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martes, 27 de julio de 2010

LIBRO DECIMO --- MILTON -- EL PARAISO PERDIDO

EL PARAISO PERDIDO
MILTON



LIBRO DÉCIMO
SUMARIO.
SABIDA la desobediencia del hombre, los Ángeles abandonan el paraíso.
El hijo de Dios, enviado para juzgar los culpados baja, pronuncia
la sentencia, y movido de compasión, viste su desnudez, después de lo
cual vuelve a su Padre. El pecado y la Muerte, barruntando el suceso de
Satanás, desertan de las puertas del Infierno, y vienen a buscarle a la
tierra, construyendo un puente de comunicación entre el Infierno y la
tierra. Al través del Caos. Encuentran al cabo a Satanás, y se congratulan
mutuamente. Satanás vuelve a los Infiernos, y cuenta a la asamblea
de los rebeldes su victoria sobre el hombre. En lugar de aplausos, transformados
de repente en serpientes arrastran conforme a su sentencia, y
le responden con silbidos. Se eleva cerca de ellos un bosque de frutales,
de la misma especie que el vedado. Atormentados de hambre y de sed,
acuden a comer la fruta, y se les convierte en la boca en polvo y ceniza
amarga. El Pecado y la Muerte inficionan a la naturaleza. Dios pronostica
que su Hijo destruirá algún día aquellos dos monstruos. Manda a
sus Ángeles que hagan diversas alteraciones en los Cielos y en los elementos.
Adán, conociendo cada vez mas la mutación de su estado, llora
amargamente, y rechazan con dureza a Eva, que se esfuerza a consolarle.
Al fin consigue apaciguarle, y propone dos medios violentos para
impedir la propagación de sus desgracias en su posterioridad. Adán los
reprueba, manifiesta mejores esperanzas, la recuerda la promesa que se
les ha hecho de que su linaje tomará venganza de la serpiente, la
exhorta a unirse con él para aplacar con la penitencia y las oraciones a la
Deidad ofendida.
Del Eterno la vista vigilante,
A que nada se esconde, del triunfante
Satanás ha advertido la malvada
Trama: la perdición de Eva engañada,
Y su débil marido
Por ella tristemente seducido.
Bueno, mas justo, permitió que fuera
Tentado el hombre, para que pudiera
Probar su lealtad. Libre, y armado
Por la sabiduría
De una voluntad recta y de un talento
Claro, por la razón encaminado.
Nada influía en su consentimiento:
El vencer de su arbitrio dependía,
El peligro evitando,
O al enemigo astuto rechazando,
Sea que de la fuerza abierta usara.
O que un pérfido afecto simulara.
Dios mismo les había prohibido
Por su boca la fruta envenenada
Del árbol de la ciencia.
Entrambos en la audaz desobediencia
Cómplices, del delito cometido,
Víctimas son de su justicia airada:
Nada puede salvarlos. De improviso
Abandonan a un tiempo el Paraíso
Las escuadras celestes, de tristeza
Mudas al ver del hombre, antes su amigo,
La desgraciada súbita flaqueza;
Y el degradado suelo
Dejan, tomando hacia el Empíreo el vuelo.
No conciben por qué arte el enemigo
Infernal ha podido introducirse
En Edén, y a sus guardias encubrirse.
En el Cielo, esta angélica milicia
Halla al llegar sembrada la noticia.
Aquellos ciudadanos celestiales
Lloraban ya del hombre las fatales
Miserias; mas no obstante,
No había marchitado su semblante
Aquel pesar, pues su naturaleza,
Incapaz de tristeza
Sino en cuanto su dicha permitía,
De un gozo celestial resplandecía.
Quisieran saber todos cómo ha sido
La perdición del hombre; lo acaecido
Entre él y Satanás: a los que vienen
Curiosos cercan; pero apresurados
Estos de presentarse a su divino
Señor, no se detienen,
Hasta que de su trono al pie postrados
Se presentan. Entonces de su altura.
A manera de trueno repentino,
Rompe por medio de la niebla oscura
Que la cerca, una voz, estremeciendo
El cielo todo, y clara, así diciendo:
»Espíritus celestes, ese llanto
»De vuestros corazones generosos
»Por la caída del hombre, al punto cese:
»No deben la tristeza ni el espanto
»Morar entre mis siervos venturosos.
»Mucho antes que este lance sucediese,
»El día mismo en que forzó el malvado
»Satanás el Infierno, fue anunciado
»Por mí el crimen del hombre deleznable:
»Se le advirtió del riesgo: si es culpable,
»A sí solo atribuya su caída:
»Crió a los hombres libres: por su gusto
»Han destruido el equilibrio justo
»Que puse en su razón: se han persuadido.
»Al ver por un momento suspendida
»Mi venganza, poder impunemente
»Echar mis amenazas en olvido,
»Reírse de mi cólera; mas presto,
»Ya que a vista del mundo fue ultrajada
»Mi piedad tan cruelmente.
»De él mi justicia volverá vengada.
»¡Oh hijo mío! que vayas he dispuesto
»A imponer el castigo a esos culpados.
»Cual los cielos, la tierra y los infiernos
»Obedezcan rendidos tus eternos
»Decretos, y a tus pies arrodillados
»Por su juez te conozcan; mas, del juicio
»Que hagas, templa el rigor por la clemencia
»Que el hombre reconozca un Dios propicio
»En su juez, que en él vea su divino
»Medianero futuro,
»Que, a pesar de su atroz desobediencia,
»De compasión movido le destino:
»Pues tú has de ser el que del yugo duro
»Le libre con el tiempo del pecado,
»Como a su redentor a ti te toca
»Suavizar la pena de su loca
»Transgresión: que el amor dulce modere
»El rigor justo que el exceso osado
»Por sí mismo requiere.»
A estas palabras, vuelto hacia su diestra,
Donde el Verbo divino está sentado,
En él su resplandor eterno muestra
Todo, y el Hijo, viva imagen suya,
Así responde con serena frente
A su celeste Padre: »A la orden tuya
»Parto a dar al instante cumplimiento.
»Juzgaré a ese linaje delincuente:
»Tu ira terrible quedará calmada:
»Mi gloria en complacerte está cifrada:
»Mas sabes que tengo hecho juramento
»Que cuando de los siglos la carrera
»El destinado tiempo haya traído,
»He de bajar a la terrestre esfera
»A sufrir lo que el hombre ha merecido.
»Reparador divino de la humana
»Naturaleza ser he prometido,
»Y mi promesa no debe ser vana:
»Holocausto sagrado
»Seré yo, y detendré tu brazo airado.
»A la piedad permite que propicia
»Temple la rigidez de la justicia:
»Que a la tormenta atroz de la venganza,
»Del perdón dulce siga la bonanza:
»Que en todo tu grandeza al mundo asombre,
»Y como tema, así aplauda tu nombre.
»Todos los hombres de hoy en adelante
»Deben hallar en mí amparo constante.
»En cuanto a esos esposos desgraciados,
»Antes que llegue el tiempo en que juzgados
»Hayan de ser por mí solemnemente,
»Los examinaré privadamente.
»Por lo que hace al autor de su caída,
»Su fuga y su maldad ya conocida
»La convencen. Que tiemble del terrible
»Castigo, que le espera. El insensible
»Reptil, que le ha servido de instrumento.
»No necesita de convencimiento. »
Dijo, y de la sagrada
Mansión de la deidad, en que radiante
De inmortal gloria, de su Padre al lado
Desde la eternidad está sentado,
Parte. Por la carrera dilatada
Por donde ha de pasar a la distante
Puerta que está del Cielo a los confines,
Arcángeles, Virtudes, Serafines,
Todo el celeste ejército reunido,
En filas ordenado, está tendido,
Pronto a seguirle; pero recibida
La orden, queda a las puertas detenida
Su inmensa multitud. De allí lejano
El Edén delicioso, del humano
Linaje habitación, se descubría.
Solo, sin compañía
Ni corte alguna, desde aquella altura
El Hijo del Eterno la onda pura
Del éter corta. En vano pretendiera
Un ingenio criado
Medir la rapidez con que a la esfera
Terrestre llega: aun antes que pensado.
Aquel viaje veloz está concluido.
Ya el sol, menos ardiente,
Su carrera inclinaba al Occidente;
Los céfiros suaves jugueteaban
Entre las plantas del Edén florido,
Y sus espesas hojas agitaban
Con murmullo, que el eco repetía,
Y como todo, a Adán estremecía.
Dios le llama de pronto.
Ambos esposos Infelices, turbados,
De su ira merecida temerosos,
Con que ya su conciencia los acosa,
Huyen a toda prisa, y emboscados
De una selva inmediata en la espesura,
Procuran ocultar su vergonzosa
Desnudez, y el rubor de su semblante,
De su culpa la prueba más segura.
Los distingue la vista penetrante
Del Señor, que visible a ellos se avanza,
Diciendo: «Por qué, Adán, de la presencia
»De tu Dios huyes? tú, que tal confianza
»Antes en mí tenías, que a mi encuentro
»Corrías con alegre diligencia
»A bendecirme, al punto que llegaba,
»Como Eva, que igualmente me adoraba,
»¿Por qué ahora amedrentados en el centro
»Del bosque, entre sus sombras un abrigo
»Buscáis, cual si llegara un enemigo?
»Aun este jardín bello que os he dado
»Para que su cultivo os divirtiera,
»Le veo enteramente descuidado.
»Esas graciosas flores, la primera
»Atención de Eva, lánguidas, caídas,
»Parece que me dicen afligidas
»Que el encargo que os di no habéis cumplido
»¿En qué consiste ese culpable olvido?
»¿Desconoces ya a tu amo?
»¿Por qué no venís ambos cuando os llamo?
»Ven.» Adán obedece: desconfiada
Eva lo sigue, no con el risueño
Gesto con que del crimen el empeño
Arrostrar se la vid: mas vergonzosa,
Detrás de su marido rezagada
Tirándose a ocultar. Ambos esposos,
Del delirio despiertos, la llorosa
Vista a alzar no se atreven, y parados
A una larga distancia, temerosos
Se humillan, en el polvo arrodillados.
Ni el amor a su Dios ni la ternura
Que debían tenerse mutuamente,
Se ve en su rostro como anteriormente.
Su áspero ceño, su mirada oscura,
El odio, la venganza y la tristeza,
Y de un vil egoísmo la dureza,
Juntos con el terror, sólo presentan,
Que aquellos corazones atormentan
Su indignidad forzados conociendo,
A su Dios no se atreven a acercarse:
Jamás ya volverán a renovarse
Los amables coloquios en que, abriendo
Su pecho a su Señor con dulce encanto.
Ardían en su amor sus corazones;
Hoy los abrasan solas las pasiones.
Adán responde al fin lleno de espanto
El eco de tu voz he percibido,
»Señor; pero desnudo, no he tenido
»Valor para llegar a tu presencia.
»¿Y a quién, le dice Dios, la inteligencia
»De que desnudo te hallas has debido?
»¿Cómo mi voz, que todo tu consuelo
»Antes era, te inspira ahora recelo?
»¿Desde cuándo la tornes desconfiado?
»Habla: ¿has tenido acaso la osadía
»De tocar a la fruta que he vedado
A esta tonante voz, más formidable
Para él que el rayo, exclama tristemente
Adán, que su sentencia en ella oía:
«¡Y qué haré en este lance, oh miserable!
»¿Qué partido tomar? ¡Tengo presente
»Mi juez! En este instante pavoroso,
»Es preciso, o que solo el riguroso
»Justo castigo sufra, o que a una esposa
»Que tiernamente quiero,
»Que es el único hechizo de mi vida,
»Por premio de su fe y su amor sincero,
»Acuse como autora de la odiosa
»Culpa. Quisiera más que tu encendida
»Ira sobre ni solo fulminara:
»La mitad de mi mismo al fin salvara.
»Mas tú, ¡oh Dios! ves mi suerte lamentable,
»Ves la pena interior que estoy sufriendo.
»Tu voz va a pronunciar mi irrevocable
»Sentencia. ¿Puedo yo ocultarte acaso
»La parte que ha tenido en mi fracaso?
»¿Como sufrir yo sólo el peso horrendo
»Del enojo de un Dios, el vergonzoso
»Rubor del crimen, tu severo juicio,
»Para mi aun más terrible que el suplicio?
»Y aun cuan do yo mi cómplice quisiera
»Ocultar cuidadoso,
»¿A tu irritada vista se escondiera?
»Diré, pues, que aquel ser que me dijiste,
»Que me haría dichoso, aquel modelo
»De fe, amor y constancia, en el que uniste
»Con divino desvelo,
»Todas las gracias, toda la hermosura,
»Que a una peña forzara a la ternura;
»La esposa, en fin, que tu beneficencia
»Me dio, como un dechado de inocencia
»Y de virtud, la fruta que ha cogido
»Me ha presentado, y yo la he recibido
Entonces el Señor le manifiesta
Su Majestad visible, y le contesta:
»¡Ingrato! ¿Por ventura
»Tu esposa era tu Dios, para que hiciera
»Su voluntad, y a mí la prefirieras?
»¿Te la había yo dado por segura
»Norma de tu conducta? ¿La había hecho
»Arbitra de tu suerte? ¿Poseía
»Los dones con que yo te distinguía.
»Tus varoniles prendas, tu derecho
»Al mando, de tu sexo la firmeza,
»De tu razón la sólida cordura?
»La prodigué las gracias, la dulzura,
»El pudor, la inocencia y la belleza
»Mas no la autoridad. Era su suerte
»La de amarte leal, y obedecerte:
»En el segundo rango colocada,
»Libre, pero a tus leyes arreglada
»La tuya era andar. Tú envilecido
»Tu noble imperio echaste en olvido
»A su capricho frívolo, cediste,
»Y por no disgustarla, me ofendiste.
Dicho esto, a Eva pregunta brevemente;
«¿Cual fue la causa de que tú alcanzaras
»La fruta, y mí precepto quebrantaras?
Eva, bajando vergonzosamente
La vista al suelo, dice: «La Serpiente
»Me engañó: ponderó lo buena que era,
»Y al cabo consiguió que la comiera.
A estas palabras, el Señor, airado,
Castigar quiere a un tiempo a ambos esposos,
Y vengarlos de aquel ser depravado
Que los ha seducido.
A él, pues, primeramente dirigido:
«¡Oh tú, dice, que con tus maliciosos
»Artificios al lazo has arrastrado
»Estas víctimas; órgano proscrito
»De la perfidia, origen del delito,
»Serpiente, autor de tan horribles males,
»Seas maldito entre los animales;
»Vilmente arrastres siempre por la tierra:
»Entre ti y la mujer, eterna guerra
»Haya, que dure entre sus descendientes
»Y los de tu ralea procedentes.
»Un día vendrá, un día, en que triunfante,
»Con sus pies te quebrante
»La orgullosa cabeza.
»En el punto en que logre tu fiereza
»Morderla en el talón. La has engañado,
»Pero serás por ella subyugado!»
Este oráculo santo, en los futuros
Siglos tuvo perfecto cumplimiento,
Cuando el Verbo divino el nacimiento
Tuvo en el mundo de otra Eva más pura.
Antes, su ira terrible en los oscuros
Calabozos y simas infernales
A Satanás con toda aquella impura
Turba de desleales
Secuaces arrojó precipitados;
Y aun más después, su orgullo confundiendo,
La tierra le vio hecho hombre; reviviendo
Del lóbrego sepulcro, quebrantados
Los cotos de la muerte y del Infierno,
Sobre sus ruinas un imperio eterno
Fundar, llevando por los aires, vivos,
Libres, en noble triunfo sus cautivos,
Y bienhechor del mundo, abrir la entrada
De los Cielos, al hombre antes cerrada.
Hoy, del Padre ejerciendo la severa
Justicia, pronunció de esta manera:
«Eva: con los trabajos más prolijos,
»Y dolores, darás a luz tus hijos,
»Y vivirás sujeta a tu marido
»Y tú, ¡hombre débil! que por complacencia
»Hacia ella, mi precepto has transgredido.
»Pagarás cara tu desobediencia.
»Ahora a tu vista la naturaleza
»Va a perder casi toda su belleza:
»Por tus miserias contarás tus días,
»¡Ingrato! Y el tributo voluntario
»Y rico que del campo recogías,
»Cesará: negará la avara tierra.
»A tu hambre los tesoros que en sí encierra
»Te será necesario
»Atormentarla con afán penoso,
»Y sin cesar, para que te alimente:
»Con sudor de tu rostro el doloroso
»Pan comerás: estéril, desolada,
»Sólo se mostrará espontáneamente
»De cardos y de espinos erizada.
»Polvo eres: de su seno producido,
»Volverás a ella en polvo convertido.
»Así aquel Dios, propicio y justiciero
A un tiempo, los estragos anunciaba
De la espantosa muerte, y moderaba
De su justicia eterna los terrores,
Dilatando hacia el tiempo venidero,
Y a una época distante,
Su amenaza y sus golpes vengadores.
Y en tanto su bondad, que en adelante
Su grandeza humillar tanto pensaba,
Que a sus caros discípulos sirviera
Como si el más rendido esclavo fuera,
Ya cariñosa se, ensayó aquel día;
Pues como la estación amenazaba
La próxima llegada del helado
Invierno, aquel Dios bueno, que aun quería
Mostrar su amor al hombre, aunque culpado
A los dos delincuentes, de la lana
Del ganado, les hizo, con humana
Compasión, ropas con que se vistiesen,
Y sus cuerpos del frío guareciesen:
¡Solicitud de un padre el más piadoso!
Mas no basta que el cuerpo esté vestido,
Supuesto que sus almas han perdido
La virtud, su ornamento el más precioso
Queriendo, pues, cubrir esta indecencia
A los ojos del Cielo, los reviste
De su propia inocencia.
Ya cumplido su encargo, de la triste
Pareja se separa, y vuelve, lleno
De gloria, de su Eterno padre al seno:
De lo hecho a darlo cuenta allí procede
Y piadoso intercede
Por aquellos esposos desleales;
Pero antes que el pecado
Del hombre el mundo hubiera profanado,
Cuando ya Satanás, las infernales
Puertas forzando, el vuelo a él dirigía,
La Culpa, de la Muerte acompañada,
Pensativa quedó en la abierta entrada.
Por la que un río rápido salía
De negras llamas, que en el caos horrendo
Se iban por todas partes extendiendo.
La Culpa al fin, se vuelve al hijo fiero,
Y así le dice: «Cuando considero
»Que por nosotros ahora mi querido
»Padre está mil peligros arrostrando,
»En un desconocido
»Clima, tal vez osado conquistando
»Un mundo en que vivamos agradable,
»Me avergüenzo de ver que nos estemos
»Entregados a un ocio despreciable,
»Y su ambición gloriosa no imitemos.
»El sin duda ha salido victorioso;
»Si así no fuera, el brazo poderoso
»De Dios, segunda vez a este abrasado
»Pozo le hubiera ya precipitado;
»Pues ningún otro abismo hallar pudiera
»Más cruel, para saciar su saña fiera.
»Sí: veo nuestro imperio ya extendido:
»Mi interior me lo dicta: ya ha venido
»El tiempo en que podamos sin recelo
»A esas remotas playas nuestro vuelo
»Levantar. Un poder desconocido
»Alas parece darme, y me convida
»Con atractivo fuerte a que allí acuda,
»Como a mi cara patria, en que otra vida
»Mejor disfrute, y a que por la muda
»Región del Cielo tome mi camino,
»Para llegar a aquel feliz destino;
»Que para ello hallaré una regia vía
»En la bóveda inmensa que el profundo,
»Infierno une a la tierra,
»Atravesando por el infecundo
»Vacío que a ella en derechura guía:
»Esto me inspira, y mi terror destierra.
»Veo, en efecto, del sepulcro oscuro
»Que habitamos, abierto ya espacioso
»Paso a este nuevo mundo deleitoso,
»Digno en verdad de todo nuestro apuro.
»Yo a intentarlo estoy ya determinada.
»Ni trabajos, ni penas, ni el castigo
»Con que nos amenaza ese enemigo
»Que nos echó a esta cárcel desgraciada,
»Me detendrán; pues una vez abierta
»Por mi mano, no puedo ya agraviarlo
»Mas, y sería inútil contemplarle;
»Y, o por mí corazón soy engañada,
»O la fortuna de la empresa es cierta.
»Estoy pronto a seguirte, la responde
»El esqueleto negro y descarnado:
»Nada de cuanto hablaste se me esconde,
»Lo iba a decir, y te has anticipado:
»Partamos pues, unidos al momento:
»Precediéndome tú, estoy bien seguro
»De no errar el camino: además, siento,
»Sí no me engaño, que por el oscuro
»Caos difunden ya aquellas vitales
»Playas algunos hálitos mortales,
»Que hasta aquí llegan; vamos sin tardanza,
»Que aun ya la sangre misma y la matanza
»Percibo.» Al decir esto, el cruel olfato
Hacia la tierra vuelto, largo rato
En aspirar de lejos se recrea
El aire emponzoñado. Así ventea
El voraz buitre, en vísperas del día
Del combate, la atroz carnicería,
Y el olor de los tristes funerales,
Exacto a los ejércitos siguiendo;
Tal aquel monstruo, de las infernales
Puertas, de gozo insano, está ya oliendo
Su presa, lisonjeando su apetito
Con la idea del número infinito
De ruinas y cadáveres inmundos
Que le han de dar los asolados mundos.
Ambas pestes a un tiempo, con ruidoso
Vuelo el Infierno dejan, las regiones
Del caos proceloso
Cortando, como dos exhalaciones.
Nada detener puede su impetuosa
Rapidez, ni la lucha tumultuosa
De los más vastos cuerpos encontrados,
Ni el furor de los vientos desatados.
Brama el abismo. En vano a su camino
A cada paso opone un torbellino,
Un mar intransitable, una tormenta.
Todo lo arrollan con su turbulenta
Furia: todo lo vencen, su carrera
Siguiendo, cual si nada se opusiera.
Rugiendo así, dos vientos tempestuosos
Soplan sobre los mares dilatados
Del Norte, convirtiendo en prodigiosos
Témpanos, riscos, montes congelados
Sus ondas alteradas, y barriendo
Todo aquel vasto caos, que luciendo
con fosfórica lumbre, al navegante,
Que pretende pasar a la distante
Ribera del Catay, un invencible
Muro opone, en su empresa inasequible.
Mas la Muerte se arroja de repente
Sobre el abismo airado; y con su helada
Enorme maza, del fatal tridente
Émula, hiere, y liga aquella inmensa
Muchedumbre sembrada
En el caos, de cuerpos divididos,
De agigantados montes esparcidos,
Y en una sola masa los condensa,
Con pegajoso asfalto asegurada.
De su temido ceño a una mirada
Queda sin movimiento,
Sobre un profundo y sólido cimiento,
Formando un puente inmenso, que se aferra
Del Infierno en las puertas por un lado,
Y por el otro en la remota tierra.
El arco, sobre el caos colocado,
Coge todo el abismo tenebroso:
Iguala el puente en la excesiva anchura,
De la infernal entrada la abertura.
Bien puedes de terror estremecerte,
¡Oh desdichado mundo! Ese espantoso
Puente es el de la Muerte.
De tu recinto, en prolongada cuesta
Con rapidez desciende a la funesta
Profundidad de la infernal morada,
El camino. Por él, apresurada,
Unos tras de otros tus habitadores,
Así vencidos como vencedores,
Triunfante arrastrará de la apacible
Atmósfera vital a su antro horrible.
Así, si lo pequeño es comparable
Con lo grande, aquel puente formidable
De Jerjes desde el Asia se extendía
Hasta la opuesta Europa, y paso abría
A aquella multitud innumerable
De guerreros, que a hacer la Grecia esclava
El bárbaro Monarca destinaba.
El Helesponto airado,
Sus ondas reuniendo, aquel osado
Puente deshizo, y con locura rara,
Aquel Rey orgulloso
Mandó que como a esclavo revoltoso
Mar con azotes se le castigara.
Más sólida, al embate se resiste
Del abismo irritado que la embiste
Con espantosas olas, la obra fuerte
Construida por la Culpa y por la Muerte,
Sin fin el arco firme prolongando,
Y aquel mar insondable dominando;
Pero acabada la obra, la dañina
Pareja otra vez rápida camina;
A Satanás buscando cuidadosa,
Sigue puntual su rastro, y no reposa
Hasta llegar aquel mismo paraje
Del orbe de la tierra en que él su viaje
Primero terminó, Y en donde aliento
Tomó, ya vencedor, considerando
El transitado abismo, que bramando
Hervía con horrible movimiento.
También allí ambos monstruos se detienen
Y en afirmar el cabo se entretienen
Por donde el puente está a la tierra unido
Hecho esto, vuelven a tomar el vuelo,
Y después que la tierra han recorrido,
Y registrado con igual desvelo
Los confines celestes, hacia el lado
Izquierdo el negro tártaro dejado,
Se dirigen a Edén, cuando en la altura,
Del Zodiaco descubren de repente,
Allá entro el Escorpión y el Sagitario.
Al feroz Satanás, en la figura
De un Ángel refulgente.
A la sazón, en Aries su ordinario
Curso empezaba el Sol, y cauto huía
De su luz el Arcángel: aunque había
Aquel disfraz tomado, no tardaron,
En conocer al padre los monstruosos
Hijos, y prontamente caminaron
A su encuentro gozosos.
El que desde luego que a Eva hubo vencido.
Espantado y contento con su ruina,
Receloso, de Dios había huido,
A una selva vecina
A ocultarse; mas presto, diferente
Disfraz tornando, silenciosamente
Volvió al paraje en que Eva conversaba
Con Adán y a imitarla le tentaba.
Le vio en el cenador, flaco y caído,
Comer con ansia el fruto prohibido,
Y fui testigo de su vergonzoso
Rubor, cuando industrioso
Formo de hojas de higuera su vestido.
