BLOOD

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sábado, 26 de diciembre de 2009

EL FANTASMA DE CANTERVILLE

Oscar Wilde

EL FANTASMA DE CANTERVILLE

CAPÍTULO I

Cuando míster Hiram B. Otis, mi­nistro de los Estados Unidos de América, compró Canterville Chase, todo el mundo le dijo que cometía una gran locura, porque la finca es­taba embrujada.

Hasta el mismo lord Canterville, como hombre de la más escrupulosa honradez, se creyó en el deber de participárselo a míster Otis, cuan­do llegaron a discutir las condicio­nes.

-Nosotros mismos -dijo lord Canterville- nos hemos resistido en absoluto a vivir en ese sitio des­de la época en que mi tía abuela, la duquesa de Bolton, tuvo un ataque de nervios, del que nunca se repuso por completo, motivado por el es­panto que experimentó al sentir que las manos de un esqueleto se posa­ban sobre sus hombros, estando vis­tiéndose para cenar. Me creo en el deber de decirle, míster Otis, que el fantasma ha sido visto por varios miembros de mi familia, que viven actualmente; así como por el rector de la parroquia, el reverendo Au­gusto Dampier, agregado del King's College de Oxford. Después del trá­gico accidente ocurrido a la duquesa, ninguna de las doncellas quiso que­darse en casa, y lady Canterville no pudo ya conciliar el sueño a causa de los ruidos misteriosos que llega­ban del corredor y de la biblioteca.

-Milord -respondió el minis­tro-, también me quedaré con los muebles y el fantasma bajo inven­tario. Llego de un país moderno, en el que podemos tener todo cuanto el dinero es capaz de proporcionar, y esos mozos nuestros, jóvenes y tur­bulentos, que recorren el Viejo Con­tinente escandalizándolo, que se lle­van los mejores actores de ustedes, y sus mejores prima donnas, estoy seguro de que si queda todavía un verdadero fantasma en Europa, ven­drán a buscarlo en seguida para colocarle en uno de nuestros museos públicos o para pasearle por los ca­minos como un fenómeno.

-El fantasma existe; me lo temo -dijo lord Canterville, sonriendo-, aunque quizá se resista a las ofer­tas de sus intrépidos empresarios. Hace más de tres siglos que se le conoce. Data, con precisión, de 1574, y nunca deja de mostrarse cuando está a punto de ocurrir algu­na defunción en la familia.

-¡Bah! Los médicos de cabece­ra hacen lo mismo, lord Canterville. Amigo mío, un fantasma no puede existir y no creo que las leyes de la Naturaleza admitan excepciones en favor de la aristocracia inglesa.

-Realmente -dijo lord Canter­ville, que no acababa de comprender la última observación de míster Otis-, ustedes son muy sencillos en América. Ahora bien, si le gusta a usted tener un fantasma en casa, mejor que mejor. Acuérdese única­mente que yo le previne.

Algunas semanas después se cerró el trato, y a fines de la estación el ministro y su familia emprendieron el viaje hacia Canterville Chase.

La señora Otis, que con el nom­bre de miss Lucrecía R. Táppan, de la calle West 53, había sido una célebre beldad de Nueva York, era todavía una mujer muy bella, de edad regular, con unos ojos hermo­sos y un perfil magnífico.

Muchas damas americanas, cuan­do abandonan su país natal, adop­tan aires de persona atacada de una enfermedad crónica y se figu­ran que eso es uno de los sellos de distinción europea; pero la señora Otis no cayó nunca en ese error.

Tenía una naturaleza espléndida y una abundancia extraordinaria de vitalidad.

A decir verdad, era completamen­te inglesa en muchos aspectos y era un ejemplo excelente para sostener la tesis de que lo tenemos todo en común con América hoy día excep­to la lengua, como es de suponer. Su hijo mayor, bautizado con el nombre de Washington por sus pa­dres, en un momento de patriotismo que él no cesaba de lamentar, era un muchacho rubio, de bastante buena figura, que había logrado que se le considerase candidato a la di­plomacia, dirigiendo al grupo ale­mán en los festivales del casino de Newport durante tres temporadas seguidas, y aun en Londres pasaba por ser un bailarín excepcional.

Sus únicas debilidades eran las gardenias y la nobleza; aparte de eso, era perfectamente sensato.

Miss Virgina E. Otis era una mu­chachita de quince años, esbelta y graciosa como un cervatillo, con mi­rada francamente encantadora en sus grandes ojos azules. Amazona maravillosa, sobre su poney derrotó una vez en carreras al viejo lord Bilton, dando dos veces la vuelta al parque, ganándole por caballo y me­dio, precisamente frente a la estatua de Aquiles, lo cual provocó un en­tusiasmo tan grande en el joven du­que de Cheshire, que le propuso ma­trimonjo allí mismo, y sus tutores tuvieron que mandarle aquella mis­ma noche a Eton, bañado en lá­grimas. Después de Virginia venían dos gemelos, a quienes llamaban Estrellas y Rayas 1 porque se les encontraba siempre juntos. Eran unos niños encantadores y, con el ministro, los únicos verdaderos re­publicanos de la familia.

1 Alude a la bandera de los Esta­dos Unidos de América.

Como Canterville Chase está a siete millas de Ascot, la estación más próxima, míster Otis telegrafió que fueran a buscarle en coche des­cubierto, y emprendieron la marcha en medio de la mayor alegría. Era una noche encantadora de julio, y el aire estaba impregnado por el aroma de los pinos. De vez en cuando se oía una paloma arrullán­dose dulcemente, o se vislumbraba entre los helechos, la pechuga de oro bruñido de algún faisán. Lige­ras ardillas les espiaban desde lo alto de las hayas a su paso; unos conejos corrían como exhalaciones a través de los matorrales o sobre los collados cubiertos de musgo, le­vantando su rabo blanco.

Sin embargo, no bien. entraron en la avenida de Canterville Chase, el cielo se cubrió repentinamente de nubes. Un extraño silencio pareció invadir toda la atmósfera, una gran bandada de cornejas cruzó callada­mente por encima de sus cabezas, y antes de que llegasen a la casa ya habían caído algunas gotas de lluvia.

En los escalones se hallaba para recibirles una anciana, pulcramen­te vestida de seda negra, con cofia y delantal blancos. Era la señora Umney, el ama de gobierno que la señora Otis, por vehementes reque­rimientos de lady Canterville, acce­dió a conservar en su puesto.

Hizo una profunda reverencia a cada uno de la familia cuando echa­ron pie a tierra y dijo, con la sin­gular cortesía de los buenos tiem­pos antiguos:

-Les doy la bienvenida a Canter­ville Chase.

La siguieron, atravesando un her­moso hall, de estilo Tudor, hasta la biblioteca, largo salón espacioso con las paredes cubiertas por ma­dera de roble oscuro que terminaba en un ancho ventanal de cristales. Estaba preparado el té.

Luego, una vez que se quitaron los abrigos, ya sentados se pusieron a curiosear en torno suyo, mientras la señora Umney iba de un lado para otro.

De pronto, la mirada de la señora Otis cayó sobre una mancha de un rojo oscuro que había sobre el pa­vimento, precisamente al lado de la chimenea, y, sin darse cuenta de sus palabras, dijo a la señora Umney:

-Creo que han vertido,algo en ese sitio.

-Sí, señora -contestó la señora Umney en voz baja-. En ese lugar se ha vertido sangre.

-¡Qué horror! -exclamó la se­ñora Otis-. No quiero manchas de sangre en un salón. Es preciso qui­tar eso inmediatamente.

La vieja sonrió y con voz miste­riosa repuso:

-Es sangre de lady Leonor de Canterville, que fue muerta en ese mismo sitio por su propio marido, sin Simón de Canterville, en 1565. Sir Simón la sobrevivió nueve años, desapareciendo de repente en cir­cunstancias misteriosísimas. Su cuer­po no se encontró nunca, pero su alma culpable sigue embrujando la casa. La mancha de sangre ha sido muy admirada por los turistas y otras personas y no puede quitarse.

-Todo eso son tonterías --excla­mó Washington Otis-. El produc­to quitamanchas, el limpiador in­comparable Campeón, marca Pin­kerton, y el detergente Paragon ha­rán desaparecer eso en un instante.

Y sin dar tiempo a que el ama de gobierno, aterrada, pudiese in­tervenir, ya se había arrodillado y frotaba rápidamente el entarimado con una barrita de una sustancia parecida al cosmético negro. A los pocos instantes la mancha había des­aparecido sin dejar rastro.

-Ya sabía yo que el Pinkerton la borraría -exclamó en tono triun­fal, paseando la mirada sobre su familia llena de admiración.

Pero apenas había pronunciado aquellas palabras cuando un relám­pago iluminó la estancia sombría y el retumbar del trueno levantó a to­dos, menos a la señora Umney, que se desmayó.

-¡Qué clima más atroz! -dijo tranquilamente el ministro, encen­diendo un largo veguero-. Creo que el país de los abuelos está tan lleno de gente, que no hay buen tiempo bastante para todos. Siempre opiné que lo mejor que pueden ha­cer los ingleses es emigrar.

-Querido Hiram -replicó la se­ñora Otis-, ¿qué podemos hacer con una mujer que se desmaya?

