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miércoles, 1 de diciembre de 2010

Sobre Todo Madrid -- Luis Enrique Délano





Luis Enrique Délano

Sobre Todo Madrid


Lo tremendo que he comprobado al terminar este libro, cuyos hechos se desarrollaron en 1934, 1935 y 1936, hace ya treinta años sobra­dos, es que de las personas que frecuenté en Madrid y que en estas páginas aparecen amigos muy queridos algunoslas más han muerto: Gabriela Mistral, Augusto D'Halmar, Isaías Cabezón, Mi­guel Hernández, Manolo Altolaguirre, Luis Lacasa, Federico García Lorca, Alberto el escultor, Yinyin Godoy Mendoza, Miguel Prieto, Eduardo Ugarte, Emilio Prados.
A sus sombras están dedicados estos recuerdos.
I.E.D
ÍNDICE

I LAS CHINCHES
II EL ALMIRANTE
III GENTES, LIBROS
IV OTRAS GENTES
V EN OCTUBRE
VI LA PAJARITA DE PAPEL
VII LA COSTA DA PRATA
VIII CARTAS, TELEGRAMAS EN CLAVE
IX LOS ESCRITORES, LOS ARTISTAS
X EL BARRIO
XI CAMBIAN LAS COSAS
XII POLICARPO
XIII LA GUERRA
XIV LOS AVIONES
XV UNOS Y OTROS
XVI HAMBRE
XVII EVACUACIÓN
XVIII LOS ÚLTIMOS DÍAS
I. Las chinches

Cuando llegamos a la nueva casa, en la calle Narváez, iban saliendo los inquilinos anteriores, los que dejaban las dos piezas en que nosotros habríamos de instalarnos. El marido, chofer de taxi, estaba subiendo a su coche ropas, maletas y otros efectos. La mujer, bastante atractiva, de cuerpo airoso, como suelen serlo las madrileñas en la juventud, se quedó a cambiar unas palabras con nosotros, muy de paso y con cierto sigilo.
Les dijeron que no hay chinches, ¿verdad?
Si, eso nos dijeron. ¿Hay?
Pues ya verán ustedes. –Le brillaban los ojos quizás de furor hacia la dueña de casa, que canturreaba dentro–. Las hay a montones... Lo siento por ustedes. Ya lo verán.
Habíamos logrado hacer entrar a fuerza de músculos, empujones y serrucho, una enorme mesa que nos había pres­tado Gabriela Mistral, una mesa que cualquier sastre habría envidiado. Yo estaba feliz, porque iba a ser mi escritorio y siempre me han gustado para trabajar las mesas con mucho espacio. Sobre ella coloqué mis libros y una máquina de escribir, pesada y antigua, préstamo también de Gabriela. Mi Underwood portátil estaba ¡ay! en el Monte de Piedad. Sin la operación empeño o pignoración no habríamos podido cambiarnos.
¿Qué crees tú? ¿ Habrá chinches? –me preguntó Lola.
No sé... Puede ser que no haya. A lo mejor son mentiras de esa mujer, que seguramente se fue peleada de aquí.
Ahora que si hay... La señora nos aseguró que no había...
Si hay, tenemos que aguantarnos. Hemos pagado un mes. ¿Te imaginas que nos va a devolver un cinco?
Acomodamos las cosas, la ropa, tanto cachivache inútil que habíamos llevado de Chile. Coloqué sobre la gran mesa el gramófono Víctor, le di cuerda y puse un disco de cante jondo que le había cambiado a unas chicas vecinas, en nuestro alo­jamiento anterior, por un tango de Gardel. El catre era de hierro, de buenas dimensiones. Lola levantó un extremo de colchón para investigar si había chinches. No era fácil ver nada a la luz incierta de esa pieza interior, en el piso bajo de una casa de cinco o seis.
Por lo menos no se ve ninguna.
