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miércoles, 8 de diciembre de 2010

EL SIGNO -- LORD DUNSANY



EL SIGNO
LORD DUNSANY


Un día, al entrar en el Club de Billar a la hora del almuerzo, me di cuenta en seguida de que la conversación era un poco más profunda que de ordinario. De hecho se discutía acerca de la transmigración de las almas. Los socios eran hombres acostumbrados a hablar de temas muy variados, desde el precio de más de una mercancía en la bolsa de valores al mejor lugar para comprar ostras; sin embargo, las complejidades de la vida futura de un brahmán quedaban un poco fuera de su alcance.
Una mirada a Jorkens me indicó de lo que se trataba; si se habían metido en honduras era sobre todo para librarse de Jorkens, como alguien que, tomando el fresco en un paseo marítimo, se adentrara en el mar para evitar ponerse al corriente de una historia demasiado larga de contar. El motivo para desear librarse de Jorkens era, naturalmente, que algunos de ellos tenía historias propias que contar.
-La transmigración -dijo Jorkens- es algo de lo que se oye hablar bastante, pero raras veces se ve.
Terbut abrió la boca pero no dijo nada.
-Dio la casualidad de que se me presentó en una ocasión -prosiguió Jorkens.
-¿Se le presentó? -dijo Terbut.
-Se lo contaré -dijo Jorkens-. Cuando era joven conocí a un hombre llamado Horcher, que me impresionó muchísimo. Por ejemplo, una de las cosas que más me solían impresionar de él era la forma en que, si alguien hablaba de política y se preguntaba por lo que iría a suceder, tranquilamente decía lo que el Gobierno pensaba hacer, aunque no hubiera aparecido ni una sola palabra al respecto en ningún periódico: era siempre impresionante; y todavía más: si alguien intentaba adivinar lo que iba a suceder en Europa, llegaba él con su información con la misma tranquilidad.
-Y, ¿solía tener razón? -preguntó Terbut.
-Bueno -replicó Jorkens-, yo no diría eso. Pero nadie se arriesgaría de ninguna manera a vaticinarlo. En cualquier caso, entonces me impresionó bastante, y a los ancianos más que a mí. Y había otra cosa que hacía muy bien: me daba consejos sobre cualquier tema que se pudiera imaginar. No digo que el consejo fuera bueno, mas al menos indicaba el vasto alcance de sus intereses y su alegría por compartirlos con otros, pues con sólo oír que alguien deseaba hacer algo, se ofrecía inmediatamente a aconsejarle. Una y otra vez perdí sumas considerables de dinero a causa de sus consejos; y sin embargo había en ellos una espontaneidad, y una cierta profundidad aparente, que no podía dejar de impresionarle a uno.
"Bien, uno de aquellos lejanos días en que todavía era muy joven y todo el mundo me parecía igualmente nuevo, y la fe de los brahmanes no me era más desconocida que la teoría acerca del origen del hombre, empecé a hablar con Horcher del tema de la transmigración. Él se sonrió ante mi ignorancia, como siempre hacía, aunque amistosamente, y luego me contó todo lo que sabía sobre el tema. Los brahmanes, dijo, estaban equivocados en muchos detalles importantes al no haber estudiado científicamente la cuestión y no estar intelectualmente cualificados para entender sus aspectos más difíciles. No les contaré la teoría de la transmigración tal y como él me la explicó a mí, porque pueden ustedes leerla por sí mismos en los libros de texto. Lo que me contó no era nuevo para mí, mas sí lo fue la íntima certeza con que me la contó, y la impresión más bien excitante que dejó en mi mente de que todo lo había descubierto por sí mismo. Mas les diré un par de cosas sobre eso: una de ellas es que, a causa del interés que siempre se había tomado por las circunstancias que afectan al bienestar de las clases más bajas, estaba convencido de que sería recompensado con un considerable ascenso en su próxima existencia, "si (como él calculaba) hay justicia en la otra vida".
"-Pues -decía- si no fuera recompensado en una existencia posterior, el interés por semejantes cuestiones durante esta existencia, nada tendría sentido.
"Recuerdo que paseábamos por un parque mientras me contaba todo eso, y el camino estaba lleno de caracoles, que probablemente iban hacia unos álamos no muy distantes, ya que cada uno de aquellos árboles tenía varios de esos animales subiendo por su tronco, como si todos realizaran ese viaje en aquella época del año, que era a comienzos de octubre. Le recuerdo pisando los caracoles al andar, no por crueldad, pues no era cruel, sino porque pensaba que eso no podía importar a formas de vida tan absurdamente inferiores. Y la otra cosa que me dijo fue que había inventado un signo, o más bien que había inventado una forma de grabárselo en la memoria. El signo no era sino la letra griega «f», pero él era un hombre enormemente diligente y se había adiestrado o hipnotizado a sí mismo con tal vehemencia a fin de recordar ese signo, que estaba convencido de poder hacerlo automáticamente, incluso en otra existencia. En esta vida lo hacía a menudo de forma totalmente inconsciente, trazándolo en las paredes con su dedo, o incluso en el aire: se había adiestrado para hacer eso. Y me dijo que, si alguna vez me veía en la siguiente vida y se acordaba de mí (y sonrió agradablemente como si pensara que semejante recuerdo era posible), me haría ese signo, cualesquiera que fueran nuestras respectivas posiciones sociales.
-¿Y qué creía que iba a ser en la otra vida? -le pregunté a Jorkens.
-Nunca me lo dijo -contestó Jorkens-. Mas yo sabía que él estaba seguro de que iba a ser alguien enormemente importante; lo sabía por la condescendencia que mostró en su amable comportamiento cuando dijo que me haría el signo; además, estaba la lenta elegancia con que elevó la mano cuando trazó el signo en el aire, que más bien sugería a alguien sentado en un trono. No creo que le hubiera gustado lo más mínimo que yo le diera la lata en su segunda vida triunfal, a no ser por su orgullo de haber estampado ese signo en su alma a fuerza de aplicación, de manera que luego no pudiera evitar el hacerlo; y estaba convencido de que el hábito perduraría dondequiera que su alma fuera, y naturalmente deseaba que la posteridad supiera que lo había conseguido. Mientras caminamos hizo el signo inconscientemente más o menos cada media hora; desde luego se había adiestrado a hacerlo a conciencia.
-¿Y tenía alguna justificación para pensar que se sentaría en un trono si gozaba de una segunda vida? -pregunté yo.
-Bueno -dijo Jorkens-, era un hombre muy ocupado, no me corresponde a mí decir hasta qué punto su interés por las vidas de otros hombres era filantropía o intromisión. Le tomé por lo que él mismo se estimaba, de manera que ahora que está muerto no quiero valorarle de otra forma. En su opinión todos los hombres eran tontos, de manera que alguien debía cuidar de ellos, y él, a costa de bastantes esfuerzos personales, estaba preparado para hacerlo; cualquier sistema que no recompensara a un hombre tan filantrópico como él debía de ser un sistema absurdo. En realidad no creo que pensara que la Creación fuera absurda, pues creía que él iba a ser recompensado; lo más que le oí decir contra ella fue que él podía poner en orden muchas cosas mejor de lo que están si tuviera el mando del mundo, y me puso algunos ejemplos.
"Bien, lo cierto es que me inculcó aquel signo, que, según dijo, probaría que la transmigración es sumamente valiosa para la ciencia; aunque yo pienso que los que más debía interesarle era que yo me diera cuenta de hasta qué cumbres se había elevado con todo merecimiento. Y en realidad logró que le creyera. Pensé mucho en ello, y a menudo me figuro a mí mismo, en mis postreros años, asistiendo a una recepción real o a cualquier otra gran ceremonia en la corte de algún país extranjero, captando de repente del soberano, yo solo en toda la reunión, aquel signo de reconocimiento que nada significaría para el resto.
"Mi amigo falleció a edad avanzada cuando yo no había cumplido todavía los treinta, y decidí hacer lo que me había aconsejado: observar en mi vejez las carreras de los hombres nacidos después de su muerte que ocuparan los puestos más altos en Europa (pues Asia no le parecía gran cosa) y mostraran ciertas habilidades que en la otra vida podían esperarse de él, con todas las ventajas de su experiencia en ésta. Pues me dije: "Si lleva razón en lo de la transmigración, también la llevará en cuanto a sus posibilidades de ascenso". Y ¿saben ustedes?, llevaba razón en lo de la transmigración. Un año después de su muerte estaba yo paseando en aquel mismo parque, pensando en la letra griega F, como él me había dicho siempre que hiciera: el círculo bien marcado con la barra vertical en el medio. A menudo trazaba el signo con los dedos, como él solía hacer, para recordarlo. Aquel día lo tracé en la vieja tapia del parque. Observé un caracol ascendiendo lentamente por la tapia, y recordé su desprecio por esos animales; y, de algún modo, fue agradable pensar que él no había menospreciado a las cosas pequeñas más de lo que los demás hombres parecen hacerlo. Para él no valía la pena reparar en el rastro que el caracol dejaba en la tapia, cuyo brillo el sol incrementaba, mas consideraba igual de ridículas muchas de las obras humanas. Miré no obstante el brillante rastro del caracol en su avance, hasta que me di cuenta de que él había afirmado que sólo un tonto o un poeta perdería el tiempo con semejantes fruslerías; entonces me volví. Al hacerlo vi por el rabillo del ojo que el caracol estaba siguiendo una curva distinta. Volví a mirar y estimé un poco lo que había visto, pues la casualidad podía ser la causante; mas lo cierto es que el caracol había recorrido un cuarto de círculo muy diferente en su trayectoria de ascensión a la tapia. Era un fragmento de círculo tan claro que seguí observándolo hasta que se convirtió en un semicírculo, como antes había sido un cuarto de círculo. Mi entusiasmo creció cuando el animal empezó a descender; pues hasta entonces el caracol obviamente había estado escalando la tapia. ¿Por qué querría descender ahora? El diámetro del círculo era de unas cuatro pulgadas. El caracol avanzaba sin parar. Con mi mente absorta en el signo, yo no podía ignorar que si el caracol continuaba avanzando y completaba el círculo, equivaldría a haber trazado la mitad de aquél. Y además era del mismo tamaño que el signo que Horcher solía trazar de manera regia con su dedo índice. El caracol seguía avanzando. Cuando sólo quedaba media pulgada para completar el círculo, puede parecer tonto, pero yo mismo hice el signo en el aire con mi dedo. Sabía que el caracol no podía verlo: si realmente era Horcher, sabía que estaría haciendo el signo únicamente por el hábito adquirido, autohipnotizado en su propio ego, y que eso nada tenía que ver con el intelecto. Entonces deseché de mi mente aquella absurda idea. Sin embargo el caracol seguía avanzando. Y finalmente completó el círculo.
"Bien -pensé yo-, el caracol se ha movido en círculo; muchos animales lo hacen: los perros lo hacen frecuentemente, los pájaros supongo que también, ¿por qué no los caracoles? Y debí de quedarme quieto.
"Sepan que el caracol, tan pronto como finalizó su recorrido, siguió subiendo por la tapia en línea recta, dividiendo el círculo de su trayectoria en dos mitades con una precisión como nunca he visto. Me quedé allí de pie, mirando fijamente, con la boca y los ojos completamente abiertos. Primero fue la trayectoria completamente vertical mediante la cual el caracol escaló la tapia, luego el círculo, y ahora la continuación de la línea vertical dividiendo aquél en dos. En eso, el animal llegó a lo alto del círculo. ¿Qué iría a pasar entonces? El caracol continuó en línea recta hacia arriba. Llegó a un punto un par de pulgadas por encima de la parte superior del círculo y allí se detuvo, después de haber trazado una perfecta F, probando que el sueño de los brahmanes era una realidad.
-Pobre Horcher -dije yo.
-¿Hizo usted algo con el caracol? -preguntó Terbut.
-Por un momento pensé en matarlo -dijo Jorkens- para brindarle a Horcher una mejor oportunidad en su tercera vida. Y entonces me di cuenta de que había algo en su concepción de la vida que requeriría centenares de ellas para ser purificado. No podía ir por ahí matando caracoles sin parar, ¿me entienden?

