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jueves, 28 de agosto de 2008

LEGION -- WILLIAM PETER BLATTY -- EL EXORCISTA II -- 2ªparte

LEGION -- WILLIAM PETER BLATTY -- EL EXORCISTA II -- 2ªparte



SEGUNDA PARTE


El mayor acontecimiento en la historia de la Tierra, que ahora tiene lugar, podría ser ciertamente el descubrimiento gradual, por aquellos que tienen ojos para ver, no simplemente de Alguna Cosa, sino de Alguno en el punto culminante creado por la convergencia del Universo girando sobre sí mismo...
Sólo existe un mal: la Desunión.
pierre teilhard de chardin

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MIÉRCOLES, 16 DE MARZO









9


Querido padre Dyer:
Muy pronto se estará usted preguntando: «¿Por qué yo? ¿Por qué un extraño me coloca esta carga en mis hombros y no en los de sus colegas que son científicos y, probablemente, más adecuado para la tarea?» Verá, es porque ellos no son más adecuados. La ciencia se inclina por estos asuntos como un chiquillo por su medicina. Creo que usted mismo se mostraría escéptico al respecto. «Otro chiflado con una imagen llorona de Jesús que vierte lágrimas auténticas —diría usted probablemente—. Por el simple hecho de que soy un cura, ése debe pensar que me tragaré cualquier vaca vieja milagrosa, y en este caso, de color púrpura además.» Pues no pienso eso de ninguna manera. Estoy explicándole esto porque sé que puedo confiar en usted. No en su sacerdocio, padre: en usted. Si estuviera pensando en traicionarme, ya lo habría hecho. Pero no lo ha hecho. Usted ha mantenido su palabra. Eso es realmente algo. Cuando estuvimos hablando no lo hicimos bajo el sello de la confesión. Cualquier otro sacerdote —cualquiera otra persona—, probablemente me hubiera puesto en evidencia. Pero antes de descargar mi peso sobre usted, le evalué. Lamento mucho que su premio sea precisamente otra obligación. Pero sé que cumplirá hasta el final. Precisamente, ése es el quid de la cuestión. Usted lo hará. ¿No está contento de haberme conocido, padre?
La verdad es que no sé cómo empezar. Es endemoniadamente difícil. Anhelo tanto que usted confíe en mi juicio, que me crea... Me temo que no será fácil. Lo que voy a contarle le hará estremecer. Así que vamos a hacerlo de esta manera, por favor; podría ser la mejor. Deje en suspenso su curiosidad durante un rato, y no lea más hasta que haya seguido estas breves instrucciones que ahora voy a darle. En primer lugar, consiga un magnetófono, un modelo que permita una rápida repetición. Mejor todavía, utilice el mío. En esta carta pegaré con cinta adhesiva una llave de mi casa. Ahora, fíjese en la caja de cartón que le he enviado. Contiene algunos rollos de cinta grabada por mí. Busque aquel señalado con «9 de enero de 1982». Colóquelo en la grabadora. El contador al pie ha de estar en cero cuando el final de la guía toca la bobina de la izquierda. Hecho esto, avance hasta el 383, conecte entonces los auriculares, ponga los controles de volumen al máximo (no de salida, solamente de micrófono y cable) y deje la velocidad lenta. Entonces pulse el «En funcionamiento» y escuche. Escuchará un silbido del amplificador y de la estática, a unos niveles molestos. Por favor, sopórtelos. Poco después oirá el ruido de alguien que habla. Termina en el 388 del contador. Siga adelante y ponga una y otra vez ese fragmento con la voz hasta que pueda descifrar lo que se está diciendo. Es bastante alto, pero !a estática tiende a confundir la claridad inteligible. Cuando sepa lo que se ha dicho, ponga la velocidad alta —que es el doble— y repita el procedimiento. Quiero que repita el procedimiento. Olvídese de lo que escuchó la primera vez. Escuche de nuevo. Por favor siga estas instrucciones y no continúe la lectura de la presente hasta haberlas llevado a cabo.

Aunque confío en usted, esto sigue en página aparte. Todos necesitamos de la gracia de vez en cuando.
Ahora ya ha escuchado. Lo que ha oído en la velocidad menor, estoy seguro, es una voz masculina muy clara que dice «Lacey.» Y en la velocidad más rápida, la misma información en la cinta se convierte, con claridad, en «Confía». En este momento, ha de emprender el salto de la fe y del buen sentido, percatándose de que yo no tengo nada que ganar fingiendo lo que no es. Y permítame ahora que le cuente cómo grabé esa cinta. Puse una cinta virgen —no usada— en la grabadora, enchufé un diodo (impide que se filtren todos los sonidos ya sean del cuarto o de los alrededores y, sin embargo, actúa como una especie de micrófono); puse la velocidad corta, y pregunté en voz alta: «¿Existe Dios?», dispuse el micrófono y el cable en las posiciones más altas, y después pulsé el botón de grabación. Durante los tres minutos siguientes no hice más que respirar y esperar. Después dejé de grabar. Cuando volví a pasar la cinta, allí estaba la voz.
Envié la cinta a un amigo de la Universidad de Columbia. Él la hizo pasar por un espectrógrafo. Me envió una carta y algunas copias de las lecturas espectrográficas. Las encontrará en la caja. La carta dice que el análisis espectrografía) concluye que la voz no puede ser humana; que para conseguir ese efecto tendría que construirse una laringe artificial y programarla después para que pronunciara esas palabras. Mi amigo dice que el espectrógrafo no puede equivocarse. Además, no pudo comprender cómo la palabra «Lacey» se transformó en «Confía» a doble velocidad. Observé también —y este comentario es mío y no de mi amigo— que la respuesta a mi pregunta no responde, por no decir que es totalmente desprovista de significado, a menos que se pronuncie a doble velocidad de la grabación original. Esto elimina cualquier especie rara de radio recepción —que de todos modos las cintas grabadoras no pueden recibir, padre—, que pudiera invocarse como una explicación, junto a una coincidencia. Sin duda alguna, querrá buscar una explicación satisfactoria a estos asuntos; de hecho, yo le ruego, encarecidamente, que lo haga. Mi amigo de Columbia es el profesor Cyril Harris. Llámele. Mejor todavía, busque una segunda opinión, otro análisis espectrográfico, preferiblemente realizado por otra persona. Estoy seguro de que descubrirá que el resultado es el mismo.
Comencé a llevar a cabo estas grabaciones pocos meses después de la muerte de Ann. Hay un paciente en el pabellón psiquiátrico del hospital, un esquizofrénico llamado Antón Lang. Por favor, no hable con él de esto; ese hombre tiene unos auténticos problemas que sólo le inclinarían a disminuir la credibilidad del fenómeno y, al mismo tiempo, la mía, me temo. Lang se había quejado de un dolor de cabeza crónico, lo que hizo que yo entrase en contacto con él. Naturalmente, leí su historial y descubrí que, durante años, ese hombre había estado grabando en cintas lo que caracterizaba, simplemente, como «las voces». Le pregunté sobre esas voces, y me contó algunas cosas que eran intrigantes y me sugirieron la lectura de un libro sobre el tema. El título era Ruptura. Estaba escrito por un lituano, Konstantin Raudieve, y se puede adquirir en inglés a través de una editora británica. Encargué un ejemplar y lo leí. ¿Me sigue usted?
La mayor parte del libro consistía en las transcripciones de Raudieve de grabaciones de voces que había efectuado. Me temo que su contenido no fuese tremendamente alentador. Eran fútiles e insustanciales. Si éstas eran las voces de los difuntos, como estaba convencido de que eran dicho profesor lituano, ¿aquello era realmente todo cuanto tenían que decirnos?: «Kosti está cansado hoy.» «Kosti trabaja.» «Aquí están las aduanas fronterizas.» «Nosotros dormimos.» Me puso en el sendero del antiguo Libro de los muertos tibetano. ¿Sabe usted, padre? Es un trabajo curioso, un manual de instrucciones preparando a los moribundos para lo que deberán enfrentarse en el otro lado. La primera experiencia, creen que era una confrontación decisiva e inmediata con la trascendencia, que ellos llamaban «la clara luz». El espíritu recién muerto podía optar por unirse a ella; pero pocos lo hacían, porque la mayoría no estaban dispuestos ya que sus vidas terrenales no les habían preparado adecuadamente para ello; de modo que, después de esta confrontación inicial, los muertos pasaban por fases de deterioración mientras se consumían hacia un renacimiento eventual en el mundo. Yo pensé que semejante estado podía producir las inanidades y trivialidades que el libro de Raudieve contaba, y también mucha otra bibliografía con el tema de los espíritus. Es un asunto descorazonador, nauseabundo. De modo que, resumiendo, ese libro Ruptura no me fascinó lo que se dice. Pero tenía un prólogo escrito por otro autor, Colín Smythe, y eso sí lo encontré sensato y plausible. Como también algunos testimonios escritos por físicos, ingenieros e incluso un arzobispo católico alemán, todos los cuales habían estado grabando por su parte y que no parecían tan ansiosos en convencer al lector, como lo eran en especular acerca de las causas de las voces, considerando, entre otras cosas, la posibilidad de que esas voces quedasen impresas en la cinta, de alguna manera, por el propio inconsciente del investigador.
Decidí intentarlo. He de admitir que estaba loco de pena por la muerte de Ann. Poseo una pequeña grabadora portátil «Sony». Es lo bastante pequeña para caber en el bolsillo de un abrigo, pero con este modelo se puede rebobinar y volver a pasar la cinta rápidamente, algo que descubrí muy pronto que resultaba importante. Una noche —era verano y todavía había mucha luz diurna— me senté en mi sala de estar con el «Sony», e invité a cualesquiera voces que pudieran oírme, a que se comunicaran conmigo y se manifestaran por medio de la cinta. Entonces pulsé la «Grabación» y dejé que la cinta virgen pasara del principio hasta el final. Después escuché la grabación. No oí nada excepto algún ruido de la calle, bastante estática y sonidos amplificados. Luego me olvidé del asunto por completo.
Uno o dos días después, decidí escuchar de nuevo la cinta. En alguna parte hacia la mitad oí algo anómalo, un pequeño clic y después un sonido raro, débil, escasamente audible; parecía impregnado en los silbidos y en la estática, y no en algún nivel por debajo de aquellos sonidos. Pero a mí me chocó como algo que era... algo extraño. De modo que volví a ese punto preciso y lo hice sonar una y otra vez. Con cada repetición, el sonido crecía en volumen y se hacía más claro hasta que finalmente oí —o me pareció oír— una clara voz masculina que gritaba mi nombre: «Amfortas.» Sólo eso. Era alto y claro y no reconocí la voz. Creo que mi corazón comenzó a palpitar con más fuerza. Hice pasar el resto de la cinta y no oí nada. Volví entonces al punto en donde había oído la voz Pero ahora no pude percibirla. Mis esperanzas se desvanecieron como la cartera de un hombre pobre que se cayese por un precipicio. Comencé a pasar la cinta repetidamente y, finalmente, oí otra vez ese débil y raro sonido. Después de tres repeticiones, oí la voz con claridad.
¿Serían trucos de mi mente? ¿Estaba imprimiendo inteligibilidad a unos fragmentos de ruidos casuales? Pasé la cinta de nuevo, y entonces, allí donde anteriormente no había oído nada, surgió otra voz. Era de una mujer. No, no era Ann. Sólo otra voz de mujer. Estaba pronunciando una frase más bien larga, la primera parte de la cual, aun después de muchas repeticiones, sencillamente no pude comprenderla. Todo tenía un ritmo y un tono muy raros, y los acentos en las palabras no estaban en su sitio correspondiente. También las palabras tenían un efecto de tartamudeo; se hundían y se alzaban de continuo. La última parte fue un fragmento que pude comprender: «...continúa escuchándonos.» Aquello lo decía la mujer, pero, a causa de la oscilación, sonó como una pregunta. Yo estaba sencillamente atónito. No había ninguna duda de que estaba oyéndolo. Pero, ¿por qué no lo había oído antes? Decidí que mi cerebro, probablemente, se habría ajustado a la debilidad de la voz y a sus rarezas, y había aprendido a filtrarse a través del velo de la estática y los silbidos hasta la voz justo por debajo.
Ahora comencé nuevamente a sentir dudas. ¿No habría recogido, simplemente, mi grabadora unas voces de la calle, o quizá de la casa vecina? Algunas veces oía hablar a mis vecinos. Uno de ellos podía tal vez haber mencionado mi nombre. Entré en la cocina, que está algo más alejada de la calle, e hice una nueva grabación con una cinta nueva. Solicité en voz alta que cualquier «comunicante» conmigo repitiese la palabra «Kirios», que había sido el nombre de soltera de mi madre. Pero, al hacer pasar otra vez la cinta, no oí nada; sólo, de vez en cuando, el sonido usual. Uno de ellos se parecía al súbito ruido de neumáticos al frenar. Sin duda, algo procedente de la calle, pensé. Estaba cansado. Estar escuchando había requerido una intensa concentración. Aquella noche no hice más grabaciones.
Al día siguiente, mientras esperaba que el agua para el café hirviera, escuché de nuevo las dos cintas. Oí con claridad «Continúa escuchándonos» y «Amfortas». En la segunda cinta me concentré en el ruido de frenos, haciéndolo pasar una y otra vez y, de pronto, mi cerebro hizo una rara acomodación, ya que, en lugar del ruido, oí las palabras «Anna Kirios» pronunciadas en el tono agudo de una voz femenina y a una extrema velocidad. El agua para el café rebosó al hervir. Estaba pasmado.
Cuando aquel día acudí al hospital, llevé conmigo las cintas y la grabadora y, durante el descanso para el almuerzo, puse la grabación a una de las enfermeras, Emily Allerton. Me dijo no haber oído nada. Después lo intenté con Amy Keating, una de las enfermeras de recepción en Neurología. Pulsé un fragmento de la cinta número uno, y dejé el altavoz apretado contra su oído. Después de haberlo pasado una vez, me entregó el aparato y asintió: «Sí, he oído su nombre», me dijo, y después volvió a dedicarse a sus quehaceres. Yo decidí dejar el asunto como estaba, por lo menos en cuanto a las enfermeras.
Durante las semanas siguientes, me hallaba obsesionado. Compré una grabadora, un preamplificador y unos auriculares, y comencé a pasar algunas horas todas las noches grabando cintas. Y entonces parecía que nunca dejaba de lograr resultados. De hecho, las cintas estaban virtualmente llenas de voces en un fluir casi continuo, incluso sobreponiéndose unas a otras. Algunas eran demasiado débiles para ni tan siquiera molestarse en descifrarlas, mientras que otras alcanzaban diversos grados de claridad. Algunas hablaban a velocidad normal, mientras que otras sólo eran inteligibles cuando las reducía a una velocidad media. Algunas ni tan sólo parecían aparentes hasta haberlo hecho así. Seguí preguntando por Ann, pero nunca la oí. De vez en cuando, escuchaba alguna voz femenina que decía: «Estoy aquí», o «Yo soy Ann». Pero no lo era. No era su voz.
Una noche de octubre estaba escuchando la reproducción de una cinta que había grabado la semana anterior. Había en ella un fragmento interesante, una voz que decía «Control de Tierra». Después de algunas repeticiones, pasé un poco más adelante y, de pronto, contuve mi respiración. Oí una voz que decía: «Vincent, soy Ann.» Sentí un estremecimiento desde la base de mi espina dorsal hasta la nuca. No era mi mente la que decía eso, era su voz; era mi cuerpo y mi sangre, mis recuerdos, mi ser, mi mente inconsciente. Pasé y repasé la cinta, y cada vez sentí idéntico estremecimiento, como una sacudida. Incluso intenté suprimirlo, pero no pude. Era Ann.
A la mañana siguiente, mis esperanzas y mis dudas resultaban inseparables. ¿No sería esa voz una proyección de mi propio deseo? ¿Sobrepuesta, inteligiblemente, a otros ruidos casuales en la cinta? Decidí llegar, decididamente, al fondo de este asunto.
Consulté con Eddie Flanders, instructor en el Instituto de Idiomas de Georgetown, y un amigo, que había sido paciente mío. Dios sabe lo que le contaría, pero conseguí que escuchase la voz de Ann. Cuando se quitó los auriculares le pregunté qué era lo que había oído. Me respondió: «Alguien está hablando. Pero, realmente, es tan débil...» Yo proseguí: «¿Y qué dicen? ¿Puedes distinguirlo?» El respondió: «Suena como mi nombre.»
Le quité los auriculares a Ed y comprobé que estuviera escuchando el fragmento preciso. Entonces se lo hice escuchar otra vez. Obtuvo el mismo resultado. Yo estaba totalmente perplejo. «¿Pero es una voz? —le pregunté—; ¿no será sólo un ruido?» «No, no, es claramente una voz», me respondió. «¿No será la tuya?» «¿Escuchas la voz de un hombre?», pregunté. Y él respondió: «Sí. Parece la tuya.» Eso acabó más o menos con mi investigación aquel día. Pero volví a la semana siguiente. El Instituto disponía de su propio estudio de sonido para confeccionar las cintas de instrucción. Poseían poderosos amplificadores y magnetófonos «Ampex» profesionales. También tenía un micrófono instalado en un compartimiento insonorizado. Convencí a Eddie para que me ayudase a realizar una grabación. Entré en el compartimiento y me volví de espaldas a Eddie mientras hacía mi pequeño discurso invitando a las voces a manifestarse en la cinta. También realicé dos preguntas directas, solicitando como respuesta las palabras «afirmativo» o «negativo», ya que éstas serían más fáciles de identificar en un nuevo paso de la cinta que un simple «sí» o «no». Entonces, abandoné el compartimiento y cerré la puerta detrás de mí, indicando a Eddie que podía poner en marcha la cinta y comenzar a grabar. Él me preguntó: «¿Qué vamos a grabar?» Y yo le respondí «Moléculas de aire. Tiene que ver con unos estudios del cerebro que estoy llevando a cabo.» Eddie pareció convencido y estuvimos registrando al máximo aumento y a una velocidad de 7 12 r.p.s. Después de unos tres minutos, aproximadamente, nos detuvimos y escuché la cinta de nuevo al máximo volumen. En la cinta había algo raro. No era enteramente una voz. Se parecía más a un sonido de gargarismo y, aproximadamente, sonaba unas diez veces más alto que las voces que yo creía oír en las grabaciones de mi casa. Su duración aproximada fue de siete segundos. No pudimos oír nada más en el resto de la cinta. «¿Es ese ruido el que tenéis, normalmente, cuando grabáis?», le pregunté. Yo pensaba en una propagación de sonido por alguna cosa dentro del propio equipo. Ed me dijo que no, que no podía ser. Parecía realmente asombrado y me dijo que aquel ruido no debía estar allí. Yo sugerí algún defecto en la cinta.
Él pensó que, posiblemente, sería así. Al cabo de unos minutos de estar pasando de nuevo el sonido, pareció adquirir algo de la calidad de una voz. No podíamos distinguir palabras para extraerle sentido. Decidimos no seguir.
En casa, continué con mi experimento y seguí escuchando las voces suaves, vagas, o bien respondiendo a mis preguntas o siguiendo mi sugerencia para temas de discusión, aunque nunca más oí una voz como la de Ann. De todo esto, saqué las impresiones siguientes. Al parecer, estaba en contacto con personalidades que se hallaban en algún lugar o condición de transición. No eran clarividentes. No conocían el futuro, por ejemplo, pero sus conocimientos iban más allá del nivel de los míos. Por ejemplo, podían decirme el nombre de la enfermera de servicio, en un momento dado, en cualquier pabellón con el que yo no tenía contacto o familiaridad. A menudo, tenían opiniones que eran contradictorias las unas con las otras. Algunas veces, cuando yo preguntaba por un hecho concreto, como la fecha del nacimiento de mi madre, me daban diversas respuestas, ninguna correcta, produciéndome la impresión de que quizá no querían perder mi interés. Algunas de sus declaraciones resultaban mentiras flagrantes de tipo beligerante, o con la intención de turbarme a mí. Llegué a reconocer esas voces y a ignorarlas, tal como hice con el poseedor de la voz que, de vez en cuando, soltaba obscenidades. Algunas voces pedían ayuda pero, cuando les preguntaba —y muchas veces— qué era lo que podía hacer para ayudarles, la respuesta solía ser algo como «Feliz. Estamos bien.» Algunas me pidieron que rogara por ellos, y otras que rogaban por mí. Yo no podía evitar pensar en la Comunión de los Santos.
Se evidenciaba un sentido del humor. Al principio de mis experimentos una noche llevaba puesto un viejo albornoz mientras grababa. Era a rayas bastante vistosas y tenía un gran roto junto al hombro derecho. Oí una voz que decía: «Manta de caballo.» Durante las numerosas ocasiones en que yo preguntaba: «¿Quién creó el Universo material?», una vez me contestó una voz con claridad: «Yo.» Y una noche invité a un interno para que viniera a compartir mi experimento. Había expresado interés por los fenómenos psíquicos y me sentí aliviado al discutir todo esto con él. Durante la velada, el interno me explicó que no podía oír nada, aunque, como de costumbre, yo sí lo oía. Y escuché: «¿De qué sirve?» y «¿Para qué molestarse?» y «Vete a jugar el Pac-Man», entre otras cosas. Semanas más tarde supe que el interno era terriblemente duro de oído, pero no quería reconocerlo.
Algunas ocasiones las voces me ayudaron sugiriéndome otras maneras de grabación. Una de ellas era por medio de un diodo, y otra se trataba de buscar una banda de «ruido en blanco» —el espacio entre emisoras— en un receptor de radio, conectándolo a la grabadora. Esto último no lo intenté nunca pues aquí cabía esperar, recibir y grabar voces reales de la radio de fuentes usuales. Era mejor el micrófono cuando se hallaba en un recinto insonorizado o en una habitación en extremo silenciosa; pero, al fin, opté por utilizar el diodo pues esto eliminaba falsas interpretaciones de ruidos corrientes del ambiente que nos rodeaba.
Algunas veces las voces criticaban mis habilidades técnicas. De vez en cuando, pulsaba un botón y oía una voz que me decía: «No sabes lo que estás haciendo.» (Esa voz particular sonaba exasperada. Me hallaba cansado, tras haber estado cometiendo errores durante toda la sesión.) Semejantes respuestas formaban parte de la impresión de haber estado tratando con personalidades altamente individuales y muy corrientes. Igual que la gente. A menudo me decían «Buenas noches» hacia el final de la cinta, y entonces descubría que me encontraba cansado y dispuesto para irme a la cama. En ocasiones había muchas voces diferentes que decían «Gracias» y «Se lo agradezco». Una cosa curiosa. Una vez, pregunté si era importante que intentara divulgar este fenómeno, y la respuesta, muy clara fue: «Negativo.» Eso me sorprendió.
A mediados de 1982, decidí escribir a Colín Smythe, el hombre que había escrito el prólogo para Ruptura. El que parecía tan plausible. Le hice algunas preguntas y él me respondió de inmediato, refiriéndose a un libro suyo que había escrito sobre ese tema. (Se llama Sigue hablando.) En su carta parecía algo reticente en cuanto al tema ya que, inevitablemente, sobre todo en la Prensa londinense, el tema se había tratado in extenso y surgieron muchos fraudes. Gente que declaraba haber hablado con John F. Kennedy y con Freud, y todo ese tipo de cosas. Pero me dijo algo fascinante. Un grupo de neurólogos de Edimburgo, que habían acudido a Londres para una conferencia médica, le habían visitado y hecho escuchar sus propias cintas grabadas. Las habían pasado en presencia de personas en estado de coma o con heridas que les incapacitaban para el habla, y en las cintas aparecían las voces de esos pacientes.
No mucho tiempo después de eso, llevé mi grabadora «Sony» portátil al hospital. Eran las dos o las tres de la madrugada, y me dirigí al pabellón de los perturbados en donde grabé a un paciente gravemente catatónico, un amnésico que había permanecido varios años en el Psiquiátrico. Ninguno de nosotros conocía su auténtica identidad. La Policía le había recogido deambulando por la calle M, aturdido, hacia el año 1970 y, desde entonces, ese hombre no había proferido ni una sola palabra. Aunque quizá lo ha hecho. En su cuarto. Puse en marcha el aparato después de haberle preguntado quién era y si podía oírme. Dejé que la cinta pasase en toda su longitud. Una vez de regreso a casa, la puse de nuevo. El resultado fue muy raro. En primer lugar, durante toda esa media hora de cinta sólo había dos fragmentos de charla que yo pudiera oír. Ordinariamente, la cinta estaba literalmente rebosante de voces, incluso aunque la mayoría fuesen escasamente audibles. Esta vez —excepto las dos que he mencionado— el silencio fue excepcional y muy raro. La otra cosa extraña —bueno, «sobrenatural» sería quizá la palabra más adecuada— eran las voces de la cinta. Ambas eran de una misma persona, un hombre, y yo tuve la certeza de que estaba escuchando la voz del paciente catatónico. Creo que le oí decir: «Estoy comenzando a recordar.» Eso fue lo primero. Después oí lo que yo supuse era el nombre del paciente en respuesta a una pregunta que yo le formulase: algo parecido a «James Venamin», según recuerdo. No me gustó el sonido de esa respuesta por algún motivo, y nunca más intenté este experimento.
Hacia el final del último año ocurrió algo decisivo. Hasta entonces seguía todavía con dudas sobre lo que estaba oyendo. Eso varió con rapidez. Cambié mi grabadora por una «Revox» con una instalación interior variable de regulación del tono. También conseguí una banda filtradora, que excluía todas las frecuencias de sonido que no estuvieran dentro del alcance de la voz humana. Un sábado, un hombre más bien joven, empleado en la tienda de aparatos de alta fidelidad, me entregó el nuevo equipo y lo instaló. Cuando hubo terminado, se me ocurrió un proyecto. El joven debía tener un oído mucho mejor que el mío, y el negocio de aquel joven era, además, el sonido. De modo que saqué la cinta con el sonido grave más bien alto y le pedí que escuchara por los auriculares. Cuando hubo terminado, le pregunté qué era lo que había oído. Me respondió de inmediato: «Alguien que hablaba.» Esto me cogió de sorpresa. «¿Era voz de hombre o de mujer?», le pregunté. Y él respondió: «Era la voz de un hombre.» «¿Podría usted decirme qué decía?» Él respondió: «No, es demasiado lento.» Otra sorpresa. Yo estaba acostumbrado a que las voces hablasen demasiado aprisa. «No, usted quiere decir demasiado aprisa», le dije. «No, demasiado despacio. Por lo menos yo creo que es demasiado lento.» Se puso de nuevo los auriculares, rebobinó la cinta hasta el lugar y entonces, manualmente, dio velocidad a la cinta con las manos mientras escuchaba. Se quitó los auriculares y repitió: «Sí, demasiado lento.» Me entregó los auriculares. «Vea, escuche usted —dijo—; se lo demostraré.» Me puse los auriculares y de nuevo el joven dio más velocidad a la cinta. Y oí la voz clara, inconfundible, de un hombre que pronunciaba unas palabras: «Afirmativo. ¿Me oye usted?»
Esta experiencia pareció abrirme una puerta, pues poco después comencé a oír voces claras y altas en mis cintas, quizás una en cada tres o cuatro sesiones de mis grabaciones. «LaceyConfía» fue la primera de ellas. Incluso aquel interno hubiera, probablemente, podido oírla.
Envié tres de ellas a mi amigo de Columbia con los resultados que ya le he contado. Escúchelas. Después haga sus propias cintas. Al principio, es posible que no lo consiga, y que consiga únicamente las voces más débiles, más efímeras. Si es así, será que no ha aprendido todavía el truco de escuchar, de introducirse por entre el velo del silbido y la estática. Coja entonces mis cintas más altas y pruebe con ellas. Primero habrá que limpiarlas. Hay equipo disponible que elimina toda la estática y los silbidos. Después de eso, hágalas pasar por otro análisis espectrografía). También hay un medio de determinar la velocidad original a la que se grabaron. Esto, según he subrayado, eliminará completamente la posibilidad de recepciones extrañas de radio.
Las voces son reales. Creo que son las voces de los muertos. Esto nunca podrá comprobarse, pero que proceden de intelectos sin cuerpo —por lo menos como nosotros lo conocemos—, llegará a ser demostrado forzosa y científicamente. La Iglesia Católica posee los medios —y Dios lo sabe, debería tener el interés— de desarrollar un cuerpo científico demostrativo de que estas voces existen, que no tienen un origen terrenal, que desafían cualquier explicación materialista y que pueden ser duplicadas, una y otra vez, en un laboratorio por hombres decididos y por máquinas.
Había aquella voz que dijo que no era importante hacerlo. ¿No era importante para quién? Tengo que preguntármelo. Los hombres de la Tierra claman contra la muerte y el terror de la extinción final y el olvido; lloran durante las noches con la pérdida de cada persona amada. ¿Debe estar la fe para librarnos de esta angustia? ¿Puede ser suficiente?
Esas cintas son mi plegaria para aquellos que están afligidos. Tal vez sólo demuestren una mano del lado de Cristo, no lo suficiente para vencer esa duda final, tal como la resurrección de Lázaro no llegó a convencer incluso a algunos de los que estaban allí y lo vieron con sus propios ojos. ¿Pero, qué nos pide Jesús que hagamos? ¿Si nuestra copa para el sediento no está llena hasta los bordes tenemos que reservarla por este motivo? Si Dios no puede intervenir, los hombres sí pueden. Seguramente es Su intención que nosotros lo hagamos. Éste es nuestro mundo.
Le agradezco que no me dijera que mi decisión es el pecado de la desesperación. Yo sé que no lo es. Yo no hago nada. Sólo espero. Quizás en su corazón piensa usted realmente que es una cosa equivocada. Pero no me lo dijo. Puedo tener un buen punto de partida.
Durante los días venideros es posible que usted oiga algunas cosas raras sobre mí. Temo esa posibilidad, pero si llega a suceder, por favor, crea que nunca he querido hacer daño a nadie. Le ruego tenga la mejor opinión de mí, padre. ¿Lo hará?
¿Cuánto tiempo hace que le conozco? ¿Dos días? Bueno, le echaré de menos. Y, sin embargo, sé que algún día le veré otra vez. Cuando usted lea esto, yo estaré junto a mi Ann. Alégrese.

