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domingo, 20 de junio de 2010

EL CABALLERO DE LA «MAISON ROUGE» -- ALEXANDRE DUMAS

EL CABALLERO DE LA «MAISON
ROUGE»
ALEXANDRE DUMAS
-
parte1
--
I
LOS VOLUNTARIOS
EL DESCONOCIDO
Era la noche del 10 de marzo de 1793.
En Notre Dame acababan de sonar las diez, y
cada hora, descolgándose como un pájaro nocturno
lanzado desde un nido de bronce, había volado triste,
monótona y vibrante.
Sobre París había descendido una noche fría y
brumosa.
El mismo París no era en absoluto el que
conocemos, deslumbrante en la noche por mil luces
que se reflejan en su fango dorado; era una ciudad
avergonzada, tímida y atareada, cuyos escasos
habitantes corrían para atravesar de una calle a otra.
Era, en fin, el París del 10 de marzo de 1793.
Tras algunas palabras sobre la extrema situación
que había ocasionado este cambio en el aspecto de la
capital, pasaremos a los acontecimientos cuyo relato
es el objeto de esta historia.
A causa de la muerte de Luis XVI, Francia
había roto con toda Europa. A los tres enemigos con
los que había combatido al principio, Prusia, el
Imperio y d Piamonte, se habían unido Inglaterra,
Holanda y España. Sólo Suecia y Dinamarca, atentas
al desmembramiento de Polonia realizado por
Catalina II, conservaban su neutralidad.
La situación era alarmante. Francia, temida
como potencia física, pero poco estimada como
potencia moral tras las masacres de septiembre del
21 de enero, estaba literalmente bloqueada por toda
Europa, como una simple ciudad. Inglaterra se
hallaba en las costas, España en los Pirineos, el
Piamonte y Austria en los Alpes, Holanda y Prusia
en el norte de los Países Bajos, y en un solo punto,
entre el Rin y el Escalda, doscientos cincuenta mil
soldados avanzaban contra la República.
Los generales franceses eran rechazados en
todas partes, y Valence y Dampierre se habían
dejado arrebatar parte de su material durante la
retirada. Más de diez mil desertores habían
abandonado el ejército, dispersándose por el país. La
única esperanza de la Convención era Dumouriez, al
que había enviado un correo tras otro ordenándole
abandonar las orillas del Biesboch, donde preparaba
un desembarco en Holanda, y regresar para tomar el
mando del ejército del Mosa.
En el corazón de Francia, es decir, en París,
repercutía cada golpe que la invasión, la revuelta o
la traición le asestaba en los puntos más distantes.
Cada victoria era una conmoción de alegría, cada
derrota una sacudida de terror.
La víspera, 9 de marzo, había tenido lugar en la
Convención una de las sesiones más borrascosas:
todos los oficiales habían recibido la orden de
incorporarse a sus regimientos a la misma hora; y
Danton, subiendo a la tribuna, había exclamado:
«¿Decís que faltan soldados? Ofrezcamos a París
una ocasión de salvar a Francia, pidámosle treinta
mil hombres, enviémoslos a Dumouriez, y no sólo
Francia estará salvada, sino Bélgica asegurada y
Holanda conquistada. »
La proposición había sido acogida con gritos de
entusiasmo. En todas las secciones se habían
establecido oficinas de alistamiento. Los
espectáculos se habían cerrado para impedir
cualquier distracción y la bandera negra había sido
izada en la alcaldía en señal de alarma.
Antes de medianoche se habían inscrito treinta y
cinco mil hombres; pero al inscribirse, igual que en
las jornadas de septiembre, los voluntarios habían
pedido que, antes de su partida, se castigara a los
traidores.
Los traidores eran los contrarrevolucionarios,
los conspiradores que amenazaban desde dentro a la
Revolución amenazada desde fuera. Pero la palabra
tomaba toda la amplitud que querían darle los
partidos extremistas. Los traidores eran los más
débiles. Y los montañeses1 decidieron que los
traidores serían los girondinos.
Al día siguiente —10 de marzo— todos los
diputados montañeses asistían a la sesión. El alcalde
se presenta con el acuerdo del ayuntamiento
confirmando las medidas de los comisarios de la
Convención y repite el deseo, manifestado
1 Miembros del partido de la Montaña, llamado así por ocupar los
escaños más elevados del Juego de Pelota. (Nota del traductor.)
unánimemente la víspera, de un tribunal
extraordinario encargado de juzgar a los traidores.
Enseguida se exige a gritos un acuerdo del
comité. Este se reúne y, diez minutos después,
Robert Lindet anuncia que se nombrará un tribunal
compuesto por nueve jueces y dividido en dos
secciones, encargado de perseguir a quienes traten
de confundir al pueblo. Los girondinos comprenden
que esto significa su arresto. Se levantan en masa.
—¡Antes morir que consentir el establecimiento
de esta inquisición veneciana! —gritan.
En respuesta, los montañeses piden que se vote
a mano alzada.
Se vota y, contra todo pronóstico, la mayoría
declara: 1.º que habrá jurados; 2.º que el número de
estos jurados será igual al de departamentos; 3.º que
serán nombrados por la Convención.
En cuanto se admitieron estas tres
proposiciones, se escuchó un enorme griterío. La
Convención estaba habituada a las visitas del
populacho. Preguntó de qué se trataba y se le
contestó que una comisión de voluntarios deseaba
presentarse ante ella. Enseguida se abrieron las
puertas y seiscientos hombres medio borrachos,
armados de sables, pistoletes y picas, desfilaron
entre aplausos, pidiendo a gritos la muerte para los
traidores.
Collot d'Herbois les prometió salvar la libertad
pese a las intrigas; y acompañó sus palabras con una
mirada a los girondinos que hizo comprender a éstos
que todavía estaban en peligro.
Terminada la sesión, los montañeses se
dirigieron a los otros clubs y propusieron poner
fuera de la ley a los traidores y degollarlos esa
noche.
Louvet vivía en la calle Saint-Honoré, cerca del
club de los Jacobinos; su mujer entró en el club,
atraída por las voces y escuchó la proposición. Subió
a toda prisa para prevenir a su marido que, tras
armarse, corrió de puerta en puerta para advertir a
sus amigos, a los que encontró reunidos en casa de
Pétion, deliberando sobre un decreto que querían
presentar al día siguiente. Les cuenta lo que ocurre,
incitándoles a tomar, por su parte, alguna medida
enérgica.
Pétion, calmoso e impasible como de
costumbre, se dirige a la ventana, mira al cielo y
extiende su brazo que retira chorreando.
—Llueve —dice—, esta noche no ocurrirá nada.
Por esta ventana entreabierta penetraron las
últimas vibraciones del reloj que tocaba las diez.
He ahí lo que ocurría en París durante esta
noche del diez de marzo, haciendo que, en este
silencio amenazante, las casas permanecieran mudas
y sombrías, como sepulcros poblados sólo por
muertos.
Los únicos habitantes de la ciudad que se
aventuraban por las calles eran las patrullas de
guardias nacionales, las cuadrillas de ciudadanos de
las secciones, armadas al azar y los policías, como si
el instinto advirtiera que se tramaba algo
desconocido y terrible.
Esa noche, una mujer envuelta en un manto
color lila, la cabeza oculta por el capuchón del
manto, se deslizaba arrimada a las casas de la calle
Saint-Honoré, escondiéndose en algún portal cada
vez que aparecía una patrulla, permaneciendo
inmóvil como una estatua, reteniendo el aliento
hasta que pasaba la patrulla, para continuar su rápida
e inquieta carrera.
Había recorrido impunemente una parte de la
calle Saint-Honoré cuando, en la esquina de la calle
Grenelle, se tropezó con una cuadrilla de voluntarios
cuyo patriotismo se encontraba exacerbado a causa
de los numerosos brindis que habían hecho por sus
futuras victorias. La pobre mujer lanzó un grito y
trató de huir por la calle del Gallo.
—¡Eh! ¿Dónde vas? —gritó el jefe de los
voluntarios.
La fugitiva no respondió y continuó corriendo.
—¡Apunten! —dijo el jefe—. Es un hombre
disfrazado, un aristócrata que se escapa.
El ruido de dos o tres fusiles maltratados por
manos demasiado vacilantes para ser seguras,
anunció a la pobre mujer el movimiento fatal que se
ejecutaba.
—¡No, no! —gritó, deteniéndose y volviendo
sobre sus pasos—. No, ciudadano; te equivocas; no
soy un hombre.
—Entonces, avanza y responde categóricamente
—dijo el jefe—. ¿Dónde vas, encantadora dama
nocturna?
—Pero, ciudadano, no voy a ninguna parte...
Vuelvo.
—¡Ah! ¿Vuelves?
—Sí.
—Es un poco tarde para volver una mujer
honrada, ciudadana.
—Vengo de casa de una parienta que está
enferma.
—Pobre gatita —dijo el jefe, haciendo un gesto
con la mano que hizo retroceder a la asustada
mujer—. ¿Dónde tenemos el salvoconducto?
—¿El salvoconducto? ¿Qué es eso, ciudadano?
¿Qué quieres decir? ¿,Qué es lo que me pides?.
—¿No has leído el decreto del ayuntamiento?
La mujer no sabía nada sobre la disposición del
ayuntamiento que prohibía circular después de las
diez de la noche a toda persona que careciera de
salvoconducto. El jefe de los voluntarios la sometió
a un breve interrogatorio y sus sospechas
aumentaron con las confusas respuestas de la mujer.
Entonces decidió conducirla al puesto más próximo,
el del Palacio-Igualdad.
Se encontraban cerca de la barrera de los
Sargentos cuando un joven alto, envuelto en una
capa, volvió repentinamente la esquina de la calle
Croix-des-Petits-Champs, justo en el momento en
que la prisionera suplicaba que la dejaran libre. El
jefe de los voluntarios, sin escucharla, la arrastraba
por un brazo y la joven lanzó un grito mezcla de
miedo y dolor.
El joven vio el forcejeo, oyó el grito y, saltando
de un lado a otro de la calle, se plantó ante la
cuadrilla y preguntó al que parecía el jefe quién era
la mujer y qué querían de ella.
—¿Y tú, quién eres para interrogarnos? —dijo
el jefe.
El joven abrió su capa y brillaron unas
charreteras en un uniforme militar, identificándose
como oficial de la guardia cívica.
—¿Qué dice? —preguntó uno de la cuadrilla
con el acento arrastrado e irónico de la gente del
pueblo.
—Dice que si las charreteras no bastan para que
se respete a un oficial, el sable hará que se respeten
las charreteras —replicó el joven al tiempo que
retrocedía un paso y, desplegando los pliegues de su
capa, hacia brillar un largo y sólido sable de
infantería a la luz de un farol. Después, con un
movimiento rápido que revelaba cierta costumbre en
el manejo de las armas, apresando al jefe de los
voluntarios por el cuello de la casaca y apoyándole
en la garganta la punta del sable, dijo—: Ahora
charlaremos como dos buenos amigos. Y te
prevengo que al menor movimiento que hagáis tú o
tus hombres, atravieso tu cuerpo con mi sable.
Entretanto, dos hombres de la cuadrilla
continuaban reteniendo a la mujer.
—Me has preguntado quién soy —continuó el
joven—, y no tienes derecho a hacerlo porque no
mandas una patrulla regular. No obstante, te lo voy a
decir: me llamo Maurice Lindey y he mandado una
batería de cañones el diez de agosto. Soy teniente de
la Guardia Nacional y secretario de la sección de
Hermanos y Amigos. ¿Té basta con eso?
—¡Ah! Ciudadano teniente —respondió el jefe,
amenazado por la hoja cuya punta presionaba cada
vez más en su garganta—. Si eres realmente lo que
dices, es decir, un buen patriota…
—Vaya; ya sabía que nos entenderíamos
enseguida —dijo el oficial—. Ahora respóndeme:
¿por qué gritaba esta mujer y qué le hacíais?
—La conducíamos al cuerpo de guardia porque
carece de salvoconducto, y el último decreto del
ayuntamiento ordena arrestar a cualquiera que
deambule sin salvoconducto.
La lucha no podía ser igualada. Incluso la mujer
comprendió esto, porque dejó caer la cabeza sobre el
pecho y lanzó un suspiro. En cuanto a Maurice, con
el ceño fruncido, el labio levantado desdeñosamente,
el sable desenvainado, permanecía indeciso entre sus
sentimientos de hombre que le ordenaban defender a
la mujer y sus deberes de ciudadano que le
aconsejaban entregarla. De pronto brilló en una
esquina el resplandor de varios cañones de fusil y se
escuchó la marcha de una patrulla que, al advertir al
grupo, hizo alto a diez pasos. El cabo gritó: «¿Quién
vive?»
Maurice reconoció la voz de su amigo Lorin y le
pidió que se acercara. El cabo avanzó al frente de la
patrulla y, al reconocer a Maurice, le preguntó qué
hacía en la calle a esas horas.
—Ya lo ves, salgo de la sección de Hermanos y
Amigos.
—Sí, para ir a la de hermanas y amigas, ¿no es
así?
Maurice le dijo que se equivocaba y le explicó
la causa de hallarse allí. Después, Lorin escuchó las
explicaciones de los voluntarios sobre la resolución
del ayuntamiento y dijo:
—Bien hecho. Pero hay otra resolución que
anula ésa; hela aquí:
Por el Pindo y el Parnaso,
Ha decretado el Amor,
Que la Belleza, la Juventud y la Gracia
Podrán, a cualquier hora del día,
Circular sin billete.
—¡Eh! ¿Qué dices de este acuerdo, ciudadano?
Me parece que es galante.
—Sí. Pero no me parece decisivo. En primer
lugar, no figura en el Moniteur; más aún, no estamos
ni en el Pindo ni en el Parnaso; además, no es de día;
y por último, la ciudadana tal vez no es joven, ni
bella, ni graciosa.
—Yo opino todo lo contrario —dijo Lorin—.
Veamos, ciudadana, demuestra que tengo razón, baja
tu toca y que todos puedan juzgar si reúnes las
condiciones del decreto.
Pero la mujer se estrechó contra Maurice,
suplicándole que la protegiera de su amigo como lo
había hecho con sus enemigos y, al escuchar las
sospechas del jefe de los voluntarios sobre su
condición de espía aristócrata, bribona o ramera, se
descubrió un momento el rostro para que Maurice
pudiera verlo. El joven quedó deslumbrado; jamás
había visto nada parecido, y pidió a Lorin, en voz
baja, que reclamara a la prisionera para conducirla a
su puesto. El joven cabo comprendió su intención y
ordenó a la mujer que le siguiera, pero el jefe de los
voluntarios se opuso, alegando que la prisionera le
pertenecía.
—Ciudadanos —dijo Lorin—, nos vamos a
enfadar.
—¡Enfadaos o no, voto a tal! Eso no nos
importa. Somos auténticos soldados de la República
que vamos a verter nuestra sangre en la frontera
mientras vosotros patrulláis por las calles.
—Tened cuidado de no derramarla en el
camino, ciudadanos, y eso podría ocurriros si no os
conducís con más educación.
—La educación es una virtud aristocrática y
nosotros somos descamisados —replicaron los
voluntarios.
Lorin les aconsejó que no hablaran así ante la
dama y dedicó a ésta unos versos en los que se
comparaba a Inglaterra con un nido de cisnes en
medio de un inmenso estanque. Al oírle, el jefe de
los voluntarios le acusó de ser un agente de Pitt, de
estar pagado por Inglaterra. Lorin le impuso silencio
en tono amenazador y Maurice, en vista del cariz
que tomaban los acontecimientos preguntó a la
mujer si la causa abrazada por quienes la defendían
merecía la sangre que iba a correr. La desconocida le
respondió que prefería que la matara él, allí mismo,
y arrojara su cadáver al Sena, antes que sufrir las
desgracias que su arresto acarrearía a ella ya otras
personas.
Entonces Maurice ordenó a Lorin que atacara a
los voluntarios si proferían la menor palabra; éstos
intentaron defenderse, uno de ellos disparó su pistola
y la bala atravesó el sombrero de Maurice. Lorin
ordenó a sus hombres atacar a la bayoneta. En las
tinieblas hubo un momento de lucha y de confusión
durante el cual se escucharon una o dos
detonaciones, imprecaciones, gritos, blasfemias;
pero no acudió nadie, porque se había extendido el
rumor de que iba a haber una masacre y se pensaba
que ésta ya había empezado. Los voluntarios, menos
numerosos y peor armados, quedaron fuera de
combate en un instante. Dos estaban heridos
gravemente, otros cuatro estaban arrimados a la
pared, cada uno de ellos con una bayoneta en el
pecho.
—Bien —dijo Lorin—. Espero que ahora seáis
mansos como corderos. En cuanto a ti, ciudadano
Maurice, te encargo de conducir a esta mujer al
puesto de la alcaldía. ¿Te das cuenta que respondes
de ella?
Maurice asintió y pidió a su amigo la
contraseña; éste le dijo que esperase mientras se
desembarazaba de los voluntarios, los cuales le
acusaron de girondino. Entonces, Lorin se identificó
ante ellos como miembro del club de los Termópilas
y les aseguró que la mujer sería conducida al puesto.
Unos y otros terminaron abrazándose y decidieron ir
a beber unos tragos juntos; prometieron a los heridos
enviarles unas camillas y, mientras los guardias
nacionales y los voluntarios se dirigían al Palacio-
Igualdad, Lorin se aproximó a su amigo, que
permanecía junto a la desconocida en la esquina de
la calle del Gallo.
—Maurice —dijo—, te he prometido un consejo
y aquí lo tienes: ven con nosotros en lugar de
comprometerte protegiendo a la ciudadana que,
aunque parece seductora, no deja de ser sospechosa.
La mujer le rogó que no la juzgara por las
apariencias y que dejara a Maurice concluir su buena
acción acompañándola hasta su casa.
—Maurice —dijo Lorin—, piensa lo que vas a
hacer; te comprometes peligrosamente.
—Lo sé muy bien —respondió el joven—; pero,
¿qué quieres? Si la abandono, las patrullas la
arrestarán a cada paso.
—¡Oh! Sí, sí, mientras que con usted estoy
salvada.
—¿Lo oyes? ¡Salvada! —dijo Lorin—. Luego,
¿corre un gran peligro?
—Veamos, querido Lorin —dijo Maurice—;
seamos justos. O es una buena patriota o es una
aristócrata. Si es una aristócrata hemos hecho mal
protegiéndola; si es una buena patriota, debemos
custodiarla.
—Perdona, querido amigo; yo no me llevo bien
con Aristóteles, pero tu lógica es estúpida. Es como
quien dice:
Iris me ha robado la razón
y me pide la sabiduría.
—Veamos, Lorin —dijo Maurice—, deja en paz
a Dorat, a Parny, a Gentil-Bernard, te lo suplico.
Hablemos seriamente, ¿quieres o no darme la
contraseña?
Lorin dudaba entre el deber y la amistad. Antes
de comunicar a Maurice la contraseña, «Galia y
Lutecia», le hizo jurar por la patria, representada por
la escarapela que llevaba en su propio sombrero, que
no haría mal uso de su conocimiento.
—Ciudadana —dijo Maurice—, ahora estoy a
sus órdenes. Gracias, Lorin.
—Buena suerte —dijo éste, volviéndose a poner
el sombrero.
Y, fiel a sus gustos anacreónticos, se alejó
murmurando:
Por fin, querida Leonor,
Has conocido este pecado tan seductor
Al que temías aunque deseabas.
Y al disfrutarlo, aún lo temías.
Ahora, dime, ¿qué tiene de espantoso?
II
LA CALLE DES FOSSES-SAINT-VICTOR
COSTUMBRES DEL TIEMPO
QUIEN ERA EL CIUDADANO MAURICE
LINDEY
Maurice, al encontrarse solo con la joven,
permaneció turbado un instante; el temor a ser
engañado, el atractivo de aquella maravillosa
belleza, un vago remordimiento que arañaba su
limpia conciencia de republicano exaltado, le
detuvieron un momento cuando se disponía a dar su
brazo a la joven.
—¿Adónde va usted, ciudadana? —dijo.
—Muy lejos, señor: junto al Jardín des Plantes.
Maurice preguntó a la joven qué hacía a esas
horas por las calles de París; ella le explicó que
había estado desde el mediodía en una casa de
Roule, ignorante de lo que sucedía en la ciudad.
Maurice le dijo que quizás ella era una aristócrata
que se reía de él, republicano traidor a su causa, por
servirle de guía. Pero ella protestó vivamente y le
aseguró amar a la República tanto como él.
—En ese caso, ciudadana, no tiene nada que
ocultar, ¿de dónde venís?
—¡Oh, señor, por favor! —dijo la desconocida.
Había tal expresión de pudor en este señor y tan
dulce, que Maurice creyó estar seguro del
sentimiento que encerraba: ella volvía de una cita
amorosa. Y sin saber por qué, notó cómo este
pensamiento le atenazaba el corazón. Desde ese
momento guardó silencio.
Entretanto, los dos paseantes habían llegado a la
calle Verrerie, tras haberse cruzado con tres o cuatro
patrullas que, gracias a la contraseña, les habían
dejado circular libremente. Pero el oficial de una
nueva patrulla pareció poner algunas dificultades y
Maurice tuvo que añadir a la contraseña su nombre y
domicilio. El oficial preguntó quién era la mujer y
Maurice dijo:
—Es... la hermana de mi mujer.
El oficial les dejó pasar y la desconocida
preguntó a Maurice si estaba casado. Él dijo que no.
—En ese caso, hubiera sido más rápido decir
que yo era su esposa.
—Señora, la palabra esposa es un título sagrado
que no se puede dar ligeramente, y yo no tengo el
honor de conocerla a usted.
Esta vez fue la joven quien sintió oprimírsele el
corazón. Atravesaban el puente Marie. La
desconocida avanzaba más deprisa a medida que se
acercaba al final del trayecto. Atravesaron el puente
de la Tournelle y Maurice anunció a la joven que ya
se encontraban en su barrio.
—Sí, pero ahora es cuando tengo mayor
necesidad de su ayuda.
Maurice le reprochó el hecho de excitar su
curiosidad sin decirle quién era. La desconocida le
aseguró que le estaría reconocida por haberla
salvado del peligro mayor que había corrido nunca,
pero que le era imposible revelarle su nombre.
—Sin embargo, se lo hubiera dicho al primer
agente que la hubiera conducido al puesto.
—No, jamás —exclamó la desconocida.
Maurice le advirtió que, en ese caso, la habrían
conducido a prisión lo que, en ese momento
significaba el cadalso. Pero ella aseguró que prefería
el cadalso a la traición, porque decir su nombre era
equivalente a traicionar.
—¡Con razón le decía que me hacía representar
un papel muy desairado como republicano!
—Representa el papel de un hombre generoso.
Encuentra a una pobre mujer a la que se insulta y no
la desprecia aunque sea del pueblo, y como pude ser
insultada de nuevo, para salvarla de la ruina, la
acompaña hasta su miserable barrio; eso es todo.
—Eso es razonable en cuanto a las apariencias y
yo lo hubiera podido creer si no la hubiera visto, si
no me hubiera hablado; pero su belleza y su lenguaje
son de una mujer distinguida; ahora bien, es
precisamente esta distinción, en contradicción con su
ropa y su miserable barrio, lo que me prueba que su
salida a esta hora oculta algún misterio. Se calla... no
hablemos de ello. ¿Estamos aún lejos de su casa,
señora?
En ese momento llegaban a la calle des Fossés-
Saint-Victor.
—¿Ve ese pequeño edificio negro? —dijo la
desconocida, señalando con la mano a una casa
situada al otro lado del Jardín des Plantes—. Cuando
estemos allí, usted se separará de mí.
Maurice le dijo que él estaba allí para
obedecerla y ella le preguntó si estaba enojado. El
joven contestó que no y añadió que, por otra parte,
eso carecía de importancia para ella.
—Me importa mucho, porque todavía tengo que
pedirle un favor.
—¿Cuál?
—Un adiós afectuoso y franco... un adiós de
amigo.
—¡Un adiós de amigo! Usted me hace un gran
honor, señora. Un amigo tan singular que ignora el
nombre de su amiga, la cual le oculta su domicilio
por temor, sin duda, a tener la desgracia de volverlo
a ver.
La joven bajó la cabeza y no respondió.
—Por último, señora, si he sorprendido algún
secreto, no me odie, lo habré hecho sin querer.
La desconocida anunció que ya habían llegado a
su destino. Estaban frente a la vieja calle Saint-
Jacques y a Maurice le parecía imposible que viviera
allí. Se despidieron y Maurice hizo un frío saludo,
retrocediendo dos pasos. Ella le pidió su mano y el
joven se aproximó tendiéndosela. Entonces notó que
la mujer le deslizaba un anillo en el dedo. Ante las
protestas del joven ella le aseguró que sólo pretendía
recompensar el secreto que se veía obligada a
guardar con él. Pero Maurice, exaltado, le dijo que la
única compensación que necesitaba era volverla a
ver, aunque sólo fuera una vez, una hora, un minuto,
un segundo.
