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lunes, 27 de septiembre de 2010

LOS OJOS DE LA MOMIA -- Robert Bloch




LOS OJOS DE LA MOMIA

Robert Bloch

Egipto me ha fascinado siempre; Egipto, tierra de antiguos y misteriosos secretos. Había leído historias de pirámides y reyes; había soñado en vastos imperios, tan muertos ahora como los ojos vacíos de la esfinge. Durante los últimos años había escrito acerca de Egipto, ya que sus fantásticas creencias y cultos lo convertían para mí en el paraíso de todas las extravagancias.
Y no es que yo creyera en las grotescas leyendas de las épocas antiguas; no concedía el menor crédito a la fe en dioses antropomorfos, con las cabezas y los atributos de animales. Sin embargo, detrás de los mitos de Bast, Anubis, Set y Thot, captaba las implicaciones alegóricas de verdades olvidadas. Las leyendas de hombres-animales son conocidas en el mundo entero, en la erudición racial de todos los climas. La leyenda del hombre-lobo, por ejemplo, es universal y no ha cambiado desde las tímidas sugerencias de la época de Plinio. En consecuencia, y dado mi interés por lo sobrenatural, Egipto me proporcionaba una clave para el conocimiento de la antigüedad.
Pero en realidad no creía en la existencia de tales seres o animales en la época de esplendor de Egipto. Lo único que admitía, a lo sumo, era que tal vez las leyendas de aquella época procedían de otras épocas mucho más remotas, cuando la primitiva tierra podía albergar tales monstruosidades, producidas por las mutaciones de la evolución.
Luego, una noche de carnaval en Nueva Orleans, descubrí una espantosa comprobación de mis teorías. Participé, en el hogar del excéntrico Henricus Vanning, en un extraña ceremonia sobre el cadáver de un sacerdote de Sebek, el dios con cabeza de cocodrilo. Weildan, el arqueólogo, había traído la momia desde Egipto, y la examinamos, a pesar de las advertencias que nos habían hecho. Confieso que aquel día había bebido un poco más de la cuenta, y aún ahora no estoy completamente seguro de lo que ocurrió, exactamente. Los acontecimientos se precipitaron como en una pesadilla. La momia llevaba una máscara de cocodrilo. Cuando salí corriendo de la casa, Vanning habla muerto a manos del sacerdote..., o a garras del sacerdote, unas garras adheridas a la máscara (si es que era una máscara).
No puedo garantizar la autenticidad de los hechos; mejor dicho, no me atrevo. Conté la historia, y luego decidí abandonar para siempre el escribir acerca de Egipto y de sus antiguas tradiciones.
Me he atenido escrupulosamente a aquella decisión, hasta que esta noche una terrible experiencia me ha inducido a revelar lo que creo que debe de ser contado.
Ése es el motivo de este relato. Los hechos preliminares son simples; pero todos ellos parecen señalar que estoy unido a alguna espantosa cadena de experiencias relacionadas entre sí, elaboradas por un monstruoso dios egipcio del Destino. Como si los antiguos estuvieran enojados conmigo por mi curiosidad acerca de ellos, y quisieran castigarla empujándome inexorablemente hacia un horrible final.
Así lo creo, ya que después de mi experiencia de Nueva Orleans, después de mi regreso a casa decidido a abandonar para siempre las investigaciones en torno a la mitología egipcia, me vi atrapado de nuevo.


El profesor Weildan vino a visitarme. Weildan había pasado de contrabando la momia del sacerdote de Sebek que yo había visto en Nueva Orleans; le había conocido aquella increíble noche en que un dios enojado, o su emisario, había descendido aparentemente a la tierra, para vengarse. El profesor estaba enterado de mi curiosidad, y me había hablado muy seriamente de los peligros que le acechan al que se dedica a escarbar en el pasado.
Era un hombre bajito, barbudo, con aspecto de gnomo. Confieso que su visita me desagradó, ya que su presencia me traía recuerdos de cosas que me había propuesto olvidar de un modo definitivo. Pero no podía negarme a recibirle. A pesar de mis tentativas por conducir la conversación a un terreno más amplio, insistió en hablar de nuestro primer encuentro. Me contó que a consecuencia de la muerte del recluso Vanning resultó disuelto el pequeño grupo de ocultistas que aquella noche había conocido alrededor de la momia.
Pero él, Weildan, no había renunciado a sus investigaciones acerca de la leyenda de Sebek. Éste, me informo, era el motivo de su visita. Ninguno de sus antiguos asociados le ayudaría en el proyecto que tenía entre manos. Tal vez yo estuviera interesado.
Me negué en redondo a hacer algo que tuviera relación con la egiptología.
Weildan se echó a reír. Comprendía perfectamente mi actitud, dijo, pero tenía que permitirle que se explicara. Su actual proyecto no tenía nada que ver con la brujería ni con las artes mánticas. Se trataba, sencillamente, de una oportunidad para ajustar cuentas con los Poderes de las Tinieblas, si es que yo era tan ingenuo como para aplicarles ese nombre.
Se explicó. En resumen, quería que le acompañara a Egipto, a una expedición particular. No tenía que preocuparme por los gastos; necesitaba a un hombre joven como ayudante, y no podía confiar en ningún arqueólogo profesional, por motivos especiales.
En los últimos años, sus estudios se habían concentrado exclusivamente en las leyendas del Culto del Cocodrilo, y había dedicado todos sus esfuerzos a descubrir las tumbas secretas de los sacerdotes de Sebek. Ahora, por fuentes dignas de crédito, conocía el emplazamiento de una tumba subterránea en la cual reposaba la momia de un adorador de Sebek.
No iba a malgastar palabras dándome más detalles; lo esencial del asunto era que la momia podía ser extraída fácilmente de la tumba, sin necesidad de efectuar trabajos de excavación, y que no existía el menor peligro de maldiciones o de venganzas. Por lo tanto podíamos ir hasta allí solos, en el mayor secreto. Y nuestra visita sería provechosa. No sólo se apoderaría de la momia sin ninguna intervención oficial, sino que, además, su fuente de información -la cual podía garantizar con su reputación personal- le había revelado que la momia estaba enterrada con un montón de joyas sagradas. Lo que me ofrecía, pues, era una oportunidad única, segura y secreta para hacerme rico.
Tengo que admitir que la perspectiva no me desagradó. A pesar de mis anteriores experiencias, estaba dispuesto a correr un riesgo a cambio de una adecuada compensación. Y, además, aunque estaba decidido a evitar toda relación con el misticismo, el asunto tenía un aspecto de aventura que me atraía.
Weildan explotó hábilmente mis sentimientos; ahora me doy cuenta. Habló conmigo por espacio de varias horas, y volvió al día siguiente, hasta que obtuvo mi asentimiento.


Embarcamos en el mes de marzo, y llegamos a El Cairo tres semanas más tarde, después de una breve escala en Londres. La excitación del viaje nubla los recuerdos de mis contactos personales con el profesor; sé que se mostró muy obsequioso y tranquilizador en todo momento, insistiendo en que nuestra pequeña expedición era completamente inofensiva. Disipó por completo mis escrúpulos acerca de la inmoralidad que representaba el saquear una tumba; cuidó de nuestros visados, e inventó no sé qué historia para que nos permitieran viajar al interior.
Desde El Cairo fuimos en tren hasta Karthum. Allí era donde el profesor Weildan proyectaba reunirse con su «fuente de información»: un guía nativo, que no era más que un espía al servicio del arqueólogo.
La revelación no me afectó tanto como podía haberme afectado en parajes más vulgares. La atmósfera del desierto parecía un fondo adecuado para la intriga y la conspiración, y por primera vez comprendí la psicología del vagabundo y del aventurero.
Resultó muy emocionante vagar por las retorcidas callejas del barrio árabe la noche en que visitarnos la choza del espía. Weildan y yo entramos en un patio oscuro y silencioso, y fuimos introducidos en una lóbrega habitación por un beduino alto, de nariz de halcón. El hombre acogió calurosamente al profesor. Unos billetes cambiaron de dueño. Luego, el árabe y mi compañero se retiraron a una habitación interior. Oí el leve susurro de sus voces: la excitada de Weildan, en tono interrogante, mezclándose con el gutural inglés del indígena. Permanecí sentado en la oscuridad, esperando. Las voces subieron de tono, como si discutieran. Parecía como si Weildan tratara de aplacar o tranquilizar, en tanto que la voz del guía tenía una nota de advertencia y de temor.
Luego oí pasos. La puerta de la habitación interior se abrió, y apareció el indígena en el umbral. Su rostro tenía una expresión suplicante cuando me miró, y de sus labios brotó un torrente de palabras incomprensibles, como si en sus excitados esfuerzos para advertirme hubiera recurrido inconscientemente a su idioma natal. Ya que me estaba advirtiendo contra algo, indudablemente.
La cosa duró unos segundos; luego, la mano de Weildan cayó sobre su hombro, obligándole a girar en redondo. La puerta volvió a cerrarse, y se oyó de nuevo la voz del árabe, subiendo de tono, hasta convertirse en un grito. Weildan gruñó algo ininteligible; a continuación se oyó el rumor de una pelea, un ahogado estampido, luego silencio.
Transcurrieron varios minutos antes de que la puerta se abriera y apareciera Weildan, secándose la frente. Sus ojos evitaron los míos.
-Ese tipo ha armado una trifulca por la recompensa -explicó, mirando al suelo-. Pero tengo la información. Quería más dinero. Y ha salido a pedírselo a usted. Me he visto obligado a disparar un tiro para asustarle; estos indígenas son muy excitables.
Cuando nos marchamos de allí no dije nada, ni hice ningún comentario ante la actitud apresurada y furtiva de Weildan mientras regresábamos a nuestro hotel a través de las oscuras callejas.
Asimismo, fingí estar distraído cuando mi compañero se secó las manos con su pañuelo y volvió a meterse éste apresuradamente en el bolsillo.
Pensé que podía resultarle embarazoso explicar la presencia de aquellas manchas rojas...


Debí sospechar entonces, debí abandonar el proyecto inmediatamente. Pero no podía saber, cuando a la mañana siguiente Weildan propuso que diéramos un paseo a caballo a través del desierto, que nuestro punto de destino era la tumba.
Los preparativos fueron de lo más inocente. Dos caballos, con un ligero almuerzo en las alforjas; una pequeña tienda «contra el calor del mediodía», dijo Weildan; y emprendimos la marcha, solos. Como si saliéramos de merienda al campo. Weildan no liquidó la cuenta del hotel ni dijo una palabra a nadie.
Salimos de la ciudad y cabalgamos por la llanura arenosa que se extendía bajo un cielo intensamente azul. Cabalgamos por espacio de una hora. Weildan parecía estar preocupado; no cesaba de escrutar el monótono horizonte, como si buscara algo; pero ni por un instante sospeché sus verdaderos propósitos.
Casi tropezamos con las piedras antes de que yo las viera; un gran montón de rocas blancas surgiendo del centro de una pequeña duna. Su forma parecía indicar que las rocas visibles formaban un fragmento infinitesimal de las piedras ocultas debajo de la arena; aunque ni en su tamaño ni en su forma había nada anormal. Surgían de la duna, semejantes a una docena de otros montones de rocas que habíamos visto antes.
Weildan sugirió que desmontáramos, plantáramos la pequeña tienda y almorzáramos. Clavamos las estacas en el suelo arenoso, arrastramos unas cuantas piedras planas al interior de la tienda para que nos sirvieran de mesa y de asientos, y nos dispusimos a almorzar.
Entonces, mientras comíamos, Weildan hizo estallar la bomba. Las rocas situadas delante de nuestra tienda, dijo, ocultaban la entrada a la tumba. La arena, el viento y el polvo del desierto habían realizado su tarea a la perfección, ocultando el santuario a los intrusos. Su cómplice indígena, guiado por suposiciones y rumores, había descubierto el lugar de un modo que no había querido explicar.
Pero la tumba estaba allí. Ciertos manuscritos y pergaminos atestiguaban el hecho de que no estaba sujeta a vigilancia. Lo único que temamos que hacer era apartar las piedras que bloqueaban la entrada y descender. Weildan volvió a subrayar el hecho de que yo no corría el menor peligro.
Me había cansado de representar el papel de tonto. Interrogué a Weildan estrechamente ¿Por qué había de estar enterrado en un lugar tan solitario un sacerdote de Sebek? 
Porque, afirmó Weildan, él y los suyos huían probablemente hacia el sur en el momento de producirse su muerte. Quizás había sido expulsado de su templo por un nuevo faraón; en aquella época, además, los sacerdotes eran también magos y brujos, y a menudo se veían perseguidos o cxpulsados de las ciudades por los enfurecidos ciudadanos. Al huír, había muerto y le habían enterrado allí.
Éste, explicó Weildan, era el motivo de la escasez de tales momias. Habitualmente, el corrompido culto de Sebek enterraba a sus sacerdotes bajo las bóvedas secretas de sus propios templos ciudadanos. Aquellos santuarios habían sido destruidos hacía muchísimo tiempo. Por lo tanto, sólo en circunstancias especiales como ésta, un sacerdote expulsado era enterrado secretamente en un lugar donde su momia difícilmente podía ser localizada.
-Pero, ¿y las joyas? -insistí.
Los sacerdotes eran ricos. Un brujo fugitivo llevaría encima sus riquezas. Y al morir era enterrado con ellas, naturalmente. Era una peculiaridad de ciertos sacerdotes renegados la de ser momificados con los órganos vitales intactos, debido a que tenían alguna superstición acerca de la resurrección terrenal. Ese era el motivo de que sus momias resultaran tan difíciles de descubrir. Probablemente, la cámara mortuoria no era más que un agujero del tamaño de la caja que contenía la momia excavado en la pared de piedra. Podíamos entrar con toda tranquilidad. En el séquito de tales sacerdotes había siempre varios expertos artífices capaces de embalsamar adecuadamente el cadáver; hacer un buen trabajo sin extraer los órganos vitales exigía mucha habilidad, y los principios religiosos hacían indispensable aquella operación final. Por lo tanto, no teníamos por qué preocuparnos: encontraríamos a la momia en buenas condiciones.
Weildan se mostró muy locuaz. Demasiado locuaz. Me explicó la facilidad con que pasaríamos subrepticiamente la caja con la momia envuelta en la tela de nuestra tienda de campaña; cómo se las arreglaría para sacar la momia y las joyas del país, con la ayuda de una empresa de exportación indígena.
Redujo a polvo cada una de las objeciones que formulé; y sabiendo que, al margen de su carácter personal como hombre, era un reputado arqueólogo, me vi obligado a admitir su autoridad en la materia.
Había un solo punto que me preocupaba vagamente: su accidental referencia a alguna superstición relativa a la resurrección terrenal. El entierro de una momia con los órganos intactos parecía una extravagancia. Sabiendo lo que sabía acerca de las actividades de los sacerdotes en relación con los ritos de nigromancia y brujería, quería evitar la más leve de las posibilidades de atraer la desgracia sobre mi cabeza.
Sin embargo, Weildan acabó por convencerme, y después de almorzar abandonamos la tienda. Las rocas que ocultaban la entrada de la tumba no nos causaron grandes dificultades. Habían sido colocadas hábilmente, de modo que parecía que formaban un solo cuerpo con las rocas del terreno, pero nosotros descubrimos las intersecciones. Tuvimos que apirtar cuatro grandes piedras que formaban un bloque delante de una negra abertura que descendía hacia las entrañas de la tierra.
¡Habíamos encontrado la tumba!
A la vista de aquel oscuro agujero, recordé todo lo que sabía acerca del corrompido culto de Sebek, con su mescolanza de mito, fábula y espantosa realidad.
Pensé en los ritos subterráneos bajo templos que ahora se habían convertido en polvo; en la espantosa adoración de grandes ídolos de oro: ídolos con cuerpo de hombre y cabeza de cocodrilo. Recordé las historias sobre adoraciones paralelas, con una relación entre sí equivalente a la del satanismo respecto al cristianismo; sacerdotes que invocaban a dioses con cabeza de animal que más parecían demonios que deidades benéficas. Sebek era un dios dual, y sus sacerdotes le habían dado a beber sangre. En algunos templos había criptas, y en aquellas criptas se encontraban ídolos del dios en forma de cocodrilo de oro. El animal tenía unas mandíbulas provistas de colmillos, y en sus fauces eran introducidas muchachas vírgenes. A continuación las mandíbulas eran cerradas, y los colmillos de marfil llevaban a cabo el sacrificio, de modo que la sangre se deslizara por la garganta de oro y el dios quedara apaciguado. No era extraño que aquellos sacerdotes hubieran sido expulsados de sus templos y que aquellos santuarios del pecado hubieran sido destruidos.
Uno de aquellos sacerdotes había huido hasta aquí y había muerto. Ahora reposaba en su tumba, debajo de mis pies, protegido por la cólera de su antigua divinidad. La idea no resultaba tranquilizadora, ni mucho menos.
Tampoco resultaban tranquilizadoras las emanaciones que ahora surgían de la abertura en la roca. No era el vaho de la descomposición, sino el casi palpable olor de una increíble antigüedad.
Weildan se cubrió la nariz y la boca con un pañuelo, y yo le imité.
A continuación encendió su lámpara de bolsillo y penetró en la tumba. Su tranquilizadora sonrisa se desvaneció en la oscuridad a medida que descendía por el suelo de piedra que conducía al pasadizo interior.
Le seguí, dejando que abriera el camino. Si habla alguna trampa, algún artificio para castigar a los intrusos, era justo que se cebara en Weildan, y no en mí. Además, de este modo podía mirar hacia atrás y ver el tranquilizador espacio de cielo azul recortado por la abertura rocosa.
Pero no por mucho tiempo. El pasadizo formaba una curva a medida que descendía. No tardamos en vernos rodeados de profundas sombras que se espesaban alrededor de la débil claridad proyectada por la linterna.
Weildan había acertado en su suposición; el lugar era simplemente una larga caverna rocosa que conducía a una cámara interior apresuradamente excavada. Allí encontramos las losas que cubrían el féretro. El rostro de Weildan tenía una expresión de triunfo cuando se volvió hacia mí gesticulando excitadamente.
Había sido fácil..., demasiado fácil, ahora me doy cuenta. Pero en aquel momento no sospechamos nada. Incluso yo estaba empezando a desechar mis recelos iniciales. Después de todo, el asunto resultaba de lo más vulgar; el único elemento enervante era la oscuridad..., pero en una galería excavada en la roca no cabía esperar otra cosa.
Finalmente, perdí todo temor. Weildan y yo apartamos las losas y contemplamos el bello féretro que había debajo. Lo sacamos y lo colocamos de pie contra la pared. El profesor se inclinó para examinar la abertura en la roca que había contenido el sarcófago. Estaba vacía.
-¡Qué raro! -murmuró-. ¡No hay ninguna joya! Deben de estar en el ataúd.
Colocamos la pesada caja de madera en el suelo. El profesor empezó a trabajar. Operaba lenta, cuidadosamente, rompiendo los sellos y el encerado exterior. El dibujo que adornaba el féretro era muy complicado, y estaba realizado a base de láminas de oro y plata. Había numerosas inscripciones y jeroglíficos, que el arqueólogo no se entretuvo en descifrar.
-Esto puede esperar -dijo-. Veamos primero lo que hay dentro.
Transcurrió algún tiempo antes de que consiguiera levantar la primera tapadera. Weildan trabajaba delicada y cuidadosamente. La linterna empezaba a perder su potencia: la pila se estaba consumiendo.
La segunda tapadera era un duplicado más pequeño de la primera, pero el rostro que aparecía dibujado en ella era más detallado. Parecía un intento de reproducir más concienzudamente los verdaderos rasgos del sacerdote momificado.
-La hicieron en el templo -explicó Weildan-. Se la llevaron en la huída.
Nos inclinamos sobre la tapadera, examinando aquel rostro a la mortecina claridad de la linterna. Bruscamente, y casi al mismo tiempo, hicimos un extraño descubrimiento. ¡El rostro carecía de ojos!
-Era ciego -comenté.
Weildan asintió, luego miró el rostro más de cerca.
-No -dijo-. El sacerdote no era ciego, si este retrato es exacto. ¡Le arrancaron los ojos!
Examiné las cuencas, que estaban vacías, confirmando aquella espantosa verdad. Weildan señaló excitadamente una hilera de figuras jeroglíficas que adornaban los lados del féretro. Mostraban al sacerdote en los estertores de la muerte. Dos esclavos armados con unas pinzas estaban inclinados sobre él.
Una segunda escena mostraba a los esclavos arrancando los ojos del muerto. En una tercera, los esclavos insertaban unos objetos brillantes en las cuencas ahora vacías. El resto de la serie eran escenas de las ceremonias fúnebres, con una espantosa figura con cabeza de cocodrilo en último término: el dios Sebek.
-Extraordinario -fue el comentario de Weildan-. ¿Comprende el significado de esos dibujos? Fueron hechos antes de la muerte del sacerdote. Demuestran que había decidido que le arrancaran los ojos antes de morir, y que en su lugar colocaran esos objetos brillantes. ¿Por qué se sometió voluntariamente a semejante tortura? ¿Qué son esas cosas brillantes?
-La respuesta debe de estar dentro -contesté.


Sin hacer más comentarios, Weildan reanudó su trabajo. Sacó la segunda tapadera. La linterna se estaba apagando. En una oscuridad casi absoluta, el profesor se enfrentó con la tercera tapadera. Finalmente, consiguió levantarla.
El féretro quedó abierto.
A la mortecina claridad de la linterna, vimos la momia.
Una ola de vapor surgió del ataúd: un horrible olor a especias y a gases que traspasó los pañuelos anudados alrededor de la nariz y garganta. El poder de conservación de aquellas emanaciones gaseosas era evidentemente enorme, ya que la momia no estaba vendada ni amortajada. Ante nuestros ojos apareció un cadáver desnudo y moreno, en un sorprendente estado de conservación. Inmediatamente, concentramos nuestra atención en sus ojos..., o en el lugar donde habían estado.
Dos grandes discos amarillos ardían hacia nosotros a través de la oscuridad. No eran diamantes, ni zafiros, ni ópalos, ni ninguna piedra conocida; su enorme tamaño descartaba toda posibilidad de incluirlas en una categoría corriente. No estaban cortadas ni talladas, y sin embargo cegaban con su brillo: un centelleo que hería nuestras retinas como fuego. 
Aquéllas eran las joyas que habíamos venido a buscar..., y valía la pena haberlo hecho. Me disponía a arrancarlas, pero la voz de Weildan me contuvo.
-No lo haga -me advirtió--. Las sacaremos más tarde, sin dañar la momia.
Oí su voz como si llegara de muy lejos. No tuve conciencia de volver a incorporarme. En realidad, permanecí inclinado sobre aquellas centelleantes piedras. Contemplándolas fijamente.
Parecían estar creciendo hasta convertirse en dos lunas amarillas. El contemplarlas me fascinaba: todos mis sentidos parecían concentrados en su belleza. Y ellas, a su vez, concentraban su fuego sobre mí, bañando mi cerebro en un calor que me aturdía y me debilitaba insensiblemente. Mí cabeza ardía. 
No podía apartar la mirada, aunque tampoco deseaba hacerlo. Aquellas gemas eran fascinantes.
Hasta mis oídos llegó débilmente la voz de Weildan. Me pareció notar que palmeaba mi hombro.
-¡No mire! -Su voz sonaba absurdamente excitada-. No son..., piedras naturales. Son un presente de los dioses..., por eso el sacerdote quiso que sustituyeran a sus ojos cuando muriera. Son hipnóticas..., aquella teoría de la resurrección...
Apenas me di cuenta de que rechazaba bruscamente al profesor. Pero aquellas piedras dominaban mis sentidos, obligándome a rendirme. ¿Hipnóticas? Desde luego que lo eran; podía sentir el cálido fuego amarillo inundando mi sangre, latiendo en mis sienes, deslizándose hacia mi cerebro. La linterna se había apagado definitivamente, lo sabía, y sin embargo la cámara estaba bañada en la radiante claridad amarilla que despedían aquellos deslumbrantes ojos. ¿Amarilla? No..., ahora era roja; una brillante luminosidad escarlata, en la cual leí un mensaje.
¡Las piedras estaban pensando! Poseían una mente, o, mejor dicho, una voluntad. Una voluntad que anulaba mis sentidos. Una voluntad que me hacía olvidar mi cuerpo y mi cerebro, en un esfuerzo para perderme a mí mismo en el éxtasis rojo de su ardiente belleza. Deseaba ahogarme en el fuego; en el fuego que me estaba conduciendo fuera de mí mismo, hasta el punto que experimenté la sensación de precipitarme hacia las piedras..., de penetrar en ellas..., en otro cuerpo...
Y luego quedé libre. Libre, y ciego en la oscuridad. Con un repentino sobresalto, me di cuenta de que debía de haberme desmayado. Por lo menos me había caído, ya que ahora estaba tendido de espaldas contra el suelo de piedra de la caverna. ¿Contra el suelo de piedra? No..., contra un suelo de madera.
Era muy raro. Podía notar la madera al tacto. La momia reposaba sobre madera. No podía ver. La momia estaba ciega.
Noté el contacto de mi piel seca, escamosa, leprosamente desconchada.
Mi boca se abrió. Una voz -una voz que era la mía pero que no era la mía- gritó: 
-¡Dios mio! ¡Estoy dentro del cuerpo de la momia!
Oí una exclamación y el ruido de un cuerpo chocando contra el suelo. Weildan.
Pero, ¿qué era aquel otro sonido crujiente? ¿Quién tenía mi forma?
Aquel maldito sacerdote, soportando la tortura para que sus cuencas pudieran contener las piedras hipnóticas, presentes de los dioses como prenda de resurrección eterna..., enterrado con fácil acceso a la tumba... Las piedras me habían hipnotizado, habíamos cambiado de formas, y ahora él andaba.
El supremo éxtasis de horror fue lo único que me salvó. Me incorporé a ciegas sobre unos miembros marchitos, y unos brazos en descomposición ascendieron hasta mi frente, buscando lo que yo sabía que tenía que haber allí. Mis dedos muertos arrancaron las piedras de mis ojos.
Luego me desmayé.


El despertar fue espantoso, ya que yo ignoraba lo que iba a encontrar. Temía adquirir conciencia de mí mismo..., de mi cuerpo. Pero mi alma se albergaba de nuevo en carne cálida, y mis ojos podían ver a través de la amarillenta oscuridad. La momia estaba tendida en su féretro, y resultaba espantoso contemplar las cuencas vacías; la cambiada posición de sus miembros era una horrible confirmación de lo sucedido.
Weildan estaba en el mismo lugar en que había caído, con el rostro amoratado por la muerte. La impresión habla sido demasiado fuerte.
Junto a él estaban las fuentes de la luminosidad amarilla: la diabólica llama de las piedras gemelas.
Aquello fue lo que me salvó: el arrancar aquellos monstruosos instrumentos de transferencia de mis sienes. Sin la voluntad de la momia detrás de ellos, era evidente que no conservaban su permanente poder. Me estremecí al pensar en semejante transferencia al aire libre, donde el cuerpo de la momia se hubiera descompuesto rápidamente, sin ser capaz de arrancar las piedras. Entonces, el alma del sacerdote de Sebek, metida en mi cuerpo, hubiera regresado a la tierra, realizándose así la resurrección. Era una idea horrible.
Recogí apresuradamente las gemas y las envolví en mi pañuelo. Luego me marché de allí, dejando a Weildan y a la momia tal como estaban, y regresando a la superficie con la ayuda de la claridad proporcionada por unas cerillas.
Fue muy agradable contemplar el cielo nocturno dc Egipto, ya que por entonces había oscurecido.
Cuando vi aquella limpia oscuridad, la pesadilla de mi reciente experiencia en la diabólica negrura de la tumba me sacudió de nuevo, y eché a correr como un loco a través de la arena hacia la pequeña tienda.
En las alforjas había whisky; me serví una dosis generosa y di gracias al cielo por la lámpara de petróleo que acababa de encontrar. Luego colgué un espejo de la pared de la tienda y permaneqí más de tres minutos contemplándome a mí mismo, asegurándome de mi propia identidad. Después saqué la máquina de escribir portátil y la coloqué sobre la mesa de piedra.
Sólo entonces me di cuenta de mi subconsciente propósito de manifestar la verdad por escrito. Durante algún tiempo luché conmigo mismo..., pero aquella noche no podía pensar en dormir, ni en regresar a través del desierto. Al final, recobré la serenidad.
Escribí el presente relato.


Ahora, ya he contado la historia. Mañana abandonaré Egipto para siempre..., abandonaré aquella tumba, después de cubrir la entrada de modo que nadie pueda penetrar nunca en aquella subterránea cámara de horror.
Mientras escribo, me siento agradecido a la luz que borra el recuerdo de la silenciosa oscuridad y del sonido sombrío. Agradecido, también, a la tranquilizadora imagen del espejo que desvanece la idea de aquellos terribles instantes en que las gemas que el sacerdote de Sebek tenía por ojos me contemplaron fijamente y yo cambié. ¡A Dios gracias, las arranqué a tiempo!
Tengo una teoría acerca de aquellas gemas: eran una trampa. Resultaba espantoso creer en la capacidad de hipnosis de un cerebro muerto hace tres mil años. Pero no cabe otra explicación. Cuando al sacerdote moribundo le arrancaban los ojos, para colocar en su lugar las piedras preciosas, su mente estaba concentrada en una sola idea: vivir, usurpar de nuevo la carne. Aquella idea, transmitida a las gemas, fue conservada por ellas a través de los siglos hasta que los ojos de un descubridor se posaran en su hipnótico brillo. Entonces, el sacerdote muerto asumió la forma del hombre, y la conciencia del hombre penetró en el cuerpo de la momia. ¡Y pensar que el hombre en cuestión era yo!
Las gemas están en mi poder; tengo que examinarlas. Quizá las autoridades arqueológicas de El Cairo puedan clasificarlas; en cualquiera de los casos, son bastante valiosas. Pero, Weildan está muerto; no debo hablar de la tumba... ¿Cómo puedo explicar el asunto? Las dos gemas son tan raras, que van a despertar la natural curiosidad. Hay algo extraordinario en ellas, aunque la suposición del pobre Weildan en el sentido de que eran un presente del dios Sebek es completamente absurda. Sin embargo, el cambio de color que se produce en ellas no es normal; como tampoco es normal el brillo hipnótico que poseen...
¡Acabo de efectuar un sorprendente descubrimiento! He sacado las gemas de mi pañuelo y las he mirado. ¡Parecen estar aún vivas!
Su brillo no ha cambiado..., su luminosidad es tan intensa aquí como lo era en la oscuridad de tumba; como lo era en las cuencas vacías de la momia. Son amarillas, y al mirarlas percibo aquella misma presciencia de vida interior...
¿Amarillas? No..., ahora están enrojeciendo..., enrojeciendo. No debo mirarlas; me recuerdan demasiado aquella otra vez. Pero son, tienen que ser, hipnóticas.
Ahora, el rojo es vivísimo, y arde furiosamente. Al contemplarlas, me siento bañado en un fuego que no quema tanto como acaricia. Ahora ya no me importa; es una sensación agradable. No tengo por qué apartar la mirada.
No tengo por qué apartarla..., a menos que...
¿Conservarán las gemas su poder incluso sin estar en las cuencas de los ojos de la momia?
Vuelvo a sentirlo..., deben de conservarlo... No quiero volver al cuerpo de la momia..., ahora no podría arrancar las piedras y volver a adquirir mi propia forma..., al arrancarlas aprisioné la idea en las gemas.
Tengo que apartar la mirada. Puedo escribir, puedo pensar..., pero esos ojos delante de mí..., crecen y crecen hasta convertirse en lunas amarillas..., apartar la mirada.
¡No puedo! Más rojas..., más rojas..., tengo que luchar contra ellas, evitar que me dominen. Mi cabeza está ardiendo..., no experimento ninguna sensación..., tengo que luchar..., tengo que luchar...
Ahora puedo apartar la mirada. He vencido a las gemas. Me encuentro perfectamente.
Puedo apartar la mirada... pero no puedo ver. ¡Estoy ciego! Ciego..., las gemas no están ya en las cuencas..., la momia está ciega.
¿Qué es lo que me ha sucedido? Estoy sentado en la oscuridad, escribiendo a máquina a ciegas. ¡Ciego, como la momia! Tengo la sensación de que ha sucedido algo; una sensación muy rara. Mi cuerpo parece más ligero.
Ahora lo sé.
Estoy en el cuerpo de la momia. Lo sé. Las gemas..., la idea que conservaban..., y ahora, algo está saliendo de aquella tumba abierta.
Está andando hacia el mundo de los hombres. Lleva mi cuerpo, y buscará presas y sangre para ofrecerlas en acción de gracias por la resurrección.
Y yo estoy ciego. ¡Ciego... y desmenuzándome!
El aire..., ésta es la causa de la desintegración. Los órganos vitales intactos, dijo Weildan, pero yo no puedo respirar. No puedo ver. Tengo que escribir..., avisar. Quienquiera que vea esto debe enterarse de la verdad. Avisar.
El cuerpo se desintegra rápidamente. Ahora no puedo levantarme. Maldita magia egipcia ¡Aquellas gemas! Alguien tiene que matar a la cosa que salió de la tumba.
Los dedos..., apenas puedo golpear las teclas. Se niegan a funcionar. Se están desmenuzando. Despacio. Tengo que avisar. No puedo hacer retroceder el carro... ahora.
no puedo pulsar la tecla de las mayúsculas. los dedos se van desintegrando. desmenuzándose a causa del aire. los dedos tengo que avisar contra la magia de sebek los dedos apenas puedo escribir con los nudillos
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MOBY DICK -- Herman Melville





