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domingo, 8 de noviembre de 2009

LA MUERTE ENAMORADA


LA MUERTE
ENAMORADA
(Clarimonda)
Théophile Gautier

-
Padre, tiene curiosidad por saber si yo nunca he gustado el amor: pues bien, sí. La
mía es una historia singular y terrible y, aunque tenga ahora setenta años, soy siempre
harto reacio a la idea de remover las cenizas de semejante recuerdo. Pero a usted no
quiero rehusarle nada: en todo caso, nunca haría un relato de este género a un alma
menos experta que la suya.
Se trata de sucesos tan extraños, que casi no me arriesgo a creer que me hayan
ocurrido verdaderamente. El hecho es que me he encontrado, por algo más de tres años,
a merced de una ilusión diabólica. Yo, pobre sacerdote de campaña, he llevado todas las
noches en sueño (¡quiera Dios que sólo haya sido un sueño) una vida de Sardanápalo.
Me bastó echar una sola mirada, tal vez un tanto complacido, sobre una criatura de sexo
femenino, para casi llevar mi alma a la pérdida; pero por fortuna, al fin, con la ayuda de
Dios y de mi santo patrono, logré expulsar al espíritu maligno que me poseía. Mi
existencia, en cierto momento, se había complicado con una vida nocturna
suplementaria y en completo contraste con la otra.
Durante el día, era un cura casto, enteramente ocupado en plegarias y cosas santas;
pero de noche, apenas cerraba los ojos, me transformaba en un joven señor, fino
conocedor de mujeres, perros y caballos, jugador de dados, bebedor, blasfemo; y
cuando, al alba, me despertaba, la impresión que experimentaba era antes bien la de
estar entonces durmiendo y soñar que hacía de sacerdote. De esa vida de sonámbulo me
ha quedado el recuerdo desgraciadamente indeleble de palabras y objetos que nunca
debí haber visto; y, aunque jamás haya salido de las paredes de mi presbiterio, se diría,
sintiéndome hablar, que yo fuera en cambio un hombre corrido que, después de haber
aprovechado de todos los placeres que ofrece el mundo, se ha acercado a la religión para
concluir en el seno de Dios su jornada demasiado turbulenta, y no el humilde
seminarista que fui en realidad, envejecido luego en una parroquia ignorada por la
mayoría, perdida en el fondo de un bosque donde nunca tuve ocasión de relacionarme
con las cosas del siglo.
Sí, he amado como quizá nadie en el mundo ha amado jamás, con un amor furioso,
de tal modo violento, hasta maravillarme yo mismo de que mi corazón no haya
reventado nunca, con tensión semejante. ¡Ah! ¡Qué noches! ¡Qué noches!
La vocación de hacerme sacerdote la había sentido desde la más tierna infancia,
por lo que todos mis estudios fueron orientados a ese fin, y mi vida, hasta los
veinticuatro años, no fue sino un largo noviciado.
Concluidos los estudios de teología y pasados todos los grados menores, mis
superiores me consideraron digno, a pesar de mi extrema juventud, de trasponer el
último y más temible umbral. Quedó establecido que yo sería ordenado sacerdote
durante la semana de Pascua.
Hasta entonces nunca había estado fuera del recinto que comprendía colegio y
seminario: sabía vagamente que existía algo que respondía al nombre de "mujer", pero
nunca detuve mi pensamiento en aquello: era de una inocencia perfecta.
No lamentaba nada, y no sentía, por eso, la menor vacilación ante el compromiso
irrevocable que estaba por contraer: me sentía lleno de regocijo e impaciencia. Creo que
nunca novio alguno ha contado las horas que le separan de las bodas con ardor más
febril que el mío: no podía siquiera dormir, excitado por la idea de que podría decir
misa. Ser sacerdote: no concebía nada más bello en el mundo: hubiera rehusado
convertirme en rey o poeta.
Llegado el gran día, me dirigí hacia la iglesia con paso tan ligero, que me parecía
tener alas en las espaldas. Me creía semejante a un ángel, y me extrañaba el rostro
sombrío y preocupado de mis compañeros: porque éramos muchos los que debíamos
recibir las órdenes. Había pasado la noche en plegaria, y me encontraba en un estado de
exaltación lindante con el éxtasis. El obispo, anciano venerable, me parecía Dios, en
actitud de contemplar su propia eternidad. A través de las bóvedas del templo entreveía
el cielo.
Usted, hermano, conoce todos los detalles de la ceremonia: bendición, comunión,
unción de la palma de las manos con el aceite de los catecúmenos, para terminar con el
santo sacrificio, que se ofrece al unísono con el obispo.
¡Oh, cuánta razón tenía Job! ¡Cuán imprudente es no hacer un pacto anticipado con
los propios ojos! Por azar, levanté de pronto la cabeza y, de golpe, vi ante mí, tan
cercana que hubiera podido tocarla (aun cuando, en realidad, estuviera más bien lejos),
una joven mujer de rara belleza, vestida como una reina. Fue como si me cayeran
escamas de los ojos: experimenté la sensación de un ciego, que recobra de improviso la
vista.
El obispo, tan esplendoroso hasta ese momento, se apagó inmediatamente, los
cirios empalidecieron en sus candelabros de oro, como las estrellas al sobrevenir la
mañana, y en toda la iglesia se hizo una tiniebla completa.
La fascinadora criatura se destacaba de aquel escenario de sombra como una
revelación divina: parecía que se iluminara por sí sola, y que ella misma fuera una
fuente de luz.
Bajé los párpados, decidido a no levantarlos nunca más, para sustraerme a toda
sugestión que pudiera provenir del exterior; porque, en realidad, me sentía siempre más
desviado y sabía siempre menos lo que debía hacer.
Un minuto después, reabrí los ojos, porque, aun a través de las pestañas, la veía
brillar en una penumbra enrojecida, como si estuviera mirando el sol.
¡Oh, cuán bella era! Los más grandes pintores, aun cuando tratan de hacer el
retrato de la Virgen, y buscan por eso representar un tipo ideal de belleza, no se acercan
ni siquiera lejanamente a aquella fabulosa realidad. Ninguna paleta de pintor, ningún
verso de poeta podría dar idea de ella. Yo no sé aún si la llama que la iluminaba
procedía del cielo o del infierno, pero, de seguro, llegaba del uno ni del otro.
A medida que la observaba, sentía abrirse en mí puertas de las que hasta entonces
no sospechaba ni siquiera su posibilidad, y la vida se me aparecía bajo una luz asaz
diversa. Era como si naciera a una nueva existencia, a otro orden de ideas. Una
espantosa angustia me oprimía el corazón, y cada minuto que pasaba me parecía al
mismo tiempo un segundo y un siglo. La ceremonia, sea como fuere, proseguía, y me
transportaba siempre más lejos de aquel mundo, cuya entrada asediaban furiosamente
mis deseos recién nacidos. No obstante, en el momento fatal dije "sí". Hubiera querido
decir "no", todo en mí se rebelaba y protestaba contra la violencia que mi lengua le
estaba haciendo a mi alma: una fuerza oculta me arrancaba las palabras de la garganta, a
pesar mío. Algo igual debe acontecerle a las muchas niñas que van al altar con la firme
resolución de rechazar el esposo que les ha sido impuesto de penosamente: llegado el
momento, ninguna realiza su propósito. Algo igual debe acontecerle a todas las pobres
novicias que terminan tomando el velo, aun cuando estuvieran muy decididas a
desgarrarlo en pedazos en el momento de los votos. No se osa hacer estallar escándalo
semejante en presencia de todos, ni decepcionar la expectativa de tantas excelentes
personas. Se adivina, tejida y concentrada en vuestra respuesta, toda la voluntad de
cada uno de los presentes: sus miradas fijas oprimen como una capa de plomo. Y
además cada cosa se halla tan perfectamente preparada, todo se halla tan bien dispuesto
por anticipado, y parece tan evidentemente irrevocable, que cualquier reacción personal
sucumbe bajo aquel peso enorme y no puede sino ceder definitivamente.
La mirada de la bella desconocida mudaba gradualmente de expresión, a medida
que la ceremonia continuaba. Al principio tierna y acariciadora, se teñía más y más de
una suerte de desdén y desaprobación, como expresando descontento por no haber sido
escuchada.
Hice un esfuerzo, que en sí hubiera sido suficiente para mover una montaña,
tratando de expresar en un grito mi voluntad de no hacerme sacerdote. Pero nada logré.
La lengua estaba pegada al paladar, y me fue imposible traducir mi intención con el más
insignificante gesto negativo.
Me encontraba, aunque despierto, en una suerte de pesadilla.
Ella pareció sensible al martirio que yo estaba sufriendo y, como si quisiera
alentarme, me lanzó una mirada llena de divinas promesas. Sus ojos eran un poema, de
los que cada mirada constituía una canción.
Era como si me dijera:
"Si quisieras ser mío, yo te haría ciertamente más feliz que cuanto puede hacerte
Dios en el Paraíso; los ángeles se sentirían envidiosos. Desgarra ese sudario fúnebre, con
el que están por cubrirte: yo soy la belleza, la juventud, la vida. Ven a mí: juntos seremos
el amor. Nuestra existencia transcurrirá como un sueño, y será sólo un largo, eterno
beso. Tira por tierra el vino del cáliz que te ofrecen, y serás libre. Yo te guiaré hacia islas
desconocidas: dormirás sobre mi seno, en un lecho de oro macizo, bajo un baldaquín de
plata, porque te amo, y quiero arrebatarte a Dios, hacia el cual tantos nobles corazones
derraman inútilmente torrentes de amor, que ni siquiera llegan hasta él".
Me parecía sentir estas palabras acompañadas por una música de infinita dulzura,
porque su mirar tenía algo de sonoro, y las frases que sus bellísimos ojos me transmitían
resonaban en lo profundo de mi corazón como si una boca invisible me las soplara en el
alma. Me sentía muy dispuesto a renunciar a Dios, pero entretanto continuaba
maquinalmente cumpliendo todas las formalidades del rito. La hermosa me echó una
mirada tan suplicante como desesperada que fue como si aguzadas hojas traspasaran mi
corazón.
Pero ahora estaba hecho: era sacerdote.
Creo que nunca rostro humano supo expresar angustia más desgarradora: la
muchacha que ve caer a su lado al prometido, fulminado de improviso por un síncope,
la madre que encuentra vacía la cuna de su niño, el avaro que encuentra una piedra en
el sitio de su tesoro, el poeta que ha dejado caer en el fuego la única copia del
manuscrito de su obra más importante, no tienen ciertamente una expresión más
desolada e inconsolable. Púsose blanca como el mármol, los bellísimos brazos se le
cayeron a lo largo del cuerpo. Apoyóse en un pilar, como si las piernas ya no pudieran
sostenerla. En cuanto a mí, estaba lívido, la frente bañada de sudor más ardiente que el
del Calvario. Me dirigí vacilante hacia la puerta de la iglesia, me sofocaba; las bóvedas
me parecían aplastar mis espaldas: me sentía como si debiera sostener yo solo el peso
íntegro de la cúpula.
Estaba por trasponer el umbral cuando una mano aferró bruscamente la mías: ¡una
mano de mujer! No la había tocado nunca: era fría como la piel de una serpiente, y sin
embargo me dejó una sensación ardorosa como la marca de un hierro candente. Era
ciertamente ella. "¡Desdichado! ¡Qué has hecho!", me susurró. Luego, desapareció entre
el gentío.
Pasó ante mí el viejo obispo. Me escrutó con aire severo. En efecto, mi continente
debía parecer harto extraño: palidecía y enrojecía de continuo, y sin razón aparente, la
cabeza me daba vueltas. Uno de mis compañeros tuvo piedad de mi estado, y se tomó la
molestia de acompañarme de nuevo: solo, no hubiera encontrado ciertamente el camino
del seminario. A la vuelta de una callejuela, mientras mi compañero miraba a otro lado,
un pajecito negro, extrañamente vestido, se me acercó y, sin detenerse, me entregó una
pequeña cartera preciosamente historiada, haciéndome seña de que la ocultara. La
deslicé en la manga, y no la saqué sino cuando me volví a encontrar a solas en mi celda.
Hice saltar la manilla: dentro había nada más que dos hojitas de papel con estas
palabras: "Clarimonda, palacio Concini". Estaba tan poco informado, en esa época, de las
cosas del mundo, que nada sabía de Clarimonda, si bien a la redonda se hablase mucho
de ella, y además ignoraba por completo donde estaba el palacio Concini. Hice mil
conjeturas, una más desaforada que la otra, pero, en verdad, lo que contaba para mí era
lograr volver a verla, y le daba muy poca me importancia a lo que ella fuera, gran dama
o cortesana.
Aquel amor recién nacido se había arraigado de manera indestructible, y ni
siquiera pensé en la posibilidad de arrancarlo. Esa mujer me dominaba ahora
completamente, con una solo mirada había hecho de mí otro hombre, besaba mi mano
en el sitio en que ella la había rozado; horas enteras repetía su nombre. No debía hacer
más que cerrar los ojos para verla tan claramente como si en realidad estuviera presente,
y me repetía de continuo las palabras que ella pronunciara en la puerta de la iglesia:
"Desdichado, ¿qué has hecho?". Me daba cuenta del horror de mi situación y todos
los aspectos más tristes de mi estado se me descubrían con nitidez; ¡ser sacerdote quería
decir permanecer casto, no hacer el amor, no cuidarse nunca del sexo ni de la edad,
apartar los ojos de toda belleza, comportarse como un ciego, arrastrarse siempre en la
sombra gélida de un claustro o de una iglesia, no tener contactos sino con moribundos,
velar cadáveres de desconocidos, y llevar siempre luto con esa sotana negra que, sin
ningún cambio, podría servir muy bien además como sudario para envolverse en el
ataúd!
¿Cómo hacer para ver nuevamente a Clarimonda? No hallaba ningún pretexto
para salir del seminario, pues que no tenía amistades en la ciudad.
Además, ni siquiera debía quedarme en esos lugares, antes esperaba que me
destinaran a una parroquia. Intentaba arrancar las barras de mi ventana, pero estaba a
una altura impresionante, y además no tenía una escala de cuerdas, por consiguiente era
inútil pensar en ello. Por otra parte, sólo hubiera podido bajar de noche, ¿y cómo habría
podido salir de apuros en el dédalo de calles, que apenas conocía? Todas estas
dificultades, que para otro tal vez hubieran sido insignificantes, parecían insalvables al
mísero seminarista, recién nacido al amor, sin experiencia, sin dinero y sin ropas.
¡Ah! Si no hubiera sido sacerdote, habría podido verla todos los días; habría sido
su amante, su esposo, me decía, enceguecido como estaba, y, en vez de encontrarme
aquí envuelto en este siniestro sudario, llevaría ropas de seda y velludo, cadena de oro,
espada y plumas, como todos los perfectos caballeros. Mis cabellos, en vez de recibir la
humillación de una ancha tonsura, se ondularían alrededor de mi cuello en un
movimiento de rizos. Tendría hermosos bigotes untados, sería un galán. En cambio, una
sola horita pasada ante un altar, alguna media palabra articulada de mala gana, habían
bastado para sacarme completamente del número de los vivos: ¡yo mismo había
construido mi tumba, yo mismo había echado el cerrojo de mi prisión! Me asomé a la
ventana: el cielo estaba maravillosamente azul, los árboles se habían puesto sus ropajes
primaverales, la naturaleza resplandecía con un gozo que me parecía irónico. La plaza
del lugar estaba llena de gente que iba y venía. Jóvenes parejas se dirigían, abrazadas,
hacia la sombra de los jardines y los emparrados. Pasaban algunas comitivas, entre
cantos y estribillos de bebedores: tal movimiento, el ímpetu y la alegría general, hacían
resaltar aún más lastimosamente mi lucha y mi soledad. No pude soportar ese
espectáculo, cerré la ventana y me arrojé en la cama, lleno el corazón de odio y celos
irrefrenables, mordiendo mis dedos y el cobertor, como haría una tigresa con hambre de
tres días.
No sé cuánto tiempo estuve así; pero mientras me revolvía en la cama con rabioso
espasmo, vi de pronto al abad Serapion inmóvil en medio de la habitación,
estudiándome atentamente. Tuve vergüenza de mí mismo y, dejando caer la cabeza
sobre el pecho, me tapé los ojos con las manos.
"Romualdo, amigo mío, te está ocurriendo algo anormal", me dijo apaciblemente
Serapion, luego de unos minutos de silencio. "Tu conducta es en verdad inexplicable. Un
ser pío, tranquilo y dulce como tú se agita en su celda como una fiera. Cuídate,
hermano, de no escuchar las sugestiones del diablo, porque el espíritu maligno, irritado
por saberte desde ahora consagrado al Señor, te ronda y hace el último esfuerzo por
atraerte hacia él. En vez de dejarte abatir, querido Romualdo, hazte una hermosa coraza
de plegarias y mortificaciones, y combate con fuerza a tu enemigo: sólo así vencerás. La
prueba es necesaria a la virtud. Las almas más aguerridas han padecido momentos
semejantes. Reza, medita, ayuna: el espíritu maligno se batirá en retirada".
El discurso del abad Serapion me ayudó a volver a encontrarme a mí mismo, y a
restituirme un poco de calma.