-Descontaremos eso de su sala­rio. Así no se volverá a desmayar. En efecto, la señora Umney no tardó en volver en sí. Sin embargo, veíase que estaba conmovida hon­damente, y con voz solemne advirtió a la señora Otis que algún contra­tiempo iba a ocurrir en la casa.

-Señores, he visto con mis pro­pios ojos unas cosas... que pon­dríanoos pelos de punta a un cris­tiano. Y durante noches y noches no he podido pegar los ojos a cau­sa de las cosas terribles que pasa­ban aquí.

A pesar de lo cual, míster Otis y su esposa aseguraron a la buena mujer que no tenían miedo ninguno de los fantasmas.

La vieja ama de llaves, después de haber impetrado la bendición de la Providencia sobre sus nuevos amos y de discutir la posibilidad de un aumento de salario, se retiró a su habitación renqueando.

CAPITULO II

La tempestad se desencadenó du­rante toda la noche, pero no pro­dujo nada extraordinario.

Al día siguiente, por la mañana, cuando bajaron a almorzar, encon­traron de nuevo la terrible mancha sobre el entarimado.

-No creo -dijo Washington-, que tenga la culpa el limpiador Pa­ragon; lo he ensayado sobre toda clase de manchas. Debe ser cosa del fantasma.

En consecuencia, borró la man­cha, después de frotar un poco, pero al otro día, por la mañana, había reaparecido. A la tercera mañana volvió a estar allí, y, sin embargo, la biblioteca permaneció cerrada la noche anterior, llevándose arriba la llave la señora Otis.

Desde entonces la familia empe­zó a interesarse por aquello. Míster Otis se hallaba a punto de creer que había estado demasiado dogmático negando la existencia de los fantasmas.

La señora Otis expresó su inten­ción de afiliarse a la Sociedad Psí­quica, y Washington preparó una larga carta a Myers y Podmore 1 basado en la persistencia de las manchas de sangre cuando provie­nen de un crimen. Aquella noche disipó todas las dudas sobre la exis­tencia objetiva de los fantasmas.

La familia había aprovechado la frescura de la tarde para dar un pa­seo en coche. Regresaron a las nue­ve, tomando una ligera cena. La conversación no recayó ni un mo­mento sobre los fantasmas, de ma­nera que faltaban hasta las condi­ciones más elementales de espera y de receptibilidad que preceden tan a menudo a los fenómenos psíquicos.

Los asuntos que discutieron, por lo que luego he sabido por la se­ñora Otis, fueron simplemente los habituales en la conversación de los americanos cultos que pertenecen a las clases elevadas, como, por ejem­plo, la inmensa superioridad de miss Fanny Davenport sobre Sarah Bern­hardt, como actriz; la dificultad para encontrar maíz verde, galletas de trigo sarraceno y el hominy 2 aun en las mejores casas, inglesas, la im­portancia de Boston en el desenvol­vimiento del alma universal; las ven­tajas del sistema que consiste en anotar los equipajes de los viajeros y la dulzura del acento neoyorquino, comparado con el dejo de Londres. No se trató para nada de lo sobre­natural, no se hizo ni la menor alu­sión indirecta a sir Simón de Can­terville.

1 Autores de los Phantams of the Living. Obra que trata sobre la tele­patía y las alucinaciones telepáticas.

2 Alimento hecho con harina de maíz, hirviéndolo en agua o leche. Muy popular en el sur de los Estados Unidos. Se toma como desayuno.

A las once la familia se retiró, y a las once y media estaban apaga­das todas las luces.

Poco después, míster Otis se des­pertó con un ruido singular en el corredor, fuera de su habitación. Parecía un 'ruido de hierros viejos, y se acercaba cada vez más.

Se levantó en el acto, encendió una luz y miró la hora. Era la una en punto. Míster Otis estaba per­fectamente 'tranquilo. Se tomó el pulso y no lo encontró nada alte­rado.

El ruido extraño continuaba, al mismo tiempo que se oía claramente el sonar dé unos pasos. Míster Otis se puso las zapatillas, cogió una aceitera alargada de su tocador y abrió la puerta, y vio frente a él, en el pálido claro de luna, a un viejo de aspecto terrible.

Sus ojos parecían carbones en­cendidos. Una larga cabellera gris caía en mechones revueltos sobre sus hombros. Sus ropas, de corte anticuado, estaban manchadas y en jirones. De sus muñecas y de sus tobillos colgaban unas pesadas cade­nas y unos grilletes herrumbrosos.

-Mi distinguido señor -dijo míster Otis-, permítame que le rue­gue vivamente que engrase esas ca­denas. Le he traído para ello el en­grasador Tammany Sol Naciente. Dicen que es eficacísimo, y que bas­ta una sola aplicación. En la etiqueta hay varios certificados de nuestros adivinos más ilustres que dan fe de ello. Voy a dejársela aquí, al lado de las velas, y tendré un verdadero placer en proporcionarle más, si así lo desea.

Dicho lo cual, el ministro de los Estados Unidos dejó la aceitera so­bre una mesa de mármol, cerró la puerta y se volvió a meter en la cama.

El fantasma de Canterville perma­neció algunos minutos inmóvil de indignación.

Después tiró, lleno de rabia, la aceitera contra el suelo encerado y huyó por el corredor, lanzando gru­ñidos cavernosos y despidiendo una extraña luz verde.

Sin embargo, cuando llegaba a la gran escalera de roble, se abrió de repente una puerta. Aparecieron dos siluetas infantiles, vestidas de blan­co, y una voluminosa almohada le rozó la cabeza. Evidentemente, no había tiempo que perder, así es que, utilizando como-medio de fuga la cuarta dimensión del espacio, se desvaneció a través del estuco, y la casa, de nuevo, recobró su tranqui­lidad.

Llegado a un cuartito secreto del ala izquierda, se adosó a un rayo de luna para tomar aliento y se puso a reflexionar para darse cuenta de su situación. Jamás en toda su bri­llante carrera, que duraba ya tres­cientos años, fue injuriado tan gro­seramente.

Se acordó de la duquesa viuda, en quien provocó una crisis de terror, cuando estaba mirándose en el es­pejo, cubierta de brillantes y de en­cales; de las cuatro doncellas a quie nes había enloquecido, produciéndo­les convulsiones histéricas sólo con hacerles visajes entre las cortinas de una de las habitaciones destinadas a invitados; del rector de la parroquia, cuya vela apagó de un soplo cuan­do volvía el buen señor de la biblio­teca a una hora avanzada, y que desde entonces tuvo que estar bajo el cuidado de sir William GuW_con­vertido en mártir de toda clase de alteraciones nerviosas; de la vieja señora de Tremouillac, que, al des­pertarse al amanecer y descubrir un esqueleto sentado en un sillón, al lado de la lumbre, entretenido en leer su diario, tuvo que guardar cama durante seis meses, víctima de un ataque cerebral. Una vez curada se reconcilió con la Iglesia y rompió sus relaciones con el señalado escép­tico Voltaire. Recordó también la noche terrible en que el bribón de lord Canterville fue hallado ahogán­dose en su vestidor, con una sota de espadas hundida en la garganta, viéndose obligado a confesar antes de morir que por medio de aquella carta había timado la suma de cin­cuenta mil libras a Jaime Fox, en casa de Grookford. Y juró que aque­lla carta se la hizo tragar el fan­tasma.

Todas sus grandes hazañas le vol­vían a la memoria.

Vio desfilar al mayordomo que se levantó la tapa de los sesos por haber visto una mano verde tambo­rilear sobre los cristales; y a la bella lady Steelfield, condenada a llevar alrededor del cuello un collar de terciopelo negro para tapar la señal de cinco dedos, impresos como con un hierro candente sobre su blanca piel, y que terminó por ahogarse en el vivero que había al extremo de la Avenida Real.

Y, lleno del entusiasmo ególatra del verdadero artista, pasó revista a sus creaciones más célebres. Se de­dicó una amarga sonrisa al evocar su última aparición en el papel de «Rubén el Rojo, o el niño estrangu­lado», su debut como «Gibeón el Flaco, o el vampiro del páramo de Bexley» y el furor que causó una noche solitaria de junio jugando a los bolos con sus propios huesos sobre el campo de tenis.

¡Y después de todo para que unos miserables americanos le ofreciesen el engrasador marca Sol Naciente y le tirasen almohadas a la cabeza! Era realmente intolerable. Además, la historia nos enseña que jamás fue tratado ningún fantasma de ma­nera semejante. Llegó a la conclu­sión de que era preciso tomarse la revancha y permaneció hasta el amanecer en actitud de profunda meditación.

CAPITULO III

Cuando a la mañana siguiente la familia Otis se reunió para el des­ayuno, la conversación sobre el fan­tasma fue extensa.

El ministro de los Estados Unidos estaba, como era natural, un poco ofendido al ver que su ofrecimiento no había sido aceptado.

-No quisiera en modo alguno injuriar personalmente al fantasma -dijo-, y reconozco que, dada la larga duración de su estancia en la casa, era correcto tirarle una al­mohada a la cabeza...

Siento tener que decir que esta observación tan justa provocó-una explosión de risa en los gemelos.