—Jamás —respondió la desconocida como un
doloroso eco.
Una vez más, Maurice le reprochó que se
burlara de él. La mujer suspiró y le pidió que jurara
mantener los ojos cerrados durante un minuto, en ese
caso ella le daría una prueba de reconocimiento. Así
lo hizo Maurice, pero antes pidió:
—Déjeme verla una vez más, una sola vez, se lo
suplico.
La joven se quitó la capucha con una sonrisa no
exenta de coquetería; a la luz de la luna él pudo ver
sus largos cabellos descolgándose en bucles de
ébano, el perfecto arco de sus cejas, que parecían
dibujadas con tinta china, dos ojos rasgados, como
almendras, aterciopelados y lánguidos, una nariz de
la forma más exquisita, unos labios frescos y
brillantes como el coral.
—¡Oh! Es usted muy hermosa, ¡muy hermosa!
—exclamó Maurice.
La joven le pidió que cerrara los ojos. Maurice
obedeció y notó un calor perfumado que parecía
aproximarse a su rostro. Una boca rozó la suya,
dejando entre sus labios el anillo que había
rechazado.
Fue una sensación rápida como de pensamiento
y ardiente como una llama. Maurice hizo un
movimiento, extendiendo los brazos ante sí.
—¡Su juramento! —gritó una voz lejana.
Maurice apoyó sus manos crispadas sobre sus
ojos y no contó ni pensó: permaneció mudo,
inmóvil, vacilante. Poco después escuchó el ruido de
una puerta que se cerraba, abrió los ojos y miró a su
alrededor como quien despierta de un sueño; y por
tanto hubiera tenido de no mantener entre sus labios
apretados el anillo que hacía una incontestable
realidad esta increíble aventura.
Cuando volvió en sí y miró a su alrededor, sólo
vio callejuelas sombrías que se abrían a derecha e
izquierda. Trató de recobrarse, pero su espíritu
estaba turbado, la noche era sombría; la luna, que
había salido un instante para iluminar el atractivo
rostro de la desconocida, se había vuelto a ocultar
entre las nubes. El joven, tras un momento de cruel
incertidumbre, tomó el camino de su casa. Al llegar
a la calle Sainte-Avoie le sorprendió la gran cantidad
de patrullas que circulaban por el barrio del Temple.
Preguntó a un sargento qué sucedía y éste le
explicó que una patrulla, disfrazada con el uniforme
de los cazadores de la guardia nacional y conociendo
la contraseña, cosa que nadie podía explicarse, se
había introducido en el Temple con intención de
liberar a la Capeto y toda su nidada. Felizmente, el
que hacía de cabo había llamado señor al oficial de
guardia, descubriéndose a sí mismo como
aristócrata. No había sido posible arrestarlos: la
patrulla había escapado hasta la calle, dispersándose.
El jefe, un tipo delgado, había huido por una puerta
trasera que daba a las Madelonnettes.
En cualquier otra circunstancia, Maurice
hubiera permanecido toda la noche junto a los
patriotas que velaban por la salud de la República;
pero, desde hacía una hora, el amor a la patria no era
lo único que ocupaba su pensamiento. Continuó su
camino, despreocupado de la noticia que acababa de
conocer. Por otra parte, estas pretendidas tentativas
de liberación se habían hecho tan frecuentes y los
patriotas sabían que, en algunas circunstancias se
utilizaban como medio político, que la noticia no le
había inspirado gran inquietud.
Al llegar a su casa se acostó, durmiéndose
rápidamente pese a la preocupación de su espíritu.
Al día siguiente encontró una carta en su mesilla de
noche; estaba escrita con una letra fina, elegante y
desconocida; miró el sello, cuya divisa era una sola
palabra inglesa: Nothing (Nada). Abrió la carta y
leyó:
¡Gracias! ¡Agradecimiento eterno a cambio de
eterno olvido!
Maurice llamó a su criado; éste se llamaba Juan,
pero en 1792 había cambiado su nombre por el de
Scevola.
—Scevola, ¿sabes quién ha traído esta carta?
—No; a mí me la ha entregado el portero.
—Dile que suba.
El portero se llamaba Arístides y subió porque
le llamaba Maurice, muy apreciado por todos los
criados con los que tenía relación, pero declaró que,
si se hubiera tratado de otro inquilino, le hubiera
dicho que bajara.
A las preguntas de Maurice, el portero contestó
que la carta la había llevado un hombre a las ocho de
la mañana. El joven pidió a Arístides que aceptara
diez francos y le rogó que siguiera disimuladamente
al hombre si volvía a presentarse.
Para satisfacción de Arístides, un poco
humillado por la proposición de seguir a un
semejante, el hombre no apareció.
Maurice se quedó solo; arrugó la carta y se quitó
el anillo del dedo, dejándolo todo sobre la mesilla de
noche. Trató de volver a dormir, pero al cabo de una
hora volvió de su acuerdo, besó el anillo y releyó la
carta. En ese momento se abrió la puerta; Maurice se
puso el anillo y ocultó la carta bajo la almohada.
Entró un hombre joven vestido de patriota, pero
de patriota superelegante. Su casaca era de paño
fino, el calzón de casimir y las medias de seda fina.
En cuanto a su gorro frigio, hubiera hecho palidecer,
por su forma elegante y su bello color púrpura, al del
mismo París.
Además, llevaba a la cintura un par de pistolas
de la exreal fábrica de Versalles, y un sable recto y
corto, parecido al de los alumnos del Campo de
Marte.
—¡Ah! —dijo el recién llegado—. Tú duermes,
bruto, mientras la patria está en peligro. ¡Qué asco!
—No duermo, Lorin —dijo Maurice riendo—;
sueño.
—¿Con Eucharis?
—¿Quién es esa Eucharis?
—La mujer de la calle Saint-Honoré, la mujer
de la patrulla, la desconocida por quien hemos
arriesgado nuestras cabezas anoche.
Lorin le hizo varias preguntas sobre la mujer,
pero Maurice le respondió que se le había escapado
en el puente Marie.
—Hablemos de política —dijo Lorin—. He
venido para eso; ¿sabes la noticia?
—Sé que la viuda Capeto ha querido evadirse.
—¡Bah! Eso no es nada. El famoso caballero de
Maison-Rouge está en París.
—¿De verdad? ¿Cuándo ha entrado?
—Anoche. Disfrazado de cazador de la guardia
nacional. Una mujer que se supone es aristócrata,
disfrazada de mujer del pueblo le ha llevado las
ropas a la puerta de la ciudad; un instante después
han entrado del brazo. Sólo después que habían
pasado, el centinela ha entrado en sospechas: había
visto salir a la mujer con un paquete y la vio entrar
del brazo de un militar; esto era sospechoso. Ha
dado la alarma y se ha corrido tras ellos, pero han
desaparecido en un edificio de la calle Saint-Honoré
cuya puerta se abrió como por arte de magia. El
edificio tenía otra puerta en los Champs-Elysées; el
caballero de Maison-Rouge y su cómplice se han
desvanecido. Se demolerá el edificio y se
guillotinará al propietario, pero esto no impedirá al
caballero volver a intentar lo que le ha fallado en dos
ocasiones, hace cuatro meses por primera vez y ayer
por segunda.
—Entonces, ¿crees en el amor del caballero por
la reina?
—No —contestó Lorin—. En eso digo como
todo el mundo. Por otra parte, ella ha enamorado a
tantos que no tendría nada de asombroso que
también le hubiera seducido a él.
—Entonces, dices que el caballero de Maison-
Rouge...
—Digo que en este momento está acorralado y
que si escapa a los sabuesos de la República será un
zorro muy fino.
—¿Y qué hace el ayuntamiento entretanto?
—Va a proclamar un decreto para que cada
casa, como un fichero público, exhiba en la fachada
los nombres de sus inquilinos.
—¡Excelente idea! —exclamó Maurice,
pensando que éste sería un buen medio de encontrar
a la desconocida.
—¿No es cierto? Yo ya he apostado a que esta
medida nos proporcionará un mínimo de quinientos
aristócratas. A propósito, esta mañana hemos
recibido en el club una delegación de voluntarios
encabezados por nuestros adversarios de anoche.
Lorin explicó a su amigo que los voluntarios
portaban guirnaldas de flores y coronas de laurel y
deseaban confraternizar con los miembros del club
de las Termópilas. Se improvisó un altar de la patria
y los voluntarios pretendían coronar a Maurice,
héroe de la fiesta, pero como no estaba, se le invocó
por tres veces y se coronó el busto de Washington.
Cuando Lorin terminó su relato, se escucharon
en la calle rumores y tambores lejanos al principio,
luego, más próximos cada vez.
—¿Qué es eso? —preguntó Maurice.
—Es la proclamación del decreto del
ayuntamiento —dijo Lorin.
—Me voy a la sección —dijo Maurice, saltando
de la cama y llamando a su criado para que le
ayudara a vestirse.
—Y yo me voy a acostar —dijo Lorin—; esta
noche sólo he podido dormir dos horas gracias a tus
furiosos voluntarios. No me despiertes si no se
combate violentamente.
—Entonces, ¿para qué te has puesto tan
elegante?
—Porque, para venir a tu casa, debo pasar por la
calle Béthisy, y allí, en el tercero, hay una ventana
que se abre siempre que paso.
—¿Y no temes que se te tome por un petimetre?
—Todo lo contrario, se me conoce como un
descamisado sincero. Sin embargo, es necesario
hacer algún sacrificio por el sexo débil.
Los dos amigos se estrecharon la mano
cordialmente. Lorin salió de la casa y Maurice se
apresuró a vestirse para acudir a la sección de la
calle Lepelletier.
Maurice pertenecía a una familia medio
aristocrática. Sus antepasados se habían distinguido,
desde hacía doscientos años, por la eterna oposición
parlamentaria que ha ennoblecido los nombres de
Molé y Maupeou. Su padre se había pasado toda su
vida clamando contra el despotismo; cuando, el 14
de julio de 1789, la Bastilla cayó en manos del
pueblo, murió de sorpresa y espanto al ver al
despotismo reemplazado por la libertad militante,
dejando a su único hijo independiente por su fortuna
y republicano de sentimientos.
La Revolución había encontrado a Maurice en la
plenitud de vigor y madurez viril que precisa el
atleta dispuesto a entrar en liza, con una educación
republicana, fortalecida por la asiduidad a los clubs
y la lectura de todos los panfletos de la época. En el
aspecto moral, Maurice observaba un profundo y
razonado desprecio por la jerarquía, ponderación
filosófica de los elementos que componen el cuerpo,
negación absoluta de toda nobleza que no fuera
personal, apreciación imparcial del pasado, ardor por
las ideas nuevas, simpatía por el pueblo, mezclada al
más aristocrático de los temperamentos.
En cuanto al físico, Maurice Lindey medía
cinco pies y ocho pulgadas, tenía veinticinco o
veintiséis años, musculoso como un Hércules, con
esa extraña belleza que caracteriza a los francos
como una raza particular, es decir, una frente pura,
ojos azules, cabello castaño y ondulado, mejillas
rosa y dientes de marfil.
Aunque no era rico, tenía independencia
económica; poseía un apellido respetado, y, sobre
todo, popular; conocido por su educación liberal y
sus principios, más liberales todavía, se había
situado a la cabeza de un partido formado por todos
los jóvenes burgueses patriotas.
Maurice había asistido a la toma de la Bastilla,
había estado en la expedición de Versalles, había
combatido como un león el diez de agosto, y en esta
memorable jornada había matado tanto patriotas
como suizos, pues le eran tan insufribles el asesino
con casaca como el enemigo de la República con
uniforme rojo.
Fue él quien, para exhortar a los defensores del
castillo a rendirse e impedir que corriera la sangre,
se había arrojado sobre la boca de un cañón con el
que iba a hacer fuego un artillero parisiense. Fue él
quien entró primero en el Louvre por una ventana,
pese a la descarga de los fusiles de cincuenta suizos
y otros tantos gentileshombres emboscados. Cuando
percibió las señales de capitulación, su terrible sable
ya había atravesado más de diez uniformes;
entonces, viendo a sus amigos masacrar a placer a
los prisioneros que suplicaban piedad, se lanzó
furiosamente sobre sus compañeros, lo que le valió
una reputación digna de los mejores días de Roma y
Grecia.
Declarada la guerra, Maurice se enroló y partió
hacia la frontera como teniente, junto con los mil
quinientos voluntarios que la ciudad enviaba contra
los invasores, y que cada día debían ser seguidos por
otros mil quinientos.
En Jemmapes, la primera batalla a la que asistía,
recibió un tiro, y la bala, tras atravesar los músculos
de acero de su hombro, se aplastó contra el hueso.
Se le envió a París para que se curara y durante un
mes se retorció en el lecho del dolor, devorado por la
fiebre; pero enero le encontró en pie y mandando, si
no de nombre, al menos de hecho, el club de las
Termópilas, es decir, cien jóvenes de la burguesía
parisiense, armados para oponerse a toda tentativa
en favor del tirano Capeto. Aún más: serio y
circunspecto, Maurice asistió a la ejecución del rey;
permaneció mudo cuando cayó la cabeza de este hijo
de san Luis, limitándose a levantar su sable mientras
sus amigos gritaban: «Viva la libertad», sin fijarse
que, excepcionalmente, esta vez su voz no se
mezclaba con las suyas.
Tal era el hombre que el once de marzo, hacia
las diez de la mañana, llegaba a la sección de la que
era secretario; allí se le esperaba con impaciencia y
emoción, ya que había que votar en la Convención
una resolución para reprimir los complots de los
girondinos.
En la sección sólo se hablaba del caballero de
Maison-Rouge y su intentona en el Temple. Maurice
se mantuvo silencioso, redactó la proclama, terminó
su tarea en tres horas y se dirigió a la calle Saint-
Honoré. París le pareció completamente distinto a la
noche anterior, y volvió a recorrer el camino que
hiciera con la desconocida. Atravesó los puentes y
llegó a la calle Víctor, como se la llamaba entonces.
«¡Pobre mujer! —murmuró Maurice—. No ha
reflexionado que la noche sólo dura doce horas y su
secreto probablemente no dure más. A la luz del sol
encontraré la puerta por donde se deslizó, y quién
sabe si no la apercibiré a ella misma en alguna
ventana. »
Penetró en la antigua calle Saint-Jacques y se
situó en el mismo lugar en que había estado la
víspera. Cerró los ojos un instante, creyendo que el
beso de la víspera le quemaría de nuevo los labios.
Pero sólo sintió el recuerdo, aunque éste también
quemaba.
Maurice abrió los ojos y vio las calles fangosas
y mal pavimentadas, guarnecidas de vallas, cortadas
por puentecillos mal colocados sobre un arroyo. Era
la miseria en todo su horror. Acá y allá un jardín
cercado por vallas y empalizadas de varas, alguno
por muros; pieles secándose y expandiendo ese olor
de curtiduría que subleva al corazón. Maurice buscó
durante dos horas y no encontró nada, aunque volvió
diez veces sobre sus pasos para orientarse. Todas sus
tentativas fueron inútiles, todas sus indagaciones
infructuosas. Las huellas de la joven parecía que
hubieran sido borradas por la niebla y la lluvia.
«Yo he soñado —se dijo Maurice—. Esta
cloaca no puede haber servido de refugio, ni por un
momento, a mi hermosa hada de esta noche.»
Había en este bravo republicano una poesía
mucho más real que en su amigo de los cuartetos
anacreónticos, pues se concentró en esta idea para no
empañar la aureola que iluminaba la cabeza de su
desconocida.
«¡Adiós! —dijo—, bella misteriosa. Me has
tratado como a un necio o a un niño. En efecto,
¿hubiera venido aquí conmigo, si viviera aquí? ¡No!,
se ha limitado a pasar por aquí como un cisne por un
pantano infecto, y su huella es tan invisible como la
del pájaro en el aire.»
III
EL TEMPLE
El mismo día, a la misma hora en que el
decepcionado Maurice volvía a cruzar el puente de
la Tournelle, varios municipales, acompañados por
Santerre comandante de la guardia nacional
parisiense, hacían una severa visita a la torre del
Temple, transformada prisión el 13 de agosto de
1792.
Esta visita se realizaba en particular al aposento
del tercer piso, compuesto por una antesala y tres
habitaciones. Una de éstas estaba ocupada por dos
mujeres, una muchachita y un niño de nueve años,
todos vestidos de luto.
La mayor de las mujeres podía tener treinta y
siete o treinta y ocho años. Estaba sentada y leía. La
segunda trabajaba en una obra de tapicería y tenía
veintiocho o veintinueve años. La jovencita tenía
catorce y se mantenía junto al niño que, enfermo y
acostado, cerraba los ojos como si durmiera, aunque
era evidente que se lo impedía el ruido que hacían
los municipales.
Unos revolvían las camas, otros desplegaban las
piezas de lencería, otros, que ya habían terminado
sus pesquisas, miraban con una fijeza insolente a las
desgraciadas prisioneras que, obstinadamente,
mantenían los ojos bajos,
Uno de los municipales se aproximó a la que
leía, le arrebató brutalmente el libro y lo arrojó en
medio de la habitación. La prisionera cogió otro
volumen de la mesa y continuó la lectura.
El montañés hizo un gesto furioso para
arrancarle el segundo volumen como había hecho
con el primero, pero la muchachita se abalanzó,
rodeó con sus brazos la cabeza de la lectora y
murmuró llorando:
—¡Ah, pobre madre mía!
Entonces la prisionera acercó la boca a la oreja
de la jovencita, como para besarla y dijo:
—Marie, hay una nota escondida en la boca de
la estufa; sácala.
El municipal las separó y la jovencita le
preguntó si la Convención había prohibido a los
hijos abrazar a las madres.
—No; pero ha decretado que se castigará a los
traidores, a los aristócratas y a los de arriba. Por eso
estamos aquí, para interrogar. Veamos, María
Antonieta, responde.
La interpelada no se dignó mirar a su
interrogador y guardó un obstinado silencio. Ante la
insistencia de Santerre, la prisionera tomó de la mesa
un tercer volumen.
Santerre dio media vuelta. El brutal poder de
este hombre que mandaba sobre 80.000 hombres,
que sólo había necesitado un gesto para acallar la
voz del moribundo Luis XVI, se estrellaba contra la
dignidad de una pobre prisionera, cuya cabeza podía
hacer caer, pero a la que no podía doblegar.
—Y usted, Elisabeth —dijo a la otra mujer—.
Responda.
—No sé qué me pregunta, por tanto no puedo
responderle.
—¡Voto a tal!, ciudadana Capeto —dijo
Santerre impacientándose—. Está claro lo que digo:
ayer hubo una tentativa para liberarla y usted tiene
que conocer a los culpables.
—No tenemos ninguna comunicación, señor;
por tanto no podemos saber lo que se hace por o
contra nosotros.
—Está bien, veremos lo que dice tu sobrino.
Santerre se aproximó al lecho del delfín. María
Antonieta se levantó y le advirtió que el niño estaba
enfermo, pero siguió sin contestar a las preguntas del
municipal. Entonces éste despertó al niño y los
hombres rodearon el lecho y la reina hizo una seña a
su hija, que aprovechó el momento para deslizarse a
la habitación contigua, abrir una de las bocas de la
estufa, sacar la nota, quemarla, volver a la habitación
y tranquilizar a su madre con una mirada.
Entretanto, Santerre interrogaba al delfín que
aseguraba no haber oído nada en toda la noche por
estar durmiendo.
—Estos lobeznos están de acuerdo con la loba
—exclamó Santerre.
La Reina sonrió.
—La austriaca se ríe de nosotros. Bien, pues
ejecutemos en todo su rigor el decreto del
ayuntamiento. Levántate, Capeto.
—¿Qué va a hacer? —exclamó la reina—, ¿No
ve que mi hijo está enfermo, que tiene fiebre?
¿Quiere hacerle morir?
Santerre dijo que el delfín era el objetivo de
todos los conspiradores y ordenó que se llamara a
Tison, el encargado de los trabajos domésticos de la
prisión. Este era un hombre de unos cuarenta años,
de piel oscura, rostro rudo y salvaje, y cabellos
negros y crespos que le descendían hasta las cejas.
Tison contestó a las preguntas de Santerre y dijo
que la ropa de las prisioneras la lavaba su hija y que
él la examinaba con cuidado; prueba de ello era que
el día anterior había encontrado un pañuelo con dos
nudos que había entregado al Consejo.
La reina se estremeció al oír mencionar los dos
nudos hechos en un pañuelo, sus pupilas se dilataron
y cambió una mirada con su hermana.
—Tison —dijo Santerre—, tu hija es una
ciudadana cuyo patriotismo nadie pone en duda;
pero a partir de hoy no volverá a entrar en el
Temple.
—Entonces, ¿sólo podré ver a mi hija cuando yo
salga?
—Tú no saldrás.
—¡Que no saldré! Entonces presento mi
dimisión.
—Ciudadano, obedece las órdenes del
ayuntamiento y calla o lo pasarás mal. Quédate aquí
y observa lo que sucede. Te prevengo que se te
vigila. Y ahora, haz subir a tu mujer.
Tison obedeció sin replicar. Cuando llegó la
mujer, el municipal le ordenó registrar a las
prisioneras mientras ellos aguardaban en la
habitación de al lado. Los hombres salieron y cuatro
de ellos se quedaron junto a la puerta por si la reina
se resistía.
—Querida señora Tison —dijo la reina—,
crea...
Pero la mujer cortó sus palabras diciéndole que
ella era la causa de todos los males del pueblo.
El registro comenzó por la reina a la que se
encontró un pañuelo con tres nudos que parecía una
respuesta a aquél del que había hablado Tison, un
lápiz, un escapulario y lacre.
—¡Ah! —dijo la señora Tison—, ya lo sabía yo;
ya les había dicho a los municipales que escribía, ¡la
austriaca! El otro día encontré una gota de lacre en
la arandela del candelabro.
—¡Oh!, señora —dijo la reina—, enseñe sólo el
escapulario.
—¡Ah, sí, piedad para ti! ¿Es que se tiene
piedad conmigo?... Se me quita a mi hija.
Las otras dos mujeres no tenían encima nada
sospechoso. La señora Tison llamó a los municipales
y les entregó los objetos encontrados a la reina, que
pasaron de mano en mano y motivaron infinitas
conjeturas; sobre todo el pañuelo con los tres nudos,
que desató la imaginación de los perseguidores de la
familia real.
—Ahora te leeremos el decreto de la
Convención que ordena separarte de tu hijo. La
Convención está demasiado preocupada con un niño
cuyo cuidado le ha confiado la nación, para dejarlo
en compañía de una madre tan depravada como tú.
Los ojos de la reina lanzaron chispas.
—Pero, ¡formulad una acusación al menos,
tigres!
Entonces, uno de los municipales lanzó contra
la reina una acusación infame, como la de Suetonio
contra Agripina.
—¡Oh! —exclamó la reina—. Apelo al corazón
de todas las madres.
—Vamos, vamos; eso está muy bien, pero
llevamos aquí dos horas y no podemos perder toda la
jornada; Capeto, levántate y síguenos.
—¡Jamás! —exclamó la reina, lanzándose entre
los municipales y el joven Luis, aprestándose a
proteger el lecho como una tigresa su cubil—; jamás
dejaré que se me arrebate a mi hijo.
La hermana de la reina suplicó piedad a los
hombres y Santerre les exigió que hablaran, que
dijeran los nombres y el proyecto de sus cómplices,
así como el significado de los nudos hechos en el
pañuelo; sólo en ese caso se les dejaría al niño.
Una mirada de Elisabeth pareció suplicar a la
reina que hiciera el terrible sacrificio; pero ella,
enjugándose una lágrima, dijo:
—Adiós, hijo mío. No olvidéis nunca a vuestro
padre, que está en el cielo, ya vuestra madre, que
muy pronto se reunirá con él. —Le dio un último
beso, e irguiéndose, fría e inflexible, continuó:— Yo
no sé nada, señores; hagan lo que quieran.
Cuando se llevaron al niño, cuyas lágrimas
corrían y le tendía los brazos, la reina cayó
anonadada en una silla, pero no lanzó un solo grito.
Al cerrarse la puerta tras los municipales, las
tres mujeres guardaron un silencio desesperado, roto
solamente por algunos sollozos. La reina fue la
primera en romperlo para preguntar a su hija por la
nota, y al saber que ésta la había quemado sin leerla,
dijo:
—Pero, al menos, habréis visto la letra.
—Sí, madre; un momento.
La reina se levantó, miró a la puerta para saber
si eran observadas, cogió una horquilla, se aproximó
a la pared, sacó de una grieta un papelito doblado y
se lo enseñó a su hija, preguntándole si la letra era la
misma.