Ya lo sabremos en la noche.
La dueña de la casa canturreaba en la cocina, mientras preparaba su cena. Lola sacó del baúl una sartén y otras cosas y se fue a hacer algo de comer. ¿Cómo se las irían a arreglar las dos en esa cocina estrecha, de baldosas bien fregadas, bien trapeadas? Las españolas son en eso intransigentes. Pueden descuidar otras cosas, pero jamás el piso. Dondequiera que uno vaya, las baldosas brillan como recién lustradas.
Habíamos alquilado dos habitaciones y un espacio parecido a un vestíbulo interior, donde instalamos el comedor, que era un sitio bien inútil, porque no teníamos casi nada que comer. La parte delantera del departamento estaba reservada a nuestra patrona y sus dos hijos, Concha y Paco, parlanchína y coqueta la una, silencioso y guardado el otro, como viviendo hacia dentro.
Nos dormimos llenos de reservas. A medianoche me despertaron los manotazos de Lola, que luchaba contra las chinches.
¡Mira!
No había mentido la hermosa mujer del chofer. Las chinches nos atacaban no en escuadrillas, sino en divisiones. Nos levantamos y comenzamos la matanza. ¿De dónde podía salir tal cantidad? Después de una hora, el bando enemigo pareció batirse en retirada, pero ya fue difícil dormir, entre los adjetivos que dedicábamos a la mentirosa dueña de casa y los planes para un combate a fondo con las chinches.
Al día siguiente compramos alcohol de quemar y Lola bañó el somier y le encendió fuego. Concha llegó alarmada a la pieza, creyendo que se incendiaba la casa: en realidad eran impresionantes las grandes llamaradas azules. Las chinches salían despavoridas de las junturas de la madera para morir achicharradas en la parrilla del somier. Luego colocamos cada pata del catre dentro de un tarro de conservas lleno de petróleo. Era prácticamente imposible que las chinches pudieran asaltar la cama. Esa noche, después de una cena más que escasa, nos acostamos seguros de que íbamos a dormir tranquilos. De pronto me despertó la voz de Lola.
¡Enrique!
De nuevo la cama estaba cubierta de los horribles bichos colorados.
¿Pero de dónde diablos?...
Llovían chinches, ésa era la realidad. Entonces descubri­mos el método que seguían para acometernos. Subían en nu­tridas filas por la pared, seguían caminando por el techo y cuando estaban justo sobre nuestra cama, se dejaban caer. Un ejército tenaz y decidido, unas tropas de choque formadas por paracaidistas sin paracaídas que confiaban en su liviandad para no estrellarse. Una vez en la cama, se enderezaban rápi­damente e iniciaban el ataque.
Contra esto no hay nada que hacer –dije desalentado, después de observar la técnica del asalto–. ¡Estamos completamente liquidados!
Y comenzó la matanza, en medio de salvajes maldiciones a la dueña de casa que nos había engañado. Cuando al día siguiente le enrostré su mentira, se asombró mucho de la existencia de chinches.
¿Chinches? Pues oiga usted, créame que es la primera noticia. Lo que es en mi alcoba jamás he visto una.
Tenía un puesto de verduras en el Mercado de Goya. Era una viuda arrogante, quizás un poco gruesa, de ojos claros, bastante guapa, lo que los españoles llaman una buenamoza.
En las mañanas, todavía con sueño, puesto que pasábamos la mitad de la noche combatiendo al enemigo, salíamos después de un ligero desayuno, a la Universidad y al Consulado. A la Universidad para saber cuándo iría yo a entrar en posesión de la famosa beca que había determinado nuestro viaje a España. Al Consulado, para preguntar si había llegado alguna carta de Chile, porque en ella vendría dinero. Después del almuerzo, que cada día se iba reduciendo más, me sentaba a la espléndida mesa sastreril donde entre libros, discos y papeles habría sido tan feliz, con unas perspectivas de cara menos agria. Pero todo era muy incierto. Ni beca ni cartas. El anterior becario chileno, una joven estudiante de pintura, de familia rica y residente en España, para quien esas trescientas pesetas significaban sólo unos colores más para sus cuadros y para sus labios, se había quedado pegada a la bolsa universitaria como el ternero a la teta materna mientras nosotros, que éramos dos dispuestos a vivir con el pan de uno, nos apretábamos más y más el cinturón. Me sentaba y escribía alguna correspondencia para El Mercurio, o algo mío, el comienzo de un cuento.
