cristalizando una sólida amistad que se truncó por el inesperado e inexplicable fallecimiento de Blake.

La mayor parte de las circunstancias que concurrieron en la muerte de éste y algunas de las conjeturas que entonces se hicieron fueron recogidas por Lovecraft en su relato «El Morador de las Tinieblas», que se publicó año y pico después de haber muerto el joven Blake.

Lovecraft se hallaba en una situación inmejorable para conocer lo sucedido. El había sido precisamente quien, a principios de 1935, aconsejó a Blake que se trasladase a Providence, y él también quien le encontró alojamiento en College Street. Así, pues, los hechos singulares que culminaron con la muerte del joven Robert Harrison Blake fueron relatados por el maduro y fantástico escritor en su doble calidad de amigo y vecino.

En dicho relato, Lovecraft nos cuenta que Blake quería escribir una novela sobre ciertos ritos brujeriles que habían sobrevivido en Nueva Inglaterra, pero, con su característica modestia, omite que él le ayudó considerablemente, proporcionándole material. Según parece, Blake empezó a escribir su novela y acabó mezclado en un horror que superaba con mucho los de su propia imaginación.

En efecto, Blake se sintió atraído por una iglesia abandonada, negra, casi en ruinas, que se alzaba en Federal Hill y que antaño había sido escenario de cultos esotéricos. En los primeros días de la primavera, visitó el edificio -que, por cierto, todo el mundo evitaba-, e hizo en él determinados descubrimientos que (a juicio de Lovecraft) lo condenaban irremisiblemente a morir.

Lo sucedido fue, en pocas palabras, lo siguiente: Blake entró en la iglesia, cuyas puertas además estaban condenadas, y se encontró con el esqueleto de un tal Edwin M. Lillibridge, que había sido redactor del Providence Telegram y que, a juzgar por las apariencias, había emprendido en 1893 una investigación análoga a la de Blake. El hecho de que su muerte hubiera quedado sin explicar ya resultaba de por sí bastante alarmante, pero mucho más lo era el de que nadie se hubiera atrevido a entrar en la iglesia desde aquel remoto año, ya que, en tal caso, su cadáver no seguiría allí.

En la chaqueta del desventurado periodista, Blake encontró un cuaderno de notas que permitía adivinar en parte lo sucedido.

Un tal profesor Bowen, de Providence, había viajado mucho por Egipto y en 1843, durante unas excavaciones que dirigió en el sepulcro de Nefrén-Ka, había efectuado un descubrimiento insólito.

Nefrén-Ka es «el faraón olvidado», cuyo nombre fue maldito por los sacerdotes y borrado de todas las crónicas dinásticas. Por entonces, el joven escritor estaban familiarizado con el nombre de Nefrén-Ka porque otro escritor de Milwaukee acababa de publicar una narración titulada «El Santuario del Faraón Negro»* que trataba justamente de este gobernante casi legendario. Pero el descubrimiento que hizo Bowen en su sepulcro fue completamente inesperado.

En el cuaderno del periodista no se precisaba la índole de dicho descubrimiento, pero en cambio se enumeraban, con gran exactitud y en orden cronológico, ciertos hechos ocurridos a continuación. Inmediatamente después de hacer el descubrimiento, el profesor Bowen había abandonado las excavaciones y regresado a Providence. En 1844 adquirió en esta ciudad el edificio de la Iglesia del Libre Albedrío, que convirtió en sede de una secta religiosa llamada «Sabiduría de las Estrellas».

Los miembros de dicha secta, que evidentemente habían sido reclutados por el propio Bowen, eran adoradores de una entidad a la que llamaban «El Morador de las Tinieblas». Hundiendo la mirada en cierto cristal sagrado, conseguían evocar a dicha entidad, a la que rendían culto mediante sacrificios de sangre.

Al menos, éste es el fantástico bulo que había circulado en Providence por aquellos tiempos y a consecuencia del cual la iglesia en cuestión se había convertido en un lugar maldito que la gente procuraba evitar. Tales temores supersticiosos fomentaron la inquietud del vecindario, que pronto se tradujo en acción directa. En mayo de 1877 las autoridades, coaccionadas por el público, disolvieron la secta, muchos de cuyos miembros abandonaron súbitamente la ciudad.

La propia iglesia fue cerrada y sellada. Aunque parezca imposible, la curiosidad de las gentes no pudo vencer el temor supersticioso que inspiraba el edificio, de modo que nadie se atrevió a entrar en él hasta que, en 1893, el periodista Lillibridge decidió emprender su desdichada investigación.

En esencia, tales eran los hechos recogidos en el cuaderno encontrado junto a los restos del periodista. Blake lo leyó, pero no por ello abandonó su proyecto, y siguió registrando la iglesia. Por último, dio con el misterioso objeto encontrado por Bowen en el sepulcro egipcio, objeto que servía de centro y eje a los rituales mágicos de la antigua secta. Se trataba de un estuche metálico, asimétrico, cuya tapa -dotada de extraños goznes- llevaba muchísimos años sin cerrar. En su interior, suspendido por siete soportes, había un cristal poliédrico de diez centímetros de longitud y de color negro rojizo. Pero Blake no sólo lo vio, sino que lo miró; y no sólo lo miró sino que hundió su mirada en él, precisamente como la hundían los adoradores del «Morador» y con idénticos resultados. Pronto fue asaltado por extraños fenómenos psíquicos y por «visiones de otras tierras y de los espacios transestelares», que han pasado luego a formar parte de la superstición popular.

Y entonces Blake cometió su gran, su enorme equivocación: cerró la caja.

Según las creencias recogidas por Lillibridge, el modo de invocar a la propia entidad extraterrestre, al Morador de las Tinieblas en persona, era precisamente cerrar la caja. Era una criatura de las tinieblas y no podía soportar la luz. Y por la noche, en la negrura de aquella iglesia ruinosa de ventanas condenadas, respondió a la invocación

Blake huyó aterrado de la iglesia, pero el daño ya estaba hecho. A mediados de julio, en el curso de una tormenta, se produjo un apagón que dejó Providence a oscuras durante una hora y la colonia italiana vecina a la iglesia abandonada oyó ruidos sordos y torpes en el interior de sus muros envueltos en sombras.

A pesar de la lluvia, estos vecinos salieron en masa a la calle con velas y linternas encendidas para evitar, mediante una barrera luminosa, la aparición de la temida criatura que allí moraba.