"Venía a anunciarte tu nominación en la parroquia de C. Ha muerto el sacerdote
que la tenía hasta ahora, y el obispo te ha designado para sucederle. Encuéntrate listo
mañana."
Asentí con un movimiento de cabeza, y el abad me dejó de nuevo solo.
Abrí el misal y comencé a leer una plegaria, pero las palabras se me confundían
ante los ojos, y el libro se me deslizó de la mano sin que yo hiciera nada para retenerlo.
¡Partir mañana, sin haberla visto de nuevo! Agregar una ulterior imposibilidad a
todas las que ya se interponían entre nosotros. Perder para siempre la esperanza de
encontrarla, de no ser por milagro. ¿Y si le escribiera? ¿A quién jamás podía confiarme,
vestido como lo estaba de los sacros paramentos? Experimenté una angustia indecible.
Me volvió a la mente lo que el abad había dicho de los ardides del diablo, lo raro de toda
la aventura, la belleza sobrenatural de Clarimonda, el resplandor fosforescente de sus
ojos, el tacto ardiente de sus manos, la turbación en que me sumiera, la transfiguración
que en mí se había operado, mi devoción que se deshiciera en un instante, todo probaba
con claridad la presencia de Satanás y acaso aquella sedeña mano no fuese sino el
guante que recubría su garra. Estos pensamientos me provocaron un inmenso terror:
recogí el misal, y torné a orar.
Al día siguiente, Serapion vino a buscarme. Dos mulas aguardaban en la puerta,
con nuestros escasos bagajes. Recorriendo las calles de la ciudad, escrutaba
ansiosamente cada ventana, para ver si en ella aparecía Clarimonda, pero todavía era
muy temprano, y la ciudad no había abierto aún los ojos. Mi mirada trataba de penetrar
más allá de los cortinados que cubrían las ventanas de los palacios a lo largo de nuestro
camino.
Serapion debía sin duda atribuir este interés mío a la admiración por la elegante
arquitectura de aquellos lugares, porque demoraba el paso de su cabalgadura para
darme tiempo de ver todas las cosas.
Llegamos, al fin, a las puertas de la ciudad, y comenzamos a ascender la colina.
Desde la cima, me volví una última vez para ver de nuevo los lugares en que vivía
Clarimonda. La sombra de una nube cubría toda la ciudad. Los techos azules y rojos
estaban dispersos en una media tinta general, sobre la que flotaban, con blancos copos
de espuma, los humos de la mañana. Por un singular efecto óptico resaltaba, dorado por
el único rayo de luz un edificio que sobrepasaba en altura a todas las construcciones
cercanas, inmersas en la niebla y, aunque se encontraba en realidad a más de una legua
de nosotros, me parecía muy próximo, y podía distinguir todos sus detalles.
"¿Cuál es aquel palacio iluminado por el sol?", pregunté a Serapion. Se resguardó
de la luz con la mano y me contestó: "Es el antiguo palacio que el príncipe Concini ha
regalado a la cortesana Clarimonda. Parece que es teatro de orgías monstruosas".
Justamente en aquel instante, fuese realidad o ilusión, me pareció advertir en la
terraza una clara pequeña figura que resplandeció un segundo y en seguida se apagó.
¡Era Clarimonda! ¿Sabía acaso que en ese mismo momento, desde lo alto de aquel
áspero sendero que me alejaba aún más de ella, yo cubría con los ojos su casa, que un
burlón juego de luces parecía poner al alcance de mi mano, casi invitándome a entrar en
ella como señor? Ciertamente, ella debía saberlo: su alma era demasiado afín a la mía
para no sentir mis propias turbaciones y era de seguro éste el sentimiento que la había
incitado, aun envuelta en sus velos nocturnos, a salir a la terraza, al comenzar la
mañana.
La sombra engulló también el palacio quedándome delante sólo un océano inmóvil
de techos, además de los cuales no se distinguía sino una ondulación montañosa.
Serapion estimuló a su mula, y la mía la siguió. Una curva del sendero quitó para
siempre de mi vista la ciudad de S. a la que no debía ya volver.
Después de tres días de camino, a través de campos asaz desolados, vimos apuntar
el gallo de la cima del campanario de la iglesia donde debía servir. Tras un sendero
tortuoso, rodeado de cabañas y corrales, nos encontramos ante el edificio, que no era de
magnífico. Un vestíbulo ornado con algunas nervaduras y dos o tres pilares de cerámica
groseramente tallados, un techo de tejas y contrafuertes de arenisca igual al de los
pilares, era todo. A la izquierda, el cementerio lleno de hierbas, con una gran cruz de
hierro en el centro. A la derecha, a la sombra de la iglesia, el presbiterio, harto desnudo
y mísero.
Era una casa de extrema sencillez, de una árida dignidad. Entramos.
Algunas gallinas picoteaban sobre la tierra escasos granos de arena.
Acostumbradas aparentemente al negro hábito de los eclesiásticos, en nada se
extrañaron con nuestra presencia, y apenas se molestaron para dejarnos pasar.
Un ladrido flojo y enmohecido se escuchó, y vimos a un perro acercarse.
El animal perteneció a mi predecesor. Tenía la mirada sin brillo, la pelambre gris y
todos los síntomas de la más alta vejez que puede un perro alcanzar. Con ternura lo
acaricié y él también se puso a caminar a mi lado con un aire de inexpresable
satisfacción.
Una mujer, igualmente añosa, y que había sido la gobernanta del viejo cura, vino
con prontitud a nuestro encuentro, y después de haberme hecho entrar en una sala baja,
me preguntó si mi intención era conservarla.
Le respondí que yo la conservaría conmigo, tanto a ella como al perro y, también, a
las gallinas, y a todo el mobiliario que su amo le había dejado a su muerte, lo que la hizo
entrar en un estado de euforia. Por su parte, el abad Serapion pagó de inmediato el
precio que ella pidió.
Arreglada mi estancia, el abad Serapion regresó al seminario. Por tanto, quedé solo
y sin más apoyo que el mío propio. El recuerdo de Clarimonda volvió a obsesionarme y,
a pesar de los esfuerzos que hice por rechazarlo, no siempre lo logré.
Una tarde paseando entre la alameda bordeada de boj del jardincillo, me pareció
ver a través de la enramada una forma femenina que seguía todos mis movimientos, y el
destello entre el follaje de dos iris verdes de mar; pero no era sino una ilusión; y tras
pasar al otro lado de la alameda, no encontré nada más que la huella de un pies sobre la
arena, tan breve que podía confundirse con la del pie de un niño. El jardín estaba
rodeado por muy altas murallas; registré todas las esquinas y rincones, mas no había
nadie. Jamás pude explicarme tales circunstancias que, por lo demás, no fueron nada
comparadas con los extraños acontecimientos que me debían ocurrir.
Así viví más de un año, cumpliendo con exactitud las obligaciones de mi estado.
Rezaba, ayunaba, consolaba y socorría a los enfermos, daba limosna hasta quedarme
sólo con lo que satisficiera mis necesidades fundamentales.
Pero sentía en el fondo de mí una aridez extrema. Y las fuentes de la gracia se
mantuvieron secas para mí. No gozaba de esa satisfacción que otorga el cumplimiento
de una santa misión; mi ideal estaba más lejos, y las palabras de Clarimonda con
frecuencia regresaban a mis labios como un refrán involuntario. ¡Oh, hermano, medita
bien en esto!. Por haber levantado una sola vez la vista hacia una mujer, por una falta
tan ligera en apariencia, padecí durante muchos años la agitación más miserable: mi
vida se vio afectada para siempre.
No me detendré más en esta serie de desafíos y obre estas victorias interiores,
seguidas siempre de las recaídas más profundas, y pasaré de inmediato a una
circunstancia decisiva. Una noche, tocaron con violencia a la puerta. La vieja ama de
llaves fue abrir, y un hombre de piel morena, ricamente vestido, se recortó en el umbral.
Algo en su aspecto atemorizó al principio a la anciana, pero el hombre la tranquilizó y le
dijo que había venido a buscarme para una tarea que incumbía a mi ministerio. Su
dueña, una gran dama, se estaba muriendo, y deseaba un sacerdote. Tomé lo que era
menester para la extremaunción, y me di prisa en seguirle. Ante la puerta resoplaban
impacientes dos caballos negros como la noche y un cándido humo surgía de sus
narinas. El hombre me ayudó a montar en uno de los dos corceles, y saltó sobre el otro.
Apretó las rodillas y dejó libres las bridas de su caballo, que partió como una flecha. El
mío lo siguió, devorando el camino. Veía la tierra desaparecer bajo nosotros, gris y
surcada: los perfiles oscuros de los árboles huían a los costados como un ejército en
derrota. Atravesamos un bosque tan sombrío y gélido que me corrió por la piel un
escalofrío de terror supersticioso. Las centellas, que las herraduras de nuestros caballos
arrancaban a las piedras, formaban tras de nosotros una estela de fuego, y si alguien
hubiera podido vernos a mí y a mi guía en aquella hora de la noche, nos habría tomado
por dos espectros a caballo de un íncubo.
La crin de los dos caballos se enmarañaba siempre más, arroyos de sudor corrían
sobre sus flancos, pero cuando los veía extenuarse, el escudero, para reanimarlos, daba
un grito gutural, que no tenía nada de humano, y la carrera recobraba aun mayor furia.
El paso de nuestras cabalgaduras resonó más estrepitoso sobre un piso ferrado, y
pasamos bajo una siniestra arcada oscura que se abría entre dos inmensas torres. En el
castillo reinaba gran agitación: bandadas de domésticos, antorcha en mano, atravesaban
el patio en todas direcciones, y luces diversas salían y bajaban lentamente. De modo
confuso pude entrever inmensas arquitecturas, arcadas, columnas, rampas, un conjunto
de construcciones digno de un palacio real.
Un pajecillo negro, el mismo que me diera la esquela de Clarimonda y que
reconocí al instante, me ayudó a bajar de la silla, y un mayordomo, vestido de velludo
negro, vino hacia mí. apoyándose en un bastón de marfil. Gruesas lágrimas le corrían de
los ojos sobre la barba blanca.
"¡Demasiado tarde!" , dijo, meneando la cabeza. "Demasiado tarde. Pero si no hizo
a tiempo para salvar el alma, venga al menos a velar su cuerpo."
Me tomó de un brazo, y me condujo a la cámara mortuoria. Yo lloraba tanto como
él, porque había adivinado que la muerta no era otra que mi Clarimonda, tan
desesperadamente amada.
Me arrodillé, sin atreverme a mirar el catafalco que se encontraba en medio de la
estancia, y me puse a recitar los salmos con fervor, agradeciendo a Dios haber puesto
una tumba entro aquella mujer y yo, lo que me permitía citar en mi plegaria su nombre,
ahora santificado. Pero poco a poco mi santo fervor disminuyó y comencé a fantasear.
Aquella cámara no tenía nada de una cámara mortuoria. En vez del aire fétido y
cadaverino que respiraba siempre en tales lugares, un lánguido perfume de esencias
orientales, un no sé cuál afrodisíaco olor de mujer flotaba dulcemente en el aire tibio. La
pálida luz de la estancia parecía más bien una iluminación sabiamente dispuesta para la
voluptuosidad, que el lívido reflejo que de ordinario palpita cerca de un cadáver.
Pensaba en el singular caso que me había hecho encontrar de nuevo a Clarimonda
justamente en el momento en que la perdía por siempre, y un suspiro de pena escapó de
mi pecho.
Me pareció sentir también un suspiro a mis espaldas, y me volví instintivamente.
Era sólo el eco, pero en ese movimiento mis ojos cayeron sobre el catafalco que antes
había tratado de no mirar.
Las colgaduras de damasco purpúreo dejaban ver a la muerta, extendida, con las
manos juntas sobre el pecho. Estaba cubierta de una sábana de lino, de una blancura
deslumbradora, que resaltaba aun más al lado del color sanguíneo de las colgaduras y
tan sutil que no lograba ocultar nada del seductor relieve de su cuerpo. Antes bien se
dijera una estatua de alabastro, o mejor, una joven durmiente sobre quien hubiera caído
la nieve.
No podía contenerme más: aquel aire de alcoba me exaltaba, y yo caminaba a
largos pasos por toda la estancia, parándome continuamente a contemplar la hermosa
difunta, bajo la transparencia del sudario. Extraños pensamientos pasaban por mi
mente. Me imaginaba que no estuviera realmente muerta, y que todo fuese una maña
suya para atraerme al castillo y hablarme de su amor.
Y luego me dije: "¿Será de verdad Clarimonda? ¿Y qué prueba tengo de ello?
El pajecito negro podría haber cambiado de amo. Soy un loco en desesperarme
así". Me aproximé al lecho mortuorio, y miré con intensidad aún mayor la causa de mi
tortura. ¿Debo confesarlo? La perfección de sus formas me turbaba más de lo que fuera
el caso, y ese reposo era tan semejante a un simple sueño que cualquiera habría podido
engañarse.
Olvidé que estaba en ese lugar para un servicio fúnebre, y me creí un esposo por
vez primera en la cámara de la joven mujer que, púdica, se cubre el rostro. Trastornado
por el dolor, arrebatado del gozo, temblando de temor y placer, me incliné hacia ella y
levanté lentamente la punta del sudario, reteniendo la respiración por temor de
despertarla. Era en efecto Clarimonda, como la viera en la iglesia el día en que había
sido ordenado sacerdote: estaba seductora como entonces, y la muerte le agregaba sólo
una coquetería complementaria. Permanecí largamente absorbido en aquella muda
contemplación, y en tanto más la miraba, menos podía convencerme de que la vida
hubiera podido verdaderamente abandonar ese cuerpo estupendo.
Le toqué ligeramente el brazo, estaba frío, pero no más que su mano cuando rozara
la mía bajo el portal de la iglesia. ¡Ah! Qué amargo sentimiento de desesperación y de
impotencia. Qué agonía aquella vigilia. La noche avanzaba y, sintiendo acercarse el
momento de la separación eterna, no pude evitar la triste y suprema dulzura de poner
un tenue beso sobre los labios de aquella que había tenido todo mi amor. ¡Oh prodigio!
Una leve respiración se unió a la mía y los labios de Clarimonda respondieron a la
presión de mi boca: sus ojos se abrieron, recobraron la luz, y ella, suspirando, separó los
brazos y me los echó alrededor del cuello, con un aire de inefable éxtasis.
"Romualdo", me dijo con voz lánguida y dulce, como las vibraciones últimas de un
arpa. "¿Qué haces? Te he esperado tan largamente que me he muerto.
Pero somos prometidos. Podré verte y llegarme hasta ti. Adiós, Romualdo, adiós.
Te amo y te ofreceré esta vida que tu reclamaste en mí por un instante con un beso.
Hasta pronto."
Reclinó hacia atrás la cabeza, mientras sus brazos aún me ceñían. Un torbellino de
viento abrió vivamente la ventana y entró en la estancia. La lámpara se extinguió y yo
caí desvanecido sobre el pecho de la hermosa difunta.
Cuando volví en mí, me encontré tendido en mi lecho, en el pequeño dormitorio
de mi presbiterio. La anciana ama de llaves se afanaba en la habitación con senil
agitación, abriendo y cerrando gavetas, o mezclando polvillos en los vasos. Viéndome
abrir los ojos, la anciana dio un gritito de alegría, pero yo estaba tan débil que no pude
decir una palabra ni hacer gesto alguno. Supe luego que había permanecido en aquel
estado durante tres días enteros, no dando otro signo de vida que una respiración casi
imperceptible. El ama de llaves me refirió que el mismo hombre de la piel oscura que
me viniera a buscar de noche, me había traído a la mañana siguiente en una litera,
marchándose en seguida. Apenas pude discernir las ideas, repasé mentalmente todas las
circunstancias de aquella noche fatal.
Al principio pensé que quizás había sido víctima de una ilusión, pero la existencia
de circunstancias reales y palpables destruyó bien pronto esta hipótesis. No podía creer
que había soñado desde el momento que el ama de llaves viera cómo el hombre de los
dos caballos negros, del cual recordaba cuanto me lo hizo extraño. Sin embargo, nadie
sabía de la existencia en el dintorno de un castillo, semejante a aquél donde volviera a
ver a Clarimonda.
Una mañana vi entrar al abad Serapion. Mientras me pedía noticias de mi salud,
con tono hipócritamente meloso, fijaba en mí sus amarillas pupilas leoninas, y me
hundía sus miradas como una sonda en el fondo del alma.
Después, me hizo algunas preguntas sobre el modo como yo gobernaba mi
parroquia, si me encontraba bien en ella, cómo empleaba mi tiempo libre, cuáles eran
mis lecturas favoritas, y otras cuestiones insignificantes de este género. La conversación
no tenía, es evidente, ninguna relación con aquello que en realidad él había venido a
decirme. De pronto, sin preámbulo alguno, como si de improviso se hubiera acordado
de algo que temiera olvidar, me dijo con voz clara y vibrante, que resonó en mis oídos
cual las trompetas del Juicio Final: "La cortesana Clarimonda murió días pasados tras
una orgía de ocho días y ocho noches. Ha sido cosa fantástica e infernal. Se han repetido
los hechos horripilantes de los festines de Baltazar y de Cleopatra. Los convidados eran
servidos por esclavos de piel negra que hablaban una lengua desconocida y que, a mi
entender, no son sino demonios. Sobre Clarimonda han corrido muchas extrañas
leyendas, y todos sus amantes han terminado de manera mísera o violenta. Se ha dicho
también que era una vampira. Pero para mí, es Belcebú en persona".