—Sí, madre —exclamó la princesa—; ¡la
reconozco!
—¡Alabado sea Dios! —exclamó la reina con
fervor, cayendo de rodillas—. Si ha podido escribir
esta mañana es que está a salvo. Gracias, Dios mío;
un amigo tan noble, bien merece tus milagros.
La princesa preguntó a su madre de quién
hablaba, para poder encomendarle a Dios en sus
oraciones.
—Sí, hija mía, tenéis razón; no olvidéis jamás
este nombre, porque es el de un gentilhombre lleno
de honor y bravura; no se sacrifica por ambición,
porque sólo ha aparecido en los días de desgracia.
Nunca ha visto a la reina de Francia, o mejor dicho,
la reina de Francia nunca le ha visto a él; sin
embargo, se juega la vida por defenderla. Quizá sea
recompensado con el premio que se otorga hoya
cualquier virtud, con una muerte horrible... Pero..., si
muere..., allá arriba le daré las gracias... Se llama...
La reina miró con inquietud a su alrededor y
bajó la voz:
—Es el caballero de Maison-Rouge... ¡Rogad
por él!
IV
JURAMENTO DE JUGADOR
GENEVIÈVE
LA CENA
La tentativa de liberación había excitado la
cólera de unos y el interés de otros. Por otra parte,
este acontecimiento lo corroboraba la multitud de
emigrados que, desde hacía tres semanas, habían
vuelto a entrar en Francia por diferentes puntos de la
frontera. Era evidente que todas las personas que
arriesgaban así su cabeza no lo hacían sin un
objetivo, y éste, según todas las probabilidades, era
la liberación de la familia real.
A propuesta de Osselin, se había promulgado un
decreto condenando a muerte a todo emigrado
convicto de haber regresado a Francia, así como a
todo ciudadano que le hubiera dado ayuda o, asilo.
Esta ley inauguraba el terror. Sólo faltaba la ley
sobre los sospechosos.
El caballero de Maison-Rouge era un enemigo
demasiado activo y audaz para que su vuelta a París
y su aparición en el Temple no acarreasen las más
drásticas medidas. Se realizaron registros más
severos que nunca en multitud de casas sospechosas,
pero el único resultado que dieron fue el
descubrimiento de algunas emigradas que se dejaron
prender y de algunos viejos que no se molestaron en
disputar a los verdugos los pocos días que les
quedaban de vida.
Las secciones estuvieron muy ocupadas y el
secretario de la de Lepelletier tuvo poco tiempo para
pensar en la desconocida. Al principio había
intentado olvidar, pero, como decía su amigo Lorin:
Soñando que es necesario olvidar,
Se recuerda.
Maurice no había dicho nada a su amigo, y
había guardado en su corazón los detalles de la
aventura ignorados por éste; sin embargo, Lorin, que
conocía su naturaleza alegre y expansiva, al verle
meditabundo y solitario, sospechaba que Cupido
andaba por medio.
Entretanto, el caballero no había sido capturado
y ya no se hablaba de él. La reina lloraba junto a su
hija y su hermana. El joven delfín, en manos del
zapatero Simon, comenzaba el martirio que en dos
años le llevaría junto a sus padres. Transcurría un
momento de calma. El volcán montañés reposaba
antes de devorar a los girondinos.
Maurice sentía el peso de esta calma como se
siente la pesadez de la atmósfera en tiempo de
tormenta. La holganza le entregaba al ardor de un
sentimiento que, si no era el amor, se le parecía
mucho y decidió, pese al juramento que había hecho,
ensayar una última tentativa.
Había madurado mucho una idea: ir a la sección
del Jardín des Plantes y pedir informes al secretario.
Pero le contuvo el temor de que su bella desconocida
estuviera mezclada en alguna intriga política y una
indiscreción suya pudiera hacer rodar su cabeza por
el cadalso.
Entonces decidió intentar la aventura solo y sin
ningún informe.
Su plan era muy simple: las listas colocadas en
cada puerta le proporcionarían los primeros indicios,
y los interrogatorios a los porteros terminarían de
aclarar el misterio.
Aunque desconocía el nombre de la joven,
pensaba que estaría en consonancia con su aspecto y
pensaba deducirlo por analogía.
Se puso una casaca de paño oscuro y basto, se
caló el gorro rojo de los grandes días y partió para su
exploración sin advertir a nadie. Llevaba en la mano
un garrote nudoso, y en el bolsillo su credencial de
secretario de la sección Lepelletier.
Recorrió la calle Saint-Victor y la Vieille-Saint-
Jacques, leyendo todos los nombres escritos en el
entrepaño de cada puerta. Se encontraba en la
centésima casa, sin la menor pista de su
desconocida, cuando un zapatero, viendo la
impaciencia pintada en su rostro, abrió su puerta,
salió y mirándole por encima de las gafas le
preguntó si quería algún informe sobre los inquilinos
de la casa, estaba dispuesto a contestarle y conocía a
todo el mundo en el barrio. Maurice le dijo que
buscaba a un amigo curtidor llamado René.
—En ese caso —dijo un burgués que acababa
de detenerse allí y que miraba a Maurice con cierta
sencillez, no exenta de desconfianza—, lo mejor es
dirigirse al patrón.
El zapatero corroboró las palabras del burgués,
que se llamaba Dixmer y era director de una
curtiduría con más de cincuenta obreros y, por tanto,
podría informar a Maurice; éste se volvió al burgués,
que era un hombre alto, de rostro plácido y llevaba
un traje de una riqueza que denunciaba al industrial
opulento.
El burgués le dijo que era necesario saber el
apellido del amigo que buscaba, y Maurice aseguró
que no lo sabía.
—¡Cómo! —dijo el burgués, con upa sonrisa en
la que se transparentaba más ironía de la que quería
dejar traslucir—. En ese caso es probable que no le
encuentres.
Y el burgués, saludando graciosamente a
Maurice, avanzó algunos pasos y entró en una casa
de la antigua calle Saint-Jacques. El zapatero insistió
en el mismo argumento que el burgués y volvió a su
cuchitril.
Sólo quedaban algunos minutos de claridad
diurna y Maurice los aprovechó para meterse por el
primer callejón y enseguida por otro; allí examinó
cada puerta, exploró cada rincón, miró por encima
de cada valla, se alzó sobre cada muro, echó una
ojeada al interior de cada reja, por el agujero de cada
cerradura, llamó en algunos almacenes desiertos sin
obtener respuesta, empleando más de dos horas en
esta búsqueda inútil.
Sonaron las nueve. Era noche cerrada: no se oía
ningún ruido. De pronto, al volver una calle
estrecha, vio brillar una luz y se internó por la
sombría calleja, sin advertir la repentina
desaparición tras una pared, de una cabeza que no le
perdía de vista desde hacía un cuarto de hora.
Unos segundos después, tres hombres salían por
una puertecita practicada en la pared y se
encaminaban tras los pasos de Maurice, mientras
otro hombre cerraba cuidadosamente la puerta.
Maurice había llegado a un patio, al otro lado
del cual brillaba la luz. Llamó a la puerta de una
casa pobre y solitaria y la luz se apagó al primer
golpe. Maurice insistió, pero nadie respondió a su
llamada. Comprendió que perdía el tiempo, atravesó
el patio y volvió a la calleja. Al mismo tiempo, la
puerta giró suavemente sobre sus goznes, salieron
por ella tres hombres y se escuchó un silbido.
Maurice se volvió y vio tres hombres muy cerca de
él. En las tinieblas, al resplandor de esa especie de
luz que existe para los ojos acostumbrados a la
oscuridad desde hace rato, relucían tres hojas de
reflejos leonados.
Maurice comprendió que estaba rodeado; quiso
hacer molinete con su bastón, pero la callejuela era
tan estrecha que éste chocó contra los dos muros. En
el mismo instante le aturdió un violento golpe en la
cabeza. Los siete hombres cayeron sobre Maurice y,
pese a una resistencia desesperada, le derribaron, le
ataron las manos y le vendaron los ojos.
Maurice no lanzó ni un grito para pedir ayuda.
Pensó que si le vendaban los ojos no era para
matarle enseguida. Oyó una voz que le preguntaba
quién era, qué buscaba y quién le enviaba. Al
contestar Maurice que no le enviaba nadie, dijo el
que le interrogaba:
—En cualquier caso mientes, vengas por tu
voluntad o enviado por alguien: eres un espía.
Al oírse insultar, Maurice llamó cobardes,
repetidas veces y en tono violento a los que le
interrogaban.
—No se te insulta —dijo una voz más dulce,
aunque también más imperiosa que las que habían
hablado hasta entonces—. En los tiempos que
vivimos, se puede ser espía sin ser deshonesto: sólo
que se arriesga la vida.
—Sea bien venido quien ha hablado así; yo le
responderé lealmente.
—¿Qué ha venido a hacer a este barrio?
—A buscar a una mujer.
La misma voz le dijo que mentía y le amenazó
con matarle. Maurice hizo un violento esfuerzo para
librarse de las ligaduras, pero un frío doloroso y
agudo le desgarró el pecho, obligándole a hacer un
movimiento de retroceso.
—¡Ah!, lo notas —dijo uno de los hombres—.
Pues todavía hay ocho pulgadas parecidas a la que
acabas de conocer.
—¿Quién eres? —preguntó la voz dulce e
imperiosa.
—Maurice Lindey.
—¡Qué! ¿Maurice Lindey, el revolucionario, el
patriota?, ¿el secretario de la sección Lepelletier?
—Sí; Maurice Lindey, el secretario de la
sección Lepelletier, el patriota, el revolucionario, el
jacobino; Maurice Lindey, cuyo día más apreciado
será aquél en que muera por la libertad.
Un silencio de muerte acogió esta respuesta.
Maurice presentó su pecho esperando que la
hoja, cuya punta había sentido antes, se hundiera por
completo en su corazón. Tras algunos segundos, una
voz le preguntó si era cierto lo que decía.
—Registrad en mi bolsillo y encontraréis mi
credencial.
Al instante se sintió transportado por brazos
vigorosos. Notó que cruzaba dos puertas, la última
tan estrecha que apenas pudieron pasar con él los
hombres que le llevaban. A su alrededor
continuaban los murmullos y cuchicheos. Maurice se
creía perdido. Advirtió que subían unos escalones;
un aire más tibio rozó su rostro y le sentaron en una
silla. Oyó cerrarse con llave una puerta y escuchó
unos pasos que se alejaban. Prestó oído y creyó
entender que la voz imperiosa decía:
—Deliberemos.
Transcurrió un cuarto de hora que le pareció un
siglo. Comprendió que le habían dejado solo y trató
de romper sus ligaduras: sus músculos de acero se
tensaron y la cuerda se le hundió en la carne, pero no
se rompió. Lo más terrible era tener las manos
atadas a la espalda y no poder arrancarse la venda. Si
pudiera ver, tal vez podría huir.
Sus pies pisaban algo mullido y silencioso,
arena quizás, y un olor acre y penetrante llegaba a su
olfato denunciando la presencia de sustancias
vegetales. Pensó que estaba en un invernadero o algo
parecido. Dio algunos pasos, tropezó con una pared,
se volvió para tantear con las manos y tocó unos
útiles de labranza. Lanzó una exclamación de
alegría. Con grandes esfuerzos exploró todos los
instrumentos en busca de uno cortante. Encontró un
azadón.
Dada la forma en que estaba atado tuvo que
luchar mucho para dar la vuelta al azadón, de
manera que el hierro quedara para arriba y,
sujetándolo con los riñones contra la pared, segar la
cuerda que le ataba las muñecas. El hierro del
azadón cortaba lentamente. El sudor le corría por la
frente. Escuchó como un ruido de pasos que se
aproximaban, hizo un esfuerzo y la cuerda, medio
segada, se rompió.
Lanzó un grito de alegría al tiempo que se
arrancaba la venda de los ojos. Al menos, estaba
seguro de morir defendiéndose.
No se había equivocado mucho: el lugar donde
se encontraba no era un invernadero, sino una
especie de pabellón donde se guardaban algunas
plantas carnosas, de las que no pueden pasar el
invierno a la intemperie. Frente a él había una
ventana: se acercó a ella, pero tenía rejas y un
hombre, armado de una carabina, hacía guardia ante
ella.
Al otro lado del jardín, a treinta pasos de
distancia aproximadamente, se alzaba un quiosquillo
que formaba pareja con el que ocupaba Maurice;
tenía la celosía bajada, pero a través de ella brillaba
una luz. Se aproximó a la puerta y escuchó los pasos
de otro centinela.
Al fondo del corredor se oían voces confusas, de
las que sólo pudo distinguir claramente las palabras:
espía, puñal, muerte.
Maurice redobló su atención. Se abrió una
puerta y pudo oír más claramente: una voz opinaba
que era un espía y los denunciaría en cuanto se viera
libre y, aunque no supiera quiénes eran, conocía la
dirección y volvería con más gente para prenderles.
Por fin se pusieron de acuerdo y decidieron matarle.
Al oírlo, a Maurice se le heló el sudor que le corría
por la frente. Una de las voces advirtió:
—Va a chillar. ¿Al menos han alejado a la
señora Dixmer?
Maurice empezó a comprender dónde se
hallaba: estaba en casa del maestro curtidor que le
había hablado en la antigua calle Saint-Jacques; pero
no comprendía qué interés podía tener este hombre
en su muerte.
Saltó hacia el azadón y, con él en la mano, se
situó junto a la puerta de forma que ésta le cubriera
al abrirse.
Una voz aconsejó matarle de un tiro y Maurice
sintió un escalofrío correrle de pies a cabeza.
—Nada de explosiones —dijo otra voz—. Eso
podría delatarnos. ¡Ah! Dixmer, ¿y su esposa?
—Acabo de verla por la celosía; no sospecha
nada, lee.
—Dixmer, usted puede ayudarnos a decidir:
¿qué le parece mejor: un tiro o una puñalada?
—Un tiro, ¡vamos!
—¡Vamos! —repitieron cinco o seis voces al
mismo tiempo.
Los pasos se aproximaron y se detuvieron ante
la puerta, la llave rechinó en la cerradura y la puerta
se abrió lentamente. Maurice se dijo que si se
entretenía golpeando le matarían; lo mejor era
precipitarse sobre los asesinos y sorprenderlos, para
tratar de alcanzar el jardín y la calle.
Al abrirse la puerta, lanzó un grito salvaje, que
tenia más de amenaza que de terror, derribó a los dos
primeros hombres, apartó a los otros y en un
segundo franqueó diez toesas2 gracias a sus piernas
de acero; al fondo del corredor vio abierta una puerta
que daba al jardín: se lanzó por ella, saltó diez
escalones y, orientándose lo mejor que pudo, corrió
hacia la puerta, que estaba cerrada con llave y dos
cerrojos.
2 Antigua medida de longitud francesa, equivalente a 1,949
metros. (Nota del traductor.)
Maurice descorrió los cerrojos e intentó abrir la
cerradura. Entretanto, sus perseguidores habían
llegado a la escalinata y le vieron.
—¡Ahí está! —gritaron—; tire, Dixmer, tire,
mátelo. Maurice lanzó un rugido; estaba encerrado
en el jardín; miró a las paredes y calculó que
tendrían diez pies de altura. Los asesinos se lanzaron
en su persecución, pero les llevaba treinta pasos de
ventaja. Miró a su alrededor y percibió el quiosco, la
celosía y la luz. Dio un salto de diez pies, cogió la
celosía y la arrancó; pasó a través de la ventana,
rompiéndola, y cayó en una habitación iluminada
donde una mujer leía junto al fuego.
La mujer se levantó espantada, pidiendo
socorro.
—Apártate, Geneviève —gritó Dixmer—;
apártate, que le mato.
Maurice vio a diez pasos el cañón de una
carabina apuntándole. Pero la mujer, apenas vio a
Maurice, lanzó un grito y, en vez de apartarse como
le ordenaba su marido, se interpuso en la trayectoria
del disparo. Maurice se fijó en ella y también lanzó
un grito: era la tan buscada desconocida, que le
ordenó silencio y, volviéndose hacia los asesinos,
que se acercaban a la ventana con diferentes armas
en la mano, dijo:
—No le mataréis.
Dixmer dijo que era un espía, pero la mujer le
pidió que se aproximara y le dijo algo al oído, luego
se volvió a Maurice y le tendió la mano sonriendo,
mientras Dixmer posaba en tierra la culata de su
carabina y sus rasgos tomaban una singular
expresión de mansedumbre y frialdad. Luego, hizo
una señal a sus compañeros para que le siguieran, se
alejó con ellos algunos pasos y, tras hablarles, se
alejaron todos.
—Esconda esa sortija —murmuró Geneviève—,
aquí la conocen todos.
Maurice se quitó la sortija y la escondió en su
chaleco. Un momento después se abrió la puerta del
pabellón y entró Dixmer.
—Ciudadano —dijo a Maurice—, le pido
perdón por no haber sabido lo mucho que le debo.
Mi esposa, aunque recordaba el favor que le hizo
usted el diez de marzo, había olvidado su nombre.
De haber sabido quién era usted, no hubiéramos
puesto en duda su honor ni sus intenciones.
Maurice preguntó por qué querían matarle y
Dixmer explicó que en su fábrica de curtidos
empleaba ácidos adquiridos de contrabando. Al verle
indagando, habían temido una delación y decidieron
matarle. Dixmer y su socio, el señor Morand,
estaban ganando una fortuna gracias al presente
estado de cosas. La municipalidad no tenía tiempo
para verificar minuciosamente las cuentas y los
materiales de contrabando les producían un
beneficio del doscientos por cien.
—¡Diablo! —exclamó Maurice—. Me parece
un beneficio muy honesto y comprendo su temor a
que una denuncia mía terminara con él.
Dixmer le pidió su palabra de no decir nada del
asunto y le rogó que le explicara lo que hacía por
allí, advirtiéndole que era perfectamente libre para
callar, si así lo deseaba.
Maurice dijo que buscaba a una mujer que vivía
en ese barrio, pero de la que ignoraba el nombre, la
situación y el domicilio.
—Sólo sé que estoy locamente enamorado —
dijo—, que es baja...
Geneviève era alta.
—Que es rubia y con aire desenvuelto...
Geneviève era morena y con grandes ojos
soñadores.
—En fin, una obrera...; y para agradarle me he
puesto esta ropa popular.
Dixmer dijo que todo estaba claro y Geneviève
se sintió enrojecer y dio media vuelta.
—Pobre ciudadano Lindey —dijo Dixmer,
riendo—; qué mal rato le hemos hecho pasar, y
usted es el último a quien hubiera querido hacer
daño; ¡un patriota tan excelente, un hermano!... pero,
la verdad: creía que algún malintencionado usurpaba
su nombre.
—No hablemos de eso —dijo Maurice—,
indíqueme el camino para salir de aquí y
olvidemos...
Pero Dixmer se opuso a sus intenciones: esa
noche daban una cena, él y su socio, a los valientes
que habían querido asesinar a Maurice y deseaba
que él mismo comprobara que no eran tan canallas
como parecían. Maurice no se decidía a aceptar la
proposición.
Geneviève le miró tímidamente y dijo:
—Se lo ofrecemos de todo corazón.
—Acepto, ciudadana —respondió Maurice,
inclinándose.
Dixmer dijo que iba a comunicárselo a sus
compañeros y salió, dejando solos a Maurice y
Geneviève.
—¡Ah, señor! —dijo la joven, con un acento al
que inútilmente trataba de dar un tono de reproche—
; usted ha faltado a su palabra, ha sido indiscreto.
—¡Cómo, señora! —exclamó Maurice—. ¿La
he comprometido? En ese caso, perdóneme, me
marcho, y jamás...
—¡Dios! —exclamó ella, levantándose—. ¡Está
herido en el pecho! ¡Su camisa está llena de sangre!
—¡Oh!, no se inquiete, señora; uno de los
contrabandistas me ha pinchado con su puñal.
Geneviève palideció, y tomándole la mano:
—Perdóneme —murmuró— el mal que se le ha
hecho; usted me ha salvado la vida y yo he podido
ser la causa de su muerte.
—¿No es bastante recompensa haberla vuelto a
encontrar? Porque, ¿no habrá creído que buscara a
otra que no fuera usted?
—Venga conmigo —le interrumpió
Geneviève—, le daré ropa limpia... Es preciso que
nuestros invitados no le vean en ese estado: sería
hacerles un reproche terrible.
Maurice protestó por las molestias que le
causaba, pero ella aseguró que era una obligación
que cumplía con gran placer. Condujo a Maurice a
un gabinete de una elegancia y distinción que él no
esperaba encontrar en casa de un maestro curtidor,
aunque éste pareciera millonario. Ella abrió los
armarios, dijo a Maurice que cogiera lo que quisiera,
como si estuviera en su casa, y se retiró.
Cuando Maurice salió, encontró a Dixmer, que
le condujo al comedor, situado en la parte del
edificio a donde se le había conducido al principio;
la cena estaba dispuesta, pero la habitación aún
estaba vacía.
Maurice vio entrar a los seis invitados. Eran
hombres de aspecto agradable, jóvenes la mayor
parte, y vestidos a la moda; dos o tres, incluso
llevaban casaca y gorro rojo. Dixmer se los presentó
a Maurice y a continuación invitó a todos a sentarse
a la mesa.
—Y... el señor Morand —dijo tímidamente
Geneviève—, ¿no le esperamos?
—¡Ah!, es cierto. El ciudadano Morand, del que
ya le he hablado, es mi socio. Podría decirse de él
que es el encargado de la parte moral de la casa; se
encarga de la caja, las facturas y todo el papeleo. Es
quien tiene mayor trabajo de todos nosotros, por eso
se retrasa algunas veces. Voy a avisarle.
En ese momento se abrió la puerta y entró el
ciudadano Morand.
Era un hombre pequeño, moreno, con las cejas
espesas y anteojos verdes. A las primeras palabras
que pronunció Maurice reconoció su voz como la
imperiosa y dulce que se había manifestado
partidaria de los métodos suaves durante la discusión
de la que él había sido el objeto. Vestía un traje
oscuro con grandes botones, una chaqueta de seda
blanca, y su pechera, bastante fina, estuvo
atormentada durante la cena por una mano cuya
blancura y delicadeza admiraron a Maurice.
Tomaron asiento. La cena resultaba poco común:
Dixmer tenía apetito de industrial y hacía los
honores a su mesa; los obreros, o quienes pasaban
por tales, eran dignos compañeros suyos en este
menester; el ciudadano Morand hablaba poco, comía
menos aún, no bebía casi, y reía raramente; Maurice,
quizás a causa de los recuerdos que le traía su voz,
experimentó enseguida una viva simpatía por él.
Dixmer se creyó en la obligación de explicar a
sus invitados la razón por la que un extraño se
encontraba entre ellos y, aunque no se dio muy
buena maña en la introducción del joven, su discurso
satisfizo a todos. Maurice le miraba con asombro y
no se explicaba que aquel hombre pudiera ser el
mismo que poco antes le perseguía amenazante con
una carabina en la mano. Mientras hacía estas
observaciones, sentía en el fondo de su corazón una
alegría y un dolor tan profundos que no podía
explicarse su estado de ánimo. Se encontraba, al fin,
cerca de la bella desconocida que tanto había
buscado.
Geneviève era tal como la había entrevisto: la
realidad no había destruido el ensueño de una noche
tormentosa. Maurice se preguntaba cómo esta joven
elegante, de ojos tristes y espíritu elevado podía
sentirse satisfecha con Dixmer, un buen burgués,
rico además, pero del que la separaba una gran
distancia. Sólo hallaba una respuesta: por el amor, y
se confirmaba en la opinión que había tenido de la
joven la noche en que la encontró, cuando pensó que
regresaba de una cita amorosa.
La idea de que Geneviève amaba a un hombre
torturaba el corazón de Maurice. En otros
momentos, al escuchar su voz pura, dulce y
armoniosa, al interrogar su mirada, tan limpia que
parecía no temer que pudiera leerse en ella hasta el
fondo de su alma, Maurice pensaba que era
imposible que semejante criatura pudiera engañar, y
experimentaba una alegría amarga al considerar que
aquel hermoso cuerpo pertenecía al buen burgués de
sonrisa honesta y bromas vulgares.
Se hablaba de política y uno de los invitados
pidió noticias sobre los prisioneros del Temple.
A su pesar, Maurice tembló al oír el timbre de
esta voz. Había reconocido al hombre que le había
clavado su cuchillo y había votado por su muerte.
Sin embargo, este hombre despertó enseguida el
buen humor de Maurice al expresar las ideas más
patrióticas y los principios más revolucionarios. El
hombre se asombraba de que se confiara la custodia
de los prisioneros del Temple a un consejo
permanente, fácil de corromper, y a los municipales,
cuya fidelidad había sido tentada más de una vez.
