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jueves, 25 de agosto de 2011

EL TIEMPO ES EL TRAIDOR






1
EL TIEMPO ES EL TRAIDOR
Alfred Bester


No se puede retroceder ni se puede parar. Los finales felices son siempre
dulces y amargos al mismo tiempo.
Había un hombre llamado John Strapp; era el hombre más valioso, más
poderoso y legendario de un mundo que comprendía setecientos planetas y
casi dos billones de individuos. Se le valoraba por una sola cualidad: era capaz
de tomar Decisiones. Adviértase la D mayúscula. Era uno de los pocos
hombres que podían tomar Decisiones Capitales en un mundo de increíble
complejidad, y sus Decisiones eran correctas en un ochenta y siete por ciento.
Vendía sus Decisiones a elevado precio.
Había también una industria llamada, digamos, Bruxton Biótica, con fábricas en
Deneb Alfa, Mizar III, Terra, y oficinas centrales en Alcor IV. Los ingresos
brutos de Bruxton eran de doscientos setenta millones de crs. El desarrollo de
las relaciones comerciales de Bruxton con consumidores y competidores exigía
los servicios especializados de doscientos economistas de empresa expertos
cada uno en una pequeña faceta del inmenso cuadro general. Nadie era lo
bastante grande como para coordinar todo el cuadro.
Bruxton podía necesitar una Decisión Capital sobre política. Un especialista en
investigación llamado E.T.A. Golan, de los laboratorios de Deneb, había
descubierto un nuevo catalizador de síntesis biótica. Era una hormona
embriológica que producía moléculas nucléicas tan plásticas como la arcilla. La
arcilla podía modelarse y desarrollarse en cualquier dirección. Problemas:
¿Debía Bruxton abandonar los métodos de la vieja cultura y adaptarse a esta
nueva técnica? La decisión implicaba una amplia gama de factores
interrelacionados: costos, beneficios, tiempo, suministro, demanda, formación,
patentes, legislaciones, acciones judiciales, etc. Sólo había una respuesta.
Preguntar a Strapp.
Las negociaciones iniciales fueron breves. Strapp y Compañía contestó que la
factura de John Strapp era de cien mil crs, más un uno por ciento de las
acciones con derecho a voto de Bruxton Biótica. Lo toma o lo deja. Bruxton
Biótica lo tomó con placer.
La segunda etapa fue más complicada. John Strapp tenía muchísima
demanda. Tenía un programa de Decisiones con un ritmo de dos por semana
hasta principio de año. ¿Podía Bruxton esperar tanto? Bruxton no podía.
Enviaron entonces a Bruxton una lista de las visitas concertadas por John
Strapp, y se le dijo que acordase un cambio con cualquiera de los clientes
como mejor pudiese. Bruxton trató, pagó, sobornó, y consiguió su propósito.
John Strapp debía presentarse en la fábrica central de Alcor, el 29 de junio,
lunes, exactamente al mediodía.
Entonces comenzó el misterio. A las nueve en punto de aquella mañana del
lunes, Aldous Fisher, el hosco mensajero de Strapp, apareció en las oficinas de
Bruxton. Tras una breve conferencia con el viejo Bruxton en persona, se radió
por toda la fábrica el siguiente mensaje: ¡ATENCIÓN! ¡ATENCIÓN!
¡URGENTE! ¡URGENTE! TODO EL PERSONAL MASCULINO LLAMADO
KRUGER PRESÉNTESE EN LA OFICINA CENTRAL. REPITO. TODO EL
PERSONAL MASCULINO LLAMADO KRUGER PRESÉNTESE EN LA
OFICINA CENTRAL. ¡URGENTE! REPITO. ¡URGENTE!
Cuarenta y siete hombres llamados Kruger se presentaron en la oficina central
y fueron enviados a casa con órdenes estrictas de quedarse allí hasta nueva
orden. La policía de la fábrica organizó una rápida investigación y, acompañada
del irascible Fisher, comprobó los carnets de identidad de todos los empleados
a los que pudieron coger. Nadie llamado Kruger quedaba en la fábrica, pero era
imposible identificar a dos mil quinientos hombres en tres horas. Fisher ardía y
humeaba como ácido nítrico.
A las once y media, Bruxton Biótica estaba inquieta. ¿Por qué enviar a casa a
todos los Kruger? ¿Qué tenía que ver aquello con el legendario John Strapp?
¿Qué clase de hombre era Strapp? ¿Qué aspecto tenía? ¿Cómo actuaba?
Ganaba diez millones de crs al año. Poseía el uno por ciento del mundo.
Estaba tan próximo a Dios en la mente del personal que la gente esperaba
ángeles y trompetas doradas y una criatura gigante y barbuda de infinita
sabiduría y compasión.
A las once cuarenta llegó la guardia personal de Strapp: un escuadrón de
seguridad de diez hombres, de paisano, que comprobaron puertas y vestíbulos
con helada eficiencia. Dieron órdenes. Había que quitar aquello. Había que
cerrar aquello otro. Había que hacer varias cosas. Se hicieron. Nadie discutía
con John Strapp. El escuadrón de seguridad tomó posiciones y esperó. Bruxton
Biótica no respiraba.
Llegó el mediodía y una mancha plateada apareció en el cielo. Se aproximó
con un gran silbido y aterrizó con tremenda velocidad y precisión ante la puerta
principal. Se abrió la puerta de la nave. Salieron dos individuos corpulentos con
los ojos alertas, recelosos. El jefe del escuadrón de seguridad hizo una señal.
De la nave salieron dos secretarias, pelo castaño una y la otra pelirroja.
Elegantes, bellas, eficaces. Tras ellas salió un delgado oficinista de unos
cuarenta años, de traje arrugado, con los bolsillos laterales llenos de papeles,
gafas de concha y el pelo revuelto. Tras él salió una majestuosa criatura, alta,
mayestática, recién afeitada pero de infinita sabiduría y compasión.
Los dos forzudos se situaron a los lados del hombre apuesto y le escoltaron
escaleras arriba y cruzaron con él la puerta principal. Bruxton Biótica suspiró
feliz. John Strapp no desilusionaba. Era realmente Dios y era un placer que
poseyese el uno por ciento de ti mismo. Los visitantes descendieron por el
vestíbulo principal hasta la oficina del viejo Bruxton y entraron. Bruxton les
estaba esperando, mayestáticamente situado tras su mesa. Se levantó casi de
un salto y corrió hacia adelante. Cogió la mano del hombre majestuoso con
fervor y exclamó:
—Señor Strapp, en nombre de toda mi empresa, le doy la bienvenida.
El oficinista cerró la puerta y dijo:
—Strapp soy yo.—Hizo una seña a su empleado, que se sentó tranquilamente
en un rincón—. ¿Dónde tiene sus datos?
El viejo Bruxton indicó su mesa. Strapp se sentó ante ella, cogió las gruesas
carpetas y empezó a leer. Un hombre delgado. Un hombre acosado. Un
hombre de cuarenta y tantos años. Pelo negro y liso. Ojos azul porcelana. Una
buena boca. Buenos huesos bajo la piel. Una cualidad destacaba: la falta total
de conciencia de sí mismo. Pero cuando hablaba había un subtono histérico en
la voz que mostraba que había en su interior algo violento y salvaje.
Tras dos horas de implacable lectura y de comentarios en murmullos a sus
secretarias, que tomaban notas crípticas con símbolos especiales, Strapp dijo:
—Quiero ver la fábrica.
—¿Por qué?—preguntó Bruxton.
—Para sentirla —contestó Strapp—. En una Decisión siempre va implícita una
cuestión de matiz. Es el factor más importante.
Salieron de la oficina y se inició el desfile: el escuadrón de seguridad, los
forzudos, las secretarias, el oficinista, el acre Fisher y el majestuoso empleado.
Lo recorrieron todo. Lo vieron todo. El "oficinista" hizo la mayor parte del trabajo
práctico para "Strapp". Habló con obreros capataces, técnicos, y personal alto,
bajo y medio. Pidió nombres, cotilleó, se los presentó al gran hombre, hablaron
de sus familias, sus condiciones de trabajo, sus ambiciones. Exploró, olió y
sintió. Tras cuatro horas agotadoras volvieron a la oficina de Bruxton. El
"oficinista" cerró la puerta. El empleado se fue a su rincón.
—Bueno —dijo Bruxton—. ¿Sí o no?
—Espere, —dijo Strapp.
Repasó las notas de sus secretarias, las asimiló cerró los ojos y estuvo
silencioso y quieto en medio de la oficina como quien se esfuerza por oír un
susurro distante.
—Sí—decidió, y pasó a ser más rico en un total de cien mil crs. y un uno por
ciento de las acciones con derecho a voto de Bruxton Biótica. En
compensación, Bruxton tenía una seguridad de un ochenta y siete por ciento de
que la Decisión era correcta. Strapp abrió de nuevo la puerta, se reorganizó el
desfile y salió de la fábrica. El personal aprovechó su última oportunidad para
fotografiar y tocar al gran hombre. El oficinista ayudaba en las relaciones
públicas con voluntariosa afabilidad. Preguntaba nombres, presentaba y
amenizaba la charla. El rumor de voces y risas se incrementó cuando llegaron
a la nave. Entonces sucedió lo increíble.
—¡Tú! —gritó súbitamente el oficinista, su voz horriblemente aguda—. ¡Tú, hijo
de puta! ¡Condenado y piojoso asesino! ¡Llevaba tiempo esperando esto! ¡Hace
diez años que lo espero!
Sacó un aplanado revólver de su bolsillo interior y asestó un tiro en la frente a
un hombre.
El tiempo se detuvo. Los sesos y la sangre tardaron horas en salir por la nuca,
y el cuerpo en encogerse. Entonces el equipo de Strapp se puso en acción.
Metieron rápidamente al oficinista en la nave. Le siguieron las secretarias,
luego el empleado majestuoso. Los dos forzudos saltaron tras ellos y cerraron
la puerta. La nave despegó y desapareció con un silbido. Los diez hombres que
iban de paisano se dispersaron tranquilamente y desaparecieron. Sólo quedó
Fisher, el hombre contacto de Strapp, junto al cadáver, en el centro de una
multitud horrorizada.
—Compruebe su identificación—masculló Fisher.
Alguien sacó la cartera del muerto y la abrió.
—William F. Kruger, biomecánico.
—¡Condenado idiota! —dijo Fisher furioso—. Se lo advertimos. Se lo
advertimos a todos los Kruger. Muy bien. Llame a la policía.
Aquél era el sexto asesinato de John Strapp. Arreglarlo le costó exactamente
quinientos mil crs. Los otros cinco le habían costado lo mismo, y la mitad de la
cifra iba normalmente a manos de un hombre lo bastante desesperado para
sustituir al asesino y alegar locura temporal. La otra mitad, a los herederos del
difunto. Había seis sustitutos encerrados en diversas penitenciarías,
cumpliendo de veinte a cincuenta años. Sus familiares eran doscientos
cincuenta mil crs. más ricos.
En sus habitaciones del Alcor Splendide, el equipo de Strapp evacuaba
consultas sombrío.
—Seis en seis años—dijo con amargura Aldous Fisher—. No vamos a poder
mantenerlo en secreto mucho más. Tarde o temprano alguien se preguntará
por qué John Strapp contrata siempre oficinistas locos.
—Entonces le contratamos también a él —dijo la secretaria pelirroja—. Strapp
puede permitírselo.
—Puede permitirse un asesinato al mes —murmuró el empleado majestuoso.
—No.—Fisher negó con la cabeza vivamente—. Las cosas pueden arreglarse
hasta ciertos límites, pero no más allá. Uno llega al punto de saturación. Ahora
hemos llegado. ¿Qué vamos a hacer?
—¿Pero qué demonios le pasa a Strapp?—preguntó uno de los forzudos.
—¿Quién sabe? —exclamó Fisher exasperado—. Tiene una fijación Kruger.
Conoce a un hombre llamado Kruger Cualquier hombre que se llame Kruger. Y
se pone a gritar, a maldecir. Y lo mata. No me preguntéis por qué. Es algo
enterrado que pertenece a su vida pasada.
—¿No le has preguntado a él?
—¿Cómo iba a hacerlo? Es como un ataque epiléptico. Ni siquiera él sabe qué
sucedió.
—Habría que llevarle a un psicoanalista—sugirió el forzudo.
—Eso es imposible.
—¿Por qué?
—Tú eres nuevo—dijo Fisher—. No comprendes.
—Hazme comprender.
—Te haré una analogía. Allá por mil novecientos la gente jugaba a la baraja
con cincuenta y dos cartas. Eran tiempos sencillos. Hoy todo es más complejo.
Jugamos con cinco mil doscientas cartas en la mesa. ¿Comprendes?
—Voy comprendiendo.
—Un cerebro puede controlar cincuenta y dos cartas. Puede tomar decisiones
sobre ese total. En mil novecientos lo tenían muy fácil. Pero no hay mente
capaz de hacer lo mismo con cinco mil doscientas cartas... salvo la de Strapp.
—Tenemos computadoras.
—Son perfectas cuando sólo se trata de cartas. Pero cuando hay que hacer
cálculos teniendo en cuenta también a los cinco mil doscientos jugadores que
manejan las cartas, lo que les gusta, lo que les disgusta, motivos, inclinaciones,
proyectos, tendencias, etc., lo que Strapp llama los matices, entonces Strapp
es capaz de hacer lo que no puede hacer una máquina. Él es único, y el
psicoanálisis podría destruir su capacidad.
—¿Por qué?
