BLOOD

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lunes, 8 de noviembre de 2010

EL EXORCISTA -- william blatti

EL EXORCISTA
William Peter Blatty


**
A mis hermanos Maurice, Edward y Alyce,
y a la querida memoria de mis padres.
**
Y bajando Él a tierra, le salió al encuentro un hombre de la ciudad
poseído de los demonios... Muchas veces se apoderaba de él [el espíritu], y
le ataban con cadenas y le sujetaban con grillos, pero rompía las ligaduras...
*
Preguntóle Jesús:
¿Cuál es tu nombre? Contestó él: Legión.
Lucas VIII, 27-30
**
“James Torello”: A Jackson lo colgaron de ese gancho de carnicero. Era
tan pesado, que lo dobló. Estuvo ahí tres días, hasta que murió.
“Frank Buccieri” (riéndose):
Jackie, tendrías que haber visto al tipo. Parecía un elefante, y cuando
Jimmy le puso la aguijada eléctrica...
“Torello” (excitado): Se balanceaba en el gancho, Jackie. Le echamos
agua para que trabajara mejor la aguijada, y gritaba...
Fragmento de una conversación telefónica de Cosa Nostra interceptada
por el FBI con motivo del asesinato de William Jackson.
*
...No hay otra explicación para algunas de las cosas que hicieron los
comunistas, como el caso del sacerdote a quien hundieron ocho clavos en la
cabeza... Y también el de los siete niños y su maestro. Estaban rezando el
Padre nuestro cuando llegaron los soldados. Un soldado arremetió con la
bayoneta y le cortó la lengua al maestro.
Los otros cogieron palitos chinos y se los metieron en las orejas a los
siete niños. ¿Cómo se tratan los casos como éstos?
Dr. Tom Dooley “Dachau”
“Auschwitz”
“Buchenwald”
*


PRÓLOGO
Irak del norte
El ardiente sol hacía brotar gotas de sudor de la frente del viejo, pese a
lo cual, éste cubrió con sus manos la taza de té humeante y dulce, como si
quisiera calentárselas. No podía desprenderse de la premonición. La llevaba
adherida a sus espaldas como frías hojas húmedas.
La excavación había terminado.
El informe había sido revisado cuidadosamente, paso por paso; el
material, extraído, observado, rotulado y despachado: perlas y collares,
cuños, falos, morteros de piedra molida manchados de color ocre, ollas
pulidas. Nada excepcional. Una caja asiria de marfil, para productos de
tocador. Y el hombre. Los huesos del hombre.
Los quebradizos restos del tormento cósmico que una vez le hicieron
preguntarse si la materia no sería Lucifer que volvía en busca de Dios hacia
arriba, a tientas. Y, sin embargo, ahora sabía que no era así. La fragancia de
las plantas de regaliz y tamarisco atraía su mirada hacia las colinas cubiertas
de amapolas, hacia las llanuras de juncos, hacia el camino irregular
sembrado de rocas que se precipitaba en pendiente hacia el abismo.
Al norte estaba Mosul; al Este, Erbil; al Sur, Bagdad, Kirkuk y el
ardiente horno de Nabucodonosor. Movió las piernas debajo de la mesa que
estaba frente a la solitaria choza, junto al camino, y miró las manchas de la
hierba en sus botas y en sus pantalones color caqui. Sorbió el té. La
excavación había terminado. ¿Qué vendría ahora? Quiso sacudirse el polvo
de sus pensamientos como lo hacía con los tesoros inanimados, pero no
pudo ordenarlos.
Alguien jadeaba en el interior de la “chayjana” (así llamaban a aquellas
malolientes chozas). El arrugado propietario se acercaba a él arrastrando los
pies, levantando polvo con sus zapatos, de fabricación rusa, que usaba como
si fueran chinelas, haciendo gemir los contrafuertes bajo el peso de sus
talones. Su sombra oscura se deslizó sobre la mesa.
—“¿Kaman chay, chawaga?”
El hombre vestido de color caqui negó con un movimiento de cabeza y
bajó la vista hacia sus zapatos embarrados y sin cordones, cubiertos por una
gruesa capa de deyecciones geológicas, del dolor de vivir. La sustancia del
cosmos, reflexionó calladamente: materia, pero, de algún modo, espíritu al
fin. El espíritu y los zapatos eran, para él, sólo aspectos de un elemento más
importante, prístino y totalmente distinto.
La sombra se movió. El curdo se quedó esperando como una vieja
deuda. El hombre vestido de color caqui clavó la mirada en unos ojos
húmedos y desteñidos, como si el iris estuviera velado por la membrana de
una cáscara de huevo.
Glaucoma. Antes no hubiera podido querer a este hombre.
Sacó la cartera y buscó una moneda entre los billetes rotos y arrugados:
unos dinares, un carnet de conducir iraquí, un almanaque, de plástico
descolorido, de doce años atrás. En el reverso tenía la inscripción: “Lo que
damos a los pobres es lo que nos llevamos con nosotros cuando morimos”.
La tarjeta había sido impresa en las misiones jesuíticas. Pagó el té y dejó
una propina de cincuenta fils sobre una mesa resquebrajada, de color
desvaído.
Caminó hasta su jeep. El suave clic de la llave al entrar en el arranque
se oyó secamente en el silencio. Esperó un instante, lleno de inquietud.
Apiñados en la cima de un monte, los techos en doble vertiente, de Erbil,
surgían a lo lejos, suspendidos de las nubes como una bendición de piedra y
barro.
Él sentía que las hojas le oprimían la espalda con más fuerza.
Algo iba a ocurrir.
—“Allah ma.ak, chawaga”.
Dientes podridos. El curdo sonreía y saludaba con la mano. El hombre
vestido de color caqui buscó afecto en el fondo de su ser y pudo responder
agitando la mano con una sonrisa forzada, que se oscureció al desviar la
vista. Puso en marcha el motor, dio la vuelta en redondo y se dirigió a Mosul.
El curdo se quedó parado mirando, con la rara sensación de haber perdido
algo, mientras el jeep cobraba velocidad. ¿Qué era lo que había perdido?
¿Qué era lo que había sentido en presencia del extraño?
Algo parecido a la seguridad, un sentimiento de protección y de
profundo bienestar, que ahora disminuía, a medida que el jeep se alejaba
veloz. Se sintió extrañamente solo.
El detallado inventario estuvo listo para las seis y diez. El mosul
encargado de las antigüedades, un árabe de mejillas caídas, registraba
cuidadosamente el último ingreso en el libro mayor que estaba sobre su
escritorio. Se detuvo un momento, levantando la vista hacia su amigo
mientras sumergía la pluma en el tintero. El hombre vestido de color caqui
parecía perdido en sus pensamientos. Estaba parado junto a una mesa, con
las manos en los bolsillos, mirando fijamente hacia uno de aquellos resecos
vestigios del ayer, ya rotulado. El encargado lo observó curioso, inmóvil;
luego volvió a su tarea, escribiendo con una caligrafía pequeña, firme y
prolija. Finalmente, suspiró y dejó la pluma al darse cuenta de la hora. El
tren para Bagdad partía a las ocho. Sacó la hoja y le ofreció té.
El hombre vestido de color caqui negó con la cabeza; sus ojos seguían
fijos en algo que había sobre la mesa. El árabe lo observaba, algo
preocupado. ¿Qué había en el ambiente? Había algo en el ambiente. Se
levantó y se acercó, sintiendo un leve cosquilleo en la base del cuello. Su
amigo, por fin, se movió, cogió un amuleto y, pensativo, lo sostuvo entre las
manos. Era una cabeza, en piedra verde, del demonio Pazuzu, una
personificación del viento del Sudoeste. Tenía poder sobre la enfermedad y
los males. La cabeza estaba perforada. El dueño del amuleto lo había usado
como escudo.
—El mal contra el mal -susurró el encargado mientras se abanicaba
lánguidamente con una revista científica francesa, cuya portada se veía
manchada por una huella digital. Su amigo no se movió ni hizo ningún
comentario.
—¿Pasa algo?
No hubo respuesta.
—¡Padre!
El hombre vestido de color caqui parecía seguir sin escuchar, absorto en
el amuleto, el último de sus hallazgos. Al cabo de un momento lo dejó y
dirigió hacia el árabe una mirada inquisitiva. ¿Había dicho algo?
—Nada.
Murmuraron frases de despedida.
Ya en la puerta, el encargado cogió la mano del viejo con una inusitada
firmeza.
—Mi corazón tiene un deseo, padre: que no se vaya.
Su amigo respondió suavemente en términos de té, de tiempo, de algo
que debía hacer.
—¡No, no, no! Quiero decir que no vuelva a su casa.
El hombre vestido de color caqui clavó la vista en un pedacito de
garbanzo hervido que había en la comisura de la boca del árabe; sin
embargo, sus ojos estaban distantes.
—Volver a casa -repitió.
La palabra sonaba como a un adiós definitivo.
—A Estados Unidos -agregó el encargado árabe, y al instante se
preguntó por qué lo habría dicho.
El hombre vestido de color caqui penetró las tinieblas de la ansiedad del
otro. Siempre le había sido fácil apreciar a aquel hombre.
—Adiós -murmuró. Luego se volvió rápidamente y se internó en la
sombra de las calles para emprender el regreso; recorrió un trayecto cuya
extensión parecía algo indefinida.
—¡Lo veré dentro de un año! -le gritó el encargado desde la puerta. Pero
el hombre vestido de color caqui no se volvió para mirar. El árabe observaba
la silueta que se empequeñecía al atravesar una calle angosta, en la cual casi
chocó con un carruaje que pasaba velozmente. En la cabina iba una
corpulenta anciana árabe; su cara era sólo una sombra detrás del velo de
encaje negro, con pliegues, que la cubría como una mortaja. Se imaginó que
tenía prisa por llegar a alguna cita. Pronto perdió de vista al amigo que se
iba.
El hombre vestido de color caqui caminaba subyugado. Al dejar la
ciudad, se abrió paso por los suburbios mientras cruzaba el Tigris. Al
acercarse a las ruinas, disminuyó el ritmo de su andar, porque con cada paso
el incipiente presentimiento tomaba una forma más consistente y horrible.
Tendría que saber. Tendría que estar preparado.
El tablón de madera que atravesaba el Koser -un arroyo fangoso crujió
bajo su peso. Y por fin llegó allí; se paró sobre el montículo donde una vez
brillara, con sus quince pórticos, Nínive, la temida guarida de las hordas
asirias. Ahora la ciudad yacía hundida en el sangriento polvo de su
predestinación. Y, sin embargo, él se encontraba allí, el aire seguía siendo
denso, estaba lleno de ese otro aire que alteraba sus sueños.
Un sereno curdo, al doblar por una esquina, empuñó su rifle y empezó a
correr tras él, se detuvo bruscamente, lo saludó al reconocerlo y siguió
corriendo.
El hombre vestido de color caqui merodeó por las ruinas. El templo de
Nabu. El templo de Istar. Sintió vibraciones. En el palacio de Asurbanipal se
quedó mirando, de reojo, una pesada estatua de piedra caliza, “in situ”: alas
irregulares, pies con garras, bulboso pene saliente y rígida boca, que se
estiraba en una sonrisa maligna. El demonio Pazuzu.
De repente lo abrumó una certeza.
Lo supo.
Aquello se acercaba.
Clavó la vista en el polvo.
Sombras con vida. Oyó opacos ladridos de jaurías salvajes que
merodeaban por las afueras de la ciudad. La órbita del sol comenzaba a caer
detrás del borde del mundo.
Se bajó las mangas de la camisa y se abrochó los puños: se había
levantado una brisa helada. Venía del Sudoeste.
Partió presuroso hacia Mosul a tomar el tren, con el corazón encogido
por la escalofriante convicción de que pronto se enfrentaría con un viejo
enemigo.

PRIMERA PARTE
El comienzo


CAPÍTULO PRIMERO
Como el maldito y fugaz destello de explosiones solares que sólo
impresionan borrosamente los ojos de los ciegos, el comienzo del horror
pasó casi inadvertido: de hecho fue quedando olvidado en la locura de lo que
vino después, y quizá no lo relacionó de ningún modo con el horror mismo.
Era difícil de juzgar.
La casa era alquilada. Acogedora. Hermética. Una casa de ladrillo,
colonial, cubierta de hiedra, en la zona de Georgetown, en Washington D. C.
Al otro lado de la calle había una franja de “campus” perteneciente a la
Georgetown University; detrás, un escarpado terraplén que caía en
pendiente vertical sobre la bulliciosa calle M y, más lejos, el fangoso río
Potomac. El 1º de abril, por la mañana temprano, la casa estaba en silencio.
Chris MacNeil se hallaba incorporada en la cama, repasando el texto de la
filmación del día siguiente; Regan, su hija, dormía en su habitación, al final
del pasillo, y los sirvientes, Willie y Karl, ambos de edad madura, ocupaban
una estancia, contigua a la despensa, en la planta baja.
Aproximadamente a las 12.25 de la noche, Chris apartó la mirada del
guión, y frunció el ceño con perplejidad. Oyó ruidos extraños.
Eran raros. Apagados. Agrupados rítmicamente. Un código insólito de
golpecitos producidos por un muerto.
“Curioso”.
Escuchó durante un momento y luego dejó de prestar atención; pero
como los ruidos proseguían, no se podía concentrar. Arrojó violentamente el
manuscrito sobre la cama.
“¡Dios mío! ¡Qué fastidio!”
Salió al pasillo y miró a su alrededor. Parecían provenir del dormitorio
de Regan.
“Pero, ¿qué estará haciendo?”
Caminó lentamente por el corredor, y de pronto los golpes se oyeron
más fuertes, más rápidos. Al empujar la puerta y entrar en la habitación,
cesaron de pronto.
“¿Qué diablos pasa?”
La niña de once años dormía, firmemente abrazada a un gran oso de
felpa de ojos redondos. Arruinado. Descolorido después de muchos años de
asfixiarlo, de cubrirlo de tiernos besos húmedos.
Chris se acercó suavemente al lecho y se inclinó murmurando:
—Rags, ¿estás despierta?
Respiración rítmica. Pesada. Profunda.
Chris paseó la vista por el cuarto. La débil luz del pasillo llegaba
mortecina y se astillaba sobre los cuadros pintados por Regan, sobre sus
esculturas, sobre otros animales de felpa.
“Está bien, Rags. La vieja mamá ya se va. Dilo. ‘¡Que la inocencia te
valga!’”
Y, sin embargo, Chris sabía que ese comportamiento no era propio de
Regan. La niña tenía un temperamento muy opaco. Entonces, ¿quién era el
bromista? ¿Algún tipo muerto de sueño que trataba de silenciar los ruidos de
las cañerías de la calefacción? Cierta vez, en las montañas de Bután, había
pasado horas y horas contemplando a un monje budista que meditaba
acuclillado en la tierra.
Al final creyó verlo levitar.
Quizás. Al contar la historia a alguien, siempre añadía: ‘Quizás.’
Y quizás ahora también su mente, esa incansable narradora de
ilusiones, había exagerado los golpes.
“¡Pues no! ¡Los he oído!”
Bruscamente lanzó una mirada al techo. ¡Allí! Leves rasguños.
“¡Ratas en el altillo, Dios mío! ¡Ratas!”
Suspiró. “Eso era. Colas largas. Golpe, golpe”. Se sintió extrañamente
aliviada. Y luego notó el frío. La habitación estaba helada.
Avanzó lentamente hasta la ventana. Comprobó si estaba cerrada.
Tocó el radiador. Caliente.
“¿De veras?”
Desconcertada, volvió hasta la cama y puso su mano sobre la mejilla de
Regan. La tenía suave, como de costumbre, y ligeramente sudorienta.
“¡Debo de estar enferma!”
Miró a su hija, su nariz respingada y su cara pecosa, y, en un rápido
impulso de ternura, se agachó y la besó en la mejilla.
—Te quiero mucho -susurró; luego regresó a su dormitorio y a su
libreto.
Lo estudió durante un rato. La película era una segunda versión de la
comedia musical “Mr. Smith se va a Washington”. Se le había agregado una
trama secundaria acerca de las rebeliones universitarias. Chris era la
protagonista.
Hacía el papel de una profesora de psicología que estaba de parte de los
rebeldes. Y odiaba ese papel.
“¡Es estúpido! ¡Esta escena es absolutamente estúpida!” Su mente,
aunque no cultivada, no confundió nunca los slogans con la verdad, y, con la
curiosidad de un pajarito ignorante, picoteaba incansablemente entre el
palabrerío para encontrar la reluciente verdad escondida. Y, de este modo,
para ella la causa revolucionaria era ‘estúpida’. No tenía sentido. “¿Cómo es
eso?”, se preguntaba. “¿Brecha de generaciones? Absurdo. Yo tengo treinta y
dos. ¡Es una pura y simple estupidez, es...!”
“Calma. Una semana más”.
Había completado la filmación de interiores en Hollywood. Lo único que
faltaba eran unas cuantas escenas exteriores en el “campus” de Georgetown
University, a partir del día siguiente. Como era Semana Santa, los
estudiantes fueron a sus casas.
Se empezaba a amodorrar. Párpados pesados. Volvió una hoja
curiosamente desgarrada. Distraída, sonrió. Su director inglés.
Cuando estaba muy nervioso, arrancaba una tirita estrecha del borde de
la hoja que tuviera más cerca, y luego la masticaba poco a poco hasta que se
convertía en una pelota en su boca.
“¡Querido Burke!”
Bostezó y miró tiernamente los bordes de las hojas del guión. Las
páginas parecían mordisqueadas. Se acordó de las ratas. “¡Qué ritmo siguen
esas malditas!” Mentalmente anotó que le diría a Karl que pusiera trampas
por la mañana.
Dedos relajados. Manuscrito que resbala. Lo dejó caer. “Estúpido. Es
estúpido”. Una mano tanteando para encontrar la perilla de la luz. ¡Listo!
