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viernes, 27 de agosto de 2010

LA DECLARACIÓN DE RANDOLPH CARTER -- H. P. Lovecraft


LA DECLARACIÓN DE RANDOLPH CARTER
H. P. Lovecraft

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Les repito, caballeros, que su encuesta es inútil. Enciérrenme para siempre, si quieren; ejecútenme, si necesitan una víctima para propiciar la ilusión que ustedes llaman justicia; pero yo no puedo decir más de lo que ya he dicho. Todo lo que puedo recordar se lo he contado a ustedes con absoluta sinceridad. No he ocultado ni desfigurado nada, y si algo continúa siendo vago, se debe únicamente a la oscura nube que ha invadido mi cerebro... A esa nube, y a la confusa naturaleza de los horrores que cayeron sobre mí.
Vuelvo a decir que ignoro lo que ha sido de Harley Warren, aunque creo —casi espero— que ha encontrado la paz y el olvido definitivos, si es que existen en alguna parte. Es cierto que durante cinco años he sido su amigo más íntimo, y que compartí parcialmente sus terribles investigaciones en lo desconocido. No niego, aunque mi memoria no es todo lo precisa que sería de desear, que ese testigo suyo puede habernos visto juntos como él dice en el camino de Gainsville, andando hacia Big Cypress Swamp, a las once y media de aquella horrible noche. Y no tengo inconveniente en añadir que llevábamos linternas eléctricas, azadas y un rollo de alambre con diversos instrumentos; ya que esos objetos representaron un papel en la única escena que ha quedado grabada de un modo indeleble en mi trastornada memoria. Pero de lo que siguió, y del motivo de que me encontraran solo y aturdido a orillas del pantano a la mañana siguiente, insisto en que sólo sé lo que les he contado una y otra vez. Dicen ustedes que no hay nada en el pantano o cerca de él que pudiera constituir el marco de aquel espantoso episodio. Repito que no sé nada, aparte de lo que vi. Pudo ser una alucinación o una pesadilla —y espero fervientemente que lo fueran—, pero eso es todo lo que recuerdo de lo ocurrido en aquellas terribles horas, después de que nos alejamos de la vista de los hombres. Y el motivo de que Harley Warren no haya regresado sólo pueden explicarlo él, o su espectro... o algo desconocido que no puedo describir.
Como he dicho antes, las fantásticas investigaciones de Harley Warren no me eran desconocidas, y hasta cierto punto las compartía. De su gran colección de libros raros y extraños sobre temas prohibidos he leído todos los que están escritos en los idiomas que domino; muy pocos, comparados con los escritos en idiomas que no entiendo. La mayoría, creo, son obras en lengua arábiga; y el libro inspirado por el espíritu del mal —el libro que Warren se llevó en su bolsillo al otro mundo— que provocó los acontecimientos, estaba escrito en unos caracteres que nunca había visto. Warren no quiso decirme nunca lo que contenía aquel libro. En cuanto a la naturaleza de nuestras investigaciones..., ¿tengo que repetir que no gozo ya de una plena comprensión? Y encuentro misericordioso que sea así, ya que eran unas investigaciones terribles, que yo compartía más por renuente fascinación que por verdadera inclinación. Warren siempre me había dominado, y a veces le temía. Recuerdo cómo me estremecí ante la expresión de su rostro la
noche anterior al espantoso acontecimiento, mientras hablaba ininterrumpida-mente de su teoría, de que ciertos cadáveres no se corrompen nunca sino que permanecen enteros en sus tumbas durante un millar de años. Pero ahora no le temo, ya que sospecho que ha conocido horrores más allá de mis posibilidades de comprensión. Ahora temo por él. Repito que no tenía la menor idea de nuestro objetivo de aquella noche. Desde luego, tenía mucho que ver con el libro que Warren llevaba —aquel libro antiguo en caracteres indescifrables que le había llegado de la India un mes antes—, pero juro que ignoraba lo que esperábamos descubrir. Su testigo dice que nos vio a las once y media en el camino de Gainsville, en dirección al pantano de Big Cypress. Probablemente es cierto, aunque yo no lo recuerdo claramente. En mi cerebro sólo quedó grabada una escena, y debió producirse mucho después de medianoche, ya que una pálida luna en cuarto menguante estaba muy alta en el cielo, velada por gasas semitransparentes. El lugar era un antiguo cementerio; tan antiguo, que temblé ante las múltiples evidencias de años inmemoriales. Se encontraba en una profunda y húmeda hondonada, cubierta de musgo y de maleza, y llena de un vago hedor que mi fantasía asoció absurdamente con piedras en descomposición. Por todas partes veíanse señales de descuido y decrepitud, y parecía acosarme la idea de que Warren y yo éramos los primeros seres vivientes que invadíamos un silencio letal de siglos. Por encima del borde de la hondonada la luna menguante atisbaba a través de los fétidos vapores que parecían brotar de ignotas catacumbas, y a sus débiles y oscilantes rayos pude distinguir una repulsiva formación de antiquísimos mausoleos, panteones y tumbas; todos en estado ruinoso, cubiertos de musgo y con manchas de humedad, y parcialmente ocultos por una lujuriante vegetación.
Mi primera impresión vívida de mi propia presencia en aquella terrible necrópolis se refiere al acto de detenerme con Warren ante una determinada tumba y de desprendernos de la carga que al parecer habíamos llevado. Observé entonces que yo había traído una linterna eléctrica y dos azadas, en tanto que mi compañero había cargado con una linterna similar y una instalación telefónica portátil. No pronunciamos una sola palabra, ya que ambos parecíamos conocer el lugar y la tarea que nos estaba encomendada; y sin demora empuñamos las azadas y empezamos a limpiar de hierba y de maleza la arcaica sepultura. Después de dejar al descubierto toda la superficie, que consistía en tres inmensas losas de granito, retrocedimos unos pasos para contemplar el fúnebre escenario; y Warren pareció efectuar unos cálculos mentales. Luego se acercó de nuevo al sepulcro y, utilizando su azada como una palanca, trató de levantar la losa más próxima a unas piedras ruinosas que en su día pudieron haber sido un monumento funerario. No lo consiguió, y me hizo una seña para que acudiera en su ayuda. Finalmente, nuestros esfuerzos combinados aflojaron la losa, la cual levantamos y apartamos a un lado.
Quedó al descubierto una negra abertura, por la que brotó un efluvio de gases miasmáticos tan nauseabundos que Warren y yo retrocedimos precipitadamente. Sin embargo, al cabo de unos instantes nos acercamos de nuevo a la fosa y encontramos las emanaciones menos insoportables. Nuestras linternas iluminaron un tramo de peldaños de piedra empapados en algún
detestable licor de la entraña de la tierra, y bordeados de húmedas paredes con costras de salitre. Entonces, por primera vez que yo recuerde durante aquella noche, Warren me habló con su melíflua voz de tenor; una voz singularmente inalterada por nuestro pavoroso entorno.
—Lamento tener que pedirte que te quedes en la superficie —dijo—, pero sería un crimen permitir que alguien con unos nervios tan frágiles como los tuyos bajara ahí. No puedes imaginar, ni siquiera por lo que has leído y por lo que yo te he contado, las cosas que tendré que ver y hacer. Es una tarea infernal, Carter, y dudo que cualquier hombre que no tenga una sensibilidad revestida de acero pudiera llevarla a cabo y regresar vivo y cuerdo. No quiero ofenderte y el cielo sabe lo mucho que me alegraría llevarte conmigo; pero la responsabilidad es mía, y no puedo arrastrar a un manojo de nervios como tú a una muerte o una locura probables. Te repito que no puedes imaginar siquiera de qué se trata... Pero te prometo mantenerte informado por teléfono de cada uno de mis movimientos. Como puedes ver, he traído alambre suficiente para llegar al centro de la tierra y regresar.
Todavía puedo oír, en mi recuerdo, aquellas palabras pronunciadas fríamente; y puedo recordar también mis protestas. Parecía desesperadamente ansioso por acompañar a mi amigo a aquellas profundidades sepulcrales, pero él se mostró inflexible. En un momento determinado amenazó con abandonar la expedición si no me daba por vencido; una amenaza eficaz, dado que sólo él tenía la clave del asunto. Tras haber obtenido mi asentimiento, dado de muy mala gana, Warren cogió el rollo de alambre y ajustó los instrumentos. Finalmente, me entregó uno de los auriculares, estrechó mi mano, se cargó al hombro el rollo de alambre y desapareció en el interior de aquel indescriptible osario.
Fui a sentarme sobre una vieja y descolorida lápida, cerca de la negra abertura que se había tragado a mi amigo. Durante un par de minutos pude ver el resplandor de su linterna y oír el crujido del alambre mientras lo desenrollaba detrás de él; pero el resplandor desapareció bruscamente, como tapado por una revuelta de la escalera, y el sonido se apagó con la misma rapidez. Yo estaba solo, pero unido a las desconocidas profundidades por aquel mágico alambre cuyo verde revestimiento aislante brillaba bajo los pálidos rayos de la luna menguante.
Consultaba continuamente mi reloj a la luz de mi linterna, y estaba pendiente del auricular con febril ansiedad; pero durante más de un cuarto de hora no oí absolutamente nada. Luego percibí un leve chasquido, y llamé a mi amigo con voz tensa. A pesar de mis aprensiones, no estaba preparado para las palabras que me llegaron desde aquella pavorosa bóveda, con un acento de alarma que resultaba mucho más estremecedor por cuanto que procedía del imperturbable Harley Warren. Él, que se había separado de mí con tanta tranquilidad momentos antes, llamaba ahora desde abajo con un tembloroso susurro más impresionante que el más desaforado de los gritos:
—¡Dios! ¡Si pudieras ver lo que estoy viendo!
No pude contestar. Me había quedado sin voz, y sólo pude esperar. Warren habló de nuevo:
—¡Carter, es terrible... monstruoso... increíble!
Esta vez la voz no me falló, y vertí en el micrófono un chorro de excitadas preguntas. Aterrado, repetía sin cesar:
—Warren, ¿qué es? ¿Qué es?
De nuevo me llegó la voz de mi amigo, ronca de temor, ahora visiblemente teñida de desesperación:
—¡No puedo decírtelo, Carter! ¡Es demasiado monstruoso! No me atrevo a decírtelo... ningún hombre podría saberlo y continuar viviendo... ¡Dios mío! ¡Nunca había soñado en nada semejante!
Silencio de nuevo, interrumpido solamente por mis ocasionales y ahora estremecidas preguntas. Luego, la voz de Warren con un trémulo de desesperada consternación:
—¡Carter! ¡Por el amor de Dios, vuelve a colocar la losa y márchate si puedes! ¡Aprisa! ¡Déjalo todo y márchate... es tu única oportunidad! ¡Haz lo que te digo y no me pidas explicaciones!
Le oí, pero sólo fui capaz de repetir mis frenéticas preguntas. A mi alrededor había tumbas, oscuridad y sombras; debajo de mí, alguna amenaza más allá del alcance de la imaginación humana. Pero mi amigo estaba expuesto a un peligro mucho mayor que el mío, y a través de mi propio terror experimenté un vago resentimiento al pensar que me creía capaz de abandonarle en semejantes circunstancias. Se oyeron más chasquidos, y tras una breve pausa un lamentable grito de Warren:
—¡Dale esquinazo! ¡Por el amor de Dios, coloca de nuevo la losa y dale esquinazo, Carter!—. La jerga infantil de mi compañero, reveladora de que se encontraba bajo la influencia de una profunda emoción, actuó sobre mí como un poderoso revulsivo.
Formé y grité una decisión:
—¡Warren, resiste! ¡Voy a bajar!
Pero, ante aquel ofrecimiento, el tono de mi amigo se convirtió en un alarido de absoluta desesperación:
—¡No! ¡No pueden comprenderlo! Es demasiado tarde... y la culpa ha sido mía. Coloca de nuevo la losa y corre... es lo único que puedes hacer ahora por mí.
El tono cambió de nuevo, esta vez adquiriendo una mayor suavidad, como de resignación sin esperanza. Sin embargo, seguía siendo tenso debido a la ansiedad que Warren experimentaba por mi suerte.
—¡Date prisa! ¡Corre, antes de que sea demasiado tarde!
No traté de contradecirle; intenté sobreponerme a la extraña parálisis que se había apoderado de mí y cumplir mi promesa de acudir en su ayuda. Pero su siguiente susurro me sorprendió todavía inerte en las cadenas de un indescriptible horror.
—¡Carter, apresúrate! Todo es inútil... tienes que huir... es mejor uno que dos... la losa... Una pausa, más chasquidos, luego la débil voz de Warren:
—Todo va a terminar... no lo hagas más difícil... cubre esos malditos peldaños y ponte a salvo... no pierdas más tiempo... hasta nunca, Carter... no volveremos a vernos.
El susurro de Warren se hinchó hasta convertirse en un grito; un grito que paulatinamente se hinchó a su vez y se hizo un alarido que contenía todo el horror de los siglos...
—¡Malditos sean los seres infernales! ¡Hay legiones de ellos! ¡Dios mío! ¡Huye! ¡Huye! ¡HUYE!
Después, silencio. Ignoro durante cuantos interminables eones permanecí sentado, estupefacto; susurrando, murmurando, llamando, gritándole a aquel teléfono. Una y otra vez a través de aquellos eones susurré, murmuré, llamé y grité:
—¡Warren! ¡Warren! ¡Contesta! ¿Estás ahí?
Y entonces llegó hasta mí el horror culminante: el horror indecible, impensable, increíble. Ya he dicho que parecieron transcurrir eones después de que Warren lanzó su última desesperada advertencia, y que sólo mis propios gritos rompieron el pavoroso silencio. Pero al cabo de unos instantes se oyó un chasquido en el receptor y tensé el oído para escuchar. Grité de nuevo: «Warren, ¿estás ahí?», y en respuesta oí lo que envió la oscura nube sobre mi cerebro. No intentaré describir aquella voz, caballeros, puesto que las primeras palabras me arrancaron la conciencia y crearon un vacío mental que se extiende hasta el momento en que desperté en el hospital. ¿Qué podría decir? ¿Que la voz era hueca, profunda, gelatinosa, remota, sobrenatural, inhumana, incorpórea? Aquello fue el final de mi experiencia, y es el final de mi historia. Lo oí, y no sé nada más... La oí mientras permanecía petrificado en aquel cementerio desconocido en la hondonada, entre las lápidas carcomidas y las tumbas en ruinas, la exuberante vegetación y los vapores miasmáticos... La oí surgiendo de las abismáticas profundidades de aquel maldito sepulcro abierto, mientras contemplaba unas sombras amorfas y necrófagas danzando bajo una pálida luna menguante.
Y esto fue lo que dijo:
«¡Imbécil! ¡Warren está MUERTO!»
F I N

1ªparte -- Historias de fantasmas -- Charles Dickens



Historias de fantasmas
Charles Dickens
Índice
El manuscrito de un loco
La historia del viajante de comercio
La historia de los duendes que secuestraron a un enterrador
La historia del tío del viajante
El barón de Grogzwig
Una confesión encontrada en una prisión de la época de Carlos II
Para leer al atardecer
Juicio por asesinato
Fantasmas de Navidad
La novia del ahorcado
La visita del señor Testador
La casa hechizada. Los mortales de la casa




El manuscrito de un loco
¡Sí...! ¡Un loco! ¡Cómo sobrecogía mi corazón esa palabra hace años! ¡Cómo
habría despertado el terror que solía sobrevenirme a veces, enviando la sangre silbante y
hormigueante por mis venas, hasta que el rocío frío del miedo aparecía en gruesas gotas
sobre mi piel y las rodillas se entrechocaban por el espanto! Y, sin embargo, ahora me
agrada. Es un hermoso nombre. Mostradme al monarca cuyo ceño colérico haya sido
temido alguna vez más que el brillo de la mirada de un loco... cuyas cuerdas y hachas
fueran la mitad de seguras que el apretón de un loco. ¡Ja, ja! ¡Es algo grande estar loco!
Ser contemplado como un león salvaje a través de los barrotes de hierro... rechinar los
dientes y aullar, durante la noche larga y tranquila, con el sonido alegre de una cadena,
pesada... y rodar y retorcerse entre la paja extasiado por tan valerosa música. ¡Un hurra
por el manicomio! ¡Ay, es un lugar excelente!
Me acuerdo del tiempo en el que tenía miedo de estar loco; cuando solía
despertarme sobresaltado, caía de rodillas y rezaba para que se me perdonara la
maldición de mi raza; cuando huía precipitadamente ante la vista de la alegría o la
felicidad, para ocultarme en algún lugar solitario y pasar fatigosas horas observando el
progreso de la fiebre que consumiría mi cerebro. Sabía que la locura estaba mezclada
con mi misma sangre y con la médula de mis huesos. Que había pasado una generación
sin que apareciera la pestilencia y que era yo el primero en quien reviviría. Sabía que
tenía que ser así: que así había sido siempre, y así sería; y cuando me acobardaba en
cualquier rincón oscuro de una habitación atestada, y veía a los hombres susurrar,
señalarme y volver los ojos hacia mí, sabía que estaban hablando entre ellos del loco
predestinado; y yo huía para embrutecerme en la soledad.
Así lo hice durante años; fueron unos años largos, muy largos. Aquí las noches
son largas a veces... larguísimas; pero no son nada comparadas con las noches
inquietas y los sueños aterradores que sufría en aquel tiempo. Sólo recordarlo me da
frío. En las esquinas de la habitación permanecían acuclilladas formas grandes y
oscuras de rostros insidiosos y burlones, que luego se inclinaban sobre mi cama por la
noche, tentándome a la locura. Con bajos murmullos me contaban que el suelo de la
vieja casa en la que murió el padre de mi padre estaba manchado por su propia sangre,
que él mismo se había provocado en su furiosa locura. Me tapaba los oídos con los
dedos, pero gritaban dentro de mi cabeza hasta que la habitación resonaba con los
gritos que decían que una generación antes de él la locura se había dormido, pero que
su abuelo había vivido durante años con las manos unidas al suelo por grilletes para
impedir que se despedazara a sí mismo con ellas. Sabía que contaban la verdad... bien
que lo sabía. Lo había descubierto años antes, aunque habían intentado ocultármelo.
¡Ja, ja! Era demasiado astuto para ellos, aunque me consideraran como un loco.
Finalmente llegó la locura y me maravillé de que alguna vez hubiera podido tenerle
miedo. Ahora podía entrar en el mundo y reír y gritar con los mejores de entre ellos. Yo
sabía que estaba loco, pero ellos ni siquiera lo sospechaban. ¡Solía palmearme a mí
mismo de placer al pensar en lo bien que les estaba engañando después de todo lo que
me habían señalado y de cómo me habían mirado de soslayo, cuando yo no estaba loco y
sólo tenía miedo de que pudiera enloquecer algún día! Y cómo solía reírme de puro
placer, cuando estaba a solas, pensando lo bien que guardaba mi secreto y lo
rápidamente que mis amables amigos se habrían apartado de mí de haber conocido la
verdad. Habría gritado de éxtasis cuando cenaba a solas con algún estruendoso buen
amigo pensando en lo pálido que se pondría, y lo rápido que escaparía, al saber que el
querido amigo que se sentaba cerca de él, afilando un cuchillo brillante y reluciente, era
un loco con toda la capacidad, y la mitad de la voluntad, de hundirlo en su corazón. ¡Ay,
era una vida alegre!
Las riquezas fueron mías, la abundancia se derramó sobre mí y alborotaba entre
placeres que multiplicaban por mil la conciencia de mi secreto bien guardado. Heredé
un patrimonio. La ley, la propia ley de ojos de águila, había sido engañada, y había
entregado en las manos de un loco miles de discutidas libras. ¿Dónde estaba el ingenio
de los hombres listos de mente sana? ¿Dónde la habilidad de los abogados, ansiosos por
descubrir un fallo? La astucia del loco les había superado a todos.
Tenía dinero. ¡Cómo me cortejaban! Lo gastaba profusamente. ¡Cómo me
alababan! ¡Cómo se humillaban ante mí aquellos tres hermanos orgullosos y despóticos!
¡Y el anciano padre de cabellos blancos, qué deferencia, qué respeto, qué dedicada
amistad, cómo me veneraba! El anciano tenía una hija y los hombres una hermana; y los
cinco eran pobres. Yo era rico, y cuando me casé con la joven vi una sonrisa de triunfo
en los rostros de sus necesitados parientes, pues pensaban que su plan había funcionado
bien y habían ganado el premio. A mí me tocaba sonreír. ¡Sonreír! Reírme a carcajada
limpia, arrancarme los cabellos y dar vueltas por el suelo con gritos de gozo. Bien poco
se daban cuenta de que la habían casado con un loco.
Pero un momento. De haberlo sabido, ¿la habrían salvado? La felicidad de la
hermana contra el oro de su marido. ¡La más ligera pluma lanzada al aire contra la
alegre cadena que adornaba mi cuerpo! Pero en una cosa, pese a toda mi astucia, fui
engañado. Si no hubiera estado loco, pues aunque los locos tenemos bastante buen
ingenio a veces nos confundimos, habría sabido que la joven antes habría preferido que
la colocaran rígida y fría en una pesado ataúd de plomo que llegar vestida de novia a mi
rica y deslumbrante casa. Habría sabido que su corazón pertenecía a un muchacho de
ojos oscuros cuyo nombre le oí pronunciar una vez entre suspiros en uno de sus sueños
turbulentos, y que me había sido sacrificada para aliviar la pobreza del hombre anciano
de cabellos blancos y de sus soberbios hermanos.
