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miércoles, 27 de octubre de 2010

Henry Kuttner -- La Aureola Equivocada




LA AUREOLA
EQUIVOCADA
Henry Kuttner
**
Apenas se podría culpar al ángel más joven por el error. Le habían dado una aureola
flamante y brillosa, y le habían señalado el planeta en cuestión. Él había obedecido
incondicionalmente, muy orgulloso de la responsabilidad. Era la primera vez que al ángel
más joven le encomendaban otorgar la santidad a un humano.
Así que descendió a la Tierra, localizó el Asia y se detuvo ante la boca de una caverna
que bostezaba en la ladera de un pico del Himalaya. Entró en la caverna, el corazón
desbocado de excitación, dispuesto a materializarse y dar al lama sagrado la bien ganada
recompensa. Durante diez años el asceta tibetano Kai Yung había permanecido inmóvil,
pensando pensamientos sagrados. Durante más de diez años había vivido en la cúspide de
una columna, sumándose más méritos. Y en la última década había vivido como ermitaño
en esta caverna, desdeñando las cosas mundanas.
El ángel más joven cruzó el umbral y se detuvo con un jadeo de asombro.
Obviamente se había equivocado de lugar. Un abrumador aroma a sake fragante le
penetró las fosas nasales, y miró azorado al hombrecillo marchito y borracho que se
acuclillaba feliz junto al fuego mientras asaba un trozo de carne de cabra. ¡Un antro de
iniquidad!
Naturalmente, el ángel más joven, que conocía poco de las cosas del mundo, no
podía entender qué había despojado al lama de la gracia. El gran cuenco de sake que
alguien había dejado ante la boca de la caverna con equívoca piedad era una ofrenda. El
lama había probado, y había vuelto a probar. Y a esta altura por cierto ya no era un
candidato apropiado para la santidad.
El ángel más joven titubeó. Las instrucciones eran explícitas. Pero sin duda este
réprobo borracho no podía ser el destinatario de una aureola. El lama hipó ruidosamente y
tomó otro tazón de sake, lo cual terminó de decidir al ángel, que desplegó las alas y se
marchó con aire de dignidad ofendida.
Ahora bien, en un estado del Medio Oeste de Estados Unidos hay un pueblo llamado
Tibbett. ¿Quién puede culpar al ángel de descender allí y descubrir, tras una breve
búsqueda, a un hombre aparentemente apto para la santidad, cuyo nombre, según lo
declaraba la puerta de su pequeño hogar suburbano, era K. Young?
—Habré entendido mal —pensó el ángel más joven—. Dijeron que era Kai Yung.
Pero este es Tibbett, sin duda. El debe ser el hombre. En todo caso, parece bastante puro.
»Bien, allá va. Veamos, ¿dónde está esa aureola?
El señor Young estaba sentado en el borde de la cama, la cabeza gacha, pensando. Un
espectáculo deprimente. Al fin se levantó y se vistió. Luego se afeitó y lavó y peinó y bajó
las escaleras para desayunar.
Jill Young, su esposa, estaba sentada leyendo el diario y bebiendo zumo de naranjas.
Era una mujer menuda, bastante joven y muy bonita, que había renunciado a comprender
la vida hacía mucho tiempo. Había llegado a la conclusión de que era excesivamente
complicada; continuamente ocurrían cosas raras. Lo mejor era hacer de espectador y
dejarlas suceder. Como resultado de su actitud, conservaba la hermosa cara sin arrugas y
añadía numerosas canas a la cabeza del marido.
Enseguida habrá más referencias a la cabeza del señor Young. Desde luego, había
sido transfigurada durante la noche. Pero todavía no lo había advertido, y Jill bebía zumo
de naranjas y aprobaba plácidamente el sombrero estrafalario de un aviso comercial.
—Hola, Roña —dijo Young—. Buenos días.
No se dirigía a la esposa. Un scotch terrier pequeño e impulsivo acababa de aparecer
y correteaba histéricamente alrededor de los pies del amo, y cuando el hombre le tiraba de
las orejas peludas caía en ataques de locura absoluta. El impulsivo animal inclinó la cabeza
sobre la alfombra y patinó por la habitación apoyado en el hocico, soltando sofocados
chillidos de placer. Cuando por fin se hartó de esto, el scotch terrier, que se llamaba Roña
McFastidio, se puso a chocar la cabeza contra el suelo con el aparente propósito de
destrozarse los sesos.
Young ignoró ese cotidiano espectáculo. Se sentó, desplegó la servilleta y examinó la
comida. Con un ligero gruñido aprobatorio se puso a comer.
Notó que la esposa le observaba con una expresión extraña y distante. Se apresuró a
pasarse la servilleta por los labios. Pero Jill seguía mirándole. Young se examinó el pecho
de la camisa. Estaba, ya que no inmaculado, libre al menos de jirones de tocino o manchas
de huevo. Miró a su esposa, y comprendió que ella observaba un punto por encima de la
cabeza de él. Miró hacia arriba.
Jill se sobresaltó ligeramente.
—Kenneth —susurró—. ¿Qué es eso?
Young se alisó el cabello.
—Eh... ¿Qué, querida?
—Eso que tienes sobre la cabeza.
El hombre se exploró el cráneo con los dedos.
—¿La cabeza? ¿A qué te refieres?
—Brilla —explicó Jill—. ¿Qué diablos te has hecho?
El señor Young se irritó un poco.
—No me he hecho nada... La calvicie nos llega a todos.
Jill frunció el ceño y bebió zumo de naranjas. Alzó cautamente los ojos fascinados.
—Kenneth —dijo por fin—, quisiera que tú...
—¿Qué...?
Ella señaló un espejo en la pared.
Con un gruñido de disgusto Young se levantó y enfrentó la imagen del espejo. Al
principio no vio nada anormal. Era la misma cara que los espejos le mostraban desde hacía
años. No sería una cara extraordinaria —no de las que se señalan con orgullo diciendo:
Mirad. Mi cara—, pero tampoco era, por cierto, uno de esos semblantes que causan
consternación. Una cara ordinaria, limpia, bien rasurada, y rosada. Una prolongada
relación con ella había inspirado al señor Young un sentimiento de tolerancia, sino de
franca admiración.
Pero coronada por una aureola adquiría un aire perturbador.
La aureola colgaba en el aire a unos quince centímetros de la cabeza. Medía tal vez
veinte centímetros de diámetro, y parecía un aro reluciente, luminoso, de luz blanca. Era
impalpable; Young le pasó varias veces las manos, atónito.
—Es una... aureola —articuló por fin, y se volvió hacia Jill.
El terrier, Roña McFastidio, reparó por primera vez en ese adorno. Le interesó
muchísimo. Desde luego no sabía qué era, pero siempre cabía la posibilidad de que fuera
comestible. No era un perro muy brillante.
Roña se irguió y gimoteó. Lo ignoraron. Ladrando estrepitosamente, brincó hacia
adelante y trató de escalar el cuerpo del amo en un desesperado intento por apoderarse de
la aureola. Ya que la aureola no hacía ningún movimiento hostil, sería sin duda una presa
fácil.
Young se defendió, aferró al terrier por la cerviz y se lo llevó aullante a otra
habitación, donde lo dejó. Luego regresó y miró nuevamente a Jill.
—Los ángeles llevan aureola —observó ella, por fin.
H enry Kuttner L a Aureola Equivocada
—¿Tengo aspecto de ángel? —preguntó Young—. Es una manifestación... científica.
Como... Como esa chica cuya cama brincaba de un lado al otro. Tú lo has leído.
Jill lo había leído.
—Lo hacía con los músculos.
—Bueno, yo no —dijo rotundamente Young—. ¿Cómo habría de hacerlo? Es
científico. Muchas cosas tienen brillo propio.
—Oh, sí. Los hongos venenosos.
El hombre torció la cara y se frotó la cabeza.
—Gracias, querida. Supongo que te das cuenta de que no estás colaborando en nada.
—Los ángeles tienen aureola —dijo Jill con una especie de terrible obstinación.
Young se miró de nuevo en el espejo.
—Querida, ¿te importaría callarte un rato? Tengo un susto del demonio, y tú no eres
precisamente alentadora.
Jill rompió a llorar, salió de la cocina, y poco después se le oyó hablar en voz baja con
Roña.
Young terminó el café pero no le encontró gusto. No estaba tan atemorizado como
había dicho. El fenómeno era extraño, inquietante, pero de ningún modo terrible. Unos
cuernos, tal vez, le habrían causado horror y consternación, pero una aureola... El señor
Young leía los suplementos dominicales de los diarios, y había aprendido que todo lo
estrambótico podía ser atribuido a los extravagantes trabajos de la ciencia. En alguna parte
había oído que toda la mitología está basada en hechos científicos. Esto le consoló hasta
que se preparó para ir a la oficina.
Se puso un sombrero hongo; lamentablemente la aureola era muy amplia, el
sombrero parecía tener dos alas, la de arriba blanca y resplandeciente.
—¡Diantres! —exclamó Young con franca irritación. Buscó en el armario y se probó
un sombrero tras otro. Ninguno tapaba la aureola. Por cierto que no podría subir al
autobús atestado en esas condiciones.
Un objeto peludo y grande le llamó la atención. Lo recogió y lo examinó con
disgusto. Era un sombrero deforme, gigantesco y lanudo, parecido a un chacó, que una
vez había formado parte de un disfraz. El traje en sí había desaparecido hacía tiempo, pero
el sombrero había quedado para comodidad de Roña, que a veces se recostaba en él.
