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sábado, 14 de agosto de 2010

EN LAS MONTAÑAS DE LA LOCURA --- H. P. LOVECRAFT



EN LAS MONTAÑAS DE LA LOCURA

H. P. LOVECRAFT


1


Me veo obligado a hablar porque los hombres de cien­cia se han negado a seguir mi consejo sin saber por qué. Va completamente en contra de mi voluntad exponer las razones que me llevan a oponerme a la proyectada inva­sión de la Antártica, con su vasta búsqueda de fósiles y la perforación y fusión de antiquísimas capas glaciales. Y me siento tanto menos inclinado a hacerlo porque pue­de que mis advertencias sean en vano.

Es inevitable que se dude de los verdaderos hechos tal como he de revelarlos; no obstante, si suprimiera lo que se tendrá por extravagante e increíble, no quedaría nada. Las fotografías retenidas hasta ahora en mi poder, tanto las normales como las aéreas, contarán en mi favor por ser espantosamente vívidas y gráficas. Pero aun así se dudará de ellas porque la habilidad del falsificador puede conseguir maravillas. Naturalmente, se burlarán de los dibujos a tinta calificándolos de evidentes imposturas, a pesar de que la rareza de su técnica debiera causar a los entendidos sorpresa y perplejidad.

A fin de cuentas, he de confiar en el juicio y la auto­ridad de los escasos científicos destacados que tienen, por una parte, suficiente independencia de criterio como para juzgar mis datos según su propio valor horriblemente convincente o a la luz de ciertos ciclos míticos primor­diales en extremo desconcertantes, y, por la otra, la in­fluencia necesaria para disuadir al mundo explorador en general de llevar a cabo cualquier proyecto imprudente y demasiado ambicioso en la región de esas montañas de la locura. Es un triste hecho que hombres relativamente anónimos como yo y mis colegas, relacionados solamente con una pequeña universidad, tenemos escasas probabi­lidades de influir en cuestiones enormemente extrañas o de naturaleza muy controvertida.

También obra en contra nuestra el hecho de no ser, en sentido riguroso, especialistas en los campos en cuestión. Como geólogo, mi propósito al encabezar la expedi­ción de la Universidad de Miskatonic era exclusivamente la de conseguir muestras de rocas y tierra de niveles muy profundos y de diversos lugares del continente antártico, con la ayuda de la notable perforadora ideada por el profesor Frank H. Pabodie de nuestra facultad de inge­niería. No tenía deseo alguno de ser un precursor en nin­gún otro campo que no fuera ése, pero sí abrigaba la esperanza de que el empleo de esa nueva máquina en dis­tintos puntos de rutas anteriormente exploradas, sacara a relucir material de una especie no conseguida hasta en­tonces por los métodos normales de extracción.

La barrena de Pabodie, como el público sabe ya por nuestros informes, era única y excepcional por su ligere­za, su movilidad y sus posibilidades de combinar el prin­cipio de la perforadora artesiana con el de la pequeña barrena circular de rocas, de tal forma que permitía tala­drar rápidamente estratos de diferente dureza. El cabezal de acero, las barras articuladas, el motor de gasolina, el castillete de perforación desmontable de madera, el equipo para dinamitar, la cordada, la cuchara para extraer la tierra y la tubería desmontable para efectuar taladros de cinco pulgadas de diámetro hasta una profundidad de cinco mil pies, todo ello, junto con los accesorios nece­sarios, no representaba una carga superior a la que pudie­ran transportar tres trineos de siete perros. Esto era po­sible gracias a la ingeniosa aleación de aluminio de que estaban hechas casi todas las piezas metálicas. Cuatro grandes aeroplanos Dornier, construidos expresamente para las grandes alturas de vuelo necesarias en la meseta antártica y dotados de dispositivos suplementarios, idea­dos por Pabodie, para el calentamiento del combustible y para la rápida puesta en marcha, podían transportar toda nuestra expedición desde una base situada en el li­mite de la gran barrera de hielo, hasta diversos puntos de tierra adentro, desde los cuales nos bastaría con un número suficiente de perros.

Proyectábamos explorar la mayor extensión posible de terreno que nos permitiera la duración de una estación antártica —o más si era absolutamente necesario—, tra­bajando principalmente en las cordilleras y la meseta si­tuadas al sur del mar de Ross, regiones exploradas en diversa medida por Shackleton, Amundsen, Scott y Byrd. Con frecuentes cambios de campamentos, realizados en aeroplano, y abarcando distancias lo bastante grandes como para ser significativa desde el punto de vista geo­lógico, esperábamos desenterrar una cantidad sin prece­dentes de material, especialmente de los estratos del pe­ríodo precámbrico, del que tan pocas muestras se habían conseguido en la Antártida. También queríamos reunir el mayor número posible de muestras de rocas fosilíferas, pues la historia de la vida primigenia en este desnudo rei­no del hielo y de la muerte es de la máxima importancia para nuestro conocimiento del pasado de la Tierra. Es de todos sabido que el continente antártico fue en otros tiempos templado y hasta tropical, que estuvo cubierto de espesa vegetación y fue rico en vida animal, cuyos únicos supervivientes son los líquenes, la fauna marina, los arácnidos y los pingüinos del borde septentrional. Nuestros deseos eran ampliar esa información en cuanto a variedad, exactitud y detalle. Cuando una perforación revelara indicios fosilíferos, agrandaríamos la abertura con explosivos para conseguir muestras de tamaño convenien­te y en buen estado.

Nuestras perforaciones, de profundidad variable según lo que prometieran las capas superiores de tierra o roca, se limitarían a superficies donde el suelo quedara casi o totalmente al descubierto, las cuales habrían de hallarse inevitablemente en riscos o laderas, pues las tierras más bajas estaban cubiertas por una capa de hielo de una o dos millas de espesor. No podríamos perder el tiempo perforando simplemente capas glaciales, aunque Pabodie había proyectado un plan para introducir electrodos en grupos de perforaciones y fundir así zonas limitadas de hielo con la corriente generada por una dinamo movida por un motor de gasolina. Este proyecto —que no podía realizar una expedición como la nuestra excepto a título de experimento—, es el que piensa llevar a cabo la expedi­ción Starkweather-Moore, a pesar de las advertencias que he hecho desde que regresé del continente antártico.

El público tiene conocimiento de la. expedición mis­katónica por nuestros frecuentes informes radiotelegrá­ficos enviados al Arkham Advertiser y a la Associated Press así como por los posteriores artículos de Pabodie y míos. Formábamos el equipo expedicionario cuatro pro­fesores de la Universidad: Pabodie; Lake, de la Facultad de Biología; Atwood, de la de Física y también metereólogo, y yo en calidad de geólogo y de jefe nominal de la expedición, además de dieciséis auxiliares: siete estudian­tes graduados de la Universidad de Miskatonic y nueve mecánicos especializados. De estos dieciséis, doce eran pilotos de aviación titulados, de los cuales todos menos dos eran también buenos radiotelegrafistas. Ocho dé ellos tenían conocimientos de la navegación con brújula y sex­tante, al igual que Pabodie, Atwood y yo. Además, naturalmente, nuestros dos barcos —antiguos balleneros de madera, reforzados para resistir el hielo y dotados de vapor auxiliar— contaban con una tripulación completa.

La Fundación Nathaniel Derby Pickman, con la ayuda de unas cuantas donaciones especiales, financió la expedición; por tanto, nuestros preparativos fueron extrema­damente minuciosos, a pesar de que no existiera gran publicidad. Los perros, los trineos, las máquinas, el equi­po necesario para acampar, y las piezas desmontadas de los cinco aeroplanos fueron transportados hasta Boston, donde se cargaron los barcos. Ibamos admirablemente bien equipados para nuestros fines concretos, y en todo lo concerniente a suministros, régimen, transporte y cons­trucción de campamentos, aprovechamos el excelente ejemplo de nuestros numerosos y recientes predecesores, excepcionalmente brillantes. Fue el inusitado número y la fama de estos antecesores lo que hizo que nuestra expe­dición,. aunque importante, despertara poca atención en el mundo en general.

Como informaron los periódicos, nos hicimos a la mar desde el puerto de Boston el 2 de septiembre de 1930 y fuimos navegando apaciblemente costa abajo para atrave­sar el canal de Panamá y hacer escala en Samoa y en Hobart, Tasmania, donde cargamos las últimas provisio­nes. Ninguno de los miembros del grupo expedicionario había estado hasta entonces en las regiones polares, por lo cual depositamos nuestra confianza en los capitanes de los buques, J. B. Douglas, que mandaba el bergantin Arkham y la expedición marina, y Georg Thorflnnssen, capitán del Miskatonic navío de tres palos, ambos experi­mentados balleneros en aguas antárticas.

Conforme íbamos dejando atrás el mundo habitado, el sol se hundía más y más bajo en el norte y cada día permanecía más tiempo por encima del horizonte. Cuando alcanzamos los 62 grados de latitud sur, vimos los pri­meros icebergs —semejantes a mesas de lados verticales— y justo antes de alcanzar el círculo polar antártico, que cruzamos el 20 de octubre con el pintoresco ceremonial habitual, nos vimos bastante perturbados por el hielo. El descenso de la temperatura me molesté considerablemente después de la larga travesía tropical, pero traté de cobrar ánimos para hacer frente a los mayores rigores que se avecinaban. En muchas ocasiones me fascinaron los curiosos efectos atmosféricos; entre ellos un espejismo sin­gularmente vívido, el primero que había visto nunca, en el que los distantes icebergs se convirtieron en cresterías de inimaginables castillos cósmicos.

Fuimos abriéndonos camino entre los hielos, que afor­tunadamente no ocupaban una gran superficie ni estaban densamente aglomerados, hasta llegar de nuevo a una zona de aguas poco heladas a 67 grados de latitud sur y 175 gra­dos de longitud este. En la mañana del 26 de octubre apareció en el sur una ancha faja de tierra, y antes del mediodía sentimos la emoción de ver una gran cadena de elevadas montañas cubiertas de nieve que se abría abar­cando la totalidad del paisaje que teníamos ante nosotros. Habíamos llegado al fin a un puesto avanzado del gran continente desconocido y de su misterioso mundo de muer­te helada. Aquellos picos eran indudablemente los de la Cordillera del Almirantazgo, descubierta por Ross, y aho­ra tendríamos que doblar el cabo Adare y bajar costeando Tierra Victoria hasta alcanzar nuestra proyectada base de la ribera de la bahía de McMurdo, al pie del volcán Erebus, situado a 77º 9´ de latitud sur.

La última etapa de la travesía fue vívida y estimulante para la fantasía. Grandes picos desnudos, envueltos en el misterio, surgían constantemente hacia el Oeste mientras el bajo sol septentrional del mediodía, o el sol meridional de medianoche, tan bajo que rozaba el horizonte, derra­maba sus brumosos rayos rojizos sobre la blanca nieve, el hielo azulado, los cauces de agua y algunos fragmentos negros de la ladera de granito que quedaban al descu­bierto. A través de las desoladas cimas pasaban furiosas e intermitentes ráfagas de terrible viento antártico,- cuya cadencia hacía pensar a veces, vagamente, en una música salvaje y casi dotada de sensibilidad. Sus flotas recorrían una prolongada escala que, por alguna reacción subcons­ciente del recuerdo, me parecía inquietante e incluso ex­trañamente terrible. Algo de aquel paisaje me recordaba las extrañas y perturbadoras pinturas asiáticas de Nicholas Roerich y las descripciones, aún más inquietantes, de la

meseta de Leng, de perversa fama, que aparecen en el terrible Necronomicón del árabe loco Abdul Alhazred. Más tarde sentí haber examinado ese monstruoso libro en la biblioteca de la Universidad.


El 7 de noviembre, perdida de vista por el momento la cordillera occidental, pasamos ante la Isla de Franklin y a1 día siguiente avistamos los conos de los montes Erebus y Terror de la isla de Ross, con la larga hilera de las montañas de Parry alzándose a lo lejos. Ahora se ex­tendía hacia el Este la línea blanca y baja de la gran barrera de hielo que se elevaba verticalmente hasta una altura de doscientos pies, como los pétreos acantilados de Quebec, marcando el limite de la navegación hacia el Sur.. Por la tarde entramos en la bahía de McMurdo y permanecimos apartados de la costa, a sotavento del humeante monte Erebus. El pico de escorias se recortaba con sus doce mil setecientos pies de altura sobre el cielo del Este como un grabado japonés del sagrado Fujiyama, mientras que más allá se alzaba la cumbre blanca y fan­tasmal del monte del Terror, de diez mil novecientos pies de altura y ahora extinto como volcán.

Desde el Erebus llegaban bocanadas intermitentes de humo y uno de los ayudantes graduados, un muchacho brillante llamado Danforth, señaló lo que parecía ser lava en la ladera nevada y comentó que esta montaña, descu­bierta en 1840, había inspirado indudablemente la metá­fora de Poe cuando éste escribió siete años después:


las lavas que derraman sin descanso

sus sulfúreas corrientes por el Yaanek

en las más lejanas regiones del Polo—

que gimen al rodar por las laderas del monte Yaanek

en las tierras del polo boreal.


Danforth era un gran aficionado a la lectura de libros excéntricos y me había hablado mucho de Poe. A mí me interesaba este autor por el ambiente antártico de su única narración larga, la del enigmático e inquietante Arthur Gordon Pym. En la costa desnuda y sobre la gran barrera de hielo del fondo, millares de grotescos pin­güinos graznaban y agitaban sus aletas, mientras que en el agua se veía un gran número de gruesas focas, o bien nadando, o bien tendidas sobre grandes trozos de hielo a la deriva.

Utilizando botes pequeños, logramos desembarcar con dificultad en la isla de Ross poco después de medianoche, en la madrugada del día 9, llevando un cabo de cable de cada barco y preparándonos para descargar el equipo y las provisiones con ayuda de un andarivel. Experimen­tamos profundas y complejas sensaciones al pisar por pri­mera vez la Antártida, aunque las expediciones de Scott y Shackleton nos habían precedido en ese preciso lugar. El campamento, situado en la costa helada, al pie de la ladera del volcán, era sólo provisional, ya que la base de operaciones continuó a bordo del Arkham. Desembarca­mos el equipo de perforación, los perros, los trineos, las tiendas, los bidones de gasolina, el equipo experimental de fusión de hielo, las máquinas de fotografía, tanto nor­males como aéreas, las piezas de los aeroplanos y demás accesorios, entre ellos tres aparatos portátiles de radio —además de los que irían en los aeroplanos— capaces de comunicar con el equipo más potente del Arkham des­de cualquier lugar del continente antártico a que pudié­ramos llegar. El equipo del barco, en comunicación con el mundo exterior, transmitiría nuestros informes de pren­sa a la potente estación del Arkham Advertiser situada en Kingsport Head, Massachusetts. Esperábamos dar fin a nuestra tarea en un solo verano antártico, pero si esto era imposible, invernaríamos en el Arkham y-enviaríamos el Miskatonic al Norte antes de que se cerraran los hie­los, en busca de provisiones para otro verano.

No es necesario que repita lo que ya ha publicado la prensa acerca de nuestros primeros trabajos: nuestro as­censo al monte Erebus, las perforaciones que llevamos a cabo felizmente en diversos lugares de la isla Ross con el fin de buscar minerales, y la singular velocidad con que las llevó a cabo el aparato de Pabodie, incluso a través de capas de piedra maciza; el ensayo provisional de nuestro reducido equipo de fusión de hielo; la peligrosa ascensión de la gran barrera con trineos y provisiones, y del montaje final de cinco enormes aeroplanos en el cam­pamento situado en lo alto de la barrera. La salud de nuestro grupo de desembarco —veinte hombres y cin­cuenta y cinco perros de Alaska— era excelente, aunque lo cierto era que aún no habíamos encontrado fríos ni temporales verdaderamente rigurosos. Por lo general, el termómetro oscilaba entre los O grados y los 20 ó 25 Fah­renheit y los inviernos pasados en Nueva Inglaterra ya nos habían acostumbrado a tales inclemencias. El campa­mento de lo alto de la barrera era semipermanente y estaba destinado a almacenar gasolina, provisiones, dinamita y otros suministros.

Sólo eran necesarios cuatro aeroplanos para transpor­tar el equipo de exploración; el quinto lo dejamos a cargo de un piloto y dos hombres de la tripulación, en el depó­sito, como medio de llegar basta nosotros desde el Arkham en caso de que se perdieran todos los aeroplanos de exploración. Más adelante, cuando utilizáramos todos los demás aeroplanos para el transporte del equipo, destina­ríamos uno o dos a establecer una especie de puente aéreo entre el depósito y otra base permanente situada en la gran meseta, entre 600 y 700 millas en dirección sur, más allá del glaciar de Beardmore. A pesar de los infor­mes casi unánimes acerca de los terribles vientos y tem­pestades que soplaban sobre la meseta, decidimos pres­cindir de bases intermedias, arriesgándonos así en bene­ficio de la economía y de una probable eficiencia.

Los informes radiotelegráficos hablaron del impresio­nante vuelo de cuatro horas sin escala que efectuó nues­tra flotilla el 21 de noviembre por encima del elevado banco de hielo, con enormes picos alzándose al Oeste mientras ‘los silencios insondables nos devolvían el eco del sonido de nuestros motores. El viento nos molestaron sólo moderadamente y las brújulas radiogonométricas nos ayudaron a atravesar la poca niebla opaca que encontra­mos. Cuando las imponentes alturas se alzaron ante nos­otros, entre 83 y 84 grados de latitud, supimos que habíamos llegado al glaciar Beardmore, el mayor del mundo entre los situados en un valle, y que el mar helado daba ahora paso a una costa adusta y montañosa. Al fin entrá­bamos en el mundo blanco de los confines meridionales, muerto durante incontables eones. Al mismo tiempo, vi­mos a lo lejos, hacia el Este, la cumbre del monte Nansen que se elevaba hasta una altura cercana a los quince mil pies La instalación de la base sur. sobre el glaciar, a 860 7´ de latitud y 174º 23’ de longitud este, llevada a cabo con toda felicidad, y los rápidos taladros y minados efec­tuados en varios puntos durante nuestras excursiones en trineo y breves vuelos en aeroplano, ya han pasado a la historia, así como el duro y feliz ascenso al monte Nan­sen que llevaron a cabo Pabodie y dos de los estudiantes graduados —Gedney y Carroll— del 13 al 15 de diciem­bre. Nos hallábamos a unos ocho mil quinientos pies so­bre el nivel del mar, y cuando! las perforaciones experi­mentales revelaron, en ciertos lugares la existencia de tierra firme a una profundidad de sólo doce pies por debajo del hielo y de la nieve, empleamos a menudo el pequeño aparato de fusión taladrando y dinamitando en muchos lugares donde ningún explorador había pensado siquiera en recoger muestras de minerales. Los granitos precámbricos y los ejemplares de arenisca así conseguidos, nos afirmaron en la creencia de que la meseta formaba una base homogénea con la mayor parte del continente que quedaba al oeste, pero era algo distinta de las zonas que quedaban al este, por debajo de la América del Sur, zonas que entonces creíamos que constituían un continen­te aparte y más pequeño separado del mayor por la unión de los dos mares helados de Ross y Weddell, aunque Byrd ha demostrado posteriormente lo erróneo de tal hipótesis.

En algunas de las muestras de arenisca, obtenidas con dinamita y trabajadas a cincel después de que una per­foración exploratoria revelara su naturaleza, encontramos algunas marcas y fragmentos de fósiles realmente intere­santes, especialmente líquenes, algas, trilobites, crinoideos y algunos moluscos tales como linguellae y gastrópodos, los cuales parecían haber tenido gran importancia en la historia primigenia de aquella región. También descubrimos una extraña marca triangular y estriada, de alrededor de un pie de diámetro máximo, que Lake recompuso con tres fragmentos de pizarra extraídos de una profunda aber­tura dinamitada. Estos fragmentos procedían de un lugar situado al oeste, cerca de la cordillera de la Reina Ale­jandra. Lake, como bi6logo, juzgó estas curiosas marcas enormemente interesantes y difíciles de explicar, aunque a mí, en cuanto geólogo, no me parecieron diferentes de algunos efectos ondulados bastante corrientes en las rocas de sedimentación. Dado que la pizarra no es más que una formación metamórfica a la que se ha sumado a presión un estrato sedimentario y dado que esta presión produce extraños efectos deformantes en cualquier marca anteriormente existente, no vi razón para semejante asom­bro ante aquella huella estriada.

El 6 de enero de 1931, Lake, Pabodie, Daniels, los seis estudiantes, cuatro mecánicos y yo, volamos directamente por encima del Polo Sur en dos grandes aeroplanos, vién­donos obligados en una ocasi6n a tomar tierra por un fuerte viento que afortunadamente no se convirtió en un típico vendaval. Como ha dicho la prensa, éste fue uno de los varios vuelos de observaci6n en que tratamos de descubrir nuevas características topográficas en regiones no alcanzadas hasta entonces por anteriores exploracio­nes. Nuestros primeros vuelos resultaron decepcionantes respecto a esto último, aunque sí nos permitieron con­templar algunos magníficos ejemplos de los engañosos es­pejismos, enormemente fantásticos, propios de las regiones polares, fenómenos de los que el viaje por mar nos había proporcionado algún indicio. Flotaban en el cielo monta­ñas remotas como ciudades hechizadas y a menudo todo el mundo blanco se diluía en una tierra dorada, plateada y escarlata, tierra de ensueños dunsanianos y promete­dora de aventuras bajo la mágica luz de un sol de media­noche. En días nublados nos era bastante difícil volar a causa de la tendencia del cielo y la tierra nevada a fundirse en un místico vacío opalescente, sin horizonte perceptible que señalara la conjunción de uno y otra.

Al fin decidimos llevar a cabo nuestro proyecto inicial de volar quinientas millas hacia el Este con los cuatro aviones de exploración y establecer una nueva base auxi­liar en un punto que, probablemente, estaría situado en el continente menor o lo que erróneamente juzgábamos como tal. Las muestras geológicas que allí obtuviéramos nos servirían para comparar. Nuestra salud hasta enton­ces continuaba siendo excelente, pues el zumo de lima compensaba sobradamente el régimen continuo a base de conservas y alimentos salados, y las temperaturas, ge­neralmente superiores a cero, nos permitían prescindir de las pieles más gruesas. Estábamos a mediados de verano, y, si nos apresurábamos, tal vez pudiéramos acabar la ta­rea para marzo y evitar la tediosa invernada durante la larga noche antártica. Varias tormentas huracanadas arremetían contra nosotros desde el este, pero logramos es­capar de ellas ilesos gradas a la habilidad de Atwood para construir hangares rudimentarios y defensas contra el vien­to con grandes bloques de hielo, y para reforzar con más nieve los principales refugios del campamento. Nuestra eficiencia y buena suerte habían sido casi milagrosas.

El mundo sabía de nuestro programa y fue informado también acerca de la tenaz y extraña insistencia de Lake en hacer un viaje de exploración hacia el oeste, o más bien hacía el noroeste, antes de nuestro definitivo tras­lado a la nueva base. Parece que había cavilado mucho, y con una audacia alarmantemente extrema, sobre la mar­ca triangular y estriada observada en la pizarra, viendo en ella ciertas contradicciones entre su naturaleza y el período geológico a que pertenecía, contradicciones que habían despertado al máximo su curiosidad, por lo que deseaba llevar a cabo perforaciones y voladuras en la región que se extendía hacia occidente y a la que eviden­temente pertenecían los fragmentos desenterrados. Estaba extrañamente convencido de que aquellas marcas eran la huella de algún organismo voluminoso, desconocido, in­clasificable y de un grado de evolución considerablemente avanzando, a pesar de que la roca donde aparecieron era de tan remotísima antigüedad —cámbrica, si no decididamente precámbrica— que excluía la existencia probable

no sólo de toda dase de vida evolucionada, sino de cualquier forma de vida superior a la de una etapa unicelular o a lo sumo de los trilobites. Aquellos fragmentos, con sus extrañas marcas, debían tener una antigüedad de quinientos a mil millones de años.


II


Supongo que la fantasía popular respondió activamente nuestros boletines radiotelegrafiados acerca de la partida de Lake hacia el noroeste para penetrar en regiones jamás holladas por pies humanos ni imaginadas por el hombre, aunque no mencionamos sus descabelladas esperanzas de revolucionar toda la ciencia biológica y geológicas. Su viaje inicial en trineo con el fin, de llevar a cabo perforaciones, realizado entre el 11 y el 18 de enero con Pabodie y otros cinco y deslucido por la pérdida de dos perros en un vuelco al cruzar uno de los grandes caba­llones de hielo, habían proporcionado nuevas muestras de pizarra de la era precámbrica y hasta yo me sentí intere­sado por la singular profusión de marcas evidentemente fósiles en aquel estrato de increíble antigüedad. Esas mar­cas, sin embargo, respondían a formas de vida muy pri­mitivas y no ofrecían otra paradoja que el hecho de darse en rocas tan claramente precámbricas como aquéllas parecían ser, por eso seguía yo sin encontrar razonable la exigencia de Lake de hacer un paréntesis en nuestro pro­grama, preparado con la intención de ahorrar tiempo. Este paréntesis exigía la utilización de los cuatro aero­planos, de muchos hombres y de la totalidad del equipo mecánico de la expedición. Finalmente no veté el pro­yecto, aunque decidí no acompañar al grupo al Noroeste, a pesar. de que Lake me había pedido mi asesoramiento como geólogo. Mientras ellos estuvieran fuera, yo perma­necería en la base con Pabodie y cinco hombres más tra zando los planes definitivos para el traslado hacia el Este. Con vistas a este traslado, uno de los aeroplanos había empezado ya a transportar una buena cantidad de gaso­lina desde la bahía de McMurdo, pero esto podía esperar por el momento. Me reservé un trineo y nueve perros, pues era imprudente quedarse sin ninguna posibilidad de transporte en un mundo totalmente deshabitado y muerto durante muchos eones.

La expedición secundaria de Lake al interior de lo desconocido envió, como todos recordarán, varios mensa­jes utilizando los transmisores de onda corta de los aero­planos, mensajes que eran captados simultáneamente por nuestros receptores de la base sur y por el Arkham, fon­deado en la bahía de McMurdo, los cuales los retrans­mitían al mundo exterior por longitudes de onda de hacia cincuenta metros. Emprendieron marcha el 22 de enero a las cuatro de la madrugada y el primer mensaje radiado nos llegó sólo dos horas después; en él Lake nos comu­nicaba que había aterrizado e iniciado una labor de per­foración y de fusión del hielo a pequeña escala en un punto situado a trescientas millas de donde nos encon­trábamos. Seis horas más tarde un segundo mensaje, muy emocionado, nos hablaba del trabajo frenético, como de castor, con que habían taladrado una perforación, ensan­chada luego con dinamita, y que había culminado en el descubrimiento de fragmento de pizarra con varias mar­cas aproximadamente iguales a las que habían despertado nuestro asombro en un principio.

Tres horas después, un breve boletín nos comunicaba la reanudación del vuelo luchando contra un crudo y penetrante temporal, y cuando yo envié un nuevo mensaje de protesta oponiéndome al enfrentamiento con nuevos peligros, Lake contestó secamente que las nuevas mues­tras justificaban afrontar cualquier riesgo. Comprendí que el entusiasmo casi alcanzaba el límite del amotinamiento y que nada podía hacer por evitar el peligro que pudiera correr ahora el éxito de la expedición, pero me espantó pensar que Lake se fuera aventurando más y más profundamente en aquella blanca y traidora inmensidad llena De tempestades y misterios insondables, que se extendía a largo de unas mil quinientas millas hacia las costas, mitad conocidas, mitad sospechadas, de las tierras de la Reina María y de Knox.

A1cabo de otra hora y media aproximadamente nos llegó un mensaje doblemente excitado enviado en vuelo desde el aeroplano de Lake, que casi me hizo cambiar totalmente de opinión y me impulsó a desear haberles acompañado:

«10.05 noche. En vuelo. Después tormenta de nieve avistamos cordillera más elevada que todas las vistas hasta ahora. Quizá tan alta como Himalaya teniendo en cuen­ta altitud meseta. Probablemente a 76º 15’ de latitud y 113º 10’ de longitud este. Se extiende hacia derecha e izquierda hasta donde alcanza la vista. Creo percibir dos conos humeantes. Todos los picos negros y sin nieve. Vendaval que sopla desde ellos impide navegación.»

Después de recibir este mensaje, Pabodie, los hombres y yo permanecimos sin respirar junto a la radio. La ima­gen de aquella titánica muralla montañosa situada a sete­cientas millas de distancia inflamó nuestro más hondo sen­tido de la aventura y nos congratulamos de que fuera nuestra expedición, aunque no nosotros personalmente, quien la hubiera descubierto. Al cabo de media hora vol­vió a llamar Lake:

«Aeroplano de Moulton obligado descender en meseta al pie de las montañas, pero no hay heridos y quizá poda­mos repararlo. Trasladaremos todo lo imprescindible a los otros tres aparatos para regreso o ulteriores vuelos si son necesarios, pero por ahora no necesitamos más expediciones de esta envergadura. Montañas sobrepasan todo lo imaginable. Me dispongo a efectuar vuelo de ex­ploración en aparato de Carroll libre de carga.

»Imposible imaginar nada semejante. Los picos más altos deben tener más de 35.000 pies. El Everest no es nada en comparación con esto. Atwood va a calcular al­tura con teodolito mientras Carroll y yo exploramos. Pro­bablemente nos equivocamos acerca conos, pues forma­ciones parecen estratificadas. Posiblemente pizarra precámbrica ­mezclada con otros estratos. Extrañas siluetas en el horizonte con fragmentos de cubos adosados a picos más altos. Todo ello maravilloso a la luz dorada rojiza del sol bajo, como tierra misteriosa vista en sueños o como puerta que da a un prohibido mundo de maravillas jamás contempladas. Me gustaría estuvieran acá para es­tudiarlo.»

Aunque había llegado ya la hora acostumbrada de dor­mir ninguno de los que estábamos a la escucha pensamos ni por un momento en acostarnos. Lo mismo debía de ocurrir en la bahía de McMurdo, en donde tanto el depó­sito de materiales como el Arkham recibían también los mensajes, pues el capitán Douglas nos llamó para felici­tarnos a todos por el importante descubrimiento y Sher­man, el encargado del depósito, se adhirió a la felicitación. Naturalmente, lamentamos lo del aeroplano averiado, pero esperamos que fuera fácilmente reparado. A las 11 de la noche captamos un nuevo mensaje de Lake:

«He volado con Carroll sobre las estribaciones más al-tas. No me atrevo a pasar con este tiempo sobre picos verdaderamente elevados, pero lo haré después. Difícil subir y difícil volar a esta altura, pero vale la pena. La gran cordillera es bastante cerrada, lo que impide ver qué hay del otro lado. Principales picos más altos que el Himalaya y muy extraños. La cordillera parece de pizarra precámbrica con claros indicios de otros plegamientos. Equivocado en cuanto a volcanismo. Se extiende en las dos direcciones más allá de lo que alcanza la vista. Lim­pia de nieve por encima de los veinte mil pies.

»Extrañas formaciones en laderas de montañas más altas. Grandes bloques cuadrados y bajos con lados com­pletamente verticales y lineas rectangulares de paredes verticales como los antiguos castillos asiáticos adheridos a las empinadas montañas que aparecen en los cuadros de Roerich. Impresionantes desde lejos. Volamos cerca de algunos y a Carroll le pareció estaban formados por tro­zos separados más pequeños, pero se trata probablemente de la erosión. La mayor parte de las aristas desmorona­das y redondeadas como si hubiesen estado expuestas a tempestades y cambios climáticos desde hace millones de años.

>>Algunas partes, especialmente las superiores, parecen ser de roca de colorido más claro que los estratos discer­nibles en laderas propiamente dichas, lo que indica que son de origen evidentemente cristalino. Desde más cerca me ven muchas bocas de cuevas, algunas de contornos ex­trañamente regulares, cuadradas o semicirculares. Debes venir y estudiarlo todo. Creo que he visto una pared asen­tada verticalmente en lo alto de un pico. La altura oscila entre 30 y 35.000 pies. Volamos a una altitud de 21.500 con un frío endiablado que nos caía hasta los huesos. El viento silba y aúlla a través de las gargantas y entrando y saliendo de las cuevas, pero hasta ahora el vuelo no ha revestido peligro alguno.»

A partir de entonces y durante la media hora siguiente Lake desató una riada de comentarios manifestando su intención de escalar algunos de los picos. Le respondí que me reuniría con él tan pronto como pudiera enviar un aeroplano y que Pabodie y yo idearíamos el plan más adecuado para el abastecimiento de gasolina: dónde y cómo concentrar las existencias en vista del cambio de programa de la expedición. Evidentemente, las labores de sondeo de Lake, así como las exploraciones aéreas, exigirían gran cantidad de combustible en la nueva base que tenía intención de establecer al pie de las montañas; y entraba dentro de lo posible que, después de todo, no realizáramos en esta estación el vuelo hacia el este. En relación con esto, llamé al capitán Douglas y le pedí que desembarcara todos los pertrechos que pudiese y los trans­portase más allá de la barrera con el único tiro de perros que habíamos dejado allí. Lo que teníamos que hacer era establecer una ruta directa que cruzase la región desco­nocida que separaba el lugar en que se hallaba Lake de la bahía de McMurdo.

Lake me llamó más tarde para decirme que había deci­dido dejar el campamento en el lugar donde se había visto obligado a aterrizar el avión de Moulton, y donde las reparaciones habían progresado algo. La costra de hielo era muy fina y dejaba ver aquí y allá trozos de tierra oscura. Lake pensaba llevar a cabo algunas perforaciones y hacer estallar algunos barrenos en aquel lugar antes de realizar exploraciones en trineo o de emprender ningún ascenso. Me habló de la inefable majestuosidad del panorama y de las extrañas sensaciones que le producía encon­trarse al socaire de inmensos y silenciosos picachos que, formando hileras, se disparaban hacia lo alto como un muro que alcanzase el cielo en el confín del mundo. El teodolito de Arwood había fijado la altura de los cinco picos más altos entre los 30.000 y los 34.000 pies. La forma en que el terreno estaba barrido por el viento inquietaba a Lake, pues auguraba la existencia de tre­mendas borrascas de violencia mucho más inusitada que cualquiera de las que habíamos sufrido hasta la fecha. Su campamento se hallaba a algo más de cinco millas del lugar en que las estribaciones de las montañas se elevaban bruscamente. Casi pude percibir un tono de alarma subconsciente en sus palabras, transmitidas a tra­vés de un vacío glacial de setecientas millas, cuando nos pedía que nos diésemos prisa pera acabar lo antes posible la tarea en aquella nueva región. Se disponía a descansar después de un día de trabajo, esfuerzo y resultados sin precedentes.