—Porque en Strapp se trata de un proceso inconsciente —explicó irritado
Fisher—. Él no sabe cómo lo hace. Si lo supiese acertaría en un cien por cien
en vez de en un ochenta y siete. Es un proceso inconsciente, y, por lo que
sabemos, puede relacionarse con la misma anormalidad que le empuja a matar
a todos los Kruger. Si le libramos de una cosa, podemos destruir la otra. No
podemos correr ese riesgo.
—¿Qué podemos hacer entonces?
—Proteger nuestra propiedad —respondió Fisher, mirando a su alrededor
sobriamente.— No olvidéis esto ni un instante. Hemos trabajado mucho en
Strapp para permitir que se destruya. ¡Hemos de proteger nuestra propiedad!
—Yo creo que lo que él necesita es amistad—dijo la secretaria de pelo
castaño.
—¿Por qué?
—Podríamos descubrir lo que le molesta sin destruir nada. La gente habla con
los amigos. Strapp hablaría.
—Nosotros somos sus amigos.
—No, no lo somos. Somos sus socios.
—¿Ha hablado él contigo?
—No.
—¿Contigo?—preguntó Fisher a la pelirroja.
Esta negó con la cabeza.
—Está buscando algo que no encuentra nunca.
—¿El qué?
—Una mujer, creo. Un tipo especial de mujer.
—¿Una mujer llamada Kruger?
—No sé.
—Maldita sea, esto no tiene sentido. —Fisher lo pensó un momento—. Está
bien. Le contrataremos un amigo y aligeraremos el programa de trabajo para
que el amigo tenga oportunidad de hacer hablar a Strapp. De ahora en
adelante reduciremos el programa a una Decisión semanal.
—¡Dios mío! —exclamó la secretaria de pelo castaño—. Eso significa cinco
millones menos al año.
—Hay que hacerlo—dijo Fisher—. Se trata de aceptar esta reducción ahora o
perderlo todo más tarde. Somos lo bastante ricos para aguantarlo.
—¿Y cómo vas a resolver lo del amigo? —preguntó el empleado majestuoso.
—Ya dije que contrataría a uno. Contrataremos al mejor. Comunica con Terra a
través del TT. Diles que localicen a Frank Alceste y ponlo en comunicación
urgente conmigo.
—¡Frankie! —gritó la pelirroja—. ¡Me desmayo!
—¡Oh! ¡Frankie! —la de pelo castaño se abanicó.
—¿Te refieres a Frank Alceste el Fatal? ¿Al campeón de levantamiento de
peso? —preguntó sobrecogido el forzudo—. Le vi luchar con Lonzo Jordan.
¡Oh, Dios mío!
—Ahora es actor —explicó el empleado majestuoso—. Trabajé con él una vez.
Canta. Y baila. Y...
—Y es doblemente fatal—interrumpió Fisher—. Le contrataremos. Firmaremos
un contrato. Él será amigo de Strapp. Tan pronto como Strapp le conozca, él...
—¿Conozca a quién?—Strapp apareció en el quicio de la puerta de su
dormitorio, bostezando, parpadeando ante la luz. Dormía siempre
profundamente después de sus ataques—. ¿A quién voy a conocer?
Miró a su alrededor, delgado, grácil, pero acosado e indudablemente poseído.
—Un hombre llamado Frank Alceste—dijo Fisher—. Nos ha pedido una
presentación y no podemos rechazarle por más tiempo.
—¿Frank Alceste?—murmuró Strapp—. Nunca oí hablar de él.
Strapp podía hacer Decisiones; Alceste amigos. Era un hombre vigoroso de
treinta y tantos años, pelo rubio pajizo, cara pecosa, nariz quebrada y ojos
grises muy hundidos. Tenía la voz firme y suave. Se movía con esa agilidad
casi femenina de los atletas. Te hechizaba sin que te dieses cuenta, y sin que
pudieses evitarlo. Hechizó a Strapp, pero Strapp también le hechizó a él. Se
hicieron amigos.
—No, se trata realmente de amistad—dijo Alceste a Fisher al devolverle el
cheque que pretendía darle como pago—. Yo no necesito ese dinero, y el viejo
Johnny me necesita. Olvidemos que me contratasteis. Rompe el contrato.
Intentaré ayudar a Johnny por mi cuenta.
Alceste se volvió para salir de la suite del Rigel Splendide y pasó ante las
secretarias que le contemplaban con ojos muy abiertos.
—Si no estuviese tan ocupado, señoritas —murmuró—, cuánto me gustaría
perseguirlas un poco.
—Persígueme a mí, Frankie—dijo la de pelo castaño.
La pelirroja parecía inmovilizada
Y mientras Strapp y Compañía zigzagueaba lentamente de ciudad en ciudad y
de planeta en planeta, con su nuevo plan de una Decisión por semana, Alceste
y Strapp se solazaban tranquilos mientras el empleado majestuoso concedía
entrevistas y posaba para los fotógrafos. Hubo interrupciones cuando Frankie
tuvo que volver a Terra para hacer una película, pero entre tanto jugaron al
golf, al tenis, apostaron a los caballos, a los galgos, y asistieron a veladas de
lucha y de boxeo y a competiciones deportivas. Visitaron los centros nocturnos
y Alceste volvió con un curioso informe.
—Bueno, no sé hasta qué punto habéis estado observando de cerca a
Johnny—dijo a Fisher—, pero has de saber que apenas si duerme de noche.
—¿Cómo dices? —exclamó Fisher sorprendido.
—El amigo Johnny, se larga todas las noches cuando os creéis que está dando
reposo a su mente.
—¿Cómo lo sabes?
—Por su reputación—dijo Alceste con tristeza—. Le conocen en todas partes.
En todos los antros de aquí a Orión conocen al amigo Johnny. Y le conocen del
peor modo.
—¿Por su nombre?
—Por un mote. Le llaman Tierradevastada.
—¡Tierradevastada!
—Vaya, vaya. Señor Devastación. Arrasa a las mujeres como un fuego de la
pradera. ¿Sabías esto?
Fisher negó con un gesto.
—Debe pagarlo de su bolsillo personal—musitó Alceste y se fue.
Había algo aterrador en aquella relación de Strapp con las mujeres. Solía
entrar en un club con Alceste ocupar una mesa, sentarse y beber. Luego se
levantaba y examinaba fríamente el local, mesa por mesa, mujer por mujer. A
veces algunos hombres se enfurecían y pretendían pegarle. Strapp se libraba
de ellos con malevolencia y frialdad, de un modo que provocaba la admiración
profesional de Alceste. Frankie nunca peleaba personalmente. Ningún
profesional toca nunca a un aficionado. Pero procuraba hacer las paces, y si no
lo lograba, acudía a los puños como última solución.
Tras examinar a todas las mujeres, Strapp se sentaba y esperaba el
espectáculo, tranquilo, charlando y riendo. Cuando aparecían las chicas, se
apoderaba de nuevo de él aquel lúgubre arrebato y se ponía a examinar a la
concurrencia cuidadosa y desapasionadamente. Muy pocas veces localizaba a
una chica que le interesase; siempre el tipo idéntico: una chica de cola de
caballo, ojos negrísimos y piel clara y sedosa. Entonces empezaba el
problema.
Si era una artista, Strapp acudía al camerino después del espectáculo. Si hacía
falta sobornaba, gritaba y peleaba para conseguir abrirse paso hasta ella. Allí,
se plantaba frente a la asombrada muchacha, la examinaba en silencio y luego
le pedía que hablase. Escuchaba su voz, luego se acercaba como un tigre y
daba un paso violento e inesperado. A veces había gritos, otra una defensa
encarnizada, y otras complacencia. Strapp quedaba enseguida satisfecho.
Abandonaba a la chica bruscamente, pagaba todos los daños y perjuicios como
un caballero, y salía a repetir la misma función en un club tras otro.
Si la muchacha era una simple cliente, Strapp se acercaba inmediatamente,
despachaba a su acompañante, o si esto era imposible seguía a la chica hasta
casa y repetía allí el ataque del camerino. De nuevo abandonaba a la chica,
pagaba como un caballero y proseguía con su obsesionante búsqueda.
—Estuve con él, pero me asustó—dijo Alceste a Fisher—. Nunca vi a un
hombre tan precipitado. Podría disponer de cualquier mujer agradable si fuese
con un poco más de calma. Pero no puede. Parece poseído.
—¿Por qué?
—No lo sé. Es como si trabajase contrarreloj.
Después de que Strapp y Alceste se hiciesen íntimos, Strapp le permitió
acompañarle en una investigación, durante el día, que era aun más extraña.
Como Strapp y Compañía continuaba su gira por planetas e industrias, Strapp
visitaba la Oficina de Estadísticas Vitales de cada ciudad. Allí sobornaba al
encargado jefe y presentaba una tira de papel. El papel decía:
Altura 1,65
Peso 60
Pelo negro
Ojos negros
Busto 86
Cintura 66
Caderas 91
Talla 12
—Quiero los nombres y direcciones de todas las chicas de más de veintiún
años que se ajusten a esa descripción —decía Strapp—. Pagaré diez créditos
por cada nombre.
Veinticuatro horas después llegaba la lista, y Strapp se lanzaba a una
búsqueda obsesiva, examinando, hablando, escuchando, dando algunas veces
el paso aterrador, pagando siempre como un caballero. La procesión de chicas
morenas de ojos de tinta hacía tambalearse a Alceste.
—Está poseído por una idea fija—dijo Alceste a Fisher en el Splendide de
Cygnus—, y creo que sé de qué se trata. Está buscando una chica concreta
especial y ninguna se ajusta a las condiciones.
—¿Una chica llamada Kruger?
—No sé si el asunto Kruger tiene que ver con esto.
—¿Es difícil de complacer?
—Bueno, te diré. Algunas de esas chicas... yo las consideraría sensacionales.
Pero él no les presta la menor atención. Las mira y sigue. Otras... que son
prácticamente unos fetos, le emocionan y se convierte en el viejo señor
Devastación.
—Pero ¿Por qué?
—Creo que es una especie de prueba. Que pretende que las chicas reaccionen
de forma dura y natural. La pasión es fingida. Se trata de un truco fríamente
utilizado para poder comprobar cómo reaccionan las chicas.
—Pero ¿Qué es lo que anda buscando él?
—Aún no lo sé —contestó Alceste— pero lo descubriré. Tengo pensando un
pequeño truco. Esperaremos a que llegue una oportunidad, Johnny se lo
merece.
Sucedió en el circo, cuando Strapp y Alceste fueron a ver a un par de gorilas
despedazarse dentro de una jaula de cristal. Fue un espectáculo sangriento, y
ambos amigos concluyeron que la lucha de gorilas no era más civilizada que la
lucha de gallos, y dejaron aquel lugar decepcionados. Fuera, en el vacío pasillo
de hormigón, esperaba un hombre tembloroso. Cuando Alceste le hizo una
señal, se acercó corriendo a ellos como un cazador de autógrafos.
—¡Frankie! —gritó el hombre tembloroso—. ¡Mi viejo amigo Frankie! ¿No te
acuerdas de mí?
Alceste le miró con detenimiento.
—Soy Blooper Davis. ¿No te acuerdas del viejo barrio? ¿No te acuerdas de
Blooper Davis?
—¡Blooper! —la cara de Alceste se iluminó—. Claro. Pero entonces eras
Blooper Davidoff.
—Claro.—El hombre tembloroso se echó a reír—. Y tú eras Frankie Kruger.
—¡Kruger!—gritó Strapp, con voz aguda y chillona.
—Así es—dijo Frankie—. Kruger. Me cambié el nombre cuando empecé mi
carrera de luchador.
Avanzó con paso vivo hacia el hombre tembloroso, que retrocedió apoyado en
la pared del pasillo y desapareció.
—¡Tú, hijo de puta!—gritó Strapp; se había puesto pálido y la cara le temblaba
amenazadoramente—. ¡Miserable asesino! Llevo mucho tiempo esperando
esto. Llevo diez años esperando.
Sacó un aplanado revólver de su bolsillo interior y disparó. Alceste se hizo a un
lado justo a tiempo y la bala repiqueteó por el pasillo con un silbido. Strapp
disparó de nuevo y la llama chamuscó la mejilla de Alceste, que cogió a Strapp
por la muñeca y lo paralizó inmediatamente. Le quitó el revólver. Strapp
jadeaba de ira. Arriba se oían los gritos de la multitud.
—Está bien, soy Kruger—masculló Alceste—. Me llamo Kruger, señor Strapp.
¿Cuál es el problema? ¿Qué le importa a usted eso?
—¡Hijo de puta! —gritó Strapp, debatiéndose como uno de los gorilas que
habían visto luchar—. ¡Asesino! ¡Te sacaré las tripas!
—¿Por qué a mí? ¿Por qué a Kruger?—utilizando todas sus fuerzas, Alceste
arrastró a Strapp a un rincón y le inmovilizó allí.—¿Qué tuve que ver contigo
hace diez años?
Oyó la historia en histéricos arrebatos antes de que Strapp se desmayara.
Después de dejar a Strapp en la cama, Alceste pasó al lujoso salón de la suite
del Espléndido de Indi y explicó el problema al equipo.
—El viejo Johnny estaba enamorado de una chica llamada Sima Morgan —
empezó—. Ella estaba enamorada de él. Una cosa muy romántica. Iban a
casarse. Y entonces un tipo llamado Kruger mató a Sima Morgan.
—¡Kruger! Así que ésa es la relación. ¿Cómo fue?
—Ese Kruger era un gandul borracho. Tenía problemas conduciendo. Le
quitaron el permiso, pero eso a un tipo como Kruger le daba igual. Sobornando,
consiguió un reactor Hot-rod sin permiso de conducir. Un día se llevó por
delante una escuela. Deshizo el techo y mató a treinta niños y a la profesora...
esto fue en Terra, en Berlín.
"Nunca cogieron a Kruger. Fue escapando de planeta en planeta y aún no le
han localizado. La familia le envía dinero. La policía no es capaz de dar con él.