Esta reacción pública ponía de manifiesto que la vieja leyenda seguía gozando de crédito en el vecindario. A raíz de esta tormenta, la prensa se interesó en el asunto y el día 17 de julio penetraron en la vieja iglesia dos periodistas acompañados de un policía. No descubrieron nada de particular, excepto ciertas manchas pringosas e inexplicables que ensuciaban las escaleras y los bancos.

Al cabo de un mes escaso -exactamente el 8 de agosto a las 2,35 de la madrugada-, durante una tormenta acompañada de gran aparato eléctrico, Robert Blake falleció mientras se hallaba sentado ante la ventana de su apartamento de College Street.

En el curso de dicha tormenta, durante los minutos que precedieron su muerte, Blake garrapateó en su diario frenéticas anotaciones que reflejaban sus obsesiones y terrores más íntimos en relación con el Morador de las. Tinieblas. Blake estaba persuadido de que, al haber mirado el extraño cristal contenido en la caja, había establecido algún tipo de vínculo con aquella criatura extraterrestre. Creía además -y con toda firmeza- que, al cerrar la caja, dicha criatura había resultado invocada y obligada a morar en las tinieblas del chapitel. Tampoco dudaba de que su propio destino estaba ligado irrevocablemente al del monstruo.

Todo esto es lo que revelan sus últimos mensajes, anotados apresuradamente mientras, desde su ventana, contemplaba los progresos de la tormenta.

Mientras tanto, en Federal Hill, en torno a la iglesia, se había congregado una multitud de italianos aterrados que, como anteriormente, rodearon el edificio de una barrera luminosa. Es innegable que se oyeron ruidos alarmantes procedentes del interior de la iglesia condenada. De ello dan fe, por lo menos, dos testigos que la merecen plenamente: el padre Meruzzo, de la iglesia del Espíritu Santo, que se hallaba presente para tranquilizar a su grey, y el agente (hoy sargento) William J. Monahan, de la Comisaría Central, que se esforzaba por mantener el orden y evitar el pánico colectivo. Este último aseguró haber visto personalmente una «mancha borrosa», como una humareda, que, a su juicio, salió del chapitel del antiguo campanario del edificio en el mismo momento en que estallaba el postrer relámpago de la tormenta.

Este último relámpago, rayo, bola de fuego o como se le quiera llamar, inundó toda la ciudad de una luz cegadora, quizá en el mismo instante en que Robert Harrison Blake, situado en la otra punta de la población, garrapateaba estas palabras: «¿Acaso no es un avatar de Nyarlathotep, que ya en la antigua y sombría Khem había tomado apariencia de hombre?»

Pocos momentos después, murió. A pesar de que la ventana se hallaba intacta, el médico forense dictaminó que la causa de la muerte había sido «una descarga eléctrica». Este diagnóstico no convenció, según Lovecraft, a otro médico amigo suyo, quien, al día siguiente, intervino en el asunto. Pese a carecer de autorización judicial, entró en la iglesia y subió al chapitel sin ventanas, en cuyo interior encontró la rara caja asimétrica -¿acaso de oro?- y la sorprendente piedra cristalina que contenía. Al parecer, lo primero que hizo a continuación fue levantar la tapa de la caja y exponer su contenido a la luz del sol. Y lo segundo, que se sepa, fue alquilar una embarcación y arrojar caja y piedra al canal más profundo de la Bahía de Narragansett.

Aquí termina el relato de la muerte de Blake, que -como pura ficción literaria- escribió y publicó Lovecraft. Y aquí empiezan las investigaciones de Edmund Fiske, que duraron quince años.

Naturalmente, Fiske había estado al corriente de algunos de los hechos recogidos en el supuesto cuento de Lovecraft. Cuando, aquella primavera, Blake marchó a Providence, Fiske le había prometido hacer todo lo posible por visitarle al otoño siguiente. Al principio, ambos amigos habían mantenido una correspondencia regular, pero, al empezar el verano, Blake dejó de contestarle.

Por entonces, como es lógico, Fiske ignoraba la exploración que había efectuado su amigo en la iglesia en ruinas. Como no le pareció justificado el silencio de Blake, escribió a Lovecraft por si éste podía darle alguna explicación.

Poco fue de lo que Lovecraft le pudo informar. Según le refirió, el joven Blake le había visitado a menudo durante sus primeras semanas de estancia en Providence, le había consultado algunos detalles relativos a la novela que quería escribir y juntos habían dado algunos paseos nocturnos por la ciudad.

Pero durante el verano Blake había dejado de ir a su casa o de llamarle. Lovecraft era un hombre tímido y retraído y no entraba en sus costumbres imponer su presencia a los demás ni mezclarse en vidas ajenas. Por lo tanto, dejó transcurrir varias semanas sin buscar a Blake.

Cuando, por fin, fue a visitarlo, lo halló excitadísimo y supo por él de sus aventuras en la terrible y solitaria iglesia de Federal Hill. Lovecraft tuvo con el adolescente palabras de advertencia y consejo, pero ya era demasiado tarde. A la semana de su visita ocurrió el terrible desenlace.

Fiske se enteró de él, por Lovecraft, al día siguiente, y tuvo que enfrentarse con la dura tarea de comunicárselo a los padres de Blake. Estuvo tentado por acudir inmediatamente a Providence, pero la falta de dinero y la urgencia de sus propios asuntos domésticos le obligaron a abandonar esta idea. Cuando llegaron los restos mortales de su amigo, Fiske asistió a la breve ceremonia de cremación.

Por entonces fue cuando Lovecraft inició sus propias pesquisas, que dieron como resultado su conocida narración. Y aquí debía haberse puesto el punto final al asunto.

Pero Fiske no se quedó satisfecho.

Su mejor amigo había muerto en circunstancias que aún los más escépticos tendrían que calificar de misteriosa. Las autoridades locales habían explicado los hechos de modo fatuo e inadecuado y dado un carpetazo demasiado rápido al asunto.

Fiske decidió averiguar la verdad.

No hay que olvidar un hecho muy notable: tanto Lovecraft y Blake como Fiske eran escritores profesionales muy interesados en lo sobrenatural o supranormal. Los tres tenían acceso a un abundante material bibliográfico referente a leyendas y supersticiones antiguas. Resulta un tanto irónico que de tan extensos conocimientos sólo se limitasen a hacer uso en sus vagabundeos por la llamada «literatura fantástica», pero cabe afirmar que sus propias experiencias impedían a los tres tomar a broma, como sus lectores, los mitos de que trataban sus obras.