Con respeto y afecto,
vincent amfortas

Amfortas releyó la carta. Hizo algunas pequeñas correcciones, comprobó después la hora y decidió que sería mejor que se pusiese una inyección de esteroides. Había aprendido a no esperar que llegasen los dolores de cabeza. Cada seis horas, tomaría seis miligramos automáticamente. Muy pronto eso alteraría su mente. Había tenido que escribir ahora la carta.
Subió a su dormitorio, se puso la inyección y volvió entonces a la máquina de escribir que estaba situada en la mesa del desayuno. Consultó algunas notas y decidió después que añadiría una posdata a la carta. Escribió:

P.D.: Durante los muchos, muchísimos meses en los que he estado realizando estas grabaciones he hecho a menudo la pregunta: «Describa su condición, estado de ser o localización, con toda la concisión posible.» Algunas veces he distinguido una respuesta, por lo menos una respuesta audible y, puesto que este tipo de preguntas concretas son esquivadas con frecuencia por las voces, he creído que usted tendría interés por saber las respuestas que he obtenido. Son las siguientes:

He llegado aquí primero.
Aquí se aguarda.
Limbo.
Muerto.
Es como un barco.
Es como un hospital.
Ángeles médicos.

También pregunté: «¿Qué deberíamos hacer los seres vivientes?» Una respuesta que oí con bastante claridad me dijo: «Buenas obras.» Parecía la voz de una mujer.

Amfortas sacó la carta de la máquina de escribir y la introdujo en un sobre. En el anverso escribió a máquina:
rev. joseph dyer, S. J.
Universidad de Georgetown.
para ser entregada únicamente en el caso de
mi muerte




10


Kinderman se acercó a la entrada del hospital, acortando su paso a medida que se aproximaba. Cuando llegó junto a las puertas, se volvió y miró un momento el cielo plomizo, buscando una aurora que de alguna manera se le había escapado; pero únicamente se veían los destellos rápidos de las luces rojas de los coches de patrullas, rodando implacables y en silencio, salpicando el oscuro y húmedo suelo resbaladizo de las calles. A Kinderman le parecía estar caminando en sueños. No podía sentirse el cuerpo. El mundo era un borde. Cuando notó que llegaban nuevos equipos de Televisión, dio una vuelta con rapidez y entró en el hospital. Subió en el ascensor hasta Neurología y salió para penetrar en un caos silencioso. Periodistas. Fotógrafos. Policías uniformados. En el escritorio de admisión había internos y residentes curiosos, la mayoría de ellos pertenecientes a otras secciones. En los pasillos se veía a pacientes, en bata y asustados; algunas de las enfermeras les tranquilizaban, bromeaban y trataban de hacerles regresar a sus habitaciones.
Kinderman miró a su alrededor. Al otro lado del escritorio de admisión, un policía uniformado guardaba la puerta de la habitación de Dyer. Atkins estaba allí. Escuchaba mientras los periodistas le aturullaban a preguntas, cuya estridencia se mezclaba con el ruido general. Atkins sacudía de continuo la cabeza, sin responder. Kinderman se acercó a él. Atkins le vio aproximarse y le miró fijamente a los ojos. El sargento parecía agobiado. Kinderman se inclinó para hablarle junto al oído.
—Atkins, envía estos periodistas abajo, al vestíbulo —le ordenó.
Apretó brevemente el brazo del sargento mirándole a los ojos un instante, compartiendo su angustia. No se permitió más. Entró en la habitación de Dyer y cerró la puerta.
El sargento hizo una seña a un grupo de policías.
—¡Llevaos esta gente abajo! —les gritó con firmeza.
De los periodistas surgió un rumor de protesta.
—Están molestando a los pacientes —insistió Atkins.
Se oyeron gruñidos. Los policías comenzaron a empujar a los periodistas alejándolos. Atkins se acercó al escritorio y se apoyó de espaldas contra él. Cruzó los brazos. Sus ojos turbados quedaron fijos en la puerta de la habitación de Dyer. Detrás de la puerta había un horror inimaginable. Su mente no podía abarcarlo del todo.
Stedman y Ryan salieron de la habitación. Parecían demudados y estaban pálidos. La mirada de Ryan se mantuvo en el suelo constantemente, mientras se apresuraba a alejarse por el vestíbulo. Dio la vuelta a la esquina y pronto desapareció. Stedman había estado observándole. Ahora dirigió su mirada a Atkins.
—Kinderman quiere estar solo —explicó.
Su voz tenía un sonido vacuo.
Atkins asintió con la cabeza.
—¿Fumas? —le preguntó Stedman.
—No.
—Yo tampoco. Pero me gustaría fumar un cigarrillo —dijo Stedman.
Volvió la cabeza un momento, pensativo. Cuando alzó una mano hasta sus ojos y la contempló, vio que temblaba.
—Jesucristo... —musitó.
El temblor se acrecentó. De pronto la mano desapareció bruscamente en un bolsillo y Stedman se alejó con rapidez. Estaba siguiendo la misma dirección de Ryan. Atkins podía oírle todavía murmurar:
—¡Jesús! ¡Jesús! ¡Jesucristo!
En alguna parte sonó un timbre. Un paciente llamaba a la enfermera.
—¿Sargento?
Atkins alzó la mirada. El policía de la puerta le miraba de una forma singular.
—Sí, ¿qué sucede? —preguntó Atkins.
—¿Qué demonios está sucediendo aquí, sargento?
—No lo sé.
Atkins oyó discusiones que procedían de su derecha. Miró y vio un grupo de periodistas de la Televisión que se enfrentaban a dos policías que se hallaban cerca de los ascensores. Atkins reconoció a un locutor local del noticiario de las seis de la tarde. Llevaba el cabello untado y sus maneras eran beligerantes y turbulentas. Los policías estaban empujando, gradualmente, al equipo de periodistas de regreso hacia la hilera de ascensores. En cierto punto, el locutor tropezó y cayó un poco hacia atrás, perdiendo casi su equilibrio; lanzó un juramento y se dio por vencido marchándose con los otros mientras golpeaba la palma de su mano con un periódico enrollado.
—¿Podría usted decirme quién está al mando aquí, por favor? Tenía la impresión que eso me correspondía a mí.
Atkins miró a su izquierda y vio a un hombre bajo y delgado, vestido con un traje de franela azul. Detrás de sus gafas con aros se veían unos ojillos pequeños, alertas.
—¿Está usted al mando? —preguntó el hombrecillo.
—Soy el sargento Atkins, señor. ¿Puedo servirle en algo?
—Soy el doctor Tench. El jefe de personal de este hospital, me parece a mí —dijo acalorado—. Tengo un gran número de pacientes en condiciones de grave crítica. Todo este jaleo no les ayuda en nada.
—Lo entiendo, señor.
—No quisiera parecer un bruto —siguió Tench—, pero cuanto antes se lleven al difunto, tanto mejor para terminar con este alboroto. ¿Cree usted que se lo llevarán pronto?
—Sí. Así lo creo, señor.
—Comprenda mi situación...
—Gracias.
Tench se alejó con paso decidido, oficioso.
Atkins observó que ahora todo estaba más tranquilo. Miró a su alrededor y vio al equipo de Televisión que se marchaba. Casi no quedaba nadie. El locutor seguía dando golpes en la palma de su mano con el periódico y entraba en un ascensor del cual salían Stedman y Ryan. Se encaminaron hacia Atkins con las cabezas gachas. Ninguno pronunció palabra. El locutor de Televisión estaba contemplándoles.
—Eh, ¿qué ha sucedido ahí dentro? —preguntó en voz alta.
La puerta del ascensor se deslizó cerrándose y el hombre desapareció.
Atkins oyó que se abría la puerta de la habitación de Dyer. Miró, y vio a Kinderman que salía de allí. Los ojos del detective estaban enrojecidos y mortecinos. Se detuvo y, por un instante, se encaró con Stedman y con Ryan.
—De acuerdo, podéis terminar —les dijo.
Su voy era baja y quebrada.
—Teniente, lo siento —repuso Ryan con amabilidad.
Su rostro y su voz estaban llenos de compasión.
Kinderman asintió y miró fijamente al suelo. Murmuró un:
—Gracias, Ryan. Sí, muchas gracias.
Después, sin alzar la mirada, se alejó apresuradamente de ellos. Se encaminaba hacia los ascensores. Atkins llegó rápidamente junto a él.
—Voy a salir a dar un paseo, Atkins.
—Sí, señor.
El sargento continuó caminando junto a él. Cuando llegaron a los ascensores, se abrió uno de ellos. Iba hacia abajo. Atkins y Kinderman entraron y se volvieron.
—Creo que hemos cogido el ascensor preciso, Chick —dijo una voz.
Atkins oyó el ruidillo de maquinaria. Giró bruscamente la cabeza. El locutor de la Televisión sonreía maliciosamente mientras uno de los cámaras hacía funcionar su aparato.
—¿Han decapitado al sacerdote —preguntó el locutor— o quizá...?
El puño de Atkins se aplastó contra la mandíbula del hombre cuya cabeza chocó contra una pared y rebotó por la furia del golpe. De sus labios brotó la sangre y cayó desplomado al suelo, en donde se quedó inconsciente. Atkins miró furiosamente al cámara que, lentamente, bajó la máquina. Entonces el sargento miró a Kinderman. El detective parecía ausente. Estaba mirando al suelo con fijeza, estático, con las manos hundidas en los bolsillos de su abrigo. Atkins pulsó un botón y el ascensor se detuvo en el segundo piso. Cogió al detective por el brazo y le condujo fuera.
—Atkins, ¿qué está haciendo usted? —preguntó Kinderman aturdido. Parecía un hombre viejo, confuso—. Quiero caminar —concluyó.
Atkins le acompañó a otra ala del hospital y desde allí subieron a un ascensor. Deseaba esquivar a los periodistas del vestíbulo. Cruzaron más pasillos y pronto se encontraron fuera del hospital en el lado que daba al campus de la Universidad. Un estrecho soportal encima de ellos les protegió de la lluvia; ahora llovía con más fuerza y estuvieron contemplando el chubasco en silencio. A lo lejos, los estudiantes con sus impermeables y anoraks lisos de brillantes colores, se encaminaban a sus desayunos. Dos de ellos salieron corriendo de un dormitorio, ambos sosteniendo periódicos sobre sus cabezas.
—El hombre era un poema —explicó Kinderman con suavidad.
Atkins no respondió. Contemplaba fijamente la lluvia.
—Quisiera estar solo, por favor, Atkins. Muchas gracias.
Atkins volvió la cabeza para mirar al detective. Tenía la mirada fijada delante de él.
—De acuerdo, señor —replicó el sargento.
Se volvió y entró de nuevo en el hospital, regresando finalmente al ala de Neurología en donde comenzó a interrogar a todos los posibles testigos. Se había pedido a todo el personal del turno de noche que se quedara para ese propósito, incluyendo a las enfermeras, médicos y auxiliares de Psiquiatría. Algunos se agrupaban en torno al mostrador. Mientras Atkins hablaba con la enfermera encargada del servicio de Neurología en el momento de la muerte de Dyer, un médico se acercó y les interrumpió con un:
—¿Me dispensan, por favor? Lo siento.
Atkins le examinó. El hombre parecía alterado.
—Soy el doctor Amfortas —explicó—. Estaba tratando al padre Dyer. ¿Es cierto?
Atkins asintió con gravedad.
Amfortas le miró fijamente un rato, cada vez más pálido, y con ojos más reservados. Finalmente dijo:
—Gracias.
Se alejó. Sus pasos resultaban inseguros.
Atkins estuvo observándole y después se volvió a la enfermera.
—¿A qué hora entra de servicio? —le preguntó.
—No lo tiene —le respondió la enfermera—. Ha dejado de ocuparse del pabellón.
La chica contenía las lágrimas.
Atkins anotó algunas palabras en su bloc. Iba a dirigirse nuevamente a la enfermera, cuando vio acercarse a Kinderman. Tenía empapados el abrigo y el sombrero. «Habrá estado caminando bajo la lluvia», pensó Atkins. Pronto Kinderman estuvo de pie delante del sargento. Sus modales habían cambiado por completo. Su mirada era firme, clara y decidida.
—De acuerdo, Atkins, deja de coquetear con las lindas enfermeras. Venimos a trabajar no a representar Jóvenes detectives enamorados.
—La enfermera Keating fue la última que le vio con vida —explicó Atkins.
—¿Cuándo ocurrió eso? —le preguntó a continuación el detective a Keating.
—Aproximadamente a las cuatro y media —replicó la enfermera.
—Enfermera Keating, ¿podría hablar a solas con usted? —preguntó Kinderman—. Lo siento, pero tenemos que hacerlo.
Ella asintió y se secó la nariz delicadamente con un pañuelito. Kinderman señaló un despacho detrás de unos cristales más allá del mostrador de admisiones.
—¿Allí, le parece bien?
La chica afirmó de nuevo con la cabeza. Kinderman la siguió. En el despacho había una mesa para escribir, dos sillas y estantes llenos de carpetas con diversos documentos. El detective indicó a la enfermera que se sentara, y cerró después la puerta. A través del cristal vio a Atkins que observaba en silencio.
—¿De modo que vio usted al padre Dyer a las cuatro y media más o menos? —preguntó.
Ella respondió afirmativamente.
—¿Y en dónde le vio?
—En su habitación.
—¿Y qué hacía usted allí, por favor?
—Acudí otra vez para decirle que no podía encontrar el vino.
—¿Ha dicho usted el «vino»?
—Sí. Poco antes me había llamado por el timbre y me comunicó que necesitaba un poco de pan y vino, preguntando si nosotros teníamos.
—¿Quería decir misa?
—Sí, eso es —dijo la enfermera. Se ruborizó un poco, y después se encogió de hombros—. Una o dos personas del equipo... bueno, a veces tienen un poco de licor.
—Entiendo.
—Busqué por ahí, en los lugares de costumbre —dijo ella— Después volví a ver al padre Dyer para decirle que lo sentía, pero que no podía encontrar. No obstante, le di un poco de pan.
—¿Y qué dijo él?
—No me acuerdo.
—¿Querría usted decirme su horario, señorita Keating?
—De las diez a las seis.
—¿Todas las noches?
—Cuando tengo servicio.
—¿Y cuáles son sus noches de servicio, por favor?
—Comienzo el martes hasta el sábado —respondió ella.
—¿Había celebrado misa aquí el padre con anterioridad?
—No lo sé.
—Pero, anteriormente, nunca había solicitado pan y vino.
—Exactamente.
—¿El padre Dyer no le dijo por qué hoy precisamente quería decir la misa?
—No.
—¿Cuando usted le dijo que no había podido encontrar vino le respondió alguna cosa?
—Sí.
—¿Y qué le dijo, señorita Keating?
Ella necesitó de nuevo el pañuelo, hizo después una pausa y parecía que se había tranquilizado.
—¿Os lo habéis bebido todo? —dijo. Se le quebró la voz y su cara se contrajo en una mueca de pena—. Siempre estaba bromeando —explicó la enfermera.
Volvió la cara y comenzó a llorar. Kinderman vio una caja de pañuelos de papel en uno de los estantes, sacó un puñado y se los dio a la chica; por aquel entonces su pañuelo se había convertido en una bola húmeda y arrugada. Ella le dijo:
—Gracias. —Y los cogió—. Lo siento —añadió,
—No importa. ¿Le dijo algo más el padre Dyer?
La enfermera negó con la cabeza.
—¿Y cuándo le volvió usted a ver?
—Cuando le encontré.
—¿Y eso cuándo fue?
—Aproximadamente, a las seis menos diez.
—Entre las cuatro y media y las seis menos diez, ¿vio usted entrar a alguien en la habitación del padre Dyer?
—No, no vi a nadie.
—¿Vio usted a alguien que saliera de allí?
—No.
—Y durante esas horas, ¿estuvo usted frente a la habitación, aquí en este despacho?
—Así es. Estuve escribiendo informes.
—¿Y permaneció aquí durante todo ese tiempo?
—Bueno, excepto unos momentos cuando fui a administrar los medicamentos.
—¿Cuánto tiempo tardó usted en repartir los medicamentos?
—Serían un par de minutos para cada uno, supongo.
—¿En qué habitaciones?
—Cuatro diecisiete, cuatro diecinueve y cuatro once.
—¿Abandonó usted tres veces el despacho?
—No, dos veces. Administré dos medicamentos al mismo tiempo.
—¿Y a qué hora fue, por favor?
—El señor Bolger y la señorita Ryan recibieron codeína a las cinco menos cuarto, y la señorita Freitz a las once menos cuatro minutos recibió su heparina y dextrán, una hora después aproximadamente.
—Esas habitaciones, ¿se hallan en el mismo pasillo que la habitación del padre Dyer?
—No, están al volver la esquina.
—¿De modo que si alguien hubiera entrado en la habitación del padre Dyer, aproximadamente, a las cinco menos cuarto usted no le habría visto, y lo mismo sucedería si alguien hubiera salido de allí una hora después?
—Sí, así es.
—¿Estos medicamentos se administran cada día a la misma hora?
—No, la heparina y el dextrán para Miss Freitz son nuevos. Nunca los vi en la lista hasta hoy.
—¿Y quién los recetó, por favor? ¿Puede usted recordarlo?
—Sí, el doctor Amfortas.
—¿Está usted segura? ¿Querría comprobarlo en sus listas?
—No, estoy segura.
—¿Por qué está usted tan segura?
—Bueno, no son medicamentos corrientes. El residente es quien normalmente hace eso. Pero creo que el doctor Amfortas tiene un interés especial en ese caso.
El detective parecía extrañado.
—Creí haber entendido que el doctor Amfortas ya no trabaja en ese pabellón.
—Cierto. Así es desde anoche —explicó la enfermera.
—No obstante, ¿estaba en la habitación de esa niña?
—Esto no tiene nada de extraño. La visita con frecuencia.
—¿A semejantes horas?
Keating afirmó con la cabeza.
—La niña sufre de insomnio. Y me parece que también él.
—¿Y por qué? Quiero decir, ¿por qué lo cree usted?
—Oh, hace ya meses que, de pronto, se presenta durante mi turno y, sencillamente, se queda allí conmigo, charlando o deambulando por ahí. Aquí le llamamos el «Fantasma».
—¿Cuándo fue la última vez que el doctor Amfortas habló con la señorita Freitz a semejante hora? ¿Hubo semejante visita?
—Sí, la hubo. Eso ocurrió ayer.
—¿A qué hora, por favor?
—Pues a las cuatro o las cinco de la madrugada. Entonces se metió en la habitación del padre Dyer y habló un rato con él.
—¿Entró en la habitación del Padre Dyer?
—Sí.
—¿Pudo usted oír la conversación?
—No, la puerta estaba cerrada.
—Comprendo.
Kinderman se quedó pensativo un momento. Estaba observando por la ventana a Atkins. El sargento se apoyaba en el escritorio, devolviéndole la mirada. Kinderman retornó su atención a la enfermera.
—¿A quién más vio usted por el pabellón a esa hora?
—¿Se refiere usted al personal?
—Me refiero a todo el mundo. Cualquiera que caminara por el pasillo.
—Bueno, estaba sólo la señora Clelia.
—¿Quién es?
—Una paciente de Psiquiatría.
—¿Andaba por el pasillo?
—Bueno, no. La encontré tendida en el vestíbulo.
—¿La encontró usted tendida?
—Estaba como alucinada.
—¿En qué parte exactamente del vestíbulo?
—Justo al volver la esquina desde aquí, cerca de la entrada al Psiquiátrico.
—¿Y a qué hora sería eso, por favor?
—Justo antes de que yo encontrara al padre Dyer. Llamé al pabellón abierto de Psiquiatría y vinieron a buscarla.
—¿La señora Clelia es acaso senil?
—Realmente, no podría decírselo. Supongo que sí. No lo sé. Parecía un poco catatónica, creo yo.
—¿Catatónica?
—Es una suposición —replicó Keating.
—Entiendo. —Kinderman reflexionó un momento y después se levantó—. Gracias, señorita Keating —dijo.
—De nada.
Kinderman le dio otro pañuelo de papel y después salió de la diminuta oficina y habló con Atkins.
—Busca el número de teléfono del doctor Amfortas y hazle venir para ser interrogado, Atkins. Entretanto, me voy al Psiquiátrico.
Kinderman llegó pronto al pabellón abierto. Los acontecimientos de la mañana no habían afectado aquel lugar. Agrupados en torno al aparato de televisión, se encontraba el corro usual de mirones silenciosos; todos los soñadores estaban en sus butacas. Un viejo setentón se acercó a Kinderman.
—Esta mañana quiero cereal e higos —dijo—. No se olvide de los malditos higos. Quiero higos.
Un auxiliar se les acercaba despacio. Kinderman buscó a la enfermera en el despacho. Había regresado a su oficina, y hablaba por teléfono. Su rostro estaba tenso y demacrado. Kinderman inició su marcha hacia allí. El viejo se quedó atrás y continuó dirigiéndose al vacío allí donde había estado el detective.
—No quiero esos malditos higos —estaba diciendo.
De pronto, apareció Temple. Entró en un abrir y cerrar de ojos por una puerta y miró a su alrededor. Parecía desgreñado y sólo medio despierto; llevaba todavía el sueño en los ojos. Vio a Kinderman y se encontró con él en el despacho.
—Dios mío —exclamó—. No puedo creerlo. ¿Es cierta la manera en que murió?
—Sí, es cierto.
—Me llamaron y me despertaron. Dios mío, no puedo creerlo.
Temple echó una mirada a la enfermera y puso mala cara. Ella le vio y, rápidamente, cortó su conversación telefónica. El auxiliar conducía al viejo a una butaca.
—Me gustaría ver a una de sus pacientes —explicó Kinderman— Señora Clelia. ¿Dónde podría encontrarla?
Temple le miró.
—Veo que está usted haciendo conocidos —dijo—. ¿Qué es lo que quiere de la señora Clelia?
—Me gustaría hacerle algunas preguntas. Una o dos. No haría ningún daño.
—¿La señora Clelia? —Sí.
—Sería como hablar con una pared —repuso Temple. —Ya estoy acostumbrado a eso —le tranquilizó Kinderman. —¿Qué ha querido decir con eso?
—Sólo es una forma de hablar. —Kinderman alzó los hombros y ofreció las palmas de sus manos hacia arriba—. Mi boca se abre, y allá va antes de que sepa lo que estoy diciendo. Sólo es shtuss. En cuanto al significado, necesitaríamos el I Ching.
Temple le observó con una mirada calculadora, y después se volvió hacia la enfermera. Ésta estaba de pie en el despacho recogiendo papeles con aspecto atareado.
—¿Dónde está la señora Clelia, chismosilla? La enfermera no levantó la cabeza. —En su habitación.
—¿Complacerá usted a un anciano y me permitirá que la vea? —preguntó Kinderman.
—Claro, ¿por qué no? —dijo Temple—. Vamos. Kinderman le siguió y pronto se encontraron en una habitación estrecha.
—Ahí tiene usted a su chica —dijo Temple. Hizo un gesto hacia una mujer de cabello blanco, anciana, que estaba sentada en una tumbona junto a una ventana. Tenía la mirada fija en sus zapatillas y jugaba con los extremos de un chal de lana roja, envolviéndolo más estrechamente alrededor de sus hombros. No alzó la mirada.
El detective alzó su sombrero y lo sostuvo por el ala. —¿Señora Clelia? La mujer alzó su mirada vacía. —¿Eres mi hijo? —le dijo a Kinderman.
—Me sentiría orgulloso de serlo —le respondió él gentilmente. Durante un momento, Mrs. Clelia le sostuvo la mirada, que después desvió a lo lejos.
—Tú no eres mi hijo —dijo—. Tú eres de cera. —¿Podría recordar lo que ha hecho esta mañana, señora Clelia? La anciana comenzó a canturrear con suavidad. La melodía era átona y desagradablemente discordante. —¿Señora Clelia? —repitió el detective. Ella pareció no oírle.
—Ya se lo dije —dijo Temple—. Naturalmente, podría intentar someterla para usted.
—¿Someterla?
—Hipnosis. ¿Quiere que lo intente? —dijo Temple.
—De acuerdo.
Temple cerró la puerta y acercó una silla delante de la mujer.
—¿No oscurece el cuarto antes? —preguntó Kinderman.
—No, eso son bobadas —explicó Temple—. Chorradas...
De un bolsillo superior de su chaqueta médica sacó un pequeño medallón. Colgaba de una cadena corta y era triangular.
—Señora Clelia —dijo Temple.
Inmediatamente, la mujer volvió su mirada hacia el psiquiatra. Éste alzó el medallón y lo hizo girar con lentitud delante de los ojos de la anciana. Entonces pronunció las palabras «momento de sueño». Instantáneamente, la mujer cerró los ojos y pareció desplomarse en su asiento. Dejó caer suavemente las manos en el regazo. Temple dirigió una mirada de autosatisfacción al detective.
—¿Qué quiere que le pregunte? —dijo—. ¿Lo mismo?
Kinderman asintió.
Temple se dirigió de nuevo a la mujer.
—Señora Clelia —pidió—, ¿podría recordar lo que ha hecho esta mañana?
Esperaron pero la señora Clelia no dio ninguna respuesta. La mujer seguía sentada inmóvil. Temple comenzó a parecer asombrado.
—¿Qué ha hecho usted esta mañana? —repitió.
Kinderman se movió inquieto. Aún ninguna respuesta.
—¿Está durmiendo? —preguntó el detective en voz baja.
Temple negó con la cabeza.
—¿Ha visto usted algún sacerdote hoy, señora Clelia? —le preguntó el psiquiatra.
De pronto, la mujer rompió el silencio.
—Nooooooo —respondió en un tono bajo y arrastrado, como un gemido.
Tenía algo de sobrenatural.
—¿Ha salido usted a dar un paseo esta mañana?
—Noooooooo.
—¿Alguien la ha llevado a alguna parte?
—Noooooo.
—Mierda —murmuró Temple.
Volvió la cabeza y miró a Kinderman.
El detective dijo:
—De acuerdo. Ya basta.
Temple volvió a dirigirse a la señora Clelia. Le tocó la frente y le ordenó:
—Despierte.
Lentamente, la anciana comenzó a incorporarse. Abrió los ojos y miró a Temple. Después contempló con fijeza al detective. Sus ojos eran inocentes y pálidos.
—¿Me ha arreglado la radio? —le preguntó.
—Mañana se la arreglaré, señora —replicó Kinderman.
—Eso es lo que dicen todos —convino la señora Clelia.
Se contempló los zapatos y canturreó.
Kinderman y Temple salieron al pasillo.
—¿Le gustó esa pregunta mía sobre el sacerdote? —preguntó Temple—. Quiero decir, ¿por qué andarse con rodeos? Directamente al grano. ¿Y qué le ha parecido esa otra sobre alguien llevándola a Neurología? Me ha parecido muy buena.
—¿Por qué no quiso responder? —preguntó Kinderman.
—Lo ignoro. Si quiere que le diga la verdad, me ha sorprendido mucho.
—¿Ha hipnotizado a esta señora con anterioridad?
—Una o dos veces.
—Se durmió tan fácilmente...
—Bueno, es que soy muy hábil —dijo Temple—. Ya se lo dije. Dios mío, no puedo olvidar lo que se hizo con ese sacerdote. Quiero decir, ¿cómo es eso posible, teniente?
—Ya veremos.
—¿Y fue mutilado? —preguntó Temple.
Kinderman le miró con atención.
—Le cortaron el dedo índice derecho —explicó—, y en la palma de su mano izquierda el criminal grabó un signo zodiacal. Los Gemelos. Los Géminis —le dijo Kinderman. Su mirada se fijó inmutable en la de Temple—. ¿Qué opinión tiene usted de eso?
—Pues no sé —repuso Temple.
Su rostro era inescrutable.
—No, claro que no —convino Kinderman—. ¿Por qué debería usted tenerla? A propósito, ¿tiene, en alguna parte, una sección de Patología?
—Claro.
—¿Allí donde hacen autopsias, etcétera?
Temple asintió.
—Abajo, en el nivel B. Tome usted el ascensor hacia abajo, a Neurología, y doble a la izquierda. ¿Va usted hacia allí?
—Sí.
—No puede equivocarse.
Kinderman se volvió y se alejó.
—¿Para qué quiere usted ir a Patología de todos modos? —le gritó Temple a su espalda.
Kinderman alzó los hombros y continuó caminando. Temple juró por lo bajo.

