BLOOD

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miércoles, 15 de diciembre de 2010

Wood'stown



Wood'stown
Alphonse Daudet

El emplazamiento era soberbio para construir una ciudad. Bastaba nivelar la ribera del río, cortando una parte del bosque, del inmenso bosque virgen enraizado allí desde el nacimiento del mundo. Entonces, rodeada por colinas, la ciudad descendería hasta los muelles de un puerto magnífico, establecido en la desembocadura del Río Rojo, sólo a cuatro millas del mar.
En cuanto el gobierno de Washington acordó la concesión, carpinteros y leñadores se pusieron a la obra; pero nunca habían visto un bosque parecido. Aferrado al suelo con todas sus lianas, con todas sus raíces, cuanto talaban por un lado renacía por el otro, rejuveneciendo de sus heridas, en las que cada golpe de hacha hacía brotar botones verdes. Las calles, las plazas de la ciudad, apenas trazadas, comenzaron a ser invadidas por la vegetación. Las murallas crecían con menos rapidez que los árboles, y en cuanto se erguían, se desmoronaban bajo el esfuerzo de las raíces siempre vivas.
Para terminar con esas resistencias donde se enmohecía el hierro de las sierras y de las hachas, se vieron obligados a recurrir al fuego. Día y noche una humareda sofocante llenaba el espesor de los matorrales, en tanto que los grandes árboles de arriba ardían como cirios. El bosque intentaba luchar aún demorando el incendio con oleadas de savia y con la frescura sin aire de su follaje apretado. Finalmente llegó el invierno. La nieve se abatió como una segunda muerte sobre los inmensos terrenos cubiertos de troncos ennegrecidos, de raíces consumidas. Ya se podía construir.
Muy pronto una ciudad inmensa, toda de madera como Chicago, se extendió en las riberas del Río Rojo, con sus largas calles alineadas, numeradas, abriéndose alrededor de las plazas, la Bolsa, los mercados, las iglesias, las escuelas y todo un despliegue marítimo de galpones de aduanas, de muelles, de entrepuertos, de astilleros para la construcción de los barcos. La ciudad de madera, Wood´stown –como se la llamó– fue rápidamente poblada por los estrenadores de casas de las ciudades nuevas. Una actividad febril circulaba en todos los barrios; pero sobre las colinas de los alrededores, que dominaban las calles repletas de gente y el puerto lleno de barcos, una masa sombría y amenazadora se instaló en semicírculo. Era el bosque que miraba.
Miraba aquella ciudad insolente que había ocupado su lugar en las riberas del río, y de tres mil árboles gigantescos. Toda Wood'stown estaba hecha con su vida misma. Los altos mástiles que se balanceaban en el puerto, aquellos innumerables desniveles uno tras otro, hasta la última cabaña del barrio más alejado, todo se lo debían, tanto los instrumentos de trabajo como los muebles, tomando sólo en cuenta el largo de sus ramas. Por esto, ¡qué rencor terrible guardaba contra esta ciudad de ladrones!
Mientras duró el invierno, no se notó nada. Los habitantes de Wood'stown oían a veces un crujido sordo en sus techumbres y en sus muebles. De vez en cuando una muralla se rajaba, un mostrador de tienda estallaba en dos estruendosamente. Pero la madera nueva padece estos accidentes y nadie les daba importancia. Sin embargo, al acercarse la primavera –una primavera súbita, violenta, tan rica de savia que se sentía bajo la tierra como el rumor de las fuentes– el suelo comenzó a agitarse, levantado por fuerzas invisibles y activas. En cada casa, los muebles, las paredes de los muros se hinchaban y se veía en los tablones del piso largas elevaciones, como ante el paso de un topo. Ni puertas, ni ventanas, ni nada funcionaba. "Es la humedad –decían los habitantes– con el calor pasará".
De pronto, al día siguiente de una gran tempestad que provenía del mar, y que trajo el verano con sus claridades ardientes y su lluvia tibia, la ciudad, al despertar, lanzó un grito de estupor. Los techos rojos de los monumentos públicos, las campanas de las iglesias, los tablones de las casas y hasta la madera de las camas, todo estaba empapado en una tinta verde, delgada como una capa de moho, leve como un encaje. De cerca parecía una cantidad de brotes microscópicos, donde ya se veía el enroscamiento de las hojas. Esta nueva rareza divirtió sin inquietar más; pero, antes de la noche, ramitas verdes se abrieron en todas partes sobre los muebles, sobre las murallas. Las ramas crecían a ojos vistas; si uno las sostenía un momento en la mano, se las sentía crecer y agitarse como alas.
Al día siguiente todas las viviendas parecían invernaderos. Las lianas invadían las rampas de las escaleras. En las calles estrechas, las ramas se enlazaban de un techo al otro, poniendo por encima de la ruidosa ciudad la sombra de avenidas arboladas. Esto se volvió inquietante. Mientras los sabios reunidos discutían sobre este caso de vegetación extraordinaria, la muchedumbre salía fuera para ver los diferentes aspectos del milagro. Los gritos de sorpresa, el rumor sorprendido de todo aquel pueblo inactivo daba solemnidad al extraño acontecimiento. De pronto alguien gritó: "¡Miren el bosque!", y percibieron, con terror, que desde hacía dos días el semicírculo verde se había acercado mucho. El bosque parecía descender hacia la ciudad. Toda una vanguardia de espinos y de lianas se extendían hasta las primeras casas de los suburbios.
Entonces Wood'stown empezó a comprender y a sentir miedo. Evidentemente el bosque venía a reconquistar su lugar junto al río; sus árboles, abatidos, dispersos, transformados, se liberaban para adelantárselo. ¿Cómo resistir la invasión? Con el fuego se corría el riesgo de incendiar la ciudad entera. ¿Y qué podían las hachas contra esta savia sin cesar renaciente, esas raíces monstruosas que atacaban por debajo del suelo, esos millares de semillas volantes que germinaban al quebrarse y hacían brotar un árbol donde quiera que cayeran?
Sin embargo todos se pusieron bravamente a luchar con las hoces, las sierras, los rastrillos: se hizo una inmensa matanza de hojas. Pero fue en vano. De hora en hora la confusión de los bosques vírgenes, donde el entrelazamiento de las lianas creaban formas gigantescas, invadía las calles de Wood´stown. Ya irrumpían los insectos y los reptiles. Había nidos en todos los rincones, golpes de alas y masas de pequeños picos agresivos. En una noche los graneros de la ciudad fueron totalmente vaciados por las nidadas nuevas. Después, como una ironía en medio del desastre, mariposas de todos los tamaños y colores volaron sobre las viñas florecidas, y las abejas previsoras, buscando abrigo seguro en los huecos de los árboles tan rápidamente crecidos, instalaron sus colmenas como una demostración de permanencia y conquista.
Vagamente, en el gemido rumoroso del follaje se oían golpes sordos de sierras y de hachas; pero el cuarto día se reconoció que todo trabajo era imposible. La hierba crecía demasiado alta, demasiado espesa. Lianas trepadoras se enroscaban en los brazos de los leñadores y agarrotaban sus movimientos. Por otra parte, las casas se volvieron inhabitables; los muebles, cargados de hojas, habían perdido la forma. Los techos se hundieron perforados por las lanzas de las yucas, los largos espinos de la caoba; y en lugar de techumbres se instaló la cúpula inmensa de las catalpas. Era el fin. Había que huir.
A través del apretujamiento de plantas y de ramas que avanzaba cada vez más, los habitantes de Wood'stown, espantados, se precipitaron hacia el río, arrastrando en su huida lo que podían de sus riquezas y objetos preciosos. ¡Pero cuántas dificultades para llegar al borde del agua! Ya no quedaban muelles. Nada más que musgos gigantescos. Los astilleros marítimos, donde se guardaban las maderas para la construcción, habían dejado lugar a bosques de pinos; y en el puerto, lleno de flores, los barcos nuevos parecían islas de verdor. Por suerte se encontraban allí algunas fragatas blindadas en las que se refugió la muchedumbre desde donde pudieron ver al viejo bosque unirse victorioso con el bosque joven.
Poco a poco los árboles confundieron sus copas y bajo el cielo azul resplandeciente de sol, la enorme masa del follaje se extendió desde el borde del río hasta el lejano horizonte. Ni rastro quedó de la ciudad, ni de techos, ni de muros. A veces un ruido sordo de algo que se desmoronaba, último eco de las ruinas, donde se oía el golpe de hacha de un leñador enfurecido, retumbaba en las profundidades del follaje. Solamente el silencio vibrante, rumoroso, zumbante de nubes de mariposas blancas giraban sobre la ribera desierta, y lejos, hacia alta mar, un barco que huía, con tres grandes árboles verdes erguidos en medio de sus velas, llevaba los últimos emigrantes de lo que fue Wood'stown...