Ahora no recuerdo ni las formas ni los rostros, pero sé que ella era hermosa. Sé que
lo era, pues en las noches iluminadas por la luna, cuando me despierto sobresaltado de
mi sueno y todo está tranquilo a mi alrededor, veo, de pie e inmóvil en una esquina de
esta celda, una figura ligera y desgastada de largos cabellos negros que le caen por el
rostro, agitados por un viento que no es de esta tierra, y unos ojos que fijan su mirada en
los míos y jamás parpadean o se cierran. ¡Silencio! La sangre se me congela en el
corazón cuando escribo esto... ese cuerpo es el de ella; el rostro está muy pálido y los
ojos tienen un brillo vidrioso, pero los conozco bien. La figura nunca se mueve; jamás
gesticula o habla como las otras que llenan a veces este lugar, pero para mí es mucho
más terrible, peor incluso que los espíritus que me tentaban hace muchos años... Ha
salido fresca de la tumba, y por eso resulta realmente mortal.
Durante casi un año vi cómo ese rostro se iba volviendo cada vez más pálido;
durante casi un año vi las lágrimas que caían rodando por sus dolientes mejillas, y nunca
conocí la causa. Sin embargo, finalmente lo descubrí. No podía evitar durante mucho
tiempo que me enterara. Ella nunca me había querido; por mi parte, yo nunca pensé que
lo hiciera; ella despreciaba mi riqueza y odiaba el esplendor en el que vivía; pero yo no
había esperado eso. Ella amaba a otro y a mí jamás se me había ocurrido pensar en tal
cosa. Me sobrecogieron unos sentimientos extraños y giraron y giraron en mi cerebro
pensamientos que parecían impuestos por algún poder extraño y secreto. No la odiaba,
aunque odiaba al muchacho por el que lloraba. Sentía piedad, sí, piedad, por la vida
desgraciada a la que la habían condenado sus parientes fríos y egoístas. Sabía que ella no
podía vivir mucho tiempo, pero el pensamiento de que antes de su muerte pudiera
engendrar algún hijo de destino funesto, que transmitiría la locura a sus descendientes,
me decidió. Resolví matarla.
Durante varias semanas pensé en el veneno, y luego en ahogarla, y en el fuego. Era
una visión hermosa la de la gran mansión en llamas, y la esposa del loco convirtiéndose
en cenizas. Pensé también en la burla de una gran recompensa, y algún hombre cuerdo
colgando y mecido por el viento por un acto que no había cometido... ¡y todo por la
astucia de un loco! Pensé a menudo en ello, pero finalmente lo abandoné. ¡Ay! ¡El
placer de afilar la navaja un día tras otro, sintiendo su borde afilado y pensando en la
abertura que podía causar un golpe de su borde delgado y brillante!
Finalmente, los viejos espíritus que antes habían estado conmigo tan a menudo me
susurraron al oído que había llegado el momento y pusieron la navaja abierta en mi
mano. La sujeté con firmeza, la elevé suavemente desde el lecho y me incliné sobre mi
esposa, que yacía dormida. Tenía el rostro enterrado en las manos. Las aparté
suavemente y cayeron descuidadamente sobre su pecho. Había estado llorando, pues los
rastros de las lágrimas seguían húmedos sobre las mejillas. Su rostro estaba tranquilo y
plácido, y mientras lo miraba, una sonrisa tranquila iluminó sus rasgos pálidos. Le puse
la mano suavemente en el hombro. Se sobresaltó... había sido tan sólo un sueño
pasajero. Me incliné de nuevo hacia delante y ella gritó y despertó.
Un solo movimiento de mi mano y nunca habría vuelto a emitir un grito o sonido.
Pero me asusté y retrocedí. Sus ojos estaban fijos en los míos. No sé por qué, pero me
acobardaban y asustaban; y gemí ante ellos. Se levantó, sin dejar de mirarme con fijeza.
Yo temblaba; tenía la navaja en la mano, pero no podía moverme. Ella se dirigió hacia la
puerta. Cuando estaba cerca, se dio la vuelta y apartó los ojos de mi rostro. El
encantamiento se deshizo. Di un salto hacia delante y la sujeté por el brazo. Lanzando
un grito tras otro, se dejó caer al suelo.
Podría haberla matado sin lucha, pero se había provocado la alarma en la casa. Oí
pasos en los escalones. Dejé la cuchilla en el cajón habitual, abrí la puerta y grité en voz
alta pidiendo ayuda.
Vinieron, la cogieron y la colocaron en la cama. Permaneció con el conocimiento
perdido durante varias horas; y cuando recuperó la vida, la mirada y el habla, había
perdido el sentido y desvariaba furiosamente.
Llamamos a varios médicos, hombres importantes que llegaron hasta mi casa en
finos carruajes, con hermosos caballos y criados llamativos. Estuvieron junto a su
lecho durante semanas. Celebraron una importante reunión y consultaron unos con
otros, en voz baja y solemne, en otra habitación. Uno de ellos, el más inteligente y
famoso, me llevó con él a un lado y me rogó que me preparara para lo peor. Me dijo
que mi esposa estaba loca... ¡a mí, al loco! Permaneció cerca de mí junto a una ventana
abierta, mirándome directamente al rostro y dejando una mano sobre mi hombro. Con
un pequeño esfuerzo habría podido lanzarlo abajo, a la calle. Habría sido divertido
hacerlo, pero mi secreto estaba en juego y dejé que se marchara. Unos días más tarde
me dijeron que debía someterla a algunas limitaciones: debía proporcionarle alguien
que la cuidara. ¡Me lo pedían a mí!¡Salí al campo abierto, donde nadie pudiera
escucharme, y reí hasta que el aire resonó con mis gritos!
Murió al día siguiente. El anciano de cabello blanco la siguió hasta la tumba y los
orgullosos hermanos dejaron caer una lágrima sobre el cadáver insensible de aquella
cuyos sufrimientos habían considerado con músculos de hierro mientras vivió. Todo
aquello alimentaba mi alegría secreta, y reía oculto por el pañuelo blanco que tenía
sobre el rostro mientras regresamos cabalgando a casa, hasta que las lágrimas brotaron
de mis ojos.
Pero aunque había cumplido mi objetivo, y la había asesinado, me sentí inquieto y
perturbado, y pensé que no tardarían mucho en conocer mi secreto. No podía ocultar la
alegría y el regocijo salvaje: que hervían en mi interior y que cuando estaba a solas, en
casa, me hacía dar saltos y batir palmas, dan do vueltas y más vueltas en un baile
frenético, y gritar en voz muy alta. Cuando salía y veía a las masas atareadas que se
apresuraban por la calle, o acudía a teatro y escuchaba el sonido de la música y
contemplaba la danza de los demás, sentía tal gozo que m, habría precipitado entre
ellos y les habría despedazado miembro a miembro, aullando en el éxtasi que me
produciría. Pero apretaba los dientes, afirmaba los pies en el suelo y me clavaba las
afilada uñas en las manos. Mantenía el secreto y nadie sabía aún que yo era un loco.
Recuerdo, aunque es una de las últimas cosa que puedo recordar, pues ahora la
realidad se mezcla con mis sueños, y teniendo tanto que hacer, habiéndome traído
siempre aquí tan presurosa mente, no me queda tiempo para separar entre lo dos, por la
extraña confusión en la que se halla] mezclados... Recuerdo de qué manera finalmente
se supo. ¡Ja, ja! Me parece ver ahora sus mirada asustadas, y sentir cómo se apartaban
de mí, mientras yo hundía mi puño cerrado en sus rostros blancos y luego escapaba
como el viento, y les dejaba gritando atrás. Cuando pienso en ello me vuelve la fuerza
de un gigante. Mirad cómo se curva esta barra de hierro con mis furiosos tirones.
Podría romperla como si fuera una ramita, pero sé que detrás hay largas galerías con
muchas puertas; no creo que pudiera encontrar el camino entre ellas; y aunque pudiera,
sé que allá abajo hay puertas de hierro que están bien cerradas con barras. Saben que
he sido un loco astuto, y están orgullosos de tenerme aquí para poder mostrarme.
Veamos, sí, había sido descubierto. Era ya muy tarde y de noche cuando llegué a
casa y encontré allí al más orgulloso de los tres orgullosos hermanos, esperando para
verme... dijo que por un asunto urgente. Lo recuerdo bien. Odiaba a ese hombre con
todo el odio de un loco. Muchas veces mis dedos desearon despedazarle. Me dijeron
que estaba allí y subí presurosamente las escaleras. Tenía que decirme unas palabras.
Despedí a los criados. Era tarde y estábamos juntos y a solas... por primera vez.
Al principio aparté cuidadosamente mis ojos de él, pues era consciente de lo que
él no podía ni siquiera pensar, y me glorificaba en ese conocimiento: que la luz de la
locura brillaba en mis ojos como el fuego. Permanecimos unos minutos sentados en
silencio. Finalmente, habló. Mi reciente disipación, y algunos comentarios extraños
hechos poco después de la muerte de su hermana, eran un insulto para la memoria de
ésta. Uniendo a ello otras muchas circunstancias que al principio habían escapado a su
observación, había terminado por pensar que yo no la había tratado bien. Deseaba
saber si tenía razón al decir que yo pensaba hacer algún reproche a la memoria de su
hermana, faltando con ello al respeto a la familia. Exigía esa explicación por el
uniforme que llevaba puesto.
Aquel hombre tenía un nombramiento en ejército... ¡un nombramiento comprado
con mi dinero y con la desgracia de su hermana! Él fue el que: más había tramado para
insidiar y quedarse con n riqueza. Él había sido el principal instrumento para obligar a
su hermana a casarse conmigo, y bien sabia que el corazón de aquélla pertenecía al
piadoso muchacho. ¡Por causa de su uniforme! ¡El uniforme e su degradación! Volví
mis ojos hacia él... no pude evitarlo; pero no dije una sola palabra.
Vi que bajo mi mirada se produjo en él un cambio repentino. Era un hombre
valiente, pero el color desapareció de su rostro y retrocedió en su silla. ~ acerqué la
mía a la suya; y mientras reía, pues entonces estaba muy alegre, vi cómo se estremecía.
Sen que la locura brotaba de mi interior. Sentí miedo de mí mismo.
—Quería usted mucho a su hermana cuando el vivía—le dije—. Mucho.
Miró con inquietud a su alrededor, y le vi sujeta con la mano el respaldo de la
silla; pero no dije nada.
—Es usted un villano —le dije—. Le he descubierto. Descubrí sus infernales
trampas contra mí; que el corazón de ella estaba puesto en otro cuando usted la obligó
a casarse conmigo. Lo sé... lo sé.
De pronto, se levantó de un salto de la silla y blandió en alto, obligándome a
retroceder, pus mientras iba hablando procuraba acercarme más a él.
Más que hablar grité, pues sentí que pasiones tumultuosas corrían por mis venas, y
los viejos espíritus me susurraban y tentaban para que le sacara el corazón.
—Condenado sea —dije poniéndome en pie y lanzándome sobre él—. Yo la maté.
Estoy loco. Acabaré con usted. ¡Sangre, sangre! ¡Tengo que tenerla!
Me hice a un lado para evitar un golpe que, en su terror, me lanzó con la silla, y me
enzarcé con él. Produciendo un fuerte estrépito, caímos juntos al suelo y rodamos sobre
él.
Fue una buena pelea, pues era un hombre alto y fuerte que luchaba por su vida, y
yo un loco poderoso sediento de su destrucción. No había ninguna fuerza igual a la mía,
y yo tenía la razón. ¡Sí, la razón, aunque fuera un loco! Cada vez fue debatiéndose
menos. Me arrodillé sobre su pecho y le sujeté firmemente la garganta oscura con ambas
manos. El rostro se le fue poniendo morado; los ojos se le salían de la cabeza y con la
lengua fuera parecía burlarse de mí. Apreté todavía más.
De pronto se abrió la puerta con un fuerte estrépito y entró un grupo de gente,
gritándose unos a otros que cogieran al loco.
Mi secreto había sido descubierto y ahora sólo luchaba por mi libertad. Me puse en
pie antes de que me tocara una mano, me lancé entre los asaltantes y me abrí camino con
mi fuerte brazo, como si llevara un hacha en la mano y les atacara con ella. Llegué a la
puerta, me lancé por el pasamanos y en un instante estaba en la calle.
Corrí veloz y en línea recta, sin que nadie se atreviera a detenerme. Por detrás oía el
ruido de uno; pies, y redoblé la velocidad. Se fue haciendo más débil en la distancia,
hasta que por fin desapareció totalmente; pero yo seguía dando saltos entre los pantanos
y riachuelos, por encima de cercas y d, muros, con gritos salvajes que escuchaban seres
extraños que venían hacia mí por todas partes y aumentaban el sonido hasta que éste
horadaba el aire Iba llevado en los brazos de demonios que corrían sobre el viento, que
traspasaban las orillas y los se tos, y giraban y giraban a mi alrededor con un ruido y una
velocidad que me hacía perder la cabeza, hasta que finalmente me apartaron de ellos con
un golpe violento y caí pesadamente sobre el suelo. Al despertar, me encontré aquí, en
esta celda gris a la qu raras veces llega la luz del sol, y por la que pasa la luna con unos
rayos que sólo sirven para mostrar mi alrededor sombras oscuras, y para que pueda ve
esa figura silenciosa en su esquina. Cuando esto despierto, a veces puedo oír extraños
gritos procedentes de partes distantes de este enorme lugar. N sé lo que son; pero no
proceden de ese cuerpo pálido, y tampoco ella les presta atención. Pues desde las
primeras sombras del ocaso hasta la primera luz de la mañana, esa figura sigue en pie e
inmóvil en c mismo lugar, escuchando la música de mi cadena d hierro, y viéndome
saltar sobre mi lecho de paja.
[De ThePickwick Papers]
La historia del viajante de comercio
Una tarde invernal, hacia las cinco, cuando empezaba a oscurecer, pudo verse a un
hombre en uj calesín que azuzaba a su fatigado caballo por el camino que cruza
Marlborough Downs en dirección Bristol. Digo que pudo vérsele, y sin duda habría sido
así si hubiera pasado por ese camino cualquier que no fuera ciego; pero el tiempo era tan
malo, y la noche tan fría y húmeda, que nada había fuera salve el agua, por lo que el
viajero trotaba en mitad del camino solitario, y bastante melancólico. Si ese día
cualquier viajante hubiera podido ver ese pequeño vehículo, a pesar de todo un calesín,
con el cuerpo de color de arcilla y las ruedas rojas, y la yegua hay y zorruna de paso
rápido, enojadiza, semejante a un cruce entre caballo de carnicero y caballo de posta de
correo de los de dos peniques, habría sabido in mediatamente que aquel viajero no podía
ser otra que Tom Smart, de la importante empresa de Bilsoi y Slum, Cateaton Street,
City. Sin embargo, comí no había ningún viajante mirando, nadie supo nada sobre el
asunto; y por ello, Tom Smart y su calesa de color arcilla y ruedas rojas, y la yegua
zorruna d paso rápido, avanzaron juntos guardando el secrete entre ellos: y nadie lo
sabría nunca.
Incluso en este triste mundo hay lugares muchísimo más agradables que
Marlborough Downs cuando sopla fuerte el viento, y si el lector se deja caer por allí
una triste tarde invernal, por una carretera resbaladiza y embarrada, cuando llueve a
cántaros, y a modo de experimento prueba el efecto en su propia persona, sabrá hasta
qué punto es cierta esta observación.
El viento soplaba, pero no carretera arriba o carretera abajo, lo que ya habría sido
suficientemente malo, sino barriéndola de través, enviando la lluvia inclinada, como
las líneas que solían trazarse en los cuadernos de escritura en la escuela para que los
muchachos marcaran bien la inclinación. Por un momento desaparecía y el viajero
empezaba a engañarse creyendo que, agotada por su furia anterior, ella misma se había
apaciguado, cuando de pronto la oía silbar y gruñir en la distancia y precipitarse desde
la cumbre de las colinas, barriendo la llanura, reuniendo fuerza y estruendo al
acercarse, hasta que caía en una fuerte ráfaga contra el caballo y el hombre, metiendo
la lluvia afilada en las orejas, y calando su fría humedad hasta los mismos huesos; y
después batía detrás de ellos, muy lejos, con un asombroso rugido, como si se mofara
de la debilidad de ellos y se sintiera triunfante por la conciencia de su propia fuerza y
poder.
La yegua baya chapoteaba en el barro y el agua con las orejas caídas; de vez en
cuando sacudía con fuerza la cabeza como para expresar su disgusto ante esa poco
caballerosa conducta de los elementos, pero manteniendo un buen paso, a pesar de
todo hasta que una ráfaga de viento, más furiosa que cualquier otra que les hubiera
atacado anteriormente, la obligaba a detenerse de pronto y plantar las cuatro patas con
firmeza en el suelo para que no la. derribara. Y fue algo especialmente misericordioso
que así lo hiciera, pues de haber sido derribada, la yegua zorruna era tan ligera, y el
calesín era tan ligero, y Tom Smart tenía un peso tan ligero, que infaliblemente habrían
ido todos juntos rodando hasta llegar a los confines de la tierra o hasta que cesara el
viento; y en cualquiera de los casos lo más probable sería que ni la yegua zorruna, ni e
calesín color de arcilla y ruedas rojas ni Tom Smar hubieran vuelto a encontrarse aptos
para el servicio
—Condenadas sean mis correas y bigotes —exclamó Tom Smart (a veces Tom
tenía un desagradable hábito de lanzar juramentos)—. ¡Condenadas sea¡ mis correas y
bigotes, si esto no es agradable, que m, soplen!
Probablemente el lector me preguntará que por qué razón, puesto que a Tom
Smart ya le habían soplado bastante, expresó ese deseo de someterse d, nuevo al
mismo proceso. No puedo responder; b único que sé es que Tom Smart lo dijo así, o
por 1l menos siempre le dijo a mi tío que así lo había dicho, y es la misma cosa.
—Que me soplen —dijo Tom Smart, y la yegua re linchó como si fuera
exactamente de la misma opinión—. Alégrate, vieja —añadió Tom tocando a la yegua
en el cuello con el extremo del látigo—. En una noche como ésta es inútil seguir
tirando adelante, así que en la primera casa a la que lleguemos nos presentaremos, por
lo que cuanto más rápido vayas, antes terminará todo. Vamos, vieja, con suavidad, con
suavidad.
Es evidente que no puedo saber si la yegua zorruna conocía lo suficiente los tonos
de la voz de Tom como para entender su significado, o si bien le resultaba más frío
quedarse quieta que seguir en movimiento. Lo que sí puedo decir es que no había
terminado de hablar Tom cuando la yegua levantó las orejas y se lanzó hacia delante a
una velocidad que hizo traquetear el calesín de color arcilla hasta tal punto que uno
supondría que cada uno de los radios rojos iba a salir volando sobre la hierba de
Marlborough Downs; y Tom, a pesar de llevar el látigo, no pudo detenerla ni controlar
su paso hasta que por sí misma se detuvo ante una posada situada a mano derecha del
camino, aproximadamente a un cuarto de milla del final de los Downs.
Tom lanzó una mirada presurosa a la parte superior de la casa mientras llevaba las
riendas a la pistolera y metía el látigo en la caja. Era un lugar antiguo y extraño,
construido con una especie de tablas de ripia encajadas, por así decirlo, con vigas
cruzadas, con ventanas terminadas en faldones que se proyectaban totalmente sobre el
camino, y una puerta inferior con un porche oscuro y un par de empinados escalones
que conducían a la casa, en lugar de la moda moderna de utilizar media docena de
escalones más bajos. Sin embargo, era un lugar agradable a la vista, pues por la
ventana enrejada salía una luz: potente y alegre que lanzaba rayos brillantes sobre e
camino, llegando incluso a iluminar los setos de enfrente; y había una luz rojiza y
parpadeante en la; otra ventana, que en algunos momentos era débil mente discernible,
y después brillaba con fuerza a través de las cortinas cerradas, lo que daba a entender
que había un buen fuego en el interior. Valoran do esas pequeñas evidencias con el ojo
de un viajero experto, Tom desmontó con la agilidad que le permitieron sus piernas
casi congeladas y entró en la casa.
En menos de cinco minutos, Tom se hallaba acomodado en la habitación opuesta
al bar, la habitación en la que había imaginado el fuego ardiente ante un fuego que
rugía compuesto por un cubo di carbón y suficiente madera como para provenir de
media docena de buenos matorrales de uva espinados apilados hacia arriba en la
chimenea, que rugían, crujían con un sonido que, por sí solo, habría calentado el
corazón de cualquier hombre razonable Aquello resultaba cómodo, pero no era todo,
pues una joven agradablemente vestida, de mirada brillante y tobillos finos, estaba
poniendo sobre la mesa un mantel blanco y muy limpio; y mientras Tom estaba
sentado con los pies, calzados con zapatillas, sobre el guardafuegos de la chimenea,
dando la espalda a la puerta abierta, vio una atractiva perspectiva del bar reflejada en el
espejo colocado soba la repisa de la chimenea, con deliciosas filas de botellas verdes
con etiquetas doradas, junto a frascos de adobos y conservas, quesos y jamones
cocidos, y redondos de vaca, dispuesto todo sobre anaqueles de la manera más
tentadora y deliciosa. Bueno, también esto era confortable; pero no era todo: pues en el
bar, sentada frente a un té en la mesita más agradable, cerca del pequeño fuego más
brillante, había una rolliza viuda de unos cuarenta y ocho años, de rostro tan
confortable como el bar, que era evidentemente la propietaria de la casa y la señora
suprema de todas aquellas agradables posesiones. Tan sólo había un inconveniente en
la belleza general del cuadro, y era un hombre alto, un hombre verdaderamente alto, de
abrigo marrón con botones brillantes de cestería, bigotes negros y cabello negro y
ondulado, sentado con la viuda en la mesa del té, y del que no se necesitaba gran
penetración para saber que estaba en el camino adecuado de persuadirla para que
dejara de ser viuda, confiriéndole a él el privilegio de sentarse en ese bar durante lo
que le quedara de vida.
