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sábado, 26 de julio de 2008

JOHN MILTON -- EL PARAISO PERDIDO



John Milton
El Paraíso Perdido

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PRIMERA PARTE
ARGUMENTO

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Este primer libro contiene, en breves palabras, la exposición o asunto de todo el Poema: La Desobediencia del Hombre; y como consecuencia de ella, la pérdida del Paraíso donde moraba. Indícase también que el primer móvil de su caída fue la Serpiente o más bien Satanás, personificado en ella; el cual, rebelándose contra Dios y atrayendo a su partido numerosas legiones de ángeles fue, por disposición divina, arrojado del cielo y precipita-do con toda su hueste al profundo abismo.

Terminada esta exposición el poema prescinde de los demás antecedentes y representa a Satanás con sus án-geles sumidos ya en el infierno, que se describe aquí no como si estuviese situado en el centro del mundo (por-que debe suponerse que ni el cielo ni la tierra existían aún y por tanto no podían ser mansión de réprobos) sino en un lugar de extrañas tinieblas, llamado más propiamente caos. Lanzado allí, Satanás con todos los suyos, en medio de un lago ardiente herido del rayo y anonadado vuelve por fin en sí como al despertar de un sueño, llama al que yace junto a él, que es su segundo en poder y jerarquía, y ambos discurren sobre su miserable estado. Evoca el príncipe infernal a todas sus legiones, hasta entonces tan abatidas como él.

Levantándose a su voz unas tras otras: su número, su orden de batalla y sus principales jefes, cuyos nombres son los de los ídolos conocidos después en Canaán y las comarcas circunvecinas. En un discurso que Satanás les dirige, los alienta con la esperanza de recobrar el cielo, anunciándoles por último la creación de un nuevo mundo y de un nuevo ser conforme a una antigua profecía o tradición que se conserva en el cielo, pues era opinión de algunos Santos Padres que los ángeles existían mucho tiempo antes que este mundo visible.

Para averiguar la verdad de esta profecía y lo que en su consecuencia debiera hacerse, junta en consejo a los principales. El Pandemonio palacio de Satanás construido de pronto, surge del abismo, y en él tienen su consejo los próceres infernales.

Canta celeste Musa la primera desobediencia del hombre. Y el fruto de aquel árbol prohibido cuyo funesto manjar trajo la muerte al mundo y todos nuestros males con la pérdida del Edén, hasta que un Hombre, más grande, reconquistó para nosotros la mansión bienaventurada. En la secreta cima del Oreb o del Sinaí tú inspi-raste a aquel pastor que fue el primero en enseñar a la escogida grey cómo en su principio salieron del caos los cielos y la tierra; y si te place más la colina de Sión o el arroyo de Siloé que se deslizaba rápido junto al oráculo de Dios, allí invocaré tu auxilio en favor de mi osado canto; que no con débil vuelo pretendo remontarme sobre el monte Aonio al empeñarme en un asunto que ni en prosa ni en verso nadie intentó jamás.

Y tú singularmente ¡Oh Espíritu! que prefieres a todos los templos un corazón recto y puro, inspírame tu sa-biduría. Tú estabas presente desde el principio y desplegando como una paloma tus poderosas alas cubriste el vasto abismo haciéndolo fecundo, ilumina mi oscuridad; realza y alienta mi bajeza para que desde la altura de este gran propósito pueda glorificar a la Providencia eterna justificando las miras de Dios para con los hombres.

Di ante todo, ya que ni la celestial esfera ni la profunda extensión del infierno ocultan nada a tu vista, di qué causa movió a nuestros primeros padres, tan favorecidos del cielo en su feliz estado, a separarse de su Creador e incurrir en la única prohibición que les impuso siendo señores del mundo todo. ¿quién fue el primero que los incitó a su infame rebelión? la infernal Serpiente. Ella con su malicia animada por la envidia y el deseo de ven-ganza engañó a la Madre del género humano. Por su orgullo había sido arrojada del cielo con toda su hueste de ángeles rebeldes y con el auxilio de éstos, no bastándole eclipsar la gloria de sus próceres, confiaba en igualarse al Altísimo si el Altísimo se le oponía.
Para llevar a cabo su ambicioso intento contra el trono y la monarquía de Dios, movió en el cielo una guerra impía, una lucha temeraria que le fue inútil. El Todopoderoso lo arrojó de la etérea bóveda envuelto en abrasa-doras llamas; y con horrendo estrépito y ardiendo cayó en el abismo de perdición, para vivir entre diamantinas cadenas y en fuego eterno, él que osó retar con sus armas al Omnipotente.

Nueve veces habían recorrido el día y la noche, el espacio que miden entre los hombres desde que fue venci-do por su espantosa muchedumbre, revolcándose en medio del ardiente abismo aunque conservando su inmor-talidad.

Condenado quedaba empero a mayor despecho, toda vez que habían de atormentarle el recuerdo de la felici-dad perdida y el interminable dolor presente. Dirige en torno funestas miradas que revelan inmensa pena y profunda consternación, no menos que su tenaz orgullo y el odio más implacable; y abarcando cuanto a los ojos de los ángeles es posible contempla aquel lugar, desierto y sombrío, aquel antro horrible cerrado por todas partes y encendido como un gran horno. Pero sus llamas no prestan luz y las tinieblas ofrecen cuanto es bastan-te para descubrir cuadros de dolor, tristísimas regiones, lúgubre oscuridad, donde la paz y el reposo no pueden morar jamás, donde no llega ni aún la esperanza, que dondequiera existe. Allí no hay más que tormentos sin fin, y un diluvio de fuego alimentado por azufre, que arde sin consumirse.

Tal es el lugar que la Justicia eterna había preparado para aquellos rebeldes; y allí ordenó que estuviera su prisión en las más densas tinieblas, tres veces tan apartada de Dios y de la luz del cielo, cuanto lo está el centro del universo del más lejano polo. ¡Oh! ¡Qué diferencia entre esta morada y aquella de donde cayeron!

Presto divisa allí el Arcángel a los compañeros de su ruina envueltos entre las olas y torbellinos de una tem-pestad de fuego. Revolcábase también a su lado uno que era el más poderoso y criminal después de él, conocido mucho más tarde en Palestina con el nombre de Belcebú. El gran Enemigo en el cielo, rompiendo el hosco silencio, con arrogantes palabras comenzó a decir:

«Si tú eres aquel... pero ¡oh! ¡cuán abatido, cuán otro del que adornado de brillo deslumbrador en los felices reinos de la luz, sobrepujaba en esplendidez a millones de espíritus refulgentes...! Si tú eres aquel a quien una mutua alianza, un mismo pensamiento y resolución, e igual esperanza y audacia para la gloriosa empresa, unie-ron en otro tiempo conmigo como nos une ahora una misma ruina... mira desde qué altura y en qué abismo hemos caído por ser El mucho más prepotente con sus rayos. Pero, ¿quien había conocido hasta entonces la fuerza de sus terribles armas? Y a pesar de ellas a pesar de cuanto el Vencedor en su potente cólera pueda hacer aún contra mí, ni me arrepiento, ni he decaído, bien que menguada exteriormente mi brillantez, del firme áni-mo, del desdén supremo propios del que ve su mérito vilipendiado y que me impulsaron a luchar contra el Om-nipotente, llevando a la furiosa contienda innumerables fuerzas de espíritus armados, que osaron despreciar su dominación. Ellos me prefirieron oponiendo a su poder supremo otro contrario; y venidos a dudosa batalla en las llanuras del cielo, hicieron vacilar su trono.

«¿Qué importa perder el campo donde lidiamos? No se ha perdido todo. Con esta voluntad inflexible, este deseo de venganza, mi odio inmortal y un valor que no ha de someterse ni ceder jamás ¿cómo he de tenerme por subyugado? Ni su cólera ni su fuerza me arrebatarán nunca esta gloria: humillarme y pedir gracia doblada la rodilla y acatar un poder cuyo ascendiente ha puesto en duda, poco ha, mi terrible brazo. Y pues según ley del destino no pueden perecer la fuerza de los dioses ni la sustancia empírea, y por la experiencia de este gran acon-tecimiento vemos que nuestras armas no son peores, y que en previsión hemos ganado mucho, podremos resol-vernos a empeñar con más esperanza de éxito, por la astucia o por la fuerza, una guerra eterna e irreconciliable contra nuestro gran enemigo triunfante ahora, y que en el colmo de su júbilo impera como absoluto ejerciendo en el cielo su tiranía.»

Así habló el Ángel apóstata, aunque acongojado por el dolor; así se jactaba en alta voz, más poseído de una desesperación profunda; y de este modo le contestó enseguida su arrogante compañero: «¡Oh príncipe! ¡Oh caudillo de tantos tronos, que bajo tu enseña condujiste a la guerra a los serafines en orden de batalla, y que mostrando tu valor en terribles trances pusiste en peligro al Rey perpetuo del cielo, contrastando su soberano poder, débase éste a la fuerza, al acaso o al destino! Harto bien veo y maldigo el fatal suceso de una triste y vergonzosa derrota que nos arrebató el cielo. Todo este poderoso ejército se halla en la más horrible postración, y destruido hasta el punto que pueden estarlo los dioses y las divinas esencias, pues el pensamiento y el espíritu permanecen invencibles y el vigor se restaura pronto, por más que esté amortiguada nuestra gloria y que nuestra dichosa condición haya venido al más miserable estado. Pero, ¿y si el vencedor (forzoso me es ahora creerlo todopoderoso, pues a no serlo no habría conseguido avasallarnos), nos conserva todo nuestro espíritu y fortale-za para que mejor podamos sufrir y soportar las penas, para aplacar su vengativa cólera, o prestarle un servicio más rudo en el corazón del infierno, trabajando en medio del fuego, o sirviéndole de mensajeros en el negro abismo? ¿De qué nos ha de servir entonces conocer que no ha disminuido nuestra fuerza, ni se ha menoscabado la eternidad de nuestro ser para sufrir un castigo eterno?»

A lo que con estas breves palabras replicó el gran Enemigo: «Humillado Querubín, vileza es mostrarse débil, bien en las obras, bien en el sufrimiento. Ten por seguro que nuestro fin no consistirá nunca en hacer el bien; el mal será nuestra única delicia, por ser lo que contraría la Suprema Voluntad a que resistimos. Si de nuestro mal procura su providencia sacar el bien debemos esforzarnos en malograr su empeño, buscando hasta en el bien los medios de hacer el mal; y esto fácilmente podremos conseguirlo, de suerte que alguna vez lo enojemos, si no me engaño, y nos sea posible torcer sus profundas miras del punto a que se dirigen. Pero mira irritado el vence-dor, ha vuelto a convocar en las puertas del cielo a los ministros de su persecución y de su venganza. La lluvia de azufre que lanzó contra nosotros la tempestad, ha allanado la encrespada ola que desde el principio del cielo nos recibió al caer; el trueno, en alas de sus enrojecidos relámpagos y con su impetuosa furia, ha agotado quizá sus rayos, y no brama ya a través del insondable abismo. No dejemos escapar la ocasión que nos ofrece el des-cuido o el furor ya saciado de nuestro enemigo. ¿Ves aquella árida llanura, abandonada y agreste cercada de desolación sin más luz que la que debe al pálido y medroso resplandor de estas lívidas llamas? Salvémonos allí del embate de estas olas de fuego; reposemos en ella, si le es dado ofrecernos algún reposo, y reuniendo nues-tras afligidas huestes, vemos cómo será posible hostigar en adelante a nuestro enemigo, cómo reparar nuestra pérdida sobreponiéndonos a tan espantosa calamidad, y qué ayuda podemos hallar en la esperanza, si no nos sugiere algún intento la desesperación.»

Así hablaba Satán a su más cercano compañero, con la cabeza fuera de las olas y los ojos centelleantes. De desmesurada anchura y longitud, las demás partes de su cuerpo, tendido sobre el lago, ocupaba un espacio de muchas varas. Era su estatura tan enorme, como la de aquel que por su gigantesca corpulencia se designa en las fábulas con el nombre de Titán, hijo de la Tierra, el cual hizo la guerra a Júpiter, y cual la de Briareo o Tifón, cuya caverna se hallaba cerca de la antigua Tarso; tan grande como el Leviatán, monstruo marino a quien Dios hizo el mayor de todos los seres que mandan en las corrientes del océano. Duerme tranquilo entre las espumo-sas olas de Noruega, y con frecuencia acaece, según dicen los marineros, que el piloto de alguna barca perdida lo torna por una isla, echa el ancla sobre su escamosa piel, amarra a su costado, mientras las tinieblas de la noche cubren el mar, retardando la ansiada aurora. No menos enorme y gigantesco yacía el gran Enemigo enca-denado en el lago abrasador, y nunca hubiera podido levantar su cabeza, si por la voluntad y alta permisión del Regulador de los cielos, no hubiera quedado en libertad de llevar a cabo sus perversos designios, para que con sus repetidos crímenes atrajese sobre sí la condenación al fraguar el mal ajeno, y a fin de que en su impotente rabia viese que toda su malicia sólo había servido para que brillase más en el hombre a quien después sedujo, la infinita bondad, la gracia y la misericordia y en él resaltasen a la par su confusión, sus iras y su venganza.

Se enderezó de pronto sobre el lago, mostrando su poderoso cuerpo; rechaza con ambas manos las llamas que abren sus agudas puntas, y que rodando en forma de olas, dejan ver en el centro un horrendo valle; y desple-gando entonces las alas dirige a lo alto su vuelo y se mece sobre el tenebroso aire, no acostumbrado a semejante peso, hasta que por fin desciende a una tierra árida, si tierra puede llamarse la que está siempre ardiendo con fuego compacto, como el lago con fuego líquido. Tal es el aspecto que presentan, cuando por la violencia de un torbellino subterráneo se desprende una colina arrancada del Perolo o de los costados del mugiente Etna, las combustibles e inflamadas entrañas que, preñadas de fuego, se lanzan al espacio por el violento choque de los minerales y con el auxilio de los vientos, dejando un ardiente vacío envuelto en humo y corrompidos vapores. Semejante era la tierra en que puso Satán las plantas de sus pies malditos. Síguele Belcebú, su compañero y ambos se vanaglorian de haber escapado de la Estigia por su virtud de dioses, y por haber recobrado sus propias fuerzas, no por la condescendencia del Poder supremo.

«¿Es ésta la región, dijo entonces el preciso Arcángel, éste el país, el clima y la morada que debemos cambiar por el cielo, y esta tétrica oscuridad por la luz celeste? Séalo, pues el que ahora es soberano, sólo puede dispo-ner y ordenar es lo que justo se contempla; lo más preferible es lo que más nos aparte de él; que aunque la razón nos ha hecho iguales, él se nos ha sobrepuesto por la violencia. ¡Adiós, campos afortunados, donde reina la alegría perpetuamente! ¡Salud, mansión de horrores! ¡Salud, mundo infernal! Y tú, profundo Averno, recibe a tu nuevo señor, cuyo espíritu no cambiará nunca, ni con el tiempo, ni en lugar alguno. El espíritu vive en sí mismo, y en sí mismo puede hacer un cielo del infierno, o un infierno del cielo. ¿Qué importa el lugar donde yo resida, si soy el mismo que era, si lo soy todo, aunque inferior a aquel a quien el trueno ha hecho más podero-so? Aquí, al menos, seremos libres, pues no ha de haber hecho el Omnipotente este sitio para envidiárnoslo, ni querrá, por lo tanto, expulsarnos de él; aquí podremos reinar con seguridad, y para mí, reinar es ambición digna, aun cuando sea sobre el infierno, porque más vale reinar aquí, que servir en el cielo. Pero, ¿dejaremos a nues-tros fieles amigos, a los partícipes y compañeros de nuestra ruina, yacer anonadados en el lago del olvido? ¿No hemos de invitarlos a que compartan con nosotros esta triste mansión, o intentar una vez más, con nuestras fuerzas reunidas, si hay todavía algo que recobrar en el cielo, o más que perder en el infierno?»

Así hablaba Satán; y Belcebú le respondió así: «¡Caudillo de los ínclitos ejércitos, que por nadie sino por el Todopoderoso podían ser vencidos! Si otra vez oyen esa voz, seguro vaticinio de su esperanza en medio de sus temores y peligros, esa voz que ha resonado con tanta frecuencia en los trances más apurados, ya en el crítico momento del combate, o cuando arreciaba la lucha, y que era en todos los conflictos la señal indudable de la victoria, recobrarán de pronto nuevo valor y vida, aunque ahora giman lánguidos y postrados en el lago de fuego, y tan aturdidos y estupefactos como ha poco lo estábamos nosotros. Ni esto es de extrañar, habiendo caído desde tan funesta altura.»

No bien había acabado de decir esto, cuando el réprobo Príncipe se dirigió hacia la orilla. Pesado escudo de etéreo temple, macizo y redondo, pendía de sus espaldas, cubriéndolas con su inmenso disco, semejante a la luna, cuya órbita observa por la noche a través de un cristal óptico el astrónomo toscano, desde la cima del Fiésole o en el valle del Amo, para descubrir nuevas tierras, ríos y montañas en su manchada esfera. La lanza de Satán, junto a la cual parecía una caña el más alto pino cortado en los montes de Noruega para convertirlo en mástil de un gran navío almirante, le ayuda a sostener sus inseguros pasos sobre la ardiente arena, pasos muy diferentes de aquellos con que recorría la azulada bóveda. Una zona tórrida, rodeada de fuego, lo martiriza con sus ardores; pero todo lo sufre, hasta que llega por fin a la orilla de aquel inflamado mar.

Desde allí llama a sus legiones, especie de ángeles degenerados, que yacen en espeso montón, como las hojas de otoño de que están cubiertos los arroyos de Valleumbrosa, donde los bosques de Etruria forman elevados arcos de ramaje; como los juncos flotan dispersos por el agua, cuando Orión, armado de impetuosos vientos, combate las costas del mar Rojo; del mar cuyas olas derribaron a Busiris y a la caballería de Menfis, que perse-guía con pérfido encono a los moradores de Gessén, los cuales vieron desde la segura orilla cubiertas las aguas de enemigas aljabas y ruedas de sus destrozados carros. Así esparcidas, desalentadas y abyectas, llenaban el lago aquellas legiones asombradas al contemplar su horrible transformación.

Y Satán alzó su voz, de modo que resonó en todos los ámbitos del infierno: «¡Príncipes potentados, guerre-ros, esplendor del cielo que un día fue vuestro, y que habéis perdido! ¡Qué tal estupor se haya apoderado de unos espíritus eternos! ¿O es que habéis elegido este sitio después de las fatigas de la batalla para dar reposo a vuestro valor, porque tan dulce os es dormir aquí como en los valles del cielo? ¿Habéis jurado acaso adorar al vencedor en esa actitud humilde? El os contempla ahora, querubines y serafines, revolcándoos en el lago con las armas y banderas destrozadas; hasta que sus alados ministros observen desde las puertas del cielo su venta-josa posición, y bajen para afrentarnos, viéndonos tan amilanados, o para confundirnos con sus rayos en el fondo de este abismo. ¡Despertad: levantaos; o permaneced para siempre envilecidos!», y avergonzados se levantaron; apoyándose sobre un ala, como el centinela que debiendo velar, es sorprendido al dejarse vencer del sueño por su severo jefe, y, soñoliento aún, procura parecer despierto. No ignoraban cuán desgraciada era su situación, ni dejaban de experimentar acerba pena; pero todas aquellas innumerables falanges obedecen al pun-to a la voz de su general.

Así como, agitando al aire su poderosa vara el hijo de Amram, en días aciagos para Egipto, atrajo en alas del viento de oriente la negra nube de langostas, que cayendo como la noche sobre el reino del impío Faraón, enne-grecieron toda la tierra del Nilo; así en innumerable muchedumbre revoloteaban bajo la bóveda del infierno los ángeles protervos, cercados de llamas por todas partes hasta que, levantando su lanza el gran caudillo, como para señalarles el punto adonde habían de dirigir su vuelo, se precipitaron con movimiento uniforme sobre la tierra de endurecido azufre, y ocuparon la llanura toda. No salió nunca multitud tan grande de entre los hielos del populoso Norte para cruzar el Rhin o el Danubio, al arrojarse sus bárbaros hijos como un diluvio sobre el Mediodía, y extenderse desde las costas de Gibraltar hasta los arenales de Libia.

De cada escuadrón y de cada hueste acuden al punto los guías y capitanes a donde se hallaba su supremo jefe. Asemejaban dioses por su estatura y sus formas, superiores a las humanas; príncipes reales; potestades que en otro tiempo ocupaban sus tronos en el cielo, aunque en los anales celestes no se conserve ahora memoria de sus nombres, borrados ya, por su rebelión, del libro de la vida. No habían adquirido aún denominación propia entre los hijos de Eva; pero cuando errantes sobre la tierra, con superior permiso de Dios para probar al hombre, corrompieron a la mayor parte del género humano a fuerza de imposturas, induciéndoles a que abandonaran a su Creador, a que venerasen a los demonios como deidades y a transformar con frecuencia la gloria invisible de aquel a quien debían el ser en la imagen de un bruto para tributar brillantes cultos de pomposa adoración y oro; entonces fueron conocidos con varios nombres y en el mundo pagano bajo las formas de varios ídolos.

Dime ¡oh Musa! cuáles eran; quién fue el primero, o quién el último que sacudió el sueño en aquel lago de fuego para acudir al llamamiento de su soberano; cómo los más cercanos a él en dignidad fueron presentándose en la desnuda playa, mientras la confusa multitud aún permanecía alejada.

Los principales eran aquellos que saliendo del abismo infernal para apoderarse en la tierra de su presa, tuvie-ron mucho después la audacia de fijar su residencia cerca de la de Dios y sus altares junto al suyo; dioses ado-rados entre las naciones vecinas que se atrevieron a disputar su imperio a Jehová, cuando fulminaba sus rayos desde Sión y asentaba su trono entre los querubines. Hasta en el mismo santuario llegaron no una vez sola a introducirse; y ¡oh abominación! profanaron con un culto maldito las ceremonias sagradas y las fiestas más solemnes y a la luz de la verdad osaron oponerse con sus tinieblas.

Primero Moloc, rey horrible, manchado con la sangre de los sacrificios humanos y destilando lágrimas pater-nales aunque con el estrépito de tambores y timbales, no fueron oídos los gritos de los hijos arrojados al fuego para ser después ofrecidos al execrable ídolo. Los Ammonitas lo adoraron en la húmeda llanura de Rabba, en Argob y en Basán hasta las extremas corrientes del Arnón; y no contento con tan dilatado imperio, indujo por medio de engaños al sabio Salomón a que le erigiera un templo frente al de Dios, en el monte del Oprobio, consagrándole luego un bosque en el risueño valle de Hinnón, llamado desde entonces Tophet y negro Gehen-na, verdadero emblema del infierno.

A Moloc seguía Chamós, obsceno numen de los hijos de Moab, desde Aroax hasta Nebo y el desierto más meridional de Abarim; en Hesebón y Horonaim, reino de Seón; allende el floreciente valle de Sibma, tapizado de frondosas vides y en Elealé, hasta el Asfaltite. Llamábase también Péor, cuando en Sittim incitó a los israeli-tas que bajaban por el Nilo a que le hicieran lúbricas oblaciones, que tantas calamidades les produjeron. De allí propagó sus lascivas orgías hasta el monte del Escándalo, cercano al bosque del homicida Moloc, donde se unieron la disolución y el odio, hasta que el piadoso Josías los desterró al infierno.

Con estas divinidades llegaron aquellas que desde las orillas del antiguo Eúfrates hasta la corriente que separa a Egipto de las tierras sirias, son generalmente conocidas con los nombres de Baal y de Ascaro, varón el prime-ro y la segunda hembra pues los espíritus se transforman a su antojo en uno u otro sexo, o se apropian ambos a la vez, porque su esencia es sencilla y pura, que no está enlazada ni sujeta con músculos ni nervios, ni se apoya en la frágil fuerza de los huesos como nuestra pesada carne, sino que toma la forma que más le place, ancha o estrecha, brillante u opaca, y así pueden realizar sus ilusiones y satisfacer sus afectos de amor o de odio. Por estas divinidades abandonaron a menudo los hijos de Israel a quien les daba vida, dejando de frecuentar su altar legítimo para prosternarse vilmente ante brutales dioses; y a esto se debió que, rendidos sus cuellos en lo más recio de las batallas, sirvieran de trofeo a la lanza del enemigo más despreciable.
Tras esta turba de divinidades apareció Astoret, a quien los Fenicios llaman Astarté reina del cielo, con una media luna por corona; a cuya brillante imagen rinden himnos y votos las vírgenes de Sidón, a la luz del astro de la noche. Los mismos cantos resonaban en Sión, donde se elevaba su templo en el monte de la iniquidad, templo que edificó el afeminado rey, cuyo corazón, aunque generoso, cedió a los halagos de idólatras hermosu-ras, e inclinó la frente ante su infame culto.

En seguida iba Tamuz, cuya herida, que se renueva anualmente, congrega en el Líbano a las jóvenes Sirias, para dolerse del infortunio del dios; las cuales durante todo un día de verano entonan plegarias amorosas, mien-tras el río Adonis deslizándose mansamente de su cautiva roca lleva al mar su purpúrea linfa, que se supone enrojecida con la sangre de Tamuz a consecuencia de su anual herida; amorosa fábula, que comunicó el mismo ardor a las hijas de Sión, cuyas lascivas pasiones condenó Ezequiel bajo el sagrado pórtico, al descubrir en una de sus visiones negras idolatrías de la infiel Judá.

Detrás estaba al que lloró amargamente cuando al pie del arca cautiva cayó su grosero ídolo mutilado, corta-das cabezas y manos, en el umbral de la puerta de su propio santuario, donde rodaron sus restos con mengua de sus adoradores. Dagón es su nombre, monstruo marino que tiene de hombre la mitad superior del cuerpo y de pescado la inferior; mas a pesar de ello ostentaba un alto templo en Azot, y era temido en toda la costa de Pales-tina, en Gata, en Ascalón y Ascarón y hasta en los límites de la frontera de Gaza,

Seguía Rimmón cuya deliciosa morada era la bella Damasco en las fértiles orillas del Ablana y del Farfar, apacibles y cristalinos ríos. También éste fue osado contra la casa de Dios; por el leproso que perdió una vez, se ganó un rey, a Acaz, su imbécil conquistador, a quien apartó del ara del Señor, poniendo en su lugar otra al estilo sirio, sobre la cual depositó Acaz sus impías ofrendas, adorando a los dioses a quienes había vencido.

Aparecieron después en numerosa cohorte aquellos que bajo nombres, un día famosos, Osiris, Isis, Oro y su séquito de monstruos y supersticiones, abusaron del fanático Egipto y de sus sacerdotes, los cuales se forjaron divinidades errantes, encubiertas bajo formas de irracionales, más bien que humanas. Ni se libró Israel de aquel contagio, cuando transformó en oro prestado el becerro de Oreb; crimen en que reincidió un rey rebelde en Bete y en Dan presentando bajo la apariencia de aquel pesado animal a su creador, Jehová, que al pasar una noche por Egipto aniquiló de un solo golpe a sus primogénitos y a sus rumiantes dioses.

El último fue Belial. Nunca cayó del cielo espíritu más impuro ni más torpemente inclinado al vicio por el vi-cio mismo. No se elevó en su honor templo alguno ni humeaba ningún altar; pero, ¿quién se halla con más frecuencia en los templos y los altares, cuando el sacerdote reniega de Dios, como renegaron los hijos de Elí, que mancharon la casa divina con sus violencias y prostituciones? Reina también en los palacios, en las cortes y en las corrompidas ciudades donde el escandaloso estruendo de ultrajes y de improperios se eleva sobre las más altas torres y cuando la noche tiende su manto por las calles, ve vagabundear por ellas a los hijos de Belial, repletos de insolencia y vino. Testigos las calles de Sodoma y la noche de Gabaa, cuando fue menester exponer en la puerta hospitalaria a una matrona para evitar rapto más odios.

Estos eran los principales en grado y poderío; los demás sería prolijo enumerarlos aunque muy célebres en lejanas regiones: dioses de Jonia a quienes la posteridad de Javán tuvo por tales, pero reconocidos como poste-riores al cielo y a la tierra, padres de todos ellos. Titán, primer hijo del cielo con su numerosa prole y su dere-cho de primogenitura usurpado por Saturno, más joven que él; del mismo modo a éste se lo arrebató el podero-so Júpiter, su propio hijo y de Rhea, que fundó en tal usurpación su imperio. Estos dioses conocidos primero en Creta y en el monte Ida y después en la nevada cima del frío Olimpo, gobernaron en la región media del aire, su más elevado cielo o en las rocas de Delfos o en Dodona, y en toda la extensión de la tierra Dórica. Otro huyó con el viejo Saturno por el Adriático a los campos de Hesperia, y por el país de los celtas arribó a las más remo-tas islas.

Todos estos y más llegaron en tropel, pero con los ojos bajos y llorosos; aunque a vueltas de su sombrío ceño, se echaba de ver un destello de alegría; que no hallaban a su caudillo desesperado ni ellos se contemplaban aniquilados, en medio de toda aquella destrucción. Se notaba esperanza en el dudoso gesto de Satán, y reco-brando de pronto su acostumbrado orgullo prorrumpió en recias voces, con entereza más simulada que verdade-ra y poco a poco reanimó el desfallecido aliento de los suyos disipando sus temores.

De repente ordena que al bélico son de trompetas y clarines se enarbole su poderoso estandarte; Azazel, gran querubín, reclama de derecho tan envidiable honor, y desenvuelve de la luciente asta la bandera imperial, que enarbolada y tendida al aire, brilla como un meteoro, con las perlas y preciosos metales que realzan las armas y trofeos de los serafines. Entretanto resuenan los ecos marciales del sonoro bronce, a los que responde el ejército todo con un grito atronador, que retumbado en las concavidades del infierno lleva el espanto más allá del impe-rio del caos y la antigua noche.

De repente aparecen en medio de las tinieblas diez mil banderas que ondean en los aires ostentando sus orien-tales colores, y en derredor de ellas un bosque inmenso de lanzas y apiñados cascos. Se oprimen los escudos en una línea de impenetrable espesor y a poco empiezan a moverse los guerreros, formando una perfecta falange, al compás del modo dórico, que resuena en flautas y suaves oboes. Tales eran los acentos que inspiraban a los antiguos héroes armados para el combate, en vez de furor, una noble calma, un valor sereno, que se sobreponía al temor, a la muerte y a la cobardía de la fuga o de una vergonzosa retirada; concierto que con sus acordes religiosos bastaba a tranquilizar el ánimo turbado, a desterrar la angustia, la duda, el temor y el pesar, y a miti-gar el sobresalto del corazón así en los hombres como en los dioses.

Unidas así sus fuerzas y con un pensamiento fijo, marchaban silenciosos los ángeles caídos al son de los dul-ces instrumentos, que hacían menos dolorosos sus pasos sobre aquel suelo abrasador; y cuando hubieron avan-zado todos hasta ponerse al alcance de la vista, se detuvieron, presentando su horrible frente, de espantosa lon-gitud. Brillaban sus armas como las de los antiguos guerreros y alineados con sus escudos y lanzas, esperaban la orden que debía dictarles el soberano.

Fija Satán su experta vista en las compactas filas; de una ojeada recorre toda la hueste; ve el buen orden de los combatientes, sus semblantes, su estatura como la de los dioses y calcula por último su número. Dilátase entonces su corazón lleno de orgullo, y se vanagloria al verse tan poderoso, pues desde que fue creado el hom-bre, no se había reunido fuerza tan formidable. A su lado cualquiera otra sería tan despreciable como los pig-meos de la india que guerrean con las grullas aun cuando se agregase la raza gigantesca de Flegra con la heroica que luchó delante de Tebas y de Ilión, donde por una y otra parte se mezclaban dioses auxiliares; aunque se uniesen aquellos que celebran fábulas y leyendas al hablar del hijo de Utero, rodeado de caballeros de la Armó-rica y de Bretaña; aunque se juntaran, en fin, todos los que después, cristianos o infieles, lidiaron en Aspromon-te o Montaubán, en Damasco, Marruecos o Traspisonda, o los que Biserta envió desde la playa africana cuando Carlomagno y sus pares fueron derrotados en Fuenterrabía.

Superior aquel ejército de espíritus a todos los de los mortales, observaba a su jefe, que superando a su vez a cuantos le rodeaban por su estatura y lo imperioso de su soberbio aspecto, se elevaba como una torre. No había perdido aún la primitiva belleza de sus formas, ni dejaba de parecer un arcángel destronado, en quien se traslu-cía aún la majestad de su pasada gloria; era comparable con el sol naciente cuando sus rayos atraviesan con dificultad la niebla, o cuando situado a espaldas de la luna en los sombríos eclipses difunde un crepúsculo fu-nesto y atormenta a los reyes con el temor que inspiran sus revoluciones. Así oscurecido, brillaba más el arcán-gel que todos sus compañeros; pero surcaban su rastro profundas cicatrices causadas por el rayo, y en la inquie-tud que en sus demacradas mejillas y bajo sus cejas se retrataba, al par que en su intrepidez, e indomable orgu-llo, parecía anhelar el momento de la venganza. Cruel era su mirada, aunque en ella se descubrían indicios de remordimiento y de compasión al fijarla en sus cómplices, en sus secuaces más bien, tan distintos de lo que eran en la mansión bienaventurada, y a la sazón condenados para siempre a ser participes de su pena: millones de espíritus que por su falta se hallaban sometidos a los rigores del cielo, expulsados por su rebelión de los resplandores eternos, y que habían mancillado su gloria por permanecerle fieles. Asemejábanse a las encinas del bosque o a los pinos de la montaña, desnudos de su corteza por el fuego del cielo, pero cuyos majestuosos troncos, aunque destrozados, subsisten en pie sobre la abrasada tierra.

Prepárase a hablar Satán, y se inclinan de una a otra ala las dobles filas de sus guerreros, rodeándole en parte todos sus capitanes, a quienes la atención hace enmudecer. Tres veces intenta el Arcángel comenzar y otras tantas, con mengua de su orgullo, brotan de sus ojos lágrimas como las que pueden verter los ángeles; pero al fin se abren paso las palabras por en medio de sus suspiros.

«¡Legiones sin cuento de espíritus inmortales! ¡Dioses con quienes solo puede igualarse el Omnipotente! No dejó aquel combate de ser glorioso, por más que el resultado fuese funesto, como lo atestigua este lugar y este terrible cambio sobre el que es odioso discurrir. ¿Pero qué espíritu, por previsor que fuera, y por más que tuvie-ra profundo conocimiento de lo pasado y de lo presente habría temido que la fuerza unida de tantos dioses, y dioses como éstos, llegaría a ser rechazada? ¿Quién podría creer aún después de nuestra derrota, que todas estas poderosas legiones cuyo destierro ha dejado desierto el cielo, no volverían en sí, levantándose a recobrar su primitiva morada? En cuanto a mí, todo el celeste ejército es testigo de que ni los pareceres al mío contrarios, ni los peligros en que me he visto han podido frustrar mis esperanzas; pero Aquel que reinando como monarca en el cielo, había estado hasta entonces seguro sobre su trono, sostenido por una antigua reputación, por el consen-timiento o la costumbre, hacía ante nosotros ostentación de su pompa regia, mas nos ocultaba su fuerza, con lo que nos alentó a la empresa que ha sido causa de nuestra ruina. De hoy más sabemos cuál es su poder y cuál el nuestro, de suerte que si no provocamos, tampoco tememos que se nos declare una nueva guerra. El mejor partido que nos resta, es fomentar algún secreto designio para obtener por astucia o por artificio lo que no hemos conseguido por fuerza; para que al fin podamos probarle que el que vence por la fuerza, no triunfa sino a medias de su enemigo. Puede el espacio producir nuevos mundos; y sobre esto circulaba en el cielo ha tiempo un rumor, respecto a que el Omnipotente pensaba crear en breve una generación que sus predilectas miradas contemplarían como igual a la de los hijos del cielo. Contra este mundo intentaremos acaso nuestra primera agresión, siquiera sea por vía de ensayo; contra ése o cualquiera otro, porque este antro infernal no retendrá cautivos para siempre a los espíritus celestiales, ni estarán sumidos mucho tiempo en las tinieblas del abismo. Tales proyectos sin embargo deben madurarse en pleno consejo. Ya no queda esperanza de nada porque ¿quién pensaría en someterse? ¡Guerra pues! ¡Guerra franca o encubierta es lo que debemos determinar!»

Dijo, y en muestra de aprobación levantáronse en alto millones de flamígeras espadas que desenvainaron los poderosos querubines. Su repentino fulgor ilumina en torno el Infierno; lanzan los demonios gritos de rabia contra el Todopoderoso, y enfurecidos, y empuñando sus armas, golpean los escudos con belicoso estruendo, lanzando un reto a la bóveda celeste.