Pero ocultaría la aureola... De mala gana, Young se puso esa monstruosidad en la
cabeza y se acercó al espejo. Una mirada era suficiente. Articulando una breve plegaria,
abrió la puerta y huyó.
Elegir entre dos males es con frecuencia difícil. Más de una vez, durante el
pesadillesco viaje al centro, Young se arrepintió de su elección. Pero le costaba decidirse a
quitarse el sombrero y pisotearlo, aunque se moría por hacerlo. Acurrucado en un rincón
del autobús, se empeñaba en contemplarse las uñas y deseaba estar muerto. Oía bisbiseos
y risas ahogadas, y sentía las miradas exploratorias que le sondeaban la cabeza gacha.
Un niñito desgarró el tejido cicatricial del corazón de Young y escarbó la herida
abierta con dedos rosados e inmisericordes.
—Mamá —dijo en voz alta el niñito—. Mira qué gracioso.
—Sí, amor —dijo una voz de mujer—. Cállate.
—¿Qué tiene en la cabeza? —preguntó la criatura. Hubo una pausa muy
significativa.
—Bueno, realmente no sé —dijo al fin la mujer con voz de asombro.
—¿Para qué se lo puso? No hubo respuesta.
—¡Mamá!
—Sí, amor.
—¿Está chiflado?
—Cállate —dijo la mujer evitando responderle.
—¿Pero qué es?
Young no aguantó más. Se levantó y se abrió paso dignamente en el autobús, los ojos
vidriosos y ciegos. De pie frente a la puerta, desvió la cara de la mirada fascinada del
cobrador.
Cuando el autobús llegaba a la parada, Young sintió que le tomaban el brazo. Se
volvió. La madre del niño estaba frente a él con el ceño fruncido.
—¿Sí? —preguntó Young con voz cortante.
—Es Billy —dijo la mujer—. Trato de no ocultarle nada. ¿Le importaría decirme qué
se ha puesto usted en la cabeza?
—Es la barba de Rasputín —vociferó Young—. Me la dejó como herencia —saltó del
autobús ignorando una nueva pregunta de la perpleja mujer, y trató de perderse en la
multitud.
Fue difícil. Ese notable sombrero intrigaba a muchos. Pero afortunadamente Young
estaba a pocas calles de la oficina, y por fin, jadeando roncamente, subió al ascensor, clavó
una mirada asesina en el ascensorista y dijo:
—Piso noveno.
—Disculpe, señor Young —dijo tímidamente el joven—. Tiene algo en la cabeza.
—Lo sé —replicó Young—. Yo mismo me lo he puesto.
Esto pareció dar por terminada la cuestión. Pero cuando el pasajero bajó, el
ascensorista sonrió de oreja a oreja. Minutos más tarde, al encontrar a un portero, le dijo:
—¿Conoces al señor Young? El fulano...
—Lo conozco. ¿Por qué?
—Totalmente borracho.
—¿Él? Estás loco.
—Hecho un cuero —declaró el joven—. Dios me libre...
Entretanto, el santificado señor Young se dirigía a la oficina del doctor French, un
médico al que conocía de vista pues trabajaba en el mismo edificio. No tuvo que esperar
mucho. La enfermera, tras echar una mirada perpleja al notable sombrero, entró en el
consultorio y casi de inmediato reapareció para hacer entrar al paciente.
El doctor French, un hombre corpulento y fofo de bigote lustroso y amarillo, saludó a
Young casi efusivamente.
—Adelante, adelante. ¿Cómo está hoy? Ningún problema, espero. Alcánceme el
sombrero, por favor.
—Espere —dijo Young, eludiendo al médico—. Antes, deje que le explique. Tengo
algo en la cabeza.
—¿Corte, magulladura o fractura? —preguntó el poco imaginativo doctor—. Le
curaré en un santiamén.
—No estoy enfermo —dijo Young— . Espero que no, al menos. Tengo una... eh, una
aureola.
—Ja, ja —festejó el doctor French—. Una aureola, ¿eh? No creo que su bondad llegue
a tanto...
—¡Oh, al cuerno! —barbotó Young y se sacó el sombrero; el doctor retrocedió un
paso y luego, interesado, se acercó y trató de palpar la aureola, pero no pudo.
—Maldita sea mi... Qué raro —dijo por fin—. Parece una aureola de veras, ¿no?
—¿Qué es? Eso es lo que quiero saber.
French titubeó. Se atusó el bigote.
—Bien, en realidad no está dentro de mi especialidad. Un físico podría... No. Quizá
Mayo's. ¿Se lo puede quitar?
—Claro que no. Ni siquiera se puede tocar.
—Ah, entiendo. Bueno, me gustaría contar con la opinión de algunos especialistas.
Entretanto, déjeme ver...
Irrumpieron enfermeros y enfermeros. El corazón, la temperatura, la presión, la
sangre, la saliva, la orina y la epidermis de Young fueron analizados y aprobados.
—Goza de excelente salud —dijo por fin el doctor—. Venga mañana a las diez.
Llamaré a otros especialistas.
—Usted... eh, ¿podrá librarme de esto?
—Oh, todavía no conviene intentarlo. Obviamente es una forma de radiactividad.
Quizá sea necesario un tratamiento de radio...
Young dejó al hombre farfullando sobre rayos alfa y gamma. Abatido, se puso el
extraño sombrero y bajó a su oficina.
La Agencia de Publicidad Atlas era la más tradicionalista de todas las agencias de
publicidad. Dos hermanos de patillas blancas habían inaugurado la firma en 1820, y la
compañía parecía usar todavía respetables patillas mentales. Los cambios irritaban al
directorio, que sólo en 1938 se había convencido de que la radio estaba destinada a
perdurar y había aceptado contratos para irradiar avisos. Una vez un joven vicepresidente
fue despedido por usar corbata roja.
Young entró sigilosamente en la oficina. Estaba desierta. Se deslizó en la silla detrás
del escritorio, se quitó el sombrero y lo miró con odio. Le parecía aún más detestable que
al principio. Se estaba deshilachando, y para colmo despedía el perfume tenue pero
inequívoco de un perro sucio.
Tras examinar la aureola y comprobar que aún seguía firmemente instalada en su
lugar, Young se puso a trabajar. Pero las diosas del destino se habían ensañado con él,
pues enseguida la puerta se abrió y entró Edwin G. Kipp, el presidente de Atlas. Young
apenas tuvo tiempo de agachar la cabeza bajo el escritorio y esconder la aureola.
Kipp era un sujeto menudo, atildado y decoroso que usaba impertinentes y barba
puntiaguda con el aire de un pez engreído. Hacía tiempo que la sangre se le había
metamorfoseado en amoníaco. Le rodeaba un aura, ya que no de belleza, de
conservadurismo gris y casi visible.
—Buenos días, señor Young —dijo—. Eh... ¿Es usted?
—Sí —dijo el invisible Young—. Buenos días. Me estoy atando los cordones de los
zapatos.
La única respuesta de Kipp consistió en un carraspeo casi inaudible. Pasó el tiempo.
El escritorio callaba.
—Eh... ¿Señor Young?
—Todavía... estoy aquí —dijo el desdichado Young—. Ya están atados. Los cordones,
quiero decir. ¿Me necesita?
—Sí.
Kipp esperó con creciente impaciencia. Young no manifestaba intenciones de
incorporarse. El presidente consideró la posibilidad de acercarse al escritorio y atisbar
debajo. Pero la imagen mental de una conversación entablada en postura tan grotesca era
ultrajante. Simplemente desistió y le dijo a Young lo que quería.
—Acaba de telefonear el señor Devlin. Llegará enseguida —comentó Kipp—. Desea
que le muestren el pueblo, según su propia expresión.
El invisible Young asintió. Devlin era uno de los mejores clientes. O mejor dicho, lo
había sido hasta el año anterior, cuando de pronto comenzó a tratar con otra empresa para
disgusto de Kipp y el directorio.
El presidente continuó:
—Me dijo que no estaba seguro respecto del nuevo contrato. Había planeado dárselo
a World, pero me he carteado con él y sugirió que tal vez convenga una discusión
personal. De modo que visitará nuestra ciudad. Y desea... hmm, echar una ojeada —Kipp
se puso confidencial—. Añadiré que el señor Devlin me explicó con bastante claridad que
prefiere una firma menos tradicionalista. “Aburrida” fue el término que usó. Cenará
conmigo esta noche, y yo intentaré convencerle de que nuestros servicios serán valiosos.
No obstante... —Kipp carraspeó otra vez—, no obstante, la diplomacia es importante,
desde luego. Apreciaría que usted entretuviera hoy al señor Devlin.
El escritorio, que había guardado silencio durante la alocución, gimió por fin,
convulsivamente.
—Estoy enfermo. No puedo...
—¿Se siente mal? ¿Quiere que llame a un médico?
Young se apresuró a rechazar la oferta, pero permaneció oculto.
—No, yo... pero me refiero a...
—Se comporta usted del modo más extravagante —dijo Kipp con loable contención
—. Hay algo que usted debería saber, señor Young. Aún no tenía intenciones de decírselo,
pero... sea como fuere, el directorio ha reparado en usted. Hemos discutido durante la
última reunión, y resolvimos ofrecerle una vicepresidencia en la casa.
El escritorio quedó mudo de sorpresa.
—Usted se ha comportado irreprochablemente durante quince años —dijo Kipp—.
Su persona jamás fue asociada con ningún escándalo. Le felicito, señor Young.
El presidente se adelantó extendiendo la mano. Un brazo emergió desde abajo del
escritorio, estrechó el de Kipp, y desapareció apresuradamente.