Ni mucho menos tenía Tom una disposición irritable o envidiosa, pero por una u
otra razón el hombre alto del abrigo marrón con los brillantes botones de cestería
despertó esa pequeña inquina que tenía en su composición, y le hizo sentirse
extremadamente indigno: todavía más porque de vez en cuando podía observar, desde
su asiento colocado frente al espejo, ciertas pequeñas familiaridades afectivas entre el
hombre alto y la viuda, que indicaban en grado suficiente que el hombre alto recibía un
trato de favor tan elevado como su propio tamaño. A Tom le encantaba el ponche
caliente —m aventuraría a decir que le encantaba demasiado el ponche caliente—, y
después de haber comprobado que la yegua zorruna estaba bien alimentada y dormía
sobre suficiente paja, y de haberse comido hasta el último bocado de la agradable cena
caliente que la viuda preparó para él con sus propias manos, se limitó a pedir un vasito
a modo de experimento Ahora bien, si en toda la gama del arte doméstico había un
artículo que la viuda supiera elaborar mejor que cualquier otro, era ése precisamente, y
el primer vaso se adaptó tan agradablemente al gusto d Tom Smart que pidió un
segundo con el menor retrasó posible. El ponche caliente, caballeros, es algo agradable
—algo extremadamente agradable bajo cualquier circunstancia—, pero en aquel
cómodo antiguo salón, ante un fuego rugiente, mientras viento soplaba en el exterior
haciendo crujir todos los maderos de la vieja casa, a Tom Smart le resulta
absolutamente delicioso. Pidió otro vaso, y luego otro más —no estoy muy seguro de
que no pidió otro después de aquél—, pero cuanto más ponche caliente bebía, más
pensaba en el hombre alto.
—¡Que su insolencia le confunda! —exclamó Tom para sí mismo—. ¿Qué
asuntos tiene que resolver e este cómodo bar? ¡Un villano tan feo! Si la viuda tt viera
algún gusto, elegiría seguramente a un tipo mejor que ése.
Tras decir aquellas cosas, la mirada de Tom pasó del espejo colocado sobre la
repisa de la chimenea que había sobre la mesa; y conforme se fue sintiendo cada vez
más sentimental, vació el cuarto vaso de ponche y pidió un quinto.
Tom Smart, caballeros, se había sentido siempre muy atraído por el negocio
tabernero. Desde hacía, tiempo su ambición había sido atender un bar de su propiedad
vestido con un abrigo verde, calzones de pana y fustán de pelo. Tenía grandes ideas
acerca de cómo sentarse en cenas joviales, y había pensado a menudo lo bien que
podría presidir con su conversación un salón propio, y qué ejemplo supremo sería para
sus clientes en el departamento de bebidas. Todas estas cosas pasaron rápidamente por
la mente de Tom mientras estaba sentado bebiendo ponche caliente junto al crujiente
fuego, y se sintió justa y apropiadamente indignado por el hecho de que el hombre alto
estuviera en el camino de conseguir tan excelente casa mientras que él, Tom Smart,
estaba tan lejos de ella como siempre. Por ello, tras deliberar mientras tomaba los dos
últimos vasos, acerca de si tenía perfecto derecho a iniciar una disputa con el hombre
alto por haber conseguido éste la gracia de la rolliza viuda, Tom Smart llegó
finalmente a la satisfactoria conclusión de que era un individuo perseguido, cuyas
dotes no habían sabido utilizarse, y haría bien en irse a la cama.
La joven elegante guió a Tom por unas escaleras amplias y antiguas, utilizando
una mano como pantalla de la vela para protegerla de las corrientes de aire que en un
lugar tan antiguo y con tanto espacio para corretear habrían podido encontrar mucho
sitio para divertirse sin apagar la vela, pero que, sin embargo, la apagarían; ello
permitiría a los enemigos de Tom la oportunidad de afirmar que había sido él y no el
viento, el que apagó la vela, y que mientras simulaba soplar para encenderla de nuevo
en realidad estaba besando a la joven. Pero en cualquier caso obtuvieron otra luz y
Tom fue conducido a través de un laberinto de habitaciones y pasillos hasta una
estancia que había sido preparada para su recepción, en la que la joven se despidió de
él deseándole buenas noches y le dejó a solas.
Era una habitación buena y grande con amplio armarios y una cama que habría
servido para un internado completo, por no hablar de un par de roperos de roble en los
que habrían cabido los equipajes de un pequeño ejército; pero lo que más llamó la
atención a Tom fue una extraña silla de respaldo alto y aspecto horrendo tallada de la
manera mi fantástica, con un cojín de damasco floreado y una abultamientos redondos
en la parte inferior de lo patas cuidadosamente envueltos en paño rojo como si tuviera
gota en los dedos. De cualquier otra extraña silla Tom sólo habría pensado que era una
silla extraña, y ahí habría terminado el asunto; pero en esa silla particular había algo,
aunque no podía decir qué era, tan extraño y tan diferente a cualquier otro mueble que
hubiera visto nunca que pareció fascinarle. Se sentó delante del fuego y se quedó
mirando fijamente la vieja silla durante media hora como si el demonio se hubiera
apropiado de ella; el tan extraña que no podía apartar los ojos de aquel, objeto.
—Vaya —dijo lentamente mientras se desvestía sin dejar de mirar un solo
momento la vieja silla, erguida con aspecto misterioso junto a la cama—. Jamás en mi
vida vi cosa tan peculiar. Muy extraño —añadió Tom, que con el ponche caliente se
había vuelto bastante sagaz—. Muy extraño.
Sacudió la cabeza con actitud de profunda sabiduría y volvió a contemplar la silla.
Sin embargo, no pudo sacar nada en claro, por lo que se metió en la cama, se tapó
hasta estar bien caliente y se quedó dormido.
Media hora después, Tom despertó sobresaltado de un confuso sueño en el que
participaban hombres altos y vasos de ponche: y el primer objeto que se presentó ante
su imaginación despierta fue la extraña silla.
—No voy a mirarla más —se dijo apretando los párpados uno contra otro y
tratando de persuadirse de que iba a dormir de nuevo. Inútil; por sus ojos sólo bailaban
sillas extrañas que coceaban con sus patas, saltaban las unas sobre los respaldos de las
otras y realizaban las cabriolas más extrañas.
—Será mejor ver una silla auténtica que dos o tres series completas de sillas
falsas —dijo sacando la cabeza desde abajo de las ropas de cama. Y ahí estaba,
claramente discernible a la luz del fuego, tan provocativa como siempre.
Miró la silla y de pronto, mientras la contemplaba, pareció producirse en ella un
cambio de lo más extraordinario. La talla del respaldo asumió gradualmente el
alineamiento y la expresión de un rostro humano viejo y arrugado; el cojín de damasco
se convirtió en una antiguo chaleco de solapas; los bultos redondos se convirtieron en
dos pares de pies embutidos en zapatillas de paño rojo; y la vieja silla se asemejó a un
anciano muy feo, del siglo anterior, con los brazos en jarras. Tom se sentó en la cama y
se frotó los ojos para deshacer la ilusión. Pero no. La silla era un anciano feo; y lo que
es más, le estaba guiñando un ojo a Tom Smart.
Tom era por naturaleza una especie de perro temerario y descuidado, y se había
tomado cinco vasos de ponche caliente; es por eso que, aunque a principio se mostrara
algo sorprendido, empezó a indignarse en cuanto vio que el anciano caballero le
guiñaba un ojo y le sonreía descaradamente con un aire tan insolente. Finalmente
decidió que no iba, soportarlo; y como el rostro envejecido seguía haciéndole guiños
con mayor rapidez que nunca, con tono verdaderamente colérico, le dijo:
—¿Por qué diablos me está guiñando el ojo? —Porque me gusta, Tom Smart —
contestó la silla o el anciano caballero, como prefiera llamarle el lector. Sin embargo
dejó de hacer guiños cuando Ton habló, y empezó a sonreír como un mono viejísimo
—¿Y cómo sabe mi nombre, viejo cascanueces? —preguntó Tom con bastantes
titubeos, aunque creía estar haciéndolo bastante bien.
—Vamos, vamos, Tom—dijo el anciano caballero, esa no es manera de dirigirse a
una sólida madera de caoba española. Que me condenen si no me trataría con menos
respeto si fuera de contrachapado.
Cuando el anciano caballero dijo esto, miró con tal violencia a Tom que éste
empezó a asustarse. —No pretendía tratarle con ninguna falta de respeto, señor —dijo
Tom en un tono mucho más humilde que el que había empleado al principio. —Bueno,
bueno —contestó el anciano—. Quizá no... quizá no, Tom...
—Señor...
—Lo sé todo sobre ti, Tom; todo. Eres muy pobre, Tom.
—Ciertamente que lo soy —replicó Tom Smart—. Pero ¿cómo ha llegado a saber
eso?
—No tiene importancia —dijo el anciano—. Y te gusta mucho el ponche, Tom.
Tom Smart estuvo a punto de protestar afirmando que no había probado una gota
desde su último cumpleaños, pero cuando su mirada se encontró con la del anciano
caballero, éste parecía tener tal conocimiento que Tom enrojeció y guardó silencio. —
Tom, la viuda es una hermosa mujer... verdaderamente hermosa... ¿eh, Tom?
En ese momento el anciano levantó la mirada hacia arriba, alzó una de sus
pequeñas y desgastadas patas y pareció tan desagradablemente amoroso que
Tom sintió un absoluto desagrado por la vanidad de su conducta... ¡a sus años!
—Soy su guardián, Tom —dijo el anciano. —¿Eso es lo que es? —preguntó Tom
Smart. —Conocía a su madre, Tom —dijo el viejo—. Y a su abuela. Ella me tenía
mucho cariño... fue la que me hizo este chaleco, Tom.
—¿Eso hizo? —preguntó Tom Smart.
—Y estos zapatos —añadió el anciano levantando una de las zapatillas de paño
rojo—. Pero no lo cuentes por ahí, Tom. No me gustaría que se supiera que ella estaba
tan unida a mí. Podría producir ciertas situaciones desagradables en la familia.
Cuando el viejo truhán dijo aquello tenía un aspecto tan extremadamente
impertinente que, tal como declaró después Tom Smart, no habría sentido el menor
remordimiento de sentarse encima de él,
—He sido un gran favorito entre las mujeres de mi época, Tom —afirmó el
disoluto y viejo crápula—, Cientos de hermosas mujeres se han sentado en mi regazo
durante horas. ¿Qué piensas de eso, eh, perro?
El anciano caballero iba a proceder a contar algunas otras hazañas de su juventud
cuando le sobrevino un ataque de crujidos tan violento que fue incapaz de proseguir.
«Ahí tienes lo que te mereces, viejo», pensó Tom Smart; pero no llegó a decir
nada.
—¡Ay! —exclamó el anciano—. Esto me inquieta, mucho ahora. Estoy
envejeciendo, Tom, y he perdido casi todos mis barrotes. También me han hecho ya
una operación, una pequeña pieza del respaldo, fue una prueba muy dura, Tom.
—Me atrevo a decir que así fue, señor—añadió Tom Smart.
—Sin embargo, eso no viene al caso —replicó el anciano caballero—. ¡Tom,
quiero que te cases con la ... viuda!
—¿Yo, señor? —preguntó Tom.
—Sí, tú—contestó el anciano.
—Bendito sea su reverendo relleno —exclamó Tom, aunque apenas si le
quedaban unos cuantos pelos de caballo—. Bendito sea su reverendo relleno, pero ella
no me querría —exclamó Tom suspirando involuntariamente al pensar en el bar.
—¿Que no? —preguntó con firmeza el anciano. —No, no —respondió Tom—.
Hay otro en el campo. Un hombre alto... un hombre terriblemente alto... de bigote
negro.
—Tom —le informó el anciano—. Ella nunca le tendrá.
—¿Que no? —preguntó Tom—. Si estuviera usted en el bar, anciano caballero,
hablaría de otra manera.
—Bah, bah. Lo sé todo sobre esa historia. —¿Sobre qué? —preguntó Tom.
—Sobre besos detrás de la puerta, y todas esas cosas, Tom —añadió el anciano.
En ese momento lanzó otra mirada insolente que encolerizó mucho a Tom, pues
como todos ustedes, caballeros, saben bien, escuchar a un viejo,
que por serlo debería conocer mejor el mundo, hablar sobre esas cosas resulta
muy desagradable... nada más que por eso.
—Lo sé todo al respecto, Tom. Lo he visto hacer muy a menudo en mi época,
Tom, entre más personas de las que me gustaría mencionarte; pero al final nunca se
llega a nada.
—Ha debido ver usted algunas cosas extrañas —preguntó Tom con mirada
inquisitiva.
—Puedes afirmarlo, Tom —replicó el viejo con ut complicado guiño—. Soy el
último de mi familia Tom —añadió el anciano lanzando un melancólico suspiro.
—¿Y fue muy grande? —preguntó Tom Smart. —Éramos doce, Tom; tipos
hermosos de respaldo, tan bello y recto como le gustaría ver a cualquiera Nada de esos
abortos modernos... todos con brazo y con un grado tal de pulido que habría alegrado t,
corazón contemplarnos.
—¿Y qué ha sido de los demás, señor?
El anciano caballero se llevó un codo al ojo al tiempo que contestaba:
—Murieron, Tom, murieron. Teníamos un duro trabajo, Tom, y no todos poseían
mi constitución Tenían reuma en piernas y brazos, y acabaron en cocinas y hospitales;
y uno de ellos, tras un prolonga do servicio y una dura utilización, perdió el sentido se
volvió tan loco que tuvieron que quemarlo. Qué cosa tan sorprendente ésa, Tom.
—¡Terrible! —exclamó Tom Smart.
El anciano guardó silencio unos minutos, evidentemente mientras combatía sus
emotivos sentimientos, y después añadió:
—Sin embargo, Tom, me estoy apartando del tema. Ese hombre alto, Tom, es un
aventurero ruin En el momento en que se casara con la viuda vendo ría todos los
muebles y escaparía. ¿Y cuáles serían las, consecuencias? Ella quedaría abandonada y
reducida a la ruin a, y yo moriría de frío en alguna tienda de muebles viejos.
—Sí, pero...
—No me interrumpas. De ti, Tom Smart, tengo una opinión muy diferente; pues
bien sé que si alguna vez te asentaras en una posada, nunca la abandonarías mientras'
hubiera algo que beber dentro de sus paredes.
—Me siento muy agradecido por su buena opinión, señor—le informó Tom
Smart.
—Por tanto —siguió diciendo el anciano con tono autoritario—: tú serás el que la
tenga, y él no. —¿Cómo puede impedirse? —preguntó ansiosamente Tom Smart.
—Con esta revelación: el ya está casado.
—¿Cómo puedo demostrarlo? —preguntó Tom saliendo a medias de la cama.
El anciano caballero separó un brazo de su costado y tras señalar a uno de los
vestidores de roble volvió a colocarlo inmediatamente en su antigu a posición.
—Poco piensa él que en el bolsillo derecho de unos pantalones de ese vestidor ha
dejado una carta en la que se le pide que regrese junto a su desconsolada esposa, con
seis niños, toma buena nota, Tom, seis niños, y todos ellos pequeños.
Cuando el anciano caballero pronunció con solemnidad aquellas palabras sus
rasgos se fueron haciendo menos y menos claros y su figura se volvió más sombría.
Sobre los ojos de Tom Smart cayó una película. El anciano pareció fundirse
gradualmente con la silla, el chaleco de damasco convertirse en cojín, las zapatillas
rojas encogerse en pequeñas bolsas
de paño rojo. La luz desapareció suavemente y Tom Smart se dejó caer sobre la
almohada y se quedó profundamente dormido.
La mañana despertó a Tom del sueño letárgico en el que había caído al
desaparecer el anciano. Se sentó en la cama y durante unos minutos trató vanamente de
recordar los hechos de la noche anterior. Repentin4mente se acordó de ellos. Miró la
silla; era ciertamente un mueble fantástico y feo, pero sólo una imaginación
notablemente viva e ingeniosa podría haber descubierto cualquier parecido entre el
mueble y el anciano.
—¿Cómo se encuentra, anciano? —preguntó Tom. A la luz del día se sentía más
audaz, como le sucede a la mayoría de los hombres.
La silla permaneció inmóvil y no dijo una sola palabra.
—Hace una mañana espantosa —añadió Tom. Pero no. La silla no se sentía
dispuesta a conversar. —¿A qué vestidor señaló? Al menos podría decirme eso —
insistió Tom. Pero la silla, caballeros, no decía una sola palabra.
—De cualquier manera, no es muy difícil abrirlos —siguió diciendo Tom al
tiempo que salía de la cama. Se dirigió hacia uno de los vestidores. La llave estaba
puesta en la cerradura; la giró y abrió la puerta. Allí había unos pantalones. ¡Metió la
mano en el bolsillo y sacó una carta idéntica a la que había descrito el anciano
caballero!
—Qué cosa tan extraña es ésta —exclamó Tom Smart mirando primero a la silla,
y luego al vestidor, después a la carta y finalmente otra vez a la silla—. ¡Muy extraño!
—repitió.
Pero como no había allí nada que amortiguase la extrañeza, pensó que también él
debía vestirse y arreglar enseguida los asuntos del hombre alto... sólo para sacarle de
su desgracia.
Tom fue fijándose al pasar en las distintas habitaciones, mientras bajaba, con el
ojo atento de un propietario; considerando que no sería imposible que en breve tiempo
las estancias y sus contenidos fueran de su propiedad. El hombre alto estaba de pie en
el cómodo bar, con las manos a la espalda, sintiéndose muy en su casa. Dirigió a Tom
una sonrisa vacía. Un observador casual podría haber supuesto que lo hizo sólo para
mostrarle sus dientes blancos; pero Tom Smart pensó que una conciencia de triunfo
ocupaba el lugar en el que había estado la mente del hombre alto. Tom le sonrió
directamente y llamó a la patrona.
—Buenos días, señora—dijo Tom Smart cerrando la puerta del saloncito cuando
entró la viuda. —Buenos días, señor —respondió ella—. ¿Qué tomará para el
desayuno, señor?
Tom estaba pensando en la forma de introducir el tema, por lo que no respondió.
—Tenemos un jamón muy bueno —dijo la viuda—. Y una estupenda ave fría
mechada. ¿Le sirvo eso, señor?
Esas palabras sacaron a Tom de sus reflexiones. La admiración que sentía por la
viuda aumentaba conforme ésta hablaba. ¡Qué criatura tan considerada! ¡Qué
comodidad para proveerle de todo!
—¿Quién es el caballero que está en el bar, señora? —preguntó Tom.
—Se llama Jinkins, señor —respondió la viuda sonrojándose ligeramente.
—Es un hombre alto —dijo Tom.
—Es un hombre muy bueno, señor —contestó la viuda—. Y un caballero muy
agradable.
—¡Ah! —exclamó Tom.
—¿Desea alguna cosa más, señor? —preguntó la viuda, que se sentía bastante
perpleja por las maneras de Tom.
—Bueno, sí —contestó Tom—. Mi querida señora, ¿tendría la amabilidad de
sentarse un momento?
La viuda pareció muy sorprendida, pero se sentó, y Tom lo hizo también cerca de
ella. Caballeros, no sé cómo sucedió... la verdad es que mi tío solía contarme que Tom
Smart le dijo que tampoco él sabía cómo había sucedido; pero el caso es que, de una
manera o de otra, la palma de la mano de Tom se posó sobre el dorso de la mano de la
viuda, y la dejó allí mientras hablaba.
—Mi querida señora —dijo Tom Smart, pues siempre había pensado lo
importante que era mostrarse amable—. Mi querida señora, merece usted un marido
excelente... cierto que sí.
—¡Vaya, señor! —exclamó la viuda, lo que no resulta ilógico, pues la manera que
tuvo Tom de iniciar la conversación era bastante inusual, por no decir sorprendente,
teniendo en cuenta el hecho de que hasta la noche anterior no la había visto nunca—.
¡Vaya, señor!
—Desprecio las adulaciones, mi querida señora. Pero merece usted un marido
admirable, y sea éste quien sea, será un hombre afortunado.
Al decir aquello, la mirada de Tom pasó del rostro de la viuda a las comodidades
que le rodeaban. La viuda parecía más sorprendida que nunca, e hizo un esfuerzo por
levantarse. Tom le apretó suavemente la mano, como para detenerla, y ella permaneció
en su asiento. Las viudas, caballeros, no suelen ser timoratas, tal como mi tío solía
decir.
—Estoy segura de sentirme muy agradecida hacia usted, señor, por su buena
opinión —dijo la rolliza patrona riéndose a medias—. Y si alguna vez vuelvo a
casarme...
—Si... —repitió Tom Smart mirándola astutamente con el rabillo del ojo
derecho—. Si...
—Bueno —añadió la viuda riéndose con franqueza esa vez—. Cuando lo haga,
espero conseguir un esposo tan bueno como el que usted describe.
—Como por ejemplo Jinkins —dijo Tom. —¡Vaya, señor! —exclamó la viuda.
—Ay, no me diga eso —insistió Tom—. Le conozco. —Estoy convencida de que
nadie que le conozca sabrá nada malo de él —dijo la viuda, pasando al ataque ante el
aire misterioso con el que había hablado Tom.
—¡Ejem! —exclamó Tom Smart.
La viuda empezó a pensar que era ya un buen momento de llorar, por lo que sacó
su pañuelo y preguntó a Tom si es que deseaba insultarla: si es que pensaba que era
propio de un caballero hablar mal de otro a sus espaldas; que por qué motivo, s tenía
algo que decir, no se lo decía al caballero como un hombre, en lugar de asustar a una
pobre, débil mujer de esa manera, y cosas por el estilo.
—Se lo diré a él enseguida—dijo Tom—. Pero quiero que usted lo escuche
primero.
—¿De qué se trata? —preguntó la viuda mirando fijamente el rostro de Tom.
—Le va a asombrar —contestó Tom llevándose una mano al bolsillo.
—Si es eso, que él quiere dinero —dijo la viuda— ya lo sé, y no tiene usted que
preocuparse.
—Bah, qué tontería, eso no es nada —dijo Ton Smart—. También yo quiero
dinero. No es eso. —Entonces, amigo mío, ¿de qué se trata? —excla mó la pobre
viuda.
—No se asuste —le respondió Tom Smart mien tras sacaba lentamente la carta y
la abría—. ¿Está segura de que no gritará? —le preguntó con vacilación —No, no —
contestó la viuda—. Déjeme verla.