MOBY DICK
Herman Melville



CAPÍTULO I


Mi nombre es Ismael. Hace unos años, encontrán­dome sin apenas dinero, se me ocurrió embarcarme y ver mundo. Pero no como pasajero, sino como tripulan­te, como simple marinero de proa. Esto al principio re­sulta un poco desagradable, ya que hay que andar sal­tando de un lado a otro, y lo marean a uno con órdenes y tareas desagradables, pero con el tiempo se acostum­bra uno.
Y por supuesto, porque se empeñan en pagarme mi trabajo, mientras que un pasajero se ha de pagar el suyo. Aún hay más: me gusta el aire puro y el ejercicio saludable. Digamos que el marinero de proa recibe más cantidad de aire puro que los oficiales, que van a popa y reciben el aire ya de segunda mano.
Por último diré que había decidido embarcarme en un ballenero, ya que las ballenas me atraían irresistible­mente. Cierto que resulta una caza peligrosa, pero tiene sus compensaciones: los mares en los que esos cetáceos se mueven, la maravillosa espera, el grito foral cuando se encuentra una...
El caso es que metí un par de camisas en mi viejo bolso y salí dispuesto a llegar al Cabo de Hornos o al Pacífico. Abandoné la antigua ciudad de Manhattan y llegué a New Bedford. Era un sábado de diciembre y quedé muy defraudado cuando me enteré de que ha­bía zarpado ya el barquito para Nantucket y que no había manera de llegar a ésta antes del lunes siguiente. Y yo estaba dispuesto a no embarcarme sino en un bar­co de Nantucket, desde donde se hicieron a la mar los primeros cazadores de ballenas, es decir, los pieles rojas.
Como tenía que pasar dos noches y un día en New Bedford, me preocupé ante todo de dónde podría comer y dormir. Era una noche oscura, fría y desolada. No co­nocía a nadie y en mi bolsillo no había más que unas cuantas monedas de plata.
Pasé ante «Los Arpones Cruzados», que me parecie­ron demasiado alegres y caros, y lo mismo me ocurrió ante el «Mesón del Pez Espada». Aparte de ellos, el barrio aparecía casi desierto. Pero no tardé en encon­trarme ante una puerta ancha y baja de la que salía una luz humeante.
Y entré en el lugar. Desde los bancos. un centenar de rostros negros me examinó: era una iglesia para gente de color. No servía. pues, para mis propósitos.
Cerca ya de los muelles. oí chirriar en el aire una muestra. Miré hacia arriba y vi que decía: «Mesón del Surtidor de la Ballena. Peter Coffin». El nombre resultaba poco atrayente. «Coffin» significa ataúd, como todos saben, pero al parecer es un apellido corriente en Nantucket.
Por la puerta salía un fugitivo resplandor. Y la casa en sí era extrañísima, ya que se inclinaba hacia un lado como si el viento la empujase, y era muy vieja.
Al penetrar en aquella sórdida posada, se encontraba uno en un vestíbulo que recordaba un barco desman­telado. Estaba todo ello en sombras, apenas disipadas por unas velas encendidas. La pared opuesta a la entra­da se adornaba con lanzas, mazas decoradas con dientes de marfil y otras con cabellos humanos como adornos. Una de ellas, en forma de sierra, resultaba particular­mente escalofriante. Había también arpones balleneros fuera de uso.
Una vez pasado el vestíbulo se entraba en la sala co­mún, con vigas de pesada encina en el techo, y en el fondo un mostrador. Había anaqueles con recuerdos e incluso la quijada enorme de una ballena. Al entrar vi reunidos en la sala a unos cuantos marineros jóvenes. Me dirigí al patrón y le pedí una habitación. Me dijo que la casa estaba llena y que no le quedaba una sola cama.
-Pero, espere añadió de pronto-. No tendría inconveniente en compartir una cama con un ballenero, ¿verdad?
Le respondí que no me gustaba compartir la cama con nadie, pero que si no había más remedio... y que si el ballenero no era alguien repulsivo...
-Muy bien, siéntese -me respondió-. La cena es­tará en seguida.
Me senté en el banco común, junto a un marinero joven que se dedicaba a tallar la madera del banco con un cuchillo. Poco después nos llamaron a cuatro o cin­co a una sala contigua. No había fuego, hacía un frío
polar y la estancia se iluminaba solamente con dos velas.
La comida fue buena carne con patatas, té y budín.
-¿Dónde está ese arponero? -pregunté al dueño-. ¿Es alguno de éstos?
-No. El arponero es una especie de negro, y no tar­dará.
Terminada la cena, pasamos de nuevo a la sala co­mún, que no tardó en llenarse de un grupo de marineros salvajes, que según dijo el dueño era la dotación del Grampuss. Acababan de desembarcar y componían una buena colección de bandidos que se lanzaron inmedia­tamente al mostrador, dispuestos a acabar con todas las existencias de licor, si es que licor podía llamarse al veneno que allí vendían.
Pronto estuvieron todos borrachos, excepto uno, que se mantenía aparte. Tendría unos seis pies de estatura, un pecho como una ataguía y hombros muy anchos. Su musculatura era la más desarrollada que jamás viera en hombre alguno. El rostro, muy atezado y los dientes muy blancos. En la voz, aunque hablaba poco, se le notaba acento sureño. Cuando el alboroto se hizo inso­portable, desapareció, y no le volví a ver hasta... que me lo encontré en un barco, pero eso pertenece a otro lugar de la historia.
Sus compañeros le echaron pronto de menos y salie­ron en su persecución gritando que dónde estaba Bul­kington, su nombre, sin duda.
La sala quedó silenciosa tras la marcha de aquellos vándalos. Mientras, yo pensaba que no me gustaba dor­mir con nadie. Bien es cierto que los marineros duer­men en el mismo cuarto, pero cada uno en su hamaca y se tapa con sus propias mantas. Por tanto, cuanto más pensaba en aquel arponero, tanto más detestaba la idea de dormir con él. Era de suponer que fuera sucio y sólo de meditar en ello ya me comenzaba a picar el cuerpo.
-Patrón -dije-, he cambiado de opinión. No dor­miré con el arponero, sino que lo haré en este banco.
-Como quiera, pero la madera es bien dura y está llena de nudos y muescas. Se la cepillaré un poco.
Y con una garlopa comenzó a alisarla, mientras reía como un mico. Le pedí que no se preocupase más por mí y me dejó, volviendo tras de su mostrador.
El banco era un poco corto para mí, y también de­masiado estrecho. Y además, por la ventana entraba una corriente de aire frío que helaría a un muerto. Mi idea no estaba resultando tan buena como pensara.
-¡Al diablo el arponero! -pensé-. Y pensé tam­bién en jugársela. Acostarme antes de que llegara y echar el cerrojo a la puerta. Pero también pensé que muy pro­bablemente el arponero echaría la puerta bajo o, lo que era peor, a la mañana siguiente me esperaría en el corre­dor para pedirme explicaciones, con un cuchillo en la mano.
Esperé un poco. El arponero dichoso no apareció.
-Patrón -pregunté-. ¿Qué clase de sujeto es ese arponero?
-Pues el caso es que suele acostarse temprano -res­pondió-. No veo qué es lo que le haya retenido hasta tan tarde hoy, a no ser que no haya podido vender la cabeza.
-¿Está usted loco? -pregunté furioso-. ¿Quiere decir que ese hombre anda por las calles tratando de vender la cabeza?
-Sí. Y bien que le dije que no podría venderla, ya que hay demasiadas existencias.
-Pero, ¿existencias de qué? -grité.
-De cabezas. Hay muchas en el mundo.
-Oiga, no soy ningún novato, así que no bromee.
-Como usted quiera, pero le aconsejo que no le gaste bromas al arponero sobre su cabeza.
-Pues, ¡se la romperé!
-No, ya está rota.
Creí que me estaba volviendo loco.
-Patrón -dije-. Pongamos las cosas en claro. Yo vengo a su casa, y pido una cama. Usted me dice que no puede darme más que media y que la otra mitad perte­nece a un arponero que está tratando de vender su cabe­za por las calles. Usted está loco.
-No veo por qué tiene que ponerse usted así -res­pondió el patrón-. El arponero acaba de llegar del Pacífico, donde compró una partida de cabezas embalsamadas en Nueva Zelanda. Las ha vendido todas menos una, que trata de vender hoy porque mañana es domingo y no parecería bonito que fuera vendiendo cabezas mientras la gente va a misa.
Aclarado el misterio. Respiré tranquilo. pero pre­gunté si el arponero era un hombre peligroso y me res­pondió que pagaba puntualmente.
-Y creo que ya va siendo hora de que echemos el ancla -agregó-. Vaya a su cama, que es muy buena. Sally y yo dormimos en ella en nuestra noche de bodas y hay sitio en ella para dos. Por otra parte -lanzó una mirada al reloj, que marcaba las doce-, ya es domingo y tal vez el arponero haya recalado en algún lugar y no venga ya. Conque, ¿viene o no?
Le seguí y me condujo a una habitación helada, pero con una cama fabulosa, en la qué podrían dormir cuatro arponeros sin molestarse.
Examiné la cama y la encontré bien. En el resto del cuarto no había más que una tosca anaquelería y un biombo... También un saco marinero, que debía perte­necer al arponero, y sobre él un gran felpudo con un agujero, lo que le hacía parecer un enorme poncho indio.
Encogiéndome de hombros, me desnudé y me metí en la cama. No sé si el colchón estaba o no fabricado con guijarros, pero el caso es que no lograba conciliar el sueño.
De pronto oí pasos en el corredor y la puerta se abrió. Un desconocido penetró en el aposento, con una vela en una mano y una cabeza en la otra. Sin mirar a la cama, el arponero dejó la vela y comenzó a desatar su saco. Cuando se volvió hacia mí, le pude ver la cara.
¡Y qué cara! Tenía un color amarillento purpúreo, si es que ese color puede existir, y toda llena de cuadrados negruzcos. ¡Menudo compañero de cama! Seguramente aquellos cuadrados eran tatuajes. Mientras lo miraba con los ojos entreabiertos, sacó de su saco una especie de tomahawk, y junto con una cartera de piel de foca. colocó ambos sobre el baúl.
Dentro del saco puso la cabeza se quitó el sombrero de castor y aquello me produjo una impresión espan­tosa. No tenía un solo pelo en la cabeza, salvo un mechón en la frente.
Aterrado, pensé incluso en saltar por la ventana, pero estábamos en un segundo piso. No soy un cobarde, mas aquel tipo imponía, de veras. Seguía desnudándose, y al
descubierto quedaron pecho y brazos, tan cuadriculados como su rostro. Era un salvaje absolutamente abomina­ble, él y sus malditas cabezas. ¿Y si intentaba hacerse con la mía?
No habían acabado mis sorpresas. De un bolsillo del chaquetón que acababa de quitarse, sacó una figurilla deforme, jorobada y negra. Por un momento temí que fuera un auténtico bebé, pero en realidad relucía como si estuviera hecha con ébano. Se trataba sin duda de un ídolo de madera. Lo colocó entre los morillos del hogar. Luego cogió un puñado de virutas de madera, las colo­có ante el idolillo y les prendió fuego. Sobre las llamas colocó un trazo de galleta marina, y tras asarla, la ofre­ció al ídolo. Mientras, sonidos guturales y espantables, salían de sus labios, como si orase o mascullase jura­mentos, cualquiera sabe.
Terminada esta operación, encendió el tomahawk, que era también una pipa y lanzó algunas satisfechas bocanadas de humo. Un instante después se apagó la luz y el espantajo se metió conmigo en la cama.
Lancé un alarido de horror, y, sorprendido, el salvaje me palpó. Me aparté de él todo cuanto pude y le pedí que me dejara levantarme y encender de nuevo la vela. Pero él no debió entenderme.
-¿Quién aquí estar? -preguntó-. No hablar, yo matarte.
-¡Patrón! -aullé pidiendo auxilio, porque el tipo no parecía dispuesto a soltarme.
-¡Habla! No hablar y yo te mato -Y mientras de­cía esto, agitaba el tomahawk encendido, llenándolo to­do de brasas y chispas.
En ese momento, ¡gracias a Dios!, entró el patrón con una vela, y yo salí corriendo a su encuentro.
-Pero, ¿qué le ocurre? -dijo Coffin-. Queequeg no le hará daño.
-Pero, ¿por qué no me dijo usted que este tipo era un caníbal? -grité.
-Creí que lo sabía, cuando le dije lo de las cabezas. Conque, échese a dormir. Queequeg, este tipo solo quiere dormir en tu cama. ¿Tú entender?
-Bueno -asintió el salvaje lanzando una bocanada de humo-. Tú, acostarte aquí.
Y apartó las ropas de la cama para mostrar sus bue­nas intenciones.
-Patrón -dije-. Por lo menos dígale que suelte el tomahawk. ¡Es peligroso fumar en la cama!
Queequeg asintió amablemente y volvió a hacerme señas de que me acostase. Parecía haber perdido todas sus agresivas intenciones. Tranquilizado, me acosté y le dije al patrón que podía retirarse.
Y el caso es que pronto me dormí y lo hice con toda tranquilidad y muy bien.


CAPÍTULO II

Cuando desperté encontré el brazo de Queequeg amigablemente colocado encima de mí. Pronto recordé los acontecimientos de la noche anterior y traté de apar­tar el brazo, pero el arponero continuó roncando como si tal cosa. Me revolví, le llamé y por último logré apar­tar aquel brazo. El hombre se sentó en la cama y me miró, tras de frotarse los ojos, hasta que pareció caer en la cuenta de dónde estaba y quién era yo.
Por fin me dijo que si quería, podía yo levantarme el primero para vestirme y que luego lo haría él, lo cual me pareció una cortesía por su parte. Pero el caso es que se levantó y comenzó a vestirse primero por la par­te de arriba, es decir, poniéndose el sombrero, y sin pantalones aún, se puso las botas. Como las ventanas no tenían cortinas, medité en lo que pensarían los veci­nos si veían aquella indecente figura sin más atuendo que un sombrero y unas botas. Luego se lavó el pecho y los brazos, pero no la cara, la cual no se limpió hasta que no tuvo la camisa puesta. Jamás he visto tal mane­ra de asearse.
Pues, ¿y el afeitado? ¡Nada de navaja! Descolgó el arpón de donde estaba y desenfundando la hoja lo utili­zó para rasurarse, frente a un trozo de espejo. Y tan pronto como terminó su tocado, se lanzó fuera de la habitación.
Bajé tras él y saludé al sonriente patrón. La taberna estaba llena de gente, casi toda ella compuesta de balle­neros, calafateadores, carpinteros de ribera y herreros.
-¡A la pitanza! -gritó el patrón.
Y, ante mi sorpresa, ya que esperaba una animada conversación sobre pesca, captura, etc., la comida transcurrió en completo silencio. Queequeg estaba en la cabecera, frío, sereno y orgulloso. Eso sí, empleaba, y con cierto peligro para los demás, el arpón, alargándolo sobre la mesa para pinchar con él los filetes que desea­ba comer.
Terminado el yantar, me di un paseo por las calles de New Bedford, e incluso escuché un sermón y un oficio en la Capilla de Balleneros, extraño lugar, con un púlpi­to más complicado y raro de los que haya visto en mi vida. El padre Arce, célebre predicador, guiaba a sus fieles con términos marineros, tales como «¡A ver, avante aquellos del fondo! ¡Los de babor, a estribor!» y así sucesivamente. Luego, nos habló del libro de Jonás, tema muy apropiado para feligreses que eran casi todos ellos pescadores de ballenas.
Cuando volví a la posada, encontré a Queequeg completamente solo, sentado cerca del fuego y con el idolíllo negro en las manos. Al verme, dejó la figurita y cogió un libro, se lo puso en las rodillas y comenzó
contar las hojas minuciosamente. A cada cincuenta páginas levantaba la vista y lanzaba un silbido de asom­bro. Luego comenzaba de nuevo por el número uno, como si no supiera contar más que hasta el medio cen­tenar.
Yo traté de explicarle la otra finalidad que podían te­ner los libros, aparte de contarles las hojas, y él se interesó en el asunto, sobre todo cuando le interpreté las láminas. Fumamos una pipa juntos, y una vez acabada, me manifestó que estábamos casados, lo cual en su país supongo que significaría que éramos amigos, porque otra interpretación no pensaba yo darle. Tras de cenar, nos marchamos juntos a la alcoba. Sacó una bolsa, y de ella unos treinta dólares de plata, que dividió en dos montones iguales, y empujando uno de ellos hacia mí me dio a entender que eran míos. Yo quise protestar, pero él me los metió en el bolsillo sin contemplaciones y luego se dedicó a sus devociones con el idolillo, las astillas de madera y el fueguecillo que con ellas encen­dió. Me quiso dar a entender que podía acompañarle, pero al fin y al cabo yo era un buen cristiano y no tenía interés alguno en adorar a una figurilla de madera.
Una vez acabada la ceremonia, nos metimos en la cama y nos dormimos tras de charlar un rato, él con su media lengua y yo en el buen inglés que me habían en­señado.
Fue durante esa charla cuando me contó su historia.
Era natural de Rokovoko, isla que no aparece en ma­pa alguno. De pequeño correteaba por las selvas con un faldellín de hierbas, cuidando cabras y ya para entonces deseaba conocer algo más acerca de los hombres blan­cos que de cuando en cuando aparecían allí en sus balleneras. Su padre era un jefe, un rey, al parecer, y por par­te de su madre descendía de grandes guerreros.
Cierto día llegó allí un barco y Queequeg pidió pa­saje en él, pero se lo negaron. En vista de lo cual, tomó su canoa, esperó al barco cuando éste salía del atolón y trepando por una cadena, subió a bordo, donde natural­mente fue sorprendido y convidado a abandonar el navío. Se negó terminantemente y por fin el capitán accedió a llevarlo con ellos.
Quería aprender cosas con los cristianos, sobre todo algo que hiciera más feliz a su pueblo, pero las costum­bres de los balleneros le demostraron pronto que tam­bién los cristianos pueden ser malos y peores aún que los salvajes. Cuando llegó a Nantucket había aprendido todo eso y también algo más útil: a arponear ballenas.
Cuando le dije que yo también pensaba en salir a cazar cetáceos, decidió en el acto que puesto que éramos ami­gos, él también iría. Esto me animó: siempre es conve­niente contar con un amigo cuando se emprende una nue­va aventura. Me abrazó, frotando su frente contra la mía, nos volvimos cada uno a nuestro lado y nos dormimos.
A la mañana siguiente, lunes, dejé mi cabeza embal­samada a un barbero, pagué al posadero y Queequeg y yo tomamos prestada una carretilla para transportar nuestro equipaje. Hecho esto, emprendimos el camino al puerto, para tomar la goleta que hace el transbordo a Nantucket. La gente nos miraba, sobre todo cuando veía el arpón de Queequeg, del que éste no se separaba jamás. Le pregunté si acaso los balleneros no proveían de arma a sus tripulantes y me respondió que sí, pero que él estaba acostumbrado a la suya, con la cual había cazado innumerables ejemplares y la sabía de toda con­fianza. Lo mismo que los segadores, que prefieren su hoz a la de cualquier otro.
Por fin nos hallamos en la goleta, que izó velas y se deslizó por el río Acushnet. Salimos al mar abierto, y Queequeg aspiró ansiosamente el aire salino. Estába­mos ambos tan ensimismados viendo las olas y los movimientos de las velas, que durante algún tiempo no prestamos atención a un grupo de curiosos de a bordo, que parecían divertirse a costa nuestra, como si ver a un blanco junto a un negro fuera un chiste.
Pero pronto Queequeg sorprendió a un jovenzuelo riéndose a su espalda y haciéndole burla. Soltando el ar­pón, el gigantesco arponero le cogió por los brazos y le lanzó limpiamente al suelo, pero antes de que llegara a éste aún encontró tiempo para darle un bofetón. Hecho lo cual le volvió la espalda y encendió tranquilamente su tomahawk-pipa.
-¿No sabe que podía haberlo matado? -preguntó el capitán de la goleta, atraído por los gritos.
-¿Matar a eso? -replicó Queequeg-. Bah, él pes­cadito pequeño. Queequeg sólo mata ballenas grandes.
El capitán lanzó algunos juramentos, asegurando que si se repetía aquello mataría a Queequeg, por salva­je y negro, pero en ese momento la enorme botavara de la vela mayor recibió un golpe de viento y barrió la cu­bierta. El imbécil al cual Queequeg había golpeado, alcanzado por la botavara, fue lanzado al mar. Todos se asustaron, mientras trataban de sujetar el palo, que se movía furiosamente. Sólo Queequeg mantuvo la calma, e arrastró por debajo de la botavara y tomando un cabo logró sujetarla y fijarlo a la amura. Luego, el salvaje se
desnudó hasta la cintura y se lanzó al mar en un arco perfecto.
Se le vio nadar durante un rato, por entre la helada espuma, buscando al caído, que estaba bajo el agua. Se sumergió y poco después apareció de nuevo, arrastran­do por los cabellos al náufrago. Se lanzó un bote, que pronto los recogió, y la tripulación en masa recibió a Queequeg con gritos de júbilo y admiración, que el sal­vaje recibió con la misma gravedad de siempre, como si lo que acababa de hacer no fuera siquiera digno de men­ción.
Nada más sucedió durante el transcurso de la trave­sía, así que pronto estuvimos en Nantucket, y era ya bien entrada la noche cuando saltamos a tierra. Nos dedicamos en seguida a buscar cena y cama. El patrón del «Surtidor de la Ballena» nos había recomendado a su primo Josué, del mesón «A Probar la Olla», famoso por sus sopas de pescado. Pronto lo encontramos al ver una muestra en la que figuraban dos enormes ollas de madera pintadas de negro.
Plantada en la puerta había una mujer pecosa y de cabellos amarillos. Era la esposa de Jonás, el cual esta­ba de viaje.
Nos hizo entrar en una salita y no tardando mucho nos encontramos ante una cena compuesta de una exce­lente sopa de mejillones, seguida de un no menos exce­lente guiso de bacalao. En mi vida he probado pescado más apetitoso y, como supe más tarde, allí sólo se ser­vían mejillones y bacalao, tanto por la mañana como a mediodía y por la noche, pero nadie se quejaba.
Concluida la cena se nos proveyó de un farol y se nos instruyó sobre el camino a seguir para llegar a la cama.
Acostados ya, le dije a Queequeg que debíamos pre­parar nuestro plan de acción. Ante mi sorpresa me res­pondió que, consultado su idolillo, al cual llamaba Yojo, éste le había respondido que yo, Ismael, debería buscar un barco en el puerto, y que pronto descubriría el ideal para nuestros propósitos, y que Yojo jamás se equivo­caba.
Protesté diciendo que yo confiaba en que fuera él mismo, Queequeg, quien encontrara el barco, ya que era un veterano, pero todo fue inútil, por lo que a la mañana siguiente me puse al trabajo, mientras Quee­queg se quedaba en la alcoba, encerrado con Yojo.
El puerto estaba absolutamente lleno de barcos de todas clases. A fuerza de preguntas supe que había tres barcos que se disponían a marchar para travesías de tres años. Uno de ellos era el Pequod, nombre tomado de una famosa tribu india de Massachusetts. Subí a él y pronto me convencí de que era el que nos convenía.
Era un barco pequeño más bien y con aspecto des­cuidado, todo él lleno de dibujos y relieves grotescos, que el capitán Peleg había mandado durante muchos años. Parecía un trofeo ambulante.
Toda la amura estaba adornada con los dientes de un cachalote a guisa de cabillas para amarrar a ellas los cabos. El timón no llevaba rueda, sino una caña tallada en la mandíbula del mismo cachalote.
Subí al alcázar de proa donde no vi a nadie, pero sí una tienda de campaña parecida a un wigwam, plantada a un lado del palo mayor, con una abertura triangular, y medio oculto tras de la tienda un personaje que parecía gozar de alguna autoridad.
Sentado en un sillón de roble, había un anciano for­nido, vestido con un capote de piloto, de cara reseca y arrugada.
-¿El capitán del Pequod? -pregunté cortésmente.
-¿Y qué si lo fuera? -respondió-. Por tu acento veo que no eres de Nantucket. ¿Has visto alguna vez un barco hundido por una ballena?
Admití que no.
-Y no sabes nada de ballenas, ¿eh?
-No, pero he viajado bastante en barcos mercantes.
-Maldita sea la marina mercante. ¡No sirve para nada! ¿Por qué quieres ir a la caza de la ballena? ¿Has robado a tu último capitán? ¿Piensas acaso asesinar a la oficialidad en alta mar?
Aseguré que no, sin saber si aquel tipo hablaba o no en serio.
-¿Has visto al capitán Acab?
-No, ¿quién es?
-Ja, ja. Él es quien manda este buque. Estás hablan­do con el capitán Peleg, antiguo capitán del Pequod y que ahora es el consignatario. El capitán Bildad y yo armamos este buque y le procuramos lo necesario para la travesía. Verás, si ves al capitán Acab, observarás que le falta una pierna. ¡La perdió a manos de una ballena, que se la arrancó, la masticó y la tragó! ¡El cachalote más monstruoso que jamás hundiera un buque! Así per­dió su pierna Acab.
Y tras lanzar algunos bufidos, prosiguió:
-¿Eres hombre para meterle un arpón en el gaznate a una ballena viva y saltarle luego encima? ¡Responde!
-Si no queda otro remedio, sí, señor.
Y siguió haciéndome preguntas a cuál más extrañas, tales como si había doblado el Cabo de Hornos. Tras de lo cual se manifestó dispuesto a aceptarme como mari­nero.
-Ven conmigo para que te vea el capitán Bildad, mi socio.
Este Bildad era también un cuáquero, lo mismo que Peleg, y tenía la reputación, como luego supe, de ser un solemne tacaño, tanto que se contaba que en cierta oca­sión, cuando mandaba el viejo ballenero Categut, regre­só a puerto con toda la tripulación agotada y muerta de hambre. Jamás renegaba, pero mataba de hambre a los hombres y los exprimía como un limón, para sacar de ellos el mayor jugo posible.
-Conque ¿quieres embarcarte? -preguntó Bildad.
-Sí, señor.
-¿Qué opinas, Bildad? -preguntó Peleg.
-Creo que servirá.
Yo sabía que en la pesca de la ballena no se dan sala­rios, sino que toda la tripulación recibe una parte de las ganancias, llamada «quiñón», proporcional a la impor­tancia del trabajo que realiza. Mi parte, como novato, no sería muy grande, y como tenía alguna experiencia en navegar, suponía que mi «quiñón» sería la doscien­tas setenta y cincoava parte de la ganancia.
-Bueno -dijo Peleg-. ¿Qué quiñón le daremos al joven?
-Creo que la setecientas setenta y sieteava parte se­ría incluso demasiado -respondió el otro, que leía un libro, en el cual había una serie de líneas y cifras.
A esto siguió una discusión en la que Peleg parecía estar de mi parte y llamaba aprovechón y ladrón al otro, el cual le respondía invariablemente que aquello estaba bien y añadía algunas citas de la Biblia en las que se re­comendaba no amontonar tesoros en este mundo. Pero él bien que los amontonaba, el grandísimo granuja y fa­riseo.
La discusión adquirió caracteres de casi una penden­cia, y pareció que iban a llegar a las manos, pero ante mi asombro, pronto se tranquilizaron y por último Bildad dijo que me aceptaba y me apuntaba para un quiñón de tres centésimas.
-Capitán Peleg -dije-, tengo un amigo arponero que quiere embarcarse.
-Tráelo y le echaremos un vistazo.
Me preguntó Bildad si ese arponero había matado muchas ballenas, le respondí que sí y los dejé, cuando comenzaban a pelearse de nuevo sobre qué quiñón ofrecer a Queequeg. Menuda pareja de granujas estaban hechos los dos.
Cuando iba a marcharme recordé que no había visto al capitán Acab y pregunté por él a Peleg. Éste me res­pondió que para qué verlo, y que ya estaba alistado. Añadió que no podía verlo, y que incluso a él, Peleg, no le permitía verlo con frecuencia.
-No es un tipo vulgar -añadió-. Ha frecuentado universidades y ha estado en todo el mundo. Lleva el nombre de un rey bíblico, como recordarás, y no esco­gió su nombre, sino que su madre, una viuda, le llamó así. Desde que aquella condenada ballena le cortó la pierna es un taciturno insoportable, pero un magnífico capitán. Hace tres viajes se casó con una muchacha dul­ce y resignada. Hijo mío, recuerda esto que te digo: es mejor navegar con un buen capitán bueno y taciturno, que con otro malo pero sonriente. Aunque deshecho y castigado por la suerte, el capitán Acab sigue siendo un hombre.
Me alejé pensativo. No pude por menos que sentir pena y compasión por el capitán Acab. Pero otras cosas reclamaban mi atención, por el momento.


CAPÍTULO III

Había ya anochecido cuando llegué a mi aposento y llamé a la puerta. No recibí respuesta alguna. Y la puerta estaba cerrada por dentro. Llamé varias veces, anuncian­do que era Ismael y que me abriera, pero todo permane­ció en silencio.
Comencé a inquietarme, ya que temía que le hubiera ocurrido algo. Miré por el ojo de la cerradura, pero nada v¡, aparte del arpón, colocado en un rincón. Y como él jamás salía sin su arpón, era de esperar que estuviera dentro.
En vista de lo cual, bajé para avisar a la criada.
-¡Ya pensaba yo que tenía que haber sucedido algo! -dijo la mujer-. Cuando fui a hacer la cama, encon­tré la puerta cerrada con llave y no oí nada dentro. ¡Hay que avisar al ama! ¡Ama! ¡Un asesinato, seguramente! ¡Señora Hussey!
Apareció la patrona, interrumpiendo sus ocupacio­nes en la cocina.
-¡Corran por algo para derribar la puerta! -grité muy alarmado-. ¡Un hacha!
-¿Es que piensa acaso romper mi puerta? ¿Está el arpón ahí? ¿Sí? ¡Entonces es que se ha matado, como el pobre Sliggs! ¡Ya perdí otra colcha! Pero no permito que me estropee mi puerta. Tengo una llave que quizá sirva.
Pero sin escucharla, me lancé contra la puerta, que se abrió. Y, ¡Dios bendito! Allí estaba Queequeg, tan tran­quilo, sentado en cuclillas en medio del aposento y con Yojo encima de la cabeza. No nos miró siquiera. Conti­nuó en la misma postura como si no hubiéramos entra­do siquiera en el cuarto.
-¿Qué te ocurre, Queequeg? -pregunté ansiosa­mente.
-No creo que lleve todo el día en esa postura -dijo la patrona-. No habría quien lo soportase.
Pero por mucho que hicimos, no conseguimos arran­car a Queequeg de su ensimismamiento, mas por lo me­nos estaba vivo, así que dije a la señora Hussey que nos dejase solos. Una vez obedecieron, traté de que Quee­queg se sentase en una silla y que me hablase, pero todo en vano. ¿Es que aquello formaba parte de su Ra­madán?
Bajé a cenar y volví a subir: nada, continuaba en la misma postura, y ni siquiera el decirle que debía bajar a cenar consiguió sacarle de su marasmo. Por tanto, y como estaba cansado, le puse sobre los hombros su cha­quetón de piel de foca para que no se enfriase y me metí en la cama. ¡Vaya noche que me esperaba, con aquel salvaje sentado en silencio y quieto! Pero el caso es que me dormí, y lo hice durante toda la noche. Lo primero que hice al despertar fue lanzar una ojeada al arponero, y allí continuaba, en la misma postura.
Pero cuando el primer rayo de sol penetró por la ven­tana, se levantó, crujiéndole las articulaciones como bi­sagras oxidadas se acercó a mí, frotó su frente contra la mía y me aseguró que ya había acabado su Ramadán.
Le hice algunas preguntas sobre su religión y traté de explicarle otras religiones, así como le aseguré que los largos ayunos perjudicaban la digestión. Le pregunté si había padecido alguna vez de indigestión.
-Sólo una vez, cuando matamos cincuenta enemi­gos y nos los comimos en una sola noche -respondió.
Por lo cual, yo cambié prudentemente de conversa­ción, y bajamos a desayunar, lo que Queequeg hizo como un lobo, devorando cazuelas enteras de toda cla­se de pescado.
Luego nos dirigimos hacia el Pequod, tras explicarle yo que había conseguido ya barco y trabajo. Al llegar al extremo del muelle, donde se hallaba el ballenero, oí la voz del capitán Peleg que gruñía porque yo no le había dicho que mi amigo era un salvaje, y que él no admitía caníbales en su barco, a menos que tuvieran los papeles en regla.
Respondí que Queequeg, pese a su color, era un buen cristiano, miembro de la Congregación de la Primera Iglesia. Esto, y el hecho de ver como Queequeg mane­jaba el arpón, los convencieron, aunque un poco a rega­ñadientes.
Queequeg se subió a una de las balleneras que col­gaban al costado del buque y blandió su arpón.
-Capitán -gritó-. ¿Ver tú aquella mancha de al­quitrán? Usted supone es ojo de ballena, ¿eh? -y lanzó el arpón, que fue a dar contra la oscura gota hacién­dola desaparecer.
Con lo cual los dos capitanes armadores le inscribie­ron al instante en el rol de la tripulación.
-Supongo que no sabrá escribir, ¿verdad? -me preguntó Peleg. Pero al instante Queequeg cogió la plu­ma y trazó sobre el papel el mismo símbolo que llevaba tatuado en el brazo.
Estábamos enrolados. La habilidad de Queequeg ha­bía convencido a los dos granujas. Bajamos al muelle y de pronto oímos una voz que nos decía:
-Marineros, ¿os habéis alistado en ese barco?
Era un tipo harapiento, marcado por la viruela y que señalaba al Pequod con un dedo extendido. Le dije que sí.
-Y, ¿habéis visto ya al viejo Trueno? -al ver que no comprendíamos, añadió-: Me refiero al capitán Acab. Muchos de entre nosotros le llaman así. ¿Qué os han contado sobre él, eh?
-Que está enfermo.
-¡Bah! Cuando él sane, yo recobraré este brazo -y señaló su manga desnuda. Era manco, aunque no me había fijado en ello.
-Bueno, nos han dicho que es un buen cazador de ballenas -admití.
-Eso es cierto, pero, ¿no os han dicho lo que le ocu­rrió a la altura del Cabo de Hornos, cuando estuvo como muerto durante tres días y tres noches, ni de la pelea que mantuvo con un español ante el altar de su santa? ¿Ni cómo perdió la pierna en el último viaje? ¡Bah, no creo que hayáis oído nada de eso!
-No entiendo ni una palabra de lo que dices -res­pondí-. Y me parece que no andas bien de la cabeza. Estoy bien enterado de lo que ocurrió con su pierna. Él se rió.
-Estáis alistados ya, ¿eh? Bueno, lo que sea, sona­rá. Que los cielos os acompañen, compañeros.
-Nada más fácil que simular que se tiene un gran secreto y cerrar la boca -respondí despectivamente-. Vamos, Queequeg, dejemos a este demente. ¿Cómo te llamas, amigo?
-Mi nombre es Elías.
Y cuando nos marchamos vi que nos vigilaba desde lejos con la mirada. Incluso me pareció que nos seguía, aunque no podía ni imaginar con qué intención.
Dos días después reinaba gran actividad a bordo del Pequod. Se remendaban las velas viejas, se ponían las nuevas, y el capitán Peleg no bajaba a tierra sino en contadas ocasiones. Se dio aviso a todos los marineros que llevaran sus cofres de viaje a bordo, y Queequeg y yo partimos en busca de nuestros pertrechos.
La estiba principal del Pequod estaba ya atiborrada de carne, pan, agua y montañas de barriles. La hermana de Bildad, anciana y flaca dama, de una gran bondad, procuraba que nada faltase a los marineros y se la veía ir y venir con frascos, franelas, ungüentos, etc., y todos la llamaban «tía Caridad». Era la mujer más extraor­dinaria que he conocido en mi vida.
Yo preguntaba de cuando en cuando por el capitán Acab, y que cómo seguía y que cuándo se incorporaría a bordo. La respuesta era siempre la misma: que pronto lo vería y que su presencia no era necesaria ya que Bil­dad y Peleg se ocupaban de todo.
Por fin se nos avisó cierta mañana que el barco par­tiría al siguiente día, de modo que el día fijado, Quee­queg y yo nos levantamos muy temprano, antes del amanecer, y emprendimos el camino al muelle.
-Por allí van algunos marineros corriendo -dije a mi amigo-. Sin duda son del Pequod -añadí, ya que no resultaban muy visibles entre la niebla.
-¡Paraos! -dijo una voz a nuestras espaldas, al tiempo que el dueño de la voz nos cogía a cada uno por un brazo-. ¿Vais a bordo?
-Lárgate, Elías -le dije-. Ya te estás poniendo pesado.
-Puede, pero, ¿no habéis visto antes a un grupo de hombres que se encaminaban hacia el barco?
Admití que sí.
-Pues... ¡trata de encontrarlos si puedes! -respon­dió-. Pensaba preveniros contra... bueno, pero no im­porta. Pasadlo bien, aunque creo que ya no volveré a veros hasta el día del juicio.
Y dichas estas palabras, se marchó, dejándome in­dignado, sí, pero también un poco preocupado. A nadie le gustan los malos augurios.
Al subir al Pequod lo encontramos sumido en el más completo de los silencios. El tambuco de la cámara estaba cerrado por dentro y los demás tapados con rollos de cuerdas. Al acercarnos al tambuco del castillo de proa, vimos abierta su puerta y al entrar encontramos a un viejo marinero durmiendo.
-¿Dónde se habrán metido aquellos marineros que vimos, Queequeg? -pregunté-. Aquí en el barco no hay ser viviente más que este tipo.
Queequeg no pareció preocuparse por ello. Sin más, se sentó encima del durmiente y sacó su pipa toma­hawk. La encendió y lanzó algunas satisfechas bocana­das de humo. Luego me pasó la pipa y me indicó que le acompañase en aquel asiento tan peculiar. Le dije que podía ahogar a aquel pobre tipo y me respondió que no, ya que no se le sentaba encima de la cabeza.
Por último, la humareda que llenó el tambuco hizo volver a la vida al durmiente. Se incorporó y nos miró con ojos de búho.
-¿Quiénes sois? -preguntó.
Queequeg se levantó de encima de su tripa y yo le dije que éramos tripulantes del Pequod.
-¡Ah, bien! -respondió- ¡Zarpamos hoy mismo! El capitán llegó anoche a bordo.
Yo le iba a hacer algunas preguntas sobre Acab, cuando el hombre añadió:
-Ya está por ahí Starbuck, el segundo de a bordo. Veo que la cosa comienza a moverse y debo ir a echar una mano.
Estaba saliendo el sol. Y en efecto, la tripulación iba llegando en grupos. Poco después había un tráfago terrible en el barco, pero del capitán Acab no vimos ni rastro. Al parecer seguía encerrado en su camarote como en un santuario.
Hacia el mediodía, Pele- y Bildad le pidieron al pri­mer oficial Starbuck que reuniese a la tripulación en cu­bierta y que desmontasen la tienda en la que ambos ar­madores habían estado hasta entonces. Eso significaba que el momento de hacerse a la mar era inminente.
-¡Al cabrestante la gente! -ordenó Starbuck. Y los marineros comenzaron a elevar el ancla, cantando una
canción profana que no mereció la aprobación de Bil­dad, pero que ayudaba a la maniobra, como siempre ocurre cuando se ha de hacer un esfuerzo continuado.
Por último quedó levantada el ancla y el barco co­menzó a deslizarse hacia alta mar. Bildad, además de armador, era el práctico del puerto. Era el día de Navi­dad, hacía mucho frío y pronto encontramos las heladas aguas del océano. Bildad canturreaba un cántico reli­gioso.
Pronto fue innecesaria la presencia de ambos prácti­cos. Bildad y Peleg se dispusieron a dejar la nave, emo­cionados como siempre, ya que el viaje duraría mucho tiempo, tres años, y en él habían invertido mucho tiem­po y dinero. Incluso alguna lágrima escapó de sus ojos.
-¡Que Dios os bendiga! -dijo Bildad-. Confío en que tendréis buen tiempo, y que el capitán Acab, en vis­ta de ese buen tiempo, se encuentre pronto entre voso­tros. Cuidado en la caza, muchachos. Señor Starbuck, cuide de que no se despilfarre el material, ya que cada vez está más caro. ¡Ha subido un tres por ciento este año! Si recaláis en las islas, cuidado también con las mujeres, señor Flask. Y hay que ahorrar la mantequilla. ¡Veinte centavos la libra nos ha costado!
Tras de estas palabras, ambos saltaron a la barca que los devolvería al puerto. Las dos embarcaciones se separaron. Toda la marinería lanzó los tres hurras de rigor y el Pequod se adentró en el desierto Atlántico.