Y cuando las visitas no eran a la Universidad o al Consulado, eran al Monte de Piedad, donde empezaban ya a conocernos. Un día llevamos los anillos de matrimonio, otro la cámara fotográfica de Lola, después unos pijamas de seda artificial, de esos que se compraban muy baratos en Panamá, y una semana más tarde la Underwood portátil. Ya poco nos iba quedando y estábamos tan pobres y hambrientos. Nuestras comidas se reducían más y más: una caja de sardinas, una “sopa de piedras”, es decir de papas, cebolla y perejil. Finalmente llegamos a esa etapa en que no se consume en el día más que un par de tazas de café y un pan.
Me estrujaba la cabeza pensando cómo ganar algunas pesetas. Fui a las redacciones de algunos diarios, pero pronto me di cuenta de que no había nada para mí. Y jamás pensé que tenía dos manos, un cuerpo joven, de veintiséis años, y que podía trabajar como la inmensa mayoría de los hombres, en una faena manual. No es que me dijera: “No, yo soy un intelectual, un escritor, un periodista, y no voy a trabajar con las manos porque no me corresponde o no estoy preparado para ello”. No. La verdad es que jamás llegó siquiera la idea a mi mente.
Y entretanto todo se ponía más difícil: la lucha contra las chinches, la escasez de prendas que pignorar. Una noche, Lola cogió un vestido de su percha y comenzó a olfatearlo. Siempre ha tenido muy desarrollado ese sentido.
¿Qué te pasa?
Este vestido lo ha usado alguien... Tiene que haber sido Concha –dijo con la nariz clavada en la tela.
¿En qué lo conoces?
Bah, huele como ella, como la gente que no se baña.
Bañarse era un problema en esa casa, donde naturalmente no existía nada que se pareciera a una tina o una ducha. Por las mañanas, Lola se bañaba, todavía no puedo explicarme cómo, en el lavaplatos de la cocina. Se bañaba por partes. Yo era incapaz de tales equilibrios y me lavaba con una toalla.
¡No hay derecho!
Me fui a la cocina, que estaba sola, y en venganza, pero también porque me moría de hambre, le robé una cebolla a la patrona, que, verdulera como era, ni siquiera lo notó. Esa fue mi cena.
¿Y qué vamos a hacer mañana?
Todavía nos queda la victrola.
Nos resistíamos a empeñar el aparato Víctor portátil por­que, en fin, escuchar música hacia olvidar las dificultades. Teníamos algunos discos queridos –canciones de los Reve­llers, de Damia, de los Cuatro Huasos, algunas sonatas toca­das por Arrau– y con ellos pasábamos horas enteras. Pero no cabía ya duda de que ahora le correspondía su turno al gramófono.
La secretaria del Consulado se llamaba Cipriana y usaba gafas. Era una muchacha de escasa viveza que cometía muchos disparates en el trabajo. Un día que Gabriela Mistral le dijo que pusiera en unos documentos, para justificar una visa, que el beneficiario de ella tenía grandes propiedades en la Patagonia, puso que las propiedades estaban en la Polinesia. Se equivocaba en las cuentas y en el cobro de los derechos consulares. Nosotros habíamos ido a ver a Gabriela Mistral con cierta timidez, la que causa el solo pensamiento de encontrarse en presencia de una persona tan importante. Además tenía fama –muy injusta, por cierto– de ser terca con los chilenos. Llegamos pues un mediodía a su oficina y cuando la vimos aparecer, me asombré un poco. No la imaginaba de aspecto tan imponente, casi majestuoso. Nos acogió con una sonrisa muy hermosa que tenía y comenzamos a hablar de amigos comunes de Chile, de González Vera, de Manuel Rojas, de don Carlos Silva Vildósola. Me hizo muchas preguntas sobre los chilenos, sobre los escritores jóvenes. Después puse el tema de la famosa beca.