Satanás, en sí mismo de alegría,
Mirándole perdido, no cabía;
Pero al sentir que ya se aproximaba
Su señor y su juez, huyó temblando,
Algún asilo incógnito buscando;
¡Tanto temía al mismo que insultaba!
En fin, después de dada la sentencia,
La noche aprovechando, en diligencia
Volvió hacia los esposos a acercarse,
Y pérfido aplicando el fino oído,
Por sus conversaciones, enterarse
Logró de la sentencia pronunciada
Contra el mismo; mas viendo diferido
Su castigo hasta una época ignorada,
Alegre triunfa, y arde de impaciencia
De ir a dar al Infierno aquellas nuevas,
De su victoria imaginaria pruebas.
Hacia allá vuela, y ya llega a la entrada
Del vasto puente cuando en la presencia
Se encuentra de su prole detestable.
¡Cuánta fue de ambas partes la algazara,
Al reunirse la familia rara!
El, sobre todo, al ver el admirable
Puente, pasmado de aplaudir no cesa
La grandeza y suceso de la empresa.
De la suya después ufano trata,
Y sus gloriosos hechos les relata.
Ambos su triunfo ensalzan, y gozosa
La Culpa, así le dice: «¡Oh padre amado,
»En la obra de este puente milagrosa,
»Admira una obra tuya! Con efecto,
»A ti debe el Infierno este perfecto
»Monumento. Tú sabes, qué sagrado
»Lazo, qué amor, qué dulces relaciones,
»Qué justa obligación eternamente
»Reúnen nuestros fieles corazones.
»La cuna, el interés, la semejanza,
»Una fortuna misma, una esperanza.
»Cada momento mas estrechamente,
»Nos juntan. Así, estando separada
»De ti, por mil agüeros avisada
»Interiormente del feliz suceso
»De tu empresa, la fuerza poderosa
»De la sangre, la voz más imperiosa
»De la naturaleza, y el exceso
»De mi amor, a buscarte me llamaban.
»Vastos mundos en vano intermediaban.
»Nada bastó para que yo sufriese
»Vivir sin ti. Ni el Caos, ni el Erebo
»Pudieron estorbar que te siguiese.
»Cada peligro, lejos de arredrarme
»Para mi amor sin término era un nuevo
»Aliciente: nuestro hijo a acompañarme
»Con igual ardimiento se ofrecía.
»Cerrados tanto tiempo en las odiosas
»Prisiones, a tu noble valentía
»Debernos ambos el haber podido
»Salir de aquellas simas tenebrosas,
»Y a tu ejemplo, el habernos atrevido.
»Por tu influjo, han logrado nuestras manos
»Extender a estos términos lejanos
»Tu limitado imperio, y este puente
»Soberbio, que al horrendo caos espanta,
»Y sobre él dominando se levanta,
»Construir, cual lo miras, felizmente.
»Tu, triunfador de Dios, en su escogida
»Obra, solo, glorioso le humillaste,
»Y de nuestros reveses nos vengaste.
»Dueño por fin de toda esta florida
»Tierra por tu conquista, con tu celo
»Alivio en nuestros males nos has dado,
»Y a su inhumano autor escarmentado.
»Aquí reinas, servías en el Cielo.
»Deja, pues, que ese Rey tan poderoso,
»Por ahora a gusto goce de reposo
»En su remoto alcázar eminente,
»Pues así de la guerra la fortuna
»Lo ha dispuesto: a lo menos, actualmente
»Con su presencia no nos importuna.
»Tranquilo sucesor de este extendido,
»Reino, que él libremente te ha cedido;
»Pues no lo ha disputado a tus gloriosos
»Designios, se diría que conspira
»Su voluntad contigo, y que contento
»Te cede sus dominios, con la mira
»De huir de otros combates peligrosos.
»Lejos pues de arredrarte,
»Mucho mayor aliento
»Su triunfo precedente debe darte;
»Pues que si él conociera
»Su superioridad, no te temiera;
»Y mientras que nosotros preparemos
»Nuestras fuerzas, para ir a hacerle guerra,
»Si él la empieza, el poder enseñaremos
»Del Infierno, ligado con la tierra.»
Satanás, hechizado, le responde:
«Hija querida, y tú, que un doble nudo
»De estrecho parentesco une conmigo,
»Obráis como a mi sangre correspondo.
»El universo, de admiración mudo,
»No necesitará de otro testigo,
»Que de vuestras hazañas valerosas,
»Para saber que soy vuestro ascendiente.
»Cruel enemigo del Omnipotente
»(Y Satanás de serlo se gloría),
»A vuestras atenciones generosas,
»A vuestra extraordinaria valentía,
»En mis sucesos ¡cuánto no he debido!
»No os deben menos vuestros inmortales
»Amigos del Infierno. La indecible
»Industria vuestra, dos mundos rivales,
»Por medio de este puente, ha reunido
»Con lazo indestructible,
»En una patria misma, en un estado.
»Vuestros triunfos al Cielo han espantado,
»Y yo estoy con razón envanecido
»De haber tan nobles hijos producido.
»Id pues, y mientras yo por ese puente,
»De vuestro arte milagro permanente,
»Me dirijo a las playas infernales
»A contar vuestras glorias y las mías
»A mis pueblos leales,
»Dirigid vuestros pasos presurosos,
»De Edén a los jardines deleitosos:
»Gozad allí de más felices días,
»Que hasta aquí, y en aquella afortunada
»Región fijad desde hoy vuestra morada:
»De la paz dulce y del placer del mando
»En ella para siempre disfrutando,
»En los aires, los mares y el fecundo
»Suelo reinad. Tratad a ese vencido
»Hombre, que se intitula Rey del mundo
»Cual merece: cargadle de cadenas,
»Y colmadle de oprobios y de penas:
»Destruid de una vez vuestros rivales:
»Os fío mis derechos inmortales,
»Y mis poderes todos: en mi ausencia
»Haced que se me preste la obediencia
»Por todas partes, y reconocida
»Sea mi autoridad, la que deseo
»Ejercer con vosotros dividida:
»Nada aprecio en el trono que poseo,
»Sino que en él reinéis ambos conmigo.
»¿Y habrá algún enemigo
»De tales fuerzas, que si conspiramos
»Los tres contra él unidos, no venzamos,
»Y qué esplendor será el de este brillante,
»Imperio, con tal liga, en adelante?
»Id pues, asid audaces la fortuna:
»Mostraos dignos de vuestra alta cuna,
»Y cada cual de ser mi prole ufano,
»Servid a vuestro padre y soberano.»
Dice así, y raudos como dos centellas
Ambos volando, siguen un camino
Salpicado de estrellas:
Un lóbrego nublado los precede:
Horrorizado al verlos, retrocede
Pálido el sol, y de un vapor dañino
Queda aire a su tránsito infectado.
Hace entre tanto Satanás su viaje
Al Infierno, y el Caos, irritado
De ver en sus abismos un pasaje
Libre, rugiendo, el formidable puente
Con sus olas azota inútilmente:
Aunque unas a otras, fieras, se reemplazan,
Sus firmes fundamentos las rechazan.
Llega en fin Satanás a la ancha entrada
De su reino infernal. Abandonada
Por su guardia; su pueblo, descuidando
El custodiar muros y fronteras,
Ya en los soberbios pórticos vagando
De su palacio, en donde las primeras
Cabezas del estado consultando
Estaban. La inquietud y desconfianza
Reinaban en la junta, recelosa
De algún funesto azar, por la tardanza
De su monarca. Toda la curiosa
Muchedumbre impaciente
Que los vastos contornos ocupaba,
Y mil funestos cálculos formaba,
Con sus lamentos, más a aquel prudente,
Senado entristecía,
Que, conforme a las órdenes que había
Dejado su monarca, desde el punto
De su salida estaba siempre junto
En el vasto salón, de numerosa
Guardia cercado, que la tumultuosa
Plebe, de allí apartada detuviera,
A fin que sus sesiones no impidiera,
Y atender al gobierno del estado
Pudiese, a sus desvelos confiado.
Satanás llega: toma la figura
De un ángel de la clase más oscura;
Sin ser reconocido,
Con mafia en la gran sala Introducido,
Se hace invisible y el resplandeciente
Trono ocupa, de púrpura labrado
Y de piedras riquísimas bordado.
Sin ser visto, de allí con complacencia
Observa en sus vasallos la ansia ardiente
De volver a gozar de su presencia.
Y así como rompiendo alguna oscura
Nube, una estrella más brillante, y pura
Aparece a los ojos de repente;
Así toda su gloria desplegando,
A la vista de pronto se presenta,
A aquella muchedumbre deslumbrando
Con las reliquias de sus resplandores,
Que le quedaron en la atroz tormenta
De su antigua caída.
Llenos de gozo los espectadores,
Con aplausos y vivas, su venida
Celebran, apiñándose por verle
De cerca, y sus obsequios ofrecerle.
Los primeros los nobles senadores,
Columnas de su imperio, descendiendo
De sus tronos, le cercan respetuosos
Y le colman de aplausos afectuosos.
Les corresponde atento, y extendiendo
Con majestad la mano, les impone
Silencio, y sus sucesos así expone:
»Monarcas, Tronos y Dominaciones,
»A Poderes Celestiales,
»Ya no son vanas denominaciones
»Estos títulos: hoy son verdaderos
»Dictados vuestros, y atributos reales,
»Pues mis sucesos han sobrepujado
»Nuestros mismos proyectos lisonjeros.
»Si un envidioso Dios os ha encerrado.
»Dentro de estas prisiones espantosas,
»De vuestro Rey las manos victoriosas
»Vienen a abrirlas todas, y a volveros
»La dulce libertad, la luz del día:
»Al salir de estas llamas, os espera
»Un mundo delicioso, que podría
»Causar envidia a la celeste esfera;
»Feliz, en que la cuna habéis tenido:
»Hallar y conquistar he conseguido,
»¡Pero con cuántos riesgos y fatigas!
»Esos remotos reinos. Cada instante
»La dirección perdiendo, andaba errante
»Por el vacío inmenso y las regiones
»Del proceloso caos, enemigas
»De todo ser viviente: en ocasiones,
»Sin hallar nada en que estribar pudiese
»El pie, ni aun que mis alas sostuviese,
»Y otras veces, rompiendo las airadas
»Olas de un mar inmenso amontonadas.
»El furor de este al fin, un firme puente,
»Por la Muerte y la Culpa fabricado,
»Con milagrosa industria, ha sujetado,
»Y por él pasaréis cómodamente.
»No así yo, que el primero,
»Sin tal auxilio aquel abismo fiero
»Solo vencí, ya en simas espantables
»Sumergido hasta el fondo, ya luchando,
»Diestro piloto, con los insondables
»Pielagos y huracanes que, bramando,
»Con el Cielo sus olas confundían:
»Muchas veces mis alas fatigadas
»Mantenerme en el aire no podían.
»Entre las tempestades desatadas
»Y horribles torbellinos,
»Y apurado, variando de caminos,
»Iba formando surcos trabajosos
»Para romper los velos tenebrosos
»Del Caos y la eterna Noche, unidos
»Con liga poderosa ,
»(Por que rebelde el Caos, y envidiosa
»La Noche, en ocultarme sus secretos.
»Recelando también ser comprendidos
»En mi suerte, se habían empeñado,
»Oponiéndome siempre los decretos
»Contrarios y fortísimos del Hado);
»Mas de ambos triunfe al fin, y felizmente
»Descubrí un nuevo mundo, que compuesto,
»De aire, de tierra y agua, está dispuesto
»Con tal primor, que en la naturaleza
»Quizá no hay otro más sobresaliente,
»Así en fecundidad como en belleza.
»El hombre únicamente allí reinaba:
»Pacífico y tranquilo, disfrutaba,
»Bajo el cielo más puro y más sereno,
»De un florido amenísimo terreno;
»De sus ricos tesoros las primicias,
»Feliz a arbitrio suyo saboreaba,
»Debiendo sólo a nuestra desventura
»El vivir y el gozar tales delicias:
»Su dicha puso el colmo a mi amargura:
»Le tenté con un fruto prohibido:
»Mi astucia y su flaqueza le han perdido.
»¿Mas quién lo que diré hubiera esperado?
»La ridícula ofensa de manera
»A su Hacedor ridículo ha irritado,
»Que aquellos favoritos, del hermoso
»Jardín, cuando a habitarlo han comenzado,
»Sin la menor piedad ha echado fuera,
»Y con ellos, y el mundo, en nuestras manos
»Lo abandona. Este triunfo venturoso
»No ha costado un combate, y poseemos
»Un mundo, cuyo precio aun no sabemos,
»Pero que es opulento con exceso.
»Mis afanes por fin no han sido vanos.
»¿Pero qué me diréis de la rareza
»Del juicio de ese Dios? De su ira el peso
»Sólo ha caído sobre la torpeza
»De un reptil infeliz, que de instrumento
»Ciego hice yo servir para mi intento.
»Mi suplicio, al contrario, ha diferido
»Para una época incierta, mas distante:
»Entre el hombre y mi raza ha establecido
»Eterna enemistad en adelante,
»Y contra mí, aunque ausente, dirigido,
«Llegará, ha dicho, día en que consigas,
Morderle en el talón; mas tu fiereza
Sujetará, y sus plantas enemigas
Quebrantarán entonces tu cabeza.»
»Reparad, pues, cuán poco me ha costado
»Conquistar ese mundo celebrado.
»Sus hermosos verjeles os aguardan:
»Id pues: la paz, la dicha allí se os guardan.»
A estas palabras calla, no dudoso
De que va oír mil vivas expresiones
De gozo y gratitud; aclamaciones
Que satisfagan su ánimo orgulloso.
¡Cuál es pues su dolor, cuál es su espanto
Cuando, en lugar de aplausos, de silbidos
Se estremece la sala, y revolviendo
Los ojos, ya en serpientes convertidos
Sus vasallos! Aumenta su quebranto
Y su vergüenza, comprimir sintiendo
Su misma cara y afilar su frente,
Prolongarse su cuerpo, y recogidos
En él brazos y piernas, en serpiente,
Como los circunstantes, transformarse
Furioso, ni un momento en arrojarse
Tarda del alto trono, blasfemando
En su interior, y arrastra torpemente
Por el suelo, su afrenta deplorando
En vano se resiste: en vano toma
Mil formas, sus anillos reduciendo,
O con fuerza sus roscas impeliendo:
El brazo del Señor le abate y doma.
Lo que sirvió a su triunfo de visible
Y pérfido instrumento,
Justamente ocasiona su tormento.
A hablar se esfuerza, y en lugar de lengua,
Tres dardos vibra, que con silbo horrible
La voz reemplazan. Para mayor mengua
En tanta confusión, ni aun su silbido
Es por las demás sierpes atendido,
Y se ve envuelto entro sus enroscadas
Colas, unas con otras enganchadas.
A cada instante la algazara crece,
Y el gran palacio sin cesar atruena.
El hondo Infierno de terror se llena,
Y la naturaleza se estremece:
La soberbia en el crimen los ha unido,
Y el Juez Eterno unirlos ha querido
En una misma pena.
No produjo la sangre venenosa
De la Górgona prole tan monstruosa.
Por medio de la turba al fin rompiendo
Satanás, aun soberbio, el cuello empina,
Y ya más sosegada la domina.
Presenta la figura de un horrendo
Dragón, más fiero aún, que el fabuloso
Pithón, que, según cuentan, producido
Fue del lodo de un lago cenagoso
Por los rayos del sol enardecido.
Tal Satanás feroz aun descollaba,
Y rastros de grandeza conservaba.
Como en la forma que le distinguía,
En valor a los otros excedía.
Ciegos como él de rabia, mudamente
Se la explican: él sale, y diligente
Toda la reptil turba va en seguida
De su Jefe, al paraje dirigida
En donde aquellos que ha exceptuado el Cielo
Hasta entonces del triste desconsuelo
De la transformación, la guardia hacían,
O en falanjes formados, divertían
El tiempo en ejercicios belicosos,
Aguardando impacientes que volviera
Su Rey de nueva gloria coronado,
La época anticipando con ansiosos
Votos. ¡Mas qué suceso desgraciado
Engañó esta esperanza lisonjera!
En lugar de sus huestes relucientes,
No se ve de repente en la llanura
Mas que una multitud inmensa, oscura,
De mil variadas hordas de serpientes.
Al ver sus transformados compañeros,
El contagio alcanzó a aquellos guerreros,
La sangre de sus venas congelando,
E igualmente sus cuerpos transformando
En sierpes: de las manos encogidas
Las armas se les caen, y oprimidas
Sus fauces, con silbidos lastimosos
A sus hermanos siguen arrastrando.
Como han sido unos mismos sus odiosos
Intentos, uno mismo es el castigo;
Un furor mutuo contra el enemigo,
Y el consuelo de ver al Jefe ausente,
Los dardos de sus lenguas juntamente
Hacen silbar, y atónitos, su aprecio
Explican con señales de desprecio.
Para agravar sus males, ha dispuesto
Dios elevar de pronto en aquel puesto
Un verjel abundante y deleitoso:
Ostenta en él cada árbol su precioso
Fruto, como en Edén, de oro brillante,
Y de púrpura viva coloreado,
En todo semejante
Al que en aquel recinto fue vedado.
Era tal su apariencia y su belleza,
Que aun tentaría de Eva la flaqueza.
En silencio le miran sorprendidos,
Y al ver la multitud de los frutales,
Y que en la especie, todos son iguales,
Sospechan afligidos,
Que es algún nuevo lazo; mas una hambre
Horrible, y una sed que los devora,
Los hacen arrojarse sin demora.
Hacia la fruta: un numeroso enjambre
Por cada tronco trepa, y se apresura
Para arrancar la fruta, que madura
Y jugosa convida. El que los viera
De las ramas pendientes,
Creería ver la horrenda cabellera
De Alecto. No eran más sobresalientes
A la vista, las frutas que crecían
Del lago de Sodoma en la ribera
Infame, y que de asfalto se nutrían.
Estas, los ojos solos engañaban,
Y todos los sentidos lisonjeaban
Juntos, las del Infierno; pero apenas
El fresco zumo de que estaban llenas
Bañaba el paladar, cuando una dura
Aspereza, una cáustica amargura,
En lugar de aquel néctar delicioso
Que prometía a su apetito ansioso,
A arrojar la ponzoña detestable
Los obligaba; mas la intolerable
Hambre y la sed ardiente
Hacían que los monstruos nuevamente
Volviesen a ensayarla: ¡ensayo vano!
Al quererla tragar, tan inhumano,
Tan áspero tormento
Sus fauces despedaza, que al momento
A despedirla vuelven blasfemando,
Mil Pruebas semejantes renovando.
Así ellos que sangrientos se burlaban
Del hombre, que una vez había comido
Un fruto delicioso, aunque prohibido,
En tan horrible apuro se veían,
Que aquella acre Ponzoña codiciaban,
Y aun de ella alimentarse no podían.
Después que este castigo padecieron
Algún tiempo, cesó aquella apariencia,
Y a cobrar su anterior forma volvieron.
Mas también ordenó la Providencia
Que en adelante cada año sufrieran,
Por tiempo señalado,
La misma pena, y que satisficieran
Con la vergüenza y rabia la insolencia
De haber el nuevo mundo desolado.
Entretanto, la Culpa y su homicida
Prole al hermoso Edén volando llegan,
En donde todo su furor desplegan.
La Culpa, en su recinto establecida,
Lo ocupa. Por primera diligencia,
Destierra de él la crédula inocencia;
Y a su hijo, que de cerca la ha seguido
Y el pálido caballo aun no ha traído
Para hacer su mortífera carrera,
Llena de alegre ardor, de esta manera
Le habla: «¿Qué te parece de este imperio
»Feliz y de lo poco que ha costado?
»¡Cuánto no hemos ganado
»En el cambio! Del bajo ministerio
»De alcaides de las puertas infernales,
»Nada menos logramos que el precioso
»Cetro de este universo poderoso.
»Para mí son iguales,
»La responde aquel monstruo, los horribles
»Abismos, las mansiones apacibles
»Del Edén, como todo cuanto encierra
»La extensión de los Cielos y la tierra,
»Pues jamás reconozco por morada,
»Sino aquella en que puedo mi rabiosa
»Hambre satisfacer, y es poca cosa
»De este estrecho jardín la limitada
»Capacidad, para que yo consiga
»Aplacar un instante su enemiga
»Voracidad, que nunca estar contenta
»Puede con tan ruin cebo, y me atormenta,
»¿Pues por qué, le replica la precita
»Madre, si el apetito así te excita,
»No has comenzado ya a satisfacerte
»Con tantos bienes que tu feliz suerte
»Te presenta de frutos y pescados,
»De tantas aves, fieras y ganados?
»Sí: todo cuanto siegue codiciosa
»Tu hoz, y cuanto contiene esta espaciosa
»Tierra, es tuyo: tu madre te lo cede:
»Pero primero espera
»Que mis hechizos, a que nada puede
»Resistir, los espíritus seduzcan,
»Y a mi obediencia todo lo reduzcan;
»Que a tu hambre abrirá entonces la carrera
»De la naturaleza toda entera.»
Dicho esto, vuelan ambos por diverso
Camino, a inficionar con sus mortales
Venenos la extensión del universo,
Y a llenarlo de crímenes y males.
Se han soltado los frenos
A aquellos monstruos de piedad ajenos.
La tierra, el mar, los hombres y animales,
Libres a sus furores se han dejado.
A ambos mira el Señor de su elevado
Trono, y dice a su corte circunstante:
»Observad esos monstruos que el distante
»Mundo devastan: ved con qué presteza
»Siegan a plenas manos
»Cuanto encuentran. Vigor, virtud, belleza,
»Todo espira a sus golpes inhumanos.
»No reconozco ya la desgraciada
»Tierra, por mi bondad abandonada,
»Y mi vista ofendida, y que yo hubiera
»Conservado, a no haber con su imprudencia
»Llamado el hombre a esa pareja fiera.
»Del Infierno y su Jefe la insolencia
»Ha llegado a decir que esta mudanza
»Es efecto de envidia y de venganza;
»Que por esto ese mundo les he dado,
»Y tan inocentes criaturas
»A su sangriento cetro abandonado.
»¡Cuán poco saben que de mis futuras
»Miras son sólo ciegos instrumentos!
»¡Que esos monstruos yo mismo he dirigido
»Al mundo, cierta tregua a sus tormentos,
»Dando, y que a él a otra cosa no han venido.
»¡Que a ser ejecutores
»De mis altos decretos, castigando
»Como merecen a los malhechores,
»De camino también purificando
»Las manchas que ellos y sus infernales
»Cómplices han causado en su recinto!
»Uso para mi gloria de su instinto
»Sanguinario: serán de los desleales,
»Humanos el azote, y a porfía
»De la inmundicia y la carnicería
»Se hartarán, hasta tanto,
»Que con dolor cruel y horrible espanto
»Rugiendo, tengan, ¡oh mi Hijo querido!
»Que entregar, precisados, en tus manos,
»La rica presa que de los humanos
»En muchos siglos hayan recogido
»Y que el sepulcro avaro haya escondido:
»Que vuelvas a enterrar esos inmundos
»Enemigos de nuevo en sus profundos
»Calabozos, y entonces con eterno
»Sello cierres las puertas del Infierno.
»Se verá al punto la naturaleza
»Vestirse de hermosura y de pureza,
»El Cielo renacer más luminoso,
»Y el mundo más alegre y abundoso;
»Pero mientras no llegue aquel momento,
»Los Cielos y la tierra profanados,
»Satisfarán con largo sufrimiento
»Las culpas por que han sido condenados.
Dice y el Cielo de repente encantan
Las arpas, y las liras armoniosas;
Los coros de los Ángeles levantan
Las voces; aleluyas prolongados
Por los pórticos vastos y elevados
Del palacio divino, cual ruidosas
Olas de un proceloso mar resuenan.
«¡Salve, cantan, oh ser Eterno y justo?
»¡Nada resiste a tu poder augusto!»
Otro cántico nuevo luego estrenan,
Celebrando de su Hijo soberano
La bondad suma: del linaje humano
La regeneración: el Cielo y mundo,
Purgados ya de su contagio inmundo.
Llamando entonces el Omnipotente
Por sus nombres a aquellos principales
Ministros suyos, a su celo ardiente
Encarga que trastornen con fatales,
Perpetuas variaciones,
El orden de los días y estaciones.
El Sol debe el primero su carrera
Variar, y aun los influjos de su esfera,
De tal modo que a veces sus ardores
Al mundo abrasen, y otras, concentrando
Su fuego, en él ejerza sus rigores
La aspereza mortal del frío helado.
El Norte por su parte debe enviarle
Las escarchas, las nieblas y nevadas
Que cubran sus regiones dilatadas;
El mediodía en llamas abrasarle.
Un Angel, de la noche la lumbrera
Ya a guiar, y dirige el movimiento
De los otros planetas, de manera
Que se crucen sus rayos con violento
Orden, y para el mundo hagan maligno
Su aspecto, que antes era el más benigno.
Otro, va a gobernar los superiores
Astros, y a preparar de sus funestas
Luces el triste brillo, y los horrores
Que causan sus opuestas
Influencias: este, trae las tenebrosas
Tempestades, que al sol recién nacido
Tengan con densos velos escondido,
Hasta que con sus fuegos recogiendo
Sus vapores, se truequen en copiosas
Fuentes, de lo alto rápidas lloviendo:
Otros señalan a los furibundos
Vientos sus puntos, para que soplando,
Y unos contra otros con furor luchando,
Las nubes rasguen con horribles truenos,
Y con granizo y piedra los fecundos
Campos arrasen, cuando ya estén lleno.
De ricos frutos, y cuando madura
La cosecha, parezca más segura.
