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viernes, 18 de julio de 2008

2ª parte -- PANDORA -- ANNE RICE **NUEVAS CRONICAS VAMPIRICAS**

**NUEVAS CRONICAS VAMPIRICAS**
PANDORA
ANNE RICE
2ªparte

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Tan pronto como entré en el recinto del templo fui recibida por varias prósperas romanas, quienes me acogieron con generosidad. Todas lucían el maquillaje de rigor, los brazos y rostros pintados de blanco, las cejas bien delineadas y carmín en los labios, los detalles que yo había convertido en un desastre aquella mañana. Les expliqué que aunque tenía medios, era una mujer independiente. Ellas me ofrecieron su ayuda sin reservas. Cuando les informé de que me había iniciado en Roma, se mostraron impresionadas.

—Da gracias a nuestra Madre Isis de que no te descubrieran y ejecutaran —observó una de las romanas.

—Entra a hablar con la sacerdotisa —me aconsejaron.

Muchas de ellas aún no se habían sometido a las ceremonias secretas y aguardaban a que la diosa las convocara para tan trascendental acontecimiento.

Había muchas otras mujeres allí, algunas egipcias, otras quizá babilonias. Las joyas y las sedas estaban a la orden del día. Llevaban unas capas ribeteadas con vistosos dibujos pintados en oro; algunas vestían con sencillez.

Pero me pareció que todas ellas hablaban griego.

No me atrevía a entrar en el templo. Al levantar la vista tuve una visión de nuestra sacerdotisa crucificada en Roma.

—Gracias a Dios que no te identificaron —dijo una mujer.

—Mucha gente ha huido a Alejandría —comentó otra.

—Yo me abstuve de protestar—repuse débilmente.

La frase fue acogida con un coro de exclamaciones de simpatía.

—¿Cómo ibas a protestar, bajo el gobierno de Tiberio? Créeme, todos los que pudieron se escaparon.

—No te desanimes —dijo una joven griega de ojos azules, vestida con ropas suntuosas.

—Yo me había apartado del culto—dije.

Se oyó de nuevo un coro de voces dulces y tranquilizadoras.

—Anda, entra —dijo una mujer—, y pide permiso para rezar en el santuario de nuestra Madre. Eres una iniciada. La mayoría de las que estamos aquí aún no lo somos.

Asentí con la cabeza.

Subí los escalones del templo y entré en él.

Me detuve para sacudir de mi capa lo mundano, esto es, todas las frases banales que había oído. Mi mente se centraba en la diosa, y deseaba creer en ella desesperadamente. Detestaba mi hipocresía, el hecho de que yo utilizara ese templo y ese culto, pero en aquellos momentos no me pareció importante. La desesperación que yo había experimentado durante tres noches seguidas me había afectado profundamente.

Al entrar me llevé un sobresalto.

El templo era mucho más antiguo que el nuestro en Roma, y sus muros aparecían cubiertos con pinturas egipcias. De pronto sentí un escalofrío. Las columnas, de estilo egipcio, no eran estriadas sino suavemente redondeadas, pintadas de naranja, y sus capiteles formaban unas gigantescas flores de loto. El olor a incienso era muy potente y percibí una música que emanaba del santuario. Oí las sutiles notas de la lira y de las cuerdas metálicas del sistro al ser pulsadas, y oí también que entonaban una letanía.

Pero era un lugar totalmente egipcio, que me envolvió con tanta firmeza como mis sueños de sangre. Estuve a punto de desmayarme.

Los sueños acudieron de nuevo, la profunda y paralizadora sensación de hallarme en un santuario secreto en Egipto, mi alma engullida por otro cuerpo.

Cuando la sacerdotisa se acercó, me sobresalté.

En Roma, su vestimenta habría sido puramente romana, y tal vez habría lucido un pequeño y exótico tocado que le llegaría a los hombros.

Pero la mujer llevaba una túnica egipcia de lino plisado, al viejo estilo, un magnífico tocado egipcio y una peluca, cuya amplia y larga cabellera de trenzas negras caían rígidamente sobre sus hombros. Presentaba un aspecto tan extravagante como Cleopatra.

Yo sólo había oído unas historias sobre el amor de Julio César por Cleopatra, y después la relación de ésta con Marco Antonio, y su muerte posterior.

Pero sabía que la fabulosa entrada de Cleopatra en Roma había horrorizado el antiguo sentido de la moralidad romana. Yo siempre había sabido que las viejas familias romanas temían las artes mágicas egipcias. En la reciente y punitiva matanza romana, que ya he descrito, se alzaron muchas voces de protesta contra las costumbres tolerantes y la lujuria; pero por debajo de ello existía el secreto temor al misterio y al poder que se ocultaban tras las puertas del templo.

Y ahora, al mirar a la sacerdotisa, sus ojos pintados, sentí ese temor en mi alma. Lo sabía. Aquella mujer parecía haber salido de mis sueños, pero no fue eso lo que me impresionó, pues a fin de cuentas, ¿qué son los sueños?

Era una mujer egipcia, que me resultaba totalmente extraña e inescrutable.

Mi Isis había sido grecorromana. Incluso su estatua en el santuario estaba vestida con una preciosa túnica griega y peinada al antiguo estilo griego, con unos suaves bucles que le enmarcaban el rostro. Incluso sostenía un sistro y una urna. Era una diosa romanizada.

Quizás había ocurrido lo mismo con la diosa Cibeles en Roma. Roma tenía la costumbre de devorarlo todo y transformarlo en romano.

Dentro de pocos siglos, aunque entonces yo no había pensado en ello —¿cómo iba a hacerlo?—, Roma devoraría y daría forma a los seguidores de Jesús de Nazaret, convirtiendo a sus cristianos en la Iglesia católica romana.

Supongo que conoces la expresión moderna de «cuando a Roma fueres, haz lo que vieres».

Pero allí, en aquella penumbra rojiza, entre la luz oscilante de las velas y un incienso más acre e intenso que el que había aspirado jamás, soporté mi timidez en silencio. Entonces se abatieron de nuevo los sueños sobre mí, como múltiples velos, para envolverme. Vi en un instante fugaz a la hermosa Reina Madre, que sollozaba. No. Gritaba pidiendo auxilio.

—Apartaos de mí —murmuré al aire que me rodeaba—. Alejaos de mí, seres impuros y malvados. Alejaos de mí cuando me dispongo a entrar en la morada de mi bendita Madre.

La sacerdotisa me tomó de la mano. Oí voces procedentes de mi sueño, que discutían violentamente. Me esforcé en ver con mayor claridad, en ver a los fieles que se dirigían hacia el santuario para meditar o hacer una ofrenda, y pedir algún favor. Traté de comprender que era una nutrida multitud, apenas distinta de la de Roma.

Pero el contacto con la mano de la sacerdotisa me debilitó. Sus ojos pintarrajeados me inspiraban terror. Su ancho collar, compuesto por varias hileras de piedras lisas, me obligaba a pestañear debido al resplandor que despedía.

Me condujo al aposento privado del templo y me invitó a acomodarme en un suntuoso diván. Me tendí en él, exhausta.

—Alejaos de mí, seres malignos —murmuré—. Y también los sueños.

La sacerdotisa se sentó junto a mí y me abrazó con sus suaves brazos. Al alzar la vista contemplé una máscara.

—Hablad conmigo, eso aliviará vuestro sufrimiento —dijo la sacerdotisa en latín, con un fuerte acento—. Desahogaos.

De pronto, impulsivamente, le relaté toda mi historia familiar, el exterminio de mi familia, mis remordimientos, mi tormento.

—¿Y si yo fuera la causa del infortunio de mi familia por haber rendido culto en el templo de Isis? ¿Y si Tiberio lo hubiera tenido en cuenta? ¿Qué he hecho? Sacrificaron a los sacerdotes y no moví un dedo. ¿Qué desea de mí la Madre Isis? Quiero morir.

—Eso no es lo que ella desea de vos —respondió la sacerdotisa, mirándome fijamente. Tenía unos ojos enormes, o quizá fuera efecto de la pintura. No, vi el blanco de sus ojos, reluciente y puro. Su boca pintada de carmín desgranaba palabras como una leve brisa, en un tono monocorde.

Me sumí en un estado delirante, enajenado. Murmuré lo que pude sobre mi iniciación, los detalles que podía revelarle a una sacerdotisa pues esas cosas eran secretas, pero le confirmé que a través de esos ritos me había reencarnado.

Toda la debilidad que se había ido acumulando en mi interior estalló como un torrente.

Entonces le relaté mi sentimiento de culpa. Confesé que había abandonado el culto de Isis, hacía mucho tiempo, que durante los últimos años sólo había desfilado en las procesiones que se dirigían a la playa, cuando transportaban a la diosa hasta la orilla para que bendijera a los barcos. Isis, la diosa de la navegación. Confesé que no había llevado una vida piadosa.

No había movido un dedo cuando los sacerdotes de Isis habían sido crucificados. Me había limitado a protestar junto con muchos otros a espaldas del emperador. Entre mi persona y los romanos que opinaban que Tiberio era un monstruo se había fraguado un vínculo de solidaridad, pero no habíamos alzado nuestras voces en defensa de la diosa. Mi padre me había ordenado que guardara silencio. Y yo había obedecido. El mismo padre que me había ordenado que viviera.

Al volverme me caí del diván y permanecí tendida en el suelo. No sé por qué. Oprimí la mejilla contra las frías baldosas. Me gustaba sentir su frescor en la mejilla. Me hallaba en un estado de enajenación, aunque no fuera de control. Clavé la vista en el techo. Sabía una cosa. Quería salir de aquel templo. No me gustaba. No, me había equivocado al ir allí.

De pronto me odié por haberme mostrado tan vulnerable ante aquella mujer, a quien no conocía; me sentía atraída por la atmósfera de los sueños de sangre.

Abrí los ojos. La sacerdotisa se inclinó sobre mí. Vi a la sollozante Reina Madre de mis pesadillas. Volví la cabeza y cerré los ojos.

—Podéis estar tranquila —dijo la sacerdotisa en un tono calculado, perfecto—. No habéis hecho nada malo.

Me pareció extraño que aquella voz emanara de un rostro pintarrajeado como el suyo, pero era una voz firme.

—En primer lugar —prosiguió la sacerdotisa—, tened presente que nuestra Madre Isis todo lo perdona. Es la Madre de Misericordia. —Luego agregó—: Por lo que me habéis contado, habéis tenido una iniciación más completa que la mayoría de nosotras. Os habéis sometido a un largo ayuno. Os habéis bañado en la sangre sagrada del toro. Deduzco que bebisteis la poción. Soñasteis y visteis cómo renacíais.

—Sí —repuse, tratando de revivir el viejo éxtasis, el valioso don de creer en algo—. Sí. Contemplé las estrellas y los verdes prados sembrados de flores, unos prados...

Era inútil. Esa mujer me inspiraba terror; ansiaba salir de allí, quería irme a casa, confesarle todo aquello a Flavius y pedirle que me dejara llorar sobre su hombro.

—No soy piadosa por naturaleza —confesé—. Yo era muy joven. Me fascinaban las mujeres emancipadas que acudían al templo, las prostitutas de Roma, las dueñas de las casas de placer; me gustaban las mujeres independientes, que seguían los avatares del Imperio.

—Aquí también podéis gozar de la compañía de esas mujeres —respondió la sacerdotisa sin pestañear—. Podéis tener la seguridad de que vuestros viejos vínculos con el templo no fueron los causantes de vuestra desgracia en Roma. Por las noticias que nos han llegado, sabemos que las personas de alcurnia no fueron perseguidas por Tiberio cuando destruyó el templo. Los que sí tuvieron problemas fueron la puta callejera, el modesto tejedor, el peluquero, el peón de albañil. Ninguna familia noble fue perseguida en nombre de Isis. Ya lo sabéis. Algunas mujeres huyeron a Alejandría porque se negaron a renunciar al culto, pero no corrían peligro alguno.

Los sueños se aproximaban.

—Madre de Dios —murmuré.

La sacerdotisa continuó:

—Al igual que la Madre Isis, habéis sido víctima de una tragedia. Y al igual que la Madre Isis, debéis sacar fuerzas de flaqueza y caminar sola, como hizo Isis cuando su marido, Osiris, fue asesinado. ¿Quién la ayudó cuando recorrió todo Egipto en busca del cadáver de Osiris? Estaba sola. Es la diosa más grande que existe. Cuando recuperó el cadáver de su marido y no halló en él un órgano de generación que pudiera preñarla, extrajo su semen de su espíritu. Así fue como el dios Horus nació de una mujer y un dios. Fue el poder de Isis el que extrajo el espíritu del cadáver de su marido. Fue Isis quien engañó al dios Re para que le revelara su nombre.

Eso decía la vieja leyenda.

Volví la cabeza. No podía contemplar aquel rostro grotescamente maquillado. Supongo que ella debió de advertir mi repugnancia. No debía ofenderla. Ella no obraba de mala fe. No tenía la culpa de que me pareciera un monstruo. ¡Por qué se me habría ocurrido ir allí!

Permanecí tendida, como en un trance. La estancia se hallaba invadida por una luz suave y dorada que penetraba a través de sus tres puertas, de estilo egipcio, más anchas en la base que en la parte superior, y dejé que esta luz nublara mi vista. Le pedí que lo hiciera.

Sentí la mano de la sacerdotisa, una mano cálida y sedosa, de tacto muy agradable.

—¿Creéis en ello? —le pregunté de pronto.

Ella hizo caso omiso de mi pregunta. Su máscara pintada no dejaba traslucir sus creencias.

—Imitad a la Madre Isis. No dependáis de nadie. No soportéis la carga de tener que recuperar el cadáver de un marido o de un padre. Recibid en vuestra casa con amor a tantos hombres como deseéis. No pertenecéis a nadie, salvo a la Madre Isis. Recordad que Isis es la diosa del amor, la diosa que perdona, la diosa de una comprensión infinita porque también ella ha conocido el sufrimiento.

—¡El sufrimiento! —Lancé un gemido, un sonido muy infrecuente en mí durante buena parte de mi vida. Pero vi a la sollozante Reina de mis pesadillas, encadenada a su trono—. Escuchad —dije—, os relataré mis sueños, pero os ruego que luego me expliquéis el motivo de esto. —Me di cuenta de que en mi voz había una nota de irritación, y lo lamenté—. Esos sueños no son fruto del vino o de una poción, ni de largos períodos de vigilia que alteran la mente.

Entonces, sin proponérmelo, le hice otra confesión.

Le hablé de los sueños de sangre, los sueños sobre el antiguo Egipto en los que yo había bebido sangre: el altar, el templo, el desierto, el sol del amanecer.

—¡Amón Re! —exclamé. Era el nombre egipcio del dios del sol, que yo jamás había pronunciado. Pero ahora lo hice—. Sí, Isis le engañó para que le revelara su nombre, pero él me mató y me hizo beber su sangre, ¿me oís? ¡Me convirtió en una especie de diosa sedienta de sangre!

—¡No! —exclamó la sacerdotisa, que permaneció sentada, inmóvil. Reflexionó durante un buen rato. Yo la había atemorizado, y ahora ella me atemorizaba más que antes—. ¿Sabéis leer los antiguos jeroglíficos egipcios? —me preguntó.

—No —contesté.

Entonces, en un tono más relajado y vulnerable, dijo:

—Habláis de unas leyendas muy antiguas, enterradas en la historia de nuestro culto de Isis y Osiris, según las cuales antiguamente bebían la sangre de las víctimas como sacrificio. Aquí se conservan unos pergaminos que lo afirman. Pero nadie sabe descifrarlos, salvo una persona...

La sacerdotisa dejó la frase inacabada.

—¿Quién es esa persona? —inquirí, incorporándome sobre los codos. Me di cuenta entonces de que las trenzas se me habían deshecho por completo. Mejor. Me gustaba sentir mi cabellera suelta y limpia. Me pasé las manos por el pelo.

¿Qué sentiría una persona, sepultada bajo una tonelada de pintura y una peluca corno la que llevaba la sacerdotisa?

—Decidme —insistí—, ¿quién es esa persona que sabe leer esas leyendas? ¡Decídmelo!

—Se trata de unas historias infames —respondió la sacerdotisa—, que sostienen que Isis y Osiris viven todavía, en algún lugar desconocido, bajo una forma material, y siguen bebiendo la sangre de sus víctimas. —La sacerdotisa hizo un gesto de rechazo y repulsión—. Pero nuestro culto no es así. Aquí no sacrificamos a seres humanos. Egipto era viejo y sabio mucho antes de que naciera Roma.

¿A quién trataba de convencer? ¿A mí?

—Nunca he tenido esos sueños, de forma sucesiva, basados en el mismo tema.

Observé que la sacerdotisa comenzaba a alterarse mientras hacía esas afirmaciones.

—A nuestra Madre Isis no le gusta la sangre. Ha derrotado a la muerte y ha confirmado a su esposo Osiris como Rey de los Muertos, pero para nosotros representa la vida misma.
Ella no os envió esos sueños.

—Probablemente no. Estoy de acuerdo con vos. Pero entonces, ¿quién lo hizo? ¿De dónde proceden? ¿Por qué me atormentaron durante mi travesía? ¿Quién es esa persona que sabe leer los antiguos jeroglíficos?

La sacerdotisa estaba visiblemente trastornada. Me soltó la mano y clavó la vista en el infinito; sus ojos adquirieron una aparente ferocidad debido a la pintura negra.

—Quizás alguien os contó en vuestra infancia una antigua historia, posiblemente un viejo sacerdote egipcio. La habíais olvidado y ahora ha aflorado de nuevo en vuestra torturada mente. Se alimenta de un fuego al que no tiene derecho: la muerte de vuestro padre.

—Confío en que así sea, pero jamás he conocido a ningún viejo sacerdote egipcio. Los sacerdotes del templo eran romanos. Además, si analizamos los sueños, veremos un esquema muy preciso. ¿Por qué llora la Reina Madre? ¿Por qué me mata el sol? La Reina está encadenada. La Reina está prisionera. ¡La Reina padece un tormento atroz!

—Basta.

La sacerdotisa se estremeció. Luego me abrazó, como si fuera ella quien me necesitara a mí. Sentí el rígido tacto de su túnica de lino, la espesa mata de su peluca, y los acelerados latidos de su corazón.

—No —dijo—. Estáis poseída por un demonio al que podemos expulsar de vuestro cuerpo. Es posible que el vil asesinato de vuestro padre junto al hogar abriera el camino a ese
demonio.

—¿Lo creéis realmente? —pregunté.

—Escuchad —respondió la sacerdotisa en un tono tan banal como el de las mujeres que se hallaban fuera—. Quiero que os bañéis, que os cambiéis de ropa. ¿Podéis cederme una parte de ese dinero? Si no es así, yo misma os procuraré lo que necesitéis. En este templo somos ricos.

—Aquí hay bastante dinero. Tomad cuanto queráis —contesté, sacando la bolsa de mi ceñidor.

—Lo dispondré todo. Ropas nuevas. Esta seda es demasiado frágil.

—¡Lo sé de sobra! —repliqué.

—Lleváis la capa desgarrada. Tenéis el cabello alborotado.

Entregué a la sacerdotisa una docena de monedas, más de las que había pagado por Flavius.

Al ver tanto dinero se quedó impresionada, pero se apresuró a disimularlo. De pronto me miró fijamente y consiguió esbozar una expresión a pesar de la gruesa capa de maquillaje que cubría su rostro. Temí que fuera a resquebrajarse.

Pensé que iba a estallar en sollozos. Yo me había convertido en una experta en hacer que la gente se echara a llorar. Mia y Lia habían llorado. Flavius también. Ahora iba a echarse a llorar la sacerdotisa. ¡La Reina del sueño estaba sollozando!

Me puse a reír como una loca, echando la cabeza hacia atrás, pero entonces vi a la Reina Madre. La vi en una imagen distante y borrosa, y experimenté una tristeza tan profunda que también yo estuve a punto de llorar. Mis burlas eran una blasfemia. Me estaba engañando a mí misma.

—Tomad este oro para el templo —dije—. Empleadlo en comprarme ropas nuevas, en lo que creáis que necesito. Pero deseo que mi ofrenda a la diosa consista en flores y pan, una pequeña hogaza recién horneada.

—Muy bien —respondió la sacerdotisa asintiendo con la cabeza—. Eso es lo que desea Isis. No desea sangre. ¡No! ¡Nada de sangre!

Luego me ayudó a levantarme.

—En el sueño —dije—, ella aparece sollozando. No le gustan esos bebedores de sangre, protesta, mostrando su indignación. No es ella quien bebe sangre.

La sacerdotisa me miró perpleja, y luego asintió con un enérgico movimiento de la cabeza.

—Sí, eso es evidente.

—Yo también protesto y sufro —dije.

—Sí, venid conmigo —pidió la sacerdotisa, conduciéndome a través de una puerta alta y recia y dejándome en manos de las esclavas del templo. Me sentí aliviada y cansada a un tiempo.

Qué placer que otras manos lo hicieran todo correctamente.

Durante un rato me pregunté si me adornarían con pliegues de lino blanco y trenzas negras, pero optaron por un estilo romano.

Las jóvenes me hicieron un hermoso peinado con las trenzas, formando como un círculo y dejando que una generosa cantidad de bucles me enmarcara el rostro.

Las ropas que me entregaron eran nuevas, de un lino de excelente calidad. El dobladillo estaba bordado con flores. Aquella obra de arte, tan precisa, tan minúscula, me pareció más valiosa que el oro.

Ciertamente, me complacía más que el oro. ¡Me sentía tan cansada! Y agradecida.

Las jóvenes me maquillaron el rostro más artísticamente de lo que yo era capaz, al estilo egipcio, y al mirarme en el espejo me llevé un sobresalto. No era tan exagerado como el
maquillaje de la sacerdotisa, pero habían delineado mis ojos con pintura negra.

—Pero ¿cómo voy a quejarme? —murmuré.

Dejé el espejo sobre la mesa. Por fortuna, una no tiene que verse.

Me dirigí a la gran sala del templo, convertida en una respetable mujer romana, maquillada según el exótico estilo oriental, lo cual era muy común en Antioquía.

Hallé a la sacerdotisa acompañada por otras dos, vestidas tan formalmente como ella, y un sacerdote que lucía también el antiguo tocado egipcio, aunque no llevaba peluca sino una capucha a rayas. Vestía una túnica corta y plisada. Al volverse y ver que me dirigía hacia ellos, me miró irritado.

Temor. Un temor aplastante. « ¡Huye de este lugar! —me dije—. Olvida la ofrenda, o pídeles que la hagan ellos en tu nombre. Vete a casa. Flavius te espera. ¡Sal de aquí!»

Estaba anonadada.

Dejé que el sacerdote me llevara aparte.

—Prestad atención —dijo suavemente—. Os conduciré al recinto sagrado. Dejaré que habléis con la Madre. Pero al salir venid a verme. No os marchéis sin haber hablado conmigo. Debéis prometerme que volveréis todos los días, y si esos sueños se repiten, debéis decírnoslo. Hay una persona a quien debéis hablar sobre ello, a menos que la diosa los aparte de vuestra mente.

—No tengo inconveniente en hablar de ello con cualquiera que pueda ayudarme —repuse—. Odio esos sueños... Pero os noto nervioso; ¿acaso me teméis?

El sacerdote negó con la cabeza.

—No os temo, pero debo revelaros algo. Es preciso que hable con vos hoy o mañana. Ahora id a hablar con la Madre, y luego venid a verme.

Las sacerdotisas me condujeron a la cámara del sancta—sanctórum; delante del altar había unas cortinas de lino blanco. Vi mi ofrenda ante él: una enorme guirnalda de flores perfumadas y la hogaza de pan caliente.

Me postré de rodillas. Unas manos invisibles descorrieron las cortinas y me encontré a solas en la cámara, arrodillada ante la Regina Caeli, la Reina del Cielo.

Entonces me llevé otro sobresalto.

Era una antigua estatua egipcia de nuestra Isis, tallada en basalto oscuro. Llevaba un tocado largo y estrecho, sujeto detrás de las orejas.

Sobre la cabeza lucía un inmenso disco entre unos cuernos. Sus pechos estaban desnudos. En su regazo aparecía sentado el faraón adulto, su hijo Horus. Isis le ofrecía su pecho izquierdo para que mamara.

Fui presa de la desesperación. Esa imagen no significaba nada para mí. En vano traté de hallar la esencia de Isis en esa imagen.

—¿Me has enviado tú esos sueños, Madre? —murmuré.

Deposité las flores ante ella. Partí el pan.

En el silencio que emanaba la serena y antigua estatua no percibí el menor sonido.

Me postré en el suelo, con los brazos extendidos, y en el fondo de mi alma traté de decir acepto, creo, soy tuya, ¡te necesito!

Pero me eché a llorar. Lo había perdido todo. No sólo Roma y a mi familia sino incluso a mi Isis. Aquella diosa era la encarnación de la fe de otra nación, otro pueblo.

Sentí que recuperaba la calma, poco a poco.

Entonces decidí que el culto de mi Madre se hallaba en todas partes, en el norte, el sur, el este y el oeste. El espíritu de aquel culto era lo que le confería su poder. Yo no necesitaba besar literalmente los pies de aquella efigie. No se trataba de eso. Me incorporé despacio y me senté en el suelo. Entonces tuve una revelación. No la recuerdo con detalle, pero lo comprendí de inmediato.

Comprendí que todo aquello no era sino símbolo de otras cosas. Comprendí que todos los ritos reproducían otros acontecimientos. Comprendí que en nuestras prácticas mentes humanas concebíamos esas cosas con una inmensidad de alma que no permitiría que el mundo quedara desposeído de significado. Y aquella estatua representaba el amor. El amor sobre la crueldad. El amor sobre la injusticia. El amor sobre la soledad y la condenación. Eso era lo importante. Contemplé el rostro de la diosa y comprendí que la conocía. Observé al pequeño faraón, el pecho que le ofrecía su madre.

—¡Soy tuya! —dije con frialdad.

Sus toscos y primitivos rasgos egipcios no impedían que me llegara al corazón; contemplé su mano derecha, con la que sostenía su pecho.

Amor. El amor nos exige fuerza, nos exige resistencia, nos exige aceptar todo cuanto nos es desconocido.

—Madre bendita, aleja de mí esos sueños —dije—, o revélame su propósito y el camino que debo seguir. Te lo suplico.

Luego recité una antigua letanía en latín:

Tú has hecho que se separen el Cielo y la Tierra.
Tú eres quien se alza en la estrella del Can Mayor.
Tú haces que los niños amen a sus padres.
Tú has decretado misericordia para todo aquel que la implore.

Yo creía en esas palabras, pero de un modo profano. Creía en ellas porque veía que su culto había reunido las mejores ideas que eran capaces de concebir los hombres y las mujeres.

Ésa era la función de una diosa; ése era el espíritu del que obtenía su vitalidad.

El falo perdido de Osiris existe en el Nilo. Y el Nilo insemina los campos. ¡Qué hermoso!

Lo importante era no rechazarlo, como sugería Lucrecio, sino comprender lo que representaba su imagen. Extraer de esa imagen lo mejor de mi alma.

Y cuando contemplé aquellas preciosas flores blancas, pensé: «Es tu sabiduría, Madre, que las hace florecer.»

Con ello quería decir que en el mundo existían muchas cosas dignas de ser atesoradas, preservadas, honradas, que nos producían un placer luminoso, y que ella, Isis, encarnaba esos conceptos demasiado profundos para denominarlos ideas.

Yo la amaba, amaba la expresión de bondad que constituía Isis.

Cuanto más contemplaba su rostro de piedra, más me parecía que podía verme. Un viejo truco. A medida que permanecía arrodillada allí, tuve la impresión de que me hablaba. Pero fui plenamente consciente de que eso no significaba nada. Los sueños se habían alejado. Me parecían un enigma al que encontraría una solución idiota.

Entonces me arrastré hacia ella y le besé los pies con auténtico fervor.

La ceremonia había concluido.

Salí de allí sintiéndome recuperada, jubilosa.

Ya no tendría aquellos sueños. Aún no había anochecido. Me sentí feliz.

En el patio del templo hallé numerosas amigas, y tras sentarme junto a ellas debajo de los olivos, les sonsaqué toda la información práctica que necesitaba para vivir: cómo conseguir cocineros, peluqueros, dónde adquirir tal o cual objeto. Dicho de otro modo, mis ricas amigas me informaron de todo lo que necesitaba para dirigir mi casa eficazmente sin llenarla de esclavos. Me las arreglaría con Flavius y las dos muchachas. Excelente. Todo lo demás podía contratarlo o comprarlo.

Por fin, agotada, con la cabeza llena de nombres y señas que recordar, después de haberme divertido con los chistes y las historias de aquellas mujeres, admirada de la facilidad con que se expresaban en griego —una lengua que siempre me había fascinado— decidí irme a casa.

Ya podía ponerme manos a la obra.

El templo seguía atestado de gente. Observé las puertas. ¿Dónde estaba el sacerdote? Bueno, regresaría al día siguiente. No quería revivir de nuevo aquellos sueños. Muchas personas entraban y salían con flores y panes, y algunos pájaros para que los liberara la diosa, unos pájaros que saldrían volando por la elevada ventana del santuario.

Qué calor hacía allí. La tapia estaba cubierta con gran profusión de flores. Siempre había pensado que era imposible que existiera un lugar más bello que la Toscana, pero aquel lugar también era muy hermoso.

Salí del patio, pasé ante los escalones, y entré en el foro. Me acerqué a un hombre situado bajo los arcos, que estaba enseñando a un grupo de muchachos todo cuanto Diógenes había propugnado: que renunciáramos a la carne y a sus placeres, que lleváramos una vida pura y rechazáramos el goce de los sentidos.

Era tal como Flavius lo había descrito. Pero el hombre creía en cada palabra que decía, y era culto. Habló de una resignación liberadora. Me sentí atraída por él pues supuse que eso era lo que yo había experimentado en el templo.

Los muchachos que lo escuchaban eran demasiado jóvenes para comprenderlo. Pero yo sí lo comprendí. Aquel hombre me gustaba. Tenía el pelo entrecano y llevaba una túnica
larga y sencilla. No se exhibía con ostentosos harapos.

Me apresuré a interrumpirle. Con una humilde sonrisa le ofrecí el consejo de Epicuro, de acuerdo con el cual el Señor no nos habría dado los sentidos si no fueran útiles. ¿No era así?

—¿Acaso debemos negar nuestros sentidos? Fijaos en el patio del templo de Isis, mirad las flores que adornan la tapia. ¿No es un espectáculo digno de ser disfrutado? Contemplad el intenso rojo de esas flores que bastarían para animar a una persona deprimida. ¿Quién puede afirmar que los ojos son más sabios que las manos o los labios?

Los jóvenes se volvieron hacia mí. Discutí con algunos. Qué hermosos y lozanos eran. Había también hombres de pelo largo, procedentes de Babilonia, e incluso hebreos de alcurnia, con los brazos y el pecho muy peludos, y muchos romanos coloniales a quienes impresionaron mis argumentos de que en los placeres de la carne y en el vino hallamos la verdad de la vida.

—Las flores, las estrellas, el vino, los besos de nuestro amante, todo forma parte de la naturaleza —dije. Me sentía exultante después de mi visita al templo, donde había descargado todos mis temores y había resuelto mis dudas. En aquel momento era invencible. El mundo aparecía renovado.

El maestro, cuyo nombre era Marcellus, salió de debajo del arco para saludarme.

—Ah, graciosa dama, me dejáis asombrado —dijo—. Pero ¿de quién habéis aprendido esas creencias? ¿De Lucrecio? ¿De la experiencia? Tenéis que comprender que no debemos animar a la agente a abandonarse a los sentidos.

—¿Quién ha hablado de abandonarse? —pregunté—. Ceder no significa abandonarse. Significa honrar. Yo hablo de una vida prudente, de escuchar la sabiduría de nuestro cuerpo. Hablo de la inteligencia última de la bondad y el gozo. Y si deseáis saberlo, Lucrecio no me enseñó tanto como suponéis. Siempre me pareció un tanto seco. Aprendí a abrazar la gloria de la vida de los poetas como Ovidio.

Los muchachos aplaudieron mis palabras.

—Yo aprendí de Ovidio —gritó una voz tras otra.

—Muy bien, pero recordad vuestros modales además de vuestras lecciones —dije con firmeza.

Más aplausos. A continuación los jóvenes comenzaron a recitar unos versos de Las metamorfosis de Ovidio.

—Espléndido —dije—. ¿Cuántos sois? Quince. ¿Por qué no venís a cenar a mi casa? —pregunté—. Dentro de cinco noches, os espero. Necesito tiempo para prepararlo todo. Os enseñaré muchos libros. ¡Prometo demostraros lo que un delicioso festín puede hacer por el alma!

Mi invitación fue aceptada con risas y exclamaciones de regocijo. Yo les indiqué las señas de mi casa.

—Soy viuda. Me llamo Pandora. Mi invitación es seria, y en mi casa os aguarda un festín. No esperéis que amenice la velada con bailarines y bailarinas, pues no los hallaréis bajo mi techo. Os ofreceré unos platos suculentos. Poesía. ¿Quién de vosotros sabe cantar los versos de Homero? Pero correctamente. ¿Quién de vosotros los canta de memoria, para deleitarse con ellos?

Risas, un ambiente distendido. Victoria. Todo el mundo podía conseguir eso, y no desaproveché la oportunidad. Alguien mencionó de pasada a otra romana que se moriría de envidia al averiguar que tenía una rival en Antioquía.

—Tonterías —observó otro—, su mesa está siempre repleta de comensales. ¿Me permitís que os bese la mano, señora?

—Debéis decirme su nombre —le rogué—. La invitaré a mi casa. Deseo conocerla, y aprender lo que pueda enseñarme.

El maestro sonrió. Yo le di unas monedas.

Comenzaba a oscurecer. Suspiré. En el cielo brillaban ya las estrellas del crepúsculo que precede a la noche.

Recibí los besos castos del joven y repetí que los esperaba a todos en mi casa.

Pero algo había cambiado. Se produjo en un abrir y cerrar de ojos. Ah, no se trataba de unos ojos pintados. Quizás únicamente se debiera al siniestro manto del crepúsculo.

Sentí un escalofrío. «Soy yo quien te ha llamado.» ¿Quién había pronunciado esas palabras? «Cuidado, porque tratan de apoderarse de ti, y no consentiré que nadie robe lo que es mío.»

Me quedé estupefacta. Sostuve la cálida mano del maestro. Éste recomendó moderación en todo.

—Mirad mi sencilla túnica —dijo—. Estos jóvenes tienen tanto dinero que temo que se destruyan a sí mismos.

Los chicos protestaron.

Pero yo percibía sus palabras vagamente. Agucé el oído. Eché un vistazo alrededor. ¿De dónde procedía aquella voz? ¿Quién había pronunciado aquellas palabras? ¿Quién me había llamado y quién trataba de robarme?

De pronto, pasmada, vi a un hombre, con la cabeza cubierta con la toga, observándome. Lo reconocí al instante por su frente y sus ojos. Reconocí su forma de caminar cuando se alejó con paso rápido.

Era mi hermano menor, Lucius, a quien yo despreciaba. Tenía que ser él. Al advertir que yo había descubierto su presencia, huyó precipitadamente entre las sombras.

Yo conocía bien a esa persona. Lucius. Me aguardaba al final de un largo pórtico.

No podía moverme, y empezaba a anochecer. Todos los comerciantes habían cerrado sus puestos. Las tabernas habían apagado sus linternas o antorchas. Quedaba abierta una librería, con gran profusión de libros bajo las lámparas que la iluminaban.

Lucius, mi detestable hermano, no se había acercado para saludarme con lágrimas en los ojos sino que se había alejado sigilosamente entre las sombras del pórtico. ¿Por qué?

Me daba miedo saberlo.

A todo esto los jóvenes me rogaron que los acompañara a una taberna que había en un parque no lejos de allí. Era un lugar delicioso. Todos se peleaban por pagarme la cena.

«Piensa, Pandora —me dije—. Esta amable invitación es una prueba para medir el grado de tu valor y libertad. No deberías ir a una tosca taberna con esos jóvenes.» Pero muy pronto me quedaría sola.

El foro estaba en silencio. Aunque ante los templos ardían fuegos, grandes espacios permanecían sumidos en la oscuridad. El hombre de la toga me acechaba.

—No, debo irme —dije.

«¿Dónde hallaré a un hachero?—me pregunté, desesperada—. ¿Sería muy atrevido por mi parte pedir a estos jóvenes que me acompañen a casa?» Vi que les aguardaban sus esclavos, quienes ya habían encendido sus antorchas o linternas. Del templo de Isis brotaban unos cantos.

«Soy yo quien te ha llamado. Cuidado... ¡por mí y mi propósito! »

—Esto es una locura —murmuré, despidiéndome con la mano de los jóvenes que se marchaban en parejas o grupos de tres. Me forcé a sonreír y a darles las buenas noches amablemente.

Miré enojada la figura distante de Lucius, quien se había detenido al final de un pórtico frente a las puertas cerradas. Su misma postura delataba su talante furtivo y cobarde.

De pronto noté una mano sobre el hombro. La aparté al instante para imponer unos límites a tal familiaridad, pero entonces advertí que un hombre me susurraba unas palabras al oído.

—El sacerdote del templo os ruega que regreséis allí, señora. Desea hablar con vos. No quería que os fuerais sin haber hablado con él.

Al volverme vi a un sacerdote junto a mí, con el vistoso tocado egipcio, una impecable toga de lino blanco y un medallón con la efigie de la diosa colgando del cuello.

Gracias al cielo.

Pero antes de que lograse salir de mi estupor y responder, otro hombre se acercó a nosotros, arrastrando su pierna de marfil. Le acompañaban dos hacheros. Nos abrazamos bajo la cálida luz de las antorchas.

—¿Desea mi ama hablar con ese sacerdote? —preguntó el recién llegado.

Era Flavius. Había cumplido mis instrucciones. Iba vestido como un elegante caballero romano, con una larga túnica y una amplia capa; como esclavo, no podía vestir una toga. Se había lavado y cortado el pelo y presentaba un aspecto tan pulcro como cualquier hombre libre, y además parecía muy seguro de sí. Marcellus, el maestro—filósofo, dijo:

—Señora Pandora, sois muy amable, y permitid que os asegure que la taberna que frecuentan estos jóvenes puede dar origen a otro Aristóteles o Platón, pero no es un lugar adecuado para vos.

—Lo sé —reconocí—. No debéis preocuparos.

El maestro miró con recelo al sacerdote y al apuesto Flavius, cuya cintura rodeé con mi brazo.

—Éste es mi administrador, el que os dará la bienvenida la noche que vengáis a cenar a mi casa. Os agradezco que me hayáis permitido interrumpir vuestra lección. Sois muy amable.

El maestro, con expresión de alarma, se inclinó hacia mí y dijo:

—En ese pórtico hay un hombre; no lo miréis, pero necesitáis más esclavos que os protejan. Esta ciudad es traicionera, peligrosa.

—De modo que vos también lo habéis visto —repuse—. ¡Y qué toga tan elegante luce, sin duda es un hombre de alcurnia!

—Está anocheciendo —intervino Flavius—. Contrataré más hacheros y una litera. Allí veo a unos hacheros. —Luego dio las gracias al maestro, quien se alejó de mala gana.

El sacerdote aguardaba mi respuesta. Flavius hizo una señal a otros dos hacheros, que se acercaron a toda prisa. Ahora disponíamos de luz suficiente.

Me volví hacia el sacerdote.

—Iré al templo, pero antes tengo que hablar con ese hombre que aguada allí, entre las sombras —dije, señalando osten tosamente. Estaba bañada por la luz de las antorchas, como si me hallara sobre un escenario. La lejana figura retrocedió, como queriéndose fundir con la pared.

—¿Por qué? —preguntó Flavius con la humildad de un senador romano—. No me gusta la catadura de ese hombre. Parece que nos esté acechando. El maestro tenía razón.

—Lo sé —admití. Oí el vago eco de las risas de una mujer. ¡Por todos los dioses! Tenía que mantenerme serena para llegar a casa. Miré a Flavius. Él no había oído las risas.