En efecto, como escribió Fiske a Lovecraft, «sabemos que la palabra 'mito' no es más que un cortés eufemismo. La muerte de Blake no es un mito sino una espantosa realidad. Le ruego que investigue a fondo y estudie el problema en su totalidad, ya que si el diario de Blake contiene algo de verdad, por muy remota y desfigurada que sea, no hay ni que decir el peligro que acecha al mundo».

Lovecraft prometió su ayuda, descubrió el destino de la caja metálica y su contenido y se esforzó en vano por concertar una entrevista con el Dr. Ambrose Dexter, domiciliado en Benefit Street. Al parecer, el Dr. Dexter había abandonado la ciudad inmediatamente después de hurtar el «Trapezoedro Resplandeciente» -como lo llamaba Lovecraft- y de deshacerse de él.

Lovecraft entonces se entrevistó con el padre Meruzzo y con el agente Monahan, estudió sistemáticamente los periódicos atrasados en la hemeroteca y procuró reconstruir la historia de la secta «Sabiduría de las Estrellas» y la del ser a que ésta rendía culto.

Naturalmente, descubrió muchas más cosas que las que se atrevió a poner en su presunto cuento, que iba destinado a una revista popular. En las cartas que dirigió a Fiske desde finales de otoño hasta principios de la primavera de 1936, hay alusiones y referencias a ciertas «amenazas procedentes del Exterior». Sin embargo, procuró tranquilizar a Fiske, haciéndole ver que, cualesquiera que fuesen tales amenazas, y aun si su índole era más real que sobrenatural, el peligro había quedado conjurado desde el momento en que el Dr. Dexter eliminó el Trapezoedro Resplandeciente, sin el cual no era posible invocar a la entidad ultraterrena.

Tal fue, en esencia, el resultado de las investigaciones de Lovecraft. Durante algún tiempo, las cosas siguieron así.

A principios de 1937, Fiske arregló sus asuntos para trasladarse a Providence y visitar a Lovecraft. Tenía la intención de profundizar por su cuenta las investigaciones efectuadas en torno a la causa de muerte de su amigo. Pero una vez más las circunstancias desbarataron sus planes, pues, en marzo de aquel año, murió Lovecraft. Su inesperado fallecimiento sumió a Fiske en un largo período de desesperación del que tardó en recobrarse. Hasta casi un año después no se halló en condiciones de trasladarse a Providence. Y fue entonces cuando, por primera vez, visitó personalmente el escenario de los trágicos sucesos que habían culminado con la muerte de Blake.

Aún persistían en la ciudad algunas oscuras sospechas no expresadas abiertamente. El médico forense se había mostrado voluble y precipitado, Lovecraft había extremado su tacto y su prudencia, la prensa y el público en general habían aceptado las explicaciones dadas; pero Blake estaba muerto y, en las tinieblas de aquella noche ya lejana, algo terrible había surgido del chapitel.

Fiske creía que, si pudiera visitar la iglesia maldita, hablar con el Dr. Dexter, descubrir por qué motivos había intervenido éste en el asunto y encontrar alguna pista, tal vez consiguiera hallar la verdad o, al menos, limpiar el nombre de su amigo muerto de toda sospecha de desequilibrio mental.

Por tanto, lo primero que hizo al llegar a Providence, tras inscribirse en un hotel, fue encaminar sus pasos hacia la ruinosa iglesia de Federal Hill.

De esta primera gestión sólo obtuvo un chasco inmediato e inevitable. La iglesia en cuestión ya no existía. El otoño anterior, el Municipio había tomado posesión del edificio y lo había mandado derruir. El negro y siniestro chapitel ya no arrojaba su sombra ominosa sobre la colina.

Inmediatamente Fiske decidió visitar al padre Meruzzo, en la cercana iglesia del Espíritu Santo. Pero allí se enteró de que aquel excelente sacerdote había fallecido en 1936, unos meses después que el joven Blake.

Sin dejarse vencer por el creciente desánimo, Fiske intentó localizar al .Dr. Dexter, pero su viejo caserón de Benefit Street estaba cerrado y vacío. Llamó entonces al Servicio de Información Sanitaria, donde se le hizo saber escuetamente que Ambrose Dexter, doctor en Medicina, había abandonado la ciudad por tiempo indefinido.

De su visita a la redacción del Bulletin local tampoco obtuvo resultados positivos. Se le permitió -eso sí- curiosear en los archivos del periódico y tuvo así oportunidad de leer la reseña -asépticamente objetiva e insultantemente breve- de la muerte de Blake. Pero los dos redactores que firmaban el reportaje, que eran los mismos que habían visitado personalmente la iglesia de Federal Hill, ya no trabajaban en el periódico porque les habían ofrecido un empleo mejor en otra ciudad.

Naturalmente, no eran éstas las únicas pistas. Había otras varias que Fiske siguió durante la semana siguiente. Pero todas resultaron infructuosas. Examinó un ejemplar del «Quién es quién» que no añadió ningún detalle significativo a la imagen que se había formado del Dr. Dexter: había nacido en Providence, donde residía; tenía cuarenta años de edad; era soltero; ejercía la medicina general y pertenecía a varias asociaciones profesionales. Esto era todo. No figuraba la menor indicación sobre aficiones insólitas o intereses inusitados que permitieran esclarecer los motivos que le habían impulsado a intervenir en el asunto.

Por fin Fiske logró dar con el paradero del sargento William J. Monahan, de la Comisaría Central, y hablar así por primera vez con una persona directamente relacionada con los hechos que a él le interesaban. Monahan se mostró cortés pero un tanto receloso.

A pesar de que Fiske le contó detalladamente sus temores y pesquisas, el policía mantuvo una prudente reserva.

-De veras que no tengo nada que contarle -aseguró-. Es cierto, como dijo el señor Lovecraft, que yo estuve esa noche en la iglesia. Pero es que se había reunido mucho personal y no quiera usted saber la que se podía haber organizado si se desmandan unos cuantos. En ese barrio hay tipos de cuidado. Es cierto que la iglesia tenía mala fama, pero yo no sé nada. El que sí le podía haber dado más informes era Sheeley.

-¿Sheeley? -exclamó Fiske.

-Sí, Bert Sheeley. Era su zona, ¿sabe? Yo estaba allí sólo para sustituirle porque él estaba de baja con pulmonía. Yo me creía que iba a ser sólo un par de semanas, pero como se murió...