Elevábase a poca distancia una colina, cuya horrible cima exhalaba sin cesar fuego y columnas de humo, mientras lo restante de la eminencia brillaba con una capa lustrosa, señal indudable de que en sus entrañas se ocultaba una sustancia metálica, producida por el azufre. Por allí en alas del viento se precipitaba una numerosa falange, semejante a las escuadras de peones que armados de picos y azadas, se esparcen por los reales para construir una trinchera o levantar un parapeto. Mammón es quien la conduce; Mammón, el menos altivo de los espíritus caídos del cielo, pues aún en éste sus miradas y pensamientos se dirigían siempre hacia abajo, admi-rando más las riquezas del pavimento celestial, donde se pisa el oro, que cuantas cosas divinas o sagradas se gozan en la visión beatífica de la tierra, y con impías manos arrancaron a su madre las entrañas para apoderarse de tesoros que valdría más estuviesen para siempre ocultos. Abrió en breve la gente de Mammón una ancha brecha en la montaña, y extrajo de sus simas grandes porciones de oro. ¿Por qué hemos de admirarnos de que se reproduzcan las riquezas en el infierno, si sus senos son los más a propósito para tan precioso tósigo? Los que aquí se vanaglorian de las cosas mortales, y hablan maravillados de Babel y de las obras de los reyes de Menfis, sepan que los más célebres monumentos del poder y del arte humanos quedarían fácilmente eclipsados junto a los que los espíritus réprobos construyen. Ellos fabrican en una hora lo que los reyes, con incesantes trabajos e innumerables brazos, pueden acabar apenas. Cerca de allí, en la llanura, funden otros con arte maravilloso el mineral macizo en inmensos hornillos preparados al efecto, por debajo de los cuales pasa una corriente de fuego líquido que sale del lago y separa cada aspecto, sacando las escorias de entre los terrones de oro. Otros en fin forman con igual prontitud en la tierra diferentes moldes, y por medio de un admirable artificio llenan cada uno de aquellos profundos huecos con la materia de los ardientes crisoles, del mismo modo que en el órgano un solo soplo de viento, repartido entre varias series de tubos, produce todas sus armonías.

De repente al compás de una deliciosa música y dulces cantos, brota de la tierra como vaporosa llama un edi-ficio inmenso, construido como un templo y rodeado de pilastras y columnas dóricas, coronadas por un arqui-trabe de oro. No faltaban allí cornisas ni frisos con sus bajos relieves, y la techumbre era de oro cincelado. Ni Babilonia ni la grandiosa Menfis alcanzaron en sus días de gloria semejante magnificencia para honrar a sus dioses Belo o Serapis, o para entronizar a sus reyes cuando el Egipto y la Asiria rivalizaban en riquezas y osten-tación.

Queda fija por fin la ascendente mole ostentando su majestuosa altura; y abriéndose de pronto las puertas de bronce, dejan ver interiormente su vasto espacio y toda la extensión de su pavimento terso y pulimentado. De la arqueada bóveda penden, por una sutil combinación mágica, varias filas de radiantes lámparas y esplendorosos fanales, que alimentados por la nafta y el asfalto difunden la luz como los astros de un firmamento. Penetra apresuradamente la multitud en aquel recinto, admirándolo todos, y unos ensalzan la obra y otros al arquitecto. Dióse a conocer su mano en el cielo por la construcción de varias elevadas torres, donde los ángeles que empu-ñaban cetro tenían su residencia y trono de príncipes. El supremo Soberano los elevó a tal poder encargándoles que gobernasen las celestiales milicias cada cual conforme a su jerarquía.

Ni fue el mismo arquitecto desconocido, ni careció de adoradores en la antigua Grecia; los hombres de Auso-nia lo llamaron Múlciber. Contaba la fábula cómo fue arrojado por la ira de Júpiter, y por encima de los crista-linos muros del cielo, rodando todo un día de estío desde la mañana al mediodía y desde el mediodía hasta la noche, y al ponerse el sol cayó el cenit, como una estrella volante en Lemos, isla del mar Egeo.

Referíanlo así los hombres Y se equivocaban, pues la caída de Múlciber con su rebelde hueste tuvo lugar mu-cho tiempo antes. De nada le valió haber construido elevadas torres en el cielo ni se salvó a pesar de todas sus máquinas siendo arrojado de cabeza con su industriosa horda para que construyera en el infierno.

Entretanto los heraldos alados, por orden del soberano poder, con imponente aparato y a son de trompetas, proclaman en todo el ejército la convocación de un consejo solemne que debe reunirse inmediatamente en el «Pandemonium», capital de Satán y de sus magnates. Intiman el llamamiento a los más dignos por su clase, o por elección en cada hueste y legión regular, los cuales acuden al instante en grupos de ciento y de mil con su correspondiente séquito. Todas las avenidas están ocupadas, obstruidas las puertas, los espaciosos pórticos del templo y sobre todo el inmenso salón semejante a un campo cerrado, donde los bravos campeones acostumbran a cabalgar con todas sus armas ante el trono del sultán, retando a la caballería pagana a un combate a muerte o a romper lanzas.
Bulle apiñado el enjambre de espíritus, así en la tierra como en el aire, agitando sus ruidosas alas. Como en la primavera cuando se halla el sol en Tauro, hacen las abejas salir en grupos alrededor de la colmena a su populo-sa prole y revolotean acá y allá entre las flores húmedas de rocío o sobre la plancha unida que forma la expla-nada de su pajiza ciudadela, cubierta de reciente néctar y allí discuten y acuerdan sobre sus negocios de Estado, así revoloteaban y se comprimían aquellas numerosas legiones aéreas hasta el momento de darse la voz de alerta. Pero ¡oh maravilla!, los que antes semejaban superar en altura a los gigantes hijos de la Tierra, son ahora menores que los enanos más pequeños, amontonándose innumerables en un reducido espacio, parecidos a los pigmeos que se encuentran allende las montañas de la India, o a los duendes que el rezagado campesino ve o imagina ver en sus conciliábulos de medianoche, junto al lindero de un bosque o a la orilla de una fuente, mien-tras sobre su cabeza sigue tranquila la luna su pálido curso, acercándose más a la tierra, y los locuaces espíritus entregados a sus danzas y juegos halagan el oído del aldeano, cuyo corazón late a la vez de regocijo y miedo.

De este modo aquellos espíritus incorpóreos redujeron su inmensa estatura a las más diminutas formas, y casi todos se hallaron, aunque seguían siendo innumerables, en el salón de aquella corte infernal. Pero más allá, interiormente, en sus verdaderas proporciones y entre sí muy semejantes, hallábanse reunidos en un sitio retira-do los grandes señores seráficos y los querubines; y mil semidioses, sentados en sillas de oro, constituían en secreto cónclave un consejo pleno, en que después de breve silencio, y leída la convocatoria, comenzó la so-lemne deliberación.
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SEGUNDA PARTE
ARGUMENTO
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Congregado el Consejo, consúltale Satán sobre si deber aventurarse otra batalla para recobrar el cielo; algu-nos son de este parecer; mas no todos opinan lo mismo. Prefieren otro recurso indicado antes por Satán que consiste en averiguar la verdad de aquella profecía o tradición del cielo relativa a otro mundo y otra especie de criaturas, iguales, o no muy inferiores a los ángeles, y que debían crearse por aquel tiempo. Dudan respecto a quién se encargará de tan difícil empresa; pero Satán se ofrece a hacer solo el viaje, y prorrumpen todos en demostraciones de aplauso y júbilo. Terminado así el Consejo, retíranse los espíritus por diferentes caminos, para dedicarse a ocupaciones diversas, según las aficiones de cada cual, y para dar tiempo a que vuelva Satanás. Llega éste entretanto a las puertas del infierno que encuentra cerradas. Refiérese a quiénes estaban allí para guardarlas, y cómo abriéndoselas al fin le muestran el gran abismo que hay entre el infierno y el cielo. Atravié-salo con gran dificultad, guiado por el Caos, soberano de aquel lugar, hasta que llega a la vista del muevo mun-do que buscaba.

En un trono de excelsa majestad, muy superior en esplendidez a todas las riquezas de Ormuz y de la India, y de las regiones en que el suntuoso Oriente vierte con opulenta mano sobre sus reyes bárbaros perlas y oro, en-cúmbrase Satán, exaltado por sus méritos a tan impía eminencia; y aunque la desesperación lo ha puesto en dignidad tal como no podía esperar, todavía ambiciona mayor altura; y tenaz en su inútil guerra contra los cie-los no escarmentado por el desastre, da rienda así a su altiva imaginación: «¡Potestades y dominaciones, núme-nes celestiales! Pues no hay abismo que pueda sujetar en sus antros vigor tan inmortal como el nuestro, aunque oprimido y postrado ahora no doy por perdido el cielo. Después de esta humillación, se levantarán las virtudes celestes más gloriosas y formidables que antes de su caída, y se asegurarán por sí mismas del temor de una segunda catástrofe. Aunque la justicia de mi cerebro y las leyes constantes del cielo me designaron desde luego como vuestro caudillo, lo soy también por vuestra libre elección, y por los méritos que haya podido contraer en el consejo o en el combate; de modo que nuestra pérdida se ha reparado, en gran parte al menos, dado que me coloca en un trono más seguro, no envidiado y cedido con pleno consentimiento. En el cielo el que más feliz es por su elevación y su dignidad, puede excitar la envidia de un inferior cualquiera; pero aquí, ¿quién ha de envi-diar al que, ocupando el lugar más alto, se halla más expuesto, por ser vuestro antemural a los tiros del Tonante, y condenado a sufrir lo más duro de estos tormentos interminables? Donde no hay ningún bien que disputar, no puede alzarse en guerra facción alguna, pues nadie reclamará, seguramente, el bienestar del infierno; nadie tiene escasa participación en la pena actual, para codiciar por espíritu de ambición, otra más grande. Con esta venta-ja, pues, para nuestra unión, esta fe ciega e indisoluble concordia, que no se conocerán mayores en el cielo, venimos ya a reclamar nuestra antigua herencia, más seguros de triunfar que si nos lo asegurase el triunfo mis-mo. Pero cuál sea el medio mejor, si la guerra abierta o la guerra oculta, ahora lo examinaremos; hable quien se sienta capaz de dar consejo.»

Calló Satán y hallándose inmediato Moloch, rey que empuñaba cetro, se puso en pie. Era el más denodado y soberbio de todos los espíritus que combatieron en el cielo, y su desesperación le comunicaba ahora mayor fiereza. Pretendía ser igual en poderío al Eterno, y antes que reputarse inferior, dejar de existir porque sin este cuidado nada tenía que lo intimidase. Menospreciaba a Dios y al infierno y cuanto hubiese más horroroso que éste; y así prorrumpió en los siguientes términos: «¡Guerra abierta! Este es mi parecer. No soy experto en ardi-des, ni me vanaglorio de tal. Conspiren los que lo necesiten, mas cuando sea necesario no ahora. Pues qué, mientras ellos sosegadamente urden sus tramas ¿han de permanecer en pie y armados millones de espíritus que, ansiando la señal de desplegar sus alas, yacen aquí expatriados del cielo, sin más morada que esta sombría caverna, destierro infame y prisión de un tirano que reina por nuestra apatía? No; prefiramos armarnos del furor y las llamas del infierno; abrámonos todos a la vez sobre las elevadas torres del cielo, un camino en que no pueda oponernos resistencia, transformando nuestros tormentos en horribles armas contra el verdugo; que al estrépito de sus poderosos rayos responda nuestro infernal trueno, y vea los relámpagos convertidos en negra y horrorosa llama lanzada con igual rabia contra sus ángeles, y hasta su mismo trono envuelto entre el azufre del Tártaro y el extraño fuego que inventó para atormentarnos. Parecerá acaso difícil y escarpado el camino para escalar con seguro vuelo la altura de enemigo tan poderoso; pero recuerden los que esto crean, si no están ale-targados aún con el soñoliento vapor de este lago del olvido que por nuestro propio impulso nos elevamos a nuestra primitiva morada, y que el bajar y caer son contra nuestra naturaleza; pues cuando últimamente el fiero Enemigo daba sobre nuestra destrozada retaguardia, insultándonos y persiguiéndonos a través del abismo ¿quién no sintió cuán pesado era nuestro vuelo al sumirnos en este precipicio? El ascender, pues, nos será muy fácil.

«Témese el resultado de provocar a quien es tan fuerte para que imagine en su cólera algún recurso que acabe de aniquilarnos, si es dable en este lugar mayor anonadamiento; pero, ¿qué mal más grande que existir aquí privados de todo bien, y condenados a eterna maldición en este antro odioso, donde nos abrasa inextinguible fuego, sin esperanza de ver el fin, esclavos de sus iras y a merced del látigo inexorable cuando llega la hora de los tormentos? Mayor castigo que el presente sería un extremo tal, que feneceríamos. Pues, ¿qué tememos? ¿Por qué vacilamos en excitar su furor postrero, que siendo más violento nos consumirá del todo, reduciendo a la nada nuestra existencia? Preferible es esto a vivir miserables perpetuamente. Y si nuestra naturaleza es en realidad divina y no puede dejar de serlo, nos hallamos en peor condición que si nada fuésemos, y tenemos la prueba de que nuestro poder basta para trastornar el cielo, alarmando con incesantes asaltos aquel trono fatal aunque inaccesible; lo cual, ya que no victoria, por lo menos será venganza.»

No dijo más; y frunciendo el ceño brillaron sus ojos en sed de inextinguible venganza y tremenda lid peligro-sa para todos los seres inferiores a los dioses. Del lado opuesto se levantó Belial, en ademán más gracioso y menos fiero.
Jamás se vieron privados los cielos de tan hermosa criatura; parecía estar predestinado a las dignidades y a los grandes hechos, pero todo era en él afición y vanidad, por más que destilase maná su lengua y diera aparien-cias de cuerdos a los más falsos razonamientos, torciendo y frustrando los consejos más acertados. Era de pen-samientos humildes, ingenioso para el vicio, tímido y lento para toda acción generosa; pero sabía halagar los oídos y con persuasivo acento comenzó así: «Desde luego ¡oh príncipes!, estaría yo por la guerra a muerte, que en aborrecimiento no cedo a nadie, si lo que se alega como suprema razón para resolvernos a una guerra inme-diata no me disuadiera más, y no me pareciese en último resultado de siniestro agüero. El que más se distingue como guerrero, desconfiando de su consejo y de su propia fuerza, funda todo su valor en la desesperación, y prefiere un completo aniquilamiento; pero ante todo, ¿cómo nos vengaremos? Las torres del cielo están llenas de centinelas armados que hacen imposible todo acceso, y con frecuencia acampan sus legiones al borde del abismo, o con sombrío vuelo exploran por doquiera los reinos de la noche sin temor a sorpresa alguna; y aun cuando nos abriéramos un camino por la fuerza, aunque todo el infierno se arrojara tras nosotros para oscurecer con sus tinieblas la purísima luz del cielo, permanecería nuestro Enemigo incorruptible sobre su incólume tro-no, y la sustancia etérea libre de toda mancha rechazaría en breve la agresión, sirviendo nuestro fuego para alumbrar su triunfo.

«Una vez repelidos, nuestra última esperanza será el colmo de la desesperación. Y, ¿hemos de excitar al po-deroso Vencedor a que apure su cólera y acabe con nosotros? ¿Ha de ser el dejar de existir nuestro solo anhelo? ¡Triste remedio! porque ¿quién querría perder, a pesar de cuanto padecemos, este ser inteligente, este pensa-miento que abarca toda la eternidad para perecer sepultados y perdidos en las profundas entrañas de perpetua noche insensibles a todo y gimiendo en completa inercia? Y, ¿quién sabe, dado que esto nos conviniera, si nuestro airado Enemigo podrá y querrá concedernos semejante muerte? Que pueda es dudoso; que no lo con-sentirá jamás es seguro. Siendo tan previsor, ¿cómo ha de resolverse a deponer de pronto su ira, simulando impotencia o descuido, para conceder a sus enemigos lo que desean o aniquilar en su cólera a aquellos a quie-nes preserva su cólera mismo a fin de castigarnos eternamente?

«¿Por qué, pues vacilamos?, dicen los que aconsejan la guerra: estamos condenados, proscritos, destinados a una eterna desgracia. Como quiera que procedamos ¿qué más podemos sufrir, qué castigo habrá mayor que éste? ¿Tan extremo infortunio es por ventura hallarnos aquí sentados y deliberando armados? ¡Ah! Cuando huíamos atropelladamente, perseguidos y abrasados por el tremendo rayo del cielo, y suplicábamos al abismo que nos acogiese, parecíanos este infierno un consuelo para nuestras heridas; y cuando nos hallábamos encade-nados en el hirviente lago, ¿no era seguramente peor nuestra situación? ¿Qué sería si se reanimase el hálito que encendió aquel funesto fuego, comunicándole una intensidad siete veces mayor, y de nuevo nos sumergiese dentro de las llamas, o si la interrumpida venganza del Dominador supremo armase otra vez su encendida dies-tra para atormentarnos? ¿Qué, si se abriesen los diques de su cólera y si el firmamento que se extiende sobre el infierno vertiera sobre nuestras cabezas el fuego de sus cataratas y cuantos horrores nos amenazaban un día con su espantoso castigo? Mientras proyectamos ahora o aconsejamos una gloriosa guerra, quizá se está formando abrasadora tempestad, en que nos veremos envueltos y clavados sobre las rocas para ser juguete y presa de furiosos torbellinos, o sepultados para siempre y cargados de cadenas en este abrasado océano. ¡A solas enton-ces con nuestros incesantes gemidos, sin tregua ni reposo ni compasión, durante siglos que no es de esperar acaben, cuánta mayor será nuestra desventura! Debo, pues, disuadiros de la guerra, así franca como encubierta porque, ¿de qué servirán ni astucia ni fuerza ni semejante empeño? ¿Quién burlará la perspicacia de Aquél cuyos ojos lo abarcan todo de una sola mirada? Contemplándonos está desde la altura de los cielos, y menos-precia nuestras inútiles tentativas, dado que su poder es tan omnipotente para resistir a nuestras fuerzas como para destruir todas nuestras tramas y conatos.

«¿Luego viviremos envilecidos, y aunque hijos del cielo, arrojados de esta suerte y condenados a destierro, y a sufrir en él estas cadenas y tormentos? Preferible es en mi juicio a otro mal más grande pues el hado y sus decretos irrevocables nos meten a la voluntad del Vencedor. Fuerza tenemos para sufrir lo mismo que para obrar; la ley que lo ha ordenado así, es injusta, y esto hubiéramos debido comprender desde el principio, y ser cautos, antes que mover guerra a Enemigo tan poderoso y cuando su resultado era tan incierto.

«Rióme de los que tan audaces y hábiles son en manejar la lanza, y cuando ésta les falta se amilanan y temen que sobrevenga lo que saben que ha de sobrevenir: destierro, ignominia, cadenas y castigos, sujeción a que los somete su Vencedor. Tal es ahora nuestra suerte, y si a ella nos sometiésemos resignados, lograríamos quizá desarmar en cierto modo la cólera de nuestro supremo Enemigo; y tal vez hallándonos tan lejos de su presencia e inofensivos se olvidará de nosotros, ya satisfecho de su justicia; y si su aliento no lo incita se templará el voraz fuego que nos consume; y purificada nuestra esencia, no participará de este vapor mefítico, se habituará a él para no sentirlo, o finalmente modificada y atemperándose a su intensidad y naturaleza, de tal manera se identificará con él, que no experimente dolor alguno convirtiéndose los tormentos en placeres y la oscuridad en luz. ¿Por qué no hemos de esperar en lo que el interminable curso de los días futuros pueda traernos, ni en las alteraciones y cambios en que debemos poner nuestra confianza, pues que nuestra suerte actual, si contraria, no es del todo infeliz, no llegará al extremo con tal que no nos hagamos merecedores de mayor desventura noso-tros mismos?»

Así Belial, con palabras disfrazadas de razones, aconseja un proceder indigno, una vil inacción, pero no la paz. Después de él habló Mammón de esta suerte: «Moveremos guerra si la guerra es el mejor consejo, o para destronar al Rey del cielo o para recobrar nuestros perdidos derechos. Destronarlo no lo esperemos, mientras el eterno destino no ceda al inconstante acaso y sea el caos árbitro de nuestra lucha. Si vana es la esperanza de lo uno, no lo será menor la de lo otro; pues de no expulsar al supremo Rey del cielo, ¿qué espacio quedará en éste para nosotros? Demos que calmada su ira, y a condición de someternos de nuevo, perdone a todos: ¿con qué ojos lo contemplaremos cuando humillados en su presencia, hayamos de recibir sus imperiosas órdenes, glorifi-car su majestad murmurando himnos, y violentarnos cantando en loor suyo «¡aleluya!», mientras él, envidiado soberano, hará ostentación de su regia pompa, y su altar exhalará perfumes de ambrosia y de flores, serviles ofrendas de nuestro culto? Tal será nuestro oficio en el cielo, tales nuestros placeres. ¡Oh! ¡Cuán dura será una eternidad empleada en adorar a quien tanto odiamos!

«Rechacemos, pues, ese espléndido vasallaje que no es dado obtener por fuerza, que aun concedido sería afrentoso por más que pertenezca al cielo, y busquemos nuestro bien en nosotros mismos, viviendo por nosotros y para nosotros, libres, en estos vastos subterráneos, sin depender de voluntad alguna, y prefiriendo tan dura libertad al blando yugo de una pomposa servidumbre. Brillará más radiante nuestro esplendor, si sabemos con-vertir lo pequeño en grande, lo nocivo en útil, la desgracia en prosperidad, y si doquiera luchando con el anal, trocamos en bienestar el dolor por medio del trabajo y de la paciencia.

«¿Por qué temer estos tenebrosos antros? ¿No se envuelve a veces el omnipotente Señor del cielo entre ne-gras y espesas nubes, sin que por eso eclipsen su gloria, y vela su trono con la grandeza de las tinieblas, de que encendido en furor se lanza el pavoroso trueno, de modo que se asemeja al infierno el cielo? ¿Imita él nuestra oscuridad, y no hemos de poder nosotros cuando nos plazca imitar su luz? No carece este ingrato suelo de ocul-tos tesoros, de diamantes y oro, ni nosotros de arte para aprovecharnos de su magnificencia: ¿qué tenemos, pues, que envidiar al cielo? Podrán un tiempo estos mismos suplicios llegar a hacerse nuestro elemento; llegar esas penetrantes llamas a sernos tan benignas como hoy son crueles, y trocarse nuestra naturaleza en la propia de ellas; y esto necesariamente pondrá término a nuestros dolores. Todo, pues, nos invita a preferir pacíficos consejos y establecer un ordenado régimen, adoptando los remedios que más eficaces sean para nuestros pre-sentes males; y en atención a lo que somos y al lugar en que nos hallamos, renunciar por completo a todo inten-to de guerra. Este es mi parecer.»

No bien acabó de hablar, se suscitó en la asamblea un rumor semejante al que encerrados entre las cóncavas rocas hacen los furiosos vientos, cuando después de combatir el mar talo una noche, adormecen con su ronca cadencia a los marineros, extenuados de cansancio, pero que logran anclar su batea en una bahía pedregosa pasada la tempestad. Resonaban así los murmullos de aprobación dados a Mammón cuando finalizó su razona-miento aconsejando la paz, porque cualquiera batalla que se empeñase les infundía más espanto que el mismo infierno: tal era el estrago que el rayo y la espada de Miguel habían causado en ellos; deseando no menos fun-dar aquel otro imperio, que la política y el largo transcurso del tiempo elevarían hasta hacerlo competir con el de los cielos.

Esto observado por Belcebú, que después de Satán ocupaba el más alto puesto, levantóse con gravedad, y al levantarse, mostraba bien que era una columna de aquel estado. Grabada llevaba en su frente la meditación que requieren los cargos públicos, y en su majestuoso semblante la sabiduría de un príncipe, por más que hubiese decaído tanto. Severo y enhiesto, ostentaba sus atlánticos hombros, capaces de sostener el peso de las más po-derosas monarquías; su mirada imponía atención al auditorio, que permanecía tranquilo, como la noche, o en la estación estival el viento del Mediodía. Y arengóles de esta suerte:

«¡Tronos y potestades imperiales. Virtudes etéreas, celestial Estirpe! ¿Será que renunciemos a estos títulos, trocándolos por el de príncipes del infierno? Sin duda, pues el voto popular se inclina a que permanezcamos aquí para fundar un creciente imperio. ¡Oh desvarío! ¿Podemos ignorar que el Rey del Empíreo nos ha sumido en estos lóbregos calabozos, no para preservarnos de su poderoso brazo, ni para vivir libres de la alta jurisdic-ción del cielo, en nueva liga contra su trono, sino para mantenernos en la más dura estrechez, aunque alejados de él, y bajo el inevitable yugo que reserva a toda esta cautiva muchedumbre? Porque habéis de tener por cierto que él imperará como primero, como último y único rey, lo mismo en la altura de los cielos que en la profundi-dad del abismo, dado que nuestra rebelión no ha mermado parte alguna de su soberanía; pero asentará su impe-rio en el infierno y nos regirá con cetro de hierro, como rige los cielos con cetro de oro.

«¿A qué, pues, deliberamos sobre la paz ni sobre la guerra? Resolvímonos por ésta y fuimos vencidos con irreparables pérdidas. Nadie ha ofrecido ni puesto condiciones de paz: ¿qué paz ha de concederse a los escla-vos, más que una dura prisión y los rigores y castigos que arbitrariamente se nos impongan? ¿Qué paz hemos de ofrecer, sino la que podemos dar, agresiones, odio, invencible aversión y tardía venganza, conspirando siempre para hacer menos glorioso su triunfo al Vencedor y para acibararle en lo posible la satisfacción que en nuestros tormentos experimenta? Ocasión no ha de faltarnos y no necesitaremos emprender peligrosas expediciones para invadir el cielo, cuyas altas murallas no temen asedios ni asaltos ni celada alguna en nuestra parte.

«Empresa más fácil podemos acometer. Una región hay, si no miente antigua y profética tradición del cielo, hay un mundo, dichosa mansión de un ser nuevo llamado Hombre, que por este tiempo ha debido ser criado semejante a nosotros, inferior en poderío y excelencia, pero más favorecido del Hacedor supremo. Declaró su voluntad a los demás dioses, y quedó cumplida en virtud de un juramento que hizo retemblar en torno las bóve-das celestiales. Encaminemos a este fin todos nuestros proyectos; sepamos qué seres habitan ese mundo, cuál es su forma, su naturaleza, su fuerza o debilidad, cuáles sus dotes, y si contra ellos hemos de emplear la astucia o la violencia. Cerrados están los Cielos; domina allí su excelso Arbitro en la seguridad de su propia fuerza; pero acaso se halle situada esa mansión en los postreros límites de su reino; acaso esté confiada su defensa exclusi-vamente a sus moradores; en cuyo caso podemos intentar con fruto un repentino golpe, ya asolando aquellos lugares con el fuego de nuestro infierno, ya enseñoreándonos de todos como de cosa propia y expulsando a los débiles que los ocupan como se nos expulsó a nosotros; y cuando no expulsarlos, atraerlos a nuestro partido, de modo que su Dios los mire como enemigos, y arrepentido de ella, destruya su propia obra. Sería esto más que una vulgar venganza; sería amenguar el placer que le ha causado nuestra derrota; contrariedad tan ingrata para él cuanto satisfactoria para nosotros, porque sus queridos hijos, partícipes de nuestra suerte, maldecirán su frágil origen y lo efímero de su dicha. Ved si es para intentado proyecto tal, o si debemos permanecer aquí sumidos en las tinieblas y forjándonos a nuestro gusto quiméricas soberanías.»

Tal fue el diabólico consejo de Belcebú imaginado primeramente y en parte propuesto por Satanás; pues ¿de quién sino del autor de todo mal podía nacer propósito tan malvado y la idea de pervertir en su raíz a la raza humana confundiendo la tierra con el infierno en odio de su supremo Autor? Pero este mismo odio había de servir para más realzar su gloria.

Complació sobremanera a las infernales potencias el audaz Proyecto; y aprobado qué fue por su voto unáni-me., brillando en los ojos de todos la alegría, renovó Belcebú su discurso en estos términos: «¡Bien habéis cal-culado, prudentes dioses, digno fin habéis puesto a tan prolija consulta! Grande como vosotros es vuestra reso-lución, la cual nos sublimará al más alto punto acercándonos de nuevo, y a despecho de los hados, a nuestras antiguas sedes desde estos profundísimos abismos. A la vista de aquellas espléndidas regiones, no lejos de nuestras armas y en una ocasión propicia, quizá logremos recobrar el Empíreo, o cuando menos habitar en una templada zona, donde no huya de nosotros la hermosa luz de los cielos. Los rayos del fúlgido Oriente nos libra-rán de esta oscuridad, y al exhalar su embalsamado perfume el aura apacible y pura, cicatrizará acaso las llagas causadas por este fuego devorador. Ahora bien: ¿a quién enviaremos en busca de esa nueva región? ¿A quién juzgaremos digno de tamaña empresa? ¿Quién aventurará sus vacilantes pasos por tan lóbrego, inmenso e in-sondable abismo, y hallará la ignorada senda a través de palpables sombras? ¿Quién, sin que se rindan sus alas sostendrá el vuelo aéreo en los ilimitados espacios del vacío hasta llegar a la afortunada isla? ¿Qué arte, qué fuerza le bastará, ni cómo le será posible salvar con seguridad los apiñados centinelas y las múltiples falanges de ángeles que vigilan en derredor? Necesitará de gran prudencia, y no menos nosotros para elegirlo, pues en él recaerá todo el peso, todo el éxito de nuestras últimas esperanzas.»

Concluye así, siéntase, y los oyentes, con atentos ojos, esperan se presente alguno para secundar, contradecir o emprender la peligrosa aventura; todos permanecen quietos y mudos, calculando el riesgo en la profundidad de su pensamiento, y cada cual descubre asombrado su propia desconfianza en el semblante de los demás. Entre los más heroicos campeones que combatieron contra el cielo, no se encontraba ninguno bastante osado que se ofreciera a emprender por sí tan terrible expedición; hasta que Satán, a quien un glorioso renombre encumbrara sobre todos sus compañeros con la altivez de monarca y el convencimiento de su gran superioridad, reposada-mente les habló así: «¡Oh celestial progenie, tronos empíreos! Con razón guardamos silencio y permanecemos dudosos, aunque no intimidados. Largo y penoso es el camino que desde el infierno conduce a la luz; fuerte es nuestra prisión; nueve veces nos rodea esta inmensa bóveda de fuego violento y destructor, y las encendidas puertas de diamante, que nos oponen tantos estorbos, nos vedan salir de aquí. Salvadas una vez éstas, se da en el profundo vacío de informe noche, que amenaza con la total destrucción de su ser al que se sumerja en aquel horroroso abismo. Si se penetra al fin en otro mundo cualquiera, o en una región desconocida, ¿qué quedan más que ignorados peligros y la casi imposibilidad de evadirse? No sería yo, sin embargo, digno de este trono ¡oh espíritus!, ni de esta imperial soberanía ornada de tanto esplendor y armada de tal poder, si las dificultades o peligros de lo que se propone y juzga importante a todos, pudieran retractarme de emprenderlo. ¿Por qué asu-mir la dignidad regia, y no rehusar el cetro, si me negase a aceptar en los riesgos la parte proporcionada a los honores, la cual se debe al que reina con tanta mayor razón, cuanto que ocupa más alto grado sobre los otros? Id, pues, espíritus poderosos, que aunque caídos, seguís siendo el terror del cielo; id a ver si en nuestra morada, mientras nos veamos reducidos a ella, hay algo que pueda atenuar nuestra miserable suerte y hacer menos odio-so el infierno; si existe algún arbitrio o algún encanto para suspender, frustrar o mitigar los tormentos de esta detestable mansión. No os abandonéis al sueño ante un enemigo que está siempre vigilante; y yo entretanto lejos de vosotros, y atravesando un mundo de sombría desolación, procuraré la libertad de todos. En esta em-presa no me acompañará nadie.»

Así diciendo, se levantó el monarca, con lo cual prevenía cualquiera réplica; su sagacidad le sugería el temor de que animados otros jefes con su resolución, fuesen a ofrecer entonces, seguros de una negativa, lo que antes los arredraba, pues de este modo, llegarían a hacerse rivales suyos en la opinión pública, logrando a poca costa la gran celebridad que él debía adquirir en cambio de infinitos riesgos.

Pero aquellos rebeldes temían tanto el empeño como la voz, que se lo prohibía; abandonaron, como él su asiento; y el ruido que hicieron al levantarse todos a la vez, se asemejaba al de un trueno lejano. Inclináronse ante Satán con respetuosa veneración y lo ensalzaron como a un dios igual al Altísimo del cielo. Ni dejaron de encarecer cuán digno era de alabanza el que por la salvación general despreciaba la suya propia, aunque espíri-tus réprobos, no habían perdido enteramente su virtud como los malvados que en la tierra se jactan de acciones especiosas fundadas en vanagloria, o de una ambición que encubren con cierto color de celo.

Así terminaron sus tristes y dudosos razonamientos, con las esperanzas que les infundía caudillo tan incom-parable; al modo que adormecidos los vientos del norte al extenderse desde la cima de las montañas las nubes tenebrosas y cubrir la risueña faz del cielo, derraman éstas sobre los oscuros campos nieve o torrentes de agua; y si el fulgente sol envía sus destellos desde el ocaso, como una dulce despedida, reviven los campos, renuevan las aves sus gorjeos y prorrumpen las ovejas en alegres balidos que suenen por valles y colinas. ¡Qué baldón para la humanidad! Unese el demonio en inalterable concordia con su infernal compañero, y entre todos los seres racionales sólo los hombres se desavienen entre sí, a pesar de la esperanza que debieran tener en la divina gracia. Dios proclama la paz, y ellos viven, no obstante, dominados por el odio y la enemistad y en perpetua lucha; se mueven crueles guerras y devastan la tierra para destruirse unos a otros, como si no tuvieran, y en esto deberían cifrar su unión, sobrados enemigos en el infierno que día y noche conspiran para su ruina.

Disuelto así el consejo, ordenadamente, se retiraron los magnates infernales. Iba en medio el altivo soberano, que parecía por sí solo competidor del cielo, así como en su suprema pompa y majestad, remedo de la de Dios, se mostraba temido emperador del Orco. Rodeábale una cohorte de serafines de fuego que lo conducían entre blasonados estandartes y tremendas armas. Mándase pregonar entonces al son de las trompetas reales la deci-sión del gran senado, y volviéndose prontamente a los cuatro vientos otros tantos querubines, acercan a sus labios los sonoros tubos, a cuyas voces responden los heraldos. Resuenan unas y otras por los más lejanos ám-bitos; del abismo, y toda la hueste del infierno acompaña con atronadores gritos sus fervientes exclamaciones.

Ya con mayor sosiego, y en cierto modo reanimada por una esperanza tan falaz como presuntuosa, disuélvese toda aquella multitud, y cada cual sigue diverso rumbo, conforme a su inclinación o a su melancólica incerti-dumbre, buscando una distracción a sus desesperados pensamientos, a fin de entretener las enojosas horas hasta el regreso de su ídolo. Unos, corriendo en veloz carrera por la llanura, otros elevándose en sus alas por los aires, compiten entre sí en los juegos Olímpicos, o en los campos Píticos; aros, refrenando sus fogosos corceles, pro-curan salvar la meta en sus raudos carros, o forman alineados escuadrones para escarmiento de las ciudades belicosas, se representan simulados combates en la revuelta extensión del lo, creyendo verse en las nubes ejérci-tos que se precipitan a entrar en batalla; y de cada parte se adelantan, lanza ésa ristre, caballeros aéreos, hasta que cierran una con otra ambas legiones, y al choque de sus armas parece arder de a otro extremo el horizonte. Otros, poseídos de más implacable rabia que Tifeo, arrancan peñascos y montañas, se lanzan por los aires cual torbellinos; apenas puede el yerno resistir tan violento ímpetu. No de otro modo Acides, al volver de Ecalia, coronado por la victoria, y al vatir la envenenada túnica, desarraigaba a impulsos de su paso los pinos de Tesa-lia y de la cima del Ete, arrojando a Feas al mar de Eubea. Más pacíficos otros, retirados a un muelle silencioso, cantan al compás de sus arpas, con acentos angelicales, su heroica lid y la desgracia a que les trajo la fe de las armas, lamentando que el destino triunfe del imo denodado por la fuerza o por la fortuna. Arrogantes se mos-traban en sus loores, pero su armonía (¿cómo no si al Viera de espíritus inmortales?) tenía embebecido al in-fierno y extática a la muchedumbre que le escuchaba.