Fértil como el otoño, y más hermosa
Que el verano, reinaba aun la graciosa
Primavera; mas Dios, todavía airado,
Porque ya más el sol no la animara,
Mandó que, de sus polos desquiciado,
Al Ecuador el mundo se inclinara.
Los Angeles al punto el eje asieron,
Y con penoso esfuerzo lo torcieron,
O tal vez aquel astro luminoso,
A la voz del Eterno declinando,
Y al través el Zodiaco cortando,
Cambió las estaciones totalmente,
O cuando el hombre el fruto ponzoñoso
Comió, espantada la naturaleza
De manera tembló, que el refulgente
Astro de su equilibrio la firmeza
Perdió, y se separó de su camino.
Rápido entonces, el desorden vino
A confundirlo todo, ya en la altura
Del aire, ya del orbe en la llanura.
Nacida de la Culpa sin tardanza
La Discordia, acudió a los moradores
Del globo a infundir todos sus furores.
Todos se arman, de sangre y de matanza
Sedientos: hacen guerra mortalmente
Las aves a las aves por el viento,
Los peces en el húmedo elemento
A los peces: dejando el inocente
Pasto, hasta los ganados vagabundos
Unos tras otros se embisten iracundos.
Todos los animales el respeto
Pierden al hombre, a quien reconocían
Por su rey, y agradable corte hacían.
Uno, ya desconfiado huye a su aspecto;
Otro, al pasar con ojos encendidos
De furor, le amenaza, o con rugidos.
Consternado al mirar tan espantoso
Trastorno universal, Adán quisiera
Hallar un bosque espeso en que pudiera
Disfrutar un momento de reposo;
Pero en vano. Le cerca la tormenta
Por todas partes, y la que alimenta
Su corazón, cual buitre encarnizado,
Lo sigue sin cesar, y le devora.
Con gemidos su suerte cruel deplora,
Y el dolor que le tiene acongojado.
En amargos sollozos prorrumpiendo,
Se esfuerza en aliviar, así diciendo:
«¡Después de tantas dichas tales penas!
»Huid, memorias de mis anteriores
»Placeres, ahora de mi ser ajenas,
»Ya del mal entregado a los horrores.
»¿Y es este el mundo que antes disfrutaba
»Delicioso? ¿Yo mismo, soy el que era,
»Su Rey, el que su ornato completaba?
»El Cielo mismo, que antes me quería,
»Ha trocado su amor en saña fiera:
»Derramaba en mi entonces la alegría;
»Ahora me inunda sólo de amargura:
»Huyo del mismo Dios, cuya inefable
»Voz fue en esta morada deleitable
»Tantas veces mi encanto y mi ventura.
»Le ofendí: me aborrece: lo merezco:
»¿Y al nombre de la muerte aun me estremezco?
»Ven, al contrario, ¡oh muerte suspirada!
»Da fin a mi existencia desgraciada.
»Pero esa muerte grata y merecida
»¿Acabará también con la homicida
»Serie de males de mi descendencia?
»¡Ay de mí! ¡No hay para ellos indulgencia!
»¡Todos perpetuarán los miserables
»Rastros de mis desgracias lamentables!
»¡Oh palabras, que fuisteis algún día
»De tanto gozo para el alma mía,
»Creced, multiplicad, ya, ¡oh dura suerte!
»Vuestro fruto será para la muerte.
»Mis últimos retoños, herederos
»De mis miserias, de mis desventuras,
»Tristes blasfemarán de los primeros
»Autores de su vida, en las futuras
»Edades, y en lugar de bendiciones,
»Nos colmarán de acordes maldiciones.
»¡Oh dichas pasajeras, de tormentos
»Sin fin seguidas, cuánto más valiera
»Que Dios tales delicias no nos diera!
»¿Acaso las habíamos pedido?
»Señor, si tus intentos
»Eran de ver al hombre sumergido
»En la miseria, ¿a qué con tal franqueza
»Expender en nosotros la riqueza
»De tus dones? ¿Acaso porque fuese,
»Precipitados de tan grande altura,
»Nuestra caída más funesta y dura?
»¿Quisiste que tu imagen se imprimiese
»En el hombre, en el que es en la extendida
»Naturaleza tu obra preferida,
»Y te esmeraste en perfeccionarla
»Por el placer tan sólo de borrarla?
»¿En el cieno por qué no me dejaste?
»Renunciar puedo a lo que, me donaste
»Recobra, pues, tus bienes que detesto.
»¿Por qué con ese sueño tan funesto
»De la felicidad me has afligido?
»Si querías que yo la conservara,
»En lugar de dejarme a mi flaqueza,
»¿Qué te costaba haberme sostenido,
»Con tus auxilios? ¿Para tu grandeza
»No era bastante que se me quitara,
»Sin añadir un largo y cruel suplicio?
»Mas, ¿qué digo Infeliz? ¿qué atrevimiento
»Es el mío? ¡Citarte, a ti a mi juicio!
»¡Acusarte! Perdona esta momento
»De delirio. Si el ser a mi me diste,
»Fue con el pacto de que observaría
»La leve condición que me impusiste.
»Admití el beneficio: falté al trato;
»He merecido la desgracia mía.
»¿Podría existir un hijo tan ingrato
»Que se atreva a decir a su ofendido
»Padre; ¿Por qué a la vida me sacaste?
»Acaso alguna vez te lo he pedido?
»Y eso que al azar debe su existencia,
»No a elección de su padre: y yo al contrario,
»Yo a quien ¡oh Dios! con tal bondad criaste,
»La debo a tu elección y providencia.
»Sí: confieso que he sido un temerario,
»Un ingrato, un impío.
»De Dios fue el beneficio, el crimen mío.
»Y pues tan mal sus dones he pagado,
»Debo ser duramente castigado.
»¡Oh tierra, abre tu seno tenebroso
»Y sepúltame en él! ¡De su odio horrendo
»Líbrame! ¡Que a tu fondo descendiendo,
»Encuentre, en tus entrañas guarecido,
»De un sueño eterno el plácido reposo!
»¡Que no tema ya su ira en adelante,
»Ni el terrible estampido
»Vuelva a aterrarme de su voz tonante!
»¡Borra de mi memoria la doliente
»Serie de lo pasado, y mí presente
»Aflicción a la vista de las fieras
»Desgracias que extendido mi fecundo
»Contagio, causará por todo el mundo,
»Y en sus generaciones postrimeras
»Castigará a este padre malhadado!
»¡Ah, cuándo llegará mi deseado
»Último instante! ¡Oh vida interminable,
»Más que la misma muerte intolerable!
»¿Por que no acabas? ven, ¡muerte benigna!
»Tú sola de mis votos eres digna.
»Mas con todo, una duda, un cruel recelo
»Me acibara algún tanto tu consuelo.
»¿He de fenecer todo? ¿Estoy seguro
»De que este fuego intelectual y puro,
»Que el frágil barro de mi cuerpo anima,
»También se apagará en la negra sima
»Del sepulcro, hasta la última vislumbre,
»O no lo estoy? ¡Funesta incertidumbre!
»¡Qué turbación me causa! ¿con que puede
»Verificarse que mi cuerpo muera,
»Y que con todo viva mi alma quede?
»¿Qué será entonces de mi lisonjera
»Esperanza de un dulce acabamiento?
»Mas consultemos al remordimiento
»De mi conciencia: el alma únicamente.
»Y no el cuerpo ser puede delincuente;
»¿Pues por qué ella ha de ser privilegiada
»Para sobrevivir, siendo culpada,
»Al cuerpo, de sus faltas inocente?
»¿Y podrá ser tampoco un limitado
»Objeto corno el hombre, condenado
»A un suplicio sin fin? Si sucediera
»Esto, la misma muerte inmortal fuera
»Para vengar a Dios, y no es creíble
»Que tal contradicción sea posible.
»En vano el Ser eterno lo querría:
»De sus manos mi ser escaparía.
»Por su fragilidad: igual bajeza
»De su sabiduría y su grandeza
»Indigna fuera: se tendría a menos
»De perseguir, hasta en los negros senos
»De la honda huesa, mi ceniza helada:
»¿Querría acaso, de venganza hambriento,
»Vara saciar su cólera irritada,
»Eternizar en su resentimiento
»Sus víctimas? La bárbara fiereza
»De este encono, contra un ser pasajero,
»De Dios haría un monstruo carnicero:
»Fuera contrario a la naturaleza.
»Mas si, con todo, en mi concepto errase,
»Y ministro de su ira me aguardase
»La eternidad... ¡Eternidad terrible!
»¡Mis cabellos se erizan al nombrarte!
»¡Alrededor de mí, cual espantoso
»Trueno retumbas! ¿Y será factible,
»Que Dios me haya criado, para darte
»Perpetuo pasto, y que del tenebroso
»Sepulcro salgan cuerpo y alma unidos,
»De nuevo, a igual suplicio sometidos?
»¡Suerte fatal! ¿Aun a mi descendencia
»He de dejar la muerte por herencia?
»¡Ojalá que su copa en mi agotara
»Toda, y yo solo a un tiempo su postrera
»Víctima fuese, como la primera!
»Mi posteridad toda agradecida,
»Me bendijera entonces, y ensalzara.
»¿Pero, por que razón, siendo inocente,
»Ha de ser en mis penas comprendida?
»¡Ah! no: toda mi raza es delincuente.
»De mi crimen la horrible levadura
»Corrompió toda aquella masa pura.
»Su alma, su voluntad, su entendimiento,
»Son cada uno una fuente ya dañada,
»Desde su nacimiento.
»¿Conque, ¡oh Cielo! son justos tus rigores?
»Aun mi ciega razón, por extraviada
»Que esté, se ve obligada
»A confesarlo. Lo que mis mayores
»Angustias causa, es ver de mi futura
»Generación la larga desventura
»Ya que yo solo he sido el que he agraviado
»A Dios, si su venganza descargara
»Sobre mi solo, al fin me consolara.
»¿Qué dices, miserable? ¿Si ese osado
»Voto ¡tiembla de hacerlo! consiguieras,
»La ira toda de un Dios cómo pudieras
»Sostener solo? Esa ira, con exceso
»Más temible que el rayo, el torbellino;
»Esa ira insoportable, cuyo peso
»Al universo entero oprimiría,
»Aunque, compadeciendo tu destino,
»En llevar esa carga, compañía
»Te hiciese la mujer, ¡desventurados!
»Quedarais bajo de ella aniquilados.
»Así, pues, ¡oh dolor! ¡oh lamentable
»Suerte! mis votos, ruegos y esperanzas,
»Mis miedos de lo actual, mis desconfianzas
»De lo futuro, todo en formidable
»Liga, contra mi se arma juntamente.
»¡Oh colmo de desgracias sin ejemplo!
»¡Con qué dolor amargo te contemplo!
»¡Oh Adán! Satanás sólo, ese enemigo
»¡Tormento cruel! de todo ser viviente,
»En la maldad te iguala y el castigo.
»¡Conciencia inexorable! ¡juez terrible!
»Contra Dios, contra mí, me es imposible
»Defenderme. Contigo en un profundo
»Abismo tenebroso deseara
»Hundirme, y que sobre ambos, todo el mundo
»En ruinas de una vez se desplomara.
Así, en la calma de la noche oscura,
Adán, gimiendo, exhala su amargura:
Noche funesta, ¡ay Dios! bien diferente
De aquellas que pasaba,
Cuando el favor de su Señor gozaba,
Cuando un céfiro fresco dulcemente,
De la plateada luna en compañía,
Alentando inspiraba la alegría.
Su negra lobreguez ahora acrecienta
La cruel aflicción que le atormenta.
Por sus remordimientos devorado,
En tierra, casi exánime, postrado,
Implora dolorido
El golpe tanto tiempo suspendido
Que ha de acabar sus males destruyendo
Su ser, su nacimiento maldiciendo.
«Tu ira, exclama, ¡oh Dios Todopoderoso!
»O antes bien tu bondad, me ha prometido,
»El golpe de la muerte temeroso;
»¿Habré esperado en vano aun este triste
»Don, que por pura compasión me hiciste?
»Mil veces a la muerte que viniera
»He suplicado, pero inútilmente:
»Sorda a mi voz, de mí huye diligente,
»Y con risa mis penas considera.
»¡Oh valles, bosques, fértiles, colinas,
»Arroyuelos y fuentes cristalinas!
»¿Que se hicieron aquellos deliciosos
»Acentos, que los ecos repitieron
»De las peñas y bóvedas sombrías?
»¡Se volvieron en ayes dolorosos!
»¡Ya no escucharéis más mi alegre canto!
»¡Ay de mi! ¡Para siempre fenecieron
»Aquellos breves y felices días,
»Y en aflicción se han vuelto y en espanto!»
Mientras que cedo Adán a la grandeza
De sus tormentos, Eva, que ocultaba
En lo interior del pecho su tristeza,
Y de lejos inquieta le observaba,
Al verlo en situación tan deplorable,
A ir a darlo consuelo se aventura:
Viéndola Adán, la grita con voz dura:
«¡Huye de aquí, serpiente detestable!
»Sí: ese nombre es el tuyo, lo mereces:
»Mis malos la serpiente ha producido,
»Mas en ellos su cómplice tú Las sido.
»Y a ella en crueldad y astucia te pareces.
»¡Por qué no conocí yo cuán nocivos
»Eran tus engañosos atractivos!
»¡Ah! ¿por qué no tenías su figura,
»Como, has tenido su mortal veneno?
»A no ser ¡ay de mí! por tu hermosura,
»Tu hermosura divina,
»Antes mi dicha, y ahora mi ruina,
»De este mal estuviera bien ajeno:
»No cayera en tu lazo artificioso.
»¡Ojalá que lo hubiera antes, juicioso,
»Discernido, como ahora lo discierno!
»Sí está el Cielo en tus ojos, y el Infierno
»En tu pecho. ¡Beldad, beldad funesta,
»Que mi vista sedujo, y que detesta
»Mi corazón! Feliz hasta aquel día,
»Lo, fuera aún, si tu fatal porfía,
»Hija de tu ansia indócil o imprudente,
»De gozar de una libertad soñada
»Lejos de mí, vagando ociosamente,
»Y tu vanidad necia y obstinada,
»No hubiesen hecho que te desdeñases
»De seguir mis consejos acertados,
»Y rebelde cerrases
»Los oídos, a todos mis fundados
»Presentimientos, a los cariñosos
»Temores que mi pecho acongojaban.
»¿No te dije harto de los peligrosos
»Lazos del enemigo, y tu flaqueza,
»De los peligros que te amenazaban?
»¿No hice, yo cuanto pudo, por quitarte
»Tu capricho fatal de la cabeza?
»¡Inútil fue: triunfó tu rebeldía
»De mi ternura y mi sabiduría!
»¿Y quién sabe si tuvo también parte
»En el empeño insano,
»Algún deseo oculto como vano,
»De hacer ostentación de tu hermosura.
»A los ojos del fiero
»Satanás, o tal vez el lisonjero
»Ridículo proyecto de enredarle
»En tus lazos tú misma, y su impostura
»Burlando, a tu dominio sujetarlo?
»Fuese cual fuese el fin de aquella tema,
»De la serpiente el diestro estratagema
»Te hizo caer en su red, y yo, ¡marido
»Débil, te dejé sola y sin defensa,
»Por mi necia confianza seducido,
»Expuesta a toda la malicia intensa,
»Al poder de aquel monstruo formidable!
»Te creí más virtuosa y más prudente:
»Juzgué que triunfarías fácilmente
»De un riesgo tantas veces prevenido.
»¡Crédulo, no advertí cuán deleznable
»Tu virtud era! ¡tarde lo he sabido!
»¿Por qué tu sexo frágil, ignorado
»En los Cielos, aquí reina adorado?
»No pudo Dios, cual los espirituales
»Seres, haber con sus fecundas manos
»Propagado sin él a los humanos,
»Y así evitar tan espantosos males?
»¿Qué falta hacía en la naturaleza
»Ese sexo falaz, que si la adorna
»Con su rara hermosura, la trastorna
»Y la deshonra con su ligereza?
»¡Oh sexo peligroso que agradando
»Nos pierdes! ¡Qué desgracias espantosas
»Están por ti a la tierra amenazando!
»¡Qué cúmulo de males! ¡Las esposas
»Por un interés sórdido compradas:
»Los desiguales lazos: las odiosas
»Preferencias: las prendas malogradas.
»A ciegas, la fortuna reuniendo
»Los corazones: la discordia, abriendo
»La puerta a la traición: los orgullosos
»Desdenes: los caprichos enfadosos:
»La necia vanidad, y la locura:
»La hipocresía, hermana de la dura
»Acrimonia: la paz ya desterrada:
»La doméstica guerra declarada:
»Multitud de desgracias lastimera,
»Que tú has traído al mundo la primera!»
Dice, y se aparta airado. Eva, postrada
A sus pies, le detiene sollozando,
Abraza sus rodillas; y exhalando
En amargura le dice: «¡Adán amado!
»No me abandones, no, en este extremado
»Dolor. Al Cielo invoco por testigo
»Del amor que te tengo, y del respeto
»Que está grabado en mí para contigo.
»Mi crimen, más que un crimen, fue el efecto
»De un perdonable error, de una imprudencia,
»Que expía el torcedor de mi conciencia,
»Que me ha costado ya tanto gemido.
»Veme humilde, a tus plantas abrazada,
»Bañarlas con mis lágrimas ardientes.
»Hartos malos sobre ambos han caído;
»Su intolerable peso no acrecientes.
»No me niegues siquiera una mirada.
»De consuelo. No cierres el camino
»Al último recurso, que aunque avaro,
»Para aliviarnos nos dejó el destino.
»Mi eres mi única guía y solo amparo:
»De este mundo en el mísero desierto,
»Todo me tiene ya de miedo helada.
»Tú eres mi asilo, mi seguro puerto;
»¿Que haré, si de ti soy abandonada?
»No rechaces cruel a quien te adora,
»A quien, gimiendo, tu piedad implora!
»¿Y adónde huiría yo, si me impidiese
»Tu implacable rencor que te siguiese
»Quizás pocos momentos gozaremos
»A un de esta infeliz vida que nos queda.
»Al interés común tu enojo ceda:
»Nuestra dulce concordia renovemos,
»Y mutuamente nos consolaremos:
»Uno es el riesgo, y uno el enemigo:
»Para vencerlos, deja que contigo
»Me ligue: entre los dos, más fácilmente
»Lo lograremos, que si combatimos.
»Contra sus fuerzas separadamente.
»Caí lejos de ti; pero a tu lado
»Triunfaré. Con un peso duplicado,
»A mi, a pesar de que los dos sufrimos,
»Me tienen las desgracias oprimida:
»A un mismo tiempo, soy más delincuente,
»Y más digna de ser compadecida.
»Tú ofendiste a Dios únicamente:
»Yo ¡infeliz! he ofendido,
»Como a Dios, al esposo más querido.
»Iré, pues, del Eterno la clemencia,
»A implorar humillada,
»Al propio puesto en donde la sentencia,
»Fulminó: le diré que la culpada
»En provocar su cólera yo he sido,
»Y que sobre mi sola su encendido
»Enojo satisfaga. ¡Cuán dichoso
»Fin será el mío si, mi voto oyendo,
»A ti te perdonare, y yo muriendo,
»Salvándole mi amor pruebo a mi esposo!
Esto dice, y en lágrimas se ahoga.
Su humildad, sus desgracias, sus lamentos,
Su dolor vivo, sus remordimientos,
La franca confesión de su flaqueza,
Todo en el corazón de Adán aboga
En favor de su esposa arrepentida.
Viendo a sus plantas su mitad rendida,
Marchita la belleza
De aquella a la que había amado tanto,
Derramar afligida un mar de llanto
Y su amparo implorar, determinada
A morir, si ha de ser de él separada,
Su justo enojo poco a poco, espira:
En silencio la mira,
Y al fin la dice así, menos severo:
»¿Qué nuevo error, peor aún que el primero.
»¡Oh mujer imprudente!
»Viene ahora a deslumbrar tu débil mente?
»Sola a arrostrar te ofreces la tormenta,
»La ira horrenda del Todopoderoso,
»Tú, que aun no puedes con la de tu esposo?
»Con razón debes darte por contenta,
»Si sabes sostener tus solos males.
»Aun no has formado tú ideas cabales
»De nuestra desventura. Es un ensayo
»No más el que nos causa tal desmayo.
»Si yo esperanza la menor tuviera
»De doblar la severa
»Justicia del Señor, al punto iría
»A pedir que el castigo en mí agotase,
»Y a que a mi costa a ti te perdonase.
»Ante su tribunal precedería
»Tus pasos a exponerle la flaqueza
»De un sexo débil por naturaleza.
»De tu sexo, que puesto a mi cuidado,
»Jamás solo debiera haber dejado,
»Pero estas disensiones desterremos,
»Que hartas penas sin ellas padecemos.
»Levántate, Eva, y que desde este instante
»La dulce unión, la paz y el más constante
»Amor, sean de entrambos el consuelo:
»Uno al otro ayudémonos con celo
»A llevar nuestras penas. Persuadido,
»Por lo que en la sentencia hemos oído,
»Estoy de que la muerte que anhelamos.
»De nosotros aún no está cercana.
»Se viene a paso lento la inhumana,
»Para que nuestros males más sintamos.
»¡A qué subido precio de dolores
»Nos vende aun del sepulcro los horrores!
»¿Y está a las mismas penas condenada,
»Oh Dios, toda la prole que tengamos?
»¡Oh infeliz padre! ¡Oh prole desgraciada!»
A estos lamentos, Eva con modesta
Ternura de este modo lo contesta:
»La memoria fatal de mi extravío,
»Y de mí poco juicio la experiencia,
»Debieran imponerme, esposo mío,
»Un silencio perpetuo y riguroso.
»Mas, puesto que a tus brazos, generoso,
»Movido de tu amor y tu indulgencia,
»Te has dignado volverme,
»¿Cómo he de poder yo desentenderme
»De exponer cuantos medios mi desvelo
»Discurrir pueda para tu consuelo?
»Permíteme, pues, que uno te presente,
»Para calmarte en parte, suficiente.
»Según te oigo, tu pena la más viva
»Es una inmensa y triste perspectiva
»De los males que nuestra inobediencia
»A nuestros nietos deja por herencia,
»Y cuya serie, larga cual la vida,
»La muerte sola acabará homicida.
»¡Qué pena no ha de darnos, en efecto,
»Ver que nuestro linaje está sujeto
»A una sentencia que hemos merecido
»Nosotros solos, y que en su carrera,
»De las mismas desgracias oprimido
»Ha de ser, hasta su hora postrimera!
»Pues de ti pende, Adán, el que libremos
»A nuestros nietos de esta infeliz suerte.
»Todavía no existen, y sabemos
»Que sólo goza el privilegio, ¡ay triste!
»De no padecer nada, el que no existe.
»No te costará más, que resolverte
»A no dar nunca el ser a esa perdida
»Raza, proscrita aun antes que nacida.
»Que la muerte voraz, chasqueada llora
»Tantas víctimas, ya que nos devore.
»Y si es que te parece cosa dura
»No gozar los derechos de un esposo,
»Ni del nombre de padre la ternura,
»En nuestra mano está el hallar reposo,
»Y acabar de sufrir, con pecho fuerte
»Llamemos juntos a esa misma muerte,
»Remedio de los males infalible:
»Y si sorda a las voces, o insensible,
»No acude, sin cansarnos más en vano,
»Que por su dardo supla nuestra mano.
»De todos modos, más vale buscarla,
»Que con tan largas penas aguardarla:
»Corramos, pues, a aquel tranquilo puerto
»De todas las tormentas de la vida.
»Para escapar de este hórrido desierto,
»La más pronta y más cómoda salida.
»Sin titubear tomemos,
»Y dulce fin a nuestros males demos,
»Que contigo, será para tu esposa
»Hasta la misma muerte deliciosa.
Dice y la muerte que ha invocado ardiente.
Su palidez ha impreso ya en su frente.
Adán, más resignado y más juicioso,
De este modo la anima cariñoso:
«¡Cara Eva! ese desprecio de la vida
»Y sus placeres, muestra que ya sabes
»Reprimir tus deseos, y las suaves
»Delicias del amor con generoso
»Corazón desdeñar; mas seducida
»Estás por tu pasión, si acaso esperas
»Eludir con la muerte los severos
»Justos decretos del Omnipotente.
»Anticipadamente
»Se burla, créeme, de esas quimeras,
»De tus vanos proyectos lisonjeros.
»La vida y muerte están a su obediencia:
»Teme irritarle más con tu impaciencia;
»Tiembla que agrave nuestra desventura,
»Que eternice la muerte, de manera
»Que nuestro ser, bajo su mano dura
»Esté siempre muriendo, y nunca muera.
»Pensemos, oh Eva, pues, con más cordura.
»Acuérdate de aquella misteriosa
»Expresión que Dios dijo
»A la Serpiente cuando la maldijo:
»Que la mujer, bajo sus pies, un día
»Su cabeza orgullosa
»Con triunfante valor quebrantaría;
»¡Tarda venganza, pero inapreciable,
»Contra el autor de nuestra lamentable
»Ruina! ¿Y quién sabe si era la Serpiente
»Satanás mismo, que de su figura
»Se habría revestido astutamente,
»Para hacer nuestra pérdida segura?
»Si esto es así, cual yo me lo sospecho,
»Se daría tal vez por satisfecho
»Con su castigo el Cielo, y apiadado,
»Perdonaría al hombre su pecado.
»Y si nuestra impaciencia adelantara
»De nuestra vida el fin, o del fecundo
»Lecho los castos frutos estorbara,
»En que sus esperanzas tiene el mundo,
»Nuestra dicha tal vez no se cumpliera,
»Y la venganza justa se perdiera
»Del lloro Satanás: el triunfaría:
»Dios con mayor rigor nos trataría
»Cual súbditos soberbios y obstinados,
»Rebeldes a sus leyes nuevamente,
»Y seriamos más desventurados.