Fiske lanzó un amargo suspiro. ¡Otra fuente de información que desaparecía! Blake estaba muerto; Lovecraft, muerto; el padre Meruzzo, muerto; y ahora resultaba que el tal Bert Sheeley también había muerto. Los periodistas se habían ido y el doctor Dexter había desaparecido misteriosamente. Fiske movió la cabeza tristemente, pero insistió:

-Por favor, fíjese bien. Aquella noche, cuando vio usted la mancha en el cielo, ¿no vio usted nada más? ¿Oyó algún ruido especial? ¿Alguno de los vecinos dijo algo que le llamara la atención? Haga un esfuerzo, por favor. Cualquier detalle que usted recuerde puede ser de gran importancia para mí.

Monahan negó con la cabeza.

-Lo que es ruidos, ya lo creo que los había -contestó-. Pero con todos los truenos y todo el escándalo, ¡sabe Dios si venían de dentro de la iglesia, como decía el señor Lovecraft! Y tocante al personal, figúrese usted el panorama: las mujeres chillando, los hombres rezando, y los truenos y el viento... Y yo, que guardaran el orden, que es mi obligación; pero no me oía ni mi propia voz. Conque figúrese Si. me fijaría en lo que decía el personal...

-¿Y la mancha? -insistió Fiske.

-Sí, la mancha. Pues nada, eso: una mancha. Nada más. Una humareda o una nube. ¿Qué sé yo? A lo mejor era una sombra de algo. Pero al momento vino un relámpago. O sea, que ya no vi ni diablos ni mostros ni seres imborrecibles de esos que saca el señor Lovecraft en sus novelas, que parecen cosa de locos.

Lleno de autosuficiencia, el sargento Monahan se encogió de hombros y descolgó el teléfono para contestar una llamada. Era evidente que daba por terminada la entrevista.

Tales fueron de momento los resultados obtenidos por Fiske. Se pasó el día siguiente en el hotel, telefoneando a todos los Dexter del listín por si localizaba a algún pariente del médico desaparecido. Pero no le sirvió de nada. Se pasó otro día entero en una barca, en la bahía de Narragansett, tratando laboriosamente de familiarizarse con la situación de su «canal más profundo» mencionado por Lovecraft en su narración.

Después de perder toda una semana en Providence, Fiske tuvo que confesarse derrotado y regresó a Chicago, a su trabajo y sus quehaceres habituales. Poco a poco, el caso de Blake fue pasando a un segundo plano de sus intereses, pero nunca lo olvidó del todo ni abandonó su proyecto de desentrañar finalmente el misterio, si es que misterio había.

En 1941, durante un permiso que le concedieron en el campamento de instrucción, el soldado de primera Edmund Fiske pasó por Providence, camino de Nueva York, y aprovechó la oportunidad para intentar localizar de nuevo -y otra vez sin éxito- al Dr. Ambrose Dexter.

En los años 1942 y 1943, desde su destino en ultramar, el sargento Edmund Fiske escribió varias cartas dirigidas al Dr. Ambrose Dexter, Cuartel de Intendencia, Providence (Rhode Island). Tales cartas jamás fueron contestadas y aun se duda si recibidas.

En 1945, en un salón de lectura de las fuerzas norteamericanas acuarteladas en Honolulú, cayó en manos de Fiske cierta revista de astrofísica donde se mencionaba una reunión científica celebrada hacía poco en la Universidad de Princeton. Para su sorpresa, el principal orador había sido el Dr. Ambrose Dexter, que había pronunciado una conferencia sobre «Aplicaciones prácticas de la astrofísica a la técnica militar».

Fiske no regresó a los Estados Unidos hasta finales de 1946. Durante el año siguiente se dedicó, como es natural, a reorganizar su vida. En 1948 volvió a tropezar por casualidad con el nombre del Dr. Dexter, que figuraba esta vez en una lista de «investigadores de física nuclear» publicada por un gran semanario de ámbito nacional. Escribió a la redacción de dicho semanario, solicitando más datos sobre Dexter, pero no recibió contestación. Envió otra carta a Providence, con idéntico resultado.

En 1949, a últimos de año, el nombre de Dexter llamó una vez más la atención de Fiske desde las columnas de los periódicos. En esta ocasión se le mencionaba con motivo de ciertos debates relacionados con la secretísima Bomba H.

Fiske dio de lado sus sospechas, sus temores, sus fantásticas conjeturas, y decidió actuar. Escribió entonces a un tal Ogden Purvis, que ejercía como detective privado de Providence, y le encargó que localizase al Dr. Ambrose Dexter. Lo único que deseaba es que le pusiera en contacto con él. Estaba dispuesto a pagar un elevado anticipo. Purvis cerró el trato.

Los primeros informes que el detective envió a Fiske, a Chicago, resultaron desalentadores. El domicilio de Dexter seguía deshabitado y el propio Dexter, según datos obtenidos de fuentes oficiales, se hallaba en misión especial. De ello deducía el detective, al parecer, que se trataba de una persona irreprochable consagrada a actividades muy secretas relacionadas con la defensa del país.

La primera reacción de Fiske fue de pánico.

Elevó los honorarios ofrecidos a Purvis e insistió en que éste redoblase sus esfuerzos por encontrar al escurridizo Dr. Dexter.

En el invierno de 1950, Fiske recibió otro informe del detective, comunicándole que había seguido todas los pistas indicadas por él y que una de ellas le había conducido por último a Tom Jonas.

Tom Jonas era propietario de la barca alquilada, en aquella lejana noche veraniega de 1935, por el Dr. Dexter. Y era él en persona quien había manejado los remos y conducido la pequeña embarcación hasta «el canal más profundo de la bahía de Narragansett».

Una vez allí, mientras Tom Jonas descansaba, Dexter había arrojado al agua una caja asimétrica de metal mate, cuya tapa abierta permitía ver en su interior el Trapezoedro Resplandeciente.

El viejo pescador había hablado al detective con toda libertad y franqueza. El informe confidencial de éste recogía textualmente sus palabras.