Suspiró. Durante un rato se quedó inmóvil, casi dormida; luego se quitó de
encima la sábana con una pierna perezosa.
“Un calor insoportable”.
Un fino rocío se adhería suave y mansamente a los vidrios de la
ventana.
Chris durmió. Y soñó con la muerte, con todos sus asombrosos detalles,
con una muerte que parecía algo nuevo: mientras soñaba, algo en ella
contenía el aliento, se disolvía, se hundía en la nada, al pensar una y otra
vez. “Yo no voy a ser, yo moriré, yo no seré, y por los siglos de los siglos,
¡oh, papá, no les permitas, oh, no dejes que lo hagan, no dejes que yo sea
nada por los siglos!” Y mientras se disolvía, se desenroscaba, se oyó un
timbre, el timbre...
“¡El teléfono!”
Se incorporó en la cama. El corazón le latía violentamente; tenía la
mano en el teléfono, y el estómago vacío; era una sustancia sin peso y su
teléfono sonaba.
Descolgó. El ayudante de dirección.
—En maquillaje a las seis, querida.
—Bueno.
—¿Cómo te sientes?
—Si me baño y el agua no quema, creo que estaré bien.
El se rió.
—Hasta luego.
—De acuerdo. Gracias.
Colgó. Y durante un rato permaneció sentada, inmóvil, pensando en el
sueño. ¿Un sueño? Se parecía más a un pensamiento en la semiconsciencia
del despertar. Esa terrible lucidez. Fulgor de la calavera. El no ser.
Irreversible. No se lo podía imaginar.
“¡Dios mío, no puede ser!”
Reflexionó. Y, al fin, inclinó la cabeza. “Pero es”.
Se dirigió al baño, se puso el albornoz y bajó rápidamente a la cocina, a
la vida que la aguardaba en el jugoso tocino.
—Buenos días, señora.
Willie, canosa, encorvada y con ojeras violáceas, exprimía naranjas.
Tenía cierto deje extranjero.
Suizo, como el de Karl. Se secó las manos en una toalla de papel y se
acercó a la cocina.
—Yo lo haré, Willie.
Chris, siempre perceptiva, había notado su mirada cansada, y mientras
Willie se dirigía, gruñendo, hacia el fregadero, la actriz se sirvió café y se
retiró al rincón donde siempre tomaba el desayuno. Se sentó. Y sonrió
afectuosamente al mirar el plato. Una rosa color rojo encendido. Regan.
Mi ángel. Muchas mañanas, cuando Chris trabajaba, Regan se levantaba
de la cama en silencio, bajaba a la cocina y le ponía una flor junto al plato;
luego volvía, a tientas, a su sueño, con los ojos cerrados. Chris, apenada,
movió la cabeza al recordar que estuvo a punto de ponerle el nombre
Goneril. “Por supuesto. Prepararse para lo peor”. Chris sonrió ante el
recuerdo. Sorbió el café.
Cuando su mirada cayó de nuevo sobre la rosa, su expresión se tornó
triste por un momento, y sus grandes ojos verdes parecieron
apesadumbrados en la mirada perdida. Se acordaba de otra flor. Un hijo.
Jamie. Había muerto a los tres años, hacía mucho tiempo, cuando ella,
Chris, era una corista muy joven de Broadway. Había jurado no volver jamás
a darse tanto a nadie como lo había hecho con Jamie, como lo había hecho
con el padre de Jamie, Howard MacNeil.
Rápidamente desvió la mirada de la rosa, y, como su sueño de la
muerte se elevaba en una nube desde el café, encendió un cigarrillo. Willie
trajo el jugo, y Chris se acordó de las ratas.
—¿Dónde está Karl? -preguntó a la sirvienta.
—Estoy aquí, señora.
Atareado, apareció por la puerta de la alacena. Autoritario. Respetuoso.
Dinámico. Servil. Con un pedacito de servilleta de papel pegado en la
barbilla, porque se corto al afeitarse.
—¿Sí?
Corpulento, jadeó junto a la mesa. Ojos brillantes. Nariz aguileña.
Pelado.
—Karl, hay ratas en el altillo. Tendría que conseguir algunas ratoneras.
—¿Hay ratas?
—Eso he dicho.
—Pero el altillo está limpio.
—Bueno, está bien. Tenemos ratas “prolijas”.
—No hay ratas.
—Karl, yo las oí anoche -dijo Chris con paciencia, pero imperativa.
—Quizá sean las cañerías -sonrió Karl-, tal vez los tablones.
—¡Tal vez las “ratas”! ¿Va a comprar las malditas ratoneras y dejarse de
discutir?
—Sí, señora. -Salió disparado-. Ahora mismo.
—¡No, ahora no, Karl! ¡Las tiendas están cerradas!
—¡Están cerradas! -refunfuñó Willie.
—Voy a ver.
Se fue.
Chris y Willie intercambiaron miradas; luego Willie hizo un gesto con la
cabeza y volvió a su tocino. Chris sorbió el café. “Extraño. Hombre extraño”.
Trabajador como Willie, muy leal, discreto. Y, sin embargo, algo en él la
ponía levemente inquieta. ¿Qué era? ¿Su aire sutil de arrogancia? ¿Desafío?
No. Otra cosa.
Algo difícil de definir. La pareja hacía seis años que trabajaba para ella,
y Karl seguía siendo un enigma: un jeroglífico no traducido que hablaba,
respiraba y le hacía los mandados con sus piernas hinchadas. Sin embargo,
detrás de la máscara, se movía algo; se podía oír su mecanismo latiendo
como una conciencia. Apagó el cigarrillo; oyó el chirrido de la puerta de la
calle, que se abría y luego se cerraba.
—Están cerradas -dijo Willie entre dientes.
Chris mordisqueó el tocino; después volvió a su habitación, donde se
vistió con su conjunto de jersey y falda. Se echó una rápida mirada en el
espejo, observando con atención su rojizo pelo corto, que parecía siempre
despeinado, y las pecas en su pequeña cara limpia.
Luego se puso bizca y sonrió como una idiota. “¡Hola, encantadora
vecinita! ¿Puedo hablar con su marido? ¿Con su amante? ¿Con su amiguito?
¡Oh!, ¿su amiguito está en el asilo de mendigos? ¡Llaman desde Avon!” Se
sacó la lengua a sí misma. Al instante perdió su animación. “¡Dios, qué vida!”
Tomó la caja de la peluca, bajó, pensativa, la escalera y caminó hacia la
risueña calle arbolada.
Ya fuera de la casa se detuvo un momento; la mañana le hizo contener
el aliento. Miró hacia su derecha. A un lado del edificio, unos viejos escalones
de piedra se precipitaban hasta la calle M abajo, a lo lejos. Un poco más allá
estaba la entrada de las cocheras que en otro tiempo se usaron para guardar
tranvías: estilo mediterráneo, techo de tejas, villas rococó, ladrillo antiguo.
Los contempló, tristona. “De ficción. Calle de ficción. Pero, ¿por qué no me
quedo? ¿Compro la casa? ¿Empiezo a vivir?” En algún lado, una campana
empezó a sonar. Dirigió la vista hacia el lugar de donde provenía el sonido.
La torre del reloj en el “campus” de Georgetown. La melancólica resonancia
hizo eco en el río, tembló, se filtró en su corazón cansado. Se fue caminando
al trabajo, hacia la espectral mascarada, hacia la ficción.
Pasó por el pórtico de entrada al “campus”, y su depresión disminuyó;
luego se hizo aún menor, al contemplar la hilera de vestuarios rodantes
alineados en el camino, muy cerca del paredón que circundaba el perímetro
por el lado Sur, y a eso de las 8 de la mañana, hora de la primera toma del
día, ya era casi la misma de siempre: empezó una discusión sobre el guión.
—¡Burke! ¿Por qué no le echas una ojeada a esta porquería?
—¡Ah veo que “tienes” un libreto! ¡Qué bien!
El director Burke Dennings, severo y travieso, con su ojo izquierdo que
titilaba, aunque brillaba de picardía, arrancó una tirita de papel del guión con
sus temblorosos dedos.
—Creo que voy a masticar -se rió.
Estaban parados en la explanada frente al edificio de oficinas, rodeados
por actores, luces, técnicos, extras y ayudantes. Por el césped estaban
diseminados algunos espectadores, acá y allá, en su mayoría profesores
jesuitas. Muchos niños. El director de fotografía, aburrido, tomó el diario
“Daily Variety” cuando Dennings se metió un papel en la boca, y sonrió
tontamente; después de la primera ginebra de la mañana tenía una ligera
halitosis.
—Me alegro “mucho” de que te hayan dado un libreto.
Un astuto cincuentón de aspecto débil. Hablaba con un inconfundible
acento inglés, tan cortado y preciso, que sublimaba aún las más crudas
obscenidades, las hacía incluso elegantes. Cuando bebía, daba la impresión
de que iba a estallar en carcajadas: parecía que estuviera haciendo
constantes esfuerzos para conservar la compostura.
—Bueno, nena, dime, ¿qué pasa? ¿Qué es lo que anda mal?
La escena en cuestión requería que el decano de la mítica Universidad
hablara a un grupo de estudiantes, en un intento por sofocar una
manifestación pacífica con la que habían amenazado. Entonces Chris tenía
que subir corriendo los escalones de la explanada, encararse con el decano
y, señalando al edificio principal, gritar: ’¡Derribémoslo!’
—No tiene ningún sentido -dijo Chris.
—Sin embargo, está perfectamente claro -mintió Dennings.
—¿Por qué diablos tienen que echar abajo el edificio, Burke? ¿Para qué?
—¿Me estás condenando a prisión?
—No. Estoy preguntando: ‘¿para qué?’
—¡Porque está “allí”, querida!
—¿En el guión?
—No, en el “tema”.
—Bueno, pero sigue sin tener sentido, Burke. Ella no haría eso.
—Sí que lo haría.
—No, no lo haría.
—¿Mandamos llamar al autor? ¡Creo que está en París!
—¿A qué ha ido allí? ¿A esconderse?
—No. “A fornicar”.
Lo articuló con impecable dicción; sus ojos astutos chispeaban en una
cara pálida, mientras la palabra se elevaba tersa y se transformaba en un
capitel gótico.
Chris se le apoyó blandamente en los hombros, riendo.
—¡Oh, Burke, no tienes arreglo!
—Sí. -Lo dijo como César al ratificar con modestia los informes de su
triple rechazo de la corona-. Bueno, entonces, ¿seguimos con esto?
Chris no escuchó. Había arrojado una mirada fugaz y avergonzada a un
jesuita cercano. Ella quería comprobar si había oído o no la obscenidad.
Morena cara arrugada. Como la de un boxeador. Jovial. Cuarentón. Había
cierta tristeza en sus ojos, algo de sufrimiento, y, sin embargo, su mirada
fue cálida y tranquilizadora al posarse en la de ella. Había oído. Sonreía.
Echó una ojeada a su reloj y se alejó.
—¡Digo que sigamos de un vez con esto!
Se volvió, sorprendida.
—Sí, tienes razón, Burke.
Vamos a hacerlo.
—Gracias a Dios.
—No, espera.
—Pero, ¡caramba!
Protestó por la adición introducida en la escena. Opinaba que el punto
culminante eran las palabras que tenía que pronunciar, y se oponía a entrar
corriendo inmediatamente después por la puerta del edificio.
—No le agrega nada -dijo Chris-. Es estúpido.
—Sí, querida. Tienes razón -admitió Burke sinceramente-. Sin embargo,
el director de fotografía insiste en que lo hagamos -continuó-; de modo que
así será, ¿entiendes?
—No.
—No, por supuesto que no. Es estúpido. Observa la siguiente escena
-rió-. Empieza con Jed, que viene “hacia nosotros” por la puerta. El director
de fotografía está seguro de obtener una mención si la escena anterior
termina contigo saliendo por la puerta.
—Eso es idiota.
—¡Por supuesto que lo es! ¡Hay para vomitar! ¡Es algo estúpidamente
malo! Pero lo filmaremos; aunque puedes estar segura de que lo arreglaré
cuando le demos los últimos cortes. Va a ser un bocado sabroso.
Chris se rió. Y estuvo de acuerdo. Burke miró en dirección al director de
fotografía, que era conocido como un egoísta temperamental, muy aficionado
a las discusiones que hacen perder tiempo.
Estaba ocupado con el operador.
El director respiró aliviado.
Mientras esperaba al pie de la escalinata que las luces se calentaran,
Chris miró a Dennings cuando éste le lanzó una obscenidad a un
desventurado ayudante; luego se le iluminó ostensiblemente la cara. Parecía
deleitarse con su excentricidad. Sin embargo, Chris sabía que, después de
haber bebido una cierta cantidad, explotaría el mal genio, y si esto sucedía a
las tres o cuatro de la madrugada, podría llamar por teléfono a gente
importante y hacerla objeto de provocaciones fútiles. Chris se acordó de un
jefe de estudios cuyo único crimen fue el de haber hecho, durante las
proyecciones de prueba, un comentario inofensivo acerca de la camisa de
Dennings, que se veía algo deshilachada; ello bastó para que lo despertara a
eso de las tres de la madrugada, con objeto de decirle que era un ‘patán de
mierda’ y que su padre había sido, ‘con toda seguridad, un “tarado”’. Y al día
siguiente simulaba tener amnesia e irradiaba cierto placer cuando aquellos a
quienes había ofendido contaban con detalle lo que les había hecho. Aunque,
si le convenía, se acordaba. Con una sonrisa en la boca, Chris recordó la
noche en que él había destruido las oficinas del estudio, estimulado por la
ginebra, en un ataque de furia descontrolada, y cómo más tarde, cuando le
presentaron una cuenta detallada y fotos de los daños, las había descartado
con picardía porque eran ‘puras farsas, ya que los daños habían sido, a todas
luces, mucho mayores’. Chris no creía que Dennings fuera ni un alcohólico ni
un bebedor empedernido, sino, más bien, que bebía porque eso era lo que se
esperaba de él: seguía la tradición. “¡Ah, bueno!” -pensó-. “Supongo que
será una especie de inmoralidad”.
Se volvió y buscó con la vista al jesuita que le había sonreído.
Iba caminando a lo lejos, con aire abatido, cabizbajo, una negra nube
solitaria en busca de la lluvia.
A ella nunca le habían gustado los curas. Así lo afirmaba. Y, sin
embargo, éste...
—¿Lista, Chris? -dijo Dennings.
—Sí, lista.
—Muy lista. ¡Silencio! -ordenó el ayudante de dirección.
—¡Se rueda! -exclamó Burke.
—¡Cámara!
—“¡Acción!”
Chris subió corriendo las escaleras mientras los extras aclamaban y
Dennings la observaba, tratando de imaginarse qué estaría pensando.
Ella había abandonado la discusión demasiado pronto. Lanzó una mirada
significativa al “script”, que se le acercó caminando, sumiso, y le entregó el
guión abierto, como un monaguillo entrega el misal al sacerdote en una misa
solemne.
Trabajaron bajo un sol intermitente. A eso de las cuatro, el cielo se
había cubierto de negras nubes; el ayudante de dirección despachó al grupo
para el resto del día.
Chris volvió caminando a su casa. Estaba cansada. En la esquina de la
Calle Treinta y Seis y O le firmó un autógrafo a un viejo almacenero italiano
que la había llamado a voces desde la puerta de su tienda. Escribió su
nombre y ‘Mis mejores deseos’ en una bolsa de papel marrón. Mientras
esperaba para cruzar, miró en diagonal: al otro lado de la calle había una
iglesia católica. San no sé cuánto. Jesuita. John F. Kennedy y Jackie se
habían casado allí -según le dijeron-, habían orado allí. Trató de
imaginárselo: John F. Kennedy en medio de velas votivas y piadosas mujeres
arrugadas, John F. Kennedy inclinado rezando: “Creo”... un freno a los rusos,
“creo, creo”... ‘Apolo IV’ en medio del ruido de las cuentas del rosario;
“creo... la resurrección de la carne y la vida perdurable”... “Eso. Eso es”. Eso
es lo importante.
Observó un camión de cerveza que avanzaba lentamente, lleno del
tintineo de tibias, húmedas y vibrantes promesas.
Cruzó. Caminando por la Calle O, y al pasar por el salón de actos de la
escuela primaria, un sacerdote apareció corriendo por detrás de ella, con las
manos en los bolsillos de un guardapolvo de nilón. Joven. Muy erguido. Le
hacía falta un afeitado. Al pasar delante de ella, dobló a la derecha y se
internó por un sendero que conducía a los posteriores atrios de la iglesia.
Chris se detuvo junto al camino y lo observó, curiosa. Parecía dirigirse
hacia un chalet de vigas blancas. Una vieja puerta de tela metálica se abrió
con un chirrido y apareció otro sacerdote. Tenía aspecto hosco y muy
nervioso. Saludó cortésmente con la cabeza al hombre joven y, con la
mirada baja, se dirigió hacia la puerta de entrada de la iglesia. Una vez más
se abrió desde dentro la puerta del chalet.
Otro sacerdote. Parecía...
“¡Sí, es! ¡El que sonrió cuando Burke dijo ‘a fornicar’!” Sólo que ahora
estaba serio al saludar en silencio al recién llegado, al que le pasó un brazo
sobre los hombros, en un gesto amable y algo paternal. Lo condujo al
interior de la casa, y la puerta de tela metálica se cerró con un lento y leve
chirrido.
Chris se miró los zapatos. Estaba desconcertada. “¿Cómo los
prepararían?” Se preguntó si los jesuitas se confesarían.
Un sordo retumbo de tormenta.
Levantó la vista hacia el cielo.
¿Llovería?... “la resurrección de la”...
“Sí, sí, seguro. El martes próximo”. Destellos de relámpagos crepitaban
a lo lejos. “No nos llames, pequeño; nosotros te llamaremos a ti”.