CAPÍTULO IV


Ya hablé antes de un marinero llamado Bulkington al que conocí en el mesón. Pues ahora lo encontré en el timón. Me extrañé al ver que un hombre que había desembarcado sólo unos días antes, se lanzase de nuevo a la aventura, como si la tierra le quemase los pies. Ten­go ahora que hablar, siquiera sea someramente, del res­to de la tripulación del Pequod.
El primer oficial era, como ya dije, Starbuck, un cuá­quero de Nantucket. Tenía unos treinta años y era del­gado, casi reseco, y duro como la galleta marina. Tam­bién era valiente y muy peligroso, como todos los cuáqueros, pero su valentía jamás le hacía olvidarse de la prudencia. «En mi lancha no quiero a nadie que no tema a las ballenas», decía, con lo que quería dar a entender que el que no conoce el miedo resulta mucho más peligroso que un cobarde para sus compañeros.
Stubb era el segundo oficial, y dotado de un inalte­rable buen humor, patroneaba su ballenera con mano firme y segura. Cuando llegaba el momento culminante de la lucha con el cetáceo, manejaba el arpón de una manera inexorable y fría. Una pipa corta pendía siem­pre de sus labios, y era más fácil imaginárselo saltar de la litera sin su nariz que sin su pipa. Sobre una repisa tenía una larga serie de ellas, bien cargadas y al alcance de la mano, y al vestirse, en lugar de meterse los panta­lones se ponía la pipa entre los dientes.
El tercer oficial era Flask, natural de Tisbury, joven rechoncho y enemigo declarado de las ballenas, con las cuales parecía tener un resentimiento personal. Por lo cual resultaba temerario con ellas, y las consideraba enemigos, primero, y luego materia negociable, es decir, comercial. A bordo del Pequod le llamaban «El Pendolón», porque se parecía mucho a ese madero cor­to y grueso que sirve a los balleneros del Ártico para defender al barco de las presiones de los hielos.
Estos tres oficiales eran los que patroneaban las tres balleneras del Pequod. Podríamos decir de ellos que eran los comandantes de las compañías. Y como tales comandantes llevaban cada uno de ellos un segundo, un lugarteniente encargado de entregarle una lanza nueva cuando la primera se había torcido al arponear una ballena, y ayudarle en la caza. Una estrecha relación se entablaba entre ambos, ya que debían compenetrarse perfectamente o la caza no funcionaba.
Starbuck había elegido como arponero a Queequeg. Stubb tomó a Tashtego, un indio americano de pura raza, de largos y lacios cabellos, pómulos prominentes y ojos redondos v negros. Venía de una raza de antiguos cazadores de ballenas y era un hombre en el que se podía confiar siempre.
El tercer arponero era Daggoo, un gigantesco negro, salvaje, del color de la pez. De las orejas le colgaban aretes de oro, grandes como argollas. Se había alistado siendo casi un niño en un barco ballenero que tocó en su tierra, y desde entonces sólo conocía aquella tierra natal, en África, Nantucket y los puertos que tocaban los barcos en que viajaba. Andaba por cubierta con la prestancia que le daban sus dos metros de altura y su hercúlea humanidad. Casi todos tenían que mirarle de abajo arriba. Era el arponero de Flask, que a su lado parecía un peón de ajedrez.
De los demás tripulantes poco puedo decir. No eran ni mejores ni peores que la multitud de marineros que burbujea en los puertos. Muchos de ellos procedían de las islas Azores, tierra propicia para los balleneros, y de las islas Shetland, que gozan de igual fama.
Y sigo, pues, mi historia tras de este breve inciso. Durante varios días, tras de zarpar de Nantucket, no se vio ni rastro del capitán Acab. Los oficiales se turna­ban regularmente en las guardias, y a juzgar por las apa­riencias parecían los verdaderos dueños del buque. Sólo que de cuando en cuando salían de la cámara dando órdenes bruscas y terminantes que se veía claramente que alguien les había dictado.
Cada vez que subía yo a cubierta, después de una guardia abajo, miraba en el acto a popa, para ver si ba­hía en ella un rostro que me resultase desconocido, y siempre recordaba las diabólicas insinuaciones del viejo Elías sobre nuestro capitán invisible.
Como habíamos zarpado en Navidad, durante unos días tuvimos un tiempo verdaderamente polar, aunque derrotábamos incesantemente hacia el Sur para dejar
paulatinamente atrás aquel tiempo intolerable. Poco a poco, el tiempo mejoró, aunque de una manera casi in­sensible.
Y fue una de aquellas mañanas de transición entre el frío intenso y una temperatura más soportable, cuando al levantar la mirada hacia el coronamiento de popa, fui presa de un estremecimiento de mal agüero: El capitán Acab estaba plantado en el alcázar.
No parecía un enfermo, ni un convaleciente. Parecía, sí, un hombre al que se hubiera sacado de una hoguera cuando ya comenzaban a arder sus miembros.
Su alta silueta parecía fundida en bronce macizo. Por entre sus cabellos grises aparecía una cicatriz, de un blan­co lívido, que le corría por un lado del rostro hasta per­derse en el cuello del capote.
Curiosamente, en toda la travesía jamás nadie hizo alusión a aquella cicatriz, por lo que yo ignoraba si era una señal de nacimiento o el resultado de alguna terri­ble herida. Sólo una vez, Tashtego, el indio, afirmó que su padre decía que hasta los cuarenta años no había tenido Acab aquella señal, y que no la había recibido en una reyerta, sino en lucha con los elementos marinos.
Esa explicación estaba, no obstante, en contradic­ción con lo que insinuó un marinero de la isla de Man, hombre muy supersticioso, pero que no había conocido a Acab hasta este viaje, que si al capitán alguna vez se le amortajaba, se encontraría en él un estigma de naci­miento que le llegaba desde la coronilla a los pies.
El aspecto de Acab y aquella cicatriz me afectaron tan profundamente, que durante los primeros instantes en que lo vi no me di cuenta de que, en parte, mi horror se debía a la pata blanca en que se sostenía. Ya había yo oído decir que aquella pierna de marfil se le había im­provisado en alta mar, con el hueso bruñido de un cachalote. Sí, se decía, lo desarbolaron en las costas del Japón, pero lo mismo que un buque desarbolado, se plantó otro mástil sin molestarse en esperar al regreso en tierra firme.
Otra cosa llamó inmediatamente mi atención. A cada lado del alcázar de popa del Pequod, y junto a los oben­ques de mesana, había taladrados en las tablas unos agujeros de media pulgada de profundidad. Acab metía en uno de ellos su pata de marfil y cogido a un obenque, se mantenía muy tieso, mirando fijamente por encima de la cabeceante proa del navío, imperturbable.
No hablaba palabra, ni sus oficiales le decían nada tampoco. Producía una penosa impresión, la de que aquel hombre era el producto majestuoso de algún tremendo infortunio.
Poco después de aquella primera aparición, se retiró a su cámara, como si ya tuviera bastante con el aire libre que había respirado. Pero desde aquella mañana, la tri­pulación lo veía diariamente, ya plantado en un agujero para su pata artificial, ya sentado en un taburete de mar­fil, o paseando pesadamente por cubierta.
A medida que el cielo se mostraba menos sombrío, y comenzaba a aparecer más grato y cálido, el capitán pa­recía menos sombrío, y estaba cada vez menos tiempo encerrado en su cámara. Poco a poco, llegó a estar casi siempre al aire libre, aunque todavía no dijera una sola palabra, casi como un mástil más. Claro que el Pequod navegaba tranquilo, sin haber comenzado todavía la ca­za, y todos los preparativos para cuando ésta llegase es­taban perfectamente controlados por los oficiales, de modo que en realidad nada había en la maniobra que hiciera intervenir a Acab.
Y poco a poco, su semblante, como decía, fue acla­rándose e incluso en algunos momentos alguien hubie­ra podido decir que en su rostro podría, en cualquier momento, llegar a reflejarse una pálida sonrisa.
Pasaron los días. Habíamos dejado ya a popa los hie­los, y el Pequod se balanceaba en una especie de her­mosa primavera. Los días eran claros, frescos y las noches majestuosamente estrelladas. Los hombres pasaban mucho tiempo en cubierta, incluso por la noche, ya que muchos tripulantes eran viejos y estos duermen poco.
En las guardias nocturnas los marineros ya no tra­bajaban precipitadamente, sino que lo hacían con tran­quilidad. Muchas veces ahora, el timonel, si miraba al tambucho de la cámara podía ver cómo «el viejo», el capitán, asomaba poco a poco, agarrándose al pasama­nos de cobre para ayudarse. En estos casos, Acab no paseaba por el alcázar, pues el repiqueteo de su pata de marfil podría turbar el sueño de sus oficiales, que dor­mían quince centímetros más abajo.
Pero en ciertas ocasiones, en las que debía estar más enfadado, no paraba en miramientos de esa clase y me­día con pesados pasos la cubierta desde el coronamien­to al palo mayor.
Tanto que una vez, Stubb, el segundo oficial, se aso­mó y sugirió, con cierta jovialidad temerosa, que ya que el capitán necesitaba pasear por cubierta, podría quizá poner alguna sordina a su pata, colocándole a ésta, por ejemplo, una bolsa de estopa.
-¿Me toma acaso por una bala de cañón para que­rerme liar así, Stubb? Vamos, baje inmediatamente a su cubil nocturno. ¡A tu perrera, perro!
Sorprendido, Stubb quedó unos instantes sin habla. Luego, muy agitado, respondió:
-No estoy acostumbrado a que me hablen así, se­ñor, y no me gusta en absoluto, señor.
-¡Largo! -gritó Acab, con los dientes apretados.
-Un instante, señor -replicó Stubb-. No pienso dejar que me llamen perro.
-¡Pues entonces te llamaré diez veces burro, y lár­gate de mi vista si no quieres que le libre al mundo de tu presencia!
Y avanzó hacia él con un aspecto tan terrorífico, que Stubb se echó atrás intimidado.
Mientras bajaba la escalera, Stubb rezongaba:
-En mi vida me han tratado así sin que yo haya res­pondido. No sé si volver a darle un golpe o... Pero, cal­ma, Stubb. Es el tío más extraño que me he encontrado en todos mis viajes. Hay que ver cómo me fulminó con la mirada. ¿Estará loco? De todos modos, algo raro le ocurre. Ahora no se acuesta ni tres horas seguidas y apenas duerme. El camarero, «Buñuelo», me dijo que por la mañana las ropas de su cama aparecían como si se hubiera pasado el tiempo revolcándose en ellas.
Y añadía:
-El viejo está lleno de enigmas. ¿Qué irá a hacer al sollado de popa todas las noches? «Buñuelo» lo ha vis­to. ¿Con quién tiene cita en el sollado? Ya me gustaría saberlo, ya. En fin, vámonos a dormir. Mira que llamar­me perro... Ya me ha puesto de mal humor el maldito viejo. Ya veremos lo que ocurre mañana.
Tan pronto como Stubb desapareció, Acab se estuvo un rato apoyado en la amurada y luego llamó a un mari­nero de guardia para que le trajera su taburete de marfil y su pipa. Sentado bajo el farol de bitácora, se puso a fumar.
Pasaron algunos instantes, mientras el humo salía a chorros de su boca, que el viento le devolvía a la cara. «El tabaco ya no me calma, mal tengo que andar para que ni siquiera la pipa me sirva de consuelo -pensa­ba-. Inútil, me parece que no volveré a fumar.»
Y tiró al mar la pipa, todavía encendida, que chis­porroteó al caer al agua. Con el sombrero calado hasta las cejas, Acab reanudó sus paseos sobre cubierta.


CAPÍTULO V


A la mañana siguiente, Stubb le contaba a Flask lo que le había ocurrido por la noche con el capitán, y a re­sultas de lo cual, el primer oficial había tenido un sueño extraño en el cual el «viejo» le golpeaba con su pata de palo y cuando él quería devolver los golpes, se encontraba con que Acab se había transformado en una especie de pirámide contra la cual de nada valían sus esfuerzos.
-Extraño sueño -opinó Flask-. Pero lo que creo es que debes olvidarte de ello y dejar tranquilo al «vie­jo». Por cierto -añadió mirando hacia delante-: ¿Qué ocurre?
-¡Acab está gritando. Calla, que no lo oigo bien!
Mientras guardaban silencio, oyeron la voz del capi­tán que aullaba:
-¡Ah, de la cofa! ¡Todos ojo avizor! ¡Hay ballenas cerca! ¡Si veis una blanca, rompeos la garganta a gritos!
-¿Qué te parece, Flask? -preguntó Stubb-. ¿Una ballena blanca? ¿Qué diablos quiere significar esto? De todas formas hay algo especial en el viejo. Prepárate, al «viejo» le sangra algo por dentro. Pero, ¡ojo, que aquí viene!
Antes de continuar con mi narración, conviene que me ocupe de un asunto indispensable para la compren­sión de mi historia.
Entre los balleneros se da la existencia de una clase especial de oficiales, los arponeros, que resulta total­mente desconocida en las demás marinas mercantes.
La gran importancia concedida a la profesión de ar­ponero y el hecho de que en las primitivas pesquerías holandesas, hace ya casi dos siglos, el mando de un ba­llenero no recaía exclusivamente en el capitán, sino que lo compartía con un oficial al que llamaban literalmen­te el «cortador de tocino», es algo que ha marcado la profesión.
Por aquella época, la autoridad del capitán se reducía a lo relativo a la navegación y dirección general del bar­co, en tanto que el arponero-jefe gobernaba todo lo que se refería a la caza de ballenas y a sus derivados.
Esta costumbre se conserva aún en las pesquerías in­glesas de Groenlandia, aunque haya decaído un poco el rango de dicho arponero, que ahora es muy inferior en autoridad al capitán.
Sin embargo, como el éxito de una campaña de pes­ca depende principalmente de la pericia de los arpone­ros, en las pesquerías norteamericanas, el arponero ma­yor no es solamente un oficial importante, sino que en determinadas circunstancias lleva el mando de la
cubierta, vive teóricamente aparte de la marinería y se le distingue de los demás tripulantes.
La larga duración de la campaña ballenera por los mares del Sur, sus peligros y la comunidad de intereses que reina en la tripulación, que no depende de salarios fijos sino de una parte de los beneficios, contribuyen a veces a que la disciplina no sea tan total como en otras marinas, aunque, por supuesto, esa disciplina no se rompe nunca.
Incluso, en muchos casos, el capitán observa una conducta absolutamente regia en su barco, y en el caso de Acab, éste exigía una obediencia ciega.
Y ahora quisiera hablar un poco acerca de las ba­llenas.
Existen varias especies de ellas. La «ballena azul» es la mayor, no solamente de los animales del mar, sino también de los de la tierra, y llega a medir más de trein­ta metros de larga. El rorcual es un poco más pequeño, apenas llega a los veinticuatro metros, y ambos tienen una aleta encima del lomo.
Luego están las ballenas propiamente dichas, que ca­recen de tal aleta, y de las cuales la mayor es la llamada ballena boreal, que vive en el océano Ártico y mide unos veinte metros.
La ballena tiene, pese a su descomunal tamaño, una garganta tan estrecha que por ella no cabría un pez de mediano grosor. Por eso, las ballenas no comen sino pe­queños crustáceos y moluscos, así como ciertas algas. En lugar de dientes tienen una serie de láminas córneas, por lo cual tragan el alimento sin masticarlo. Las lámi­nas córneas tienen forma de guadaña y son unas cuatro­cientas, colocadas a ambos lados del paladar; sirven como colador para que escape el agua que han tragado junto a su alimento, el cual queda retenido en la lengua. La ballena puede permanecer sumergida hasta cua­renta minutos y entonces, al salir a la superficie, expele el agua que durante ese tiempo ha entrado en sus pul­mones y lo hace en forma de surtidor, al que acompaña un fuerte resoplido.
Eso sí, mientras no le amenaza ningún peligro, per­manece flotando en la superficie y hasta salta sobre ella, con la agilidad que nadie pensaría al ver su monstruoso tamaño. Hasta llega a salir por completo del agua.
Del cachalote, que es otra de las especies de ballena, se extrae un finísimo aceite. El cachalote tiene una cabeza enorme, que puede llegar a ser hasta un tercio de la longitud total del animal. Gran parte de esta cabeza está llena de ese líquido graso.
El cachalote carece de barbas, pero posee en cambio dientes muy poderosos en la mandíbula inferior, y en la superior unas cavidades en las que encajan los dientes. Éstos son de marfil y pueden tener hasta un centenar de ellos, que le sirven para devorar las presas, y éstas ya no son diminutas, sino pulpos, calamares y hasta tiburones pequeños y focas, pero sobre todo pulpos, los cuales, cuando son grandes, oponen muy fuerte resistencia, lle­gando a herir al cachalote con su córneo pico.
El cachalote se encuentra en casi todos los mares y generalmente viaja en bandadas; no es raro verle hacer cabriolas y dar enormes saltos sobre las olas, por lo que es extraordinariamente difícil clavarle el arpón. Los ba­lleneros que lo sabían hacer, eran raros, ya que el cacha­lote tiene la costumbre de brincar sobre las lanchas, a
las cuales hunde y destruye con su enorme peso, sobre todo cuando esas barcas eran de madera.
Y dicho todo esto, continúo con mi relato.
A mediodía, «Buñuelo», el camarero, anunciaba a su señor que la comida estaba servida. El «viejo», sentado en la ballenera de barlovento, acababa de tomar la al­tura del sol.
Acab parecía no haberle oído, pero agarrándose a los obenques de la mesana, se deslizaba sobré cubierta y decía:
-A comer, señor Starbuck.
Éste daba una vuelta por cubierta y añadía por su cuenta:
-A comer, señor Stubb.
El cual, a su vez, anunciaba:
-A comer, señor Flask.
Esta costumbre no se interrumpía nunca, porque así lo exige la etiqueta marina. Lo mismo que si alguna vez en cubierta, uno de los oficiales podía mostrarse audaz e incluso retador frente al capitán, tan pronto como to­dos ellos se encontraban en la cámara, se tornaban humildes como niños.
Acab presidía la mesa como un rey preside su corte. Cada oficial aguardaba el turno para servirse, como un hijo que espera a que su padre empiece a comer. Acab hacía un gesto y Starbuck acercaba su plato, recibiendo la pitanza casi como si de una limosna se tratara. Y todo ello en silencio, ya que aunque Acab no ordenaba guar­darlo en la mesa, todos ellos mantenían las bocas ce­rradas.
A Flask, el de menor graduación, le tocaban los tro­zos más pequeños y los huesos del puerco salado. Era el último en bajar a la cámara y el primero en subir de nue­vo a cubierta. Apenas si había tenido tiempo para comer.
Acab y sus oficiales componían lo que pudiera lla­marse la primera mesa de la cámara. Una vez que ha­bían terminado y se habían marchado, se limpiaba el mantel por el camarero y les tocaba el turno a los balle­neros.
Los cuales, por supuesto, no se comportaban con aquella helada cortesía y aquel respetuoso silencio, sino que bien al contrario lo hacían en una camaradería total­mente democrática. Comían ferozmente, haciendo rui­do, y se llenaban la tripa con avidez, mientras intercam­biaban bromas de palabra y obra. Tanto Queequeg como Tashtego tenían un apetito de lobo, por lo cual el pálido «Buñuelo» se veía y deseaba para llenarles los platos de grandes lonjas de tasajo. Y, ¡ay de él si no se daba prisa!, porque Tashtego le lanzaba inmediatamen­te el tenedor al trasero, como si se tratara de un arpón. E incluso alguna vez Daggoo lo levantó en vilo y le metió la cabeza en una cuba de madera, mientras Tash­tego hacía ademán de cortarle el cuero cabelludo.
Con lo cual toda la vida de «Buñuelo». hombre pa­cífico si los hay, transcurría en un puro sobresalto. Era un verdadero espectáculo ver a Tashtego y a Queequeg frente a frente tratando de llegar a la conclusión de cuál de ellos tragaba más, mientras que el africano Daggoo, que no hubiera podido permanecer sentado en un espa­cio tan bajo de techo, comía tumbado en el suelo, y a cada uno de los movimientos de su inmenso corpachón, amenazaba con desencuadernar la camerata.
Y sin embargo era el más frugal de todos, casi, casi, podríamos decir que melindroso. En cambio Queequeg, con sus dientes limados, hacía un ruido tan atronador al tragar, que el pobre «Buñuelo» tiritaba sólo de verlo.
Luego salían todos de la cámara, ya que era costum­bre que en ella sólo se estuviera a las horas de comer y que el tiempo de los arponeros y de los oficiales trans­curriera casi siempre al aire libre.


CAPÍTULO VI

Mientras el tiempo transcurría agradablemente, en lo que se refiere a la temperatura, me llegó el turno de mi primera guardia de vigía en la cofa.
Este trabajo resulta a veces interesante, aunque otras ocasiones pueda resultar muy monótono. Pero es absolutamente necesario para poder observar el mar desde un punto alto al que no pueden llegar los que per­manecen en cubierta.
Se monta la guardia en las cofas de los tres palos desde el amanecer hasta la puesta del sol, relevándose los marineros por turno cada dos horas, lo mismo que en el timón. Para una persona soñadora y dada a la meditación, resulta encantador. A cien pies sobre la cubierta, en silencio, cabalgando sobre los palos como si éstos fuesen gigantescos zancos, en tanto que se ve a los monstruos marinos merodear en torno al barco, se tiene tiempo para pensar. Mientras, el buque cabecea indolentemente en tiempo sereno y una gran paz se apodera del espíritu.
Durante una campaña ballenera, las horas que se pa­san de vigía en el tope o cofa, sumarían meses ente­ros, y hay que tener en cuenta que la comodidad no es precisamente uno de los deleites del vigía. El punta donde uno está encaramado es el más alto del mastele­ro de juanete, donde hay que sostenerse sobre dos del­gados palos paralelos llamados crucetas de juanete. Va­mos, es tan cómodo como estar entre los cuernos de un toro.
Cuando hace frío tiene uno que llevarse un gruesc chaquetón, pero ni siquiera esto puede calentarle a unc a semejante altura y abierto a todos los vientos.
Al poco tiempo del episodio de la pipa, Acab salió a cubierta, como solía, inmediatamente después del desa­yuno y no tardaron en oírse sus pisadas de marfil mien­tras paseaba arriba y abajo sobre el maderamen, el cua conservaba las huellas de su pata artificial. A cada vuel­ta que el capitán daba al llegar al final del paseo, e marfileño zanco dejaba una muesca, una huella, una hondonada en la madera, pese a lo duro de ésta.
-Fíjate bien, Flask -dijo Stubb en un susurro­El polluelo que el capitán lleva dentro está ya picotean do el cascarón. No tardará en salir.
Pasaban las horas. Acab seguía paseando con aque lla maniática resolución y el ceño fruncido.
Declinaba el día cuando de pronto se detuvo junto: la amurada, metió la pata de marfil en un agujero, se tomó de un obenque y ordenó a Stubb que llamase a popa a todo el mundo.
-¡Señor! -respondió el primer oficial, un poco asombrado de una orden que casi nunca se da a bordo sino en circunstancias extraordinarias.
-¡Todo el mundo a popa! -repitió Acab-. ¡Ah del tope! ¡Abajo los vigías!
Una vez reunida toda la tripulación, que le miraba con ojos curiosos y no muy tranquilos, porque su rostro seguía ceñido, Acab lanzó una ojeada por encima de la amura. Seguía su paseo, con la cabeza baja y el som­brero encasquetado. Tanto que Stubb le susurró a Flask que quizá los había convocado para hacerles presenciar alguna proeza.
Súbitamente, Acab se detuvo.
-¡Muchachos! ¿Qué hacéis cuando veis una ba­llena!
-¡Dar la voz de alarma! -respondió una docena de voces.
-¡Bien! -gritó Acab-. Y después, ¿qué hacéis, muchachos?
-Arriar las balleneras y ¡a la caza!
-Y, ¿cuál es el soniquete con el que remáis?
-¡Ballena muerta o lancha a pique, señor!
A cada respuesta, el rostro del viejo parecía más y más complacido, en tanto que los marineros se miraban entre sí, boquiabiertos.
Acab dio una vuelta sobre su pata y, agarrándose a otro obenque, añadió:
-Todos los vigías me habéis oído dar una orden acerca de una ballena blanca. Pues bien, ¡atención aho­ra! ¿Veis esta onza española de oro?
E hizo relucir la moneda al sol.
-Vale dieciséis dólares, muchachos. ¿La veis? Señor Starbuck, déme un martillo.
El primer oficial fue a recogerlo, mientras Acab, si­lencioso, frotaba la moneda como para sacarle más bri­llo aún.
Starbuck le entregó el martillo y Acab se acercó al palo mayor con él en alto, y exclamó con voz chillona­
-Aquel de entre vosotros que descubra esa ballena, que tiene tres agujeros en la aleta de estribor de la cola, aquel que la descubra, se lleva esta onza de oro, hijos míos.
-¡Hurra! -gritaron los marineros, tirando al aire sus sombreros mientras el capitán clavaba la moneda en el palo mayor.
-He dicho una ballena blanca -continuó Acab ti­rando el martillo-. Cien ojos, hijos míos. Tan pronto, como veáis una burbuja, ¡avisad!
Durante todo este tiempo, Tashtego, Daggoo y Queequeg habían estado contemplándolo con más inte­rés aún que los demás. Al oír las palabras con las que el capitán describía la ballena, dieron un salto, como si a cada uno de ellos se le despertase un recuerdo.
-Capitán -dijo Tashtego-. Esa ballena blanca es la que algunos llaman Moby Dick, ¿no es cierto? -Entonces -gritó Acab-, ¿conoces a la Ballena Blanca? ¿Eh, Tash?
-¿No abanica con la cola antes de sumergirse, señor?
-Y, ¿no tiene también un surtidor raro? -preguntó Daggoo a su vez-. ¿Muy copudo para un cachalote? ¿Y muy rápido, capitán?
-Y tiene... -gritó Queequeg-, varios arpones en la piel todos retorcidos y tuertos como ella... -y en su extraña lengua apenas bastaba para dar la sensación de lo que quería describir.
-¡Como un tirabuzón, sí! Sí, Queequeg, los arpones los tiene clavados y retorcidos. Sí, Daggoo, el surtidor es enorme y como una gavilla, y blanco como la lana lavada. Sí, Tashtego, abanica con la cola como un foque al que el viento le ha roto la escota... ¡Sí, condenación! ¡Ésa es Moby Dick, chicos! ¡Moby Dick!
-Capitán -dijo Starbuck, quien hasta entonces se había limitado con los otros dos oficiales a contemplar a su superior con creciente sorpresa-. Capitán, he oído hablar de Moby Dick, pero... ¿no fue Moby Dick acaso la que le cortó a usted la pierna, señor?
-¿Quién se lo ha dicho? Sí, Starbuck, sí, hijos míos, fue Moby Dick la que me desarboló. A Moby Dick le debo este muñón muerto en el que ahora me sostengo. ¡Sí, sí! -añadió en un sollozo terrible, casi animal-. ¡Sí! ¡Esa maldita ballena blanca me dejó inválido para toda mi vida!
Alzó los dos brazos al aire:
-Sí, y la he de perseguir más allá del Cabo de Hor­nos y más allá del de Buena Esperanza, más allá del Maelstron, y más allá de los fuegos del infierno antes de renunciar a cogerla. Y para eso os habéis embarcado, muchachos, para perseguir a la Ballena Blanca por am­bos hemisferios si es preciso, y por todos los rincones del universo hasta que lance sangre negra por el surtidor y flote panza arriba. Conque, hijos míos, ¿queda cerra­do el trato? ¿O acaso no sois una partida de valientes, como creo?
-¡Sí, sí! -gritaron los arponeros y los marineros acercándose al viejo-. ¡Ojo avizor a la Ballena Blan­ca! ¡Un arpón bien afilado para Moby Dick!
-¡Dios os bendiga! -sollozó él-. ¡Camarero! ¡Una buena ración de ponche! Pero, señor Starbuck, ¿qué cara es ésa? ¿No quiere cazar a la Ballena Blanca? ¿No se atreve usted con Moby Dick?
-Me atrevo, señor, si viene como es debido en el curso de nuestra caza. Pero yo he venido a cazar balle­nas, no para consumar una venganza. ¿Cuántos barriles de aceite le produciría la venganza, capitán Acab? Eso aunque pudiera capturarla. En el mercado de Nantucket no le produciría mucho.
-¡El mercado de Nantucket! ¡Bah! Acérquese, se­ñor Starbuck, que le diga algo. No todo se cuenta en dinero, en guineas, en dólares. Pero mi venganza logra­rá un gran precio, aquí.
Y se golpeaba el ancho pecho.
-Vengarse de una bestia irracional -dijo Star­buck-, que le atacó simplemente porque así se lo man­daba su instinto, ¡eso es una locura! ¡Eso parece una blasfemia, capitán!
-Escúcheme: para mí la Ballena Blanca es una mu­ralla que me rodea. Me hostiga, me aplasta, veo en ella una fuerza insultante, una malicia que la anima contra mí. No me hable usted de blasfemias: yo pegaría al mis­mo sol, si me ofendiera. ¡Ah, te sonrojas y palideces! No quise enfadarlo, no quise ofenderlo. Pero, ¿no están todos de mi parte en esta cuestión de la Ballena Blanca? Mire a Stubb: se está riendo. Mira a ese chileno: ¡bufa nada más que de pensar en ello! Porque, ¿de qué se tra­ta? De llevar algo hasta el fin, nada de proezas. De fijo que el mejor arpón de Nantucket no se va a echar atrás. Ah, ya veo que está confuso. Pero, ¡hable, pues! Ya lo ve: Su silencio habla por usted.
-Dios me tenga en su mano y a todos nosotros tam­bién -murmuró Starbuck.
Acab no pareció oír aquellas últimas palabras, ni tampoco la risa ahogada que salía del sollado, ni la voz del viento en el aparejo.
-¡El ponche! -gritó Acab.
Y cuando tuvo en la mano la jarra de peltre se volvió hacia los arponeros y les ordenó sacar sus armas. Los alineó luego ante sí, junto al cabrestante, con los arpo­nes en la mano, mientras que sus tres oficiales le rodea­ban con sus lanzas y el resto de la tripulación formaba corro en torno al grupo, y se quedó plantado mirando con ojos penetrantes a cada uno de sus tripulantes.
-¡Bebe y pásalo! -ordenó entregando la jarra al marinero más próximo-. Por ahora, sólo la tripula­ción. ¡Que corra! Tragos breves, muchachos, porque es más fuerte que la pezuña de Satanás. Así. ¡Así va bien! El licor aguzará vuestros ojos y vuestro espíritu.
Y siguió:
-Un momento ahora, valientes: aquí estáis todos, arponeros, oficiales y tripulación. Vamos a ver. Formad un círculo alrededor, de modo que pueda resucitar una de las más antiguas costumbres de mis antepasados pes­cadores. ¡Ah, muchachos, ya veréis cómo...! A ver, chi­co, ¿ya estás de vuelta? Dámelo. Vamos, la jarra ya está de nuevo llena a rebosar.
-Vosotros, los oficiales, cruzad las lanzas delante de mí. ¡Muy bien! Dejadme tocar el pecho -y al decir esto juntó las lanzas y las cogió al tiempo que les daba
una fuerte sacudida y miraba a Starbuck, pasaba luego: la mirada a Flask y a Stubb, como si quisiera imbuirles por medio de su voluntad la misma emoción que le ani­maba a él. Los tres oficiales se estremecieron ante aquel gesto y apartaron de él la vista.
-¡Abajo las lanzas! Y ahora oficiales, os nombro coperos de mis tres deudos infieles, de vosotros, caba­lleros. Pues, ¿qué? ¿No lava el Papa los pies de los mendigos? ¿No usa su propia tiara como jofaina? ¡Cor­tad las ligaduras y quitad los mangos!
Obedecieron en silencio, quedando los tres planta­dos con los hierros de los arpones, de unos tres pies de largo, sosteniéndolos de punta ante él.
-No me vayáis a pinchar con esos aceros. ¡Volved­los hacia abajo! ¡Así! Y ahora, vosotros, los coperos, avanzad. Coged los hierros y sostenedlos mientras les lleno la copa -y procedió a hacerlo con el ardiente líquido de la jarra.
-Así, plantados, tres para tres. ¡Entregad los cálices asesinos! ¡Entregadlos vosotros, que formáis ya parte de esta alianza indisoluble! ¡Eh, Starbuck! ¡Esto ya está hecho! El sol no espera más que a santificarlo para hun­dirse en el horizonte! Bebed. ¡Bebed y jurad! ¡Muera la Ballena Blanca! ¡Muera Moby Dick! ¡Que Dios acabe con nosotros si nosotros no acabamos con Moby Dick?
Se alzaron los extraños recipientes y se bebió el lí­quido entre gritos y maldiciones contra la Ballena Blanca.
Starbuck había palidecido y se estremecía. La jarra, llena de nuevo, volvió a pasar entre la tripulación, que estaba casi frenética. Y al hacer Acab una señal con la mano, se dispersaron todos, mientras el capitán se metía en la cámara.