-Cosa rara. Muy rara -decía Jonas-. Me dijo que me daba veinte billetes si le llevaba en barca en mitad de medianoche para largar a la mar aquel ojebto con caja y todo. Decía que no había mal en ello y que no hacía daño a nadien y que era un recuerdo de no sé qué y que se lo quería quitar de encima. Pero se pasó todo el rato mirando una cosa como una piedra preciosa que había en la caja y no paró de hablar para sus adentros. Y era un idioma de extranjeros. No era francés ni alemán ni italiano. Polaco, a lo mejor sí. Pero da igual porque no me recuerdo de las palabras que decía. A mí me parecía que iba como bebido. O sea, que no es que yo quiera hablar mal de él, a ver si me comprende, que el señor dotor es de muy buena familia, aunque hace tiempo que no se le ve por aquí, que yo sepa. Pero a mí me se hace que iba un poquitín colocado, a ver si me comprende. Si no, ¿de qué me iba a pagar veinte machacantes por ese trabajo?

El monólogo del viejo pescador, tomado textualmente, era bastante largo, pero no contenía ninguna explicación del extraño asunto. Terminaba así:

-Y pa mí que se alegró de quitárselo de encima, si mal no me equivoco. A la vuelta me dijo, dice: «De esto, ni palabra a nadien». Pero, lo que yo me digo, con los años que han pasado, no hay mal ya en decirlo. Y además a las autoridades hay que contárselo todo.

No cabía duda de que, para hacer hablar a Jonas, el detective había recurrido a un truco muy poco decente: a hacerse pasar por un policía de verdad.

Pero esto no preocupó a Fiske en lo más mínimo. ¡No era poco haber conseguido, al menos, un testimonio de primera mano! Tan satisfecho se sintió, que envió a Purvis un nuevo giro, junto con la indicación de que prosiguiera sus pesquisas. Transcurrieron varios meses de espera.

Por fin, ya casi en el verano, llegó la noticia que tanto había anhelado Fiske. El Dr. Dexter había regresado, instalándose de nuevo en su domicilio de Benefit Street. Puertas y ventanas se habían vuelto a abrir, varios camiones de mudanzas habían devuelto a la casa su mobiliario y hasta había hecho su aparición un criado encargado de abrir la puerta y recoger los recados telefónicos.

El Dr. Dexter no estaba en casa para nadie (incluido el detective privado). Al parecer, se hallaba convaleciente de una grave enfermedad contraída durante sus años de servicio oficial. Purvis le dejó una tarjeta y el doctor prometió darle contestación. Pero ésta no llegó, pese a las repetidas llamadas telefónicas del detective.

A pesar de espiar largamente la casa y de interrogar concienzudamente a los vecinos, tampoco consiguió Purvis echar la vista encima al médico en persona ni hablar con nadie que lo hubiera visto en la calle.

Las tiendas recibían regularmente sus pedidos, en su buzón de correos aparecían cartas y las luces brillaban durante toda la noche en el caserón de Benefit Street.

En realidad, éste fue el único detalle que pudo aducir Purvis en apoyo de cualquier posible rareza del Dr. Dexter. Al parecer, mantenía todas las luces encendidas durante las veinticuatro horas del día.

Inmediatamente, Fiske escribió una carta al Dr. Dexter y, a los pocos días, otra. Pero siguió sin recibir respuesta. Y después de leer varios informes más de Purvis, todos ellos igualmente faltos de interés, se lió la manta a la cabeza y decidió trasladarse a Providence para hablar con Dexter como fuera.

Admitía la posibilidad de que sus sospechas fuesen completamente falsas. Acaso también fuese errónea su suposición de que Dexter se hallaba en condiciones de rehabilitar el nombre de su amigo muerto. Tal vez incluso se equivocaba al imaginar la existencia de un vínculo cualquiera entre ambos. Pero llevaba quince años de angustiosa meditación y ya era hora de poner fin a su propio conflicto interior.

Así, pues, a finales de verano, Fiske telegrafió a Purvis para comunicarle sus intenciones y para citarle, a su llegada, en el hotel donde se alojaría.

Y así fue cómo Edmund Fiske se presentó en Providence por última vez. El día de su llegada, el equipo de los Gigantes había perdido, del Langer Brothers Circus se habían escapado dos panteras y el taxista William Hurley tenía más ganas de cháchara que de costumbre.

Al llegar al hotel, vio que Purvis no había llegado aún, y era tal su impaciencia que decidió actuar por su cuenta. Al atardecer, como hemos visto, tomó un taxi que le llevó a Benefit Street.

Al abandonar el taxi, Fiske se halló ante la morada de Dexter y contempló su lujosa puerta y las luces que se derramaban desde las ventanas del piso superior. Junto a la puerta habla una pequeña placa de bronce en la que, a la luz de las ventanas, podía leerse una breve inscripción: «Ambrose Dexter. Médico».

Estos detalles, pese a su trivialidad, contribuyeron a tranquilizar a Fiske. Aunque no se dejase ver, era evidente que el doctor no trataba de ocultar su presencia en su domicilio. Las luces resplandecientes y la placa de bronce eran signos de buen augurio.

Fiske se encogió de hombros y tocó el timbre.

Al momento se abrió la puerta y apareció un hombrecito de piel muy morena que le hizo una ligera reverencia.

-¿El doctor Dexter, por favor?

-El doctor no recibe visitas. Está enfermo.

-¿Querría usted darle un recado, por favor?

-No faltaría más, señor -sonrió el moreno servidor.

-Dígale que desea verle Edmund Fiske durante unos momentos sólo y cuando a él le venga bien. He venido de Chicago sólo para hablar con él, pero lo que tengo que decirle apenas le robará tiempo.

-Espere un momento, por favor.

La puerta se cerró. Fiske permaneció en las crecientes tinieblas, pasándose la cartera de una a otra mano.

De pronto la puerta se volvió a abrir. El criado le miró fijamente.

-Señor Fiske, ¿es usted el señor que le escribió la cartas?

-¿Las cartas? ¡Ah, sí! yo soy, en efecto. No sabía que el doctor las había recibido.

El criado volvió a inclinar la cabeza.

-Eso no lo Sé. El doctor me ha dicho que, si usted era el que le había escrito las cartas, le dejase entrar.

Fiske se permitió exhalar un suspiro de alivio perfectamente audible y cruzó el umbral de la puerta. Le había costado quince años dar este paso.

-Es en el primer piso, por esta escalera. El doctor le espera en el despacho. Es la puerta central del descansillo.

Edmund Fiske subió la escalera, cruzó un pequeño descansillo y entró en una habitación donde la luz era tan intensa que casi resultaba tangible.

Y allí, junto a la chimenea, levantándose para saludarle, se hallaba el Dr. Ambrose Dexter.