»Tú te acordarás, Eva, cuán elemento
»Su paternal piedad templó el severo
»Rigor de su justicia, en la sentencia
»Que dio contra nosotros: ni un ligero
»Ceño, ni una expresión amarga, o dura:
»Su ira el tono tomó de la indulgencia:
»Temíamos morir en el instante,
»Y dilató la muerte a una futura
ȃpoca incierta, al parecer distante
»A ti te dio a entender que vivirías,
»Diciendo que tus hijos parirías,
»Con dolor. Tal fue todo tu castigo,
»Y la esperanza de esa prole amada,
»En aquel hecho mismo prometida,
»Te dejó de algún modo consolada.
»No menos compasión tuvo conmigo:
»Mi pena fue, volver la endurecida,
»Tierra fecunda a fuerza de labores.
»Y recoger el pan con mis sudores:
»Sentencia nada cruel, aunque severa,
»Pues más castigo la ociosidad fuera.
»Mis manos bastarán a alimentarnos
»Y Dios mismo, alabémosle, piadoso
»Nos ha vestido ya, para guardarnos
»Del calor, o del frío riguroso,
»Que desnudos podría incomodarnos.
»Con la oración, en fin, conseguiremos
»Enternecerle más. Si los horrores
»De la piedra y del hielo, o los ardores
»Del destemplado sol temer debemos,
»Dios nos enviará las industriosas
»Artes: con ellas nos defenderemos.
»Mas, de las altas cimas de los montes
»Descienden presurosas.
»Como ves, a cubrirlos horizontes
»Oscuras nieblas, y silbando el viento,
»Quiere arrancar los montes de su asiento:
»Busquemos un abrigo, y con destreza,
»Del sol amortiguado, reunidos
»En un foco los rayos esparcidos,
»Las secas hojas, de que la maleza
»Nos provee, encendamos, o ludiendo
»Unos cuerpos con otros, el ocioso
»Fuego en ellos oculto, conmoviendo,
»Inflamaremos aun más fácilmente
»La materia dispuesta, y con gozoso
»Placer, un calor dulce lograremos,
»Con que una noche cómoda pasemos,
»Sin que nos dañe el destemplado ambiente
»Así has visto, del aire en las llanuras,
»Chocar unas con otras las oscuras
»Nubes, hacer saltar el encendido
»Rayo, y con él ardiendo el pino
»Enviarnos un calor más agradable
»Que el del sol, y no menos saludable.
»Créeme, Eva querida, ha de mirarnos
»Dios con piedad: benigno ha de inspirarnos
»Artes, con que podamos los prolijos
»Trabajos abreviar, el duro suelo
»Fertilizar, y hallar consuelo
»En nuestros males, hasta que a sus hijos
»La tierra en sus entrañas cariñosa
»Guarde, tal vez para otra edad dichosa.
»Vamos al puesto en que con tal clemencia
»El Señor moderó nuestra sentencia:
»Allí, postrados ante su divino
»Acatamiento, humildes suplicando,
»Nuestra culpa sinceros detestando,
»A su bondad abramos el camino
»Con nuestro amargo llanto: deploremos,
»Oh Eva, con corazón arrepentido,
»La ingratitud en que hemos incurrido:
»A su trono eminente
»Nuestros tristes gemidos elevemos.
»Si hasta ahora ha sido sólo un indulgente
»Padre, y no un juez severo, cuando osados
»Excusábamos aún nuestros malvados
»Placeres, confiados esperemos
»Que, con nuestro dolor enternecido,
»Nos volverá su amor que hemos perdido.»
A estas palabras, en deshecho llanto
Ambos prorrumpen; lágrimas de un santo
Movimiento nacidas,
Que el mismo Dios a sus reconocidas
Almas infunde misericordioso.
Al puesto, pues, en que su riguroso
Fallo se dio caminan, y postrados,
Confiesan al Eterno sus pecados.
Amargamente su ingratitud, lloran.
Y humildes la bondad divina imploran.
Sus ardientes suspiros, sus gemidos,
Al trono eterno suben dirigidos;
De Dios desarman la ira,
Y con nueva piedad a entrambos mira.

LIBRO UNDÉCIMO .
SUMARIO
El hijo de Dios intercede por nuestros primeros padres, que confiesan
su culpa; presenta sus oraciones a su Padre, que las oye, peor que
declara que deben salir desterrados del Paraíso. Envía a Miguel, con una
guardia de Querubines para echarlos de él, y se encarga que para su consuelo
les revele su suerte futura y la de su descendencia. Adán, entre
tanto, hace observar a Eva algunos signos funestos. Sale al encuentro de
Miguel, que le anuncia su destierro. Lamentos de Eva con este motivo.
Adán suplica su revocación, y al fin se somete. El Ángel le coloca sobre
una altura del Paraíso, y le descubre en una visión lo que debe suceder
hasta el diluvio.
Como el dulce rocío matutino
Por los áridos campos se derrama,
Así del seno del amor divino,
Suave desciende la celeste llama
De la gracia, a los pechos afligidos
De Adán y de su esposa,
Y sus remordimientos y gemidos
En consuelo convierte y esperanza.
Rendidos oran, y la poderosa
Oración, que acompañan la confianza
Y el sincero dolor, rápida vuela
Los vastos campos de la luz cortando.
En sus flamantes alas sostenida,
Al templo del Eterno dirigida:
De ser de él rechazada no recela,
Con la infalible protección contando
Del Pontífice Sumo que allí habita,
Hijo de Dios, y Dios y medianero
Entre el hombre y su Padre, que ejercita
Su sacerdocio eterno, intercediendo
Por el linaje humano, y ofreciendo
A su Padre los ruegos que sincero
Le dirige. Llevados por sus manos
A su Padre, aunque en sí ningún aprecio
Merezcan, a sus ojos soberanos
Al punto adquieren infinito precio.
Así la oración de uno y otro esposo,
Envuelta en aquel humo puro y denso
Que del altar eterno del incienso
Asciende, ofrece al Todopoderoso.
«¡Padre mío! le dice, tu propicia
»Vista sobre mí vuelve: la primicia
»Te ofrezco de tus gracias: el rendido
»Dolor de un corazón arrepentido:
»El propósito fiel: la fervorosa
»Oración confiada y respetuosa,
»Frutos divinos, aun más agradables
»A ti, que cuantas frutas admirables
»El Edén deleitoso producía,
»Que el hombre aun inocente te ofrecía.
»Han subido estos ruegos fervorosos,
»Del altar de oro entre los olorosos
»Sacros perfumes, y los he admitido
»Como un sincero fruto
»Del arrepentimiento, y un tributo
»De gloria que yo mismo he bendecido.
»Recibe, pues, del hombre las rendidas
»Oraciones, por tu Hijo conducidas.
»Pues que por los humanos ser, yo quiero
»Víctima, sacerdote y medianero,
»Les consagro desde hoy mi vida y muerte.
»Justos o delincuentes, de su suerte
»Yo me encargo; yo haré que sean puras
»Sus buenas obras, y de las impuras
»Satisfará mi sangre la indulgencia:
»El suplicio de un Dios, en los derechos
»Los restablecerá de la inocencia.
»Con todo, mientras duren los estrechos
»Límites puestos a su mortal vida,
»Se verán por los males angustiados.
»Que sufran el castigo resignados:
»Que mueran; pues que yo, de tu clemencia
»Nunca pretenderé sea abolida,
»Sino sólo aliviada, la sentencia.
»Pero llegará un día en que conmigo,
»Borrada de sus culpas la memoria,
»Unidos, como yo lo estoy contigo,
»A la dicha renazcan y a la gloria.
»Todo cuanto me pides, oh Hijo amado,
»Responde el Padre eterno, está otorgado.
»Mi justicia y mi piedad han decidido
»La suerte de los hombres; pero deben,
»¡Desterrados salir de ese florido
»Edén en que aun habitan; que se lleven
»Consigo su impureza y su quebranto,
»Pues ni culpas ni penas aquel santo
»Suelo permite. Sí: esos malhechores
»Habitar deben ya en otros lugares
»Menos puros; usar de otros manjares
»Más groseros, pues que ellos del inmundo
»Pecado han sido los introductores.
»Los que con él han contagiado el mundo,
»Que paguen de algún modo esos perjuicios
»El hombre recibió en su nacimiento
»De mí, entre otros, dos grandes beneficios,
»A saber, que feliz e inmortal fuera.
»Perdida ya su dicha, si siguiera
»Siendo inmortal, sería su tormento
»Interminable: así, por piedad pura,
»Le he señalado un término en que muera,
»Y breve: si él aprovecharlo sabe;
»Si a mis preceptos leal, triunfa glorioso
»En el combate cruel, está segura
»Su recompensa para cuando acabe.
»Al salir, como el oro refinado,
»Del crisol doloroso
»De las tribulaciones que ha pasado,
»Su alma sublime, suelta
»Del inocente barro en que está envuelta,
»Pasará a un lugar puro sin tardanza,
»Por la calma habitado y la esperanza,
»Hasta que llegue el venturoso día,
»En que mis numerosos escogidos
»Completen nuestra corte reunidos.
»El Cielo ha visto ya su rebeldía
»Castigada, y la tierra delincuente
»La pena ha de sufrir correspondiente.
»Este rigor hará que los humanos
»Observen mis preceptos soberanos.»
Dice, y su Hijo, inclinado, acatamiento
Le hace: al punto resuena
La celeste trompeta, cuyo acento
Sonoro el Cielo dilatado llena:
La misma es que después en la alta cumbre
Del Sina, envuelta en espantable lumbre,
Al bajar el Eterno, aterró tanto
De Israel acampado al pueblo santo,
Y la propia también que en lo futuro
Hará salir los muertos del oscuro
Sepulcro, cuando en llamas consumido
Exhale el mundo el último gemido.
Apenas del Señor ha publicado
El heraldo celeste con robusto
Pecho el decreto augusto,
Cuando de nuevo el Cielo se estremece
Al son de la trompeta replicado,
Que repetido por los ecos crece.
Los hijos de la luz, los deliciosos
Vergeles de amaranto presurosos
Dejando, y las orillas deleitables
Del río de la vida, en que bebiendo
El néctar puro, alegres disfrutaban
De la felicidad, vienen corriendo
Al templo eterno: sus innumerables
Turbas aquel vasto ámbito llenaban,
Y silencioso cada uno adorando
A Dios, su silla de aro iba ocupando.
De esta manera entonces, del divino
Eterno trono, de donde el destino
Del universo pende, a su luciente
Celeste corte habló el Omnipotente:
«¡Hijos míos! habéis visto que, ansioso
»De saber todo, el hombre ha pretendido
»De su alto Dueño conseguir la ciencia.
»Puede estar orgulloso
»De ese conocimiento que ha adquirido
»Del bien y el mal, con su desobediencia.
»¡Cuán cara ha de costarle esa soñada
»Ventaja! Más feliz hubiera sido
»El triste, en mantenerse en la ignorancia.
»Inevitable en su alma limitada,
»Que en dejarse cegar por su jactancia.
»Víctima al fin de los remordimientos,
»Desengañado ahora
»De su locura, mi piedad implora
»Con sincero dolor: si sus lamentos
»Compadeciendo, yo lo perdonara
»Desde luego, del árbol de la vida
»Quizá también el fruto le tentara,
»Y un fatal beneficio para él fuera
»Que, haciéndose inmortal, de su afligida
»Y miserable suerte la carrera
»Funesta para siempre prolongara.
»Toma, pues, oh Miguel, una escogida
»Hueste de Querubines:
»Con ellos ve, y que guarden vigilantes
»Del Edén en contorno los confines:
»No escuches la piedad: parte, y destierra
»A aquellos dos profanos habitantes
»De su sagrada y venturosa tierra;
»Pero no te armes de un ceño severo:
»Al paso que castigues al culpable,
»No agraves más su suerte miserable.
»Trátale en lo posible con dulzura:
»De sus remordimientos el sincero
»Clamor a mí ha llegado: si se humilla
»Su corazón, y observa con sencilla
»Obediencia mis leyes, su amargura
»Tira a suavizar, con la esperanza
»De una futura y próspera mudanza
»Indícales de lejos el sagrado
»Medianero, a salvarlos destinado.
»Ve, pues: cerca de guardias prontamente
»A Edén; desnuda tu resplandeciente
»Espada; que, centellas inflamadas ,
»Vibrando, cierre todas las entradas:
»Cuida que el Angel infernal astuto,
»De seducir al hombre no haga prueba
»Con ese otro ahora más funesto fruto,
»Y su hambre y sed sacrílega no mueva.
Así acaba, y Miguel en el instante,
Ordenada su escuadra fulminante,
Parte: cada guerrero cuatro frentes
Presenta, y en las alas relucientes,
Como en sus cuerpos, brillan encendidos
Miles de vivos ojos esparcidos,
Nunca cerrados, que con fácil vela
Hacen eterna, exacta centinela.
En esto, la mañana ya nacía,
Y perlas en las flores esparcía:
A los perfumes que éstas exhalaban,
Los de las oraciones se mezclaban
Que humilde Adán al Todopoderoso
Dirigía. Su pecho, desmayado
Hasta entonces, de un nuevo y vigoroso
Calor por grados siente ya animarse,
Y el gozo en su interior equilibrado
Con la tristeza, opone en la balanza
A su temor, un rayo de esperanza.
Más tranquilo, a su esposa así a explicarse
Comienza, y como bálsamo escogido
Su discurso conforta su afligido
Corazón: «¡Oh Eva, dice, cuántos bienes
»A la piedad de nuestro Dios debemos!
»Cuantos tiene tu esposo, cuantos tienes,
»Son suyos. ¿Y con que pagar podemos
»Tanta bondad? Mas ya que no alcanzamos
»A agradecerle como deseamos,
»Le aplacaremos con la fervorosa
»Oración, consagrándole rendidos
»Nuestros dos corazones afligidos.
»Una sincera lágrima es bastante
»Para apagar de pronto en su piadosa
»Mano la llama de su fulminante
»Rayo. Yo mismo soy de ello testigo;
»Cuando en tu compañía con mi ruego
»Busqué poco hace en su piedad abrigo,
»Notar me pareció que desde luego
»Aclaraba su ceño nebuloso
»Y se nos sonreía bondadoso.
»Me volvió desde entonces la esperanza,
»Y de la paz con ella la bonanza;
»Aun oigo la promesa milagrosa,
»Aquella su expresión consoladora:
«Una mujer será de la orgullosa
Serpiente con el tiempo vencedora.»
»Esta palabra, que en aquel momento
»Borró de mi memoria un miedo helado
»Propio de la ocasión, ahora, aliviado
»Mi corazón, de nuevo ya a mi oído
»Suena. Aquel mismo débil instrumento,
»Por el que el hombre ha sido seducido,
»De su venganza servirá al intento.
»Temía antes la muerte, y ahora excita
»Mis esperanzas. ¡Tú, mi esposa amada,
»Eva, madre bendita
»Del humano linaje, destinada
»A restaurar el mundo, cuán gozoso
»Te doy de madre el titulo glorioso!»
Eva, bajos los ojos, con modesta
Expresión le responde: «¡Amado esposo!
»¿Cómo puedes tratar con tal ternura
»A la autora funesta
»De tu ruina, a la misma que nacida,
»Para hacerte feliz, por su locura
»Te puso en tan horrible desventura?
»Eva, que trajo al mundo la homicida
»Muerte, ¿es creíble que aun le de la vida?
»La ignominia era el único salario
»Competente a mi exceso temerario,
»No esos amables títulos honrosos:
»Pero de ese jardín en que dichosos
»Hasta ahora hemos vivido,
»Cuyo suelo, ya ingrato, endurecido
»Desde hoy, a fuerza sólo de sudores
»Corresponder podrá a nuestras labores,
»Es ya hora que cuidemos,
»Y qué día tan triste nos espera,
»Tras de una noche entera
»De desvelo cruel, en que no habemos
»Hecho más que llorar. Desentendida,
»Con todo de estas penas, ya la aurora,
»Exacta en despertarlos, viene ahora,
»Del bullicio seguida,
»A desterrar el Plácido reposo,
»La entrada abriendo al astro luminoso.
»Vamos, pues, Caro Adán, al olvidado
»Trabajo: en adelante, de tu lado
»Jamás me apartaré: en tu compañía
»La noche me verá, me verá el día.
»Y ahora, supuesto que el Señor tolera,
»Que este hermoso paraje aún habitemos,
»Por mucho, qué nos cueste, procuremos
»Que fructifique. Dios no nos hubiera
»Dejado en él si amor no nos tuviera.
»Perdimos otros bienes más preciosos,
»Mas contentos con éste, no amarguemos
»Su goce con recuerdos dolorosos.
Así Eva, humilde y tierna, discurría
Con Adán. Mas ¡cuál era la tristeza
De éste al ver toda la naturaleza
Mudada, y que a sus ojos no ofrecía
Mas que motivos de terror y duelo!
La alba apenas colora
Los campos con su luz alegre y pura,
Cuando asoma una nube asoladora
Que la oscurece con espeso velo;
Una águila feroz, desde la altura
Del inflamado y tenebroso Cielo
Se precipita sobre dos brillantes
Aves, que huyen al punto, y corta el viento
Tras de ellas. El león busca ya hambriento
La presa y deja los enmarañados
Bosques, al descubrir en los distantes
Campos dos cervatillos: aterrados
Con su vista, hacia Edén rápidamente
Huyen; pero el no menos diligente,
Corre tras de ellos, con furor rugiendo.
Con los ojos Adán los va siguiendo,
Y de aquellos agüeros afligido,
A su tímida esposa así se explica:
«Ya lo ves, Eva, el Cielo multiplica
»Las señales, de que aun está encendido
»Su enojo. Si el Eterno silencioso
»Se mantiene, repite el espacioso,
»Mundo alrededor nuestro, con gemido,
»El grito de la muerte, que en nuestra alma
»Penetra, y con terrores nos desvela.
»El Señor por ventura se recela,
»De que entregados a una falsa calma,
»De que hemos de morir nos olvidemos,
»Y con esto hace que lo recordemos.
»Por más que nuestra muerte se difiera,
»Del seno de la tierra producidos,
»Un día en el seremos recogidos:
»Esta suerte infalible nos espera.
»Mas ¿cuál será este día? ¿Que camino
»Conducirá, por la región desierta
»De la vida, a cada uno a aquel destino?
»Una lóbrega nube nos lo oculta,
»Y estos crueles objetos más abulta.
»Todo es dudoso; mas la muerte es cierta,
»Testigos esos tristes moradores
»De la tierra y del aire, cuya huida,
»Que has visto, a un mismo asilo dirigida,
»Tal vez no habrá evitado los furores,
»La rapidez de sus perseguidores.
»También lo es esa noche que oscurece
»La luz del día apenas aparece.
»Pero mira al ocaso: en este instante,
»¿Ves que la oscuridad de una brillante
»Luz se reviste, como el más hermoso
»Día, y en pompa dirigir parece
»Lentamente hacia aquí, en un luminoso
»Carro, algún diputado
»Celestial, a nosotros enviado?
No se engañaba: el escuadrón divino,
Luciente, se acercaba a su destino.
Al paso que se aleja
Del Cielo, un surco de resplandor deja
En los líquidos aires, hasta tanto
Que, de Edén para sobre el monte santo.
¡Cuán grata aquella escena hubiera sido
Para ti, Adán, si los remordimientos,
Las inquietudes y los sentimientos
De la vergüenza no hubieran roído
Tu corazón, tu vista amortecido!
No fue tan majestuosa
La visión de Jacob, cuando del Cielo
Vio pendiente la escala misteriosa,
Y bajar hasta el suelo
Las escuadras angélicas formadas,
De inmortales fulgores inflamados.
El Arcángel radiante,
Manda a su escolta cerque en el instante
Al Edén, y él, calando la espesura
Del monte, a Adán divisa en la llanura.
Adán le ve venir, y estremecido
De un terror santo, dice así a su esposa:
»Eva, prevénte a oír una embajada
»Celestial: estará determinada
»Nuestra suerte, o tal vez habrá querido
»De nuestro Dueño la bondad piadosa
»Darnos alguna tregua. Allá en la cima
»Del monte, advierte aquella nube de oro,
»Que a ella ha traído del celeste coro
»Una escuadra: repara
»Que solo hacia nosotros se aproxima
»Un guerrero, que de ella se separa.
»El aire noble, el majestuoso porte,
»Indican que algún grande potentado
»Es de la empírea corte.
»Nada noto en sus ojos que motivo
»Nos dé de recelar; mas su semblante,
»Sin embargo, no tiene aquel agrado
»De Rafael, aquel dulce atractivo
»Con que nos encantaba. Yo, adelante
»A recibirle voy, con el respeto
»Que se debe a su clase y a su aspecto:
»Tu aquí espera apartada.»
Se encamina, y el sacro mensajero,
En figura de un hombre, la elevada
Cuesta baja: a intimar viene el severo
Decreto del Señor; mas con dulzura
Su resplandor templando,
Porque Adán totalmente no se espanto.
De una fuerte y magnífica armadura
Guerrera está vestido, y su presencia
Es heroica: al viento van ondeando
De su manto de púrpura brillante
Los vastos pliegues. Ni remotamente
Competir pudo en la magnificencia
Con aquélla, la púrpura luciente
Que se labraba en la soberbia Tyro,
De aquel pez famosísimo extraída
Y hasta tres veces con primor teñida.
Ni tampoco en riqueza la igualaron
Los bellos trajes que en el vasto giro
Del Asia voluptuosa trabajaron
Para los reyes y los más famosos
Héroes, cuando de sus belicosos
Triunfos, brillando de esplendor y gloria,
En la paz celebraban la memoria.
Su varonil belleza, presentaba
La juventud florida,
A la prudencia de la edad unida:
En el hermoso tahalí brillaba
El celeste Zodiaco, y pendiente
De él traía el acero fulminante.
Terror del arrogante
Satanás, que cual viva llama ardía,
Y la terrible lanza en su valiente
Derecha mano rayos despedía.
Adán, ambas rodillas en el suelo
Hincadas, le saluda humildemente.
El ministro del Cielo,
Guardando su elevada jerarquía,
Sin volverle el saludo ni inclinarse,
De esta manera comenzó a explicarse:
«Tus oraciones la piedad divina
»Admitir se ha dignado. Dios pudiera
»Castigar sus derechos ofendidos
»Por medio de una muerte repentina,
»Agradécele, pues, que la difiera.
»De bondad lleno, tiempo quiere darte
»Para que con mil frutos escogidos
»De virtudes, redimas por tu parte
»E1 exceso fatal de haber probado
»Aquel que con rigor te habla vedado.
»A este precio te arranca del horrible
»Abismo del Infierno; mas desde ahora
»Jamás habitarás este apacible,
»Jardín, pues que el Señor de él te destierra.
»Obedece rendido sin demora:
»Parte lejos de aquí, por ese mundo
»Un asilo a buscan eterna guerra
»Haz a su vasto y árido terreno:
»Con tu sudor lo volverás fecundo:
»Naciste en él, y su maternal seno
»Te dará mientras vivas alimento,
»Y después de tu muerte alojamiento.
A este discurso, Adán, mudo de espanto,
Se siente helar la sangre. Eva, escondida
No muy lejos de allí, en lo más secreto
De un bosquecillo, oído este decreto
De su destierro, de un mortal quebranto
Al punto enajenada, su guarida
Descubre con sollozos y clamores,
Que aumentan de su esposo los dolores.
«¡Oh golpe para mi ánimo afligido,
»Gritaba Eva, más cruel que el de la muerte!
»¡Conque ya no hay recurso, he de perderte,
»Oh deliciosa tierra! ¡Edén querido,
»Felices campos en que yo he nacido,
»Envidiados del Cielo, he de dejaros!
»¡Ay triste! En medio de mis dolorosas
»Penas me lisonjeaba de habitaros,
»De haceros dividir mis lastimosas
»Quejas y mis lamentos,
»Y ahora, mi corazón desconsolado
»Llevará sólo los remordimientos,
»La memoria de haberos profanado
»¡Oh vosotras, objetos preferidos
»Por mi cariño, flores hechiceras,
»Adiós! no me veréis ya a las primeras
»Muestras del día, vuestros encogidos
»Cálices presentará los lucidos
»Rayos de un sol benigno; tiernamente
»Cultivar vuestra infancia; con frecuente
»Riego animar vuestros desfallecidos
»Retoños, y sembrar vuestra escogida
»Semilla, para daros nueva vida
»En una prole bella y numerosa.
»¿Quién desde aquí adelante sabrá diestra
»Dar el terreno a cada tribu vuestra
»Propio para criarla más hermosa?
»¿Quién nombres os dará, correspondientes
»A vuestras calidades diferentes?
»¿Quién os tendrá el amor que yo os tenía
»Cada mañana, con afán corría
»A cuidaros: la tarde me encontraba
»Con vosotras: la noche me privaba
.Sola de vuestra dulce compañía:
»Con las aguas de Eden de refrescaros
»Cuidaba: sólo puedo ya regaros
»Con lágrimas amargas de mis ojos.
»¡Adiós, pues, para siempre, amadas flores.
»Vuestros dulces perfumes y colores
»No hallaré en otra parte: una desierta
»Región sí, que de espinas y de abrojos,
»Como mi corazón, esté cubierta.
»Y tú, que de guirnaldas me esmeraba
»En adornar, a cual más primorosa,
»¡Triste de mí! cuando aun era dichosa,
»¡Oh nupcial lecho! ¡cuán lejos estaba
»De pensar que jamás te dejaría!
»¡Adiós te queda! ¡Desgraciado día!
»¿A qué climas, qué yermos espantosos
»Iremos a extraviarnos?
»¿Acaso tierra habrá que pueda darnos
»Los frutos de este suelo deliciosos?