—¿Y no va a desmayarse, ni hará ninguna otra tontería? —preguntó Tom.
—No, no —contestó la viuda inmediatamente. —¿Y no saldrá corriendo para
golpearle? —volvió, preguntar Tom—. Porque voy a hacer todo esto por usted; será
mejor que no se lo tome a mal.
—De acuerdo, de acuerdo —dijo la viuda—. Déjeme verla.
—Así lo haré —contestó Tom Smart, y diciendo esas palabras colocó la carta en
la mano de la viuda Caballeros, oí decir a mi tío que Tom Smart dijo que las
lamentaciones de la viuda cuando se enteró de aquello habrían traspasado un corazón
de piedra. El de Tom era ciertamente muy tierno, y traspasaron el suyo hasta la misma
médula. La viuda se columpiaba hacia delante y hacia atrás retorciéndose las manos.
—¡Ay, qué hombre tan engañoso y vil! —exclamaba la viuda.
—¡Espantoso, mi querida señora! Pero compórtese.
—¡Ay, cómo voy a hacerlo! —gritó la viuda—. ¡Nunca encontraré a ningún otro a
quien pueda amar tanto!
—Ay, claro que lo encontrará, mi querida señora —exclamó Tom Smart dejando
caer una verdadera lluvia de enormes lágrimas por la piedad que sentía por el
infortunio de la viuda. En la energía de su compasión, Tom Smart había rodeado con
un brazo la cintura de la viuda; y la viuda, movida por la pasión de la pena, había
sujetado la mano de Tom. Ésta miró a Tom al rostro y le sonrió entre sus lágrimas.
Tom miró el semblante de ella, y sonrió entre las suyas.
Nunca pude averiguar, caballeros, si Tom besó o no a la viuda en ese momento
particular. Solía decirle a mi tío que no lo había hecho, pero tengo mis dudas al
respecto. Entre nosotros, caballeros, estoy convencido de que lo hizo.
En todo caso, Tom echó a patadas al hombre alto por la puerta delantera media
hora más tarde y se casó con la viuda al cabo de un mes. Y solía recorrer el campo con
el calesín de color arcilla y rueda, rojas y la yegua zorruna de paso rápido hasta que
muchos años después abandonó el negocio y se fui a Francia con su esposa; y más tarde,
la vieja casa se vino abajo.
[De The Pickwick Papers]
La historia de los duendes que secuestraron a un enterrador
En una antigua ciudad abacial, en el sur de es parte del país, hace mucho, pero
que muchísimo tiempo —tanto que la historia debe ser cierta porque nuestros
tatarabuelos creían realmente en ella—, trabajaba como enterrador y sepulturero del
campo santo un tal Gabriel Grub. No se deduce en absoluto de ello que porque un
hombre sea enterrador, esté rodeado constantemente por los emblemas la mortalidad,
tenga que ser un hombre melancólico y triste; entre los funerarios se encuentran los i
pos más alegres del mundo; en una ocasión tuve honor de trabar amistad íntima con
uno muy silencioso que en su vida privada, estando fuera de ser necio, era el tipo más
cómico y jocoso que haya gorjeado nunca canciones osadas, sin el menor tropiezo f su
memoria, ni que haya vaciado nunca el contenido de un buen vaso sin detenerse ni a
respirar. Pe no obstante estos precedentes que parecen contrariar la historia, Gabriel
Grub era un tipo malparado, intratable y arisco, un hombre taciturno y solitario que no
se asociaba con nadie sino consigo mismo, aparte de con una antigua botella forrada o
cestería que ajustaba en el amplio bolsillo de chaleco, y que contemplaba cada rostro
alegre que pasara junto a él con tan poderoso gesto de malicia y mal humor que
resultaba difícil enfrentarlo sin tener una sensación terrible.
Poco antes del crepúsculo, el día de Nochebuena, Gabriel se echó al hombro el
azadón, encendió el farol y se dirigió hacia el cementerio viejo, pues tenía que terminar
una tumba para la mañana siguiente, y como se sentía algo bajo de ánimo pensó que
quizá levantara su espíritu si se ponía a trabajar enseguida. En el camino, al subir por
una antigua calle, vio la alegre luz de los fuegos chispeantes que brillaban tras los viejos
ventanos, y escuchó las fuertes risotadas y los alegres gritos de aquellos que se
encontraban reunidos; observó los ajetreados preparativos de la alegría del día siguiente
y olfateó los numerosos y sabrosos olores consiguientes que ascendían en forma de
nubes vaporosas desde las ventanas de las cocinas. Todo aquello producía rencor y
amargura en el corazón de Gabriel Grub; y cuando grupos de niños salían dando saltos
de las casas, cruzaban la carretera a la carrera y antes de que pudieran llamar a la puerta
de enfrente eran recibidos por media docena de pillastres de cabello rizado que se ponían
a cacarear a su alrededor mientras subían todos en bandada a pasar la tarde dedicados a
sus juegos de Navidad, Gabriel sonreía taciturno y aferraba con mayor firmeza el mango
de su azadón mientras pensaba en el sarampión, la escarlatina, el afta, la tos ferina y
otras muchas fuentes de consuelo.
Gabriel caminaba a zancadas en ese feliz estado
mental: devolviendo un gruñido breve y hosco a le saludos bienhumorados de
aquellos vecinos que pasaban junto a él, hasta que se metía en el oscuro callejón que
conducía al cementerio. Gabriel llevaba y tiempo deseando llegar al callejón oscuro,
porque hablando en términos generales era un lugar agradable, taciturno y triste que las
gentes de la ciudad n gustaban de frecuentar, salvo a plena luz del día cuando brillaba el
sol; por ello se sintió no poco ir dignado al oír a un joven granuja que cantaba
estruendosamente una festiva canción sobre unas navidades alegres en aquel mismo
santuario que había recibido el nombre de CALLEJÓN DEL ATAÚD desde época de la
vieja abadía y de los monjes de cabes afeitada. Mientras Gabriel avanzaba la voz fue
haciéndose más cercana y descubrió que procedía c un muchacho pequeño que corría a
sola s con la intención de unirse a uno de los pequeños grupos de calle vieja, y que en
parte para hacerse compañía a mismo, y en parte como preparativo de la ocasión
vociferaba la canción con la mayor potencia de si pulmones. Gabriel aguardó a que
llegara el muchacho, le acorraló en una esquina y le golpeó cinco seis veces en la cabeza
con el farol para enseñarle modular la voz. Y mientras el muchacho escapó corriendo
con la mano en la cabeza y cantando una melodía muy distinta, Gabriel Grub sonrió
cordialmente para sí mismo y entró en el cementerio, cerrando la puerta tras él.
Se quitó el abrigo, dejó en el suelo el farol y metiéndose en la tumba sin terminar
trabajó en él durante una hora con muy buena voluntad. Pero la tierra se había
endurecido con la helada y no era asunto fácil desmenuzarla y sacarla fuera con la
pala; y aunque había luna, ésta era muy joven e iluminaba muy poco la tumba, que
estaba a la sombra de la iglesia. En cualquier otro momento estos obstáculos hubieran
hecho que Gabriel Grub se sintiera desanimado y desgraciado, pero estaba tan
complacido de haber acallado los cantos del muchachito que apenas se preocupó por
los escasos progresos que hacía y miró la tumba, cuando llegada la noche hubo
terminado el trabajo, con melancólica satisfacció n, murmurando mientras recogía sus
herramientas:
Valiente acomodo para cualquiera,
valiente acomodo para cualquiera,
unos pies de tierra fría cuando la vida ha terminado,
una piedra en la cabeza, una piedra en los pies,
una comida rica y jugosa para los gusanos,
la hierba sobre la cabeza, y la tierra húmeda alrededor,
¡valiente acomodo para cualquiera,
aquí en el camposanto!
—¡Ja, ja! —echó a reír Gabriel Grub sentándose en una lápida que era su lugar de
descanso favorito; fue a buscar entonces su botella—. ¡Un ataúd en Navidad! ¡Una caja
de Navidad! ¡Ja, ja, ja!
—¡Ja, ja, ja! —repitió una voz que sonó muy cerca detrás de él.
En el momento en el que iba a llevarse la botella
a los labios, Gabriel se detuvo algo alarmado y miró a su alrededor. El fondo de la
tumba más vieja que estaba a su lado no se encontraba más quieto e inmóvil que el
cementerio bajo la luz pálida de la luna. La fría escarcha brillaba sobre las tumbas
lanzando destellos como filas de gemas entre las tallas de piedra dula vieja iglesia. La
nieve yacía dura y crujiente sobre el suelo, y se extendía sobre los montículos
apretados de tierra como una cubierta blanca y lisa que daba la impresión de que los
cadáveres yacieran allí ocultos sólo por las sábanas en las que los habían enrollado. Ni
el más débil crujido interrumpía la tranquilidad profunda de aquel escenario solemne.
Tan frío y quieto estaba todo que el sonido mismo parecía congelado.
—Fue el eco —dijo Gabriel Grub llevándose otra vez la botella a los labios.
—¡No lo fue! —replicó una voz profunda.
Gabriel se sobresaltó y levantándose se quedó firme en aquel mismo lugar, lleno
de asombro y terror, pues sus ojos se posaron en una forma que hizo que se le helara la
sangre.
Sentada en una lápida vertical, cerca de él, había una figura extraña, no terrenal,
que Gabriel comprendió enseguida que no pertenecía a este mundo. Sus piernas
fantásticas y largas, que podrían haber llegado al suelo, las tenía levantadas y cruzadas
de manera extraña y rara; sus fuertes brazos estaban desnudos y apoyaba las manos en
las rodillas. Sobre el cuerpo, corto y redondeado, llevaba un vestido ajustado adornado
con pequeñas cuchilladas; colgaba a su espalda un manto corto; el cuello estaba
recortado en curiosos picos que le servían al duende de golilla o pañuelo; y los zapatos
estaban curvados hacia arriba con los dedos metidos en largas puntas. En la cabeza
llevaba un sombrero de pan de azúcar de ala ancha, adornado con una única pluma.
Llevaba el sombrero cubierto de escarcha blanca, y el duende parecía encontrarse
cómodamente sentado en esa misma lápida desde hacía doscientos o trescientos años.
Estaba absolutamente quieto, con la lengua fuera, a modo de burla; le sonreía a Gabriel
Grub con esa sonrisa que sólo un duende puede mostrar.
—No fue el eco —dijo el duende.
Gabriel Grub quedó paralizado y no pudo dar respuesta alguna.
—¿Qué haces aquí en Nochebuena? —le preguntó el duende con un tono grave.
—He venido a cavar una tumba, señor—contestó, tartamudeando, Gabriel Grub.
—¿Y qué hombre se dedica a andar entre tumbas y cementerios en una noche
como ésta? —gritó el duende.
—¡Gabriel Grub! ¡Gabriel Grub! —contestó a gritos un salvaje coro de voces que
pareció llenar el cementerio. Temeroso, Gabriel miró a su alrededor sin que pudiera
ver nada.
—¿Qué llevas en esa botella? —preguntó el duende. —Ginebra holandesa, señor
—contestó el enterrador temblando más que nunca, pues la había comprado a unos
contrabandistas y pensó que quizá el
que le preguntaba perteneciera al impuesto de consumos de los duendes.
—¿Y quién bebe ginebra holandesa a solas, en un cementerio, en una noche como
ésta? —preguntó el duende.
—¡Gabriel Grub! ¡Gabriel Grub! —exclamaron de nuevo las voces salvajes.
El duende miró maliciosamente y de soslayo al aterrado enterrador, y luego,
elevando la voz, exclamó:
—¿Y quién, entonces, es nuestro premio justo y legítimo?
Ante esa pregunta, el coro invisible contestó de una manera que sonaba como las
voces de muchos cantantes entonando, con el poderoso volumen del órgano de la vieja
iglesia, una melodía que parecía llevar hasta los oídos del enterrador un viento
desbocado, y desaparecer al seguir avanzando; pero la respuesta seguía siendo la
misma:
—¡Gabriel Grub! ¡Gabriel Grub!
El duende mostró una sonrisa más amplia que nunca mientras decía:
—Y bien, Gabriel, ¿qué tienes que decir a eso?
El enterrador se quedó con la boca abierta, falto de aliento.
—¿Qué es lo que piensas de esto, Gabriel? —preguntó el duende pateando con los
pies el aire a ambos lados de la lápida y mirándose las puntas vueltas hacia arriba de su
calzado con la misma complacencia que si hubiera estado contemplando en Bond
Street las botas Wellingtons más a la moda.
—Es... resulta... muy curioso, señor —contestó el enterrador, medio muerto de
miedo—. Muy curioso, y bastante bonito, pero creo que tengo que regresar a terminar
mi trabajo, señor, si no le importa.
—¡Trabajo! —exclamó el duende—. ¿Qué trabajo? —La tumba, señor; preparar la
tumba —volvió a contestar tartamudeando el enterrador.
—Ah, ¿la tumba, eh? —preguntó el duende—. ¿Y quién cava tumbas en un
momento en el que todos los demás hombres están alegres y se complacen en ello?
—¡Gabriel Grub! ¡Gabriel Grub! —volvieron a contestar las misteriosas voces.
—Me temo que mis amigos te quieren, Gabriel —dijo el duende sacando más que
nunca la lengua y dirigiéndola a una de sus mejillas... y era una lengua de lo más
sorprendente—. Me temo que mis amigos te quieren, Gabriel —repitió el duende.
—Por favor, señor—replicó el enterrador sobrecogido por el horror—. No creo que
sea así, señor; no me conocen, señor; no creo esos caballeros me hayan visto nunca,
señor.
—Oh, claro que te han visto —contestó el duende—. Conocemos al hombre de
rostro taciturno, ceñudo y triste que vino esta noche por la calle lanzando malas miradas
a los niños y agarrando con fuerza su azadón de enterrador. Conocemos al hombre que
golpeó al muchacho con la malicia envidiosa de su corazón porque el muchacho podía
estar alegre y él no. Le conocemos, le conocemos.
En ese momento el duende lanzó una risotada fuerte y aguda que el eco devolvió
multiplicada por veinte, y levantando las piernas en el aire, se quedó e pie sobre su
cabeza, o más bien sobre la punta misma del sombrero de pan de azúcar en el borde más
estrecho de la lápida, desde donde con extraordinaria agilidad dio un salto mortal
cayendo directamente a los pies del enterrador, plantándose allí en la actitud en que
suelen sentarse los sastres sobre su tabla.
—Me... me... temo que debo abandonarle, señor —dijo el enterrador haciendo un
esfuerzo por ponerse en movimiento.
—¡Abandonarnos! —exclamó el duende—. Gabri Grub va a abandonarnos. ¡Ja, ja,
ja!
Mientras el duende se echaba a reír, el sepulturero observó por un instante una
iluminación brillan tras las ventanas de la iglesia, como si el edificio dentro hubiera sido
iluminado; desapareció, el órgano atronó con una tonada animosa y grupos enteros
duendes, la contrapartida misma del primero, aparecieron en el cementerio y
comenzaron a jugar al salto de la rana con las tumbas, sin detenerse un instante tomar
aliento y «saltando» las más altas de ellas, una tras otra, con una absoluta y maravillosa
destreza. El primer duende era un saltarín de lo más notable. Ninguno de los demás se le
aproximaba siquiera; incluso en su estado de terror extremo el sepulturero no pudo dejar
de observar que mientras que sus amigos se contentaban con saltar las lápidas de tamaño
común el primero abordaba las capillas familiares con las barandillas de hierro y todo,
con la misma facilidad que si se tratara de postes callejeros.
Finalmente el juego llegó al punto más culminante e interesante; el órgano
comenzó a sonar más y más veloz y los duendes a saltar más y más rápido:
enrollándose, rodando de la cabeza a los talones sobre el suelo y botando sobre las
tumbas como pelotas de fútbol. El cerebro del enterrador giraba en un torbellino con la
rapidez del movimiento que estaba contemplando y las piernas se le tambaleaban
mientras los espíritus volaban delante de sus ojos, hasta que el duende rey, lanzándose
repentinamente hacia él, le puso una mano en el cuello y se hundió con él en la tierra.
Cuando Gabriel Grub tuvo tiempo de recuperar el aliento, que había perdido por
causa de la rapidez de su descenso, se encontró en lo que parecía ser una amplia
caverna rodeado por todas partes por multitud de duendes feos y ceñudos. En el centro
de la caverna, sobre una sede elevada, se encontraba su amigo del cementerio; y junto
a él estaba el propio Gabriel Grub sin capacidad de movimiento.
—Hace frío esta noche —dijo el rey de los duendes—. Mucho frío. ¡Traed un
vaso de algo caliente! Al escuchar esa orden, media docena de solícitos duendes de
sonrisa perpetua en el rostro, que Gabriél Grub imaginó serían cortesanos,
desaparecieron presurosamente para regresar de inmediato con una copa de fuego
líquido que presentaron al rey. —¡Ah! —gritó el duende, cuyas mejillas y garganta se
habían vuelto transparentes, mientras se tragaba la llama—. ¡Verdaderamente esto
calienta a cualquiera! Traedle una copa de lo mismo al señor Grub.
En vano protestó el infortunado enterrador diciendo que no estaba acostumbrado a
tomar nada caliente por la noche; uno de los duendes le sujetó mientras el otro
derramaba por su garganta el líquido ardiente; la asamblea entera chilló de risa cuando
él se puso a toser y a ahogarse y se limpió las lágrimas, que brotaron en abundancia de
sus ojos, tras tragar la ardiente bebida.
—Y ahora —dijo el rey al tiempo que golpeaba con la esquina ahusada del
sombrero de pan de azúcar el ojo del enterrador, ocasionándole con ello el dolor más
exquisito—... y ahora mostrémosle al hombre de la tristeza y la desgracia unas cuantas
imágenes de nuestro gran almacén.
Al decir aquello el duende, una nube espesa que oscurecía el extremo más remoto
de la caverna desapareció gradualmente revelando, aparentemente a gran distancia, un
aposento pequeño y escasamente amueblado, pero pulcro y limpio. Había una multitud
de niños pequeños reunidos alrededor de un fuego brillante, agarrados a la bata de su
madre y dando brincos alrededor de su silla. De vez en cuando la madre se levantaba y
apartaba la cortina de li ventana, como deseando ver algún objeto que esperaba; sobre
la mesa estaba dispuesta una comida frugal; cerca del fuego había un sillón. Se oyó que
llamaban a la puerta: la madre la abrió y los niños se amontonaron a su alrededor,
aplaudiendo de alegría, cuando entró el padre. Estaba mojado y fatigado se sacudió la
nieve de las ropas mientras los niños se amontonaban a su alrededor agarrando su
manto, sombrero, bastón y guantes con verdadero celo y saliendo a toda prisa con
ellos de la habitación. Después, mientras se sentaba delante del fuego y de su
comida, los niños se le subieron en las rodillas y la madre se sentó a su lado y todos
parecían felices y contentos.
Pero se produjo, casi imperceptiblemente, un cambio de la visión. El escenario
se alteró transformándose en un dormitorio pequeño en donde yacía moribundo el
niño más joven y hermoso: el color sonrosado había huido de sus mejillas y la luz
había desaparecido de sus ojos; y mientras el sepulturero le miró con un interés que
nunca antes había conocido o sentido, el niño murió. Sus jóvenes hermanos y
hermanas se apiñaron alrededor de su camita y le cogieron la diminuta mano, tan
fría y pesada; pero retrocedieron ante el contacto y miraron con temor su rostro
infantil; pues aunque estuviera en calma y tranquilo, y el hermoso niño pareciera
estar durmiendo descansado y en paz, vieron que estaba muerto y supieron que era
un ángel que les miraba desde arriba, bendiciéndoles desde un cielo brillante y feliz.
De nuevo la nube luminosa traspasó el cuadro y de nuevo cambió el tema.
Ahora el padre y la madre eran ancianos e indefensos, y el número de los que les
rodeaban había disminuido a más de la mitad; pero el contento y la alegría se
hallaban asentados en cada rostro, brillaban en cada mirada, mientras rodeaban el
fuego y contaban y escuchaban viejas historias de días anteriores ya pasados. Lenta
y pacíficamente entró el padre en la tumba, y poco después quien había compartido
todas sus preocupaciones y problemas le siguió a un lugar de descanso. Los pocos
que todavía les sobrevivían se arrodillaron junto a su tumba y regaron con sus
lágrimas la hierba verde que la cubría; después se levantaron y se dieron la vuelta:
tristes y lamentándose, pero sin gritos amargos ni lamentaciones desesperadas, pues
sabían que un día volverían a encontrarlos; y de nuevo se mezclaron con el mundo
ajetreado y recuperaron su alegría y su contento. La nube cayó sobre el cuadro y lo
ocultó de la vista del sepulturero.
—¿Qué piensas de eso?—preguntó el duende volviendo su rostro grande hacia
Gabriel Grub. Gabriel murmuró algo en el sentido de que era muy hermoso y
pareció algo avergonzado cuando el duende volvió hacia él sus ojos ardientes.
—¡Tú, miserable! —exclamó el duende con un tono de gran desprecio—. ¡Tú!
Parecía dispuesto a añadir algo más, pero la indignación sofocó sus palabras,
levantó una de las piernas que tenía dobladas y, tras sostenerla un momento por
encima de la cabeza del sepulturero, para asegurar su puntería, le administró a
Gabriel Grub una buena y sonora patada; inmediatamente después de eso, todos los
duendes que habían estado aguardando rodearon al infeliz enterrador y le patearon
sin piedad: de acuerdo con la costumbre establecida e invariable entre los
cortesanos de la tierra, quienes patean a aquél al que ha pateado k realeza y abrazan
a quien la realeza abraza.