Calló, observándome aun más atentamente, como para ver el efecto que en mí
tenían sus palabras. No había podido evitar un gesto, al sentir nombrar a Clarimonda, y
turbación y terror se manifestaron en mi rostro, aunque yo hiciera de todo para
dominarme. Serapion me lanzó una ojeada preocupada y severa. Luego me dijo: "Hijo
mío, debo ponerte en guardia. Tienes un pie sobre un abismo: cuida de no precipitarte
en él. Satanás usa de pacientes argucias, y las tumbas no siempre son definitivas. Sería
necesario cerrar la piedra tumbal de Clarimonda con triple sello, porque parece que ésta
ni siquiera es la primera vez que ha muerto. Dios vele sobre ti, Romualdo".
Y Serapion, volviéndome las espaldas, se marchó con lentitud.
Estaba completamente restablecido, y ahora había retomado mis funciones
habituales. El recuerdo de Clarimonda y las palabras del viejo abad estaban siempre
presentes en mi espíritu, a pesar de que ningún evento extraordinario hubiera venido a
confirmar las funestas prevenciones de Serapion. Comenzaba a pensar que sus temores
y mis terrores fueran excesivos, cuando una noche tuve un sueño. Apenas me había
dormido, cuando sentí levantarse las cortinas de mi lecho.
Me levanté bruscamente y vi que una sombra femenina estaba ante mí.
Reconocí en seguida a Clarimonda. Tenía en la mano una linternilla del tipo de las
que se ponen en las tumbas, cuyo resplandor tornaba aún más transparentes sus dedos
afilados. Por toda vestimenta tenía el sudario, cuyos pliegues retenía sobre el vientre
como si se avergonzara de estar tan escasamente vestida; pero su pequeña mano no
lograba por completo su intención. Era tan blanca que la albura del lienzo se confundía
con la palidez de su carne bajo el tenue rayo de la lamparilla. Envuelta en aquel fino
tejido que traicionaba todos los contornos de su joven cuerpo, se hubiera dicho más el
marmóreo retrato de una antigua bañista que una mujer viva. Pero muerta o viva,
estatua o mujer, sombra o cuerpo, su belleza era siempre la misma: sólo la luz verdosa
de sus pupilas estaba levemente apagada y pálida su boca. Posó la lamparilla sobre la
mesa y se echó a los pies del lecho, luego me dijo, inclinándose sobre mí, con aquella su
voz al mismo tiempo argentina y aterciopelada que nunca sentí a nadie: "Me hice
esperar mucho, querido Romualdo: quizá pensaste que te había olvidado. Pero he
debido venir de tan lejos, y de un lugar de donde ninguno retorna: no hay sol ni luna en
el país del que vengo, ni espacio, ni sombra, ni sendero para el pie, ni aire para las alas,
y sin embargo heme aquí: mi amor es más poderoso que la muerte y terminará por
vencerla.
Cuántos rostros mortecinos y terribles he visto en mi viaje. Con qué pena mi alma
retornada a la vida por la fuerza de la voluntad, ha debido adaptarse de nuevo a mi
cuerpo. Qué fatiga para levantar la tierra con que me habían cubierto. Mira: la palma de
mis manos está martirizada. Bésala: sólo así la curarás, amor dilecto."
Me aplicó sobre los labios, una después de otra, sus frías palmas. Las bese muchas
veces, mientras ella me miraba con una sonrisa de inefable complacencia.
Confieso para mi vergüenza que había olvidado completamente los consejos del
abad Serapion, y mi propio hábito talar. Había caído sin oponer ninguna resistencia al
primer asalto. Ni siquiera había intentado rechazar la tentación. La frescura que
emanaba de la piel de Clarimonda penetraba en la mía, y sentía correr por mi cuerpo
voluptuosos escalofríos. ¡Pobre niña! A pesar de todo lo que luego vi, me apena aún
creer que fuese un demonio. Por lo menos no tenía ciertamente apariencia de tal, y
Satanás nunca ha encubierto mejor sus astucias. Estaba echada sobre el costado de mi
mala cama, en una actitud llena de espontánea coquetería, cada tanto me pesaba las
manos entre los cabellos y formaba rizos como si quisiera probar el efecto, en torno a mi
rostro, de diversos aderezos. Yo la dejaba hacer con la más culpable complacencia,
mientras ella acompañaba sus gestos con la más seductora charla.
"Te amaba mucho antes ya de verte, querido Romualdo. Y te buscaba por todas
partes. Te vi en la iglesia en aquel fatal momento y me dije en seguida: Qes élf. Cuán
celosa estoy de Dios, a quien amas más que a mí.
Qué infeliz soy. No tendré más tu corazón para mi sola, yo que por ti he forzado
mi tumba y vengo a dedicarte mi vida, que he retomado sólo para hacerte feliz."
Cada frase era interrumpida por caricias delirantes, que me aturdieron al punto de
que, para consolarla, osé proferir una blasfemia terrible y decirle que la amaba al menos
tanto como a Dios. Inmediatamente sus pupilas se reavivaron.
"Es verdad. Me amas tanto como a Dios", exclamó abrazándome. "Desde el
momento que es así, vendrás conmigo y me seguirás adonde yo vaya. Dejarás esos
horrendos ropajes negros. Serás el más bello y el más envidiado de los caballeros, serás
mi amante. ¡Nada malo es ser el amante confeso de Clarimonda, de aquella que rechazó
a un Papa! Qué vida dulce y dorada llevaremos. Mi señor, ¿cuándo partimos?"
"¡Mañana! ¡Mañana!", grité en mi delirio.
"Esta bien, mañana", prosiguió Clarimonda. "Tendré así tiempo para cambiarme: el
vestido que llevo es demasiado escaso, no conviene a un largo viaje. Necesito además
avisar a mis servidores que aún me creen muerta. Dinero, ropajes, carruaje, todo estará
pronto mañana. Vendré a buscarte a esta misma hora."
Me rozó apenas la frente con los labios, la lamparilla se extinguió, las cortinas se
cerraron nuevamente, y no vi nada ya. Un sueño de plomo, un sueño sin pesadillas, me
envolvió dejándome en la inconsciencia hasta la mañana siguiente. Me desperté más
tarde que de costumbre, y el recuerdo de aquella singular aparición me perturbó
durante todo el día. Terminé por persuadirme de que había sido fruto de mi exaltada
imaginación. Sin embargo, las sensaciones habían sido tan vivas que me era difícil creer
que no fueran reales, y no sin aprensión me metí en cama a la noche, después de haber
rogado a Dios que me librara de todo perverso pensamiento, y protegiera la castidad de
mi sueño.
Me dormí en seguida profundamente, y el sueño del día anterior se reanudó.
Las cortinas se levantaron, apareciendo Clarimonda no ya diáfana en su blanco
sudario, sino gaya y esplendorosa, en un soberbio vestido de velludo verde con
recamados de oro. Sus rizos rubios escapaban de un amplio sombrero negro, recargado
de blancas plumas; tenía ella en la mano una pequeña fusta con un chiflo de oro en la
punta. Me tocó suavemente y me dijo: "¿Entonces, bello durmiente? ¿Es así cómo te
preparas? Pensaba encontrarte levantado. Apresúrate, no hay tiempo que perder.
Vístete y partamos."
Salté fuera del lecho. Ella misma me entregaba las ropas, sacándolas de un paquete
que había traído, riendo de mi torpeza, e indicándome su justo uso, cuando, por la prisa,
me equivocaba. Me peinó ella misma, presentándome luego un espejo. "¿Te place?
¿Quieres tomarme como tu camarera personal?"
No era ya el mismo, no me parecía al que era antes más de cuanto una estatua
recuerda al bloque de piedra informe del cual ha sido sacada. Era hermoso, y mi
vanidad se veía sensiblemente requerida por esta metamorfosis. Aquellas vestimentas
elegantes, aquel rico jubón todo bordado, hacían de mí un personaje completamente
distinto. El espíritu de mi ropa penetraba en mi piel. Di algunos pasos de aquí para allá
en el aposento, para adquirir una cierta soltura de movimientos. Clarimonda me
observaba, satisfecha de su obra: "Bien, basta ahora de niñerías, queridísimo Romualdo.
Debemos ir lejos, es tiempo de ponerse en camino si queremos llegar". Me tomó de la
mano, arrastrándome con ella. Todas las puertas se abrían ante ella, a su sola aparición.
En la puerta encontramos a Margaritone, el escudero que me hiciera de guía la
primera vez. Tenía de la brida a tres caballos negros, uno para cada uno de nosotros.
Esos caballos debían ciertamente haber nacido de yeguas fecundadas por el céfiro,
porque corrían más veloces que el viento, y la luna, que se levantara en el momento de
nuestra partida para iluminarnos, rodaba en el cielo como la rueda desprendida de un
carro: la veíamos saltar de árbol en árbol y reforzarse para mantenernos detrás. Desde
aquella noche en adelante mi naturaleza, en cierto sentido, se duplicó: había en mí dos
hombres, uno de los cuales no conocía al otro. A veces me creía un sacerdote que todas
las noches pensaba ser un joven señor, otras veces un joven señor que soñaba ser un
sacerdote. No lograba ya distinguir el sueño de la vigilia y no sabía dónde comenzaba la
realidad y dónde concluía la ilusión. El joven señor fatuo y libertino se burlaba del
sacerdote, el sacerdote detestaba las acciones disolutas del joven señor.
Dos espirales encajadas una en la otra, sin jamás tocarse no obstante,
representarían bien la imagen de aquella vida bicéfala que fue la mía. A pesar de lo
extraño de esta situación, no creo, sin embargo, haber rozado con la locura, ni siquiera
un instante. Siempre conservé bien precisa la percepción de mis dos existencias. Sólo
había un hecho absurdo que no lograba explicarme: o sea, el sentimiento de un mismo
"yo" que podía subsistir en dos hombres tan diferentes. Era una anomalía de la que no
me daba yo cuenta, sea que creyera ser el cura del villorrio de ***, o il signor Romualdo,
amante reconocido de Clarimonda.
Quedaba siempre el hecho de que yo estaba, o creía estar, en Venecia. Aun hoy no
he podido discernir bien cuánto hubo de realidad y cuánto de ilusión en esa extraña
aventura. Vivíamos en un grandioso palacio de mármol sobre el Canal Grande, rico de
estatuas y de frescos, con dos Tiziano de la mejor época en el dormitorio de Clarimonda.
Teníamos a nuestra disposición una góndola y un batelero cada uno, nuestra cámara de
música y nuestro poeta. Clarimonda entendía la vida a lo grande, y había algo de
Cleopatra en su naturaleza. En cuanto a mí, llevaba una vida de príncipe, y levantaba
polvareda como si perteneciera a la familia de uno de los doce apóstoles o de los cuatro
evangelistas de la república serenísima; no hubiera dado marcha atrás en mi camino
para ceder el paso al dogo, y no creo que, después de la caída celestial de Satán, haya
habido persona más orgullosa e insolente que yo. Iba al Ridotto y jugaba lances
infernales. Frecuentaba la mejor sociedad, hijos de papá, también arruinados, actrices,
estafadores, parásitos y espadachines. Sin embargo, pesar de las costumbres disolutas,
permanecí fiel a Clarimonda. La amaba perdidamente. Ella había despertado la saciedad
y detenido la inconstancia. Tener a Clarimonda era como gozar de veinte amantes
distintas; como poseer todas las mujeres, tan movediza, voluble, multiforme, era ella: un
verdadero camaleón. Hacía cometer con ella misma la infidelidad que se habría
realizado con otras, asumiendo completamente el carácter, el talante y el tipo de belleza
de la mujer que pareciera atrayente. Centuplicado, ella me devolvía su amor; y era en
vano que los jóvenes patricios y aun los viejos del Concilio de los Diez le hicieran
magníficas proposiciones. Hasta un Foscari se hizo llegar a ella para proponerle
desposarse; ella rehusó del todo. Ella tenía suficiente oro y no deseaba más que el amor,
un amor joven, puro, despertado por ella y que debía ser el primero y el postrero. Yo, a
mi vez, hubiera sido perfectamente feliz de no ser por una pesadilla maldita y
recurrente cada noche, que me hacía creer un cura de pueblo macerándose y haciendo
penitencia por sus excesos diurnos. Asegurado por la costumbre.
Tranquilizado por la costumbre de estar con Clarimonda, ni siquiera pensaba ya en
el modo extraño en que nos habíamos conocido. Sin embargo, las palabras del abad
Serapion regresaban a veces a mi memoria despertándome cierta inquietud.
Desde hacía cierto tiempo, la salud de Clarimonda era menos perfecta. Su tez
cotidianamente palidecía más y más. Los médicos nada comprendían de su enfermedad,
y no sabían qué hacer. Prescribieron remedios insignificantes, y no volvieron más. Pero
ella continuaba palideciendo a ojos vista, y su piel era siempre más fría. Estaba blanca y
casi amortecida como en aquella noche afamada del castillo desconocido. Me
desesperaba verla languidecer así. Conmovida por mi dolor, ella me sonreía dulcemente
con la expresión melancólica de quienes sabes que pronto deben morir.
Una mañana estaba yo desayunando a un costado de su lecho, por no dejarla sola
ni un minuto. Mientras cortaba una fruta, me hice por casualidad un tajo bastante
profundo en el dedo. La sangre brotó en seguida en rojo arroyuelo y algunas gotas
salpicaron a Clarimonda. De inmediato sus ojos brillaron, su fisonomía asumió una
expresión de salvaje alegría que nunca le viera. Saltó fuera del lecho con agilidad
animal, como un gato o una mona, y se precipitó sobre mi herida, poniéndose a
chuparla con voluptuosidad indecible. Sorbía la sangre a cortos tragos, lenta y
gustosamente como un experto que saborea un Jerez o un vino de Siracusa.
Entrecerraba los ojos: su redonda pupila verde se había vuelto oblonga.
Cada tanto se interrumpía para besarme la mano, luego continuaba apretando sus
labios sobre los labios de la herida, para tratar de hacer salir algunas gotas purpúreas
más. Cuando vio que ya no salía sangre, se levantó, con los ojos húmedos y brillantes,
más rósea que aurora de mayo, el rostro recompuesto, la mano tibia y húmeda, en suma,
más bella que nunca y en perfecto estado de salud.
"No moriré más. ¡No moriré más!", gritó, loca de alegría, colgándose de mi cuello.
"Mi vida está en la tuya, y todo lo que es mío viene de ti. Algunas gotitas de tu rica y
noble sangre, más preciosa que cualquier elixir, me han devuelto a la vida."
Esta escena me dejó largamente meditabundo, suscitándome los más extraños
pensamientos sobre Clarimonda. Esa misma noche, apenas el sueño me trajo de nuevo a
mi presbiterio, volví a ver al abad Serapion, más grave y más preocupado que nunca.
Me observó atentamente y me dijo: "No contento con perder el alma, ahora quieres
perder también tu cuerpo. Joven infeliz, has caído en una trampa". El tono con que
pronunció estas pocas palabras me tocó vivamente, pero aquella impresión no me duró
mucho; numerosos cuidados disiparon mi atención de la escena. Sin embargo, una
noche, en un espejo, cuya posición traidora ella no había calculado, vi que Clarimonda
vertía un polvillo en la taza de vino aromatizado que acostumbraba prepararme al
término de la cena. Tomé la taza, fingí llevarla a los labios, y luego la puse sobre un
mueble, como si tuviera la intención de concluirla más tarde, pero apenas la hermosa me
volvió las espaldas, la derramé rápidamente bajo la mesa. Fui después a mi cámara, y
me tendí sobre el lecho, decidido a no dormir para darme cuenta de lo que sucediera.
No debí esperar mucho. Clarimonda entró en camisa de noche y, desembarazándose de
sus velos, se tendió junto a mí en el lecho. Se aseguró de que yo estuviera
verdaderamente dormido, luego me desnudó un brazo y, quitándose de los cabellos un
alfiler de oro, comenzó a murmurar:
"¡Una gotita, sólo una gotita, un puntito bermejo en mi alfiler! Ya que tu me amas
todavía, no debo morir aún. Pobre amor mío, beberé tu hermosa sangre, tan brillante.
Duerme, mi bien; duerme, mi dios; duerme, mi niño; no te haré ningún mal, no tomaré
de tu vida más que aquello que me basta para que no se extinga la mía. Si no te amara
tanto, podría servirme de las venas de cualquier otro amante, pero, desde que te
conozco, todos el resto me repugna. Qué hermoso brazo, redondo, blanco. No me
decido a punzar esta bella pequeña vena amor mío." Y mientras hablaba lloraba, y yo
sentía sus lágrimas caerme sobre el brazo. Finalmente se decidió, me hizo una pequeña
incisión con el alfiler, y se puso a chupar la sangre que brotaba. Apenas hubo sorbido
algunas gotas, el temor de agotarme la indujo a ponerme un pequeño emplasto, luego
de haber frotado la herida con un ungüento que la cicatrizó inmediatamente.