EL VENGADOR DE PERDONDARIS LORD DUNSANY



EL VENGADOR DE PERDONDARIS
LORD DUNSANY

Estaba yo en el Támesis pocos días después de mi regreso del país del Yann y el reflujo de la marea me arrastraba hacia el este del Westminster Bridge, cerca del cual había alquilado mi bote. Toda clase de objetos flotaban a mi alrededor -maderos a la deriva y enormes botes- y estaba tan absorto en la contemplación del tránsito de ese gran río que no advertí que había llegado a la City, hasta que miré hacia arriba y vi esa parte del Embakment que está próxima a Go-by Street. Entonces me pregunté de repente qué habría sido de Singanee, pues la última vez que pasé por su palacio de marfil había tanta quietud que me hizo suponer que no había vuelto todavía. Y aunque le había visto irse con su terrorífica lanza, y por muy extraordinario cazador de elefantes que fuera, su demanda era espantosa, pues yo sabía que ningún otro podría vengar a la ciudad de Perdóndaris, matando a ese monstruo de un solo colmillo que súbitamente la había derrumbado en un solo día. De manera que amarré mi bote nada más alcanzar los primeros escalones del embarcadero y, tomando tierra abandoné el Embankment; a eso de la tercera bocacalle empecé a buscar el comienzo de Go-by Street; es una calle muy estrecha, al principio apenas se distingue, mas allí está, y pronto me encontré en la tienda del anciano. Sin embargo, un hombre joven se inclinaba sobre el mostrador. No tenía ninguna información que darme sobre el anciano, se bastaba a sí mismo en la tienda. En cuanto a la pequeña puerta en la trastienda, "no existe nada parecido, señor". Así es que tuve que hablar con él y seguirle la corriente. Tenía a la venta sobre el mostrador un instrumento para coger terrones de azúcar de una manera distinta. Se alegró que lo mirara y empezó a alabarlo. Le pregunté para qué servía y él me respondió que para nada, mas acababa de ser inventado hacía sólo una semana y era completamente nuevo, y estaba hecho de plata, y se vendía mucho. Todo el tiempo estuve escrutando el fondo de la tienda. Cuando pregunté por los ídolos, él respondió que tenía las últimas novedades de la temporada: un selecto surtido de mascotas. Y mientras fingía elegir una de ellas, vi de repente la maravillosa puerta. Inmediatamente me dirigí hacia ella, seguido por el joven tendero. Nadie se sorprendió más que él cuando vio la hierba de la calle y sus flores púrpura; cruzó corriendo la calle con su levita puesta hacia la acera opuesta y se detuvo con el tiempo justo, pues el mundo terminaba allí. Mirando hacia abajo desde el borde de la acera vio, en lugar de las acostumbradas ventanas de la cocina, un vasto cielo azul surcado de nubes blancas. Le llevé a la puerta de la trastienda, pues parecía pálido y necesitado de aire, y le empujé ligeramente hacia el interior, ya que sabía que sería mejor para él el aire del lado de la calle que conocía. Tan pronto como cerré la puerta tras el asombrado hombre, giré a la derecha y recorrí la calle hasta descubrir los jardines y las cabañas, y una pequeña mancha roja que se movía en un jardín, la cual sabía que se trataba de la anciana bruja con su chal echado sobre los hombros.
-¿Viene de nuevo para variar de ilusión? -me preguntó.
-He venido de Londres -le dije-. Quiero ver a Singanee. Quiero ir a su palacio de marfil en lo alto de las montañas de los elfos, donde está el precipicio de amatista.
-No hay nada como cambiar de ilusiones -dijo- para no cansarse. Londres es un lugar magnífico, mas a veces es preferible contemplar las montañas de los elfos.
-Entonces, ¿conoce usted Londres? -pregunté.
-Por supuesto que sí -respondió ella. Puedo soñar lo mismo que usted. No es usted la única persona que puede imaginarse Londres.
Los hombres trabajaban duramente en un jardín; era el momento más caluroso del día y estaban cavando con palas; de repente ella se volvió hacia mí para golpear a uno de ellos en la espalda con una larga vara negra que llevaba consigo.
-Incluso mis poetas van a veces a Londres -me dijo.
-¿Por qué golpea a ese hombre? -pregunté yo.
-Para que trabaje -contestó ella.
-Mas está cansado -le dije yo.
-Ya lo creo -respondió ella.
Y al mirar vi que la tierra era dura y seca, y que cada paletada que el hombre cansado levantaba estaba llena de perlas; mas algunos hombres estaban sentados completamente en silencio, observando las mariposas que revoloteaban por el jardín, y no obstante la vieja bruja no les pegaba con su vara. Y cuando le pregunté quiénes eran los que cavaban, ella me respondió:
-Son mis poetas, están buscando perlas.
-Y cuando le pregunté para qué quería ella tantas perlas, me contesto:
-Para alimentar a los cerdos, por supuesto.
-¿Les gustan las perlas a los cerdos? -pregunté yo.
Claro que no -respondió ella. Y habría insistido más en la cuestión, mas aquel viejo gato negro había salido de la casa y me estaba mirando caprichosamente sin decir palabra, por lo que comprendí que estaba haciendo preguntas absurdas. Y es su lugar pregunte por qué algunos poetas estaban ociosos, contemplando mariposas, sin que ella les pegara.
-Las mariposas -respondió ella- saben dónde se esconden las perlas, y esos poetas que parecen ociosos en realidad están esperando que alguna de ellas se pose encima del tesoro escondido. No se puede cavar sin saber dónde.
Y de repente un fauno salió de un bosque de rododendros y empezó a bailar encima de un disco de bronce en el que había un surtidor; y el sonido que producían sus pezuñas al danzar sobre el bronce era tan hermoso como el de las campanas.
-Llamada al té -dijo la bruja. Y todos los poetas arrojaron al suelo sus palas y la siguieron al interior de la casa, y yo les seguí a ellos, mas en realidad la bruja y todos nosotros seguíamos al gato negro, el cual arqueó el lomo y levantó el rabo, y caminó por el sendero de tilos esmaltados de azul, y atravesó el porche de techo negro y la abierta puerta de roble, y entró en una pequeña habitación en donde estaba preparado el té. Y en los jardines las flores comenzaron a cantar y la fuente hizo tintinear el disco de bronce. Y me enteré de que la fuente provenía de otro mar desconocido, y a veces lanzaba al aire fragmentos dorados procedentes de naufragios de galeones desconocidos, hundidos por las tormentas en algún mar que no se encuentra en ninguna parte del mundo, o hechos pedazos en guerras libradas contra no se sabe quién. Algunos dijeron que había sal a causa del mar y otros que la sal estaba mezclada con lágrimas de marineros. Y algunos poetas sacaron grandes flores de sus jarrones y arrojaron sus pétalos por toda la habitación, mientras otros dos hablaban a la vez y los demás cantaban.
-¡Vaya!, después de todo sólo son niños -dije.
-¡Sólo niños! -repitió la bruja, mientras se servía vino de primavera.
-Sólo niños -exclamó el viejo gato negro. Y todos se rieron de mí.
-Sinceramente me disculpo -dije-. No quise decir eso. No pretendía insultar a nadie.
-¡Vaya!, no sabe usted nada en absoluto -dijo el viejo gato negro. Y todo el mundo rió hasta que los poetas se fueron a acostar.
Y entonces eché una ojeada a los campos que conocemos, y me volví hacia la otra ventana que mira a las montañas de los elfos. Y el atardecer semejaba un zafiro. Y aunque los campos empezaban a difuminarse, encontré el camino y subí las escaleras y atravesé el salón de la bruja y salí al exterior, y aquella noche fui al palacio de Singanee.
En el palacio de marfil las luces brillaban en cada panel de cristal, pues ninguna ventana tenía cortinas. Los sonidos eran los de una danza triunfal. Muy obsesionante era, en efecto, el zumbido del fagot; y los golpes esgrimidos por un hombre enérgico sobre el enorme y sonoro tambor eran como el peligroso anticipo de alguna bestia al galope. Me parecía estar escuchando, ya musicada, la contienda de Singanee con el más que colosal destructor de Perdóndaris. Y cuando caminaba a oscuras a lo largo del precipicio de amatista, de repente descubrí un puente blanco de tramo curvo que lo atravesaba. Era un colmillo de marfil. Y lo supe por el triunfo de Singanee. Supe que había sido arrastrado mediante cuerdas para salvar el abismo, era similar a la puerta de marfil que hubo una vez en Perdóndaris y fue responsable de la destrucción de aquella famosa ciudad, con todas sus torres, murallas y gente. Habían empezado ya a vaciarlo y a tallar en sus costados figuras humanas de tamaño natural. Lo crucé y, a la mitad del camino, en el punto más bajo de la curva, me encontré con algunos de los tallistas profundamente dormidos. Al otro lado del precipicio, junto al palacio, hallábase el extremo más grueso del colmillo y descendí por una escala que se apoyaba en él, pues todavía no habían tallado escalones.
El exterior del palacio de marfil era como yo había supuesto y el centinela que vigilaba la puerta dormía profundamente; y aunque le pedí permiso para entrar, él únicamente murmuró una bendición a Singanee y volvió a quedarse dormido. Era evidente que había estado bebiendo bak. En el interior del vestíbulo de marfil me encontré con servidores que me dijeron que esa noche ningún forastero sería bien recibido porque celebraban el triunfo de Singanee. Y me ofrecieron a beber bak para conmemorar su esplendor, mas yo no conocía su poder ni su efecto sobre los humanos, por lo que les dije que había jurado a un dios no beber nada gratificante; y ellos me preguntaron si no podría aplacar a ese dios con oraciones, a lo que yo contesté: "De ninguna manera", y me dirigí hacia el baile; y ellos se compadecieron de mí e insultaron amargamente a aquel dios, creyendo que eso me agradaría, y a continuación se pusieron a beber a mayor gloria de Singanee. Al otro lado de las cortinas que separaban el recinto de baile había un chambelán, y cuando le dije que, aunque forastero, era bien conocido de Mung y Sish y Kib, los dioses de Pegana, cuyos signos hice, me dio la bienvenida. Le pregunté si mis vestidos no serían inadecuados a tan augusta ocasión, y él me juró por la lanza que había matado al destructor de Perdóndaris que Singanee encontraría vergonzoso que un forastero conocido de los dioses entrara en la sala de baile inapropiadamente vestido; y por tanto me condujo a otra habitación y sacó trajes de seda de un cofre de basto roble negro con cierres de cobre adornados con unos zafiros pálidos, y me rogó que eligiera un traje apropiado. Yo elegí una túnica verde brillante con ropa interior azul pálido y un talabarte también azul pulido. Me puse además una capa de color púrpura, ribeteada con dos delgadas cintas azul oscuro y una hilera de grandes zafiros cosidos entre ellas a todo largo, que me colgaba por detrás. Tampoco me habría permitido el chambelán de Singanee que cogiera algo de menos valor, pues decía que ni siquiera a un forastero se le podía permitir aquella noche que fuera un obstáculo para la munificencia de su amo, el cual se complacía en ejercerla en honor de su victoria. Tan pronto como estuve ataviado, nos dirigimos a la sala de baile y lo primero que vi en aquella centelleante sala de techo alto fue la descomunal figura de Singanee, de pie entre los bailarines, cuyas cabezas no sobrepasaban la cintura de aquél. Llevaba descubiertos los enormes brazos que habían sostenido la lanza que había vengado a Perdóndaris. El chambelán me condujo hasta él y yo me incliné y le dije que agradecía a los dioses a los que él había pedido protección. Y él me respondió que había oído hablar bien de esos dioses a los que solían rezar, mas esto lo dijo únicamente por cortesía, ya que no los conocía.
Singanee iba vestido con sencillez y únicamente llevaba en su cabeza una simple cinta dorada que evitaba que el cabello le cayera por la frente, cuyos extremos estaban sujetos atrás con un lazo de seda púrpura. Y todas sus reinas llevaban magníficas coronas, aunque no sabía si habían sido coronadas como reinas de Singanee o si fueron atraídas allí desde sus tronos en países remotos por admiración hacia él y su esplendor.