La máquina del sonido --- Roald Dahl



La máquina del sonido
Roald Dahl


En el atardecer de un caluroso día de verano, Klausner salió a toda prisa de su casa y, tras recorrer el pasillo lateral que la circundaba, atravesó el jardín del fondo, dirigiéndose a un cobertizo de madera que había allí. Entró y cerró la puerta a sus espaldas.
La única habitación que constituía la cabaña estaba sin pintar. Adosada a una de las paredes, en el lado izquierdo, había una larga mesa de trabajo y sobre ella, entre un revoltijo de cables, baterías y pequeñas herramientas de precisión, había una caja negra, de casi un metro de largo, parecida al ataúd de un niño. Klausner se dirigió a la caja, que tenía la tapa levantada, y empezó a hurgar en su interior, entre una masa de tubos plateados y cables de diferentes colores. Cogió una hoja de papel que había sobre la mesa y la revisó con meticulosidad; miró de nuevo el interior de la caja y empezó a maniobrar por encima de los cables, tirando con suavidad de ellos a fin de comprobar las conexiones. De vez en cuando consultaba .el papel, y de nuevo manipulaba en la caja para comprobar cada cable. De ese modo transcurrió aproximadamente una hora.
Entonces dirigió la mano al exterior de la caja, en cuyo frente había tres diales, que comenzó a hacer girar, sin dejar de observar al mismo tiempo el mecanismo del interior. Mientras lo hacía, hablaba para sí, moviendo la cabeza, a veces incluso sonriendo; sus manos se movían sin cesar; los dedos recorrían ágiles el interior de la caja. Cuando algo era delicado o difícil, su boca adquiría las más curiosas y retorcidas formas, y murmuraba:
Sí..., sí... Y ahora éste... Sí, sí... Pero ¿es correcto? Es..., ¿dónde diablos está mi diagrama?... Ah..., sí... Desde luego... Sí, sí, eso es... Y ahora... Bien... Sí... Sí, sí, sí...
Su concentración era intensa, y sus movimientos rápidos. Trabajaba con urgencia, con intensidad y excitación contenidas.
De pronto oyó ruido de pasos sobre la grava del sendero, se enderezó y se volvió con rapidez hacia la puerta, que se abría en aquel momento para dar paso a un hombre alto. Era Scott. Simplemente Scott, su médico.
Bien, bien –comentó al entrar–. Conque es aquí donde pasa oculto las veladas.
Hola, Scott –saludó Klausner.
Pasaba por aquí y he decidido entrar para ver cómo sigue. No he encontrado a nadie en la casa, y me he acercado hasta aquí. ¿ Cómo está su garganta ?
Bien, muy bien.
Ya que estoy aquí, le echaré un vistazo.
No se moleste, estoy bien, estoy perfectamente.
El doctor empezó a percibir cierta tensión en el lugar. Miró la caja negra y después observó al hombre.
Lleva puesto el sombrero.
Oh..., es verdad. Klausner se lo quitó y lo dejó sobre la mesa. El médico se acercó más, inclinándose para mirar el interior de alta la caja.
¿Qué es? –dijo–. ¿Una radio?
No, un pequeño experimento.
Parece muy complicado.
Lo es.
Klausner parecía tenso y distraído.
¿De qué se trata? –preguntó el médico–. Es un artefacto bastante impresionante, ¿no?
Es tan sólo una idea.
¿Sí?
Tiene que ver con el sonido, eso es todo.
¡En el nombre del cielo! ¿No tiene ya suficiente durante todo el día con su trabajo?
Me gusta el sonido.
No lo dudo.
El médico fue hacia la puerta, se volvió y dijo:
Bien, no le entretendré más. Me alegro de que su garganta ya no le cause molestias.
Pero no salió; se quedó allí mirando la caja, intrigado por la complejidad de su interior, curioso por descubrir lo que se proponía su extraño paciente.
¿Para qué sirve? –preguntó–. Me ha intrigado usted.
Klausner miró primero la caja y después al médico. Se enderezó y empezó a rascarse el lóbulo de la oreja derecha. Hubo una pausa. El médico, de pie junto a la puerta, aguardaba sonriente.
Bien, si le interesa se lo diré.
Se produjo una nueva pausa y el médico se dio cuenta de que a Klausner no sabía cómo empezar.
Empezó a mover los pies, a estirarse el lóbulo de la oreja, mirando al suelo. Lentamente, explicó:
Bueno, el caso es..., en realidad se trata de una teoría muy simple. Como usted sabe, el oído humano no puede oírlo todo; hay sonidos que son tan bajos o tan altos que no podemos captarlos.
Sí –asintió el médico–, lo sé.
Bueno, hablando en términos generales, no podemos oír ninguna nota que tenga más de quince mil vibraciones por segundo. Los perros tienen mejor oído que nosotros y, como sabrá, en el comercio existen unos silbatos cuya nota es tan aguda que nosotros no podemos oírla, pero los perros sí.
Sí, he visto uno –dijo el médico.
Por supuesto que sí. Subiendo en la escala, hay otra nota más alta que la de ese silbato..., una vibración si lo prefiere, pero yo la considero una nota. Tampoco podemos oírla. Sobre ella hay otra, y otra más, elevándose en la escala; una sucesión sin fin de notas..., una infinidad de notas... Por ejemplo, existe una, ojalá pudiésemos oírla, tan aguda que vibra un millón de veces por segundo, y otra un millón de veces más alta que ésa..., y así sucesivamente, hasta el límite de los números, es decir hasta el infinito, eternamente..., más allá de las estrellas.
Poco a poco Klausner se iba animando. Era un hombrecillo frágil y nervioso, siempre en movimiento. Su inmensa cabeza se inclinaba sobre el hombro izquierdo, como si el cuello no fuese lo suficientemente fuerte para soportarla. Su cara era suave y pálida, casi blanca; los ojos, de un gris muy claro, lo observaban todo, parpadeando tras unas gafas con montura de acero. Eran unos ojos desconcertantes, descentrados y remotos. Se trataba de un hombrecillo frágil, nervioso, siempre en movimiento, minúsculo, soñador y distraído. Y ahora, el médico, mirando aquella extraña cara pálida, y aquellos ojos grises, pensó que, en cierto modo, en aquella diminuta persona había una calidad de lejanía, de inmensidad, de distancia inconmensurable, como si la mente estuviese muy lejos del cuerpo.
El doctor esperó a que continuase. Klausner suspiró y unió las manos con fuerza.
Creo que a nuestro alrededor existe todo un mundo de sonidos que no podemos oír –prosiguió ahora, con más calma–. Es posible que allí arriba, en las elevadas regiones inaudibles, se esté creando una excitante música nueva, con armonías sutiles y violentas, y agudas discordancias. Una música tan poderosa que nos volvería locos si nuestros oídos estuviesen sintonizados para captarla...
Allí puede haber algo..., por lo que sabemos, puede haberlo.
Sí –admitió el médico–, pero no es muy probable.
¿Por qué no? ¿Por qué no? –Klausner señaló una mosca posada sobre un pequeño rollo de alambre de cobre que había sobre la mesa–. ¿Ve aquella mosca? ¿Qué clase de ruido produce ahora? Ninguno..., que nosotros podamos oír. Pero tal vez esté silbando en una nota muy aguda, ladrando, graznando o bien cantando una canción. Tiene boca, ¿verdad? ¡Tiene garganta!.
El médico miró al insecto y sonrió. Aún estaba junto a la puerta, con la mano en el pomo.
Vaya –dijo–. ¿Así que eso es lo que pretende averiguar?
Hace algún tiempo creé un sencillo aparato que me probó la existencia de una serie de sonidos inaudibles. Muchas veces me he sentado a observar cómo la aguja de mi aparato grababa la presencia .de vibraciones sonoras en el aire sin que yo pudiera oírlas. Quiero oír sonidos, quiero saber de dónde proceden o que los produce.
¿Y esa máquina que tiene sobre la mesa se lo permitirá?
Puede que sí..., aunque ¿cómo saberlo? Hasta ahora no he tenido suerte, pero he hecho algunos cambios, y esta noche pienso probarla de nuevo. Esta máquina –exclamó Klausner, tocándola con ambas manos– tiene la misión de captar las vibraciones sonoras que son demasiado agudas para poder ser oídas por los humanos, y llevarlas a la escala de tonos audibles. He conseguido sintonizar la máquina casi como una radio.
¿Qué quiere decir?
No es complicado. Digamos que deseo oír el chillido de un murciélago. Es un sonido muy agudo, unas treinta mil vibraciones por segundo. La mayoría de nosotros no podemos captarlo. Pero si hubiese un murciélago revoloteando alrededor de este cuarto y yo sintonizase mi máquina a treinta mil, oiría el chillido con claridad. Podría oír la nota correcta, fa sostenido mayor, si bemol, la que fuese. Pero en un tono mucho más bajo, ¿comprende? El médico miró la larga caja negra en forma de ataúd.
¿Y la probará esta noche?
Sí.
Bien, le deseo suerte –miró su reloj–. ¡Dios mío! Debo irme en seguida. Adiós, y gracias por contármelo. Ya volveré en otro momento para que me diga el resultado.
El médico salió, cerrando la puerta tras de sí.
Klausner siguió trabajando durante un rato con los cables de la caja negra, después levantó la cabeza y, con un susurro bajo y excitado, dijo:
Ahora a probarla de nuevo. Esta vez hay que sacarla al jardín..., así quizá..., quizá... la recepción será más clara... Ahora la levanto un poco..., cuidadosamente... ¡Dios mío, cómo pesa!
Al llegar con la caja hasta la puerta, se dio cuenta de que no podría abrir con las manos ocupadas. Depositó de nuevo la caja a sobre la mesa, abrió la puerta y después, con gran esfuerzo, la llevó hasta el jardín, colocándola con sumo cuidado sobre una pequeña mesa de madera que había en el césped. Volvió al cobertizo para coger unos auriculares, los conectó a la máquina y se los colocó. Los movimientos de sus manos eran veloces y precisos. Estaba excitado, y respiraba rápida y pesadamente por la boca. Siguió hablando consigo mismo, con pequeñas palabras reconfortantes y animosas, como si tuviese algún temor... de que la máquina no funcionase o de lo que podía suceder en caso de hacerlo.
Permaneció en el jardín, junto a la mesa de madera, tan pálido, diminuto y delgado como un niño prematuramente envejecido, tísico y con gafas. El sol se había puesto, no hacía viento y el silencio era absoluto. Desde donde estaba podía ver, al otro lado del muro que separaba su jardín del de la casa vecina, a una mujer que caminaba con una cesta llena de flores colgada del brazo. La miró durante un rato, aunque sin pensar para nada en ella. Después se volvió hacia la caja que reposaba sobre la mesa y presionó un botón de la parte delantera. Puso la mano izquierda sobre el control de volumen y la derecha sobre el dial que hacía correr la aguja por el disco central, parecido al de longitudes de onda de una radio. El disco estaba graduado en muchos números en series de bandas, empezando con el 15.000 y subiendo hasta 1.000.000.
Se inclinó sobre la máquina, la cabeza torcida hacia un lado en una tensa actitud de escucha. Su mano derecha empezó a hacer girar el dial; la aguja recorría lentamente el disco, tan lentamente que casi no la veía moverse. A través de los auriculares pudo oír un débil y espasmódico chasquido. Por debajo de este ruido, oyó un zumbido distante producido por la misma máquina, pero eso era todo. Mientras escuchaba, tuvo una curiosa sensación; sintió como si sus orejas se fuesen alejando de la cabeza y cada apéndice estuviera conectado a la misma por un delgado cable, rígido como un tentáculo, que se iba alargando y elevándose hacia una zona secreta y prohibida, una peligrosa región ultrasónica donde los oídos jamás habían penetrado y tampoco tenían derecho a hacerlo.
La pequeña aguja se deslizaba lentamente por el disco, y de pronto oyó un grito, un impresionante grito agudo; se sobresaltó y se agarró con fuerza a la mesa. Miró a su alrededor como si esperase ver a la persona que había gritado. No había nadie a la vista excepto la vecina en el jardín, y ella no lo había hecho. Estaba inclinada sobre unas rosas amarillas, que cortaba y ponía en su cesta.
Lo oyó de nuevo, un grito sin voz, inhumano, agudo y corto, claro y helado. La nota poseía en sí misma una calidad metálica menor, como jamás había escuchado. Klausner miró a su alrededor buscando instintivamente la causa de aquel ruido. La vecina era el único ser vivo a la vista. La vio inclinarse, apoderarse del tallo de una rosa con los dedos de una mano y cortarlo con unas tijeras. Oyó nuevamente el grito.
Llegó en el preciso instante en que el tallo de la rosa era cortado.
La mujer se enderezó, dejó las tijeras de poda en la cesta, al lado de las rosas, y se dio la vuelta para marcharse.
¡Señora Saunders! –gritó Klausner, la voz temblorosa por la excitación–. ¡Señora Saunders!
Mirando a su alrededor, la mujer vio a su vecino inmóvil sobre el césped; una persona pequeña y fantástica con un par de auriculares en la cabeza, haciéndole señas con el brazo y llamándola con voz tan aguda y potente que la alarmó.
¡Corte otra! ¡Por favor, corte otra en seguida! Ella se le quedó mirando.
Pero, señor Klausner –preguntó–, ¿qué ocurre?
Por favor, haga lo que le pido. ¡Corte otra rosa!
La señora Saunders siempre había pensado que su vecino era una persona un tanto especial. Pero ahora, al parecer, se había vuelto completamente loco. Se preguntó si no sería mejor echar a correr hacia la casa y llamar a su esposo, pero decidió que Klausner no era peligroso y le siguió la corriente.
Con mucho gusto, señor Klausner.
Sacó las tijeras de la cesta, se inclinó y cortó otra rosa.
De nuevo Klausner oyó aquel terrible grito sin voz; le llegó otra vez en el momento exacto en que el tallo de la rosa era cortado. Se quitó los auriculares y corrió hacia el muro que separaba los dos jardines.