Sólo había un medio correcto de hacer lo que tenía que hacer.

—Vosotros, acompañadme —ordené a los cuatro hacheros—. Flavius, quédate aquí con el sacerdote mientras me acerco a saludar a ese hombre. Lo conozco. No te acerques a menos que yo te llame.

—No me gusta —insistió Flavius.

—A mí tampoco —apostilló el sacerdote—. Desean que acudáis al templo, señora, y disponemos de muchos guardias para escoltaron a vuestra casa.

—No os defraudaré —repuse, pero eché a andar hacia la figura envuelta en una toga, cruzando paso a paso la plaza pavimentada, rodeada por la luz de las antorchas.

Al ver que me dirigía hacia él, el hombre de la toga se sobresaltó visiblemente y avanzó unos pasos, alejándose del muro. Yo me detuve sin salir de la plaza. El individuo tenía que aproximarse. Yo no iba a moverme. Las cuatro antorchas oscilaban y se agitaban con la brisa. Cualquiera que se hallara en las inmediaciones nos habría visto, pues constituíamos un foco de luz en medio del foro. El hombre avanzó hacia mí, primero con paso lento y luego rápidamente. La luz iluminó su rostro. Estaba furioso.

—Lucius —murmuré—. Te veo, pero no puedo creer lo que veo.

—Yo tampoco—replicó él—. ¿Qué demonios haces aquí? —inquirió.

—¿Qué? —Estaba tan pasmada que fue lo único que acerté a decir.

—¡Nuestra familia ha caído en desgracia en Roma y tú te exhibes alegremente en el mismo centro de Antioquía! ¡Pintarrajeada y perfumada, y con el pelo untado con aceites! ¡Pareces una puta!

—¡Lucius! —protesté—. ¡Por todos los dioses! ¡Nuestro padre ha muerto! Tus hermanos seguramente también. ¿Cómo conseguiste huir? ¿No te alegras de verme? ¿Por qué no me llevas a tu casa?

—¡Cómo voy a alegrarme de verte! —masculló Lucius—. ¡Nos hemos ocultado aquí, zorra!

—¿Quiénes? ¿Y Antonio? ¿Qué ha sido de Flora?

Lucius, irritado, contestó en tono despectivo:
—Los han asesinado, Lydia, y si no te ocultas en un lugar seguro donde no pueda hallarte ningún ciudadano romano, tú también morirás. ¡Cómo iba a imaginar que te encontraría aquí, disertando sobre filosofía! Eres la comidilla de las tabernas. ¡Y ese esclavo con la pierna de marfil! Te vi este mediodía, necia. ¡Maldita seas! Sus palabras destilaban odio.

De nuevo percibí el lejano eco de unas risas. Por supuesto, Lucius no lo oyó. Sólo yo podía oírlo.

—¿Dónde está tu esposa? —le pregunté—. Deseo verla. ¡Llévame a tu casa!

—No.

—Lucius, soy tu hermana. Quiero ver a tu esposa. Tienes razón, me he comportado como una necia. No he pensado en lo que hacía. Antioquía está muy lejos de Roma. No se me ocurrió...

—De eso me quejo, Lydia, jamás obras con prudencia y sensatez. Jamás lo has hecho. Eres una soñadora impenitente, y además estúpida.

—¿Qué puedo hacer, Lucius?

Se volvió de derecha a izquierda, examinando a los hacheros.
Luego entornó los ojos. Sentí su odio. «Oh, padre —imploré en silencio—, confío en que no contemples esta escena desde el cielo o el infierno. ¡Mi hermano me quiere muerta!»
—Sí —dije—, me acompañan cuatro hacheros y estamos en el centro del foro. Y no olvides el hombre con la pierna de marfil que está junto al sacerdote —añadí suavemente—. Y toma nota de los soldados apostados frente al templo del emperador. ¿Cómo está tu esposa? Debo verla, iré a tu casa en secreto. Estoy segura de que se alegrará al comprobar que sigo con vida, pues la quiero como a una hermana. No temas, no te dirigiré la palabra cuando me encuentre contigo en un lugar público. Reconozco que he cometido un grave error.

—¡Déjate de historias! —le espetó Lucius—. ¡Hermanas!
¡Mi esposa ha muerto! —Tras mirar de nuevo a derecha e izquierda agregó—: Los mataron a todos. ¿No lo comprendes?
Aléjate de mí.

Lucius retrocedió unos pasos pero yo avancé hacia él, rodeándolo de nuevo con el resplandor de las antorchas.
—¿Quién te acompaña? —pregunté—. ¿Quién huyó contigo? ¿Quién más logró sobrevivir?

—Priscilla —repuso Lucius—. Tuvimos suerte de poder escapar.

—¿Qué? ¿Tu amante? ¿Has venido aquí con tu amante? Y los niños, ¿también han muerto?

—Sí, supongo que sí. ¿Cómo iban a escapar? Mira, Lydia, te doy una noche para que abandones esta ciudad y te alejes de mí. Me he instalado aquí cómodamente y no tolero tu presencia. Abandona Antioquía. Vete por tierra o por mar. No me importa. ¡Pero márchate!

—¿Dejaste a tu esposa y a tus hijos para que murieran a manos de esos asesinos y viniste aquí con Priscilla?
—¿Cómo diablos lograste escapar, zorra asquerosa? ¡Te comportas como una perra en celo! ¡Responde! Claro está que tú no tienes hijos... ¡El famoso y estéril útero de nuestra familia! —Lucius se volvió hacia los hacheros y gritó—: ¡Marchaos de aquí!

—No os mováis. —Me llevé la mano al puñal. Aparté un poco la capa para que mi hermano viera el resplandor del acero.
Lucius me miró pasmado y esbozó una sonrisa grotescamente falsa. ¡Era nauseabundo!

—¡Lydia, yo no te haría daño por nada en el mundo! —exclamó como si se sintiera ofendido—. Tan sólo me preocupa nuestra seguridad. Nos enteramos de que habían matado a todos en casa. ¿Qué podía hacer yo, regresar y morir para nada?
—Estás mintiendo. No me vuelvas a acusar de que me comporto como una perra en celo, a menos que quieras convertirte en un capón. Sé que mientes. Alguien te informó de la
situación y te faltó tiempo para huir. ¿O fuiste tú quien nos traicionó a todos?

Ah, qué triste que mi hermano no fuera más inteligente, más perspicaz. En lugar de mostrarse ofendido por mis odiosas acusaciones, se limitó a ladear la cabeza y replicar:
—Eso no es cierto. Ven conmigo. Despacha a esos hombres y a ese esclavo y yo te ayudaré. Priscilla te adora.

—¡Es una embustera y una zorra! Me asombra que permanezcas impávido ante mis acusaciones. ¿Dónde está la furia que mostraste cuando me viste? Acabo de acusarte de abandonar a tu esposa y a tus hijos a manos de la guardia pretoriana. ¿No me has oído?

—Es una estupidez. jamás haría algo semejante.

—Llevas la culpa escrita en la cara. ¡Debería matarte aquí mismo!

Lucius retrocedió.

—¡Vete de Antioquía! —exclamó—. No me importa el juicio que te merezca o lo que tuve que hacer para que Priscilla y yo consiguiéramos salvarnos. ¡Vete de Antioquía!

No existían palabras para el juicio que me merecía mi hermano. Aquello era más duro de lo que mi alma podía soportar.
Lucius retrocedió unos pasos y echó a andar hacia la oscuridad, desapareciendo antes de alcanzar el pórtico. Percibí el eco de sus pasos sobre los adoquines.

—¡Por todos los cielos! —murmuré. Estaba a punto de estallar en sollozos. Pero aún tenía la mano sobre el puñal.

Me volví. El sacerdote y Flavius se habían acercado más de lo que yo les había ordenado. Me sentía totalmente perpleja, desconcertada. No sabía qué hacer.

—Venid al templo de inmediato—dijo el sacerdote.

—De acuerdo —respondí—. Acompáñame, Flavius, con los cuatro hacheros. Quiero que os coloquéis junto a los guardianes del templo y que vigiléis por si regresa ese hombre.

—¿De quién se trata, señora? —preguntó Flavius en voz baja cuando eché a andar hacia el templo, delante de él y del sacerdote.

Tenía un aspecto imponente, y la prestancia de un hombre libre. Su túnica, de fina lana con listas doradas y un cinturón también dorado, se ajustaba perfectamente al torso. Incluso había lustrado su pierna de marfil. Me sentí más que satisfecha. Pero ¿iba armado?

Debajo de su talante sosegado, Flavius se mostraba muy protector. Me sentía tan deprimida que no podía articular las palabras necesarias para responderle.

En aquel momento vimos que varias literas cruzaban la plaza, portadas por unos esclavos que avanzaban a toda prisa mientras otros caminaban junto a ellos sosteniendo las antorchas. Del gentío que llenaba la plaza emanaba un suave resplandor rosáceo. La gente se dirigía a cenar o a alguna ceremonia privada. Algo ocurría en el templo.

Me volví hacia el sacerdote.

—¿Tendríais la bondad de vigilar a mi esclavo y a mis hacheros?

—Desde luego, señora —repuso el sacerdote.

Era noche cerrada. Soplaba una agradable brisa. En los largos pórticos había unas linternas encendidas. Nos aproximábamos a los braseros de la diosa.

—Ahora debo dejarte —anuncié—. Te autorizo a proteger mis bienes, tal como tú mismo dijiste hace un rato, con tu vida. No te muevas de aquí. No me marcharé sin ti ni me demoraré. No deseo hacerlo. ¿Llevas un cuchillo?

—Sí, señora, pero aún no lo he utilizado. Lo encontré entre vuestras pertenencias, y al ver que no regresabais a casa y se hacía tarde...

—No me cuentes la historia del mundo —le interrumpí—. Cumpliste con tu deber. No dudo de que siempre lo harás.
—Me volví de espaldas a la plaza y añadí—: Enséñamelo. Así sabré si está afilado o es un mero objeto decorativo.

Cuando Flavius sacó el cuchillo de su vaina, que llevaba adherida al antebrazo, le pasé la yema del dedo por el filo y me hice un corte del que brotaron unas gotas de sangre. Se lo de volví a Flavius. Era un cuchillo de mi padre. ¡Mi padre había llenado mi baúl no sólo con su fortuna sino también con sus armas para que yo pudiera sobrevivir! Flavius y yo intercambiamos una última mirada.
El sacerdote estaba muy nervioso.

—Señora, os lo ruego, entrad de una vez—dijo.

Me condujo a través de las majestuosas puertas del templo, y al cabo de unos momentos me encontré con la sacerdotisa y el sacerdote con los que había hablado antes.

—¿Qué deseáis de mí? —pregunté. Respiraba con dificultad. Me sentía mareada—. Tengo muchas cosas que hacer.
¿No podemos dejarlo para otra ocasión?

—¡No, señora! —respondió el sacerdote.

Un escalofrío me recorrió el cuerpo, como si alguien me estuviera espiando. Pero si había alguien, las sombras del templo lo ocultaban.

—Muy bien —dije—. Supongo que se trata de mis espantosas pesadillas, ¿no es cierto?

—Así es —contestó el sacerdote—. Y más que eso.


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6

Nos condujeron a otra cámara, escasamente iluminada por una antorcha. A la luz de la oscilante llama apenas si veía los rostros del otro sacerdote y de la sacerdotisa. Una biombo oriental, hecho de ébano, separaba un extremo de la habitación, y tuve la certeza de que tras él se ocultaba alguien.

Pero sólo sentí una gran dulzura que emanaba de todas las personas congregadas allí. Eché un vistazo a mi alrededor. El encuentro con mi hermano me había deprimido tanto y estaba tan nerviosa que no conseguí encontrar unas palabras amables con las que excusarme.

—Tengo que atender un asunto urgente, así que no puedo demorarme. —Temía por la seguridad de Flavius—. Os ruego que enviéis de inmediato unos guardias para proteger a mi esclavo, que me está esperando fuera.

—Bien —contestó el sacerdote que yo conocía—. Os suplico que os quedéis y nos contéis de nuevo vuestra historia.
—¿Quién hay ahí? —inquirí, señalando con el dedo—. ¿Quién se oculta ahí detrás? —Era una pregunta ruda e irreverente, pero me sentía francamente alarmada.

—Es uno de nuestros más devotos adeptos —respondió el sacerdote que me había acompañado antes al santuario de Isis—. Viene con frecuencia por las noches para rezar ante el altar de la diosa, y ha donado mucho dinero al templo. Sólo desea oír nuestra conversación.

—Yo no estoy tan segura de eso. ¡Decidle que salga! —exigí—. Además, ¿de qué supone que vamos a hablar?

Me enfurecí al pensar que habían traicionado mis confidencias. No les había revelado mi verdadero nombre romano, sólo mi tragedia, pero el templo era sagrado. Todos se apresuraron a calmarme con frases amables. La figura que había visto antes envuelta en la toga, mucho más alta que mi hermano, de hecho extraordinariamente alta, salió de detrás del biombo. Llevaba una toga oscura, pero no dejaba de ser la prenda clásica. La toga le ocultaba el rostro. Sólo alcancé a ver sus labios.

—No temas —susurró—. Esta tarde hablaste al sacerdote y a la sacerdotisa sobre tus sueños de sangre.

—¡Era confidencial! —protesté, indignada. Mis sospechas crecieron, pues había contado a aquella gente muchas otras cosas, aparte de los sueños.

Traté de distinguir la figura con más claridad. Había algo en ella que me resultaba familiar, quizá la voz, aunque era poco más que un murmullo... u otra cosa.

—Señora Pandora—dijo la sacerdotisa que antes me había consolado—. Habéis venido aquí hablando de un antiguo y legendario culto, un culto al que nos "oponemos y que condenamos. Un culto de nuestra amada Madre cuyos adeptos practicaban sacrificios humanos. Como os dije, rechazamos esas prácticas.

—Sin embargo —terció el anciano sacerdote—, hay alguien que vaga por la ciudad de Antioquía y chupa la sangre a seres humanos, dejándolos exangües y matándolos. Luego, antes del amanecer, arroja sus cadáveres sobre las escaleras del templo. —Suspiró—. Os confío un secreto muy importante, Pandora. Me abandonó completamente el recuerdo de mi hermano. El mastín de mis sueños se abatió sobre mí, arrojándome su
pérfido aliento. Traté de recobrar la compostura. Pensé de nuevo en la voz que había oído en mi mente: «Soy yo quien te ha llamado.» Aquella risa femenina...

—No, era la risa de una mujer—murmuré.
—¿Qué?

—Decís que hay alguien que recorre las calles de Antioquía y bebe sangre humana.

—Por las noches —apostilló el sacerdote—. De día no puede andar por la ciudad.

Vi el sueño, las primeras luces del amanecer, sabiendo que el vampiro moriría bajo los rayos del sol.

—¿Pretendéis decirme que esos bebedores de sangre que vi en mi sueño existen realmente, y que uno de ellos se encuentra aquí?

—Alguien desea que lo creamos —respondió el sacerdote—, desea que creamos que las viejas leyendas dicen la verdad, pero no sabemos quién es. Y recelamos de las autoridades romanas. Ya sabéis lo que ocurrió en Roma. Vinisteis a hablarnos de unos sueños en los que el sol os mataba, en los que bebíais sangre humana. No he traicionado vuestra confianza, señora. Ésta es la persona que sabe leer las escrituras antiguas —añadió el sacerdote señalando el hombre alto—. Ha leído las leyendas. Vuestros sueños las evocan.

—Me siento mal —dije—, necesito una silla. Tengo enemigos.

—Yo os protegeré de ellos —declaró el hombre alto y misterioso vestido con una toga.

—¿Cómo? Ni siquiera sabéis quiénes son.

Percibí una voz silenciosa que emanaba del hombre alto:
«Vuestro hermano Lucius traicionó a toda la familia. Lo hizo movido por los celos que le inspiraba vuestro hermano Antonio. Vendió a todos a los Delatores a cambio de un tercio garantizado de la riqueza de la familia, y partió antes de que se produjeran las matanzas. Contó con la colaboración de Sejano, de la guardia pretoriana. Desea acabar también con vos.»
Aquello me impresionó, pero no estaba dispuesta a dejarme amedrentar por aquel individuo.

«Os expresáis como una mujer—repuse en silencio—. Se diría que adivináis mis pensamientos. Habláis como la mujer que me dijo en la mente: Soy yo quien te ha llamado.»
Observé que mis palabras le habían impresionado. De pronto me sentí desfallecer, como si me hubieran asestado un golpe mortal. Así que ese ser lo sabía todo sobre mis hermanos, y Lucius nos había traicionado. Y ese ser lo sabía.

«¿Qué eres? —pregunté de pronto al que le había hablado a mi mente, al hombre alto vestido con la toga—. ¿Eres acaso un mago?»
No hubo respuesta.

El sacerdote y la sacerdotisa, incapaces de oír esa conversación silenciosa, continuaron con lo suyo:
—Ese bebedor de sangre, señora Pandora, deja a sus víctimas humanas sobre la escalera del templo antes del amanecer.
Escribe sobre sus víctimas, con la sangre de éstas, un antiguo nombre en egipcio. Si el gobierno lo descubriera, quizá culpara de ello al templo. Pero nuestro culto condena esas prácticas.
»¿Queréis relatar de nuevo vuestros sueños para que lo oiga nuestro amigo aquí presente? Debemos proteger el culto de Isis. No creíamos esas viejas leyendas... hasta que apareció esa criatura y empezó a matar, luego surgió del mar una bella romana que habla de unos seres parecidos que se le aparecen en sueños.

—¿Qué nombre escribe sobre sus víctimas ese bebedor de sangre? —Inquirí—. ¿Isis?

—No tiene sentido, es un nombre prohibido, egipcio. Es uno de los nombres con que antiguamente llamaban a Isis, pero nosotros jamás la hemos llamado por ese nombre.

—¿Cuál es?

Ninguno de ellos, ni siquiera el silencioso, respondió. En aquel silencio pensé en Lucius, y a punto estuve de echarme a llorar. Me asaltó un profundo odio, como el que había sentido en el foro cuando hablaba con él y vi su rabia y cobardía. Había traicionado a toda la familia. La debilidad es mala cosa. Antonio y mi padre habían sido hombres fuertes.

—Señora Pandora—dijo el sacerdote—. Decidnos lo que sepáis sobre esa criatura que merodea por Antioquía. ¿Se os ha aparecido en sueños? Pensé en mis sueños. Traté de responder satisfactoriamente a lo que aquellas gentes del templo me pedían.

—La señora Pandora no sabe nada de ese bebedor de sangre —terció el romano alto y distante—. Dice la verdad. Sólo conoce el contenido de sus sueños, y en éstos no aparece ningún nombre. En sus sueños ve una época anterior de Egipto.
—¡Muchas gracias, amable señor! —le espeté furiosa—. ¿Puedo saber cómo habéis llegado a esa conclusión?
—¡Leyendo vuestros pensamientos! —contestó el romano sin inmutarse—. Al igual que he hecho con quienes ponen vuestra vida en peligro aquí. Os protegeré de vuestro hermano.

—Dejad que yo misma me ocupe de eso. Yo resolveré este asunto con él. Ahora, dejemos a un lado mis desgracias personales. Y ya que sois tan listo, explicadme por qué me asaltan esos sueños. Demostrad la magia que poseéis para adivinar los pensamientos. Un hombre con vuestras dotes debería ayudar a los magistrados a dilucidar los casos judiciales, si realmente sois capaz de leer los pensamientos de la gente. ¿Por qué no vais a Roma y solicitáis el cargo de consejero del emperador Tiberio?

Sentí con toda nitidez el pequeño tumulto que se agitaba en el corazón del misterioso y distante romano. De nuevo tuve la sensación de que había algo en ese personaje que me resultaba familiar. Por supuesto, yo había conocido a nigromantes, astrólogos y oráculos. Pero este hombre había mencionado unos nombres muy concretos: Antonio, Lucius. Me había dejado asombrada.

—Decidme, caballero misterioso —dije—, ¿guardan algún parecido mis sueños con lo que habéis leído en las escrituras antiguas? ¿Y ese bebedor de sangre, el que se pasea por Antioquía, es un hombre mortal?
Silencio.

Traté de ver al romano con más claridad, pero no pude. Había retrocedido y se ocultaba en la sombra. Mis nervios estaban a punto de estallar. Deseaba matar a Lucius; en realidad, no tendría más remedio que hacerlo.

—Ella no sabe nada de ese bebedor de sangre que merodea por Antioquía —dijo suavemente el romano—. Decidle lo que sabéis de él, pues quizá sea él, ese bebedor de sangre, quien le envía los sueños.

Me sentía confusa. La voz de mujer que había captado antes en mi mente se había oído con toda claridad: «Soy yo quien te ha llamado.»
Esto también producía confusión en el romano; lo sentí como una pequeña turbulencia en el aire.

—Nosotros lo hemos visto —repuso el sacerdote—. Estamos al tanto para recoger los cadáveres exangües de esas pobres víctimas antes de que los halle otra persona y nos achaque la culpa de lo ocurrido. Tiene todo el cuerpo quemado, ennegrecido. No puede ser un hombre. Es un antiguo dios, quemado como si se hubiera abrasado en el infierno.

—Amón Ra —dije—. Pero ¿por qué no murió? En mis sueños, yo muero.

—¡Es horroroso! —exclamó de pronto la sacerdotisa, como si no pudiera reprimirse más—. Ese ser no es humano. Su piel abrasada y ennegrecida deja entreverlos huesos. Pero es débil y sus víctimas son débiles. Apenas tiene fuerza para sostenerse en pie, pero es capaz de chupar la sangre de las pobres y débiles almas de las que se alimenta. Al amanecer se aleja, arrastrándose, como si no tuviera fuerzas para caminar.

El sacerdote intervino, irritado:
—Pero está vivo. Sea un dios, un demonio o un hombre, está vivo. Y cada vez que chupa la sangre de uno de esos seres débiles, se hace más fuerte. Parece salido de las viejas leyendas sobre las que habéis soñado. Lleva el pelo largo, según el antiguo estilo egipcio. Sus quemaduras le producen un dolor atroz. Vierte maldiciones contra el templo.

—¿Qué clase de maldiciones?

—Por lo visto cree que la Reina Isis le ha traicionado —se apresuró a responder la sacerdotisa—. Se expresa en la antigua lengua egipcia. Apenas entendemos lo que dice. Nuestro amigo romano aquí presente, nuestro benefactor, nos ha traducido las palabras.

—¡Basta! —exclamé—. Me siento confusa y mareada. No digáis más. Ese hombre ha dicho la verdad. No sé nada sobre ese maldito ser con la piel abrasada. No sé por qué tengo esos sueños. Creo que es una mujer quien me los envía. Quizá sea la Reina que os he descrito, la Reina que aparece sentada sobre un trono, encadenada, que llora, aunque ignoro el motivo.

—¿No habéis visto nunca a ese hombre? —preguntó el sacerdote.

—No, no lo ha visto —respondió el romano en mi nombre.
—¡Me maravillan vuestras dotes de portavoz! —dije dirigiéndome al romano—. ¡Me siento fascinada! ¿Por qué os ocultáis detrás de vuestra toga? ¿Por qué os mantenéis alejado, para que yo no pueda veros? ¿Habéis visto vos mismo a ese bebedor de sangre?

—Debéis ser paciente conmigo —contestó el romano. Lo dijo en un tono tan encantador que fui incapaz de seguir increpándole. Me volví hacia el sacerdote y la sacerdotisa.

—¿Por qué no aguardáis para sorprender a ese ser con la piel abrasada, a ese ser débil y ruin? —pregunté—. Oigo voces en mi mente. Las palabras de una mujer, advirtiéndome de un peligro. Oigo la risa de una mujer. Quiero marcharme. Quiero regresar a casa. Tengo que atender un asunto muy difícil que debo resolver con astucia. Es preciso que me marche de inmediato.

—Os protegeré de vuestro enemigo —dijo el romano.

—Muy amable por vuestra parte —respondí—. Si sois capaces de protegerme, si conocéis la identidad de mi enemigo, ¿por qué no aguardáis a ese bebedor de sangre y lo atrapáis?
Podéis atraparlo con la red de un gladiador. Clavadle cinco tridentes. Podríais sujetarlo entre cinco personas. Lo único que tenéis que hacer es retenerlo hasta que salga el sol, hasta que los rayos de Amón Re lo maten. Quizá lleve dos, tres días, pero los rayos acabarán con él. Morirá abrasado, como me ocurrió a mí en el sueño. Y vos, que sabéis adivinar los pensamientos, ¿por qué no ayudáis a capturarlo?

Me detuve, conmocionada y desorientada. ¿Estaba tan segura de lo que decía? ¿Por qué utilizaba el nombre de Amón Ra con tanta desenvoltura, como si creyera en ese dios? Apenas conocía sus fábulas.

—Esa criatura sabe que la aguardamos —dijo el sacerdote—. Sabe cuándo se encuentra aquí nuestro amigo, y se abstiene de venir. Permanecemos pacientemente alertas, y cuando creemos que no volveremos a verlo, entonces aparece de nuevo. Y ahora habéis venido vos a relatarnos vuestros sueños.
De pronto tuve una fugaz vislumbre del sueño. Yo era un hombre. Discutía y maldecía. Me negaba a hacer algo que me habían ordenado que hiciera. Una mujer lloraba. Me liberé de unos hombres que trataban de retenerme. Pero no había previsto que después de salir huyendo llegaría a un lugar desierto donde no hallaría refugio.

Si los otros dijeron algo, yo no les presté atención. Oí llorar a la mujer del sueño, a la Reina encadenada al trono, y esa mujer también era una bebedora de sangre. «Debes beber de la Fuente», dijo el hombre en mi sueño. Pero no era un hombre. Yo no era un hombre. Éramos dioses. Éramos vampiros.
Por eso nos destruía el sol. Era la fuerza de un dios más poderoso. Debajo de este retazo de sueño evocado yacían numerosas e insondables capas de datos.

Regresé a la realidad, mejor dicho, volví a tomar conciencia de la presencia de los otros, cuando alguien depositó una copa de vino en mis manos. Lo bebí. Aquel magnífico vino
procedente de Italia me reanimó, aunque unos instantes después me sentí muy cansada. Decidí no beber más vino, pues aún me quedaba una buena caminata hasta casa.

—Lleváoslo —dije. Miré a la sacerdotisa—. En el sueño, tal como os comenté, yo era uno de ellos. Querían que bebiera la sangre de la Reina. La llamaban «la Fuente». Dijeron que ella no sabía gobernar. Ya os lo he contado.

La sacerdotisa rompió a llorar y se volvió, con sus estrechos hombros encogidos.

—Yo era uno de los bebedores de sangre —dije—. Estaba ávida de sangre. Escuchad, no me gustan los sacrificios sangrientos. ¿Qué sabéis vosotros? ¿Está presente la Reina Isis en este templo, encadenada con unos grilletes...?

—¡No! —gritó el sacerdote. La sacerdotisa se volvió hacia mí, haciéndose eco de esa horrorizada negativa.

—Muy bien, pero me habéis hablado de unas leyendas que afirman que Isis existe en alguna parte bajo una forma material. ¿Cómo interpretáis lo ocurrido? ¿Creéis que Isis me ha llamado aquí para que ayude a esta criatura abrasada que vaga por la ciudad? ¿Por qué a mí? ¿Qué puedo hacer yo? Soy una mujer mortal. El hecho de recordar sueños de una vida anterior no hace mayores mis poderes. ¡Escuchad! Os aseguro que fue la voz de una mujer la que oí, no hace ni una hora en el foro, en mi mente. Dijo: «Soy yo quien te ha llamado.» Lo oí claramente, y la mujer juró que no consentiría que nadie me arrebatara de sus manos. Luego aparece ese hombre mortal que representa para mí una amenaza infinitamente más grave de cuanto pueda ver y oír en mi imaginación. La voz que oí me advirtió que me guardara de él. No quiero vuestra misteriosa religión egipcia. Me niego a volverme loca. Sois vosotros, todos (especialmente vuestro inteligente amigo capaz de adivinar los pensamientos), quienes debéis hallar a ese ser antes de que cometa más atrocidades. Permitidme que me retire.

Me levanté, dispuesta a marcharme.

Mientras me dirigía hacia la puerta, oí decir suavemente al romano:
—¿No os da miedo andar sola de noche, sabiendo lo que os aguarda, que tenéis un enemigo que desea mataros, y que en vuestros sueños habéis presenciado algo que puede atraer a ese bebedor de sangre hacia vos?

Ese cambio de registro por parte del ilustre clarividente, ese lenguaje en cierto modo sarcástico, estuvo a punto de provocarme una carcajada.

—Me voy a casa —anuncié con firmeza.

Todos me suplicaron con distintos argumentos y tonos de voz que no me fuera.

—Quedaos en el templo.

—No —respondí—. Si los sueños se repiten, tomaré nota de ellos para informaros.

—¡No seáis necia! —exclamó el romano con cierta irritación, pero sin perder la compostura. ¡Ni que fuera mi hermano!
—Eso ha sido una impertinencia imperdonable —protesté—. ¿Es que los magos y los clarividentes no están obligados a comportarse con educación? —Miré al sacerdote y a la sacerdotisa—. ¿Quién es ese hombre?

Salí de la habitación, seguida por el sacerdote y la sacerdotisa, y me dirigí apresuradamente hacia la puerta.

Observé atentamente el rostro de la sacerdotisa a la luz de las antorchas.

—Sólo sabemos que es nuestro amigo. Os ruego que hagáis caso de su consejo. Siempre ha mirado por el bien del templo. Viene para leer los libros egipcios que tenemos aquí. Los compra en las librerías en cuanto llega un barco cargado con esa mercancía. Como habréis visto, es capaz de adivinar los pensamientos de la gente.

—Me prometisteis una escolta de guardias—dije.

«Yo te acompañaré.» Era la voz del romano, aunque yo no sabía dónde se encontraba en ese momento. No estaba en el vestíbulo.

—Venid a vivir en el templo de Isis, y nada podrá dañaros —dijo el sacerdote.

—No estoy hecha para vivir en un templo —repuse, tratando de mostrarme tan humilde y agradecida como fuera posible—. Antes de una semana os habríais hartado de mí. Abrid las puertas, por favor.

Salí del templo. Tuve la sensación de haber escapado de un largo corredor repleto de telarañas para adentrarme en la noche romana, entre columnas y templos romanos.

Encontré a Flavius apoyado contra una columna, junto a mí, observando la escalera del templo. Nuestros cuatro hacheros se hallaban cerca, visiblemente alarmados. Vi unos hombres que parecían los guardianes del templo, pegados a las puertas, al igual que Flavius.

—Señora, entrad de nuevo en el templo —murmuró Flavius.

Al pie de la escalera había un grupo de soldados romanos, luciendo cascos y uniformes militares con relucientes petos y túnicas y capas rojas, cortas. Esgrimían sus mortíferas espadas como si estuvieran combatiendo. Sus cascos de bronce refulgían a la luz de los braseros.

Unos uniformes militares dentro de la ciudad. Sólo les faltaba el escudo. ¿A quién obedecían?

Junto al líder vi a Lucius, mi hermano. Vestía su túnica roja de combate, pero no portaba peto ni espada. Llevaba la toga doblada varias veces sobre el brazo izquierdo. Tenía el pelo limpio y reluciente y presentaba un aspecto aseado, propio de un hombre adinerado. Llevaba un puñal pegado al antebrazo, y otro en el cinto.

Me señaló temblando.

—Ahí está —dijo—. Es la única de toda la familia que escapó a las órdenes de Sejano. Fue un complot para asesinar a Tiberio, y ella sobornó a los soldados y logró salir de Roma. Observé a los soldados. Había dos jóvenes asiáticos, pero los otros eran viejos y romanos; en total eran seis. ¡Por todos los dioses! ¡Debieron de pensar que estaban ante la mismísima Circe!

—Regresad al templo—insistió mi amado N, leal Flavius—, refugiaos en él.

—Calla —le indiqué—. Siempre hay tiempo para eso. —El líder de los soldados era el personaje clave, y observé que se trataba de un hombre de edad avanzada, mayor que mi
1lermano Antonio, aunque no tan viejo como mi padre. Tenía las cejas espesas y salpicadas de canas, e iba impecablemente afeitado.

Exhibía sus cicatrices de guerra con orgullo, una en la mejilla y otra en el muslo. Estaba agotado. Tenía los ojos enrojecidos y de vez en cuando sacudía la cabeza para despabilarse.

Sus brazos estiban muy tostados, y tenía un cuerpo musculoso, lo que indicaba que había participado en numerosas guerras.

—Toda la familia está condenada —declaró Lucius—. ¡Deberíais ejecutar a esa mujer sin tardanza!

Yo decidí mi plan estratégico, como si fuera el mismo César. Bajé dos escalones y me apresuré a decir:
—Vos sois el legado, si no trae equivoco. ¡Qué cansado debéis de sentiros! —añadí, tomando una de sus manos entre las mías—. ¿Estuvisteis a las órdenes de Germánico?

El jefe de los soldados asintió con la cabeza. ¡Le había asestado el primer golpe!

—Mis hermanos lucharon con Germánico en el norte —dije—. Y Antonio, el mayor, después de la marcha triunfal en Roma, vivió lo bastante para hablarnos de los huesos humanos que había hallado en el bosque de Teutoburgo.

—¡Ah, señora, contemplar aquel campo sembrado de huesos... un ejército entero víctima de una emboscada, y sus cadáveres pudriéndose allí!

—Dos de mis hermanos murieron en combate, durante una tormenta que estalló en el mar el Norte.

—Señora, jamás habéis contemplado un desastre semejante, pero ¿creéis que Tor, ese dios bárbaro, era capaz de amedrentar a Germánico?

—No. ¿Vinisteis aquí con el general?

—Fui con él a todas partes, desde las orillas del Elba, en el norte, hasta el extremo meridional del Nilo.

—¡Es maravilloso! Pero ¡qué cansado se os ve, tribuno! Necesitáis descansar. ¿Dónde está el célebre gobernador Cayo Calpurnio Pisón? ¿Por qué ha tardado tanto en restituir el orden en la ciudad?

—Porque no se encuentra aquí, señora, y no se atreve a regresar. Algunos dicen que ha organizado un amotinamiento en Grecia; otros, que ha huido para salvar el pellejo.

—¡No le hagáis caso! —gritó Lucius.

—En Roma tampoco gozaba de muchas simpatías —repuse—. Fue Germánico a quien mis hermanos amaban y mi padre alababa.

—Si hubiéramos dispuesto de un año más (un año más, señora) habríamos conseguido extinguir el fuego de aquel ambicioso y arribista rey Arminio. ¡Ni siquiera hubiéramos necesitado un año! Habéis hablado del mar del Norte. Nosotros combatimos en toda suerte de terrenos.

—Oh, sí, en los bosques más impenetrables... Y decidme, señor, ¿estabais allí cuando hallaron el estandarte de las legiones del general Varo? ¿Es cierta esa historia?

—Ah, señora, jamás habéis oído unas exclamaciones como las de los soldados cuando alzaron esa águila dorada.

—¡Esta mujer es una embustera y una traidora! —vociferó Lucius.

Me volví hacia él.

—¡No agotéis mi paciencia! ¿Sabéis acaso qué legiones del general Varo cayeron en una emboscada en el bosque de Teutoburgo? Imagino que no. Eran la séptima, la octava y la novena.

—Así es —dijo el legado—. Pudimos haber aniquilado a esas tribus. El Imperio habría llegado hasta el Elba; pero, y no soy yo quién para poner en entredicho sus motivos, el emperador Tiberio nos obligó a volver.

—Hum, y luego castigó a vuestro amado jefe por haberse dirigido a Egipto.

—Señora, el viaje de Germánico a Egipto no fue motivado por el afán de tomar el poder, sino por la hambruna.

—Sí, y Germánico había sido proclamado Imperium Maius en todas las provincias orientales —dije.

—En todas partes había conflictos —dijo el legado—. No podéis imaginar la moral, los hábitos de los soldados que estaban aquí, pero nuestro general jamás pegaba ojo. En cuanto se enteraba de que en un lugar se pasaba hambre, acudía de inmediato.
—¿Y vos le acompañabais?

—Todos nosotros, sus secuaces. En Egipto se deleitó contemplando los antiguos monumentos, como yo.

—Es maravilloso. Debéis contarme vuestras impresiones sobre Egipto. Yo, por ser hija de un senador, no puedo ir a Egipto. Me gustaría tanto...

—Pero ¿por qué, señora? —inquirió el legado.

—¡Os está mintiendo! —bramó Lucius—. Toda su familia fue asesinada.

—Por una razón muy sencilla, tribuno —respondí dirigiéndome al legado—. No es ningún secreto. Roma obtiene todo su grano de Egipto, y el emperador quiere impedir a toda costa que el país caiga bajo el control de un poderoso traidor. Imagino que a vos, al igual que a mí, os horroriza la perspectiva de que estalle otra guerra civil.

—Tengo fe en nuestros generales —repuso el legado.
—Hacéis bien. Y decís que sólo visteis lealtad en Germánico, ¿no es así?

—Desde luego. ¡Ah, Egipto! ¡Vimos muchos templos y estatuas!

—Las estatuas que cantan —comenté—, ¿visteis a ese hombre y esa mujer de proporciones colosales que según dicen gimen al amanecer?

—Sí, señora —contestó el legado, asintiendo enérgicamente con la cabeza—. ¡Oí ese sonido! Es mágico. Egipto está rebosante de magia.

—En efecto. —Sentí un escalofrío, pero no le di importancia. De pronto vi dos imágenes mezcladas: la del alto romano vestido con la toga, y la de una astuta criatura. ¡Piensa con la cabeza, Pandora!

—Y en el templo de Ramsés el Grande—dijo el legado—, uno de los sacerdotes sabe leer las inscripciones de los muros. Sobre la victoria. Sobre las batallas. Nosotros nos reímos porque en realidad nada cambia, señora.

—¿Y creéis en los rumores que circulan acerca del gobernador Pisón? ¿Es cierto que no podemos hablar sobre ellos, como si no fueran algo tangible?

—Todo el mundo le desprecia —replicó el legado—. Fue un pésimo soldado, lisa y llanamente. Y Agripina la Mayor, la amada esposa de Germánico, se dirige ahora a Roma con las cenizas del general. ¡Acusará oficialmente al gobernador ante el Senado!

—Sí, es muy valiente por su parte, todos deberíamos seguir su ejemplo. Si las familias no son sometidas a un juicio justo, es que hemos caído en la tiranía, ¿no es cierto? Y nuestro amigo el lunático, ¿no está de acuerdo con esta afirmación?
Lucius me miró boquiabierto, rojo de ira.

—Y en el bosque de Teutoburgo —añadí suavemente—, esa siniestra arena de nuestra perdición, ¿visteis los huesos de nuestras aniquiladas legiones, diseminados por doquier?

—¡Los enterré con estas mismas manos, señora! —exclamó el legado, mostrándome unas palmas ásperas y encallecidas—. ¿Quién era capaz de distinguir qué huesos eran nuestros y cuáles pertenecían a los otros? Y la plataforma de aquel rey cobarde y astuto aún seguía en pie. Desde ella aquel pérfido canalla impartió la orden de que sacrificaran a nuestros hombres para ofrecérselos a sus dioses paganos. —Los otros soldados asintieron con la cabeza y emitieron murmullos de aprobación.

—Yo era una niña cuando nos enteramos de que habían tendido una emboscada al general Varo —dije—; pero recuerdo que nuestro divino emperador Augusto se dejó crecer el cabello en señal de duelo y no cesaba de golpearse la cabeza contra el muro, diciendo: «Varo, devuélveme a mis legiones...»
—¿Vos le visteis hacerlo, señora?

—Oh, sí, en varias ocasiones. Estuve presente una noche en que el emperador manifestó por enésima vez su opinión de que el Imperio no debía tratar de expandirse más, sino controlar los estados que contenía.

—Entonces, ¿es cierto que César Augusto declaró eso? —preguntó fascinado, el tribuno.

