BLOOD

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domingo, 3 de octubre de 2010

Escéptico




EscépticoRichard Bellush, Jr.

A las 5:00 de la mañana, las criaturas noctámbulas de la ciudad tienden a regresar a sus guaridas. Llevando cerveza, los cuatro escalaban cuatro tramos de escaleras hasta el 4H, el departamento de Heather en Chelsea, una zona asequible y marginal de la parte baja de Manhattan. Los departamentos de Nueva York que no poseen elevador, a menudo están numerados según el estilo Europeo con la esperanza de que los inquilinos incapaces de realizar actos elementales de aritmética no advirtieran el tramo extra de escaleras. Pero también, una adecuada mezcla de drogas puede ayudar a eso. Heather una vez le había contado a Arthur que había visitado un edificio embrujado que tenía un piso de subida y ocho de bajada. Ella le presentó esa geometría variable como la prueba de un fenómeno paranormal del que habría sido testigo. Pero Arthur más de una vez la había ayudado a subir por escalones que sólo provocaban en ella un tenue contacto con su conciencia, por lo que el testimonio de Heather, o de cualquier testigo con similares características, tenía menos credibilidad que la que podría llegar a permitir un escéptico.
El 4H era un rectángulo de 10 por 20 metros que incluía baño, cocina y una habitación multiuso. Inclinada sobre una caja plástica de huevos que se hundía por el peso, yacía una TV. Situado en lo alto de la TV se encontraba un parlante. En otro lugar, una colchoneta que podría plegarse en algo parecido a un sofá estaba abierta y cubierta con sábanas y frazadas arrugadas. Por todas las superficies había esparcidas ropas, botellas vacías de cervezas, juguetes para gatos, CDs, platos usados de papel, cosméticos y objetos familiares que a simple vista no eran reconocibles. Y acomodado sobre una chaqueta en el suelo se encontraba un gato negro. Heather se estableció en medio de las prendas, sobre la colchoneta abierta, aspiró profundamente el bong y le pasó el dispositivo a Martin. Él inhaló, tosió y se lo dio a Krista mientras Heather abría una Budweiser. Heather se volvía muy supersticiosa para los estándares de Arthur cuando se encontraba drogada. Estando sobria, Heather voluntaria y sensatamente se entretenía con las explicaciones naturales de cualquier evento extraño. Pero esta noche ella no había sido tan sensata. La última vez que Arthur había visto a Heather así de sílica, ella le había preguntado si él era un vampiro que estaba tras su alma. Había sido una pregunta muy seria.
—Gracias por el viaje a casa, Arthur. Y también por el paseo por la parte alta de la ciudad. No me gusta visitar a mi conexión en un taxi. Estoy muy feliz de que vos y Martin hayan ido al club esta noche.
—No hay problema. Aunque no podía creer que estuvieras fuera y sin coche a las 4:00 de la mañana.
Heather disfrutaba jugar el rol de valiente niña mala en frente del conservador Arthur. Tomó de su bolso una pequeña bolsa de plástico con polvo blanco. Sacó una pequeña cantidad con su larga uña y le ofreció el dedo a Kristia. Kristia inhaló el contenido, un poco con cada fosa nasal. Heather repitió el proceso con Martin. Arthur, como siempre, declinó la oferta. Heather se encogió de hombros y olfateó su propia uña cargada.
—No somos lo suficientemente parecidos, ¿o sí?
—Estoy asombrado de que ustedes dos se lleven bien —observó Martin.
—Sí, ella usualmente no molesta a los clientes… a excepción de aquellos muchachos bonitos con cola de pony y Harleys que ofrecen dulces para la nariz diciendo: "¡Psssst! Pequeña niña." —Krista hizo la pantomima manteniendo apretada una fosa nasal y aspirando ruidosamente.
—Arthur es un estirado, pero él es un estirado muy lindo —explicó Heather
—¿Un estirado rico?
En parte para finalizar con esa discusión, Heather sacó provecho de más cocaína y de nuevo ofreció su dedo. Acto seguido volvió a autoabastecerse de manera generosa.
—¡Woo! ¡Eso sí es un saque! —Martin aspiró
—Tú lo tienes bebé. —Krista pinchó con el dedo la barriga cervecera de Martin—. Déjame disciplinarte. Escucha a Mama Kris. Desapareceremos esa panza y desarrollaremos una buena salud. Come lo que te diga y haz el ejercicio que te dicte, así serás un cebo esculpido para putas. Todas las prostitutas estarán sobre ti.
Arthur siempre encontró ese estilo de bromas urbanamente artificiales demasiado tonto, pero decididamente no tanto como la fila danzante de aspirantes a patanes. Sin embargo, viniendo de Krista, una nativa de Beirut, eso era casi surreal.
—¿Cuánta gordura me sacarás? —preguntó Martin
—La gordura es mala. Bebe estas seis cervezas, Martin. —Krista levantó su blusa revelando un estómago con firme musculatura—. Inmediatamente te sacaremos un cuarto.
—¿Otro saque? —ofreció Heather.
—Seguro.
Martin observó a Arthur con curiosidad. —Arthur, vos no bebés ni fumás ni te drogás, pero todos tus amigos lo hacen. ¿Qué me decís?
—No lo sé. ¿Qué me decís?
—Dice que te estás perdiendo grandiosas drogas —interrumpió Heather—. La yerba mala es hipodrónica y el saque es tan bruto como lo prevés.
—Lo creo. La última vez que te vi de esta manera vos me preguntaste si yo era un vampiro.
—¿Y qué le respondiste?
—Que no.
—Pero si lo fueras no lo dirías.
—Ah.
—No estoy yendo a ningún lado con vos.
—Ah.
—Hay más en el mundo de lo que dices que existe, Arthur. Hay vampiros. Hay fantasmas, Arthur. Yo los he visto. Vos podrías verlos si abrieras tu mente.
El escepticismo y ateísmo de Arthur eran rasgos que molestaban enérgicamente a Heather. Ella, en realidad, prefería verlo como un vampiro disfrazado.
—Vine de Virgina, una tierra cubierta de sangre. Allí, los fantasmas están por todos lados. Una noche estaba conduciendo a casa bajo la lluvia y vi a una mujer negra cruzando el camino. Otras personas también la vieron. Yo me detuve para ofrecerle un aventón, abrí la puerta pero ella había desaparecido.
—Déjame repasar el asunto. Una vieja mujer negra caminando sola por el Sur. Y una pickup se detiene con un chirrido. Tú también hubieras desaparecido.
—No es gracioso.
—No intentaba serlo.
—En otro momento, mis amigos y yo estábamos haciendo una fiesta en una casa que rentábamos. Yo vi la forma de una cara en la pared con un sombrero de derby. Todos mis amigos también lo vieron cuando se la mostré. ¡Podés preguntárselo! Todos gritaron. ¡Ellos te lo afirmarán!
—¿Haciendo una fiesta en dónde? No importa. Es igual. Con una gran voluntad uno puede ver cualquier cosa que crea. Y quizás, cualquier cosa a la que le temas. Incluso yo podría ver ahora mismo una imagen en la pared si eso deseara.
—¡Arthur, muchas veces sos un burro intelectualoide con la mente cerrada! Ésa es la única cosa que me preocupa de vos.
Arthur casi no bromeó al pensar que la única cosa que a ella le preocupaba sobre él era su condición de vampiro, sino que lo reconsideró. —Hay un argumento que dice que los únicos con mentes cerradas son los místicos. Ellos se niegan a aceptar la evidencia de que el mundo trabaja a favor del deseo y los pensamientos tenebrosos.
—En este mundo hay poderes y energías que exceden lo que podés tocar con tus dedos, Arthur. Te voy a enseñar.
Heather sostuvo el cristal de su cadenita.
—Levanta tu mano, Martin.
Ella hizo pendular el cristal de un lado a otro delante de la palma de Martin.
—¿Sentís el calor cuando la punta del cristal pasa sobre tu mano?
—Sí, lo siento —dijo Martin con sinceridad mientras bebía un trago de cerveza.
—¿Y vos Krista?
—Mierda, sí.
—Ahora probálo vos, Arthur…. ¿Lo sentís?
Arthur vaciló antes de responder. —No. Yo tengo conciencia de lo que siente mi mano cuando el cristal le pasa por encima. Por lo tanto siento un cosquilleo. Pero el origen de todo esto soy yo, no el cristal. Yo no siento ningún calor proveniente del cristal.