Todos los allí presentes llevaban vestidos de brillantes colores e iban descalzos, pues la costumbre del calzado era desconocida en aquellas regiones. Y cuando vieron que los dedos gordos de mis pies estaban deformados según la moda europea, torcidos hacia adentro en lugar de estar derechos, alguno me preguntó amablemente si me había acontecido algún accidente. Y en vez de contarle sinceramente que la deformación del dedo gordo del pie era una costumbre nuestra que nos agradaba, le dije que se trataba de una maldición de un dios malvado a quien había descuidado de ofrecer bayas durante mi infancia. Y hasta cierto punto me justifiqué, pues el Convencionalismo es un dios aunque sus modales sean perversos; y si les hubiera contado la verdad, no me habrían comprendido. Me dieron por compañera de baile a una dama de gran belleza, la cual me contó que se llamaba Saranoora y era una princesa del Norte que había sido ofrecida como tributo al palacio de Singanee. Y en parte bailaba como los europeos y en parte como las hadas del yermo, las cuales, según la leyenda, atraen a los viajeros extraviados hacia su perdición. Y si pudiera sacar de sus tierras a treinta de esos paganos, de largos cabellos negros y ojos pequeños de elfo, y pudiera hacerles tocar sus instrumentos musicales, desconocidos incluso para el rey Nebichadnezzar, interpretando al anochecer cerca de tu casa aquellas melodías que escuché en el palacio de marfil, quizá comprenderías, apreciado lector, la belleza de Saranoora, y el fulgor de luces y colores de aquella formidable sala, y el ágil movimiento de aquellas misteriosas reinas que bailaban en torno a Singanee. Entonces, gentil lector, dejarías de serlo, pues los pensamientos que corren como leopardos en estas lejanas y salvajes tierras saltarían al interior de tu cabeza aunque estuvieras en Londres, sí, incluso en Londres: te alzarías y golpearías con tus manos la pared con sus preciosos dibujos de flores, en la esperanza de que los ladrillos se rompieran, revelándote el camino que conduce al palacio de marfil, junto al precipicio amatista donde habitan los dragones dorados. Pues lo mismo que ha habido hombres que han quemado prisiones para que los prisioneros pudieran escapar, esos oscuros músicos son tan incendiarios que atizan peligrosamente a su clientela a fin de que puedan liberarse los pensamientos prendidos con alfileres. No tengas miedo ni permitas que tus mayores lo tengan. No interpretaré esas melodías en ninguna de las calles conocidas. No traeré aquí a esos extraños músicos; únicamente susurraré el camino que conduce al País del Sueño, y sólo unos pocos pies delicados lo encontrarán, y soñaré en solitario con la belleza de Saranoora y a veces suspiraré.
Seguimos bailando sin cesar a la voluntad de los treinta músicos, mas cuando las estrellas palidecieron y la brisa del amanecer agitó los últimos estertores de la noche, entonces Saranoora, la princesa del Norte, me condujo a su jardín. Había allí sombrías arboledas que llenaban de perfume la noche y protegían sus misterios del alba naciente. En aquel jardín flotaba a nuestro alrededor la triunfal melodía de aquellos oscuros músicos, cuyo origen no podían adivinar los que allí moraban y conocían el País del Sueño. Sólo en una ocasión volvió a cantar el pájaro tolulu, pues el regocijo de aquella noche le había asustado y estuvo callado. Una vez más le oímos cantar en alguna remota arboleda, pues los músicos descansaban y nuestros pies descalzos no hacían ruido; por un momento oímos a aquella ave con la que una vez soñó nuestro ruiseñor, transmitiendo la tradición a su prole. Y Saranoora me contó que le había puesto el nombre de Hermana Canora; mas no conocía el nombre de los músicos, que en ese momento tocaban de nuevo, pues nadie sabía quiénes eran ni de qué país procedían. Entonces alguien cantó en la oscuridad, muy cerca de nosotros, acompañado de un instrumento de cuerda, la historia de Singanee y su lucha contra el monstruo. Y de pronto le vimos, sentado en el suelo, cantando a la noche la arremetida de la lanza que había traspasado el descomunal corazón del destructor de Perdóndaris. Y nos detuvimos un rato y le pregunté quién había presenciado aquella memorable contienda, y él me respondió que nadie a excepción de Singanee y de aquel cuya pezuña había dispersado Perdóndaris, y que ahora este último estaba muerto. Y cuando le pregunté si Singanee le había relatado la contienda, él me dijo que aquel arrogante cazador jamás diría una sola palabra del asunto, y que por tanto su extraordinaria proeza era ahora cosa de los poetas, a quienes quedaba confiada para siempre; y volvió a tocar su instrumento de cuerda y siguió cantando.
Cuando el collar de perlas que Saranoora llevaba al cuello comenzó a brillar, comprendí que el amanecer se aproximaba y que aquella memorable noche casi había pasado. Y finalmente abandonamos el jardín y fuimos al abismo a contemplar la salida del sol en el desfiladero amatista. Al principio el astro iluminó la belleza de Saranoora, mas luego coronó el mundo y encendió aquellos riscos de amatista hasta deslumbrarnos, y nos apartamos de allí y vimos al artesano ahuecando el colmillo y tallando en él una balustrada formada por una bella comitiva de figuras. Y los que habían bebido bak comenzaron a despertarse y abrieron sus asombrados ojos ante el precipicio de amatista, y se los frotaron y los apartaron. Y entonces aquellos maravillosos reinos de la canción, que los oscuros músicos habían establecido a lo largo de la noche mediante acordes mágicos, volvieron a desvanecerse bajo la influencia de aquel antiguo silencio que regía ante los dioses; y los músicos se envolvieron en sus capas y cubrieron sus maravillosos instrumentos y se marcharon sigilosamente a los llanos; y nadie se atrevió a preguntarles si volverían, o por qué vivían allí, o a qué dios servían. Y el baile se interrumpió y todas las reinas se marcharon. Y entonces la esclava salió de nuevo por una puerta y vació en el abismo su canasto de zafiros, como la había visto hacer anteriormente. La hermosa Saranoora dijo que aquellas importantes reinas nunca se ponían sus zafiros más de una vez, y que cada mediodía un mercader de las montañas les vendía nuevas piezas para la velada correspondiente. Sin embargo, sospecho que algo más que la extravagancia subyace en el fondo de esta acción, aparentemente derrochadora, de arrojar los zafiros al abismo, pues en las profundidades de éste se encontraban esos dragones dorados de los cuales nada parece saberse. Y pensé, y todavía sigo pensándolo, que Singanee, aun encontrándose en guerra con los elefantes, con cuyos colmillos había construido su palacio, conocía bien e incluso temía a esos dragones del abismo, y que tal vez valorase aquellas inapreciables joyas menos que a sus reinas, y quisiera pagar tributo a los dragones dorados de la misma manera que él recibía hermosas ofrendas de otros tantos países por medio de su lanza. No pude ver si los dragones tenían alas; ni podía asegurar que, en el caso que las tuvieran, fueran capaces de soportar ese peso de oro macizo; ni tampoco sabía por qué caminos podrían deslizarse a través del abismo. Y no sé de qué le servirían los zafiros a un dragón dorado, o a una reina. Únicamente me parece extraño que arrojaran tal profusión de joyas por orden de un hombre que no tenía nada que temer, y que éstas cayeran al abismo al alba, despidiendo destellos y cambiando de color.
No sé cuánto tiempo nos quedamos allí observando la salida del sol sobre aquellas extensiones de amatista. Y es extraño que aquel fabuloso prodigio no me afectara más de lo que lo hizo, mas tenía la mente deslumbrada por la fama de aquél, y los ojos cegados por el resplandor del amanecer, y, como suele suceder, pensaba más en cosas insignificantes, y recuerdo haber contemplado el nacimiento del día en el solitario zafiro que Saranoora lucía en un anillo que llevaba en el dedo. Luego, cuando la brisa del amanecer la rodeaba, dijo que tenía frío y regresó al palacio de marfil. Y temí no poder volver a verla nunca más, pues el tiempo transcurre de manera diferente en el País del Sueño que en el mundo que conocemos, al igual que las corrientes marinas se desplazan según direcciones distintas, llevando barcos a la deriva. Y al llegar a la puerta del palacio de marfil me volví para despedirme y, sin embargo, no encontré palabras apropiadas. Y ahora, cuando a veces me encuentro en otras tierras, me paro a pensar en las muchas cosas que quise decir. Sin embargo, lo único que dije fue: "Ojalá nos volvamos a encontrar". Y ella respondió que era probable que nos encontrásemos a menudo, pues el permitirlo era poca cosa para los dioses, ignorando que los dioses del País del Sueño tienen poco poder sobre los mundos que conocemos. Luego traspasó la puerta. Y yo, después de cambiada la vestimenta que el chambelán me diera por mi propia ropa, abandoné la hospitalidad del poderoso Singanee, y me dirigí de vuelta al mundo que conocemos. Me crucé con aquel enorme colmillo que había supuesto el fin de Perdóndaris y encontré a los artistas que lo estaban tallando; y mientras pasaba, algunos de ellos, a modo de saludo, alabaron a Singanee, y en respuesta rendí honores a su nombre. Aunque la luz del nuevo día todavía no había penetrado completamente hasta el fondo del abismo, la oscuridad estaba cediendo paso a una niebla púrpura y pude vislumbrar vagamente a un dragón dorado. Luego miré en dirección al palacio de marfil y, al no ver a nadie en las ventanas, me alejé con tristeza; y, siguiendo el camino que sabía, atravesé el desfiladero entre las montañas y descendí por sus laderas hasta divisar de nuevo la cabaña de la bruja. Y cuando me dirigí a la ventana más alta a fin de contemplar el mundo que conocemos, la bruja me habló. Mas yo estaba enfadado, como si acabara de despertarme, y no le contesté. Más tarde el gato me preguntó a quién había encontrado, y yo le respondí que en el mundo que conocemos los gatos se mantienen en su lugar y no hablan a los hombres. Y luego bajé las escaleras y salí directamente por la puerta, dirigiéndome a Go-by Street.
-Se ha equivocado usted de camino -gritó la bruja desde la ventana.
Y efectivamente, hubiera preferido volver de nuevo al palacio de marfil, pero no tenía derecho a abusar más de la hospitalidad de Singanee, y no es posible quedarse para siempre en el País del Sueño; además, ¿qué sabía aquella bruja del mundo que conocemos o de las pequeñas aunque numerosas trampas que se tienden a nuestros pies allá abajo? Así es que no le presté atención y seguí adelante, y llegué a Go-by Street. Vi la casa de la puerta verde a mitad de camino de la calle, mas creyendo que al final de ésta estaba más cerca del Embankment, en donde había dejado mi bote, probé la primera puerta que encontré, que correspondía a una cabaña con techo de paja como las demás, con unas pequeñas agujas doradas en la cumbrera del tejado y extraños pájaros sentados arreglándose las plumas. La puerta se abrió y me sorprendió encontrarme a mí mismo en lo que parecía una cabaña de pastor; un hombre sentado en un tronco en el interior de una humilde y sombría habitación se dirigió a mí en una lengua extraña; murmuré algo y salí corriendo a la calle. El tejado de la casa estaba cubierto de paja tanto en la fachada como por detrás. No había agujas doradas en la fachada, ni maravilloso pájaros; mas tampoco había acera. Había una hilera de casas, establos y cobertizos, mas ninguna otra señal de ciudad. A lo lejos vi una o dos aldeas. Sin embargo, ahí estaba el río, sin duda el Támesis, pues tenía la anchura de ese río y todos sus meandros, si es posible imaginar el Támesis en aquel lugar concreto sin estar rodeado de calles, sin ningún puente, y con el Embankment desplomado. Comprendí qué me había ocurrido, permanentemente y a la luz del día, lo que suele sucederle a los hombres, aunque más a menudo a los niños, cuando se despiertan antes del amanecer en alguna habitación extraña y ven una alta ventana gris donde debía estar la puerta y objetos desconocidos en lugares impropios, y pese a saber dónde se encuentran ignoran cómo es posible que el sitio ofrezca ese aspecto.
Luego pasó a mi lado un rebaño de ovejas con la apariencia de siempre, mas el hombre que las dirigía lucía una extraña mirada extraviada. Le hablé y él no me entendió. Luego bajé el río a comprobar si mi bote estaba en el mismo sitio en donde lo había dejado; en el cieno (pues la marea estaba baja) vi un trozo semienterrado de madera ennegrecida, que bien podía haber sido parte de un bote, mas no lo pude reconocer. Empecé a pensar que me había perdido. Sería extraño venir de lejos a ver Londres y no poder encontrarla entre todos los caminos que hasta allí conducen; mas a mí me parecía que había estado viajando en el Tiempo y me había perdido entre los siglos. Y cuando vagaba por las colinas cubiertas de hierba, encontré un mausoleo hecho de zarzas y con techo de paja, y vi en su interior un león más deteriorado por el tiempo que la Esfinge de Gizeh; y cuando lo reconocí como uno de los cuatro de Trafalgar Square, entonces comprendí que andaba perdido por el futuro y varios siglos con sus traicioneros años me separaban de todo lo que había conocido. Y entonces me senté en la hierba junto a las deterioradas patas del león para reflexionar sobre lo que debía hacer. Y decidí regresar por Go-by Street y, dado que no había dejado nada que me atara al mundo conocido, ofrecerme como sirviente en el palacio de Singanee, y volver a contemplar el rostro de Saranoora y aquellos fabulosos amaneceres de amatista sobre el abismo donde juegan los dragones dorados. Y no me quedé más tiempo buscando vestigios de las ruinas de Londres; pues la contemplación de cosas maravillosa produce poco placer si no existe alguien a quien poder contarlas o asombrar.