Con discursos más dulces, todavía, pues la elocuencia deleita el alma y la música los sentidos, retraídos algu-nos en un monte solitario, se entregan a más sublimes pensamientos y a profundos raciocinios sobre la provi-dencia, la ciencia, la voluntad y el destino; por qué es inmutable, y libre la voluntad y absoluta la presencia; mas no daban solución alguna, perdidos en tan intrincados laberintos. Discuten prolijamente acerca del bien y del mal, la bienaventuranza y la última pena, la pasión y la apatía, y la abyección: todo ciencia vana, todo falsa filosofía,
y sin embargo, comunicaban seductor encanto, aunque ajeno, a su dolor y angustia, infundíanles engañosas esperanzas, o fortificaban, con pertinaz paciencia, como confiada cota, sus corazones endurecidos.
Hay asimismo algunos que, congregados en numerosas bandas, se atreven a explorar la dilatada extensión de aquel siniestro mundo, en busca de otro clima que pueda ofrecerles mansión más grata. Dirigen a este fin su vuelo por cuatro puntos distintos, siguiendo las márgenes de los cuatro ríos infernales que vierten sus lúgubres aguas en el inflamado lago: la aborrecida Estigia, de donde el odio mortal procede; el negro y profundo Aque-ronte, con su tristeza; el Cocito, así llamado por los lamentos que se oyen en lo interior de sus doloridas ondas, y el feroz Flegeton, que en torrentes de fuego exhala su encendida rabia. A larga distancia de éstos fluye lento y silencioso el Leteo, río del olvido, que arrastra su tortuosa corriente, y al que bebe de sus aguas hace olvidar al punto su primitivo estado, y con él la alegría y el pesar, los placeres y los dolores.
Pasado el Leteo, extiéndese un continente helado, sombrío y tenebroso, combatido de perpetuas tempestades, huracanes y asolador granizo, que no se liquida en la dura tierra sino que amontonándose en grandes moles, semeja ruinas de antigua fábrica. Allí cubierta de nieve y hielo, se abre una profunda sima parecida al lago Serbonio, entre Damieta y el monte Casio, donde fueron sepultados ejércitos enteros, donde la crudeza del aire abrasa, y el frío produce igual efecto que el fuego. Allí las furias armadas de garras, cual las arpías, arrastran en sazón oportuna a todos aquellos réprobos, que alternativamente experimentan la dura transición de cruelísimos contrastes, tanto más sensibles cuanto que se suceden uno a otro. Desde el voraz fuego en que yacen, son trans-portados a una atmósfera glacial en que se extingue su dulce calor etéreo, y en la que permanecen algún tiempo inmóviles, aterridos de sus miembros todos, para sufrir después nuevo y abrasador tormento. Cruzan yendo y viniendo el estrecho del Leteo, y cada vez se aumenta más su suplicio y son mayores sus ansias; anhelan tocar con sus labios aquella agua que los incita: una sola gota les daría instantáneamente el dulce olvido de todas sus penas y desventuras; y ¡con cuánta facilidad, teniéndola tan cerca!, pero el destino no lo consiente, y para impo-sibilitar su deseo, les sale al paso Medusa, con su terrible aspecto de Gorgona. El agua huye por sí misma de toda boca viviente, como huyó algún día de los sedientos labios de Tántalo.

Divagando así perdidas entre y mil confusiones, con mortal sobresalto y los ojos desencajados, veían por vez primera las desbandadas legiones su triste suerte, y no les era dable reposo alguno. Salvan oscuros y desiertos valles, regiones donde el dolor impera, montañas alpestres de hielo y fuego, rocas, cavernas, lagos, abismos, tinieblas mortíferas, todo un mundo de destrucción que Dios, maldiciéndolo, creó malo y únicamente bueno para el mal; mundo en que toda vida muere, en que toda muerte vive, y en que la perversa naturaleza engendra seres monstruosos, prodigios abominables, indefinibles, más repugnantes que los que la fábula inventó o conci-bió el temor; Gorgonas, Hidras y Quimeras espantosas.

Entretanto, Satán, el enemigo de Dios y el Hombre, llena su mente de ambiciosas imaginaciones, extiende su raudo vuelo y explora el solitario camino que conduce a las puertas del infierno. Toma unas veces la derecha, otras la opuesta mano; ya se desliza con iguales alas por la superficie del abismo, ya se eleva cual torre aérea hacia la ardiente concavidad del firmamento; y como se descubre en lontananza, surcando el mar y suspendida al parecer de las nubes, una flota que, a favor de los vientos del equinoccio, se ha dado a la vela en Bengala o en las islas de Ternate y de Tidod, de donde los mercaderes extraen sus drogas, y por el rumbo que marca el tráfico cruza el inmenso Océano desde Etiopía hasta el Cabo, enderezando las proas al polo a pesar de las mare-jadas y de la noche; tal, contemplado de lejos, parecía el alígero explorador.

Divísanse por fin las murallas del infierno, que se elevan hasta sus horribles bóvedas, y las tres triplicadas puertas, formadas por tres planchas de bronce, tres de hierro y tres de díamantina roca, todas impenetrables, todas rodeadas de un valladar de inextinguible fuego. Delante de ellas, a uno y otro lado, estaban sentadas dos formidables figuras; una, de la cabeza a la cintura, tenía apariencia de mujer, y mujer bellísima; pero su asque-roso cuerpo era el de una serpiente armada de aguijón mortal y cubierta de anchos y escamosos pliegues. Ro-deábanla por la mitad multitud de rabiosos perros que despidiendo de sus anchas fauces de Cerbero incesantes aullidos, producían horrendo estrépito. Si alguna vez se veían obligados a ocultarse, iban introduciéndose sin dificultad en las entrañas del monstruo, donde tenían seguro asilo, e invisibles allí, proseguían ladrando. Menos aborrecibles eran los que atormentaban a Scila mientras se bañaba en el mar que separa al Calabrés de las mu-gientes costas de Trinacria; ni ofrecía tan horrible aspecto el séquito que acompañaba a la nocturna maga, cuan-do cabalgando por los aires, y atraída por el secreto olor de la sangre de algún niño, acudía a los bailes de las brujas de la Laponia, y eclipsaba el resplandor de la luna con la fuerza de sus encantos.

La otra figura, si darse puede este nombre a lo que no tenía forma distinta de miembros, ni articulaciones, o si puede llamarse sustancia a lo que se asemejaba a una sombra, que ambas cosas parecía, negra como la noche, feroz como diez furias, terrible como el infierno, blandía un terrible dardo, y en lo que aparentaba cabeza, tenía algo que representaba como una corona real. Al ir a acercársele Satán, levantóse el monstruo de su asiento, avanzó presuroso hacia él, y el infierno retembló con sus pasos. Contemplólo con asombro el impávido Enemi-go, y se admiró, mas sin arredrarse, porque excepto a Dios y su Hijo, ni respetaba ni temía a ningún ser creado; y con desdeñosa mirada, se anticipó a hablar, diciendo: «¿De dónde vienes tú? ¿Quién eres, monstruo execra-ble, que temerario y terrible, osas con tu deforme aspecto oponerte a mi paso en estas puertas? Resuelto estoy a franquearlas y ten por seguro que no te pediré permiso; retírate o pagarás cara tu insensatez hijo del infierno, y aprenderás por experiencia a no competir con los espíritus celestiales.»

A lo que replicó el espectro encendido en cólera: «¿Eres tú aquel ángel traidor, el primero que infringió la paz y la fe del cielo, respetadas hasta entonces, y el que en su orgullosa rebelión arrastró consigo a la tercera parte de los espíritus celestes conjurados contra el Altísimo? Tú y ellos, desechados de Dios, ¿no estáis condenados por ese crimen a subsistir aquí por toda una eternidad envilecidos y entre tormentos? ¿Te cuentas tú entre los espíritus del cielo, réprobo del infierno? ¿Y prorrumpes en altiveces y arranques de menosprecio aquí, donde impero como soberano, y donde para mayor confusión tuya, soy tu señor y rey? ¡Atrás fugitivo impostor, a tus mazmorras! Y pon nuevas alas a tu ligereza, no sea que un látigo de escorpiones avive tu lentitud, o que al menor impulso de ese dardo te sientas sobrecogido de extraño horror y de angustias que todavía no has experi-mentado.»

Dijo así el pálido terror, y así hablando y amenazando, adquirió un aspecto diez veces más repulsivo y espan-toso. Por su parte Satán, ardiendo en ira, no daba muestras de temor alguno, semejante a un ardiente cometa que inflama el espacio ocupado por el enorme Serpentario en el cielo ártico, destilando de su hórrida cabellera pesti-lencia y guerras. Dirígense ambos combatientes un golpe mortal a la cabeza, contando con que no han de tener que repetirlo sus fatales manos, y se provocan con sus miradas; como cuando cargadas con la artillería del cielo, avanzan dos nubes lóbregas y mugiendo sobre el mar Caspio, y se colocan frente a frente hasta que un soplo de viento les da la señal de romper en medio de los aires el cruel combate. Contémplanse los esforzados campeo-nes con ojos tan sombríos, que al fruncir de sus cejas se oscureció el infierno; que tal era su denuedo; pero ni uno ni otro habían de hallar sino una sola vez enemigo más temible. Hubieran llevado a cabo inauditos hechos, con terror del infierno todo, si la del medio cuerpo de serpiente, que estaba sentada junto a la puerta y guardaba la fatal llave, no se hubiera arrojado entre los combatientes, lanzando un espantoso grito. «¡Oh padre!», excla-mó «¿qué intentan tus manos contra tu único hijo? ¿Qué furor, ¡oh hijo!, te impulsa a dirigir tu dardo mortal contra la cabeza de tu padre? ¿Sabes a quién obedeces? A aquel que sentado en su supremo trono se ríe de ti, porque eres esclavo suyo, porque ejecutarás débilmente cuanto te ordene en su cólera que él llama justicia; su cólera, que algún día os desoirá a los dos.»

Dijo, y a su voz se detuvo el infernal fantasma, y Satán le respondió de este modo: «Con tu extraño grito y tus palabras no menos extrañas te has interpuesto aquí de manera que al suspender su repentino golpe mi brazo no renuncia a poner por obra lo que ha resuelto. Pero antes deseo saber de ti quién eres, que reúnes esas dos formas y por qué al encontrarme por primera vez en este valle infernal, me has llamado padre y dices que es hijo mío ese espectro. Ni te conozco, ni he visto Jamás seres tan detestables como sois ambos.»

«Luego, ¿ya me has olvidado?», replicó ella. «¿Tan horrible parezco ahora a tus ojos cuando en el cielo me tuviste por tan hermosa? En medio y a la vista de todos los serafines coligados contigo en su atrevida rebelión contra el Rey del cielo, te sobrecogió de pronto un dolor cruel; anublados y desvanecidos tus ojos se perdieron en las tinieblas, mientras que brotando de tu cabeza una tras otra apiñadas llamas, se abrió profundamente por el lado izquierdo, y semejante a ti en la forma y esplendor, y animada de celestial hermosura salí de ella en figura de diosa armada. Retrocedieron llenos de admiración todos los espíritus y me llamaron Pecado, considerándo-me como un presagio siniestro; pero familiarizados después conmigo, los prende de suerte que mis gracias seductoras rindieron a los que me miraban con más desvío. Fuiste el primero tú, que contemplando a menudo en mí tu perfecta imagen, te enamoraste de ella, y a solas conmigo gozabas los inefables deleites que engendra-ron en mis entrañas un nuevo ser. En tanto estalló la guerra: combatióse en los campos del cielo; nuestro pode-roso Enemigo alcanzó inmarcesible triunfo (¿qué había de acontecer?), y nuestro partido quedó derrotado en todo el Empíreo. Cayeron nuestras legiones, precipitadas desde las alturas del cielo hasta el fondo de este abis-mo, y envuelta en su ruina, caí yo también. Entonces me fue entregada esta llave poderosa, con orden de man-tener estas puertas cerradas para siempre, para que nadie pueda traspasarlas, si no las abro. Pensativa y sola me senté aquí; duróme poco el sosiego, pues fecundado por ti mi vientre, y cercano ya el trance extremo, experi-mentó movimientos prodigiosos y dolores insoportables. Por fin ese aborrecible vástago que ves, hechura tuya, abriéndose paso violentamente, desgarró mis entrañas, y retorciéndose éstas por el miedo y las convulsiones, quedó toda la parte inferior de mi cuerpo desfigurada. Nació ese enemigo mío, nació de mí blandiendo su fatal dardo, que lo destruye todo; y yo huí gritando: «¡Muerte!» Estremecióse el infierno, al oír este horrible nombre, y en lo más hondo de las cavernas se oyó un suspiro que repetía «¡Muerte!» Y yo seguía huyendo, y el espectro corría tras mí, aunque al parecer no tanto encendido en rabia, cuanto en lujuria; y como más ligero que yo, me alcanzó por fin; y sin respeto a mi horror de madre, entre impuros y violentos abrazos engendró conmigo en aquel rapto estos monstruos ladradores, que lanzando continuos aullidos me acosan como ves, y de nuevo los concibo a todas horas, y a todas horas me hacen sentir los dolores de su acerbo parto, porque vuelven a entrar en mi seno cuando les place, y aullando y royendo mis entrañas, que son su alimento, salen de pronto, y me causan tan profundo terror que no hallo un instante de tregua ni reposo.

«Sentada ante mis ojos, y siempre enfrente de mí, mi hija y enemiga, la horrible Muerte, azuza a esos perros, y ya me hubiera devorado, a falta de otra presa, aunque soy su madre, si no supiera que su fin va unido al mío, que yo, en tal caso, sería para ella un bocado amargo, un letal veneno, porque el destino lo ha dispuesto así. Pero te prevengo, padre, que evites la herida de su flecha, y no te lisonjees de que te haga invulnerable esa brillante armadura, por más que sea de etéreo temple, pues nadie, excepto aquel que reina allá arriba, puede despuntar arma tan mortífera.»

Así dijo, y aprovechando el sagaz Enemigo la advertencia blanda y pausadamente repuso: «Hija querida, pues me reconoces por tu señor y me muestras a mi bello hijo (prenda amada de los placeres que gozamos allá en el cielo, placeres tan dulces entonces como hoy de triste recuerdo, por la cruel desventura en que impensa-damente hemos caído), sabe que no vengo como enemigo, sino para libertaros de esta sombría y horrible man-sión de dolor a ti y a él y a toda la hueste de espíritus celestiales que por nuestras justas pretensiones quedaron envueltos en nuestra ruina. Enviado por ellos, emprendo solo este arriesgado viaje y solo me arriesgo por todos. Voy a recorrer con solitarios pasos el insondable abismo; en mi errante peregrinación a través del espacio in-menso, voy en busca de un lugar cuya existencia se ha predicho, y que a juzgar por varias señales, debe haberse creado ya, siendo redondo y vasto. Es una mansión deleitosa, situada en los confines del cielo, y donde habitan tres seres de reciente origen, destinados acaso a ocupar nuestros asientos vacantes, bien que se los mantenga ahora alejados de ellos por temor de que sobrecargados con una poderosa multitud, ocurran en el cielo nuevas perturbaciones. A averiguar si ésta es la causa, u otra más oculta, voy apresuradamente; y una vez sabido el secreto, volveré en breve para trasladaros, a ti y a la Muerte, a una morada donde vivireis entre placeres, donde discurriréis con libre vuelo, invisibles, y respirando los suavísimos vapores del embalsamado ambiente. Allí, para que saciéis sin tasa vuestro apetito, todo será presa vuestra.»

Calló Satán, porque los dos monstruos dieron muestras de suma satisfacción, y la Muerte gesticuló con es-pantosa sonrisa al saber que aplacaría su hambre regocijándose de la dichosa ocasión que se la preparaba; y no menos complacida su proterva madre, prosiguió diciendo: «Guardo la llave de este abismo infernal, porque tal es mi privilegio y el mandato del omnipotente Señor del cielo que me ha prohibido abrir estas puertas de di-amante. La Muerte está determinada a rechazar toda violencia, segura de no ser vencida por ningún poder vi-viente; pero ¿debo yo obedecer las órdenes de un tirano que me odia y que me ha sumido en la lobreguez del profundo Tártaro, para desempeñar tan detestable oficio, y he de estar yo, hija del cielo, condenada a perpetua angustia y pena, y a oír aterrada el incesante clamoreo de mis hijos, que se alimentan de mis entrañas? Tú eres mi padre, el autor de mi existencia; tú me has dado el ser: ¿a quién, pues debo obedecer ni seguir sino a ti? Llévame pronto a ese nuevo mundo de claridad y de ventura, donde en compañía de dioses que gozaban tan dulce vida en voluptuosa paz y sentada a tu derecha, cual conviene a tu hija y favorita, reine por toda una eter-nidad.»

Esto diciendo, sacó de su cintura la llave fatal, triste instrumento de todos nuestros males, y arrastrando su monstruoso cuerpo hasta la puerta, alzó sin dilación el enorme rastrillo que sólo ella podía levantar, y que no hubieran movido todas las fuerzas del infierno juntas; hizo girar en la cerradura las complicadas guardas de la llave y descorrió fácilmente las barras y cerrojos de hierro macizo y de pura piedra. Abrense de improviso las puertas con impetuosa violencia y resonante estrépito, y al rechinar sus goznes produjeron un bronco trueno que retumbó en las más profundas concavidades del Averno.

Abrió las puertas; no estaba en su mano cerrarlas y quedaron abiertas para siempre. Eran tan anchas, que des-plegadas sus alas y banderas con sus caballos y carros en buen orden. hubiera podido pasar holgadamente todo un ejército por ellas; y como la boca de un horno encendido vomitaban rojizas llamas y espeso humo.

De repente aparecen ante los ojos de Satán y los dos espectros los secretos del antiguo abismo, sombrío e in-menso océano, sin límites ni dimensiones, donde se pierden la extensión, la profundidad, el tiempo y el espacio; donde la primitiva Noche y el Caos, progenitores de la Naturaleza viven en eterna discordia, entre el rumor de perpetuas guerras, y sostenidos sólo por sus perturbaciones. El calor, el frío, la humedad y la sequía, terribles campeones, se disputan la preferencia, lanzan al combate sus átomos embrionarios los cuales agrupados en diversas tribus alrededor de la bandera de sus legiones, pesada o ligeramente armados, agudos, redondos, rápi-dos o lentos, pululan en número infinito como las arenas de Barca o del ardiente suelo de Cirene, y van arreba-tados a tomar parte en la lucha de los vientos o a servir de contrapeso a sus raudas alas. El que lleva en pos mayor número de átomos, domina por un momento; el Caos impera como árbitro; sus mandatos aumentan más el desorden que le da el cetro, y a falta de él lo gobierna todo el Acaso como ministro supremo. En aquel hórri-do abismo, cuna de la Naturaleza y tal vez su tumba, que no es ni mar ni tierra, ni aire, ni fuego, sino mezcla de todos los elementos, los cuales confundidos en sus fecundos gérmenes deben luchar así perpetuamente, a no ser que el Creador Supremo destine sus impuros materiales a la formación de nuevos mundos; en aquel hórrido abismo, al borde del infierno, se detuvo el cauteloso Satán, y lo contempló algún tiempo reflexionando en su viaje, pues no era un pequeño estrecho el que tenía que atravesar. Atruenan sus oídos estrepitosos rumores, no menos violentos, comparando cosas grandes con pequeñas, que los de las tempestades de Belona cuando pone en juego sus destructoras máquinas para arrasar una ciudad fortísima; menor sería el estruendo si se desplomase la celeste bóveda, y los elementos desencadenados arrancaran de su eje a la tierra inmóvil. Satán despliega por fin sus alas, semejantes a dos anchas velas, para emprender su vuelo, y estriba con el pie en la tierra, elevándose entre torbellinos de humo.

Llevado como en un carro de nubes, sigue subiendo audaz por espacio de muchas leguas, pero faltándole de pronto el apoyo, encuentra un inmenso vacío, y sorprendido y agitando en vano sus alas, cae como un plomo a diez mil brazas de profundidad. Aún estaría cayendo, si por una desgraciada casualidad no lo hubiera lanzado a otras tantas millas de altura la fuerte explosión de una tempestuosa nube, impregnada de fuego y nitro. Apagóse su furor en una sirte esponjosa que no era ni mar ni tierra, y Satán casi sumergido, atravesó el movedizo pro-montorio, tan presto a pie como volando. Tuvo entonces que emplear remos y velas; y semejante al grifo que en su alada carrera persigue por desiertos montañas y valles al arimaspe, que ha sustraído sutilmente el oro confia-do a su vigilante guarda, así continúa Satán ardorosamente su camino a través de pantanos, precipicios y estre-chos, de vapores densos, o enrarecidos; y con la cabeza, manos, alas y pies, nada, se sumerge, fluctúa, se arras-tra y vuela.

Llega, por fin, a sus oídos con sin igual fragor, un extraño y universal clamoreo de sordos sonidos y confusas voces, pero igualmente intrépido, se dirige hacia aquel lado para dar con el poder o espíritu del profundo abis-mo que reside allí, y preguntarle en qué punto se halla el límite de las tinieblas más próximo a la luz. De repente aparece el trono del Caos, desplegándose su negro e inmenso pabellón sobre un despeñadero de ruinas. La Noche, cubierta de negro manto, se ve asimismo sentada en su trono, al lado del Caos; y como anterior a todos los seres, comparte con él el cetro. A su lado se hallan Orco y Ades, y Demogorgón, de terrible renombre; des-pués el Rumor y el Acaso, el Tumulto y la Confusión monstruosa, y por último, la Discordia con sus mil voces distintas. Satán se dirige osado al Caos y le dice: «Potestades y espíritus de este profundo abismo, Caos y anti-gua Noche: sabed que no vengo aquí como espía, con objeto de explorar o sorprender los secretos de vuestro reino; obligado a pasar por este sombrío desierto a través de vuestro vasto imperio, porque me encamino hacia la luz, solo, sin guía y casi perdido, busco el rumbo más breve para llegar al punto donde vuestras oscuras fron-teras se tocan con el cielo. Y si algún otro lugar de vuestro dominio ha sido invadido y ocupado últimamente por el Rey etéreo, salvando estas profundidades allí intentaré llegar. Dirigid mis pasos que bien encaminados, no será escasa la recompensa que logréis en beneficio de vuestros intereses; no lo será, si arrojado el usurpador de la región perdida, consigo volverla a sus primitivas tinieblas y a vuestro dominio. Este es el objeto de mi presente viaje, y enarbolar de nuevo el estandarte de la antigua Noche. Para vosotros todas las ventajas; yo me contento sólo con vengarme.»

Así dijo Satán, y con voz temblorosa y descompuesto semblante le contestó el viejo Anarca: «Te conozco, extranjero; tú eres el poderoso jefe de los ángeles que últimamente se rebelaron contra el Rey del cielo, y que fuiste derrotado. Yo lo vi y lo oí, pues tan numerosa milicia no pudo huir en silencio a través del aterrado abis-mo, yendo destrozada, perseguida, y más confundida que la misma confusión, mientras las puertas del cielo daban paso a millones de sus huestes victoriosas. Yo he venido a residir en mis fronteras, donde todo mi poder apenas basta para salvar lo poco que me resta, pues también se experimentan aquí vuestras divisiones intestinas, que van mermando los antiguos dominios de la Noche; además de que por una parte del infierno, donde tenéis vuestras prisiones, se ha dilatado en torno bajo mis pies; por otro ese Paraíso, ese nuevo mundo, están suspen-didos sobre mi reino y unidos por una cadena de oro al punto del cielo de donde cayeron precipitadas vuestras legiones. Si queréis encaminaros hacia ese lado, no estáis distante; más cerca os hallaréis del peligro. Id, pues: apresurad la marcha; los despojos, la ruina y el exterminio son mi alimento.»
No dijo más ni Satán se detuvo a replicar, sino que gozoso de tener próxima una playa en aquel Océano, lán-zase con nuevo ardor y con nueva fuerza por el inmenso espacio, como una pirámide de fuego. Pugnando con los desencadenados elementos que lo rodean por todas partes, prosigue su camino más estrecho, más peligroso que el del navío Argos al cruzar el Bósforo, con mayores riesgos que Ulises cuando al evitar por un lado a Ca-ribdis, vio amenazada su inexperiencia con otro escollo.

Así avanza Satán difícil y penosamente; pero una vez que forzó el paso, y más adelante cuando cayó el Hom-bre (¡extraña novedad!), el Pecado y la Muerte, que seguían las huellas del infernal enemigo, pues tal fue la voluntad del cielo, abrieron ancho camino por el sombrío abismo, cuyo hirviente seno consintió que se echara un puente de asombrosa longitud desde el infierno hasta el orbe exterior de este frágil globo. Por medio de esta fácil comunicación, van y vienen los espíritus perversos, excepto los mortales, para tentar o castigar a aquellos a quienes Dios y los santos ángeles guardan por gracia particular.

Pero ya por fin comienza a sentirse la influencia sagrada de la luz, y el alba luminosa envía desde las mura-llas del cielo un destello al tenebroso seno de la oscura Noche. Aquí tienen principio los más lejanos límites de la naturaleza; retrocede el Caos y se retira de sus defensas como enemigo vencido, con menos estrépito y resis-tencia, mientras Satán, tranquila y holgadamente, se desliza por las apacibles hondas, guiado de incierta luz, a la manera de un buque combatido por las tempestades, que entra alegremente en el puerto, aunque con sus jarcias y velas despedazadas. Parecido al aire, tiende sus alas a la inmensidad del vacío, contemplando desde lejos y enajenado el empíreo cielo, cuya extensión es tal, que no acierta a distinguir si es cuadrada o circular. Descubre las torres de ópalo; las almenas de brillantes zafiros donde fue un tiempo su patria; ve también junto a la luna, sujeto al extremo de una cadena de oro, aquel mundo suspendido, igual a una estrella de la más pequeña magni-tud; desde allí, animado por inicua sed de venganza, maldito él, y en maldita hora, aceleró su vuelo.
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TERCERA PARTE
ARGUMENTO
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Sentado Dios en su trono, ve a Satán que vuela hacia el mundo nuevamente creado, y mostrándole a su Hijo, que reside a su diestra, le predice cómo intentará y logrará aquél pervertir al género humano. Pone a salvo de toda imputación su injusticia y sabiduría, dado que ha hecho al Hombre libre y capaz de resistir a las tentacio-nes de su enemigo; y anuncia su designio de perdonarle, atendiendo a que no se dejará llevar de su propia per-versidad, como Satán, sino de la seducción de éste. El Hijo glorifica al Padre por su bondad, pero Dios declara al propio tiempo que no podrá conceder su gracia al Hombre sin que la justicia divina quede satisfecha, porque al atentar contra su poder, aspirando a la divinidad, se ha hecho reo de muerte con toda su descendencia, y debe morir, a no ser que haya alguien capaz de reparar su culpa, sufriendo el castigo de ella. El Hijo de Dios se ofre-ce entonces voluntariamente a rescatar al Hombre; acepta el Padre la oferta, ordena su encarnación, y dispone que sea exaltado sobre todo cuanto existe en el cielo y en la tierra. Manda fuego a todos sus ángeles que le adoren; obedécenle ellos, y al compás de sus arpas entonan himnos de gloria en loor del Omnipotente y de su Hijo. Entretanto, desciende Satán a la superficie exterior del globo terráqueo, y divagando por uno y otro punto llega a un lugar llamado posteriormente el Limbo de la Vanidad. Qué seres y qué cosas se dirigen volando hacia el mismo sitio. Acércase después a las puertas del cielo, y se describen las gradas por donde se sube a él, así como las aguas que corren por encima del firmamento. Pasa Satán a la órbita del Sol, y encuentra a Uriel, rector de aquella esfera; pero antes toma la forma de un ángel inferior, y pretextando un religioso deseo de contemplar el mundo nuevamente creado y al Hombre colocado por Dios en él, procura averiguar cuál es su morada. Indí-casela Uriel, y Satán dirige a ella su vuelo, deteniéndose primeramente en la cima del Mates.

¡Salve sagrada luz hija primogénita del cielo oh destello inmortal del eterno Ser! ¿Por qué no he de llamarte así, cuando Dios es luz, y cuando en inaccesible y perpetua luz tiene su morada, y por consiguiente en ti, res-plandeciente efluvio de su increada esencia? Y si prefieres el nombre de puro raudal de éter, ¿quién dirá cuál es tu origen, dado que fuiste antes que el sol, antes que los cielos, cubriendo a la voz de Dios, como con un manto, el mundo que salía de entre las profundas y tenebrosas hondas, arrancado al vacío informe e, inconmensurable?

Vuelvo ahora a ti nuevamente con más atrevidas alas, dejando el Estigio lago, en cuya negra mansión he permanecido sobrado tiempo. Mientras volaba cruzando tenebrosas regiones y no menos sombríos ámbitos, canté el Caos y la eterna Noche en tonos desconocidos a la cítara de Orfeo. Guiado por una musa celestial, osé descender a las profundas tinieblas, y remontarme de nuevo; arduo y penoso empeño. Seguro ya, vuelvo a ti, siendo tu influencia vivificadora; pero tú no iluminas estos ojos que en vano buscan tu penetrante rayo sin des-cubrir claridad alguna: a tal punto ha consumido sus órbitas invencible mal, o se hallan cubiertas de espeso velo. Más alentado por el amor que me inspiran sagrados cantos, recorro sin cesar los sitios frecuentados por las Musas, las claras fuentes los umbríos bosques, las colinas que dora el sol; y a ti sobre todo, ¡oh Sión!, a ti, y a los floridos arroyos que bañan tus santos pies y se deslizan con suave murmullo, me dirijo durante la noche. Ni olvido tampoco a aquellos dos, iguales a mi en desgracia (¡así los igualará en gloria!), el ciego Tamiris y el ciego Meónides, ni a los antiguos profetas Tiresias y Fineo, deleitándome entonces con los pensamientos que inspiran de suyo armoniosos metros, como el ave vigilante que canta en la oscura sombra, y oculta entre el espeso follaje hace oír sus nocturnos trinos.

Así con el progreso del año vuelven las estaciones; mas para mí no vuelve jamás el día: no veo los dulces al-bores de la mañana, ni el crepúsculo de la tarde, y ni la flor de la primavera, ni la rosa del estío, ni los rebaños de los prados, ni la faz divina del Hombre. Sumido entre tinieblas y eternas nubes, apartado de las gratas sendas de la vida humana, no me ofrece el libro cuyo estudio es tan interesante, más que una inmensa página en blan-co, donde están borradas para mí las obras de la naturaleza, y la sabiduría halla cerrada en uno de mis sentidos la puerta que más fácil entrada le dejaría. Brilla, pues, dentro de mi con más esplendor, ¡oh celeste luz! Ilumina con tus rayos las potencias todas de mi alma; pon ojos en ella; purifica y presérvala de las sombras que la en-vuelven, para que pueda ver y narrar cosas invisibles a la vista de los mortales.

Desde las cumbres del puro empíreo, donde ocupando su trono domina sobre las mayores eminencias, inclinó una mirada el omnipotente Padre para contemplar a la vez sus obras y las obras de sus criaturas. Agrupábanse en torno suyo todas las santidades del cielo, como otras tantas estrellas, y se gozaban de su vista con indecible bienaventuranza: a su diestra tenía asiento su único Hijo, radiante imagen de su gloria. Dirigió su vista a la Tierra, fijándola en nuestros dos primeros padres, únicos seres de la especie humana, que colocados en un jar-dín delicioso saboreaban inmortales frutos de paz y amor, inalterable paz, amor sin igual en aquella soledad dichosa. Miró después al infierno y al abismo que lo separa del mundo, y vio a Satán volando por la tenebrosa atmósfera, en torno de los límites del cielo y hacia la región de la Noche, inclinado a posar sus fatigadas alas y su pie impaciente en la árida superficie de este mundo, que le parecía un globo sólido y sin firmamento. Dudaba si era océano o aire aquel espacio; y observándolo Dios con la profunda mirada que penetra en el presente, el pasado y el porvenir, dirigió a su Unigénito estas proféticas Palabras: «¿Ves Hijo mío el furor de que está po-seído nuestro adversario? Ni la estrechez en que se halla, ni las barreras del terno, ni las cadenas de que está cargado, ni aun el vacío inmenso del abismo bastan para contenerlo; tanto lo ciega la desesperación de una venganza que recaerá sobre su rebelde meza. Rotos ahora los lazos que le oprimían, se acerca al cuelo, a la región de la luz, dirigiéndose al mundo nuevamente creado, con el intento de destruir por la fuerza al Hombre mora allí, o lo que es peor, pervertirlo con algún artificioso engaño. Y lo conseguirá; porque atento el Hombre a falaces lisonjas, y quebrantando fácilmente mi único Mandato, la única prueba, que exijo de su obediencia, caerá no sólo él, sino toda su infeliz progenie.

«¿A quién podrá culpar, a quién más que a sí propio? ¡Ingrato! Le concedí cuanto podía anhelar; le inspiré la justicia, la rectitud, la fuerza para sostenerse, aunque con la libertad para caer; del propio modo creé a todas las potestades y espíritus etéreos, así a los que permanecieron fieles, como a los que se rebelaron, pues libres fue-ron los unos para sostenerse, los otros para caer. Sin esta libertad, ¿qué prueba sincera hubieran podido dar de verdadera obediencia, de constante fe ni de amor, obrando sólo por necesidad, no voluntariamente? ¿De qué alabanza se hubieran hecho merecedores? ¿Qué satisfacción había de causarme semejante obediencia, cuando la voluntad y la razón (que en la razón también hay albedrío), tan vana la una como la otra, privadas ambas de libertad y ambas pasivas, cedieran a la necesidad no a mi precepto?

«Así creados, y conforme al derecho de que disfrutan, no pueden en justicia acusar a su Hacedor, ni a su na-turaleza, ni a su destino, cual si éste avasallase su voluntad o dispusiera de ellos por un decreto absoluto o una prevención suprema. Ellos mismos han decidido su rebelión, no yo; yo la tenía prevista, más semejante preven-ción no redunda en disculpa suya, que no por haber dejado de preverla hubiese sido menos segura. Así, pues, sin que los impulsase nadie, sin poder achacarlo al destino, ni a una predestinación inmutable por parte mía, ellos son los que pecan. Ellos los autores de su mal, en que caen deliberadamente o por su elección. Libres los he formado; libres deben permanecer hasta que ellos mismos vengan a esclavizarse, pues de otra suerte me sería forzoso cambiar su naturaleza, revocando el supremo decreto, inmutable y eterno, por el cual les fue otorgada su libertad. Ellos sólo son la causa de su caída.

«Los primeros culpables cayeron instigados, tentados por sí mismos, y por su propia depravación: el Hombre cae engañado por aquellos rebeldes, y por lo mismo obtendrá gracia; los otros no. Por la misericordia y la justi-cia triunfará mi gloria así en el cielo como en la tierra; mas la misericordia, desde el principio al fin, será la que resplandezca más.»

Mientras hablaba así Dios, se difundía por todo el cielo un aroma de perfumada ambrosia que comunicaba a los elegidos espíritus de los bienaventurados el inefable gozo de un nuevo júbilo. Mostraba el Hijo de Dios la expresión de una gloria sin igual; veíase en él sustancialmente reproducido su Padre en toda su plenitud; y en su rostro aparecían visibles una divina compasión, un amor infinito y una inefable gracia, que le movieron a diri-girse a su Padre, diciendo así: «¡Oh Padre mío! ¡Cuán misericordiosa es la sentencia que como supremo juez has pronunciado! ¡Que el Hombre obtendrá perdón! Por ella publicarán cielo y tierra tus alabanzas en innume-rables himnos y sagrados cánticos, que resonando alrededor de tu trono para siempre te bendigan. Pero, ¿será que el Hombre perezca al fin? ¿Que la última y más amada de tus criaturas, el más joven de tus hijos sea vícti-ma de un engaño aunque su propia demencia contribuya a él? Lejos de ti rigor tanto, lejos de ti, Padre mío, que juzgas, y siempre equitativamente, de cuanto has hecho. ¿Conseguirá así sus fines nuestro adversario, frustran-do los tuyos y sobreponiéndose su malicia a tus bondades? ¿Verá satisfecho su orgullo, aunque sujeto a más duras penas, y lograr saciar su venganza arrastrando consigo al infierno, después de haberla corrompido, a toda la raza humana? ¿Has de destruir tú mismo tu creación, y deshacer por ese enemigo lo que has hecho para tu gloria? Pondríanse entonces en duda tu bondad y tu grandeza, y se negarían una y otra, sin que fuera posible defenderlas.»

«¡Oh Hijo mío en quien tanto se goza mi alma», le replicó el Sumo Hacedor, «Hijo de mi seno, mi único Verbo, mi sabiduría y mi más eficaz poder! Conformes están tus palabras con mis pensamientos y con lo que mi eterno designio ha decretado; no perecerá enteramente el Hombre: salvaráse el que lo desee, mas no por su voluntad propia sino por mi gracia libremente concedida. Restableceré de nuevo su degenerada condición, aunque sujeta por el pecado a impuros y violentos deseos y con mi ayuda podrá otra vez resistir a su mortal enemigo; pero esta ayuda ha de servirle para que sepa a qué extremo ha llegado la degradación, y para que a mí. exclusivamente a mí, sea deudor de su libertad.

«Ya entre todos ellos he escogido a algunos, dignos de mi predilección, porque tal ha sido mi voluntad: los demás oirán mi llamamiento y serán con frecuencia amonestados para que, reconociendo su iniquidad, se apre-suren a aplacar mi indignación y aprovecharse de la gracia con que les brindo. Yo iluminaré cuanto sea necesa-rio la ofuscación de sus sentidos, y ablandaré sus endurecidos corazones para que puedan orar, arrepentirse y prestarme la debida obediencia. A sus ruegos, a su arrepentimiento y sumisión, cuando procedan de un ánimo sincero, ni mis oídos ni mis ojos permanecerán cerrados; les daré por guía y árbitro la conciencia; y si la escu-chan y la emplean bien, cada vez alcanzarán más luz, y perseverando hasta el fin, tendrán segura su salvación. Pero nunca disfrutarán de mi inagotable indulgencia ni de mi gracia los que la olviden y menosprecien, sino que se aumentarán en el endurecido su dureza y en el ciego su ceguedad para que tropiecen y caigan en mayor abismo; y sólo a éstos excluiré de mi misericordia.