No ocurrió nada más. Young se obstinaba en permanecer en su santuario. Kipp
comprendió que, a menos que le sacara a la rastra, no podría tener una visión completa de
Kenneth Young por el momento. Se retiró con un carraspeo admonitorio.
El desdichado Young se levantó, gesticulando para distender sus músculos
entumecidos. En buena se había metido. ¿Cómo divertiría a Devlin llevando aureola? Y
era vital divertir a Devlin. De lo contrario, la elusiva vicepresidencia se le escurriría de
inmediato. Young sabía demasiado bien que los empleados de la Agencia de Publicidad
Atlas hollaban sendas de tribulación.
Sus cavilaciones fueron interrumpidas por la brusca aparición de un ángel sobre la
biblioteca. No era una biblioteca muy alta, y el visitante sobrenatural estaba
tranquilamente sentado, meciendo los talones y encogiendo las alas. Una exigua túnica de
seda blanca constituía toda su indumentaria de ángel, además de una aureola brillante que
a Young le causó náuseas de sólo verla.
—Esto es el acabóse —dijo, conteniéndose rígidamente—. Una aureola puede ser
efecto de hipnotismo masivo. Pero si empiezo a ver ángeles...
—No temas —dijo el otro—. Soy real.
Young le miró con ojos desorbitados.
—¿Y cómo lo sabré? Obviamente estoy hablando con el aire. Es esquizoalgo. Lárgate.
El ángel arqueó los dedos de los pies con embarazo.
—No puedo, todavía no. Lo cierto es que he cometido un error serio; habrás notado
que tienes una pequeña aureola, ¿verdad...?
Young soltó una risita amarga.
—Oh sí. Claro que lo he notado.
Antes que el ángel pudiera replicar se abrió la puerta. Kipp se asomó, vio que Young
estaba conversando, murmuró unas excusas y salió.
El ángel se rascó los rizos dorados.
—Bien. Tu aureola estaba destinada a otra persona... Un lama tibetano, para ser
exactos. Pero cierta concatenación de circunstancias me indujo a creer que tú eras el
candidato a santo. Así es que... —el visitante abrió los brazos.
Young estaba desconcertado.
—Yo no...
—El lama... Bien, pecó. Ningún pecador puede llevar aureola. Y, como digo, te la he
dado a ti por error.
—¿Entonces puedes quitármela? —un asombrado deleite alteró la expresión de
Young. Pero el ángel alzó una mano benévola.
—No temas. He consultado con el ángel administrador. Has llevado una vida
intachable. Como recompensa, se te permitirá conservar la aureola de santidad.
Young se levantó horrorizado, braceando débilmente como si nadara.
—Pero... Pero... Pero...
—La paz y la bendición sean contigo —dijo el ángel, y desapareció.
Young se desplomó en la silla y se masajeó la frente dolorida. Simultáneamente la
puerta se abrió y apareció Kipp en el umbral. Por fortuna, las manos de Young alcanzaron
a tapar a tiempo la aureola.
—Ha llegado el señor Devlin —dijo el presidente—. Eh... ¿Quién era el de la
biblioteca?
Young estaba demasiado abrumado para inventar mentiras creíbles.
—Un ángel —musitó.
Kipp cabeceó satisfecho.
—Sí, claro... ¿Qué? Un ángel, dice usted... ¿Un ángel? ¡Oh, cielo santo! —el hombre
palideció y se marchó presurosamente.
Young contempló su sombrero. El objeto yacía todavía en el escritorio, algo
amedrentado por la mirada amenazante del dueño. Ir por la vida con una aureola puesta
era apenas menos soportable que llevar siempre puesto ese sombrero aborrecible. Young
descargó un puñetazo airado en el escritorio.
—¡No lo soportaré! Yo... Yo no tengo... —se interrumpió de golpe, y le brillaron los
ojos—. Seré... ¡Eso es! No tengo que soportarlo. "Ningún pecador puede llevar aureola."
¡Seré un pecador, pues! Infringiré todos los Mandamientos...
La cara de Young se transformó en una máscara de maldad absoluta.
Reflexionó. En ese momento no podía recordar cuáles eran. "No codiciarás a la mujer
de tu prójimo". Ese era uno.
Young recordó a la mujer del vecino, su prójimo más próximo. Era una tal señora
Clay, una damisela bahamótica con cincuenta primaveras y una cara que parecía un budín
disecado. Ese era un pecado que Young no tenía intención de cometer...
Pero tal vez un pecado rotundo y saludable haría volver al ángel raudamente en
busca de la aureola. ¿Qué crímenes acarreaban los menores inconvenientes? Young arrugó
el entrecejo.
No se le ocurrió nada. Decidió dar un paseo. Sin duda se le presentaría alguna
oportunidad pecaminosa.
Se obligó a ponerse el chacó. Acababa de llegar al ascensor cuando una voz ronca
bramó a sus espaldas. Un hombre gordo corría a lo largo del hall.
Instintivamente, Young supo que era el señor Devlin.
El adjetivo “gordo” le quedaba corto a Devlin. Realmente el hombre sobraba por
todas partes. Los pies, estrangulados en zapatos amarillo bilioso, sobresalían en los
tobillos como capullos en flor. Se fundían con pantorrillas que parecían cobrar ímpetu con
la expansión y el ascenso, lanzándose hacia lo alto en un loco abandono para revelarse en
una gloria plena y abrumadora en la cintura de Devlin. La silueta del hombre evocaba una
piña con elefantiasis. Una gran masa de carne brotaba del cuello y formaba un bulto
pálido y lánguido en el que Young distinguió algo vagamente parecido a una cara.
Así era Devlin, y trotaba a lo largo del hall con pasos de mamut, haciendo temblar la
tierra con los cascos trepidantes.
—¡Usted es Young! —gorjeó—. ¿Casino me encuentra, en? Estuve esperándole en la
oficina —Devlin se interrumpió al ver, fascinado, el sombrero. Luego, esforzándose por
ser cortés, rió falsamente y desvió los ojos—. Bien, estoy listo y ansioso por entrar en
acción.
Young se sintió dolorosamente empalado en las astas del toro antes de tomarlas. Si
no entretenía a Devlin, perdería la vicepresidencia. Pero la aureola le pesaba como una
plancha en la cabeza palpitante. Una idea primordial le acuciaba: tenía que librarse de esa
cosa bendita.
Después confiaría en la suerte y la diplomacia. Obviamente, salir ahora con su
huésped sería fatal, una locura. El sombrero solo sería fatal.
—Lo siento —gruñó Young—. Tengo un compromiso importante. Vendré a buscarle
en cuanto pueda.
Con una risa sibilante, Devlin tomó con firmeza el brazo del otro.
—De ninguna manera. ¡Me mostrará la ciudad! ¡Ahora mismo! —un inconfundible
tufo alcohólico inundó las narices de Young, quien pensó rápidamente.
—De acuerdo —dijo por fin—. Venga conmigo. Abajo hay un bar. Echaremos un
trago, ¿eh?
—Así se habla —dijo el jovial Devlin, casi lisiando a Young con una palmada
amistosa en la espalda—. Aquí está el ascensor.
Entraron. Young cerró los ojos. Sufría mientras miradas curiosas le examinaban el
sombrero. Cayó en un estado de coma del que sólo se recuperó en la planta baja, donde
Devlin le arrastró fuera del ascensor y dentro del bar.
El plan de Young era éste: echaría un trago tras otro en el voluminoso gaznate de su
compañero, y esperaría la oportunidad de escabullirse inadvertidamente. Era un plan
astuto, pero tenía una falla: Devlin se negaba a beber solo.
—Uno para usted y uno para mí —decía—. Es lo justo. Sírvase otro.
Young no pudo rehusarse, dadas las circunstancias. Lo peor de todo era que el licor
de Devlin parecía filtrarse en cada célula de ese corpachón, y al fin le dejaba en el mismo
estado de felicidad radiante en que originalmente estaba. En cambio el pobre Young se
encontraba, por expresarlo del modo más caritativo posible, achispado.
Sentado calladamente en la mesa, miraba con furia a Devlin. Cada vez que llegaba el
mozo, Young sabía que los ojos del hombre no se apartaban del sombrero. Y cada ronda
hacía más exasperante la idea.
Además, Young estaba preocupado por la aureola. Meditaba pecados: incendio,
hurto, sabotaje y asesinato desfilaron en rápida revista por la mente aturdida. Una vez
intentó birlarle el cambio al mozo, pero el hombre estaba demasiado alerta. Rió
agradablemente y puso un vaso lleno delante de Young, que miró el vaso con disgusto.
De pronto tomó una decisión. Se levantó y caminó a los tumbos hasta la puerta.
Devlin le alcanzó en la acera.
—¿Qué pasa? Tomemos otro...
—Tengo trabajo que hacer —dijo Young, articulando penosamente. Le arrebató el
bastón a un transeúnte y gesticuló amenazadoramente hasta que la víctima dejó de
protestar y echó a correr. Con el bastón empuñado, cavilaba sombríamente.
—Pero, ¿para qué trabajar? —preguntó Devlin—. Muéstreme la ciudad.
—Tengo asuntos importantes que atender —Young examinó a un niñito que se había
detenido junto a la calzada, y le devolvía la mirada con interés. Se parecía notoriamente a
la criatura impertinente del autobús.
—¿Importantes? —preguntó Devlin—. ¿Asuntos importantes, eh? ¿Cómo cuál?
—Como aporrear niños —dijo Young, y se abalanzó sobre el asombrado niño
blandiendo el bastón; el chico soltó un alarido y huyó. Young le persiguió unos metros y
luego se enredó en un poste de luz. El poste, descortés y tiránico, le cerró el paso. Young
protestó y rezongó, pero fue inútil.