Así es que volví inmediatamente a Go-by Street, la pequeña hilera de chozas, y no encontré ninguna otra prueba de la existencia de Londres que un león de piedra. Esta vez acerté con la casa. Estaba muy cambiada y se parecía más a una de esas chozas que pueden verse en Salisbury Plain que a una tienda en la ciudad de Londres; mas di con ella a base de ir contando las casas de la calle, ya que todavía quedaba una hilera de casas aunque las aceras y la ciudad hubieran desaparecido. Y todavía era una tienda. Una tienda muy diferente a la que yo conocí, aunque tenía mercancías a la venta: cayados de pastor, comestibles y toscas hachas. Y había un hombre con el pelo largo, vestido con pieles. No le hablé pues no conocía su lengua. Me dijo algo que me sonó a algo así como "Everkike". No entendí su significado, mas cuando miró una de sus pistolas, caí en la cuenta y comprendí que Inglaterra todavía era Inglaterra, que todavía no la habían conquistado, y que, aunque se habían cansado de Londres, todavía se aferraban a su país. Pues las palabras que el hombre había pronunciado fueron "Av er kike", por lo que comprendí que aquel mismo dialecto cockney que los antiguos llevaron a tierras lejanas todavía se hablaba en su lugar de nacimiento, y que ni la política ni sus enemigos lo habían destruido después de todos esos miles de años. Nunca me había gustado el dialecto cockney, dada mi arrogancia de irlandés acostumbrado a oír un magnífico inglés isabelino tanto de los pobres como de los ricos; por tanto, cuando escuché estas palabras me escocieron los ojos como si estuviera a punto de llorar; me recordaban lo lejos que me encontraba. Imagino que me quedé callado un rato. De repente comprendí que el hombre que se encargaba de la tienda se había quedado dormido. Su manera de ser parecía, extrañamente, la de un hombre que de seguir vivo tendría más de mil años (a juzgar por el aspecto deteriorado del león). Mas entonces, ¿qué edad tendría yo?. Está claro que el Tiempo pasa más rápido o más lento en el País del Sueño que en el mundo que conocemos. Pues los muertos, incluso los más antiguos, reviven en nuestros sueños; y un soñador pasa por los acontecimientos del día en sólo un segundo del reloj de Town-Hall. Sin embargo, la lógica no me ayudó y estaba desconcertado. Mientras el anciano dormía -extrañamente su rostro se parecía al del anciano que me había mostrado por primera vez la pequeña puerta trasera-, me dirigí al fondo de la tienda. Había una especie de puerta con goznes de cuero. La abrí y me encontré de nuevo con el cartel de la trastienda: al menos la parte de atrás de Go-by Street no había cambiado. La calle parecía fantástica y distante con sus flores púrpura y sus agujas doradas, y la desolación de la acera de enfrente; sin embargo, respiré más tranquilo al volver a ver algo que ya había visto antes. Pensé que había perdido para siempre el mundo que conocía, y ahora que me encontraba de nuevo a espaldas de Go-by Street sentía menos la pérdida que cuando estaba donde deberían estar los objetos familiares. Recordé lo que había dejado en el vasto País del Sueño y pensé en Saranoora. Y cuando volví a divisar las cabañas me sentí menos aislado todavía al pensar en el gato, aunque por lo general el animal se reía de lo que yo decía. Y lo primero que le dije a la bruja cuando la vi fue que había perdido el mundo y regresaba por el resto de mis días al palacio de Singanee. Y lo primero que ella me dijo fue:
-¡Vaya! Se equivocó usted de puerta.
Lo dijo amablemente, pues comprendía lo infeliz que yo era. Y yo le contesté:
-Sí, mas es la misma calle. Toda ella está cambiada y Londres ha desaparecido y la gente que solía conocer y las casas en las que solía dormir, y todo; estoy harto.
-¿A dónde quería usted ir por esa puerta errónea? -dijo ella.
-¡Oh!, eso da lo mismo -contesté.
-¿De veras? -dijo ella de un modo contradictorio.
-Bueno, quería llegar al final de la calle para encontrar rápidamente mi bote en el Embankment. Y ahora mi bote... y el Embankment... y...
-Alguna gente tiene siempre tanta prisa -dijo el viejo gato negro. Y me sentí tan desdichado que no logré enfadarme y no añadí nada más.
Y la vieja bruja dijo:
-¿A dónde quiere ir ahora?
Parecía una niñera dirigiéndose a un niño pequeño. Y yo le respondí:
-No tengo dónde ir.
Y ella respondió:
-¿Preferiría volver a casa o ir al palacio de Singanee?
Y yo le respondí:
-Me duele la cabeza y no quiero ir a ninguna parte, estoy cansado del País del Sueño.
-Entonces suponga que intenta entrar por la puerta apropiada.
-De nada serviría -contesté-. Todos han muerto y desaparecido, ahora aquí venden bollos.
-¿Qué sabe usted del Tiempo? -preguntó.
-Nada -respondió el viejo gato negro, a pesar de que nadie se había dirigido a él.
-¡Váyase! -dijo la vieja bruja.
De manera que me volví y me dirigí de nuevo a Go-by Street. Estaba muy cansado.
-¿Qué sabe de él? -dijo a mis espaldas el viejo gato negro. Sabía lo que iba a decirme después. Aguardé un momento y luego le dije:
-Nada.
Cuando miré por encima del hombro, el animal se dirigía a la cabaña contoneándose. Y cuando llegué a Go-by Street abrí con indiferencia la puerta por la que acababa de pasar. Me pareció inútil hacerlo, únicamente lo hice por aburrimiento, porque me lo habían mandado. Y nada más entrar, vi que todo era como antaño, y que el anciano soñoliento que allí se encontraba vendía ídolos. Compré una vulgar pieza, que en realidad no quería comprar, por el mero placer de ver los artículos acostumbrados. Y cuando me alejé de Go-by Street, que seguía siendo la de siempre, lo primero que vi fue un taxi colisionando con un cabriolé. Me descubrí y ovacioné. Y fui al Embankment y allí estaba mi bote, y el majestuoso río, repleto de suciedad como de costumbre. Y volví a remar y compré una revista barata (al parecer había estado fuera todo un día) y la leí de punta a rabo -incluyendo los avisos de remedios patentados para enfermedades incurables- y decidí pasear, tan pronto como descansara, por todas las calles que me eran familiares y visitar a todas mis amistades, y conformarme para siempre con el mundo que conocemos.



HISTORIA DE MAR Y TIERRA --- LORD DUNSANY



HISTORIA DE MAR Y TIERRA
LORD DUNSANY

En el primer Libro de las Maravillas está escrito cómo el capitán Shard, del terrible barco pirata Desperate Lark, se retiró de la vida activa después de saquear la ciudad costera de Bombasharna; y cómo, renunciando a la piratería en favor de los más jóvenes, con el beneplácito del Atlántico Norte y Sur, se instaló con una reina cautiva en su isla flotante.
A veces hundía un barco en memoria de los viejos tiempos, mas había dejado de merodear por las rutas comerciales y los asustadizos comerciantes temían ahora a otros hombres.
No fue la edad lo que le impulsó a abandonar su romántica profesión. Ni tampoco la indignidad de sus traiciones, ni ninguna herida de arma de fuego, ni la bebida. Fue la inexorable necesidad y la force majeure. Cinco navíos le perseguían. Cómo les dio el esquinazo un día en el Mediterráneo, cómo combatió contra los árabes, cómo fue oída una andanada de sus cañones por primera y última vez en un lugar a 23º de latitud norte y 4º de longitud este, junto a otras cosas desconocidas para los Almirantazgos, es lo que procederé ahora a contar.
Se había divertido un poco, sí, él, Shard, capitán pirata, y todos sus compinches llevaban perlas en sus pendientes. Y ahora la flota inglesa iba tras él a todo trapo a lo largo de la costa de España con un favorable viento del norte a popa. No conseguían ganar terreno al aerodinámico navío de Shard, el terrible barco pirata Desperate Lark; sin embargo, estaban más cerca de lo que a él le habría gustado y se entrometían en sus asuntos.
Le habían estado persiguiendo durante un día y una noche, cuando, a la altura del Cabo de San Vicente, hacia las seis de la mañana, Shard dio aquel paso que decidió su retiro de la vida activa: viró hacia el Mediterráneo. Si hubiera seguido hacia el Sur descendiendo por la costa africana, es dudoso que hubiese podido sacar provecho de la piratería, debido a la obstrucción de Inglaterra, Rusia, Francia, Dinamarca y España; mas, virando hacia el Mediterráneo, dio lo que podía llamarse el penúltimo paso de su vida, que para él significó establecerse. Desde su juventud Shard tuvo en mente tres grandes líneas de conducta, sobre las que meditaba de día y rumiaba de noche, consolándole de todos sus peligros; secretas incluso para sus hombres, eran tres medios con los que esperaba escapar de cualquier peligro que pudiera encontrar en el mar. Una de ellas era la isla flotante de la que se habla en el Libro de las Maravillas; otra era tan fantástica que podemos dudar de que incluso la brillante audacia de Shard la hubiera podido encontrar practicable, al menos él nunca la intentó por lo que se sabe en esa taberna junto al mar en la que me he informado; y la tercera decidió llevarla a cabo cuando viró aquella mañana para el Mediterráneo. En realidad, a pesar del paso que había dado, podría haber practicado la piratería un poco más tarde cuando los mares recuperaran la calma, mas ese penúltimo paso fue como esa pequeña casa de campo a la que todo hombre de negocio le ha echado el ojo; como cualquier cómoda inversión reservada para la vejez, hay determinadas trayectorias decisivas en las vidas de los hombres que después de tomadas impiden a éstos volver a sus asuntos.
Ante el asombro de sus hombres viró, pues, para el Mediterráneo con la flota inglesa pisándole los talones.
¡Qué locura es ésta —murmuró Bill, el contramaestre, al único oído del viejo Frank—, con toda la flota francesa esperándonos en Lyon y los españoles a lo largo de todo el trayecto entre Cerdeña y Túnez! (pues ellos conocían las rutas de los españoles).
Mandaron una delegación a hablar con el capitán Shard, todos ellos serios y vestidos con sus trajes más costosos. Le dijeron que el Mediterráneo era una ratonera, y lo único que él les respondió fue que el viento del norte les sostendría. Y la tripulación le contestó que estaban rendidos.
De manera que penetraron en el Mediterráneo y la flota inglesa cerró el Estrecho de Gibraltar. Y Shard continuó dando bordadas por la costa marroquí con una docena de fragatas tras él. Y el viento del norte se hizo más intenso. Y el Capitán no habló a su tripulación hasta que anocheció, momento en que les reunió a todos a excepción del timonel y les pidió cortésmente que bajaran a la bodega. Allí les mostró seis inmensos ejes de acero y una docena de enormes ruedas de hierro, que ninguno de ellos había visto antes; y contó a su tripulación que, sin que nadie lo supiera, su nave había sido especialmente adaptada a esos ejes y ruedas, y que tenía la intención de navegar en seguida de nuevo hacia el vasto Atlántico, aunque no a través del estrecho. Y cuando oyeron el nombre del Atlántico todos sus compinches se alegraron, pues lo consideraban un mar muy seguro.
Y cayó la noche y el capitán Shard mandó llamar a su buzo. Con el mar embravecido al buzo le era difícil trabajar, mas a media noche las cosas salieron a entera satisfacción de Shard; y el buzo dijo que de todos los trabajos que había desempeñado... Mas, al no encontrar adecuada comparación y estar necesitado de un trago, se calló y pronto se durmió, y sus camaradas lo llevaron a su hamaca. La persecución continuó durante todo el día siguiente con el inglés bien a la vista, ya que Shard había perdido tiempo por la noche con sus ruedas y ejes, y el peligro de encontrarse con los españoles aumentaba cada hora. Cuando anocheció cada minuto parecía cargado de peligro; sin embargo siguieron dando bordadas hacia el este, donde sabían que debían de estar los españoles.
Y finalmente divisaron sus gavias, y no obstante Shard siguió adelante. Se estaba aproximando, mas la noche avanzaba y la Union Jack (1) que izaron ayudó a Shard con los españoles durante los últimos, ansiosos minutos, aunque esto pareció enojar al inglés. Mas, como dijo Shard, "no se puede contentar a todo el mundo" , y a continuación la oscuridad se tragó el crepúsculo.