Era un hombre alto, delgado, impecablemente vestido, que debería tener cincuenta años, pero que apenas representaba treinta y cinco. Sus movimientos eran naturales, elegantes y donosos. En él sólo había un detalle incongruente: el intenso color bronceado de su tez.

-¿De modo que usted es Edmund Fiske?

Su voz era educada, bien modulada, y poseía el acento inequívoco de Nueva Inglaterra. Su apretón de manos fue firme y cálido, y su sonrisa, franca y cordial. Sus dientes resplandecían sobre el fondo de sus facciones tostadas por el sol.

-¿Quiere usted sentarse, por favor? -invitó el médico. Le indicó una silla, con una leve inclinación. Fiske no podía evitar mirarle fijamente. En el aspecto o en la conducta de su anfitrión no se percibía el menor signo de ninguna enfermedad actual o reciente. El Dr. Dexter sentóse de nuevo en su butaca, junto a la chimenea, y Fiske trasladó su silla para sentarse a su lado. Al hacerlo, pasó ante unas estanterías ocupadas por ciertos libros cuyo tamaño y forma insólitos atrajeron inmediatamente su atención hasta el punto de que, en vez de sentarse, se puso a leer sus títulos grabados en el lomo.

Por primera vez en su vida, Edmund Fiske se halló frente al casi legendario De Vermis Mysteriis, al Liber Ivonis y a la fabulosa versión latina del Necronomicon, que muchos creen inexistente. Sin pedir permiso al dueño de la casa, tomó este último volumen y hojeó sus páginas amarillentas. Era la edición impresa en España en 1622.

Entonces, perdida ya toda compostura, se volvió hacia el doctor Dexter.

-Luego fue usted el que encontró estos libros en la iglesia. En la sacristía que había detrás del altar, en el ábside, ¿verdad? Lovecraft los menciona en su relato y yo siempre me había preguntado qué había sido de ellos.

El Dr. Dexter afirmó gravemente.

-En efecto, yo los cogí. No me pareció prudente dejar que cayeran en manos de las autoridades. Usted conoce el contenido de esos libros y las consecuencias que podrían acarrear su difusión y, sobre todo, su empleo inescrupuloso.

Fiske, de mala gana, volvió a colocar el libro en su sitio y se sentó frente al médico, junto a la chimenea. Se colocó la cartera sobre las rodillas y manoseó nerviosamente el cierre.

-Tranquilícese -dijo el Dr. Dexter, sonriendo amistosamente-. Y hablemos sin rodeos. Usted ha venido para descubrir qué papel he desempeñado yo en los hechos relacionados con la muerte de su amigo, ¿no es así?

-Sí. Deseaba hacerle varias preguntas.

-Perdone que le interrumpa -dijo el médico, levantando su mano morena y delgada-. No me encuentro bien de salud y sólo puedo concederle unos pocos minutos. Permítame, pues, que me adelante a sus preguntas y le refiera lo poco que sé de este asunto.

-Como desee -Fiske contempló al bronceado caballero que tenía ante sí y se preguntó qué habría detrás de su perfecta compostura.

-Personalmente sólo vi una vez a su amigo Robert Harrison Blake -dijo el Dr. Dexter-. Fue una tarde, a últimos de julio del treinta y seis. Vino a verme como enfermo.

Fiske se inclinó hacia adelante, con ávido interés.

-¡Eso no lo sabía yo! -exclamó.

-No tenía por qué saberlo ni usted ni nadie -repuso el médico-. Vino a consultarme como un enfermo más porque, según dijo, padecía insomnio. Yo le exploré y prescribí un sedante; pero, por si acaso, le pregunté si no había sufrido recientemente ninguna impresión fuerte. Y entonces me refirió su aventura de la iglesia de Federal Hill y lo que allí había encontrado. Debo advertir a usted que tuve entonces la prudencia de no rechazar su relato como si fuera simplemente el producto de una mente sobreexcitada. Pertenezco a una de las familias más antiguas de esta ciudad y ya había oído hablar anteriormente de la secta «Sabiduría de las Estrellas» y del llamado Morador de las Tinieblas.

»El joven Blake me confió algunos de sus temores relacionados con el Trapezoedro Resplandeciente y me dio a entender que dicha piedra era un foco de Mal primordial. Asimismo me confesó que temía hallarse vinculado de algún modo a la monstruosa entidad que moraba en la iglesia.

»Naturalmente, este último temor me pareció plenamente irracional e intenté tranquilizar al pobre muchacho. Le aconsejé que abandonara Providence y que olvidara todo el asunto. Y le aseguro a usted que entonces actué con absoluta buena fe. Poco después, en agosto, me enteré del fallecimiento de Blake.»

-Y fue usted a la iglesia, ¿verdad? -dijo Fiske.

-¿Y usted no habría hecho lo mismo? -preguntó a su vez el médico-. Si Blake hubiera acudido a usted y le hubiera confiado sus temores, ¿su muerte no le habría movido a actuar? Le aseguro a usted que mis actos fueron dictados por mi conciencia más estricta. En vez de provocar un escándalo, en vez de desencadenar una oleada de pánico innecesario, en vez de tolerar la más mínima posibilidad de peligro real, preferí ir yo mismo a la iglesia. Cogí los libros y el Trapezoedro Resplandeciente ante las mismísimas narices de la policía. Y luego alquilé una barca y arrojé ese maldito objeto a la bahía de Narragansett, donde ya no puede causar daño alguno a la humanidad. Lo arrojé con el estuche bien abierto, pues, como usted sabe, sólo se puede invocar al Morador mediante la oscuridad. Y ahora la piedra está expuesta a la luz para siempre.

-Pero esto es todo lo que le puedo decir -prosiguió el doctor-. Lamento que mis actividades le hayan impedido verme o comunicar conmigo en estos últimos años. Comprendo su interés en el asunto y confío en que mis palabras contribuyan, aunque sea en grado muy leve, a calmar sus inquietudes. Con respecto al joven Blake y en mi calidad de médico que lo asistió, tendré sumo gusto en proporcionarle un certificado donde haré constar que, a mi juicio, no padecía trastorno mental alguno en los días que precedieron a su defunción. Mañana lo tendré redactado y se lo enviaré a su hotel, si tiene usted la bondad de darme sus señas. ¿De acuerdo?

El médico se levantó, dando evidentemente por terminada la entrevista. Pero Fiske siguió sentado, manoseando su cartera.