Strapp le busca porque la profesora era su chica, Sima Morgan.
Hubo una pausa, y luego Fisher preguntó:
—¿Cuánto hace de eso?
—Por lo que supongo, diez años y ocho meses.
Fisher calculó minuciosamente.
—Y hace diez años y tres meses Strapp demostró por primera vez que era
capaz de tomar Decisiones. Decisiones Capitales. Hasta entonces era un don
nadie. Luego vino la tragedia, y con ella la histeria y la capacidad de tomar
Decisiones. Indudablemente una cosa produjo la otra.
—Puede que sí.
—Así que él mata a Kruger una y otra vez—dijo Fisher fríamente—.
Corresponde. Fijación de venganza. Pero, ¿Y lo de las chicas y lo del asunto
señor Devastación?
Alceste sonrió con tristeza.
—¿Has oído alguna vez decir "a una chica en un millón"?
—¿Y quién no?
—Si tu chica era una en un millón, eso significa que habrá nueve más como
ella en una ciudad de diez millones ¿verdad?
Todo el equipo de Strapp asintió expectante
—El viejo Johnny trabaja con esa base. Cree que puede encontrar un
duplicado de Sima Morgan
—¿Cómo?
—Se lo plantea aritméticamente. Piensa lo siguiente: hay una posibilidad en
sesenta y cuatro mil millones de que las huellas dactilares coincidan. Pero
actualmente hay 1,7 billones de personas. Eso significa que puede haber
veintiséis con las mismas huellas dactilares, e incluso más.
—No necesariamente.
—Por supuesto, no necesariamente, pero existe la posibilidad y eso es lo único
que necesita el viejo Johnny. Calcula que si hay veintiséis posibilidades de que
las huellas dactilares coincidan, hay una posibilidad también de que coincidan
las personas. Cree que puede encontrar el duplicado de Sima Morgan si
persiste en su búsqueda.
—¡Eso es inconcebible!
—No digo que no lo sea, pero es lo único que le mantiene en pie. Es una
especie de preservador vital basado en números. Mantiene su cabeza a flote...
esa idea de que tarde o temprano podrá volver donde la muerte le dejó hace 10
años.
—¡Ridículo!—exclamó Fisher.
—No para Johnny. Él sigue enamorado.
—Imposible.
—Quisiera que pudieses sentirlo como lo siento yo—contestó Alceste—. Busca
sin cesar. Una chica tras otra. Conserva las esperanzas. Habla. Da el paso. Si
se trata del duplicado de Sima, sabe que reaccionará exactamente como
recuerda que reaccionó Sima diez años atrás. "¿Eres tú, Sima?" Se pregunta a
sí mismo. "No", contesta, y continúa.
Es una lástima ver en qué situación se encuentra. Hemos de hacer algo.
—No—dijo Fisher.
—Tenemos que ayudarle a encontrar su duplicado. Tenemos que convencerle
para que crea que alguna chica es el duplicado. Tenemos que hacerle
enamorarse otra vez.
—No —repitió Fisher enfáticamente.
—¿Por qué no?
—Porque en cuanto Strapp encuentre a su chica, se curará. Dejará de ser el
gran John Strapp, el Decisor. Se convertirá en un don nadie... un hombre
enamorado.
—¿Y a él qué le importa ser grande o no serlo? Él quiere ser feliz.
—Todos quieren ser felices —replicó Fisher—. Nadie lo es. Strapp no está peor
que los demás hombres, y además es mucho más rico. Nosotros mantenemos
el status quo.
—¿No querrás decir que tú eres mucho más rico?
Nosotros mantenemos el status quo —repitió Fisher; miró con frialdad a
Alceste—. Creo que lo mejor será que rescindamos el contrato. No
necesitamos ya de tus servicios.
—Señor, el contrato quedó rescindido cuando le devolví el cheque. Ahora habla
usted con el amigo de Johnny.
—Lo siento, señor Alceste, pero a partir de ahora el señor Strapp tendrá muy
poco tiempo para sus amigos. Cuando quede libre al año que viene se lo
haremos saber.
—No podéis secuestrarle. Veré a Johnny cuándo y dónde me plazca.
—¿Quiere usted tenerle por amigo?—dijo Fisher con una sonrisa
desagradable—. Entonces le verá cuándo y dónde quiera yo. O le ve en esas
condiciones o Strapp verá el contrato que firmamos. Aún lo tengo en los
14
archivos, señor Alceste. No lo rompí. Yo nunca rompo nada. ¿Cómo cree que
Strapp va a confiar en su amistad después de ver el contrato que firmó?
Alceste cerró los puños. Fisher se mantuvo firme. Por un instante se miraron
con odio, luego Frankie se apartó.
—Pobre Johnny—murmuró—. Es como un hombre atrapado por la solitaria. Le
diré adiós. Comunicadme cuándo puedo verlo.
Entró en el dormitorio, donde Strapp acababa de despertar de su ataque sin el
menor recuerdo, como siempre. Alceste se sentó en la cama.
—Hola, Johnny—dijo, sonriendo.
—Hola, Frankie—dijo Strapp, también sonriendo.
Se dieron un puñetazo en el hombro con solemnidad que es la única manera
de abrazarse y besarse entre los amigos.
—¿Qué pasó después de la lucha de los gorilas? —preguntó Strapp—. No
recuerdo.
—Amigo, estabas muy borracho. Nunca vi un tipo tan cargado. —Alceste volvió
a dar un suave puñetazo a Strapp—. Escucha, Johnny, tengo que volver a
trabajar. Tengo un contrato de tres películas al año y están que botan conmigo.
—Bueno, te tomaste un mes hace seis planetas —dijo Strapp, contrariado—.
Creí que habías terminado.
—Ni hablar. Tengo que irme hoy, Johnny. Volveremos a vernos muy pronto.
—Oye—dijo Strapp—. Manda al diablo las películas. Sé socio mío. Le diré a
Fisher que redacte un contrato. Esta es la primera vez que me río desde hace...
mucho tiempo.
—Puede que más tarde, Johnny. En este momento me obliga un contrato.
Pronto volveré. Adiós.
—Adiós—dijo Strapp con tristeza.
Fuera de la habitación, Fisher esperaba como un perro guardián. Alceste le
miró con disgusto.
—Una cosa que se aprende en la lucha—dijo lentamente—, es que nadie gana
hasta el último asalto. Tú has ganado éste, pero no es el último.
Antes de marchar, Alceste dijo, mitad para sí mismo, mitad en voz alta:
—Quiero que sea feliz. Quiero que todos los hombres sean felices. Y da la
sensación de que todos los hombres podrían ser felices sólo conque les
echásemos una mano.
Por eso Frankie Alceste no podía evitar hacer amigos.
El equipo de Strapp volvió a la misma vieja vigilancia celosa de los años de los
asesinatos, y elevó el número de Decisiones de Strapp a dos a la semana.
Ahora sabían por qué había que vigilar a Strapp. Sabían por qué había que
proteger a los Kruger. Pero ésta era la única diferencia. Su hombre estaba
triste, histérico, casi psicótico; daba igual. Era un precio justo a pagar por el uno
por ciento del mundo.
Pero Frankie Alceste persistía en su propósito y visitó los laboratorios de
Bruxton Biótica en Deneb. Allí consultó con un tal E.T.A. Golan, el genio en
investigación que había descubierto aquella nueva técnica para moldear vida
que fue lo que llevó a Strapp por primera vez a Bruxton, y que fue
indirectamente responsable de su amistad con Alceste. Ernesto Teodoro
Amadeo Golan era bajo, gordo, asmático y entusiasta.
—¡Claro!—exclamó, cuando el lego explicó todo su asunto al científico—.
¡Cómo no! Una idea muy ingeniosa. No sé por qué no se me habría ocurrido.
No presenta apenas dificultades.—Meditó un instante—. Salvo el dinero—
añadió.
—¿Podría, pues, duplicar a la chica que murió hace diez años?—preguntó
Alceste.
—Sin ninguna dificultad, salvo el dinero. —Dijo Golan enfáticamente.
—¿Parecería la misma? ¿Actuaría igual? ¿Sería la misma?
—En un noventa y cinco por ciento, más o menos un novecientos setenta y
cinco por mil.
—¿Y eso significaría mucha diferencia con respecto al cien por cien?
—¡Ah, no! Sólo individuos muy notables son capaces de captar más del
ochenta por ciento de las características totales de otra persona. No se ha oído
de ningún caso en que se supere el noventa por ciento.
—¿Y cómo podrían hacerlo?
—Bueno, empíricamente tenemos dos fuentes. Una, la estructura psicológica
completa del sujeto que se encuentra en los archivos principales de Centauro.
Ellos pueden enviarnos desde allí una copia si hacemos una solicitud y
pagamos cien créditos a través de los canales oficiales. Haré la solicitud.
—Y yo la pagaré. ¿Y la otra fuente?
—El proceso de embalsamamiento de la época moderna... Ella está enterrada,
¿No?
—Sí, lo está.
—Este sistema tiene una perfección de un noventa y ocho por ciento. Por
medio de los restos y de la estructura psicológica reconstruimos el cuerpo y la
mente por la ecuación Sigma igual a la raíz cuadrada de menos dos más... No
hay más problema que el dinero.
—Bueno, del dinero me encargo yo—dijo Frankie Alceste—. Encárguese usted
del resto.
Para ayudar a su amigo, Alceste pagó cien créditos y envió la solicitud a los
archivos centrales de Centauro pidiendo la estructura psicológica completa de
Sima Morgan, difunta. Cuando esto llegó, Alceste regresó a Terra y se dirigió a
una ciudad llamada Berlín, donde pagó a un individuo llamado Augenblick, para
que actuara como ladrón de cadáveres. Augenblick visitó el Staatsottesacker y
sacó el ataúd de porcelana de debajo de la lápida de mármol que decía SIMA
MORGAN. Contenía lo que parecía ser una chica de piel sedosa y negro pelo
sumida en un profundo sueño. Por vías dudosas, Alceste consiguió pasar el
ataúd de porcelana por cuatro barreras aduaneras hasta Deneb.
Un aspecto del viaje del que Alceste no había caído en la cuenta, pero que
desconcertó a varias organizaciones policiales, fue el de la serie de catástrofes
que le persiguieron sin alcanzarle nunca. Hubo una explosión de un reactor que
destruyó la nave y una hectárea de espaciopuerto media hora después de que
se bajaran los pasajeros y se efectuara la descarga. Hubo un verdadero
holocausto en un hotel diez minutos después de irse Alceste. Se produjo el
terrible desastre que acabó con el tren neumático para el que Alceste había
cancelado su billete inesperadamente. A pesar de todo, pudo entregar el ataúd
al bioquímico Golan.
—¡Vaya! —dijo Ernesto Teodoro Amadeo—. Una hermosa criatura. Merece la
pena recrearla. Lo que falta ahora es muy sencillo, salvo el dinero.
Para salvar a su amigo, Alceste dispuso las cosas para que Golan pudiese
abandonar sus ocupaciones habituales, le compró un laboratorio y le financió
una serie de experimentos increíblemente caros. Para ayudar a su amigo
Alceste derrochó dinero y paciencia hasta que al fin, ocho meses después,
salió de la opaca cámara de maduración una criatura de pelo negro, ojos como
el ébano y sedosa piel, largas piernas y busto erguido. Respondía al nombre de
Sima Morgan.
—Oí caer el reactor sobre la escuela —dijo Sima, sin darse cuenta de que
habían transcurrido once años—. Luego oí un gran estruendo ¿Qué pasó?
Alceste estaba impresionado. Hasta aquel momento ella había sido un
objetivo... una meta... algo irreal, no vivo. Ahora era una mujer viva. Había un
curioso temblor en su voz, casi un susurro. Su cabeza tenia un aire encantador
al moverse mientras hablaba. Se levantó de la mesa; no era suave y grácil
como Alceste esperaba. Se movía con una torpeza infantil.
—Yo soy Frank Alceste —dijo él, tranquilamente; la cogió por los hombros—.
Quiero que me mires y te convenzas de que puedes confiar en mi.
Sus ojos se unieron en una firme mirada. Sima le examinó con gravedad. De
nuevo Alceste quedó impresionado y conmovido. Sus ojos empezaron a
temblar y soltó los hombros de la muchacha aterrado.
—Si—dijo Sima—. Puedo confiar en ti.
—Diga lo que diga, debes confiar en mi. No importa lo que te diga que hagas,
tú confía en mi y hazlo.
—¿Por qué?
—Por la salvación de Johnny Strapp.
Ella le miró sobresaltada.
—Le ha pasado algo—dijo presurosa—. ¿Qué ha sido?
—A él no, Sima. A ti. Sé paciente, querida. Te lo explicaré. Tenia pensado
explicarlo ahora, pero no soy capaz. Será mejor... que espere hasta mañana.
La acostaron, y Alceste comenzó a debatirse en una terrible lucha consigo
mismo. Las noches de Deneb son suaves y negras como terciopelo, con un
aroma romántico dulce y tenue... o al menos así le parecía la noche a Frankie
Alceste.
"No puedes enamorarte de ella", murmuró. "Es una locura".
Y más tarde, se dijo: "Viste a centenares de chicas como ella, cuando Johnny
la buscaba. ¿Por qué no te enamoraste de una de ellas?"
Y por último: "¿Qué vas a hacer?"
Hizo lo único que un hombre honrado puede hacer en una ocasión tal, e intentó
convertir su deseo en amistad. Acudió a la habitación de Sima a la mañana
siguiente, con unos pantalones viejos, sin afeitar y sin peinar. Se sentó a los
pies de su cama mientras ella comía la primera de las comidas
cuidadosamente prescritas por Golan, encendió un cigarrillo y le explicó el
asunto. Cuando la vio llorar, no la cogió entre sus brazos para consolarla, sino
que le dio una palmada en la espalda como a un hermano.
