BLOOD

william hill

Seguidores

Mostrando entradas con la etiqueta guy. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta guy. Mostrar todas las entradas

sábado, 7 de junio de 2008

LA MANO -- GUY DE MAUPASSANT

LA MANO
GUY DE MAUPASSANT


Estaban en círculo en torno al señor Bermutier, juez de instrucción, que daba su opinión sobre el misterioso suceso de Saint-Cloud. Desde hacía un mes, aquel inexplicable crimen conmovía a París. Nadie entendía nada del asunto.
El señor Bermutier, de pie, de espaldas a la chimenea, hablaba, reunía las pruebas, discutía las distintas opiniones, pero no llegaba a ninguna conclusión.
Varias mujeres se habían levantado para acercarse y permanecían de pie, con los ojos clavados en la boca afeitada del magistrado, de donde salían las graves palabras. Se estremecían, vibraban, crispadas por su miedo curioso, por la ansiosa e insaciable necesidad de espanto que atormentaba su alma; las torturaba como el hambre.
Una de ellas, más pálida que las demás, dijo durante un silencio: —Es horrible. Esto roza lo sobrenatural. Nunca se sabrá nada.
El magistrado se dio la vuelta hacia ella: -Sí, señora es probable que no se sepa nunca nada. En cuanto a la palabra sobrenatural que acaba de emplear, no tiene nada que ver con esto. Estamos ante un crimen muy hábilmente concebido, muy hábilmente ejecutado, tan bien envuelto en misterio que no podemos despejarle de las circunstancias impenetrables que lo rodean.
Pero yo, antaño, tuve que encargarme de un suceso donde verdaderamente parecía que había algo fantástico. Por lo demás, tuvimos que abandonarlo, por falta de medios para esclarecerlo.
Varias mujeres dijeron a la vez, tan de prisa que sus voces no fueron sino una: —¡Oh! Cuéntenoslo.
El señor Bermutier sonrió gravemente, como debe sonreír un juez de instrucción. Prosiguió: —Al menos, no vayan a creer que he podido, incluso un instante, suponer que había algo sobrehumano en esta aventura. No creo sino en las causas naturales. Pero sería mucho más adecuado si en vez de emplear la palabra sobrenatural para expresar lo que no conocemos, utilizáramos simplemente la palabra inexplicable. De todos modos, en el suceso que voy a contarles, fueron sobre todo las circunstancias circundantes, las circunstancias preparatorias las que me turbaron. En fin, éstos son los hechos:
«Entonces era juez de instrucción en Ajaccio, una pequeña ciudad blanca que se extiende al borde de un maravilloso golfo rodeado por todas partes por altas montañas.
«Los sucesos de los que me ocupaba eran sobre todo los de vendettas. Los hay soberbios, dramáticos al extremo, feroces, heroicos. En ellos encontramos los temas de venganza más bellos con que se pueda soñar, los odios seculares, apaciguados un momento, nunca apagados, las astucias abominables, los asesinatos convertidos en matanzas y casi en acciones gloriosas. Desde hacía dos años no oía hablar más que del precio de la sangre, del terrible prejuicio corso que obliga a vengar cualquier injuria en la propia carne de la persona que la ha hecho, de sus descendientes y de sus allegados. Había visto degollar a ancianos, a niños, a primos; tenía la cabeza llena de aquellas historias.
«Ahora bien, me enteré un día de que un inglés acababa de alquilar para varios años un pequeño chalet en el fondo del golfo. Había traído con él a un criado francés, a quien había contratado al pasar por Marsella.
«Pronto todo el mundo se interesó por aquel singular personaje, que vivía solo en su casa y que no salía sino para cazar y pescar. No hablaba con nadie, no iba nunca a la ciudad, y cada mañana se entrenaba durante una o dos horas en disparar con la pistola y la carabina.
«Se crearon leyendas entorno a él. Se pretendió que era un alto personaje que huía de su patria por motivos políticos; luego se afirmó que se escondía tras haber cometido un espantoso crimen. Incluso se citaban circunstancias particularmente horribles.
«Quise, en mi calidad de juez de instrucción, tener algunas informaciones sobre aquel hombre; pero me fue imposible enterarme de nada. Se hacía llamar sir John Rowell.
«Me contenté pues con vigilarle de cerca; pero, en realidad, no me señalaban nada sospechoso respecto a él.
«Sin embargo, al seguir, aumentar y generalizarse los rumores acerca de él, decidí intentar ver por mí mismo al extranjero, y me puse a cazar con regularidad en los alrededores de su dominio.
«Esperé durante mucho tiempo una oportunidad. Se presentó finalmente en forma de una perdiz a la que disparé y maté delante de las narices del inglés. Mi perro me la trajo; pero, cogiendo en seguida la caza, fui a excusarme por mi inconveniencia y a rogar a sir John Rowell que aceptara el pájaro muerto.
«Era un hombre grande con el pelo rojo, la barba roja, muy alto, muy ancho, una especie de Hércules plácido y cortés. No tenía nada de la rigidez llamada británica, y me dio las gracias vivamente por mi delicadeza en un francés con un acento de más allá de la Mancha. Al cabo de un mes habíamos charlado unas cinco o seis veces.
«Finalmente una noche, cuando pasaba por su puerta, le vi en el jardín, fumando su pipa, a horcajadas sobre una silla. Le saludé y me invitó a entrar para tomar una cerveza. No fue necesario que me lo repitiera.
«Me recibió con toda la meticulosa cortesía inglesa; habló con elogios de Francia, de Córcega, y declaró que le gustaba mucho esta país, y este costa.
«Entonces, con grandes precauciones y como si fuera resultado de un interés muy vivo, le hice unas preguntas sobre su vida y sus proyectos. Contestó sin apuros y me contó que había viajado mucho por Africa, las Indias y América. Añadió riéndose: —Tuve mochas avanturas, ¡oh! yes.
«Luego volví a hablar de caza y me dio los detalles más curiosos sobre la caza del hipopótamo, del tigre, del elefante e incluso la del gorila.
«Dije: —Todos esos animales son temibles.
«Sonrió: —¡Oh, no! El más malo es el hombre.
«Se echó a reír abiertamente, con una risa franca de inglés gordo y contento: —He cazado mocho al hombre también.
«Después habló de armas y me invitó a entrar en su casa para enseñarme escopetas con diferentes sistemas.
«Su salón estaba tapizado de negro, de seda negra bordada con oro. Grandes flores amarillas corrían sobre la tela oscura, brillaban como el fuego. Dijo: —Eso ser un tela japonesa.
«Pero, en el centro del panel más amplio, una cosa extraña atrajo mi mirada. Sobre un cuadrado de terciopelo rojo se destacaba un objeto rojo. Me acerqué: era una mano, una mano de hombre. No una mano de esqueleto, blanca y limpia, sino una mano negra reseca, con uñas amarillas, los músculos al descubierto y rastros de sangre vieja, sangre semejante a roña, sobre los huesos cortados de un golpe, como de un hachazo, hacia la mitad del antebrazo.
«Alrededor de la muñeca una enorme cadena de hierro, remachada, soldada a aquel miembro desaseado, la sujetaba a la pared con una argolla bastante fuerte como para llevar atado a un elefante.
«Pregunté: —¿Qué es esto?
«El inglés contestó tranquilamente: —Era mejor enemigo de mí. Era de América. Ello había sido cortado con el sable y arrancado la piel con un piedra cortante, y secado al sol durante ocho días. ¡Aoh, muy buena para mí, ésta.
«Toqué aquel despojo humano que debía de haber pertenecido a un coloso. Los dedos, desmesuradamente largos, estaban atados por enormes tendones que sujetaban tiras de piel a trozos. Era horroroso ver esa mano, despellejada de esa manera; recordaba inevitablemente alguna venganza de salvaje.
«Dije: —Ese hombre debía de ser muy fuerte.
«El inglés dijo con dulzura: —Aoh yes; pero fui más fuerte que él. Yo había puesto ese cadena para sujetarle.
«Creí que bromeaba. Dije: —Ahora esta cadena es completamente inútil, la mano no se va a escapar.
«Sir John Rowell prosiguió con tono grave: —Ella siempre quería irse. Ese cadena era necesario.
«Con una ojeada rápida, escudriñé su rostro, preguntándome: "¿Estará loco o será un bromista pesado?"
«Pero el rostro permanecía impenetrable, tranquilo y benévolo. Cambié de tema de conversación y admiré las escopetas.
«Noté sin embargo que había tres revólveres cargados encima de unos muebles, como si aquel hombre viviera con el temor constante de un ataque.
«Volví varias veces a su casa. Después dejé de visitarle. La gente se había acostumbrado a su presencia; ya no interesaba a nadie.
«Transcurrió un año entero; una mañana, hacia finales de noviembre, mi criado me despertó anunciándome que Sir John Rowell había sido asesinado durante la noche.
«Media hora más tarde entraba en casa del inglés con el comisario jefe y el capitán de la gendarmería. El criado, enloquecido y desesperado, lloraba delante de la puerta. Primero sospeché de ese hombre, pero era inocente.
«Nunca pudimos encontrar al culpable.
«Cuando entré en el salón de Sir John, al primer vistazo distinguí el cadáver extendido boca arriba, en el centro del cuarto.
«El chaleco estaba desgarrado, colgaba una manga arrancada, todo indicaba que había tenido lugar una lucha terrible.
«¡E1 inglés había muerto estrangulado! Su rostro negro e hinchado, pavoroso, parecía expresar un espanto abominable; llevaba algo entre sus dientes apretados; y su cuello, perforado con cinco agujeros que parecían haber sido hechos con puntas de hierro, estaba cubierto de sangre.
«Un médico se unió a nosotros. Examinó durante mucho tiempo las huellas de dedos en la carne y dijo estas extrañas palabras: —Parece que le ha estrangulado un esqueleto.
«Un escalofrío me recorrió la espalda y eché una mirada hacia la pared, en el lugar donde otrora había visto la horrible mano despellejada. Ya no estaba allí. La cadena, quebrada, colgaba.
«Entonces me incliné hacia el muerto y encontré en su boca crispada uno de los dedos de la desaparecida mano, cortada o más bien serrada por los dientes justo en la segunda falange.
«Luego se procedió a las comprobaciones. No se descubrió nada. Ninguna puerta había sido forzada, ni ninguna ventana, ni ningún mueble. Los dos perros de guardia no se habían despertado.
«Ésta es, en pocas palabras, la declaración del criado:
«Desde hacía un mes su amo parecía estar agitado. Había recibido muchas cartas, que había quemado a medida que iban llegando.
«A menudo, preso de una ira que parecía demencia, cogiendo una fusta, había golpeado con furor aquella mano reseca, lacrada en la pared, y que había desaparecido, no se sabe cómo, en la misma hora del crimen.
«Se acostaba muy tarde y se encerraba cuidadosamente. Siempre tenía armas al alcance de la mano. A menudo, por la noche, hablaba en voz alta, como si discutiera con alguien.
«Aquella noche daba la casualidad de que no había hecho ningún ruido, y hasta que no fue a abrir las ventanas el criado no había encontrado a sir John asesinado. No sospechaba de nadie.
«Comuniqué lo que sabía del muerto a los magistrados y a los funcionarios de la fuerza pública, y se llevó a cabo en toda la isla una investigación minuciosa. No se descubrió nada.
«Ahora bien, tres meses después del crimen, una noche, tuve una pesadilla horrorosa. Me pareció que veía la mano, la horrible mano, correr como un escorpión o como una araña a lo largo de mis cortinas y de mis paredes. Tres veces me desperté, tres veces me volví a dormir, tres veces volví a ver el odioso despojo galopando alrededor de mi habitación y moviendo los dedos como si fueran patas.
«Al día siguiente me la trajeron; la habían encontrado en el cementerio, sobre la tumba de sir John Rowell; le habían enterrado allí, ya que no habían podido descubrir a su familia. Faltaba el índice.
«Ésta es, señoras, mi historia. No sé nada más.
Las mujeres, enloquecidas, estaban pálidas, temblaban. Una de ellas exclamó: —¡Pero esto no es un desenlace, ni una explicación! No vamos a poder dormir si no nos dice lo que según usted ocurrió.
El magistrado sonrió con severidad: —¡Oh! Señoras, sin duda alguna, voy a estropear sus terribles sueños. Pienso simplemente que el propietario legítimo de la mano no había muerto, que vino a buscarla con la que le quedaba. Pero no he podido saber cómo lo hizo. Este caso es una especie de vendetta.
Una de las mujeres murmuró: —No, no debe de ser así.
Y el juez de instrucción, sin dejar de sonreír, concluyó: —Ya les había dicho que mi explicación no les gustaría.

domingo, 25 de mayo de 2008

VIAJANDO -- GUY DE MAUPASSANT

VIAJANDO –GUY DE MAUPASSANT

Saint-Agnés, 6 de mayo

Mi querida amiga:

Me pidió usted que le escriba con frecuencia, y que le relate sobre todo cosas vistas por mí. Y también me rogó que registre entre los recuerdos de mis viajes, por si descubro en ellos algunas de esas anécdotas breves, oídas de labios de un campesino hallado al azar, de un hotelero, de un desconocido con el que nos hemos cruzado casual mente, y que imprimen en nuestra memoria una especie de sello del país. Opina usted que basta un paisaje esbozado en algunas líneas y una historieta dicha en pocas frases para presentar el verdadero carácter de una región y evocarlo con su vida, colorido y dramatismo. Intentaré amoldarme a los deseos de usted. Le escribiré de cuando en cuando cartas en las que no hablaré ni de usted ni de mí, y si del panorama y de los hombres que en él se mueven. Empiezo, pues.

***

Creo que la primavera es una época en la que deberíamos nutrirnos de paisaje, beber paisaje. Es la estación de los estremecimientos, lo mismo que el otoño lo es de las reflexiones. El campo en primavera agita la carne, y en otoño conmueve el espíritu.

Quise este año respirar el aroma de los azahares, y me vine al Mediodía, cuando todos se marchan del Mediodía. Crucé por Mónaco, la ciudad de los peregrinos, rival de la Meca y de Jerusalén, sin dejar mi oro en el bolsillo de otros, y he subido a la alta montaña, bajo un techo de limoneros, naranjos y olivos.

¿No ha dormido usted nunca, amiga mía, en un campo de naranjos en flor? Se aspira con delicia un aire que es quinta esencia de aromas. Es un olor fuerte y suave, sabroso como una golosina, que parece meterse en nosotros, impregnarnos, embriagarnos, que nos llena de languidez, que nos infiltra un entumecimiento soñoliento y ensoñador. Diríase que es opio preparado por manos de hadas y no de farmacéuticos.

Esta es una región de barrancos. Las vertientes de los montes están tajadas y acuchilladas por todas partes, y en sus repliegues sinuosos crecen verdaderos bosques de limoneros. De trecho en trecho, allí donde la rápida pendiente del valle forma como un escalón, los hombres han construido un estanque para almacenar el agua de las tormentas. Son unos agujeros grandes, entre murallas lisas que no ofrecen el menor agarradero a la mano de quien caiga allí dentro.

Subía yo a paso lento la pendiente de una cañada, e iba contemplando por entre el follaje los frutos de vivo color que aún quedaban en las ramas. Aquella garganta, que iba como encajonada, hacía más fuertes aún los ya espesos aromas de las flores. Se apoderó de mí la languidez y busqué sitio donde sentarme. Corría por entre la hierba un hilillo de agua; pensé que habría cerca de allí, alguna fuente, y caminé cuesta arriba un poco más, pensando encontrarla. Pero a donde llegué fué al borde de uno de aquellos estanques, grandes y profundos.

Me senté a la turca, con las piernas cruzadas, y me quedé como ensoñando delante de aquel agujero, que parecía estar lleno de tinta, de tan negro y estancado como estaba el líquido. A lo lejos, por entre las ramas, distinguía, a modo de manchas, trozos del Mediterráneo, que ardía en brillos enceguecedores. Pero mis ojos iban a parar siempre al pozo extenso y oscuro, el cual no debía de estar habitado por ningún, animal nadador, a juzgar por la inmovilidad de la superficie. Una voz me hizo de pronto estremecer. Un caballero de edad, que andaba en busca de flores -porque ésta es la región de Europa más rica para los herbolarios-, me preguntó:

-¿Es usted acaso pariente de esos pobres niños, caballero?

Lo miré estupefacto.

-¿De qué niños habla usted, caballero?

El se quedó turbado, me saludó, y dijo:

-Perdóneme. Al verlo tan absorto en sus pensamientos delante del estanque, creí que meditaba en el espantoso drama que tuvo lugar en el mismo.

Esta vez sentí despierta mi curiosidad, y le rogué que me relatase el hecho.

***

Es una historia muy triste y muy lamentable, querida amiga, aunque sea de lo más vulgar. Una simple gacetilla de sucesos. Ignoro si es preciso atribuir mi emoción a la manera dramática como me fue hecho el relato, al decorado de montañas, al contraste entre la alegría del sol y de las flores y el agujero negro y fatídico; el hecho es que se me retorció el corazón y mis nervios sufrieron una ruda sacudida. Quizá usted, que lo leerá en su habitación, sin tener ante los ojos el paisaje del drama, no lo juzgue tan terriblemente conmovedor.

Ocurrió en la primavera de uno de los últimos años. Dos muchachitos solían ir a jugar junto a aquel estanque, en tanto que su preceptor, tumbado debajo de un árbol, leía algún libro. Pues bien: así estaba cierta tarde calurosa, cuando un grito vibrante despertó de su modorra al preceptor, y el ruido del agua que saltaba por efecto del choque de un cuerpo caído en ella le hizo ponerse en pie de un salto. El muchacho más pequeño, que tendría once años, daba alaridos, en pie junto al estanque, cuyas aguas removidas se estremecían en la superficie, después de haberse tragado al muchacho mayor, que se cayó mientras corría por la cornisa de piedra.

El preceptor, desatinado; sin esperar a más, sin meditar en los medios de salvar al niño, se lanzó al pozo, y debió de golpearse con el cráneo en el fondo, porque no volvió a reaparecer.

En el mismo instante, el muchacho, que acababa de volver a la superficie, alargaba los brazos frenético hacia su hermano. Entonces el que estaba en tierra se tumbó y alargó el cuerpo, mientras el otro intentaba nadar, acercarse a la pared; no tardaron las cuatro manecitas en juntarse, y se agarraron unas a otras, crispadas, inseparables. Los dos muchachos experimentaron un momento de gozo agudo, creyéndose ya con la vida a salvo, y un escalofrío de quien ha dejado atrás el peligro.

El mayor intentó encaramarse, pero no lo consiguió porque la cara de la pared era vertical; y el otro hermano, de pocas fuerzas, se iba deslizando poco a poco hacia el agujero.

Entonces, sacudidos por el terror, permanecieron inmóviles, y esperaron.

El más pequeño apretaba con todas sus fuerzas las manos del mayor, y lloraba nerviosamente, repitiendo:

-No tengo fuerzas para sacarte; no tengo fuerzas para sacarte. De pronto rompió a gritar: "¡Socorro! ¡ Socorro! " Pero su vocecita no conseguía apenas traspasar la bóveda de follaje que se extendía sobre sus cabezas. Y así permanecieron mucho tiempo, horas y horas, cara a cara, los dos niños, poseidos del mismo pensamiento, de la misma angustia, y del miedo horrendo de que uno de los dos, agotado, aflojase sus manecitas. Y pedían socorro, pero siempre en vano. Por último, el mayor, que tiritaba de frío, dijo al pequeño:

-No puedo más. Me voy a hundir. Adiós, hermanito.

Entre tanto, el otro repetía jadeante:

-Todavía no, todavía no; espera.

Llegó la noche, la noche serena, y las estrellas se miraron en el agua. El mayor, que desfallecía, volvió a decir:

-Suéltame una mano, que quiero darte mi reloj.

Se lo habían regalado algunos días antes, y constituía desde entonces la mayor preocupación de su corazón. Consiguió hacerse con él, se lo entregó al pequeño, y éste lo depositó sollozando en la hierba, cerca de él.

La noche ha cerrado. Los dos pobrecitos, rendidos ya, apenas conseguían sostenerse.

El mayor, sintiéndose perdido, dijo por fin:

-Adiós, hermanito, besa a papá y a mamá.

Sus dedos agarrotados se abrieron; se hundió y no volvió a reaparecer.

El pequeño, al verse solo; rompió a gritar desesperado:

-¡Pablo, Pablo!...

Pero el hermano ya no volvió a la superficie. Y se precipitó entonces montaña bajo, tropezando en las piedras cayendo, enloquecido por la angustia más espantosa que puede agarrotar el corazón de un niño, y llegó, con cara cadavérica, al salón en donde esperaban sus padres. Al pretender conducirlos hacia el estanque sombrío volvió perderse. No daba con el camino. Por último se orientó:

-¡Alli es, sí; allí es!

Era preciso agotar el pozo, y el propietario se negaba en redondo, porque necesitaba el agua para sus limoneros.

Hasta el día siguiente no se encontraron los cadáveres.

***

Ya ve usted, mi querida amiga, que se trata de una simple gacetilla de sucesos. Pero, si hubiese usted tenido ocasión de ver con sus propios ojos el pozo, habría sentido desgarrársele el corazón pensando en la agonía de un niño, pendiente de las manos de su hermano; en la lucha largísima de aquellos dos rapazuelos que hasta entonces sólo habían sabido reír y jugar, y en este sencillo detalle: el reloj dado al hermano.

Y yo pensaba: "¡Que el Destino me libre de recibir jamás semejante reliquia! ¿Hay nada más espantoso que ese recuerdo asociado a un objeto familiar del que no podemos desprendernos? Cada vez que el superviviente tenga en mano en aquel reloj, que es una reliquia, volverá a ver la horrible escena, el estanque, la pared, el agua inmóvil, las facciones desencajadas del hermano, vivo aún, pero tan perdido ya como si estuviese muerto. Y a todas horas, durante toda su vida, tendrá delante de sí la visión, porque resucitará cuantas veces toque el bolsillo del chaleco con la punta del dedo."

Estuve triste hasta el anochecer. Siempre cuesta arriba, pase de la zona de los naranjos a la de los olivos, y de la de los olivos pasé a la de los pinos; entré luego en una cañada pedregosa, llegué a las ruinas de un antiguo castillo, construido, según dicen, en el siglo X por un jefe sarraceno, hombre inteligente, que se hizo bautizar por amor a una joven.

Me veo rodeado de montañas, y tengo ante mí al mar, al mar que tiene una mancha borrosa, Córcega o, mejor dicho, la sombra de Córcega.

Pero en las cumbres ensangrentadas por el sol poniente, en el inmenso cielo y sobre el mar, por todo el horizonte espléndido que había venido a contemplar, ya no distingo más que a dos pobres niños, el uno tumbado al borde del agujero lleno de agua negra, y el otro metido en el agua hasta el cuello, enlazados por las manos y llorando cara a cara, enloquecidos. Y creo escuchar una vocecita cansada que repite: "¡Adiós, hermanito, toma mi reloj!"