—Sólo estás siendo terco.
—Cerrá los ojos —sugirió Arthur—. Mantené tu mano y dejáme hacer pendular el cristal. Ahora decime si sentís el calor cuando el cristal está sobre tu mano.
Heater cerró sus ojos mientras Arthur le sacaba el collar y movía la piedra sobre la mano levantada.
—Ahora… ahora… ahora… ahora… ahora… ahora… ¿Qué tal lo hice? —preguntó.
—Resultado ambiguo —respondió Martin—. Heather estuvo bien dos veces y mal otras cuatro. Sólo fue un resultado aleatorio.
Heather expresó su desdicha. Aspiró otra uña cargada y abrió una cerveza. Luego siguió adelante con cuestiones metafísicas muy similares a la concepción religiosa de "Star Wars".
—Yo no soy Cristiana pero hay un montón de verdad en la Cristianismo. También la hay en el Budismo. Yo creo en dos dioses. Hay un dios de oscuridad tanto como un dios de luz. El lado oscuro es muy poderoso y las personas son atraídas hacia él porque le da lo que quieren durante su vida. Pero la reencarnación es un hecho y uno evoluciona hacia la luz sólo cuando te asocias a ella. Aunque muchas personas están en el cerco. No son ni completamente buenas ni del todo malas, pero tarde o temprano tendrán que decidir en qué lado están. Las que elijan la luz tendrán momentos muy difíciles. Recibirán mucho abuso. Pero nunca se vengarán. Tenés que saber que las personas a veces te tratarán mal.
Martin eligió ese momento para citar una de las frases favoritas, aunque poco original, de Arthur. —Como Art siempre dice: "No dejes que ninguna buena intención sea castigada".
Heather lo miró espantada. —¡No me hables sobre Art! Permanezco noches en vela pensando en él. Vos sabés, yo desecho muchas de estas cosas cuando estoy sobria —dijo dirigiéndose hacia Arthur—. Pero cuando estoy volando, estoy en sintonía con las formas en que las cosas son en realidad. Así que pienso que tal vez sos muy peligroso. ¿De qué lado del cerco estás?
—No acepto tu cosmología. No hay un lado oscuro. Ni uno lumínico. Tampoco hay un cerco.
—Decís eso porque tal vez ya has elegido el lado oscuro.
—Ah.
Krista se tambaleó sobre su pie. —Tengo que irme. Mi niñera está haciendo horas extras. —Se encorvó para aspirar otro saque del dedo de Heather y luego le chocó los cinco.
Martin también se levantó. —Sí, ha sido interesante amigos, pero dentro de cuatro horas tengo que estar en el trabajo. —Miró a Krista:— ¿Una niñera?
Krista sonrió. —¿Podrías escoltarme a casa?
—Sí, al menos que la dama —Martin miró a Heather—, se alarme al ser dejada con un peligroso ser del lado oscuro.
Heather se encongió de hombros. —¡Escalofriante, bebés!
Detrás de ellos, la puerta se cerró con un chasquido. Y Heather miró a Arthur.
—¿Sos un vampiro?
—No creo en ellos.
—¿Sos un vampiro?
—Me has visto durante el día.
—Eso no importa. Los vampiros no son como en las películas. Ellos están detrás de las almas humanas.
—No hay semejante cosa
—¿No crees tener un alma?
—No.
—Yo tengo una. Una buena. Sé que soy una caja de basura, Arthur. Realmente tengo llevo una vida equivocada. Pero no lastimo a otras personas. A la única que lastimo es a mí misma. Mi Karma es pura. Eso atrae a las brujas y a los vampiros hacia mí. Pero soy fuerte y mi fuerza los asusta. Incluso en el trabajo hay una vampira que me esquiva porque sabe que puedo dar vuelta su mal. Ellos no me podrán tener si no me les entrego por mi propia voluntad. Es por eso que no les temo aunque prefiero salir con buena gente como Krista. La otra noche caminaba con Susan, que es una bruja negra. Yo temblaba de frío. Ella se dirigió a mí y me dijo: "No tenés que tener miedo, Heather." ¡Estaba tentándome para arrojarme un hechizo que me hiciera entrar en calor! Yo misma podría hacer eso. Pero esas son las estupideces que la brujas hacen. Ellas usan sus poderes para sus logros personales y confort terrenal, lo cual envenena sus almas y su karmas. Yo no haré eso. Y se lo dije.
Había elementos de la historia que Arthur creía. Un número sorprendente de mujeres neoyorkinas, sobre todo las que trabajaban en bares y clubs nocturnos, se proclamaban brujas. A un gran número les gustaba creer en brujería. Susan se encontraba en el grupo. Ella trabajaba en Gulps, un bar que abastecía tanto a los a los yuppies que pretendían ser de la clase obrera. Heather también trabajaba allí como moza. Y Arthur sabía que la vampira mencionada por Heather era Vanesa, quien era muy popular entre los clientes masculinos de Gulps y que vestía de negro, teñía su pelo de negro, blanqueaba su piel con maquillaje y tenía sus colmillos de forma vampírica. A ella obviamente le gustaba jugar ese papel. Y la magnitud en que esas personas se auto-engañan eran las cosas en que las opiniones de Arthur y Heather diferían.
Heather se dio otro nariguetazo. Sus ojos adquirieron una mirada intensa como siempre que ella volaba por la cocaína.
—Lo siento, Arthur. Vos siempre has sido tan bueno y generoso conmigo. No debería acusarte de ser algo como eso. Sos una buena persona. Pero tu propio karma está en peligro. Debes aprender que hay fantasmas, brujas, vampiros y demonios. ¿Alguna vez te has levantado y tuviste que aspirar tu aliento? Eso era un demonio que te estaba hundiendo. En el mundo hay mal con verdadero poder y fuerza. ¿Crees en el mal?
—El mal es lo que cualquier filósofo de moda dice que es.
—Estás equivocado y te pones en peligro. ¿Creerás en tus oídos? ¿Creerás en tus ojos?
—A menudo lo hago.
—Conversa con un fantasma. Hazlo ahora. Háblale a un pariente muerto. Sólo abre tu mente. Oirás la respuesta.
Arthur parodió a Svengali. —Eso podría sólo ser Arthur hablándose a sí mismo.
—¡No, no lo sería! —insistió ella con exasperación—. Voy a evocar demonios. Esto dañará mi karma pero puedo repararla. Tengo tanto bien que no me destrozará.
—No. No lo hagas.
—¿Por qué no? ¿No es que no crees? Aunque me creerás cuando lo haga. ¡Ellos se arremolinarán alrededor tuyo y morderán tus piernas! ¡Verás cosas que te harán cagar! Tengo que hacer esto para salvarte, Arthur.
—No. Porque sé lo que va a suceder. No veré nada. Entonces quedarás resentida conmigo porque pensarás que dañaste tu karma inútilmente.
—Verás algo —dijo ella mientras sacaba velas del estante. Luego limpió un espacio en el piso, organizó las velas mediante un patrón fijo y encendió un fósforo.
—Te dije que no lo hicieras.
Heather se sentó con los ojos cerrados entre las velas encendidas. Luego los abrió lentamente y una mirada de horror sobrevino a su cara. —¡Están revoloteando sobre ti! ¡Su saliva está goteando sobre tus hombros! ¡No me digas que no sientes a esa cosa arañándote la pierna! ¿Qué es lo que ves? ¡Dime!
Arthur se sentó tranquilamente en la silla cercana al escritorio.
—Te veo a ti, al departamento. No hay nada más.
Heather vio los ojos de Arthur escudriñándola de la cabeza a los pies. Por su expresión podría decirse que estaba evaluando su cordura.
—Se han ido. No estoy loca, Arthur. Estuvieron en mi habitación. ¡Podrías haberlos visto si solo te lo hubieras permitido! —Había desesperación en su voz.
Arthur caminó hacia ella, tomó las mejillas de Heather con sus manos y la besó. Ella se lo permitió durante unos minutos antes de empujarlo.
—Esta noche no, Arthur. Estoy demasiado agotada. —Lucía exhausta. La bolsa de coca estaba vacía.
—OK, nena. Te hablaré pronto.
Heather permaneció sentada entre las velas. Había lágrimas en sus ojos.
—Voy a salvarte, Arthur. Ése es mi trabajo.
—Buenas noches, Heather.
Arthur se dio media vuelta, caminó hacia la puerta y movió el picaporte. Y, mientras los dientes de Heather se hundían en su cuello, estuvo más incrédulo que temeroso.