Se me ocurre que el hombre que puede influir en esto es Américo Castro –dijo–. Cipriana, hágame el favor de llamar al Profesor Américo Castro a la Universidad. –Habló con él unos minutos y luego volvió donde nosotros–. Dice que esto se va a arreglar pronto, pero que las becas no serán para estudios artísticos. Ni bel canto ni bel disegno, me advirtió. ¿Usted qué piensa seguir?
Se habló de periodismo.

La verdad es que no había escuela de periodismo en la Universidad Central. La única que existía en Madrid era una que funcionaba anexa al diario ultraderechista El Debate. Yo, desde luego, nada tenía que hacer allí. “Si la beca es de la Universidad –me dije–, lo más propio es que siga en la Fa­cultad de Filosofía y Letras algunas materias que puedan ser­virme en la profesión” Cuando, al fin, la becaria anterior fue forzada a destetarse y pude entrar en posesión de la beca, me matriculé en cursos de historia del arte, historia de la cultura y literatura española.
Esa primera entrevista con Gabriela terminó del modo más agradable. Nos invitó a volver, ofreció prestarme libros y como llegaba hasta la oficina, que estaba en la misma casa en que ella vivía, cierto insinuante aroma a carne guisada, nos dijo que nos quedáramos a almorzar. Lola y yo nos negamos terminan­temente, alegando un compromiso. Cuando uno no tiene con qué almorzar, cualquiera invitación suena en el ánimo a ofensa y nuestra dignidad de hambrientos nos obliga a rechazarla de plano.
¿Qué te pareció Gabriela?– le pregunté a Lola.
Muy diferente de como la pintan.
De veras... Es acogedora, conversadora, y tiene unos ojos verdes muy bonitos.

Volvimos a menudo a la avenida Menéndez Pelayo y no sólo por las famosas cartas que vendrían de Chile y que imaginá­bamos llenas de dinero, esas cartas que nunca llegaban, pero que nos mantenían por lo menos la esperanza. También por hablar con Gabriela, que tenía bien ganada su fama de buena conversadora. Hablábamos horas enteras, fumando interminablemente. Le gustaba oír cosas de Chile, de “mis chilenos”, como decía, y cuando en mi cháchara sobresalía un chilenismo de esos que ella se tenía olvidados, gozaba como el que hace un verdadero redescubrimiento. Un día que, para referirme al hijo de un diplomático, un muchacho en la edad difícil, de esos de manos y pies grandes, a quienes les quedan cortos los pantalones, larga la chaqueta y desajustada la corba­ta, dije que era un desguañangado. Gabriela se rió a carcaja­das, repitió varias veces la palabra y la incorporó a su léxico. Fumaba mucho y siempre tenía a mano cigarrillos suaves, de mejor calidad que los españoles.
Lola y yo no le hablamos, por cierto, de nuestras chinches nocturnas ni de nuestras hambres diurnas. De esas cosas no se habla. Pero ella sospechaba que nuestra situación no era bri­llante. Un día me pidió que le copiara a máquina no recuerdo qué documentos o escritos y estuve un par de días tecleando en el armatoste que me había prestado. Cuando me negué a aceptar pago, se indignó, me dijo que eso no era propio, que según su sentido de la justicia todo trabajo tenía que ser pagado y que era una cursilería de mi parte resistirme a aceptar el dinero que ella había destinado a eso.