»¿Que alimentos ahora encontraremos
»Que puedan reemplazar los que perdemos?
»¡Adiós Edén! Un sueño lisonjero,
»Fue tu goce, tan poco duradero.»
Al oír de estas quejas la amargura,
Consolarla procura
El divino ministro, interrumpiendo
Sus dolorosos gritos, y diciendo:
«No llores, Eva; lleva con paciencia
»Las pérdidas que bien has merecido.
»No abandones con tanta renitencia
»Unos bienes que tuyos nunca han sido.
»Parte: sola no vas, sigue a tu esposo:
»Si amándole, con él dividir sabes
»Tus penas, serán mucho menos graves,
»Y tu destierro menos trabajoso:
»Con él encontrarás en cualquier suelo
»Tu patria, y de tus males el consuelo.
»Al oírlo, Adán se calma, y resignado
Así dice al celeste diputado:
«¡Oh tú, cualquier que seas, eminente
»Ciudadano del Cielo,
»Que das a conocer con tu presencia,
»De tu dignidad suma la excelencia,
»Cómo has sabido con bondad prudente,
»Al ejercer tu oficio riguroso,
»Suavizar bien su efecto doloroso!
»Si no hubieras tenido esa indulgencia,
»El decreto fatal que hemos oído
»El fin de nuestra vida hubiera sido.
»¿Y qué mayor desgracia era posible
»Nos sucediese? ¿Qué otro más terrible
»Golpe que ese destierro? ¡Desgraciados!
»A esta patria feliz acostumbrados,
»A estos campos celestes, su segura
»Posesión nuestras penas consolaba.
»En nuestra desventura,
»Era el único bien que nos quedaba.
»¡Y perderlo! ¡Y huir! ¿adónde iremos
»A dar con nuestros días lamentables?
»Fuera de este recinto, no hallaremos
»Otra cosa que yermos espantables,
»Extraños totalmente
»Para nosotros, como lo seremos
»Para ellos. ¡Ah! ¡Si yo esperar pudiera
»Que ese dueño, que adoro tan clemente.
»A mis humildes ruegos atendiera,
»Con qué ardor a sus plantas me postrara
»Y a implorarlo de nuevo me animara!
»Mas ¿qué harían mis súplicas rendidas?
»¡Ah! son ya tardas para ser oídas.
»Fuera sólo oponer mi flaco aliento
»Al fiero impulso de un deshecho viento;
»Y mis instancias, lejos de aplacarle,
»No harían, puede ser, mas que indignaría.
»Humilde, pues, la justa providencia.
»De mi Dios obedezco: lo que siento
»Más al dejar esta feliz morada,
»Esta mi patria amada,
»Es verme desterrar de su presencia
»Divina. Si a lo menos permitiese
»Que, para alivio de tan cruel ausencia,
»De tiempo en tiempo a este jardín volviese
»Su sacro suelo todo correría,
»Y en los lugares en que se ha dignado
»Dejarse ver de mí, con el agrado
»De un padre cariñoso,
»Con el mismo fervor le adoraría.
»Por todas partes buscaría ansioso
»Los rastros de los dones y favores
»Que me ha hecho, registrando los primores;
»De sus obras divinas, y podría
»A mis tiernos hijuelos, reunidos
»Alrededor de mí, que con delicia
»Me oirían, de, ellos dar la útil noticia,
»Y en sus pechos dejarlos esculpidos.
»Sobre esa excelsa cumbre, les dijera
»(Jamás se borrará de mi memoria),
»A, mí se apareció por la primera,
»Vez, con toda la pompa de su gloria.
»Entre esos verdes pinos, con frecuencia
»Su voz oí: gocé de su presencia
»En aquella arboleda: en la ribera
»De aquel arroyo, recibió benigno
»Mi humilde vasallaje.
»Delante de mis hijos alzaría
»Entonces un altar, en el paraje
»Mismo, que fuese un permanente signo
»De nuestro amor y humilde rendimiento
»De las piedras y céspedes haría
»Del mismo arroyo el sacro monumento
»Sobre aquella ara rústica, las flores
»Y la mirra escogida, sus olores
»Uniendo, un puro incienso a la grandeza
»De Dios daría la naturaleza.
»Mas, en esos desiertos nebulosos,
»En esos climas fríos que debemos
»Ir a habitar, ¿en dónde encontraremos
»De su augusta presencia los preciosos
»Vestigios, de sus dones los sagrados
»Recuerdos? De su vista desterrados,
»Objetos de su cólera seremos.
»Mas ¿qué digo? Algún rayo de alegría
»Templa al presente la tristeza mía:
»Dices que aun nos perdona, que difiera
»Nuestra muerte, que quiere
»Que en numerosos hijos renazcamos
»Si su ira justamente nos castiga,
»Su piedad con dulzura nos mitiga
»La pena. Aun de la dicha disfrutamos
»De poderle adorar, bien que remotos,
»Y de esperar que en los desiertos cotos
»De ese lóbrego mundo adonde vamos,
»De su benigna luz alguna pura
»Vislumbre aclare nuestra suerte oscura.
»Destierra un miedo que al Señor ofende,
»Le respondo Miguel: ¿piensas acaso
»Que su presencia augusta no se extiende
»Mas que al terreno escaso
»De ese jardín? Su inmensidad contiene
»Y llena el universo: el soberano
»Cetro del aire y de las hondas tiene.
»Y la terrestre esfera está en su mano:
»Por él respira el hombre: de él recibe
»Cuanto alienta, la vida, y en él vive.
»Si de Edén el imperio te ha entregado,
»¿Creerás que a él esté el suyo limitado?
»La capital del mundo hubiera sido
»Tu jardín, si no hubieras delinquido,
»Y tu noble y fecunda descendencia
»De innumerables pueblos, esparcida
»Por todo el mundo, hubiera concurrido
»Aquí, para prestarte la obediencia,
»Como a su padre y rey a ti debida.
»Tu crimen te privó de estos derechos,
»Y os debéis ahora dar por satisfechos
»De que tenga el Eterno la indulgencia
»De dejaros vivir tranquilamente
»En un terreno en que, aunque menos puro,
»Hallaréis alimento suficiente
»Para vosotros y vuestro futuro
»Linaje. Sobre todo, aunque invisible,
»Como en todo lugar, allí presente,
»Dios oirá vuestros ruegos bondadoso:
»Vuestra naturaleza corruptible
»Sostendrá, y os hará menos penoso
»El triste curso de la mortal vida.
»Ahora, para instruirte y libertarte,
»Antes de tu salida
»De aquí, de tus terrores infundados,
»De orden del Cielo voy a revelarte
»En perspectiva exacta, mas ligera,
»La suerte a que estáis tú y tu venidera,
»Raza, aun la más remota, destinados.
»Veras en ella unas vicisitudes
»Extrañas: una mezcla inconcebible
»De dichas y desgracias: levantadas
»A veces hasta el Cielo las virtudes.
»Las viciosas pasiones sepultadas
»Por su turno en el cieno más horrible:
»El bien cerca del mal, con indecible
»Confusa liga: el orbe gobernado
»En partes, por las leyes del Eterno,
»Y en otras, torpemente subyugado
»Bajo el tirano imperio del Infierno:
»Uno al otro la tierra disputando,
»Consiguiendo, o cediendo la victoria.
»Si todos estos cuadros registrando,
»Los imprimieres bien en tu memoria.
»Tu orgullo contendrán con provechoso
»Terror, y enseñarán a tu firmeza
»Varonil a que lleves moderado
»Los, bienes y los males sin flaqueza,
»Y de una incierta suerte con reposo
»Siguiendo el curso vario, el temeroso
»Ultimo día veas resignado.
»¿Ves aquel alto monte? Subiremos
»A su cumbre, y en tanto que tu esposa
»Se entrega al sueño, que mi cuidadora
»Mano sobre sus ojos ha vertido,
»En grueso, desde allí recorreremos
»Por todo el orbe, a nuestros pies tendido,
»La suerte que a los hombres se destina.
»Contigo voy adonde me encamina,
»Tu bondad, dice Adán: ya mi constante.
»Ánimo corre intrépido delante
»De todos cuantos malos conjetura:
»Sea cual sea su peso, los recibo,
»Y con valor trepando por la dura
»Senda que seguir debo mientras viva,
»Arribare, por mucho que trabaje,
»Con feliz calma al término del viaje.»
Entrambos van en el instante mismo
Adonde se ha de abrir el negro abismo
De lo futuro. Al fin de Edén estaba
La alta cumbre que al orbe dominaba,
Y una serenidad inalterable.
Y perpetua su asiento allí tenía.
No fue tan alto y claro aquel famoso
Monte adonde el tirano detestable
Del Infierno, con bárbara osadía,
Llevó a1 Hijo del Todopoderoso,
Y desde donde, sin saber quién
Le mostró toda la terrestre esfera.
Una por una cada monarquía;
Su poder y riqueza; y orgulloso
De seducirle con su ardid perverso,
Las ofreció al Señor del universo.
Adán de allí la vista ya extendía,
Un espacio infinito divisando;
Pero como debía ir registrando
Objetos más distantes y mayores,
Que habían de exigir ojos mejores
Que los suyos, Miguel su vista corta,
Por la terrestre niebla oscurecida,
Con un celeste bálsamo conforta,
Y después, con dos gotas de la clara
Agua del sacro río de la vida,
Como el cristal más puro se la aclara.
Una llama por ella de repente
Pasa, y su alma ilumina interiormente.
Mas tanta luz le deja deslumbrado,
Y su vigor de tal modo quebranta,
Que cae desmayado.
El Ángel de la mano le levanta,
Y su valor anima, así diciendo:
«Toda esa muchedumbre que estás viendo
»De infelices, de ti es originada
»Y por sola tu culpa condenada.
»Oh crimen contagioso cual fecundo,
»De cuántos otros llenarás el mundo.»
Adán en esto ve un campo espacioso,
Cubierto de un enjambre numeroso
De segadores: al opuesto lado
Un rebaño extendido por un prado,
Y cotos que las tierras dividían
Va que los varios dueños poseían.
En el campo feraz que se segaba,
Sobre la verde yerba se elevaba
En medio un altar rústico, y en su ara
Una porción de espigas, recogida
Sin elección alguna, y ofrecida
Como primicia por la mano avara
De un dueño escaso, que contra su gusto
Al Cielo paga aquel tributo justo.
Sus sudores el campo han fecundado,
Y aun de sudor su rostro está inundado.
En aquel mismo instante,
Con modesto semblante,
Está un pastor en otro altar cercano
Presentando al Eterno lo más sano
Y más lucido de su numeroso
Rebaño: sobre ramos inflamados
Arden los intestinos, y mezclados
El humo y el vapor del oloroso
Incienso, todo junto, como nube
Cándida, al Cielo sube.
Cae de pronto un rayo luminoso
Sobre el altar, e indica al inocente
Que ha recibido favorablemente
Su sacrificio el cielo.
El otro, menos digno igual consuelo
No dio al mezquino dueño, que rabioso
De envidia, un grueso canto arrebatando.
Corre, lo arroja contra el virtuoso
Pastor, y le abre una mortal herida.
Cae el justo, y si, sangre derramando,
Pierde con ella su inocente vida.
A esta desgracia, Adán, horrorizado,
Al Ángel dice: «¿Que furor malvado,
»Sin respetar las aras ni el augusto
»Dios que en ellas se adora, se ha atrevido
»A verter esa sangre santa y pura,
»A privar de la vida a ese hombre justo?
»Y es éste aquel amparo, por ventura,
»Que Dios a la virtud ha prometido?
»Su guía le responde tristemente:
»Hijos tuyos, oh Adán, esos rivales
»Son entrambos; mas ¡oh cuán diferente,
»De cada uno es la suerte! Ese piadoso
»Pastor, dotado de las celestiales
»Gracias, víctima muere del furioso
»Odio que le juró su mismo hermano.
»Devorado de envidia el inhumano,
»A1 verle por su Dios favorecido,
»Todo respeto y ley echó en olvido.
»De su delito pagará la pena
»A su tiempo ese cruel, al que enajena,
»Cual ves ya, el roedor remordimiento,
»Y le hace revolear en el sangriento
»Suelo, su horrible exceso deplorando
»Y de obtener perdón desesperando.
»Entonces podrá ver por experiencia
»Cómo venga un Dios justo la inocencia.
»¡Oh monstruo! exclama Adán, ¡rabia implacable,
»En la causa y efectos execrable!
»¡Conque, testigo de tan dura suerte,
»Sin sufrirla aun, sé ya lo que es la muerte!
»Este es, pues, el camino
»Que ha de pasar el hombre desgraciado
»Para volver a su primer destino.
»¡Oh muerte, que con sólo haber mirado
»Tu muestra me pareces tan horrible,
»Es preciso que seas insufrible!
»¡Oh desgraciada vida,
»Aun es más dolorosa tu salida!
»Destierra ese temor, cobra tu aliento,
»Le dice el Ángel; es lo que ahora viste
»De un fratricidio cruel la imagen triste:
»Te aterró el espectáculo sangriento;
»Mas no siempre la muerte tan terrible
»Aparato presenta a los vivientes:
»Todo hombre a parar va a su alojamiento
»Tenebroso; mas Dios por diferentes
»Sendas los lleva: lo que más sensible
»Se hace en aquella fúnebre morada,
»Es la tristeza y luto de su entrada;
»Mas para todos es un paradero
»Indispensable. El afilado acero,
»Del uno, antes del término debido,
»Corta la vital trama;
»Otro muere en las ondas sumergido;
»A aquél consume la encendida llama;
»A otros acaba la hambre; y la abundancia
»A muchos más, abriendo ancha carrera
»A la desenfrenada intemperancia,
»De la cual nacen casi cuantos males
»Son para los humanos tan fatales.
»Eva la abrió la entrada la primera
»Con su ejemplo y sus hijos desgraciados,
»Serán por ella misma castigados.
»Ven, registra ese asilo lamentable
»De los dolores: nota ese espantable
»Enjambre de variados y crueles
»Males, que en mil aspectos horrorosos
»Llenan, ministros de la muerte fieles,
»La gran capacidad de sus inmundos
»Muros, y con los mismos ponzoñosos
»Hálitos de los muertos, inficionan
»A un número mayor de moribundos.
»Dentro de esos dominios temerosos,
»Es donde se amontonan
»Cuantas penas padecen los humanos
»La rabia, con los ojos centelleantes.
»Del delirio los ímpetus insanos:
»La locura, variando por instantes
»Mil ideas extrañas:
»El cólico, torciendo las entrañas
»Doloridas: la piedra, atormentando
»Las úlceras roedoras, destrozando
»Los cuerpos a porfía:
»La amarilla vigilia, con hundidos
»Ojos: la tos ferina, los oídos
»Estremeciendo: la melancolía,
»Con lánguido mirar: al apurado
»Asma siempre alentando, y siempre ahogado.
»La hidrópica hinchazón: la consumida
»Tisis: el fiero hervor de la encendida
»Calentura: el catarro, encrudeciendo
»Los humores, y el pecho endureciendo
»De la acre gota los intolerables,
»Dolores; y entre tantas formidables
»Calamidades, la devastadora
»Peste, que sola más vidas devora
»En un breve momento,
»Que en muchos días su escuadrón sangriento.
»Mira los infelices, entregados
»A esos crueles verdugos, revolcarse,
»Torcerse de dolor desesperados:
»Repara que no cesan de quejarse,
»De gemir, de gritar continuamente:
»Cada sexo su clase diferente
»Tiene de males; las edades cuentan
»Los suyos, que a cada una la atormentan
»El terror, las angustias, y la loca
»Desesperación, corren presurosas
»De cama en cama, van de boca en boca
»Excitando las quejas lastimosas:
»La muerte cruel las sigue, y su homicida
»Arma vibrando, a veces suspendida
»La tiene, y sorda a todos los clamores,
»Cien veces, cual abrigo el más propicio,
»Por sus víctimas tristes invocada,
»De oírlos lamentar regocijada,
»A proporción que crecen sus dolores,
»En prolongar se esmera su suplicio.
»¡Ah! ¡Qué mortal feroz será al que tanto
»Colmo, de malos no derrita en llanto!.»
Al ver tales horrores,
Adán, por más que nada ha recibido
De la mujer, pues que es de Dios nacido,
Se siente desmayar, gime, suspira,
Y helado de terror al Cielo mira.
Un torrente de lágrimas inunda
Sus ojos, y con voz desfallecida,
A su aflicción profunda
Abre en estas palabras la salida.
«¡Oh suerte horrenda! ¡Oh raza desdichada!
»¡Parad, crueles tormentos!
»Ya que quiera el Señor que perezcamos,
»¿Por qué hacernos morir en tantas veces?
»¡Oh tú, con tales ansias invocada.
»Ven, Muerte, a socorrernos! Los momentos,
»Hasta verte llegar, tristes contamos.
»Si tu espantosa copa hasta las heces
»Ha de ser por los hombres consumida
»¿Para qué se nos dio, o se nos impuso,
»El yugo intolerable de esta vida?
»O darla de una vez, o en el confusa
»Abismo, de la nada,
»Dejar nuestra fatal casta olvidada.
»¿Formó Dios estos flacos edificios
»De nuestros cuerpos, para entretenerse
»En destruirlos a fuerza de suplicios?
»¿Ignora que por sí han de disolverse?
»¡Ah! Si el hombre previera,
»Al ser en este mundo introducido,
»Los males que le aguardan en la vida,
»De la cuna asustado atrás volviera.
»¡Oh Dios que le criaste! Por malvado
»Que sea, ¿cómo es dable hayas querido
»Borrar tu misma imagen, esculpida
»En su rostro? ¿Ese timbre le habrás dado
»Sólo por adornarle
»Cual víctima, y al fin sacrificarle?
»Adán, replica el Angel: engañado
»Habías, e injusto: el hombre delincuente,
»De su rango caído enteramente,
»Ya de Dios nada tiene. Cuando hollaste
»Su precepto, a los brutos te igualaste,
»Separándote de él. En aquel punto
»En que se entregó el hombre a su grosero
»Apetito, borrado el fiel trasunto,
»La imagen del Señor, a su torpeza
»Le abandonó, y así tu lastimero
»Dolor no desfigura
»Ya las facciones de su imagen pura,
»Sino sola tu vil naturaleza.
»Bien, dice Adán; ti Cielo me someto,
»Y a volver a la tierra me sujeto;
»¿Mas para qué esa muerte, cuyo horrible
»Ceño me atemoriza? ¿Faltaría,
»Para pasar a su morada fría,
»Otra senda más corta y apacible?
»¿No podía ella misma disfrazarse,
»Y menos espantosa presentarse?
»Pues sólo en ti consiste el despojarla,
»Replica el Angel, de ese fiero aspecto;
»Tu puedes fácilmente transformarla
»En un suave sueño: ten sujeto
»Tu apetito: disfruta parcamente
»De todo lo terreno: haz que presida
»La modesta templanza a tu comida:
»Que el comer y el beber, no a tu golosa
»Ansia se arreglen, sino solamente
»A tu necesidad, a una juiciosa
»Justa moderación: de esta manera,
»De la vida alargada la carrera,
»Cuando llegue tu día,
»Sin dolor, sin tormento, ni agonía
»Penosa, por la tierra reclamado
»Con la marca del Cielo,
»Será tu muerte un sueño sosegado.
»Cual la madura fruta cae al suelo
»En el otoño, o cede fácilmente
»A la mano al cogerla, dulcemente
»Caerás también, de días buenos lleno
»Tú, de la tierra en el maternal seno.
»Será después que la vejez helada
»Haya venido: ya tu frente arada
»De arrugas estará, y la tez oscura,
»De la juventud toda la frescura
»Florida habrá perdido:
»La cabeza nevada
»Blanqueará, y tu vigor desfallecido,
»Cual los mismos sentidos embotados,
»No podrán saborear ya los usados
»Placeres. Aun tu sangre empobrecida
»En las rígidas venas,
»Algunas gotas conservará apenas
»Del bálsamo suave de la vida.
»Árida el alma misma y abrumada,
»De la juventud pierde marchitada
»La alegría, y mirando cual quimera
»Lo actual, en lo futuro nada espera.
»Convengo, dijo Adán, pues me aseguras
»Que nos impone la naturaleza
»De esta pesada carga la dureza,
»Que en adelante, de mis amarguras
»No prolongará mi alma los sensibles
»Recuerdos, antes bien, su diligente
»Cuidado cifrará en hacer sufribles
»Las penas de esta vida dolorosa,
»Y en aguardar, lo más tranquilamente
»Que pueda, su catástrofe penosa.
»No debes con exceso amar la vida,
»Le responde Miguel, ni aborrecerla:
»Con tu odio, la tendrías oprimida:
»Mucho afecto, podría corromperla:
»¡Triste el que la detesta, y desgraciado
»El que a ella ciegamente está entregado!
»Mientras vivieres, virtuosamente
»Tira a vivir; esto es lo suficiente:
»Deja que el Cielo con lo demás cargue,
»Y que abrevio tu vida, o que la alargue:
»Pasemos ahora a más alegre escena.»
Dice: y a aquella vista dolorosa,
Otra sucede al punto deleitosa:
Se deja ver una campiña llena
De tiendas de campaña, de colores
Varios, y alrededor en las praderas,
Muchedumbre de ovejas, de terneras
Y de vacas lozanas, despuntando
La tierna hierba y olorosas flores:
Más cerca, los oídos encantando,
Sus acentos armónicos unían.
Oboes y laúdes melodiosos:
Otro mortal entre, ellos, se ocupaba
En recorrer con dedos primorosos
Un clave, cuyos ecos competían
Con los de una arpa, que otro manejaba,
De unas en otras rápido saltando
Las cuerdas. Entre todos, ya apurando
Las notas, ya con sabia y moderada
Lentitud arreglándose en los varios
Tonos, o concordantes o contrarios,
Ya con una reunión arrebatada
De sonidos distintos,
Forman mil agradables laberintos.
El fuego ruge allá en la fragua ardiente,
Y el pesado martillo sobre el duro
Yunque retumba, en que un ahumado herrero,
Con incansable apuro,
Doma el hierro rebelde. Diestramente
Pule otro el bronce, cual sí fuese acero,
Sea que aquel metal, un encendido
Fuego las densas selvas devorando,
En su mineral haya derretido,
Y sus negros conductos destrozando,
Este, por algún antro haya salido
Derramado, los campos abrasando,
Sea que los torrentes
Subterráneos, con rápidas corrientes,
Sus basas arrancando a las oscuras
Entrañas de los montes, esparcidas
Las hayan arrojado en las llanuras:
Lo cierto es que ya en hoyas prevenidas,
Por diversos canales
Corren hirviendo a hundirse los metales:
Enfriados en la tierra,
De su masa, el artífice industrioso
Forma el corte de una hacha, de una sierra
Los roedores dientes, o un arado,
A abrir profundos surcos destinado.
Otros, dan al macizo y luminoso
Material mil labores diferentes,
A otras obras más finas conducentes
Que trabajan con arte primorosa.
En esto, ven bajar de una elevada
Cumbre otra bella tribu numerosa
De hombres, que llenos de un ardiente celo,
Viene a propagar la ley sagrada
Del Señor, el amor a los humanos,
Y del culto de Dios los soberanos
Ritos, del orbe por el vasto suelo:
Adán los va siguiendo con la vista.
De las tiendas en esto, alegre y lista,
De jóvenes hermosas
Una turba escogida
Sale, de oro y de púrpura vestida.
Sus brillantes adornos, sus preciosas
Galas, ceden con todo a su belleza:
Forman diversos bailes, en que airosas
Lucen todo su garbo y ligereza:
Algunos cantan, o la dulce lira
Tañen. Aquellos sabios que aún admira
Adán, por sus encantos seducidos
Arden, y con los ojos encendidos
De impura llama, las están mirando,
La virtud y los Cielos olvidando.
Escoge al punto cada cual la dama
Cuyo atractivo más su pecho inflama:
Cada uno del deleite al aliciente
Su alma abandona, hasta que llega la hora,
En que caído el sol al occidente,
Resplandece la estrella protectora
De los amantes, y un pronto himeneo
Enlazándolos, colma su deseo:
El himeneo, que divinizado
En aquel tiempo antiguo, por primera
Vez, con cánticos sacros celebrado
Fue en aquella ocasión. La placentera
Solemnidad, banquetes abundantes,
Acompañados de la deliciosa
Música, que repiten los distantes
Ecos terminan. Todos la gloriosa
Tierna conquista aplauden, y acabada
La función general esta dispuesto
Por cada tienda, privativa fiesta,
En que es con igual gozo celebrada:
En todas, la algazara y la alegría
Sigue, de aquel solemne y fausto día.
Al ver tal diversión, tantos gozosos
Bailes, cantos, banquetes abundosos,
Tantas preciosas galas, tantas flores;
Tal es la fuerza de los seductores
Atractivos, que Adán alucinado
Los terrores de su alma ha desterrado.
»¡Oh Ángel, exclama, por quien yo he leído
»Los secretos del Cielo,
»Con que risueños cuadros el consuelo
»Has derramado en mi animo afligido!
»Mi corazón ya se abre a la esperanza
»No me habías mostrado todavía
»Si no objetos de horror y de venganza;
»Mas por fin, a mi vista has ofrecido
»Otros, que acuerdan, llenos de alegría,
»La dicha ya perdida al alma mía.»
El Ángel interrumpe, así diciendo:
»¡Oh tu, que, de tu culpa prescindiendo,
»Eres la obra sublime, el fiel traslado
»Humana del Señor que te ha criado!
»¡Teme, a esas apariencias atendiendo,
»Dejarte seducir! Esos asilos
»De los dulces delirios amorosos,
»De placeres y cantos voluptuosos,
»Al parecer felices y tranquilos,
»Serán del vicio y crimen madrigueras.