Muy bien –dijo–. Es suficiente, no corte más, por favor, no corte más.
La mujer se le quedó mirando, con una rosa amarilla en una mano y las tijeras en la otra.
Le diré algo, señora Saunders, algo que usted no creerá –puso las manos sobre el muro y la miró fijamente a través del grueso cristal de sus gafas–. Acaba de cortar un ramo de flores; y con unas afiladas tijeras ha cortado los tallos de cosas vivas, y cada se rosa que usted ha cortado ha gritado de un modo terrible. ¿Lo sabía, señora Saunders?
No –respondió ella–, la verdad es que no lo sabía.
Pues es cierto, las oí gritar. Cada vez que usted cortó una, oí su grito de dolor. Un sonido muy fuerte, aproximadamente unas ciento treinta mil vibraciones por segundo. Usted no puede oírlas, pero yo sí.
¿De veras, señor Klausner? –murmuró la mujer, dispuesta a huir hacia la casa al cabo de cinco segundos.
Quizás objete usted que un rosal no tiene sistema nervioso con el que sentir, ni garganta con la que gritar, y tendrá toda la razón. No dispone de ellos, por lo menos no iguales a los nuestros. Pero –se inclinó más sobre el muro y habló en un violento susurro– ¿cómo sabe, señora Saunders, que un rosal no siente el mismo dolor cuando alguien corta su tallo en dos que usted sentiría si alguien le cortase la muñeca con unas tijeras?
Sí, señor Klausner, sí... Buenas noches.
Dio media vuelta y corrió velozmente hacia el interior de su casa.
Klausner volvió a la mesa, se colocó los auriculares y se quedó un rato escuchando. Aún se oía el suave chasquido y el zumbido de la máquina, pero nada más. Se inclinó y arrancó una pequeña margarita. La cogió entre el pulgar y el índice y suavemente la fue doblando en todas direcciones hasta que el tallo se partió.
Desde el momento en que empezó a tirar de ella hasta la rotura del tallo, pudo oír –muy claramente a través de los auriculares– un suave y agudo quejido, curiosamente inanimado. Repitió el mismo proceso con otra margarita. Escuchó nuevamente el grito, pero ahora ya no estaba seguro de que expresase dolor. No, no era dolor, era sorpresa. ¿O no lo era? En realidad no expresaba ninguno de los sentimientos o emociones conocidos por los seres humanos. Era un grito neutro, sin emoción, que no expresaba nada. Con las rosas había oído lo mismo, se había equivocado al decir que era un grito de dolor. Probablemente una flor no lo sentía. Sus sensaciones eran un completo misterio. Se levantó y se quitó los auriculares. Estaba ya muy obscuro, y podía ver puntos de luz brillando ventanas de las casas que le rodeaban. Levantó la caja negra con cuidado y la llevó de nuevo al interior del cobertizo, dejándola sobre la mesa. Después salió, cerró la puerta y se fue hacia la casa.
A la mañana siguiente Klausner se levantó al amanecer, se vistió y fue directamente al cobertizo. Cogió la máquina y la sacó al exterior, llevándola con ambas manos y caminando inseguro bajo su peso. Cruzó el jardín, la verja de entrada y la calle en dirección al parque. Allí se detuvo, miró a su alrededor y dejó la máquina en el suelo, cerca del tronco de un árbol. Rápidamente regresó a su casa, sacó el hacha de la carbonera y, volviendo al parque, la dejó en el suelo junto al árbol.
Miró de nuevo a su alrededor, escrutando nerviosamente en todas direcciones a través de los gruesos cristales de sus gafas. No había nadie. Eran las seis de la mañana.
Se colocó los auriculares y conectó la máquina. Durante un momento escuchó el débil y familiar zumbido; después levantó el hacha, tomó impulso con las piernas abiertas, y la clavó con tanta fuerza como le fue posible en la base del tronco del árbol. La hoja penetró profundamente en la madera y se quedó allí. En el momento mismo del impacto, a través de los auriculares oyó un ruido extraordinario. Era un ruido nuevo, distinto –un bronco, inarmónico e intenso ruido, un sonido sordo, grave, quejumbroso; no corto y rápido como el de las rosas, sino prolongado durante casi un minuto, más fuerte en el instante en que clavó el hacha, y debilitándose gradualmente hasta desaparecer.
Al hundirse el hacha en la carne del tronco, Klausner se quedó horrorizado; después, suavemente, asió el mango del hacha, la desprendió y la dejó caer al suelo. Pasó los dedos por la herida y trató de cerrarla, mientras decía:
Árbol..., amigo árbol... Lo siento, lo siento mucho... pero cicatrizará, cicatrizará perfectamente...
Por un momento se quedó allí, con las manos sobre el inmenso tronco; de pronto se dio la vuelta y salió corriendo del parque, cruzó la calle y entró en su casa. Fue hacia el teléfono, consultó la guía, marcó un número y esperó. Oprimía con fuerza el auricular con la mano izquierda y daba con la derecha golpes impacientes sobre la mesa. Oyó el zumbido del teléfono y después su chasquido al ser descolgado el auricular al otro extremo del hilo. La voz soñolienta de un hombre dijo:
Diga.
¿El doctor Scott?
El mismo.
Doctor, tiene que venir inmediatamente. Dése prisa, por favor.
¿Quién llama?
Klausner. ¿Recuerda lo que le conté ayer por la tarde acerca de mis experimentos con el sonido y cómo esperé que podría...?
Sí, sí, claro, pero ¿qué ocurre? ¿Está usted enfermo?
No, no lo estoy, pero...
Son las seis y media de la mañana, y me llama sin estar enfermo...
Por favor, venga, venga en seguida, quiero que alguien más lo oiga. ¡Me estoy volviendo loco! No puedo creerlo...
El doctor captó en la voz del hombre la nota frenética y casi histérica que solía oír en las voces de la gente que le llamaba para decir: «Ha ocurrido un accidente, venga en seguida». Lentamente, dijo:
¿Quiere que me levante y vaya inmediatamente?
Sí, en seguida, por favor.
Está bien, ahora voy.
Klausner se sentó junto al teléfono y esperó. Trató de recordar el grito del árbol, pero no lo logró. Pudo recordar únicamente que había sido enorme y espantoso y que le había hecho sentirse enfermo de horror. Trató de imaginar el ruido que produciría un ser humano anclado en tierra si alguien le clavaba deliberadamente una pequeña hoja puntiaguda en una pierna, de tal modo que le cortase profundamente y le quedara clavada. ¿El mismo ruido quizá? No, muy distinto. El ruido del árbol era peor que cualquiera de los sonidos humanos conocidos, debido a su terrorífica y obscura calidad atonal. Empezó a pensar en otras cosas vivas y se imaginó un campo de trigo, un campo de trigo de semillas erguidas, amarillo y vivo, y una segadora que lo cruzaba, cortando los tallos, quinientos por segundo, un segundo tras otro. ¡Oh, Dios! ¿Cómo sería aquel ruido? Quinientas plantas de trigo gritando a la vez, y un segundo después otras quinientas cortadas y gritando, y... «No –pensó–, no iré con mi máquina a un campo de trigo, no volvería a probar el pan.» Pero ¿y las patatas, las coles, las zanahorias, las cebollas? ¿Y las manzanas? No, con las manzanas no hay problema; cuando están maduras caen solas. Si a las manzanas se las deja caer en vez de arrancarlas de la rama no ocurre nada. Pero con las verduras es distinto. Las patatas, por ejemplo, debían de gritar, lo mismo que las zanahorias, las cebollas o las coles...
Oyó el pestillo de la puerta del jardín, se levantó de un salto, salió y vio al médico acercarse por el sendero, con el pequeño maletín negro en la mano.
Bien –dijo este–, que ocurre.
Venga conmigo, doctor, quiero que lo oiga. Le llamé a usted ya que es el único a quien se lo he contado. Está al otro lado de la calle, en el parque. ¿Quiere venir?
El doctor le miró; Klausner parecía más calmado. No había signos de locura o de histeria, estaba únicamente excitado.
Cruzaron la calle, se adentraron en el parque y Klausner le acompañó hasta el pie de la gran haya donde había dejado el hacha y la caja negra de la máquina.
¿Para qué la ha traído aquí? –preguntó el médico.
Necesitaba un árbol, y en el jardín no hay.
¿Y el hacha?
Ya lo verá usted. Ahora, por favor, póngase los auriculares y escuche con atención. Luego explíqueme claramente lo que haya oído. Quiero estar seguro...
El médico sonrió y se puso los auriculares.
Klausner se inclinó y encendió con un gesto el interruptor del tablero de la máquina; después asió el hacha y tomó impulso con las piernas abiertas, dispuesto a golpear. Se detuvo y le dijo al médico:
¿Puede oír algo?
¿Si puedo qué?
Oír algo.
Un zumbido.
Klausner permaneció inmóvil, con el hacha en la mano, esforzándose en golpear, pero el pensamiento del ruido que emitiría el árbol le hizo detenerse de nuevo...
¿Qué espera? –dijo el médico.
Nada –contestó Klausner.
Levantó el hacha y la clavó en el árbol. Antes de hacerlo, hubiera podido jurar que había notado un movimiento en el suelo, justo donde se hallaba. Sintió un ligero temblor en la tierra bajo sus pies, como si las raíces del árbol estuviesen en movimiento bajo la superficie. Sin embargo, era demasiado tarde para corregir el impulso; la hoja golpeó el árbol y se hundió profundamente en la madera. En aquel momento, en lo alto, sobre sus cabezas, el chasquido de la madera al astillarse y el sonido susurrante de las hojas al rozar entre sí les hizo mirar hacia arriba.
¡Cuidado! ¡Corra, hombre, corra! ¡Aprisa! –gritó el médico.
Se había quitado los auriculares y se alejaba a toda velocidad, pero Klausner se quedó allí, fascinado, mirando la gran rama, de casi dos metros de largo, que se inclinaba lentamente, partiéndose por su punto más grueso, donde se unía al tronco del árbol.
La rama se vino abajo con un crujido y Klausner saltó hacia un lado en el momento preciso en que aquélla llegaba al suelo, cayendo sobre la máquina, haciéndola pedazos.
¡Cielos! –gritó el médico–. ¡Sí que la tuvo cerca, creí que le caía encima!
Klausner miraba al árbol, con la cabeza ladeada y una expresión tensa y horrorizada en su cara pálida. Lentamente, fue hacia el tronco y arrancó el hacha con suavidad.
¿Lo ha oído? –dijo con voz casi inaudible, volviéndose hacia el médico.
Éste, que aún estaba sin aliento por la carrera y el sobresalto, preguntó.
¿El qué?
Por los auriculares. ¿Oyó usted algo cuando el hacha golpeó?
El médico empezó a rascarse la nuca.
Pues –dijo–, de hecho... –se calló y frunció ligeramente el labio superior–. No, no estoy seguro, no puedo estar seguro. No creo que llevase puestos los auriculares más de un segundo después que usted clavó el hacha.
Sí, pero ¿qué oyó usted?
No lo sé. No sé lo que oí. Probablemente el ruido de la rama al partirse –añadió rápidamente, casi con irritación.
¿Qué le pareció que era? –Klausner se inclinó ligeramente y miró con fijeza a su interlocutor–. Exactamente, ¿qué le pareció que era?
Al demonio –repuso el médico–. No lo sé. Estaba más interesado en quitarme de en medio. Dejémoslo, ¿quiere?
Doctor Scott, ¿qué-le-pareció-que-era?
Por el amor de Dios, ¿cómo puedo saberlo, con medio árbol viniéndoseme encima y teniendo que correr para salvarme?
El médico parecía nervioso, y Klausner se daba cuenta de ello. Se quedó muy quieto, mirándolo fijamente, y durante casi medio minuto no dijo nada.
El otro movió los pies e hizo un gesto como para irse.
Bueno –dijo–, es mejor que nos marchemos.
Oiga –dijo el hombrecillo, y su cara pálida se cubrió de rubor–. Oiga –repitió–, hágale una sutura –señaló la última herida que el hacha había abierto en el tronco–. Hágasela en seguida.
No sea absurdo –dijo el médico.
Haga lo que le digo. Una sutura.
Klausner sostenía con fuerza el hacha, y hablaba en voz baja, con tono extraño, casi amenazador.
No sea absurdo –dijo tajante el médico–, no puedo hacer suturas en la madera. Vamos, será mejor que nos vayamos.
¿No se pueden hacer suturas en la madera?
No, claro que no.
¿Trae yodo en el maletín?
Sí, ¿por qué?
Pinte el corte con yodo. Escocerá, pero no puede evitarse.
Vamos –dijo el médico, y de nuevo trató de marcharse–, no seamos ridículos. Volvamos a su casa y...
Pinte-el-corte-con-yodo...
El médico dudó. Observó como las manos de Klausner se crispaban en tomo al mango del hacha. Decidió que su única alternativa era alejarse a toda prisa, pero desde luego no iba a hacer una cosa así.
Está bien –dijo–, lo pintaré con yodo.
Recogió su maletín negro, que se hallaba más allá, a unos diez metros, apoyado en un árbol; lo abrió, y extrajo la botella de yodo y una bola de algodón. Fue hacia el tronco, destapó la botella y empapó el algodón con el yodo. Se inclinó sobre la herida y empezó a pintarla. Miraba de reojo a Klausner, que permanecía inmóvil con el hacha en la mano, observándole.
Asegúrese de que penetre bien.
Sí –asintió el médico.
Ahora pinte la otra herida, la que está encima.
El médico hizo lo que Klausner le decía.
Bueno –dijo–, ya está –se levantó y examinó con expresión grave su obra–. Esto le hará bien.
Klausner se acercó y examinó detenidamente las dos heridas.
Sí –dijo, asintiendo despacio con la enorme cabeza–, sí, quedará bien –dio un paso atrás–. ¿Vendrá mañana a darle una ojeada?
Oh, sí –dijo el médico–, desde luego.
¿Y le aplicará más yodo?
Si veo que hace falta sí.
Gracias, doctor –dijo Klausner, entusiasmado.
Asintió de nuevo con la cabeza, y soltó el hacha y, de pronto sonrió. Era una sonrisa extraña y excitada. De inmediato, el médico fue hacia él y, cogiéndole amablemente por el brazo, le dijo:
Vamos, debemos irnos ahora.
Se pusieron a caminar en silencio, juntos, con cierta rapidez, a través del parque, cruzando la calle, de regreso a casa.