LA RISA DEL VAMPIRO




LA RISA DEL VAMPIRO

Robert Bloch

El destino nos juega extrañas bromas, ¿no es así? Hace seis meses yo era un psiquiatra de fama, y en la práctica de mi profesión gozaba de un éxito más que moderado; hoy soy un interno en un sanatorio para enfermos mentales. En mi especialidad como alienista y médico, habla confiado muchas veces a mis pacientes a la misma institución en la que hoy me encuentro confinado, y ahora -¡ironía de las ironías!- soy su hermano en mi desgracia.
Y no obstante, en realidad no estoy loco. Me enviaron aquí porque quise decir la verdad, y no era la clase de verdad que los hombres se atreven a revelar o a reconocer. Soy consciente de que mi papel en el asunto me llevó a sufrir una fuerte depresión nerviosa, pero no me afectó demasiado. Mi historia es cierta; lo juro -pero ellos no me creyeron. Naturalmente, no tenía pruebas  suficientes que ofrecer; no he visto al Profesor Chaupin desde aquella noche repleta de acontecimientos del pasado Agosto, y mis subsiguientes investigaciones fallaron al acreditar su pretensión a un puesto en Newberry College: Esto, no obstante, sólo atestigua la validez de mi declaración; una declaración que me envió a este vergonzoso confinamiento, a una muerte en vida que aborrezco.
Hay otra prueba concreta que podría dar si me atreviera, pero sería demasiado horrible. No debo conducirles al mismo lugar de aquel cementerio desconocido, indicarles el pasadizo que se abre bajo aquella tumba. Es mejor que sufra solo, que el mundo se ahorre el conocimiento que destruye la cordura. Con todo, es difícil para mi vivir así, y a la monotonía de mis días se añade el tormento sin fin de mis sueños nocturnos. Es por esto que he decidido escribir este relato. Quizás el desarrollo de mi historia servirá de algun modo a aliviar el difícil peso de mis recuerdos. 
El asunto empezó un día del pasado Agosto en mi oficina de la ciudad. Aquella mañana había sido una aburrida espera, y la larga y cálida tarde llegaba a su fin cuando la enfermera hizo entrar al primer paciente. Era un caballero que venía a verme por primera vez; un hombre que se presentó como el Profesor Alexander Chaupin, de Newberry College. Hablaba de una forma sibilante, con un peculiar acento extranjero que me hizo presumir que no era natural de este país. Le invité a que se sentara y procuré estudiarlo rápidamente mientras aceptaba mi invitación. 
Era alto y delgado. El cabello comenzaba a blanquear, tirando a platino, aunque por su aspecto general aparentaba  tener unos cuarenta años. Sus ojos verdes, vacilantes, se hundían bajo una pálida frente protuberante, bajo unas cejas largas y  oscuras. La nariz era ancha, con sensuales ventanillas, pero sus labios eran delgados, un contraste físico que en seguida llamó mi atención. Las huesudas manos que descansaban sobre la mesa eran extraordinariamente pequeñas, con largos dedos rematados por uñas afiladas, y pensé que se dedicaba a trabajos de consulta y al estudio. Su postura flexible era como la de una pantera en reposo; tenía la desenvoltura de un aventurero y los modales refinados. A la luz del sol pude observar su rostro, y vi que todo su semblante estaba cubierto con una red de finas arrugas. También noté la extraña palidez de su piel, que indicaba alguna afección dermatológica. Pero lo más extraño de él era su modo de vestir. La ropa, evidentemente nueva, era incongruente en dos aspectos: demasiado elegante para presentarse a aquella hora y además, no parecía hecha para él. Su traje era curiosamente holgado, los pantalones grises a rayas le pendían, y la chaqueta parecía desplomarse sobre su cuerpo. Había barro seco en sus zapatos de cuero y no llevaba sombrero. Sin duda, era un tipo excéntrico, quizás, un esquizofrénico, con tendencia a la hipocondría.
Me preparé para hacerle las preguntas de rutina, pero en seguida me interrumpió. Me dijo que era un hombre de negocios, y que me iba a informar al instante de sus dificultades, sin necesidad de preliminares o presentaciones. Se acomodó en el sillón, donde la luz del sol se diluía en sombras, se aclaró la garganta y empezó.
Dijo que estaba preocupado por ciertas cosas que había leido y oído; le proporcionaban extraños sueños, y a menudo le procuraban periodos de incontrolable melancolía. Esto interfería en su trabajo, y por consiguiente no podía hacer nada, pues sus  obsesiones estaban fundadas en la realidad. Finalmente había decidido venir a verme para hacer un análisis de sus dificultades.
Le pedí que me contara sus sueños e imaginaciones, esperando oír una de las usuales descripciones del dispéptico. Mi suposición, sin embargo, demostró ser funestamente incorrecta.
El sueño más corriente sucedía en lo que llamaré el Cementerio de la Misericordia, por razones que pronto se sabrán. Este se hallaba en un antiguo lugar, grande y medio abandonado en la parte más vieja de la ciudad, que había sido próspera a Últimos del pasado siglo. El lugar exacto de sus visiones nocturnas era dentro y en los alrededores de cierta bóveda recluida, situada en la parte más arcaica y derruida del cementerio, y los incidentes del sueño siempre sucedían de noche, bajo una pálida y sepulcral luna. Fantásticas  visiones parecían acariciar lúgubremente el paisaje nocturno, y habló vagamente de voces que oía a medias que le instaban a avanzar hasta que se encontraba en el paseo de grava que conducía a las puertas de la tumba.
Por lo general, sus   sueños empezaban de esta manera, en medio de un sueño tranquilo. De pronto, se hallaba caminando por la noche por un sendero bordeado de árboles y entraba en esta tumba desatando las cadenas enmohecidas que cerraban sus puertas. Una vez dentro, no hallaba dificultad en conducir sus pasos por la oscuridad, sino que con misteriosa familiaridad se dirigía directamente a cierto nicho que estaba entre los ataudes. Entonces, se arrodillaba y apretaba un pequeño y escondido resorte o palanca entre las desmenuzadas piedras del suelo. Un pivote mostrándole una pequeña entrada que conducía a una caverna que se hallaba empotrada abajo. Al llegar aquí habló del húmedo salitre que emanaba de este pasadizo y de los peculiares olores nauseabundos que salían de la profunda oscuridad. No obstante, en sus sueños no se sentía repelido, sino que entraba rápidamente en la misma y después descendía por una serie de interminables y largas escaleras cortadas en la piedra y la tierra, y bruscamente se encontraba en el fondo.
Luego empezaba otro largo viaje a través de laberintos y bóvedas sepulcrales. Sucesivamente, vagaba por cavas y criptas, túneles y horadados fosos abismales, todos envueltos en la negrura de la noche inmemorable.
Al llegar aquí se detuvo en su narración, y su voz se redujo a un estridente y excitado susurro.
El horror venía siempre después. Se encontraba en una sucesión de cámaras oscuramente iluminadas, y mientras permanecía encubierto en las sombras, veía cosas. Estos eran los moradores de la cueva de abajo; los lívidos engendros que hacían presa en la muerte: éste era su botín. Habitaban en cavernas oscuras construidas con huesos humanos y adoraban los dioses primitivos ante altares en forma de cráneo. Había galerías que condudan a las tumbas y fosos aún más hondos en donde estaban al acecho de sus presas vivas. Estos eran los espantosos seres nocturnos que contemplaba en sus sueños: eran los vampiros.
Debió haber visto la expresión de mi cara, pero no titubeó. Su voz, mientras continuaba, se hacía más tensa. 
No tenía intención de describir esos monstruos, excepto para decir que era horroroso contemplarlos. Era fácil para él reconocerlos a causa de ciertos actos signnicativos que siempre ejecutaban. Era la visión de estos actos, más que otra cosa, lo que lo horrorizaba. Hay cosas que no deben siquiera insinuarse a mentes sanas, y entre ellas se encontraban las que le perseguían por las noches. En sus visiones, esos seres no se le acercaban y parecían no preocuparse de su presencia; continuaban entregándose a horrendos festines en las cámaras sepulcrales o a unirse en orgías sin nombre. Pero de esto no diría más. Sus viajes nocturnos siempre acababan con el tránsito de una vasta procesión de estas monstruosidades por una caverna aún más profunda, un viaje que veía desde el borde superior. Una visión rápida y estremecedora de los reinos inferiores le recordaban el Infierno de Dante, y gritaba en sus sueños, mientras veía la procesión demoníaca desde el borde, había perdido pie precipitándose dentro del enjambre sepulcral que había abajo. Aquí, su sueño terminaba afortunadamente y se despertaba bañado en sudor frío.
Noche tras noche, las visiones se sucedían, pero esto no era lo peor de sus preocupaciones. ¡Su auténtica obsesión, su verdadero pavor consistía en el conocimiento de que estas visiones eran ciertas!
Al llegar aquí le interrumpí con impaciencia, pero él insistió en proseguir. ¿No había visitado el cementerio desde sus primeros sueños y no había encontrado la misma bóveda que reconocía a través de sus visiones? ¿Y qué había de los libros? Le habían enviado para que iniciara una extensa investigación entre los libros particulares de la biblioteca de un colega antropólogo. Seguramente, yo, como hombre instruido, debía admitir las veladas y sutiles verdades reveladas de modo tan furtivo en tales libros como Los misterios del Gusano, de Ludvig Prinn, o el grotesco Ritos Negros, del místico Luveh-Kerapht, el sacerdote del escondido Bast. Recientemente, había emprendido algunos estudios en el loco y legendario Necronomicon de Abdul Alhazred. No pudo impugnar el misterio que se halla detrás de todas esas cosas como el censurado e infame Fábula de Nyarlathotep, o La leyenda de Elder Saboth.
Aquí irrumpió en un divagador discurso sobre los oscuros secretos míticos, con frecuencia alusiones a las antiguas creencias, como el labuloso Leng, el oscuro N'ken y el diablo encantado Nis; también habló de las blasfemias de la luna de Yiggurath y la secreta parábola de Byagoonae, el Sin Rostro.
Era evidente que estos desvaríos eran la llave que abría sus dificultades, y con este argumento conseguí calmarle lo suficiente para explicárselo. 
Sus lecturas e investigaciones le habían producido este ataque, y añadí que no debía someter su cerebro a estas meditaciones, y que estas cosas son peligrosas para las mentes normales. Había leído y oído lo suficiente para saber que tales ideas no estaban concebidas para que los hombres las buscaran o comprendieran. Además, no debía tomarse demasiado en serio estos pensamientos. pues después de todo, estas leyendas eran únicamente alegóricas. No existen vampiros ni demonios mitológicos, debía verse que estos sueños podían ser interpretados simbólicamente. 
Cuando terminé, se sentó en silencio durante un momento. Dio un suspiro y luego habló con mucha cautela. Para mí era muy fácil decirlo, pero él pensaba diferente. ¿No había reconocido el lugar de sus sueños? 
Intervine con una observación sobre la influencia del subconsciente, pero él, sin hacer caso de mi aseveración, continuó. 
Luego, me informó con una voz que vibraba con una excitación histérica, me contaría lo  peor. Aún no me había contado  todo lo que sabía y lo que le había ocurrido cuando descubrió la bóveda de su sueño en el cementerio. No se había detenido al ver corroborar sus visiones. Hacía algunas noches, había llegado aún más lejos. Entró en la necrópolis y encontró el nicho en la pared; descendió las escaleras y sorprendió el resto. Cómo se las arregló para regresar, nunca lo supo, pero en todas estas excursiones, que habían sido tres, él había siempre regresado y por lo visto se había ido a dormir, y a la mañana siguiente siempre estaba en la cama. Era cierto -me dijo-, ¡había visto esos seres! Ahora, debía ayudarle en seguida, antes de que cometiera algún acto irreflexivo. 
Le calmé con dificultad, mientras procuraba encontrar un método de tratamiento lógico y eficiente. Se hallaba casi al borde de la locura. De nada serviría persuadirle o intentar convencerle de que había soñado todos aquellos incidentes, de que su sistema nervioso le había llevado a alucinaciones afines. No podía esperar que él se diera cuenta, en su estado presente, que los libros responsables de su enfermedad habían sido escritos por mentes desordenadas y con el propósito de producir locos delirios. Era evidente que el único camino abierto era alegrarle, y luego demostrarle concretamente el completo engaño de sus creencias.
Por lo tanto, en respuesta a sus reiterados ruegos, cerramos un trato. El se comprometía a conducirme al lugar donde pretendía que ocurrían sus sueños y viajes, y después, demostrarme la verdad de lo que había manifestado. En resumidas cuentas, quedamos que a las diez de la noche del día siguiente nos encontraríamos en el cementerio. Su satisfacción fue tan grande al saber que estaba dispuesto a acompañarle, que casi era patético el verlo, y me sonrió como un chiquillo cariñoso a quien le han regalado un nuevo juguete.
Le prescribí un sedante suave para que lo tomara aquella noche, arreglé los menores detalles de nuestra futura cita y nos despedimos hasta  la noche siguiente.