«Resta todavía que hacer, desobediente y rebelde, el Hombre ha quebrantado su fe, y pecado contra la alta majestad del cielo: ha aspirado a la divinidad y perdídolo así todo, sin reservar nada con que expiar su crimen; por lo que amenazado de destrucción, debe perecer con toda su posteridad. Preciso es, pues, que él o la justicia dejen de existir, a no ser que en su lugar se ofrezca voluntariamente alguno capaz de dar completa satisfacción, es decir, muerte por muerte. Ahora bien, decidme, celestes potestades: ¿dónde hallar semejante abnegación? ¿Quién de vosotros para redimir el crimen del Hombre se hará mortal? ¿Qué justo salvará al injusto? ¿Existe en todo él cielo tan sublime amor?»
A esta pregunta enmudecieron los coros allí presentes, y el cielo todo quedó en silencio. No se presentó en favor del Hombre patrono ni intercesor alguno, ni menos quien osara atraer sobre su cabeza el mortífero casti-go, ofreciéndose como precio de aquel rescate; y hubiérase perdido toda la especie humana sin tener quien la redimiese, entregada por un terrible decreto a la muerte y al infierno, si el Hijo de Dios, en quien reside la pleni-tud del amor divino, no hubiese interpuesto de nuevo su poderosa mediación, diciendo:

«Ya, Padre mío, has pronunciado su sentencia: el Hombre obtendrá perdón. Mas este perdón en que está ci-frada la mayor eficacia de tu bondad, que acude a todas tus criaturas, y a todas llega sin que se prevea ni implo-re, ni solicite ¿ha de haberse otorgado en vano? ¡Feliz el hombre que así lo alcanza. pero que una vez perdido y muerto por el pecado, no podrá recurrir a él, en la incapacidad de ofrecer por sí holocausto ni expiación alguna!

«Heme aquí, pues: yo me ofrezco por él; yo ofrezco mi vida por la suya. Caiga sobre mí tu cólera; mírame como a un hombre. Por su amor me separaré de ti, me desposeeré voluntariamente de esta gloria que contigo comparto; por él moriré contento. Descargue en mí la Muerte sus furores; no permaneceré sumido mucho tiem-po en su tenebroso imperio. Tú me has concedido vivir por mí propio y perpetuamente; y por ti viviré, aunque ahora me someta a la Muerte, y le entregue cuanto haya en mí de perecedero.

«Pero una vez satisfecha esta deuda, no me dejarás yacer en el horror del sepulcro, ni consentirás que mi al-ma inmaculada esté para siempre sujeta a la corrupción, sino que resucitaré victorioso, subyugando a mi vence-dor, a quien arrancaré los despojos de que se muestra tan envanecido. Será este golpe funesto para la Muerte, que al contemplar su humillación, quebrará su letal saeta; y encumbrándome yo por el dilatado espacio del aire en medio de mi triunfo, llevaré cautivo al infierno a pesar suyo, dejando aherrojadas las potestades de las tinie-blas. Y tú te deleitarás en este espectáculo, y dirigirás desde el cielo una mirada, y sonreirás amorosamente; y con tu ayuda, confundiré a todos mis enemigos, como a la Muerte, el postrero de ellos, cuyo esqueleto henchirá el sepulcro. Cercado entonces de la muchedumbre redimida por mí, tornaré al cielo tras larga ausencia; tornaré, Padre mío, a contemplar tu rostro, en que no se descubrirá ya sombra alguna de indignación, sino anuncios de ventura y paz; porque dando al olvido tu cólera, se gozará en tu reino de inefable júbilo.»

Estas fueron sus últimas palabras. Calló; mas parecía seguir hablando con una expresión de dulzura tal, que revelaba su infinito amor hacia los mortales, amor que sólo era comparable a su obediencia filial. Ofrecido a sí propio como víctima, esperaba que el augusto Padre manifestase su voluntad. El cielo estaba mudo de asombro, sin comprender la significación de aquel misterio ni el fin a que se encaminaba; cuando el Omnipotente excla-mo así: «¡Oh tú, en la tierra y en el cielo única prenda de paz para el género humano, bastante a aplacar mi cólera, y único objeto de mi complacencia! Bien sabes cuán queridas me son todas mis obras, y cuánto lo es el Hombre, última de las que han salido de mis manos, pues por él te separaré de mi seno Y de mi diestra, para salvar, privado de ti algún tiempo, a toda esa raza de perdición. Y dado que tú solo puedes redimirla, une a la tuya la naturaleza humana, y baja a ser hombre entre los hombres de la tierra; hazte carne, cumplido que fuere el tiempo, saliendo del seno de una virgen y naciendo milagrosamente. Sé padre del género humano en lugar de Adán, aunque hijo de éste; y ya que en él perecen todos los hombres, de ti, como de una segunda raíz, nacerán los que sean dignos de esta gracia, pero sin ti no se salvará nadie. El crimen de Adán hace culpables a todos sus hijos; por tu mérito, que les será traspasado, quedarán absueltos los que renunciando a sus propias acciones, justas o injustas, vivan regenerados en ti, recibiendo de ti nueva existencia. El Hombre, pues, como es justo satisfará la pena que debe el Hombre; será juzgado, morirá; y al dejar de existir, volverá a levantarse, y con él se levantarán todos sus hermanos, redimidos con su preciosa sangre. Así el amor celestial vencerá el odio del infierno, entregándose a la muerte y muriendo para redimir a tanta costa lo que el odio infernal ha destruido tan fácilmente, y lo que destruirá todavía en aquellos que aun pudiendo, no acepten la gracia con que se les brinda.

«Al descender hasta la humana naturaleza, no humillas ni degradas la tuya; porque sentado en el trono de Dios, igualándolo en grandeza y gozando como él de la mayor bienaventuranza, a todo has renunciado para preservar a un mundo de su completa ruina; porque tu mérito, más bien que tu divino origen, te ha hecho do-blemente digno de ser el Hijo de Dios, mostrándote antes bueno que grande y poderoso; y porque en ti abunda el amor más que el deseo de gloria. Por medio de tu sublime humillación, elevarás contigo hasta este trono tu humanidad, y aquí encarnado reinarás a la vez como Dios y como Hombre, como Hijo de Dios y del Hombre, quedando consagrado por Rey del universo. Todo este poder te concedo: reina perpetuamente, y goza de tu virtud. Imperarás como señor supremo, sobre tronos principados potestades y dominaciones; y todos se proster-narán ante ti en el cielo, en la tierra y en las profundidades del infierno. Cuando asociada a tu gloria la corte celestial, aparezcas en la cumbre del firmamento; cuando, sirviéndote los arcángeles de heraldos, convoquen a las naciones ante tu tribunal terrible, y, acudan a su voz los vivientes de todas las partes del mundo, y los muer-tos de todas las pasadas edades, y al estrépito producido por la ruina de la naturaleza, despierten de su sueño, y corran presurosos a oír tu irrevocable fallo, entonces juzgarás en presencia de los santos todos, a los hombres y a los ángeles perversos, y convencidos de su iniquidad se humillarán ante tu sentencia, y su innumerable multi-tud llenará el infierno, que quedará para siempre cerrado desde aquel día. El mundo se reducirá a cenizas, pero de entre ellas saldrán un nuevo cielo y una nueva tierra, que será morada de los justos; los cuales tras largas tribulaciones, conocerán una edad de oro, fecunda en grandiosos hechos y embellecida por el placer, el triunfo del amor y la hermosura de la verdad. Entonces desceñirás tus regias vestiduras, no teniendo para qué empuñar el cetro de tu soberanía, porque Dios será todo para todos. Adorad, pues, angélicas potestades, al que muere para que se cumplan todas estas maravillas; adorad a mi Hijo, y honradlo como a mí propio.»

Esto dijo el Todopoderoso, y la innumerable multitud de ángeles prorrumpieron en ruidosas aclamaciones, cuya armonía, como producida por voces celestiales, era intérprete de su júbilo. Al compás de los himnos y «hosannas» que resonaban por las eternas regiones del Empíreo, inclinábanse reverentemente los ángeles ante ambos tronos, y en muestra de adoración, cubrieron las gradas con coronas, entretejidas de amaranto y oro; de amaranto inmortal, flor que brilló primero junto al árbol de la Vida, en el Paraíso, pero que luego, por el pecado del hombre, de nuevo se trasladó al cielo, su patria, y allí prospera y florece aún, prestando dulce sombra a la fuente de la vida y a las márgenes del dichoso río, cuyas ondas de ámbar se deslizan por entre las flores del Elíseo.

Con guirnaldas formadas de estas perpetuas flores, entrelazan y sostienen los espíritus bienaventurados sus resplandecientes cabelleras; de las que desprendiéndose después, se esparcen sobre el luciente pavimento; que brilla como un mar de jaspe, matizado de celestiales rosas. Cíñenselas los ángeles de nuevo; prepara cada cual su arpa de oro, siempre templada, y como un carcaj suspendida a su costado; y preludiando una suavísima sin-fonía entonan sagrado cántico, que arrebata el alma de entusiasmo. No hay voz allí que permanezca silenciosa, no hay voz que niegue el encanto de su melodía: tan acorde se ve todo en el cielo.

Cantáronte a ti primero, ¡oh Padre omnipotente, inmutable, inmortal, infinito, que has de reinar por siempre! A ti, creador de todas las cosas, fuente de luz invisible entre los gloriosos fulgores del altísimo trono donde te sientas, que aun templando la fuerza de tus rayos, y envuelto en la nube que como radiante tabernáculo te rodea, dejas ver los bordes de tu manto oscurecidos por tan excesivo brillo. El cielo entretanto aparece deslumbrado, y los más lucientes serafines no se acercan a ti sino cubriéndose los ojos con ambas alas.

Ensalzáronte después a ti, que precediste a toda la creación, Hijo engendrado, Divina Imagen, en cuya her-mosa faz resplandece el Padre Omnipotente, para ti visible, sin nube alguna, pero invisible a las demás criatu-ras. En ti el esplendor de su gloria se reproduce impreso; y transfundido en ti se anima su inmenso espíritu. Por ti creó el cielo de los cielos, y todas las potestades que en él se encierran; por ti precipitó en el abismo a las ambiciosas dominaciones. No dejaste aquel día vagar al terrible rayo de tu Padre, ni detuviste las ruedas de tu flamígero carro, que estremecían la eterna bóveda del cielo al pasar sobre los rebelados ángeles rebeldes. Tor-naste triunfante de aquella lid, y tus potestades te exaltaron con inmensas aclamaciones, a ti, Hijo único de la omnipotencia de tu Padre, ejecutor de la terrible venganza que tomaba en sus enemigos. No así con el Hombre: vencido por la malicia de aquellos, no le hiciste blanco de tus rigores, sino que lo miraste con piedad, ¡oh Padre de gracia y misericordia! Sabedor tu amado y único Hijo de que no era tu propósito castigar la fragilidad del hombre, y de la compasión que por él sentías, para apaciguar tu cólera, poniendo término a la lucha entre la misericordia y la justicia, que revelaba tu semblante, ofrecióse El mismo al sacrificio para redimir al Hombre, renunciando a la felicidad de que junto a ti gozaba. ¡Oh amor sin ejemplo, amor que no podía nacer sino en el espíritu divino! ¡Salve, Hijo de Dios, redentor de la Humanidad! ¡Tu nombre será de hoy más el sublime asunto de mi canto; mi cítara celebrará sin cesar tus alabanzas, al par de las de tu Padre!

En tan gozosos afectos y loores empleaban sus bienhadadas horas los ángeles que pueblan la región de las es-trellas; mientras Satán, descendiendo al sólido y opaco globo de este mundo esférico, comenzaba a recorrer la primera convexidad, que envolviendo los orbes luminosos inferiores, los separa del Caos y del dominio de la antigua Noche. De lejos parecíale un globo aquella convexidad; de cerca un continente sin límites, sombrío, estéril y salvaje, triste como una noche sin estrellas, y expuesto a las tempestades siempre amenazadoras del Caos, que muge a su alrededor; cielo inclemente, excepto por la parte de los muros del Empíreo, que aunque lejanos reflejaban un destello de claridad en medio de las tinieblas procelosas.

Recorría el enemigo a pasos agigantados aquel anchuroso campo, semejante al buitre que nacido en el Imaus, cuya nevada cima cubre el Tártaro vagabundo, abandona la región falta de caza para cebarse en la carne de los corderos o cabritillos que pastan en las colinas, y dirige después su vuelo hacia las corrientes del Ganges o del Hydaspe, ríos de la India, bajando de paso a las áridas llanuras de Sericana, por donde, a favor de la brisa y de las velas, caminan los chinos en sus ligeros esquifes de caña. Marchaba así el Enemigo por aquel mar de tierra que azotaba el viento, buscando por todas partes su presa; marchaba solo, porque en aquel lugar no se encontra-ba aún ningún ser vivo ni muerto; pero más tarde, cuando malogró el pecado las obras de los hombres, subieron allí desde la tierra, como un vapor aéreo, las vanidades de los mortales, las almas de los que cifran en ellas sus quiméricas esperanzas de gloria, de fama duradera o de felicidad, así en ésta como en la otra vida. Todos aque-llos que en la tierra aspiran al fruto de una lastimosa superstición o de un desmedido celo, y no ambicionan más que las alabanzas de los hombres, encuentran allí recompensa proporcionada a sus merecimientos, vana como sus obras. Todos los seres imperfectos, verdaderos abortos y monstruos, que salen extrañamente amalgamados de manos de la naturaleza, se refugian en aquella región desde la tierra en que se evaporan y vagan inútilmente por ella hasta la disolución del mundo, y no residen en la vecina luna, como algunos han soñado; pues los ar-gentados campos de este astro sirven más bien de morada a otras almas justas, a espíritus que participan a la vez de la naturaleza angélica y humana.

Desde el antiguo mundo fueron trasladados al principio a aquellas tristes regiones los hijos de fementidos en-laces: los gigantes que llevaron a cabo inútiles proezas, entonces muy celebradas; posteriormente los que edifi-caron a Babel en la llanura de Sennaar, que sin desistir de su frustrado intento, seguirían construyendo nuevas torres si tuviesen medios con que efectuarlo. Uno tras otro llegaron luego muchos más, entre ellos Empédocles, que para ser tenido por Dios, se lanzó voluntariamente a los abismos del Etna; y Cleombroto, que para gozar del Elíseo de Platón, se sumergió en el mar. Empeño interminable sería mencionar a otros, hipócritas o demen-tes, anacoretas y frailes blancos, negros y grises, con todos sus embelecos. Por allí vagabundean los peregrinos que tan largo viaje arriesgaron buscando muerto en el Gólgota al que vive en el cielo; y los que para ganar el Paraíso, visten al morir el hábito franciscano o dominico, imaginando que este disfraz les allanará la entrada. Cruzan todos ellos los siete planetas, las estrellas fijas, la esfera cristalina, cuyo balanceo produce la trepida-ción, objeto de tantas controversias, y la esfera que se puso en movimiento antes que ninguna otra. En la puerta del cielo parece aguardarlos San Pedro con sus llaves: tocan ya en el umbral; y cuando levantan el pie para penetrar en él, a impulsos de un furioso viento que en encontradas direcciones los combate, son lanzados a diez mil leguas de distancia en la inmensidad del aire. ¡Qué de cogullas, tocas y hábitos se ven entonces revueltos y despedazados como los que con ellos se cubren, y qué de reliquias, escapularios, indulgencias, dispensas, bulas y absoluciones, que vienen a ser ludibrio de los vientos! Revolotea todo ello por los espacios ilimitados, sobre el mundo, y en el vastísimo limbo llamado después «Paraíso de los locos», que si andando el tiempo fue de pocos desconocido, hallábase despoblado entonces y nadie penetraba en él.

Encontró a su paso el infernal Enemigo aquel tenebroso globo, y anduvo recorriéndolo largo tiempo, hasta que el resplandor de la escasa luz le atrajo hacia el sitio de donde salía. Pudo entonces descubrir a lo lejos un magnífico edificio que en anchurosa gradería se alzaba hasta la muralla del cielo, y al terminar aquélla, una construcción más suntuosa aún, semejante a la puerta de regio alcázar, coronada con un frontispicio de diaman-te y oro. Brillantes perlas orientales adornaban el pórtico, que ni pincel humano ni modelo alguno aceptarían a imitar en la tierra; sus escalones eran como aquellos por donde vio Jacob subir y bajar a las celestiales cohortes de los ángeles, cuando huyendo de Esaú, camino de Padan-Aram, y entregado de noche al sueño en los campos de Luza, bajo el estrellado firmamento, exclamó al despertar. «¡Esa es la puerta del cielo!»

Cada uno de aquellos escalones contenía un misterio, mas no siempre estaba allí fija la escala, que a veces se ocultaba en el cielo y se hacía invisible. Fluía por debajo de ella un mar brillante de jaspe y de perlas líquidas, que surcaban los que habían subido de la tierra en alas de los ángeles, o arrebatados en un carro por corceles de raudo fuego. Mostrábase entonces la escala en toda su extensión, ya para alucinar al Enemigo con la facilidad de la subida, ya para acrecentarle la pena con que había de verse excluido de la mansión bienaventurada.

Enfrente de aquellas puertas, y precisamente encima de la risueña morada del Paraíso, abríase un camino que conducía a la tierra, camino mucho más ancho que fue en los venideros tiempos el espacioso que llegaba hasta el monte Sión y la Tierra prometida, predilecta del Señor. Recorrían incesantemente aquel camino los ángeles que comunicaban las órdenes supremas a las dichosas tribus, y el Altísimo dirigía miradas bondadosas a las que habitaban desde Paneas, manantial de las aguas del Jordán hasta Bersabé, donde la Tierra Santa confina con el Egipto y las playas de la Arabia. Tan vasto era aquel camino, que sus límites se perdían en las tinieblas, como las profundidades del Océano. Desde allí, llegado que hubo al escalón inferior de las gradas de oro que condu-cen a la puerta del cielo, Satán inclinó su vista y quedó maravillado al descubrir repentinamente todo aquel mundo. Como el espía que caminando toda la noche por peligrosos y desiertos sitios, llega por fin al despuntar la risueña aurora, a la cumbre de empinada altura, y ve de pronto la agradable perspectiva de tierra extraña, que con asombro contempla por primera vez, o de metrópoli famosa, embellecida con pirámides brillantes torres que iluminan los dorados rayos del sol naciente, así el espíritu maligno quedó embargado de asombro; aun con haber visto en otro tiempo las maravillas del Cielo; mas el aspecto de aquel mundo que tan hermoso parecía, todavía le inspiró mayor envidia que admiración.

Dominando desde aquella elevación la inmensa sombra de la noche, recorrió con la vista desde el punto oriental de la Libia hasta el signo que toma el nombre del animal que condujo a Andromeda más allá del hori-zonte del mar Atlántico. Vio luego la extensión que media entre los dos polos, y sin más detención dirigió el raudo vuelo hacia la primera región del mundo, y fácilmente torció el rumbo a través del puro y marmóreo aire, entre innumerables estrellas que brillaban desde lejos como astros, pero que de cerca parecían otros tantos mundos; y lo serán acaso, o bien islas afortunadas como los jardines de las Hespérides, tan celebrados en la antigüedad. Campos de bienandanza, bosques y valles floridos, islas tres veces felices ¿quién tenía la dicha de habitarlos? Satán no se detuvo a averiguarlo.

Atrae sobre todo sus miradas el áureo sol, resplandeciente como el Empíreo, y hacia él dirige su vuelo atrave-sando el sereno firmamento; pero en qué dirección y hasta qué punto más o menos del centro, difícil es discu-rrirlo; encaminose a la región desde donde el fulgente astro comunica su luz a las vulgares constelaciones que se mantienen a distancia proporcionada, y que en su sucesiva evolución regulan el cómputo de los días, los meses y los años, ya acercándose en sus varios movimientos al astro vivificante ya suspendiéndolos en virtud de la influencia de sus magnéticos rayos, que templan con dulce calor el universo, y, aunque invisibles, pene-tran con benigna eficacia en todas partes hasta en lo más profundo de los abismos; tan maravillosamente está situado. Detúvose allí el Impío; y acaso ningún astrónomo descubrió jamás con el auxilio de su cristal óptico semejante mancha en el disco del astro luminoso.

Parecióle aquel lugar a Satanás espléndido sobre todo encarecimiento, superior a cuanto como metal o piedra puede existir en la tierra. No eran todas sus partes semejantes entre sí, pero en todas penetraba por igual una luz radiante como penetra el fuego el interior del hierro. Si eran metales una parte parecía oro y la otra plata finísi-ma; si piedras, debían componerse de carbunclos o crisolitos rubíes o topacios, semejantes a las doce que bri-llaban en el pecho de Aarón o a aquella más imaginada que conocida que los filósofos de este mundo han bus-cado tanto tiempo inútilmente aunque con su arte poderoso hayan sujetado al volátil Hermes y extraído del mar bajo sus diferentes formas al antiguo Proteo, hasta reducirlo por medio del alambique a la primitiva.

¿Cómo, pues, maravillarse de que aquellos campos y regiones exhalen elixir tan puro, y de que corra el oro potable por los ríos, cuando a pesar de la distancia a que se halla de nosotros, a su solo contacto produce el sol, incomparable alquimista en medio de la oscuridad y combinando entre sí las sustancias terrestres, riquezas tales de colores tan vivos y de efectos tan extraordinarios?

Lejos de quedar deslumbrado, contempla fijamente Satán todos aquellos objetos; ninguno está fuera del al-cance de su vista que como no se opone obstáculo ni sombra alguna el sol lo esclarece todo. Así, cuando al mediodía lanza éste sus rayos verticales desde el ecuador, cayendo directamente en ningún punto de alrededor puede proyectarse la sombra de un cuerpo opaco. Aquel aire puro cual ningún otro contribuía a que la mirada de Satán penetrase hasta los objetos más lejanos y así descubrió claramente un hermoso ángel que estaba en pie y era el mismo que Juan el apóstol percibió en el sol. Aunque vuelto de espaldas no se ocultaba su glorioso aspecto: coronaba su frente una tiara de oro formada por los rayos de aquel astro, y su cabellera, no menos brillante, ondeaba suelta sobre sus alas. Parecía ocupado en un grave cargo o sumido en meditación profunda; pero el Espíritu impuro se llenó de alegría con la esperanza de tener en él un guía que dirigiese su vuelo errante hacia el Paraíso terrestre, feliz morada del Hombre, donde debía terminar su viaje y principiar nuestra desventu-ra.

Para evitar sin embargo todo peligro o contrariedad, ideó el medio de desfigurarse tomando la forma de un querubín adolescente, si no de los de primer orden, tal que llevase pintada en su rostro la inmortal juventud del cielo y la hermosura de la gracia en todo su continente; que tan diestro era en aquellas artes. Sujetaba una dia-dema sus cabellos, rizados por el aliento del céfiro, sus alas, compuestas de plumas de varios colores estaban salpicadas de oro; la túnica recogida que le cubría daba mayor desembarazo a sus movimientos, y parecía medir sus pasos al compás del tirso de plata en que se apoyaba.

No pudo acercarse sin ser oído, y al sentir el ruido de sus pasos volvió el Angel su radiante rostro. Reconoció entonces Satán a Uriel, uno de los siete arcángeles que en presencia de Dios y como más próximos a su trono son los ejecutores de sus mandatos; son sus ojos que recorren ya los cielos, ya el globo terrestre, llevando ins-tantáneamente su palabra, así a las regiones acuosas, como a las secas, así a las tierras, como a los mares. Acér-case Satán a Uriel, y le dice: Uriel, pues eres uno de los siete espíritus que asisten ante el glorioso y brillante trono del Señor, y el primero que sueles interpretar su voluntad suprema transmitiéndola al más elevado cielo donde la están esperando todas sus criaturas, no dudo que tus soberanos decretos te otorguen aquí igual honor, y que por lo mismo, y siendo uno de los ojos del Eterno, visitarás con frecuencia el mundo nuevamente creado. El ardiente deseo de ver y conocer las admirables obras de Dios, y particularmente al Hombre, objeto principal de sus delicias y favores, por quien todas esas obras tan maravillosas ha creado, me ha inducido a separarme de los coros de querubines y a discurrir solo por estos sitios. Dime, pues, hermosísimo serafín, dime en cuál de esos orbes esplendorosos tiene el Hombre su residencia fija, o si no la tiene y puede habitar indistintamente en todos ellos. Dime dónde podré hallar, dónde contemplar con mudo asombro, o mostrando francamente mi admira-ción, a ese ser a quien el Criador da tantos mundos, derramando sobre él tal copia de perfecciones. Así podre-mos ambos no sólo por el hombre, sino por todas las demás cosas glorificar al universal Hacedor, cuya justicia precipitó en lo más profundo del infierno a sus rebeldes enemigos, y que para reparar esta pérdida, y para gloria mayor suya, ha creado esta dichosa raza. En todo es sabia su providencia.»

Así habló el falso Enemigo, encubriendo su astucia, pues ni hombres ni ángeles pueden discernir la hipocre-sía, vicio invisible en cielo y tierra, excepto para Dios que lo consiente; que aun cuando la Sabiduría vigila, la Desconfianza duerme a su puerta, o cede el puesto a la Sencillez; y la Bondad no ve mal alguno donde clara-mente no se descubre. Esto fue lo que entonces engañó a Uriel, aunque como director del sol, era tenido por el espíritu más perspicaz del cielo; por lo que con natural sinceridad contestó así al pérfido impostor: «Ángel hermoso: tu deseo de conocer las obras de Dios para glorificar a su Autor supremo, nada tiene de vituperable, antes la vehemencia misma de ese anhelo es de mayor alabanza merecedora, pues desde su empírea mansión te trae solo hasta aquí, queriendo asegurarte por tus propios ojos lo que quizá en el cielo se contentan algunos con saber de oídas. Maravillosas en verdad son las obras del Altísimo, todas dignas de conocerse y recordarse siem-pre con delicia. Pero ¿cuál de los espíritus creados podrá calcular su número o comprender la infinita sabiduría que las produjo aunque sin manifestar lo recóndito de sus causas?

«Yo vi cuando a su voz se juntó la informe masa de la materia, embrión ya de ese mundo: oyóla el caos; la revuelta confusión adquirió forma y la infinita inmensidad se redujo a límites. Pronunció otra palabra, y las tinieblas se disiparon; brilló la luz, nació el orden del desorden y al punto se repartieron según su gravedad respectiva los elementos corpóreos, la tierra, el agua, el aire y el fuego. Voló a la región aérea la quinta esencia del cielo y animándose según sus diferentes disposiciones, y girando a modo de esfera, se convirtió en esas innumerables estrellas que estás viendo. Cada cual ocupó distinto lugar conforme su movimiento; cada cual sigue su curso; y lo demás circuye como una muralla el Universo.

«¿Ves allá abajo aquel globo, uno de cuyos lados brilla con la luz reflejada que de aquí recibe? Pues aquélla es la Tierra; allí habita el Hombre; esta luz es su día, y sin ella cubriría la noche todo el globo terrestre, como sucede en el hemisferio opuesto. Pero la proximidad de la Luna, que así se llama aquel hermoso planeta que está enfrente, le presta oportuno auxilio; describe su círculo mensual, y acabado, vuelve a recorrerlo incesante-mente en medio del cielo, iluminándose su triforme faz con el resplandor que recibe y que a su vez comunica a la tierra, y con su pálida influencia ahuyenta la oscuridad de la noche. Ese punto adonde señalo, es el Paraíso, mansión de Adán, y la sombra que en medio de él se dilata, su vivienda. No puedes equivocar el camino; a mí me incumben otros cuidados.»

Volvió el rostro al decir esto, y Satán se inclinó profundamente ante aquel espíritu superior, como es costum-bre en el cielo, donde nadie rehúsa tributar el respeto y honor debidos; y despidiéndose de Uriel, se lanzó a la costa inferior de la tierra desde la Eclíptica. Cobrando entonces mayor agilidad con la esperanza de obtener un feliz éxito, desciende perpendicularmente, gira como una rueda, atravesando la región del Eter, y no se detiene hasta llegar a la cima de Nifates.
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CUARTA PARTE
ARGUMENTO

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A la vista va del Edén y, cercano al lugar en que se propone llevar por sí solo a efecto su atrevida resolución contra Dios y el Hombre, comienza a dudar Satán fluctuando entre sus temores, su envidia y desesperación. Por último triunfa en él la perversidad, y se acerca al Paraíso, cuya situación y aspecto exterior se describe; penetra en él; pósase, tomando la forma de un buitre, sobre el árbol de la vida, que es el más elevado de cuantos se ven allí, y contempla detenidamente el sitio en que se halla. Hácese una pintura de todo él, y aparecen Adán y Eva: la admiración que su belleza y su dichoso estado producen en Satán no lo retrae de su mal propósito; antes de oír cómo discurren entre sí, y al saber que les estaba prohibido, so pena de muerte, comer el fruto del árbol de la ciencia, por este lado piensa tentarlos, induciéndolos a la desobediencia; y poco después se aleja de ellos para averiguar por otros medios algo más respecto a su situación. Entretanto desciende Uriel en un rayo de sol, y previene a Gabriel, encargado de guardar la puerta del Paraíso, que un espíritu infernal se ha escapado de aquel abismo y cruzando a Mediodía por su esfera hacia el Paraíso en figura de ángel bueno, acababa de ser descu-bierto por sus furiosos ademanes en la montaña. Gabriel promete que le encontrará antes de rayar el alba. En-trada la noche tratan Adán y Eva de retirarse a descansar. Descripción de su gruta. Su oración nocturna. Prepara Gabriel su legión de vigilantes para que ronden en torno del Paraíso, y envía dos ángeles vigorosos a la gruta de Adán, recelando que el Espíritu maligno intentase hacer algún daño a los dos esposos mientras dormían; y en efecto, le hallan puesto junto al oído de Eva, a quien sugiere su tentación durante el sueño. Condúcenle a la fuerza adonde está Gabriel. Interrógale éste; él contesta con altivez; mas atemorizado por una demostración del cielo, huye del Paraíso.

-¡Oh!, que no se hubiera oído entonces la protectora voz que escuchó en el cielo el autor del Apocalipsis, cuando derribado por segunda vez el Dragón, se levantó furioso para vengarse del Hombre! ¡Ay, desdichados habitantes de la tierra! Si nuestros primeros padres hubiesen estado prevenidos contra su oculto enemigo, cuan-do todavía era tiempo, se hubieran preservado quizá de sus mortíferas acechanzas; no así ahora, que encendido en furor, comenzando por tentar al Hombre para poder después acusarlo, baja Satán por vez primera a la Tierra, y quiere vengarse en su inocente y débil morador de la pérdida de aquella batalla que sostuvo y de la fuga que emprendió al infernal abismo. En medio de su audacia e impavidez, no se muestra satisfecho de su raudo vuelo, ni halla motivo bastante para envanecerse, sino que próxima a estallar su implacable cólera, la siente hervir en su proceloso pecho, y cual máquina atronadora, retrocede sobre sí mismo. Asaltan su turbado pensamiento el horror y la incertidumbre; sublévase en su interior el infierno todo, porque en sí y alrededor de sí lleva el infier-no. Ni un solo paso puede dar para alejarse de él, como no se aleja de su ser por cambiar de puesto. Despierta su adormecido despecho al grito de su conciencia; despierta en él el amargo recuerdo de lo que fue, de lo que es, de lo que será, cuando con mayor malicia incurra en mayor castigo. A veces fija tristemente su dolorida mirada en el Edén, que tan risueño se le manifiesta; a veces en el cielo, y en la esplendidez del sol, que brilla a la sazón con toda la pompa del mediodía; y combatido por tan encontrados pensamientos, exclama suspirando: «¡Oh tú, que coronado de suprema gloria, contemplas al igual de Dios este nuevo mundo desde tu solitario imperio; tú, ante quien palidecen todos los demás astros, a ti invoco, mas no con voz lisonjera, que si pronuncio tu nombre, ¡oh Sol! es para decir cuán aborrecidos me son tus rayos! Y, ¿qué mucho, cuando me traen a la memoria el bien de que gocé, yo que me vi encumbrado sobre tu soberana esfera? Perdiéronme el orgullo y la más inicua ambi-ción, al mover en el cielo guerra contra el monarca sin par que domina en el. ¡Áh!, ¿por qué fui tan insensato? ¿Debía yo corresponder así a quien me puso en tan sublime altura, a quien jamás me echó en cara sus benefi-cios? ¿Tan dura era su servidumbre? ¿Qué menos podía yo hacer que tributarle alabanzas siendo tan merecidas y mostrarle una gratitud, que tan justa era? «¡Ah que todas estas bondades fueron en daño mío, y no sirvieron más que para dar pábulo a mi malicia! Al verme en tanta supremacía creíme exento de sumisión; creí que dando un paso más, de tal manera me sobrepondría a todo, que me hallaría en el mismo instante libre de la inmensa deuda que para siempre tenía empeñado mi reconocimiento. Pesada es la obligación que aun pagada nunca se satisface; pero yo olvidaba cuanto incesantemente recibía, sin comprender que un pecho agradecido no debe por ser deudor, y que continuamente está pagando, porque a la vez que contrae la obligación, pone el desquite. ¿Qué violencia, pues, tenía que soportar?

«¡Oh, si su poderosa voluntad hubiera hecho de mí un ángel de ínfima condición! No habría aún dejado de ser feliz, porque no me hubieran desvanecido tanto mis quiméricas esperanzas. ¿Y por qué no? Cualquiera otra de las grandes Potestades hubiera aspirado a la misma soberanía y arrastrándome a mí por humilde tras su par-tido. Sin embargo, ninguno de los demás cayeron; todos opusieron resistencia a la tentación, armándose por dentro como por fuera. Y ¿no tenías tú la misma voluntad, el mismo poder para resistir? Sí que tenías. ¿De quién pues, te quejas? ¿A quién acusas, más que a ese libre amor, don de los cielos, que arde igualmente en todos los corazones?

«¡Maldecido amor, o maldecido odio, que tanto valen para mí uno como otro, dado que es eterna mi desven-tura! Aunque el maldito eres tú, tú mismo, que siendo árbitro de tu voluntad, voluntariamente elegiste lo que hoy motiva tu justo arrepentimiento. ¡Ah miserable! ¿Por dónde huiré de aquella cólera sin fin, o de esta tam-bién infinita desesperación? Todos los caminos me llevan al infierno. Pero ¡si el infierno soy yo! ¡Si por pro-fundo que sea su abismo, tengo dentro de mí otro más horrible, más implacable, que a todas horas me amenaza con devorarme! Comparado con él, este en que padezco me parece un cielo.

«¡Ah!, demos tregua al orgullo. ¿No habrá medio de arrepentirse, medio de ser perdonado? Lo hay en la su-misión; mas ¿cómo consentirá mi altivez que me humille así en presencia de mis inferiores, de los mismos a quienes seduje, prometiéndoles que lejos de someterme jamás subyugaría al Omnipotente? ¡Ay de mí! ¡Cuán ajenos están de figurarse lo cara que pago mi jactanciosa temeridad y los tormentos que interiormente me aque-jan mientras ellos adoran mi infernal trono! Esta diadema, este cetro que tanto me han encumbrado, sólo sirven para hacer más ignominiosa mi caída; sólo en ser más miserable consistirá mi supremacía, que no otro será el triunfo de mi ambición.

«Y aun cuando fuera posible mi arrepentimiento, y que perdonado ya, pudiera recobrar mi primer estado ¡qué de elevados designios no volvería a sugerirme mi elevación! ¡qué tardaría mi hipócrita humildad en faltar a sus juramentos contemplándolos nulos, como impuestos por el dolor y arrancados por la violencia! Ni, ¿qué sincera reconciliación ha de caber donde un odio mortal ha abierto tan profunda herida? En reincidencia, por el contra-rio, me precipitaría en mayor mismo; pagaría cara esta breve tregua a costa de redoblar mis méritos; y como nada de esto se oculta al que me condena, tan lejos está él de perdonarme, cuanto yo de solicitar su misericor-dia. Así que ninguna esperanza resta: en lugar de nosotros, expulsados de nuestra patria, ha creado al Hombre, en quien tiene puestas sus delicias, y para el Hombre este mundo. Renuncio, pues, a la esperanza, y con ella al temor, al remordimiento. No hay ya para mi bien posible; tú ¡oh mal! serás ido mi bien en lo sucesivo; por ti a lo menos reinaré conjuntamente con el Señor del Cielo, y quizás me quepa por reino la tetad del Universo, como el Hombre y ese nuevo mundo lo Cimentarán en breve.»

Mientras hablaba así, cruzaban sombrías pasiones por su semblante: tres veces lo alteraron la cólera, la envi-dia y la desperación, que sucesivamente lo fueron desfigurando; y a pesar de las apariencias con que se disfra-zaba, se le hubiera conocido a la simple vista; porque jamás empaña nube alguna la radiante faz de los bien-aventurados. Pero él, que se observo al punto, cambió en tranquilo exterior todos sus afectos, y tan diestro en ardides, que no tenía igual en dar a la falsedad el aspecto de la virtud, encubrió la malicia con que preparaba su venganza, aunque no lo bastante para engañar al, que estaba ya prevenido. Había el Arcángel seguido inmedia-tamente todos sus pasos; lo había visto en el monte Asirio consumido de una inquietud poco propia de los espí-ritus celestes pues creyendo que nadie lo veía ni vigilaba en sus demostraciones y en sus descompuestos ade-manes claramente mostrada la exaltación que dominaba su amo.

Siguió pues su camino acercándose a los términos del Edén, donde se descubre el verde valladar, con que, a semejanza de cerca campestre corona el delicioso Paraíso, próximo ya, la solitaria eminencia de una escabrosa colina y su áspera pendiente rodeada de enmarañados y espesos bosques, que la hacen inaccesible. Sobre su cumbre se elevan a desmedrada altura multitud de cedros, pinos, abetos y pomposas palmeras, vergel agreste, donde el ramaje entrelazado, multiplicando las sombras, forma un vistoso y magnífico anfiteatro. Dominando las copas de los árboles, alzaba sus verdes muros el Paraíso, desde el cual se ofrecía a nuestro común padre la inmensa perspectiva que al pie y en torno de sus risueños dominios se dilataba; y sobre los muros, en línea circular, se ostentaban los más hermosos árboles, cargados de las más exquisitas frutas; y frutas y flores brilla-ban a la vez con los reflejos del oro y de los encendidos colores que las esmaltaban; mientras el sol posaba en ellas sus rayos, más complacido que en las bellas nubes del Ocaso o en el arco que nace de la lluvia, enviada por Dios a refrigerar la tierra.