»Un día saldrán de ellos almas fieras
»Que mancharán sus violentas manos
»Con sangre de sus míseros hermanos
»A raudales vertida.
»Bien es verdad que de las industriosas,
»Artes, alivio de la humana vida,
»Serán los inventores
»Mas soberbios, ingratos, sus dichosas
»Invenciones, cual partos celebrando
»De su vivaz ingenio únicamente,
»¡Negarán al Eterno los loores
»Que por ellas le deben, e irritando
»Con tal deslealtad su enojo ardiente,
»Pagarán algún día
»Su negra ingratitud y su osadía
»Distinguirá, con todo, la hermosura
»Su descendencia. Esas mujeres que ahora,
»De tan bella figura
»Ves, cuya gracia es aun más seductora,
»De un himeneo casto las delicias
»Desdeñarán, y la alegría vana,
»La bulliciosa vanidad mundana,
»Al doméstico gozo prefiriendo,
»Se entregarán sin freno a las caricias
»Del vicio; y esos sabios distinguidos
»Con el nombre sagrado
»De hombres de Dios, en fuego impuro ardiendo
»Por ellas, como has visto pervertidos,
»Todo honroso pudor abandonado,
»A su atractivo inmolarán su gloria.
»Y esta indigna victoria
»Que sobre la virtud logre el inmundo
»Vicio, ¡qué males no acarreará al mundo!
Adán al oírle, llora amargamente,
Y el placer que ha gozado aquel momento,
De aumentar sirve su anterior tormento.
«¡Oh que ignominia, exclama: ¡los secuaces
»De la virtud dejarse torpemente,
»Y tan pronto, engañar por los falaces
»Atractivos del vicio, y olvidarla!
»¿Cómo es posible que dejar de amarla
»Pueda el que en algún tiempo la ha querido?
»¡Ah! lo veo; comió la seducida
»Mujer aquella fruta prohibida,
»Y de su ingratitud son las fatales
»Precisas consecuencias, el olvido
»De la virtud y todos esos males.
»No, no la acuses exclusivamente
»El Ángel le replica. ¿Por ventura
»El hombre indócil, que con tal flaqueza
»Su hecho imitó, fue menos delincuente?
»Como dotado de mayor cordura,
»Lejos de complacerla con bajeza
»Debió impedir que de él se separara,
»Y el precepto por sí guardar fielmente,
»Aunque ella a quebrantarlo se arrojara.
»Mas mira ahora una nueva perspectiva,
»Aun de más; extensión y más activa.»
Vastos dominios, campos cultivados
Se ven: la pompa de las populosas
Ciudades, templos, torres orgullosas,
Palacios de diversas estructuras,
Reyes, campeones, héroes armados,
A las sangrientas lides preparados:
Su talla gigantesca, su guerrero
Lujo y sus espantosas cataduras
Terror infunden: unos, afilados
Dardos arrojan, otros, con ligero
Artificioso freno, los fogosos
Bridones guían por los polvorosos
Campos, y raudos al combate avanzan.
Los peones también a él se abalanzan:
Ambos campos están ya batallando,
La sangre humana a ríos derramando
A otro extremo, una tropa de feroces
Soldados Adán nota, que veloces,
Con horrible algazara,
De ovejas y de vacas numerosos
Rebaños, todos de belleza rara,
Consigo traen, que han sido robados
Por su violencia a los floridos prados.
Lejos ya de sus pastos deliciosos,
El dolor de dejarlos, con balidos
Tiernos explican o con sus bramidos;
Aterrados huyendo los pastores,
El campo con sus gritos y clamores
Atruenan: otra escuadra bien armada
A su socorro vuela en el momento:
Alcanzando a los fieros robadores,
Una batalla empeñan obstinada:
Se mezclan, se rechazan, un sangriento
Diluvio riega el prado en que pastaba
El ganado pacífico y que hollaba
Tranquilo: de cadáveres y heridos,
De armas rotas, de dardos esparcidos,
La tierra y verde yerba está cubierta,
Y a poco, el bello suelo sólo ofrece
A la llorosa vista una desierta
Tierra, que la sorprende y la entristece.
De un sitio el espectáculo espantable
Sucede a aquella serio temerosa
De combates. Se ve una populosa
Fuerte ciudad, cercada y embestida
Por una multitud innumerable
De feroces guerreros:
Los unos, la subida
Con escaleras a sus altos muros
Intentando, por ellas trepan fieros
Otros, de aquel terreno los oscuros
Senos, diestros mirando,
Se van a las murallas acercando:
Y otros, al descubierto, con los duros
Arietes, a sus masas embistiendo,
Ya las arruinan con horrible estruendo.
Con valor se defienden los sitiados:
Una tempestad ciega de apiñados
Dardos, flechas y piedras diligentes
Hacen llover sobre los sitiadores:
Acompañan sulfúreos torrentes
De fuego, que con furia despedidos,
Los devoran, sobre ellos dirigidos:
La discordia, la rabia, sus furores
Ejercen, precediendo a la homicida
Muerte, con el destrozo entretenida.
Unos graves heraldos entre tanto,
Por la cana vejez endurecidos,
Mas que, con todo, reprimir el llanto
Apenas pueden, con el cetro usado
En mano, a fuerza do sus repetidos
Ruegos, al fin reunir junto a las puertas
De la ciudad consiguen el senado:
A los viejos se agrega una guerrera
Turba, se habla, disputa y delibera:
Fluctúan aun inciertas
Las opiniones: brama enfurecido
El Pueblo, que quisiera de repente
Ver aquel grande asunto decidido:
Un sabio entonces cuya edad madura
Pasó su primavera, y al estío
Ya toca, se presenta entre la gente,
Y arrebatado por su celo pío,
Les habla con vigor y con dulzura
De virtudes, de leyes, de obediencia,
De un Dios justo, del crimen juez severo,
Apoyo y vengador de la inocencia.
Los oyentes, del último al primero,
Todos, jóvenes, viejos, desdeñosos
Lo escuchan, y por último rabiosos,
Arman contra el las homicidas manos:
Dios entonces de aquellos inhumanos
Le libra, enviando una encendida nube
Que por los aires le arrebata, y sube:
Al verlo, el triste Adán llora y suspira:
«¿Qué mortales son esos, embriagados
»De sangre humana? dice ¿Quien inspira
»Tal furor en sus pechos obstinados?
»Son de la destrucción tal vez feroces
»Ministros, o no son sino es atroces
»Monstruos que han usurpado la figura
»Humana? ¡Cómo! ¿el hombre, esa criatura
»Nacida para el bien, es el villano
»Asesino ¡el hombre, y el hermano,
»Lo es del hermano ¡Oh crimen! ¡Oh sangriento
»Delirio! Mas quien es ese virtuoso
»Noble varón que el Todopoderoso
»De su furor libró con tal portento?
»Tu has visto, le responde el diputado
»Del Cielo, los fatales
»Lazos que a un pueblo impío han agregado
»Una tribu piadosa, al torpe vicio
»La virtud: de estos nudos desiguales,
»La discordia funesta es el monstruoso
»Fruto, y a un mismo tiempo es el suplicio.
»De ese enlace, tan raro corno odioso,
»Han nacido en el mundo unos mortales
»Bárbaros, que en la cuna se juraron
»Eterna enemistad: de ésta tomaron
»Principio la discordia turbulenta;
»La ambición insaciable,
»Seguida de la prole innumerable
»De males que produce; la sangrienta
»Victoria de la muerte precedida,
»Del triste luto y destrucción seguida;
»Y la rabia feroz encarnizada,
»Que del valor el nombre usurpa osada.
»Tales son los famosos vencedores,
»De los cuales al hijo embebecido
»El tierno padre contará la historia,
»Cual si la más gloriosa hubiera sido;
»Aquellos decantados triunfadores
»Que la lisonja al templo de memoria
»Destinara; los héroes famosos,
»De los míseros hombres sus hermanos
»Protectores potentes y gloriosos,
»Mejor diré, verdugos y tiranos!
»Yo ahí esos Dioses. Hijos de otros tales
»Dioses, a quienes cultos celestiales
»La ceguedad del hombre ha tributado.
»La sangre, los destrozos solos fueron
»Las causas que estas honras los trajeron;
»Y el hombre mismo, al fin desengañado,
»Su nombre, que duro algunas edades
»Con el rumor de sus atrocidades,
»En el desprecio dejará olvidado.
»Aquel varón que vistos, eminente
»En virtudes y celo, y que elocuente.
»A un pueblo injusto corregir quería.
»Es tu séptimo nieto, y un celoso
»Amigo de lo justo, el más virtuoso
»De su tiempo: es el solo que oponía
»Un muro firme a aquella raza impía.
»Por eso Dios, en un desconocido
»Paraíso lo tiene prevenido,
»Para que al fin del mundo, a penitencia
»Llame a tu pervertida descendencia.
»Así, cual viste, en una reluciente
»Nube, fue por los aires de repente
»A aquel lugar llevado,
»En donde vive bienaventurado,
»Interin llega el tiempo en que el segundo
»Destino ya cumplido que en el mundo
»Le espera, para siempre la presencia
»Goce de Dios: tal es de la inocencia:
»El premio, y ahora en otra escena observa,
»Cuál es el que al pecado se reserva.»
Mudada con efecto totalmente
Vuelve la escena de la paz brillante:
La fiera guerra, su espantosa frente
De bronce oculta y ya su voz tonante
A la tierra no tiene amedrentada:
Los bailes, los festines, las canciones,
A una loca alegría
Hacen por todas partes compañía,
Y a la disolución dan libre entrada:
Se desenfrenan todas las pasiones
Voluptuosas: los vicios más bestiales
La extensión de la tierra escandalizan,
Y cual virtudes ya se solemnizan:
Despreciados los sacros naturales
Lazos del matrimonio, sin misterio
A la lealtad insulta el adulterio:
La torpe embriaguez y la insaciable
Gula, de la lascivia el fuego inflaman.
En vano todos los derechos claman:
Se mira como objeto despreciable
La justicia, y al Cielo desafía
Con alta cara la blasfemia impía:
Entonces aparece un venerable
Varón anciano, que con voz austera,
Su moral santa opone por barrera,
De los vicios al rápido torrente:
A toda aquella corrompida gente
Manifiesta la cólera divina:
Les amenaza de una pronta ruina:
Les muestra el rayo, sobre su cabeza
Ya suspendido, pero inútilmente:
Lejos de corregirse, su impureza
Aumenta cada día. Al fin, perdida
La esperanza de ver tan obstinada
Generación perversa corregida,
Hacia una alta montaña se endereza,
De antiguos fuertes pinos coronada:
Se ocupa allí, con ánimo constante,
En hacer construir una flotante
Arca inmensa: prescribe su figura,
Su longitud, su latitud y altura:
La arca se eleva, y en sus divisiones,
Todos los frutos de las estaciones
Recoge a su designio conducentes.
Luego a su hueco oscuro y espacioso,
Por voluntad del Todopoderoso,
A la voz del anciano, diligentes
Un par de cada especie de viviente,
Animales, que el aire y tierra habitan,
Un refugio a buscar se precipitan.
El mismo, habiendo en vano
Anunciado a los pueblos las postreras
Amenazas del próximo castigo,
Escarnecido, cual si fuera insano,
De la arca al fin se recogió al abrigo,
Con su mujer, sus hijos y sus nueras,
Y cerró desde adentro toda entrada.
La atmósfera, hasta entonces sosegada,
Se turba por momentos:
Con furor silba el Austro, y cuantos vientos
Llovedores dormitan reservados,
Del Cielo en los terribles arsenales:
Se amontonan tormentas y nublados,
En los aires de denso vapor llenos:
Se inflama el horizonte con fatales
Meteoros, y aun tiempo oscurecido,
Queda en fúnebre noche convertido:
Por todas partes, formidables truenos
Retumban sin cesar: con ominosa
Luz, los vivos relámpagos descubren,
De un polo al otro, momentáneamente
Todo el horror que las tinieblas cubren:
Se precipita a ríos espantosa
La lluvia más espesa, interpolada
Con otra lluvia ardiente
De exhalaciones, rayos y centellas:
El vasto firmamento, interceptada
La claridad del sol y las estrellas,
No es ya más que una bóveda enlutada,
Un lóbrego desierto,
Que Cierra más la noche, y acrecienta
El horror de la lluvia y la tormenta.
El mar, al cual las puertas se han abierto
Saltando fiero desde su profunda
Sima, se arroja rápido, bramando,
Los valles con los montes igualando.
Por todas partes, la ancha tierra inunda
La agua devastadora: de su esfera
La superficie es ya sólo un inmenso
Piélago sin ribera:
El arca, encima de él, rompiendo el densa
Diluvio como cúspide elevada,
Por las olas en vano atormentada,
Firme, con arreglados movimientos,
Flota, y se ríe de ellas, y los vientos.
Entre tanto en la tierra sumergida
Nada queda con vida
De cuanto allí, respira: no han podido
Salvarse ni aun los hombres que han logrado
A algún excelso monte haber subido,
Pues las aguas los han sobrepujado
Todos, y muchos de ellos se han hundido;
En los palacios de los poderosos
Reyes, nadan ahora los marinos
Monstruos; sirven las calles y caminos
De sendas a los peces escamosos.
De un sepulcro común en los horrores.
Enterrando a los hombres, sus honores,
Sus placeres, su orgullo, sus riquezas,
Y de su enorme lujo las grandezas,
El agua lava, y purga desde luego,
Un mundo profanado;
Hasta que en lo futuro, por el fuego
Quede, cual debe estar, purificado.
Todo perece, pues, todo se arruina:
Sólo la débil arca, la esperanza
Del mundo, que gobierna la divina
Piedad, burla del agua la pujanza.
Al ver aquel desastre temeroso,
Oh Padre de los hombres, ¡qué penoso
Diluvio de amargura
Convirtió tu esperanza en noche oscura!
Al ver tu descendencia aniquilada
Con la tierra, en las hondas sepultada,
Se heló tu sangre, y el extremo espanta
Aun del alivio te privó del llanto.
¡Infeliz! de los males que veías
Que devastaban la naturaleza,
El peso todo sobre tu cabeza
Abrumada sentías.
Miguel con todo, con benigno celo,
Le levanta del suelo,
En que le ve caer desfallecido,
Y suavizar procura,
Con expresiones llenas de ternura,
Las horribles escenas que ha tenido
A su vista: consigue finalmente,
A fuerza de bondad, que su afligido
Hecho, desahogue así, con voz doliente:
»¿Por qué mostrarme, ¡oh Dios! ese futuro
»Tejido de desgracias indecible?
»¿Para qué haber rasgado el velo oscuro
»De mí ignorancia dulce y apacible?
»¿A qué mostrarme la desgracia ajena,
»La ruina de mi triste descendencia?
»¿No era bastante la desgracia mía?
»¡Suerte cruel! hasta ahora me reía
»El pecho tu memoria, mas tu pena
»¡Cuánto más crece con la, fatal ciencia
»De lo que han de sufrir mis desdichados
»Hijos, y del horrendo
»Medio con que han de ser aniquilados!
»¡Y quizá siglos estaré sufriendo
»Este tormento! ¡Adiós, dulce reposo,
»Suave sueño! ¡adiós todo consuelo!
»¡El fin de mi progenie doloroso
»Ha acabado de echaros de este suelo?
»¡Ve mi aflicción, Dios justo, a quien imploro
»Aun no existen los males que, yo lloro;
»Pero de ser no dejan efectivos,
»Pues han de serio en tiempos sucesivos,
»Sin haber de evitarlos esperanza:
»¡Infeliz el que alcanza
»A prever sus tormentos venideros!
»A sufrirlos comienza en el instante,
»Cual si ya entonces fuesen verdaderos.
»¡Funesta previsión, que únicamente
»Sirves de hacer sentir como presente
»El dolor de nosotros aun distante!
»Pero ¿qué digo? En la total ruina
»Del humano linaje, ¿a quién la triste
»Voz de mi desconsuelo se encamina?
»¡Todo habrá perecido! ¡Y si, aun resiste
»Alguno de los míos a la fiera
»Desolación, y se mantiene vivo
»En algún alto punto de la esfera,
»Con fatiga trepando fugitivo
»De risco en risco, o ya en algún oscuro
»Antro escondido, lejos que de apuro
»Salga, de hambre y de miedo consumido.
»Para muerte más cruel habrá vivido!
»¡Ah! yo me lisonjeaba que, apagado
»De la inhumana guerra el rayo horrendo.
»Para siempre la paz restableciendo,
»Del hombre el hombre amado existiría,
»Y el hombre, por el hombre consolado,
»De una vejez tranquila gozaría;
»Mas ¿cuánto en mi esperanza me he engañado?
»La misma paz, origen es fecundo
»De más sangrienta plaga para el mundo.
»La de la guerra, a algunos limitaba
»Su furor, y ésta a todos los acaba.
»Mas dime, oh santo guía, las fatales
»Causas de tantos y tan crueles males,
»Y si tan general su influjo ha sido,
»Que mi raza del todo se ha extinguida.
»Aprende, dice el Ángel, su futura
»Suerte. Aquellos intrépidos mortales
»De robusta estatura,
»De lujo y de deleites embriagados,
»Con su fortuna al parecer contentos,
»Que vistes al principio, y que sedientos
»De sangre, unos contra otros irritados,
»Después a hierro y fuego se envistieron
»Haciéndose una guerra carnicera,
»Eterno nombre conseguir creyeron
»Con sus hazañas; mas la verdadera
»Gloria estaba muy lejos de sus almas:
»De su victoria atroz eran las palmas
»Las muertes, los destrozos, los lamentos
»De los tristes vencidos los tormentos.
»De este honor engañoso
»Con todo satisfechos, no tardaron
»En trocar de su orgullo la fiereza,
»De la blanda molicie en la bajeza,
»Y no se avergonzaron
»De pasar desde el carro victorioso,
»Al lecho del deleite voluptuoso.
»Del ocio, de los vicios, prontamente
»Las envidias, las crueles disensiones,
»En medio de la misma paz nacieron,
»Y tras de ellas las más viles pasiones.
»Por Dios abandonados justamente,
»En una dura esclavitud cayeron,
»En la que, por el vicio embrutecidos
»Los opresores y los oprimidos,
»Cual sus costumbres, su valor perdieron;
»Estos, y aquella turba de tiranos
»Perversos, que de humanos
»Nada tenían sino la apariencia,
»Víctimas de la más brutal licencia,
»De Dios, de la virtud, de la justicia,
»Y de todas las leyes se olvidaron.
»Tales progresos hizo la malicia,
»Que hasta los mismos sabios se extraviaron.
»En esto, sobre aquella noche oscura
»De corrupción, descuella de repente
»Un hijo de la luz, una alma pura,
»Que la virtud predica al universo,
»Que solo, en medio de un pueblo perverso,
»Opone su firmeza a la corriente
»Del vicio; los placeres, los honores,
»La ignominia y las penas despreciando,
»Al crimen orgulloso avergonzando,
»Y haciendo guerra a todos los errores,
»Infunde en el impío un saludable
»Temor; demuestra a todos cuán amable
»Es la justicia; enseña aquella estrecha
»Senda que al Cielo mismo va derecha,
»Y que huellan en dulce compañía,
»La virtud, la inocencia, y la alegría;
»Pero la multitud proterva y necia
»Le insulta, le escarnece y le desprecia.
»Mas Dios, a cuya vista está patente
»El corazón del hombre, prontamente
»Al justo va a vengar de tanta ofensa:
»Le mandará construir un arca inmensa,
»Y cuando él con sus hijos, y elegidos
»Animales, que el mundo nuevamente
»Han de poblar, en ella estén metidos,
»El Cielo, ejecutor de la divina
»Venganza, los depósitos abriendo
»Inmensos de aguas que su cristalina
»Bóveda está en su espacio sosteniendo.
»Con el diluvio universal, que viste.
»Cubrirá el mundo y cuanto en él existe.
»A un Edén llevará el mismo camino:
»¡Adiós, jardín! ¡Adiós, monte divino!
»Su río manso, vuelto en turbulento
»Mar, los vergeles que antes fecundaba
»Con su corriente brava,
»Ahora, arrancados de su firme asiento.
»Arrastrará dispersos, en las cimas
»De sus soberbias olas, a otros climas,
»Dejando en su lugar una desierta
»Isla, de breñas ásperas cubierta,
»Cuyas riberas sirvan de moradas
»De los monstruos del mar a las manadas,
»Mas, dejada, esta escena formidable,
»Vuelve la vista atenta
»A otra que sea menos lamentable.»
Ve en esto Adán calmarse la tormenta,
Cambiar los vientos, y las ondas fieras
Ir bajando del Cielo a sus riberas,
Las nubes huir del aquilón helado,
Y calmada su furia procelosa,
El mar ya por orillas circundado:
Sus olas se nivelan; su espaciosa
Superficie parece un claro espejo,
Y despide a lo lejos el reflejo
Del día; absorbe el sol con sus ardores
Gran parte de ella, en húmedos vapores.
Las esparcidas aguas, lentamente
Hacia el mar se retiran silenciosas:
La tierra disminuye la corriente
De sus arroyos, y las caudalosas
Ondas con que sus ríos se han hinchado,
Abriéndolas sus simas tenebrosas.
Todo calla. Ya el arca solitaria,
Largo tiempo juguete de la varia
Dirección de las olas, ha parado
En la cumbre del piélago, elevada
Sobre la cima de un excelso monte,
A un descollado risco asemejada
Del Althos, dominando el horizonte.
Las altas sierras, de los procelosos
Abismos sacan sus peladas frentes
Por grados, mas sus faldas, de frondosos
Bosques pobladas, en su fondo aun yacen.
Así en el mar, escollos eminentes,
Contra los que sus olas se deshacen,
Al aire elevan su penacho erguido
Y en ellas lo restante está escondido.
Los últimos torrentes precipitan,
Sus aguas ya en el mar, que, furibundo.
Las extranjeras ondas que le agitan,
De su seno sepulta en lo profundo.
De la arca entonces, el prudente anciano.
Para ver si la tierra el océano
Inunda aún, o está ya descubierta,
Suelta el cuervo el primero,
Y después la paloma, mensajero
Más fiel, que al pronto circular volando,
Intimidada, a descubrir no acierta
Dónde poner el pie; mas alargando
El vuelo, vuelve al fin a la querencia,
Y en el pico una verde fresca rama
De olivo trae, que la paz proclama
Del Cielo con la tierra Esta ha salido
Ya de las aguas: la arca en diligencia
Vuelve al mundo su huésped escogido
y todos sus vivientes refugiados.
El anciano y sus hijos, elevados
Los ojos y las manos hacia el Cielo,
Al Eterno dan gracias fervorosos;
Pronto el Señor aumenta su consuelo
Fijando en los celajes nebulosos
Ese arco inmenso que resplandeciente
El horizonte abraza, matizado
De los siete colores más preciosos:
La púrpura, el azul y el reluciente
Oro, entre ellos se ven. Lo ha destinado
Por prenda del perdón que al afligido
Mundo en lo venidero ha concedido
Al ver Adán el arco luminoso,
Adora alegre al Todopoderoso:
«Si creo al Cielo, exclama, viviremos
»En nuestra prole amada:
»Por ese justo, y cuanto se ha salvado,
»Restablecer veremos
»El mundo, a mejor suerte reservado,
»Y en él su noble raza perpetuada:
»Dios, como justo y bueno, a los humanos,
»Ha querido probar; a los profanos,
»De sus sagradas leyes transgresores,
»Ha envuelto del diluvio en los horrores
»Pero el justo respira;
»El ha podido solo aplacar su ira,
»Y su raza fecunda y mejorada
»Restaurará la tierra devastada:
»Mas dígnate explicar menudamente
»Los misterios que en ese milagroso
»Arco ha ocultado el Todopoderoso,
»Si que lo sepa juzgas conveniente.
»Brilla en él toda su magnificencia
»Y su dulzura, y si mi inteligencia
»Débil consulto, al ver lo acaecido
»Antes en el diluvio, yo creyera
»Que indica que el Señor ha suspendido
»Aguas inmensas en la azul esfera.
»No te engañas, Adán, en tu supuesto,
»Le responde Miguel: Dios ha calmado
»De su furor el moribundo resto:
»Antes miró a la tierra: vio admirado
»Reinar con insolencia audaz el vicio,
»Y de arrepentimiento penetrado
»Asoló su magnifico edificio:
»Castigó a los perversos; mas, piadoso,
»Al justo protegió, y su temeroso
»Rayo apagó al instante,
»A fin de que en su prole reviviera:
»No, no se soltarán en adelante:
»Los torrentes del Cielo, ni otra fiera
»Lluvia devastará ese renacido
»Mundo, puesto que Dios lo ha prometido;
»Y así, cuando en los Cielos se presente
»Ese arco inmenso, aviva tu esperanza
»Y lee en su extensión resplandeciente
»Del Cielo con la tierra la alianza.
»Desde hoy ni un solo instante
»Dejarán de seguir su orden constante
»Los tiempos, días, años y estaciones,
»Y su curso apacible y arreglado
»Todas esas magníficas legiones
»De astros, hasta el momento señalado
»Para que el fuego de su oculta fuente
»Salga y devore al mundo en un ardiente
»Diluvio. Entonces, del sepulcro oscuro
»Dios sacará otro Cielo aún más puro,
»Y nueva tierra, en que sus escogidos
»Vivan eternamente reunidos.»

LIBRO DUODÉCIMO.
SUMARIO.
MIGUEL expone a Adán en una narración los sucesos posteriores al
diluvio. Le anuncia el linaje particular de Abrahán como aquel ha de
nacer el Redentor del linaje humano. Añade su encarnación, su muerte,
y demás misterios, y el estado de la Iglesia hasta su segunda venida.
Adán, consolado, da gracias a Miguel, y baja del monte en su compañía.