—Le preocupaban sus soldados —respondí—. ¿Cuántas veces habéis luchado en el campo de batalla? ¿Tenéis esposa?
—Ardo en deseos de volver a casa —contestó el legado—. Y ahora mi general ha caído. Mi esposa tiene el pelo canoso. Me reúno con ella cuando voy a Roma para participar en los desfiles.

—El servicio militar obligatorio duraba sólo seis años durante la República, y ahora debéis combatir durante veinte años, ¿no es cierto? Pero quién soy yo para criticar a Augusto, al que amé como amaba a mi padre y a mis queridos hermanos asesinados.

Lucius vio con claridad lo que ocurría. Estaba tan furioso que tartamudeaba al hablar:
—Leed mi salvoconducto, tribuno. ¡Leedlo! —exclamó.
El legado lo miró enojado.

Mi hermano hizo acopio de toda su capacidad de retórica, que no era mucha.

—Esa mujer miente. Está condenada. Su familia ha muerto. Me vi obligado a declarar contra ellos ante Sejano porque pretendían asesinar al mismísimo Tiberio.

—¿Traicionasteis a vuestra familia? —inquirió el soldado.
—No malgastéis vuestras energías con él —dije—. Ese hombre lleva acosándome todo el día. Ha descubierto que vivo sola, que soy una heredera, y cree que Antioquía es un mísero villorrio del Imperio donde puede acusar a la hija de un senador sin presentar pruebas. Estimado lunático, tomad nota. julio César dio a Antioquía rango de municipio hace menos de cien años. Existen numerosas legiones destacadas aquí, ¿no es cierto?—Miré a los ojos al legado, que dirigió una mirada de furia a mi tembloroso hermano—. ¿Qué es ese salvoconducto? —pregunté—. Ostenta el nombre de Tiberio.

El legado se lo arrebató a Lucius antes de que éste atinara a reaccionar, y me lo entregó.

Tuve que apartar mi mano del puñal para desenrollar el pergamino.

—¡Ah, Sejano de la guardia pretoriana! Me lo imaginaba. El emperador probablemente no esté al corriente de ello. ¿Sabéis que esos guardias de palacio ganan más del doble que un legionario? ¡Y ahora cuentan con esos Delatores, que gozan del incentivo de acusar a otros de crímenes a cambio de un tercio de los bienes del condenado!

El legado miró fijamente a mi hermano; la luz ponía de relieve cada defecto de Lucius: su talante propio de un cobarde, sus manos temblorosas, sus ojos de mirada taimada, la creciente desesperación de sus labios crispados.

Me volví hacia Lucius.

—¿Os dais cuenta, loco, quienquiera que seáis, lo que pedís a este experto y sabio oficial romano? ¿Y si creyera en vuestras absurdas mentiras? ¿Qué será de él cuando llegue la carta de Roma inquiriendo sobre mi paradero y la disposición de mi fortuna?

—¡Señor, esta mujer es una traidora! —gritó Lucius—. juro por mi honor...

—¿Qué honor es ése? —preguntó el soldado entre dientes, mirando a Lucius. —Si la situación en Roma permitiera que familias tan antiguas como la mía fueran liquidadas con la facilidad con que ese hombre pretende que me matéis a mí —dije—, ¿se habría atrevido la viuda de Germánico a comparecer ante el Senado para ser juzgada?

—Todos fueron ejecutados—dijo mi hermano con expresión solemne, mostrando el peor aspecto de su carácter, como si no se diera cuenta del efecto que causaban sus palabras—, porque formaban parte de un complot para asesinar a Tiberio, y a mí me concedieron un salvoconducto y un pasaje por haberlos denunciado, tal como era mi deber, a los Delatores y a Sejano, con quien hablé personalmente. Ante el legado se iban abriendo multitud de posibilidades.
—Señor —dije a Lucius—, ¿lleváis algún otro documento sobre vuestra persona que os identifique?

—¡No necesito nada más! —replicó Lucius—. Vuestra suerte es la muerte.

—¿Como lo fue para vuestro padre y vuestra esposa? —inquirió el legado—. ¿Tenéis hijos?

—Encerradla en prisión esta noche y enviad un despacho a Roma —declaró Lucius—. Comprobaréis que cuanto digo es cierto.

—¿Y dónde estaréis vos, quienquiera que seáis, mientras yo me hallo en prisión? —pregunté—. ¿Saqueando mi casa?
—¡Zorra! —gritó Lucius. Luego, volviéndose hacia el legado, añadió—: ¿No véis que esta mujer está empleando todas sus ruines artes femeninas para engañaros?

Los soldados expresaron a su superior su indignación y repugnancia. Flavius se colocó junto a mí.

—Oficial —dijo con serena dignidad—, ¿qué puedo hacer para defender a mi ama contra este loco?

—Si volvéis a utilizar esas palabras, señor —dije con firmeza a Lucius—, perderé la paciencia.

El legado agarró del brazo a Lucius, que llevó la mano derecha a su puñal.

—¿Quién sois? —preguntó el legado—. ¿Sois uno de los Delatores? Habéis confesado que traicionasteis a toda vuestra familia.

—Tribuno dije, tocándole levemente el brazo—. Las raíces de mi padre se remontaban a los tiempos de Rómulo y Remo. No conocemos otros orígenes que los de Roma. Lo mismo sucedía con mi madre, que era hija de un senador. Lo que ese hombre dice es... horrendo.

—Eso parece —repuso el legado, entornando los ojos y examinando a Lucius detenidamente—. ¿Qué amigos tenéis aquí? ¿Dónde están vuestros compañeros? ¿Dónde residís?

—¡No podéis hacer nada contra mí! —exclamó Lucius.
El legado observó la mano de Lucius, cerrada en torno al puñal.

—¿Os atreveríais a desenvainar el arma contra mí? —inquirió.

Era evidente que Lucius no sabía cómo salir del aprieto.
—¿Por qué habéis venido a Antioquía —pregunté a Lucius—. ¿Acaso transportabais el veneno que mató a Germánico?

—¡Arrestadla! —gritó Lucius.

—No, no creo en esa acusación que he formulado contra vos. Ni siquiera Sejano confiaría esa traición a alguien tan estúpido como vos. ¿Qué otro documento lleváis encima que os relacione con esta familia, aparte de este salvoconducto que según decís firmó el mismo Sejano?

Lucius me miró desconcertado.

—Ciertamente yo no llevo nada encima que me relacione con vuestras desatinadas y sangrientas historias —dije.

El legado me interrumpió.

—¿Nada que os relacione con este nombre? —preguntó, arrebatándome el papel de la mano.

—No, nada —repuse—, nada salvo este loco que no cesa de escupir atrocidades y que pretende hacernos creer que nuestro emperador ha perdido la razón. Sólo él me relaciona con esta sangrienta conjura sin testigos ni pruebas, y me cubre de insultos.

El legado enrolló de nuevo el salvoconducto.

—¿Y vuestro propósito aquí, señora? —preguntó con voz apenas audible.

—Vivir en paz y tranquilidad —repuse suavemente—. Vivir segura y bajo la protección de las autoridades romanas. En ese momento comprendí que había ganado la batalla. Pero faltaba un detalle para que la victoria quedara sellara. Decidí arriesgarme de nuevo. Extendí la mano lentamente y extraje el puñal de la funda. Lucius dio un salto hacia atrás. Sacó su puñal y se precipitó sobre mí. El legado y dos de sus soldados se apresuraron a abatirlo a cuchilladas. Mi hermano quedó prendido en las armas de los soldados, mirando de un lado a otro, tratando de hablar, pero tenía la boca llena de sangre. Abrió los ojos como platos, e intentó una vez más decir algo. Luego, cuando los
soldados enfundaron de nuevo sus puñales, su cuerpo se desplomó sobre los adoquines al pie de la escalera.

Mi hermano Lucius estaba misericordiosamente muerto. Contemplé su cadáver y meneé la cabeza.El legado me miró. Era un momento trascendente, y yo lo sabía.

—¿Qué es, tribuno, lo que nos separa de esos bárbaros melenudos del norte? —pregunté—. ¿La ley? ¿La ley escrita? ¿La ley tradicional? ¿La justicia? ¿El hecho de que los hombres y las mujeres debemos responder de nuestros actos?

—Sí, señora.

—¿Sabéis? —proseguí en tono reverente, contemplando aquel montón de sangre, ropas y carne que yacía sobre las piedras—, vi a nuestro gran emperador César Augusto el día de
su muerte.

—¿Que lo visteis? ¿De veras?
Asentí con la cabeza.

—Cuando tuvieron la certeza de que iba a morir, nos mandaron llamar junto con unos pocos amigos suyos. El emperador confiaba en acallar los rumores en la capital que pudieran originar disturbios. Pidió un espejo y se peinó. Después de acicalarse se incorporó sobre los almohadones. Cuando entramos nos preguntó si creíamos que había desempeñado bien su papel en la comedia de la vida.

»Yo me dije, ¡qué valor! Y luego nos gastó una pequeña broma, pronunciando esa vieja frase teatral que suelen decir los actores al término de la representación: "Si os he hecho
muy felices, tened la bondad de demostrarme vuestra estima con una cálida despedida." Podría relataros más cosas, pero...
—Continuad, os lo ruego—dijo el legado.

—Bien, ¿por qué no? —repuse—. Me contaron que el emperador había dicho a propósito de Tiberio, el sucesor que él mismo había elegido: «¡Pobre Roma, tener que ser masticada lentamente por esas perezosas mandíbulas! »
El legado sonrió.

—No había nadie más —dijo bajando la voz.

—Gracias por vuestra ayuda, tribuno. ¿Me permitís sacar de mi bolsa lo necesario para invitaros a vos y a vuestros soldados a una excelente cena?

—No, señora, no puedo consentir que digan que yo o alguno de mis hombres hemos sido sobornados. A propósito de ese hombre que yace muerto en el suelo. ¿Sabéis algo más sobre él?

—Sólo esto, oficial, que su cadáver seguramente debería yacer en el fondo del río.

Los soldados se miraron y soltaron carcajadas.
—Buenas noches, noble dama —dijo el legado.

Me marché caminando a través de la oscuridad del foro, con mi amado y renqueante Flavius a ini lado y rodeados por los hacheros.

Sólo entonces me eché a temblar como una hoja. Sólo entonces cubrió el sudor todo mi cuerpo.

Cuando nos hubimos sumido en la impenetrable oscuridad de un pequeño callejón, dije:
—Flavius, despacha a esos hacheros. No quiero que sepan hacia dónde nos dirigimos.

—Señora, no tenemos linternas.

—La noche está cuajada de estrellas y casi hay luna llena. ¡Mira! Además, nos siguen unos guardias del templo.
—¿Estáis segura? —preguntó Flavius. Acto seguido pagó a los hacheros, que echaron a correr hacia la entrada del callejón.

—Sí. Alguien vigila. Además, las luces de las ventanas y el resplandor de las estrellas nos guiarán, ¿no crees? Estoy cansada, muy cansada. —Seguí caminando, recordándome una y otra vez que Flavius no podía seguir mis apresurados pasos. De golpe me eché a llorar—. Responde a una pregunta, tú, que posees tantos conocimientos filosóficos —dije sin dejar de avanzar, resuelta a contener las lágrimas—, dime por qué la mayoría de los malvados son tan estúpidos.

—Señora, creo que algunas personas malvadas son muy inteligentes —contestó Flavius—, pero jamás he presenciado una retórica tan hábil por parte de nadie, ni bueno ni malvado, como acabáis de demostrar hace un rato.

—Me alegro de que te hayas dado cuenta de que no era sino eso —repuse—. Pura retórica. ¡Y pensar que él tuvo los mismos maestros que yo, la misma biblioteca, el mismo padre...!
—No pude terminar la frase.

Flavius me rodeó los hombros con un brazo y esta vez no le ordené que se apartara, sino que dejé que me guiara. Al avanzar juntos caminamos más rápidamente.

—No, Flavius —dije—, la mayoría de las personas malvadas son imbéciles. Lo he visto toda mi vida. La persona auténticamente taimada y perversa no abunda. Es la torpeza la que provoca la mayor parte de las desgracias en el mundo, la mera y estúpida torpeza. ¡Eso es subestimar a nuestro prójimo! Ya verás cómo acaba Tiberio. Tiberio y la guardia pretoriana. Ya verás cómo acaba Sejano. Si siembras por doquier las semillas de la desconfianza, acabas sepultado en un campo cubierto de maleza.

—Hemos llegado a casa, señora—dijo Flavius.

—Gracias a Dios. Jamás habría podido indicarte que ésta era la casa.

Flavius se detuvo y abrió la puerta con la llave. Nos asaltó un intenso hedor a orina, como en todos los callejones de las ciudades antiguas. Una linterna arrojaba una tenue luz sobre la puerta de madera de la casa. La luz bailaba sobre el chorro de agua que manaba de la boca del león en la fuente.

Flavius llamó a la puerta con los nudillos. Me pareció que las mujeres que abrían la puerta interior sollozaban.

—¿Qué habrá ocurrido ahora? —exclamé—. Tengo mucho sueño. Sea lo que fuere, ocúpate tú.

Entré en la casa.

—Señora —gimió una de las jóvenes esclavas, cuyo nombre yo no recordaba—. No le dejé entrar. Os lo juro. No descorrí el cerrojo. No tengo la llave de la verja. ¡Teníamos la casa arreglada, lo teníamos todo dispuesto para vos! —sollozó.
—¿A qué demonios te refieres?

Pero yo lo sabía. Lo había visto con el rabillo del ojo. Lo sabía. Al volverme había visto a un romano muy alto instalado en el flamante salón de mi casa. El romano estaba sentado cómodamente, con el tobillo apoyado en la rodilla, en una silla de madera dorada.

—Está bien, Flavius —dije—. Lo conozco.

Y era cierto. Porque se trataba de Marius. Marius, el celta de imponente estatura. Marius, el que me había cautivado en mi infancia. Marius, a quien yo casi había identificado en las sombras del templo.

Marius se levantó en el acto.

Avanzó hacia mí. Yo me había detenido en el borde del atrio, en la penumbra.

—¡Mi hermosa Pandora! —murmuró.

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7

Marius se detuvo a pocos pasos de mí, sin tocarme.
—Hazlo, por favor —dije.

Me acerqué para que me besara, pero él se apartó. Había unas lámparas distribuidas por la habitación. Prefirió mantenerse en la sombra.

—Marius, por supuesto, ¡Marius! No pareces un día más viejo que cuando te vi en mi infancia. Tu rostro está radiante, y tus ojos... qué hermosos son tus ojos. Si pudiera cantaría tus alabanzas al son de una lira.

Flavius se había retirado discretamente, llevándose a las atribuladas jóvenes, sin hacer el menor ruido.

—Pandora —dijo Marius—. Me gustaría estrecharte entre mis brazos, pero hay unos motivos que me lo impiden, y no debes tocarme, no porque no lo esté deseando, sino porque no soy lo que tú crees. Tú no ves la evidencia de tu juventud en mí; es algo tan ajeno a las promesas de la juventud que sólo ahora he empezado a comprender sus tormentos.

De pronto apartó la vista. Levantó la mano para imponerme silencio y paciencia.

—Esa cosa que anda por las calles —dije—. Ese vampiro con la piel abrasada...

—No pienses ahora en tus sueños —respondió Marius, volviéndose de nuevo hacia mí—. Piensa en tu juventud. Yo te amaba cuando eras una niña de diez años. Cuando cumpliste los quince, rogué a tu padre que me concediera tu mano.
—¿De veras? No me lo dijo.

Marius volvió a apartar la vista. Luego meneó la cabeza.
—Ése se ha quemado —dije.

—Me lo temía —repuso Marius, maldiciéndose—. Te siguió desde el templo. ¡Oh, Marius, qué imbécil eres! Le has hecho el juego. Pero no es tan listo como cree.

—¿Fuiste tú quien me envió los sueños?

—¡Jamás! Haría cuanto estuviera en mi poder para protegerte de mí mismo.

—¿Y de las antiguas leyendas?

—No te pases de lista, Pandora. Sé que tu enorme astucia te sirvió para librarte del apuro hace un rato, cuando discutías con tu abominable hermano Lucius y el legado. Pero no pienses mucho en... los sueños. Los sueños no son nada, y pasan.
—¿Entonces los sueños provenían de él, de ese grotesco asesino, ese ser quemado?

—¡No lo sé! —contestó Marius—. Pero no pienses en las imágenes. No le alimentes ahora con tu mente.

—Es capaz de adivinar los pensamientos de la gente —dije—, como tú.

—Sí, pero puedes enmascarar tus pensamientos. Es un truco mental. Puedes aprender a hacerlo. Puedes aprender a encerrar tu alma en una cajita de metal en tu cabeza.

Comprendí que Marius sufría mucho. Emanaba de él una inmensa tristeza.

—¡No debemos permitir que esto suceda! —insistió.
—¿A qué te refieres, Marius? ¿Quizás a la voz de la mujer, que tú...?

—No, calla.

—¡No me callaré! Quiero llegar al fondo de este asunto.
—¡Debes seguir mis instrucciones! —Marius avanzó hacia mí y extendió los brazos para tocarme, para abrazarme, como habría hecho mi padre, pero no lo hizo.

—No, tú eres quien debe explicarme esto —repliqué.

Me impresionó la blancura de su rostro, su absoluta e inmaculada perfección. Y de nuevo la luminosidad de sus ojos, que parecía inverosímil, inhumana. Entonces reparé en su larga y magnífica cabellera. Marius guardaba un gran parecido con los celtas, sus antepasados. El pelo le llegaba hasta los hombros. Era una cabellera resplandeciente, dorada, amarilla como el trigo y suavemente rizada.
—¡Eres asombroso! —murmuré—. ¡No estás vivo!
—No, echa un último vistazo alrededor, porque vas a marcharte.

—¿Qué? ¿Un último vistazo? —repetí—. ¿De qué estás hablando? Pero si acabo de llegar, lo he planeado todo, me he librado de mi hermano. ¡Me niego a marcharme! ¿Es que vas a
abandonarme?

El rostro de Marius dejaba entrever una terrible angustia, una expresión valerosa e implorante que yo no había visto en ningún hombre, ni siquiera en mi padre, quien había obrado rápidamente en aquellos últimos y fatales momentos en casa, como si se tratara tan sólo de encomendarme una importante misión.

Marius tenía los ojos nublados de sangre. Estaba llorando, y sus ojos se hallaban enrojecidos por las lágrimas. ¡No! Eran unas lágrimas como las de la magnífica Reina del sueño, quien sollozaba encadenada a su trono, y bañaban sus mejillas, su cuello y su túnica de lino.

Él trató de negarlo. Sacudió la cabeza, pero sabía que no me convencía.

—Pandora, cuando te reconocí —dijo—, cuando entraste en el templo y vi que eras tú quien había tenido esos sueños de sangre, me enfurecí. Decidí apartarte de esto, alejarte del peligro. Traté de distanciarme de su hechizo, de esa aura de belleza que le rodeaba. Lo miré con frialdad, y le escuché mientras seguía hablando, tomando nota de cada detalle, desde el fulgor de su mirada hasta su forma de gesticular.

—Debes partir inmediatamente de Antioquía —dijo—. Esta noche me quedaré a tu lado. Mañana llévate contigo a tu leal Flavius y a tus dos esclavas, que son honestas. Pon tierra de por medio entre tú y este lugar para que ese ser no pueda seguirte. No me digas dónde irás. Hablaremos de ello mañana en el muelle. Dinero no te falta.

—Eres tú quien sueña ahora, Marius. No me marcharé.
¿De quién quieres que huya exactamente? ¿De la Reina que llora encadenada a su trono? ¿De esa criatura abrasada que merodea por la cuidad? La primera llega hasta mí a través del mar, tras recorrer una gran distancia, con sus lamentos. Me previene contra mi perverso hermano. Al otro puedo liquidarlo fácilmente, pues no le temo. Sé por mis sueños lo que es, sé que el sol le ha abrasado, y yo misma le clavaré contra la pared para que perezca bajo el sol.

Marius guardó silencio, pero se mordió el labio inferior.
—Lo haré por ella, por la Reina del sueño, para vengarla.
—Te lo suplico, Pandora.

—Es inútil —contesté—. ¿Crees que he llegado hasta aquí para volver a huir corriendo? Y la voz de esa mujer...
—¿Cómo sabes que proviene de la Reina de tus sueños? Pueden haber otros vampiros en esta ciudad. Hombres, mujeres. Todos persiguen lo mismo.

—¿Les temes?

—¡Les aborrezco! Debo mantenerme alejado de ellos, negarme a darles lo que desean. Jamás les daré lo que desean.
—Comprendo —dije.

—¡No, no lo comprendes! —replicó Marius, mirándome enojado. Tan feroz, tan perfecto.

—Tú eres uno de ellos, Marius. Estás intacto. No te has abrasado. Desean tu sangre para regenerarse.

—¡Qué ocurrencia!

—En mis sueños, a la Reina la llamaban «la Fuente».

Me arrojé a su cuello y le aprisioné entre mis brazos. Marius era muy fuerte, sólido como un árbol. Yo jamás había abrazado un cuerpo masculino tan duro, tan musculoso. Apoyé la cabeza en su hombro y noté la frialdad de su mejilla oprimida contra mi frente
Marius me estrechó con ternura entre sus brazos, acariciándome el pelo, quitándome las horquillas y dejando que cayera sobre mi espalda. Sentí un agradable cosquilleo en la piel. Un cuerpo duro, muy duro, pero desprovisto del pálpito de la vida. Sus gestos dulces y tiernos no contenían el calor de la sangre humana.

—Amor mío —dijo—. No conozco el origen de tu sueño, pero si algo sé es que te protegeré de mí mismo y de ellos. jamás formarás parte de esa vieja leyenda que continúa verso
a verso pese a los cambios que experimenta el mundo. No lo consentiré.

—Explícame esas cosas. No colaboraré contigo a menos que me lo expliques todo. ¿Conoces la angustia que siente la Reina en el sueño? Sus lágrimas son como las tuyas. Mira. Sangre. ¡Te has manchado la túnica! ¿Está ella aquí, la Reina? ¿Me ha llamado?

—¿Y qué si te ha llamado para castigarte por esa vida anterior que has soñado en la que unos dioses malvados la mantienen encadenada? ¿Y qué si fuera así?

—No —repuse—. No es ésa su intención. Además, yo no haría lo que pretenden esos dioses siniestros del sueño. No bebería de la Fuente. Huí, y por eso perecí en el desierto.

—¡Ah! —Marius alzó las manos, y se alejó unos pasos.
Contempló el peristilo que se hallaba en penumbra. Sólo las estrellas iluminaban los árboles. Vi un tenue resplandor procedente del comedor, en el otro extremo de la casa. Observé su imponente estatura, su recta columna vertebral y la forma en que tenía los pies firmemente plantados en las baldosas del suelo. Las lámparas arrancaban destellos a su magnífica cabellera rubia.

Aunque estaba vuelto de espaldas a mí, le oí murmurar:
—¿Cómo pudo haber ocurrido esa estupidez?

—¿Qué estupidez? —inquirí, acercándome a él—. ¿Te refieres a que me encuentre aquí, en Antioquía? Yo te lo explicaré. Mi padre dispuso mi huida, así fue como...

—No, no me refiero a eso. Quiero que estés a salvo, viva, libre de todo peligro, protegida, para que puedas florecer debidamente. Estás espléndida, tus pétalos ni siquiera están marchitos en los bordes, y tu arrojo realza tu belleza. Tu hermano no tenía la menor posibilidad de derrotarte, ni a ti ni tu retórica. Y sin embargo sedujiste a los soldados y los convertiste en tus esclavos con tu superioridad, sin suscitar en ningún momento su rencor. Te quedan muchos años de vida por delante. Pero debo idear algún medio de ponerte a salvo. Mira. Éste es el meollo de la cuestión. Debes partir de Antioquía durante el día.

—«Un amigo del templo» , eso fue lo que te llamaron el sacerdote y la sacerdotisa. Dijeron que sabías leer las antiguas escrituras. Dijeron que adquirías todos los libros egipcios que llegaban al puerto. ¿Por qué? Si buscas a la Reina, búscala a través de mí, porque dijo que era ella quien me llamaba.
—Ella no habló en los sueños. ¡No sabes quién pronunció esas palabras! ¿Y si resulta que los sueños tienen sus raíces en tu alma errante? ¿Y si hubieras vivido una vida anterior? Y ahora llegas al templo, y uno. de esos abominables dioses se pasea por la ciudad y tu vida corre peligro. Tienes que alejarte de aquí, de mí, de este cazador herido, a quien sin duda hallaré.
—¡No me has confesado todo lo que sabes! ¿Qué te ocurrió, Marius? ¿Qué pasó? ¿Quién lo hizo, quién obró este milagro de tu luminosidad? Esto no es un manto. ¡La luz proviene de tu interior!

—Maldita sea, Pandora, ¿crees que yo deseaba acortar mi vida y que mi destino se prolongara eternamente? —Marius sufría. Me miró, resistiéndose a hablar, y sentí el dolor que emanaba de él, la soledad, y durante unos momentos me resultó insoportable.

Evoqué la oleada de angustia que yo misma había experimentado la noche anterior, cuando se me impuso la total vacuidad de todas las religiones y todos los credos y el esfuerzo de vivir una vida digna me pareció una mera trampa, sólo eso.

De pronto Marius me abrazó con fuerza, restregando suavemente su mejilla contra mi pelo, besándome en la cabeza con una ternura indescriptible.

—Pandora, Pandora, Pandora —dijo—. Mi hermosa chiquilla que se ha convertido en esta maravillosa mujer.
Sostuve entre mis brazos aquella dura efigie del hombre más espectacular que jamás he conocido; lo abracé, y esta vez percibí los latidos de su corazón, su ritmo nítido y preciso.
Apoyé la oreja en su pecho.

—Oh, Marius, ojalá pudiera descansar con la cabeza apoyada junto a la tuya, rendirme a tu protección. ¡Pero estás haciendo que me vuelva loca! No prometes ser mi guardián, me ordenas que huya, que vague de un lugar a otro, lo que supondría más pesadillas, más misterio y desesperación. No, no puedo hacerlo. Me aparté de sus caricias. Sentí sus besos en mi pelo.
—No me digas que jamás volveré a verte. No creas que puedo soportar eso, además de todo lo que ha ocurrido. Aquí no tengo a nadie, y de pronto aparece una persona que dejó grabado en mi joven corazón un recuerdo tan indeleble que sus detalles son tan profundos como la moneda mejor acuñada. Y dices que no volverás a verme, que debo partir.
Me volví hacia él. En sus ojos brillaba la lujuria, pero él la reprimió y confesó con voz suave, sonriendo:
—No sabes cuánto admiré tu trabajo con el legado. Creí
que entre ambos ibais a planear la conquista de las tribus germanas. —Se detuvo y suspiró—. Debes labrarte una vida agradable, satisfactoria, una vida en la que tu alma y tu cuerpo hallen el alimento necesario.

Su rostro adquirió color. Contempló mis pechos, mis caderas y mi rostro. Avergonzado, y tratando de ocultarlo. El deseo carnal.

—¿Sigues siendo un hombre? —pregunté.

Marius no respondió. Pero su expresión se tornó fría.
—¡Jamás llegarás a saber todo lo que soy! —contestó.
—¡Ah, pero no eres un hombre! —dije—. ¿Estoy en lo cierto? No eres un hombre.

—Pandora, me estás atormentando deliberadamente. ¿Por qué? ¿Por qué lo haces?

—Esta transformación, esta iniciación a los bebedores de sangre, no ha añadido centímetros a tu estatura. ¿Ha añadido centímetros a algún órgano?

—Basta, te lo ruego —repuso Marius.

—Deséame, Marius. Dime que me deseas. Lo veo en tus ojos. Dímelo con palabras. ¿Tan difícil te resulta?

—¡Me pones furioso! —exclamó. La rabia tiñó de rojo su semblante; apretó los labios con tanta fuerza que se le pusieron blancos—. Da gracias a los dioses de que no te desee lo suficiente para traicionar el amor por un éxtasis breve y sangriento.

—En el templo no saben lo que eres, ¿verdad?
—¡No! —respondió Marius.

—Y te niegas a abrirme tu corazón.
— Jamás. Te olvidarás de mí y esos sueños desaparecerán. Te aseguro que los haré desaparecer con mis oraciones por ti. Lo conseguiré.

—¡Qué lenguaje tan piadoso! —dije—. ¿Cómo lograste conquistar el favor de la antigua Isis, que bebía sangre y constituía la Fuente?

—No digas esas cosas; es mentira, todo es mentira. No sabes que esa Reina que viste fuera Isis. ¿Qué sabes por esas pesadillas? Reflexiona. Sabes que la Reina era prisionera de los que bebían sangre y a quienes ella condenó. Eran malvados.
Piensa. Sumérgete de nuevo en el sueño. Piensa. Te parecían malvados, lo creíste entonces y lo crees ahora. En él templo percibiste un tufo de maldad. Lo sé. Te estaba observando.

—Sí. Pero tú no eres malvado, Marius, y no lograrás convencerme de ello. Tienes un cuerpo duro como el mármol, bebes sangre, pero te asemejas a un dios; no eres malvado.
Marius se disponía a protestar, pero se detuvo nuevamente. Echó una mirada de reojo. Luego volvió la cabeza lentamente y recorrió con sus ojos el techo del peristilo.
—¿Temes que vaya a amanecer? —pregunté—. ¿Temes que aparezcan los rayos de Amón Re?

—¡Eres la persona más chinchosa que he conocido! —contestó Marius—. Si me hubiera casado contigo, me habrías enviado a la tumba al poco tiempo. ¡Menos mal que me he ahorrado todo esto!

—¿Todo el qué?

Marius llamó a Flavius, quien había permanecido cerca, escuchando nuestra conversación, tomando nota de todo cuando decíamos.

—Me marcho, Flavius —dijo Marius—. Debo hacerlo. Pero guarda a tu ama. Volveré al anochecer, tan pronto como pueda. Si ocurriera algo antes de mi regreso, si apareciera un asaltante cubierto de cicatrices y con un aspecto terrorífico, golpéale en la cabeza con tu espada. En la cabeza, tenlo presente. Tu ama sin duda será más que capaz de darte una mano para defenderse.

—Sí, señor. ¿Debemos abandonar Antioquía?
—Cuidado con lo que dices, mi fiel esclavo griego —intervine—. Yo soy tu ama. No nos marcharemos de Antioquía.
—Procura convencerla de que prepare el equipaje —dijo Marius.

Luego me miró.

Se produjo un largo silencio. Yo sabía que adivinaba mis pensamientos. De pronto me estremecí al recordar mis sueños de sangre. Advertí que sus ojos adquirían un extraño brillo, y su expresión mudó levemente. Aterrorizada, aparté el sueño de mí. Me niego a dejarme aterrorizar.

—Todo está ligado —musité—, los sueños, el templo, el hecho de que estés aquí, de que te hayan llamado para que los ayudes. ¿Qué eres? ¿Un dios pálido puesto en la tierra para perseguir a los siniestros bebedores de sangre? ¿Está viva la Reina?

—¡Ojalá fuera un dios como dices! —respondió Marius—. ¡Lo sería si pudiera serlo! Pero no volverán a crear más bebedores de sangre, de eso estoy seguro. ¡Deja que depositen flores sobre un altar ante una estatua de basalto!

En aquel momento sentía hacia él un amor tan profundo que me arrojé en sus brazos.

—¡Llévame contigo, a dondequiera que vayas!

—¡No puedo! —contestó él. Pestañeó como si algo le hubiera herido los ojos. Apenas podía alzar la cabeza.

—Es la luz, ¿no es así? De modo que eres uno de ellos.
—Pandora, cuando regrese a tu lado, debes estar preparada para abandonar este lugar —repuso Marius.

Y con esto desapareció.

Sin más preámbulos. Desapareció de mis brazos, de mi salón, de mi casa. Me volví y empecé a pasearme lentamente por mi umbroso salón. Contemplé los murales; las alegres figuras danzantes con sus laureles y coronas de hojas: Baco y sus ninfas, muy púdicamente cubiertos por tratarse de una panda de juerguistas.

—Señora —oí decir a Flavius—, he encontrado una espada entre vuestras pertenencias. ¿Puedo tenerla dispuesta en caso de que sea necesario?

—Sí, y ten dispuestos también numerosos puñales, y fuego, no olvides el fuego. Esa criatura huye del fuego. —Solté un suspiro. ¿Cómo sabía yo eso? El caso es que lo sabía—. Pero no se presentará hasta que haya oscurecido. Sólo quedan unas pocas horas de noche. Podemos irnos a dormir en cuanto observemos que el cielo se tiñe de púrpura. —Me llevé la mano a la frente—. Estoy tratando de recordar...

—¿Qué, señora? —preguntó Flavius. Tenía un aspecto no menos espléndido después del espectáculo de Marius, de distintas proporciones pero igualmente magnífico, y con una
piel cálida y humana.

—Si los sueños aparecen de día o lo hacen siempre de noche. Tengo mucho sueño y noto que se aproximan. Enciende una luz en mi baño, Flavius. Pero me voy a acostar. ¿Te quedarás aquí vigilando?

—Sí, señora.

—Mira, las estrellas casi se han desvanecido. ¿Qué debe de sentir una estrella, Flavius, admirada sólo en la oscuridad, cuando los hombres y las mujeres viven con velas y lámparas.
Ser conocidas y descritas sólo en la oscuridad de la noche, cuando todos los quehaceres del día han terminado?

—Sois la mujer más inteligente que jamás he conocido —dijo Flavius—. Admiro la forma en que os vengasteis del hombre que os había acusado. —Me tomó del brazo y me condujo había el dormitorio donde me había vestido aquella mañana.

Yo lo amaba. Una vida entera de crisis sucesivas no podía haber hecho que ese sentimiento fuera más intenso.

—¿No deseáis dormir en el gran lecho de la casa, en el comedor?

—No —respondí—. Ése es el tálamo conyugal, y yo no volveré a casarme. Deseo darme un baño, pero tengo demasiado sueño.

—Si queréis despertaré a las esclavas.

—No, deseo acostarme. ¿Has preparado un dormitorio para mí?

—Sí.

Flavius me condujo a él. Aún no había comenzado a clarear. Creí percibir un murmullo, pero no era nada. Contemplé el lecho a la luz de su pequeña lámpara, cubierto de almohadones al estilo oriental, un mullido nido sobre el que me dejé caer igual que habría hecho una persa.

El sueño se abatió de inmediato sobre mí. Los bebedores de sangre nos hallábamos en el interior de un inmenso templo. Estaba oscuro. Podíamos ver en esa oscuridad, como sucedía con algunos animales. Todos teníamos la piel bronceada, o tostada, o dorada. Todos éramos hombres.

En el suelo yacía la Reina, gritando. Tenía la tez blanca, de un blanco purísimo. Su largo cabello era negro. La corona ostentaba unos cuernos y una imagen del sol. ¡Era la diosa! Estaba tan agitada que la sujetaban entre diez bebedores de sangre situados a ambos lados. La Reina no cesaba de mover la cabeza de un lado a otro; sus ojos parecían chisporrotear, inundados de Luz Divina.

—¡Soy vuestra Reina! ¡No podéis hacerme esto! —Qué piel tan inmaculadamente blanca. Sus gritos se hicieron más desesperados e implorantes—. ¡Oh, gran Osiris, sálvame de este tormento! ¡Sálvame de estos blasfemos! ¡Sálvame de los profanos!

El sacerdote que se hallaba junto a mí se burló de ella. El Rey estaba sentado sobre su trono, inmóvil. Pero no era al Rey a quien ella dirigía sus plegarias, sino a un Osiris invisible.
—Sujetadla más fuerte.

Aparecieron otros dos para sujetarle los tobillos con unos grilletes.

—¡Bebe! —me ordenó el sacerdote—. Arrodíllate y bebe su sangre. Su sangre es más potente que cualquier otra sangre que exista en el mundo. Bebe.

La Reina dejó escapar un débil gemido.
—¡Monstruos! ¡Hijos de Satanás! —sollozó.
—Me niego a hacerlo —respondí.

—¡Bebe! ¡Debes beber su sangre!

—No, no lo haré contra su voluntad. ¡No lo haré de esta forma! ¡Es nuestra Madre Isis!

—Es nuestra Fuente y nuestra prisionera.
—No —repliqué yo.

El sacerdote me dio un empujón. Yo le derribé al suelo. Luego volví los ojos hacia la Reina. Ella me miró como miraba a los demás. Tenía un rostro delicado y exquisitamente pintado. Su ira no había distorsionado sus facciones. Tenía la voz grave y llena de odio.

—Os destruiré a todos —dijo—. Una mañana, me escaparé y me dirigiré hacia la luz del sol, y todos moriréis abrasados. ¡Todos moriréis abrasados! ¡Como yo! ¡Porque yo soy la Fuente! Y la maldad que anida en mí arderá y se extinguirá en vosotros para siempre. Vamos, estúpido neófito —añadió dirigiéndose a mí—. Obedéceles. Bebe, y aguarda mi venganza.

»El buen Amón Re saldrá por el este y yo me encaminaré hacia él, y sus mortíferos rayos me matarán. ¡Me convertiré en un sacrificio de fuego para destruiros a todos los que habéis nacido de mí, transformados en virtud de mi sangre! ¡Sois unos dioses voraces y crueles que utilizáis el poder que poseemos en beneficio propio!
De pronto el sueño sufrió una espantosa transformación.
La Reina se puso en pie. Aparecía radiante y suntuosamente engalanada. En torno a ella ardían una, dos, tres antorchas, y luego muchas más, llameando como si acabaran de encenderlas. La Reina estaba rodeada de luz. Los dioses habían desaparecido. La Reina sonrió y me hizo un gesto de que me acercara. Al agachar la cabeza y mirarme observé que le relucía el blanco de debajo de sus pupilas. Me sonrió. Una sonrisa astuta.

Me desperté gritando. En mi lecho. En Antioquía. La lámpara estaba encendida. Flavius me sostenía en sus brazos. Vi la luz reflejada en su pierna de marfil, que tenía extendida ante él. Vi la luz reflejada en los dedos tallados del pie.

—¡Abrázame! —le rogué—. ¡Madre Isis! Abrázame. ¿Cuánto tiempo llevo durmiendo?

—Sólo unos minutos —respondió Flavius.
—No.

—Acaba de amanecer. ¿Deseáis salir y tumbaros bajo los cálidos rayos del sol?

—¡No! —chillé.

Flavius me abrazó con más fuerza, ofreciéndome consuelo y calor.

—No ha sido más que un mal sueño, mi hermosa dama —dijo—. Cerrad los ojos. Me acostaré a vuestro lado, sin soltar el puñal.

—Sí, te lo ruego, Flavius. No te vayas. Abrázame —le imploré.

Me tendí en la cama y él se acostó junto a mí, con las rodillas detrás de las mías y rodeándome con un brazo.

Abrí los ojos. Oí de nuevo la voz de Marius.

«¡Da gracias a los dioses de que no te desee! En todo caso no lo suficiente para traicionar el amor por un éxtasis breve y sangriento...»
—Oh, Flavius —gemí—. ¡Mi piel! ¡Tengo la piel ardiendo!
—Hice ademán de levantarme—. Apaga la luz. ¡Apaga el sol!
—No, señora, tenéis la piel tan hermosa como siempre. Tendeos. Dejad que os cante una canción.

—Sí, canta... —supliqué.

Escuché la canción, era Homero, era Aquiles y Héctor, y me cautivó su forma de cantar, las pausas que hacía; imaginé a esos héroes, y las elevadas murallas de la fatídica Troya, y entonces noté que mis párpados se cerraban. Me embargaba el sueño. Deseaba reposar. Flavius apoyó la mano sobre mi cabeza, como si quisiera impedir que las pesadillas turbaran mi sueño, como si fuera un cazador humano de pesadillas. Yo suspiré al sentir sus caricias en el pelo. Imaginé a Marius, el fulgor de su piel. Era muy parecida a la piel de la Reina, y el brillo de sus ojos también muy semejante al de la Reina, y le oí decir:
«Maldita sea, Pandora, ¿crees que yo deseaba acortar mi vida y que mi destino se prolongara eternamente?»
Y entonces, antes de sumirme en la inconsciencia, se apoderó de mí una profunda desesperación, la sensación de que todo era inútil, de que no merecía la pena esforzarse. Valía más ser como las bestias, como los leones en la arena.