El niño había desaparecido hacía rato. Después de endilgarle un buen sermón al poco
amable poste, Young se volvió.
—¿Qué trata de hacer, en nombre del cielo? —preguntó Devlin—. Ese policía nos
está mirando. Vamos —tomó del brazo a Young y le condujo por la acera atestada.
—¿Que qué trato de hacer? —se burló Young—. Es obvio, ¿no? Quiero pecar.
—Eh... ¿Pecar?
—Pecar.
—¿Por qué?
Young se tocó el sombrero significativamente, pero Devlin interpretó el gesto de
manera totalmente errónea.
—¿Está chiflado?
—Oh, cállese —bramó Young en un brusco arrebato de furia, y metió el bastón entre
las piernas de un presidente de banco que pasaba y al que conocía de vista. El pobre
hombre cayó pesadamente en el cemento, pero se levantó herido solamente en la
dignidad.
—¿Qué demonios hace? —ladró.
Young había iniciado una extraña serie de gesticulaciones. Había corrido hacia el
espejo de un escaparate y le hacía cosas increíbles al sombrero, tratando de levantarlo para
echar un vistazo a la cabeza, al parecer, un espectáculo que por lo visto ocultaba
celosamente a los ojos profanos. Al final maldijo en voz alta, se volvió, clavó una mirada
de desprecio en el presidente de banco y echó a correr arrastrando al asombrado Devlin
como un globo cautivo.
Young no cesaba de murmurar entre dientes:
—Tengo que pecar... Pecar de veras. Algo grande. Incendiar un orfanato. Matar a mi
suegra. ¡Matar a cualquiera! —se volvió hacia Devlin, que se encogió aterrado. Pero
finalmente Young soltó un gruñido de insatisfacción—. No, demasiada grasa. No servirían
una pistola ni un cuchillo. Tengo que destruir... ¡Mire! —dijo aferrando el brazo de Devlin
—. Robar es un pecado, ¿no?
—Claro que sí —convino diplomáticamente Devlin—. Pero usted no irá...
—No —dijo Young, meneando la cabeza—. Aquí hay demasiada gente. No sirve de
nada ir a la cárcel.
Siguió caminando. Devlin le siguió. Y Young cumplió su promesa de mostrarle la
ciudad, aunque después ninguno de los dos pudiera recordar qué había sucedido
exactamente. Devlin paró en una licorería por más provisión, y salió con botellas que le
asomaban de las ropas aquí y allá.
Las horas se confundieron en una bruma alcohólica. La vida cobró un aire de
neblinosa irrealidad para el desdichado Devlin. No tardó en caer en coma, y percibió
vagamente los diversos acontecimientos que se acumularon aceleradamente durante la
tarde y hasta muy tarde en la noche. Finalmente se despejó lo bastante para advertir que
estaba con Young frente a un indio de madera que custodiaba tiesamente una cigarrería.
Era tal vez el último indio de madera. Esa vieja reliquia de días pasados parecía mirar con
turbios ojos de vidrio el manojo de cigarros de madera que sostenía en la mano extendida.
Young ya no llevaba sombrero. Y Devlin de pronto le notó una característica
francamente peculiar.
—Tiene aureola —dijo en voz baja.
Young se sobresaltó ligeramente.
—Sí —respondió—. Tengo aureola. Este indio... —se interrumpió.
Devlin observó la imagen, disgustado. Para su cerebro algo aturdido el indio de
madera era aún más espantoso que la asombrosa aureola. Tiritó y se apresuró a eludir los
ojos del indio.
—Robar es pecado —jadeó Young, y luego, con un grito exultante, se agachó para
levantar al indio. El peso le derribó de inmediato, y mientras trataba de librarse del íncubo
recitó un rosario de airados juramentos.
—Pesa mucho —dijo cuando por fin se levantó—. Déme una mano.
Hacía tiempo que Devlin había renunciado a toda esperanza de encontrar cordura en
los actos de este demente. Young estaba obviamente decidido a pecar, y el hecho de que
poseyera una aureola era algo perturbador, aun para el borracho Devlin. Como resultado,
los dos hombres siguieron caminando calle abajo cargando con el cuerpo rígido de un
indio de madera.
El propietario de la cigarrería salió a mirar. Loco de alegría seguía con los ojos la
marcha de la estatua mientras se frotaba las manos.
—Hace diez años que quiero librarme de esa cosa —susurró feliz—. Y ahora... ¡Aja!
Entró en la tienda y encendió un Corona para celebrar su emancipación.
Entretanto, Young y Devlin encontraron una parada de taxis. Había un taxi; adentro,
el chofer fumaba un cigarrillo y escuchaba la radio. Young le llamó.
—¿Taxi, señor? —el chofer despertó a la vida, brincó fuera del coche y abrió la puerta
de un manotazo. Después el cuerpo arqueado se le paralizó, y los ojos se le revolvieron
frenéticamente en las órbitas.
Nunca había creído en fantasmas. Era en realidad un personaje bastante cínico. Pero
ante ese demonio bulboso y ese ángel decadente que cargaba el cadáver rígido de un
indio, tuvo de golpe la enceguecedora revelación de que más allá de la vida yace un
abismo negro donde bullen horrores inimaginables. Con un gemido estridente, el aterrado
chofer se metió en el coche de un salto, lo hizo arrancar y desapareció como el humo ante
la tormenta.
Young y Devlin se miraron consternados.
—¿Y ahora, qué? —preguntó Devlin.
—Bueno —dijo Young—. No vivo lejos de aquí. A unas diez calles. ¡En marcha!
Era muy tarde y había pocos peatones en la calle. Estos pocos, por el bien de su
cordura, se apresuraban a ignorar a los dos hombres y tomar por otro camino. Así fue que
eventualmente Young, Devlin y el indio de madera llegaron a destino.
La puerta de la casa de Young estaba cerrada con llave, y él no podía encontrar la
suya. Se resistía a despertar a Jill. Pero, por alguna extraña razón, le parecía vitalmente
necesario ocultar al indio de madera. El sótano era el lugar indicado. Arrastró a sus dos
compañeros hasta una ventana que daba abajo, la destrozó lo más silenciosamente que
pudo, y deslizó la estatua por el agujero.
—¿De veras vive aquí? —preguntó Devlin, que tenía sus dudas.
—¡Sshh! —advirtió Young—. ¡Venga!
Siguió al indio de madera. Y aterrizó estruendosamente en una pila de carbón.
Devlin le dio alcance entre bufidos y gruñidos. No estaba oscuro. La aureola iluminaba
tanto como una lámpara de veinticinco vatios.
Young dejó a Devlin masajeándose las magulladuras y se puso a buscar al indio de
madera. Había desaparecido inexplicablemente. Pero al fin lo encontró tendido bajo una
bañera, lo sacó a la rastra y lo instaló en un rincón. Luego retrocedió para mirarlo,
contoneándose un poco.
—Ese sí es un pecado —rió—. El robo. Lo que importa no es la cantidad. Es una
cuestión de principios. Un indio de madera es tan importante como un millón de dólares,
¿en, Devlin?
—Me gustaría hacer trizas a ese indio —dijo fervorosamente Devlin—. Me lo hizo
cargar durante cinco kilómetros —se interrumpió para escuchar mejor—. ¿Qué es eso, en
nombre del cielo?
Un pequeño tumulto se acercaba. Roña, que a menudo había sido instruido sobre sus
deberes de perro guardián, contaba ahora con una oportunidad. Había ruidos en el sótano.
Rateros, sin duda. El impulsivo terrier se lanzó escaleras abajo en una babel de temibles
amenazas y juramentos. Declarando a voz en cuello su propósito de eviscerar a los
intrusos, se arrojó sobre Young, quien se apresuró a emitir cloqueos destinados a calmar la
furia desatada del perro.
Pero Roña tenía otras ideas. Giraba como un derviche, sediento de sangre. Young se
tambaleó, trató de aferrarse del aire y cayó tumbado en el suelo. Quedó de bruces, y Roña,
al ver la aureola, se le tiró encima y pisoteó la cabeza del amo.
El desdichado Young sintió que los fantasmas de generosas raciones de alcohol se
elevaban para confrontarlo. Le tiró un manotazo al perro, erró y en cambio aferró los pies
del indio de madera. La imagen osciló peligrosamente. Roña la miró con aprensión y huyó
a lo largo del cuerpo del amo, deteniéndose a mitad de camino al recordar su deber.
Masculló una maldición e hincó los dientes en la parte de Young que tenía más cerca,
forcejeando para arrancarle los pantalones al pobre hombre.
Entretanto, Young seguía de bruces, asiendo los pies del indio de madera con
desesperación.
Un trueno estalló clamorosamente. Una luz blanca inundó el sótano. Apareció el
ángel.
A Devlin se le aflojaron las piernas. Cayó sentado, hecho un bollo, cerró los ojos y se
puso a parlotear tranquilamente consigo mismo. Roña insultó al intruso, trató en vano de
dar una dentellada a una de las alas y retrocedió arrepentido, gruñendo de disgusto. El ala
tenía una insatisfactoria falta de sustancialidad.
El ángel se detuvo ante Young. Llamas doradas le centelleaban en los ojos, y una
benigna expresión de placer le enaltecía las nobles facciones.
—Esto —dijo serenamente— será tomado como símbolo de tu primera buena acción
exitosa desde que recibiste la aureola —un ala rozó la cara oscura y ceñuda del indio. De
pronto no hubo indio—. Has aligerado el corazón de un prójimo. No es mucho... sin duda,
pero es algo. Y a costa de muchísimos afanes de tu parte.