Una tarde tuvimos una gran sorpresa al verla aparecer en nuestra casa, que estaba cerca de la suya, con su boina negra puesta de cualquier manera y unas horribles medias blancas que solía usar. Nuestra dirección había quedado registrada en el Consulado y, cosa rara, Gabriela consiguió llegar. Cosa rara porque casi nunca salía sola y tenía escaso sentido de la orienta­ción. Al abandonar su puerta, cortaba tranquilamente para sotavento cuando debía ir a barlovento, y si alguien no le advertía su error, caminaba recto, sin llegar a su destino. Esa tarde golpeó en la puerta de la casa de la verdulera y dijo que iba a invitarnos al cine.
Están dando una película muy bonita, que me gusta mucho, y quiero que ustedes la vean.
Nos llevó a ver Vuelan mis canciones, una especie de bio­grafía novelesca de Schubert filmada en Alemania, con Marta Eggert como protagonista, una cantante prodigiosa que, sen­tada en una silla, producía notas de ruiseñor que habrían hecho desgañitarse a todas las Galli-Cursi de la época. Nos confesó que había visto cuatro o cinco veces la película. Le gustaba mucho oír cantar, quizás porque ella no podía hacer­lo. Y no era ciertamente el primer poeta desafinado que me tocaba conocer. Seres que tienen maravilloso sentido del ritmo, de la música, demostrado en miles de versos perfectos, y que no pueden juntar tres notas sin desafinar cuando de cantar se trata.

Aunque no teníamos un céntimo, comenzamos a buscar dónde irnos, porque las grandes batallas con las chinches seguían desarrollándose noche a noche y anulando todo lo de reparador que podía tener nuestro sueño. Y pensar que habíamos llegado allí, a la calle Narváez, huyendo de las chinches del viejo Madrid, donde alcanzamos a vivir un mes, en un departamento estrecho de una casa del siglo xvIii. Calle de los Mancebos. (Si hay algún lector de libros chilenos que al leer este nombre se diga “eso me suena”, le recordaré que en la novela El chileno en Madrid, Joaquín Edwards Bello hace vivir en tal calle a un personaje muy parecido a Augusto D'Halmar.) Calle de los Mancebos, a poca distancia de la Plaza de la Cebada y del Mesón del Segoviano, donde iban a comer cocido los carreteros, que dejaban sus carros y sus caballos en las posadas del otro lado de la calle, y lechón asado los intelectuales de más refinamiento. ¡Qué mesón histórico y hermoso, antes de entrar a formar parte del aparato del turismo oficial! Habíamos llegado a la calle de los Mancebos guiados por unas líneas del periódico El Heraldo de Madrid, donde junto al anuncio de una “morenita guapa, costumbres orientales, aceptaría veinticinco pesetas de señor mayor, discreción absoluta”, se publicaba el de ese departa­mento ofrecido en alquiler. Un portón formidable, de otros tiem­pos, cuya cerradura exigía el uso de una llave de hierro de trein­ta y cinco centímetros de largo y dos kilos de peso; un zaguán co­mo para que pasaran grandes carrozas, un patio antiguo, una escalera tétrica, vieja y sucia. Y el departamento, pequeño y obscuro, donde las chinches no se recataban como si, envalentonadas por la vejez de los muros, quisieran reivindicar su viejo derecho a circular por ellos de día y de noche.