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8

Me desperté. Oí el canto de los pájaros. Calculé que debía de ser mediodía, aunque no estaba segura. Me dirigí descalza a la habitación contigua y la crucé en dirección al peristilo. Caminé sobre el borde enlosado de la tierra y alcé la vista al cielo. El sol aún no estaba lo bastante alto para observarlo sobre mí. Descorrí el cerrojo de la puerta y me encaminé hacia la verja. Pregunté al primer hombre que vi, un hombre del desierto que lucía un velo muy largo.

—¿Qué hora es? ¿Mediodía?

—Oh, no, señora —respondió—. Todavía no. ¿Se os han pegado las sábanas? Sois muy afortunada.— El hombre meneó la cabeza y prosiguió su camino.

En el salón ardía una lámpara. Entré en él y vi que la lámpara se hallaba sobre el escritorio que mis sirvientes habían dispuesto para mí. Había tinta, plumas, y unas hojas en blanco de pergamino. Me senté y anoté todo cuanto lograba recordar de los sueños, forzando la vista para ver con claridad a la débil luz de la pequeña lámpara en las sombras, demasiado lejos de la luz que iluminaba el frondoso huerto del peristilo.

Me dolía el brazo de tan rápido como escribía sobre el pergamino. Describí detalladamente el último sueño, las antorchas, la sonrisa de la Reina, su expresión cuando me aproximé a ella.

Ya estaba hecho. Mientras escribía iba dejando las hojas en el suelo, a mi alrededor, para que se fueran secando. No había peligro de que el viento se las llevara pues no soplaba la más leve brisa. Cuando hube terminado las recogí del suelo.

Me acerqué deliberadamente al borde del jardín para contemplar el cielo azul, sosteniendo las hojas junto a mi pecho.
Un límpido cielo azul.

—¡Y cubres este mundo! —dije—. Y eres inmutable, salvo por una luz que sale y se pone —añadí dirigiéndome al cielo—. ¡Luego cae la noche con sus esquemas ilusorios y seductores!

—¡Señora! —Era Flavius, a mis espaldas, medio dormido—. Apenas habéis descansado. Debéis dormir. Regresad al lecho.

—Tráeme las sandalias. Vamos, date prisa —le ordené.

En cuanto Flavius se hubo marchado, atravesé la verja de la casa y caminé tan rápidamente como pude.

Cuando me hallaba a medio camino del templo de Isis caí en la cuenta de lo desagradable que era andar descalza sobre los sucios adoquines. Me percaté de que llevaba puesta la arrugada túnica de lino con que me había acostado. El pelo me caía desordenadamente sobre los hombros. No aminoré el paso. Estaba eufórica. No me sentía desvalida como cuando había huido de casa de mi padre. No estaba nerviosa ni corría un gran peligro como cuando Lucius me había acusado la noche anterior ante los soldados romanos. No estaba aterrorizada como cuando la Reina me había sonreído en mi sueño. Ni tampoco temblaba, como cuando me había despertado.
Seguí avanzando. Me hallaba inmersa en un tremendo drama. No lo abandonaría hasta el último acto.

Pasaron varias personas junto a mí, unos obreros que acudían a sus trabajos matutinos, un viejo apoyado en un cayado.
Apenas me fijé en ellos.

Me producía un pequeño placer que la gente se fijara en que llevaba el pelo suelto, libre, y el vestido arrugado. Me pregunté qué se sentiría al aislarse de toda civilización y no volver a preocuparse por el estado de un cierre o una horquilla, dormir sobre la hierba, no temer nada.

¡No temer nada! Ah, qué hermoso me parecía eso.

Llegué al foro. Los puestos del mercado ya estaban muy concurridos; los mendigos se habían echado a la calle. Vi muchas literas cubiertas con cortinas, transportadas en todas direcciones. Los filósofos impartían sus enseñanzas bajo los pórticos. Percibí esos violentos y extraños ruidos que siempre vienen de un puerto, quizás al descargar unas mercancías, no lo sé a ciencia cierta. Aspiré el olor del Orontes. Confié en que el cadáver de Lucius flotara en sus aguas. Subí por la escalera y penetré en el templo de Isis.
—Deseo ver al sumo sacerdote y a la sacerdotisa —dije—. Es urgente.

Pasé junto a una joven perpleja y con aire decididamente virginal y entré en una cámara adyacente donde me había entrevistado por primera vez con ellos. La mesa había desaparecido. Sólo estaba el diván. Entré en otra habitación del Templo. Una mesa. Unos pergaminos. Oí unos pasos apresurados. Unos momentos después apareció la sacerdotisa. Ya se había aplicado la pintura de rigor en la cara y se había colocado la peluca y los adornos. Al verla no sentí el menor sobresalto.

—Mirad —dije—, he tenido otro sueño. —Señalé los pergaminos que había depositado ordenadamente sobre la mesa—. Lo he anotado todo.

En aquel preciso instante llegó el sacerdote. Se acercó a la mesa y observó los folios.

—Leed cuanto he escrito. Leedlo ahora. Deseo que seáis testigos de ello en caso de que me suceda una desgracia. El sacerdote y la sacerdotisa se situaron uno a cada lado de mí; el sacerdote levantó cuidadosamente los pergaminos para examinarlos, sin darle la vuelta al montón.

—Soy un alma errante —dije—. La diosa pretende un ajuste de cuentas, o quizá desee un favor de mi parte, no lo sé, sólo sé que está viva. No es una mera estatua.

El sacerdote y la sacerdotisa me miraron.

—¿Bien? ¿No tenéis nada que decir? —pregunté—. Todo el mundo acude a vosotros en busca de consejo.

—Pero señora —repuso el sacerdote—, no podemos leer estos pergaminos.

—¿Qué?

—Están escritos en un tipo de escritura jeroglífica muy antigua y complicada.

Bajé la vista hacia las hojas. Sólo vi mis palabras tal como habían brotado de mi mente, a través de mi mano, a través de mi pluma. No conseguí fijarme en la forma de las letras.

Tomé la última hoja y leí en voz alta:
—«Su sonrisa era astuta. Me llenó de terror.»—Les tendí el pergamino, pero el sacerdote y la sacerdotisa negaron enérgicamente con la cabeza.

De pronto se produjo un pequeño tumulto y Flavius, jadeando y con el rostro arrebolado, entró en la habitación. Llevaba mis sandalias en la mano. Al verme se apoyó contra la pared, visiblemente aliviado.

—Acércate —le dije.
Obedeció.

—Mira esas hojas, léelas. ¿No están escritas en latín?
Aparecieron dos esclavas, que se apresuraron a lavarme los pies y a calzarme las sandalias. Flavius se irguió junto a mí y examinó las hojas.

—Es una antigua escritura egipcia —dijo Flavius—. La más antigua que he visto en mi vida. ¡Esto valdría una fortuna en Atenas!

—¡Pero si lo acabo de escribir! —exclamé. Miré al sacerdote y a la sacerdotisa—. Haced venir a vuestro amigo alto y rubio —dije—. El que adivina el pensamiento, el que sabe leer
las antiguas escrituras.

—No podemos hacerlo, señora. —El sacerdote miró desconcertado a la sacerdotisa.

—¿Por qué? ¿Dónde se encuentra? Sólo acude cuando anochece, ¿no es así?—pregunté.

Ambos asintieron con la cabeza.

—Y cuando adquiere libros, todos los libros que versan sobre Egipto, ¿lo hace también a la luz de las lámparas? —inquirí. Pero ya conocía la respuesta.

El sacerdote y la sacerdotisa se miraron desconcertados.
—¿Dónde vive?

—No lo sabemos, señora. Os ruego que no tratéis de dar con él. Vendrá en cuando oscurezca. Anoche nos advirtió que os tenía en gran estima.

—De modo que no sabéis dónde vive... —Me levanté—.
Está bien—dije. Recogí los pergaminos, cubiertos con mi espectacular escritura antigua—. Ese ser abrasado —añadí antes de abandonar la habitación—, vuestro amigo que asesina y chupa la sangre a sus víctimas, ¿vino anoche? ¿Dejó una ofrenda?

—Sí —repuso el sacerdote. Parecía sentirse humillado—. Señora Pandora, descansad y comed un poco.

—Sí —Intervino mi leal Flavius—, debéis hacerlo.

—Es imposible —contesté. Con las hojas firmemente sujetas, crucé el amplio vestíbulo y me dirigí a la puerta principal.
Todos me suplicaron que descansara un rato, pero yo no les presté atención.

Al salir sentí un calor sofocante. Flavius me seguía a corta distancia. El sacerdote y la sacerdotisa nos rogaron que nos quedáramos.

Eché un vistazo alrededor, escrutando el enorme mercado.
Los libreros de más prestigio se hallaban agrupados en el extremo izquierdo del foro. Atravesé la plaza.

Flavius hacía esfuerzos por seguirme.

—Señora, os lo ruego, ¿qué os proponéis? Os habéis vuelto loca.

—No me he vuelto loca, y lo sabes —repliqué—. ¡Tú mismo lo viste anoche!

—Esperadle en el templo, tal como os pidió que hicierais —dijo Flavius.

—¿Por qué? ¿Por qué habría de hacerlo? —pregunté.
Había numerosas librerías, con manuscritos en todas las lenguas.

—¡Egipto! ¡Egipto! —exclamé, en latín y en griego.

En el mercado reinaba una tremenda barahúnda; había un sinfín de compradores y vendedores. Platón y Aristóteles estaban por doquier. Había un montón de libros sobre su vida escritos por César Augusto, que el emperador había completado unos años antes de su muerte.

—¡Egipto! —exclamé.

Los mercaderes señalaron antiguos papiros. Fragmentos. La brisa agitaba los toldos. Me asomé a una estancia tras otra, observando las hileras de esclavos que se afanaban en copiar textos, unos esclavos que mojaban las plumas en los frascos de tinta, que no se atrevían a alzar la vista de su tarea. Fuera también había esclavos, sentados a la sombra, escribiendo cartas dictadas por hombres y mujeres de aspecto humilde. Todos estaban muy ajetreados. Unos hombres transportaban baúles hacia una librería. Salió el dueño, un anciano.

—Vengo de parte de Marius—dije—, un hombre alto y rubio que adquiere libros en vuestro establecimiento sólo por las noches.

El hombre no dijo nada.

Entré en una librería contigua. Todo cuanto contenía era egipcio, no sólo los papiros expuestos en las estanterías, sino los fragmentos de pintura en los muros, los trozos de yeso que mostraban aún el perfil de un rey o una reina, múltiples frasquitos dispuestos en hileras, figuras procedentes de una tumba saqueada hacía mucho tiempo. A los egipcios les encantaba confeccionar esas figurillas de madera.

Allí vi por fin a la persona que buscaba, un auténtico anticuario. El hombre, de barba canosa, alzó de mala gana la vista del libro que estaba examinando, un códice escrito en egipcio moderno.

—¿No tenéis algo que pudiera interesarle a Marius? —pregunté, entrando en la tienda. Tuve que sortear numerosos baúles y pilas de cajas—. Ese romano tan alto, Marius, que estudia manuscritos antiguos y compra los más valiosos. Ya sabéis a quién me refiero. Con los ojos muy azules. Rubio. Viene por las noches, y vos le franqueáis la entrada.

El hombre asintió con la cabeza. Luego miró a Flavius y dijo, enarcando las cejas:
—¡Muy impresionante vuestra pierna de marfil! —Era un griego culto. Excelente—. Griega. Oriental y de una palidez perfecta.

—Vengo de parte de Marius—dije.

—Le reservo todos los libros que pueden interesarle, tal como me ha pedido que haga —repuso el hombre, encogiéndose levemente de hombros—. No vendo nada sin ofrecérselo
antes a Marius.

—Estoy segura de ello. Vengo de su parte. —Miré alrededor—. ¿Me permitís sentarme?

—Oh, por favor, disculpadme —contestó el hombre, indicando un sólido baúl.

Flavius estaba perplejo. El hombre volvió a sentarse ante su mesa, cubierta de libros, papiros y otros objetos.

—Ojalá dispusiera de una mesa adecuada. ¿Dónde está mi esclavo? Sé que tengo una frasca de vino en alguna parte. Acabo... Estaba leyendo la historia más asombrosa en este texto.

—¿De veras? —dije—. Echad un vistazo a esto —añadí, entregándole las hojas.

—Dios mío, es una copia bellísima —dijo—. ¡Qué caligrafía tan perfecta! —Leyó en voz baja. Por lo visto comprendía muchas de las palabras que aparecían escritas—. A Marius le interesará enormemente. Trata de las leyendas de Isis, precisamente el tema que él estudia.

Le arrebaté suavemente los papeles.
—Lo he escrito para él.

—¿Lo habéis escrito vos?

—Sí, pero deseo sorprenderle con un regalo. Algo que acabe de llegar, que él no haya visto todavía.

—Hay muchos objetos...
—Dinero, Flavius.

—No llevo dinero encima, señora.

—Eso no es cierto, Flavius; no te creo capaz de salir de casa sin las llaves y un poco de dinero. Dámelo.

—Oh, si es para Marius, os lo vendo a crédito —dijo el anciano—. Hum, esta semana han llegado al mercado varias cosas. Eso se debe a la hambruna que padecen en Egipto. Supongo que mucha gente se ve obligada a vender sus pertenencias. Nunca se sabe de dónde procede un manuscrito egipcio, pero aquí... —El anciano alzó la mano y sacó un frágil papiro de su nicho entre los polvorientos estantes que formaban una especie de nido de abejas.

El librero lo depositó con reverencia sobre la mesa y lo abrió con sumo cuidado. El papiro estaba bien conservado, aunque tenía bordes rotos. Si no se manipulaba con cuidado, se desintegraría.

Me levanté para examinarlo por encima del hombro del librero. De golpe me sentí mareada. Vi un desierto y un poblado lleno de cabañas con el techo de ramas de palmeras. Hice un esfuerzo por abrir los ojos.

—Éste es sin duda el manuscrito más antiguo escrito en egipcio que yo he visto jamás. Cuidado, señora, no vayáis a caeros. Apoyaos en mi hombro. Os acercaré un taburete.

—No, no es necesario —respondí, contemplando las letras. Leí en voz alta—: «A mi señor, Narmer, rey del Alto y Bajo Egipto: ¿Quiénes son esos enemigos míos que afirman que no me comporto de forma honesta? ¿Cuándo me ha visto vuestra majestad comportarme deshonestamente? Es más, siempre procuro hacer más de lo que se me exige. ¿Cuándo no he escuchado cada palabra del acusado para juzgarlo con justicia, como haría vuestra majestad...?»
Me detuve. La cabeza me daba vueltas. Tuve una breve visión. Yo era una niña y todos nos dirigíamos a las montañas que se alzan sobre el desierto para pedir a Osiris, el dios de la sangre, que examinara el corazón del malvado. «Mira», dijeron los que me rodeaban. El dios era un hombre perfecto, de piel bronceada bajo la luna; agarró al condenado y le chupó la sangre lentamente. Una mujer murmuró junto a mí que el dios había hecho justicia y había impartido castigo, y que la maléfica sangre iría a parar ahora a otro ser, depurada y renovada, y no cometería más maldades.

Traté de borrar esa visión, esos agobiantes recuerdos que no me daban tregua. Flavius me miró preocupado y me sujetó por los hombros.

Me hallaba suspendida entre dos mundos. Miré el sol esplendoroso que iluminaba las piedras del foro, y yo vivía en otro lugar, vi a un joven que subía apresuradamente una montaña, declarando mi inocencia. «¡Invocad al dios de la sangre!
¡Él examinará el corazón de mi esposo y comprobará que el hombre miente! ¡jamás yací con otro hombre! » Ven, dulce oscuridad. Necesitaba que la oscuridad envolviera las montañas como un manto porque el dios de la sangre dormía de día, oculto, no fuera que Re, el dios del sol, diera con él y le destruyera por celos.

—«Porque ella los ha derrotado a todos» —murmuré. Me refería a la Reina Isis—. Sosténme, Flavius.

—Os tengo bien sujeta, señora.

—Sentaos —dijo el anciano, que se había levantado, acercándome su taburete.

La noche que cubría Egipto aparecía cuajada de estrellas.
Las vi con tanta nitidez como vi esa tienda en la que me encontraba en Antioquía. El dios gobernaría. «Ven, desciende de esa montaña, amado Osiris, y examina el corazón de mi esposo, y si descubres que he cometido una falta, mi sangre será tuya, te lo juro.» Allí estaba él, tal como yo lo había visto en mi infancia antes de que los sacerdotes de Re prohibieran el antiguo culto.
«Justicia, justicia, justicia!», clamaba la multitud. El hombre que era mi esposo retrocedió asustado cuando el dios le señaló con el dedo. «Dame esta sangre maligna y la devoraré—dijo el dios—. Luego tráeme mi ofrenda. No os comportéis como cobardes ante un próspero sacerdote. Os halláis ante un dios.» El dios señaló a cada uno de los aldeanos y pronunció sus nombres. Conocía sus oficios. Adivinaba sus pensamientos. De pronto separó los labios y mostró sus colmillos. La visión se disolvió. Miré los objetos corrientes como si poseyeran vida y veneno.

—¡Por todos los dioses! —exclamé, profundamente turbada—. Debo localizar a Marius. ¡Debo verle ahora mismo!
Cuando Marius se enterara de lo sucedido, me haría partícipe de la verdad que él conocía. Debía hacerlo.

—Alquila una litera para tu ama —dijo el librero a Flavius—. Está muy cansada, y el Qamino hasta la colina es muy largo.

—¿Colina? —pregunté.

Al instante me sentí más animada. ¡Ese hombre sabía dónde vivía Marius! Me apresuré a fingir que estaba mareada de nuevo, agachando la cabeza, y dije con gesto cansino:
—Os lo ruego, decidle a mi administrador cómo llegar a la casa.

—Por supuesto. Conozco dos atajos, uno algo más difícil que el otro. Nosotros le enviamos muchos libros a Marius.
Flavius me miró atónito.

Traté de reprimir una sonrisa. Aquello se estaba poniendo mejor de lo que yo había imaginado. Pero las visiones de Egipto me habían dejado conmocionada. Odiaba el aspecto del desierto, las montañas, la idea de aquellos dioses sanguinarios.

Me puse de pie.

—Es una villa rosa situada en el mismo linde cíe la ciudad —dijo el anciano—. Está rodeada por muros, y tiene vistas al río. Es la última casa. Antiguamente era una finca rústica, situada fuera de las murallas. Se halla sobre un monumento de piedras. Pero nadie abre la verja de la casa de Marius de día. Todos saben que tiene por costumbre dormir durante el día y estudiar de noche. Entregamos los libros a sus sirvientes.

—A mí me recibirá —declaré.

—Si vos habéis escrito esto, no lo dudo —respondió el anciano.

Flavius y yo nos pusimos en camino. El sol se hallaba en lo alto. La plaza estaba atestada de compradores. Las mujeres llevaban cestos sobre la cabeza. Los templos se hallaban abarrotados. Abrirse camino entre la multitud, avanzando en zigzag, era casi un juego.

—Apresúrate, Flavius—dije.

Resultaba una tortura tener que ceñirme al paso lento de Flavius mientras subíamos por la colina y nos íbamos aproximando a la cima donde se hallaba la casa.

—¡Esto es una locura! —protestó Flavius—. Él no estará despierto a estas horas del día; lo sabéis tan bien como yo. Yo, el incrédulo ateniense, y vos, la cínica romana. ¿Qué estamos haciendo?

Seguimos ascendiendo por la colina, pasando por delante de las suntuosas mansiones. Las verjas estaban cerradas.
Oímos los ladridos de los perros guardianes.

—¡Apresúrate! ¿Es que debo escuchar continuamente tus sermones? Mira, querido Flavius. La casa rosa, la última casa. Se nota que Marius vive rodeado de lujo. Fíjate en los muros y en la verja.

Por fin apoyé las manos en los barrotes de hierro. Flavius se tumbó en la hierba al otro lado del pequeño camino. Estaba extenuado.

Hice sonar la campanita. Los árboles extendían unas pesadas ramas sobre la parte superior de los muros. A través de una tupida red formada por hojas distinguí una figura que salió a la terraza del segundo piso.

—¡No podéis pasar! —gritó.

—Tengo que ver a Marius —contesté—. ¡Me está esperando! —grité, ahuecando las manos en torno a la boca—. Me pidió que viniera.

Flavius murmuró una breve oración.

—Oh, señora, espero que conozcáis a ese hombre mejor de lo que conocíais a vuestro hermano.

Me eché a reír.

—No hay comparación. Deja de quejarte.

La figura había desaparecido. Luego oí unos pasos apresurados. Por fin aparecieron dos jóvenes de cabello negro, poco más que unos niños, imberbes, con largos rizos negros y elegantemente vestidos con unas túnicas ribeteadas de oro. Parecían caldeos.

—¡Abrid la verja de inmediato! —exigí.

—No puedo dejaros pasar, señora —respondió uno de los muchachos, el que hacía de portavoz—. No puedo dejar que entre nadie en esta casa hasta que llegue Marius. Ésas son sus órdenes.

—¿De dónde ha de llegar? —pregunté.

—Señora, él aparece cuando le place y recibe a quien desea. Decidme vuestro nombre e informaré a Marius de que habéis venido.

—O abres la verja o saltaré la tapia —dije.
Los muchachos me miraron horrorizados.
—No, señora, no podéis hacer eso.

—Bueno, ¿no vais a gritar pidiendo ayuda? —inquirí.

Los dos esclavos no salían de su asombro. Eran muy lindos, uno ligeramente más alto que el otro. Lucían unos brazaletes exquisitos.

—Tal como supuse —dije—. En la casa no hay nadie aparte de vosotros.

Me volví para comprobar la resistencia de una gruesa enredadera que trepaba sobre los ladrillos estucados. Di un salto y planté el pie derecho lo más alto que pude en la enredadera, y de otro salto logré agarrarme a la parte superior de la tapia.

Flavius se había incorporado y se acercó apresuradamente.
—Señora, os ruego que no lo hagáis —dijo—. Esto está mal. No podéis saltar la tapia de la casa de ese hombre.

Los sirvientes hablaban entre sí frenéticamente. Creo que lo hacían en caldeo.

—¡Temo por vos, señora! —exclamó Flavius—. ¿Cómo puedo protegeros de un hombre como ese Marius?
Permanecí unos momentos tumbada sobre la parte superior de la tapia, boca abajo, tratando de recobrar el resuello. El jardín era vasto y muy hermoso. Ah, qué hermosas fuentes de mármol. Los dos esclavos habían retrocedido y se observaban como si fuera un poderoso monstruo.

—¡Por favor! —me suplicaron simultáneamente—. Nuestro amo se vengará de esto. No lo conocéis. ¡Por favor, señora, aguardad!

—Pásame las hojas de pergamino, Flavius, apresúrate. No admito que me desobedezcas.

Flavius hizo lo que le pedía.

—¡Oh, esto está mal, muy mal! —insistió—. Esto sólo puede conducir a una terrible desgracia.

Comencé a trepar por la tapia, con el denso y brillante follaje haciéndome cosquillas en todo el cuerpo, y apoyé la cabeza sobre las flores y tallos entrelazados. Las abejas no me inspiraban temor. Nunca las he temido. Descansé unos instantes, sujetando con fuerza los pergaminos. Luego me acerqué a la verja para ver a Flavius.

—Deja que yo me ocupe de Marius —dije—. Confío en que no hayas venido aquí sin tu puñal.

—No —respondió Flavius, alzando su capa para mostrármelo—, y con vuestro permiso me gustaría clavármelo ahora mismo en el corazón para estar muerto y bien muerto cuando llegue el amo de esta casa y os encuentre en su jardín.

—Permiso denegado —dije—. No se te ocurra hacer eso.
¿No oíste lo que dijo? No vas a enfrentarte a Marius sino a un pobre diablo con el cuerpo abrasado. ¡Se presentará al anochecer! ¿Qué más da si llega aquí antes que Marius?

—¡Oh, dioses, imploro vuestra ayuda! —exclamó Flavius, cubriéndose la cara con las manos.

—Ponte erguido. Eres un hombre. ¿Cuántas veces voy a tener que recordártelo? A quien vigilas es a un miserable saco de huesos quemados, y muy débil, además. Recuerda lo que dijo Marius. Hiérele en la cabeza. Clávale el puñal entre los ojos, una y otra vez, y avísame y acudiré al instante. Ahora duerme hasta que oscurezca. No se presentará antes, suponiendo que sepa llegar hasta aquí. Además, creo que Marius se presentará antes que él.

Me volví y eché a andar hacia las puertas abiertas de la villa. Los muchachos de pelo largo estaban deshechos en lágrimas. Durante unos momentos la tranquilidad y el aire fresco y húmedo del jardín aplacaron mis temores; tuve la sensación de estar a salvo, entre objetos que me eran familiares, lejos de templos siniestros, a salvo en la Toscana, en nuestro jardín familiar, tan bello y frondoso como aquél.

—¡Os suplico por última vez que abandonéis el jardín de ese hombre! —gritó Flavius.

Yo no le hice caso.

Todas las puertas de aquella espléndida villa estucada se abrían sobre las terrazas superiores y los porches de la planta baja. Percibí el murmullo de las fuentes. Había limoneros y numerosas estatuas de mármol que representaban a perezosos y sensuales dioses y diosas, alrededor de las cuales crecían flores rojas y azules. Entre un macizo de azucenas se alzaba una vieja y deteriorada por el paso del tiempo estatua de mármol de Diana, la cazadora. Y allí, un perezoso Ganímedes, semicubierto de musgo, indicaba un sendero cubierto de maleza. A lo lejos vi la figura desnuda e inclinada de Venus, dispuesta a tomar su baño en el borde de un estanque. El agua manaba dentro del estanque. Vi multitud de fuentes a mi alrededor. Los pequeños lirios blancos crecían salvajes y contemplé los vetustos olivos con unos maravillosos troncos retorcidos, por los que a los niños tanto les gusta trepar. Una dulzura pastoral impregnaba la atmósfera, pero numerosos elementos ponían freno a la naturaleza. El estuco de los muros había sido aplicado recientemente, y los postigos de las ventanas, abiertas de par en par, parecían nuevos.

Los dos esclavos no cesaban de sollozar.
—El amo se enfurecerá, señora.

—Pero no con vosotros —repuse, entrando en la casa. Había atravesado el césped y apenas había dejado huellas sobre el suelo de mármol—. Dejad de llorar —añadí—. Ni siquiera tendréis que suplicarle que os crea, porque es capaz de adivinar el pensamiento de la gente.

Eso dejó perplejos a los esclavos, que me observaron con recelo.

Me detuve en el umbral. La casa emanaba algo, no lo bastante alto para calificarlo de sonido, pero muy parecido al rítmico precursor de un sonido. Yo había percibido anterior mente ese ritmo carente de sonido. Pero ¿cuándo? ¿En el templo? ¿Cuando entré por primera vez en la habitación donde se encontraba Marius oculto detrás de un biombo?

Avancé por los suelos de mármol, recorriendo una habitación tras otra. La brisa jugueteaba con las lámparas que pendían del techo. Había muchas, al igual que velas. ¡Qué cantidad de velas y de lámparas! Pensé que cuando todas estuvieran encendidas producirían un resplandor semejante a la luz del día.
Poco a poco advertí que toda la planta baja constituía una biblioteca, salvo el inevitable y suntuoso baño romano, y un enorme vestidor lleno de ropa.

Todas las demás estancias estaban repletas de libros. Sólo de libros. Había, por supuesto, divanes para tenderse en ellos y leer cómodamente, y escritorios, pero en cada muro se veían unos montones prodigiosos de papiros y estanterías llenas de libros encuadernados.

Me fijé también en unas puertas muy extrañas que parecían abrirse a unas escaleras misteriosas. Pero no tenían cerraduras y semejaban de granito pulido. Topé con dos de ellas. Y una de las salas del primer piso estaba totalmente circundada de piedra y cerrada también por unas puertas impenetrables.
Mientras los esclavos temblaban y sollozaban salí al vestíbulo y subí por la escalera hasta la segunda planta. Estaba desierta. Todas las habitaciones se hallaban vacías, excepto la que pertenecía a los dos esclavos. Vi sus lechos, y sus pequeños altares y sus dioses persas, y unas suntuosas alfombras y cojines con borlas y el habitual diseño oriental.

Bajé de nuevo.

Los muchachos estaban sentados junto a la puerta principal, como unas estatuas de mármol, con las rodillas encogidas, la cabeza gacha, sollozando débilmente, quizás un poco cansados.

—¿Dónde están los dormitorios de la casa? ¿Dónde está el dormitorio de Marius? ¿Dónde está la cocina? ¿Dónde está el santuario de la casa?

Uno de los chicos lanzó un suave gemido entrecortado.
—No hay dormitorios.

—Claro.

—Nos traen la comida —gimió el otro—. Ya cocinada, y deliciosa; pero temo, que, sin saberlo, hemos disfrutado de nuestra última comida.

—Tranquilizaos. ¿Cómo voy reprocharon lo que habéis hecho? Sois poco más que niños y él es una persona muy amable, ¿no es cierto? Tomad, dejad estos pergaminos sobre su escritorio y colocad sobre ellos un peso para que el viento no se los lleve.

—Sí, el amo es muy amable —respondió uno de los muchachos—; pero muy maniático.

Cerré los ojos. Percibí de nuevo el misterioso sonido que emanaba de la casa. ¿Deseaba acaso que le oyera? Yo no podía adivinarlo. Era un sonido impersonal, como el latido de un corazón que duerme y el fluir del agua en la fuente.

Me dirigí hacia un magnífico diván, tapizado con fina seda persa. Era muy amplio y, pese a haber sido alisado, presentaba la huella de la forma de un hombre. Sobre el diván había un almohadón, limpio y esponjoso, pero vi en él la huella de la cabeza, donde se tumbaba Marius.

—¿Se acuesta él aquí?—pregunté.

Los muchachos se levantaron de un salto, agitando sus largos bucles.

—Sí, señora, éste es el diván donde él duerme —respondió el que hacía de portavoz—. Os lo ruego, no lo toquéis. El amo se tiende aquí durante horas, leyendo. ¡Oh, señora, nos tiene prohibido que nos acostemos en él durante su ausencia, pero por lo demás nos deja hacer lo que queramos!

—El amo se dará cuenta si lo tocáis siquiera —intervino el otro muchacho, hablando por primera vez.

—Voy a acostarme en él y dormir un rato —dije. Me tendí y cerré los ojos. Luego me volví de lado y encogí las rodillas—. Estoy cansada. Quiero dormir. Por primera vez en mucho tiempo me siento a salvo.

—¿Ah, sí?—preguntó uno de los muchachos.

—Venid, tumbaos a mi lado. Traed unos almohadones para apoyar la cabeza en ellos, para que él me vea antes de reparar en vosotros. Él me conoce bien. Esas hojas que he traído... ¿dónde están? Ah, sí, sobre el escritorio. Cuando las lea comprenderá el motivo por el que estoy aquí. La situación ha cambiado. Alguien desea algo de mí. No tengo elección. No puedo regresar a casa. Marius lo comprenderá. Me he aproximado a él en busca de protección.

Me tumbé sobre el almohadón, sobre la huella que él había dejado, y respiré hondo.

—La brisa en este lugar parece música —musité—. ¿Podéis oírla?

Agotada, me sumí en un profundo sueño, que había postergado durante varias horas de la noche y del día.
Posiblemente transcurrieron muchas horas.

Desperté sobresaltada. El cielo aparecía teñido de violeta. Los esclavos estaban tumbados junto al diván, a mis pies, como animalitos aterrorizados. Percibí de nuevo aquel sonido con toda claridad; recordaba el de unas pulsaciones. Curiosamente, pensé en algo que solía hacer de niña. Aplicaba el oído al pecho de mi padre y cuando oía su corazón, lo besaba. Era un gesto que le hacía muy feliz.

Me levanté, dándome cuenta de que no estaba despierta del todo pero convencida de que eso no era un sueño. Me hallaba en la hermosa villa de Marius en Antioquía. Las habitaciones de mármol comunicaban entre sí. Entré en la última habitación, la que estaba circundada de piedra. La puerta de doble hoja era muy pesada, pero se abrió de golpe, silenciosamente, como si alguien hubiera tirado de ella desde dentro. Penetré en una estancia enorme. Vi frente a mí otra puerta de doble hoja. También era de piedra. Supuse que daría acceso a una escalera, puesto que era la última habitación de la casa.

La puerta se abrió también súbitamente, como accionada por un resorte.

Abajo había luz.
Desde el umbral de la puerta arrancaba una escalera de mármol blanco, recién construida; en ella no se apreciaban huellas de pies. Cada peldaño estaba perfectamente limpio.

Más abajo ardían unas tenues llamas, que proyectaban sus sombras por el hueco de la escalera. El sonido había aumentado de volumen. Cerré los ojos. «¡Ojalá que todo el mundo fuera como estas magníficas estancias y que todo cuanto existe tuviera su explicación en ellas!», pensé.

De pronto oí un grito.

—¡Señora Pandora!
Me volví.

—¡Ha saltado la tapia, Pandora!

Los chicos cruzaron la casa chillando, repitiendo el grito de advertencia de Flavius:
—¡Señora Pandora!

Ante mis ojos vi una inmensa forma negra que se precipitó sobre mí, apartando de un empellón a los desdichados muchachos. El impacto casi me arrojó por el hueco de la escalera. Entonces comprendí que había caído en las garras de aquel monstruo abrasado. Al bajar la vista vi su brazo negro y arrugado, como cuero viejo, sosteniéndome con fuerza. Percibí un intenso olor a especias. Vi una pierna grotesca y esquelética con un pie calcinado, semicubiertos por los pliegues de una túnica limpia.

—¡Id en busca de las lámparas y prendedle fuego! —ordené a los esclavos. Me debatí ferozmente, tratando de alejarme del hueco de la escalera, pero no conseguí liberarme de aquel monstruo—. ¡Id en busca de las lámparas que hay abajo!

Los muchachos se abrazaron, muertos de miedo.

—¡Ya te tengo! —murmuró a mi oído el monstruo con ternura.

—¡No! —grité, asestándole un codazo. El monstruo perdió el equilibrio y a punto estuvo de caer, pero no me soltó. La blancura de su túnica relucía en la sombra, y volvió a sujetarme por los brazos, inmovilizándome.

—¡Abajo hay unas lámparas llenas de aceite! —grité—. ¡Flavius!

El monstruo me abrazó como si fuera una serpiente gigante. Yo apenas podía respirar.

—¡No podemos bajar! —gritó uno de los muchachos.
—El amo no nos lo permite—dijo el otro.

El monstruo soltó una carcajada estentórea y profunda en mi oído.

—No todos son tan rebeldes como tú, hermosa mujer, que lograste dejar en ridículo a tu hermano al pie de la escalera del templo.

Era horrible oír aquella voz nítida y educada surgida de un cuerpo abrasado más allá de toda esperanza de vida. Observé los calcinados dedos moverse sobre los míos. Noté el tacto de algo frío en el cuello. Entonces sentí dolor. Me había clavado los colmillos.

—¡No! —grité, tratando desesperadamente de soltarme.
Luego arrojé todo mi peso sobre él y casi conseguí derribarlo, pero no llegó a caer.

— Detente, bruja, o te mataré aquí mismo.
—¿Por qué no lo haces?—le espeté.

Me volví para ver su rostro. Parecía el de un cadáver que llevara mucho tiempo muerto en el desierto. Era negro, estaba seco, tenía una espina en lugar de nariz y unos labios que pare cían no poder cerrarse sobre unos dientes y colmillos blancos que permanecían al descubierto mientras me observaba fijamente.

Tenía los ojos inyectados en sangre, como Marius, y una espléndida cabellera negra, muy espesa y limpia, como si acabara de brotar de su cuerpo, renovada como por arte de magia.

—Sí —afirmó el monstruo—. Eso es justamente lo que ocurrió. Y muy pronto beberé la sangre que necesito para renovarme por completo. Dejaré de ser esta horrenda criatura que tienes ante ti. Me transformaré en lo que era antes de que aquellos estúpidos egipcios me expusieran al sol.

—Hum, de modo que ella cumplió su promesa —dije—. Se encaminó hacia los rayos de Amón Ra para que todos murierais abrasados.

—¿Qué sabes tú? Ella no se ha movido ni ha pronunciado palabra alguna desde hace mil años. Yo era muy joven cuando retiraron las piedras bajo las cuales estaba sepultada. No pudo haberse encaminado hacia el sol. Constituye un gigantesco y sagrado vial de sangre, una fuente entronizada de poder, eso es todo, y yo beberé su sangre, que tu Marius sustrajo de Egipto.

Me devané los sesos, buscando desesperadamente el medio de huir.

—Has sido un regalo para mí —dijo el monstruo—. Eras cuanto precisaba para atrapar a Marius, que exhibe su afecto y su debilidad por ti como una hermosa túnica de seda.
—Comprendo —repuse.

—¡No, no lo comprendes! —exclamó él, tirándome del pelo. Solté un grito, enojada.

Sus afilados dientes se clavaron en mi cuello. Una potente descarga eléctrica me recorrió el cuerpo.

Me sentí desfallecer, presa de una sensación de éxtasis que me impedía moverme. Traté de resistirme, pero tuve una visión. Lo vi en toda su gloria, un hombre dorado procedente de una tierra oriental, en un templo sembrado de calaveras. Lucía unos calzones de seda verde y una banda decorada en torno a la frente. Tenía una boca y una nariz delicadas. Luego lo vi, sin más explicaciones, estallar en llamas, haciendo huir despavoridos a sus esclavos. Lo vi revolverse entre esas llamas, sin llegar a morir pero sufriendo un tormento exquisito. La cabeza me daba vueltas, y sentí que las fuerzas me habían abandonado. Mi sangre fluía de cada poro de mi cuerpo hacia él. Pensé en mi padre, en sus palabras: «¡Vive, Lydia!» Logré apartar el cuello de sus colmillos y, volviéndome, lo golpeé violentamente con el hombro; luego lo empujé con las dos manos, y le hice resbalar hacia atrás sobre el suelo. Levanté una pierna y le propiné un rodillazo en la ingle, pero no conseguí librarme de él.

Pensé en sacar el puñal, pero estaba demasiado mareada, y además lo había olvidado en casa. Mi única posibilidad de salvarme residía en las lámparas de aceite que ardían al pie de la escalera. Me volví, dando un traspié, pero el monstruo me agarró del pelo con ambas manos y tiró de mí hacia atrás.
—¡Demonio! —me espetó. Su fuerza me había agotado.
Fue aumentando la presión lentamente, y comprendí que no tardaría en quebrarme los brazos.

—Ah —dijo, apartándose un poco para evitar que lo golpeara, sin soltarme—. He conseguido mi propósito.

De golpe estalló en la escalera una luz muy potente. Distinguí la llama de una antorcha al pie de los escalones. Unos instantes después apareció Marius. Sin perder la calma, sin reparar siquiera en mí, clavó los ojos en los de mi apresador.

—¿Qué te propones hacer ahora, Akbar? —preguntó Marius—. Si le haces daño, si vuelves a violarla, te mataré. Si la matas, padecerás una muerte atroz. Suéltala y dejaré que huyas.

Marius subió lentamente por la escalera, peldaño a peldaño.
—Me subestimas —dijo aquella criatura horripilante—, no eres más que un romano torpe y arrogante, ¿crees que ignoro que tienes a la Reina y al Rey en tu poder, que los sustrajiste de Egipto? Todo el mundo lo sabe. La noticia se ha propagado por los bosques septentrionales, a través de tierras salvajes, a través de tierras sobre las que tú no sabes nada. ¡Tú mataste al Mayor que custodiaba al Rey y a la Reina y los robaste! El Rey y la Reina no se han movido ni han hablado desde hace mil años. Tú te llevaste a nuestra Reina de Egipto. ¿Te crees un emperador romano? ¿Crees que ella es una Reina que puedes capturar como si fuera Cleopatra? Cleopatra era una ramera griega. ¡Ésta es nuestra Isis, nuestra Akasha! ¡Blasfemo ignorante! Condúceme a la presencia de Akasha. Si te enfrentas a mí, esta mujer, el único ser mortal al que amas, morirá.