Ya no podía dudar, el abad Serapion tenía razón. Sin embargo, a pesar de la
certeza, no podía impedirme amar a Clarimonda, y le hubiera dado con gusto toda la
sangre que necesitaba para prolongar su artificial existencia. Por otra parte, ni siquiera
sentía gran temor. La mujer frenaba a la vampiro; y lo que había visto y escuchado, lo
demostraba por completo; tenía, además, venas copiosas que no podían agotarse tan
pronto, y no me sentía dispuesto a regatear mi vida gota a gota. Hasta me hubiera
abierto por mí mismo las venas, diciéndole: "Bebe, y que mi amor se inflitre en tu cuerpo
con mi sangre". Evitaba aludir al narcótico y a la escena del alfiler, y nuestra unión se
mantenía perfecta. Sólo mis escrúpulos de sacerdote continuaban atormentándome
como nunca, y no sabía cuáles nuevas maceraciones inventar para dominar y mortificar
mi carne. Aunque todas estas visiones pudieran ser involuntarias, y yo no fuera
culpable de ellas, no me atrevía a tocar a Cristo con las manos tan impuras y un con un
espíritu impregnado por libertinaje semejante, real o producto del sueño. A fin de
evitarme el caer en poder de aquellas penosas alucinaciones, me obligaba a no dormir,
teniendo mis párpados abiertos con los dedos, y permanecía de pie, apoyado en las
paredes, luchando con todas mis fuerzas contra el sueño. Pero la arenilla del
amodorramiento me irritaba los ojos muy pronto y, viendo inútil toda lucha dejaba caer
los brazos con desánimo y cansancio, y de nuevo me arrastraba la corriente hacia
aquellas pérfidas riberas. Serapion me dirigía las exhortaciones más enérgicas, y me
reprochaba mi flaqueza y escaso fervor. Un día que estaba más inquieto que de
costumbre, me dijo: "Para librarte de esta obsesión no hay más que un remedio, y; aun
cuando sea extremoso convendrá adoptarlo.
Sé dónde ha sido sepultada Clarimonda. Es necesario desenterrara, y que veas en
cuál estado lastimoso se encuentra el objeto de tu insano amor. Ya no te sentirás tentado
de perder el alma por un inmundo ser, devorado por los gusanos, próximo a deshacerse
en polvo. Volverás de seguro en ti, después de esta experiencia". Estaba tan enervado
por aquella doble vida que accedí. Quería saber de una vez por todas quién, entre el
sacerdote y el joven señor, era víctima de una ilusión. Estaba decidido a matar en
provecho del uno o del otro, a uno de los dos hombres que vivían en mí, o también a
aniquilar a ambos, porque semejante vida no podía durar.
El abad Serapion se proveyó de una azada, una leva y una linterna y a medianoche
fuimos al cementerio de *** cuya disposición conocía al dedillo. Después de haber
iluminado varias lápidas con la linterna, llegamos finalmente a una piedra semioculta
por las hierbas, y devorada por el musgo y las plantas parásitas, sobre la cual
desciframos el omienzo de una inscripción:
Aquí yace Clarimonda
que fue, mientras vivió,
la más bella del mundo...
"Es justamente aquí", dijo Serapion, y posando en tierra la linterna, introdujo la
leva en la fisura terminal de la piedra, y comenzó a levantarla. La piedra cedió, y él
comenzó a trabajar con la azada. Le miraba hacer, más sombrío y silencioso que la
noche. En cuanto a él, doblado sobre su macabra tarea, estaba bañado en sudor, jadeaba,
y su afanosa respiración parecía el estertor de un agonizante. Era un extraño
espectáculo, y quien nos hubiera visto, nos tomara por profanadores o ladrones de
sudarios, antes que por dos sacerdotes. El celo de Serapion tenía algo de duro y salvaje
que lo tornaba más semejante a un demonio que a un apóstol, y su rostro de grandes
rasgos austeros, profundamente marcados por el reflejo de la linterna, no tenía nada de
tranquilizador.
Sentía un sudor helado correrme por los miembros; los cabellos se erizaban en mi
cabeza; en lo íntimo de mí mismo veía el acto del austero Serapion como un abominable
sacrilegio, y hubiera querido que de las nubes oscuras que rondaban pesadamente sobre
nosotros surgiera un triángulo de fuego que lo redujese a polvo. Los búhos,
encaramados en los cipreses, inquietados por el resplandor de la linterna, venían a batir
pesadamente contra el vidrio sus alas polvorientas, emitiendo penosos gemidos. Los
lobos aullaban a lo lejos, y mil ruidos siniestros laceraban el silencio.
Finalmente, la azada de Serapion golpeó el ataúd, y se escucharon resonar sus
tablas con un rumor seco y sonoro, ese espantoso rumor sordo que sale de la nada
cuando se la roza. Serapion abrió la tapa, y vi a Clarimonda, blanca como el mármol,
juntas las manos. El albo sudario la envolvía como único ropaje. Una pequeña gota roja
parecía una rosa en la comisura de su pálida boca. Serapion, al verla, se enfureció: "Hete
aquí, demonio, cortesana desvergonzada, bebedora de sangre y de oro". Asperjó con
agua bendita el cuerpo y el ataúd, y con el hisopo trazó una señal de la cruz.
La pobre Clarimonda, apenas salpicada por el santo rocío, se deshizo en polvo. No
quedó más que una mezcla informe de cenizas y huesos medio calcinados. "He aquí tu
amante, señor Romualdo", dijo el inexorable presbítero mostrándome esos tristes
despojos, "¿aún te aún estaríais tentado por dar un paseo por el Lido y Fusina con
vuestra belleza?" Bajé la cabeza. Una gran ruina se hizo en mi interior. Volví a mi
presbiterio, y el señor Romualdo, amante de Clarimonda, se apartó del pobre sacerdote,
con quien durante tanto tiempo había tenido una tan singular compañía.
Sólo la noche siguiente a Clarimonda; me dijo como la primera vez en el portal de
la iglesia: "Desdichado, ¿qué has hecho? ¿Por qué escuchaste a ese sacerdote imbécil?
¿No eras acaso feliz conmigo? ¿Qué daño te había hecho para darte el derecho de violar
mi tumba miseranda y poner al desnudo las miserias de mi nada? toda comunicación
entre nuestras almas y nuestros cuerpos está por siempre rota. Adiós. Me extrañarás".
Se deshizo en el aire como niebla, y no la volví a ver nunca más. Por desgracia, dijo
la verdad. La he llorado más de una vez, y la lloro todavía. He ganado la paz del alma a
bien caro precio. El amor de Dios no fue luego sobrado para remplazar al suyo. "Ésta es,
hermano, la historia de mi juventud. No mire jamás a una mujer, y camine con los ojos
bajos, porque, por casto y tranquilo que usted sea, basta un minuto para perder la
eternidad."

EL HOMBRE DE ARENA


EL HOMBRE
DE ARENA
E. T. A. Hoffmann
-
Nataniel a Lotario:
Seguramente estarán ustedes muy preocupados porque hace tanto tiempo que no
escribo. Mamá debe estar rezongando y Clara ha de creer que vivo aquí feliz y
contento, y me he olvidado de mi adorado ángel que llevo tan hondo en mi corazón.
Pero no es así; cada día y a cada momento estoy pensando en ustedes y en dulces
sueños se me aparece la imagen tierna de mi querida Clara y me sonríe con sus ojos
alegres, como solía hacer cuando yo iba a visitarlos.
¡Pero cómo podría haberles escrito en este estado de ánimo que ha turbado de tal
modo mis pensamientos! Algo espantoso ha penetrado en mi vida.. Oscuros
presentimientos de un destino pavoroso que me amenaza se extienden como negras
nubes sobre mi ser y no dejan pasar un solo rayo de sol.
Debo contarte ahora lo que me ha sucedido. Sé que tengo que hacerlo pero no
puedo evitar que una extraña sonrisa me deforme la boca de sólo pensarlo. ¡Ah, mi
querido Lotario! ¡Cómo hacerte sentir en alguna medida lo que hace pocos días me
ha sucedido y que de tal modo me ha destrozado la vida! Si estuvieras aquí podrías
verlo con tus propios ojos, pero así seguramente dirás que estoy loco y veo visiones.
En pocas palabras: lo espantoso que me ha sucedido, cuya impresión mortal
procuro en vano alejar de mí, consiste en lo siguiente: hace pocos días -para ser más
exactos el 30 de octubre, a las doce del mediodía- llamó a mi puerta un vendedor de
barómetros y me ofreció su mercancía. Yo no le compré nada y lo amenacé con
arrojarlo por las escaleras, ante lo cual se marchó por sus propios medios.
Imaginarás que sólo razones muy particulares, hondamente arraigadas en mi
vida, pueden hacer que le dé importancia a este hecho y que la persona del vendedor
de barómetros ejerciera sobre mi una impresión tan nefasta. Y así es. Pongo en juego
todas mis fuerzas para dominarme y poder así contarte con calma y paciencia
algunos episodios de mi primera juventud que te permitirán comprender todo con la
mayor claridad. A punto de empezar es como si te oyera reír y decirle a Clara: "Son
cosas de niño". ¡Pero ríanse, por favor, ríanse de mí con ganas, les ruego que lo
hagan! ¡Por Dios!, me estremezco, y es como si les suplicara que se rían de mí con
una desesperación que es casi delirio, como Franz Moor le suplica a Daniel. Bueno,
pero ahora al grano.
Salvo durante los almuerzos, mis hermanos y yo veíamos muy poco a mi padre en
el día. Seguramente estaba muy ocupado con su trabajo. Después de la cena que,
siguiendo la vieja costumbre, se servía a las siete, todos íbamos -también mamá- al
cuarto de trabajo de mi padre y nos sentábamos alrededor de una mesa redonda.
Papá fumaba su pipa que acompañaba con un enorme vaso de cerveza. A menudo
nos contaba historias extraordinarias y lo hacía, con tanto ardor que siempre se le
apagaba la pipa, que yo debía volver a encender con un papel, lo que constituía mi
mayor alegría.
Pero otras veces nos daba libros con ilustraciones, se quedaba silencioso e inmóvil
en su sillón y lanzaba grandes bocanadas de humo de modo que todos nadábamos
en la niebla. En noches como ésa mi madre siempre estaba muy triste y no bien
sonaban las nueve decía: "Bueno, niños... a la cama, que viene el hombre de arena;
¡ya estoy oyéndolo!" Y era cierto: en esos casos oía yo algo así como un ruido de
pasos lentos y pesados que subían por la escalera; tenía que ser el hombre de arena.
Una vez aquellos pasos me dieron miedo; entonces, mientras nos llevaba a la cama le
pregunté: "¡Ay, mamá! ¿Quién es ese malvado hombre de arena que siempre nos
aleja de papá? ¿Cómo es?" "No existe ningún hombre de arena, hijito", replicó mi
madre. "Cuando digo que viene el hombre de arena eso sólo quiere decir que ha
llegado la hora de irse a dormir porque se les cierran los ojos como si alguien les
arrojara arena."
La respuesta de mamá no me convenció; en mi alma infantil iba tomando forma la
idea de que mi madre sólo negaba la existencia del hombre de arena para que
nosotros no nos asustáramos. Yo siempre lo oía subir las escaleras. Lleno de
curiosidad por saber algo más de ese hombre de arena y su relación con nosotros, le
pregunté un día por él a la vieja nodriza que cuidaba a mi hermanita.
"¡Ah, Nataniel", me respondió. "¿No lo sabes aún? Es un hombre malo que viene a
casa de los niños cuando no quieren irse a dormir y les echa puñados de arena en los
ojos hasta que éstos saltan llenos de sangre; entonces él los mete dentro de un bolsa y
se los lleva a la luna para dárselos de comer a sus niñitos, que lo esperan allá en el
nido y tienen picos corvos, como las lechuzas, con los que se devoran los ojos de los
niños desobedientes."
Con trazos horrendos se dibujó pues en mi alma la imagen del pavoroso hombre
de arena. No bien lo oía subir la escalera empezaba yo a temblar de miedo y mi
madre no podía obtener de mí más que un grito balbuceado entre lágrimas: "¡El
hombre de arena!" Entonces yo me iba corriendo a mi cuarto y durante toda la noche
me torturaba la espantosa imagen del hombre de arena. Con el tiempo crecí lo
suficiente como para darme cuenta de que ese asunto del hombre de arena y su nido
de lechuzas en la luna, como me lo había pintado la vieja nodriza, no podía ser del
todo cierto; pero a pesar de eso el hombre de arena seguía siendo para mí un
fantasma y me aterraba escuchar que no sólo subía la escalera sino que también
llamaba con violencia a la puerta del estudio de mi padre y entraba en él. A veces
dejaba de venir por largo tiempo pero luego aparecía con mayor frecuencia. Eso
duró años y yo no podía acostumbrarme a la idea de aquel espectro monstruoso; la
imagen del hombre de arena no perdía sus colores en mi mente. Su trato con mi
padre comenzó a hacer trabajar más y más mi fantasía; una timidez insuperable me
impedía preguntarle a él mismo por aquel enigma, pero el anhelo irresistible de
descubrir el misterio por mi cuenta, de ver al fantástico hombre de arena, fue
haciéndose más y más grande dentro de mí con los años.
El hombre de arena me había puesto en el sendero, de lo maravilloso, de lo
extraordinario que de por sí encuentra fácilmente su hogar en el alma infantil. Nada
me causaba mayor placer que escuchar o leer por mi cuenta historias espeluznantes
de duendes, brujas, gnomos, etc. Pero por encima de todos estaba siempre el hombre
de arena, al que yo dibujaba con tiza o carbón en mesas, roperos y paredes, como
una figura extraña y repugnante.
Cuando cumplí diez años mi madre me trasladó del cuarto de los niños a una
pequeña habitación que daba al corredor, no lejos de su propio dormitorio. Desde mi
habitación oía cómo entraba al cuarto de mi padre el hombre de arena y al rato me
parecía que un humo de extraña fragancia se difundía por toda la casa. Junto con mi
curiosidad iba aumentando también la osadía necesaria para hacer algo por conocer
al hombre de arena. Muchas veces me deslizaba hasta el corredor después que
mamá se iba, pero nunca podía espiar nada, porque el hombre de arena ya había
entrado cuando yo llegaba al lugar desde donde podría haberlo visto. Finalmente,
arrastrado por un impulso irresistible decidí esconderme en el cuarto mismo me di
padre y esperar allí al hombre de arena.
Por el mutismo de mi padre, por la tristeza de mi madre, supe una noche que el
hombre de arena iba a venir. Con el pretexto de que estaba muy cansado abandoné
la sala antes de las nueve y me escondí en un rincón bien cerca de la puerta. 01 que
entraba; por el pasillo pasos lentos y pesados se dirigían hacia la escalera. Mamá
pasó rápido con mis hermanos. Muy despacio, sin hacer ruido, abrí la puerta del
cuarto de mi padre. Él estaba sentado como siempre, silencioso e inmóvil, de
espaldas a la entrada; no me advirtió. Me introduje rápidamente ocultándome detrás
de una cortina que colgaba ante un ropero abierto, ubicado al lado de la puerta,
donde se guardaban los trajes de mi padre. Más cerca, cada vez más cerca,
resonaban los pasos. Afuera alguien tosió y gruñó con un sonido extraño. El corazón
me temblaba de miedo y expectativa. Cuando estuvo junto a la puerta, una pisada
decidida, un golpe seco y la puerta que se abre con un ruido sordo. Dominando
apenas mi terror pánico espié con toda precaución. El hombre de arena estaba de pie
en medio del cuarto, ante mi padre; la clara luz de las lámparas iluminaba su cara. i
El hombre de arena, el espantoso hombre de arena, es el viejo abogado Coppelius
que a veces viene a almorzar a casa!
Pero la persona más repugnante no me podría haber provocado un horror más
intenso que Coppelius. Imagínate a un hombre grande, de espaldas anchas, con una
cabezota desmesurada, el rostro amarillento, cejas grises hirsutas bajo las que se
asoman un par de ojos verdes saltones, felinos y una nariz grande, curvada sobre el
labio superior. Una sonrisa maligna le deforma a menudo la boca torcida y. entonces
se le hacen dos manchas rojas en las mejillas y un sonido extraño, como un silbido,
se le escapa por entre los dientes apretados.
Coppelius aparecía siempre vestido con un anticuado abrigo gris ceniza, chaleco y
pantalones del mismo tipo, medias negras y zapatos con hebillas. Una pequeña
melena le cubría media cabeza, las orejas grandes y coloradas abultaban bajo los
rizos almidonados, y una red amplia y cerrada le brotaba de la nuca, de modo que
podía verse la cinta plateada con que sostenía su corbata. Todo en él era repulsivo
pero a nosotros, como niños que éramos, nos repugnaban sobre todo sus grandes
manos nudosas y peludas, a tal punto que no queríamos nada que previamente él
hubiese tocado. Coppelius se había dado cuenta de eso y su entretenimiento
consistía en tocar con cualquier pretexto el trocito de torta o la fruta que mamá nos
ponía a escondidas en el plato, y entonces nosotros dejábamos intacta la sabrosa
golosina porque nos daba asco. Lo mismo hacía cuando en los días de fiesta papá
nos servía un vasito de licor. Lo tocaba rápido o, incluso, se lo llevaba a los labios y
reía diabólicamente cuando nosotros expresábamos nuestra indignación llorando
bajito. Solía llamarnos las pequeñas bestias; cuando él estaba presente no podíamos
abrir la boca y maldecíamos en silencio a ese hombre terrible y maligno que nos
estropeaba con toda intención hasta las más pequeñas alegrías.