Su partida me dejó en un estado de gran excitación. ¡Por fin veía un caso digo de estudio: un profesor inteligente, un colega bien educado, sujeto a grotescas pesadillas como un niño de tres años! En el acto decidí escribir una monografía sobre los procedimientos que debía seguir. Estaba seguro de que después de la noche siguiente podría demostrar de una manera concluyente la falsedad de sus aberraciones y efectuar una cura inmediata. La noche la pasé en un frenesí de investigaciones y meditaciones calculadas, y la mañana siguiente en una rápida lectura de la edición expurgada del conde d'Erlette Cultes des Goules.
El anochecer me encontró dispuesto para la tarea. A las diez, provisto de altas botas, una chaqueta de lana gruesa y un casco de minero con una lámpara en el extremo, me hallaba de pie en la entrada del cementerio. Estaba dispuesto a recibir al Profesor Alexander Chaupin. Debo confesar que sentía una extraña inquietud y un espantoso terror nocturno. No sentía ningún placer en seguir aquella desagradable tarea. De pronto, me hallé ansioso esperando la llegada de mi paciente, aunque sólo fuera para tener una compañía.
Por fin llegó, vestido como el día anterior, y al parecer, de mejor humor. Juntos escalamos la baja muralla que rodeaba la necrópolisS. Luego, me condujo a través de un jardín de grava iluminado por la luna y dentro de las sombras que se deslizaban, de un silencioso bosquecillo en el corazón del cementerio. Aquí, las piedras de las tumbas parecían mirar de soslayo burlonamente en medio de la oscuridad, y los rayos de la luna no penetraban hasta ese lugar. Un terror atávico me estremeció involuntariamente, mientras mi mente insistía, desatada en su locura, en escuchar el tráfago de los gusanos. No me preocupé en dejar que mis pensamientos descansaran sobre las sepulturas, o la diabólica densidad de las sombras que las circundaban. Sentí un consuelo cuando Chaupin, imperturbable, me condujo al fin por una larga avenida cubierta de árboles hasta los prohibidos portales de la tumba que pretendía haber profanado. 


No voy a entrar en detalles sobre lo que siguió, ni les contaré cómo desatamos las cadenas que cerraban la tumba, ni a describir el espantoso interior del mausoleo. Es suficiente para mí declarar que la promesa de Chaupin fue ampliamente cumplida, pues encontró el nicho a la luz de nuestros cascos de minero. Encontró el nicho y apretó el botón secreto, hasta que se nos mostró el túnel que había abajo. Me quedé horrorizado ante esta inesperada revelación, y una ráfaga de temor hirió mis sentidos manteniéndolos en un estado de tensión sobrenatural. Debía de haber estado mirando dentro de aquel negro orificio durante varios minutos. Ningu no de los dos decíamos nada. 
Por primera vez vacilé. Ya no tenía duda respecto a la validez de las declaraciones del profesor. Me las había demostrado más allá de toda duda. No obstante, esto no significaba que estuviera completamente cuerdo; esto no lo curaba de su obsesión. Me di cuenta, con repulsión, que mi trabajo estaba muy lejos de haber llegado a su fin, de que debíamos descender hasta aquellas profundidades y dejar arregladas de una vez para siempre todas aquellas preguntas todavía sin respuesta. No estaba preparado para creer en aquellas jerigonzas incoherentes de Chaupin sobre imaginarios vampiros; la mera existencia de un pasaje hacia una tumba no conducía necesariamente a demostrar sus otras pretensiones. Quizá si fuera con él hasta el fondo del foso, su mente podría al fin descansar respecto a su singular sospecha. Pero aunque me horrorizaba reconocer la posibilidad, ¿por qué suponer que había realmente una malvada y retorcida verdad en su relato y que abajo algo nos acechaba, esperándonos? ¿Alguna banda de refugiados? ¿Fugitivos que acaso huían de la ley? ¿Quién podía residir en aquel foso? Quizás accidentalmente habían encontrado aquel lugar escondido. En este caso, ¿qué pasaría luego? 
Aún así, algo me dijo que debíamos continuar y comprobarlo con nuestros ojos. A este impulso interior, Chaupin añadió sus ruegos. “Déjeme que le muestre la verdad -dijo- y ya no dudará más. Después de esto creería y sólo con la creencia podría ayudarle. Me rogaba que continuara, pero si me negaba tendría que pedir a la policía que hiciera una investigación del lugar. 
Fue esto último lo que me decidió. No podía permitir que mi nombre se viera envuelto en un escándalo. Si el hombre estaba loco, ya sabría cuidar de mí. Si no lo estaba... bueno, pronto lo íbamos a ver. Por consiguiente, le di mi consentimiento, aunque de mala gana, para continuar, y luego me puse a su lado para que me enseñara el camino.
La entrada parecía la boca de un monstruo mitológico. Bajamos por una escalera en declive en forma de serpentina hasta el pasaje de piedra húmeda que estaba socavado en la sólida roca. El túnel era caliente y húmedo y en el aire flotaba el olor de vida putrefacta. Era como un viaje por el más fantástico reino de la pesadilla, un viaje que conducía a los secretos desconocidos bajo los cadáveres enterrados. Aquí todo era secreto excepto para los gusanos, y mientras continuábamos, empecé a desear que siguieran así. Estaba, en realidad, presa del más espantoso pánico ,aunque Chaupin parecía extrañamente tranquilo.
Varios factores contribuían a mi creciente inquietud. No me gustaban las furtivas ratas que roían incesantemente desde innumerables agujeros diminutos que se alineaban en la segunda espiral del pasaje. Un enjambre de ellas invadió la escalera; blandas, gruesas y abotargadas. Empecé a comprender la causa de aquella hinchazón y las probables fuentes de su alimentación. Luego, también me di cuenta de que Chaupin parecía saber el camino perfectamente, ¿y si fuera cierto que él había estado antes aquí, entonces, qué pasaba con el resto de su historia?
Al mirar hacia abajo, recibí todavía otra sorpresa. En las escaleras no había polvo. ¡Parecía como si las hubieran estado usando constantemente! Durante un momento, mi mente rehusó comprender la importancia de este descubrimiento, pero cuando al fin estalló claramente en mi cerebro, me sentí de pronto lleno de asombro. No me atrevía a mirar otra vez, no fuera que mi imaginación evocara la probable imagen de lo que podía subir de abajo y ascender por aquella escalera. 
Rápidamente, encubriendo mi terror pueril, me apresuré a seguir a mi silencioso guía, cuya vela lanzaba extrañas sombras sobre los agujeros de la pared. Me daba cuenta de lo nervioso que me ponía todo aquel asunto y en vano traté de razonar conmigo mismo, ahuyentando los temores para concentrarme en algún objeto definido. 
Mientras proseguíamos no había nada tranquilizador a nuestro alrededor. Las paredes resquebrajadas del túnel parecían vacías y espantosas a la luz de la antorcha. Sentí de pronto que este antiguo sendero no habíasido construido para nada normal o parecido a la normalidad, y no temí que mis pensamientos incidieran en las últimas revelaciones que podrían encontrarse más adelante. Durante un buen rato nos deslizamos en el más absoluto silencio.
Abajo, abajo, abajo, nuestro camino cada vez se estrechaba más hacia una oscuridad más profunda y húmeda. Luego, la escalera terminó bruscamente en una cueva. Había una luz azulada, fosforescente, como ultravioleta, y me pregunté cuál sería su origen. Me mostró una extensión abierta pequeña y de superficie lisa, de donde colgaban hileras de colosales estalactitas y varios pilares de gran anchura. Al fondo, en la densa oscuridad, había unas aberturas que daban a otras excavaciones que conducían a perspectivas sin fin de una noche olvidada. Un aire de horror heló mi corazón; parecía que habíamos profanado con nuestra intrusión algunos misterios que hubiera sido mejor no ver. Empecé a temblar, pero Chaupin me agarró fuertemente y hundió sus finos dedos en mis hombros mientras me aconsejaba que guardara silencio. 
Hablaba con voz bisbiseante mientras caminábamos juntos, uno al lado del otro, en aquella oscura y sombría caverna bajo tierra; murmuraba aterradoramente lo que nos acechaba en la oscuridad. Quería demostrar ahora que sus palabras eran ciertas; debía esperar aquí mientras él se adelantaba en las tinieblas: al regresar, me traería las pruebas. Al decir esto, dio unos pasos rápidos hacia delante, desapareciendo casi inmediatamente en una de las excavaciones que nos precedían. Me dejó tan de repente que no tuve ni tiempo de decirle que me oponía a su propuesta. 
Me senté en la oscuridad y esperé, sin atrever a preguntarme qué era lo que esperaba. ¿Volvería Chaupin? ¿Era todo un monstruoso engaño? ¿Estaba Chaupin loco, o todo era cierto?  En ese caso, ¿qué podría sucederle en aquel laberinto del fondo? ¿Y qué me pasaría a mí? Había sido un loco en venir, todo el asunto era una locura. Quizás aquellos libros no eran tan absurdos como pensaba: la tierra puede abrigar los secretos más horribles en su pecho sin piedad.
La luz arrojaba sombras sobre las paredes de estalactitas y se estrechaba alrededor del oscuro círculo luminescente que procuraba mi pequeña antorcha. No me gustaban esas sombras: eran retorcidas, enfermizas, desconcertadamente profundas. El silencio era aún más potente; parecía insinuar cosas sin nombre que aún debían venir: se burlaba de manera intolerable de mi creciente miedo y soledad. Los minutos se arrastraban como larvas y nada rompía aquella mortal quietud.
Entonces llegó el grito: un grito rápido, que iba en aumento, de inenarrable locura, brotó sobre el aire sepultado, y sentí que mi alma se partía, pues sabía muy bien lo que aquel grito significaba. Ahora sabía -ahora, cuando era demasiado tarde- que las palabras de Chaupin eran ciertas.
Pero no me atreví a detenerme a reflexionar, pues en seguida oí unas suaves pisadas que llegaban de lo más profundo de las tinieblas, el crujiente escarbar de frenéticos movimientos. Me volví y subí corriendo la escalera subterránea con la velocidad que da la más profunda desesperación. No necesitaba mirar atrás; mis horrorizados oídos captaron claramente la cadencia de unos pies que corrían. No oía nada más que el clamor de esos pies o zarpas hasta que mi aliento raspaba en mis oídos cuando daba la vuelta a la primera espiral de aquellas interminables escaleras. Me tambaleé hacia arriba, jadeando, ahogándome: una verificación en mi alma que consumía cualquier pensamiento, excepto el del miedo mortal y la risa de horror. ¡Pobre Chaupin! 
Me parecía que los ruidos se acercaban cada vez más; luego
brotó un ronco aullido en las escaleras directamente debajo de mí. Un bestial aullido que me dejó extenuado con sus tonos infrahumanos, acompañado de una risa nauseabunda y espantosa. ¡Estaban llegando!
Seguí corriendo, al rítmico trueno de los pasos de abajo. No me atrevía a mirar hacia atrás, pero sabía que se estaban acercando al hueco de la escalera. Los cabellos se erizaron en mi nuca, mientras aceleraba el tramo de escalera sin fin que se retorcía como una serpiente en la tierra. Me afanaba con dificultad y chillé con todas mis fuerzas, pero los horrorosos aullidos me pisaban los talones. Arriba, arriba, arriba, más cerca, más cerca, más cerca, mientras mi cuerpo ardía de angustia y espanto.
Por fin se terminaron las escaleras y yo trepaba locamente por la estrecha abertura mientras los monstruos corrían por la oscuridad a pocos pasos de mí. Llegué cuando la luz de mi casco se apagaba; luego, atasqué la piedra en su sitio, lleno aún de los rostros de los primeros horrores que se adelantaban. Pero al hacerlo, la moribunda luz llameó por un segundo y pude ver al primero de mis perseguidores al resplandor de la luz. Luego se apagó. Cerré de golpe el portal y pude llegar tambaleándome al mundo de los mortales.
Nunca olvidaré aquella noche, por más que quisiera borrar aquellos espantosos recuerdos; nunca más encontraré el sueño que tanto ansiaba. No me atrevo ni a matarme por temor a que me entierren en lugar de ser quemado; aunque la muerte sería bien recibida por lo que he llegado a ser. Nunca lo olvidaré, pues ahora conozco toda la verdad del asunto; pero hay un recuerdo por el que daría incluso mi alma para conseguir borrarlo para siempre de mi cerebro, aquel momento loco cuando vi a los monstuos a la luz de la antorcha: la risa, los babeantes horrores de abajo.
¡ Pues el primero y principal de todos fue la risa del malvado monstruo conocido por los hombres como el Profesor Chaupin!