A estribor —dijo el capitán Shard.
El viento del norte, que había arreciado a lo largo del día, soplaba ahora como un vendaval. Ignoro a qué parte del litoral se dirigía Shard, mas él sí lo sabía, pues las costas del mundo eran para él lo que Margate (2) para alguno de nosotros.
En un lugar donde, impregnado de misterio y de muerte, y hasta del propio corazón de África, el desierto emerge por encima del mar, no menos grandioso, ni menos terrible, divisaron tierra muy próxima, casi en tinieblas. Shard mandó a todos los hombres a la parte trasera del barco y también el lastre. Y pronto el Desperate Lark, elevando un poco su proa por encima del agua, hizo dieciocho nudos a favor del viento, encalló en una playa arenosa y a continuación se enderezó, y lentamente se dirigió hacia el interior de África.
Los piratas habrían dado tres hurras, mas tras el primero Shard los silenció y, cogiendo él mismo el timón, les soltó un pequeño discurso, mientras las sólidas ruedas aporreaban lentamente la arena africana, haciendo apenas cinco nudos en medio del vendaval. "Los peligros de la mar", dijo, "se han exagerado mucho. Durante cientos de años, los barcos han estado navegando por la mar, y en la mar uno sabe lo que hay que hacer; mas en tierra es diferente". Ahora estaban en tierra y no iban a olvidarlo. En la mar se puede hacer todo el ruido que se quiera sin sufrir ningún perjuicio, mas en tierra puede suceder cualquier cosa. Uno de los peligros de tierra firme que citó como ejemplo fue la horca. "De cada cien hombres que son ahorcados en tierra", dijo, "en la mar no serían colgados más de veinte".
Los hombres se fueron a dormir junto a los cañones. Esa noche no irían lejos, pues el riesgo de naufragar de noche era un peligro característico de tierra firme, mientras que en el mar se puede navegar desde la puesta del sol hasta el amanecer. No obstante era esencial no dejarse ver desde el mar, pues, si alguien se enteraba de dónde se encontraban, tendrían a la caballería tras ellos. Y por eso había enviado de nuevo a Smerdrak (un joven lugarteniente pirata) a fin de que borrara las huellas que habían dejado en el lugar por donde habían salido del mar. Y los compinches asintieron enérgicamente con la cabeza aunque no se atrevieron a vitorear, y al poco subió corriendo Smerdrak y le arrojaron un cabo por la popa. Después de hacer unos quince nudos echaron el ancla, y el capitán Shard reunió a sus hombres en torno suyo y, permaneciendo junto a la rueda de proa, bajo las nítidas y grandes estrellas de Argelia, les explicó su sistema de conducción. No había mucho que explicar; con considerable ingenuidad había separado y montado sobre un pivote la porción de quilla que sostenía el eje delantero, y podía moverla mediante cadenas controladas desde el timón de tierra, de manera que el par delantero de ruedas podía girar a voluntad aunque sólo un poco; y más tarde comprobaron que en cien yardas únicamente podían desviar el barco de su rumbo unas cuatro yardas. Mas los capitanes de cómodos acorazados, o incluso los propietarios de yates, no deben criticar demasiado severamente a un hombre que no era de esta época y que no conocía los inventos modernos; también debería recordarse que Shard no se encontraba ya en alta mar. Es posible que su forma de gobernar fuera torpe, mas hizo lo que pudo.
Cuando quedó claro para sus hombres el uso y las limitaciones de su timón de tierra, Shard les ordenó acostarse a todos a excepción de los vigías. Mucho antes del amanecer les despertó y con el primer rayo de luz se pusieron en marcha, de manera que aquellas dos flotas, que estaban tan seguras de tener rodeado a Shard en una amplia media luna frente a la costa argelina, no vieron ni rastro del Desperate Lark, ni en el mar ni en tierra firme; y las banderas del buque insignia prorrumpieron en enérgicos juramentos en inglés.
El temporal siguió soplando tres días más y, mediante el empleo de más trapo durante el día, corrieron por encima de la arena a casi diez nudos, aunque en el informe sobre las aguas agitadas que iban encontrando (así llamaba el vigía, antes de adaptarse a su nuevo medio, a las peñas, los pequeños cerros o el terreno accidentado), la velocidad fue muy disminuida. Como era verano los días eran muy largos y Shard, deseoso de dejar atrás el rumor de su propia aparición mientras el viento se mantuviera favorable, navegó durante diecinueve horas al día, acostándose a las diez de la noche y volviendo a izar velas a las tres de la madrugada, cuando empezaba a despuntar el alba.
En aquellos tres días recorrió quinientas millas. Luego, el viento amainó hasta convertirse en una brisa, aunque sin dejar de soplar del norte, y en la semana siguiente no hicieron más de dos nudos por hora. Entonces los compinches empezaron a murmurar. Al principio la suerte había favorecido a Shard claramente, pues la caballería había salido a dar una batida local y el navío, lanzado a diez nudos, atravesó las únicas regiones pobladas, pasando por delante de multitudes que habían decidido no huir. En cuanto a los fugitivos, pronto desaparecieron por las alturas cercanas a la costa en cuanto Shard les apuntó con su cañón, aunque no se atrevió a disparar. Por mucho que se burlara de la inteligencia del Almirantazgo inglés y del español, que no habían sospechado de su maniobra, única posible, según él, en aquellas circunstancias, sabía sin embargo que el estruendo del cañón descubriría su secreto. Por supuesto, la suerte le había ayudado, y cuando dejó de hacerlo tuvo que desplegar oportunamente todas sus posibilidades. Por ejemplo, mientras el viento se mantuvo favorable nunca perdió ocasión de reabastecerse; si atravesaban una aldea, se apoderaba de sus cerdos y de sus aves de corral; y cada vez que pasaba cerca de donde había agua llenaba sus depósitos hasta el borde. Y cuando sólo podía hacer dos nudos, navegaba toda la noche precedido por un hombre provisto de farol; de esa manera hizo en aquella semana cerca de cuatrocientas millas cuando cualquier otro habría fondeado de noche, perdiendo cinco o seis de las veinticuatro horas diarias. No obstante sus hombres murmuraban. "¿Es que acaso se cree que el viento durará eternamente?", decían. Y Shard únicamente fumaba. Estaba claro que pensaba, pensaba mucho.
Mas ¿en qué está pensando? —le dijo Bill a Jack el Malo.
Y éste le contestó:
Puede pensar todo lo que le venga en gana, mas eso no nos sacará del Sahara si el viento amaina.
Y a finales de aquella semana, Shard se dirigió a su compartimento de cartas náuticas y trazó un nuevo rumbo un poco hacia el este, hacia terrenos cultivados. Y un día, hacia el atardecer, divisaron una aldea, y en esto llegó el ocaso y el viento amainó completamente. Entonces aumentaron los murmullos de los compinches hasta convertirse en juramentos, bordeando casi el motín. "¿Adónde iban ahora?", se preguntaban. "¿Estaban siendo tratados equitativamente?"
Shard los tranquilizó preguntándoles qué deseaban hacer, y cuando a ninguno se le ocurrió nada mejor que acudir a los aldeanos y decirles que una tormenta había desviado su rumbo, Shard les reveló su plan.
Había oído hacía mucho tiempo que en África es corriente que los bueyes tiren de las carretas; los bueyes eran muy numerosos en aquellos lugares donde no existía ningún tipo de cultivo. Por esa razón, cuando el viento empezó a amainar, había puesto rumbo en dirección a la aldea: aquella noche cuando oscureciera iban a llevarse cincuenta yuntas de bueyes; a media noche ya debían de estar uncidos y entonces inmediatamente galoparían.
Un plan tan estupendo como ése asombró a sus hombres, los cuales se disculparon por su falta de fe en Shard, estrechándole la mano de uno en uno y escupiendo en ellas en señal de buena voluntad.
La incursión de aquella noche tuvo un gran éxito; mas, por ingenioso que Shard se mostrara en tierra firme, y maestro en alta mar, debe admitirse que la falta de experiencia en este tipo de navegación le llevó a cometer un error, insignificante es cierto y completamente evitable con un poco de práctica: los bueyes no podían galopar. Shard los maldijo, los amenazó con su pistola, diciéndoles que no les daría de comer, mas todo fue inútil: aquella noche, empujado por ellos, el Desperate Lark no hizo más de un nudo a la hora. Shard utilizó sus fracasos, como todo lo que le acontecía, como materiales con que edificar su futuro éxito: se fue inmediatamente a su compartimento de cartas náuticas y revisó otra vez todos sus cálculos.
La cuestión de la lenta marcha de los bueyes imposibilitaba que pudieran eludir la persecución. Por tanto, Shard anuló su orden al lugarteniente de cubrir las huellas dejadas en la arena, y el Desperate Lark prosiguió con dificultad su curso a través del Sahara confiando en sus cañones.
La aldea no era grande, y la escasa multitud que fue avistada a popa, desapareció a la mañana siguiente tras el primer disparo del cañón correspondiente. Al principio Shard hizo que los bueyes llevaran toscos y resistentes bocados de hierro, otro de sus errores. "Pues, si se desbocan", había dicho, "podríamos también ser arrastrados delante de la tempestad, y es imposible decir dónde nos encontraríamos". Mas, pasado uno o dos días, comprobó que los bocados no eran útiles y, como hombre práctico que era, corrigió inmediatamente su error.
Y ahora la tripulación, sacando sus mandolinas y cornetas, cantó todo el día alegres canciones y vitoreó al capitán Shard. Todos estaban alegres excepto el Capitán, cuyo rostro parecía malhumorado y perplejo; únicamente esperaba tener más noticias de aquellos aldeanos. Cada día los bueyes se bebían toda el agua disponible, y él sólo temía que no pudieran conseguir más, desagradable temor sobre todo si el barco se detenía en pleno desierto por falta de viento. Durante una semana continuaron igual, haciendo diez nudos diarios, y la música y el canto crispaban los nervios del Capitán, mas él no se atrevía a contar a sus hombres cuál era el problema. Y entonces un día los bueyes apuraron las últimas existencias de agua. Y se presentó el lugarteniente Smerdrak a informar del hecho.
Dadles ron —dijo Shard, mientras maldecía a los bueyes—. Lo que es bueno para mí —siguió diciendo— debería ser bueno para ellos —y juró que beberían ron.
Sí, sí, señor —dijo el joven lugarteniente pirata.
No debería juzgarse a Shard por las órdenes de aquel día. Durante casi quince días había estado esperando el funesto destino que se le avecinaba lentamente; la disciplina le había llevado a aislarse de cualquier otro que pudiera compartir su miedo y discutirlo; y todo el tiempo había tenido que pilotar el barco, lo cual incluso en la mar es una ardua responsabilidad. Esas cosas habían alterado el sosiego de aquel claro juicio que en una ocasión había desconcertado a cinco armadas. Por consiguiente maldijo a los bueyes y les ordenó beber ron, y Smerdrak dijo: "Sí, sí, señor", y se fue abajo.
Hacia el ocaso, Shard estaba de pie en la toldilla, pensando en la muerte; no se moriría de sed; antes habría un motín, pensó. Los bueyes rechazaron el ron por última vez y los hombres empezaron a mirar con inquietud al capitán Shard, sin murmurar mas observándole de reojo como si únicamente tuvieran un pensamiento que no necesitara palabras. Una veintena de gansos formando una gran V cruzaron el cielo nocturno, inclinaron sus pescuezos y los torcieron hacia abajo en dirección a algún lugar del horizonte. El capitán Shard se precipitó hacia el compartimento de cartas náuticas y pronto llegaron los hombres a la puerta con el viejo Frank al frente, visiblemente molesto y retorciendo la gorra entre sus manos.
¿Qué ocurre? —dijo Shard, como si no pasara nada.
Entonces el viejo Frank dijo lo que había ido a decir:
Queremos saber lo que va usted a hacer.
Y los hombres asintieron solemnemente con la cabeza.
Conseguir agua para los bueyes —respondió el capitán Shard—, ya que los muy puercos no quieren ron. Los muy perezosos tendrán que trabajar para eso. ¡Levad el ancla!
y al oír la palabra "agua", una mirada afloró a sus rostros como cuando algún vagabundo piensa de repente en su hogar.
¡Agua! —dijeron.