***

Esta carta ha de parecer a. usted lúgubre, querida amiga. Otro día me esforzaré por ser más alegre.

domingo, 18 de mayo de 2008

GUY DE MAUPASSANT -- UN DIA DE CAMPO

UN DÍA DE CAMPO
GUY DE MAUPASSANT
_
Tenían proyectado hacía cinco meses salir a almorzar en los alrededores de París el día del santo de la señora Dufour, que se llamaba Pétronille. Por ello, como habían esperado con impaciencia esa partida, se habían levantado muy temprano aquella mañana.
El señor Dufour, que le había pedido prestado el coche al lechero, conducía. La carreta, de dos ruedas, estaba muy limpia; tenía un techo sostenido por cuatro montantes de hierro del que colgaban cortinas que habían alzado para ver el paisaje. Sólo la de detrás flotaba al viento, como una bandera. La mujer, al lado de su esposo, estaba radiante con un extraordinario traje de seda cereza. A continuación, en dos sillas, se sentaban una vieja abuela y una jovencita. Se distinguía también la cabellera amarilla de un muchacho que, a falta de asiento, se había tumbado al fondo y del que aparecía sólo la cabeza.
Tras haber seguido la avenida de los Campos Elíseos y cruzado las fortificaciones por la puerta Maillot, se habían puesto a contemplar la comarca.
Al llegar al puente de Neuilly, el señor Dufour había dicho: «Ahí tenéis el campo, ¡por fin! », y su mujer, ante esa señal, se había enternecido con la naturaleza.
En la encrucijada de Courbevoie, les había asaltado la admiración ante la lejanía de los horizontes. A la derecha, allá lejos, estaba Argenteuil, con su elevado campanario; por encima aparecían los cerros de Sannois y el Molino de Orgemont. A la izquierda, el acueducto de Marly se dibujaba sobre el cielo claro de la mañana, y se divisaba también, de lejos, la terraza de Saint-Germain; mientras que enfrente, al final de una cadena de colinas, unas tierras removidas indicaban el nuevo fuerte de Cormeilles. Muy al fondo, con un retroceso formidable, por encima de llanuras y pueblos, se entreveía un oscuro verdor de bosques.
El sol comenzaba a quemar los rostros; el polvo llenaba los ojos de continuo y, a los dos lados de la carretera, se desplegaba una campiña interminablemente desnuda, sucia y hedionda. Hubiérase dicho que una lepra la había devastado, royendo hasta las casas, pues esqueletos de edificios hundidos y abandonados, o bien pequeñas casuchas inacabadas por falta de pago a los contratistas, alzaban sus cuatro paredes sin techo.
De trecho en trecho crecían en el suelo estéril largas chimeneas de fábricas, única vegetación de aquellos campos pútridos por los cuales la brisa de la primavera paseaba un perfume de petróleo y de esquisto mezclado con otro olor aún menos agradable.
Por fin habían cruzado el Sena por segunda vez, y, en el puente, había sido arrobador. El río resplandecía de luz; un vaho se elevaba de él, absorbido por el sol, y se experimentaba una suave quietud, una frescura benéfica al respirar por fin un aire más puro que no había sido barrido por el humo negro de las fábricas o las miasmas de los muladares.
Un hombre que pasaba había dado el nombre de la zona: Bezons.
El coche se detuvo, y el señor Dufour se puso a leer la prometedora muestra de un figón: «Restaurante Poulin, calderetas y pescado frito, reservados particulares,bosquecillos y columpios. ¿Qué, señora Dufour, te conviene? ¿ te decidirás por fin? »
La mujer leyó a su vez: «Restaurante Poulin, calderetas y pescado frito, reservados particulares, bosquecillos y columpios.» Después miró largamente la casa.
Era una posada de campo, blanca, situada al borde de la carretera. Mostraba, por la puerta abierta, el cinc brillante del mostrador ante el cual estaban dos obreros endomingados.
Por fin la señora Dufour se decidió: «Sí, está bien —dijo—, y, además, tiene buenas vistas.» El coche entró en un amplio terreno plantado de grandes árboles que se extendía detrás de la posada y que sólo estaba separado del Sena por el camino de sirga.
Entonces se apearon. El marido saltó primero, luego abrió los brazos para recibir a su mujer. El estribo, sujeto por dos barras de hierro, estaba muy lejos, de forma que, para alcanzarlo, la señora Dufour tuvo que dejar ver la parte inferior de una pierna cuya primitiva finura desaparecía ahora bajo una invasión de grasa que bajaba de los muslos.
El señor Dufour, a quien el campo excitaba ya, le pellizcó vivamente la pantorrilla, y después, cogiéndola por debajo de los brazos, la depositó pesadamente en tierra, como un enorme paquete.
Ella se dio unas palmadas en su traje de seda para desprender el polvo, mientras miró el lugar donde se encontraba.
Era una mujer de unos treinta y seis años, metida en carnes, exuberante y de aspecto agradable. Respiraba con fatiga, sofocada violentamente por la opresión de un corsé demasiado apretado; y la presión de aquel chisme empujaba hacia su papada la masa fluctuante del pecho superabundante.
A continuación la jovencita, posando la mano en el hombro de su padre, saltó con ligereza ella sola. El muchacho de pelo amarillo se había apeado poniendo un pie sobre la rueda, y ayudó al señor Dufour a descargar a la abuela.
Entonces desengancharon el caballo, que fue atado a un árbol, y el coche cayó de narices, con los dos varales en el suelo. Los hombres, habiéndose quitado las levitas, se lavaron las manos en un cubo de agua, y después se reunieron con las señoras instaladas ya en los balancines.
La señorita Dufour trataba de columpiarse de pie, ella sola, sin lograr darse suficiente impulso. Era una guapa chica de dieciocho a veinte años; una de esas mujeres cuyo encuentro por la calle os azota con un súbito deseo, y os deja hasta la noche una vaga inquietud y una agitación de los sentidos. Alta, de talle esbelto y caderas anchas, tenía la piel muy morena, los ojos muy grandes, el pelo muy negro. Su traje dibujaba netamente la firme plenitud de su carne acentuada aún más por los esfuerzos que hacía con los riñones para remontarse. Sus brazos tensos sujetaban las cuerdas por encima de su cabeza, de modo que su pecho se alzaba, sin una sacudida, a cada impulso que daba. Su sombrero, arrastrado por una ráfaga de viento, había caído a sus espaldas; y el balancín se lanzaba poco a poco, mostrando a cada vuelta sus piernas finas hasta la rodilla, y lanzando a la cara de los dos hombres, que la miraban riendo, el aire de sus faldas, más embriagador que los vapores del vino.
Sentada en el otro columpio, la señora Dufour gemía de forma monótona y continua: «Cyprien, ven a empujarme; ¡ven a empujarme de una vez, Cyprien! » Al final él fue y, remangándose la camisa, como antes de emprender un trabajo, puso a su mujer en movimiento con infinita fatiga.
Aferrada a las cuerdas, tenía las piernas estiradas, para no tropezar con el suelo, y disfrutaba al verse aturdida por el vaivén del chisme. Sus formas, sacudidas, tembleteaban continuamente como la gelatina en una bandeja. Pero, a medida que los impulsos crecían, la asaltaron el vértigo y el miedo. A cada bajada, lanzaba un grito agudo que hacía acudir a todos los rapaces del pueblo; y allá, delante de ella, por encima del seto del jardín, distinguía vagamente un surtido de cabezas traviesas que gesticulaban variadamente con las risas.
Al aparecer una camarera, encargaron el almuerzo.
«Fritos del Sena, conejo salteado, ensalada y postre», articuló la señora Dufour, con aire importante. «Traiga dos litros de tinto y una botella de burdeos», dijo su marido. «Almorzaremos en la hierba», agregó la joven.
La abuela, enternecida al ver el gato de la casa, lo perseguía hacia diez minutos prodigándole inútilmente las más dulces denominaciones. El animal, halagado interiormente sin duda por aquella atención, se mantenía siempre muy cerca de la mano de la buena señora, aunque sin dejarse alcanzar, y daba tranquilamente vueltas a los árboles, contra los cuales se frotaba, la cola erguida, con un pequeño ronroneo de placer.
«¡Mirad! —gritó de repente el joven de pelo amarillo que fisgoneaba por el terreno—, ¡hay unos barcos estupendos! » Fueron a ver. Bajo un pequeño cobertizo de madera estaban colgadas dos soberbias yolas de remeros, finas y trabajadas como muebles de lujo. Descansaban una junto a otra, semejantes a dos altas mozas delgadas, con su longitud estrecha y reluciente, y daban ganas de marchar sobre el agua en las hermosas noches apacibles o en las claras mañanas de verano, de rozar los ribazos floridos donde árboles enteros bañan sus ramas en el agua, donde temblequea el eterno escalofrío de las cañas, y de donde alzan el vuelo, como relámpagos azules, rápidos martines pescadores.
Toda la familia, con respeto, las contemplaba. «Oh, sí, son estupendas», repitió gravemente el señor Dufour. Y las detallaba como un experto. Había remado, él también, en sus verdes años, decía; e incluso con aquello en la mano —y hacía ademán de tirar de los remos— le importaba un bledo todo el mundo. Había vapuleado en carreras a más de un inglés, en tiempos, en Joinville; y bromeó con la palabra damas, con que se designan los dos toletes que sujetan los remos, diciendo que los remeros, y con razón, no salían jamás sin sus damas. Se acaloraba al perorar y proponía obstinadamente que apostasen que con una barca como aquélla él haría seis leguas por hora sin apresurarse.
«Está listo», dijo la camarera que apareció en la entrada. Se precipitaron; pero hete aquí que en el mejor sitio, que la señora Dufour había elegido mentalmente para instalarse, estaban almorzando ya dos jóvenes. Eran los propietarios de las yolas, sin duda, pues iban vestidos de remeros.
Se habían estirado en unas sillas, casi acostados. Tenían la cara tostada por el sol y el pecho cubierto solamente por una fina camiseta de algodón blanco que dejaba asomar sus brazos desnudos, robustos como los de un herrero. Eran dos sólidos mozos y presumían mucho de vigor, pero mostraban en todos sus movimientos esa gracia elástica de los miembros que se adquiere con el ejercicio, tan diferente de la deformación que imprime al obrero su penoso esfuerzo, siempre igual.
Intercambiaron rápidamente una sonrisa al ver a la madre, luego una mirada al divisar a la hija. «Dejémosles nuestro sitio —dijo uno—, así entablaremos relación». El otro se levantó al punto y, con su gorra mitad roja y mitad negra en la mano, se ofreció caballerosamente a ceder a las señoras el único lugar del jardín donde no daba el sol. Aceptaron deshaciéndose en disculpas; y, para que la cosa fuera más campestre, la familia se instaló en la hierba sin mesa ni asientos.
Los dos jóvenes se llevaron su cubierto a unos cuantos pasos y reanudaron la comida. Sus brazos desnudos, que mostraban sin cesar, turbaban un poco a la joven. Incluso fingía volver la cabeza y no fijarse en ellos, mientras que la señora Dufour, más atrevida, instigada por una curiosidad femenina que era acaso deseo, los miraba a cada momento, comparándolos sin duda con añoranza con las fealdades secretas de su marido.
Se había derrumbado sobre la hierba, con las piernas dobladas a la manera de los sastres, y se meneaba continuamente, con el pretexto de que las hormigas se le habían metido en alguna parte. El señor Dufour, huraño ante la presencia y la amabilidad de los extraños, buscaba una postura cómoda que por lo demás no encontraba, y el joven de pelo amarillo comía silenciosamente como un ogro.
«Hace un tiempo precioso, caballero», dijo la gruesa señora a uno de los remeros. Quería mostrarse amable a causa del sitio que les habían cedido.
«Sí, señora —respondió—. ¿Vienen ustedes a menudo al campo?
— ¡Oh!, una o dos veces al año solamente, para tomar el aire; ¿y usted, caballero?
—Vengo a dormir todas las noches.
— ¡Ah!, debe de ser muy agradable.
—Sí, desde luego, señora».
Y contó su vida de todos los días, poéticamente, de manera que hizo vibrar el corazón de aquellos burgueses privados de hierba y hambrientos de paseos por el campo con ese bobo amor a la naturaleza que los obsesionaba todo el año detrás del mostrador de su tienda.
La joven, emocionada, alzó los ojos y miró al remero. El señor Dufour habló por primera vez:
«Eso sí que es vida» —dijo. Agregó—: «¿Un poco más de conejo, querida?
—No, gracias, cariño.»
Ella se volvió de nuevo hacia los jóvenes y, señalando sus brazos:
«¿No tienen nunca frío así? » —dijo.
Se echaron a reír los dos, y espantaron a la familia con el relato de sus prodigiosos esfuerzos, de sus baños sudados, de sus carreras entre la niebla de las noches; se golpearon violentamente el pecho para demostrar qué sonido daba.
«¡Oh!, tienen ustedes pinta de fuertes», dijo el marido, que ya no hablaba de la época en que vapuleaba a los ingleses.
La joven los examinaba ahora de lado; y el muchacho de pelo amarillo, atragantándose con la bebida, tosió desesperadamente, rociando el traje de seda cereza de la jefa, que se enfadó y mandó traer agua para lavar las manchas.
Entre tanto la temperatura se volvía terrible. El río relumbrante parecía un foco de calor, y los vapores del vino turbaban las cabezas.
El señor Dufour, sacudido por un hipo violento, se había desabrochado el chaleco y la cintura del pantalón; mientras que su mujer, presa de sofocos, desabotonaba su traje poco a poco. El aprendiz balanceaba con aire alegre sus greñas de lino y se servía trago tras trago. La abuela, sintiéndose achispada, se mantenía muy rígida y muy digna. En cuanto a la joven, no dejaba traslucir nada; sólo sus ojos se encendían vagamente, y su piel muy morena se coloreaba en las mejillas con un tono más rosado.
El café los remató. Hablaron de cantar y cada cual echó su copla, que los otros aplaudieron con frenesí. Después se levantaron con dificultad, y mientras que las dos mujeres, aturdidas, respiraban, los dos hombres, totalmente curdas, hacían gimnasia. Pesados, fofos, y con el rostro escarlata, se colgaban torpemente de las anillas sin lograr levantarse; y sus camisas amenazaban continuamente con evacuar sus pantalones para ondear al viento como estandartes.
Entre tanto los remeros habían echado las yolas al agua y regresaban cortésmente a proponer a las señoras un paseo por el río.
«Señor Dufour, ¿me dejas? ¡Por favor! », gritó su mujer. El la miró con pinta de borracho, sin entender. Entonces se acercó un remero, con dos cañas de pescar en la mano. La esperanza de pescar gobios, ese ideal de los tenderos, encendió los ojos sombríos del hombrecillo, que accedió a todo lo que quisieron, y se instaló a la sombra, bajo el puente, los pies bailando encima del río, junto al joven del pelo amarillo, que se durmió a su lado.
Uno de los remeros se sacrificó; se llevó a la madre.
« ¡En el bosquecillo de la isla de los ingleses! », gritó al alejarse.
La otra yola se puso en marcha más lentamente. El remero miraba tanto a su compañera que no pensaba en otra cosa, y lo había invadido una emoción que paralizaba su vigor.
La joven, sentada en el asiento del timonel, se abandonaba a la dulzura de estar sobre el agua. Se sentía asaltada por una renuncia a pensar, por una quietud de los miembros, por un abandono de sí misma, como presa de una múltiple embriaguez. Se había puesto muy roja, con la respiración entrecortada. El aturdimiento del vino, multiplicado por el calor torrencial que chorreaba en torno a ella, hacía que todos los árboles de la orilla la saludasen a su paso. Una vaga necesidad de disfrute, una fermentación de la sangre recorrían su carne excitada por los ardores de aquel día; y estaba también turbada por aquel mano a mano sobre el agua, en medio de aquella tierra despoblada por el incendio del cielo, con aquel joven que la encontraba hermosa, cuyos ojos le besaban la piel, y cuyo deseo era tan penetrante como el sol.
La impotencia de ambos para hablar aumentaba su emoción, y miraban los alrededores. Entonces, haciendo un esfuerzo, él le preguntó su nombre.
«Henriette —dijo.
— ¡Vaya!, yo me llamo Henri», prosiguió él.
El sonido de sus voces los había calmado; se interesaron por las orillas. La otra yola se había parado y parecía esperarlos. El que la tripulaba gritó:
«Os alcanzaremos en el bosque; vamos hasta Robinson, porque la señora tiene sed.»
Después se inclinó sobre los remos y se alejó tan rápidamente que pronto dejaron de verlo.
Mientras tanto un fragor continuo que se distinguía vagamente desde hacía un tiempo se acercaba muy deprisa. El propio río parecía estremecerse como si el ruido sordo ascendiera de sus profundidades.
« ¿ Qué es eso que se oye? », preguntó ella.
Era el salto de la presa que cortaba el río en dos en la punta de la isla. El se perdía en una explicación cuando, en medio del estruendo de la cascada, un canto de pájaro que parecía muy remoto los sorprendió.
«Vaya —dijo él—, los ruiseñores cantan de día: eso es que las hembras incuban».
¡Un ruiseñor! Ella no lo había oído nunca, y la idea de escuchar uno despertó en su corazón la visión de poéticas ternuras. ¡Un ruiseñor! , es decir, el invisible testigo de las citas de amor al que invocaba Julieta en su balcón; esa música del cielo concertada con los besos de los hombres; ¡ese eterno inspirador de todas las romanzas lánguidas que abren un ideal azul en los pobres corazoncitos de las chiquillas enternecidas!
Iba, pues, a oír un ruiseñor.
«No hagamos ruido —dijo su compañero—, podemos bajar en el bosque y sentarnos muy cerca de él.»
La yola parecía deslizarse. Aparecieron unos árboles en la isla, cuya ribera era tan baja que los ojos se sumergían en lo más tupido de la espesura. Se detuvieron; la barca quedó atada; y, apoyándose Henriette en el brazo de Henri, se adentraron entre las ramas.
«Inclínese» —dijo él.
Se inclinó, y penetraron en un inextricable revoltijo de bejucos, de hojas y de cañas, en un asilo inencontrable que era preciso conocer y al que el joven llamaba riendo «su reservado particular».
Justamente por encima de sus cabezas, posado en uno de los árboles que los resguardaban, el pájaro seguía desgañitándose. Lanzaba trinos y gorgoritos, después desgranaba grandes sonidos vibrantes que llenaban el aire y parecían perderse en el horizonte, desplegándose a lo largo del río y volando sobre las llanuras, a través del silencio de fuego que entorpecía la campiña.
No hablaban por miedo a que escapase. Estaban sentados uno junto al otro y, lentamente, el brazo de Henri rodeó la cintura de Henriette y la estrechó con dulce presión. Ella, sin cólera, cogió aquella mano audaz y la alejaba sin cesar a medida que él la acercaba, sin experimentar, por otra parte, el menor embarazo con aquella caricia, como si hubiera sido una cosa natural que rechazaba con igual naturalidad.
Escuchaba al pájaro, perdida en un éxtasis. Sentía deseos infinitos de felicidad, bruscas ternuras que la atravesaban, revelaciones de poesías sobrehumanas, y tal aplanamiento de los nervios y del corazón que lloraba sin saber por qué. El joven la estrechaba contra sí ahora; no lo rechazaba ya, sin pensar en ello.
El ruiseñor calló de pronto. Una voz lejana gritó:
« ¡Henriette!
—No conteste —dijo él muy bajo—, haría volar al pájaro.»
Tampoco ella pensaba en responder.
Se quedaron así algún tiempo. La señora Dufóur se había sentado en alguna parte, pues se oían vagamente, de vez en cuando, los grititos de la gruesa señora que bromeaba sin duda con el otro remero.
La jovencita seguía llorando, embargada por sensaciones muy dulces, la piel cálida y pinchada en todas partes por desconocidos cosquilleos. La cabeza de Henri estaba sobre su hombro; y, bruscamente, la besó en los labios. Ella tuvo una rebelión furiosa y, para evitarlo, se dejó caer de espaldas. Pero él se arrojó sobre ella, cubriéndola con todo su cuerpo. Persiguió un buen rato aquella boca que le huía, y después, al alcanzarla, pegó a ella la suya. Entonces, enloquecida por un deseo formidable, ella le devolvió el beso, estrechándolo sobre su pecho, y toda su resistencia cedió como aplastada por una carga demasiado pesada.
Todo estaba en calma en las cercanías. El pájaro volvió a cantar. Lanzó primero tres notas penetrantes que parecían una llamada de amor, después, tras un silencio de un instante, inició con voz debilitada unas lentísimas modulaciones.
Se deslizó una brisa suave, levantando un murmullo de hojas, y entre la profundidad de las ramas pasaban dos suspiros ardientes que se mezclaban con el canto del ruiseñor y con el leve hálito del bosque.
Una embriaguez invadía al pájaro, y su voz, acelerándose poco a poco como un incendio que prende o una pasión que crece, parecía acompañar bajo el árbol un restallido de besos. Después el delirio de su gaznate se desencadenó enloquecido. Tenía desmayos prolongados en un trino, grandes espasmos melodiosos.
A veces descansaba un poco, emitiendo solamente dos o tres sonidos ligeros que terminaban de pronto con una nota sobreaguda. O bien comenzaba una loca carrera, con brotes de gamas, estremecimientos, sacudidas, como un furioso canto de amor, seguido por gritos de triunfo.
Pero se calló, al escuchar bajo él un gemido tan profundo que se le hubiera tomado por el adiós de un alma. El ruido se prolongó algún tiempo y se remató con un sollozo.
Estaban muy pálidos, los dos, al abandonar su lecho de verdor. El cielo azul les parecía oscurecido; el ardiente sol estaba apagado a sus ojos; percibían la soledad y el silencio. Caminaban rápidamente uno al lado del otro, sin hablarse, sin tocarse, pues parecían haberse convertido en enemigos irreconciliables, como si una repugnancia se hubiera alzado entre sus cuerpos, un odio entre sus ánimos.
De vez en cuando, Henriette gritaba:
«¡Mamá!»
Se produjo un ajetreo bajo un zarzal. Henri creyó ver una enagua blanca que se bajaba con rapidez sobre una gruesa pantorrilla; y apareció la enorme señora, un poco confusa y más roja aún, los ojos muy brillantes y el pecho tumultuoso, demasiado cerca quizás de su vecino. Este debía de haber visto cosas muy divertidas, pues su rostro estaba surcado por risas súbitas que lo cruzaban a pesar suyo.
La señora Dufour se cogió de su brazo con aire tierno, y volvieron a las barcas. Henri, que caminaba delante, siempre mudo al lado de la jovencita, creyó distinguir de repente una especie de gran beso ahogado.
Por fin regresaron a Bezons.
El señor Dufour, pasada la borrachera, se impacientaba. El joven de pelo amarillo tomaba un bocado antes de dejar la posada. El coche estaba enganchado en el patio, y la abuela, montada ya, se desolaba porque tenía miedo de que la cogiera la noche en la llanura, pues los alrededores de París no eran seguros.
Se dieron apretones de manos, y la familia Dufour se marchó.
«Hasta la vista» —gritaban los remeros.
Un suspiro y una lágrima les respondieron.
Dos meses después, al pasar por la calle de los Mártires, Henri leyó sobre una puerta: Dufour, ferretero.
Entró.
La gruesa señora abultaba aún más tras el mostrador. Se reconocieron al punto y, después de mil cumplidos, él pidió noticias.
«¿Qué tal la señorita Henriette?
—Muy bien, gracias, se ha casado.
La emoción le oprimió; agregó:
«Y... ¿con quién?
—Pues con el joven que nos acompañaba, ya sabe usted; él se hará cargo del negocio.
— ¡Oh! , claro.»
Se marchaba muy triste, sin saber demasiado bien por qué. La señora Dufour lo llamó:
« ¿Y su amigo? —dijo tímidamente.
—Pues le va bien.
—Déle recuerdos nuestros, ¿eh?; y cuando venga, dígale que pase a vernos...— se ruborizó mucho, y después agregó—: Me dará mucho gusto; dígaselo.
—No dejaré de hacerlo. ¡Adiós!
—No..., ¡hasta pronto! »

Al año siguiente, un domingo que hacía mucho calor, todos los detalles de esta aventura, que Henri no había olvidado nunca, regresaron a él súbitamente, tan claros y deseables, que volvió solo a su cuarto del bosque.
Quedó estupefacto al entrar. Ella estaba allí, sentada en la hierba, con aire triste, mientras que a su lado, en mangas de camisa, su marido, el joven de pelo amarillo, dormía a conciencia, como un bruto.
Se puso tan pálida al ver a Henri que éste creyó que iba a desmayarse. Después empezaron a charlar con toda naturalidad, como si nada hubiese ocurrido entre ellos.
Pero cuando él le contaba que le gustaba mucho aquel paraje y que iba a menudo a descansar allí los domingos, evocando muchos recuerdos, ella lo miró largamente a los ojos.
«Yo pienso en eso todas las noches —dijo.
—Vamos, querida —replicó bostezando su marido—, creo que ya es hora de marcharnos».

viernes, 9 de mayo de 2008

A LAS AGUAS -- GUY DE MAUPASSANT

A LAS AGUAS
GUY DE MAUPASSANT




DIARIO DEL MARQUÉS DE ROSEVEYRE



12 DE JUNIO 1880.— ¡A Loëche! ¡Quieren que vaya a pasar un mes a Loëche! ¡Misericordia!¡ Un mes en esta ciudad que dicen ser la más triste, la más muerta, la más aburrida de las villas! ¡Qué digo, una ciudad! ¡Es un agujero, no una ciudad!
¡Me condenan a un mes de baño..., en fin!

13 DE JUNIO.— He pensado toda la noche en este viaje que me espanta ¡Solo me queda una cosa por hacer, voy a llevar una mujer! ¿Podrá distraerme esto, tal vez? Y además yo aprenderé, con esta prueba, si estoy maduro para el matrimonio.
Un mes a solas, un mes de vida en común con alguien, de una vida en pareja completa, de conversación a todas las hora del día y de la noche.¡Diablos!
Estar con una mujer durante un mes, es verdad, no es tan grave como tenerla de por vida; pero es de por sí mucho más serio que estar con ella por una noche. Sé que podré devolverla, con algunos cientos de luises; ¡pero entonces permaneceré solo en Loëche, lo que no es nada divertido!
La elección será difícil. No quiero ni una coqueta ni una espabilada. Es necesario que no me sienta ni ridículo ni orgulloso de ella. Quiero que se diga: “El marqués de Roseveyre está de buena suerte”; pero no quiero que se cuchichee: “
Ese pobre marqués de Roseveyre!”. En suma, tengo que exigir a mi pasajera compañera todas las cualidades que exigiría a mi compañera definitiva. La única diferencia que se puede establecer es aquella que existe entre el objeto nuevo y el objeto de ocasión.¡Bah!, ¡se puede encontrar, voy a pensar en ello!

14 DE JUNIO.—¡Berthe!...He aquí mi acompañante. Veinte años, guapa, recién salida del Conservatorio, esperando un papel, futura estrella. Buenos modales, altivez, carácter y...amor. Objeto de ocasión pudiendo pasar por nuevo.

15 DE JUNIO.— Está libre. Sin compromiso de negocios o de corazón, ella acepta, yo mismo he encargado sus vestidos, para que no tenga aspecto de jovencita.

20 DE JUNIO.— Basilea. Duerme. Voy a comenzar mis notas de viaje.
De hecho, ella es encantadora. Cuando llegó a la estación delante de mi, no la reconocía, hasta tal punto tenía aspecto de mujer de mundo. Verdaderamente tiene porvenir esta niña....en el teatro.
Me pareció cambiada en sus modales, en su andar, en su actitud y sus gestos, en la forma de sonreír, en la voz, en todo, irreprochable, en fin.¡Y peinada!¡oh! Peinada de una forma divina, de una manera encantadora y sencilla, en una mujer que ya no tiene que atraer las miradas, que ya no tiene que agradar a todos, cuyo papel ya no es seducir, a primera vista, a los que la vean, sino que quiere gustar a uno solo, discretamente, y únicamente. Y esto se dejaba ver en todo su aspecto.
Se mostraba tan finamente y tan completamente, la metamorfosis me pareció tan absoluta y hábil, que le ofrecí mi brazo como hubiera hecho con mi mujer. Ella lo tomó con soltura como si se tratara de mi mujer.
Frente a frente en el portalón permanecimos en un primer momento inmóviles y mudos. Después ella levantó su velo y sonrió...Nada más. Un sonreír de buen tono.¡Oh! Me daba miedo besarla, la comedia de la ternura, el eterno y banal juego de las jóvenes. Pero no, ella se contuvo. Es fuerte.
Más tarde hemos charlado un poco como dos jóvenes esposos, un poco como dos extraños. Era amable. Muchas veces sonreía mirándome. Era yo ahora quien tenía ganas de abrazarla. Pero permanecí tranquilo.
En la frontera, un funcionario abrió bruscamente la puerta y me preguntó:
—¿Su nombre, señor?
Me sorprendió. Respondí:
—Marqués de Roseveyre.
—¿A dónde se dirige usted?
—A las termas de Loëche, en le Valais.
Escribió en un registro. Respondió:
—¿La señora es su mujer?
¿Qué hacer? ¿Qué responder? Levanté los ojos hacia ella dudando. Ella estaba pálida y miraba a lo lejos...
Sentí que iba a ofenderla muy gratuitamente. Y además, en fin, sería mi compañía durante un mes.
Dije:
—Sí, señor.
De repente la vi enrojecer. Me sentí feliz.
Pero en el hotel, llegando aquí, la propietaria le tendió el registro. Ella me lo pasó muy rápidamente; me di cuenta de que ella me estaba mirando mientras escribía. ¡Era nuestra primera noche de intimidad!...¿Una vez pasada la página, quien leería este registro? Yo escribí: “Marqués y marquesa de Roseveyre, dirigiéndose a Loëche.”