CAPÍTULO VII


Yo, Ismael, formaba parte de aquella tripulación; mis gritos se habían alzado como los de los demás, mis jura­mentos se habían fundido con los suyos. Grité más alto y juré más fuerte, a causa del terror que se había apode­rado de mi alma. Me poseía un insensato y místico sentimiento de conmiseración. Parecía mío el odio insa­ciable de Acab. Escuché con avidez la historia de aquel monstruo contra el que habíamos jurado venganza o muerte, yo y todos los demás.
Durante mucho tiempo, aunque sólo a intervalos, la solitaria y arisca ballena blanca había recorrido todos aquellos mares, pero había muchos marineros, muchos balleneros que desconocían su existencia.
Sólo unos pocos la habían visto y reconocido, y era muy pequeño el número de los que la habían atacado a sabiendas, pues a causa del gran número de barcos balleneros y el modo desordenado en que se repartían por el mar, eran pocas las noticias que relativas a Moby Dick se esparcieron entre los cazadores.
Hubo, sí, diversos buques que dieron cuenta de haber topado con un cachalote de tamaño y ferocidad extraordinarios, que luego de dejar mal parados a sus atacantes, se les había escapado arteramente, y para algunos resultaba lógico que aquélla debía ser Moby Dick.
Pero la ferocidad no era extraña en los cachalotes, por lo que no resultaba fácil decir si había sido o no aquélla precisamente con la que habían topado. Y en cuanto a los que teniendo ya noticias sobre ella, la encontraron por casualidad, casi todos se habían lanza­do al principio a darle caza como a cualquier otra balle­na de su género. Estos ataques trajeron desastres entre ellos, como brazos rotos, e incluso en ocasiones acci­dentes mortales. Por ello, todas las noticias resultaban confusas y casi siempre contradictorias.
Había otras cosas esencialmente prácticas que influ­yeron en el caso. Ni aun en la actualidad ha desapareci­do todavía de la mente de los balleneros el primitivo prestigio del cachalote, pavorosamente distinto del de los demás ballenáceos, aunque son muchos los ballene­ros que no han tenido nunca encuentros hostiles con esos animales.
Una de las leyendas que se atribuían a la mente su­persticiosa de los marinos, era la de que Moby Dick era ubicua, es decir, se encontraba en varios puntos distin­tos a la vez. Lo cual naturalmente sólo podía atribuirse a superstición, porque aún eran desconocidos los secre­tos de las corrientes marinas, y por otra parte cuando el cachalote viaja sumergido es absolutamente imposible verlo, a no ser que se le vea salir y lanzar un chorro de agua.
Es cosa perfectamente conocida tanto entre los ba­lleneros ingleses como entre los norteamericanos, el haberse capturado al norte del Pacífico ballenas que llevaban clavadas puntas de arpones lanzados en Groenlandia. Y tampoco escapaba a los marinos que el intervalo entre encontrarlos y el momento en que reci­bieron la herida, no podía exceder de muchos días. De ahí que algunos balleneros hayan creído que el proble­ma del paso del Noroeste, que tanto tiempo preocupó al hombre, no lo fue nunca para las ballenas.
Familiarizado con semejantes prodigios no explica­dos, no es pues de extrañar que, sabiendo que Moby Dick había escapado viva después de repetidos ataques, fueran más allá en sus supersticiones, suponiendo que Moby Dick no solamente era ubicua, sino incluso inmortal, y que seguiría nadando viva aunque se le cla­varan en los flancos bosques enteros de arpones, y que si alguna vez se le llegaba a ver lanzar sangre por su surtidor, eso no sería más que una alucinación, pues no tardaría en verse otro surtidor, éste blanco e inmacula­do, brotando a muchas leguas de distancia.
No solamente era su corpulencia lo que le distinguía de los demás cachalotes, sino también una frente arrugada y una blancura de nieve, además de la alta y piramidal joroba blanca.
Y también sus traidoras retiradas cuando se la per­seguía, pues más de una vez se la había visto, cuando nadaba huyendo de sus entusiasmados perseguidores, volverse súbitamente y caer sobre ellos para destrozar sus lanchas.
Su caza había dado ya lugar a numerosas muertes. Calcúlese, pues, la furiosa ira que se apoderaba de sus cazadores cuando salían nadando de entre los destroza­dos restos de sus lanchas y los miembros arrancados de sus compañeros muertos.
Con tres lanchas desfondadas y los hombres deba­tiéndose entre las olas, había habido un capitán que co­giendo el cuchillo de cortar el cable de su proa deshe­cha, se había lanzado sobre la ballena como un duelista, tratando de arrancarle la vida con un arma de sólo seis pulgadas.
Aquel capitán había sido Acab, y fue entonces cuan­do metiéndole por debajo aquella mandíbula en forma de guadaña, le había segado Moby Dick la pierna.
No era, pues, de extrañar que desde aquel instante, un salvaje deseo de venganza contra la ballena blanca se hubiera metido en el espíritu del capitán, tanto más cuanto que no solamente le achacaba la pérdida de su pierna, sino también el desánimo, la enfermedad aními­ca que desde entonces le aquejaba.
A esa causa se podía atribuir su innegable locura du­rante la travesía, así como la sombría melancolía que le dominara hasta el mismo momento de hacerse a la mar en el Pequod.
Teníamos, pues, a aquel anciano canoso e impío per­siguiendo con sus maldiciones a una ballena como la que tragó a Jonás por todo el inmenso océano, y al fren­te de una tripulación constituida principalmente por mestizos renegados, parias y salvajes, en la que sola­mente la virtud de Starbuck, la indiferencia y despreo­cupación de Stubb y la total mediocridad de Flask ponían una nota de sensatez. Dicha tripulación parecía reclutada y reunida por alguna fatalidad infernal para ayudarle en su monomaníaca venganza.
Ya he dicho lo que la ballena significaba para Acab, pero, ¿y para mí? Aparte de las características peligro­sas del animal estaba su blancura, que era lo que más me aterraba, ya que si bien en muchos objetos la blan­cura contribuye a aumentar su belleza, como en los mármoles y en otros objetos, lo cierto es que a mí me producía una extraña sensación de desasosiego.
¿Qué hay en un hombre albino tan repelente como para que hasta su misma familia lo deteste? Pues preci­samente esa blancura. El albino está conformado como los demás, y sin embargo su simple aspecto, su blancu­ra, le hace más repulsivo que el más feo aborto. ¿Por qué?
Y también, ¿por qué a los fantasmas se les atribuye una blancura que contribuye a aterrorizar a los que en ellos piensan? ¿Tal vez por su parecido a alguien envuelto en un sudario?
El fantasma pavoroso y el encapuchado de los mares del Sur ha sido denominado Borrasca Blanca. Y, ¿cómo explicar que el mar Blanco produce en la mente una im­presión tan espectral, en tanto que el Mar Amarillo nos mece con una sensación de seguridad?
Por todas estas cosas, la ballena blanca venía a ser un símbolo de algo muy desagradable para mí. Y dejo por el momento estas meditaciones producidas en mi ánimo por la Ballena Blanca.

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-¡Chist! ¿Has oído ese ruido, Cabaco?
Era la segunda guardia nocturna. Brillaba una clara luna, y los marineros formaban una cadena desde las barricas de agua dulce en el combés hasta la del tambu­cho cerca del coronamiento y se pasaban de uno a otro los baldes para llenar esta última. Como la mayoría estaban cerca del sagrado recinto del alcázar, tenían gran cuidado en no hablar alto, y los baldes pasaban de mano en mano en el más profundo silencio, interrumpi­do alguna que otra vez por el aleteo accidental de una vela y el zumbido de la quilla surcando las aguas.
Fue en medio de aquel silencio cuando Archy, uno de los hombres de la cadena, situado cerca de la escotilla de popa, le susurró a un cholo, su vecino, esas palabras.
-Coge el balde, Archy, ¿quieres? ¿De qué ruido hablas?
-Ahí lo tienes de nuevo... bajo la escotilla. ¿No lo oyes? Una especie de tos...
-¿Qué tos ni qué diablos? ¡Alarga ya de una vez ese balde vacío!
-Ahí está otra vez. ¡Ahí mismo! Parece como si...
-Déjame en paz, camarada, ¿quieres? Deben de ser las galletas de la cena que te bailan en el estómago. ¡Ojo al balde!
-Por más que digas, yo tengo buen oído. Búrlate cuanto quieras, pero ya veremos lo que resulta. Escu­cha, Cabaco, en el sollado de popa hay alguien a quien aún no se ha visto en cubierta, y me huelo que nuestro viejo mogol sabe algo de ello. Además, una vez, estan­do yo de guardia, le oí a Stubb decirle a Flask que sos­pechaba algo semejante a eso.
-¡Chist! ¡El balde!
Aquello pareció terminar la discusión.

CAPÍTULO VIII


Si hubierais seguido al capitán Acab hasta la cámara después de la insensata aceptación por parte de la tri­pulación de sus propósitos maníacos, le habríais visto dirigirse a un armario que había en los finos de popa, sacar un gran rollo arrugado de cartas marinas y exten­derlo ante sí sobre la mesa atornillada al suelo.
Se sentó ante ella y se puso a estudiar con atención las diversas líneas que se ofrecían a su vista, y con un lápiz y mano segura aunque lenta, trazó nuevas rutas por espacios hasta entonces vacíos. En ocasiones echa­ba mano a unos derroteros que tenía a su lado, donde estaban apuntados los lugares y ocasiones en que se habían visto o cazado cachalotes en los viajes de otros barcos.
Mientras se entregaba a esta ocupación, el pesado farol de peltre, colgando con cadenas sobre su cabeza, se balanceaba siguiendo los movimientos del barco y proyectaba luces y sombras sobre la frente contraída.
Acab hacía lo mismo casi todas las noches, y casi siempre borraba algunos trazos de lápiz, sustituyéndo­los por otros. Tejía las cartas de los cuatro océanos que tenía delante, con su laberinto de corrientes y remoli­nos, para asegurar la consecución de la idea fija que le roía el alma.
Para quien no esté al tanto de las costumbres de los cachalotes y las ballenas, podrá parecer una idea absur­da buscar de ese modo a un animal solitario en el océa­no, pero no le parecía así a Acab, que conocía perfecta­mente las series de corrientes y mareas y podía calcular la deriva de los pasos del cachalote, y así calibrar las posibilidades de encontrarlo en tal lugar o tal fecha.
Es cosa conocida y probada la periodicidad de las visitas de los cachalotes a determinadas aguas, tanto que muchos cazadores piensan que sería posible esta­blecerlas, como se hace con los bancos de bacalao o los de los arenques.
Los cachalotes, al desplazarse de unos «pastos» a otros, siguen casi siempre lo que se llama «vetas», sin desviarse ni un punto de determinadas direcciones ma­rítimas, con exactitud tan precisa que no hubo jamás ningún buque que siguiera su derrota en mapa con tan maravillosa precisión.
De ahí que Acab confiara en encontrar su presa en pastos bien conocidos y pensara que podía incluso ade­lantarse a sus intenciones para esperarla en el instante preciso.
Había una circunstancia que podía trastornar el plan del capitán Acab. Aunque los cachalotes en manada tengan sus costumbres regulares, no se puede estar seguro de que las manadas que frecuenten un pasto sean
las mismas que lo hagan en la temporada siguiente. Esto mismo es aplicable sobre todo a los cachalotes solitarios, como era el caso de Moby Dick. Aunque a éste se le hubiera visto en las islas Seychelles, por ejem­plo, no se podía deducir matemáticamente por ello que en la época posterior hubiera de encontrarse allí.
Ahora bien, el Pequod había zarpado de Nantucket precisamente al comienzo de la «temporada» en el Ecuador, de modo que de ninguna manera el capitán podía lograr hacer toda la travesía hacia el Sur, doblar el Cabo de Hornos y recorrer sesenta grados de latitud para llegar al Pacífico Ecuatorial a tiempo para la caza. Tenía, pues, que esperar a la temporada próxima. Pero por otra parte ello le daba tiempo para, aquellos tres­cientos sesenta y cinco días, dedicarse a la pesca, que al fin y al cabo era para lo que se había armado el Pequod, sin olvidar tampoco el buscar a Moby Dick por si algu­na casualidad extraordinaria lo ponía a su alcance.
Sin embargo, aun admitido todo eso, resulta clara­mente insensato el que se pueda reconocer a una balle­na solitaria, aunque la encontrara. Es decir, resultaría insensato para alguien que no tuviera como Acab, la pista del gigantesco morro blanco que resultaba sobre todas las demás ballenas.
Bien, el caso es que aunque consumido en la hogue­ra de sus ardientes propósitos de venganza, no debía ol­vidar su deber como capitán de un buque ballenero. Para ello necesitaba un instrumento tan propenso a estropearse como los hombres. Sabía, por ejemplo, que por mucho que fuera el ascendiente magnético que ejer­cía sobre Starbuck, temía no poder llegar a dominarlo por entero, ya que su primer oficial detestaba en el fondo de su alma los propósitos vengativos del capitán. Por ello debía tratar de alternar su poder sobre él en lo relativo a su propósito, con el objetivo principal de la nave, que era el de cazar ballenas.
Sí, por mucho que Acab desease encontrar al mons­truo que le había dejado lisiado y enfermo, debía tam­bién preocuparse por otras cosas.
Era una tarde brumosa y pesada. Los marineros re­posaban perezosamente sobre cubierta y miraban sin ver las aguas plomizas. Queequeg y yo nos ocupába­mos en trenzar lo que se llama una baderna para nues­tra lancha.

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En esta tarea hacía yo de criado de Queequeg. Pasa­ba y volvía a pasar la trama de la trincafia por entre los largos hilos de la urdimbre, sirviéndome de la mano como de una lanzadera, en tanto que Queequeg los esti­raba y ajustaba a la perfección.
Estábamos en ello cuando me sorprendió un sonido tan extraño, alargado y desafinado, que me detuve, y me quedé mirando, como un tonto, boquiabierto, hacia las nubes, de donde parecía haber caído aquella voz.
Arriba, en las crucetas, estaba el indio loco, Tashte­go, con el cuerpo echado hacia delante, la mano exten­dida como una batuta y lanzando sus extrañísimos gri­tos a intervalos. Parecía un profeta o un muecín, al verle gritar mientras miraba ávidamente al horizonte.
-¡Por allí resopla! ¡Por allí! ¡Allí resopla! ¡Re­sopla!
-¿Por dónde?
-¡A sotavento a dos millas! ¡Todo un colegio de ellos!
En el acto se produjo un enorme revuelo a bordo.
El cachalote lanza un surtidor a compás, con la uni­formidad de un reloj, por lo cual los balleneros lo dis­tinguen de los demás de su especie.
-¡Allá van las colas! -gritaba Tashtego-. ¡Ahora han desaparecido!
-¡Pronto! ¡Camarero! -gritó Acab-. ¡La hora! «Buñuelo» se precipitó escaleras abajo y miró el cro­nómetro. Le comunicó a Acab la hora exacta que mar­caba.
Dejando la bolina, el buque cabeceaba ante la brisa. Y como Tashtego avisara que las ballenas se habían su­mergido a sotavento, esperábamos confiadamente ver­las surgir de nuevo a proa, pues no era de prever que recurrieran a la conocida argucia de los cachalotes, que sumergiéndose en una dirección, cambian el senti­do de ésta debajo del agua. Y no era de esperar porque probablemente ellos no se sentían amenazados.
Inmediatamente, Tashtego fue relevado en el calcés por uno de los marineros de retén. Estaban ya en su sitio los carretes y los arpones. Se sacaron los pescantes, se cargó la vela mayor y las tres balleneras se balancearon sobre el agua. Sus tripulaciones, impacientes, aguarda­ban por fuera de la amurada, con una mano en la regala y el pie presto en la borda.
Pero en ese momento crítico se oyó una exclamación súbita que apartó de las ballenas todas las miradas. To­dos se quedaron mirando el atezado rostro de Acab, el cual había aparecido en la cubierta rodeado de cinco fantasmas que parecían haberse materializado en el aire junto a él.
Estos fantasmas corrían por la otra banda de la cu­bierta y con silenciosa rapidez soltaban las garruchas y ligaduras de la lancha que allí colgaba. Se la había considerado siempre como de repuesto, aunque oficialmente se la llamara la lancha del capitán, por colgar en la banda de estribor.
La primera silueta que se veía, el primer fantasma, era alta y atezada, con un diente que asomaba siniestra­mente por entre sus labios. Vestía una ajustada túnica china de algodón, de color negro, con unos amplios pantalones de la misma tela oscura.
Y coronando toda aquella ropa negra surgía un tur­bante de un blanco deslumbrador formado por los ní­veos cabellos del aparecido, y arrollados en la cabeza. De aspecto menos cetrino, los compañeros de aquel siniestro tipo tenían la tez de un amarillo moreno, pecu­liar de los indígenas de las Filipinas, raza conocida por su diabólica sutileza, y para algunos marineros blancos no otra sino demonios encarnados.
En tanto que la atónita tripulación del buque seguía mirando de hito en hito a aquellos desconocidos, Acab le gritó al viejo que los mandaba:
-¿Listos, Fedallah?
-¡Listos! -le contestaron con tono silbante.
-¡Arriad los botes! ¿Me oís? -gritó el capitán al otro lado de la cubierta-. ¡Que arriéis, os digo!
Su voz era tan atronadora que, a despecho de su asombro supersticioso, los marineros saltaron por enci­ma de la regala, funcionaron las poleas y las tres balle­neras cayeron al agua, en tanto que con una gran agili­dad, saltaban los marineros como cabras desde las bor­das a las chalupas.
Apenas se separaron de la banda de sotavento, cuan­do ya aparecía bajo la popa, viniendo de barlovento, otra cuarta lancha en la que se veía a los cinco descono­cidos bogando, y a Acab, tieso a popa, que les gritaba estentóreamente a Starbuck, Stubb y Flask que se sepa­raran cuanto pudieran para abarcar la mayor cantidad posible de espacio.
Pero los tripulantes, con la mirada clavada en la bar­ca de Fedallah, no obedecían la orden.
-¡Capitán Acab...! -comenzó a decir Starbuck.
-¡Que os separéis! Desplegad y dejad espacio entre las cuatro lanchas. ¡Tú, Flask, tira más a sotavento!
-Sí, sí, señor -respondió el tercer oficial dando vuelta al gran remo con el que gobernaba-. ¡Ciad! ¡Y no sigas mirando a esos amarillos, Archy!
-Oh, no me ocupo de ellos, señor -respondió Ar­chy-. Ya lo sabía yo hace tiempo. ¿Es que no les he oído en el sollado, y no se lo dije a Cabaco? ¡Eh! ¿Qué dices ahora, Cabaco? Son polizones, señor Flask.
-¡Vamos, hijos míos, remad! -decía Stubb a sus tripulantes, que aún parecían inquietos-. ¿Por qué no os partís los riñones? ¿Qué miráis embobados? ¿A aquellos sujetos de la ballenera? ¡Vamos, no son sino cinco marineros más que vienen a ayudarnos! ¡Cuantos más, mejor! ¡Bogad, bogad! Así, ¡así me gus­ta! ¿Es que no os gusta el azufre? A mí tampoco, pero no nos importa. ¡Avante, avante, hijos míos!
Esa era la peculiar manera que tenía Stubb de animar a sus hombres, como si se les inculcase el culto a remar. Pero su principal particularidad era que jamás se enfadaba con sus marineros. Les decía las cosas más extrañas y a veces horribles, pero sin perder en ninguna ocasión su tranquilidad.
Obedeciendo a una señal de Acab, Starbuck manio­braba ahora a proa de Stubb, y al encontrarse cerca, Stubb llamó al primer oficial:
-¡Ah del bote a babor! ¡Señor Starbuck, querría de­cirle dos palabras si me lo permite!
-¡Hola! -respondió Starbuck, sin volverse y sin desviarse de su rumbo una sola pulgada.
-¿Qué le parecen esos amarillos, señor?
-Pues que se han metido de matute no sé como. ¡Duro! ¡Duro! ¡Duro, muchachos! ¡Mal asunto, señor Stubb! ¡Vamos, muchachos, meterle fuego a los remos! Pero no importa, señor Stubb, tanto mejor. Que su tri­pulación bogue cuanto pueda, pase lo que pase. i Avan­te, chicos, avante! Tenemos delante muchas barricas cargadas de buena esperma. ¡Esperma, eso es lo que nos interesa!
-Eso es lo que me pareció a mí -dijo Stubb-. Para eso es para lo que iba tantas veces al sollado de popa el «Buñuelo». Allí era donde estaban escondidos. Bueno, esto ya no tiene remedio, así que... ¡a bogar, chi­cos! ¡Rompeos los riñones!
La aparición de aquellos desconocidos en el crítico momento de arriar las lanchas, había resultado una sor­presa supersticiosa para la marinería, aunque ya antes se hubiera corrido entre ella el rumor, propalado por Archy, de que había alguien escondido en la nave. No es que le hubieran dado demasiado crédito, por otra par­te, pero aquí estaba ya la prueba fehaciente.
Pero lo que sí exacerbaba su interés era la participa­ción del viejo, de Acab, en el asunto. Por mi parte, no tardé en recordar las misteriosas sombras que viera subir a bordo del Pequod en aquel oscuro amanecer de Nantucket, así como las enigmáticas alusiones del viejo Elías.
Entre tanto, Acab, fuera del alcance de la voz de sus oficiales, y el más apartado a barlovento, seguía a la ca­beza de las demás balleneras, lo que demostraba la fuer­za de la tripulación que la conducía. Aquellos indivi­duos amarillentos parecían hechos de flejes de acero. En cuanto a Fedallah, que manejaba el remo del arpo­nero, se había quitado la túnica negra y mostraba el tor­so desnudo por encima de la borda, mientras se veía a Acab con un brazo medio echado hacia atrás, como el de un esgrimidor cual si tratara de hacer contrapeso para no resbalar.
Ese brazo extendido hizo de pronto un movimiento peculiar y se quedó quieto. Al instante, se calzaron verticalmente los cinco remos de la ballenera, quedan­do ésta y su tripulación inmóviles en el mar.
Las otras lanchas acortaron su marcha al instante. Los cachalotes se habían sumergido irregularmente, sin dar indicio de sus movimientos, aunque Acab, por estar más cerca, los hubiese observado.
-¡Atención los remeros! ¡Sin quitarle el ojo cada uno a su remo! ¡Tú, Queequeg, en pie!
Saltando ágilmente a la plataforma triangular de proa, el salvaje quedó allí plantado, oteando con ávida mirada al sitio donde se señalara la presencia de los animales. Otro tanto hacía Starbuck en el mismo pues­to de la popa.
No lejos de allí estaba la lancha de Flask, con éste en pie, temerariamente, sobre un grueso tronco que se em­plea para arrollar el cabo del arpón.
-No puedo ver más allá de mis narices -decía «Pendulón»-. Vamos, si alzáis alguno el remo, me su­biré sobre él.
Al oírle, Daggoo se deslizó rápidamente hacia la popa y agarrándose con ambas manos a la borda e irguiéndose, le ofreció sus altos hombros como podio.
-Un calcés tan bueno como cualquier otro, señor. ¿Quiere subir?
-Te lo agradezco, amigo.
Con lo que el gigantesco negro plantó firmemente ambos pies en las bandas opuestas de la ballenera, ofre­ció la palma de la mano al pie de Flask y le depositó con hábil movimiento sobre sus hombros.
Para un novicio resulta siempre interesante e instruc­tivo ver cómo se sostiene el ballenero sobre su lancha, aunque sea en los mares más agitados. Pero aún resulta­ba más extraño ver al pequeño Flask encaramado en el gigantesco Daggoo, ya que aquél parecía un pequeño copo de nieve, con sus rubios cabellos, en los anchos hombros del negro.
En cambio, Stubb no manifestaba tantos deseos de otear el horizonte, pero en cambio disfrutaba de su pipa, que había sacado de la cinta del sombrero, donde siem­pre la llevaba, y la atacaba con la punta del pulgar.
Pero apenas había encendido la cerilla en su mano lijosa, cuando Tashtego, su arponero, que tenía la mira­da clavada a sotavento, se sentó con la rapidez del rayo y gritó frenéticamente:
-¡Abajo! ¡Abajo todos y avante, que ahí están!


CAPÍTULO IX


En aquellos instantes, nadie de tierra adentro hubie­ra podido ver en el mar algo mayor que una sardina. Sólo un agua agitada, y flotando por encima de ella algunas bocanadas de vapor. Pero los pescadores sí, gracias a su experiencia.
Las cuatro lanchas perseguían a aquel punto del agua, que volaba por delante de ellos.
-¡Avante, avante, hijos míos! -repetía Starbuck. En la lancha de «Pendolón» la cosa era distinta:
-¡Cantad, decid algo! ¡Remad y rugid! ¡Atacadme a esos lomos negros! ¡Hacedlo por mí y os regalo mi iraca, con mi mujer, mis hijos y todo lo que en ella hay! ¡Me voy a volver loco si no remáis más aprisa! ¡Vamos, niños, remad!
Nadie, en cambio, hubiera podido decir lo que Acab decía a su exótica tripulación, pero los que le conocían podían razonablemente suponer que serían palabras que nada tenían que ver con el lenguaje evangélico.
Todas las lanchas volaban ahora velozmente. Era un panorama digno de admiración y respeto. La arremoli­nada espuma que levantaban en su persecución, se hacía cada vez más visible a causa de la creciente penumbra. Los surtidores no se agrupaban ya, sino que se dispersaban a derecha e izquierda, y las lanchas igualmente se separaron.
No tardamos en vernos envueltos en un velo de nie­bla que no dejaba ver ni buque ni lanchas.
-¡Avante, hijos! -ordenaba Starbuck-. Aún hay tiempo de pescar antes de que llegue la borrasca. ¡Avante, aprisa!
Y de pronto susurró:
-¡En pie!
Queequeg se levantó de un salto, con el arpón en la mano. Los remeros comprendieron el peligro que les acechaba con sólo ver el rostro del primer oficial.
-¡Ahí tienes la joroba! ¡Allí! ¡Dale!
Un breve silbido anunció que acababa de partir el dardo de Queequeg. Brotó cerca un chorro súbito de va­por ardiente, al tiempo que se sentía un golpe en la popa, como si un terremoto nos hubiera cogido por debajo. Toda la tripulación quedó como sofocada. Fui­mos lanzados violentamente al mar.
Aunque se anegó, la lancha no había sufrido avería alguna. Nadando en torno, recogimos los remos, y, aga­rrándonos a las bordas, volvimos a trepar a la barca, donde quedamos con el agua hasta las rodillas. Aullaba ya el viento y las olas entrechocaban entre sí. Todo cru­jía a nuestro alrededor. Gritábamos a las otras lanchas, pero no nos oían, y del buque no se veía ni rastro. El mar agitado impedía que pudiéramos achicar el agua, y los remos se habían convertido en salvavidas más que otra cosa.
Por fin, tras muchos fracasos, logró Starbuck cortar las ataduras del cuñete impermeable del farol y encen­der una cerilla, para prender éste. Luego le dio el farol a Queequeg para que lo mantuviese levantado.
Empapados, helados, esperamos el alba. Cubría aún el mar la bruma. El farol se había apagado, cuando Quee­queg se puso en pie con una mano en la oreja. Oímos un crujido como de vergas y aparejos. El ruido se acercaba más y más, y entre la bruma distinguimos de pronto una confusa pero enorme silueta. Todos, aterrados, nos lan­zamos al agua, al echársenos encima el buque. Vimos flotar en el agua la barca abandonada, y la enorme masa pasó sobre ella; y ya no se la volvió a ver hasta que reapareció a popa medio volcada. Nadamos en direc­ción a ella y poco después el barco nos recogió. Las otras lanchas habían abandonado la caza y regresado al barco, antes de que la borrasca se les echara encima. A bordo habían perdido las esperanzas de encontrar­nos, pero habían continuado buscándonos por allí. Nos habíamos salvado.
-Queequeg -dije a mi amigo cuando nos izaron a bordo-, ¿ocurre esto muchas veces? -él asintió, silenciosamente. Yo me volví hacia el segundo ofi­cial-. Señor Stubb, creo haberle oído que el señor Starbuck es el más prudente de los balleneros. ¿Es aca­so prudente lanzarse sobre una ballena herida en medio de la bruma y la borrasca?
El segundo oficial, que chupeteaba su pipa, asintió:
-Seguro. Yo he arriado las ballenas de un buque que hacía agua, a la altura del Cabo de Hornos.
-Esa es la ley de la caza -añadió Flask a su vez.
Así que yo ya había aprendido algo sobre las balle­nas y la forma de cazarlas. El principal deber de un ba­llenero era perseguirlas fuera como fuese y en cualquier circunstancia.
-Queequeg -le dije a mi amigo-, ven conmigo, porque quiero hacer testamento. Por cierto que serás también mi albacea y mi heredero -era otra lección que acababa de aprender. Más valía dejar las cosas bien preparadas, ya que la muerte podía llegar en cualquier momento.