¿Por qué no? —contestó el capitán Shard. Y ninguno de ellos llegó a enterarse de que, a no ser por los gansos, que inclinaron sus pescuezos y los torcieron hacia abajo, no hubieran encontrado agua esa noche ni ninguna otra, y que el Sahara los habría atrapado como ha atrapado a tantos otros y atrapará a muchos más. Aquella noche siguieron un nuevo rumbo: al alba encontraron un oasis y los bueyes bebieron.
Y decidieron quedarse en aquel acre de verdor con palmeras y manantial, rodeado por miles de millas de desierto y resistente al paso del tiempo; pues los que se han quedado sin agua durante algún tiempo en algún desierto africano llegan a sentir por ese fluido natural una estima que el lector difícilmente puede dar crédito. Cada hombre eligió un lugar donde edificaría su cabaña y se instalaría, y tal vez se casaría, e incluso olvidaría la mar. Cuando terminaron de llenar sus depósitos y barriles, el capitán Shard les ordenó perentoriamente levar anclas. Hubo mucho descontento, incluso algunas quejas; mas, cuando un hombre ha librado por dos veces de la muerte a sus camaradas con sólo la viveza de su mente, éstos llegan a sentir respeto por su buen juicio, que no vacila ante las insignificancias. Debe recordarse que en el asunto del amaine del viento, y nuevamente cuando se agotó el agua, estos hombres no supieron qué hacer, eso mismo le ocurrió a Shard en aquella última circunstancia, mas ellos lo ignoraban. Shard sabía todo eso y eligió ese momento para consolidar su reputación entre los componentes de aquel navío mediante la explicación de sus motivos, que normalmente guardaba en secreto. "El oasis", dijo, "debe de ser un puerto de arribada para todos los viajeros en centenares de millas a la redonda: ¡hay que ver la de hombres que se juntan en cualquier parte del mundo donde existe una gota de whisky en los países decentes, incluso, tal es la peculiaridad de los árabes, más preciosa". Otra cosa les indicó: los árabes eran gente singularmente indiscreta y si tropezaran con un barco en medio del desierto probablemente hablarían de ello; y como en todas partes existen lenguas maliciosas, nunca interpretarían correctamente sus discrepancias con las flotas inglesa y española, sino que simplemente tomarían partido por el más fuerte en contra del más débil.
Y los hombres suspiraron, y cantaron la canción del cabrestante, y levaron anclas y uncieron los bueyes, y siguieron haciendo su nudo invariable, que nada podía hacer aumentar. Puede parecer extraño que, con todas las velas recogidas por la calma chicha y los bueyes parados, echaran el ancla. Mas la costumbre no se olvida fácilmente y su uso persiste durante bastante tiempo. Cabe preguntarse más bien cuántas de esas costumbres inútiles conservamos nosotros mismos: por ejemplo, los apéndices de la parte posterior de las botas camperas, aunque ya no se tira de ellos, o los lazos de nuestros zapatos de etiqueta, que ni se atan ni se desatan. Los hombres dijeron que así se sentían más seguros y sanseacabó.
Shard trazó un rumbo sur cuarta al sudoeste y ese día hicieron diez nudos, mas el siguiente hicieron solamente siete u ocho y Shard tuvo que ponerse al pairo, intentando detenerse. Llevaban a bordo muchas provisiones de forraje para los bueyes, y para los hombres un cerdo o poco más o menos, una cantidad suficiente de aves de corral, varios sacos de galletas y noventa y ocho bueyes (pues ya se habían comido dos de ellos); y se encontraban a tan sólo veinte millas del agua. Se quedarían allí, dijo el capitán, hasta que la gente se olvidara de sus pasados; alguien inventaría algo, o alguna cosa ocurriría para que la gente se olvidara de ellos y de los barcos que habían hundido. Olvidaba que hay hombres a los que les pagan muy bien por recordar.
A mitad de camino del oasis estableció un pequeño depósito donde enterró sus barriles de agua. Tan pronto como se vaciaba un barril, ordenaba que una docena de hombres lo hiciera rodar por turnos hasta el depósito. Esto lo hacían de noche, manteniéndose ocultos durante el día, y la noche siguiente se ponían en camino en dirección al oasis, llenaban el barril y lo volvían a traer rodando. Así pronto tuvo, a sólo diez millas de distancia, una reserva de agua, desconocida para los más sedientos nativos de África, con la cual podría fácilmente rellenar sus depósitos a voluntad. Permitió que sus hombres cantaran e incluso que encendieran fuego sin motivo. Fueron noches muy alegres, mientras duró el ron; a veces divisaban gacelas que les observaban con curiosidad; otras veces, pasaba cerca algún león y su rugido aumentaba la sensación de seguridad que tenían en el interior de su barco; a su alrededor, uniforme, inmenso, yacía el Sahara. "Es mejor que una prisión inglesa", decía el capitán Shard.
Y la calma chicha permanecía todavía; ni siquiera susurraba la arena por las noches, acariciada por el viento. Cuando se agotó el ron y su falta empezó a ser problemática, Shard les recordó lo poco que lo habían consumido cuando era lo único que tenían y los bueyes no querían ni mirarlo.
Y pasaron lentamente los días cantando, incluso a veces bailando, y las noches alrededor de un prudente fuego en una depresión de la arena, con sólo un vigía, contándose historias de la mar. Era un alivio tras arduas guardias alternadas con cabezadas junto a los cañones, un reposo para sus tensos nervios y sus fatigados ojos; y todos estuvieron de acuerdo en que, a pesar de lo mucho que echaban de menos el ron, el mejor lugar para un barco como el suyo era tierra firme.
Como he dicho fue a 23º de latitud norte y 4º de longitud este donde se oyó por primera y única vez una andanada procedente de un barco. Sucedió así.
Habían permanecido allí durante varias semanas y se habían comido diez o tal vez doce bueyes, y en todo ese tiempo no había habido ni un soplo de viento y no habían visto a nadie. Mas una mañana, cuando la tripulación estaba desayunando, el vigía anunció la llegada de la caballería procedente de la costa. Shard, que ya había rodeado su barco de afiladas estacas, ordenó a todos sus hombres que subieran a bordo; el joven corneta, que se vanagloriaba de haber aprendido las costumbres de tierra firme, dio el toque de "prepararse a recibir a la caballería". Shard envió unos hombres con picas a las portillas más bajas, dos más con mosquetes a la arboladura y el resto a los cañones; cambió por balas la "metralla" o los "botes" con que cargaba los cañones en caso de sorpresa, despejó las cubiertas, tendió escalas por dentro y, antes de que la caballería se pusiera a tiro, todo estaba listo para recibirla. Los bueyes fueron uncidos para que Shard pudiera maniobrar su barco inmediatamente.
Cuando divisaron por vez primera a la caballería, ésta iba al trote, mas ahora que avanzaba a medio galope. Árabes vestidos de blanco a lomos de excelentes caballos. Shard estimó que serían unos doscientos o trescientos. Cuando llegaron a unas seiscientas yardas del barco, Shard abrió fuego con uno de los cañones; había calculado cuidadosamente la distancia, mas nunca había practicado por miedo a que le oyeran del oasis: el disparo fue alto. El siguiente se quedó corto y rebotó por encima de las cabezas de los árabes. Shard se encontraba ahora a tiro y, cuando dio a los diez cañones restantes de su batería de costado la misma elevación de su segundo cañón, los árabes habían llegado al lugar en donde había caído el último disparo. La batería de costado alcanzó a los caballos, sobre todo por bajo, y rebotó contra ellos; una bala de cañón golpeó una roca junto a las patas de los caballos, la hizo pedazos, lanzó por los aires los fragmentos contra los árabes con el peculiar chirrido propio de los objetos liberados por los proyectiles de su estado inmóvil e inofensivo, y continuó con ellos en medio de un gran estrépito; sólo con este disparo murieron tres hombres.
Muy satisfactorio —dijo Shard, frotándose el mentón—. Cargadlo ahora con metralla —añadió bruscamente.
La batería de costado no detuvo a los árabes, ni siquiera redujo su velocidad; sino que se apiñaron todavía más como buscando la compañía en aquellos momentos de peligro, lo cual no deberían haber hecho. Ahora estaban a cuatrocientas yardas, trescientas cincuenta; y entonces, los dos vigías empezaron a disparar de uno en uno los treinta mosquetes cargados que, junto a unas pocas pistolas, estaban apoyados contra la batayola. Cada disparo tuvo su efecto, mas los árabes siguieron todavía avanzando. Ahora galopaban. En aquellos tiempos llevaba algún tiempo cargar los cañones. Trescientas yardas, doscientas cincuenta, y los hombres seguían cayendo. Doscientas yardas. El viejo Frank, a pesar de su única oreja, tenía una vista atroz. Ahora comenzaron a sonar las pistolas, pues habían disparado ya todos los mosquetes. Ciento cincuenta yardas. Shard había señalado cada cincuenta yardas con pequeños mojones blancos. El viejo Frank y Jack el Malo, desde lo alto de la arboladura, se sintieron bastante inquietos cuando vieron que los árabes habían llegado a aquel pequeño mojón blanco: ambos erraron sus tiros.
¿Todo listo? —dijo el capitán Shard.
Sí, sí señor —respondió Smerdrak.
Bien —dijo el capitán Shard, alzando un dedo.
Ciento cincuenta yardas es una deplorable distancia para ser alcanzado por la metralla (o "bote", como la llamamos ahora): los artilleros difícilmente pueden errar y la carga tiene tiempo de esparcirse. Más tarde, Shard estimó que con sólo aquella andanada había alcanzado a treinta árabes y otros tantos caballos.
Se habían aproximado unos doscientos de ellos, todavía montados en sus caballos, mas la andanada de metralla los había trastornado, y cuando rodearon el barco parecían indecisos acerca de lo que hacer. Portaban en sus manos espadas y cimitarras, aunque la mayoría llevaba colgando a sus espaldas extraños mosquetes de largo cañón; unos pocos los descolgaron y empezaron a disparar al azar. No podían alcanzar con sus espadas a los compinches de Shard. De no haber sido por aquella andanada que recibieron, habrían tomado a la fuerza por su mayor número; mas deberían haberse mostrado más firmes, y la andanada lo echó todo a perder. Lo mejor que podían haber hecho era concentrar todos sus esfuerzos en prender fuego al barco, mas no lo intentaron. Parte de ellos pulularon alrededor del navío, blandiendo sus espadas y buscando inútilmente un fácil acceso. Tal vez esperaran encontrar alguna puerta, no eran gente marinera; mas sus jefes les instigaron manifiestamente a ahuyentar a los bueyes, imaginando que el Desperate Lark no dispondría de otros medios de transporte. Cosa que consiguieron hasta cierto punto. Ahuyentaron a treinta cortando sus tirantes, a otros veinte los mataron en el mismo lugar con sus cimitarras, aunque el cañón de proa les alcanzó por dos veces mientras realizaban su misión, y diez más murieron víctimas desgraciadas del citado cañón de Shard. Antes de que pudieran dispararles por tercera vez desde proa, se alejaron al galope, volviendo a disparar sus mosquetes contra los bueyes y matando a otros tres, y, más que la pérdida de sus bueyes, lo que le preocupaba a Shard era su pérdida de capacidad de maniobra. Se alejaron al galope en el preciso momento en que el cañón de proa estaba listo, y pasaron al costado de babor, donde la batería no pudiera alcanzarles, lo que mostraba, a su entender, un mejor conocimiento del funcionamiento de los cañones de lo que pudieron haber aprendido aquella luminosa mañana. ¿Qué pasaría, pensaba Shard para sí mismo, si trajeran grandes cañones contra el Desperate Lark? Sólo el pensarlo le hizo denostar al destino. Mas los piratas vitorearon cuando los árabes se alejaron. A Shard sólo le quedaban veintidós bueyes, y entonces alrededor de una veintena de árabes desmontaron, mientras el resto se alejó todavía más, llevándose sus caballos. Los que desmontaron se apostaron detrás de unas rocas, a unas doscientas yardas por el costado de babor, y empezaron a disparar contra los bueyes. Shard, que disponía todavía de un número suficiente de ellos para maniobrar su barco aunque con esfuerzo, lo hizo virar unos puntos hacia estribor a fin de lanzar una andanada contra las rocas. Mas en ese caso no servía la metralla: la única forma de poder alcanzar a algún árabe era que el disparo diera en una de las rocas que los protegían, y eso no era fácil salvo por casualidad; además, cada vez que Shard maniobraba su barco, los árabes cambiaban de posición. La situación se prolongó durante todo el día, mientras los jinetes árabes rondaban, fuera del alcance de los cañones, vigilando los movimientos de Shard. Y cada vez había menos bueyes, tal era la puntería de los árabes, hasta que sólo quedaron diez y el barco ya no pudo maniobrar. Mas entonces se fueron todos a caballo.