—¡Enseñadle algo más! —dijo el rey de los duendes. Ante esas palabras
desapareció la nube revelándose ante su vista un paisaje rico y hermoso; hasta el día de
hoy hay otro semejante a menos de un kilómetro de la antigua ciudad abacial. El sol
brillaba desde el cielo claro y azul, el agua centelleaba bajo sus rayos, los árboles
parecían más verdes y las flores más alegres bajo su animosa influencia. El agua corría
con un sonido agradable; los árboles rugían bajo el viento ligero que murmuraba entre
sus hojas; los pájaros cantaban sobre las ramas; y la alondra gorjeaba desde lo alto su
bienvenida a la mañana. Sí, era por la mañana: la mañana brillante y fragante de verano;
la más diminuta hoja, la brizna de hierba más pequeña, estaban animadas de vida. La
hormiga se arrastraba dedicada a sus tareas diarias, la mariposa aleteaba y se solazaba
bajo los pálidos rayos del sol; miríadas de insectos extendían las alas transparentes y
gozaban de su existencia breve pero feliz. El hombre caminaba entusiasmado con la
escena; y todo era brillo y esplendor.
—¡Tú, miserable! —exclamó el rey de los duendes con un tono más despreciativo
todavía que el anterior. Y de nuevo el rey de los duendes levantó una pierna y de nuevo
la dejó caer sobre los hombros del enterrador; y otra vez los duendes que asistían a la
reunión imitaron el ejemplo de su jefe.
Muchas veces la nube se fue y regresó, y enseñó muchas lecciones a Gabriel Grub,
quien tenía los hombros doloridos por las frecuentes aplicaciones de los pies de los
duendes, pero, aún así, miraba con un interés que nada podía disminuir. Vio a hombre,,
que trabajaban con duro esfuerzo y se ganaban su escaso pan con una vida de trabajo,
pero eran alegres y felices; y a los más ignorantes, para quienes e. rostro dulce de la
naturaleza era una fuente incesante de alegría y gozo. Vio a aquellos que habían sido
delicadamente alimentados y tiernamente criados alegres ante las privaciones y
superiores ante el sufrimiento, quienes habían superado muchas situaciones duras
porque llevaban dentro del pecho los materiales de la felicidad, el contento y la paz. Vio
que las mujeres, lo más tierno y frágil de todas la criaturas de Dios, eran a menudo
capaces de superar li pena, la adversidad y la tristeza; y vio que era as porque en su
corazón llevaban una inagotable fuente de afecto y devoción. Pero sobre todo vio que
hombres como él mismo, que refunfuñaban por e gozo y la alegría de los demás, eran las
peores hierbas en la hermosa superficie de la tierra; y poniendo todo el bien del mundo
contra el mal, llegó a la conclusión de que al fin y al cabo era un mundo mu3 decente y
respetable. Nada más acababa de formarse cuando la nube que ocultó el último cuadro
pareció ponerse sobre sus sentidos y llevarle al reposo. Uno a uno los duendes fueron
desapareciendo de su vista; y cuando el último de ellos se hubo ido, quedé dormido.
Había despuntado el día cuando despertó Gabriel Grub y se encontró tumbado cuan
largo era sobre la lápida plana del cementerio, con el cubrebotellas de cestería vacío a su
lado y la capa, el azadón, y el farol, blanqueados por la helada de la noche anterior,
tirados por el suelo. La piedra sobre la que había visto por primera vez al duende se
erguía audaz ante él, y la tumba en la que había trabajado la noche anterior no
estaba lejana. Al principio empezó a dudar de la realidad de sus aventuras, pero el
dolor agudo que sintió en los hombros cuando intentó levantarse le aseguró que las
patadas de los duendes no habían sido ciertamente meras ideas. Vaciló de nuevo al
no encontrar rastros de huellas en la nieve sobre la que los duendes habían jugado al
salto de la rana con las piedras de las tumbas, pero rápidamente se explicó esa
circunstancia al recordar que, siendo espíritus, no dejarían tras ellos impresiones
visibles. Por tanto, Gabriel Grub se puso en pie tan bien como pudo teniendo en
cuenta el dolor de su espalda; y cepillándose la escarcha del abrigo, se lo puso y
volvió el rostro hacia la ciudad.
Pero era ya un hombre cambiado y no podía soportar el pensamiento de
regresar a un lugar en el que se burlarían de su arrepentimiento y no creerían en su
reforma. Vaciló unos momentos y luego se alejó errando hacia donde pudiera,
buscándose el pan en otra parte.
Aquel día encontraron en el cementerio el farol, el azadón y el cubrebotellas de
cestería. Hubo muchas especulaciones acerca del destino del enterrador, al
principio, pero rápidamente se decidió que se lo habrían llevado los duendes; y no
faltaron algunos testigos muy creíbles que lo habían visto claramente a través del
aire a lomos de un caballo castaño tuerto, con los cuartos traseros de un león y la
cola de un oso. Finalmente acabaron por creer devotamente en todo aquello; y el
nuevo enterrador solía enseñar a los curiosos, a cambio de un ligero emolumento,
un trozo de buen tamaño perteneciente a h veleta de la iglesia que accidentalmente
había sido coceado por el caballo antes mencionado en su vuelo aéreo, y que él
mismo recogió en el cementerio uno o dos años después.
Desafortunadamente esas historias se vieron algo enmarañadas por la
reaparición, no esperada del propio Gabriel Grub, unos diez años más tarde como un
anciano reumático y andrajoso, pero contento. Le contó su historia al clérigo, y
también a alcalde; y con el curso del tiempo aquello se convirtió en parte de la
historia, y en esa forma se ha seguido contando hasta hoy. Los que creyeron en el
relato del trozo de veleta, habiendo colocado mal si confianza en otro tiempo,
dejaron de predominar se apartaron de esa historia, tratando de parecer li más sabios
que pudieran, encogiéndose de hombros, tocándose la frente y murmurando algo
parecido a que Gabriel Grub se había bebido toda la ginebra de Holanda y se quedó
dormido sobre un lápida plana; y luego trataban de explicar lo que s suponía que él
había presenciado en la caverna de los duendes diciendo que había visto el mundo y
s había hecho más sabio. Pero esta opinión que en absoluto fue popular en ningún
momento, acabó gradualmente por desaparecer; y sea como sea, puesto que Gabriel
Grub se vio afectado por el reumatismo al final de sus días, la historia tiene al menos
una moraleja, aunque no pueda enseñar otra mejor, y es que si un hombre se vuelve
taciturno y bebe solo en la época de Navidad, no por ello va a decidir ser mejor: los
espíritus puede que no vuelvan a ser tan buenos, ni estar dispuestos a presentar tantas
pruebas, como aquellos a los que vio Gabriel Grub en la caverna de los duendes.
[De The Pickwick Papers]
La historia del tío del viajante
Mi tío, caballeros, dijo el viajante, era uno de los tipos más alegres, agradables y
listos que haya existido nunca. Me gustaría que lo hubieran conocido, caballeros.
Aunque pensándolo bien, no desearía que lo hubieran conocido, pues en ese caso todos
estarían ya, siguiendo el curso ordinario de la naturaleza, si no muertos, en todo caso tan
cerca de la desaparición como para haberse quedado en casa abandonando la compañía,
lo que me habría privado del inestimable placer de dirigirme a ustedes en este momento.
Caballeros, desearía que sus padres y madres hubieran conocido a mi tío. Se habrían
encariñado notablemente con él, especialmente su: respetables madres; sé que habría
sido así. Si entre las numerosas virtudes que adornaban su carácter tuviéramos que dar
predominio a dos de ellas, diría, que eran su ponche mixto y sus canciones de
sobremesa. Excúsenme si me extiendo en estos recuerdo: melancólicos sobre el
fallecido, no se ve a un hombre como mi tío todos los días de la semana.
Siempre he considerado como algo importante del carácter de mi tío, caballeros, el
hecho de que fuera compañero y amigo íntimo de Tom Smart, de la importante empresa
de Bilson y Slum, Cateator
Street, City. Mi tío vendía para Tiggin y Welps, pero durante mucho tiempo
estuvo muy cerca del mismo recorrido que Tom, y la primera noche que se
conocieron mi tío se encaprichó por Tom y éste por mi tío. No había pasado media
hora desde que se habían conocido cuando se habían apostado ya un sombrero nuevo
a ver quién de los dos hacía el mejor litro de ponche y se lo bebía con mayor rapidez.
Se consideró que mi tío ganó en la elaboración del ponche, pero que Tom Smart le
venció al beberlo en la mitad de tiempo. Pidieron otro litro entre los dos para beber
cada uno a la salud del otro, y desde ese momento se convirtieron en los amigos más
fieles. En estas cosas hay un destino caballeros, y no podemos evitarlo.
En cuanto al aspecto personal, mi tío era algo más bajo de la media; era también
algo más rollizo que los hombres ordinarios, y quizá su rostro tuviera un tono más
rojizo. "Tenía la cara más alegre que han visto nunca, caballeros: parecido en algo a
Punch el títere, pero con la barbilla y la nariz más hermosas; sus ojos estaban siempre
chispeando y centelleando por el buen humor; y en su semblante había perpetuamente
una sonrisa, y no una de esas sonrisas rígidas sin significado, sino una auténtica,
alegre, cordial y amable. En una ocasión salió lanzado del calesín y se golpeó la
cabeza contra una piedra señalizadora. Y allí quedó aturdido, y con tantos cortes en la
cara por la gravilla que se había acumulado allí que, utilizando una fuerte expresión
de mi propio tío, si su madre hubiera vuelto a visitar la tierra no le habría reconocido.
La verdad, caballeros, es que cuando me pongo a pensar en el asunto estoy
absolutamente seguro d, que no lo habría hecho, pues murió cuando mi tía tenía dos
años y siete meses de edad, y considera muy probable que, incluso aunque no hubiera
habido gravilla, sus botas altas habrían asombrado no poco a la buena señora, por no
hablar de su cara jovial y rojiza. Pero el caso es que allí se quedó tumba do, y he oído
decir a mi tío, muchas veces, que e hombre que lo recogió dijo que sonreía tan alegre
mente como si se hubiera dejado caer por una fiesta y que después de que le
sangraran, las primeras débiles y vacilantes muestras de recuperación fueron que
salió de un salto de la cama, soltó una risotada, besó la joven que sostenía el
recipiente y pidió un trozo d cordero y una castaña adobada. Siempre le gustaron
mucho las castañas adobadas, caballeros. Decía siempre que había descubierto que,
sin el vinagre, tenían gusto a cerveza.
El gran viaje de mi tío se hallaba en el período otoñal, dedicado a cobrar deudas
y recibir pedidos en el norte: iba desde Londres hasta Edimburgo, d Edimburgo a
Glasgow, de Glasgow volvía a Edimburgo y desde allí a Londres por gusto. Queda
entendido que su segunda visita a Edimburgo la hacía por su propio placer. Solía
regresar durante una semana sólo para ver a sus viejos amigos; y desayunando con
éste, almorzando con aquél, comiendo con un tercero y cenando con otro solía
pasarse una bonita semana entera. No sé si alguno de ustedes, caballeros, ha
compartido alguna vez un desayuno escocés hospitalario, sustancioso y verdadero, y
ha salido luego a tomar un ligero almuerzo consistente en un barrilito de ostras, más o
menos una docena de cervezas embotelladas y una o dos jarras de whisky para terminar.
Si alguna vez lo ha hecho, estará de acuerdo conmigo en que se necesita una cabeza
bastante fuerte para después salir a comer y a cenar.
¡Pero benditos sean sus corazones y sus cejas que aquello no era nada para mi tío!
Estaba tan habituado que aquello no era más que un simple juego de niños. Le he oído
contar que cualquier día podía encontrarse con gentes de Dundee y volver luego a casa
sin tambalearse; y eso, caballeros, que los habitantes de Dundee tienen una cabeza tan
fuerte como su ponche, y probablemente no podrá encontrarse otro más fuerte entre los
dos polos. He oído decir que un hombre de Glasgow y otro de Dundee bebieron uno
frente al otro durante quince horas seguidas. Pudo saberse que ambos se sintieron
sofocados en el mismo momento, pero con esa ligera excepción, caballeros, no se
sentían peor por ello.
Una noche, a las veinticuatro horas de haber decidido embarcar para Londres, mi
tío se detuvo en la casa de un antiguo amigo suyo, un tal alguacil Mac con cuatro sílabas
detrás que vivía en la vieja ciudad de Edimburgo. Estaban allí la esposa del alguacil, las
tres hijas del alguacil y el hijo ya mayor del alguacil, y tres o cuatro amigos escoceses
robustos, de cejas pobladas y hombres prudentes que el alguacil había reunido para
honrar a mi tío y ayudarle a alegrarse. Fue una cena gloriosa. Tomaron salmón
ahumado, bacalao finlandés, cabeza de cordero y un «haggis» —un famoso plato
escocés, caballeros, que mi tío solía decir que cuando lo veía en la mesa se le asemejaba
mucho a un estómago de Cupido—, y aparte otras muchas cosas cuyos nombres he
olvidado, pero que no obstante eran cosas muy buenas. Las muchachitas eran hermosas
y agradables; la esposa del alguacil era una de las mejores personas que hayan vivido
nunca, y mi tío estaba de un humor excelente. La consecuencia de ello fue que las
jóvenes damas rieron entre dientes y sofocaron risitas, y que la dama mayor se rió
estruendosamente, y el alguacil y los otros tipos rugieron hasta que se les puso el rostro
colorado y aquello empezaba a resultar peligroso. No puedo recordar exactamente
cuántos vasos de ponche de whisky se bebió cada uno después de la cena, pero lo que sí
sé es que hacia la una de la mañana el hijo mayor del alguacil perdió el sentido cuando
iba a iniciar el primer verso de una poesía popular, y como desde hacía una hora era el
único otro hombre al que podía vérsele por encima de la mesa de caoba, a mi tío se le
ocurrió que casi había llegado el momento de pensar en, irse, puesto que habían
comenzado a beber a las siete de la tarde, para poder regresar a casa a una hora decente.
Pero pensando que no sería muy cortés irse en ese momento, se levantó de la silla,
mezcló otro vaso, lo alzó a su propia salud, dirigiéndose a sí mismo un discurso limpio y
lleno de cumplidos, y se le bebió con gran entusiasmo. Como todavía nadie despertaba,
mi tío se sirvió un poco más, pero esta vez sin agua, no fuera que el ponche le sentara
mal, y llevándose violentamente las manos al sombrero, se lanzó a la calle.
Cuando mi tío cerró la puerta del alguacil hacía una noche ventosa, y sujetándose
firmemente el sombrero sobre la cabeza, para impedir que el viento se lo llevara, se
metió las manos en los bolsillos, miró hacia arriba y analizó brevemente el estado del
tiempo. Las nubes pasaban por encima de la luna a la máxima velocidad: en algunos
momentos la oscurecían totalmente, en otros permitían que brillara en todo su
esplendor y arrojara su luz sobre todos los objetos de alrededor; después volvían a
colocarse sobre ella, con mayor velocidad aún, y lo envolvían todo en la oscuridad.
—Realmente esto no va—dijo mi tío dirigiéndose al tiempo, como si se sintiera
personalmente ofendido—. Esto no es en absoluto el tipo ideal de clima para mi viaje.
No lo haré, a ningún precio —dijo mi tío en tono impresionante.
Y tras repetir aquello varias veces, recuperó el equilibrio con cierta dificultad —
pues estaba bastante mareado por haber mirado hacia el cielo tanto tiempo— y
comenzó a caminar alegremente.
La casa del alguacil estaba en Canongate, y mi tío se dirigía hacia el otro extremo
de Leith Walk, un recorrido de algo más de dos kilómetros. A ambos lados de él, como
lanzadas contra el cielo oscuro, había unas casas altas, esparcidas y delgadas, con las
fachadas manchadas por el tiempo, y unas ventanas que parecían haber compartido el
destino de los
ojos de los mortales y haberse oscurecido y hundido con la edad. Las casas tenían
seis, siete y ocho pisos de altura; se apilaba un piso sobre el otro como los que hacen
los niños con cartas de juego, lanzando sus sombras oscuras sobre la calle
desaliñadamente pavimentada y volviendo más oscura la oscuridad de la noche. Había
algunas lámparas de aceite, muy lejos unas de otras, pero sólo servían para indicar la
entrada sucia a algún estrecho callejón o para señalar dónde una escalera comunicaba,
mediante revueltas empinadas e intrincadas, con las casas de arriba. Mirando todas
aquellas cosas con la actitud de un hombre que las ha visto a menudo antes, por lo que
no podía considerarlas ahora dignas de fijar en ellas la atención, mi tío subió por mitad
de la calle con un pulgar metido en cada uno de los bolsillos del chaleco permitiéndose
de vez en cuando variadas estrofas cantadas con tan buen espíritu y voluntad que las
gentes honestas y tranquilas se sobresaltaban y despertaban de su primer sueño y se
quedaban temblando en la cama hasta que el sonido desaparecía en la distancia; una
vez convencidas de que se trataba sólo de algún borracho inútil que trataba de
encontrar el camino de regreso a su casa, volvían a taparse para estar calientes y se
dormían otra vez.
Describo en —particular, caballeros, la forma en que mi tío subía por mitad de la
calle con los pulgares metidos en los bolsillos del chaleco, porque como él solía decir
(y con buenas razones para ello), no hay en absoluto nada extraordinario en esta
historia, a menos que entiendan claramente desde el principio que no estaba dando en
absoluto un paseo maravilloso o romántico.
Caballeros, mi tío caminaba con los pulgares metidos en los bolsillos del chaleco,
tomando para sí la mitad de la calle, cantando ahora un verso de un poema de amor,
luego un verso de uno etílico, y silbando melodiosamente cuando se había cansado de
ambos, hasta que llegó a North Bridge, que pone en contacto las ciudades antigua y
nueva de Edimburgo. Se detuvo allí un minuto para examinar los extraños e irregulares
grupos de luces apilados unos encima de otros y que parpadeaban a tanta altura que
parecían estrellas, brillando desde los muros del castillo por un lado y del Calton Hill
por el otro, como si estuvieran iluminando castillos en el aire, mientras la antigua y
pintoresca ciudad dormía pesadamente entre la oscuridad de abajo: su palacio y capilla
de Holyrood, guardada día y noche, tal como solía decir un amigo de mi tío, por la
antigua sede de Arturo que se elevaba oscura e insolente, como un genio ceñudo, sobre
la antigua ciudad que durante tanto tiempo había vigilado. Digo, caballeros, que mi tío
se detuvo allí un minuto para mirar a su alrededor; y luego, haciéndole un cumplido al
clima, que tan poco había mejorado, mientras que la luna se estaba hundiendo, empezó
a caminar de nuevo con tanta gallardía como antes, ocupando la mitad de la calle con
gran dignidad, y con el aspecto de que estaría encantado de encontrarse con alguien
que quisiera disputarle esa posesión. Pero sucedió que no hubo nadie dispuesto a
disputársela, y así siguió adelante con los pulgares en los bolsillos del chaleco, como
un apacible ser.
Cuando mi tío llegó al extremo de Leith Walk, tenía que cruzar un descampado
bastante grande que le separaba de una calle corta por la que debió bajar para llegar a
su alojamiento. Ahora bien, sucede que en ese descampado había en aquel tiempo un
cercado perteneciente a algún carretero que tenía contratada con Correos la compra de
los coches—correo desgastados por el tiempo; y a mi tío, que le encantaron los coches
de mayor, de joven y de mediana edad, se le metió inmediatamente en la cabeza e
salirse de su camino sin otro fin que el de escudriñas esos coches tras el cercado, y
recordaba haber viste más o menos una docena de ellos amontonados en el interior en
un estado de gran abandono y olvido Mi tío, caballeros, era una persona de lo más
entusiasta y simpática; por eso, al darse cuenta de que no podía tener una buena
visibilidad entre las estacas saltó por encima de ellas, se sentó tranquilamente sobre un
eje de rueda y empezó a contemplar los coches de correos con mucha gravedad.
Debía de haber una docena de ellos, o quizá más —mi tío no estuvo nunca seguro
sobre este punto, dado que era un hombre de escrupulosa veracidad con respecto a los
números, no le gustaba confesar lo—, pero allí estaban, todos amontonados en la
condición más desolada que quepa imaginar. La, puertas habían sido arrancadas de los
goznes y quitadas; les habían arrancado los forros; sólo algún clavo oxidado mantenía,
aquí y allá, un jirón colgante; la lámparas no estaban, las varas hacía tiempo que habían
desaparecido, el forjado estaba oxidado y la pintura se había caído; el viento silbaba
entre las grietas de la estructura de madera, y la lluvia, que había quedado recogida en
los techos, caía gota a gota en los interiores con un sonido hueco y melancólico. Eran los
esqueletos en decadencia de los coches abandonados, y en ese lugar solitario, a esa hora
de la noche, parecían fríos y lúgubres.
Mi tío descansó la cabeza sobre las manos y pensó en las personas atareadas y
bulliciosas que años antes habrían traqueteado en los viejos coches, que ahora estaban
cambiados y silenciosos; pensó en todas aquellas personas á las que uno de aquellos
locos y desmoronados vehículos había llevado, noche tras noche, durante muchos años y
con todo tipo de condiciones climáticas, la correspondencia ansiosamente esperada, el
giro tan necesario, la promesa de salud y seguridad, el anuncio repentino de enfermedad
y muerte. El comerciante, el amante, la esposa, la viuda, la madre, el escolar e incluso el
niño que tambaleándose se había acercado a la puerta a la llamada del cartero... cómo
habían esperado todos la llegada del viejo coche. ¡Y dónde estarían todos ahora!
Caballeros, mi tío solía decir que pensó todo esto en aquel momento, pero yo
sospecho más bien que lo sacó después de algún libro, pues afirmaba con claridad que
cayó en una especie de siesta mientras estaba sentado sobre el viejo eje de ruedas
mirando los coches de correos en decadencia, hasta que de pronto le despertaron unas
campanadas de iglesia que daban las dos. Ahora bien, mi tío no fue nunca muy rápido en
el pensamiento, y si había pensado todas estas cosas estoy seguro de que habría
necesitado para ello, por lo menos, hasta mucho más allá de pasadas las dos y media.
Por tanto, soy decididamente de la opinión, caballeros, de que mi tío cayó en una especie
de adormecimiento sin haber pensado nada en absoluto.