21 DE JUNIO.— Seis de la mañana. Bâle. Salimos para Berne. Decididamente tengo buena mano.

21 DE JNIO.— Diez de la noche. Jornada singular. Estoy un poco emocionado. Esto es tonto y divertido.
Durante el trayecto, hemos podido hablar un poco. Se había levantado un poco temprano; estaba cansada; dormitaba.
Tan pronto estuvimos en Berne, quisimos contemplar ese panorama de los Alpes que yo no conocía en absoluto; y he aquí que salimos por la ciudad, como dos recién casados.
Y de repente percibimos una llanura desmesurada, y allá abajo, allá abajo, los glaciares. De lejos, así, no parecían inmensos, y sin embargo aquella vista me produjo un escalofrío en las venas. Un resplandeciente sol poniente caía sobre nosotros; el calor era terrible. Fríos y blancos permanecían ellos, los montes helados. El Jungfrau, el Vierge, dominando a sus hermanos, extendía su ancha falda de nieve, y todos, hasta perderse de vista, se alzaban a su alrededor, los gigantes de cabeza blanca, las eternas cimas heladas que el agonizante día hacía más claras, como plateadas, sobre el azul oscuro de la noche.Su infinidad inerte y colosal daba la sensación de comienzo de un mundo sorprendente y nuevo, de una región escarpada, muerta, petrificada pero atrayente como el mar, llena de un poder de seducción misteriosa. El aire que había acariciado sus cimas siempre heladas parecía venir hacia nosotros por encima de los campos estrechos y floridos, muy diferente al aire fecundante de las llanuras. Tenía algo de desapacible y de poderoso, de estéril, como un aroma de espacios inaccesibles.
Berthe, ensimismada, observaba sin cesar, sin poder pronunciar ni una palabra.
De repente me cogió la mano y la apretó. Yo mismo sentía en el alma esa especie de fiebre, esa exaltación que nos
sobrecoge delante de ciertos espectáculos inesperados. Agarré esa pequeña mano temblorosa y la llevé a mis labios; y la besé, a fe mía, con amor.
Permanecí un poco turbado.¿Pero por quien? ¿Por ella o por los glaciares?

24 DE JUNIO.—Loëche, diez de la noche.
Todo el viaje ha sido delicioso. Hemos pasado medio día en Thun, contemplando la ruda frontera de montañas que debíamos franquear al día siguiente.
Al amanecer, atravesamos el lago, el más hermoso de Suiza tal vez. Unas mulas nos esperaban. Nos sentamos sobre sus lomos y partimos. Después de haber desayunado en un pueblecito, comenzamos a escalar, entrando lentamente en la garganta que
sube poblada de árboles, siempre dominada por las altas cumbres. De territorio en sitio, sobre las pendientes que parecen venir del cielo; se distinguen puntos blancos, chalets construidos allí no se sabe cómo. Atravesamos torrentes,percibimos, a veces, entre dos puntiagudas cimas y cubiertas de abetos, una inmensa pirámide de nieve que parecía tan próxima que hubiéramos jurado alcanzarla en diez minutos, pero que apenas habríamos llegado en veinticuatro horas.
A veces atravesábamos caos de piedras, estrechas llanuras tapizadas de rocas desprendidas como si dos montañas se hubieran enfrentado en esta contienda, dejando sobre el campo de batalla los restos de sus miembros de granito.
Berthe, extenuada, dormía sobre su animal, abriendo de vez en cuando los ojos para ver de nuevo. Acabó por adormecerse, y yo la sujetaba por una mano, feliz de su contacto, de sentir a través de su vestido el suave calor de su cuerpo. Llegó la
noche, todavía subíamos. Nos paramos delante de la puerta de un pequeño albergue perdido en la montaña.
¡Dormimos!¡Oh!¡Dormimos!
Al amanecer, corrí a la ventana, y prorrumpí en un grito. Berthe llegó a mi lado y se quedó estupefacta y embelesada.
Habíamos dormido en la nieve.
Todo a nuestro alrededor, montes enormes y estériles cuyos huesos grises sobresalían bajo su abrigo blanco, montes sin pinos, sombríos y helados, se elevaban tan alto que parecían inaccesibles.
Una hora después de estar en ruta de nuevo, percibimos, al fondo de este embudo de granito y de nieve, un lago negro, sombrío, sin una onda, que durante largo tiempo habíamos seguido. Un guía nos trajo algunos edelweiss, las flores blancas de los glaciares. Berthe hizo un ramillete para su blusa.
De repente, la garganta de peñascos se abrió delante de nosotros, descubriendo un horizonte sorprendente: toda la cadena de los Alpes piamonteses más allá del valle del Ródano. Las enormes cumbres, de lugar en lugar, dominaban la multitud de cimas menores. Eran el monte Rose, arduo y macizo; el Cervin, recta pirámide donde muchos hombres han muerto, el Dent-du-Midi; otros cientos de puntos blancos, relucientes como cabezas de diamantes, bajo el sol.
Pero bruscamente el sendero que seguíamos se detuvo al borde de un precipicio, y en el abismo, en el fondo del agujero negro de dos mil metros, encerrado entre cuatro muros de rectos peñascos, sombríos, salvajes, sobre una capa de hierba, percibimos algunos puntos blancos con bastante parecido a corderos en un prado. Eran las casas de Loëche.
Fue necesario dejar las mulas, siendo el camino tan peligroso. El sendero desciende a lo largo de la roca, serpentea, gira, va, vuelve, sin jamás perder de vista el precipicio, y siempre también el pueblo que crece a medida que nos acercamos. Es a lo que se le llama el pasaje de la Gemmi, uno de los más bellos de los Alpes, sino el más bello.
Berthe, apoyándose en mi, prorrumpía gritos de alegría y gritos de pavor, feliz y temerosa como un niño. Como estábamos a algunos pasos de los guías y ocultos por un voladizo de la roca, me abrazó. Yo la abracé...
Yo me había dicho:
—En Loëche, pondré cuidado en hacer entender que no estoy con mi mujer.
Pero por todos lados yo la había tratado como tal, en todas partes la había hecho pasar por la marquesa de Roseveyre. No podía ahora inscribirla bajo otro nombre. Y además la habría herido en el corazón, y verdaderamente era encantadora.
Pero le dije:
—Querida amiga, llevas mi apellido, la gente me cree tu marido; espero que te comportes con todo el mundo con una extrema prudencia y una extrema discreción. Nada de conocidos, de charlas, de relaciones. Que te crean noble, peor actúa de forma que nunca tenga que reprocharme lo que he hecho.
Ella respondió:
—No tenga miedo, mi pequeño René.

26 DE JUNIO.— Loëche no es triste. No. Es salvaje, pero muy hermosa. Este muro de rocas altas de dos mil metros, de donde se deslizan cientos de torrentes semejantes a hilillos de plata; este ruido eterno del agua que discurre; este pueblo sepultado en los Alpes desde donde se ve, como desde el fondo de un pozo, el solo lejano atravesar el cielo; el glaciar vecino, muy blanco en la escotadura de la montaña, y ese pequeño valle lleno de arroyos, lleno de árboles, pleno de frescura y de vida, que desciende hacia el Ródano y deja ver en el horizontes las cimas nevadas del Piémont: todo esto me seduce y me encandila. Tal vez si...si Berthe no estuviera aquí?...
Es perfecta, esta niña, reservada y distinguida mas que nadie. Yo escucho decir:
—¡Qué hermosa es, esta marquesita!...

27 DE JUNIO.— Primer baño. Descendemos directamente de la habitación a las piscinas, donde veinte bañistas tiemblan, ya vestidos con largos vestidos de lana, juntos hombres y mujeres. Unos comen, otros leen, otros charlan. Mueven delante de si pequeñas tablas flotantes. A veces juegan al anillo, lo que no siempre es decoroso. Vistos a través de las galerías que rodean el baño, tenemos aspecto de gruesos sapos en una tinaja.
Berthe ha venido a sentarse a esta galería para charlar un poco conmigo. La han mirado mucho.

28 DE JUNIO.— Segundo baño. Cuatro horas de agua. Las tomaré de ocho en ocho horas. Tengo por compañeros bañistas el príncipe de Vanoris (Italia), el conde Lovenberg (Austria), el barón Samuel Vernhe (Hungría u otra parte), además
una quincena de personajes de menor importancia, pero todos nobles. Todo el mundo es noble en las villas termales.
Ellos me piden, uno tras otro, ser presentados a Berthe. Yo respondo: “¡Si!” y me retiro. Me creen celoso, ¡qué tontería!

29 DE JUNIO.— ¡Diablos! ¡diablos! La princesa de Vanoris ha venido ella misma en persona a buscarme, deseando conocer a 3
mi mujer, en el momento en que entrábamos en el hotel. Yo le presenté a Berthe, pero le he rogado con delicadeza que evitara encontrarse con esta dama.

2 DE JULIO.— El príncipe nos ha agarrado del cuello para llevarnos a su apartamento, donde los bañistas insignes tomaban el té. Berthe era, sin duda alguna, mejor que todas las damas; ¿pero qué hacer?

3 DE JULIO.— ¡A fe mía, qué le vamos a hacer! Entre estos treinta hidalgos, ¿no se encuentran al menos diez de fantasía?
¿Entre estas dieciséis o diecisiete mujeres, están más de doce seriamente casadas, y de estas doce, más de seis irreprochables? ¡Tanto peor para ellas, tanto peor para ellos!¡Ellos lo han querido!

10 DE JULIO.— BERTHE es la reina de Loëche! ¡Todo el mundo está loco por ella; la celebran, la miman, la adoran! Por otra parte, ella es soberbia en gracia y distinción. Me envidian.
La princesa de Vanoris me ha preguntado:
—¡Ah! Marques, ¿dónde ha encontrado este tesoro?
Yo tenía deseos de responder:
—¡Primer premio del Conservatorio, curso de comedia, contratada en el Odeón, libre a partir del 5 de agosto de 1880!
¡Qué cara hubiera puesto, Dios mío!

20 DE JULIO.— Berthe es realmente sorprendente. Ni una falta de tacto, ni una falta de gusto; ¡una maravilla!

10 DE AGOSTO.— Paris. Se acabó. Tengo el corazón hecho polvo. La víspera de la partida creí que todo el mundo iba a llorar.
Decidimos ir a ver amanecer sobre el Torrenthon, luego de volver a descender a la hora de nuestra partida.
Nos pusimos en marcha hacia media noche, sobre unas mulas. Los guías portaban faroles: y la larga caravana se extendía
por el camino sinuoso del bosque de pinos. Luego atravesamos los pastos donde rebaños de vacas erraban en libertad.
Después alcanzamos la región de las rocas, donde la misma hierba desaparecía.
A veces, en la sombra, se distinguía, sea a derecha, sea a izquierda, una masa blanca, un amontonamiento de nieve en un agujero de la montaña.
El frío llegaba a ser mordiente, pinchaba los ojos y la piel. El viento desecante de las cimas soplaba, quemando las
gargantas, aportando los hálitos helados de cien lugares de picos congelados.
Cuando llegamos a nuestro destino era ya de noche. Desembalamos todas las provisiones para beber el champán al amanecer.El cielo palidecía sobre nuestras cabezas. Vimos de pronto un obstáculo a nuestros pies; luego, a unos cientos de metros, otra cima.
El horizonte entero parecía lívido, sin que se distinguiera nada todavía a lo lejos.
Pronto descubrimos, a la izquierda, una enorme cima, el Jungfrau, después otra, después otra. Aparecían poco a poco como
si fueran levantándose a lo largo del nacimiento del día. Y nosotros quedábamos estupefactos de encontrarnos así en el
medio de estos colosos, en este país desolado de nieves eternas. De repente, en frente, se nos mostró la desmesurada
cadena del Piémont. Otras cumbres aparecieron al norte. Realmente era el inmenso país de los grandes montes de frentes
helados, desde el Rhindenhorn, pesado como su nombre, hasta el fantasma a penas visible del patriarca de los Alpes, el Mont Blanc.
Unos eran orgullosos y rectos, otros acuclillados, otros deformes, pero todos homogéneamente blancos, como si algún Dios
hubiera arrojado sobre la jorobada tierra un sábana inmaculada.
Unos parecían tan cerca que habríamos podido saltar sobre ellos.; otros estaban tan lejos que apenas les distinguíamos.
El cielo se volvió rojo; y todos enrojecieron. Las nubes parecían sangrar sobre ellos. Era maravilloso, casi pavoroso.
Pero pronto la nube encendida palideció, y toda la armada de cumbres insensiblemente se volvió rosa, de un rosa suave y
tierno como los vestidos de una jovencita.
Y el sol apareció por encima de la capa de nieves. Entonces, de repente, el pueblo entero de los glaciares se hizo blanco,
de un blanco brillante, como si el horizonte estuviera lleno de una multitud de cúpulas de plata.
Las mujeres, extasiadas, miraban.
Se estremecieron; un tapón de champán acababa de saltar; Y el príncipe de Vanoris, ofreciendo un vaso a Berthe, gritó:
—¡Bebo por la marquesa de Roseveyre!
Todos clamaron: “ ¡Yo bebo por la marquesa de Roseveyre!”
Ella montó encima de su mula y respondió:
—¡Yo bebo por todos mis amigos!
Tres horas más tarde, cogimos el tren para Ginebra, en el valle del Ródano.
Tan pronto estuvimos a solas Berthe, tan feliz y contenta hace un rato, se puso a sollozar, el rostro entre sus manos.
Yo me lancé a sus rodillas:
—¿Qué tienes? ¿Qué tienes? Dime, ¿qué tienes?
Ella balbuceó entre sus lágrimas:
—¡Es... es..es pues que se ha acabado ser una mujer honesta!
¡Verdaderamente, en ese momento estuve a punto de cometer una tontería, una gran tontería...!
No la hice.
Dejé a Berthe entrando en Paris. Tal vez más tarde habría sido demasiado débil.

(El diario del marqués de Roseveyre no ofrece ningún interés durante los dos años siguientes. En la fecha 20 de julio de 1883 encontramos las líneas siguientes).

20 DE JULIO DE 1883.— Florencia. Triste recuerdo dentro de poco. Me paseaba por los Cassines cuando una mujer hizo parar su coche y me llamó. Era la princesa de Vanoris. Tan pronto me tuvo al alcance de la voz:
—¡Oh!, marqués, mi querido marqués, ¡qué contenta estoy de reencontrarle! Rápido, rápido, deme noticias de la marquesa;
es realmente la mujer más encantadora que he visto en toda mi vida!.
Me quedé sorprendido, no sabiendo qué decir y golpeado en el corazón de una forma violenta. Balbuceé:
—No me hable nunca de ella, princesa, hace tres años que la he perdido.
Ella me cogió la mano.
—¡Oh! ¡Cómo lo siento, amigo mío!
Se fue. Me sentí triste, descontento, pensando en Berthe, como si acabáramos de separarnos.
¡El Destino muy a menudo se equivoca!
Cuántas mujeres honestas habían nacido para ser mujerzuelas, y lo demuestran.
¡Pobre Berthe! Cuántas otras habían nacido para ser mujeres honestas...y ésta...más que las demás...tal vez....En fin, no pensemos más.
ENLACES:

viernes, 11 de abril de 2008

LA CASA TELLIER -- GUY DE MAUPASSANT

este relato, sirve para poner una sonrisa en la cara de quien lo lea, ademas, para quien no lo conozca, este es el primero que escribio, y a partir de aqui, se convirtio, y sigue convirtiendose en el autoe fetiche de miles y miles de personas, hay gente que ha hecho mas dinero haciendo biografias o historias de maupassant, que de sus escritos, solo el nombre vendia, para quien no lo conozca, cuidado,... este relato puede tener la culpa...