»Un día entero has luchado con este individuo para redimirlo. No has sido
recompensado por el éxito, aún. Pero los dolores de mañana te afligirán.
»Sigue adelante, K. Young, que tu aureola es recompensa y a la vez protección contra
todo pecado.
El ángel más joven desapareció sin ruidos —algo que Young agradeció pues
empezaba a dolerle la cabeza, y había temido la posibilidad de una retirada estruendosa—
. Roña rió fastidiosamente y reanudó sus ataques contra la aureola. Young encontró
necesario el desagradable acto de permanecer de pie. Aunque las paredes y tubos giraban
a su alrededor como todas las huestes celestiales, Roña no podía bailarle en la cara su
danza derviche.
Poco después despertó, sobrio y lamentando esa sobriedad. Yacía entre sábanas
frescas. Al observar cómo el sol de la mañana atravesaba las ventanas, sentía que el
cerebro se le astillaba en añicos. Su estómago hacía espasmódicos intentos para brincar y
abrirse paso por la garganta inflamada.
Con el despertar advirtió tres cosas: "los dolores de mañana" ciertamente le afligían;
la aureola todavía se reflejaba en el espejo de la cómoda; y ahora comprendía las palabras
de despedida del ángel.
Lanzó un furioso gruñido triple. El dolor de cabeza pasaría, pero la aureola no. Sólo
el pecado podía hacerle indigno de ella, pero esa reluciente protección lo distinguía de
otros hombres. Todos sus actos debían ser buenos. Sus obras, una ayuda para los hombres.
¡No podía pecar!

LA IGLESIA DE HIGH STREET -- J. Ramsey Campbell




LA IGLESIA DE
HIGH STREET
J. Ramsey Campbell
**
...La Horda que vigila el portal secreto de cada tumba,
y medra con lo que se forma en los moradores de ésta...
Abdul Alhazred, Necronomicon.
**
De no haberme empujado las circunstancias, jamás habría visitado Temphill.
Pero andaba mal de dinero y, al recordar que un amigo mío que vivía allí me había
ofrecido trabajo como secretario suyo, empecé a desear que dicho puesto siguiera
vacante. Desde luego, no me parecía fácil que mi amigo hubiera encontrado un
secretario permanente o, cuando menos, duradero. Temphill es un pueblo de muy
mala fama y a poca gente le agradaría vivir en él.
Alentado por esta esperanza, un día metí en un baúl mis pocos bártulos, los
cargué en un cochecito deportivo que me había prestado un buen amigo mío que
ahora andaba de viaje, y salí muy temprano de Londres, antes de que empezara el
ruidoso tráfico de la ciudad. Y así abandoné el edificio carcelario y el siniestro
callejón trasero donde había estado hospedado.
Mi amigo —que se llamaba Albert Young— me había contado muchas cosas de
Temphill y de las costumbres de sus habitantes. Era un pueblo muy antiguo y en
plena decadencia, situado en la región de Cotswold. El llevaba allí varios meses.
Había ido para documentarse sobre ciertas creencias y supersticiones que
perduraban en la localidad. Con el material que obtuviese pensaba redactar un
capítulo entero del libro sobre brujería que tenía entre manos. Como no soy
supersticioso, me chocó que gentes aparentemente normales procurasen evitar
Temphill siempre que podían; no porque fuese mal lugar —según Young—, sino más
bien por un temor nacido de los extraños rumores que corrían por esa región.
Quizá yo también me hubiese dejado impresionar por tales habladurías, pues es
el caso que, a medida que me adentraba en esa zona, el paisaje me iba pareciendo
más inquietante. Las suaves colinas de Cotswold y las aldeas de casas de madera y
techo de paja, se sustituyeron por llanuras áridas y tristes, casi desiertas, cuya única
vegetación la constituían unos yerbajos grises y enfermizos y algún que otro roble
hinchado y nudoso. Algunos parajes me llenaron de viva intranquilidad. Por
ejemplo, hubo un momento en que la carretera se ciñó a un riachuelo de aguas
estancadas, cubiertas de espuma y verdín, que distorsionaban grotescamente el
reflejo del paisaje. Luego tuve que tomar una desviación que atravesaba una ciénaga
cubierta de árboles inmensos y, más adelante, llegué a un punto en que el camino se
hundía bajo una ladera casi vertical donde crecía un bosque de aspecto primitivo. Las
ramas de los árboles se extendían sobre el camino como millares de manos nudosas y
torcidas.
Young me había escrito varias cartas hablándome de ciertas cosas que había
leído en viejos volúmenes. Una vez, recuerdo que mencionó «un olvidado ciclo
mitológico que habría sido preferible desconocer»; también citaba de cuando en
cuando nombres extraños y sonoros, y en sus últimas cartas —fechadas varias
semanas antes— daba a entender que en Camside, Brichester, Severnford,
Goatswood y Temphill —y quizá en otros pueblos de la región—, aún se rendía culto
a ciertos seres transespaciales. En su última carta me hablaba de un templo
consagrado a «Yog-Sothoth», que se hallaba emplazado en el mismo lugar que una
iglesia de Temphill donde antiguamente se habían practicado monstruosos rituales.
Se decía que este templo había dado origen, no sólo al nombre de la aldea —que sería
entonces una corrupción de «Temple Hill» o «Colina del Templo»— sino a la aldea
misma que, al parecer, fue creciendo en torno a la colina donde se alzaba la iglesia.
También se decía que en ella había ciertas «puertas» que, una vez abiertas mediante
conjuros ya olvidados, darían paso a antiquísimos daimones procedentes de otras
esferas. Según me escribió mi amigo, existía un leyenda espantosa relativa a la
misión de tales demonios; pero no quiso referírmela, por lo menos hasta no haber
visitado el supuesto emplazamiento terrenal de aquel templo de otra dimensión.
Nada más entrar en las viejísimas calles de Temphill, empecé a lamentar mi
repentina decisión. Si entretanto Young había encontrado secretario, me iba a
resultar difícil volver a Londres. Apenas tenía dinero para pagarme el hotel, el cual
—dicho sea de paso—, ofrecía un aspecto muy poco seductor, según comprobé al
cruzar por delante. Tenía un porche torcido y la fachada estaba llena de
desconchados. A la puerta había varios viejos de pie, con la mirada perdida y el aire
ausente. Los otros sectores del pueblo no eran más tranquilizadores. Muy en
particular me impresionó esa escalinata que subía, por entre ruinas verdosas y muros
de ladrillo, hacia el negro campanario de una iglesia que se alzaba en medio de un
campo de lápidas descoloridas.
De todo Temphill, sin embargo, lo más impresionante era el barrio sur. En
Wood Street, que entraba en el pueblo por el noroeste, y en Manor Street, donde
terminaba la pendiente boscosa, las casas eran de piedra y se hallaban bastante bien
conservadas. Pero alrededor del tétrico hotel, o sea en el centro de Temphill, había
muchas viviendas medio en ruinas, e incluso un edificio de tres pisos —en cuya
planta baja estaban instalados los Almacenes Generales Poole— que tenía la
techumbre hundida. Al otro lado del puente, más allá de la céntrica Plaza del
Mercado, se extendía Cloth Street y, al final de ésta, pasados los caserones
deshabitados de Wool Place, se encontraba South Street. Allí vivía Young, en una
casa de tres pisos que había comprado a bajo precio, reformándola después a su
gusto.
Los edificios del otro lado del puente me resultaron aún menos tranquilizadores
que los de la parte norte. Después de los grises almacenes de Bridge Lane venía una
serie de viviendas de ventanas rotas y fachadas remendadas, pero habitadas todavía.
Unos niños desgreñados y sucios miraban con resignación desde los miserables
umbrales de sus casas o jugaban en el cieno amarillento de un descampado. Imaginé
los sórdidos cuchitriles donde vivirían sus familias. La atmósfera del lugar me
deprimía. Era como una ciudad muerta, habitada por espectros.
Me metí por South Street, entre dos edificios de tres plantas y buhardilla. Young
vivía en el número 11, al otro extremo de la calle. El aspecto de su vivienda me llené
de malos presentimientos: tenía cerradas las contraventanas y del dintel de la puerta
colgaban abundantes telarañas. Estacioné el coche junto a la acera, crucé el césped
salpicado de hongos, y subí en dos saltos los cuatro escalones del porche. La puerta
se abrió nada más tocarla, dejando a la vista un lóbrego recibimiento. Llamé en voz
alta y toqué a la puerta, pero nadie contestó. No me atreví a entrar. No había huella
alguna en el polvo del umbral. Recordando que Young me había hablado, en algunas
de sus cartas, de las conversaciones que había sostenido con su vecino del número 8,
decidí recurrir a él para que me informase acerca de mi amigo.
Crucé la calle y llamé a su puerta. Se abrió casi inmediatamente, aunque de
manera tan silenciosa que me asustó. El propietario era un hombre alto, de pelo
blanco y ojos oscuros. Vestía un raído traje de mezclilla. Lo que más impresionaba en
él era su aire antiquísimo que le daba el aspecto de una reliquia de épocas pretéritas.
No cabía duda de que se trataba de John Clothier; mi amigo me lo había descrito
como un hombre bastante pedante y extraordinariamente versado en todo lo que se
refiere a la antigüedad.