Atkins estaba apoyado otra vez en el escritorio de admisiones cuando vio a Kinderman que se acercaba por el vestíbulo. Se separó del despacho y dio unos pasos para ir a su encuentro.
—¿Has hablado con Amfortas? —le preguntó el detective.
—No.
—Sigue intentándolo.
—Stedman y Ryan han terminado.
—Yo no.
—Había huellas en los botes —dijo Atkins—. En todos ellos, y de hecho, muy claras.
—Sí, el criminal es descaredo. Se está burlando de nosotros, Atkins.
—El padre Riley está abajo. Dice que quiere ver el cuerpo.
—No, no le dejes. Baja y habla con él, Atkins. Sé vago. Y dile a Ryan que se apresure con las huellas. Quiero inmediatamente comparaciones con las huellas que sacó del confesionario. Yo, entretanto, iré a Patología.
Atkins asintió y ambos hombres se encaminaron a los ascensores y entraron en uno que descendía. Cuando Atkins salió, en el vestíbulo, el detective echó un vistazo al padre Riley. Estaba sentado en un rincón con la cabeza entre las manos. El detective miró a otro lado y se sintió aliviado al cerrarse la puerta del ascensor.
Kinderman encontró su camino hacia Patología y, finalmente, hasta una tranquila sala en donde unos estudiantes de Medicina estaban diseccionando cadáveres. Intentó no verles. Un médico, dentro de una oficina rodeada por cristal, alzó la mirada del despacho en donde trabajaba y vio al detective deambular por allí. Se levantó y salió para enfrentarse con Kinderman.
—¿Puedo servirle en algo? —preguntó.
—Pudiera ser —Kinderman mostró rápidamente su identificación—. ¿Tienen ustedes alguna especie de instrumento que se use en disección parecido a un par de tijeras? Siento curiosidad.
—Seguro que sí —respondió el médico.
Acompañó al detective hasta una pared en donde había diversos instrumentos enfundados. Sacó uno de ellos y se lo dio a Kinderman.
—Tenga cuidado con eso —le advirtió.
—Lo tendré —respondió Kinderman.
Estaba sosteniendo un reluciente instrumento cortante hecho de acero inoxidable. Parecía un par de tijeras. Las hojas se curvaban agudamente formando una media luna, y cuando Kinderman las volvió centellearon por el reflejo de la luz superior.
—Son algo serio —murmuró el detective. El instrumento le proporcionaba un sentimiento de terror—. ¿Cómo los llaman ustedes? —preguntó.
—Tijeras.
—Sí, claro. En la tierra de los muertos no hay jerga.
—¿Qué ha dicho usted?
—Nada. —Kinderman, cuidadosamente, tiró de las manecillas esforzándose por separar las hojas. Tuvo que hacer fuerza—. Soy tan débil —se lamentó.
—No, es que están rígidas —dijo el doctor—. Son nuevas.
Kinderman alzó las cejas y se lo quedó mirando.
—¿Ha dicho usted «nuevas»?
—Acabamos de comprarlas. —El doctor alargó la mano y arrancó una etiqueta pegada en uno de los mangos—. Todavía llevan el precio —dijo.
Lo arrugó y lo dejó caer en uno de los bolsillos de su chaqueta.
—¿Las remplazan ustedes con frecuencia? —preguntó el detective.
—¿Bromea usted? Estas cosas son caras. De todos modos, no hay manera de estropearlas. No sé por qué habríamos de adquirir unas nuevas —explicó el doctor. Alzó la mirada y revisó las hileras de ganchos y fundas de la pared—. Bueno, las viejas no están aquí —dijo al fin—. Quizás uno de los estudiantes de Medicina las haya cogido.
Kinderman le entregó las tijeras con delicadeza. Y añadió:
—Muchas gracias, doctor; ¿cómo se llama usted?
—Arnie Derwin. ¿Es eso todo lo que usted quería?
—Es suficiente.
Cuando Kinderman llegó al despacho de neurología, un grupo de enfermeras rodeaban a Atkins y el Jefe de Personal, el doctor Tench estaba erguido enfrentándosele. Kinderman llegó a ellos a tiempo para oír que Tench decía:
—Esto, señor, es un hospital y no un zoo. ¡Y los pacientes son lo primero! ¿Lo entiende usted?
—¿Qué es todo este tsimmis? —preguntó Kinderman.
—Éste es el doctor Tench —explicó Atkins.
Tench se volvió y alzó su barbilla hacia el detective.
—Soy el Jefe de Personal. ¿Quién es usted? —exigió.
—Un pobre teniente de la Policía que persigue, fantasmas. ¿Quiere ser usted tan amable y hacerse a un lado? Tenemos trabajo —dijo Kinderman.
—¡Jesucristo, vaya cara tiene ese hombre!
El detective ya se había vuelto hacia Atkins.
—El criminal es alguien del hospital —le dijo—. Llama a Comisaría. Necesitaremos muchos más hombres.
—¡Ahora va a escucharme usted! —estalló Tench.
El detective le ignoró.
—Coloca dos hombres de guardia en cada piso. Cierra todas las salidas a la calle y pon un hombre en cada una de ellas. Nadie podrá entrar ni salir sin las adecuadas credenciales.
—¡Usted no puede hacer eso! —exclamó Tench
—Cualquier persona que salga ha de ser registrada. Estamos buscando un par de tijeras quirúrgicas. También tendremos que registrar el hospital para encontrarlas.
Tench estaba de color púrpura.
—¿Querrá usted escucharme, por favor? ¡Maldita sea!
Entonces el detective se volvió hacia Tench con rostro irritado.
—No, usted va a escucharme a mí —dijo con aspereza. Su voz era baja, nivelada y autoritaria—. Quiero que sepa usted con lo que nos estamos enfrentando —explicó—. ¿Ha oído usted hablar del criminal «Géminis»?
—¿Qué?
Tench continuaba mostrándose beligerante.
—Le he hablado del asesino «Géminis» —repitió Kinderman.
—Sí, he oído hablar de él. ¿Y qué? Está muerto.
—¿Recuerda usted lo que se publicó de su modus operandi —presionó Kinderman.
—Oiga, ¿adonde quiere ir a parar usted?
—¿Lo recuerda?
—¿ Mutilaciones ?
—Sí —respondió Kinderman con toda la intención. Inclinó la cabeza hacia el doctor—. Siempre cortaba el dedo medio de la mano izquierda de la víctima. Y en la espalda del interfecto grababa un signo del zodíaco: los Géminis, los Gemelos. Y el nombre de todas las víctimas comenzaba por K. ¿Está usted recordándolo todo doctor Tench? Bueno, pues olvídelo. Sáquelo inmediatamente de su cerebro. ¡La verdad es que el dedo medio era éste! —El detective extendió su dedo índice derecho—. ¡No el dedo medio, sino el índice! ¡No la mano izquierda, sino la derecha! ¡Y el signo de Géminis no estaba en la espalda, sino que se grababa en la palma de la mano izquierda! Únicamente Homicidios, en San Francisco, sabía esto, nadie más. Pero dieron a la Prensa información falsa, a propósito, para que no les molestasen todos los días y se presentara algún demente confesando que él era «Géminis» haciéndoles perder el tiempo con las investigaciones, de modo que sabrían dar con la cosa auténtica cuando la encontraran. —Kinderman acercó más su rostro—. Pero en este caso, doctor, en éste, y en otros dos además, tenemos el verdadero modus operandi
Tench parecía perplejo.
—No puedo creerlo —manifestó.
—Pues créalo. Además, cuando el Géminis escribía cartas a la Prensa, siempre duplicaba las eles finales de las palabras aunque fuese equivocación. ¿Le dice a usted algo esto, doctor?
—Dios mío...
—¿Ahora lo comprende usted? ¿Está suficientemente claro?
—¿Pero, y el nombre del padre Dyer? No comienza con una K —dijo Tench extrañado.
—Su nombre intermedio era Kevin. Y ahora ¿será usted tan amable de permitirnos que nos ocupemos de nuestro trabajo e intentemos protegerles?
Con el rostro lívido, Tench asintió sin pronunciar palabra.
—Lo siento —dijo con suavidad.
Y se alejó.
Kinderman suspiró y miró con cansancio a Atkins. Después, echó un vistazo al escritorio de admisión. Una de las enfermeras de otro pabellón estaba allí de pie, con los brazos cruzados, mirando fijamente al detective. Cuando sus miradas se encontraron, la mujer pareció extrañamente ansiosa. Kinderman retornó su atención a Atkins. Le cogió del brazo y le condujo a algunos pasos de distancia del escritorio.
—De acuerdo, haz tal como te dije —le indicó—. ¿Y Amfortas? ¿Le has visto?
—No.
—Continúa intentándolo. Vamos. Adelante.
Le hizo dar suavemente la vuelta y después estuvo observándolo mientras se dirigía hacia el teléfono de la oficina interior. Y ahora, sintió que un gran peso se le venía encima mientras se encaminaba hacia la habitación del padre Dyer. Evitó la mirada del policía de guardia, puso su mano en la manecilla de la puerta, la abrió y entró.
Sintió como si hubiera entrado en otra dimensión. Se apoyó de espaldas a la puerta y miró a Stedman. El patólogo estaba sentado en una silla con la mirada fija y vacía. Detrás de él la lluvia golpeaba una ventana. La mitad de la habitación estaba en sombras y el tono gris de fuera bañaba el resto en una luz pálida y espectral.
—No hay ni una mancha ni una gota de sangre en ninguna parte de la habitación —explicó Stedman con suavidad. Su voz no tenía tono alguno—. Ni tan siquiera en las tapas de los botes —añadió.
Kinderman asintió. Aspiró profundamente y miró el cuerpo, allí donde yacía en la cama debajo de un lienzo blanco. Junto a él, en un carrito-bandeja, había veintidós botes de especímenes cuidadosamente alineados en hileras simétricas. Contenían toda la sangre del padre Dyer. El detective alzó la mirada hacia la pared, detrás de la cama, en donde el criminal había escrito algo con la sangre del padre Dyer:

ES UNA VIDA MARAVILLOSA

Hacia la puesta de sol, el misterio se había profundizado más allá de los límites de la razón. Sentado en la sala de la brigada, Ryan le contó a Kinderman los resultados de la comparación de las huellas digitales. El detective le miraba, estupefacto.
—¿Estás diciéndome que estas muertes fueron cometidas por dos personas distintas?
Las huellas digitales de los paneles del confesionario no eran iguales a las huellas conseguidas en los botes.




JUEVES, 17 DE MARZO








11


El ojo pasaba al cerebro una centésima parte de los datos que recibía. Las posibilidades de que lo que transmitía fuesen debidas a la casualidad era de una milmillonésima de una milmillonésima de milmillonésima del 1 por ciento. La recepción sensorial del dato era igual para todos. ¿Qué es lo que decidía lo que debía transmitirse al cerebro?
Un hombre decidía mover la mano. Sus respuestas motoras se disparaban por neuronas, que, a su vez, eran disparadas por otras que conducían al cerebro. ¿Pero, qué neurona decidía tomar aquella decisión? Suponiendo que la cadena en el disparo de neuronas pudiera prolongarse por las miles de millones de neuronas del cerebro, cuando se llegaba al final de ellas ¿qué quedaba de lo que había puesto en marcha el acto libre de la voluntad de un hombre? ¿Podía decidir una neurona? ¿Primera Neurona No Disparada? ¿Primer Decididor Nodecidido? ¿O quizás era todo el cerebro el que decidía? ¿Daría eso a todo el conjunto lo que no poseía ninguna de sus partes? ¿Podrían cero veces miles de millones rendir más que un cero? ¿Y qué era lo que tomaba la decisión para que el cerebro como un todo tomase la decisión?
Los pensamientos de Kinderman volvieron al servicio.
—Que los ángeles te conduzcan al paraíso —leyó suavemente el padre Riley en el libro—. Que los coros de los ángeles te acojan y den la bienvenida. Y con Lázaro, un mendigo en otro tiempo, puedas gozar del eterno descanso.
Kinderman observó con un peso en el corazón a Riley, cuando éste esparció agua bendita sobre el ataúd. Había terminado la misa en la Capilla Dahlgren, y ahora estaban de pie en un valle herboso del campus de Georgetown al comenzar el día. Se había cavado una nueva tumba en el cementerio jesuita. Los sacerdotes parroquiales de la Santísima Trinidad estaban allí, y los jesuitas del campus, que eran pocos; la mayor parte de la Facultad era laica en estos días. No había familia presente. No había dado tiempo. Los entierros jesuitas se celebraban con rapidez. Kinderman observó a los hombres temblorosos en sus sotanas negras y sus abrigos negros, agrupados estrechamente junto a la tumba. Sus rostros eran estoicos e impenetrables. ¿Estarían pensando en su propia inmortalidad?
—«La luz de la aurora desde lo alto vendrá a visitarnos para brillar sobre aquellos que están en la oscuridad y entran en la tierra de las sombras de la muerte.»
Kinderman pensó en su sueño de Max.
—«Yo soy la resurrección y la vida» —rezó Riley.
Kinderman miró hacia arriba, hacia los viejos edificios rojos de las aulas, que se alzaban por encima y alrededor de ellos, empequeñeciéndoles en este tranquilo valle. Como el mundo, ellos continuaban su implacable existencia. ¿Cómo podía ser que Dyer estuviera muerto? «Todos y cada uno de los hombres que vivían anhelaban una felicidad perfecta», reflexionó hondamente el detective. ¿Pero, cómo podemos conseguirla cuando sabemos que hemos de morir? Cada alegría estaba nublada por el conocimiento de que debía terminar. ¿Y, por esto, la Naturaleza había implantado en nosotros el deseo de algo inabarcable? No, no podía ser. No tenía sentido. Cualquier otro anhelo implantado por la Naturaleza tenía un equivalente que no era un fantasma. «¿Por qué esta excepción?», razonó el detective. Era la Naturaleza que creaba el hambre cuando no había ningún alimento que comer. Nosotros continuamos. Nosotros proseguimos. De este modo, la muerte demostraba la vida.
Los curas comenzaron a dispersarse en silencio. Únicamente permaneció el padre Riley. Se quedó inmóvil, de pie, contemplando, silenciosamente, la tumba; después, con dulzura, comenzó a recitar a John Donne:
—«Muerte, no seas orgullosa aunque algunos te hayan llamado poderosa y terrible, pues no lo eres —entonó con ternura. Sus ojos comenzaron a llenársele de lágrimas—, porque aquéllos a los que tú crees que has vencido, no mueren, pobre Muerte, y tampoco puedes matarme a mí. En el Descanso y el Sueño que son tus atributos hay mucho placer, y de ti mucho más ha de fluir; ¡y cuanto antes nuestros mejores hombres vayan contigo, gozarán el descanso para sus huesos y la liberación de sus almas! Tú eres esclava del destino, de la suerte, de los reyes y de los hombres desesperados y moras en el veneno, la guerra y la enfermedad; y la droga o los encantamientos también pueden hacernos dormir, y mucho mejor que tu golpe. ¿Para qué ese engreimiento entonces? Un paso corto más allá, despertamos en la eternidad, y la Muerte no será ya más: ¡Muerte, tú morirás!»
El sacerdote calló y se secó después les lágrimas con una manga. Kinderman se acercó a él.
—Lo siento tanto, padre Riley... —exclamó.
El sacerdote asintió, mirando con fijeza la tumba. Después, al fin, alzó la mirada para encontrarse con la de Kinderman, con ojos llenos de angustia, de pena y de pérdida.
—Encuéntrele —dijo malévolamente—. Encuentre el bastardo que hizo eso y córtele las pelotas.
Se volvió y se alejó caminando por el valle. Kinderman se quedó observándole.
Los hombres también anhelaban la justicia.
Cuando el jesuita se hubo perdido de vista, el detective se acercó a otra lápida y leyó la inscripción:

damien karras, S. J.
1928-1971

Kinderman se quedó mirando. La inscripción estaba diciéndole algo. ¿Qué? ¿Sería la fecha? No podía ajustar su presentimiento. Nada tenía ya sentido, se dijo vagamente. La lógica había volado con las comparaciones de las huellas digitales. El caos gobernaba en este rincón de la tierra. ¿Qué hacer? Él no lo sabía. Alzó su mirada hacia el Edificio de Administración del campus.
Kinderman se dirigió a la oficina de Riley. Se sacó el sombrero. La secretaria de Riley inclinó la cabeza:
—¿Puedo ayudarle en algo? —le preguntó.
—¿Está ahora el padre Riley? ¿Puedo verle?
—Dudo que ahora quiera ver a nadie —suspiró la mujer—. Sé que no ha querido recibir llamadas. Pero déme su nombre, por favor.
Kinderman se lo dijo.
—Ah, sí —repuso la secretaría. Cogió un teléfono y llamó a la oficina interior. Cuando terminó de hablar con Riley dejó el teléfono y le dijo a Kinderman—: Le recibirá. Entre, por favor.
Le hizo un ademán en dirección de la puerta.
—Gracias, señorita.
Kinderman entró en un espacioso despacho. El mobiliario era, principalmente, de una madera oscura, pulida, y en las paredes se veían litografías y retratos de jesuitas prominentes en el pasado de Georgetown. San Ignacio de Loyola, el fundador de la Orden, miraba blandamente desde un enorme óleo con marco de roble.
—¿Qué está usted pensando, teniente? ¿Quiere beber algo?
—No, gracias, padre.
—Siéntese, por favor.
Riley le indicó una silla frente al despacho.
—Gracias, padre.
Kinderman se sentó. En esta habitación tuvo una sensación de seguridad. Tradición. Orden. En estos momentos los necesitaba.
Riley bebió whisky escocés en un vaso alto. Al colocarlo sobre el cuero brillante que recubría el escritorio, aquél hizo un pequeño ruido ahogado.
—Dios es grande y misterioso, teniente. ¿Qué está pensando usted?
—Dos sacerdotes y un chico crucificado —empezó Kinderman—. Es evidente que hay una relación religiosa. ¿Pero, dónde está? No sé qué es lo que busco, padre. Ando a tientas, Pero, además de ser clérigos ambos, ¿qué es lo que Bermingham y Dyer podían tener en común? ¿Qué eslabón de conexión podía existir entre ellos? ¿Lo sabe usted?
—Claro que lo sé —dijo Riley—. ¿Usted no?
—No, no lo sé. ¿Qué es?
—Usted. Y eso va también con el chico Kintry. Usted los conocía a todos. ¿No había pensado en eso?
—Sí, lo había pensado —admitió el detective—. Pero seguramente es una coincidencia —dijo—. La crucifixión de Kintry..., eso es algo que no tiene nada que ver conmigo.
Abrió las manos en un gesto retórico.
—Sí, tiene usted razón —convino Riley.
Se había vuelto de lado y miraba por una ventana. Acababa de terminar una clase y los estudiantes se dirigían, atropelladamente, hacia sus asignaturas siguientes.
—Pudiera ser aquel exorcismo —murmuró.
—¿Qué exorcismo, padre? No lo comprendo.
Riley volvió la cabeza hacia él.
—Vamos, usted sabe alguna cosa sobre eso, teniente.
—Bueno, algo.
—Claro está.
—El padre Karras estaba involucrado de alguna manera.
—Si usted quiere llamar a la muerte estar involucrado... —exclamó Riley. Miró nuevamente por la ventana—. Damien era uno de los exorcistas. Joe Dyer conocía a la familia de la víctima. Y Ken Bermingham dio permiso a Damien para investigar y, después, le ayudó a escoger al otro exorcista. No sé lo que esto pueda significar, pero ciertamente hay una relación, ¿no cree usted?
—Sí, así es —dijo Kinderman—. Es muy raro. Pero esto nos deja todavía con Kintry.
Riley se volvió hacia él.
—¿Realmente? Su madre enseña Lenguas en el Instituto de Idiomas. Damien les había llevado una cinta grabada que quería le analizaran. Quería saber si los sonidos en la cinta eran un lenguaje o palabras incoherentes. Quería evidencia de que la víctima estaba hablando en algún tipo de lenguaje que nunca había aprendido.
—¿Y era cierto eso?
—No. Era inglés al revés... Pero la persona que lo descubrió fue la madre de Kintry.
Kinderman perdió su sensación de seguridad. Este hilo de conexión le conducía a la oscuridad.
—Este caso de posesión, padre..., ¿cree usted que era auténtico?
—No puedo perder el tiempo con duendes —dijo Riley—. Los pobres están siempre con nosotros. Y con eso me basta para pensar la mayoría de los días.
Cogió el vaso y jugueteó, indiferentemente, con él, dándole vueltas y más vueltas entre los dedos.
—¿Cómo pueden hacerlo, teniente? —preguntó con suavidad.
Kinderman vaciló antes de responder. Entonces, al final, dijo en voz baja:
—Con un catéter.
Riley continuó haciendo girar el vaso.
—¿Quizá debería usted buscar un demonio? —murmuró.
—Con un médico me bastará —respondió Kinderman.
El detective salió de la oficina y pronto su respiración se hizo corta y rápida cuando salió, apresuradamente, por la entrada principal del campus. Bajó por la Calle 36. La lluvia acababa de cesar y las aceras de enlosado rojo brillaban con la humedad. En la esquina se volvió hacia la derecha y fue directamente hacia la estrecha casa de Amfortas. Observó que todas las cortinas estaban corridas. Subió los peldaños de la entrada y apretó el timbre. Pasó un minuto. Pulsó de nuevo pero nadie acudió. Kinderman no quiso insistir. Dio la vuelta y se dirigió hacia el hospital, perdido en un laberinto pero moviéndose con prontitud como si confiase que la acción podía generar pensamientos.
En el hospital, Kinderman no pudo encontrar a Atkins. Ninguno de los policías sabía dónde estaba. El detective se dirigió al despacho de Neurología y habló con la enfermera que estaba de servicio, Jane Hargaden. Kinderman le preguntó por Amfortas.
—¿Sabe usted dónde podría encontrarle, por favor? —pidió.
—No. Ya no hace las rondas —le explicó Hargaden.
—Sí, ya lo sé, pero algunas veces todavía viene. ¿No le ha visto usted?
—No, no le he visto. Permítame comprobar en su laboratorio —dijo la enfermera. Cogió el teléfono y marcó una extensión. Nadie respondió. Colgó el teléfono y dijo—: Lo siento.
—¿No se habrá ido de viaje? —preguntó Kinderman.
—Realmente, no podría decírselo. Aquí tenemos algunos recados para él. Un momento, que los comprobaré.
Hargaden se acercó a un mueble con pequeños compartimientos abiertos y de uno de ellos extrajo un grupo de notas escritas. Las repasó y después se las entregó a Kinderman.
—Puede verlas usted mismo, si quiere.
—Gracias.
Kinderman examinó los mensajes. Uno procedía de una casa suministradora de equipos médicos con respecto a un pedido para una sonda láser. El resto eran llamadas de un mismo individuo, un tal doctor Edward Coffey. Kinderman sostuvo en alto una de las notas y la mostró a la enfermera.
—Es igual que las otras —manifestó—. ¿Podría quedármela?
—Sí —le respondió ella.
Kinderman se metió la nota en el bolsillo y entregó las otras a la enfermera.
—Le estoy muy agradecido —manifestó—. Entretanto, si viera usted al doctor Amfortas, u oye de él, ¿le dirá que me llame, por favor? —Le entregó una tarjeta profesional—. A este número.
Lo señaló.
—Muy bien, señor.
—Gracias.
Kinderman se volvió y se encaminó hacia los ascensores. Presionó el botón marcado «Abajo». Llegó el ascensor y después que hubo salido una enfermera entró él. La enfermera volvió a entrar entonces. Kinderman la recordó. Era aquella que le había mirado tan extrañamente la mañana anterior.
—¿Teniente? —le dijo.
Tenía el ceño fruncido y su comportamiento era vacilante. Se cruzó los brazos sobre el pecho sujetando el bolso de piel blanca que llevaba.
Kinderman se quitó el sombrero.
—¿Qué puedo hacer por usted?
La enfermera miró a lo lejos. Parecía insegura.
—Pues no sé. Es una especie de locura —titubeó. No sé...
Llegaron al vestíbulo.
—Vamos, busquemos algún lugar y hablemos —le dijo el detective.
—Me parece que soy una tonta. Es algo... —Se encogió de hombros—. Bueno, no sé.
La puerta del ascensor se abrió. Salieron y el detective condujo a la enfermera a un rincón del vestíbulo, en donde se sentaron en unas butacas azules «Naugahyde».
—Realmente, es terriblemente estúpido —repitió la enfermera.
—Nada es estúpido —la tranquilizó Kinderman—. Si alguien me dijese en este momento «El mundo es una naranja», yo le preguntaría de qué especie, y después de eso quién sabe qué más. No, realmente. ¿Quién sabe qué es qué a estas alturas?
Echó un vistazo al nombre que ella exhibía: christine charles.
—¿De qué se trata, pues, señorita Charles?
Ella soltó un bufido entre los labios.
—No se preocupe —le dijo el detective—. Vamos ¿de qué se trata?
La mujer alzó la cabeza y se encontró con la mirada de Kinderman.
—Yo trabajo en Psiquiatría —empezó—. El pabellón de perturbados. Y hay ese paciente... —Alzó los hombros—. Yo no estaba allí cuando entró. Fue hace muchos años —siguió ella—. Diez o doce. Lo miré en el archivo.
Estaba buscando en su bolso y, finalmente, sacó un paquete de cigarrillos. Extrajo uno y lo encendió con una cerilla. Tuvo que intentarlo varias veces antes de que el fósforo prendiese. Desvió la cabeza y sopló el humo formando una gruesa columna gris.
—Lo siento —dijo.
—Siga, por favor.
—Bueno, pues ese hombre. La Policía le había recogido en la calle M. Él merodeaba por allí como aturdido. No podía hablar, supongo, y no llevaba carné de identidad. Bueno, sea como sea, acabó aquí con nosotros. —Aspiró nerviosamente del cigarrillo—. Se hizo el diagnóstico de catatónico, aunque quién demonios sabe... Le soy franca. De todos modos, el hombre nunca habló durante todos estos años, y le mantuvimos en el pabellón abierto. Hasta recientemente. En seguida llegaré a eso. Este hombre no tenía nombre, de modo que le inventamos uno. Todos le llamamos Tommy Sunlight. En la sala de recreo el hombre estaba todo el día pasando de una a otra silla simplemente, para seguir la luz del sol. Nunca se sentaba en la sombra si podía evitarlo. —Se encogió nuevamente de hombros—. Había algo de gentileza en él. Pero, de pronto, todo cambió, como le he dicho. Alrededor del primer año comenzó... a salir de su reserva, supongo. Y entonces, poco a poco, empezó a hacer unos ruidos como si quisiera hablar. Tenía la cabeza clara, creo, pero no había utilizado su aparato bucal durante tanto tiempo, que sólo consiguió gruñidos y gemidos durante algún tiempo.
La enfermera se inclinó sobre un cenicero y apagó el cigarrillo con unos golpes rápidos, duros.
—Dios mío, estoy haciendo una historia tan larga de nada... —Miró al detective otra vez—. Resumiendo, al fin se volvió violento y tuvimos que aislarle. Camisa de fuerza. Celda acolchada. Toda la panoplia. Y ha estado allí desde febrero, teniente, de modo que no hay forma alguna en la Tierra de que esté involucrado. Pero él dice que es el asesino «Géminis».
—¿Cómo dice usted?
—Ese hombre insiste en que es el asesino «Géminis», teniente.
—¿Pero usted dice que está encerrado?
—Sí, eso es cierto. Quiero decir que por eso dudaba en contárselo. Podría haber dicho igualmente que es Jack el Destripador. ¿Lo comprende? ¿Y qué? Pero es que...
Su voz se fue apagando y sus ojos parecían turbados y vagamente distantes.
—Bueno, supongo que fue lo que le oí decir la semana pasada —siguió la chica—, un día, cuando le daba su «torazine».
—¿Y qué dijo ese hombre, por favor?
—«El sacerdote.»

La admisión en el pabellón de perturbados estaba controlada por una enfermera situada en un compartimiento circular rodeado de cristal. Aparecía instalado en el centro de un espacio cuadrado que formaban la confluencia de tres pasillos. La enfermera pulsó un botón y una puerta metálica se abrió deslizándose. Temple y Kinderman entraron en el pabellón y la puerta se cerró, silenciosamente, detrás de ellos.
—No hay modo alguno de salir de aquí —dijo Temple. Su humor parecía irritado y era brusco—. O bien ella te ve por la ventana de su puerta y aprieta el botón para que salgas, o bien se ha de conocer la combinación de cuatro dígitos que todas las semanas se cambia. ¿Desea usted verle todavía? —demandó.
—No puede hacer ningún daño.
Temple le miró con incredulidad.
—La celda de ese hombre está cerrada con llave. Está dentro de una camisa de fuerza. Con las piernas ligadas.
El detective alzó los hombros.
—Sólo miraré.
—Es su monedita, teniente —dijo malhumorado el psiquiatra.
Comenzó a caminar y Kinderman le siguió hasta un pasillo mal iluminado.
—Se están cambiando continuamente estas bombillas —gruñó Temple—, pero siempre se funden.
—Eso ocurre en el mundo entero.
Temple buscó en el bolsillo y extrajo un llavero pesado con abundancia de llaves.
—Está ahí —dijo—. Celda número Doce.
Kinderman miró por una ventana que sólo era transparente en una dirección. Vio una habitación acolchada, amueblada escasamente con una silla de respaldo alto, un lavabo, un retrete y un surtidor de agua. En un camastro, junto a la pared al fondo de la habitación, había un hombre sentado metido en una camisa de fuerza. Kinderman no podía verle la cara. La cabeza del hombre estaba caída, apoyada contra su pecho, y su largo cabello negro le caía en mechas pegadas, oleosas.
Temple abrió la puerta con la llave. Hizo un gesto para invitarle a entrar.
—Le invito —dijo—. Cuando haya terminado, pulse el timbre que hay junto a la puerta. Haré acudir a la enfermera. Yo estaré en mi despacho —explicó—. Dejaré la puerta abierta.
Echó una mirada de disgusto al detective y se alejó con su paso saltarín por el pasillo.
Kinderman entró en la celda y cerró con suavidad la puerta detrás de él. Del centro del techo colgaba un cable con una bombilla desnuda. Sus filamentos eran débiles y arrojaban un brillo azafranado por la habitación. Kinderman miró el lavabo blanco. Un grifo goteaba lentamente, una gota pausada... En el silencio su sonido era pesado y claro. Kinderman se encaminó hacia el camastro y se detuvo.
—Ha tardado usted mucho en llegar aquí —le dijo una voz.
Era baja y había susurros en sus acentos. Era sarcástica.
Kinderman parecía perplejo. La voz resultaba familiar. «¿Dónde la he oído con anterioridad?», se preguntó.
—¿Señor Sunlight? —preguntó.
El hombre alzó la cabeza y, cuando Kinderman miró aquellas facciones oscuras, arrugadas, retrocedió estremecido un paso, perplejo.
—¡Dios mío! —jadeó.
Su corazón comenzó a palpitar alocadamente.
La boca del paciente estaba desfigurada en una mueca.
—Es una vida maravillosa —se mofó—, ¿no cree usted?

Kinderman retrocedió ciegamente hacia la puerta, tropezó, se volvió, apretó el timbre para llamar a la enfermera y después salió disparado de la habitación con la cara lívida. Corrió hasta la oficina de Freeman Temple.
—Eh, amigo, ¿qué le sucede? —preguntó Temple frunciendo el ceño, cuando Kinderman entró como una tromba en su oficina.
Sentado a su escritorio, dejó a un lado el último ejemplar de una revista psiquiátrica y observó al detective, jadeante y sudoroso.
—Eh, siéntese. No tiene usted buen aspecto. ¿Qué le pasa?
Kinderman se hundió en una butaca. No podía hablar, ni tan siquiera lograba concentrar sus pensamientos. El psiquiatra se levantó y se inclinó sobre Kinderman, examinando su cara y sus ojos.
—¿Está usted bien?
Kinderman cerró los ojos y asintió.
—¿Podría usted darme un poco de agua, por favor? —le pidió.
Se llevó una mano al pecho y escuchó su corazón. Seguía latiéndole velozmente.
Temple vertió agua helada de una botella en un vaso de plástico que tenía en su escritorio. Lo cogió y se lo dio a Kinderman.
—Tome, beba esto.
—Gracias. Sí.
Kinderman cogió el vaso de su mano. Sorbió una vez el agua, y otra vez y después esperó serenamente a que el corazón se calmase.
—Sí, eso es mejor —suspiró al fin—. Mucho mejor. —Muy pronto la respiración de Kinderman se hizo normal y alzó su mirada hacia el ansioso Temple—. Sunlight —dijo—. Quiero ver su expediente.
—¿Para qué?
—¡Quiero verlo! —gritó el detective.
Asombrado, el psiquiatra se echó hacia atrás.
—Sí, claro, amigo. Tómeselo con calma. Yo iré a buscarlo.
Temple salió de la oficina a buen paso, chocando con Atkins cuando el sargento llegaba a la puerta.
—¿Teniente? —dijo Atkins.
Kinderman le miró vagamente.
—¿Dónde estaba usted? —le preguntó.
—Escogiendo un anillo de boda, teniente.
—Eso está bien. Algo normal. Bien, Atkins. No se aleje.
Kinderman volvió su mirada hacia la pared. Atkins no sabía qué conclusiones sacar de todo esto, o de lo que había dicho el detective. Frunció el entrecejo y se encaminó al mostrador de la entrada donde se apoyó y estuvo vigilando y esperando. Nunca había visto a Kinderman en semejante estado.
Temple regresó y colocó el expediente en las manos de Kinderman. El detective comenzó a leer mientras Temple se sentaba y le observaba. El psiquiatra encendió un cigarrillo y estudió con atención el rostro de Kinderman. Miró sus manos que giraban con rapidez las páginas del informe. Estaban temblorosas.
Kinderman alzó la mirada de la carpeta.
—¿Estaba usted aquí cuando trajeron a este hombre? —preguntó con aspereza.
—Sí.
—Aguce su memoria, por favor, doctor Temple. ¿Qué llevaba ese hombre?
—Jesús, esto ocurrió hace tanto tiempo...
—¿No puede recordarlo?
—No.
—¿No había señales de heridas? ¿Golpes? ¿Laceraciones?
—Todo eso constaría en el expediente —dijo Temple.
—¡Pues no consta! ¡No está!
Con cada «no» el detective daba golpes encima del escritorio con la carpeta.
—Eh, tómeselo con calma...
Kinderman se levantó.
—¿Alguno de ustedes, o alguna enfermera, le ha hablado a ese hombre de la celda número doce de la muerte del padre Dyer?
—Yo no lo he hecho. ¿Por qué demonios íbamos a contarle eso?
—Pregunte a las enfermeras —solicitó Kinderman lúgubremente—. Pregúntelo. Y quiero saber la respuesta mañana.
Kinderman se volvió y salió de la habitación a grandes pasos. Se dirigió a Atkins.
—Quiero que hagas una comprobación en la Universidad de Georgetown —le dijo—. Allí había un sacerdote, el padre Damien Karras. Comprueba si tienen todavía sus informes médicos, y también sus registros dentales. Además, llama al padre Riley. Quiero que venga aquí inmediatamente.
Atkins miró interrogativamente a los ojos alienados de Kinderman. El detective respondió a su pregunta no formulada.
—El padre Karras era amigo mío —explicó Kinderman—. Hace doce años que murió. Se cayó por los «Escalones Hitchcock», hasta el final. Yo asistí a su funeral —dijo—. Pero acabo de verle. Está aquí, en este pabellón metido dentro una camisa de fuerza.




12


En la «Misión de Medianoche», en el centro de Washington D.C., Karl Vennamun sirvió sopa a los vagabundos sentados en la larga mesa comunal. Cuando ellos le dieron las gracias, les dijo:
—Os bendigo.
Su voz era baja, cálida. La fundadora de la misión, señora Tremley, le seguía, repartiendo pan en gruesas rebanadas.
Mientras los vagabundos comían con manos temblorosas, el viejo Vennamun estaba de pie detrás de un pequeño podio de madera y leía en voz alta pasajes de las Escrituras. Después, mientras se consumía café y pastel, el pastor pronunció una homilía, con los ojos relucientes de fervor. Su voz era rica y sus pausas y cadencias hipnóticas. Todos estaban pendientes de él. La señora Tremley miró a su alrededor, contemplando las caras de los desamparados. Uno o dos de ellos dormitaban, vencidos por la comida y la tibieza de la habitación, pero los otros estaban fascinados y sus caras relucían. Un hombre lloraba.
Después de la cena, la señora Tremley se sentó a solas con Vennamun al extremo de la mesa vacía. Soplaba el café caliente en su vaso. Unas espiras de vapor se alzaban del líquido. Tomó un sorbo. Las manos de Vennamun estaban enlazadas sobre la mesa y él las miró largamente, en silencio, sumido en sus pensamientos.
—Karl, predicas maravillosamente —dijo la señora Tremley—. Tienes un gran don.
Vennamun no respondió.
La señora Tremley dejó el vaso encima de la mesa.
—Deberías considerar de nuevo compartirlo con el mundo —explicó—. Ellos ahora ya lo han olvidado todo, toda esa terrible tragedia. Deberías comenzar de nuevo tu ministerio público.
Durante algún tiempo, el viejo Vennamun no se movió. Cuando, finalmente, alzó la mirada y se encontró con la de la señora Tremley dijo con suavidad:
—He estado pensando en hacer precisamente eso.




VIERNES, 18 DE MARZO








13


«Se decía que cada hombre tenía su doble —pensó Kinderman—, una contraparte física idéntica que existía en algún lugar del mundo. ¿Podía ser eso la respuesta al misterio?» se preguntó. Contempló a los enterradores, que excavaban malhumorados, sacando el ataúd de Damien Karras. El psiquiatra jesuita no había tenido hermanos, no había ningún miembro de su familia que pudiera dar cuenta de la asombrosa semejanza entre el sacerdote y el hombre en el pabellón de perturbados del hospital. No se disponía de registros médicos o dentales; se habían destruido después de la muerte de Karras. «Ahora no se podía hacer nada —pensó Kinderman—, sino esto.» Y seguía de pie junto a su sepultura, con Atkins y Stedman, rogando que el cuerpo dentro del ataúd fuese el de Karras. La alternativa era el horror, un horror casi inimaginable, una desviación de la mente de su eje. No, no podía ser —pensó Kinderman—. Imposible. Y, sin embargo, el padre Riley creía que Sunlight era Karras.
—Hablas de la luz —consideró el detective.
Atkins no la había mencionado, pero escuchó mientras se abrochaba el cuello de su chaqueta de cuero. Era la hora del mediodía, pero el viento se había incrementado y resultaba más cortante y áspero. Stedman dedicaba toda su atención a la excavación.
—Lo que nosotros vemos sólo es parte del espectro —dijo pensativamente Kinderman—, una pequeña rendija entre los rayos gamma y las ondas de radio, una pequeña fracción de la luz existente.
Miró, entornando los ojos, el disco plateado del sol cuyos bordes sobrevolían duros y brillantes por detrás de una nube.
—De modo que cuando Dios dijo «Hágase la luz» —continuó—es posible que lo que Él decía realmente era «Que haya realidad.»
Atkins no supo qué responder.
—Han terminado —dijo Stedman. Miró a Kinderman—: ¿Vamos a abrirlo?
—Sí, abridlo.
Stedman dio instrucciones a los desenterradores, y éstos, cuidadosamente, abrieron la tapa del ataúd. El viento era fuerte y agitaba las solapas de sus abrigos.
—Descubrid quién es —dijo al fin Kinderman.
No era el padre Karras.