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-El viejo es estupendo Stubb a Flask-. Si yo no tuviera más que una pierna puedo asegurarte que no me metería en una ballenera para ir de caza.
-Bueno -respondió el tercer oficial-. Al parecer le basta con tener las dos rodillas, aunque le falte una pierna. En fin, usted mismo lo ha visto.
Muchas veces se ha discutido en las pesquerías si un capitán puede y debe arriesgarse en los peligros direc­tos de la caza, pero en el caso de Acab aquello tenía un aspecto completamente distinto. ¿Tenía un tullido el derecho a participar en la caza subido en una ballenera? ¿Lo admitirían los armadores del Pequod? ¿Y que dis­pusiera de una tripulación propia para su lancha? El caso es que él no parecía haber consultado con nadie para meter cinco marineros más en el barco. Bien es cierto que todos habían visto con qué cuidado había tra­tado a su lancha, subiendo en ella numerosas veces y vigilando que estuviera perfectamente a punto, pero lo habían atribuido a su maniático deseo de cazar a Moby Dick, ya que había manifestado su deseo de perseguir en persona al monstruo. Pero no que dispusiera para ello de una tripulación especial, que había escondido hasta entonces.
En cuanto a ésta, no tardó en desaparecer el asom­bro que su presencia había producido en el resto del pa­saje. Pronto encontraron acomodo entre los demás marineros, aunque el que parecía su jefe, Fedallah, el hombre del turbante, siguió siendo un misterio hasta el final. Nadie sabía qué lazos le unían a Acab ni de dónde procedía la influencia e incluso autoridad que tenía sobre él.
Pasaron días y semanas, y con vientos favorables, el Pequod había recorrido cuatro caladeros distintos: el de la altura de las Azores, el de Cabo Verde, el del Plata y el llamado de Carroll, al sur de la isla de Santa Elena.
Fue mientras navegábamos en estas últimas aguas cuando una serena noche de luna se columbró un surti­dor plateado a proa. Iluminado por la luna presentaba un aspecto fascinador. Fedallah fue el primero que lo descubrió, pues en tales noches solía subirse al palo mayor y montar allí la guardia.
Y desde allí se oyó su voz, casi sobrenatural, anun­ciando el encuentro. Todos los marineros se pusieron en piel a «¡Por allí resopla!» Recorriendo la cubierta con pasos rápidos aunque cojeantes, Acab mandó izar las velas de juanete y sobrejuanete y largar las bonetas.
El barco avanzó majestuosamente, con el viento de popa. Pero a pesar del viento, y de la gran velocidad del Pequod, no se volvió a ver aquella noche el surtidor plateado.
Casi se había olvidado el incidente, cuando pocos días después se volvió a señalar el fenómeno, a la mis­ma hora que la vez anterior. Pero al poner proa a él, desapareció de nuevo, como si nunca hubiera existido.
Y así estuvo jugando con nosotros, noche tras noche, hasta que ya nadie le hizo caso, excepto para maravillarse de la regularidad con que aparecía. Se elevaba en la noche y desaparecía durante dos o tres días, como si avanzara en nuestra misma ruta, y con su surtidor solitario nos invitara a seguirlo.
No tardó en correr entre los supersticiosos marineros el rumor de que aquel surtidor sólo podía pertenecer a Moby Dick. Ese rumor no estaba exento del temor de que el monstruo nos estuviera atrayendo a una trampa, en la que, revolviéndose de pronto, nos atacase.
Todo ello se producía en un mar en calma, hasta que al virar hacia el Este, los vientos del Cabo comenzaron a aullar en nuestro derredor, haciéndonos danzar sobre las olas.
Ante nuestra misma proa surgían del agua siluetas extrañas, en tanto que a popa volaban los cuervos mari­nos. Y cada mañana podíamos ver filas enteras de aque­llas aves agoreras posadas en nuestros vientos, agarrán­dose obstinadamente a las cuerdas. Las enormes olas nos asaltaban de todos lados. A eso es a lo que llaman «El Cabo de Buena Esperanza». Bonito nombre, a fe mía, que no corresponde a la realidad. Los antiguos lo llamaban el «Cabo de las Tormentas», lo cual le cuadra mucho mejor.
Durante esos días, Acab se mostraba más sombrío que nunca, y apenas dejaba la peligrosa y resbaladiza cubierta. Pasaba horas y horas con su pata metida en el agujero y agarrado a un obenque, mirando fijamente a barlovento, mientras las ráfagas de nieve le escarcha­ban las pestañas. La tripulación, ahuyentada de la proa, se alineaba contra la amurada del combés. Se hablaba muy poco.
Por la noche reinaba el mismo silencio humano, en­tre los alaridos del viento, y Acab seguía aguantando el temporal. Ni siquiera cuando la naturaleza cansada exi­gía reposo, lo iba a buscar a su litera. Starbuck no olvidaría jamás la noche en que al bajar a la cámara halló al viejo sentado tieso, con los ojos cerrados, sen­tado en su sillón, con el sombrero y el capote goteando aún. A su lado sobre la mesa, descansaba una de aque­llas cartas marinas, y de la mano le colgaba el farol.
-Terrible viejo -dijo Starbuck mientras volvía a cubierta-. Ni aun dormido olvidas tu propósito.
Al sudoeste del Cabo, por fin, apareció la proa de un buque. Era el Goney «Albatros». Pude contemplar lo que sin duda otros veían en nuestro navío: el resultado de una larga temporada en el mar. El casco estaba tan descolorido como el esqueleto de una morsa encallada. Los costados surcados por regueros de herrumbre rojiza, y las vergas y aparejos parecían las ramas de un árbol cubiertas de escarcha.
Al acercarnos, quedamos tan próximos que los seis vigías hubieran casi podido intercambiar sus puestos con un salto. Desde el alcázar del Goney nos llegó una voz clara y fuerte.
-¡Ah del barco! ¿Habéis visto ya a la Ballena Blanca?
Pero si seguía hablando no pudimos oír, porque al capitán se le cayó 1a bocina de la boca al mar. Su buque comenzó a alejarse. Acab pareció titubear un momento, pareciendo pensar si lanzaría un bote o no para ir al otro navío. Pero cuando nos encontrábamos a barlovento, cogió la bocina:
-¡Ah del barco! Somos el Pequod, de Nantucket, que da la vuelta al mundo. Decid que nos dirijan el co­rreo al Pacífico, y si dentro de tres años no hemos vuel­to, que lo manden al infierno.
En aquel momento se cruzaban las estelas de ambos barcos, y los pececillos que durante días enteros nada­ron a nuestro alrededor, se agruparon para seguir al Goney.
Acab lo notó.
-Conque, ¿me abandonáis?
Y el tono en que pronunció esas palabras tenía un dejo de tristeza profunda y desesperada.
Pero en seguida se volvió al timonel y le gritó:
-¡Arriba el timón! ¡Firme en la derrota, aunque sea al fin del mundo!
Pero, ¿dónde está el fin del mundo? Si le damos la vuelta a éste, habremos vuelto al punto de partida.
El motivo de que Acab no se hubiera trasladado al otro barco, como muchas veces se hace en señal de amistad y cortesía, no era otro sino el que se aproxima­ba una tormenta. Aunque no podríamos asegurar que en caso contrario lo hubiera hecho, tampoco, ya que a juz­gar por lo que en otras ocasiones observamos, no tenía interés alguno en intercambiar saludos con los demás capitanes, salvo si podían proporcionarle noticias de lo que le interesaba.
Y sin embargo, suele ser lo más natural entre barcos. Uno puede llevar correo para el otro, o intercambiar periódicos atrasados, pero siempre interesantes para el que lleva mucho tiempo en el mar. Hablar de las pes­querías y los caladeros. Esto se hace tanto entre barcos de la misma nacionalidad como en aquellos que perte­necen a distintas latitudes.
De entre todos los buques que surcan los mares, los balleneros suelen ser los más sociables. Se intercam­bian visitas y se cuentan sus aventuras y cómo les ha ido la pesca...
Mas para Acab no había más que una sola cosa en el mundo, y todos sabemos ya cuál era.
No quena, al parecer, perder el tiempo en nada más. Todo lo demás resultaba superfluo para él.


CAPÍTULO X


El Cabo de Buena Esperanza es una encrucijada en los caminos del mar, donde se cruzan más viajeros que en parte alguna. No mucho después de hallar al Goney nos encontramos otro ballenero, el Town-Ho! (el «¡Ah de la Casa!»), tripulado casi exclusivamente por poline­sios. En una breve visita, nos comunicó algunas noti­cias relativas a Moby Dick. Resumiéndolo, era lo siguiente, y aquello causó una gran impresión en la tri­pulación del Pequod. Uno de los polinesios se lo refirió a Tashtego y éste, en sueños, habló de ello. Cuando lo estrechamos a preguntas, nos contó la historia.
Durante un viaje, dos años antes, el Town-Ho!, que navegaba por el Pacífico, al poner una mañana en fun­cionamiento las bombas, halló en la cala más agua de la acostumbrada. Supusieron que algún pez espada había perforado las cuadernas. El buque siguió navegando, con las bombas a pleno rendimiento, confiando en li­brarse del naufragio, con un poco de suerte. Y hubiera llegado a puerto, a no ser por la brutal arrogancia del primer oficial, Radney, y la pelea que tuvo con un tal Steekilt. La avería seguía siendo peligrosa, pero confia­ban llegar al puerto de alguna isla donde pudieran repa­rarla.
Radney se preocupó. La vía de agua era cada vez mayor. Mandó largar las últimas velas, para aprovechar todo el viento, mientras los marineros se agotaban en las bombas. Uno de ellos, el mencionado Steekilt, en cierta ocasión, se permitió una broma sobre el agua que entraba en la cala, añadiendo que Radney, hombre de una notable fealdad, gastaba todo su dinero en espejos. Radney le gritó que se dejara de tonterías y le diera a las bombas. Se continuó, pese a lo agotados que estaban todos.
Cuando le llegó el relevo, Steekilt subió tambaleán­dose a cubierta, para encontrarse con que el furioso Radney le ordenaba ponerse a barrerla, y de paso limpiar los excrementos de un cerdo que llevaban a bordo. Eso era tarea propia de grumetes, no de marineros. Ste­ekilt se negó a ello, pues, pese a que Radney repitió su orden acompañándola con un juramento atroz. Y no sólo eso, sino que el primer oficial echó mano a un mar­tillo de tonelero.
-Suelte ese martillo o le pesará, señor -dijo Stee­kilt. Pero Radney se le acercó más, tanto que ya estaba a punto de darle con el martillo-. Si me ataca, le ma­taré, señor.
Radney le golpeó en la mejilla, y Steekilt, que era un hombre de una corpulencia extraordinaria, le derribó en cubierta de un golpe que le destrozó la mandíbula al ofi­cial. Inmediatamente, Steekilt gateó hasta la cofa, don­de se hallaban dos camaradas suyos.
No llegó hasta arriba, porque los otros tres oficiales se le echaron encima junto con sus tres arponeros, aun­que sus compañeros trataron de ayudarle, mientras el capitán, con un arpón en la mano, conminaba a sus oficiales a que llevaran al alcázar al insurrecto.
Steekilt y sus compañeros se parapetaron tras unos barriles. El capitán ahora llevaba una pistola en la mano y les ordenó salir. Steekilt le respondió que si le mata­ban aquello sería la señal para una revuelta general. El capitán les respondió que el barco se hundiría si no vol­vían a las bombas, y los amotinados respondieron que el buque se iría al diablo si tocaban siquiera a uno de ellos. El capitán respondió que no prometía nada, pero que volvieran a las bombas. El peligro era muy grande ya. Por último les ordenó que bajaran al sollado, y tan pronto como lo hicieron, les encerró en él con un fuerte cerrojo. Los marineros que no se habían amotinado fue­ron a las bombas y los oficiales montaron guardia toda la noche.
Para resumir, estuvieron allí varios días. Algunos de los amotinados se rindieron, pero Steekilt y sus dos ca­maradas resistieron, e incluso tomaron la decisión de subir a cubierta y morir matando a todo el que pudieran. Pero los dos marineros, aterrorizados, traicionaron a Steekilt. Fueron cogidos los tres, y como reses muertas, atados al aparejo del mesana, donde el capitán los azo­tó cruelmente. Steekilt aseguró que si le volvía a azotar, mataría al capitán.
Éste alzó de nuevo el rebenque, pero Steekilt musitó unas palabras que nadie pudo oír. El capitán, con la frente cubierta de sudor, retrocedió y dijo con voz tem­blorosa que soltaran al preso. Cuando los marineros iban a obedecer, Radney, el primer oficial, que no podía hablar por tener la mandíbula rota, cogió el rebenque de manos del capitán y se acercó a Steekilt y le azotó, pese a que el amotinado había pronunciado las mismas pala­bras con que contuviera al capitán.
Por fin se soltó a los amotinados, que volvieron a la cala y a su trabajo en las bombas. Pero los marineros se juramentaron para no señalar ninguna ballena, aunque la vieran desde las cofas. Así transcurrió algún tiempo, en el cual se desperdició la caza, y mientras tanto Stee­kilt preparaba su venganza. Había metido una bola de acero en una malla de cuerda y esperaba con ella asaltar a Radney una noche mientras estuviera de guardia. Pero algo salvó al primer oficial. Esa misma madrugada, cuando salía el sol, alguien señaló la presencia de Moby Dick.
Se botaron las balleneras. Por un azar del destino, ¿quién sabe?, precisamente Steekilt era el marinero de proa de la ballenera de Radney. Éste consiguió acertar con el primer arponazo y ordenó que la lancha se apro­ximase para subirse al lomo del cetáceo y rematar a éste. Fue obedecido por Steekilt, pero de pronto la ballenera pareció tropezar con un arrecife y Radney cayó al agua. Moby Dick se lanzó sobre él, le cogió entre sus poderosas mandíbulas y le arrastró al fondo.
Apareció poco después y entre sus mandíbulas vie­ron un trozo de la roja camisa de Radney. Fue en vano que intentaran seguir a la ballena, porque ésta desapa­reció.
Cuando el Town-Ho! llegó a un puerto, en una pe­queña isla, casi todos los marineros y entre ellos Stee­kilt, desertaron. Aún volvió a encontrar el capitán una vez a Steekilt, en otras circunstancias, y el marinero le humilló, pero eso ya pertenecería a otra historia.
Y esto es lo que el marinero del navío les contó a Tashtego, y que él nos repitió.
Gobernando hacia el noroeste dimos con vastos pra­dos de brit, esa sustancia amarillenta tan del agrado de las ballenas. Parecíamos ir navegando a través de infi­nitos campos de trigo dorado.
Al segundo día divisamos buen número de ballenas francas, que nadaban perezosamente entre el brit. Como el Pequod no estaba interesado en cazarlas, se las dejó en paz y seguimos nuestro rumbo al nordeste, hacia la isla de Java, llevados por un dulce viento.
Una transparente mañana, cuando el mar estaba en una calma casi chicha, Daggoo descubrió desde el palo mayor un espectáculo extraño.
A lo lejos se elevaba una gran mole blanca, como un alud de nieve que cayera de las alturas. Luego de haber brillado un instante, se sumergió con la misma lentitud. No parecía una ballena, pero, pensó Daggoo, ¿no sería Moby Dick? Así que lanzó el grito de aviso:
-¡Allí salta! ¡La Ballena Blanca!
Al oírle, los marineros se precipitaron a las vergas como un enjambre de abejas. Acab, destacado, miraba ávidamente en la dirección que señalaba el brazo de Tashtego.
Y en cuanto volvió a divisarse la mole blanca, orde­nó que se botaran las cuatro balleneras.
No tardaron las cuatro en bogar por el agua, con Acab al frente y dirigiéndose hacia su presa. Ésta se su­mergió, para volver a aparecer lentamente. Y entonces contemplamos un espectáculo que nos hizo olvidarnos por completo de Moby Dick.
Lo que teníamos a nuestra vista era una enorme mole carnosa, de reluciente color crema, de cuyo centro irra­diaban larguísimos brazos que se enrollaban y retorcían como tratando de atrapar a cualquier cosa que se pusie­ra a su alcance. No ofrecía rostro aparente, sino que ondulaba sobre las aguas como un fantasma informe.
Cuando volvió a sumergirse, Starbuck exclamó:
-Casi hubiera preferido encontrar a Moby Dick y combatir con ella que ver ese fantasma blanco. -¿Qué era, señor? -preguntó Flask.
-El gran pulpo que pocos balleneros han visto y han podido volver vivos para contarlo.
Acab no dijo nada. Hizo virar su ballenera y se diri­gió en silencio al barco. Los demás le siguieron sin abrir la boca.
A ese pulpo se le ve rara vez, aunque se dice que es el animal más grande de todo el océano. Parece ser que se trata de aquel gran kraken que el obispo Pontoppidan describió detalladamente, y que se le incluye en la fami­lia de los calamares; por otra parte, dicen que es el ali­mento preferido de los cachalotes, ya que algunos de éstos, al ser cazados, vomitan tentáculos de hasta a veces veinte metros de largo.
Si para Starbuck la aparición del pulpo fue un mal augurio, para Queequeg resultó algo muy distinto.
-Si verse pulpo -dijo-, pronto ver cachalote.
La jornada siguiente fue pesada y calmosa, y sin nada que hacer, la tripulación del Pequod apenas podía resistir la somnolencia que producía un mar tan vacío. Aquella parte del océano índico por la que navegába­mos no es de las que los balleneros llaman un terreno animado.
Me tocaba guardia en la cofa del trinquete y me ba­lanceaba indolentemente en aquella atmósfera encanta­da. Había notado que los vigías del mayor y el mesana también estaban medio adormilados.
De pronto parecieron estallar burbujas bajo mis pár­pados cerrados y mis manos se aferraron como garras a los obenques. Volví a la vida con un estremecimiento. Y, a sotavento, a mucho menos de cuarenta brazas, flo­taba un gigantesco cachalote, como el casco volcado de una fragata, resplandeciendo al sol como un espejo su ancho lomo. La ballena, ondulando perezosamente en el mar, y lanzando de cuando en cuando su surtidor, parecía un honrado burgués fumando su pipa.
Pero aquella pipa fue la última para la ballena. Como tocados por una varita mágica, todos los durmientes se despertaron a un tiempo y más de una docena de voces lanzaron al unísono desde todas partes del buque el gri­to habitual.
-¡Balleneras afuera! ¡Orzad! -gritó Acab. Y él mis­mo dio vuelta al timón.
Los gritos debían haber alertado a la ballena, la cual se alejó hacia sotavento. Acab dio órdenes de que no se armase ni un remo, ni nadie hablara si no era en voz baja.
De modo que sentados en las balleneras, bogábamos silenciosamente. El monstruo no tardó en sumergirse como una torre que se hunde.
-¡Por allí va la cola! -fue el grito general.
Stubb encendió su inseparable pipa y no tardó en surgir de nuevo la ballena que quedaba ahora ante su ballenera, mucho más próxima a ella que a la de Stubb, el cual contaba ya con cazarla. Como era evidente que la ballena estaba alertada, se armaron los remos y Stubb comenzó a animar a sus remeros.
-¡A ella, muchachos! ¡Venga, Tash, la paletada lar­ga y firme!
-¡Woo-ho! ¡Wa-hee! -gritaba el indio en respues­ta, lanzando al viento su grito de guerra.
-¡Kee-kee! -aullaba Daggoo, como un tigre enjau­lado.
-¡Ka-la! ¡Koo-lo! -graznaba Queequeg.
Los remeros se esforzaban como locos, y Stubb, sin dejar de fumar, gritó:
-¡En pie, Tashtego! ¡Dale!
Se lanzó el arpón, y los remeros dieron marcha atrás, mientras el cabo, caliente y silbando, pasaba por las muñecas de cada uno. Un instante antes, Stubb le había dado dos vueltas a la garrucha, de la que salía un humi­llo azul por el frote de la cuerda.
-¡Mojad el cabo! ¡Mojadlo! -gritó Stubb al reme­ro del cubo, quien, echando mano a su sombrero, lo ro­ció con agua. Se le dieron algunas vueltas más, con lo cual comenzó a mantenerse.
La ballenera volaba ahora por el agua hirviente, como un tiburón a plena marcha. Stubb y Tashtego cambiaron ahora de lugar, operación muy difícil a cau­sa del balanceo de la canoa.
Con el cabo en tensión, y vibrando a todo lo largo de la ballenera, surgía de la proa una continuada estela. Al menor movimiento en falso, la embarcación metía la proa en el agua.
-¡Halad, halad todos! -le gritó Stubb al marinero de proa, mientras Tashtego se agazapaba.
La ballena comenzó a perder velocidad. Poco des­pués llegábamos al costado del animal, mientras Stubb, con la rodilla apoyada en la regala, lanzaba dardo tras dardo sobre el animal y a su vez la ballenera se aparta­ba de los terribles coletazos.
Una roja marea caía ahora de todas las partes del monstruo, como arroyos por una vertiente. Su cuerpo torturado no nadaba ya en agua salada, sino en sangre, que cubría su estela, mientras seguía lanzando surtido­res enrojecidos también.
-¡Más cerca! ¡Abordadla! -gritó Stubb al marine­ro de proa.
La ballenera se pegó al costado del monstruo y Stubb, inclinándose hacia delante, hundió en barrena la larga lanza en el cuerpo del animal, y allí la mantuvo, dándole vueltas como si estuviera buscando algo en su interior.
Y en efecto, lo que buscaba era la vida de la bestia. Y dio con ella, pues saliendo del letargo para entrar en el estado que llaman los balleneros «la racha», el mons­truo se revolcaba en su propia sangre, envolviéndose en una rociada tal que la ballenera, en peligro, hubo de ciar para poder salir, no sin dificultades, de aquel baño de sangre.
Y terminada ya «la racha» la ballena volvió a surgir a la vista, balanceándose de un lado a otro y dilatando y contrayendo a intervalos sus respiraderos con bruscos y angustiosos jadeos. Al cabo, surgieron chorros tras cho­rros de sangre coagulada, semejante a las heces del vino, para caer por los costados inmóviles e ir a dar en el mar. Había saltado su corazón.
-Está muerta, míster Stubb -dijo Daggoo.
-Sí, ¡las dos pipas se han consumido al mismo tiempo!
Y quitándose la suya de la boca, Stubb esparció las cenizas apagadas en el agua y se quedó mirando pensa­tivo el enorme cadáver que era obra suya.




CAPÍTULO XI


La ballena de Stubb se mató a cierta distancia del buque. Había calma, así que formando un tren con las tres lanchas, comenzamos la lenta faena de remolcar el trofeo hasta el Pequod.
Anochecía. Las tres luces de situación del barco nos indicaban constantemente el camino, hasta que al llegar más cerca vimos a Acab con un farol en la mano. Mirando sin casi verla a la enorme ballena, dio las órde­nes del caso para amarrarla por la noche y se metió en su cámara, de la que no volvió a salir hasta la mañana.
Aunque había dirigido la caza, al verlo muerto, pa­recía sentir un cierto descontento, como si la contem­plación de aquel cadáver le recordase a Moby Dick, el cual seguía aún vivo y coleando. Parecía que ni un millar de ballenas pescadas le consolaran de no poder cazar a su enemigo personal.
En cambio, Stubb exultaba de gozo, estaba ebrio de victoria, aunque siempre conservaba su talento benévolo. No tardaría yo en saber que parte de aquella alegría procedía de que el segundo oficial adoraba la carne de ballena.
-¡Un buen trago, un buen trago antes de acostarme! ¡Tú, Daggoo, ya estás saltando por la borda para traer­me un buen trozo de ahí abajo!
En efecto, aunque no sean muchos, algunos ballene­ros sienten gran predilección por cierta parte del cuerpo de ballena: la punta. Para la medianoche ya se habían cortado, a la luz de un farol, unos buenos filetes, que Stubb devoró, bien asados, junto al cabrestante mismo. Y no fue el único que esa noche se diera un banquete de cetáceo. Mezclando sus gruñidos con sus bocados, millares de tiburones pululaban en torno al leviatán y se hartaban de carne. Sus colas golpeaban el casco del bar­co con tal insistencia que apenas nos dejaban dormir. Asomándose por la borda, se les podía ver revolcándo­se en las oscuras aguas y arrancando a la ballena boca­dos del tamaño de una cabeza humana.
Porque al fin y a la postre, son los tiburones los que más se aprovechan en la caza de las ballenas, los que si­guen siempre a los balleneros, como avisados por su instinto de que más tarde o más temprano podrán har­tarse de carne.
Y son muchedumbre, ya que se reúnen de pronto, aunque sólo poco antes se haya visto uno o dos, al olor de la sangre hasta que forman bandadas de docenas de individuos.
El mismo Stubb no había acabado, al parecer.
-¡Cocinero! ¡Cocinero! -llamó a voces-. ¡Proa para acá, cocinero!
El viejo negro, no muy satisfecho de que le sacaran de su litera a aquella hora, salió de su cubil como una oca y, arrastrando los pies, se aproximó al segundo ofi­cial.
-Cocinero -le dijo Stubb, llevándose a la boca un pedazo de carne-. ¿No te parece que esta carne está demasiado asada? La has machacado demasiado. ¡Está excesivamente blanda! ¿No te he dicho que para que esté buena, la carne de ballena ha de estar dura? Ahí tie­nes a esos tiburones al costado, ¿no ves que la prefieren cruda y poco hecha? Pues bien, en adelante, cuando me guises algún bisté, te diré lo que tienes que hacer para no estropearlo: coges el bisté con una mano y con la otra le acercas un carbón ardiendo, y en seguida, al pla­to, ¿has entendido? Y mañana, cuando descuarticemos al bicho, a ver si no se te olvida andar cerca para coger las puntas de las aletas, que pondrás en adobo. Y en cuanto a las de la cola, ésas irán al escabeche. Conque ya puedes retirarte.
Pero apenas había dado Fleece dos pasos, cuando le volvió a llamar:
-Cocinero: mañana, para la guardia de medianoche me pondrás chuletas. ¿Me oyes? Pues, navegando. ¡Eh, alto! Una reverencia antes de irte. Para desayuno, albondiguillas de ballena. Que no se te olvide.
-Que me condene -dijo el negro mientras se mar­chaba-, si él mismo no es más tiburón que uno de esos que andan ahí debajo.
Cuando en las pesquerías del Pacífico se remolca hasta el costado un cachalote, si es de noche se espera a la mañana para el descuartizamiento, ya que ésta es labor sumamente complicada, y requiere la presencia de todos los marineros.
Pero, sobre todo, en el Pacífico y cerca del ecuador, resulta imposible el dejar la matanza para mucho tiem­po, porque son innumerables los animales que pululan dispuestos a aprovecharse de la caza.
En cuanto Stubb terminó su cena, Queequeg y un marinero subieron desde el sollado. Colgaron las plan­chas de descuartizar y arriando tres faroles, se dieron a una continua matanza de tiburones, con sus azadones balleneros, clavándoles la acerada hoja en el cráneo, su único punto vulnerable al parecer. No siempre acerta­ban a darles en el lugar exacto, pero eso no importaba mucho, ya que al estar heridos, despertaban la voraci­dad de los congéneres, los cuales los mordían las entra­ñas, y hasta se mordían las propias, para vomitarlas des­pués por los agujeros de sus vientres. El espectáculo era horrible.
A la mañana siguiente comenzó la obra de descuarti­zamiento. Se ataron al palo mayor los mentones pinta­dos de verde, y encaramados en las planchas, al costado del buque, armados con sus azadones, Stubb y Star­buck, los oficiales, comenzaron a abrir agujeros en el cadáver para insertar los garfios, y la marinería cantan­do su melopea, empezaron a izar, con lo que el barco se iba escorando al peso del enorme cetáceo.
Hecho esto se comienza a arrancarle la grasa a tiras, que se desprende uniformemente a lo largo de la línea llamada la «bufanda», que iban trazando simultánea­mente los azadones.
Mientras tanto se sigue izando el monstruoso cuerpo hasta que su extremo superior toca el calcés del palo mayor, en cuyo momento ya toda la ballena se balancea en el aire.
Uno de los arponeros, entonces, con un instrumento largo y afilado, abre un agujero en la masa, y en este agujero se inserta el cabo de otra telera con el fin de retener la mole para lo que viene después. Con largos mandobles, la divide en dos, de modo que mientras la parte inferior permanece sujeta, la larga porción supe­rior cuelga suelta y se la puede arriar.
Entonces se van cortando trozos largos. Todo esto no se hace naturalmente sin una gran confusión a bordo, ya que todos toman parte en la faena, que requiere muchos brazos.
La ballena no tiene nada que parezca un cuello, por el contrario su parte más gruesa es precisamente la que une la cabeza al cuerpo. Por tanto, cuesta trabajo sepa­rar la cabeza, pero, ¿qué no conseguirá el hombre cuan­do desea una cosa? La cabeza se ata a proa con un cable. Era ya mediodía y los marineros bajaron a comer, mientras Acab daba unas vueltas sobre la cubierta, res­baladiza de grasa y sangre.
-¡Barco a la vista! -gritó una voz desde el tope del palo mayor.
-¡Tanto mejor! -respondió Acab, el cual acababa de clavar un azadón en la cabeza del leviatán-. ¿Por dónde?
-Tres cuartas por estribor a proa, señor, y viento en popa hacia nosotros.
-Mejor que mejor, chico.
Pronto llegó el barco, al mismo tiempo que la brisa, y el Pequod comenzó a balancearse. Ya se pudo ver que el recién llegado era otro ballenero, pero como estaba
demasiado a barlovento y parecía en ruta hacia otros mares, el Pequod no podía confiar en alcanzarlo. De modo que se izó el banderín y se esperó su respuesta.
El otro respondió izando su banderín también, y de­mostró con él que se trataba del Jeroboam, matrícula de Nantucket. Amainó marcha y se puso al pairo, a sota­vento del Pequod y arrió su lancha, pero cuando Star­buck iba a echar la escala para que el capitán subiera a bordo, aquél hizo señas de que no lo haría, ya que al parecer había una enfermedad infecciosa en su barco y Mayhew, su capitán, temía contagiarla al Pequod.
Pero ambos oficiales pudieron comunicarse a gritos. En la lancha bogaba un individuo singular, un sujeto ba­jito y joven de largos cabellos rubios y rostro pecoso. Iba envuelto en un levitón de grandes faldones y su mirada brillaba fanáticamente.
Apenas le vio, Stubb gritó:
-¡Ése es el tipo que nos hablara de la tripulación del Town-Ho!
-No le temo a la epidemia, amigo -le decía Acab al capitán del Jeroboam-. Sube a bordo.
Pero el capitán se negó a hacerlo.
-¿Has visto a la Ballena Blanca? -preguntó Acab.
El capitán Mayhew le contó que a poco de hacerse a la mar, el hombre rubio y del capote largo, llamado Ga­briel, le había advertido solemnemente que no se atre­viera a atacar a la Ballena Blanca, afirmando como un loco, ya que como tal se comportaba, que Moby Dick era la propia encarnación del propio dios «Temblón», de quien ellos habían recibido los evangelios.
Dos años después se avistó a Moby Dick, y el primer oficial Macey, que ardía en deseos de capturarla, logró convencer a cinco marineros de que se embarcaran en una ballenera con él. Para resumirlo: comenzó la perse­cución, pero cuando iba a lanzar el arpón, una enorme sombra blanca pareció surgir del mar, y el oficial fue arrancado de la lancha, cayendo al mar. No se volvió a saber de él.
Acab escuchó la historia sin inmutarse. Luego May­hew le preguntó si se proponía dar caza a Moby Dick.
Acab le volvió la espalda y respondió:
-Capitán, creo que en mi correo hay una carta para uno de tus oficiales. Señor Starbuck, tráigala.
Starbuck apareció con un sobre sucio.
-Lea el nombre del destinatario -dijo Acab. Y Starbuck deletreó con dificultad. ¡Se trataba del mis­mo Macey, el hombre que había sido muerto por Moby Dick!
-Pobre muchacho -dijo Mayhew-. Dámela de todos modos.
-¡No! -aulló el loco Gabriel-. ¡Guárdela usted, capitán Acab, porque no tardará en seguir el mismo camino!
-¡Satanás te confunda, loco! -aulló Acab-. Capitán Mayhew, cógela.
Y ensartándola en la punta de un arpón, se la alargó. Pero en ese momento la lancha hizo un extraño y fue el loco Gabriel quien la cogió. Al instante volvió a lan­zarla y la carta cayó a los pies de Acab, de nuevo.
Gabriel gritó a los remeros que bogasen y los mari­neros, sumidos en una especie de terror, le obedecieron, apartándose del Pequod.
Poco más tarde los dos barcos se separaban de nuevo.
El descuartizamiento de una ballena es una faena lar­ga y sería muy farragoso relatar los pormenores. Tam­bién resultaba bastante peligrosa, porque el suelo de la cubierta se halla muy resbaladizo y los instrumentos que se emplean son muy afilados.
Por ejemplo, muchas veces, yo, que estaba atado con una cuerda a Queequeg, tenía que hacer uso de todas mis fuerzas para sacarle de entre las planchas de des­piezar y la borda del barco, o el palo mayor. Y como los tiburones pululaban continuamente en torno al barco, imagínense los cuidados que había que tener para que mi compañero no fuera lanzado entre ellos. ¡Hubiera durado muy poco tiempo vivo!
Por el momento, henos aquí con una ballena casi en­tera aún del flanco del Pequod, pero hemos de advertir que el navío, mientras tanto, iba derivando lentamente hacia otras aguas que, por lo amarillento del brit, pron­to se adivinaba que debían abundar en ellas ballenas francas.
No hubo que esperar mucho. Pronto a sotavento, se columbraron varios surtidores altos y se despachó en su persecución a dos balleneras, la de Stubb y la de Flask. Bogaron tan rápidamente que pronto apenas se las podía distinguir desde el barco.
Pero, en seguida, un gran remolino de espuma nos advirtió de que una de las balleneras debía haber hecho presa, porque parecía ir remolcada por el cetáceo.