Sea como sea, las campanas de una iglesia dieron las dos. Mi tío despertó, se frotó
los ojos y se sobresaltó asombrado.
Un instante después de que el reloj diera las dos, todo aquel lugar tranquilo y
desértico se había convertido en el escenario de la vida y la animación más
extraordinarias. Las puertas de los coches estaban sobre sus goznes, los forros en su
sitio, el forjado era tan bueno como nuevo, la pintura había sido restaurada, las lámparas
encendidas, en cada pescante había cojines y grandes mantas, los mozos colocaban
paquetes en todos los maleteros, los guardas amontonaban las bolsas de las cartas, los
palafreneros arrojaban cubos de agua sobre las ruedas renovadas; muchos hombres se
apresuraban por la zona poniendo varas en cada coche; llegaron los pasajeros, se
entregaron las maletas, se colocaron los caballos; en suma, resultaba absolutamente
evidente que iban a salir de inmediato todos los coches que allí había. Caballeros, mi tío
abrió los ojos tanto ante todo aquello que hasta el último momento de su vida se
asombró de que hubiera sido capaz de volverlos a cerrar otra vez.
—¡Vamos! —gritó una voz mientras mi tío sentía una mano en su hombro—. Ha
comprado usted billete de interior. Será mejor que entre.
—¿ Yo lo he comprado? —preguntó mi tío dándose la vuelta.
—Sí, claro.
Mi tío, caballeros, no era capaz de decir nada; tan asombrado estaba. Lo más
extraño de todo era que aunque hubiese tal multitud de personas, y aunque estuvieran
apareciendo nuevos rostros a cada momento, no podía saberse de dónde venían.
Parecían brotar de alguna extraña manera del mismo suelo, o del aire, para desaparecer
del mismo modo. Cuando un mozo metió su equipaje en el coche y recibió la propina,
se dio la vuelta y desapareció; y antes de que mi tío hubiera empezado a preguntarse
qué había sucedido con él, aparecieron media docena más tambaleándose bajo el peso
de unos paquetes que parecían lo bastante grandes como para aplastarlos. ¡Los
pasajeros iban vestidos todos de manera muy extraña! Grandes capas abrochadas de
falda ancha, de puños enormes y sin cuellos; y pelucas, caballeros... grandes y serias
pelucas con un lazo atrás. Mi tío no podía sacar nada en limpio de todo aquello.
—¿ Va usted a entrar ya? —dijo la misma persona que se había dirigido antes a
mi tío.
Iba vestido como un escolta de correos, con peluca y capa de puños enormes, un
farol en una mano y en la otra un trabuco enorme que en ese momento iba a guardar en
un pequeño cofre.
—¿ Va a entrar ya, Jack Martin? —dijo el escolta sosteniendo el farol a la altura
del rostro de mi tío. —¡Oiga! —exclamó mi tío retrocediendo uno o dos pasos—. ¡Eso
es demasiada familiaridad!
—Así lo pone en el billete —contestó el escolta. —¿Y no lleva un «señor»
delante? —preguntó mi tío. Pues pensó, caballeros, que el hecho de que un escolta al
que no conocía le llamara Jack Martin era una libertad que Correos no habría permitido
de haberla conocido.
—No, no lo lleva —contestó fríamente el escolta. —¿Está pagado el billete? —
preguntó mi tío. —Claro que sí —contestó el otro.
—¿Lo está, sí lo está? ¡Pues vayamos allí entonces! ¿Qué coche es?
—Éste —contestó el escolta señalando a un coche que unía Londres con
Edimburgo, pasado de moda, que tenía los escalones bajados y la puerta abierta—. ¡Un
momento! Hay otros pasajeros. Déjeles entrar primero.
Mientras el escolta hablaba, apareció inmediatamente, delante de mi tío, un
caballero joven de peluca empolvada y una capa color azul celeste adornada con plata,
de faldones llenos y anchos, y forrada de bocací. En el lino del chaleco y el calicó
estaba impreso Tiggin y Welps, caballeros, por lo que mi tío reconoció de inmediato
los materiales. Llevaba pantalones hasta la rodilla, y una especie de polainas sobre las
medias de seda, y zapatos con hebillas; volantes en las muñecas, sombrero de tres
picos en la cabeza y una espada larga y afilada al costado. Las solapas del chaleco le
llegaban hasta la mitad de los muslos, y el extremo de la corbata hasta la cintura.
Caminó con paso grave hasta la puerta del coche, se quitó el sombrero y lo sostuvo por
encima de la cabeza con el brazo extendido: al mismo tiempo sostenía levantado el
dedo meñique como hacen algunas personas afectadas cuando toman una taza de té.
Luego juntó los pies, hizo una grave reverencia y extendió la mano izquierda. Mi tío
iba a adelantarse para estrechársela cordialmente cuando se dio cuenta de que aquellas
atenciones no se las dirigía a él, sino a una joven dama que en ese momento apareció al
pie de los escalones, ataviada con un anticuado vestido de terciopelo verde de cintura
larga y peto. No llevaba sombrero en la cabeza, caballeros, que ocultaba con una
capucha de seda negra, y miró a su alrededor un instante cuando se disponía a entrar en
el coche, revelando un rostro tan hermoso como mi tío no había visto nunca, ni
siquiera en un cuadro. Subió al coche levantándose el vestido con una mano; y tal
como decía siempre mi tío acompañándolo de un juramento rotundo, cuando contaba
esta historia, no habría creído posible que existieran piernas y pies de tal perfección a
menos que los hubiera visto con sus propios ojos.
Pero en ese vislumbre del hermoso rostro mi tío vio que la joven dama le lanzaba
una mirada implorante, y que parecía aterrada y entristecida. Observó también que el
joven de la peluca empolvada, a pesar de sus muestras de galantería, que eran
grandiosas y muy finas, la sujetó con fuerza por la muñeca cuando ella subió, y se
metió inmediatamente detrás. Un tipo de un mal aspecto poco común, de peluca
castaña y traje de color ciruela, que llevaba una espada muy grande y botas hasta las
caderas, se incluía en el grupo. Y cuando se sentó junto a la joven dama, que estaba
encogida en una esquina al acercarse el otro, mi tío vio confirmada su impresión
original de que iba a suceder algo oscuro y misterioso; o tal como decía siempre para sí
mismo, que «había algún tornillo suelto en algu na parte». Es sorprendente con qué
rapidez había decidido mi tío ayudar a la dama ante cualquier peligro, si ésta
necesitaba su ayuda.
—¡Muerte y rayos! —exclamó el joven caballero llevando la mano a la espada
cuando mi tío entró en el coche.
—¡Sangre y truenos! —rugió el otro caballero. Diciendo esto, sacó la espada y
lanzó una estocada a mi tío sin más ceremonias. Mi tío no tenía ningún arma, pero con
gran destreza le quitó de la cabeza el sombrero de tres picos al caballero de mal
aspecto, y recibiendo la punta de la espada de éste con el centro del sombrero, apretó
los lados y la mantuvo sujeta.
—¡Hiérele por detrás! —gritó el caballero de mal aspecto a su compañero
mientras se esforzaba por recuperar la espada.
—Será mejor que no lo haga —gritó mi tío enseñando el tacón de uno de sus
zapatos de modo amenazador—. Le sacaré el cerebro a patadas si tiene alguno, y si no
tiene le fracturaré el cráneo.
Poniendo en ejercicio en ese momento toda su fuerza, mi tío quitó la espada al
caballero de mal aspecto y la tiró limpiamente por la ventana del coche, ante lo cual el
caballero más joven volvió a vociferar su grito de «¡Muerte y rayos!» y se llevó la mano
a la empuñadura de la espada, con actitud feroz, pero sin sacarla. Quizá, caballeros, tal
como solía decir mi tío con una sonrisa, quizá tenía miedo de alarmar a la dama.
—Vamos, caballeros —dijo mi tío sentándose con actitud decidida—. No quiero
que haya muerte alguna, con o sin rayos, en presencia de una dama, y hemos tenido ya
suficiente sangre y truenos para un viaje; así que, si están de acuerdo, nos sentaremos en
nuestros sitios bien tranquilos. Escolta, por favor, recoja el cuchillo de tallar del
caballero.
Nada más decir mi tío esas palabras apareció el escolta ante la ventanilla del coche
llevando en la mano la espada del caballero. Sostuvo en alto el farol y miró fijamente el
rostro de mi tío al entregárselo: con su luz mi tío vio con gran sorpresa que una multitud
inmensa de escoltas de coches de correos se arremolinaba alrededor de la ventana, y que
cada uno de ellos tenía la mirada fija en él. Nunca, desde que nació, había visto un mar
tan grande de rostros blancos, cuerpos rojos y ojos fijos.
«Esto es lo más extraño que me ha pasado nunca», pensó mi tío.
—Permítame que le devuelva el sombrero, señor —dijo mi tío.
El caballero de mal aspecto recibió en silencio el
sombrero de tres picos, miró el agujero que tenía en el centro con actitud
inquisitiva, y finalmente se lo colocó encima de la peluca con una solemnidad cuyo
efecto quedó un poco dañado porque en ese mismo momento estornudó violentamente y
con la sacudida volvió a destocarse.
—¡Todo en orden! —gritó el escolta del farol subiéndose al pequeño asiento de la
parte posterior del coche.
Partieron. Mi tío se quedó mirando por la ventanilla del coche hacia fuera mientras
salían del descampado y observó que otros coches con cocheros, escoltas, caballos y
pasajeros, daban vueltas y vueltas en círculos a un trote lento de unos ocho kilómetros
por hora. Mi tío, caballeros, ardía de indignación. Como hombre dedicado al comercio,
pensaba que no se podía jugar con las bolsas del correo, y decidió escribir un memorial
sobre el tema a la Oficina de Correos en el instante mismo en que llegara a Londres.
Sin embargo, en ese momento sus pensamientos se ocupaban de la joven dama
sentada en la esquina más alejada del coche, con el rostro bien oculto bajo la capucha; el
caballero de la capa azul celeste se sentaba frente a ella; el del traje color ciruela a su
lado; y ambos la vigilaban estrechamente. Si ella hacía crujir demasiado los pliegues de
la capucha, mi tío podía oír que el hombre de mal aspecto se llevaba la mano a la
espada, y podía saber por la respiración del otro (estaba tan oscuro que no podía verle el
rostro) que parecía que fuera a devorarla de un bocado. Aquella intrigó más y más a mi
tío hasta que decidió que, pasara lo que pasara, llegaría hasta el final. Sentía una gran
admiración por los ojos brillantes, los rostros dulces y las piernas y los pies hermosos;
en resumen, le encantaba todo lo del otro sexo. Eso va con nuestra familia, caballeros,
y lo mismo me sucede a mí.
Fueron muchas las tretas que puso en práctica mi tío para atraer la atención de la
dama, o al menos para introducir en conversación a los misteriosos caballeros. Pero
todo en vano; los caballeros no hablaban y la dama no miraba. A intervalos sacaba la
cabeza por la ventanilla del coche y vociferaba que por qué no iban más deprisa. Pero
gritó hasta quedarse ronco; nadie le prestaba la menor atención. Se arrellanó en el
coche y pensó en las hermosas piernas, pies y rostro que tenía delante. Eso resultó
mejor; le ayudaba a pasar el rato y le impedía preguntarse adónde iba y cómo era que
se encontraba en una situación tan extraña. De todos modos, no es que aquello le
preocupara mucho: mi tío, caballeros, era de esas personas totalmente libres y
sencillas, vagabundas, a las que nada les importa. De pronto, el coche se detuvo.
—¡Vaya! —exclamó mi tío—. ¿Qué demonios pasa ahora?
—Baje aquí —dijo el escolta poniendo los escalones. —¿Aquí? —gritó mi tío.
—Aquí —replicó el escolta.
—No haré nada semejante—dijo mi tío.
—Muy bien, entonces quédese donde está —dijo el escolta.
—Así lo haré—dijo mi tío.
—Muy bien —contestó el escolta.
Los demás pasajeros habían prestado gran atención a este coloquio y, viendo que
mi tío estaba decidido a no bajarse, el hombre más joven pasó junto a él, rozándole,
para ayudar a descender a la dama. En ese momento, el hombre de mal aspecto
inspeccionaba el agujero que tenía en la parte superior de su tricornio. Cuando la joven
dama le rozó al pasar, dejó caer uno de los guantes en la mano de mi tío y con los
labios le susurró suavemente, tan cerca de su cara que sintió en la nariz el cálido
aliento de la joven, una sola palabra: «¡Socorro!» Caballeros, mi tío saltó del coche de
inmediato y con tal violencia que volvió a golpearse en los muelles.
—¡Ah! Lo ha pensado mejor, ¿no es así? —preguntó el escolta al ver a mi tío de
pie en el suelo.
Mi tío le miró unos segundos, dudando si no sería lo mejor arrancarle el arcabuz,
dispararlo en la cara del hombre que llevaba la espada grande, golpear con la culata en
la cabeza a los demás, coger a la joven dama y salir pitando. Sin embargo, lo pensó
mejor y abandonó el plan, pues su ejecución le pareció excesivamente melodramática,
y siguió a los dos hombres misteriosos, quienes llevando a la dama en medio entraban
ahora en una casa antigua delante de la cual se había detenido el coche. Se metieron
por el pasillo y mi tío les siguió.
De todos los lugares ruinosos y desolados que había contemplado mi tío, aquél era
el que más. Daba la impresión de haber sido en otro tiempo una amplia casa de
entretenimiento, pero el techo se había caído en muchos lugares y las empinadas
escaleras estaban desgastadas y rotas. En la habitación en la que entraron había una
chimenea enorme ennegrecida por el humo, pero sin que hubieran encendido fuego
alguno. Todavía el polvo blanquecino de la leña quemada se esparcía sobre el hogar,
pero estaba frío y todo se encontraba oscuro y lúgubre.
—Bueno —dijo mi tío mirando a su alrededor—, me parece que un coche que viaja
a doce kilómetros por hora y se detiene un tiempo indefinido en un agujero como éste
constituye un proceder bastante irregular. Haré que se sepa esto. Escribiré a los
periódicos.
Mi tío lo dijo en voz bastante alta y de una manera abierta y sin reservas con el
objetivo de tratar de iniciar una conversación con los dos desconocidos. Pero ninguno de
ellos se fijó en él más que lo necesario para susurrarse algo el uno al otro y mirarle
aviesamente al hacerlo. La dama estaba en el otro extremo de la habitación y en una
ocasión se aventuró a hacerle una seña con la mano, como pidiéndole ayuda a mi tío.
Finalmente los dos desconocidos avanzaron un poco y se inició la conversación.
—Imagino, amigo, que no sabe usted que esto es una habitación privada —dijo el
caballero vestido de azul celeste.
—No, amigo, lo ignoro —contestó mi tío—. Pero si esto es un salón privado
preparado especialmente para la ocasión, imagino que el salón público debe ser
verdaderamente cómodo.
Mientras decía lo anterior, mi tío tomó con los ojos unas medidas tan exactas del
caballero que Tiggin y Welps podrían haberle proporcionado calicó impreso para un
traje sin que sobrara ni faltara un centímetro, basándose sólo en aquella estimación.
—Salga de esta habitación —dijeron al unísono los dos hombres llevándose las
manos a las espadas. —¿Cómo? —preguntó mi tío, que no parecía entender el
significado de aquello.
—Abandone la habitación o es hombre muerte —dijo el tipo de mal aspecto y
espada grande al tiempo que la sacaba y la blandía en el aire.
—¡A por él! —gritó el caballero de azul celeste sacando también la espada y
retrocediendo dos o tres metros—. ¡A por él!
La dama lanzó un fuerte grito.
Ahora bien, mi tío fue famoso siempre por si gran audacia y presencia de ánimo.
Aunque todo e tiempo había parecido tan indiferente a lo que estaba sucediendo, en
realidad estaba buscando astuta mente algún objeto arrojadizo o arma defensiva, y en el
instante mismo en el que se sacaron las espadas él veía en una esquina de la chimenea
un viejo estoque de empuñadura de cestería y vaina oxidada. De un solo salto mi tío lo
tuvo en la mano, lo sacó, lo blandió galantemente por encima de su cabeza, dijo en voz
alta a la dama que se mantuviera apartada lanzó la silla al hombre de azul celeste y el
estoque: del traje color ciruelo, y aprovechándose de la confusión cayó sobre ellos
atropellándolos.
Caballeros, hay una antigua historia referente un joven y apuesto caballero irlandés
—que no es peor por ser cierta—, al que cuando le preguntaron si podía tocar el violín
contestó que sin duda podía, pero que no podía decirlo con seguridad porque nunca lo
había intentado. Pues esa historia no deja de aplicarse a mi tío y su arte para la esgrima.
Nunca antes había tenido una espada en la mano, salvo en una ocasión en la que
interpretó a Ricardo III en un teatro privado: y en esa ocasión se había llegado a un
arreglo con Richmond para que saliera corriendo, desde atrás, sin plantear pelea alguna.
Y ahora estaba allí, combatiendo y acuchillando a dos expertos espadistas: arremetiendo
y defendiendo, aguijoneando y tajando, comportándose de la manera más varonil y
diestra posible aunque hasta ese momento no se había dado cuenta de que tuviera la
menor idea de esa ciencia. Esto sólo demuestra lo auténtico que es el viejo refrán que
dice, caballeros, que un hombre no sabe nunca lo que puede hacer hasta que lo intenta.
El ruido del combate fue terrible; cada uno de los tres combatientes juraba como un
carretero, y las espadas entrechocaban con tanto ruido como si estuvieran resonando al
mismo tiempo todos los cuchillos y aceros del mercado de Newport. Cuando la lucha
estaba en su momento culminante, la dama (posiblemente para estimular a mi tío) se
quitó totalmente el capuchón del rostro dejando al descubierto un semblante de belleza
tan sorprendente que habría combatido contra cincuenta hombres para obtener una
sonrisa de ella y después morir. Hasta ese momento había hecho maravillas, pero desde
entonces comenzó a pulverizarlos como s fuera un gigante loco y delirante.
En ese momento el caballero de azul celeste se dio la vuelta, y viendo a la joven
dama con el rostro des cubierto lanzó una exclamación de rabia y celos, volvió el arma
contra el hermoso pecho de la joven, apuntó a su corazón, haciendo que mi tío lanzara
un grito de aprensión que resonó en todo el edificio.
La dama se apartó con paso ligero, y quitándole de la mano la espada al joven,
antes de que éste hubiera recuperado el equilibrio, lo lanzó contra la pared y después le
atravesó con la espada, lo mismo que al entablado, hasta la empuñadura misma,
dejándole allí clavado y fijo. Fue un ejemplo espléndido. Mi tío, con un poderoso grito
de triunfo y una fuerza irresistible obligó a su adversario a retirarse en la misma
dirección y clavó el viejo espadín en centro mismo de una enorme flor roja perteneciente
al dibujo de su chaleco, dejándole clavado junto su amigo; y allí quedaron los dos,
caballeros, me viendo los brazos y las piernas en agonía como las figuras de los
escaparates de juguetes que se mueve con un trozo de bramante. Después mi tío dijo
siempre que ése era uno de los medios más seguro que conocía para deshacerse de un
enemigo; pero cabía una objeción por razón de los gastos, por cuanto implicaba la
pérdida de una espada por cada hombre incapacitado.
—¡El coche, el coche! —gritó la dama corriendo hasta donde estaba mi tío y
rodeándole el cuello con sus hermosos brazos—. Todavía podemos escapa
—¿Podemos? —gritó mi tío—. Bien, querida mía, ¿no habrá nadie más a quien
matar, no?
Mi tío se sintió bastante decepcionado, caballeros, pues pensó que un rato
tranquilo de amores resultaría agradable tras la carnicería, aunque sólo fuera para
cambiar de tema.
—No tenemos un instante que perder aquí —dijo la joven dama—. Él (y señaló al
joven caballero de azul celeste) es el hijo único del poderoso marqués de Filletoville.
—Pues entonces, querida mía, me temo que no llegará nunca a heredar el título —
dijo mi tío mirando fríamente al joven caballero clavado en la pared, como si fuera un
escarabajo—. Ya se han cortado los vínculos, amor mío.
—He sido apartada de mi hogar y mis amigos por estos villanos —dijo la joven
dama cuyos rasgos brillaban por la indignación—. En una hora más ese perverso se
habría casado conmigo mediante violencia.
—¡Que el diablo confunda su desvergüenza! —exclamó mi tío lanzando una
mirada de desprecio al moribundo heredero de Filletoville.
—Como podrá deducir de lo que ha visto —intervino la joven dama—, el grupo
estaba dispuesto a asesinarme si apelaba a cualquiera pidiendo ayuda. Si sus cómplices
nos encuentran aquí, estamos perdidos. ¡Dentro de dos minutos puede ser demasiado
tarde! ¡Al coche!
Con aquellas palabras enfatizadas por sus sentimientos, y el esfuerzo de haber
clavado al joven marqués de Filletoville, la dama, fatigada, se dejó caer en brazos de
mi tío. Éste la cogió y la llevó hasta la puerta de la casa. Allí estaba el coche con
cuatro caballos negros de cola y crines largas ya enjaezados, pero no había cochero, ni
escolta, ni palafrenero a h cabeza de los caballos.
Espero, caballeros, no ser injusto con la memoria de mi tío si expreso la opinión
de que aunque era soltero ya había tenido antes a algunas damas; en sus brazos; en
realidad creo que acostumbraba besar con frecuencia a las camareras, y sé que en uno o
dos casos había sido visto por algún testigo de confianza abrazar a la propietaria de una
taberna de manera bien perceptible. Menciono esta circunstancia para demostrar que el
hecho de que la joven y hermosa dama fuera una persona a la cual poco podía estar
habituado debió afectar a mi tío éste solía decir que cuando los largos cabellos oscuros
de la dama cayeron sobre su brazo, y sus hermosos ojos oscuros se fijaron en su rostro
al recuperarse, él se sintió tan extraño y nervioso que le temblaron las piernas. Pero
¿quién puede contemplar el más dulce par de ojos oscuros sin sentirse raro? Yo no,
caballeros. Me da miedo contempla algunos ojos que me sé, y ésa es la verdad.