Terror en el espacio --- Leigh Brackett



Terror en el espacio
Leigh Brackett

Capítulo 1
Lundy conducía con sus propias manos el convertible aero-espacial. Lo había estado haciendo durante mucho tiempo. Tanto tiempo, que la mitad inferior de su cuerpo estaba dormida e insensible hasta las puntas de los pies y la mitad superior aun mas insensible, con excepción de dos dolores separados peores que los que produce un flemón: uno alojado en su espalda y el otro en la cabeza.
Los jirones de nubes desgarradas y arrancadas de la espesa atmósfera venusiana color gris perla, pasaban rápidamente junto a la veloz aeronave. Los reactores palpitaban y zumbaban, mientras los instrumentos se movían desordenadamente bajo el influjo de las corrientes magnéticas que hacen de la atmósfera venusiana la pesadilla de los pilotos.
Jackie Smith seguía frío y envarado en el asiento del copiloto. A través de la portezuela cerrada que tenía a sus espaldas y que comunicaba con la minúscula cabina interior, Lundy oía gritar y debatirse a Farrell.
Hacía rato que gritaba. Desde que la inyección de avertina que le puso Lundy cuando lo subieron a bordo dejó de surtir efecto. Se debatía chillando e intentando librarse de las correas, profiriendo roncas exclamaciones que nada significaban.
Luchaba y se debatía a causa de aquello.
En algún lugar dentro de Lundy, dentro del arrugado y sudoroso uniforme negro de la Sección Especial de la Policía de los Tres Mundos, dentro del metro sesenta y cinco de gruesos y acerados músculos que este uniforme recubría, había un nudo. Un nudo muy grande, y muy frío también a pesar del sofocante calor que reinaba en la cabina, y además tenía la mala costumbre de contraerse de vez en cuando, haciendo que Lundy se estremeciese y sudase copiosamente, como si le hubiesen pinchado.
A Lundy no le gustaba tener aquel nudo frío en el estómago, pues eso significaba que tenía miedo. Había tenido miedo muchas otras veces, y no se avergonzaba de ello. Pero en aquellos momentos necesitaba apelar a toda su inteligencia y valor para devolver aquéllo a su cuartel general de Vhia, y no deseaba tener que luchar también consigo mismo.
El miedo puede hacer las cosas muy difíciles. Puede debilitarnos cuando necesitamos ser más fuertes, si queremos salvar nuestra vida. Y en este caso se trataba de su vida y la de sus dos compañeros.
Lundy confiaba en poder dominar su miedo, y también su cansancio... porque aquello permanecía agazapado en la pequeña arquita guardada en la caja fuerte, esperando que alguien se desmoronase.
Farrell se había desmoronado completamente, desde luego, pero estaba firmemente sujeto. Jackie Smith había empezado a mostrar signos de desmoralización antes de desvanecerse, y por ello Lundy tenía una mano puesta sobre la jeringuilla hipodérmica cargada con anestésico que pendía a un lado de su asiento. Y Lundy pensaba:
«Lo peor de todo es que no se sabe cuando empieza a actuar en nosotros. No existen precedentes, o si existen nosotros los desconocemos. Quizás ahora mismo, las indicaciones que veo en estas esferas sean completamente falsas...»
Por debajo de ellos, podía atisbar de vez en cuando pequeñas extensiones de océano entre los jirones de niebla gris. Las aguas negras, inmóviles, sin mareas ni oleajes del planeta Venus, que ocultan innúmeros secretos de su vida pretérita.
Lo que veía no era de ninguna utilidad para Lundy. Le era imposible calcular su rumbo... podía hallarse sobre un punto cualquiera del océano. Esperaba que los motores seguirían funcionando con regularidad, o de lo contrario todos se darían un buen baño, en la inmensa extensión de aguas negras y tranquilas.
Farrell seguía gritando. Parecía tener la garganta blindada. Chillaba y se debatía para libertarse de sus ligaduras, porque aquello estaba encerrado y pedía socorro.
Tengo frío –dijo Smith–. Oye, enanito.
Lundy volvió la cabeza. Por lo general mostraba una cara redonda, fresca y vivaracha, en la que brillaban unos ojos obscuros y una sonrisa juvenil que dejaba al descubierto sus dientes blanquísimos. En aquellos momentos, su aspecto era más bien el de una basura que el camarero hubiese sacado con la escoba de debajo una mesa a las cuatro de la madrugada, del día de año nuevo.
Tienes frío, ¿eh? –dijo con voz ronca, pasándose la lengua por los labios empapados de sudor–. ¡Tanto mejor! Eso es lo que necesitamos.
Jackie Smith se movió un poco, gruñó y trató de incorporarse. Su guerrera negra estaba entreabierta, mostrando los vendajes blancos que le cruzaban el pecho, y tenía la mano izquierda sobre el extremo roto de la cremallera que cerraba la guerrera. Era un hombre corpulento y no mayor que Lundy, de facciones prominentes y feas, unos cabellos ásperos y claros y una tez que parecía cuero reseco.
En Mercurio, donde nací –dijo– el clima es adecuado para los seres humanos. Vosotros, loa pisaverdes del Viejo Mundo... –se interrumpía, palideciendo bajo su piel curtida, y dijo con los dientes muy apretados–: ¡Vaya! Veo que Farrell se ha ocupado a conciencia de mí.
Te salvarás –le dijo Lundy, tratando de no pensar en lo cerca que él y Smith estuvieron de la muerte. Farrell había luchado como un demonio cuando lo descubrieron en una aldea indígena, situada en lo más alto de los Montes de la Nube Blanca.
Lundy aún recordaba con horror lo sucedido.
A Lundy no le importaba entendérselas con matones o andar a tortas con los peores rufianes. Pero Farrell no era de ésos. Sólo era un buen muchacho que cayó en las redes de alguien mucho más fuerte que él.
Un buen muchacho, enamorado con locura de alguien inexistente. Un muchacho decente y trabajador, con esposa y dos hijos, que perdió la chaveta, el alma y el corazón por un ser del espacio, hasta el punto que estaba dispuesto a matar para protegerlo.
«¡Qué diablo!», pensó Lundy, cansado y furioso. «¿No dejará nunca de chillar?»
Los reactores rugían poderosos. Los grises jirones de niebla pasaban con rapidez junto a la nave. Jackie Smith permanecía sentado, muy rígido, con los ojos cerrados, los labios pálidos y respirando entrecortadamente. Y aún faltaba mucho para llegar a Vhia.
Tal vez más de lo que él suponía. Quizás ni siquiera se dirigía hacia Vhia. Quizá aquello ejercía su influjo sobre él, y nunca lo sabría hasta que su aparato se estrellase.
El frío nudo se apretó aún más en su estómago, como la helada hoja de un cuchillo clavado en su carne.
Lundy lanzó una maldición. Sí se dejaba llevar por aquella clase de pensamientos, se iría de cabeza al infierno.
Pero no podía dejar de pensar en aquello. En el ser que había apresado gracias a una red especial de apretadas mallas metálicas. Echó aquella red sin mirar sobre algo que Farrell estaba contemplando. El ser que había metido a la fuerza en el cofre de glasita, cubriéndolo con una tela negra porque le habían advertido que no lo mirase.
A Lundy le cosquilleaban y le ardían aún las manos, de una manera que no era desagradable. Todavía le parecía notar aquel pequeño ser debatiéndose desesperadamente para escapar, cubierto por la red. Le pareció de una forma vagamente cilíndrica y terriblemente vivo.
Aquello era vida. Vida del espacio interplanetario, que salió de una nube de polvo cósmico atraída por la fuerza de gravedad de Venus. Desde que Venus atravesó aquella nube, se desencadenó una extraña oleada de locura en todo el planeta. Una locura como la que hizo su víctima de Farrell, que causó muertes y cosas aún peores.
Los hombres de ciencia tenían algunas teorías acerca de lo que podía ser aquella vida del espacio. Tuvieron la suerte de descubrir el cadáver de uno de aquellos seres, y circulaban varios rumores acerca de una substancia de apariencia cristalina que en realidad no era cristal, de unos ocho centímetros de longitud y magníficamente cincelada y estriada, provista además de unos pequeños y extrañísimos instrumentos cuyo uso nadie supo discernir.
Pero el cadáver de aquel ser no les sirvió de gran cosa. Tenían que apresar a uno vivo, si querían descubrir el secreto de su existencia y hallar el medio de terminar con lo que los telecomentadores habían denominado «La locura del más allá», o «El hechizo del vampiro».
Sin embargo, una cosa acerca de estos seres era del dominio general. Sus víctimas enloquecían de pronto, y en su demencia afirmaban que habían encontrado a la mujer soñada o el ideal último de la feminidad. Sólo podían verla ellos, pero esto les dejaba sin cuidado. Ellos la veían, y para ellos les bastaba con ver a... Ella. Y los ojos de ésta aparecían siempre velados.
Ella constituía un verdadero rompecabezas, y estaba mucho más allá de la hipnosis y del dominio de las fuerzas de la mente. Por esta razón no se había conseguido nunca apresar con vida a Ella, o a Aquello. Esto solamente se consiguió cuando Lundy y Smith, contando con todo el asesoramiento científico de la Policía Espacial, consiguieron localizar a Farrell y apoderarse del misterioso ser que lo tenía hechizado.
Desde luego, lo consiguieron por pura casualidad, por una suerte increíble. Lundy movió su dolorida cabeza tratando de librarse de la tortícolis, parpadeó para librarse del sudor que penetraba en sus ojos inyectados en sangre, y deseó ardientemente encontrarse en su casa y acostado.
Jackie Smith observó de pronto:
Enanito, tengo frío. Dame una manta.
Lundy le miró. Sus claros ojos verdes estaban entreabiertos, pero su mirada estaba perdida en el vacío. Temblaba como un azogado.
No puedo dejar los mandos, Jackie.
Tonterías. Aún tengo una mano útil. Todavía puedo pilotar esta lata de conservas durante unos momentos.
Lundy refunfuñó. Sabía que Smith no bromeaba al afirmar que tenía frío. Las temperaturas que reinaban en Mercurio hacían que los hombres pertenecientes a la primera generación de colonizadores, fuesen sensibles a todas las temperaturas inferiores a la de un horno eléctrico. Además de la herida, Smith podía contraer una pulmonía si no le abrigaban convenientemente.
Muy bien –Lundy tendió la mano para cerrar el interruptor señalado con una A. –Pero dejaré que Miguelito se encargue de dirigir el vuelo. Probablemente no durará más de cinco minutos antes de estallar.
Miguelito, el piloto automático, se convertía en una verdadera nulidad cuando se trataba de volar por la atmósfera de Venus. La constante compensación magnética calentaba las bobinas del robot hasta tal punto, que era cuestión de minutos que éstas se fundiesen.
Lundy se dijo que después de todo era agradable saber que aún había un par de cosas que los hombres podían hacer mejor que las máquinas.
Se levantó, y le pareció como sí hubiese estado enmoheciéndose al aire libre durante cuatrocientos años. Smith no volvió la cabeza. Lundy le gruñó:
¡La próxima vez, hijito, ponte ropa interior de lana y déjame tranquilo!
Tras decir estas palabras notó que el nudo se apretaba en su estómago. Un sudor frío cubrió su cuerpo y una oleada de fuego recorrió sus nervios.
Farrell había dejado de gritar.
Reinó silencio en la nave. Nada lo rasgó. El fragor de los cohetes era ajeno a aquel silencio. Incluso la respiración jadeante de Jackie Smith cesó. Lundy se dirigió lentamente hacia la portezuela.
Apenas había dado dos pasos, cuando ésta se abrió. Lundy se detuvo, presa de súbita inmovilidad.
En el umbral se erguía Farrell. Farrell, un hombre bueno y honrado a carta cabal, con mujer y dos hijos. Su rostro era el mismo de siempre, pero los ojos que brillaban en él aparecían enajenados. No eran ni siquiera humanos.
Lundy le había atado por el pecho, la cintura, las piernas y los pies a la litera con cuatro fuertes correas. El cuerpo de Farrell mostraba las señales de las mismas. Se le habían clavado en su carne, en sus músculos y tendones, hasta mostrar sus desnudas costillas. Estaba cubierto de sangre, pero esto a él no parecía importarle.
He roto las correas –dijo, dirigiendo una sonrisa a Lundy–. Ella me llamó y rompí las correas.
Hizo ademán de dirigirse hacia el cofre que se hallaba en un ángulo de la cabina. Lundy se esforzó por salir de la nube negra y fría que lo atenazaba y consiguió mover los pies.
Jackie Smith le dijo con voz queda:
Quieto, enanito. A ella no le gusta estar encerrada en el cofre. Tiene frío y quiere salir.
Lundy le miró por encima del hombro. Smith se había vuelto a medias en su asiento y empuñaba la pistola hipodérmica, que había tomado de la funda colgada en el respaldo del asiento del piloto. Sus claros ojos verdes tenían un brillo distante y soñador, pero Lundy no se fiaba en absoluto de ello.
Sin la menor inflexión en su voz, dijo:
Tú la has visto.
No. La he... oído.
Los gruesos labios de Smith se plegaron en un extraño rictus. Su respiración se hizo ronca y sibilante.
Farrell se arrodilló junto al cofre. Poniendo sus manos sobre su superficie lisa y brillante, se volvió hacía Lundy. Éste vio que estaba llorando.
Ábrelo. Tienes que abrirlo. Ella quiere salir. Está asustada la pobrecita.
Jackie Smith levantó imperceptiblemente la pistola.
Ábrelo, enanito –susurró–. Ella tiene frío, ahí dentro.
Lundy no se movió. El sudor corría a raudales por su cuerpo y a pesar de ello tenía frío. Sin más, respondió con lengua estropajosa.
No. Tiene calor. Allí dentro no puede respirar. Tiene calor.
Entonces levantó la cabeza con gesto convulsivo y gritó. Se volvió para enfrentarse con Smith, y con paso inseguro pero rápido se dirigió hacia él.
Las feas facciones de Smith se contrajeron como si fuese a llorar.
¡Vamos, enanito! Mira que no quiero disparar contra ti. Abre el cofre.
Lundy, con un hilo de voz, dijo:
Eres un pobre estúpido.
Y siguió avanzando.
Smith oprimió el gatillo.
Las agujas hipodérmicas cargadas de anestésico se clavaron en el pecho de Lundy. No dolían mucho. Sólo un pequeño pinchazo. El siguió avanzando, llevado por su impulso inicial.
A sus espaldas, Farrell gimió como un cachorro y se tendió sobre el cofrecito. Ya no volvió a moverse. Lundy cayó de rodillas y siguió avanzando a gatas y como en sueños hacia los mandos. Jackie Smith le contemplaba con mirada turbia.
Súbitamente, el piloto automático estalló.
Del cuadro de mandos surgió una llamarada azul. Su brillo cegador y el calor intenso hicieron caer a Lundy de espaldas. La cabina se llenó de silbidos, aullidos y empezó a girar locamente, mientras el convertible bailaba como una hoja en brazos del huracán. El mecanismo automático de seguridad apagó los cohetes.
La aeronave empezó a caer.
Smith balbuceaba palabras incoherentes, entre las que sólo se entendía Ella y plegó su asiento. Lundy se frotó la cara con la mano. Sus facciones eran borrosas y estúpidas. Sus ojos negros no tenían ninguna expresión.
Empezó a arrastrarse sobre el suelo bamboleante en dirección al cofre.
La proa de la nave rasgaba las nubes, y de pronto apareció una gran extensión líquida. Un mar negro y tranquilo, sin oleaje, sembrada de islitas flotantes de sargazos que se movían y agitaban con vida propia.
Unas aguas negras que ascendían a su encuentro.
Lundy no las miró. Se arrastró sobre la sangre de Farrell empujándolo hacia la pared de la cabina, y empezó a rascar la brillante puerta, gimiendo como un perro al que no dejan entrar en casa.
La nave chocó con el agua a terrible velocidad. El impacto levantó oleadas de espuma, que brilló con una blancura cegadora sobre aquel negro mar.
El agua levantada por el impacto cayó, y los círculos concéntricos se fueran alejando y terminaron por borrarse.
Las islas verdinegras de sargazos se desplazaron lentamente sobre el lugar de la caída. Una bandada de pequeños dragones marinos agitó sus alas de pedrería para abatirse sobre las peces, y ninguno de aquellos seres demostró el menor interés por la suerte de la nave voladora que se hundía hasta. las profundidades.
Ni siquiera el propio Lundy, tendido y frío en la cabina estanca, oprimiendo con su cuerpo el cofrecillo, mientras las lágrimas y el sudor se secaban en sus mejillas recubiertas de una barba incipiente.