Se levantó el cuello del abrigo y prosiguió su lenta marcha. Quería que
lloviera.
Al minuto estaba en su casa.
Se metió apresuradamente en el baño. Luego fue a la cocina.
—Hola, Chris. ¿Cómo te ha ido?
Una bonita rubia de veintitantos años, sentada a la mesa. Sharon
Spencer. Juvenil. De Oregón. Hacía tres años que era institutriz de Regan y
secretaria social de Chris.
—¡Oh, el borracho de siempre! -Chris se acercó lentamente a la mesa y
empezó a examinar los mensajes-. ¿Nada interesante?
—¿Quieres cenar la semana que viene en la Casa Blanca?
Chris se rió, incrédula.
—¿Dónde está Rags?
—Abajo, en el cuarto de los juguetes.
—¿Haciendo qué?
—Esculturas. Un pájaro, creo. Para ti.
—Sí, necesito uno -murmuró Chris. Se acercó a la cocina y se sirvió una
taza de café caliente-. ¿Estabas bromeando con eso de la cena? -preguntó.
—No, por supuesto que no -respondió Sharon-. Es el jueves.
—¿Una fiesta grande?
—No, creo que sólo cinco o seis personas.
—¡No me digas!
Estaba contenta, pero no muy sorprendida. Buscaban su compañía
taxistas, poetas, profesores y reyes. ¿Qué era lo que les gustaba de ella? ¿Su
vida? Chris se sentó a la mesa.
—¿Qué tal ha ido la clase?
Sharon encendió un cigarrillo, frunciendo el entrecejo.
—De nuevo nos dieron trabajo las Matemáticas.
—¿Sí? ¡Qué curioso!
—Tienes razón. Es su asignatura favorita -dijo Sharon.
—¡Ah, bueno! Estas ‘Matemáticas modernas...’ Dios mío, yo no podría
dar el cambio en un autobús si...
—¡Hola, mamá!
Entró brincando por la puerta y extendiendo sus delgados brazos.
Colitas de caballo, pelirrojas. La cara, brillante, suave, llena de pecas.
—¡Hola, fea! -Sonriendo alegre, Chris la estrechó con fuerza; luego besó
cálidamente las mejillas de la niña. No podía reprimir la poderosa corriente
de su cariño-. “¡Mmu-mmmmum-mmum!” -Más besos. Después alejó un
poco a Regan y la examinó con ojos ansiosos-. ¿Qué has hecho hoy? ¿Nada
emocionante?
—Cosas.
—Pero, ¿qué “clase” de cosas?
—A ver... -Tenía las rodillas junto a las de su madre, y se columpiaba
suavemente hacia delante y atrás-. Bueno, por supuesto que he estudiado.
—¡Ajá!
—Y pintado.
—¿Qué has pintado?
—Flores. Margaritas. Todas rosadas. Y también... ¡ah, sí! ¡Un “caballo”!
-De pronto se emocionó y abrió mucho los ojos-. El hombre tenía un
“caballo”, ¿sabes?, allá junto al río. Caminábamos y se nos acercó el
“caballo”; ¡era “precioso”! Mamá, tendrías que haberlo visto, ¡y el hombre
me dejó “montarlo”! “¡De veras!” ¡Casi un minuto!
Chris, divertida, le guiñó un ojo a Sharon.
—¿El mismo? -preguntó, levantando una ceja.
Cuando se trasladaron a Washington para el rodaje de la película, la
rubia secretaria, que ahora era prácticamente una más de la familia, había
vivido en la casa y ocupado un dormitorio en la planta alta. Hasta que
conoció al ‘hombre del caballo’ en un establo cercano.
Entonces, Chris decidió que Sharon necesitaba un lugar donde poder
estar sola, por lo cual le buscó un apartamento en un hotel caro, e insistió en
pagar ella la cuenta.
—El mismo -sonrió Sharon en respuesta a Chris.
—¡Era un caballo extraordinario! -agregó Regan-. Mamá, ¿no podemos
conseguir un caballo? Quiero decir, ¿no “podríamos”?
—Ya lo veremos, querida.
—¿Cuándo podría tener uno?
—Te he dicho que ya lo veremos. ¿Dónde está el pájaro que has hecho?
Regan pareció quedar desconcertada un momento; luego se volvió en
dirección a Sharon y, al sonreír, descubrió una boca llena de piezas postizas.
En su ademán esbozóse una tímida recriminación.
—¿Se lo has dicho...? -Y después, conteniendo la risa, se dirigió a su
madre-: Quería darte una sorpresa.
—¿Quieres decir...?
—¡Con una nariz larga y cómica, como tú querías!
—¡Oh, Rags, qué lindo! ¿Puedo verlo?
—No, todavía tengo que pintarlo. ¿Cuándo estará la cena, mamá?
—¿Tienes apetito?
—Estoy muerta de hambre.
—¡Y todavía no son las cinco! ¿A qué hora han almorzado? -preguntó
Chris a Sharon.
—A eso de las doce -respondió Sharon.
—¿Cuándo volverán Willie y Karl?
Les había dado la tarde libre.
—Creo que a las siete -dijo Sharon.
—Mamá, ¿podemos ir a ‘Hot Shoppe’? -imploró Regan-. ¿No podríamos?
Chris levantó la mano de su hija, le sonrió tiernamente y la besó.
—¡Vístete rápidamente y vamos!
—¡Cuánto te “quiero”!
Regan salió corriendo de la habitación.
—¡Querida, ponte el vestido nuevo! -le gritó Chris.
—¿Te gustaría tener once años? -musitó Sharon.
—¿Es un ofrecimiento?
Chris tomó la correspondencia y empezó a clasificar distraídamente las
adulaciones garabateadas en las cartas.
—¿Te gustaría? -preguntó Sharon.
—¿Con la inteligencia que tengo ahora? ¿Y todos los recuerdos?
—Claro.
—No es negocio.
—Piénsalo de nuevo.
—Lo estoy pensando. -Chris tomó un libreto con una notita prendida en
la tapa. Jarris. Su representante-. Creo que les dije que no quería más
guiones durante un tiempo.
—Deberías leerlo -dijo Sharon.
—¿Sí?
—Sí. Yo lo he leído esta mañana.
—¿Es bueno?
—¡Magnífico!
—Y a mí me tocaría hacer el papel de una monja que descubre que es
lesbiana, ¿no es cierto?
—No, no tendrías que hacer nada.
—¡Anda! “Ahora sí” que las películas se están poniendo mejor que
nunca! ¿De qué diablos me estás hablando, Sharon? ¿A qué viene esa
sonrisita burlona?
—Quieren que dirijas -dijo Sharon con afectada modestia, expeliendo el
humo de su cigarrillo.
—¿Qué?
—Lee la carta.
—¡Dios mío, Shar, estás bromeando!
Chris se arrojó sobre la carta, lanzó un grito ronco y penetrante de
alegría y, con ambas manos, la estrechó contra su pecho.
—¡Oh, Steve, ángel, te acordaste! -Filmando en África. Borracho. En
sillas plegables. Contemplando la rojiza quietud del día que terminaba: ‘¡Ah,
este oficio es una porquería! ¡Para el actor es una porquería, Steve!’ ‘A mí
me gusta.’ ‘Es una porquería. ¿Acaso no sabes que en este oficio lo único que
vale la pena es dirigir?’ ‘¡Ah, sí!’ ‘¡Entonces sí que ha hecho uno algo, algo
que es propio, algo que vive!’ ‘Bueno, hazlo entonces.’ ‘Intenté, pero no les
gustó.’ ‘¿Por qué no?’ ‘¡Oh, vamos, sabes bien por qué! No me creen lo
suficientemente capaz.’
Tierno recuerdo. Sonrisa tierna.
Querido Steve...
—¡Mamá, no encuentro el vestido! -gritó Regan desde el rellano de la
escalera.
—¡Está en el armario! -respondió Chris.
—¡Ya he mirado también en él!
—¡Subo en seguida! -gritó Chris. Examinó el guión un momento. Luego,
poco a poco, se desanimó-. Tal vez sea una porquería.
—Vamos... Honestamente creo que es muy bueno.
—Sin embargo, opinabas que en “Psycho” hacían falta risas grabadas.
Sharon se rió.
—¡Mamá!
—¡Ya voy!
Chris se levantó despacio.
—¿Tienes una cita, Shar?
—Sí.
Chris se acercó hasta donde estaba la correspondencia.
—Entonces puedes irte. Mañana despacharemos todo esto.
Sharon se levantó.
—¡Ah, no, espera! -exclamó Chris, al acordarse de algo-. Vamos a
escribir una carta que ha de salir esta noche.
—Bueno. -La secretaria buscó la libreta donde tenía la taquigrafía.
—¡Ma-máaa! -Un quejido de impaciencia.
—Espera, bajo en seguida -dijo Chris a Sharon. Salía ya de la cocina,
pero se detuvo al darse cuenta de que Sharon miraba el reloj.
—Es mi hora de meditación, Chris -dijo.
Chris la miró fijamente, con muda irritación. Hacía ya seis meses había
notado que su secretaria se había convertido, de pronto, en una ‘buscadora
de la serenidad’.
Había empezado en Los Ángeles, con la autohipnosis. De ésta pasó
luego a la entonación de cantos budistas. Durante las últimas semanas que
Sharon había dormido en la habitación de la planta alta, la casa exhalaba
olor a incienso y se escuchaban aburridos cantos de “Nam myoho renge kyo”
(‘No hay más que repetir esto, Chris, y se te conceden los deseos, consigues
todo lo que pides...’) a horas inverosímiles e inoportunas, generalmente
cuando Chris estudiaba los guiones. ‘Puedes encender el televisor -le había
dicho Sharon generosamente en una de aquellas ocasiones-. No me molesta.
Yo puedo cantar con “cualquier” clase de ruido a mi alrededor.’ Ahora era
meditación sobrenatural.
—¿De veras crees que eso te hará bien, Sharon? -preguntó Chris con
una voz sin matices.
—Me da paz espiritual -respondió Sharon.
—Bueno -dijo Chris secamente. Se volvió y le dijo adiós. No mencionó la
carta, y al salir de la cocina murmuró: “Nam myoho renge kyo”.
—Repítelo durante quince o veinte minutos -dijo Sharon-. Tal vez
consigas el efecto.
Chris se detuvo mientras pensaba una respuesta apropiada, pero se dio
por vencida. Subió al dormitorio de Regan y se dirigió inmediatamente al
armario. Regan estaba parada en el centro de la habitación, mirando el
techo.
—¿Qué estás haciendo? -le preguntó Chris mientras buscaba el vestido.
Era de algodón celeste.
Lo había comprado la semana anterior y recordaba haberlo colgado en
el armario.
—Oigo ruidos extraños -dijo Regan.
—Ya lo sé. Tenemos visitas.
Regan la miró.
—¿Eh?
—Ardillas, querida: ardillas en el altillo.
Las ratas le producían náuseas y pánico a su hija. Hasta los ratoncitos la
molestaban.
La búsqueda del vestido resultó infructuosa.
—¿Ves como no está ahí?
—Sí, ya lo he visto. Tal vez Willie se lo haya llevado con la ropa sucia.
—Tampoco está.
—Bueno, entonces ponte el azul marino. Es muy bonito.
Fueron al ‘Hot Shoppe’.
Chris pidió ensalada, mientras que Regan tomó sopa, cuatro bollitos,
pollo frito, un batido de chocolate y dos raciones de tarta de fresas con
crema de café helada.
“¿Adónde meterá tanto?” -se preguntaba Chris con ternura-. “¿En sus
muñecas?” La niña era delgada como una leve esperanza.
Chris se fumó un cigarrillo mientras se tomaba el café y miró por la
ventana de la derecha.
El río parecía esperar, oscuro y quieto.
—Muy rica la cena, mamá.
Chris se volvió, y, como pasaba a menudo, contuvo el aliento, sintiendo
de nuevo el dolor de reconocer la imagen de Howard en la cara de Regan.
Era el ángulo de la luz. Clavó la vista en el plato de la niña.
—¿Vas a dejar ese pedazo de tarta? -le preguntó.
Regan bajó los ojos.
—Me he comido muchos caramelos.
Chris apagó el cigarrillo y se rió.
—Vamos.
Volvieron antes de las siete.
Willie y Karl ya habían regresado. Regan se fue corriendo hacia el cuarto
de los juguetes en el sótano, ansiosa por terminar la escultura para su
madre. Chris se encaminó a la cocina en busca del libreto. Encontró a Willie,
que preparaba el café. Tosca mujerona.
Parecía huraña y malhumorada.
—Hola, Willie, ¿cómo les ha ido? ¿Se han divertido?
—No pregunte. -Agregó una cáscara de huevo y una pizca de sal en el
burbujeante contenido de la cafetera. Habían ido al cine, explicó Willie. Ella
quería ver a ‘Los Beatles’, pero Karl había insistido en ver una película sobre
Mozart.
—¡Horrible! -La mujer hervía de ira mientras bajaba la llama del fuego-.
¡Ese cabezota!
—¡Qué pena! -Chris se puso el libreto debajo del brazo-. ¡Ah, Willie, ¿no
has visto el vestido que le compré a Regan la semana pasada? El de algodón
azul.
—Sí, en el armario. Esta mañana.
—¿Dónde lo pusiste?
—Está allí.
—¿No lo habrás sacado, por error, junto con la ropa sucia?
—Está allí.
—¿Con la ropa sucia?
—En el armario.
—No, no está. Ya lo he mirado.
Iba a decir algo, pero apretó los labios y miró, ceñuda, el café.
Karl había entrado.
—Buenas noches, señora.
Se dirigió al fregadero para tomar un vaso de agua.
—¿Ha puesto las trampas? -preguntó Chris.
—No hay ratas.
—¿Las “ha puesto o no”?
—Por supuesto que sí, pero el altillo está limpio.
—Cuénteme qué le ha parecido la película, Karl.
—Muy buena.
Su espalda era tan inexpresiva como su cara.
Chris inició la retirada mientras tarareaba una canción de ‘Los Beatles’.
Pero luego se detuvo “¡Un último disparo!”
—¿Ha tenido algún inconveniente para conseguir las ratoneras, Karl?
—No, ninguno.
—¿A las seis de la mañana?
—En una tienda que está abierta toda la noche.
—“¡Dios santo!”
Chris tomó, con fruición, un largo baño, y cuando fue al armario de su
cuarto en busca del albornoz, encontró el vestido azul de Regan.
Estaba arrugado, sobre una pila de ropa, en el piso del armario.
Lo cogió. “¿Qué hace aquí?”
Aún tenía las etiquetas. Recordó que había comprado el vestido, junto
con otras cosas para ella. “Debo de haber puesto todo junto”.
Chris llevó el vestido al dormitorio de Regan y lo colgó de una percha.
Echó una mirada a las prendas de la niña. “Bonitas. Bonitas ropas sí, Rags,
piensa en esto, y no en papá, que nunca escribe”.
Al salir tropezó contra la pata de la cómoda. “¡Huy, qué dolor!”
Al levantar el pie para frotarse el dedo notó que la cómoda estaba
corrida medio metro de su lugar.
“¡Claro! ¡Tenía que tropezar!
Willie habrá pasado la aspiradora”.
Bajó al despacho con el libreto enviado por su representante.
A diferencia del imponente “living”, con sus grandes ventanales y su
hermosa vista, el despacho irradiaba una sugestiva intimidad, secretos
cuchicheos entre tíos ricos. Chimenea de ladrillo rojizo sin revocar, paneles
de roble, entrecruzadas vigas de madera. Los únicos toques modernos de la
habitación eran el bar, unos cuantos almohadones de colores y una alfombra
de cuero de leopardo, que cubría el piso frente al hogar, ante el que se
hallaba extendida ella, con la cabeza y los hombros apoyados en un mullido
sofá.
Echó otra ojeada a la carta de su representante. “Fe, Esperanza y
Caridad”: Tres partes distintas, con diferentes reparto y director. La suya
sería “Esperanza”. Le gustaba la idea. Y le gustaba el título. “Aburrida, sin
duda” -pensó-, “pero refinada. Seguramente lo cambiarán por algo así como
‘Roca de las Virtudes’“.
Sonó el timbre de la puerta.
Burke Dennings. Un hombre solitario que venía con frecuencia.
Chris sonrió tristemente, movió la cabeza al oír que le gritaba una
obscenidad a Karl, a quien parecía odiar, por lo cual lo atormentaba
continuamente.
—¡Hola!, ¿dónde hay algo que tomar? -exigió enojado, mientras entraba
en la estancia y se dirigía al bar, sin mirar a Chris, con las manos en los
bolsillos del arrugado impermeable.
Se sentó en la banqueta del bar. Irritable. Ojos inquietos. Un poco
enojado.
—¿De nuevo andas vagabundeando? -preguntó Chris.
—¿Qué diablos quieres decir? -resopló él.
—¡Tienes un aspecto tan cómico!
Ello lo había notado ya cuando hicieron juntos una película en Lausana.
En la primera noche que pasaron allí, en un hotel que daba sobre el lago de
Ginebra, Chris no podía conciliar el sueno. A las cinco de la mañana saltó de
la cama y decidió vestirse y bajar al vestíbulo a tomar un café o en busca de
alguien que le hiciera compañía.
Mientras esperaba el ascensor en el pasillo, miró por la ventana y vio al
director, que caminaba erguido por la orilla, con las manos hundidas en los
bolsillos de su abrigo, para resguardarlas del frío glacial del invierno. Cuando
ella llegó al vestíbulo, él ya entraba en el hotel.