Mamá parecía odiar al asqueroso Coppelius tanto como nosotros, porque no bien
él aparecía. toda su alegría se transformaba en una seriedad triste y lúgubre. Papá lo
trataba como a un ser superior cuyos malos modos había que soportar y a quien
convenía mantener de buen humor a cualquier precio. Bastaba que hiciera alguna
pequeña insinuación para que se le prepararan los platos más exquisitos y se le
sirvieran los vinos más finos. Así, cuando vi a Coppelius mi alma se estremeció y
comprendí que sólo él podía ser el hombre de arena; pero el hombre de arena ya no
era aquel fantasma terrible del cuento de la nodriza, que lleva ojos de niño a su nido
de lechuzas en la luna... No, era un monstruo más terrible, que dejaba dolor, penuria
y destrucción sin fin por donde pasaba.
Yo estaba como hechizado. A riesgo de ser descubierto y con la clara conciencia
de que en ese caso sería duramente castigado, me quedé inmóvil, con la cabeza
estirada, espiando a través de la cortina. Mi padre recibió a Coppelius con toda
solemnidad. "¡A trabajar!", dijo éste con un graznido ronco, y se quitó el abrigo. Mi
padre también se quitó su bata de dormir, silencioso y sombrío, y ambos se pusieron
largos delantales negros. Yo no había podido ver de dónde los habían sacado. Mi
padre abrió la puerta de un ropero empotrado en la pared; pero entonces comprendí
que eso que durante tanto tiempo yo había tenido por un ropero, no era más que un
nicho negro que guardaba un pequeño horno. Coppelius se acercó y una llama brotó
crepitante del horno. Alrededor había todo tipo de extraños artefactos.
Ay, Dios. Cuando mi padre se inclinaba sobre el fuego adquiría un aspecto
totalmente distinto. Un dolor tremendo y convulsivo parecía deformar sus rasgos
venerables y mansos convirtiéndolo en una horrenda y repugnante imagen del
demonio. Se parecía entonces a Coppelius. Éste blandía la tenaza al rojo vivo y
extraía con ella materiales incandescentes entre el humo espeso, que luego martillaba
con ímpetu. Yo sentía como si todo el cuarto hubiese estado lleno de rostros
humanos que iban haciéndose visibles; pero en lugar de ojos tenían cavidades
horribles, negras, profundas. “¡Ojos! ¡Ojos!”1 gritaba Coppelius con voz sorda y
atronadora. Espantado, lancé un grito y caí al suelo desde mi escondite. Entonces
Coppelius me agarró. "¡Pequeña bestia! ¡Pequeña bestia!", gruñó haciendo rechinar
los dientes, y me arrojó sobre el horno y la llama empezó a quemarme el pelo.
"¡Ahora tendremos ojos, ojos, un lindo par de ojos de niño!" Así murmuró Coppelius
y sacó del fuego con sus manos peludas trozos ardientes que pretendía echarme en
los ojos. Entonces mi padre levantó sus manos implorante y exclamó: "¡Señor, Señor!
¡Déjele los ojos a mi Nataniel, déjeselos!" Coppelius lanzó una carcajada estridente y
gritó: "Está bien: que se quede con sus ojos y siga sufriendo con sus lecciones. Pero
estudiemos atentamente el mecanismo de las manos y de los pies". Y diciendo esto
1 Los ojos eran un elemento básico en los preparados mágicos.
me agarró con violencia, haciendo crujir mis articulaciones; luego me desatornilló las
manos y los pies cambiándolos de lugar. "No van bien en cualquier parte. Mejor
como estaban. El viejo entendía, del asunto." Así mascullaba Coppelius ; pronto a mi
alrededor todo se puso negro y sombrío, mis nervios y mis miembros fueron presa
de una convulsión dolorosa y perdí el sentido.
Un aliento suave y cálido se deslizó por mi rostro cuando me desperté como de
un sueño mortal; mamá estaba inclinada sobre mi cama. "¿Todavía está el hombre de
arena?", balbuceé yo. "No, no, hijito, se fue hace mucho tiempo; no te hará ningún
daño." Así me decía mi madre, mientras abrazaba y besaba a su hijito sano y salvo.
¡Para qué cansarte con todo esto, Lotario! ¡Para qué contarte tantos detalles
cuando queda todavía tanto por decir! Baste pues con lo dicho: Yo había sido
descubierto y Coppelius me había maltratado. Durante semanas estuve en cama con
una fiebre altísima provocada por la angustia y el miedo. "¿Todavía está el hombre
de arena?" Esa fue mi primera pregunta coherente y la señal de mi salvación, de mi
restablecimiento.
Voy a describirte ahora el momento más angustioso de mis años de adolescencia;
entonces podrás comprender que no es culpa de mis ojos si todo me parece
descolorido. Por el contrario, un hado nefasto ha tendido un turbio manto de nubes
sobre mi vida, y tal vez sólo llegaré a disiparlo con la muerte.
Coppelius no volvió a aparecer; se dijo que había abandonado la ciudad. Un año
debía haber pasado de todo aquello cuándo una noche, según la antigua costumbre,
estábamos todos reunidos en torno a la mesa redonda. Mi padre estaba muy
contento y nos contaba cosas divertidas de los viajes que había hecho en su
juventud. Cuando dieron las nueve oímos rechinar los goznes de la puerta de
entrada y pasos lentos y pesados comenzaron a subir la escalera.
"Es Coppelius", dijo mi madre poniéndose pálida. "Sí, es Coppelius", repitió mi
padre con voz quebrada, sorda. A mi madre se le llenaron los ojos de lágrimas. "Pero
papá, papá", exclamó ella. "¿Tiene que ser así?" "Es la última vez", le replicó él, "es la
última vez que viene a verme. Te lo prometo. Vete ahora y llévate a los niños. ¡A la
cama! Buenas noches."
Yo me sentí como si me hubieran encerrado dentro de una roca fría y pesada. Se
me cortó la respiración. Me había quedado ahí de pie, inmóvil, y entonces mamá me
tomó del brazo: "¡Vamos Nataniel, vamos!" Me dejé llevar y entré en mi cuarto.
"Quédate tranquilo, métete en la cama y duérmete", dijo mi madre; pero embargado
de una angustia y una agitación indescriptibles yo no pude pegar los ojos. Veía al
odiado, al inmundo Coppelius con sus ojos centelleantes, que se burlaba de mí
malignamente. En vano procuraba no verle.
Debía ser medianoche cuando se escuchó un ruido espantoso, como el disparo de
un arma. Toda la casa retumbó; oí pasos por el corredor; la puerta de entrada se
cerró de golpe, estrepitosamente. "Es Coppelius", grité despavorido, y salté de la
cama. Alguien lanzó un grito desgarrador y sin consuelo. Me abalancé al cuarto de
mi padre. La puerta estaba abierta, un humo asfixiante salía del cuarto, la criada
exclamaba: "¡Ay! ¡El señor, el señor!"
Junto al horno humeante, en el suelo, yacía mi padre, muerto, con el rostro
espantosamente contraído, quemado, negro; a su alrededor mis hermanos lloraban y
mi madre yacía desvanecida en el piso.
"¡Coppelius, maldito demonio, tú mataste a mi padre!", exclamé, y perdí el
sentido.
Cuando dos días más tarde mi padre fue colocado en el ataúd, los rasgos de su
rostro habían vuelto a adquirir aquella mansedumbre y serenidad que lo habían
caracterizado. Me consolaba pensando que su pacto con el satánico Coppelius no
había conseguido sumirlo en los infiernos.
La explosión había despertado a los vecinos; se supo lo que había sucedido y la
policía quiso citar a Coppelius como responsable del hecho. Pero éste había
desaparecido sin dejar huellas.
Si te digo ahora, querido Lotario, que aquel vendedor de barómetros era
justamente el maldito Coppelius, supongo que no vas a enojarte conmigo porque
piense que su nefasta aparición es señal de alguna tremenda desgracia.
Estaba vestido de otro modo, pero el aspecto general y los rasgos de Coppelius
están demasiado intensamente grabados en mi alma como para que pueda
equivocarme. Además, ni siquiera se ha cambiado el nombre. Aquí se hace pasar por
un óptico piamontés llamado Giuseppe Coppola.
Estoy decidido a enfrentarlo .y vengar la muerte de mi padre, pase lo que pase.
No le cuentes nada a mamá de la reaparición de este ogro inmundo. Cariños para
mi querida y adorable Clara; le escribiré cuando esté más tranquilo.
Saludos...
Clara a Nataniel:
Aunque hace mucho que no me escribes, creo que de vez en cuando te acuerdas
de mí. Debías de estar pensando intensamente en mí cuando mandaste tu última
carta a mi hermano Lotario, ya que pusiste en el sobre mis datos en lugar de los
suyos. Abrí la carta muy contenta y sólo cuando llegué a ¡Ah, mi querido Lotario!,
me di cuenta del error. No tendría que haber seguido leyendo y debí haberle dado la
carta a mi hermano. Tantas veces me dijiste bromeando que yo tenía un
temperamento tan reposado y femenino que si la casa amenazara derrumbarse antes
de huir seguramente yo trataría de alisar alguna arruguita en la cortina de la
ventana. No obstante, puedo asegurarte que el comienzo de tu carta me conmovió
profundamente. Apenas podía respirar; todo me daba vueltas ante los ojos. ¡Ay,
querido Nataniel! ¿Qué podía ser eso tan terrible que había penetrado en tu vida? La
idea de una separación, de no volver a verte, se clavó en mi corazón como un puñal
ardiente. ¡Seguí leyendo y leyendo! Tu descripción del horrible Coppelius es
aterradora. Recién ahora me entero de qué modo espantoso y violento murió tu
padre. Mi hermano Lotario, a quien le di después tu carta, procuró tranquilizarme
pero no lo consiguió. El fatídico vendedor de barómetros Giuseppe Coppola me
seguía a todas partes y casi me da vergüenza confesar que consiguió perturbar mi
sueño, siempre tan sereno, con increíbles pesadillas. Pero ya al día siguiente todo se
me presentó muy de otra manera. No te enojes conmigo, querido Nataniel, si Lotario
te dice que a pesar de tu extraño presentimiento de que Coppelius trama algo malo
contra ti, yo sigo tan contenta y despreocupada como siempre.
Voy a confesarte algo: creo que todo lo espantoso .y terrible de que hablas sólo
sucedió en tu interior, y que el mundo exterior, el mundo real, poco tuvo que ver en
todo eso. No pongo en duda que el viejo Coppelius debe haber sido repugnante,
pero el hecho de que odiara a los niños provocó en ustedes un verdadero horror
hacia él. Era natural que en tu alma infantil se relacionaran el horrendo hombre de
arena del cuento de la nodriza con el viejo Coppelius que siguió siendo para ti
-aunque ya no creyeras en el hombre de arena- un fantasma monstruoso que
amenazaba a los niños. La ocupación nocturna de tu padre era seguramente la
alquimia; tal vez ambos hacían experimentos en los que tu madre no podía estar de
acuerdo porque posiblemente se iba en ello mucho dinero-; y además -como parece
ser el caso con estos experimentadores- el espíritu de tu padre, arrastrado por ese
impulso engañoso hacía una sabiduría suprema, se aislaba del resto de la familia.
Seguramente tu padre provocó él mismo su muerte por un descuido y Coppelius no
debió tener la culpa de ello. Créeme; ayer le he preguntado a un farmacéutico
vecino, de mucha experiencia, si es posible que efectuando, pruebas alquímicas
pueda provocarse repentinamente una explosión mortal. "Claro que sí", me dijo, y
me describió minuciosamente cómo puede llegar a suceder algo así pronunciando
un montón de palabras extrañas que no he logrado retener.
Y ahora, seguramente, vas a enojarte con tu Clara y vas a decir: "En ese espíritu
frío no penetra ni un solo rayo del misterio que tantas veces captura a los seres
humanos con brazos invisibles; ella sólo ve la variada superficie del mundo y se
alegra como una niña ante la fruta madura y dorada que alberga un veneno mortal
en su interior".
¡Ay, mi querido Nataniel! ¿No crees acaso que también en los espíritus alegres,
despreocupados y cándidos puede habitar el presentimiento de que existe una
potencia oscura que trata por todos los medios de destruirnos dentro de nosotros
mismos?
Perdóname si como una muchacha ingenua me atrevo a insinuarte de algún modo
lo que verdaderamente pienso respecto de esa lucha que se libra en nuestro interior.
Seguro que al final no encontraré las palabras adecuadas y entonces vas a burlarte de
mí, no porque lo que piense sea tonto, sino porque soy tan torpe para expresarlo.
Si existe una oscura potencia que tiende maliciosa y traidora un hilo en nuestro
interior para apresarnos y arrastrarnos por el peligroso camino de la destrucción
(que de no ser así jamas habríamos emprendido), si en verdad existe una fuerza
como ésa, tiene que formarse a nuestra imagen y semejanza, convertirse en nosotros
mismos; porque solamente de esa manera creeremos en ella y le daremos el lugar
que necesita para llevar a cabo su obra oculta. Si tenemos un sentido resistente,
fortalecido a la largo de una vida serena, que nos permite reconocer toda acción
extraña y maligna como tal y seguir con paso calmo el camino por el que nos lleva
nuestra vocación, entonces aquella fuerza monstruosa sucumbe en su lucha inútil
por configurarse para llegar a ser nuestro propio reflejo. "También es seguro", añade
Lotario entonces, "que la oscura fuerza física, si nosotros mismos nos entregamos a
ella, arrastra hacia nuestro interior a seres extraños que el mundo exterior nos pone
en el camino. Así, somos nosotros mismos los que provocamos la idea que
engañosamente creemos que se expresa en ese ser. Es el fantasma de nuestro propio
yo el que con su íntima afinidad y profunda influencia sobre nuestra alma nos sume
en el infierno o nos lleva al cielo." Te habrás dado cuenta, querido Nataniel, que
Lotario y yo hemos hablado bastante sobre este tema de las potencias ocultas que
ahora, después de haber escrito no sin esfuerzo lo fundamental, me parece bastante
profundo. No entiendo bien estas últimas palabras de Lotario. Intuyo lo que quiere
decir; sin embargo, siento que tiene razón. Espero que te saques totalmente de la
cabeza al horrible abogado Coppellus y al vendedor de barómetros Giuseppe
Coppola. Ten la seguridad de que esos extraños personajes no pueden hacer nada
contra ti; sólo la creencia en su poder maligno puede hacértelos realmente hostiles.
Si no brotara de cada renglón de tu carta la más profunda agitación espiritual, si
no me doliera en lo hondo del alma tu situación, hasta podría bromear sobre el
abogado de arena y vendedor de barómetros Coppelius. ¡Arriba ese ánimo! Me he
propuesto ser para ti como un ángel de la guarda y espantar al horrible Coppola a
carcajadas si se le ocurre perturbar tus sueños. No le tengo ningún miedo a él ni a
sus manos inmundas, ¡no me va a echar a perder una golosina como abogado, ni me
va a dañar los ojos como hombre de arena!
Bueno, mi adorado Nataniel...
Nataniel a Lotario:
Realmente me desagradó mucho que Clara abriera la carta dirigida a ti, por un
descuido mío, y la leyera. Me escribió una carta muy sensata y filosófica, donde me
prueba minuciosamente que Coppelius y Coppola sólo existen en mi interior y son
fantasmas de mi yo que desaparecerán apenas yo los reconozca como tales.
En realidad uno no tendría que creer que el espíritu que a menudo brota de
aquellos ojos claros y sonrientes romo un delicioso sueño, pudiera ser tan razonable
y reflexionar con tanta precisión. Cita también palabras tuyas. Ustedes dos hablaron
de mí. Seguramente le habrás dado clases de lógica para que pudiera hacer tan
sutiles distinciones. ¡Acaba con eso! Además, seguramente es cierto que el vendedor
de barómetros Giuseppe Coppola no es el viejo abogado Coppelius. Asisto ahora a
las clases de un profesor de física recién llegado; su nombre es Spallanzani2 como
aquel conocido naturalista, y es de origen italiano. Conoce a Coppola desde hace
años, y bien se ve por su pronunciación que es piamontés. Coppelius era alemán,
pero creo que no puro. De todos modos, no estoy demasiado tranquilo. Clara y tú
podrán pensar que soy un loco que ve visiones sombrías, pero no consigo borrar la
impresión que provoca en mí el fatídico semblante de Coppelius. Me alegro de que
2 Lazzaro Spallanzani era un conocido naturalista de amplios conocimientos nacido en
Módena (1729-1799).
se haya ido de la ciudad, como me ha dicho Spallanzani. Este profesor es un tipo
increíble. Un hombrecito gordo, el rostro de huesos prominentes, nariz fina, labios
abultados y pequeños ojitos saltones. Pero mejor que en cualquier descripción
podrás verlo en el Cagliostro que hizo Chadowiecki en un almanaque berlinés de
bolsillo3. Spallanzani es exactamente su réplica.