Capítulo 2
La primera sensación que tuvo Lundy fue la de silencio e inmovilidad. Una sensación mortal, como si todos las seres creados hubiesen dejado de respirar.
Lo segunda que notó fue la presencia de su cuerpo. Le dolía espantosamente, tenía calor y además le repugnaba el aire espeso y viciado que respiraba. Lundy se sentó penosamente y trató de hacer funcionar su cerebro. Esto era muy difícil, porque alguien le había abierto la cabeza con cuatro hachazos.
No era del toda obscuro en la cabina. Una temblorosa claridad plateada semejante al claro de luna penetraba por las portillas. Lundy podía ver bastante bien. Distinguió el cuerpo de Farrell exánime sobre el suelo, y un conjunto de cables y hierros retorcidos, que habían sido los mandos.
Vio también el cofre.
Lo miró larga rato, aunque no había mucho que ver. No era más que un cofre abierto y vacío, junto al que había un pedazo de tela negra.
¡Dios mío! –susurró Lundy–. ¡Oh, Dios mío! Entonces lo comprendió todo de pronto. Su cuerpo no contenía apenas nada con excepción de su estómago, y éste hallábase sujeto. Sin embargo, quiso salirse por su boca. Las náuseas cesaron de pronto, y entonces fue cuando Lundy oyó que alguien llamaba a la puerta.
Era una llamada muy suave. Su ritmo era lento y espaciado, como si el que llamaba dispusiese de mucho tiempo y no tuviese prisa por entrar. La llamada procedía de la escotilla que comunicaba con la esclusa de salida.
Lundy se levantó lentamente, más frío que el vientre de un sapo y blanco como éste. Contrajo involuntariamente los labios y permaneció de pie, helado de espanto.
Las llamadas continuaban con un ritmo somnoliento. Quienquiera que fuese que llamaba, no tenía prisa por entrar. Sabía que tarde o temprano aquella puerta cerrada se abriría, y a él no le importaba esperar. No tenía prisa. Nunca tendría prisa.
Lundy paseó la mirada por la cabina, en silencio. Dirigió una mirada de soslayo a la portilla. Al otro lado de ella vio agua. La negra agua de mar de Venus, clara y negra, como una noche profunda.
La nave se había posado sobre una llanura arenosa. La luz plateada era reflejada por la arena. Era una luz fosforescente, tan brillante como el claro de luna y de un débil tinte verdoso.
Negras aguas marinas. Arenas plateadas. El misterioso visitante seguía llamando a la puerta, despaciosamente. Con paciencia. Uno... dos. Uno... dos. Al compás del corazón de Lundy.
Este pasó a la cabina interior, andando ya con paso firme. Miró cuidadosamente a su alrededor antes de regresar y detenerse ante la esclusa.
Muy bien Jackie –murmuró–. Espera un minuto. Sólo un minuto, muchacho.
Entonces se volvió para dirigirse rápidamente hacia el armario de babor y sacó de él una botella de litro, que levantó después de sacarla de su soporte antichoque. Tuvo que hacerlo con ambas manos.
Al poco rato bajó la botella y se inmovilizó, sin mirar a ninguna parte, hasta que dejó de temblar. Descolgó a continuación su escafandra espacial del gancho donde estaba pendida y se la puso. Tenía la cara cenicienta e inexpresiva.
Cargó con todas las botellas de oxígeno que podía llevar, junto con raciones de socorro y toda la bencedrina que contenía el botiquín. Mezcló la dosis más fuerte posible de este estimulante con el coñac antes de cerrar el casco. Hizo caso omiso de la pistola hipodérmica, y en lugar de ella tomó las dos pistolas desintegradoras de reglamento... la suya y la de Smith. Entre tanto, los suaves golpecitos no cesaban.
Miró por un momento el cofre vacío y la tela negra caída a su lado. Una expresión cruel asomó a su rostro. Sus facciones se endurecieron, antes de cubrirse de una terrible expresión de paciencia.
El hecho de hallarse bajo la superficie del agua no molestaría en lo más mínimo a un ser del espacio interplanetario. Descolgó de su gancho la red de apretadas mallas metálicas y se la aseguró al cinto. Luego se dirigió resueltamente hacia la escotilla para abrirla.
Las aguas negras irrumpieran en negros remolinos en torno a sus botas lustradas. Luego la escotilla se abrió de par en par y Jackie Smith entró.
Había estado esperando en la esclusa inundada, golpeando con sus botas la escotilla interior, con el lento vaivén del mar. Entró con los pies por delante y el agua que penetraba a presión lo levantó. Con lo que pareció que andaba por su pie y miraba a Lundy al pasar. Era un hombre rubio y corpulento de ojos verdes con vendas blancas que asomaban por su guerrera negra entreabierta, mientras miraba a Lundy. No por mucho tiempo. Solamente por un segundo. Pero fue bastante.
Lundy se contuvo después del tercer grito de terror. Tenía que contenerse, porque sabía que si seguía gritando ya no podría dejar de hacerlo. Las negras aguas ya se habían llevado a Jackie Smith hasta la pared apuesta, cubriendo piadosamente su cara.
¡Dios mío! –susurró Lundy–. ¡Dios mío...! ¿Qué debió de ver antes de ahogarse?
Nadie le respondió. Las negras aguas empujaban a Lundy, mientras se alzaban a su alrededor, tratando de llevarlo hacia donde estaba Jackie Smith. La boca de Lundy se contrajo en un rictus amargo.
Se mordió el labio inferior con fuerza. Echó a correr torpemente, tratando de vencer la resistencia que le oponía el agua, hasta que por último se detuvo. Entonces empezó a andar, sin mirar hacia atrás, por la compuerta inundada. La escotilla se cerró tras él, automáticamente.
Pisó la compacta arena de un color entre verde y plateado, mientras tragaba la sangre que le llenaba la boca y le ahogaba.
Andaba sin apresurarse. Su caminata por el fondo del océano sería probablemente larguísima. A juzgar por la posición de la nave cuando se hundió, calculaba aproximadamente hacia donde se hallaría la costa... a menos que aquello hubiese influido en su mente, haciéndole ver en las esferas unas cifras que no existían.
Comprobó su nimbo, ajustó la presión que reinaba en el interior de su escafandra, y siguió avanzando por aquel sobrenatural paisaje submarino, que parecía bañado por un fantasmal claro de luna. La marcha no era difícil. Si no encontraba a su paso una profunda fosa oceánica, una escarpadura imposible de franquear, o se convertía en la presa de alguna especie de voraz alga venusiana, conseguiría sobrevivir para presentarse ante su jefe en el cuartel general, y comunicarle que dos hombres habían muerto, la nave se había perdido y la misión que se le había encomendado había terminado en el más estrepitoso fracaso.
Aquel mundo submarino que le rodeaba era bellísimo. Parecía el ensueño que provocan las drogas o el delirio. La fosforescencia se elevaba en las negras aguas, para danzar en temblorosas espirales de fuego frío. Los peces, aquellos extraños seres policromados que parecían minúsculas joyas vivas con ojos de rubí, pasaban como centellas junto a Lundy, como ráfagas de color, o nadaban sobre las grandes extensiones de algas que parecían selvas en miniatura, y que manchaban las negras aguas y el brillo fosforescente de la arena con enormes y ardientes manchas azules, violetas, verdes y plateadas.
También había flores. Una vez, Lundy se acercó demasiado a algunas de ellas. Estas se tendieron hacia él, abriendo unas bocas redondas llenas de espinas, que denotaban una increíble voracidad. Los peces se mantenían a saludable distancia de ellas. Desde entonces, Lundy les imitó.
Apenas hacía media hora que andaba, cuando descubrió la carretera.
Era una carretera perfecta, que avanzaba en línea recta a través de la arena. Presentaba algunas grietas y resquebrajaduras, y algunas de las enormes losas que la formaban estaban alzadas o caídas a un lado, pero en general estaba perfectamente conservada y era evidente que se dirigía a alguna parte.
Lundy la miró mientras un escalofrío recorría su espinazo. Había oído hablar de cosas parecidas. Venus aun era un mundo casi desconocido. Era un planeta joven, bravío, desconcertante, que daría más de una sorpresa a los sesudos hombres de ciencia.
Mas incluso los jóvenes planetas tienen un largo pasado, lleno de leyendas y mitos. Todo el mundo estaba de acuerdo en que gran parte de la superficie de Venus que hoy se hallaba sumergida no lo estuvo en otros tiempos, y viceversa. La bella diosa cambió varias veces de maquillaje antes de adoptar su semblante definitivo.
Ello quería decir que, en épocas remotas, aquella carretera cruzó una llanura bajo un cálido cielo gris perla. Por ella venían probablemente las caravanas de la costa. Aquella carretera debió de ver el tráfico formado por los fardos de especias y seda de araña, junto con las ánforas de vakhi procedentes de los cañaverales de Nahali, y las esclavas de cabellos de plata que venían de las tierras altas donde moraba el Pueblo de las Nubes, avanzando bajo el calor bochornoso, apenas resguardadas por los verdes árboles liha, para terminar vendidas en el mercado.
A la sazón la carretera seguía conduciendo a alguna parte.
Lundy iba en aquella misma dirección. Era probable que la carretera se hubiese desviado un poco antes, la cual explicaba que él la hubiese encontrado. Lundy se pasó la lengua par las labios cubiertos de frío sudor y empezó a seguirla.
Andaba lenta y cuidadosamente, como el que penetra a solas en la nave de un templo vacío.
Siguió la carretera durante largo rato. Las algas formaban una espesura a ambas lados de ella. Parecía atravesar un denso bosque de algas que se perdía en la distancia por ambos lados, hasta allá donde alcanzaba la vista de Lundy. Este se alegró de haber encontrado la carretera, ya que ésta era muy ancha y si se mantenía en el centro las flores no podían llegar hasta él.
La luminosidad disminuyó, debido a las algas que cubrían la arena. Fuera cual fuese la causa de la fosforescencia, aquel apiñamiento de algas la hacía disminuir notablemente, y pronto estuvo tan obscuro que Lundy tuvo que encender el proyector de su casco. A las bordes de su haz luminoso podía ver las frondas de algas moviéndose perezosamente en un lento vaivén, al compás del mar de fondo.
Las flores se habían hecho más bellas y de colores más vivos. Pendían como lámparas en las negras aguas, irradiando una luz que parecía surgir de ellas mismas. Sus colores eran rojos sombríos y amarillos violentos, junto con azules pálidos y desvaídos.
Su vista resultaba inquietante para Lundy.
Las algas cada vez eran más espesas y juntas. Sus raíces asomaban sobre el borde de las losas de piedra. Las flores abrían sus brillantes bocas voraces en dirección a Lundy.
Trataban de alcanzarle, sin conseguirlo. De momento.
Él estaba cansado. El efecto producido por el coñac con bencedrina empezaba a amortiguarse Cambió la botella de oxígeno por otra. Aquello le reanimó pero no mucho. Bebió otra sorbo de la mezcla estimulante, pero tampoco quería abusar de ella para no fatigar a su corazón. Tenía las piernas entumecidas.
No había dormido desde hacía muchas horas. Seguir la pista de Farrell no fue ningún juego de niños, y apoderarse de él –y de aquello– constituyó una verdadera hazaña, arriesgada y peligrosísima. Hay que tener en cuenta que Lundy no era más que un ser humano. Por lo tanto era natural que se hallase cansado. Molido. Deshecho y agotado.
Se sentó para descansar un rato, apagando la lámpara para ahorrar las pilas. Las flores le acechaban, brillando en la obscuridad. Él cerró los ojos pero seguía notando su presencia, como animales de presa, agazapadas a su alrededor.
Después de un par de minutos se levantó para proseguir la marcha.
Las algas se hicieron más espesas y altas. Estaban cargadas de flores.
Tomó más bencedrina, sin pensar en lo que le podría ocurrir al corazón. La luz del casco abría un túnel blanco y frío a través de las tinieblas. Guiado por esta luz, él avanzaba, andando todo lo de prisa que le permitía la densidad del agua. Las frondas de algas se unían y se entretejían a gran altura sobre su cabeza, encerrándole en un inquietante túnel. Las flores pendían sobre él. Sus pétalos casi le rozaban. Eran unas pétalos carnosos, voraces y vivientes.
Echó a correr, sobre los surcos abiertos por las ruedas en la piedra y las desgastadas losas de la carretera que aún llevaba a alguna parte, en el fondo de aquel negro océano.
Lundy corrió torpemente durante largo rato entre la obscuras paredes cada vez más próximas. Las flores casi le tocaban. Una vez se acercaron tanto a él, que le sujetaron nuevamente cuando se escapaba. Empezó a hacer uso de la pistola desintegradora.
De esta manera redujo a cenizas un gran número de algas. Esto no parecía gustarles. Empezaron a balancearse coléricas sobre sus raíces, asestándole golpes desde ambos lados y desde el techo entrelazado que lo cubría. Lundy corría penosamente, sollozando pero sin derramar lágrimas.
Fue la carretera quien le condujo hasta allí. Se cruzo con él de pronto, sin previo aviso. Luego avanzó suavemente bajo el túnel de algas, hasta terminar en una masa caótica de enormes losas y bloques, esparcidos sin orden ni concierto como si el hijo de un gigante se hubiese cansado de jugar con ellos.
Y las algas crecían entre aquellos bloques dispersos.
Lundy tropezó y cayó, dándose de cabeza contra la parte posterior del casco. Por un momento vio una luz cegadora. Luego reinaron las tinieblas y comprendió que se había producido un falso contacto, pues su luz se había apagado.
Se arrastró por encima de un gran bloque inclinado. Las flores brillaban en la obscuridad, muy cerca de él. Demasiado cerca. Lundy abrió la boca, pero sólo salió de ella un ronco gemido animal. Aún empuñaba su pistola. La disparó un par de veces y por último se encontró en lo alto del bloque, tendido de bruces.
Sabia que no podía seguir avanzando. La carretera terminaba allí.
Las brillantes flores descendieron hacia él, surgiendo de las tinieblas. Lundy, tendido sobre la piedra, las observaba con rostro inexpresivo. En sus ojos brillaba un odio terco y concentrado, pero nada más.
Vio como las flores se adherían a su escafandra y empezaban a actuar. Entonces, allá en lo alto, a través del negro túnel de algas, vio brillar la luz.
Brilló de pronto, como un relámpago. Una sábana de oro cálido y brillante que restallaba como un estandarte, iluminando el final de la carretera.
Iluminando también la ciudad y la pequeña procesión que salía de ella.
Lundy no quería dar crédito a sus ojos. Estaba ya medio muerto, con su espíritu flotando libre de su cuerpo y envuelto a medias en negras nubes. Contempló sin curiosidad lo que veía.
La luz áurea es extinguió, para brillar dos veces al final del túnel, cruzando una pequeña llanura, después de la cual se alzaba la ciudad.
Lundy veía sólo una parte de ella, a causa de las algas. Pero parecía ser una gran ciudad. La rodeaba una muralla, de mármol verde veteado de rosa sombrío, y con sus bordes desgastados por siglos de erosión marina. En la muralla se abrían amplias puertas de oro puro, no empañado por el paso de los siglos, y que giraban sobre bisagras igualmente de oro. Por las puertas abiertas se distinguía una gran plaza pavimentada con cuarzo de color gris neblina, y alrededor de la plaza se alzaban unas construcciones que recordaban a Lundy los castillos de la Tierra que había visto en su infancia, bajo las nubes rosadas del atardecer.
Esto es lo que aquel lugar parecía bajo los destellos de luz dorada: un país de cuento de hadas al atardecer. Remoto, de una belleza soñadora, cubierto por las negras aguas, como por un velo... algo indestructible, porque era inexistente.
Los seres que salieron por las puertas doradas y que venían por la carretera parecían diminutos jirones de niebla desgajados por una brisa fría y errante y apartados de la luz.
Se acercaron flotando a Lundy. A pesar de que su avance parecía lento, probablemente no lo era, porque de pronto se hallaron entre las algas. Eran muchos; tal vez cuarenta o cincuenta. No tenían más de un metro o un metro veinte de altura, y todos mostraban el mismo color mortecino, azul grisáceo. Lundy no podía ver qué eran. Su forma era vagamente humana, aunque tenían algo de pez, y algo que no alcanzaba a expresar qué era, a pesar de que intuía su naturaleza.
De pronto, todo aquello dejó de importarle. La sombría cortina negra que cubría su mente se rasgó, y el temor penetró gritando por la hendidura. Notaba como las flores mordían y tiraban de su escafandra como si fuese de su propia piel.
Un frío sudor cubría su cuerpo. Antes de un minuto agujerearían su traje y el agua de mar lo inundaría, y entonces...
Lundy empezó a debatirse desesperadamente. Contrajo los labios pero no gimió ni gritó. Únicamente oía su pesado resollar. Trató de luchar contra las flores, utilizando indistintamente la pistola y la fuerza bruta. Luchaba sin arte ni método. Era la última lucha ciega de un animal que no se resignaba a morir.
Las flores le sujetaban firmemente. Le aplastaban y le oprimían, envolviéndole en mortíferos y encantadores pétalos de colores ardientes. Él consiguió quemar a algunas de ellas, pero cuantas más quemaba más aparecían. Lundy no siguió luchando por mucho tiempo.
Por último permaneció postrado, con las rodillas algo dobladas hacía su rígido estómago atenazado por un nudo, cubierto de sudor y con el corazón latiéndole en desorden. Permanecía helado y tenso... esperando.
Hasta que las flores empezaron a apartarse.
Se apartaban a la fuerza, a regañadientes, retirándose airadas como gatos despojadas de un opíparo ratón, haciendo débiles y rápidos intentos para atacarle nuevamente. Mas terminaban por retirarse.
Lundy estuvo a punto de desfallecer para siempre. Se sentía al límite extremo de sus fuerzas. Su corazón dejó de palpitar; su cuerpo se contrajo espasmódicamente. Entonces, a través de una niebla formada por su sudor y sus lágrimas, al borde del Más Allá, vio las pequeñas criaturas azul grisáceas inclinándose sobre él para mirarlo.
Se cernían en una nube sobre él, sosteniéndose gracias a sus aleteantes membranas, tan delicadas como el trino de un pájaro en un día de viento. Estas membranas unían sus extremidades superiores e inferiores, las cuales estaban provistas de unas pequeñas aletas natatorias planas en su extremidad. Aquellos miembros estaban dotados de ventosas, situadas en el lugar que hubiera correspondido a los talones si aquellos seres hubiesen tenido pies.
Sus cuerpos eran gráciles y esbeltos, y de aspecto marcadamente femenino, a pesar de que no poseían características humanas muy especiales. Eran unas hermosas criaturas, distintas a todo cuanto Lundy había visto o había soñado.
Tenían caras. Pequeñas caritas de hadas sin nariz. Es decir: tenían una diminuta naricilla redonda, pero los ojos eran su rasgo dominante.
Eran unas enormes ojos redondos y dorados con pupilas de un pardo obscuro. Unas ojos suaves, curiosos, inquisitivos, que dieron ganas de llorar a Lundy y le asustaron tanto que casi estuvo a punto de enloquecer.
Entretanto, las flores se mantenían a cierta distancia, esperando el momento de volver al ataque. Pero cuando una se acercaba demasiado a Lundy, uno de los pequeños seres le daba un golpecillo cariñoso, como hacemos nosotros con un perro inoportuno, y la ahuyentaba.
¿Vives?