—Sí —dijo el ciudadano Morand—, pero es
preciso destacar que, hasta el presente, la conducta
de los municipales ha justificado la confianza que la
nación ha depositado en ellos, y la historia dirá que
sólo el ciudadano Robespierre merece el nombre de
incorruptible.
El hombre que había hablado antes, al cual
había presentado Dixmer como jefe de su taller,
replicó que si algo no había sucedido todavía era
absurdo pensar que no pudiera ocurrir nunca y como
todas las secciones se turnaban para hacer servicio
en el Temple, era posible que en una compañía
existiera un grupo de ocho o diez hombres osados
que una noche degollaran a los centinelas y
libertaran a los prisioneros.
Maurice dijo que ése no era un buen plan, ya lo
habían intentado tres o cuatro semanas antes y no
había dado resultado.
Morand objetó que el fracaso se debía a que uno
de los aristócratas que formaban la patrulla había
llamado señor a alguien.
—Y además porque se conocía la llegada a
París del caballero de Maison-Rouge —dijo
Maurice.
Morand se mostró muy interesado en conocer
los detalles del asunto y Maurice se ofreció a contar
todo lo que sabía del caso, mientras Geneviève y el
resto de los invitados prestaban la mayor atención.
—Por lo que parece —dijo Maurice—, el
caballero de Maison-Rouge venía de la Vendée;
había atravesado toda Francia con la suerte que le es
habitual. Llegó de día a la barrera del Roule y esperó
hasta las nueve de la noche; a esa hora, una mujer
disfrazada atravesó la barrera y le entregó un
uniforme de cazador de la guardia nacional; diez
minutos después entraban juntos; el centinela entró
en sospechas y dio la alarma. Entonces, los dos
culpables entraron en un edificio y salieron de él por
una puerta que daba a los Champs-Elysées. Parece
que una patrulla afecta a los tiranos esperaba al
caballero en la esquina de la calle Bardu-Bec. El
resto ya lo conocen.
—¿Se sabe qué ha ocurrido con la mujer? —
preguntó Morand.
—No. Ha desaparecido y se ignora por
completo quién pueda ser.
Dixmer y su socio parecieron respirar más
libremente. Geneviève había escuchado todo el
relato pálida, inmóvil y muda.
Morand, con su frialdad de costumbre, preguntó
cómo se sabía que el caballero de Maison-Rouge
formaba parte de la patrulla y Maurice explicó que le
había reconocido un municipal, amigo suyo, que ese
día estaba de servicio en el Temple; el caballero era
un hombre de unos veinticinco años, pequeño, rubio,
de rostro agradable, con ojos magníficos y dientes
soberbios. Su amigo era un tibio y no le había
denunciado por temor a equivocarse. Pero él,
Maurice, no hubiera actuado de la misma manera:
prefería equivocarse que dejar escapar a un hombre
tan peligroso como el caballero de Maison-Rouge.
—¿Y qué hubiera hecho usted? —preguntó
Geneviève.
—Hubiera ordenado cerrar todas las puertas del
Temple, y cogiendo al caballero por el cuello le
arrestaría por traidor a la nación. Se le habría
procesado, junto con sus cómplices, y a estas horas
ya habría sido guillotinado. Eso es todo.
Geneviève tembló y lanzó a su vecino una
mirada de espanto. Pero Morand no pareció advertir
la mirada y vaciando flemáticamente su vaso:
—El ciudadano Lindey tiene razón —dijo—;
sólo había que hacer eso. Desgraciadamente, no se
ha hecho.
—¿Se sabe qué ha ocurrido con el caballero de
Maison-Rouge? —preguntó Geneviève.
Dixmer y Morand opinaron que habría
abandonado París con toda seguridad, y quizá la
misma Francia; pero Maurice sostuvo que
continuaba en París y dio un argumento que,
pensaba, sería fácilmente comprendido por
Geneviève: el caballero estaba enamorado de María
Antonieta.
Estallaron dos o tres risas de incredulidad,
tímidas y forzadas. Dixmer miró a Maurice como si
quisiera leer en el fondo de su alma. Geneviève notó
que las lágrimas le humedecían los ojos y un
escalofrío le recorría el cuerpo. El ciudadano
Morand derramó el vino de su vaso, y su palidez
habría sobresaltado a Maurice si el joven no hubiera
tenido su atención concentrada en Geneviève.
—Se ha emocionado, ciudadana —murmuró
Maurice.
—A las mujeres siempre nos emociona un
afecto, por opuesto que sea a nuestros principios.
—Ciudadano Lindey —dijo el jefe de taller—,
permíteme decirte que me pareces demasiado
indulgente con este caballero...
—Señor —dijo Maurice, utilizando con
intención la palabra que estaba en desuso—, me
gustan las naturalezas fieras y valientes, lo que no
me impide combatirlas cuando las encuentro en las
filas de mis enemigos. No desespero de encontrar
algún día al caballero de Maison-Rouge.
—¿Y…? —digo Geneviève.
—Si le encuentro... pelearé con él.
La cena había terminado. Geneviève se puso en
pie. En ese momento sonaron las campanadas del
reloj.
—¡Medianoche! —exclamó Maurice—. ¡Ya es
medianoche!
—Esa es una exclamación que me agrada —dijo
Dixmer—, pues prueba que usted no está enfadado y
me hace confiar en que volveremos a vernos. La
casa que le abre sus puertas es la de un buen patriota
y espero que muy pronto advierta usted, ciudadano,
que es también la de un amigo.
Maurice saludó y dijo a Geneviève:
—¿También la ciudadana me permite volver?
—Hago algo más que permitirlo: se lo suplico
—dijo vivamente Geneviève—. Adiós, ciudadano.
Maurice se despidió de todos los invitados y
partió confuso por los acontecimientos tan diferentes
que le habían sucedido esa noche.
—¡Qué desgraciado encuentro! —dijo la joven
deshecha en lágrimas, a solas con su marido, que la
había acompañado a sus habitaciones.
—¡Bah! El ciudadano Maurice Lindey, patriota
reconocido, secretario de una sección, puro,
adorado, popular, es por el contrario una preciosa
adquisición para un pobre curtidor que tiene en su
casa mercancía de contrabando —respondió Dixmer
sonriendo.
—¿De manera que usted cree, amigo mío...? —
preguntó tímidamente Geneviève.
—Creo que es una patente de patriotismo, una
marca de absolución puesta sobre nuestra casa; y
creo que a partir de esta noche, el mismo caballero
de Maison-Rouge estaría seguro en nuestra casa.
Y Dixmer, besando a su mujer en la frente con
un afecto más paternal que conyugal, la dejó en el
pabelloncito que ocupaba ella sola y volvió a la otra
parte del edificio, la que ocupaba él junto con el
resto de los invitados que se habían sentado a su
mesa.
V
EL ZAPATERO SIMON
LA NOTA
Habían llegado los primeros días de mayo; un
día puro dilataba los pechos cansados de respirar las
brumas heladas del invierno, y los rayos de un sol
tibio y vivificante descendían sobre la negra muralla
del Temple.
En el portillo interior que separaba la torre de
los jardines, los soldados de guardia reían y
fumaban.
Pese al hermoso día y al ofrecimiento que se
hizo a las prisioneras para que bajaran al jardín a
pasear, las tres mujeres rehusaron: tras la ejecución
de su marido, la reina se mantenía obstinadamente
en su habitación para evitar el paso ante la puerta del
apartamento que había ocupado el rey en el segundo
piso. Cuando, por casualidad, tomaba el aire después
de este fatal 21 de enero, lo hacia en lo alto de la
torre, cuyas troneras se habían cerrado con celosías.
Hacia las cinco, un hombre descendió y se
acercó al sargento que mandaba la guardia.
—¡Ah!, ¡eres tú, tío Tison! —dijo.
—Sí, soy yo. Tu amigo el municipal Maurice
Lindey, que está arriba, te envía este permiso
concedido a mi hija por el consejo del Temple para
que pueda visitar a su madre.
—¿Y tú sales cuándo va a venir tu hija, padre
desnaturalizado?
Tison explicó que salía contra su voluntad;
desde hacia dos meses esperaba el momento de ver y
abrazar a su hija, pero, precisamente ahora, tenía que
acudir al ayuntamiento para hacer su informe.
Recomendó al sargento, que no era otro que Lorin,
que dejara pasar a su hija y salió murmurando:
—¡Ah, mi mujercita va a ser feliz!
Al ver alejarse a Tison y oír las palabras que
pronunciaba, uno de los guardias nacionales dijo a
Lorin:
—¿Sabes, sargento, que estas cosas le hacen
estremecerse a uno?
—¿Qué cosas, ciudadano Devaux? —preguntó
Lorin.
—¡Cómo que qué cosas! Ver a este hombre de
rostro duro, este hombre de corazón de bronce, este
inexorable guardián de la reina, alejarse con
lágrimas en los ojos, mitad de alegría, mitad de
dolor, pensando que su mujer va a ver a su hija y que
él no la verá. Esto entristece.
—Sin duda; he ahí por qué no reflexiona este
hombre que se va, como tú dices, con lágrimas en
los ojos.
—¿Y qué es lo que reflexionaría?
—Que desde hace tres meses, esta mujer que él
brutaliza sin piedad no ve a su hijo. El no piensa en
la desgracia de ella, sino en la suya propia. Claro
que esta mujer era reina, y no se está obligado a
tener los mismos miramientos con una reina que con
la mujer de un jornalero.
El sargento había hablado en un tono que hacía
difícil interpretar el sentido de sus palabras.
—No importa, todo esto es muy triste —dijo
Devaux.
—Triste, pero necesario —dijo Lorin.
—Lo mejor, como tú has dicho, es no
reflexionar.
De pronto se escuchó un gran ruido a la
izquierda del cuerpo de guardia; se trataba de
juramentos, amenazas y llantos. Los dos hombres
prestaron atención y les pareció distinguir la voz de
un niño.
—¿Quieres cantar? —dijo una voz ronca y
avinada.
Y la voz cantó como para dar ejemplo:
Madame Veto había prometido
Hacer degollar a todo París...
—No —dijo el niño—, no cantaré.
—¡Ah, bribonzuelo! —dijo la voz ronca.
Y un ruido de correa silbante hendió el aire.
—¡Voto a bríos! —dijo Lorin—. Es el infame
Simon que pega al pequeño Capeto.
De pronto se abrió una puerta y el niño dio
algunos pasos por el patio acosado por el látigo de
su guardián. Pero algo pesado voló tras él, resonó en
el suelo y le alcanzó en la pierna. El niño dio un
grito, luego un traspiés y cayó de rodillas.
—Devuélveme la horma, pequeño monstruo, si
no...
El niño se levantó y rehusó con la cabeza.
—¡Ah!, ¿sí? —gritó la voz—. Espera, espera,
que vas a ver.
Y el zapatero Simon salió de su cuchitril como
una bestia salvaje del cubil. Lorin le salió al paso
para preguntarle por qué perseguía al niño.
—Porque ese bribonzuelo no quiere cantar
como un buen patriota ni trabajar como un buen
ciudadano.
Entonces arguyó Lorin que la nación no le había
confiado al Capeto para que le enseñara a cantar; y
como Simon le preguntara por qué se mezclaba en
sus asuntos, le respondió que era indigno de un
hombre de corazón golpear a un niño, y que éste no
había participado en los crímenes de su padre y, por
tanto, no era culpable de nada. El zapatero replicó
que se le había entregado al niño para hacer con él lo
que quisiera, y que cantaría Madame Veto porque así
lo deseaba él.
—Miserable, la señora Veto es su madre;
¿querrías que se forzara a tu hijo a cantar que su
padre es un canalla?
El zapatero, indignado llamó aristócrata a Lorin,
amenazándole con hacerle arrestar; después llamó al
niño para que entrara y continuara haciendo su
zapato. Lorin dijo al zapatero que el niño no recogía
la horma ni haría zapatos, y al ver su sable, le retó a
sacarlo.
En ese momento, dos mujeres entraron en el
patio; una de ellas llevaba un papel en la mano y se
dirigió al centinela.
—¡Sargento! —gritó el centinela—. Es la hija
de Tison que pide ver a su madre.
—Déjala pasar —dijo Lorin, que no quería
volverse por temor a que Simon aprovechara esta
distracción para pegar al niño.
El centinela las dejó pasar, pero apenas habían
subido cuatro escalones cuando se encontraron con
Maurice Lindey que bajaba al patio. Era casi de
noche, de manera que no se podían distinguir los
trazos de sus rostros. Maurice las detuvo.
—¿Quiénes sois y qué queréis? —preguntó.
Sophie Tison se dio a conocer y explicó que
había traído a su amiga para no estar ella sola entre
tantos soldados. Pero Maurice le dijo que su amiga
no podía subir.
—Como guste, ciudadano —dijo Sophie Tison
estrechando la mano de su amiga que, apoyada
contra la pared, parecía sobrecogida de sorpresa y
espanto.
Maurice dio aviso a los guardias situados en
cada piso para que dejaran pasar a la hija de Tison y
retuvieran a la mujer que la acompañaba. Después,
dijo a las mujeres que subieran y él descendió al
patio.
—¿Qué ocurre aquí? —preguntó a los guardias
nacionales—, ¿qué significa todo este ruido? Se
oyen gritos de niño desde la antecámara de las
prisioneras.
Simon pensó que le llegaban refuerzos y,
amenazando con el puño a Lorin, dijo:
—Es ese aristócrata traidor que me impide
zurrar al Capeto.
—¡Sí, voto a bríos! Lo impido, y si me llamas
otra vez aristócrata o traidor, te atravieso con mi
sable.
—¡Una amenaza! —exclamó Simon—.
¡Guardia!, ¡guardia!
—Yo soy la guardia —dijo Lorin—. Así que no
me llames, porque si voy te extermino.
Simon recurrió a Maurice; pero éste dio la razón
a Lorin y dijo al zapatero que golpeando al niño
estaba deshonrando a la nación. Lorin explicó a
Maurice la causa de que le golpeara y el joven
exclamó:
—¡Miserable!
—¿Tú también? Entonces, estoy rodeado de
traidores.
—¡Ah, bribón! —dijo Maurice a Simon,
cogiéndole por el cuello y arrancándole el látigo de
las manos—. Intenta probar que soy un traidor. —E
hizo caer rudamente la correa sobre la espalda del
zapatero.
El niño, que miraba estoicamente la escena, dio
las gracias. Lorin le dijo que volviera a la torre y
pidiera ayuda si Simon le volvía a golpear. En aquel
momento salían del torreón Sophie Tison y su
compañera; al verlas, Simon amenazó a Maurice con
denunciarle por haberlas dejado entrar cuando sólo
una tenía permiso. Maurice se acercó a ellas y
preguntó a Sophie si había visto a su madre, y la
muchacha, al tiempo que contestaba
afirmativamente, se situó entre el municipal y su
compañera.
A Maurice le hubiera gustado ver a la amiga de
la joven o, al menos, oír su voz; pero ella se
mantenía envuelta en la capa y parecía decidida a no
pronunciar palabra. Incluso le pareció que temblaba.
Este temor le infundió sospechas. Subió
precipitadamente y al llegar a la primera habitación
vio a través de la vidriera cómo la reina ocultaba
algo que él supuso una nota. Llamó a su colega.
—Ciudadano Agrícola —dijo—, entra donde
María Antonieta y no la pierdas de vista.
Luego ordenó llamar a la señora Tison y le
preguntó dónde se había entrevistado con su hija.
—Aquí mismo, en esta antecámara —dijo la
mujer.
—¿Y tu hija no ha solicitado ver a la austríaca?
—No.
—¿No ha entrado donde ella?
—No.
—Y mientras charlabais, ¿no ha salido nadie de
la habitación de las prisioneras? Haz memoria.
—¡Ah, sí! Creo recordar que ha salido la joven.
—¿Ha hablado con tu hija?
—No.
—¿Tu hija, no le ha entregado nada?
—No.
—Y ella, ¿no ha recogido nada del suelo?
—Sí; su pañuelo.
—¡Ah, desgraciada! —exclamó Maurice.
Entonces el joven agitó la campana de alarma y
subieron los otros municipales, acompañados por un
destacamento de guardia. Se cerraron las puertas y
se interceptaron las salidas de todas las habitaciones.
Después, Maurice entró en la habitación de la reina
y ésta le preguntó qué quería.
—Deseo que me entregue la nota que escondía.
—Usted se equivoca, señor; no escondía nada.
—¡Mientes, austríaca!. —exclamó Agrícola.
—Usted escondía la nota que ha traído la hija de
Tison y que su hija ha recogido junto con su
pañuelo.
Las tres mujeres se miraron espantadas. La reina
protestó por el trato que se les daba y Maurice le dijo
que ellos no eran jueces ni verdugos, sino vigilantes;
por tanto tenían una misión que no podían violar
más que cometiendo una traición.
—Señores —dijo la reina—, puesto que son
vigilantes, busquen, y prívennos del sueño esta
noche, como siempre.
Maurice le explicó que no osaría poner la mano
en una mujer: daría parte al ayuntamiento y
esperaría órdenes. Pero ellas no podrían acostarse,
dormirían en sillones mientras se las vigilaba.
La señora Tison asomó la cabeza y Maurice le
puso al corriente de lo que ocurría, advirtiéndole que
su hija no volvería a entrar allí.
La mujer, exasperada, amenazó a la reina.
—No amenaces a nadie —le dijo Maurice—;
obtén por la dulzura lo que pedimos; tú eres mujer, y
la ciudadana Antonieta, que también es madre,
tendrá sin duda piedad de una madre. Mañana tu hija
será arrestada; luego, si se descubre algo, y sabes
que si se quiere se descubre siempre, estará perdida,
ella y su compañera.
La señora Tison, que había escuchado a
Maurice con un terror creciente, volvió su mirada,
casi extraviada, a la reina.
—¿Lo oyes, María Antonieta?.. ¡Mi hija!... Tú
habrás perdido a mi hija.
La reina parecía espantada, no por la amenaza
que brillaba en los ojos de su carcelera, sino por la
desesperación que se leía en ellos.
—Venga, señora Tison —dijo—; tengo que
hablarle.
Agrícola quiso oponerse, pero Maurice le dijo
que las dejara hacer.
—Vamos al otro lado de la vidriera y
pongámonos de espaldas. Estoy seguro de que la
persona con la que tengamos esta condescendencia,
no nos hará arrepentirnos de ello.
La reina oyó estas palabras dichas para que las
escuchara y miró al joven con agradecimiento.
Maurice volvió la cabeza con indiferencia y pasó al
otro lado de la vidriera seguido por Agrícola.
Mientras Maurice hablaba con Agrícola, al otro
lado de la vidriera se desarrollaba la escena que
había previsto el joven. La mujer de Tison se había
aproximado a la reina.
—Señora —le dijo ésta—, su desesperación me
rompe el corazón; yo no quiero privarla de su hija;
pero piense que, haciendo lo que exigen estos
hombres, su hija estará perdida igualmente.
—¡Haz lo que dicen! —exclamó la señora
Tison.
—Sepa primero de qué se trata; su hija ha traído
a una amiga.
—Sí, una obrera como ella; no ha querido venir
sola a causa de los soldados.
—Esta amiga ha entregado a su hija una nota; su
hija la ha dejado caer. Marie, que pasaba, la ha
recogido. Es un papel insignificante; sin embargo, le
podrían encontrar sentido gentes malintencionadas.
¿Quiere que sacrifique a un amigo sin que esto le
devuelva a su hija?
—¡Haz lo que te han dicho! —gritó la mujer.
—Pero, si este papel compromete a su hija,
¡comprende!
—Mi hija es una buena patriota, como yo.
Gracias a Dios, los Tison son conocidos. Haz lo que
te han dicho.
—¡Dios mío! ¡Cómo podría convencerla!
—¡Mi hija! ¡Quiero que se me devuelva a mi
hija! Entrega el papel, Antonieta, entrégalo.
—Aquí está, señora.
Y la reina tendió a la desgraciada criatura un
papel que ella elevó alegremente por encima de su
cabeza, gritando:
—Venid, venid, ciudadanos municipales. Tengo
el papel; tomadlo y devolvedme a mi hija.
—Sacrificáis a nuestros amigos —dijo a la reina
su hermana.
—No, sólo sacrifico a nosotras mismas. El papel
no compromete a nadie.
Maurice y su colega acudieron a los gritos de la
señora Tison; ésta les entregó el papel; lo abrieron y
leyeron:
A oriente vela un amigo aún.
Maurice se estremeció en cuanto posó los ojos
en el papel. La letra no le parecía desconocida.
—¡Oh, Dios mío! —exclamó—. ¿Será la de
Geneviève? Pero no, es imposible; estoy loco. Sin
duda se parece, pero ¿qué podría tener de común
Geneviève con la reina?
La reina le pidió que hiciera una obra de caridad
y quemara el papel.
—Tú bromeas, austríaca —dijo Agrícola.
Diez minutos después la nota estaba depositada
en el despacho de los miembros del ayuntamiento;
se abrió en el acto y se comentó al máximo.
—«A oriente vela un amigo» —dijo una voz—.
¿Qué diablos puede significar esto?
—¡Pardiez! —respondió un geógrafo—. En
Lorient, está claro: Lorient3 es un pueblecillo de
Bretaña, situado entre Vannes y Quimper. ¡Voto a
bríos! debería quemarse el pueblo si es cierto que
cobija a aristócratas que todavía velan por la
austríaca.
Otro opinó que el peligro era grande por ser el
pueblo puerto de mar, y un tercero solicitó que se
enviara una comisión a Lorient.
Maurice, enterado de la deliberación, opinaba
que el oriente de la nota no estaba en Bretaña.
Al día siguiente, la reina solicitó permiso para
subir a la torre y tomar el aire. La acompañaban su
hermana y su hija. Maurice subió tras ellas y se situó
en una especie de garita que había en lo alto de la
escalera. Al principio, la reina paseó
indiferentemente; luego, se detuvo y miró
atentamente hacia una casa en cuyas ventanas
estaban algunas personas, una de ellas con un
pañuelo blanco.
Maurice sacó un anteojo de su bolsillo y,
mientras lo graduaba, la reina hizo un gesto como
invitando a los curiosos a apartarse de la ventana.
Pero Maurice ya había distinguido una cabeza
masculina de cabellos rubios, cuyo saludo había sido
3 Juego de palabras intraducible hecho con las frases à l’orient (a
oriente) y à Lorient (en Lorient)
respetuoso hasta la humildad. Detrás de este joven,
porque no aparentaba más de veintiséis años, se
hallaba una joven medio tapada por él. Maurice la
enfocó con su anteojo; pero la mujer, que también
tenía un catalejo, se apartó rápidamente y atrajo
hacia sí al hombre.
Maurice esperó un momento por ver si
reaparecían los curiosos. Como la ventana
permanecía vacía, encomendó la vigilancia a su
colega Agrícola, descendió precipitadamente la
escalera y fue a apostarse en la esquina de la calle
Porte-Foin, desde donde podía observar si los
curiosos salían de la casa. Su espera fue en vano. No
apareció nadie.
Entonces, no pudiendo resistir la sospecha que
atormentaba su corazón, Maurice emprendió camino
hacia la antigua calle Saint-Jacques.
Cuando llegó halló a Geneviève vestida con una
bata blanca, sentada bajo un emparrado de jazmines.
La joven dio la bienvenida a Maurice y le invitó a
tomar una taza de chocolate.
Al llegar Dixmer, expresó la mayor alegría por
encontrar a Maurice a una hora tan inesperada. Le
invitó a recorrer los talleres en su compañía y le
puso en antecedentes de que Morand acababa de
descubrir el secreto para fabricar un tafilete rojo
inalterable.
Maurice siguió a Dixmer a través de los talleres
hasta una especie de oficina particular donde vio
trabajando al ciudadano Morand; llevaba éste unos
anteojos azules y parecía muy ocupado en cambiar
al púrpura el blanco sucio de una piel de cordero;
tenía las manos y los brazos manchados de rojo y
saludó a Maurice con la cabeza.
—Bien, ciudadano —preguntó Dixmer—, ¿qué
me dice?
—Sólo con este procedimiento ganaremos cien
mil libras al año. Pero hace ocho días que no duermo
y los ácidos me han quemado la vista.
Maurice dejó a Dixmer con Morand y volvió
junto a Geneviève. Por el camino se reprochaba
haber sospechado de aquellas personas intachables,
y culpaba de su error al servicio en el Temple que,
según él, podía embrutecer hasta a un héroe.
Geneviève esperaba a Maurice con su dulce
sonrisa para hacerle olvidar por completo las
sospechas que había concebido. Ella fue como
siempre: dulce, amigable, encantadora.
Las horas que pasaba Maurice junto a
Geneviève eran las únicas en que realmente vivía.
Sin embargo, hacia mediodía, tuvo que abandonarla
y regresar al Temple.
Al final de la calle Sainte-Avoye, encontró a
Lorin que volvía de su guardia; caminaba en
formación, pero se separó de ella para acercarse a su
amigo, cuyo rostro expresaba una suave felicidad.