Despierta Eva, que había dormido todo aquel tiempo, pero que había
sido consolada también con sueños favorables. Miguel los coge a entrambos
de la mano, y los conduce fuera del Paraíso. Ven detrás de ellos
la espada de fuego fulminante, y los Querubines que rodean el Paraíso,
para impedir su entrada.
Cual caminante que de su jornada
Suspende la fatiga cuando ardiente
El sol divide en dos partes el día;
Tal el Ángel suspende la empezada
Relación que hechizado Adán oía;
Y así después la sigue nuevamente:
«Viste salir un mundo de las manos
»Del Eterno; con todos sus insanos
»Habitantes le viste sumergido,
»Y después a su ser restituido,
»Ocupado por nuevos pobladores;
»Mas no lo has visto todo: los portentos
»Del Eterno, sus vivos resplandores,
»Tu limitada vista deslumbraron:
»Voy a decirte los acaecimientos
»Que tus ojos entonces no alcanzaron:
»Escucha, pues, su interesante historia.
»Y guárdala indeleble en tu memoria
»Mientras que esos segundos habitantes
»Del mundo, entre sepulcros y ruinas
»Aun en pequeño número, y errantes,
»Anduvieron, teniendo las divinas
»Venganzas a su vista, escarmentados,
»Adoraron a Dios, y le sirvieron;
»Sus descendientes, ya más numerosos.
»Como en las artes más adelantados,
»Cultivando terrenos abundosos,
»En paz, copiosas mieses recogieron:
»La parra por las uvas abrumada
»Se dobló, y al olivo la pesada
»Carga oprimió del fruto delicado
»Lo mejor del ganado,
»De las ricas cosechas lo escogido,
»Las puras y abundantes libaciones
»Las flores, los altares, el rendido
»Culto formaban con que al soberano
»Dueño adorando de las estaciones,
»Imploraban sus gracias y sus dones.
»En las varias familias el humano
»Linaje dividido, cultivaba
»Las virtudes, y sólo disfrutaba
»De placeres tan simples como puros
»En su mesa inocente,
»Ni embriaguez ni lujo se veían:
»Las armas y los muros
»Solo contra las fieras le servían:
»La paternal autoridad, la fuente.
»Era de las sencillas justas leyes.
»De todos los gobiernos eran fijos
»Los términos: los hijos
»Eran vasallos, y los padres reyes:
»Mas pronto mudó todo: un hombre fiero,
»Cazador atrevido, fue el primero
»Que, arrebatado de ambición insana.
»De otros hombres feroces sostenido,
»De la violencia y del terror valido,
»Bajo un yugo arbitrario y duradero
»Logró oprimir la sociedad humana:
»El dar la muerte fue para él un juego,
»Una víctima, el hombre que opusiera
»La menor resistencia a cualesquiera
»De sus caprichos: con el hierro en mano,
»La guerra ejecutando a sangre y fuego
»Estableció en el mundo aquel odioso
»Imperio, y en él fue el primer tirano
»Su loco orgullo, al Todopoderoso
»Insultó cara a cara, pretendiendo
»Ser también Dios: cual de una rebeldía
»Castigaba al que no le obedecía;
»Y a él, rebelde al Señor que le ha criado,
»Sobre el castigo que padece horrendo,
»En las historias, para lo futuro,
»El nombre de rebelde le ha quedado.
»Desde cerca de Edén, su victoriosa
»Potencia extenderá, hasta la espaciosa
»Occidental llanura, en donde oscuro
»Hay un profundo abismo, cuyo seno,
»Hasta la vasta boca hierve lleno
»De encendido betún: por el respira
»El Infierno, y un río caudaloso
»De aquella glutinosa horrible llama,
»Por las campiñas del contorno gira,
»Y cuanto encuentra en su carrera inflama,
»O en las honduras duerme con reposo;
»El material de allí saca abundante
»Para hacer una torre, que levante
»Y en las nubes esconda su orgullosa
»Cabeza: empieza al punto: consolida
»El betún, las arenas reuniendo
»Con fuerte trabazón, la mole erguida:
»Ya comienza a elevar su prodigiosa
»Masa, a admirar al mundo destinada:
»La apresura el Rey bárbaro, queriendo
»Que su poder ostente, y su memoria
»Eternice: su fin sólo es la gloria;
»Que sea justa, o no, le importa nada.
»Tal es su intento: mas el invisible
»Dios, que ocultando al hombre su terrible
»Majestad, acostumbra a visitarle,
»Cuando la necia empresa considera
»Desde el Cielo, a que suba más no espera,
»La obra. No pueden menos de causarle
»Risa aquellos ridículos rivales
»De su poder, y conteniendo su ira,
»Como tenían todos los mortales.
»Sólo un idioma, de repente inspira
»Otro a cada familia diferente
»Su memoria trastorna de manera,
»Que olvidando del todo
»Su común lengua en la sustancia y modo,
»Cada uno de ellos juzga que realmente
»Se explica en ella, y no en otra extranjera.
»Se oye un murmullo de desconocidas
»Palabras, una jerga incomprensible
»De acentos y de voces confundidas;
»Nadie se entiende, todo el mundo clama,
»Y cuanto más se esfuerzan, más horrible
»Confusión se levanta, más se inflama
»La impaciencia de todos: si pretenden
»Entenderse por señas, se acrecienta
»El tumulto, y aun menos se comprenden:
»Por calmarlos en vano se porfía:
»Crece más la algazara y gritería.
»Cesa el trabajo, la discordia aumenta,
»En todas partes cunde,
»Y el desorden con ella se difunde:
»Toda la gente al fin desesperada,
»Abandona la torre decantada:
»Lo aplaude el Cielo, y en la humana historia
»Para eterna memoria,
»Torre de confusión será nombrada.»
Del paternal cariño arrebatado,
Exclama Adán entonces: »¡Oh execrable
»Opresor! ¡Oh tirano insoportable!
»¿Conque un déspota osado
»Bajo un yugo cruel tendrá licencia
»De oprimir a mí amada descendencia?
»¿Cuáles son sus derechos? Dios ha puesto
»Bajo el imperio de los racionales
»Las aves, los pescados y animales,
»Todo cuanto respira; mas por esto,
»No ha dado al hombre sobre sus hermanos
»Dominio alguno: iguales los humanos
»En todo, no conocen ni reciben
»Leyes sino del Ciclo, por quien viven.
»Sólo Dios es su Rey, y ese atrevido,
»Que una ambición inextinguible enciende,
»Y con cetro de bronce les oprime,
»Más que a ellos, a su eterno ducho ofende.
»Cuyo dominio usurpa fementido.
»Esa obra, para el hombre tan sublime,
»De su orgullo ridículo resulta,
»La frente osada al Cielo levantando,
»Las tormentas y truenos desafiando,
»A Dios en su palacio mismo insulta.
»Si, Miguel le responde; a ese insolente
»Opresor aborreces justamente;
ȃl ha turbado de la paz amable
»La dulzura, y al hombre ha despojado
»De aquella libertad inestimable
»Que antes gozaba; mas cuando engañado
»Por la torpe ilusión de tus sentidos
»Faltaste tú el primero a los debidos
»Respetos, y a tu Dios no obedeciste,
»Aquella augusta libertad perdiste.
»Y contigo tus hijos la perdieron.
»Hija de la razón y la inocencia,
»Sus compañeros fieles, con su ausencia
»Huyó, y sus privilegios fenecieron,
»Pues sólo en su juiciosa compañía
»Aprovechar la libertad podía
»A los hombres, y de ella separada
»Fuera disolución desenfrenada:
»Así, cuando dejaron el gobierno
»Del hombre esclavo ya de sus pasiones.
»Determinó el Eterno
»Que una sujeción útil, y fundada
»Sobre leyes severas y prudentes,
»Que arreglase del hombre las accione,
»Bajo una humana autoridad, hubiera,
»Que amparo fuese de los inocentes,
»Al paso que a los malos reprimiera.
»Tal fue el origen de las monarquías.
»Y otros muchos gobiernos, que en los días
»Posteriores los hombres adoptaron
»A proporción que se multiplicaron;
»Mas Dios a veces, cuando la malicia
»De los pueblos, sin freno abandonados
»A los vicios, provoca su justicia,
»Permite que en cruel opresión giman,
»A un tiránico yugo esclavizados.
»No extrañes, pues, que opriman
»A esos tus descendientes los injustos
»Caprichos de ese déspota orgulloso:
»No sucediera, si ellos fueran justos.
»La esclavitud comienza en el momento
»En que la virtud falta; es el tormento
»Que el Señor destinó al hombre vicioso,
»Pues a falta de déspotas humanos,
»En sus pasiones tiene sus tiranos.
»¿Quieres otros ejemplos? Cuidadoso
»Repara a ese hombre impío, que nacido
»Del que en el arca al mundo ha revivido,
»Echado atrás todo filial respeto,
»De su padre desnudo hizo el objeto
»De sus escarnios: él y su futura
»Prole, en castigo, esta sentencia dura
»Recibieron: »Seréis perpetuamente
»Siervos de siervos de vuestros hermanos.»
»Así la humana gente,
»Del viejo mundo la virtud perdiendo,
»Víctima de los vicios, y los vanos
»Errores, en excesos incurriendo,
»Mayores aun que los de sus abuelos,
»Cansará la paciencia de los Cielos,
»Y Dios la entregará a sus vergonzosos
»Deseos, apartando sus piadosos
»Ojos de aquellos hombres pervertidos,
»De aquellos hijos desagradecidos.
»Con todo, escoge un pueblo, descendiente
»Venidero de un justo, y le asegura
»Por medio de su padre su ternura.
»A orillas del Eufrates residía
»Este varón virtuoso, que un prudente.
»Juicio a las demás prendas reunía,
»En misterioso sueño, de repente,
»Dios sus altos intentos le revela:
»Deja, le dice, patria y parentela,
Y sígueme obediente a otras regiones:
Yo te liaré padre de un pueblo escogido,
En quien mi eterno amor he establecido,
Y de un número inmenso de naciones.
»Se levanta, se fía en su divina
»Guía: Dios mismo, sí, lo estoy mirando,
»Con su benigna mano le encamina:
»Cuanto en el mundo amaba abandonando,
»Con fe constante, al fin el delicioso
»País de Canaán huella, que tenía
»Contaminado ya la idolatría.
»De esta voz aun ignoras el sentido:
»Sabe, pues, que ha de ser tan horroroso,
»El extremo a que llegue en los humanos
»La malicia bestial, que prostituído
»De Dios el nombre, adoraran los frutos
»De la tierra, las piedras y los brutos,
»Y aun las más viles obras de sus manos:
»Mas el Santo viajero ha suspendido
»Ya su marcha prolija:
»Mira cuál de Siquem en la llanura,
»Junto a Amorek sus pabellones fija.
»Allí Dios le renueva su segura
»Promesa, y aun lo añade que habitantes,
»Serán de aquella tierra sus triunfantes
»Hijos. Pero tu mismo al Norte extiende
»La vista ahora, hacia Hemat, que allí situado,
»Limita a Canaán por aquel lado;
»Y para que te, enteres más, atiende
»A conocer los sitios por los nombres
»Que para entonces les darán los hombres,
»Al Mediodía tienes la espaciosa
»Región desierta, que la deleitosa
»Fértil tierra termina:
»Del monte Hermón los llanos al Oriente
»La limitan, y el mar al Occidente:
»¿Ves aquella alta cumbre? Es el Carmelo;
»Monte feliz, en donde la divina
»Fuente tiene el Jordán, que el rico suelo
»Fecundo riega, y sirve de barrera
»Contra toda invasión de la guerrera
»Gente oriental. Pues esa afortunada
»Región dominarán los descendientes
»De aquel grande varón, y dilatada
»Será su posesión en adelante,
»De Senir a las sierras eminentes:
»¡De aquel feliz Senir! (guarda constante
»Su nombre en tu memoria): allí el Eterno
»En tu linaje bendecirá al mundo:
»De él saldrá el Salvador, que Cielo y tierra
»Vengará del Infierno,
»Y hollará en la Serpiente aquel inmundo
»Espíritu que os hizo tan cruel guerra.
»Mas Dios estos sucesos misteriosos
»A tus ojos oculta todavía:
»Abrahán (que este es el nombre que tenía
»Aquel justo, por cuyos numerosos
»Nietos será esta tierra dominada)
»Establece ya en ella su morada.
»Del tiempo mismo las vicisitudes
»No borrarán allí de sus virtudes
»La bendita memoria.
»Su hijo y su nieto, ya por la firmeza
»De su fe, ya también por la pureza
»De su conducta, igualarán su gloria.
»Doce hijos contará su venturoso
»Nieto, que un día el suelo delicioso,
»De Canaán dejará, por la fecunda
»Tierra que el Nilo con arreglo inunda.
»Mira ese río allá, que con pomposo
»Curso, cubre de Egipto la llanura
»Inmensa, y con el cieno provechoso,
»Las más ricas cosechas la asegura:
»Regada así, lo que le queda de agua,
»Por siete bocas en el mar desagua.
»Viendo que una hambre general destruye
»El país en que habita, Jacob huye
»A refugiarse a su feliz ribera:
»Su hijo le llama allí, a quien su sincera
»Fe y su pureza, desde el cautiverio,
»Subieron al más alto ministerio
»De aquella poderosa monarquía.
»Establecido el padre en su terreno
»Con su prole, murió de días lleno:
»Su familia creciendo cada día,
»En pocos años fue tan numerosa,
»Que a un nuevo Rey llegó a ser sospechosa.
»Al temor dando oídos y a la envidia,
»La ley del hospedaje con perfidia
»Quebranta, de crueles vejaciones,
»De un cúmulo espantoso
»De trabajos los carga, y con horrible
»Crueldad condena a todos los varones
»Que nazcan de ellos a una irremisible
»Muerte. Entonces el Todopoderoso,
»Compasivo, suscita dos hermanos
»Para librarlos de tan inhumanos
»Perseguidores. Desde allí, cargado
»De los tesoros del amedrentado
»Egipcio injusto, aquel pueblo escogido
»Marcha al país que Dios le ha prometido.
»Mas fue para este viaje necesario
»Que el Señor obligase al temerario
»Monarca, con su brazo omnipotente,
»A que al fin los dejase libremente
»Ir de aquel reino idólatra y profano.
»Moisés y su hermano,
»Destinados a ser sus salvadores,
»Fueron de orden de Dios de embajadores
»A persuadir primero a aquel insano
»Y obstinado Monarca a que dejara
»Que de Egipto su pueblo se ausentara:
»Nada hizo efecto en su corazón duro:
»Del poder del Eterno revestido,
»Manda Moisés, y toda la corriente
»Agua de Egipto, en sangre de repente
»Vuelve: el aire se cubre de un oscuro
»Nublado de mosquitos extendido:
»Hierve todo aquel suelo
»De animales inmundos, que ya a vuelo,
»Ya caminando, inundan a millares
»Las casas, los palacios, los lugares.
»Grazna el sapo asqueroso aun en la mesa
»Del Rey, y hasta en la púrpura el impuro
»Voraz insecto es un tormento duro,
»Cual para la soberbia vergonzoso.
»Por orden de Moisés, con todo, cesa
»En un día el conjunto temeroso
»De aquellas plagas; mas la misma muerte
»De tantos importunos animales,
»Es luego causa de otro mal más fuerte:
»Inficionan el aire sus fatales,
»Hálitos ponzoñosos, de tal modo,
»Y las aguas, que corro el reino todo
»Una peste cruel: de la murada
»Ciudad hasta la choza más aislada,
»Hiere sin distinción la plaga fiera,
»Que crece a proporción de su carrera,
»Los príncipes, los nobles, los villanos
»Los niños, los mancebos, los ancianos.
»A edad ninguna o condición perdona:
»La sangre, los humores inficiona,
»Con úlceras malignas devorando
»Las gangrenadas carnes, o elevando
»Encima de ellas lívidos tumores:
»Los cadáveres de hombres y ganados
»Yacen en confusión amontonados:
»La hambre la sigue: ya sus precursores,
»Granizos, piedras, fieros huracanes,
»Del labrador ansioso los afanes,
»Destruyendo, los campos han corrido.
»Vivas nubes de insectos voladores
»Aun lo que su furor no ha destruido
»Lo roen; frutos, plantas, verde yerba,
»Nada el voraz ejército reserva.
»Desaparece el día de repente:
»Opone el aire al sol nieblas impuras,
»Que pronto en condensadas en oscuras
»Nubes, enlutan su resplandeciente
»Luz, de manera que a la sombra dando
»Cuerpo, y toda la atmósfera ocupando,
»Cubren a los Egipcios de palpables
»Tinieblas. Un silencio temeroso,
»Vasto, cautiva todo el populoso
»Reino: pero es bien pronto interrumpido
»Por gritos, por clamores espantables,
»Sollozos y alaridos lastimeros,
»De todas las familias desoladas:
»El Ángel de la muerte cruel ha herido
»En una noche todos sus primeros
»Hijos: desde el palacio del malvado
»Monarca, hasta las chozas olvidadas,
»Todos, sin excepción, han perecido.
»Con tan horribles males consternado,
»La obstinación suspende el orgulloso
»Faraón, y consiente en su partida.
»Mas pronto en aquella alma endurecida
»El despecho renueva su furioso
»Empeño. Como el hielo que en el fuego
»Se derrite, si de él lo apartan, luego
»Su dureza recobra, así pasado
»El primer susto, aquel Rey obstinado
»A su malicia vuelve. Vuela al punto
»Con poderoso ejército, que junto
»Tiene ya, a perseguir al fugitivo
»Pueblo, para traerlo muerto o vivo.
»Del Hebreo a la marcha el mar se opone,
»Y va por sus espaldas se dispone
»Faraón a embestirle, cuando el Cielo
»Dividiendo sus aguas procelosas,
»En seco deja su profundo suelo:
»Por él sigue aquel pueblo su camino,
»Teniendo a cada lado un cristalino
»Y alto muro, que forman respetuosas
»Las ondas: a su espalda una brillante
»Columna de una condensada nube,
»Que interpuesta al Egipcio, al Cielo subo,
»De noche los alumbra; pero oscura
»De día, ya siguiéndolos constante,
»Ya de su multitud llevando el frente,
»Del amparo de Dios los asegura:
»También de pabellón contra el ardiente
»Sol, les sirvió, y de gula en la desierta
»Arabia, que a sus ojos ya está abierta.
»Dios, sobre la columna colocado
»Su trono, en aquel lance, al irritado
»Tirano opone el lado tenebroso
»De ella, y estorba con su impenetrable
»Noche, que a alcanzar lleno aquel medroso,
»Pueblo, a su esclavitud acostumbrado:
»Mas con todo, a pesar de la espantable
»Sombra, el Monarca huella sin recelo,
»Del dividido mar el seco suelo.
»Llegada el alba, el Dios de la victoria
»A él se vuelve, rodeado de su gloria:
»Mira al Egipcio: tiembla: un repentino
»Desorden, sus formados escuadrones,
»Jefes, guerreros, carros y bridones,
»Revuelve en un confuso remolino:
»Tiende entonces Moisés la milagrosa
»Vara, ¡oh terror! El mar, dando un bramido
»Horrísono, por uno y otro lado
»Vuelve con todo el peso suspendido
»De su onda procelosa :
»A dar sobre el ejército espantado:
»Sobre él se cierra, y en sus espumosos
»Líquidos montes, rápido envolviendo
»Al Monarca y sus trenes belicosos,
»Cual plomo, al fondo de su sima oscura
»Precipitados, hallan sepultura.
»Todo perece: el pueblo hebreo viendo,
»De la opuesta ribera aquella horrible
»Catástrofe, su grato culto ofrece
»Al Eterno, que así le favorece.
»Huella de Canaán el apacible
»Suelo al fin, y se cumple su deseo,
»Mas lo cuesta un larguísimo rodeo,
»Porque el prudente Jefe que guiaba
»Sus tribus, de exponerlas recelaba
»En el camino recto a los sangrientos
»Ataques de los pueblos que tenían,
»Que atravesar, y que en la guerra hacían
»Ventaja a sus Hebreos, que nacidos
»Esclavos de los amos mas violentos
»Además de faltarles la experiencia
»De las armas, en ánimo abatidos,
»No podían hacerles competencia.
»Sus manos a una vil cadena usadas,
»Manejar no sabían las espadas.
»A paso lento pues, y con incierto
»Rumbo, a atravesar tiran el desierto.
»Mas, ya arreglando el culto, y una santa
»Policía en su marcha, se levanta
»Su nuevo imperio: un número de ancianos
»Es por sus doce tribus escogido,
»Que forme su senado, y con sus sanos
»Consejos, a Moisés, en el temido
»Cargo de gobernar, constante asista:
»Dios, que sobre ellos su piadosa vista
»Tiene, es su Rey, legislador supremo,
»Y tal es su bondad y amor extremo,
»Que sus leyes por sí mismo establece:
»Bajo sus pies, la cumbre se estremece
»Del Sina, en medio de una densa nube
»De humo, que recto por los aires subo,
»Con relámpagos vivos centelleando,
»Y con estruendo horrísono tronando:
»De una trompeta el fúnebre sonido,
»El terror acrecienta repetido.
»El pueblo todo, alrededor postrado,
»Oír su voz espera amedrentado:
»El Señor, de aquel trono majestuoso
»Rodeado del nublado tenebroso,
»Como Dios les intima las sagradas
»Leyes, que como padre tiene dadas:
»Los derechos civiles establecen,
»Unas y otras al culto pertenecen.
»Mas su divina voz, y la grandeza
»De su gloria, no puede la flaqueza
»De aquel pueblo sufrir, y así, oprimido
»De terror, desde lejos con rendido
»Ruego a Dios pide que se digne hablarle,
»Por Moisés, que menos asustado
»Podrá oírle, y sus leyes trasladarlo.
»Todo en el mismo instante está calmado:
»Cesan los truenos, callan los sonidos
»De la trompeta. Dios únicamente
»Quiso enseñar a aquellos abatidos
»Seres, que es por sí el hombre insuficiente
»Para tratar con él; pero entre tanto
»Que venga el Medianero eterno y santo,
»Suple Moisés, y apoya los rendidos
»Votos, por los mortales exhalados;
»Anuncia su venida y su brillante
»Reino, que cantarán en adelante
»En sus sonoras liras los sagrados
»Profetas, de un santo estro penetrados;
»E1 establece en fin su culto y leyes,
»Y Dios es el primero de sus Reyes.
»De oro puro y de cedro construido,
»E1 santuario, a los ojos escondido
»Del pueblo, guarda la arca misteriosa
»Donde el solemne título reposa
»Del acto en que el Señor perpetuamente
»Hace alianza con la hebrea gente,
»Y está sellado por su propia mano.
»Dos Querubines, sobre el alto plano
»De la arca arrodillados, con respeto
»Profundo, adoran el sagrado objeto
»De que es figura. Al frente del tremendo
»Propiciatorio, en que el Señor reside,
»Siete lámparas siempre están ardiendo
»Por todo el rededor del dilatado,
»Tabernáculo, al arca destinado,
»Una nube se extiende, que despide
»Resplandecientes luces, mientras dura
»La noche, al paso que día oscura,
»Sirve de velo a aquel templo divino,
»A no ser cuando el pueblo su camino
»Sigue; que entonces, puesta al frente, guía
»La marcha de su campo noche y día.
»Pero ya llega al fin de sus deseos,
»A la tierra que Dios le ha prometido.
»¿Contaré sus combates, sus trofeos,
»Tanto, enemigo bárbaro vencido?
»Basta decir que de su Jefe al celo
»Y viva fe, obedece el mismo Cielo.
»Manda parar la luna; en el instante
»Para. Detente, dice, ¡oh sol brillante!
»Se detiene, y testigo de su gloria,
»De alumbrar se envanece su victoria.
»Así será bendita
»La venturosa raza israelita,
»Que este nombre tendrá también la hebrea
»Nación, después que a Canaán posea.
»¡Oh intérprete del Cielo! ¡Qué bien sabe
»Tu bondad, dice Adán, en cuanto cabe,
»Calmar mis penas, con la lisonjera
»Vista de mejor suerte venidera
»Sobre todo, me anima esa dichosa
»Posteridad de Abrahaán, de Dios querida,
»Que con tantos sucesos distinguida
»Del culto guardará la religiosa
»Tradición: mas modera mi alegría
»Esta duda: el Señor no la daría,
»Tal ley, al parecer nimia y severa,
»Si en mil clases de culpa no incurriera;
»Y si así es, ¿cómo el Dios del universo
»Podrá habitar con pueblo tan perverso?
»Adán, responde el Ángel, tú pecaste,
»Y todo tu linaje contagiaste.
»A precaver los males destinada,
»Lo que prueba esa ley tan rigurosa
»Es el grado en que está desordenada
»Del hombre la razón: el mismo freno
»Duro que impone, muestra la espantosa
»Malicia, y variedades del veneno
»De la culpa: mas no da medio alguno
»Que para su expiación sea oportuno.
»En vano sacrificios de animales
»Para este fin prescribe a los mortales:
»Ni aquella sangre vil, aunque inocente,
»Ni la del hombre mismo delincuente,
»Basta a satisfacer solo un pecado.
»Siendo un Dios infinito el ultrajado,
»La malicia en la ofensa es infinita,
»Y así para soldarse, necesita
»De una infinita víctima que quiera
»Satisfacerla. Sí: es indispensable
»Que un ser eterno emprenda esta admirable
»Difícil obra, y por el mortal muera;
»Que por el vicio la virtud padezca;
»Que el bueno, por el malo a Dios se ofrezca,
»Y el justo, del injusto la injusticia
»Pague, y de toda culpa la malicia.
»Así, el hombre culpado
»Quedará en paz, absuelto y rescatado.
»Cuando en fin llegue el tiempo competente,
»Por la verdad, la sombra reemplazada.