Por la mañana sostuve una conversación tripartita por radio con Lake y el capitán Douglas, que se hallaban en sus respectivas bases, muy lejanas entre sí. Acordamos que uno de los aviones de Lake vendría a mi base a reco­gernos a Pabodie, a cinco hombres y a mí, y a llevar también toda la gasolina que pudiera. La cuestión del combustible podía aguardar unos días más según lo que decidiéramos acerca de la expedición hacia el este, pues Lake tenía bastante en su campamento para sus inme­diatas necesidades de calefacción y perforado. En su mo­mento tendríamos que reabastecer la base del sur, pero si retrasábamos la expedición hacia el este no la utiliza­ríamos hasta el próximo verano, y entretanto Lake debía enviar un aparato para explorar una ruta directa entre sus nuevas montañas y la bahía de McMurdo.

Pabodie y yo nos dispusimos a cerrar nuestra base du­rante poco o mucho tiempo, según fuese necesario. Si invernábamos en el Antártico, volaríamos probablemente en línea directa desde la base de Lake al Arkham sin regresar a ese lugar. Habíamos reforzado algunas de las tiendas cónicas con bloques de nieve endurecida y ahora decidimos completar el trabajo de crear un poblado per­manente. Lake tenía todas las tiendas que podía necesitar aun después de nuestra llegada. Le envié un mensaje ra­diado diciendo que Pabodie y yo estaríamos preparados para salir hacia ‘el Norte después de un día de trabajo y una noche de descanso.

Sin embargo, nuestra tarea no fue muy continua a partir de las 4 de la tarde, pues Lake comenzó a enviar unos mensajes extraordinariamente sorprendentes y muy excitados. Su día de trabajo había comenzado con malos augurios, ya que un vuelo de exploración de las superficies rocosas que quedaban casi al descubierto había re­velado una ausencia total de los estratos arcaicos y pri­migenios que buscaba y que constituían una parte tan considerable de las colosales cumbres que se elevaban a asombrosa distancia del campamento. La mayor parte de las rocas entrevistas eran aparentemente areniscas jurá­sicas y comanchienses y esquistos pérmicos y triásicos con un afloramiento aquí y allá de un negro brillante que ‘hacia pensar en antracita o carbón esquistoso. Esto desalentó un tanto a Lake, cuya aspiración era descubrir muestras de más de quinientos millones de años. Le resultó patente que para encontrar vetas de pizarra arcaica como aquellas en que había descubierto las extrañas marcas, tendría que realizar una larga expedición en trineo desde las estribaciones a las escarpadas laderas de las gigantescas mon­tañas.

No obstante, había decidido efectuar algunas perforaciones allí mismo como parte del programa general de la expedición, por lo que montó la barrena y puso a trabajar en ella a cinco hombres mientras que los demás acababan de instalar el campamento y de reparar el aero­plano averiado. Se eligió para el primer sondeo la roca visible más blanda —una piedra arenisca que se encon­traba a un cuarto de milla aproximadamente del campa­mento—, y la taladradora hizo excelentes progresos sin necesidad de muchos barrenos auxiliares. Fue alrededor de tres horas más tarde, después de la primer explosión auténticamente potente, cuando se oyeron los gritos del equipo de perforación y cuando Gedney —que hacia las veces de capataz— llegó corriendo al campamento con la asombrosa noticia.

Habían topado con una caverna. Al poco tiempo de comenzar la perforación la piedra arenisca había sido reem­plazada por una yeta de piedra caliza comanchiense, llena de diminutos fósiles de cefalópodos, corales, equinoder­mos, braquiópodos y, de cuando en cuando, indicios de esponjas silíceas y huesos de vertebrados marinos, proce­dentes ‘estos últimos con toda probabilidad de teleosteos, tiburones y ganoideos. Esto era ya de por sí suficiente­mente importante, pues eran los primeros fósiles de ver­tebrados conseguidos por la expedición; pero cuando poco después el cabezal de la perforadora acabó de taladrar el estrato para llegar a una oquedad, una nueva ola de emoción doblemente intensa se apoderó de los perfora­dores. Un barreno de buen tamaño había dejado al des­cubierto el secreto subterráneo; y ahora, allí, a través de un tortuoso agujero de tal vez cinco pies de diámetro por tres de grosor, se abría ante los anhelantes exploradores parte de una oquedad socavada hacia más de cincuenta millones de años por el tenaz discurrir de aguas subte­rráneas de un desaparecido mundo tropical.

El estrato en que se abría la oquedad no tenía más de siete u ocho pies de espesor, pero se extendía indefinida­mente en todas direcciones y se respiraba en ella un fresco vientecillo que hacía pensar que pertenecía a un extenso sistema subterráneo. Techo y suelo mostraban abundan­cia de grandes estalactitas y estalagmitas, algunas de las cuales se unían formando columnas; pero lo más impor­tante de todo era el vasto depósito de conchas y huesos que en algunos lugares casi obstruían el paso. Arrastra­dos por las aguas desde desconocidas selvas de helechos

arborescentes, hongos mesozoicos, bosques de cicaidaceas, palmeras de abanico y angiospermas primitivas del ter­ciario, había en este óseo depósito más ejemplares de especies de animales del cretaceo, del eoceno y de otras ¿pocas que las que hubiera podido contar y dasificar el más sabio paleontólogo en un año. Moluscos, caparazones de crustáceos, peces, anfibios, reptiles, aves y mamíferos primitivos, todos ellos grandes y pequeños, conocidos y desconocidos. No es de asombrar, pues, que Gedney vol­viera al campamento corriendo y gritando, ni debe mara­villar que todos los demás dejaran el trabajo y corrieran desafiando el cortante frío hacia el lugar donde la torreta señalaba el emplazamiento de la recién descubierta entra­da a los secretos de la tierra interior y de pasados eones.

Cuando Lake hubo satisfecho las primeras punzadas de la curiosidad, garrapateó un mensaje en su cuaderno de notas y encargó al joven Moulton que lo llevara inme­diatamente al campamento pára que lo radiaran. Fue aqué­lla la primera noticia que tuve del descubrimiento, y en ella se hablaba de la identificación de conchas primitivas, de huesos de ganoides y placodermos, de vestigios de laberintodontes y tecodontes, de grandes trozos de crá­neos de mesosaurios, vértebras y pedazos de caparazones de dinosaurios, de dientes y huesos de alas de pterodác­tilos, de restos de aves primitivas, dientes de tiburón del mioceno, cráneos de aves primitivas y de otros huesos de mamíferos desaparecidos, como los paleoterios, los xi­fodones, los xifoideos, los eopideos, los oredones y los titatoneros. No había nada que correspondiera a animales

tan recientes como el mastodonte, el elefante, el verdadero camello, el ciervo o los animales bovinos, por lo que Lake dedujo que los depósitos más modernos eran del’ oligoceno y que el estrato excavado había permane­cido en su actual estado, seco, muerto e inaccesible, durante treinta millones de años por lo menos.

Por otra parte, la preponderancia de formas muy tem­pranas de vida era extraordinariamente curiosa. Aunque la formación de piedra caliza, a la luz de los fósiles que contenía, tan característicos como las ventriculitas, era

indiscutiblemente comanchiense y en ningún modo ante­rior, entre los fragmentos sueltos que se hallaban en la oquedad había una proporción sorprendente de organis­mos considerados hasta ahora como propios de períodos muy anteriores, entre ellos algunos peces rudimentarios y moluscos y corales que podían clasificarse como perte­necientes a períodos tan remotos como el silúrico supe­rior o el ordoviciense. La inevitable condusión era que en esta parte del mundo había habido un grado de continui­dad excepcional entre la vida de hace más de trescientos millones de años y la de hace tan sólo treinta millones. Dilucidar hasta qué punto había persistido esta continui­dad después de la era oligocénica, cuando se cerró la ca­verna, era algo que estaba, desde luego, más allá de cual­quier conjetura. En cualquier caso, la llegada del terrible hielo del pleistoceno hace unos quinientos mil años

poco más que ayer en comparación con la antigüedad de aquella caverna— debió de acabar con las formas pri­mitivas de vida que habían logrado sobrevivir más allá del limite general alcanzado por sus congéneres.

Lake no se contentó con enviar este primer mensaje, sino que hizo redactar otro boletín y transmitirlo a través de la nieve hasta el campamento antes que Moulton pu­diera regresar. Acto seguido, Moulton permaneció junto a la radio en uno de los aeroplanos transmitiéndome a mí —y al Arkham, que transmitía a su vez al mundo ex­terior— las numerosas aclaraciones que Lake le enviaba empleando una serie de mensajeros. Quienes siguieran aquel asunto en la prensa recordarán la excitación que provocaron en los hombres de ciencia las noticias de aquella tarde, noticias que finalmente haya dado lugar, al cabo de tantos años, a la organización de la Expedición Starkweather-Moore, cuyos propósitos tan ardientemente deseo desalentar. Será mejor que transcriba literalmente los mensajes tal como los envió Lake y como los tradujo nuestro radiotelegrafista, McTighe, de sus notas taquigrá­ficas tomadas a lápiz:

«Fowler hace un descubrimiento de la máxima impor­tancia en los fragmentos de piedra arenisca y caliza del

barreno. Varias huellas estriadas como las halladas en la pizarra arcaica, demuestran que su fuente sobrevivió des­de hace más de seiscientos millones de años hasta el pe­ríodo comanchiense con cambios morfológicos moderados y disminución de su tamaño medio. Las huellas de época comanchiense parecen tan sólo más primitivas o decaden­tes que las más antiguas. Destaquen importancia descu­brimiento en la prensa. Significará para la biología lo que Einstein para las matemáticas y la física. Enlaza con mi labor anterior y amplia sus conclusiones.

»Parece indicar, como yo sospechaba, que la Tierra ha sido testigo de un ciclo o varios ciclos de vida orgánica anteriores al que conocemos y que comienza con las célu­las agnostozoicas. Evolucionó y se especializó no más tarde de hace mil millones de años, cuando el planeta era joven y, hasta hacia poco tiempo, inhabitable para cual­quier forma de vida o estructura protoplásmica. Surge la pregunta de cuándo, dónde y cómo aconteció tal desa­rrollo.»


* * *

«Más tarde. Al examinar ciertos fragmentos de esque­letos de grandes saurios terrestres y acuáticos y de mamí­frros primitivos encuentro extrañas ‘heridas o traumatis­mos locales en la estructura ósea que no cabe achacar a ningún animal predatorio o carnívoro conocido de periódo alguno. Son de dos clases, punciones directas y penetrantes e incisiones más largas y cortantes. Dos o tres casos de huesos limpiamente seccionados. Pocos ejem­plares las muestran. He mandado traer linternas eléc­tricas del campamento. Ampliaré la zona exploratoria sub­terránea cortando estalactitas.»


* * *



«Aun más tarde. Hemos encontrado extraño fragmentos de esteatita de unas seis pulgadas de ancho y de pulgada y media de espesor completamente diferente de toda

formación local visible. Es verduzca, sin características que permitan determinar su antigüedad. Posee una curiosa tersura y regularidad. Tiene forma de estrella de cinco puntas con los vértices rotos y muestras de hendi­duras en ángulos interiores y en el centro de la super­ficie. Pequeña depresión en el centro de ‘la superficie lisa. Despierta gran curiosidad acerca de su origen y erosión. Probablemente algún capricho inusitado de la acción del agua. Con el ampliador, Carroll cree que puede ver mar­cas adicionales de importancia geológica. Grupos de pun­tos diminutos formando unos esquemas regulares. Los perros cada vez más inquietos mientras trabajamos y pa­recen aborrecer esta esteatita. Tengo que investigar si tie­ne olor especial. Informaré nuevamente cuando’ Milís regrese con las linternas y podamos comenzar con la zona subterránea.»


* * *

«10,15 noche. Descubrimiento importante. Orrendorf y Watkins, cuando trabajaban con luz bajo tierra a las 9,45, encontraron monstruoso fósil en forma de barril de naturaleza completamente desconocida; probablemen­te vegetal, a no ser qué se trate de un ejemplar hiper­desarrollado de radiado marino desconocido. Los tejidos se han conservado evidentemente por la acción de sales minerales. Duro como el cuero, pero con asombrosa fle­xibilidad en algunas partes. Huellas de partes rotas en los extremos y en torno a los costados. Mide seis pies de longitud y tres pies y cinco décimas de diámetro central que disminuye hasta un pie de diámetro en cada punta. Semejante a un barril con cinco protuberancias abultadas en lugar de duelas. Rupturas laterales como tallos más bien finos a la mitad de estas protuberancias. En los sur­cos entre los abultamientos hay curiosas excrecencias

grandes crestas o alas que se pliegan y despliegan como abanicos. Todas están muy deterioradas, menos una, que alcanza casi siete pies una vez extendida. Su construcción

recuerda a ciertos monstruos de los mitos primigenios, especialmente a los Primordiales del Necronomicón.

»Las alas parecen ser membranosas, extendidas sobre una armadura de tubos glandulares. Se perciben diminu­tos orificios en la armadura de las puntas de las alas. Extremos del cuerpo resecos; no dan indicios acerca del interior o de qué es lo que se ha roto allí. Tengo que diseccionar cuando regrese al campamento. No puedo de­cidir si es vegetal o animal. Muchas de sus características son evidentemente de un primitivismo casi inconcebible. He puesto a todos los hombres a cortar estalactitas y a buscar más ejemplares. Hemos encontrado más huesos con marcas, pero éstos tendrán que aguardar. Tenemos dificultades con los perros. No pueden soportar la presen­cia del nuevo ejemplar y probablemente lo destrozarían si no los mantuviéramos a distancia de él.»


* * *



«11,30 noche. Atención, Dyer, Pabodie, Douglas. Asun­to de la mayor importancia —yo diría que trascendente—. Arkham debe retransmitir a la Estación de Kingsport Head inmediatamente. Extraña forma semejante a barril es el objeto arcaico que dejó las huellas en las rocas. Mills, Boudreau y Fowler han encontrado un núcleo de otras trece en punto subterráneo a cuarenta pies de la entrada. Mezclados con trozos de esteatita curiosamente redondeados y configurados, más pequeños que el encon­tracio anteriormente, con forma de estrella pero sin señales ks de rotura excepto en algunas de las puntas.

»De las muestras orgánicas, ocho parecen en perfecto estado y con todos los apéndices. Las hemos sacado todas a la superficie después de alejar a los perros. No pueden soportar su presencia. Atención a la descripción y repetídnosla para confirmar. Los periódicos tienen que trans­cribirla exactamente.

>>Los objetos tienen una longitud total de ocho pies. El torso, en forma de barril, con cinco protuberancias, ~ide seis pies de longitud, tres pies y cinco décimas de diámetro central y un pie de diámetro en los extremos. Gris oscuro, flexibles y extraordinariamente duros. Alas membranosas de siete pies de longitud y del mismo color, que encontramos plegadas, salen de los surcos entre las protuberancias. La estructura de las alas es tubular o glandular, de un color gris más claro, con orificios en las puntas. Las alas extendidas tienen los bordes serrados. En torno al ecuador, en el centro de cada una de las cinco protuberancias verticales semejantes a duelas de barril, hay un sistema de brazos o tentáculos gris claro y flexi­bles, que encontramos fuertemente plegados contra el tor­so, pero se pueden extender hasta una longitud máxima de más de tres pies. Se asemejan a los brazos de los cri­noideos primitivos. Tallos sencillos de tres pulgadas de diámetro se ramifican a una distancia de unas seis pul­gadas en otros cinco tallos, cada uno de los cuales se subdivide al cabo de ocho pulgadas en pequeños ten­táculos o zarcillos ahusados que dan a cada tallo un total de veinticinco tentáculos.

»En la parte superior del torso un cuello romo, bul­boso, de color gris claro con indicios de algo que se ase­meja a branquias, sostiene lo que parece ser una cabeza amarillenta con forma de estrella de mar cubierta por pelillos o cilios muy recios de varios colores elementales.

»La cabeza, gruesa y como hinchada, mide unos dos pies de un extremo al otro con tubos amarillentos y flexi­bles de unas tres pulgadas que salen de cada punta. Hen­didura en el centro exacto de la parte superior, proba­blemente un orificio de respiración. En el extremo de cada uno de los tubos, abultamiento esférico en donde la membrana amarillenta se repliega al tocarla, dejando ver un globo vidrioso irisado y rojizo, evidentemente un ojo.

»Cinco tubos rojizos algo más largos salen de los án­gulos internos de la cabeza estrellada y terminan en partes hinchadas del mismo color, semejantes a bolsas que, al apretarlas, se abren y muestran orificios con forma de cam­pana de dos pulgadas de diámetro como máximo recubier­tos de salientes afilados, blancos y semejantes a dientes

--probablemente bocas—. Todos estos tubos, cilios y puntas de la cabeza estrellada los encontramos firmemente plegados, con los tubos y las puntas fuertemente adheridos al cuello bulboso y al torso. La flexibilidad es sorpren­dente a pesar de la extraordinaria dureza.

»En la parte inferior del torso hay una reproducción más primitiva de la cabeza con funciones distintas. Un falso cuello bulboso de color gris claro, sin branquias ru­dimentarias, sujeta una estructura verdosa en forma de estrella de mar de cinco puntas.

»Brazos recios y musculados, de cuatro pies de largo y de grosor en disminución a partir de un diámetro de siete pulgadas en la base hasta dos y cinco décimas en los extremos. Adherida a la punta de cada brazo hay una pe­queña terminación triangular membranosa, con finas venas, de una longitud de ocho pulgadas y una anchura de seis en el extremo final. Esta es la membrana, la aleta o seu­dopata que dejó huellas en rocas con una antigüedad de entre mil millones y cincuenta o sesenta millones de años.

»De los ángulos internos de las formas estrelladas salen tubos de dos pies que van disminuyendo de grosor desde un diámetro de tres pulgadas en la base a una tercera parte de ese diámetro en el extremo. Tienen orificios en las puntas. Todas estas partes son correosas y de enorme dureza, pero extremadamente flexibles. Brazos de cuatro pies de longitud con membranas interdigitales empleadas indudablemente para moverse en el agua o en otro medio. Cuando se mueven, muestran lo que parece ser una exce­siva musculatura. Tal como los encontramos, estaban todos fuertemente plegados sobre el falso cuello y el final del torso, al igual que sus correspondientes proyecciones del extremo opuesto.

»No puedo decir todavía con toda certeza si pertenecen al reino animal o vegetal, pero las probabilidades están ahora a favor de su animalidad. Probablemente representan una evolución increíblemente avanzada de los radiados, sin pérdida de algunas de sus primitivas características. El parecido con los equinodermos es indiscutible, a pesar de la contradictoria morfología de algunas de las partes.

»La estructura alada causa perplejidad en vista del pro­bable hábitat marino, pero puede que fuera utilizada para la navegación acuática. La simetría es curiosamente vege-. tal y recuerda la estructura esencial, propia de los vegeta­les, de una parte superior y una parte inferior, en lugar de la estructura animal de una parte anterior y otra posterior. Fecha fabulosamente temprana de la evolución, anterior a la de los protozoos más sencillos conocidos hasta ahora, impide cualquier clase de conjetura acerca de su origen.

»Los ejemplares completos tienen una semejanza tan impresionante con ciertos seres de los mitos primigenios que resulta inevitable pensar en su existencia milenaria fuera de la Antártida. Dyer y Pabodie han leído el Ne­cronomicón y han visto las pinturas de pesadilla de Clark Ashton Smith basadas en el texto, y comprenderán lo que quiero decir si ‘hablo de ‘los Primordiales, supuestos crea­dores de la vida terrestre como broma o por error. Los estudios siempre han juzgado dicha concepción como re­sultado de una interpretadón imaginativa y morbosa de muy antiguos radiados tropicales. Semejantes también a formas del folklore prehistórico de que ha hablado Wil­marth: apéndices del culto de Cthulhu, etc.

»Se ha abierto un vasto campo de estudio. Depósitos probablemente del Cretáceo tardío o del temprano Eoceno, a juzgar por los ejemplares hallados con ellos. Estalagmitas inmensas depositadas sobre ellos. Cortarlas ha sido tra­bajo difícil, pero la dureza de los ejemplares ha evitado daños. Estado de conservación milagroso, evidentemente por efecto de la piedra caliza. No hemos hallado más por el momento, pero reanudaremos la búsqueda más tarde. Lo difícil ahora es ‘llevar catorce enormes ejemplares al campamento sin los perros, que ladran frenéticamente y no se ‘les puede dejar cerca de ellos.

»Con nueve hombres —hemos dejado tres para vigilar a los perros— podremos manejar los tres trineos bastante bien, aunque el viento es fuerte. Tenemos que establecer comunicación aérea con bahía de McMurdo y comenzar a enviar material. Pero he de hacer disección de uno de estos seres antes de enviar los demás. Ojalá tuviera aquí un verdadero laboratorio. Dyer debiera darse de bofetadas por tratar de impedir mi excursión al Oeste. Primero las montañas mayores del mundo y luego esto. Si no es la culminación de la expedición, no sé que podrá serlo. He­mos triunfado científicamente. Felicito a Pabodie por la taladradora que abrió la caverna. ¿Ahora puede el Arkham repetir la descripción, por favor?»

Lo que Pabodie y yo experimentamos al recibir este informe es indescriptible, y no le fue a la zaga el entusias­mo de nuestros compañeros. McTighe, que había traducido apresuradamente los pasajes principales según se iban re­cibiendo, escribió ahora todo el mensaje traduciéndolo de ‘la versión original en taquigrafía y lenguaje telegráfico tan pronto como cerró la emisora de Lake. Todos se daban cuenta del significado de aquel descubrimiento que hacía ¿poca, y yo envié mi felicitación a Lake tan pronto como el radio del Arkham repitió la descripción como se le había pedido, siguiendo mi ejemplo Sherman, desde su campa­mento en el depósito de la bahía de McMurdo, y el ca­pitán Douglas del Arkham. Más tarde, como jefe de la expedición, añadí algunos comentarios para que se trans­mitieran desde el Arkham al mundo exterior. Naturalmen­te, era absurdo pensar en dormir en medio de tantas emo­ciones, y mi único deseo era llegar al campamento de Lake lo antes posible. Fue una gran decepción cuando me man­dó decir que una creciente tempestad de viento que sopla­ba de las montañas hacía imposible volar por el momento.

Pero al cabo de una hora y media volvió a aumentar el interés desvaneciendo la desilusión. Nuevos mensajes de Lake hablaban del feliz traslado de catorce de los grandes ejemplares al campamento. La tarea había sido dura, pues aquellas «cosas» tenían un peso sorprendente, pero entre nueve hombres habían logrado hacerlo muy limpiamente. A la sazón, parte de los que formaban el grupo estaban construyendo apresuradamente con vallas de nieve, y a segura distancia del campamento, un cercado al que pu­4ieran llevarse los perros para facilitar su alimentación. Los ejemplares quedaron tendidos sobre la nieve endurecida cerca del campamento, excepto uno con que Lake estaba realizando burdos ensayos de disección.

Esta disección parecía ser tarea más ardua de lo que se había supuesto, pues a pesar del calor que proporcionaba una estufa de gasolina en la tienda-laboratorio recién ar­mada, los tejidos engañosamente flexibles del ejemplar elegido —robusto e intacto— no perdieron nada de su correosa dureza. Lake no acertaba con el modo de hacer las necesarias incisiones sin recurrir a una fuerza bruta que podría alterar los detalles estructurales que buscaba. Es cierto que disponía de otros siete ejemplares en per­fecto estado, pero eran demasiado pocos para utilizarlos imprudentemente, a no ser que la caverna suministrara más tarde una cantidad ilimitada de ellos. Por esta razón sacó el ejemplar en que trabajaba y entró a rastras otro, que, aunque conservaba trazas de las formas de estrella de mar en sus dos extremos, estaba aplastado de mala manera y deformado en parte a lo largo de uno de los dos grandes surcos del torso.

Los resultados, rápidamente comunicados por radio, fueron desconcertantes y decididamente estimulantes. Era imposible realizar una disección escrupulosa o exacta con unos instrumentos casi incapaces de cortar aquellos anó­malos tejidos, pero lo poco que se consiguió nos dejó asombrados y estupefactos. La biología vigente tenía ahora que revisarse enteramente, pues aquello no era producto de ninguna clase de evolución celular de que la ciencia tu­viera conocimiento. Apenas había habido sustitución mi­neral, y a pesar de una antigüedad tal vez de cuarenta millones de años, los órganos internos estaban completa­mente intactos. Aquella calidad correosa, resistente al de­terioro y casi indestructible, era un atributo inherente a la organización de aquel ser y pertenecía a algún ciclo pa­leógeno de evolución invertebrada que trascendía nuestra capacidad de especulación. Al principio, todo lo que Lake encontró estaba seco, pero a medida que el calor de la tienda dejó sentir sus efectos de fusión. encontró una cierta humedad orgánica de penetrante y desagradable olor hacia la parte no dañada del ser. No era sangre, sino un espeso flujo de color verde oscuro que al parecer hacía sus veces. Para cuando Lake llegó a este punto de su investi­gación, los 37 perros estaban ya en el cercado, todavía sin terminar, e incluso a esa distancia, ladraban furiosamente y mostraban gran inquietud ante aquel olor acre y pene­trante.

Lejos de ayudarnos a clasificar al extraño ser, esa disec­ción provisional no hizo sino aumentar su misterio. Todas las suposiciones acerca de sus miembros externos resul­taron acertadas, y en vista de ellas difícilmente podía du­darse de clasificar aquello como animal; pero el examen interno mostró tantas características vegetales que Lake quedó. sumido en un mar de confusiones. Tenía sistema digestivo y circulatorio y evacuaba los residuos naturales por los tubos rojizos de la base en forma de estrella. Tras un examen rápido, se diría que su sistema respiratorio eliminaba oxígeno más bien que bióxido de carbono, y se percibían extraños indicios de cámaras de almacenamiento de aire y métodos de cambiar la respiración de los orificios externos a, por lo menos, otros dos sistemas de respiración completamente desarrollados, uno de branquias y otro de poros. Se trataba claramente de un anfibio y estaba proba­blemente adaptado también para sobrevivir durante largos períodos de hibernación sin aire. Parecían existir órganos vocales conectados con el principal sistema respiratorio, pero éstos presentaban anomalías insolubles por el mo­mento. El habla articulada, en el sentido de pronunciación silábica, apenas resultaba concebible, pero era muy proba­ble que pudieran emitir notas musicales como silbidos de una amplia escala. El sistema muscular estaba desarrollado casi prematuramente.

El sistema nervioso era tan complejo y se encontraba tan desarrollado que dejó atónito a Lake. Aunque excesi­vamente primitivo y arcaico en algunas de sus caracterís­ticas, el ser poseía un conjunto de centros ganglionares y conjuntivos que suponían un desarrollo enormemente es­ pecializado. El cerebro, de cinco lóbulos, mostraba una evolución sorprendentemente avanzada y se percibían in­dicios de un equipo sensorial servido en parte por las cilias, semejantes a alambres, de la cabeza, lo que suponía la exis­tencia de factores ajenos a cualquier otro organismo terres­tre. Probablemente poseía más de cinco sentidos, por lo que sus hábitos no podían deducirse por analogía. Lake supuso que debió tratarse de un ser de fina sensibilidad y funciones delicadamente diferenciadas en su mundo pri­migenio —algo muy semejante a las hormigas y las abejas actuales—. Se reproducía como las plantas criptógamas, especialmente las pteridófitas, tenía cavidades de esporas en las puntas de las alas y crecía evidentemente de un tallo o de un gametófito.

Pero darle un nombre concreto en aquella fase era una pura ‘locura. Parecía un radiado, pero evidentemente era algo más. Era vegetal en parte, pero poseía tres cuartas partes de las características esenciales de la estructura ani­mal. Su contorno simétrico y ciertas otras características indicaban claramente un origen marino, pero no se podía determinar con exactitud el limite de sus posteriores adap­taciones. Las alas, después de todo, sugerían constante­mente que se trataba de un ser volador. Cómo pudo su­frir una evolución tan tremendamente compleja en una tierra recién nacida a tiempo de dejar huellas en rocas arcaicas resultaba tan inconcebible que llevó a Lake a re­cordar los mitos primigenios de aquellos «Ancianos» que bajaron de las estrellas y crearon la vida en la tierra por travesura o por error, y las caprichosas consejas acerca de unos seres cósmicos, que, llegados del exterior, habitaron las montañas, contadas por un colega folklorista del De­partamento de literatura inglesa de la Universidad de Miskatonic.

Naturalmente, consideró la posibilidad de que las hue­llas precámbricas se debieran a un antepasado menos evo­lucionado de los actuales ejemplares, pero descartó rápi­damente esta teoría demasiado sencilla cuando consideró las avanzadas características estructurales de los fósiles más antiguos. Si algo mostraban los más modernos era deca­dencia, más que una mayor evolución. El tamaño de las pseudopatas había disminuido y toda la morfología pa­recía más primitiva y simplificada. Además, los órganos y

nervios recién examinados sugerían un peregrino proceso de regresión a partir de formas todavía más complejas. En total, poco se podía decir que había quedado resuelto. Lake volvió a la mitología en busca de un nombre provi­sional, y denominó jocosamente «Los Primordiales» a los seres que había encontrado.

A eso de las dos y media de la madrugada, luego de de­cidir dejar para el día siguiente la continuación de su trabajo y tratar de tener algún descanso, cubrió el disecado organismo con un lienzo embreado, salió de la tienda-labo­ratorio y estudió los ejemplares intactos con renovado in­terés. El incesante sol antártico había comenzado a reblan­decer ligeramente sus tejidos, de modo que las puntas de la cabeza y los tubos de dos o tres de ellos mostraban señales de desplegarse, aunque Lake pensó que no había peligro de corrupción inmediata en aquel ambiente a menos de cero grados. Pero si juntó todos los ejemplares no di-secados y los cubrió con la lona de una tienda de repuesto para protegerlos de los rayos solares directos. Eso contri­buiría también a que los posibles efluvios no llegaran hasta los perros, cuyo hostil desasosiego estaba empezando a convertirse en problema incluso a la considerable distancia a que se hallaban, al otro ‘lado de una cerca de nieve que un equipo reforzado de hombres estaba apresurándose a ‘alzar en torno a la improvisada perrera. Tuvo que sujetar las esquinas de la lona con grandes bloques de nieve pren­sada para que no se moviera a pesar del vendaval que se estaba levantando, pues las titánicas montañas parecían prepararse a lanzar bocanadas de viento enormemente fuertes. Revivieron los temores a los temporales antárticos, y bajo la supervisión de Atwood se tomaron precauciones para resguardar con nieve las tiendas, el nuevo cercado de los perros y los toscos cobertizos de los aeroplanos al socai­re de las montañas. Estos cobertizos, que habían comenza­do a levantar en momentos perdidos con bloques de nieve endurecida, no tenían ni con mucho la debida altura, y Lake acabó por apartar a todos los hombres de otras tareas y ponerlos a trabajar en las defensas.

Eran las cuatro pasadas cuando Lake se dispuso a dejar de transmitir y nos aconsejó que nos retiráramos a des­cansar, como lo harían él y su gente tan pronto como ‘las defensas fueran un poco más altas. Mantuvo una conver­sación amistosa con Pabodie a través del aire, y reiteró su alabanza de las maravillosas barrenas que le habían ayudado a hacer el descubrimiento. Atwood también trans­mitió saludos y elogios. Yo felicité a Lake efusivamente y reconocí que tuvo razón al insistir en ‘hacer la excursión hacia el Oeste, y, finalmente, todos acordamos ponernos al habla por radio a las diez de la mañana siguiente si la tempestad había amainado; Lake enviaría un aeroplano para recoger al grupo de mi base. Justo antes de acostarme envié un mensaje final al Arkham con instrucciones de que rebajaran el tono de las noticias del día para el consumo del mundo exterior, pues dar todos los detalles me parecía que podía levantar una ola de incredulidad hasta que fueran comprobados.



III


Imagino que ninguno de nosotros durmió muy profun­damente ni de forma continuada aquella madrugada. Lo impedían, de una parte, la excitación que nos había produ­cido la noticia del descubrimiento de Lake y, de otra, la creciente furia del vendaval. Soplaba de un modo tan salvaje, aun donde nosotros estábamos, que no pudimos por menos de pensar cómo lo estarían pasando en el cam­pamento de Lake, situado justamente bajo los inmensos picos desconocidos, donde nacía y se desataba el viento. McTighe ya estaba en pie a las diez intentando oír a Lake por radio, según habíamos convenido, pero alguna pertur­bación eléctrica que había en el aire agitado, hacia el Oeste, parecía impedir la comunicación. Si pudimos, en cambio, ponernos al habla con el Arkham, y Douglas me dijo que también había tratado en vano de establecer con­tacto con Lake. Douglas no sabía de la tempestad, pues

en la bahía de McMurdo soplaba poco viento a pesar de su insistente fiereza en donde nos hallábamos.

Nos pasamos el día escuchando con ansiedad y tratando de enlazar con Lake, pero siempre sin resultado. Hacia mediodía el viento sopló enloquecido desde el Oeste y nos hizo temer por la seguridad de nuestro campamento; pero acabó amainando casi totalmente, sin más que una mode­rada recaída a las dos de la tarde. Después de las tres la calma era absoluta y redoblamos nuestros esfuerzos para comunicarnos con Lake. Pensábamos que por tener cuatro aeroplanos, dotados cada uno de un excelente equipo de onda corta, era improbable que un accidente ordinario pudiera haber inutilizado simultáneamente todos los apa­ratos. Pero lo cierto era que continuaba el silencio total, y cuando pensábamos en la fuerza delirante que el viento debía haber alcanzado en su campamento no podíamos alejar de nuestra imaginación los más ominosos presagios.

Para las seis nuestros temores eran ya más vivos y concreto, y después de consultar por radio con Douglas y Thorfinnssen, decidí tomar las medidas necesarias para realizar una investigación. El quinto aeroplano, el que ha­blamos dejado en el depósito de la bahía de McMurdo con Sherman y dos marineros, estaba en buenas condicio­nes y listo para su empleo inmediatamente; parecía ha­berse presentado la emergencia para la cual lo habíamos reservado. Llamé a Sherman por radio y le ordené que acudiera con el aeroplano y los dos marineros a la base Sur tan pronto como pudiera, pues las condiciones meteo­rológicas parecían ser muy propicias. Hablamos luego del personal que realizaría la investigación, y decidimos incluir a todos los hombres, llevando además el trineo y los perros que yo había conservado. Aunque muy considerable, la carga no sería excesiva para uno de aquellos enormes aero­planos que habían sido construidos, según nuestras instrucciones, para el transporte de maquinaria pesada. De cuando en cuando volví a tratar de comunicarme con Lake, pero todo fue en vano.

Sherman, con los marineros Gunnarsson y Larsen, des­pegó a las siete y media e informó desde varios puntos del recorrido que las condiciones de vuelo eran buenas. Lle­garon a nuestra base a medianoche, y todos procedimos inmediatamente a discutir qué haríamos a continuación. Era arriesgado volar sobre la Antártida con un solo aparato y sin contar con una línea de bases de apoyo, pero ninguno vaciló ante lo que parecía ser un caso de absoluta necesi­dad. Nos retiramos a las dos para descansar brevemente después de realizadas las operaciones preliminares de car­ga, pero cuatro horas más tarde ya estábamos otra vez en pie para terminar de cargar el aeroplano y empaquetar el resto de las cosas.