—¡Ah! —dijo Lorin, estrechándole la mano—:
En vano ocultas tu languidez,
Yo sé lo que deseas.
No dices nada, pero suspiras.
Tienes el amor en los ojos,
Tienes el amor en el corazón.
Maurice echó mano a su bolsillo para buscar la
llave. Era el medio que había adoptado para cortar el
verbo poético de su amigo. Pero éste vio el
movimiento y se alejó riendo.
—A propósito —dijo Lorin, después de avanzar
algunos pasos—; tú estarás aún tres días en el
Temple; te encomiendo al pequeño Capeto.
VI
AMOR
EL TREINTA Y UNO DE MAYO
Al cabo de algún tiempo, Maurice era feliz y
desgraciado a la vez. Así ocurre siempre al
comienzo de las grandes pasiones. De día trabajaba
en la sección Lepelletier y por la tarde acudía de
visita a la antigua calle Saint-Jacques. No se le
ocultaba que ver todas las tardes a Geneviève era
beber a grandes tragos un amor sin esperanza.
Geneviève era una de esas mujeres tímidas ante
las cuales las palabras de amor parecen blasfemias y
sacrílegos los deseos materiales. A Maurice se le
aparecía como un enigma viviente cuyo sentido no
podía adivinar.
Una tarde que, como de costumbre, se había
quedado solo con ella, se atrevió a preguntarle cómo
ella, tan joven y distinguida, estaba casada con un
hombre que la doblaba la edad y cuya educación y
nacimiento parecían tan vulgares; ella tan poética y
su marido atento sólo a pesar, estirar y teñir las
pieles de su fábrica.
—En fin —dijo Maurice—, ¿cómo se explican
en casa de un curtidor ese harpa, ese piano y esas
pinturas al pastel que hace usted?
Geneviève le dio las gracias por su delicadeza al
no haberse informado sobre ella. Maurice le dijo que
sólo se fiaba de su propio corazón, y como ella se
mostrara dispuesta a aclarar sus dudas, el joven le
preguntó su nombre de soltera.
—Geneviève du Treilly. Mi familia se arruinó
después de la guerra de América, en la que
combatieron mi padre y mi hermano mayor.
—¿Gentileshombres, los dos?
—No, no; mi familia era rica, pero no
pertenecía a la nobleza. En América, mi padre se
hizo amigo del señor Morand, cuyo hombre de
negocios era el señor Dixmer. Viéndonos arruinados
y sabiendo que el señor Dixmer tenía una pequeña
fortuna, el señor Morand se lo presentó a mi padre
que, a su vez, me lo presentó a mí. Yo vi que podía
hacer un matrimonio ventajoso, comprendí que ése
era el deseo de mi familia, nunca había estado
enamorada, y acepté. Soy la esposa de Dixmer desde
hace tres años; y debo decir que en este tiempo, mi
marido ha sido tan bueno conmigo, tan excelente,
que pese a la diferencia de edad y de gustos que
usted observa, jamás he padecido un instante de
pesadumbre.
—Pero, ¿cuándo usted se casó con Dixmer, él
no estaba al frente de esta fábrica?
—No; vivíamos en Blois. Después del 10 de
agosto, el señor Dixmer compró esta casa y los
talleres anejos; para que yo no estuviera mezclada
con los obreros y ahorrarme a la vista cosas que
hubieran podido herir mis costumbres, me cedió este
pabellón donde vivo sola, según mis gustos y
deseos, y feliz cuando un amigo como usted viene a
distraer o compartir mis ensueños.
Y Geneviève tendió a Maurice una mano que
éste besó ardorosamente. La joven enrojeció
ligeramente y Maurice dijo:
—No me ha contado cómo Morand se convirtió
en socio de Dixmer.
—¡Oh! es muy simple. El señor Dixmer tenía
algún dinero, pero no el suficiente para montar él
solo una fábrica de la importancia de ésta. El hijo del
señor Morand ha puesto la mitad del capital y, como
tiene conocimientos de química, se ha entregado a la
explotación con la actividad que usted ha observado,
gracias a la cual, el comercio del señor Dixmer ha
tomado gran extensión.
—¿El señor Morand es uno de sus buenos
amigos, no?
—El señor Morand es una naturaleza noble, uno
de los corazones más magnánimos que hay bajo el
cielo.
Maurice le preguntó si Morand era joven, y ella
le contestó que tenía treinta y cinco años y ambos se
conocían desde la infancia.
Maurice se mordió los labios, siempre había
sospechado que Morand amaba a Geneviève.
—¡Ah! Eso explica su familiaridad con usted.
—Mantenida en los límites que usted ha visto
siempre. Me parece que esta familiaridad, que
apenas es la de un amigo, no necesita explicación.
—Perdón. Usted sabe que todos los afectos
sinceros engendran celos; y mi amistad estaba celosa
de la que usted parece profesar al señor Morand.
Callaron los dos y ese día no se volvió a hablar
de Morand. Cuando Maurice se marchó, lo hizo más
enamorado que nunca, porque estaba celoso.
Aunque el joven estaba ciego, reconoció que en
el relato de Geneviève había muchas lagunas,
vacilaciones y reticencias a las que no había
prestado atención de momento, pero que le volvían
al espíritu y le atormentaban. Contra ellas, nada
podían la libertad en que le dejaba Dixmer para
charlar con Geneviève, ni la soledad en que los dos
se encontraban cada tarde. Había más: Maurice,
convertido en comensal de la casa, no sólo
permanecía junto a Geneviève, sino que la escoltaba
en las correrías que ella debía hacer por el barrio de
vez en cuando.
En medio de esta familiaridad, le asombraba
una cosa: cuanto más buscaba entablar conocimiento
con Morand, más parecía querer alejarse de él este
hombre extraño. Esto apenaba amargamente a
Geneviève, porque Maurice no dudaba que Morand
había adivinado en él un rival, y eran los celos los
que le apartaban.
Un día dijo Maurice a Geneviève que Morand le
aborrecía. La joven le aseguró que estaba
equivocado, que era la timidez de un comerciante
metido a químico lo que impedía a Morand dar el
primer paso para acercarse a él.
—¿Y quién le pide que dé el primer paso? Yo
ya he dado cincuenta y jamás ha respondido.
Al día siguiente, él llegó a casa de la joven a las
dos de la tarde y la encontró vestida para salir. Ella
le pidió que la acompañara a Auteuil, irían en coche
hasta la barrera y luego continuarían paseando.
Los dos jóvenes partieron. Más allá de Passy
saltaron a la carretera y continuaron su paseo a pie.
Al llegar a Auteuil, Geneviève se detuvo y le pidió
que la esperara junto al parque mientras ella iba a
casa de una amiga. Se despidieron y Maurice se
dirigió al lugar acordado para la cita, paseando
arriba y abajo, y abatiendo con su bastón todas las
hierbas, flores o cardos que encontraba en su
camino.
A Maurice le preocupaba saber si Geneviève le
amaba o no: su comportamiento con él era el de una
hermana o amiga, pero no lo consideraba suficiente.
Ella se había convertido en el pensamiento constante
de sus días, en el sueño sin cesar renovado de sus
noches.
Sin embargo, esto no era suficiente, necesitaba
que ella le amara.
Geneviève estuvo ausente una hora que a él le
pareció un siglo; luego la vio venir y sonreírle.
Maurice, por el contrario, se acercó a ella con el
entrecejo fruncido. Geneviève tomo su brazo
sonriendo.
—Heme aquí —dijo—; amigo mío, perdóneme
por haberle hecho esperar.
Maurice respondió con un movimiento de
cabeza y los dos tomaron por una avenida seductora,
blanda, umbría, frondosa, que dando un rodeo, les
conduciría a la carretera.
Maurice estaba mudo, Geneviève pensativa.
—¿Qué le hace estar triste? —preguntó
Maurice.
—¿No está usted también más triste que de
costumbre?
Maurice dijo que tenía razones para estar triste:
era desgraciado, sufría.
—Y en este momento, ¿sufre usted?
—Mucho.
—Entonces, volvamos.
—¡Ah! es cierto; olvidaba que el señor Morand
debe regresar de Rambouillet a la caída de la tarde, y
que la tarde se acaba.
Geneviève le miró con una expresión de
reproche.
—¡Oh! ¿Aún?
—La culpa es suya por haber hecho el otro día
un elogio tan pomposo del señor Morand.
—¿Desde cuándo no se puede decir lo que se
piensa de un hombre estimable delante de las
personas a las que se aprecia?
—Es una estima muy viva la que le hace
apresurar el paso, como ahora, por temor a retrasarse
algunos minutos.
—Hoy es usted soberanamente injusto. Maurice,
¿no he pasado con usted una parte del día?
—Tiene usted razón: soy demasiado exigente.
Vamos a ver al señor Morand, vamos.
—Sí, vamos a ver al señor Morand; al menos, él
es un amigo que nunca me ha hecho sufrir.
—Esos son los amigos valiosos —dijo Maurice,
ahogado por los celos—; me gustaría conocer a
alguien parecido.
Habían llegado a la carretera; el horizonte
enrojecía; el sol comenzaba a desaparecer y sus
últimos rayos brillaban en las molduras de la cúpula
de los Inválidos. Geneviève soltó el brazo de
Maurice y le preguntó por qué la hacía sufrir.
—Porque soy menos hábil que otras personas
que conozco, porque no sé hacerme amar. Si él es
constantemente bueno, es que no sufre.
—Por favor, no hable más —dijo la joven.
Maurice prometió obedecerla y se pasó una
mano por la frente sudorosa. Geneviève se dio
cuenta de que él sufría realmente y le aseguró que no
quería perder un amigo tan precioso como él.
—¡Oh! No lo lamentaría mucho tiempo —
exclamó Maurice.
—Se equivoca; lo lamentaría mucho tiempo,
siempre —respondió ella.
—¡Geneviève! ¡Geneviève! tenga piedad de mí.
Geneviève se estremeció. Era la primera vez
que Maurice pronunciaba su nombre con una
entonación tan honda.
Maurice dijo entonces que hablaría: iba a decirle
todo lo que callaba desde hacía tiempo, ya que ella
lo había adivinado. Pero la mujer le suplicó que
guardara silencio en nombre de su amistad. Maurice
replicó que no quería una amistad como la que ella
tenía con Morand, él necesitaba más que los otros.
—Basta, señor Lindey; ahí está nuestro coche;
¿quiere llevarme junto a mi marido?
Subieron al coche: Geneviève se sentó al fondo
y Maurice se situó delante. Atravesaron todo París
sin que ninguno pronunciara una sola palabra.
Durante el trayecto, Geneviève mantuvo su pañuelo
arrimado a los ojos.
Cuando entraron en la fábrica, Dixmer estaba
ocupado en su gabinete de trabajo. Morand acabada
de llegar de Rambouillet y se disponía a cambiarse
de ropa. Geneviève tendió la mano a Maurice y,
entrando en su habitación, le dijo:
—Adiós, Maurice; usted lo ha querido.
Maurice no respondió nada; se dirigió a la
chimenea, donde colgaba una miniatura que
representaba a Geneviève: la besó ardientemente, la
estrechó contra su corazón, volvió a ponerla en su
sito y salió.
Maurice había vuelto a su casa sin saber cómo;
había atravesado París sin ver ni oír nada. Se
desnudó sin la ayuda de su criado y no respondió a
la cocinera, que le presentaba la cena. Luego,
cogiendo de la mesa las cartas del día, las leyó una
tras otra sin comprender una sola palabra. A las diez
se acostó maquinalmente, como había hecho todo
tras separarse de Geneviève, y se durmió enseguida.
Le despertó el ruido que hacía su criado al abrir
la puerta; venía, como de costumbre, a abrir las
ventanas del dormitorio, que daban al jardín, y a
traer flores.
Maurice, medio dormido, apoyó en una mano su
aturdida cabeza y trató de recordar lo que había
sucedido la víspera.
La voz del criado le sacó de su ensueño:
—Ciudadano —dijo señalando las cartas—, ¿ya
ha elegido las que va a guardar o puedo quemar
todas? Aquí están las de hoy.
Maurice cogió las cartas del día y le dijo que
quemara las demás. Entre los papeles creyó
distinguir vagamente un perfume conocido. Buscó
entre las cartas y vio un sello y una escritura que le
hicieron estremecerse. Hizo señal a su criado para
que se marchara y dio vueltas y más vueltas a la
carta; tenía el presentimiento de que encerraba una
desgracia No obstante, reunió todo su valor, la abrió
y leyó:
Ciudadano Maurice,
Es necesario que rompamos los lazos que, por
su parte, parecen sobrepasar los límites de la
amistad. Usted es un hombre de honor, ciudadano, y
ahora que ha transcurrido una noche desde lo que
sucedió ayer entre nosotros, debe comprender que
su presencia en esta casa se ha hecho imposible.
Cuento con usted para encontrar la excusa que
desee dar a mi marido. Si hoy mismo viera llegar
una carta suya para el señor Dixmer, me
convencería de que debo llorar a un amigo
desgraciadamente enajenado, pero que todas las
conveniencias sociales me impiden volver a ver.
Adiós para siempre.
Geneviève.
P.S. —El portador espera la respuesta.
Maurice llamó al criado y le preguntó si todavía
esperaba el portador de la carta. El criado contestó
afirmativamente y Maurice saltó de la cama, se puso
unos pantalones, se sentó ante su pupitre, tomó la
primera hoja de papel que halló (un papel impreso
con el nombre de la sección), y escribió:
Ciudadano Dixmer,
Yo te apreciaba, te aprecio todavía, pero no
puedo volver a verte.
Corren ciertos rumores sobre su tibieza
política. No quiero acusarle ni defenderte. Reciba
mis disculpas y esté seguro de que sus secretos
permanecerán encerrados en mi corazón.
Maurice no releyó la carta; tomó sus guantes y
su sombrero, y se dirigió a la sección, esperando
recuperar su estoicismo con los asuntos públicos;
pero éstos eran terribles: se preparaba el 31 de mayo.
El Terror, que se precipitaba desde la Montaña
parecido a un torrente, intentaba arrancar el dique
que trataban de oponerle los girondinos, los audaces
moderados que habían osado pedir venganza por las
matanzas de septiembre y luchar un instante por
salvar la vida del rey.
Mientras Maurice trabajaba con ardor, el
mensajero llegaba a la antigua calle Saint-Jacques,
llenando la casa de estupefacción y espanto. Dixmer
leyó la carta sin comprender nada y se la entregó a
Morand.
En la situación en que se encontraban Dixmer,
Morand y sus compañeros, perfectamente
desconocida para Maurice, la carta caía como un
rayo. Los hombres discutían sobre la honestidad de
Maurice y la posibilidad de que hubiera descubierto
sus secretos, manifestando algunos su
arrepentimiento por no haberle matado en el primer
encuentro.
—Escuchen —dijo Morand—: nuestro batallón
estará de guardia en el Temple el 2 de junio; es
decir, dentro de ocho días. Dixmer, usted es el
capitán, y yo teniente; si nuestro batallón o nuestra
compañía reciben contraorden, como la ha recibido
el otro día el batallón de la Butte-des-Moulins, al
que Santerre reemplazó por el de Gravilliers, es que
todo está descubierto, y lío nos quedará otra solución
que huir de París o morir combatiendo. Pero si todo
sigue su curso...
—Estamos perdidos igualmente —dijo
Dixmer—. ¿No se basaba todo en la colaboración de
ese municipal? ¿No era él quien, sin saberlo, debía
abrirnos paso hasta la reina?
—Es cierto —dijo Morand, abatido.
—Ya ve que necesitamos volver a relacionarnos
con ese joven a cualquier precio. Interrogaré a
Geneviève, ella ha sido la última en verle y quizá
sepa algo.
—Dixmer —dijo Morand—, veo con pena
cómo mezcla a Geneviève en todos nuestros
complots; no es que tema una indiscreción por su
parte, pero jugamos una partida terrible, y tengo
miedo y piedad de mezclar en nuestro juego la
cabeza de una mujer.
—La cabeza de una mujer vale lo mismo que la
de un hombre allí donde la astucia, el candor o la
belleza pueden hacer tanto, o incluso más que la
fuerza, el poder y el valor. Geneviève comparte
nuestras convicciones y compartirá nuestra suerte.
Morand replicó que hiciera como gustase; él ya
había dicho lo que debía y consideraba a Geneviève
digna de cualquier empresa. Los dos hombres se
estrecharon la mano, y Dixmer se dirigió a las
habitaciones de su esposa. Esta se hallaba sentada
ante una mesa, con los ojos fijos en un bordado y la
cabeza baja.
—He recibido una carta de nuestro amigo
Maurice de la que no comprendo nada —dijo
Dixmer—. Tome, léala y dígame lo que piensa.
Geneviève tomó la carta con una mano cuyo
temblor no podía ocultar.
—Pienso que el señor Lindey es un hombre
honrado —dijo.
—¿Cree que él ignora quiénes son las personas
que ha visto en Auteuil?
—Estoy segura.
—Entonces, ¿por qué esta brusca
determinación?, ¿le ha parecido que ayer estaba más
frío o emocionado que de costumbre? Piense bien lo
que me responde, porque su respuesta va a tener
gran influencia en nuestros proyectos.
—Creo que era el mismo de siempre. Escuche:
ayer estaba desagradable; el señor Lindey es un poco
tirano con sus amistades... y a veces hemos estado
enojados semanas enteras.
—Entonces, ¿esta carta no será un pretexto para
no volver a la casa?
—Amigo mío, ¿cómo quiere que yo lo sepa?
—Dígamelo Geneviève; porque esto no se lo
preguntaría a ninguna mujer que no fuera usted.
—Sí, es un pretexto.
Dixmer advirtió a su esposa que quizá Maurice
sabía más de sus secretos de lo que ellos
sospechaban y le pidió que escribiera al joven
pidiéndole una explicación. La mujer se negó a
hacerlo.
—Querida Geneviève; cuando están en juego
intereses tan poderosos como los nuestros, ¿cómo
puede retroceder por una mezquinas consideraciones
de amor propio?
—Ya le he dicho mi opinión sobre Maurice: es
honrado y caballeroso; pero es caprichoso, y no
quiero padecer otra servidumbre que la de mi
marido.
Esta declaración fue hecha con tal calma y
firmeza que Dixmer comprendió que sería inútil
insistir; no añadió una sola palabra; miró a
Geneviève como si no la viera, se pasó una mano
por la frente húmeda de sudor, y salió. Morand le
esperaba con inquietud, y Dixmer le contó lo que
había ocurrido palabra por palabra. Morand se
mostró partidario de olvidar el asunto y renunciar a
todo antes que herir el amor propio de Geneviève,
pero Dixmer replicó que ninguno de ellos se
pertenecía, ni podía dejar que sus sentimientos
siguieran los impulsos del corazón.
Morand se estremeció y guardó silencio
pensativo y doloroso. Dieron así algunos paseos por
el jardín antes de que Dixmer dejara a su amigo y se
vistiera para salir.
Una hora después, Maurice era interrumpido por
su criado:
—Ciudadano Lindey, le espera alguien que dice
tener que comunicarle algo importante.
Maurice se quedó asombrado al encontrar en su
casa a Dixmer; éste fue a su encuentro y le tendió la
mano sonriendo.
—¿Qué mosca le ha picado para escribirme eso?
La verdad, me ha herido sensiblemente. ¿Yo, tibio y
falso patriota? Vamos, usted no es capaz de repetir
esas acusaciones en mi presencia. Confiese que
busca un falso motivo para enemistarse conmigo.
Maurice admitió que no tenía nada que
reprocharle; sin embargo, tenía buenas razones para
actuar como lo hacía y su decisión era irrevocable.
Dixmer trató de aparentar una sonrisa y dijo:
—Bien, pero esas razones no son en absoluto las
que me ha dicho por escrito.
Maurice reflexionó un instante.
—Escuche —dijo—; vivimos una época en que
la duda manifestada en una carta puede y debe
atormentarle; lo comprendo, y no sería digno de un
hombre de honor dejarle con semejante inquietud.
Las razones que le he dado sólo eran un pretexto,
pero el verdadero motivo no se lo puedo decir,
aunque si usted lo supiera, lo aprobaría, estoy
seguro.
Dixmer insistió en saberlo todo, y Maurice dijo:
—Bien, se trata de lo siguiente: usted tiene una
mujer joven y bonita, y su pudor no ha podido hacer
que mis visitas no sean mal interpretadas. Usted
comprende que yo no tengo la fatuidad de creer que
mi presencia pueda ser peligrosa para su tranquilidad
o la de su esposa, pero puede ser una fuente de
calumnias, y usted sabe que cuanto más absurdas
son éstas, más fácilmente se les da crédito. De lejos
no seremos menos amigos, porque no tendremos
nada que reprocharnos; mientras quede cerca, por el
contrario... las cosas hubieran podido acabar por
envenenarse.
—Pero, ¿por qué no me ha escrito esto?
—Para evitar lo que sucede ahora entre
nosotros.
—¿Se ha enfadado usted porque le aprecie lo
suficiente para venir a pedirle una explicación?
—Todo lo contrario. Le juro que me alegro de
haberle visto otra vez antes de dejar de verle para
siempre.
—¡No vernos más! Nosotros nos apreciamos.
Morand me lo decía esta mañana: «Haga lo que
pueda para hacer volver a Maurice.» Ahora
volvamos al objeto de mi visita. Hablemos
francamente: ¿por qué hace caso de vanas
habladurías de vecino ocioso?, ¿no tiene usted su
propia conciencia? y Geneviève, ¿no cuenta con su
honestidad?
—Soy más joven que usted y puede ser que vea
las cosas con una mirada más suspicaz. Por esto le
digo que no debe existir la menor habladuría sobre
una mujer como Geneviève. Permítame que persista
en mi resolución.
—Ya que estamos en plan de confesiones,
confesemos otra cosa: que no es la política, ni el
rumor de sus asiduidades a mi casa lo que le obliga a
dejarnos, sino el secreto que ha conocido, el asunto
del contrabando que usted supo la misma tarde en
que nos conocimos. Jamás me ha perdonado ese
fraude, y me acusaba de mal republicano por
servirme de productos ingleses en mi curtiduría.
—Querido Dixmer; le juro que, cuando acudía a
su casa, me había olvidado por completo de que
estaba en casa de un contrabandista.
—Entonces, ¿no tiene otro motivo que el que
me ha dicho para abandonar la casa?
—Se lo juro por mi honor.
—Bien —dijo Dixmer levantándose y
estrechando la mano del joven—; espero que
reflexione y se arrepienta de esta decisión que nos
causa tanta pena a todos.
Maurice no respondió nada, y Dixmer salió
desesperado por no haber podido conservar las
relaciones con este hombre que las circunstancias
hacían no sólo útil, sino indispensable.
Maurice permaneció inexorable en su decisión,
pero cayó en una melancolía profunda. Lorin intentó
distraerle de sus penas, pero no consiguió devolverle
su antigua actividad de republicano exaltado.
Entretanto, los acontecimientos se precipitaban:
girondinos y jacobinos, tras diez meses de
enfrentamiento en los que se habían dirigido
pequeños ataques, se aprestaban a una lucha que se
anunciaba mortal para uno de los dos.
Tras el l0 de agosto, las naciones que formaban
la coalición habían atacado a Francia; Longwy y
Verdún cayeron en poder del enemigo. Entonces
Danton llevó a cabo las sangrientas jornadas de
septiembre, mostrando al enemigo a toda Francia
como cómplice de un inmenso asesinato, dispuesta a
luchar por su existencia comprometida con toda la
fuerza de la desesperación.
Salvada Francia, la energía ya no fue necesaria,
y el partido moderado recuperó fuerza, y recriminó a
los jacobinos estas jornadas terribles. Se
pronunciaron las palabras homicida y asesino;
incluso se añadió al vocabulario de la nación una
palabra nueva: septembrizador.
Con el proceso de Luis XVI se presentó una
nueva ocasión de reemprender el terror. La coalición
tomó nuevas energías, Dumouriez acusó a los
jacobinos de desorganización y se declaró partidario
de los girondinos, la Vendée se levantó. Los
jacobinos acusaron a los girondinos de traición y
quisieron terminar con ellos el l0 de marzo, pero su
precipitación salvó a sus enemigos.
Sin embargo, después del 10 de marzo, todo
presagiaba ruina para los girondinos: rehabilitado
Marat, reconciliados Robespierre y Danton, y
nombrado Hanriot, el septembrizador, comandante
general de la guardia nacional, todo auguraba la
jornada terrible que debía arrasar el último dique que
la Revolución oponía al Terror.
En cualquier otra circunstancia, Maurice
hubiera tomado parte en estos acontecimientos.
Pero, ni las exhortaciones de Lorin, ni las terribles
preocupaciones de la calle habían podido desalojar
de su espíritu la única idea que le obsesionaba, y
cuando llegó el 31 de mayo estaba acostado en su
cama, devorado por esa fiebre que mata a los más
fuertes y que, sin embargo, es suficiente una mirada
para disiparla, una palabra para curarla.