Tan encantador le parecía aquel sitio a Satán. Purificábase doblemente el aire a medida que se acercaba a él, hinchándole el corazón de deleite, de aquel gratísimo bienestar con que la primavera ahuyenta toda tristeza, como no sea la de la desesperación. Agitando sus fragantes alas, esparcían los vientos los perfumes que natu-ralmente atesoran, y revelaban en su murmullo dónde habían adquirido las balsámicas esencias que prodigaban; y como el navegante que traspone el cabo de Buena Esperanza, y al dejar atrás a Mozambique siente el dulce halago de los vientos del nordeste, y los aromas de Saba que le envía la Arabia feliz desde sus odoríferas ribe-ras, y se complace enajenado en caminar más lentamente, para recibir el suave aliento que sonriendo exhala de lejos el Océano, así aspiraba el pérfido Enemigo el delicioso ambiente que iba determinado a emponzoñar, aunque gozándose en él más que Asmodeo con el maligno vapor que lo alejó, enamorado, y todo de la esposa del hijo de Tobías, huyendo a impulsos de su venganza desde la Media a Egipto, para quedar allí rigurosamente aprisionado.

Iba pues pensativo y lentamente subiendo Satán por la empinada y áspera colina, sin hallar camino alguno entre los enmarañados zarzales y malezas que estorbaban el paso a hombres y animales. Una sola puerta tenía el Paraíso, y miraba a oriente, hacia el lado opuesto; lo cual, advertido por el príncipe infernal, sin hacer caso de ella y como por menosprecio, salvó de un ligero salto el valladar de la colina y su mayor altura, y cayó en el fondo interiormente. A la manera que un lobo rapaz obligado por el hambre a rastrear una nueva presa, acecha los lugares del campo en que los pastores encierran por la noche sus ganados, creyéndolos seguros, y salta por encima del redil, cayendo en medio del rebaño, o como el ladrón que para dar con el escondido tesoro de un rico ciudadano, preservado de todo asalto dobladas puertas, hierros y cerrojos, se desliza furtivamente por las ventanas o por las techumbres; tal se introdujo en el campo de Dios aquel malvado, como se introdujeron des-pués mercenarios viles en su templo. Vuela de allí al árbol de la vida, que estaba en medio y sobresalía entre todos los demás, y pósase en él transformado en buitre; y no para procurarse nueva vida, sino para idear la muerte de los que vivían; no para aprovecharse de la virtud de aquel árbol, sino de su fruto, que no abusando de él, era prenda segura de inmortalidad; tan cierto es que sólo Dios conoce el justo valor del bien presente, y que por el abuso o el mal empleo se pervierten las mejores cosas. Inclina luego al suelo sus miradas, y contempla las nuevas maravillas, los tesoros con que la naturaleza brinda a los sentidos del hombre en aquel estrecho re-cinto, en aquella tierra, que más bien es abreviado cielo.

Jardín de Dios era en efecto el bellísimo Paraíso, puesto al oriente de Edén, que se extendía desde Aurán, has-ta las soberbias torres de la gran Seleucia, construidas por los reyes griegos y hasta Talasar, que sirvió mucho antes de morada a los hijos de Edén. En aquel delicioso país estableció Dios su jardín, haciéndolo más encanta-dor aún y extrayendo del fértil seno de la tierra los árboles más agradables a la vista, al olfato y al paladar, entre los cuales sobresalía por su altura el árbol de la vida y ostentaba sus frutos de ambrosía y oro vegetal. No lejos se veía el árbol de la ciencia, nuestra muerte, de la ciencia del bien, que tan caro nos costó, dándonos a conocer el mal.

Al mediodía, y atravesando el Edén, bajaba un anchuroso río, que sin torcer su corriente, pasaba, sumergién-dose, por debajo del agreste monte, colocado allí por Dios y levantado sobre las raudas ondas como término del Paraíso. Incitada de dulce sed la esponjosa tierra, absorbía por sus venas las aguas hasta la cumbre de donde manaba una fuente cristalina que esparcía por todas partes multitud de arroyos; juntos los cuales, se precipita-ban desde una altura, y acrecentando el río que salía de su tenebroso cauce, dividíalo en cuatro corrientes prin-cipales que con diverso rumbo recorrían vastas comarcas, celebérrimos imperios de que no es menester hacer mención. Preferible sería pintar, si el arte llegase a tanto, cómo los bullidores arroyos que nacían de aquella fuente de zafiro, saltando entre orientales perlas y arenas de oro, a la sombra de los árboles que sobre ellos se inclinaban, difundían el néctar de sus aguas y acariciaban todas aquellas plantas, y nutrían flores dignas del Paraíso; flores que un arte sutil no había dispuesto en regulares líneas ni en vistosos ramos; la espléndida natu-raleza las prodigaba por colinas y valles y llanuras, unas abriéndose a los primeros rayos del sol, otras resguar-dadas en impenetrable sombra para mejor preservarse del resistero del mediodía.

Tal era aquel delicioso sitio, mansión campestre y encantadora, de rico y variado aspecto, de bosques cuyos árboles destilaban balsámicas y olorosas gomas, o de los que pendían frutos esmaltados de luciente oro, y ex-quisitos por su labor; que no en otra parte debió existir el jardín de las Hespérides, si su fábula fuese cierta. A trechos se descubrían mesetas de verdes prados, con rebaños que pastaban la verde hierba, colinas cubiertas de palmeras, valles cuya fertilidad aumentaban las corrientes de agua; flores de todos matices rosas que no conocí-an espinas. Por otro lado grutas umbrías y cavernas de sin igual frescura que ocultaban entre sus pámpanos la risueña vid cargada de purpúreos racimos y trepando a lo alto para lucir su gentil y fecunda gala; y al propio tiempo parleras cascadas que de las empinadas cumbres se desprendían, esparciendo unas veces y juntando otras sus aguas en transparente lago donde como en su espejo se retrataban coronadas de mirtos sus ondulantes márgenes. Las aves prorrumpían a una en sus gorjeos, y las primaverales brisas difundiendo la fragancia de los campos y los bosques asociaban sus murmullos al del trémulo ramaje, mientras ejercitaba sus danzas festivas Pan, numen universal, rodeado de las Gracias y las Horas, y seguido de una perpetua primavera. No era tan delicioso el Enna por donde Proserpina iba cogiendo flores, cuando ella, flor más hermosa aún, fue arrebatada por el tenebroso Plutón y ocasionó a su madre el dolor de buscarla por el mundo todo. Ni era tan apacible la floresta de Dafne, junto al Oronte; ni la que bañaba la inspiradora fuente de Castalia; ni la isla Nisea, cercada del río Tritón donde el viejo Cam, a quien los gentiles llaman Ammón y los de la Libia Júpiter, ocultó a Amal-tea y a su sonrosado hijo, el niño Baco, de la vista de su madrastra Rhea. El mismo monte Amara, en que los reyes de Abisinia guardaban a sus hijos, tenido por algunos como el verdadero paraíso, situado en la Etiopía, cabe las fuentes del Nilo, aquel escarpado monte, puesto entre rocas de alabastro, que no podía subirse en todo un día, en manera alguna podía compararse con este jardín de Asiria, donde el príncipe infernal vio con despla-cer tantos placeres juntos y tantas especies de vivientes seres, nuevas para él y desconocidas.

Dos de ellos de más noble figura, de cuerpo recto y elevado, recto como el de los dioses, ostentando una dig-nidad natural y una desnudez majestuosa, parecían los señores de aquel imperio, y se mostraban dignos de serlo. En sus celestiales miradas resplandecía la imagen de su Creador, la verdad, la inteligencia, la santidad pura y severa, que no excluía la verdadera libertad filial, de que procede la autoridad humana. No eran iguales ambos ni parecían de un mismo sexo: él, nacido para la reflexión y el valor; ella para la dulzura y la gracia seductora; él, sólo para Dios, ella para Dios y para él. La frente hermosa y ancha del uno y su sublime mirada indican su autoridad suprema; sus cabellos de color de jacinto, partidos por mitad caen en varoniles bucles sobre sus hombros, pero sin pasar de ellos; la cabellera de la otra, de largas hebras doradas, extendida como un velo, desciende ondulando hasta su delicado talle, y se recoge en multitud de anillos, como se enredan los de las vides, emblema de dependencia, impuesta con el más tierno ascendiente, otorgada por ella, recibida por él y consagrada con actos de espontánea sumisión, de modesta resistencia y de esquivez tan dulce como amorosa. No había entonces en ellos parte alguna velada ni secreta; no conocían el falso pudor, ni la vergüenza que man-cillaba las obras de la naturaleza. Infame vergüenza, hija del pecado; ¡qué de zozobras causaste a la humanidad con esa mentida apariencia de pureza, privándonos de la mayor ventura de la vida, la sinceridad del corazón, la paz inmaculada de la inocencia!

Iban así ambos mostrando su desnudez, y como ignorantes del mal, sin ocultarse de las miradas de Dios ni las de los ángeles. Iban asidos de las manos, como dos almas las más enamoradas que unió jamás en sus vínculos amor: Adán el más bello de los hombres que fueron sus hijos, y Eva la más hermosa de las mujeres. Sentáronse en el mullido césped, a la sombra de una espesura que exhalaba perfumadas auras, y cerca de una cristalina fuente. Habíanse ejercitado en el cultivo de su querido jardín cuanto bastaba a hacerles después grata la fresca impresión del céfiro, y más dulce el reposo y más refrigerante la satisfacción de la sed y el hambre. Sirviéronse de los frutos que eran su comida, frutos sabrosísimos que doblándose las ramas les ofrecían, y descansaban recostados sobre el blando musgo, tapizado de brillantes flores. De la corteza de los frutos que habían gustado, hacían vasos para apagar la sed con el agua del arroyo que rebosaba; y no faltaban en aquel banquete dulces requiebros ni cariñosas sonrisas, naturales en esposos dichosamente unidos por el vínculo nupcial y que se veían a solas.

Alrededor de ellos jugueteaban todos los animales terrestres, que por su ferocidad fueron después persegui-dos en bosques y desiertos, en montes y cavernas. Allí triscaba el león, meciendo suavemente entre sus garras al corderillo; osos, tigres, panteras y leopardos retozaban alegres en su presencia. Para divertirlos, desplegaba allí el monstruoso elefante todas sus fuerzas, retorciendo a uno y otro lado su flexible trompa; deslizábase hacia ellos la lisonjera serpiente, enroscando en complicados nudos sus escamas, y dando ya indicios de su fatal mali-cia, no conocida aún; y otros animales yacían sobre la hierba, unos que habiendo acabado de pastar fijaban los ojos con mirada inmóvil, otros que estaban rumiando y adormecidos; porque ya el sol iba declinando y apresu-rando el fin de su curso hacia las islas del Océano, y los astros precursores de la noche subían por la ascendente escala del cielo, a tiempo que Satán, dominado del mismo asombro que al principio y sin poder apenas recobrar su desfallecida voz exclamaba así: «¡Oh Infierno! ¡Qué triste espectáculo se ofrece ante mis ojos! ¿Posible es que ocupen nuestro dichoso lugar y tan bienaventurados sean esos seres de otra especie, nacidos quizá de la tierra, que no son espíritus, y sin embargo tan poco se diferencian de los brillantes espíritus celestiales? No puedo contemplarlos sin asombro, y aun creo que podría amarlos; tan perfecta es su semejanza con la divinidad, y tal gracia ha comunicado a sus formas la mano de que han salido. ¡Oh, bellísimas criaturas! No podéis figura-ros el cambio a que estáis ya expuestos, y cuán pronto se trocará en desdicha vuestro bienestar; desdicha tanto mayor, cuanto más felices os juzgáis ahora. Bienaventurados sois; pero poca defensa tiene vuestra bienaventu-ranza para que dure mucho; y esa mansión sublime, vuestro cielo, no tiene toda la fortaleza que necesita un cielo para resistir al enemigo que ahora penetra en él. Yo no soy enemigo vuestro, antes bien os compadezco al veros así abandonados y a pesar de la ninguna compasión que conmigo se ha tenido. Quiero formar alianza con vosotros, contraer una amistad tan íntima y tan estrecha, que en lo sucesivo viva yo con vosotros, o vosotros viváis conmigo. No os parecerá mi mansión tan agradable como este risueño Paraíso; pero la aceptaréis, porque al fin es obra de vuestro Hacedor; él me la cedió a mí, y con igual generosidad os la cedo yo a vosotros. El infierno abrirá de par en par sus puertas para recibiros, y a recibiros saldrán también todos sus magnates. No os veréis allí reducidos a tan estrechos límites como estos, y tendréis suficiente espacio para vuestra innumerable descendencia. Si el lugar no es más delicioso, quejaos del que me obliga a tomar venganza de sus ofensas en vosotros, que no me habéis ofendido; y aunque vuestra cándida inocencia me inspire piedad, como en efecto me inspira, el público bien, que es preferible, y el honor de un imperio que, gracias a mi venganza, ensanchará sus límites con la conquista de un nuevo mundo, me obligan a hacer lo que de otra suerte, aun estando condenado, me repugnaría.»

Así discurría Satán, excusando con la necesidad, que es la razón de los tiranos, sus diabólicos proyectos; y descendiendo de la alta cima del árbol en que se había colocado, se introduce entre la bulliciosa turba de los cuadrúpedos, toma ya una, ya otra de sus formas, según convenía mejor a sus designios; Observa de cerca su presa sin ser notado, y presta atención a sus palabras, y espía sus acciones para averiguar cuanto deseaba saber sobre su estado. Tan pronto como león de fiero aspecto, da vueltas alrededor de ellos; o como tigre que descu-bre casualmente a orillas de un bosque dos tiernos cervatillos retozando, se agacha contra la tierra y luego se levanta, y se mueve inquieto, a semejanza del enemigo que busca dónde mejor emboscarse, y por fin se lanza sobre ellos para asirlos a la vez, a cada uno con una garra. En esto Adán, el primer hombre, dirigiendo la pala-bra a Eva, la mujer primera, hizo que Satán se volviese todo oídos para escuchar aquel lenguaje para él tan nuevo.

«¡Oh mi única compañera, que eres parte de mi ser y el más querido de todos cuantos me rodean! ¡Cuán infi-nitamente bueno es ese nuestro Hacedor, que además ha hecho todo este vasto mundo para nosotros, y que se muestra tan liberal de sus bondades como poderoso e infinito en su grandeza! Nos ha sacado del polvo y puesto aquí, en medio de tanta felicidad, cuando nada merecíamos de su mano, cuando nada podemos hacer que él necesite; y en cambio sólo un precepto nos impone, sólo un deber fácil de cumplir: de todos los árboles de este Paraíso, que tan varios y deliciosos frutos nos ofrecen, únicamente nos prohíbe gustar del árbol de la ciencia, plantado junto al árbol de la vida. Cerca, pues, de la vida está la muerte; y que ésta sea cosa terrible, no admite duda, pues sabes bien cómo el Señor ha dicho que el fruto de ese árbol es la muerte; única prohibición que ha impuesto a nuestra obediencia, en medio de tantos dones como nos ha otorgado, y de tan gran poder y suprema-cía como nos concede sobre todas las criaturas que pueblan la tierra, los aires y los mares. No nos parezca, por lo tanto, penosa semejante privación, teniendo, cual tenemos, libertad para gozar de todo lo demás y para esco-ger entre tantos y tan varios deleites el que prefiramos; y así alabemos al Señor y agradezcámosle sus bondades, prosiguiendo en la grata ocupación de podar estos tiernos árboles, y cultivar estas flores, trabajo que aun cuan-do fuera más penoso, a tu lado sería muy dulce.»

Y Eva le replicó de este modo: «¡Oh tú, de quien soy y para quien he sido formada, carne de tu carne, único objeto de mi existencia, que eres mi guía y mi superior! Justo y razonable es cuanto has dicho, pues debemos al Señor incesantes alabanzas y agradecimiento; y yo más particularmente, porque gozo de mayor suma de felici-dad al gozarte a ti, cuya supremacía es de tal naturaleza, que no hallarás cosa que se te iguale. Acuérdome a cada instante de aquel día en que despertando del sueño por primera vez me vi reclinada en una umbría sobre las flores, admirada de mí, sin saber quién era, ni dónde estaba, ni de dónde o cómo había venido. No lejos de allí, de lo interior de una gruta, nacía murmurando un arroyuelo, que esparciendo su líquida corriente quedaba después inmóvil y tan puro como la bóveda del cielo. Dirigíme a él con toda la irreflexión de mi inexperiencia, y me tendí en su verde orilla para contemplar aquel terso y brillante lago, que se asemejaba a otro firmamento; mas al inclinarme sobre él, vi que de pronto enfrente de mí dentro del agua, aparecía una figura que también se inclinaba para mirarme. Retrocedí asustada; ella retrocedió asimismo; plúgome acercarme de nuevo; plúgole a ella acercarse igualmente y dirigirme también sus miradas con el mismo interés y amor. Hasta ahora la hubiera estado contemplando, llevada de una vana afición, si no hubiera sonado una voz que me dijo: «Eso que ves, eso que estás contemplando, hermosa criatura, eres tú misma; como tú aparece y desaparece; pero ven, y te llevaré adonde no sea una sombra el ser que anhela gozar de tu vista y de tus dulces brazos, el ser cuya imagen eres y de quien gozarás también en inseparable unión. Tú le darás una multitud de criaturas parecidas a ti, por lo que serás llamada madre de la especie humana.» ¿Qué había yo de hacer sino seguir ciegamente al que sin ser visto me atraía de aquella suerte? Di algunos pasos, y te descubrí, tan bello y esbelto como eres, debajo de un pláta-no, aunque debo confesarte que no me pareció al pronto su belleza tan dulce, tan seductora como la del lago. Traté de huir, pero tu me seguiste, gritando: «Vuelve acá, hermosa Eva. ¿De quién huyes? ¿Huyes de mí, sien-do mía, siendo mi carne, mis propios huesos? Para darte la existencia, he cedido una parte de mí mismo; de lo más próximo a mi corazón ha salido la sustancia de tu vida; y para tenerte siempre a mi lado, dulce consuelo mío, mitad de mi alma, te estoy buscando; que sin ti, mi ser se vería incompleto.» Y tu cariñosa mano asió la mía, y cedí a tu anhelo, y comprendí desde entonces cuánto la gracia varonil excede a la de la belleza, cuán superior es la inteligencia a toda otra hermosura.»

Así habló nuestra primera madre. y con miradas de casta seducción conyugal, y con el más tierno abandono, medio abrazándolo se apoya en nuestro primer padre, a quien hizo sentir la leve presión de su turgente seno, velado en parte por las rizadas ondas de su áurea caballera. Enajenado él a la vista de tal beldad y de tan dóciles encantos, sonreíase henchido de amor como sonríe Júpiter a Juno cuando fecundiza las nubes que siembran las flores de Mayo sobre la tierra; y selló los labios de Eva con un ósculo purísimo. Apartó Satán la vista lleno de envidia; y dirigiéndoles de soslayo una mirada maligna y rencorosa exclamó interiormente así: «¿Hay espectá-culo más odioso e insufrible? ¿Han de gozar encantados éstos, uno en brazos de otro, de delicias superiores a las del Edén, y han de disfrutar tal cúmulo de venturas mientras yo vivo sumido en el infierno, donde no existe placer ni amor, sino un violentísimo deseo, que no es por cierto el menor de nuestros tormentos, deseo que no pueden consumar ni satisfacer tantas penas y martirios? Mas no debo echar en olvido lo que he llegado a saber de sus propios labios: no pueden disponer de todo a su voluntad; hay aquí un árbol fatal, llamado de la ciencia, cuyo fruto se les prohíbe. Estáles, pues, vedada la ciencia, lo cual es sospechoso y contrario a la razón. ¿Por qué su Señor les evita esa ciencia? ¿Si será un delito el saber, si será la muerte? ¿Si toda su existencia se cifrará en su ignorancia y su dicha en esta prueba de obediencia y de fidelidad? ¡Oh!, ¡qué bello descubrimiento para fraguar su ruina! Encenderé en su ánimo un vivo deseo de saber, de infringir ese envidioso mandamiento, in-ventado sin duda para mantener en la humillación a unos seres cuya inteligencia los sublimaría al igual de los dioses. Pues bien: aspirando a esta gloria gustarán de ese fruto, y morirán. ¿No es probable que suceda así? Pero antes es menester examinar muy prolijamente este jardín y recorrer hasta sus últimos escondrijos. Una casuali-dad, una dichosa casualidad puede conducirme al sitio donde halle, bien a orillas de una fuente, bien al abrigo de una sombría espesura, alguno de esos espíritus celestiales que me ilustre respecto a lo que falta averiguar. Vivid pues, felices amantes, mientras podáis; gozad durante mi ausencia de esos breves placeres, a los que sobrevendrán largas desventuras.»

Acabado de decir esto, se puso en marcha con arrogante y desdeñoso paso, aunque con astuta precaución, re-corriendo bosques, colinas, valles y llanuras. Descendía entretanto lentamente el Sol hacia el punto extremo en que el cielo parece tocar con el mar y con la tierra, y sus rayos, extendiéndose hasta el ocaso, reflejaban en la puerta oriental del Paraíso. Era ésta una roca de alabastro, que se alzaba hasta las nubes y que a larga distancia se descubría, accesible del lado de la tierra por medio de una subida que conducía a su alta entrada: el resto lo formaba un escarpado risco, imposible de superar. Entre ambas pilastras de la roca se hallaba sentado Gabriel, caudillo de las guardas angelicales, esperando la llegada de la noche; y alrededor se ejercitaba en heroicos jue-gos la joven milicia del cielo desarmada, pero conservando a mano sus escudos, yelmos y lanzas, pendientes en pabellones y ostentando el brillo deslumbrador de sus diamantes y oro. De repente, envuelto en un rayo de sol y atravesando la claridad del crepúsculo, aparece Uriel, rápido como una estrella que se desliza en otoño durante la noche, cuando henchidos los aires de inflamados vapores, muestran al navegante el punto desde donde se lanzarán contra él los vientos desencadenados; y apresuradamente empezó a decir: «Gabriel, pues tienes a tu cargo la guarda y vigilancia de esta mansión venturosa, para impedir que nada malo se acerque aquí ni penetre en ella, sabe que hoy mismo, en la mitad del día, llegó a mi espera un espíritu, deseoso al parecer de contemplar las maravillas más admirables del Omnipotente, y sobre todo al Hombre, última criatura hecha a su imagen. Le indiqué el camino que con mayor rapidez podía seguir; observé la dirección de su vuelo, y al verlo detenerse en la montaña que cae al norte del Edén, noté que sus miradas eran poco propias del cielo y que había en ellas algo de sombrío. Lo seguí con la vista, pero lo he perdido entre estas espesuras; y temo no sea alguno de los espíritus rebeldes, que salido del abismo, venga a suscitar aquí nuevas perturbaciones: tú cuidarás de descubrir dónde se oculte.»

Y el alado guerrero le respondió: «No me admira, Uriel, que residiendo tú en la brillante esfera del sol, abar-ques con tu penetrante mirada inmensas distancias y profundidades. Nadie puede burlar la vigilancia que aquí se ejerce, pasando por esta puerta, sino quien conocidamente proceda del cielo; y del mediodía hasta ahora no se ha presentado ser alguno celestial. Si otro de diferente naturaleza, como el que tú has descrito, ha traspasado estos límites terrestres con algún designio, ya conoces cuán difícil es oponer obstáculos materiales a una sus-tancia divina; mas cualquiera que sea la forma con que se encubra ese que dices, si se ha introducido dentro del recinto de estos muros, lo hallaré mañana al rayar el día.» Con esta promesa volvió Uriel a su región, llevado por el mismo rayo luminoso cuyo más elevado extremo le hizo descender con mayor rapidez al sol, que en aquella hora llegaba debajo de las Azores, fuese porque a impulso de una increíble velocidad hubiera ya termi-nado su diario curso, fuese porque la tierra, girando menos acelerada y abreviando su curso hacia el Oriente, dejase a aquel astro iluminar con sus purpúreos y áureos fulgores las nubes que rodean su trono en el Ocaso.

Llegó por fin la tranquila Noche, y el pardo Crepúsculo cubrió el mundo con su triste manto. Seguíalo el Si-lencio y animales y aves se retiraban, ellos a sus guaridas, éstas a sus nidos, todos enmudecieron, menos el vigilante ruiseñor que empleaba la noche en ensayar sus amorosos e incesantes trinos. ¡Qué encanto tenía el silencio! Poblábase de resplandecientes zafiros la bóveda del firmamento; y Héspero, caudillo de la estrellada hueste, se distinguía por lo luminoso, hasta que apareciendo la luna, reina de pálida majestad, ostentó su in-comparable brillo y ahuyentó las tinieblas con su planeta luz. A este tiempo Adán conversaba así con Eva: «Querida esposa mía: esta hora de la noche y los seres todos que se entregan al descanso, nos brindan con igual reposo. Para el hombre ha establecido Dios el trabajo y el descanso, como la alternativa del día y de la noche; y el rocío del sueño, que tan oportunamente hace sentir ahora su dulce peso a nuestros ojos, viene a cerrar nues-tros párpados. Las demás criaturas que durante el día vagan ociosas y sin cuidado, tienen menos necesidad de reposo, menos que el hombre, que da ocupación diaria a su cuerpo e inteligencia en lo cual prueba su dignidad, y el galardón con que recompensa el cielo sus acciones, porque los otros animales no ejercitan así su actividad, ni Dios toma en cuenta lo que ejecutan. Mañana, antes que la fresca aurora anuncie en el oriente la proximidad del día, deberemos levantarnos, y volver a nuestro agradable trabajo, aclarando aquella enramada, y más allá desembarazando las verdes calles por donde pasearemos al mediodía, pues nos estorba la espesura del ramaje que esteriliza todas nuestras faenas, y que requiere más número de manos, si ha de atajarse su desmedida exu-berancia; al paso que debemos también limpiar la tierra de las flores caídas y de las gomas que han destilado sobre ella, porque únicamente sirven para afearla y obstruirla impidiéndonos caminar con facilidad. Entretanto la naturaleza quiere y la noche manda que descansemos.»

A lo cual Eva, hermosísima criatura, respondió: «Dueño mío, de quien procedo: lo que tú mandes obedeceré sumisa; Dios lo ha dispuesto así; Dios es tu ley, tú la mía y en no excederse de ella consiste toda la ciencia todo el mérito de la mujer. Embelésanme tus palabras hasta el punto de hacerme olvidar el tiempo, sus mudanzas y el transcurso del día, porque contigo todo es igualmente agradable para mí. Agradable es el ambiente de la mañana, dulces sus labores y los primeros cánticos de las aves; hermoso el sol cuando en este amenísimo jardín derrama sus orientales destellos sobre el césped, los árboles, los frutos y las flores esmaltadas por el rocío; exhala aromas la tierra, fecundada por mansas lloviznas, y es encantadora la paz de la tarde, como el silencio de la noche en que sólo se oye la voz solemne de su cantor, y como la belleza de la luna y todas esas esmeraldas del cielo que forman su luminosa corte. Pero ni el fresco ambiente de la mañana, ni los primeros cantos de las aves ni el sol que inunda este jardín ameno, ni los céspedes, frutos y flores esmaltadas por el rocío, ni el perfu-me que tras mansa llovizna embalsama la tierra, ni la apacible tarde y la deliciosa noche con su cantor solemne, ni el pasear a la luz de la luna o a la trémula claridad de las estrellas, nada hay para mí tan dulce como tú mis-mo. Mas ¿por qué esos astros están luciendo toda la noche? ¿Para quién es ese magnífico espectáculo si tiene cerrado el sueño todos los ojos?»

«Hija de Dios y el Hombre, Eva hermosa, replicó nuestro primer padre; esos astros que giran alrededor de la tierra llevan de una en otra región su luz que ha de alumbrar aún a naciones que todavía no existen, y que brilla apareciendo y ocultándose para evitar que la noche, envolviéndolo todo en su oscuridad, recobre su antiguo imperio y prive de la vida a toda la naturaleza. Y no sólo esparcen claridad esos templados astros, sino que con su benigno calor diferentemente graduado lo vivifican, calientan, templan y mantienen todo, o comunican parte de su virtud interior a los demás seres a todas las producciones de la tierra, disponiéndolas a recibir del sol con mayor eficacia su cabal acrecentamiento. Y aunque en la profunda noche falte quien los contemple, no por eso resplandecen en vano; porque no pienses que aun dado que el hombre no existiera, dejaría ese cielo de tener admiradores, ni Dios quien le tributase alabanzas; que mientras velamos, mientras dormimos recorren invisibles la tierra millones de criaturas espirituales, y día y noche alaban sin cesar y contemplan las obras del Creador. ¡Cuántas veces desde la cumbre de la sonora montaña o de lo interior de los bosques llegan a nosotros voces celestiales a la mitad de la noche, que ya solas, ya respondiéndose unas a otras, ensalzan al Omnipotente! Con frecuencia se oyen sus coros y nocturnas veladas, y al divino son de los instrumentos que acompañan sus melo-días, media la noche su espacio, y se elevan al cielo nuestros pensamientos.»

Así iban los dos discurriendo, y asidos uno a otro de la mano, entran solos en su deliciosa gruta. Era un sitio elegido por el soberano Señor, y dispuesto de manera, que nada echase allí de menos el Hombre de cuanto pudiera deleitarlo. Formaban el laurel y mirto entrelazados una tupida bóveda de fuertes y olorosas hojas; el acanto y toda especie de arbustos aromáticos, un verde muro por uno y otro lado, que adornaban como rico mosaico mil y mil flores brillantes, el iris con sus tornasoladas tintas, las rosas y el jazmín unidas a sus esbeltos tallos. Los pies descansaban sobre un lecho de violetas, de azafrán y de jacintos, que cubriendo el suelo como vistoso pavimento, hacían resaltar sus colores, más vivos que los de las piedras más preciosas. Ninguna otra criatura, aves, cuadrúpedos ni reptiles, osaba acercarse allí: tal era el respeto que inspiraba el Hombre; y jamás se ideó mansión tan umbría, sagrada y solitaria que sirviese de templo al dios Pan o a Silvano, ni a las Ninfas y Faunos, númenes de las selvas.

Allí, en aquel apartado retiro, entre flores, guirnaldas y perfumadas yerbas, se desposó Eva embelleciendo su lecho nupcial por primera vez; y los coros celestiales cantaron su himeneo el día en que su ángel tutelar la en-tregó a nuestro primer padre, más ataviada, más encantadora en medio de su desnudez que Pandora, en quien los dioses apuraron todos sus dones, cuando, ¡oh, fatal semejanza en la desventurada!, cuando llevada por Her-mes al insensato hijo de Jafet, sedujo con sus dulces miradas al género humano para vengarse del que había robado el primitivo fuego de Jove.

Llegado, pues, que hubieron a su umbrosa gruta, se detuvieron ambos, y volviendo los ojos al firmamento, adoraron al Dios que hizo la tierra, el aire, el cielo que estaban contemplando, el luciente globo de la luna y las estrellas que poblaban la azulada bóveda.

«Obra tuya es también la noche, Omnipotente Hacedor, y obra tuya el día que acaba de expirar y que hemos empleado en el trabajo que nos está prescrito, con la dicha de auxiliarnos y amarnos mutuamente, colmo de todos los bienes que nos otorgas. Este delicioso lugar es sobrado extenso para nosotros, y su abundancia tal, que no hay quien participe de ella ni quien recoja cuanto su suelo da de sí; pero tú has prometido que de nosotros dos nacerá una raza que ha de llenar la tierra, y glorificar como nosotros tu infinita bondad, lo mismo cuando despertamos a la luz del día, que cuando, como ahora, aspiramos a gozar del sueño.»

Estas alabanzas pronunciaron los dos con unánime afecto, sin observar otro rito que una pura adoración, que para Dios es el más agradable; y enlazadas las manos, entraron en su gruta, y se retiraron a lo más apartado de ella. No tuvieron que despojarse del molesto disfraz que nosotros vestimos, sino que yaciendo uno al lado de otro, Adán estrechó a su hermosa Eva, y ésta aceptó los misteriosos deberes que su santo vínculo le imponía. Dejemos que austeros hipócritas encarezcan las perfecciones de la castidad, el respeto a los lugares sagrados y a la inocencia, y que condenen como impuro lo que Dios ha purificado, lo que prescribe a unos y lo que concede a la libertad de todos. El Señor manda que nos multipliquemos, ¿y quién sino el autor de nuestra ruina, el ene-migo de Dios y el Hombre, puede obligarnos a lo contrario?

¡Salve, amor conyugal, misteriosa ley, origen verdadero de la vida humana, único don propio del Paraíso, en que todas las cosas eran comunes! Por ti se ven libres los hombres del adúltero furor que los iguala con los brutos; por ti fueron engendrados los dulces afectos que el cariño, la fidelidad, la injusticia y la pureza estable-cieron por primera vez, y los sagrados vínculos de padre, hijo y hermano. ¿Cómo he de ver yo en ti nada de criminal ni vituperable, nada que sea indigno de la más santa morada, cuando eres fuente perpetua de doméstica ventura, tálamo candoroso y casto, en estos como en los pasados tiempos, y cuando gozaron de ti los santos y los patriarcas? En ti logra amor el acierto de sus doradas flechas; en ti luce su inextinguible antorcha y posa sus purpúreas alas; y en ti se ven cifrados sus encantos todos, no en las improvisadas caricias, en la sonrisa venal de falsas, insípidas e impúdicas mercenarias, ni en los cortesanos galanteos, festejos, mascaradas, músicas y bailes con que antojadizos amantes hacen gala de una pasión que más bien es digna de menosprecio. Estrechamente enlazados sus desnudos miembros, duermen ambos esposos al compás de los cantos con que les regalan los ruiseñores, y coronados por la lluvia de rosas que les renuevan los primeros albores de la mañana. Gozad de ese sueño, felices consortes, doblemente venturosos, si no aspiráis a mayor ventura, ni a saber mas de lo que sabéis.

Ya la noche había recorrido la mitad de su órbita sublunar, y el cono que su sombra forma llegaba a la mayor altura de la anchurosa bóveda celeste; y ya saliendo por la puerta de marfil, a la hora y con las armas que acos-tumbraban, se disponían los querubines a su nocturna ronda, desplegando aparato bélico, cuando dijo Gabriel al que más se acercaba a él en autoridad: «Llévate en pos, Uziel, la mitad de esa legión y recorre en torno la parte del mediodía con la mas cuidadosa vigilancia; que la otra mitad se dirija al norte, y dando nosotros la vuelta, nos reuniremos en el occidente». Divídense con la rapidez de la llama, unos hacia el lado del escudo, otros hacia el de la lanza; y llamando el mismo Gabriel a dos ángeles que estaban a su lado y se distinguían por su denuedo y sagacidad, les dio la siguiente orden: «Id, Ituriel y Zefón, id a recorrer el Edén con toda la presteza que os sea posible; no dejéis de explorar rincón alguno, y sobre todo la mansión de aquellas dos bellísimas criaturas, que quizás en estos momentos están durmiendo, sin recelar de ningún peligro. Esta tarde, al declinar el sol, vino un Ángel a participarme que había visto un espíritu infernal (¿quién había de sospecharlo?) que escapándose del infierno se encaminaba a este Paraíso, sin duda con algún propósito siniestro; y así donde quie-ra que lo halléis apoderaos de él y traedlo a mi presencia.»

No dijo más, y se puso delante de su brillante hueste, que eclipsaba el resplandor de la luna mientras los dos ángeles se encaminaban directamente al sitio en que podían hallar a su Enemigo; y allí en efecto lo encontraron bajo la forma de un sapo inmundo, agachado junto al oído de Eva. Por medio de esta diabólica astucia procura-ba insinuarse en los órganos de su imaginación y sugerirle a su antojo mil ilusiones, sueños y devaneos, o inspi-rándole su ponzoñoso aliento, inficionar sus espíritus vitales, nacidos de lo más puro de la sangre, como los vapores que exhala arroyuelo cristalino, y suscitar en su mente insensatos y desasosegados pensamientos, espe-ranzas vanas, propósitos ambiciosos, deseos inmoderados, henchidos de altivos conceptos que dan origen a la soberbia.

Al descubrirlo así Ituriel, tocólo ligeramente con el cabo de su lanza. No puede la impostura resistir el contac-to de un arma celestial y por fuerza tiene que recobrar su propia forma: como le aconteció a Satán, que se es-tremeció todo al verse descubierto y sorprendido; y a la manera que prende una chispa en el montón de pólvora acopiada para el almacén que se forma al menor indicio de guerra, y encendido el negro grano, estalla de repen-te e inflama el aire, no menos pronto se levantó el odioso Enemigo en su natural figura. Dieron un paso atrás los ángeles al presentárseles tan súbitamente transformado el terrible rey; pero ajenos a todo temor, se acercaron a él, diciéndole: «¿Cuál eres tú de los espíritus rebeldes precipitados en el infierno? ¿Cómo te has evadido de allí, y por qué estás en acecho, obrando traidoramente junto a la cabeza de los que duermen?»