A las siete y cuarto de la mañana del 25 de enero ini­ciamos el vuelo hacia el noroeste con McTighe como pi­loto, más diez hombres, siete perros, un trineo, provisión de víveres y combustible, y algunas otras cosas, entre ellas la radio del aeroplano. La atmósfera estaba clara y casi en calma, y la temperatura era relativamente suave. Calcula­mos que encontraríamos pocas dificultades para llegar a la latitud y longitud que Lake nos había dado como coor­denadas de su campamento. Nos horrorizaba pensar en lo que pudiéramos encontrar, o no encontrar, al final del viaje, pues el silencio seguía siendo la única respuesta a nuestras insistentes llamadas al campamento Guardo indeleblemente grabados en la memoria todos los incidentes de aquel vuelo de cuatro horas y media, por tratarse de un momento crucial en mi vida, que marca la pérdida, a mis cincuenta y cuatro años, de toda la paz y equilibrio mental resultantes de la aceptación de un concepto habitual de la naturaleza y de sus leyes. A partir de entonces, los diez —pero sobre todo un estudiante, Danforth, y yo— íbamos a enfrentarnos con un mundo espantosamente ampliado de horrores en acecho que nada puede borrar de nuestra memoria, y que si pudiéramos nos abstendríamos de compartir con la humanidad en ge­neral. Los periódicos han publicado los boletines que en­viamos desde el aeroplano en vuelo y que describían nues­tro viaje sin escalas, las dos luchas que mantuvimos con traidores vendavales en la atmósfera superior, nuestra vi­sión de la superficie rota donde Lake había hundido tres días antes la perforadora a mitad de su viaje, y cómo en­contramos un grupo de esos extraños cilindros algodono­sos de nieve, observados por Amundsen y Byrd, y que el viento hacia rodar sobre interminables leguas de la helada meseta. Pero llegó la hora en la que no pudimos expresar nuestras sensaciones con palabras que la prensa hubiera podido entender, y otro momento posterior en el que tuvimos que adoptar una verdadera norma de estricta censura.

Larsen, uno de los marineros, fue el primero que des­cubrió la linea dentada de cumbres cónicas y picos de apa­riencia maligna que teníamos delante en la distancia, y sus gritos nos impulsaron a todos a mirar por las venta­nillas de la espaciosa cabina del avión. A pesar de nuestra velocidad, tardaron mucho en destacarse sobre el fondo, por lo que dedujimos que se encontraban a una distancia infinita y que eran visibles solamente a causa de su extra­ordinaria altura. Pero poco a poco fueron irguiéndose amenazadoras en el horizonte, hacia poniente, y pudimos ver varias cumbres desnudas, yermas y negruzcas y captar la curiosa sensación de fantasía que inspiraban vistas a la rojiza luz antártica sobre el sugestivo fondo de unas nubes iridiscentes de polvo de hielo. Todo el espectáculo estaba saturado de la insinuación pertinaz y penetrante de algún asombroso secreto de posible revelación. Era como si aquellas enhiestas torres de pesadilla fuesen pilones que enmascarasen una temible puerta de acceso a prohibidas es­feras del ensueño, enigmáticas simas de remotos tiempos y espacios ultradimensionales. No pude eludir la impresión de que eran cumbres malignas —montañas de locura cuyas más lejanas laderas se asomaban a algún detestable abismo final—. Aquella nube al fondo, trémula y medio luminosa, despertaba sugerencias indecibles, más que de un espacio terrestre de un más allá vago y etéreo, y daba aterradoras advertencias de la naturaleza totalmente remota, apartada, desolada y muerta desde hacía muchos eones de ese mundo ­austral insondable y jamás hollado.

Fue Danforth quien nos llamó la atención acerca de la curiosa regularidad de las montañas más altas, regularidad como de fragmentos adheridos de cubos perfectos, a los que Lake había aludido en sus mensajes y que efectiva­mente justificaban su comparación con las imágenes, como soñadas, de ruinas de templos primitivos sobre las cimas nubosas de Asia, que tan sutil y extrañamente pintara Roerich. En verdad había algo obsesionante, que evocaba a Roerich en todo este continente sobrenatural, de mon­tañas misteriosas. Lo experimenté en octubre, cuando divisamos por primera vez Tierra Victoria, y lo volví a expe­rimentar ahora. Sentí también otra oleada de inquietante percepción de semejanza con los mitos arcaicos, de la forma sospechosa en que estas tierras letales correspon­dían a la meseta de Leng, de siniestro renombre, que apa­rece en los escritos primitivos. Los mitólogos han situado Leng en el Asia Central, pero la memoria racial del hombre

o de sus predecesores— es larga y bien pudiera ser que ciertas consejas hubieran llegado desde tierras, montañas y templos del horror anteriores a Asia y anteriores a cual­quier mundo humano conocido. Algunos místicos audaces han insinuado que los fragmentarios manuscritos Pnakó­ticos tienen un origen anterior al pleistoceno, y han su­puesto que los fieles de Tsathoggua estaban tan lejos de ser humanos como el propio Tsathoggua. Leng, donde­quiera que estuviera situada espacial o temporalmente, no era una región en la que yo deseara encontrarme, ni me agradaba tampoco la proximidad de un mundo que dio el ser a las ambiguas y arcaicas monstruosidades que Lake había mencionado. En aquel momento deploré haber leído el aborrecido Necrornomicón y haber hablado tanto con Wilmarth, el folklorista de la Universidad, versado en tan desagradables temas.

Este estado de ánimo sirvió indudablemente para agra­var mi reacción ante el extraño espejismo que se desató sobre nosotros, desde un cenit cada vez más opalescente, según nos aproximábamos a las montañas y comenzábamos a divisar las ondulaciones acumuladas de sus estribacio­nes. Durante las semanas anteriores habíamos visto do­cenas de espejismos polares, algunos de ellos de un realis­mo tan misterioso y fantástico como el actual, pero éste tenía una calidad de simbolismo amenazador completamen­te nueva y misteriosa, y me estremecí cuando el trémulo laberinto de muros, torres y minaretes fabulosos surgió de entre los turbulentos vapores helados que se cernían sobre nosotros.

El efecto que producía era el de una ciudad ciclópea de arquitectura no conocida ni imaginada por el hombre, con inmensas masas de mampostería, negras como la no­che, que suponían monstruosas desviaciones de las leyes geométricas. Había conos truncados, a veces en escalones o estriados, que terminaban en altas columnas cilíndricas interrumpidas aquí y allá por abultamientos bulbosos, y a menudo coronadas por hileras de finos discos ondulados, así como grotescas estructuras prominentes y lisas que hacían pensar en amontonamientos de numerosas losas rectangulares, planchas circulares o estrellas de cinco pun­tas que se cubrieran parcialmente unas a otras. Había pirámides y conos compuestos, aislados o coronando cilin­dros, cubos o pirámides y conos truncados más chatos, y también torres aguzadas como alfileres en curiosos haces de cinco. Todas estas febriles estructuras parecían estar unidas por puentes tubulares que cruzaban de las unas a las otras a través de vertiginosos abismos, y la escala im­plícita en todo el conjunto era aterradora y opresiva por sus desmesuradas dimensiones. El espejismo, en líneas generales, no era muy distinto de algunos de los más ca­prichosos observados y dibujados por el ballenero ártico Scoresby en 1820, pero en aquel lugar y momento, con aquellos picos oscuros y desconocidos que se elevaban pro­digiosamente ante nosotros, aquel descubrimiento anómalo de un mundo anterior en nuestras mentes y el presagio de un probable desastre que habría afectado a la mayor parte de la expedición, todos creímos percibir en él un matiz de latente perversidad y un augurio infinitamente aciago.

Sentí alivio cuando el espejismo comenzó a desvane­cerse, aunque en el proceso de disolución los diversos conos y torres de pesadilla adoptaron temporalmente for­mas distorsionadas aún más horrorosas. Cuando todo aquel engañoso espectáculo se desvaneció para sofocarse en ebullente opalescencia, comenzamos a mirar otra vez hacia tierra, y advertimos que no estaba lejos el fin de nuestro viaje. Las desconocidas montañas que teníamos ante nos­otros se elevaron vertiginosamente como imponente mu­ralla ciclópea dejando ver con sorprendente claridad sus curiosas regularidades aun sin ayuda de prismáticos. Ya volábamos sobre las estribaciones más bajas y podíamos distinguir entre la nieve, el hielo y los retazos desnudos de la meseta principal un par de puntos oscuros que su­pusimos eran el campamento de Lake y las perforaciones hechas por éste. Las estribaciones más altas se elevaban a unas cinco o seis millas de distancia formando una ca­dena casi independiente de la aterradora cordillera del fondo, con picos más altos que el Himalaya. Al fin, Ropes —el estudiante que había relevado a McTighe en los man­dos del aparato— comenzó a descender hacia el punto os­curo de la izquierda, cuyo tamaño hacía suponer que se trataba del campamento. Mientras lo hacía, McTighe trans­mitió el último mensaje no censurado que el mundo iba a recibir de nuestra expedición.

Todos, naturalmente, han leído los breves e insuficien­tes boletines del resto de nuestra permanencia en la An­tártida. Algunas horas después del aterrizaje enviamos un cauteloso informe acerca de la tragedia que habíamos en­contrado, y anunciamos al mundo con dolor que todo el grupo de Lake había sido exterminado por el terrible viento del día anterior, o de la noche que le precedió. Once muertos seguros y Gedney desaparecido.

Se nos perdonó nuestra confusa falta de detalles por comprender el estado de ánimo en que debió sumirnos el triste suceso, y se nos creyó cuando dijimos que los tre­mendos destrozos causados ¿por el viento habían dejado los once cadáveres en un estado que hacía imposible su traslado. Realmente, me halaga que en medio de la an­gustia, del total desconcierto y del antenazante horror apenas nos desviáramos de la verdad en ningún momento. Lo tremendamente significativo es lo que no nos atrevimos a relatar, lo que aun hoy no mencionaría si no fuera por la necesidad de advertir a otros para que se mantengan alejados de terrores sin nombre.

Ciertamente que el viento había causado daños terri­bles. Es muy dudoso que todos hubieran podido sobrevivir a sus efectos, aunque no hubieran ocurrido otros aconte­cimientos. La tempestad, con su furor de partículas de hielo disparadas con fuer.za infernal, tuvo que ser algo infinitamente peor que todo lo que la expedición había encontrado hasta entonces. Uno de los cobertizos de los aviones —todos, al parecer, habían quedado muy débiles y poco resistentes— estaba casi pulverizado, y la torre de perforación, a alguna distancia, había quedado total­mente destrozada. Las partes metálicas expuestas al viento de los aviones y del equipo de sondeo estaban pulimen­tadas por la infinidad de golpes recibidos, y dos de las tiendas pequeñas aparecían aplastadas a pesar de los muros de nieve alzados para su protección. Las superficies de madera azotadas por el vendaval estaban despintadas y llenas de agujeros, y de la nieve habían desaparecido toda clase de huellas. También es verdad que no encontramos ninguno de los ejemplares biológicos arcaicos en condi­ciones de poderlo transportar entero. Recogimos algunos minerales de un gran montón esparcido, entre ellos varios de los trozos verduscos de esteatita, cuya rara forma de estrella de cinco puntas y casi imperceptible dibujo de puntos agrupados había dado motivo para tantas dudosas comparaciones, y también algunos ‘huesos fósiles, entre los cuales se hallaban algunos de los más característicos de los ejemplares curiosamente dañados.

No habla sobrevivido ninguno de los perros y el cer­cado de nieve, apresuradamente construido cerca del cam­pamento, estaba destruido casi totalmente. Es posible que fuera obra del viento, aunque una mayor destrucción en la parte próxima al campamento, que no era la de barlo­vento, hacía pensar en una arremetida de los propios ani­males impulsados por el frenesí. Los tres trineos hablan desaparecido, y hemos tratado de explicar que es posible que .el viento los arrastrara lejos de allí. La perforadora y el equipo de fusión de hielo que hallamos junto a la perforación estaban demasiado destrozados para pensar en salvarlos, por lo que los utilizamos para cegar aquella puerta de acceso al pasado, sutilmente inquietante, que Lake había abierto con dinamita. También dejamos en el campamento dos de los aeroplanos más averiados, puesto que entre nuestro equipo de supervivientes solamente ha­bía cuatro verdaderos pilotos —Sherman, Danforth, Mc­Tighe y Ropes—, y Danforth se encontraba en un estado de nervios poco a propósito para pilotar. Recogimos todos los libros, equipo científico y accesorios que pudimos encontrar, aunque muchos de ellos habían desaparecido inex­plicablemente por causa del viento. Las tiendas de re­puesto y las pieles o habían desaparecido o se encontraban en muy mal estado.

Eran aproximadamente las cuatro de la tarde cuando, después de un vuelo de reconocimiento muy prolongado, nos vimos obligados a dar a Gedney por perdido, y a esa hora transmitimos al Arkham un cauteloso mensaje; creo que hicimos bien en darle el tono tranquilo y poco com­prometedor con que conseguimos revestirlo. Si hablamos de agitación fue con respecto a los perros, cuyo frenesí ante la proximidad de los ejemplares biológicos era de es­perar en vista de los informes del pobre Lake. Creo que no mencionamos sus semejantes muestras de inquietud al olfa­tear los extraños trozos de esteatita verdosa y algunos otros objetos de la desordenada zona, entre ellos instrumentos científicos, aeroplanos y maquinaria, que se encontraban tanto en el campamento como en la perforación, y cuyas piezas habían sido aflojadas, movidas o manipuladas por el viento, el cual debía estar dotado de singular curiosidad y deseos de investigar.

de Debe perdonársenos que nos mostráramos vagos acerca los catorce ejemplares biológicos. Dijimos que los úni­cos que hallamos estaban muy maltrechos, aunque quedaba lo bastante de ellos para demostrar que la descripción de Lake había sido completa e impresionantemente exacta. Fue difícil mantener las emociones personales al margen de todo aquello; no dimos números, ni dijimos cómo ha­bíamos encontrado lo que pudimos hallar. Para entonces ya habíamos convenido no transmitir nada que pudiera sugerir que la locura se había apoderado de los hombres de Lake, aunque evidentemente parecía obra de dementes qije seis de las monstruosidades estuvieran cuidadosamente enterradas en posición vertical en tumbas de nueve pies de profundidad bajo montículos en forma de estrella de cinco puntas cubiertos de puntos hechos con algún ins­trumento punzante, formando dibujos exactamente iguales a los que mostraban los extraños trozos de esteatita color verdoso del período mezosoico o terciario. Los ocho ejem­plares en perfectas condiciones que Lake había menciona­do habían desaparecido totalmente arrastrados por el viento.

También tuvimos cuidado de no alterar la tranquilidad del público, razón por la cual Danforth y yo apenas ha­blamos del terrible vuelo del día siguiente sobre las mon­tañas. El hecho de que solamente un aeroplano radical­mente aligerado de peso podría sobrevolar una cordillera de tan gran altura fue lo que afortunadamente limitó a nosotros dos el número de participantes en la expedición. Cuando regresamos a la una de la madrugada, Danforth estaba a punto de derrumbarse vencido por los nervios, pero se dominó de manera admirable. No fue necesario vio­lentarle para que prometiera no mostrar los dibujos que habíamos hecho y el resto de las cosas que trajimos en los bolsillos, ni para que dijera a los demás sólo lo que ha­bíamos convenido que transmitiriamos al exterior y es­condiera las películas de fotografías tomadas con el fin de revelarías posteriormente en secreto; por ello, esta parte de mi narración será tan nueva para Pabodie, Mc­Tighe, Ropes, Sherman y los demás como para el mundo en general. En realidad, Danforth es más reservado que yo, pues él vio, o cree que vio, algo que ni siquiera a mí ha querido decirme.

Como todos saben, en nuestro informe confirmábamos la opinión de Lake de que los grandes picos eran de pizarra precámbrica y de otros estratos arcaicos que habían permanecido inalterables por lo menos desde mediados del Comanchiense; comentábamos la regularidad de las formaciones de murallas y cubos adheridos, decidíamos que las bocas de cavernas indicaban la presencia de venas calcáreas disueltas, conjeturábamos que ciertas laderas y desfiladeros permitirían escalar y cruzar la cordillera a es­caladores experimentados; y comentábamos que en la otra vertiente misteriosa existía una elevada e inmensa super­meseta tan antigua e inmutable como las propias monta­ñas, todo ello mientras narrábamos un duro ascenso hasta veinte mil pies de altitud, con grotescas formaciones ro­cosas que sobresalían de una fina capa glacial y con bajas estribaciones entre la superficie general de la meseta y los precipicios cortados a pico de las cumbres más altas.

Este conjunto de datos es exacto en todos los sentidos y satisfizo completamente a los hombres del campamento. Achacamos el ‘hecho de no haber regresado hasta pasadas dieciséis horas —un tiempo superior al que dijimos que habíamos permanecido volando, aterrizando, reconociendo el terreno y recogiendo rocas— a imaginarios vientos ad­versos, y dimos noticia verdadera de nuestro aterrizaje en las estribaciones más lejanas. Afortunadamente el relato parecía auténtico y lo suficientemente trivial como para no tentar a otros a emular el vuelo realizado. Si alguien. hubiese tratado de imitarnos, yo hubiera empleado todos mis poderes de persuasión para disuadirlo —y no sé lo que Danforth hubiera hecho—. Mientras estuvimos au­sentes Pabodie, Sherman, Ropes, McTighe y Williamson trabajaron incansablemente en los’ dos mejores aeroplanos de Lake, dejándolos en estado de funcionamiento a pesar de los inexplicables destrozos que se habían producido en su mecanismo.

Decidimos cargar todos los aeroplanos a la mañana si­guiente y salir para nuestra antigua base lo antes posible. Aunque esta ruta no era la directa, era la más segura para llegar a la bahía de McMurdo, pues volar en línea recta través de desconocidas extensiones del continente, muerto durante eones, supondría añadir muchos peligros. Apenas resultaba posible realizar más exploraciones, en vista de las trágicas bajas que habíamos tenido y del daño sufrido por el equipo de perforación. Las dudas y los horrores que nos rodeaban, y que no revelamos, solamente nos hacían desear escapar lo más rápidamente posible de aquel mundo austral de desolación y sobre el cual se cernía la locura.

Como sabe el público, nuestro regreso al mundo civi­lizado se logró sin más desastres. Todos los aeroplanos llegaron a la antigua base en la tarde del día siguiente —27 de enero-, después de un rápido vuelo sin esca­las; el 28 llegamos a la bahía de McMurdo tras dos eta­pas de vuelo la única escala, muy breve, fue debida a la avería de un timón provocada por el tremendo viento que soplaba por encima de la muralla de hielo una vez atravesada la gran meseta. A los cinco días, el Arkham y el Miskatonic, con toda la tripulación y todo el equipo a bordo, nos alejamos de los mantos de hielo cada vez más espesos y navegamos rumbo al Norte por el mar de Ross con las burlonas alturas de Tierra Victoria desco­llando contra un alborotado cielo antártico hacia el Oes­te y desfigurando los gemidos del viento hasta conver­tirlos en silbos musicales que abarcaban una amplia es­cala y que me helaron el alma hasta lo más hondo. Menos de dos semanas después dejamos atrás el último indicio de regiones polares y dimos gracias al cielo por haber salido de un territorio embrujado y maldito en que la vida y la muerte, el espacio y el tiempo habían formado oscuras y blasfemas alianzas en las épocas ignotas en que la materia serpenteó primero y nadó después sobre la cor­teza apenas enfriada del planeta.

Desde nuestro regreso, todos hemos procurado disua­dir a los posibles exploradores de la Antártida, reserván­donos ciertas dudas y suposiciones con espléndida una­nimidad y fidelidad. Incluso el joven Danforth, pese a su crisis nerviosa, no ha flaqueado ni ha hecho revelaciones importunas a sus médicos —y eso que, como he dicho, ‘hay algo que cree haber visto solamente él y que ni a mí quiere contarme, aunque creo que mejoraría su estado psíquico si consintiera en hacerlo. Su revelación podría explicar y mejorar muchas cosas, aunque bien pudiera ser que no se tratara sino de imaginaciones, consecuencia de la anterior impresión. Esa es la sensación que me de jan esos escasos momentos de irresponsabilidad en que me susurra cosas incoherentes, cosas que niega con vehe­mencia tan pronto como recobra el dominio de si mismo.

Será difícil disuadir a otros de que se dirijan hacia la inmensa blancura del Sur, y algunas de nuestras tenta­tivas puede que perjudiquen directamente nuestra causa al estimular el deseo de saber. Debimos suponer desde un principio que la curiosidad humana. no muere y que los resultados que dimos a conocer bastarían para servir de acicate a otros y lanzarlos a la misma búsqueda mile­naria de lo desconocido. Los informes de Lake acerca de aquellas monstruosidades biológicas habían enardecido en grado máximo a los naturalistas y a los paleontólogos, aunque tuvimos la prudencia suficiente como para no mos­trar los trozos separados que habíamos tomado de los ejemplares enterrados, ni las fotografías de esos mismos ejemplares tal como fueron hallados. También nos abs­tuvimos de enseñar los huesos dañados y los trozos de esteatita verdosa, mientras que Danforth y yo hemos man­tenido celosamente guardadas las fotografías que toma­mos y los dibujos que hicimos en la altiplanicie de allende la cordillera y las cosas arrugadas que alisamos, estudia­mos con horror y nos llevamos en los bolsillos.

Pero ahora se está organizando la expedición Stark­weather-Moore, y con una minuciosidad muy superior a la que nuestro equipo trató de conseguir. Si no los disuadimos llegarán hasta el mismo núcleo de la Antártida y derretirán y taladrarán hasta sacar a la luz lo que nos­otros sabemos que puede acabar con el mundo. Así pues, he de poner fin al silencio y hablar incluso de aquella postrera cosa sin nombre que se encuentra más allá de las montañas de la locura.



IV


Sólo con enorme vacilación y repugnancia permito a la memoria que vuelva al campamento de Lake y a lo que allí encontramos verdaderamente —y a aquella otra cosa que se encuentra más allá de las montañas de la locura. Siento la constante tentación de rehuir los detalles y dejar que las insinuaciones ocupen el lugar de los hechos y de las inevitables deducciones. Espero haber dicho ya lo su­ficiente para que se me permita mencionar apresurada­mente lo demás, es decir, el horror del campamento. He hablado del terreno devastado por el viento, de los co­bertizos dañados, del desorden de la maquinaria, de la inquietud de los perros, de la desaparición de trineos y otros objetos, de la muerte de hombres y perros, de la desaparición de Gedney y de los seis ejemplares bioló­gicos enterrados de forma que dijérase obra de un loco, procedentes de un mundo muerto hacía cuarenta millo­nes de años y con sus tejidos extrañamente incólumes a pesar de todos los daños de la estructura. No recuerdo si he dicho que cuando contamos los cadáveres de los perros advertimos que faltaba uno. No pensamos mucho en ello hasta más tarde —y en realidad solamente lo he­mos hecho Danforth y yo.

Lo principal que he venido callando tiene que ver con los cadáveres y con ciertos detalles sutiles que pueden dar o no una especie de explicación horrenda e increíble del aparente caos. En su momento, traté de mantener la mente de todos alejada de estas cosas, pues era mucho más sencillo —y mucho más normal— achacarlo todo a uA ataque de locura de algunos de los hombres del grupo de Lake. Por el aspecto que ofrecía todo, el viento demo­níaco llegado desde las cumbres debió bastar para enlo­quecer a cualquiera que se hallara en aquel centro de todo el misterio y toda la desolación de la tierra.

La anomalía que lo remataba todo era, naturalmente, las condiciones en que se hallaban los cadáveres, tanto los de los hombres como los de los perros. Todos se ha­bían visto envueltos en una especie de lucha terrible y estaban desgarrados y despedazados de manera diabólica y completamente inexplicable. Por lo que pudimos cole­gir, la muerte había sobrevenido por lesiones o estrangu­lación. Era evidente que fueron los perros los que inicia­ron la lucha, pues el estado de su primitivo cercado demostraba que se había roto desde dentro. Lo habían situado a cierta distancia del campamento por el odio que inspiraban a los animales aquellos infernales organismos arcaicos, pero esta precaución parece que resultó inútil. Cuando los dejaron solos en medio de aquel viento mons­truoso, tras unos endebles muros de insuficiente altura, los perros debieron salir de estampía, no sé si a causa del mismo viento o excitados por un sutil olor que emanaba en cantidad creciente de aquellas criaturas de pesadilla.

Pero lo ocurrido era en cualquier caso horrendo y re­pugnante. Tal vez sea mejor que deje a un lado los escrú­pulos y diga al fin lo peor, aunque manifieste categórica­mente la opinión de que, a juzgar por las observaciones directas y las rigurosas deducciones que hicimos tanto Dan­forth como yo, el por entonces desaparecido Gedney nada tuvo que ver con los abominables horrores que encon­tramos. He dicho que los cadáveres estaban espantosa­mente destrozados, pero ahora debo añadir que algunos de ellos mostraban incisiones muy curiosas, hechas a san­gre fría y de la manera más inhumana. Me refiero tanto a los perros como a los hombres. Los cuerpos más sanos y gruesos de cuadrúpedos y bípedos estaban despojados de las partes más carnosas, como si hubieran pasado por manos de un hábil carnicero; y en torno suyo había sal esparcida, procedente de las cajas de provisiones que se hallaban en los aeroplanos y que habían sido saqueadas, lo que evocaba las más horribles imágenes. Todo había ocurrido en uno de los rudimentarios cobertizos del cual habían sacado uno de los aeroplanos; los vientos habían borrado después todas las huellas que hubieran podido servir de base una teoría plausible. Los trozos de ropas que estaban esparcidos, arrancados brutalmente de los cuerpos que mostraban las incisiones, no ofrecían ningún indicio. De nada sirve sacar a relucir aquí las huellas que hallamos débilmente marcadas sobre la nieve en una es­quina resguardada del destrozado cercado, pues no tenían nada que ver con huellas humanas, sino que estaban cla­ramente relacionadas con aquellas huellas fosilizadas de las que el pobre Lake había estado hablando las semanas anteriores. Era necesario frenar la imaginación al socaire de aquellas ensombrecedoras montañas de locura.

Como ya he dicho, resultó que Gedney y uno de los perros habían desaparecido. Al descubrir aquel terrible cobertizo, habíamos echado de menos a dos perros y a dos hombres, pero la tienda de disección, poco dañada, en la que entramos después de investigar las monstruosas tumbas, tenía algo que revelarnos. No estaba como Lake la había dejado, pues los trozos cubiertos de aquella monstruosidad primigenia ya no se hallaban sobre la im­provisada mesa de disección. De. hecho, ya nos habíamos percatado de que uno de esos seis seres imperfectos y demencialmente inhumados que habíamos encontrado —el que conservaba vestigios de un olor singularmente odio­so- debía corresponder al conjunto de los trozos del ente que Lake había tratado de estudiar. Sobre la mesa del laboratorio, y alrededor de ella, había esparcidas otras co­sas, y no tardamos en adivinar que eran los trozos, mi­nuciosa pero extraña y torpemente diseccionados de un hombre y un perro. Callaré el nombre de aquella persona en atención a los sentimientos de sus familiares. Habían desaparecido los instrumentos de cirugía de Lake, pero sí había señales de que habían sido limpiados cuidadosa­mente. También se había esfumado la estufa de gasolina, aunque si encontramos un curioso revoltijo de cerillas. En­terramos los restos humanos junto a los otros diez hom­bres, y los restos de los perros, junto a los cadáveres de los otros treinta y cinco animales. En cuanto a las extra­ñas manchas de la mesa del laboratorio y el desordenado montón de libros ilustrados, violentamente manoseados, que había a su lado, nos encontrábamos demasiado atur­didos para hacer conjeturas sobre ello.

Esto era lo peor del campamento, pero había otras co­sas que no causaban menor perplejidad. La desaparición de Gedney, de uno de los perros, de los ocho ejemplares biológicos indemnes, de los tres trineos y de ciertos ins­trumentos, libros técnicos y científicos, material de escri­tura, linternas con sus correspondientes pilas, provisiones y combustible, aparatos de calefacción, tiendas de repuesto, trajes de pieles y cosas semejantes, estaban más allá de cualquier hipótesis razonable; como no había explica­ción tampoco para los borrones de tinta hallados en cier­tos pedazos de papel ni para las pruebas evidentes de que los aeroplanos y otros instrumentos mecánicos, tanto en el campamento como junto a las perforaciones, habían sido manipulados ineptamente. Los perros parecían no poder soportar la maquinaria tan extrañamente desordenada. Luego estaba también el asalto a la despensa, la desapa­rición de ciertos alimentos de primera necesidad, y las latas cómicamente apiladas y abiertas por los procedimien­tos y lugares más increíbles. La abundancia de fósforos esparcidos, intactos, rotos o gastados constituía otro enig­ma menor, así como dos o tres lonas de tienda y algunos abrigos de pieles que encontramos tirados en el suelo con cortes ‘hechos, al parecer, al azar, pero que posiblemente se hicieron al tratar de adaptar unas y otros a usos difí­ciles de imaginar. El mal trato dado a los cuerpos huma­nos y caninos y la demente inhumación de los ejemplares arcaicos, encajaban con aquella aparente locura destruc­tora. Con vistas a una eventualidad como la que estamos viviendo ahora, fotografiamos cuidadosamente todas las muestras de vesánico desorden perceptibles en el campa­mento; utilizaremos las reproducciones para apoyar nues­tros ruegos de que no parta la proyectada expedición de Starkweather-Moore.

Lo primero que hicimos cuando encontramos los cuer­pos en el cobertizo, fue fotografiar y abrir la fila de tum­bas cubiertas con montículos de nieve en forma de estre­lla. No pudimos sino advertir la semejanza que había en­tre aquellos monstruosos montones de nieve, con sus conjuntos de puntos agrupados, y la descripción que nos había hecho el desgraciado Lake de los insólitos pedazos ¿e esteatita verdosa, y cuando encontramos algunos de estos pedazos en el gran montón de minerales, advertimos que ‘la semejanza era, efectivamente, muy grande. He de decir claramente que toda aquella configuración recordaba abominablemente la cabeza en forma de estrella de aque­llos seres arcaicos y todos estuvimos de acuerdo en que esta semejanza debió de ejercer una poderosa influencia en la mente de los hombres de Lake, hipersensibilizados por el cansancio.

Porque la locura —centrada en Gedney como único posible superviviente— fue la explicación espontánea­mente adoptada por todos, al menos en cuanto a lo que se expresó verbalmente, aunque no incurriré en la inge­nuidad de negar que cada uno de nosotros probablemente abrigaba las más descabelladas explicaciones que la cordu­ra nos impidió formular. Sherman, Pabodie y McTighe realizaron aquella tarde un largo vuelo sobre el territorio de los alrededores y escudriñaron el horizonte con pris­máticos en busca de Gedney y de los varios seres desapa­recidos, pero nada se pudo averiguar. El trío explorador informó que la cordillera se extendía interminablemente hacia la derecha y hacia la izquierda sin disminuir de al­tura ni mostrar cambio esencial de la estructura. En algu­nos de los picos, sin embargo, las formaciones de cubos y bastiones eran más claras y acusadas, y presentaban se­mejanzas doblemente fantásticas con las ruinas de las tie­rras altas de Asia pintadas por Roerich. La distribución de las crípticas bocas de cueva en las negras cimas des­provistas de nieve parecía más o menos regular hasta don­de la vista podia alcanzar.

A pesar de todos los horrores presentes, conservamos celo científico y curiosidad suficientes como para pregun­tarnos acerca de las regiones desconocidas que se ha­llarían al otro lado de las misteriosas montañas. Como dijimos en nuestros partes, siempre cautelosos, descansa­mos a medianoche, después de un día de espanto y des­concierto, mas no sin antes pergeñar un plan provisional para sobrevolar una o varias veces más la cordillera con un aeroplano poco cargado, máquina de fotografías aéreas y equipo de geología, a partir de la mañana siguiente. Se decidió que Danforth y yo hiciéramos la primera tenta­tiva, y con el propósito de despegar temprano nos levan­tamos a las siete, pero el fuerte viento, mencionado en nuestro sucinto boletín para el mundo exterior, retrasó la partida hasta casi las nueve.

Ya he repetido el relato no comprometedor que hicimos a los hombres del campamento y que retransmitimos al exterior a nuestro regreso, dieciséis horas después de nuestra partida. Ahora me incumbe el tremendo deber de ampliar ese informe rellenando los vacíos que he ca­llado por piedad con insinuaciones de lo que verdadera­mente vimos en el oculto mundo ultramontano, insinua­ciones de las revelaciones que finalmente han conducido a Danforth a una crisis nerviosa. Quisiera que él añadiera unas palabras sinceras acerca de lo que cree que él sola­mente vio —aunque se trata probablemente de una figu­ración provocada por los nervios— y que fue tal vez la gota que colmó el vaso dejándole en el estado en que se encuentra, pero se muestra firme en contra de eso. Lo único que puedo hacer es repetir sus incoherentes susu­rros Posteriores acerca de lo que le llevó a prorrumpir en gritos mientras el avión regresaba por el desfiladero azo­tado por el ventarrón después de la impresión verdadera y tangible que compartí con él. No diré más. Si las claras señales que haya en lo que revele de remotos horrores supervivientes no bastan para impedir que otros se aden­tren en la Antártida interior —o al menos para que no curioseen demasiado profundamente bajo la superficie de ese supremo yermo de prohibidos arcanos y desolación inhumana maldita durante eones—, la responsabilidad de males indecibles y tal vez incalculables no será mía.

Danforth y yo, al estudiar las notas tomadas por Pabo­die en su vuelo de la tarde y hacer algunas comprobacio­nes con el sextante, habíamos calculado que el paso más bajo que ofrecía la cordillera se encontraba a nuestra de­recha, a la vista del campamento y a una altura de veintitrés o veinticuatro mil pies sobre el nivel del mar. Par­timos, pues, rumbo a ese lugar en el aligerado aeroplano a iniciar nuestra expedición de descubrimiento El campa­mento, situado en unas estribaciones que se alzaban sobre una elevada meseta continental, se hallaba a una altura de alrededor de unos doce mil pies; por tanto, lo que ne­cesitábamos subir no era tanto como a primera vista pu­diera parecer. No obstante, a medida que ganábamos altura nos dimos cuenta de que el aire se enrarecía, pues, a causa de ‘las condiciones de visibilidad, tuvimos que de­jar abiertas las ventanillas de la carlinga. Naturalmente, llevábamos puestas ‘las pieles de mayor abrigo.