Durante la jornada del 31 de mayo, mientras la
alarma resonaba desde el alba, el batallón del arrabal
Saint-Victor entraba en el Temple. Tras ellos
llegaron los municipales de servicio, y cuatro piezas
de cañón se añadieron a la batería de la fortaleza.
Al mismo tiempo que los cañones llegó
Santerre, pasó revista al batallón y a los municipales,
y observó que faltaba uno de éstos.
—¿Por qué sólo hay tres municipales? —
preguntó—. ¿Quién es el mal ciudadano que falta?
—El que falta no es un tibio —contestó
Agrícola—, sino el secretario de la sección
Lepelletier, el ciudadano Lindey.
—Bien, bien; conozco el patriotismo del
ciudadano Maurice Lindey; lo que no impedirá que
se le inscriba en la lista de ausentes si no llega antes
de diez minutos.
A pocos pasos del general, un capitán de
cazadores y un soldado comentaban la ausencia de
Maurice. El capitán dijo a media voz:
—Si no viniera, le colocaré a usted de centinela
en la escalera, y cuando ella suba a la torre podrá
decirle unas palabras.
En ese momento entró un municipal, que se
dirigió a Santerre:
—Ciudadano general: el ciudadano Maurice
Lindey está enfermo y te ruego que me admitas en
su puesto; aquí está el certificado médico; mi turno
de guardia era dentro de ocho días y lo he cambiado
con él.
El capitán y el cazador se habían mirado con
una alegre sorpresa.
—Dentro de ocho días —se dijeron.
—Capitán Dixmer —gritó Santerre—, tome
posición con su compañía en el jardín.
Resonó el tambor, y la compañía, conducida por
el curtidor, se alejó en la dirección prescrita.
En el jardín, a unos veinticinco metros del
muro, por la parte de éste que daba a la calle Porte-
Foin, se levantaba una especie de caseta donde
podían proveerse de comida y bebida los guardias
nacionales; estaba regida por la señora Plumeau,
excelente patriota, viuda de un arrabalero caído el l0
de agosto.
La cabañita se componía de una sola habitación
de doce pies cuadrados, bajo la que se extendía la
cueva donde la viuda Plumeau guardaba sus víveres.
El capitán y el cazador entraron en la taberna y
la señora Plumeau ofreció al primero, vino de
Saumur, pero éste, tras observar que no había en la
cantina queso de Brie, aseguró que, para él, el
famoso vino no valía nada si no iba acompañado de
dicho comestible.
—Y date cuenta —le dijo—que la consumición
valía la pena, pensaba invitar a toda la compañía.
La mujer pidió cinco minutos para ir a buscarlo.
—Sí, ve —dijo el capitán—, y entretanto
descenderemos a la cueva para elegir el vino
nosotros mismos.
La viuda Plumeau salió corriendo mientras el
capitán y el cazador, provistos de una vela,
levantaban la trampa y bajaban a la cueva.
—Bien —dijo Morand, tras efectuar un ligero
examen—; la cueva avanza en dirección de la calle
Porte-Foin. Tiene de nueve a diez pies de
profundidad y nada de albañilería. El suelo es de
tipo gredoso, y está formado por tierras traídas hasta
aquí desde otro lugar. Todos estos jardines han
cambiado muchas veces, por lo que no hay el menor
vestigio de rocas.
—¡Rápido! —exclamó Dixmer—; ya oigo los
zuecos de nuestra cantinera; coja dos botellas de
vino y subamos.
Aparecieron ambos por el orificio de la trampa
en el momento en que entraba la señora Plumeau,
llevando el queso de Brie pedido con tanta
insistencia. Tras ella llegaron varios cazadores,
seducidos por la buena apariencia del susodicho
queso.
Dixmer hizo los honores: ofreció veinte botellas
de vino a su compañía, mientras el ciudadano
Morand contaba historias de la antigua Roma.
Sonaron las once. A las once y media se
cambiaba la guardia.
—¿No se pasea la austríaca normalmente de
doce a una? —preguntó Dixmer a Tison, que pasaba
ante la cabaña en ese momento.
—De doce a una exactamente —contestó. Y se
puso a cantar—:
La señora sube a su torre…
Mire usted, mire usted qué pena.
Esta nueva bufonada fue acogida con risas por
parte de todos los guardias nacionales.
Dixmer llamó a los hombres de su compañía
que debían hacer guardia de once y media a una y
media, e hizo tomar las armas a Morand para
colocarle, tal como estaba convenido, en el último
piso de la torre, en la misma garita donde se había
escondido Maurice el día en que había interceptado
las señales hechas a la reina desde una ventana de la
calle Porte-Foin.
De pronto, un ruido sordo se escuchó en la
lejanía como un huracán de gritos y rugidos. El
ruido se hacía cada vez más amenazante, se oía
rodar la artillería, y un montón de gente gritando
pasó cerca del Temple.
—¡Vivan las secciones! —gritaban—. ¡Viva
Hanriot! ¡Abajo los brissotinos! ¡Abajo los
rolandistas4! ¡Abajo la señora Veto!
4 Partidarios de Jacques Fierre Brissot y madame Roland, dos de
los más influyentes girondinos. (Nota del traductor.)
—Bueno, bueno —dijo Tison, frotándose las
manos—; voy a abrir a la señora Veto para que goce
sin trabas del amor que le tiene su pueblo.
Y se aproximó a la puerta del torreón.
—¡Eh! ¡Tison! —gritó una voz estentórea.
—¿Mi general? —respondió éste, deteniéndose
en seco.
—Hoy no hay salida —dijo Santerre—. Las
prisioneras no abandonarán su habitación.
Dixmer y Morand cambiaron una lúgubre
mirada y se fueron a pasear entre la cantina y el
muro que daba a la calle de Porte-Foin, donde
Morand empezó a medir la distancia con pasos.
—¿Cuánto? —preguntó Dixmer.
—De sesenta a setenta y un pies —respondió
Morand.
—¿Cuántos días se necesitarán?
—Siete por lo menos.
—Maurice está de guardia dentro de ocho días.
Es absolutamente necesario que dentro de ocho días
nos hayamos reconciliado con él.
Sonó la media. Morand tomó su fusil suspirando
y, conducido por el cabo, fue a relevar al centinela
que se paseaba por la torre.
VII
SACRIFICIO
LA DIOSA RAZON EL HIJO PRODIGO
LOS ZAPADORES
La misma mañana en que sucedía lo que
acabamos de contar, Geneviève se preguntaba por
qué, desde hacía tres semanas, los días eran tan
tristes y transcurrían tan lentamente. Contemplaba
unos claveles que Maurice le había enseñado a
cultivar y que ahora estaban marchitos. La joven
inclinó dulcemente la cabeza, besó uno de los
capullos marchitos y rompió a llorar.
Su marido entró justo en el momento en que ella
se secaba los ojos. Pero Dixmer estaba tan
preocupado por sus propios pensamientos que no
adivinó la crisis de su esposa, ni puso atención en el
delator enrojecimiento de sus párpados. Geneviève,
al verle, se levantó rápidamente y se situó de
espaldas a la ventana, en la semipenumbra.
—¿Y bien? —dijo ella.
—Nada nuevo; imposible aproximarse a ella;
imposible pasarle nada, incluso verla.
—¡Qué! ¿Con todo ese alboroto que ha habido
en París?
—Precisamente ese alboroto ha redoblado la
desconfianza de los vigilantes; se ha temido que se
aprovechara la agitación general para hacer alguna
tentativa en el Temple; y en el momento en que Su
Majestad iba a subir a la terraza, Santerre ha dado la
orden de no dejar salir a la reina. El caballero estaba
desesperado al ver cómo se nos escapaba esta
ocasión.
—Pero, ¿no estaba en el Temple ningún
municipal conocido?
—Debía estar uno: el ciudadano Maurice
Lindey; pero no ha ido porque se encontraba
enfermo. Aunque si hubiera estado quizá sería lo
mismo. Como estamos enemistados, puede que
hubiera evitado hablarme.
—Creo que usted exagera la gravedad de la
situación; el señor Lindey puede tener el capricho de
no volver por aquí, pero en absoluto es nuestro
enemigo.
—Geneviève, lo que esperábamos de Maurice
no era demasiado para una amistad real y profunda.
Esta amistad se ha roto y ya no hay esperanza por
nuestra parte.
—Entonces, ¿por qué no intenta otra gestión
con él?
—No. Ya he hecho todo lo que se podía hacer.
Una nueva gestión despertaría sus sospechas.
Además, creo que hay una herida en el fondo de su
corazón. Usted está convencida, como yo, de que en
nuestra ruptura con el ciudadano Lindey hay algo
más que un capricho; quizá sea el orgullo. Mi
gestión lo hubiera compensado todo si el agravio
proviniera de mí; pero, ¿y si proviniera de usted?
—¿De mí? ¿y cómo quiere que yo haya
agraviado a Maurice?
—¿Quién sabe, con semejante carácter? ¿No ha
sido usted la primera en acusarle de capricho? Me
mantengo en mi antigua idea: usted ha hecho mal no
escribiendo a Maurice.
—¡Yo! ¿Usted piensa eso?
—No sólo lo pienso, sino que lo he pensado
mucho durante las tres semanas que dura la ruptura.
—¡Dixmer, no exija eso de mí! —exclamó
Geneviève.
—Usted sabe que nunca le exijo nada; sólo
suplico. Le suplico que escriba una carta al
ciudadano Maurice. —Geneviève intentó protestar,
pero Dixmer la interrumpió.—Escuche: o existen
graves motivos de enojo entre Maurice y usted, o su
enfado proviene de alguna cosa infantil. Si es así,
sería una locura eternizarlo; si el motivo es serio,
dada nuestra situación, no deben contar nuestra
dignidad y amor propio. Haga un esfuerzo; escriba al
ciudadano Maurice Lindey y él volverá.
Geneviève reflexionó un instante.
—Pero, ¿no se podría encontrar un medio
menos comprometedor de hacer volver la buena
inteligencia entre usted y Maurice?
—¿Comprometedor? Me parece el medio más
natural.
—No para mí.
—Es usted obstinada, Geneviève.
—¡Dios mío! ¿Es posible que no comprenda las
causas de mi resistencia y me obligue a hablar?
Geneviève inclinó la cabeza sobre el pecho y
dejó caer los brazos a lo largo de los costados con
gesto de abatimiento. Dixmer tomó su mano y
estalló en una risa que parecía forzada.
—Ya veo de qué se trata —dijo—. Tiene razón.
He estado ciego. Usted, con todo su espíritu y
distinción, se ha dejado prender en una banalidad, ha
tenido miedo de que Maurice se enamorara de usted.
He adivinado, ¿no? Tranquilícese. Conozco a
Maurice; es un feroz republicano sin otro amor que
el de la patria.
—¿Está seguro de lo que dice?
—Sin duda. Si Maurice la amara, en vez de
enfadarse conmigo, hubiera multiplicado las
atenciones con quien tenía interés de engañar. Si la
amara no hubiera renunciado tan fácilmente al título
de amigo de la casa, con cuya ayuda suelen
encubrirse este tipo de traiciones.
—No bromee con estas cosas, por favor.
—No bromeo; le digo que Maurice no le ama.
Eso es todo.
—Y yo le digo que se equivoca.
—En ese caso, quien ha tenido la fuerza de
alejarse antes que traicionar la confianza de su
huésped, es un hombre honrado. ¿Escribirá a
Maurice, verdad?
Geneviève dejó caer su cabeza entre las manos.
Dixmer la miró un instante y se esforzó en sonreír.
—Vamos; querida —dijo—; nada de amor
propio; si Maurice quiere hacerle otra declaración,
ríase de la segunda como ha hecho con la primera.
Yo la conozco, Geneviève. Usted es un corazón
digno y noble. Estoy seguro de usted. Geneviève, he
hecho mal en hacerle pasar por todas estas angustias.
Debería haber empezado por decirle que estamos en
una época de grandes sacrificios. Yo he sacrificado a
la reina mi brazo, mi cabeza y mi felicidad; otros le
dieron su vida. Yo haré más que dar mi vida:
arriesgaré mi honor, aunque no corre ningún riesgo
si está guardado por una mujer como mi Geneviève.
Geneviève se puso en pie, tomó una pluma y le
pidió que dictara la carta; pero Dixmer replicó que
eso sería engañar a Maurice, la carta debía escribirla
ella misma. Luego, besó la frente de su esposa, le
dio las gracias y salió. Entonces, Geneviève escribió
temblando:
Ciudadano Maurice,
Usted sabe cuánto le aprecia mi marido. Tres
semanas de separación, que nos han parecido un
siglo, ¿se lo han hecho olvidar? le esperamos; su
vuelta será una fiesta.
Geneviève.
Maurice estaba seriamente enfermo. Lorin había
acudido regularmente a verle, haciendo todo lo
posible por distraerle. Pero hay enfermos que no se
quieren curar.
El 1 de junio Lorin llegó hacia la una.
—¿Qué hay de particular? —preguntó
Maurice—. Estás espléndido.
En efecto, Lorin llevaba el traje de rigor: gorro
rojo, casaca y cinturón tricolor adornado con dos
pistolas.
—En lo general, está a punto de llevarse a cabo
la derrota de la gironda, en este momento se
calientan las balas de cañón en la plaza del
Carrousel. En lo particular, hay una gran solemnidad
a la que te invito para pasado mañana.
—Pero, ¿qué hay para hoy?
—Hoy tenemos la repetición de la gran
solemnidad. Ya sabes que hemos suprimido a Dios,
reemplazándole por el Ser Supremo. Pero, como
parece que es un moderado, y todo sale mal desde
que está en lo alto, nuestros legisladores han
decretado su caída. Ahora vamos a adorar un poco a
la diosa Razón.
—¿Y tú te entrometes en todas esas
mascaradas?
—Amigo mío, si conocieras como yo a la diosa
Razón, serías uno de sus más fervientes
admiradores. Escucha, quiero que la conozcas; te la
presentaré.
—Déjame tranquilo con tus locuras. Estoy
triste, tú lo sabes.
—Razón de más, ¡voto a bríos! Ella te alegrará,
es una buena chica... ¡Eh! pero si tú conoces a la
austera diosa que los parisienses van a coronar de
laureles y pasear en un carro de papel dorado. Es...
adivina...
—¿Cómo quieres que adivine?
—Es Artemisa. Una morenaza a la que conocí el
año pasado... en el baile de la Opera. Ella es quien
tiene más posibilidades; yo la he presentado al
concurso y todos los Termópilas me han prometido
sus votos. Dentro de tres días será la elección. Hoy
celebraremos una comida preparatoria y
derramaremos el champaña; pasado mañana, quizá
derramaremos la sangre. Pero, que se derrame lo que
se quiera, ¡Artemisa será diosa o que el diablo me
lleve! Ven, le pondremos la túnica.
—Gracias, siempre he sentido repugnancia por
ese tipo de cosas.
—¿Por vestir a las diosas? Bien, veamos si esto
puede distraerte: yo le pondré la túnica y tú se la
quitarás.
Maurice replicó que estaba enfermo y sin
alegría, y se quedaba en la cama. Lorin se rascó la
oreja y dijo:
—Ya veo de que se trata: esperas a la diosa
Razón.
Maurice aseguró que los amigos espirituales
resultaban muy molestos, y se disponía a maldecir
cuando entró su criado con una carta. El joven
tendió la mano descuidadamente, pero apenas la
hubo tocado, se estremeció, devoró con la mirada la
letra y el sello, rompió éste y leyó con toda su alma
las pocas líneas de Geneviève. Releyó la carta varias
veces y después se quedó mirando a Lorin como
atontado.
—¡Diablo! —exclamó Lorin—. Parece que
encierra buenas noticias.
Maurice releyó la carta una vez más, lanzó un
profundo suspiro y, olvidando de pronto su
enfermedad, saltó de la cama.
—¡Mi ropa! —gritó al estupefacto criado—.
¡Oh! querido Lorin, lo aguardaba a diario pero, la
verdad, no lo esperaba. Un calzón blanco, una
camisa con chorreras; ¡que se me peine y afeite
inmediatamente!
El criado se apresuró a ejecutar las órdenes de
Maurice.
—¡Volverla a ver! —exclamó Maurice—. En
verdad no he sabido hasta ahora lo que era la
felicidad.
Lorin insistió en que su amigo necesitaba más
que nunca visitar a la diosa Razón y Maurice le
regaló para ella un ramo de azahar, al tiempo de
confesar su enamoramiento y la seguridad que tenia
de ser correspondido, demostrada por el hecho de
que le llamara de nuevo a su lado. Lorin recitó unos
versos adecuados al caso, a los que su amigo, por
primera vez, correspondió con aplausos y bravos
antes de descender las escaleras de cuatro en cuatro
y lanzarse en dirección de la antigua calle de Saint-
Jacques.
Lorin aseguró al criado que Maurice estaba peor
de lo que creía, y descendió la escalera con paso
tranquilo. Apenas llegó el joven a la calle Saint-
Honoré, con su azahar en flor en la mano, una turba
de jóvenes le siguieron respetuosamente, tomándole
por uno de los virtuosos a los que Saint-Just había
propuesto ofrecer un traje blanco y un ramo de
azahar. Como el cortejo crecía sin cesar, porque
resultaba raro un hombre virtuoso, cuando el ramo
de flores le fue ofrecido a Artemisa se habían
congregado varios miles de jóvenes; y este homenaje
levantó dolor de cabeza a muchas otras razones que
estaban presentes.
Esa misma tarde se extendió por París la famosa
canción:
¡Viva la diosa Razón!
Llama pura, dulce luz.
Maurice no hubiera sido más rápido si hubiera
tenido alas.
Las calles estaban llenas de gente, pero Maurice
sólo reparaba en ella porque entorpecían su carrera;
se decía en los grupos que la Convención estaba
asediada, que se ofendía a la soberanía del pueblo en
sus representantes; y todo esto tenía alguna
posibilidad de ser verdad, porque se oía tocar a
arrebato y tronar el cañón de alarma.
Maurice corría ajeno a todo, imaginando que
Geneviève le esperaría en la ventanita del jardín para
recibirle con su mejor sonrisa. Pero se equivocaba:
Geneviève se había prometido no mostrarle más que
una educación fría, débil dique que ella oponía al
torrente que amenazaba inundar su corazón. Se
había retirado a la habitación del primer piso y no
descendería hasta que se la llamara. Pero también se
equivocaba.
El único que no se equivocaba era Dixmer, que
esperaba a Maurice detrás de una reja y sonreía
irónicamente.
Maurice empujó la puertecilla del jardín y
resonó la campanilla de ésta. Geneviève tembló al
reconocer por el tintineo quién había entrado, y dejó
caer la cortina que había entreabierto.
Dixmer corrió hasta el joven y le estrechó entre
sus brazos con gritos de alegría. Entonces bajó
Geneviève; se había dado unos golpes en las mejillas
para colorearlas, pero apenas había descendido los
veinte escalones cuando el carmín forzado había
desaparecido.
Maurice vio aparecer a Geneviève en la
penumbra de la puerta; avanzó hacia ella para
besarle la mano. Sólo entonces se dio cuenta de lo
mucho que había cambiado la joven que, por su
parte, observó con temor la delgadez de Maurice, así
como el brillo febril de su mirada.
Dixmer cortó rápidamente los exámenes
prolongados y las recriminaciones recíprocas. Hizo
servir la comida, porque eran casi las dos.
Al pasar al comedor, Maurice observó que su
cubierto estaba dispuesto. Entonces llegó Morand y
el joven estuvo con él tan afectuoso como pudo.
Geneviève había recobrado su serenidad;
encontrándose feliz, se hizo dueña de sí misma; es
decir, calma y fría, aunque afectuosa.
La conversación recayó sobre la diosa Razón; la
caída de los girondinos y el nuevo culto eran los dos
acontecimientos del día. Dixmer pretendió que no le
hubiera disgustado ver recaer este honor en
Geneviève. Maurice esbozó una sonrisa. Pero
Geneviève era de la opinión de su marido y el joven
miró a los dos, asombrado de que el patriotismo
pudiera enajenar a un espíritu tan equilibrado como
el de Dixmer y a una naturaleza tan poética como la
de Geneviève.
Morand desarrolló una teoría de la mujer
política, remontándose desde Theroigne de
Mericourt, la heroína del 10 de agosto, a la señora
Roland, el alma de la gironda. Luego, lanzó algunas
pullas contra las calceteras5. Estas palabras hicieron
sonreír a Maurice. Eran bromas crueles contra estas
patriotas, conocidas más tarde con el horroroso
nombre de lameguillotinas.
—Ciudadano Morand —dijo Dixmer—;
respetemos el patriotismo aunque sea trasnochado.
—Yo pienso —dijo Maurice— que las mujeres,
si no son demasiado aristócratas, son siempre
bastante patriotas.
5 Se refiere a las mujeres que acudían a contemplar las
ejecuciones y esperaban al pie del cadalso haciendo calceta. (Nota
del traductor.)
Morand opinó que encontraba despreciable a la
mujer que adopta las costumbres de los hombres, y
cobarde al hombre que insulta a una mujer, aunque
sea su peor enemiga. Con ello llevaba a Maurice a
un terreno delicado; éste asintió con un signo
afirmativo. Entonces intervino Dixmer:
—Un momento, ciudadano Morand; espero que
exceptúe a las mujeres enemigas de la nación.
Siguió un silencio que rompió Maurice:
—No exceptuemos a nadie; las mujeres que han
sido enemigas de la nación, me parece que están
bastante castigadas.
—¿Se refiere a las prisioneras del Temple?, ¿a
la austríaca, a su hermana y a la hija del Capeto? —
preguntó Dixmer.
—Justamente —dijo Maurice—; hablo de ellas.
—¿Es cierto lo que se dice? —preguntó
Morand—, ¿que a veces las prisioneras son
maltratadas por los mismos que deberían
protegerlas?
—Hay hombres que no merecen tal nombre —
dijo Maurice—. Hay cobardes que no han
combatido, y que necesitan torturar a los vencidos
para persuadirse de que son los vencedores.
—Usted no es de ésos —exclamó Geneviève—.
Estoy segura.
—Señora —respondió Maurice—, yo he hecho
guardia junto al cadalso en que ha perecido el
difunto rey. Tenía el sable en la mano y estaba allí
para matar a cualquiera que hubiera pretendido
salvarle. Sin embargo, cuando llegó cerca de mí dije
a mis hombres:
»"Ciudadanos, os prevengo que atravesaré con
mi sable al primero que insulte al rey."
»Desafío a cualquiera que diga que un sólo grito
ha partido de mi compañía. Soy yo también quien ha
escrito el primero de los diez mil panfletos que se
pegaron en París cuando el rey volvió de Varennes:
»Quien aclame al rey será apaleado; quien le
insulte será colgado.
—Bien —continuó Maurice sin observar el
terrible efecto que sus palabras producían en la
asamblea—, en esa ocasión he probado que soy un
buen patriota, que detesto al rey y a sus partidarios.
Ahora bien, pese a la certidumbre que tengo sobre la
culpabilidad de la austriaca en las desgracias que
padece Francia, declaro que nadie, aunque sea el
mismo Santerre, insultará a la exreina en mi
presencia.
—Ciudadano —dijo Dixmer—, ¿sabe que hay
que estar muy seguro para decir semejantes cosas
ante nosotros?
Maurice contestó que diría lo mismo en
cualquier parte; él no temía a las mujeres y
respetaría siempre a los débiles.
Morand quiso cerciorarse de que Maurice no
perseguía a los niños.
—¿Yo? Pregunte al infame Simon por el peso
del brazo del municipal ante el que ha tenido la
audacia de pegar al pequeño Capeto.
—Entonces, ¿es usted el municipal de quien
tanto se ha hablado, y que tan noblemente ha
defendido al niño?
—¿Se ha hablado? —preguntó Maurice con una
ingenuidad casi sublime.
—He ahí un corazón noble —dijo Morand,
levantándose de la mesa y retirándose al taller como
si le reclamara un trabajo urgente.
—Sí, ciudadano —respondió Dixmer—; se ha
hablado; y debe decirse que todas las personas de
corazón y valor le han alabado sin conocerle.
—Dejémosle en el anonimato —dijo
Geneviève—; la gloria que nosotros le daríamos
sería demasiado peligrosa.
En el momento de levantarse de la mesa,
avisaron a Dixmer que su notario le esperaba; se
excusó con Maurice y salió.
Se trataba de la compra de una casita en la calle
de la Corderie, frente al jardín del Temple. Era más
la compra de un emplazamiento que de una casa lo
que hacía Dixmer, porque el edificio estaba ruinoso.
La negociación con el propietario no había sido
larga; esa misma mañana le había visitado el notario
y se habían puesto de acuerdo en 19500 libras. El
propietario debía desocupar el edificio ese mismo
día, y los obreros acudirían allí al día siguiente.