LA CASA TELLIER
Por Guy de Maupassant

I
Se iba allá, cada noche, alrededor de las once, como se va a un café, simplemente.
Se encontraban seis a ocho, siempre los mismos, no eran juerguistas sino hombres honorables, comerciantes, jóvenes
funcionarios de gobierno; tomaban su chartreuse alegremente con alguna de las muchachas, o bien charlaban seriamente con Madame", a quién todos respetaban.
Luego se recogían a dormir antes de la media noche. Los jóvenes algunas veces se quedaban.
La casa era de familia, pequeñita, pintada de amarillo, en la esquina de una calle detrás de la iglesia de Saint-Etienne;
por las ventanas, se veía la bahía llena de barcos que descargaban, el gran pantano salado llamado "La traba", detrás, el costado de la Virgen con su vieja capilla completamente gris.
Madame, provenía de una buena familia de campesinos del departamento del Eure, había aceptado esta profesión igualmente como hubiera sido modista o sirvienta. El prejuicio de deshonra asociado a la prostitución, tan violento y tan vivo en
las ciudades, no existe en la campiña Normanda. El campesino dice: - Es una buena profesión - y enviarían a sus hijos a
mantener un harem de mujeres como los enviarían a dirigir un internado de señoritas.
Esta casa, por lo demás, provenía de herencia de un viejo tío de la cuál era propietario. Monsieur y Madame,
anteriormente proxenetas cerca de Yvetot, lo habían inmediatamente liquidado pensando que el negocio de Fécamp era más
ventajoso para ellos; habían llegado una bonita mañana a tomar la dirección de la empresa que colapsaba en ausencia de sus dueños.
Eran buena gente, que se hicieron querer inmediatamente por su personal y sus vecinos.
El señor Tellier murió de un ataque dos años más tarde. Su nueva profesión lo mantenían entre la molicie y el sedentarismo, engordando demasiado, dañó su salud.
Madame, después de enviudar, era deseada, sin éxito, por los parroquianos del establecimiento; se la reconocía como una
persona absolutamente prudente, y las propias asiladas no habían llegado a descubrir nada.
Era alta, entrada en carnes, bien parecida. Su tez, pálida por la oscuridad de ese albergue siempre cerrado, brillaba
como bajo un barniz grasiento. Un delgado adorno de rulos, falsos y enroscados, rodeaban su frente y le daban un aspecto
juvenil, que contrastaba con la madurez de su figura. Siempre alegre y su cara animada, atraía fácilmente, con un matiz
de moderación que sus nuevas ocupaciones no habían podido aún hacerla perder. Las palabras soeces le chocaban siempre un poco; y cuando un muchacho mal educado se refería por su nombre propio del establecimiento que ella dirigía, se enojaba,
sublevada. En fin, tenía un alma delicada, y, aunque que trataba a sus mujeres como amigas, repetía a menudo que ellas " no eran harina de un mismo costal".
Algunas veces durante la semana, partía en coche de arriendo con una fracción de su tropa; y se iban a retozar en la
hierba en la orilla del riachuelo que corre en los extramuros de Valmont. Eran entonces un grupo de señoritas internas
fugadas, con carreras locas, con juegos infantiles, toda una alegría de reclusas intoxicadas por el aire libre. Se comía
la merienda sobre el césped bebiendo cidra, se volvía a la caída de la noche con un cansancio delicioso, una dulce
emoción; y en el coche besaban a Madame como a una muy buena madre llena de indulgencia y complacencia.
La casa tenía dos entradas. En la esquina, una suerte de café de mala fama se abría en la noche a la gente del pueblo y
los marineros. Dos de las personas encargadas del especial comercio del lugar eran exclusivamente destinadas a las
necesidades de esta parte de la clientela. Servían con la ayuda de un camarero llamado Frédéric, un rubiecito imberbe y
fuerte como un buey, las botellas de vino y los jarros de cerveza sobre las mesas de mármoles inestables, y, con los
brazos lanzados al cuello de los bebedores, sentadas a través de sus piernas, fomentaban el consumo.
Las otras tres damas (eran solo cinco) formaban una suerte de aristocracia, y permanecían reservadas a la clientela del
primer piso, a menos que fueran requeridas abajo y que el primero estuviese vacío.
El salón Júpiter, donde se reunían los burgueses del lugar, estaba tapizado de papel azul y ornamentado de un gran dibujo
representando a Leda extendida bajo un cisne. Se llegaba a este lugar por medio de una escalera de caracol terminando en
una puerta estrecha, humilde de apariencia, dando a la calle, y sobre ella brillaba toda la noche, detrás de una celosía,
un pequeño farol como aquellos que alumbran aún en ciertas ciudades a los pies de vírgenes empotradas en los muros.
El edificio, húmedo y viejo, olía ligeramente a moho. Por momentos, un aroma de agua de colonia pasaba por los pasillos,
o bien una puerta entreabierta en el piso bajo hacía escuchar en toda la casa, como una explosión de trueno, los gritos
populacheros de los hombres del piso bajo, y ponían en la cara de los señores del primero una mueca inquieta y de disgusto.
Madame, amable con sus clientes, sus amigos, no se movía del salón, y se interesaba de las murmuraciones de la ciudad que les atañía. Su conversación seria, contrastaba con los temas sin sentido de las tres mujeres; ella era como un descanso
de los chistes pícaros, de los peculiares panzones, que se decían cada noche en esta orgía decente y mediocre de beber un vaso de licor en compañía de mujeres públicas.
Las tres damas del primero se llamaban Fernanda, Rafaela y Rosa la Jaca.
Como el personal era poco, habían tratado que cada una de ellas fuera como una muestra, un compendio de tipo femenino, a
fin de que todo consumidor pudiera encontrar allí, un poco más o menos, la realización de su ideal.
Fernanda representaba la bella rubia, muy gorda, casi obesa, fofa, hija del campo cuyas pecas se rehúsan a desaparecer, y
cuyo pelo ondea, corto, claro y sin color, parecido a un cáñamo peinado, le cubría insuficientemente el cráneo.
Rafaela, una Marsellesa, puta de puertos, jugaba el rol indispensable de la bella Judía, delgada, con los pómulos
salientes enlucidos de maquillaje rojo. Sus cabellos negros, brillantes como el espinazo de un buey, formaban unos
ganchos sobre sus sienes. Sus ojos hubiesen sido bellos si el derecho no hubiese estado marcado por una nube. Su nariz
arqueada caía sobre una mandíbula prominente donde dos dientes nuevos, en alto, desentonaban al lado de aquellos, abajo,
que habían tomado al envejecer un tinte oscuro como las maderas viejas.
Rosa la Jaca, una pequeña bola de carne toda en el vientre con dos piernas minúsculas, cantaba de la mañana a la noche,
con una voz cascada, unos versos alternativamente obscenos o sentimentales, contaba unas historias interminables y
triviales, no cesaba de hablar callando solo para comer y de comer solo para hablar, siempre agitada, ágil como una
ardilla a pesar de su gordura y la exigüidad de sus patas; y su risa, una cascada de gritos agudos, estallaban sin cesar,
aquí, allá, en el dormitorio, en la despensa, en el café, por todos lados, sin ningún motivo.
Las dos mujeres de abajo, Luisa apodada Cocote, y Flora, la columpio porque cojeaba un poco, la una siempre vestida como
La libertad con una cinta tricolor, la otra como fantasía Española con unos cequíes de cobre que danzaban en su pelo
zanahoria con cada uno de sus pasos desnivelados, tenían el aire de cocineras vestidas para un carnaval. Parecidas a
todas las mujeres del pueblo, ni más feas ni más bonitas, verdaderas sirvientes de posada, se les apodaba en el puerto bajo el sobrenombre de las dos bombas.
Una paz celosa, pero raramente perturbada, reinaba entre estas cinco mujeres, gracias a la sabiduría de conciliación de Madame y a su inextinguible buen humor.
El establecimiento, único en la pequeña ciudad, era frecuentado asiduamente. Madame había dado al lugar una dignidad como si la tuviera; se mostraba tan amable, tan atenta hacia todo el mundo; su buen corazón era tan conocido, que una suerte
de consideración la rodeaba. Los clientes la invitaban por cuenta de ellos, exultados cuando ella les expresaba una
amistad más marcada; y cuando se encontraban durante el día por sus quehaceres, se decían: - Esta noche, donde tú sabes, como diciendo: En el café, ¿no es cierto? después de comida.
En fin La casa Tellier era una costumbre, y raramente alguno se perdía la cita cotidiana.
Sin embargo, una noche, hacia fines del mes de Mayo, el primero en llegar, el Señor Poulin, comerciante de maderas y
ex-alcalde, encontró la puerta cerrada. El farolito, detrás de su reja, no estaba encendido; ningún ruido salía del
hospedaje, que parecía muerto. Golpeó suavemente la puerta, luego con más fuerza; nadie respondió. Caminó por la calle
lentamente y cuando llegó a la plaza del mercado se encontró con el señor Duvert, el armador, que se dirigía en la misma
dirección. Regresaron juntos sin mayor éxito. Pero una gran batahola se escuchó repentinamente detrás de ellos, y a la
vuelta de la casa, vieron un grupo de marineros Ingleses y Franceses que aporreaban a golpes de puño las persianas del café.
Los dos burgueses se fueron inmediatamente para no verse comprometidos, pero un apagado "pss´t" los contuvo: era el señor Tournevau, el salador de pescado, que habiéndoles reconocido, los llamó. Le dijeron la novedad, no había nadie más
afectado que él, casado, padre de familia y muy dominado, no venía mas que los sábados, "securitatis causa", decía,
haciendo referencia a una medida de control sanitario, que el doctor Borde, su amigo, le había revelado se efectuaba
periódicamente. Era precisamente su noche y de esta manera estaría contenido por toda la semana.
Los tres hombres hicieron un gran rodeo hasta el muelle, encontrando en el camino al joven señor Philippe, hijo de un
banquero, un parroquiano, y el señor Pimpesse, el recaudador de impuestos. Todos juntos regresaron por la calle "de los
Judíos" para hacer una última tentativa. Pero los marineros enardecidos sitiaban la casa, lanzaban piedras, dando
alaridos; los cinco clientes del primer piso, retornando a su camino lo más pronto posible, comenzaron a vagar por las calles.
Se encontraron con el señor Dupuis, el agente de seguros, después al señor Vasse, el juez de los tribunales de comercio;
e iniciaron un largo paseo que los llevó primero al rompeolas. Se sentaron en línea sobre el pretil de granito y miraban
rizarse el oleaje. La espuma sobre la cresta de las olas, hacía en la sombra, blancuras luminosas, extinguiéndose
inmediatamente que aparecían, y el ruido monótono del mar rompiendo contra las rocas se prolongaba en la noche a todo lo
largo del acantilado. Cuando los tristes caminantes hubieron descansado por un rato, el señor Tournevau dijo: - Esto no es divertido.- No lo es, respondió el señor Pimpesse; regresaron abatidos.
Después de bordear la calle que domina la costa y que se llama: "Sous -le-Bois", regresaron por el puente de madera sobre
el "Retenue", luego atravesaron la línea del ferrocarril y desembocaron nuevamente en la plaza del mercado, donde comenzó
de repente una discusión entre el recaudador, el señor Pimpesse, y el salador, el señor Tournevau, a propósito de una
seta comestible que uno de ellos afirmaba haber encontrado en los alrededores.
Los ánimos estaban agriados por el tedio, quizás habrían llegado a los puños si los otros no hubiesen intervenido. El
señor Pimpesse, furioso, se retiró. Y un nuevo altercado se produjo entre el ex-alcalde, el señor Poulin y el agente de
seguros, el señor Dupuis, acerca del sueldo del recaudador y los beneficios que podría procurarse. Los correspondientes
insultos volaban de ambos lados, cuando una tempestad de gritos formidables se desencadenó, y la tropa de marineros,
cansados de esperar en vano ante una casa cerrada, desembocaron en la plaza. Se tomaban por el brazo, de dos en dos,
formando una larga procesión, vociferando furiosamente. El grupo de burgueses se ocultó bajo un portal, y la horda
aulladora desapareció en dirección a la abadía. Largo tiempo aún se escuchó el clamor disminuyendo como un trueno que se aleja; y el silencio se restableció.
El señor Poulin y el señor Dupuis, indignado el uno con el otro, se fueron cada uno para su lado sin despedirse.
Los otros cuatro reanudaron la marcha y volvieron a bajar instintivamente hacia el establecimiento Tellier. Estaba
completamente cerrado, mudo, impenetrable. Un borracho, tranquilo y obstinado, daba pequeños golpes en la vitrina del
café, luego se detenía para llamar en voz baja al camarero Federico. Viendo que no le contestaban, decidió sentarse en el umbral de la puerta, y esperar los acontecimientos.
Los burgueses iban a retirarse cuando un grupo bullicioso de hombres del puerto apareció al final de la calle. Los
marineros Franceses berreaban la Marsellesa, los Ingleses la Rule Britania. Hubo una pateadura general contra los muros,
después la marea de rufianes reanudó su carrera hacia el muelle, donde una batalla se declaró entre los marinos de ambas
naciones. En la reyerta, un Inglés se quebró el brazo, y un Francés se partió la nariz.
El borracho, que permanecía delante de la puerta, lloraba ahora como lloran los borrachines o los niños contrariados.
Finalmente los burgueses se dispersaron.
Poco a poco se restableció la calma en la ciudad perturbada. De vez en cuando, aún por momentos, un ruido de voces se elevaba, para extinguirse en lontananza.
Solo un hombre continuaba vagando, el señor Tournevau, el salador, afligido de esperar hasta el próximo sábado; esperaba
algún incidente, no comprendía; lo exasperaba que la policía dejara cerrar así un establecimiento de utilidad pública, que supervisa y tiene bajo su tuición.
Regresó husmeando los muros, buscando el motivo; se dio cuenta que sobre el toldo estaba pegado un cartel. Encendió
rápidamente una cerilla alumbrando unas palabras en una letra grande y desigual: "Cerrado por primera comunión".
Entonces se fue, comprendiendo que no había caso.
El borracho ahora dormía, tendido a lo largo y atravesado en la inhóspita puerta.
Al día siguiente, todos los parroquianos, uno después de otro, encontraron motivos para pasar por la calle con unos
papeles bajo el brazo para despistar; con una mirada furtiva, todos leyeron el anuncio misterioso: "cerrado por primera comunión".
II
Es que Madame tenía un hermano carpintero radicado en su pueblo natal, Virville, en el Eure. En los tiempos que Madame
era aún posadera en Yvetot, había sostenido en la pila baustimal la hija de este hermano que la nombraron Constanza,
Constanza Rivet; siendo ella misma una Rivet por su padre. El carpintero que sabía a su hermana en buena posición, no la
perdía de vista, aunque no se encontrasen a menudo, retenidos ambos por sus ocupaciones y viviendo además lejos uno de
otro. Pero como la niñita cumplía doce años, hacía este año su primera comunión, él cogió la ocasión para un reencuentro,
y escribió a su hermana que contaba con ella para la ceremonia. Los ancianos padres habían muerto, ella no podía negarse
a su ahijada; aceptó. Su hermano que se llamaba José, esperaba que a fuerza de atenciones llegaría a obtener quizás que
dejara un testamento a favor de la pequeña, Madame no tenía niños.
La profesión de su hermana no le turbaba en absoluto sus escrúpulos y el resto, las personas del pueblo no sabían nada.
Se decía solamente, cuando se hablaba de ella: - La señora Tellier es una burguesa de Fécamp -, asumiéndose que podía
vivir de sus rentas. De Fécamp a Virville se contaban menos de veinte leguas; veinte leguas de tierra para los campesinos
son más difíciles de cruzar que el océano para alguno de la ciudad. La gente de Virville no había jamás pasado más allá
de Rouen; nada atraería a los de Fécamp a un villorrio de quinientos hogares, perdido en medio de la llanura y que era parte de otro departamento. En fin, no se sabía nada.
A medida que la época de la comunión se acercaba Madame sentía una gran inquietud. No tenía un relevo, y no osaría de
ninguna manera a dejar su casa, ni siquiera durante un día. Todas las rivalidades entre las damas de lo alto y de los
bajos estallarían infaliblemente; luego Federico se emborracharía sin duda, y cuando estaba achispado, fastidiaba a la
gente por nimiedades. Por fin se decidió a llevar a todo el mundo, excepto al camarero a quién le dio dos días de licencia.
Consultado el hermano no hizo ninguna objeción, y se encargó de alojar la compañía completa por una noche. Así las cosas,
el sábado por la mañana, el tren expreso de las ocho llevaba a Madame y sus compañeras en un vagón de segunda clase.
Hasta Beuzeville fueron solas y parlotearon como unas cotorras. Pero en esta estación subió una pareja. El hombre un
viejo campesino, vestido con una blusa azul, con un cuello plisado, las mangas amplias ajustada en los puños y adornadas
de un pequeño bordado blanco, tocado de un antiguo sombrero de copa alta donde el pelo rojizo parecía cerda, tenía en una
mano un inmenso paraguas verde, y en la otra un canasto grande que dejaba asomar las cabezas alarmadas de tres patos. La mujer, rígida en su atavío rustico, tenía una fisonomía de gallina con una nariz puntiaguda como un pico, Se sentó al
frente de su hombre y permaneció sin moverse, impresionada de encontrarse en medio de una compañía tan elegante.
Había en efecto, dentro del vagón un resplandor de colores brillantes. Madame toda en azul, en seda azul de pies a cabeza,
llevaba encima un chal de falsa cachemira Francesa, roja, relumbrante, fulgurante. Fernanda resoplaba dentro de un
vestido escocés cuyo corpiño apretado a toda fuerza por sus compañeras, levantaba sus caídos pechos en una doble cúpula
siempre agitada que parecía liquido bajo la ropa.
Rafaela, con un tocado emplumado simulando un nido lleno de pájaros, llevaba un vestido lila, con lentejuelas doradas,
con un aire oriental que se ajustaba a su fisonomía de Judía. Rosa la Jaca, con falda rosa de amplios vuelos, parecía una
niña demasiado gorda, de una enana obesa; las dos bombas parecían estar envueltas en ropas extrañas hechas de viejas
cortinas de ventanales, de esas viejas cortinas rococó de la época de la Restauración.
Tan pronto que las damas dejaron de estar solas en el compartimiento, tomaron una expresión grave, y se pusieron a hablar
de cosas relevantes para dar una buena impresión. Pero en Bolbec apareció un señor con patillas rubias, con unas sortijas
y una cadena de oro, que puso en el portaequipaje sobre su cabeza muchos paquetes envueltos en tela de hule.
Tenía un aspecto de bromista y niño bueno. Saludó, sonrió y preguntó con desenfado: - ¿ Las damas cambian de guarnición?
- Esta pregunta dejó en el grupo una confusión embarazosa. Madame una vez recuperado el aplomo, respondió secamente, para vengar el honor del gremio: - Ud. Podría ser más educado - Él se excusó: - Perdón, debí decir de convento - Madame no
encontró nada que replicar, o juzgó que la rectificación era suficiente, hizo un saludo digno apretando los labios.
Entonces el señor, que se encontraba entre Rosa la Jaca y el viejo campesino, se puso a guiñarles los ojos a los tres
patos cuyas cabezas salían del canasto; luego cuando sintió que había interesado a su publico, comenzó a hacer cosquillas
a los animales bajo el pico, acompañándolo de dichos jocosos para divertir a la concurrencia: - Nos han quitado nuestra
la-lagunita ¡Cua! ¡cua! ¡cua! Para encontrarnos con el asa-asador, ¡Cua! ¡cua! ¡cua!.
Los pobres animales torcían el cuello para evitar las caricias, haciendo ingentes esfuerzos para salir de su prisión de
mimbre; luego repentinamente los tres al mismo tiempo lanzaron un miserable grito de aflicción: - ¡Cua! ¡cua! ¡cua! ¡cua!
- Entonces hubo una explosión de risas entre las mujeres. Se agachaban, se empujaban para ver; se interesaron locamente en los patos; y el señor redoblaba su gracia, su ingenio y sus bromas.
Rosa se cruzó y se recostó entre las piernas de su vecino, besó a los tres animales sobre el pico. Inmediatamente cada
mujer quiso besarlos a su turno; y el señor las sentaba sobre sus rodillas, las hacía saltar, las piñizcaba; pronto ya las tuteaba.
Los dos campesinos, mas espantados que sus aves, movían sus ojos enloquecidos sin osar hacer el menor movimiento y sus
viejos rostros arrugados no hacían una sonrisa o una mueca.
Entonces el señor que era vendedor viajero, ofreció como broma unos tirantes a las damas, y, tomando uno de sus paquetes,
lo abrió. Era una artimaña, el paquete contenía ligas.
Las había en seda azul, en seda roja, en seda violeta, en seda malva, en seda escarlata, con unas hebillas de metal
formadas por dos cupidos enlazados y dorados. Las chicas lanzaron gritos de alegría, luego examinaron el muestrario,
imbuidas de la gravedad natural de toda mujer que palpa un objeto de vestir. Se consultaban con la mirada o con una
palabra cuchicheada, se respondían a sí mismas, y Madame manipulaba con ansia un par de ligas naranjas, más grandes, más imponentes que las otras: verdaderas ligas de patrona.
El señor esperaba, alimentando una idea: - vamos, mis gatitas, dijo, debemos probarlas -. Fue una tempestad de
exclamaciones; y ellas se tiraron sus faldas entre sus piernas como si hubiesen temido una violación. El tranquilo
esperaba su hora. Dijo: - Si ustedes no quieren, yo reempaco. Luego finalmente: - Yo regalaría un par, a elección, a las
que se probaran -. Pero ellas no querían, muy dignas, con el talle levantado. Las dos Bombas sin embargo parecían tan
tristes que renovó la proposición. Flora Columpio sobretodo, torturada de deseo, dudaba visiblemente. Él la presionó: -
Vamos, mi hija, un poco de coraje, toma, el par lila, irá bien con tu vestido-. Entonces se decidió y levantando su falda,mostró una robusta pierna de vaquero, con una media burda mal estirada.
El señor, se agachó, abrochó la liga bajo la rodilla primero, después más arriba; le hacía cosquillas suavemente a la
muchacha, para hacerle emitir grititos con unos bruscos estremecimientos. Cuando terminó, le dio el par lila y dijo: - ¿A
quién le toca?. Todas gritaron al mismo tiempo: - ¡A mí! ¡a mí!. Comenzó por Rosa La Jaca, que descubrió una cosa informe,
completamente redonda, sin tobillo, una verdadera "salchicha de pierna", como decía Rafaela.
Fernanda fue felicitada por el vendedor entusiasmado de sus poderosas columnas. Las flacas tibias de la bella Judía
fueron menos exitosas. Luisa Cocote, por broma, cubrió al señor con su falda, y Madame se sintió obligada a intervenir
para terminar con esa farsa embarazosa. Por fin la propia Madame, estiró su pierna, una bella pierna Normanda, gruesa y
musculosa; y el vendedor, sorprendido y encantado, se sacó galantemente su sombrero para saludar aquella ejemplar pantorrilla, como un verdadero caballero Francés.
Los dos campesinos, paralogizados inmovilizados por el estupor, miraban de lado, con un solo ojo; se parecían tanto a los pollos que el hombre de las patillas rubias, parándose, les hizo en la nariz - Co co r co -. Desatándose de nuevo un huracán de risas.
Los viejos se bajaron en Motteville, con su canasto, sus patos y su paraguas; y se escuchó a la mujer decir a su marido al alejarse: - Son pécoras que van a ese diabólico Paris-.
El simpático vendedor Porteballe se bajó para Rouen, después de comportarse tan grosero que Madame se vio obligada a
ponerlo bruscamente en su lugar. Agregó como moraleja: - Nos enseña a no hablar con el primero que venga.-
En Oissel, cambiaron de tren, y en la estación siguiente encontraron al señor José Rivet que les esperaba con una carreta
grande llena de asientos y tirada por un caballo blanco.
El carpintero besó educadamente a todas las damas y les ayudó a subir en su carreta. Tres se sentaron sobre las tres
sillas del fondo; Rafaela, Madame y su hermano sobre los tres asientos de adelante; y Rosa no halló donde sentarse,
instalándose como pudo en las rodillas de la gran Fernanda; luego el equipaje se puso en marcha. Pero muy pronto, el
trote brusco del caballo sacudía tan violentamente el vehículo que las sillas comenzaron a bailar, tirando las pasajeras
al aire, a la derecha, a la izquierda, con unos movimientos de peleles, de muecas de alarma, de gritos de terror,
combinado de vez en cuando con unas sacudidas más fuertes. Se aferraron a los costados del vehículo; los sombreros caídos en la espalda, sobre la nariz o hacia los hombros; y el caballo blanco iba siempre, alargando la cabeza, la cola erecta,
una colita de ratón sin pelo con la cuál se golpeaba las ancas de vez en cuando. José Rivet, con un pie apoyado en el
pescante, la otra pierna replegada sobre si mismo, los codos muy elevados, sostenía las riendas, y de su garganta
escapaban constantemente una suerte de cloqueo que hacía parar las orejas al jaco, y apurar su trote.
De ambos lados del camino la campiña verde se desbordaba. Las colzas en flor mostraban de trecho en trecho un mantel
amarillo ondulante de donde se elevaba un saludable y fuerte aroma, un perfume penetrante y dulce, transportado desde muy
lejos por el viento. Entre el centeno ya crecido unos arándanos mostraban sus pequeñas cabezas azul celeste que las mujeres quisieron recoger, pero el señor Rivet no quiso detenerse.
Luego de vez en cuando, un campo todo entero parecía regado de sangre de tanto que las amapolas lo había invadido. Y al
medio de esas praderas coloreadas así por las flores de la tierra, la carreta, que pasaba llevando ella misma un ramo de
flores de colores más ardientes, pasaba al trote del caballo blanco, desapareciendo detrás de los grandes árboles de una
granja, para reaparecer al fondo del follaje y caminar de nuevo a través de los campos amarillos y verdes, salpicados de rojo o de azul, la brillante carretada de mujeres que huían bajo el sol.
Dieron la una cuando llegaron a la puerta del carpintero.
Estaban exhaustas y pálidas de hambre, no habían tomado nada desde la salida. La señora Rivet se abalanzó, las hizo
descender una después de la otra, las besaba inmediatamente que tocaban tierra; y no perdía oportunidad de besar a su
cuñada, que quería acaparar. Comieron en el taller desocupado de las mesas de trabajo por el almuerzo del día siguiente.
Una tortilla francesa casera seguida de una carne asada, regada de buena sidra burbujeante, devolvió la alegría a todo el
mundo. Rivet, para brindar, tenía tomado un vaso, y su mujer servía, cocinaba, traía los platos, los retiraba, murmuraba
en la oreja de cada una: - ¿No quiere un poco más?. Una pila de tablas apoyadas en las paredes y unos montoncitos de
virutas barridos en la esquina despedían un perfume de madera cepillada, un olor a carpintería, esa inhalación resinosa que penetra al fondo de los pulmones.
Preguntaron por la pequeña pero estaba en la iglesia, no regresó hasta la tarde.
El grupo salió para hacer un paseo por el pueblo. Era un pueblito atravesado por una calle ancha. Una decena de casas en
fila a lo largo de esta única vía cobijaba a los comerciantes del lugar, el carnicero, el abacero, el carpintero, el
tabernero, el zapatero y el panadero. La iglesia al fondo de esta suerte de calle, estaba rodeada de un estrecho
cementerio; y cuatro tilos inmensos, plantados delante de su portal, la ensombrecían completamente. Estaba construida en
pedernal tallado, sin ningún estilo, y coronada de un campanario de pizarra. Detrás de ella la campiña volvía a aparecer,
recortada, aquí y allá por arboledas escondiendo las granjas.
Rivet, por etiqueta, aunque vestía ropa de trabajo, daba el brazo a su hermana que paseaba majestuosamente. Su mujer, muy emocionada por el vestido de lentejuelas doradas de Rafaela, se ubicó entre ella y Fernanda. Rosa la glotona trotaba
detrás con Luisa la Cocote y Flora Columpio, que cojeaba, extenuada.
Los vecinos salían a las puertas, los niños detenían sus juegos, una cortina levantada dejó entrever una cabeza tocada de
un gorro de indiana; una vieja con muleta y casi ciega se santiguó como al paso de una procesión; y todos seguían mirando
por largo tiempo las hermosas damas de la ciudad que habían venido de tan lejos para la primera comunión de la pequeña de
José Rivet. Una inmensa consideración recaía sobre el carpintero.
Al pasar delante de la iglesia, escucharon los cantos de los niños: un cántico gritado hacia el cielo por unas vocecitas
agudas; pero Madame les impidió entrar, para no perturbar a aquellos querubines.
Después de un paseo por la campiña, y después de enumerar las principales propiedades, del rendimiento de la tierra y de
la producción del ganado, José Rivet retornó su rebaño de mujeres y lo instaló en sus alojamientos.
Como el lugar era muy pequeño, se les había repartido de dos en dos en las habitaciones.
Rivet, por esta vez dormiría en el taller sobre las virutas; su mujer compartiría su cama con su cuñada, y en el
dormitorio del lado, Fernanda y Rafaela descansarían juntas, Luisa y Flora se encontraban instaladas en la cocina sobre
unos colchones tirados en el suelo y Rosa ocupaba un pequeño closet negro al lado de la escalera, encontrado con un armario estrecho donde yacería esa noche la comulgante.
Cuando la niña regresó, le llegó una lluvia de besos; todas las mujeres la querían acariciar, con esa necesidad de
expansión tierna, esa actitud profesional de cariño, que en el vagón les había hecho a todas besar los patos. Cada una la