Marius siguió avanzando lentamente hacia nosotros.
—¿No te han dicho tus informadores, Akbar, que fue el Mayor en Egipto, el guardia que los custodiaba, quien expuso a la pareja real a los rayos del sol? —inquirió, subiendo otro peldaño—. ¿No te han informado que fue el Mayor quien hizo que el sol derramara sus rayos sobre ellos, el fuego que nos destruyó a centenares de nosotros, que respetó la vida del más anciano sólo para que vivieran atormentados como vives tú?
Marius hizo un gesto apresurado. Yo sentí que sus colmillos se clavaban en mi cuello. No podía liberarme. Vi de nuevo a esa criatura en su antiguo esplendor, burlándose de mí con su belleza, sus pies cubiertos de joyas mientras bailaba, rodeado por mujeres pintarrajeadas.

Oí a Marius junto a mí, pero no pude entender lo que decía.

En aquellos momentos comprendí lo desatinado de aquella situación. Yo había conducido al monstruo hasta Marius, pero ¿era eso lo que pretendía la Madre? Akasha, ése era el nombre antiguo que aparecía escrito sobre los cadáveres que el monstruo abandonaba en la escalera del Templo. Yo conocía su nombre. Lo había visto en mis pesadillas. Noté que empezaba a perder el conocimiento.

—Marius —dije con las escasas fuerzas que me restaban. Mi cabeza cayó hacia delante cuando conseguí liberarme de los colmillos del monstruo. Luché contra la debilidad que me aprisionaba. Traté de imaginar al emperador Augusto recibiéndonos en su lecho de muerte.

—No asistiré al fin de esta comedia —musité.

—Oh, sí —repuso Marius con calma, a nuestro lado. Abrí los ojos—. No vuelvas a intentarlo, Akbar, ya has demostrado tu determinación.

—No vuelvas a sujetarme, Marius —repuso el monstruo—. Mis dientes le acarician el cuello. Pero si saco más sangre de su corazón dejará de latir.

Las densas sombras de la noche ponían de relieve el resplandor de la antorcha que ardía abajo. Era cuanto atinaba a ver. La antorcha.

—Akasha—murmuré.

El monstruo respiró hondo; sentí el movimiento de su pecho junto al mío.

—Su sangre es muy hermosa —dijo besándome la mejilla con sus labios quemados y resecos.

Apenas podía respirar. Ni siquiera podía abrir los ojos.
El monstruo continuó hablando.

—No temo llevármela a la muerte conmigo, Marius, pues si vas a asesinarme, ¿por qué no morir con ella como mi consorte?

Percibí esas palabras vagamente, como un eco lejano.
—Tómala en brazos —dijo Marius. Estaba muy cerca de nosotros—. Llévala con cuidado, como si fuera tu única y amada hija, y sígueme hasta el santuario. Ven a ver a la Madre.
¡Arrodíllate ante Akasha y comprueba lo que está dispuesta a consentir!

Me pareció que iba a desmayarme de nuevo, pero oí reírse al monstruo. Al alzarme en brazos, sujetándome debajo de las rodillas, la cabeza me cayó hacia atrás. Descendimos la escalera.

—Este ser es débil, Marius —dije—, puedes matarlo sin ninguna dificultad. —Mientras bajábamos por la escalera mi rostro rozó el pecho de aquella criatura abrasada. Sentí sus costillas—. Es muy débil —añadí—, apenas es capaz de conservar el conocimiento. Akasha, sí, ése era su verdadero nombre.
—Cuidado, amigo mío —dijo Marius—. Si ella muere, te destruiré. No te extralimites. Con cada estertor de ella disminuyen tus posibilidades de salvarte. Guarda silencio, Pandora, te lo ruego. Akbar es un gran bebedor de sangre, un gran dios.
Sentí que una mano gélida aferraba la mía.

Habíamos alcanzado la planta baja. Traté de alzar la cabeza. Vi unas lámparas dispuestas en hileras, unos espléndidos murales decorados con oro, un techo cubierto de oro.

Se abrió una inmensa puerta de doble hoja. Más allá vi una capilla, una capilla inundada por una densa y oscilante luz devocional y el penetrante perfume de los lirios.

—¡Madre Isis! —exclamó asombrado y en tono implorante el bebedor de sangre que me sostenía en sus brazos.
Luego me depositó en el suelo. Marius se apresuró a sujetarme mientras el monstruoso ser corría hacia el altar.
Contemplé estupefacta la escena. Pero me moría. Me faltaba el aliento. Me deslicé hacia el suelo. Cada vez me costaba más respirar. No lograba sostenerme en pie sin ayuda de Marius.

Ay, abandonar la tierra y todas sus miserias con esa visión.
JAIR—aparecían sentados la gran diosa Isis y el rey Osiris, o así me lo pareció, con la piel de bronce, no como la desdichada Reina cautiva de mis sueños, sino perfectamente ataviados con unos ropajes de oro plisados y cosidos al estilo egipcio.
Tenían el pelo negro, largo y trenzado, auténtico. La pintura que adornaba sus rostros había sido aplicada hacía poco, el khol negro que subrayaba sus ojos y la máscara de las pestañas; los labios rojos.

La diosa no lucía una corona con unos cuernos y un disco semejante al sol. Su collar de oro y gemas era soberbio, deslumbrante.

—¡Debo conseguir la corona, es preciso que la recupere! —dije en voz alta, percibiendo esta voz que brotaba de mi interior como si se hubiera originado en otro lugar para indicarme lo que debía hacer. Se me cerraron los ojos.

Aquel ser abrasado y negro se postró de rodillas ante la Reina. Yo no podía ver con claridad. Me sostenían los brazos de Marius, y de pronto noté que se me llenaba la boca de sangre caliente.

—¡No, Marius, debes protegerla a ella! —traté de decir.
Pero mis palabras quedaron sofocadas por esa infusión de sangre—. ¡Protege a la Madre! —Pero la boca se me llenó de sangre nuevamente y me apresuré a tragarla. Inmediatamente sentí la fuerza, la potencia de esa sangre, infinitamente más poderosa que la fuerza física de Akbar. La sangre fluía a través de mi cuerpo como un sinfín de ríos discurriendo hacia el mar. Era un torrente imparable. Sentí que me invadía otra oleada de sangre, como si una gigantesca tormenta impulsara al río apresuradamente hacia su delta, mientras sus aguas discurrían precipitadamente en busca de cada resquicio de mi cuerpo.

Ante mí se abría un mundo inmenso y prodigioso dispuesto a acogerme, un denso bosque invadido por la luz del sol, pero no quise contemplarlo y huí de él.

—¡Salva a la Reina de este monstruo! —murmuré. ¿Caían unas gotas de sangre de mis labios? No, yo había ingerido toda la sangre.

Marius no me prestó atención. Oprimió otra herida sangrante contra mis labios, y la sangre penetró rápidamente en mi cuerpo. Sentí que mis pulmones se llenaban de aire. Sentí mi cuerpo, fuerte, sosteniéndose por sus propios medios. La sangre resplandecía en mi interior como una luz, como si hubiera inflamado mi corazón. Abrí los ojos. Yo era un pilar. Vi el rostro de Marius, sus pestañas doradas, sus ojos de un azul intenso. Su largo cabello peinado con raya en medio le caía sobre los hombros. Era un ser intemporal, un dios.

—¡Protégela! —grité, volviéndome y señalando a la Reina.
De pronto se alzó el velo que durante toda mi vida se había interpuesto entre mí y las cosas que me rodeaban; ahora, bajo sus colores y formas auténticas, mostraban su auténtico propósito e identidad: la Reina, con la vista clavada al frente, permanecía inmóvil como el Rey. La vida no podía haber imitado ese serenidad, esa absoluta parálisis. Oí que caían unas gotas de agua de las flores, unas minúsculas gotas que daban sobre el suelo de mármol; oí también la caída de una hoja. Al volverme vi la minúscula hoja, rizada, meciéndose sobre las losas. Oí la brisa deslizarse debajo del dorado techo abovedado. Las llamas de las lámparas entonaban una canción.

El mundo se componía de canciones entretejidas, era un tapiz formado por canciones. Los mosaicos multicolores refulgían, luego perdían su forma y dibujo. Los muros se disolvían en una bruma coloreada que nos envolvía, a través de la cual podían vagar eternamente.

Contemplé a la Reina del cielo, reinando soberana sobre aquella infinita quietud. Todos los anhelos de mi corazón infantil se vieron colmados.

—¡Ella vive, es real, reina sobre la tierra y el cielo!

El Rey y la Reina. Inmóviles. Sus ojos no contemplaban nada. No nos miraban, ni miraban a aquel monstruoso ser abrasado que se aproximaba a sus tronos.

Los brazos de la pareja real estaban cubiertos con muchas pulseras que ostentaban complejas inscripciones y motivos ornamentales. Sus manos reposaban sobre sus muslos, a la manera de muchas estatuas egipcias, pero jamás ha existido una estatua semejante a ellos.

—La corona —dije—, la Reina desea que le restituyamos la corona. —Eché a andar hacia ella con insólita energía.
Marius me agarró de la mano mientras observaba atentamente los movimientos del monstruo.

—Ella existe desde mucho antes que todas las coronas —repuso Marius—, no significan nada para ella. El pensamiento estalló sobre mi lengua con la dulzura de la uva. Por supuesto que ella existía desde mucho antes. En mis sueños no lucía una corona. Estaba a salvo. Marius la protegía.

—Mi Señora —dijo Marius detrás de mí—, tenéis ante vos a un suplicante, Akbar, venido de Oriente. Desea beber vuestra sangre real. ¿Cuál es vuestra voluntad, Madre?

¡Con qué serenidad se expresaba Marius! Nada le inspiraba temor.

—¡Madre Isis, permitid que beba vuestra sangre! —exclamó el monstruo. Tras incorporarse alzó los brazos, creando otra visión danzante de su antiguo ser. Exhibía unas calaveras humanas colgadas del cinto, un collar de dedos humanos calcinados, y otro formado por orejas humanas ennegrecidas.
Era un espectáculo macabro y repugnante, pero a él debía de parecerle seductor e impactante.

La imagen se desvaneció de golpe. El dios procedente de tierras lejanas se arrodilló.

—Soy vuestro siervo y siempre lo he sido. Sólo maté a los malvados, tal como me ordenasteis. Jamás abandoné vuestro culto verdadero.

Qué frágil e insignificante parecía aquel monstruo suplicando de rodillas. Qué repulsivo, qué fácil de liquidar y apartar de la presencia de la diosa. Miré al rey Osiris, tan remoto e indiferente como la Reina.

—Marius —dije—, el maíz es para Osiris; ¿es que no quiere el maíz? Es el dios del maíz. —Yo estaba llena de visiones de nuestras procesiones en Roma, de gente cantando y portando ofrendas.

—No, no quiere el maíz —respondió Marius apoyando una mano sobre mi hombro.

—¡Son auténticos, son reales! —exclamé—. Todo es real.
Todo ha cambiado. Todo ha quedado redimido.

El monstruo se volvió, enfurecido, pero yo estaba más allá de toda razón. Entonces miró de nuevo a la Reina y extendió la mano para asirle el pie. ¡Cómo resplandecían las uñas de sus pies bajo la luz, y su piel dorada!

Pero la Reina permaneció inmóvil como una piedra, al igual que nuestro Rey desprovisto de corona, desprovisto al parecer de juicio y poder.

Súbitamente el monstruo dio un salto y trató de aferrar a la Reina por el cuello.

—¡Es vergonzoso, despreciable! —grité.

La Reina alzó de inmediato el brazo derecho, aferró el cráneo del monstruo y lo estrujó. Mientras la sangre se deslizaba por el brazo de la diosa, el monstruo soltó un último y entre cortado grito implorando misericordia. La Reina agarró su cadáver cuando cayó sobre su cintura. Lo lanzó al aire, haciendo que sus miembros se desprendieran del tronco y cayeran al suelo como trozos de leña.

Una violenta ráfaga de viento arrastró los restos del monstruo apilándolos en un montón, al tiempo que una lámpara caía de su trípode y derramaba su aceite ardiente sobre los restos.

—¡Mira, su corazón! —dije—. Puedo ver su corazón. Está latiendo.

Pero las llamas no tardaron en devorar el corazón y los dedos de las manos y de los pies, que no cesaban de contraerse. Se avivó el fuego y los huesos comenzaron a danzar y girar; luego se tornaron negros, quebradizos, y se partieron en mil pedazos, en minúsculos fragmentos. Los restos del monstruo quedaron reducidos a un montón de cenizas que chisporroteaban y se esparcían por el suelo.

Entonces penetró de nuevo una ráfaga de aire, impregnada de los aromas del jardín, y se llevó las cenizas, como si se tratara de unos frágiles y minúsculos insectos negros, hacia la sombra de la antecámara.

Yo estaba fascinada.

La Reina continuaba impávida, su mano apoyada de nuevo sobre el muslo. Ella y el Rey no miraban nada, como si nada hubiera sucedido. Sólo la siniestra mancha de sangre sobre el vestido de aquélla atestiguaba lo ocurrido.

Ni el Rey ni la Reina fijaron sus ojos en Marius o en mí. En la capilla reinaba el silencio. Sólo un silencio dulce y fragante. Una luz dorada. Respiré hondo. Percibí el sonido de las llamas en las lámparas. Los mosaicos aparecían poblados de fieles exquisitamente dibujados. Observé el lento y casi imperceptible deterioro de algunas flores, que parecía otra estrofa de la misma canción que expresaba su florecimiento, sus
bordes de color pardo, un color que sin embargo no contradecía sus brillantes tonalidades.

—Perdóname, Akasha —dijo Marius suavemente—, por haberle permitido acercarse tanto a ti. Fue una imprudencia por mi parte.

Me eché a llorar. Unos gruesos lagrimones rodaron por mis mejillas.

—Tú me llamaste —dije a la Reina a través de mis lágrimas—. ¡Me llamaste para que acudiera aquí! Haré cuanto me pidas.

El brazo de la Reina se alzó muy despacio, desde el muslo, hasta alcanzar toda su extensión, y su mano se curvó suavemente en un gesto indicándome que me aproximara, como en el sueño, pero no sonrió; la expresión de su rostro permaneció inmutable.

Sentí que algo invisible e irresistible me envolvía. Algo que procedía del brazo extendido de la Reina. Algo que era dulce, suave y acariciante y que inundó todo mi cuerpo de placer.

Avancé hacia la diosa, atrapada en su voluntad.

—¡Te lo ruego, Akasha! —suplicó Marius suavemente—. Te ruego en nombre de Inanna, en nombre de Isis, en nombre de todas las diosas, que no le hagas daño.

¡Marius no lo comprendía! ¡Marius nunca había practicado el culto de la Madre! Yo la conocía. Sabía que sus hijos bebedores de sangre se habían erigido en jueces de los malvados, y bebían sólo la sangre de los condenados, conforme a las leyes impuestas por ella. Vi al dios de la tenebrosa caverna, a quien había visto en mi visión. Lo comprendí todo.

Empecé a decírselo a Marius, pero no pude. El mundo había renacido, todos los sistemas edificados sobre el escepticismo o el egoísmo eran tan frágiles como una telaraña y estaban destinados a desaparecer. Mis momentos de desesperación no habían sido otra cosa que unas incursiones en una nefasta y egocéntrica negrura.

—¡Reina del Cielo! —murmuré. Sabía que me expresaba en la lengua antigua. Una oración acudió a mis labios—: «Amón Ra, el dios del Sol, con todo su poder, jamás conquistará al Rey de los Muertos ni a su esposa, pues ella es quien gobierna el cielo estrellado, la luna, a todos aquellos que le ofrecen el sacrificio del malvado. Malditos sean quienes abusen de esta magia. ¡Malditos sean quienes pretendan robarla! »
Me sentí a mí misma, un ser humano, sostenida por los complejos hilos de sangre que Marius me había procurado.
Sentí el propósito de ese sostén. Mi cuerpo se había vuelto ingrávido.

Me alcé hacia ella. Su brazo me rodeó y apartó el cabello del rostro. Extendí los brazos para abrazarla por el cuello porque no podía hacer otra cosa. Estábamos demasiado cerca para otro posible signo de amor.

Sentí la suave seda de su pelo trenzado, y la frialdad y firmeza de sus hombros, de su brazo. Pero ella no me miró. Era un objeto petrificado. ¿Podía mirarme? ¿Había decidido permanecer en silencio, con la vista clavada al frente? ¿Era presa de un hechizo malévolo, un hechizo del que sólo podían despertarla un millar de himnos?
En mi delirio vi las palabras grabadas en unas piezas de oro entre las joyas de su collar. «Traedme al malvado y beberé su sangre.»
Tuve la impresión de que me hallaba en el desierto y el collar daba tumbos por la arena, arrastrado por el viento, como el cadáver del ser abrasado. Abatido, perdido, para ser rehecho.

Sentí como si un imán invisible atrajera mi cabeza hacia su cuello. Ella extendió los dedos sobre mi pelo, dirigiendo los movimientos de mi cabeza, instando a mis labios a sentir aquella piel.

—¿Es eso lo que deseas? —pregunté. Pero mis palabras me parecieron remotas, una patética expresión de la plenitud de mi alma—. ¿Que me convierta en tu hija?

Ella ladeó la cabeza ligeramente, apartado un poco el rostro, mostrándome el cuello. Vi con toda nitidez la vena de la que ella deseaba que bebiera.

La Reina pasó los dedos delicadamente a través de mi pelo, sin tirar de él y sin lastimarme, simplemente tomándome de la cabeza, haciéndome experimentar un delicioso éxtasis, instándome con suavidad a aproximar el rostro y que mis labios ya no pudieran rehuir el contacto con su esplendorosa piel.
—¡Mi Reina adorada! —murmuré. Jamás había experimentado tal certidumbre, tal éxtasis sin límites ni causa mundana. Jamás había experimentado una fe tan absoluta y triunfante como mi fe en ella.

Abrí la boca. Nada humano podía morder aquella carne pétrea. Sin embargo cedió bajo la presión de mis colmillos, como si fuera una carne blanda y tierna, y la sangre penetró en mí, «la Fuente». Oí su corazón impulsar aquel torrente de sangre, una fuerza ensordecedora que vibró en los tímpanos de mis oídos. No era sangre. Era néctar. Era todo lo que cualquier criatura podía desear.

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9

Mientras el néctar fluía a través de mi cuerpo, se produjo otra visión. En el pasillo resonaban las carcajadas de la Reina; ella corría delante de mí, juvenil, felina, despreocupada, sin importarle su dignidad. Me indicó que la siguiera. Al salir al exterior vi a Marius sentado bajo las estrellas, en su mullido e informe jardín. Ella lo señaló. Marius se puso de pie y me abrazó. Su larga cabellera constituía un magnífico adorno.
Comprendí lo que ella deseaba. Fue a Marius a quien besé en esta visión mientras bebía la sangre de la Reina; fue con Marius con quien bailé. Una lluvia de pétalos de flores cayó sobre nosotros como sobre una pareja nupcial en Roma; Marius me sostenía del brazo como si acabáramos de casarnos, y la gente no cesaba de cantar alrededor de nosotros. La nuestra era una felicidad sin mácula, una felicidad tan intensa que algunos jamás pueden experimentarla.

La Reina se hallaba sobre un amplio altar de diorita negra. Era de noche. Nos encontrábamos en un lugar cerrado, atestado de gente, pero estaba oscuro y hacía fresco debido a la arenosa brisa que soplaba del valle. Ella contempló el sacrificio que le ofrecían. Era un hombre, con los ojos cerrados, maniatado. No trató de liberarse. La Reina mostró sus colmillos; de entre sus fieles brotó un murmullo de admiración. La diosa aferró al hombre por el cuello y le chupó la sangre. Cuando hubo terminado, lo dejó caer y alzó los brazos.

—¡Todas las impurezas se limpian en mí! —exclamó.

De nuevo cayeron unos pétalos de todos los colores. La gente agitaba plumas de pavo real y ramas de palmera, y oí unos cantos entonados con fuerza y devoción, y el estruendo so sonido de unos tambores, y ella sonrió desde el altar, su rostro arrebolado, expresivo y humano, sus ojos delineados con khol observando a su adorador.

Todos se pusieron a bailar excepto ella, que siguió observando a la multitud; luego alzó la vista lentamente y miró por encima de las cabezas de la gente, a través de las altas ventanas rectangulares del lugar, y contempló las estrellas que brillaban en el firmamento. Sonaron unas gaitas. El baile adquirió un ritmo frenético. Una sombra misteriosa oscureció por un instante el rostro de la Reina, como si algo la hubiera distraído, como si su alma hubiera abandonado su cuerpo para dirigirse hacia el cielo, y luego bajó la vista con expresión de tristeza. Parecía sentirse perdida. De pronto fue presa de la ira, y gritó con voz estentórea:
—¡Ese malvado bebedor de sangre! ¡Traédmelo!

La multitud, que había enmudecido, se apartó para dejar paso a un dios que se debatía furioso para librarse de los hombres que lo conducían ante el altar.

—¿Cómo te atreves a juzgarme? —gritó. Era babilonio, con el cabello largo y rizado, y barba y bigote. Le sujetaban entre diez mortales.

—¡Arrojadlo al lugar ardiente, en las montañas, bajo el sol, encadenado con los grilletes más resistentes! —ordenó la Reina.

Los hombres se llevaron al babilonio. La Reina alzó de nuevo la vista. Las estrellas parecían haber aumentado de tamaño y los antiguos dibujos que formaban aparecían con toda claridad. Me pareció como si flotáramos bajo ellas. Vi a un niño que, sentado en una delicada silla dorada, discutía con unos hombres que le rodeaban. Los hombres eran viejos, semiinvisibles en la oscuridad. La lámpara iluminaba el rostro del niño. Nos hallábamos junto a la puerta. El niño tenía un aspecto frágil y unas piernas que parecían palillos.
—¿Y afirmáis —dijo el niño con aire de incredulidad—, que esos bebedores de sangre son adorados en las colinas?
Comprendí que se trataba del faraón por el mechón sagrado que lucía en su cabeza rapada, por la forma en que los demás se afanaban en atenderle. Cuando la diosa se acercó a él, el niño la miró horrorizado. Sus guardianes huyeron despavoridos.

—Sí —dijo ella—, y no haréis nada para impedirlo.

La diosa alzó de la silla al niño, tan frágil y menudo, y se arrojó sobre su yugular como una fiera, dejando que la sangre manara de la herida mortal.

—Pequeño rey—dijo ella—. Pequeño reino.
La visión se esfumó.

Sentí su piel blanca y fría bajo mis labios. La besé, sin beber ya su sangre.

Sentí mi propia forma, sentí que me doblaba hacia atrás, deslizándome, librándome de su abrazo. En el suave resplandor que invadía la cámara, comprobé que su perfil continuaba inmutable, silencioso, insensible. Desnudo, un rostro sin una tara ni una arruga. Caí en brazos de Marius. El brazo y la mano de la diosa recuperaron su rígida postura.

Todo aparecía claro y brillante, el Rey y la Reina inmóviles, las exquisitas figuras grabadas en lapislázuli en los mosaicos dorados.

Sentí un intenso dolor en el corazón, en el útero, como si alguien me hubiera asestado una puñalada.

—¡Marius! —gemí.

Él me tomó en brazos y me sacó de la cámara.

—No, quiero arrodillarme a sus pies —dije. El dolor me impedía respirar con normalidad. Traté de no gritar de dolor. El mundo acababa de renacer, y yo padecía este tormento. Marius me depositó sobre la alta hierba. Un pestilente torrente de fluido humano brotó de mi útero, incluso de mi boca. Vi unas flores a mi lado. Vi el amistoso cielo, tan vívido en mi visión. El dolor era indescriptible.

Entonces comprendí por qué Marius me había sacado del santuario.

Me enjugué las lágrimas. No podía soportar aquella inmundicia. El dolor me devoraba. Me esforcé en contemplar de nuevo lo que me había sido revelado, en recordar lo que ella había dicho, pero el dolor me lo impedía.

—¡Marius! —grité.

Él se puso sobre mí y me besó la mejilla.

—Bebe de mí —dijo—, bebe hasta que el dolor haya desaparecido. Sólo muere el cuerpo, bebe. Eres inmortal, Pandora.
—Lléname, tómame —repuse, introduciendo la mano entre sus piernas.

—Ahora ya no importa.

Aquel órgano que el dios Osiris había perdido para siempre, estaba duro y frío.

Lo tomé y lo introduje en mi cuerpo. Luego bebí y bebí, y cuando sentí de nuevo sus colmillos en mi cuello, cuando Marius empezó a extraer de mí la nueva mezcla que circulaba por mis venas, experimenté una inmensa dulzura, como cuando una madre amamanta a su hijo, y en un último instante que no significaba nada comprendí que lo amaba y que conocía todos sus secretos.

Marius tenía razón. Los órganos inferiores no significan nada. Él se alimentó de mí. Yo me alimenté de él. Aquél era nuestro matrimonio. Alrededor de nosotros la hierba se me
mecía suavemente bajo la brisa, un majestuoso tálamo conyugal, y el aroma de la vegetación me inundó.
El dolor había desaparecido. Extendí los brazos y sentí la delicadeza de las flores. Marius me quitó el sucio vestido, me tomó en brazos y me transportó hasta el estanque donde se encontraba la Venus de mármol con la espalda doblada, y un pie suspendido sobre la superficie del agua fresca.

—¡Pandora! —murmuró.

Los esclavos corrieron a su lado, ofreciéndole unas jarras. Marius sumergió una de ellas en el agua y la derramó sobre todo mi cuerpo. Sentí bajo mis pies las baldosas que revestían el fondo del estanque mientras el agua se deslizaba por mi piel. ¡Jamás había experimentado una sensación parecida! Marius me arrojó otra jarra de agua fresca y deliciosa. Por unos instantes temí que el dolor apareciera de nuevo, pero no, se había
disipado del todo.

—Te amo con todo mi corazón —dije—. Todo mi amor es tuyo y de ellos, Marius. Puedo ver en la oscuridad, puedo ver en la profunda oscuridad bajo los árboles.

Marius me abrazó. Los esclavos nos bañaron, sumergiendo las jarras en aquella agua plateada y derramándola sobre nuestros cuerpos.

—Oh, qué placer tenerte junto a mí —dijo Marius—, tenerte a mi lado, no estar solo sino contigo, hermosa mía, tú, precisamente tú.

Retrocedió unos pasos, lo contemplé embelesada y extendí la mano para tocar su larga cabellera, salvaje y extranjera.
Tenía todo el cuerpo cubierto de relucientes gotas de agua.

—Sí —repuse—, eso era justamente lo que ella deseaba.
Los músculos de su rostro se tensaron. Me miró fijamente, irritado. Algo había cambiado en su talante. Lo presentí.
—¿Qué? —preguntó Marius.

—Eso es lo que ella deseaba —repetí—. Me lo dio a entender con toda claridad en las visiones. Deseaba que yo estuviera contigo, para que no te sintieras solo.

Marius retrocedió. ¿Estaba realmente enfadado?

—¿Qué te ocurre, Marius? ¿Es que no comprendes lo que ha hecho ella?

Él retrocedió otro paso, apartándose bruscamente de mí.
—¿No comprendiste lo que estaba sucediendo? —pregunté.

Los chicos nos tendieron unas toallas. Marius se secó la cara y el pelo con una.

Yo hice otro tanto.

Marius estaba pálido y temblaba de ira. Fue un momento de belleza y horror: su cuerpo blanco, las relucientes aguas del estanque, las luces que caían desde las puertas abiertas de la casa, y en lo alto las estrellas de la diosa. Y Marius mirándome lleno de furia e indignación.

Yo lo miré.

—Ahora soy su sacerdotisa —dije—. Tengo el deber de restituir su culto. Eso es lo que ella desea. Pero también me trajo aquí por ti, porque estabas solo. Todo esto lo he visto, Marius. Vi nuestra boda en Roma, como si estuviéramos en los viejos tiempos y nuestras familias nos acompañaran. Vi a sus fieles.

Marius estaba cada vez más horrorizado. Traté de convencerme de que había interpretado erróneamente su expresión.

Me puse encima de la hierba y dejé que los chicos me secaran. Alcé la cabeza y contemplé las estrellas. La casa con sus cálidas lámparas parecía tosca y frágil, un torpe intento de crear un orden en las cosas, que no podía compararse con la creación de una flor.

—Oh, qué espectacular es la noche —observé—. Parece una ofensa a la noche hablar de propósitos y deseos, cuando este momento común y corriente rebosa designios divinos y tranquilidad. Todas las cosas siguen su curso.

Di un paso atrás y me sacudí el agua del cuerpo enérgicamente. No me mareé al detenerme. Tenía la sensación de poseer un poder infinito.

Uno de los chicos me alargó una túnica. Era de hombre, pero como ya he dicho a menudo en este relato, el atuendo romano es muy simple. Se trataba de una túnica corta. Me la puse y dejé que me anudara un ceñidor en torno a la cintura. Le sonreí. Él se echó a temblar y retrocedió asustado.

—Sécame el pelo —le ordené. Ah, qué hermosa sensación.
Alcé la vista lentamente. Marius también se había secado y estaba vestido. Seguía mirándome con expresión de evidente reproche e indignación.

—Alguien tiene que entrar ahí y cambiar el traje dorado de la Reina —dije—. Ese blasfemo se lo ha manchado de sangre.
—¡Yo lo haré! —respondió Marius, enfadado.

—De modo que ésas tenemos —dije. Miré alrededor, no sólo seducida por la belleza del paisaje sino para olvidarme de la suya, para regresar junto a él al cabo de una hora, después de haber paseado bajo los olivos y conversado con las constelaciones.

Pero su enfado me dolía. Era un dolor extraño y profundo, carente de los diversos estadios de dolor que la carne y la mente mortal atraviesan.

—¡Es maravilloso! —exclamé—. ¡Compruebo que la diosa reina, que es real, ha creado todas las cosas! Compruebo que el mundo no es sólo un gigantesco cementerio. ¡Pero lo compruebo hallándome en un matrimonio concertado! ¡Y fijaos qué cara de pocos amigos tiene el novio!

Marius suspiró y agachó la cabeza. ¿Iba yo a asistir a otra crisis de llanto, a ver a este amado y perfecto dios sollozando entre flores aplastadas?

—Pandora —dijo Marius, mirándome—. Ella no es una diosa. Ella no creó el mundo.

—¡Cómo te atreves a afirmar semejante cosa!

—¡Debo decirlo! Yo habría muerto por la verdad cuando estaba vivo y moriré ahora por ella. Pero ella no permitirá que algo así ocurra. Me necesita, y necesita también que tú me hagas feliz.

—¡Perfectamente! —repliqué alzando las manos en un gesto de irritación—. Me complace hacerlo. Y restituiremos su culto.

—¡No! —exclamó Marius—. ¿Cómo puedes pensar siquiera en semejante cosa?

—Marius, quiero cantarlo desde las cimas de las montañas; quiero comunicar al mundo que este milagro existe. Quiero correr por las calles cantando. ¡Restituiremos su trono a la Reina en un gran templo en el centro mismo de Antioquía!

—¡No digas locuras! —exclamó Marius.
Los chicos habían salido huyendo.

—¿Por qué haces oídos sordos a las órdenes de la Reina, Marius? Nuestro deber es perseguir y matar a los dioses renegados y hacer que de ella nazcan nuevos dioses que examinen las almas, que busquen justicia, no mentiras; unos dioses que no sean unos idiotas fanáticos y lujuriosos ni las ebrias y ridículas criaturas del cielo septentrional que lanzan truenos. ¡El culto de la Reina se basa en la bondad, en lo puro!

—No, no, no —contestó Marius, retrocediendo como si pretendiera realzar con ello sus argumentos—. ¡No dices más que estupideces! —me espetó—. ¡Eso son puras supersticiones!

—¡No puedo creer que hayas pronunciado esas palabras! —exclamé—. ¡Eres un monstruo! ¡Ella merece que le restituyamos su trono! Lo mismo que el Rey que está sentado a su lado. Merecen que sus fieles les hagan ofrendas de flores. ¿Acaso crees que se te ha concedido la facultad de adivinar el pensamiento simplemente en tu provecho? —Avancé un paso—. ¿Recuerdas cuando me burlé de ti en el Templo, cuando dije que deberías solicitar un puesto en los tribunales para adivinar las mentes de los acusados? ¡Parece que di en la diana!
—¡No! —bramó Marius—. Esto no es cierto.

Dio media vuelta y se dirigió apresuradamente hacia la casa.
Yo le seguí.

Bajó precipitadamente por la escalera, penetró en el santuario y se detuvo ante la Reina. Ésta y el Rey continuaban sentados inmóviles, sin pestañear. Sólo las flores se aferraban a la vida en aquella atmósfera perfumada.

Observé mis manos, tan blancas. ¿Me moriría en ese momento, o viviría durante siglos como aquel monstruo abrasado?
Escruté sus rostros presuntamente divinos. No sonreían. No soñaban. Sólo miraban.

Caí de rodillas.

—Akasha —murmuré—. ¿Me permites que te llame así?
Dime qué deseas.

La Reina siguió inmutable.

—¡Habla, Madre! —suplicó Marius con una voz llena de tristeza—. ¡Habla! ¿Es esto lo que siempre has deseado? —De pronto se precipitó hacia la Reina, subió los dos peldaños de la plataforma y la golpeó en el pecho con los puños.

Quedé horrorizada.

Ella ni siquiera pestañeó. Los puños de Marius golpearon un material duro, insensible. Sólo el cabello de la Reina se movió un poco cuando le rozó el brazo de Marius.

Yo corrí hacia él e intenté detenerlo.
—¡Basta, Marius, puede destruirte!

Me asombró mi fuerza, equivalente a la suya. Marius dejó que lo apartara de la Reina; tenía el rostro surcado de lágrimas.
—¡Qué he hecho! —exclamó, contemplando a la Reina—. ¡Oh, Pandora, Pandora! ¡Qué he hecho! ¡He creado otro bebedor de sangre cuando juré que mientras viviera no permitiría que algo semejante ocurriera!

—Vamos arriba—dije con calma. Miré al Rey y a la Reina pero no vi la menor señal de reacción ni de reconocimiento—. No es decoroso que discutamos aquí, en su santuario. Acompáñame.

Marius asintió con la cabeza, cabizbajo, y se dejó conducir lentamente fuera de la habitación.

—Te sienta muy bien la larga cabellera de bárbaro —comenté—. Y mis ojos son capaces de verte ahora como jamás te habían visto. Nuestra sangre se ha mezclado como en un hijo nacido de nosotros.

Marius se enjugó la nariz, sin mirarme.
Entramos en la amplia biblioteca.

—Marius, ¿no hay nada en mí que te atraiga, que te parezca bello?

—Oh, sí, querida, me atrae todo de ti —repuso él—. ¡Pero por todos los dioses, procura obrar con sensatez! ¿No lo comprendes? No te han robado la vida en aras de una verdad sacrosanta, sino de un nefasto misterio. El hecho de adivinar el pensamiento no hace que yo sea más sabio que otros hombres. ¡Mato para vivir! Como hizo ella miles de años atrás. Ella sabía que tenía que hacer esto. Sabía que había llegado el momento oportuno.

—¿Qué momento? ¿Qué es lo que ella sabía?

Lo miré fijamente. Poco a poco comprendí que ya no podía adivinar sus pensamientos y que él sin duda tampoco podía adivinar los míos. Pero los chicos, temblando de temor, eran unos libros abiertos, convencidos de ser los esclavos de unos demonios bondadosos pero vociferantes.

Marius suspiró.

—Ella lo hizo porque yo casi había reunido el valor necesario para hacer lo que debía: exponerme y exponerlos a los rayos del sol y rematar así la labor que el Mayor egipcio había iniciado, ¡librar al mundo del Rey y la Reina de todos los hombres y mujeres que se alimentan de la muerte! ¡Es muy lista!
—¿Es eso lo que te proponías hacer? —pregunté—. ¿Inmolarlos e inmolarte con ellos?

—Sí, desde luego, lo tenía todo planeado —respondió en tono sarcástico—. La semana que viene, el mes que viene, el año que viene, la década que viene, dentro de cien años, o dos cientos, quizá después de haber leído todos los libros del mundo y de haber visitado todos los lugares, puede que dentro de quinientos años, quizás... o quizá dentro de poco, atormentado por la soledad.

Yo estaba tan atónita que no podía articular palabra.
Marius esbozó una sonrisa llena de sabiduría y tristeza.
—Ah, pero lloro como un niño —dijo suavemente.
—¿De dónde habrías sacado el valor para poner fin a esa
evidente y compleja manifestación de magia divina? —inquirí.
—¡Magia! —exclamó despectivamente.

—Prefiero que no hagas eso —dije—. No me refiero a llorar, me refiero a quemar a nuestra Madre y nuestro Padre y...
—¡Estoy convencido de eso! —contestó Marius—. ¿Crees que yo sería capaz de someterte al fuego contra tu voluntad?
¡Eres una idiota ingenua y desesperada! ¡Restituirla a los altares! ¡Restaurar su culto! ¡Estás loca!

—¡Idiota! ¿Cómo te atreves a insultarme? ¿Acaso crees que has comprado una esclava para que te sirva? Ni siquiera has comprado una esposa.

Sí. Nuestras mentes estaban ligadas entre sí, y posteriormente comprobaría que ello se debía al intercambio de sangre.
Pero en aquellos momentos lo único que sabía era que debíamos contentarnos con palabras, como los hombres y mujeres mortales.

—¡No pretendía ofenderte! —respondió Marius. Era evidente que se sentía herido.

—Entonces procura pulir tu brillante razón masculina y tu elegante forma de expresarte como un patricio —le espeté.
Nos miramos furiosos.

—¡La razón, sí! —dijo Marius alzando el dedo—. Eres la mujer más inteligente que he conocido jamás. Así que atiende a razones. Te lo explicaré para que lo comprendas. Esto es lo que debemos hacer.

—¡Sí, y tú eres un cabezota y un sentimental y volverás a estallar en lágrimas! ¡Te pones a golpear a la Reina como si fueras un niño al que le ha dado una rabieta!

Marius se sonrojó de ira. Abrió los labios pero no dijo palabra.

Luego dio media vuelta y se marchó.

—¿Me arrojas de tu lado? —pregunté—. ¿Quieres que me vaya? —grité—. Ésta es tu casa. ¡No tienes más que decírmelo y me iré inmediatamente!

Marius se detuvo.

—No —contestó. Se volvió y me miró, sorprendido por mi reacción. Luego dijo con voz ronca—: ¡No te vayas, Pandora! —Pestañeó como si tratara de contener las lágrimas—.
No te vayas. Te lo ruego. —Hizo una pausa y murmuró a modo de colofón—: Nos tenemos el uno al otro.

—¿Y adónde te proponías ir ahora, para alejarte de mí?
—Sólo a cambiar el vestido de la Reina —respondió Marius con una sonrisa triste y amarga—. Para adecentar y vestir de nuevo a «esa evidente y compleja manifestación de magia divina».

Dicho esto, desapareció.

Me volví hacia las puertas exteriores violetas. Hacia las nubes removidas por la luna en una caldera, para desafiar a la oscuridad. Hacia los grandes y vetustos árboles que decían: ¡Encarámate a nuestras ramas, nosotros te abrazaremos! Hacia las flores que yacían dispersas y que decían: Nosotras somos tu lecho. Acuéstate en él.

Así comenzó una pelea que habría de durar doscientos años.

Y que jamás concluyó definitivamente.


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10

Con los ojos cerrados todavía, oí unas voces en la ciudad, unas voces procedentes de casas cercanas; oí a unos hombres que conversaban al pasar por la carretera. Oí música procedente de algún lugar, y las risas de mujeres y niños. Cuando lograba concentrarme, comprendía lo que decían. Pero preferí no hacerlo, y las voces se disiparon en la brisa.