-Pero, por otro lado -prosiguió míster Otis-, si se empeña, sin más ni más, en no hacer uso del engra­sador marca Sol Naciente, nos vere­mos precisados a quitarle las cade­nas. No podremos dormir con todo ese ruido a la puerta de las alcobas.

Pero, sin embargo, en el resto de la semana no fueron molestados. Lo único que les llamó la atención fue la reaparición continua de la man­cha de sangre sobre el piso de la biblioteca. Era realmente muy ex­traño, ya que la señora Otis cerraba la puerta con llave por la noche, y las ventanas permanecían con las rejas cerradas. Los cambios de co­lor que sufría la mancha, compara­bles a los de un camaleón, produje­ron también frecuentes comentarios en la familia. Una mañana era de un rojo índigo oscuro, otras veces era bermellón, luego de un púrpura intenso y un día, cuando bajaron a rezar, según los ritos sencillos de la libre Iglesia episcopal reformada de América, la encontraron de un hermoso verde esmeralda. Como es natural, estos cambios caleidoscópi­cos divirtieron grandemente a la reunión y hacíanse apuestas todas las noches con entera tranquilidad.

La única persona que no tomó par­te en la broma fue la joven Virginia. Por razones ignoradas, sentíase siem­pre impresionada ante la mancha de sangre y estuvo a punto de llorar la mañana que apareció verde esme­ralda.

La segunda aparición del fantas­ma fue un domingo por la noche. Al poco tiempo de estar todos acos­tados, les alarmó un enorme estré­pito que se oyó en el hall. Bajaron, apresuradamente y se encontraron con que una armadura completa se había desprendido de su soporte, ca­yendo sobre las losas, mientras, sen­tado en un sillón de alto respaldo, el fantasma de Canterville se res­tregaba las rodillas, con una expre­sión de agudo dolor sobre su rostro.

Los gemelos, que se habían pro­visto de sus cerbatanas, le lanzaron inmediatamente dos proyectiles, con esa seguridad de puntería que sólo se adquiere a fuerza de una larga y cuidadosa práctica sobre un pro­fesor de caligrafía. Mientras tanto, el ministro de los Estados Unidos mantenía al fantasma bajo la ame­naza de su revólver y, conforme a la etiqueta californiana, le intimaba a levantar los brazos.

El fantasma se alzó bruscamente, lanzando un grito de furor salvaje, y pasó en medio de ellos, como una nube, apagando de paso la vela de Washington Otis y dejándoles a to­dos en la mayor oscuridad.

Cuando llegó a lo alto de la esca­lera, una vez dueño de sí, se decidió a lanzar su célebre repique de car­cajadas satánicas.

Contaba la gente que aquello hizo encanecer en una sola noche el pe­luquín de lord Raker. Y que tres su­cesivas amas de llaves, francesas, de­jaron su empleo antes de terminar el primer mes. Por consiguiente, lan­zó su carcajada más horrible, des­pertando paulatinamente los ecos en las antiguas bóvedas, pero al extin­guirse, se abrió una puerta y apa­reció, vestida de azul claro, la seño­ra Otis.

-Me temo -dijo la dama- que esté usted indispuesto y aquí le trai­go un frasco de la tintura del doctor Dobell. Si se trata de una indiges­tión, podrá comprobar que éste es un remedio excelente.

El fantasma la miró con ojos lla­meantes de furor y se creyó en el deber de metamorfosearse en un gran perro negro.

Era un truco que le había dado una reputación merecidísima, y al cual atribuía el médico de la familia la idiotez incurable del tío de lord Canterville, el honorable 1 Tomás Horton. Pero un ruido de pasos que se acercaba le hizo vacilar en su cruel determinación y se contentó con volverse un poco fosforescente. En seguida se desvaneció, después de lanzar un gemido sepulcral, por­que los gemelos iban a darle alcance.

Una vez en su habitación sintióse destrozado, presa de la agitación más violenta.

La ordinariez de los gemelos, el grosero materialismo de la señora Otis, todo aquello resultaba real­mente vejatorio; pero lo que más le humillaba era no tener ya fuer­zas para llevar una armadura. Con­taba con hacer impresión aun en unos americanos modernos, hacerles estremecer a la vista de un espec­tro acorazado, si no ya, por motivos razonables al menos por deferencia hacia su poeta nacional Longfellow,2 cuyas poesías, delicadas y atrayen­tes, le habían ayudado con frecuen­cia a matar el tiempo mientras los Canterville estaban en Londres. Ade­más, era su propia armadura. La llevó con éxito en el torneo de Ke­nilworth, siendo felicitado calurosa­mente por la Reina Virgen en per­sona. Pero cuando quiso ponérsela quedó aplastado por completo con el peso de la enorme coraza y del yelmo de acero. Y se desplomó pe­sadamente sobre las losas de piedra, despellejándose las rodillas y contu­sionándose la muñeca derecha.

1 Título que se da a los miembros de la Cámara de los Comunes, y a aquellas personas que poseen títulos nobiliarios.

2 H. W. Longfellow, autor de El es­queleto en su armadura, poesía inspi­rada por el descubrimiento de un es­queleto dentro de una coraza en New­port, Estados Unidos.

Durante varios días estuvo malí­simo y no pudo salir de su morada más que lo necesario para mantener en buen estado la mancha de san­gre.

No obstante, a fuerza de cuidados acabó por restablecerse y decidió hacer una tercera tentativa para aterrorizar al ministro de los Esta­dos Unidos y a su familia.

Eligió para su reaparición en es­cena el viernes 17 de agosto, consa­grando gran parte del día a pasar revista a sus trajes.

Su elección recayó al fin en un sombrero de ala levantada por un lado y caída del otro, con una plu­ma roja; en un sudario deshilacha­do en las mangas y el cuello y, por último, en un puñal mohoso.

Al atardecer estalló una gran tor­menta. El viento era tan fuerte que sacudía y cerraba violentamente las puertas y ventanas de la vetusta casa. Realmente aquél era el tiempo que le convenía. He aquí lo que pensaba hacer: iría sigilosamente a la habitación de Washington Otis, le musitaría unas frases ininteligi­bles, quedándose al pie de la cama, y le hundiría tres veces seguidas el puñal en la garganta, a los sones de una música apagada.

Odiaba sobre todo a Washington, porque sabía perfectamente que era él quien acostumbraba quitar la fa­mosa mancha de sangre de Can­terville, empleando el detergente Paragon de Pinkerton. Después de reducir al temerario y despreocupa­do joven a una condición de terror abyecto, entraría en la habitación que ocupaban el ministro de los Estados Unidos y su mujer. Una vez allí, colocaría una mano viscosa so­bre la frente de la señora Otis y al mismo tiempo murmuraría, con voz sorda, al oído del ministro temblo­roso, los secretos terribles del osario.

En cuanto a la pequeña Virginia aún no tenía decidido nada. No le había insultado nunca. Era bonita y cariñosa. Unos cuantos gruñidos sordos, que saliesen del armario, le parecían más que suficientes, y si no bastaban para despertarla, lle­garía hasta tirarle de la puntita de la nariz con sus dedos rígidos por la parálisis.

A los gemelos estaba resuelto a darles una lección: lo primero que haría sería sentarse sobre sus pe­chos, con objeto de producirles la sensación de la pesadilla. Luego, aprovechando que sus camas esta­ban muy juntas, se alzaría en el espacio libre entre ellas, con el as­pecto de un cadáver verde y frío como el hielo, hasta que se queda­sen paralizados de terror. En segui­da, tirando bruscamente su sudario, daría la vuelta al dormitorio en cua­tro patas, como un esqueleto blan­queado por el tiempo, moviendo el globo de un solo ojo en su órbita, como el personaje de «Daniel el mudo, o el esqueleto del suicida», papel en el cual hizo un gran efecto en varias ocasiones. Creía estar tan bien en éste, como en su otro papel de «Martín el demente, o el misterio enmascarado».

A las diez y media oyó subir a la familia a acostarse.

Durante algunos instantes le in­quietaron las estrepitosas carcajadas de los gemelos, que se divertían in­dudablemente, con su loca alegría de colegiales, antes de meterse en la cama.

Pero a las once y cuarto todo quedó nuevamente en silencio, y cuando sonaron las doce se puso en camino.

La lechuza chocaba contra los cristales de la ventana. El cuervo graznaba en el hueco de un tejo cen­tenario y el viento gemía vagando alrededor de la casa, como un alma en pena; pero la famila Otis dormía, sin sospechar la suerte que le es­peraba. Oía con toda claridad los ronquidos regulares del ministro de los Estados Unidos, que dominaban el ruido de la lluvia y de la tor­menta.

Se deslizó furtivamente a través del estuco. Una sonrisa perversa se dibujaba sobre su boca cruel y arru­gada, y la luna escondió su rostro tras una nube cuando pasó delan­te de la gran ventana ojival, sobre la que estaban representadas, en azul y oro, sus propias armas y las de su esposa asesinada.

Seguía andando siempre, deslizán­dose como una sombra funesta, que hacía que hasta las tinieblas le mal­dijesen a su paso.