Kinderman y Atkins se dirigieron al pabellón de los perturbados.
—Quisiera ver al hombre de la Celda Doce —pidió Kinderman.
Se sentía como en sueños y no estaba seguro de quién era ni de dónde estaba. Dudaba de un hecho tan sencillo como su propia respiración.
La enfermera Spencer, la enfermera de servicio, comprobó su documento de identidad. Cuando se topó con la mirada del detective, sus ojos expresaban ansiedad y la sombra de algo parecido al miedo. Kinderman lo había visto en todo el personal. Un silencio general había descendido sobre el hospital. Las figuras vestidas de blanco se movían como espíritus en un barco fantasma.
—De acuerdo —replicó la enfermera de mala gana.
Cogió las llaves del despacho y comenzó a caminar. Kinderman la siguió y pronto le abrió la cerradura de la Celda Doce. Kinderman miró arriba, al techo del corredor. Mientras miraba, otra bombilla se apagó.
—Entre.
Kinderman observó a la enfermera,
—¿Quiere que cierre la puerta detrás de usted? —preguntó la mujer.
—No.
La enfermera le sostuvo por un momento la mirada y después se marchó. Llevaba zapatos nuevos y sus gruesas suelas de crepé gruñían con fuerza en el mosaico del silencioso pasillo. El detective estuvo contemplándola un momento; después entró en la habitación y cerró la puerta. Miró hacia el camastro. Sunlight estaba mirándole, con rostro totalmente inexpresivo. El goteo en el lavabo se producía a intervalos regulares; cada plop latía aparte del anterior. Mirando con fijeza aquellos ojos, el detective sintió en su pecho un aleteo de terror. Se acercó a la silla de respaldo alto que estaba junto a la pared, plenamente consciente del ruido de sus pasos. Sunlight le seguía con los ojos. Su mirada era ingenua, vacía. Kinderman se sentó y le miró con atención. Por un instante, sus ojos se desviaron hacia la cicatriz sobre el ojo derecho del paciente, y después volvieron hacia esa mirada, turbadora, inmóvil. Kinderman no podía creer todavía lo que estaba viendo.
—¿Quién eres tú? —preguntó.
En el pequeño cuarto acolchado el sonido de sus palabras tenía una extraña precisión. Casi se preguntó quién las había pronunciado.
Tommy Sunlight no respondió. Continuó mirándole con fijeza.
Plop. Silencio. Y entonces otro plop.
El detective se sintió invadido por un sentimiento de pánico.
—¿Quién eres tú? —repitió.
—Soy alguien.
Los ojos de Kinderman se ensancharon. Estaba sorprendido. La boca de Sunlight se curvó en una sonrisa, y en sus ojos había un brillo burlón, malévolo.
—Sí, claro está que tú eres alguien —respondió Kinderman, luchando por mantener firme su autodominio—. ¿Pero quién? ¿Eres acaso Damien Karras?
—No.
—Llámame «Legión» pues somos muchos.
Un escalofrío irrazonable pasó por el cuerpo de Kinderman. Deseaba estar fuera de esta habitación. No podía moverse. Bruscamente, Sunlight echó hacia atrás la cabeza y cantó como un gallo; después relinchó como un caballo. Los sonidos eran auténticos, no como imitaciones y, en su interior, Kinderman se maravilló por la representación.
La risita burlona de Sunlight resultaba como una cascada gruesa de jarabe amargo.
—Sí, hago las imitaciones bastante bien, ¿no crees? Después de todo, he recibido mis lecciones de un maestro —murmuró—. Y, además, he tenido mucho tiempo para perfeccionarlas. ¡Práctica-práctica! Ah, sí, ése es el secreto. Es el secreto de la finura de mis carnicerías, teniente.
—¿Por qué me llamas «teniente»? —le preguntó Kinderman.
—No seas astuto.
Las palabras eran una regañina.
—¿Conoces mi nombre? —preguntó Kinderman.
—Sí.
—¿Cómo me llamo?
—No me presiones —susurró Sunlight—. Yo te iré mostrando mis poderes poco a poco.
—¿Tus poderes?
—Me aburres.
—¿Quién eres tú?
—Tú sabes bien quién soy yo.
—No, no lo sé.
—Lo sabes.
—Dímelo entonces.
—Soy «Géminis».
Kinderman quedó inmóvil un momento. Escuchaba el gotear del grifo. Finalmente, dijo:
—Demuéstramelo.
Sunlight echó la cabeza hacia atrás y rebuznó como un asno. El detective sintió que se le erizaban los pelos del dorso de las manos. Sunlight bajó la cabeza y dijo de modo casual:
—Es bueno cambiar de tema de vez en cuando, ¿no crees? —Suspiró y desvió su mirada hacia el suelo—. Sí, he pasado muy buenos ratos en mi vida. Mucha diversión. —Cerró los ojos y en su rostro se reflejó una expresión bendita, como si estuviera aspirando una deliciosa fragancia—. Ah, Karen —canturreó—: Linda Karen. Cintilas, cintilas amarillas en su pelo. Olía a «Houbigant Chantilly». Casi puedo aún olería...
Las cejas de Kinderman se alzaron casi involuntariamente y comenzó a palidecer. Sunlight alzó la mirada hasta él.
—Sí, yo la maté —afirmó Sunlight—. Después de todo era inevitable, ¿no es cierto? Naturalmente. Una divinidad crea nuestros destinos y todo eso. La recogí en Sausalito y, más tarde, la eché en un solar de la ciudad. Por lo menos, eché parte de ella. Conservé algo. Soy un sentimental sin remedio. Es una falda, ¿pero quién es perfecto, teniente? En mi defensa diré que conservé su pecho en mi nevera durante algún tiempo. Soy ahorrativo. Llevaba un bonito vestido. Una blusita de campesina con volantes rosados y blancos. Aún la oigo algunas veces. Chillando. Creo que los muertos deberían callarse a menos que hubiera algo que decir.
Parecía contrariado, después bajo la cabeza y mugió como un novillo. El sonido era estremecedoramente real.
Lo interrumpió bruscamente y volvió a mirar a Kinderman.
—Necesito perfeccionarlo —dijo frunciendo el ceño. Permaneció callado un rato, examinando a Kinderman con una mirada fija, inmóvil—. Cálmate —siguió con una voz atonal, muerta—. Oigo el sonido de tu terror que late como un reloj.
Kinderman tragó saliva y escuchó el goteo, incapaz de desviar su mirada.
—Sí, también maté a ese muchachito negro junto al río —prosiguió Sunlight—. Eso fue divertido. Todos son divertidos. Excepto los curas. Los curas eran diferentes. No es mi estilo. Yo mato al azar. Y ahí está la emoción. Sin motivo. Ahí está la diversión. Pero los curas eran diferentes. Oh, naturalmente tenían una K al principio de sus nombres. Sí, en eso sí que pude insistir, finalmente. Hemos de seguir matando a nuestro papá, ¿no es cierto? Y, sin embargo, los curas eran diferentes. No son mi estilo. No hay casualidad. Me vi obligado, bueno, obligado a quedar en paz por cuenta de... un amigo.
Se quedó silencioso y continuó mirando fijamente. Esperando.
—¿Qué amigo? —dijo al fin Kinderman.
—Sabes, un amigo de ahí. Del otro lado.
—¿Tú estás en el otro lado?
Un cambio extraño se produjo en Sunlight. Desapareció el aire vagamente burlón que fue sustituido por unas maneras inquietas y temerosas.
—No seas envidioso, teniente. Al otro lado hay sufrimiento. No es fácil. No, no es fácil. Algunas veces ellos pueden ser crueles. Muy crueles.
—¿Quiénes son «ellos»?
—No importa. No puedo decírtelo. Está prohibido.
Kinderman quedó pensativo un rato. Se inclinó hacia delante.
—¿Conoces mi nombre? —dijo.
—Te llamas Max.
—No, no me llamo Max —repuso Kinderman.
—Si tú lo dices...
—¿Por qué has creído que era Max?
—No sé. Porque me recuerdas a mi hermano, supongo.
—¿Tienes un hermano llamado Max?
—Alguien lo tiene.
Kinderman escudriñó los ojos sin expresión. ¿Había sarcasmo en ellos? ¿Escarnio? De pronto, Sunlight mugió de nuevo como un becerro. Cuando terminó, parecía satisfecho.
—Estoy mejorándolo —dijo sordamente.
Entonces eructó.
—¿Cómo se llama tu hermano? —preguntó Kinderman.
—Deja a mi hermano fuera de esto —gruñó Sunlight. En el momento siguiente se mostró más expansivo—. ¿Sabes que estás hablando con un artista? —preguntó—. Algunas veces hago cosas especiales con mis víctimas. Cosas que son creativas. Pero, naturalmente, se enteran y se enorgullecen del trabajo de uno. Sabes, por ejemplo, que las cabezas decapitadas continúan viendo durante unos... oh, posiblemente unos veinte segundos. De modo que cuando tengo una que está mirando boquiabierta, la sostengo en alto para que pueda contemplar su cuerpo. Eso es un extra que añado sin cargarlo. Debo admitir que cada vez me da risa. ¿Pero, por qué debería acaparar yo toda la diversión? Me gusta compartir. Pero, naturalmente, no tengo ningún crédito por eso en los periódicos. A ellos sólo les gusta imprimir todo lo malo sobre mí. ¿Es eso justo?
Kinderman, de pronto, exclamó:
—¡Damien!
—Por favor, no grites —dijo Sunlight—. Hay gente enferma por aquí. Observa las normas o tendré que hacer que te expulsen. A propósito, ¿quién es ese Damien que tú insistes en decir que soy yo?
—¿No lo sabes?
—A veces me lo pregunto.
—¿Te preguntas qué?
—Los precios del queso y de cómo sigue papá. ¿Están concretando en los periódicos que estas muertes son crímenes del «Géminis»? Esto es importante, teniente. Debes hacer que lo cuenten. Ése es el punto. Ése es mi motivo. Estoy tan contento por haber tenido esta pequeña charla para convencerte...
—El «Géminis» murió —dijo Kinderman.
Sunlight le heló con una mirada amenazadora.
—Yo estoy vivo —susurró sibilante—. Yo sigo. Y procura que eso se sepa o te castigaré, hombre gordo.
—¿Cómo me castigarás?
Los modales de Sunlight se hicieron repentinamente amables.
—Bailar es divertido —dijo—. ¿Tú bailas?
—Si tú eres el «Géminis» demuéstramelo —dijo Kinderman.
—¿Otra vez? Cristo, te he dado todas las malditas pruebas que pudieras necesitar —dijo con estridencia. En sus ojos brillaba la cólera y el rencor.
—Tú no podías haber matado a los sacerdotes y al chico.
—Lo hice.
—¿Cómo se llamaba el chico?
—Se llamaba Kintry, ese pequeño bastardo negro.
—¿Cómo podías salir de aquí para hacer eso?
—Ellos me permiten salir —dijo Sunlight.
—¿Qué?
—Ellos me dejan salir. Me quitan mi camisa de fuerza, me abren la puerta y me envían a rondar por ahí. Todos los médicos y las enfermeras. Todos están en esto conmigo. Algunas veces les traigo una pizza o un ejemplar del Washington Post del domingo. Otras veces, sólo me piden que les cante. Yo canto bien.
Echó hacia atrás la cabeza y comenzó a cantar, en un tono perfecto y en falsetto alto:
—Drink to me Only with Thine Eyes [Brinda por mí sólo con tus ojos. (N. del T.)]
La cantó entera. Kinderman sintió de nuevo miedo en el alma.
Sunlight acabó e hizo un guiño al detective.
—¿Te ha gustado? Yo creo que soy muy bueno cantando. ¿No lo crees tú? Soy polifacético, como suele decirse. La vida es divertida. Es una vida maravillosa, de hecho. Para algunos. Lástima el pobre padre Dyer...
Kinderman le miró con fijeza.
—Ya sabes que yo le maté —dijo con suavidad Sunlight—. Un problema interesante. Pero resultó. Primero un poco de la conocida succinilcolina que me permitiera trabajar sin distracciones enojosas; después un catéter de un metro insertado directamente en la vena cava inferior; o, de hecho, la vena cava superior. Es una cuestión de gusto, ¿no crees? Entonces el tubo se mueve a través de la vena que conduce hasta el corazón. A continuación, sostienes en alto las piernas y exprimes manualmente la sangre de los brazos y de las piernas. No es perfecto; queda un poco de sangre en el cuerpo, me temo, pero, a pesar de ello, el efecto total es sorprendente. ¿No es eso lo que finalmente cuenta?
Kinderman le miraba pasmado.
Sunlight se rió con malicia.
—Sí, naturalmente. Un buen espectáculo, teniente. El efecto. Todo realizado sin verter una sola gota de sangre. Yo a eso le llamo destreza, teniente. Pero, naturalmente, nadie lo notó. No arrojes perlas a...
Sunlight no terminó la frase. Kinderman se había levantado, se había lanzado hacia el camastro y golpeado la cara de Sunlight con un puñetazo salvaje, fulminante. Se inclinó ahora sobre Sunlight y su tembloroso cuerpo. De la boca de Sunlight comenzó a escurrir sangre, y también de su nariz. Miró malignamente a Kinderman.
—Percibo algunas protestas del gallinero. Eso está bien. Sí, eso está muy bien. Comprendo. He sido aburrido. Bueno, ya animaré un poco las cosas para ti.
Kinderman le miró sorprendido. Las palabras de Sunlight se hicieron más confusas, y sus párpados se cerraban amodorrados. De pronto dejó caer la cabeza con pesadez. Murmuraba algo. Kinderman se inclinó para entender las palabras.
—Buenas noches, luna. Buenas noches, vaca..., que saltas por encima de la luna. Buenas noches... Amy. Dulce pequeña...
Algo extraordinario sucedió. Aunque los labios de Sunlight casi no se movían, de su boca surgió otra voz. Era una voz masculina, más joven y ligera, y parecía estar gritando desde la distancia.
—¡D-d-d-d-eténle! —gritó tartamudeante—. ¡N-n-no le dejes...!
—Amy —murmuró la voz de Sunlight.
—¡N-n-no! —gritó la otra voz desde la distancia—. ¡J-j-james! ¡N-n-no! ¡D-d-d...!
La voz se detuvo. La cabeza de Sunlight quedó caída inconsciente al parecer. Kinderman le miraba con fijeza, atónito, sin comprender.
—Sunlight —le dijo.
No recibió respuesta.
Kinderman se volvió para encaminarse a la puerta. Llamó a la enfermera y salió al pasillo. Esperó a que la enfermera se le acercara corriendo.
—Se ha desmayado —dijo el detective.
—¿Otra vez?
Kinderman la vio entrar apresuradamente a la celda, con las cejas unidas en gesto de incomprensión. Cuando la enfermera llegó junto a Sunlight, Kinderman se volvió y se alejó con rapidez por el pasillo. Sintió vergüenza y pesadumbre al oír el grito de la enfermera:
—¡Su condenada nariz está rota!
Kinderman se apresuró a unirse a Atkins junto a la mesa de registro donde éste le esperaba con algunos papeles en la mano. Los entregó al detective.
—Stedman ha dicho que usted los querría ver en seguida —explicó el sargento.
—¿De qué se trata? —preguntó Kinderman.
—El informe de Patología sobre el hombre en el ataúd —replicó Atkins.
Kinderman se metió los papeles en un bolsillo.
—Quiero un policía estacionado en el pasillo, junto a la Celda Doce —le dijo a Atkins urgentemente—. Dile que esta noche no se marche hasta que yo haya hablado con él. Punto dos, localiza al padre del «Géminis». Se llama Karl Vennamun. Intenta acercarte al ordenador nacional. Le necesito aquí en seguida. Por favor, Atkins, dedícate a eso. Es muy importante.
Atkins dijo:
—Sí, señor —y se alejó aprisa.
Kinderman se apoyó sobre la mesa y sacó los papeles de su bolsillo. Los hojeó con rapidez, y después comenzó por el primero y releyó una parte. Se estremeció. Oyó unos zapatos que se acercaban crujiendo y alzó la mirada. La enfermera Spencer estaba de pie delante de él, mirándole acusadora.
—¿Le ha pegado usted? —preguntó.
—¿Puedo hablarle en privado?
—¿Qué le ha sucedido en la mano? —preguntó ella. La miraba fijamente—. Está hinchada.
—No importa, está bien —contestó el detective—. ¿Podríamos, por favor, hablar un momento en su oficina?
—Entre usted —dijo la enfermera—. Yo he de coger algo.
Se alejó dando la vuelta a la esquina y Kinderman entró en su pequeña oficina sentándose al despacho. Mientras la esperaba, examinó nuevamente el informe. Aturdido ya, se hundió todavía más en las dudas y confusiones.
—Bien, déjeme echar un vistazo a esa mano.
La enfermera había regresado con algunos artículos. Kinderman le tendió la mano y ella comenzó a cubrirla con gasa y a venderla después.
—Es usted muy amable —le dijo el detective.
—No hay de qué.
—Cuando yo le dije que el señor Sunlight se había desmayado, comentó que «otra vez» —afirmó Kinderman.
—¿Lo hice?
—Sí.
—Bueno, ya ha sucedido antes.
El detective frunció el ceño por una presión en su mano.
—Cuando uno va por ahí pegando a la gente, esto es lo que ocurre —dijo la enfermera.
—¿Cuántas veces se ha quedado inconsciente con anterioridad?
—Bueno, realmente, esta semana. Creo que la primera vez fue el domingo.
—¿Domingo?
—Sí, así lo creo —dijo Spencer—. Y otra vez al día siguiente. Si usted quiere saber los días exactos, puedo comprobarlo en su gráfico.
—No, no, no, no todavía. ¿Otras veces? —preguntó Kinderman.
—Bueno... —La enfermera Spencer parecía inquieta—. Aproximadamente a las cuatro en punto del miércoles, quiero decir, justo antes de que encontrásemos...
Hizo una pausa y se puso colorada.
—No se preocupe —le alentó Kinderman—. Usted es muy sensible. Se lo agradezco. Entretanto, ¿cuando esto sucede se trata de un sueño normal?
—De ninguna manera —respondió Spencer, cortando la venda con unas tijeras. Introdujo el extremo suelto—. Su sistema autónomo disminuye y queda reducido casi a nada: pulso, temperatura, respiración. Es como una hibernación. Pero la actividad de su cerebro entra justo en el campo opuesto. Va con rapidez como el de un loco.
Kinderman la miraba fijamente y en silencio.
—¿Es que eso significa algo? —le preguntó Spencer.
—¿Le ha mencionado alguien a Sunligth lo que sucedió con el padre Dyer?
—No lo sé. Yo no se lo he dicho.
—¿El doctor Temple?
—No sé.
—¿Pasa mucho tiempo tratando a Sunlight?
—¿Se refiere usted a Temple?
—Sí, Temple.
—Sí, así lo creo. Yo creo que él se lo imagina como un desafío.
—¿Utiliza la hipnosis con ese hombre?
—Sí.
—¿A menudo?
—No lo sé. No estoy segura. No puedo estar segura.
—¿Y cuándo fue la última vez que vio usted a Temple haciéndolo, por favor?
—El miércoles por la mañana.
—¿A qué hora?
—Aproximadamente, a las tres. Yo estaba haciendo el turno de una chica que está de vacaciones. Mueva un poco los dedos.
Kinderman meneó su mano hinchada.
—¿Lo encuentra bien? —preguntó ella—. ¿No está demasiado apretado?
—No, está muy bien, señorita. Gracias. Y le agradezco que haya hablado conmigo. —Se levantó—. Una cosilla más —dijo Kinderman—. ¿Podría considerar nuestra conversación como confidencial?
—Claro. Y también esa nariz rota.
—¿Está bien ahora Sunlight?
Ella asintió.
—En estos momentos le están haciendo un electroencefalograma.
—¿Me dirá usted si los resultados son los de costumbre?
—Sí, teniente.
—¿Algo más?
—Todo esto es muy extraño —dijo ella.
Kinderman la miró en silencio. Y después dijo;
—Gracias..
Salió de la oficina. Cruzó apresuradamente varios pasillos hasta llegar al gabinete del doctor Temple. La puerta estaba cerrada.
Alzó la mano vendada para llamar a la puerta, pero recordó su herida y lo hizo con la otra mano.
Oyó la voz de Temple que decía:
—Entre.
Kinderman entró.
—Oh, es usted —exclamó Temple.
Estaba sentado a su despacho, y tenía su chaqueta médica blanca manchada de ceniza. Con la lengua mojó el extremo de un cigarrillo recién liado. Le indicó una silla.
—Siéntese. ¿Qué sucede? ¡Eh! ¿Qué le ha pasado en la mano?
—Un pequeño arañazo —respondió el detective.
Se acomodó en una silla.
—Un gran arañazo —dijo Temple—. ¿En qué puedo servirle, teniente?
—Tiene usted el derecho de permanecer en silencio —le dijo Kinderman, hablando en un tono de voz indiferente, pausado—.
Si renunciara usted al derecho de permanecer en silencio, cualquier cosa que diga puede ser utilizada contra usted ante un tribunal de justicia. Tiene usted derecho a hablar con un abogado y a que un abogado esté presente durante el interrogatorio. Si usted lo desea, y no puede pagar uno, le será señalado un abogado de oficio antes del interrogatorio. ¿Ha comprendido usted cada uno de los derechos que le he explicado?
Temple parecía atónito.
—¿De qué demonios me está usted hablando?
—Le he hecho una pregunta —dijo furiosamente Kinderman—. Respóndala.
—Sí.
—¿Ha comprendido usted sus derechos?
El psiquiatra parecía acobardado.
—Sí, los he comprendido —dijo con suavidad.
—El señor Sunlight del pabellón de perturbados... Doctor..., ¿le ha estado tratando?
—Sí.
—¿Lo ha hecho usted personalmente?
—Sí.
—¿Ha utilizado la hipnosis?
—Sí.
—¿Con cuánta frecuencia?
—Una o dos veces por semana, más o menos.
—¿Durante cuánto tiempo?
—Algunos años.
—¿Y con qué propósito?
—Al principio, sólo para hacerle hablar y, después, para descubrir quién era.
—¿Y no lo consiguió usted?
—No.
—¿No lo consiguió?
—No.
Kinderman le miraba con fijeza, en un silencio acerado. El psiquiatra se removió algo inquieto en su silla.
—Bueno, él me dijo que era el asesino «Géminis» —balbuceo Temple—. Pero eso es una locura.
—¿Por qué?
—Pues porque el «Géminis» murió.
—¿Doctor, no es un hecho que, a través de la hipnosis, implantó en la mente del señor Sunligth que él es el «Géminis»?
La cara del psiquiatra comenzó a enrojecer. Sacudió vigorosamente la cabeza una vez y dijo:
—No.
—¿No lo hizo usted?
—No, no lo hice.
—¿No le contó usted al señor Sunlight la manera en que mataron al padre Dyer?
—No.
—¿No le contó mi nombre y mi rango?
—No.
—¿No falsificó un impreso relacionado con Martina Lazlo?
Temple le miraba silenciosa y fijamente. Enrojeció y dijo:
—No.
—¿Está usted seguro?
—Sí.
—Doctor Temple, ¿es un hecho real, ciertamente, que usted trabajó con el grupo policial que se ocupó del caso Géminis en San Francisco, como jefe psiquiátrico asesor del caso?
Temple pareció como herido por un rayo.
—¿Es eso un hecho o no lo es? —preguntó Kinderman con aspereza.
El psiquiatra dijo:
—Sí.
Su voz fue débil, quebrada.
—El señor Sunligth posee información específica conocida sólo por la brigada Géminis sobre la muerte de una mujer llamada Karen Jacobs, que el «Géminis» mató en 1968. ¿Le proporcionó usted esta información al señor Sunligth?
—No.
—¿No lo hizo usted?
—No, no lo hice. Lo juro.
—¿No es un hecho que, por medio de la hipnosis, usted ha implantado en el hombre de la Celda Doce la convicción de que es el asesino «Géminis»?
—¡He dicho que no!
—¿Desea usted cambiar algún fragmento de su testimonio?
—Sí.
—¿Qué parte?
—En cuanto al impreso —dijo Temple con voz débil.
El detective ahuecó una mano junto a la oreja.
—El impreso —repitió Temple, alzando la voz.
—¿Usted lo falsificó?
—Sí.
—¿Para causar problemas al doctor Amfortas?
—Sí.
—¿Para hacerle parecer sospechoso?
—No. No fue por eso.
—¿Por qué entonces?
—No simpatizo con él.
—¿Por qué no?
Temple parecía dudar. Finalmente, dijo:
—Sus modales.
—¿Sus modales?
—Tan superior... —repuso Temple.
—¿Y por esto llegó a falsificar un impreso, doctor?
Temple seguía con la mirada fija.
—Cuando yo hablé con usted el miércoles sobre el padre Dyer, describí al «Géminis» auténtico. Sin embargo, usted no hizo ningún comentario. ¿Por qué no lo hizo? ¿Por qué ocultó usted su pasado, doctor?
—Yo no lo oculté.
—¿Por qué no lo ofreció?
—Estaba asustado.
—¿Usted estaba cómo?
—Tenía miedo. Estaba seguro de que usted sospecharía de mí.
—Adquirió cierta fama durante el caso Géminis y desde entonces ha quedado oscurecido. ¿No es un hecho que tiene un interés claro en resucitar los crímenes del «Géminis»?
—No.
Kinderman le observó con fijeza, con una mirada penetrante, inflexible, severa. No hizo ningún movimiento ni añadió nada. Finalmente, Temple palideció y balbuceó:
—¿No irá usted a arrestarme, verdad?
—Una aversión intensa —dijo con firmeza el detective—, probablemente, no sea causa suficiente para arrestar a nadie. Usted, doctor Temple, es un hombre terrible, indecente, pero, por el momento, la única restricción que se le impone es que corte su relación con el señor Sunlight. No le tratará ni entrará en su celda hasta que reciba nuevo aviso. Y permanezca lejos de mi vista —añadió Kinderman ásperamente.
Se levantó y salió de la oficina de Temple, dando un portazo detrás de él.
Gran parte de lo que restaba de la tarde, Kinderman la pasó deambulando por el pabellón de los perturbados, esperando que el hombre de la Celda Doce recobrara la conciencia. Esperó inútilmente. Aproximadamente a las cinco y media salió del hospital. Las calles adoquinadas estaban resbaladizas por la lluvia cuando dobló por la esquina de la Calle O y entró en la Treinta y Seis. Luego se encaminó hacia el sur, hacia la casa de Amfortas. Llamó al timbre con los nudillos, repetidamente. Nadie respondió y, finalmente, se fue. Subió por la calle O y cruzó los portones de la Universidad. Se dirigió a la oficina del padre Riley. La pequeña sala de recepción estaba vacía; la secretaria no ocupaba su lugar en el despacho. Kinderman estaba mirando su reloj cuando oyó al padre Riley que le llamaba con amabilidad desde el despacho interior.
—Estoy aquí, amigo mío. Entre.
El jesuita estaba sentado a su escritorio, con las manos enlazadas por detrás de la cabeza. Parecía cansado y deprimido.
—Siéntese y descanse —le dijo al detective.
Kinderman asintió y se sentó en una silla al lado del escritorio.
—¿Está usted bien, padre?
—Sí, gracias a Dios. ¿Y usted?
Kinderman bajó los ojos y afirmó con la cabeza; se acordó entonces de quitarse el sombrero.
—Lo siento —murmuró.
—¿Qué puedo hacer por usted, teniente?
—El padre Karras —empezó el detective—. Desde el momento en que se lo llevaron en la ambulancia, ¿qué sucedió, padre? ¿Lo sabe usted? Y quiero decir exactamente, padre... Un relato de lo sucedido desde el momento en que murió hasta que lo enterraron.
Riley le contó lo que sabía y, cuando terminó, ambos se quedaron silenciosos durante algún tiempo. Fuera, en el campus, el viento golpeaba los cristales de las ventanas en la oscuridad de la noche invernal. Se oyó entonces el ruido metálico del tapón de una botella de whisky escocés que el jesuita desenroscó con lentitud. Sirvió dos dedos en un vaso, que sorbió haciendo una mueca.
—No sé —dijo en un susurro. Miró a través de una ventana hacia las luces de la ciudad—. Sencillamente, ya no sé ni entiendo nada.
Kinderman hizo una señal de asentimiento, silencioso. Se inclinó en su silla, con las manos juntas, buscando algún hilo que seguir y que le condujera al camino de la razón.
—Le enterraron a la mañana siguiente —dijo recapitulando lo que Riley le acababa de contar—. Ataúd cerrado. El ritual corriente de sus entierros. Pero, ¿quién fue el último que le vio dentro de su ataúd?
Riley agitó el whisky dentro de su vaso con un movimiento suave de la muñeca, contemplando pensativamente el líquido ambarino. Después prosiguió:
—Fain —murmuró—. El hermano Fain. —Hizo una pausa como buscando en su memoria, y después alzó la mirada asintiendo con la cabeza—. Sí, así es. Él se quedó para vestir el cadáver y sellar el ataúd. Y nadie le vio de nuevo.
—¿Qué ha dicho usted?
—He dicho que nadie le vio de nuevo. —Riley alzó los hombros y sacudió la cabeza—. Un caso triste —suspiró—. Siempre regañaba diciendo que la Orden no le trataba bien. Tenía familia en Kentucky y continuamente estaba solicitando que se le asignase algún lugar cerca de ellos. Hacia el final...
—¿Hacia el final? —intervino Kinderman.
—Era viejo; ochenta..., ochenta y un años. Siempre había dicho que cuando tuviera que morir se aseguraría de morir en casa. Nosotros siempre nos creímos que quiso morir porque presintió que su fin estaba cerca. Ya había sufrido un par de coronarias graves.
—¿Precisamente coronarias?
—Sí —dijo Riley.
Kinderman sintió estremecimientos en su piel.
—Ese hombre en el ataúd de Damien —dijo turbado—. ¿Recuerda usted que iba vestido como un sacerdote?
Riley asintió.
—La autopsia —siguió Kinderman, haciendo una pequeña pausa—. El hombre era viejo y mostraba las cicatrices de tres ataques al corazón graves: dos anteriores, más el que le mató.
Los dos hombres estuvieron mirándose unos momentos en silencio. El padre Riley esperó lo que seguiría. Kinderman le sostuvo la mirada y añadió:
—Todo indica que este hombre murió de terror.