De pronto no pude resistir más aquella situación. Lo único que podía hacer era regresar a la capilla, postrarme de rodillas y rezar. Al parecer los sentidos que me habían sido dados sólo servían para eso. Si éste era mi destino, ¿qué iba a ser de mí?
Durante todo el rato oí un alma que sollozaba amargamente; era un eco de mi propia alma, un alma rota que se había alejado de una trayectoria llena de esperanza, un alma que no podía creer que un comienzo tan prometedor pudiera acabar en algo terrorífico.

Era Flavius.

Me encaramé de un salto sobre el viejo y retorcido olivo. Me resultó tan sencillo como caminar. Fui saltando de rama en rama hasta alcanzar lo alto de la tapia, cubierta por la enredadera. Avancé sobre la parte superior de la tapia hacia la verja. Vi a Flavius con la frente contra los barrotes, aferrándolos con ambas manos. Tenía varios cortes sangrantes en la mejilla.
Le rechinaban los dientes sin cesar.

—¡Flavius! —exclamé.

Él levantó la vista, sobresaltado.
—¡Señora Pandora!

Flavius no podía por menos de ver, a la luz de la luna, el milagro que se había operado en mí, cualquiera que fuese la causa. Yo vi la mortalidad en él, las profundas arrugas de su piel, su dolorosa y vacilante mirada, la sutil capa de tierra que le cubría debido a la humedad natural de su piel mortal.
—Debes regresar a casa —dije sentándome sobre la tapia, con las piernas colgando hacia fuera. Me incliné para que Flavius me oyera con claridad. Él no retrocedió, sino que me miró fascinado—. Ve a ver cómo están las muchachas, duerme y cúrate esas heridas. El demonio ha muerto, no debes preocuparte más por él. Regresa aquí mañana por la noche, cuando oscurezca.

Flavius negó con la cabeza. Trató de decir algo, pero no pudo. Trató de gesticular, pero no pudo. Le latía violentamente el corazón. Se volvió para observar la carretera, las diminutas y lejanas luces de Antioquía.

Luego me miró de hito en hito. Percibí los acelerados latidos de su corazón. Sentí su conmoción y su temor, su temor por mí, no por él. El temor de que me aguardaba una suerte espantosa. Se agarró a los barrotes de la verja, rodeándolos con el brazo derecho y sujetándolos con la mano izquierda como si se negara a moverse de allí.

Me vi a mí misma tal como me veía él, vestida con la túnica de un hombre, con el cabello suelto, sentada sobre la tapia, como si mi cuerpo fuera joven y ágil. Todas las arrugas propias de la vejez habían desaparecido de mi rostro. Flavius vio en mí un rostro que nadie habría sido capaz de pintar.

Pero lo importante era que ese hombre había alcanzado el límite de su capacidad de aguante. No podía más. Y yo sabía bien lo mucho que lo amaba.

—De acuerdo —dije. Me levanté y tendí las manos hacia él—. Vamos, si quieres te ayudaré a saltar la tapia.

Flavius levantó los brazos, receloso, asimilando con los ojos cada detalle de mi transformación.

No pesaba nada. Lo alcé sin mayores dificultades y lo deposité de pie en la parte interior de la verja. Luego salté sobre la hierba junto a él y le rodeé los hombros con un brazo. Qué intenso era su temor. Qué fuerte su coraje.

—Tranquilízate —dije. Lo conduje hacia la casa mientras él seguía observándome fijamente, jadeando como si le costara respirar debido a su estado de conmoción—. Yo me ocuparé de ti.

—Había conseguido agarrar al monstruo —dijo Flavius—. ¡Lo sujetaba del brazo! —Qué opaca sonaba su voz, qué rebosante de fluido vivo y esfuerzo—. Le clavé el puñal varias veces, pero él me hirió en la cara y huyó saltando la tapia como un enjambre de mosquitos, negro, de una negrura inmaterial.
—Ha muerto abrasado, Flavius, reducido a cenizas.

—De no haber oído vuestra voz me habría vuelto loco. Oí sollozar a los esclavos. Mi maldita pierna me impedía trepar por la tapia. ¡Luego oí vuestra voz y supe que estabais viva! —exclamó lleno de gozo—. Estabais con Marius.

Sentí su amor con una naturalidad dulce y conmovedora. De pronto recordé el santuario, el néctar de la Reina y la lluvia de pétalos. Pero tenía que conservar mi equilibrio en ese nuevo estado. Flavius se mostraba profundamente perplejo. Lo besé en los labios, unos labios cálidos, mortales, y luego, cuando con la destreza de un gato lamí la sangre que manaba de los cortes en sus mejillas, sentí que un escalofrío me recorría el cuerpo.

Lo llevé a la biblioteca, que en aquella casa constituía la estancia principal. Los chicos se hallaban cerca. Habían encendido las lámparas y luego habían corrido a ocultarse. Percibí el olor de su sangre y de su joven carne humana.

—Te quedarás conmigo, Flavius. Chicos, ¿podéis disponer una habitación para mi administrador en esta planta? Tenéis fruta y pan, ¿no es así? Huelo su aroma. ¿Disponéis de suficientes muebles para disponer para él una habitación confortable en el ala derecha, donde pueda descansar tranquilamente?

Los chicos salieron a toda prisa de sus respectivos escondites; me chocó su aspecto tan nítidamente humano. Por un instante los miré desconcertada.

Los detalles más nimios y naturales en ellos me parecieron algo precioso: sus cejas negras y espesas, sus bocas pequeñas y redondeadas, sus tersas mejillas.

—¡Sí, señora, sí —respondieron los muchachos al unísono, acercándose apresuradamente.

—Éste es Flavius, mi administrador. Se alojará con nosotros. De momento conducidlo al baño, calentad el agua y atendedle. Llevadle un poco de vino.

Los esclavos se ocuparon de inmediato de Flavius, pero éste se detuvo y con expresión seria y pensativa dijo:
—No me abandonéis, señora. Os soy leal en todos los as—
pectos.

Luego Flavius se dirigió al baño escoltado por los jóvenes babilonios, quienes parecían encantados de tener algo que hacer. No tardé en hallar los enormes armarios roperos de Marius. Poseía ropa suficiente para vestir a los reyes de Esparta, Armenia, a Livia, la madre del emperador, a la difunta Cleopatra y a un ostentoso patricio que hiciera caso omiso de las estúpidas leyes suntuarias de Tiberio.

Me puse una túnica larga, más bonita, de seda y lino, y elegí un ceñidor dorado. Con los peines y cepillos de Marius me peiné el largo cabello, desenredándolo y dejándolo limpio y suave como cuando era niña.

Marius tenía muchos espejos, que en aquellos días eran de metal bruñido, como ya sabes. El hecho de verme joven de nuevo me dejó pensativa y perpleja; tenía los pezones rosados; las arrugas propias de la edad ya no interrumpían la belleza que la naturaleza había conferido a mi rostro y mis brazos. Quizá sería más exacto decir que mostraba un aspecto intemporal. Intemporal en mi madurez. Y cada objeto sólido parecía estar allí para servirme en mi renovada juventud y vigor. Contemplé las losas de mármol que cubrían el suelo y vi en ellas una profundidad, una prueba de un proceso prodigioso y que apenas alcanzaba a comprender.

Sentí deseos de salir de nuevo al jardín, de hablar con las flores, de arrancarlas a puñados. Deseaba conversar urgentemente con las estrellas. No me atrevía a ir al santuario por temor a Marius, pero de no haber estado por los alrededores, habría ido a arrodillarme ante la Madre y a contemplarla en silencio, tratando de percibir el menor movimiento, aunque después de presenciar el comportamiento de Marius sabía que eso no ocurriría. La Reina había movido su brazo derecho al parecer sin que el resto de su cuerpo se percatara de ello. Lo había movido para matar, y luego para invitarme a aproximarme a ella.

Entré en la biblioteca y me senté delante del escritorio, donde estaban los pergaminos que yo había escrito, y aguardé.
Cuando por fin apareció Marius vi que también se había cambiado de ropa; iba peinado con raya al medio y llevaba el pelo suelto. Se sentó junto a mí en una silla de ébano, con el respaldo curvado y con incrustaciones de oro. Yo lo miré, constatando la semejanza que guardaba con la silla, pues parecía una inmensa extensión de toda las materias primas que formaban parte de su composición. La naturaleza había esculpido y taraceado sus rasgos, aplicándole luego una capa de barniz. Sentí deseos de echarme a llorar en sus brazos, pero me tragué mi soledad. La noche jamás me abandonaría; me era fiel en cada puerta abierta a través de la cual distinguía la hierba y las gruesas ramas de los olivos que se alzaban para atrapar el resplandor de la luna.

—Bendita sea la persona que se ha convertido en una bebedora de sangre —dije—, cuando es luna llena y las nubes se elevan como montañas en la noche translúcida.

—Probablemente tengas razón —repuso Marius.

Movió un poco la lámpara que había entre nosotros sobre el escritorio, de forma que no me deslumbrara.

—He alojado a mi administrador en esta casa —dije—. Le he ofrecido un baño, un lecho y ropa. ¿Me perdonas? Le tengo en mucha estima y no deseo perderlo. Es demasiado tarde para obligarlo a regresar al mundo.

—Es un hombre extraordinario —comentó Marius—, y me complace que se aloje aquí. Mañana puede traerte a tus esclavas. De este modo los muchachos tendrán compañía y habrá algo más de disciplina. Flavius, entre otras cosas, es un hombre instruido.

—Eres muy amable. Temía que te enfadaras. ¿Por qué sufres? No puedo adivinar tus pensamientos; no poseo ese don.
—No, eso no era del todo cierto. Podía adivinar los pensamientos de Flavius. Sabía en que este preciso instante los chicos se sentían muy aliviados por la presencia de Flavius mientras le ayudaban a enfundarse una camisa de dormir.

—Estamos demasiado unidos por la sangre —respondió Marius—. Yo tampoco consigo adivinar tus pensamientos.
Debemos recurrir a las palabras, como los mortales, sólo que nuestros sentidos están mucho más aguzados, y el distanciamiento que experimentamos en ocasiones es frío como el hielo del norte; pero en otras ocasiones los sentimientos nos inflaman y transportan sobre las ardientes olas de un mar abrasador.

—Hum —contesté.

—Me desprecias —dijo Marius suavemente, con expresión contrita—, porque aplaqué tu éxtasis, te robé tu alegría, tus convicciones. —Parecía sinceramente arrepentido—. Lo hice en el momento más feliz de tu conversión.

—No estés tan seguro de que has aplacado mi éxtasis. Aún soy capaz de construir templos para ella, de difundir su culto. Soy una iniciada. No he hecho más que empezar.

—¡No restituirás su culto, te lo aseguro! —exclamó Marius—. No hablarás con nadie sobre ella, ni revelarás quién es ni dónde se encuentra, y jamás crearás a otro bebedor de sangre.
—¡Ni el propio Tiberio se expresa con tal autoridad cuando se dirige al Senado! —repliqué.

—Lo único que ambicionaba Tiberio era estudiar en el gimnasio de Rodas, pasearse todos los días ataviado con un manto y unas sandalias griegas y hablar de filosofía. La propensión a la acción florece en hombres de menor calado, que la utilizan en su hermosa soledad.

—¿Es éste un discurso destinado a aleccionarme? ¿Crees que no sé eso? Lo que tú no sabes es que el Senado no ayudará a Tiberio a gobernar. Roma desea un emperador, para admirarlo y reverenciarlo. Fueron los de tu generación, bajo Augusto, quienes nos acostumbraron a cuarenta años de gobierno autocrático. No me hables de política como si fuera una idiota.

—Debí tener en cuenta que tú lo sabes todo —contestó Marius—. Recuerdo cuando eras niñas. Nadie podía competir con tu brillante inteligencia. Tu fidelidad a Ovidio y a sus obras eróticas constituía una rara sofisticación, una demostración de tu capacidad para comprender la sátira y la ironía. Un talante romano bien alimentado.

Lo miré. Su rostro aparecía también desprovisto de toda señal del paso del tiempo. Aprovechando que disponía de tiempo, me regodeé examinándolo detenidamente, sus hombros recios, su cuello recto y firme, la singular expresión de sus ojos, y sus cejas perfectamente dibujadas. Un maestro escultor nos había transformado en unos retratos de nosotros mismos en mármol.

—¿Sabes? —dije—, incluso bajo este aplastante torrente de definiciones y declaraciones tuyas, como si yo implorara tu ratificación, te amo, y sabes de sobra que estamos solos en esta empresa, y casados el uno con el otro, y no me siento desdichada.

Marius parecía sorprendido, pero no dijo nada.

—Soy una exaltada, me siento herida en lo más profundo de mi corazón —proseguí—, soy una peregrina endurecida; pero te ruego que no me hables como si mi formación y educación constituyeran tu máxima preocupación.

—No tengo más remedio que hablar así —repuso Marius.
Su voz destilaba dulzura y calor—. Por supuesto que tú constituyes mi máxima preocupación —añadió—. Si eres capaz de comprender lo que ocurrió al término de la República romana, si eres capaz de comprender a Lucrecio y a los estoicos, sin duda comprenderás lo que somos. ¡Es preciso que lo comprendas!

—Pasaré por alto tus insultos —respondí—. No estoy de humor para ofrecerte una lista de todos los filósofos y poetas que he leído, ni para referirte las conversaciones que mantenía con mi familia mientras cenábamos.

—¡No pretendo ofenderte, Pandora! ¡Pero Akasha no es una diosa! Recuerda tus sueños. Es un vial que contiene una energía preciosa. Tus sueños te demostraron que ella puede ser utilizada, que cualquier infame bebedor de sangre puede transmitir la sangre a otro, que ella es una especie de demonio, y que alberga en su seno el poder que ambos compartimos.

—Silencio, puede oírte —murmuré escandalizada.
—Desde luego. Durante quince años he sido su guardián.
He luchado contra esos renegados de Oriente que pretendían acabar con ella, y contra otros canallas procedentes de la selva africana. Ella sabe lo que es. Nadie habría podido adivinar la edad de Marius, excepto por su expresión grave y solemne. Parecía un hombre en perfecta forma. Traté de no dejarme cautivar por él, por la noche que latía a sus espaldas, y sin embargo deseaba abandonarme a esas sensaciones.

—Menudo festín de boda —dije—. Quiero decirles algunas cosas a los árboles.

—Mañana por la noche seguirán aquí —repuso él.

En aquel momento pasó ante mis ojos la última imagen que tenía de ella, realzada por el éxtasis: la vi alzando al joven faraón de su silla y lo había convertido en astillas. Luego la vi antes de esa revelación, al comienzo de mi trance, corriendo por el pasillo, riendo.

Un lento temor hizo presa en mí.

—¿Qué ocurre? —preguntó Marius—. Confía en mí.
—Cuando bebí su sangre, la vi como una muchacha, riendo. —Le relaté la visión que había tenido de nuestra boda, la lluvia de pétalos, y luego el extraño templo egipcio lleno de fanáticos adoradores de la Madre. Por último le conté que la había visto entrar en la cámara del pequeño faraón, cuyos consejeros le previnieron sobre los dioses de ella.

—Ella lo destrozó como si fuera un muñeco de madera.
Dijo: «Pequeño Rey, pequeño reino.»
Tomé mis pergaminos, que anteriormente había depositado sobre el escritorio. Describí a Marius el último sueño que había tenido referente a la Madre, cuando ella había amenazado, gritando como una posesa, con encaminarse hacia el sol y destruir a sus díscolos hijos. Describí todas las cosas que había visto, las múltiples migraciones de mi alma.

Sentí un profundo dolor en el corazón. Mientras hablaba, vi la vulnerabilidad de la Madre, el peligro que encarnaba. Por último expliqué a Marius que había escrito todo aquello en egipcio.

Estaba cansada y deseaba sinceramente no haber vislumbrado nunca ese mundo. Experimenté de nuevo la intensa y total desesperación de aquellas noches que había pasado sollozando en mi casita de Antioquía, golpeando las paredes con los puños, hundiendo el puñal en la tierra. ¡Ojalá no la hubiera visto correr por aquel pasillo riendo alegremente! ¿Qué significaba aquella imagen? ¿Y el pequeño Rey, que había muerto impotente a manos de ella?

Hice un resumen de todo ello, aguardando los comentarios despectivos de Marius. No estaba dispuesta a dejar que siguiera humillándome.

—¿Cómo lo interpretas? —preguntó él suavemente. Trató de tomarme la mano, pero yo me apresuré a retirarla.
—Son fragmentos de su memoria —contesté. Me sentía muy deprimida—. Es lo que ella recuerda. En ello hay tan sólo una insinuación de un futuro —dije—. Una sola imagen descifrable de un deseo: nuestro matrimonio, que estemos juntos.
—Aunque mi voz rebosaba tristeza, le pregunté—: ¿Por qué lloras, Marius? Imagino que ella se dedica a reunir recuerdos como si recogiera flores en el jardín del mundo, como hojas que caen en sus manos, y con esos recuerdos confeccionó para mí una guirnalda. ¡Una guirnalda de boda! Una trampa. No poseo un alma migratoria. Al menos eso creo. Y suponiendo que poseyera una, ¿por qué había de ser precisamente ella, tan sola, tan arcaica, tan impotente, tan irrelevante para el mundo, tan anacrónica y desprovista de poder, quien lo supiera, quien me lo revelara, la única en saberlo?

Miré a Marius. Me escuchaba atentamente pero no cesaba de llorar. No parecía sentirse avergonzado, y era evidente que no iba a disculparse.

—¿Qué fue lo que dijiste antes? —pregunté—. «El hecho de adivinar el pensamiento de la gente no me hace más sabio.»
—Sonreí—. Ésa es la clave. Cómo se rió la diosa cuando me condujo hasta ti. Cómo deseaba que yo te viera en tu soledad.
Marius se limitó a asentir con la cabeza.

—Me pregunto cómo supo lanzar sus redes —añadí—, para hallarme al otro lado del agitado mar.

—Se lo indicó Lucius. Ella oye voces procedentes de muchas tierras. Ve lo que desea ver. Una noche, aquí, asusté a un romano, que al parecer me reconoció. El hombre huyó apresuradamente, como si yo representara un peligro para él. Lo seguí, intrigado por tan excesivo temor.

»No tardé en constatar que tenía un gran peso sobre su conciencia, un peso que distorsionaba todos sus pensamientos y movimientos. Le espantaba ser reconocido por alguien de la capital. Deseaba marcharse.

»Se dirigió a la casa de un mercader griego. Llamó a la puerta insistentemente, a altas horas de la noche, a la luz de una antorcha, exigiendo el pago de una deuda que el griego debía a tu padre. El griego le repitió lo que le había dicho antes, que sólo pagaría el dinero a tu padre.

»La noche siguiente fui de nuevo en busca de Lucius. Esta vez el griego tenía una sorpresa para él. Acababa de recibir una carta de tu padre que había llegado en un barco militar. Esto ocurrió unos cuatro días antes de tu llegada. En la carta, tu padre le pedía al griego un favor en nombre de la hospitalidad y el honor. Si accedía a hacerle ese favor, tu padre cancelaría todas las deudas que el griego había contraído con él. Todo quedaría explicado en una carta adjunta a un cargamento con destino a Antioquía. El cargamento tardaría unos días en llegar, pues el barco debía hacer varias escalas. Se trataba de un favor sumamente importante.

»Cuando tu hermano se fijó en la fecha de esta carta, se quedó estupefacto. El griego, quien a esas alturas estaba más que harto de Lucius, le cerró la puerta en las narices.

»Yo abordé a Lucius a pocos pasos de la casa del griego. Por supuesto se acordaba de mí, el excéntrico Marius a quien había conocido hacía tanto tiempo. Yo fingí que me asombra ba haberme tropezado con él aquí y le pregunté por ti. Lucius, que estaba nervioso, se inventó la historia de que te habías casado y vivías en la Toscana, y dijo que él se disponía a partir de la ciudad. Luego se marchó precipitadamente. Pero ese breve contacto, que duró tan sólo unos momentos, bastó para ver el testimonio que Lucius había prestado ante la guardia pretoriana contra su familia —todo mentiras— y para imaginar las terribles consecuencias de esa acción.

»Al día siguiente, en cuanto desperté, salí en su busca, pero no logré dar con él. Vigilé la casa de los griegos. Sopesé la posibilidad de hacer una visita al anciano, el mercader griego, para tratar de entablar amistad con él. Pensé en ti. Te imaginé. Te recordaba perfectamente. Compuse mentalmente unos poemas sobre ti. No volví a ver ni a saber nada de tu hermano, por lo que deduje que había partido de Antioquía.

»Una noche me desperté, y al subir y mirar por la ventana vi que toda la ciudad estaba llena de incendios.

»Germánico había muerto, sin retractarse de sus acusaciones de que Pisón lo había envenenado.

»Cuando llegué a casa del mercader griego, comprobé que ésta había quedado reducida a cenizas. No vi a tu hermano por ninguna parte. Supuse que todos habían perecido, incluidos él y la familia del mercader griego.

»Durante las noches siguientes traté de localizar a Lucius. No tenía ni idea de que tú estabas aquí, sólo sentía un anhelo obsesivo de verte. Traté de recordarme que si me abandonaba a la nostalgia por todas las relaciones mortales que había tenido cuando estaba vivo, me volvería loco mucho antes de constatar el alcance de las dotes que me habían conferido nuestro Rey y nuestra Reina.

»Una tarde en que me encontraba en la librería, el sacerdote se acercó a mí y te señaló. Estabas en el foro, despidiéndote del filósofo y de los estudiantes. ¡Estaba tan cerca de ti!

»Me sentí tan abrumado por el amor que me inspirabas que ni siquiera escuché al sacerdote hasta que me di cuenta de que hablaba de unos sueños extraños que habías tenido. Afirmó que sólo yo era capaz de descifrar aquel enigma. Estaba relacionado con el bebedor de sangre que había sido visto recientemente en Antioquía, lo cual no era un caso infrecuente.
Yo había matado con anterioridad a otros bebedores de sangre y juré acabar con aquél.

»Entonces vi a Lucius. Vi que te reunías con él. Su ira y su culpabilidad casi me cegaron, impidiéndome contemplar a aquel bebedor de sangre. Oí vuestras palabras con toda nitidez, pese a la gran distancia que nos separaba, pero decidí no moverme hasta que tú te hubieras alejado de él y estuvieras a salvo.
»Deseaba matarlo allí mismo, pero comprendí que lo más prudente sería permanecer junto a ti, entrar en el templo y no perderte de vista. No estaba seguro de si tenía derecho a matar a tu hermano por ti, de que fuera eso lo que tú deseabas. No lo supe hasta que te conté la canallada que había cometido Lucius. Entonces comprendí lo mucho que ansiabas que matara a tu hermano.

»Naturalmente, yo no sabía lo inteligente que eras, ni que seguías conservando el talento y las palabras que había amado en ti de niña. De pronto te vi en el templo, pensando tres veces más rápidamente que los otros mortales que se hallaban presentes, sopesando cada aspecto de la cuestión, superándolos a todos con tu ingenio. Y entonces se produjo la espectacular confrontación con tu hermano, en la que lograste atraparlo con la más ingeniosa red de verdades, propiciando su fin, sin siquiera tocarlo, pero con la complicidad de tres testigos militares que habían presenciado su muerte.

Marius hizo una breve pausa y prosiguió:
—En Roma, hace años, te seguí. Tenías dieciséis años. Recuerdo tu primer matrimonio. Tu padre me llevó aparte, era un hombre muy amable. «Marius, estás destinado a ser un historiador errante», señaló. No me atreví a decirle lo que pensaba realmente de tu marido.

»Y ahora has venido a Antioquía, y yo pienso, con mi estilo egocéntrico, como enseguida observarás, que, si alguna vez fue creada una mujer para mí, ésa eres tú. Y tan pronto como te abandono por la mañana sé que tengo que sacar a nuestra Madre y a nuestro Padre de Antioquía, alejarlos de aquí, pero ese bebedor de sangre tiene que ser destruido, y sólo entonces podré dejarte a salvo.

—Abandonarme a salvo —dije yo.
—¿Me lo reprochas? —preguntó Marius.

La pregunta me pilló por sorpresa. Lo miré largamente, dejando que su belleza llenara mis ojos e intuyendo con intolerable perspicacia su tristeza y desesperación. ¡Cuánto me necesitaba! ¡Qué desesperadamente necesitaba no sólo mi alma mortal en la que confiar sino mi persona!

—Realmente deseabas protegerme, ¿no es cierto? —pregunté—. Tu explicación de todos los puntos es completamente racional; contiene la elegancia de las matemáticas. La reencarnación no es necesaria, ni el destino, ni ninguna explicación milagrosa de nada de lo que ha ocurrido.

—Eso es lo que yo creo —repuso Marius con brusquedad. Su rostro adquirió una expresión ausente y luego seria—. Nunca te diría nada salvo la verdad. ¿O eres una mujer que no permite que le lleven la contraria?

—¡No seas fanático en el uso de la razón! —respondí.
Se mostró ofendido ante mis palabras.

—No te aferres a la razón en un mundo donde existen tan numerosas y horrendas contradicciones.

Marius guardó silencio.

—Si lo haces —añadí—, con el paso del tiempo la razón te fallará, y entonces te refugiarás en la locura.

—¿A qué diantres te refieres?

—Te compones de razón y religión lógica. Obviamente, es la única forma que tienes de soportar lo que te ocurrió, el hecho de ser un bebedor de sangre y guardián, según parece, de esas deidades desplazadas y olvidadas.

—¡No son deidades! —protestó Marius, furioso—. Fueron creados hace miles de años, mediante una mezcla de espíritu y carne que les hizo inmortales. Ellos, evidentemente, encuentran su refugio en el olvido. Con tu característica amabilidad, lo has calificado como un jardín en el que la Madre recogió flores y hojas para hacer una guirnalda para ti, una trampa, según dijiste. Pero eso es una dulce poesía propia de las jovencitas como tú. Ni siquiera sabemos si son capaces de formar una serie de palabras seguidas.

—No soy una dulce jovencita —repliqué—. La poesía pertenece a todo el mundo. ¡Háblame! —exigí—, y deja a un lado esas palabras, «jovencita» y «mujer». No me tengas tanto miedo.

—No te tengo miedo —contestó él.

—¡No mientas! Incluso mientras esta nueva sangre corre por mis venas, me devora y me transforma, no me aferro ni a la razón ni a la superstición para sentirme segura. Puedo entrar en un mito y salir de él sin mayores problemas. Tú me temes, porque no sabes qué soy. Tengo aspecto de mujer, me expreso como un hombre, y tu razón te dice que eso es imposible.
Marius se levantó. Su rostro estaba radiante.

—¡Déjame que te explique lo que me ocurrió! —dijo con firmeza.

—Está bien, adelante —respondí—. Pero con sinceridad, sin ambages.

Marius pasó por alto ese comentario. Yo no quería herirle. Tan sólo deseaba amarlo. Sabía que era cauto por naturaleza. Pero pese a su sabiduría, mostraba una enorme fuerza de voluntad, la fuerza de voluntad de un hombre, y yo tenía que averiguar el origen de la misma. Debía ocultar mi amor.
—¿Cómo lograron atraerte?

—No lo hicieron —respondió con calma—. Fui capturado por los celtas en la Galia, en la ciudad de Massilia. Me llevaron al norte, dejaron que me creciera el cabello y me encerraron con los bárbaros en un enorme árbol hueco en la Galia. Un bebedor de sangre que se había abrasado me convirtió en un «nuevo dios» y me recomendó que huyera de los sacerdotes locales, que me dirigiera al sur, a Egipto, para averiguar por qué se habían abrasado los bebedores de sangre, por qué los jóvenes morían y el viejo padecía un tormento atroz. Yo fui por mis propios motivos. Deseaba averiguar qué era yo.

—Lo comprendo—dije.

—Pero no antes de asistir a unos sacrificios de sangre horripilantes e indescriptibles (recuerda que yo era el dios, Marius, a quien tú seguías ciega de amor por toda Roma), y era a mí a quien me ofrecían esos hombres.

—Lo he leído en la historia de César.

—Lo has leído pero no lo has visto. ¡Cómo te atreves a interrumpirme con un comentario tan banal y jactancioso!

—Disculpa, olvidé tus infantiles arrebatos de mal humor.
Marius suspiró.

—Disculpa, olvidé tu intelecto práctico y de natural impaciente.

—Lo lamento. Siento haber pronunciado esas palabras. Tuve que presenciar numerosas ejecuciones en Roma. Era mi deber. Y eso se hacía en nombre de la ley. ¿Quién sufre más? ¿Las víctimas del sacrificio o la ley?

—Muy bien. Logré escapar de esos celtas y fui a Egipto, y allí conocí al Mayor, que era el guardián de la Madre y del Padre, la Reina y el Rey, los primeros vampiros de todos los tiempos, de quienes mana el enriquecimiento de nuestra sangre. Este Mayor me contó unas historias un tanto vagas pero fascinantes. La pareja real había sido humana. Un espíritu o demonio había poseído a uno de ellos o a ambos, alojándose tan firmemente en su cuerpo que ningún exorcismo fue capaz de expulsarlo. La pareja real podía transformar a otros dándoles su sangre. Trataron de convertirlo en una religión. Pero fue derrocada. Una y otra vez. Cualquiera que posea esa sangre puede crear a otro vampiro. Por supuesto, el Mayor manifestó que ignoraba por qué tantos bebedores de sangre habían resultado abrasados. Pero fue él quien había sacado de su santuario a sus sagrados y reales protegidos y los había expuesto al sol después de siglos de custodiarlos estúpidamente. Egipto había muerto, me dijo. «El granero de Roma», lo llamaba. Dijo que hacía miles de años que la pareja real no se movía.

Eso me produjo una extraordinaria y poética sensación de horror.

—Pues bien, la luz solar de un día no bastó para destruir a nuestros antiguos padres, pero sus hijos, diseminados por todo el mundo, sufrieron las consecuencias. Y ese cobarde Mayor, cuya piel resultó abrasada en recompensa por lo que había hecho, no tuvo el valor de continuar exponiendo la pareja real a los rayos solares. No tenía motivo para hacerlo.

»Akasha me habló. Me habló como pudo. A través de imágenes, de unas escenas, me relató lo ocurrido desde el comienzo, del modo en que esta tribu de dioses y diosas se había originado a partir de ella, y las rebeliones que habían estallado, y la historia y el propósito que no se habían cumplido, y cuando llegó el momento de pronunciar unas palabras, Akasha sólo pudo articular unas pocas frases en silencio: "Marius, sácanos de Egipto." —Marius hizo una pausa—. "¡Sácanos de Egipto, Marius! El Mayor pretende destruirnos. Protégenos o pereceremos aquí."
Marius respiró hondo; estaba más tranquilo, menos enojado, pero visiblemente conmocionado por lo que acababa de referirme, y en mi vampírica visión comprendí más cosas sobre él: lo valiente que era, lo resuelto que estaba a mantenerse fiel a los principios en los que creía, a pesar de la magia que le había devorado antes de que tuviera tiempo de cuestionarla. El suyo era un noble intento de llevar una vida digna, pese a todo.

—Mi suerte —continuó— estaba directamente ligada a la de ellos. Si los abandonaba, antes o después el Mayor los expondría de nuevo a los rayos solares, y yo, que carecía de la sangre de siglos, me quemaría como la cera. Mi vida, que había experimentado un gran cambio, habría llegado a su fin. Pero el Mayor no me pidió que fundara un nuevo sacerdocio. Akasha no me pidió que fundara una nueva religión. No habló de altares ni de cultos. Sólo el viejo y abrasado dios que moraba en el bosque septentrional, entre los bárbaros, me pidió que lo hiciera cuando me envió al sur, a Egipto, a la tierra de todos los misterios.

—¿Cuánto tiempo los has custodiado?

—Más de quince años. He perdido la cuenta. No se mueven ni hablan. Los heridos, los que sufren unas quemaduras tan graves que tardarán siglos en sanar, saben que estoy aquí. Y vienen. Yo trato de eliminarlos antes de que sus mentes puedan enviar un mensaje confirmando la imagen a otras mentes lejanas. Ella no conduce a esos hijos suyos abrasados hasta donde se encuentra, como hizo una vez conmigo. Si alguno logra engañarme o desbordarme con su fuerza, ella se mueve, tal como viste, para aplastar al bebedor de sangre. Pero ella te ha llamado a ti, Pandora, te ha hecho venir. Y ahora ya sabemos con qué propósito. Me he portado de forma torpe y cruel contigo.

Marius se volvió hacia mí.

—Dime, Pandora —preguntó, suavizando la voz—, en esa visión que tuviste, cuando contrajimos matrimonio, ¿éramos jóvenes o viejos? ¿Eras la jovencita quinceañera a la que yo había cortejado hace años, o la espléndida mujer madura que eres ahora? ¿Están satisfechas las familias? ¿Formamos una bonita pareja?

Me sentí profundamente conmovida por la sinceridad de sus palabras, por la angustia y el ruego que yacía tras ellas.
—Teníamos el aspecto que tenemos ahora—dije, respondiendo con una cautelosa sonrisa a la suya—. Tú eras un hombre que se había quedado anclado para siempre en la plenitud de su vida, ¿y yo? tal como parezco en estos momentos.
—Créeme —dijo Marius con gran dulzura—, no te habría hablado con tanta dureza precisamente esta noche, pero podrás gozar de muchas otras noches. Nada puede matarte ahora, salvo el sol o el fuego. Nada puede dañarte. Tienes mil experiencias que descubrir.

—¿Y qué me dices del éxtasis que sentí al beber la sangre de la Madre? —pregunté—. ¿Qué me dices de sus propios comienzos y tribulaciones? ¿No está vinculada en ningún sentido a lo sagrado?

—¿Qué es lo sagrado? —replicó Marius, encogiéndose de hombros—. Dímelo. ¿Qué es sagrado? ¿Fue santidad lo que viste en sus sueños?

Yo agaché la cabeza, incapaz de responder.
—Ciertamente, no el Imperio romano—dijo él—. Ciertamente, no los templos de César Augusto. Ciertamente, no el culto de Cibeles. Ciertamente, no el culto de aquellos que adoran el fuego en Persia. ¿Sigue siendo sagrado el nombre de Isis, si es que alguna vez lo fue? El Mayor en Egipto, mi primer y único instructor en todo esto, dijo que Akasha se había inventado las historias de Isis y Osiris en beneficio propio, para dar un aire poético a su culto. Yo más bien creo que ella añadió su propio nombre a las viejas leyendas. El demonio que habita en esos dos crece con cada nuevo bebedor de sangre que se crea. Estoy convencido de ello.

—Pero ¿con qué fin?

—¿Quizá para saber más? —repuso Marius—. ¿Para ver más, para sentir más, a través de cada uno de nosotros que portamos su sangre? Tal vez nosotros constituyamos una pequeña parte de ese ser, tal vez llevemos dentro de nosotros todos su sentidos y habilidades y le transmitamos nuestras experiencias. Ese ser se sirve de nosotros para conocer el mundo.

»Sólo puedo decirte lo siguiente —continuó, tras hacer una pausa y apoyar las manos en el escritorio—. Al ser que arde en mí no le importa si la víctima es inocente o culpable de un crimen. Está sediento de sangre. No todas las noches, pero a menudo. No dice nada. No me habla en mi corazón de altares. Me dirige a su antojo, como si yo fuera un caballo de batalla y él el general que lo monta. Es Marius quien distingue entre el bien y el mal, según la costumbre, por razones que sin duda comprenderás, pero no esta insaciable sed; esta sed conoce la naturaleza pero no sabe de moralidad.

—Te amo, Marius —dije—. Tú y mi padre sois los únicos hombres a los que he amado realmente. Pero ahora debo salir sola.

—¿Qué has dicho? —preguntó Marius atónito—. Es más de medianoche. .
—Has sido muy paciente conmigo, pero debo salir sola —insistí.

—Te acompañaré.
—No —repuse.

—Pero no puedes pasearte por Antioquía sin compañía de nadie.

—¿Por qué no? Si lo deseo puedo percibir pensamientos
mortales. Acaba de pasar una litera. Los esclavos están tan borrachos que me asombra que no la dejen caer y abandonen tendido en la carretera a su amo, que, por cierto, duerme como un tronco. Deseo caminar sola, por la ciudad, por los lugares oscuros, peligrosos y perversos, por los lugares donde... ni siquiera un dios se atrevería a ir.

—Supongo que lo haces para vengarte de mí —dijo Marius. Yo me dirigí hacia la verja y él me siguió—. No salgas sola, Pandora.

—Marius, amor mío —contesté, volviéndome y tomándole de la mano—. No se trata de una venganza. Las palabras que pronunciaste antes, «jovencita» y «mujer», siempre han limitado mi vida. Sólo deseo caminar sin temor, con los brazos desnudos y el cabello cayéndome sobre la espalda, penetrar en cualquier caverna peligrosa que me apetezca. ¡Aún estoy embriagada de su sangre, de la tuya! Sólo percibo el leve fulgor y el parpadeo de ciertas cosas que deberían brillar con intensidad. Quiero estar sola para reflexionar sobre todo lo que has dicho.

—Pero debes prometerme que regresarás antes del amanecer, mucho antes. Debes reunirte conmigo abajo, en la cripta. No puedes permanecer tumbada en una habitación, en algún lugar de la ciudad. La mortífera luz penetrará...

Me conmovió su deseo de protegerme, su aspecto lustroso, su furia.

—Regresaré —dije—, y mucho antes de que amanezca. Pero antes de marcharme quiero que sepas que se me romperá el corazón si a partir de este momento no permanecemos unidos.

—Estamos unidos —repuso él—. Vas a volverme loco, Pandora.

Marius se detuvo ante los barrotes de la verja.
—No des un paso más —dije al despedirme de él.
Eché a andar hacia Antioquía. Mis piernas eran fuertes y ágiles, y los guijarros del polvoriento camino no representaban obstáculo alguno para mis pies; mis ojos escrutaron la noche para contemplar la conspiración de las lechuzas y los peque—
ños roedores que merodeaban en los árboles, observándome, para luego salir huyendo como si sus sentidos naturales les hubieran prevenido contra mí.

Al cabo de un rato llegué a la ciudad propiamente dicha. Creo que la decisión con que me trasladaba de una callejuela a otra bastó para ahuyentar a cualquiera que quisiera abordarme.
Sólo oí comentarios procaces procedentes de la oscuridad, esas torpes y grotescas maldiciones que arrojan los hombres sobre las mujeres que desean, entre amenazantes y despectivas.

Sentí a la gente que estaba recogida en su casa, durmiendo, y oí a los soldados que montaban guardia, charlando en su cuartel detrás del foro.

Hice todas las cosas que los nuevos bebedores de sangre hacen siempre. Toqué la superficie de los muros y contemplé embelesada una antorcha y las polillas que se dejaban atrapar por ella. Sentí sobre mis brazos desnudos y mi frágil túnica los sueños de toda Antioquía rodeándome.

Unas ratas correteaban despavoridas por las alcantarillas y las calles. El río exhalaba su particular sonido; percibí el eco ronco de los barcos que estaban amarrados en el puerto, incluso el leve murmullo del agua.

El foro, resplandeciente con sus inmutables luces, atrapaba la luna como una inmensa trampa humana, lo contrario de un cráter terrestre, un ingenio ideado por el hombre que podía ser observado y bendecido por el intransigente cielo.

Cuando llegué a mi casa trepé con toda facilidad hasta el tejado y me senté en él, relajada, a salvo y libre, contemplando el patio, el peristilo, donde había averiguado —a solas durante aquellas tres noches— las verdades que me habían preparado para recibir la sangre de Akasha.

Con calma y sin dolor, pensé de nuevo en todo lo ocurrido, como si debiera esa reconsideración a la mujer que yo había sido, a la iniciada, a la mujer que se había refugiado en el templo. Marius tenía razón. La Reina y el Rey estaban poseídos por un demonio que se extendía a través de la sangre, alimentándose de ella, creciendo, tal como sentí que hacía en aquellos momentos dentro de mí.

El Rey y la Reina no habían inventado la justicia. La Reina, que había destrozado al pequeño faraón reduciéndolo a un montón de astillas, no había inventado la ley ni la moral.