«¡Ah! ¿No me conocéis? -replicó Satán con desdeñoso tono-. ¿No sabéis quién soy? Pues bien me conocísteis en otra tiempo cuando, en vez de igualaros conmigo, reinaba yo allí adonde no osabais encumbrar el vuelo. Desconocerme ahora vale tanto como desconoceros a vosotros mismos, que sois sin duda los últimos de vues-tras filas. Y si no ignoráis quién soy, ¿a quién preguntarlo, comenzando vuestro mensaje tan inútilmente como habéis de concluirlo?»

A lo que Zefón, devolviendo desprecio por desprecio, le contestó: «No juzgue espíritu rebelde, que esa for-ma, en que tan menguado aparece tu esplendor, pueda darte a conocer, pues no brillas ya en el Cielo inocente y puro, y estás muy distante de aquella gloria que ostentabas cuando eras fiel; ahora llevas impreso el crimen en tu semblante, y en la frente la lúgubre oscuridad de tu morada. Pero ven con nosotros, y no dudes de que ten-drás que dar cuenta al que nos envía, a cuyo cargo está la custodia de este lugar inviolable y la incolumidad de esos dos seres que están durmiendo.»

De este modo habló el Querubín, y su grave y severa reprensión añadió invencible gracia a su juvenil belleza. Quedó confuso Satán; comprendió cuán incontrastable es el proceder recto, cuán amable en sí misma la virtud, y no pudo menos de dolerse de su pérdida, aunque más se dolió todavía de que tan visible fuese la decadencia de su esplendor; y sin embargo, no quiso mostrar apocamiento. «Si he de combatir -dijo- será como superior con el que manda, no con el que es mandado o con todos a la vez; que en esto me cabrá más gloria o por lo menos no perderé tanto.» A lo que con valentía replicó Zefón: «El miedo de que estás poseído nos ahorrará de un empeño que el último de nosotros bastará a realizar contra ti, perverso, y contra tu impotente debilidad.»

Enmudeció el infernal príncipe al oír esto, devorando interiormente su rabia, como soberbio corcel, que al sentir el freno, salta irguiendo la cabeza y tascando el férreo bocado. Tan inútil le parecía la fuga como el com-bate; embargábale el corazón un temor que procedía de poder más alto, cuando nada le había hasta entonces intimidado. Iban acercándose al punto del occidente en que, terminada ya su excursión, volvían los ángeles y se congregaban para recibir nuevas órdenes; al frente de los cuales puesto Gabriel, su caudillo, con voz sonora les dijo así: «Por esta parte amigos, oigo pasos acelerados y descubro a Ituriel y Zefón en medio de la oscuridad. Con ellos viene otro de soberana apariencia pero muy decaído de su brillantez que por su arrogante ademán parece el príncipe del Infierno. Determinado se muestra, según su aspecto, a no salir de aquí sin empeñar com-bate. Preparaos, pues; en su hosco ceño trae pintada la provocación.»

No había acabado de decir esto cuando acercándose los dos ángeles le refieren sucintamente quién es aquél; dónde lo habían hallado, cuál era su ocupación, y, en qué forma y actitud había tratado de ocultarse; Y dirigién-dole Gabriel una penetrante mirada: «¿Por qué -le preguntó- has traspasado los límites a que te ves reducido por tu crimen? ¿Por qué vienes a perturbar en su ministerio a los que no se han dejado llevar de tu detestable ejem-plo y tienen por lo mismo derecho y facultad para impedir tu temerario acceso a estos lugares? ¿No hay más que violar la tranquila morada de los que Dios ha establecido aquí y colmado de bendiciones?»

Y con sonrisa de menosprecio le respondió Satán: «Gabriel en el Cielo tenías fama de perspicaz y como tal te contemplaba yo; pero esas preguntas me hacen dudar de tu buen acuerdo. ¿Hay alguien que viva contento entre suplicios? ¿Hay quién, pudiendo, no anhele evadirse del infierno, aunque esté condenado a vivir en él? Por cierto debes tener que a estarlo tú, lo desearías, y atropellarías por todo con tal de hallar sitio, por lejano que fuese, libre de tanta penalidad donde esperases trocar el dolor en alegría y en presto alivio, y los tormentos en bienestar. Esto es lo que aquí busco, y lo que tú, que nunca has experimentado males, sino venturas, no acerta-rías a comprender. ¿A qué me pones por delante la voluntad del que nos aprisiona? Que refuerce con más segu-ros reparos sus puertas de hierro si ha de tenernos sumidos en sus lóbregos calabozos. Esto es cuanto tengo que responderte: por lo demás, la verdad fe han referido; como ésos te han dicho me hallaron; lo cual, sin embargo, no implica violencia ni exceso alguno.»

A estas palabras, dichas en tono desdeñoso, contestó el Ángel guerrero no menos intencionadamente: «¡Oh! ¡qué dechado tan cabal de cordura se perdió el cielo el día que Satán fue arrojado de él! Fue arrojado de él por su insensatez; y llega ahora aquí el fugitivo de su prisión y abrigando la grave duda de si debe o no tenerse por perspicaz al que le califica de temerario en invadir esta región, y traspasar los límites de aquélla a que está condenado en el infierno; tan natural contempla el evadirse de sus tormentos y su castigo. Sigue en su presun-ción, soberbio, hasta que la cólera que nuevamente suscitas con tu fuga descargue en ti siete veces, hasta que el azote que te haga volver a tus cadenas persuada a tu gran prudencia de que no hay castigo proporcionado a la infinita indignación que semejante culpa provoca. Pero, ¿por qué vienes solo? ¿Por qué no te siguen tus huestes infernales? ¿Son los tormentos más llevaderos para ellos que para ti, y por esto no tratan de evitarlos? ¿O es que no cuentas tú con tanto valor para resistirlos? Pues, intrépido caudillo, que has sido el primero en librarte de tus tormentos: si hubieras manifestado a tus secuaces la causa de tu evasión al abandonarlos, seguramente no te hubieran dejado venir solo ni fugitivo.»

No pudo ya Satán reprimir su ira y exclamó: «Valor más que nadie tengo, ángel insolente, para soportar mis penas. Sobrado sabes que fui yo tu más terrible enemigo en aquella lid en que la fulminante furia del trueno vino tan presto en auxilio tuyo, en auxilio de tu lanza, que por sí no inspiraba temor alguno. Pero tus palabras, tan irreflexivas como siempre, muestran la inexperiencia en que estás de lo que debe hacer un caudillo fiel a su deber y aleccionado por los malos sucesos de su fortuna, que es no exponerlo todo a peligrosos trances, sino experimentarlos primero él mismo. Por esto he cruzado yo solo estos desiertos espacios, y venido a reconocer este mundo nuevamente creado, cuya fama no ha podido menos de llegar hasta los infiernos. Espero encontrar aquí morada mas venturosa, y establecer en la tierra o en las regiones aéreas mis potestades proscritas, aunque para conquista tal fuese menester embestir otra vez contra ti y tus bienhadadas legiones; que más fácilmente os acomodáis a la servidumbre del Señor entronizado en los cielos, a entonar himnos en su alabanza y a incensarle de lejos, que a la dureza de los combates.»

Lo cual, oído por Gabriel, prosiguió en estos términos: «Decir y desdecirse, encarecer primero el mérito de la fuga y desempeñar después el oficio de espía, no es propio de un caudillo, sino de un embaucador. ¿Cómo te atreves a suponerte fiel a tu deber? ¡Que así profanes el nombre, el sagrado nombre de tu fidelidad! Y, ¿a quién eres fiel? ¿A tu rebelde muchedumbre? ¿A ese tropel de réprobos, dignos de ser mandados por tan digno jefe? ¿Consistía vuestra disciplina, la fe que jurasteis y vuestra obediencia militar en alzaros desleales contra el Poder supremo? Y por otra parte, falso hipócrita, que ahora te vendes por paladín de la libertad, ¿quién más lisonjero, más humilde y servil adorador que lo fuiste tú un día del invencible Rey de los cielos, sin duda con la esperanza de destronarlo así mejor y empuñar su cetro? Pues oye, y haz lo que te prevengo; sal de aquí, y huye al lugar de donde has salido; que si subsistes un momento más en estos sagrados confines, arrastrando y cargado de hierros te volveré a tu infernal mazmorra, quedarás enclavado allí, de suerte, que no te burles otra vez de las fáciles puertas del infierno, ya que tan débiles te parecen.»

Amenazolo así; pero Satán lo oía con indiferencia, y encendido en nuevo furor, repuso: «Cuando sea tu cau-tivo, querubín orgulloso, háblame de cadenas; ahora disponte a sentir el peso de mi poderoso brazo. Jamás te abrumó otro tal, ni aun cuando el Soberano celeste cabalgaba sobre tus alas, y uncido con otro como tú, acos-tumbrados al mismo yugo, tirabais de su carro triunfal, y andabais por los caminos del cielo empedrados de estrellas.»

Mientras esto decía, ardían en enrojecido fuego los angélicos escuadrones, y desplegando en circular ala sus falanges, lo rodeaban, apuntándole con sus lanzas; como cuando en los campos de Ceres, maduras para la siega, se mecen las apiñadas espigas, inclinándose a uno y otro lado, según de donde se agita el viento, y el labrador las contempla con inquietud, temiendo que todos aquellos haces en que cifra su mayor logro, no vengan a con-vertirse en inútil paja.

Alarmado Satán en vista de aquella actitud, hizo sobre sí un esfuerzo, y dilató sus miembros hasta adquirir las desmedidas proporciones y fortaleza del Atlas o el Tenerife. Toca su cabeza en el firmamento y lleva en su casco el Horror por penacho de su cimera; ni carece tampoco de armas, dado que empuña una lanza y un escu-do. Tremenda lid se hubiera suscitado entonces, que no sólo el Paraíso sino la celeste bóveda hubiera conmovi-do en torno, y aun, puesto en grave conflicto todos los elementos a impulsos de choque tan irresistible, si pre-viendo aquella catástrofe no hubiera el Omnipotente suspendido en el cielo su balanza de oro, que desde enton-ces vemos brillar entre Astrea y el Escorpión. En aquella balanza había pesado Dios todo lo creado; la tierra esférica en equilibrio con el aire; y ahora pesa del mismo modo los acontecimientos, la suerte de las batallas y de los imperios. Puso a la sazón en contrapeso el resultado de la fuga y el del combate, y el segundo subió rápi-damente hasta dar en el fiel que lo señalaba; y entonces dijo Gabriel a su Enemigo: «Conozco, Satán, tus fuer-zas como tú dices conoces las mías: ni unas ni otras nos pertenecen; Dios nos las ha prestado. ¡Qué insensatez jactarnos de lo que han de hacer nuestras armas, cuando no hemos de llegar sino a lo que permita el Cielo! Tu poder es el que El consiente; el mío a la sazón doble, para que yazgas a mis pies, como cieno que eres. Y si de ello quieres una prueba, mira allá arriba y leerás tu suerte en el celeste signo donde se pesa, donde se muestra cuán liviana y débil sería la resistencia.»

Miró en efecto Satán, y vio cuán desfavorable le era el movimiento de la balanza. No esperó más; huyó lan-zando denuestos, y en pos de él huyeron las nocturnas sombras.
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QUINTA PARTE
ARGUMENTO

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Comienza a rayar el día, y Eva refiere a Adán su agitado sueño, que él oye con disgusto; pero hace por conso-larla, y salen ambos a su trabajo cotidiano, dirigiendo antes a Dios su plegaria de la mañana. Para que el hom-bre no pueda alegar disculpa alguna, envía Dios a Rafael que le recuerde su obediencia, que le manifieste el uso que ha de hacer de su libertad, la proximidad de su enemigo, quién es éste y cuál la causa de su enemistad con todo lo demás que a Adán le importa saber. Baja pues Rafael al Paraíso; pintase su celestial hermosura. Al descubrirle Adán, sale a recibirle, le conduce a su albergue, y le regala con las frutas más sabrosas, que al efecto ha cogido Eva por su mano. Conversan amigablemente entre sí, y Rafael desempeña su comisión hablando a Adán de su estado, de la condición de su enemigo; y satisfaciendo a sus preguntas, le declara quién sea éste y lo que lo induce a obrar así, empezando su relato por la primera rebelión de Satán en el Cielo, el origen de ella, cómo se retrajo a las partes del Norte con sus legiones, y las incitó a rebelarse contra Dios, logrando que le siguiesen todos, excepto el serafín Abdiel que contradice sus razones, y se opone a él, y por último le abandona.
Ya la aurora dirigía sus pasos a la región de Levante, dejando en el cielo impresas sus sonrosadas huellas, y sembrando la tierra de orientales perlas, cuando, como lo tenía de costumbre, despertó Adán, cuyo sueño ligero como el aire, favorecido por una pura digestión y por dulces y suaves vapores, fácilmente se disipaba al menor ruido de las hojas de los brumosos arroyuelos a que da movimiento el alba, y de las aves vocingleras que revo-loteaban entre los árboles. Pero se sorprendió por lo mismo de hallar a Eva adormecida aún, el cabello descom-puesto y encendidas sus mejillas, como por efecto de un sueño desasosegado; e incorporándose medio apoyado sobre su costado, para mejor fijar su amorosísima mirada en aquella hermosura que, dormida o despierta, así le enajenaba con sus encantos, blandamente estrechó su mano; y con una voz tan dulce como la de Céfiro cuando acaricia a Flora, murmuró a su oído estas palabras: «Despierta, hermosa, alma mía, supremo bien que me otorga el cielo, delicia de mi corazón; despierta: mira que alumbra ya por la mañana, que la frescura del campo nos está llamando, y que desperdiciamos estas primicias del día, y no vemos cómo crecen nuestras tiernas plantas, cómo se abren las flores de los naranjos, y la mirra destila su licor, y su bálsamo la caña, mientras la naturaleza se reviste de sus colores, y la abeja extrae de los pétalos sus almibarados jugos.»

Despierta Eva al oír esto, mira con asombro a Adán, y apretándolo entre sus brazos dice: «¿Eres tú, consuelo mío, colmo de mi ventura, único ser en quien se recrea mi pensamiento? ¡Con qué placer vuelvo a verte y vuel-vo a gozar del día! Porque has de saber que esta noche (noche igual no he pasado hasta ahora) he tenido un sueño, si sueño puede llamarse, porque no he pensado en ti como pienso siempre, ni en nuestras faenas últimas, ni en las próximas, sino en ofensas y cuidados que hasta esta penosa noche no había sentido mi ánimo; he teni-do un sueño en que me parecía que introduciéndose en mi oído, una voz afectuosa me invitaba a pasearme. La tomé al pronto por la tuya: «¿Por qué duermes, Eva?» me decía. Esta es la hora del placer, de la frescura y del silencio, silencio solamente interrumpido por el canoro pájaro de la noche, que la pasa en vela modulando sus amorosos trinos; ésta es, la hora en que la luna completamente redondeada y en la plenitud de su dulce caridad, ahuyenta la sombra que lo encubre todo; inútiles encantos, si la vista no goza de ellos. El cielo vela también y tiene abiertos sus ojos; ¿sabes para qué? Para contemplarte a ti, prodigio de la naturaleza, a ti cuya presencia alegra, y cuya beldad no puede menos de embelesar a cuantos la ven. «Me levanté, creyendo que eras tú el que me hablaba, mas no te vi; eché a andar deseosa de encontrarte, y atravesé, o tal por lo menos me pareció, multi-tud de caminos, hasta que de repente me hallé junto al árbol de la ciencia prohibida que se me presentó hermo-sísimo, más hermoso que durante el día. Mirándolo estaba maravillada, cuando a su lado noté que había una figura con alas, como las que a menudo vemos bajar del cielo; sus húmedos cabellos estaban rociados de am-brosía. Contemplaba también el árbol, y exclamó: «¡Oh, preciosa planta! ¡Que tan cargada te veas de fruto y nadie, ni Dios, ni hombre, quiera aliviarte de él ni gustar de su dulzura? ¿Tan despreciable es la ciencia? Si no es por envidia, ¿qué otra causa puede haber para esta prohibición? Prohíbalo quien quiera, nadie me impedirá a mí privarme más tiempo de este placer. De otra suerte, ¿por qué estás aquí?» Esto dijo, y sin más, vacilar, con mano atrevida cogió y gustó. Quedé horrorizada al oír estas palabras, y mucho más viendo la temeraria acción que las acompañaba; pero él, arrebatado de entusiasmo. «¡Oh divino fruto! -siguió diciendo- ¡dulce por extremo y más dulce todavía por ser vedado! Niégasete, sin duda, para que seas alimento exclusivo de los dioses, pues si lo fueras de los hombres los convertirías en divinidades. Y, ¿por qué no han de aspirar a ser dioses los huma-nos? ¿No se acrecienta el bien a medida que se comunica? Lejos de perder en ello su autor, sería objeto de nuevas adoraciones. Ven pues, felicísima criatura, Eva, hermosa y angelical; gusta como yo de este fruto, que si hoy eres feliz llegarás doblemente a serlo; gusta de él y serás una nueva deidad entre los dioses y tu imperio no se limitará a la tierra, sino que tendrás por mansión el aire, como nosotros, o podrás remontarte por tu propia virtud al cielo, y verás la vida que viven los dioses y tú vivirás como ellos. Y hablando de esta suerte, se acercó a mí, y llevó a mis labios parte del fruto que había arrancado. Su dulce y sabrosa fragancia excitó de tal modo mi apetito que no pude menos de probarlo; y al punto sentí que nos trasladábamos ambos a la región de las nubes, desde donde vi extenderse a mis pies la inmensidad de la tierra, magnífico y variado espectáculo; y ad-mirada de mi vuelo, me asombré no menos del cambio que había experimentado y de la incalculable altura a que me hallaba; cuando repentinamente desapareció mi guía, y a mí se me figuró que caía precipitada a la tierra y que llegaba a ella adormecida. ¡Con qué júbilo he despertado y visto que todo ha sido la ilusión de un sueño!»

Refirió así Eva el que había tenido durante la noche; y contristado Adán al oírlo, le respondió: «Perfecta ima-gen y amada mitad de mi mismo; ese desasosiego que ha agitado esta noche tu mente mientras dormías, tam-bién ahora me aflige a mí. No sé por qué recelo que ese sueño extraordinario traiga algún mal consigo; pero, ¿de dónde provendrá ese mal? En ti, que tan pura eres ni sombra de él puede darse; pero oye lo que voy a decir-te. Hay en el alma varias facultades inferiores sometidas a la Razón como a su soberana. Entre ellas ejerce el principal oficio la Imaginación que de todos los objetos exteriores que perciben los sentidos cuando están des-piertos, forma quimeras y visiones aéreas, las cuales agrupa o desvanece la Razón, produciendo así todo cuanto afirmamos o negamos, todo aquello que distinguimos con el nombre de ciencia o de opinión. Cuando la natura-leza se entrega al reposo, la Razón se retrae también a su más oculto seno; y acontece con frecuencia, que apro-vechándose la Imaginación de este retraimiento, como continuamente está en vela, procura imitarla forjándose allí mil trazas y desvaríos; pero ordenando mal los objetos especialmente durante el sueño sólo produce pensa-mientos inconexos, y confunde los hechos presentes con los pasados y los remotos.

«Así en este sueño que me refieres, juzgo descubrir cierta semejanza con los asuntos de que tratarnos en nuestra última conversación, bien que revestidos de extraños accidentes; por lo que no debe esto causarte sobre-salto alguno. Puede introducirse un mal pensamiento en el ánimo tanto del hombre como de los espíritus celes-tiales, indeliberadamente, y sin que llegue a contaminarlo; y esto me inspira la confianza de que ese sueño que tal aversión te ha inspirado mientras dormías, no consentirás nunca que despierta se realice. Aleja, pues, de ti toda tristeza; que no empañe nube alguna la claridad de esos ojos, más brillante y serena que la que en su pri-mera sonrisa envía al mundo la aurora. Levantémonos, y volvamos nuevamente a nuestras dulces faenas, nues-tros bosques y fuentes, y al cuidado de las flores que entreabren ahora sus cálices, y exhala los suavísimos aro-mas que han guardado durante la noche, para que te goces mejor en ellos.»

Así consoló Adán a su bella esposa, y ella en efecto quedó consolada; pero en medio de su silencio se deslizó de sus ojos una dulce lágrima que enjugó con sus cabellos; y al ver que asomaban otras a sus cristalinas fuentes, las atajó Adán con un beso, correspondiendo de este modo a aquella tímida demostración de un remordimiento que se alarmaba, con la sola idea de la culpa sin ser culpable.

Dando, pues al olvido sus temores, se apresuraron a salir al campo; y apenas traspusieron el umbral de su mansión, a la que servían de techumbre espesos y copudos árboles, y se hallaron al aire libre a la luz del día y del sol, que al aparecer en su carro tocaba con las ruedas la superficie del Océano, y cuyos rayos impregnados de rocío y paralelos a la tierra, doraban la vasta región oriental del Paraíso y los fértiles llanos del Edén, se postraron humildemente para adorar a su Criador, comenzando la acostumbrada plegaria que todas las mañanas le dirigían de varios modos, sin que sus himnos careciesen jamás de variedad ni de santo entusiasmo, bien fue-sen recitados, bien cantados de improviso; pues en sonora prosa o numeroso ritmo fluía de sus labios una elo-cuencia tan natural, que no necesitaba de los dulces acordes del arpa ni del laúd; y dieron así principio: «Estas Padre del bien Omnipotente Señor, son tus gloriosas obras. Obra es de tus manos esta fábrica del Universo, tan maravillosamente bella; y tú mismo ¡cuán admirable eres! Tu inefable grandeza se encumbra sobre esos cielos invisible para nosotros, confusamente vislumbrada en tus más pequeñas obras en las cuales, sin embargo, se descubre tu bondad superior a toda idea, y tu poder divino. Celebradlo vosotros, que podéis hacerlo más digna-mente espíritus angélicos, hijos de la luz; vosotros, que lo contempláis de cerca, y que en torno de su trono en la eternidad de un día sin noche, y en concertados coros eleváis cánticos de alegría; vosotros que estáis en el cielo. Unid también vuestras alabanzas, criaturas de la tierra, en torno del que es principio y postre y centro y ser al propio tiempo infinito. Y tú la más brillante de las estrellas, última que recorres la vía nocturna si no perteneces más bien al alba precursora del día que con tu fulgente diadema coronas la risueña frente de la mañana: ensálza-lo asimismo en tu luminosa esfera a la hora apacible en que asoma la luz de Oriente.

«Sol, vista y alma de este anchuroso mundo, ríndele homenaje como superior a ti, y en tu incesante giro pro-clama sus loores, cuando apareces en el cielo, cuando te ostentas en tu apogeo y cuando te ocultas a nuestros ojos. Luna, que acompañas unas veces al Sol en su oriente y otras te apartas de él, huyendo con las estrellas fijas en su movible órbita; y vosotros planetas errantes en número de cinco, que al compás de armónicos soni-dos os movéis en misteriosa danza: publicad la gloria de aquel que de las tinieblas sacó la luz. Aire y los demás elementos que fuisteis los primeros que engendró en su seno Naturaleza; pues vuestra cuádruple virtud recorre bajo innumerables formas un círculo perpetuo, e influís e inspiráis la vida en todo, que vuestro continuo movi-miento sirva para tributar al Supremo Hacedor himnos cada vez más nuevos y más variados. Y vosotras nieblas y exhalaciones, que surgís de las montañas o de los vaporosos lagos, negras o cenicientas, hasta que el sol dora con sus rayos la fimbria de vuestros ropajes: surgid para honrar el nombre del magnífico autor del mundo; y ya tapicéis de nubes el incoloro espacio del firmamento, o derraméis vuestra fecunda lluvia en la sedienta tierra, que en vuestra ascensión o vuestro descenso proclaméis siempre sus alabanzas. Alabadlo también con manso murmullo o rugiendo impetuosamente, oh vientos que sopláis de los cuatro ángulos de la tierra; y vosotros excelsos pinos, árboles y plantas de toda especie, inclinad vuestras cabezas y agitad vuestras ramas en señal de adoración. Loadlo asimismo al son susurrante de vuestras aguas, fuentes y líquidos arroyuelos. Unid a las de-más vuestras voces, criaturas todas vivientes. Aves que cantando os remontáis hasta las puertas del cielo, sub-limad su gloria en vuestras melodías, y llevada por vuestras alas; y los que os deslizáis por entre las olas, y los que vagáis por la tierra, ya hollándola majestuosa, ya arrastrando humildemente, sed testigos de que mi lengua no enmudece ni por el día ni por la noche, y de que mi voz resuena en las colinas, en los valles, en las fuentes y en la fresca sombra de las enramadas que de mí aprenden sus alabanzas. ¡Bendito seas Señor del Universo! Que tu bondad, como hasta aquí nos dispense únicamente bienes; y si la noche ha producido o encubierto algún mal, ahuyéntalo como la luz ahuyenta las tinieblas en este instante.»

Expresión de su inocencia era plegaria tan fervorosa, terminada la cual recobraron sus ánimos la profunda paz y la acostumbrada calma. Apresuráronse a volver a sus faenas campestres de la mañana, por entre prados cubiertos de rocío y de árboles frutales que por su excesivo crecimiento extendían su espeso ramaje más de lo conveniente, y necesitaban que una mano experta reformase su estéril pompa. Acercan también la vid al olmo para unirlos entre sí; la cual, como amante esposa lo ciñe con sus flexibles brazos, y le ofrece en dote sus raci-mos, y embellece con ellos su inútil hojarasca.

Viéndolos ocupados de esta suerte el supremo Rey del cielo, se apiadó de ellos, y llamando a Rafael el espíri-tu amigable que se digno de viajar con Tobías, y favoreció su matrimonio con la doncella siete veces casada: «Rafael», le dijo, «ya sabes la perturbación que, fugándose del infierno y atravesando el tenebroso abismo, ha movido Satán en el Paraíso terrestre, y la iniquidad que ha causado esta noche a los dos humanos que allí viven, proponiéndose con la ruina de ellos, labrar a la vez, la de su descendencia. Ve, pues allá: emplea el resto del día en conversar con Adán, como entre sí conversan los amigos. Lo encontrarás en un sitio sombrío y retirado que le preserva del calor del mediodía, y donde con el alimento y el descanso repara las fuerzas gastadas en sus diarias fatigas. Háblale de modo que le hagas comprender su dichoso estado; que de su voluntad depende su dicha, de su voluntad, que aunque libre, es también mudable, por lo que debe andar precavido y desconfiado, no llegue a perderse por exceso de confianza en su seguridad. Háblale asimismo de los riesgos a que está expuesto, de quién debe recelar, y del Enemigo que por haber sido expulsado poco ha del cielo, procura que los demás se hagan también indignos de tal ventura, no empleando a este fin la violencia que le sería perjudicial, sino el engaño y la seducción. Prevenlo, en suma, de cuanto debe hacer, no sea que, delinquiendo voluntariamente, alegue después que ha obrado por sorpresa, por falta de consejo y de previsión.»

Esto ordenó el Padre Eterno con lo que dejó enteramente satisfecha su justicia. No demoró un punto el alado Ministro el cumplimiento de aquel mandato, y de entre la innumerable multitud de serafines en que estaba cu-bierto por sus grandiosas alas, alzó el rápido vuelo y cruzó por en medio del firmamento. Apártanse a uno y otro lado las angélicas legiones para abrirle paso a través del camino del Empíreo, hasta llegar a las puertas del cielo, las cuales se abren de par en par por sí solas, girando sobre sus goznes de oro, que con tan divino arte el sabio Autor de todo las había dispuesto. Desde allí, ni nubes ni astro alguno se interponen a sus miradas, y ve la tierra pequeña como en sí es y semejante a los demás globos luminosos, y ve el jardín de Dios coronado de cedros por encima de las más altas montañas. Así aunque menos distintamente, contempla el observador duran-te la noche por medio de los cristales de Galileo, tierras y regiones imaginarias en lo interior de la luna; y así descubre el piloto como una mancha nebulosa al aparecérsele, las islas de Delos y Sarnos entre las Cícladas.
Prosigue el Ángel bajando con acelerado vuelo, y cruza la inmensidad del espacio aéreo, y surca mundos y mundos, seguro de sus fuertes alas, ora impelido por los vientos del polo, ora sacudiendo velozmente el movi-ble aire; hasta que llegando al límite a que pueden las águilas remontarse, mirábanlo todas las aves asombradas como al fénix único en su especie, cuando para depositar sus preciosas cenizas en el fulgente templo del Sol, encaminaba su vuelo a la egipcia Tebas. Descendiendo después sobre la cumbre oriental del Paraíso, recobra su aspecto de alado serafín. Seis alas velan sus divinas formas: las dos que cubren sus anchos hombros, le caen sobre el pecho como un magnífico manto real; las dos de en medio ciñen su talle como una estrellada zona, v orlan sus riñones y cintura con menudas plumas de oro y tornasoles copiados de los del cielo; y las otras dos resguardan sus pies, adheridas a sus talones, con plumas esmaltadas del color del firmamento. Mostrábase se-mejante al hijo de Maya, y al sacudir sus plumas, llenaba de celestial fragancia el anchuroso espacio que en torno lo circuía.

Reconociéronlo al punto las legiones de ángeles que custodiaban el Edén, y lo recibieron con el honor debido no sólo a su dignidad, sino a su misión sublime, porque desde luego adivinaron toda la importancia de la que iba a desempeñar. Pasó por delante de sus esplendentes tiendas, y entró en el bienaventurado campo atravesan-do odoríferas florestas de mirra y casia, de nardos y de bálsamos que sobrepujaban en dulzura a todo encareci-miento; porque exuberante allí y risueña como en su primavera, la naturaleza desplegaba todos sus encantos juveniles y vertía a manos llenas sus más gratos tesoros, en medio de aquel silvestre espectáculo superior a toda perfección artística.

Sentado a la entrada de su fresca gruta, lo vio Adán según iba adelantándose por en medio de la aromática floresta. Desde su mayor elevación lanzaba directamente el Sol sus encendidos rayos hasta lo más profundo de la tierra, calor excesivo para Adán; y Eva estaba en lo interior de su albergue, a la hora en que solía, preparando para su comida los sabrosos frutos, que con sólo ser gustados eran deleite del apetito, y al propio tiempo, des-pertaban la sed del néctar que la leche, el jugo de ciertas frutas, o los racimos de la vid les suministraban. Llamó pues, Adán a su esposa, diciendo: «Ven Eva, corre, verás un objeto digno de contemplarse: a la parte de oriente, entre los árboles, y caminando en esta dirección, viene una figura ¡oh, qué radiante! Parece una segunda aurora que brilla en mitad del día. Algún mandato del cielo nos trae quizá, y se dignará de ser hoy nuestro huésped. Apresúrate a ofrecerle las mejores provisiones que guardes; no escasees prodigalidad alguna y recíbela con todo el honor debido a un mensajero celeste. A nuestros bienhechores debemos corresponder con sus propios dones, y mostrarnos liberales de lo que tan liberalmente se nos concede, ya que la naturaleza multiplica aquí sus inago-tables tesoros, y que al desprenderse de ellos para hacerse más fecunda, nos enseña a no ser avaros.»

A esto replicó Eva: «Adán mío, a quien Dios ha consagrado como modelo de la tierra que animó El mismo; el cuidado de guardar lo que ha de servirnos para alimento, es inútil aquí donde las estaciones se encargan de proveernos de todo, a no ser aquellos frutos que mejoran reservándose, porque pierden así su humedad super-flua. Pero no omitiré solicitud alguna, y juntaré de cada planta, de cada árbol, de cada sabroso fruto, lo que más digno me parezca para agasajar a ese angelical huésped, el cual sin convencer, de que Dios ha derramado sus beneficios en la tierra como en el cielo.»

Y sin perder más tiempo, se dispone a proceder con la mayor diligencia y a desempeñar sus quehaceres hos-pitalarios, pensando en cómo escoger lo más delicado, lo que más se acomodase al gusto, sin mezclar cosas extrañas ni de mal aspecto, sino de una agradable variedad que contribuyese a aumentar su agrado. Discurre de un lado a otro, y de los más tiernos tallos arranca cuanto la tierra, madre universal, produce en la India oriental y en la de Occidente, en las orillas del Ponto, en las costas de África o en el país en que reinó Alción; frutos de toda especie, de dura cáscara, de blanda piel, unos lisos, vellosos otros. De ellos hace largo acopio que amonto-na con mano pródiga; exprime los dorados racimos que le dan un licor inofensivo y grato y de simientes y dul-ces almendras que tritura, saca almibarada crema. No carece de vasos puros que contengan una y otra bebida; y por fin cubre el suelo de rosas y arbustos olorosos que para serlo no había menester de fuego.

Entretanto se adelanta nuestro primitivo padre a recibir a su divino huésped, sin más séquito que sus cabales perfecciones, que constituían toda su grandeza incomparablemente mayor que la enojosa pompa que arrastran en pos los príncipes, con tantos corceles ricamente enjaezados y tantos palafreneros cuajados de oro que des-lumbran a la multitud dejándola estupefacta. Llegó, pues, Adán a su presencia, y no embarazado de temor, sino con la sumisión y afable respeto que a su superior naturaleza se debía, profundamente, inclinándose, le dijo: «Espíritu celestial, pues no es posible que hermosura tanta provenga más que del cielo; ya que descendiendo de los supremos tronos, te dignas de abandonar por breve tiempo aquellas mansiones venturosas para honrar estas otras con tu presencia, haznos a los dos que aquí vivimos, a quienes el Soberano del mundo ha otorgado la posesión de la morada tan espaciosa, haznos la merced de reposar en este umbrío albergue tomando asiento y gustando los más sazonados frutos de este jardín, hasta que ceda el calor del mediodía, y más benigno el sol vaya declinando.»

Y el Ángel con la mayor dulzura le respondió: «A esto he venido Adán. Tal como has sido creado, y dueño de una mansión como la presente, bien puedes invitar aun a los mismos espíritus celestiales a que con frecuen-cia te visiten. Llévame pues a ese apartado recinto cubierto de sombra; tengo para estar contigo desde esta hora del mediodía hasta que comience la noche. «Y se encaminaron ambos a la campestre vivienda, que como el asilo de Pomona se cobijaba entre fragantes flores. Allí estaba Eva, sin otra gala ni adorno que ella propia, más encantadora que la Ninfa de los bosques y que la más bella de aquellas tres diosas que en el monte Ida sostuvie-ron desnudas la competencia de su hermosura; estaba para servir al divino huésped, y no necesitaba de otro velo ni defensa que su virtud, sin que ningún pensamiento impuro alterase la calma de su semblante. «¡Salve!», le dijo el Ángel, empleando la santa salutación que después se dirigió a la benditísima María, segunda Eva. «¡Sal-ve, madre del género humano! Tu fecundo seno dará al mundo más hijos que los frutos con que los árboles del Señor colman esa mesa.» La mesa era un alto y espeso césped cercado de asientos de muelle musgo y sobre su ancha y cuadrada superficie se extendían las producciones todas del otoño, aunque allí otoño y primavera se daban la mano. Entablaron los comensales su plática reposadamente, sin temor de que se les enfriasen los man-jares; y nuestro padre empezó diciendo: «Plázcate divino extranjero, gustar de estos regalos, que nuestro Hace-dor, de quien sin tasa ni medida procede todo perfecto bien, ha mandado a la tierra que nos ceda para nuestro alimento y nuestro placer; manjares insípidos quizá para naturalezas espirituales; mas yo únicamente sé que el Padre celeste alimenta a todos.»

A esto replicó el Ángel: «Pues lo que El, alabado sea perpetuamente, lo que El da al Hombre, que en parte es también espiritual, bien puede ser manjar agradable para los espíritus más puros; que la inteligencia de éstos necesita de alimento como vuestra razón, pues una y otra llevan en sí las facultades subalternas de los espíritus, como son oír, ver, oler, tocar y gustar; y el gusto depura. digiere y asimila las sustancias convirtiendo las corpó-reas en incorpóreas. Ello es indudable que todo lo creado ha menester de alimento con que sostenerse y reparar-se: entre los elementos, el más grosero mantiene siempre al más puro, la tierra al agua, la tierra y el agua al aire, y el aire a los etéreos fuegos, empezando por la luna, que como más vecina de la tierra, presenta en su redonda faz esas manchas que son vapores todavía impuros que no se han transformado en sustancias; mas no por eso deja la luna de desprender de su húmedo continente alimento para otras esferas superiores. El sol, que comunica su luz a todos los astros, recibe de ellos sus acuosas exhalaciones y absorbe durante la noche el licor del Océa-no. Aunque los árboles de vida que tenemos en el cielo nos den frutos de ambrosía, y las vides destilen néctar, y aunque al amanecer extraigamos melifluo rocío de entre las hojas, y el suelo ofrezca granos de perlas a nuestras plantas, de tal manera ha prodigado aquí Dios sus bondades en la variedad de los placeres de que gozáis, que bien puede esta mansión compararse con el cielo; y así no creas que deje de quedar mi gusto satisfecho.»

Sentáronse, pues, y fueron comiendo de las viandas, y el Ángel no en la apariencia ni figuradamente, como es común opinión de los teólogos, sino con todo el incentivo de un verdadero apetito; así que el calor digestivo transformó los manjares en su sustancia angélica, y la parte redundante salió a través de la espiritual por medio de la transpiración. Ni esto debe causar asombro, cuando por medio del carbón ardiente, trueca o cree posible trocar el empírico alquimista la escoria más vil en el oro más puro cual si saliese de la mina. Desnuda Eva, hacía oficios de sirviente y. apuradas las copas las coronaba de nuevo con licores a cuál más grato. ¡Oh inocen-cia digna del Paraíso! Nunca como entonces hubieran tenido disculpa los hijos de Dios en enamorarse de la hermosura; pero en aquellos corazones no cabía el amor impúdico ni se comprendían los celos, infierno de los amantes ofendidos.