Vuelto a nacer





Vuelto a nacer
Sharon N. Farber
 



 
ABSTRACT: 
La condición histórica del vampirismo está provocada por un
 microorganismo que revampira la fisiología y el metabolismo
 del ser mediante procesos negentrópicos. Se conjetura la
 evolución del organismo y se sugieren los usos potenciales 
de este descubrimiento.
TITULO: 
Adaptación hematofágica del Homo Nosferatus, con notas
 sobre la distribución geográfica de los morfos que imitan 
los supergenes moderados del Homo Licantropus.
Había olvidado la negrura absoluta de un camino vecinal por la noche.
 Arriba, entre los árboles se divisan las estrellas. Por lo demás, es
 como estar ciego. Totalmente diferente del hospital donde acababa 
de terminar mi residencia, que era un oasis de luz fluorescente en 
una jungla urbana. Allí no es posible caminar con seguridad por las 
calles mejor iluminadas. Era agradable volver a casa, aunque fuese
 por unas cortas vacaciones.
Caminaba sintiendo el asfalto bajo mis pies. En el buzón situado
 al pie del sendero particular de la granja familiar, dónde la curva,
 había un resplandor casi sublime de luz estelar.
El halo de un coche que se acercaba rodeó la curva, iluminando
 la carretera. Descubrí que me hallaba en el centro del camino y
 me aparté a un lado. Unos faros me bañaron en su luz. Cerré
 los ojos para no perder mi visión nocturna.
El coche giró hacia el sendero de la casa del viejo Riggen y
 se detuvo.
Los nervios acondicionados por la ciudad hicieron que mi
 corazón acelerase sus latidos.
Se abrió la portezuela del auto y vi a un joven de unos
 veintiocho años sentado en él. Tenía cabello negro y un 
poblado bigote.
¿Se ha extraviado, acaso? —me preguntó.
No. Estoy lo bastante cerca de casa como para llamar
 al perro.
Se rió y su sonrisa le hizo guapo.
No sea tan paranoica. Hum... Usted debe ser la
 famosa hija de Sanger, la que se marchó a la gran
 ciudad para ser médica.
Acusación contra la culpable. Y usted debe ser el 
científico loco que alquiló la casa de Riggen.
No, sólo soy un humilde microbiólogo: Kevin Marlowe.
 El científico loco es mi jefe Auger.
¿Ese Auger?
Me dedicó otra sonrisa.
Ah. ¿por qué no viene mañana a tomar el té y 
conocerá al Auger ese, doctora?
 
 
AUTORES:
 Alastair Auger, Doctor en Fisiología. Kevin Marlowe,
 doctor en Medicina. Mae Sanger doctora en Medicina.
 Asterisco. Estudio subvencionado por la Fundación
 para el Estudio de lo Esotérico.
INTRODUCCION: 
Los recientes adelantos en Medicina han hecho necesario 
diferenciar entre la muerte clínica, o cese de los latidos
 cardíacos, y la muerte biológica o cerebral. Esta distinción
 se ha visto complicada por el creciente uso de metodologías 
que soportan de forma "heroica" la vida.
La Historia aporta casos raros en los que la muerte
 clínica no fue seguida por la muerte biológica, sino que
 fue mantenida en un estado intermedio. Los individuos
 no-muertos fueron llamados Nosferatus o vampiros. 
La investigación de los autores sobre este fenómeno
 ha conducido al descubrimiento de un microorganismo 
causante, la Pseudobacteria augeria.
 
 
El doctor Auger, la doctora Sanger.
Encantado.
El gran profesor Alistair Auger me sonrió. Era alto,
 con el pelo grisáceo y cejas curvas, unos veinte años
 mayor que Marlowe y yo. Recortaba las palabras, con
 los ojos muy fijos, y también irradiaba el intelecto de
 un conferenciante perfecto.
Al menos—continuó—, encontramos en este mundo
 semicivilizado intelectualmente a alguien que aspire 
al nivel de la pseudociencia.
Debe ver mi colección herbaria alguna vez—repliqué.
Tengo entendido que ha oído hablar de mí —el doctor
 enarco una ceja.
Claro. Todo el mundo conoce al profesor Auger,
 inteligente y...
Pero loco—me atajó.
Se volvió a su ayudante.
¿Lo ve, Kevin? Esta joven tiene aún el delicioso
 candor de los tontorrones locales, aunque atemperado
 por exponerse al ambiente hipócrita de una educación
 más elevada. Lo hará muy bien.
Ahora fui yo la que enarcó una ceja.
Sonó el timbre. Marlowe se asomó a la ventana y gruñó.
Diablo, es Weems.
Seguí su mirada. Apoyado contra el timbre había un
 hombre de cara perruna, con un traje gris y corbata de lazo.
Auger hizo una mueca de dolor y por unos segundos 
se agarro el abdomen. Luego, se recobró.
Me desharé de él. Kevin, llévala a dar una vuelta 
por el laboratorio.
 
MATERIALES Y METODOS: 
Las Pseudobacterias augeria se hallaban guardadas en 
una solución salina isotónica a 37º centígrados,
 temperatura a la cual son inactivas. Grupos de 
pseudobacterias augeria inactivas eran inyectadas en
 animales que luego eran sacrificados. Tras un periodo
 critico que dependía del numero de pseudobacterias
 inyectado y de las Generaciones (Diagrama 1) necesarias
 para alcanzar el promedio especifico de especie del peso
 corporal de las pseudobacterias (Tabla A) el animal
 muerto se reanimaba. La vida latente duraba tres días. 
La línea de puntos indica el número primario de la
 infección por pseudobacterias para imitar una progenie
 suficiente, a fin de reanimar el cuerpo antes de que se 
produzca la corrupción final. En vivo, un número de
 ataques o "mordiscos" vampíricos asegurando
 la fundación de una gran colonia, aumentaría las
 posibilidades de la resurrección posmortem.
 
¿Vampiros?—repetí, acariciando a un conejito blanco—.
 Vamos, nosotros hicimos uno en la Facultad de Medicina.
 Una broma divertida desde que Arlo dejó un pedazo de
 cadáver en el confesionario.
Paseé la vista por el laboratorio, sin creer lo que veía, como
 no creía tampoco en lo que contaba Marlowe. Habían
 transformado una vieja granja en un moderno Castillo de 
Frankenstein. Jaulas de animalitos estaban junto a pequeñas 
computadoras, como anidados entre las centrifugas, los
 contadores de partículas, el microscopio electrónico, y 
los espectrofotómetros. Unos sacudidores automáticos 
palpitaban al fondo.
Marlowe me entregó un estetoscopio.
Primero asegúrese de que funciona.
Lo apliqué sobre mi quinta costilla y oí el tranquilizador "pam, pam, pam".
Estoy viva.
Pruebe en el conejo.
Miré fijamente al animal, y lo palpé. Marlowe sacó un platito de algo
que parecía sangre. El animal se liberó al momento de mis manos, 
se abalanzó hacia el plato y empezó a lamer el rojizo liquido.
Está bien, te creo. Mas, ¿cómo? Me refiero a que obviamente
 su cerebro está oxigenado, de lo contrario el animal no saltaría.
 Pero ¿cómo circula la sangre si el corazón no bombea?
No lo sabemos con seguridad.
Señaló un cubo de basura. Dentro había un conejo muerto.
¿Lo diseccionaron o lo cortaron en pedazos?
Auger es bioquímico y yo... Bueno, ninguno de los
 dos sabe trinchar un asado.
Ya. Necesitan a alguien que sepa jugar con un escalpelo 
¿verdad? Oiga, son mis primeras vacaciones en siete años, y
 he de empezar un trabajo dentro de un mes en el Este...
Weems y Auger entraron en el laboratorio.
Estoy seguro, señor Weems, que incluso usted reconocerá 
que no habíamos recurrido a una tienda de empeños—
decía Auger: con un amplio gesto de la mano.
Weems señaló una taza de café instalada sobre el espectrofotómetro
 infrarrojo.
¿Es esta la forma de tratar el equipo de la Fundación? 
Eh ¿quién es ella?
Nuestra nueva asociada—me presentó Auger.
Weems me contempló con desdén.
¿Desea ver mis credenciales?
Creo que ya las veo—rió.
Muchachos —exclamé—, acaban de contratar a un
 cirujano.
 