sentó en sus rodillas, manosearon sus finos cabellos rubios, la estrecharon en sus brazos con ímpetus de afección
vehemente y espontáneos. La niña muy prudente, compenetrada de piedad, como inconmovible por la absolución, se dejaba hacer, paciente y contemplativa.
Como la jornada había sido agotadora para todos, se acostaron muy pronto después de cenar. Ese silencio infinito de los
campos que parece casi religioso envolviendo al pueblito, un silencio quieto, penetrante, y extenso hasta las estrellas.
Las muchachas, acostumbradas a las tumultuosas veladas del hotel galante, se sentían emocionadas por este silencio de
descanso de la campiña dormida. Tenían escalofríos en la piel, no de frío, sino estremecimientos de soledad que provenían de un corazón inquieto y turbado.
En seguida que se acostaron, de dos en dos, se abrazaron como para protegerse de esta invasión de calma y profundo sueño de la tierra. Pero Rosa la Jaca, sola en su closet negro, y poco acostumbrada a dormir con los brazos vacíos, se sentía
embargada por una emoción vaga y dolorosa. Se revolvía en su cama sin poder dormir, cuando escuchó, detrás del tabique de madera pegada a su cabeza, unos débiles sollozos como los de un niño que llora. Temerosa, llamó débilmente, y una
vocecita entrecortada la respondió. Era la niña que dormía siempre en el dormitorio de su madre, tenía miedo en su desván estrecho.
Rosa, encantada, se levantó, y suavemente, para no despertar a nadie, fue a buscar a la niña. La trajo a su cama cálida,
la apretujó contra su pecho en un abrazo, la mimó, la envolvió de su ternura de manifestaciones exageradas, luego, ya
calmada, se durmió. Al amanecer la comulgante reposaba su frente sobre el seno desnudo de una prostituta.
A las cinco, al Ángelus, la pequeña campana de la iglesia sonando a todo repique despertó a estas damas que dormían
normalmente la mañana entera, único descanso de sus fatigas nocturnas. Los campesinos de la aldea estaban ya en pié. Las
mujeres del lugar iban afanosas de puerta en puerta, charlando animosamente, llevando con cuidado unos vestidos cortos de
muselina almidonada como cartón, o unos cirios enormes, con un lazo de seda con franjas de oro en el medio. El sol ya
alto brillaba en un cielo completamente azul que mantenía en el horizonte un tinte un poco rosado, como una huella tenue
de la aurora. Familias de gallinas se paseaban delante de sus casas, y, de vez en cuando, un gallo negro de cuello
brillante levantaba su cabeza coronada de púrpura, batía las alas, y lanzaba al viento su canto de bronce que repetían los otros gallos.
Llegaron unos carruajes de los municipios vecinos, descargando en las pisaderas de las puertas las altas Normandas en
vestidos oscuros, con el chal cruzado sobre el pecho afirmado por una joya de plata antiquísima. Los hombres habían
puesto el guardapolvo azul sobre la levita o sobre el viejo vestido de tela verde cuyos faldones asomaban por debajo.
Cuando los caballos estuvieron en las pesebreras, había a lo largo de toda la el ancho camino una doble línea de
cacharros rústicos, carretas, cabrioles, tílburis, carros con asientos, coches de todas las formas y de todas las edades,
apoyados de punta o bien con el culo por tierra y los varales al cielo.
La casa del carpintero estaba llena de una actividad de colmena. Las damas en bata y enagua, el pelo suelto sobre la
espalda, unos cabellos ralos y cortos que se diría descoloridos y raídos por el uso, se ocupaban de vestir a la niña.
La pequeña, de pie sobre una mesa, no se movía, mientras que Madame Tellier dirigía su batallón volante. La lavaron, la
peinaron, le pusieron la toca, la vistieron y con la ayuda de muchos alfileres, ordenaron los pliegues del traje,
ajustaron el talle demasiado ancho, arreglaron la elegancia del atuendo. Luego que terminaron, se hizo sentar la paciente
recomendándole no moverse; y la tropa de mujeres nerviosas corrieron a ataviarse a su vez.
La pequeña iglesia volvía a llamar. Su tañido débil de campana pobre ascendía perdiéndose en el cielo, como una voz demasiado feble, rápidamente ahogada en la inmensidad azulada.
Las comulgantes salían de sus casas, dirigiéndose hacia el edificio comunal que contenía las dos escuelas y la alcaldía,
situado a un extremo del pueblo, mientras que " la casa de Dios" estaba al otro extremo.
Los parientes en tenida de gala con una expresión incómoda y unos movimientos torpes de cuerpos siempre encorvados sobre el trabajo, seguían a sus retoños. Las niñas desaparecían en una nube de tul blanco parecido a la crema batida, mientras
que los niños, parecían embriones de camareros de café, caminaban con las piernas separadas para no manchar sus pantalones negros.
Era un honor para la familia cuando un gran número de parientes, venidos de lejos, rodeaba al niño: de esta manera el
triunfo del carpintero era completo. El regimiento Tellier, patrona a la cabeza, seguía a Constanza; el padre daba el
brazo a su hermana, la madre caminaba al lado de Rafaela, Fernanda con Rosa, y las dos Bombas juntas, la tropa se
desplegaba majestuosamente como un estado mayor en uniforme de parada.
El efecto en el pueblo fue pasmoso.
En la escuela las niñas se organizaron bajo la toca de la monja los muchachos bajo el sombrero del profesor, un hombre
buen mozo que se las traía; partieron atacando un cántico.
Los niños a la cabeza formaban sus dos filas entre las dos líneas de coches sin caballos, las niñas seguían en el mismo
orden; como todos los vecinos habían cedido el paso a las damas de la ciudad por respeto, ellas quedaron inmediatamente
detrás de los pequeños, prolongando aún más la línea de la procesión, tres a la izquierda y tres a la derecha, con sus atavíos brillantes como un ramillete de fuegos artificiales.
Su entrada en la iglesia enloqueció a la población. Se empujaban, se daban vuelta, se empinaban por verlas. Y las devotas
hablaban demasiado alto, estupefactas por el espectáculo de estas damas mas engalanadas que las casullas de los cabildos.
El alcalde ofreció su banca, la primera banca a la derecha junto al coro, y madame Tellier se ubicó junto a su cuñada,
Fernanda y Rafaela. Rosa la Jaca y las dos Bombas ocuparon la segunda banca junto al carpintero.
El coro de la iglesia estaba lleno de niños de rodilla, las niñas a un lado y los niños al otro, y los largos cirios que sostenían en sus manos parecían lanzas inclinadas en todas direcciones.
Ante el facistol, tres hombres de pie cantaban a toda voz. Prolongaban interminablemente las sílabas del latín sonoro,
eternizando los Amén con unas a-a indefinidas que el serpentón sostenía con su nota monótona impelida sin fin, bramado
por el instrumento de cobre de ancho hocico. La voz aguda de un niño replicaba, y de vez en cuando, un sacerdote sentado
en un sitial y tocado con una birreta cuadrada se levantó, barbullando alguna cosa y sentándose de nuevo, mientras que
los tres cantores comenzaban nuevamente, los ojos fijos sobre el grueso libro de cantos abierto ante ellos y sostenido
por las alas desplegadas de un águila de madera montada sobre el pedestal.
Luego se hizo un silencio. Todos los presentes al mismo tiempo se pusieron de rodillas, apareció el oficiante, anciano,
venerable, con su pelo blanco, inclinado sobre el cáliz que sostenía en su mano derecha. Delante de él caminaban los dos
monaguillos en sotanas rojas, y detrás apareció una muchedumbre de cantores con gruesos zapatos que se alinearon a ambos lados del coro.
Una campanilla sonó en medio de un gran silencio. El oficio divino comenzaba. El sacerdote circuló lentamente delante del
tabernáculo de oro, hizo unas genuflexiones, salmodió con una voz cascada, temblorosa de vejez, las oraciones
preparatorias. En cuanto se callaba, todos los cantores y el serpentón rompían al unísono, y los hombres también cantaban
en la iglesia, con una voz mas callada, más humilde, como deben cantar los feligreses.
De pronto el Kyrie Eleison saltó hacia el cielo, empujado por todos los pechos y los corazones. Unos granitos de polvo y
fragmentos de madera carcomida cayeron incluso de la antigua bóveda sacudida por esta explosión de gritos. El sol que
golpeaba sobre las tejas del techo hacía un horno de la pequeña iglesia; una gran emoción, una expectante ansiedad, la
proximidad del inefable misterio, oprimía el corazón de los niños, apretando la garganta de sus madres.
El sacerdote que se había sentado un rato, volvió hacia el altar, y, la cabeza descubierta, cubierta de sus cabellos de plata, con unos gestos trémulos, se acercaba al acto sobrenatural.
Se volvió hacia los fieles, y, con las manos extendidas hacia ellos, pronunció: Orate, fratres", " orad mis hermanos.
Todos oraron. El anciano cura balbucía las palabras misteriosas y supremas; la campanilla tintineó repetidamente, la
muchedumbre prosternada clamaba a Dios; los niños caían en una intensa ansiedad.
Fue entonces cuando Rosa, la frente en sus manos, se recordó de repente de su madre, la iglesia de su pueblo, su primera
comunión. Se creyó de vuelta a aquel día cuando era pequeña, toda envuelta en su vestido blanco, y se puso a llorar. Ella
lloró quedamente primero; las lágrimas lentamente salían de sus párpados, luego con sus recuerdos, su emoción en aumento, y, el cuello hinchado, el pecho palpitando, sollozó. Había sacado su pañuelo, secado sus ojos, se tapaba la nariz y la
boca para no gritar; todo fue en vano; una especie de gemido salió de su garganta, y otros dos suspiros profundos,
desgarradores, le respondieron; porque sus dos vecinas, abatidas junto a ella, Luisa y Flora cogidas de los mismos recuerdos lejanos gemían también con torrentes de lágrimas.
Como las lágrimas son contagiosas, Madame, a su vez, sintió pronto sus párpados húmedos, y, se volvió hacia su cuñada, vio que toda su banca lloraba también.
El sacerdote engendraba el cuerpo de Dios. Los niños ya no pensaban, lanzados sobre las baldosas por una especie de miedo devoto, y, en la iglesia, de tanto en tanto, una mujer, una madre, una hermana, tomada por la extraña simpatía de tiernas
emociones, perturbadas también por estas hermosas damas de rodillas que se estremecían de emoción e hipos, empapaban sus pañuelos de indiana a cuadros y con la mano izquierda, apretaban violentamente su corazón desbocado.
Como la pavesa que salta esparce el fuego a través de un sembrado maduro, las lágrimas de Rosa y sus compañeras se
extendieron a toda la concurrencia. Hombre, mujeres, viejos, jóvenes en blusón nuevo, todos pronto sollozaban, y sobre
sus cabezas parecía flotar una cosa sobrehumana, un alma expandida, el hálito prodigioso de un ser invisible y todopoderoso.
Entonces, en el coro de la iglesia, un pequeño golpe seco sonó: la monja, golpeando sobre su libro, dio la señal de la
comunión; y los niños, temblando de una fiebre divina, se aproximaron a la santa mesa.
Toda una fila se arrodilló. El anciano cura, sosteniendo en la mano el cáliz de plata dorado, pasaba delante de ellos, su
ofrenda, entre dos dedos, la hostia sagrada, el cuerpo de Cristo, la redención del mundo. Ellos abrían la boca con unos
espasmos, unas muecas nerviosas, los ojos cerrados, la cara totalmente pálida; y la lengua plana extendida sobre sus
barbillas temblorosas como el agua que corre.
Súbitamente en la iglesia una suerte de locura, un rumor de muchedumbre en delirio, una tempestad de suspiros con unos
gritos contenidos. Pasaba como esas ráfagas de viento que abaten los bosques; y el sacerdote permanecía de pie, inmóvil,
una hostia en la mano, paralizado por la emoción, diciendo: - Es Dios, es Dios que está entre nosotros, que manifiesta su
presencia, que desciende a mi voz sobre su pueblo arrodillado.- Y balbució unas oraciones atolondradas, sin encontrar las
palabras, unas plegarias del alma, en un ímpetu furioso hacia el cielo.
Terminó de dar la comunión con tanta sobreexcitación de fe que sus piernas casi no lo sostenían, y cuando el mismo bebió
la sangre del Señor, se sumergió en un acto de agradecimiento desesperado.
Detrás de él la gente, poco a poco se calmó. Los cantores, elevados por la dignidad de la sobrepelliz blanca, replicaban
con una voz menos segura, aún húmeda; y el serpentón también parecía ronco como si el instrumento mismo hubiese llorado.
Entonces el sacerdote levantó las manos, en un signo de que se quedaran quietos, y pasando entre las dos filas de
comulgantes perdidos en éxtasis de bondad, se aproximó a la baranda del coro.
La asamblea estaba sentada en medio de un ruido de asientos, y todos se sonaban con fuerza. Cuando percibieron al cura,
se hizo un silencio, comenzó a hablar en un tono muy bajo, vacilante, velado.
- Mis queridos hermanos, mis queridas hermanas, mis niños, estoy agradecido desde el fondo del corazón: Me han dado la
más grande alegría de mi vida. Sentí que Dios descendió sobre nosotros a mi llamado. Él vino, está presente, que llenó
vuestras almas, hizo desbordar vuestros ojos. Soy el más antiguo sacerdote de la diócesis, soy también, hoy día, el más
feliz. Un milagro se ha hecho entre nosotros, un verdadero, un gran, un sublime milagro. Mientras Jesucristo penetraba
por primera vez en el cuerpo de estos pequeños, el Espíritu Santo, la paloma celeste, el soplo de Dios, cayó sobre
vosotros, se apoderó de vosotros, ustedes se abrazaron, doblegados como cañas ante la brisa-.
Luego, con una voz más clara, se volvió hacia las dos bancas donde se encontraban las invitadas del carpintero: - Gracias
sobretodo a ustedes, mis queridas hermanas, que han venido de tan lejos, y cuya presencia entre nosotros, cuya fe visible,
cuya piedad tan viva ha sido para todos un saludable ejemplo. Ustedes han sido la edificación de mi parroquia; vuestra
emoción ha enfervorizado los corazones; sin ustedes, puede ser, esta gran jornada no habría sido de este carácter
verdaderamente divino. Ha sido suficiente algunas veces solo de una pequeña elite para decidir al Señor a descender sobre el rebaño.
Se le quebró la voz. Agregó: - Es la gracia que yo anhelo. Así sea. - Y se volvió hacia el altar para terminar el oficio.
Ahora todos tenían prisa por salir. Los propios niños se movían, cansados de la prolongada tensión espiritual. Estaban
famélicos, por lo demás, y los parientes, poco a poco se iban, sin escuchar el último evangelio, para terminar los preparativos de la comida.
Era una muchedumbre a la salida, una muchedumbre bulliciosa, una mezcla de voces ruidosas donde cantaba el acento
normando. La gente formaba dos filas, y cuando aparecían los niños, cada familia se precipitaba al suyo.
Constanza se encontró tomada, rodeada, abrazada por toda la familia de mujeres. Rosa sobretodas no dejaba de abrazarla.
Finalmente ella la tomó de una mano, Madame Tellier se apoderó de la otra; Rafaela y Fernanda levantaban su larga falda
de muselina para que ella no la arrastrara por el polvo; Luisa y Flora cerraban la marcha con la señora Rivet; y la niña,
recogida, penetrada totalmente por el Dios que ella portaba, se puso en camino en medio de esta escolta de honor.
El banquete estaba servido en el taller sobre grandes planchas sostenidas por unos caballetes.
La puerta abierta, dando sobre la calle, dejaba entrar toda la alegría del pueblo. Se festejaba en todas partes. En cada
ventana se veía unas mesas de gente endomingada, y unos gritos salían de las casas en fiesta. Los campesinos en brazos de camisa, bebían sidra vaciando las copas al seco, y en medio de cada reunión se veían dos niños, aquí dos niñas, allá dos muchachos, comiendo en cada una dos familias.
De vez en cuando, bajo el pesado calor de mediodía, una carreta de bancos atravesaba el lugar al trote saltarín de un
viejo rocín, y el hombre en blusón que conducía lanzaba una mirada de envidia sobre todo este despliegue de fiesta.
En la casa del carpintero, la alegría guardaba un cierto aire de reserva, un resto de la emoción de la mañana. Rivet
solamente estaba en vena y bebía sin medida. Madame Tellier miraba la hora a cada rato, porque para no tomar dos días
seguidos sin trabajar debían tomar el tren de las 3:55 que las dejaría en Fécamp por la noche.
El carpintero hacía toda clase de esfuerzos para distraer la atención y mantenerlas hasta el día siguiente; pero Madame
no se dejaba distraer; ella nunca bromeaba cuando se trataba de negocios.
Inmediatamente terminado el café, ordenó a sus asiladas se prepararan rápidamente; luego se volvió a su hermano: - Tú, te
vas a aparejar ahora -; y se fue a terminar sus últimos preparativos.
Cuando bajó, su cuñada la esperaba para hablar acerca de la pequeña; y mantuvieron una larga conversación en la cuál nada se resolvió. La campesina astuta, falsamente enternecida, y Madame Tellier, que tenía a la niña en sus rodillas, no se
comprometía a nada, prometía vagamente; se ocuparía de ella, había tiempo, se volverían a ver.
Mientras tanto el coche no llegaba, y las mujeres no bajaban, se escuchaban grandes risotadas, empujones, explosiones de
gritos, aplausos. Entonces, mientras la esposa del carpintero se dirigía al establo para ver si el vehículo estaba listo, Madame, finalmente subió.
Rivet, muy borracho y a medio desvestir, trataba, pero en vano, de violentar a Rosa que se moría de la risa. Las dos
Bombas lo retenían por los brazos, tratando de calmarlo, espantadas por esta escena después de la ceremonia de la mañana; pero Rafaela y Fernanda lo incitaban, retorcidas de jolgorio, se mantenían a los lados; lanzaban gritos agudos a cada uno
de los esfuerzos inútiles del borrachín. El hombre furioso, la cara roja, todo desguañangado, sacudía con violentos
esfuerzos las dos mujeres aferradas a él, y tiraba con toda sus fuerzas las faldas de Rosa farfullando: -¿Puta, no
quieres?- Pero Madame, indignada, saltó, tomó a su hermano por los hombros, y lo tiró hacia atrás tan violentamente que fue a golpear contra el muro.
Un minuto más tarde, se le escuchó en el patio, bombeándose agua en la cabeza; cuando subió a su carreta, estaba totalmente calmado.
Se pusieron en camino como en la víspera, y el caballito blanco comenzó su paso vivo y danzarín.
Bajo el sol ardiente, la alegría dormida durante la comida se liberó. Las muchachas se divertían ahora de las sacudidas
del cacharro, empujando ellas mismas las sillas de sus vecinas, estallando de risa en todo momento, recordando las vanas tentativas de Rivet.
Una luz salvaje llenaba los campos, una luz que enceguecía los ojos; y las ruedas levantaban dos polvaredas que volaban largo tiempo detrás de la carreta sobre la gran vía.
De repente Fernanda que amaba la música, suplicó a Rosa que cantara; de aquí que ella entonara vigorosamente "El gordo
cura de Meudon". Pero Madame inmediatamente la hizo callar, encontrando que era una canción poco conveniente para ese día.Agregó: - Cántanos mejor alguna cosa de Béranger.- Entonces Rosa después de haber dudado algunos segundos, hizo su
elección, y con una voz cansada comenzó "La abuela":
Mi abuela, una noche de su santo
había bebido dos dedos de vino puro
Nos decía, meneando la cabeza:
Qué de amores yo tuve en aquellos tiempos
Cuanto extraño
Mi brazo tan rellenito
Mi pierna bien torneada
Y el tiempo ido
Y el coro de muchachas, que Madame personalmente dirigía, replicaba:
Cuanto extraño
Mi brazo tan rellenito
Mi pierna bien torneada
Y el tiempo ido
- ¡Eso está bueno!- dijo Rivet, entusiasmado por el ritmo; y Rosa continuó:
Cómo, mamita, tú no tenías recato
- ¡ No verdaderamente ! y mis encantos
Sola a los quince años, aprendí a usarlos
Porque, en la noche yo no dormía
Todos juntos coreaban el estribillo; Rivet golpeaba con el pie el pescante, llevaba el ritmo con las riendas sobre las
ancas del caballito blanco quién, como si hubiera sido impulsado por el ritmo, se puso al galope, un galope tempestuoso,
precipitando a las damas unas sobre las otras en el fondo de la carreta.
Ellas se pusieron a reír como unas locas. Y la canción continuó, vociferada a grito pelado a través de la campiña, bajo
un cielo abrasador, en medio de unos cultivos maduros, al paso furioso del caballito que aceleraba ahora a cada
repetición del estribillo, y picaba cada vez cien metros de galope, con gran alegría de los viajeros.
De vez en cuando, algún cantero se enderezaba, y miraba a través de su máscara de alambres a esta carreta furiosa y
rugiente, seguida por la polvareda.
Cuando descendieron en la estación, el carpintero se emocionó: - Es una pena que ustedes se vayan, lo habríamos pasado
muy bien.-
Madame le respondió sensatamente: - Cada cosa a su tiempo, no puede ser siempre solo diversión. - Entonces una idea
iluminó la mente de Rivet. - Vean , dijo, yo las iré a ver a Fécamp el mes próximo. - Miró a Rosa con un aire astuto, con
ojos brillantes y de granuja. - Vamos, concluyó Madame, hay que ser bueno: Puedes venir si tú quieres , pero no hagas
tonterías.
No respondió, y como se escuchó silbar al tren, se puso a besar a todas. Cuando le tocó a Rosa, se empeñó en encontrar su
boca que ella, riendo detrás de sus labios cerrados, lo evitaba cada vez con un rápido movimiento de lado. La tenía
abrazada; pero no podía lograrlo, debido a su gran látigo que tenía en su mano y que en sus esfuerzos, agitaba
desesperadamente tras la espalda de la muchacha.
- Los pasajeros para Rouen, embarcarse -, gritó el asistente del conductor. Se subieron.
Un corto pitido se escuchó, repetido enseguida por el resoplido potente de la locomotora que escupió ruidosamente su
primer chorro de vapor mientras las ruedas comenzaban a rodar lentamente con gran esfuerzo.
Rivet, solo en el interior de la estación, corrió al andén para ver una vez más a Rosa; y a medida que el carro lleno de
mercancía humana pasaba delante de él, se puso a restallar el látigo, saltando y cantando con toda sus fuerzas:
Cuanto extraño
Mi brazo tan rellenito
Mi pierna bien torneada
Y el tiempo ido
Luego miraba perderse a lo lejos un pañuelo blanco que alguien agitaba.
III
Durmieron hasta que llegaron, con un sueño apacible de conciencias satisfechas; y cuando entraron al albergue,
refrescadas, descansadas para el trabajo de la noche, Madame no tuvo empacho en decir:- Es lo de menos, ya me aburría esa casa.-
Cenaron pronto, y cuando se hubieron puesto los trajes de combate esperaron a los clientes habituales; y el pequeño farol
iluminaba, el pequeño farol de virgen, indicando a los transeúntes que en la majada estaba de vuelta el rebaño.
En un abrir y cerrar de ojos la noticia se difundió, no se supo como, no se supo por qué el Señor Philippe, el hijo del
banquero, tuvo la amabilidad de avisar por un mensajero al Señor Tournevau, prisionero en su familia.
El salador tenía justamente cada domingo varios primos a cenar, estaban en el café cuando un hombre se presentó con un
mensaje en la mano, el señor Tournevau, muy nervioso, rompió el sobre y se puso pálido: No había más que estas palabras
trazadas con un lápiz: " El cargamento de bacalaos regresó; el barco entró a puerto; buen negocio para usted. Venga rápido -.
Buscó en sus bolsillos, dio veinte centavos al mensajero, y enrojeciendo hasta las orejas: - Es necesario, dijo, debo
salir - Le entregó a su mujer la esquela lacónica y misteriosa. Llamó, luego, cuando apareció la sirvienta: - Mi abrigo,
pronto, rápido y mi sombrero. - Apenas estuvo en la calle se puso a correr silbando una melodía, y el camino le parecía dos veces más largo de tanto que era su impaciencia.
El establecimiento Tellier tenía un aire festivo. En el piso bajo las voces ruidosas de los hombres del puerto hacían un
ensordecedor griterío. Luisa y Flora no sabían a quién atender, bebían con uno, bebían con otro, mereciendo más que nunca
sus sobrenombres de "las dos Bombas". Se las llamaba de todas partes a la vez; no daban abasto para el trabajo, y la
noche para ellas se anunciaba ajetreada.
La tertulia del primero estuvo completa a las nueve. El señor Vasse, el juez del tribunal de comercio, el pretendiente
habitual pero platónico de Madame, conversaba muy bajito con ella en una esquina; y sonreían ambos como si a un
entendimiento se hubiera llegado esta vez. El señor Poulin, el ex-alcalde, tenía a Rosa a caballo en sus piernas; y ella
nariz con nariz con él, pasaba sus manos cortas por las patillas blancas del viejecillo. Un extremo de muslo desnudo
sobresalía por debajo de la falda de seda amarilla levantada, cortando el paño negro del pantalón, y las medias rojas estaban sujetas por unas ligas azules, regalo del vendedor viajero.
La gorda Fernanda, tendida sobre el sofá, tenía los dos pies sobre la barriga del señor Pimpesse, el recaudador de
impuestos, y el torso sobre el chaleco del joven señor Philippe del cuál colgaba al cuello su mano derecha, mientras en la izquierda tenía un cigarrillo.
Rafaela parecía estar en tratos con el señor Dupuis, el agente de seguros, y ella terminaba la conversación con estas
palabras: - Sí mi amor, esta noche, esta bien. - Luego, hizo sola un pie de vals rápido a través del salón: - Esta noche
todo lo que quieran - gritó ella.
La puerta se abrió bruscamente y el señor Tournevau apareció. Unos gritos de entusiasmo estallaron: ¡Viva Tournevau!. Y
Rafaela, que seguía girando, fue a caer sobre su corazón. Él la tomó en un abrazo formidable, y sin decir una palabra, la
levantó del piso como a una pluma, atravesó el salón, llegó a la puerta del fondo, y desapreció en las escaleras a los
dormitorios con su fardo viviente, en medio de aplausos.
Rosa que excitaba al ex-alcalde, lo besaba una y otra vez y le tiraba sus dos patillas al mismo tiempo para mantener
derecha su cabeza, aprovechando el ejemplo: - Vamos, hace como él - decía. Entonces el viejecillo se levantó y
ajustándose el chaleco, siguió a la muchacha buscando en su bolsillo donde dormía su dinero.
Fernanda y Madame quedaron solas con los cuatro hombres, y el señor Phillippe gritó: - Yo pago la Champaña. Madame
Tellier envíe a buscar tres botellas. - Entonces Fernanda abrazándolo le dijo al oído: -¿Bailemos, quieres? él se levantó,
y, sentándose delante la espineta centenaria, dormida en una esquina, hizo salir un vals, un vals ronco, lloroso, del
vientre plañidero del instrumento. La muchacha gorda abrazó al recaudador, Madame se abandonó en los brazos del señor
Vasse, y las dos parejas giraban intercambiándose besos. El señor Vasse, que había sido antaño un gran bailarín, hacía
figuras, y Madame le miraba con ojos cautivadores, con esos ojos que responden - sí -, un - sí -, más discreto y más delicioso que una palabra.
Federico trajo el champaña. El primer corcho saltó y el señor Phillipe hizo la invitación a una contradanza.
Los cuatro bailarines la danzaron a la manera acostumbrada, adecuadamente, dignamente, con afectación, reverencias y saludos.
Después se pusieron a beber. Entonces el señor Tournevau volvió, satisfecho, confortado, radiante. Gritó: - No sé que le
pasa a Rafaela, pero ella está perfecta esta noche. - Luego cuando le pasaron una copa, lo bebió de un trago murmurando: ¡ - Caramba, esto si que es lujo ! .
Sobre la marcha, el señor Phillipe inició una ágil polca, y el señor Tournevau se abrazó con la bella judía que tenía en
el aire, sin dejar que sus pies tocaran el suelo. El señor Pimpinesse y el señor Vasse habían vuelto con un renovado
impulso. De vez en cuando una de las parejas se paraba delante de la chimenea para embucharse una copa de vino espumoso; el baile amenazaba con eternizarse, cuando Rosa entornó la puerta con una palmatoria en la mano. Estaba con el pelo
suelto, pantuflas, en bata de noche, animadísima, toda arrebolada: - Quiero bailar -, gritó. Rafaela preguntó : - ¿Y tú
tío? -. Rosa exclamó: - ¿Él? Duerme ya, el se duerme enseguida.- Cogió al señor Dupuis que estaba libre sobre el diván, y la polca se reanudó.
Pero las botellas estaban vacías : - Yo pago una - , dijo el señor Tourmevau; - Yo también - anunció el señor Vasse. - Lo
mismo yo -, concluyó el señor Dupuis. Entonces todos aplaudieron.
La fiesta estaba armada. De vez en cuando, Luisa y Flora subían rápidamente, hacían una apresurada vuelta de vals,
mientras que sus clientes, abajo se impacientaban; luego volvían corriendo a su café, con el corazón henchido de pena.
A medianoche se bailaba aún. Algunas veces una de las muchachas desaparecía, y cuándo se la buscaba para un frente a
frente, se daban cuenta en ese momento que un hombre también faltaba.
- ¿De donde vienen ustedes? Preguntó graciosamente, el señor Phillippe, justo en el momento que el señor Pimpesse entraba con Fernanda. - De ver dormir al señor al señor Poulin - contestó el recaudador. La frase tuvo un éxito enorme y todos
sucesivamente subían a ver dormir al señor Poulin con una u otra de las señoritas que se mostraron de una complacencia
inusual. Madame cerraba los ojos; tenía largo ratos privados con el señor Vasse como para ultimar los detalles de un
affaire ya acordado.
Finalmente, a la una, los dos hombres casados, el señor Tournevau y Pimpesse, dijeron que se retiraban, y querían saldar
sus cuentas. Se les cargó solamente el champaña, y, más aún a seis francos la botella en vez de diez francos, el precio
de costumbre. Y como ellos se asombraron de esta generosidad, Madame, radiante, les respondió:
- Por que no todos los días es fiesta. -
G. de Maupassant, Mayo 1881