Hubo un momento en que le pa­reció oír que alguien le llamaba; se detuvo, pero era tan sólo un perro, que ladraba en la Granja Roja. Pro­siguió su marcha, mascullando ex­traños juramentos del siglo xvl, y blandiendo de vez en cuando el pu­ñal enmohecido en el aire de media­noche. Por fin llegó a la esquina del pasillo que conducía a la habitación del infortunado Washington.

Allí hizo una breve parada.

El viento agitaba en torno de su cabeza sus largos mechones grises y ceñía en pliegues grotescos y fan­tásticos el horror indecible del fú­nebre sudario. Sonó entonces el cuarto en el reloj. Comprendió que había llegado el momento.

Con una risa maligna dio la vuel­ta al ángulo del corredor. Pero ape­nas lo hizo, retrocedió lanzando un gemido lastimero de terror y escon­diendo su cara lívida entre sus lar­gas manos huesudas.

Frente a él había un horrible es­pectro, inmóvil como una estatua, monstruoso como la pesadilla de un demente. Tenía la cabeza pelada y reluciente; faz redonda, carnosa y blanca; una risa horrorosa parecía retorcer sus rasgos en una mueca eterna; por los ojos brotaba a olea­das una luz escarlata; la boca se­mejaba un ancho pozo de fuego, y una vestidura horrible, como la de él, como la del mismo Simón, en­volvía con su nieve silenciosa aque­lla forma gigantesca.

Sobre el pecho llevaba colgado un cartel con una inscripción en extraños caracteres antiguos. Quizá era un rótulo infamante, donde es­taban escritos delitos espantosos, una terrible lista de crímenes. Te­nía, por último, en su mano derecha una cimitarra de acero resplande­ciente.

Como no había visto nunca fan­tasmas hasta aquel día, sintió un pá­nico terrible, y después de lanzar rápidamente una segunda mirada so­bre el espantoso fantasma, regresó a su habitación, enredándose los pies en el sudario que le envolvía. Cru­zó la galería corriendo y acabó por dejar caer el puñal enmohecido en las botas de montar del ministro, donde lo encontró el mayordomo al día siguiente.

Una vez refugiado en su retiro, se desplomó sobre un reducido catre de tijera, tapándose la cabeza con las sábanas. Pero al cabo de un momento el valor indomable de los antiguos Canterville se despertó en él y tomó la resolución de hablar al otro fantasma en cuanto amanecie­se. Por consiguiente, no bien el alba plateó las colinas con su luz, volvió al sitio en que había visto por pri­mera vez al horroroso fantasma. Pensaba que, después de todo, dos fantasmas valían más que uno solo y que con ayuda de su nuevo amigo podría contender victoriosamente con los gemelos. Pero cuando llegó al sitio fue para encontrarse en pre­sencia de un espectáculo terrible.

Algo le sucedía indudablemente al espectro, porque la luz había des­aparecido por completo de sus ór­bitas. La cimitarra centelleante des­lizándose de su mano, estaba recos­tada sobre la pared en una actitud forzada e incómoda.

Simón se precipitó hacia adelante y le cogió en sus brazos; pero cuál no sería su terror viendo despren­derse la cabeza y rodar por el sue­lo, mientras el cuerpo tomaba la posición supina, y notó que abraza­ba una cortina blanca de algodón grueso y que yacían a sus pies una escoba, un machete de cocina y una calabaza vacía. Sin poder compren­der aquella curiosa transformación, cogió con mano febril el cartel, le­yendo a la claridad grisácea de la mañana estas palabras terribles:

HE AQUÍ EL FANTASMA OTIS

EL ÚNICO ESPÍRITU AUTÉNTICO

Y VERDADERO

¡CUIDADO CON LAS IMITACIONES!

TODOS LOS DEMÁS ESTÁN

FALSIFICADOS

Y la entera verdad se le apareció como un relámpago. ¡Había sido burlado, chasqueado, engañado!

La expresión característica de los Canterville reapareció en sus ojos, apretó las encías desdentadas y, le­vantando por encima de su cabeza sus manos amarillas, juró, según la fraseología pintoresca de la antigua escuela «que cuando el gallo tocase por dos veces el cuerno de su ale­gre llamada se perpetrarían críme­nes sangrientos y que el asesinato, de callado paso, saldría entonces de su retiro».

No había terminado de formular este juramento terrible criando de una alquería lejana, de tejado de ladrillo rojo, salió el canto de un gallo. Lanzó una larga risotada, len­ta y amarga, y esperó. Esperó una hora y después otra; pero por alguna razón misteriosa no volvió a cantar el gallo.

Por fin, a eso de las siete y me­dia, la llegada de las criadas le obligó a abandonar su terrible guar­dia y regresó a su morada, con alti­vo paso, pensando en su vana espe­ranza y proyecto fracasado.

Una vez allí consultó varios li­bros de caballería, cuya lectura le interesaba extraordinariamente, y pudo comprobar que el gallo cantó siempre dos veces en cuantas oca­siones se tuvo que recurrir a aquel juramento.

-¡Que el diablo se lleve a ese in­fame volátil! -murmuró-. En otro tiempo hubiese caído sobre él con mi gran lanza, atravesándole el gañote y obligándole a cantar otra vez para . mi aunque reventara.

Y dicho esto se retiró a su con­fortable ataúd de plomo y allí per­maneció hasta la noche.

CAPITULO IV

Al día siguiente el fantasma se sintió muy débil y cansado. Las te­rribles emociones de las cuatro últi­mas semanas empezaban a producir su efecto. Tenía el sistema nervioso completamente alterado y temblaba al más ligero ruido.

No salió de su habitación en cin­co días y concluyó por hacer una concesión en lo relativo a la man­cha de sangre del salón de la bi­blioteca. Puesto que la familia Otis no quería verla, era indudablemen­te que no la merecía. Aquella gente estaba colocada a ojos vistas en un plano inferior de vida material y era incapaz de apreciar el valor sim­bólico de los fenómenos sensibles.

La cuestión de las apariciones de fantasmas y el desenvolvimiento de los cuerpos astrales eran realmente para él una cosa muy distinta e in­discutiblemente fuera de su gobier­no. Pero, por lo menos, constituía para él un deber ineludible mostrar­se en el corredor una vez a la se­mana y farfullar por la gran ventana ojival el primero y el tercer miérco­les de cada mes. No veía ningún medio digno de sustraerse a aquella obligación.

Verdad es que su vida estuvo lle­na de crímenes, pero quitado eso era hombre muy concienzudo en todo cuanto se relacionaba con lo sobrenatural.

Así, pues, los tres sábados siguien­tes atravesó, como de costumbre, el corredor entre doce de la noche y tres de la madrugada, tomando to­das las precauciones posibles para no ser visto ni oído. Se quitaba las botas, pisaba lo más ligeramente que podía sobre las viejas maderas carcomidas, envolvíase en una gran capa de terciopelo negro y no deja­ba de usar el engrasador Sol Na­ciente para, engrasar sus cadenas. Me veo precisado a reconocer que sólo después de muchas vacilacio­nes se decidió a adoptar esta última forma de protegerse. Pero, al fin, una noche, mientras cenaba la fa­milia, se deslizó en el dormitorio del señor Otis y se llevó el frasquito. Al principio se sintió un poco hu­millado, pero después fue suficien­temente razonable para comprender que aquel invento merecía grandes elogios y que cooperaba, en cierto modo, a la realización de sus pro­yectos.

A pesar de todo, no se vio a cu­bierto de molestias.

No dejaban nunca de tenderle cuerdas de lado a lado del corredor para hacerle tropezar en la oscuri­dad, y una vez que se había disfra­zado para el papel de «Isaac el Ne­gro, o el cazador del bosque de Hogsley», cayó de bruces al poner el pie sobre una plancha de made­ras enjabonadas que habían colo­cado los gemelos desde el umbral del salón de tapices hasta la parte alta de la escalera de roble.

Esta última afrenta le dio tal -ra­bia que decidió hacer un esfuerzo para imponer su dignidad y conso­lidar su posición social, y formó el proyecto de visitar a la noche si­guiente a los insolentes chicos de Eton, en su célebre papel de «Ru­perto el temerario, o el conde sin cabeza».

No se había mostrado con aquel disfraz desde hacía setenta años, es decir, desde que causó con él tal pavor a la bella lady Bárbara Mo­dish, que ésta retiró su consenti­miento al abuelo del actual lord Canterville y se fugó a Gretna Green con el arrogante Jack Castletown, jurando que por nada del mundo consentiría en emparentar con una familia que toleraba los paseos de un fantasma tan horrible por la te­rraza al atardecer. El pobre Jack fue al poco tiempo muerto en duelo con arma de fuego por lord Canter­ville en terrenos de Wandsworth y lady Bárbara murió de pena en Tum­bridge Wells antes de terminar el año; así es que fue un gran éxito en todos sentidas.

Sin embargo, fue, permitiéndo­me emplear un término teatral para aplicarle a uno de los mayores mis­terios del mundo sobrenatural o, en lenguaje más científico, del mun­do superior a la Naturaleza, una creación de las más difíciles y ne­cesitó sus tres buenas horas para terminar los preparativos.

Por fin todo estuvo listo y él con­tentísimo de su disfraz. Las gran­des,botas de montar, que hacían jue­go con el traje, eran, eso sí, un poco holgadas para él, y no pudo encon­trar más que una de las dos pistolas de arzón; pero, en general, quedó satisfechísimo, y a la una y cuarto pasó a través del estuco y bajó al corredor.