El efecto progresivo del vampirismo sobre la fisiología 
del cuerpo que recibe la dosis de bacterias augeria fue
 estudiado en las ratas. A un grupo le inyectaron el 
número exacto de bacterias, fue sacrificado y colocado
 en una cámara de incubación mantenida a 15° centígrados
 para apresurar la replicación. El noventa y siete por 
ciento de las ratas infectadas se reanimaron entre las
 cincuenta y cuatro y las setenta y tres horas posmortem.
 Fueron sacrificados especímenes a intervalos de 0, 6, 12,
 24... horas postresurrección, y fue estudiada su anatomía, 
su patología y su serología.
A otro grupo de ratas controladas se le inyectó salina 
normal, fue sacrificado y colocado en una cámara de 
incubación a la misma temperatura. Sobrevino la 
corrupción clásica, y al sexto día fueron arrojadas
 todas a la basura.
 
Hum... Huele como un osario se quejó Marlowe—. 
¿Cómo lo resiste?
Resulta claro que no ha trabajado nunca en una
 clínica urbana, Kevin. No ha vivido en una granja.
Señalé a la rata que había atado a la mesa y que estaba
 diseccionando bajo luz roja.
¿Ve esto? Tal vez no use el corazón como una bomba,
 pero todavía es el cruce del sistema circulatorio.
 Seguramente es por lo que funciona aún la antigua 
rutina de la estaca en el corazón.
Sólo como medida temporal—replicó Kevin—.
 Los microorganismos parecen capaces de reparar 
sus tejidos. Recuerde que el método clásico de matar a
 los vampiros consiste en clavarles una estaca,
 después de la decapitación o la incineración.
Hum... la estaca bien untada con ajo, y colocando
 al vampiro en un horno al rojo vivo hasta asarlo por completo.
 Mire esas pequeñas chinches...
Por favor, no llama chinches a las pseudobacterias augeria
 —refunfuñó Auger, viniendo hacia nosotros.
Oh, vea esto, señor—le dijo Kevin entregándole un micrografía electrónica.
¡Estupendo!
Me pasé de puntillas para verlo. El aparato micrográfico
 presentaba la chinche, con su cuerpo bacteriano falto de
 núcleo, sus pseudópodos estilo ameba y los rebordes 
celulares irregulares, así como sus agrupaciones ribosomiales
 y el retículo endoplásmico, más otras cositas que ni Kevin
 logró identificar. Había un disco liso y anucleado unido a 
la membrana exterior.
Vaya... ¡Tiene enganchado un eritrocito!
Los dejé juntarse en vez de centrifugarlos explicó Kevin 
con orgullo—. El giro debe desalojar las células rojas 
de la sangre en la superficie.
Bien, esto explica cómo es transportada la sangre—
comenté.
Auger levantó significativamente Las cejas demostrando
 una condescendencia intelectual.
Oímos un cache en el senderito.
¡Maldición!—gruñó Auger—. Debe ser Weems de nuevo.
Salió raudo del laboratorio.
¿Podemos ir esta noche al cine, Mae? —sugirió Kevin.
Ya hemos vista dos veces la película, a menos que 
se refiera al estreno de Disney en el Condado Sur.
Dios mío, qué cosa tan tonta... ¿Cómo la soporta?
Bueno, dentro de tres semanas... cuando esté en 
mi sala de urgencias de Manhattan, con sangre hasta
 Las orejas... me alegrará recordar todo esto. ¿Por qué
 no nos tomamos un día libre y bajamos a la ciudad...?
¡Idiota!
En el jardín, el profesor Auger estaba muy enojado.
 Oímos a Weems responderle en tono airado, y Kevin
 y yo nos apresuramos a salir.
Queda revocada—gritaba Weems.
El hombrecito estaba detrás de su auto como protección. 
Auger parecía lo bastante loco como para estrangularlo.
 Tenia el rostro lívido y respiraba como si acabara de
 ganar una carrera de dos mil metros. No quise imaginarme
 cuál sería su presión arterial.
Cálmese o le dará un ataque—le recomendé.
Weems se volvió triunfalmente hacia nosotros.
La Fundación ha revocado la subvención.
 Y queremos las cuentas claras.
¡Bastardo!—le apostrofó Auger, corriendo
 hacia el coche de Weems.
Se detuvo de repente, con expresión confusa 
en su semblante, se agarró el estómago y cayó al suelo.
Corrí hacia él y le ausculte. Estaba pálido y respiraba
 entrecortadamente, con un pulse alocado y débil. Shock.
¿Es un ataque cardiaco?—se interesó Weems.
El maldito roedor parecía dichoso.
Kevin se arrodilló al otro lado.
¿Qué puedo hacer?—preguntó.
Desabroché la camisa de Auger y le palpé el 
abdomen. Estaba rosado, caliente y firme. 
Hemorragia interna.
¡Dios mío! exclamé. Metí la mano dentro de 
sus pantalones y busqué el pulso femoral. No palpitaba. 
Me eché a llorar—. Bueno, nada más.
Auger dejó de respirar, y Kevin inició la respiración
 boca a boca. Busqué el pulso de la carótida en el
 cuello del profesor. Pulsó débilmente y se paró.
No sirve de nada, Kevin. Ha muerto.
Weems se echó a reír gozosamente, saltó al interior
 de su coche y arrancó a toda velocidad. Kevin 
empezó un masaje externo del corazón, con ansiedad
 y apresuramiento.
Le así por los hombros y lo aparté del cadáver.
Ya basta, Kevin. No sirve de nada. ¿Recuerda
 esos dolores gástricos que sentía? Era una aneurisma,
 una flojedad en la pared de la aorta abdominal. 
Se ha roto, Kevin. Ha sangrado interiormente.
 Nada puede salvarle ya.
Una ambulancia, llamaré a...
Escuche. Aunque llegaran aquí dentro de media hora, 
no serviría de nada. Oh, Kevin, hace cinco minutos, 
si yo le hubiese tenido en la mesa con un buen instrumental y
 buenos ayudantes, habríamos intentado un injerto De Bakey.
 Pero las posibilidades de salvarle sólo habrían sido de
 un cinco por ciento.
Kevin se levantó y contempló el cadáver. Luego, dio
 media vuelta y corrió hacia la casa, dejándome con el muerto.
 Muerto, Auger carecía de carisma. Sus facciones estaban 
casi blancas, sin sangre, y parecía una espantosa figura de cera. 
Cerré su boca y le arreglé las ropas con más dignidad.
Kevin regresó con una gran jeringa cardíaca y un frasco
 lleno de un líquido blancuzco.
¡Estás loco!—le recriminé tuteándole ya.
Dará resultado, Mae. Podemos resucitarle. Los 
he centrifugado hasta la concentración. Aquí hay bastantes
 pseudobacterias para reparar el mal y reanimarle casi
 inmediatamente.
La implicación era aterradora. Los conejos vampiros 
ya eran muy raros, pero Kevin se disponía a fabricar
 un vampiro humano.
¡Puedes salvarle la vida! Bien, hazlo.
Era típico de Kevin dejar que otro tomase las decisiones.
 Llené la jeringa y hundí los doce centímetros de aguja 
en el distendido abdomen. Kevin parecía enfermo y se
 volvió de espaldas. Era difícil apretar para hacer descender 
el líquido. Saqué la aguja y por la punta asomó una gotita
 de sangre fresca. Con dos jeringas más vacié el frasco.
Trasladamos el cuerpo al laboratorio y lo envolvimos 
en hielo para rebajar cuanto antes la temperatura corporal.
 Kevin se apresuró a a vomitar. Yo hice café y le añadí 
una buena dosis de whisky medicinal.
¡Por un futuro interno de la prisión de Sing Sing!—
brindé frente a Kevin.
Media hora más tarde no sentíamos ningún pesar.
Tenemos que comprarle una capa negra—decia yo—. 
Y darle lecciones de idioma transilvánico.
Yo quiero chuparte la sangre, querida—rió Kevin, 
saltando sobre mí.
Juntos y riendo rodamos par el suelo.
Sonó el timbre de la puerta. Weems había vuelto 
con un comisario del sheriff.
Hola, Fred.
Hum... hola, Mae. Cuánto tiempo sin verte.
El comisario parecía cohibido.
Fuimos juntos al instituto—anuncié en general.
Lamento molestarles, pero ese tipo afirma 
que aquí hay un fiambre.
Un cadáver?—rió Kevin desde el suelo—.
 Yo no veo ninguno. Lo único muerto aquí—añadió
 con voz grave, es la vida nocturna de la población.
Están borrachos—adivinó Weems.
Muy inteligente, Weems—aprobé—. Una brillante
 deducción.
¡Han escondido el cadáver! Alastair Auger está
 muerto. Incluso ella lo dijo— señaló acusadoramente.
Eh, aparte el dedo.
El comisario se interpuso entre los dos.
Lo siento, Mae... lo siento, doctor, pero he
 de redactar un informe y...
El profesor Auger no se encuentra bien, Fred, 
y no podemos molestarle. Créeme cuando afirmo 
que está vivo. Soy médico. Y me enseñaron esta 
clase de cosas.
Es un engaño... Y no me marcharé hasta ver
 el cuerpo de Auger.
Si, es algo aterrador. Pero temo que usted 
no es mi tipo, Weems.
El rostro de Weems se puso blanco a la vista d
Auger, apoyado en el marco de la puerta del
laboratorio y sonriendo malévolamente. Estaba 
reluciente por el hielo y llevaba una toalla.
¡Ella le ha hecho algo! —tartamudeó Weems—.
 Estaba muerto...
El comisario cogió a Weems por el brazo y lo 
propulso hacia la puerta.
Lo siento, Mae. Profesores...—se encaminó 
al coche-patrulla, diciendo—: Bien, amigo, existe algo 
como una declaración falsa...
Kevin se echó a reír histéricamente.
De no haber despertado usted ahora—musitó ,
 lo habría hecho en el depósito de cadáveres del condado.
Si me perdonan—repuso Auger—, esta luz me
 pone nervioso y me muero... de hambre.
Me ofrecí para ir en busca de un litro de sangre.
Si, gracias, doctora. Su garganta me atrae
 de manera muy incómoda.
 