Firmado el contrato, Dixmer y Morand fueron
con el notario a la calle de la Corderie para ver su
nueva adquisición. Era una casa de tres pisos
rematada por una buhardilla. El bajo había estado
alquilado a un negociante de vinos y poseía
magníficos sótanos. El propietario ensalzó los
sótanos, pero Dixmer y Morand no parecieron
interesarse por ellos, aunque condescendieron a
bajar a lo que el propietario llamaba sus
subterráneos.
Los sótanos eran soberbios, y uno de ellos se
extendía bajo la calle de la Corderie. Dixmer y
Morand hablaron de hacer cegar los sótanos que,
excelentes para un negociante de vinos, resultaban
inútiles para un buen burgués que pensaba ocupar
toda la casa.
Tras las bodegas visitaron los pisos. Desde el
tercero se dominaba completamente el jardín del
Temple. Los dos hombres reconocieron a la viuda
Plumeau; pero, sin duda, su deseo de ser
reconocidos no era grande, pues se mantuvieron
ocultos tras el propietario.
El comprador quiso ver las buhardillas. El
propietario no llevaba la llave encima, pero bajó
rápidamente a buscarla.
—No me había equivocado —dijo Morand—,
esta casa sirve de maravilla para nuestro propósito;
en cuanto a la bodega, es una ayuda de la
Providencia, pues nos ahorrará dos días de trabajo.
Aunque se desvía un poco a la izquierda de la
cantina, podremos desembocar con seguridad en el
lugar deseado.
Dixmer era partidario de hacer desde el tercer
piso una señal convenida; aunque la reina no podría
verla por estar la torre situada a mayor altura,
Dixmer opinaba que quizá la observaran Toulan o
Mauny. De manera que hizo unos nudos en el bajo
de una cortina y la hizo pasar a través de la ventana,
como si la hubiera empujado el viento.
Luego salieron del piso y lo cerraron con llave,
para evitar que el propietario advirtiera la cortina
colgante y la devolviera a su posición.
Las buhardillas no alcanzaban la altura de la
torre; esto era a la vez una dificultad y una ventaja:
una dificultad porque desde ellas no se podía
comunicar con la reina; una ventaja porque esta
imposibilidad descartaba toda sospecha.
Luego, bajaron junto al notario, que esperaba en
el salón para firmar el contrato.
—Ya sabes, ciudadano, que la cláusula principal
es que la casa me será entregada esta misma tarde —
dijo Dixmer—, a fin de que mañana los obreros
puedan empezar con ella.
El propietario aseguró que a las ocho estaría
libre la casa. Entonces Dixmer preguntó por la salida
a la calle Porte-Foin. El propietario la había hecho
cerrar porque daba demasiado trabajo a su criado,
pero podía volver a abrirse con un trabajo de dos
horas.
Dixmer y Morand salieron de la casa, y a las
nueve de la noche volvían a ella de nuevo, seguidos
por cinco o seis hombres a los que nadie prestó
atención.
Entraron los dos, cerraron las contraventanas
con el mayor cuidado, y encendieron unas bujías que
Morand había llevado consigo. Poco después
entraron los cinco o seis hombres uno tras otro: eran
los invitados habituales del curtidor.
Cerraron las puertas y descendieron al sótano.
Después, taparon todas las aberturas por donde
podía lanzarse al interior una mirada curiosa.
A continuación, Morand colocó un tonel vado, y
empezó a trazar líneas geométricas en un papel.
Mientras dibujaba, sus compañeros salían de la casa
dirigidos por Dixmer, seguían la calle Corderie y en
la esquina de la calle Beauce se detenían junto a un
coche cubierto.
En el coche había un hombre que entregó a cada
uno una herramienta de zapador. Los hombres
ocultaron las herramientas bajo sus abrigos,
volvieron a la casita y el coche desapareció.
Morand había terminado su trabajo; se dirigió a
una esquina de la cueva y dijo:
—Caven ahí.
Y los zapadores se pusieron a la obra
inmediatamente.
La situación de las prisioneras del Temple se
hacía cada vez más grave. Por un instante, las tres
mujeres habían conservado una ligera esperanza; los
municipales Toulan y Lepître habían sentido
compasión por las augustas prisioneras y les habían
demostrado cierto interés, aunque al principio las
pobres mujeres habían desconfiado.
La primera vez que llegó el turno de Toulan y
Lepître, la reina les pidió, si era cierto que se
interesaban por su suerte, que le contaran los detalles
de la muerte del rey. Lepître había asistido a la
ejecución y obedeció la orden de la reina.
La reina pidió los periódicos que relataban la
ejecución, y Lepître prometió llevárselos en la
próxima guardia, que tendría lugar tres semanas
después.
En tiempos del rey había en el Temple cuatro
municipales, pero muerto el monarca sólo había tres:
uno que vigilaba durante el día, y dos por la noche.
Toulan y Lepître idearon un ardid para estar siempre
juntos en la guardia nocturna.
Normalmente se sorteaban los turnos metiendo
en un sombrero tres papeletas, dos con la palabra
noche y una con la palabra día. Cada vez que Lepître
y Toulan estaban de guardia, escribían la palabra día
en los tres boletos y presentaban el sombrero al
municipal que querían dejar solo. Luego, destruían
las otras dos papeletas, murmurando contra el azar,
que les daba siempre el turno de noche.
Cuando la reina estuvo segura de sus dos
vigilantes, les puso en contacto con el caballero de
Maison-Rouge. Entonces se preparó una evasión. La
reina y su hermana debían huir disfrazadas de
oficiales municipales. En cuanto a los niños, se
había observado que el hombre encargado de
encender los quinqués del Temple llevaba siempre
con él a dos niños de la misma edad que los
príncipes, y se dispuso que Turgy se pondría el
uniforme de farolero y se llevaría consigo a la
princesa y el delfín.
Turgy era un antiguo camarero del rey, llevado
al Temple con una parte del servicio de las Tullerías,
por deseo del rey, que quería su comedor bien
organizado. El primer mes, este servicio costó a la
nación treinta o cuarenta mil francos.
Como es comprensible, no podía durar
semejante prodigalidad. El ayuntamiento puso coto y
se despidió a cocineros y marmitones; sólo fue
conservado un sirviente: Turgy, el cual, como podía
salir y, por tanto, llevar notas y traer respuestas, era
el intermediario natural entre las prisioneras y sus
partidarios.
Las notas solían ir enrolladas en el tapón de las
garrafas de leche de almendra que le llevaban a la
reina. Estaban escritas con limón, y las letras
permanecían invisibles hasta que se aproximaban al
fuego.
Todo estaba preparado para la evasión cuando
un día, Tison encendió su pipa con el tapón de una
garrafa. A medida que el papel ardía, vio aparecer
los caracteres. Apagó la nota y, medio quemada, la
llevó al consejo del Temple, donde sólo pudieron
leer algunas palabras sin sentido, pues la mayor
parte del papel estaba reducido a cenizas.
Sin embargo se pudo reconocer la letra de la
reina, y Tison contó algunos favores que había
creído observar por parte de Lepître y Toulan hacia
las prisioneras. Los dos hombres fueron denunciados
a la municipalidad y no pudieron volver a entrar en
el Temple.
Quedaba Turgy; pero la desconfianza se elevó al
más alto grado, y jamás se le dejaba solo con las
princesas. Toda comunicación con el exterior se
había hecho imposible.
Un día, la hermana de la reina entregó a Turgy
un cuchillito para que lo limpiara. Turgy dudaba y al
limpiarlo quitó el mango; éste contenía una nota: un
alfabeto de señales.
Turgy devolvió el cuchillo, pero un municipal
que estaba allí se lo arrancó de las manos y le quitó
el mango. Afortunadamente la nota ya no estaba allí
y el municipal devolvió el cuchillo.
Fue entonces cuando el infatigable caballero de
Maison-Rouge había pensado una segunda evasión,
que iba a llevarse a cabo por medio de la casa que
acababa de comprar Dixmer.
Ese día, la reina había escuchado con espanto
los gritos que se lanzaban en la calle contra los
girondinos. La cena se sirvió a las siete, y los
municipales examinaron cada plato, cada servilleta,
incluso el pan y las nueces; luego, indicaron a las
prisioneras que podían sentarse a la mesa. La reina
iba a rehusar, alegando que no tenía hambre, cuando
su hija se le acercó y le dijo en voz muy baja.
—Sentaos a la mesa, señora; creo que Turgy os
ha hecho una seña.
La reina se estremeció y miró a Turgy, que
estaba frente a ella y se tocaba el ojo con la mano
derecha.
La reina ocupó su sitio en la mesa y no perdió
de vista al sirviente, cuyos gestos eran tan naturales
que no podían inspirar ninguna desconfianza a los
municipales.
Terminada la cena se recogió el servicio con las
mismas precauciones que se había colocado: las más
pequeñas migas de pan fueron recogidas y
examinadas.
Se retiró Turgy y a continuación lo hicieron los
municipales, pero se quedó la señora Tison.
Esta mujer se había vuelto feroz desde que se la
había separado de su hija, cuya suerte ignoraba por
completo. Tantas veces como la reina abrazaba a la
princesa le entraban accesos de rabia que parecían
locura; de manera que la reina, cuyo corazón
comprendía estos dolores de madre, se detenía a
menudo en el momento en que iba a procurarse este
consuelo de apretar a su hija contra su pecho, el
único que le quedaba.
Tison llegó a buscar a su esposa, pero ella dijo
que no se retiraría hasta que no estuviera acostada la
viuda Capeto.
La hermana de la reina pasó a la habitación de
al lado, mientras María Antonieta y su hija se
desnudaban y se acostaban; entonces, la señora
Tison tomó la bujía y salió.
Los municipales ya estaban acostados en sus
catres del corredor.
Por un instante todo fue calma y silencio en la
habitación; luego, una puerta giró dulcemente sobre
sus goznes y una sombra se aproximó a la cabecera
de la reina: era su hermana.
—¿Habéis comprendido las señales? —
preguntó.
—Sí —contestó la reina—, y no puedo terminar
de creérmelas.
—Repitamos los signos.
—Al principio se ha tocado el ojo para
indicarnos que había una novedad; luego, se ha
pasado la servilleta del brazo izquierdo al derecho,
lo que quiere decir que se ocupa de nuestra
liberación; después se ha llevado la mano a la frente,
en señal de que la ayuda que nos anuncia viene del
interior y no del extranjero. Más tarde, cuando le he
dicho que no se olvidara de la leche de almendras
para mañana, ha hecho dos nudos en su pañuelo; así
que se trata del caballero de Maison-Rouge. ¡Noble
corazón!
La reina pidió a su hija que rezara por el
caballero y durante cinco minutos se escuchó la
plegaria de la princesa en el silencio de la
habitación.
Este era justo el momento en que, bajo la
indicación de Morand, se daban los primeros golpes
de piqueta en la casita de la calle Corderie.
VIII
NUBES
LA PETICION
Pasada la embriaguez de las primeras miradas,
Maurice había encontrado muy por debajo de sus
previsiones la recepción que le había hecho
Geneviève.
Él contaba con la soledad para recuperar su
afecto, pero Geneviève tenía su plan dispuesto y
contaba con no proporcionarle ocasión para una
conversación a solas. Ese día había acudido a
visitarla una parienta y Geneviève la retuvo a su
lado, pidiendo luego a Maurice que la acompañara
hasta su casa, en la calle Fossés-Saint-Victor.
Maurice se marchó enfurruñado, pero Geneviève le
sonrió y él lo tomó por una promesa.
Sin embargo se equivocaba. Al día siguiente, 2
de junio, día que vio la caída de los girondinos,
Maurice se despidió de Lorin, que pretendía llevarle
a la Convención, y dejó todo para ir a ver a su
amiga, a la que encontró en su saloncito,
acompañada por una doncella que marcaba pañuelos
junto a una ventana. Maurice se impacientó al
comprobar que Geneviève no despedía a la oficiosa
joven, y se marchó una hora antes que de costumbre.
Al día siguiente, Geneviève llevó a cabo el
mismo manejo. Maurice había preparado su plan:
diez minutos después de llegar, viendo que tras
haber marcado una docena de pañuelos, la doncella
se disponía a hacerlo con seis docenas de servilletas,
Maurice sacó su reloj, se levantó, saludó a
Geneviève y partió sin decir palabra ni volverse una
sola vez. La joven quedó consternada por el efecto
de su diplomacia.
En ese momento entró Dixmer, al que extrañó la
repentina marcha de Maurice; ordenó a la doncella
que les dejara solos y preguntó a su esposa si ya
había hecho las paces con Maurice. La joven explicó
que, por el contrario, sus relaciones estaban más
frías que nunca, y opinó que quizá todo se debía a
Muguet, la doncella, a la que Maurice parecía haber
cogido ojeriza.
—¿De veras? —dijo Dixmer—. Entonces habrá
que despedir a la chica. No me privaré de un amigo
como Maurice por una doncella.
—Creo que él no exigiría que se la eche de casa
—dijo Geneviève—. Le bastaría con que se
marchara de mi habitación.
Al oírlo, Dixmer llenó de reproches a su esposa
por la falta de colaboración que demostraba en el
momento en que necesitaban a Maurice más
confiado que nunca.
—Pero, ¿no hay otro medio? —preguntó
Geneviève—. Para todos nosotros sería mejor que
Maurice se mantuviera alejado.
—Sí; para todos nosotros puede ser; pero, para
la que está por encima de todos nosotros, para
aquélla a quien hemos jurado sacrificarle nuestra
fortuna, nuestra vida, nuestro honor inclusive, hace
falta que vuelva ese hombre; ¿sabe usted que se
sospecha de Turgy y que se habla de poner otro
sirviente a las princesas?
—Está bien —dijo Geneviève—; despediré a
Muguet.
Dixmer se impacientó y le dijo que hiciera lo
que creyera su deber. Al día siguiente él no comería
con ellos, porque sustituiría a Morand en el puesto
de ingeniero, pero éste tenía que pedir a Maurice
algo importante.
—Es la última esperanza de este hombre tan
bueno y sacrificado —añadió—; de este protector
suyo y mío por el que debemos dar nuestra vida. No
sé cómo ha ocurrido, pero usted no ha sabido hacer
que Maurice apreciara a este hombre, cuando eso era
lo más importante. De manera que ahora, en la
pésima disposición de espíritu en que le ha puesto,
quizá Maurice rehusará lo que él le pida y que
debemos obtener a cualquier precio. ¿Quiere usted
que le diga a dónde llevarán a Morand todas estas
delicadezas y sentimentalismos suyos?
—¡Oh! No hablemos de esto.
—Bien; sea fuerte y reflexione —replicó
Dixmer besando la frente de su esposa y saliendo de
la habitación.
—¡Oh, Dios mío! —murmuró Geneviève con
angustia—. ¡Qué de presiones para que acepte este
amor hacia el que vuela mi alma entera!
Al día siguiente era decadi6. En la familia
Dixmer, como en todas las familias burguesas de la
época, existía la costumbre de hacer el domingo una
comida más larga y ceremoniosa que los otros días.
Ese día, aunque no se empezaba a comer hasta las
dos, Maurice llegaba a las doce.
Sin embargo, a la una de la tarde, todavía no
había llegado Maurice. Dado como se había ido el
día anterior, Geneviève desesperaba de verle. Llegó
casi el momento de sentarse a la mesa.
A las dos menos dos minutos, Geneviève
escuchó los cascos del caballo de Maurice y se dijo:
—¡Oh! Aquí está. Su orgullo no ha podido con
su amor. ¡Me ama!, ¡me ama!
Maurice saltó del caballo y entregó las bridas al
jardinero. Geneviève vio con inquietud que éste no
se llevaba al animal a la cuadra, y al entrar Maurice,
le preguntó:
—Comerá con nosotros, ¿verdad?
—Al contrario, ciudadana —dijo Maurice con
tono frío—. Venía a pedirle permiso para
ausentarme. Los asuntos de mi sección me reclaman.
Temía que me estuvieran esperando y se me tildara
de maleducado. He ahí por qué he venido.
Ella insistió en que se quedara y le explicó que
su marido no comía con ellos ese día y le había
pedido que le retuviera.
6 Nombre del décimo día de la década republicana francesa.
—¡Ah! Comprendo su insistencia; es una orden
de su marido. ¡Y yo que no lo había sospechado!
Jamás me corregiré de mis fatuidades. Pero si
Dixmer no está aquí, razón de más para que yo no
me quede. Su ausencia será una contrariedad para
usted; porque desde mi vuelta, usted parece tener a
gala evitarme. Yo he vuelto sólo por usted; y desde
que he vuelto, siempre encuentro a otros distintos
que usted.
—Vamos, ya se ha enfadado; y sin embargo, yo
hago cuanto puedo.
—No; podría hacerlo mejor aún: recibirme
como antes o despedirme de una vez.
—Veamos Maurice —dijo Geneviève
tiernamente—; comprenda mi situación, adivine mis
angustias y no sea tirano conmigo.
La joven se aproximó a él y le miró con tristeza.
Maurice calló.
—Pero, ¿qué es lo que quiere usted? —dijo ella.
—Quiero amarla, porque no puedo vivir sin este
amor.
—Maurice, ¡por piedad!
—Entonces, déjeme morir.
—¿Morir?
—Sí, morir u olvidar.
—¿Usted podría olvidar? —exclamó
Geneviève, con lágrimas en los ojos.
—¡Oh! No, no —murmuró Maurice, cayendo de
rodillas—; morir quizás, olvidar jamás.
—Y sin embargo, sería lo mejor —dijo
Geneviève—; porque este amor es criminal.
—¿Le ha dicho usted esto al señor Morand?
—El señor Morand no es un loco como usted; y
nunca he tenido necesidad de indicarle el
comportamiento que debe observar en casa de un
amigo.
Maurice continuó manifestándose celoso de
Morand, y Geneviève le aseguró que el socio de su
marido nunca le había dirigido una palabra de amor,
porque amaba a una mujer que eclipsaba a todas las
demás.
—Entonces, si usted no me ama... ¿podría
jurarme al menos que no ama a otro? —preguntó
Maurice.
—Se lo juro de todo corazón.
Maurice tomó las manos de Geneviève y las
cubrió de besos ardientes.
Prometió a la joven ser confiado y generoso, e
intentar no exigir de ella nada más. Se oyeron pasos
en el patio, y los dos jóvenes se estrecharon la mano
furtivamente.
Llegó Morand para anunciarles que les estaban
esperando para sentarse a la mesa. Pasaron al
comedor, donde estaban preparados tres cubiertos en
una mesa estrecha. Se sentaron y Maurice buscó con
los suyos el pie de Geneviève; al primer contacto, la
vio enrojecer, pero el piececito permaneció
tranquilo, inmóvil entre los suyos.
Morand parecía haber recuperado su espíritu
brillante, y dijo mil locuras con la más imperturbable
seriedad. Habló luego de sus múltiples viajes por el
mundo a causa de su negocio de pieles: conocía
Egipto como Herodoto, Africa como Levaillant, y la
Opera y los salones como un petimetre. Maurice
estaba asombrado de sus conocimientos, y Morand
le aseguró que no hacía sino prepararse para la vida
de placer que pensaba llevar cuando fuera rico.
—Usted habla como un viejo, ¿qué edad tiene?
Morand se estremeció ante una pregunta tan
natural.
—Treinta y ocho años.
Luego, al señalar Maurice que había viajado
mucho, Morand confesó que había pasado una parte
de su juventud en el extranjero, lo había visto todo
menos dos cosas: la primera era Dios, y la segunda
un rey.
—Debería haber visto usted al último —dijo
Maurice—; hubiera sido conveniente.
—Resultado: que no me hago la menor idea de
una frente coronada; debe ser muy triste, ¿no?
—Muy triste, en efecto; se lo digo yo que veo
una casi una vez al mes.
—¿Una frente coronada? —preguntó
Geneviève.
—Al menos ha llevado el pesado y doloroso
fardo de la corona.
—¡Ah! Sí, la reina —dijo Morand—. Tiene
razón; debe de ser un lúgubre espectáculo.
—¿Es tan hermosa y altiva como se dice? —
preguntó Geneviève.
—¿No la ha visto usted nunca? —preguntó a su
vez Maurice.
—¿Yo? Nunca.
—En verdad, es extraño.
—¿Por qué es extraño? Hemos vivido en
provincias hasta el noventa y uno; después, en la
calle Saint-Jacques, que se parece mucho a la
provincia, si no es porque jamás tiene sol, ni aire, ni
flores. Usted conoce mi vida, ciudadano Maurice:
siempre ha sido igual; ¿cómo quiere que haya visto a
la reina? Nunca se me ha presentado la ocasión.
—Y creo que no la aprovechará cuando,
desgraciadamente, se le presente —dijo Maurice.
—¿Qué quiere decir? —preguntó Geneviève.
—El ciudadano Maurice hace alusión a algo que
no es un secreto —replicó Morand—: la posible
condena de Mana Antonieta y la muerte en el mismo
cadalso que su marido.
—Confieso que, sin embargo, me hubiera
gustado ver a esta pobre mujer —dijo Geneviève.
—Veamos —dijo Maurice—. ¿Lo desea usted
de verdad? Si es así, sólo tiene que decir una
palabra.
—¿Usted podría conseguir que yo viera a la
reina? —exclamó Geneviève.
—Nada más simple. Se desconfía de algunos
municipales; pero yo he dado suficientes pruebas de
mi devoción a la causa para no estar entre ellos. Por
otra parte, las entradas al Temple dependen de los
municipales y los jefes de puesto conjuntamente. El
Jefe de puesto es mi amigo Lorin. Bien, venga a
buscarme al Temple el día que yo esté de guardia, es
decir, el jueves próximo.
Geneviève se negó a aceptar, alegando que no
quería exponer a Maurice a algún conflicto
desagradable, y que si le sucedía algo por un
capricho suyo, no podría perdonárselo jamas.
Morand era de la misma opinión que Geneviève.
—Se diría que está usted celoso, Morand, y que
no habiendo visto nunca un rey o una reina, no
quiere que los otros lo vean. No discutamos más,
forme parte del grupo —y como Morand, pese a
todo, se negara, añadió—: Ahora no es la ciudadana
Dixmer quien desea ir al Temple; soy yo quien le
pide, lo mismo que a usted, que venga a distraer a un
pobre prisionero. Porque una vez cerrada la puerta,
soy tan prisionero como lo sería un rey —apretó con
sus pies el pie de Geneviève, y dijo—: Venga, se lo
suplico.
Geneviève pidió a Morand que la acompañara,
pero éste puso como disculpa su trabajo, y la joven
dijo que tampoco iría ella, ya que no contaba con la
compañía de su marido.
—En ese caso —dijo Morand—; si cree
indispensable mi presencia...
Maurice le pidió que fuera galante y sacrificara
medio día a la esposa de su amigo. Morand aceptó, y
el joven les pidió que fueran discretos, pues
cualquier accidente podría llevarlos a la guillotina.
Geneviève advirtió a Morand para que no se
distrajera y recordara que la fecha acordada era el
jueves siguiente, no fuera a comenzar el miércoles
algún experimento químico que pudiera mantenerle
ocupado durante veinticuatro horas. Morand aseguró
que lo tendría presente.
Geneviève se levantó de la mesa y Maurice la
imitó. Morand iba a hacer lo mismo cuando se
presentó un obrero con una ampollita de líquido que
atrajo su atención.
—Apresurémonos —dijo Maurice, arrastrando a
Geneviève.
—¡Oh! Esté tranquilo —replicó ella—; tiene al
menos para una hora.
Y la joven le abandonó su mano, que él estrechó
dulcemente entre las suyas.
Al pasar por el jardín, la joven le mostró los
claveles marchitos, culpándole de su abandono.
—Sin embargo —replicó Maurice—, exigen
muy poco: solamente algo de agua, y mi marcha le
dejó mucho tiempo para regarlos.
—¡Ah! —dijo Geneviève—. Si las flores se
regaran con lágrimas, estos pobres claveles, como
usted los llama, no estarían muertos.
Maurice la rodeó con sus brazos, la aproximó
vivamente contra él, y antes de que ella tuviera
tiempo de defenderse, acercó sus labios al ojo medio
sonriente, medio lánguido, que miraba la desolada
maceta de claveles.
Geneviève tenía tantas cosas que reprocharse
que fue indulgente.
Dixmer regresó tarde, y encontró en el jardín a
Morand, Geneviève y Maurice hablando de
botánica.
IX
LA FLORISTA
EL CLAVEL ROJO
SIMON EL CENSOR
Por fin llegó el jueves en que Maurice estaba de
guardia.
Corría el mes de junio. El cielo era azul oscuro,
y sobre este velo de índigo destacaba el blanco de
las casas nuevas.