-

INTERESANTES

¿QUIERES SALIR AQUI? ; ENLAZAME

-

Twitter

.

Etiquetas

h. p. lovecraft (122) relato (114) cuento (76) Stephen King (63) gotico (60) GIBRÁN KHALIL GIBRÁN (57) Robert Bloch (50) terror (48) lovecraft (46) guy de maupassant (44) Lord Dunsany (43) anne rice (39) horror (37) maupassant (37) scifi (35) Edgar Allan Poe (31) cuentos (28) ambrose bierce (27) Jorge Luis Borges (26) oscar wilde (26) los mitos de cthulhu (24) algernon blackwood (23) poema (23) ray bradbury (23) blood gothic (22) august derleth (21) dark (21) enlaces (21) 1ªparte (20) bloodgothic.blogspot.com (20) demonios (19) imagenes (19) poemas (19) 2ªparte (18) mario benedetti (18) vampiros (18) capitulo del necronomicon (17) h.p. lovecraft (17) poesia (17) relatos (16) Clark Ashton Smith (15) Horacio Quiroga (15) amanecer vudú (15) musica (15) alejandro dumas (14) becquer (13) blood (13) gothic (13) underground (13) Philip K. Dick (12) amor (12) charles dickens (12) fantasia (12) fredric brown (12) pulp (12) poe (11) EL BAR DEL INFIERNO (10) Howard Phillips Lovecraft (10) el vampiro (10) las mil y una noche (10) necronomicon (10) vampiro (10) Charles Bukowski (9) el hombre ilustrado (9) friedrich nietzsche (9) gibran khalil gibran (9) lilith (9) onirico (9) paul auster (9) subrealismo (9) terror onirico (9) victoriano (9) 2 (8) Andrés Díaz Sánchez (8) Fantasmagoría (8) Isaac Asimov (8) Lewis Carroll (8) Yukio Mishima (8) arte (8) cuento de amor (8) cuento gotico (8) diccionario (8) el extraño (8) fantasmas (8) franz kafka (8) king (8) psicodelicos (8) realidad (8) vamp (8) varios (8) videos (8) Bram Stoker (7) El Castillo de Otranto (7) Selección (7) autor novel (7) cthulhu (7) cuento corto (7) cuento onirico (7) demonologia (7) entrevista con el vampiro (7) guy (7) julio cortazar (7) mitos (7) novel (7) novela (7) oscuro (7) psi-ci (7) recopilacion (7) seleccion (7) sentimientos (7) shelley (7) tatuajes parlantes (7) un mundo feliz (7) 2ª parte (6) ALFRED BESTER (6) ANTON CHEJOV (6) Bestiario (6) Douglas Adams (6) LA VOZ DEL DIABLO (6) LAS BRUJAS DE MAYFAIR (6) RESIDENT EVIL (6) Rubén Darío (6) Selecciones (6) bukowsky (6) clive barker (6) crepusculo (6) cuento victoriano de amor (6) darknes (6) el paraiso perdido (6) el pasillo de la muerte (6) ficcion (6) john milton (6) la metamorfosis (6) mary (6) meyer stephenie (6) pandora (6) rammstein (6) ramsey campbell (6) realidad sucia (6) stephen (6) vampirismo (6) 3ªparte (5) ALEXANDRE DUMAS (5) ANGELES (5) ASÍ HABLÓ ZARATUSTRA (5) Charles Nodier (5) En busca de la ciudad del sol poniente (5) Flores de las Tinieblas (5) Lord des Morte (5) Marqués de Sade (5) aire frio (5) al azif (5) angel oscuro (5) aventuras (5) charles bukowsky (5) dioses (5) el cazador de sueños (5) el ceremonial (5) el demonio de la peste (5) el horla (5) gotica (5) henry kuttner (5) la casa del pasado (5) la hermandad negra (5) lavey (5) leyendas (5) libros (5) links (5) relato corto (5) wikipedia (5) Aldous Huxley (4) BRIAN W. ALDISS (4) CUESTION DE ETIQUETA (4) Drácula (4) Dylan Thomas (4) EL BESO SINIESTRO (4) EL RUISEÑOR Y LA ROSA (4) EL templo (4) ENTRADAS (4) Edmond Hamilton (4) Federico García Lorca (4) Historias de fantasmas (4) LIBROS DE LA UNIDAD (4) LOS MISERABLES (4) Las Mil y Una Noches (4) Los Fantasmas (4) Los Versos Satánicos (4) Poemas vampíricos (4) Poul Anderson (4) Richard Matheson (4) Robert E. Howard (4) Rudyard Kipling (4) Una Voz En La Noche (4) William Hope Hodgson (4) allan (4) anime (4) anonimo (4) avatars (4) chuck palahniuk (4) citas (4) colleen gleason (4) comentario (4) cuento gotico-victoriano (4) cyberia (4) de lo mejor de paul auster (4) diablos (4) donde cruzan los brujos (4) edgar (4) el diablo (4) el retrato de dorian gray (4) el sabueso (4) el wendigo (4) espiritus (4) fantastico (4) frankestein (4) frases (4) galeria (4) goticos (4) hechizos (4) historias (4) infierno (4) jorge fondebrider (4) la ciudad sin nombre (4) la hermosa vampirizada (4) letra (4) licantropia (4) los amados muertos (4) mito (4) muerte (4) saga vampiros (4) salman rushdie (4) schahrazada (4) twilight (4) victor hugo (4) voces de oscuridad (4) 1984 (3) 3 (3) 666 (3) A n n e R i c e (3) A r m a n d (3) AL ABISMO DE CHICAGO (3) ALGO LLAMADO ENOCH (3) Al otro lado del umbral (3) Alejandro Dolina (3) Apariciones de un Ángel (3) Arthur Machen (3) BOB SHAW (3) Brian Lumley (3) CRONICAS VAMPIRICAS 2 (3) Corto de Animación (3) Dan Brown (3) Días de ocio en el Yann (3) E. Hoffmann Price (3) E. T. A. Hoffmann (3) EL DESAFÍO DEL MAS ALLÁ (3) EL FANTASMA DE CANTERVILLE (3) EL HORROR OCULTO (3) EL LADRON DE CUERPOS (3) EL TEMPLO DEL DESEO DE SATÁN (3) EL TIEMPO ES EL TRAIDOR (3) El Espectro (3) El Libro Negro (3) El espectro de madam Crowl (3) El morador de las tinieblas (3) El príncipe feliz (3) Emisario Errante (3) En la cripta (3) Frank Kafka (3) Fritz Leiber (3) Ghost in the Shell (3) Giovanni Papini (3) Gitanjali (3) Hombre con manías (3) J. Ramsey Campbell (3) JOSEPH PAYNE BRENNAN (3) John Stagg (3) Jr. (3) LA BIBLIOTECA DE BABEL (3) LA CONFESIÓN (3) LA EXTRAÑA CASA EN LA NIEBLA (3) LA IGLESIA DE HIGH STREET (3) LA MARCA DE LA BESTIA (3) LA RISA DEL VAMPIRO (3) LAS RUINAS CIRCULARES (3) La Jaula (3) La Trilogía de Nueva York (3) Mercenarios del Infierno (3) Miguel Hernández (3) Palomos Del Infierno (3) Pío Baroja (3) Rafael Alberti (3) Thanatopia (3) Théophile Gautier (3) Tomás Moro (3) Un Sueño en un Sueño (3) abraham merrit (3) alas rotas (3) alien (3) alquimia (3) amuletos (3) angeologia (3) antiguas brujerias (3) antologia (3) apocalipsis (3) biografia (3) cain (3) carrie (3) charles baudelaire (3) cronicas vampiricas (3) cuento victoriano (3) cuentos del siglo XIX (3) danza macabra (3) dark . gotico (3) david langford (3) de profundis (3) definicion (3) el abismo en el tiempo (3) el alquimista (3) el demonio en la tierra (3) el exorcista II (3) el libro negro de alsophocus (3) el loco (3) el mono (3) el sacrifico (3) el superviviente (3) el vampiro estelar (3) ensayo (3) escritor novel (3) exorcismo (3) fabula (3) fabulas (3) filosofia (3) frank b. long (3) goth (3) gotic (3) guion (3) helena petrovna blabatsky (3) himno al dolor (3) historias de terror (3) inquisicion (3) introduccion (3) john baines (3) john william polidori (3) justine (3) la casa maldita (3) la casa tellier (3) la ciudad de los muertos (3) la llamada de cthulhu (3) la sombra fuera del espacio (3) la tumba (3) las flores del mal (3) legion (3) leyenda (3) lisa tuttle (3) lo innombrable (3) locura (3) lord byron (3) los brujos hablan (3) los gatos de ulthar (3) luna sangrienta (3) mail (3) martín s. warnes (3) maturin (3) mein teil (3) melmoth el errabundo (3) milowishmasterfox (3) neorealismo (3) nombres (3) nombres demoniacos (3) oscuros (3) pacto de sangre (3) pensamientos (3) poemas en prosa (3) poesias (3) polaris (3) que viene el lobo (3) rabindranat tagore (3) ratas (3) rimas (3) roald dahl (3) robert silverberg (3) rosenrot (3) rostros de calabera (3) satanismo (3) snake (3) sueño (3) suicidas (3) teatro (3) vida (3) vudu (3) yveline samoris (3) Ángeles y demonios (3) 1 (2) 4ªparte (2) A. Bertram Chandler (2) ABANDONADO (2) ALBERT FISH (2) Akira (2) Alfonso Linares (2) Algunos Poemas a Lesbia (2) Antonio Gala (2) Aparicion (2) Astrophobos (2) Ayer... hace tanto tiempo (2) BETHMOORA (2) Blade Runner (2) Brad Steiger (2) C. M. EDDY (2) CELEPHAÏS (2) CHICKAMAUGA (2) CONFESIONES DE UN ARTISTA DE MIERDA (2) CORAZONADA (2) Carrera Inconclusa (2) Charon (2) Christian Jacq (2) Clarimonda (2) Cowboy Bebop (2) Cyberpunk (2) Cómo Ocurrió (2) E D G A R A L L A N P O E (2) E. F. Benson (2) EL ASESINO (2) EL BAUTISMO (2) EL BESO (2) EL CABALLERO (2) EL CENTRO DEL INFIERNO (2) EL DESIERTO (2) EL DIABLO EN EL CAMPANARIO (2) EL EXORCISTA (2) EL FANTASMA Y EL ENSALMADOR (2) EL GOLEM (2) EL GRITO DEL MUERTO (2) EL JARDÍN DEL PROFETA (2) EL OTRO YO (2) EL PISO DE CRISTAL (2) EL PRESUPUESTO (2) EL RETRATO DE ROSE MADDER (2) EL SÉPTIMO CONJURO (2) EL VAGABUNDO (2) EL ÁRBOL (2) Ecos (2) El Conde de Montecristo (2) El Cuerno Del Horror (2) El Dr. Jekyll y Mr. Hyde (2) El Funeral de John Mortonson (2) El Hombre De Arena (2) El Monte de las Ánimas (2) El Puñal (2) El Que Cierra El Camino (2) El Sacrificio (2) El Tulipán Negro (2) El Valle Perdido (2) El Visitante Y Otras Historias (2) El artista del hambre (2) El ciclo del hombre lobo (2) El clérigo malvado (2) El gato del infierno (2) El gato negro (2) El homúnculo (2) El legado (2) El miedo (2) El rapto de la Bella Durmiente (2) El saber mágico en el Antiguo Egipto (2) El árbol de la colina (2) Elogio de la locura (2) En la noche de los tiempos (2) Estirpe de la cripta (2) Fuera de Aquí (2) GUARDIANES DEL TIEMPO (2) GUSTAVO ADOLFO BECQUER (2) Gustav Meyrink (2) H. Barlow (2) H.P.Lovecraft (2) HERMANN HESSE (2) Harlan Ellison (2) Hasta en los Mares (2) Historia (2) Historia Del Necronomicon (2) Historia de fantasmas (2) Hocus Pocus (2) ICARO DE LAS TINIEBLAS (2) INTERNET (2) JUANA INES DE LA CRUZ (2) Jack Vance (2) John Sheridan Le Fanu (2) José Luis Velarde (2) Kurt Vonnegut (2) LA BIBLIA SATANICA (2) LA BÚSQUEDA (2) LA CAIDA DE BABBULKUND (2) LA DECLARACIÓN DE RANDOLPH CARTER (2) LA FARSA (2) LA LOTERÍA DE BABILONIA (2) LA MUERTA ENAMORADA (2) LA MUERTE (2) LA MUSA DE HYPERBOREA (2) LA PERLA (2) LAS LEGIONES DE LA TUMBA (2) LESTAT EL VAMPIRO (2) LOS VERSOS SATANICOS (2) La Bestia en la Cueva (2) La Calle (2) La Casa de la Pesadilla (2) La Habitación Cerrada (2) La Monja Sangrienta (2) La Tortura de la Esperanza (2) La Verdad (2) La chica más guapa de la ciudad (2) La conspiración Umbrella (2) La marquesa de Gange (2) La noche de los feos (2) La pasión turca (2) Letras (2) Los Sueños de la Casa de la Bruja (2) Los crímenes que conmovieron al mundo (2) Los ojos de la momia (2) Los reyes malditos (2) Los tres mosqueteros (2) MAGOS (2) MARIO BENEDETTI - LA MUERTE (2) MINORITY REPORT (2) MOBY DICK (2) MUJERES (2) Mark Twain (2) Morella (2) Narrativa gótica (2) No hay camino al paraíso (2) PABLO NERUDA (2) POPSY (2) PUNTERO IZQUIERDO (2) R. L. Stevenson (2) RADIO FUTURA (2) ROSTRO DE CALAVERA (2) Rabindranath Tagore (2) Retornos de una sombra maldita (2) Robert A. Heinlein (2) SAMAEL AUN WEOR (2) SATANAS (2) SU VIDA YA NO ES COMO ANTES (2) SUPERVIVIENTE (2) Sherry Hansen Steiger (2) The Last Vampire (2) Thomas M. Disch (2) UN DÍA DE CAMPO (2) UTOPIA (2) Un habitante de Carcosa (2) Un juguete para Juliette (2) Una mujer sin importancia (2) Una tienda en Go-by Street (2) V.O. (2) VELANDO EL CADÁVER (2) Vida después de la Muerte (2) Vida y Muerte (2) Villiers de L'Isle-Adam (2) Vinum Sabbati (2) YO CRISTINA F. (2) a la puta que se llevó mis poemas (2) a las aguas (2) a un general (2) agonico (2) al amor de mi vida (2) aladino (2) alaide floppa (2) alas nocturnas (2) albunes (2) alexandre (2) amistad (2) andres diaz sanchez (2) angel de la muerte (2) animas y fantasmas (2) anime-blood (2) antonio machado (2) apocaliptico (2) arena y espuma (2) arthur c. clarke (2) asesinato (2) baudelaire (2) bequer (2) blancanieves (2) brujas (2) busqueda (2) c. m. eddy jr. (2) cabala (2) capitulo suelto (2) caronte (2) castigo (2) catolico (2) cementerios (2) ciberespacio (2) ciberpunk (2) cielo (2) ciudad de cristal (2) ciudad vampiro (2) coleccion (2) colette gothic darknes (2) comics (2) computadora (2) conjuros (2) cortos (2) costazar (2) creepwar.gotico (2) cria cuervos (2) cruelmente romantica (2) cuento amor (2) cuentos coliniales de terror (2) cuentos cortos (2) cuentos de canterbury (2) cuentos de un soñador (2) cumbres borrascosas (2) dagon (2) death (2) demonio (2) depeche mode (2) diagnostico de muerte (2) dios (2) disciplinas de vampiro (2) dolor (2) don juan (2) dracula (2) e l v a m p i r o (2) ecce homo (2) el (2) el abismo (2) el anticristo (2) el arbol de la vida (2) el caballero de la maison rouge (2) el canibal de rotenburgo (2) el caos reptante (2) el club de la lucha (2) el club de los suicidas (2) el coche del diablo (2) el disco (2) el dueño de rampling gate (2) el elixir de larga vida (2) el entierro (2) el espectro del novio (2) el evangelio de los vampiros (2) el fabricante de ataúdes (2) el fantasma de la opera (2) el gran inquisidor (2) el hijo (2) el jinete en el cielo (2) el joven lovecraft (2) el palacio de la luna (2) el pantano de la luna (2) el profeta (2) el signo (2) ellinson (2) elogio de tu cuerpo (2) emily bronte (2) entendimiento (2) entre sueños (2) epistola (2) escritor (2) espacio (2) esperanza (2) esquizofrenia (2) eva (2) fin (2) fiodor dostoiesvski (2) fobia (2) fragmentos del necronomicon (2) frankenstein (2) g. a. becquer (2) gabriel garcia marquez (2) genesis (2) gothic darknes (2) gracia torres (2) guerra (2) guillotina (2) h. (2) hada (2) harry harrison (2) hazel heald (2) hechizo (2) herman hesse (2) historia / ficcion (2) historia real (2) hombre-lobo (2) honore de balzac (2) horror en el museo (2) indice (2) ingles (2) intriga (2) introductoria (2) italo calvino (2) juego (2) juguemos a los venenos (2) kafka (2) kir fenix (2) la carta robada (2) la catedra de lucifer (2) la cosa en el dormitorio (2) la creacion (2) la cruz del diablo (2) la dama de las camelias (2) la habitacion cerrada (2) la hoya de las brujas (2) la imagen de la muerte (2) la maquina de follar (2) la muerte y la condesa (2) la noche boca arriba (2) la novia del hombre caballo (2) la piedra negra (2) la torre oscura (2) lacrimosa (2) leyes (2) lhiliht (2) libro (2) literatura (2) los habitantes del pozo (2) los otros dioses (2) los perros de tindalos (2) los zuecos (2) m. r. james (2) milady (2) miskatonic (2) misterio (2) morfina (2) morgue (2) mp3 (2) music (2) mª. covadonga mendoza (2) narracion ocultista (2) nobel (2) noir (2) nota (2) notas (2) nuestros primos lejanos (2) nuevas cronicas vampiricas (2) occidente (2) ocultismo (2) on-line (2) oriente (2) orson scott card (2) p. (2) paris (2) paulo coelho (2) pecados (2) peter blatty (2) poderes (2) primigenio (2) prometeo (2) prosas luciferinas (2) psico (2) r.l. stevenson (2) reglas (2) relato amor (2) religion-ficcion (2) reliquia de un mundo olvidado (2) revelacion (2) revolucion francesa (2) ritual (2) rituales (2) robert a. lowndes (2) robert louis stevensont (2) roger zelazny (2) roll (2) romancero gitano (2) romanticismo (2) rpg (2) saki (2) sangre (2) serie cronicas vampiricas gardella (2) simbolismo (2) suicidio (2) sumario (2) surrealismo (2) taisha abelar (2) tetrico (2) the best (2) the cure (2) tragedia (2) traidor (2) un dia en el confin del mundo (2) una cruz de siglos (2) varios autores (2) varios cuentos (2) vaticano (2) video (2) violin (2) vistoriano (2) washington irving (2) willian blatty (2) ¿QUO VADIS? (2) ÁNGELES IGNORANTES (2) Ángela (2) "Vivo sin vivir en mí" (1) (1515-1582) (1) (1816) (1) (1934) (1) + y - (1) -- ANONIMO (1) -- EL HORROR DE DUNWICH (1) . EL PROFETA ERMITAÑO (1) . LA SANTA COMPAÑA . (1) . La locura del mar (1) . Luis Cernuda (1) . VENOM (1) .El Club del Ataúd. (1) .ecunemico (1) .rar (1) 100 (1) 13 fantasmas (1) 17THIS SECRET HAS TO BE KEPT by you from anyone else (1) 1809-1849 (1) 1810 (1) 1812 (1) 1862 (1) 1918/19 (1) 1939-1941? (1) 1ª parte (1) 1ªmujer (1) 1º (1) 26 CUENTOS PARA PENSAR (1) 2parte (1) 2ª Serie (1) 2º (1) 2ºlibro (1) 2ºlibro de nuevas cronicas vampiricas (1) 334 (1) 360º (1) 3:47 a.m. (1) 4 (1) 5 (1) 6 (1) 7 pecados capitales (1) 84 de charing cross road (1) 8º (1) 9000 años (1) A LA ESPERA (1) A M B R O S E B I E R C E (1) A imagen y semejanza (1) A restos.. de ti (1) A través de la puerta de la llave de plata (1) A través de las puertas de la llave de plata (1) A. E. VAN VOGT (1) A. MERRIT (1) A. Merritt (1) A.R. Ammons (1) A: lord Alfred Douglas (1) ABAJO (1) ABONO PARA EL JARDÍN (1) ABUELITO (1) ACERO -- Richard Matheson (1) ADEFESIA (1) AGENTE DEL CAOS (1) AL MAGNIFICO LORENZO DE MÉDECIS (1) AL OTRO LADO (1) ALGUIEN ME APRECIA AHÍ ARRIBA (1) ALGÚN QUE OTRO ANIMAL (1) ALMAS EN PENA (1) AMADEO KNODLSEDER (1) AMANECER EN MERCURIO (1) AMANECER VUDU (1) AMBROSE GWINET BIERCE (1) AMERICAN ZOMBIE (1) AMOR Y ODIO (1) ANDREA SOL (1) ANGEL DE LUZ (1) ANIUTA (1) ANTES DEL ESPECTÁCULO (1) APARECIÓ CAÍN (1) APRENDED GEOMETRIA (1) AQUEL VIEJO (1) ARMAGEDON Fredric Brown (1) ARTHUR JERMYN (1) ASESINOS SATÁNICOS (1) AYER (1) Abraham Merritt (1) Abraza la oscuridad (1) Acorralado (1) Ad Lucem (1) Adam Kadmon (1) Adan (1) Adiós al siglo XX (1) Adolf Hitler (1) Afuera (1) Agatha Christie (1) Ahmad Ibn Ata'Illah (1) Alan Barclay (1) Albertina desaparecida (1) Alejandro Pushkin (1) Alejo Carpentier (1) Aleksandr Nikoalevich Afanasiev (1) Aleksandr Pushkin (1) Alfred E. Van Vogt (1) Alfred Elton van Vogt (1) Algernoon Blackwood (1) Alien earth (1) Amityville (1) Ana María Matute (1) Anatoli Dneprov (1) Andrei Chikatilo (1) Andrógino (1) Animismo (1) Anne Brontë (1) Another Google Bot (1) Antiguas brujerías (1) Antipoemas (1) Antología (1) Anubis (1) Anónimo (1) Appleseed (1) Aramis (1) Arcipreste de Hita (1) Armand (1) Asesinado Al Pie De Un Altar Vudú (1) Asimov (1) Atentamente suyo Jack el Destripador (1) Atentamente suyo. Jack el Destripador (1) Athos (1) August W. Derleth (1) Auguste Villiers de l'lsle‑Adam (1) Augusto Monterroso (1) Augustus Hare (1) Autobiografía (1) Auténtico Amor (1) Ayuda Alienígena (1) BAJO LAS PIRÁMIDES H. P. LOVECRAFT (1) BARBA AZUL (1) BERTA (1) BLANCO Y AZUL (1) BOCCACCIO (1) BOITELLE (1) BOLA DE SEBO (1) Bacarat (1) Balada nupcial (1) Barry Longyear (1) Battle Angel Alita (1) Bibliografía (1) Biblioteca (1) Boogiepop Phamtom (1) Breve comentario sobre la esquizofrenia (1) Bruce Sterling (1) Bubblegum Crisis (1) C. L. MOORE (1) C. S. Lewis (1) C.L. Moore (1) CABEZA DE CONO (1) CANCIÓN DE AMOR (1) CANTOS DE VIDA Y ESPERANZA (1) CARTA A UN FÉNIX (1) CARTA DE UN LOCO (1) CARTAS (1) CASTIGOS (1) CEREMONIAL (1) CHARLES PERRAULT (1) CHERTOGON (1) CIBER-DARK (1) COCAINA (1) COCO.COCO. COCO FRESCO (1) COMO PARA CONFUNDIRSE (1) COMPLICIDAD PREVIA AL HECHO (1) CON DIOS (1) CONFESIONES DE UNA MUJER (1) CONSTITUCIÓN ESPAÑOLA DE 1978 (1) CONVERSIONES (1) COPLAS A LA MUERTE DE SU PADRE (1) CORTÁZAR (1) COTO DE CAZA (1) CRONICAS VAMPÍRICAS 2 (1) CRÍTICA AL CRISTIANISMO Y A LA SOCIEDAD (1) CUADERNO HALLADO EN UNA CASA DESHABITADA (1) CUENTOS DE AMOR. DE LOCURA Y DE MUERTE (1) CUERPO Y ALMA (1) Cabeza de Lobo (1) Camilo José Cela (1) Canaan negro (1) Canción del pirata (1) Cannibal Corpse (1) Canon Pali (1) Carmilla (1) Carolina (1) Cartas Desde La Tierra (1) Casi Extinguidos (1) Catastrofe Aerea (1) Catherine Crowe (1) Catulo (1) Charles Dickens El guardavías (1) Charles Grant (1) Charles Nightingale (1) Chaugnar Faugn (1) Chica gótica (1) Chitterton House (1) Chris Chesley (1) Christopher Marlowe (1) Ciencia Ficción (1) Cine (1) Claudia (1) Colección (1) Conan (1) Conoce la Ciudad Gótica en 3D (1) Conología de la caza de hackers (1) Conquístate a ti mismo y conquistarás al mundo (1) Conversación (1) Corazones Perdidos (1) Corman (1) Cosas Zenna Henderson (1) Crom (1) Crumtuar y la Diosa (1) Cría cuervos (1) Cuando los cementerios son una atracción (1) Cuarta parte (1) Cynthia Asquith (1) CÁTULO (1) Cómo mueren los mitos (1) D'Artagnan (1) DAGÓN (1) DANTE ALIGHIERI (1) DE COMO EL Dr. JOB PAUPERSUM LE TRAJO ROSAS ROJAS A SU HIJA (1) DE COMO LLEGO EL ENEMIGO A THULNRANA (1) DE SADE (1) DECAMERON (1) DEL MÁS ALLÁ (1) DELENDA EST... (1) DESPERTARES (1) DIABLO (1) DICCIONARIO DE ÁNGELES (1) DICCIONARIO DEL DIABLO (1) DIÁLOGO SOBRE LA PENA CAPITAL (1) DOBLE CREER (1) DOS POEMAS (1) DOS SERES IGUALES (1) Dan Brown Ángeles y demonios (1) Dark Gotico (1) Dark Icarus (1) David F. Bischoff (1) De guardia (1) Death Fails (1) Del toro (1) Demonios babilónicos (1) Demoníacos (1) Dennis Etchison (1) Dentro de mí (1) Deportacion (1) Depresión (1) Der Vampir (1) Derek Rutherford (1) Descargo de responsabilidad (1) Desde Lugares Sombríos (1) Desert Punk (1) Diagnóstico de Muerte (1) Diccionario De Relaciones Y Sexo (1) Diccionario de Símbología (1) Donde habite el olvido XII (1) Douglas Rushkoff (1) Dr. Bloodmoney (1) Duelo (1) Dulces para esa dulzura (1) E L E N T I E R R O P R E M A T U R O (1) E L E N T I E R R O P R E M A T U R O (1) E L A N T I C R I S T O (1) E-volution (1) E. M. Johnson (1) E.F.Benson (1) E.T.A. Hoffmann (1) EL ABONADO (1) EL ABUELO ASESINO (1) EL ALEPH (1) EL ALEPH ficcion (1) EL ALMOHADON DE PLUMAS (1) EL ARISTÓCRATA SOLTERÓN (1) EL ARMARIO (1) EL ARO (1) EL ASESINATO DE DIOS (1) EL BARON DE GROGZWIG (1) EL BARRILITO (1) EL BICHO DE BELHOMME (1) EL BIGOTE (1) EL CARDENAL NAPELLUS (1) EL CETRO (1) EL CLUB DE LUCHA (1) EL CONDE DE MONTECRISTO II (1) EL CONDE DE MOTECRISTO (1) EL CONDUCTOR DEL RAPIDO (1) EL COTTAGE DE LANDOR (1) EL CRIMEN DE LORD ARTHUR SAVILLE (1) EL CRIMINAL Y EL DETECTIVE (1) EL CUENTO FINAL DE TODOS LOS CUENTOS (1) EL DEMONIO DE LA PERVERSIDAD (1) EL DIENTE DE BALLENA (1) EL DIOS SIN CARA (1) EL DUEÑO DE RAMPLING GATE (1) EL ERMITAÑO (1) EL FINAL (1) EL FLASH (1) EL FRUTO DE LA TUMBA (1) EL GATO Y EL RATÓN (1) EL GRABADO EN LA CASA H. P. LOVECRAFT (1) EL GRAN GRIMORIO (1) EL HOMBRE DE LA CALAVERA (1) EL HURKLE ES UN ANIMAL FELIZ (1) EL INCORREGIBLE BUITRE DE LOS ALPES (1) EL JOVEN GOODMAN BROWN (1) EL JUEGO DE LOS GRILLOS (1) EL JUEGO DE PELOTA EN RAMTAPUR (1) EL LIBRO DE LO INCREÍBLE (1) EL LIBRO DE LOS SERES IMAGINARIOS (1) EL MATRIMONIO DEL CIELO Y EL INFIERNO (1) EL MESMERISMO (1) EL METRONOMO (1) EL MUNDO AVATAR: ANDY WARHOL (1) EL NECRONOMICON (1) EL NUMERO QUE SE HA ALCANZADO (1) EL OJO SIN PARPADO (1) EL ORACULO DE SADOQUA (1) EL ORINAL FLORIDO (1) EL ORO (1) EL OTRO VAGABUNDO (1) EL PESCADOR DEL CABO DEL HALCON (1) EL PRECURSOR (1) EL REGRESO (1) EL RELÁMPAGO (1) EL REY (1) EL REY DE HIERRO (1) EL ROBLE HA CAÍDO (1) EL RÍO (1) EL SEXO FRIO (1) EL SUEÑO DE UNA NOCHE DE VERANO (1) EL SUEÑO DEL REY KARNA-VOOTRA (1) EL SUSURRADOR EN LA OSCURIDAD (1) EL TRUEQUE (1) EL USURPADOR DE CADAVERES (1) EL VALLE DE LOS DIOSES (1) EL VAMPIRO ARMAND (1) EL VAMPIRO ARMAND (1) EL VENGADOR DE PERDONDARIS (1) EL VIUDO TURMORE (1) EL ZOPILOTE (1) EL _ ALEPH (1) EL cantar del exangel (1) EL ÚLTIMO EXPERTO (1) ELIGE TU DESTINO (1) ELISA BROWN (1) EN EL BOSQUE DE VILLEFERE (1) EN EL CREPUSCULO (1) EN ESTADO LATENTE (1) EN LA FERIA (1) EN ZOTHIQUE (1) Eco (1) Edad Media (1) Edgar Allan Poe El Cuervo (1) Edward Bulwer-Lytton (1) Edward Lucas White (1) El Almohadón de Plumas (1) El Arte de la Estrategia (1) El Asirio (1) El BAR II (1) El Barril de Amontillado (1) El Boogie Del Cementerio (1) El Borametz (1) El Buque Fantasma (1) El Carbunclo Azul (1) El Caso de los Niños Deshidratados (1) El Centinela (1) El Clan De Los Parricidas (1) El Club del Ataúd (1) El Corsario (1) El Crimen Invisible (1) El Cuarto en la Torre (1) El Dios de los Brujos (1) El Dios-Monstruo De Mamurth (1) El Dragón (1) El Eclipse (1) El Espejo De Nitocris (1) El Gigante Egoista (1) El Gris Gris En El Escalón De Su Puerta Le Volvió Loco (1) El Haschich (1) El Hombre Del Haschisch (1) El Hombre que Soñó (1) El Hueco (1) El Mago de Oz (1) El Mensajero de la Muerte (1) El Misterio del Mary Celeste (1) El Nuevo Acelerador (1) El Nuevo Acelerador Herbert George Wells. (1) El Príncipe (1) El Regalo de los Terrestres (1) El Rey Estelar (1) El Ritual (1) El Ruido de un Trueno (1) El Sacerdote Y Su Amor (1) El Signo Amarillo (1) El Underground digital (1) El Vengador de Perdóndaris (1) El Violador de la Moto (1) El Visitante Y Otras Historias Dylan Thomas (1) El Yoga (1) El amor de mi vida (1) El aprendiz de brujo. (1) El armonizador (1) El cadillac de Dolan (1) El camaleón (1) El campamento del perro (1) El cartero del rey (1) El caso de Charles Dexter Ward (1) El cuarto de goma (1) El demonio en Ceirno (1) El duque de L'Omelette (1) El espejo de Ko Hung (1) El extraño vuelo de Richard Clayton (1) El francotirador cazado (1) El grimorio del papa Honorio (1) El guardián entre el centeno (1) El horror del montículo (1) El informe del inspector Legrasse (1) El jardín de Adompha (1) El jardín del tiempo (1) El judío errante (1) El judío errante.Thomas M. Disch (1) El mal de la muerte (1) El muchacho que escribia poesia (1) El mundo que ella deseaba (1) El pararrayos (1) El pecado de Hyacinth Peuch (1) El perfume (1) El pescador del Cabo del Halcón (1) El pescador y su alma (1) El puñal del godo (1) El que acecha en la oscuridad (1) El que susurraba en las tinieblas (1) El roble de Bill (1) El sexo y yo (1) El soldado y la muerte (1) El telar (1) El terror volvió a Hollywood (1) El Árbol de las Brujas (1) El árbol de la buena muerte (1) El árbol de oro (1) El último sueño del viejo roble (Cuento de Navidad) (1) Eliphas Lévi (1) Ellen Schreiber (1) Empirismo (1) En donde suben y bajan las mareas (1) En el Calor de la Noche (1) En persona (1) Ensayo al viejo estilo (1) Erasmo de Rotterdam (1) Erecciones (1) Eres tan bella como una flor (1) Ergo Proxy (1) Eric Frank Russell (1) Eric Lavín (1) Escéptico (1) Ese Gran simulacro (1) Esoterismo (1) Esta noche se rebelan las estrellas (1) Estilo gótico (1) Exhibiciones (1) Eyaculaciones (1) F R I E D R I C H N I E T Z S C H E (1) FABULAS Y SIMBOLOS (1) FBI (1) FEMINISTAS (1) FESTIVAL DEL TESTÍCULO (1) FICCIONES (1) FLUYAN MIS LÁGRIMAS DIJO EL POLICÍA (1) FRANCIS MARION CRAWFORD (1) FRANK BELKNAP L. (1) FRASES DE POLÍTICOS (1) FREDIE MERCURY (1) FUERA DE ESTE MUNDO (1) Factotum (1) Fahrenheit 451 (1) Farenheit 451 (1) Feuerräder (1) Fiel amigo (1) Flautistas en el bosque (1) Fondo Monetario (1) Frank Belknap Long (1) Frankenstein o el moderno Prometeo (1) Franz Harttmann (1) Fred Saberhagen (1) Frederick Marryat (1) Frederick pohl (1) Freud (1) Fruto negro (1) Fuego Brillante (1) Fuego infernal (1) G. A. BEQUER (1) GENTE REUNIDA (1) GIBRÁN KHALIL GIBRÁN LADY RUTH (1) GIGANTE (1) GITANO (1) GOTHICPUNK (1) GUARDIANES DEL TIEMPO EXTRAÑOS TERRÍCOLAS ORBITA ILIMITADA ONDA CEREBRAL UN MUNDO EN EL CREPUSCULO (1) GUERRA DE ALADOS (1) GUIA DEL AUTOESTOPISTA GALACTICO (1) Gardner F. Fox (1) Gastón (1) Gauguin (1) Geoffrey Chaucer (1) George Berkeley (1) George Gordon Byron (1) George Langelaan (1) George Orwell (1) Ghost lover (1) Gilbert Thomas (1) Gordon Leigh Bromley (1) Gottfried Benn (1) Greg Egan (1) Grimoires (1) Guión para Alíen III (1) Gustave Flaubert (1) Génesis (1) Gómez (1) H. G. WELLS (1) H. P. Lovecraft LA BÚSQUEDA DE IRANON (1) H. P. Lovercraft (1) H.P.Lovecraft y E. Hoffmann Price (1) HAN CAIDO LOS DOS (1) HECHIZOS DE AMOR (1) HERBERT WEST (1) HIJO DE LA LUNA (1) HIPNOS (1) HISTORIA DE MAR Y TIERRA (1) HISTORIA DEL ENDEMONIADO PACHECO (1) HISTORIA DEL JOVEN DE LAS TARTAS DE CREMA (1) HISTORIA DEL MANDADERO (1) HISTORIA GÓTICA (1) HISTORIA PRODIGIOSA DE LA CIUDAD DE BRONCE (1) HOMBRES y DRAGONES (1) HOY Y MAÑANA (1) Hasta donde mueran los sentimientos (1) Hay Tigres (1) Hector G. Oesterheld (1) Heinrich August Ossenfelder (1) Hell-fire 1956 (1) Herbert George Wells. (1) Herman Melville (1) Hierba gatera (1) Historia Del Necronomicon H. P. Lovecraft (1) Historia de un muerto contada por él mismo (1) Historia de una demonización. (1) Horace Walpole (1) Howard Fast (1) Howard P. Lovecraft (1) Howard Philip Lovecraft (1) Héctor Álvarez (1) Híbrido (1) II parte (1) III (1) III parte (1) IMAGEN DE TU HUELLA (1) IMAGINE (1) IMÁGENES MALDITAS (1) INDICE MIO CID (1) Ideas (1) Ilusionismo (1) Inanna (1) Intento (1) Investigador De Lo Oculto (1) Isthar (1) Iván A. Efrémov (1) Iván Turguéniev (1) J. G. Ballard (1) J. J. Van der Leeuw (1) J.D. Salinger (1) JACK LONDON (1) JON WIENER (1) JORGE ADOUM (1) JUAN SALVADOR GAVIOTA (1) JUEGO DE SOMBRAS (1) JUNTO A UN MUERTO (1) Jaime Bayly (1) James H. Schmitz (1) James Montague RhodesCORAZONES PERDIDOS (1) Javi (1) Jean Lorrain (1) Jean Ray (1) Jim Morrison (1) John Lennon (1) John Silence (1) John Stagg - El Vampiro (1) John W. Campbell (1) John Wyndham (1) John/Yoko (1) Jorge Bucay (1) Jorge Manrique (1) Jose Antonio Rodriguez Vega (1) Joseph Sheridan Le Fanu (1) José Luis Garci (1) José Luis Zárate Herrera (1) José Manuel Fernández Argüelles (1) José María Aroca (1) José de Esponceda (1) Juan C. "REX" García Q. (1) Juan Darién (1) Juan Ruiz (1) Juan de la Cruz (1) Juan-Jacobo Bajarlía (1) Kabbalah (1) Keith Laumer (1) Khnum (1) Kit Reed (1) L a Muerte De Halpin Frayser A mbrose Bierce (1) L a Mujer Loba (1) LA ALQUIMIA COMO CIENCIA DEL ARTE HERMETICO (1) LA AVENTURA DEL ASESINO METALICO (1) LA BAILARINA (1) LA BALLENA DIOS (1) LA BALLENA Y LA MARIPOSA (1) LA BARONESA (1) LA BECADA (1) LA BELLEZA INÚTIL (1) LA BELLEZA INÚTILguy de maupassant (1) LA BODA DEL LUGARTENIENTE LARÉ (1) LA CABELLERA (1) LA CASA (1) LA COMPAÑERA DE JUEGO (1) LA CONFESIÓN DE TEODULIO SABOT (1) LA CRIBA (1) LA ESCUELA DE LA PIEDRA DE LOYANG (1) LA ESPADA DE WELLERAN (1) LA ESTATUA (1) LA EXTRAÑA CABALGADA DE MOROWBIE JUKES Rudyard Kipling (1) LA FERIA DE LAS TINIEBLAS (1) LA INVASIÓN DIVINA (1) LA LUNA LLENA (1) LA MAGIA NEGRA (1) LA MALDICIÓN (1) LA MAQUINA DEL SONIDO (1) LA MASCARA DE LA MUERTE ROJA (1) LA MOSCA (1) LA MÚSICA DE ERICH ZANN (1) LA NARIZ (1) LA PARENTELA DE LOS ELFOS (1) LA PARÁBOLA CHINA (1) LA PIMPINELA ESCALATA (1) LA QUE ERA SORDA (1) LA RAÍZ CUADRADA DE CEREBRO (1) LA SEGUNDA LEY (1) LA SENDA (1) LA SOMBRA. (1) LA TEMPESTAD (1) LA TEORIA DE LAS MASCOTAS DE L.T. (1) LA TIERRA DE ZAAD (1) LA TIERRA ROJA (1) LA TRAMA CELESTE (1) LA TRÁGICA HISTORIA DEL DOCTOR FAUSTO (1) LA VENTANA ABIERTA (1) LA VENUS DE ILLE (1) LA VISITA QUE J. H. OBERHEIT HACE A LAS TEMPIJUELAS (1) LAGARTIJA (1) LAGRIMAS Y RISAS (1) LAGRIMAS Y SONRISAS (1) LAS BECADAS (1) LAS DOS PRINCESAS (1) LAS GRANADAS (1) LAS HOJAS SECAS (1) LAS LEYES (1) LAS PERVERSAS CRIATURAS DE SERGIO LAIGNELET (1) LAS RANAS (1) LAS RATAS DEL CEMENTERIO (1) LAS REVELACIONES DE BECKA PAULSON (1) LAS TUMBAS DE TIEMPO (1) LEOPOLDO LUGONES (1) LEYENDA DE LA CALLE DE NIÑO PERDIDO (1) LEYES DE DROGAS (1) LIBRO DE LA DUALIDAD (1) LIBRO DE LA IGNORANCIA (1) LIBRO DEL AMOR (1) LILIHT (1) LOS AGUJEROS DE LA MASCARA (1) LOS CANGREJOS CAMINAN SOBRE LA ISLA (1) LOS CLANES DE LA LUNA ALFANA (1) LOS CONSTRUCTORES (1) LOS CUATRO HERMANOS LUNARES (1) LOS DOS CAZADORES (1) LOS DOS HERMANOS (1) LOS DOS POLÍTICOS (1) LOS DOS ÁNGELES (1) LOS HOMBRES QUE ASESINARON A MAHOMA (1) LOS HOMBRES QUE BAILAN CON LOS MUERTOS (1) LOS HUÉSPEDES -- SAKI (1) LOS IMPOSTORES (1) LOS SIETE PUENTES (1) LOS VEINTICINCO FRANCOS DE LA SUPERIORA (1) LOS ÁRBOLES DEL AZUL (1) LSD (1) LUZIFER (1) La Acacia (1) La Aureola Equivocada (1) La Callejuela Tenebrosa (1) La Campaña (1) La Casa Croglin (1) La Casa De Los Espíritus (1) La Caza de Hackers (1) La Ciudad (1) La Cámara De Los Horrores (1) La Cámara de los Tapices (1) La Entrada Del Monstuo (1) La Estatua de Sal (1) La Extraña Cabalgada De Morowbie Jukes (1) La Fiera Y La Bella (1) La Leyenda De San Julian El Hospitalario (1) La Liberación de la Bella Durmiente (1) La Luna Nueva (1) La Magia (1) La Mandrágora (1) La Mascarada (1) La Muerte Enamorada (1) La Máscara de la Muerte Roja (1) La Palida Esposa De Toussel (1) La Pradera Verde (1) La Pócima Vudú De Amor Comprada Con Sangre (1) La Torre del Elefante (1) La Tregua (1) La Vérité (1) La bahía de las corrientes irisadas (1) La capa (1) La casa de Cthulhu (1) La casa del hacha (1) La casa hechizada (1) La catacumba (1) La condena (1) La cultura del miedo (1) La dama de compañía (1) La familia de Pascual Duarte (1) La guadaña (1) La hija del árbol (1) La llave de plata (1) La lucha por la vida I (1) La lucha por la vida II (1) La lucha por la vida III (1) La mansión de las rosas (1) La mañana verde (1) La muerte del borracho (1) La mujer de Dennis Haggarty (1) La mujer del bosque (1) La máquina del sonido (1) La novia del ahorcado (1) La parra (1) La pregunta (1) La reina estrangulada (1) La soledad del escritor en el siglo XXI (1) La sombra de Eva (1) La sombra que huyó del capitel (1) La sombra que huyó del capitel. los mitos de cthulhu (1) La sombra que huyó del chapitel (1) La vampiro española (1) La ventana en la buhardilla (1) La vida de la muerte (1) La vida en las trincheras del Hiperespacio (1) La vida nueva (1) Lain (1) Las botas mágicas (1) Las figurillas de barro (1) Las imprudentes plegarias de Pombo el idólatra (1) Las mandrágoras (1) Las once mil vergas -- Guillaume Apollinaire -- Advertencia (1) Las palabras mágicas (1) Las puertas del Valhalla (1) Lawrence C.Conolly (1) Leigh Brackett (1) Lestat (1) Ley y Orden (1) León Tolstoi (1) Libro de Buen Amor (1) Libro de Eibon (1) Lilitú (1) Lista de los demonios en el Ars Goetia (1) Llegado desde el infierno (1) Lluvia Negra (1) Lord of the Flies (1) Los Crímenes de la Rue Morgue (1) Los Elementales (1) Los Nueve Pecados Satánicos (1) Los Poemas Ocultos (1) Los cazadores de cabezas (1) Los colmillos de los árboles (1) Los comedores de lotos (1) Los gatos de Père Lachaise (1) Los hijos de Babel (1) Los príncipes demonio I (1) Los reploides (1) Los árboles parlantes (1) Lotófagos (1) Luana (1) Luis Enrique Délano (1) Luisa Axpe (1) Lydia Cabrera (1) Lyman Frank Baum (1) M .R. James (1) MACHISTAS (1) MAESE LEONHARD (1) MAGICO (1) MANUSCRITO ENCONTRADO EN UNA BOTELLA DE CHAMPAGNE (1) MAQUIAVELO (1) MARIDOS (1) MARIO VARGAS LLOSA (1) MARY W. SHELL (1) MAS ALLÁ DEL MURO DEL SUEÑO (1) MAUPASSANT. AHOGADO (1) MAUPASSANT. ADIOS (1) MAUPASSANT.EL AFEMINADO (1) MAUPASSANT.EL ALBERGUE (1) MEN IN BLACK (1) METAMORFOSIS (1) MI MONSTRUO DE OJOS SALTONES (1) MI RESPETADO SUELO DURMIENTE (1) MINICUENTOS ESCALOFRÍO (1) MULTIPLICACIÓN. (1) Mage La (1) Magia menor (1) Manual de zoología fantástica (1) Manuel González Noriega (1) Mao (1) Marcel Proust (1) Margaret A. Murray (1) Margarita Guerrero (1) Margaritas Fredric Brown Daisies (1) Marguerite Duras (1) Mario Benedetti - La noche de los feos (1) Mario Benedetti - Ni Cinicos Ni Oportunistas (1) Mario Flecha (1) Marx (1) Mary Shelley. (1) Mary Wolfman (1) Marzo Negro (1) Matrix (1) Maxim Jakubowski (1) Maximiliano Ferzzola (1) Me siento sola (1) Memnoch El Diablo (1) Memoria de Crímenes (1) Memorias de un moribundo (1) Mentalismo (1) Metadona (1) Metzengerstein (1) Mi Querida Muerte (1) Miguel de Cervantes Saavedra . NOVELA (1) Miguel de Cervantes Saavedra . NOVELA LA GITANILLA (1) Mitología hebrea (1) Monopolio (1) Montado en la bala (1) Mujer de pie (1) MundoDisco (1) My buddy (1) MÁSCARAS (1) Más allá de los confines del mundo (1) Más vasto que los imperios (1) Máximo Torralbo (1) Música (1) NARRACIONES OCULTISTAS (1) NEGLIGENCIA (1) NO MIRES ATRÁS (1) NOTICIAS (1) NOTICIAS DEL MAS ALLA (1) NUL-O (1) Nathaniel Hawthorne (1) Necrológica (1) Neil Olonoff (1) Nelly Kaplan (1) Neuromancer (1) Ni Cinicos Ni Oportunistas (1) Ni Corruptos Ni Contentos (1) Nicolás Maquiavelo (1) Nieto de un verdugo (1) Nightmares and dreamscapes (1) Nikolàj Semënovic Leskov (1) No Despertéis a los Muertos (1) No Tengo Boca. Y Debo Gritar (1) No a la censura (1) No te Salves (1) No tocarte (1) Nona (1) Novela de terror (1) Nyarlathotep (1) Nyarlathotep el Terrible (1) O V I D I O (1) OLIVER ONIONS (1) ORGIAS (1) ORISHAS (1) OSCURA Y FRIA NOCHE (1) Opinion Personal (1) Otros mundos. otros dioses (1) PACIENTE BERLIN (1) PACTO (1) PACTOS DIABOLICOS EN FLORES PACTOS DIABOLICOS EN FLORES (1) PALABRAS (1) PAPÁ BENJAMIN (1) PARANOYAS (1) PARCAS (1) PARTE 1 (1) PATTI SMITH (1) PAZ CONTAGIOSA (1) PAZ Y GUERRA (1) PELIGROS DEL SATANISMO (1) PINOSANGUINOCHETBURUNDA (1) PLURIEMPLEO (1) POBRE (1) POE Y OTROS (1) POEMA INDIO (1) POEMA VAMP (1) POEMAS ÚLTIMOS (1) POEMÊ (1) POIROT INFRINGE LA LEY (1) POQUITA COSA (1) POR LA SANGRE ES LA VIDA (1) PRELUDIOS (1) PREMIOS (1) PROCESO (1) PRÍNCIPE Y MENDIGO (1) PUERTA AL INFIERNO SANGRE EN EL CIELO (1) PUNK (1) PUNTO DE PARTIDA (1) PUTA (1) Padma Sambava (1) Padre fundador (1) Para las seis cuerdas (1) Parricidios (1) Patakí De Ofún (1) Patrick Süskind (1) Paulo Navas (1) Pecados capitales (1) Pedro Pastor (1) Pelotón D (1) Pequeña Antología (1) Pesadilla (1) Pete Adams (1) Peter Shilston (1) Peter Valentine Timlett (1) Peter Wake (1) Philaréte Chasles (1) Poema de amor a una chica que hacía striptease (1) Poemas Completos (1) Poemas Malditos (1) Poemas de Gilgamesh (1) Poemas de amor (1) Porthos (1) Primer amor (1) Primera parte (1) Primera parte 2 (1) Prosper Mérimée (1) Protesta Anonima General (1) Proyección (1) Príncipe (1) Príncipe de las tinieblas (1) Próxima Centauri (1) Pseudomonarchia Daemonum (1) Psiquismo (1) Punch Drunk (1) QUE DIFÍCIL ES SER DIOS (1) R. E. HOWARD (1) R. W. Chambers (1) R.E.3 (1) RAMÓN GOMEZ DE LA SERNA (1) REANIMADOR (1) REGIONES APARTADAS (1) RELATOS DE TERROR (1) RENZO (1) RETRANSMISION ETERNA (1) RIMA VII (1) RIMA XXXVIII (1) RITUALES SATANICOS (1) ROBERT LOUIS STEVENSON (1) ROBOT CITY (1) ROLL AND ROLL (1) ROMANCE DEL ENAMORADO Y LA MUERTE (1) Raymond J. Martínez (1) Reaper (1) Recetas (1) Respuesta del Forastero (1) Reto (1) Retoños (1) Reventando el sistema (1) Rhea (1) Richard Bellush (1) Richard Calder (1) Richard Shrout (1) Richelieu (1) Ritos (1) Rituales con los ángeles (1) Robert Ervin Howard (1) Robert Ervin Howard: Un Recuerdo (1) Rochefort (1) Rockefeller (1) R’Iyeh (1) S. SV - XVIII (1) SALIDA DEL EDEN (1) SALVAME (1) SATANICo (1) SATÁN (1) SECTAS SATÁNICAS (1) SECUESTRO HOCHSCHILD (1) SEHNSUCHT (1) SETENTA (1) SIDDHARTA (1) SIN TON NI SON (1) SLAN (1) SOBRE LA ARENA (1) SORTEOS (1) SORTILEGIO DE OTOÑO (1) STANLEY CEPILLO DE DIENTES (1) STÉPHANE MALLARMÉ (1) SUEÑOS (1) Sandy Lopez Juarez (1) Santa Teresa de Ávila (1) Saquitos (1) Segador (1) Segunda parte (1) Serial Experiments Lain (1) Sharon N. Farber (1) Si Viene Damon (1) Siembra de Marte (1) Siglo XV (1) Silent Möbius (1) Simbiótica (1) Skull and Bones (1) Sobre Todo Madrid (1) Sociedad Thule (1) Sociedad Vril (1) Soy Leyenda (1) Soy la Puerta (1) Stalin (1) Stanley G. Weinbaum (1) Stanley Weinbaum (1) Stephen Vincent Benet (1) Supieras... (1) SÍMBOLO DE BALPHOMET (1) TALENTO (1) TOBERMORY (1) TOMBUCTÚ (1) TONTOS (1) TRAGEDIAS (1) TRATADO ESOTÉRICO DE TEURGIA (1) TRES DIOSES Y NINGUNO (1) TRES REGALOS (1) TRINITY BLOOD (1) TROPAS DEL ESPACIO (1) TU FRIALDAD (1) Tanith Lee (1) Taveret (1) Teatro de Crueldad (1) Templarios (1) Tercera parte (1) Tercera parte 2 (1) Terror en el espacio (1) Terry Carr (1) Terry Pratchett (1) Tetas (1) The Green Meadow (1) The Lilim (1) The Matrix (1) The Reward (1) The dead beat (1) The garden of time (1) The green morning (1) Theodore Sturgeon (1) Thomas Burnett Swann (1) Théàtre des Vampires (1) Tierra extraña (1) Tokio (1) Totemismo (1) Transmisión (1) Transmutación Transferencia Misticismo Desarrollismo (1) Trigun (1) Tsathoggua (1) Términos (1) U N C A M I N O A L A L U Z D E L A L U N A (1) UN AS DEL AJEDREZ (1) UN ASESINATO (1) UN COMPENDIO DE SECTAS (1) UN DIA EN EL REFLEJO DEL ESPEJO (1) UN LUGAR DE LOS DIOSES (1) UN MENSAJE IMPERIAL (1) UN OLOR A MUNDO (1) UN SEÑOR MUY VIEJO CON UNAS ALAS ENORMES (1) UN SUEÑO (1) UNA CONFLAGRACION IMPERFECTA (1) UNA ISLA (1) UNA ODISEA MARCIANA (1) UNA PEQUEÑA FABULA (1) UNA TARDE EN LO DE DIOS (1) UNA TUMBA SIN FONDO (1) URSULA K. LEGUIN (1) USA (1) USURPACIÓN DE DERECHOS DE AUTOR (1) Un crimen fuera de lo corriente (1) Un día en el confín del Mundo (1) Un escándalo en Bohemia (1) Un escándalo en Bohemia sir Arthur Conan Doyle (1) Un manifiesto Cyberpunk (1) Un marido ideal (1) Una carta abierta a H. P. Lovecraft (1) Una confesión encontrada en una prisión de la época de Carlos II (1) Una cuestión de identidad (1) Universo