RESULTADOS Y DISCUSIÓN:
 El vampiro es considerado tradicionalmente como
 un cuerpo ocupado por un demonio. Ahora podemos
 modificar este retrato para decir que se trata de 
un mamífero muerto porque su corazón no late y
 es anormal la temperatura del cuerpo, pero que
 sin embargo éste sigue funcionando como un
 organismo debido a la presencia de una colonia
 de simbiontes. Las pseudobacterias funcionan
 como metabolizadoras y transportadoras del
 oxigeno, los nutrientes y los residuos, funciones
 asumidas en un organismo no infectado por los
 sistemas circulatorio y digestivo. La bacteria augeria
 es un agente infectante débil, que requiere un ambiente
 especial después de la muerte, y es susceptible a las
 drogas antibacterianas más comunes. Documentación
 tradicional sobre la aversión del vampiro al ajo,
 un antibiótico blando.
El cuerpo fisiológico del infectado sufre unos cambios
 que parecen eliminar unos sistemas ya no necesarios
 y aumentar la eficacia de las adaptaciones vampíricas.
 Esos cambios aparecen progresivamente, y han de ser
 estudiados a largo plazo.
El primero de los grandes cambios es la atrofia del
 tracto digestivo. Los nutrientes pasan directamente 
del estómago a la sangre, con la necesidad paralela
 de que sólo pueden ingerirse soluciones isotónicas
 para evitar la destrucción osmótica de las células
 sanguíneas. Como la única solución isotónica corriente
 y natural es la sangre, el vampiro la toma tradicionalmente.
 También se necesita una fuente de sangre externa por
 otras razones. Por ejemplo, porque el transporte de
 sangre es pseudobacteriano y no hidrostático, o sea 
mucho más lento, y el cuerpo requiere más hematíes
 de los que puede producir la medula ósea de su cuerpo.
 
Todos los grandes han muerto... Yo, por ejemplo.
Tómelo—le aconsejé.
Kevin entró, nos vio y enrojeció. Cuanto más conocía a 
Kevin, más comprendía cuan retentivo anal podía ser.
- ¿Interrumpo?
Sí—contestó Auger.
Al hablar, yo veía sus agudos caninos.
No. Dame eso, sí, el esfingomanómetro
. Usted no comprende el placer de tener a un 
paciente que no se queja por la frialdad de un estetoscopio.
Bromeé mientras ataba el brazal de la presión arterial,
 para ocultar el repeluzno que me producía Auger. 
Intelectualmente, sabía que era el mismo hombre que
 había conocido una semana atrás, pero emocionalmente 
yo tenia problemas relativos a una paciente con una 
temperatura de 30° centígrados... o sea entre la normal y 
la ambiental. Y también a causa de las rarezas de su circulación, 
ya que incluso en la habitación más cálida las manos de Auger
 estaban como si hubiese salido de una tormenta de nieve sin mitones.
¿Lo hacemos otra vez?
Auger parpadeó cuando bombeé el tensómetro. Asentí y
 escuché por el estetoscopio. No me acostumbraba al hecho
 de que su corazón no latiese ni hubiera presión arterial.
No hay diástole ni sístole—afirmé—. Señor, su tensión 
arterial es de cero la máxima y cero la mínima.
Ah, normal exclamó Auger, cogiendo su camisa—.
 Bastante tiempo hemos perdido. ¿Volvemos al laboratorio?
No le gustaban los chequeos médicos (y estoy convencida 
de que eso les ocurre a todos los médicos). Discutí en vano
 sobre la conveniencia de llevarle a un hospital para que le
 sometie-sen a unos análisis verdaderos: rayos X, estudios
 metabólicos, electroencefalogramas...
Son las tres de la madrugada —se quejó Kevin—.
 Necesito un poco de café.
¿No puedes acostumbrarte a trabajar en el turno del 
cementerio?
Recibió mi broma con una débil sonrisa. Era duro
 acostumbrarse a trabajar de noche. Auger odiaba
 la luz diurna como todos los vampiros.
Otra cosa que exigía más estudio: ¿se debía ello a
 la temperatura o a la radiación infrarroja? De todos modos,
 mis padres opinaban que mis nuevas horas de trabajo
 eran el resultado de un amorío con Kevin, lo cual me
 hacía estar incomoda en casa.
Auger aceptó una taza de café y le echó una cucharada de
 sal para tornarla osmóticamente similar a la sangre.
No hay bastantes metabolitos ni nutrientes en la sangre
 que usted bebe para sostenerse, profesor. ¿De dónde diablos 
saca las energías?
Es un proceso negentrópico, parecido al que permite a
 mis Pseudobacterias augeria estar en estado latente a más
 de 35°C, en tanto que los procesos enzimáticos corrientes 
se aceleran—me explicó—. ¿Cuantos cálculos ha hecho usted,
 doctora Sanger?
Dos semestres.
Al menos necesitará cuatro para entenderlos. 
¿No será mejor volver al trabajo?
 
A medida que crecen las poblaciones humanas, tienden 
a eliminar las especies competitivas, creando un nicho
 para un ser de rapiña. Tal vez sea posible remutar la
 pseudobacteria augeria hacia su hipotético antepasado,
 la pseudobacteria licantrópica, que sobreviviría a la
 temperatura normal del cuerpo, cambiando a sus
 anfitriones en animales carnívoros. El cuerpo modelo
 probablemente quedó mediatizado por un complejo
 supergénico similar en principio a los que se hallan
 en las imitaciones de mariposas, resultando unos morfos
 discretos con una falta de tipos intermedios. El examen 
de la literatura sugiere que el morfo adoptado fue el del 
mayor ser de rapiña natural de la zona geográfica donde
 estaban los hombre-lobos del norte de Europa, los oso-lobos
 de Escandinavia y los tigre-lobos de la India. Se han notificado
 algunos casos de hombre-lobos que se convirtieron en 
vampiros después de muertos, sugiriendo una infección 
paralela o una evolución en progreso.
 
Volvía en mi auto de la ciudad cuando vi los coches de la 
policía alineados a lo largo de la carretera. Frené la marcha
 y grité por la ventanilla:
¿Necesitan un médico?
Mi amigo, el comisario Fred me hizo señas para que me
 detuviese detrás de un coche-patrulla.
¿Te acuerdas del fulano que me aseguró que el profesor
 estaba muerto?
Me condujo a través de un grupo de polis, hacia un barranco 
poco hondo.
Weems yacía con los brazos colgados del reborde. Le habían
 cortado la muñeca y había sangrado hasta morir.
No hay mucha sangre—comenté al fin—. Suele haber un 
gran charco cuando alguien se desangra.
Se escurrió hacia el regato de abajo—comentó el comisario 
del sheriff—. Siempre han de suicidarse en mi territorio.
 ¿Cuánto tiempo dirías que lleva fiambre?
El cadáver ya estaba frío. El rigor mortis se había completado, 
aunque aún no había cesado. Calculé unas veinte horas, 
tal vez algo menos.
¡Condenados suicidas!—refunfuñó el sheriff, que se unió a
 nosotros—. Una verdadera molestia...
Me mostré de acuerdo y nos quedamos por allí unos minutos
 recordando suicidios.
Luego, me marché a casa, aparqué el coche, y me dirigí al laboratorio.
 Anochecía cuando llegué.
Kevin estaba muy excitado.
Hemos empezado el último capítulo del artículo. Lo
 enviaremos simultáneamente a Science y a Nature. Bien Mae, 
empiece a coger buen apetito porque creo que dan buenos
 alimentos en el Premio Nóbel.
Casi corrí hacia el dormitorio de Auger. Estaba tendido en la cama,
 completamente recto, como un cadáver. Mientras estaba yo allí,
 apretando los puños, despertó y se incorporó.
¡Ah, doctora Sanger. ¿A qué debo el honor de...
¡Usted lo mató!
¿A quién?
Oh, sabia ser suave.
Y logró que pareciese un suicidio. Los polis se lo han tragado.
Me dedicó su sonrisa más encantadora, sin darse cuenta de
 que sus agudos dientes estropeaban el efecto.
No me quedaba otro remedio. Era nuestro enemigo.
 Convenció a la junta de la Fundación para que revocasen
 la subvención.
Su muerte no conseguirá que vuelvan a subvencionarnos,
 Auger. Usted lo mató por despecho.
Paso una mano helada en mi brazo.
Cálmese. La próxima semana seremos famosos. 
Usted no tendrá que aceptar ese trabajo en Nueva York. 
Será la más eminente bruja-doctora de Norteamérica.
Me pone enferma—aparté mi brazo y salí del cuarto—. 
Adiós, Kevin. Todo fue bien mientras duró. Borra mi nombre 
del artículo. Deseo olvidar que haya ocurrido todo esto.
Kevin mostró una mueca de inquietud.
Oh, no puedes dejarnos ahora...
Pues fíjate—murmuré.
Ya era de noche, pero había recorrido aquel camino 
docenas de veces. Cuando mis pies sintieron el asfalto
 en lugar de la grava, torcí a la derecha y empecé a ascender
 la loma. Un coche iluminó la carretera y me hice a un lado.
 Las luces traseras se amortiguaron en la distancia, y a su 
débil resplandor vi una figure alta procedente del carril de
 coches de nuestra casa.
Era Auger.
Me seguía.
De pronto, volvió a reinar la negrura. Vi dos ojos que brillaban 
en rojo como los de un ciervo. Era lo único que podía ver; las 
estrellas arriba y dos ojos rojos. Me miraban fijamente, con la
 fijeza del ser de rapiña nocturno.
Auger habló con suavidad, rompiendo con su voz el silencio.
No te haré daño. Sabes que lo deseas.
Me aterré y eché a correr, escuchando el sonido de mis pasos
 sobre el terreno, y con las manos al frente como una ciega. 
El corazón palpitaba de miedo, y mi cuerpo estaba ya empapado
 por un sudor frío, pero la supercarga de adrenalina me
 impulsaba a seguir corriendo.
Vislumbré el débil resplandor de la luz en el buzón del camino.
 Podía correr por el sendero, correr los trescientos metros 
que faltaban hasta mi casa. El hogar, la luz, la seguridad.
Algo ocultó el resplandor del buzón. Comprendí que era
 Auger que estaba ante mí, bloqueando el sendero. 
A metro setenta sobre el suelo, dos ojos rojos.
Di media vuelta y me hundí en el bosque. Las ramas me azotaron
 el rostro, enganchándose a mi pelo y a mis ropas. Tropecé y 
caí en el regato, me incorporé y continué mi loca carrera.
Unas manos me cogieron por detrás y me empujaron 
contra un cuerpo invisible en la oscuridad. Tuve consciencia de una 
fuerza inhumana y de una chaqueta que olía a lana y a productos 
quimicos. Forcejeé, pateé, pero él ignoró mis golpes.
Me asió de las manos y las sostuvo entre la suyas, heladas.
No luches—susurró—. Disfrutarás.
Sentí su aliento en mi cuello y traté de gritar. pero no pude. 
Estaba demasiado asustada.
Esto no puede ocurrirme a mi—musité—. ¡No a mí!
El mordisco fue agudo y doloroso, seguido por una sensación
 cálida cuando mi sangre surgió por los orificios. Empecé a
 forcejear, pero Auger sólo estaba atento a la sangre que 
chupaba con avidez.
Mi mente se tornó clínica. Medio litro igual a una décima
 parte de la sangre total del cuerpo humano. Sufriría un shock moderado.
 Ya experimentaba los primeros síntomas. Ah, Auger me estaba matando...
Mis rodillas cedieron y me hundí en tierra. Auger seguía bebiendo
 en mi yugular izquierda. Por encima del clamor de mis oídos,
 escuchaba los jadeos del vampiro. Yo estaba ya demasiado
 débil para seguir luchando. Las constelaciones de verano 
nos contemplaban impávidas, formando parte de un resplandor
 al que la falta de oxígeno ponía alucinaciones y una extraña 
sensación de euforia.
La agonía empezaba a serme grata.
 