CAPÍTULO XII

Transcurridos algunos minutos, se vio claramente a las balleneras que venían directamente hacia al buque, remolcadas por el cetáceo. El monstruo se acercó tanto al casco que al principio supusimos que iba a atacarnos, pero de pronto se sumergió en un gran torbellino, desa­pareciendo de nuestra vista.
-¡Cortad, cortad! -les gritaban desde el buque a las lanchas, que podían estrellarse contra el casco, pero ellos no obedecieron porque aún les quedaba mucho cabo. La lucha fue muy encarnizada durante unos ins­tantes. En aquel momento se sintió un temblor recorrer la quilla, cuando el cabo tenso, rozándola por debajo, fue a salir a proa. Pero el animal, agotado, disminuyó su velocidad y virando ciegamente dio la vuelta a la popa del buque, remolcando a las balleneras que trazaron así un círculo completo en torno al buque.
Por último las dos lanchas aproaron a los costados del leviatán y continuó la batalla en torno al Pequod, mientras los tiburones, al olor de la sangre, se incorpo­raban a la lucha.
Por último la ballena quedó muerta panza arriba.
-No sé para qué querrá el capitán este montón de grasa podrido -dijo Stubb asqueado ante su presa.
-¿Quererla? -respondió Flask-. Pero, ¿es que no ha oído usted, señor Stubb, que el buque que lleva colgada a babor la cabeza de una ballena franca no pue­de ya zozobrar nunca?
-¿Por qué?
-No lo sé, pero así lo oí decir a Fedallah, que pare­ce muy entendido en hechizos.
-¿Qué querrá el viejo de él, siempre charlando pri­vadamente los dos?
-¿No lo entiende? El viejo está loco por cazar a la Ballena Blanca, y el demonio, que otra cosa no debe ser Fedallah, seguramente que le está proponiendo un pacto.
-En ese caso, si crees que es un diablo, ¿cómo se atrevería usted a tratar de tirarlo al mar?
-Al menos le daría un buen chapuzón.
-Eso si no se lo daba él a usted, porque si es un demonio...
-De todas formas no pienso perderlo de vista y en cuanto vea algo sospechoso, ya verá usted si no le arranco el rabo de cuajo.
Ya habían subido a bordo, y la marinería procedía a descuartizar la ballena franca, pieza que los balleneros consideran como inútil y cuya grasa y carne desprecian.
Se le separó la cabeza, mientras Fedallah contemplaba la operación atentamente, y de cuando en cuando se miraba las rayas de la mano. Acab estaba situado tras de él, de tal manera que la sombra del parsi se confundía con la suya, lo cual no resultaba tranquilizador para la tripulación.
Pero si la ballena franca no ofrecía interés alguno, excepto si era verdad lo del hechizo, la del cachalote sí lo tenía, ya que en el interior de su cráneo contiene una de las más preciadas presas de los balleneros: la esper­ma, tan apreciada, y que es casi siempre el motivo de que se cace a estos animales. Es una grasa que en cuan­to muere el animal comienza a solidificarse en forma de agujas. Cada cabeza contiene unos quinientos galones de aceite, aunque no todo se puede recoger, ya que mucha parte de él se pierde, escurriéndose durante la operación de «vaciar el tonel», como se llama dicha operación.
Se va recogiendo en cubos para pasar a los toneles, operación delicada y que requiere gran fuerza y presen­cia de ánimo, y que Tashtego, el indio loco, llevaba a cabo con gran pericia, trepando y bajando como un simio entre los cordajes a los que estaba sujeta la cabe­za del cachalote.
Y era tanto el interés que ponía en su trabajo, que de pronto perdió pie y cayó en el gran tonel que era la cabeza del animal. Al instante, se hundió en aquella masa espesa.
-¡Hombre al agua! -gritó Daggoo, que fue el pri­mero en recobrar la serenidad-. ¡Alargadme aquella cubeta!
Y metiendo un pie en ella, para mejor sostenerse, los marineros le izaron hasta el borde superior de la cabeza del cetáceo, antes de que Tashtego hubiera tenido tiem­po de llegar hasta el fondo.
Entre tanto la marinería se afanaba, sobre todo vien­do cómo el «tonel», con Tashtego dentro, se movía de un lado a otro. Era un espectáculo horrible, porque la destrozada cabeza parecía cobrar vida propia.
Mientras Daggoo, en lo alto, trataba de alcanzar con un bichero a Tashtego, un grito se elevó de entre la marinería: Se había soltado uno de los enormes garfios que sujetaban la cabeza, y la enorme mole se ladeó y pareció que colgaba ahora sólo de un asiento; se iba a venir abajo de un momento a otro.
-¡Bájate! -gritaban los marineros a Daggoo, quien cogido a los cuadernales con una mano, metía la cubeta en el «tonel» para que Tashtego pudiera agarrar­se a ella.
-¡Ojo a la gran polea! -gritó alguien.
Y casi en el mismo instante, con un bramido de true­no, se hundía en el mar la inmensa masa, con el pobre Tashtego dentro, que se fue a pique sin remisión. Pero apenas se habían disipado las salpicaduras, cuando se vio saltar por la borda, con el sable de abordaje en la mano, una silueta oscura. El valiente Queequeg se había lanzado al salvamento. Todo el mundo se precipi­tó a la banda, sin casi atreverse siquiera a hablar.
-¡Allí! -gritó de pronto Daggoo al ver elevarse un brazo entre las ondas aceitosas.
Pero no era sólo un brazo, sino dos, y pronto se pudo ver a Queequeg nadando con una mano mientras con la otra sujetaba la larga cabellera del indio. Se los subió a bordo de la lancha y poco después estaban ya en el navío. Tashtego tardó bastante en volver en sí, y Quee­queg tampoco parecía estar mucho mejor.
Queequeg le había dado varios cortes con el sable, hasta abrir un ancho boquete, y soltando el arma, había metido la mano dentro del hueco, hasta conseguir aga­rrar al náufrago.
Afortunadamente, la cabeza se había hundido en el agua debido a que ya estaba casi por completo aligera­da del precioso aceite, el cual la hubiera hecho flotar. No todo se había perdido. Se podía decir que la aventu­ra había terminado mucho mejor de lo que hubiera podido ocurrir.
Unos días después, el cachalote había sido despieza­do convenientemente y la grasa metida en sus barriles. Los marineros habían limpiado la cubierta y ya estába­mos dispuestos para enfrentarnos a otro enemigo.
No tardamos en encontrar un buque, la Jungfrau, matrícula de Bremen, al mando del capitán Derick de Deer. En otros tiempos, los mejores balleneros fueron precisamente los holandeses y alemanes, aunque ahora figuren entre los últimos. Pero de vez en vez aún se encuentra alguno con su pabellón en el Pacífico.
Arriaron una lancha y el mismo capitán entró en ella. Lo curioso es que en la mano llevaba una aceitera y en la barca un barrilete.
-Ese tipo viene a mendigarnos algo de aceite. Debe estar seco -opinó Flask
En efecto, no es nada extraño que un ballenero agote el aceite para las lámparas si es que no ha logrado cap­turar presa alguna. Cuando el alemán subió a bordo del Pequod, Acab, secamente, le interrogó sobre Moby Dick, pero Deer no parecía saber nada sobre ella, con lo cual Acab se desentendió del asunto, pese a que en su media lengua, el alemán le señalaba la aceitera vacía, afirmando que se había tenido que acostar a oscuras varias noches. Se le dio lo que pedía, y Deer se marchó, pero apenas había llegado al costado de su Jungfrau, cuando se señaló la presencia de ballenas desde el cal­cés de ambos buques. Tan impaciente estaba Deer, que sin subir siquiera a bordo, dio la orden de arriar las balleneras.
Las del Pequod fueron echadas al mar, igualmente, y comenzaron a bogar con rapidez. Había un total de ocho ballenas en el mar, un banco no muy numeroso, pero corriente. Las balleneras del Jungfrau, que estaban más cerca de la presa, llevaban bastante ventaja, y nues­tros cazadores pronto distinguieron un cetáceo viejo, un macho jorobado que nadaba mucho más lentamente que los demás.
Y lo hacía de una manera rara, torcido, y expeliendo por su parte trasera una nube de burbujas.
-Me temo que le duela la barriga -decía Stubb-. ¡Nunca vi tantas ventosidades salir de la popa de una ballena!
Pero lo que en realidad le ocurría al macho es que le faltaba la aleta de estribor, de la cual sólo se veía un muñón, por lo cual navegaba escorado y haciendo es­fuerzos para no ser atrapado.
Todas las lanchas rivales se precipitaron sobre la pre­sa, no sólo por ser el mayor, sino por ser el que se encontraba más cerca y bogaba peor. Para entonces, las tres lanchas del Pequod habían rebasado a las que el alemán arriara últimamente, aunque la del mismo capi­tán alemán iba siempre delante.
-¡Perro maldito! -rugía Starbuck-. Y eso que hace un momento venía a nosotros con el cepillo de las limosnas en la mano.
Stubb, por su parte, gritaba:
-¿Es que vais a dejar que os venza ese bribón? ¿Por qué no os saltáis una vena? Vamos, ¡vamos! Parece co­mo si hubiérais echado el ancla, ¡no nos movemos!
-¡Duro con ese buey jorobado! -bramaba Flask-. ¡Vamos, que ése es de los de cien barriles! ¡Una dama­juana de brandy para el primero que se acerque!
El alemán les lanzó su aceitera y el bidón a las lan­chas, con el consiguiente furor de nuestros hombres, que le llamaron perro alemán, e incitados por las voces de sus patrones, consiguieron por fin rebasar al capitán de la Jungfrau, pero la ventaja de éste era tan grande, que hubiera llegado antes, a no ser porque se le enganchó una jaiba en uno de los remos. Flask, Stubb y Starbuck aprovecharon la ocasión. La ballena navegaba con la cabeza fuera del agua, lanzando por delante su surtidor atormentado y por detrás las burbujas.
Derick, al ver que le pasaban las lanchas del Pequod, intentó una suprema suerte y se preparó para lanzar un arpón muy largo, pero al instante, Tashtego, Queequeg y Daggoo se pusieron en pie y soltaron simultáneamen­te sus hierros, que fueron a clavarse en el animal.
En la violencia de la primera arrancada, las lanchas tropezaron con la del alemán y la volcaron, yendo a pa­rar sus tripulantes al agua.
-¡Ya os recogeremos luego, barriles de mantequi­lla! -exclamó Stubb-. ¡Cuidado con los tiburones!
La carrera del monstruo fue breve. Se hundió ruido­samente, y los tres cabos se dispararon con tal violencia que las balleneras casi se sumergieron, con las amuras al ras del agua.
Pero lograron aguantar, ya que sabían que el cacha­lote tendría que salir más tarde o más temprano. Duran­te algún tiempo, las tres barcas flotaron en círculo, con el animal debajo de la superficie, y sin soltar presa.
-¡Atención, se mueve! -gritó Starbuck, cuando los tres cabos vibraron en el aire.
-¡Halad, halad, que está subiendo!
La ballena no tardó en subir, a dos largos de sus ca­zadores, y sus movimientos denotaban extremo des­fallecimiento. Se le clavaron más lanzas, tratando de encontrar sus puntos vitales. Las ballenas carecen de válvulas en las venas, esas válvulas que en otros anima­les les permiten no desangrarse ante una herida, porque se cierran. En cambio, una ballena herida pierde sangre a ríos, a fuentes, a torrentes.
Como las lanchas la rodeaban por sus tres lados y de muy cerca, se podía ver claramente toda su parte su­perior. Se distinguían los ojos, o al menos el lugar en que debían estar, ya que lo ocupaban una especie de protuberancias ciegas, terriblemente lastimosas. Con su aleta amputada y sus ojos ciegos hubiera infundido pie­dad, pero no hay piedad cuando se trata de la lucha entre un ballenero y su presa.
Revolcándose, acabó por dejar ver en la parte baja de su costado un tumor descolorido, del tamaño de un azumbre.
-¡Dejadme que le pinche ahí! -pidió Flask.
-¡Fuera, no serviría de nada! -respondió Star­buck.
Pero ya Flask había pinchado con su lanza, y del tu­mor surgió un chorro purulento, y la ballena, que ya lanzaba sangre por su surtidor, se lanzó ciegamente sobre las embarcaciones, anegándolas con su fluido rojo y vital. Fue éste su postrer estertor. Pero aún pudo alcanzar la lancha de Flask de un coletazo y hundirla.
Se detuvo jadeante, dando inútiles aletazos con su muñón, y al cabo, mostrando la blancura de su vientre, quedó a la deriva como un leño y murió.
Mientras el buque se aproximaba, esperando por las balleneras, el animal comenzó a dar muestras de ir a hundirse. Se le echaron cabos desde diversos puntos, y con hábiles maniobras, cuando llegó el Pequod, se le transportó al costado del buque, pues si no se le soste­nía artificialmente, se iría en el acto al fondo.
Y ocurrió que al primer golpe que se le dio con el azadón, por debajo del tumor, se vio que tenía insertado en la carne un arpón herrumbroso, lo cual no es extraño encontrar en las piezas cazadas, pero sin que les provo­quen aquellos tumores. También se encontró en su car­ne una flecha de piedra. ¿Cuántos años llevaría aquella punta clavada en sus tejidos?
El buque escoraba, debido al peso. Atravesar el puente equivalía a hacerlo sobre la superficie del tejado de una casa. Crujían y jadeaban las cuadernas, y se comprendía que no había más remedio que soltar las cadenas que las sujetaban.
-¡Espera, espera! -gritaba Stubb viendo que se perdía el fruto de tantos trabajos-. ¡No tengas tanta prisa por hundirte, maldita!
Queequeg se precipitó con su cazuela en la mano y golpeó las cadenas, que estaban soportando tanto peso, que incluso con aquel débil arma se rompieron. En general, el cachalote muerto flota perfectamente, con la panza a un costado fuera del agua, pero éste no obró de tal manera, sino que se hundió inmediatamente. Es algo que ocurre de cuando en cuando sin que se sepa bien por qué, ya que no solamente sucede con animales vie­jos, que ya tienen poca grasa y sus huesos son pesados, sino con ejemplares jóvenes, bien envueltos en grasa, que como se sabe, flota siempre.
Sin embargo, por un cachalote que se hunda, hay veinte ballenas francas que lo hacen, por lo cual los balleneros no las quieren, ya que eso demuestra la poca grasa que tienen, y además pesan menos aunque tengan igual cantidad de huesos.
A poco de hundirse el cachalote, se oyó desde el cal­cés del Pequod que la Jungfrau estaba arriando otra vez sus balleneras, aunque no se veía más surtidor que el de una ballena de aleta dorsal, especie inalcanzable a cau­sa de su gran velocidad de movimientos. A velas des­plegadas, la Jungfrau seguía a sus balleneras, con lo que poco después desaparecerían de nuestra vista los malditos tontos.


CAPÍTULO XIII


Si para que rueden bien los carros se suelen engrasar los ejes, para que las balleneras se deslicen rápidamen­te por el mar, hay que engrasarles las quillas, y a esa faena se atareaba Queequeg, como si algún presenti­miento le previniese de que pronto sería necesaria.
Hacia mediodía se señalaron ballenas, más en cuan­to pusimos proa a ellas, huyeron. Stubb las persiguió y al cabo de grandes esfuerzos logró clavar un arpón, pero la ballena atacada, sin zambullirse siquiera, siguió nadando en la superficie. O se le balanceaba o se le dejaba perder, a no ser que se emplease el método de la azagaya.
Es necesario ser muy hábil para lanzar desde lejos esta lanza, sobre todo cuando la barca se bambolea como un borracho. Este método se emplea mucho cuan­do la ballena lleva ya un arpón clavado en el lomo.
Ved, pues, a Stubb, el hombre más adecuado para esta labor debido a su sangre fría, a su impávida serenidad. La ballena se encontraba a unos cuarenta pies delante de la lancha. Stubb contempló su azagaya, la calibró en la mano, para que no sobrase ni por delante ni por detrás y calculó la distancia. Un instante después lanzó el arma, que recorrió el gran espacio que la sepa­raba de la pieza formando un arco, y fue a clavarse en el centro vital de la ballena, que en lugar de lanzar agua por su surtidor comenzó a manar sangre roja y caliente.
-¡Eso le abrió la espita! -dijo Stubb-. Hoy es el cuatro de julio, día inmortal. ¡Ojalá fuera ponche esa sangre, porque podríamos brindar con él! De todas for­mas, bueno es lo que nos queda.

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La larga península de Malaca constituye la parte más meridional de todo el Asia. En una línea continua desde ella se extiende un rosario de islas, las de Sumatra, Java, Bali y Timor, que forman el gran malecón que separa el océano índico del denso grupo de archipiéla­gos orientales.
Y estas islas están siempre llenas de piratas amari­llos, pese al castigo que han recibido ya a manos de los europeos. No es extraño saber de algún buque que ha sido asaltado, sus tripulantes asesinados y la carga saqueada.
El Pequod se acercaba con buen viento al estrecho, que Acab se proponía atravesar para entrar en el mar de Java y desde allí navegar hacia el Norte por aguas frecuentadas por el cachalote, costear las Filipinas y alcanzar las remotas costas del Japón. Los cálculos del capitán le habían cerciorado de que quizá por allí podría encontrar a la esquiva Moby Dick
Como se sabía que había cachalotes en la costa occi­dental de Java y en el estrecho de Sonda, se instaba a los vigías para que tuvieran los ojos bien abiertos. Cuando se empezaba a perder toda esperanza de encontrar caza, y el barco se adentraba por el estrecho, no tardó en apa­recer a nuestros ojos un espectáculo singular.
A una distancia de dos o tres millas y por ambas ban­das, se veía un bosque de surtidores, que a diferencia de los de la ballena franca, que son dos y se abren como las ramas de un sauce llorón, éstos eran únicos y se dirigían hacia delante.
Se sabía que últimamente, los cachalotes, muy per­seguidos por los balleneros, se juntaban a veces en manadas gigantescas para así defenderse mejor de los ataques.
Vistos desde el Pequod, los surtidores parecían un bosque de chimeneas de una gran ciudad. Emprendió el navío la persecución a toda vela, blandiendo los arpo­neros sus armas y dando alegres gritos desde las proas de sus balleneras, pendientes aún en sus pescantes. Si se mantenía el viento, no cabía duda de que la falange de cetáceos, que ahora corría por el estrecho de Malaca, se desplegaría al llegar a aguas orientales, y además, ¿quién sabe si entre aquellas innumerables ballenas no se hallaría Moby Dick?
Navegábamos, pues, con perico y sobreperico, cuan­do la voz de Tashtego nos llamó la atención sobre algo. Haciendo juego con la media luna que llevábamos delante, por detrás del Pequod acababa de aparecer otra, sólo que esta vez eran velas. Acab dio una rápida vuelta sobre su pierna de marfil.
-¡Ah, de la arboladura! ¡Hay malayos detrás de no­sotros!
En efecto, debían haber estado escondidos en los ca­bos, y ahora los piratas malayos se precipitaban hacia nosotros en sus juncos. Pero una vez que el Pequod na­vegaba con buen viento de popa, por entre el desfilade­ro verde de las orillas del estrecho, pocas esperanzas podían tener de alcanzarnos. Los íbamos dejando atrás rápidamente y nuestros arponeros apenas les hacían caso, más atentos a la marcha de las ballenas que a la de los piratas. El buque se acercaba a los cetáceos rápida­mente, los cuales, como si se hubieran percatado del peligro comenzaron a agruparse para la defensa.
Ya estábamos en el fresno de nuestros remos, y des­pués de varias horas de bogar habíamos perdido la espe­ranza de poder cazar a alguna, cuando de pronto las ba­llenas parecieron entrar en la fase que se suele llamar de pánico. Dispersábanse en todas direcciones, en amplios círculos, y nadaban al azar de un lado a otro. Sus pro­pios surtidores daban buena señal de que estaban ate­rradas.
De haber sido un rebaño de corderos atacados por tres lobos, no hubieran demostrado mayor pavor.
No obstante, la mayoría del rebaño se mantenía agrupado y no avanzaba ni retrocedía. Al cabo de pocos minutos ya había saltado el arpón de Queequeg, y el animal nos arrastró velozmente hacia el centro del reba­ño. Esta actitud de una ballena herida no suele ser desacostumbrada y constituye una de las más peligrosas vicisitudes de las pesquerías, pues ya se puede imaginar el riesgo que representa el internarse entre un rebaño entero de colas y cuerpos gigantescos.
Así pues, a medida que avanzábamos, nos íbamos encontrando sitiados, sin saber cuando, en cualquier momento, podíamos quedar aplastados por la muralla de carne que nos rodeaba.
Sin amedrentarse, Queequeg gobernaba el bote, apartándose tan pronto de un monstruo como de otro, en tanto que Starbuck se mantenía plantado a proa, lan­za en mano, pinchando y apartando las ballenas que podía alcanzar con lanzadas cortas.
Para cazar cachalotes asustados, las balleneras lle­van un artilugio, consistente en pesados bloques de madera, los jaropes, que se pueden sujetar a los arpones al ser éstos lanzados. El cachalote, pues, ha de arrastrar ese peso adicional si huye, lo que le dificulta la marcha.
De esta manera llegamos al centro del rebaño, mien­tras que el cachalote herido iba frenando su marcha. Ya no podíamos escapar. Por suerte para nosotros, los bi­chos nadaban en círculos, en lugar de atacarnos de fren­te, debido a que estaban asustados. Creo que en realidad lo que estaban haciendo era tratar de proteger a sus hembras y crías en el centro de los machos, aunque no esté seguro de ello.
En efecto, podíamos ver a las hembras seguidas de sus crías, navegando un poco bajo el agua, lo cual resul­taba un espectáculo extraño y en cierto modo conmove­dor. Tal es el instinto de las madres. Uno de los bebés, que podíamos ver gracias a la transparencia de las aguas en aquella especie de lago azul, apenas tendría un par de días, pero ya medía no menos de catorce pies de largo.
-¡Larga, larga! -gritaba Queequeg-. La dimos, ¡la dimos! ¿Quién le soltó el cabo? Son dos, una grande y otra pequeña.
-¿Qué te ocurre? -gritó Starbuck.
-¡Mirar allí! -replicó Queequeg.
Lo que nos indicaba era el cordón umbilical que unía a la hembra con su cachorro. No es raro que en una caza, este cordón se enrede con el cáñamo de la cuerda del arpón, quedando así atrapada la cría, que siempre viaja por debajo de la madre, para poder mamar a su antojo.
Mientras, las ballenas a las que se había arrojado ar­pones con jarope, es decir, los troncos de madera de que antes hablaba, trataban de salir del círculo de sus com­pañeras para huir. Como cuando se logra acercarse a una ballena se trata de desjarretarla, cortándole con un azadón el gigantesco tendón de la cosa, una de las balle­nas heridas se precipitó como un diablo sobre sus compañeras, golpeándolas, y provocando entre ellas el pánico. Inmediatamente se deshizo aquella especie de paz que reinaba en el criadero, y cada ballena trató de alejarse de las demás, con lo cual muchas de ellas vinie­ron hacia el centro, lugar que ocupábamos nosotros.
-¡A los remos! -gritaba Starbuck-. ¡Por Dios ben­dito, muchachos, a los remos! ¡Apartad a esa ballena! ¡Queequeg, pincha a esa otra, pero mantenerlas aleja­das! ¡Venga, pinchad, remad...!
La lancha estaba casi aplastada ya entre dos enormes masas negras, que parecían murallones, y que como se juntaran nos laminarían irremisiblemente. Con esfuer­zos desesperados conseguimos salir a un espacio abier­to, en busca de alguna otra salida. Y así, de milagro en milagro, logramos deslizarnos de lo que había sido el centro hasta la periferia del rebaño. Nuestra feliz salva­ción no nos costó más que el sombrero de Queequeg, que le arrancó de la cabeza una cola que pasó rozán­dolo.
Las ballenas volvieron a reunirse y prosiguieron su marcha en perfecta formación. Era inútil continuar la persecución, aunque los botes se quedaron para tratar de cazar alguna de las que, sujetas a los jaropes, pudie­ra quedarse rezagada, y para recoger a una mostrenca que Flask había matado. Se llama mostrencas a aquellas ballenas muertas de un arponazo y a las que por no poder remolcar de momento, se dejan flotar clavándo­les una pértiga con un gallardete que permite recono­cerlas como caza propia después, por si acaso algún otro ballenero se acerca a ellas para cobrarlas.


CAPÍTULO XIV


Fue un par de semanas después de la última escena de caza referida, y mientras navegábamos por un sereno y soñoliento mar de mediodía, cuando las numerosas narices de la cubierta del Pequod percibieron en el mar un olor nada agradable, por cierto.
-Apostaría cualquier cosa -dijo Starbuck-, a que anda por aquí alguna ballena de las que colgamos los ja­ropes el otro día. Ya me parecía que no habían de dejar de mostrarse en la arboladura.
La bruma se disipó y pudimos ver a lo lejos un barco cuyas velas aferradas indicaba que debía llevar alguna ballena al costado, colgando. Al acercarnos más vimos que enarbolaba pabellón francés, y por la nube de buitres marinos que revoloteaba y planeaba alrededor, pudimos colegir que dicha ballena debía ser de las que los pescado­res llaman roñosas, es decir, una ballena muerta. Ya se puede imaginar el hedor que despide una mole semejante peor que el de una ciudad aquejada por una epidemia de peste.
Tan intolerable resulta para algunos, que ni la mayor avaricia podría persuadirles para atracar a su lado. Hay quienes lo hacen pese a todo, a pesar de que el aceite que se saca de semejantes clientes es de calidad muy inferior y nada parecido al agua de rosas.
Al acercarnos vimos que el francés no llevaba una sola, sino dos, una a cada costado, y aún resultaba más «perfumada» la segunda que la primera.
El Pequod estaba ya tan próximo al barco francés que Stubb hubiera jurado poder identificar el mango de su azadón enredado en las cuerdas que rodeaban la cola de una de las ballenas.
-¡Vaya frescura! -gritaba-. ¡Vaya un chacal! Ya sabía yo que esas ranas de franceses son muy pobres dia­blos como balleneros, pero me asombra ver que se con­tente con nuestros desperdicios. Vamos, haced una colecta para los pobres, caballeros. Pero, ¿y la otra? Sacaría yo más sebo del palo mayor que de ese pobre saco de huesos.
La calma había caído, y quieras que no, el Pequod se hallaba envuelto en aquel hedor, y sin más esperanzas de salir de él que la de que el viento soplase de nuevo. Saliendo de la cámara, Stubb llamó a la tripulación de su ballenera y salió bogando hacia el desconocido navío. Al acercarse a su proa, observó que según el gus­to francés, la parte superior de la roda estaba tallada simulando un gran tallo pendiente, pintado de verde y llevando a modo de espinas tachones de cobre clavados. El conjunto terminaba en un capullo cerrado y de color rojo vivo.
En la amura, en grandes letras, se leía la palabra «Bouton de Rose» (capullo de rosa) que era el románti­co nombre del perfumado buque.
Aunque Stubb sólo entendió la palabra Rosa, se lle­vó las manos a la nariz, burlonamente.
Para lograr ponerse en contacto con la gente de a bordo, hubo de dar la vuelta a la proa y pasar a la banda de estribor, junto a la ballena roñosa y hablar por enci­ma de ella.
-¡Ah del Bouton de Rose! ¿Tenéis algún capullito que hable inglés?
-Sí -respondió un tipo, que resultó ser el piloto y que procedía de Guernesey.
-¿Habéis visto a la Ballena Blanca?
-¿La qué?
-¡La Ballena Blanca! Un cachalote, al que llaman Moby Dick.
-Nunca la oí nombrar. ¡Cachalot Blanc! Nunca. Jamás.
-Muy bien, pues hasta luego. No tardaremos en volver.
Bogando rápidamente volvió al Pequod y viendo a Acab en la regala del alcázar, le dijo que no había nada nuevo.
Acab se metió en la cámara y Stubb volvió al barco francés.
Observó que el oficial que manejaba su azadón ballenero tenía una bolsa en las narices:
-¿Qué le ocurre? ¿Se la partió?
-¡Así la tuviera rota o no tuviera ninguna! Por otra parte, ¿qué diablos busca usted aquí?
-No se acalore, pero, ¿no sabe usted que es inútil tratar de sacar aceite de esas ballenas? En cuanto a la otra, no tiene ni un cuartillo.
-Lo sé, pero mi capitán no quiere creerlo. Esta es su primera travesía, y él era antes un fabricante de agua de colonia. Pero suba a bordo.
-Lo que guste.
Pronto estuvo en cubierta, donde descubrió un ex­traño espectáculo. Los marineros, con gorros de punto encarnado, aprestaban los grandes aparejos de cuader­nales para las ballenas, pero trabajaban despacio y hablaban deprisa, y todos con las narices hacia arriba. De vez en vez alguno dejaba el trabajo y se iba hacia el palo mayor para respirar un aire algo más puro.
Sorprendió a Stubb una serie de maldiciones y gritos que procedían de popa, y al mirar vio una cara furi­bunda que asomaba a la puerta del camarote del ca­pitán.
Stubb, astutamente, se fue a charlar con el primer oficial, que le dijo que detestaba a su capitán, porque era un ignorante vanidoso que les había metido en aquel repugnante asunto. Haciéndole algunas preguntas capciosas, comprendió que aquel tipo no sabía nada del ámbar gris. Se calló, por tanto, pero en todo lo demás se mostró amable y confiado. Luego le preguntó si quería que su capitán abandonase tan repugnante faena. El otro asintió y Stubb le dijo algunas palabras en voz baja.
En ese momento salió el capitán del camarote y el primer oficial le presentó a Stubb, adoptando el papel de intérprete.
-¿Qué le digo primero? -preguntó el primer ofi­cial.
-Dile que es una especie de tonto, un niño tonto y grande -lo que el primer oficial tradujo como que el americano le contaba que poco antes habían tocado con un barco en el cual había habido seis casos de peste por llevar una ballena roñosa al costado.
El capitán pidió más detalles.
-Dile -agregó Stubb-, que me parece un mico y que no tiene ni idea de lo que hay que hacer en un buque.
-Afirma, monsieur, que la otra ballena, la seca, es aún más peligrosa que la roñosa, y que si tenemos en algo nuestras vidas, debemos soltarlas inmediatamente o pereceremos de peste.
El capitán salió corriendo y ordenando que desen­ganchasen los cadáveres de las ballenas.
La conversación continuó en términos parecidos. A las barbaridades de Stubb, el piloto de Guernesy agre­gaba algunos detalles que convencieran al capitán de que debía cuanto antes librarse de sus huéspedes. Am­bos rieron mucho al ver la cara del capitán cuando éste volvió a su camarote. Stubb le dijo al primer oficial que enviarían un cable desde el Pequod para remolcar la ballena y separarla del buque francés.
Así lo hicieron y como el viento se acababa de le­vantar, pudieron remolcar la ballena, después de avisar a la tripulación del Pequod de la jugarreta que acababa de hacerles a los franceses, los cuales nada sabían sobre el ámbar gris.
Tan pronto como perdieron de vista al barco francés, Stubb bajó rápidamente hacia el cadáver flotante y em­pezó a hacer una excavación en él, protegiéndose antes la nariz con un pañuelo humedecido.
Cuando el azadón dio por fin con las descarnadas costillas, toda su tripulación lo contemplaba con ojos ávidos. Stubb no dejaba de hurgar en el interior del cuerpo podrido.
Y de pronto, una nube de tenue perfume surgió por entre la peste que derramaba la ballena muerta.
-¡Ya lo tengo, ya lo tengo! -gritó Stubb alboro­zado-. ¡Aquí está la bolsa!
Y soltando el azadón, metió ambas manos por el agujero, sacando puñados de algo que parecía jabón antiguo y un queso muy maduro, perfumado y untuoso.
Tenía un color amarillento ceniciento. Se trataba del ámbar gris, sustancia que vale una libra esterlina la onza en cualquier farmacia. Se sacaron como unos seis puñados, pero algo se perdió cayendo al mar. Y tal vez se hubiera podido sacar más a no ser por la impaciencia con la que Acab ordenaba que acabase aquella opera­ción. Stubb se vio obligado en efecto a dejar el cadáver de la ballena y volver a bordo.
El ámbar gris, debemos aclarar, es una sustancia de gran valor en la fabricación de perfumes, velas de lujo, jabones y pomadas. Los turcos lo empleaban para su cocina. ¿Quién podría decirles a las personas que usan esa sustancia que su origen está en las tripas de una ballena enferma? Pues así es.
Los balleneros suelen saberlo -aquellos franceses del Bouton de Rose eran unos ignorantes que no sabían lo que tenían entre manos-, y la estratagema de Stubb proporcionó al Pequod una ganancia extra.
El procedimiento de sacarle toda la grasa a la balle­na que habíamos capturado primeramente había aca­bado. Los hornos habían estado encendidos durante mucho tiempo para refinar el aceite, y éste embarrilado convenientemente en sus toneles y éstos guardados en la cala. La cubierta, poco antes llena de manchas de sangre y de sebo, relucía ahora, porque nada hay que limpie mejor que el aceite de ballena. Aparte de ello, todos los depósitos de los faroles estaban llenos, no nos faltaría iluminación en muchísimo tiempo.
Durante ese tiempo habían ocurrido algunas cosas. El negrito Pip, una persona alegre y que animaba a bor­do a los marineros con su tamboril, había sido ascendi­do a remero en la ballenera de Stubb, pero su poca peri­cia había hecho que se perdieran dos presas, ya que en ambos casos cayó al mar, enredado en las cuerdas de los arpones, con lo cual fue enviado de nuevo al barco, y desde entonces vagaba por él como un alma en pena. Pero el viaje continuaba.

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-¡Ah del barco! ¿Habéis visto a la Ballena Blanca? Así gritaba Acab al barco con bandera inglesa que se acercaba por la popa. El capitán de este último navío era un hombre corpulento al que le faltaba un brazo.
-¿Y ves tú esto? -respondió el inglés enseñando un brazo artificial fabricado también con marfil de cachalote.
-¡Arriad mi ballenera! -ordenó Acab.
Poco después abordaba al otro barco. Por cierto, que Acab hasta entonces no había pasado a ningún otro bar­co, ya que su pata de marfil le impedía trepar por las es­calas. El obstáculo se salvó gracias al aparejo de des­cuartizamiento del barco inglés. El capitán de éste se adelantó hacia Acab, cuando éste se encontró ya en cubierta.
-Bien, amigo, démonos los huesos, choquemos -dijo Acab-. ¿Dónde viste la Ballena Blanca?
-En la línea del Ecuador, la temporada pasada.
-Y se te llevó ese brazo, ¿no?
-Por lo menos tuvo la culpa de ello -respondió el inglés-. Era la primera vez que yo cazaba en la línea, y nada sabía entonces de la Ballena Blanca. Un día lo­gramos aferrar a un cachalote, que resultó un verdadero caballo de circo, muy difícil de sujetar. En ese momen­to apareció una ballena enorme, de cabeza y joroba blancas como la leche, y toda ella llena de arrugas...
-¡Ella, la misma! jadeó Acab.
-Y con arpones clavados cerca de la aleta de es­tribor.
-¡Los míos! Pero sigue...
-Bueno, pues la maldita ballena comenzó a morder furiosamente el cabo de mi arpón, y al halar fuimos a dar directamente con su joroba. Decidí hacerme con ella fuera como fuese. Para ello le lancé mi arpón, pero en ese momento una cola como una torre se abatió sobre mi lancha, partiéndola en dos. Salimos nadando y yo me cogí al astil del arpón clavado, pero la ballena se sumergió de pronto y el arpón se desprendió y me cogió por aquí con el hierro. Las púas me desgarraron todo el brazo. Afortunadamente llevaba a bordo un físico, un médico, pero aquí está él, que te lo puede contar mejor.
-Era una mala herida -dijo el médico-. Y a pesar de mis cuidados iba de mal en peor. Se ponía negra, y yo bien sabía lo que eso significa: la gangrena, por lo cual no había más remedio que amputar. El carpintero de a bordo se encargó de fabricar ese brazo artificial, con una maza al extremo capaz de partir cualquier cabe­za si le da con ella.
-Pero, ¿qué fue de la Ballena Blanca? -preguntó Acab, que estaba poco interesado en aquellos detalles.
-No la volvimos a ver en algún tiempo. Bueno, yo no sabía lo que era, pero al volver a pasar por la línea, oí hablar de ella. Y no sólo hablar.
-¿La volviste a ver?
-Dos veces. Pero ni siquiera intenté atacarla. Con la pérdida de un miembro tenía bastante.
-Pues alguien la cazará, no lo dudes -respondió Acab acaloradamente. El médico inglés le contempló durante unos instantes.
-Lleve cuidado, capitán -dijo-. Tiene usted el aspecto de estar enfermo. Estoy seguro de que tiene fie­bre, me basta con mirarlo.
-¡Déjeme en paz! -gritó Acab-. ¿Hacia dónde se dirigía Moby Dick? ¡Eso es lo que quiero saber!
-Creo que hacia el Este -dijo el capitán inglés-. Pero, ¿qué te pasa, hombre? ¿Es que está loco su capi­tán? -le preguntó a Fedallah.
Éste se puso un dedo en los labios y bajó a la balle­nera, al tiempo que Acab se hacía arriar. Los tagalos empuñaron los remos, y Acab, sin volver la vista atrás, se dirigió a su propio barco.