-Y ahora, dispénseme... -empezó el médico.

-Un momento, por favor. Querría hacerle aún una o dos preguntas más. Es sólo un instante.

-Muy bien, muy bien -si el doctor estaba irritado, no lo dejó traslucir.

-¿Vio usted por casualidad a Lovecraft antes o durante su enfermedad?

-No. Yo no lo asistí nunca. En realidad, no llegué a conocerlo personalmente, aunque desde luego había oído hablar de él y conocía su obra.

-¿Por qué se marchó usted de Providence tan de repente, inmediatamente después de morir Blake?

-Mi interés por la física superó el que sentía por la medicina. Acaso no ignore usted que llevo más de diez años consagrado por completo a investigar la energía atómica y la fisión nuclear. Precisamente mañana mismo abandono de nuevo Providence para dictar una serie de conferencias en varias universidades del Este y en ciertos círculos oficiales.

-Eso me interesa mucho, doctor -dijo Fiske-. y, a propósito, ¿conoció usted personalmente a Einstein?

-Efectivamente, hace años. Trabajé con él en... Pero esto no viene al caso. Le ruego ahora que me disculpe. Tal vez en otro momento podamos continuar esta conversación.

Ahora no cabía duda de que el Dr. Dexter comenzaba a impacientarse. Fiske se puso en pie. En una mano llevaba su cartera. Con la otra apagó el portátil que había sobre la mesa.

El Dr. Dexter intervino velozmente y lo volvió a encender.

-¿Por qué tiene miedo a la oscuridad, doctor? -preguntó Fiske suavemente.

-¡Yo no tengo por qué tener.... -por primera vez, el médico parecía a punto de perder la compostura-. ¿Qué le hace a usted pensar eso?

-Es por el Trapezoedro Resplandeciente, ¿verdad? -siguió Fiske-. No debió tirarlo al mar. Se apresuró usted demasiado. No se dio usted cuenta entonces de que, por muy abierto que estuviera el estuche, la piedra quedaría en la más absoluta oscuridad, allí en el fondo de la bahía. Tal vez el propio Morador le hizo olvidar ese detalle. Porque usted miró el interior de la piedra, como Blake, y estableció el mismo vínculo espiritual que él. Y, al arrojar la piedra, la entregó para siempre a las tinieblas, donde el Morador aumentaría su poder.

»Por eso se fue usted de Providence, porque tenía miedo de que el Morador viniese a usted como había ido a Blake. Porque usted sabía que el Morador había quedado libre para siempre.

El Dr. Dexter se aproximó a la puerta.

-Debo rogarle que abandone usted mi casa. Si lo que pretende usted dar a entender es que mantengo las luces encendidas por miedo a que el Morador venga por mí, debo asegurarle que se halla usted en un error.

Fiske sonrió de medio lado.

-No me refiero o eso -contestó-. En absoluto. Sé perfectamente que eso no le preocupa a usted. Ya es demasiado tarde. El Morador tuvo que acudir a usted hace mucho tiempo, quizá un par de días después de que usted le devolviese su energía al sumir el Trapezoedro en las tinieblas del fondo del mar. Vino por usted, sí, pero, a diferencia de lo que sucedió con Blake, a usted no le mató.

»Le utilizó, en cambio. Por eso teme usted la oscuridad. La teme porque el propio Morador teme ser descubierto. Creo que, en la oscuridad, debe usted de tener un aspecto distinto, más parecido a su antigua forma. Porque el Morador, en vez de matarle, se fundió con usted. ¡Usted es el Morador de las Tinieblas!

-Verdaderamente, señor Fiske...

-Ya no existe el doctor Dexter. Hace muchas años que esta persona ha dejado de existir. Sólo queda su envoltura externa, poseída por una fuerza más vieja que el mundo, por una fuerza que actúa rápida e inteligentemente y cuya finalidad es destruir por completo a la humanidad. Fue usted el que se hizo «científico» para introducirse en los círculos adecuados y, una vez allí, sugerir, insinuar secretos ancestrales y ayudar a hombres necios a «descubrir» de pronto la fisión nuclear. ¡Cómo debe usted haberse reído cuando estalló la primera bomba atómica! Y ahora les ha facilitado usted el secreto de la de hidrógeno, y luego les seguirá enseñando nuevos métodos de destruirse a sí mismos.

»Tardé muchos años de meditación en descubrir indicios, en interpretar las claves de los llamados «mitos fantásticos de Lovecraft». Porque Lovecraft escribió en forma de parábolas y alegorías, pero dijo la verdad. En sus relatos está profetizado su retorno, para el que lo sepa leer. Al final, el propio Blake se dio cuenta y dio al Morador su verdadero nombre.

-¿Ycuál es ese nombre? -interrumpió el doctor.

-¡Nyarlathotep!

En el rostro bronceado aparecieron arruguitas de risa.

-Me temo que es usted víctima de las mismas proyecciones fantásticas que tanto hicieron sufrir al pobre Blake y a su amigo Lovecraft. Nadie ignora que Nyarlathotep es un ente de ficción, puramente imaginario, que forma parte de los Mitos de Cthulhu.

-Eso creía yo hasta que descubrí la clave en un poema de Lovecraft. Entonces me di cuenta de que todo encajaba la perfección: el Morador de las Tinieblas, su huida, su repentino interés por la investigación científica... A la luz de esta interpretación, las palabras de Lovecraft tienen un sentido muy distinto. Escuche:

«Y al fin, del remoto corazón de Egipto vino

»El Oscuro Desconocido,

»Ante el Cual se inclinan los fellahs...»

Fiske siguió entonando los versos, sin apartar la vista del rostro atezado del médico.

-¡Qué tontería! -saltó éste-. Si se refiere usted a este trastorno dermatológico que sufro, sepa usted que obedece a una prolongada exposición a las radiaciones, allá en Los Alamos.

Fiske no le prestó atención- Seguía recitando el poema de Lovecraft:

-«...que las bestias salvajes le seguían y lamían sus manos.

»Pronto los océanos dieron a luz en parto monstruoso.

»Tierras olvidadas brotaron, y cúpulas de oro

»Cubiertas de algas de la mar.

»La tierra se hendió y auroras de locura iluminaron

»Las ciudadelas del hombre: escombro y terremoto.

»Y entonces, rompiendo el juguete por azar creado,

»El Caos Idiota, de un soplido,

»Arrojó al vacío la mota de polvo que es la Tierra»* .