Una vez satisfecha mas no ahíta, tanto en manjares como en bebidas, la necesidad de la naturaleza, concibió de pronto Adán el deseo de no perder la ocasión que con tan importante conferencia le brindaba para saber qué más había en el mundo superior al suyo, qué seres poblaban el cielo cuya existencia tanto sobre la suya se dis-tinguía, cuyas esplendentes formas eran una emanación de la Divinidad y cuyo envidiable poder en tanto grado excedía al del Hombre; y con respetuosa prudencia se insinuó así: «Veo, conciudadano de Dios hasta dónde llega tu bondad por el honor que nos has dispensado, dignándote de visitar nuestra humilde morada y de probar los frutos de la tierra, que no son manjar digno de los ángeles; mas los has aceptado de tal modo, que no parece puedas mostrarte más complacido al tomar parte en el celestial banquete; y sin embargo ¡qué comparación cabe!»

Y el divino Mensajero repuso: «Hay, Adán, un Ser Omnipotente de quien proceden todas las cosas, y en quien refluye todo aquello que no viene a estado de depravación. Todo lo creó perfecto en su origen, con varie-dad de formas, con diversos grados de sustancia y vida en los vivientes; pero todo se completa y espiritualiza y depura a medida que más se aproxima a El o a aquella esfera de acción que a cada cosa está designada, hasta que los cuerpos llegan a espíritus en la proporción debida a cada especie. Así, de la raíz de una planta nace esbelto su verde tallo, y de éste las hojas más delicadas, y de las hojas, en fin, la flor primorosamente esmaltada que exhala aromáticas esencias. Y así las plantas y los frutos que dan alimento al Hombre, siguiendo una escala gradual, se transforman en espíritus vitales, o animales, o intelectuales, que armonizados entre sí, producen la vida, el sentimiento, la imaginación, y la inteligencia de donde el alma adquiere la razón; la razón que constitu-ye su esencia ya proceda discursivamente, ya por medio de la intuición. El discurso suele ser más propio de vosotros, los humanos; la intuición, de nosotros los celestiales; diferimos en el grado de razón, mas no en cuan-to a su naturaleza, que es siempre idéntica. No te admires, pues, de que yo haya aceptado los alimentos que Dios ha hecho a propósito para ti, porque, como tú en la tuya, los convierto yo en mi, sustancia propia. Tiempo vendrá quizás en que los hombres lleguen a participar de la dignidad angélica, y que gusten del manjar celestial juzgándolo adecuado a su subsistencia; en que vuestros cuerpos, así sustentados, se despojen un día de todo lo que no es espiritual y se remonten alados a la región etérea como nosotros, y puedan habitar libremente aquí o en la celestial morada, si dais entonces muestras de ser obedientes y conserváis entero, inalterable y fiel el amor que debéis al que os ha hecho progenie suya. Entretanto gozad de cuantos dones os concede vuestro dichoso estado; que por ahora en vano aspiraríais a más.»

«¡Cuán bien generoso espíritu y benigno huésped», repuso el patriarca de la raza humana, «cuán bien nos has trazado el camino que puede conducirnos a nuestra enseñanza, y la escala de la naturaleza que recorre desde el centro a la circunferencia, y cómo la contemplación de los cosas creadas basta para elevarnos de una en otra hasta la majestad de su Creador! Pero dime: ¿qué has querido dar a entender con lo de «si dais muestras de ser obedientes»? ¿Es posible que no lo seamos, que nos olvidemos del amor a Aquel que nos ha sacado del polvo, estableciéndonos aquí y colmándonos de cuantos bienes puede concebir o apetecer el anhelo humano?»

Y el Angel le replicó: «Hijo del Cielo y de la Tierra, escucha. A Dios eres deudor de toda tu felicidad, pero el proseguir disfrutando de ella, de ti depende, es decir, de tu obediencia en la cual debes mantenerte fiel, porque es la prenda de tu ventura; tenlo presente. Dios te ha hecho perfecto, pero no inmutable; te ha hecho bueno pero te deja árbitro de perseverar o no en esta bondad; te ha dotado de un albedrío libre por su naturaleza, no sujeto al misterioso hado ni a la inflexible necesidad. Por eso el homenaje que exige es voluntario y no forzoso, pues de ser arrancado por la fuerza ni lo aceptaría, ni sería homenaje. ¿Cómo un corazón esclavizado ha de mostrar que se somete voluntariamente a su servidumbre, si cohibido por el destino, carece de toda elección posible? Nosotros también y cuantas angélicas legiones asisten al trono de Dios ciframos nuestro estado de bienaventu-ranza como vosotros el vuestro en la obediencia; que no tenemos otra seguridad. Libremente servimos, porque libremente amamos; de nuestra voluntad depende el amar o no, y en ella por consiguiente estriba nuestra eleva-ción o nuestra ruina. Por incurrir en la desobediencia cayeron algunos desde los cielos al profundo abismo. ¡Oh!, ¡Y qué caída! ¡En qué miserable extremo, y desde qué gloria tan sublime!»

A lo cual respondió nuestro primer padre: «Con la mayor atención he escuchado tus palabras, divino maestro, y me han deleitado más que los armónicos acentos de los vecinos montes, cuando repiten por la noche los can-tos de los querubines. Ni se me oculta que hemos sido creados libres, tanto para querer como para obrar; y no olvidaremos nunca el amor que debemos a nuestro Hacedor y la obediencia a su único mandamiento, que tan justo es en efecto, pues así me lo persuado y ha persuadido siempre mi reflexión. Pero lo que dices que ha ocu-rrido en el cielo me hace dudar de mí mismo y me inspira el deseo de oír, si te dignas de referirlo, la relación completa del caso que debe ser muy extraño y digno de escucharse con religioso silencio. Aún tenemos día sobrado; que apenas ha llegado el sol a la mitad de su carrera, y comenzado la otra mitad en el ancho círculo del cielo.»

A este ruego de Adán condescendió Rafael, después de una breve pausa diciendo: «En arduo empeño me po-nes, padre de los hombres, arduo y triste a la vez; porque ¿cómo representar al sentido humano las invisibles hazañas de los espíritus guerreros, y cómo referir sin pena la ruina de tantos gloriosos seres, y tan perfectos mientras guardaron fidelidad? ¿Cómo, por fin revelar los secretos de un mundo que quizá no es lícito descubrir? Mas por tu bien debe permitirse todo. Pondré al alcance de tu comprensión lo que es superior a ella, dando a lo espiritual formas corpóreas por donde mejor se entienda; pues si la tierra es una sombra del cielo ¿qué extraño que se asemejen más de lo que es posible imaginar las cosas de acá abajo a las celestiales?

«No existía este mundo aún, y reinaba el lóbrego caos donde hoy giran las célicas esferas, donde la tierra se asienta ahora equilibrada sobre su centro, cuando un día (porque el tiempo, no obstante, la eternidad, aplicado al movimiento mide cuanto es capaz de duración por medio de lo presente lo pasado y lo futuro), cuando un día, digo, de los que completan el grande año celeste, fueron por mandato supremo convocadas todas las angélicas legiones, y acudiendo desde los más apartados ámbitos del Empíreo rodearon el trono del Omnipotente, presi-didas por sus gloriosos capitanes. Enarbolábanse allí mil y mil enseñas, banderas y estandartes, que entre las primeras filas y la retaguardia ondeaban al aire, sirviendo para distinguir las diferentes jerarquías, órdenes y grados, o para ostentar en los blasones de sus brillantes campos sagrados recuerdos y memorables hechos de virtud y amor. Y cuando acabaron de formar un círculo de inconmensurable extensión, incluyéndose una rueda en otra, el Infinito Padre, a cuyo lado se sentaba el Hijo en el seno de su bienaventuranza, cual desde una mon-taña de ardiente fuego que no deja ver su cima por la excesiva claridad que luce en ella pronunció estas pala-bras: «Oíd todos vosotros, ángeles, hijos de la luz, tronos, dominaciones, principados, virtudes y potestades; oíd mi decreto que ha de ser para siempre irrevocable.» En este día he engendrado al que declaro mi único Hijo, y sobre este santo monte acabo de consagrarlo. A mi diestra lo tengo; vedlo. Desde hoy será, vuestro superior pues por mí mismo he jurado que todas las rodillas se doblarán en el cielo ante El, y que lo reconocerán todos por soberano. Vivid unidos, como una sola alma bajo el imperio de este representante de mi grandeza, y sed perpetuamente dichosos; que el que lo desobedezca, me desobedecerá a mí, romperá los vínculos que nos unen, y desde aquel día, apartado de Dios y de su visión beatífica caerá en las más hondas tinieblas en el profundo abismo, donde tiene reservado un lugar que ocupará sin fin y sin esperanza de redención.

«Así habló el Señor Todopoderoso, y todos parecieron acoger dócilmente sus palabras, aunque en realidad no todos sentían lo mismo. Aquel día, como uno de los más solemnes, se pasó en cánticos y danzas en torno del sagrado monte; místicas danzas, que la estrellada esfera de los planetas y los astros fijos imita antes que otra alguna en sus intrincados, excéntricos y revueltos laberintos, tanto más regulares, sin embargo, cuanto mayor es su irregularidad en la apariencia; y de sus movimientos procede armonía tan divina y tan dulce en sus mágicos acordes, que el mismo Dios los escucha embelesado.

«Acercábase entretanto la noche (que también nosotros tenemos mañana y tarde, no porque nos sean necesa-rias, sino porque su variedad es más agradable), y terminadas las danzas, sentimos el deseo de regalarnos con dulcísimos manjares; y puestos en círculos como estábamos, aparecieron las mesas llenas de angélicos alimen-tos, de líquidos rubíes y néctar, fruto de las deliciosas vides que cultiva el cielo, rebosando en vasos de perlas, diamantes y macizo oro. Recostados sobre flores y coronados de guirnaldas comían allí y bebían, y en dulce consorcio se henchían de inmortalidad y júbilo, mas sin llegar a hastiarse, porque la plenitud es allí el límite del exceso, hallándose en Presencia del Bondadosísimo Señor, que al otorgarles tantos dones a manos llenas toma parte en su regocijo. Entretanto la ambrosía de la noche, exhalándose entre nubes desde el alto monte de Dios, fuente de la luz como de la sombra, había trocado la faz del fulgente cielo en un crepúsculo agradable, pues nunca extiende allí la noche más tenebroso velo, y un blando rocío iba adormeciendo todos los ojos excepto los de Dios, siempre vigilantes. Diseminados poco después los ejércitos angelicales por la llanura del cielo, mucho más extensa que la de la tierra, si aplanase su superficie, que tales son los divinos atrios, se dispersaron en le-giones y curias, acampando a orillas de arroyos cristalinos y entre árboles de vida; y bajo innumerables e im-provisados pabellones como en otros tantos tabernáculos, gozaban los celestiales espíritus del sueño, arrullados por los frescos céfiros; gozaban del sueño todos, menos los que durante el transcurso de la noche se empleaban en cantar melodiosos himnos alrededor del trono del Señor.

«Pero no velaba con este objeto Satán, que así se llama ahora, porque su primitivo nombre no se oye en el cielo. Satán, uno de los primeros, si no el más distinguido de los arcángeles, grande por su poder, su favor y su dignidad, que envidioso del puesto a que el Padre Omnipotente elevaba aquel día a su Hijo, proclamándole por Mesías y ungiéndolo por Rey, no podía reprimir su orgullo indignado de que así se le postergase. Cediendo pues a su malevolencia y a su soberbia, no bien, mediada la noche, llegó la hora en que la oscuridad era mayor y en que por lo mismo brindaba más al sueño y al recogimiento, determinó alejarse con todas sus legiones, dando aquella muestra de menosprecio a la supremacía de Dios, de cuyo culto y obediencia se separaba desde aquel momento; y despertando al que lo seguía en autoridad, llevolo aparte y le dijo así: «¿Tú también compa-ñero mío, estás durmiendo? ¿Es posible que pueda el sueño cerrar tus párpados? ¿No te acuerdas ya de lo que se decretó ayer, el decreto que hace tan poco pronunciaron los labios del señor del Cielo? Tú tienes por costum-bre no ocultarme ninguno de tus pensamientos, como acostumbro yo a confiarte también los míos. Y si despier-tos tu y yo somos uno mismo, ¿por qué el sueño ha de hacer que nos desunamos? Ves que se nos imponen nuevas leyes; dictadas éstas por un poder soberano, pueden producir en nosotros sus vasallos, nuevos propósi-tos, nuevos consejos para tratar de eventualidades que acaso sobrevendrán; pero no es conveniente discurrir aquí más sobre este punto. Congrega a los jefes de los millares de huestes que acaudillamos; diles que por supe-rior mandato antes que la oscura noche haya retirado sus sombrías nubes, debo, juntamente con los que tremo-lan sus banderas bajo mis órdenes, encaminarme con apresurado vuelo a las regiones que poseemos en el norte, y disponer allí lo necesario para recibir dignamente a nuestro Rey, el gran Mesías, y ejecutar lo que tenga a bien mandarnos, porque en breve aparecerá triunfante, en medio de todas las jerarquías celestes, a las cuales impon-drá sus leyes.

«Mientras el pérfido arcángel hablaba así, iba inspirando malignas prevenciones en el incauto ánimo de su compañero, que conforme le había prescrito, llamó a la vez, a unos tras otros, a los principales a quienes man-daba; indicoles que se le había ordenado trasladar a otro punto el gran pendón que los distinguía, antes de que la sombría noche abandonase el cielo; y para tomar el tiento a su lealtad, les insinuó el motivo de aquella marcha con ciertas vaguedades y reticencias, propias para agriar y torcer sus ánimos. Obedecieron todos, como lo tení-an de costumbre, la señal y superior mandato de su gran adalid, que bien merecía el nombre de grande siendo tanta en el cielo su dignidad; seducíalos su esplendor, como seduce a los astros que lo siguen el de la estrella de la montaña, y la impostura de que se había valido arrastró en pos de sí a la tercera parte de las celestiales hues-tes.

«Entretanto los ojos del Eterno, cuya mirada penetra los más recónditos designios, descubrieron desde la ci-ma del santo monte, alumbrado de noche por las lámparas de oro que arden en su presencia, pero, sin necesitar de luz, la rebelión que se preparaba; vieron cómo iba cundiendo entre aquellas lúcidas cohortes, y la resistencia que su innumerable muchedumbre se aprestaba a hacer a su voluntad suprema; y sonriendo, dirigió a su único Hijo estas palabras: «¡Hijo mío, en quien veo resplandecer la plenitud de mi gloria, heredero de mi omnipoten-cia! Pues se va a atentar contra ésta, impórtanos pensar cómo defenderla y con qué armas hemos de sostener el derecho que poseemos a la divinidad y al imperio de todo lo creado. Un enemigo se alza, que pretende erigir un trono igual al nuestro, allá en las vastas regiones del Septentrión; y no contento con esto, medita cómo aventu-rar al trance de una batalla nuestro poder y nuestro derecho. Preparémonos, pues, y en tan temeroso riesgo armémonos prontamente de cuantas fuerzas podamos disponer, empleándolas en defendernos, no sea que por desprevenidos caigamos de nuestra sublime altura de nuestro santuario de la cima de nuestro monte.

«A lo que con reposado, puro, inefable y sereno aspecto radiante de divinidad, respondió el Hijo: «Omnipo-tente Padre que con razón haces desprecio de tus enemigos, y que contemplándote seguro, te burlas de sus va-nos intentos y de su inútil cuanto tumultuosa audacia, con esto acrecentarán mi gloria; su odio redundará en loor mío, cuando vean que el soberano poder que se me ha otorgado aniquila todo su orgullo, y experimenten la habilidad de mi brazo en subyugar a los que se rebelan; y entonces dirán si debo ser considerado como el último de los cielos.»

«Mientras hablaba así el Hijo, caminaba Satán en apresurado vuelo con sus secuaces; ejército más innumera-ble que las estrellas de la noche o las matutinas gotas de rocío que, como relucientes perlas engasta el sol en las plantas y las flores. Atraviesan una y otra región, los poderosos reinos de los serafines de las potestades y de los tronos en sus triples grados; comparados tus dominios, Adán, con aquellas regiones, serían lo que tu jardín con respecto a toda la tierra a los mares todos al globo entero, desplegado en toda su longitud. De esta suerte llegan por fin a las extremas partes del norte, y Satán a su mansión regia, fabricada en lo más alto de un monte, que se divisaba a lo lejos como una montaña sobrepuesta a otra, con pirámides y torres hechas de agramilado diamante y de rocas de oro; que era el palacio del célebre Lucifer, según en su lenguaje llaman los hombres a esta clase de construcciones; pues para afectar mayor igualdad con Dios, imitando el nombre de la montaña en que acaba-ba de proclamarse al Mesías rey de los cielos, él llamó a la suya montaña de la Alianza. Y convocando en torno de ella a todos sus secuaces con pretexto de que así se le ordenaba para consultarlos sobre el ostentoso recibi-miento que habían de hacer a su Soberano luego que se presentase, y valiéndose del arte con que sabía fingir el acento de la verdad cautivó su atención diciéndoles:

«Tronos, dominaciones, principados, virtudes y potestades, títulos magníficos, si no son vanos desde el mo-mento en que por un decreto se ha concedido a otro tan gran poder, que nos eclipsa a todos al ser consagrado por rey supremo. El es la causa de la atropellada marcha que esta noche hemos traído; él la de que aquí estemos congregados de improviso, con el único objeto de acordar cómo más dignamente hemos de recibir y qué hono-res nuevos hemos de rendir al que viene a imponernos un tributo de genuflexión, una humillación servil, que hasta ahora no se nos había exigido. Postrarnos ante uno, era demasiado: ¡cuán duro no debe sernos este doble culto ofrecido no sólo al que es superior, sino al que se nos dice ahora que es su imagen! Y, ¿qué acontecería si despertasen nuestros ánimos a mejor acuerdo, y se determinasen a sacudir tal yugo? ¿Humillaréis las frentes, y doblaréis temblando vuestras rodillas? No tal: creo conoceros bien; y asimismo os reconoceréis vosotros como naturales e hijos de este cielo, que antes no ha poseído nadie; y si no todos somos iguales, todos somos libres, igualmente libres, porque la diferencia de clases y dignidades no se opone a la libertad. que, por el contrario se concilia con ellas. ¿Quién, pues, ni razonable ni justamente podrá alzarse con la monarquía sobre los que de derecho son iguales suyos, si no en poder y esplendor al menos en libertad? ¿Quién se atrevería a dictarnos leyes ni mandamientos, cuando por estar exentos de crimen, no necesitamos de ley alguna? Y menos debiera atreverse a hacerlo el que no puede ser nuestro soberano ni exigir que lo adoremos sin vilipendiar la regia dig-nidad en virtud de la cual estamos destinados a gobernar, y no a ser siervos.»

«Escuchaban todos su audaz discurso sin contradecirlo, cuando levantándose el serafín Abdiel, celosísimo adorador de la divinidad y dócil cual ningún otro a sus mandatos inflamado en santa indignación, atajó así aquel furioso torrente:

«¡Oh blasfemo insolente y falso! No era de esperar que se oyesen semejantes palabras en el cielo y menos proferidas por ti, ingrato, que tan encumbrado te hallas sobre tus iguales. ¿Cómo puede tu sacrílega astucia condenar ese justo decreto promulgado y jurado por el Señor? Ordena que ante su único Hijo, que por derecho propio empuña el cetro regio, doblen todos los que habitan el cielo la rodilla, y honrándolo como es debido, lo confiesen por legítimo Soberano; y, ¿esto dices que es injusto, porque no es reducir con leyes a los libres, y lo es que uno solo impere sobre sus iguales y obtenga un poder que nadie puede heredar después? ¿Pretendes dictar leyes a Dios? ¿Vas a disputar sobre los fueros de la libertad con el mismo que te ha hecho lo que eres, y que al crear conforme a su voluntad las potestades celestes ha imitado las condiciones de su existencia? Harto experimentada tenemos su bondad; harto sabemos con cuánta solicitud procura nuestra dicha y nuestra grande-za, y que lejos de empequeñecernos, quiere, por el contrario, sublimar nuestro venturoso estado uniéndonos más estrechamente bajo una misma cabeza. Y, puesto que, como afirmas, fuera injusto que el que es igual reine como monarca sobre sus iguales, ¿osas tú por grande y glorioso que seas y aunque cifrases en ti solo el esplen-dor de las angélicas naturalezas, igualarte a ese unigénito Hijo, por quien, como Verbo suyo, el Padre Omnipo-tente lo creó todo, y te creó a ti mismo, y a todos esos espíritus celestes, coronados de gloria en diferentes gra-dos y glorificados con los nombres de tronos, dominaciones, principados, virtudes y potestades, potestades que constituyen nuestra esencia? No nos humillará su reinado, antes acrecerá nuestro lustre, porque siendo nuestro príncipe, no podrá menos de identificarse con nosotros; sus leyes serán las nuestras, y cuantos honores le tribu-temos vendrán a recaer en nosotros mismos. Desiste pues, de tu insensato encono; no perviertas a los que te escuchan, y apresúrate a calmar la cólera del Padre y la cólera del Hijo, que no es difícil obtener el perdón cuando se implora a tiempo».

...Con este fervor se expresaba el Ángel, mas era inútil su celo, que se tenía por extemporáneo, por poco dig-no y propio de espíritus apocados; de lo que lisonjeándose el Apóstata más ensoberbecido que antes, le replicó:

«¿Que fuimos creados dices, y que como producto de segunda mano, el Padre transfirió este cuidado a su Hijo? ¡Idea peregrina y nueva! Bueno fuera saber de quién has aprendido esta doctrina. ¿Cuándo se efectuó esta creación? ¿Recuerdas tú cuándo saliste de la nada, y cómo te dio el ser ese tu Hacedor? Porque nosotros no conocemos tiempo alguno en que no hayamos sido lo que somos, ni nada que nos haya precedido. Engendrados fuimos por nosotros mismos y elevados por nuestra propia virtud vivificadora, cuando llegado el momento fatal, adquirieron las cosas su complemento, y nosotros, frutos ya sazonados tuvimos por patria al cielo. Nues-tro poder de nosotros únicamente procede, y nuestro brazo ejecutará tales empresas que muestre bien si hay otro que se le iguale. Entonces verás si tenemos necesidad de recurrir a súplicas, y si rodeamos el trono del Omnipo-tente como adoradores o como agresores. Y ahora lleva, refiere estas nuevas a tu ungido Príncipe; y apresura el vuelo antes que un funesto obstáculo te lo impida».

...Dijo, y aquellas innumerables huestes aplaudieron sus palabras con un ronco murmullo, parecido al que en el hondo mar forman las olas; mas no por eso perdió su intrepidez el flamígero Serafín, pues aunque solo y cercado de enemigos, se sintió con sobrado aliento para añadir:

«¡Oh espíritu apartado de Dios, espíritu maldito, contrario a toda virtud! Veo inminente tu perdición, y veo a tu desventurada grey, envuelta en tus pérfidos amaños participar a un mismo tiempo de tu crimen y tu castigo. No, no te inquiete ya el deseo de sacudir el yugo del Divino Mesías; no abrigues más confianza en las leyes de la indulgencia; otras serán las que contra ti se lancen, y leyes irrevocables. Ese cetro de oro a que pretendes sustraerte se trocará en azote de hierro que quebrante y reduzca a la nada tu inobediencia. Seguiré el consejo que me has dado mas no por temor a tus advertencias y amenazas, sino para huir de estas inicuas tiendas, que la inminente cólera del Señor abrasará en repentino incendio, sin distinguir de inocentes ni de culpables. Teme tú el trueno que va a estallar sobre tu cabeza, y el rayo devorador que te consuma. Gimiendo entonces conocerás al que te ha creado, porque no podrás menos de conocer al que te aniquile».

...Estas palabras pronunció el serafín Abdiel, único dechado de fidelidad entre aquella multitud de infieles, único que conservaba su fe, su amor y su celo, y que se mostraba firme, resuelto, inaccesible a toda seducción y a todo temor contra la rebeldía que se fraguaba. Ni el número ni el ejemplo fueron poderosos a hacerlo abjurar de la verdad, ni aun viéndose solo, a que decayera su constante ánimo. Largo trecho anduvo entre las legiones, sufriendo los improperios con que al paso lo zaherían; pero sobreponiéndose a sus insultos y menospreciando sus amenazas, abandonó con desdeñosa indiferencia aquellas altivas torres que en breve habían de derrumbar-se.»
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SEXTA PARTE
ARGUMENTO
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Prosigue Rafael su narración, y refiere cómo fueron enviados Miguel y Gabriel a combatir contra Satán y sus ángeles. Descríbese la primera batalla, de resultas de la cual, y a favor de la noche se retira Satán con los suyos; convoca un consejo, e inventa unas máquinas infernales, con que en nuevo combate empeñado al siguiente día, consigue introducir algún desorden en las legiones de Miguel; pero éstas, por fin arrancando de su asiento mon-tes enteros, sepultan bajo ellos a las huestes satánicas y sus máquinas. No logran sin embargo acabar con la rebelión y al tercer día envía Dios al Mesías, su Hijo, a quien había reservado la gloria de aquel triunfo. Presén-tase éste en la plenitud del poder que le ha concedido su Padre, y ordenando a sus legiones que se mantengan inmóviles a sus lados, lánzase con su carro, fulminando rayos en medio de sus enemigos que incapaces de resis-tirlo se ven perseguidos hasta los postreros atrincheramientos del cielo; abierto el cual, caen precipitados con estrepitosa confusión al abismo, que de antemano estaba preparado para servirles de castigo; con lo que el Me-sías vuelve victorioso al seno de su Padre.

«Continuó el Ángel intrépido caminando toda la noche; sin que nadie lo persiguiese y atravesando los vastos campos del cielo, hasta que despertada la Aurora por las Horas que marchan circularmente, abrió con sus rosa-das manos las puertas de la luz.
«Hay en lo interior de la montaña santa y próxima al trono de Dios, una gruta que en perpetua alternativa ocupan la luz y las tinieblas, cuya agradable sucesión forma lo que puede llamarse el día y la noche del cielo. Auséntase la luz, y por la puerta opuesta entra mansamente la oscuridad, hasta que el momento de extenderse por los celestes ámbitos, bien que su mayor sombra pudiera tenerse aquí meramente por un crepúsculo. Ahora se acercaba la mañana circuida del empíreo esplendor con que brilla en la región suprema, y la Noche huía ante ella acosada por los rayos que despedía el Oriente; cuando a los ojos de Abdiel apareció la inmensa llanura cubierta de fúlgidos escuadrones agrupados en orden de batalla, de carros, de armas resplandecientes, de fogo-sos bridones que reflejaban su brillo unos en otros; señales todas de guerra pero de guerra que iba a estallar en breve porque todos sabían ya las nuevas que él pensaba comunicarles.

«Introdújose gozoso entre aquellas amigas falanges que lo recibieron con júbilo y ruidosas aclamaciones, como al único de tan inmensa muchedumbre de criminales que se había preservado de su perdición; y condu-ciéndolo al compás de sus aplausos a la santa montaña, lo presentaron ante el supremo trono de donde, y de lo interior de una nube de oro, salió una voz que pronunció estas dulces palabras:

«Siervo de Dios, has obrado bien; bien has combatido por la más noble causa defendiendo la de la verdad so-lo contra multitud tanta de rebeldes, y haciéndote más temible con tus palabras que lo son todos ellos con sus armas. Para dar testimonio de la verdad, has menospreciado el baldón universal, más difícil de sobrellevar que todas las violencias, cuidando sólo de hacerte grato a los ojos de Dios, y sin temor a que te calificasen de per-verso. Fácil es ya el empeño en que vas a verte auxiliado de toda una hueste amiga, y habiéndote con contrarios a cuya presencia volverás con tanta mayor gloria, cuanto más te vilipendiaron al separarte de ellos. Someterás por la fuerza a los que no quieren admitir la razón por ley, siendo como es tan justa, ni al Mesías por soberano, cuando reina por el derecho de sus propios méritos. Apréstate, Miguel, príncipe de los ejércitos celestiales, y tú Gabriel, que lo igualas con ardor bélico; guiad uno y otro al combate mis invencibles legiones; poneos al frente de mis ejércitos santos. Que congregados por millares y por millones, lleguen a competir en número con los de esa muchedumbre rebelde y falta de Dios. Aprestad fuego y armas mortíferas: dad sin temor en ellos; y persi-guiéndolos hasta la extremidad del Empíreo, arrojadlos de la presencia de Dios, de la mansión bienaventurada al lugar de su tormento, a los abismos del Tártaro, que abren ya su inflamado caos para que en él acabe su rui-na».

«Esto dijo la soberana voz, y al punto empezaron las nubes a agolparse sobre la montaña, y la espesa huma-reda con cuyos lóbregos remolinos luchaban furiosas llamas, anunciaba la ira que iba a estallar en breve. Con estruendo no menos espantoso resonó en la cumbre el penetrante acento de la trompeta aérea, que apenas oída de las celestes potestades, se agruparon en irresistible masa moviéndose silenciosas aquellas brillantes legiones al compás de armónicos instrumentos, poseídas de heroico ardor, digno de un alto empeño, y siguiendo a los inmortales caudillos que defendían la causa de Dios y de su Mesías. Marchan con inquebrantable firmeza, sin que basten a desordenar sus filas angostos valles, empinadas lomas, bosques, ni ríos; que no es el suelo obstácu-lo a sus plantas, y los aires parecen ayudar a su veloz ímpetu. Y como cuando las aves de todo género cruzaban sucesivamente el aire y posaban su vuelo sobre el Edén, para que a cada cual impusieses tú su nombre, así iban atravesando los varios espacios del cielo y una y otra región diez veces más anchurosas que la tierra toda.

«Por fin, al término del horizonte y a la parte del septentrión, se descubrió en todo su extenso ámbito una lengua de fuego que semejaba un ejército en orden de batalla, y a menor distancia un bosque erizado de enhies-tas lanzas, cubierto de yelmos y escudos varios, en que se veían pintados emblemas ostentosos. Eran los escua-drones de Satán, que se movían con precipitada furia, imaginándose que aquel día, bien por fuerza de armas, bien por sorpresa, habían de enseñorearse de la montaña del Eterno y sentar en su trono al soberbio competidor, envidioso de su grandeza. Mas el resultado mostró cuán insensatos y vanos eran sus propósitos.

«Extraño nos pareció al principio que unos ángeles moviesen guerra a los otros, y que, viniesen a descomunal batalla los mismos que asociados de continuo en unánime concierto de paz y amor, como hijos de un mismo y augusto Padre. entonaban loores al Rey Eterno; pero sonó el grito de guerra y el rumor fragoroso de la lid ahu-yentando todo otro pacífico pensamiento.

«Descollando sobre todos los suyos y exaltado como un dios, mostrábase el Apóstata en su refulgente carro aparentando majestad divina, cercado de ardientes querubines y escudos de oro. Bajó de su pomposo trono, a tiempo que entre una y otra hueste mediaba ya limitado trecho, tan limitado como terrible, y que puestas frente a frente, se dilataban en formidable línea, prontas a acometerse; mas antes de llegar a este trance, adelantase Satán con resueltos e inmensos pasos a su sombría vanguardia, alto como una torre, y ciñendo su armadura de diamante y oro. No pudo verlo Abdiel sin indignación: estaba entre los campeones más insignes, determinado a los más valerosos hechos; y alentóse a sí propio exclamando:

«¡Oh cielo! ¡Qué tal semejanza guarde aún con el Altísimo quien no conserva ya ni fe ni respeto alguno! ¿Por qué donde falta la virtud, no han de faltar asimismo la fuerza y el ardimiento, y por qué el más audaz bien que parezca invencible no ha de ser también el más débil? Confiado en la ayuda del Omnipotente, he de poner a prueba la fuerza de ese cuya insensatez y falacia he probado ya, porque justo es que el que con la verdad ha triunfado, con las armas triunfe del mismo modo venciendo en ambos combates; que cuando la razón lucha con la fuerza, por más que sea empresa ardua y temeraria, la victoria debe estar de parte de la razón.»

«Así discurriendo, sale de entre sus compañeros armados, se encuentran a pocos pasos con su altivo enemigo, a quien aquella demostración enfurece más y lo provoca resueltamente diciéndole:

«Temerario, aquí te esperamos. ¿Presumías llegar a la eminencia a que aspiras sin que nadie se te opusiese? Presumías hallar indefenso el trono de Dios, y que lo hubiéramos abandonado temerosos de tu poder o aterrados por tus amenazas? ¡Insensato! No conoces cuán vano empeño es armarse contra un Señor Todopoderoso, que del más leve grano puede a cada momento sacar innumerables ejércitos, que destruyan tus maquinaciones, y que con sólo extender su mano a inconmensurables límites lograría, sin otro auxilio, al menor impulso, anona-darte a ti y confundir en tenebrosos abismos a tus legiones. Ya ves que no todos siguen tu ejemplo, y que toda-vía hay quien abrigue fe y amor en su Dios, lo cual no veías cuando en medio de los tuyos, fascinados por su error, era yo el único que disentía de todos. Contempla ahora si tengo imitadores, y aunque tarde, convéncete de que son pocos los que aciertan y muchos los que desvarían.»

«A quien el protervo Enemigo, lanzando una mirada desdeñosa contestó de este modo: «En mal hora para ti, en buena para mi sed de venganza, eres el primero a quien encuentro después que huiste de mi presencia, ángel sedicioso. Vienes así a pagar tu merecido, a sufrir el rigor de la cólera que has provocado, porque tu lengua fue la primera que por espíritu de contradicción se desató en injurias contra la tercera parte de los dioses congrega-dos para defender sus derechos, que no cederán a nadie por grande que sea su omnipotencia, mientras se sientan animados de su virtud divina. Te has adelantado sin duda a tus compañeros, ambicioso de obtener alguna venta-ja sobre mí, para que este triunfo les hiciese confiar en mi vencimiento. He suspendido mi venganza, porque en no replicarte, parecería que me obligabas a guardar silencio, y porque es bien te convenzas de que para mí liber-tad y cielo son una misma cosa, tratándose de espíritus celestiales, no de los que se avienen mejor con la servi-dumbre, espíritus abyectos entretenidos en cánticos y festines. Estos son los que tú has armado, mercenarios del cielo, que siendo esclavos, intentan pelear contra la libertad; pero hoy han de ponerse en parangón los hechos de los unos con los de otros.»

«Y Abdiel le replicó con entereza estas breves palabras: «¡Apóstata! No desistes de tu error, ni te verás libre de él, porque cada vez se alejan más tus pasos de la verdad. En vano infamas con el nombre de servidumbre el homenaje que prescriben Dios o la Naturaleza, pues Dios y la Naturaleza mandan que impere el que sea más digno, el superior a aquellos a quienes gobierna. Servidumbre es obedecer a un insensato, al que se rebela co-ntra quien tanto puede, como es la de los tuyos al obedecerte. Ni tú mismo eres libre, sino esclavo de ti propio, y nada importa que lleves tu insolencia hasta el punto de escarnecer nuestra sumisión. Reina pues, en los infier-nos, que serán tus dominios, mientras yo sirvo en el cielo al Señor, por siempre bendito, y obedezco sus supre-mos mandatos, como deben todos obedecerlos. Pero en el infierno te aguardan no coronas, sino cadenas; y ya que según has dicho, he venido huyendo hasta aquí, reciba tu arrogancia estas albricias con que te saludo.»

«Y al decir esto, había ya descargado un vigoroso golpe, que no quedó en amago, sino que cayó de pronto como una tempestad sobre la orgullosa frente de Satán, el cual ni con la vista, ni con la rapidez del pensamien-to, ni menos aún con su broquel, pudo repararlo, antes le obligó a retroceder diez largos pasos y a doblar una rodilla sosteniéndose apenas en su robusta lanza; al modo que los vientos subterráneos o las desbordadas aguas arrancan de su asiento una montaña y la dejan medio inclinada con los pinos que cubren su superficie. Asom-brados, o más bien furiosos, vieron los rebeldes tronos aquella humillación del que creían tan invencible; al paso que los nuestros prorrumpieron en un grito de alegría, presagio de su victoria e indicio del anhelo con que ansiaban el combate. Al punto ordena Miguel que suene la trompeta del arcángel, y pueblan sus ecos la vasta extensión del cielo, y el ejército fiel entona el Hosanna al Omnipotente.