CAPÍTULO XV


El modo que tuvo Acab de abandonar el Samuel En­derby, el barco británico, tuvo alguna otra consecuen­cia. Fue tal la rabia con que se dejó caer sobre el banco de su ballenera, que el golpe hizo resquebrajarse su pata de marfil. Y cuando, una vez ya a bordo, la metió en uno de los agujeros de sustentación, la pata artificial volvió a resentirse, de manera que a partir de entonces ya no podía confiar en ella como antes.
No era la primera vez que tenía conflictos con la pierna marfileña. Poco antes de embarcarse en el Pequod, en Nantucket, se le encontró una noche caído de bruces y sin sentido. Al parecer, a consecuencia de algún accidente desconocido, la pierna había saltado y casi le había atravesado la ingle. Una herida que sólo curó a costa de tiempo y de dificultades.
Ese accidente había sido, precisamente, el culpable de que Acab permaneciera tanto tiempo encerrado en su camarote y sin ver a nadie cuando nos embarcamos.
Pero sólo muy pocas personas lo sabían, entre ellos Peleg y su socio Bildad. Por tanto, en cuanto estuvo a bordo, llamó al car­pintero y le ordenó que comenzase la fabricación de una pierna nueva. No era fácil tarea, pero el hombre se puso al instante al trabajo, recabando todo cuanto marfil hu­biera a bordo para elegir el mejor trozo, el más duro y el que mejor se ajustase al encargo. La obra debía ser perfecta, según exigió Acab, y el artesano sabía lo duro que podía ser el capitán, sobre todo tratándose de aquella pierna que tan necesaria le era.
Pero pasemos a otra cosa. En el Pequod debía haber­se abierto una pequeña vía de agua y, según costumbre, se estaba achicando la cala. Salía bastante aceite mez­clado con el agua, lo que indicaba que los barriles debí­an tener escapes. Eso produjo una gran consternación a bordo.
Starbuck fue a la cámara a comunicar la noticia a Acab. El Pequod iba acercándose por el sudoeste a For­mosa, donde el mar de China desemboca en el Pacífico. Por tanto, Starbuck encontró al comandante con un mapa de los archipiélagos orientales extendido ante sí. Con su flamante pierna de marfil apoyada en la mesa atornillada, Acab fruncía el ceño y trazaba nuevas rutas. Al oír pisadas, ni siquiera se volvió.
-¡A cubierta! -ordenó-. ¡Fuera de aquí!
-Capitán, soy yo, Starbuck. Los barriles de aceite de la cala se salen, señor. Hay que abrir las escotillas y remover la estiba.
-¿Abrir las escotillas? ¿Ahora que nos acercamos al Japón vamos a sacar los barriles? ¿Quedarnos aquí al pairo una semana entera?
-O lo hacemos, señor, o perderemos en un día más aceite del que podamos recobrar en un año. Vale la pena conservar lo que hemos venido a buscar a veinte mil millas.
-Así es, si es que podemos atraparlo.
-Hablaba del aceite de la cala, señor.
-Y yo no hablaba ni pensaba en eso. ¡Márchese! ¡Goteras sobre goteras! ¡Que se salga el aceite! No sólo se salen los barriles, sino que entra agua en la cala, lo que es mucho peor, y sin embargo no me detengo a reparar la avería, pues ¿cómo se la va a encontrar en un barco abarrotado? ¡Starbuck! ¡No permitiré que se abran las escotillas!
-¿Qué dirán los armadores, señor?
-Déjelos en su playa de Nantucket, y que aúllen todo lo que quieran. ¿Qué le importan a Acab? ¡Arma­dores! ¡Siempre me está usted sermoneando con esos armadores roñosos, como si fueran mi conciencia! Pero, escuche: no hay más armador que el que manda y no se le olvide que mi conciencia va en la quilla del bar­co. ¡A cubierta, largo de aquí!
El segundo enrojeció. Avanzó hacia el interior de la cámara.
-Capitán Acab: Alguien mejor que yo podría per­donarle lo que no toleraría de un hombre más joven y... más dichoso que usted, capitán.
-¡Demonios encarnados! ¿Es que se atreve a criti­carme? ¡A cubierta!
-Nada de eso, señor, se lo suplico. Y me atrevo, se­ñor, a tener paciencia. ¿No podríamos entendernos en­tre los dos un poco mejor que hasta ahora, capitán?
Acab cogió un fusil cargado del armero y, apuntando con él a Starbuck, exclamó:
-¡Hay un Dios que es el Señor de la Tierra, y un capitán que es el amo a bordo del Pequod! ¡A cubierta!
Por un instante pareció que el primer oficial hubiera ya recibido el disparo del arma que le apuntaba. Pero, dominando su furor, se volvió pausadamente y al salir de la cámara se detuvo un instante y dijo:
-Me ha afrentado, señor, me ha ofendido, pero no le pido que tenga cuidado conmigo porque se reiría de ello. No, lo que le pido es que Acab tenga cuidado con Acab. Tenga usted cuidado consigo mismo, señor.
-Bah, se hace el valiente, pero obedece. Un valor muy prudente -dijo Acab cuando Starbuck hubo desa­parecido-. ¿Que Acab tenga cuidado con Acab? Tal vez tenga razón en eso.
Y sirviéndose del fusil como de una muleta, comen­zó a pasear a lo largo y ancho de la cámara, con el ceño fruncido. Pero pronto desaparecieron aquellas arrugas, volvió el fusil al armero y subió a cubierta.
-Es usted un sujeto demasiado bueno, Starbuck -dijo en voz baja cuando pasó junto al primer oficial. Luego alzó la voz, dirigiéndose a la tripulación:
-¡Arriad juanetes y sobrejuanetes y bracead las ga­vias a proa! ¡Guarneced los aparejos y abrid las escoti­llas para entrar en la cala!
Tal vez sería inútil tratar de conjeturar por qué se comportaba Acab de aquel modo con Starbuck. Puede que aún quedara un destello de lucidez en él, o se trata­ra de una simple política prudente. Fuera como fuese, se obedecieron sus órdenes y las escotillas quedaron abiertas.
Al reconocer la cala se vio que los últimos barriles estibados estaban indemnes, y que el escape debía estar más abajo. De modo que como el tiempo estaba en cal­ma, siguieron reconociendo los enormes envases alineados e izando aquellas enormes moles desde las penumbras de la medianoche hasta la luz del día. Los barriles inferiores aparecían corroídos y mohosos. Se fueron izando las barricas de agua, pan y carne, las due­las sueltas de barril hasta que llegó a resultar difícil andar sobre cubierta.
El casco hueco resonaba con las pisadas como si se anduviese sobre catacumbas vacías, y el barco cabecea­ba y se tambaleaba como una damajuana llena de aire.
Y fue por entonces cuando mi pobre amigo Quee­queg cogió unas fiebres que lo pusieron al borde de la tumba.
¡Pobre Queequeg! Cuando el buque estaba medio destripado, si os asomaseis a la escotilla podríais haber­lo visto allí abajo, sin más ropa que los calzoncillos, el tatuado salvaje que se arrastraba entre aquel fango y aquella humedad como un gran lagarto verde con pintas en el fondo de un pozo. Fue allí donde cogió un catarro que acabó en fiebres y después de varios días de aguan­tar, dio con su cuerpo en la litera, al umbral mismo de las puertas de la muerte.
Se desmejoraba a ojos vista, hasta parecer que de él sólo quedaba el armazón y los tatuajes. Sus mejillas se aguzaban, y los ojos en cambio crecían y adquirían un fulgor extraño y dulce al mismo tiempo. Le miraban a uno afable, pero profundamente desde el fondo de sus órbitas.
En la tripulación, todos le daban por perdido, y en cuanto a lo que el propio Queequeg pensaba sobre ello, se puede colegir por el extraño favor que pidió. Llamó a su lado a un marinero de guardia y cogiéndole una mano le dijo que en Nantucket había visto unas piragüitas de madera negra, y había averiguado que a todos los marineros que morían en la ciudad se los metía en aque­llas barquitas, y que él quería que también lo enterrasen así. Y que aquello se parecía bastante a la manera en que en su tierra se hacía.
Luego dijo que temía que lo enterrasen en su hama­ca, según la costumbre marinera, y que lo echaran al mar como pasto de los tiburones. No, quería una piragua como aquellas de Nantucket.
Tan pronto como se supo, se ordenó al carpintero que hiciera lo que Queequeg quería, costara lo que cos­tase. El carpintero cogió su regla y se fue al castillo de proa para tomarle las medidas a Queequeg.
-¡Pobre Queequeg! -dijo un marinero-. ¡Ahora ya no tiene más remedio que morirse, puesto que le han tomado las medidas!
Clavado el último clavo y cepillada y ajustada la tapa, el carpintero se echó el ataúd al hombro y salió con él, preguntando a su paso si alguien necesitaba la caja. Lo cual fue respondido con indignadas protestas por parte de los marineros. Queequeg, que oyó los gri­tos, pidió que le llevasen la piragua en el acto. Se incor­poró, mirando la caja, pidió que le trajeran su arpón y que le quitaran el mango, para meter el hierro en el ataúd. También pidió que se colocasen allí algunas galletas, una cantimplora de agua dulce y un poco de tierra.
Tras de ello, pidió que se le metiera en la caja para comprobar su comodidad, estuvo allí tendido unos mi­nutos y luego exigió su idolillo Yojo y por último que le pusieran la tapa.
Murmuró que sí, que estaba cómodo y ya se le pudo llevar de nuevo a su hamaca. Todo esto impresionó considerablemente a los marineros. Pip, el negrito que se había caído dos veces de la ballenera, le cogió una mano y le anunció que tocaría en su tambor su marcha fúnebre.
-He oído decir -dijo Starbuck-, que en las fie­bres agudas, gente completamente ignorante habla en lenguas muertas, y al investigarse el fenómeno, resultó que en su olvidada niñez las habían oído hablar real­mente a algún erudito, aunque lo habían olvidado por completo. Este Pip parece tener ciertos conocimientos especiales acerca de una religión que nunca ha com­prendido.
Porque el negrito lanzaba unos extraños gritos, en los que animaba a Queequeg a morir como un valiente, y no como un tal Pip (él mismo), que había muerto como un cobarde, y al que tal vez encontraría de nuevo en los cazadores celestiales.
Se llevaron a Pip y Queequeg cerró los ojos.
Pero, curiosamente, cuando ya todo estaba prepara­do para su tránsito, Queequeg comenzó a volver a la vida. Poco a poco se vio que la caja fabricada por el car­pintero no iba a ser necesaria, lo cual el mismo carpin­tero atribuía a sus propios méritos y a los de su ataúd. Por su parte, Queequeg afirmó, cuando ya pudo hablar coherentemente, que si un hombre no quiere morirse, una simple enfermedad no puede matarlo. Sólo una ballena furiosa o algún otro accidente por el estilo.
Hay una diferencia entre los enfermos salvajes y los.; civilizados. Si éstos tardan mucho tiempo en recuperarse, aquéllos se ponen buenos al día siguiente, como si nada hubiera ocurrido. De modo que Queequeg recobro las fuerzas en muy pocos días y pronto se despertó de nuevo su voraz apetito. Tan pronto como pudo, se metió en su ballenera y blandió su arpón, anunciando que ya estaba preparado para la caza.
Tuvo entonces el capricho de utilizar su ataúd como cofre, y vació en él su ropa y todos sus útiles persona­les. Invirtió muchas horas en tallar la madera del fúne­bre arcón, copiando los tatuajes que llevaba en su cuerpo.
Aprovechando el buen tiempo, el herrero, el viejo Perth, no había bajado su fragua a la cala, sino que la tenía sobre cubierta, bien amarrada junto al trinquete, y constantemente solicitado por patrones y arponeros para que les hiciera algún pequeño trabajo.
Azadones, puntas de lanza, arpones, jabalinas, le ro­deaban como un círculo y él los atendía celosamente, ya que era un hombre sumamente cumplidor y eficaz.
Tenía una curiosa manera de andar, que explicaba di­ciendo que una fría noche, borracho, se había metido a dormir en un granero y se le habían helado dos dedos de los pies. También añadía que había sido un hombre feliz, con buen trabajo en tierra, con una esposa joven y bella y tres niños sonrosados que le acompañaban todos los domingos a la iglesia. Pero que cierto día un enemi­go se le había metido de rondón en casa y le había roba­do todo lo que poseía. Aquel ladrón no era otro que el que está encerrado en una botella, el alcohol.
Tras de ello no le quedó otro recurso que lanzarse al mar. Y a cada golpe de martillo que daba en la fragua, lanzaba un suspiro por todo lo que había perdido.
Estaba Perth plantado a mediodía, con su mandil de piel de tiburón en la fragua, cuando se le acercó el ca­pitán Acab. En ese momento, una nube de chispas sali­das del hierro al rojo que martilleaba el herrero cayeron junto al viejo.
-¿Son éstas las aves de San Pedro? -preguntó Acab-. Queman todo menos a ti.
-Es que yo estoy ya abrasado de pies a cabeza, ca­pitán -respondió Perth.
-Dime, Perth, ¿cómo es que no te has vuelto loco aún? ¿Es que te odian tanto los cielos que ni siquiera puedes volverte loco? Bueno, ¿qué estás haciendo?
-Forjaba una punta de lanza que estaba mellada, señor.
-Ya veo que haces bien tu trabajo. Borras todas las mellas. Pero, mírame, Perth. ¡Mírame! ¿No podrías re­mendar una melladura como ésta?
Y se tocó la cicatriz que le cruzaba la cara.
-No, señor. Ésa es precisamente una que no puedo borrar.
-Opino lo mismo, herrero. Es tan profunda que ha penetrado hasta el mismo hueso. Pero no venía a eso, Perth. También quiero que me hagas un arpón, uno que no se rompa aunque tiren de él mil pares de demonios. Algo que se quede pegado a la ballena como sus mis­mas aletas.
El capitán llevaba una bolsa en la mano. La abrió y desparramó por el suelo su contenido.
-¡Mira, Perth! Son cabezas de clavo de las herra­duras de acero de los caballos de carreras.
-¿Cabezas de clavos de herradura, señor? Es preci­samente el mejor material que conocemos los herreros.
-Lo sé, viejo. Vamos, fórjame un arpón. Y primero me forjas as doce varillas para el asta; luego las unes y re­tuerces y bates las doce juntas en una sola, como las cuerdas de una maroma. Vamos, ¡yo mismo le daré al fuelle!
Cuando estuvieron hechas las doce varillas, Acab las probó, retorciéndolas una a una sobre un largo perno de hierro.
-Tiene una falla -dijo devolviendo la última al herrero-. Fórjamela otra vez, Perth.
Cuando Perth obedeció y se disponía a forjar las doce en una sola, Acab le detuvo con la mano. Quería forjarlas él mismo, y cuando batía jadeante sobre el yunque las varillas al rojo, que Perth le alargaba, el par­si Fedallah pasó silencioso ante la fragua e hizo una reverencia al fuego, como si impetrara una bendición o una maldición. Luego se marchó.
-¿Qué andará buscando ese engendro de Lucifer? -preguntó Stubb desde el castillo de proa-. Ese parsi husmea el fuego como nadie.
Formando una sola pieza, el asta entró en el fuego por última vez, y cuando Perth la metió en un barril de agua para enfriarla, el vapor hirviente le dio a Acab en la cara.
-¡Perth! ¿Es que quieres señalarme más?
-Capitán, este hierro, ¿es para la Ballena Blanca?
-Para el Demonio Blanco, sí. Pero vamos con las púas. Ésas las harás tú mismo. Aquí tienes mis navajas de afeitar. El mejor acero que existe. Quiero unas púas tan afiladas como las agujas de hielo de Groenlandia.
Cuando el herrero terminó de soldar las púas al ar­pón, le pidió al capitán que le acercase el barril con el agua.
-¡No, Perth! Nada de agua para esto. La quiero con el temple de la muerte. ¡Eh!, aquí, Tashtego, Queequeg y Daggoo. ¿Qué os parece, infieles? ¿No me daréis la sangre suficiente como para templar este arpón?
Las cabezas salvajes se inclinaron en señal de asen­timiento. Se pincharon los tres en diversas partes del cuerpo y luego ofrecieron su sangre para la templanza del acero.
-¡Ego non baptizo te in nomine patris, sed in nomi­ne diaboli! -aullaba Acab como un vesánico, mientras el hierro candente consumía la sangre bautismal.
Luego escogió entre un puñado de astiles uno de no­gal americano y lo montó en el hierro. Se trajo in rollo nuevo de cuerda y algunas brazas de ella se probaron a la máxima tensión en el chigre, y Acab les puso el pie encima: vibraban como cuerdas de arpa.
-Bien, y ahora, al amarre.
Se deshizo un extremo del cabo y las cuerdas suel­tas se entretejieron en torno al mango del arpón, que­dando inseparable con astil y hierro, como las tres Par­cas. Acab se marchó con el arma, pero antes de que llegara a la cámara, se oyó un ligero pero sobrenatural rumor, entre burlón y lastimero. ¡Era Pip, que se reía!


CAPÍTULO XVI


Poco después de forjar su arpón el capitán Acab, nos tropezamos con el Bachelor, matrícula de Nantucket, que acababa de estibar su último barril y cerrado las escotillas atestadas. Los vigías de sus calcés llevaban en los sombreros tiras de lanilla roja, y de la popa pendía una ballena cabeza abajo. Por todas partes ondeaban gallardetes, pabellones y banderines de señales.
El Bachelor había tenido mucha suerte, al tiempo que muchos buques habían pescado en las mismas aguas sin apenas conseguir resultados. Incluso habían tenido que desprenderse de barricas de carne y pan para hacer sitio a la valiosa esperma, y llevaban barri­les hasta en cubierta.
Al acercarse al Pequod, salió el capitán Acab de la cámara. Desde el otro barco llegaban hasta el nuestro el salvaje redoblar de tambores, y un grupo de tripulantes bailaba una jiga infernal, en la que intervenían oficiales y marineros, e incluso algunas muchachas recogidas en las islas de la Polinesia. Otra parte de la tripulación se afanaba en la obra de fábrica de las calderas.
Como supremo señor de aquel aquelarre, reinaba el capitán, muy tieso en el alcázar, contemplando aquella comedia que parecía preparada para él. También Acab contemplaba la escena, pero él con el ceño fruncido y la cara oscurecida. Al cruzarse ambos navíos, el coman­dante del Bachelor gritó:
-¡Sube a bordo! -y agitaba en el aire una botella.
-¿Has visto la Ballena Blanca? -preguntó Acab.
-No, me han hablado de ella, pero no creo ni una palabra de lo que han contado. Vamos, sube a bordo.
-No quiero privaros de vuestra diversión -dijo Acab-. ¿Perdiste algún tripulante?
-Bah, nada que valga la pena: un par de isleños. Pero, sube a bordo, viejo, y te haré desarrugar el ceño. Tengo el barco abarrotado y vuelvo a casa. ¡Hay que ce­lebrarlo!
-Maravilla lo campechano que puede ser un necio -murmuró Acab. Y en voz alta, agregó: Tú vas cargado y a casa. Yo, vacío y en ruta. Conque sigue tu camino y yo seguiré el mío. ¡Izad todo el tra­po y avante!
Y cuando el barco se alejaba, sacó del bolsillo un frasquito y lo contempló pensativamente: estaba lleno de tierra de Nantucket.
Al parecer, el encuentro con el Bachelor nos dio suerte, porque al día siguiente encontramos ballenas y matamos cuatro, una de ellas por Acab. Un poco apla­cado en su mal humor, Acab, en la proa de su ballenera, contemplaba los últimos espasmos de la ballena que acababa de matar y parecía hasta apacible.
Las cuatro sacrificadas aquella tarde habían muerto a mucha distancia del Pequod y también a mucha distan­cia entre sí. A tres de ellas se las remolcó hasta el costa­do del buque, y a la cuarta se le clavó la pértiga de mos­trenca en el orificio del surtidor, con un farol que brillaba tenuemente en la oscuridad de la noche.
Acab y su tripulación parecían dormir. Todos, excep­to el parsi Fedallah, que sentado en cuclillas a proa, contemplaba los tiburones que pululaban en el mar. Un momento después, Acab se reunía con él.
-Lo he vuelto a soñar -dijo el capitán.
-¿Lo de los coches de muerto? ¿No te he dicho, viejo, que no tendrás ni coche ni siquiera ataúd?
-Ninguno que muera en el mar los tiene.
-Pero te digo, viejo, que antes de que mueras en esta travesía, tendrás que ver personalmente dos coches de muertos sobre el mar. El primero no será obra del hombre y las maderas visibles del segundo tienen que haber crecido en Norteamérica.
-Extraño espectáculo ése, parsi. Una carroza fúne­bre flotando sobre el océano. No veremos pronto seme­jante cosa.
-Lo creas o no, viejo, no puedes morir hasta que las veas.
-Y la predicción, ¿qué dice respecto a ti?
-Que ocurra lo que ocurra, yo iré siempre delante de ti, como piloto.
-Y una vez que hayas partido primero, tendrás que aparecérteme para seguir guiándome. Si sucediera lo que tú crees, serían dos garantías de que aún he de matar a Moby Dick y sobreviviría.
-Pues escucha esta otra, viejo -respondió el parsi con los ojos relampagueantes-. Sólo te puede matar la cuerda.
-¿La horca, quieres decir? Entonces soy inmortal en la tierra y en el mar -respondió Acab riendo burlo­namente.
Quedaron ambos en silencio. Llegaba ya el amane­cer. Antes de mediodía, la última ballena estaba ya acostada al buque.
Se acercaba por fin la temporada de caza en la línea del Ecuador. Acab tomaba todos los días la altura del sol. En aquel mar del Japón, los días de verano son maravillosos. El cielo parece de laca, no hay nubes y el sol brilla de tal manera que el sextante de Acab tenía vidrios de colores para poder mirarlo. Pero Acab pare­cía no necesitar siquiera su instrumento. Incluso en cierta ocasión lo rompió contra el suelo. A veces se dejaba guiar solamente por la brújula. El parsi lo con­templaba con aire un poco burlón. Plantado junto al bauprés, Starbuck contemplaba la marcha del buque.
Pero esos cielos plácidos encierran en su seno el ger­men de terribles tormentas. Hacia el anochecer de un día, el Pequod perdió su velamen, y con las vergas des­nudas hubo de afrontar un tifón que cogió de proa. Al llegar la noche, el cielo y el mar bramaban, desgarrados por el rayo. Estaba Starbuck en el alcázar, mirando hacia arriba a cada relámpago para ver qué nueva catás­trofe sobrevendría en el aparejo, en tanto que Stubb y Flask dirigían a los marineros, que amarraban sólida­mente las balleneras. Izada en lo más alto de sus pes­cantes, la ballenera de Acab no pudo escapar. Una ola enorme que se lanzó sobre el costado, la desfondó por la popa y la dejó goteando como una criba.
-Mala faena, señor Starbuck -dijo Stubb mirando la avería-. Pero no importa, cuando uno no puede hacer otra cosa, se pone a cantar.
Y lo hizo: una canción de pescador. Starbuck le hizo callar.
-¡Basta! Si es usted valiente se quedará callado, se­ñor Stubb.
-Pues no soy valiente. Soy un cobarde y canto para animarme.
-¡Loco! Mire por mis ojos si no le sirven los suyos.
-¿Es que puede usted ver mejor que yo?
-¡Venga! -y cogiendo a Stubb por un brazo, lo lle­vó a barlovento-. ¿No ve que la tormenta viene del Este, la misma derrota que lleva Acab detrás de Moby Dick? La ruta misma que tomó a mediodía. Y ahora, fíjese en la ballenera. ¿Por dónde se desfondó? ¡Por la popa, muchacho, por el propio lugar en que suele colo­carse! Y ahora, cante si es que puede.
-Pero, ¿qué es lo que piensa usted?
-El camino más corto para Nantucket es doblando el Cabo de Buena Esperanza. La borrasca que amenaza hacernos zozobrar la podríamos transformar en viento fresco que nos llevase a casa. En cambio, a barlovento, sólo hay vientos de perdición.
En ese momento oyeron a su lado una voz que ha­blaba al tiempo que retumbaba el trueno.
-¿Quién va? -preguntó Starbuck.
-¡El Viejo Trueno! -replicó Acab, avanzando a tientas para encontrar el agujero en que meter el pie.
-¡Mire arriba! -dijo Starbuck de pronto-. ¡El fuego de San Telmo en lo alto del palo mayor!
En efecto, los brazos de las vergas estaban rodeados de un fuego lívido, y las triples agujas de los pararrayos lucían con tres lenguas de fuego. Los mástiles enteros parecían arder.
-¡Fuego de San Telmo, ten piedad de nosotros! -gritó Stubb.
La tripulación estaba petrificada y se apretujaba en montón en el castillo de proa, con los ojos fijos en aque­lla pálida fosforescencia. Destacándose en la luz espec­tral, el gigantesco Daggoo parecía tres veces más alto y semejante a la misma nube negra en que se fraguaba el rayo. La boca abierta de Tashtego enseñaba sus blancos dientes de tiburón, en tanto que los tatuajes de la piel de Queequeg parecían arder como llamas infernales.
Toda la escena duró poco tiempo y se borró al desa­parecer la luz de arriba. El Pequod y todos sus tripulantes quedaron envueltos en una especie de patio mortuorio.
-¿Y qué dices ahora? -preguntó Starbuck a su compañero-. He oído tu invocación: no era la canción que cantabas antes.
-No, dije que el Fuego de San Telmo tuviera piedad de nosotros, y sigo esperando que la tenga...
En ese momento, Starbuck vio que el semblante de Stubb volvía a aparecer en la sombra, comenzando a destacarse lentamente en la oscuridad.
-¡Mira, mira!
Y nuevamente vieron las lenguas de fuego, con una claridad que parecía redoblada.
-¡Que el fuego de San Telmo tenga piedad de noso­tros! -replicó Stubb.
Al pie del palo mayor, exactamente debajo del do­blón de oro y de las llamitas de San Telmo, estaba el parsi Fedallah arrodillado delante de Acab, pero con la cabeza vuelta hacia un lado. Muy próximo a ellos, pen­día del aparejo un grupo de marineros que aferraban una vela y se habían detenido en su labor ante el res­plandor.
Todas las miradas se dirigían hacia arriba.
-¡Eso, eso, muchachos! -clamaba Acab-. ¡Mirad para arriba y que no se os olvide: la llama blan­ca alumbra el camino hacia la Ballena Blanca! Dadme esos eslabones de los pararrayos del mayor, me gustaría sentir su pulso y dejar que el mío latiera sobre ellos: ¡Sangre contra fuego! -y volviéndose con el último eslabón en la mano izquierda, le puso encima al parsi el pie y se quedó plantado y erguido ante las llamitas trífi­das, con la mirada hacia arriba y el brazo extendido alto.
-¡Oh, tú, pálido espíritu del fuego, a quien adorara en estos mares un tiempo, cuando yo era persa, hasta que en la ceremonia ritual me quemaste de tal modo que aún conservo la cicatriz! Ahora ya te conozco, y sé que el mejor modo de adorarte es desafiarte. No es un temerario necio quien te enfrenta ahora, reconozco tu poderío, pero negaré hasta el último aliento de mi vida tu dominio absoluto sobre mí. Si llegas a mí humilde­mente, doblaré la rodilla y te besaré, pero si vienes orgulloso, me encontrarás indiferente. ¡Tú, pálido espí­ritu, me hiciste de tu fuego, y como verdadero hijo del fuego, te lo devuelvo con mi aliento!
Acab cerró los ojos, mientras las llamas parecían crecer.
-Reconozco tu poderío. Me puedes cegar, pero an­daré a tientas. Me puedes abrasar, pero seré cenizas. Acepta el homenaje de estos pobres ojos cerrados y la mano que los tapa. Me enorgullezco de mi ascendencia. Tú eres mi furioso padre, pero a mi madre no la conoz­co. ¿Qué hiciste con ella?
-¡La ballenera, la ballenera! -gritó Stubb-. ¡Mire la ballenera, capitán!
El arpón que Perth forjara para el capitán seguía plantado en la roda, el mar se había llevado la funda de cuero y de la aguda punta de acero salía una llama bífi­da. Starbuck cogió del brazo al capitán.
-¡Dios está contra usted! Déjeme bracear las vergas mientras hay aún tiempo y aprovechemos el viento fres­co para virar hacia casa.
Al oír a Starbuck, toda la tripulación corrió a las bra­zas, aunque arriba no quedaba vela alguna. Pero Acab, soltando en cubierta los eslabones del pararrayos, y em­puñando el arpón flamígero, lo blandió como una tea ante ellos, jurando que atravesaría con él al primero que tocase un cabo. La gente se echó atrás, espantada, y Acab habló de nuevo:
-¡Todos vuestros juramentos de cazar a la Ballena Blanca os atan a mí! Y el viejo Acab está atado en cuer­po, alma, entrañas y vida. Y para que veáis, observad cómo apago el último temblor ígneo.
Y de un soplo apagó la llama.
Al oír las últimas palabras y ver lo que acababa de hacer, la mayor parte de los marineros huyó de su capi­tán, presa de un desolado terror.


CAPÍTULO XVII


-¡Hay que arriar la verga de gavia alta, señor! El recamiento está flojo y la braza de sotavento rota. ¿La arrío?
-¡No arríes nada! Amarradla. Es más, si tuviera mas­telerillos, los izaría.
-¡Señor! ¡Por Dios bendito, señor!
-¿Qué ocurre ahora?
-Las anclas golpean. ¿Las izo a bordo?
-Ni arriar ni izar, sino asegurarlo todo. El viento arrecia, pero aún no se me ha subido a la barba. ¡Con cien mil legiones de demonios! ¿Me tomas por el patrón de una barca de sabotaje? ¡Vamos, lo que os hace falta es un buen cordial, ya que no tenéis tripas para aguantar!
Stubb y Flask comenzaron a amarrar las anclas.
-Vamos, machaca ese nudo para pasarlo, pero no creo en lo que me decías. ¿No dijiste una vez que alguien que navegara con Acab debía pagar más por su póliza de seguro? Bien, pues he cambiado de idea. ¿Qué diferencia hay entre tener en la mano el pararrayos de un palo durante la tormenta, que estar junto a un palo que no lo tenga? Apenas si hay un barco entre cien que lleve pararrayos. No corrimos ningún peligro entonces, no más que el de mil tripulaciones que navegan en este momento.
-Eso lo dices ahora, pero bien que temblabas cuan­do el fuego parecía atravesarlo todo. ¡Bah! Aunque digan que cambiar de opinión es de sabios, no lo es el cambiar de una manera tan radical.
Mientras, en la verga de gavia alta, Tashtego pasaba una driza para asegurarla.
-¡Cuánto trueno! ¡Basta de truenos! Hay demasia­dos truenos allá arriba. ¿Para qué sirven? No queremos truenos, sino que queremos ron. Un buen vaso de ron. Aprieta fuerte, que nos espera un buen vaso de ron.