Y los tribunales romanos, pese a sus torpezas y titubeos a la hora de tomar una decisión, sopesando todos los aspectos del caso, rechazando cualquier ardid mágico o religioso, se afanaban, incluso en aquellos siniestros tiempos, en impartir justicia. Era un sistema que no se basaba en la revelación de los dioses sino en la razón.

Pero yo no podía lamentar el momento de ebriedad en que había bebido la sangre de Akasha y había creído en ella, y había visto cómo caía sobre mí una lluvia de flores. No podía la mentar que una mente fuera capaz de concebir una trascendencia de tal perfección.

Ella había sido mi Madre, mi Reina, mi diosa, mi todo. Yo había sentido las sensaciones que todos debemos experimentar cuando bebemos las pócimas en el templo, cuando cantamos, cuando nos mecemos delirantes y embriagados por los cánticos. Y yo lo había sentido en sus brazos. También lo había sentido en los brazos de Marius, en una medida más segura, y ahora deseaba tan sólo estar con él.

Qué terrorífico me parecía el culto a la diosa. Tarada e ignorante, elevada a un inconcebible poder. Y qué revelador se me antojaba el que en el núcleo de esos misterios residieran unas explicaciones tan degradantes. ¡La sangre derramada sobre su vestido dorado!

«Todas las imágenes, todos los destellos significativos te enseñan cosas más profundas», pensé de nuevo, como había pensado en el templo, cuando me había contentado consolándome con una estatua de basalto.

Soy yo, y sólo yo, quien debe convertir mi nueva vida en una historia heroica.

Me alegré por Marius de que hubiera hallado consuelo en la razón. Pero la razón sólo era una cosa creada, impuesta con fe sobre el mundo, y las estrellas no prometen nada a nadie.

Yo había vislumbrado algo más profundo en aquellas oscuras noches en que había permanecido oculta en esta casa de Antioquía, llorando la muerte de mi padre. Había comprendido que en el corazón mismo de la Creación existía algo tan incontrolable e incomprensible como un volcán en erupción. Su lava destruía por igual a los árboles y a los poetas.«De modo que acepta este regalo, Pandora—me dije—. Vete a casa, agradecida de haberte casado de nuevo, pues no podías haber hecho mejor elección ni contemplar ante ti un futuro más prometedor.»
Cuando regresé —y mi regreso fue muy rápido, lleno de nuevas lecciones sobre cómo podía pasar velozmente por los tejados, sin apenas rozarlos, y sobre los muros—, cuando regresé, lo encontré tal como lo había dejado, sólo que mucho más triste. Estaba sentado en el jardín, como lo había visto en la visión que me había mostrado Akasha.

Sin duda era un lugar que a él le encantaba, detrás de la villa con sus numerosas puertas, un banco situado frente a unos
matorrales y un riachuelo que fluía alegremente sobre las piedras y desembocaba en una corriente que discurría a través de la alta hierba.

En cuanto me vio se puso en pie.
Lo abracé.

—Perdóname, Marius.

—No digas eso. Soy yo quien tiene la culpa de todo. No te protegí de ello.

Nos abrazamos con pasión. Yo deseaba hundir mis dientes en su carne, beber su sangre, y lo hice, y sentí que él bebía también mi sangre. Era una unión más poderosa que la que yo había conocido en mi tálamo conyugal, y me abandoné a ella como jamás me había abandonado a nadie.

De pronto me sentí cansada. Dejé de besarlo y retiré mis dientes de su cuello.

—Vamos —dijo Marius—. Tu esclavo se ha ido a dormir. Mañana, durante el día, mientras durmamos, te traerá todas tus pertenencias; tus muchachas también pueden trasladarse aquí si lo deseas.

Bajamos por la escalera y entramos en otra habitación. Marius tuvo que hacer acopio de todas sus fuerzas para abrir la puerta, lo cual significaba que ningún hombre mortal habría sido capaz de hacerlo.

En el centro de la habitación había un sencillo sarcófago de granito.

—¿Puedes levantar la tapa del sarcófago? —me preguntó Marius.

—¡Me siento muy débil!

—Es porque está amaneciendo. Intenta alzar la tapa. Deslízala hacia un lado.

Hice lo que me pedía, y en el interior del sarcófago vi un lecho de lirios y pétalos de rosa marchitos, unos cojines de seda y unos trozos de flores secas que exhalaban un grato perfume.

Me metí en el sarcófago, me volví y me tumbé en esta prisión de piedra. Marius se acostó en la tumba a mi lado y volvió a colocar la tapa en su lugar, ocultando con ello toda la luz del mundo, como si eso fuera lo que deseaban los muertos.
—Tengo sueño. Apenas puedo hablar.
—¡Qué bendición! —exclamó.

—No es preciso que me ofendas —murmuré—; pero te perdono.

—¡Te amo, Pandora! —dijo en un arrebato.

—Penétrame con tu miembro —dije metiendo la mano entre sus piernas—. Lléname con él y abrázame con fuerza.
—Eso es una estupidez y una superstición —protestó él.
—No lo es —repliqué—. Es simbólico y consolador.

Marius obedeció. Nuestros cuerpos se convirtieron en uno, conectados por este órgano estéril que significaba tanto para él como su brazo, pero cómo amaba yo el brazo con que me rodeó y los labios que oprimió sobre mi frente.

—Te amo, Marius, mi extraño, alto y hermoso Marius.
—No te creo —contestó con voz apenas audible.
—¿Que quieres decir?

—No tardarás en odiarme por lo que te he hecho.

—No es cierto, mi amado y racional Marius. No ansío envejecer, marchitarme y morir, como puedas pensar. Deseo conocer más cosas, ver más cosas...

Sentí sus labios sobre mi frente.

—¿Es cierto que trataste de casarte conmigo cuando yo tenía quince años?

—¡Ay, qué recuerdos tan dolorosos! Los insultos de tu padre aún resuenan en mis oídos. A punto estuvo de mandar que me arrojaran de vuestra casa.

—Te amo con todo mi corazón —musité—. Has ganado. Ahora me tienes junto a ti, soy tu esposa.

—Te tengo a mi lado, sí, pero creo que la palabra «esposa» no es la adecuada. Me asombra que hayas olvidado los reparos que habías puesto a esta palabra.

Juntos —dije; apenas podía hablar debido a sus besos.
Tenía sueño, y me encantaba sentir el tacto de sus labios, su repentino afán de cariño—. Ya se nos ocurrirá otra palabra más exaltada que «esposa». —De pronto me separé de él. No podía verlo en la oscuridad—. ¿Estás besándome para impedir que hable?

—Sí, eso es justamente lo que pretendo —respondió.
Yo aparté el rostro.

—Vuélvete, por favor—me rogó Marius.
—No —contesté.

Permanecí inmóvil, dándome cuenta vagamente de que su cuerpo me parecía ahora completamente normal, porque el mío era tan duro y fuerte como el suyo. Qué ventaja tan sublime. Pero lo amaba. ¡Lo amaba! Dejé queme besara en la nuca, pero no consiguió obligarme a que me volviera hacia él.
Deduje que había amanecido.

Cayó sobre mí un silencio como si el universo y todos sus volcanes y mareas —y todos sus emperadores, reyes, jueces, senadores, filósofos y sacerdotes— hubieran sido borrados del mapa.


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11

Bien, David, aquí lo tienes.

Yo podría continuar la comedia al estilo Plauto—Terencio durante páginas. Podría rivalizar con la obra de Shakespeare Mucho ruido y pocas nueces. Pero ésta es la historia básica. Esto es lo que está detrás de la petulante versión resumida en El vampiro Lestat, esculpida en su forma definitiva y trivial por Marius o Lestat, quién sabe. Permíteme que te guíe a través de esos puntos que son sagrados y todavía arden en mi corazón, por más que otro haya tratado de despacharlos a la ligera.

Y el relato de nuestra despedida no es mera disonancia sino que puede contener una lección.

Marius me enseñó a cazar, a atrapar únicamente a los malvados, y a matar sin dolor, envolviendo el alma de mi víctima en dulces visiones o permitiendo al alma iluminar su propia muerte con una cascada de fantasías que yo no debo juzgar sino simplemente devorar, como la sangre. Todo ello no requiere una detallada documentación.

Marius y yo poseíamos una fuerza equiparable. Cuando un bebedor de sangre abrasado y ambicioso conseguía llegar a Antioquía, lo cual sucedió sólo unas pocas veces, nosotros ejecutábamos juntos al suplicante. Eran unas mentalidades, monstruosas, forjadas durante siglos y que nosotros apenas lográbamos comprender, las cuales buscaban a la Reina como los chacales buscan los cadáveres de seres humanos.

Entre nosotros no se produjo jamás la menor discusión con respecto a ninguno de ellos. Con frecuencia Marius y yo leíamos en voz alta, para el otro, y nos reíamos juntos con el Satiricón de Petronio, y compartíamos las lágrimas y la risa con las amargas sátiras de Juvenal. De Roma y Alejandría surgía un incesante flujo de nueva sátira e historia.

Pero algo separó a Marius para siempre de mí. El amor entre ambos creció a la par que las constantes discusiones, que se convirtieron en el peligroso cemento de nuestra unión.

A lo largo de los años, Marius custodió su delicada racionalidad como una virgen vestal guarda una llama sagrada. Cuando una extática emoción hacía presa en mí, él siempre es taba allí para sujetarme por los hombros y decirme sin rodeos que me comportaba de forma irracional. ¡Irracional, irracional, irracional!

Cuando el terrible terremoto del segundo siglo azotó Antioquía —terremoto del que nosotros salimos ilesos—, me atreví a referirme a ello como una bendición divina. Esto enfureció a Marius, quien se apresuró a indicar que esa intervención divina había protegido también al emperador Trajano, quien a la sazón se encontraba en la ciudad. ¿Qué interpretación podía dar yo a esos hechos?

Añadiré de paso que Antioquía se reconstruyó rápidamente, los mercados prosperaron, llegaron más y más esclavos, nada podía detener a las caravanas que se dirigían hacia los barcos, y los barcos se dirigieron hacia las caravanas.

Pero mucho antes del terremoto, Marius y yo casi llegábamos a las manos noche tras noche.

Si yo permanecía unas horas en la cámara de la Madre y el Padre, Marius venía invariablemente a buscarme y trataba de hacerme entrar en razón. No podía leer conmigo en ese estado, según decía. No podía pensar porque sabía que yo estaba
abajo coqueteando deliberadamente con la locura.

¿A cuento de qué, preguntaba yo, se extendía su dominio a cada rincón de nuestra casa y nuestro jardín? ¿Y cómo se explicaba que mi fuerza fuera equiparable a la suya cuando nos enterábamos de la presencia en Antioquía de un viejo y monstruoso vampiro que se había cobrado varias víctimas y era preciso eliminar?

—¿Acaso no poseo una capacidad intelectual equiparable a la tuya?

—¡Sólo tú formularías esa pregunta! —me espetaba él.
Por supuesto, la Madre y el Padre no volvieron a moverse ni a hablar. No volví a tener sueños de sangre ni recibí más instrucciones divinas. De vez en cuando Marius me lo recordaba.
Y al cabo de mucho tiempo me permitió que me ocupara con él del santuario, para que constatara el grado de silenciosa y vacua condescendencia de la pareja real. Parecían estar más allá de nuestro alcance; su cooperación era pavorosamente torpe y deficiente.

Cuando Flavius cayó enfermo a los cuarenta años, Marius y yo tuvimos nuestra primera batalla campal. Ésta estalló mucho antes del terremoto.

Diré de paso que fue una época maravillosa porque el viejo y perverso Tiberio había llenado Antioquía de nuevos y espléndidos edificios. La ciudad rivalizaba con Roma. Pero Flavius estaba enfermo. Marius no podía soportarlo. Se había encariñado mucho con Flavius; ambos hablaban continuamente de Aristóteles, y Flavius demostró ser uno de esos hombres capaces de hacer cualquier cosa, desde administrar la casa hasta copiar el texto más antiguo y esotérico con absoluto rigor.

Flavius jamás nos había hecho ninguna pregunta respecto a lo que éramos. En su mente, según comprobé, la aceptación y fidelidad superaban con mucho la curiosidad o el temor. Ambos confiábamos en que la dolencia de Flavius no fuera grave. A medida que su fiebre aumentaba, Flavius solía apartar el rostro cada vez que Marius se acercaba a él, pero se aferraba a mi mano siempre que yo se la ofrecía. Con frecuencia permanecía acostada junto a él durante horas, al igual que él se había acostado en una ocasión junto a mí.

Una noche Marius me condujo hasta la verja y dijo:
—Flavius habrá muerto cuando yo regrese. ¿Podrás resistirlo sola?

—¿Acaso pretendes huir del trance? —pregunté.

—No —respondió Marius—. Pero él no quiere que yo le vea morir; no quiere que le vea gemir de dolor.

Asentí con la cabeza.

Marius se marchó. Desde hacía tiempo había decidido que no se volviera a crear otro bebedor de sangre. Yo no me había molestado en cuestionar esa decisión.

Tan pronto como Marius se hubo marchado, convertí a Flavius en un vampiro. Lo hice tal como el monstruo, Marius y Akasha habían hecho conmigo. Marius y yo habíamos hablado mucho sobre el método, consistente en chupar a la víctima tanta sangre como fuera posible y luego devolvérsela, hasta que uno estuviera a punto de perder el conocimiento. El caso es que perdí el conocimiento, y al recobrarlo vi a aquel espléndido griego junto a mí, sonriendo débilmente, tras haber desaparecido de su cuerpo toda enfermedad. Flavius se inclinó sobre mí, me tendió la mano y me ayudó a levantarme.

En aquel preciso instante apareció Marius, que contempló con asombro al renacido Flavius y dijo:
—Márchate de esta casa, de esta ciudad, de esta provincia y de este imperio.

Las últimas palabras que me dirigió Flavius fueron las siguientes:
—Gracias por este Don Oscuro.

Fue la primera vez que oí esa frase, la cual aparece con frecuencia en los escritos de Lestat. Qué bien lo había comprendido aquel culto ateniense.

Durante horas evité tropezarme con Marius. ¡Jamás me perdonaría! Luego salí al jardín. Allí lo encontré, muy deprimido, y al alzar la cabeza y mirarme comprendí que creía que yo me proponía fugarme con Flavius. Al darme cuenta de eso lo abracé. Se mostró aliviado y muy cariñoso conmigo, y me perdonó mi «increíble imprudencia».

—¿No comprendes que te adoro?—dije, tomándole la mano—. Pero no consentiré que me domines. ¿Es que no puedes mostrarte razonable y tratar de comprender que lo más im
portante de nuestro don es habernos librado de los límites impuestos por los términos «masculino» y «femenino»?

—No lograrás convencerme —repuso él— de que no sientes, razonas y obras como una mujer. Los dos queríamos a Flavius. Pero ¿a qué viene crear a otro bebedor de sangre?

—Todo lo que sé es que Flavius lo deseaba. Él comprendía nuestros secretos, existía cierta... cierta complicidad entre Flavius y yo. Me había sido leal en las horas más sombrías de mi vida mortal. ¡Oh, no puedo explicarlo!

—Unos sentimientos típicamente femeninos. Y has arrojado a esa criatura a la eternidad.

—Él colaborará en nuestra búsqueda —contesté.

Hacia mediados de siglo, cuando la ciudad había alcanzado una gran prosperidad y en el Imperio reinaba una paz que habría de durar doscientos años, llegó a Antioquía el cristiano Pablo.

Yo fui una noche a oírle hablar y regresé a casa diciendo que de aquel hombre emanaba tal poder personal que era capaz de convertir las mismas piedras a su fe.

—¿Cómo puedes perder el tiempo en esas cosas? —me espetó Marius—. ¡Cristianos! ¡Ni siquiera constituyen un culto!
Algunos veneran a Juan, otros a Jesús. No cesan de pelearse entre ellos. ¿Es que no ves lo que ha hecho ese tal Pablo?

—¿Qué ha hecho? —inquirí—. No he dicho que fuera a unirme a esa secta. Sólo he dicho que fui a oírle. ¿A quién perjudico con eso?

—A ti misma, a tu mente, a tu equilibrio, a tu sentido común. Se ven comprometidos por las estupideces en las que a veces te interesas, y francamente perjudicas el mismo principio de la verdad.

»Permíteme que te hable de ese hombre llamado Pablo —continuó Marius—. Jamás conoció a Juan el Bautista ni a Jesús de Galilea. Los hebreos lo expulsaron del grupo. Jesús y Juan eran hebreos. Y ahora Pablo se dirige a todo el mundo, judíos y cristianos por igual, romanos y griegos, y les dice: "No es preciso que sigáis la observancia hebrea. Olvidaos de las Fiestas de Jerusalén. Olvidaos de la circuncisión. Convertíos
en cristianos."
—Sí, es cierto —dije con un suspiro.

—Es una religión muy fácil de adoptar —comentó Marius—. No es nada. Tienes que creer que ese hombre se alzó de entre los muertos. A propósito, he examinado a fondo todos los textos que circulan por el mercado de libros. ¿Y tú?

—No. Me sorprende que hayas creído que esa búsqueda era digna de tu tiempo.

—No veo en parte alguna de los escritos de quienes conocieron a Juan y a Jesús que alguno de ellos afirmara que uno se alzaría de entre los muertos, ni que los que creyeran en ellos vivirían después de muertos. Fue Pablo quien añadió esas cosas. ¡Qué promesa tan atrayente! ¡Y deberías oír lo que tu amigo Pablo tiene que decir sobre el tema del infierno! Qué visión tan cruel, el que los mortales cargados de defectos puedan cometer en esta vida unos pecados tan graves como para abrasarse durante toda la eternidad.

—Él no es ¡ni amigo. Concedes demasiada importancia a unos simples comentarios. ¿Por qué te inspira rechazo ese hombre?

—Ya te lo he dicho. Me importa la verdad, lo razonable.
—Lo que no comprendes sobre ese grupo de cristianos es que lo que les une es un amor eufórico, creen en la generosidad...

—¡No me vengas con esto! En cualquier caso, ¿cómo sabes que eso es bueno?

No respondí.

Marius había reanudado su tarea cuando dije:
—Tú me temes. Temes que me deje cautivar por alguien que sostenga unas creencias firmes y te abandone. No, miento. Temes sentirte cautivado tú mismo. Sentirte atraído de nuevo por el mundo y regresar a él, no pudiendo vivir allí conmigo, como un solitario observador romano de inteligencia superior, buscando consuelo mortal en la compañía y la proximidad de otros, la amistad de los mortales, su reconocimiento de que tú eres uno de ellos cuando en realidad no lo eres.

—No digas estupideces, Pandora.

—Guarda tus orgullosos secretos —repuse—. Pero temo por ti, lo reconozco.

—¿Que temes por mí? ¿Y por qué, si puede saberse? —preguntó Marius.

—Porque no te das cuenta de que todo perece, de que todo es puro artificio. Que incluso la lógica, las matemáticas y la justicia no tienen en última instancia significado alguno.

—Eso no es cierto —replicó él.

—Oh, sí lo es. Llegará una noche en que comprenderás lo que vi, cuando llegué a Antioquía, antes de que dieras conmigo, antes de esta transformación que debía de haberlo engullido todo.

»Contemplarás una oscuridad —añadí—, una oscuridad tan absoluta como la naturaleza jamás ha experimentado en la tierra, en ningún lugar y en ninguna época. Sólo el alma humana puede experimentarla. Y dura eternamente. Confío en que cuando ya no puedas escapar de ella, cuando comprendas que estás rodeado por esas tinieblas, tu lógica y tu razón te procuren las fuerzas necesarias para resistirla.

Marius me dirigió una mirada llena de respeto, pero no dijo nada.

—La resignación no te servirá de nada cuando llegue ese momento —proseguí—. La resignación requiere voluntad, y la voluntad requiere decisión, y la decisión requiere creer en ello. Y toda acción o aceptación requiere un testigo. ¡Pero no hay nada, y no hay testigos! Eso aún no lo sabes, pero lo averiguarás. Confío en que cuando lo averigües, alguien sea capaz de consolarte mientras vistes y acicalas a esas monstruosas reliquias que conservas abajo. Cuando les lleves flores.

»Piensa en mí cuando llegue ese momento —continué furiosa—, si no para pedirme perdón, sí para recordarme como un modelo. Pues yo he visto esto, y he sobrevivido. No importa que yo fuera a oír predicar a Pablo o a Cristo, ni que confeccione una corona de flores para la Reina, ni que baile como una necia a la luz de la luna en el jardín antes del amanecer, ni que... ni que te ame. No tiene importancia. Porque no existe nada. Y nadie puede verme. ¡Nadie! —Suspiré. Había llegado el momento de concluir.

»Regresa a tu historia, a ese montón de mentiras que pretenden ligar cada hecho a una causa y un efecto, a esta absurda fe que sostiene que una cosa sigue a otra. Te digo que no es así. Pero es muy romano que tú lo creas.

Marius me miró en silencio. Yo no podía adivinar sus pensamientos ni lo que sentía su corazón. Al cabo de un rato preguntó:
—¿Qué pretendes que haga? —Nunca me había parecido tan inocente como en aquellos momentos.

Lancé una amarga carcajada. ¿Es que no hablábamos el mismo lenguaje? Marius no había oído una sola palabra de lo que yo había dicho. En lugar de ofrecerme una respuesta, me planteaba esta simple pregunta.

—De acuerdo —contesté—. Te diré lo que quiero. ¡Ámame, Marius! ¡Ámame pero déjame en paz! —exclamé sin pensar en lo que decía. Las palabras brotaron de forma espontánea—. Déjame en paz para que pueda buscar mis propios consuelos, mis propios medios de permanecer viva, por muy estúpidos y ridículos que a ti puedan parecerte. ¡Déjame en paz!
Marius me miró dolido, desconcertado, con su increíble expresión de inocencia. Marius y yo tuvimos muchas disputas de ese estilo durante las siguientes décadas. En ocasiones, después de una disputa, él acudía a mí y se enzarzaba en una larga y sesuda plática sobre los males que aquejaban al Imperio, afirmando que los emperadores se habían vuelto locos y el senado carecía de poder, que el progreso del hombre era un acontecimiento único en la naturaleza y digno de contemplarse con asombro. Que él ansiaba vivir, según creía, hasta que ya no existiera vida.

—Aunque no quede nada sino un desierto yermo —solía decir—, quiero estar allí, para ver cómo se derrumba una duna tras otra. Si quedara tan sólo una lámpara en todo el mundo, querría contemplar su llama. Y tú también.

Pero los términos de la pelea, y su intensidad, nunca cambiaban. En el fondo Marius creía que yo le odiaba por haberse comportado de forma tan cruel conmigo la noche en que me fue concedida la Sangre Oscura. Le dije que eso era ridículo. No logré convencerle de que mi alma y mi inteligencia eran demasiado grandes para alimentar un rencor tan pueril, y que yo no tenía por qué darle explicaciones con respecto a mis pensamientos, palabras ni hechos.

Durante doscientos años, vivimos juntos y nos amamos. Marius me parecía cada vez más hermoso.

A medida que llegaban a la ciudad nuevas oleadas de bárbaros procedentes del norte y el este, Marius ya no sentía la necesidad de vestirse como un romano, y frecuentemente adoptaba la suntuosa vestimenta adornada con gemas de los orientales. Su cabello se había tornado más fino, más ligero. Rara vez se lo cortaba, cosa que lógicamente tenía que hacer las noches en que deseaba llevarlo corto. Lucía una espléndida melena sobre sus hombros.

A medida que su rostro se fue haciendo más terso, se disiparon las escasas arrugas que fácilmente indicaban ira en su expresión. Como ya he apuntado, Marius se parece mucho a Lestat. Sólo que es de complexión más recia, y la mandíbula y la barbilla se habían endurecido un poco más con el paso del tiempo antes del Don Oscuro. Pero la pesadez de los párpados había desaparecido.

En ocasiones, durante muchas noches, por temor a pelearnos, no nos dirigíamos la palabra. Entre nosotros hubo siempre un gran afecto físico: abrazos, besos, a veces una silenciosa caricia con la mano.

Pero sabíamos que habíamos vivido mucho más que cualquier humano.

No es preciso que te ofrezca una historia detallada de aquella extraordinaria época, dado que es harto conocida. Pero permíteme que destaque algunos hechos. Permíteme que te describa desde mi propia perspectiva los cambios que se registraban en todo el Imperio.

Antioquía, en cuanto pujante metrópoli, era indestructible. Los emperadores comenzaron a visitarla con frecuencia. Se construyeron más templos consagrados a los cultos orientales. A Antioquía llegaban grandes oleadas de cristianos. Es más, los cristianos de Antioquía constituían un inmenso y fascinante grupo de gentes que no cesaban de pelearse entre sí.

Roma entabló una guerra contra los judíos, aplastando por completo a Jerusalén y destruyendo el sagrado templo hebreo. Un gran número de brillantes pensadores hebreos se estableció en Antioquía y Alejandría.

En dos o tres ocasiones, las legiones romanas pasaron no lejos de nosotros en su camino hacia Partia, al norte de Antioquía; una vez incluso tuvimos una pequeña rebelión, pero Roma siempre acudía para salvar a la ciudad de Antioquía. ¡El mercado cerró durante un día! El comercio continuó, así como la lujuriosa avidez de las caravanas por los barcos y la de los barcos por las caravanas, y Antioquía constituía el lecho en el que ambos cohabitaban.

Se publicaban escasas obras poéticas. La sátira se había convertido en la única expresión segura y honesta de la mente romana; teníamos la divertidísima historia de El asno de oro, de Apuleyo, que se burlaba de todas las religiones. Pero las obras del poeta Marcial estaban imbuidas de una gran amargura. Y las cartas de Plinio que llegué a leer se hallaban repletas de juicios de valor sobre el caos moral en Roma.

Como vampiro comencé a alimentarme exclusivamente de soldados. Me gustaban los soldados, su aspecto, su fuerza. Me alimenté de la sangre de tantos soldados y obraba tan despreocupadamente que llegué a convertirme en una leyenda entre ellos. Me llamaban «la Dama Griega de la Muerte» debido a mis ropas, que sin duda debían de parecerles arcaicas. Les atacaba al azar en callejones oscuros. Gracias a mi astucia, mi fuerza y mi sed era imposible que me rodearan o me detuvieran.

Cuando se lo conté a Marius, dijo que era el tipo de necedades místicas que esperaba de mí.

Yo no quise discutir. Marius observaba con gran interés los avatares de Roma. A mí apenas me sorprendieron.

Marius leyó con avidez las historias de Dión Casio, Plutarco y Tácito, y golpeó con un puño la palma de la otra mano cuando se enteró de las interminables escaramuzas libradas a orillas del Rin y del avance hacia el norte, hacia Britania, y de la construcción de la muralla de Adriano para impedir la entrada de los escoceses, quienes al igual que los germanos no se doblegaban ante nadie.

—¡No están patrullando, preservando ni conteniendo un Imperio! —exclamó—. ¡Conservar un sistema de vida! —añadió—. Sólo les importa la guerra, y el comercio.

Yo no podía mostrarme en desacuerdo con él.

La situación en realidad era mucho peor de lo que imaginaba Marius. Si hubiera acudido con tanta frecuencia como yo a oír a los filósofos, se habría quedado asombrado.

Por doquier aparecían magos, afirmando que eran capaces de volar, de ver visiones, de sanar a la gente con la imposición de manos. Se peleaban con los cristianos y los judíos. No creo que el ejército romano les prestara mucho atención. La medicina, tal como yo la había conocido en mi existencia mortal, se vio inundada por un torrente de fórmulas orientales secretas, amuletos, rituales y estatuillas.

Más de la mitad del Senado ya no era italiano de nacimiento. Esto significaba que nuestra Roma ya no era nuestra Roma.
Había tantos asesinatos, complots, disputas, falsos emperadores y golpes de palacio que pronto comprendimos con meridiana claridad que era el ejército quien gobernaba. El ejército elegía al emperador. El ejército lo mantenía en el trono. Los cristianos se dividían en unas sectas que no cesaban de pelear entre sí. Era inaudito. La religión no ardió por las disputas que estallaban en su seno sino que adquirió mayor fuerza.
Las feroces persecuciones que se producían de vez en cuando —se ejecutaba a la gente por no postrarse ante los altares romanos— no sirvieron sino para aumentar las simpatías de la plebe hacia ese nuevo culto.

El nuevo culto azuzaba el debate sobre todos los principios con respecto a los judíos, Dios y jesús.

Había ocurrido algo extraordinario con esa nueva religión. El cristianismo, a cuya rápida difusión habían contribuido las veloces .embarcaciones, las excelentes carreteras y la fluidez de las rutas comerciales, se encontró de pronto en una extraña situación. El mundo no había llegado a su fin, como habían pronosticado Pablo y Jesús. Y todas las personas que habían conocido o visto a Jesús habían muerto. Y finalmente murieron todas las que habían conocido a Pablo.

Proliferaban los filósofos cristianos, que defendían unas tesis basadas en antiguos conceptos griegos y antiguas tradiciones hebreas.

Justino en Atenas escribió que Cristo era el Logos; uno podía ser un ateo y salvarse en Cristo. Siempre y cuando se mantuviera fiel a la razón.

Yo me apresuré a contárselo a Marius.

Pensé que le pondría furioso, y era una noche aburrida, pero él se limitó a soltar más sandeces sobre los gnósticos.
—Un hombre llamado Saturnino ha aparecido hoy en el foro —dijo Marius—. Quizás hayas oído hablar de él. Predica una absurda variante de ese credo cristiano que te parece tan divertido, según la cual el Dios de los hebreos es en realidad el diablo, y Jesús el nuevo Dios. No era la primera aparición de ese hombre. Él y sus seguidores, gracias al obispo local Ignatius, se dirigen a Alejandría.

—Han llegado aquí unos libros que contienen esas ideas —repuse—, procedentes de Alejandría. A mí me resultan impenetrables. Quizá no lo sean para ti. Se refieren a Sofía, un principio femenino de Sabiduría, que precedió a la Creación.
Los judíos y los cristianos quieren incluir ese concepto de Sofía en su fe. Me recuerda a nuestra amada Isis.

—¡Será tu amada Isis! —replicó Marius.

—Algunas mentes se empeñan en tejerlo todo, los mitos, o su esencia, al objeto de confeccionar un glorioso tapiz.

—Me estás poniendo enfermo, Pandora —me advirtió Marius—. Déjame que te cuente lo que hacen tus cristianos. Se están organizando. Al obispo Ignatius le sucederá otro, y los obispos quieren imponer las normas, ahora que la era de la revelación íntima ha terminado; quieren elaborar, a partir de esos papiros demenciales que existen en el mercado, un canon en el que crean todos los cristianos.

—Jamás pensé que pudiera ocurrir tal cosa —observé—. Estaba más de acuerdo contigo de lo que suponías cuando los censuraste.

—Han triunfado porque se han alejado de la moralidad emocional —dijo Marius—. Se están organizando como los romanos. El obispo Ignatius es muy estricto. Delega el poder. Se ha pronunciado sobre el rigor de los manuscritos. Observa qué están expulsando a los profetas de Antioquía.

—Sí, tienes razón —respondí—. ¿Qué opinas? ¿Eso es bueno o malo?

—Yo deseo que el mundo sea mejor—contestó Marius—. Mejor para los hombres y las mujeres. Mejor. Sólo hay una cosa que está clara: los viejos bebedores de sangre se han ex tinguido, y no hay nada que tú, yo, la Reina o el Rey podamos hacer para alterar el curso de los acontecimientos humanos. Opino que los hombres y las mujeres deben esforzarse más. Con cada víctima que me cobro trato de comprender la maldad más profundamente.

»Y me aterroriza cualquier religión que plantea unas aseveraciones y exigencias fanáticas sobre la base de la voluntad de un dios.

—Eres un auténtico augusto —repuse—. Estoy de acuerdo contigo, pero es divertido leer las obras de esos locos gnósticos. De ese Marción y ese Valentín.

—Quizás a ti te resulte divertido pero yo veo peligro por todas partes. Este nuevo cristianismo no sólo se está difundiendo sino que cambia en cada lugar donde se difunde; es como un animal que devora la flora y la fauna locales y obtiene un poder específico de ese alimento.

Yo no se lo discutí.

Hacia finales del siglo segundo, Antioquía se había convertido en una ciudad fundamentalmente cristiana. Al leer las obras de los nuevos obispos y filósofos tuve la impresión de que nos vendrían encima cosas peores que el cristianismo.

No obstante, debes tener en cuenta, David, que Antioquía no yacía bajo una nube de decadencia; nada parecía presagiar que el Imperio se aproximaba a su fin. Es más, la ciudad estaba marcada por una intensa vitalidad. Ello se debía sobre todo al comercio, que a veces produce la falsa sensación de que existe crecimiento y creatividad cuando en realidad no es así. Las cosas se intercambian, pero no mejoran necesariamente.

Entonces se produjo una época siniestra para Marius y para mí. Dos fuerzas que se abatieron sobre él, poniendo a prueba su valor. Antioquía se convirtió en un lugar más interesante de lo que jamás había sido.

Permíteme que describa el primer desastre, que a mí no me resultó tan duro de soportar como a Marius. Lo sentí mucho por él.

Como ya te he dicho, la cuestión de quién debía ser emperador se había convertido en una broma. Pero cuando se produjeron los hechos a principios de los años 200, la broma dio paso a un grito de angustia.

En aquellos tiempos el emperador era Caracalla, un asesino. Con motivo de un peregrinaje a Alejandría para visitar los restos de Alejandro Magno, el emperador —por razones que nadie se explica ni siquiera ahora— mandó detener y asesinar a miles de jóvenes alejandrinos. Alejandría jamás había vivido una matanza tan absurda yo cruel.

Marius estaba trastornado. Todo el mundo lo estaba. Marius habló de abandonar Antioquía, de alejarse de la ruina del Imperio. Yo empecé a mostrarme de acuerdo con él.
Entonces ese miserable Caracalla decidió marchar en nuestra dirección para declarar la guerra a los partos situados al norte y al este de Antioquía. ¡Lo cual no era nada extraordinario para Antioquía!

Su madre, Julia Domna —no es necesario que recuerdes esos nombres—, se instaló en Antioquía. Se estaba muriendo de cáncer de mama. Y permíteme agregar que esa mujer, junto con su hijo Caracalla, había ayudado a asesinar a su otro hijo, Geta, porque los dos hermanos habían compartido el poder imperial y amenazaban con provocar una guerra civil.

Pero sigamos; tampoco es necesario que recuerdes los nombres que cito a continuación.

El emperador reunió a unas tropas para esta guerra oriental contra los dos reyes del este, Vologeso V y Artabán V Caracalla les declaró la guerra, obtuvo la victoria y regresó triunfal. Luego, a pocos kilómetros de Antioquía, fue asesinado por sus soldados mientras estaba orinando.

Todo eso provocó en Marius una fuerte depresión. Pasaba horas sentado en el santuario contemplando a la Madre y al Padre. Yo creí adivinar lo que estaba pensando, que debíamos inmolarnos a nosotros mismos y a ellos, pero me horrorizaba pensar en eso. Yo no quería morir. No quería perder la vida. No quería perder a Marius. La suerte de Roma me tenía sin cuidado. La vida se extendía ante mí, ofreciéndome la posibilidad de experimentar nuevos prodigios. Pero regresemos a la Comedia. El ejército se apresuró a nombrar emperador a un hombre de las provincias llamado Macrino, el cual era moro y lucía un pendiente en la oreja.

Éste se peleó con Julia Domna, la madre del difunto emperador, porque Macrino no permitía que la mujer abandonara Antioquía para morir en otro lugar. Julia Domna se negó a comer y murió de inanición.

¡Todo esto ocurrió en nuestra propia casa! Esos lunáticos se hallaban en nuestra ciudad, no en una remota capital. Entonces estalló de nuevo la guerra, porque los reyes orientales, a quienes Caracalla había pillado desprevenidos con anterioridad, estaban preparados para presentar batalla, y Macrino tuvo que conducir a sus legiones a la guerra. Ya te he dicho que las legiones se habían hecho con el control de todo. Alguien debió de informar de ello a Macrino, quien en lugar de pelear compró al enemigo. Las tropas no se sentían orgullosas de ese hecho. Y luego cayó sobre ellos, arrebatándoles algunos de sus beneficios. Macrino no parecía comprender que debía conservar el favor de las legiones para sobrevivir. Aunque ¿de qué le había servido eso a Caracalla, por quien sentían gran estima?

Sea como fuere, el caso es que la hermana de Julia Domna, llamada Julia Maesa, que era siria y de una familia consagrada al culto del sol sirio, aprovechó ese momento de auge de las ambiciosas legiones para colocar como emperador a su nieto, nacido de Julia Soemis. Fue un plan insensato, por muchas razones. En primer lugar, las tres Julias eran sirias. El chico sólo tenía catorce años y era un sacerdote hereditario del dios del sol sirio.

Pero de algún modo Julia Maesa y Gannys, el amante de su hija, lograron convencer a unos soldados de que instalaran en el trono imperial al muchacho de catorce años.

El ejército abandonó a Macrino, y éste y su hijo fijeron capturados y asesinados. Los orgullosos soldados desfilaron por las calles llevando a hombros a ese chico de catorce años, que no quería que le llamaran por su nombre romano. Deseaba ostentar el nombre del dios que había adorado en Siria, Heliogábalo. Su simple presencia en Antioquía puso nerviosos a todos los ciudadanos. Por fin, él y las tres Julias que quedaban —su tía, su madre y su abuela, todas ellas sacerdotisas sirias— abandonaron Antioquía.

En Nicomedia, muy cerca de nosotros, Heliogábalo asesinó al amante de su madre. ¡Casi no quedaba nadie! Heliogábalo aprovechó también para llevar a Roma una enorme piedra negra diciendo que era una piedra sagrada para el dios del sol sirio, a quien todos debían adorar a partir de entonces.
Heliogábalo partió por mar, pero en aquella época una carta no tardaba más de once días en llegar a Antioquía desde Roma, y al poco tiempo comenzaron a circular diversos rumores sobre él. ¿Quién sabrá alguna vez la verdad?
Heliogábalo. Construyó un templo para albergar en él la piedra sagrada, en la colina Palatina. Obligó a los romanos a vestirse con trajes fenicios mientras él se dedicaba a sacrificar reses y ovejas para ofrecérselos a su dios. Heliogábalo rogó a los médicos que trataran de transformarlo en una mujer, creando el pertinente orificio entre sus piernas. Al enterarse, los romanos quedaron horrorizados.
Por las noches el emperador se disfrazaba de mujer —peluca incluida—, y salía a recorrer las tabernas. Los soldados comenzaron a sublevarse por todo el Imperio. Incluso las tres Julias, la abuela Julia Maesa, la tía Julia Domna y la madre Julia Soemis, empezaron a hartarse del emperador. Al cabo de cuatro años de gobierno de aquel maníaco, los soldados lo asesinaron y arrojaron su cadáver al Tíber. Según Marius no quedaba nada de lo que él había llamado antiguamente Roma. Estaba más que harto de los cristianos de Antioquía, de sus peleas a propósito de la doctrina. Todas las religiones mistéricas le parecían un peligro. Marius utilizaba a ese emperador lunático como ejemplo del fanatismo que imperaba en aquellos tiempos.

Entonces ocurrió un desastre más grave que el anterior, algo que ambos habíamos temido que se produjera en una u otra forma. Pero se abatió sobre nosotros en el momento menos propicio.

Una noche aparecieron a nuestras puertas, eternamente abiertas, cinco bebedores de sangre.

Ni Marius ni yo los oímos acercarse. Estábamos recostados en unos divanes, leyendo tranquilamente, cuando de pronto, al alzar los ojos, vimos a los cinco: tres mujeres, un hombre y un joven, todos ataviados de negro. Vestían como los eremitas y ascetas cristianos que rechazaban los goces de la carne y practicaban el ayuno. En las desérticas inmediaciones de Antioquía pululaban muchos de esos individuos.

Pero aquéllos eran bebedores de sangre.

Tenían el pelo y los ojos negros y la piel atezada. Se plantaron ante nosotros con los brazos cruzados sobre el pecho.
Piel atezada, pensé rápidamente. Son jóvenes. Fueron creados después de que muchos de ellos se abrasaran. ¿Qué más da que sean cinco?