—¡Ni un bote a la vista! -dijo bruscamente, pasando a su lado con la
cabeza baja; después se metió en el ascensor y se fue a dormir. Cuando,
más tarde, ella riéndose, mencionó el incidente, el director se puso furioso y
la acusó de andar propalando por ahí ‘groseras alucinaciones’, que la gente
podía ‘creer fácilmente, sólo porque eres una estrella’. También la trató de
‘“loca” de la mierda’, pero luego agregó consoladoramente, haciendo
esfuerzos para calmar su descontento, que ‘quizás’ ella había visto a alguien
y que lo había confundido con Dennings. ‘Después de todo -recalcó-, mi
tatarabuela era suiza.’
Chris le recordó ahora el incidente mientras se metía detrás del
mostrador del bar.
—¡Vamos, no seas tonta! -le espetó Dennings-. Lo que ocurre es que me
he pasado toda la tarde en un maldito “té”, ¡un “té” con los profesores!
Chris se apoyó sobre el bar.
—Conque en un té, ¿eh?
—¡Sigue riéndote como una boba!
—Te has emborrachado en un té -dijo secamente- con unos jesuitas.
—No, los jesuitas estaban sobrios.
—¿No beben?
—¿Cómo que no? -gritó-. ¡Bebían como condenados! ¡Nunca “en mi
vida” he visto a nadie beber tanto!
—¡Vamos, baja la voz, Burke! ¡Regan!
—Sí, claro, Regan -murmuró Dennings-. ¿Dónde diablos está mi vaso?
—¿Me vas a decir de una vez qué has estado haciendo en un té con los
profesores?
—Pues practicando esas malditas relaciones públicas; algo que “tú”
tendrías que hacer.
Chris le alargó un vaso de ginebra con hielo.
—¡Dios mío, cómo les hemos “dejado” el terreno! -exclamó el director,
que, compungido, apoyó el vaso contra los labios-. ¡Ahí, sí, ríete! Es para lo
único que sirves, para reír y enseñar un poco el trasero.
—Únicamente sonrío.
—Bueno, “alguien” tenía que salvar las apariencias.
—¿Y cuántas veces dijiste ‘fornicar’, Burke?
—Querida, no seas grosera -la reprochó amablemente-. Ahora dime
cómo te encuentras.
Ella respondió encogiéndose de hombros, abatida.
—¿Estás malhumorada? Vamos, cuéntame.
—No sé.
—Cuéntaselo a tu tío.
—Creo que yo también voy a tomar algo -dijo, y fue a buscar un vaso.
—Sí, es bueno para el estómago. Bien, ¿qué te pasa?
Lentamente, ella se sirvió vodka.
—¿Nunca has pensado en la muerte?
—¿En qué?
—En la muerte. ¿Nunca has pensado en ello, Burke? ¿En lo que
significa? ¿En lo que “realmente” significa?
Levemente cortante, respondió:
—No sé. No, nunca pienso en eso. Sólo “hago” el muerto. ¿A qué diablos
viene todo esto?
Ella se encogió de hombros.
—No sé -contestó en un tono suave. Dejó caer el hielo en el vaso y lo
contempló, pensativa-. Sí... sí, lo sé -rectificó-. Yo... bueno, lo he pensado
esta mañana... una especie de sueño... casi al despertarme. No sé. Quiero
decir que me ha impresionado un poco... lo que significa..., el fin, “¡el fin!”,
como si nunca lo hubiera sabido. -Sacudió la cabeza-. ¡Cómo me he
asustado! Sentí que huía de este maldito planeta a millones de kilómetros
por hora.
—Tonterías. La muerte es un alivio -respondió Dennings.
—No para “mí”, Charlie.
—Bueno, tú vives a través de tus hijos.
—¡Déjate de idioteces! Yo no soy mis hijos.
—Gracias a Dios. Una ya es suficiente.
—¡Piénsalo, Burke! No existir... ¡nunca más! Es...
—¡“Oh”, por Dios! ¡Enseña un poco el traste en el té con los profesores
la semana que viene, y tal vez esos curas puedan darte consuelo! -Agitó su
vaso-. Tomemos otro.
—No sabía que ellos bebiesen.
—Entonces es que eres estúpida.
Los ojos del hombre habían adquirido una expresión ruin. ¿Estaría
llegando al límite de la exasperación? Chris estaba asombrada. Tenía la
impresión de haberle tocado un nervio. ¿Lo habría hecho?
—¿Se confiesan? -preguntó ella.
—¿Por qué he de saber eso? -bramó súbitamente.
—Bueno, ¿acaso no estudiabas para...?
—“¿Dónde está ese maldito trago?”
—¿Quieres café?
—No te pongas necia. Quiero otro trago.
—Toma un poco de café.
—¡Vamos! ¡Venga la copa!
—¿Un ‘Lincoln Highway’?
—No, eso es asqueroso, y yo “odio” a los borrachos asquerosos.
¡Vamos, llena el vaso!
Deslizó su vaso por el mostrador del bar, y ella le sirvió más ginebra.
—Tal vez debería invitar a dos de ellos -murmuró Chris.
—¿A dos de “quiénes”?
—Bueno, a cualquiera. -Se encogió de hombros-. Los tipos importantes,
los curas.
—No se irían nunca; son unos abusones -profirió con voz ronca,
tomando la ginebra de un trago.
“Si, está empezando a perder la calma”, pensó Chris, y rápidamente
cambió de tema: le habló del libreto y de la oportunidad que le daban de
dirigir.
—¡Ah, qué bien! -murmuró Dennings.
—Me da miedo.
—¡Bah, tonterías! Querida, lo difícil de dirigir es “hacer que parezca
difícil”. Yo, al principio, desconocía la “clave”, y aquí me tienes. Es como un
juego de niños.
—Burke, si he de serte sincera, ahora que me han ofrecido esta
oportunidad, no estoy segura ni de poder dirigir a mi abuela para que cruce
la calle. Me refiero a la parte técnica.
—Eso déjaselo al director de escena, al director de fotografía y a la
“script”, querida. Consíguete unos que sean buenos y te sacarán del paso. Lo
que importa es el manejo de los actores, y en eso serás “maravillosa”. Tú
puedes no sólo “indicarles” cómo hacer o decir algo, querida; les puedes
incluso “demostrar” cómo se hace. Acuérdate de Paul Newman y “Rachel,
Rachel”, y no te pongas nerviosa.
Ella parecía seguir dudando aún.
—Bueno, lo que me preocupa es la parte técnica.
Borracho o sobrio, Dennings era el director más experto en la materia.
Ella quería su consejo.
—¿Por ejemplo? -le pregunto él.
Durante casi una hora estuvo exponiéndole los pequeños detalles.
Podía encontrar explicaciones en los textos, pero la lectura la
impacientaba. En lugar de eso, leía a la gente. Al ser curiosa por naturaleza,
los exprimía hasta sacarles la última gota de jugo. Pero era imposible
exprimir los libros. Los libros eran locuaces.
Decían ‘por tanto’ y ‘claramente’, cuando algo no estaba claro en
absoluto, y nunca se podían impugnar sus circunloquios. Nunca se los podía
desarmar con agudeza. ‘Espera un momento, no entiendo. ¿Me puedes
repetir eso último?’ Nunca se los podía sujetar con alfileres, retorcerlos. Los
libros eran como Karl.
—Querida, lo único que necesitas es un brillante director de fotografía
-se rió el director, para rematar el tema-. Uno que sea competente de
verdad.
Se había puesto encantador y eufórico, y parecía haber pasado el
temido momento de peligro.
—Con permiso, señora. ¿Deseaba algo?
Karl estaba parado, cortés, en la puerta del despacho.
—¿Cómo le va, Thorndike? -se rió Dennings-. ¿O se llama Heinrich?
Nunca me acuerdo.
—Soy Karl.
—Sí, por supuesto. Me había olvidado. Dígame, Karl, ¿qué me contó
usted que había hecho para la Gestapo? ¿Relaciones públicas? ¿O fue para la
comunidad? Creo que hay una diferencia.
Karl habló respetuosamente.
—Ninguna de las dos cosas, señor. Yo soy suizo.
—¡Ah, sí! -El director se rió a carcajadas, groseramente. Y usted nunca
jugaría al bowling con Goebbels, supongo.
Karl, sin hacerle caso, se volvió hacia Chris.
—¡Y nunca voló con Rudolph Hess!
—¿Deseaba algo, señora?
—No, creo que no. Burke, ¿quieres café?
—¡Una porra!
El director se levantó bruscamente y salió, rabioso, de la habitación y de
la casa.
Chris agitó la cabeza y luego se dirigió a Karl.
—Desconecte los teléfonos -ordenó, inexpresiva.
—Sí, señora. ¿Algo más?
—Sí, tal vez un poco de café. ¿Dónde está Rags?
—Abajo, en el cuarto de los juguetes. ¿La llamo?
—Sí. Es hora de acostarse. Pero no; espere un segundo, Karl. No se
moleste. Tengo que ir a ver el pájaro. Tráigame sólo el café, por favor.
—Sí, señora.
—Y, por enésima vez, le pido disculpas en nombre de Burke.
—No le hago caso.
—Ya sé. Eso es lo que lo irrita.
Chris caminó hasta el vestíbulo, abrió la puerta de la escalera del sótano
y miró hacia abajo.
—Hola, pecosilla, ¿qué estás haciendo ahí abajo? ¿Terminaste el pájaro?
—¡Sí, ven a verlo! ¡Está terminado!
El cuarto de los juguetes tenía ventanas y estaba decorado
alegremente. Atriles. Pinturas. Tocadiscos. Mesas para juegos y un taller
para escultura. Guirnaldas rojas y blancas que habían quedado de una fiesta
que celebró el hijo del inquilino anterior.
—¡Es fantástico! -exclamó Chris, mientras su hija le alargaba la figura.
No estaba seca del todo; era un pájaro horroroso, de color naranja, excepto
el pico, pintado con rayas verdes y blancas.
Le había pegado un mechón de plumas en la cabeza.
—¿Te gusta? -preguntó Regan.
—Me encanta, querida; de verdad. ¿Le has puesto nombre?
—Pues... no.
—¿Qué le podrías poner?
—No sé.
Regan se encogió de hombros.
—Vamos a ver. -Chris se tocó los dientes con las yemas de los dedos-.
¿Qué te parece “Pájaro tonto”, eh? Sólo “Pájaro tonto”.
Regan trató de contener la risa, y se tapó la boca con la mano para no
mostrar las piezas artificiales. Gesto afirmativo con la cabeza.
—¡“Pájaro tonto” junto a un derrumbe! Lo dejaré aquí para que se
seque, y luego me lo llevaré a mi cuarto.
Chris estaba apoyando el pájaro cuando reparó en el tablero Ouija, que
usaba para componer palabras.
Cerca. Sobre la mesa. Se había olvidado de que lo tenía. Tan curiosa
acerca de sí misma como de los demás, lo había comprado con la intención
de sacar a la luz ciertas claves de su subconsciente. No había dado resultado.
Lo había usado una o dos veces con Sharon y una vez con Dennings, que
había movido hábilmente la planchita plástica, de manera que reprodujese
mensajes obscenos.
—¿Juegas con el tablero Ouija?
—Sí.
—¿Sabes cómo hacerlo?
—Sí, claro. Mira, te lo voy a mostrar.
Se acercó para sentarse junto al tablero.
—Bueno, creo que se necesitan dos personas, querida.
—No, mamá. Yo siempre lo hago sola.
Chris acercó una silla.
—¿Quieres que juguemos las dos?
Vacilación.
—Está bien.
Había puesto los dedos sobre la planchita blanca, y cuando Chris estiró
la mano para colocar la suya, ésta se movió de pronto hasta el casillero y
marcó ‘no’ en el tablero. Chris le sonrió, astuta.
—‘Mamá, prefiero hacerlo yo sola.’ ¿Era eso lo que querías decirme? ¿No
quieres que yo juegue?
—No, yo “sí quiero”. Pero el capitán “Howdy” ha dicho ‘no’.
—¿El capitán qué?
—El capitán Howdy.
—Querida, ¿quién es ese capitán?
—Pues alguien al que yo le hago preguntas y él me responde.
—¿Sí?
—Es muy bueno.
Chris trató de no fruncir el ceño al sentir una repentina y oscura
preocupación. La niña había querido mucho a su padre, y, sin embargo,
nunca había manifestado exteriormente su reacción ante el divorcio. Y eso no
le gustaba a Chris. Tal vez habría llorado en su habitación; pero ella no lo
sabía. Chris temía que la niña se estuviera reprimiendo y que algún día
estallaran sus emociones en forma nociva. Un compañero de juegos
imaginario. No le parecía sano. ¿Por qué ‘Howdy’? ¿Por Howard? ¿Su padre?
“Bastante pareado”.
—¿Y cómo es que no se te ha ocurrido un nombre para el pájaro y ahora
me vienes con el de ‘capitán Howdy’? ¿Por qué lo llamas así?
—Pues porque ése es su “nombre” -contestó Regan con una risita.
—¿Y cómo lo sabes?
—Porque me lo ha dicho “él”.
—Por supuesto.
—Por “supuesto”.
—¿Y qué más te dice?
—Cosas.
—¿Qué cosas?
Regan se encogió de hombros.
—Sólo cosas.
—¿Por ejemplo...?
—Te lo voy a mostrar. Le haré algunas preguntas.
—Sí, hazlo.
Poniendo los dedos sobre la planchita, Regan clavó los ojos en el
tablero, muy concentrada.
—Capitán Howdy, ¿crees que mi mamá es guapa?
Un segundo... cinco... diez... veinte...
—¿Capitán Howdy?
Más segundos. Chris estaba sorprendida. Había esperado que su hija
moviera la planchita al casillero que decía ‘sí’. “¡Oh, por Dios!, ¿qué es esto?
¿Una hostilidad consciente? Es absurdo”.
—Capitán Howdy, no seas mal educado -le regañó Regan.
—Querida, tal vez esté durmiendo.
—¿Tú crees?
—Creo que eres tú la que debería estar durmiendo.
—¿Ya?
—¡Vamos, querida! ¡A la cama!
Chris se levantó.
—Es un bobo -musitó Regan.
Luego salió detrás de su madre por la escalera.
Chris la dejó caer en la cama y se sentó a su lado.
—Querida, el domingo no trabajo. ¿Quieres hacer algo?
—¿Qué?
Cuando fueron a Washington, Chris había tratado de proporcionar a
Regan compañeros de juego.
Y encontró sólo a una niña, Judy, de doce años. Pero la familia de Judy
se había ido a pasar la Pascua a otra parte, y a Chris le preocupaba que
Regan se sintiera sola.
—Bueno, no sé -replicó Chris-. Cualquier cosa. ¿Quieres que salgamos a
pasear? ¡Podemos ir a ver los cerezos en flor! Este año han florecido pronto.
¿Quieres ir a verlos?
—“Sí”, mamá.
—Y mañana por la noche, al cine. ¿Qué te parece?
—¡Te adoro!
Regan la abrazó, y Chris hizo lo mismo, con más fervor que nunca,
mientras susurraba:
—Yo también te adoro.
—Si quieres, puedes invitar al señor Dennings.
—¿El señor Dennings?
—Bueno, creo que estaría bien.
Chris se rió.
—No, no estaría bien. Querida, ¿por qué habría de invitarlo?
—Porque te gusta.
—Sí, por supuesto que me gusta. ¿Y a ti?
No respondió.
—¿Qué pasa, querida? -Chris instó a su hija.
—Te vas a casar con él, mamita, ¿verdad?
No era una pregunta, sino una lúgubre afirmación. Chris estalló en
carcajadas.
—¡“Por supuesto” que no, pequeña! ¡Qué cosas se te ocurren! ¿El señor
Dennings? ¿De dónde has sacado esa idea?
—Pero te gusta.
—También me gusta la “pizza”, ¡pero nunca me casaría con ella!
Querida, es un amigo, sólo un viejo amigo.
—¿No te gusta como te gustaba papaíto?
—A tu padre lo “quiero”. Siempre lo querré. El señor Dennings viene
muchas veces de visita porque está solo; eso es todo. Es un amigo.
—Es que he oído...
—¿Qué has oído y a quién?
Trocitos de duda revoloteando en los ojos, vacilación. Después, un
encogimiento de hombros como para cambiar de tema.
—No sé. Se me ha ocurrido.
—Bueno, eso es una tontería, así que olvídalo.
—Está bien.
—Ahora, a dormir.
—¿Puedo leer? No tengo sueño.
—Por supuesto. Lee tu libro nuevo hasta que te canses.
—Gracias, mamaíta.
—Buenas noches, querida.
—Buenas noches.
Chris le mandó un beso desde la puerta y luego la cerró. Bajó las
escaleras. “¡Los chicos! ¿De dónde sacan las ideas?” Tenía curiosidad por
saber si Regan relacionaba a Dennings con su trámite de divorcio. “Eso es
una estupidez”.
Regan sabía sólo que Chris había entablado la demanda. Sin embargo,
era Howard quien lo había querido. Largas separaciones. El afectado ego del
marido de una estrella. Había encontrado a otra mujer. Regan no lo sabía.
“¡Oh, deja ya todo este psicoanálisis de aficionado y trata de pasar un poco
más de tiempo con ella!”
Vuelta al despacho. El guión. Chris leyó. A mitad de camino vio que
Regan se acercaba a ella.
—Hola, querida. ¿Qué pasa?
—Oigo ruidos muy extraños, mamá.
—¿En tu cuarto?
—Sí, son como golpes. No me puedo dormir.
“¿Dónde diablos están las ratoneras?”
—Querida, duerme en mi habitación; yo averiguaré qué es.
Chris la acompañó hasta su dormitorio y la metió en la cama.
—¿Puedo ver la televisión un ratito hasta que me duerma?
—¿Dónde está tu libro?
—No lo encuentro. ¿Puedo ver la televisión?
—Sí, por supuesto. -Chris sintonizó un canal en el aparato portátil de su
dormitorio-. ¿Está bien de volumen?
—Sí, mamá.
—Trata de dormir.