El barrio era encantador. Había una fuente, la Fuente de la Cruz Verde, burritos cargados de cosas, un mercado lleno de pescados y naranjas, freidurías con el excitante olor de los calamares dorándose en aceite de oliva, lecherías y hueverías, tahonas que arrojaban a la calle el aliento cálido de las hogazas recién sacadas del horno y pequeñas tabernas centenarias donde más de una vez entrarían Lope o Cervantes a beber un vaso de vino de la tierra. En las noches, la llave servía de arma, aunque no existía bolsillo capaz de soportar su peso sin desfondarse. Y no había más remedio que cargarla, pues a la hora de la cena se cerraba el portón y hacerlo abrir por el sereno costaba una perra gorda, diez céntimos que nosotros teníamos que ahorrar. En el departamento del frente vivía un guardia con sus hijas, que gustaban tanto de los tangos como nosotros del flamenco: el intercambio de discos era casi diario. Todo era encantador, menos las chinches y huyendo de ellas fue como llegamos a la calle Narváez, guiados por otro aviso de El Heraldo, que aparecía entre algunos tan escandalosos como el de un “joven que aceptaría protección de señora madura para poder continuar sus estudios”. En cuanto a chinches, habíamos salido de las llamas para caer en las brasas.
II El Almirante

Al llegar a Madrid llevaba el intenso deseo de encontrarme con Augusto D'Halmar más que con ningún otro escritor, pues había pasado por los menos los cinco años anteriores viviendo en el ámbito de aquello que algunos críticos llamaron aquí el “imaginismo”. Éramos media docena de escritores capitanea­dos por Salvador Reyes, que, sin proponérnoslo de un modo or­gánico, ni siquiera consciente, habíamos querido reaccionar contra un criollismo demasiado inmediato, terre a terre en exceso. Nos unía, además, un amor auténtico al mar y a la vida insatisfecha que éste crea, en los barcos y en los puertos. Nues­tras admiraciones literarias se repartían entre Conrad, Lord Dunsany, Mac-Orlan, Cendrars, pero nuestro maestro más próximo era D'Halmar, rodeado de su viejo prestigio de viajero perdido en la humosa bruma de los espejos. Yo le había enviado desde Chile mis dos libros de cuentos y guardaba un par de cartas suyas escritas en tono cordial y nostálgico, con cierto aire paterno, como pudiera hacerlo un buen capitán al dirigirse al grumete de su barco.
Es fácil comprender que nuestra primera visita en Madrid fuera a D'Halmar, en su casa de la Travesía de la Ballesta 8, cerca de la Gran Vía. No lo encontramos y le dejamos unas líneas. Pocas horas después recibíamos a un emisario suyo, el médico Luis Calvo, ayudante del doctor Marañón, que nos arrastró a Lola y a mí de café en café y nos citó para la tarde en la Taberna de Calatrava, en la antigua calle de la Princesa, nombre que la República había cambiado por el de Vicente Blasco Ibáñez. Allí llegamos un anochecer de abril en busca de Augusto D'Halmar, que presidía una mesa en la que se halla­ban varias personas. La Taberna de Calatrava era un lugar amplio y obscuro, con un mesón irregular donde se agrupaba una clientela heterogénea, compuesta de albañiles, choferes, funcionarios e intelectuales.
Se levantó D'Halmar con su cuerpo atlético y casi juvenil, nos abrazó y nos presentó a sus amigos, el pintor Cristóbal Ruiz, su hija Magda, ahijada de D'Halmar, y otras personas. Nos incorporamos tímidamente a la peña, más dispuestos a escuchar que a intervenir. D'Halmar llevaba la batuta, hablando con su españolizado acento, algo teatral: se habría dicho un actor en escena. Las jarras de vino tinto se vaciaban con rapidez y el anfitrión nos ofreció caracoles, que sacábamos de sus conchas con palillos de dientes. Servía a la mesa un sordomudo con aspecto de gañán campesino. D'Halmar se entendía admirable­mente con él por señas.
No era propio hablar allí de nuestros asuntos y nos invitó a tomar el café al día siguiente en su casa, de la que ocupaba sólo un par de habitaciones, incluido el despacho o salón, con ventana a la calle. Allí sí que se veía la personalidad del Almirante proyectada en las paredes, en los muebles, en los objetos decorativos, en la alfombra oriental que cubría el piso. Mientras D'Halmar preparaba el café a la turca, que sirvió en unas tazas moriscas de porcelana y bronce, nosotros gozábamos con los cuadros, con su vago y desvanecido retrato, pintado por Cristóbal Ruiz, sus recuerdos de países lejanos, libros, fotografías, vitrinas con porcelanas, pipas, todas esas cosas que los años y los viajes van acumulando alrededor de los soña­dores.