—No me abandone nunca —murmuró la joven dama.
Jamás —contestó mi tío con toda la intención de cumplirlo.
—¡Mi querido salvador! —exclamó la joven dama—. ¡Mi querido, amable y
valiente salvador!
—No siga—dijo mi tío interrumpiéndola. —¿Por qué? —preguntó ella.
—Porque su boca es tan hermosa cuando habla que me temo que cometeré la
imprudencia de besarla—replicó mi tío.
La joven dama levantó la mano como para impedir que mi tío lo hiciera y dijo...
no, no dijo nada, sonrió.
Cuando uno está contemplando los labios más deliciosos del mundo, y los ve
abrirse en una sonrisa pícara, si uno está muy cerca de ellos, y no hay nadie
más, no hay mejor manera de testificar la admiración propia hacia su hermoso
color y forma que besándolos enseguida. Así lo hizo mi tío, y yo le honro por ello.
—¡Escuche! —gritó la joven dama sobresaltándose—. ¡Se oyen ruedas y
caballos!
—Cierto —dijo mi tío prestando atención. Tenía buen oído para las ruedas y el
ruido de los cascos, pero daba la impresión de que venían desde lejos tantos caballos y
carruajes que era imposible conjeturar su número. El sonido era semejante al que
producirían cincuenta tiros formados por seis purasangres cada uno.
—¡Nos persiguen! —gritó la joven agarrándose las manos—. Nos persiguen.
¡Usted es mi única esperanza!
Había tal expresión de terror en su hermoso rostro que mi tío se decidió
enseguida. La subió al coche, le dijo que no se asustara, volvió a unir los labios a los
de ella y después, aconsejándole que subiera la ventanilla para que no entrara el aire
frío subió al pescante.
—Un momento, mi amor—gritó la joven. —¿Qué sucede? —preguntó mi tío
desde el pescante.
—Quiero hablarle, sólo una palabra. Sólo una querido mío.
—¿Me bajo? —preguntó mi tío. La dama no respondió, pero volvió a sonreír.
¡Qué sonrisa, caballeros! Convirtió al otro en nada. Mi tío bajó del pescante en un
santiamén.
—¿Qué ocurre, querida? —preguntó mi tío mirándola por la ventanilla del coche.
En ese momento la dama se inclinó hacia delante y mi tío pensó que parecía todavía
más hermosa que antes. En ese momento, caballeros, estaba muy cerca de ella, por l
que tenía que saberlo realmente.
—¿Qué sucede, querida? —volvió a preguntar mi tío.
—¿No amará nunca a otra, no se casará con ninguna otra? —preguntó la joven
dama.
Con un juramento solemne mi tío afirmó que nunca se casaría con ninguna otra y
entonces la joven dama metió la cabeza y subió la ventanilla. El tío se subió de un salto
al pescante, cuadró los codos, ajustó las riendas, cogió el látigo que estaba sobre el
techo, tocó con él al primero de los caballos allá que se fueron los cuatro caballos
negros de largas colas y largas crines a unas buenas quince millas inglesas por hora
arrastrando detrás el viejo coche de correos.
¡Vaya! ¡Cómo corrieron a toda velocidad!
El ruido de atrás se hizo más fuerte. Cuanto más rápido iba el viejo coche, más
rápido se acercaban los perseguidores: hombres, caballos y perros se habían unido en la
persecución. El ruido era terrible, pero por encima de él se oía la voz de la joven dama
que azuzaba a mi tío y gritaba:
—¡Más rápido! ¡Más rápido!
Los oscuros árboles pasaban a su lado como plumas arrastradas por un huracán.
Casas, puertas, iglesias, almiares y todo tipo de objetos pasaban junto a ellos con una
velocidad y ruido semejantes al de las aguas rugientes que de pronto quedan libres. Pero
el ruido de la persecución se iba haciendo más fuerte, y mi tío podía seguir escuchando a
la joven dama que gritaba desesperadamente:
—¡Más rápido! ¡Más rápido!
Mi tío utilizó con ahínco látigo y riendas, y los caballos volaron hacia delante hasta
que se cubrieron de espuma; y, sin embargo, atrás el ruido aumentaba, y la joven dama
seguía gritando:
—¡Más rápido! ¡Más rápido!
Mi tío dio una fuerte patada en el pescante, impulsado por la tensión del momento,
y... descubrió que la mañana era gris y estaba sentado en el descampado sobre el pescante
de un antiguo coche inglés, temblando por el frío y la humedad, y pateando el suelo para
calentarse los pies. Se bajó y buscó ansiosamente en el interior a la hermosa y joven
dama. ¡Pero ay! No había puerta ni asiento en el coche. Era una simple carcasa.
Evidentemente mi tío sabía muy bien que había algún misterio en aquello, y que
todo había pasad exactamente tal como solía relatarlo. Permaneció fiel al juramento que
había hecho a la hermosa joven dama, rechazando por ella a varias dueñas desposada
con las que hubiera podido casarse, y final mente murió soltero. Siempre dijo que era
curiosa, que hubiera descubierto él, por un simple accidente como el de cruzar la cerca,
que todas las noches acostumbraban a viajar con regularidad los fantasmas de coches de
correos y caballos, escoltas, cocheros y pasajeros. Solía añadir que creía ser la única
persona viva que había sido aceptada como pasajero en una de aquellas excursiones. Y
creo, caballeros, que tenía razón: al menos no he oído que le sucediera a nadie más.
[De The Pickwick Papers]
El barón de Grogzwig
El barón Von Koéldwethout, de Grogzwig, Alemania, era probablemente un joven
barón como cualquiera le gustaría ver uno. No es necesario q diga que vivía en un
castillo, porque es evidente; tampoco es necesario que diga que vivía en un castillo
antiguo, pues ¿qué barón alemán viviría en u: nuevo? Había muchas circunstancias
extrañas relacionadas con este venerable edificio, entre las cuales no era la menos
sorprendente y misteriosa el hecho de que cuando soplaba el viento, éste rugía en el
interior de las chimeneas, o incluso aullaba entre los árboles del bosque circundante, o
que cuando brillaba la luna ésta se abría camino por entre determinadas pequeñas
aberturas de los muros y llegaba a iluminar plenamente algunas zonas de los amplios
salones y galerías, dejando otras en una sombra tenebrosa. Tengo entendido que uno de
los antepasados del barón, que andaba escaso de dinero, le han clavado una daga a un
caballero que llegó una noche pidiendo servidumbre de paso, y se supone que tos hechos
milagrosos tuvieron lugar como consecuencia de aquello. Y, sin embargo, difícilmente
puedo saber cómo sucedió, pues el antepasado del barón, que era un hombre amable, se
sintió despues tan apenado por haber sido tan irreflexivo, y haber puesto sus manos
violentas sobre una cantidad de piedras y maderos pertenecientes a un barón más débil,
que construyó como excusa una capilla obteniendo un recibo del cielo como saldo a
cuenta.
El hecho de haber hablado del antepasado del barón me trae a la mente los
vehementes deseos de éste de que se respete su linaje. Temo no poder decir
con seguridad cuántos antepasados haya tenido el barón, pero sé que había tenido
muchísimos más que cualquier otro hombre de su época, y sólo deseo que haya vivido
hasta fechas recientes para haber podido dejar más en la tierra. Para los grandes hombres
de los siglos pasados debió ser muy duro haber llegado al mundo tan pronto, pues
lógicamente un hombre que nació hace trescientos o cuatrocientos años no puede
esperarse que tuviera antes que él tantos parientes como un hombre que haya nacido
ahora. Éste último, quienquiera que sea —y por lo que nosotros sabemos lo mismo
podría ser un zapatero remendón que un tipo bajo y vulgar—, tendrá un linaje más largo
que el mayor de los nobles vivo actualmente; y afirmo que esto no es justo.
¡Bueno, pero el barón Von Koëldwethout de Grogzwig! Era un hombre guapo y
atezado, de cabello oscuro y grandes mostachos que salía a cazar a caballo vestido con
paño verde de Lincoln, con botas rojas en los pies, con un cuerno de caza colgado del
hombro como el guarda de un campo muy amplio. Cuando soplaba su cuerno, otros
veinticuatro caballeros de rango inferior, vestidos con paño verde de Lincoln un poco
más basto, y botas de cuero bermejo de suelas un poco más gruesas, se presentaban
directamente; y galopaban todos juntos con lanzas en las manos como barandillas de un
área lacada, cazando jabalíes, o encontrándose quizá con un oso en cuyo último caso el
barón era el primero en matarlo, y después engrasaba con él sus bigotes.
Fue una vida alegre la del barón de Grogzwig, y más alegre todavía la de sus
partidarios, quienes bebían vino del Rin todas las noches hasta que caían bajo la mesa, y
entonces encontraban las botellas en el suelo y pedían pipas. Jamás hubo calaveras tan
festivos, fanfarrones, joviales y alegres como los que formaban la animada banda de
Grogzwig.
Pero los placeres de la mesa, o los placeres de debajo de la mesa, exigen un poco de
variedad; sobre todo si las mismas veinticinco personas se sienta] diariamente ante la
misma mesa para hablar de lo mismos temas y contar las mismas historias. El barón se
sintió aburrido y deseó excitación. Empezó disputar con sus caballeros, y todos los días,
después de la cena, intentaba patear a dos o tres de ellos. A principio aquello resultó un
cambio agradable, pero al cabo de una semana se volvió monótono, el barón se sintió
totalmente indispuesto y buscó, con desesperación, alguna diversión nueva.
Una noche, tras los entretenimientos del día e los que había ido más allá de Nimrod
o Gillingwi ter, y matado «otro hermoso oso», llevándolo después a casa en triunfo, el
barón Von KoéldwethOL se sentó desanimado a la cabeza de su mesa contemplando con
aspecto descontento el techo ahumado del salón. Trasegó enormes copas llenas de vino,
pero cuanto más bebía más fruncía el ceño. Los caballeros que habían sido honrados con
la peligrosa distinción de sentarse a su derecha y a su izquierda le imitaron de manera
milagrosa en el beber y se miraron ceñudamente el uno al otro.

—¡Lo haré! —gritó de pronto el barón golpeando la mesa con la mano derecha y
retorciéndose el mostacho con la izquierda—. ¡Preñaré a la dama de Grogzwig!
Los veinticuatro verdes de Lincoln se pusieron pálidos, a excepción de sus
veinticuatro narices, cuyo color permaneció inalterable.
—Me refiero a la dama de Grogzwig —repitió el barón mirando la mesa a su
alrededor.
—¡Por la dama de Grogzwig! —gritaron los verdes de Lincoln, y por sus
veinticuatro gargantas bajaron veinticuatro pintas imperiales de un vino del Rin tan viejo
y extraordinario que se lamieron sus cuarenta y ocho labios, y luego pestañearon.
—La hermosa hija del barón Von Swillenhausen —añadió KoMwethout,
condescendiendo a explicarse—. La pediremos en matrimonio a su padre en cuanto el
sol baje mañana. Si se niega a nuestra petición, le cortaremos la nariz.
Un murmullo ronco se elevó entre el grupo; todos los hombres tocaron primero la
empuñadura de su espada, y después la punta de su nariz, con espantoso significado.
¡Qué agradable resulta contemplar la piedad filial!
Si la hija del barón hubiera suplicado a un corazón preocupado, o hubiera caído a
los pies de su padre cubriéndolos de lágrimas saladas, o simplemente si se hubiera
desmayado y hubiera cumplimentado luego al anciano caballero con frenéticas
jaculatorias, la: posibilidades son cien contra una a que el castillo de Swillenhausen
habría sido echado por la ventana, c habrían echado por la ventana al barón y el castillo
habría sido demolido. Sin embargo, la damisela mantuvo su paz cuando un mensajero
madrugador llevó o la mañana siguiente la petición de Von Kodldwethout, y se retiró
modestamente a su cámara, desde cuya ventana observó la llegada del pretendiente y su
séquito. En cuanto estuvo segura de que el jinete de los grandes mostachos era el que se
le proponía como esposo, se precipitó a presencia de su padre y expresó estar dispuesta a
sacrificarse para asegurar la paz del anciano. El venerable barón cogió a su hija entre sus
brazos e hizo un guiño de alegría.
Aquel día hubo grandes fiestas en el castillo. Los veinticuatro verdes de Lincoln de
Von Koéldwethout intercambiaron votos de amistad eterna con los doce verdes de
Lincoln de Von Swillenhausen, y prometieron al viejo barón que beberían su vino «hasta
que todo se volviera azul», con lo que probablemente querían significar que hasta que
todos sus semblantes hubieran adquirido el mismo tono que sus narices. Cuando llegó el
momento de la despedida todos palmeaban las espaldas de todos los demás, y el barón
Von Koéldwethout y sus seguidores cabalgaron alegremente de regreso a casa.
Durante seis semanas mortales jabalíes y osos tuvieron vacaciones. Las casas de
Kodldwethout y Swillenhausen estaban unidas; las lanzas se aherrumbra ron, y el
cuerno de caza del barón contrajo ronquera por falta de soplidos.
Aquellos fueron momentos importantes para los veinticuatro, pero ¡ay!, sus días
elevados y triunfales estaban ya calzándose para disponerse a irse. —Querido mío —
dijo la baronesa. —Mi amor —le respondió el barón. —Esos hombres toscos y
ruidosos...
—¿Cuáles, señora? —preguntó el barón sorprendido.
Desde la ventana junto a la que estaban, la baronesa señaló el patio inferior en
donde, inconscientes de todo, los verdes de Lincoln estaban realizando copiosas
libaciones estimulantes como preparativo para salir a cazar uno o dos verracos.
—Son mi grupo de caza, señora —le informó el barón.
—Licéncialos, amor—murmuró la baronesa.
—¡Licenciarlos! —gritó el barón con asombro.
—Para complacerme, amor —contestó la baronesa.
—Para complacer al diablo, señora —respondió el barón.
Entonces la baronesa lanzó un gran grito y se desmayó a los pies del barón.
¿Qué podía hacer el barón? Llamó a la doncella de la señora y rugió pidiendo un
doctor; y luego, saliendo a la carrera al patio, pateó a los dos verdes de Lincoln que
más habituados estaban a ello, y maldiciendo a todos los demás, les pidió que se
marcharan... aunque no le importaba adónde. No sé la expresión alemana para ello,
pues si la conociera lo habría podido describir delicadamente.
No me corresponde a mí decir mediante qu¿ medios, o qué grados, algunas
esposas consiguen someter a sus esposos de la manera que lo hacen, aunque sí puedo
tener mi opinión personal sobre el tema, y pensar que ningún Miembro del Parlamento
debería estar casado, por cuanto que tres miembros casados de cada cuatro votarán de
acuerdo con la conciencia de su esposa (si la tienen), y no de acuerdo con la suya
propia. Lo único que necesito decir ahora es que la baronesa von Koéldwethout
adquirió de una u otra manera un gran control sobre el barón von KoUldwethout, y que
poco a poco, trocito a trocito, día a día y año a año el barón obtenía la peor parte de
cualquier cuestión disputada, o era astutamente descabalgado de cualquier antigua
afición; y así, cuando se convirtió en un hombre grueso y robusto de unos cuarenta y
ocho años, no tenía ya fiestas, ni jolgorios, ni grupo de caza ni tampoco caza: en
resumen, no le quedaba nada que le gustara o que hubiera solido tener; y así, aunque
fue tan valiente como un león, y tan audaz como descarado, fue claramente
despreciado y reprimido por su propia dama en su propio castillo de Grogzwig.
Y no acaban aquí todos los infortunios del barón. Aproximadamente un año
después de sus nupcias vino al mundo un barón robusto y joven en cuyo honor se
dispararon muchos fuegos artificiales y se bebieron muchas docenas de barriles de
vicio; pero al año siguiente llegó una joven baronesa y cada año otro joven barón, y así
un año tras otro, o un barón o una baronesa (y un año los dos al mismo tiempo), hasta
que el barón se encontró siendo padre de una pequeña familia de doce. En cada uno de
esos aniversarios la venerable baronesa Von Swillenhausen se ponía muy nerviosa y
sensible por el bienestar de su hija la baronesa Von Koéldwethout, y aunque no se sabe
que la buena dama hiciera nunca nada real que contribuyera a la recuperación de su
hija, seguía considerando un deber ponerse tan nerviosa como fuera posible en el
castillo de Grogzwig, y dividir su tiempo entre observaciones morales sobre la forma
en que se llevaba la casa del barón y quejarse por el duro destino de su infeliz hija. Y si
el barón de Grogzwig, algo herido e irritado por esa conducta, cobraba valor y se
aventuraba a sugerir que su esposa al menos no estaba peor que las esposas de otros
barones, la baronesa Von Swillenhausen suplicaba a todas las personas que se dieran
cuenta de que nadie salvo ella simpatizaba con los sufrimientos de su hija; y con
aquello, sus parientes y amigos comentaban que con toda seguridad ella sufría mucho
más que su yerno, y que si existía algún animal vivo de corazón duro, ése era el barón
de Grogzwig.
El pobre barón lo soportó todo mientras pudo, y cuando no pudo soportarlo ya
más perdió el apetito y el ánimo, y se quedó sentado lleno de tristeza y aflicción. Pero
todavía le aguardaban problemas peores, y cuando le llegaron aumentó su melancolía y
su tristeza. Cambiaron los tiempos; se endeudó. Las arcas de Grogzwig, que la familia
Swillenhausen había considerado inagotables, se vaciaron; y precisamente cuando la
baronesa estaba a punto de sumar la decimotercera adición al linaje de la familia, Von
Koéldwethout descubrió que carecía de medios para reponerlas.
—No veo qué se puede hacer —dijo el barón—. Creo que me suicidaré.
Fue una idea brillante. El barón cogió un viejo cuchillo de caza de un armario que
tenía al lado, y tras afilarlo sobre la bota, le hizo a su garganta lo que los muchachos
llaman «una oferta».
—¡Bueno! —exclamó el barón al tiempo que detenía la mano—. Quizá no esté lo
bastante afilado.
El barón lo afiló de nuevo e hizo otro intento, pero detuvo su mano un fuerte
griterío que se produjo entre los jóvenes barones y baronesas, reunidos todos en un
salón infantil situado arriba de la torre con barras de hierro por el exterior de las
ventanas para impedir que se lanzaran al foso.
—Si hubiera sido soltero —dijo el barón suspirando—, podría haberlo hecho más
de cincuenta veces sin que me interrumpieran. ¡Vamos! Lleva una botella de vino y la
pipa más grande a la pequeña habitación abovedada que hay tras el salón.
Una de las criadas ejecutó de la manera más amable posible la orden del barón en
el curso de una media hora, y Von Koéldwethout, tras apreciar que así había sido
hecho, se dirigió a grandes zancadas hacia la habitación abovedada cuyas paredes, que
eran de una madera oscura y brillante, relucían al fuego de los leños ardientes apilados
en el hogar. La botella y la pipa estaban dispuestas y el lugar parecía en general muy
cómodo.
—Deja la lámpara—ordenó el barón.
—¿Alguna otra cosa, mi señor? —preguntó la criada. —Soledad —contestó el
barón. La criada obedeció y el barón cerró la puerta.
Fumaré una última pipa y luego pondré fin a todo —dijo el barón.
El señor de Grogzwig dejó el cuchillo sobre la mesa, hasta que lo necesitara, se
sirvió una buena medida de vino, se echó hacia atrás en la silla, estiró las piernas
delante del fuego y se desinfló.
Pensó en muchísimas cosas, en sus problemas de hoy y en los días pasados,
cuando era soltero, en los verdes de Lincoln, que desde hacía tiempo habían sido
dispersados por el país, sin que nadie supiera dónde estaban con la excepción de dos,
que desgraciadamente habían sido decapitados, y cuatro que se habían matado de tanto
beber. Su mente pensó en osos y verracos, cuando en el momento de beberse la copa
hasta el fondo alzó la mirada y vio por primera vez, con asombro ilimitado, que no
estaba solo.
No, no lo estaba; pues al otro lado del fuego se hallaba sentada con los brazos
cruzados una horrible y arrugada figura, de ojos profundamente hundidos e inyectados
en sangre, rostro cadavérico de inmensa longitud ensombrecido por unas grejas
enmarañadas y mal cortadas de cabellos negros recios. Vestía una especie de túnica de
color azulado desvaído que, como observó el barón contemplándola atentamente,
estaba ornamentada llevando por delante, a modo de cierres, asideros de ataúd.
También llevaba las piernas cubiertas por planchas de ataúd, a modo de armadura; y
sobre el hombro izquierdo llevaba un corto manto oscuro que parecía hecho con los
restos de un paño mortuorio. No prestaba atención al barón, pues miraba fijamente el
fuego.
—¡Hola! —exclamó el barón al tiempo que golpeaba el suelo con los pies para
llamar su atención. —¡Hola! —replicó el otro dirigiendo la mirada hacia el barón, pero
sólo los ojos, no el rostro—. ¿Qué pasa?
—¿Que qué pasa? —contestó el barón sin acobardarse en lo más mínimo por la
voz hueca y la mirada carente de brillo del otro—. Soy yo el que debería hacer esa
pregunta. ¿Cómo llegó hasta aquí?
—Por la puerta —contestó la figura. —¿Quién es? —preguntó el barón. —Un
hombre —contestó la figura. —No le creo —dijo el barón.
—Pues no lo crea—contestó la figura. —Eso es lo que haré —replicó el barón.
La figura se quedó mirando un tiempo al osado barón de Grogzwig, y luego, en
tono familiar dijo: —Ya veo que nadie le puede persuadir. ¡No soy un hombre!
—Entonces ¿qué es? —preguntó el barón. —Un genio —contestó la figura.
—Pues no se parece mucho a ninguno —contestó burlonamente el barón.
—Soy el genio de la desesperación y el suicidio. Ahora ya me conoce.