A medida que nos aproximábamos a las adustas cum­bres, que se elevaban oscuras y siniestras por encima de la nieve hendida por los desfiladeros y los glaciares que rellenaban las quebradas, fuimos percibiendo más y más de aquellas formaciones extrañamente regulares que se adherían a las laderas y volvimos a pensar en las estrambóticas pinturas asiáticas de Nicholas Roerich. Los antiquísimos estratos rocosos erosionados por los vientos con­firmaron plenamente todos los boletines de Lake, y vi­nieron a demostrar que aquellos picos se habían alzado allí exactamente del mismo modo desde eras sorprenden­temente tempranas de la historia de la Tierra, quizá du­rante más de cincuenta millones de años. Sería yana ocu­pación tratar de calcular a qué altura llegaron, pero cuanto se percibía en tan extraña región hacia pensar en oscuras influencias atmosféricas contrarias a las mudanzas y calcu­ladas para dilatar ‘los usuales procesos climáticos de des­integración de las rocas.

Pero lo que más nos fascinó e inquietó fue el revol­tijo de cubos regulares, de bastiones y de bocas de cueva que vimos en las laderas. Los estudié con la ayuda de los prismáticos y los fotografié mientras Danforth pilotaba; de vez en cuando le relevaba —aunque mi pericia como aviador no pasaba de ser la de un aficionado— para per­mitirle que utilizara ‘los prismáticos. Podíamos ver sin di­ficultad que gran parte de los cubos eran de cuarcita ar­caica más bien arenosa, distinta de todo cuanto podíamos ver en grandes extensiones de terreno de la superficie ge­neral; y también que su regularidad era muy grande y misteriosa hasta un punto que el pobre Lake apenas había podido sugerir.

Como él había dicho, tenían los bordes desmoronados redondeados debido a incontables eones de erosión salvaje pero su inexplicable solidez y la dureza del material de que estaban formados habían logrado que perduraran a pesar de todas las inclemencias. Muchas de sus partes, especialmente las más cercanas a las laderas, parecían ser de sustancia idéntica a la de la superficie rocosa que las rodeaba. Todo ello recordaba las ruinas de Machu Pichu en Los Andes, o los primitivos muros de los cimientos de Kish excavados por la expedición del Field Museam de Oxford en 1929; y tanto Danforth como yo tuvimos esa misma impresión de que se trataba de bloques ciclópeos separados que Lake había atribuido a Carroll, su compa­ñero de vuelo. No me era posible, la verdad sea dicha, ex­plicar ‘la presencia de tales cosas en aquel lugar y me sentí extrañamente humillado como geólogo. Las formaciones ígneas, como son las volcánicas, presentan con frecuencia extrañas regularidades, como la afamada Calzada de los Gigantes de Irlanda, pero esta sobrecogedora cordillera, pese a las primeras suposiciones de Lake acerca de’ la exis­tencia de conos volcánicos humeantes, tenía por encima de todo una estructura que, evidentemente, no era vol­cánica.

Las curiosas bocas de cueva, en cuyas cercanías parecían abundar más las insólitas formaciones, presentaban por su regularidad otra incógnita, aunque menos que la primera. Como había dicho el boletín de Lake, eran aproximada­mente cuadradas o semicirculares, como si una mano má­gica hubiera dotado de una mayor simetría a los orificios naturales. Su abundancia y distribución eran notables, y hacían pensar si toda la zona estaría, a modo de panal, llena de túneles labrados en la piedra caliza por la tena­cidad de las aguas. Nuestras miradas no pudieron penetrar muy profundamente en ‘las cuevas, pero sí vimos que no había estalactitas ni estalagmitas. Fuera, la parte de las laderas inmediatamente próximas parecía invariablemente lisa y regular, y Danforth tuvo la impresión de que las pequeñas grietas y hoyos producidos por la erosi6n tendían a mostrar insólitas configuraciones. Influido como es­taba por los horrores y misterios encontrados en el cam­pamento, me dio a entender que aquellos hoyos recorda­ban vagamente los grupos de puntos que salpicaban los primigenios trozos de esteatita verdosa, tan atrozmente copiados en los túmulos de nieve, dementemente conce­bidos, que cubrían las seis monstruosidades enterradas.

Habíamos ascendido gradualmente al volar sobre las es­tribaciones más altas y a lo largo de la garganta relativa­mente baja que habíamos elegido. A medida que avanzá­bamos, mirábamos algunas veces hacia la nieve y el hielo del camino por tierra, y nos preguntamos si hubiéramos podido tratar de llevar a cabo la expedición con el equipo más sencillo de épocas anteriores. Y vimos con sorpresa que el terreno no era difícil en la medida que suele ser en esos lugares, y que, pese a las grietas de los glaciares y a otros obstáculos duros de vencer, no era probable que la dificultad del terreno hubiese detenido los trineos de un Scott, un Shackleton o un Amundsen. Algunos de los gla­ciares parecían llevar a gargantas que los vientos limpiaban de nieve con rara continuidad, y cuando llegamos al paso que habíamos elegido, vimos que éste no constituía una excepción.

La tensa expectación que experimentamos cuando nos disponíamos a rodear la cima y asomarnos a un mundo jamás hotlado, apenas cabe describirse por escrito, aunque io teníamos motivo alguno para pensar que las tierras que se extendian al otro lado de las montañas fueran esencial­mente distintas de aquellas q* ya habíamos visto y atra­vesado. El aire de maligno misterio de aquella barrera montañosa, y del incitante mar de cielo opalescente fu­gazmente entrevisto entre las cumbres, era algo tan tenue y sutil que no cabe explicarlo con palabras. Se trataba más bien de una cuestión de difuso simbolismo psicológico y de asociaciones estéticas, un algo antes mezclado con pin­turas y poemas exóticos y con mitos arcaicos que acecha­ban en libros rehuidos y prohibidos. Incluso la fuerza del viento conllevaba una extraña tensión de malignidad cons­ciente; y durante un segundo pareció que en su sonido compuesto había un extravagante silbo musical o fino tono de gaita que se extendiera a lo largo de las notas de una amplia escala cuando el poderoso hálito del viento entraba en ‘las omnipresentes bocas de las cuevas para luego salir de ellas con ímpetu sonoro. Había en estos sonidos una nota vaga que repelía, tan compleja e imposible de identi­ficar como cualquiera de las otras oscuras impresiones del día.

Nos encontrábamos ahora, después de la lenta ascen­sión, a una altura de veintitrés mil quinientos setenta pies, según el barómetro, y habíamos dejado atrás definitiva­mente las regiones de suelos cubiertos de nieve. Allá arriba solamente se veían oscuras y desnudas laderas de roca y el nacimiento de glaciares de ásperas aristas, pero aquellos inquietantes cubos, bastiones y bocas de cueva resonantes añadían un algo portentoso, antinatural, fantástico, seme­jante a un sueño. Mirando a lo largo de la hilera de ele­vadas cumbres, creí ver la mencionada por el desgraciado Lake, un pico coronado por un bastión que se elevaba sobre la misma cima. Parecía estar medio envuelto en una extraña neblina antártica —una neblina que probablemente sugirió a Lake la idea de volcanismo—. La garganta se abría inmediatamente ante nosotros, lisa y barrida por el viento entre abruptas elevaciones de maligno ceño. Más allá se veía un cielo perturbado por torbellinos de vapores e iluminado por el bajo sol polar, el cielo de los miste­riosos reinos de un más allá que, según creíamos, jamás había sido visto por ojos humanos.

Unos pies más de altura y veríamos esos reinos. Dan­forth y yo, incapaces de hablarnos, excepto a gritos, en medio de aquel viento veloz que rugía y ululaba en la gar­ganta sumándose al estruendo de los motores sin silencia­dor, intercambiamos elocuentes miradas. Y luego, tras as­cender aquellos pies más, miramos por encima de la ver­tiente divisoria hacia los secretos no desentrañados de una tierra más antigua y totalmente extraña.


V


Creo que los dos gritamos simultáneamente de pavor, de asombro, de terror y de incredulidad de los sentidos, cuando al fin salimos del desfiladero y vimos ‘lo que había más allá. Por supuesto, alguna teoría natural debió alentar en el fondo de nuestra mente calmando nuestras facul­tades en aquel momento. Probablemente pensamos enton­ces en las piedras del Jardín de los Dioses en Colorado, grotescamente modeladas por el tiempo, o en las rocas fantásticamente simétricas esculpidas por el viento en el desierto de Arizona. Puede que incluso pensáramos que lo que veíamos era un espejismo, como el que habíamos visto la mañana anterior al acercarnos por primera vez a aquellas montañas de locura. A estas ideas normales tuvimos que recurrir cuando nuestras miradas recorrieron la interminable altiplanicie marcada por las cicatrices de las tempestades y cuando percibimos el casi infinito laberinto de masas rocosas, colosales, regulares y geométricamente eurítmicas que alzaban sus desmoronadas crestas, llenas de hoyos como de viruelas, por encima de una costra de hielo de grosor no superior a los cuarenta o cincuenta pies en sus partes más espesas, y evidentemente más delgada en otras.

El efecto que causaba aquel monstruoso panorama era indescriptible, pues desde el primer momento pareció evi­dente una demoníaca violación de las leyes naturales co­nocidas. Allí, sobre una altiplanicie diabólicamente anti­gua, a veinte mil pies cumplidos de altura, y en medio de un clima mortífero desde una era anterior a la humanidad de por lo menos quinientos mil años de antigüedad, se extendía hasta donde alcanzaba la vista un conjunto or­denado de piedra que solamente la defensa instintiva y desesperada de la razón podía atribuir a otra cosa que no fuera una causa consciente y artificial. Habíamos ya dese­chado como ajena a la razón la teoría de que los cubos y los bastiones de las laderas tuvieran un origen no natural. ¿Cómo podía haber sido de otro modo, si el hombre apenas se diferenciaba del mono cuando aquella región sucumbió al actual reino perpetuo de la muerte glacial?

Y, sin embargo, ahora el dominio de ‘la razón parecía irrefutablemente vencido, pues aquel ciclópeo laberinto de bloques cuadrados, corvos y angulosos tenían característi­cas que privaban de todo refugio mental. Era, muy clara­mente, la ciudad blasfema del espejismo trocada en reali­dad desnuda, objetiva e ineludible. Aquel portento maldito tenía después de todo una base real —algún estrato hori­zontal de polvo de hielo se había formado en la atmósfera superior y el abominable conjunto superviviente de piedra había proyectado su imagen por encima de las montañas de acuerdo con las sencillas leyes de la reflexión—. Natu­ralmente, el espejismo había desfigurado y exagerado mos­trando cosas ajenas al paisaje real, pero ahora que contemplábamos éste lo encontramos todavía más horrendo y amenazador que su distante imagen.

Solamente la increíble e inhumana solidez de estas vastas torres y de muros había salvado al amedrentado conjunto de su total destrucción en los centenares de miles —quizá en los millones— de años que había permanecido muerto en medio de los feroces vientos de una altiplanicie yerta. «Corona Mundi» —«el Techo del Mundo»—. Toda clase de frases fantásticas acudieron a nuestros labios mientras mirábamos con vértigo el increíble espectáculo. Pensé una vez más en los primeros mitos ultraterrenos que tan per­sistentemente me habían venido a la mente, y obsesionado desde que vi por primera vez ese muerto mundo antártico

los mitos de la diabólica meseta de Leng, del Mi-Go o abominable hombre de las nieves del Himalaya, de los manustcritos pnakóticos con sus implicaciones prehumanas, del culto de Cthulhu, del Necronomicón, de las leyendas hiperbóreas del informe Tsathoggua y del engendro estelar peor que informe asociado con esa semientidad.

Durante millas sin límite, aquello se extendía en todas direcciones sin atenuación; al seguir con la mirada todo aquel conjunto hacia la derecha y hacia la izquierda, a lo largo de la base de las estribaciones que lo separaban de la montaña, decidimos que no podíamos apreciar disminu­ción alguna en su densidad, exceptuando un claro situado a la izquierda del desfiladero por el que habíamos entrado. Habíamos topado, por casualidad, con una parte limitada de algo de incalculable extensión. Las faldas de las monta­ñas estaban salpicadas algo más parcamente de pétreas es­tructuras grotescas, que unían la terrible ciudad a los ya bien conocidos cubos y muros, que constituían evidentemente sus avanzadillas. Estos últimos, y también las ex­trañas bocas de cavernas, abundaban tanto en la vertiente interior como en la exterior de las montañas.

El pétreo laberinto sin nombre consistía en su mayor parte de muros de diez a cincuenta pies de altura y entre cinco y diez pies de grosor. Estaba formado principalmente por prodigiosos bloques de oscura pizarra primordial, esquistos y piedra arenisca, bloques en algunos casos de hasta 4 x 6 x 8 pies, aunque en varios lugares parecía estar la­brado en un lecho desigual y macizo de roca de pizarra pre­cámbrica. Los edificios estaban lejos de ser de igual ta­maño, pues había innumerables configuraciones de enor­me extensión semejantes a panales y otras más pequeñas y aisladas. La forma general de esas configuraciones tendía a ser cónica, piramidal o escalonada, aunque había salpica­dos aquí y allá cilindros perfectos, cubos perfectos, grupos de cubos y de otras formas rectangulares y raros edificios angulares, cuyo plano de cinco puntas daba una idea apro­ximada de modernas fortificaciones. Los constructores ha­bían hecho uso constante y experto del principio del arco, y es probable que en sus tiempos de apogeo la ciudad tu­viera bóvedas.

Todo el conjunto estaba monstruosa4nte afectado por la erosión, y la superficie helada de la que surgían las to­rres estaba llena de bloques caídos y de escombros de antigüedad incalculable. Allí donde la capa de hielo era trans­parente pudimos ver bases de gigantescas columnas y puentes de piedra, conservados por el hielo y que unían las distintas torres a diversas distancias del suelo. En los mu­ros que quedaban a la vista pudimos distinguir vestigios de otros puentes más altos de la misma clase, ya desapa­recidos. Una inspección más detenida reveló incontables ventanas de buen tamaño, algunas de las cuales estaban cerradas por un material petrificado que había sido ma­dera, aunque las más de ellas bostezaban abiertas de un modo siniestro y amenazador. Naturalmente, muchas de las ruinas carecían de tejado y mostraban gabletes desiguales redondeados por el viento, en tanto que otras, de tipo más acentuadamente cónico o piramidal, o protegidas por edificios más altos, conservaban intacta su silueta a pesar del omnipresente derrumbamiento y corrosión. Utilizando los prismáticos apenas pudimos distinguir lo que parecían ser decoraciones esculpidas formando franjas horizontales—entre ellas curiosos grupos de puntos, cuya presencia en la antigua esteatita ahora cobraba una importancia in­mensamente mayor.

En muchos lugares los edificios estaban completamente en ruinas y la capa de hielo profundamente hendida por varias causas geológicas. En otros la piedra estaba desgas­tada hasta el mismo nivel de la superficie helada. Una am­plia franja, que se extendía desde el interior de la meseta hasta una hoz situada en las laderas de las estribaciones, como a una milla del desfiladero que habíamos atravesado, estaba totalmente libre de edificaciones. Dedujimos que probablemente se trataba del cauce de algún caudaloso río que en la era Terciaria, hace millones de años, fluyó a través de la ciudad hasta caer en algún prodigioso abismo subterráneo de la gran cordillera. Desde luego, era aquella sobre todo una región de cavernas, simas y secretos sote­rráneos que estaban más allá de la comprensión del hombre.

Recordando lo que sentimos entonces y nuestra confu­sión al ver aquel monstruoso conglomerado superviviente de eras remotísimas que habíamos creído anteriores a la humanidad, únicamente me cabe maravillarme de que con­serváramos una actitud semejante al equilibrio, pero así fue. Naturalmente, sabíamos que algo —la cronología, las teorías científicas o nuestra propia conciencia— andaba deplorablemente equivocado. Y, sin embargo, conservamos la serenidad suficiente para pilotar el aeroplano -y hacer cuidadosamente una serie de fotografías que quizá puedan servirnos y puedan servir al mundo para bien. En mi caso puede que me ayudaran arraigados hábitos científicos, pues por encima de todo mi desconcierto y de la sensación de peligro, dominaba la ascendente curiosidad de profundizar más en ese secreto milenario, de saber qué clase de seres habían edificado y habitado este lugar incalculablemente gigantesco y qué relación con el mundo de su época o de otros tiempos había podido tener tan excepcional concen­tración de vida.

Pues aquello no había podido ser una ciudad corriente. Tuvo que constituir el núcleo primordial y el centro de algún arcaico e increíble capítulo de la historia terrenal, cuyas ramificaciones exteriores, sólo vagamente recordadas en los mitos más oscuros y deformados, se habían desva­necido totalmente en medio del caos de las convulsiones terrestres, mucho antes de que cualquier raza humana co­nocida saliera con paso vacilante del mundo de los simios. Aquí se extendía una megalópolis paleógena, en compara­ción con la cual las fabulosas Atlantis y Lemuria, Commo­riom y Uzuldarum, y la Olathos de la tierra de Lomar son cosas recientes de hoy, ni siquiera de ayer; era una mega­lópolis comparable a blasfemias prehumanas dichas su­surrando, blasfemias tales como Valusia, R’lyeh, Ib en la tierra de Mnar, y la Ciudad sin Nombre de la Arabia De­sierta. Mientras volábamos sobre aquel laberinto de titá­nicas torres desnudas, mi imaginación escapaba en ocasio­nes a todo freno y vagaba sin norte por reinos de fantásticas asociaciones de ideas, llegando a tejer lazos entre este mundo perdido y algunas de mis figuraciones más insensatas­ acerca del vesánico horror del campamento.

El depósito de gasolina del aeroplano se había llenado sólo en parte para aligerar el peso todo lo posible, por lo que teníamos que tener cuidado en nuestra exploración. Aún así recorrimos una enorme extensión de terreno —o, mejor dicho, de aire— después de bajar planeando hasta una altura en la que el viento casi dejó de soplar. La cor­dillera parecía no tener límites, al igual que la aterradora ciudad de piedra que bordeaba sus laderas. Un vuelo de cincuenta millas en las dos direcciones no reveló cambio sustancial en el laberinto de rocas y edificios que surgían rasgando el eterno hielo como un cadáver. Había, sin em­bargo, algunas variaciones fascinantes, como lo esculpido en el cañón por el que el caudaloso río atravesara antaño las laderas para llegar al lugar en que se hundía en la tierra de la gran cordillera. Las alturas que daban entrada al ca­ñón habían sido audazmente esculpidas hasta formar dos columnas ciclópeas, y algo tenía el desigual tallado en for­ma de barril que nos trajo a la memoria a Danforth y a mí semirrecuerdos extrañamente vagos, odiosos y confusos.

Vimos también varios espacios abiertos en forma de es­trella, evidentemente plazas públicas, y percibimos varias ondulaciones en el terreno. Allí en donde se alzaba repen­tinamente una loma, ésta estaba ahuecada para construir con ella un destartalado edificio de piedra; pero había a lo menos dos excepciones. De ellas, una estaba demasiado arruinada por la erosión para permitir adivinar qué hubo en la cima del cerro, en tanto que la otra todavía osten­taba un fantástico monumento cónico tallado en la roca viva y que se asemejaba ligeramente a construcciones como la conocida Tumba de la Serpiente en el antiguo valle de Petra.

Volando tierra adentro desde las montañas, descubrimos que la ciudad no era de una anchura infinita, aunque su longitud a lo largo de las estribaciones parecía no tener fin. Al cabo de unas treinta millas, los grotescos edificios de piedra comenzaron a disminuir en número, y diez millas más allá llegamos a una desnuda planicie casi sin señales de edificio alguno. El cauce del río parecía marcado más allá de la dudad por una ancha franja hundida, en tanto que el terreno se hacía más escarpado y parecía elevarse gradualmente conforme se extendía hacia el Oeste arro­pado por la neblina.

Hasta entonces no habíamos efectuado ningún aterri­zaje, pero abandonar la meseta sin hacer tentativa alguna de entrar en algunos de los inauditos edificios parecía in­concebible. Así que determinamos buscar algún lugar llano en las laderas cercanas a la garganta, aterrizar en él y pre­pararnos para hacer una exploración a pie. Aunque aquellas suaves laderas estaban cubiertas en parte por las ruinas diseminadas por ellas, pronto encontramos buen número de posibles lugares de aterrizaje. Luego de elegir el más cercano al desfiladero, pues habíamos de volar a través de la gran cordillera de regreso al campamento, a eso de las 12,30 del mediodía pudimos aterrizar en una explanada de nieve endurecida completamente libre de obstáculos y adecuada para efectuar después un despegue rápido y fa­vorable.

No nos pareció necesario proteger el aeroplano con ta­ludes de nieve para tan poco tiempo y en vista de la au­sencia de viento en aquellas alturas; todo lo que hicimos fue asegurarnos de que los patines de aterrizaje quedaran firmemente sujetos y de que las partes vitales del aeropla­no estuviesen resguardadas del frío. Para la expedición a pie descartamos las prendas de vuelo muy gruesas y forra­das de pieles, y llevamos con nosotros un pequeño equipo, consistente en una brújula de bolsillo, una máquina de fotos, algunas provisiones, gruesos cuadernos y papel en abundancia, martillo y escoplo de geólogo, bolsas para las muestras de mineral, un rollo de cuerda de montañero y potentes linternas eléctricas con pilas de repuesto; llevá­bamos este equipo en el aeroplano por si se nos presentaba ocasión de aterrizar, tomar fotografías en tierra, hacer di­bujos y trazar planos topográficos, además de recoger muestras de rocas en algunas de las desnudas laderas o en una cueva. Por fortuna, disponíamos de papel en abundan­cia para romper, meter en un saco y utilizarlo como en el tradicional deporte de «la liebre y los sabuesos» con el fin de dejar señales de nuestro recorrido en cualquiera de los laberintos anteriores en los que pudiéramos adentrar-nos. Lo llevábamos para el caso de que encontráramos una serie de cuevas en las que el aire estuviera lo bastante en calma como para permitirnos emplear este rápido y sen­cillo método en lugar del habitual de dejar en las rocas señales hechas con un escoplo.

Mientras bajábamos cautelosamente la pendiente de nieve encostrada hacia el asombroso laberinto de piedra que se alzaba amenazador contra el fondo de un Oeste opa­lescente, tuvimos una sensación casi tan aguda de estar a punto de experimentar maravillas como cuando, cuatro horas antes, nos habíamos aproximado al insondable paso de la cordillera. Es cierto que nuestros ojos se habían fami­liarizado con el increíble secreto oculto por la barrera de cumbres, y, sin embargo, la perspectiva de adentramos en­tre paredes primordiales alzadas por seres conscientes ha­cía tal vez millones de años —antes que pudiera haber existido ninguna raza humana conocida— no resultaba me­nos amedrentadora y posiblemente terrible por lo que su­ponía de anormalidad cósmica. Aunque la finura del aire a aquella prodigiosa altura hacía los esfuerzos más difíciles de lo corriente, tanto Danforth como yo vimos que lo so­portábamos muy bien, y nos sentimos capaces de casi cual­quier tarea que pudiera caemos en suerte. Solamente tuvimos que dar algunos pasos para llegar hasta unas ruinas informes que la erosión había dejado al ras del suelo, mien­tras que unas diez o quince varas más allá se alzaba un enorme bastión descubierto que todavía mostraba su gi­gantesca estructura de cinco puntas alcanzando una altura irregular de diez u once pies. Nos dirigimos hacia él, y cuando al fin pudimos llegar a tocar sus ciclópeos bloques tuvimos la sensación de haber establecido un eslabón sin precedentes, casi blasfemo, con olvidados eones normal­mente arcanos para nuestra especie.

Este bastión, en forma de estrella, medía tal vez tres­cientos pies de punta a punta y estaba construido con blo­ques de arenisca jurásica de irregular tamaño, de caras que medían por término medio seis pies por ocho. A lo largo de las puntas de la estrella y de sus ángulos interiores se abría, a distancia casi simétrica, una fila de arcos o ven­tanas de unos cuatro pies de anchura y cinco de altura, cuyo extremo inferior quedaba como a cuatro pies de la superficie helada del suelo. Mirando a través de estos ar­cos y ventanas pudimos ver que el espesor de los muros era de cinco pies cumplidos, que en el interior no quedaba tabique alguno y que se percibían restos de franjas talladas o bajorrelieves en las paredes internas —hechos que, des­de luego, ya habíamos adivinado al volar a poca altura por encima de ese bastión y de otros parecidos—. Aunque de­bieron existir en un principio partes bajas, todo vestigio de ellas estaba completamente oculto en aquel lugar por una espesa capa de nieve y hielo.

Entramos a gatas por una de las ventanas y tratamos en vano de descifrar los dibujos murales casi borrados, pero no tratamos de perturbar el helado suelo. Los vuelos de orientación nos habían indicado que muchos de los edificios de la ciudad propiamente dicha estaban menos ta­pados por el hielo y que tal vez podríamos encontrar inte­riores completamente despejados que nos permitieran lle­gar al verdadero piso bajo si entrábamos en un edificio que aún conservara tejado. Antes de abandonar el bastión lo fotografiamos minuciosamente y estudiamos con verda­dero asombro su ciclópea obra de mampostería sin arga­masa. Hubiéramos deseado tener allí a Pabodie, que con sus conocimientos de ingeniería quizá nos hubiera ayuda­do a comprender cómo pudieron manejarse aquellos blo­ques titánicos en época increíblemente lejana en que ha­bían sido edificados la ciudad y sus alrededores.

Aquel recorrido de media milla cuesta abajo hasta la verdadera ciudad, mientras el viento de las alturas gemía en vano y salvajemente a través de los picos que se alzaban hacia el cielo al fondo, es algo que quedará grabado para siempre en mi mente con sus más ínfimos detalles. Sola­mente en fantásticas pesadillas podía un ser humano, ex­cepto Danforth y yo, concebir tales efectos ópticos. Entre nosotros y los agitados vapores del Oeste se extendía aquel monstruoso revoltijo de hoscas torres de piedra, cu­yas increíbles e improbables formas nos impresionaban re­novadamente cada vez que las veíamos desde un ángulo distinto. Era un espejismo en piedra maciza, y, a no ser por las fotografías, todavía dudaría qué podía ser aquello. El tipo general de construcción era idéntico al del bastión que habíamos examinado, pero las formas extravagantes que revestían aquellas edificaciones en su manifestación urbana sobrepasan las posibilidades de la descripción.

Incluso las fotografías solamente ilustran uno o dos as­pectos de su infinita variedad, de su solidez preternatural y de su exotismo totalmente foráneo. Había formas geo­métricas que Euclides difícilmente habría podido definir: conos con toda clase de irregularidades y truncamientos, configuraciones escalonadas con todo tipo de sugerentes desproporciones, respiraderos con extraños ensanchamien­tos de bulbo, columnas quebradas en curiosos agrupamien­tos y construcciones de cinco puntas o cinco lomos de gro­tesca demencia. Conforme nos acercamos pudimos ver lo que había bajo ciertas partes transparentes de la, capa de hielo y percibir algunos de los puentes tubulares de piedra que unían los edificios esparcidos, sin orden ni concierto, a varias alturas. Calles ordenadas no había, al parecer, nin­guna, y la única franja anchurosa y despejada se hallaba a la izquierda, a una milla de distancia, en el lugar por don­de debió discurrir el antiguo río que atravesó la ciudad para ir después a hundirse en las montañas.

Los prismáticos nos permitieron ver que abundaban las franjas horizontales de esculturas y grupos de puntos, to­das ya casi borradas, y casi pudimos imaginar el aspecto que la ciudad debió de tener en su día, aunque la mayor parte de los tejados habían desaparecido y las partes su­periores de las torres habían perecido inevitablemente. En conjunto, había sido un complejo revoltijo de tortuosas callejas y pasadizos, todos ellos a modo de profundos des­filaderos y algunos poco mejor que túneles, dada la gran altura de los edificios y los arcos de los puentes que pa­saban sobre ellos. Extendida a nuestros pies se destacaba a la sazón, como la fantasía de un sueño, contra la neblina del Oeste, a través de cuyo extremo septentrional trataba de brillar el bajo sol rojizo de primera hora de la tarde; y cuando por un momento el sol encontró un impedimento más denso y la escena se ensombreció temporalmente, el efecto encerró una sutil amenaza que jamás podré definir. Incluso los débiles aullidos y silbidos del viento que no sentíamos, pero que soplaba en los desfiladeros que que. daban a nuestra espalda, adquirían un tono más salvaje de intencionada maldad. La última etapa de nuestro descenso a la ciudad resultó desacostumbradamente abrupta y em­pinada, y un saliente de piedra situado en el lugar en que variaba la inclinación de la pendiente nos hizo pensar que allí debió haber en otros tiempos una terraza artificial. Supusimos que bajo la capa de hielo debía haber un tramo de escalones o algo semejante.

Cuando por fin entramos en la ciudad, trepando por en­cima de montones de escombros y cohibidos por la opre­siva proximidad y la imponente altura de los omnipresen­tes muros medio desmoronados y llenos de hoyos, volvie­ron nuestras sensaciones a ser de tal naturaleza que me maravilla el hecho de que conserváramos tal dominio de nosotros mismos. Danforth se mostraba francamente ner­vioso y comenzó a hacer conjeturas desagradablemente im­procedentes acerca del horror del campamento, conjeturas que me afectaron tanto más porque no podía evitar el com­partir con él ciertas conclusiones que nos obligaban a acep­tar muchas de las características de aquella morbosa super­vivencia de una antigüedad de pesadilla. Sus meditaciones influyeron también sobre su imaginación, pues al llegar a cierto lugar en que el pasadizo colmado de escombros cam­biaba bruscamente de dirección se empeñó en decir que percibía en el suelo marcas borrosas que no eran de su gusto, mientras que en otros se detenía para escuchar ima­ginados sones que decía percibir procedentes de un punto indefinido —algo como el musical gemido de un caramillo, que recordaba en cierto modo el sonido del viento en las cuevas de las montañas y que, sin embargo, era inquietan­temente distinto—. La constante presencia de aquella ar­quitectura en forma de estrella de cinco puntas y de los pocos arabescos mural que podían distinguirse, encerra­ban sugerencias oscuramente siniestras a las que no podía­mos sustraernos, y que provocaban en nosotros una terri­ble certidumbre subconsciente acerca de los entes primiti­vos que habían crecido y habitado en aquel impío lugar.

Pese a todo, nuestro espíritu científico y aventurero no había perecido por completo, y llevamos a cabo mecánica­mente nuestro programa de conseguir muestras de los di­ferentes tipos de roca representados en los muros. Quería­mos reunir un juego bastante completo para poder sacar mejor conclusiones acerca de la antigüedad del lugar. Nada de cuanto vimos en los muros exteriores parecía datar de fecha posterior al período jurásico o al comanchiense, y ninguna de las piedras del conjunto era posterior al plio­ceno. La impresionante realidad era que vagábamos entre una muerte que había reinado allí durante, por lo menos, quinientos mil años, y muy probablemente muchos más.

Conforme avanzábamos entre aquel laberinto de luz cre­puscular ensombrecida por la piedra, nos deteníamos ante todas las posibles aberturas para estudiar interiores e in­vestigar posibles entradas. Algunas estaban fuera de nues­tro alcance, en tanto que otras solamente conducían a rui­nas obstruidas por el hielo y tan desnudas y carentes de techumbre como el bastión de la ladera. Una, empero, es­paciosa y tentadora, se abría ante un abismo al parecer in­sondable y sin que se percibiera medio alguno de bajada. De cuando en cuando tuvimos ocasión de examinar la ma­dera petrificada de un postigo que había sobrevivido, im­presionándonos la fabulosa antigüedad que delataba el grano, todavía perceptible. Aquella madera procedía de gimnospermas y coníferas de la era mezosoica —especial­mente de árboles cicadáceos cretáticos—, y de miraguanos y angiospermas de la era terciaria. Nada vimos decidida­mente posterior al plioceno. La colocación de estos posti­gos —cuyos bordes mostraban las señales dejadas por bisa­gras de extrañas formas desaparecidas mucho tiempo atrás— indicaba que se utilizaron para diversos fines, pues algunos estaban en el interior y otros en el exterior de los anchos bastidores. Parecían haber quedado encajadas en su lugar, por lo que habían sobrevivido a la oxidación de las desaparecidas piezas de sujeción, probablemente metá­licas.

Pasado algún tiempo llegamos ante una hilera de ven­tanas —situada en las partes salientes de un colosal cono de cinco aristas y de ápice intacto— que daban a una vasta estancia bien conservada y de suelo enlosado; pero esta­ban demasiado altas para permitir bajar desde ellas sin ayuda de una cuerda. Disponíamos de cuerdas, pero no queríamos molestarnos en efectuar aquel descenso de vein­te pies, a menos que nos viéramos obligados a ello, espe­cialmente en medio de aquel aire sutil de la altiplanicie, en el que el corazón se veía sometido a un esfuerzo mayor.

Aquella enorme estancia era probablemente una sala o lugar de reunión, y las linternas eléctricas nos mostraron esculturas de vigoroso modelado, precisas y posiblemente impresionantes, ordenadas a lo largo de las paredes en amplias franjas horizontales separadas por otras franjas igualmente anchas de arabescos convencionales. Tomamos buena nota del lugar y nos propusimos entrar por él, a menos que encontráramos otro interior de más fácil acceso.

Pero al fin encontramos exactamente la entrada deseada, un arco de unos seis pies de anchura y diez de altura que se alzaba en el extremo anterior dé un puente elevado que había cruzado en tiempos sobre una callejuela y que que­daba ahora como a cinco pies de altura sobre el actual nivel del suelo helado. Estos arcos, naturalmente, se hallaban al nivel de los pisos altos, y, en este caso, todavía existía uno de aquellos pisos. El edificio al que así podía accederse consistía en una serie de terrazas escalonadas y rectangula­res que quedaban a nuestra izquierda y miraban hacia el Oeste. Al otro extremo de la callejuela, donde se abría el otro arco, había Ún cilindro muy deteriorado sin ventanas y con un curioso abultamiento a unos diez pies por enci­ma de la abertura. En el interior la oscuridad era total y el arco parecía abrirse sobre un vacío infinito.

Los escombros amontonados hacían doblemente fácil la entrada al vasto edificio de la izquierda, y, sin embargo, vacilamos un momento antes de aprovechar tan esperada ocasión. Pues aunque habíamos penetrado en aquel laberin­to de arcaicos misterios, hacia falta un renovado valor para entrar en un edificio completo, superviviente de un mundo fabulosamente antiguo y cuya horrenda naturaleza se nos revelaba cada vez más claramente. Pero acabamos por de­cidirnos, y trepamos sobre los escombros hasta el arco. El suelo de allende el arco estaba cubierto por grandes losas y parecía constituir la salida de un largo corredor, de alto techo y paredes esculpidas.

Al observar la gran cantidad de corredores abovedados que salían de él y darnos cuenta de la probable compleji­dad del panal de habitaciones que debía de haber en su interior, decidimos emplear el sistema de la «liebre y los sabuesos» para marcar el camino recorrido. Hasta enton­ces la brújula y las momentáneas visiones de la vasta ca­dena de montañas que aparecía entre las torres que que­daban a nuestra espalda habían bastado para evitar que nos perdiéramos; pero de ahora en adelante nos sería nece­sario recurrir a otros artificios. Así, pues, rompimos el pa­pel en trozos de un tamaño conveniente, metimos éstos en un saco que había de llevar Danforth y nos dispusimos a emplearlos con toda la economía que nos permitiera nues­tra seguridad. Este método nos inmunizaba contra el ries­go de extraviarnos, pues no parecía que dentro del anti­quísimo edificio soplara con fuerza ninguna corriente de viento. Si éste llegara a levantarse, o si se nos agotaran los trozos de papel, naturalmente, recurriríamos al método más seguro, aunque más lento y tedioso, de hacer marcas en las piedras con el escoplo.