Capítulo 3
A Lundy no le sorprendió oír aquella voz telepática. La comunicación mental abundaba más que la oral y era mucho más sencilla que ésta, en muchos lugares de los mundos habitados. La Policía Espacial daba lecciones de telepatía a sus hombres.
Sí, vivo gracias a vosotras.
Había algo en la cualidad de aquel cerebro que sondeó que lo desconcertaba. Era distinto de todo cuanto había conocido. Se puso en pie, no muy firme.
Habéis llegado a tiempo. ¿Cómo supisteis que estaba aquí?
Nos llegaron tus pensamientos de temor. Sabemos lo que es tener miedo. Entonces, vinimos.
No os puedo decir otra cosa sino «gracias».
Nos alegramos mucho de haberte salvado. ¿Por qué no había de ser así? Por ello, no es necesario que nos des las gracias.
Lundy miró las llores que brillaban con apagado resplandor en las tinieblas.
¿Cómo conseguís que os obedezcan? ¿Por qué no os...?
¡Ellas no son caníbales! No son como... las otras.
Este último pensamiento expresaba un terror cerval.
Caníbales...
Lundy miró a la nube de delicadas figurillas femeninas de color azul grisáceo. Sintió que se le ponía la carne de gallina.
Aquellos seres le miraron benévolamente con sus suaves ojos dorados, y le pareció como si sonriesen.
Sí, somos diferentes de ti, ya lo sabemos. Del mismo modo como somos diferentes de los peces. ¿Qué piensas? En las algas... las algas brillantes que crecen... sí, son parientes nuestras.
Parientes, se dijo Lundy. En efecto. Como nosotros somos parientes de los animales. Eran plantas. Las plantas vivientes no eran nada nuevo en Venus. ¿Por qué no admitir la existencia de plantas pensantes, de plantas que se desplazaban en sus raíces, y miraban con tristes ojos suaves?
Vámonos de aquí –dijo Lundy.
Salieron del obscuro túnel y prosiguieron por la carretera, mientras las flores abrían sus bocas como canes hambrientos tratando de morder a Lundy, pero sin conseguir alcanzarlo.
Él empezó a atravesar la estrecha llanura, con las plantas femeninas nadando lánguidamente como una nube a su alrededor.
Eran algas. Pequeños fragmentos de algas con los que se podía conversar telepáticamente. Lundy se hallaba pasmado ante lo increíble de la situación.
La ciudad no hizo más que aumentar su pasmo. Estaba sumida en las sombras cuando la vio desde la llanura, débilmente iluminada por el resplandor procedente de la arena, semejante al claro de luna. Era una gran ciudad, que se extendía a lo lejos, rodeada de sus murallas. Era grande, silenciosa y antiquísima. Parecía esperar al final de la carretera.
En aquella luz mortecina, por curioso que fuese, parecía más real. Lundy se olvidó por un momento de la existencia del agua. Le parecía caminar hacia una ciudad dormida, bañada por la pálida claridad lunar, sintiendo su fuerza secreta y débilmente hostil domeñada y retenida hasta el alba...
Aunque jamás habría un alba para aquella ciudad. Nunca jamás.
Lundy deseó de pronto emprender la huida.
No temas. Nosotros vivimos aquí. Es un lugar seguro.
Lundy movió la cabeza con irritación. De pronto la luz brillante centelleó de nuevo por tres veces consecutivas. Parecía venir de algún lugar a la derecha, más allá de la cordillera submarina. Lundy notó un débil temblor en la arena. Una hendidura volcánica, probablemente, que se abrió al hundirse la arena.
La luz dorada hizo cambiar de nuevo el aspecto de la ciudad, que volvió a parecer una ciudad de cuento de hadas al atardecer... un lugar de los que se ven en sueños.
Cuando atravesó las puertas se sentía intimidado, pero no experimentaba temor. Y entonces, mientras permanecía en el centro de la plaza contemplando los grandes y borrosos edificios que se alzaban a su alrededor le alcanzó un pensamiento procedente de la nube de pequeñas criaturas femeninas.
Era un lugar seguro y dichoso... antes de que ella viniese.
Tras una larga pausa, Lundy dijo:
¿Ella?
No la hemos visto. Pero nuestros compañeros si la vieron. Ella vino no hace mucho y recorrió las calles, y todos nuestros compañeros nos dejaron para irse en su seguimiento. Decían, al irse, que su belleza es incomparable, muy superior a la de cualquiera de nosotras y que...
...Y que tiene los ojos velados y que ellos desean verlos. Si no le ven los ojos enloquecerán, y por esto la siguen.
La triste nubecilla azul grisácea se agitó entre las aguas obscuras. Varios pares de ojos dorados le miraron.
Lundy respiró profundamente. Tenía las palmas de las manos húmedas.
Si. Sí, yo también la seguí.
Comprendemos tu pensamiento...
Descendieron hacia él, rodeándole, mientras sus delicadas membranas aleteaban como las transparentes alas de los elfos. Sus grandes ojos dorados tenían una expresión cariñosa y suplicante.
¿Puedes prestarnos tu ayuda? ¿Puedes hacer que vuelvan nuestros compañeros, sanos y salvos? Lo han olvidado todo. Si los otros viniesen...
¿Los otros?
La mente de Lundy se sumió en un espantoso temor. Se representó las más terribles imágenes. Vio engendros de pesadilla...
Vienen siguiendo las corrientes que unen las cálidas grietas de las montañas y las frías profundidades. Son voraces. Lo aniquilan todo.
Las delicadas figurillas vagamente femeninas se echaron a temblar como hojas agitadas por el viento.
Nos escondemos de ellas en las casas. Así los tenemos a raya, evitando que lleguen hasta nuestras semillas y nuestros vástagos. Pero nuestros compañeros lo han echado todo al olvido. Si los otros vienen mientras ellos la siguen, los encontrarán inermes y desamparados y los matarán a todos. Entonces nosotras nos quedaremos solas, sin simiente y sin descendencia.
Se apretujaron a su alrededor, tocándole con sus pequeñas aletas delanteras de color azul grisáceo.
¿Puedes prestarnos tu ayuda? ¿Verdad que nos ayudarás?
Lundy cerró los ojos. Cerró fuertemente las mandíbulas. Cuando abrió los ojos de nuevo, éstos eran duros como ágatas.
Os ayudaré o moriré en la demanda.
Reinaba la obscuridad en la enorme plaza. Por las puertas abiertas se filtraba el débil resplandor procedente de la arena. Por un momento los pequeños seres azul grisáceos se apiñaron a su alrededor, inmóviles, oscilando únicamente bajo la acción del lento ritmo del océano.
De pronto todas se apartaron de él, arrebatadas por una loca esperanza... y Lundy se quedó mirándolas, boquiabierto.
Ya no eran de color azul grisáceo. De pronto brillaron y sus alas y sus delicados y flexibles cuerpecillos adquirieron un cálido tono verde que latía con la vibrante palpitación de la vida.
Sus largos y esbeltos pétalos vivientes debían de estar contraídos, mientras llevaban su color azul grisáceo de luto. De pronto estallaron como corolas llameantes en torno a sus cabecitas.
Eran de color azul, escarlata y dorado, rojas como amapolas violetas y de color de fuego, de color blanco plateado y rosado como una nube matinal, tiñendo las negras aguas con pinceladas de color. Surgían de los cuerpecitos verdes que hacían cabriolas y ascendían a gran altura junto a los obscuros y ceñudos edificios, semejantes a las mariposas que habían revoloteado ante ellos cuando la luz del sol aún no había desaparecido para siempre.
Tan repentinamente como habían empezado esta danza, la terminaron. Se dejaron arrastrar inmóviles por las aguas y sus colores palidecieron. Lundy les preguntó:
¿Dónde están?
En lo más profundo de la ciudad, más allá de estas casas donde moramos... en las calles que sólo visitan los jóvenes curiosos. ¡Haz que vuelvan, por favor! ¡Te lo suplicamos, tráelos de nuevo junto a nosotras!
Dejándolas sobre la gran plaza obscura, penetró en la ciudad.
Recorrió anchas calles pavimentadas marcadas por profundas roderas y desgastadas por generaciones de pies calzados por sandalias. Las grandes construcciones corroídas por el agua se alzaban a ambos lados, dominadas por el resplandor intermitente de la lejana fisura volcánica.
Las ventanas, de forma típicamente venusiana, estaban cerradas por celosías de mármol y de piedra semipreciosa, delicadamente labrada hasta parecer una joya complicadísima. Las grandes puertas doradas permanecían abiertas sobre sus goznes no atacados por la corrosión. Por aquellas puertas Lundy tuvo un atisbo de la vida de aquel pequeño pueblo vegetal.
La planta baja de algunas de las casas se hallaba recubierta de una capa de arena. Sobre ella se cernían con gesto protector aquellas plantas femeninas, alisando la arena cuando el movimiento del agua la alteraba. Lundy conjeturó que allí estaban plantadas las semillas.
En otros lugares vio colonias enteras de diminutos seres que parecían flores plantados en la arena; brillaban en la semiobscuridad con un pálido resplandor verde y primaveral. Permanecían en tranquilas hileras moviendo sus pequeñas corolas infantiles de color rosado y jugando solemnemente con pedacitos de alga de alegres colores y piedras abigarradas. Las pequeñas flores estaban atendidas y cuidadas solícitamente por plantas adultas.
Varias veces Lundy pudo ver a grupos de jóvenes retoños, que ya se habían desprendido de la arena, aprendiendo a nadar bajo la égida de las plantas femeninas, agitándose en las negras aguas como pétalos de vivos colores bajo el viento de la primavera.
Todas las plantas femeninas mostraban el mismo color gris azulado de luto con sus flores ocultas.
Así seguirían a menos que Lundy pudiese dar cima a la tarea que le había encomendado la Policía Espacial. Hasta aquel momento no había demostrado hallarse a la altura de aquella misión.
El pobre Farrell, casi desollado vivo y sin sentirlo porque sólo era capaz de pensar en ella. Jackie Smith, ahogado en una esclusa estanca porque ella quería ser libre y él tuvo que ayudarla a conseguir su propósito.
¿Sería superior él, Lundy, a Farrell y a Smith y a todos cuantos ella había hecho enloquecer? ¿Sería capaz de apresar a aquella diabólica vampiresa en una red y mantenerla a buen recaudo en ella, sin perder antes la razón?
Lundy no se sentía capaz de ello. Aquella misión era superior a sus fuerzas.
Recordaba la primera vez que consiguió apresar a aquel ser en su red. Recordaba también los últimos minutos antes de estrellarse, cuando lo oyó gritar desde el interior del cofre, pidiéndole que le pusiese en libertad. Recordó la cara de Jackie Smith cuando entró en la cabina empujado por el agua que inundaba la esclusa, y la pregunta que entonces se hizo él mismo... Dios mío, ¿qué vio antes de ahogarse?
Notó de nuevo que se le hacia un nudo frío en el estómago, pero esta vez aquel nudo tenía espinas que se clavaban en su carne.
Dejó atrás la colonia de plantas y penetró en calles desiertas iluminadas por el intermitente centelleo de la fisura volcánica. Empezó a encontrar ruinas a su paso. Pavimentos agrietados y removidos, torres hundidas, las celosías de piedra esculpida caídas de las ventanas. Paredes enteras habíanse desmoronado en algunos sitios, y la mayoría de las puertas doradas estaban rotas, abiertas violentamente o faltaban por completo.
Era una ciudad muerta. Tan muerta y silenciosa que en ella no se podía respirar, y tan antigua que amedrentaba el ánimo más templado.
Buen sitio para volverse loco en seguimiento de un ensueño.
Al cabo de mucho tiempo, Lundy los vio... vio a los compañeros de las pequeñas algas femeninas. Formaban una larga hilera... dijérase una bandada de aves migratorias, que serpenteaba entre las obscuras torres en ruinas.
Se parecían a sus compañeras. Quizá eran algo mayores, un poco más robustos, de cuerpos verdinegros fuertes y recios y brillantes colores. Sus ojos dorados permanecían fijos en algo que Lundy no podía ver, y hubiérase dicho que eran los ojos de Lucifer suplicando que le franqueasen la entrada en el Cielo.
Lundy empezó a avanzar contra la corriente, cruzando en diagonal una amplia plaza para avanzar a la cabeza de la procesión. Entre tanto descolgó la red de su cintura con manos semejantes a dos peces muertos.
De pronto se tambaleó, perdió pie y cayó de bruces. Le parecía que alguien le había empujado de un fuerte empellón. Trató de levantarse, pero algo le empujó de nuevo. El áureo resplandor procedente de la fisura brillaba ahora ininterrumpidamente, y era cegador.
La hilera de figurillas vagamente masculinas se dobló de pronto como bajo los efectos de un latigazo y Lundy comprendió lo que ocurría.
Se alzaba una corriente en la ciudad. Era una corriente que surgía como los vientos cálidos que antes la barrían, procedentes del mar, y que traían las lluvias.
«Vienen siguiendo las corrientes que unen las cálidas grietas de las montañas y las frías profundidades. Son voraces. Lo aniquilan todo.»
Eran los otros... los otros, caníbales...
Ella conducía el brillante cortejo de algas masculinas entre los torreones, mientras en las calles se alzaba la corriente...
Lundy se incorporó Después de equilibrarse para resistir el empuje de la corriente, echó a correr en seguimiento de la procesión. Resultaba muy difícil correr en aquel medio líquido y con sus botas de suela de plomo. Se esforzó por calcular dónde debía de hallarse aquello –o ella– a juzgar por el lugar hacia donde miraban los hombrecillos-plantas.
La luz cegadora brillaba ininterrumpidamente, y aún parecía hacerse más rutilante. El agua frenaba su avance, tirando de él con mil manos. Miró una vez hacia atrás, pero no pudo ver nada en las sombras que se extendían entre los torreones. Sintió miedo.
Cuando extendió la red, el miedo le dominaba.
Aquello –o ella– no le vio, aunque esto pueda parecer raro. Tampoco notó la proximidad de su mente, a pesar de que él alzó barreras protectoras a su alrededor. Pero Lundy quedaba muy empequeñecido bajo las sombras que proyectaban los gigantescos muros y el esfuerzo de crear una ilusión para tantas mentes debía tener muy ocupado al espantoso ser del espacio.
La suerte estaba nuevamente de su lado como cuando consiguió alcanzar a Farrell. Rogó al Cielo que la suerte no le desamparase.
Lo consiguió.
La corriente empujó a la procesión hacia el lugar donde se hallaba agazapado Lundy. Éste observó los ojos de las algas. Ella aun conducía a los diminutos seres. Ella tenía un cuerpo físico, aunque él no pudiese verlo, y notaría el influjo de la corriente, por pequeño que fuese.
Tiró la red con rapidez.
La red se hinchó en las aguas negras y entonces él tiró de ella. Había apresado algo. Algo pequeño, cilíndrico y que se debatía. Algo vivo.
Apretó el lazo que cerraba la red, temblando y sudando de excitación nerviosa. Y entonces los hombrecillos vegetales le atacaron.
Cayeron sobre el como una nube resplandeciente. Sus ojos dorados resplandecían de furor. Habían perdido el juicio. Sus mentes chillaban en un solo clamor de ira... y de temor por ella.
Le pegaron con sus pequeñas aletas verdes. Sus corolas echaban chispas, cálidas manchas de color, llamaradas que brillaban en las aguas obscuras. Tiraron de la red, la sacudieron, agitando sus membranas como alas en su esfuerzo por luchar contra la corriente.
Lundy era un sujeto rechoncho, fuerte y musculoso. Lanzando verdaderos rugidos, luchó para defender la red como hubiera hecho un lobo al que intentasen arrebatar un tierno corderillo. Sin embargo, la perdió. Cayó de bruces bajo un montón de hombrecillos vegetales, jadeando afanosamente bajo su peso, y dando gracias a Dios de que su sólida escafandra le salvase de morir aplastado.
Vio como ellos se apoderaban de la red. Se apiñaron a su alrededor como un enjambre de abejas, danzando en las aguas movedizas. Sus ojos dorados tenían una terrible expresión de dolor.
No podían abrir la red. Lundy la había asegurado con un fuerte nudo, y aquellos seres no tenían dedos. La golpeaban y acariciaban con sus aletas, pero eran incapaces de abrirla para que ella escapase.
Lundy se puso a gatas. La corriente se hacía más violenta. Rugía entre las torres desmoronadas como un negro vendaval y se llevó con ella el enjambre de hombrecillos verdes, que seguían aferrando la red.
Y entonces llegaron los otros.