El otro día, mientras subía la escalera, vi que la cortina que tapa la puerta de
vidrio estaba un poquito corrida y dejaba una rendija libre. No sé cómo, acaso por
simple curiosidad, se me ocurrió echar un vistazo. Una mujer alta y muy delgada
estaba sentada en el cuarto ante una mesita con los brazos apoyados y las manos
plegadas. Como estaba mirando hacia la puerta, pude ver su rostro de belleza
angelical. Parecía no verme, sus ojos estaban inmóviles, como si no fuese capaz de
ver. Me pareció que dormía con los ojos abiertos. Sentí algo extraño y me deslicé
hasta el Auditorio que está al lado sin hacer ruido. Más tarde me enteré de que
aquella mujer era Olimpia, la hija de Spallanzani, a la que tiene encerrada de tal
modo que ningún hombre puede acercarse a ella. En definitiva, algo raro le pasa:
quizás sea tonta o...
No sé por qué te escribo todo esto. Mejor y con más detalles te lo habría podido
contar personalmente, porque dentro de catorce días estaré con ustedes. Quiero ver a
Clara, a mi dulce ángel. Entonces habrá desaparecido el disgusto que, debo
confesártelo, me provocó aquella carta fatal y tan razonable. Por eso tampoco le
escribo hoy. Saludos...
Nada más singular ni extraordinario podría imaginarse que lo sucedido a mi
pobre amigo, el joven estudiante Nataniel, y que he decidido contarte, querido
lector.
¿Alguna vez te ha pasado algo que colmara de tal modo tu pecho, tu mente, tus
pensamientos, desalojando cualquier otra cosa de allí? Se agitaba y bullía en tu
interior, la sangre hervía en las venas y hacía más intenso el color de tus mejillas.
Mirabas de una manera extraña, como queriendo captar imágenes invisibles para los
demás en el espacio, vacío, .y las palabras se te deshacían en oscuros sollozos. Los
amigos te preguntaban: "¿Qué le sucede, querido? ¿Qué tiene usted?" Y tú querías
expresar entonces esa imagen de tu interior con los colores más vívidos, con luces y
sombras, y te agotabas buscando las palabras para comenzar. Sentías que ya con la
primera palabra debías captar acertadamente todo lo maravilloso, lo magnífico, lo
terrible, lo alegre y lo estremecedor de modo que impresionara a todos como una
descarga eléctrica. Pero cada una de las palabras y todas las posibilidades del
lenguaje te parecían descoloridas, frías, muertas. Buscas y buscas, balbuceas, dudas y
las preguntas superficiales de los amigos golpean como heladas ráfagas de viento
contra el fuego que arde en tu pecho hasta que lo apagan. Pero si hubieras logrado
trazar, como un pintor osado, con unas pocas líneas precisas el contorno de esa
imagen interior, después habrías podido pintarlo fácilmente con colores más y más
3 El retrato de Cagliostro, de Chodowiecki, apareció en el "Berliner genealogischen
Kalender auf dar Jahr 1789" (Almanaque genealógico berlinés para el año 1789).
brillantes, y el movimiento de tantas figuras habría arrebatado a tus amigos que, lo
mismo que tú, se habrían reconocido claramente dentro de aquel cuadro brotado de
tu alma.
A mí, querido lector, debo confesarlo, nadie me ha pedido que cuente la historia
del joven Nataniel. Pero tú sabes bien que yo pertenezco a la extraña raza de los
autores, que si tienen en su interior alguna cosa como la que acabo de describirte,
sienten que todo el que se les acerca, el mundo entero, les preguntará: "¿Qué ha
sucedido? ¡Cuente, cuente, por favor!" Así pues, me siento impulsado a hablarte de
la vida funesta de Nataniel. Lo fantástico, lo singular que alienta en ella colmaba mi
alma; pero justamente por eso, querido lector, y porque de entrada tuve que
obligarte a soportar lo extraordinario -¡y no es poca cosa!-, he procurado comenzar la
historia de Nataniel de manera original, conmovedora, significativa. Había una vez
... El comienzo más hermoso para cualquier cuento, habría resultado demasiado
sereno. En la pequeña ciudad de S. vivía... Eso ya habría estado algo mejor, por lo
menos habría servido como preparación para el clímax. También podría haber
comenzado in media res:
—¡Váyase usted al demonio! —exclamó con odio y terror en la mirada salvaje el.
estudiante Nataniel, cuando el vendedor de barómetros Giuseppe Coppola.
—A decir verdad, eso ya lo había escrito cuando creí percibir en la mirada salvaje
del estudiante Nataniel algo cómico; pero la historia no es nada graciosa. No se me
ocurría nada que pareciera reflejar en lo más mínimo algo del matiz que tenía
aquella imagen interior. Entonces decidí no empezar de ninguna manera.
Acepta, querido lector, las tres cartas que gentilmente me ofreció el amigo Lotario,
cómo si se tratara del contorno de un dibujo que ahora, al continuar con el relato,
procuraré ir coloreando más y más. Quizá logre captar alguna que otra figura, como
haría un buen retratista; acaso entonces pretendas conocerla, aunque nunca hayas
visto el original. Sí, como si creyeras haber visto ya muchas veces a la persona con
tus propios ojos. Es posible que entonces comprendas, querido lector, que nada es
más singular y extraordinario que la vida real, y que el poeta sólo puede captarla
como su oscuro reflejo sobre un espejo opaco.
Para que te resulte más claro lo que es necesario saber desde un principio,
conviene que conozcas aquellas cartas que al poco tiempo de morir el padre de
Nataniel, Clara y Lotario —hijos de un pariente lejano que también había muerto
dejándolos huérfanos— quedaron al cuidado de la madre de Nataniel. Clara y
Nataniel sentían una profunda inclinación el uno por el otro, a la que nadie podía
oponerse; así pues estaban de novios cuando Nataniel abandonó su ciudad natal
para continuar sus estudios en G... Allí es donde se encuentra cuando escribe su
última carta, y asiste a las clases del famoso profesor de física Spallanzani.
Ahora podría continuar sin inconvenientes con el relato; pero en este preciso
momento la imagen de Clara se me aparece tan vívida ante los ojos, que no puedo
apartar de ella mi mirada, como sucedía cada vez que posaba en mí sus ojos
angelicales.
De ningún modo podría decirse que Clara fuese linda; ésa era la opinión de
quienes por su profesión saben algo de belleza. Sin embargo, los arquitectos
alababan las puras proporciones de su cuerpo; los pintores consideraban que la
nuca, la espalda y el cuello eran casi excesivamente castos, pero se enamoraban de su
maravilloso cabello de Magdalena y desvariaban acerca de su colorido battoniano4.
Uno de ellos, un verdadero soñador, comparó los ojos de Clara con un lago de
Ruisdael en el que se reflejan el azul puro de un cielo sin nubes, bosques, flores y
toda la vida variada y alegre de la campiña. Los poetas y artistas se aventuraban aún
más y decían: "¡Ni lagos ni espejos!... ¿Acaso podemos contemplar a la muchacha sin
que nos salgan al encuentro maravillosas melodías y cánticos celestiales que
penetran en nuestro ser despertando y conmoviéndolo todo? Y si ante su presencia
no cantamos algo realmente bueno, es porque en verdad no valemos mucho, juicio
que también podemos leer en la sonrisa delicada que se desliza sobre los labios de
Clara cuando nos disponemos a entonar algo que procura parecerse a una canción,
aunque sólo sea una mezcla. de sonidos aislados y confusos". Y así era. Clara tenía la
fantasía despierta de una criatura cándida y alegre, un espíritu profundo y
delicadamente femenino y una inteligencia clara y aguda. Los charlatanes no lo
pasaban bien con ella, porque sin muchas palabras —como convenía a su naturaleza
silenciosa—, su mirada y su delicada sonrisa les decía: "¡Queridos amigos! ¡Cómo se
les ocurre pedirme que considere aquellas sombras elusivas como verdaderas formas
animadas de vida y movimiento propio!"
Por eso muchos decían que Clara era fría, insensible y prosaica; pero otros, que
comprendían la vida en su profundidad transparente, amaban con devoción a esa
muchacha infantil, sensible y sensata. Pero nadie tanto como Nataniel, que
incursionaba con éxito en las ciencias y las artes. Clara lo quería profundamente. Las
primeras sombras que cruzaron por su vida fueron provocadas por su alejamiento
de la ciudad natal. Con inmensa alegría arrojó en sus brazos cuando por fin, tal como
le había prometido a Lotario en su última carta, regresó a la ciudad y entró al cuarto
de su madre. Sucedió tal como Nataniel lo había imaginado: cuando volvió a ver a
Clara, ya no se acordó más del abogado Coppelius ni de aquella carta demasiado
razonable: todo su descontento había desaparecido.
Y sin embargo Nataniel tenía razón cuando le escribió a su amigo Lotario que la
figura del repulsivo vendedor de barómetros Coppola había penetrado en su vida
como un elemento hostil. Todos lo sintieron así, porque ya desde el primer día
percibieron que Nataniel había cambiado radicalmente. Se sumía en lúgubres
ensoñaciones, y pronto empezó a actuar de un modo desacostumbrado en él. La vida
entera se le había vuelto sueño y presagio; constantemente hablaba de cómo todos
los hombres servían sin saberlo al fatídico juego de las fuerzas oscuras; en vano el
hombre procuraba oponerse; convenía aceptar humildemente lo que el destino había
decidido. Llegó incluso a afirmar que pretender que tanto en el arte como en la
ciencia era uno el que creaba a voluntad, era absurdo; porque el entusiasmo —único
estado anímico en el que es posible crear, decía— no procede de nuestro interior,
sino de la acción que ejerce sobre nosotros algún principio superior y externo.
4 Se alude aquí a la Magdalena Arrepentida de Pompeo Battoni (1708-1787), el pintor
italiano más famoso del siglo XVIII. El cuadro se halla en el Museo de Dresde.
A Clara, tan sensata, toda esta charlatanería mística le desagradaba
profundamente, pero parecía inútil tratar de refutarla. Pero cuando Nataniel afirmó
que Coppelius era el principio del mal que lo había capturado cuando espiaba detrás
de la cortina, y que ese demonio destrozaría su felicidad de manera espantosa, Clara
se puso seria y le dijo: "¡Sí, Nataniel! Tienes razón: Coppelius es un principio
maligno y hostil y puede actuar como una fuerza diabólica y nefasta en tu vida, pero
sólo lo hará en tanto no lo expulses de tu mente y de tus pensamientos. Mientras
creas en él, él seguirá existiendo y actuando; sólo tu creencia en él es su poder".
Nataniel, furioso porque Clara limitaba la existencia del demonio a su propio
interior, quiso apelar entonces a las doctrinas místicas de fuerzas malignas y
demoníacas, pero Clara lo interrumpió malhumorada con alguna frase sin
importancia, que lo disgustó bastante.
Nataniel, por su parte, pensaba que misterios tan profundos no se les revelan a
espíritus fríos e insensibles, sin ser consciente de que contaba a Clara entre esas
naturalezas inferiores. Y por eso no cedía en sus intentos de iniciarla en tales
misterios. Temprano, mientras Clara ayudaba a preparar el desayuno, se paraba a su
lado y le leía todo tipo de libros místicos, hasta que ella le decía en tono de súplica:
—"Pero, querido Nataniel, ¿y qué si te digo que eres tú el principio maligno que
actúa sobre mi café? Porque si yo tengo que dejar todo para mirarte a los ojos
mientras lees, como pretendes, el café hervirá y ninguno podrá tomar su desayuno`.
Entonces Nataniel cerraba el libro violentamente y se iba furioso a su cuarto.
En otras épocas, solía escribir cuentos agradables y animados que Clara escuchaba
con íntimo placer; pero ahora sus obras eran lúgubres, incomprensibles, amorfas, de
modo que aunque Clara no decía nada, él sentía que no la conmovían en absoluto.
Nada había para Clara tan espantoso como lo aburrido; con miradas y palabras
expresaba entonces su irreprimible cansancio espiritual.
Las obras que escribía Nataniel eran verdaderamente tediosas. Su desagrado ante
el espíritu frío y prosaico de Clara iba en aumento. Clara tampoco lograba superar
su disgusto ante aquella mística oscura, lúgubre y cansador de Nataniel. De ese
modo, sin darse cuenta, ambos fueron separándose interiormente cada vez más.
El mismo Nataniel tuvo que confesar que la figura del horrendo Coppelius haba
empalidecido en su fantasía, y muchas veces le costaba trabajo darle un colorido
vivo en sus obras, donde aparecía siempre como un ogro fatídico y terrible.
Finalmente, se le ocurrió componer un poema, cuyo argumento contendría aquel
oscuro presentimiento de que Coppelius destruiría su felicidad. Se representó a sí
mismo y a Clara ligados por un amor intenso; pero con frecuencia ocurría como si
una mano negra se metiera en sus vidas y arrancara de allí alguna alegría. Cuando
por fin se hallan ante el altar, aparece el espeluznante Coppelius y toca con sus
manos los delicados ojos de Clara; éstos saltan de sus órbitas y se clavan en el pecho
de Nataniel como chispas de sangre y fuego; Coppelius lo arroja dentro de un
círculo de fuego que gira con la velocidad del rayo y lo arrebata entre silbidos. Se
escucha un estrépito, como si un huracán azotara enfurecido las espumantes olas del
mar que se alzan como negros gigantes de cabezas blancas, en una lucha feroz. Pero
a través de ese bramido salvaje, él oye la voz de Clara que le dice: "¿Acaso no puedes
verme? Coppelius te ha engañado; no eran mis ojos los que te quemaban el pecho;
eran gotas ardientes de sangre de tu propio corazón. ¡Yo tengo mis ojos, mírame!"
Nataniel piensa "Es Clara, y le pertenezco para siempre". Sucede entonces como si
ésa idea se introdujera violentamente dentro del circulo de fuego y lo hiciera
detenerse; en el abismo negro el estrépito se ensordece hasta callar. Nataniel mira los
ojos de Clara; pero es la muerte quien lo mira sonriendo desde aquellos ojos.
Mientras estuvo ocupado con el poema, Nataniel se mostró muy reflexivo y
sensato; pulía cada verso, y constreñido por el ritmo, no descansó hasta dejarlo
perfecto. Pero cuando estuvo concluido, lo leyó en voz alta para escucharlo. Al
terminar, una angustia y un terror desmesurados se apoderaron de él, y gritó: `¿De
quién es esa voz pavorosa?" Pero al momento volvió a parecerle un poema muy
logrado, que conmovería el alma helada de Clara, aunque no sabía muy bien para
qué tenia que conmoverla y qué sentido tenía atemorizarla con aquellas imágenes
espantosas que hablaban de un destino tremendo que destruiría el amor de ambos.
Los dos, Clara b, Nataniel, estaban un día sentados en el pequeño jardín de la casa
materna. Clara estaba muy contenta, porque desde hacía tres días el tiempo durante
el cual estuvo escribiendo su poema. Nataniel no la torturaba más con sus sueños y
presentimientos. También él hablaba entusiasmado de cosas alegres, como en los
viejos tiempos, y entonces Clara le dijo: "Recién ahora vuelvo a tenerte del todo.
Hemos ahuyentado al horrible Coppelius". Pero entonces Nataniel recordó que tenía
en su bolsillo el poema que había pensado leerle. Ordenó las hojas, y comenzó;
Clara, sospechando que se trataba de algo tedioso, como de costumbre, y
resignándose a ello, se puso a tejer tranquilamente. Pero al ver que el cielo se
ensombrecía más y más, dejó caer la media que estaba tejiendo y clavó su mirada en
los ojos de Nataniel. Éste seguía leyendo, emocionado; el fervor teñía de púrpura sus
mejillas y brotaban lágrimas de sus ojos. Cuando por fin terminó, dio un suspiro,
interiormente agotado, luego tomó la mano de Clara y sollozó como abandonado a
un dolor sin consuelo: "¡Ay, Clara, Clara!" Clara lo abrazó tiernamente contra su
pecho y le dijo en voz baja, pero seria y con lentitud: "Nataniel, mi adorado Nataniel.
Arroja ese extraño, absurdo y espantoso poema al fuego". Nataniel se levantó
entonces enfurecido y empujando a Clara de su lado le gritó: "¡Maldita autómata sin
vida!" Y se fue corriendo mientras Clara lloraba amargamente y repetía: "¡Ay, nunca
me quiso, porque nunca me ha comprendido!"
En ese momento Lotario entró al pequeño pabellón y Clara no tuvo más remedio
que contarle lo sucedido; él amaba a su hermana con toda el alma, cada una de sus
palabras penetró en su interior como una brasa ardiente, y la mala disposición que
durante mucho tiempo albergara en su corazón hacia Nataniel y sus fantasías, se
convirtió en ira desatada. Corrió hasta donde aquél estaba y le reprochó duramente
su absurda conducta. Enfurecido, Nataniel le respondió en los mismos términos. Al
insulto de fatuo, fantasioso y loco le respondió otro de aquél, llamándolo miserable y
mediocre. El duelo era inevitable. Decidieron batirse a la mañana siguiente en los
fondos del jardín, según las. costumbres académicas del lugar, con floretes
aguzados.
Ambos andaban silenciosos y sombríos. Clara había escuchado la discusión y vio
al profesor de esgrima cuando traía los floretes. Intuyó lo que iba a suceder.