Qué extensión tendría el territorio que acabábamos de descubrir era cosa imposible de adivinar sin hacer alguna exploración. La estrecha y frecuente comunicación entre los distintos edificios hacía probable que pudiéramos pasar de uno a otro por puentes situados a un nivel inferior al de la capa glacial, exceptuando los casos en que nos lo impidieran los derrumbamientos locales y las fallas geoló­gicas, pues parecía que el hielo había entrado poco dentro de los edificios. Casi todas las zonas de hielo transparente nos habían permitido ver bajo él ventanas fuertemente cerradas con postigos, como si la ciudad hubiera sido de­jada en ese estado uniforme hasta que el hielo vino a cris­talizar la parte baja para siempre. Realmente daba la im­presión no poco curiosa de que la ciudad había sido clausu­rada deliberadamente y abandonada en algún remotísimo y oscuro periodo, y no que hubiera sido víctima de alguna imprevista catástrofe, y menos aún de una paulatina deca­dencia. ¿Acaso se previó la llegada del hielo y una pobla­ción sin nombre conocido abandonó la ciudad en masa para ir en busca de habitáculos más propicio? Las condiciones fisiográficas precisas que acompañaron a la formación de la capa de hielo era cuestión cuya solución tendría que bus­carse en otro momento. Estaba claro que no fue un impulso violento y repentino lo que obligó a la emigración. Tal vez fuera el peso de la nieve acumulada, o quizá al­guna inundación del río, o algún glaciar que rompiera su milenario muro helado de contención allá en la gran cor­dillera lo que contribuyera a crear la actual situación que podíamos observar. La imaginación podía concebir casi cualquier cosa en relación con aquel lugar.



VI


Seria tedioso dar cuenta detallada y consecutiva de nues­tro vagar por aquel laberinto cavernoso, muerto durante muchos eones, por entre aquellas construcciones arcaicas, por aquella monstruosa guarida de secretos remotos que ahora respondían con su eco, por primera vez tras incon­tables eras, al rumor de pasos humanos. Gran parte de aquel horrendo drama y de las espantosas revelaciones, procedió del mero estudio de las omnipresentes escenas es­culpidas en los muros. Las fotografías tomadas con flash de esos bajorrelieves contribuirán a demostrar la verdad de cuanto estamos descubriendo, y es de lamentar que no lleváramos con nosotros mayor cantidad de película. Cuan­do se nos acabaron los carretes, hicimos dibujos rudimen­tarios de algunos de los detalles más destacados en nues­tros libros de notas.

El edificio en que habíamos entrado era de gran tamaño y complejidad, y nos dio una idea impresionante de la ar­quitectura de aquel ignoto pasado geológico. Las particiones interiores eran menos gruesas que los muros exteriores, pero en las partes bajas estaban muy bien conservadas. Una complejidad laberíntica caracterizaba la disposición de las piezas, incluidas curiosas irregularidades de nivel; e indudablemente nos hubiéramos extraviado desde el prin­cipio de la exploración a no ser por la pista de papeles que fuimos dejando a nuestra espalda. Decidimos explorar primeramente las partes altas más deterioradas, por lo que ascendimos una distancia de unos cien pies hasta la planta superior, donde las cámaras se abrían ruinosas y cubiertas de nieve bajo el cielo polar. Efectuamos el ascenso por empinadas rampas de piedra dotadas de travesaños que hacían por doquier las veces de escaleras. Las estancias que encontramos tenían todas las formas y dimensiones imagi­nables, desde salas en forma de estrella de cinco puntas a triángulos y cubos perfectos. Puede decirse que las más de ellas tenían una superficie de treinta pies de ancho, treinta de largo y veinte de altura, aunque encontramos otras de mayores dimensiones. Después de examinar dete­nidamente las plantas superiores y la del nivel del hielo, bajamos, piso por piso, a la parte sumergida, en donde pronto advertimos que nos hallábamos en un continuo laberinto de cámaras y pasadizos que probablemente con­ducían a otras zonas ilimitadas situadas fuera de aquel edi­ficio. El ciclópeo espesor de los muros y las gigantescas dimensiones de cuanto nos rodeaba resultaban curiosamen­te opresivos; y algo vago pero profundamente inhumano se revelaba en todos los contornos, proporciones, decora­dos y matices de construcción del arcaico y repulsivo ta­llado de la piedra. Pronto comprendimos, por lo que reve­laban los bajorrelieves, que aquella monstruosa ciudad te­nía una antigüedad de muchos millones de años.

Aún no podemos explicar los principios de ingeniería que se aplicaron para lograr el anómalo equilibrio y acopla­miento de aquellas inmensas masas de piedra, aunque re­sultaba claro que se había hecho gran uso de los arcos. Las estancias en que entramos estaban completamente va­cías de cualquier objeto portátil, lo que confirmaba nuestra creencia de que la ciudad había sido abandonada delibera­damente. La principal característica de la decoración era el sistema casi universal de bajorrelieves murales que ten­dían a extenderse en franjas horizontales continuas de un ancho de tres pies y dispuestas paralelamente desde el suelo hasta el techo, alternando con listas de igual anchura reservadas para caprichosos dibujos geométricos. Alguna excepción había de esta disposición, pero su preponderan­cia era completa. No obstante, se veían con frecuencia una serie de medallones embutidos en las franjas de arabescos, pero cuyas lápidas solamente mostraban un conjunto de puntos curiosamente agrupados.

Pronto constatamos que la técnica empleada era ma­dura, consumada y de una estética muy evolucionada co­rrespondiente al más alto grado de civilización, aunque totalmente ajena en todos sus detalles a cualquier tradición artística del género humano. En cuanto a delicadeza de ejecución, superaba la de todas -las esculturas que he visto jamás. Los detalles más pequeños de las complicadas plan­tas o de la vida animal estaban interpretados con asom­broso realismo a pesar de la gran escala de las tallas, y los dibujos decorativos eran verdaderas maravillas de ha­bilísima complejidad. Los arabescos mostraban una mani­fiesta utilización de principios matemáticos y estaban for­mados por líneas curvas de misteriosa simetría y ángulos basados en el número cinco. Las franjas de arte represen­tativo se atenían a una tradición muy formalista y revela­ban un peculiar tratamiento de la perspectiva, aunque po­seían una fuerza que nos afectó profundamente a pesar del abismo de larguísimos períodos geológicos que nos sepa­raba de ellas. El método de diseño se basaba en una sin­gular yuxtaposición de la sección transversal con la silueta bidimensional, revelando una psicología analítica superior a la de cualquier raza conocida de la antigüedad. En vano trataría de comparar aquel arte con otro cualquiera repre­sentado en nuestros museos. Quienes vean las fotografías que obtuvimos es probable que encuentren la analogía más cercana a ellos en ciertos conceptos grotescos de los futu­ristas más audaces.

La tracería de arabescos consistía totalmente en líneas hundidas, cuya profundidad en los muros no erosionados era de entre una y dos pulgadas. Cuando aparecía algún medallón con grupos de puntos en él —evidentemente inscripciones en algún idioma y alfabetos primitivos e igno­tos—-, el rebajamiento de la superficie lisa sería tal vez de una pulgada y media, y la de los puntos quizá media pul­gada más. Las franjas de bajorrelieves eran de técnica de embutido, y el fondo estaba rebajado como dos pulgadas en relación con la superficie original del muro. En algunos casos se podían percibir ligeros vestigios de color, pero los incontables eones transcurridos habían desintegrado y he­cho desaparecer de forma casi uniforme cualquier pigmen­to que sobre ellos se hubiera podido aplicar. Cuanto más estudiábamos aquella maravillosa técnica, más admirába­mos la obra. Bajo el riguroso convencionalismo se percibía la minuciosa y exacta observación y la habilidad pictórica de los artistas; y, de hecho, esas mismas convenciones ser­vían para simbolizar y acentuar la verdadera esencia, o vital diferenciación de todos los objetos representados. Presen­timos también que más allá de esas evidentes excelencias existían otras ocultas que escapaban a nuestra percepción. Algunos rasgos aquí y allá insinuaban vagamente símbolos latentes y estímulos que una capacidad mental ‘y emotiva diferente, y un equipo sensorial más completo que el nues­tro podía haber dotado de un significado más profundo y conmovedor.

Los temas de los bajorrelieves pertenecían evidentemen­te a la vida de la desaparecida época en que se tallaron y contenían una gran parte de su historia. Era este anó­malo sentido histórico de aquella raza primigenia —cir­cunstancia casual que por una coincidencia obraba mila­grosamente a nuestro favor— lo que hacía tan asombro­samente informativos los bajorrelieves y lo que nos im­pulsó a anteponer las fotografías y la transcripción a cualquier otra consideración. En algunas de las cámaras alteraba la disposición habitual la presencia de mapas, car­tas astronómicas y otros dibujos de naturaleza científica a gran escala, todo lo cual vino a constituir una ingenua y terrible corroboración de lo que habíamos deducido de las franjas y frisos pictóricos. Al insinuar lo que todo aque­llo revelaba, únicamente me cabe esperar que mi relato no despierte una curiosidad superior a la sensata cautela en quienes lleguen a creerme. Sería una tragedia que al­guien se sintiera atraído por aquellos dominios de la muer­te y el horror tentado precisamente por mis advertencias dirigida a desalentar de tal empresa.

Interrumpían aquellos muros decorados ventanas eleva­das y arcos de doce pies de alto; unas y otras conservaban los tableros petrificados, profusamente tallados y pulidos, de postigos y hojas de puerta. Todos los accesorios metá­licos que habían desaparecido mucho tiempo atrás, pero algunas de las puertas se mantenían cerradas y nos vimos obligados a abrirlas a la fuerza para pasar de una cáma­ra a otra. Aquí y allá se conservaban, aunque no en nú­mero considerable, algunos marcos de ventana con extra­ños entrepaños transparentes, elípticos los más de ellos. También había abundantes hornacinas de gran tamaño, generalmente vacías, aunque de tarde en tarde alguna contenía un extraño objeto tallado en esteatita verde, que, o estaba roto, o se consideró de valor insuficiente para justificar su traslado. Había otras aberturas indudablemen­te relacionadas con desaparecidos utensilios mecánicos

de calefacción, iluminación y cosas del tipo que suge­rían muchos de los bajorrelieves. Los techos tendían a la sencillez, pero algunas veces estaban decorados con incrus­taciones de esteatita verde o con azulejos de varias clases, casi todos ellos desaparecidos. Los suelos estaban, en oca­siones, igualmente cubiertos de azulejos, pero predomina­ban los suelos enlosados.

Como he dicho anteriormente, no se veían muebles ni enseres, pero los bajorrelieves daban clara idea de los ex­traños objetos que habían visto aquellos aposentos seme­jantes a panteones llenos de sonoros ecos. A niveles supe­riores al de la capa de hielo, los suelos aparecían por lo general cubiertos de escombros y suciedad, pero más abajo unos y otra disminuían. En algunos de los corredores y aposentos más bajos apenas había sino polvo arenoso o añejas incrustaciones, mientras que en otras estancias se advertía una misteriosa limpieza como de lugar recién ba­rrido. Naturalmente, en donde había habido derrumba­miento, los aposentos bajos estaban tan colmados de es­combros como los de arriba. Un patio central —como en otras edificaciones que habíamos visto desde lo alto— li­braba a las estancias interiores de la total oscuridad por lo que rara vez tuvimos que utilizar las linternas eléctri­cas en las cámaras de arriba, excepto para estudiar los de­talles esculpidos. Pero bajo la capa de hielo aumentaba la penumbra; y en muchos lugares de la laberíntica planta baja, la oscuridad llegaba a ser casi absoluta.

Para formarse aunque no sea más que una idea rudi­mentaria de lo que fueron nuestros pensamientos y sen­saciones conforme penetrábamos en aquel laberinto de si­lencio más que milenario y de mampostería ajena a la humanidad, sería menester correlacionar un caos desespe­radamente enmarañado de huidizos estados de ánimo, re­cuerdos e impresiones. La misma enorme antigüedad y la mortal desolación del lugar bastaban para abrumar casi a cualquier persona sensible, pero además de estos elemen­tos contaban el reciente e inexplicado horror del campa­mento y las revelaciones que pronto habíamos de encon­trar en las espeluznantes imágenes esculpidas que nos ro­deaban. En el momento en que nos encontramos ante un fragmento de bajorrelieve en perfecto estado, con imáge­nes tan claras que no permitían las interpretaciones erró­neas, no tuvimos más que estudiarlo brevemente para des­cubrir la horrible verdad —una verdad que seria ingenuo pretender que Danforth y yo, cada uno por su cuenta, no habíamos sospechado con antelación, aunque nos hubiéra­mos abstenido incluso de insinuárnosla mutuamente. Ya no podía caber duda ninguna acerca de la naturaleza de los seres que habían edificado esta monstruosa ciudad muerta y que habían vivido en ella hacia millones de años, cuando los antepasados del hombre eran mamíferos arcai­cos y primitivos y cuando los gigantescos dinosaurios va­gaban por las tropicales estepas de Europa y de Asia.

Hasta entonces nos habíamos aferrado a una desespera­da alternativa y habíamos insistido —cada uno en su fue­ro interno— en que la omnipresencia del tema de las cin­co puntas sólo significaba algún tipo de exaltación cultu­ral o religiosa de un objeto natural arcaico que encarnaba claramente dicha forma, igual que los motivos decorativos de la Creta minoica exaltaban el toro sagrado, los de Egip­to el escarabajo, los de Roma el lobo y el águila, y las diversas tribus salvajes un animal totémico. Pero este úni­co refugio nos fue arrebatado ahora obligándonos a en­frentarnos definitivamente con una realidad peligrosa para la razón y que indudablemente el lector de estas páginas hace ya tiempo que ha adivinado. Apenas puedo soportar la idea de escribirlo ni siquiera ahora, pero tal vez no sea necesario.

Lo que se crió y habitó dentro de aquellos formidables edificios en la era de los dinosaurios no fueron, desde ‘lue­go, dinosaurios, sino algo mucho peor. Estos eran seres nuevos y casi desprovistos de cerebro, pero los construc­tores de la ciudad eran sabios y viejos y habían dejado ciertas señales en las piedras que, induso entonces, lleva­ban colocadas casi mil millones de años, piedras colocadas antes que la vida —tal como ‘hoy la conocemos— hubiera pasado de ser más que un dúctil grupo de células, piedras colocadas antes que hubiera existido en la Tierra vida ver­dadera. Ellos fueron sin duda los que crearon y esclavizaron esa vida y los modelos en que se basaban los pérfidos mitos primigenios que se insinúan temerosamente en los Manuscritos Pnakóticos y en el Necronomicón. Eran los Primordiales que habían bajado de las estrellas cuan­do la Tierra era joven —los seres cuya sustancia había modelado una extraña evolución y cuyos poderes eran ma­yores de los que jamás habían existido en este planeta. ¡Pensar que solamente ayer Danforth y yo habíamos con­templado trozos de sustancia fosilizada hacía millares de anos y que el desgraciado Lake y sus compañeros habían visto su figura completa...!

Naturalmente, me es imposible relatar en el debido or­den las etapas en que reunimos lo que hoy sabemos acerca de aquel monstruoso capítulo de la vida prehumana. Des­pués de la primera impresión producida por la certeza de las revelaciones tuvimos que detenernos algún tiempo para reponemos, y eran más de las tres cuando comen­zamos nuestro verdadero recorrido de investigación siste­mática. Las esculturas del edificio en que entramos eran de una época relativamente menos remota —quizá de hace dos millones de años— según los indicios geológicos, bio­lógicos y astronómicos, y tenían un estilo que pudiera lla­marse decadente al compararlo con el de las muestras que encontramos en otros edificios después de cruzar puentes bajo la capa de hielo. Uno de los edificios, tallado todo él en la roca viva, parecía remontarse a una antigüedad de cuarenta o quizá cincuenta millones de años —al Eoceno inferior o Cretáceo superior— y contenía bajorrelieves de un arte superior a todo lo que hasta entonces habíamos encontrado, con una tremenda excepción. Aquélla fue, se­gún hemos convenido posteriormente, la vivienda más an­tigua que atravesamos.

De no ser por el testimonio de las fotografías sacadas con la ayuda de flash y que se publicarán en breve, me abstendría de decir lo que encontré y deduje, para que no me encerraran por loco. Naturalmente, las partes infini­tamente primitivas de este relato compuesto de muchos fragmentos, las que atañen a la vida preterrestre de los seres de cabeza estrellada en otros planetas, en otras gala­xias y en otros universos, pueden interpretarse fácilmente como la fantástica mitología de esos mismos seres, pero esas partes se aproximaban en ocasiones de manera tan prodigiosa a los más modernos descubrimientos de la cien­cia matemática y de la astrofísica que apenas sé qué pen­sar. Que juzguen otros cuando vean las fotografías que he de publicar.

Naturalmente, ninguno de los bajorrelieves que encon­tramos contaba más que una fracción de un relato conti­nuo, ni nosotros descubrimos las diversas etapas de la narración en su debido orden. Algunas de las vastas estan­cias constituían unidades independientes en cuanto a las esculturas que contenían, mientras que en otros casos una misma crónica se continuaba a través de una serie de pa­sillos y habitaciones. Los mapas y diagramas mejores es­taban en los muros de un terrible abismo que quedaba por debajo del antiguo nivel del suelo, una caverna de dos­cientos pies cuadrados aproximadamente y una altura de unos sesenta pies, y que fue casi con seguridad un centro de enseñanza de una u otra clase. Había muchas estimu­lantes repeticiones del mismo material en diferentes cáma­ras y edificios, pues ciertos capítulos y ciertos resúmenes o fases de su historia racial habían sido, evidentemente, los preferidos de los distintos decoradores y habitantes de aquellos edificios. En ocasiones, sin embargo, las diversas variantes de un mismo tema nos fueron de gran utilidad para aclarar algunos puntos discutibles y para rellenar al­gunas lagunas.

Todavía me asombra que pudiéramos deducir tanto en el poco tiempo de que dispusimos. Naturalmente, aun hoy solamente tenemos un esbozo de la historia, y gran parte de él lo conseguimos más tarde mediante el estudio de las fotografías y de los dibujos que hicimos. Puede que sea el efecto de ese estudio posterior, del revivir de los recuer­dos y de las impresiones difusas conservadas, actuando en conjunción con su sensibilidad general y con aquel supues­to ‘horror supremo que creyó haber visto y cuya esencia ni a mi quiere revelar, lo que ha causado el derrumba­miento mental de Danforth. Pero era inevitable, pues no podíamos hacer una advertencia documentada sin dar la información más completa posible, y su publicación era una necesidad primordial. Ciertos influjos que aún persis­ten en aquel desconocido mundo antártico de tiempo des­ordenado y leyes naturales desconocidas, hacen absoluta­mente necesario que se desaliente toda futura exploración.

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VII


El relato completo, en la medida en que hayamos podi­do descifrarlo, se publicará en un boletín oficial de la Universidad Miskatónica. Aquí solamente esbozaré los puntos descollantes de manera informe y desordenada. Mí­ticos o no, los bajorrelieves relataban la llegada a la tierra naciente y sin vida de esos seres con cabeza en forma de estrella venidos a través del espacio cósmico; su llegada y la de muchos otros entes extraños a la Tierra que en ocasiones emprenden exploraciones espaciales. Parece que podían atravesar el éter interestelar con sus grandes alas membranosas —lo que confirma de extraña manera algu­nas leyendas populares montañesas que me contó hace mucho tiempo un colega especializado en saberes antiguos. Habían vivido bajo las aguas del mar largo tiempo, edi­ficando en su fondo ciudades fantásticas y sosteniendo te­rribles combates con adversarios sin nombre empleando extraños aparatos activados por principios energéticos des­conocidos. Es evidente que sus conocimientos científicos y mecánicos superaban con mucho los del hombre actual, aunque utilizaban sus formas más amplias y complicadas solamente en caso de obligada necesidad. Algunos de los bajorrelieves daban la idea de que habían pasado en otros planetas por una fase de vida mecanizada, pero al encon­trar sus efectos emotivamente nada satisfactorios, la ha­bían rechazado. Su dureza orgánica poco natural y la sen­cillez de sus necesidades los ‘hacia especialmente capaces de adaptarse a una vida superior sin necesidad de los más especializados frutos de la manufactura artificial, y aun sin ropas, excepto para protegerse algunas veces contra los elementos.



Fue bajo las aguas del mar donde en un principio, para alimentarse y más tarde por otros motivos, crearon pri­meramente la vida terrestre, empleando las sustancias que tenían a su alcance según métodos conocidos desde anti­guo. Los experimentos más complicados vinieron después de la aniquilación de varios enemigos cósmicos. Habían hecho lo mismo en otros planetas luego de fabricar no solamente los alimentos necesarios, sino también ciertas masas protoplásmicas multicelulares capaces de formar con sus tejidos toda clase de órganos temporales bajo in­fluencia hipnótica, siendo así los esclavos ideales para eje­cutar el trabajo pesado de la comunidad. Estas masas vis­cosas eran sin duda aquellas a las que Abdul Alhazred se había referido entre susurros dándoles el nombre de «sho­goths» en su aterrador Necronomicón, aunque ni siquiera aquel árabe demente había insinuado que existieran algu­nos en la Tierra, salvo en los sueños de quienes hubieran masticado ciertas hierbas alcaloides. Cuando los Primor­diales de este planeta hubieron sintetizado sus sencillos alimentos y creado un número suficiente de shogoths, per­mitieron que se desarrollaran otros grupos de células para que formaran otras clases de vida animal y vegetal con diversos fines, extirpando aquellas cuya presencia llegó a molestarles.

Con la ayuda de los shogoths, cuyas prolongaciones po­dían levantar pesos prodigiosos, las pequeñas ciudades sub­marinas crecieron hasta transformarse en imponentes labe­rintos de piedra no muy diferentes de los que luego se alzarían en tierra. De hecho, los Primordiales, adaptables en extremo, habían vivido durante largo tiempo en la su­perficie en otras partes del universo y probablemente con­servaban muchas de las tradiciones de la edificación terrestre. Mientras estudiábamos la arquitectura de estas ciudades paleontológicas esculpidas en relieves, induso aquella cuyos pasadizos muertos en remotísimas eras re­corríamos ahora, nos impresionó una curiosa coincidencia que todavía no hemos tratado de explicarnos ni a nos­otros mismos. Los remates de los edificios, que en la ciu­dad real que nos rodeaba habían sufrido en lejanas eras las inclemencias del tiempo hasta quedar convertidos en ruinas informes, aparecían claramente representados en los bajorrelieves formando racimos de agudos chapiteles, de delicados pináculos que acababan en forma cónica o pi­ramidal, y ringleras de finos discos en forma de festones horizontales que coronaban respiraderos verticales. Esto era exactamente lo que habíamos’ visto en aquel espejismo descomunal y portentoso, proyectado por una ciudad ex­tinta carente de tales siluetas desde hacía millares y dece­nas de millares de años y que sorprendió nuestros ojos ignorantes al surgir en las alturas contra el fondo inescru­table de las montañas cuando nos acercábamos por prime­ra vez al campamento devastado del desgraciado Lake.

Muchos tomos se podrían escribir acerca de la vida de los Primordiales en el fondo del mar y de la que luego llevarían los que emigraron a tierra. Aquellos que habi­taron en aguas profundas habían conservado por comple­to el sentido de la vista que tenían localizada en los extremos de sus cinco tentáculos cefálicos, y habían prac­ticado el arte de la escultura y la escritura en la forma habitual, empleando para escribir un estilete en super­ficies enceradas impermeables. Los que habitaban a ma yores profundidades marinas, aunque utilizaban un curioso organismo fosforescente para alumbrarse, suplian la vista con misteriosos sentidos especiales que requerían el uso de los cilios prismáticos de la cabeza —sentidos que per­mitían a los Primordiales prescindir parcialmente de la luz en casos de apuro. Sus formas de escultura y escritura cambiaron curiosamente cuando descendieron a las pro­fundidades y adoptaron ciertos métodos de revestimiento al parecer químicos —probablemente para conseguir fos­forescencia— que los bajorrelieves no explicaban con cla­ridad. Estas criaturas se movían dentro del mar en parte nadando, utilizando los brazos crinoideos laterales, y en parte arrastrándose impulsados por la fila inferior de ten­táculos que albergaban las falsas patas. Algunas veces vo­laban distancias considerables utilizando para ayudarse sus dos o cuatro alas plegables en forma de abanico. En tierra empleaban habitualmente las pseudopatas, pero al­gunas veces realizaban vuelos a gran altura y recorrían largas distancias con las alas. Los abundantes y finos ten­táculos en que se dividían los brazos crinoideos eran de coordinación muscular y nerviosa infinitamente delicada, flexibles y fuertes, proporcionándoles una enorme habili­dad para ejecutar toda clase de labores artísticas y ma­nuales de otra índole.

La resistencia y dureza de aquellas criaturas era sor­prendente. Ni siquiera’ las tremendas presiones de las ma­yores profundidades marinas parecían capaces de afectar­las. Diriase que eran pocas las que morían, excepto de resultas de la violencia, y sus lugares de enterramiento eran escasos. El hecho de que enterraran a sus muertos verticalmente cubriéndolos con túmulos en forma de cin­co puntas, nos sugirió a Danforth y a mí pensamientos que hizo necesaria una nueva pausa para recuperarnos cuando los bajorrelieves nos lo revelaran. Aquellos seres se multiplicaban por medio de esporas —como plantas pteridofitas, que es lo que supuso Lake—, pero como consecuencia de su extraordinaria resistencia y longevi­dad, no necesitaban reproducirse en exceso de forma que no fomentaban el desarrollo en gran escala de nuevos gametos excepto cuando iban a colonizar nuevas regio­nes. Los jóvenes maduraban con rapidez y recibían una enseñanza evidentemente muy superior a la que podemos imaginar. Su vida intelectual y estética estaba muy des­arrollada y daba vida a un conjunto extremadamente arraigado de costumbres e instituciones que describiré con más detalle en la monografía que tengo en preparación. Las unas y las otras variaban ligeramente según el lugar de residencia fuera marino o terrestre, pero los funda­mentos eran iguales en lo esencial.

Aunque por ser vegetales podían nutrirse de sustan­cias inorgánicas, preferían los alimentos orgánicos, y es­pecialmente los de origen animal. Comían crudos los ali­mentos de origen marino, pero cocinaban las viandas en tierra. Cazaban y criaban ganado de carne, al que sacri­ficaban empleando instrumentos muy afilados cuyas seña­les en ciertos huesos fósiles habían observado los miem­bros de nuestra expedición. Aguantaban todas las tem­peraturas ambientales maravillosamente, y en su estado natural podían vivir en aguas a temperaturas próximas a los cero grados centígrados. Sin embargo, cuando arrecia­ron los fríos del plioceno hace casi un millón de años, los que habitaban en tierra tuvieron que recurrir a me­didas especiales, entre ellas la calefacción artificial, hasta que el frío mortal les obligó, al parecer, a volver al mar. Para realizar sus vuelos prehistóricos a través del espacio cósmico, según la leyenda, absorbían ciertos productos quí­micos que casi los independizaba de la alimentación, la respiración, el frío y el calor, pero cuando llegó la gran ¿poca glacial ya se había perdido el método. En cualquier caso, no hubieran podido prolongar indefinidamente ese estado artificial sin causarse daño.

Al no emparejarse y .tener una estructura semivegetal, los Primordiales carecían de base biológica para la fase familiar de la vida de los mamíferos, pero parece que muchos de ellos compartian viviendas basándose en el principio de aprovechamiento del espacio, y, según pudi­mos colegir de las ocupaciones y entretenimientos de los compañeros de vivienda representados en los bajorrelieves, en la placentera asociación mental. Al amueblar las viviendas, conservaban todo en el Centro de la inmensa estancia y dejaban los espacios murales para la decora­ción. La iluminación, en el caso de los que habitaban en tierra, la conseguían mediante un procedimiento proba­blemente electroquímico. Tanto en tierra como bajo el agua, utilizaban curiosas mesas, sillas y divanes como bas­tidores cilíndricos, pues reposaban y dormían erguidos con los tentáculos plegados, y estanterías para los con­juntos de superficies punteadas que constituían sus libros.

El gobierno era, evidentemente, complejo y probable­mente de tipo socialista, aunque nada podía deducirse con certidumbre acerca de esto de los bajorrelieves que vimos. Era grande el movimiento comercial, tanto el lo­cal como entre distintas ciudades, empleándose como di­nero pequeñas fichas grabadas de cinco puntas. Probable­mente los trozos de esteatita verdosa más pequeños encontrados por nuestra expedición correspondieran a esa clase de monedas. Aunque la cultura era primordialmente urbana, existía algo de agricultura y gran actividad gana­dera. También se dedicaban a la minería y existían algu­nas actividades fabriles. Viajaban mucho, pero la emigra­ción permanente no parecía ser muy frecuente, si se ex­ceptúan los grandes movimientos colonizadores mediante los cuales se extendía la raza. No empleaban ayuda exter­na alguna para la locomoción personal, pues los Primordiales, tanto en la tierra como en el aire y en el agua, parecían poseer posibilidades de moverse a enorme velo­cidad. Las cargas, sin embargo, las arrastraban bestias de tiro: los shogoths bajo el agua y una curiosa variedad de vertebrados primitivos en los años posteriores de exis­tencia terrestre.

Estos vertebrados, así como otras infinitas formas de vida —animal y vegetal, marina, terrestre y aérea—, eran producto de una evolución no dirigida de células vivas creadas por los Primordiales, pero cuyo desarrollo que­daba fuera del radio de su atención. Se les había permi­tido desarrollarse libremente porque no habían provoca­do conflictos a los seres dominantes. Las formas evolucio­­nadas que resultaban inconvenientes se exterminaban mecánicamente. Nos llamó la atención ver en algunas de las últimas esculturas más decadentes a un mamífero primi­tivo de torpe andar utilizado unas veces como alimento y otras como jocoso bufón por parte de los habitantes te­rrestres, mamífero cuyo carácter de predecesor de simios y seres humanos era inconfundible. Para edificar las ciu­dades terrestres, las inmensas piedras de las altas torres las subían generalmente pterodáctilos de grandes alas, de una especie desconocida hasta ahora por la paleontología.

La pervivencia de los Primordiales a través de los diversos cambios y convulsiones geológicas de la corteza te­rrestre fue casi milagrosa. Aunque pocas de sus ciudades primeras (tal vez ninguna) sobrevivieron a la Era Arcai­ca, no existió interrupción alguna de su civilización o en la transmisión de sus anales. El lugar original de su llegada al planeta fue el Océano Antártico, y es probable que llegaran no mucho después que la materia de que se formó la Luna se desprendiera del cercano Pacífico Sur. Según uno de los mapas esculpidos, todo el globo estaba entonces sumergido bajo el agua, y las ciudades de piedra fueron esparciéndose más y más, alejándose del Antártico según pasaban los eones. Otro mapa mostraba una gran masa de tierra firme en torno al Polo Sur, en donde es evidente que algunos de estos seres trataron de establecer colonias experimentales, aunque los centros principales los trasladaron al fondo del mar más cercano. Mapas posteriores mostraban la gran masa de tierra como resquebrajándose y a la deriva, con algunas de las partes separadas desligándose hacia el Norte, sustentando de ma­nera notable las teorías de los deslizamientos tectónicos expuestas recientemente por Taylor, Wegener y Joly.

Con el surgimiento de nuevas tierras en el Pacífico Sur, se iniciaron tremendos acontecimientos. Algunas de las ciudades submarinas quedaron destrozadas, y no fue ésta la mayor desgracia. Otra raza, una raza terrestre con for­ma de pulpo y probablemente correspondiente a fabulosos seres prehumanos engendrados por Cthulhu, comenzó a llegar procedente del infinito cosmos e inició una salvaje guerra que obligó de nuevo a los Primordiales a refu­giarse temporalmente en las profundidades del mar —gol­pe tremendo para ellos en vista de sus crecientes colonias construidas en la superficie. Más tarde se concertó la paz, y las nuevas tierras se cedieron a los descendientes de Cthulhu, mientras que el mar y las tierras más antiguas quedaban bajo el dominio de los Primordiales. Se funda­ron nuevas ciudades terrestres, las mayores de ellas en la Antártida, pues esta región de la primera llegada era sagrada. En lo sucesivo, como había acontecido anterior­mente, la Antártida continuó siendo el centro de la civi­lización de los Primordiales, de forma que los descen­dientes. de Cthulhu desaparecieron de sus vidas. Mas lue­go, las tierras del Pacífico se hundieron nuevamente, lle­vándose consigo a la espantosa ciudad de piedra de R’lyeh y a todos los pulpos cósmicos, con lo que los Primordiales volvieron a ser dueños del planeta si se exceptúa un vago temor del que no les gustaba hablar. En eras bastante posteriores sus ciudades se esparcieron por todas las re­giones terrestres y marinas del globo, de ahí la recomen­dación que haré en mi próxima monografía de que algún arqueólogo realice perforaciones sistemáticas con el apa­rato de Pabodie, u otro semejante, en ciertas regiones muy separadas entre sí.

La tendencia constante a lo largo de los tiempos, fue la de pasar del mar a la tierra, movimiento estimulado por el surgir de nuevas tierras, aunque no por eso deja­ron desierto el mar en ningún momento. Otra causa de la emigración hacia la tierra fue las muchas dificultades que surgieron para la cría y gobierno de los shogoths, de los cuales dependía la prosperidad de la vida en el mar. Con el transcurrir del tiempo, y según confesaban tristemente los bajorrelieves, el arte de crear nueva vida a base de materia inorgánica se fue olvidando, por lo que los Primordiales se vieron obligados a depender de la posibilidad de moldear seres ya existentes. En tierra, los grandes reptiles resultaban muy moldeables, pero los shogoths marinos, que se reproducían por división celu­lar partenogenética y estaban adquiriendo un grado peli­groso de inteligencia, representaron durante algún tiempo un formidable problema.

Siempre se los había gobernado mediante las sugestio­nes hipnóticas de los Primordiales que modelaban su dura plasticidad para formar miembros útiles y órganos tem­porales, pero ahora ejercían a veces su capacidad auto­modeladora de manera independiente e imitando formas inculcadas anteriormente. Habían desarrollado, al parecer, un «cerebro» semiestable, cuya capacidad de volición in­dependiente y tenaz se hacía eco de la voluntad de los Primordiales, pero no siempre la obedecían. Las imágenes talladas de estos shogoths nos llenaron a Danforth y a mí de horror y repulsión. Eran, por lo general, entes in­formes compuestos de una gelatina viscosa que les daba el aspecto de un gran conjunto de burbujas aglutinadas, con alrededor de quince pies de diámetro cuando asu­mían forma esférica. Pero su forma y volumen cambiaba constantemente y surgían de ellos excrecencias temporales o formaban órganos visuales, auditivos u orales imitando a sus amos, espontáneamente o por sugestión.