»Será, y la oscuridad de los sentidos,
»Con abundantes rayos esparcidos
»De la fe por la antorcha refulgente.
»Se verá en un momento iluminada:
»De la noble virtud el amor puro
»Sucederá al impulso mal seguro
»Del servil miedo, y la filial ternura
»A la obediencia involuntaria y dura
»Que a la esclavitud sola pertenece.
»Tal será de los tiempos el futuro
»Orden. Esos tributos que ahora ofrece
»El hombre en expiación de sus defectos,
»Cual su culto simbólico imperfectos,
»Una preparación son solamente
»Para otra ley más suave y excelente
»Que anuncian, cual la aurora, el claro día
»Así, ese Jefe tan favorecido
»De Dios, y de su pueblo tan querido
»Moisés, con toda su sabiduría
» Y virtud, en la tierra Cananea
»No lo introducirá como desea:
»Esta satisfacción está guardada
»A Josué, figura del divino
»Jesús, que en los errores de esta vida,
»En los desiertos de esta desolada:
»Tierra, abrirá a los hombres el camino
»De la celeste patria, antes cerrado.
»A orillas del Jordán, en la extendida
»Feraz región que el Cielo le ha entregado,
»El Hebreo, del campo delicioso
»De mieses y de olivos coronado,
»De su parra a la sombra, con reposo
»Disfruta ya, y celebra las sagradas
»Fiestas, al santo culto destinadas,
»Hasta el día fatal en que ofendido
»El Cielo nuevamente, le abandone
»A las naciones que antes ha vencido;
»Mas pronto, arrepintiéndose sincero,
»Logrará que el Eterno le perdone.
»Su piedad le dará jueces primero,
»Y después reyes. De estos, el segundo,
»En toda clase de virtud fecundo,
» Religioso y guerrero,
»De la tierra temido, será amado
»Del Cielo. El Señor mismo lo ha jurado,
»Y le ha dicho: «El imperio que ahora fundo
»No acabará ni cuando acabe el mundo:
»Será eterno.» Describen la grandeza
»De aquel reino, y perpetua firmeza,
»Sin término ensalzando sus loores,
»Los sagrados cantores.
»Un hijo de David (y no te asombro
»Que Dios ya así, como mortal, le nombro)
»El mismo que el Señor ya te ha anunciado
»Que al universo todo ha de dar leyes,
»La esperanza del mundo, por los Reyes
»Acatado, y él mismo el más glorioso
»Monarca, como el último; que eterno,
»A ninguno otro dejará el gobierno
»Ni las insignias de su poderoso
»Reino, es el que, vertiendo su preciosa
»Sangre, inundará al hombre de consuelo,
»En unión amistosa
»Reconciliando con la tierra el Cielo.
»Antes que el reine, sucesivamente
»Habrá otros muchos reyes, de los cuales
»Uno, el más opulento y eminente
»En la sabiduría, a los mortales
»Monarcas dando ejemplo, a la sagrada
»Arca, en lugar de aquella dilatada
»Nube que en el desierto la escondía
»De la vista curiosa a la osadía,
»Es el que la construirá primero un templo
»De una magnificencia sin ejemplo:
»Sus sucesores, unos son virtuosos,
»Otros, del país tiranos voluptuosos,
»Profanan con orgullo temerario
»No sólo el trono, sino aun el santuario,
»Hasta que ya cansada la paciencia
»Del Señor, de los reyes las malvados
»Castigue, y de su pueblo la insolencia:
»Sus provincias entonces, sus ciudades,
»Sus reyes, sacerdotes y riqueza
»El juguete serán de la fiereza
»De la misma nación cuyos abuelos
»Quisieron elevar hasta los Cielos
»La ridícula torre, y confundidos,
»Fueron del mundo mismo escarnecido.
»Ellos el nombre, de la vergonzosa
»Confusión derivado, a la orgullosa
»Babilonia darán, de un formidable
»Imperio corte, en donde esclavizado
»Vivirá setenta años el culpable,
»Hebreo, de su patria desterrado,
»Como sus sacerdotes y sus reyes
»Sin templo, y bajo de tiranas leyes.
»Entonces, el Señor les dará oído,
»Y de su situación compadecido,
»La fiera Babilonia, de la cumbre
»De su gloria sacrílega abatiendo,
»Y otro imperio sobre ella estableciendo,
»Los sacará de aquella servidumbre,
»Renovando con ellos el sagrado
»Pacto que había al Rey David jurado.
»Ya vueltos a sus campos paternales,
»Al Eterno con himnos de alegría
»Gracias dando, su templo restablecen,
»Y sus aras, sirviéndole leales.
»En su humilde pobreza, con su pía.
»Devoción sus virtudes permanecen;
»Pero, creciendo en número y riqueza,
»La ambición se despierta, y la torpeza
»Del vicio: la discordia se introduce,
»Y espantosos desórdenes produce:
»Los sacerdotes, que por los humanos
»Rogar debían y elevar sus manos
»Puras al Cielo, los ministros siendo
»De la paz, al contrario con horrendo
»Furor la guerra excitan: las sagradas
»Aras gimen, al verse ensangrentadas:
»El templo es profanado, es invadido
»El trono, y de David desconocido
»E1 real linaje. Así la Providencia
»Lo permitía, para que olvidada.
»Del ungido de Dios la descendencia
»Que de David traía, destinada
»A aquel trono, nacer pobre pudiera,
»Y oscuro cual si un niño vulgar fuera;
»Mas una nueva estrella en el Oriente
»Su excelsa curia anuncia refulgente:
»Del fin del mundo, a aquella luminosa
»Señal, corren los Magos a adorarle;
»Por Dios, por Rey, por hombre, a tributarlo
»En incienso, oro y mirra la preciosa
»Señal de su rendido vasallaje:
»Unieron los pastores inocentes
»Con los de aquellos reyes su homenaje.
»Eclipsando a los astros relucientes,
»Les anuncian los Ángeles del Cielo
»Que Dios, vestido de la carne el velo,
»En un pesebre mísero ha nacido.
»Todos ellos, gozosos,
»El himno natalicio en las alturas
»Celestes entonando, presurosos
»Los pastores acuden al sabido
»Paraje, aquel Dios niño celebrando
»Que de una Virgen las entrañas puras,
»Sin dejar de ser Virgen, han parido,
»Y en el establo pobre está llorando,
»De quien Dios es el Padre,
»Y una hija tuya inmaculada madre:
»Crece aquel niño, vive, al fin muriendo,
»Y al trono paternal después subiendo,
»En él de inmortal gloria coronado,
»Reinará eternamente, y su reinado,
»De vuestras dichas manantial fecundo,
»Comprenderá a los Cielos como al mundo.»
Así el Ángel benigno da consuelo
A Adán, que ya rasgado el denso velo
Que la futura suerte lo ocultaba
De su linaje, de admirar no acaba
De la piedad divina la grandeza,
Y así a exhalar su inmenso gozo empieza:
«¡Oh profeta de bienes indecibles!
»¡Qué no te debo! Me has hecho visibles
»Misterios que entender yo no podía
»Y en que la dicha está del mundo y mía.
»Salve, ¡oh Virgen sagrada y venturosa,
»Gloria de mi linaje, en quien reposa
»La esperanza del mundo! ¡Salve, oh santa
»Hija mía! ¡A tu Dios tu puro seno
»Digno hospedaje da de gracias lleno!
»Contendrás al que el Cielo no ha podido
»Contener! ¡Por ti sola se levanta
»Al Cielo mi linaje antes perdido!
»¡Al Hijo del Eterno tú has formado,
»Bajo el cual Satanás caerá aterrado!
»Mas, ¿con qué herida, cuándo y de qué modo?
»Es natural que tú lo sepas todo.
»Los combates que has visto, le respondo.
»Miguel, no han sido más que una figura,
»De otros combates de que ni aun una idea
»Puedes tener, y toda conjetura
»Que de éstos por aquellos te aventures
»A hacer, es imposible que no sea
»Trocada; así, en formarla no te apures.
»Otra especie de lucha ese terrible
»Enemigo requiere, incomprensible,
»Para ti, superior a la flaqueza
»Del hombre. Reconoce su fiereza
»En que en el mismo tiempo en que arrojado
»Del Cielo fue, y al golpe desmayado,
»Le sobró fuerza aún para abatirte
»A sus plantas, vencido, y destruirte.
»El mismo a quien con tu desobediencia
»Ultrajaste, por más que esté ofendida
»Su Majestad, te curará la herida,
»Mas no aniquilará su omnipotencia.
»A Satanás, sí sólo los perjuicios
»Que causó al hombre con sus artificios,
»Y aun para esto es precisa una preciosa
»Víctima: pues que tú, ¡oh mortal! ¿quién eres
»Para dar el rescate desmedido
»Por el Rey de los reyes exigido
»Aun cuando con tu prole numerosa
»Mil veces, no una sola, perecieres?
»Sólo el hijo de Dios puede ese peso
»Soportar. El la muerte que tu exceso
»Merece sufrirá, y únicamente
»A ese precio podrá ser expiado
»Tu crimen, a tu prole trascendente.
»Por librarte, será Dios inmolado.
»Se vestirá de la naturaleza
»De hombre para sufrir tu merecido
»De pecados ajenos oprimido,
»Y cubierto de oprobios y bajeza,
»El juez del mundo se verá juzgado
»Por su pueblo homicida;
»Y cual facineroso sentenciado,
»En una infame cruz dará la vida.
»Tal será el inhumano, indigno trato
»Que hará a su Salvador el hombre ingrata
»A su último suspiro, correspondo
»La tierra con temblor, el Cielo esconde
»Su luz, se aplaca la ira del Eterno,
»Se confunde el monarca del Infierno:
»Cada gota de sangre que derrama,
»Es río inmenso de celeste llama
»Que el mundo de sus culpas purifica
»Y en él gracias divinas multiplica.
»Mas ya de consumar el sacrificio
»Llega el momento: al bárbaro suplicio
»Cede, agoniza, muere; mas la muerte
»Aquel cautivo fuerte
»No podrá largo tiempo en sus helados
»Brazos tener: apenas llega la hora
»En que comienza ya a asomar la aurora
»Del tercer día, cuando quebrantados
»Del lóbrego sepulcro los cerrojos,
»De él sale vivo, vencedor, triunfante,
»Mil veces más brillante
»Que el astro de la luz. Vibran sus ojos
»Y Rayos de pura llama. Al breve sueño
»Como hombre se entregó; de él se despierta
»Como Dios, cual supremo único dueño
»Del universo. Ocupa el negro espanto,
»Al verle entrar por la forzada puerta
»A toda la infernal mansión del llanto,
»Y le cede, temblando, los mortales
»Justos que en sus cadenas retenía.
»Tiembla la Muerte y suelta rechinando
»La presa que ya estaba devorando.
»Resuena el Cielo de himnos inmortales:
»El mundo todo inunda la alegría.
»Mas, antes de volver al trono eterno,
»Desea el vencedor, cual padre tierno,
»Ver aún a sus discípulos queridos
»Y enjugar de sus ojos afligidos
»Las lágrimas, dejándoles su gloria
»Para consuelo impresa en su memoria.
»Corno los compañeros voluntarios
»De sus penas, y ya depositarios
»De sus altos secretos, por su medio
»Quiere al mundo dictar, para remedio
»De sus males, sus leyes saludables.
»Que la tierra corriendo infatigables,
»Con sus santos ejemplos las prediquen,
»Con su voz las enseñen y publiquen
»Y con las sacras ondas del bautismo,
»Arrostrando como él a la homicida
»Muerte y a los furores del abismo,
»Laven el hombre, a expensas de su vida.
»No es sola de Abrahán la descendencia
»La que será a la salvación llamada,
»Pues que toda tu raza dilatada
»Gozará de la misma preeminencia.
»Por todos muerto el Cristo, del fecundo
»Manantial de su sangre, la sagrada
»Fe beber se podrá por todo el mundo,
»Y de su ley siguiendo los brillantes
»Fulgores, el camino de la vida
»Andarán las naciones más distantes
»Formando una familia reunida.
»A los Cielos al fin sube triunfando,
»Y al común enemigo, al tenebroso.
»Satanás en los aires encontrando
»Al momento le prende, le encadena,
»Trémulo, atado al carro victorioso
»Le arrastra. Sufre intolerable pena
»El orgulloso monstruo al verse expuesto
»A la vista del Cielo, en tan funesto
»Ignominioso estado.
»El triunfador, de gloria coronado,
»Con el cetro en la mano, al luminoso
»Trono del Padre Todopoderoso
»Sube, y en él, a su derecho lado,
»Da principio a su próspero reinado
»Un día vendrá, en fin, en que un horrendo
»Incendio el frágil mundo consumiendo,
»De lo alto de los aires, revestido
»De su justicia y de su omnipotencia,
»Dará, a vista del Cielo estremecido,
»A los vivos y muertos la sentencia,
»A los justos premiando,
»Y a los malos severo condenando.»
Pasmado Adán, y aun tiempo enternecido
Al oír tales prodigios, concluido
El discurso, a Miguel, así se exprime:
»¡Oh exceso de piedad el más sublime,
»Que hace nacer el bien del mismo centro
»Del crimen! ¡Cuánta más grandeza encuentro
»En esa obra de amor incomprensible,
»A un infinito Dios sólo posible,
»Que en la que hizo sacando de la oscura
»Noche, de una palabra, la luz pura!
»¿Debo llorar yo acaso mi delito
»Por el que mi linaje fue proscrito,
»O aplaudirme de un mal que ha producida
»Tanto bien, que con Dios ha reunido
»Por tan estrechos lazos los humanos,
»Y ha hecho llover los dones soberanos
»Con tal exceso sobre su flaqueza,
»Que ha deificado su naturaleza,
»Por el cual ha vencido
»La piedad del Señor a su justicia,
»Y su bondad divina a la malicia
»Del hombre en tantos grados ha excedido?
»Mas, si siempre han de ser menos los justos
»Escogidos respecto a los injustos,
»Cuando ese Salvador, en su eminente
»Trono, de nuestra tierra esté ya ausente,
»¿Quién los protegerá contra la impía
»Inmensa turba, llena de osadía,
»De los malvados? La doctrina pura
»De su maestro, llena de dulzura,
»Que al mal no opone más que la paciencia,
»¿No los entregará sin resistencia
»Como mansos corderos,
»A la crueldad de aquellos hombres fieros?
»Destierra, dice el Ángel, tu infundado
»Temor: es cierto que estarán expuestos
»Los buenos al furor y a los funestos
»Lazos de un mundo siempre conjurado
»Contra ellos; mas el Dios que los ampara
»Les dará los auxilios prometidos:
»Cuidará cual pastor de su grey cara.
»Su espíritu divino, a sus queridos
»Hijos enviará que les consuele,
»Y que en guardarlos poderoso velo,
»En sus pechos grabando
»Su ley santa, y sus almas inflamando
»Del fuego de su amor, de una admirable
»Y santa fortaleza,
»Al mundo y al Infierno formidable:
»Animado por él el hombre justo,
»Los peligros verá venir sin susto,
»Sufrirá los dolores sin flaqueza,
»Y sin horror la muerte. Ya estoy viendo
»Aquella multitud de generosos
»Mártires, que en amor divino ardiendo,
»Del mundo arrostrarán los más odiosos
»Baldones, el furor de los tiranos,
»De su valor sublime sorprendidos;
»Y todos sus tormentos inhumanos,
»A su constancia cederán vencidos:
»Una santa esperanza los alienta,
»Y así, por más que el cuerpo débil sienta
»Las torturas, sus almas, superiores
»A la fuerza, desprecian los dolores:
»Los verdugos, cansados,
»En silencio las víctimas admiran
»Que entre sus manos lentamente espiran,
»Y Dios benigno aplaude a sus soldados.
»El fuego que encendió en el escogido
»Gremio de sus Apóstoles amados,
»Será por todo el orbe difundido:
»Pasará de sus santos corazones,
»A las remotas bárbaras naciones:
»Sujetarán a Dios con el bautismo,
»A los que antes su nombre blasfemaban,
»A los que los tiranos del abismo
»Infernal a su arbitrio dominaban.
»Mas ¿qué mucho, si el soplo del Dios vivo,
»El Espíritu Santo, descendiendo
»En inflamadas lenguas, con su activo
»Fuego sus corazones encendiendo,
»Sobre el firme valor que les influye,
»Y el don de hacer prodigios, de repente
»De todos los idiomas les instruye?
»Corren el orbe de una en otra gente,
»Los milagros de Cristo predicando,
»Su verdad con los que hacen confirmando
»Los pueblos convencidos
»Abandonan gozosos las Deidades
»Falsas, que un largo número de edades
»Adoraron, y prestan sus rendidos
»Cultos a Jesucristo: no contentos
»Aquellos Apostólicos varones
»Con esto, duraderos monumentos
»De su predicación a las naciones
»Dejan en sus escritos. De esta suerte,
»La religión florece hasta su muerte.
»Entretanto que viven, los errores
»Intimidados callan; pero apenas:
»Fallecen, cuando brotan mil ajenas
»Y perversas doctrinas, mil horrores,
»Hijos de la viciada fantasía
»Del hombre, o de la impía
»Sugestión del Infierno: se oscurece
»La fe en algunas tierras, y padece
»Sus tormentas, mas poco duraderas,
»Las calma el mismo que las ondas fieras
»Del mar sujeta; pero cada día,
»Del mundo y sus ministros la porfía
»Debilita la fe, aunque no la apague;
»Hace que se propague
»El vicio; degeneran los humanos;
»Oprime a la inocencia la injusticia:
»A la virtud corrompe la malicia,
»Y aun los más que se alaban de cristianos
»Sólo el nombre conservan, y su vida
»Indica lo contrario, pervertida.
»En fin, el día llega temeroso
»En que el Hijo del Todopoderoso,
»En las alas del viento,
»De los buenos a hacer discernimiento
»Y de los malos, irritado vuelve:
»Arde el Cielo, y la tierra se disuelve
»En cenizas: en estas, al instante
»Que al malo ha sentenciado
»Y a los buenos su premio ha destinado
»Apaga para siempre el fulminante
»Rayo, y asienta sobre la firmeza
»De la eternidad misma, la dulzura
»De la felicidad y paz futura,
»Imperturbable como su grandeza.
»¡Oh! le replica Adán, celeste guía,
»¡Qué no te debo yo! ¡Con qué presteza
»Has mostrado a la torpe vista mía,
»Has abierto del tiempo venidero
»El curioso volumen todo entero!
»De los siglos el rápido torrente
»Delante de mis ojos ha corrido,
»Hasta el punto, feliz en que, concluido
»Su señalado curso, se presente
»La eternidad inmensa, las ruinas
»Del tiempo hollando. Allí veo espantado
»Un abismo, un espacio ilimitado
»Que mí ánimo confunde; mas no obstante,
»Gracias a tus divinas
»Instrucciones, en esa incomprensible
»Oscuridad, así de los humanos
»Como de Dios, sé de hoy en adelante
»Cuanto a un mortal ingenio es asequible,
»Y se que mi razón haría vanos
»Esfuerzos, si enterarse pretendiera
»De lo que no se incluye en esa esfera.
»Basta: desde hoy, ¡oh Dios omnipotente
»Mi oficio será amarte,
»Mi única ocupación la de adorarte
»Y de observar tu ley exactamente:
»¡Sé mi padre, mi guía y mi consuelo!
»Tu con tierno desvelo,
»Nos miras; nuestras súplicas previenes:
»A tus divinos ojos son iguales
»Todos tus hijos: haces que los bienes
»Al cabo siempre triunfen de los males:
»Cuando quieres, en fuerza la flaqueza
»Transformas, y conviertes en grandeza
»La pequeñez, en ciencia la ignorancia,
»Y en sólida firmeza la inconstancia,
»Tu ejemplo me ha enseñado
»Que en este mundo todo hombre es soldado
»Que sean cuales fueron del dudoso
»Combate el fin y el premio que le espera,
»Su obligación primera
»Es la de pelear siempre valeroso
»En los asaltos de esta desgraciada
»Vida, de tempestades agitada.
»Haz, pues, que en tu ley santa y viva muera
Así, por conclusión, Miguel responde:
»Temer a Dios, amarle y admirarlo,
»Es todo lo que a ti te corresponde
»Y en lo que pendo tu sabiduría.
»Aun cuando el Cielo examinar pudieras,
»Y a fuerza de estudiarle,
»Siendo tu ingenio igual a tu porfía,
»Estrella por estrella conocieras;
»Aunque el vasto y profundo mar midieses,
»Y cuanto en su escondido seno cría,
»O subiendo a la altura
»Del aire, sus espacios recorrieses,
»Explicases sus raros meteoros,
»O fuesen tuyos todos los tesoros
»Y cetros de los reyes, ¿por ventura
»Fueras en realidad más poderoso,
»Más sabio o más dichoso?
»De tu felicidad la rica herencia
»No adquirirás con una vana ciencia:
»En tu conducta sola se afianza,
»Y no consiste sino en las virtudes:
»Ten una fe la más constante y viva,
»Una firme esperanza,
»Acompañadas de la llama activa
»Del santo amor, que aun las solicitudes
»Terrenas purifique, adorno, anime,
»Y a Dios, tu sola bienaventuranza,
»Al Punto el vuelo elevarás sublime
»Con el deseo, en tanto que realmente
»Para siempre segura
»La goces más allá del firmamento.
»Mas llega la hora de que de esta altura
»Bajemos: en los aires ya impaciente
»Está el celeste campo en movimiento,
»Y la espada que al frente fuego lanza,
»De que nos retiremos sin tardanza
»Hace señal. Despierta ahora a tu esposa:
»Alegres sueños, mientras ha dormido
»La paz han vuelto a su ánimo afligido,
»Y con resignación su dolorosa
»Pena sabrá sufrir: dala tú parte
»De cuanto se ha dignado revelarte
»El Cielo: graba la feliz historia
»Del destino del hombre en su memoria:
»Dila que de una Virgen el fecundo
»Seno, el divino Redentor del mundo
»Dará a luz. Hasta el término apartado
»De vuestra mortal vida,
»Fidelidad guardaos mutuamente;
»Pues una misma suerte os ha juntado,
»Vivid, llorad la culpa cometida,
»Consolaos y amaos tiernamente.
»La dicha encontrareis al fin del duro
»Destierro tolerad, pues, lo presente,
»Y fijad la esperanza en lo futuro.
Dice, y del monte bajan al instante:
A despertar su esposa presuroso
Adán corre delante;
Pero ya de sus ojos el reposo
Lejos huido había,
Y al ver la alegre prisa que traía,
Que la confirme un sueño suyo espera,
Y se adelanta a hablar de esta manera:
«¡Amado esposo! Nuestro eterno dueño,
»A veces nos instruye aun en el sueño
»Desde que de mis ojos afligidos
»Se apoderó y de todos mis sentidos,
»En él se me ha mostrado nuestra suerte:
»Ven, pues, que pronta estoy a obedecerte,
»Y a seguirte fielmente a todas partes
»Contigo, ni la fuerza, ni las artes
»De Satanás recelo.
»¡Conque ya es nuestro el mundo y aun el Cielo,
»Conseguido el perdón de mi pecado!
»¡Triste de mí! por sola mi flaqueza
»Te perdiste; por ella, al doloroso
»Destierro te ves ahora condenado
»Del Edén venturoso,
»De una vida infeliz a la dureza.
»Con todo, en medio de los males crueles
»Que mi corazón tanto desconsuelan,
»De un Dios piadoso las promesas fieles,
»¡Con qué dulce esperanza le consuelan!
»El Salvador del mundo, ¡oh qué alegría!
»De nuestra raza nacerá algún día.»
No la responde Adán, porque ha perdido
La voz del nuevo gozo enternecido.
Mas ya habiendo bajado la colina
Los alcanza Miguel, y la divina
Guardia en el aire líquido estribando,
Sus puestos repartida ya ocupando.
Cual sobre una laguna algún ligero
Vapor, entre las sombras rutilante,
Dejando un solo rastro pasajero,
Sigue de noche al rústico viandante
Que hacia su techo vuelve apresurado,
De la labor del campo fatigado;
Tal cada Ángel de lejos aparece.
Y cortando los aires, resplandece:
Entre ellos brilla la terrible espada,
Que en las Celestes aguas fue templada,
Como el astro fatal cuya extendida,
Cola surca los Cielos encendida,:
De su rastro temido, reluciente,
El mal influjo todo el orbe siente.
La atmósfera inflamada
Se llena de mortíferos vapores,
Cuyo fuego no igualan los ardores
Del ecuador, en la África abrasada:
A Adán, de la triste Eva en compañía.
De la mano Miguel al muro guía
Del Oriente: a su puerta al alta los deja.
El vuelo torna, rápido se aleja, y se
Pierde de vista por el viento.
Quedados solos ya los dos esposos,
A mirar tristemente a los hermosos
Vergeles vuelven, que hasta aquel momento
Disfrutaron, y dan la última ojeada,
De dolor llenos, a su patria amada.
Mas, mientras se detienen dulcemente,
Reparan a la parte del Oriente,
Brillar por todas partes, no distantes,
Espadas, lanzas, armas fulminantes,
Que el aire cual meteoros encienden;
Que es ya hora de salir tristes comprenden,
De su querido Edén, y sollozando,
Su suelo delicioso abandonando,
Ya fuera de las puertas, la dulzura
De la esperanza viene a su amargura
A dar consuelo. Ya tienen delante,
A su elección patente el orbe entero:
Animosos, con paso más ligero
Se adelantan, por Dios mismo guiados:
Su bondad suma alienta, y su constante
Protección a los dos desventurados
Guarda de riesgos y los da consuelo:
Vueltos con todo al venturoso suelo,
De él se despiden aun, con dolorosos
Gemidos, pero al cabo, encaminados
Por la extensión inmensa, y apoyados
Uno al otro, se alejan silenciosos.

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