CONCLUSIONES: 
En la historia del vampirismo, se ha motejado al
 vampiro de malvado y demonio. Ahora, que se ha 
comprendido la etiología de esta condición, no existe
 razón alguna para que el vampiro no pueda ocupar 
su lugar y funcione como un miembro de la sociedad.
 Con la debida prescripción de sangre, la enfermedad
 quedaría limitada a las víctimas actuales. Y en estas 
condiciones no necesitaría ser clasificada como 
contagiosa.
 
Me desperté bajo un roble. Una araña había utilizado 
mi brazo izquierdo para tender su tela, y en mi cabello 
había un ciempiés.
Ooohhh... debo de haber dormido largo tiempo—
mascullé sentándome y apoyándome en el roble.
Me sentía muy mal. Débil, helada, con dolor de cabeza 
y hambrienta. No había estado tan hambrienta en toda mi 
vida. La sensación de hambre llenaba todo mi cuerpo.
Distraídamente, lleve dos dedos a mi muñeca para
 tomarme el pulso.
No había ninguno.
Comprobé la carótida. Me dolía al menor movimiento.
Mi corazón no latía.
Retire la mano y me miré los dedos. Estaban lívidos,
 completamente exangües.
Estaba muerta. Yo era un vampiro. Me palpé los caninos 
con la lengua y sentí su agudeza.
Todo era culpa de Auger Lo recordé todo y experimenté 
unas tremendas nauseas.
Auger estaría en el laboratorio.
Y habría sangre. Sí siempre había sangre allí. Refrigeradores
 repletos. Sangre de conejo. Sangre de rata.
Sangre humana.
La luna nueva todavía es una rajita en el cielo, pero ya 
veo en la oscuridad. Un ciervo se cruza a mi paso y queda
 aterrado hasta que me alejo. Al acercarme a la casa, oigo
 como Kevin pasa a máquina el artículo. Maldito artículo.
Incluso será posible, mediante una infección controlada 
de pseudobacterias augeria, conquistar a la muerte, 
permitiéndonos revivir y conservar indefinidamente 
nuestras mentes y...
Kevin, dame sangre. De prisa, antes de que te muerda.
Me así a una silla para dominarme. Al mirar hacia
 abajo, vi que mi nueva fuerza vampírica había aplastado
 el resistente plástico.
Kevin, tembloroso, me entregó un poco de 0 negativo.
 Me la tragué. Estaba helada y me revolvió el estómago.
Más.
Tomé seis cuencos antes de poder mirar a Kevin sin
 experimentar el deseo de atacarle. Luego, me alisé el
 vestido, me peiné, tapé mis prendas sucias con una bata 
de laboratorio, y me metí una jeringa en el bolsillo.
¿Dónde está, Kevin?
Estás viva, Mae, y eso es lo que cuenta. No...
Me chupó hasta secarme. ¿Dónde está?
No quiso hacerte daño. Dijo que no...
Le cogí del brazo y parpadeó a mi contacto.
Mira, Kevin, carne muerta. ¿Va el premio Nóbel a 
calentarnos por la noche?
Añade esto a la conclusión del articulo, Kevin: "Cuando 
no hayan muertes, habrá que definir de nuevo el asesinato".
Bienvenida, doctora Sanger.
Auger está en la puerta del laboratorio. Estoy temblando.
Ya no puede hacerme daño, me repito una y otra vez. 
Pero ansío huir. O llorar.
La sangre refrigerada no sirve. Aguarde hasta que se
 emborrache con sangre palpitante, caliente, viva.
¡Cállese! susurré.
Y el poder. Y la fuerza, Usted siempre admiró la fuerza.
 Le gustará ser un vampiro, doctora Sanger.
No, no... No quiero ese poder idiota... ¡No quiero
 matar! Estudié para salvar vidas, para curar... ¡No quiero 
ser como usted.
Se ríe.
¡La biología no es mi destino!—chillé.
Vuelve a reír. Apenas se lo censuro.
Pensé concederle una oportunidad. Está bien, Kevin,
 clávale una estaca.
Giro en redondo. Kevin tiene ya una estaca y un mazo
, pero como de costumbre vacila. Lo agarra y lo arroja 
al suelo, delante de Auger.
Auger maldice y coge la estaca.
¿Debo suponer que esto tampoco me dolerá?
Siempre he admirado el sentido del humor en 
las personas —responde.
Saco la jeringa de mi bolsillo, me deslizo a un lado, 
se la clavo en el costado y empujo el émbolo.
Admire esto... veinte centímetros de tetraciclina.
Gime roncamente y me arroja una mesa. La esquivo
 y se aplasta contra el estante de los productos químicos.
Ya está curado, Auger. He matado sus pequeñas
 chinches las que le mantenían vivo.
Coge un espectrofotómetro de cien kilos y me lo tira con 
toda su fuerza. Caigo entre las jaulas, liberando a media
 docena de ratas. Los conejos vampíricos se escurren 
también por todas partes. Me levanto y me limpio el polvo.
Calma, calma... este es el equipo de la Fundación.
Kevin contempla atónito cómo Auger me arroja el 
cromatógrafo de gas. Se rompe en el suelo, y las chispas
 inflaman los líquidos químicos derramados par tierra.
 Se inicia un buen incendio puntuado por las explosiones
 de reactivos embotellados.
Auger se acerca y me agarra, pero esta vez lo empujo
 hacia atrás, cojo la estaca de madera y se la hundo 
en el corazón.
Parece sorprendido.
¿Por qué a mí? —exclama.
Muere otra vez.
Vamos, Kevin. Esto va a derrumbarse.
¡Apártate de mí!—chilla—. ¡No me toques, 
vampiro!
Se desabrocha la camisa y me enseña la cadena 
con una cruz.
No seas estúpido, Kevin.
El fuego ha llegado al almacén de los productos
 químicos. Corro a la ventana y me arrojo por entre 
un estrépito de cristales. A mis espaldas explota el laboratorio.
Los chillidos de Kevin se han apagado.
Los papeles chamuscados vuelan cuando el aire
 recalentado surge por las ventanas destruidas. El plástico
 de la máquina de escribir se funde, dejando desnudos 
los cables de su interior. Los caracteres de metal se
 retuercen, se comban entre si, y se funden también
 en una masa irreconocible.
Me marcho a casa y me aseo y regreso a tiempo 
de contemplar la labor de los bomberos. Apenas 
queda nada de la vieja granja.
Soy médica. ¿Puedo ayudar en algo?
Ya no hay ayuda posible, Mae.—El jefe de los bomberos
 me recuerda del cuarto curso—. Tal vez podrías identificar
 los cadáveres.
Están tapados con mantas de plástico amarillo. dos masas en 
forma de cuerpo humano, de carne achicharrada. El jefe de 
Los bomberos me mira con simpatía.
No los conocería ni su propia madre. Oh. estás pálida,
 Mae. Johnny será mejor que la acompañes a su casa.
Un bombero guapo y joven me coge del brazo y me conduce
 sendero arriba. lejos del fuego y el humo.
¿Eran científicos?—me pregunta—. ¿Qué estaban haciendo aquí?
Trabajaban en cosas que el hombre no debe conocer—respondo.
El joven no reconoce la cita.
Contemplo de reojo a mi acompañante.
Es joven, fuerte, sano...
Bah, no echará de menos medio litrito de sangre...
 

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