Llegados al sitio del duelo, Lotario y Nataniel, mudos e igualmente sombríos, se
quitaron las capas: con los ánimos agresivos y sedientos de sangre se disponían a
pelear cuando Clara se precipitó corriendo. Entre sollozos exclamó: "¡Salvajes,
malvados! ¡Mátenme a mí antes de matarse entre ustedes! ¿Cómo podré seguir
viviendo en este mundo luego que mi amado haya matado a mi hermano o mi
hermano a mi amado?" Lotario dejó caer el arma y bajó los ojos: también en el
interior destrozado de Nataniel volvió a encenderse aquel amor apasionado que
había sentido por Clara en los días más hermosos de la maravillosa juventud.
Cuando el arma asesina cayó de su mano, se arrojó a los pies de Clara. "¿Podrás
perdonarme alguna vez, mi única, mi adorada Clara? ¿Podrás perdonarme también
tú, mi querido Lotario T' Éste se conmovió ante el intenso dolor de su amigo, y los
tres se abrazaron reconciliados, entre lágrimas, jurando no separarse nunca y amarse
eternamente.
Nataniel se sintió libre de la pesada carga que hasta entonces lo había agobiado,
como si hubiese conseguido salvar su ser amenazado de destrucción oponiéndose a
las fuerzas oscuras. Tres días permaneció junto a sus amados y luego regresó a G.,
donde debía permanecer un año más antes de retornar definitivamente a su ciudad
natal.
A la madre se le ocultó todo lo relacionado con Coppelius, porque se sabía que no
podía acordarse de él sir horror. También ella lo creía culpable de la muerte de su
esposo.
Cuál no habrá sido la sorpresa de Nataniel cuando a regresar a G. comprobó que
la casa donde vivía había sido destruida por el fuego. Del montón de cenizas sólo
quedaban en pie las paredes medianeras. A pesar de que el fuego se había iniciado
en el laboratorio del farmacéutico que vivía en la planta baja, y por lo tanto la casa se
había quemado desde abajo hacia arriba, los arriesgados y ágiles amigos de Nataniel
habían conseguido entrar todavía a tiempo a su cuarto en el piso superior y rescatar
libros, manuscritos e instrumentos. Habían llevado todo intacto, a otra casa donde
tomaron una habitación a la que Nataniel se mudó de inmediato. Sin extrañeza
observó que viviría justo frente a la casa del profesor Spallanzani ; tampoco le
pareció raro que desde su ventana pudiera ver directamente el cuarto donde a
menudo solía estar Olimpia, de modo que podía observar claramente su figura
aunque no pudiera distinguir bien los rasgos de su rostro. Sí le llamó la atención el
hecho de que Olimpia permaneciera durante horas en la misma posición en que él la
había visto un día a través de la puerta de vidrio: sentada frente a una pequeña
mesa, sin hacer nada, y además, mirándolo tan fijamente. También debió confesarse
que nunca había visto una criatura tan bella; sin embargo, profundamente
enamorado de Clara, la rígida Olimpia le era por completo indiferente, y sólo de vez
en cuando levantaba sus ojos del compendio y echaba una rápida mirada a la bella
estatua; eso era todo.
Estaba un día escribiéndole a Clara cuando sintió que alguien llamaba
suavemente a su puerta; a su señal, ésta se abrió y apareció la cara repulsiva de
Coppola. Nataniel sufrió una sacudida. Recordando lo que Spallanzani le había
dicho sobre su compatriota Coppola y también lo que le había prometido y jurado a
Clara respecto del hombre de arena Coppelius, él mismo sintió vergüenza de su
terror infantil; consiguió dominarse y le dijo con la mayor tranquilidad que le fue
posible: "No voy a comprarle ningún barómetro, amigo, así que váyase, por favor".
Pero entonces Coppola se metió en el cuarto y dijo con voz chillona mientras la
enorme boca se le deformaba en una horrible sonrisa y los ojitos le centelleaban
saltones debajo de las largas pestañas grises: "¡Ah, no, barómetro no, no barómetro!
¡Tengo lindos ojos, lindos ojos!" Aterrado, Nataniel le gritó: "¡Cómo puedes tener
ojos, ojos, ojos! ¡Estás loco!" Pero en ese mismo instante, Coppola apartó los
barómetros, metió la mano en las faltriqueras y empezó a sacar anteojos y más
anteojos que iba poniendo sobre la mesa. "Anteojo, anteojo para encima de la nariz;
eso son mis ojos ... ¡lindos ojos!" Y seguía sacando más y más anteojos, de modo que
toda la mesa empezó a brillar y lanzar extraños destellos. Mil ojos miraban y se
contraían convulsivamente y se clavaban en Nataniel, pero él no podía apartar la
mirada de la mesa, y Coppola seguía poniendo anteojos, y cada vez eran más
salvajes las miradas llameantes que se mezclaban y disparaban sus rayos rojos como
sangre contra el pecho de Nataniel. Aterrado gritó entonces: "¡Basta, basta, hombre
espantoso!" Había tomado del brazo a Coppola, que en ese momento metía la mano
en el bolsillo para sacar más anteojos.
"¡Ah! Nada para usted, pero aquí lindos prismáticos." Con estas palabras y una
carcajada penetrante, juntó todos los anteojos, los guardó y sacó de otro bolsillo de
su capa una cantidad de largavistas de distintos tamaños. No bien desaparecieron
los anteojos, Nataniel se tranquilizó, y pensando en Clara, comprendió que aquel
espectro terrible sólo había surgido de su propio interior, y también que Coppola era
un óptico honorable que no podía ser de ninguna manera el doble maldito y el
espíritu resucitado de Coppelius. Además, todos los prismáticos que Coppola había
puesto sobre la mesa no tenían nada de extraordinario, o por lo menos no eran
tétricos como los anteojos, y para quedar bien, Nataniel decidió comprarle algo a
Coppola. Tomó entonces un par de prismáticos de bolsillo, pequeños y muy bien
terminados, y para probarlos, miró con ellos por la ventana. Nunca en su vida había
visto una lente que acercara los objetos a los ojos con tanta pureza y claridad.
Involuntariamente miró hacia la habitación de Spallanzani; Olimpia estaba sentada
frente a la mesita, como siempre, con los brazos apoyados y las manos plegadas.
Ahora sí pudo contemplar Nataniel el bellísimo rostro de Olimpia. Sólo los ojos le
parecieron muy raros, extrañamente inmóviles y muertos. Pero a medida que iba
fijando más y más la vista en ella, parecía como si en los ojos de Olimpia despertaran
húmedos rayos de luna. Era como si recién en ese momento se hubiese encendido su
mirada, que brillaba cada vez con mayor intensidad. Nataniel estaba como
hechizado ante la ventana mirando sin pausa a la celestial Olimpia. Un carraspeo lo
despertó de su profundo sueño. Coppola estaba de pie detrás de él.
"Trezechini" (tres ducados), le dijo. Nataniel se había olvidado completamente del
vendedor de anteojos. Pagó inmediatamente lo pedido. "¿No cierto? Linda lente,
linda lente", dijo Coppola con su desagradable voz aguda y su risa maligna. "Sí, si,
sí", le respondió Nataniel del mal modo. "Adiós amigo"
Coppola abandonó el cuarto no sin lanzar a Nataniel unas cuantas miradas de
soslayo. Éste lo oyó reírse a carcajadas en la escalera. "Bueno", pensó Nataniel, "se
estará riendo de mí porque seguramente pagué demasiado caro este pequeño par de
prismáticos, demasiado caro." Mientras se decía estas palabras en voz muy baja, fue
como si un profundo suspiro de muerte resonara pavorosamente en la habitación; el
miedo le cortó la respiración. Pero era él mismo quien había suspirado así; no le
cabía la menor duda.
"Clara tiene razón", se dijo, "al pensar que soy un absurdo visionario, pero de
todos modos es extraño, sí, es muy extraño que la tonta idea de haber pagado a
Coppola un precio demasiado alto por los prismáticos, pueda atemorizarme tanto;
no comprendo por qué."
A continuación se sentó para terminar de escribirle a Clara, pero al mirar por la
ventana observó que Olimpia seguía allí sentada, e instantáneamente, como atraído
por una fuerza irresistible, se levantó, tomó los prismáticos de Coppola y no pudo
dejar de mirar a la seductora Olimpia, hasta que su compañero y amigo Sigmundo lo
llamó para ir a la clase del profesor Spallanzani.
La cortina ante la puerta del cuarto funesto estaba bien cerrada; no pudo ver a
Olimpia allí, y tampoco pudo descubrirla en su cuarto durante los dos días
subsiguientes, a pesar de que apenas abandonaba la ventana y miraba a toda hora
con los prismáticos de Coppola. Al tercer día corrieron la cortina sobre esa ventana.
Desesperado e impulsado por un anhelo, por un deseó vehemente, corrió hasta el
portón. La figura de Olimpia se mecía ante él cortando el aire, luego se asomaba
entre los arbustos y lo miraba con grandes ojos brillantes desde las claras aguas del
estanque.
La imagen de Clara había desaparecido por completo, y no pensaba sino en
Olimpia, y se lamentaba en voz alta
"¡Oh! ¡Tú, mi hermosa estrella de amor! ¿Te has encendido ante mis ojos sólo para
volver a ocultarte enseguida abandonándome a la noche oscura y sin esperanzas?"
Ya estaba por regresar a su cuarto, cuando observó que en la casa de Spallanzani
se producía un gran alboroto. Las puertas estaban abiertas y todo tipo de aparatos
eran introducidos en la casa; también las ventanas del primer piso estaban abiertas
de par en par; activas criadas barrían y limpiaban con inmensos escobillones, y se oía
el martillar de carpinteros y tapiceros.
Nataniel se detuvo en medio de la calle, totalmente sorprendido; entonces se le
acercó Sigmundo riendo y le dijo: "Bueno ¿qué me dices de nuestro viejo
Spallanzani?" Nataniel le aseguró que no podía decir nada, porque nada sabía del
profesor; por el contrario, veía con gran asombro la singular actividad que se
desplegaba de repente en aquella casa silenciosa y lúgubre. Se enteró entonces por
Sigmundo de que Spallanzani iba a dar una gran fiesta al día siguiente con concierto
y baile y que media universidad estaba invitada. Se decía que Spallanzani
presentaría por primera vez a su hija Olimpia, a la que durante mucho tiempo había
mantenido oculta, temeroso de cualquier mirada humana.
Nataniel halló una invitación y con el corazón palpitante se dirigió a casa del
profesor a la hora indicada, cuando ya se oía el ruido de los carruajes y en los
salones brillaban las luces encendidas. Los invitados eran muchos, y la concurrencia,
brillante. Olimpia apareció luciendo un delicado vestido de muy buen gusto. Su
rostro de rasgos suaves y su armoniosa figura causaron admiración. La espalda algo
curvada y su talle delgado, parecían modelados por un corsé que la mantenía
excesivamente erguida. Su postura y su andar tenían cierta rigidez que a algunos les
resultó desagradable; se dijo que debía ser a causa de los nervios que esa situación le
provocaba.
Comenzó el concierto. Olimpia ejecutó el piano con gran destreza, y cantó una
aria de bravura con voz clara y cristalina, casi cortante. Nataniel estaba como
hechizado; de pie en la última fila no podía distinguir claramente los rasgos de
Olimpia a la luz deslumbrante de las velas. Sin que nadie lo notara, tomó entonces
los prismáticos de Coppola y los dirigió hacia su adorada Olimpia. ¡Ah! Entonces
comprobó que ella lo estaba mirando, y que cada tono se modulaba claramente en
aquella mirada de amor que le quemaba el alma. Las partes más exquisitas le
parecían a Nataniel celestiales exclamaciones de júbilo de un alma glorificada en el
amor; y cuando tras la cadencia final resonó vibrante el largo treno a lo largo del
salón, no pudo contenerse y como arrebatado por brazos ardientes exclamó colmado
de dolor y de placer: "¡Olimpia!" Todos se volvieron hacia él, algunos sonrieron. El
organista de la iglesia puso una cara más sombría que de costumbre y dijo
solamente: "Bueno, bueno".
El concierto había terminado y comenzaba el baile. "¡Bailar con ella! ¡Bailar con
ella!", era la meta de todos los deseos, de todos los empeños de Nataniel. Mas, ¿cómo
atreverse a pedírselo a ella, a la reina de la fiesta? Sin embargo, sin comprender
cómo había sucedido, apenas comenzado el baile se encontró de pronto junto a
Olimpia a quien nadie había invitado a bailar. Él le tomó la mano balbuceando
apenas unas pocas palabras. La mano de Olimpia estaba helada; conmovido por un
estremecimiento mortal, clavó su mirada en los ojos de Olimpia, donde brillaban el
amor y la nostalgia. En ese momento sintió como si comenzara a irradiarse un pulso
cálido en la mano helada y a encenderse la corriente de la vida. También en el alma
de Nataniel brilló más intenso el anhelo amoroso; abrazó a la hermosa Olimpia y se
precipitó entre la multitud de bailarines.
Nataniel estaba convencido de que bailaba muy bien, pero por la notable firmeza
rítmica con que bailaba Olimpia, que muchas veces lo sacaba de su porte, comprobó
que en realidad le faltaba mucho sentido del ritmo. Sin embargo, no quería bailar
con ninguna otra mujer, y habría querido matar a cualquiera que se hubiese
acercado a Olimpia para invitarla a bailar. Pero eso no sucedió. más que dos veces.
Para su sorpresa, Olimpia no salió a bailar en esas ocasiones. En cambia, siempre
aceptaba bailar con él.
Si Nataniel hubiese podido ver algo que no fuera su bella Olimpia, no se habrían
podido evitar discusiones y peleas. En efecto, los allí presentes apenas podían
contener la risa a causa de la bella Olimpia, porque la gente joven la seguía con
miradas curiosas cuya causa no se podían explicar.
Acalorado por el baile y el vino abundante, Nataniel había perdido toda su
habitual timidez. Sentado junto a Olimpia, le había tomado la mano y le hablaba
enardecido
y entusiasmado de su amor con palabras que ni él ni Olimpia comprendían. Acaso
ella sí, porque lo miraba fijamente a los ojos y suspiraba. Entonces Nataniel le decía:
"¡Criatura divina y celestial! Rayo de luz del prometido trasmundo del amor! ¡Alma
profunda en la que todo mi ser se refleja!", y muchas otras cosas parecidas; pero
Olimpia se limitaba a sus suspiros...
El profesor. Spallanzani pasó una vez delante de ellos y les sonrió con extraña
satisfacción. A Nataniel le pareció —a pesar de que estaba completamente en otro
mundo— que de repente la casa del profesor Spallanzani había adquirido un tono
bastante oscuro: miró a su alrededor y observó, no sin sobresaltarse, que las dos
últimas luces que aún quedaban encendidas en el salón vacío estaban a punto de
apagarse. La música y el baile habían concluido hacía rato. "¡Separarnos,
separarnos!", exclamó desesperado mientras besaba la mano de Olimpia y se
inclinaba sobre
su boca. ¡Estaban helados los labios que respondieron a sus labios ardientes! No
obstante, sintió un íntimo estremecimiento, el mismo que lo había sacudido cuando
tomó en sus manos la mano helada de Olimpia; se acordó de la leyenda de la novia
muerta5; pero Olimpia lo apretaba con fuerza, y en el beso la vida pareció entibiar
sus labios.
El profesor Spallanzani. recorrió lentamente el salón vacío; sus pasos resonaron
huecos, y su figura rodeada de trémulas sombras parecía un espectro aterrador.
"¿Me amas? ¿Me amas, Olimpia? ¡Sólo una palabra? ¿Me amas?", le susurraba
Nataniel, pero Olimpia suspiró poniéndose de pie: "¡Ah...!" "Sí, tú eres mi adorada,
mi divina estrella de amor", le decía Nataniel. "Has empezado a brillar para mí y
glorificarás mi alma eternamente." "¡Ah...!", siguió diciendo Olimpia mientras se
alejaba. Nataniel la persiguió. De pronto se encontraron ante el profesor.
"Lo he visto conversar muy animadamente con mi hija", dijo éste sonriendo.
"Bueno, bueno, querido señor Nataniel, si le agrada conversar con esta muchacha
tonta, lo recibiré con gusto en mi casa." Y Nataniel se alejó de allí con el corazón
colmado de un cielo claro y resplandeciente.
La fiesta de Spallanzani fue el tema de conversación de los días siguientes. A
pesar de que el profesor había hecho todo lo posible para que resultara espléndida,
los más comedidos hablaban de las múltiples cosas inconvenientes y extrañas que
habían sucedido, y sobre todo de la mortalmente rígida y silenciosa Olimpia, de la
que se decía que era completamente estúpida a pesar de su belleza; eso explicaba
que Spallanzani la hubiera tenido oculta durante tanto tiempo.
Nataniel escuchaba todo esto con bastante desagrado, pero se callaba. "¿Valdrá la
pena", pensaba, "probarles a estos jóvenes que es justamente la estupidez de ellos la
que no les permite distinguir el alma profunda y maravillosa de Olimpia?"
5 Seguramente se refiere Hoffmann a La novia de Corinto, de Goethe.
"Hazme el favor, hermano", le dijo un día Sigmundo, "de explicarme cómo es
posible que tú, una persona inteligente, hayas podido enamorarte de esa cara de
cera, de esa muñeca de madera."
Nataniel iba a contestarle furioso, pero se contuvo y le dijo: "¿Y tú, Sigmundo?