El hombre de la Celda Doce no recuperó la conciencia hasta aproximadamente, las seis de la mañana siguiente, pocos minutos antes de que se descubriera a la enfermera Amy Keating en un cuarto vacío de Neurología. Su torso estaba abierto, se le habían quitado los órganos, y su cuerpo —antes de ser cosido de nuevo— había sido rellenado con interruptores eléctricos.




14


Estaba sentado en un espacio entre el miedo y la nostalgia, con una grabadora portátil en una mano mientras escuchaba cintas de música que habían compartido. ¿Sería de día o de noche afuera? No lo sabía. El mundo estaba cubierto con un velo más allá de su sala de estar, y la luz de las lámparas parecía débil. No podía recordar cuánto tiempo hacía que estaba allí sentado. ¿Eran horas o serían minutos? La realidad danzaba entrando y saliendo de su foco en una arlequinada silenciosa, burlona. Había duplicado la dosis de esteroides, según recordaba; el dolor se había convertido en un latido fuerte, el precio que su cerebro había fijado para su ruina, ya que la droga destruía sus conexiones vitales. Contemplaba el sofá y vio cómo se reducía a la mitad de su tamaño. Al comprobarlo, sonrió, cerró los ojos y se entregó del todo a la música, una canción pegadiza de un espectáculo que habían visto:

Tócame. Es tan fácil dejarme sólo con los recuerdos de mis días al sol.

La canción llenaba su alma. Quiso oírla más alto y buscaba a tientas el control de volumen en la grabadora, cuando oyó que la cinta se caía suavemente al suelo. Al inclinarse, tentando para recogerla, dos más cayeron de su regazo. Abrió los ojos y vio al hombre. Estaba contemplando a su doble.
La figura estaba agachada a medio aire, como sentada, imitando precisamente la postura de Amfortas. Vestía idénticos vaqueros de sarga y un suéter azul, y le devolvía una mirada igualmente atónita.
Amfortas se inclinó hacia atrás; también aquello. Amfortas se puso una mano en la cara: aquello hizo lo mismo. Amfortas dijo: «Hola», y aquello dijo «Hola». Amfortas sintió que el corazón le latía más de prisa. El «doble» era una alucinación frecuente en desórdenes graves del lóbulo temporal, pero mirar dentro de aquellos ojos y de aquel rostro, resultaba algo inquietante, espectral, casi aterrador. Amfortas cerró los ojos y comenzó a respirar hondo y, lentamente, los latidos de su corazón comenzaron a disminuir. «¿Estaría allí su doble cuando abriese de nuevo los ojos?», se preguntó. Miró. Allí estaba. Ahora Amfortas se sintió fascinado. Ningún neurólogo había visto jamás «el doble». Los informes sobre su conducta eran vagos y contradictorios. Le invadió un interés clínico. Se cogió los pies que sostuvo en alto. El doble hizo lo mismo. Colocó los pies en el suelo. El doble le siguió. Entonces, Amfortas comenzó a cruzar y descruzar los pies a un ritmo que intentó que fuese casual y sin método, pero el doble reprodujo sus movimientos simultáneamente, sin fallas ni variaciones.
Amfortas se detuvo y reflexionó unos momentos. Después, alzó la grabadora con la mano. Cuando el doble imitó la acción, su mano estaba vacía, curvada en el aire. Amfortas se preguntó por qué la alucinación no llegaba a incluir la grabadora. Después de todo, el doble iba vestido. No pudo encontrar explicación alguna.
Amfortas bajó la mirada hacia los zapatos de su doble. Eran igual que los suyos, «Nikes» a rayas azules y blancas. Miró sus propios pies y los inclinó hacia dentro, asegurándose de no mirar si el doble hacía lo mismo. ¿Le imitaría si él no observaba su acción al tiempo que le sucedía? Alzó la mirada hasta los pies de su doble. Ya estaban inclinados hacia dentro. Amfortas estaba pensando qué más podía intentar, cuando observó que el extremo del cordón izquierdo del doble tenía algo como una marca de tinta o alguna aspereza. Cuando comprobó su propio zapato, vio que su cordón estaba exactamente igual. Pensó que era algo extraño. No sabía que hubiera visto esa marca hasta aquel momento. ¿Cómo la había notado en el doble? Quizá su inconsciente lo sabía, decidió.
Amfortas alzó la mirada hasta los ojos del doble. Era ardiente y feroz. Amfortas se inclinó más de cerca; creyó ver la luz de la lámpara reflejada en los ojos. «¿Cómo podía ser eso?», se preguntó el neurólogo. De nuevo, experimentó cierta sensación de inquietud. El doble estaba mirándole fijamente. Amfortas oyó voces que le llegaban desde la calle, estudiantes que se voceaban mutuamente; quedó todo en silencio después y Amfortas pensó que podía oír el latido de su corazón cuando, repentinamente, el doble se apretó la sien haciendo una mueca de dolor, y Amfortas fue capaz de distinguir la acción del doble distinta a la suya propia mientras las pinzas cauterizantes le agarraban el cerebro. Se levantó tambaleante y la grabadora y las cintas se cayeron al suelo. Amfortas avanzó a ciegas y chocó contra los escalones, derribando una mesa y una lámpara. Gimiendo, llegó vacilante hasta su dormitorio, abrió el maletín que estaba encima de la cama y buscó a tientas la aguja hipodérmica y la droga. El dolor era insoportable. Cayó pesadamente al borde de la cama y, con manos temblorosa, llenó la jeringuilla. Casi no veía. La clavó a través del tejido de sus pantalones e introdujo doce miligramos de esteroides en su cadera. Lo había hecho tan rápidamente que la droga golpeó su músculos como un martillo; pero pronto su dolor se calmó un poco en su cabeza, y recuperó cierta serenidad y claridad de pensamiento. Exhaló una respiración larga y aleteante y dejó caer la jeringuilla de entre sus dedos al suelo. Rodó por la madera deteniéndose junto a la pared.
Cuando Amfortas alzó la cabeza, estaba mirando a su doble. Se hallaba sentado en medio del aire, enfrentándose serenamente con su mirada. Amfortas vio una sonrisa en sus labios, su propia sonrisa.
—Te había perdido la pista —dijeron ambos en un perfecto unísono. Ahora Amfortas comenzaba a sentirse mareado—. ¿Sabes cantar? —se dijeron.
Y juntos comenzaron a canturrear un fragmento del Adagio de la Sinfonía en Do de Rachmaninoff. Cuando terminaron, ambos rieron divertidos.
—Eres un buen compañero —se dijeron.
Amfortas alzó su mirada hacia la mesilla y la cerámica verde y blanca del pato. Lo alzó y lo sostuvo en alto, tiernamente, mientras sus ojos lo examinaban con atención, recordando.
—Se lo compré a Ann cuando todavía éramos solteros —dijeron—. Lo compré en «Mamma Leone's», en Nueva York. La comida era horrible pero el pato fue un éxito. Ann siempre adoró esta cosita loca.
Miró a su doble. Se sonrieron cariñosamente.
—Como aquellas flores en Bora Bora. Ella dijo que tenía grabada en su corazón una pintura de aquello.
Amfortas frunció el entrecejo y el doble también lo frunció. El duplicado de su voz, bruscamente, había comenzado a molestar al neurólogo. Sentía una extraña sensación de estar flotando, de desconectarse de cuanto le rodeaba. Algo olía horriblemente.
—Vete —le dijo al doble.
Y éste persistía, imitando sus palabras. Amfortas se levantó y caminó vacilante hacia la escalera. Podía ver el doble a su lado, una imagen de sus movimientos en el espejo.
En el instante siguiente, Amfortas se encontró sentado en su butaca de la sala de estar. No sabía cómo había llegado hasta allí. Estaba sosteniendo el pato en su regazo. Su mente parecía clara otra vez, y sosegada, aunque de alguna manera se sentía sufriendo a una distancia lejos de sus percepciones. Oía un pesado latido en su corazón, pero no lo sostenía. Miró al doble con desagrado. Estaba frente a él, sentado en el aire, enfurruñado. Amfortas cerró los ojos para escapar de la visión.
—¿Te importa si fumo?
Por un momento, la voz no quedó grabada; entonces Amfortas abrió los ojos y miró. El doble estaba sentado en el sofá con una pierna cómodamente estirada sobre los cojines. Encendió un cigarrillo y echó el humo.
—Dios sabe que he estado intentando dejar de fumar —dijo—. Oh, bueno, por lo menos no fumar tanto.
Amfortas estaba atónito.
—¿Te he asustado? —preguntó el doble. Frunció el entrecejo como en muestra de simpatía—. Lo siento terriblemente. —Se encogió de hombros—. Hablando con franqueza, no debería estar descansando de esta manera, pero, por el amor de Dios, estoy cansado. Eso es todo. Necesito un descanso. Y en este caso, ¿qué daño puede hacer? ¿Sabes lo que quiero decir? —Estaba mirando a Amfortas con aire de expectación, pero el neurólogo seguía sin poder hablar—. Lo entiendo —dijo al final—. Supongo que se tarda un poco en acostumbrarse. Todavía no he aprendido a entrar de una manera sutil. Supongo que hubiera podido intentarlo poco a poco, unos centímetros de cada vez. —Hizo un ademán de renuncia y añadió después—: Imprevisión. De todos modos, aquí estoy y presento mis disculpas. Todos estos años he estado pendiente de ti, naturalmente, pero tú nunca has sabido de mí. Lástima.
Algunas veces hubiera querido sacudirte, por decirlo así; enderezarte. Bueno, supongo que esto no puedo hacerlo, ni tampoco ahora. Unas normas estúpidas. Pero, por lo menos, podemos mantener una charla. —De pronto parecía solícito—. ¿Estás mejor? No. Ya veo que el gato todavía se te ha comido la lengua. No importa, seguiré hablando hasta que te acostumbres a mí. —Un poco de ceniza del cigarrillo cayó sobre su suéter. Miró hacia abajo y la limpió, murmurando—: Descuidado.
Amfortas comenzó a soltar una risita estúpida.
—Está vivo —dijo el doble—. Qué bien... —Le miró fijamente mientras Amfortas seguía riendo—. Bien hasta cierto punto —comentó severamente el doble—. ¿Quieres que te imite otra vez?
Amfortas negó con la cabeza, riéndose todavía. Entonces observó que la mesa y la lámpara que había derribado antes estaban nuevamente en su lugar. Miró asombrado.
—Sí, yo los recogí —dijo el doble—. Yo soy real.
Amfortas devolvió la mirada al doble.
—Tú estás en mi mente —dijo.
—Cinco palabras. Bien hecho. Estamos progresando. Me refiero a la forma —dijo el doble— no al contenido.
—Tú eres una alucinación.
—¿También la mesa y la lámpara?
—Perdí conciencia al bajar los escalones. Yo los recogí y después lo olvidé.
El doble soltó el humo con un suspiro.
—Almas terrenales —murmuró, sacudiendo la cabeza—. ¿Te ayudaría a convencerte si te tocase? ¿Si tú pudieras sentirme?
—Quizá —repuso Amfortas.
—Bueno, pues no puede hacerse —siguió el doble—. Eso no se permite.
—Es porque estoy viviendo una alucinación.
—Si dices eso otra vez vomitaré. Oye, ¿a quién crees que estás hablando?
—A mí mismo.
—Bueno, eso es parcialmente correcto. Felicidades. Sí. Soy tu otra alma —dijo el doble—. Di «Encantado de conocerte» o algo, ¿quieres? Modales. Oh, esto me recuerda una historia. Sobre presentaciones y cosas por el estilo. Es adorable. —El doble se incorporó un momento, sonriente—. Me lo contó el doble de Noel Coward, y el propio Coward dice que es verdad, que sucedió. Parece que se hallaba de pie en una fila de una recepción real. Estaba justamente a la derecha de la Reina y al otro lado de él sé hallaba Nicol Williamson. Bueno, entonces llegó un hombre llamado Chuck Connors. Un actor americano. ¿Lo conoces? Claro. Bueno, pues alargó la mano para estrechar la de Noel y le dice: «Señor Coward, ¡soy Chuck Connors!» Y Noel replicó, inmediatamente, en un tono tranquilizador, sosegante: «¡Vaya, querido muchacho, naturalmente que lo eres!» ¿No es adorable? —El doble se inclinó acomodándose en el sofá—. Qué ingenioso es Coward... Lástima que ya ha cruzado la frontera... Bueno para él, claro está. Malo para nosotros. —El doble miró de modo significativo a Amfortas—. Los buenos conversadores son tan escasos... —dijo—. ¿Me sigues o no me sigues la corriente? —Aplastó el cigarrillo en el suelo—. No te preocupes. No se quemará nada —explicó.
Amfortas experimentó una mezcla de duda y excitación. Había algo de realidad en aquel doble, un sabor de vida que no era la suya propia.
—¿Por qué no me demuestras que no sufro una alucinación? —pidió.
El doble pareció asombrado.
—¿ Demostrarlo ?
—Sí.
—¿Cómo?
—Dime algo que yo no sepa.
—No puedo quedarme aquí para siempre —afirmó el doble.
—Algún hecho que yo desconozca y que pueda comprobar.
—¿Conocías esa pequeña historia sobre Noel Coward?
—Yo la inventé. Eso no es un hecho.
—Eres altamente insaciable —dijo el doble—. ¿Te crees que posees el ingenio suficiente para inventar esa historia?
—Mi inconsciente lo tiene —repuso Amfortas.
—Nuevamente te acercas a la verdad —dijo el doble—. Tu inconsciente es tu otra alma. Pero no exactamente de la manera que tú supones.
—Explícame eso, por favor.
—Preveniente —musitó el doble.
—¿Cómo?
—Ese es un hecho que tú no conoces. Acaba de ocurrírseme «Preveniente». Es una palabra. La oí a Noel. ¿Estás satisfecho?
—Conozco las raíces latinas de esa palabra.
—Esto es absolutamente enloquecedor por no decir insufrible —siguió el doble—. Me doy por vencido. Eres alucinante. Y ahora supongo que vas a decirme que tú no cometiste esos crímenes. Hablando de hechos que no conoces, muchacho.
Amfortas se quedó helado. El doble le miró con malicia.
—Supongo que no lo niegas. Me parece que no.
—¿Qué crímenes? —preguntó.
—Ya sabes. Los sacerdotes. Aquel chico.
—No.
Amfortas sacudió la cabeza.
—Oh, no seas testarudo. Sí, ya sé, tú no eras consciente totalmente de ello. Pero... —El doble se encogió de hombros—. Tú lo sabías. Lo sabías.
—Yo no tengo nada que ver con esas muertes.
El doble pareció irritado y suspicaz. Se sentó.
—Oh, ya supongo que ahora vas a culparme a mí. Bueno, no tengo un cuerpo, de modo que eso me descarta. Además, no me entremeto. ¿Lo entiendes? Fuiste tú y tu cólera los que cometisteis esos crímenes. Sí, tu cólera hacia Dios por haberte quitado a Ann. Enfréntate a ello. Ésa es la razón por la que estás permitiéndote morir. Es tu culpabilidad. A propósito, ésa es una idea estúpida. Es la salida del cobarde. Es prematuro.
Amfortas miró la figura de cerámica. La apretaba, mientras movía la cabeza.
—Yo quiero estar con Ann —comentó.
—Ella no está allí.
Amfortas alzó la cabeza.
—Veo que me he ganado tu atención —dijo el doble. Se acomodó nuevamente en el sofá—. Sí, tú te estás muriendo, porque deseas encontrarte con Ann. Bueno, no voy a discutir eso ahora. Eres demasiado testarudo. Pero no servirá de nada. Ann se ha trasladado a otra ala. Con toda esa sangre en tu alma, dudo que puedas reunirte jamás con ella. Siento terriblemente tener que decirte esto, pero yo no estoy aquí para contarte mentiras. No puedo hacerlo. Ya tengo bastantes problemas tal como están las cosas.
—¿Dónde está Ann?
El corazón del neurólogo latía aprisa, y el dolor se acercaba cada vez más a su campo consciente.
—Ann está siendo tratada —explicó el doble—. Como el resto de nosotros. —De pronto se mostró astuto—: ¿Sabes de dónde he venido ahora?
Amfortas volvió la cabeza y miró estúpidamente a la grabadora en un rincón y, después, le devolvió la mirada al doble.
—Sorprendente. Un hito en la historia del conocimiento. Sí, has oído mi voz anteriormente en tus cintas. Yo procedo de allí. ¿Te gustaría enterarte de todo al respecto?
Amfortas estaba pasmado. Asintió.
—Pues creo que no puedo contártelo —siguió el doble—. Lo siento. Hay normas y reglas. Digamos, sencillamente, que se trata de un lugar de transición. En cuanto a Ann, como te he dicho antes, ella ha proseguido. Y vale más así. Hubieras acabado por descubrir lo concerniente a ella y a Temple.
El neurólogo contuvo la respiración y le miró con fijeza. Se acrecentaban los golpes en su cabeza y el dolor se hacía más intenso e insistente.
—¿Qué es lo que quieres decir? —le dijo, y se le rompía la voz.
El doble alzó los hombros y miró a lo lejos.
—¿Te gustaría oír una bonita definición de los celos? Es ese sentimiento que uno experimenta cuando alguien, que uno detesta plenamente, está pasándolo en grande sin uno. En eso podría haber algo de verdad. Piensa en ello.
—Tú no eres real —exclamó Amfortas con voz ronca.
Veía confusamente. El cuerpo del doble ondulaba sobre el sofá.
—Cristo, estoy sin cigarrillos.
—Tú no eres real.
La luz empezó a disminuir.
El doble era una voz y un movimiento tembloroso.
—Vaya, ¿no lo soy? Bueno, pues por Dios, voy a pasarme por alto otra norma. No, realmente. Mi paciencia ha llegado al límite. Hay una enfermera que hoy se ha unido a tu personal. Se llama Cecily Woods. Tú no tienes manera de haberlo sabido. Vamos, coge el teléfono y comprueba si tengo o no tengo razón. ¿Quieres un hecho que tú no conocías? Pues ya lo tienes. Vamos. Llama. Llama a Neurología y pide por la enfermera Woods.
—Tú no eres real. —Llámala ahora mismo.
—¡Tú no eres real!
Amfortas gritaba. Se levantó de la silla, con la cerámica en la mano, el cuerpo tembloroso y el dolor crecía, le desgarraba y apretaba y le hacía sollozar:
—¡Dios, Dios mío!
Se movió ciegamente hacia el sofá, tropezando, sollozando y cuando la habitación comenzó a girar, resbaló y cayó hacia delante, golpeando con la cabeza la esquina de la mesita del café con tal fuerza que se produjo una herida. Cayó desplomado al suelo, y la pieza de cerámica verde y blanco que agarraba fuertemente se rompió en pedazos con un sonido de estropicio y pérdida. A los pocos momentos, la sangre que le brotaba de la sien lamía los fragmentos rotos y manchaba los dedos que todavía apretaban un trozo de la inscripción. Decía; adorable. Muy pronto la sangre lo cubrió todo. Amfortas susurró: —Ann...




SÁBADO, 19 DE MARZO








15


El anciano se llamaba Perkins y era paciente del pabellón abierto. Se le había encontrado inconsciente en la Habitación 400, en donde se había descubierto el cadáver de Keating, por la enfermera de servicio que vino a las seis. La habitación estaba al volver la esquina del despacho de admisión y fuera de la visión de los policías uniformados destacados junto a las escaleras y los ascensores. El viejo tenía sangre en las manos.
—¿Quiere usted responderme? —le preguntó Kinderman.
La mirada del viejo era vacía. Estaba sentado en una silla.
—Quiero cenar —manifestó.
—Esto es lo que siempre dice —le explicó la enfermera Lorenzo a Kinderman.
Era una enfermera del pabellón abierto. La del servicio de Neurología que había descubierto el cuerpo estaba de pie junto a una ventana, dominando su horror. Sólo era el segundo día que servía en aquel pabellón.
—Quiero cenar —repetía tristemente el viejo.
Hundía sus labios sobre las desdentadas encías.
Kinderman se volvió hacia la enfermera de Neurología, observando la rigidez de su rostro y su cuello. La mirada se dirigió hacia la tarjeta con su nombre.
—Gracias, señorita Woods —dijo—. Puede usted irse.
Se marchó apresuradamente y cerró la puerta detrás de ella. Kinderman se volvió hacia la señorita Lorenzo.
—¿Querría acompañar a este hombre al cuarto de baño, por favor?
La enfermera Lorenzo vaciló un momento y después ayudó al anciano a ponerse en pie y le guió hacia la puerta del cuarto de baño. El detective estaba dentro. La enfermera y el viejo se detuvieron en la puerta y Kinderman señaló un espejo en la puerta del armario en donde se había garabateado un mensaje con sangre.
—¿Ha escrito usted esto? —convino el detective.
Con una mano hizo girar la cabeza del viejo de modo que su mirada se dirigiese hacia el espejo.
—¿Alguien le ha hecho escribir esto?
—Quiero cenar —gemía el paciente.
Kinderman le miró inexpresivamente, después bajó la cabeza y le dijo a la enfermera:
—Lléveselo.
La enfermera Lorenzo asintió y ayudó al hombre senil a salir de allí. Kinderman estuvo escuchando sus pasos vacilantes. Después de oír cerrarse suavemente la puerta de la habitación, alzó la mirada hacia lo escrito en el espejo. Se lamió sus secos labios mientras leía el mensaje:

llámame legión, porque somos muchos.