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Durante los momentos más agudos del tifón, el ti­monel del Pequod había ido a parar varias veces al sue­lo, a pesar de habérsele atado al gobernalle. En tormen­tas tan fuertes como ésta, cuando el barco no es más que una lanzadera al viento, no es raro ver las agujas de la brújula comenzar a dar vueltas y vueltas a intervalos. El timonel no había dejado de observarlo, con una emo­ción fácil de comprender.
Unas horas después de medianoche, el tifón cedió y gracias a los esfuerzos de Starbuck y Stubb se pudo arrancar de las vergas lo que quedaba del foque, el vela­cho y la gavia mayor.
Se bracearon las vergas al compás de una alegre can­ción que la tripulación entera entonaba con gozo.
De acuerdo con las órdenes de Acab de dar la nove­dad en el acto, Starbuck, tras de hacer bracear las ver­gas, fue a dar cuenta al capitán de lo que sucedía.
Antes de llamar a la puerta, se detuvo un instante. El farol de la cámara se balanceaba de un lado a otro, ar­diendo vivamente, y echaba sus sombras cambiantes sobre el rostro del viejo. Reinaba en la cámara un silen­cio que contrastaba con la confusión de fuera. En su armero, brillaban los mosquetes.
«Una vez estuve a punto de matarme con uno -pen­só Starbuck-. Qué raro, que yo que he manejado tantas veces el arpón en medio del mar, tenga ahora miedo. ¿No sería mejor quitarle las armas? Vengo a darle cuenta de que hay viento favorable, pero favorable, ¿para qué y para quién? Favorable para Moby Dick, pienso, favorable para ese maldito animal.
A este hombre no le importaría matar a toda su tri­pulación, con tal de cumplir una promesa que se hizo a sí mismo, la promesa de su venganza maldita. ¿No lle­gó a tirar el sextante en estos mares peligrosos, y quedándose sólo con la brújula, que algunas veces enlo­quece? Y en medio de la tempestad, ¿no anunció que no quería pararrayos?
Pero, ¿es que vamos a sufrir hasta siempre a este vie­jo loco? ¿Es que va a dejar que muera toda la tripu­lación? Sí, porque si nos hundimos, eso le haría asesino de treinta hombres, y el buque ahora corre un peligro mortal.
Entonces, si en este mismo momento... se suprimiese al viejo, no podría cometer él ese crimen. Sí, ahora que está ahí dentro dormido. No atiende a razones, ni a súplicas. Todo lo desprecia, no quiere más que obedien­cia ciega. ¿No podríamos ponerlo preso y llevarlo a casa, como se lleva a los locos? ¿Qué hacer? La tierra está a cientos de leguas y lo más próximo es el Japón, cuyos puertos están cerrados a los barcos occidentales.»
Cogió el mosquete y lo apuntó a la puerta. Un ligero toque en el gatillo, y él podría volver junto a su mujer y sus hijos...
-¿Lo hago? -se preguntó-. ¿Lo hago...?
Llamó a la puerta y dijo:
-El viento ha amainado, señor, y ha cambiado de rumbo. Se han izado y rizado las gavias del trinquete y el mesana. Seguimos rumbo.
-¡Todos a popa, pues! Oh, Moby Dick, por fin te tengo -oyó.
Pero estas palabras no procedían de la boca de un hombre despierto, sino de la de un hombre dormido. Starbuck parecía luchar contra un ángel rebelde, que le insinuaba al oído que él podría salvarse a sí mismo y salvar la tripulación. El mosquete tropezó contra la puerta. Con el rostro bañado en sudor, Starbuck volvió pasos tras de sí.
-Está profundamente dormido, señor Stubb. Baje usted y dígaselo. Tengo que hacer ahora en cubierta. Ya sabe usted lo que hay que decirle.
A la mañana siguiente el mar estaba aún revuelto y levantaba olas que empujaban al Pequod como gigantescas manos extendidas. Sin romper su silencio, Acab se mantenía apartado, y cada vez que el barco hundía el bauprés en la espuma volvía la mirada hacia los brillantes rayos del sol.
-Ah, barco mío -se le oyó murmurar-. Se te to­maría ahora por el propio carro del sol.
Súbitamente corrió al timón y preguntó qué rumbo llevaba el buque.
-Estesudeste, señor -respondió el atemorizado ti­monel.
-¡Mientes! -Acab le dio un puñetazo-. ¿Rumbo hacia el Este a esta hora de la mañana y con el sol a popa?
Todo el mundo quedó azorado al oírlo, pues inexpli­cablemente se les había escapado aquel detalle. Metien­do la cabeza en la bitácora, Acab le echó una mirada a la brújula y dejó caer lentamente el brazo, al tiempo que se tambaleaba. Plantado tras de él, Starbuck miraba también y, ¡oh!, la brújula señalaba al Este, cuando el Pequod, con toda evidencia, seguía rumbo al Oeste.
Pero antes de que cundiese la alarma entre los tripu­lantes, el viejo soltó una risa agria y estridente.
-Ya lo tengo. Esto ya ha ocurrido otras veces, señor Starbuck. El rayo de anoche ha cambiado el sentido de la aguja. Eso es todo. Usted tiene que haber oído hablar de ello.
-Sí, pero jamás me ocurrió a mí, señor.
Este accidente no es raro en los buques que han te­nido que atravesar una tormenta. En casos en los que el rayo ha caído directamente en el barco, llegando a des­truir parte del aparejo, los efectos aún han sido más fu­nestos, perdiéndose por completo el carácter de imán, de modo que el acero imantado no tiene más valor que una aguja de hacer calceta.
El viejo tomó con el canto de la mano la posición exacta del sol, y convencido de que las agujas estaban al revés, dio a gritos la orden de cambiar el rumbo. Braceadas las vergas, el Pequod puso proa contra el viento.
Entre tanto, y fueran cuales fuesen sus sentimientos, Starbuck dio fríamente las órdenes necesarias, y sus dos oficiales obedecieron sin rechistar. Entre los marineros hubo algunos rezongos, pero los arponeros siguieron impávidos.
Acab estuvo paseando un rato por la cubierta, hasta que al escurrírsele el talón de marfil, acertó a ver los visores de cobre del sextante que antes tirase al suelo.
-Ayer te destrocé yo -murmuró-, y hoy por poco la brújula me destroza a mí. Pero Acab no ha perdido aún su dominio del imán. Señor Starbuck, una lanza sin astil, una mandarria y la aguja de coser más pequeña que pueda encontrar.
Probablemente intentaba demostrar a la tripulación que aún se podía confiar en él, en un asunto tan miste­rioso como el de las agujas imantadas y las brújulas al revés.
Sabía además que gobernar la derrota sirviéndose de ellas aunque fuera someramente posible, no era cosa que los marineros supersticiosos pudieran soportar sin temores y presagios funestos.
-Muchachos -dijo volviéndose hacia la tripula­ción cuando Starbuck le trajo lo que había pedido-. Hijos míos, el rayo volvió del revés las agujas, pero con estos trozos de acero puede vuestro capitán hacer otra que señalará el rumbo tan seguramente como otra cual­quiera.
Entre los marineros se cruzaron miradas de asombro y de admiración. En cambio, Starbuck apartó la vista.
De un golpe de la mandarria, le quitó Acab la punta a la lanza, y entregándole a su segundo la larga barra de hierro que quedaba, le ordenó que la sostuviera vertical­mente en el aire, sin apoyarla en la cubierta. Y luego de aplastar con golpes de mandarria la extremidad superior de la barra, colocó encima la aguja roma, martilleándo­la con menos fuerza, varias veces. Y haciendo luego al­gunos movimientos extraños, para impresionar más aún a su tripulación, pidió un hilo y se encaminó a la bitá­cora.
Sacó las agujas estropeadas y colgó horizontalmente la aguja de coser sobre la rosa de los vientos. El acero comenzó a dar vueltas convulsivamente, pero al cabo de un instante quedó parado en su sitio. Acab se separó de la bitácora:
-¡Vedlo por vosotros mismos! Acab no ha perdido su dominio sobre el imán. El sol está al Este y la aguja lo confirma.
Y uno tras otro contemplaron lo que para ellos era un milagro. Mientras, Acab los observaba con endemoniado orgullo.
Aunque el Pequod llevaba ya tanto tiempo en aquel viaje, rara vez se había empleado la «corredera». Creyen­do ciegamente en los demás medios de comprobar el rumbo, muchos mercantes no se cuidan de largar la tabli­lla de la corredera, aunque no dejen de anotar en la piza­rra habitual la derrota del barco y su velocidad media por hora. Así había ocurrido con el Pequod. La barquilla y el carretel pendían intactos del cairel en la amurada de popa. La lluvia, el sol y el viento los retorcieron y estro­pearon. Pero, pese a saberlo, aquello puso de mal humor a Acab.
-Largadme la barquilla -ordenó-. Coged el ca­rretel uno de vosotros y yo largaré la cuerda.
Uno de los marineros, un viejo de la isla de Man, dijo:
-No me fío mucho de esto, señor. El cabo parece gastado por los elementos.
-Pero aguantará, abuelo. ¿Es que acaso a ti te han estropeado el sol y la lluvia?
-Como usted mande, señor. Con un superior no se discute, especialmente si nunca cede.
-Bueno, ahora me has salido profesor. ¿De dónde eres?
-De la isla de Man, señor.
-Pues... ¡alza el carretel! ¡Vamos!
Largóse la barquilla, los anillos de la cuerda se des­hicieron rápidamente y aquélla quedó tensa. En el acto comenzó a girar el carretel, pero la resistencia que la barquilla ofrecía a las olas hacía tambalearse al viejo.
-¡Tenlo firme!
La cuerda se aflojó de pronto en el agua. La barqui­lla había desaparecido.
-¡Rompí el sextante, el rayo me vuelve las agujas, y este mar loco me rompe la cuerda de nudos! Pero Acab puede componerlo todo. ¡Aquí, tahitiano! ¡Arriba el carretel, hombre de Man! ¡Y mirad que el carpintero haga otra barquilla y tú remienda la cuerda! Despacio, que la cuerda está podrida. ¡Pip, aquí a ayudar!
-Pip se perdió, se cayó de la ballenera -dijo el negrito-. Aquí está, tratando de volver a subir a bordo, señor. ¿Quién lo llama? -y el desgraciado demente mi­raba a su alrededor, como un poseído.
-Cállate, tonto -ordenó el viejo Man.
-Déjale. Veamos, Pip: si Pip se murió, ¿quién eres tú?
-El chico de la campana. ¡Tin, tan! ¡Tin, tan!
-Ven aquí, desgraciado, el camarote del capitán será tu camarote de ahora en adelante. Y hay de aquel que se meta con él. Aquel a quien los dioses han aban­donado, aún puede encontrar abrigo en el corazón del hombre.
-Allá van dos locos -dijo el viejo de Man-. Bue­no, vamos a remendar la cuerda.


CAPÍTULO XVIII


Gobernándose por la aguja de Acab, el Pequod puso rumbo al ecuador. Hacía tiempo que no encontraba bar­co alguno, y a poco le cogieron de costado tan favora­bles alisios que todo parecía presagiar la calma que pre­cede a las tormentas.
Al acercarse a la línea, y mientras una noche nave­gaba en la profunda oscuridad que precede al alba, por entre un grupo de islotes peñascosos, la guardia que mandaba Flask se vio sorprendida por un grito de dolor y al mismo tiempo inhumano. Todos salieron de su mo­dorra y durante unos instantes quedaron petrificados, escuchando.
Los cristianos y civilizados de la tripulación asegu­raban que era el lamento de una sirena, pero los arpone­ros, infieles todos, ni siquiera se estremecieron. El canoso hombre de Man, el más viejo de toda la tripula­ción, afirmaba que aquellos lamentos desgarradores procedían de los últimos marinos ahogados en el mar.
Tendido en su hamaca, Acab no se enteró de ello hasta el amanecer, cuando subió a cubierta y Flask le habló de ello. El viejo se echó a reír y se lo explicó.
Aquellas islas albergan grandes grupos de focas, y algunas de las crías, que habían perdido a sus madres, clamaban y sollozaban con lamentos que parecían humanos. Pero aquella explicación no hizo sino impre­sionar más aún a algunos de los marineros, pues la mayoría de éstos son sumamente supersticiosos acerca de las focas, las que dependen no solamente de sus voces lastimeras si corren peligro, sino por el aspecto humano de sus cabezas redondas y rostro inteligente, y que cuando se asoman al costado de un buque parecen personas.
Los prejuicios de la tripulación iban a tener confir­mación no tardando mucho. Uno de los marineros subió al amanecer al calcés del trinquete, y ya fuera porque estuviera aún medio dormido, o no se sabe por qué, ape­nas estuvo encaramado en su puesto lanzó un grito y se precipitó al vacío. Los demás pudieron verlo como un monigote que cae por el aire y que levanta un surtidor en el mar.
Se echó por la popa la boya de salvamento, un tonel largo y estrecho que siempre va allí colgado y acciona­do por un resorte, pero no surgió de las ondas mano alguna que lo cogiera. El barril se fue llenando de agua, y pronto fue a reunirse al marinero en el fondo del mar. Estaba medio podrido por falta de uso.
Era la primera pérdida que tenía el Pequod en aque­llos mares, y la tripulación comenzó a mirarlo como un augurio fatal, sobre todo tras los gritos de la noche pre­cedente.
Había que sustituir la boya y se encargó de ello a Starbuck, pero como no hubiera barril alguno lo bastan­te ligero y como los marineros no querían trabajar en nada que no fuera los preparativos de la caza, estaban ya dispuestos a pasarse sin boya cuando Queequeg, con extraños gestos y alusiones veladas, recordó su ataúd.
-¿Un ataúd como salvavidas? -preguntó Starbuck estremeciéndose.
-En efecto, parece algo raro -opinó Stubb.
-Pero no quedaría del todo mal -intercaló Flask-. Si el carpintero lo arregla.
-Que lo suban -respondió Starbuck tras de pen­sarlo un instante-. Avíalo, carpintero. ¿No me oyes, acaso? Que lo arregles, te he dicho.
-Y, ¿he de clavar la tapa, señor? -preguntó el car­pintero.
-Pues claro.
-Y, ¿calafatear las junturas?
-Sí, hombre.
-Y, ¿darle luego con alquitrán?
-Vamos, ¿qué cuentos te traes? Haz la boya con el ataúd y no se hable más.
Los tres oficiales se alejaron mientras el carpintero se quedaba tras de ellos rezongando.
-¿Cuándo se ha visto que se hagan semejantes co­sas con un ataúd? Y lo hice para un vivo que iba a morir. Y me gusta que cada cosa sirva para lo que ha sido he­cha. Si hago un tonel es para verlo lleno de vino, de sal o de grasa de ballena, pero si hago un ataúd es para que lo rellene bien un hombre muerto y se le entierre en él. Mientras decía estas palabras, continuaba su trabajo.
-Veamos, ¿cuántos tripulantes hay? ¿Treinta? Le pondré treinta cabos salvavidas, cada uno de ellos con su cabeza de turco.
Acab salió de su camarote, seguido de Pip, el ne­grito.
-Atrás, muchacho, en seguida vuelvo. Pero, ¿qué es esto, carpintero? ¿El banco de una iglesia acaso, todo tallado?
-La boya salvavidas, capitán órdenes del señor Starbuck. Cuidado con la escotilla, señor.
-Ya veo, tu ataúd está junto a la cripta.
-No entiendo, señor... Ah, sí.
-Así que eres también el sepulturero ahora.
-Sí señor. Lo hice para Queequeg.
-Un día haces piernas y al día siguiente ataúdes, y luego los transformas. Pero ahora que lo pienso, deberías cantar mientras fabricas un ataúd.
-Por mi fe, señor...
-¿Fe? ¿Qué es eso?
-Una forma de hablar, señor -respondió el otro asustado...
-Bueno, acaba con ese trasto para quitarlo de en medio.
Y se fue hacia popa, seguido por las miradas del vie­jo carpintero. El capitán se quedó apoyado en la amura­da, pensativo.
Aquí tenemos el pavoroso símbolo de la muerte convertido por simple accidente en el símbolo del soco­rro y ayuda. Un salvavidas de un ataúd... ¿Tendrá eso algo que ver con la inmortalidad? Pero, ¿es que no va a acabar nunca el carpintero maldito con ese ruido? ¿Por qué diablos me parece tan fúnebre el sonido del marti­llo contra esa caja hueca? ¡Carpintero! ¡Me voy abajo, pero cuando vuelva a subir no quiero ver ese trasto en cubierta!
Al día siguiente vimos un gran buque que venía de­recho hacia nosotros. Era el Rachel con toda la arboladura llena de gente. El Pequod navegaba a buena marcha, pero cuando el visitante se acercó, las velas se desinflaron como vejigas vacías.
-Malas noticias, sin duda -dijo el viejo de la isla de Man. Y en seguida se oyó la voz de Acab, por la bo­cina.
-¿Has visto a la Ballena Blanca?
-Sí, ayer. Y vosotros, ¿no habéis visto una lancha a la deriva?
Conteniendo su alegría, Acab respondió que no, y con gusto hubiera ido a ver al otro comandante, cuando vio descender a éste por el costado. Un momento des­pués estaba en nuestra cubierta.
-¿Cómo fue verla? -preguntó Acab-. No la ha­bréis matado...
Al parecer, en la tarde del día anterior, mientras es­taban ocupadas las balleneras con un banco de cachalo­tes, vieron surgir de pronto la joroba y la cabeza de Moby Dick a la que se pusieron a buscar. Pero ni en toda la noche ni en el día de hoy habían logrado encontrarla.
Luego el capitán del Rachel expuso a Acab lo que le traía abordo. Quería que el Pequod le ayudase a buscar su ballenera desaparecida, navegando en paralelo por aquellas aguas.
-Mi hijo iba en esa ballenera -dijo el comandante del Rachel, pálido y tenso-. Por Dios bendito, te ruego que me ayudes -añadió mirando a Acab, que a su vez
lo contemplaba fríamente-. Déjame que flote tu buque por cuarenta y ocho horas. Oh, no puedes negarte a ello.
-Su hijo -dijo Stubb-. ¿Qué dice el viejo? Tene­mos que salvar a ese chico.
-Será inútil -respondió el viejo de la isla de Man. Ha muerto. Anoche oímos todos su lamento en las olas...
El recién llegado seguía implorando ayuda para sal­var a su hijo, que sólo contaba doce años. Además, en otra de las balleneras había otro hijo suyo, al cual había salvado siguiendo la ley de las balleneras que ordena dejar perder a un hombre si se pueden salvar a varios. El comandante del Rachel estaba deshecho por la pena.
Y mientras, Acab le escuchaba con la misma frialdad.
-No me iré hasta que me digas que sí. Ah, veo que te ablandas... Corred, muchachos, y disponeos a bracear las vergas a la cuadra.
-¡Alto! -gritó Acab-. No se toque ni una driza. Capitán Gardiner, no puedo hacerlo. Estoy perdiendo tiempo y tengo algo que hacer. Que Dios te bendiga, y me perdone, pero tengo que partir. Antes de tres minu­tos debéis abandonar el barco. Señor Starbuck, prepara­dos para la maniobra.
Y sin mirar a Gardiner, bajó a la cámara. El capitán del Rachel, atónito, lo contempló y luego corrió en silencio hasta la borda. Volvió a su buque, y no tardaron en separarse las rutas de ambos barcos.
Ahora, por fin, en el lugar y tiempo adecuados, y tras aquella penosa travesía, parecía Acab haber arrincona­do a su enemigo en el océano, donde podría destruirlo seguramente. ¡Moby Dick había sido visto el mismo día anterior! Ya no podía fallar. Miraba a la tripulación que, con semblante sombrío, no resistía su mirada. Ahora ya ni siquiera bajaba a la cámara, sino que permanecía en cubierta, con el sombrero calado, haciendo allí mismo sus dos comidas diarias.
Incluso debía sospechar que los marineros preten­dían engañarlo y no señalarle la presencia de la ballena asesina, porque al cuarto día que pasó sin distinguirla, hizo subir un cesto sujeto al palo con un clavo y el otro extremo del cabo sujeto por un marinero. Luego se hizo izar, diciendo:
-Yo seré el primero que la vea. Yo, y nadie más que yo. Lo veréis. Y ese doblón de oro será para mí. ¡Vamos, izadme!
Los marineros obedecieron y el capitán Acab quedó allá arriba, en el cesto de malla, mientras la tripulación le observaba atónita. Pero no llevaba allá arriba diez minutos siquiera, cuando uno de esos halcones marinos que siempre van revoloteando en torno a los palos, se dejó caer sobre él ante los ojos desorbitados de los tri­pulantes, le arrebató el sombrero, después de haber dado tres vueltas en torno a él y se alejó empicado. Hubo quien se santiguó.
Pasaron los días, mientras el ataúd salvavidas seguía balanceándose a popa, cuando nos cruzamos con el De­light. Al hallarnos cerca, pudimos observar que en los baos llamados tijeras y que algunos balleneros llevan atravesados en el alcázar, se veían los restos destroza­dos de una ballenera.
-¿Has visto a la Ballena Blanca? -preguntó Acab. -¡Mira! -respondió el otro capitán.
-¿La has matado?
-¡No, y no se ha forjado el arpón que la mate! En cambio he perdido cinco marineros. Aquí está el últi­mo íbamos a lanzarlo al mar ahora mismo. Estás nave­gando sobre la tumba de los otros cuatro, Acab.
-¿Que no se ha forjado? -preguntó Acab enloque­cido. Y blandió su arpón-. ¡Aquí lo tienes, nantuckés! ¡Púas templadas en sangre, y templadas por el rayo! ¡Son para Moby Dick!
-Pues entonces, que Dios te guarde, viejo. Y voso­tros, levantad el cadáver. ¡Así, la resurrección y la vida...!
-¡Avante! -aullaba Acab a su vez, sin escuchar si­quiera el responso-. ¡Avante a todo trapo!
Pero aún pudimos oír el chapoteo del cadáver al caer en el agua, mientras los del Delight veían nuestra popa al alejarnos.
-¡Oh, muchachos, mirad allí! -dijo uno de ellos-. ¡Huis en vano, ya que lleváis vuestro propio ataúd en la popa!
Continuamos el viaje. Por cierto que Fedallah, según pasaban los días, seguía pareciéndose más y más a un espectro. Temblaba como acometido de fiebres, y entre el capitán y él parecía establecerse una corriente eléc­trica. Parecían incapaces de separarse uno de otro. La tripulación, cada vez más sombría, cumplía sus tareas en silencio. Y sólo Starbuck, de cuando en cuando, se atrevía a hablar con el capitán.
Porque el segundo oficial, pese a todo, comenzaba a tener lástima de aquel hombre que más que humano pa­recía ya un alma en pena.


CAPÍTULO XIX


Aquella noche; entre la segunda y la tercera guardia, Acab venteó como un perro de caza. Afirmó que por allí cerca tenía que haber una ballena, porque lo sentía en el aire y en los huesos.
-¡Vigías arriba! ¡Todo el mundo a cubierta!
-¿Qué ves? -gritó Acab mirando hacia arriba.
-Nada aún.
Al instante, Acab ordenó que le izaran a su canasto, pero a los dos tercios del camino, lanzó de pronto un grito horrible.
-¡Por allí sopla, por allí! ¡Moby Dick!
Todo el mundo se lanzó a los aparejos para ver la enorme joroba blanca. Tashtego estaba junto al capitán.
-¡Yo la vi y grité! -dijo el indio.
-¡No! Yo fui quien la vi primero -dijo el capitán, lívido-. Yo era el que tenía que descubrirla. ¡Por allí! -agregó mirando el surtidor silencioso de la ballena-. ¡Arríeme, señor Starbuck, y prepare las balleneras!
-Va flechada a sotavento, señor. Se aleja. No nos ha visto.
-¡A las lanchas, he dicho!
Se arriaron todas excepto la de Starbuck, y pronto navegaron como flechas, sus proas cortando el agua silenciosamente. La lancha del capitán llegó tan cerca de su confiada presa, que pudo distinguir su res­plandeciente joroba envuelta en espuma. La ballena parecía presa de un extraño júbilo o una extraña tran­quilidad. No tardó sin embargo en alzar lentamente del agua su parte interior, formando un enorme arco. Luego se sumergió suavemente y desapareció de la vista.
Con los remos en alto, los cazadores esperaron.
-Esta es la hora -dijo Acab en voz baja.
La ballena había desaparecido, pero las aves marinas parecían conocer exactamente su posición, porque vo­laban en círculos sobre ella. Inclinándose sobre la bor­da, Acab vio de pronto en las límpidas aguas una man­cha blanca que subía con maravillosa celeridad, aumentando cada vez más de tamaño, hasta que se vol­vió y dejó ver claramente las largas hileras torcidas de dientes blancos. Era la boca abierta de Moby Dick, cuyo enorme cuerpo se confundía con el azul del mar.
Bostezó, y Acab hizo virar la ballenera, apartándola del terrible espectáculo.
Luego mandó a Fedallah que cambiara con él su puesto, con lo que la proa de la lancha quedó frente a la cabeza de la ballena. Pero ésta, malignamente, viró de bordo y metió la cabeza bajo la lancha.
No hubo bao ni cuaderna que no temblara sobre la ballena, la que tendida oblicuamente sobre el lomo, co­mo un tiburón dispuesto a morder, cogió lenta y segura
en la boca la roda entera de la barca, y uno de los dien­tes se enganchó en el escalamo de un remo. La parte in­terior, de color azulado, quedó a menos de seis pulgadas de la cabeza de Acab. En esta actitud sacudió el casco de cedro como un gato hace con un ratón. Fedallah la miraba imperturbable, mientras la tripulación, aterrada, se agrupaba a popa atropelladamente.
Y entonces, mientras las bordas vibraban a impulsos del diabólico animal, que tenía a su merced la embar­cación, y en tanto que las otras lanchas se detenían, el insensato capitán Acab, furioso ante la proximidad del animal que tanto odiaba, le echó las manos al hueso, pugnando en vano por apartarlo.
La mandíbula se le escurrió, las frágiles bordas de la lancha se doblaron y se hundieron cuando las mandí­bulas, como enormes tijeras, se deslizaban más a proa, partiéndola en dos.
Acab, que fue el primero en darse cuenta de las in­tenciones de la ballena, al verla alzar la cabeza, cayó de bruces al mar. Moby Dick se alejaba ya con su presa entre los dientes, alzando la cabeza a intervalos entre las olas, dando vueltas con todo el cuerpo y lanzando torrentes de espuma.
Al mismo tiempo, daba vueltas en torno a los náu­fragos, amenazando a cada momento con devorarlos. Acab se había hundido, y apenas podía nadar, impedido por su pierna de marfil.
En el Pequod se habían dado cuenta de lo que ocu­rría, y se aproximaban todo lo velozmente que podían. Cuando estuvieron lo suficientemente cerca como para romper el círculo en que Moby Dick tenía encerrados a los náufragos, Acab pudo gritar:
-¡Ahuyentarla!
Así lo hizo el Pequod. Las otras lanchas, entonces, volaron en socorro de los náufragos.
Acab fue izado y cayó en el fondo de la ballenera de Stubb, con los ojos inyectados en sangre y las arrugas de la cara llenas de sal marina.
Pero aquel momento de desfallecimiento duró poco. Se incorporó a medias, apoyándose sobre su brazo doblado.
-El arpón -pidió-. ¿Se ha perdido?
-No, señor, porque no le lanzó. Aquí está -dijo Stubb.
-¿Falta alguien?
-No, señor.
-Muy bien, ayúdeme. Quiero ponerme en pie. Por allí, por allí va. Siempre hacia sotavento ¡Vamos! ¡Se­guidla!
Cuando una ballenera naufraga y otra recoge a su tri­pulación, ésta ayuda a la primera en las tareas, con re­meros dobles, como se les llama. Pero la mayor potencia de la ballenera no bastaba a alcanzar a Moby Dick, que na­daba a tal velocidad que pronto se vio que sería imposible darle caza. Por tanto, las balleneras volvieron hacia el buque, que al menos ofrecía mayores posibilidades de alcanzarla.
Con todas las velas desplegadas, el Pequod se lanzó tras la estela de Moby Dick, cuyo lomo resplandeciente era claramente visible desde el calcés, lo mismo que su surtidor.
Acab miraba la hora y paseaba por cubierta, y a cada momento preguntaba si veían a la ballena, y agregaba:
-Vamos, ¿no veis que el doblón de oro os está es­perando?
Y no decía nada más, como no fuera el ordenar que se izara más trapo o añadir tal cual boneta. La ballenera aplastada yacía en el alcázar, invertida, la proa rota y la popa deshecha.
Estaba ya anocheciendo y no se mandaba bajar a los vigías.
-No puedo ver ya el surtidor, señor. Está muy os­curo ya -dijo una voz desde lo alto.
-¿Hacia dónde iba cuando la viste por última vez?
-Hacia sotavento, señor, siempre a sotavento.
-Bien, de noche navegará más despacio. Que arríen las bonetas de juanete y sobrejuanete, señor Starbuck, no vayamos a pasarla antes del amanecer. ¡Ah del timón, siempre a sotavento! ¡Ah del calcés, abajo!
Luego caminó hasta el palo mayor.
-Este doblón es mío, porque yo vi primero a Moby Dick, pero lo dejaré ahí hasta que muera la ballena blan­ca, y aquel que la descubra el primero el día de su muer­te se lo ganará. Y si fuera yo, se repartirá entre todos.
Y se metió en su tambucho, donde quedó escondido hasta el amanecer, excepto cuando se asomaba para ver cómo iba la noche.
Al alba se mandó a los vigías a sus puestos.
-¿La veis?
-No vemos nada, señor.
-¡Soltad el trapo! Navega más aprisa de lo que yo pensaba. ¡Los juanetes!
De pronto se oyó la esperada llamada:
-¡Por allí sopla, sopla! ¡Todo derecho por la proa!
-No puede escaparse -dijo Stubb.
-¿Por qué no avisáis si la veis? -preguntaba Acab impaciente, rabiosamente. Pensaba que los vigías ha­bían visto algo equivocado, habían tomado alguna nube por el surtidor.
Y justo en ese momento, se oyó el alarido triunfante de treinta pulmones, cuando surgió Moby Dick a la vista, saltando, pero sin soltar su surtidor. Subiendo de lo más profundo del océano, lanzaba su volumen total en el aire, para volver a caer en un salto que los balle­neros llaman «el reto».
-¡Abajo todos, lanchas preparadas! -aulló Acab.
Y volviéndose a Starbuck le ordenó que quedase al mando del buque. Las balleneras descendieron rápida­mente del agua y comenzaron a bogar.
Esta vez Moby Dick, como si quisiera infundirles te­rror, no esperó, sino que cargó directamente contra las tres lanchas. Iba Acab en medio, animando a su gente y diciendo que esta vez la cogería de frente. Pero no les dio tiempo a nada. La Ballena Blanca ya estaba ante ellos, tal era la velocidad que llevaba.
Presentaba batalla con las mandíbulas abiertas, y las lanchas viraban y ciaban para evitar el choque con el monstruo, el cual coleaba peligrosamente. Mientras, el grito diabólico de Acab dominaba todos los otros ruidos.
Partieron raudos los arpones, enredando sus hilos unos con otros, con los movimientos de Moby Dick y sus imprevisibles evoluciones. Aprovechando una oportuni­dad, Acab largó cabo y luego comenzó a halarlo rápida­mente y sacudirlo con la esperanza de desenredarlo, cuando de pronto sucedió algo terrible.
La ballena blanca se lanzó de pronto contra la ma­raña de cables, y al hacerlo atrajo hacia sí a las barcas de Stubb y de Flask, una contra otra, partiéndolas como si fueran dos cascarones de nuez, y antes de que nadie excepto Acab intentara cortar los cabos.
Un momento después todas las tripulaciones de las dos balleneras estaban en el agua nadando y tratando de alejarse de Moby Dick, que golpeaba salvajemente todos los objetos con los que tropezaba.
Luego se sumergió, y de repente, la ballenera de Acab, única que quedaba indemne, comenzó a subir como empujada por una fuerza irresistible: Moby Dick la elevaba con su mole. El choque fue tan fuerte que Acab fue lanzado al mar. Luego, el cachalote dio un brusco giro y partió raudamente, arrastrando todos aquellos cables enmarañados.
Como la vez anterior, desde el buque habían obser­vado lo que ocurría y se acercaron rápidamente. Arria­ron una lancha, recogieron a los marineros que flotaban entre remos, cubos y trozos de madera, y los izaron a cu­bierta. Pero afortunadamente nadie estaba herido de gravedad, aunque muchos habían sufrido tremendos choques. A Acab se le encontró agarrado ceñudamente a la mitad de su lancha perdida. Su pata de marfil se había quebrado y no quedaba de ella más que un muñón.
-Fue la virola la que no resistió, señor -dijo el car­pintero acercándose-. Yo me esmeré con esa pierna.
-No importa -fue la respuesta-. Aun con un solo hueso, el viejo Acab está intacto. No hay diablo ni Ballena Blanca que pueda acabar conmigo. ¡Ah, del calcés! ¿Por dónde va?
-Recta a sotavento, señor.
-Deriva, pues, y a todo velamen. ¡Guardia del bar­co, bajad las lanchas de repuesto y aparejadlas! Señor Starbuck, pase lista.
De pronto, miró a su alrededor.
-No lo veo...
-¡El parsi! -dijo Stubb-. ¡No está! ¡Lo ha debido coger!
-Así cojas tú el vómito negro. Hay que encontrarle, no ha podido irse. Vamos, registradlo todo.
Pero no tardaron en volver con la noticia de que no se encontraba al parsi por ningún lado.
-Debió enredarse entre los cabos, señor -dijo Stubb-. Me pareció verlo arrastrado por él. Creo que fue en el suyo.
-¿Mi cabo? ¿El mío? ¿Muerto? ¿Qué tañido fúne­bre es ése? Y el arpón, también... El arpón que forjé para ella... No, ahora recuerdo, lo lancé. Lo lleva clava­do en la carne. Pronto, ¡aparejad las lanchas, reunid los remos! ¡Arponeros, los hierros! ¡Ceñid bien el trapo! ¡Timonel, poco a poco, por tu vida! ¡Daré diez veces la vuelta al mundo, pero la encontraré, y la mataré con mis propias manos!
-Dios todopoderoso, no nos abandones -dijo Star­buck-. Señor, jamás llegará a cazarla. Por Jesús ben­dito, dejemos esto, porque es una locura. ¡Dos días de caza y las dos veces hechos añicos! ¿Es que vamos a seguir persiguiendo a ese diablo hasta que muera el últi­mo de nosotros?
-Está escrito -respondió Acab-. Mañana será el tercer día y el tercero es el último en la vida de una ballena herida. ¿Tenéis temor, valientes?
-Indomables, como siempre, señor -dijo Stubb.
-Presagios... -murmuraba Acab-. Él dijo que iría delante de mí... pero, no, no debo creer en eso. No puede ser. Yo acabaré con ella, no ella conmigo. Y ade­más, dijo... que yo...
Al oscurecer, la ballena seguía a la vista, siempre a sotavento, como si fuera ella la que esperaba.


EPÍLOGO


Terminó el drama, y ¿por qué nadie se adelanta al proscenio a saludar? Porque hubo uno que sobrevivió al naufragio.
Dio la casualidad de que a la desaparición del parsi ocupara yo el puesto del «hombre de proa» en la ballenera de Acab, y yo también el que se quedó atrás al caer los remeros al mar el último día.
De modo que estaba flotando, al margen de toda la escena y presenciándola por entero cuando la succión del buque al hundirse me arrastró lentamente al torbe­llino final.
Comencé a dar vueltas. acercándome cada vez más a la negra burbuja central. que reventó al llegar yo. Y allí. suelto gracias al resorte que le sostenía. surgió del mar el féretro-salvavidas. cayendo a mi lado. Sostenido por aquel ataúd estuve flotando un día entero v una noche en las aguas. Los tiburones, inofensivos se deslizaban junto a mí. Al segundo día se fue acercando un barco que me recogió.
Era el Rachel, vagando siempre en su pertinaz bús­queda de sus hijos perdidos, y que, a Dios gracias, en­contró otro huérfano. Yo.




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