Cuando estuvo cerca de la habi­tación ocupada por los gemelos, y a la que se llamaba el dormitorio azul por el color de sus cortinajes, se encontró con la puerta entre­abierta.

A fin de hacer una entrada efec­tista, la abrió de par en par con violencia, pero se le vino encima una jarra de agua que le empapó hasta los huesos, no dándole en el hombro por unos milímetros. Al mismo tiempo oyó unas risas sofo­cadas que partían de la doble cama con dosel.

Su sistema nervioso sufrió tal con­moción que regresó a sus habitacio­nes a toda prisa y al día siguiente tuvo que permanecer en la cama con un fuerte catarro. El único con­suelo que tuvo fue el de no haber llevado su cabeza sobre los hom­bros, pues de lo contrario las conse­cuencias hubieran podido ser más graves. Desde entonces renunció para siempre a espantar a aquella recia familia de americanos, y se contentó, por regla general, con va­gar por el corredor, en zapatillas de fieltro, envuelto el cuello en una gruesa bufanda, por temor a las co­rrientes de aire, y provisto de un pequeño arcabuz, para el caso en que fuese atacado por los gemelos.

Hacia el 19 de septiembre fue cuando recibió el golpe de gracia. Había bajado por la escalera has­ta el espacioso hall, seguro de que en aquel sitio por lo menos nadie le iba a molestar, y se entretenía en hacer observaciones satíricas sobre las grandes fotografías del ministro de los Estados Unidos y de su mu­jer, hechas en casa por Saroni 1 y que ahora ocupaban el lugar de los retratos de la familia Canterville.

1 El fotógrafo más notable de In­glaterra en esa época. Su nombre com­pleto era Oliver Saroni. Nació en Ca­nadá. Muchas personas hacían un via­je especial a Scarborough, donde tenía su residencia, para ser retratados por él. The History of Photography... Oxford, 1955, pp. 228-229.

Iba vestido, sencilla pero decen­temente, con un largo sudario sal­picado de moho de cementerio. Se había atado la quijada con una tira de tela amarilla y llevaba una lin­ternita y un azadón de sepulturero. En una palabra, iba disfrazado de «Jonás el desenterrador, o el ladrón de cadáveres de Chertsey Barn». Era una de sus creaciones más nota­bles y de la que guardaban recuer­do, con más motivo, los Canterville, ya que fue la verdadera causa de su riña con lord Rufford, vecino suyo.

Serían próximamente las dos y cuarto de la madrugada, y a su jui­cio, no se movía nadie en la casa. Pero cuando se dirigía tranquilamen­te hacia la biblioteca, para ver lo que quedaba de la mancha de sangre, se abalanzaron hacia él, desde un rin­cón sombrío, dos siluetas, agitando locamente sus brazos sobre sus cabe­zas, mientras gritaban a su oído:

-¡Uú! ¡Uú! ¡Uú!

Lleno de pánico, cosa muy natural en aquellas circunstancias, se pre­cipitó hacia la escalera, pero enton­ces se encontró frente a Washing­ton Otis, que le esperaba armado con la gran regadera del jardín; de tal modo, que cercado por sus ene­migos, casi acorralado, tuvo que evaporarse en la gran estufa de hie­rro colado, que felizmente para él, no estaba encendida, y abrirse paso hasta sus habitaciones por entre los cañones de las chimeneas, llegando a su refugio en el,, lamentable esta­do en que lo pusieron la agitación, el hollín y la desesperación.

Desde aquella noche no volvió a vérsele nunca en expediciones noc­turnas. Los gemelos se quedaron muchas veces en acecho para sor­prenderle, sembrando de cáscaras de nuez los corredores todas las no­ches, con gran enojo de sus padres y de los criados. Pero fue inútil. Su amor propio estaba profundamente herido sin duda y no quería mos­trarse.

En vista de ello, míster Otis re­anudó de nuevo el trabajo en su gran obra sobre la historia del par­tido demócrata, obra que había em­pezado tres años antes.

La señora Otis organizó un clam­bake 2 extraordinario, que dejó muy impresionados a todos los de la co­marca.

2 Especie de tarta hecha con alme­jas. Plato típico americano que figu­ra en el menú de los días de campo. Se cuece al aire libre, bajo brasas aco­modadas entre piedras.

Los niños se dedicaron a jugar a la barra, al écarté, al póquer y a otros juegos típicos de América.

Virginia dio paseos a caballo por caminos y veredas, en compañía del duque de Cheshire, que se hallaba en Canterville pasando su última se­mana de vacaciones.

Todo el mundo se figuraba que el fantasma había desaparecido, y en consecuencia, míster Otis escribió una carta a lord Canterville para co­municárselo, y recibió en contesta­ción otra carta en la que éste le tes­timoniaba el placer que le producía la noticia y enviaba sus más since­ras felicitaciones a la digna esposa del ministro.

Pero los Otis se equivocaban.

El fantasma seguía en la casa, y aunque se hallaba muy delicado, no estaba dispuesto a retirarse, sobre todo después de saber que figuraba entre los invitados el duque de Che­shire, cuyo tío, lord Francis Stilton, apostó una vez cien guineas con el coronel Carbury a que jugaría a los dados con el fantasma de Canter­ville.

A la mañana siguiente se encon­traron a lord Stilton tendido sobre el suelo del salón de juego en un estado de parálisis tal, que, a pesar de la edad avanzada que alcanzó, no pudo ya nunca pronunciar más palabra que ésta:

-¡Seis dobles!

Esta historia era muy conocida en su tiempo, aunque, en atención a los sentimientos de las dos nobles familias, se hiciera todo lo posible por ocultarla, y existe un relato de­tallado de todo lo referente a ella en el tomo tercero de las Memorias de lord Tattle sobre el príncipe re­gente y sus amigos.

Desde entonces el fantasma de­seaba vehementemente probar que no había perdido su influencia sobre los Stilton, con los que además es­taba emparentado, pues una prima hermana suya se casó en Secondes­noces con el señor Bulkeley, del que descienden en línea directa, como todo el mundo sabe, los duques de Cheshire.

Por consiguiente, hizo sus prepa­rativos para mostrarse al joven ena­morado de Virginia en su famoso papel del «Fraile vampiro, o el bene­dictino sin sangre».

Era un espectáculo tan espantoso que cuando la vieja lady Startup se lo vio representar, es decir, la vís­pera del Año Nuevo de 1764, em­pezó a lanzar chillidos agudos, que le provocaron un fuerte ataque de apoplejía y su fallecimiento al cabo de tres días, no sin que desheredara antes a los Canterville que eran sus parientes más cercanos y legase todo su dinero a su farmacéutico de Londres.

Pero, a última hora, el terror que le inspiraban los gemelos le retuvo en su habitación y el joven duque durmió tranquilo en el gran lecho con dosel coronado de plumas del dormitorio real, soñando con Vir­ginia.

CAPITULO V

Unos días después, Virginia y su adorador de cabello rizado dieron un paseo a caballo por los prados de Brockley, paseo en el que ella se desgarró su vestido de amazona al saltar un seto, y de vuelta a su casa, entró por la escalera de detrás para que no la viesen.

Al pasar corriendo por delante de la puerta del salón de tapices, que estaba abierta de par en par, le pa­reció ver a alguien dentro. Pensó que sería la doncella de su madre, que iba con frecuencia a trabajar a esa habitación.

Asomó la cabeza para encargarle que le cosiese el vestido.

¡Pero con gran sorpresa suya quien estaba allí era el fantasma de Canterville en persona!

Estaba sentado junto a la ventana contemplando las hojas doradas, que danzaban en el aire, desprendi­das de los árboles amarillentos, y las hojas bermejas que bailaban loca­mente a lo largo de la gran avenida.

Tenía la cabeza apoyada en una mano y toda su actitud revelaba el desaliento más profundo.

Realmente presentaba un aspecto tan desamparado, tan abatido que la pequeña Virginia, en vez de ceder a su primer impulso, que fue echar a correr y encerrarse en su cuarto, se sintió llena de compasión y se decidió a ir a consolarle.

Tenía la muchacha un paso tan ligero y él una melancolía tan hon­da, que no se dio cuenta de su pre­sencia hasta que le habló.

-Lo he sentido mucho por us­ted -dijo-, pero mis hermanos re­gresan mañana a Eton y entonces, si se porta usted bien, nadie le ator­mentará.

-Es absurdo pedirme que me porte bien -le respondió contem­plando estupefacto a la jovencita que tenía la audacia de dirigirle la palabra-. Perfectamente inconcebi­ble. Me es necesario arrastrar mis cadenas, gruñir a través de las cerra­duras, y deambular en la noche. Si es a eso a lo que se refiere, le diré que todo ello es la única razón de mi existencia.

-Ésa no es una razón para vivir molestando a la gente. En sus tiem­pos fue usted muy malo, ¿sabe? La señora Umney nos contó el mismo día en que llegamos, que usted mató a su esposa.

-Sí, lo reconozco -respondió petulante el fantasma-. Pero fue un asunto de familia que a nadie le importa.