¿cómo ha podido escapar el seductor encanto celestial de Olimpia a tu mirada tan
sensible a la belleza? Pero justamente por eso, gracias al cielo, no te tengo de
adversario; porque de ser así, uno de los dos tendría que morir".
Sigmundo comprendió cuál era la situación de su amigo, cambió hábilmente de
tema, y después de expresar que en el amor no cabían juicios, agregó: "Lo curioso es
que muchos de nosotros tenemos una opinión bastante parecida sobre Olimpia. No
lo tomes a mal, hermano, pero nos parece extrañamente rígida y como carente de
alma. Su cuerpo es proporcionado, también su rostro, es cierto. Podría decirse que es
linda si su mirada no fuera tan yerta; casi parece no tener vista. Su andar es
extraordinariamente regular; cada movimiento parece el resultado de un mecanismo
de relojería. Su manera de tocar el piano, de cantar, tienen ese ritmo insulso y exacto
de una máquina, y lo mismo ocurre con su modo de bailar. En resumen, Olimpia nos
ha parecido espantosa; no nos ha interesado en absoluto; sentíamos que si bien
actuaba como un ser vivo, la. cosa era muy distinta".
Nataniel no se entregó al amargo sentimiento que lo acosó al escuchar estas
palabras de Sigmundo; dominó su disgusto y le dijo con toda seriedad: "Claro que
Olimpia tiene que resultarles espantosa a ustedes, que son fríos y prosaicos. Sólo al
espíritu poético se le revela lo que es afín. Sólo yo vi su mirada amorosa, que
iluminó mis sentidos y mi mente; sólo en el amor de Olimpia me reencuentro
conmigo mismo. A ustedes puede disgustarles que ella no intervenga en
conversaciones triviales, como lo hacen otros espíritus simples. Habla poco, es cierto,
pero esas pocas palabras son como verdaderos jeroglíficos del mundo interior pleno
de amor, y del supremo conocimiento de la vida espiritual en la contemplación del
trasmundo eterno. Pero como ustedes no entienden de esos temas, no vale la pena
hablar de ello".
"Que Dios te ayude, hermano", le dijo Sigmundo en voz muy baja, casi
dolorosamente, "pero me parece que vas por mal camino. Puedes contar conmigo
cuando todo... no, no voy a decir más nada." Nataniel sintió de repente que el frío, el
prosaico Sigmundo quería lo mejor para él, y le estrechó la mano con profundo
afecto.
Nataniel olvidó por completo que existía una Clara en el mundo a la que una vez
había amado. Su madre, Lotario, todos se borraron de su memoria. Vivía solamente
para Olimpia, junto a la que pasaba tardes enteras fantaseando acerca de su amor, de
la renovada simpatía hacia la vida, de las electivas afinidades psíquicas, y Olimpia
escuchaba todo con intensa devoción. Desde las profundidades más insondables de
su escritorio rescató Nataniel todo lo que alguna vez escribiera —poemas, fantasías,
visiones, cuentos, novelas—, que día a día acrecentaba con sonetos, estancias y
canciones disparatadas que incansablemente leía para Olimpia durante horas.
Nunca había tenido una oyente tan perfecta. No bordaba ni tejía, no miraba por la
ventana ni les daba de comer a los pajaritos, no jugaba con un perro faldero ni con
un gato, no se entretenía con recortes de papel u otras cosas y tampoco ocultaba un
bostezo tras una tosecilla leve y artifical. En pocas palabras, se pasaba las horas
enteras con la mirada fija en su amado, sin moverse, y aquella mirada era cada vez
más ardiente, más llena de vida. Sólo cuando Nataniel se levantaba por fin y le
besaba la mano y también los labios, decía ella: "¡Ah...!", y después: "Buenas noches,
mi amor!"
"¡Alma celestial!", exclamaba Nataniel en su cuarto. "Sólo tú, sólo tú me
comprendes." Se estremecía extasiado cuando pensaba en la maravillosa armonía
que iba manifestándose diariamente entre su alma y la de Olimpia, porque era como
si ella le hablara de su obra y de su sentido poético desde lo más hondo de su propio
ser, como si la voz de ella resonara realmente por si misma en el interior de Nataniel.
Y así tenía que ser, porque Olimpia jamás pronunció más palabras que las ya dichas.
Cuando Nataniel pensaba, en instantes de lucidez (por ejemplo en la mañana, al
despertarse), en la absoluta pasividad y el laconismo de Olimpia, se decía sin
embargo: "¡De qué valen las palabras! La mirada de sus ojos celestiales dice más que
cualquier lenguaje terrenal. ¿Puede acaso una criatura celeste introducirse en el
estrecho círculo que traza la miserable necesidad terrena?"
El profesor Spallanzani parecía muy contento con la relación de su hija y Nataniel;
a éste le demostraba su complacencia con señas inequívocas, y cuando Nataniel se
atrevió a insinuar una unión con Olimpia, esbozó una sonrisa de oreja a oreja y dijo
que su hija estaba en total libertad de decidir lo que quisiera.
Animado por estas palabras, con una pasión ardiente en el corazón, Nataniel
decidió que al día siguiente le rogaría a Olimpia que le dijera con palabras lo que su
dulce mirada ya le había manifestado hacía tiempo: que quería pertenecerle para
siempre.
Fue a buscar el anillo que su madre le regalara cuando se fue de su casa, para
dárselo a Olimpia como símbolo de su entrega. Mientras estaba en eso, vio las cartas
de Clara y de Lotario; pero las dejó a un lado con indiferencia, encontró el anillo, se
lo guardó y salió corriendo a casa de Olimpia.
Ya en la escalera, y luego en el corredor, escuchó un alboroto extraño que parecía
provenir del estudio de Spallanzani. Un ruido como de algo que se rompe, chirridos,
golpes contra la puerta y entremedio gritos y maldiciones. "¡Suelta, suelta, infame,
maldito!
—Para esto haber trabajado toda una vida.
—¡Ja ja ja! No era esto lo que habíamos pactado.
—Yo, yo hice los ojos, yo la maquinaria.
—¡Al diablo ron tu maquinaria, perro maldito, relojero idiota-fuera-Satanásespera-
bestia infernal-espera-fuera-suelta!" Eran las voces de Spallanzani y de
Coppelius las que vociferaban y reían así. El profesor sujetaba por los hombros una
figura humana de mujer y el italiano Coppola por los pies; tironeaban cada uno para
su lado, peleándose furiosos por su posesión. Nataniel retrocedió con espanto al
reconocer a Olimpia en aquella figura; enardecido, con una furia salvaje, quiso
arrebatarles la amada a aquellos dos hombres enajenados. Pero en ese momento
Coppola se dio vuelta y con una fuerza monstruosa le arrancó al profesor la figura
de las manos y le dio con ella un golpe tremendo que lo hizo tambalear y caer de
espaldas sobre la mesa llena de redomas, botellas, retortas y tubos de vidrio. Todos
los aparatos se rompieron en mil pedazos. Coppola cargó la figura sobre los
hombros y con una carcajada estridente y pavorosa bajó corriendo la escalera de
modo que los pies de la figura, que pendían en el aire, fueron golpeando los
escalones con un ruido sordo de madera.
Nataniel estaba petrificado; demasiado claramente había visto que el rostro de
cera mortalmente pálido de Olimpia no tenía ojos; en su lugar había dos cavidades
negras: era una muñeca sin vida.
Spallanzani se revolcaba en el suelo; los vidrios rotos le habían provocado heridas
en la cabeza y en el pecho; la sangre manaba a borbotones. Pero consiguió reunir
fuerzas: "Síguelo, síguelo, ¿qué esperas? Coppelius, Coppelius me robó mi mejor
autómata. Veinte años de trabajo... puse mi vida en ellos... el mecanismo de cuerda...
la voz... el andar... míos... los ojos... los ojos que te robó... maldito... condenado...
síguelo... búscame a Olimpia, ahí tienes los ojos!" Nataniel vio que un par de ojos
sanguinolentos lo miraban desde el piso; Spallanzani se apoderó de ellos con la
mano sana y se los arrojó al pecho. Entonces un delirio abrazó a Nataniel con sus
garras hirvientes y penetró en su interior arrebatándole el sentido y la capacidad de
pensar.
"¡Uy uy uy! Círculo de fuego... fuego... gira... lindo... lindo... Muñequita de
madera, oh, gira, gira, muñequita de madera." Y diciendo esto se arrojó sobre el
profesor y comenzó a apretarle la garganta. Lo habría asfixiado, pero él alboroto
había atraído a muchas personas que entraron violentamente, arrancaron del suelo
al furibundo Nataniel y salvaron así al profesor, que fue vendado de inmediato.
Sigmundo no consiguió, a pesar de toda su fuerza, atar al loco, que seguía gritando
con voz espantosa: "¡Gira, gira, muñequita de madera!% y lanzaba golpes al aire con
los puños cerrados. Finalmente, la fuerza conjunta de unos cuantos hombres logró
someterlo, arrojándolo al suelo y atándolo. Sus palabras se deshicieron en un aullido
animal. Así, entre gritos espantosos, fue conducido al manicomio.
Antes de que te siga contando lo que pasó después con el desgraciado Nataniel, te
diré, por si ello te interesa, que el hábil físico y fabricante de autómatas Spallanzani
se ha restablecido totalmente de sus heridas. Debió abandonar la universidad,
porque la historia de Nataniel armó gran revuelo, y en todos los círculos se
consideró un engaño absurdo y un verdadero abuso llevar una muñeca de madera
en lugar de una persona de carne y hueso a reuniones de té formales (Olimpia las
había frecuentado con éxito). Los juristas calificaron al hecho dé hábil estafa tanto
más condenable por cuanto había sido realizada en perjuicio del público, y con tanta
astucia, que ningún hombre (a excepción de algunos estudiantes muy inteligentes) la
había notado, a pesar de que ahora todos afirman que Olimpia les había resultado
sospechosa y apelan para ello a todo tipo de circunstancias que no revelaron nada
razonable. Porque, por ejemplo ¿podía haberle resultado sospechoso a alguien —
según lo manifestado por un elegante frecuentador de los tés— que Olimpia hubiese
estornudado más veces que bostezado, contra todo uso y costumbre? En primer
lugar, según este elegante caballero, el mecanismo oculto hacía cierto ruido, etc. El
profesor de literatura y retórica tomó una pizca. de tabaco, cerró la lata, tosió
ligeramente y dijo en tono solemne: "¡Estimadas señoras y señores! ¿Ataco no
perciben ustedes que se trata de una alegoría, de una metáfora? Ustedes
comprenden: ¡Sapientisat!" Pero muchos estimados caballeros no se dieron por
satisfechos; la historia del mecanismo automático se había arraigado profundamente
en ellos, y comenzaron a sospechar espantosamente de toda persona. Para
convencerse completamente de que no amaban a una muñeca de madera, muchos
enamorados exigieron a sus amadas que cantaran desentonadamente y bailaran mal,
que bordaran o tejieran cuando ellos les leían algo, que jugaran con el perrito, etc.,
pero sobre todo, que no solamente escucharan sino que también intervinieran en la
conversación manifestando un pensamiento y una sensibilidad propias. En muchos
casos, esto hizo que la relación se fortaleciera y se hiciera más agradable; en otros,
por el contrario, los enamorados fueron separándose más y más. "En verdad, no se
pueden poner las manos en el fuego", decían muchos. En los tés se bostezaba
constantemente y jamás se estornudaba.
Spallanzani debió huir para evitar un juicio por haber introducido engañosamente
un autómata en la comunidad humana. Coppola también desapareció.
Finalmente, también Nataniel despertó de su profunda pesadilla; abrió los ojos .y
sintió que una indescriptible sensación de bienestar lo colmaba con una suave
tibieza. Yacía en su cuarto de la casa paterna y Clara permanecía inclinada sobre él;
no lejos se hallaban la madre y Lotario. "¡Por fin, por fin, mi querido Nataniel! Por
fin estás curado de una enfermedad tan terrible. i Ahora eres mío otra vez!" Así le
dijo Clara desde lo más profundo de su corazón y abrazó a Nataniel. Éste, a su vez,
no pudo contener un torrente de lágrimas de dolor y de placer y balbuceó: "¡Clara,
mi Clara!"
Sigmundo, que tan bien se había portado con su amigo en los momentos más
difíciles, entró al cuarto en ese momento. Nataniel le tendió una mano: "¡Hermano
fiel, no me has abandonado!"
Toda huella de delirio y de locura había desaparecido; Nataniel se restablecía
pronto bajo el cuidado constante de la madre, la amada y el amigo. Entretanto, la
alegría había vuelto a la casa; porque un tío viejo y avaro de quien nadie esperaba
nada, había muerto y le había dejado a la madre, además de una fortuna no
despreciable, una linda casita cerca de la ciudad. Allí pensaban mudarse la madre,
Nataniel y Clara, que pronto se casarían, y Lotario.
Nataniel estaba más sereno que nunca y valoraba en su totalidad el alma pura y
delicada de Clara. Nadie le recordaba tampoco ni con una mínima alusión el pasado.
Sólo cuando Sigmundo se marchó le dijo Nataniel: "Por Dios, hermano, iba por mal
camino, pero un ángel me condujo a tiempo hacia el sendero de la luz: fue Clara".
Sigmundo no lo dejó seguir hablando temeroso de que volvieran a su mente
recuerdos e imágenes que podían afectarlo profundamente.
Así llegó el día en que aquellas cuatro personas felices habrían de mudarse a la
casita. Hacia el mediodía paseaban por las calles de la ciudad. Habían comprado
algunas cosas; la torre del ayuntamiento arrojaba sobre el mercado su sombra
gigantesca. "¡Ay!", dijo Clara, "subamos una vez más y contemplemos desde lo alto
las montañas lejanas." Dicho y hecho. Los dos —Nataniel y Clara— subieron a la
torre; la madre se fue a casa con la criada, y Lotario, sin ganas de subir tantos
escalones, decidió esperar abajo.
Allá estaban los enamorados, del brazo en el mirador más alto de la torre, y
contemplaban los etéreos bosques detrás de los que se erguían, como una ciudad de
gigantes, las montañas azules. "Fíjate qué extraña esa mata gris que parece avanzar
regularmente hacia nosotros", le dijo Clara. Nataniel introdujo mecánicamente una
mano en el bolsillo, donde aguardaban los prismáticos de Coppola ; miró con ellos
hacia el costado. ¡Clara estaba ante la lente! Entonces comenzó a sentir extrañas
convulsiones en sus venas y arterias; mortalmente pálido, miraba a Clara, pero al.
poco tiempo empezaron a arder y crepitar corrientes de fuego en sus ojos revueltos.
Aulló como un animal acosado, dio un salto y con una carcajada estremecedora
gritó: "Muñequita de madera, gira, gira, muñequita de madera". Luego, con fuerza
descomunal, tomó a Clara y quiso arrojarla de la torre; pero ella se aferró
desesperadamente a la baranda.
Lotario escuchó los aullidos del loco y también los gritos de Clara. Un
presentimiento horrible lo estremeció; subió corriendo: la puerta de la segunda
escalera estaba cerrada. Los gritos de Clara resonaban con mayor intensidad. Furioso
y aterrado golpeó y golpeó la puerta hasta que por fin cedió. Los gritos de Clara
comenzaban a apagarse: "¡Socorro, socorro, sálvenme!" Así moría la voz en el viento.
"¡Está muerta, el loco la asesinó!", gritó Lotario. También la puerta del mirador
estaba cerrada. La desesperación le dio fuerzas desmesuradas; hizo saltar la puerta.
¡Dios Santo! Clara se mecía en el aire, por encima del balcón, en brazos de Nataniel.
Sólo con una mano permanecía aferrada a los barrotes de hierro. Con la velocidad de
un rayo sujetó Lotario a su hermana atrayéndola hacia el mirador y en ese mismo
instante golpeó con el puño cerrado al loco que retrocedió y soltó a su presa.
Lotario bajó las escaleras corriendo con su desvanecida hermana en brazos. Estaba
a salvo. Nataniel seguía delirando en el mirador. Daba saltos y gritaba: "¡Círculo de
fuego, gira, gira, círculo de fuego!"
Al escuchar los gritos salvajes, la gente fue concentrándose; entre todos se
distinguía el gigantesco abogado Coppelius que había llegado ese día a la ciudad y
se dirigía al mercado.
Los hombres querían subir para agarrar al loco, pero Coppelius, lanzando una
carcajada, dijo: "¡Ja ja ja! Esperen, que pronto bajará solo". Y siguió mirando hacia
arriba, como los demás.
De repente, Nataniel quedó como petrificado, se inclinó y divisó a Coppelius, y
con un grito salvaje: "¡Ah, lindos ojos, lindos ojos!", saltó por encima de la baranda.
Cuando cayó sobre el pavimento con el cráneo destrozado, Coppelius ya no
estaba entre los observadores. Años más tarde, algunas personas aseguran haber
visto a Clara en una lejana aldea, sentada ante la puerta de una linda casita, de la
mano de un hombre de aspecto apacible, y ante ella jugaban dos niñitos alegres.
Habría que concluir pues que Clara encontró aún la tranquila paz hogareña que
anhelaba su sensibilidad alegre y serena, y que Nataniel, interiormente desgarrado,
jamás habría podido brindarle.

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