Poseían rostros atractivos y rasgos armoniosos, cejas bien dibujadas y unos ojos negros y profundos, y todos ellos mostraban los signos de sus cuerpos vivos: unas pequeñas arrugas en las comisuras de los ojos y alrededor de los nudillos.

Parecían tan impresionados de vernos a Marius y a mí como nosotros de verlos a ellos. Contemplaron la biblioteca inundada de luz y observaron nuestra elegante vestimenta, la cual contrastaba con sus ascéticas túnicas.

—¿Y bien? —preguntó Marius—. ¿Quiénes sois?

Oculté mis pensamientos y traté de adivinar los de aquellos individuos.

Eran de mente cerrada. Estaban dedicados a algo. Todo su ser irradiaba fanatismo. Tuve el presentimiento de que algo terrible iba a ocurrir.

Comenzaron a entrar tímidamente, pero Marius los detuvo.
—No, por favor —dijo en griego—. Ésta es mi casa. Decidme quiénes sois y entonces quizás os invite a pasar.

—Sois cristianos, ¿no es así? —intervine—. Exhaláis un aire de profundo fervor.

—En efecto, somos cristianos —repuso el joven en griego—. Somos el azote de la humanidad en nombre de Dios y de su hijo, Jesucristo. Somos los Hijos de las Tinieblas.

—¿Quién os creó? —inquirió Marius.

—Nos crearon en una cueva sagrada y en nuestros templos —respondió una de las mujeres, también en griego—. Conocemos la verdad de la Serpiente, y sus colmillos son nuestros colmillos.

Me acerqué a Marius.

—Supusimos que estabais en Roma —dijo el joven, que tenía el pelo negro y corto, y unos ojos redondos de mirada cándida—, porque el obispo cristiano de allí es ahora el jefe supremo de los cristianos, y la teología de Antioquía ya no tiene peso alguno.

—¿Por qué habíamos de estar en Roma? —preguntó Marius—. ¿Qué nos importa a nosotros el obispo romano?

La mujer se adelantó. Llevaba un sencillo peinado, con la raya en medio, y el pelo cayéndole sobre los hombros, pero poseía un rostro de facciones nobles y armoniosas. Me fijé sobre todo en sus labios, perfectamente dibujados.

—¿Por qué os ocultáis de nosotros? Hace años que venimos oyendo hablar de vosotros. Sabemos que conocéis muchas cosas sobre nosotros y sobre la procedencia del Don Oscuro, que fue creado por Dios, y que evitasteis que nuestra especie se extinguiera.

Marius estaba visiblemente horrorizado, pero trató de disimularlo.

—No tengo nada que deciros —contestó, un tanto apresuradamente—, salvo que no creo en vuestro Dios ni en vuestro Jesucristo, y tampoco creo que fuera Dios quien creara el Don Oscuro, según lo llamáis vosotros. Habéis cometido un grave error.

Los visitantes se mostraban escépticos y totalmente entregados.

—Habéis alcanzado la salvación —dijo otro, el joven, situado en el extremo de la fila, que llevaba el pelo largo hasta los hombros. Poseía una voz varonil pero tenía las piernas y los brazos muy delgados—. Habéis llegado a un punto en que sois tan fuertes, pálidos y puros que prácticamente no necesitáis alimentaros de sangre.

—Ojalá fuera cierto, pero no lo es —repuso Marius.
—¿Por qué no nos invitas a pasar? —preguntó el joven—. ¿Por qué no nos guías y nos enseñas lo que sabes para que podamos difundir la Sangre Oscura y castigar a los mortales por sus pecados? Somos puros de corazón. Somos los elegidos. Cada uno de nosotros penetró valientemente en la caverna, donde el diablo, un ser agonizante, reducido a un montón de huesos sanguinolentos, expulsado del cielo en medio de una intensa llamarada, nos impartió sus enseñanzas.

—¿Y cuáles son esas enseñanzas? —inquirió Marius.
—Haced que sufran —contestó la mujer—. Sembrad la muerte. Rechazad todas las cosas materiales como hacen los estoicos y los eremitas de Egipto, pero sembrad la muerte. Castigadlos.

La mujer mostraba una actitud decididamente hostil hacia nosotros.

—Este hombre se niega a ayudarnos —dijo entre dientes—. Este hombre es un profano, un hereje.

—Debes acogernos —dijo el joven que había hablado en primer lugar—. Hace mucho que os buscamos por todo el mundo, y nos presentamos ante vosotros con humildad. Si deseáis vivir en un palacio, quizá tengáis razón, quizás hayáis ganado ese privilegio, pero nosotros no. Nosotros vivimos en la oscuridad, no gozamos de placer alguno salvo la sangre, nos alimentamos de los débiles, los enfermos y los inocentes. Cumplimos la voluntad de Cristo tal como la Serpiente cumplió la voluntad de Dios en el Edén cuando tentó a Eva.

—Venid a nuestro templo —dijo uno de los hombres—, y contemplad el árbol de la vida con la sagrada Serpiente enroscada en torno a él. Poseemos sus colmillos. Poseemos su poder. Dios la creó, al igual que creó a judas Iscariote, y a Caín, y a los malvados emperadores romanos.

—Ya comprendo —dije—. Antes de que hablarais con el dios en la caverna, adorabais a la Serpiente. Sois ofitas, setianos, nasenianos.

—Ésa fue nuestra primera vocación —respondió el joven—; pero ahora somos Hijos de las Tinieblas, consagrados al sacrificio y la muerte, dedicados a infligir sufrimiento.

—¡Oh, Marción y Valentín! —murmuró Marius—. No conocéis esos nombres, ¿verdad? Son los poéticos gnósticos que hace cien años inventaron vuestra complicada filosofía.
La dualidad... la cual, en un mundo cristiano, podía ser tan poderosa como un dios.

—Sí, lo sabemos —respondieron varios de ellos al unísono—. No conocemos esos nombres profanos, pero conocemos a la Serpiente y sabemos lo que Dios desea de nosotros.

—Moisés alzó a la Serpiente en el desierto, sobre su cabeza —dijo el joven—. Incluso la reina de Egipto conocía a la Serpiente y la lucía en su corona.

—La historia del gran Leviatán ha sido suprimida en Roma—apostilló la mujer—. La han eliminado de los libros sagrados. ¡Pero nosotros la conocemos!

—De modo que habéis aprendido todo esto de los cristianos armenios —dijo Marius—. ¿O fue de los sirios?

El hombre bajo y de ojos grises, que aún no había dicho esta boca es mía, se dirigió a Marius con notable autoridad.
—Conoces verdades muy antiguas —dijo—, y las utilizas de forma profana. Todos hemos oído hablar de ti. Los rubios Hijos de las Tinieblas que habitan en los bosques septentrionales conocen tu existencia y saben que sustrajiste de Egipto un importante secreto antes del nacimiento de Cristo. Muchos vinieron aquí, os vieron a ti y a la mujer, y huyeron despavoridos.
—Hicieron bien —replicó Marius.

—¿Qué hallaste en Egipto? —preguntó la mujer—. En las habitaciones que antiguamente pertenecían a una raza de bebedores de sangre habitan ahora unos monjes cristianos. Los monjes no conocen nuestra existencia, pero nosotros sí hemos oído hablar de ellos y de vosotros. Había allí unos escritos, unos secretos, algo que por Derecho Divino nos pertenece ahora a nosotros.

—No, no había nada —contestó Marius.

—Cuando los hebreos huyeron de Egipto —dijo la mujer—, cuando Moisés hizo que se separaran las aguas del mar Rojo, ¿se dejaron los hebreos algo en Egipto? ¿Por qué alzó Moisés a la serpiente en el desierto? ¿Sabes cuántos somos? Casi un centenar. Hemos viajado al norte, al sur, incluso al este, a unas tierras que ni siquiera podéis imaginar.

Vi que Marius estaba trastornado.

—Muy bien —dije—, comprendemos lo que deseáis y por qué os han inducido a creer que podemos satisfacer vuestros deseos. Os ruego que salgáis al jardín y dejéis que Marius y yo hablemos a solas. Respetad nuestra casa. No hagáis daño a nuestros esclavos.

Jamás se nos ocurriría tal cosa.
—Regresaremos enseguida.

Agarré a Marius de la mano y lo conduje abajo.
—¿Adónde vas? —murmuró él—. ¡Borra todas las imágenes de tu mente! No deben ver nada.

—No temas —contesté—. Y desde donde me situaré para hablar contigo, tampoco podrán oír nada.

Marius captó lo que quería decir. Lo conduje al santuario donde se hallaban la Madre y el Padre, inmutables, y cerré la puerta a mis espaldas.

Llevé a Marius detrás del trono del Rey y la Reina.
—Probablemente puedan percibir los latidos de los corazones de la pareja real —musité con voz apenas audible—. Pero confío en que ese sonido les impida oírnos a nosotros. Debemos matarlos, destruirlos por completo.

Marius me miró atónito.

—¡Sabes tan bien como yo que debemos hacerlo! —insistí—. Tienes que matarlos a ellos y a cualquier ser parecido a ellos que se nos acerque. ¿Por qué me miras así? Prepárate. El medio más sencillo es destrozarlos y luego quemar sus restos.
—¡Oh, Pandora! —exclamó Marius, y dejó escapar un suspiro.

—No irás a acobardarte ahora.

—No me acobardo, Pandora —repuso Marius—. Es que me veo irrevocablemente transformado por ese acto. Matar cuando estoy ávido de sangre, para mantenerme a mí mismo y mantener a quienes deben ser mantenidos por alguien, hace mucho que llevo haciendo eso. Pero ¿convertirme en verdugo? ¡Convertirme en alguien como los emperadores que quemaban a los cristianos! ¿Iniciar una guerra contra esta raza, esta orden, este culto, como quieras llamarlo, adoptar una postura tan implacable?

—No tienes más remedio. Hay muchas espadas decorativas en la habitación donde dormimos. Deberíamos utilizar las espadas grandes y curvadas. Y la antorcha. Deberíamos decir les que lamentamos mucho el castigo que debemos impartirles, y hacerlo.

Marius no respondió.

—¿Es que vas a dejar que se marchen para que vengan otros a por nosotros? La única seguridad radica en destruir a todos los vampiros que descubran nuestro paradero y el del Rey y la Reina.

Marius se alejó unos pasos y se detuvo ante la Madre. La miró a los ojos. Yo sabía que estaba conversando en silencio con ella. Y sabía también que ella no le respondía.

—Existe otra posibilidad —dije—, una posibilidad muy real. —Indiqué a Marius que volviera a situarse detrás del Rey y la Reina, donde los otros no pudieran oír nuestra conversación.

—¿Cuál?—inquirió él.

—Entrega el Rey y la Reina a esos seres. Tú y yo seremos libres. Ellos cuidarán de la real pareja con fervor religioso.
Quizás el Rey y la Reina les permitan incluso beber...

—¡Es impensable! —protestó Marius.

—Eso es justamente lo que pienso. jamás sabremos si estamos a salvo. Y ellos deambularán libremente por el mundo como unos roedores sobrenaturales. ¿Acaso se te ocurre una tercera alternativa?

—No, pero estoy dispuesto. Utilizaremos el fuego y las espadas simultáneamente. ¿Puedes decir algunas mentiras que los seduzcan mientras nos aproximamos a ellos, armados y con antorchas?

—Oh, sí, desde luego —respondí.

Entramos en la cámara y agarramos unas espadas curvadas de grandes dimensiones, con la hoja muy afilada, que procedían del mundo del desierto árabe. Encendimos otra antorcha con la que ardía al pie de la escalera y subimos.

—Acercaos, hijos míos —dije al entrar en la habitación—, acercaos, porque lo que voy a revelaros requiere la luz de esta antorcha, y pronto averiguaréis el sagrado propósito de esta espada. ¡Me admira vuestra devoción! Marius y yo nos plantamos ante ellos. —¡Qué jóvenes sois! —dije.

De golpe fueron presa del pánico y se agruparon precipitadamente, facilitándonos la labor. Al cabo de unos momentos prendimos fuego a sus ropas y los destrozamos con nuestras espadas, sin hacer caso de sus gritos.

Yo jamás había utilizado toda mi fuerza, agilidad y voluntad como hice para acabar con ellos. Experimenté una gran euforia al atacarlos con la espada hasta abatirlos, hasta matar los a todos ellos. Por otra parte, no deseaba que padecieran. Dado que todos eran tan jóvenes por ser unos bebedores de sangre, nos llevó un rato quemar sus huesos y dejarlos reducidos a cenizas.

Cuando por fin concluyó nuestra tarea, Marius y yo nos quedamos en el jardín, con nuestras ropas manchas de hollín, la alta hierba oscilando bajo la brisa, cerciorándonos con nuestros propios ojos de que las cenizas se esparcían a los cuatro vientos. De pronto Marius dio media vuelta y se alejó rápidamente hacia el santuario de la Madre.

Eché a correr tras él, asustada. Al entrar lo vi de pie ante ella, sosteniendo la antorcha y la espada ensangrentada —las criaturas habían sangrado profundamente—, mirando a Akasha a los ojos.

—¡Oh, madre desalmada! —murmuró Marius. Tenía el rostro manchado de sangre y hollín. Contempló la antorcha y luego la Reina.

Akasha y Enkil no manifestaron señal alguna de haberse enterado de la matanza que había tenido lugar arriba. No mostraron aprobación ni gratitud, ningún signo de ser conscientes de lo ocurrido. Tampoco parecían darse cuenta de que Marius sostenía una antorcha en la mano, ni de los pensamientos que en aquellos instantes le pasaban por la cabeza.

Fue el fin de Marius, el fin del Marius que yo había conocido y amado durante aquel tiempo.

Decidió no abandonar Antioquía. Yo era partidaria de que nos fuéramos y nos llevásemos a la real pareja, correr aventuras apasionantes y contemplar las maravillas que existen en el mundo.

Pero Marius se llegó. No tenía más que una obligación: permanecer al acecho hasta haber liquidado a todos los bebedores de sangre que aún quedaban.

Durante varias semanas se negó a hablar y a moverse, excepto cuando yo le azuzaba, y entonces me suplicaba que lo dejara solo. En las raras ocasiones en que se levantaba de la tumba permanecía sentado, con la espada y la antorcha al alcance de la mano.

La situación se me hizo insostenible. Transcurrieron meses. —Te estás volviendo loco —dije—. ¡Vámonos de aquí y llevémonos al Rey y a la Reina con nosotros! Una noche me dejé dominar por la ira y la sensación de soledad y exclamé estúpidamente: —¡Ojalá pudiera librarme de ellos y de ti! —Abandoné entonces la casa y no regresé hasta tres noches después. Dormí en lugares oscuros y seguros, en los que me instalé sin reparos. Cada vez que pensaba en él lo visualizaba allí sentado, inmóvil, como ellos, y me invadía el pánico.

Si Marius hubiera conocido la auténtica desesperación, lo que ahora llamamos «lo absurdo», si hubiera tenido que enfrentarse alguna vez a la nada, no se habría dejado desmoralizar por aquella matanza.

Por fin una mañana, poco antes del amanecer, cuando me hallaba oculta en un lugar seguro, un extraño silencio cayó sobre Antioquía. El ritmo que yo había percibido durante toda mi estancia allí había desaparecido. ¿Qué podía significar? Pero había tiempo suficiente para averiguarlo.

Yo había cometido un error fatal. La villa estaba desierta. Marius había ultimado los detalles de su partida, incluido el medio de transporte, de día. Yo no tenía ni remota idea de adónde había ido. Se había llevado todas sus pertenencias, absteniéndose escrupulosamente de tocar las mías.

Yo le había fallado cuando más me necesitaba. Caminé durante horas alrededor del santuario vacío. Grité y dejé que el eco de mis gritos reverberara entre los muros.

Marius no regresó a Antioquía. No recibí carta de él. Al cabo de seis meses me di por vencida y me marché. Como sin duda sabes, los vampiros cristianos, tan religiosos y consagrados a su causa, no se extinguieron, al menos hasta que apareció Lestat ataviado de terciopelo rojo y piel para deslumbrarlos y burlarse de sus creencias. Eso ocurrió en la Edad de la Razón. Fue cuando Marius recibió a Lestat. Quién sabe que otros cultos vampíricos existen...

En cuanto a mí, en aquella época había perdido a Marius. Le había visto únicamente una sola y preciosa noche hacía cien años, y por supuesto miles de años después del derrumbe de lo que denominamos «el mundo antiguo».

¡Sí, le vi! Sucedió durante los caprichosos y frágiles tiempos de Luis XIV, el Rey Sol. Habíamos asistido a un baile en la corte, en Dresde. Sonaba la música—una combinación. expe rimental de clavicordio, laúd y violín—, creando los artísticos bailes que parecían consistir tan sólo en círculos y reverencias. ¡De pronto vi a Marius al otro lado de la habitación! Hacía mucho que andaba buscándome, y al verme esbozó la más trágica y encantadora de las sonrisas. Lucía una voluminosa peluca rizada, teñida del mismo color que su cabello verdadero, una casaca de terciopelo y muchos encajes, a los que los franceses eran muy aficionados. Su piel tenía un tono dorado. Eso significaba fuego. Entonces comprendí que había sufrido una experiencia terrible. En sus pupilas azules se reflejaba un amor jubiloso, y sin abandonar su afectada pose —estaba apoyado sobre un codo en el borde del clavicordio— me lanzó un beso con las yemas de los dedos.

Yo no daba crédito a mis ojos. ¿Se trataba realmente de él? ¿Me encontraba yo sentada allí, luciendo un corpiño rígido y escotado y unas gigantescas faldas, una de las cuales llevaba recogida en artísticos pliegues para mostrar la otra? En aquella época mi piel daba la impresión de ser totalmente artificial. Unas manos profesionales me habían peinado el cabello en un gran moño sobre la cabeza.

Yo no había prestado atención a las manos mortales que me habían vestido y peinado. A la sazón me dejaba guiar a través del mundo por un feroz vampiro asiático, por quien no sentía la menor estima. Había caído en una trampa para mujeres: me había convertido en el ornamento vacuo y ostentoso de una personalidad masculina que a pesar de su aburrida crueldad verbal poseía la fuerza suficiente para conducirnos a ambos a través del tiempo.

El asiático se había esfumado con su víctima, elegida con esmero, a un dormitorio del piso de arriba.

Marius se acercó a mí, me besó y me abrazó. Yo cerré los ojos.

—¡Eres Marius! —musité—. ¡El auténtico Marius! —¡Pandora! —repuso él, retrocediendo para contemplarme—. ¡Mi Pandora! Tenía la piel quemada. Observé unas leves cicatrices. Pero estaba casi totalmente regenerada.

Marius me condujo a la pista de baile. Era la perfecta encarnación de un ser humano. Me ciñó por la cintura y comenzamos a bailar. Yo apenas podía respirar. Me dejé guiar por él, aturdida mientras giraba entre sus brazos y contemplaba la expresión arrobada de su rostro. No era capaz de medir siglos ni milenios. De pronto deseé saberlo todo, dónde había estado, lo que le había ocurrido. No me dejé influir por el orgullo ni la vergüenza. ¿Se dio cuenta Marius de que yo no era sino una sombra de la mujer que él había conocido? —¡Eres la esperanza de mi alma! —murmuré.

Nos marchamos de inmediato. Marius me condujo en un coche a su palacio. Me cubrió de besos. Yo lo abracé apasionadamente.

—Eres mi sueño —dijo él—, mi tesoro tan estúpidamente perdido, pero estás aquí, has perseverado.

—Estoy aquí porque tú me ves —repuse con amargura—. Casi puedo verme en el espejo gracias a que tú has alzado la vela.

De golpe percibí un sonido, un antiguo y siniestro sonido. Era los latidos de Akasha, los latidos de Enkil.

El coche se detuvo. Una verja de hierro. Sirvientes.

Era un palacio enorme, elegante, la ostentosa residencia de un noble rico.

—¿Están ahí dentro, la Madre y el Padre? —pregunté. —Oh, sí, inmutables. Sumidos en su eterno silencio. —La voz de Marius parecía desafiar el horror de aquella situación. Yo no podía soportarlo. Tenía que escapar del sonido del corazón de la Reina. Vi ante mis ojos una imagen de la petrificada pareja real.

—¡No! Llévame lejos de aquí. No puedo entrar, Marius. ¡No soporto verlos! —Están ocultos en los sótanos del palacio. No es necesario que los veas. Ellos jamás sabrán que estás aquí. Siguen igual que antes, Pandora.

¡Ah! ¡Igual que antes! Mi mente retrocedió siglos a través de un terreno peligroso hasta mis primeras noches, sola y mortal, en Antioquía, hasta las postreras victorias y derrotas de aquellos tiempos. ¡Ah! ¡Akasha seguía igual! Temí ponerme a gritar, incapaz de controlarme.

—Muy bien—dijo Marius—, iremos donde tú quieras. Di al cochero las señas de mi escondite.

No podía mirar a Marius. Él se esforzó en simular un feliz encuentro. Habló sobre ciencia y literatura, Shakespeare, Dryden, el Nuevo Mundo lleno de selvas y ríos. Pero noté que la alegría había desaparecido de su voz.

Sepulté el rostro en su hombro. Cuando el coche se detuvo, me apeé apresuradamente y corrí hacia la puerta de mi casita. Al volverme vi a Marius parado en medio de la calle.

Estaba triste y cansado; asintió lentamente con la cabeza e hizo un gesto de resignación.

—¿Me permites esperar hasta que mudes de ánimo? —preguntó—. ¿Existe alguna esperanza de que cambies de opinión? ¡Aguardaré eternamente si es preciso! —No se trata de mi estado de ánimo —contesté—. Esta noche me iré de la ciudad. Olvídame. ¡Olvida que me has visto! —Amor mío —dijo Marius suavemente—. Mi único amor.

Entré precipitadamente y cerré la puerta. Unos instantes después oí alejarse el coche. Me volví loca, como no me había sucedido desde que era mortal, golpeando las paredes con los puños, tratando de contener mi inmensa fuerza y no lanzar los aullidos y gemidos que pugnaban por salir de mi garganta. Por fin miré el reloj. Faltaban tres horas para el amanecer. Me senté ante el escritorio y le escribí: Marius: Al amanecer partiremos para Moscú. El mismo ataúd en el que descanso me transportará muchos kilómetros el primer día. Estoy aturdida, Marius. No puedo refugiarme en tu casa, bajo el mismo techo que los antiguos. Te lo ruego. Marius, ven conmigo a Moscú. Ayúdame a librarme de esta pesadilla. Más tarde podrás juzgarme y condenarme. Te necesito, Marius, vagaré por los alrededores del palacio del Zar y la Gran Catedral hasta que vengas. Marius, sé que se trata de un largo viaje, pero te suplico que me acompañes. Soy esclava de la voluntad de este bebedor de sangre. Te quiere, PANDORA Salí a la calle apresuradamente y eché a correr hacia su casa, tratando de recordar el camino que había recorrido el coche y en el que yo, estúpidamente, apenas me había fijado.

Pero ¿y aquellos latidos? No tendría más remedio que oír ese espantoso sonido. Tenía que entrar corriendo, pasar apresuradamente a través de él, al menos el tiempo suficiente para entregar a Marius esta carta, para dejar que me sujetara por la muñeca y me obligara a refugiarme en un lugar seguro, y librarme antes del amanecer del vampiro asiático que me mantenía.

En ese momento apareció un coche transportando en su interior a mi compañero vampiro, que acababa de abandonar el baile.

El coche se detuvo para que yo subiera a él.

—El hombre que me acompañó... —dije al cochero en voz baja—. Me llevó a su casa, un palacio enorme.

—Sí, el conde Marius —contestó el cochero—. Acabo de dejarlo en su casa.

—Debes llevarle esta carta. ¡Apresúrate! ¡Llévala a su casa y entrégasela personalmente! Dile que no tengo dinero para pagarte. Él te pagará. Dile que la carta es de Pandora. ¡Es preciso que se la entregues! —¿De quién estás hablando?—inquirió mi amante asiático. Yo indiqué al cochero que partiera.

—¡Ve inmediatamente! Como es lógico, mi consorte se enfureció; pero el coche ya había partido.

Transcurrieron doscientos años antes de que yo averiguara la verdad: Marius jamás recibió esa carta.

Había regresado a su casa, había hecho el equipaje y, la noche siguiente, había abandonado Dresde muy apenado. No vio mi carta hasta al cabo de mucho tiempo, tal como le contó al vampiro Lestat, «un frágil pedazo de papel —según dijo que se había deslizado hasta el fondo de un baúl».

¿Cuándo volví a encontrarme con él? En este mundo moderno. Cuando la antigua Reina se levantó de su trono y demostró los límites de su sabiduría, su voluntad y su poder.

Dos mil años más tarde, en nuestro siglo XX, que seguía lleno de columnas, estatuas, frontones y peristilos romanos, atestado de ordenadores y televisores que emiten calor, con Cicerón y Ovidio en todas las bibliotecas públicas, nuestra Reina, Akasha, se despertó de su letargo al contemplar una imagen de Lestat en la pantalla de un televisor, en su santuario ultramoderno y seguro, y trató de reinar como una diosa, no sólo sobre nosotros sino sobre toda la humanidad.

En aquellos peligrosos momentos, cuando Akasha amenazó con destruirnos a todos si no acatábamos su voluntad —ya había matado a muchos— fue Marius, con su razonamiento, su optimismo, su filosofía, quien habló con ella, quien trató de calmarla y distraer su atención, quien neutralizó su destructivo intento hasta que un antiguo enemigo vino para llevar a cabo una antigua maldición, y la aniquiló con pasmosa sencillez.

David, ¿qué has hecho conmigo? ¿Cómo has conseguido que te narrara este relato? Has hecho que me sienta avergonzada de los años desperdiciados. Has hecho que comprenda que ninguna oscuridad es lo bastante profunda para extinguir mis conocimientos personales del amor, el amor de los mortales que me trajeron a este mundo, el amor por las diosas de piedra, el amor por Marius.

Ante todo, no puedo negar el resurgir de este amor por Marius.

En este mundo veo en torno a mí infinitos testimonios de amor. Detrás de la imagen de la Virgen María y el Niño Jesús, detrás de la imagen de jesucristo, detrás de la recordada imagen de basalto de Isis. Veo amor. Lo veo en la lucha humana. Lo veo en su innegable penetración, en todo cuanto los humanos han logrado en su poesía, su pintura, su música, su amor al prójimo y su negativa a aceptar el sufrimiento como algo inevitable.

El amor. Pero ¿de dónde proviene ese amor? ¿Por qué se niega a revelar sus fuentes, este amor que crea la lluvia y los árboles y las estrellas diseminadas por el firmamento, tal como los dioses y las diosas afirmaban antiguamente haber hecho? De modo que Lestat, el príncipe imberbe, despertó a la Reina; y nosotros sobrevivimos a su afán destructor. De modo que Lestat, el príncipe imberbe, visitó el Cielo y el Infierno y regresó lleno de incredulidad y de horror, y con el Velo de la Verónica. Verónica, un nombre cristiano inventado que significa vera ikon, o icono verdadero. Se encontró en medio de Palestina durante los años en que yo vivía, y allí contempló algo que ha conseguido trastornar las facultades humanas que tanto valoramos: la fe, la razón.

Debo reunirme con Lestat, mirarlo a los ojos. ¡Debo ver lo que él vio! Deja que los jóvenes canten canciones de muerte. Son estúpidos.

Lo más bello que existe bajo el sol y la luna es el alma humana. Me maravillan los pequeños milagros de bondad que se producen entre los humanos, me maravilla el desarrollo de la conciencia, la persistencia de la razón frente a la superstición y el desespero. Me maravilla la resistencia humana.

Tengo otra historia que narrarte. No sé por qué quiero dejar constancia de ella aquí. Pero deseo hacerlo. Quizás es porque presiento que tú —un vampiro que ve espíritus— la com prenderás, y tal vez entiendas el motivo de que no lograra conmoverme.

Una vez, en el siglo vi —es decir, quinientos años después del nacimiento de Cristo y trescientos años después de que yo hubiera abandonado a Marius—, decidí recorrer la bárbara Italia. Los ostrogodos habían invadido hacía mucho tiempo la península.

Entonces fueron atacados por otras tribus, las cuales saquearon, prendieron fuego y se llevaron las piedras de los viejos templos.

El hecho de ir allí me produjo la impresión de caminar sobre carbones encendidos.

Pero Roma luchó con cierto concepto de sí misma, de sus principios, tratando de unir lo pagano y lo cristiano, tratando de darse un respiro de los ataques de los bárbaros.

El Senado romano aún existía. De todas las instituciones, era la única que sobrevivía.

Boecio, un erudito con unos orígenes semejantes a los míos, un hombre muy culto que había estudiado a los antiguos y a los santos, había sido ejecutado recientemente, pero no antes de que nos regalara una gran obra. Actualmente puedes hallarla en las librerías. Como habrás adivinado, se. trata de Consolación de la filosofía.

Tenía que contemplar con mis propios ojos las ruinas del foro, las colinas quemadas y yermas de Roma, los cerdos y las cabras que deambulaban por los lugares donde antiguamente Cicerón se había dirigido a las masas. Tenía que ver a los pobres que vivían, abandonados y hundidos en la miseria, a orillas del Tíber.

Tenía que ver el mundo clásico que se había desmoronado. Tenía que ver las iglesias y los santuarios cristianos. Pero sobre todo tenía que ver a un erudito. Al igual que Boecio pro cedía de un antiguo linaje romano, y al igual que Boecio había leído los clásicos y los santos. Era un hombre que escribía cartas que llegaban a todos los confines del mundo, incluso a manos del venerable Beda en Inglaterra.

Había construido un monasterio allí, un gran alarde de creatividad y optimismo, pese a la desolación y a la guerra. Ese hombre era Casiodoro, y su monasterio estaba emplazado en la misma punta de la bota de Italia, en la paradisíaca tierra de la verde Calabria.

Sus monjes se hallaban copiando afanosamente en el scriptorium.

Y en su celda, abierta de par en par a la noche, se encontraba Casiodoro, escribiendo, un hombre que había cumplido los noventa años.

Había sobrevivido a la feroz política que había sentenciado a su amigo Boecio, habiendo servido al emperador ostrogodo Teodorico, habiendo vivido lo suficiente para retirarse del servicio civil, habiendo sobrevivido para construir su monasterio, su sueño, y para escribir a monjes en todo el mundo, para compartir con ellos lo que sabía sobre los antiguos, para conservar la sabiduría de los griegos y los romanos.

¿Era realmente Casiodoro el último superviviente del mundo antiguo, según afirmaban algunos? ¿Era el último hombre capaz de leer en latín y en griego? ¿Era el último hombre capaz de valorar tanto a Aristóteles como el dogma del Papa romano? ¿A Platón y a san Pablo? Yo ignoraba que lo recordaran todos, y no sabía cuándo se olvidarían de él.

Vivarium, sobre la ladera de la colina, constituía un triunfo arquitectónico. Poseía unos estanques repletos de peces, la característica que le había dado su nombre. Disponía de una iglesia cristiana con la inevitable cruz, sus celdas, sus habitaciones para viajeros fatigados. Su biblioteca contenía un sinfín de clásicos de mi época, así como Evangelios que se han perdido. En el monasterio abundaban los frutos del campo, toda clase de productos necesarios para que se alimentaran los monjes, árboles cargados de fruta, campos de trigo.

Los monjes se ocupaban de todo y se dedicaban día y noche a copiar libros en su largo scriptorium.

En esta suave costa bañada por el resplandor de la luna había centenares de colmenas en las que los monjes cultivaban miel para comer, cera para las velas sagradas, y jalea real para los ungüentos. Las colmenas cubrían una colina tan grande como el huerto o los campos de Vivarium.

Espié a Casiodoro. Me paseé entre las colmenas, maravillándome como de costumbre ante la inexplicable organización de las abejas, pues yo ya conocía los misterios de las abejas, su danza, su búsqueda de polen, sus métodos de reproducción, mucho antes de que el mundo humano los descubriera. Al abandonar las colmenas, al subir hacia el lejano faro que constituía la lámpara de Casiodoro, miré hacia atrás y contemplé algo asombroso.

Algo que se había formado a partir de las colmenas, algo inmenso e invisible y poderoso que sentí y oí. No estaba asustada sino estimulada por una esperanza temporal de que hu biera aparecido en el mundo una Cosa Nueva, pues no suelo ver espíritus y nunca los he visto.

Esa fuerza había brotado de las mismas abejas, de su sutil conocimiento y sus múltiples y sublimes esquemas, como si las abejas la hubieran creado de modo fortuito, o dotado de conciencia mediante su infinita creatividad, minuciosidad y resistencia.

Se asemejaba a un antiguo espíritu romano de los bosques. Vi esta fuerza volar libremente sobre los campos. La vi penetrar el cuerpo de un hombre de paja situado en medio de los campos, un espantapájaros al que los monjes habían dotado de una hermosa cabeza redonda, unos ojos pintados, una tosca nariz y una boca risueña, una criatura íntegra e intacta que podía ser trasladada de vez en cuando, envuelta en su hábito y capucha de monje.

Vi a este espantapájaros, este hombre de paja y madera girar y danzar vertiginosamente a través de los campos y los viñedos hasta llegar a la celda de Casiodoro.

Lo seguí. Entonces oí brotar del espantapájaros un gemido silencioso. Lo oí y vi al espantapájaros ejecutar un baile lleno de amargura, doblándose hacia uno y otro lado, tapándose con sus toscas manos de paja unas orejas que no poseía. Le vi retorcerse de dolor.

Casiodoro había muerto. Había fallecido silenciosamente dentro de su celda iluminada por la lámpara, con la puerta abierta, sentado ante su escritorio. Ese anciano de pelo canoso yacía sobre su manuscrito. Había vivido más de noventa años. Y estaba muerto. Esa criatura, ese espantapájaros, no cesaba de mecerse y gemir, loco de dolor, aunque no emitía ningún sonido que un humano hubiera podido percibir.

Yo, que jamás he visto un espíritu, lo miré asombrada. Al percatarse de mi presencia, el espantapájaros se volvió. Y –al menos eso me pareció al contemplar su mísera vestimenta y su cuerpo de paja— extendió los brazos hacia mí. La paja se desprendió de sus mangas. Su cabeza de madera comenzó a bambolearse sobre el palo que formaba su espina dorsal. Él —esa cosa— me imploró, me imploró que respondiera a las preguntas más trascendentes que los humanos y los inmortales han formulado jamás. ¡Me pidió que respondiera a sus dudas! Luego, tras volverse de nuevo para contemplar el cadáver de Casiodoro, el espantapájaros se dirigió volando hacia mí a través de la ondulante pradera, transmitiéndome su necesidad de hallar un respuesta. ¿No podía explicarle yo lo que deseaba saber? ¿No contendría yo, por un Designio Divino, el misterio de la pérdida de Casiodoro? ¡Casiodoro, cuyo Vivarium rivalizaba en elegancia y esplendor con la colmena de abejas! Era Vivarium lo que había formado esa criatura a partir de las colmenas. ¿No podía yo aliviar su dolor? —Existen muchos horrores en este mundo —murmuré—. El mundo se compone de miseria y depende de la miseria. Si deseas tener paz, regresa a las colmenas, pierde tu forma humana, y desciende de nuevo fragmentado en la vida irracional de las satisfechas abejas de las que surgiste.

El espantapájaros se había quedado inmóvil, escuchándome. —Si deseas una vida carnal, una vida humana, una vida tangible que te permita moverte a través del tiempo y el espacio, lucha por ella. Si deseas alcanzar una filosofía humana, lucha y hazte sabio para que nada pueda lastimarte jamás. La sabiduría es fuerza. Organiza tus partículas, sean las que sean, y conviértete en algo con un propósito. Pero ten presente que toda especulación que existe en el mundo, todo mito, toda religión, toda filosofía, toda historia, son mentiras.

Esa cosa, ya fuera masculina o femenina, alzó sus toscas manos de paja como para cubrirse la boca. Yo di media vuelta. Me alejé caminando en silencio a través de los viñedos. Dentro de poco los monjes descubrirían que su padre superior, su genio, su santo, había muerto mientras trabajaba.

Al volverme comprobé asombrada que la figura de paja seguía allí, organizada, asumiendo la postura de un ser erecto, observándome.

—¡Me niego a creer en ti! —grité al hombre de paja—. ¡Me niego a ayudarte a hallar las respuestas! Pero ten en cuenta esto: si deseas convertirte en un ser organizado, como yo, ama a todos los hombres, a todas las mujeres y a todos los niños. ¡No saques tu fuerza de la sangre! ¡No te alimentes del sufrimiento ajeno! ¡No te alces como un dios sobre multitudes que entonan cánticos de adoración! ¡No mientas! La cosa me escuchó. Oyó mis palabras. Inmóvil.

Eché a correr. Subí corriendo las rocosas laderas y atravesé los bosques de Calabria hasta hallarme lejos de aquella criatura. A la luz de la luna contemplé el gigantesco y majestuoso recinto de Vivarium con sus claustros y sus techos inclinados, rodeando la orilla de su resplandeciente cala en el mar.

jamás volví a ver a esa criatura. No sé lo que era. No quiero que me hagas preguntas sobre ella. Afirmas que los espíritus y los fantasmas caminan por la tierra. Sabemos que esos seres existen. Pero ésa fue la primera y última vez que vi a ese ser. Cuando visité Italia de nuevo, Vivarium había sido destruido. Los terremotos habían demolido hasta el último de sus muros. ¿Había sido antes saqueado por la siguiente oleada de hombres altos e ignorantes procedentes del norte de Europa, los vándalos? ¿Fue un terremoto lo que lo convirtió en un montón de ruinas? Nadie lo sabe. Lo que sobrevive de él son las cartas que Casiodoro envió a otros.

Al poco tiempo los clásicos fueron declarados profanos. El papa Gregorio escribió relatos de magia y milagros, porque era el único medio de convertir al cristianismo a miles de tribus septentrionales supersticiosas y paganas, con grandes bautismos de masas. Conquistó lo que los guerreros romanos jamás habrían conquistado.

Tras la muerte de Casiodoro, la historia de Italia se sumerge, por espacio de cien años, en la más absoluta tiniebla. ¿Cómo lo expresan los libros? Durante un siglo, nada se sabe sobre Italia.

¡Ah, qué silencio! Bien, David, debo confesarte, cuando llegues a estas últimas páginas, que te he abandonado. Las sonrisas con las que te entregué estas libretas eran falsas. Unos ardides femeninos, como diría Marius. Mi promesa de reunirme contigo mañana por la noche aquí en París era mentira. Cuando leas estas líneas habré partido de París. Me marcho a Nueva Orleans.

Tú tienes la culpa, David. Me has transformado. Me has dado una fe desesperada de que en la narrativa existe una sombra de significado. Ahora conozco una nueva y estridente energía. Al obligarme a poner en práctica mis facultades de lenguaje y memoria, has conseguido que viva de nuevo, que vuelva a creer que en el mundo existe la bondad. Quiero encontrar a Marius. El aire está impregnado de pensamientos de otros seres inmortales. Gritos, súplicas, mensajes extraños...

Al parecer, uno que todos creíamos que había desaparecido para siempre entre nosotros ha sobrevivido.

Tengo fundados motivos para creer que Marius ha ido a Nueva Orleans, y debo reunirme con él. Debo buscar a Lestat, para contemplar a ese príncipe imberbe postrado en el suelo de la capilla, incapaz de hablar y de moverse.

Reúnete conmigo, David. No temas a Marius. Sé que ayudará a Lestat. Al igual que yo. Regresa a Nueva Orleans. Aunque Marius no se encuentre allí, quiero ver a Lestat, quiero volver a ver a los otros. ¿Qué has hecho, David? Ahora poseo —con esta nueva curiosidad, con esta ardiente capacidad de conmoverme de nuevo, con esta renovada capacidad de cantar—, poseo la terrible capacidad de querer y amar. Aunque sólo fuera por eso, que no es poco, siempre te estaré agradecida. Pese a las desgracias que puedan sobrevenir, tú me has estimulado. Y nada de cuanto hagas o digas matará nunca mi amor por ti.


FIN

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