Cuando me presenté y le dije que estaba buscando a Albert Young, palideció y
dudó un instante, antes de invitarme a pasar. Me pareció oírle murmurar que él sabía
dónde había ido, pero que yo probablemente no le creería. Al fin, me guió por el
oscuro recibimiento hasta una sala amplia, iluminada tan sólo por una lámpara de
aceite que había en un rincón. Me señaló una butaca junto a la chimenea, sacó su
pipa, la encendió y, sentándose frente a mí, comenzó a hablar con repentina
precipitación:
—Yo he hecho juramento de no hablar —dijo—. Por esta razón, lo único que
podía hacer era advertir a Young que lo dejara estar y se marchase de… este lugar,
Pero no me hizo caso, y usted no encontrará ya a su amigo, No me mire así,.. ¡es la
verdad! Ya veo que tendré que contarle a usted más cosas que a él; de lo contrario,
tratará usted de buscarle y se encontrará... con algo muy distinto. Sabe Dios lo que
me pasará después a mí... Cuando uno se ha vinculado a Ellos, ya nunca pude hablar
de eso con los demás. Pero no puedo permitir que otro emprenda el mismo camino
que Young. Según mi juramento, yo debería dejarle que fuera allí; pero sé que de
todos modos, un día u otro, acabarán conmigo. ¿Qué más da? Márchese antes de que
sea demasiado tarde. ¿Conoce la iglesia de High Street?
Tardé unos segundos en recobrarme de la sorpresa. Por fin, dije:
—Si se refiere usted a la que está cerca de la plaza... sí, la he visto.
—Ahora no se usa... como iglesia —continuó Clothier—. Allí se celebraban
determinados ritos, hace tiempo. Estos ritos dejaron sus huellas. ¿Le ha contado
Young, por casualidad, algo sobre un templo que había en el mismo lugar que ahora
ocupa la iglesia, pero en otra dimensión? Sí, por la cara que pone, ya veo que sí. Pero,
¿sabe usted que se celebran todavía ritos, en épocas propicias para abrir las puertas y
dejar paso a los del otro lado? Pues es cierto. Yo he estado en esa iglesia y he
contemplado esas puertas abiertas en medio del aire, a través de las cuales he
presenciado cosas que me han hecho gritar de horror. He tomado parte en
ceremonias y rituales que harían enloquecer a los no iniciados. Y mire usted, míster
Dodd, la verdad es que en ciertas noches señaladas, aún acude a esa iglesia la mayor
parte de la gente de Temphill.
Casi convencido de que el señor Clothier no andaba bien de la cabeza, le
pregunté impaciente:
—¿Y qué relación tiene todo esto con el paradero de Young?
—Mucha —continuó Clothier—. Le advertí que no fuese a la iglesia, pero no
hizo caso. Fue a visitarla una noche, en el mismo año en que habían consumado los
ritos del Invierno. Sin duda estaban acechando Ellos cuando mi amigo entró. A partir
de entonces, le retuvieron en Temphill. Tienen el poder de curvar el espacio, de
manera que todas las líneas vayan a converger a un mismo punto... No sé explicarlo.
El caso es que no pudo marcharse, Esperó en su casa varios días, hasta que
finalmente Ellos vinieron por él. Le oí gritar... y vi el color que tomó el cielo sobre su
tejado. Se lo llevaron, en una palabra. Por eso no lo encontrará usted. Y por eso será
mejor que se marche del pueblo, ahora que aún está a tiempo.
—¿Ha registrado usted su casa? —pregunté escéptico.
—Yo no entraría en esa casa por nada del mundo —confesó Clothier—. Ni yo ni
nadie. La casa ahora es de Ellos. Se lo han llevado a otro mundo y... ¿quién sabe las
cosas horrendas que habrá aún ahí dentro?
Se levantó, dando a entender que no tenía nada más que añadir. Yo también me
levanté, contento de abandonar aquella lúgubre habitación y la misma casa... Clothier
me acompañó hasta la puerta, y permaneció un instante en el umbral, mirando con
recelo a uno y otro lado de la calle, como si temiese que le vieran conmigo. Luego
desapareció en el interior de su vivienda sin esperar a ver dónde encaminaba yo mis
pasos.
Crucé al número 11. Al entrar en el recibimiento, recordé lo que mi amigo me
había contado de la vida que llevaba. La habitación donde Young acostumbraba
examinar ciertos libros antiguos y terribles, anotar sus descubrimientos y proseguir
otras diversas investigaciones, estaba situada en la planta baja. No me costó el menor
esfuerzo encontrarla. En ella reinaba un orden perfecto: la mesa cubierta de papeles
con anotaciones, las estanterías repletas de pergaminos y libros encuadernados en
piel, la incongruente lámpara de escritorio, todo indicaba que el propietario era
persona entregada al estudio.
Quité la espesa capa de polvo que cubría la mesa y la silla, y encendí la
lámpara. La luz confirió a la estancia un ambiente más tranquilizador. Me senté y
alargué una mano a los papeles de mi amigo. El primer montón de cuartillas llevaba
el título de Pruebas y Corroboraciones, y no tardé en darme cuenta de que ya su
primera página era característica. Consistía en una serie de anotaciones breves e
inconexas, referentes a la civilización maya de Centroamérica. Las notas, por
desgracia, estaban tomadas sin orden ni sentido: «Dioses de la Lluvia (¿elementales
del agua?). Probóscide (ref. Primigenios), Kukulkan (¿Cthulhu?)»... Tal era la tónica
general de dichas anotaciones. Seguí repasándolas, no obstante, y no tardé en darme
cuenta de que no estaban tomadas al azar, sino que todas ellas tenían algo en común.
Al parecer, Young había intentado poner en relación determinadas creencias y
leyendas del mundo con un gran ciclo mitológico que les sirviera de eje. Este gran
ciclo, a juzgar por las frecuentes alusiones de Young, sería más antiguo que el género
humano. No quise pararme a pensar si mi amigo había llegado personalmente a esta
conclusión o la había tomado de los viejísimos libros que tapizaban las paredes de su
cuarto. Me pasé horas enteras estudiando los resúmenes de Young sobre el citado
ciclo mitológico. Allí leí cómo Cthulhu había venido de un espacio inconcebible,
situado más allá de los lejanos confines de este universo, y supe de civilizaciones
polares y de abominables razas infrahumanas que procedían del negro Yuggoth, que
tiene su órbita en el límite de nuestra dimensión; también tuve conocimiento de la
espantosa Leng, de su sumo sacerdote que, encerrado en un monasterio, tiene que
llevar cubierta la parte de su cuerpo que correspondería a su rostro, y de otra
infinidad de blasfemias que apenas se sospechan en el mundo, salvo en
determinadas regiones, donde se sabe que son verdad. Me enteré de cómo había sido
Azathoth, antes de que dicho caos nuclear fuese despojado de voluntad e
inteligencia. Y leí lo que contaban del multiforme Nyarlathotep, de los aspectos que
puede asumir el Caos Rampante —aspectos que jamás hombre alguno se atrevió a
describir—, y de cómo se puede vislumbrar un Dhole y del aspecto que presenta si se
sigue la técnica adecuada.
Me horrorizó la idea de que leyendas tan espantosas pudieran aceptarse como
verdad en algún rincón de un mundo supuestamente equilibrado. Con todo, la forma
de manejar Young este material indicaba que tampoco él permanecía escéptico a este
respecto. Aparté a un lado el montón de cuartillas y, al hacerlo, moví la carpeta de
escritorio. Bajo ella apareció un manuscrito de pocas páginas con el título siguiente:
Sobre la iglesia de High Street. Recordando las advertencias de Clothier, lo tomé en
mis manos para hojearlo.
Había dos fotografías prendidas en la primera página. El pie de una de ellas
rezaba así: Fragmento de mosaico romano, Goatswood: el de la otra decía:
Reproducción del grabado de la p. 594 del «Necronomicon». La primera
representaba un grupo como de acólitos o sacerdotes encapuchados depositando un
cadáver ante un monstruo acurrucado. La segunda era una reproducción algo más
detallada de esa misma criatura. El monstruo en sí era tan absolutamente ajeno a
cualquier ser de nuestro planeta, que me es imposible describirlo. Era de forma
ovalada, pálido y reluciente, sin más rasgos faciales que una hendidura vertical,
acaso la boca, rodeada de arrugas córneas. Igualmente carecía de miembros; en
cambio había algo en él que sugería una capacidad plástica de formar órganos o
miembros a voluntad. Indudablemente se trataba de una fantasía morbosa nacida de
algún cerebro enfermo. Aun así, ambas ilustraciones resultaban tremendamente
impresionantes.
En la segunda página, escrita con esa letra de Young que me es tan familiar,
figuraba una leyenda local en la que se venía a decir que los mismos romanos que
diseñaron el mosaico de Goatswood habían practicado ciertos ricos decadentes,
sospechándose que algunos ritos de estos habían pasado después a formar parte de
las costumbres de la región, perdurando hasta la actualidad. Seguía un párrafo
transcrito del Necronomicon: «La Horda del sepulcro no otorga privilegios a sus
adoradores. Son escasos en poder, pues sólo alcanzan a alterar dimensiones
espaciales de pequeña magnitud y a hacer tangible únicamente aquello que en otras
dimensiones nace de los muertos. Tendrán dominio y potestad dondequiera que
fueren entonados los cánticos en loor de Yog-Sothoth, si es la época propicia, mas
pueden atraer a quienes abran las puertas que son suyas, en las moradas sepulcrales.
No poseen consistencia en nuestra humana dimensión, mas penetran en la mortal
envoltura de los seres terrestres y en ellos se cobijan y nutren mientras aguardan a
que se cumpla el tiempo de las estrellas fijas y se abra la puerta de infinitos accesos
liberando a Aquel que, tras ella, intenta destrozarla para abrirse camino.»