Maurice debía entrar en el Temple a las nueve;
sus dos colegas eran Mercevault y Agrícola. A las
ocho estaba en la antigua calle Saint-Jacques vestido
de municipal.
Geneviève y Morand ya estaban preparados;
este último tenía aspecto fatigado, y dijo que había
estado trabajando toda la noche para acabar una
tarea urgente. Dixmer no estaba: había salido tan
pronto como llegó su amigo Morand.
—¿Ha decidido usted cómo veremos a la reina?
—preguntó Geneviève.
—Escuche —contestó Maurice—. Tengo
trazado el plan: llego con ustedes al Temple, les
recomiendo a mi amigo Lorin, que manda la
guardia, voy a ocupar mi puesto, y cuando llegue el
momento favorable les voy a buscar. Verán a las
prisioneras durante su comida a través de la vidriera
de los municipales.
—¡Perfecto! —dijo Morand.
Maurice le vio aproximarse al armario del
comedor y apurar un vaso de vino. Esto le
sorprendió. Morand era muy sobrio, y no bebía más
que agua manchada de vino. Geneviève observó la
mirada de Maurice y se apresuró a decir:
—Se mata con su trabajo, este desdichado
Morand. Es capaz de no haber tomado nada desde
ayer por la mañana.
—Entonces, ¿no ha comido aquí? —preguntó
Maurice.
—No; hace experimentos en la ciudad.
Morand añadió al vaso de vino una rebanada de
pan que engulló precipitadamente.
—Y ahora —dijo— estoy dispuesto, ciudadano
Maurice; partiremos cuando usted quiera.
Maurice ofreció su brazo a Geneviève diciendo:
—Partamos.
Cruzaron la ciudad camino del Temple. A
medida que avanzaban, el paso de Maurice se hacía
más ligero, mientras el de sus acompañantes se
retrasaba.
En la esquina de la calle Vieilles-Audriettes una
florista les cerró el paso, presentándoles su cesto
cargado de flores. Maurice le compró un ramo de
claveles rojos que regaló a Geneviève.
Siguieron su camino, y a las nueve llegaron al
Temple, justo en el momento en que Santerre
llamaba a los municipales.
—Heme aquí —dijo Maurice, dejando a
Geneviève al cuidado de Morand.
Santerre le dio la bienvenida y le preguntó quién
era Geneviève y qué hacía allí.
—Es la esposa de Dixmer, ¿no has oído hablar
de este bravo patriota?
—Sí, sí; un curtidor, capitán de cazadores de la
legión Victor.
—El mismo.
Santerre alabó la belleza de la joven y preguntó
quién era la especie de mamarracho que la tenía del
brazo.
—Es el ciudadano Morand, socio de su marido
y cazador de la compañía Dixmer.
Santerre se aproximó a Geneviève, le dio los
buenos días y le preguntó qué hacía allí.
—La ciudadana no ha visto nunca a la viuda
Capeto y quisiera verla —dijo Maurice.
—Sí, antes que... —dijo Santerre; e hizo un
gesto atroz.
—Exacto —respondió Maurice fríamente.
—Bien —dijo Santerre—. Trata de que no se la
vea entrar en la fortaleza; sería un mal ejemplo; por
lo demás, tengo confianza en ti.
Santerre estrechó la mano de Maurice, hizo con
la cabeza una señal amistosa y protectora a
Geneviève y se alejó de ellos.
Maurice tomó el brazo de Geneviève y,
seguidos por Morand, se dirigieron hacia la puerta,
donde Lorin mandaba las maniobras de su batallón.
Cuando las compañías estuvieron en sus puestos,
Lorin se acercó a su amigo, se hicieron las
presentaciones, y Maurice explicó la presencia en el
Temple de Geneviève y Morand.
—Sí, sí, comprendo —dijo Lorin—; quieres que
el ciudadano y la ciudadana puedan entrar en la
fortaleza: eso es fácil, voy a situar a los centinelas y
les diré que te dejen pasar con tu compañía.
Diez minutos más tarde, Geneviève y Morand
entraban detrás de los tres municipales y se situaban
detrás de la vidriera.
La reina acababa de levantarse. Estaba enferma
desde hacía dos o tres días y se quedaba en la cama
más tiempo del habitual. Sabiendo por su hermana
que lucía un sol espléndido, había hecho un esfuerzo
y, para que su hija pudiera tomar el aire, había
solicitado permiso para pasearse por la terraza, lo
que se le había concedido sin dificultad.
Tenía otra razón para decidirse: en una ocasión
había visto al delfín desde la terraza y quería subir
por si le veía de nuevo.
Por último, había aún otro motivo: su hermana
le había dicho que en el pasillo habían encontrado
una señal que significaba que algún amigo se
acercaba.
Cumplidas las exigencias del servicio, Maurice
era una especie de amo de la fortaleza del Temple,
cuya guardia diurna le había correspondido.
—Bien, ciudadano municipal—le dijo la señora
Tison—, ¿usted se trae compañía para ver a nuestros
pichones? Yo soy la única condenada a no ver a mi
pobre Sophie.
—Son unos amigos míos que nunca han visto a
la viuda Capeto.
—Estarán de maravilla tras la vidriera.
—Seguro —dijo Morand.
—Sólo que debemos tener el aire de los
curiosos crueles que, desde el otro lado de una reja,
gozan con los sufrimientos de un prisionero —dijo
Geneviève.
—¿Y por qué no lleva a sus amigos al camino
de la torre? —dijo la señora Tison—. La Capeto se
pasea hoy por allí con su hermana y su hija.
Geneviève cambió una mirada con Morand.
—Amigo mío —dijo la joven—, la ciudadana
tiene razón. Si usted quisiera colocarme en un sitio
por donde pase María Antonieta, me repugnaría
menos que verla desde aquí. Me parece que esta
manera de observar a las personas es humillante para
ellas y para nosotros.
—¡Pardiez, ciudadana! —exclamó uno de los
colegas de Maurice, que estaba en la antecámara
desayunando pan con salchichas—. Si usted fuera la
prisionera y la viuda Capeto tuviera curiosidad de
verla, no pondría tantos cuidados para darse ese
gusto, la bribona.
Geneviève se volvió a Morand para comprobar
el efecto que le hacían estas injurias. En efecto,
Morand se estremeció y sus puños se crisparon.
—¿Cómo se llama ese municipal? —preguntó la
joven a Maurice.
—Es el ciudadano Mercevault, un cantero.
Mercevault le oyó y lanzó una mirada de reojo
sobre Maurice.
—Vamos, vamos —dijo la señora Tison—;
termina tu salchicha y tu media botella, que quiero
recoger la mesa.
—¿No es culpa de la austriaca si las acabo a
estas horas? —refunfuñó el municipal—. Si ella
hubiera podido hacerme matar el diez de agosto, lo
hubiera hecho sin vacilar; el día en que ella estire la
pata, yo estaré en primera fila, firme en mi puesto.
Morand palideció como un muerto.
Geneviève pidió al joven que les llevara
rápidamente al lugar prometido, y él les condujo a
un pasillo del piso alto, donde les instaló de manera
que las prisioneras tuvieran que pasar ante ellos
cuando subieran.
Como el paseo estaba señalado para las diez y
sólo faltaban unos minutos para esa hora, Maurice
no dejó solos a sus amigos, y para evitar cualquier
sospecha, retuvo a su lado al ciudadano Agrícola, al
que se había encontrado por el camino.
Sonaron las diez.
—¡Abrid! —gritó abajo la voz de Santerre.
Enseguida la guardia tomó sus armas y los
centinelas aprestaron las suyas; se cerraron las rejas
y el patio resonó con un ruido de hierros, piedras y
pasos que impresionó vivamente a Morand y
Geneviève, porque Maurice vio palidecer a ambos.
—¡Cuántas precauciones para guardar a tres
mujeres! —murmuró Geneviève.
—Sí —dijo Morand—; si los que intentan
liberarlas estuvieran aquí y vieran esto, desistirían de
su empeño.
—Así lo espero —respondió Maurice. E
inclinándose sobre la barandilla de la escalera,
dijo—: ¡Atención! Ya están aquí las prisioneras.
Geneviève pidió a Maurice que le indicara cuál
de las tres mujeres era la reina; así lo hizo el
municipal, y la joven avanzó un paso, mientras
Morand retrocedía hasta quedar apoyado contra la
pared.
La hermana y la hija de María Antonieta
pasaron de largo, tras lanzar a los extraños una
mirada de asombro; la primera pensó que serían los
amigos anunciados por las señales, y dejó caer su
pañuelo para advertir a la reina. Esta llegó ante
Geneviève y se detuvo para admirar sus flores;
rápida como el pensamiento, Geneviève tendió su
mano hacia ella para ofrecerle el ramo. Entonces,
María Antonieta levantó la cabeza, y un
imperceptible rubor apareció en su frente
descolorida.
Maurice, por la costumbre pasiva de la
obediencia al reglamento, extendió la mano para
sujetar el brazo de Geneviève. La reina permaneció
dudosa, y mirando a Maurice, le reconoció como el
joven municipal que acostumbraba a hablarla con
firmeza, pero con respeto.
—¿Está prohibido, señor? —preguntó.
—No, no, señora —dijo Maurice—. Geneviève,
puede ofrecerle su ramo.
—¡Oh! Gracias, gracias, señor —exclamó la
reina.
Y saludando a Geneviève, María Antonieta
escogió un clavel del ramo.
—Coja el ramo entero, señora —dijo Geneviève
tímidamente.
—No —dijo la reina—. Este ramo puede ser de
una persona a la que usted ame y no quiero privada
de él.
Geneviève se ruborizó, lo que hizo sonreír a la
reina.
—Vamos, ciudadana Capeto —dijo Agrícola—;
continúe su camino.
Cuando se marchó la reina, Morand murmuró:
—No me ha visto.
—Pero usted la ha visto bien, ¿no es cierto,
Morand?, ¿verdad Geneviève?
Geneviève reconoció que la había visto muy
bien y aseguró que le había parecido muy hermosa.
Sin embargo, Morand no daba su opinión.
—Dígame —preguntó Maurice a Geneviève en
voz baja y riendo—, ¿no será de la reina de quien
está enamorado Morand?
Geneviève se estremeció; pero, reponiéndose,
dijo rápidamente y riendo también que tenía todo el
aspecto de ello.
—Morand, no me dice usted que le ha parecido
—Insistió Maurice.
—La he encontrado muy pálida —respondió.
Maurice tomó el brazo de la joven y la condujo
hacia el patio. En la oscuridad de la escalera le
pareció que Geneviève le besaba la mano.
—¿Qué quiere decir esto? —preguntó.
—Quiere decir que nunca olvidaré que ha
arriesgado su cabeza por un capricho mío.
—Eso es una exageración. Además, usted sabe
que no es su agradecimiento lo que deseo.
Geneviève le apretó dulcemente el brazo.
Morand les seguía titubeante. Llegaron al patio;
Lorin reconoció a los dos visitantes y les dejó salir
del Temple.
Maurice regresó a su puesto rebosante de alegría
y encontró a la señora Tison llorando. El joven le
preguntó qué le ocurría.
—Que estoy furiosa —respondió la carcelera—.
Todo es injusticia para los pobres; usted es rico y
burgués, y se le permite traer visitas que regalan
ramos de flores a la austriaca; a mí, que vivo
perpetuamente en el palomar, se me prohibe ver a mi
hija.
Maurice le tomó la mano y le deslizó en ella un
asignado7 de diez libras.
—Tome y tenga valor —le dijo—, la austriaca
no durará eternamente.
7 Nombre del papel moneda de la Revolución Francesa.. (Nota del
traductor.)
En el momento en que la mujer tomaba el billete
y le daba las gracias, llegó Simon, que escuchó las
palabras de la mujer y observó como se guardaba el
asignado en un bolsillo.
En el patio, Simon se había encontrado con
Lorin; al verle había palidecido y, sacando un
lapicero del bolsillo de su casaca, había aparentado
escribir una nota en una hoja de papel casi tan sucia
como sus manos.
—¿Sabes escribir desde que eres preceptor del
Capeto? Mirad, ciudadanos; palabra de honor que
está apuntando; es Simon el censor.
Los guardias nacionales estallaron en risas, y
Simon amenazó a Lorin con denunciarle por haber
permitido la entrada en la fortaleza a dos extraños.
Luego, al ver salir a Morand y Geneviève se lanzó
escaleras arriba y llegó a tiempo para ver como
Maurice entregaba el asignado a la señora Tison.
—Ciudadana, ¿quieres hacerte guillotinar? —
preguntó Simon.
—¿Yo? ¿Porqué?
—¡Cómo! Recibes dinero de los municipales
por dejar entrar a los aristócratas a las habitaciones
de la austriaca.
—¿Yo? Cállate. Estás loco.
—Eso constará en el proceso verbal.
—Vamos; eran amigos del municipal Maurice,
uno de los mejores patriotas que existen.
—De los conspiradores, diría yo; el
ayuntamiento será informado y juzgará.
—¿Es que me vas a denunciar, espía?
—Exactamente; a menos que te denuncies tú
misma.
—Pero, si no ha ocurrido nada.
Simon acosó a preguntas a la mujer, y ésta le
puso al corriente de que los visitantes habían
hablado dos palabras con la reina, la cual había
cogido un clavel del ramo que llevaba la ciudadana
Dixmer. En ese momento, Simon recogió del suelo
un clavel pisoteado. Maurice, que escuchaba todo
algo apartado, intervino con voz amenazadora y dijo
a Simon que él mismo le había dado el clavel a la
reina, indicándole a continuación que no tenía nada
que hacer en la fortaleza y que su puesto de verdugo
estaba abajo.
—¡Ah! Me amenazas y me llamas verdugo —
exclamó Simon, deshaciendo la flor entre sus
dedos—. Ya veremos si está permitido a los
aristócratas... ¡Eh!, ¿qué es esto?
Y ante la mirada del estupefacto Maurice,
Simon extrajo del cáliz de la flor un papelito
enrollado con cuidado exquisito.
—Ahora veremos de qué se trata —dijo
aproximándose al tragaluz—. Tu amigo Lorin dice
que no sé leer; ahora vas a ver.
La nota estaba escrita con letra tan pequeña que
Simon tuvo que detenerse para buscar las gafas;
mientras lo hacía, dejó la nota en el alféizar del
tragaluz; en ese momento, Agrícola abrió la puerta,
se estableció una corriente de aire, y la nota voló
como si fuera una pluma. Simon, preocupado en la
búsqueda de sus gafas, no se dio cuenta, y cuando
las encontró y se las puso en la nariz, buscó el papel
inútilmente. Acusó a Maurice de la desaparición y se
fue escaleras abajo.
Diez minutos después, entraban en la fortaleza
tres miembros del ayuntamiento. La reina estaba
todavía en la terraza y se había dado orden de dejarla
en la más perfecta ignorancia de lo que ocurría. Los
miembros del ayuntamiento se hicieron conducir
ante ella, y lo primero que vieron fue el clavel rojo,
que aún tenía en la mano. Lo miraron sorprendidos y
le pidieron que se lo entregara.
La reina, que no esperaba esta interrupción, se
estremeció y se mantuvo indecisa; pero Maurice le
rogó que entregara el clavel y ella obedeció. El
presidente de la diputación lo cogió y, seguido de
sus colegas, pasó a una sala vecina para hacer la
investigación y disponer el proceso verbal.
Se abrió la flor y se comprobó que estaba vacía.
Maurice respiró aliviado; pero uno de los diputados
observó que al clavel le faltaba el corazón, sin duda
porque había ocultado una nota.
—Estoy dispuesto a dar todas las explicaciones
necesarias —dijo Maurice—; pero, ante todo, pido
que se me arreste. Respondo con mi vida de los
amigos que he tenido la imprudencia de traer
conmigo.
El presidente le respondió que tomaban nota de
su proposición, pero que él era un buen patriota y no
tenía que responder por nadie.
En ese momento se oyó un gran revuelo en los
patios. Era Simon, que después de haber buscado
inútilmente la nota, había contado a Santerre la
tentativa de liberación de la reina, adornada con
todos los detalles que su imaginación aportaba al
asunto. Santerre había ordenado investigar en el
Temple y había cambiado la guardia, con gran enojo
de Lorin, que protestaba por la ofensa que se hacía a
su batallón.
Santerre ordenó a Maurice que se pusiera a
disposición del ayuntamiento para ser interrogado.
Durante todo el día se buscó en el patio, el
jardín y los alrededores el papelito que causaba tanto
revuelo y que, no podía ponerse en duda, encerraba
un complot.
Se interrogó a la reina tras separarla de su
hermana y su hija; pero no respondió otra cosa sino
que se había encontrado en la escalera con una joven
que llevaba un ramo de flores y se había contentado
con coger un clavel de los que le había ofrecido; sin
embargo, lo había cogido con consentimiento del
municipal. Cuando le llegó su turno a Maurice,
confirmó la declaración de la reina, y añadió que era
imposible la existencia de un complot, ya que él
mismo había propuesto a la ciudadana Dixmer la
visita a la reina, y las flores se las había comprado a
una florista en la esquina de la calle Vieilles148
/ Alexandre Dumas
Audriettes, eligiendo el ramo entre diez o doce por
parecerle el mejor.
—Pero, durante el camino se ha podido meter
en él la nota —objetó el presidente.
—Imposible, ciudadano. No he dejado un
minuto a la señora Dixmer, y para poner una nota en
cada flor, según pretende el ciudadano Simon, se
necesitaría medio día.
—¿Y no se pueden haber colocado entre esas
flores dos notas preparadas de antemano?
—La prisionera ha cogido una al azar delante de
mí, tras haber rehusado todo el ramo.
—Entonces, según tu opinión, ¿no ha existido
complot?
—Sí lo ha habido, y yo soy el primero en
afirmarlo; sólo que ese complot no procede de mis
amigos. Sin embargo, como es preciso no exponer a
la nación a ningún recelo, ofrezco una satisfacción y
me constituyo en prisionero.
—Nada de eso —respondió Santerre—, ¿es que
se trata de gente probada, como tú? Si tú te
constituyes prisionero para responder de tus amigos,
yo me constituyo prisionero para responder de ti. La
cosa es simple: no hay denuncia en regla, ¿no?
Nadie sabrá lo que ha ocurrido. Redoblemos la
vigilancia, tú, sobre todo, y llegaremos a conocer el
fondo del asunto con evidente claridad.
—Gracias, comandante —dijo Maurice—. Pero
yo le responderé lo mismo que usted haría en mi
lugar: no debemos permanecer aquí, es preciso
encontrar a la florista.
—La florista está lejos; pero, estáte tranquilo: se
la buscará. Tú vigila a tus amigos, yo vigilaré en lo
correspondiente a la prisión.
No se había contado con Simon, pero éste tenía
sus planes; llegó al final de la sesión para pedir
noticias y se enteró de la decisión del ayuntamiento;
al saber que sólo faltaba una denuncia en regla para
dar curso al asunto, pidió cinco minutos.
—¿De qué se trata? —preguntó el presidente.
—Se trata de la valerosa ciudadana Tison, que
denuncia los manejos sórdidos del partidario de los
aristócratas Maurice, y las ramificaciones de otro
falso patriota llamado Lorin —dijo el zapatero.
—¡Ten cuidado, Simon! Tu celo por la nación te
enajena —dijo el presidente—; Maurice Lindey y
Hyacinte Lorin son patriotas probados.
—Eso se verá en el tribunal.
—Piénsalo bien, Simon; será un proceso
escandaloso para todos los buenos patriotas.
—Escandaloso o no, ¿a mí qué me importa?,
¿acaso temo yo al escándalo? Al menos, se sabrá
toda la verdad sobre los traidores.
—Entonces, ¿persistes en denunciar en nombre
de la señora Tison?
Simon se mantuvo firme y el presidente aseguró
que se detendría a Maurice, que había vuelto al
Temple, donde le esperaba una nota que decía:
Habiéndose interrumpido nuestra guardia
violentamente, creo que no podré verte hasta
mañana: ven a desayunar conmigo, así me pondrás
al corriente de las tramas y conspiraciones
descubiertas por maese Simon.
Se pretende que Simon declara
Que todo el mal procede de un clavel;
Por mi parte a la rosa
Sobre esta fechoría interrogaré.
Mañana te contaré lo que haya contestado
Artemisa. Tu amigo,
Lorin.
Nada nuevo —respondió Maurice—; duerme en
paz esta noche y desayuna mañana sin mí; vistos los
incidentes de la jornada, probablemente no saldré
antes de mediodía.
Quisiera ser el céfiro para poder enviar un beso
a la rosa de quien hablas.
Te permito silbar mi prosa como yo silbo tus
versos.
Tu amigo,
Maurice.
P.S. Creo, por otra parte, que la conspiración
sólo era una falsa alarma.
Lorin había salido del Temple a las once y se
había dirigido a casa de Artemisa. La mujer se
mostró encantada de verle y salieron a pasear por los
muelles. Habían recorrido el muelle del carbón
hablando de política; Lorin contaba su expulsión del
Temple y buscaba las causas que la podían haber
provocado cuando, al llegar a la altura de la calle
Barres, vieron a una florista que, como ellos, subía
por la orilla derecha del Sena. Artemisa pidió a
Lorin que le comprara un ramo de flores y
aceleraron para alcanzar a la florista, que caminaba
deprisa.
Al llegar al puente Marie, la joven se detuvo, se
inclinó sobre el pretil y vació su cesto en el río. Las
flores sueltas y los ramos revolotearon un momento
en el aire, flotaron en la superficie del agua y fueron
arrastrados por la corriente. Artemisa miraba
asombrada a la florista, que se volvió hacia ella, y se
puso un dedo en los labios como para pedir silencio
y desapareció.
Lorin preguntó a Artemisa si la conocía y ella
vaciló un momento.
—No. Al principio había creído pero,
seguramente me he equivocado.
—Sin embargo, ella le ha hecho una señal —
insistió Lorin.
—¿Por qué será florista ahora? —se preguntó
Artemisa.
—Luego, ¿confiesa que la conoce?
—Sí, es una florista a quien compro a veces.
—En cualquier caso, tiene una manera muy
singular de despachar su mercancía.
Y los dos, tras lanzar una última mirada a las
flores, siguieron su camino. El incidente no tuvo
confirmación por el momento. Sin embargo, como
era raro y presentaba cierto carácter misterioso, se
grabó en la imaginación poética de Lorin.
La denuncia de la señora Tison contra Maurice
y Lorin levantó un gran alboroto en el club de los
jacobinos, y el ayuntamiento avisó a Maurice que su
libertad estaba amenazada por la indignación
pública. El aviso era una invitación que se hacía al
joven municipal para esconderse si era culpable;
pero Maurice, con la conciencia tranquila,
permaneció en el Temple, y cuando fueron a
arrestarle, le encontraron en su puesto.
Firme en su decisión de no acusar a ninguno de
sus amigos, de los que estaba seguro, pero dispuesto
a no sacrificarse ridículamente guardando silencio,
Maurice denunció a la florista.
Lorin volvió a su casa a las cinco de la tarde y
se enteró de la detención de Maurice y la denuncia
que había hecho.
Inmediatamente le vino a la memoria la florista
del puente Marie tirando sus flores al Sena. Estaba
seguro de que esta extraña florista, medio conocida
de Artemisa, era la explicación del misterio.
Salió de su habitación, descendió los cuatro
pisos como si tuviera alas en los pies y corrió a casa
de la diosa Razón, a la que encontró bordando su
traje de divinidad. Lorin le contó lo que ocurría y le
preguntó quién era la florista, pero la joven contestó
que no podía decírselo.
—Diosa, a usted nada le es imposible.
—Estoy comprometida por mi honor a guardar
silencio.
Lorin insistió, explicándole que su cabeza y la
de Maurice estaban en juego; pero la joven se
mantenía firme en su decisión. En ese momento, el
asistente de Lorin se precipitó en la habitación
gritando:
—¡Ciudadano, sálvate, sálvate! La policía se ha
presentado en tu casa; mientras echaban abajo la
puerta, yo he pasado a la casa vecina por el tejado y
he corrido hasta aquí para avisarte.
Artemisa lanzó un grito terrible, y Lorin
aprovechó su confusión para que le confesara el
nombre de la falsa florista, que se llamaba Héloïse
Tison y vivía en el número 24 de la calle
Nonandières.
Al oír el nombre, Lorin lanzó un grito y salió a
toda prisa. Todavía no había alcanzado el final de la
calle cuando llegó una carta a casa de Artemisa. La
misiva contenía estas líneas:
Querida amiga, ni una palabra sobre mí; la
revelación de mi nombre me perdería
indefectiblemente... Espera a mañana para
nombrarme, porque esta tarde abandonaré París.
Tu Héloïse.
—¡Oh, Dios mío! —exclamó la futura diosa—.
Si hubiera podido adivinar esto habría esperado
hasta mañana.
Y se abalanzó a la ventana para llamar a Lorin
si aún era tiempo, pero él ya había desaparecido.

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