El Dr. Dexter movió tristemente la cabeza.

-Es absurdo por completo -afirmó-. Aún en su... ¡ejem!... en el estado en que usted se encuentra, comprenderá que es una pura insensatez. Ese poema no tiene ningún sentido literal. ¿Acaso las bestias salvajes me lamen las manos? ¿Ha visto usted alguna vez un parto del océano? ¡Y terremotos y «auroras de locura»? ¡Figuraciones todo! Padece usted lo que nosotros llamamos «neurosis atómica»; ahora me doy cuenta. Está usted angustiado (y no es usted el único enfermo, créame) por la infundada obsesión de que nuestras investigaciones nucleares van a originar la destrucción del planeta. Pero se trata simplemente de una racionalización, de un producto de su fantasía.

Fiske mantuvo la cartera firmemente sujeta.

-Le digo a usted que esta profecía está escrita en forma de parábola. Sabe Dios lo que sabía o lo que temía Lovecraft. Pero, en todo caso, fue suficiente para decidirle a ocultar el significado de su mensaje. Y aún así es muy probable que fueran ellos quienes se lo llevaron.

-¿Quiénes?

-Los del Exterior. Aquellos a Cuyo servicio está usted. Usted es su Mensajero, Nyarlathotep. Vinculado al Trapezoedro Resplandeciente, vino usted del remoto corazón de Egipto, como dice el poema. Y los fellahs, o sea, los obreros de Providence que se convirtieron a la «Sabiduría de las Estrellas», se inclinaron ante el «Oscuro Desconocido», al que adoraban con el nombre de Morador de las Tinieblas.

»El Trapezoedro fue arrojado al mar y 'pronto los océanos dieron a luz en parto monstruoso' a usted, encarnado de nuevo. esta vez en el cuerpo del doctor Dexter. Y usted enseñó a los hombres nuevos métodos de destrucción. Sí, mediante las bombas atómicas, 'la tierra se hendió y auroras de locura iluminaron las ciudadelas del hombre: escombro y terremoto' Lovecraft sabía lo que se decía, y Blake también le reconoció a usted. Y ambos murieron. Me figuro que usted también intentará matarme a mí para seguir adelante con sus conferencias, para apremiar a los científicos, para sugerirles nuevos medios de destrucción. Y por último, de un soplido, lanzará usted 'al vacío la mota de polvo que es la Tierra'.

-Por favor -el Dr. Dexter extendió las manos-. Domínese. Permítame que le dé un tranquilizante. ¿No se da usted cuenta de que todo eso es absurdo?

Fiske avanzó hacia él, manipulando el cierre de su cartera. Una vez abierto, metió dentro la mano y la sacó. En ella había un revólver que apuntaba directamente al pecho del Dr. Dexter.

-Claro que es absurdo -murmuró Fiske-. Nadie creyó jamas en la «Sabiduría de las Estrellas» excepto unos pocos fanáticos y algunos inmigrantes analfabetos. Nadie dio nunca crédito a las narraciones de Blake, de Lovecraft o mías. ¡Las tomaban por una especie de entretenimiento morboso! Por la misma razón, nadie creerá nada malo de usted ni de la llamada investigación científica de la energía atómica ni de los demás horrores que usted decida desencadenar para destruir al mundo. Y por eso le voy a matar ahora mismo.

-¡Deje esa pistola!

De pronto, Fiske empezó a temblar. Todo el cuerpo se le contrajo en un espasmo irreprimible y espectacular. Al observarlo, Dexter dio un paso adelante. Los ojos de Fiske se salieron de las órbitas y el médico dio otro paso hacia él.

-¡Atrás! -aulló Fiske con voz alterada por las convulsiones de su mandíbula-. ¡Esto es lo que quería saber! Estás en un cuerpo humano y las armas corrientes te pueden destruir. ¡Te voy a destruir, Nyarlathotep!

Movió la mano.

También la movió el Dr. Dexter, velozmente, hacia el interruptor general de las luces, que estaba en la pared, tras él. Se oyó un chasquido y la habitación quedó sumergida en la oscuridad total.

Pero no era la oscuridad total. Había un resplandor.

La cara y las manos del Dr. Ambrose Dexter resplandecían con un fulgor blanco en la oscuridad Es de suponer que existan tipos de contaminación radiactiva capaces de producir fosforescencias, y tal habría sido, sin ninguna duda, la explicación que Dexter hubiera dado del extraño fenómeno de haber tenido ocasión de hacerlo.

Pero no la tuvo. Fiske oyó el chasquido, vio el fantástico rostro llameante y se derrumbó.

Tranquilamente, el Dr. Dexter encendió las luces de nuevo y se arrodilló junto al caído cuerpo del joven. Buscó su pulso en vano.

Edmund Fiske había muerto.

El doctor suspiró, se levantó y salió del despacho. Bajó al vestíbulo de la planta baja y llamó a su criado.

-Acaba de ocurrir un penoso accidente -dijo- El joven que había venido a verme era un enfermo mental y ha sufrido un ataque cardíaco. Llame usted inmediatamente a la policía, por favor. Y luego siga haciendo los preparativos del viaje Nos vamos mañana a pesar de todo; mis conferencias no pueden esperar.

-Pero a lo mejor le detiene la policía.

-No creo -el Dr. Dexter movió negativamente la cabeza-. Es un caso que no admite duda. Puedo explicar perfectamente lo sucedido. Cuando llegue la policía, hágamelo saber. Estaré en el jardín.

El doctor atravesó el vestíbulo y salió por la puerta trasera al jardín oculto tras el edificio que daba a Benefit Street. El jardín resplandecía bajo la luna cegadora.

El luminoso espectáculo se hallaba circundado por elevados muros que lo aislaban del mundo. Nadie había allí, salvo el doctor, cuyo halo resplandeciente se mezcló con la luz plateada de la luna.

En ese momento saltaron por encima del muro dos sombras sedosas y negras. En el frescor del jardín se agazaparon, pero pronto avanzaron, suaves y jadeantes, hacia el Dr. Dexter.

A la luz de la luna vio éste que eran dos panteras negras.

Inmóvil contempló cómo se le acercaban, aterciopeladas y terribles, con los ojos relucientes y abiertas quijadas babeantes.

El Dr. Dexter volvió hacia la luna su rostro burlón cuando las bestias se acurrucaron ante él y lamieron sus manos.

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