-Está muy mal eso de matar a alguien -replicó Virginia, que a ve­ces adoptaba una dulce actitud pu­ritana, heredada posiblemente de al­guno de sus antepasados de la vieja Nueva Inglaterra.

-¡Oh, detesto la ramplona seve­ridad de la ética abstracta! Mi es­posa era muy poco agraciada y sim­plona. Nunca pudo almidonar bien mis puños, y no sabía nada de co­cina. Vea usted, un día cacé un mag­nífico cervatillo en los bosques de Hogley, un espléndido gamo, ¿y sabe usted cómo me lo sirvió en la mesa? Bueno..., eso ahora no im­porta, ya pasó; pero sin embargo, no hallo nada bien que sus hermanos me dejasen morir de hambre, aun­que yo la hubiese matado.

-¡Le dejaron morir de hambre! ¡Ay, señor fantasma! ¡Quiero de­cir, don Simón! ¿Tiene usted ham­bre? Tengo un sandwich en mi cos­turero, ¿no lo quiere?

-No, gracias, ahora ya no nece­sito comer; pero de todas maneras, es usted muy amable. Es usted mu­cho más fina y atenta que el resto de su familia que es tan ordinaria, horrorosa, vulgar, y que se condu­cen como bandoleros.

-¡Basta! -exclamó Virgina dan­do con el pie en el suelo-. El bru­tal, horrible y ordinario es usted. En cuanto a lo de bandolero y ladrón, usted bien sabe que me ha robado las pinturas de mi caja para restau­rar esa ridícula mancha de sangre en la biblioteca. Primero me robó todos los rojos, incluyendo el ber­mellón, y ya no pude seguir pintan­do las puestas de sol; después se llevó el verde esmeralda y el ama­rillo cromo; y por último no me han quedado más que el azul añil y el blanco de China, de manera que sólo puedo pintar escenas de claro de luna, que siempre son tristes y nada fáciles de pintar. Nunca lo acusé aunque ello me hacía sentir furiosa, y todo resultaba grotesco, porque, ¿quién ha oído decir que exista la sangre de color verde es­meralda?

-Bueno. en verdad -dijo el fan­tasma, con cierta dulzura-, ¿qué iba yo a hacer? Es dificilísimo en los tiempos actuales agenciarse san­gre de verdad, y ya que su hermano empezó todo esto con su detergente Paragon, no veo por qué no iba yo a usar sus colores para defenderme. En cuanto al tono, es cuestión de gusto. Así, por ejemplo, los Canter­ville tienen sangre azul, la sangre más azul que existe en Inglaterra... Aunque ya sé que ustedes los ame­ricanos no hacen el menor caso de esas cosas.

-No sabe usted nada, y lo me­jor que puede hacer es emigrar y así se desarrollará su mentalidad. Mi padre tendrá un verdadero gus­to en proporcionarle un pasaje gra­tuito, y aunque haya derechos aran­celarios elevadísimos sobre toda cla­se de cosas espirituosas a usted no le pondrán trabas en la aduana. Y una vez en Nueva York puede us­ted contar con un gran éxito. Conoz­co infinidad de personas que darían cien mil dólares por tener antepasa­dos y que sacrificarían mayor can­tidad aún por tener un fantasma en la familia.

-Creo que no me gustaría Amé­rica.

-Quizá se deba a que allí no tenemos ni ruinas ni curiosidades -dijo burlonamente Virginia.

-¡Qué curiosidades ni qué rui­nas! -contestó el fantasma-. Tie­nen ustedes su marina y sus moda­les.

-Buenas noches; voy a pedir a papá que conceda a los gemelos una semana más de vacaciones.

-¡No se vaya, miss Virginia, se lo suplico! -exclamó el fantas­ma-. Estoy tan solo y soy tan des­graciado que no sé qué hacer. Qui­siera irme a dormir y no puedo.

-Es inconcebible: no tiene usted más que meterse en la cama y apa­gar la vela. Algunas veces es difici­lísimo permanecer despierto, sobre todo en una iglesia, pero, en cam­bio, dormir es muy sencillo, hasta los niños saben dormir admirable­mente, y no son nada ilustrados.

-Hace trescientos años que no duermo -dijo el anciano tristemen­te, haciendo que Virginia abriese mucho sus hermosos ojos azules lle­nos de asombro-. Hace ya tres­cientos años que no duermo, y me siento tan cansado...

Virginia adoptó un grave conti­nente y sus finos labios temblaron como pétalos de rosa.

Se acercó y, arrodillándose al la­do del fantasma, contempló su vie­jo rostro marchito.

-Pobre, pobre fantasma -mur­muró-, ¿y no hay ningún lugar donde pueda usted dormir?

-Allá lejos, pasado el pinar -respondió él en voz baja y soña­dora-, hay un jardincito. La hierba crece en él alta y espesa; allí pue­den verse las grandes estrellas blan­cas de la cicuta, allî el ruiseñor canta toda la noche. Canta toda la noche, y la luna de cristal gélido deja caer su mirada y el tejo extiende sus bra­zos de gigante sobre los durmientes.

Los ojos de Virginia se empaña­ron de lágrimas y ocultó la cara en­tre sus manos.

-Se refiere usted al jardín de la muerte -murmuró.

-Sí, de la muerte, ¡la muerte debe ser hermosa! ¡Descansar en la blanda tierra oscura, mientras las hierbas se balancean encima de nuestra cabeza, y escuchar el silen­cio! No tener ni ayer ni mañana. Olvidarse del tiempo y los males de la vida, quedar en paz. Usted puede ayudarme; usted puede abrirme el portal de la morada de la muerte, porque el amor le acompaña a usted siempre, y el amor es más fuerte que la muerte.

Virginia tembló. Un estremeci­miento helado recorrió todo su ser y durante unos instantes hubo un gran silencio. Parecíale vivir en un sueño terrible.

Entonces el fantasma habló de nuevo con una voz que resonaba como los suspiros del viento:

-¿Ha leído usted alguna vez la antigua profecía que hay sobre las vidrieras de la biblioteca?

-¡Oh, muchas veces! -exclamó la muchacha levantando los ovos-. La conozco muy bien. Está pintada con unas curiosas letras negras y se lee con dificultad. No tiene más que estos seis versos:

Cuando una joven rubia logre hacer brotar

una oración de los labios del peca­dor,

cuando el almendro estéril dé fruto

y un pequeño deje correr su llanto,

entonces, toda la casa quedará tran­quila

y volverá la paz a Canterville.

Pero no sé lo que significan.

-Significan que tiene usted que llorar conmigo mis pecados, porque no tengo lágrimas, y que tiene us­ted que rezar conmigo por mi alma, porque no tengo fe, y entonces, si ha sido usted siempre dulce, buena y cariñosa, el ángel de la muerte se compadecerá de mí. Verá usted se­res terribles en las tinieblas y voces malignas susurrarán en sus oídos, pero no podrán hacerle ningún da­ño, porque contra la pureza de una niña no pueden nada las potencias infernales.

Virginia no contestó y el fantas­ma retorcióse las manos en la vio­lencia de su desesperación, sin dejar de mirar la rubia cabeza inclinada.

De pronto se irguió la joven, muy pálida, con un fulgor extraño en los ojos.

-No tengo miedo -dijo con voz firme- y rogaré al ángel que se apiade de usted.

El fantasma, levantándose de su asiento y lanzando un débil grito de alegría, tomó su mano, e inclinán­dose sobre ella con la gracia de los viejos tiempos, la besó.

Sus dedos estaban fríos como el hielo y sus labios abrasaban como el fuego, pero Virginia no flaqueó; después la hizo atravesar la estan­cia sombría.

Sobre el tapiz de un verde apaga­do estaban bordados unos pequeños cazadores. Soplaban en sus cuernos adornados con borlas y con sus lin­das manos le hacían señas de que retrocediese.

-Vuelve sobre tus pasos, Virgi­nia. No sigas. ¡Vete, vete! -grita­ban.

Pero el fantasma le apretaba en aquel momento la mano con más fuerza, y ella cerró los ojos para no verlos.

Horribles alimañas de colas de lagarto y de ojos saltones hacían gui­ños maliciosos en las esquinas de la chimenea, mientras le decían en voz baja:

-Ten cuidado, Virginia, ten cui­dado. Podríamos no volver a verte. Pero el fantasma apresuró entonces el paso y Virginia no oyó nada.

Cuando llegaron al extremo de la estancia, el viejo se detuvo, mur­murando unas palabras que ella no pudo comprender. Volvió Virginia a abrir los ojos y vio disiparse el muro lentamente, como una nebli­na, y abrirse una negra caverna.

Un áspero y helado viento les azo­tó, sintiendo la muchacha que al­guien tiraba de su vestido.

-De prisa, de prisa -gritó el fantasma-, o será demasiado tarde. Y en el mismo momento el muro se cerró de nuevo detrás de ellos y el salón de tapices quedó desierto.

CAPITULO VI

Diez minutos después sonó la campana para el té y Virginia no bajó. La señora Otis envió a uno de los criados a buscarla.

No tardó en volver diciendo que no había podido encontrar a miss Virginia por ninguna parte.