Los piratas quedaron encantados; calcularon que a un costado y a otro del barco habrían desmontado a un centenar de árabes, y ellos a bordo no tenían más que un herido: Jack el Malo había sido alcanzado en la muñeca, probablemente por una bala destinada a los artilleros, pues los árabes disparaban alto. Habían capturado un caballo, y sobre los cadáveres de los árabes habían encontrado pintorescas armas y una interesante especie de tabaco. Estaba anocheciendo. Hablaron del combate, bromearon acerca de sus disparos más afortunados, fumaron su nuevo tabaco y cantaron: en conjunto fue la velada más alegre que habían tenido. Mas Shard, solo en el alcázar, paseaba de un lado a otro meditabundo y perplejo, le había amputado a Jack el Malo su mano herida, poniéndole en su lugar un garfio del almacén, pues en estas ocasiones el Capitán hacía de médico y guardaba una media docena de miembros bien proporcionados y, por supuesto, un hacha. Jack el Malo bajó blasfemando un poco y dijo que se echaría un rato; la tripulación fumaba y cantaba en la arena; Shard se quedó solo. Le turbaba un pensamiento: ¿qué harían los árabes? No parecía existir ninguna razón para que se hubieran ido. Y en lo más recóndito de su mente sólo pensaba en cañones y más cañones. Se persuadió a sí mismo de que no podrían arrastrarlos por la arena, que el Desperate Lark no merecía la pena, que lo habrían dejado por imposible. No obstante sabía en su fuero interno lo que harían. Sabía que en África había muchas ciudades fortificadas, y en cuanto a que su barco mereciera la pena, sabía que a aquellos hombres derrotados no les quedaba ahora otra opción salvo la venganza, y si el Desperate Lark vino por la arena, ¿por qué no los cañones? Sabía que el barco nunca podría resistir a los cañones y a la caballería; tal vez una semana, dos semanas, o incluso tres. ¿Qué más daba el tiempo? Y los hombres cantaron:
Nos vamos de aquí,
Ajá, ajá, ajá,
Una gota de ron para tí y otra para mí,
Y el mundo es tan redondo como la letra O,
Y la mar fluye a su alrededor.
La melancolía invadió a Shard.
Hacia el ocaso subió el lugarteniente Smerdrak para recibir órdenes. Shard le mandó que cavara una zanja a lo largo del costado de babor del barco. Los hombres querían cantar y refunfuñaron por tener que cavar, sobre todo teniendo en cuenta que Shard no les había mencionado su temor a los posibles cañones de los árabes; mas el Capitán echó mano a sus pistolas y al final se salió con la suya. Nadie a bordo sabía disparar como el capitán Shard. Eso les ocurre a menudo a los capitanes de barcos piratas, cuya posición es bastante difícil de mantener. La disciplina es esencial para aquellos que tienen derecho a ondear la bandera de la calavera y las tibias cruzadas, y Shard era el encargado de hacerla respetar. La luna ya había salido cuando terminaron de cavar la zanja a entera satisfacción del Capitán; y los hombres que ésta iba a proteger cuando llegara lo peor estuvieron blasfemando todo el tiempo mientras cavaban. Y cuando la finalizaron, reclamaron un banquete con alguno de los bueyes muertos, y Shard les dejó hacer. Y por primera vez encendieron una inmensa hoguera, quemando la abundante maleza; pensaban que los árabes no se atreverían a volver, y Shard sabía que de nada servía seguir ocultándolo. Los hombres pasaron toda la noche regalándose y cantando, mientras Shard permaneció sentado en su compartimento de cartas náuticas haciendo planes.
Cuando llegó la mañana aparejaron el cúter, así llamaban al caballo capturado, y designaron su tripulación. Como sólo había dos hombres que sabían montar un poco, éstos se convirtieron en la tripulación del cúter. Eran Dick el Español y el contramaestre Bill.
Las órdenes de Shard eran que tomaran el mando del cúter por turno y patrullaran durante el día unas cinco millas en dirección noreste, mas que regresaran de noche. Y equiparon el caballo con una bandera al frente de la silla, que de esta forma sería su enseña, y se llevaron un ancla por temor a que se desbocara.
Tan pronto como partió Dick el Español, Shard envió a algunos hombres para que llevaran rodando todos los barriles al depósito, donde fueron enterrados en la arena, con órdenes de vigilar al cúter todo el tiempo y, en caso de recibir señales de él, volver lo más rápidamente posible.
Aquel día enterraron a los árabes muertos, quitándoles sus cantimploras y cualquier provisión que llevaran encima, y aquella misma noche enterraron todos los barriles. Nada sucedió durante varios días. No obstante, ocurrió un acontecimiento de singular importancia: un día el viento se levantó, mas como procedía del sur y el oasis estaba al norte de donde ellos se encontraban y pasado éste debían tomar un sendero de camello, Shard decidió quedarse donde estaba. Si hubiera creído que iba a durar, tal vez habría izado velas, mas amainó al atardecer como sabía que ocurriría, y en cualquier caso no era la clase de viento que él quería. Y pasaron más días, dos semanas, sin una brisa. Los bueyes muertos no se conservaban y tuvieron que matar tres más; ahora solamente quedaban siete.
Los hombres nunca habían pasado tanto tiempo sin ron. El capitán Shard había doblado la guardia, ordenando además que durmieran otros dos hombres junto a los cañones. Se habían cansado de sus sencillos juegos y de la mayoría de sus canciones; y sus relatos, siempre inventados, ya no constituían ninguna novedad. Y entonces un día la monotonía del desierto se les echó encima.
El Sahara tiene un encanto especial: un día allí es delicioso, una semana agradable, una quincena cuestión de opinión, mas llevaban ya meses. Los hombres eran perfectamente corteses, mas el contramaestre quería saber cuándo pensaba irse Shard. Cualquier pregunta al capitán de un barco atrapado en el desierto en medio de una calma chicha era irracional, mas Shard respondió que se haría a la vela, ya le avisaría, en uno o dos días. Y pasaron uno o dos días en medio de la monotonía del Sahara, que no tiene igual en las demás partes del mundo. Ni los grandes pantanos, ni las praderas, ni la mar pueden igualarla; sólo el Sahara permanece inalterable al paso de las estaciones, sin que se altere su superficie, sin flores que se marchiten o crezcan, invariable año tras año en centenares y centenares de millas. Y el contramaestre regresó y, quitándose la gorra, preguntó al capitán Shard si era tan amable de comunicarles el nuevo rumbo. Shard dijo que tenía la intención de quedarse hasta que se hubiesen comido tres bueyes más, ya que sólo podían llevarse tres en la bodega. Ahora quedaban solamente seis.
Mas ¿y si no hubiera viento? —preguntó el Contramaestre.
Y en aquel preciso momento una ligerísima brisa del norte agitó un mechón de pelo del Contramaestre, que permanecía de pie con la gorra en la mano.
No me hables del viento —dijo el capitán Shard, y Bill se asustó un poco, ya que la madre de Shard había sido gitana.
Mas sólo era una brisa extraviada, un ardid del Sahara. Y pasó otra semana y se comieron dos bueyes más.
Ahora obedecían al capitán Shard con ostentación, mas presentaban un aspecto siniestro. Bill volvió de nuevo y Shard le respondió en caló.
Así estaban las cosas cuando una calurosa mañana del Sahara el cúter hizo señales. El vigía las comunicó al Capitán y éste leyó el mensaje: "Caballería a popa", leyó, y luego un poco más adelante: "con cañones".
¡Ah! —exclamó el capitán Shard.
Shard abrigó un resquicio de esperanza: las banderas ondeaban en el cúter. Por primera vez en cinco semanas soplaba una ligera brisa del norte, tan ligera que apenas se notaba. Dick el Español regresó y fondeó su caballo a estribor, mientras la caballería avanzaba lentamente hacia el costado de babor.
No los avistaron hasta llegada la tarde, y mientras tanto estuvo soplando aquella ligera brisa.
Un nudo —dijo Shard al mediodía—. Dos nudos —dijo al sonar las seis campanadas, y la velocidad siguió aumentando mientras los árabes se acercaban al trote. A las cinco en punto, la tripulación del Desperate Lark pudo vislumbrar doce anticuados cañones de largo alcance sobre carretas arrastradas por caballos, y lo que parecían cañones más ligeros a lomos de camellos. Ahora el viento soplaba un poco más fuerte.
¿Izamos las velas, señor? —dijo Bill.
Todavía no —respondió Shard.
A las seis en punto, los árabes estaban a punto de ponerse a tiro del cañón y se detuvieron. Luego siguió una hora de inquietud poco más o menos, mas los árabes no se aproximaban. Evidentemente tenían la intención de esperar a que oscureciera para acercar sus cañones. Probablemente intentaban excavar un parapeto, desde el cual pudieran disparar el cañón sin peligro.
Estamos haciendo casi tres nudos —dijo Shard para sus adentros, mientras recorría el alcázar de un lado a otro con pasos pequeños y muy rápidos. Y entonces se puso el sol y oyeron rezar a los árabes, y los compinches de Shard maldijeron a voz en grito para demostrarles que eran tan buenos como ellos.
En espera de que llegara la noche, los árabes no se habían acercado más. No sabían hasta qué punto lo deseaba también Shard, quien suspiraba con los dientes apretados, e incluso habría rezado si no hubiera tenido miedo de que el cielo se acordara de él y de sus compinches.
Llegó la noche y brillaron las estrellas.
Izad velas —dijo Shard.
Los hombres acudieron rápidamente a sus puestos, estaban hartos de aquel solitario y silencioso lugar. Subieron los bueyes a bordo y arriaron las velas mayores, y al igual que un amante procedente de ultramar, con el que se ha soñado durante mucho tiempo y al que se ha esperado largamente, como un amigo perdido al que se vuelve a ver pasados muchos años, el viento del norte llegó hasta las velas de los piratas. Y antes de que Shard pudiera evitarlo, unos estruendosos hurras en inglés salieron disparados en dirección a los perplejos árabes.
Se pusieron en camino a unos tres nudos y medio y pronto alcanzaron casi los cuatro, mas Shard no quería arriesgarse de noche. El viento se mantuvo favorable toda la noche y, a razón de tres nudos a la hora desde las diez hasta las cuatro, cuando se hizo de día habían perdido de vista a los árabes. Entonces Shard izó las velas y el barco hizo cuatro nudos, y cuando dieron las ocho estaban haciendo cuatro y medio. Los ánimos de aquellos hombres volubles se elevaron considerablemente y la disciplina llegó a ser absoluta. Mientras hubiera viento en las velas y agua en los depósitos, el Capitán se sentía por lo menos a salvo de un motín. Los grandes hombres únicamente pueden ser vencidos cuando su suerte está al mínimo. Si no habían logrado deponer a Shard cuando sus planes se vieron expuestos a la crítica y él apenas sabía qué hacer, era poco probable que pudieran hacerlo ahora; y, con independencia de lo que pensemos acerca de su pasado y de su forma de vida, no podemos negar que Shard era uno de los hombres más grandes de su tiempo.
De su derrota a mano de los árabes no estaba tan seguro. Era inútil tratar de ocultar sus huellas aun cuando hubiera dispuesto de tiempo; la caballería árabe los podría haber atrapado en cualquier parte. Y tenía miedo de sus camellos con aquellos cañones a bordo; se había enterado de que podían hacer siete nudos y continuar así la mayor parte del día, y aunque algún disparo alcanzase el palo mayor... Olvidándose de temores inútiles, Shard siguió consultando su carta marina pese a que los árabes estaban a punto de alcanzarles. Les dijo a sus hombres que el viento se mantendría favorable durante una semana y, gitano o no, desde luego sabía del viento tanto como un marino necesita saber.