Capítulo 4
Lundy les vio desde muy lejos. Por un momento no quiso dar crédito a sus ojos, tomándolos por sombras arrojadas por los destellos de luz que surgían de la fisura. Se apoyó en la pared de un edificio y se dedicó a observarlos.
Los observó mientras la corriente impetuosa los impelía hacia él. No se movió entonces. Sólo abrió afanosamente la boca tratando de respirar.
Recordaban vagamente las rayas gigantes que él había visto en la Tierra, con la diferencia de que éstas eran plantas. Grandes y esbeltos bulbos vegetales con sus hojas extendidas como alas para aprovechar la fuerza de la corriente. Su largos cuerpos en forma de lágrima terminaban en un reborde semejante a una cola de pez que hacía las veces de timón. En lugar de brazos tenían una especie de tentáculos.
Su color era rojo pardusco obscuro, el color de la sangre seca. El áureo resplandor de la fisura prestaba un extraño brillo a sus fríos ojos. Mostraba asimismo sus bocas redondas revestidas de agudas espinas, y las mortíferas ventosas que cubrían la parte interior de sus enormes tentáculos.
Aquellos brazos eran lo suficientemente largos y fuertes para desgarrar la tela de su escafandra. Lundy no sabía sí aquellos seres comían carne, pero esto poco importaba. Una vez uno de aquellos tentáculos le hubiese golpeado, de nada le serviría ya saberlo.
La red que contenía a ella se alejaba de él, y los otros se acercaban cada vez más. Aunque hubiese deseado renunciar entonces a su misión, no había ningún sitio para ocultarse en aquellos edificios arruinados y sin puertas.
Lundy llenó su traje de oxígeno, hinchándolo y confundiéndose con los seres que aquella negra corriente arrastraba hacia los infiernos.
La corriente le arrastró como una burbuja entre los muertos torreones, pero no con la suficiente celeridad. No llevaba bastante delantera a las algas caníbales. Trató de nadar, para aumentar su velocidad, pero aquello era como si un bote de remos quisiese competir con una flotilla de lanchas rápidas a plena marcha.
Ante él distinguía el grupo de hombrecillos vegetales. No habían cambiado de posición. Daban volteretas en el agua, y perdían lastimosamente el tiempo en correrías sin sentido, por lo que Lundy consiguió fácilmente darles alcance.
Pero no corría lo bastante. Lo peor era que no sabría qué hacer cuando los alcanzase. La red estaba en el centro del enjambre de hombrecillos, y éstos no le permitirían llegar hasta ella. Y aunque consiguiese arrebatársela, ¿de qué le serviría? Los hombrecillos-alga se irían igualmente tras ella, pues se hallaban tan ofuscados que no se daban cuenta de la proximidad de sus terribles enemigos.
A menos que...
Se le ocurrió a Lundy de repente. Una esperanza, una solución. Se le ocurrió claramente cuando el alga que iba delante le dio alcance y le abrazó con sus alas de hoja, estrechándole fuertemente.
Lundy lanzó un aullido de terror animal y pataleó desesperadamente, inyectando más aire en su traje. Ascendió con rapidez y las alas rozaron sus botas, pero no consiguieron apresarle. Volviéndose, Lundy descargó su pistola desintegradora contra el terrible ser, alcanzándole de pleno entre los ojos.
La voraz criatura empezó a debatirse, mientras caía desordenadamente, como un ave herida. Las que venían detrás chocaron con ella, y se detuvieron para devorarla. Muy pronto una docena de ellas se entrelazaban en lucha mortal, peleándose como una bandada de gaviotas por un pez. Lundy nadó furiosamente, maldiciendo su engorroso traje.
Pero muchas de las gigantescas rayas vegetales no se detuvieron, y las otras no estarían paradas por mucho tiempo Lundy movía brazos y piernas, fatigándose y sudando Estaba medio muerto de miedo. Le parecía vivir una pesadilla, en la que son vanos todos los esfuerzos por avanzar.
La corriente parecía ser más rápida allá arriba. Reunió todos sus pensamientos en un apretado haz, que arrojo hacia el corazón del grupo de hombrecillos-planta, tratando de alcanzar el ser encerrado en la red.
«Puedo libertarte. Soy el único que puede hacerlo.»
Una voz le respondió en el interior de su cerebro. Era la voz que había oído ya una vez en el interior de la cabina de la nave voladora hundida. Una voz tan dulce y tenue como la flauta de Pan que resonaba en las umbrías de la Arcadia.
«Lo sé. Mis pensamientos se han cruzado con los tuyos...»
Aquella voz de elfo se interrumpió de pronto, como si experimentase un acceso de dolor. Muy débilmente, Lundy oyó:
«¡Qué peso! ¡Qué peso! Me cuesta moverme...»
Un desesperado anhelo por algo que él no podía comprender atravesó la mente de Lundy como el grito de un niño asustado. Y entonces el enjambre de hombrecillos vegetales se abrió y se dispersó como barrido por un huracán.
Lundy contempló como todos se despertaban de su sueño.
Ella había desaparecido, y los pequeños hombrecillos verdes no sabían por qué estaban allí ni qué hacían. Tenían el recuerdo conmovedor de una belleza inalcanzable, y eso era todo. Se sentían perdidos y asustados.
Y entonces vieron a los otros.
Fue como si les hubiesen asestado un tremendo golpe. Permanecieron inmóviles, dejándose llevar por la corriente, con sus ojos dorados muy abiertos y sorprendidos. Sus brillantes pétalos se plegaron sobre sí mismos y desaparecieron, y sus verdes cuerpos adquirieron un color casi negro.
Las rayas vegetales desplegaron sus alas y se abalanzaron sobre ellos como grandes pájaros negros. Y más allá, bajo el opaco brillo dorado, Lundy distinguió los distantes edificios de la colonia. Algunas de las puertas aún estaban abiertas, y frente a ellas esperaban grupos de diminutas figurillas.
Lundy aún conservaba cierta ventaja sobre las primeras rayas. Se apoderó de la red flotante y se la sujetó al cinto, para dirigirse luego con torpes movimientos hacia una torre en ruinas que se alzaba a su derecha.
Dio una perentoria orden telepática a los hombrecillos vegetales, tratando de obligarles a volverse y emprender la huida, asegurándoles al propio tiempo que él plantaría cara a los otros. Los pobrecillos estaban demasiado asustados para entenderle. Casi llorando, él los apostrofó. Al tercer intento consiguió hacerse comprender y entonces todos huyeron apresuradamente, con toda la velocidad que les fue posible.
Lundy, entre tanto, se había hecho fuerte entre las ruinas para hacer frente a sus primeros atacantes.
Empuñaba una pistola en cada mano y redujo a cenizas a muchas de las feroces rayas. Las aguas que le rodeaban pronto estuvieron llenas de cuerpos que se agitaban convulsivamente, y de vivos que devoraban a los muertos o se peleaban entre sí. Pero no podía detenerlas a todas, y algunas rayas llegaron hasta él.
Casi sin volver la cabeza podía ver las enormes siluetas rojas semejantes a grandes pájaros que se abatían sobre los moribundos, para envolverías en sus anchas alas, y permanecer luego quietas en el centro de la corriente, entregadas a su espantoso festín.
Entre tanto, la algas femeninas mantenían abiertas las puertas de sus casas. Así esperaron hasta que el último de sus compañeros regresó, y entonces cerraron las puertas de oro en las narices romas de las feroces rayas. Sólo perecieron unos pocos de los hombrecillos verdes. Solamente unas cuantas viudas tendrían que ocultar sus pétalos y llevar su azul grisáceo de luto. Lundy se alegró de ello.
Más valía que Lundy se alegrase de algo, porque uno de aquellos feroces seres había hecho presa sobre los hombros del terrestre. Las voraces algas habían conseguido descubrir finalmente a su atacante. Además, Lundy era entonces la única presa visible.
Se reunieron para dar el asalto final, después de describir una apretada curva en las negras aguas. Lundy consiguió aniquilar a dos más antes de que una de sus pistolas se quedase sin carga. Poco después, la otra se encasquilló.
Lundy, solo en la torre arruinada, veía cómo la muerte giraba en círculos a su alrededor. Y entonces le habló de nuevo la dulce voz del ello encerrado en la red:
«Suéltame. ¡Suéltame!»
Lundy apretó fuertemente las mandíbulas y tomó la única alternativa que le quedaba. Deshinchó su traje y saltó, para hundirse en las negras profundidades del edificio en ruinas.
Las rayas plegaron sus alas como un pájaro al caer como una piedra y descendieron tras él, impeliéndose con enérgicos coletazos.
Por las hendiduras de los muros y por las ventanas penetraban destellos intermitentes. Lundy descendió largo rato. No necesitaba escaleras. Además, los terremotos habían hundido casi todos los pisos.
Las rayas le seguían implacablemente. Sus largos cuerpos sinuosos eran tan ágiles como el de un tiburón, y avanzaban con celeridad increíble.
Y la vocecilla no cesaba de gritar en su mente, pidiéndole que la soltase.
Así llegó Lundy al fondo.
Le rodeaban allí unos muros solidísimos, y reinaba una profunda obscuridad. Se hallaba en un lugar lleno de ruinas y cascotes. Avanzó a tientas. La luz del casco se había averiado, y además tampoco la hubiera utilizado para no atraer a sus perseguidores.
Notaba la presencia de éstos, girando veloces a su alrededor. Echó a correr sin rumbo determinado y tropezando en las piedras. Por tres veces le rozaron unos grandes cuerpos musculosos, derribándole, pero no pudieron apresarle en la obscuridad, porque chocaban entre sí y se confundían.
Lundy cayó de pronto en una gran sala, contigua a la estancia en que se hallaba y a un nivel algo inferior al de ésta. Apenas recibió daño en la caída. Las áureas puertas se abrían hacia las aguas libres, y reinaba bastante claridad.
Bastante claridad para que Lundy viese algunas cabezas de rayas que trataban de entrar, y también bastante para que éstas viesen a Lundy.
La vocecilla insistía:
«¡Suéltame ¡Suéltame!»
A Lundy no le quedaba aliento para maldecir. Volviéndose, echó a correr, pero las rayas movieron lánguidamente sus colas y le alcanzaron antes de que hubiese podido recorrer diez metros. Hubiérase dicho que se reían de él.
Lo único que salvó de momento a Lundy fue que cuando desplegaron sus grandes alas para envolverle en ellas, chocaron con las que venía del otro lado. Esto las detuvo por unos segundos. Aunque ello bastó para que Lundy viese la puerta.
Era una portezuela de piedra negra sin ningún ornamento, que permanecía entreabierta sobre sus goznes de oro, a unos tres metros de distancia.
Lundy se precipitó hacia ella. Esquivó una enorme ala que se abatía sobre él, dio un tremendo salto que casi partió su espinazo, y asió el borde de la puerta con ambas manos, tirando frenéticamente de él.
El extremo de un tentáculo chocó contra sus pies. Sus botas con suela de plomo golpearon el suelo, y por un momento pensó que le habían roto las piernas. Pero la onda líquida creada por el golpe le ayudó a introducirse por la estrecha abertura.
Media docena de romas cabezas parduscas trataron de introducirse tras él, sin conseguirlo. Lundy se hallaba a gatas, tratando de recuperar su aliento, pero le parecía como si su pecho soportara el peso de un torreón de piedra. Además, su vista se debilitaba.
Avanzó a rastras hasta arrimar su hombro a la puerta, empujándola con fuerza para cerrarla. Pero la puerta no se movió. La construcción se había movido, atascando para siempre la puerta en sus goznes. Ni siquiera las poderosas rayas podían abrirla.
Pero a pesar de ello, seguían forcejeando. Lundy se arrastró lejos de allí. Al poco rato parte de aquel peso que oprimía su pecho desapareció, y recuperó la visión.
Un rayo de luz dorada, que brillaba y se apagaba intermitentemente, entraba por una grieta situada a unos diez metros sobre su cabeza. Era una pequeña hendidura, por la que ni siquiera hubiera podido pasar un niño. En la estancia no había más abertura que aquélla y la puerta.
Era una habitación de reducidas dimensiones. Sus paredes de piedra eran completamente negras, sin adornos ni relieves, con excepción de la pared del fondo.
Ante ésta se alzaba un bloque cuadrado de azabache, de unos dos metros y medio de largo por poco más de un metro de ancho, ahuecado de manera peculiar, que hacía pensar en algo muy poco agradable. Sobre él lucía con un rojo resplandor, que parecía preludiar el fuego del infierno, un solo y enorme rubí, engarzado en la piedra.
Lundy había visto cámaras parecidas en antiguas ciudades que aún se hallaban en tierra firme. Allí era donde antaño se sacrificaban a los hombres que habían pecado contra sus semejantes o contra los dioses.
Lundy echó una mirada hacia los voraces monstruos que trataban de abrir más la puerta atrancada, y se rió, a pesar de que la situación no tenía nada de divertida. Después de disparar su último tiro, se sentó.
Aquellos monstruos terminarían sin duda por cansarse y se marcharían. Pero si no se iban dentro de pocos minutos, poco importaría que se quedasen. El oxígeno de Lundy se estaba acabando, y aún le faltaba mucho para llegar a la costa.
La vocecilla de la red gritó:
«¡Suéltame!»
Vete al infierno –gritó Lundy. Se sentía muy cansado. Tan cansado que poco le importaba ya vivir o morir.
Se aseguró de que la red seguía bien sujeta al cinto, y el nudo que la cerraba bien apretado.
Si vivo, irás a Vhia conmigo. Y si muero... bueno, ya no podrás hacer más daño a nadie. Habrá un diablo menos suelto en Venus.
«¡Quiero ser libre. ¡Suéltame, suéltame! Este peso agobiante.»
Sí, claro. Quieres ser libre para volver locos a hombres como Farrell, y obligarles a abandonar sus mujeres e hijos para seguirte. Quieres ser libre para matar... –miró la red con ojos abotagados–. Jackie Smith era amigo mío ¿Y tú crees que podrás obligarme a que te suelte con tus artimañas?
Entonces la vio.
A través de la red, como si la apretada malla metálica fuese celofan. La tenía acurrucada sobre sus rodillas, un ser diminuto de apenas medio metro de estatura, doblado sobre sus piernas. La curva de su espalda parecía esculpida por un ángel en un pedazo de cálida nube rosada, nacarada...