Yo miraba su rostro mate, terso, casi sin arrugas, y los caracoles blancos que cubrían su cabeza, que no era la cabeza cansada de un anciano, sino la de un hombre en lo mejor de su madurez, encanecida prematuramente. Después del café, D'Halmar lavó cuidadosamente las tazas y fue guardándolas una a una, envueltas en papel de seda, con el cuidado meticuloso del hombre acostumbrado a vivir solo, sin mujer. Encendió la pipa y se recostó sobre los cojines, mientras yo vaciaba mi baúl de noticias, de recados de amigos y editores y de preguntas, sin saber si me escuchaba o no. Reaccionó cuando le pregunté si había publicado algo después de Pasión y muerte del cura Deusto e hizo un gesto vago, que lo mismo podía significar que había editado muchas obras, como que no. Luego sacó de un cajón dos libros suyos de poemas religiosos, impresos lujosamente en Francia, con ilustraciones de Herman Paul, aquel viejo artista que gastara su lápiz (al lado de Zola, que gastó su pluma) defendiendo a Dreyfus de una acusación injusta, y me los mostró: Vía Crucis y Cuatro Evangelios en uno.
Me contó cosas de Lubisz Milosz, cuyos poemas había traducido al español, de Loti, de Darío y de Nervo. Guardaba una fotografía en que los tres, él y los dos poetas, aparecían en París, muy elegantes, con sombreros de copa. También me dijo en esa conversación que se proponía regresar a Chile, no definitivamente sino en forma tentativa. Pensé que eso era un deseo vago; pero no, realmente ya tenía decidido el viaje.
Volví a verlo varias veces. Una tarde nos visitó en la calle de los Mancebos y estuvimos dos horas hablando de Madrid, mientras comíamos queso manchego y bebíamos vino de Valdepeñas, él con extrema sensualidad, yo empezando a descubrir las delicias españolas. Era muy metódico y uno podía encontrarlo con seguridad en tal café a tal hora; a la del aperitivo de la noche estaba invariablemente en la Taberna de Calatrava.
No conozco la metamorfosis que transformó en madrileño más o menos sedentario al viajero tenaz, al cónsul en el pequeño puerto peruano donde Gatita le robaba sus pertenencias, al adorador de Constantinopla, al parisiense, al nieto de nave­gantes escandinavos, al sahib que se consumía de fiebre en la India. Pero para mi fue sorprendente (¿quizás algo decepcio­nante?) hallarlo transformado en un mediterráneo amante de Castilla, la tierra de las colinas desnudas.
Un día nos leyó unas páginas inéditas, un cuento que hablaba de la tierna amistad entre un niño y un pino, en tierras nórdicas; ambos amigos se encuentran más tarde a bordo de un barco, guardiamarina ya el niño, y el pino, despojado de hojas y raíces, transformado en mástil. Leía extraordinariamente bien, como un actor. Cuando años más tarde encontré el relato en letras de molde, no logró impresionarme como al escucharlo de labios de su autor, que sabia comunicarle una vida especial. Tenía algo de magia en la voz, en el tono, algo atractivo, como un viejo actor español que fuera experto en el arte de la decla­mación. Alguna vez, por otra parte, había insinuado D'Halmar sus propósitos de hacerse actor y hasta había visto yo una carta suya, creo que dirigida a Salvador Reyes, en que hablaba de eso, de volver a Chile formando parte de alguna compañía dramática.