Encargó vestuario para ella. Se equivocó en las medidas y cuando ella salió
con aquella ropa, le pareció tan adorable que quiso besarla. En vez de hacerlo,
le dio un puñetacito en el hombro, muy suave y muy solemne, y la llevó a
comprar otro vestido. Cuando apareció ante él con ropa a medida, le pareció
tan encantadora que tuvo que darle otro puñetazo en el hombro. Luego fueron
a comprar un pasaje inmediato para Ross-Alfa III.
Alceste había pensado quedarse unos cuantos días para que la chica
descansase, pero por miedo a sí mismo había renunciado a hacerlo. Sólo así
pudieron salvarse ambos de la explosión que destruyó el domicilio privado y el
laboratorio privado del bioquímico Golan, y también al bioquímico. Alceste no
llegó a enterarse de esto. Estaba ya a bordo de la nave con Sima, luchando
frenéticamente con sus tentaciones.
Una de las cosas que todo el mundo sabe del viaje espacial, pero nunca
menciona, es su cualidad afrodisíaca. Como en los tiempos antiguos, cuando
los viajeros cruzaban océanos en barcos, los pasajeros se encuentran aislados
en su pequeño mundo durante una semana. Quedan aislados de la realidad.
Invade la nave una mágica sensación de libertad de toda atadura y de toda
responsabilidad. Todos echan una cana al aire. Hay miles de romances de
reactor por semana... relaciones fugaces y apasionadas que se disfrutan en
completa seguridad y concluyen el día del aterrizaje.
En esta atmósfera, Frankie Alceste mantenía un rígido control de sí mismo.
Poco le ayudaba el hecho de ser una celebridad con un tremendo magnetismo
físico. Mientras una docena de bellas mujeres se arrojaban a sus brazos, él
perseveraba en su papel de hermano mayor y palmeaba a Sima como un
hermano, hasta que ésta protestó.
—Sé que eres un magnifico amigo de Johnny y un buen amigo mío —dijo la
última noche—. Pero eres agotador, Frankie. Estoy llena de cardenales.
—Si, ya lo sé. Es una costumbre. Algunos, como Johnny, piensan con el
cerebro. Yo, creo que pienso con los puños.
Estaban de pie bajo la bóveda acristalada por la que se veían las estrellas, y
les bañaba la suave luz de Ross-Alfa que se aproximaba ya, y resulta difícil
imaginar algo más romántico que el terciopelo del espacio iluminado por el tono
blanco violeta de un sol distante. Sima ladeó la cabeza y le miró.
—Hablé con algunos de los pasajeros dijo—. Eres famoso, ¿verdad?
—Más bien conocido...
—Hay tanto que apreciar en ti. Ante todo, quiero pensar en ti.
—¿En mi?
—Ha sido una cosa tan súbita—dijo Sima, asintiendo—. Estaba desconcertada
y tan emocionada que no tuve tiempo siquiera de darte las gracias, Frankie. Te
las doy ahora. Estoy comprometida contigo para siempre.
Le echó los brazos al cuello y le besó. Alceste empezó a temblar.
"No", pensó. "No. Ella no sabe lo que hace. Está tan atolondrada y feliz con la
idea de ver otra vez a Johnny que no se da cuenta..."
Buscó tras de sí hasta que sintió la helada superficie del cristal; antes de
apartarse, apretó deliberadamente las palmas de sus manos contra la
superficie, a temperatura bajo cero. El dolor le hizo dar un salto. Sima le soltó 
sorprendida y cuando él apartó sus manos, dejó atrás treinta centímetros
cuadrados de piel y sangre.
Por fin desembarcó en Ross-Alfa III con una chica en perfectas condiciones y
dos manos en condiciones pésimas y fue recibido por el agrio Aldous Fisher,
acompañado de un funcionario que pidió al señor Alceste que le acompañase a
una oficina para tener una importante conversación privada.
—Se ha puesto en nuestro conocimiento, gracias al señor Fisher—dijo el
funcionario—, que intenta usted introducir a una joven de status ilegal.
—¿Cómo puede saberlo el señor Fisher? —preguntó Alceste.
—¡Imbécil!—escupió Fisher—. ¿Crees que te dejaría hacerlo? Estuvieron
siguiéndote. Minuto a minuto.
—El señor Fisher nos informa—continuó el funcionario con rigidez—, que la
mujer que viene con usted viaja con nombre supuesto. Sus papeles son falsos.
—¿Cómo que son falsos?—dijo Alceste—. Ella es Sima Morgan. Sus
documentos dicen que ella es Sima Morgan.
—Sima Morgan murió hace once años—contestó Fisher—. La mujer que viene
contigo no puede ser Sima Morgan.
—Y a menos que se aclare su verdadera identidad—dijo el funcionario—, se le
prohibirá la entrada.
—Tendré aquí, dentro de una semana, los documentos que demuestran la
muerte de Sima Morgan —añadió Fisher triunfalmente.
Alceste miró a Fisher y movió la cabeza.
—Aunque no lo sepas, estás facilitándome las cosas—dijo—. Si hay algo que
me gustaría hacer es sacarla de aquí y no permitir a Johnny verla. Tengo
tantas ganas de guardármela para mí que...
Se contuvo y acarició las vendas de sus manos.
—Retira tu acusación, Fisher—añadió.
—No—replicó Fisher.
—No puedes mantenernos separados. Al menos de este modo. Suponte que la
detienen. ¿A quién te parece que citaría judicialmente para demostrar su
identidad? A John Strapp. ¿A quien llamaría yo primero para que viniese a
verla? A John Strapp. ¿Crees que podrías detenerme?
—Ese contrato—empezó Fisher—. Lo que haré...
—Al infierno con el contrato. Enséñaselo. Él quiere a su chica, no a mí. Retira
tu acusación, Fisher. Y abandona la lucha. Has perdido tu vale de comidas.
Fisher le lanzó una furiosa mirada, tragó saliva, y luego masculló:
—Retiro la acusación —luego, miró el césped con los ojos inyectados en
sangre—. Este no es aún el último asalto —dijo, y salió de la oficina.
Fisher estaba preparado. A una distancia de años luz podría encontrarse
demasiado tarde con demasiado poco. Allí, en Ross-Alfa III, estaba protegiendo
su propiedad. Disponía de todo el poder y del dinero de John Strapp. El flotador
que Frankie Alceste y Sima tomaron en el espaciopuerto estaba pilotado por un
ayudante de Fisher que abrió la puerta de la cabina y realizó bruscos virajes
intentando arrojar al aire a sus viajeros. Alceste rompió el cristal de separación
y rodeó con un musculoso brazo la garganta del conductor hasta que éste
enderezó el flotador y les llevó pacíficamente a tierra. Alceste advirtió
complacido que Sima no se había puesto más nerviosa de lo necesario.
En la carretera, les recogió uno de los centenares de coches que pasaban bajo
el flotador. Al primer disparo, Alceste metió a Sima en el quicio de una puerta,
que abrió a costa de una herida en el hombro, la cual vendó precipitadamente
con trozos de la enagua de Sima. Los ojos oscuros de ésta se abrían
desmesuradamente, pero no se quejaba. Alceste la felicitó con poderosas
palmadas y la subió a la terraza y descendió con ella por el edificio contiguo,
donde entró en un apartamento y telefoneó pidiendo una ambulancia.
Cuando llegó la ambulancia, Alceste y Sima bajaron a la calle, donde se
encontraron con policías uniformados que tenían órdenes oficiales de buscar a
una pareja que respondía a su descripción. "Buscados por robo de flotador con
asalto. Peligrosos, tiren a matar". Alceste se deshizo del policía y también del
conductor de la ambulancia y del enfermero. El y Sima partieron en la
ambulancia, Alceste conduciendo como un loco, Sima manejando la sirena
como una alucinada.
Abandonaron la ambulancia en el distrito comercial del centro de la ciudad,
entraron en unos grandes almacenes y salieron cuarenta minutos después,
convertidos en un criado de uniforme que empujaba a un anciano en una silla
de ruedas. Pese a los problemas planteados por el busto, Sima podía pasar por
un criado. Frankie estaba lo bastante débil por las diversas heridas para
fingirse un viejo.
Se inscribieron en el Espléndido de Ross, donde Alceste encerró a Sima en
una suite, hizo que le curaran el hombro y se compró un arma. Luego fue a ver
a John Strapp. Le encontró en la Oficina de Estadísticas Vitales, sobornando al
encargado general y presentándole una tira de papel que daba la misma
descripción de aquel amor perdido tanto tiempo atrás.
—Qué hay, Johnny—dijo Alceste.
—¡Qué hay, Frankie! —gritó Strapp muy contento.
Se dieron un afectuoso puñetazo mutuo. Con sonrisa feliz, Alceste vio a Strapp
explicar detalles al encargado general y ofrecerle más dinero a cambio de los
nombres y direcciones de todas las chicas de más de veintiuno que se
ajustasen a la descripción del papel. Cuando salían, Alceste dijo:
—Conocí a una chica que podría ajustarse a eso, Johnny.
Aquella mirada fría brilló en los ojos de Strapp.
—¿Sí? —dijo.
—Tiene un ligero ceceo.
Strapp miró con expresión extraña a Alceste.
—Y una forma divertida de ladear la cabeza cuando habla.
Strapp agarró el brazo de Alceste.
—El único problema es que resulta más infantil que la mayoría, más como un
camarada. ¿Sabes lo que quiero decir? Atrevida y valiente.
—Muéstramela, Frankie—dijo Strapp en voz baja.
Subieron a un flotador y descendieron en la terraza del Espléndido. El ascensor
les condujo hasta la planta veinte y se dirigieron a la suite 2~M. Alceste llamó a
la puerta con la clave acordada. Respondió una voz de mujer: "Adelante".
Alceste estrechó la mano de Strapp y dijo: "Enhorabuena, Johnny". Abrió la
puerta y luego descendió hasta el vestíbulo y se apoyó en la balaustrada. Sacó
su revólver por si aparecía Fisher con malas intenciones. Contemplando la
resplandeciente ciudad, pensó que todos los hombres podrían ser felices si
todos echasen una mano. Pero a veces esa mano resultaba cara.
John Strapp entró en la suite. Cerró la puerta, se volvió y examinó fría,
detenidamente, a aquella muchacha. Ella le miraba desconcertada. Strapp se
acercó más, caminó alrededor de ella, volvió otra vez a situarse frente a frente.
—Di algo —pidió él.
—Tú no eres John Strapp—balbució ella.
—Sí.
—¡No! —exclamó ella—. ¡No! Mi Johnny es joven. Mi Johnny es...
Strapp se aproximó como un tigre. Sus manos y sus labios la recorrieron
ferozmente mientras sus ojos observaban con frialdad. La chica gritaba y se
debatía, aterrada por aquellos ojos extraños, tan ajenos. Por aquellas manos
ásperas, tan ajenas, por los impulsos ajenos de la persona que en tiempos                                                      
había sido su Johnny Strapp, pero de la que la separaban ahora dolorosos
años de cambios.
—¡Tú eres otro! —gritó—. Tú no eres John Strapp. Tú eres otro hombre.
Y Strapp, no tanto once años más viejo como once años distinto al hombre
cuyo recuerdo estaban intentando ocupar, se preguntó a sí mismo: "¿Eres tú mi
Sima? ¿Eres tú mi amor... mi amor perdido y muerto?" Y el cambio dentro de él
contestó: "No, ésta no es tu Sima. Esta no es tu amor. Sigue, Johnny. Sigue y
busca. La encontrarás algún día, a la chica que perdiste".
Pagó como un caballero y se fue.
Desde el balcón, Alceste le vio salir. Tan asombrado estaba que no pudo
llamarle. Volvió a la suite y encontró a Sima allí de pie, sobrecogida,
contemplando un montón de dinero que había sobre la mesa. Comprendió
inmediatamente lo que había sucedido. Sima, cuando vio a Alceste, empezó a
llorar... No como una chica, sino como un muchacho, con los puños cerrados y
la cara apretada.
—Frankie —gimió—. ¡Dios mío, Frankie! —extendió los brazos hacia él con
desesperación. Estaba perdida en un mundo que la había adelantado.
Él dio un paso, pero luego vaciló. Hizo una última tentativa de borrar el amor
que sentía en su interior por aquella criatura buscando un medio de unirla a
Strapp. Luego perdió el control y la cogió en sus brazos.
"Ella no sabe lo que hace", pensó. "Está asustada y se ve perdida. No es mía.
Aún no. Quizás nunca".
Y luego: "Fisher ha ganado y yo he perdido".
Y por último: "Sólo recordamos el pasado; nunca lo conocemos cuando lo
encontramos. La mente retrocede, pero el tiempo sigue y los adioses deberían
ser para siempre".
FIN

Un escándalo en Bohemia sir Arthur Conan Doyle



LA AVENTURA DE UN ESCÁNDALO EN BOHEMIA
sir Arthur Conan Doyle


Ella es siempre, para Sherlock Holmes, la mujer Rara vez le he oído hablar de ella aplicándole otro nombre. A los ojos de Sherlock Holmes, eclipsa y sobrepasa a todo su sexo. No es que haya sentido por Irene Adler nada que se parezca al amor. Su inteligencia fría, llena de precisión, pero admirablemente equilibrada, era en extremo opuesta a cualquier clase de emociones. Yo le considero como la máquina de razonar y de observar más perfecta que ha conocido el mundo; pero como enamorado, no habría sabido estar en su papel. Si alguna vez hablaba de los sentimientos más tiernos, lo hacía con mofa y sarcasmo. Admirables como tema para el observador, excelentes para descorrer el velo de los móviles y de los actos de las personas. Pero el hombre entrenado en el razonar que admitiese intrusiones semejantes en su temperamento delicado y finamente ajustado, daría con ello entrada a un factor perturbador, capaz de arrojar la duda sobre todos los resultados de su actividad mental. Ni el echar arenilla en un instrumento de gran sensibilidad, ni una hendidura en uno de sus cristales de gran aumento, serían más perturbadores que una emoción fuerte en un temperamento como el suyo. Pero con todo eso, no existía para él más que una sola mujer, y ésta era la que se llamó Irene Adler, de memoria sospechosa y discutible.