desierto (1) Ursula K. Le Guin (1) Utopía (1) V I N C E N T V A N G O G H (1) VENGANZAS (1) VESTIDURAS (1) VIEJO VINO (1) VIH-SIDA (1) VINTAGE (1) VITTORIO EL VAMPIRO (1) VIVIDOR A SU PESAR (1) VIVOS (1) VOLUMEN 1 (1) VOLUMEN 1parte 2 (1) Valencia (1) Valencia nocturno (1) Venganzas Y Castigos De Los Orishas (1) Viaje a la semilla (1) Viktor Saparin (1) Villiers de L'Isle (1) Villiers de L'Isle Adam (1) Vivian Meik (1) Voces de la Oscuridad (1) Von Junzt (1) Vuelto a nacer (1) Víctor Hugo (1) W.W. Jacobs (1) WHITE (1) WHITE ZOMBIE (1) Walter Scott (1) WannaFlock (1) Ward Moore (1) Weird Tales (1) Wendigo (1) Wilfred Blanch Talman (1) William Golding (1) William H. Hogdson (1) William Irish (1) William Shakespeare (1) Winifred Jackson (1) Wlliam Shakespeare (1) Wood'stown (1) Y cada día nos cuesta más soñar. (1) YERMA (1) YING-YANG (1) YO OS SALUDO (1) YVETTE (1) Yasutaka Tsutsui (1) Yra Reybel (1) YulyLizardi (1) ZOMBIE (1) ZOTHIQUE (1) Zenna Henderson (1) Zuzana_dt666(arrova)hotmail.com (1) a dreamer`s tales (1) a la caza (1) abducciones (1) abortivo (1) abstractos (1) aceite de perro (1) acerca de nyarlatoted (1) acido (1) actual (1) actualizacion 4.0 (1) adicción (1) adios (1) adolfo (1) agathos (1) aguelles (1) ahogado (1) al pueblo hebreo (1) alcacer (1) aldoux huxley (1) aleksandr (1) alfa (1) algo sobre los gatos (1) algunas formas de amar (1) ali-baba y los cuarenta ladrones (1) almas (1) alto (1) amante fantasma (1) amateur (1) ambiente (1) amor . i love... (1) amy foster (1) analogia (1) anarko-undergroud (1) anarquía (1) anecdota (1) angel (1) angela (1) angeles guardianes (1) angelustor (1) animales racionales (1) animas (1) ann (1) anonimos (1) antes del espectaculo (1) antifona (1) antiguos (1) anton (1) antropologia de la muerte (1) apariciones (1) apocalipsis 2012 (1) apocalipsis-ficcion (1) apocapocalipsis (1) apocrifos (1) aqui hay tigres (1) aqui vive el horror (1) arcangel negro (1) archivos (1) arde (1) arfego (1) arkham (1) armagedon (1) armando (1) armas (1) arqueologia (1) arquetipo (1) arquitectura (1) arrebatado (1) articulo (1) articulos (1) artista gotica (1) asesino (1) asesino en serie (1) asesinos (1) asfódelo (1) ashkin (1) atlantida (1) auto de fe (1) autobiografia carcelaria (1) autores (1) avalon (1) avatar (1) ayuda alienigena (1) bajo (1) bajo la piramide (1) barrilamontillado (1) bdsm (1) berenice (1) berkeley (1) berlin (1) bert-sellers (1) biblia (1) bibliografia (1) bien (1) biotecnologia (1) blanco y negro (1) blog (1) blogs (1) blood canticle (1) bloods (1) boemios (1) boix (1) books of bloods (1) bram (1) brenda (1) breve (1) bruja (1) brujas y ovnis (1) bublegum (1) budhismo (1) budismo (1) bukoski (1) cabalista (1) cabalistico (1) caballeros de Jerusalén (1) caballeros de tabla redonda (1) campbell (1) cancion (1) canciones (1) canibal (1) canto (1) canto vii (1) cantos (1) caotico (1) capilla (1) capitulos eliminados (1) capuletos montescos (1) carl sagan (1) carlo frabetti (1) carta a colin wilson (1) casa tomada (1) catacumbas (1) causas (1) cd (1) celebres (1) celta (1) cementerio (1) cenizas (1) censura (1) centinela (1) cesar vallejo (1) charles (1) charles fort (1) charlotte mew (1) chulhut (1) ciber (1) cibercultura (1) ciencias de la educación (1) cinico (1) circulo (1) claro de luna (1) cocaína (1) coeficiente intelectual (1) coelho (1) coleccion relatos de terror (1) collins (1) color (1) comentarios (1) como ser un gran escritor (1) completo (1) compramos gente (1) concepto gotico (1) concilio de rivendel (1) condecorado (1) confesion (1) conocer (1) contemporaneo.1863 (1) control de las informaciones (1) conversacion (1) correspondencias sephirothicas (1) corrupcion (1) costumbre (1) crackanthorpe (1) creador (1) creencias (1) crimenesdelamor (1) cripta (1) cristiana (1) cristiano (1) cronicas marcianas (1) cronopios (1) cubres borrascosas (1) cuento clásico de terror (1) cuento extraño (1) cuento macabro (1) cuento terror (1) culto secreto. algernon lackwood (1) cultura (1) curita (1) cyberglosario (1) cyborg (1) cíclopes (1) dactilo (1) dalia negra (1) damon knight (1) daniel defoe (1) darex (1) darex vampire (1) darg (1) dark art (1) darks (1) data desde el siglo X hasta el XV (1) david lake (1) de kadath el desconocido (1) de leng en el frio yelmo (1) de los antiguos y su simiente (1) de los diversos signos (1) de los tiempos y las epocas que deben observarse (1) debilidades (1) definiciones (1) delicioso dolor (1) demonios sin cuernos (1) demons (1) demons et merveilles (1) dendrofilia (1) dependencia (1) dependencia de las computadoras (1) depresion (1) derleht (1) derleth (1) desamparado en el infierno (1) desaparición (1) descanso (1) desconocido (1) descubrimiento (1) desintoxicación (1) desmembramiento (1) desolacion (1) devil doll (1) diablos internos (1) diabolico (1) diabolos (1) diccionario de los infiernos (1) dicho (1) dickens (1) dictadores (1) dictionarie infernal (1) dikens (1) diligencias (1) dinero (1) diosa (1) diosas madres (1) discipulos (1) disculpas (1) dolor-fiel amigo (1) dominio publico (1) dorian gray (1) down (1) dowson (1) doyle (1) dragones (1) dramaturgo (1) droga (1) duende (1) e l v a m p i r o (1) e-mails (1) e.a.poe (1) e.t.a. hoffman (1) eclipse (1) ecuador (1) eddy (1) edicion fria (1) el ahogado mas hermoso del mundo (1) el alberge (1) el alfabeto de nug-soth (1) el amo de moxon (1) el angel (1) el arbol (1) el arbol de la bruja (1) el arma (1) el arpa (1) el artista (1) el auxiliar de la parroquia (1) el avaro (1) el ayunador (1) el barbero de bagdad (1) el coco (1) el cohete (1) el conde dracula (1) el contejo de anthony garstin (1) el corazon de la señorita winchelsea (1) el dia de los trifidos (1) el diablo en la botella (1) el dios caballo (1) el duende (1) el enamorado y la muerte (1) el engendro maldito (1) el entierro de las ratas (1) el estatuto de las limitaciones (1) el fantasma (1) el grabado de la casa (1) el gran dios pan (1) el hechizo mas fuerte (1) el hombre (1) el hombre del cohete (1) el horror de dunwich (1) el horror de salem (1) el huesped de dracula (1) el huracan (1) el intruso (1) el ladron de cadaveres (1) el libro de los condenados (1) el manuscrito (1) el manuscrito de un loco (1) el martillo de vulcano (1) el mercado de niños (1) el milagro secreto (1) el misterio de las catedrales (1) el monte de las animas (1) el mortal inmortal (1) el mundo (1) el mundo avatar (1) el mundo poseido (1) el negro (1) el otro pie (1) el padre escrupuloso (1) el poder de las palabras (1) el pozo y el pendulo (1) el principe (1) el principe feliz (1) el puente del troll (1) el que se enterro (1) el que tenia alas (1) el rayo que no cesa (1) el regreso del brujo (1) el retrato oval (1) el saber del sueño (1) el secreto del barranco de macarger (1) el sello de yog-sothoth (1) el señor de las moscas (1) el señor de los anillos (1) el temple (1) el tenorio (1) el ungüento de khephens el egipcio (1) el veto del hijo . thomas hardy (1) el viejo terrible (1) el visitante (1) el visitante del cementerio (1) el zorro y el bosque (1) elias (1) elizabeth gaskell (1) email (1) emisarios (1) en las montañas alucinantes (1) en las montañas de la locura (1) encantamientos (1) enfermedad (1) engaño (1) enrique andersont imbert (1) ente (1) entrad a mi reino (1) enviados (1) epilogo (1) equivocado (1) eric lavin (1) escapar (1) escrito (1) escrito 1514 (1) escritura (1) escuela (1) esoterico (1) espacio-tiempo (1) españolito que vienes al mundo (1) especial (1) espiritus rebeldes (1) essex (1) esteban echeverria (1) estetica (1) etchinson (1) evangelion (1) evangelista (1) excluidos (1) experimental (1) extractos (1) extraño (1) fantasticas (1) favole (1) feeds (1) felicidad (1) filtros (1) fin del mundo (1) final (1) fondos (1) foro (1) fosas comunes (1) fracmento (1) fragmento (1) fragmentos .las mil y una noche (1) frances (1) francisco (1) francisco umbral (1) frases celebres (1) fredo (1) free (1) fructuoso de castro (1) fulcanelli (1) funciones (1) futurista (1) fuy un profanador de tumbas adolescente (1) gabriela mistral (1) gai (1) galsworthy (1) gaston leroux (1) geirtrair-la desmembradora (1) geometria euclediana (1) george gissing (1) georgie porgie (1) ghost (1) gor­gonas (1) goth darknes (1) gothh (1) gothico (1) gothnight (1) goticas (1) gotico-victoriano (1) grimorio (1) guerraarte (1) guerras (1) guerras espirituales (1) guillermo (1) gusana_0520(arrova)hotmail.com (1) gustavo adolfo bequer (1) gótica (1) gótico (1) hambre (1) hara-kiri (1) harian (1) hay que aguantar a los niños (1) hebrea (1) hechiceria (1) hecho real (1) helena (1) helene hannf (1) henry james un dia unico (1) herlink harland (1) heroina (1) hilanderas (1) hill house (1) hipertexto (1) historia de amor (1) historia de vampiros (1) historia desconocida del cannabis (1) historia gotica (1) historia gotica cañi (1) historia terror (1) historias vampiricas (1) hombre oscuro (1) horacio (1) houdini (1) howard p.lovecraft (1) http://www.youtube.com/watch?v=qGuF-_SIYnc (1) huellas (1) hugo mujica (1) ian watson (1) ibañez (1) identidades (1) ignacio almada (1) imagenes . art (1) imagenes de culto (1) imagenes malditas (1) imagenes.blogdiario.com (1) inconvencional (1) ineditos (1) inez wallace (1) infiledidades (1) inhumano (1) instrucciones (1) intolerancia (1) inusual (1) invocacion (1) invocacion satanica (1) invocaciones (1) iq (1) irreal (1) isabel allende (1) isidro marin gutierrez (1) j.w. goethe (1) jack womack (1) japan/spain (1) jay anson (1) jazz (1) jinetes del apocalipsis (1) joan aiken (1) john marks (1) johnathan y las brujas (1) johnson spencer (1) jose maria aroca (1) jose martin (1) joseph conrad (1) juan g. atienza (1) juan marino (1) judeo-mesopotamica (1) juez (1) justicia (1) juventud (1) kabala (1) kamasutra (1) kipling (1) klein (1) kons (1) la abjuracion del gran cthulhu (1) la aventura de los coches de punto (1) la boda de john charrington (1) la busqueda de iranon (1) la caida de la casa usher (1) la casa vacia (1) la cisterna (1) la cueva de los ecos (1) la cueva de malachi (1) la dama de las sombras (1) la demanda de las lagrimas de la reina (1) la desolacion de soom (1) la divina comedia (1) la durmiente (1) la encina (1) la esfinge sin secreto (1) la flor del membrillo (1) la formula de dho-hna (1) la futura difunta (1) la gran ramera (1) la gran ramera : ICCRA (1) la guarida (1) la hija de ramses (1) la hija del tratante de caballos (1) la historia de moises y aone (1) la hora final de coffey (1) la invencion de la soledad (1) la ironía (1) la lampara de alhazred (1) la larva (1) la leyenda de esteban (1) la llamada de chylhu (1) la luns nueva (1) la mano (1) la mano disecada (1) la mezcladora de cemento (1) la misa del ateo (1) la montaña de la locura (1) la nave blanca (1) la noche de los tiempos (1) la playa (1) la playa y la muerte (1) la politica del cuerpo (1) la pradera (1) la prueba del amor (1) la puerta del señor de maletroit (1) la rabia (1) la resurreccion de los muertos (1) la rosa del vampiro (1) la sal de la tierra (1) la siesta de un fauno (1) la sombra del desvan (1) la sombra del lago (1) la tos (1) la vela carmesi (1) la venta de los gatos (1) la venus de las pieles (1) la voz de hastur (1) lady (1) las 3.47 de la madrugada (1) las almas de animales muertos (1) las gemelas asesinadas (1) las islas voladoras (1) las joyas (1) las manos de coffey (1) las niñas de alcacer (1) las parcas (1) las piedras magicas (1) latin (1) lawrence (1) lectura (1) lecturas para el baño (1) leonora (1) lesli_paloma_estrella(arroba)hotmail.com (1) letanias de satan (1) levi (1) leviatan (1) leyenda del valle dormido (1) lhiliht-La novia de Corinto (1) li po (1) libre (1) libro cuarto (1) libro de la vida (1) libro de los vampiros (1) libro de poemas (1) libro decimo (1) libro septimo (1) ligeia (1) lilit (1) limpio (1) linkmesh.com (1) lirics (1) listado (1) literatura sucia (1) lo grotesco (1) lobos (1) londres (1) lores (1) los alfileres (1) los cuatro jinetes del apocalipsis (1) los despojos (1) los desterrados (1) los devoradores del espacio (1) los espadachines de varnis (1) los infortunios de la virtud (1) los primigenios (1) los secretos del corazon (1) los suicidios (1) los superjuguetes duran todo el verano (1) lovecrat (1) lover (1) luis cernuda (1) luis fernando verissimo (1) lullaby (1) lyrics (1) madame D (1) madre de serpiente (1) madres (1) maestros del terror (1) magacine (1) magia (1) magia blanca (1) magia eclesiastica (1) mal (1) maleficios (1) manera de vivir (1) manga (1) manifiesto subrealista (1) manuscrito (1) manuscritos del mar muerto (1) maria en distintas religiones (1) marques de sade (1) martir (1) marvel (1) mas alla del muro de los sueños (1) mas alla del muro del sueño (1) mas visitadas (1) matanzas de polonias (1) maters (1) matriarcado (1) matrimonio del brigadier (1) maupassant.gotico (1) maximo torralbo (1) meditacion (1) memoria (1) memorias (1) memorias de una princesa rusa (1) mentiras iglesia catolica (1) mi lamento (1) mi raza (1) midi (1) mil y una noche (1) minicuentos (1) miseria campesina (1) misiva (1) mistico (1) mitologia (1) modernizacion (1) moderno (1) moliere (1) moradas (1) moradores (1) morgana (1) morirse de amor (1) morphinoman (1) mortician corpse (1) moscu (1) movil (1) msn (1) muete roja (1) mundo muerto (1) mutante (1) nExTuz (1) narrativa completa (1) naturalista (1) necropolis (1) negocios (1) negra (1) negro (1) negromantico (1) neo (1) neo-historia-futurista (1) neo-nazi futurista (1) neoclasical (1) neon (1) nesbit (1) neuquen gaston (1) new york (1) nicolas maquiavelo (1) nikolaj vasilievic gogol (1) ninfos (1) niño (1) niñosfantasia (1) no tengo boca y debo gritar (1) noche ahogadora... (1) normal (1) nota;lectura (1) novelas cortas (1) nueva frontera (1) nueva jerusalem (1) nueve (1) o manual practico do vampirismo (1) obra ficticia. (1) obsesiones (1) obsesivo (1) odin (1) ohann L. Tieck (1) oinos (1) ola de violencia (1) olonoff (1) omega (1) opio (1) oracion a la diosa liliht (1) orden (1) oscura (1) oscuridad (1) oscuro.imagenes (1) otros (1) paciencia (1) pactos (1) paganos (1) paginas goticas (1) pandilleros (1) para componer el incienso de kzauba (1) para convocar a shub-niggurath (1) para el conjuro de las esferas (1) para erguir las piedras (1) para forjar la cimitarra de barzay (1) para hacer el polvo de ibn ghazi (1) para invocar a yog-sothoth (1) parabola (1) parabola de las prisiones (1) paracelso (1) paradoja (1) paradojico (1) paranormal (1) parodia (1) parte1 (1) pasajero (1) pasajeros (1) pasion (1) paul (1) pecado (1) pekiz (1) pendulo (1) pensamientos y meditaciones (1) pequeña antologia (1) pequeños mosnstruos (1) perder los nervios o la cabeza (1) perdida (1) perdon (1) perez (1) pero las nubes nos separan (1) personalidad multiple (1) personas (1) pespectivas paranoicas (1) picassa (1) piezas condenadas (1) pigmeos (1) pin-pon (1) plagas (1) plegaria (1) plumas etereas (1) poder policial (1) poema dolor (1) poema novel (1) poemario (1) poemas vampiricos (1) poesia completa (1) poesia popular rusa (1) poesia sucia (1) poeta (1) poetry (1) policia (1) policia 1999 (1) policia del pensamiento (1) polidori (1) pop (1) pop art (1) por fin se hace justicia (1) por ti (1) portugues (1) posguerras (1) postestades (1) pozo (1) practicas (1) pratchett (1) preambulos (1) premoditorio (1) primer temor (1) primeros tiempos (1) primigenios (1) primordiales (1) principados (1) principio (1) principio del mundo (1) prosapoema (1) prostibulo (1) prudencia (1) psiquicos (1) pubertad (1) pura y dura (1) pushkin (1) querubines (1) quien se ha llevado mi queso (1) quija (1) quimeras (1) quimica (1) quincalla (1) quiroga (1) raciocinio (1) racismo (1) radicalismo religioso pentecostal (1) radios (1) rafael lopez rivera (1) raices (1) rea silvia (1) realidad alternativa (1) realismo del subrealismo (1) realismo sucio (1) rebote (1) recopilaciones (1) recuerdos (1) red (1) redsatanica (1) referencias (1) registro (1) registro exoterico (1) rehabilitacion de marginados (1) rehabilitacion de toxicomanos (1) reino gótico (1) relato gotico (1) relato gotico de amor (1) relato negro (1) relato oscuro (1) relato.horror (1) relatos cortos (1) relicario de tinieblas (1) religioso (1) relojero (1) remar (1) renegado catolicamente (1) requien por un dios mortal (1) reseñas (1) residuos (1) restaurantes (1) retazo (1) retrato (1) robert e.howard (1) rocio (1) romance (1) romance de lobos (1) romeo y julieta (1) ropas viejas (1) rosaroja (1) ruinas (1) rumores blasfemos (1) rusos (1) sacher-masoch (1) sacramento (1) sacrilegium (1) sadman (1) salamandras (1) san juan (1) san petesburgo (1) santa compaña (1) santa parca (1) satanas vende objetos usados (1) satanica (1) satanicos (1) satanizarus (1) sbrealismo (1) sectario (1) seleccion de poemas (1) semilla negra (1) sentido (1) sephirotico (1) sepulveda (1) ser (1) seven (1) sexo (1) señales (1) shirley jackson (1) sigils (1) significado (1) silfos (1) simbolgia (1) simbolica (1) similitud (1) sin cortes (1) sin identidad (1) sindbab el marino (1) sinfonica (1) sion (1) sir Arthur Conan Doyle (1) sires (1) sistema (1) sistina (1) situacion (1) slideshow (1) snuff (1) snuff movie (1) socrates (1) soledad (1) soluciones (1) song (1) sordo.mudo y ciego (1) stan rice (1) stevenson (1) stocker (1) strange (1) subconciente (1) subcubo (1) submundo del terror (1) sueños de nombres muertos (1) sueños difusos (1) sueños fobicos (1) sumeris (1) sunis (1) supersticiones (1) surrealism (1) surrealista (1) suttas (1) szandor (1) tarot.vida (1) tatuaje (1) te degollare de nuevo kathleem (1) te quiero puta (1) te sientas bien (1) teem (1) telato (1) telequinesico (1) temas (1) temas varios (1) tematicos (1) temor (1) terror desconocido (1) terror supertiscioso (1) terror.gotico (1) testimonio (1) texas (1) texto de un comentario (1) texto satanico (1) thackeray (1) the black cat (1) the haunting (1) the number in the best (1) tiempo (1) tierra de vampiros (1) tiros de gracia (1) tisera martin (1) todo depende de un cabello (1) todocharlas (1) toledo (1) tolkien (1) tomo3 (1) tortura (1) trabajos (1) traduccion (1) trailer (1) trainspotting (1) transilvania (1) tres-fechas (1) tribunales rusticos (1) triste (1) trollope (1) ubbo-sathla (1) un adios (1) un asunto de otro tiempo (1) un beso (1) un dia de campo (1) un hijo (1) un hombre (1) un naufragio psicologico.laguna mental (1) un poco de lejia en polvo (1) un raton en el pasillo (1) una carta (1) una ejecucion espeluznante (1) una hija de ramses (1) una jaula para la muerte (1) una pequeña historia piadosa (1) una vez en la vida (1) una victima del espacio superior (1) unamuno (1) universo sin límites (1) vacuna vih/sida (1) valentine (1) valle inclan (1) valle o paraiso (1) vampira (1) vampirica (1) vampirismus (1) vampíricos.varios (1) van hellsing (1) varios. (1) vejez (1) velatorio (1) ven... (1) veneno del cielo (1) verdugos voluntarios (1) viajando (1) viaje nocturno (1) vida de un vagabundo (1) videoart (1) videopoema (1) villiers de l´isle-adam (1) violacion (1) vision del futuro remoto (1) visual (1) vittorio (1) voladores (1) vuelta (1) wallpapers (1) walpurgis (1) wasington (1) web`s oficiales (1) wells (1) william (1) winston sanders (1) within temptation (1) wmv (1) woody allen (1) wrong (1) y más lento (1) yhvh (1) yo andube con un zombie (1) ªparte (1) ¿De que escapaban nuestros dioses? (1) ¿QUIERE USTED ESPERAR? (1) ¿Tenian ombligo Adan y Eva? (1) ¿cantara el polvo tus alabanzas? (1) ¿quien mato a zebedee? (1) ÁNIMAS Y FANTASMAS. (1) Álvares de Azevedo (1) Época de siembra (1) ÍNDICE DE VARIAS HISTORIAS (1) ΩMEGΛ (1) अल अजिफ (1)

.