Chris apagó la luz y se alejó por el pasillo. Trepó por la angosta y
alfombrada escalera que conducía al altillo. Abrió la puerta y tanteó
buscando la llave de la luz; la encontró y se agachó al entrar.
Miró a su alrededor. Cajas de recortes y correspondencia sobre el piso
de madera. Nada más, excepto las ratoneras. Seis. Con carnada. La
habitación estaba intacta.
Hasta el aire olía a fresco y limpio. El altillo no tenía calefacción. No
había cañerías, ni agujeritos en el techo.
—No hay nada.
Chris se sobresaltó, asustada.
—“¡Dios mío!” -exclamó volviéndose rápidamente, con una mano sobre
su corazón agitado-. ¡Por Dios, Karl, no vuelva a hacer eso!
Karl estaba parado en la escalera.
—Lo lamento mucho. Pero, ¿ve? Está limpio.
—Sí, está limpio. Muchas gracias.
—Tal vez sería mejor un gato.
—¿Qué?
—Para cazar las ratas.
Sin esperar una respuesta, saludó con la cabeza y se fue.
Durante un momento, Chris se quedó contemplando la puerta. O Karl no
tenía ningún sentido del humor, o éste era tan sutil que se le escapaba a
ella. No supo como catalogarlo.
Se puso a pensar nuevamente en los golpes y luego miró en dirección al
techo. La calle estaba sombreada por árboles, la mayor parte de ellos
retorcidos y entrelazados con enredaderas, y unas enormes ramas en forma
de hongo cubrían como un paraguas la tercera parte del frontispicio de la
casa.
¿Serían las ardillas, después de todo? “Tienen que serlo. O las ramas.
Claro. Podrían ser también las ramas”. Las últimas noches había hecho
viento.
“Tal vez sería mejor un gato”.
Chris echó otra mirada al vano de la puerta. “¿Se estaría haciendo el
vivo?” De repente sonrió, tomando un aire descarado y travieso.
Bajó hasta el dormitorio de Regan, recogió algo, lo subió al altillo, y un
minuto después regresó a su habitación. Regan dormía.
La llevó a su cuarto, la metió en la cama, volvió a su propio dormitorio,
apagó el televisor y se durmió. La casa permaneció en silencio hasta la
mañana.
Mientras se desayunaba, Chris dijo a Karl, como al azar, que durante la
noche le pareció oír un chasquido como el de una ratonera al cerrarse.
—¿Quiere ir a echar una mirada? -le sugirió, sorbiendo el café y
simulando estar enfrascada en el diario de la mañana. Sin hacer ningún
comentario, Karl se levantó y fue a investigar. Chris se cruzó con Karl en el
pasillo de la planta alta cuando él volvía; contemplaba, inexpresivo, el gran
ratón de juguete que llevaba en sus manos. Lo había encontrado con el
hocico firmemente sujeto a la ratonera.
Mientras se dirigía hacia su dormitorio, Chris arqueó una ceja a la vista
del ratón.
—Alguien se hace el gracioso -musitó Karl al pasar a su lado.
Volvió a poner el ratón en el cuarto de Regan.
—Por cierto que están pasando muchas cosas -murmuró Chris,
sacudiendo la cabeza al entrar en su dormitorio. Se quitó el salto de cama y
se preparó para ir a trabajar. “Sí, tal vez sea mejor un gato, amigo. Mucho
mejor”.
Cuando sonreía, toda su cara parecía arrugarse.
La filmación transcurrió aquel día sin tropiezos. Durante la mañana,
Sharon fue al plató y, en los descansos entre las tomas, en el vestuario
portátil, ella y Chris se ocuparon en despachar la correspondencia: una carta
a su representante, diciéndole que pensaría en su proposición; otra,
aceptando la invitación a la Casa Blanca; un telegrama a Howard para
recordarle que hablara por teléfono a Regan el día de su cumpleaños; una
llamada a su administrador para preguntarle si ella podría permitirse el lujo
de no trabajar durante un año; planes para una cena el 23 de abril.
Al anochecer, Chris llevó a Regan al cine, y al día siguiente dieron
vueltas por distintos lugares de interés en el ‘Jaguar’ de Chris. El monumento
a Lincoln.
El Capitolio. El lago bordeado por los cerezos en flor. Comieron algo, de
pasada. Luego, al otro lado del río, el cementerio de Arlington y la Tumba del
Soldado Desconocido. Regan se puso seria, y más tarde, junto a la tumba de
John F. Kennedy, adoptó un aire reservado y un poquito triste.
Contempló la ‘llama eterna’ y luego, calladamente, cogió la mano de su
madre.
—Mamá, ¿por qué tiene que morir la gente?
La pregunta taladró el alma de la madre. “¡Oh, Rags!, ¿también tú? ¡Oh,
no!” Pero, ¿qué podía decirle? ¿Mentiras? No. Contempló la cara de su hija,
sus ojos velados por las lágrimas. ¿Habría percibido sus propios
pensamientos? Era una cosa tan habitual en ella... tan habitual...
—Querida, la gente se cansa -le contestó cariñosamente.
—Mamá, ¿por qué permite Dios eso?
Por un momento, Chris dejó vagar la mirada. Estaba desconcertada.
Perturbada. Como era atea, no le había enseñado religión a su hija. Creía
que sería deshonesto.
—¿Quién te ha hablado de Dios? -le preguntó.
—Sharon.
—¡Ah! Tendría que hablar con ella.
—Mamá, ¿por qué permite Dios que nos cansemos?
Al ver aquellos ojos sensibles y advertir su sufrimiento, Chris se rindió.
No podía decirle lo que creía.
—Bueno, lo que ocurre es que, después de un cierto tiempo, Dios nos
echa de menos, ¿sabes, Rags?, y quiere que volvamos con él.
Regan se encerró desde entonces en un obstinado silencio. No habló
durante el trayecto de vuelta, ni al día siguiente, domingo, ni el lunes.
El martes, día de su cumpleaños, pareció cambiar. Chris se la llevó con
ella al plató, y cuando el trabajo hubo terminado, los actores y los técnicos le
cantaron el “Feliz cumpleaños” y trajeron una tarta. Como cuando estaba
sobrio Dennings era un hombre atento y amable, hizo encender nuevamente
las luces y filmó a la niña cuando cortaba la tarta. Dijo que era una ‘prueba
artística’, y prometió que más adelante la convertiría en estrella. Regan
parecía estar muy contenta.
Pero después de la cena y de abrir los regalos, se le acabó de nuevo el
buen humor. Ni noticias de Howard. Chris lo llamó a Roma, pero un
empleado del hotel le informó que hacía ya varios días que no iba por allí. Se
había embarcado en un yate. Chris lo disculpó ante Regan.
La niña asintió con la cabeza, resignada, y le hizo un gesto negativo
ante la sugerencia de ir a tomar un helado a ‘Hot Shoppe’.
Sin decir palabra, bajó al cuarto de los juguetes, donde permanció hasta
la hora de irse a dormir.
A la mañana siguiente, cuando Chris abrió los ojos, se la encontró en su
cama, medio dormida.
—¿Qué diab...? ¿Qué estás haciendo “aquí”? -se rió Chris.
—Mi cama se movía.
—Tontuela. -Chris la besó y la arropó. Duérmete. Todavía es muy
temprano.
Lo que parecía ser la mañana, fue el comienzo de una noche sin fin.
E l exorcista W illiam Blatty
CAPÍTULO SEGUNDO
Se detuvo en el borde del solitario andén del ‘Metro’, esperando oír el
estruendo del tren, el cual apaciguaría aquel dolor que siempre lo
acompañaba. Como el pulso. Lo oía sólo en el silencio. Se cambió de mano la
maleta y contempló el túnel. Focos de luz. Se estiraban en la oscuridad como
guías hacia la desesperanza.
Una tos. Miró a su izquierda.
Un hombre canoso, con aspecto de mendigo y sin afeitar, se incorporaba
en medio de un charco de orina. Sus ojos amarillentos observaron al
sacerdote con expresión triste.
El sacerdote desvió la mirada.
El hombre se acercaría. Gemiría.
“¿Podría ayudar a un viejo monaguillo, padre? ¿Podría?” La mano,
salpicada de vómito, se apoyaría en su hombro. Hurgar y buscar una
medalla. La vaharada de vino y ajo soportada en miles de confesiones, y los
trillados pecados mortales eructados de una vez y que asfixiaban...
asfixiaban...
El sacerdote oyó que el desharrapado se levantaba.
“¡Que no se acerque!”
Unos pasos...
“¡Oh, Dios mío, hágase tu voluntad!”
—¡Hola, padre!
Dio un respingo. Se encogió.
No se atrevía a volverse. No podía soportar la búsqueda de Cristo en el
tufo y en los ojos hundidos, al Cristo del pus y los excrementos sangrantes,
al Cristo que no podía ser. Con un ademán distraído, se tocó la manga, como
si buscara una inexistente franja de luto. Tuvo un leve recuerdo de otro
Cristo.
—“¡Padre!”
El ruido de un tren que llegaba. El ruido de un tropezón. Miró al
vagabundo. Se tambaleaba. Se desvanecía. Con un ciego impulso, el
sacerdote se le acercó, lo agarró y lo arrastró hasta el banco que había
contra la pared.
—Soy católico -murmuró el vagabundo-, soy católico.
El sacerdote lo tranquilizó, lo hizo acostar y vio que se acercaba su tren.
Rápidamente sacó un dólar de su billetera y lo metió en el bolsillo de la
chaqueta del vagabundo; pero luego le pareció que no era un lugar seguro,
lo sacó y se lo metió en el bolsillo del pantalón, húmedo de orina; recogió su
maleta y se metió en un vagón.
Se sentó en un rincón y fingió dormir. Al final del trayecto caminó hasta
Fordham University.
El dólar era para el taxi.
Cuando llegó al pabellón en que se alojaban los visitantes, registró su
nombre, “Damien Karras”, y se quedó mirando el papel. Faltaba algo.
Cansado, se dio cuenta de que no había puesto “S. J.” y lo añadió.
Le asignaron una habitación en el edificio ‘Weigel’, y al cabo de una hora
pudo dormir.
Al día siguiente asistió a una reunión de la Sociedad Americana de
Psiquiatría. Como principal conferenciante, expuso su tesis, titulada:
“Aspectos psicológicos del desarrollo espiritual”. Al finalizar el día pudo tomar
algo con otros psiquíatras, quienes pagaron.
Los dejó pronto. Tenía que ver a su madre.
Se fue caminando hasta el semiderruido edificio de apartamentos de la
calle Veintiuno Este, en Manhattan. Se detuvo junto a la escalinata de acceso
y contempló a los niños que había allí. Desaliñados. Mal vestidos. Sin casa.
Se acordaba de desahucios, de humillaciones, de haber vuelto a su casa
con una novia de séptimo grado, para hallar a su madre revolviendo el cubo
de la basura de la esquina, en espera de encontrar algo. Subió la escalera y
abrió la puerta como si fuera una herida delicada. Olor a comida. A dulzaina
podredumbre. Se acordaba de las visitas a mistress Choirelli en su pequeño
apartamento con los dieciocho gatos. Se agarró a la barandilla y subió,
vencido por un repentino cansancio, que se filtraba en su interior y que él
sabía que provenía de un sentimiento de culpa.
No tendría que haberla abandonado nunca. Sola.
Lo recibió gozosa. Un grito.
Un beso. Corrió a hacer café.
Morena. Piernas regordetas y torcidas. Él se sentó en la cocina y la oyó
hablar; las paredes sucias y el piso manchado se le calaban hasta los huesos.
El apartamento era un cobertizo. Ayuda Social. Todos los meses, unos pocos
dólares de un hermano.
Ella se sentó a la mesa. La señora de Fulano. El tío Mengano. Todavía
con acento de inmigrantes. Él esquivaba aquellos ojos, que eran pozos de
tristeza, ojos que pasaban los días mirando por la ventana.
No tendría que haberla dejado nunca.
Después escribió unas cartas en su nombre, pues no sabía leer ni
escribir en inglés. Más tarde reparó el sintonizador de una vieja radio de
plástico. Su mundo. Las noticias. El alcalde Lindsay.
Fue al baño. Diarios amarillentos sobre las baldosas. Manchas de
herrumbre en la bañera y el lavabo. Un viejo corsé en el piso.
Simientes de su vocación. Desde aquí, él había huido hacia el amor.
Ahora el amor se había enfriado.
Por la noche lo oía silbar atravesando los rincones de su corazón como
un viento extraviado y lloroso.
A las once menos cuarto se despidió de ella con un beso. Prometió
volver apenas pudiera. Dejó la radio sintonizada en el noticiario.
Ya de regreso en su habitación, en el edificio ‘Weigel’, pensó escribir una
carta al provincial jesuita de Maryland. Ya una vez había tocado el tema: una
solicitud de traslado a la provincia de Nueva York para estar más cerca de su
madre, un puesto como profesor y el relevo de sus tareas. Al solicitar esto
último había alegado ‘ineptitud’ para el trabajo.
El provincial de Maryland había entrado en relaciones con él durante el
transcurso de su viaje anual de inspección a Georgetown University, que se
asemejaba mucho a las de los inspectores del Ejército, porque se concedían
audiencias confidenciales a aquellos que tenían motivos de agravio u ofensa.
Sobre el asunto de la madre de Damien Karras, el provincial había dicho que
sí con un movimiento de cabeza que le demostraba su comprensión, pero
respecto a la ‘ineptitud’ opinó lo contrario, a juzgar por las apariencias. Pero
Karras había insistido.
—“Bueno, es algo más que psiquiatría, Tom. Usted lo sabe.
Muchos tienen problemas de vocación, de sentido de su vida. Porque,
¡caramba!, no todo el problema se reduce a lo sexual, porque también
cuenta la fe, y yo no lo puedo ignorar, Tom. Es demasiado. Necesito cambiar
de ambiente. Tengo mis propios problemas, mis dudas”.
—“¿Qué hombre inteligente no los tiene, Damien?”
Como hombre acosado por numerosos compromisos, el provincial no
había insistido en conocer las razones de sus dudas, cosa que Karras le
agradeció. Sabía que sus respuestas hubieran parecido insensatas: “La
necesidad de ingerir comida y defecar después. Los nueve primeros viernes
de mi madre.
Zoquetes malolientes. Los bebés de la talidomida. Un artículo en un
diario acerca de un joven monaguillo, esperando un ómnibus, atacado por
extraños que le rocían con nafta y le prenden fuego”. No.
Demasiado emocional. Impreciso.
Existencial. Más lógico era el silencio de Dios. Había mal en el mundo. Y
mucho del mal provenía de la duda, de una confusión sincera entre los
hombres de buena voluntad.
“Señor, danos una señal...”
En un pasado lejano, la resurrección de Lázaro se presentaba oscura.
“¿Por qué no una señal?”
En diversas oportunidades, el sacerdote hubiera deseado haber vivido
con Cristo, haber visto, haber tocado, haber explorado Su mirada. “¡Oh, Dios
mío, deja que te vea! ¡Déjame conocerte! ¡Ven a mí en sueños!”
Este deseo ardiente lo consumía.
Se sentó ante su escritorio con la pluma ya lista sobre el papel.
Tal vez había entendido que la fe es, a fin de cuentas, una cuestión de
amor.
El provincial le había prometido considerar sus peticiones, pero hasta
ahora no había tenido noticias. Karras escribió la carta y se fue a dormir.
Se despertó, perezosamente, a las cinco de la mañana y fue a la capilla
del edificio ‘Weigel’, tomó una hostia sin consagrar, volvió a su habitación y
celebró una misa.
—“Et clamor meus ad te veniat” -rezó, murmurando su angustia-.
Que mi súplica llegue hasta Ti...
Elevó la hostia en la consagración, recordando dolorosamente el placer
que le producía antes. Como le sucedía todas las mañanas, sintió, una vez
más, el dolor agudo de una inesperada visión fugaz, desde la lejanía de un
amor perdido hacía ya mucho tiempo.
Dividió la hostia sobre el cáliz.
—Mi paz os dejo, mi paz os doy...
Luego comulgó.
Cuando hubo terminado la misa, limpió el cáliz y lo puso, con cuidado,
en su maleta. Se apresuró para alcanzar el tren de las siete y diez a
Washington; llevaba sufrimiento en su maleta negra.


CAPÍTULO TERCERO
El 11 de abril, por la mañana temprano, Chris llamó por teléfono a su
médico de Los Ángeles y le pidió el nombre de algún psiquíatra local para
que examinara a Regan.
—¿Qué le pasa?
Chris le explicó. A partir del día siguiente de su cumpleaños -y luego de
que Howard se olvidara de llamarla-, había notado un cambio repentino y
espectacular en el comportamiento de su hija. Insomnio. Hostilidad. Ataques
de mal genio. Pateaba las cosas. Las tiraba. Gritaba. No quería comer.
Por otra parte, parecía tener más energías que nunca. No se quedaba
quieta ni un instante; tocaba, quemaba, golpeaba, corría y saltaba por todos
lados. Le iba mal en la escuela. Un compañero de juegos imaginario. Tácticas
rebuscadas para llamar la atención.
El médico preguntó:
—¿Por ejemplo?
—Comenzó con los golpes en el techo. Desde aquella noche en que
subiera a inspeccionar el altillo, había oído los ruidos en otras dos
oportunidades. En ambas ocasiones, ella lo había notado, Regan se hallaba
en la habitación, y los golpes terminaban en el instante en que Chris
entraba. Además -le siguió contando-, Regan ‘perdía’ cosas en su dormitorio:
un vestido, el cepillo de dientes, libros, los zapatos. Protestaba porque
‘alguien le cambiaba de lugar’ los muebles. En fin, la mañana siguiente a la
cena en la Casa Blanca, Chris vio que Karl volvía a poner en su lugar una
cómoda que estaba en medio de la habitación. Cuando Chris le preguntó qué
estaba haciendo, él repitió el acostumbrado, ‘alguien se hace el gracioso’, y
se negó a explicar más; pero, en seguida, Chris se encontró a Regan en la
cocina protestando porque durante la noche, cuando ella dormía, alguien le
cambiaba los muebles de lugar. Este fue el incidente -explicó Chrisque, al
final, había hecho cristalizar sus sospechas. Sin lugar a dudas, era su hija la
que hacía todas aquellas cosas.