Era poco lo que yo había sabido de Holmes en los últimos tiempos. Mi matrimonio nos había apartado al uno del otro. Mi completa felicidad y los diversos intereses que, centrados en el hogar, rodean al hombre que se ve por vez primera con casa propia, bastaban para absorber mi atención; Holmes, por su parte, dotado de alma bohemia, sentía aversión a todas las formas de la vida de sociedad, y permanecía en sus habitaciones de Baker Street, enterrado entre sus libracos, alternando las semanas entre la cocaína y la ambición, entre los adormilamientos de la droga y la impetuosa energía de su propia y ardiente naturaleza. Continuaba con su profunda afición al estudio de los hechos criminales, y dedicaba sus inmensas facultades y extraordinarias dotes de observación a seguir determinadas pistas y aclarar los hechos misteriosos que la Policía oficial había puesto de lado por considerarlos insolubles. Habían llegado hasta mí, de cuando en cuando, ciertos vagos rumores acerca de sus actividades: que lo habían llamado a Odesa cuando el asesinato de Trepoff; que había puesto en claro la extraña tragedia de los hermanos Atkinson en Trincomalee, y, por último, de cierto cometido que había desempeñado de manera tan delicada y con tanto éxito por encargo de la familia reinante de Holanda. Sin embargo, fuera de estas señales de su actividad, que yo me limité a compartir con todos los lectores de la Prensa diaria, era muy poco lo que había sabido de mi antiguo amigo y compañero.
Regresaba yo cierta noche, la del 20 de marzo de 1888, de una visita a un enfermo (porque había vuelto a consagrarme al ejercicio de la medicina civil) y tuve que pasar por Baker Street Al cruzar por delante de la puerta que tan gratos recuerdos tenía para mí, y que por fuerza tenía que asociarse siempre en mi mente con mi noviazgo y con los tétricos episodios del Estudio en escarlata, me asaltó un vivo deseo de volver a charlar con Holmes y de saber en qué estaba empleando sus extraordinarias facultades. Vi sus habitaciones brillantemente iluminadas y, cuando alcé la vista hacia ellas, llegué incluso a distinguir su figura, alta y enjuta, al proyectarse por dos veces su negra silueta sobre la cortina. Sherlock Holmes se paseaba por la habitación a paso vivo con impaciencia, la cabeza caída sobre el pecho las manos entrelazadas por detrás de la espalda. Para mí, que conocía todos sus humores y hábitos, su actitud y sus maneras tenían cada cual un significado propio. Otra vez estaba dedicado al trabajo. Había salido de las ensoñaciones provocadas por la droga, y estaba lanzado por el husmillo fresco de algún problema nuevo Tiré de la campanilla de llamada, y me hicieron subir a la habitación que había sido parcialmente mía.
Sus maneras no eran efusivas. Rara vez lo eran pero, según yo creo, se alegró de verme. Sin hablar apenas, pero con mirada cariñosa, me señaló con un vaivén de la mano un sillón, me echó su caja de cigarros, me indicó una garrafa de licor y un recipiente de agua de seltz que había en un rincón. Luego se colocó en pie delante del fuego, y me paso revista con su característica manera introspectiva.
—Le sienta bien el matrimonio —dijo a modo de comentario—. Me está pareciendo, Watson, que ha engordado usted siete libras y media desde la última vez que le vi.
—Siete —le contesté.
—Pues, la verdad, yo habría dicho que un poquitín más. Yo creo, Watson, que un poquitín más. Y, por lo que veo, otra vez ejerciendo la medicina. No me había dicho usted que tenía el propósito de volver a su trabajo.
—Pero ¿cómo lo sabe usted?
—Lo estoy viendo; lo deduzco. ¿Cómo sé que últimamente ha cogido usted mucha humedad, y que tiene a su servicio una doméstica torpe y descuidada?
—Mi querido Holmes —le dije—, esto es demasiado. De haber vivido usted hace unos cuantos siglos, con seguridad que habría acabado en la hoguera. Es cierto que el jueves pasado tuve que hacer una excursión al campo y que regresé a mi casa todo sucio; pero como no es ésta la ropa que llevaba no puedo imaginarme de qué saca usted esa deducción. En cuanto a Marijuana, sí que es una muchacha incorregible, y por eso mi mujer le ha dado ya el aviso de despido; pero tampoco sobre ese detalle consigo imaginarme de qué manera llega usted a razonarlo.
Sherlock Holmes se rió por lo bajo y se frotó las manos, largas y nerviosas.
—Es la cosa más sencilla —dijo—. La vista me dice que en la parte interior de su zapato izquierdo, precisamente en el punto en que se proyecta la claridad del fuego de la chimenea, está el cuero marcado por seis cortes casi paralelos. Es evidente que han sido producidos por alguien que ha rascado sin ningún cuidado el borde de la suela todo alrededor para arrancar el barro seco. Eso me dio pie para mi doble deducción de que había salido usted con mal tiempo y de que tiene un ejemplar de doméstica londinense que rasca las botas con verdadera mala saña. En lo referente al ejercicio de la medicina, cuando entra un caballero en mis habitaciones oliendo a cloroformo, y veo en uno de los costados de su sombrero de copa un bulto saliente que me indica dónde ha escondido su estetoscopio, tendría yo que ser muy torpe para no dictaminar que se trata de un miembro en activo de la profesión médica.
No pude menos de reírme de la facilidad con que explicaba el proceso de sus deducciones, y le dije:
—Siempre que le oigo aportar sus razones, me parece todo tan ridículamente sencillo que yo mismo podría haberlo hecho con facilidad, aunque, en cada uno de los casos, me quedo desconcertado hasta que me explica todo el proceso que ha seguido. Y, sin embargo, creo que tengo tan buenos ojos como usted.
—Así es, en efecto —me contestó, encendiendo un cigarrillo y dejándose caer en un sillón—. Usted ve, pero no se fija. Es una distinción clara. Por ejemplo, usted ha visto con frecuencia los escalones para subir desde el vestíbulo a este cuarto.
—Muchas veces.
—¿Como cuántas?
—Centenares de veces.
—Dígame entonces cuántos escalones hay.
—¿Cuántos? Pues no lo sé.
—¡Lo que yo le decía! Usted ha visto, pero no se ha fijado. Ahí es donde yo hago hincapié. Pues bien: yo sé que hay diecisiete escalones, porque los he visto y, al mismo tiempo, me he fijado. A propósito, ya que le interesan a usted estos pequeños problemas, y puesto que ha llevado su bondad hasta hacer la crónica de uno o dos de mis insignificantes experimentos, quizá sienta interés por éste.
Me tiró desde donde él estaba una hoja de un papel de cartas grueso y de color de rosa, que había estado hasta ese momento encima de la mesa. Y añadió:
—Me llegó por el último correo. Léala en voz alta.
Era una carta sin fecha, sin firma y sin dirección. Decía:
«Esta noche, a las ocho menos cuarto, irá a visitar a usted un caballero que desea consultarle sobre un asunto del más alto interés. Los recientes servicios que ha prestado usted a una de las casas reinantes de Europa han demostrado que es usted la persona a la que se pueden confiar asuntos cuya importancia no es posible exagerar. En esta referencia sobre usted coinciden las distintas fuentes en que nos hemos informado. Esté usted en sus habitaciones a la hora que se le indica, y no tome a mal que el visitante se presente enmascarado.»
—Este si que es un caso misterioso —comenté yo—. ¿Qué cree usted que hay detrás de esto?
—No poseo todavía datos. Constituye un craso error el teorizar sin poseer datos. Uno empieza de manera insensible a retorcer los hechos para acomodarlos a sus hipótesis, en vez de acomodar las hipótesis a los hechos. Pero, circunscribiéndonos a la carta misma, ¿qué saca usted de ella?
Yo examiné con gran cuidado la escritura y el papel.
—Puede presumirse que la persona que ha escrito esto ocupa una posición desahogada —hice notar, esforzándome por imitar los procedimientos de mi compañero—. Es un papel que no se compra a menos de media corona el paquete. Su cuerpo y su rigidez son característicos.
—Ha dicho usted la palabra exacta: característicos —comentó Holmes—. Ese papel no es en modo alguno inglés. Póngalo al trasluz.
Así lo hice, y vi una E mayúscula con una g minúscula, una P y una G mayúscula seguida de una t minúscula, entrelazadas en la fibra misma del papel.
—¿Qué saca usted de eso?—preguntó Holmes.
—Debe de ser el nombre del fabricante, o mejor dicho, su monograma.
—De ninguna manera. La G mayúscula con t minúscula equivale a Gesellschaft, que en alemán quiere decir Compañía. Es una abreviatura como nuestra Cía. La P es, desde luego, Papier. Veamos las letras Eg. Echemos un vistazo a nuestro Diccionario Geográfico.
Bajó de uno de los estantes un pesado volumen pardo, y continuó:
—Eglow, Eglonitz... Aquí lo tenemos, Egria. Es una región de Bohemia en la que se habla alemán, no lejos de Carlsbad. «Es notable por haber sido el escenario de la muerte de Vallenstein y por sus muchas fábricas de cristal y de papel.» Ajajá, amigo mío, ¿qué saca usted de este dato?
Le centelleaban los ojos, y envió hacía el techo una gran nube triunfal del llamo azul de su cigarrillo.
—El papel ha sido fabricado en Bohemia —le dije.
—Exactamente. Y la persona que escribió la carta es alemana, como puede deducirse de la manera de redactar una de sus sentencias. Ni un francés ni un ruso le habrían dado ese giro. Los alemanas tratan con muy poca consideración a sus verbos. Sólo nos queda, pues, por averiguar qué quiere este alemán que escribe en papel de Bohemia y que prefiere usar una máscara a mostrar su cara. Pero, si no me equivoco, aquí está él para aclarar nuestras dudas.
Mientras Sherlock Holmes hablaba, se oyó estrépito de cascos de caballos y el rechinar de unas ruedas rozando el bordillo de la acera, todo ello seguido de un fuerte campanillazo en la puerta de calle. Holmes dejó escapar un silbido y dijo:
—De dos caballos, a juzgar por el ruido.
Luego prosiguió, mirando por la ventana:
—Sí, un lindo coche brougham1, tirado por una yunta preciosa. Ciento cincuenta guineas valdrá cada animal. Watson, en este caso hay dinero o, por lo menos, aunque no hubiera otra cosa.
—Holmes, estoy pensando que lo mejor será que me retire.
1 Coche cerrado para dos o cuatro personas, con el pescante fuera.
—De ninguna manera, doctor. Permanezca donde está. Yo estoy perdido sin mi Boswell 2. Esto promete ser interesante. Sería una lástima que usted se lo perdiese.
—Pero quizá su cliente...
—No se preocupe de él. Quizá yo necesite la ayuda de usted y él también. Aquí llega. Siéntese en ese sillón, doctor, y préstenos su mayor atención.
Unos pasos, lentos y fuertes, que se habían oído en las escaleras y en el pasillo se detuvieron junto a la puerta, del lado exterior. Y de pronto resonaron unos golpes secos.
—¡Adelante! —dijo Holmes. Entró un hombre que no bajaría de los seis pies y seis pulgadas de estatura, con el pecho y los miembros de un Hércules. Sus ropas eran de una riqueza que en Inglaterra se habría considerado como lindando con el mal gusto. Le acuchillaban las mangas y los delanteros de su chaqueta cruzada unas posadas franjas de astracán, y su capa azul oscura, que tenía echada hacia atrás sobre los hombros, estaba forrada de seda color llama, y sujeta al cuello con un broche consistente en un berilo resplandeciente. Unas botas que le llegaban hasta la media pierna, y que estaban festoneadas en los bordes superiores con rica piel parda, completaban la impresión de barbara opulencia que producía el conjunto de su aspecto externo. Traía en la mano un sombrero de anchas alas y, en la parte superior del rostro, tapándole hasta más abajo de los pómulos, ostentaba un antifaz negro que, por lo visto, se había colocado en ese mismo instante, porque aún tenía la mano puesta en él cuando hizo su entrada. A juzgar por las facciones de la parte inferior de la cara, se trataba de un hombre de carácter voluntarioso, de labio inferior grueso y caído, y barbilla prolongada y recta, que sugería una firmeza llevada hasta la obstinación.
—¿Recibió usted mi carta? —preguntó con voz profunda y ronca, de fuerte acento alemán—. Le anunciaba mi visita.
Nos miraba tan pronto al uno como al otro, dudando a cuál de los dos tenía que dirigirse.
—Tome usted asiento por favor —le dijo Sherlock Holmes—. Este señor es mi amigo y colega, el doctor Watson, que a veces lleva su amabilidad hasta ayudarme en los casos que se me presentan ¿A quién tengo el honor de hablar?
—Puede hacerlo como si yo fuese el conde von Kramm, aristócrata bohemio. Doy por supuesto este caballero amigo suyo es hombre de honor discreto al que yo puedo confiar un asunto de la mayor importancia. De no ser así, preferiría muchísimo tratar con usted solo.
Me levanté para retirarme, pero Holmes me agarró de la muñeca y me empujó, obligándome a sentarme.