Como la muchacha tenía la cos­tumbre de ir todas las tardes al jar­dín a coger flores para la cena, la señora Otis no se preocupó en lo más mínimo. Pero sonaron las seis y Virginia no aparecía. Entonces su madre se sintió seriamente intranqui­la y envió a sus hijos en su busca, mientras ella y su marido recorrían todas las habitaciones de la casa.

A las seis y media volvieron los muchachos diciendo que no habían encontrado huellas de su hermana por parte alguna.

Entonces se inquietaron todos ex­traordinariamente y nadie sabía qué hacer cuando míster Otis recordó de repente que pocos días antes había permitido acampar en el parque a una tribu de gitanos.

Así pues, salió inmediatamente para Blackfell-Hollow, acompañado de su hijo mayor y de dos criados de la granja.

El joven duque de Cheshire, com­pletamente loco de ansiedad, rogó con insistencia a míster Otis que le dejase acompañarle, mas éste se negó temiendo que pudiese surgir algún conflicto. Pero cuando llegó al sitio en cuestión vio que los gita­nos se habían marchado, y era evi­dente que su partida había sido precipitada, pues el fuego ardía aún y quedaban platos sobre la hierba.

Después de mandar a Washington y a los dos hombres a registrar los alrededores, se apresuraron a regre­sar y envió telegramas a todos los inspectores de policía del condado, rogándoles buscasen a una joven raptada por unos vagabundos o gi­tanos.

Luego hizo que le trajeran su'ca­ballo, y después de insistir para que su mujer y sus tres hijos se senta­ ran a la mesa, partió con un caba­llerango por el camino de Ascot.

Había recorrido dos millas, cuan­do oyó un galope a su espalda.

Se volvió, viendo al joven duque que llegaba en su poney, con la cara sofocada y la cabeza descubierta.

-Lo siento muchísimo -le dijo el joven con voz entrecortada-, pero me es imposible comer mien= tras Virginia no aparezca. Se lo ruego, no se enfade conmigo. Si nos hubiera permitido casarnos el año pasado no habría ocurrido esto nun­ca. ¿No me rechaza usted, verdad? ¡No puedo ni quiero irme!

El ministro no pudo menos de di­rigir una sonrisa a aquel mozo gua­po y atolondrado, conmovidísimo ante la abnegación que mostraba por Virginia, e inclinándose sobre su caballo, le golpeó el hombro cariño­samente y le dijo:

-Pues bien, Cecil, ya que insistes en venir, no me queda más reme­dio que admitirte en mi compañía; pero, eso sí, tengo que comprarte un sombrero en Ascot.

-¡Al diablo los sombreros! ¡Lo que quiero es encontrar a Virginia! -exclamó el duque riendo.

Y acto seguido galoparon hasta la estación.

Una vez allí, míster Otis pregun­tó al jefe si no habían visto en el andén a una joven cuyas señas co­rrespondiesen con las de Virginia, pero no averiguó nada sobre ella. No obstante lo cual el jefe de la estación expidió telegramas a las estaciones del trayecto, ascendentes y descendentes, y le prometió ejercer una vigilancia minuciosa.

En seguida, después de comprar un sombrero para el duque en una tienda de novedades que se dispo­nía a cerrar, míster Otis cabalgó has­ta Bexley, pueblo situado cuatro mi­llas más allá, y que, según le dijeron, era muy frecuentado por los gita­nos, ya que cerca de allí había una numerosa comunidad rural.

Hicieron levantarse al guarda del lugar, pero no pudieron conseguir ningún dato de él.

Así es que, después, de atravesar y explorar los contornos, los dos ji­netes tomaron otra vez el camino de casa, llegando a Canterville a eso de las once, rendidos de cansancio y con el corazón desgarrado por la inquietud. Se encontraron allí con Washington y los gemelos, esperán­doles a la puerta con linternas, por­que la avenida estaba muy oscura.

No se había descubierto la menor señal de Virginia. Los gitanos fue­ron alcanzados en el prado de Bro­ckley, pero no estaba la joven entre ellos. Explicaron la prisa de su mar­cha diciendo que habían equivocado el día que debía celebrarse la feria de Chorton y que el temor de llegar demasiado tarde les obligó a darse prisa.

Además parecieron desconsolados por la desaparición de Virginia, pues estaban agradecidísimos a míster Otis por haberles permitido acam­par en su parque. Cuatro de ellos se quedaron detrás para tomar par­te, en las pesquisas.

Se hizo vaciar el estanque de las carpas. Registraron la finca en to­dos sentidos, pero no consiguieron nada.

Era evidente que Virginia estaba perdida, al menos por aquella no­che, y fue con un aire de profundo abat¡miento como entraron en casa míster Otis y los jóvenes seguidos del caballerango que llevaba de las bridas los dos caballos y al poney.

En el vestíbulo se encontraron con el grupo de los criados llenos de terror.

La pobre señora Otis estaba acos­tada sobre un sofá de la bibliote­ca, casi loca de terror y de ansie­dad, y is vieja ama de gobierno le humedecía la frente con agua de colonia. En seguida míster Otis instó a su esposa para que comiese algo, y dio órdenes para que se sirviese la cena. Fue una comida triste, pues casi nadie hablaba, y hasta los ge­melos se veían espantados y sumi­sos, pues querían entrañablemente a su hermana.

Cuando terminaron, míster Otis, a pesar de los ruegos del joven du­que, mandó que todo el mundo se fuese a la cama diciendo que ya no podía hacerse nada más aquella noche, y que al día siguiente tele­grafiaría a Scotland Yard para que pusieran inmediatamente varios de­tectives a su disposición.

Pero en el preciso momento en que salían del comedor sonaron las doce en el reloj de la torre.

Apenas acababan de extinguirse las vibraciones de la última campa­nada cuando oyóse un crujido acom­pañado de un grito penetrante.

Un trueno estentóreo bamboleó la casa; una meiodía, ultraterrena, flo­tó en el aire. Un lienzo de pared se desprendió bruscamente en lo alto de la escalera y sobre el rellano, muy pálida, casi blanca, apareció Virginia llevando en la mano un cofrecillo.

Inmediatamente todos la rodea­ron.

La señora Otis la estrechó apasio­nadamente entre sus brazos.

El duque casi la ahogó con sus besos, apasionados, y los gemelos ejecutaron una danza de guerra sal­vaje alrededor del grupo.

-¡Por Dios, hija! ¿Dónde esta­bas? -dijo míster Otis, bastante enfadado, creyendo que les había querido dar una broma pesada-. Cecil y yo hemos recorrido toda la comarca en busca tuya, y tu madre ha estado a punto de morirse de espanto. No vuelvas a dar bromas de ese género a nadie.

-¡Menos al fantasma, menos al fantasma! -gritaron los gemelos continuando sus brincos.

-Hija mía querida, gracias a Dios que te hemos encontrado; ya no nos volveremos a separar -mur­muraba la señora Otis besando a la muchacha, toda trémula y acarician­do sus cabellos de oro, que se veían despeinados.

-Papá -dijo dulcemente Virgi­nia-, estaba con el fantasma. Ha muerto ya. Es preciso que vayáis a verle. Fue muy malo, pero se ha arrepentido sinceramente de todo lo que había hecho y antes de morir me ha dado esta caja de joyas. Toda la familia la contempló mu­da y asombrada, pero ella tenía un aire muy circunspecto y muy serio. En seguida, dando media vuelta, les precedió a través del hueco de la pared y bajaron por un corredor secreto y angosto.

Washington les seguía llevando una vela encendida que cogió de la mesa. Por fin, llegaron a una gran puerta de roble con clavos recios y oxidados.

Virginia la tocó, y entonces la puerta giró sobre sus goznes enor­mes y se hallaron en una habitación estrecha y con bajo techo aboveda­do, y que tenía una ventanita enre­'ada. Junto a una gran argolla de hierro empotrada en el muro, a la cual estaba encadenado se veía un esqueleto, extendido cuan largo era sobre las losas.

Parecía estirar sus dedos descar­nados, como intentando llegar a un plato y a un cántaro, de forma an­tigua, colocados de tal forma que no pudiese alcanzarlos. El cántaro había estado lleno de agua induda­blemente, pues tenía su interior ta­pizado de moho verde. Sobre el pla­to no quedaba más que polvo.

Virginia, arrodillada junto al es­queleto y, uniendo sus finas manos, comenzó a rezar en silencio, mien­tras la familia contemplaba con asombro la horrible tragedia, cuyo secreto se les acababa de revelar.

-¡Oigan! -exclamó de pronto uno de los gemelos, que había ido a mirar por la ventanita, queriendo adivinar hacia qué lado del edificio caía aquella habitación-. ¡Oigan! El antiguo almendro, que estaba seco, ha florecido. Se ven admira­blemente las flores a la luz de la luna.

-¡Dios le ha perdonado! -dijo gravemente Virginia, levantándose. Y un magnífico resplandor parecía iluminar su rostro.

-¡Eres un ángel! -exclamó el joven duque rodeándole el cuello con el brazo y besándola.

CAPITULO VII

Cuatro días después de estos cu­riosos sucesos, a eso de las once de la noche, salía un fúnebre cortejo de Canterville House.

La carroza iba arrastrada por ocho caballos negros, cada uno de los cuales llevaba adornada la cabe­za con un gran penacho de plumas de avestruz, que se inclinaban como saludando.