—¿Crees que pueda ser sonambulismo? ¿Que hace todo eso dormida?
—No, Marc, lo hace despierta. Para llamar la atención.
Chris mencionó el asunto de la cama que se movía, que había ocurrido
dos veces más, y tras el cual Regan insistió en dormir con su madre.
—Bueno, eso podría ser físico -se aventuró a decir el médico.
—No, Marc, no he dicho que la cama “se moviera”, sino que Regan
“dice” que se mueve.
—¿Estás segura de que “no se mueve”?
—En absoluto.
—Bueno, pueden ser espasmos clónicos -murmuró.
—¿Qué?
—¿No tiene fiebre?
—No. ¿Qué te parece que he de hacer? -preguntó-. ¿La llevo o no a un
psiquíatra?
Chris, has mencionado la escuela. ¿Cómo le va en Matemáticas?
—¿Por qué me lo preguntas?
—¿Cómo le va? -insistió.
—Muy mal. Pero empezó a ir mal “de repente”.
El gruñó.
—¿Por qué me lo preguntas? -repitió ella.
—Porque es parte del síndrome.
—¿Del qué?
—No es nada serio. Prefiero no aventurar una opinión por teléfono.
¿Tienes un lápiz a mano?
Le quería dar el nombre de un médico internista de Washington.
—Marc, ¿no puedes venir y examinarla tú mismo?
Recordó a Jamie. Una lenta infección. En aquella ocasión, el médico de
Chris le prescribió un nuevo antibiótico de amplio espectro. Al comprar otra
dosis del medicamento, el farmacéutico le había dicho, cautelosamente: ‘No
quiero alarmarla, señora, pero este medicamento... Bueno, hace poco ha
salido a la venta, y se ha comprobado que en Georgia ha causado anemia
plástica en...’ Jamie. Jamie. Muerto. Y, desde entonces, Chris nunca más
confió en los médicos. Sólo en Marc. Y eso le había llevado años.
—Marc, ¿no puedes? -suplicó Chris.
—No, no puedo, pero no te preocupes. Este es un hombre brillante. El
mejor. Ahora toma un lápiz.
Vacilación. Después:
—Está bien.
Anotó el nombre.
—Dile que la examine y me llame después -le aconsejó-. Y, por el
momento, olvídate del psiquíatra.
—¿Estás seguro?
Emitió una afirmación sarcástica sobre la rapidez con que la gente
pretende reconocer las enfermedades psicosomáticas, mientras que es
incapaz de admitir lo opuesto, o sea, que las enfermedades del cuerpo son, a
menudo, la causa de una aparente enfermedad mental.
—¿Qué dirías -sugirió como ejemplo- si fueras médico (Dios no lo
permita) y yo te dijera que tengo dolores de cabeza, pesadillas constantes,
náuseas, insomnio, que se me nubla la vista, que me siento deprimido y que
el trabajo es un tormento para mí? ¿Dirías que soy neurótico?
—¡Vaya a quién has ido a preguntar, Marc! Ahora veo que estás loco.
—Los síntomas que te he citado son también los de un tumor cerebral,
Chris. Primero hay que examinar el cuerpo. Luego veremos.
Chris llamó al médico y consiguió hora para aquella tarde. Tenía todo el
tiempo libre. La filmación había terminado, por lo menos para ella. Burke
Dennings continuaba supervisando el trabajo de la ‘segunda etapa’, con
personal menos caro, que rodaba escenas de menor importancia,
principalmente tomas desde un helicóptero, de diversos puntos de la ciudad,
y algunos ejercicios de acrobacia, o sea, planos en los que no aparecía
ninguno de los actores principales.
Pero él pretendía que cada centímetro de película saliera perfecto.
El médico vivía en Arlington.
Samuel Klein. Mientras Regan permanecía sentada en el consultorio, de
mal humor, Klein hizo pasar a la madre a su despacho y la interrogó para
completar la historia clínica. Ella le contó los problemas. Él escuchaba, hacía
movimientos con la cabeza y tomaba abundantes notas. Cuando mencionó lo
de la cama que se movía, él pareció fruncir el ceño. Pero Chris continuó.
—Marc cree que es importante el hecho de que Regan vaya mal en
Matemáticas. ¿Por qué?
—¿Se refiere a su rendimiento escolar?
—Sí, el rendimiento en general y Matemáticas en particular. ¿Qué
significa?
—Bueno, esperemos hasta que la haya examinado, mistress MacNeil.
Luego pidió permiso y se retiró para hacer el examen completo de
Regan, examen que incluía análisis de orina y sangre. El de orina, para
comprobar el funcionamiento del hígado y de los riñones; el de sangre para
descartar o confirmar una posible diabetes, y verificar la función tiroidea; el
recuento de hematíes, en busca de una posible anemia, y el de leucocitos,
para detectar alguna rara infección en la sangre.
Cuando terminó, se sentó, habló un rato con Regan y observó su
comportamiento; después se volvió a reunir con Chris y comenzó a escribir
una receta.
—Parece tener un trastorno hipercinético del comportamiento.
—¿Un qué?
—Un trastorno nervioso. Por lo menos, eso es lo que creo. No se sabe
exactamente cómo se produce, pero es común en la primera adolescencia.
Tiene todos los síntomas: hiperactividad, mal genio, poco rendimiento en
Matemáticas.
—Sí, Matemáticas. Pero, ¿por qué las Matemáticas?
—Perturban su concentración. -Arrancó la receta del pequeño talonario
azul y se la alargó-. Es ‘Ritalina’.
—¿Qué?
—Metilfenidato.
—¡Ah!
—Diez miligramos, dos veces al día. Yo le aconsejaría una toma a las
ocho de la mañana, y otra a las dos de la tarde.
Ella miraba la receta.
—¿Qué es? ¿Un tranquilizante?
—Un estimulante.
—“¿Estimulante?” ¡Si precisamente está sobreexcitada!
—Su estado no es exactamente lo que aparenta -explicó Klein-.
Es una forma de hipercompensación.
Una reacción exaltada contra la depresión.
—¿Depresión?
Klein asintió con la cabeza.
—Depresión... -murmuró Chris.
Quedó pensativa.
—Ha mencionado usted al padre de la niña -dijo Klein.
Chris levantó la vista.
—¿Cree que debo llevarla a un psiquíatra?
—No. Yo esperaría a ver qué pasa con la ‘Ritalina’. Creo que ahí está la
clave. Espere dos o tres semanas.
—De modo que usted cree que todo se debe a los nervios, ¿verdad?
—Sospecho que sí.
—¿Y esas mentiras que ha venido diciendo? ¿Se van a acabar con esto?
Su respuesta la desconcertó.
Él le preguntó si alguna vez había oído a Regan decir palabras feas u
obscenas.
—Nunca -respondió.
—Bueno, eso tiene mucho que ver con sus mentiras. No es lo común, de
acuerdo con lo que usted me cuenta, pero en ciertos trastornos mentales
puede...
—Espere un momento -lo interrumpió Chris, perpleja-. ¿Cómo se le ha
ocurrido que pueda decir obscenidades? ¿Es eso lo que ha dicho usted o yo lo
he entendido mal?
Él la contempló durante unos momentos con cierta curiosidad, pensó y
luego aventuró, cautelosamente:
—Sí, yo diría que dice obscenidades. ¿No la ha oído nunca decirlas?
—“Todavía” no.
—Pues a mí me ha dicho unas cuantas mientras la examinaba, señora.
—¡Está bromeando! ¿Como qué, por ejemplo?
Adoptó una actitud algo ambigua.
—Bueno, yo diría que su vocabulario es bastante extenso.
—Pero, ¿qué? ¡Dígame un ejemplo!
Él se encogió de hombros.
—¿Se refiere usted a ‘mierda’ o ‘me cago en...’?
El médico se sintió más aliviado:
—Sí. Ha empleado esas palabras.
—¿Y qué más ha dicho? Literalmente.
—Pues me aconsejó que alejara mis dedos de mierda de sus órganos
genitales.
Chris abrió la boca, horrorizada.
—¿Ha usado “esas” mismas palabras?
—Es común, mistress MacNeil, y yo no me preocuparía en absoluto por
eso. Es parte del síndrome.
Ella movió la cabeza de un lado para otro, mirándose los zapatos.
—Me parece increíble.
El facultativo trató de consolarla:
—Dudo de que entendiera lo que decía.
—Sí, tal vez -murmuró Chris-. O quizá no.
—Pruebe con la ‘Ritalina’ -le aconsejó-, y veremos qué tal reacciona. Me
gustaría examinarla de nuevo dentro de dos semanas.
Consultó una agenda que había sobre su escritorio.
—Vamos a ver; podemos fijar la visita para el miércoles veintisiete. ¿Le
parece bien esa fecha? -preguntó, levantando la vista.
—Sí, por supuesto -musitó Chris, y se puso de pie. Se metió la receta en
el bolsillo del abrigo-. De acuerdo; entonces, el veintisiete.
—Soy un gran admirador suyo -dijo Klein, sonriente, mientras abría la
puerta de salida al vestíbulo.
Ella se detuvo, preocupada, y se apretó el labio inferior con la yema de
un dedo. Miró fugazmente al doctor.
—¿Entonces no cree usted necesario que la lleve a un psiquíatra?
—No sé. Pero la mejor explicación es siempre la más sencilla.
Esperemos. Esperemos y veamos qué pasa. -Sonrió, alentador-.
Mientras tanto, trate de no preocuparse.
—Sí, pero, ¿cómo?
Ella se fue.
En el camino de vuelta, Regan le preguntó qué le había dicho el médico.
—Que estás nerviosa.
Chris decidió no mencionar las palabrotas. “Burke. Lo aprendió de
Burke”.
En cambio, sí se lo dijo a Sharon más tarde, cuando le preguntó si
nunca la había oído decir tales palabras.
—No -replicó Sharon-. Por lo menos últimamente. Pero creo que la
profesora de Arte hizo algún comentario.
Se trataba de una profesora particular que le daba clases en casa.
—¿Has dicho últimamente? -preguntó Chris.
—Sí, la semana pasada. Pero ya la conoces. Yo pensé que tal vez Regan
habría dicho ‘diablos’, o ‘mierda’, o algo por el estilo.
—A propósito, ¿le has hablado mucho de religión, Shar?
Sharon enrojeció.
—Bueno, un poco. Es difícil evitarlo. Hace tantas preguntas, que...
bueno... -Indefensa, se encogió de hombros-. Es muy difícil. Porque, ¿cómo
le contesto sin mencionarle lo que para mí es una gran mentira?
—Dale varias opciones.
Los días anteriores a la cena proyectada, Chris vigiló celosamente que
Regan tomara sus dosis de ‘Ritalina’. Sin embargo, al llegar la noche de la
fiesta no había observado ningún síntoma notable de mejoría. Por el
contrario, había ligeros signos de un deterioro gradual: olvidos más
frecuentes, introversión, y, alguna vez, nauseas. En cuanto a las tácticas
para llamar la atención, aunque no se repitieron las corrientes, apareció una
nueva: afirmaba que se sentía un ‘olor’ repugnante en su dormitorio. Ante su
insistencia, un día Chris fue a comprobarlo, pero no percibió nada.
—¿No hueles?
—¿Quieres decir que hueles algo ahora? -le preguntó Chris.
—Pues, ¡claro!
—¿Cómo es el olor?
—Como de algo que se quema.
—¿Sí?
Chris olfateó.
—¿No lo hueles?
—Bueno, sí, querida -mintió-. Sólo un poquito. Vamos a abrir la ventana
un rato para que entre aire.
De hecho no había olido nada, pero estaba decidida a contemporizar,
por lo menos hasta el día de la segunda visita al médico. También estaba
preocupada por muchas otras cosas. Una, los preparativos para la cena; otra
tenía que ver con el guión. Aunque estaba muy entusiasmada con la
posibilidad de dirigir, una cautela natural la había hecho no decidirse de
inmediato. Mientras tanto su representante la llamaba a diario. Ella le dijo
que había entregado el guión a Dennings para pedirle su opinión y que
esperaba que lo estuviera leyendo y no comiendo.
La tercera y más importante de las preocupaciones de Chris fue el
fracaso de dos inversiones financieras: una compra de bonos convertibles,
mediante el pago de interés adelantado, y una inversión en un proyecto de
perforación de pozos petrolíferos en el sur de Libia.
Ambas operaciones se habían emprendido para resguardar un capital
que, de otro modo, hubiera debido pagar un elevado impuesto al fisco.
Pero aún había algo peor: los pozos estaban secos, y los elevadísimos
índices de interés obligaban a vender los bonos.
Estos fueron los problemas por los que su abatido representante
comercial había decidido venir en avión a hablar con ella. Llegó el jueves.
Todo el viernes se lo pasó explicándole las cosas a Chris y mostrándole los
gráficos. Al fin se decidió por un programa de acción, que el representante
consideró sensato. Demostró su aprobación con un gesto de cabeza, pero
frunció el ceño cuando ella sacó a relucir el tema de la compra de un
‘Ferrari’.
—¿Uno nuevo?
—¿Por qué no? Yo conduje uno en una película. Si escribiéramos a la
fábrica y les recordáramos este detalle, podríamos hacer un buen negocio.
¿No lo crees?
No lo creía. Y le dijo que un coche nuevo era innecesario.
—Ben, el año pasado gané ochocientos mil dólares, y ahora me dices
que no puedo comprarme un mísero “coche”. ¿No te parece ridículo? ¿Dónde
está ese dinero?
Él le recordó que la mayor parte de su dinero se había invertido para
eludir impuestos. A continuación pasó a detallarle todo: impuesto federal
sobre la renta, impuestos provinciales, impuestos a los bienes inmuebles,
diez por ciento de comisión para su representante, cinco para él, cinco a su
agente publicitario, uno y cuarto como contribución al Fondo de Asistencia a
los Artistas, el importe de los vestidos de moda, los sueldos de Willie, Karl y
Sharon y el vigilante de la casa de Los Ángeles, gastos de viajes y,
finalmente, sus gastos mensuales.
—¿Vas a filmar otra película este año? -le preguntó.
Ella se encogió de hombros.
—No sé. ¿Tengo que hacerlo?
—Sí, creo que sería lo más conveniente.
Apoyó la cara en ambas manos y lo miró, malhumorada.
—¿Y qué te parecería una moto ‘Honda’?
Él no hizo ningún comentario.
Aquella noche, Chris trató de dejar de lado todas sus preocupaciones y
de mantenerse ocupada con los preparativos para la cena del día siguiente.
—Me parece mejor que cada cual se sirva solo, en vez de sentarnos
todos -les dijo a Willie y Karl-. Podemos poner una mesa en el extremo de la
sala de estar. ¿Les parece bien?
—Muy bien, señora -contestó Karl rápidamente.
—Y a ti, ¿qué te parece, Willie? ¿Qué opinas de una ensalada de frutas
como postre?
—¡Excelente! -exclamó Karl.
—Gracias, Willie.
Había invitado a un grupo interesante muy heterogéneo. Además de
Burke (‘¡Diablos, te espero sobrio!’) y su joven ayudante vendrían un
senador con su esposa, un astronauta del ‘Apolo’ con su esposa, dos jesuitas
de Georgetown, sus vecinos, así como Mary Jo Perrin y Ellen Cleary.
Mary Jo Perrin era una regordeta y canosa vidente, de Washington, a
quien Chris había conocido en la cena de la Casa Blanca y que le había caído
muy simpática.
Había esperado encontrarse con una mujer austera y desagradable, y,
en cambio, le pudo decir: ‘¡No eres “en absoluto” tal como te imaginaba!’
Muy afectuosa y sencilla.
Ellen Cleary era una mujer de mediana edad, secretaria del
Departamento de Estado, que trabajaba en la Embajada norteamericana en
Moscú cuando Chris hizo su gira por Rusia. Se había tomado muchas
molestias por evitarle innumerables dificultades e impedimentos durante su
viaje, la menor de las cuales había sido causada por la franqueza de la
pelirroja actriz al manifestar sus opiniones. A través de los años, Chris la
recordaba con cariño, y la visitó apenas llegó a Washington.
—Dime, Shar -preguntó-, ¿qué sacerdotes vienen?
—No estoy segura todavía. He invitado al rector y al decano de la
Universidad, pero creo que el rector va a mandar a alguien en
representación. Esta mañana me llamó su secretario para avisarme que él,
probablemente, saldría de viaje.
—¿A quién va a mandar?
—A ver. -Sharon hojeó los papelitos con anotaciones-. Sí, aquí está,
Chris. Su ayudante, el padre Joseph Dyer.
—¿Uno del “campus”?
—No estoy segura.
—No importa.
Parecía desilusionada.
—Vigílame a Burke mañana por la noche -le advirtió.
—Así lo haré.
—¿Dónde está Rags?
—Abajo.
—Me parece conveniente que traslades allí tu máquina de escribir. De
ese modo la podrás vigilar mejor mientras trabajas. ¿Está bien? No me gusta
que esté sola tanto tiempo.
—Tienes razón.
—Bueno, entonces puedes irte. Medita. Juega con los caballos.
Al terminar los planes y preparativos, Chris volvió a sentirse angustiada
por Regan. Trató de ver la televisión. No se podía concentrar. Estaba
inquieta. Había algo extraño en la casa. Como una quietud que se iba
posando.
Polvo pesado.
Llegada la medianoche, todos los de la casa dormían.
No hubo perturbaciones. Al menos aquella noche.