Tras decir esas palabras, la aparición se puso de cara al barón, como si se
preparara para una conversación; y lo más notable de todo fue que apartó el manto
hacia un lado, mostrando así una estaca que le recorría el centro del cuerpo. Se la sacó
con un movimiento brusco y la dejó sobre la mesa con el mismo cuidado que si se
tratara de un bastón de paseo.
—¿Está dispuesto ya para mí? —preguntó la figura fijando la mirada en el
cuchillo de caza.
—No del todo. Primero he de terminar esta pipa. —Entonces aligere —exclamó la
figura.
—Parece tener prisa—contestó el barón.
—Pues bien, sí, la tengo. Hay ahora muchos asuntos de los míos en Inglaterra y
Francia, y mi tiempo está ocupadísimo.
—¿Bebe? —preguntó el barón tocando la botella con la cazoleta de la pipa.
—Nueve veces de cada diez, y siempre con exageración —replicó secamente la
figura.
—¿Nunca con moderación?
—Jamás —contestó la figura con un estremecimiento—. Eso produce alegría.
El barón echó otra ojeada a su nuevo amigo, a quien consideró como un
parroquiano verdaderamente extraño, y finalmente le preguntó si tomaba parte activa
en acontecimientos como los que había, estado contemplando.
—No —contestó la figura en tono evasivo—. Pero estoy siempre presente.
—Para contemplar imparcialmente, supongo —dijo el barón.
—Exactamente —contestó la figura jugueteando con la estaca y examinando la
punta—. Dese toda la prisa que pueda, ¿quiere? Pues hay un joven caballero que ahora
me necesita porque le aflige el tener demasiado dinero y tiempo libre, o eso me parece.
—¿Va a suicidarse porque tiene demasiado dinero? —exclamó el barón,
realmente divertido—. ¡Ja, ja! Ésa sí que es buena.
(Aquella fue la primera vez que el barón se rió desde hacia mucho tiempo.)
—Le ruego que no vuelva a hacer eso —le reconvino la figura, que parecía muy
asustada.
—¿Y por qué no? —preguntó el barón.
—Porque me produce un gran dolor. Suspire todo lo que quiera: eso me hace
sentir bien.
Al escuchar la mención de la palabra, el barón suspiró mecánicamente; la figura,
animándose de nuevo, le entregó el cuchillo de caza con la cortesía más encantadora.
—Y, sin embargo, no es mala idea, un hombre que se suicida porque tiene
demasiado dinero —comentó el barón al tiempo que sentía el borde del arma.
—¡Bah! No mejor que la de un hombre que se suicida porque no tiene nada, o
tiene demasiado poco —contestó la aparición con petulancia.
No tengo manera de saber si el genio se comprometió sin intención alguna al decir
eso o si es que pensó que la mente del barón estaba ya tan decidida que no importaba
lo que dijera. Lo único que sé es que el barón detuvo al instante la mano, abrió bien los
ojos y miró como si en ellos hubiera entrado por primera vez una luz nueva.
—Bueno, la verdad es que no hay nada que sea lo bastante malo como para
quitarse de en medio por ello —dijo Von Koéldwethout.
—Salvo las arcas vacías —gritó el genio.
—Bien, pero un día pueden llenarse de nuevo —añadió el barón.
—Las esposas regañonas —le reconvino el genio. —¡Ah! Se las puede hacer
callar—contestó el barón. —Trece hijos —gritó el genio.
—Seguramente no todos saldrán malos —replicó el barón.
Evidentemente el genio se estaba enfadando bastante por el hecho de que de
pronto el barón sostuviera esas opiniones, pero intentó tomárselo a broma y dijo que se
sentiría muy agradecido hacia él si le permitía saber cuándo iba a dejar de tomárselo a
risa.
—Pero si no estoy bromeando, nunca estuve tan lejos de eso —protestó el barón.
—Bueno, me alegra oír eso —respondió el genio con aspecto ceñudo—. Porque
una broma que no sea un juego de palabras es la muerte para mí. ¡Vamos! ¡Abandone
enseguida este mundo terrible!
—No sé —dijo el barón jugueteando con el cuchillo—. Ciertamente que es
terrible, pero no cree que el suyo sea mucho mejor, pues no tiene aspecto de
encontrarse especialmente cómodo. Eso me recuerda que me sentía muy seguro de
obtener alga mejor si abandonaba este mundo... —de pronto lanzó un grito y se
incorporó—: nunca había pensado en esto.
—¡Concluya! —gritó la figura castañeteando los dientes.
—¡Fuera! —le contestó el barón—. Dejaré de meditar sobre las desgracias,
pondré buena cara y probaré de nuevo con el aire libre y los osos; y si eso no funciona,
hablaré sensatamente con la baronesa y acabaré con los Von Swillenhausen.
Tras decir aquello, el barón volvió a sentarse en la silla y rió con tanta fuerza y
alboroto que la habitación resonó.
La figura retrocedió uno o dos pasos mirando entretanto al barón con terror
intenso, y después recogió la estaca, se la metió violentamente en el cuerpo, lanzó un
aullido atemorizador y desapareció.
Von Koéldwethout no volvió a verla nunca. Una vez que había decidido actuar,
inmediatamente obligó a razonar a la baronesa y a los Von Swillenhausen, y murió
muchos años después; no como un hombre rico que yo sepa, pero como un hombre
feliz: dejó tras él una familia numerosa que fue cuidadosamente educada en la caza del
oso y el verraco bajo su propia vigilancia personal. Y mi consejo a todos los hombres
es que si alguna vez se sienten tristes y melancólicos por causas similares (como les
sucede a muchos hombres), contemplen los dos lados del asunto, y pongan un cristal de
aumento sobre el mejor; y si todavía se sienten tentados a irse sin permiso, que primero
se fumen una gran pipa y se beban una botella entera, y aprovechen el laudable ejemplo
del barón de Grogzwig.
[De Nicholas Nickleby]
Una confesión encontrada en una prisión de la época de Carlos II
Tenía el grado de teniente en el ejército de St Majestad y serví en el extranjero en
las campañas de 1677 y 1678. Concluido el tratado de Nimega, regresé a casa y,
abandonando el servicio militar, me retiré a una pequeña propiedad situada a escasos
kilómetros al este de Londres, que había adquirido recientemente por derechos de mi
esposa.
Ésta será la última noche de mi vida, por lo que expresaré toda la verdad sin disfraz
alguno. Nunca fui un hombre valiente, y siempre, desde mi niñez; tuve una naturaleza
desconfiada, reservada y hosca. Hablo de mí mismo como si no estuviera ya en el
mundo, pues mientras escribo esto están cavando mi tumba y escribiendo mi nombre en
el libro negro de la muerte.
Poco después de mi regreso a Inglaterra mi único hermano contrajo una
enfermedad mortal. Esta circunstancia apenas me produjo dolor alguno, pues casi no nos
habíamos relacionado desde que nos hicimos adultos. Él era un hombre generoso y de
corazón abierto, de mejor aspecto físico que yo, más satisfecho de la vida y en general
amado. Los que por ser amigos suyos quisieron conocerme en el extranjero o en nuestro
país, raras veces seguían viéndome mucho tiempo, y solían decir en nuestra primera
conversación que se sorprendían de encontrar dos hermanos que fueran tan distintos en
sus maneras y aspecto. Acostumbraba yo a provocar esa declaración, pues sabía las
comparaciones que iban a hacer entre ambos y, como sentía en mi corazón una
enconada envidia, trataba de justificarla ante mí mismo.
Nos habíamos casado con dos hermanas. Este vínculo adicional entre nosotros, tal
como lo considerarían algunos, en realidad sirvió sólo para apartarnos más. Su esposa
me conocía bien. Nunca, estando ella presente, mostré mis celos o rencores secretos,
pero aquella mujer los conocía tan bien como yo. Nunca, en aquellos momentos,
levanté mi vista sin encontrar la suya fija en mí; nunca miré al suelo o hacia otra parte
sin tener la sensación de que seguía vigilándome. Para mí era un alivio inexpresable
cuando disputábamos, y fue un alivio todavía mayor cuando, encontrándome en el
extranjero, me enteré de que había muerto. Tengo ahora la sensación de que era como
si se hallara suspendida sobre nosotros una extraña y terrible prefiguración de lo que
ha sucedido desde entonces. Tenía miedo de ella, me obsesionaba; su mirada fija
vuelve ahora hacia mí como el recuerdo de un sueño oscuro, haciendo que se enfríe mi
sangre.
Ella murió poco después de dar a luz a un hijo, un niño. Cuando mi hermano supo
que había perdido toda esperanza de recuperación en su propia enfermedad, llamó a mi
esposa junto a su lecho y confió el huérfano a su protección, un niño de cuatro años.
Legó al niño todas las propiedades que tenía y escribió en el testamento que, en caso
de que muriera su hijo, las propiedades pasaran a mi esposa como único
reconocimiento que podía hacerle de sus cuidados y amor. Cambió conmigo unas
cuantas palabras fraternales, deplorando nuestra prolongada separación y, hallándose
agotado, se hundió en un sueño del que nunca despertó.
Nosotros no teníamos hijos, y como entre las hermanas había existido un afecto
profundo, y mi esposa había ocupado casi el lugar de una madre para aquel muchacho,
lo amaba como si ella misma lo hubiera tenido. El niño estaba muy unido a ella, pero
era la imagen de su madre tanto en el rostro como en el espíritu, y desconfió siempre
de mí.
No puedo precisar la fecha en la que tuve por primera vez aquella sensación, pero
sé que muy poco después empecé a sentirme inquieto cuando estaba junto a aquel niño.
Siempre que salía de mis melancólicos pensamientos, lo encontraba mirándome con
fijeza, pero no con esa simple curiosidad infantil, sino con algo que contenía el
propósito y el significado que con tanta frecuencia había observado yo en su madre.
No se trataba de un resultado de mi fantasía, basado en el gran parecido que tenía con
ella en los rasgos y la expresión. Jamás le sorprendí con la mirada baja. Me tenía
miedo, pero al mismo tiempo parecía despreciarme instintivamente; y aunque
retrocediera ante mi mirada, tal como solía hacer cuando estábamos a solas,
aproximándose a la puerta, seguía manteniendo fijos en mí sus ojos brillantes.
Es posible que me esté ocultando a mí mismo la verdad, pero no creo que cuando
comenzó todo aquello hubiera pensado yo en hacerle mal alguno. Quizá considerara lo
bien que nos vendría su herencia, y hasta puede que deseara su muerte, pero creo que
jamás pensé en lograrla por mis propios medios. La idea no me llegó de repente, sino
poco a poco, presentándose al principio con una forma difusa, como a gran distancia,
de la misma manera que los hombres pueden pensar en un terremoto, o en el último día
de su vida, que luego se va acercando más y más perdiendo con ello parte de su horror
e improbabilidad, y luego toma carne y hueso; o mejor dicho, se convierte en la
sustancia y la suma total de todos mis pensamientos diarios y en una cuestión de
medios y de seguridad; ya no existe el planteamiento de cometer o no el hecho.
Mientras todo aquello sucedía en mi interior no podía soportar que el niño me
viera mientras yo le miraba, pero una fascinación me arrastraba a contemplar su cuerpo
ligero y frágil pensando en lo fácil que me resultaría hacerlo. A veces me deslizaba
escaleras arriba y le observaba mientras dormía, pero lo más habitual era que rondara
por el jardín cerca de la ventana de la habitación en la que se hallaba inclinado
realizando sus tareas, y allí, mientras él permanecía sentado en una silla baja al lado de
mi esposa, yo le miraba durante horas escondido detrás de un árbol: escondiéndome y
sorprendiéndome, como el infeliz culpable que era, ante el menor ruido provocado por
una hoja, pero volviendo a mirar de nueve Muy próxima a nuestra casa, pero lejos de
nuestra vista, y también de nuestro oído en cuanto viento se agitara mínimamente,
había una extensión profunda de agua. Empleé varios días en d, forma con mi navaja a
un tosco modelo de bote, que por fin terminé y dejé donde el niño pudiera encontrarlo.
Me oculté entonces en un lugar secreto por, que tendría que pasar si se escapaba a
solas para hacer navegar el juguetito, y aguardé allí su llegado No llegó ni ese día ni al
siguiente, aunque esperé desde el mediodía hasta la caída de la noche. Estaba
convencido de haberlo apresado en mi red, pues lo oí hablar del juguete, y sé que, en
su placer infantil lo guardaba a su lado en la cama. No sentía cansancio ni fatiga, sino
que esperaba pacientemente, y al tercer día pasó junto a mí corriendo gozosamente con
sus cabellos sedosos al viento y cantando, qu Dios se apiade de mí, cantando una
alegre balad cuyas palabras apenas podía cecear.
Me deslicé tras él ocultándome en unos matorrales que crecían allí y sólo el diablo
sabe con qué terror yo, un hombre hecho y derecho, seguía los pasos de aquel niño que
se aproximaba a la orilla de agua. Estaba ya junto a él, había agachado una rodilla y
levantado una mano para empujarle, cuando mi sombra en la corriente y me di la
vuelta.
El fantasma de su madre me miraba desde los ojos del niño. El sol salió de detrás
de una nube: brillaba en el cielo, en la tierra, en el agua clara y en las gotas
centelleantes de lluvia que había sobre las hojas. Había ojos por todas partes. El inmenso
universo completo de luz estaba allí para presenciar el asesinato. No sé lo que dijo;
procedía de una sangre valiente y varonil, y a pesar de ser un niño no se acobardó ni
trató de halagarme. No le oí decir entre lloros que trataría de amarme, ni le vi corriendo
de vuelta a casa. Lo siguiente que recuerdo fue la espada en mi mano y al muerto a mis
pies con manchas de sangre de las cuchilladas aquí y allá, pero en nada diferente del
cuerpo que había contemplado mientras dormía... estaba, además, en la misma actitud,
con la mejilla apoyada sobre su manecita.
Lo tomé en los brazos, con gran suavidad ahora que estaba muerto, y lo llevé hasta
una espesura. Aquel día mi esposa había salido de casa y no regresaría hasta el día
siguiente. La ventana de nuestro dormitorio, el único que había en ese lado de la casa,
estaba sólo a escasos metros del suelo, por lo que decidí bajar por ella durante la noche y
enterrarlo en el jardín. No pensé que había fracasado en mi propósito, ni que dragarían el
agua sin encontrar nada, ni que el dinero debería aguardar ahora por cuanto yo tenía que
dar a entender que el niño se había perdido, o lo habían raptado. Todos mis
pensamientos se concentraban en la necesidad absorbente de ocultar lo que había hecho.
No existe lengua humana capaz de expresar, ni mente de hombre capaz de
concebir, cómo me sentí cuando vinieron a decirme que el niño se había perdido, cuando
ordené buscarlo en todas las direcciones, cuando me aferraba tembloroso a cada uno de
los qu, se acercaban. Lo enterré aquella noche. Cuando sepa té los matorrales y miré en
la oscura espesura vi sobre el niño asesinado una luciérnaga, que brillaba come el
espíritu visible de Dios. Miré a su tumba cuando le coloqué allí y seguía brillando sobre
su pecho: un ojo de fuego que miraba hacia el cielo suplicando a las estrellas que me
observaban en mi trabajo.
Tuve que ir a recibir a mi esposa y darle la noticia, dándole también la esperanza de
que el niño fuera encontrado pronto. Supongo que todo aquello lo hice con apariencia de
sinceridad, pues nadie sospechó de mí. Hecho aquello, me senté junto a la ventana del
dormitorio el día entero observando el lugar en el que se ocultaba el terrible secreto.
Era un trozo de terreno que había cavado para replantarlo con hierba, y que había
elegido porque resultaba menos probable que los rastros del azadón llamaran la
atención. Los trabajadores que sembraban la hierba debieron pensar que estaba loco.
Continuamente les decía que aceleraran el trabajo, salía fuera y trabajaba con ellos,
pisaba la hierba con los pies y les metía prisa con gestos frenéticos. Terminaron la tarea
antes de la noche y entonces me consideré relativamente a salvo.
Dormí no como los hombres que despiertan alegres y físicamente recuperados, pero
dormí, pasando de unos sueños vagos y sombríos en los que era perseguido a visiones de
una parcela de hierba, a través de la cual brotaba ahora una mano, luego un pie, y luego
la cabeza. En esos momentos siempre despertaba y me acercaba a la ventana para
asegurarme que aquello no fuera cierto. Después, volvía a meterme en la cama; y así
pasé la noche entre sobresaltos, levantándome y acostándome más de veinte veces, y
teniendo el mismo sueño una y otra vez, lo que era mucho peor que estar despierto,
pues cada sueño significaba una noche entera de sufrimiento. Una vez pensé que el
niño estaba vivo y que nunca había tratado de asesinarlo. Despertar de ese sueño
significó el mayor dolor de todos.
Volví a sentarme junto a la ventana al día siguiente, sin apartar nunca la mirada
del lugar que, aunque cubierto por la hierba, resultaba tan evidente para mí, en su
forma, su tamaño, su profundidad y sus bordes mellados, como si hubiera estado
abierto a la luz del día. Cuando un criado pasó por encima creí que podría hundirse.
Una vez que hubo pasado miré para comprobar que sus pies no hubieran deshecho los
bordes. Si un pájaro se posaba allí me aterraba pensar que por alguna intervención
extraña fuera decisivo para provocar el descubrimiento; si una brisa de aire soplaba por
encima, a mí me susurraba la palabra asesinato. No había nada que viera o escuchara,
por ordinario o poco importante que fuera, que no me aterrara. Y en ese estado de
vigilancia incesante pasé tres días.
Al cuarto día llegó hasta mi puerta un hombre que había servido conmigo en el
extranjero, acompañado por un hermano suyo, oficial, a quien nunca había visto. Sentí
que no podría soportar dejar de contemplar la parcela. Era una tarde de verano y pedí a
los criados que sacaran al jardín una mesa a una botella de vino. Me senté entonces,
colocando la silla sobre la tumba, y tranquilo, con la seguridad que nadie podría
turbarla ahora sin mi conocimiento, intenté beber y charlar.
Ellos me desearon que mi esposa se encontró bien, que no se viera obligada a
guardar cama, esperaban no haberla asustado. ¿Qué podía decirles y con una lengua
titubeante, acerca del niño? El oficial al que no conocía era un hombre tímido q
mantenía la vista en el suelo mientras yo hablaba ¡Incluso eso me aterraba! No podía
apartar de mí idea de que había visto allí algo que le hacía sospechar la verdad.
Precipitadamente le pregunté que suponía que... pero me detuve.
—¿Que el niño ha sido asesinado? —contestó mirándome amablemente—. ¡Oh,
no! ¿Qué puede pensar un hombre asesinando a un pobre niño?
Yo podía contestarle mejor que nadie lo que podía ganar un hombre con tal hecho,
pero mantuve la tranquilidad aunque me recorrió un escalofrío.
Entendiendo equivocadamente mi emoción ambos se esforzaron por darme
ánimos con la esperanza de que con toda seguridad encontrarían niño —¡qué gran
alegría significaba eso para mí! cuando de pronto oímos un aullido bajo y profundo, y
saltaron sobre el muro dos enormes perros que, dando botes por el jardín, repitieron los
ladridos que ya habíamos oído.
—¡Son sabuesos! —gritaron mis visitantes.
¡No era necesario que me lo dijeran! Aunque en toda mi vida hubiera visto un
perro de esa raza supe lo que eran, y para qué habían venido. Aferré los codos sobre la
silla y ninguno de nosotros habló o se movió.
—Son de pura raza —comentó el hombre al que había conocido en el
extranjero—. Sin duda no habían hecho suficiente ejercicio y se han escapado.
Tanto él como su amigo se dieron la vuelta para contemplar a los perros, que se
movían incesantemente con el hocico pegado al suelo, corriendo de aquí para allá, de
arriba abajo, dando vueltas en círculo, lanzándose en frenéticas carreras, sin prestarnos
la menor atención en todo el tiempo, pero repitiendo una y otra vez el aullido que ya
habíamos oído, y acercando el hocico al suelo para rastrear ansiosamente aquí y allá.
Empezaron de pronto a olisquear la tierra con mayor ansiedad que nunca, y aunque
seguían igual de inquietos, ya no hacían recorridos tan amplios como al principio, sino
que se mantenían cerca de un lugar y constantemente disminuían la distancia que había
entre ellos y yo.
Llegaron finalmente junto al sillón en el que yo me hallaba y lanzaron una vez
más su terrorífico aullido, tratando de desgarrar las patas de la silla que les impedía
excavar el suelo. Pude ver mi aspecto en el rostro de los dos hombres que me
acompañaban.
—Han olido alguna presa —dijeron los dos al unísono.
—¡No han olido nada! —grité yo.
—¡Por Dios, apártese! —dijo el conocido mío con gran preocupación—. Si no,
van a despedazarle.
—¡Aunque me despedacen miembro a miembro no me apartaré de aquí! —grité
yo—. ¿Acaso los perros van a precipitar a los hombres a una muerte vergonzosa?
Ataquémosles con hachas, despedacémoslos
—¡Aquí hay algún misterio extraño! —dijo el oficial al que yo no conocía
sacando la espada—. En e nombre del Rey Carlos, ayúdame a detener a este hombre.
Ambos saltaron sobre mí y me apartaron, aunque yo luché, mordiéndoles y
golpeándoles come un loco. Al poco rato, ambos me inmovilizaron, y vi a los coléricos
perros abriendo la tierra y lanzándola al aire con las patas como si fuera agua.
¿He de contar algo más? Que caí de rodillas, y con un castañeteo de dientes
confesé la verdad y rogué que me perdonaran. Me han negado el perdón, y vuelvo a
confesar la verdad. He sido juzgado por el crimen, me han encontrado culpable y
sentenciado. No tengo valor para anticipar mi destino, o para enfrentarme varonilmente
a él. No tengo compasión, ni consuelo, ni esperanza ni amigo alguno. Felizmente, mi
esposa ha perdido las facultades que le permitirían ser consciente de mi desgracia o de
la suya. ¡Estoy solo en este calabozo de piedra con mi espíritu maligno, y moriré
mañana!
[De Master Humphrey's Clock]

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