A estas frases sibilinas había añadido Young algunas notas escuetas de cosecha
propia: «Cf. leyendas de Hungría y de aborígenes australianos. Clothier en iglesia
High Street, 17-dicbre.» Esta fecha me incitó a examinar el diario de Young, cuya
lectura había aplazado por el vivo deseo que sentía de curiosear en sus trabajos.
Pasé rápidamente sus páginas, saltándome todas las anotaciones que parecían
no tener relación con el tema que buscaba. Por fin llegué a la que correspondía al 17
de diciembre. Decía así: «Más sobre la leyenda de la iglesia de High Street. Me ha
contado Clothier que en otros tiempos era lugar de reunión para adoradores de
dioses impuros y extraños. Túneles subterráneos que conducían a templos de ónice,
etc. Rumores de que ninguno de los que se arrastran por tales galerías hacia el lugar
de culto es un humano. Alusiones a una comunicación con otras esferas...» Y seguía
en estos mismos términos. Esto arrojaba poca luz. Continué pasando hojas.
Con fecha del 23 de diciembre, encontré una nueva referencia al tema que me
interesaba: «La Navidad ha hecho recordar más leyendas a Clothier. Me ha hablado
de un curioso rito de fin de año que se practicaba en la iglesia de High Street. Al
parecer, estaba relacionado con ciertos seres de la necrópolis enterrada bajo la iglesia.
Dice que todavía se celebra en Nochebuena, pero que, realmente, él no lo ha
presenciado nunca.»
A la noche siguiente, según el diario, mi amigo había ido en persona a la iglesia:
«En la escalinata del atrio se había congregado una multitud. No llevaba luces, pero
la escena estaba iluminada por unas formas globulares que desprendían una extraña
fosforescencia y flotaban en el aire, alejándose cuando me acercaba yo, por lo que no
pude identificarlas. Luego, la multitud, dándose cuenta de que yo no era de los
suyos, me amenazó y vino por mí. Eché a correr. Me persiguieron, pero no sé a
ciencia cierta qué era lo que me perseguía.»
Después venían unas páginas en las que no había ninguna alusión a este tema.
El 13 de enero, Young había escrito esto: «Clothier me ha confesado por fin que él fue
obligado una vez a tomar parte en ciertos ritos. Me ha aconsejado que abandone
Temphill y me ha dicho que no debo visitar la iglesia después de oscurecer porque
puedo despertarlos, y acaso me visitaran después... ¡y desde luego, no se trata de
seres humanos! Me parece que se está volviendo loco.»
A partir de aquí, se pasó nueve meses sin volverse a ocupar del asunto. El 30 de
septiembre escribió que tenía intención de visitar la iglesia de High Street esa misma
noche. A continuación, con fecha del 1 de octubre, había varias frases escritas
evidentemente con precipitación: «¡Qué deformidades, qué perversiones cósmicas!
¡Casi demasiado monstruosas para la razón humana! Todavía no puedo dar crédito a
lo que vi al bajar por aquella escalinata de ónice que conduce a las criptas. ¡Qué
manada de horrores!... He intentado marcharme de Temphill, pero todas las calles
van a desembocar a la iglesia. Creo que me estoy volviendo loco.» Luego, al día
siguiente, mi amigo había garabateado estas palabras desesperadas: «No puedo salir
de Temphill. Ahora todas las calles desembocan en mi casa. Este es el poder de los
que están al otro lado. Quizá Dodd pueda ayudarme.» Y luego, finalmente, el
borrador inacabado de un telegrama dirigido a mi nombre, que no llegó a enviar:
«Ven a Temphill inmediatamente. Necesito tu ayuda...» Aquí terminaba el
diario, en una línea de tinta que ondulaba hasta el borde de la página, como si
hubiera dejado de serpear la pluma hasta fuera del papel.
Y eso era todo, excepto que Young había desaparecido. Se había esfumado. Y el
único indicio de su paradero era el que estas notas apuntaban: la iglesia de Hig
Street. ¿Pudo haber ido allí, y, al meterse en algún recinto sin salida, quedarse
aprisionado? En tal caso, quizá podía llegar a tiempo de salvarle. Salí
precipitadamente de la casa, subí al coche y arranqué.
Torcí a la derecha y enfilé por South Street arriba, hacia Wool Place. No había
ningún otro coche en las calles; tampoco vi ninguno de esos grupos de ociosos que
suele haber en los pueblos al terminar la jornada. Resultaba curioso, además, el que
las casas no tuvieran luz. El parterre central de la plaza, totalmente descuidado,
protegido por una barandilla herrumbrosa, tenía un aspecto inquietante y desolado a
la luz de la luna que ya empezaba a asomar por encima de las buhardillas. El ruinoso
barrio de Cloth Street era menos acogedor aún. Una o dos veces, me pareció ver unas
siluetas que salían sigilosas de las puertas; pero tan fugaz era aquella impresión, que
más me parecieron engaño de los sentidos que seres reales. Sobre el pueblo entero
flotaba una intensa atmósfera de desolación, particularmente en los oscuros
callejones flanqueados de casas estrechas y sin luz. Finalmente, entré en High Street.
La luna parecía una diadema suspendida sobre el campanario de la iglesia, y al
detener el coche al pie de la escalinata, el satélite se hundió tras el negro campanario
como si la iglesia lo hubiera arrancado del firmamento.
Al subir por la escalinata, me di cuenta de que los muros que me rodeaban eran
de roca viva y estaban llenos de grietas y oquedades en donde brillaban perladas
telas de araña. Los escalones estaban cubiertos de un musgo resbaladizo que hacía
muy desagradable mi subida. Por encima de la escalinata colgaban las ramas de unos
árboles pelados. Una luna gibosa que oscilaba en los abismos del espacio iluminaba
la iglesia. Las ruinosas lápidas, invadidas por una vegetación moribunda, arrojaban
extrañas sombras sobre la yerba plagada de hongos. Era raro: a pesar de que la
iglesia mostraba su evidente abandono, flotaba en ella algo así como una presencia. Y
era tan intensa esta sensación, que casi esperaba encontrarme con alguien, al entrar.
¡Qué se yo! ... Con algún guardián o con algún devoto...
Había traído conmigo una linterna para alumbrarme en el interior de la iglesia,
que yo, suponía en completa tiniebla, pero me encontré con que reinaba allí cierto
resplandor iridiscente, debido quizá a la luna que se filtraba por las ventanas ojivales.
Recorrí la nave central y enfoqué la linterna sobre las filas de bancos. En el polvo no
había señales de que nadie hubiera estado allí últimamente. Unos volúmenes
amarillentos que contenían himnos se apilaban contra una columna, adoptando
formas grotescas y confusas de seres acurrucados, abandonados allí desde tiempo
inmemorial. Por todas partes se veían bancos deteriorados por los años; en el aire
cerrado flotaba cierto olor a corrupción.
Seguí avanzando hacia el altar. El primer banco de la izquierda estaba
levantado por un extremo. Ya había observado anteriormente que algunos bancos se
inclinaban en ángulos insólitos, pero ahora vi que, bajo el primer banco, el mismo
suelo estaba levantado, mostrando una estrecha franja de negrura. Comprobé que
podía mover el banco, y lo empujé hacia atrás, aprovechando la circunstancia de que
el segundo estaba bastante alejado del primero. Así quedó al descubierto una
trampilla rectangular que, una vez abierta del todo, reveló un vacío negro como boca
de lobo. A la luz amarillenta de mi linterna, distinguí un tramo de escalera hincado
entre unas paredes que rezumaban humedad.
Vacilé ante el borde del abismo, mirando inquieto a mi alrededor. Me decidí,
por fin, y comencé a descender con la máxima cautela. No se oía más que un
constante gotear en aquel túnel que se hundía en la tierra. Las paredes, ceñidas a la
escalera de caracol, relucían perladas de gotitas. Unas sabandijas reptantes y negras,
aterradas por la luz, escaparon veloces buscando refugio en las grietas. Al cabo de un
tiempo, observé que los peldaños no eran ya de piedra, sino que estaban labrados en
la tierra misma, y sobre ellos crecían unos hongos carnosos, hinchados y enfermos. El
techo de aquel subterráneo, sostenido por arcos rudimentarios y endebles, me
llenaba de un desasosiego invencible.
No podría decir cuánto tiempo duró mi descenso bajo aquellos arcos inseguros.
Finalmente, uno de ellos se prolongó en un túnel gris. A partir de aquí, los peldaños,
respetados por el tiempo, mostraban aún el agudo filo de sus bordes... porque
estaban tallados en la misma roca, en una roca de extraño color, que resaltaba a pesar
del barro con que la habían manchado los pies que descendieran por allí. Con la
linterna en alto, observé que la pendiente se hacía menos pronunciada, como si
estuviese llegando al final de la escalera. Al darme cuenta, me embargó una
sensación intensa de incertidumbre e inquietud. Una vez más, me detuve a escuchar.
No se oía nada, ni abajo ni arriba. Reprimiendo mis temores, me lancé adelante,
resbalé en un peldaño y bajé rodando lo poco que faltaba hasta el pie de la escalera.
Al levantarme, me encontré con que había ido a parar junto a una estatua grotesca de
tamaño natural que parecía mirarme como deslumbrada por el fulgor de la interna.
Con ella había otras cinco formando fila, y de cara a éstas, había otras seis más,
idénticas, igualmente repulsivas, esculpidas con tal arte, que daban una
impresionante sensación de realidad. Aparté la mirada, me levanté del suelo, y
enfoqué la linterna hacia las tinieblas que se abrían ante mí.