Kinderman se apresuró a salir de allí y se reunió con Atkins junto a la mesa de registro.
—Ven conmigo, Nemo —le ordenó el detective, sin aflojar el paso cuando pasó junto al sargento.
Atkins le siguió hasta que, finalmente, llegaron a la parte aislada, frente a la puerta de la Celda Doce. Kinderman atisbo por la ventanilla de inspección. El hombre de la celda estaba despierto. Se sentaba al borde de su camastro, con la camisa de fuerza puesta. Hizo una mueca a Kinderman con sus ojos burlones. Comenzó a mover los labios y parecía estar diciendo algo pero Kinderman no podía oírle. El detective se volvió y preguntó al policía que estaba de pie junto a la puerta:
—¿Desde cuándo está usted aquí?
—Desde medianoche —respondió el policía.
—¿Ha entrado alguien en la habitación desde entonces?
—Sólo algunas veces la enfermera.
Kinderman estuvo reflexionando un momento y después se volvió hacia Atkins.
—Dile a Ryan que quiero que tomen las huellas dactilares de todo el personal del hospital. Que comiencen con Temple, y luego con todos los que trabajan en Neurología y Psiquiatría. Después ya veremos. Que traiga personal extra para ayudarle a tomar las huellas y que hagan las comparaciones con las impresiones en los escenarios de los crímenes. Que consiga todos los hombres disponibles; debe hacerse aprisa. Vamos, Atkins, apresúrate. Y dile a la enfermera que acuda con las llaves.
Kinderman le contempló mientras se alejaba a toda prisa. Cuando dobló el recodo, el detective siguió escuchando sus pasos como si fuesen el sonido menguante de la realidad. Se desvanecieron en el silencio y de nuevo se hizo oscuridad en el alma de Kinderman. Alzó la mirada hacia las bombillas del techo. Faltaban tres todavía. El pasillo estaba escasamente iluminado. Pasos. La enfermera se acercaba. Esperó. La mujer llegó junto a él y Kinderman le señaló la puerta de la Celda Doce. La enfermera escudriñó en los ojos de él con una mirada furtiva, y después abrió la puerta. Kinderman entró. La nariz de Sunlight estaba vendada y tenía los ojos clavados en Kinderman, fijos e intensos siguiéndole su movimiento cuando se encaminó a la silla y se sentó. El silencio esa pesado y claustrofóbico. Sunlight estaba perfectamente inmóvil, una imagen congelada con los ojos muy abiertos. Era una especie de figura de museo de cera. Kinderman alzó la mirada hacia la bombilla que pendía del techo. Solía balancearse. Ahora estaba quieta. Oyó una risita burlona.
—Sí, que se haga la luz —dijo la voz de Sunlight.
Kinderman bajó la mirada para observar los ojos de Sunligth. Estaban muy abiertos, con expresión vana.
—¿Ha comprendido usted mi mensaje, teniente? —le preguntó—. Lo dejé a Keating. Una chica agradable. Buen corazón. A propósito, me encanta que esté usted llamando a papá. Una cosa, sin embargo. Un favor. ¿Podría avisar a «United Press» y asegurarse de que papá salga retratado junto a Keating? Ésa es la razón de que mate..., para comprometerle. Ayúdeme. Ya le compensaré por ello. La muerte se tomará vacaciones. Por una vez. Por un día. Se lo aseguro, usted me lo agradecerá. Entretanto, podría hablar con mis amigos de aquí sobre usted. Recomendarle. A ellos usted no les gusta nada... Y no me pregunte el porqué. Insisten en que su nombre comienza con K, pero yo les ignoro. ¿No es eso muy decente por mi parte? Y valiente. Son tan caprichosos en sus cóleras... —Parecía estar pensando en algo y se estremeció—. No importa. Ahora no hablemos de ellos. Prosigamos. Yo le planteo un problema interesante, ¿verdad, teniente? Quiero decir, suponiendo que usted esté ya convencido de que soy realmente el «Géminis». —Su rostro se convirtió en una máscara amenazadora—. ¿Está usted convencido?
—No —respondió Kinderman.
—Se está usted portando estúpidamente .teniente —replicó Sunlight roncamente amenazador—. Y está enviando una evidente invitación a la danza.
—No sé lo que quieres decir con eso —dijo Kinderman.
—Tampoco lo sé yo —repuso Sunlight inexpresivamente. Su cara era ingenua—. Yo soy un loco.
Kinderman le miraba con fijeza mientras escuchaba el goteo del grifo. Habló al fin.
—Si tú eres el «Géminis», ¿por qué no sales de aquí?
—¿Le gusta la ópera? —preguntó Sunlight. Comenzó a cantar de La Bohéme con voz profunda y rica, se calló bruscamente y se quedó mirando a Kinderman—. A mí me gustan más las comedias —dijo—. Tito Andrónico es mi favorita. Es bella. —Rió bajito y maliciosamente—. ¿Cómo está su amigo Amfortas? —preguntó—. Creo que últimamente ha recibido una visita. —Sunlight comenzó a graznar como un pato, y después calló. Miró a lo lejos—. Hay que mejorarlo —gruñó. Se volvió hacia Kinderman, mirándole con intensidad—. ¿Quiere saber cómo salgo de aquí? —preguntó.
—Sí, dímelo.
—Amigos. Viejos amigos.
—¿Qué amigos?
—No, es aburrido. Hablemos de otra cosa.
Kinderman esperó, sosteniendo su mirada.
—Se equivocó usted al pegarme —explicó Sunlight indiferentemente—. Yo no puedo evitar lo que hago. Estoy loco.
Kinderman escuchaba el goteo del agua.
—La señorita Keating había comido atún —siguió Sunlight—. Pude olerlo. Maldita comida del hospital. Es asquerosa.
—¿Cómo sales de aquí? —repitió Kinderman.
Sunlight echó la cabeza para atrás y se rió burlón. Fijó entonces una reluciente mirada en Kinderman.
—Hay tantas posibilidades, estoy pensando mucho en ellas. Intento imaginarlas. ¿Cree que esto podría ser verdad? Yo soy su amigo el padre Karras. Quizás ellos dijeron que yo estaba muerto, pero no lo estaba. Después resucité en... bueno..., en un momento desconcertante y, a continuación vagué por las calles no sabiendo quién era. Y sigo sin saberlo, si quiere que le diga la verdad. Y no es necesario afirmar, claro está, que estoy natural y desesperadamente loco. Sueño con frecuencia que caigo por unos escalones, por una larga escalera. ¿Será eso algo que sucedió realmente? Si fue así, entonces me dañaría el cerebro. ¿Sucedió eso, teniente?
Kinderman mantuvo silencio.
—Otras veces sueño que soy alguien llamado Vennamun —prosiguió Sunlight—. Estos sueños son muy agradables. Mato gente. Pero no puedo distinguir los sueños de la realidad. Estoy loco. Usted es muy sensato al ser escéptico, creo yo. Sin embargo, es un detective de Homicidios. De modo que es evidente que se está matando gente. Eso tiene sentido. ¿Sabe quién creo que es? Es el doctor Temple. ¿No podría haber hipnotizado a sus pacientes obligándoles a..., cometer ciertas acciones que son socialmente inaceptables durante esta época? Ah, los tiempos, los tiempos cambian para empeorar, ¿no le parece? Entretanto, quizá sea telepático o posea habilidades psíquicas que me proporcionan todo ese conocimiento de los crímenes del «Géminis». Es una idea, ¿no cree usted? Sí, ya puedo ver que está pensando en ello. Le felicito. Y a propósito, considere también esto. Todavía no ha atinado en ello. —Los ojos de Sunlight se iluminaron insinuantes, mientras inclinaba un poco el cuerpo hacia delante—. ¿Y si el «Géminis» tuviera un cómplice?
—¿Quién mató al padre Bermingham?
—¿Quién es ése? —preguntó Sunlight con aire de inocencia.
Juntó las cejas con expresión sorprendida.
—¿No lo sabes? —le preguntó el detective.
—No puedo estar en todas partes al mismo tiempo.
—¿Quién mató a la enfermera Keating?
—Cierra la luz y después apaga su luz.
—¿Quién mató a la enfermera Keating?
—La luna envidiosa. —Sunlight echó hacia atrás la cabeza y soltó un gemido como un becerro. Miró de nuevo a Kinderman—. Creo que ya casi lo he conseguido —dijo—. Casi es perfecto. Cuente a la Prensa que yo soy el «Géminis», teniente. Ultimo aviso.
Miraba de modo siniestro a Kinderman. Transcurrieron los segundos en silencio.
—El padre Dyer era un bobo —afirmó Sunligth al fin—. Una persona tonta. A propósito, ¿cómo está su mano? ¿Hinchada todavía?
—¿Quién mató a la enfermera Keating?
—Gamberros. Personas desconocidas y, sin duda alguna, indeseables.
—Si tú lo hiciste, ¿qué ocurrió con sus órganos vitales? —preguntó Kinderman—. Deberías saberlo. ¿Qué sucedió con ellos? Cuéntamelo.
—Quiero cenar —dijo Sunlight en tono monótono.
Kinderman examinó aquellos inexpresivos ojos.
Viejos amigos. El corazón del detective perdió un latido.
—Papá ha de saberlo —dijo al fin Sunlight. Su mirada se desvió de la de Kinderman y contempló el vacío sin expresión alguna—. Estoy cansado —añadió con suavidad—. Al parecer, mi trabajo nunca se acaba. Estoy cansado. —Parecía curiosamente desamparado. Después se quedó soñoliento. Dejó caer la cabeza—. Tommy no lo comprende —murmuró—. Yo le digo que siga sin mí, pero él no quiere. Tiene miedo. Tommy está... enfadado... conmigo.
Kinderman se levantó y se le aproximó. Acercó la oreja a la boca de Sunlight para atrapar las palabras murmuradas.
—Pequeño... Jack Horner. Un juego... de niños.
Kinderman esperó pero no salió nada más. Sunlight se quedó inconsciente.
Kinderman salió apresuradamente de la habitación. Tenía un terrible presentimiento. Al salir, llamó con el timbre a la enfermera. Cuando ésta se presentó, volvió al ala de Neurología y buscó a Atkins. El sargento estaba de pie junto a recepción, hablando por teléfono. Al ver al detective a su lado, abrevió el resto de la conversación.
En Neurología estaban entrando a un niño, un muchachito de unos seis años. Un auxiliar del hospital acababa de llevarle junto al despacho en una silla de ruedas.
—Aquí te traigo un atractivo joven —le explicó a la enfermera de servicio.
Ésta le sonrió al niño y le dijo:
—Hola.
La atención de Kinderman estaba fija en Atkins.
—¿Ultimo apellido? —preguntó la enfermera.
El auxiliar dijo:
—Korner, Vincent P.
—Vincent Paul —explicó el chico.
—¿Se escribe con C o con K? —le preguntó la enfermera al ayudante.
Éste hojeó algunos papeles.
—Con K.
—Atkins, aligera —le urgió Kinderman.
Atkins acabó en pocos segundos y el muchachito fue alejado de allí en su silla hasta una habitación en Neurología. Atkins colgó el teléfono.
—Pon un hombre en la entrada del pabellón abierto de Psiquiatría —le ordenó Kinderman—. Quiero alguien allí durante las veinticuatro horas. Que no salga ningún paciente, pase lo que pase. ¡Pase lo que pase!
Atkins cogió el teléfono y Kinderman le agarró por la muñeca.
—Llama después. Dame alguien ahora mismo —insistió.
Atkins hizo una señal a un policía uniformado estacionado junto a los ascensores. Éste se acercó.
—Venga conmigo —le ordenó Kinderman—. Atkins, te dejo. Adiós.
Kinderman y el policía se dirigieron, apresuradamente, al pabellón abierto. Cuando llegaron a la entrada, Kinderman se detuvo e instruyó al policía.
—Que de aquí no salga ningún paciente. Únicamente el personal del hospital, ¿entendido?
—Perfectamente, señor.
—No deje usted este lugar por ningún motivo, a menos que le releven. Ni tan siquiera vaya al lavabo, ni eso.
—Muy bien, señor.
Kinderman le dejó y entró en el departamento. Muy pronto, se encontró en la sala de recreo a pocos metros a la derecha del despacho de admisión. Miró con lentitud a su alrededor, comprobando cada uno de los rostros con cierta cautela y una sensación creciente de terror. Y, sin embargo, todo parecía estar en orden. ¿Qué es lo que no iba bien? Notó entonces la quietud. Miró hacia el grupo reunido alrededor del aparato de televisión. Parpadeó y se acercó más, pero bruscamente se detuvo a pocos pasos del grupo. Fascinados, contemplándola fijamente, sus ojos estaban clavados en una pantalla de televisión en blanco. El aparato no estaba conectado.
Kinderman echó un vistazo por la sala y, por primera vez, se dio cuenta de que no había ni enfermeras ni auxiliares por allí. Miró hacia la oficina detrás del despacho. No había nadie. Observó el grupo silencioso que rodeaba la televisión. El corazón comenzó a palpitarle con fuerza. Kinderman se encaminó de prisa hacia el escritorio, le dio la vuelta y abrió la puerta de la pequeña oficina. Retrocedió atónito: una enfermera y un auxiliar estaban tendidos en el suelo, inconscientes, con heridas en el cráneo de las que les brotaba la sangre. La enfermera aparecía desnuda. No se veía por ninguna parte pieza alguna de su uniforme.
¡Un juego de niños! ¡Vincent Korner!
Las palabras resonaron en la mente de Kinderman como un golpe. Se volvió con rapidez y salió de la oficina, sólo para quedarse clavado en su camino ante lo que veía. Todos los pacientes de la habitación estaban acercándose a él, formando un cordón que se estrechaba, y el sonido de sus zapatillas al arrastrarse era el único ruido en medio de un silencio terrible, pavoroso. Le hacían muecas, sus ojos brillantes fijos en él y, desde distintos puntos de la habitación, llegaban sus voces, que balbucían y tartamudeaban, placenteramente fantasmales:
—Hola.
—Hola.
—Cuánto me alegro de verte, querido.
Comenzaron a susurrar de forma ininteligible. Kinderman gritó pidiendo socorro.

El chico había recibido una medicación y estaba dormido. Las persianas venecianas de la ventana estaban cerradas, y la oscuridad de la habitación se iluminaba débilmente por el movimiento de los dibujos animados que aparecían en el aparato de televisión sin sonido. La puerta se abrió en silencio y entró una mujer con uniforme de enfermera. Llevaba un bolso de la compra. Cerró con cuidado la puerta detrás de ella, depositó el bolso y sacó algo. Miró con fijeza al muchacho y después, lenta y suavemente, se acercó a él. El chico comenzó a agitarse. Estaba tumbado de espaldas y abrió ligeramente sus ojos soñolientos. Al inclinar su cuerpo sobre el niño, la mujer alzó las manos poco a poco.
—Mira lo que te he traído, hijito —le dijo cariñosamente.
De pronto, Kinderman entró en la habitación. Gritando roncamente ¡No! cogió a la mujer por detrás en un abrazo desesperado. Ella profirió unos ruidos ahogados, gruñidos, moviendo débilmente los brazos, mientras que el chico se sentaba, aterrorizado, dando voces y Atkins y un policía uniformado se precipitaban dentro de la habitación.
—La he atrapado —gruñó Kinderman—. ¡La luz! ¡Encended la luz! ¡Dad la luz!
—¡Mamá! ¡Mamá!
Las luces se encendieron.
—¡Está usted ahogándome! —respingó la enfermera.
Un oso de peluche le cayó de las manos al suelo. Kinderman lo miró, sorprendido y, lentamente, aflojó su frenética presa. La enfermera dio la vuelta con ligereza frotándose la nuca.
—¡Jesucristo! —exclamó—. ¿Qué demonios le pasa a usted? ¿Está loco?
—¡Quiero a mi mamá! —lloriqueó el pequeño.
La enfermera le rodeó con los brazos, acercándolo a ella.
—¡Casi me rompe el cuello! —chilló a Kinderman.
El detective estaba tratando de recobrar el aliento.
—Lo siento —jadeó—, lo siento mucho. —Sacó un pañuelo del bolsillo y lo mantuvo contra su mejilla, en donde continuaba sangrando un arañazo largo y profundo—. Le presento mis disculpas.
Atkins recogió el bolso de la compra y miró dentro.
—Juguetes —dijo.
—¿Qué juguetes? —preguntó el chico.
De pronto se quedó muy tranquilo y se separó de la enfermera.
—¿Registrad el hospital! —ordenó Kinderman a Atkins—. ¡Ella va detrás de alguien! ¡Encentradla!
—¿Qué juguetes? —repetía el chico.
Aparecieron más policías en la puerta, pero Atkins no les permitió entrar y les impartió nuevas instrucciones. El policía que estaba dentro de la habitación salió y se unió a ellos. La enfermera acercó el bolso de la compra al chico.
—No le creo a usted —le explicó la enfermera a Kinderman. Vertió el contenido de la bolsa sobre la cama—. ¿Suele tratar a su familia de esta manera? —preguntó.
—¿Mi familia?
La mente de Kinderman comenzó a funcionar. Bruscamente, vio el nombre de la enfermera: julie fantozzi.
—... una invitación a la danza.
—¡Julie! ¡Dios mío!
Salió corriendo de la habitación.
Mary Kinderman y su madre estaban en la cocina preparando el almuerzo. Julie se sentaba a la mesa de la cocina y leía una novela. Sonó el teléfono. Julie era la que estaba más lejos pero lo cogió.
—¿Diga? Oh..., hola, papá... Claro. Aquí está mamá.
Le tendió el teléfono a su madre. Mary lo cogió mientras Julie volvía a su lectura.
—Hola, cariño. ¿Vendrás a almorzar a casa? —Mary escuchó durante un rato—. Vaya, ¿realmente? —dijo—. ¿Y eso por qué? —Escuchó un poco más—. Claro que sí, querido. Si tú lo dices. Entretanto, ¿almuerzo o no almuerzo? —Escuchó—. De acuerdo, amor. Conservaré un plato caliente para ti. Pero, apresúrate. Te echo de menos.
Colgó el teléfono y volvió al pan que estaba preparando.
—¿Sí? —dijo su madre.
—No es nada —explicó Mary—. Una enfermera que vendrá con un paquete.
Sonó de nuevo el teléfono.
—Ahora van a cancelarlo... —murmuró la madre de Mary.
Julie se alzó de un salto para coger otra vez el teléfono, pero su madre le indicó que regresara.
—No, no respondas —dijo—. Tu padre quiere que tengamos libre la línea. Si él llama hará una señal: dos veces.

Kinderman estaba de pie junto al despacho de Neurología, y su ansiedad crecía a medida que las llamadas del timbre quedaban sin respuesta. ¡Que alguien responda! ¡Responded!, pensaba frenéticamente. Dejó sonar el teléfono durante otro minuto, colgó de un golpe el auricular y se dirigió corriendo hacia la escalera. Ni tan siquiera pensó en esperar un ascensor.
Jadeante, llegó al vestíbulo y se lanzó a la calle sin aliento. Corrió hacia un coche patrulla, entró y dio un portazo. Al volante estaba sentado un policía con casco.
—¡Dos-cero-siete-dieciocho Foxhall Road, y aprisa! —le dijo entrecortadamente—. ¡La sirena! ¡Rompa las normas! ¡De prisa, de prisa!
Salieron disparados con un fuerte chirrido de frenos, la sirena con su lamento chillón en marcha, y pronto se encontraron bajando por Reservoir Road y después en Foxhall hacia la casa de Kinderman. El detective estuvo rezando, con los ojos muy apretados durante todo el camino. Cuando el coche patrulla se paró en seco entre un ruido discorde, Kinderman abrió los ojos. Estaba ya en el camino de su casa.
—¡Ve por detrás! ¡Por la puerta de atrás! —le ordenó al policía, que saltó del auto y comenzó a correr, sacando al mismo tiempo un revólver de cañón corto de su pistolera.
Kinderman salió presuroso del auto, sacó su revólver y pescó las llaves de su casa de un bolsillo mientras corría hacia la puerta. Estaba tratando de insertar una llave en la cerradura, con mano temblorosa, cuando la puerta se abrió del todo.
Julie miró el revólver y dio una voz hacia el interior de la casa:
—¡Mamá, papá está en casa!
Inmediatamente Mary apareció en la puerta. Miró el revólver, y después a Kinderman con severidad.
—La carpa ya está muerta. ¿Qué es lo que demonios crees que estás haciendo? —preguntó Mary.
Kinderman bajó la pistola y avanzó con rapidez, abrazando a Julie.
—Gracias a Dios —murmuró.
Apareció la madre de Mary.
—Ahí en la puerta de atrás hay un policía de asalto —explicó—. Está comenzando. ¿Qué tengo que decirle?
—Bill, quiero una explicación —pidió Mary.
El detective besó a Julie en la mejilla y se guardó el arma.
—Estoy loco. Eso es todo. Ésa es toda la explicación.
—Le diré que nosotros somos Febré —gruñó la madre de Mary.
Volvió a entrar en la casa. Sonó el teléfono y Julie corrió a la salita para tomarlo.
Kinderman entró en la casa y se dirigió hacia la parte posterior.
—Yo hablaré con el policía —explicó.
—Para decirle, ¿qué? —preguntó Mary. Comenzó a seguirle a la cocina—. Bill, ¿qué es lo que está ocurriendo? ¿Quieres hablar conmigo, por favor?
Kinderman se quedó helado. Junto a la pared, cerca del umbral de la puerta de la cocina, vio una bolsa de la compra. Corrió a recogerla cuando oyó la voz tartamudeante, vieja, de una mujer que estaba en la cocina y decía:
—Hola.
Kinderman sacó al instante su pistola, entró en la cocina y se dirigió hacia la mesa en donde una mujer anciana con uniforme de enfermera se sentaba, mirándole inexpresivamente.
—¡Bill! —chilló Mary.
—Oh, querida, me siento tan cansada —explicó la mujer.
Mary colocó las manos en el brazo de Kinderman, y lo empujó hacia abajo.
—Y no quiero armas en esta casa, ¿me oyes?
El policía entró corriendo en la cocina, con el arma a punto de disparar.
—¡Baje ese revólver! —chilló Mary.
—¿Por favor, queréis bajar la voz? —gritó Julie desde la sala de estar—. ¡Estoy hablando por teléfono!
La madre de Mary murmuró:
—Goyim.
Luego continuó removiendo una salsa en la sartén sobre el fogón.
El policía miró a Kinderman:
—¿Teniente?
Los ojos del detective estaban clavados en la mujer. En la cara de ella había confusión y cansancio.
—Guárdalo, Frank —dijo Kinderman—. Todo está en orden. Vuelve. Regresa al hospital.
—De acuerdo, señor.
El policía enfundó el arma y se marchó.
—¿Cuántos seremos para el almuerzo? —preguntó la madre de Mary—. He de saberlo ahora.
—¿Qué especie de artimaña es ésta, Bill? —exigió Mary. Hizo un ademán hacia la mujer—. ¿Qué clase de enfermera es ésta que me has enviado? Le abro la puerta y se desmaya. Se cae desplomada. Entonces echa hacia atrás la cabeza, grita algo demencial y después se desvanece. Dios mío, es demasiado vieja para ser enfermera. Es...
Kinderman le hizo un ademán para que se callara. La mujer le miró con inocencia a los ojos.
—¿Es ya hora de irse a la cama? —le preguntó.
El detective se sentó lentamente a la mesa. Se quitó el sombrero y lo colocó con suavidad sobre una silla.
—Sí, casi es la hora de irse a la cama —dijo con cariño a la anciana.
—Estoy tan cansada...
Kinderman escudriñó en sus ojos. Eran sinceros y apacibles. Alzó la mirada hacia Mary, que estaba junto a él, de pie, y en su rostro se leía la confusión y el desagrado.
—Has dicho que pronunció algunas palabras —le preguntó Kinderman.
—¿Qué? —dijo Mary frunciendo el ceño.
—Has dicho que dijo algo. ¿Qué dijo la mujer?
—No me acuerdo. Bueno, ¿qué está pasando?
—Por favor, intenta recordar. ¿Qué dijo la mujer?
—«Acabado» —gruñó la madre de Mary desde el fogón.
—Sí, eso es —asintió Mary—. Ahora me acuerdo. Gritó «Él está acabado». Y después se desmayó.
—«¿Él está acabado», o «Acabado»? —insistió Kinderman—. ¿Qué dijo exactamente?
—«Él está» acabado —dijo Mary—. Dios del cielo, sonó como una mujer-loba o algo parecido. ¿Qué le pasa a esta mujer? ¿Quién es ella?
Kinderman desvió la cabeza.
—«Él está acabado» —murmuró pensativo.
Julie entró en la cocina.
—Bueno, ¿qué sucede? —preguntó—. ¿Qué ocurre?
El teléfono sonó de nuevo. Mary respondió en seguida.
—¿Diga?
—¿Es para mí? —preguntó Julie.
Mary tendió el auricular a Kinderman.
—Es para ti —le dijo—. Creo que daré a esa pobre vieja un poco de sopa.
El detective habló por teléfono. Respondió:
—Kinderman.
Era Atkins.
—Teniente, está llamándole —le explicó el sargento.
—¿Quién?
—Sunlight. Aúlla que hace perder la cabeza. Sólo su nombre.
—Voy hacia ahí en seguida —replicó Kinderman.
Colgó suavemente el teléfono.
—Bill, ¿qué sucede? —oyó que Mary decía detrás de él—. Esto estaba en su bolsa de la compra. ¿Era ése el paquete?
Kinderman se volvió y dio un respingo. En las manos de Mary había un par de grandes tijeras relucientes de las utilizadas en la disección.
—¿Necesitamos nosotros esto? —preguntó Mary. —No.