—O a los dos, o a ninguno —dijo—. Puede usted hablar delante de este caballero todo cuanto quiera decirme a mí
El conde encogió sus anchos hombros, y dijo:
—Siendo así, tengo que empezar exigiendo de ustedes un secreto absoluto por un plazo de dos años, pasados los cuales el asunto carecerá de importancia. En este momento, no exageraría afirmando que la tiene tan grande que pudiera influir en la historia de Europa.
—Lo prometo —dijo Holmes.
—Y yo también.
—Ustedes disculparán este antifaz —prosiguió nuestro extraño visitante—. La augusta persona que se sirve de mí desea que su agente permanezca incógnito para ustedes, y no estará de más que confiese desde ahora mismo que el título nobiliario que he adoptado no es exactamente el mío.
—Ya me había dado cuenta de ello —dijo secamente Holmes.
—Trátase de circunstancias sumamente delicadas, y es preciso tomar toda clase de precauciones para ahogar lo que pudiera llegar a ser un escándalo inmenso y comprometer seriamente a
2 Biógrafo escocés y, por generalización, todo biógrafo entusiasta del biografiado.
una de las familias reinantes de Europa. Hablando claro, está implicada en este asunto la gran casa de los Ormstein, reyes hereditarios de Bohemia.
—También lo sabía—murmuró Holmes arrellanándose en su sillón, y cerrando los ojos.
Nuestro visitante miró con algo de evidente sorpresa la figura lánguida y repantigada de aquel hombre, al que sin duda le habían pintado como al razonador más incisivo y al agente más enérgico de Europa. Holmes reabrió poco a poco los ojos y miró con impaciencia a su gigantesco cliente. —Si su majestad se dignase exponer su caso —dijo a modo de comentario—, estaría en mejores condiciones para aconsejarle.
Nuestro hombre saltó de su silla, y se puso a pasear por el cuarto, presa de una agitación imposible de dominar. De pronto se arrancó el antifaz de la cara con un gesto de desesperación, y lo tiró al suelo, gritando:
—Está usted en lo cierto. Yo soy el rey. ¿Por qué voy a tratar de ocultárselo?.
—Naturalmente. ¿Por qué? —murmuró Holmes—. Aún no había hablado su majestad y ya me había yo dado cuenta de que estaba tratando con Wilhelm Gottsreich Sigismond von Ormstein, gran duque de Cassel-Falstein y rey hereditario de Bohemia.
—Pero ya comprenderá usted —dijo nuestro extraño visitante, volviendo a tomar asiento y pasándose la mano por su frente, alta y blanca— ya comprenderá usted, digo, que no estoy acostumbrado a realizar personalmente esta clase de gestiones. Se trataba, sin embargo, de un asunto tan delicado que no podía confiárselo a un agente mío sin entregarme en sus manos. He venido bajo incógnito desde Praga con el propósito de consultar con usted.
—Pues entonces, consúlteme —dijo Holmes, volviendo una vez más a cerrar los ojos.
—He aquí los hechos, brevemente expuestos: Hará unos cinco años, y en el transcurso de una larga estancia mía en Varsovia, conocí a la célebre aventurera Irene Adler. Con seguridad que ese nombre le será familiar a usted.
—Doctor, tenga la amabilidad de buscarla en el índice—murmuró Holmes sin abrir los ojos.
Venía haciendo extractos de párrafos referentes a personas y cosas, Y era difícil tocar un tema o hablar de alguien sin que él pudiera suministrar en el acto algún dato sobre los mismos. En el caso actual encontré la biografía de aquella mujer, emparedada entre la de un rabino hebreo y la de un oficial administrativo de la Marina, autor de una monografía acerca de los peces abismales.
—Déjeme ver —dijo Holmes—. ¡Ejem! Nacida en Nueva Jersey el año mil ochocientos cincuenta y ocho. Contralto. ¡Ejem! La Scala. ¡Ejem! Prima donna en la Opera Imperial de Varsovia... Eso es... Retirada de los escenarios de ópera, ¡Ajá! Vive en Londres... ¡Justamente!... Según tengo entendido, su majestad se enredó con esta joven, le escribió ciertas cartas comprometedoras, y ahora desea recuperarlas.
—Exactamente... Pero ¿cómo?.
—¿Hubo matrimonio secreto?.
—En absoluto.
—¿Ni papeles o certificados legales?.
—Ninguno.
—Pues entonces, no alcanzo a ver adónde va a parar su majestad. En el caso de que esta joven exhibiese cartas para realizar un chantaje, o con otra finalidad cualquiera, ¿cómo iba ella a demostrar su autenticidad?
—Esta la letra.
—¡Puf! Falsificada.
—Mi papel especial de cartas.
—Robado.
—Mi propio sello.
—Imitado.
—Mi fotografía.
—Comprada.
—En la fotografía estamos los dos.
—¡Vaya, vaya! ¡Esto sí que está mal! Su majestad cometió, desde luego, una indiscreción.
—Estaba fuera de mí, loco.
—Se ha comprometido seriamente.
—Entonces yo no era más que príncipe heredero. Y, además, joven. Hoy mismo no tengo sino treinta años.
—Es preciso recuperar esa fotografía.
—Lo hemos intentado y fracasamos.
—Su majestad tiene que pagar. Es preciso comprar esa fotografía.
—Pero ella no quiere venderla.
—Hay que robársela entonces.
—Hemos realizado cinco tentativas. Ladrones a sueldo mío registraron su casa de arriba abajo por dos veces. En otra ocasión, mientras ella viajaba, sustrajimos su equipaje. Le tendimos celadas dos veces más. Siempre sin resultado.
—¿No encontraron rastro alguno de la foto?
—En absoluto.
Holmes se echó a reír y dijo:
—He ahí un problemita peliagudo.
—Pero muy serio para mí —le replicó en tono de reconvención el rey.
—Muchísimo, desde luego. Pero ¿qué se propone hacer ella con esa fotografía?
—Arruinarme.
—¿Cómo?
—Estoy en vísperas de contraer matrimonio.
—Eso tengo entendido.
—Con Clotilde Lothman von Saxe-Meningen. Hija segunda del rey de Escandinavia. Quizá sepa usted que es una familia de principios muy estrictos. Y ella misma es la esencia de la delicadeza. Bastaría una sombra de duda acerca de mi conducta para que todo se viniese abajo
—¿ Y qué dice Irene Adler?
—Amenaza con enviarles la fotografía. Y lo hará. Estoy seguro de que lo hará. Usted no la conoce. Tiene un alma de acero. Posee el rostro de la más hermosa de las mujeres y el temperamento del más resuelto de los hombres. Es capaz de llegar a cualquier extremo antes de consentir que yo me case con otra mujer.
—¿Esta seguro de que no la ha enviado ya?
—Lo estoy.
—¿ Por qué razón?
—Porque ella aseguró que la enviará el día mismo en que se haga público el compromiso matrimonial. Y eso ocurrirá el lunes próximo
—Entonces tenemos por delante tres días aún —exclamó Holmes, bostezando—. Es una suerte, porque en este mismo instante traigo entre manos un par de asuntos de verdadera importancia, Supongo que su majestad permanecerá por ahora en Londres, ¿no es así?
—Desde luego. Usted me encontrará en el Langham, bajo el nombre de conde von Kramm.
—Le haré llegar unas líneas para informarle de cómo llevamos el asunto
—Hágalo así, se lo suplico, porque vivo en una pura ansiedad.
—Otra cosa. ¿Y la cuestión dinero?
—Tiene usted carte blanche.
—¿Sin limitaciones?
—Le aseguro que daría una provincia de mi reino por tener en mi poder la fotografía.
—¿Y para gastos de momento?
El rey sacó de debajo de su capa un grueso talego de gamuza, y lo puso encima de la mesa, diciendo:
—Hay trescientas libras en oro y setecientas en billetes.
Holmes garrapateó en su cuaderno un recibo, y se lo entregó.
—¿Y la dirección de esa señorita? —preguntó.
—Pabellón Briony. Serpentine Avenue, St. John's Wood.
Holmes tomó nota, y dijo:
—Otra pregunta: ¿era la foto de tamaño exposición?
—Sí que lo era.
—Entonces, majestad, buenas noches, y espero que no tardaremos en tener alguna buena noticia para usted. Y a usted también, Watson, buenas noches —agregó así que rodaron en la calle las ruedas del brougham real—. Si tuviese la amabilidad de pasarse por aquí mañana por la tarde, a las tres, me gustaría charlar con usted de este asuntito.
II
A las tres en punto me encontraba yo en Barker Street, pero Holmes no había regresado todavía. La dueña me informó que había salido de casa poco después de las ocho de la mañana. Me senté, no obstante, junto al fuego, resuelto a esperarle por mucho que tardase. Esta investigación me había interesado profundamente; no estaba rodeada de ninguna de las características extraordinarias y horrendas que concurrían en los dos crímenes que he dejado ya relatados, pero la índole del caso y la alta posición del cliente de Holmes lo revestían de un carácter especial. La verdad es que, con independencia de la índole de las pesquisas que mi amigo emprendía, había en su magistral manera de abarcar las situaciones, y en su razonar agudo e incisivo, un algo que convertía para mí en un placer el estudio de su sistema de trabajo, y el seguirle en los métodos, rápidos y sutiles, con que desenredaba los misterios más inextricables. Me hallaba yo tan habituado a verle triunfar que ni siquiera me entraba en la cabeza la posibilidad de un fracaso suyo.
Eran ya cerca de las cuatro cuando se abrió la puerta y entró en la habitación un mozo de caballos, con aspecto de borracho, desaseado, de puntillas largas, cara abotagada y ropas indecorosas. A pesar de hallarme acostumbrado a la asombrosa habilidad de mi amigo para el empleo de disfraces, tuve que examinarlo muy detenidamente antes de cerciorarme de que era él en persona Me saludó con
una inclinación de cabeza y se metió en su dormitorio, del que volvió a salir antes de cinco minutos vestido con traje de mezclilla y con su aspecto respetable de siempre.
—Pero ¡quien iba a decirlo! —exclamé yo, y él se rió hasta sofocarse; y rompió de nuevo a reír y tuvo que recostarse en su sillón, desmadejado e impotente.
—¿De qué se ríe?
—La cosa tiene demasiada gracia. Estoy seguro de que no es usted capaz de adivinar en qué invertí la mañana, ni lo que acabé por hacer.
—No puedo imaginármelo, aunque supongo que habrá estado estudiando las costumbres, y hasta quizá la casa de la señorita Irene Adler.
—Exactamente, pero las consecuencias que se me originaron han sido bastante fuera de lo corriente. Se lo voy a contar. Salí esta mañana de casa poco después de las ocho, caracterizado de mozo de caballos, en busca de colocación. Existe entre la gente de caballerizas una asombrosa simpatía y hermandad masónica. Sea usted uno de ellos, y sabrá todo lo que hay que saber. Pronto di con el Pabellón Briony. Es una joyita de chalet, con jardín en la parte posterior, pero con su fachada de dos pisos construida en línea con la calle. La puerta tiene cerradura sencilla. A la derecha hay un cuarto de estar, bien amueblado, con ventanas largas, que llegan casi hasta el suelo y que tienen anticuados cierres ingleses de ventana, que cualquier niño es capaz de abrir. En la fachada posterior no descubrí nada de particular, salvo que la ventana del pasillo puede alcanzarse desde el techo del edificio de la cochera. Caminé alrededor de la casa y lo examiné todo cuidadosamente y desde todo punto de vista, aunque sin descubrir ningún otro detalle de interés. Luego me fui paseando descansadamente calle adelante, y descubrí, tal como yo esperaba, unos establos en una travesía que corre a lo largo de una de las tapias del jardín. Eché una mano a los mozos de cuadra en la tarea de almohazar los caballos, y me lo pagaron con dos peniques, un vaso de mitad y mitad, dos rellenos de la cazoleta de mi pipa con mal tabaco, y todos los informes que yo podía apetecer acerca de la señorita Adler, sin contar con los que me dieron acerca de otra media docena de personas de la vecindad, en las cuales yo no tenía ningún interés, pero que no tuve más remedio que escuchar.
—¿Y qué supo de Irene Adler? —le pregunté.
—Pues verá usted, tiene locos a todos los hombres que viven por allí. Es la cosa más linda que haya bajo un sombrero en todo el planeta. Así aseguran, como un solo hombre, todos los de las caballerizas de Serpentine. Lleva una vida tranquila, canta en conciertos, sale todos los días en carruaje a las cinco, y regresa a las siete en punto para cenar. Salvo cuando tiene que cantar, es muy raro que haga otras salidas. Sólo es visitada por un visitante varón, pero lo es con mucha frecuencia. Es un hombre moreno, hermoso, impetuoso, no se pasa un día sin que la visite, y en ocasiones lo hace dos veces el mismo día. Es un tal señor Godfrey Norton del colegio de abogados de Inner Temple3. Fíjese en todas las ventajas que ofrece para ser confidente el oficio de cochero. Estos que me hablaban lo habían llevado a su casa una docena de veces, desde las caballerizas de Serpentine, y estaban al cabo de la calle sobre su persona. Una vez que me hube enterado de todo cuanto podían decirme, me dediqué otra vez a pasearme calle arriba y calle abajo por cerca del Pabellón Briony, y a trazarme mi plan de campaña. Este Godfrey Norton jugaba, sin duda, un gran papel en el asunto. Era abogado lo cual sonaba de una manera ominosa. ¿Qué clase de relaciones existía entre ellos, y qué finalidad tenían sus repetidas visitas? ¿Era ella cliente, amiga o amante suya? En el primero de estos casos era probable que le hubiese entregado a él la fotografía. En el último de los casos, ya resultaba menos probable. De lo que resultase dependía el que yo siguiese con mi labor en el Pabellón Briony o volviese mi atención a las habitaciones de aquel caballero, en el Temple. Era un punto delicado y que ensanchaba el campo de mis investigaciones. Me temo que le estoy aburriendo a usted con todos estos detalles, pero si usted ha de hacerse cargo de la situación, es preciso que yo le exponga mis pequeñas dificultades.