¡Ojalá pudiera borrar de mi memoria lo que vi! Hasta el fondo, poblado de
sombras, de aquellas bóvedas inmensas y bajas, se extendían interminables hileras de
lápidas grises, y en cada una de ellas, con la cara hacia el techo, yacía un cadáver
amortajado. Y en los muros de la cripta se abrían nuevos arcos de los cuales
arrancaban otras escaleras de caracol que llevaban más abajo aún, hacia inconcebibles
profundidades subterráneas. Esas escaleras me helaron la sangre, más aún que el
macabro espectáculo que tenía ante mí. Me estremecí ante la idea de buscar los restos
de Young entre los cadáveres que yacían en las losas; pues, sin saber por qué, me
sentía convencido en el fondo de que el cuerpo de mi amigo descansaba, con ojos
abiertos y sin vida, sobre alguna de aquellas lápidas grises. Procuré dominar mis
nervios y empecé a buscar. Ya me había aventurado a caminar entre las filas de
sepulcros, cuando un sonido repentino me dejó paralizado.
Fue un silbido que se elevó lentamente en la oscuridad, allá en el fondo, delante
de mí. Luego sonaron unos ruidos más roncos y violentos, y fueron aumentando
todos a la vez, como si se fuese acercando la causa que los provocaba. Clavé la
mirada, aterrado, en el punto de donde parecían provenir aquellos ruidos extraños.
Sonó entonces como una explosión prolongada y apareció en las tinieblas, flotando,
un círculo de luz verdosa, pálida y difusa, de diámetro escasamente mayor que el de
una mano. Esforzaba yo mi vista por distinguirlo, cuando el círculo de luz
desapareció. Pero a los pocos segundos, volvió a aparecer, tres veces mayor que
antes... ¡y durante unos momentos de pesadilla vislumbré, a través de él, un paisaje
infernal y remoto, como si me hubiera asomado a una dimensión absolutamente
extraña por una ventana abierta! Retrocedí espantado, y la luz se eclipsó; pero al
instante volvió a aparecer con brillo renovado. Y entonces, en contra de mi voluntad,
contemplé una escena que se grabó de manera imborrable en mi memoria.
Era un extraño paisaje dominado por una estrella temblorosa. Por el cielo, a la
deriva, navegaban unas nubes de forma elíptica. La estrella, de la cual procedía el
resplandor verdoso, derramaba su luz glauca sobre un paisaje de rocas negras,
enormes, triangulares, dispersas entre inmensos edificios metálicos en forma de
globos. Casi todos estos edificios parecían en ruinas. De su parte inferior habían sido
arrancadas planchas enteras, dejando al aire las vigas mondas y retorcidas, fundidas
parcialmente por alguna energía inimaginable. El hielo relucía con verdes reflejos en
las grietas de las vigas. Y de las profundidades de aquel cielo tenebroso, caían
grandes copos de nieve teñida de rojo, que iban a posarse en el suelo o entraban
sesgados por las grandes hendiduras de las paredes.
La escena se mantuvo durante unos instantes. De improviso, surgieron del
fondo unas formas vivas, horriblemente blancas, gelatinosas, que avanzaron, a saltos
grandes y torpes, hacia el primer plano de la escena. Serían unas trece, y vi —helado
de terror— cómo se acercaban al borde del círculo de la luz y cómo, atravesándolo,
¡se precipitaban en la cripta donde me encontraba yo!
Eché a correr hacia las escaleras y, como en un sueño, vi saltar aquellas formas
horrendas por entre las estatuas, y vi cómo se diluían los contornos de aquellas
estatuas y cómo empezaban a moverse. Entonces, rápidamente, una de aquellas
horribles criaturas se abalanzó sobre mí, y sentí que algo frío como el hielo me tocaba
en una pierna. Grité... y por fortuna, me hundí en la negra noche de la inconsciencia.
Cuando desperté por fin, me hallaba en el suelo, entre dos lápidas, a cierta
distancia del lugar donde había caído. Tenía un sabor de boca horriblemente amargo.
La cara me ardía de fiebre. Ignoraba durante cuánto tiempo había permanecido en el
suelo, sin conocimiento. Mi linterna estaba aún encendida donde había caído, lo que
me permitió distinguir a duras penas mi alrededor. El círculo de resplandor verdoso,
ventana de pesadillas, había desaparecido. ¿Acaso mi desvanecimiento obedecía tan
sólo a los olores nauseabundos o al macabro espectáculo de este pudridero
subterráneo? Entonces me di cuenta de la presencia de un hongo repugnante y
extraño que, desparramado por el suelo, me había subido por la ropa formando
colonias... Lo cierto es que no lo había visto antes, y no sabía cómo pudo brotar así,
aunque prefería no pensar en ello. Sentí tanto miedo al verlo, que me puse en pie de
un brinco, agarré la linterna y me lancé a subir atropelladamente las tenebrosas
escaleras por las que había bajado a ese pozo de horror.
Trepé febrilmente, chocando contra las paredes, tropezando en los peldaños y
en los mil obstáculos en que parecían materializarse las sombras. Por último llegué a
la iglesia. Huí por la nave central, abrí de un empujón la puerta chirriante y bajé sin
aliento la escalinata poblada de sombras, hasta el coche. Intenté frenéticamente abrir
la portezuela, pero el coche estaba cerrado. Lo había cerrado yo. Me rasgué los
bolsillos registrándome... ¡en vano! No tenía las llaves. Las había perdido en aquella
cripta infernal de la que tan milagrosamente acababa de escapar. Sin las llaves, el
coche quedaba inútil... y por nada del mundo volvería a entrar a buscarlas en la
embrujada iglesia de High Street.
Dejé el coche. Corría por la calle, dispuesto a tomar Wood Street y salir al
campo abierto, al azar, pues prefería ir a cualquier parte antes que el maldito pueblo
de Temphill. Eché por High Street abajo, hacia la Plaza del Mercado. La luz pálida de
la luna se fundía con la de una farola alta y mortecina. Atravesé la plaza y me metí
por Manor Street. A lo lejos divisé los bosques en donde desembocaba Wood Street.
La calle trazaba una amplia curva, después de la cual dejaría atrás Temphill. Me
lancé a la carrera por las calles angostas, sin preocuparme por la niebla que
comenzaba a espesar, ocultando las laderas boscosas que constituían mi objetivo y
desdibujando el paisaje que asomaba por encima de las casas.
Corría ciego, desatado, pero no conseguía acortar la distancia que me separaba
de las colinas. Y de pronto, vi horrorizado las siluetas destartaladas de las
buhardillas de Cloth Street, que debía haber dejado atrás hacía rato, al otro lado del
río. Un momento después, me hallaba de nuevo en High Street, ante los gastados
peldaños de la iglesia maldita, junto al coche aparcado en la rotonda. Estaba
temblando con todo mi ser. La cabeza me daba vueltas. Me apoyé en un árbol, tomé
aliento y, sollozando de horror, con el corazón saltándome del pecho, me lancé otra
vez hacia la Plaza del Mercado y crucé el río nuevamente. Oía tras de mí una
vibración espantosa, un silbido apagado que inmediatamente reconocí con indecible
horror. Comprendí que estaba siendo objeto de una terrible persecución...
No vi el automóvil que se acercaba. Sólo tuve tiempo de saltar hacia atrás. El
coche me arrolló, sin embargo, y perdí el conocimiento.
Me desperté en el hospital de Camside. El coche que me había atropellado iba
conducido por un médico que regresaba a Camside por Temphill. El fue quien me
sacó, con un brazo roto e inconsciente aún, de ese pueblo maldito. Escuchó mi relato
—al menos, lo que me atreví a contarle— y fue a Temphill a recoger mi coche, pero
no lo encontró. Tampoco encontró a nadie que me hubiera visto a mí o a mi coche, ni
halló los libros, los papeles y el diario que yo leí en el número 11 de South Street,
último domicilio de Albert Young. De Clothier, no halló ni rastro. El vecino de al
lado le dijo que se había ido de viaje y que seguramente tardaría mucho tiempo en
volver.
Quizá tengan razón cuando dicen que he sufrido una alucinación progresiva.
Quizá, también, haya estado delirando cuando, al recobrarme de la anestesia,
sorprendí a los médicos cuchicheando sobre la forma en que aparecí en el camino
para meterme bajo las ruedas del coche... ¡y hablando de esos hongos extraños que
tenía pegados en la ropa, que me habían invadido la cara y se me adherían a los
labios como si brotaran de ahí!
Puede ser. Pero ahora que ya han pasado meses y el solo recuerdo de Temphill
me llena de aversión y de horror, ¿pueden explicarme por qué me siento
irresistiblemente atraído por esa población, como si fuese la meca hacia la cual debo
orientar mi camino? Les he suplicado que me encierren, que me encarcelen, que
hagan algo; y ellos se limitan a sonreír, a tratar de calmarme, a asegurarme que todo
«se resolverá por sí mismo»... ¡Argumentos necios, palabras tranquilizadoras que no
me engañarán, palabras inútiles y vanas frente a la atracción de Temphill y los
fantasmales ecos de los silbidos que me invaden en sueños y aun despierto!
Haré lo que debo hacer. Prefiero morir, a seguir soportando este horror
inenarrable...
Documento adjunto al informe redactado por P. C. Villars sobre la desaparición
de Richard Dodd, Gayton Terrace 9, W. I. El manuscrito, de puño y letra de Dodd,
fue hallado en su dormitorio después de su desaparición.

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