Parece que se tornaron especialmente rebeldes hacia mediados de la era pérmica, hace quizá ciento cincuenta millones de años, cuando hubo una verdadera guerra en­tre ellos y los Primordiales del mar. Las escenas talladas de esta guerra y el estado cubierto de viscosidad en que los shogoths acostumbraban dejar a sus víctimas después de decapitarías poseían una terrible fuerza amedrentadora a pesar del abismo temporal que de ellas nos separaba. Los Primordiales emplearon curiosas armas de perturba­ción molecular y atómica contra los entes rebeldes y final­mente alcanzaron una completa victoria. Las esculturas mostraban que hubo después un período en el que los shogoths fueron domados y sometidos por los Primordia­les armados, al igual que domaron los vaqueros a los caballos salvajes del Oeste norteamericano. Aunque du­rante la rebelión los shogoths habían demostrado ser ca­paces de vivir fuera del agua, no se alentó esta transición, pues su utilidad en tierra no hubiera resultado propor­cionada a las dificultades que ocasionaba su control.

En la Era Jurásica, los Primordiales padecieron nuevas adversidades, esta vez como resultado de otra invasión llegada del espacio exterior, una invasión de criaturas mitad fungosas y mitad crustáceas, indudablemente las mismas que aparecen en ciertas leyendas que se cuentan a media voz en las montañas del Norte y que se recuer­dan en el Himalaya con el nombre de Mi-Go, o abomina­ble Hombre de las Nieves; Para luchar contra estos seres, los Primordiales intentaron, por primera vez desde su llegada a la Tierra, regresar al éter planetario; pero a pesar de realizar todos los preparativos tradicionales, vie­ron que ya no les era posible salir de la atmósfera terres­tre. Cualquiera que fuera el secreto de los viajes interes­telares, su raza lo había perdido para siempre. Finalmen­te, los Mi-Go expulsaron a los Primordiales de todas las tierras del Norte, aunque no pudieron atacar a los del mar. Poco a poco comenzó la lenta retirada de esta anti­quísima raza a sus habitáculos originales de la Antártida.

Resulta curioso observar en las batallas representadas en los bajorrelieves, que tanto los descendientes de Cthul­hu como los Mi-Go parecían estar formados por una sus­tancia notoriamente distinta de la que sabemos caracteri­zaba a los Primordiales. Podían transformarse adoptando formas que eran imposibles para sus adversarios, lo que hace suponer que llegaron de regiones del espacio cós­mico todavía más remotas. Los Primordiales, excepto por su anómala dureza, y sus peculiares características vita­les, eran rigurosamente materiales y debieron de tener su origen absoluto dentro del conocido continuo de tiem­po-espacio, en tanto que el origen de los otros seres sólo puede ser objeto de conjeturas expresadas en voz baja. Todo esto, naturalmente, suponiendo que las conexiones ultraterrestres y las anomalías achacadas a las fuerzas in­vasoras no fueran pura mitología. Es posible que los Pri­mordiales inventaran un fondo cósmico para justificar sus ocasionales derrotas, dado que el interés por la historia y el orgullo eran sus principales características psicológi­cas. Es significativo que sus anales no mencionaran mu­chas razas avanzadas y poderosas de seres cuya egregia cultura y grandes ciudades figuran insistentemente en ciertas las leyendas oscuras.

El cambiante estado del mundo a lo largo de las ex­tensas eras geológicas aparecía descrito con sorprendente realismo en muchos de los mapas y escenas de los bajorre­lieves. En algunos casos habrá que revisar la ciencia ac­tual, mientras que en otros sus audaces deducciones que­dan magníficamente confirmadas. Como he dicho, la hipótesis de Taylor, Wegener y Joly, según la cual todos los continentes son fragmentos de masa de tierra antártica original, que se resquebrajó bajo el efecto de la fuerza centrífuga y cuyos trozos se separaron deslizándose sobre una superficie inferior técnicamente viscosa —hipótesis que sugieren, por ejemplo, los perfiles complementarios de Africa y Sudamérica y la forma en que las grandes cor­dilleras aparecen como rodadas y empujadas hacia arri­ba—, encuentra notable apoyo en esta misteriosa fuente.

Algunos mapas relativos indudablemente al mundo en el periodo Carbonífero de hace cien millones de años, o aún más antiguos, mostraban significativas fallas y abismos que luego separarían a Africa de las tierras de Europa (la Valusia de la antigua leyenda), Asia, las Américas y el continente antártico. Otros mapas, sobre todo uno rela­cionado con la fundación, hace cincuenta millones de años, de la vasta ciudad muerta que nos rodeaba, mostraban los actuales continentes bien diferenciados. Y en el más re­ciente que pudimos descubrir, tal vez del Plioceno, se veía muy claramente el mundo casi tal como es en la actualidad, a pesar de la unión de Alaska con Siberia, de América del Norte con Europa a través de Groenlandia, y de América del Sur con el continente antártico por medio de la tierra de Graham. En el mapa del período Carbonífero, todo el globo, tanto el fondo del océano como las masas de tierra separadas, mostraba símbolos de las vastas ciudades de piedra de los Primordiales, pero en mapas posteriores se apreciaba claramente la paula­tina retirada hacia la Antártida. El último mapa, el del Plioceno, no mostraba ninguna ciudad terrestre, excepto en el continente antártico y en el extremo de América del Sur, y tampoco ciudad marina alguna más al norte del paralelo 50 de latitud sur. Es evidente que el cono­cimiento del mundo nórdico, y el interés por él, excep­tuando un estudio riel litoral realizado probablemente du­rante largos vuelos de exploración hechos con ayuda de aquellas alas membranosas en forma de abanico, habían decaído, evidentemente, hasta quedar reducido a cero en­tre los Primordiales.

La destrucción de ciudades por el levantamiento de las montañas, la fragmentación de los continentes por el efec­to de la fuerza centrífuga, las convulsiones sísmicas del fondo del mar y de la tierra y otras causas naturales era allí un puro relato histórico; y resultaba curioso observar cómo se dejaba de reemplazarlas según pasaban las eras. La vasta megalópolis muerta que mostraba sus fauces en mil oquedades en torno nuestro parecía haber sido el pos­trero centro general de la raza, edificado a principios de la Era Cretácea después que la titánica elevación de la Tie­rra arrasara una ciudad anterior de mayores dimensiones y no muy distanté. Parecía que esta región era el lugar más sagrado de todos, el sitio en que los primeros Pri­mordiales habían creado su colonia en el fondo del mar. En la nueva ciudad —muchas de cuyas características pu­dimos. reconocer representadas en los bajorrelieves, pero que se extendía durante cien millas a lo largo de la cor­dillera en ambas direcciones, hasta más allá de los límites de nuestra exploración aérea— se suponía que se conser­vaban ciertas piedras sagradas pertenecientes a la primera ciudad del fondo del mar, la cual había surgido de entre las aguas y se había asomado a la superficie y a la luz después de larguísimas épocas en el curso del general des­moronamiento de los estratos.



VIII


Naturalmente, Danforth y yo estudiamos con especial interés, y con la extraña sensación de estar amenazados personalmente, todo lo correspondiente a la zona en que nos encontrábamos. Las muestras locales abundaban como es natural; y en la intrincada parte baja de la ciudad tuvimos la suerte de encontrar una casa de los últimos tiempos cuyas paredes, aunque algo dañadas por un co­rrimiento cercano, tenían bajorrelieves de ejecución deca­dente que narraban la historia hasta un periodo muy pos­terior al del mapa del plioceno y que nos proporcionó un postrero atisbo de aquel mundo anterior al humano. Fue aquel el último lugar que inspeccionamos minucio­samente, porque lo que allí encontramos nos ofreció un nuevo objetivo inmediato.

Estábamos indudablemente en uno de los rincones más extraños y fantásticos del globo terrestre. De todas las tierras existentes aquélla era infinitamente la más anti­gua. Fue apoderándose de nosotros el convencimiento de que aquella horrible altiplanicie tenía que ser la fabulosa meseta de pesadilla de Leng, acerca de la cual ni siquiera el demente autor del Necronomicón quiso hablar. La gran cordillera era inmensamente larga, pues comenzaba como cadena montañosa de poca altura en la Tierra de Luitpold, en la costa del mar de Weddell, y atravesaba casi todo el continente. La parte verdaderamente elevada formaba un gran arco desde 820 de latitud este y 600 de longitud, hasta 700 de latitud este y 1150 de longitud, con su parte cóncava vuelta hacia nuestro campamento y su extremo marino en la región de la larga costa cerrada por el hielo cuyas cimas divisaron Wilkes y Mawson ¿n el círculo antártico.

Sin embargo, otras monstruosas exageraciones de la na­turaleza parecían estar alarmantemente próximas. He dicho que estas cimas tenían mayor altura que las del Hi­malaya, pero los frisos esculpidos me impiden afirmar que son las más altas de la Tierra. Ese sombrío honor le está reservado sin duda a algo que la mitad de las tallas vacilaban en mostrar, mientras que otras lo hacían con muy clara repugnancia y temor. Había, al parecer, una porción de aquellas antiguas tierras —las que primera­mente surgieron de las aguas después que la Tierra se separara de la Luna y que los Primordiales se filtraran a través del espacio desde las estrellas— que se llegó a rehuir por su carácter indeciblemente maldito. Las ciuda­des edificadas en ella se habían derruido tempranamente, viéndose súbitamente abandonadas. Vino luego el primer gran alabeo de la tierra que hizo trepidar convulsivamen­te aquella región en la era comanchiense; una tremenda fila de cumbres había surgido repentinamente en medio del más espantoso estruendo y caos, y fue entonces cuan­do la Tierra vio nacer las montañas más terribles y ele­vadas.

Si la escala de los bajorrelieves era exacta, aquellas odiadas cimas tuvieron que alzarse hasta una altura su­perior a los 40.000 pies; eran inmensamente más altas que las montañas de la locura que habíamos cruzado. Al parecer se extendían aproximadamente desde los 77º de latitud este y 70º de longitud, hasta los 70º de latitud este y 1000 de longitud a menos de trescientas millas de la ciudad muerta, por lo que hubiéramos divisado sus tre­mendas cumbres en el horizonte occidental de no. haber sido por aquella vaga neblina opalescente. Su extremo norte hubiera resultado igualmente visible desde el gran círculo que traza la costa antártica en la Tierra de la Rei­na María.

Algunos de los Primordiales, en los tiempos de la de­cadencia, habían dedicado extrañas preces a aquellas mon­tañas, pero ninguno se acercó a ellas ni osó imaginar qué habría al otro lado. Ningún mortal las había contemplado jamás, y cuando estudié las emociones representadas en las tallas rogué que nadie llegara a verlas. Existen mon­tañas que las protegen a lo largo de la costa que queda más allá —la Tierra de la Reina María y la del Kaiser Guillermo— y doy gracias al cielo de que nadie haya po­dido desembarcar en ellas o escalarías. No tengo el mis­mo escepticismo de antes acerca de antiguas leyendas y temores primitivos y hoy no me río de la idea del es­cultor prehumano según la cual los rayos se detenían significativamente de tarde en tarde en cada uno de los sombríos picachos y un fulgor inexplicable se esparcía desde una de las tremendas cumbres a través de la larga noche polar. Es posible que tengan un significado muy verdadero y monstruoso las leyendas pnakóticas musitadas en voz baja acerca de Kadath y del Páramo Helado.

Pero el terreno de los alrededores no causaba menos asombro, aunque al carecer de nombre fuera menos mal­dito. Poco después de la fundación de la ciudad se alza­ron en la gran cordillera los principales templos, y muchos bajorrelieves mostraban los grotescos y fantásticos pinácu­los que punzaron el cielo en donde ahora solamente veía­mos los extraños cubos y bastiones adheridos a la roca. Con el tiempo aparecieron las cuevas que se adaptaron como anexos de los templos. Con el transcurrir de épo­cas aún posteriores, todas las venas de piedra caliza fue­ron horadadas por corrientes subterráneas, con lo que montañas, cerros y llanuras inferiores quedaron transfor­mados en una verdadera red de cuevas y galerías comu­nicadas entre sí. Muchas de las tallas narraban las nume­rosas exploraciones de aquellas profundidades y el descu­brimiento final del tenebroso mar estigio que se escondía en las entrañas de la Tierra.

Este vasto abismo sin luz lo había socavado indudable­mente el gran río que bajaba desde las horribles mon­tañas sin nombre que se alzaban al Oeste y que antes cambiara de curso al pie de la cordillera de los Primor­diales para ‘discurrir paralelamente a la sierra y desem­bocar finalmente en el océano Indico entre la Tierra de Budd y la de Totten, en la costa de Wilkes. Poco a poco había ido desgastando la base de piedra caliza de la mon­taña al cambiar su curso, hasta que su corriente roedora llegó hasta las cavernas de las aguas inferiores y se unió a ellas para socavar un abismo todavía más profundo. Finalmente vertió su gran caudal en la oquedad de las montañas dejando seco el antiguo cauce que le había lle­vado hasta el mar. Gran parte de la ciudad, tal como nosotros la encontramos, se edificó sobre aquel primitivo cauce. Los Primordiales comprendieron lo que había ocu­rrido, y, dando rienda suelta a su sentido artístico, siem­pre agudo, habían convertido los naturales pilones de la entrada del río en grandes columnas de ornada talla al pie de las alturas en donde el caudaloso río comenzaba su descenso hacia la sempiterna oscuridad.

Este río, en un tiempo cruzado por docenas de nobles puentes pétreos, era evidentemente aquél cuyo seco cau­ce habíamos visto en el curso de nuestra exploración aérea Su situación en los diferentes bajorrelieves nos ayudó a orientarnos para imaginar la ciudad tal como había exis­tido en las diversas etapas de la historia de aquella región milenaria muerta durante muchos eones, con lo que pu­dimos trazar un apresurado pero minucioso plano de sus puntos más destacados —plazas, edificios principales y co­sas semejantes— que nos sirviera para guiamos en ulte­riores exploraciones. Pronto pudimos reconstruir imagi­nariamente la totalidad del asombroso conjunto tal como existió hacia un millón, o diez millones, o cincuenta millones de años, pues las tallas nos decían qué aspecto ha­bían presentado exactamente los edificios, las montañas y las plazas, los suburbios y los paisajes, así como la fértil vegetación de la Era Terciaria. Aquellos parajes debieron ser de mística y embrujadora belleza, y mientras pensaba en ello casi llegué a olvidar la desabrida sensación de siniestra congoja con que la antigüedad y el volumen, la ausencia de vida y la lejanía del lugar, unidos al constante crepúsculo glacial, habían ahogado y conturbado mi espí­ritu. Mas a juzgar por ciertas tallas, los mismos habitantes de aquella ciudad habían experimentado un terror inso­portable, pues mostraban los bajorrelieves un tipo de es­cenas repetidas y sombrías en las que se ‘veía a los Pri­mordiales en el momento de apartarse temerosamente de algún objeto —que nunca aparecía en la estampa escul­pida— encontrado en el gran río y que había llegado arras­trado por las aguas a través de ondulados bosques pobla­dos de plantas trepadoras desde las horrendas montañas que se alzaban al Oeste.

Solamente en la casa de construcción menos remota y que contenía las tallas más decadentes conseguimos per­cibir vagamente la calamidad anal que llevó al abandono de la ciudad. Indudablemente, debió de haber muchas tallas de la misma época en algún otro lugar, aun teniendo en cuenta la merma de energías y aspiraciones propia de un período de tensión e incertidumbre, y, de hecho, poco después tuvimos pruebas seguras de su existencia. Mas aquél fue el primer y único conjunto que encontramos directamente. Pensábamos proseguir nuestra búsqueda más tarde, pero, como ya he dicho, las condiciones inme­diatas dictaron que, por el momento, nos señaláramos otro objetivo. En cualquier caso, debían haber tenido un limi­te, pues cuando se extinguió entre los Primordiales toda esperanza de habitar la ciudad durante largo tiempo, hu­bieron de cesar por completo las labores de decoración mural. El golpe final fue, naturalmente, ‘la llegada del ex­tremado frío que en un tiempo se adueñó de la mayor parte de la Tierra y que nunca ha abandonado los des­venturados polos, el gran frío que en el otro extremo del mundo acabó con las fabulosas tierras de Lomar y de los hiperbóreos.

Sería difícil precisar cuándo comenzó dicha tendencia en la Antártida. Hoy consideramos que el comienzo de las eras glaciales tuvo lugar hace unos quinientos mil años, pero el terrible azote debió iniciarse mucho antes. Todos los cálculos son, en buena parte, meras conjeturas, pero es muy probable que las tallas decadentes se esculpieran hace bastante menos de un millón de años y que el total abandono de la ciudad ocurriera mucho antes de la fecha aceptada como comienzo del pleistoceno, según un cálculo global para toda la superficie terrestre, es decir, hace unos quinientos mil años.

En las tallas decadentes se advertían indicios de una vegetación menos abundante y de una menor vida cam­pestre por parte de los Primordiales. Se veían utensilios de calefacción en las casas y se mostraba a los viajeros desplazándose en d invierno envueltos en ropas de abri­go. En esas tallas tardías, la franja continua de adornos estaba frecuentemente interrumpida; vimos una serie de medallones que representaba una emigración en constante aumento hacia refugios cercanos más cálidos, escapando unos a ciudades submarinas edificadas en las proximida­des de lejanas costas y otros descendiendo a través de un laberinto de cavernas de ios estratos de piedra caliza de las montañas hasta el vecino abismo negro de aguas subterráneas

Finalmente, parece que fue este abismo el que quedó más colonizado. Esto se debió, sin duda, al tradicional carácter sagrado de aquella región, pero tal vez lo que influyó más decisivamente fue la posibilidad que ofrecía de seguir utilizando los grandes templos de las montañas socavadas por innumerables pasadizos y cavidades y de conservar la enorme ciudad terrestre como lugar de resi­dencia veraniega y base de comunicación con diversas mi­nas. El enlace entre los antiguos y los nuevos lugares de residencia se mejoró modificando la inclinación de las pen­dientes, ensanchando caminos en las rutas de unión, y también mediante la apertura de gran cantidad de túneles que conducían desde la antigua metrópolis al oscuro abis­mo, túneles que descendían en picado y cuyas bocas di­bujamos detalladamente con gran esmero en el plano que íbamos trazando. Era evidente que por lo menos dos de estos túneles estaban a razonable distancia del lugar en que nos ha11ábamos, pues los dos se abrían en el borde de la ciudad más cercano a las montañas, uno a menos de un cuarto de milla del antiguo cauce del río y el otro tal vez al doble de esa distancia en la dirección contraria.

Parece que el abismo tenía márgenes con bancadas de tierra que quedaban por encima del nivel del agua en ciertos lugares, pero los Primordiales edificaron su nueva dudad debajo del agua, indudablemente por ser un lu­gar más resguardado y que ofrecía una regularidad tér­mica superior. La profundidad del oculto mar debía ser muy grande, con lo que el calor interior de la Tierra ase­guraría su habitabilidad durante un período indefinido de tiempo. Aquellos seres no parecían tener mucha dificul­tad para adaptarse a la vida submarina, pues nunca ha­bían permitido que se atrofiaran sus agallas. Muchos ba­jorrelieves mostraban que siempre habían visitado con frecuencia a sus parientes submarinos de otros lugares, y cómo se bañaban habitualmente en las profundidades del lecho del gran río. La oscuridad del interior de la Tierra tampoco podía ser inconveniente para una raza acostum­brada a la larga noche antártica.

Aunque su estilo era de total decadencia, estas últimas tallas alcanzaban un nivel verdaderamente épico cuando narraban la edificación de la nueva ciudad en aquel mar recóndito. Los Primordiales habían emprendido la tarea científicamente, abriendo canteras de piedra insoluble en el corazón de las montañas horadado por incontables tú­neles y trayendo obreros experimentados de la dudad submarina más cercana para que realizaran las obras de construcción según ios mejores métodos. Estos obreros trajeron consigo todo lo necesario para que prosperara la nueva empresa: tejido de shogoth para crear los seres que se destinarían a levantar las pesadas piedras y que ser­virían posteriormente de bestias de carga en la ciudad y otras sustancias protoplásmicas con las que moldear or­ganismos fosforescentes destinados a la iluminación.

Finalmente, en el fondo de aquel mar estigio se alzó una gran metr6polis de arquitectura muy semejante a la de la ciudad exterior, y de construcción que demostraba relativamente poca decadencia, debido a los principios matemáticos inherentes a las operaciones de construcción. Los nuevos shogoths llegaron a tener un enorme tamaño y a desarrollar singular inteligencia; los bajorrelieves los mostraban ejecutando órdenes con maravillosa prontitud. Parecían capaces de conversar con los Primordiales imi­tando las voces de éstos —una especie de silbidos musi­cales que abarcaban una amplia escala de tonos> si es que el infortunado Lake no se equivocó al hacer su di­sección— y atender más bien a las órdenes orales que a las sugestiones hipn6ticas, menos empleadas que en los primeros tiempos. Los mantenían, sin embargo, admira­blemente controlados. Los organismos fosforescentes da­ban luz con magnífico rendimiento, y compensaban, sin duda, la pérdida de las acostumbradas auroras australes de la noche del mundo exterior.

Practicaron el arte y la decoración, aunque naturalmen­te con cierta decadencia. Los mismos Primordiales debieron darse cuenta de esta degeneración de su arte y en muchos casos se adelantaron a la política de Constantino el Grande trasladando tallas, especialmente delicadas, de la ciudad terrestre, del mismo modo que el Emperador, en parecida época de decadencia, despojó a Grecia y Asia de sus mejores obras de arte para dar a su nueva capital bizantina mayores esplendores de los que su pueblo era capaz de crear. Si el traslado de bloques de piedra escul­pidos no fue más abundante, la causa fue, indudablemente, que la dudad terrestre no se abandonara totalmente en un principio. Para cuando ésta fue abandonada, cosa que ocurrió seguramente antes de que el pleistoceno al­canzara de lleno a los Polos, es posible que los Primor­diales ya encontraran de su gusto aquel arte decadente o que hubieran dejado de reconocer la supremacía de las tallas más antiguas. En cualquier caso, era evidente que las ruinas que nos rodeaban, inmersas en un silencio más que milenario, no habían sufrido una expoliación escul­tórica en gran escala, aunque las mejores tallas, al igual que otros objetos muebles, sí se habían trasladado.


Los medallones y el friso de estilo decadente que rela­taban lo ocurrido, fueron, como he dicho, los más recien­tes que encontramos en nuestra sucinta exploración. Mos­traba a los Primordiales trasladándose a la ciudad terres­tre en el verano y a la ciudad marina en el invierno, y, en ocasiones, comerciando con las ciudades del fondo del mar cercanas a la costa antártica. Para entonces ya debían admitir que la ciudad terrestre estaba condenada, pues las tallas mostraban multitud de indicios del avance ma­ligno del frío. Iba desapareciendo la vegetación y las te­rribles nieves de invierno ya no se fundían totalmente ni siquiera en la plenitud del verano. Había muerto casi todo el ganado saurio y los mamíferos no aguantaban muy bien el frío. Para ‘hacer el trabajo del mundo superior había resultado necesario adaptar a la vida en tierra a algunos de los amorfos shogoths, de curiosa resistencia al frío, cosa que los Primordiales se habían negado a hacer hasta entonces. El gran río carecía ya de vida animal, y el mar superior había perdido casi toda su fauna a ex­cepción de las focas y las ballenas. Todas las aves habían volado a otros lugares, exceptuando los grotescos pingüinos de gran tamaño.

Lo que había ocurrido después solamente podíamos adivinarlo. ¿Cuánto tiempo sobrevivió la nueva ciudad del abismo? ¿Seguiría allí abajo convertida en cadáver de piedra rodeado por la eterna oscuridad? ¿Acabaron por helarsb las aguas subterráneas? ¿Qué destino encontraron las ciudades submarinas del mundo exterior? ¿Se trasla­daron algunos de los Primordiales hacia el Norte huyendo ante el avance del casquete polar? La geología actual no muestra señal alguna de su presencia. ¿Era el temible Mi-Go todavía una amenaza en el mundo terreno sep­tentrional? ¿Quién sabia con seguridad qué podía sobre­vivir, o qué puede sobrevivir incluso hoy, en los oscuros e insondables abismos de las aguas más profundas de la Tierra? Aquellos seres parecían capaces de soportar las mayores presiones, y la gente de mar ha sacado algunas veces en sus redes objetos muy extraños. ¿Ha llegado a explicar la teoría de la ballena carnicera las feroces y mis­teriosas cicatrices de las focas antárticas descubiertas hace una generación por Borchgrevingk?

No he tenido en cuenta los ejemplares encontrados por el desgraciado Lake para hacer estas conjeturas, pues su ambiente geológico demostraba que vivieron en la que tuvo que ser una época muy remota de la historia de la ciudad terrestre. Por el lugar en que se hallaban, debían contar al menos treinta millones de años, y creemos que en aquellos días la ciudad de la caverna marina y ni si­quiera la caverna misma existían. Ellos pertenecían a un paisaje anterior de frondosa vegetación de la era Tercia­ria, a una ciudad terrestre más joven, de artes florecientes y un caudaloso río que trazaba una gran curva hacia el Norte lamiendo las laderas de encumbradas montañas y alejándose hacia un distante océano tropical.

Y con todo, no podíamos evitar el pensar en aquellos ejemplares, en particular en aquellos ocho ejemplares per­fectos que faltaban del campamento de Lake, terrible­mente devastado. Algo anómalo había en todo aquello, en los extraños sucesos que nos habíamos empeñado en achacar a la locura de alguna persona, en aquellas horri­bles tumbas, en la cantidad y variedad del equipo des­aparecido, en lo de Gedney, en la dureza tan poco natu­ral de aquellas monstruosidades arcaicas y en las extraor­dinarias características vitales que los bajorrelieves nos decían ahora que poseía aquella especie. Danforth y yo ‘habíamos visto mucho en las últimas horas y estábamos dispuestos a creer en estremecedores e increíbles secre­tos de la naturaleza primitiva, y a mantenernos callados acerca de ellos.



IX


He dicho que el estudio de los relieves más decaden­tes nos indujo a cambiar de objetivo inmediato. Me re­fiero, naturalmente, a los caminos, abiertos en la roca viva a golpes de escoplo, que conducían al oscuro mundo interior, cuya existencia desconocíamos antes y que ahora deseábamos vehementemente descubrir y explorar. De la escala de las esculturas talladas dedujimos que bajando una pendiente como de una milla por cualquiera de los dos túneles contiguos llegaríamos al borde de los som­bríos y vertiginosos acantilados que rodeaban el gran abismo, acantilados recorridos por senderos mejorados por los Primordiales y que conducían a la orilla rocosa del oculto y tenebroso océano. Contemplar aquella inmensa caverna y percibir su realidad era una tentación que pa­recía imposible resistir una vez conocida su existencia, aunque comprendíamos que debíamos emprender la ex­ploración sin tardanza si queríamos llevarla a cabo en aquel viaje.

Eran las 8 de la noche y no teníamos bastantes pilas de repuesto para poder tener encendidas las linternas todo el tiempo. Fueron tan minuciosos los estudios y di­bujos que hicimos por debajo del nivel glacial, que las habíamos tenido encendidas durante casi cinco horas se­guidas, y a pesar de la fórmula especial de las pilas secas, no durarían mucho más de cuatro horas, aunque si manteníamos apagada una de las linternas, excepto cuando encontráramos algo de singular interés o llegáramos a un paso especialmente difícil, tal vez consiguiéramos un mar­gen de seguridad superior a ese limite. Seria insensato quedarse sin lugar en aquellas ciclópeas catacumbas, por lo que, si queríamos llegar hasta el abismo, debíamos re­nunciar a’ descifrar más bajorrelieves murales. Claro está que teníamos intención de volver al lugar y permanecer en él durante días o quizá semanas entregados a estudiarlo intensamente y a fotografiarlo, pues ya hacía mucho que la curiosidad había sustituido al horror que en un prin­cipio habíamos experimentado, pero, por el momento, te­níamos que darnos prisa.

Nuestra provisión de papeles para señalar nuestro ca­mino estaba lejos de ser inagotable, y nos resistíamos a sacrificar cuadernos de notas o de dibujo para aumentar­la, pero si renunciamos a uno de ellos. Si la situación se agravaba, siempre podríamos recurrir en último extremo al sistema de dejar marcas de escoplo en las rocas. Y siem­pre sería posible, en caso de extraviarnos verdaderamente, el buscar una salida, por uno u otro pasadizo, guiándonos por la luz del sol si contábamos con tiempo suficiente para probar unos y otros. Y sin más dilación nos encaminamos finalmente al túnel más cercano.

Según las tallas de acuerdo con las cuales habíamos confeccionado el mapa, la boca del túnel que buscábamos no podía estar a mucho más de un cuarto de milla del lugar en que nos encontrábamos; el espacio intermedio mostraba edificios de sólido aspecto que permitirían pro­bablemente la entrada a un nivel inferior al helado. La abertura en sí debía hallarse en la parte baja —en el ángulo más cercano a las laderas— de una vasta cons­trucción de cinco puntas, de evidente carácter público y tal vez de uso ceremonial, que tratamos de situar basán­donos en nuestra inspección aérea de las ruinas.

No recordábamos haber visto ningún edificio de esa naturaleza durante el vuelo, por lo que dedujimos que, o sus partes superiores o estaban dañadas, o había quedado totalmente destruido a causa de una gran hendidura que habíamos observado en el hielo. De ser así, el túnel es­taría seguramente obstruido, por lo que tendríamos que probar suerte con el siguiente más cercano, el que quedaba a menos de una milla hacia el norte. El cauce del río nos cortaba el paso impidiéndonos entrar en este viaje por cualquiera de los túneles situados más al sur. Real­mente, si los dos más cercanos estaban obstruidos, era dudoso que las pilas nos permitieran llegar al siguiente túnel del norte, que quedaba como a una milla más allá del elegido como segunda posibilidad.

Mientras nos abríamos paso en la oscuridad a través del laberinto con la ayuda de mapa y brújula atravesando salas y corredores en diferentes estados de ruina y con­servación, subiendo rampas, cruzando plantas superiores y puentes, volviendo a bajar, topando con puertas obstrui­das y con montones de escombros, apresurándonos des­pués por tramos magníficamente conservados y misterio­samente inmaculados, equivocando el camino y volviendo atrás para remediar el error (eliminando en estos casos la falsa ruta que habíamos marcado con papeles) y, alguna que otra vez, llegando al fondo de un respiradero por el que se derramaba o se filtraba tenuemente la luz del día, tuvimos que pasar de largo bajorrelieves que nos tenta­ban a trechos con sus imágenes. Muchos de ellos narrarían seguramente relatos de enorme importancia histórica, y solamente la perspectiva de posteriores visitas nos hizo aceptar la imposibilidad de estudiarlos detenidamente. Así y todo, algunas veces acortábamos el paso y encendíamos la segunda linterna. De haber tenido más película, es se­guro que nos hubiésemos detenido brevemente para sacar fotografías de algunos de los bajorrelieves, pero la idea de copiarlos quedaba fuera de lo posible.

Llego ahora nuevamente a un punto en el que la’ ten­tación de vacilar, o de insinuar más que relatar, es muy fuerte. Mas es necesario revelar todo lo demás con el fin de desalentar otras exploraciones. Tras haber cruzado un puente a la altura del segundo piso hasta lo que parecía ser claramente el extremo de un muro en punta, y tras haber bajado a un pasadizo singularmente rico en tallas de estilo tardío, de gran elaboración decadente y al pare­cer rituales, habíamos llegado muy cerca del lugar donde calculábamos se hallaría la boca del túnel, cuando, poco antes de las 8,30 de la noche, el olfato joven de Danforth nos proporcionó el primer indicio de algo insólito. Si hubiésemos llevado un perro, supongo que habríamos re­parado en ello antes. Al principio no pudimos decir exac­tamente qué fue lo que vició el aire, hasta entonces de cris­talina pureza, pero al cabo de unos segundos nuestra me­moria nos habló con absoluta claridad. Trataré de decirlo sin titubear. Se percibía un olor, y ese olor era vago, sutil e inequívocamente semejante al que tanta repugnancia nos causara al abrir la demente tumba de aquel horror que el desgraciado Lake había diseccionado.

Naturalmente, la revelación no fue tan clara entonces como suena ahora. Había varias explicaciones concebibles, y cuchicheamos un largo rato sin decidir nada. Pero lo im­portante es que no retrocedimos sin investigar más; ya que habíamos llegado tan lejos, nos resistíamos a desani­marnos, salvo que topáramos con un desastre cierto. En cualquier caso, lo que sospechábamos era demasiado fan­tástico para creerlo realmente. Tales cosas no ocurren en un mundo normal. Fue probablemente un instinto irra­cional lo que nos hizo apagar parcialmente la linterna (las esculturas decadentes y siniestras que gesticulaban amena­zadoramente desde las opresivas paredes habían dejado de tentarnos) y avanzar de puntillas cautelosamente pa­sando a gatas sobre los escombros amontonados sobre el suelo, y que iban aumentando en cantidad a cada paso.

Los ojos de Danforth, y no solamente su olfato, resul­taran ser mejores que los míos, pues fue él también quien primero percibió la extraña disposición de los escombros después que hubimos pasado bajo gran número de arcos medio obstruidos que conducían a cámaras y corredores a nivel del suelo. No presentaban el aspecto que era de esperar tras miles de años de abandono, y cuando hicimos lucir la linterna con mayor potencia vimos que se había barrido una especie de franja a través de los escombros no hacia mucho tiempo. La irregular naturaleza de los mismos impedía que hubieran quedado marcas definidas, pero en los lugares más despejados algo daba la impresión de que se habían arrastrado por allí objetos de peso con­siderable. Hubo un momento en que creímos ver huellas de algo paralelo, como los patines de un trineo. Y eso fue lo que nos hizo detenernos nuevamente.

Fue durante esa pausa cuando percibimos, esta vez los dos al mismo tiempo, el otro olor que llegaba desde un lugar algo más lejano. Paradójicamente se trataba de un olor menos atemorizador y a la vez más alarmante, a decir verdad menos atemorizador en sí, pero infinitamente más alarmante tratándose de aquel lugar y de aquellas circuns­tancias, a no ser, naturalmente, que Gedney... Pues el olor era de gasolina común y corriente, gasolina de uso cotidiano.