CAPÍTULO CUARTO
Recibió a sus invitados vestida con un traje color verde limón, de
mangas y pantalones anchos. Calzaba zapatos cómodos. Reflejaban las
esperanzas que tenía cifradas en la reunión.
La primera en llegar fue Mary Jo Perrin, que vino con Robert, su hijo
adolescente. El último fue el padre Dyer. Era joven y diminuto, con una
lánguida mirada tras sus gafas de montura metálica.
Al entrar se disculpó por su tardanza.
—No pude encontrar una corbata apropiada -le dijo a Chris
inexpresivamente. Por un momento, ella lo observó distraída, y luego
prorrumpió en una carcajada. Su depresión comenzaba a desvanecerse.
Las bebidas hicieron su efecto.
A las diez menos cuarto, los invitados se habían esparcido por la sala de
estar, y comían en animados grupos.
Chris llenó su plato de humeante comida y buscó con la mirada a Mary
Jo Perrin. Allí. En el sofá con el padre Wagner, el decano jesuita. Chris había
conversado muy poco con él. Tenía una calva pecosa y unos modos secos y
suaves.
Chris se acercó al sofá y se sentó en el suelo, frente a la baja mesita,
mientras la adivina reía alegremente.
—¡Oh, vamos, Mary Jo! -dijo el decano, sonriendo, mientras se llevaba a
la boca una cucharada de comida.
—¡Sí, vamos, Mary Jo! -gritó Chris.
—¡Muy rico el “curry”! -dijo el decano.
—¿No está demasiado caliente?
—En absoluto; está perfecto. Mary Jo me estaba diciendo que había un
jesuita que era también médium.
—¡Y no me cree! -se rió la adivina.
—¡Eh, “distinguo” -corrigió el decano-. Lo único que he dicho es que es
“difícil” de creer.
—¿Te refieres a un médium “médium”? -preguntó Chris.
—Por supuesto -dijo Mary Jo-. ¡Incluso entraba en levitación!
—Eso lo hago yo todas las mañanas -dijo tranquilamente el jesuita.
—¿Quieres decir que organizaba sesiones de espiritismo? -preguntó
Chris a mistress Perrin.
—Pues sí -respondió-. Era muy famoso en el siglo Xix. De hecho, creo
que fue el único espiritista de su época no acusado de fraude.
—Ya le he dicho que no era un jesuita -comentó el decano.
—¡Claro que lo era! -se rió ella-. Cuando cumplió veintidós años entró
en la Compañía de Jesús y prometió no trabajar más de médium, pero
tuvieron que echarlo de Francia -se rió más fuerte aúninmediatamente
después de una sesión que celebró en las Tullerías; ¿saben lo que “hizo”? En
mitad de la sesión le dijo a la emperatriz que la tocarían las manos de un
espíritu de niño que iba a manifestarse, y cuando, de repente, encendieron
las luces -lanzó otra carcajada-, ¡lo pescaron tocándole el “brazo” a la
emperatriz con su “pie” desnudo! ¿Se imaginan eso?
El jesuita sonrió al dejar su plato sobre la mesa.
—No me venga después a pedir indulgencia, Mary Jo.
—Vamos, en toda familia hay “una” oveja negra.
—Ya completamos nuestra cuota de esas ovejas en la época de los
Papas Médicis.
—En cierta ocasión, yo tuve una experiencia -comenzó a decir Chris,
pero el decano la interrumpió.
—¿Lo dice como materia de confesión?
Chris sonrió y dijo:
—No, no soy católica.
—No se preocupe, tampoco lo son los jesuitas -bromeó mistress Perrin.
—Difamación de los dominicos -apostilló el decano. Luego se dirigió a
Chris-. Perdón, ¿qué decía usted?
—Pues que me parece que una vez vi levitar a una persona. En Bután.
Volvió a contar la historia.
—¿Cree usted que es posible? -concluyó.
—¿Quién sabe lo que es la gravedad? -dijo, encogiéndose de hombros-.
O, si se quiere, la materia.
—¿Les gustaría conocer mi opinión? -dijo mistress Perrin. El decano
respondió:
—No, Mary Jo: he hecho voto de pobreza.
—Yo también -murmuró Chris.
—¿Cómo? -preguntó el decano, inclinándose hacia delante.
—No, nada. Mire, hay algo que le quería preguntar. ¿Conoce el chalet
que hay detrás de esa iglesia? -dijo, señalando en aquella dirección.
—¿La Santísima Trinidad? -preguntó él.
—Exacto. Pues bien, ¿qué pasa allí?
—Pues que dicen la misa negra -respondió mistress Perrin.
—¿La “qué” negra?
—La misa negra.
—¿Qué es eso?
—No le haga caso, está bromeando -dijo el decano.
—Sí, ya sé -dijo Chris-, pero soy una ignorante. ¿Qué es una misa
negra?
—Básicamente es una parodia de la misa católica -explicó el decano-. Se
relaciona con la brujería.
La adoración del demonio.
—¿De veras? ¿Quiere decir que “existe” tal cosa?
—No le podría decir realmente. Sin embargo, una vez me enteré de una
estadística de algo así como cincuenta mil misas negras que se dicen al año
en París.
—“¿En la actualidad?” -preguntó Chris, asombrada.
—Es sólo algo que he oído.
—Sin duda, a través del servicio secreto de los jesuitas -apuntó con
malicia mistress Perrin.
—De ninguna manera. Oigo ‘voces’ -respondió el decano, con picardía.
—Ustedes saben que allá en Los Ángeles -manifestó Chrisse oyen
muchísimas historias de cultos que practican por ahí las brujas. Yo misma
me he preguntado a menudo si no será verdad.
—Bueno, como ya le he dicho, no puedo asegurárselo -contestó el
decano-. Pero yo le diré quién puede hacerlo. Joe Dyer. ¿Dónde está Joe?
El decano miró a su alrededor.
—Allí -dijo, haciendo un gesto con la cabeza en dirección al sacerdote,
que estaba parado junto a la mesa y les daba la espalda. Se estaba sirviendo
un abundante segundo plato-. ¡Oye, Joe!
El joven sacerdote se volvió, mostrando su rostro impasible.
—¿Es a mí, gran decano?
El otro jesuita le hizo una seña con la mano.
—Voy en seguida -contestó Dyer, y reanudó su ataque al “curry”.
—Él es el único duende del clero -dijo el decano, con un dejo de cariño.
Se tomó un sorbo de vino-. La semana pasada hubo dos casos de
profanación en la Santísima Trinidad, y Joe dijo que uno de ellos le recordó
ciertas cosas que se hacían en la misa negra, de modo que creo que sabe
algo del tema.
—¿Qué ocurrió en la iglesia? -preguntó Mary Jo Perrin.
—Algo muy desagradable -dijo el decano.
—Vamos, ya hemos acabado todos de comer.
—No, por favor. Es demasiado -objetó.
—Vamos...
—¿Quiere decir que usted no puede leer mis pensamientos, Mary Jo? -le
preguntó él.
—Bueno, podría -respondió ella- pero no creo ser digna de “entrar” en
ese sanctasanctórum -emitió una risita ahogada.
—Se trata de algo profundamente repugnante -comenzó el decano.
Describió las profanaciones.
En el primero de los casos, un viejo sacristán había descubierto un
montón de excrementos humanos sobre el mantel del altar, frente al
sagrario.
—“Sí” que es repugnante -dijo mistress Perrin con mueca de disgusto.
—Bueno, lo otro es peor aún -comentó el decano. Luego, con rodeos y
eufemismos, explicó que se había encontrado un enorme falo, modelado en
arcilla, bien pegado a una estatua de Cristo, en el altar de la izquierda.
—¿No les parece repugnante? -concluyó.
Chris notó que Mary Jo parecía sinceramente molesta, al decir:
—¡Basta, por favor! Ahora lamento haberle preguntado. Cambiemos de
tema.
—No, yo estoy fascinada -dijo Chris.
—Por supuesto. Yo soy un ser fascinante.
Era el padre Dyer, que se acercaba con su plato.
—Espéreme sólo un minuto.
Tengo un asunto pendiente con aquel astronauta.
—¿Qué asunto?
El padre Dyer levantó las cejas con afectada seriedad.
—¿Se imaginan lo que sería convertirse en el primer misionero en la
Luna? -preguntó.
Todos estallaron en carcajadas.
—Tiene el tamaño exacto -dijo mistress Perrin-. Podría meterlo en la
parte anterior de la cápsula.
—No, “yo” no -la corrigió con aire solemne, volviéndose luego hacia el
decano, para explicarle-:
Trate de arreglarlo para Emory.
—Emory es nuestro prefecto de disciplina en el “campus” -explicó Dyer a
las mujeres en un aparte-. No hay nadie allá arriba, y eso es precisamente lo
que le agrada; le gustan los lugares silenciosos.
—Y entonces, ¿a quién po-dría convertir? -preguntó mistress Perrin.
—¿Qué me quiere decir? -Dyer la miró y frunció el ceño-. Convertiría a
los astronautas. Además, es lo que le gusta: una o dos personas. No grupos.
Solamente dos.
Con ademán impasible, Dyer buscó al astronauta con la mirada.
—¿Me permiten? -dijo, y se retiró.
—Me gusta -manifestó mistress Perrin.
—A mí también -aprobó Chris. Luego se dirigió al decano-: Bueno, aún
no me ha dicho lo que pasa en ese chalet -le recordó-. ¿Es un gran secreto?
¿Quién es el sacerdote que veo siempre allí? Uno robusto. ¿Sabe a quién me
refiero?
—El padre Karras -dijo el decano, bajando la voz, con un dejo de
remordimiento.
—¿Qué hace?
—Es consejero. -Apoyó su copa y la hizo girar por su base-. Anoche
sufrió un rudo golpe.
—¿Qué le pasó? -preguntó Chris con repentino interés.
—Se le murió su madre.
Chris experimentó un confuso sentimiento de pena, inexplicable para
ella.
—Lo lamento mucho -dijo.
—Parece que lo ha afectado mucho -prosiguió el jesuita-. Ella vivía sola,
y sospecho mucho que hacía ya dos días que había muerto cuando lo
advirtieron.
—¡Oh, qué horrible! -murmuró mistress Perrin.
—¿Quién la encontró? -preguntó Chris con seriedad.
—El portero del edificio. Supongo que aún no se habrían dado cuenta de
no haber sido porque los vecinos se quejaron de que la radio funcionaba todo
el día.
—¡Qué triste! -musitó Chris.
—Perdón, señora.
Levantó la vista y vio a Karl.
—Traía una bandeja llena de copas y licores.
—¡Ah, sí! Déjela aquí, Karl. Muchas gracias.
A Chris le gustaba servir personalmente los licores a sus invitados. Con
eso creía dar un toque de intimidad que, de otro modo, no podía lograrse.
—A ver, voy a comenzar por ustedes -dijo al decano y a mistress Perrin,
y les sirvió. Luego recorrió el salón, recibiendo peticiones y alargando copas,
y cuando terminó la vuelta, los distintos grupos se habían combinado ya de
manera diferente, excepto Dyer y el astronauta, que parecían haber intimado
mucho.
—No, yo no soy realmente un sacerdote -oyó Chris que decía Dyer con
seriedad, mientras apoyaba su brazo en el hombro del astronauta-. De
hecho, soy un rabino de avanzada. -Y poco después, oyó que le preguntaba-:
¿Qué es el espacio? -Y cuando el astronauta se encogió de hombros y
admitió que no lo sabía, el padre Dyer le clavó la vista, ceñudo, y le dijo-:
Debería saberlo.
Más tarde, Chris estaba hablando con Ellen Cleary sobre Moscú, cuando
oyó una voz estridente y familiar, que llegaba. enojada, desde la cocina.
“¡Dios mío! ¡Burke!”
Le estaba gritando obscenidades a alguien.
Chris se disculpó y se dirigió rápidamente a la cocina, donde Dennings
insultaba a Karl, mientras Sharon hacía vanos intentos para hacerlo callar.
—¡Burke! -exclamó Chris-. ¡Deja “de” gritar!
El director la ignoró, y siguió con su ataque de ira. Por las comisuras de
la boca expelía saliva espumosa. Karl estaba apoyado sobre el fregadero,
mudo, con los brazos cruzados, impasible, mirando a Dennings sin
pestañear.
—¡Karl! -le espetó Chris-. ¿Por qué no se retira de aquí? “¡Salga!” ¿No
ve cómo está?
Pero el suizo no se movió hasta que Chris lo empujó hasta la puerta.
—¡Puerco nazi! -le gritó Dennings mientras salía Karl. Y luego se volvió,
cordial, hacia Chris, frotándose las manos-. ¿Qué hay de postre? -preguntó
dócilmente.
—¡De postre! -Chris se golpeó la frente con el dorso de la mano.
—Bueno, tengo hambre -se quejó él.
Chris se dirigió a Sharon.
—¡Dale de comer! Yo tengo que llevar a Regan a la cama. ¡Burke, “por
todos los santos” -rogó al director-, repórtate! ¡Hay sacerdotes ahí afuera!
-señaló acusadoramente.
Él arrugó el entrecejo, al tiempo que sus ojos tomaban una expresión
intensa, con un súbito y aparentemente genuino interés.
—¿Tú también te has dado cuenta? -preguntó sin segunda intención.
Chris salió de la cocina y bajó a ver qué hacia Regan en el cuarto de los
juguetes, donde había pasado todo el día. La encontró jugando con el tablero
Ouija. Parecía taciturna, abstraída, remota. “Bueno, por lo menos no está
bochinchera”, pensó Chris, y, para distraerla un poco, la llevó a la sala de
estar y la presentó a sus invitados.
—¡Qué encantadora! -exclamó la esposa del senador.
Regan se comportó extrañamente bien, excepto en un momento con
mistress Perrin, a la que no habló ni le dio la mano. Pero la adivina lo tomó a
broma.
—Sabe que soy una impostora.
Le guiñó un ojo a Chris. Pero luego, escudriñándola en forma cariñosa,
se adelantó y cogió una mano de Regan, apretándola con cariño, como si le
estuviera tomando el pulso. Regan se desprendió en seguida de ella y la miró
con aspecto iracundo.
—¡Pobre!, debe de estar cansada -dijo Mary Jo como quitándole
importancia al incidente; sin embargo, siguió observando a la niña con
mirada penetrante y una inexplicable ansiedad.
—No se ha sentido del todo bien estos días -murmuró Chris,
disculpándola. Miró a la niña-. ¿No es cierto, querida?
Regan no contestó. Mantenía la vista clavada en el suelo.
Sólo le faltaba por presentarla al senador y a Robert, el hijo de mistress
Perrin, y Chris opinó que era mejor pasarlos por alto.
Llevó a Regan a su dormitorio y la metió en la cama.
—¿Crees que podrás dormir?
—No sé -contestó la niña como en sueños. Se había puesto de lado y
miraba fijamente hacia la pared, con una expresión lejana.
—¿Quieres que te lea un rato?
Ella denegó con la cabeza.
—Bueno, entonces trata de dormir.
Se inclinó, la besó y apagó la luz.
—Buenas noches, pequeña.
Chris estaba ya casi en la puerta, cuando Regan la llamó nuevamente.
—Mamá, ¿qué me pasa?
Se la veía obsesionada. Su tono era desesperado. Desproporcionado
para su edad. Por un momento, la madre se sintió agitada y confundida. Pero
en seguida recobró la serenidad.
—Ya te lo he dicho, querida; son los nervios. Has de tomar esas píldoras
un par de semanas, y estoy segura de que te pondrás bien. Bueno, ahora a
dormir, ¿eh?
No hubo respuesta. Chris esperó.
—A dormir, ¿eh?
—Está bien -murmuró Regan.
De repente, Chris notó que la niña tenía la piel de gallina. Le frotó el
brazo. “¡Dios mío, qué fría se esta poniendo la habitación! ¿De dónde vendrá
la corriente?”
Se acercó a la ventana y examinó las junturas. No encontró nada.
Se volvió hacia Regan.
—¿Estás bien abrigada, querida?
No hubo respuesta.
Chris se acercó a la cama.
—¿Regan? ¿Estás dormida? -susurró.
Ojos cerrados. Respiración profunda.
Chris salió de la habitación de puntillas.
Oyó cantos desde el corredor, y al bajar las escaleras vio, con placer,
que el joven padre Dyer tocaba el piano y dirigía a un grupo que se había
reunido a su alrededor y que cantaba alegremente.
Cuando entró en la sala de estar, acababan de entonar “Hasta que
volvamos a encontrarnos”.
Chris se dirigió al grupo para incorporarse a él, pero fue rápidamente
interceptada por el senador y su mujer, que traían sus abrigos en el brazo.
Parecían un poco molestos.
—¿Ya se van? -les preguntó.
—Lo sentimos mucho; ha sido una noche “maravillosa” -declaró el
senador-. Pero a la pobre Martha le duele la cabeza.
—Lo lamento, pero en verdad me siento muy mal -se quejó la esposa
del senador-. ¿Nos disculpas, Chris? Ha sido una velada encantadora.
—¡Es una pena que tengan que irse! -exclamó Chris.
Mientras los acompañaba a la puerta, oyó al padre Dyer, en el fondo,
preguntar:
—¿Quién se acuerda de la letra de “Rosa de Tokio”?
Les dio las buenas noches. Al volver a la sala de estar, Sharon salía
silenciosamente del despacho.
—¿Dónde está Burke? -le preguntó Chris.
—Ahí dentro -respondió Sharon con un movimiento de cabeza-.
Durmiendo la ‘mona’. ¿No te ha dicho nada el senador?
—¿A qué te refieres? -preguntó Chris-. Acaban de irse.
—Menos mal.
—Sharon, ¿qué quieres decir?
—Cosas de Burke -suspiró Sharon. En un tono cauteloso, describió el
encuentro entre el senador y el director. Según Sharon, al pasar Dennings al
lado de él, comentó que ‘había un pelo pubiano flotando en mi ginebra’.