La caja de plomo iba cubierta con un rico paño púrpura, sobre el cual estaban bordadas en oro las armas de los Canterville.

A cada lado del carro y de les coches marchaban los criados, lle­vando antorchas encendidas. Toda aquella comitiva tenía un aspecto grandioso e imponente.

Lord Canterville presidía el due­lo; había venido del País de Gales expresamente para asistir al entie­rro y ocupaba el primer coche con la pequeña Virginia.

Después iban el ministro de los Estados Unidos y su esposa, y de­trás Washington y los dos mucha­chos.

En el último coche iba la señora Umney. Todo el mundo convino en que después de haber sido atemori­zada por el fantasma por espacio de más de cincuenta años, tenía real­mente derecho a verle desaparecer para siempre.

Cavaron una profunda fosa en un rincón del cementerio, precisamente bajo el tejo centenario, y dijo las últi­mas oraciones, del modo más solem­ne, el reverendo Augusto Dampier.

Una vez terminada la ceremonia, los criados, siguiendo una an*igua costumbre establecida en la familia Canterville, apagaron sus antorchas.

Luego, al bajar la caja a la fosa, Virginia se adelantó, colocando en­cima de ella una gran cruz hecha con flores de almendro, blancas y rosadas.

En aquel momento salió la luna de detrás de una nube e inundó el cementerio con sus rayos de silen­ciosa plata, y de un bosquecillo cer­cano se elevó el canto de un ruise­ñor.

Virginia recordó la descripción que le hizo el fantasma del jardín de la muerte; sus ojos se llenaron de lágrimas y apenas pronunció una palabra durante el regreso a la casa.

A la mañana siguiente, antes que lord Canterville partiese para la ciu­dad, la señora Otis conferenció con él respecto de las joyas entregadas por el fantasma a Virginia.

Eran magníficas. Había sobre to­do un collar de rubíes, en una anti­gua montura veneciana, que era un espléndido trabajo del siglo XVI, y el conjunto representaba tal canti­dad que míster Otis sentía grandes escrúpulos en permitir a su hija el aceptarlas.

-Milord -dijo el ministro-, sé que en este país el concepto de va­nos muertas, se aplica lo mismo a los objetos menudos que a las tie­rras, y es evidente, evidentísimo para mí, que estas joyas deben quedar en poder de usted como legado de fa­milia. Le ruego, por lo tanto, que consienta en llevárselas a Londres, considerándolas simplemente como una parte de su herencia que le fue­ra restituida en circunstancias extra­ordinarias. En cuanto a mi hija, no es más que una chiquilla, y hasta hoy, me complace decirlo, siente poco interés por esas futilezas de lujo superfluo. He sabido igualmen­te por la señora Otis, cuya autori­dad no es despreciable en cosas de arte, dicho sea de paso, pues ha tenido la suerte de pasar varios in­viernos en Boston cuando era una jovencita, que esas piedras precio­sas tienen un gran valor monetario y que'si se pusieran en venta producirían una bonita suma. En estas cir­cunstancias, lord Canterville, reco­nocerá usted, indudablemente, que no puedo permitir que queden en manos de ningún miembro de mi fa­milia. Además de que todas esas ba­ratijas y chucherías y todos esos ju­getes, por muy apropiados y nece­sarios que sean a la dignidad de la aristocracia británica, estarían fue­ra de lugar entre personas educadas de acuerdo con los severos princi­pios, según los inmortales principios, pudiera decirse, de la sencillez re­publicana. Quizá me atrevería a de­cir que Virginia tiene gran interés en que le deja usted la cajita que encierra esas joyas en recuerdo de las locuras y de los infortunios de su antepasado. Y como esa caja ya es muy vieja y, por consiguiente, de­terioradísima, quizá encuentre us­ted razonable acoger favorablemen­te su deseo. En cuanto a mí, con­fieso que me sorprende grandemen­te ver a uno de mis hijos demostrar interés por una cosa de la Edad Me­dia, y la única explicación que le encuentro es que Virginia nació en un barrio de Londres, a poco de re­gresar la señera Otis de una excur­sión a Atenas.

Lord Canterville escuchó con gran atención y muy serio el discur­so del digno ministro, atusándose de vez. en cuando su bigote gris, para ocultar una sonrisa involun­taria.

Una vez que hubo terminado mís­ter Otis, le estrechó cordialmente la mano y contestó:

-Mi querido amigo, su encanta­dora hija ha prestado un servicio im­portantísimo a mi desgraciado ante­cesor, sir Simón. Mi familia y yo es­tamos llenos de gratitud hacia ella por su maravilloso valor y por la sangre fría que ha demostrado. Las joyas le pertenecen, sin duda algu­na, y creo que si tuviese yo la su­ficiente insensibilidad para quitárse­las, el viejo malvado saldría de su tumba al cabo de quince días para hacerme la vida infernal. En cuan­to a que sean joyas de familia, no podrían serlo sino después de estar especificadas como tales en un tes­tamento en forma legal, y la existen­cia de estas joyas permaneció siem­pre ignorada. Le aseguro que son tan mías como de su mayordomo. Cuando miss Virginia sea mayor, creo que le encantará tener cosas tan lindas para lucir. Además, mís­ter Otis, olvida usted que adquirió el inmueble y el fantasma bajo in­ventario. De modo que todo lo que pertenece al fantasma le pertenece a usted. A pesar de las pruebas de actividad que ha dado sir Simón por el corredor, no por eso deja de estar menos muerto, desde el punto de vista legal, y su compra le hace a usted dueño de lo que le perte­necía a él.

Míster Otis se quedó muy preocu­pado ante la negativa de lord Can­terville, y le rogó que reflexionara nuevamente su decisión; pero el ex­celente par se mantuvo firme y ter­minó por convencer -al ministro de que aceptase el regalo del fantasma.

Cuando en la primavera de 1890 la duquesa de Cheshire fue presen­tada por primera vez en la recep­ción de la reina, con motivo de su casamiento, sus joyas fueron tema de general comentario y admiración. Porque Virginia fue agraciada con la diadema que se otorga como re­compensa a todas las americanitas de buena conducta, y se casó con su novio en cuanto éste llegó a la mayoría de edad.

Eran ambos tan simpáticos y agra­dables, y además se amaban de tal manera, que no hubo quien no estu­viese encantado con aquel matrimo­nio, menos la anciana marquesa de Dumbleton que había hecho todo lo posible por “pescar” al joven duque casarle con alguna de sus siete hijas. Para conseguirlo no dio me­nos de tres comidas costosísimas; y, cosa extraña de notarse, míster Otis en cierto modo la había ayudado. Míster Otis sentía una viva sîm­patía personal por el duque, pero teóricamente era enemigo de los tí­tulos nobiliarios y, según sus pro­pias palabras: “era de temer que, entre las influencias enervantes de una aristocracia ávida de placeres, llegase a olvidar su hija los verda­deros principios de la sencillez re­publicana”.

Sus observaciones quedaron olvi­dadas cuando avanzó por la nave central de la iglesia de San Jorge, en Hanover Square, llevando a su hija, apoyada en su brazo, hacia el altar. No había en esos momentos un padre más orgulloso en todo el territorio de Inglaterra.

El duque y la duquesa, pasada ya la luna de miel, regresaron a Canter­ville Chase; y al día siguiente de su llegada, por la tarde, fueron a dar una vuelta por el cementerio solita­rio del atrio de la iglesia próxima al pinar.

Al principio, se había tenido una serie de dificultades acerca de la inscripción que debería figurar en la lápida de sir Simón, pero al fin se decidió grabar sólo las inicia­les del nombre de aquel caballero ylos versos que estaban escritos so­bre la ventana de la biblioteca. La duquesa trajo consigo un ramo de rosas precioso y lo dejó sobre la tumba; y después de permanecer unos momentos de pie, caminaron dirigiéndose hacia el claustro en rui­nas de la vieja abadía; la duquesa se sentó sobre el caído pilar de una columna, mientras que su esposo, descansando a sus pies, fumaba un cigarrillo contemplando a su esposa y mirando sus bellos ojos. De pron­to, tiró el cigarro, le tomó la mano y le dijo:

-Virginia, una buena esposa nunca debe tener secretos para su esposo.

-¡Querido Cecil! Yo no tengo secretos para ti.

-Sí que los tienes -contestó él sonriendo-. Nunca me has contado lo que te pasó mientras estuviste en­cerrada con el fantasma.

-Nunca se lo he contado a nadie, Cecil -dijo Virginia con una acti­tud reposada y seria.

-Ya lo sé, pero a mí podrías de­círmelo.

-Por favor no me preguntes, Cecil; no puedo decírtelo. ¡Pobre sir Simón! Le debo mucho. Sí, no te rías, Cecil, de veras, mucho le debo. Me hizo ver lo que era la vida, y lo que significa la muerte; y por qué el amor es más fuerte que am­bas.

El duque se levantó inclinándose para besar amorosamente a su es­posa.

-Puedes guardarte tu secreto mientras pueda ser yo el dueño de tu corazón -murmuró.

-Ese siempre ha sido tuyo, Cecil.

-Y algún día se lo contarás a nuestros hijos, ¿no es verdad? Virginia se sonrojó.

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