—Le sigo a usted con gran atención —le contesté.
—Aún seguía sopesando el tema en mi mente cuando se detuvo delante del Pabellón Briony un coche de un caballo, y saltó fuera de él un caballero. Era un hombre de extraordinaria belleza, moreno,
3 Uno de los cuatro colegios o asociaciones de abogados que había en Londres.
aguileño, de bigotes, sin duda alguna el hombre del que me habían hablado. Parecía tener mucha prisa, gritó al cochero que esperase, e hizo a un lado con el brazo a la doncella que le abrió la puerta, con el aire de quien está en su casa. Permaneció en el interior cosa de media hora, y yo pude captar rápidas visiones de su persona, al otro lado de las ventanas del cuarto de estar, se paseaba de un lado para otro, hablaba animadamente, y agitaba los brazos. A ella no conseguí verla. De pronto volvió a salir aquel hombre con muestras de llevar aún más prisa que antes. Al subir al coche, sacó un reloj de oro del bolsillo, y miró la hora con gran ansiedad. «Salga como una exhalación —gritó—. Primero a Gross y Hankey, en Regent Street, y después a la iglesia de Santa Mónica, en Edgware Road. ¡Hay media guinea para usted si lo hace en veinte minutos!». Allá se fueron, y, cuando yo estaba preguntándome si no haría bien en seguirlos, veo venir por la travesía un elegante landó pequeño, cuyo cochero traía aún a medio abrochar la chaqueta, y el nudo de la corbata debajo de la oreja, mientras que los extremos de las correas de su atalaje saltan fuera de las hebillas. Ni siquiera tuvo tiempo de parar delante de la puerta, cuando salió ella del vestíbulo como una flecha, y subió al coche. No hice sino verla un instante, pero me di cuenta de que era una mujer adorable, con una cara como para que un hombre se dejase matar por ella. «A la iglesia de Santa Mónica, John —le gritó—, y hay para ti medio soberano si llegas en veinte minutos.» Watson, aquello era demasiado bueno para perdérselo. Estaba yo calculando que me convenía más, si echar a correr o colgarme de la parte trasera del landó; pero en ese instante vi acercarse por la calle a un coche de alquiler. El cochero miró y remiró al ver un cliente tan desaseado; pero yo salté dentro sin darle tiempo a que pusiese inconvenientes, y le dije: «A la iglesia de Santa Mónica, y hay para ti medio soberano si llegas en veinte minutos.» Eran veinticinco para las doce y no resultaba difícil barruntar de qué se trataba. Mi cochero arreó de lo lindo. No creo que yo haya ido nunca en coche a mayor velocidad, pero lo cierto es que los demás llegaron antes. Cuando lo hice yo, el coche de un caballo y el landó se hallaban delante de la iglesia, con sus caballos humeantes. Pagué al cochero y me metí a toda prisa en la iglesia. No había en ella un alma, fuera de las dos a quienes yo había venido siguiendo, y un clérigo vestido de sobrepelliz, que parecía estar arguyendo con ellos. Se hallaban los tres formando grupo delante del altar. Yo me metí por el pasillo lateral muy sosegadamente, como uno que ha venido a pasar el tiempo a la iglesia. De pronto, con gran sorpresa mía, los tres que estaban junto al altar se volvieron a mirarme, y Godfrey Norton vino a todo correr hacia mí. «¡Gracias a Dios! —exclamó—. Usted nos servirá. ¡Venga, venga!» «¿Qué ocurre?», pregunté. «Venga, hombre, venga. Se trata de tres minutos, o de lo contrario, no será legal.» --Me llevó medio a rastras al altar, y antes que yo comprendiese de qué se trataba, me encontré mascullando respuestas que me susurraban al oído, y saliendo garante de cosas que ignoraba por completo y, en términos generales, colaborando en unir con firmes lazos a Irene Adler, soltera, con Godfrey Norton, soltero. Todo se hizo en un instante, y allí me tiene usted entre el caballero, a un lado mío, que me daba las gracias, y al otro lado la dama, haciendo lo propio, mientras el clérigo me sonreía delante, de una manera beatífica. Fue la situación más absurda en que yo me he visto en toda mi vida, y fue el recuerdo de la misma lo que hizo estallar mi risa hace un momento. Por lo visto, faltaba no sé qué requisito a su licencia matrimonial, y el clérigo se negaba rotundamente a casarlos si no presentaban algún testigo; mi afortunada aparición ahorró al novio la necesidad de lanzarse a la calle a la búsqueda de un padrino. La novia me regaló un soberano, que yo tengo intención de llevar en la cadena de mi reloj en recuerdo de aquella ocasión.
—Las cosas han tomado un giro inesperado —dije yo—. ¿Qué va a ocurrir ahora?
—Pues, la verdad, me encontré con mis planes seriamente amenazados. Saqué la impresión de que quizá la pareja se iba a largar de allí inmediatamente, lo que requeriría de mi parte medidas rapidísimas y enérgicas. Sin embargo, se separaron a la puerta de la iglesia, regresando él en su coche al Temple y ella en el suyo a su propia casa. Al despedirse, le dijo ella: «Me pasearé, como siempre, en coche a las cinco por el parque.» No oí más. Los coches tiraron en diferentes direcciones, y yo me marché a lo mío.
—Y ¿qué es lo suyo?
—Pues a comerme alguna carne fiambre y beberme un vaso de cerveza —contestó, tocando la campanilla—. He andado demasiado atareado para pensar en tomar ningún alimento, y es probable que al anochecer lo esté aún más. A propósito doctor, me va a ser necesaria su cooperación.
—Encantado.
—¿No le importará faltar a la ley?
—Absolutamente nada.
—¿Ni el ponerse a riesgo de que lo detengan?
—No, si se trata de una buena causa.
—¡Oh, la causa es excelente!
—Entonces, cuente conmigo.
—Estaba seguro de que podía contar con usted.
—Pero ¿qué es lo que desea de mí?
—Se lo explicaré una vez que la señora Turner haya traído su bandeja. Y ahora —dijo, encarándose con la comida sencilla que le había servido nuestra patrona—, como es poco el tiempo de que dispongo, tendré que explicárselo mientras como. Son ya casi las cinco. Es preciso que yo me encuentre dentro de dos horas en el lugar de la escena. La señorita, o mejor dicho, la señora Irene, regresará a las siete de su paseo en coche. Necesitamos estar junto al Pabellón Briony para recibirla.
—Y entonces, ¿qué?
—Déjelo eso de cuenta mía. Tengo dispuesto ya lo que tiene que ocurrir. He de insistir tan sólo en una cosa. Ocurra lo que ocurra, usted no debe intervenir. ¿Me entiende?
—Quiere decir que debo permanecer neutral.
—Sin hacer absolutamente nada. Ocurrirá probablemente algún incidente desagradable. Usted quédese al margen. El final será que me tendrán que llevar al interior de la casa. Cuatro o cinco minutos más tarde, se abrirá la ventana del cuarto de estar. Usted se situará cerca de la ventana abierta.
—Entendido.
—Estará atento a lo que yo haga, porque me situaré en un sitio visible para usted.
—Entendido.
—Y cuando yo levante mi mano así, arrojará usted al interior de la habitación algo que yo le daré y al mismo tiempo, dará usted la voz de ¡fuego! ¿Va usted siguiéndome?
—Completamente.
—No se trata de nada muy terrible —dijo, sacando del bolsillo un rollo largo, de forma de cigarro—. Es un cohete ordinario de humo de plomero, armado en sus dos extremos con sendas cápsulas para que se encienda automáticamente. A eso se limita su papel. Cuando dé usted la voz de fuego, la repetirá una cantidad de personas. Entonces puede usted marcharse hasta el extremo de la calle, donde yo iré a juntarme con usted al cabo de diez minutos. ¿ Me he explicado con suficiente claridad?
—Debo mantenerme neutral, acercarme a la ventana, estar atento a usted, y, en cuanto usted me haga una señal, arrojar al interior este objeto, dar la voz de fuego, y esperarle en la esquina de la calle.
—Exactamente.
—Pues entonces confíe en mí.
—Magnífico. Pienso que quizá sea ya tiempo de que me caracterice para el nuevo papel que tengo que representar.
Desapareció en el interior de su dormitorio, regresando a los pocos minutos caracterizado como un clérigo disidente, bondadoso y sencillo. Su ancho sombrero negro, pantalones abolsados, corbata blanca, sonrisa de simpatía y aspecto general de observador curioso y benévolo eran tales, que sólo un señor John Hare sería capaz de igualarlos. A cada tipo nuevo de que se disfrazaba, parecía cambiar hasta de expresión, maneras e incluso de alma. Cuando Holmes se especializó en criminología, la escena perdió un actor, y hasta la ciencia perdió un agudo razonador.
Eran las seis y cuarto cuando salimos de Baker Street, y faltaban todavía diez minutos para la hora señalada cuando llegamos a Serpentine Avenue. Estaba ya oscurecido, y se procedía a encender los faroles del alumbrado, nos paseamos de arriba para abajo por delante del Pabellón Briony esperando a su ocupante. La casa era tal y como yo me la había figurado por la concisa descripción que de ella había hecho Sherlock Holmes, pero el lugar parecía menos recogido de lo que yo me imaginé.
Para tratarse de una calle pequeña de un barrio tranquilo, resultaba notablemente animada. Había en una esquina un grupo de hombres mal vestidos que fumaban y se reían, dos soldados de la guardia flirteando con una niñera, un afilador con su rueda y varios jóvenes bien trajeados que se paseaban tranquilamente con el cigarro en la boca.
—Esta boda —me dijo Holmes mientras íbamos y veníamos por la calle —simplifica bastante el asunto. La fotografía resulta ahora un arma de doble filo. Es probable que ella sienta la misma aversión a que sea vista por el señor Godfrey Norton, como nuestro cliente a que la princesa la tenga delante de los ojos. Ahora bien: la cuestión que se plantea es ésta: ¿dónde encontraremos la fotografía?
—Eso es, ¿dónde?
—Es muy poco probable que se la lleve de un lado para otro en su viaje. Es de tamaño de exposición. Demasiado grande para poder ocultarla entre el vestido. Sabe, además, que el rey es capaz de tenderle una celada y hacerla registrar, y, en efecto, lo ha intentado un par de veces. Podemos, pues, dar por sentado que no la lleva consigo.
—¿Dónde la tiene, entonces?
—Puede guardarla su banquero o puede guardarla su abogado. Existe esa doble posibilidad. Pero estoy inclinado a pensar que ni lo uno ni lo otro. Las mujeres son por naturaleza aficionadas al encubrimiento, pero les gusta ser ellas mismas las encubridoras. ¿Por qué razón habría de entregarla a otra persona?. Podía confiar en sí misma como guardadora; pero no sabía qué influencias políticas, directas o indirectas, podrían llegar a emplearse para hacer fuerza sobre un hombre de negocios. Tenga usted, además, en cuenta que ella había tomado la resolución de servirse de la fotografía dentro de unos días. Debe, pues, encontrarse en un lugar en que le sea fácil echar mano de la misma. Debe de estar en su propio domicilio.
—Pero la casa ha sido asaltada y registrada por dos veces.
—¡ Bah! No supieron registrar debidamente.
—Y ¿cómo lo hará usted?
—Yo no haré registros.
—¿Qué hará, pues?
—Haré que ella misma me indique el sitio.
—Se negará.
—No podrá. Pero ya oigo traqueteo de ruedas. Es su coche. Ea, tenga cuidado con cumplir mis órdenes al pie de la letra.
Mientras él hablaba aparecieron, doblando la esquina de la avenida las luces laterales de un coche. Era este un bonito y pequeño landó, que avanzo con estrépito hasta detenerse delante de la puerta del Pabellón Briony. Uno de los vagabundos echó a correr para abrir la puerta del coche y ganarse de ese modo una moneda, pero otro, que se había lanzado a hacer lo propio, lo aparto violentamente. Esto dio lugar a una furiosa riña, que atizaron aún más los dos soldados de la guardia, que se pusieron de parte de uno de los dos vagabundos, y el afilador, que tomó con igual calor partido por el otro. Alguien dio un puñetazo, y en un instante la dama, que se apeaba del coche, se vio en el centro de un pequeño grupo de hombres que reñían acaloradamente y que se acometían de una manera salvaje con puños y palos. Holmes se precipitó en medio del zafarrancho para proteger a la señora; pero, en el instante mismo en que llegaba hasta ella, dejó escapar un grito y cayó al suelo con la cara convertida en un manantial de sangre. Al ver aquello, los soldados de la guardia pusieron pies en polvorosa por un lado y los vagabundos hicieron lo propio por el otro, mientras que cierto número de personas bien vestidas, que
habían sido testigos de la trifulca, sin tomar parte en la misma, se apresuraron a acudir en ayuda de la señora y en socorro del herido. Irene Adler —seguiré llamándola por ese nombre— se había apresurado a subir la escalinata de su casa pero se detuvo en el escalón superior y se volvió para mirar a la calle, mientras su figura espléndida se dibujaba sobre el fondo de las luces del vestíbulo.
—¿Es importante la herida de ese buen caballero?—preguntó.
—Está muerto —gritaron varias voces.
—No, no, aún vive —gritó otra; pero si se le lleva al hospital, fallecerá antes que llegue.
—Se ha portado valerosamente —dijo una mujer—. De no
haber sido por él, se habrían llevado el bolso y el reloj de la
señora. Formaban una cuadrilla, y de las violentas, además. ¡Ah! Miren cómo respira ahora.