Luego se volvió hacia el senador y agregó, en un tono vagamente
acusatorio:
‘Nunca lo había visto en mi vida. ¿Y usted?’
Chris trató de contener la risa, mientras Sharon prosiguió describiendo
cómo la azorada reacción del senador había originado una de las quijotescas
iras de Dennings, durante la cual había expresado su ‘inconmensurable
gratitud’ por la existencia de los políticos, porque, sin ellos, ‘uno no podría
distinguir quiénes eran realmente los estadistas’.
Cuando el senador se alejó, ofendido, el director se acercó a Sharon y le
dijo, con orgullo:
‘¿Ves? No he dicho ninguna palabra fea. ¿No te parece que he llevado la
situación con delicadeza?’
Chris no pudo contener la risa.
—Bueno, dejémoslo dormir. Pero conviene que te quedes ahí por si se
despierta. ¿No te molesta?
—En absoluto. -Sharon entró en el despacho.
En la sala de estar, Mary Jo Perrin estaba sentada, sola y pensativa, en
un rincón. Parecía molesta, disgustada. Chris se adelantó para reunirse con
ella, pero cambió de idea cuando vio que otra persona se dirigía hacia el
rincón.
Entonces se acercó al piano.
Dyer dejó de tocar y la miró para saludarla.
—¿Qué podemos hacer por usted, jovencita? Estamos rodando un
“show” especial de novenas.
Chris rió con todos.
—Yo pensaba que iba a tener la primicia de lo que ocurre en una misa
negra -dijo ella-. El padre Wagner dijo que usted era un experto.
Interesado, el grupo quedó silencioso.
—No, no tanto -dijo Dyer, mientras hacía sonar levemente unas teclas-.
¿Por qué ha mencionado la misa negra? -le preguntó, sereno.
—Bueno, porque algunos hemos estado hablando de... bueno, de esas
cosas que encontraron en la Santísima Trinidad, y...
—¿Se refiere a las profanaciones? -la interrumpió Dyer.
—A ver si hay alguien que nos informe, aunque sea buenamente, acerca
de lo que pasa -dijo el astronauta.
—Lo mismo digo -manifestó Ellen Cleary-. No entiendo nada de eso.
—¿Qué puedo decirles? Que se han descubierto algunas profanaciones
en la iglesia que queda sobre esta calle -explicó Dyer.
—¿Qué cosas? -preguntó el astronauta.
—No pregunte eso -aconsejó el padre Dyer-. Digamos que eran
inmundicias.
—El padre Wagner me contó que usted le había dicho que era como en
una misa negra -apuntó Chris-. Me gustaría saber qué es lo que hacen.
—La verdad es que no sé tanto -protestó él-. De hecho, casi todo lo que
sé se lo he oído a otro “jeb”.
—¿Qué es un “jeb”?
—La abreviatura de jesuita. El padre Karras es el experto en esta
materia.
De pronto, Chris se puso alerta.
—¿El sacerdote de la Santísima Trinidad?
—¿Lo conoce? -preguntó Dyer.
—No; me lo han nombrado hace un momento, eso es todo.
—Bueno, creo que en una ocasión escribió un trabajo sobre este tema,
desde el punto de vista psiquiátrico.
—¿Qué quiere decir?
—¿Qué quiere decir con ese ‘quiere decir’?
—¿Acaso es psiquíatra?
—Sí, claro. Perdón, creí que usted ya lo sabía.
—¡A ver si hay alguien que me “explique” un poco! -exigió, impaciente,
el astronauta-. ¿Qué sucede en una misa negra?
—Digamos que se cometen perversiones. -Dyer se encogió de hombros-
. Obscenidades. Blasfemias. Es una parodia maligna de la misa, donde
adoran a Satán en vez de a Dios y, en ocasiones, ofrecen sacrificios
humanos.
Ellen Cleary sacudió la cabeza y se alejó.
—Eso se está poniendo demasiado escalofriante para mí. -Sonrió
débilmente.
Chris no le prestó atención.
El decano se unió discretamente al grupo.
—Pero, ¿cómo puede usted “saber” eso? -preguntó ella al joven jesuita-.
Aun cuando se hubiera llevado a cabo tal misa negra, ¿quién puede decir lo
que ocurrió allí?
—Supongo que se habrán enterado de casi todo -contestó Dyerpor las
declaraciones de la gente que fue detenida y confesó.
—¡Ah, vamos! -exclamó el decano-. Esas confesiones no tienen ningún
valor, Joe. Los torturaron.
—No; sólo a los peores -dijo suavemente Dyer.
Hubo un murmullo de risas algo nerviosas. El decano consultó su reloj.
—Bien, tengo que irme -le dijo a Chris-. Mañana he de decir la misa de
seis en la capilla Dahlgren.
—Yo tengo la misa de los irlandeses. -Dyer sonrió alegremente.
Después, sus ojos se dirigieron a un lugar de la habitación, detrás de Chris, y
dijo de pronto-: Bueno, parece ser que tenemos visita, mistress MacNeil -le
advirtió, con un movimiento de la cabeza.
Chris se volvió. Y no pudo contener su asombro al ver a Regan en
camisón, orinando a chorros sobre la alfombra. Mirando fijamente al
astronauta, Regan dijo con voz desmayada:
—Usted se va a morir allá arriba.
—“¡Oh, Dios mío!” -exclamó Chris angustiada, corriendo hacia su hija-.
¡Oh, Dios mío, mi pequeña, ven, ven conmigo!
Tomó a Regan por los brazos y la sacó, presurosa, murmurando,
trémula, una disculpa al canoso astronauta.
—¡Lo siento muchísimo! ¡Últimamente se ha encontrado enferma y debe
de estar sonámbula! ¡No sabía lo que decía!
—Quizá tengamos que irnos -oyó que Dyer le decía a alguien.
—¡No, no, quédense! -protestó Chris, mientras se volvía por un
momento-. ¡Por favor, no se vayan! ¡Regreso en seguida!
Chris se detuvo un instante en la cocina para decirle a Willie que fuera a
limpiar la alfombra antes de que la mancha se hiciera indeleble, y luego llevó
a Regan al baño, la lavó y le cambió el camisón.
—Querida, ¿por qué “has dicho eso”? -le preguntaba Chris una y otra
vez; pero Regan parecía no entender y farfullaba incoherencias sin
interrupción. Tenía los ojos nublados y una expresión ausente.
Chris la metió en la cama y, casi de inmediato, tuvo la impresión de que
se había dormido. Esperó un momento y escuchó la respiración de la niña.
Luego abandonó el dormitorio.
Al pie de la escalera se encontró con Sharon y el joven ayudante de
dirección, que trataban de sacar a Dennings del despacho. Habían llamado
un taxi y lo iban a acompañar hasta su apartamento, en el Sheraton Park.
—Cuidado -aconsejó Chris, cuando ellos se alejaban con Dennings.
Casi inconsciente, el director murmuró:
—Me cago en ti.
Se sumergió en la niebla y en el coche que esperaba.
Chris volvió a la sala de estar, donde los invitados que aún quedaban le
expresaron su pena cuando ella les hizo una breve reseña de la enfermedad
de Regan.
Al mencionar los golpes y las otras tácticas para llamar la atención,
mistress Perrin la observó detenidamente. En una ocasión, Chris la miró,
esperando su comentario; pero como no dijo nada, continuó:
—¿Camina dormida muy a menudo? -preguntó Dyer.
—No, esta noche ha sido la primera vez. O, por lo menos, la primera vez
que me entero; por tanto, creo que debe de ser eso de la hiperactividad. ¿No
le parece?
—Realmente no sabría decirle -contestó el sacerdote-. He oído que el
sonambulismo es muy común en la pubertad, pero... -se interrumpió y se
encogió de hombros-. No sé. Lo mejor es que lo consulte con su médico.
Durante el resto de la conversación, mistress Perrin se mantuvo callada,
miraba fijamente como serpenteaban las llamas en la chimenea de la sala de
estar. El astronauta estaba casi tan abatido como ella.
Lo habían designado para un vuelo a la Luna aquel año. Miraba absorto
su copa, intercalando algunos monosílabos para fingir estar interesado y
atento. Como por un tácito acuerdo, nadie hizo referencia a lo que Regan le
había dicho.
—Bueno, lo siento, pero como he de celebrar misa tan temprano... -dijo
el decano, y se levantó para irse.
Provocó la desbandada general.
Todos se levantaron y le dieron las gracias por la cena.
Ya en la puerta, el padre Dyer cogió la mano de Chris y sondeó sus ojos.
—¿Cree que puede haber un papel, en alguna de sus películas, para un
sacerdote bajito que toca el piano? -le preguntó.
—Si no lo hay -se rió Chris-, haré que escriban uno especialmente para
usted, padre.
—Estaba pensando en mi hermano -le dijo, con aire solemne.
—¡Oh, qué ocurrencia! -se rió ella de nuevo, y lo despidió
cariñosamente.
Los últimos en partir fueron Mary Jo Perrin y su hijo. Chris los entretuvo
un rato charlando en la puerta. Sospechaba que Mary Jo tenía algo que
decirle, pero que no se atrevía. Para retrasar la partida, Chris le preguntó su
opinión sobre el hecho de que Regan jugara constantemente con el tablero
Ouija, y sobre la idea obsesiva respecto al capitán Howdy.
—¿Crees que hay algo de malo en eso?
Como quiera que esperaba algún comentario superficial, Chris quedó
asombrada al ver que mistress Perrin clavaba la vista en el umbral. Parecía
estar pensando, y, sin cambiar de actitud, salió al encuentro de su hijo, que
esperaba en la escalinata de la entrada.
Cuando, por fin, levantó la cabeza, sus ojos estaban sombríos.
—Yo se lo quitaría -dijo suavemente.
Alargó a su hijo las llaves del coche.
—Bobby, pon en marcha el motor. Está muy frío.
El muchacho tomó las llaves, le dijo a Chris que la admiraba por sus
películas y caminó, tímido, hasta el viejo y abollado ‘Mustang’, estacionado
en la misma manzana.
Los ojos de mistress Perrin continuaban sombríos.
—No sé lo que piensas de mí -dijo pausadamente-. Muchas personas me
asocian con el espiritismo. Pero no es así. Lo que sí creo es que tengo un don
-continuó con sencillez-. Pero no es oculto. De hecho, a mí me parece
natural, perfectamente natural. Como católica, creo que pisamos dos
mundos. Aquel del que somos conscientes en el tiempo. Pero, de vez en
cuando, una mujer rara como yo percibe destellos del “otro” mundo, y ese
otro, creo... está en la eternidad. Bueno, la eternidad no tiene tiempo. El
futuro es presente. De modo que cuando, a veces, siento lo otro, creo ver el
futuro. ¿Quién sabe? Tal vez no. Quizá todo sean coincidencias. -Se encogió
de hombros-. Pero yo creo que sí. Y si fuera así, seguiría creyendo que es
natural. Pero lo oculto... -Hizo una pausa, para elegir las palabras-. Lo oculto
es algo diferente. Yo me he mantenido lejos de eso. Creo que es peligroso
abordarlo. Y en eso está incluido el jugar con el tablero Ouija.
Hasta entonces, Chris la había considerado como mujer de un notable
sentido común. No obstante, había algo en ella que inquietaba
profundamente. Sentíase atenazada por un funesto presagio, que intentó
disipar.
—Vamos, Mary Jo -sonrió Chris-, ¿no sabes cómo se juega con los
tableros Ouija? No es nada más que el subconsciente de las personas.
—Sí, tal vez -contestó con docilidad-. Quizá. Podría ser sólo sugestión.
Pero cuantas historias he oído acerca de sesiones celebradas con tableros
Ouija parecen señalar siempre hacia una puerta que se abre. Y no hacia el
mundo del espíritu, pues tú no crees en eso. Tal vez una puerta hacia lo que
tú llamas el subconsciente. No sé. Lo único que sé es que, al parecer,
ocurren las cosas. Y, querida, en todo el mundo hay manicomios llenos de
gente que ha tratado de jugar con lo oculto.
—¿Me estás tomando el pelo?
Tras un momento de silencio, su voz llegó de nuevo desde la oscuridad.
—Chris, en 1921 había una familia en Baviera. No me acuerdo del
nombre, pero eran once en total. Si quieres puedes verificarlo en los diarios.
Al poco tiempo de haber intentado hacer una sesión, se volvieron todos
locos. Todos.
Los once. Les entró una verdadera piromanía. Cuando terminaron con
los muebles, la emprendieron con un bebé de tres meses, nacido de una de
las hijas menores. Y entonces fue cuando intervinieron los vecinos y los
detuvieron. La familia entera -concluyó- fue recluida en un manicomio.
—¡Qué barbaridad! -exclamó Chris al pensar en el capitán Howdy, que
ahora adquiría un viso amenazador. Enfermedad mental. ¿Era eso? Quizá sí-.
¡Yo “sabía” que tenía que llevarla a un psiquíatra!
—¡Oh, por favor -exclamó mistress Perrin mientras caminaba hacia la
luz-, no me hagas mucho caso a mí, sino a tu médico! -Había en su voz un
intento de devolverle la confianza, pero no fue muy convincente-. Me
desenvuelvo bien con el futuro -sonrió-, mas para el presente soy una
incapaz. -Hurgó en su bolsillo-. ¿Dónde están mis gafas? ¡Ah, sí, aquí están!
-Las encontró en un bolsillo del abrigo-. Muy bonita la casa -comentó
mientras se ponía las gafas y contemplaba la parte superior de la fachada-.
Se ve muy acogedora.
—¡Dios santo, qué alivio! ¡Creí que me ibas a decir que estaba
hechizada!
Mistress Perrin la observó.
—¿Por qué habría de decirte una cosa así?
Chris pensaba en una amiga suya, una famosa actriz que había vendido
su casa de Beverly Hills porque creía que estaba habitada por fantasmas.
—No sé. Es una broma. Supongo que lo he dicho por tratarse de ti.
—Es una casa muy bonita -la tranquilizó Mary Jo en un tono sin matices-
. Yo he estado aquí antes, muchas veces.
—¡No me digas!
—Sí. Era de un almirante amigo mío. De vez en cuando me escribe.
Ahora, al pobre, lo han mandado a navegar de nuevo. No sé si realmente lo
extraño a él o la casa. -Sonrió-. Pero supongo que me invitarás a venir
alguna otra vez. Mary Jo, “me encantaría” que volvieras. Lo digo
sinceramente. Eres una persona fascinante.
—Bueno, por lo menos soy la persona más “descarada” que conoces.
—En absoluto. Telefonéame, por favor. ¿Lo harás la semana que viene?
—Sí. Me gustará saber cómo sigue tu hija.
—¿Tienes mi teléfono?
—Sí, lo anoté en mi agenda.
¿Qué era lo que no marchaba?, se preguntó Chris. Había en su tono algo
discordante.
—Bueno, hasta la vista -dijo mistress Perrin-, y muchas gracias por tan
agradable reunión. -Antes de que Chris pudiera decirle algo más, se alejó
rápidamente.
Durante un momento la siguió con la vista; después cerró la puerta. Una
pesada lasitud la abrumó. “¡Qué noche!”, pensó, “¡que noche!”
Entró en la sala de estar y se detuvo junto a Willie, que estaba
arrodillada sobre la mancha de orina, cepillando los pelos de la alfombra.
—La he frotado con vinagre -musitó Willie-. Dos veces.
—¿Se quita?
—Tal vez lo consiga ahora -respondió Willie-. No sé. Veremos.
—No se sabrá hasta que se seque. Déjalo ya, Willie, y vete a dormir.
—No. Lo acabaré.
—Bien. Gracias y buenas noches.
—Buenas noches, señora.
Chris empezó a subir la escalera con paso cansino.
—La comida ha estado muy rica, Willie. A todo el mundo le ha gustado
muchísimo.
—Gracias, señora.
Chris comprobó que Regan seguía dormida. Luego se acordó del tablero
Ouija. ¿Debería esconderlo? ¿Tirarlo? “¡Qué oscura se muestra Mary Jo
cuando trata este tema!” Y, sin embargo, Chris se daba cuenta de que eso
del compañero de juego imaginario era morboso y poco saludable. “Sí, tal
vez tendría que tirarlo”.
No obstante, Chris vacilaba.
Inmóvil junto a la cama de Regan, se acordó de un incidente ocurrido
cuando su hija tenía sólo tres años, la noche en que Howard decidió que ya
era bastante mayorcita para seguir tomando el biberón, al que se aferraba
con delectación.
Se lo quitó aquella noche; Regan estuvo gritando hasta las cuatro de la
madrugada, y durante días mostróse histérica. Y ahora, Chris temía una
reacción similar. “Lo mejor es que se lo explique todo a un psicoanalista”.
Por otra parte -reflexionó-, la ‘Ritalina’ no había tenido aún tiempo de surtir
efecto.
Finalmente, decidió esperar.
Chris volvió a su cuarto, se metió, cansada, en la cama, y casi al
instante se quedó dormida. Se despertó al oír un horrible alarido histérico,
semiinconsciente.
—¡Mamá, ven “aquí”, ven “aquí”, tengo “miedo”!
—¡Voy en seguida, pequeña!
Chris corrió por el pasillo hacia el dormitorio de Regan.
Gemidos. Llantos. Ruidos, al parecer, de los muelles del colchón.
—¡Oh, mi nenita! ¿Qué pasa? -exclamó Chris mientras encendía la luz.
“¡Dios mío!”
Regan yacía, rígida, boca arriba, con la cara bañada en lágrimas,
contraída por el terror y aferrada firmemente a los lados de su estrecha
cama.
—Mamá, ¿por qué se agita? -gritó-. ¡Hazla “parar”! ¡Tengo mucho
“miedo”! ¡Hazla “parar”! ¡Mamá, por favor, hazla “parar”!
El colchón se agitaba violentamente de la cabeza a los pies.

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