«Mas no se contentaron las huestes contrarias con permanecer en inacción, sino que se precipitaron furiosas a la lid. Levantóse horrendo clamoreo, cual nunca se había oído en el cielo hasta el presente, formando asperísi-ma discordancia el choque de las armas y las armaduras, y el crujir de los carros de bronce y los ardientes ejes de sus ruedas. ¿Quién podrá describir el tremendo choque? Volaban las flechas encendidas, silbando horrible-mente sobre nuestras cabezas, y cubriendo ambos ejércitos con una bóveda de fuego, y bajo ella se lanzaba uno contra otro con fragoroso ímpetu e inextinguible rabia. Tronaba el cielo todo, y de haber existido la tierra, en-tonces se hubiera conmovido hasta sus últimos cimientos. Mas, ¿qué mucho si de una y otra parte batallaban millones de ángeles denodados, de los cuales el más débil hubiera bastado por sí solo a conturbar los elementos, y a armarse de la fuerza con que prevalecen en sus regiones? ¿Qué poder les estaba negado a aquellas falanges innumerables que entre sí luchaban, para llevar por dondequiera el espanto y la asolación de la guerra? Hubie-ran trastornado, ya que no destruido, hasta su mansión nativa, si el Eterno y omnipotente Rey desde sus altos alcázares del cielo no hubiera puesto freno y límites a sus fuerzas. Cada legión de por sí equivalía a un numero-so ejército; cada guerrero representaba en fuerza una legión; y en tan atroz refriega el caudillo era soldado, el soldado capaz de alzarse a caudillo; que cada cual sabía bien cuando había de avanzar, cuando mantenerse a pie firme, o cambiar de batalla; o abrir y estrechar las temerosas filas sin que en ninguno cupiese la resolución de la fuga o la retirada, ni demostración alguna por donde parecer medroso, sino que cada uno confiaba en sí propio, cual si él solo dispusiese de la victoria.

«Y ¡qué de hazañas dignas de eterno nombre se consumaron! Por ser tantas no son para referidas. Ocupaba el combate infinito espacio, variando en cada momento en multitud de trances; y tan pronto luchaban los invictos guerreros en terreno firme, como alzaban el vuelo y se acometían suspendidos de los contrastados aires, que semejaban voraz hoguera. Mantúvose largo tiempo indecisa la batalla, hasta que Satán, que aquel día desplegó una fuerza maravillosa, no hallando quien pudiera contrarrestarlo, y desbaratando las filas de los serafines, revueltos en lo más enconado de la pelea, divisó por fin la espada de Miguel, que deshacía, segaba escuadrones enteros de un solo golpe.

«Asía el Arcángel su terrible arma con ambas manos, blandiéndola a todas partes con incontrastable fuerza: donde asestaba su filo todo era devastación y ruina. Salióle Satán al paso para poner coto a tan grande estragó, y se cubrió con el vastísimo círculo de su escudo reforzado hasta por diez láminas de diamante. Al verlo, el insig-ne Arcángel suspendió el belicoso empeño, y lleno de júbilo, como quien esperaba terminar la guerra con la derrota de su Enemigo y encadenarlo a sus plantas, el rostro encendido y con airado ceño, empezó dirigiéndole estas palabras:

«Recréate en el mal de que eres autor y a que has dado origen con tu rebeldía, pues hasta su nombre era en el cielo desconocido, y míralo propagarse aquí gracias a una guerra que si a todos es odiosa, será funesta para ti y para tus secuaces. ¿Qué has hecho de aquella bendita paz de que gozábamos, trocando nuestro estado natural en este tan miserable, producido por tu criminal soberbia? Y ¡que así hayas contaminado a tantos millones de ángeles, tan puros y fieles en otro tiempo y hoy tan henchidos de envidia y deslealtad! Pero no creas turbar la paz de esta mansión dichosa: el cielo te arrojará lejos de sus dominios, que como reino que es de bienaventu-ranza no tienen cabida en él los malévolos ni los perturbadores. Huye, pues, y en pos de ti vaya el mal que has abortado; y tú y tus perversas falanges sumíos en el infierno, que es vuestra funesta morada y da allí rienda suelta a tus furores, sin aguardar a que mi vengadora espada anticipe tu castigo, ni a que más ejecutiva aún la cólera del Señor, apresure los horrores de tu suplicio.»

«Y a esto respondió Satán: «No con vanas amenazas pretendas intimidar a quien no has podido. ¿Quién de los míos ha huido de tu presencia? Y si a tus golpes ha caído alguno, ¿no se ha recobrado al punto sin darse por vencido? Pues, ¿cómo se promete tu arrogancia triunfar más fácilmente de mí, y que yo abandone esta empre-sa? No desvaríes, porque no ha de terminar así un empeño que tú llamas criminal y que nosotros contemplamos como glorioso. Venceremos sí o convertiremos este cielo en el infierno que tú has inventado; y si no reinamos aquí, seremos siquiera libres. Esto te digo; y que no he de huir de ti aunque apuradas tus fuerzas, venga en auxi-lio tuyo ese que se apellida Omnipotente. De lejos o de cerca quiero pelear contigo.»

«Ambos enmudecieron; ambos se aprestaron a un combate indescriptible. ¿Cómo referirlo, ni aun con la len-gua de los ángeles? ¿Con qué compararlo de lo que conocemos en la tierra? ¿Qué imaginación humana podrá encumbrarse hasta las maravillas del poder divino? Porque dioses parecían; y en sus movimientos, en su reposo, en figura, en acciones y el manejo de sus armas, dignos de conquistar el imperio de todo el cielo. Giraban sus fulminantes espadas en el aire describiendo tremendos círculos y sus escudos, uno enfrente de otro, relumbra-ban como dos grandes soles. Todo permanecía en expectativa, todo embargado de espanto. Apartáronse a en-trambos lados los ejércitos angélicos dejando libre el espacio en que antes medían sus armas, porque hasta la conmoción que los combatientes imprimían al aire era peligrosa. Tal (valiéndome de imágenes pequeñas para pintar cosas sublimes) tal, una vez trastornada la armonía de la naturaleza y puestas en guerra las constelacio-nes, veríamos dos planetas de siniestro aspecto lanzarse uno contra otro y chocar furiosos en medio del firma-mento, confundiendo en una sus enemigas esferas.

«Levantaban a la vez ambos campeones sus temibles brazos, cuya fuerza era sólo comparable a la del Omni-potente, y ambos ideaban asestar un golpe que fuese el postrero y pusiera término a la lid. Competían en vigor, en destreza y agilidad, mas la espada de Miguel, sacada de la armería de Dios, era de tan acerado temple, que nada podía resistir a su cortante filo. Paró con ella un furioso tajo de la de Satán rompiéndola en dos partes; y no bastando esto, tiróle una estocada, que penetrándole en el costado derecho, le abrió una enorme herida. Por primera vez sintió Satán el dolor, y comenzó a agitarse en horribles contorsiones, que el acero le destrozaba las entrañas; pero su etérea contextura no daba lugar a mayor estrago y se repuso en su ser, saliendo de la herida copiosos borbotones de licor purpúreo de sangre, tal como puede animar los espíritus celestiales, que manchó toda su armadura, poco ha tan resplandeciente.

«De todas partes acudieron a socorrerlo sus más denodados ángeles, poniéndose en su defensa, mientras otros lo trasladaban en los paveses hasta su carro distante un buen trecho del campo de batalla. En él lo depositaron haciendo extremos de dolor y rabia, avergonzados de ver que no era tan invencible como creían, postrada su soberbia con tal desastre, y desvanecida la confianza en que estaban de que su poder era igual al poder divino. Sanó empero muy pronto, porque los espíritus, en quienes todo es vida, existen por completo en cada una de sus partes, no como el frágil hombre en el conjunto, de sus entrañas, de su corazón, o su cabeza, del hígado o los riñones; no pueden morir sin reducirse a la nada; no es posible que el líquido de sus tejidos reciba una herida mortal como no es posible que la reciba la fluidez del aire; con todo corazón, todo cabeza, y ojos y oídos y sentidos e inteligencia; y a medida de su voluntad mudan de miembros, de color, de formas y de apariencia reduciéndose o dilatándose, según conviene mejor a sus deseos.

«Llevábanse al propio tiempo a cabo memorables hechos por el lado en que combatía Gabriel, el cual con sus brillantes enseñas, se entraba resueltamente por las espesas legiones que acaudillaba Moloc. En vano lo perse-guía este soberbio príncipe, jurando que había de arrastrarlo encadenado a las ruedas de su carro, y, blasfeman-do con impía lengua de la sacrosanta divinidad de Dios: quedó hendido de un mandoble desde la cabeza a la cintura, y lanzando rabiosos ayes, desapareció con su destrozada hueste. Otro tanto acaecía en los dos extremos de la batalla, donde Uriel y Rafael triunfaban de sus orgullosos enemigos, Adramalec y Asmodeo a pesar de sus gigantescas fuerzas y sus diamantinas armaduras, viéndose ambos tronos castigados cuando más prepotentes se creían, y caídos de su altivez, sin que sus armas y defensas los . preservaran de huir cubiertos de horribles heri-das. Ni se mostró Abdiel más remiso en escarmentar a la descreída muchedumbre, cayendo a impulsos de sus repetidos golpes Ariel y Arioc y Ramiel, que se distinguían por su violenta ferocidad. «Pudiera referirte las proezas de muchos millares de ángeles para perpetuar en la tierra la memoria de sus nombres; mas estos bien-aventurados se contentan con la gloria que disfrutan en el cielo, y no han menester las alabanzas de los hombres. Y en cuanto a los adversarios bien que no les neguemos su poder y esfuerzo bélico, ni la fama que ambicionaban merecedores como se hicieron de la maldición que el cielo echó sobre ellos, dejémoslos yacer entre las tinieblas del olvido; porque la fuerza que se aparta de la verdad y de la justicia no es digna de estimación y loa, sino de reprobación y de menosprecio; aspira a la gloria por medio de un vano orgullo, y a la reputación valiéndose de la infamia: quede pues condenada a silencio eterno.

«Rendidos los principales caudillos, comenzó el combate a declinar, multiplicándose los desastres, y comen-zaron la derrota y la confusión. Veíanse aquellos llanos cubiertos de despojos y armas despedazadas; los carros hechos trizas, los conductores y los caballos amontonados y envueltos en humo y en vivas llamas. Los pocos que subsistían en pie retrocedían azorados y comunicaban su desaliento a los ejércitos de Satán, que apenas acertaban a defenderse, que por primera vez sentían la debilidad del temor y los dolores del sufrimiento y que huían ignominiosamente, avergonzados de verse reducidos a tal extremo por mal de su pecado y su rebeldía. Hasta entonces ignoraban lo que era miedo y cobardía y angustia.

«¡En cuán diferente situación se hallaban los santos inviolables! ¡Cuán firme, cuán entera avanzaba su falan-ge igual en sus filas, indestructibles, segura de su victoria! Debía esta ventaja a su inocencia, que tan superior la hacía a sus enemigos. No había incurrido en el pecado de desobediencia y se mantenía animosa en la confianza de quedar incólume aun cuando la violencia de la refriega turbase a veces el orden de sus legiones.

«La noche entretanto comenzó su curso, y esparciendo su oscuridad por el cielo, dio tregua e impuso silencio al odioso estrépito de la guerra. Vencidos y vencedores se guarecieron bajo su tenebroso manto; Miguel y sus ángeles permanecieron en el campo de batalla, en torno del cual velaban multitud de querubines con antorchas encendidas; en la parte más lejana Satán, rodeado de sus rebeldes huestes y oculto entre profundas tinieblas; y no pudiendo reposar un punto, luego que entró la noche, convocó a consejo a sus potentados y sin muestra alguna de desaliento les habló así:

«Los peligros que habéis arrostrado, queridos compañeros, la destreza de que habéis dado pruebas sin ser vencidos, os hacen merecedores, no ya de la libertad que es galardón mezquino, sino de bienes que tenemos en más estima del honor, el dominio, la gloria y el renombre. Todo un día habéis estado sosteniendo un combate dudoso; y lo que en un día habéis hecho ¿por qué no poder hacerlo durante una eternidad? Ha echado el Señor del cielo de cuanto poder disponía contra vosotros; de su mismo trono ha sacado las fuerzas que creyó suficien-tes para someteros a su voluntad; pero ¿lo han conseguido? No; y en esto debemos hallar la prueba de que no es tan previsor de lo futuro ni tan omnisciente como lo creíamos. Cierto que la inferioridad de nuestras armas nos ha perjudicado en parte, y ocasionándonos dolores que antes no conocíamos; pero una vez conocidos, los hemos menospreciado. Tenemos ya el convencimiento de que nuestra naturaleza empírea no está sujeta a trance mortal alguno, de que es imperecedera, pues aún debilitada por las heridas sana muy pronto de ellas, y vuelve a cobrar su vigor nativo. A tan leve mal, fácil es aplicar remedio. Con más poderosas armas, con instrumentos más impetuosos que para la lid próxima dispongamos, mejoraremos de fortuna y empeoraremos la de los ene-migos o por lo menos se igualará la disparidad que seguramente no ha puesto entre ellos y nosotros la naturale-za. Y si otra causa ignorada les ha concedido esa superioridad, pues conservamos enteros nuestros ánimos y cabal nuestra inteligencia, veamos, e investiguemos los medios de descubrirla.

«Dijo y se sentó. Próximo a él estaba en la asamblea Nisroc, cabeza de los Principados que había salido del combate acribillado de heridas y con las armas abolladas y hechas pedazos. Mostraba gesto sombrío, y le res-pondió:

«Tú que nos libras de nueva servidumbre para procurarnos el pacífico goce de los derechos que como dioses nos son debidos, no dejas de comprender que siendo tales hemos de lamentar doblemente el vernos expuestos a dolorosas heridas, y forzados a pelear con desiguales armas contra un enemigo impasible e invulnerable. De esta contrariedad necesariamente ha de provenir nuestra ruina; porque ¿de qué nos sirve el valor, ni de qué esta fuerza tan vigorosa, si uno y otra ceden al dolor, que lo rinde todo y deja desmayado al más poderoso brazo? Podríamos muy bien renunciar quizás al goce de todo placer, y no prorrumpir en quejas, y vivir tranquilos que es la más dulce de las vidas; pero el dolor es el colmo de la miseria, el peor de los males, y cuando se hace excesivo, no hay paciencia que baste a soportarlo. Si alguno de nosotros acierta a inventar una arma que pro-duzca dolorosa lesión en nuestros enemigos, invulnerables todavía, o una defensa tan eficaz como lo es la suya, nos prestará un servicio no menos digno de gratitud que el que debemos al que nos procura la libertad.»

«A lo que con estudiada compostura respondió Satán: «Pues ese invento desconocido aún, y que con razón estimas tan importante para nuestro triunfo, lo tengo ya. ¿Quién de nosotros, al contemplar la brillante superfi-cie de este mundo celeste en que moramos, de este vastísimo continente; ornado de plantas, de frutos, de flores que exhalan ambrosía, de perlas y oro, puede ver con indiferencia maravillas tantas, y no conocer que nacen allí en lo interior de profundos senos, entre negras y crudas masas, de una espuma espirituosa e ígnea, hasta que tocadas y vivificadas por un rayo del cielo, se animan de pronto y exponen sus encantos a la influencia de la luz? Pues esos mismos gérmenes nos ofrecerá el abismo en su natural inercia y provistos de una llama infernal; los cuales, comprimidos en tubos huecos redondos y prolongados, con sólo aplicarles fuego por una de sus extremidades, se dilatarán ardiendo, y estallarán por fin con el estruendo del trueno, esparciendo entre nuestros enemigos tal estrago, que despedazándolos y destruyendo cuanto a su furor traten de oponer, temerán que hemos desarmado al Tonante de sus rayos, única arma terrible para nosotros. No será larga nuestra faena, y antes que asome el día veremos cumplidos nuestros deseos. ¡Animo, pues, nada temáis! Considerad que la habilidad y la fuerza reunidas no hallan cosa difícil, y menos cosa de qué desesperar.»

«No bien pronunció estas palabras, reanimáronse los semblantes y se abrieron los corazones a la esperanza. Admiración causó en todos semejante invento, extrañado cada cual que no se le hubiese ocurrido a él: tan fácil parece una vez descubierto lo que antes de descubrirse se hubiera tenido por imposible. Quizás en los futuros siglos, si la perversidad de tu raza llega a tanto, no faltará alguno de tus descendientes, que con ánimo dañino o por sugestión diabólica fragüe una máquina parecida, y en castigo de sus crímenes destruya a los hijos de los hombres al moverse guerra y atentar mutuamente contra sus vidas.

«Terminado el consejo, aprestáronse los rebeldes a la obra sin más tardanza. Nadie opuso reparo alguno, y todos dieron ocupación a sus manos. En un momento levantan la superficie del celeste suelo, descubren debajo las materias elementales de la naturaleza en su primitivo origen, hallan la espuma sulfurosa y nítrica, mezclan ambas entre sí y calcinándolas diestramente, las reducen a negros y menudos gramos, de que hacen provisión copiosa. Rompen unos las ocultas venas de los minerales y de las rocas, que existen en el cielo semejantes a las de la tierra, y forjan tubos y balas que llevan consigo la destrucción; otros fabrican dardos incendiarios, que abrasan instantáneamente cuanto tocan; y antes que se acerque el día, durante el secreto de la noche, dan cima a sus trabajos, y con gran previsión disponen todo lo necesario a su disimulada empresa.

«Apareció por fin en el oriente del cielo la risueña aurora, y se levantaron los ángeles vencedores al toque de la trompeta que los llamaba a las armas, formándose en breve las espléndidas falanges, que ostentaban el áureo fulgor de sus brillantes cotas. Desde las colinas que recibían los primeros rayos del sol, espiaban algunos el espacio que en torno se dilataba, mientras, desempeñados otros el oficio de exploradores, recorrían ligeramente armados todos los puntos, para averiguar a qué distancia se hallaba el enemigo, dónde estaba acampado, si había emprendido la fuga, si se ponía en movimiento o se conservaba inmóvil y apercibido para el combate. Descubriósele por fin ya cercano que avanzaba a paso lento, pero resueltamente formando una sola y espesa haz y desplegando al viento sus estandartes; a tiempo que Zofiel el más veloz de los alados querubines, retrocedía a toda prisa, gritando desde lo alto de los aires: «¡A las armas guerreros! ¡A las armas, y a combatir! ¡Ahí tenéis al enemigo! Los que creíamos que se habían fugado vienen a evitarnos la molestia de perseguirlos. No temáis que por fin se salven. Una nube parece su espesa multitud, y que caminan animados de funesta resolución y de confianza. Que cada cual ciña su cota de diamantes, y ajuste bien su casco y embrace fuertemente su ancho escudo para poder manejarlo como convenga, pues a mi juicio no va a ser hoy día de menuda lluvia, sino de gran tormenta, que fulminará rayos abrasadores.»

«De esta suerte preparó a los que estaban ya prevenidos; y puestos en orden, desembarazados de impedimen-tos, y viendo tranquilos que se acercaba el instante de pelear, se movieron resueltamente. Ya se avista el enemi-go. Avanzaba con largos y lentos pasos, formando un inmenso cuadro, dentro del cual llevaba sus infernales máquinas rodeadas de apiñados escuadrones que impedían se descubriese el engaño. Al divisarse, se detuvieron los dos ejércitos; mas de repente apareció Satán al frente de los suyos y en altas voces se expresó así:

«¡Vanguardia! ¡A derecha e izquierda! Desplegad de frente, para que cuantos nos odian puedan ver cómo ofrecemos paz y buena avenencia, y con qué sinceridad de corazón estamos dispuestos a recibirlos si aceptan nuestra propuesta y no nos vuelven la espalda por pura perversidad, que es lo que sospecho. Pero pongo al cielo por testigo... Ya ves, ¡oh cielo! con qué lealtad obramos. ¡Ea, pues! Los que al efecto estáis destinados, desem-peñad vuestro oficio, haced lo que dejo indicado, y bien recio para que todos puedan oírlo.»

Al oír estas palabras falaces y sarcásticas, los que formaban el frente se dividieron a derecha e izquierda, reti-rándose por ambos flancos, y descubrieron nuestros ojos un espectáculo no menos nuevo sobre ruedas y hechas de bronce, de hierro o piedra que extraño: una triple fila de columnas tendidas (que en efecto columnas parecí-an, o más bien troncos huecos de encina u otros árboles despojados de sus ramas y cortados en los montes), pero horadadas en toda su longitud, ofrecían sus bocas algo de siniestro, que revelaba insidiosos planes. Al lado de cada columna veíase un serafín, cuya mano blandía una pequeña vara que despedía fuego. Esto notábamos, y no sin sorpresa, perdiéndonos todos en conjeturas; mas no duró mucho la incertidumbre, porque apenas aplica-ron ligeramente y todos a la vez las varas a unos agujeros imperceptibles de las columnas, iluminó de pronto el cielo una explosión de fuego, vomitaron las cavernosas máquinas torrentes de humo, y con horrible estruendo que ensordeció los aires, desgarrando sus entrañas, lanzaron la infernal, indigesta masa que contenían, con fragorosos truenos y una abrasadora lluvia de ardientes globos. Iban asestados contra las filas del ejército ven-cedor, y era tal su furioso ímpetu que dando en medio de ellas, no pudieron resistir su golpe los que se mantení-an como firmes rocas, y cayeron ángeles y arcángeles a millares revueltos entre sí y en el mayor desorden. Ni sus armas les fueron de provecho alguno; que a no serles más bien embarazosas, fácilmente hubieran podido, como espíritus que eran, condensarse o esparcirse, y ponerse en salvo; pero ya sólo les quedaba la mengua de su derrota y total dispersión, tanto más segura, cuando más extendían sus filas. ¿Qué remedio intentar? Si avan-zaban se exponían a ser rechazados de nuevo y más vergonzosamente, añadiéndose al desastre el mayor ludi-brio de los enemigos, que ya se preparaban a descargar sus máquinas segunda vez: huir amedrentados era in-digna resolución.

«Veíalos Satán lleno de regocijo en aquel trance y burlándose de ellos, decía a los suyos: «¿Qué es eso? ¿Por qué no se acercan más vuestros animosos vencedores? ¿Qué se ha hecho del denuedo con que acometían? Pues, ¿no les ofrecemos recibirlos con los brazos y el corazón abiertos? (¿puede hacerse más?) Y les proponemos términos de avenencia, y ellos, cambiando de opinión, toman el portante y nos hacen ridículas contorsiones, como si se propusieran armar una danza. Aunque para danzar creo que se muestran un tanto atolondrados y bulliciosos; bien que será la alegría que les han causado nuestros pacíficos ofrecimientos; de modo que si se los repetimos podemos prometernos completo éxito»

«Y en tono no menos burlón añadió Belial: «Los términos caudillo nuestro, en que se los hemos hecho son de tanto peso y tan difíciles de entender, y con tan irresistible fuerza de raciocinio los hemos expuesto, que no es mucho estén todos esos guerreros algo pensativos y desconcertados. No es posible enterarse bien de ellos, sin que le ocupen a uno de pies a cabeza; y por lo menos esta ocupación tiene la ventaja de indicarnos que no andan muy derechos nuestros enemigos.»

«Con semejantes chanzonetas los denostaban, creyéndose en su desvanecimiento superiores a todas las velei-dades de la victoria. Estimábanse ya con su invención iguales en poderío al Eterno, y se burlaban de sus rayos y de sus legiones los breves momentos que duró su estrago, que no se prolongaron mucho, porque, encendida en ira la divina hueste, echó mano de armas que bastasen a desbaratar el infernal invento. Y fue así que de pronto (admira el vigor la fuerza maravillosa que Dios ha puesto en sus fieles ángeles) arrojan las armas, vuelan a las alturas, que con mil deliciosos valles alternan en el cielo como en la tierra, y raudos cual otros tantos rayos asen de las montañas, las mueven y desarraigan de sus cimientos con todo el peso de sus rocas y bosques, y torren-tes, y cogiéndolas por sus cimas, las voltean entre sus manos.

«Hubieras entonces presenciado el asombro y terror que se apoderó de los rebeldes, viendo que las montañas, invertida su base se les venían encima, y que bajo ellas quedaban aplastadas con su triple fila las maldecidas máquinas, y todas sus esperanzas sepultadas entre tan inmensas moles. Sobre ellos al propio tiempo llovían peñascos y promontorios enteros, que al caer oscurecían la luz, y entre cuyos escombros desaparecían legiones, armas y defensas; y las armas eran ya instrumentos de nuevo daño, porque al romperse herían a los que las empuñaban, ocasionándoles acerbos dolores e imponderables tormentos: y sólo se oían desesperados ayes y horrorosos gritos, pugnando cada cual por librarse de la estrecha prisión que le sujetaba, pues el pecado privaba a aquellos espíritus de la sutil fluidez y esencia, que poco antes constituían su ser.

«Pero los que quedaban ilesos se aprovecharon del ejemplo, y apelando al mismo recurso arrancaron los montes circunvecinos. Comenzaron pues a volar por los aires, chocando unos con otros. Jamás pudo preverse lucha tan espantosa. ¡Con qué infernal rabia se combatía en los estrechos huecos que quedaban, y a pesar del pavor que aquellas tinieblas infundían! Las más cruentas guerras comparadas con la presente hubieran parecido un mero entretenimiento. El estruendo engendraba nueva confusión; la confusión producía mayor frenesí y estrago. Amenazaba desquiciarse el cielo, y seguramente se hubiera consumado aquel día su ruina si el Padre Omnipotente, cercado de esplendor en el incontrastable trono de su celestial santuario, pesando los aconteci-mientos y previendo aquella iniquidad, no la hubiera permitido para realizar sus inescrutables fines de glorificar a su consagrado Hijo, vengándolo de sus enemigos y declarar que transfería en él su omnipotencia; por lo que, como asesor que era suyo, le dijo así:

«Destello de mi gloria, Hijo amado, Hijo en cuya faz aparece visible lo invisible que como Dios yo tengo: tu mano, partícipe de mi omnipotencia, realizará lo que tengo decretado. Dos días han transcurrido, dos días según en el cielo los computamos, desde que Miguel y sus Potestades han ido a subyugar a esos rebeldes. Tremendo ha sido el combate como no podía menos de serlo armándose uno contra otro semejantes enemigos. Yo los he dejado entregados a sí propios; y ya sabes que al crearlos los hice iguales, y que no hay entre ellos más des-igualdad que la del pecado, bien que ésta no se haya hecho sensible, porque no he fulminado aún mi condena-ción; de suerte que se perpetuaría esa lucha encarnizada, sin que llegara a decirse su resultado. La guerra fatigo-sa ha dado ya de sí cuanto puede dar; se ha soltado el freno a la más desesperada contienda; se han empleado los montes como armas arrojadizas, cosa ingrata para el cielo y perjudicial a la naturaleza. Dos días pues han transcurrido; el tercero te pertenece a ti porque a ti lo he destinado. Todo lo he consentido para que tuvieses tú la gloria de dar fin a esta cruda guerra, que nadie más que tú puede terminar. Yo he infundido en ti tal virtud y gracia tan eficaz, que los cielos y el infierno se prosternarán ante tu poder incomparable. Tú has de sujetar esa perversa rebelión de modo que todos confiesen ser tú el más digno de entrar en la herencia universal, en la herencia que de derecho te corresponde como Rey que has recibido la unción sagrada. Ve, pues, tú, poseedor del mayor poder de tu poderoso Padre; asciende a mi carro; guía sus rápidas ruedas de suerte que hagan temblar el cielo hasta sus cimientos; lleva mis armas todas, mi arco, mi irresistible trueno; suspende mi espada de tu cintura augusta, para que persiguiendo a esos hijos de las tinieblas, los arrojes de todos los límites del cielo a los más hondos abismos; y allí podrán menospreciar según les plazca a su Dios, y al Mesías; su ungido Rey.»

Al pronunciar estas palabras inundó completamente en rayos de luz a su Hijo, cuya inefable faz recibió toda la efusión del Padre; y lleno de su filial divinidad le respondió:

«Padre mío, superior a todos los celestes tronos, el primero, el más alto, el más santo y el mejor por excelen-cia: tu designio constante es glorificar a tu Hijo, como yo te glorifico también a ti según es justo. Toda mi gloria y grandeza, toda mi felicidad consisten en que complaciéndote en mí, veas satisfecha tu voluntad, y yo cifraré en cumplirla el colmo de mi ventura. Acepto como dones tuyos tu cetro y tu poder, de que haré dejación mucho más complacido cuando vengan los tiempos en que todo tú estés en todo, y yo en ti para siempre, y en mí todos aquellos que te sean amados. Pero yo odio a los que tú odias, y puedo armarme de tu terror como me armo de tus misericordias, dado que soy tu imagen en todo. Ministro de tu poder, libraré en breve a los cielos de esos rebeldes, que caerán precipitados en la lóbrega mansión donde los aguardan cadenas, tinieblas y perpetuos remordimientos; porque ellos renegaron de la obediencia que te es debida, cuando el obedecerte a ti es la felici-dad suprema. Separados entonces tus inmaculados santos de los ángeles impuros, y rodeando tu montaña santa, y yo su caudillo, entonaremos sinceros cánticos, himnos de la más alta alabanza.»

«Dijo, e inclinándose sobre su cetro, se levantó del asiento de gloria que ocupaba a la diestra del Señor, a tiempo que la tercera aurora sagrada comenzaba a esparcir por el cielo sus resplandores. De repente, y con un ruido semejante al fragor impetuoso del huracán, se lanzó el Carro de Dios Padre fulminando espesas llamas. Tenía sus ruedas unas dentro de otras, y no se movía por impulso ajeno, sino por el instinto de su propio espíri-tu, yendo escoltado por cuatro custodios con aspecto de querubines. Cada uno de éstos mostraba cuatro rostros maravillosos, y sus cuerpos y alas estaban sembrados de innumerables ojos, refulgentes como estrellas; ojos que asimismo brillaban en las ruedas, las cuales despedían centellas; y sobre sus cabezas se alzaba un firma-mento de cristal en que se veía un trono de zafiro matizado de purísimo ámbar y de los colores del arco iris.

«Cubierto con la celeste armadura del radiante Urim, obra divinamente labrada, ocupa el Mesías su carro. A su derecha lleva la Victoria que extiende sus alas de águila, y al costado del arco el carcaj divino lleno de rayos de triples puntas. Envuélvenlo en torno airados torbellinos de humo, de entre los cuales brotan las llamas ar-dientes exhalaciones. Diez mil

millares de ángeles lo acompañan y lo rodean veinte mil carros de Dios (yo mismo oí contarlos), que anun-cian desde lejos su llegada. Sublimado sobre el firmamento de cristal y sostenido en alas de los querubines, veíase en su trono de zafiro; mas los suyos los descubrieron los primeros y se sintieron henchidos de inefable júbilo al divisar ondeante en los aires y tremolado por ángeles el estandarte del Mesías, que era la enseña del cielo. Bajo él congregó Miguel al punto sus legiones, extendidas en dos alas, que en breve rodearon al supremo caudillo formando un solo cuerpo.

«Ya el divino poder le había preparado el camino del triunfo: a su mandato, retiráronse las montañas a su primitivo asiento; oyeron su voz y le obedecieron; el cielo recobró su serena faz; los valles y las colinas se cubrieron de nuevas flores. Y vieron todos estos prodigios, sus desventurados enemigos, y persistieron en su obstinación reuniendo sus huestes para empeñar otro combate. ¡Insensatos, que de la desesperación sacaban su confianza! ¡Que tal perversidad quepa en ánimos celestiales! Pero ¿hay prodigios que basten a humillar a los soberbios, ni fuerza que pueda ablandar sus corazones endurecidos? Lo que más debiera convencerlos aumenta su pertinacia; enfurécense doblemente al ver la gloria del Unigénito y su magnificencia despierta en ellos mayor envidia. Su única aspiración es adquirir tanta grandeza, y vuelven a colocarse en orden de batalla, confiados en triunfar por la fuerza o por la astucia, y en vencer finalmente a Dios y su Mesías; y cuando no, hundirse para siempre en universal ruina; que no es dado a su altivez huir ni retirarse ignominiosamente, sino provocar el postrer combate. Por lo que el Hijo de Dios, dirigiendo su voz a uno y otro lado, habló así a sus cohortes:

«Permaneced, ¡oh santos!, en vuestra gloriosa actitud, y vosotros, ángeles, continuad armados; hoy descansa-réis de vuestras fatigas. Habéis probado ya vuestra fidelidad y mostrados adeptos a Dios, defendiendo su justa causa y ostentando a fuer de invencibles los dones que habéis recibido de él. Pero el castigo de esa maldecida grey queda reservado a otro brazo, porque la venganza corresponde al Señor o a aquel a quien la confía. Lo que hoy ha de suceder no será obra que lleven a cabo el número ni la muchedumbre; y si estáis atentos, contempla-réis cómo me hago yo ministro de la indignación divina contra esos impíos; que no os han ofendido a vosotros, sino a mí haciéndome objeto de su envidia. En mí tienen puesto su encono, porque el sumo Hacedor, de quien es el poder y la gloria de este imperio, me ha elevado a esta grandeza por efecto de su voluntad; y a mí, por lo tanto, me ha encomendado su castigo. Desean que cada cual probemos en nueva batalla nuestro poder, ellos contra mí solo, y yo solo contra todos ellos; y pues la fuerza es su único recurso, y no ambicionan otro timbre ni reconocen mayor virtud, sea la fuerza la que decida.»

«Al acabar de decir esto, revistióse su faz de un aire tan sombrío, que infundía terror, y dando rienda suelta a su cólera, se precipitó sobre sus enemigos. Cubriéndolo al mismo tiempo con sus alas incrustadas de estrellas, que hacían más pavorosas las tinieblas de alrededor, los cuatro querubines que sostenían su carro. Ya giran las ruedas de éste con un estruendo parecido al de un torrente de un ejército numeroso, y arrebatado de su ardiente ímpetu, y formidable como la noche, vuela hacia sus contrarios. Conmovíase a su paso el tranquilo Empíreo de uno a otro extremo, y todo retemblaba y vacilaba, excepto el trono de Dios. Presto se vio entre ellos, y empu-ñando en su mano diez mil rayos que arrojó delante de sí, quedaron acribillados de heridas los rebeldes. Llená-ronse de pavor; perdieron todo aliento, toda esperanza de resistencia; cayéronseles las armas de las manos. Alfombra de sus plantas fueron los escudos y yelmos y aceradas frentes de todos aquellos tronos, potestades y serafines que derribadas ahora de su soberbia, hubieran deseado ver otra vez sobre sí el peso de las montañas, para no ser blanco de tan implacable encono.
«De los ojos de los cuatro querubines y de los innumerables, que cubrían también las animadas ruedas, salían por todas partes rayos abrasadores. Un mismo espíritu los dirigía; cada uno de aquellos ojos era un horno en-cendido que fulminaba fuego contra los malvados, los cuales faltos ya de fuerzas y del vigor que antes los ani-maba, caían vencidos, medrosos, confusos y aniquilados. Y sin embargo, no apuró el Hijo de Dios su rigor con ellos, contentándose con desatar a medias el trueno de su venganza, dado que no se había propuesto destruirlos, sino expulsarlos de la celestial morada; y así les permitió reponerse de su postración y los ahuyentó como un rebaño de tímidas ovejas reunidas por el miedo. El terror y las furias los aguijaban; y al llegar a la muralla de cristal, que formaba los límites del cielo, abrióse éste de par en par, y puso ante su vista la inmensa sima del infinito abismo que los aguardaba.

«¡Qué espectáculo tan espantoso! El horror los hizo retroceder pero mayor era aún el que los impelía hacia adelante. Ellos mismos iban precipitándose al llegar al borde de la celestial orilla, y la maldición eterna los empujaba para más apresurar su ruina. Oyó el infierno aquel fragoroso estrépito, como si se derrumbase el cielo del cielo mismo, y hubiera huido amedrentado, si el inflexible Destino no hubiera ahondado bien sus negros cimientos, ligándolos con cadenas indestructibles.

«Nueve días estuvieron cayendo. Rugió trastornado el Caos y sintió diez veces doblada su confusión con el estridente tumulto de aquel estrago, que acumuló tantas ruinas y destrozos. Por fin abrió el infierno su boca, los tragó a todos, y volvió a cerrarla; el infierno, propia morada suya, lugar de dolores y penas, sembrado de inex-tinguible fuego. Y el cielo se regocijó, ya pacificado, y unió de nuevo sus muros reduciéndolos a sus límites.

«Quedando vencedor por sí solo con la expulsión de sus enemigos, retiró el Mesías su carro triunfal; y enaje-nados de júbilo salieron a su encuentro todos los santos, que hasta entonces habían contemplado silenciosos e inmóviles sus admirables hechos. Marchaban rodeándolo con ramos de palmas, y cada una de aquellas brillan-tes jerarquías entonaba cánticos de triunfo, cánticos al Rey victorioso, al Hijo, al heredero del Padre, al Señor cuyo dominio acataban al más digno de poseerlo. Al compás de estas aclamaciones, atravesó por en medio del cielo hasta el palacio y templo de su omnipotente Padre, sublimado sobre su trono, que lo recibió en el esplen-dor de su gloria, donde está hoy sentado a su diestra, en inmortal bienaventuranza. He aquí cómo asemejando las cosas del cielo a las de la tierra, para satisfacer tus deseos, y a fin de que puedas aprovecharte de las leccio-nes de lo pasado, acabo de revelarte lo que en otro caso quizás hubiera ignorado para siempre la raza humana: la discordia y guerra que se suscitó en los cielos entre las angélicas potestades, y la eterna ruina de los que lle-vados de una desmedida ambición, se asociaron con Satán en su rebeldía. Envidioso de tu felicidad, anhela hoy éste apartarte asimismo de la obediencia a tu Creador, para que desheredado como él de tu dichoso estado, vengas a merecer su castigo y caigas en su perpetua miseria. Su mayor venganza, su único consuelo sería poder ultrajar al Altísimo, haciéndote a ti partícipe de su error y de su pena. No des jamás oído a sus tentaciones; prevén esto mismo a tu compañera; ten presente el terrible ejemplo que has oído, el castigo en que incurren los inobedientes. Ellos hubieran podido ser siempre venturosos, y se perdieron. No te olvides de esto, y teme ser contado entre los rebeldes.»

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