Lo que nos motivó a seguir después de esto es algo que dejaré que decidan los psicólogos. Ahora sabíamos que una terrible prolongación de los horrores del campamento se había arrastrado hasta este tenebroso cementerio de eones y, por tanto, ya no podíamos dudar de la exis­tencia de condiciones sin nombre, actuales o al menos re­cientes, a poca distancia de allí. No obstante, terminamos por dejar que la ardiente curiosidad, o la angustia, o la autosugestión, o vagos pensamientos acerca de nuestro de­ber para con Gedney, o lo que fuera, nos impulsara a se­guir adelante. Danforth volvió a susurrar algo acerca de la huella que había creído ver en un recodo del corredor de las ruinas superiores y los débiles silbos musicales, po­siblemente de tremendo significado a la luz de lo que Lake dijo acerca de sus disecciones, a pesar de su gran pare­cido con el eco de las bocas de las cuevas en los picos batidos por los vientos que creía haber oído poco después procedentes de desconocidas profundidades. A mi vez, su­surré algo acerca del estado en que había quedado el cam­pamento, de las cosas que habían desaparecido y de cómo la locura de un único superviviente había podido concebir lo inconcebible: una excursión demencial a través de las colosales montañas y un descenso a los desconocidos edi­ficios de milenaria construcción.

Pero no conseguimos convencernos mutuamente, y ni siquiera a nosotros mismos, de nada definido. Habíamos apagado la linterna por completo y, mientras permaneci­mos allí inmóviles, nos dimos cuenta vagamente de que una tenue luz diurna filtrada desde las alturas hacía que la oscuridad no fuese total. Como quiera que echáramos a andar automáticamente, nos fuimos guiando por la luz de la linterna que encendíamos de vez en cuando durante muy breves instantes. Los escombros barridos o removi­dos nos habían causado una impresión que no lográbamos borrar, y el olor a gasolina iba aumentando. Nuestros ojos tropezaban con más y más escombros que nos dificultaban el paso, hasta que pronto vimos que el camino ante nos­otros estaba a punto de acabar. Habíamos acertado de lleno en nuestra pesimista suposición acerca de la hendi­dura vista desde el aire. Las busca del túnel nos había llevado a un pasadizo sin salida, y ni siquiera íbamos a poder llegar a la parte inferior en la que se abría el paso hacia el abismo.

La linterna eléctrica, que alumbraba las paredes llenas de tallas grotescas del pasadizo bloqueado en que nos en­contrábamos, reveló diversas puertas más o menos obs­truidas. A través de una de ellas llegaba con especial fuerza el olor a gasolina dominando cualquier otro indicio de olor. Al mirar con mayor atención vimos, sin ningún género de duda, que los escombros habían sido barridos recientemente delante de aquella puerta. Cualquiera que fuera el horror que allí nos acechaba, el camino que lle­vaba directamente ‘hasta él era patente. No creo que a nadie le maraville saber que aguardáramos un buen rato antes de llevar a cabo ningún otro movimiento.

Y, sin embargo, cuando al fin nos aventuramos a entrar por aquel negro arco, nuestra primera impresión fue de profunda decepción. Pues en medio del espacio lleno de escombros y del desorden de aquella cripta tallada en la roca, un perfecto cubo de lados de unos veinte pies de lon­gitud, no había ningún objeto de factura reciente ni ta­maño discernible, por lo que buscamos instintivamente, aunque en vano, alguna otra puerta. Pero la aguda vista de Danforth, al cabo de un momento, localizó el lugar en que se habían removido recientemente los escombros que cubrían el suelo, y hacía allí dirigimos toda la luz de las dos linternas. Aunque lo que vimos a esa luz fue real­mente sencillo y baladí, vacilo en decir lo que era por lo que significaba. Se trataba de un sencillo allanamiento del montón de escombros, encima del cual había desperdiga­dos al azar varios objetos de pequeño tamaño, y en una de cuyas esquinas se había vertido una cantidad considerable de gasolina, pues aquel fuerte olor impregnaba todo el ambiente, a pesar de la gran altura de la supermeseta. Di­cho de otro modo, aquello no podía ser sino una especie de campamento, un campamento dispuesto por seres que, como nosotros, buscaban algo y que, como nosotros, se habían visto detenidos por la inesperada obstrucción del camino que llevaba al abismo.

Hablaré daro. Los objetos esparcidos procedían básica­mente del campamento de Lake y consistían en latas de conservas abiertas de extraña manera, como las que ha­bíamos visto en aquel devastado lugar, gran cantidad de cerillas usadas, tres libros ilustrados manchados de curiosa forma desigual, un frasco de tinta vacío con su envase de cartón, una pluma estilográfica rota, algunos trozos de piel y de lbna de tienda cortados de manera singularmente rara, una pila eléctrica usada junto con su envoltura de propa­ganda y las instrucciones para su empleo, un folleto que acompañaba a las estufas que utilizábamos para calentar las tiendas y bastantes trozos de papel arrugados. Todo ello era no poco inquietante, pero cuando alisamos los papeles y vimos lo que en ellos había presentimos que habíamos llegado a lo peor. Habíamos encontrado en el campamento algunos papeles inexplicablemente emborro­nados que pudieran habernos preparado para ello, y sin embargo encontrarlos allí abajo, en ‘las cavernas prehuma­nas de una ciudad de pesadilla, resultaba casi insoportable.

Un Gedney enloquecido podía haber dibujado aquellos grupos de puntos imitando los que habían encontrado en los trozos de esteatita verdosa, iguales a los que vimos en los túmulos de cinco puntas; era concebible que hubiera sacado unos apresurados dibujos de variable exactitud, o incluso carentes de ella, que representaran en boceto los alrededores de la ciudad y marcaran el camino desde un lugar señalado con un círculo y que no pertenecía a nues­tro anterior trayecto, un lugar que identificamos con la gran torre cilíndrica de los bajorrelieves y que habíamos divisado desde el aeroplano, hasta la actual cámara de cin­co puntas y la boca del túnel que en ella se abría.

Pudo Gedney, repito, hacer esos dibujos, pues los que teníamos ante nuestros ojos se habían hecho, evidente­mente, copiando de los bajorrelieves, al igual que nosotros habíamos hecho los nuestros, y reproduciendo las tallas tardías del laberinto glacial, aunque copiando otras diferentes a las nuestras. Pero lo que jamás habría podido conseguir Gedney, chapucero y negado como era para el arte, era hacer aquellos dibujos empleando una extraña técnica y una seguridad de trazo tal vez superior, a pesar de su apresuramiento y descuido, al dibujo de las deca­dentes tallas que ‘habían servido de modelo, la caracte­rística e inequívoca técnica de los propios Primordiales de los tiempos de auge de la ciudad muerta.

No faltarán quienes digan que Danforth y yo demos­tramos estar completamente locos al no poner pies en pol­vorosa después de aquello, puesto que nuestras conclu­siones eran ya, pese a su demencia, completamente firmes y de una índole que ni siquiera necesito mencionar a quienes hayan seguido mi narración hasta este punto. Es po­sible que estuviéramos locos, ¿pues no he dicho que aque­llas horribles cumbres eran las montañas de la locura? Pero creo que puedo advertir algo que indica el mismo es­píritu, aunque de naturaleza menos extrema, en los hom­bres que acechan a las fieras carniceras de las selvas afri­canas para fotografiarlas o estudiar sus costumbres. Medio paralizados por el pavor como estábamos, ardía en nos­otros, sin embargo, una llama alimentada por el asombro y la curiosidad, y que acabó por triunfar.

Claro está que no teníamos intención de enfrentarnos con lo que, o con los que, sabíamos que habían estado allí, pues pensábamos que ya se habrían ido. Para entonces

habrían encontrado la entrada vecina que conducía al abismo y se habrían adentrado por ella en dirección a Dios sabe qué tenebrosos jirones del pasado, que les aguardaran en aquella postrera sima, la postrera sima que jamás habían visto. Y si esa entrada también estuviese obstruida, se habrían alejado hacia el Norte en busca de alguna otra. Recordamos que no dependían sino parcialmente de la luz.

Cuando pienso en aquel momento, apenas puedo re­cordar cuáles fueron nuestras emociones, qué cambio de objetivo inmediato fue el que afiló tan agudamente nuestra expectación. No teníamos intención, eso era indudable, de enfrentarnos con lo que temíamos, y sin embargo no ne­garé que posiblemente albergáramos un oculto deseo in­consciente de espiar ciertas cosas desde algún observatorio estratégico. Es probable que no hubiéramos renunciado todavía al deseo de aquel abismo, aunque ahora se había interpuesto un nuevo objetivo: el espacioso lugar rodeado por un círculo mostrado en los arrugados dibujos que ha­bíamos encontrado. Habíamos reconocido inmediatamente la inmensa torre cilíndrica que aparecía en los bajorre­lieves más antiguos, pero que vista des’de lo alto no pa­recía sino una prodigiosa abertura redonda. Algo relacio­nado con su impresionante aspecto, induso en aquellos apresurados bocetos, nos hizo pensar que en sus niveles subglaciales todavía podía haber algo de especial impor­tancia. Tal vez encerrase maravillas arquitectónicas no en­contradas aún en nuestras exploraciones. La torre era in­dudablemente de increíble antigüedad, pues, según las escenas esculpidas en que aparecía, había sido una de las primeras construcciones de la ciudad. Sus bajorrelieves, si se conservaban, podrían tener un valor muy singular. Además, tal vez supusiera un conveniente enlace con el mundo superior, un camino más corto que el que con tanto cuidado íbamos marcando, y probablemente el que siguieron los que bajaron con anterioridad.

En cualquier caso, lo que hicimos fue estudiar los temi­bles bocetos, que confirmaron los nuestros con gran exac­titud, y retroceder por el camino indicado hacia el lugar circular, es decir, el camino que nuestros predecesores de identidad desconocida tuvieron que recorrer por dos veces antes que nosotros. La otra entrada que nos conduciría al tan buscado abismo estaría más allá. No es necesario que hable del itinerario que seguimos y durante el cual con­tinuamos dejando un rastro de papeles ahorrando todos los posibles, pues fue de naturaleza idéntica al que nos había llevado hasta aquella galería sin salida, aun cuando el nuevo camino tendía a mantenerse más próximo al nivel del suelo e incluso a descender hacia las galerías inferiores. De cuando en cuando veíamos algunas señales inquietantes en los escombros y basuras esparcidas por el suelo; y en cuanto dejamos de percibir el olor a gasolina, volvimos a notar espasmódica y tenuemente aquel hedor más terrible y persistente. Después que el camino se bifurcara del que habíamos seguido anteriormente, iluminamos varias veces las paredes de la galería con los rayos de una sola linterna, y vimos en ellas casi siempre las omnipresentes tallas que parecían haber sido el principal desahogo estético de los Primordiales.

Hacia las 9,30, cuando atravesábamos un largo corre­dor abovedado, cuyo piso cada vez más helado parecía estar algo por debajo del nivel general del suelo y cuyo techo perdía altura según avanzábamos, comenzamos a per­cibir ante nosotros una fuerte luz diurna, y pudimos apa­gar la linterna. Al parecer, nos aproximábamos al amplio espacio circular y no podíamos estar muy lejos del exte­rior. La galería terminaba en un arco sorprendentemente bajo para ruinas megalíticas de tales dimensiones, pero fue mucho lo que pudimos ver a través de él, induso antes de atravesarlo. Al otro lado del arco se abría un prodigioso espacio redondo, de doscientos pies cumplidos de diáme­tro, cuyo suelo estaba cubierto de escombros y en el que se veían multitud de arcos cegados que correspondían al que estábamos a punto de cruzar. En donde había lugar para ello, los muros estaban profusamente esculpidos for­mando un friso en espiral de prodigioso tamaño que mos­traba, a pesar de los daños causados por los elementos en aquel lugar abierto, una esplendor artístico muy supe­rior a cuanto habíamos visto hasta entonces. El suelo, atestado de escombros, estaba cubierto por una gruesa capa de hielo, e imaginamos que el verdadero piso estaba a un nivel bastante inferior.

Pero la característica más notable del lugar era la titá­nica rampa de piedra que, esquivando los arcos por medio de un brusco desvío hacia el exterior, se enroscaba su­biendo por las espléndidas paredes del cilindro como con­trafiguras internas de las que ascendieron en otros tiempos por las inmensas torres piramidales o zigurats de la antigua Babilonia. Solamente la rapidez del vuelo y la perspectiva que hacia confundir la bajada con el muro interior de la torre nos había impedido ver esta rampa desde el aeropla­no, induciéndonos a buscar otro camino al nivel subgla­cial. Pabodie tal vez hubiera podido decirnos qué clase de construcción explicaba su firmeza, pero Danforth y yo so­lamente pudimos maravillarnos contemplándola. Había po­derosas ménsulas y columnas de piedra aquí y allá, pero lo que vimos se nos antojó insuficiente para la función que desempeñaban. Todo ello se encontraba en excelente estado de conservación hasta la parte actualmente superior de la torre, lo que es admirable si se tiene en cuenta lo muy expuesto que estaba a las inclemencias del tiempo, y su cobijo había ayudado en gran medida a proteger las extrañas e inquietantes esculturas cósmicas de las paredes.

Así que salimos a la pavorosa penumbra en que la media luz dejaba al fondo del monstruoso cilindro de cincuenta millones de años de antigüedad e, indudablemente, la más primitiva de cuantas construcciones verían nuestros ojos, vimos que los muros escalados por la rampa ascendían vertiginosamente hasta una altura de sesenta pies cum­plidos. Esto, según recordamos por nuestra inspección aérea, significaba una capa exterior de hielo de alrededor de cuarenta pies, pues el precipicio que habíamos visto desde el aeroplano se hallaba en lo alto de un montículo de escombros de veinte pies, algo abrigado en las tres cuartas partes de su perímetro circular por las macizas murallas de una fila de ruinas que quedaban algo más arriba. Según narraban las tallas, la torre se había alzado en un principio en el centro de una inmensa plaza redonda hasta una altura de unos quinientos o seiscientos pies, con mesetas horizontales cerca de la parte superior en forma de disco y una fila de agudas torres semejantes a espa­dañas a lo largo del borde superior. La mayor parte de lo construido se había derrumbado principalmente hacia fuera, circunstancia afortunada, pues de lo contrario es posible que la rampa hubiera quedado destruida y todo el interior bloqueado. Aun así, la rampa había sufrido deplo­rables desperfectos, y la acumulación de escombros era tal que parecía que el paso por todos los arcos inferiores se había abierto sólo recientemente.

No tardamos sino un momento en llegar a la conclu­sión de que ése había sido indudablemente el camino por el que aquellos otros habían bajado, y que éste seria el camino natural que seguiríamos para nuestro ascenso, a pesar del largo rastro de papeles que habíamos ido de­jando en otros lugares. La boca de la torre no estaba más lejos de las estribaciones y del aeroplano que nos aguarda­ba que el vasto edificio escalonado por el que habíamos entrado, y cualquier exploración subglacial que pudiéramos hacer en este viaje tendríamos que llevarla a cabo en aquella zona. Es curioso que todavía pensáramos en hacer viajes posteriores, incluso después de cuanto habíamos visto y adivinado. Fue entonces, mientras avanzábamos cautelosamente por encima de los escombros del espa­cioso piso cuando vimos algo que nos hizo olvidarnos momentáneamente de todo lo demás.

Se trataba de tres trineos cuidadosamente colocados en la esquina más lejana de la parte inferior y más saliente de la rampa, la que había estado oculta a nuestros ojos hasta entonces. Allí estaban los tres trineos desaparecidos en el campamento de Lake, en muy mal estado por el mal trato que había significado probablemente el arrastrarlos violentamente por encima de piedras y escombros no cu­biertos de nieve, a más de pasarlos por encima de lugares absolutamente intransitables. Estaban embalados con sumo esmero y sujetos con correas, y contenían cosas que nos eran de sobra conocidas: la estufa de gasolina, bidones de combustible, estuches de instrumentos, latas de conservas, bultos envueltos en lona que encerraban evidentemente libros y otros paquetes de contenido menos claro; todo ello procedente del equipo de Lake.

Después de lo que habíamos encontrado en aquella otra sala, estábamos preparados para este hallazgo. La sorpre­sa auténticamente perturbadora fue la que recibimos cuan­do, después de pasar por encima de un bulto que nos había inquietado sobremanera y de desenvolverlo de la lona que lo cubría, encontramos algo realmente inquie­tante. Al parecer, otros, además de Lake, se habían inte­resado por coleccionar especímenes curiosos, pues allí ha­bía dos, helados, rígidos, en perfecto estado de conserva­ción, curadas con esparadrapo unas heridas que mostra­ban en el cuello, y envueltos cuidadosamente para que no sufrieran más daño. Eran los cuerpos sin vida de Gedney y del perro desaparecido.



X


Muchos serán los que nos tilden probablemente de in­humanos, además de locos, por pensar en el túnel del Norte y en el abismo al cabo de tan poco tiempo de nues­tro macabro hallazgo, y no me encuentro capaz de decir que no hubiésemos recordado inmediatamente tales cosas de no haber sido por una circunstancia concreta que nos sorprendió, iniciando una nueva serie de conjeturas. Ha­bíamos vuelto a cubrir el cadáver del pobre Gedney con la lona y nos encontrábamos sumidos en una especie de mudo asombro, cuando unos sonidos acabaron por abrirse paso hasta nuestra percepción. Eran los primeros que es­cuchábamos desde que habíamos bajado del espacio abierto donde el viento de las alturas nos había dejado oír sus débiles gemidos desde cumbres ajenas a este mundo. Aun­que bien conocidos y terrestres, su existencia en aquel remoto reinado de la muerte resultaba más inesperada y estremecedora que la de cualquier otro sonido fabuloso o grotesco, pues volvieron a hacer vacilar todas nuestras concepciones acerca de la armonía cósmica.

Si hubieran tenido alguna vaga semejanza con los fan­tásticos silbidos pertenecientes a una extensa escala mu­sical que el informe de Lake acerca de sus disecciones nos había inducido a esperar y que nuestra exacerbada imaginación había reconocido en todas las ráfagas de viento que habíamos escuchado después de descubrir los horrores del campamento, al menos habrían tenido una es­pecie de infernal congruencia con respecto a la región que nos rodeaba, muerta durante muchos eones. El lugar apro­piado para una voz llegada de otras épocas es un cemen­terio de otras épocas. Pero el hecho fue que dicho sonido echó por tierra nuestras convicciones más arraigadas, toda nuestra tácita aceptación de la Antártida interior como desierto helado, total e irrevocablemente carente de cual­quier vestigio de vida normal. Lo que oímos no fue el fabuloso sonido de la expresión blasfema de una antigua tierra en cuyas duras entrañas ultraterrenas un sol polar, rechazado durante incontables siglos, había provocado una monstruosa respuesta. Lejos de ello, fue algo tan burlonamente normal, tan inequívocamente habitual durante nues­tros días de navegación por las aguas próximas a la tierra de Victoria y de campamento junto a la bahía de McMur­do, que nos estremecimos al pensar que pudiera darse allí, en donde no debían oírse tales cosas. En resumen, fue sen­cillamente el ronco graznido de un pingüino

El apagado sonido llegó flotando desde rincones subgla­ciales claramente opuestos a la galería por la que habíamos llegado, desde una zona situada evidentemente en la direc­ción del otro túnel que conducía al inmenso abismo. La presencia de un ave acuática viva en aquellos parajes, en un mundo en cuya superficie la ausencia de vida era caracterís­tica secular y uniforme, sólo podía llevarnos a una conclu­sión; por ello nuestro primer pensamiento fue comprobar la realidad objetiva del sonido. Efectivamente, se repitió varias veces, y en ocasiones parecía proceder de más de una garganta. Buscando su procedencia, pasamos bajo un arco del cual se hablan limpiado buena parte de los cascotes:

volvimos a penetrar en galerías desconocidas y, cuando dejamos atrás la luz del día, a marcar nuestro rastro con una

cantidad suplementaria de papel que tomamos con extraña repulsión de uno de los fardos tapados con lona que ha­llamos en los trineos.

A medida que el piso helado fue siendo reemplazado por cascotes y broza, percibimos con nitidez unas curiosas huellas dejadas por algo que hasta allí se había transpor­tado a rastras; Danforth encontró una huella muy clara cuya descripción resultaría superflua. El camino que mar­caban los graznidos del pingüino era el que el mapa y la brújula señalaban como el que conducía a la boca del túnel situado más al norte, y nos alegramos de encontrar un acceso sin puentes en el piso bajo que parecía estar expedito. El túnel, según el mapa, debía partir de la base de una gran construcción piramidal que recordamos vaga­mente haber visto desde lo alto y que se encontraba en sorprendente estado de conservación. A lo largo del ca­mino, la única linterna encendida nos mostró la acostum­brada profusión de relieves, pero no nos detuvimos para examinar ninguno de ellos.

De pronto, una forma blanca y voluminosa apareció ante nosotros, y encendimos la segunda linterna. Es ex­traño cómo esta nueva búsqueda había borrado totalmente de nuestra memoria los anteriores temores a lo que pu­diera acecharnos en la oscuridad. Era de suponer que los «otros», tras dejar sus cosas en el gran espacio circular, habían proyectado volver después de su exploración del ca­mino del abismo, o incluso del abismo en sí. Pero nosotros habíamos desechado toda precaución, tan completamente como si «ellos» jamás hubieran existido. Aquella cosa blanca de torpe andar de pato medía más de seis pies, y, sin embargo, comprendimos al punto que no se trataba de uno de los «otros», pues éstos eran de mayor tamaño y oscuros, y, según la descripción de los bajorrelieves, sus movimientos en tierra, a pesar de la rareza de sus miem­bros tentaculares nacidos del mar, eran veloces. Pero decir que aquella forma blanca no nos atemorizó profundamente sería vano. La verdad es que durante un instante nos ate­nazó un miedo primitivo, casi tan lacerante como nuestros razonados temores relacionados con los «otros». Nuestra

excitación decayó bruscamente cuando aquel bulto blanco pasó con su andar patoso bajo un arco lateral que quedaba a nuestra izquierda para reunirse con los dos congéneres que le habían llamado con sus voces roncas. Pues no era sino un pingüino, aunque gigante, de una especie des­conocida mayor que la de los pingüinos conocidos y mons­truoso por la combinación de su albinismo con la casi total carencia de ojos.

Cuando pasamos en pos del ave por debajo del arco encendimos las dos linternas, y dejamos caer su luz sobre el grupo de los tres indiferentes y distraídos pingüinos; vi­mos que todos ellos eran albinos y carecían de ojos, y que los otros dos eran de la misma especie desconocida y gigan­tesca del primero. Por su tamaño nos recordaron algunos de los pingüinos arcaicos de las tallas de los Primordiales, y no tardamos en deducir que descendían de antepasados comunes y que éstos habían sobrevivido por haberse refu­giado en algunas regiones más templadas, cuya perpetua oscuridad había destruido su pigmentación y atrofiado los ojos hasta transformarlos en inútiles rendijas. No había duda alguna de que habitaban ahora en el profundo abismo que estábamos buscando, y esta prueba de la perdurable templanza y habitabilidad del mar interior nos llenó la ca­beza de fantasías en extremo curiosas y perturbadoras.

También nos preguntamos qué había podido impulsar a estas tres aves a aventurarse lejos de sus acostumbrados dominios. El estado y el silencio de la gran ciudad muerta demostraba que no había sido nunca criadero natural de aves, mientras que la dara indiferencia del trío respecto a nuestra presencia hacía que resultara raro que el paso de un grupo distinto los hubiera alarmado. ¿Era posible que aquellos «otros» se hubieran mostrado agresivos o hubie­ran tratado de aumentar sus provisiones de carne? Dudá­bamos de que aquel penetrante olor que tanto aborrecían los perros pudiese resultar igualmente antipático para los pingüinos, pues sus antepasados habían mantenido apaci­blemente con los Primordiales unas relaciones amistosas que tenían que haber perdurado a orillas del abismo en tanto que sobrevivieran algunos de los Primordiales.

Llevados por un nuevo despertar del espíritu científico, la­mentamos no poder fotografiar aquellas anómalas criatu­ras, y seguimos el camino hacia el mar subterráneo, un camino que ahora sabíamos sin ningún género de dudas que se encontraba abierto y libre de obstáculos, y cuya dirección exacta nos manifestaban claramente las huellas de los pingüinos que encontrábamos a nuestro paso.

Poco después, una fuerte bajada por una larga galería extrañamente desprovista de tallas nos indujo a creer que nos acercábamos por fin a la entrada del túnel. Acabába­mos de pasar junto a dos pingüinos y oíamos a otros de­lante, muy cerca de nosotros. La galería terminaba en un prodigioso espacio abierto que nos dejó sin aliento; se trataba de un perfecto hemisferio invertido, evidentemente situado a enorme profundidad. Medía cien pies cumplidos de diámetro y cincuenta de altura, con bajas entradas en arco en todos los puntos de la circunferencia menos en uno, donde se abría cavernosamente una abertura negra y en forma de arco, que quebraba la simetría de la bóveda hasta una altura de casi quince pies. Era la entrada al gran abismo.

En este gran hemisferio, cuya techumbre cóncava es­taba impresionantemente tallada, aunque en estilo deca­dente, representando una primigenia bóveda celeste, se contoneaban unos cuantos pingüinos albinos, extraños en aquel lugar, pero indiferentes y ciegos. El negro túnel mos­traba sus fauces y se alejaba indefinidamente en pendiente cuesta abajo, con la boca adornada por jambas y dintel gro­tescamente tallados a cincel. Desde aquella críptica embo­cadura imaginamos que soplaba un aura ligeramente más templada y tal vez emanaba un sospechoso vapor, y nos preguntamos qué seres vivos, aparte de los pingüinos, po­dían ocultar el insondable abismo de allá abajo y los in­finitos huecos del panal de la superficie y de las titánicas montañas. Nos preguntamos también si los indicios de humo que el desgraciado Lake creyó ver en una montaña, y también la extraña neblina que nosotros mismos había­mos visto en torno al pico coronado por un bastión, pu­dieran tener por causa la ascensión por tortuosos cauces de vapores procedentes de las regiones insondables del centro de la tierra.

Al entrar en el túnel vimos que su trazado general, al menos a lo largo de los primeros quince pies en ambas di­recciones, era de paredes, suelo y techo abovedado for­mado por la acostumbrada arquitectura megalítica. Las pa­redes estaban sucintamente adornadas con medallones de dibujos sencillos y estilo tardío decadente, y toda la fá­brica y las tallas estaban en maravilloso estado de conser­vación. El suelo se hallaba limpio, exceptuando algunos detritus dejados por los pingüinos al salir y las huellas impresas por otros al entrar. Cuanto más avanzábamos más templado se hacía el ambiente, con lo que no tarda­mos en desabrocharnos las prendas de más abrigo. Pen­samos si realmente se darían allá abajo fenómenos ígneos y si las aguas de aquel mar sin sol estarían calientes. Al cabo de una corta distancia, los bloques de piedra fueron reemplazados por la roca viva, aunque el túnel conservó las mismas proporciones y siguió presentando la misma re­gularidad de horadación. En ocasiones, la pendiente era tan fuerte que se habían tallado hendiduras en el piso. Vimos algunas bocas de galerías laterales que no apare­cían en nuestro plano, pero ninguna de naturaleza tal que pudiera dificultar nuestro regreso, y todas ellas ofrecían refugio en caso de que en nuestra vuelta topáramos con seres desagradables. El hedor de tales seres era muy per­ceptible. Indudablemente era una aventura suicida y necia adentrarse en aquel túnel en las condiciones descritas, pero la, tentación de lo desconocido es en ciertas personas más fuerte de lo que se cree, y al fin y al cabo esa tentación

era lo que nos había llevado, en primer lugar, a este inclemente desierto polar. Según avanzábamos vimos varios pingüinos y nos preguntamos qué distancia nos quedaría por recorrer. Los bajorrelieves nos hacían esperar un

descenso como de una milla hasta el abismo, pero nuestras primeras exploraciones nos habían hecho comprender que podíamos fiarnos plenamente de las escalas.

Al cabo de un cuarto de milla aproximadamente aquel sin nombre se intensificó, y tomamos buena cuenta de las diversas galerías laterales por las que pasamos. No se percibía vapor alguno como el de la entrada, pero esto se debía indudablemente a la falta de aire fresco que sir­viera de contraste. La temperatura subía rápidamente y no nos asombró llegar ante un informe montón de cosas estremecedoramente familiares para nosotros. Se trataba de un montón de pieles y lonas de tiendas procedentes del campamento de Lake, y no nos detuvimos para estudiar las caprichosas formas en que habían sido cortadas. Algo más allá advertimos que aumentaban notoriamente el ta­maño y el número de las galerías que desembocaban en la nuestra, y dedujimos que debíamos haber llegado a la zona densamente poblada de celdillas y situada debajo de las estribaciones más altas. Aquel curioso hedor sin nombre nos llegaba ahora mezclado con otro olor casi igualmente desagradable, la naturaleza del cual no nos fue dado adivinar aunque pensamos en organismos en es­tado de putrefacción avanzada y quizá en desconocidos hongos subterráneos. Luego se abrió ante nosotros un inesperado ensanchamiento del túnel para el cual no nos habían preparado los bajorrelieves; se trataba de un ensan­chamiento y una elevación del techo, con lo que el túnel se convirtió en caverna elíptica de aspecto natural, de piso liso, de unos setenta y cinco pies de longitud por unos cincuenta de anchura y con numerosos pasillos que en ella confluían y de ella se alejaban para perderse en la misteriosa oscuridad.

Aunque la caverna parecía natural, una inspección rea­lizada con ayuda de las dos linternas, nos descubrió que se había formado mediante la destrucción artificial de varios muros que separaban las estancias contiguas exca­vadas en la roca. Las paredes eran rugosas, y el elevado techo abovedado mostraba gran número de estalactitas, pero el suelo de roca viva había sido allanado y estaba libre de cascotes, detritus e incluso polvo en grado suma­mente anormal. Excepto por la amplia galería por la que habíamos ido todos los grandes corredores que salían de ella se hallaban en igual estado, cuya singularidad era tal que nos tenía asombrados. El curioso y nuevo hedor que había venido a sumarse al olor sin nombre era allí muy penetrante, hasta el punto de anular al otro sin dejar rastros de él. Había algo en aquel lugar, con su suelo alisado y casi reluciente, que nos sorprendió de forma más espantosa que cualquiera de las cosas monstruosas con que habíamos tropezado anteriormente.

La regularidad de la galería que se abría ante nosotros, y también la mayor abundancia de excrementos de pin­güino que había en aquel lugar, evitaba errar el camino en aquella plétora de bocas de caverna igualmente gran­des. No obstante, decidimos volver a dejar un rastro de trozos de papel si se presentaban complicaciones, pues ya no podíamos esperar guiamos por las huellas dejadas en el polvo. Al reanudar la marcha iluminamos en varios puntos las paredes del túnel y nos quedamos atónitos al percibir el cambio tan radical que se apreciaba en los ‘bajorrelieves de esta parte del corredor. Apreciábamos, naturalmente, la notable decadencia de las esculturas de los Primordiales en el período en que abrieron el túnel y ya habíamos observado la mediocre artesanía de los ara­bescos en los tramos que habíamos dejado atrás. Pero ahora, en aquella profunda sección de más allá de la ca­verna, se advertía una sutil diferencia que resultaba inex­plicable, una diferencia en su naturaleza básica distinta de la merma de calidad que suponía tan profunda y cala­mitosa degradación de la habilidad de los artesanos y que resultaba inesperada en vista de lo que habíamos obser­vado anteriormente.

Estas nuevas y degeneradas tallas eran toscas, burdas y totalmente carentes de delicadeza en los detalles. La talla tenía una profundidad exagerada y formaba franjas que seguían la tónica general de los pocos medallones de las secciones anteriores, pero la altura de los relieves no llegaba hasta el nivel de la superficie general. A Danforth se le ocurrió que se trataba de ‘una talla superpuesta, una especie de palimpsesto añadido después de borrar el di­seño primitivo. Era todo ello de naturaleza decorativa y convencional y el diseño consistía en burdas espirales y ángulos que se ajustaban rudamente a la tradición ma­temática del quintil conservada por los Primordiales ase­mejándose más a una parodia que a la perpetuación de una tradición. No podíamos quitarnos de la cabeza que algún elemento sutil, pero profundamente extraño, se ha­bía añadido a los principios estéticos en que se apoyaba la técnica —un elemento extraño, supuso Danforth, cul­pable de la elaborada sustitución. Era un arte parecido al que habíamos llegado a reconocer como el de los Pri­mordiales, pero también desazonadoramente distinto, y me recordaba pertinazmente cosas híbridas, como las torpes esculturas de Palmira modeladas a la manera romana. Que otros ‘habían estudiado la franja de tallas lo insinuaba el hecho de que viéramos en el suelo, delante de uno de los medallones más característicos, una pila gastada de lin­terna.

Comoquiera que no podíamos perder mucho tiempo estudiando aquello, reanudamos la marcha después de una ojeada, pero iluminando frecuentemente las paredes para ver si podía apreciarse algún otro cambio en la decora­ción. No vimos nada parecido, aunque los bajorrelieves escaseaban en algunas partes como resultado de ‘las mu­chas bocas de túneles que se abrían para dar paso a gale­rías laterales de suelo alisado. El número de pingüinos disminuyó, aunque nos pareció percibir vagamente un coro infinitamente lejano de graznidos que llegaban desde las profundidades de la Tierra. El nuevo e inexplicable hedor se había hecho abominablemente penetrante y ape­nas podíamos notar indicios del otro olor innominado. Algunas nubecillas de vapor, visibles ante nosotros, in­dicaban los crecientes contrastes de temperaturas y la re­lativa cercanía de los acantilados sin sol del gran abismo. Y entonces, de súbito, vimos ciertos obstáculos en el pulido suelo delante de nosotros, obstáculos que con toda seguridad no eran pingüinos, y encendimos la segunda linterna para asegurarnos de que aquellos objetos perma­necían inmóviles.

Llego otra vez a un punto en el que me resulta muy difícil proseguir. Ya debiera estar endurecido a estas al­turas, pero ciertas experiencias y suposiciones hieren de­masiado hondamente para cicatrizar y dejan la memoria tan sensibilizada que los recuerdos nos hacen volver a vivir el pasado horror. Vimos, como he dicho, ciertos obstáculos en nuestro camino sobre el pulido suelo, y puedo decir que, casi al mismo tiempo, nuestro olfato se vio invadido por una curiosa acentuación de aquel extra­ño hedor, ahora claramente mezclado con la fetidez inde­cible de los que nos habían precedido. La luz de la segun­da linterna no nos dejó dudas acerca de qué objetos obs­truían el camino, y únicamente nos atrevimos a acercar­nos a ellos porque advertimos, incluso a distancia, que ya estaban tan lejos de poder hacer mal alguno como los seis ejemplares de su misma especie que desenterramos de los abominables túmulos coronados por estrellas del campamento de Lake.

Estaban, efectivamente, tan incompletos como la ma­yor parte de los que desenterramos, aunque por el charco espeso y de color verde oscuro que se estaba formando en torno a ellos era evidente que su mutilación era infi­nitamente más reciente. Parecía no haber sino cuatro de ellos, mientras que ‘los ‘boletines de Lake indicaban que el grupo que nos había precedido estaba formado por no menos de ocho. Fue completamente inesperado encontrar­los en aquel estado y nos preguntamos qué clase de si­niestro combate se había desarrollado en medio de la os­curidad.