Kinderman llamó a otro coche patrulla y llevó a la mujer de vuelta al hospital, en donde fue reconocida como una paciente del pabellón abierto de Psiquiatría. La ingresaron inmediatamente en el pabellón de perturbados para ser reconocida. La enfermera herida y el auxiliar, se enteró Kinderman, no habían recibido daños graves y se esperaba que, dentro de una semana, pudieran regresar a su trabajo. Satisfecho, Kinderman salió de aquella sección y se dirigió a la de aislamiento en donde Atkins le esperaba en el vestíbulo. Estaba frente a la puerta de la Celda Doce, que estaba abierta. Apoyado de espaldas contra la pared, con los brazos cruzados, contemplaba en silencio al detective que se acercaba.
Sus ojos parecían turbados y ausentes. Kinderman se detuvo y se encontró con su mirada.
—¿Qué te pasa? —le preguntó—. ¿Algo no va bien?
Atkins sacudió la cabeza. Kinderman le observó un momento
—Acaba de decir que usted estaba aquí —explicó Atkins con voz remota.
—¿Cuándo?
—Hace exactamente un minuto.
La enfermera Spencer salió de la celda.
—¿Va a entrar? —preguntó al detective.
Kinderman asintió, se volvió y entró con lentitud en la habitación. Cerró con suavidad la puerta detrás de él, se acercó a la silla de respaldo recto y se sentó. Sunlight estaba vigilándole, con los ojos resplandecientes. «¿Qué era diferente en él?», se preguntó el detective.
—Bueno, sencillamente tenía que verle —dijo Sunlight—. Usted me ha traído suerte. Le debo algo, teniente. Además, quiero que mi historia quede registrada tal como ha sucedido.
—¿Y cómo sucedió? —le preguntó Kinderman.
—Julie se ha escapado por poco, ¿no cree usted?
Kinderman esperó. Escuchó el goteo en el lavabo.
Repentinamente, Sunlight echó para atrás la cabeza y se rió maliciosamente. Después fijó su mirada brillante en el detective.
—¿No lo ha adivinado usted, teniente? Pues claro, seguro que sí. Finalmente, ha puesto todas las piezas juntas: cómo mis preciosos sustitutos me hacen el trabajo, mis queridos, dulces, viejos recipientes vacíos. Bueno, son huéspedes perfectos, como es natural. No están aquí. Sus propias personalidades están agrietadas. Así que me deslizo ahí dentro. Por un tiempo. Sólo por un tiempo determinado.
Kinderman le miraba con fijeza.
—Ah, sí. Sí, naturalmente. Sobre este cuerpo. ¿Amigo suyo, teniente?
Sunlight inclinó la cabeza y soltó una alegre carcajada que derivó hasta convertirse en el rebuzno de un asno. Kinderman sentía escalofríos en la nuca. De pronto, Sunlight se interrumpió y le miró con indiferencia.
—Bueno, allí estaba yo tan terriblemente muerto —dijo—. No me gustó. ¿Le gustaría a usted? Es nauseabundo. Sí, me sentía muy mal. Sabe usted..., como a la deriva. Tanto trabajo por hacer y sin cuerpo. No era justo. Pero entonces allí llegó..., bueno, un amigo. Sabe, uno de ellos. Creía que mi trabajo debía continuar. Pero en este cuerpo. Especialmente, en este cuerpo.
El detective estaba fascinado. Preguntó:
—¿Por qué?
Sunlight alzó los hombros.
—Llamémoslo despecho. Venganza. Una pequeña broma. Cierto asunto de exorcismo, creo, en el que su amigo el padre Karras había tomado parte y... bueno..., expulsó ciertos elementos del cuerpo de un niño. Y ciertos elementos no se sentían satisfechos, por decir lo menos posible. No, no eran felices.
Por unos instantes, la mirada de Sunlight se perdió en la distancia, encantada. Se estremeció un poco y volvió a mirar a Kinderman.
—De modo que pensó en esta broma como un medio de devolver el golpe: utilizar este cuerpo heroico, piadoso, como el instrumento de... —Sunlight se encogió de hombros—. Bueno, usted ya sabe. Mi cosa. Mi trabajo. Mi amigo se portó muy amablemente. Me llevó a nuestro amigo mutuo padre Karras. Que no estaba muy bien en aquel momento, me temo. Se estaba muriendo. En la fase moribundo que decimos nosotros. Así que, mientras estaba saliendo, mi amable amigo me hizo entrar. Barcos que pasan en la noche y todo eso... Oh, alguna confusión hubo, según parecía por los pasos, cuando el equipo de la ambulancia declaró difunto a Karras... Bueno, él estaba muerto, técnicamente hablando. Quiero decir, en el sentido espiritual. Se había ido. Pero yo estaba dentro. Algo traumatizado, es cierto. ¿Y por qué no? Su cerebro era gelatina.
Falta de oxígeno. Desastre. Estando muerto no es fácil. Pero no importa, me las arreglé. Sí, un máximo esfuerzo que, por lo menos, consiguió sacarme de aquel ataúd. Después, al fin, algunos esfuerzos más y el cómico alivio cuando ese viejo Hermano Fain me vio salir de la caja. Eso ayudó. Sí, son las sonrisas las que a veces nos ayudan a seguir adelante, esos ratos inesperados de regocijo. Después, no obstante, más bien fue montaña abajo durante un largo tiempo. ¿Tiempo? Doce años. Las células cerebrales estaban tan dañadas... Tantas pérdidas. Pero el cerebro tiene unos poderes notables, teniente. Pregúntele a su amigo, el doctor Amfortas. Oh, no, supongo que tendré que preguntárselo por usted.
Sunlight permaneció silencioso durante un rato.
—No hay reacción del gallinero —dijo finalmente—. ¿Es que usted no me cree, teniente?
—No.
Se desvaneció el tono burlón y Sunlight pareció atónito. En un instante, sus facciones habían cambiado y tomaron un aspecto de desamparo.
—¿No me cree usted? —balbuceó.
—No.
Los ojos de Sunlight eran suplicantes y temerosos.
—Tommy dice que no me perdonará, a menos que usted conozca la verdad —dijo.
—¿Qué verdad?
Sunlight se volvió. Y añadió con tristeza:
—Me castigarán por esto.
Parecía estar contemplando un distante terror.
—¿Qué verdad? —preguntó de nuevo el detective.
Sunlight se estremeció y volvió a mirar a Kinderman. Su cara era una súplica urgente.
—Yo no soy Karras —susurró roncamente—. Tommy quiere que usted sepa eso. ¡Yo no soy Karras! Créame, por favor. Si usted no lo hace, Tommy dice que no me dejará. Se quedará aquí. Yo no puedo dejar solo a mi hermano. Por favor, ayúdeme. ¡Yo no puedo ir sin mi hermano!
Kinderman había unido las cejas en expresión de sorpresa. Inclinó la cabeza a un lado.
—¿Ir adonde?
—Estoy tan cansado. Quiero seguir adelante. Ahora ya no hay necesidad de que me quede. Quiero seguir. Su amigo Karras no tuvo nada que ver con las muertes.
Cuando Sunlight se inclinó hacia delante, Kinderman se quedó sorprendido ante la desesperación que había en sus ojos.
—¡Dígale a Tommy que usted cree eso! —suplicó—. ¡Dígaselo!
Kinderman contuvo la respiración. Tuvo una sensación del momento que no hubiera podido explicar. ¿Qué era? ¿Por qué tenía esa sensación? ¿Creía quizá lo que Sunlight le estaba contando? No importaba, decidió finalmente. Él sabía que tenía que decirlo.
—Te creo —añadió con firmeza.
Sunlight se dejó caer contra la pared y sus ojos rodaron hacia el techo y de su boca salieron esos sonidos inarticulados, aquella otra voz:
—Y-y-y-yo te quiero, J-J-J-Jimmy.
Sus ojos se hicieron pesados y soñolientos y la cabeza le cayó sobre el pecho. Después se le cerraron los ojos.
Kinderman se levantó con rapidez de la silla. Alarmado, se acercó en seguida al camastro y colocó el oído junto a la boca de Sunlight. Pero Sunlight no dijo nada más. Kinderman corrió hacia el pulsador del timbre, lo apretó, y después salió corriendo al pasillo. Se encontró con la mirada de Atkins y explicó:
—Está comenzando.
Kinderman se dirigió aprisa al teléfono de recepción. Llamó a su casa. Mary respondió.
—Cariño, no salgas de casa —le dijo el detective con urgencia en la voz—. ¡No dejes que nadie salga de casa! ¡Cierra puertas y ventanas y no dejes que nadie entre hasta que yo llegue!
Mary protestó, repitió las instrucciones y después colgó el teléfono. Kinderman volvió al pasillo frente a la Celda Doce.
—Quiero que unos hombres vayan inmediatamente a mi casa —le dijo a Atkins.
La enfermera Spencer salió de la celda. Miró al detective y explicó:
—Está muerto.
Kinderman la miró sin lograr comprender.
—¿Qué?
Ella repitió:
—Ha muerto. Se le ha detenido el corazón.
Kinderman miró más allá de la enfermera. La puerta estaba abierta y Sunlight tumbado en el camastro.
—Atkins, espera aquí —murmuró el detective—. No llames. No importa. Espera solamente —dijo.
Kinderman entró con lentitud en la celda. Podía oír a la enfermera Spencer que entraba detrás de él. Los pasos de ella se detuvieron pero Kinderman avanzó un poco hasta hallarse junto al camastro. Contempló a Sunlight. Se le habían quitado las sujeciones y la camisa de fuerza. Tenía los ojos cerrados y en la muerte parecía que sus facciones se habían suavizado: en su cara había la expresión de algo como paz, la paz del final de un camino, largo tiempo deseada. Kinderman había visto ya una vez esa expresión. Intentó poner orden en sus pensamientos durante un rato. Después habló sin volverse.
—¿Creo que antes ha preguntado por mí?
Oyó que Spencer decía detrás de él:
—Sí.
—¿Únicamente me ha llamado?
—No sé lo que quiere usted decir —respondió Spencer.
Se colocó junto al detective.
Kinderman volvió la cabeza hacia ella.
—¿Le oyó usted decir algo más?
Ella había cruzado los brazos.
—Bueno, realmente no.
—¿De veras? ¿Qué quiere usted decir con exactitud?
Los ojos de la enfermera parecían oscuros en la vaga luz de la habitación.
—Había una especie de tartamudeo —explicó ella—. Esa voz rara que algunas veces usa. Tartamudea.
—¿Pronunció palabras?
—No estoy segura. —La enfermera alzó los hombros—. No lo sé. Ocurrió justamente antes de que empezara a llamarle a usted. Me pareció que aún se hallaba inconsciente. Yo había entrado para tomarle el pulso. Entonces oí esa especie de tartamudeo. Era algo como... no estoy segura... Algo como «padre».
—¿«Padre»?
La mujer alzó de nuevo los hombros.
—Algo parecido a eso, creo.
—¿Y, en ese momento, todavía estaba inconsciente?
La enfermera respondió:
—Sí. Entonces pareció como si se reanimara y... Oh, sí, ahora recuerdo algo más. Gritó: «Él está acabado.»
Kinderman la miró interrogativo.
—¿«Él está acabado»?
—Eso fue justo antes de que comenzara a vocear el nombre de usted.
Kinderman se quedó un rato con la mirada fija; después se volvió y miró el cadáver.
—«Él está acabado»... —murmuró.
—Algo extraño —siguió la enfermera Spencer—. Parecía feliz al final. Durante un segundo, abrió los ojos y parecía feliz. Casi como un niño. —Su voz era extrañamente desconsolada—. Sentí pena por él —dijo—. Qué persona más terrible, psicótica o no. Pero había algo en él que me hizo sentir pena.
—Eso es parte del ángel —explicó Kinderman con suavidad.
Sus ojos seguían clavados en el rostro de Sunlight.
—No he oído lo que ha dicho usted.
Kinderman escuchó una gota del grifo que se aplastó en la porcelana del lavabo.
—Puede usted irse ahora, señorita Spencer —le dijo—, gracias.
Escuchó los pasos de la mujer que se alejaban y, cuando se hubo marchado, se inclinó y tocó la cara de Sunlight. Sostuvo allí con suavidad la mano durante un momento; después se volvió y salió con lentitud al pasillo. «Algo parecía diferente», pensó. ¿Qué era?
—¿Qué te preocupa Atkins? —preguntó—. Dímelo, por favor.
Los ojos del sargento tenían una mirada encantada.
—No lo sé —repuso. Encogió los hombros—. Pero tengo información para usted, teniente. El padre del «Géminis» —añadió—. Le hemos encontrado,
—¿De veras?
Atkins afirmó con la cabeza.
—¿Dónde está? —preguntó Kinderman.
Los ojos de Atkins parecían más verdes que nunca, firmes y girando alrededor de un punto del iris—. Ha muerto —dijo—. Ha muerto de un ataque al corazón.
—¿Cuándo?
—Esta mañana.
Kinderman se quedó con la mirada fija.
—¿Qué demonios está ocurriendo, teniente? —preguntó Atkins.
Kinderman se dio cuenta de qué era diferente. Miró el techo del pasillo. Todas las bombillas lucían con gran brillo.
—Creo que ha terminado —murmuró. Afirmó con la cabeza—. Sí, así lo creo. —Kinderman bajó su mirada hasta Atkins y añadió—: Ha terminado. —Hizo una pausa—: Y le he creído.
En el instante siguiente, todo el terror y la pérdida le inundaron, el alivio y el dolor, y comenzó a descomponérsele el rostro. Se apoyó en una pared y sollozó indominablemente. Atkins fue tomado por sorpresa y, durante un momento, no supo qué hacer; entonces avanzó un paso y sostuvo al detective con sus brazos.
—Todo está arreglado, señor —repetía una y otra vez mientras los sollozos y el llanto continuaron durante unos minutos.
Justamente, cuando Atkins ya temía que nunca se terminaría, comenzó a disminuir; pero el sargento siguió sosteniéndole.
—Estoy sencillamente cansado —murmuró al fin Kinderman—. Lo siento. No hay motivo alguno. Ningún motivo. Estoy sólo cansado.
Atkins le acompañó a casa.




DOMINGO, 20 DE MARZO








16


«¿Cuál era el mundo real —se preguntaba Kinderman—, el mundo del más allá o el mundo en el que él vivía?» Ambos se habían interpenetrado. Silenciosos soles chocaban en ambos.
—Debe de haber sido un buen golpe para usted —murmuró Riley.
El sacerdote y el detective estaban solos en el cementerio, mirando el ataúd del hombre que hubiera podido ser Karras. Habían terminado los rezos y los hombres se quedaron solos con la aurora y sus pensamientos y la tierra silenciosa.
Kinderman alzó su mirada a Riley. El sacerdote estaba a su lado.
—¿Por qué lo dice?
—Porque le ha perdido usted dos veces.
Kinderman permaneció callado un momento, fija la mirada que después volvió para el ataúd.
—No era él —explicó el detective con suavidad. Sacudió la cabeza—. Nunca lo fue.
Riley alzó la cabeza para mirarle.
—¿Puedo invitarle a un trago?
—No haría ningún daño.




EPÍLOGO


Kinderman estaba esperando en el bordillo, directamente delante del cine «Biograph». Esperaba al sargento Atkins. Con las manos en los bolsillos de su abrigo, estaba sudando, echando ojeadas ansiosas arriba y abajo de la calle M. Ya era casi el mediodía y la fecha era 12 de junio, domingo.
El 21 de marzo se había llegado a la conclusión de que las huellas dactilares recogidas en tres de los escenarios del crimen, correspondían a las de tres pacientes del pabellón abierto. Los tres estaban actualmente en el pabellón de perturbados, esperando los resultados de una intensa observación.
Muy temprano en la mañana del 25 de marzo, Kinderman había ido a casa de Amfortas junto con el doctor Edward Coffey, amigo de Amfortas y neurólogo del Hospital del Distrito; había encargado un examen de Amfortas que reveló la lesión fatal. Por instancia de Coffey, se forzó la cerradura de la puerta principal de la casa y se encontró a Amfortas muerto en su sala de estar. Más tarde fue considerado como una muerte accidental, ya que Amfortas había muerto de un hematoma subdural resultante de un golpe en su cabeza al caerse, aunque Coffey le dijo a Kinderman que, de todos modos, Amfortas hubiera fallecido al cabo de dos semanas a causa de la lesión deliberadamente no tratada. Cuando Kinderman le preguntó por qué Amfortas quería dejarse morir, la única respuesta del doctor Coffey fue:
—Creo que tenía algo que ver con amor.
En un armario en el dormitorio de Amfortas, fue hallado un anorak de lana negra con capucha.
El día 3 de abril, el único otro sospechoso de Kinderman, Freeman Temple, sufrió un ataque cerebral que le dejó incapacitado. Ahora era un paciente más en el pabellón abierto.
Durante las tres semanas siguientes a la muerte de Keating, habían continuado las precauciones y la seguridad policial en el «Hospital General» de Georgetown; después disminuyeron gradualmente. No se produjeron otros crímenes en el distrito de Columbia con el modus operandi del «Géminis», y el 11 de junio, los crímenes al parecer relacionados con los asesinatos del «Géminis» se colocaron en un expediente cerrado de Homicidios, aunque se clasificó como abierta y todavía sin resolver.
—Estoy soñando —dijo Kinderman—. ¿Qué hacer?
Miraba pasmado a Atkins, de pie delante de él, con un traje a rayas y corbata.
—¿Es alguna broma?
Atkins parecía inescrutable.
—Bueno, ahora estoy casado —explicó.
Había regresado el día anterior de su luna de miel.
Kinderman continuó con su aspecto de pasmo.
—No puedo soportarlo, Atkins —dijo—. Es extraño. Es antinatural. Ten misericordia. Quítate la corbata.
—Podrían verme —repuso Atkins, sin expresión, los ojos fijos, mirando sin parpadear a los de Kinderman.
Kinderman hizo una mueca de incredulidad.
—¿Que a ti podrían verte? —dijo como un eco—. ¿Quién?
—Gente.
Kinderman le contempló un momento en silencio y después le dijo:
—Me doy por vencido. Soy tu prisionero, Atkins. Di a mi familia que estoy bien y que me tratan de forma decente. Les escribiré tan pronto como mis manos dejen de temblar. Supongo que tardaré unos dos meses. —Bajó aún más la mirada—. ¿Quién ha escogido la corbata? —preguntó con voz cavernosa. Tenía un motivo floral hawaiano.
—Yo mismo la he escogido —explicó Atkins.
—Así lo había pensado.
—Podría mencionar su sombrero —contraatacó Atkins.
—No lo hagas. —Kinderman se inclinó, acercándose a Atkins, con ojos escudriñadores—. Yo tenía un amigo en la escuela que se metió a monje de la Trapa —explicó—, monje durante once años. Todo lo que hizo durante ese tiempo fue fabricar queso y, de vez en cuando, recogía uvas, aunque su ocupación principal era la de rezar por la gente trajeada. Después abandonó el monasterio, y ¿sabes lo que se compró? ¿Lo primero que se compró? Un par de zapatos de doscientos dólares. Unos zapatos de chulo, con borlas por encima y en el empeine moneditas nuevas, relucientes y resplandecientes. ¿No te dan náuseas? Pues espera, aún no he terminado. Los zapatos eran de color púrpura, Atkins. Azulados. ¿He dejado claro mi argumento o, como de costumbre, estoy hablando a una pared?
—Se ha expresado usted con toda claridad —replicó Atkins, aunque su tono no parecía conceder nada. —Es mejor quedarse en la Marina. —Nos perderemos el comienzo de la película. —Sí, nos podrían ver —dijo Kinderman lúgubremente. Entraron en el local y ocuparon sus asientos. La película era Gunga Din, a la que seguía otra, El tercer hombre. Al acabar Gunga Din, cuando Din permanece en la cumbre del templo dorado haciendo sonar las notas quebradas de su corneta en su llamada de advertencia, después que las balas de los tugis le han acertado, una mujer sentada en la fila de atrás comenzó a soltar la risita y Kinderman se volvió para mirarla furiosamente. La mirada maligna no causó ningún efecto y, cuando Kinderman se volvió hacia Atkins para decirle que tendrían que cambiarse a otros asientos, el detective vio que el sargento estaba llorando. Kinderman experimentó un cálido sentimiento. Permaneció en su asiento, contento con el mundo, y él mismo lloró cuando fue interpretada La canción de los adiases, en el trasfondo, durante el entierro de Din. —¡Qué película! —suspiró—. Vaya schmaltz. Me encanta. Cuando acabó el programa doble, se quedaron frente al teatro, de pie en la bulliciosa y sofocante calle.
—Ahora vayamos a tomar un nosh —dijo Kinderman ansioso. Ninguno de los dos tenía servicio aquel día—. Quiero que me hables acerca de tu luna de miel, Atkins, y sobre tu guardarropa. Estoy presintiendo la necesidad de preparación para el futuro. ¿Adonde podemos ir ahora? ¿A «The Tombs»? No, no, espera. Tengo una idea. —Estaba pensando en Dyer. Enlazó su brazo con el del sargento y le condujo lejos de allí—. Ven. Conozco un lugar del todo perfecto.
Pronto estuvieron sentados en la «White Tower», oliendo a grasa de hamburguesa y discutiendo las películas que acababan de ver. Eran los únicos parroquianos en aquel momento. El camarero del mostrador estaba atendiendo el gruí y les daba la espalda. Era un hombre alto, de complexión robusta y su rostro tenía un aspecto rudo, modelado en la dureza. Su uniforme blanco y su gorro estaban salpicados de grasa.
—Sabes, Atkins, hablamos del mal que hay en este mundo y de dónde procede —dijo Kinderman—. ¿Pero, cómo explicaremos todo el bien? Si no somos más que moléculas, siempre deberíamos pensar en nosotros mismos. De modo que, ¿cómo tenemos siempre Gunga Dins, gentes que dan sus vidas por alguien más? Y después, incluso Harry Lime —siguió muy animado—. Harry Lime, que es lo opuesto, un hombre malo, incluso él marca un punto en esa escena de la noria. —Se estaba refiriendo a El tercer hombre—. Esa parte en que habla sobre los suizos y cómo durante todos esos siglos de paz el producto más importante que nos han dado son esos relojes de cuco. Eso es cierto, Atkins. Sí. Ahí ha acertado un punto. Podría ser que el mundo no pudiera progresar sin angst. A propósito, estoy trabajando en un homicidio con robo en la calle P. Sucedió la semana pasada. Debemos ocuparnos mañana del caso.
El camarero se volvió y le dirigió una mirada agria, silenciosa, y después volvió a dedicarse a las hamburguesas, comenzando a montar una docena igual en los fondos, pequeños y cuadrados, de los panecillos. Kinderman le contempló colocar un encurtido en cada pieza, con una expresión vaga de anhelo reflexivo en sus ojos.
—¿Podría poner una rebanada extra de encurtido en las hamburguesas, por favor?
—Demasiado encurtido las estropeará —gruñó el camarero.
Tenía una voz como un sargento instructor, baja y áspera. Estaba colocando las tapas de los panecillos en la carne.
—Si quiere usted cocina continental, váyase al «Beau Rivage». Allí tienen toda esa porquería jugosa.
Kinderman dejó caer los párpados.
—Le pagaré extra.
El camarero se volvió y depositó las seis hamburguesas en un plato de papel, frente a cada uno de ellos. Su rostro y sus ojos eran pétreos.
—¿Qué quieren para beber? —preguntó el hombre con indiferencia—. No me joda, compañero. Me duele la espalda. Ahora, ¿que queréis para beber?
—Expresso —pidió Atkins.
El camarero pasó su mirada al sargento.
—¿Qué ha sido eso, profesor?
—Dos «Pepsis» —respondió Kinderman con rapidez, presionando el antebrazo de Atkins con la mano.
La respiración del camarero hizo volar un pelillo de su nariz. Irascible, se dio la vuelta en busca de las bebidas.
—Todos los sabihondos de la calle M vienen por aquí —murmuró.
Un nutrido grupo de estudiantes de Georgetown entraron y muy pronto aquel lugar alborotaba con sus risas y sus charlas. Kinderman pagó por las hamburguesas y las bebidas y dijo:
—Estoy cansado de estar sentado.
Se levantó y Atkins siguió su ejemplo. Se llevaron la comida a un mostrador, para comer de pie, situado en la pared más alejada. Kinderman mordió su panecillo y masticó.
—Harry Lime tenía razón —explicó—. De la barahúnda surge un poema... Esta hamburguesa.
Atkins asintió su conformidad y masticó satisfecho.
—Todo forma parte de mi teoría —dijo Kinderman.
—¿Teniente?
Atkins alzó un índice, hizo una pausa para masticar y tragarse después un bocado. Extrajo una servilleta de papel, se limpió los labios y después acercó su rostro al de Kinderman; el bullicio de la sala había crecido en excitación.
—¿Querría hacerme un favor, teniente?
—Estoy aquí para servirle en todo, Mister Chips. Estoy comiendo y, por lo tanto, me siento expansivo. Déme a conocer su petición. ¿Tiene la póliza correspondiente?
—¿Por favor, me explicará su teoría?
—Imposible, Atkins. Me arrestarías.
—¿No puede contármela?
—De ningún modo. —Kinderman mordió otro bocado de la hamburguesa, lo hizo bajar con un trago de «Pepsi» y después se volvió hacia el sargento—. Pero ya que insistes... ¿Insistes, verdad?
—Sí.
—Así lo he creído. En primer lugar, quítate la corbata.
Atkins sonrió. Deshizo el nudo y se la sacó.
—Bien —siguió Kinderman—. No puedo contar esto a un perfecto extraño. Es tan grande. Tan increíble. —Tenía los ojos relucientes—. ¿Estás familiarizado con Los hermanos Karamazov? —preguntó.
—No, no lo estoy —mintió Atkins.
Quería mantener el humor generoso del detective.
—Tres hermanos —siguió Kinderman—: Dmitri, Iván y Aliosha. Dmitri es el cuerpo del hombre, Iván representa su mente y Aliosha es su corazón. Al final, en el mismísimo final, Aliosha acompaña a algunos muchachitos a un cementerio, a la tumba de su compañero de clase Ilusha. Este Ilusha fue maltratado por ellos con anterioridad porque... Bueno, porque era extraño, de eso no cabe duda. Pero después, cuando murió, comprendieron por qué Ilusha se había comportado del modo que lo había hecho y lo valiente y lo cariñoso que era. De modo que ahora Aliosha, por cierto, Aliosha es un monje, hace un pequeño discurso a los muchachos junto a la tumba de Ilusha y, sobre todo, les dice que cuando ellos crezcan y se enfrenten con las maldades del mundo, siempre deberían retroceder y acordarse de ese día, recordar la bondad de su infancia, Atkins; esa bondad que es básica en todos ellos; esa bondad que no se ha deteriorado. Aunque sea sólo un recuerdo en sus corazones, les dice, puede salvar su fe en la bondad del mundo. ¿Cómo son las palabras?
La mirada del detective se alzó y las puntas de sus dedos tocaron sus labios que ya sonreían anticipadamente. Bajó la mirada hacia Atkins.
—¡Sí, lo tengo! «Quizás ese único recuerdo nos pueda evitar el mal y reflexionaremos y diremos: sí, yo fui valiente, y bueno y honesto entonces.» Aliosha les dice algo que es vitalmente importante: «En primer lugar, y por encima de todo, sed bondadosos.» Y los muchachos, todos le aman, todos gritan: «¡Hurra por Karamazov!» —Kinderman sentía un nudo en la garganta—. Siempre lloro cuando pienso en esto —manifestó—. Es tan hermoso, Atkins. Tan conmovedor.
Los estudiantes procedían a recoger sus bolsas de hamburguesas y Kinderman les estuvo contemplando mientras se alejaban.
—Esto es lo que Cristo debió significar —reflexionó en voz alta— acerca de la necesidad de ser como niños para que podamos entrar en el reino de los cielos. No sé. Pudiera ser.
Observó al camarero que colocaba más hamburguesas en el asador y se preparaba para otra posible invasión. Después se sentó en una silla y comenzó a leer un periódico. Kinderman retornó su atención a Atkins.
—No sé cómo explicarlo —dijo—. Quiero decir la parte demencial, increíble. Pero nada más tiene sentido, nada más puede explicar las cosas, Atkins. Nada. Estoy convencido de que es la verdad.
Pero volvamos por un momento a Karamazov. Lo principal es Aliosha cuando dice: «Sed bondadosos.» A menos que lo seamos, la evolución no funcionará; no llegaremos allí —acabó Kinderman.
—¿Llegar adonde? —preguntó Atkins.
Ahora había silencio en la «White Tower»; sólo se oía el chisporroteo del asador y el sonido de las hojas del periódico al ser pasadas. La mirada de Kinderman era firme y sosegada.
—Los físicos están ahora seguros —comenzó— de que todos los procesos de la Naturaleza formaron parte, en otra época, de una fuerza única, unificada. —Kinderman hizo una pausa y después habló más bajo—. Yo creo que esta fuerza era una persona que hace mucho tiempo se destrozó en fragmentos en su anhelo de dar formas a su propio ser. Eso fue la Caída —siguió— el Big Bang: el principio del tiempo y del universo material cuando uno se convirtió en muchos..., en legión. Y por eso Dios no puede interferir: la evolución es esta persona que crece para volver a sí misma.
El rostro del sargento era una red de extrañezas.
—¿Quién es esa persona? —le preguntó al detective.
—¿No lo adivinas? —Los ojos de Kinderman estaban vivos y sonrientes—. Te he dado hace mucho la mayor parte de las pistas.
Atkins sacudió la cabeza y esperó la respuesta.
—Nosotros somos el Ángel Caído —concluyó Kinderman—. Nosotros somos los Portadores de la Luz. Nosotros somos Lucifer.
Kinderman y Atkins se sostuvieron la mirada. Cuando sonó la campanilla ambos miraron hacia la puerta. Entró un vagabundo harapiento. Sus ropas estaban rotas y mugrientas. Caminó en silencio hasta el mostrador junto al camarero, y se quedó allí de pie con los ojos clavados en aquél, en una súplica humilde y silenciosa. El camarero le miró furioso por encima del periódico; se levantó, preparó algunas hamburguesas, las puso en una bolsa y se las entregó al vagabundo, que, de nuevo en silencio, salió del local arrastrando los pies.
—Hurra por Karamazov... —murmuró Kinderman.

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