—No se le puede dejar tirado en la calle. ¿Podemos entrarlo en la casa, señora?
—¡Claro que sí! Éntrenlo al cuarto de estar, donde hay un cómodo sofá. Por aquí, hagan el favor.
Lenta y solemnemente fue metido en el Pabellón Briony, y tendido en la habitación principal, mientras yo me limitaba a observarlo todo desde mi puesto junto a la ventana. Habían encendido las luces, pero no habían corrido las cortinas, de modo que veía a Holmes tendido en el sofá. Yo no sé si él se sentiría en ese instante arrepentido del papel que estaba representando, pero si sé que en mi vida me he sentido yo tan sinceramente avergonzado de mí mismo, como cuando pude ver a la hermosa mujer contra la cual estaba yo conspirando, y la gentileza y amabilidad con que cuidaba al herido. Sin embargo, el echarme atrás en la representación del papel que Holmes me había confiado equivaldría a la más negra traición. Endurecí mi sensibilidad y saqué de debajo de mi amplio gabán el cohete de humo. Después de todo pensé no le causamos a ella ningún perjuicio. Lo único que hacemos es impedirle que ella se lo cause a otro.
Holmes se había incorporado en el sofá, y le vi que accionaba como si le faltase el aire. Una doncella corrió a la ventana y la abrió de par en par. En ese mismo instante le vi levantar la mano y, como respuesta a esa señal, arrojé yo al interior el cohete y di la voz de ¡fuego!. No bien salió la palabra de mi boca cuando toda la muchedumbre de espectadores, bien y mal vestidos, caballeros, mozos de cuadra y criadas de servir, lanzaron a coro un agudo grito de ¡fuego! Se alzaron espesas nubes ondulantes de humo dentro de la habitación y salieron por la ventana al exterior. Tuve una visión fugaz de figuras humanas que echaban a correr, y oí dentro la voz de Holmes que les daba la seguridad de que se trataba de una falsa alarma. Me deslicé por entre la multitud vociferante, abriéndome paso hasta la esquina de la calle, y diez minutos más tarde tuve la alegría de sentir que mi amigo pasaba su brazo por el mío, alejándonos del escenario de aquel griterío. Caminamos rápidamente y en silencio durante algunos minutos, hasta que doblamos por una de las calles tranquilas que desembocan en Edgware Road.
—Lo hizo usted muy bien, doctor —me dijo Holmes—. No hubiera sido posible mejorarlo. Todo ha salido perfectamente.
—¿Tiene ya la fotografía?
—Sé dónde está.
—¿Y cómo lo descubrió?
—Ya le dije a usted que ella me lo indicaría.
—Sigo a oscuras.
—No quiero hacer del asunto un misterio —exclamó, riéndose—. Era una cosa sencilla. Ya se daría usted cuenta de que todos cuantos estaban en la calle eran cómplices. Los había contratado para la velada.
—Lo barrunté.
—Pues cuando se armó la trifulca, yo ocultaba en la mano una pequeña cantidad de pintura roja, húmeda Me abalancé, caí, me di con fuerza en la cara con la palma de la mano, y ofrecí un espectáculo que movía a compasión. Es un truco ya viejo.
—También llegué a penetrar en ese detalle.
—Luego me metieron en la casa. Ella no tenía más remedio que recibirme. ¿Qué otra cosa podía hacer? Y tuvo que recibirme en el cuarto de estar, es decir, en la habitación misma en que yo sospechaba que se encontraba la fotografía. O allí o en su dormitorio, Y yo estaba resuelto a ver en cuál de los dos. Me tendieron en el sofá, hice como que me ahogaba, no tuvieron más remedio que abrir la ventana, y tuvo usted de ese modo su oportunidad.
—¿Y de qué le sirvió mi acción?
—De ella dependía todo. Cuando una mujer cree que su casa está ardiendo, el instinto la lleva a precipitarse hacia el objeto que tiene en más aprecio. Es un impulso irresistible, del que más de una vez me he aprovechado. Recurrí a él cuando el escándalo de la suplantación de Darlington y en el del castillo de Arnsworth. Si la mujer es casada, corre a coger en brazos a su hijito; si es soltera, corre en busca de su estuche de joyas. Pues bien: era evidente para mí que nuestra dama de hoy no guardaba en casa nada que fuese más precioso para ella que lo que nosotros buscábamos. La alarma, simulando que había estallado un fuego, se dio admirablemente. El humo y el griterío eran como para sobresaltar a una persona de nervios de acero. Ella actuó de manera magnífica. La fotografía está en un escondite que hay detrás de un panel corredizo, encima mismo de la campanilla de llamada de la derecha. Ella se plantó allí en un instante, y la vi medio sacarla fuera. Cuando yo empecé a gritar que se trataba de una falsa alarma, volvió a colocarla en su sitio, echó una mirada al cohete, salió corriendo de la habitación, y no volví a verla. Me puse en pie y, dando toda clase de excusas, huí de la casa. Estuve dudando si apoderarme de la fotografía entonces mismo; pero el cochero había entrado en el cuarto de estar y no quitaba de mí sus ojos. Me pareció, pues, más seguro esperar. Con precipitarse demasiado quizá se echase todo a perder.
—¿Y ahora? —le pregunté.
—Nuestra investigación está prácticamente acabada. Mañana iré allí de visita con el rey, y usted puede acompañarnos, si le agrada. Nos pasarán al cuarto de estar mientras avisan a la señora, pero es probable que cuando ella se presente no nos encuentre ni a nosotros ni a la fotografía. Quizá constituye para su majestad una satisfacción el recuperarla con sus propias manos.
—¿A qué hora irán ustedes?
—A las ocho de la mañana. Ella no se habrá levantado todavía, de modo que tendremos el campo libre. Además, es preciso que actuemos con rapidez, porque quizá su matrimonio suponga un cambio completo en su vida y en sus costumbres. Es preciso que yo telegrafíe sin perder momento al rey.
Habíamos llegado a Baker Street, y nos habíamos detenido delante de la puerta. Mi compañero rebuscaba la llave en sus bolsillos cuando alguien le dijo al pasar:
—Buenas noches, señor Sherlock Holmes.
Había en ese instante en la acera varias personas, pero el saludo parecía proceder de un Joven delgado que vestía ancho gabán y que se alejó rápidamente. Holmes dijo mirando con fijeza hacia la calle débilmente alumbrada:
—Yo he oído antes esa voz. ¿Quién diablos ha podido ser?
III
Dormí esa noche en Baker Street, y nos hallábamos desayunando nuestro café con tostada cuando el rey de Bohemia entró con gran prisa en la habitación
—¿De verdad que se apoderó usted de ella? —exclamó agarrando a Sherlock Holmes por los dos hombros, y clavándole en la cara una ansiosa mirada.
—Todavía no.
—Pero ¿confía en hacerlo?
—Confío.
—Vamos entonces. Ya estoy impaciente por ponerme en camino.
—Necesitamos un carruaje.
—No, tengo esperando mi brougham
—Eso simplifica las cosas.
Bajamos a la calle, y nos pusimos una vez más en marcha hacia el Pabellón Briony.
—Irene Adler se ha casado —hizo notar Holmes.
—¡Que se ha casado! ¿Cuándo?
—Ayer.
—¿Y con quién?
—Con un abogado inglés apellidado Norton.
—Pero no es posible que esté enamorada de él.
—Yo tengo ciertas esperanzas de que lo esté.
—Y ¿por qué ha de esperarlo usted?
—Porque ello le ahorraría a su majestad todo temor de futuras molestias. Si esa dama está enamorada de su marido, será que no lo está de su majestad. Si no ama a su majestad, no habrá motivo de que se entremeta en vuestros proyectos.
—Eso es cierto. Sin embargo... ¡Pues bien: ojalá que ella hubiese sido una mujer de mi misma posición social! ¡Qué gran reina habría sabido ser!
El rey volvió a caer en un silencio ceñudo, que nadie rompió hasta que nuestro coche se detuvo en la Serpentine Avenue.
La puerta del Pabellón Briony estaba abierta y vimos a una mujer anciana en lo alto de la escalinata. Nos miró con ojos burlones cuando nos apeamos del coche del rey, y nos dijo:
—En señor Sherlock Holmes, ¿verdad?
—Yo soy el señor Holmes —contestó mi compañero alzando la vista hacia ella con mirada de interrogación y de no pequeña sorpresa.
—Me lo imaginé. Mi señora me dijo que usted vendría probablemente a visitarla. Se marchó esta mañana con su esposo en el tren que sale de Charing Cross a las cinco horas quince minutos con destino al Continente.
—¡Cómo! —exclamó Sherlock Holmes retrocediendo como si hubiese recibido un golpe, y pálido de pesar y de sorpresa—. ¿Quiere usted decirme con ello que su señora abandonó ya Inglaterra?
—Para nunca más volver.
—¿Y esos documentos? —preguntó con voz ronca el rey—. Todo está perdido.
—Eso vamos a verlo.
Sherlock Holmes apartó con el brazo a la criada, y se precipitó al interior del cuarto de estar, seguido por el rey y por mí. Los muebles se hallaban desparramados en todas direcciones; los estantes, desmantelados; los cajones, abiertos, como si aquella dama lo hubiese registrado y saqueado todo antes
de su fuga. Holmes se precipitó hacia el cordón de la campanilla, corrió un pequeño panel, y, metiendo la mano dentro del hueco, extrajo una fotografía y una carta. La fotografía era la de Irene Adler en traje de noche, y la carta llevaba el siguiente sobrescrito: «Para el señor Sherlock Holmes.—La retirará él en persona.» Mi amigo rasgó el sobre, y nosotros tres la leímos al mismo tiempo. Estaba fechada a medianoche del día anterior, y decía así:
«Mi querido señor Sherlock Holmes: La verdad es que lo hizo usted muy bien. Me la pegó usted por completo. Hasta después de la alarma del fuego no sospeché nada. Pero entonces, al darme cuenta de que yo había traicionado mi secreto, me puse a pensar. Desde hace meses me habían puesto en guardia contra usted, asegurándome que si el rey empleaba a un agente, ése sería usted, sin duda alguna. Me dieron también su dirección. Y sin embargo, logró usted que yo le revelase lo que deseaba conocer. Incluso cuando se despertaron mis recelos, me resultaba duro el pensar mal de un anciano clérigo, tan bondadoso y simpático. Pero, como usted sabrá, también yo he tenido que practicar el oficio de actriz. La ropa varonil no resulta una novedad para mí, y con frecuencia aprovecho la libertad de movimientos que ello proporciona. Envié a John, el cochero, a que lo vigilase a usted, eché a correr escaleras arriba, me puse la ropa de paseo, como yo la llamo, y bajé cuando usted se marchaba.
»Pues bien: yo le seguí hasta su misma puerta comprobando así que me había convertido en objeto de interés para el célebre señor Sherlock Holmes. Entonces, y con bastante imprudencia, le di las buenas noches, y marché al Temple en busca de mi marido.
»Nos pareció a los dos que lo mejor que podríamos hacer, al vernos perseguidos por tan formidable adversario, era huir; por eso encontrará usted el nido vacío cuando vaya mañana a visitarme. Por lo que hace a la fotografía, puede tranquilizarse su cliente. Amo y soy amada por un hombre que vale más que él. Puede el rey obrar como bien le plazca, sin que se lo impida la persona a quien él lastimó tan cruelmente. La conservo tan sólo a título de salvaguardia mía, como arma para defenderme de cualquier paso que él pudiera dar en el futuro. Dejo una fotografía, que quizá le agrade conservar en su poder, y soy de usted, querido señor Sherlock Holmes, muy atentamente,
Irene Norton, nacida Adler.»
—¡Qué mujer; oh, qué mujer! —exclamó el rey de Bohemia una vez que leímos los tres la carta—. No le dije lo rápida y resuelta que era? ¿No es cierto que habría sido una reina admirable? ¿No es una lástima que no esté a mi mismo nivel?
—A juzgar por lo que de esa dama he podido conocer, parece que, en efecto, ella y su majestad están a un nivel muy distinto —dijo con frialdad Holmes—. Lamento no haber podido llevar a un término más feliz el negocio de su majestad.
—Todo lo contrario, mi querido señor —exclamó el rey—. No ha podido tener un término más feliz. Me consta que su palabra es sagrada. La fotografía es ahora tan inofensiva como si hubiese ardido en el fuego.
—Me felicito de oírle decir eso a su majestad.
—Tengo contraída una deuda inmensa con usted. Dígame, por favor, de qué manera puedo recompensarle. Este anillo...
Se saco del dedo un anillo de esmeralda en forma de serpiente, y se lo presentó en la palma de la mano.
—Su majestad está en posesión de algo que yo valoro en mucho más —dijo Sherlock Holmes.
—No tiene usted más que nombrármelo.
—Esta fotografía.
El rey se le quedó mirando con asombro, y exclamó:
—¡La fotografía de Irene! Suya es, desde luego, si así lo desea.
—Doy las gracias a su majestad. De modo, pues, que ya no queda nada por tratar de este asunto. Tengo el honor de dar los buenos días a su majestad.
Holmes se inclinó, se volvió sin darse por enterado de la mano que el rey le alargaba, y echó a andar, acompañado por mí, hacia sus habitaciones.
Y así fue como se cernió, amenazador, sobre el reino de Bohemia un gran escándalo, y cómo el ingenio de una mujer desbarató los planes mejor trazados de Sherlock Holmes. En otro tiempo, acostumbraba este bromear a propósito de la inteligencia de las mujeres; pero ya no le he vuelto a oír expresarse de ese modo en los últimos tiempos. Y siempre que habla de Irene Adler, o cuando hace referencia a su fotografía, le da el honroso título de la mujer.
F I N

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