Los pingüinos, cuando se les ataca en grupo, se defien­den ferozmente con el pico, y el oído nos decía ahora que había un criadero no lejos de allí. ¿Acaso quienes nos precedieron habían alborotado un lugar así provocan­do una persecución asesina? Los obstáculos que teníamos ante nuestro camino no lo ‘hacían pensar así, pues los picos de los pingüinos difícilmente podrían haber causado en los duros tejidos que Lake diseccionara tan terribles destrozos como los que ahora podíamos ver al aproximar­nos. Además, las enormes aves ciegas que habíamos visto parecían singularmente tranquilas.

¿Se habría producido, entonces, una lucha entre aque­llos «otros», y había que achacar el daño a los cuatro que faltaban? En ese caso, ¿dónde se hallaban? ¿Estaban cer­ca de allí representando una amenaza inmediata para nos­otros? Fuimos mirando con cierto temor algunas de las bocas de túnel por las que pasábamos según avanzábamos con paso lento y receloso. Cualquiera que fuese el con­flicto, esto había sido lo que ahuyentó a los pingüinos incitándolos a desacostumbradas correrías. Seguramente la cosa había ocurrido cerca del lugar en que habitaban, ‘junto al insondable abismo de más allá desde donde ha­bían llegado hasta nosotros los lejanos graznidos de las aves, pues no se percibían señales de que vivieran por allí Tal vez había habido una terrible lucha en la que el grupo más débil fue aniquilado por el más fuerte cuando trataba de llegar a los trineos escondidos. Cabía imaginar el dia­bólico combate entre seres indeciblemente monstruosos que surgían del negro abismo, rodeados de bandadas de pingüinos frenéticos graznando y huyendo lo más veloz­mente posible.

Afirmo que nos acercamos lenta y recelosamente a los objetos mutilados que yacían en medio de nuestro cami­no. ¡Ojalá nunca nos hubiéramos aproximado a ellos y ‘hubiésemos salido a todo correr de aquel túnel execrable de suelo escurridizo y de paredes cuajadas de decoracio­nes decadentes que copiaban los seres que habían reem­plazado! ¡Ojalá hubiéramos retrocedido antes de ver lo que vimos y antes de que quedara grabado a fuego en nuestra mente algo que nunca nos permitirá volver a res­pirar tranquilamente!

La luz de las dos linternas cayó sobre los objetos caí­dos de tal manera que pronto nos percatamos de cuál era el factor predominante de su mutilación. Machacados, aplastados, retorcidos y rotos como estaban, lo que ca­racterizaba a todos ellos era que estaban decapitados. To­das las cabezas de equinodermo provistas de tentáculos estaban cortadas, y según nos acercamos, vimos que, al parecer, habían sido descabezados más por diabólico des­garro o succión que mediante cualquier forma habitual de corte. El maloliente licor de color verde oscuro que de ellos fluía formaba un charco grande que iba en au­mento, pero su fetidez quedaba medio anulada por un nuevo y más extraño hedor, más penetrante allí que en ningún otro ‘lugar de nuestro camino. Tan sólo cuando habíamos llegado muy cerca de los obstáculos desparra­mados en el suelo pudimos comprender de dónde pro­cedía aquel segundo e inexplicable olor, y tan pronto como lo ‘hicimos, Danforth, recordando ciertas tallas muy elocuentes de la historia de los Primordiales en la era pérmica, es decir, hace ciento cincuenta millones de años, no pudo contener un grito de angustia que despertó los ecos de aquel pasadizo abovedado y arcaico de los relie­ves de palimpsesto.

Yo mismo estuve a punto de gritar también, pues ha­bía visto igualmente los frisos primigenios y había admirado estremecido la forma en que el anónimo artista ha­bía dado a entender la horrible capa de viscosidad que cubría a unos Primordiales mutilados y caídos en tierra, aquellos a los que los terribles shogoths habían dado muerte y succionado hasta dejarlos sin cabeza en la gue­rra en que habían vuelto a sojuzgarlos. Eran bajorrelieves infames, producto de pesadillas, aunque narraran episo­dios de remotísima antigüedad, pues ningún ser humano debiera ver a los shogoths y sus obras, ni criatura algu­na debiera representarlos con imágenes. El demente autor del Necronomicón ‘había tratado de afirmar bajo jura­mento que ninguno se había engendrado en este planeta, y que solamente soñadores toxicómanos los habían ima­ginado. ¡Protoplasma informe capaz de adoptar y repro­ducir todas las formas, órganos y procesos, aglutinaciones viscosas de células burbujeantes, esferoides elásticos de quince pies, infinitamente plásticos y dúctiles, esclavos de la sugestión, constructores de ciudades, cada vez más sombríos, cada vez más inteligentes, cada vez más anfi­bios y más miméticos! ¡Dios santo! ¿Qué clase de demen­cia induciría a aquellos Primordiales blasfemos a utilizar y plasmar semejantes seres?

Fue entonces cuando Danforth y yo vimos aquella ne­gra viscosidad de recentísimo brillo y de iridiscentes re­flejos que se pegaba espesamente a los cuerpos desca­bezados tornando el ambiente horriblemente apestoso con aquel nuevo y desconocido hedor cuyo origen sola­mente una mente enferma podía imaginar, aquella visco­sidad que se pegaba a los cuerpos y brillaba menos espe­samente en un trozo de la pared esculpida de nuevo con una serie de puntos agrupados, fue entonces cuando com­prendimos ‘lo que era el terror cósmico en toda su inson­dable profundidad. No fue el miedo a aquellos cuatro seres que faltaban, pues demasiado sospechábamos que no volverían a hacer daño. ¡Pobres diablos! Al fin y al cabo no eran seres malignos en su especie. Eran los hombres de otra era y de otro orden de cosas. La naturaleza les había gastado una broma infernal —como se la gastará a otros cualesquiera cuya locura, dureza de sentimientos o crueldad lleve en lo sucesivo a excavar en aquel horren­do desierto polar, muerto o dormido. Aquél fue su trá­gico destino. Ni siquiera habían sido salvajes, pues ¿qué habían hecho? Aquel pasmoso despertar en el frío de una época desconocida, tal vez la acometida de una manada de cuadrúpedos peludos ladrando furiosamente y una aturdida defensa contra ellos y los igualmente frenéticos simios blancos con extrañas envolturas y adimentos... ¡Pobre Lake, pobre Gedney... y pobres Primordiales! Científicos hasta el final. ¿Qué hicieron ellos que no hu­biéramos hecho nosotros en su lugar? ¡Santo Dios, qué inteligencia y qué tenacidad! ¡Qué manera de enfrentarse con lo increíble, igual que aquellos parientes y antepasados suyos que se habían enfrentado también con cosas casi igualmente extrañas! Animales radiados, plantas, mons­truos, semilla de estrellas, no sé qué habían sido, pero ahora eran hombres.

Habían atravesado los helados picos en cuyas templa­das laderas se habían entregado tiempo atrás al culto, las mismas laderas que habían recorrido antaño entre helechos arbóreos. Habían descubierto su ciudad muerta in­móvil bajo el peso de la maldición y ‘habían interpretado el relato esculpido de sus tiempos postreros, como había­mos ‘hecho nosotros. Hablan tratado de llegar hasta con­géneres vivos en profundidades míticas de una negrura jamás vislumbrada, y ¿qué habían encontrado? Todo esto pensábamos Danforth y yo mientras contemplábamos aquellas formas descabezadas y cubiertas de viscosidad para mirar después las tallas palipsetas y los malignos grupos de puntos frescos en la pared, y al mirar compren­dimos lo que debió de triunfar y sobrevivir en ‘las pro­fundidades de la ciclópea ciudad acuática de aquel abismo sumido en una noche eterna y rodeado de pingüinos, del que comenzaba a subir una siniestra y rizada neblina blan­ca como respondiendo al grito nervioso de Danforth.

La sorpresa que había supuesto reconocer la monstruosa viscosidad y la decapitación de aquellos seres nos había de­jado a los dos convertidos en estatuas inmóviles y mudas, y solamente en el curso de posteriores conversaciones descubrimos la idéntica naturaleza de nuestros pensamien­tos en aquellos instantes. Nos pareció haber permanecido allí durante milenios, pero en realidad no fueron más de unos quince segundos. Aquella neblina pálida y odiosa ascendía rizándose como impulsada por algún volumen más alejado que también avanzaba, y luego llegó el so­nido que desbarató gran parte de lo que acabábamos de decidir y, al hacerlo, nos libró del sortilegio y nos permi­tió recorrer alocadamente, entre desconcertados pingüinos que no cesaban de graznar, el camino de vuelta a la ciu­dad a través de pasadizos megalíticos inmersos en el hielo, hasta llegar al gran espacio circular abierto y luego subir por la arcaica rampa en espiral para tratar frenéti­camente de salir al aire puro de fuera y a la luz del ex­terior

El nuevo sonido a que me he referido desbarató, como he dicho, buena parte de lo que habíamos decidido: por­que fue lo que la disección del desgraciado Lake nos había inducido a atribuir a los que dábamos por muertos. Era, me dijo Danforth después, exactamente lo mismo que él había oído de forma infinitamente apagada cuando se hallaba en aquel lugar de más allá del recodo del ca­llejón situado por encima del nivel glacial, y, desde luego, recordaba estremecedoramente los silbidos del viento que ‘los dos habíamos oído en torno a las encumbradas cuevas de las montañas. A riesgo de parecer pueril, añadiré algo más, aunque no sea más que por la sorprendente forma en que las impresiones de Danforth encajaron con las mías. Naturalmente, la lectura de los mismos libros fue lo que nos preparó para llegar a tales interpretaciones, aunque Danforth ha apuntado algunas raras nociones acerca de fuentes insospechadas y prohibidas que Poe pudo consultar cuando escribió su Arthur Gordon Pym hace ya un siglo. Se recordará que en esa fantástica narra­ción hay una palabra de significado desconocido, pero terri­ble y prodigioso, una palabra relacionada con la Antártida y que gritan eternamente las gigantescas aves de fantasmal blancura en el centro de esa malévola región. «Tekelili! Tekeli-li!»

Eso fue exactamente, lo reconozco, lo que nos pareció articulaba aquel repentino ruido tras la blanca neblina que avanzaba, aquel insidioso silbido musical que se dejaba oír abarcando una escala singularmente amplia.

Antes de que se oyeran tres notas, o tres sílabas, ya corríamos desenfrenadamente, aunque sabíamos que la ra­pidez de los Primordiales permitiría a cualquier supervi­viente de la matanza que, alertado por el grito, pudiera perseguirnos, damos alcance en un instante si deseaba hacerlo. Teníamos una vaga esperanza, sin embargo, de que un comportamiento pacífico por nuestra parte y el mostrar una razón parecida a la suya, podía inducir a un ser de esa naturaleza a hacernos gracia de la vida en caso de captura, aunque no fuera más que por curiosidad científica. Después de todo, si no veía nada que temer, no tendría motivo para ‘hacernos daño. Comoquiera que ocultarnos habría resultado fútil en aquella coyuntura, en­focamos hacia atrás el rayo de la linterna mientras corría­mos, con lo que vimos que la neblina se iba haciendo más sutil. ¿Veríamos al fin un ejemplar completo y vivo de aquellos «otros»? Una vez más llegó a nuestros oídos aquel silbido obsesivo y musical: «Tekelili! Tekeli-li!»

Como observáramos entonces que le íbamos ganando terreno a nuestro perseguidor, se nos ocurrió que quizá estuviese herido. Pero no podíamos arriesgarnos, pues estaba claro que venía tras de nosotros en respuesta al grito de Danforth y no porque huyera de ninguna otra criatura. El tiempo acuciaba demasiado para vacilar. Donde pudiera encontrarse aquel otro ser de pesadilla, menos concebible y menos mencionable, aquella masa apestosa nunca vislumbrada que vomitaba viscoso proto­plasma, cuya raza ‘había conquistado el abismo y había expulsado a los colonizadores de la Tierra forzándolos a socavar de nuevo y a arrastrarse por las madrigueras de las montañas, no podíamos imaginarlo siquiera y nos cau­só un verdadero remordimiento dejar a aquel Primordial, probablemente malherido y quizá único superviviente, a merced de una’ nueva captura y una suerte sin nombre.

Gracias a Dios no cejamos en nuestra carrera. La ri­zada neblina había vuelto a espesarse y avanzaba a mayor velocidad, en tanto que los descarriados pingüinos graz­naban a espaldas nuestras y gritaban dando muestras de un pánico sorprendente si teníamos en cuenta la escasa confusión que mostraron cuando los adelantamos,. Una vez más recorrió aquel siniestro silbo la extensa escala de su música: «Tekeli-li, Tekeli-li.» Nos habíamos equi­vocado. Aquel ser no estaba herido, sino que se había de­tenido al encontrar los cuerpos de sus congéneres caídos y la diabólica inscripción viscosa encima de ellos. Nunca sabríamos qué mensaje demoníaco sería aquél, pero los enterramientos en el campamento de Lake nos habían indicado la mucha importancia que daban a sus muertos. La linterna tan descuidadamente utilizada, nos mostraba al frente la gran caverna en que convergían varias gale­rías, y celebramos perder de vista aquellas morbosas tallas palimpsestas que casi sentíamos incluso cuando apenas las veíamos.

Otro pensamiento que nos inspiró la aparición de la caverna fue la posibilidad de despistar a nuestro perse­guidor en tan confusa infinidad de galerías. Había en el espacio abierto varios pingüinos ciegos, y resultaba evi­dente que su temor del ente que se acercaba era extre­mado hasta el punto de no ser explicable. Si disminuía­mos la luminosidad de la linterna hasta dejar solamente la luz indispensable para caminar, y la manteníamos fija delante de nosotros, los movimientos y los atemorizados graznidos desacompasados de aquellas enormes aves su­midas en la neblina, tal vez apagaran el ruido de nues­tros pasos, ocultando nuestro verdadero trayecto y crean­do de alguna forma una pista falsa. En medio de las inquietas volutas’ de bruma y de sus rizadas espirales, el deslustrado piso cubierto de cascotes del túnel principal a partir de aquel punto, en contraste con las otras gale­rías morbosamente pulidas, no podía distinguirse con fa­cilidad ni siquiera, por lo que nos era dado conjeturar, para los especiales sentidos que hacían que los Primor­diales pudieran prescindir de la luz, aunque sólo parcial­mente, en casos de emergencia. De hecho, teníamos cierto temor de extraviarnos con las prisas, pues habíamos de­cidido, naturalmente, seguir derechos ‘hacia la ciudad muerta, ya que las consecuencias de perdernos en aquellas desconocidas celdas de las montañas serían impensables.

El hecho de que sobreviviéramos y saliéramos al exte­rior es prueba suficiente de que aquel ser se equivocó de túnel en tanto que nosotros dimos providencialmente con el acertado. Los pingüinos por sí solos no hubieran podido salvarnos, pero en conjunción con la neblina pa­rece que lo consiguieron. Nuestra buena estrella man­tuvo las volutas de neblina lo bastante espesas en el mo­mento crítico, pues estaban siempre agitadas y amenazan­do con desvanecerse totalmente. Y, efectivamente, así lo hicieron durante un segundo antes de que saliéramos del repugnante túnel dos veces tallado y llegáramos a la cue­va, de tal manera que únicamente percibimos durante un instante, y sólo a medias, el ser que nos perseguía, al lanzar una última y angustiada mirada hacia atrás antes de apagar la linterna y de mezclarnos con los pingüinos con la esperanza de escapar a su persecución. Si la estrella que nos ocultó fue benigna, la que nos permitió ver a medias aquella criatura fue infinitamente cruel, pues a esa relampagueante semivisión se debe la mitad del horror que desde entonces nos acosa.

Lo que nos hizo volver la vista atrás fue el instinto in­memorial que impulsa al perseguido a investigar la natu­raleza y. rumbo del perseguidor, o, tal vez, un intento automático de responder a una pregunta subconsciente planteada por uno de nuestros sentidos. En medio de nuestra huida, con todas nuestras facultades centradas en el problema de cómo escapar, no nos encontrábamos en con­diciones de observar y analizar los detalles, pero, aun así, las células latentes del cerebro debieron asombrarse ante el mensaje que les transmitía nuestro olfato. Más tarde comprendimos en qué consistía ese mensaje: que nuestra huida de la capa de viscosidad apestosa que cubría aque­llos obstáculos acéfalos, y la simultánea aproximación del ser que nos perseguía, no había supuesto una sustitución de hedores como por lógica cabía esperar. Junto a los que yacían en tierra había predominado aquella fetidez nueva e inexplicable, pero ahora ésta debía haber dado paso al hedor innominado asociado con los otros seres. Tal susti­tución no había tenido lugar; por el contrario, la nueva fetidez era ahora menos soportable por estar prácticamen­te sin diluir, y con cada segundo que pasaba se hacía más ponzoñosamente insistente.

Así pues, volvimos la vista atrás al parecer simultánea­mente, aunque sin duda el incipiente movimiento del uno provocó el del otro, y al hacerlo enfocamos con la luz de las linternas la neblina, entonces más sutil, guiados por el ansia primitiva de ver todo lo posible, o por el deseo, aunque menos primitivo igualmente inconsciente, de des­lumbrar al ser que nos perseguía antes de apagar las lin­ternas y escabullirnos entre los pingüinos del laberinto que se abría ante nosotros. ¡Qué desdichada acción!

Ni el mismo Orfeo, ni la esposa de Lot, pagaron mucho más cara una mirada atrás. Y de nuevo oímos aquellas pavorosas notas de gaita que recorrían una extensa escala:

«Tekeli-li, Tekeli-li...»

Más vale que hable francamente, aunque me siento incapaz de hacerlo con claridad, al decir qué es lo que vimos, si bien en aquel momento pensamos que nunca lo admitiríamos, ni siquiera el uno al otro. Las palabras que llegarán al lector no podrán ni siquiera dar una idea de la espantable naturaleza de lo que vislumbramos. In­validó tan totalmente nuestra capacidad de discernimiento que me maravilla que conserváramos juicio suficiente para apagar las linternas, como habíamos decidido hacer, y co­rrer por el túnel que conducía a la ciudad muerta. Debió ser el instinto lo que nos sacó del aprieto tal vez mejor de lo que hubiera podido hacer el raciocinio, aunque si fue eso lo que nos salvó, pagamos un alto precio por ello. Desde luego, juicio no nos quedaba mucho.

Danforth estaba totalmente desquiciado y lo primero que recuerdo del resto de nuestro recorrido es el cantu­rreo maquinal de mi compañero, su letanía incoherente en la cual, solamente yo entre todos los seres humanos, podía encontrar algo que no fuera inoportuna demencia. Resonaba con ecos gangosos entre los graznidos de los pingüinos, reverberando en las bóvedas más lejanas y en las desiertas galerías que, por fortuna, habíamos dejado atrás. No comenzó a canturrear inmediatamente, o de lo contrario no hubiéramos estado vivos y corriendo como locos. Tiemblo al pensar en la diferencia que nos hubiera supuesto una reacción ligeramente distinta por su parte.

South Station..., Washington..., Park Street..., Ken­dall... Central... Harvard... El pobrecillo recitaba los nombres de las estaciones del suburbano de Boston a Cam­bridge que atravesaba las apacibles tierras de la patria, a millares de leguas de distancia, en Nueva Inglaterra, y, sin embargo, para mí, tal letanía ni resultaba incoherente ni me traía recuerdos del hogar, pues reconocía en ella con absoluta certidumbre la monstruosa, la nefanda analogía que la había sugerido. Habíamos esperado ver al volver la cabeza, si la neblina se había diluido lo bastante, un ser espeluznante e increíble en movimiento. Nos habíamos for­mado una idea clara acerca de aquel ente. Pero lo que pudimos ver, pues, para colmo de males, la neblina efecti­vamente se había aclarado, fue algo completamente dife­rente e inconmensurablemente más horrendo y detestable. Aquello era la encarnación real de «lo que no debe ser» del autor de novelas fantásticas, y la analogía que más se apro­xima a su realidad es un enorme tren subterráneo tal como se le ve a su llegada desde el andén de una estación; la ne­gra y voluminosa parte delantera surgiendo colosalmente de la infinita distancia subterránea, constelada de lucecillas de colores y llenando la prodigiosa oquedad como llena un émbolo un cilindro.

Pero no nos hallábamos en un andén del metro. Está­bamos en medio de la vía mientras aquella maleable co­lumna de negra y fétida iridiscencia de pesadilla, rezu­mando apretadamente contra las paredes del túnel, avan­zaba por el recodo de quince pies de anchura, cobrando infernal velocidad y empujando ante ella una vorágine de desvaídos va res emanados del abismo. Era un algo terrible, indescriptible, mayor que cualquier tren subte­rráneo, un conjunto informe de protoplasma burbujean­te, tenuemente luminoso y con miríadas de efímeros ojos que se formaban y desvanecían constantemente como pústulas de luz verdosa cubriendo completamente el fren­te que llenaba el túnel y que estaba a punto de abalan­zarse sobre nosotros aplastando en su camino a los desa­lados pingúinos y resbalando sobre el reluciente suelo que, junto con sus congéneres, había limpiado aviesamente de toda clase de basura. Aún volvió a oírse aquel grito ul­traterreno y burlón: «Tekeli-li, Tekeli-li.» Y fue enton­ces cuando recordamos al fin que los satánicos shogoths, dotados por los Primordiales de vida, capacidad mental y diversas configuraciones de órganos maleables, pero ca­rentes de lenguaje hablado, excepto aquel que expresaban los grupos de puntos, carecían también de voz, excep­tuando los sonidos que imitaban de sus desaparecidos amos.

Danforth y yo recordamos haber salido al gran hemis­ferio adornado con esculturas y haber recorrido el camino de vuelta a través de ciclópeas estancias y corredores de la ciudad muerta; mas son estos meros fragmentos de sue­ños que no suponen recuerdos de volición, ni de detalles, ni de esfuerzo físico. Era como si nos encontráramos flotando en un mundo nebuloso, o en dimensiones caren­tes de tiempo, causalidad u orientación. La penumbra gris del gran espacio circular nos serenó algo, pero no nos acercamos a los trineos escondidos, ni volvimos a mirar al desgraciado Gedney ni al perro. Los dos tienen un extraño y titánico mausoleo, y espero que cuando le llegue el fin a este planeta nada haya perturbado su paz.

Fue mientras subíamos trabajosamente por la colosal espiral cuando sentimos por primera vez, al respirar el sutil aire de la meseta, la terrible fatiga y el ahogo que nos había causado aquella carrera, pero ni siquiera el temor a un colapso pudo inducirnos a detenernos antes de llegar a los normales dominios exteriores del sol y del cielo. Hubo algo vagamente apropiado en nuestro aban­dono de aquellas soterradas épocas, pues según subíamos jadeantes por la rampa del cilindro de sesenta pies y ar­quitectura más que megalítica, vimos al pasar una conti­nua procesión de magníficas fallas plasmadas con la téc­nica depurada anterior a la decadencia de la raza desapa­recida, un adiós de los Primordiales esculpido hacía cin­cuenta millones de años.

Al salir finalmente por la parte superior, nos encontra­mos sobre un gran montón de piedras desmoronadas, con los muros curvilíneos de otras estructuras más altas ele­vándose al oeste, y las taciturnas cumbres de las grandes montañas asomando a lo lejos, sobre los edificios más derruidos que se veían hacia el Este. El bajo sol antár­tico de media noche asomaba rojizo al sur por encima del horizonte mirándonos a través de agrietadas ruinas, y la tremenda antigüedad y falta de vida de aquella ciudad de pesadilla parecían más crudas en contraste con cosas relativamente conocidas y habituales, como los detalles del paisaje polar. Arriba, el cielo, era una masa convulsa y opalescente de tenues vapores helados, y el frío se nos agarraba a las entrañas. Soltamos cansadamente las bolsas del equipo, a las que nos habíamos aferrado de forma instintiva durante nuestra desesperada huida, y nos abo­tonamos las ropas de abrigo con vistas a la bajada del escabroso montón de piedras y al recorrida’ a través del antiquísimo laberinto pétreo hasta las laderas en que nos aguardaba el aeroplano. De lo que nos había hecho huir de aquella secreta y arcaica oscuridad de la Tierra, nada dijimos.

En menos, de un cuarto de hora encontramos la empi­nada cuesta —probablemente antigua escalinata— que conducía a las estribaciones y por la cual habíamos baja­do, y pudimos ver el bulto oscuro del aeroplano entre las ruinas diseminadas por la pendiente que teníamos delan­te. Como a medio camino, nos detuvimos unos instantes para recobrar el aliento, y volvimos la cabeza para con­templar una vez más el fantástico y desordenado conjunto de pétreas siluetas que se veían a nuestros pies, recorta­das misteriosamente una vez más contra un occidente des­conocido. Al hacerlo, vimos que el cielo del fondo había perdido la neblina mañanera; los volátiles vapores del hielo habían ascendido hasta el cenit, en donde sus bur­lonas siluetas parecían estar a punto de formar algún ex­traño dibujo que temieran definir de forma plena o con­duyente.

Se revelaba ahora en el lejano horizonte blanco de m4s allá de la grotesca ciudad una tenue y difusa línea de picos color violeta cuyas aguzadas cumbres se eleva­ban como en un sueño contra el cautivador color rosa del cielo occidental. Hacia la altura de este tembloroso borde, ascendía gradualmente la inmemorial altiplanicie, y el hundido cauce del río desaparecido la cruzaba ser­peando como irregular cinta de sombra. Durante un se­gundo admiramos, conteniendo el aliento, la cósmica be­lleza sobrenatural del espectáculo, y ‘luego un vago terror comenzó a apoderarse de nosotros. Pues aquel lejano contorno violáceo no podía ser sino las terribles montañas de la tierra prohibida; y las más altas cumbres de la Tie­rra y el centro de todo el mal terrestre; el albergue de horrores sin nombre y de secretos arcaicos, rehuidos y respetados por quienes temían desentrañar su significado; lugares nunca hollados por ningún ser vivo terrenal, pero visitados por siniestros resplandores y transmisores de extraños haces de luz a través de las planicies en la no­che polar; sin duda alguna, el desconocido arquetipo del temido Kadath en el Helado Desierto de más allá de la aborrecida Leng a la que aluden evasivamente los meros mitos legendarios.

Si los mapas y los bajorrelieves de aquella ciudad pre­humana no mentían, aquellas misteriosas montañas color violeta no podían encontrarse a una distancia muy infe­rior a las trescientas millas, y, sin embargo, su apagada y hechizada silueta se recortaba con total pureza por en­cima del remoto y nevado borde, como el filo serrado de un monstruoso y extraño planeta a punto de ascender hacia desacostumbrados cielos. Su altura tenía que ser, por tanto, tremenda e incomparable, llevándolas hasta te­nues estratos atmosféricos solamente poblados por espec­tros incorpóreos, de los cuales algunos osados aviadores han podido hablar apenas entre susurros luego de ‘haber conservado milagrosamente la vida tras caídas inexplica­bles. En tanto que las contemplaba, pensé con inquietud en ciertas esculpidas insinuaciones acerca de lo que el gran río desaparecido había arrastrado hasta la ciudad desde sus malditas laderas, y me pregunté en qué proporción estarían representadas la razón y la insensatez en el miedo de los Primordiales que tan recelosos se mostraban de esculpirías. Recordé que su extremo septentrional tenía que estar próximo a la tierra de la Reina María, donde en aquellos momentos la expedición de sir Douglas Maw­son estaría trabajando seguramente a una distancia de menos de mil millas de donde me hallaba, y deseé que ningún malhadado accidente permitiera a sir Douglas y a sus hombres columbrar lo que pudiera haber más allá de la protectora cordillera de la costa. Estos pensamientos dan una idea del estado de nerviosa inquietud en que me hallaba; y Danforth parecía estar aun peor.

No obstante, mucho antes de dejar atrás las ruinas en forma de estrella y de llegar junto al aeroplano, nuestros temores pasaron a centrarse en la cadena inferior, pero suficientemente elevada, que tendríamos que cruzar. Des­de aquellas laderas, las que se alzaban negras y cubiertas de ruinas, desnudas y horribles, contra el Este, volvían a recordarnos las extrañas pinturas asiáticas de Nicholas Roerich; y cuando pensamos en los pavorosos entes amor­fos que podían haber ascendido reptando y esparciendo su hedor hasta lo más alto de los horadados pináculos, no pudimos evitar estremecernos ante la perspectiva de sobrevolar de nuevo aquellas bocas de cueva abiertas al cielo en las que el vendaval gemía con malignos silbidos musicales que cubrían una escala de desacostumbrado al­cance. Y para empeorar las cosas, percibimos claras se­ñales de niebla en torno a varias de las cumbres, como debió verlas el desgraciado Lake cuando se equivocó al tomarlas por volcanes, y pensamos estremecidos en aque­lla otra neblina de la que acabábamos de escapar, en aquella neblina y también en el blasfemo abismo, gene­rador de horrores, del que procedían todos aquellos va­pores.

Todo estaba en orden en el aeroplano. Nos vestimos torpemente las gruesas pieles de vuelo. Danforth puso en marcha el motor sin dificultad, despegamos suavemente y volamos por encima de aquella ciudad maldita. Bajo nosotros, los ciclópeos edificios arcaicos aparecían dise­minados como los vimos la primera vez; comenzamos a ganar altura y a virar para probar el viento antes de enfi­lar ‘la garganta. A grandes alturas debía haber una gran perturbación atmosférica, pues las nubes de polvo de hie­lo del cenit se retorcían formando toda clase de extrañas figuras; pero a veinticuatro mil pies, la altura que nece­sitábamos alcanzar para pasar por el desfiladero, encon­tramos condiciones de vuelo favorables. Al aproximarnos a ‘las puntiagudas cumbres, volvimos a oír los extraños silbidos del viento, y vi que las manos de Danforth tem­blaban sobre las palancas de mando. Aunque un simple aficionado, pensé que en aquel momento tal vez fuera yo mejor que él para gobernar el avión al cruzar la cor­dillera volando en la vecindad de aquellos picachos, y cuando le hice señas para que cambiáramos de asiento, Danforth no protestó. Traté de poner en práctica toda mi escasa pericia y el control de mí mismo y dirigí la mirada hacia el trozo de cielo rojizo que se asomaba por entre las paredes del desfiladero> negándome decididamen­te a prestar atención a los jirones de niebla de las cum­bres, y deseando tener taponados los oídos, como los marineros de Ulises al pasar cerca de la costa de las sire­nas, para no oír los inquietantes silbidos del viento.

Pero Danforth, relevado de su tarea como piloto y excitado de forma peligrosa, no podía estarse quieto. Sen­tí cómo se volvía una y otra vez para mirar hacia atrás, a la terrible ciudad que se iba alejando; hacia delante en dirección a las cumbres horadadas por las cuevas y a los cubos que se adherían a ellas como moluscos; hacia un lado para contemplar el adusto mar de ‘laderas salpicadas de bastiones; y hacia arriba, para mirar al cielo en que hervían nubes de grotesca configuración. Fue entonces, en el momento en que yo trataba de atravesar sin peligro la garganta, cuando sus dementes gritos estuvieron a pun­to de provocar un desastre al hacerme perder el control de los mandos y manejarlos torpemente durante unos instantes. Un segundo más tarde, venció mi decisión y cruzamos la garganta sin novedad, pero temo que Dan­forth ya nunca vuelva a ser el de antes.

He dicho que Danforth se negó a decirme qué postrer horror le hizo gritar tan insensatamente, horror que, es­toy seguro de ello, es el principal responsable de su actual crisis nerviosa. Conversamos a voces a ratos, dominando los silbidos del viento y el ruido del motor, una vez que logramos llegar al otro lado de la cordillera y fuimos des­cendiendo lentamente camino del campamento, pero tales retazos de conversación versaron principalmente sobre las promesas que habíamos ‘hecho de guardar el secreto al abandonar aquella ciudad muerta de pesadilla. Habíamos convenido en que había ciertas cosas que el público no debía saber ni comentar a la ligera, y no hablaría ahora de ellas si no fuera por la necesidad de hacer abortar la expedición de Starkweather Moore y otras expediciones, cueste lo que cueste; Es absolutamente necesario para la paz y la seguridad de la humanidad que algunos rincones oscuros y muertos, algunas profundidades insondables de la Tierra, no sean perturbados, no sea que ciertas ador­mecidas anomalías recobren vida activa y ciertas obscenas supervivencias salgan reptando de sus oscuras guaridas para lanzarse a nuevas y mayores conquistas.

Todo cuanto Danforth ha insinuado es que aquel ho­rror final no fue sino un espejismo. Dice que nada tuvo que ver con los cubos y cavernas de aquellas montañas horadadas por innumerables oquedades hechas como por gusanos, de aquellas montañas de la locura, plagadas de ecos y vapores, que habíamos cruzado, sino que fue un atisbo diabólico y único de lo que ‘había allende aquellas otras montañas del oeste, de color violeta y coronadas por bullentes nubes, montañas que los Primordiales ha­bían rehuido y temido. Es muy probable que todo ello fuera una pura ilusión nacida de la tensión que habíamos padecido y del espejismo producido el día anterior cerca del campamento de Lake, cuando vimos, sin poder reco­nocerla, la ciudad muerta del otro lado de la cordillera, pero para Danforth fue tan real que todavía padece su influencia.

En raros momentos musita frases incoherentes y caren­tes de sentido relativas a «la sima negra», «el borde ta­llado», «los proto shogoths», «los cuerpos sólidos sin ven­tanas y de cinco dimensiones», «el cilindro sin nombre», «el Faros anterior», «Yog-sothoth», «la primigenia gela­tina blanca», «el color llegado del espacio», «las alas», «los ojos de la oscuridad», «la escala lunar», «lo original, lo eterno, lo inmortal», y otras extrañas concepciones, pero cuando recobra por completo el dominio de sí mismo, lo niega todo achacándolo a sus extrañas y ma­cabras lecturas de años anteriores. Danforth es, efecti­vamente, uno de los pocos que se han atrevido a leer, de la primera a la última, las páginas carcomidas del ejem­plar del Necranomicón que se guarda bajo llave en la biblioteca de la Universidad.

A gran altura, cuando cruzamos la cordillera, el cielo se mostraba indudablemente corrompido por extraños va­pores y enormemente perturbado, y, aunque no vi bien el cenit, puedo imaginar que los remolinos de polvo de ‘hielo pudieron llegar a adoptar extrañas formas. La ima­ginación, sabedora de lo vivamente que las escenas dis­tantes pueden refiejarse, refractarse y ampliarse a veces en tales capas de alborotadoras nubes, bien pudo hacer el resto, y, naturalmente, Danforth no insinuó ninguno de estos horrores concretos hasta después de que su me­moria pudo inspirarse en pasadas lecturas. No es posible que le fuera dado ver tantas cosas con tan sólo una fugaz ojeada.

Por entonces todos sus desvaríos no pasaban de repe­tir una palabra única e insensata, de origen más que evi­dente: «Tekeli-li, Tekeli-li.»

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