Capítulo 5
El tembloroso Lundy empezó a sudar copiosamente. Cerró los ojos para no ver. Pero era inútil: la veía igualmente. No podía dejar de verla. Trató de luchar mentalmente, pero estaba muy cansado...
Ella estaba oculta casi por completo bajo su propia cabellera, negra como la noche y brillante como un rayo de luna y tornasolada como el pecho de un colibrí. Una cabellera de ensueño. Una cabellera con la que se hubiera estrangulado muy gustoso.
Ella levantó lentamente la cabeza, apartando de su cara aquel velo de cálidas tinieblas. Tenía los ojos ocultos por espesas y sedosas pestañas. Tendió ambas manos hacia Lundy, como una niña implorante.
Pero no era una niña. Era una mujer, desnuda como una perla y tan encantadora que Lundy sollozó, presa de un éxtasis tembloroso.
No –dijo roncamente–. No. ¡No!
Ella le tendió los brazos implorando que la liberase, sin moverse.
Lundy se arrancó la red del cinto y la tiró sobre el altar de piedra. Levantándose, se dirigió cautelosamente hacia la puerta, pero ante ella las voraces rayas seguían acechando. Volvió a sentarse en el rincón mas alejado de los dos sitios que pudo hallar, y tomó un poco de bencedrina.
Esto constituyó un craso error. Había alcanzado ya casi el limite de saturación. La droga se le subió a la cabeza. Se sintió incapaz de luchar contra ella, de desoír sus ruegos. Ella se arrodilló sobre el altar tendiéndole los brazos, mientras un rayo de luz dorada la iluminaba como si se hallase en el interior de un templo.
Abre los ojos –le suplicó Lundy–. Abre los ojos y mírame.
«Suéltame. ¡Suéltame!»
Aquella criatura hablaba a Lundy de una libertad que éste desconocía, la libertad del espacio interplanetario, con toda la Vía Láctea como campo de juegos, sin nada que constituyese una traba o un estorbo. Y con aquella añoranza se mezclaba el temor. Un pánico ciego, cerval...
¡No! –gritó Lundy.
La mente de éste se ofuscó. De pronto se halló ante el altar, desatando la red con dedos temblorosos.
Se apartó tropezando y regresó tambaleándose a su rincón. Temblaba de pies a cabeza como un perro asustado.
¿Por qué tienes que hacerlo? ¿Por qué tienes que torturarme y volverme loco por algo imposible... por algo que me matará? Igual haces con todos.
«¿Torturar? ¿Locura? ¿Matar? No entiendo. Todos me rinden culto. Es muy agradable sentirse objeto de un culto.»
¿Agradable? –vociferó Lundy, casi sin darse cuenta–. ¿Agradable, dices? De modo que matas a un buen hombre como Farrell y ahogas a Jackie Smith...
«¿Matar? Espera... piensa de nuevo esta palabra...»
Algo en el interior de Lundy se volvió frío y quieto, conteniendo el aliento. Le envió de nuevo aquel pensamiento. Muerte. Final. Silencio. Tinieblas...
La pequeña figura resplandeciente que se erguía sobre el altar de piedra negra se postró de nuevo de hinojos, y su aspecto fue más triste que el grito de un ave marina en el crepúsculo.
«Así estaré yo pronto. Así estaremos todos nosotros. ¿Porqué este planeta nos arrebató al espacio? El peso, la gravedad y la presión nos oprimen y nos aplastan, y no podemos liberarnos. En el espacio no existía la muerte, pero aquí moriremos...»
Lundy permanecía absolutamente inmóvil, mientras la sangre tamborileaba en sus sienes.
¿Quieres decir que tú y todos tus semejantes del espacio vais en camino de morir? ¿Que... que esta ola de locura cesará por si misma?
«Pronto. Muy pronto. ¡En el Espacio no existía la muerte. ¡Ni el dolor! No los conocíamos. Aquí todo era nuevo, queríamos saborearlo todo, jugar con todo. No sabíamos...»
¡Es espantoso! –exclamó Lundy, y miró a los monstruos que trataban de forzar la puerta de piedra. Luego se sentó.
«Tu también morirás.»
Lundy alzo lentamente la cabeza. Sus ojos tenían un terrible brillo.
Te gusta que te rindan culto –murmuró–. ¿Te gustaría que te rindiesen culto después de tu muerte? ¿Te gustaría que te recordasen siempre como algo bueno y hermoso... como una diosa?
«Esto sería preferible a caer en el olvido.»
¿Harás entonces lo que yo te pida? Si quieres, puedes salvarme la vida. Puedes salvar la vida de muchos de esos pequeños seres vegetales. Yo me ocuparé de que todos conozcan tu verdadera historia. Ahora te odian y te temen, pero después de esto te amarán y te reverenciarán.
«¿Quieres librarme de esta red?»
Lo haré si antes me prometes hacer lo que te pido.
«Si he de morir, profiero hacerlo libre de esta red.»
La pequeña figura tembló y se echó hacia atrás el velo de su cabellera, negra como ala de cuervo.
«Apresúrate. Dime que...»
Aparta a esos monstruos de la puerta. Llévatelos, con todos los que merodean por la ciudad, hasta el fuego de la montaña, donde perecerán.
«Me reverenciarán. Vale más esto que morir en una red. Te lo prometo.»
Lundy se levantó y se dirigió hacia el altar. Caminaba con paso incierto. Le temblaban las manos al desatar la red. El sudor le corría a raudales por el rostro, metiéndosele en los ojos. Quizás ella no mantendría su promesa. Quizás ella...
La red se abrió. Ella se irguió sobre sus piececitos sonrosados. Lentamente, como un jirón de niebla arrastrado por la brisa. Levantó la cabeza y sonrió. Tenía la boca roja y carnosa, los dientes eran dos ristras de níveas perlas. Sus pestañas bajas tenían sombras débilmente azuladas.
Empezó a crecer bajo el rayo de áurea luz, como una columna de niebla alzándose hacia el sol. El corazón de Lundy cesó de latir. El claro brillo de su tez, la armoniosa línea de su garganta y de su seno joven, la suave y modelada curva de su cadera y de su flanco...
«Tú también me rindes culto...»
Lundy dio dos pasos vacilantes hacia atrás.
Te rindo culto... te adoro –susurró–. Déjame ver tus ojos.
Ella le sonrió y volvió la cabeza. Descendió del pétreo altar, y pasó flotando junto a él en las negras aguas. Estaba hecha de la materia de los sueños, sin peso ni substancia, pero era más deseable y atractiva que todas las mujeres que Lundy había conocido en su vida o visto en sus sueños.
El la siguió, tambaleándose. Trató de asirla.
¡Abre los ojos! ¡Te lo ruego, ábrelos!
Ella siguió flotando y pasó por la puerta de piedra entreabierta. Las feroces rayas no la vieron. Unicamente veían a Lundy que avanzaba hacia ellas.
¡Abre los ojos!
Ella se volvió entonces, en el preciso instante en que Lundy iba a precipitarse a una muerte cierta en la sala contigua. Lundy se detuvo, y vio cómo ella alzaba sus largas pestañas.
Lanzó un solo grito penetrante, y cayó de bruces sobre el piso de piedra negra.
Nunca supo cuánto tiempo permaneció allí postrado. Debió de ser mucho tiempo, porque cuando volvió en si apenas le quedaba el oxígeno suficiente para alcanzar la costa. Las rayas vegetales habían desaparecido.
Pero aquel tiempo fue una eternidad para Lundy... una eternidad de la que salió con el cabello canoso, amargas arrugas en torno a su boca, y una tristeza que jamás dejó su mirada.
Su sueño fue fugaz. Duró un breve instante, para verse ensombrecido al punto por la muerte. Tenía el cerebro embotado por las drogas y cansado, y no sentía las cosas con la suficiente fuerza y claridad. Eso fue lo que le salvó.
Pero ya sabía lo que vio Jackie Smith antes de ahogarse. Sabía lo que había hecho enloquecer para siempre a tantos hombres, cuando veían los ojos de su sueño, y al verlos, lo destruían.
Porque tras aquellas largas y sedosas pestañas, no había... nada.

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