Solo en su compartimento de cartas náuticas, resolvió lo siguiente: los árabes emplearían un par de horas más en sorprenderles y en encontrar su pista y en demorar su partida, digamos tres horas si montaban los cañones en sus parapetos, por lo que comenzarían a atacar a las siete. Suponiendo que los camellos caminaran doce horas diarias a razón de siete nudos, harían ochenta y cuatro nudos al día, mientras que Shard, haciendo tres nudos de diez a cuatro, y cuatro nudos el resto del tiempo, completaría noventa y realmente les tomaría más delantera. Mas llegado el momento, no se arriesgaría a hacer más de dos nudos por la noche mientras el enemigo se mantuviera fuera del alcance de la vista, pues justamente consideraba que navegar de noche por tierra firme era más peligroso que cualquier otra cosa, por lo que también haría ochenta y cuatro nudos diarios. Fue una bonita carrera. No me he molestado en comprobar si Shard exageró erróneamente sus cifras o si subestimó el paso de los camellos, mas, fuera lo que fuese, los árabes disminuyeron ligeramente su desventaja, pues al cuarto día, a unos cinco nudos de popa de lo que llamaban el cúter, Jack el Español [sic] divisó a los camellos a lo lejos y avisó a Shard. Habían dejado atrás a la caballería tal y como Shard supuso que ocurriría. El viento se mantenía favorable, todavía les quedaban dos bueyes, y siempre podrían comerse su "cúter", disponiendo de una regular, aunque no abundante, provisión de agua. Mas la aparición de los árabes fue un duro golpe para Shard, ya que le demostraba que no había escapatoria posible; lo que más temía de ellos era sus cañones. Ante sus hombres quitó importancia a este hecho: les dijo que acabarían con el grupo en menos de media hora de enfrentamiento; sin embargo, temía que cuando llegaran los cañones sería sólo cuestión de tiempo que derribaran el aparejamiento o pusieran fuera de uso el gobierno.
En una cosa, y además muy útil, aventajaba el Desperate Lark a los árabes: en el preciso momento en que estaban a punto de descubrirles oscureció y entonces Shard utilizó un farol delantero, como no se había atrevido a hacer la primera noche en que se acercaron los árabes, y con su ayuda lograron hacer tres nudos. Los árabes acamparon al anochecer, y el Desperate Lark adelantó veinte nudos. Mas al siguiente atardecer aparecieron de nuevo en el horizonte, y esta vez avistaron las velas del Desperate Lark.
Al sexto día estaban cerca. Al séptimo, mucho más cerca. Y entonces Shard descubrió a través de sus amuras una franja de vegetación: era el río Níger.
Puede que supiera que, durante unas mil millas, el río seguía su curso a través de la selva, o puede incluso que ignorara su existencia; mas lo cierto es que jamás contó a sus hombres cuáles eran sus planes, o si vivía al día como un hombre cuyas horas están contadas. Tampoco me es posible añadir nada a este respecto, basándome en lo que oí a algunos marineros borrachos en ciertas tabernas que yo me sé. Su rostro se mantuvo inexpresivo y su boca cerrada, y su barco siguió el rumbo por él trazado. Al anochecer llegaron al comienzo de la selva, y los árabes acamparon y se retrasaron diez nudos más; el viento había amainado un poco.
Shard fondeó allí, un poco antes del ocaso, y desembarcó en seguida. Al principio exploró un poco la selva a pie. Luego mandó llamar a Dick el Español. Habían izado a bordo el cúter hacía algunos días, al comprobar que no podía resistir más. Shard no sabía cabalgar, mas mandó llamar a Dick el Español y le dijo que debía tomarle como pasajero. Así es que Dick el Español le montó en la parte delantera de la silla, "delante del mástil", como la llamaba Shard, y en seguida se alejaron al galope.
Tiempo borrascoso —dijo Shard, mas siguió inspeccionando la selva según la atravesaba; y en resumidas cuentas descubrió un lugar en donde la espesura era mucho menor, permitiendo el paso del Desperate Lark, aunque tendrían que talar unos veinte árboles. Shard señaló personalmente los árboles a derribar, mandó a Dick el Español que regresara inmediatamente a vigilar a los árabes y llevó al resto de la tripulación hasta aquellos veinte árboles. Era tremendamente arriesgado: el Desperate Lark quedaba vacío con el enemigo a no más de diez nudos, mas era ya tiempo de tomar medidas drásticas y Shard se arriesgó a abandonar su barco en el corazón de África con la esperanza de que sería compensado, escapando finalmente.
Los hombres trabajaron toda la noche en la tala de aquellos veinte árboles; los que no tenían hachas se tuvieron que conformar con sus leznas y después relevaron a los que sí las tenían.
Shard era infatigable; iba de árbol en árbol, mostrando exactamente la forma en que debía caer cada uno y lo que iba a hacerse con ellos cuando fueran derribados. Algunos tenían que ser cortados para que sus ramas no estorbaran a los mástiles, otros porque sus troncos se interponían al paso de las ruedas; en cuanto a estos últimos, el tocón debía ser cepillado y rebajado con sierras, y tal vez una porción del tronco aserrada y apartada. Ése era el trabajo más duro. Y todos eran grandes árboles; por otra parte, si hubieran sido pequeños, serían más numerosos y no habrían podido seguir adelante ni cien metros sin tener que talar alguno de ellos. Shard confiaba en disponer de tiempo para poder hacer todo eso.
Llegaron los primeros resplandores del amanecer y parecía que nunca iban a terminar. Finalmente amaneció y sólo faltaba un árbol por talar; la parte más pesada del trabajo la habían realizado por la noche, y una especie de ímpetu final acabó con todo a excepción de un árbol enorme. Entonces el cúter avisó que los árabes se habían puesto en movimiento. Habían rezado sus oraciones al alba y ahora habían levantado su campamento. Shard mandó inmediatamente a todos sus hombres al barco, excepto a diez, que dejó en el susodicho árbol; siempre tenían la posibilidad de irse, y además, los árabes se habían puesto en marcha sólo diez minutos antes de que ellos llegaran. Shard se metió en el cúter, perdiendo cinco minutos en la operación; luego izó la vela sin ayuda de nadie, lo que le llevó cinco minutos más, y lentamente se puso en camino.
El viento estaba amainando ya y, cuando el Desperate Lark llegó al comienzo de la franja de selva a través de la cual había trazado su rumbo, los árabes estaban a no más de cinco nudos de distancia. Shard había navegado hacia el este una media milla, que debió hacer de noche para estar preparado para el ataque, mas no pudo disponer de tiempo para pensar ni de hombres útiles, ocupados todos en la tala de árboles. Entonces Shard se metió en la selva y los árabes se quedaron atrás. Y cuando vieron que el Desperate Lark penetraba en la selva se apresuraron.
Estamos haciendo diez nudos —dijo Shard, mientras vigilaba a sus hombres desde cubierta. El Desperate Lark no hacía más de un nudo y medio, pues el viento era flojo al abrigo de los árboles. No obstante, durante algún tiempo todo fue bien. El árbol grande acababa de ser derribado, no muy lejos, y los diez hombres estaban troceando el tronco con sus sierras.
Entonces Shard avistó una rama que no había señalado en la carta náutica y que estaba a punto de alcanzar el extremo superior del palo mayor. Inmediatamente fondeó y envió a un hombre a la arboladura, el cual aserró el palo a medias, haciendo el resto con una pistola; ahora los árabes se encontraban a sólo tres nudos a popa. Durante un cuarto de milla, Shard les condujo a través de la selva hasta llegar al lugar en donde se encontraban los diez hombres y aquel nefasto árbol grande; todavía hubo que rebajarle otro pie a una de las esquinas del tocón para que las ruedas pudieran pasar. Shard envió a todos sus hombres disponibles al tocón y fue entonces cuando los árabes se pusieron a tiro. Sin embargo, no habían desembalado todavía su cañón. Y antes de que lo montaran, Shard se había largado. Si lo hubieran tenido cargado, podría haber sido diferente. Cuando vieron al Desperate Lark navegando de nuevo, los árabes avanzaron unas trescientas yardas y montaron allí dos cañones. Shard los vigilaba desde su cañón de popa, mas no pensaba disparar. Cuando los árabes comenzaron a disparar, los piratas se encontraban ya a seiscientas yardas; como dispararon prematuramente, los dos cañones fallaron. Y entonces Shard y sus compinches avistaron agua a sólo diez brazas al frente. Shard cargó su cañón de popa con metralla en lugar de proyectiles y en aquel mismo momento los árabes cargaron con sus camellos;venían al galope a través de la selva, portando largas lanzas. Shard dejó el gobierno a Smerdrak y permaneció junto al cañón de popa. Aunque los árabes estaban a menos de cincuenta yardas no disparó todavía; tenía a su lado, en la popa, a la mayor parte de sus hombres armados con mosquetes. Aquellos lanceros a lomos de camello tenían una gran ventaja sobre los espadachines a caballo: podían alcanzar a los hombres de cubierta. Los piratas podían ver las horribles puntas de hierro de las lanzas; ya los tenían casi encima cuando Shard disparó. Y en aquel mismo momento la reseca y agrietada quilla del Desperate Lark asomó por la ribera más alta del Níger y cayó en picado hacia adelante como si se zambullera. El cañón disparó entre las copas de los árboles, una ola invadió las amuras y barrió la popa, el Desperate Lark se enderezó y comenzó a deslizarse: estaba otra vez en su elemento.
Los piratas contemplaron las cubiertas mojadas y sus ropas goteantes. "Agua", dijeron casi perplejos.
Los árabes siguieron avanzando un poco más por la selva, mas cuando comprendieron que en lugar de a un solo cañón de popa tenían que enfrentarse a una batería de costado, y se dieron cuenta de que un barco a flote es menos vulnerable todavía a la caballería que en tierra firme, renunciaron a sus planes de venganza y se consolaron con unos versículos de su libro sagrado, que hacen referencia a cómo en otros tiempos y otros lugares nuestros enemigos serán castigados según nuestro deseo.
Impulsado por la corriente del Níger, y con la ayuda de ocasionales vientos, el Desperate Lark se dirigió hacia el mar por espacio de unas mil millas. Al principio, el curso del río seguía un poco hacia el este y luego hacia el sur, hasta llegar a Akassa y de allí a mar abierta.
No relataré aquí cómo cogieron peces y patos, ni cómo atacaron por sorpresa alguna aldea ocasionalmente y llegaron por fin a Akassa, pues ya he contado bastante acerca del capitán Shard. Imagínenselos acercándose cada vez más al mar y sintiendo, no obstante, algo parecido a lo que nosotros sentimos por nuestro rey, nuestra patria o nuestro hogar, sentimiento que les abrasaba en su interior no menos ardientemente que a nosotros los nuestros: su pasión por el mar. Imagínenselos aproximándose al mar hasta ver aparecer las aves marinas y sentir los efectos de las brisas de alta mar; entonces, cantarían de nuevo canciones que no habían cantado durante semanas. Imagínenselos finalmente navegando de nuevo por el salado Atlántico.
Ya he contado bastante acerca del capitán Shard y temo fatigarte, amable lector, si añado algo más acerca de tan cruel pirata. En lo alto de una torre, en solitario, yo también estoy cansado.
Y, sin embargo, es conveniente que semejante historia sea contada. Un viaje hacia el sur, casi en línea recta, desde las cercanías de Argel hasta Akassa, en un barco apenas equiparable a un yate, constituye un estímulo para los jóvenes.
Garantía para el lector
Desde que puse por escrito en tu honor, amable lector, esta larga historia que escuché en una taberna junto al mar, he viajado por Argelia y Túnez así como por el desierto. Gran parte de lo que vi en esos países parece poner en duda la historia que el marinero me contó. Para empezar, el desierto se encuentra a centenares de millas de la costa y lo atraviesan más montañas de lo que se suele suponer, en particular el Atlas. Es más que posible que Shard lo atravesara por El Cantara, siguiendo la ruta de los camellos, varias veces centenaria; o que pasara por Argel y Bou Saada, a través del desfiladero de El Finita Dem, aunque se trata de un paso bastante dificultoso para los camellos (y mucho más para unos bueyes arrastrando un barco), por cuya razón los árabes lo llaman Finita Dem, que quiere decir Sendero de Sangre.
Si el marinero hubiera estado sobrio cuando me la contó, no me habría atrevido a imprimir esta historia, por miedo a defraudarte, amable lector. Mas ése no fue el caso, como tuve buen cuidado de asegurarme: in vino veritas es un antiguo proverbio de comprobada eficacia, y nunca tuve motivo para dudar de su palabra... a menos que el proverbio mienta.
Únicamente aceptaría que me hubiera engañado a mí; mas si resultara también, querido lector, que has sido tú el engañado, lo poco que sé de él, el vulgar chismorreo de aquella vieja taberna cuyas ventanas emplomadas miran al mar, lo contaré inmediatamente a todos los jueces que conozco y será digno de ver cuál de ellos le ahorcará primero.
Entre tanto, amable lector, créete la historia en la seguridad de que, si te han dado gato por liebre, el asunto acabará en manos del verdugo.
[1] Bandera del Reino Unido (N. del T.)
[2] Ciudad turística al sudeste de Inglaterra junto al estuario del Támesis (N. del T )


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