Cuando me anunció concretamente que regresaba, adelanté la noticia en un articulillo que apareció en el suplemento domini­cal de El Mercurio. Como iba a embarcar en un buque de la p.s.N.c, el mismo en que nosotros habíamos viajado, o uno gemelo, y en la misma agradable tercera clase, pude darle al­gunos consejos y hacerle algunas advertencias.
¿Cómo es el vino a bordo? –me preguntó.
El que sirven en el comedor es bastante malo. El de botella, carísimo.
Pocos días antes de zarpar lo acompañé a la Taberna de Calatrava, donde se hizo llenar por el sordomudo dos botas del muy noble vino de Valdepeñas, lo suficiente para el viaje. También le di la dirección de una sombrería cerca de la Plaza Mayor, don­de vendían, muy baratas, gorras marinas. Allí compró aquella con que Mario Vargas Rozas lo fotografió a bordo, en un viaje de escritores nacionales al norte de Chile. Un viaje en el que el único que reparó en la dureza de la vida de los trabajadores fue D'Halmar.
A pesar de que no llegamos a intimar mucho, con la marcha de Augusto D'Halmar sentimos como si nos quedáramos solos en Madrid. Aún nuestra amistad con Gabriela Mistral no ha­bía avanzado, como ocurrió más tarde. El Almirante, a quien le di a leer algunos originales míos, me ayudaba con sus conse­jos. A un drama en un acto que escribí y que se llamaba María de Marsella, le cambié el título, a insinuación suya, por el de La sirena muda. Con uno u otro nombre, el destino de esa obra de juventud fue el mismo: quedarse en el fondo de un cajón en una casa bombardeada.
Con D'Halmar siempre había la seguridad de no ser inoportuno, siempre una acogida cordial, conversación, una taza de café turco y tabaco para la pipa.
III Gentes, libros

Concha seguía poniéndose los vestidos de Lola y su hermano Paco desapareciendo invariablemente los domingos a medio­día. Al atardecer, algún amigo suyo llegaba a avisar que esta­ba preso, y su madre, después de renegar a grandes voces de la tauromaquia y de los mozos metidos a toreros, salía a rescatar­lo, pagando quizás una pequeña multa. Luego, de regreso, todavía refunfuñaba, agresiva, la madre y callaba el hijo.
Pero Virgen santa, ¡por qué tienes que echarte al ruedo, Paco! ¿No puedes asistir a la corrida tranquilo, como todo el mundo?
Fingiendo no comprender que la pregunta era todo un reproche, Paco aprovechaba la ocasión para criticar la corrida.
Es que el tío ese lo estaba haciendo tan mal, que daba vergüenza... Tiró tres pases de asco y el toro se burlaba de él. ¡Vaya torero!
La verdad es que cada domingo tenía una explicación por el estilo, después que su madre lo rescataba de la delegación de poli­cía. Era uno de esos llamados “espontáneos”, que se lanzan al ruedo, le arrebatan la capa al torero o simplemente se quitan la chaqueta y comienzan a desafiar al toro y a hacer pase tras pase. Algunas veces resultan tan airosos, tan ágiles y elegantes, y tan audaces, que la gente se entusiasma, los aplaude y ellos en­tonces más se enardecen y arriesgan, mientras los auténticos tore­ros intentan distraer al animal, alejarlo del espontáneo, para de­fender esa vida intrusa. Pero eso no ocurre siempre: lo regular es que apenas el espontáneo entre en la plaza, se lancen tras él dos o tres guardias y lo saquen a empujones, sin pena ni gloria. Esto es lo que le ocurría a menudo a Paco, ese muchacho socarrón y callado, cuyo único estímulo parecían ser los toros.
Como nosotros no nos interesábamos en absoluto por toros ni toreros, Paco nos miraba con algo de lástima, como a extran­jeros estúpidos, incapaces de comprender la belleza de una buena corrida. Y en realidad, lo éramos. No veíamos en la lu­cha del hombre con el toro otra cosa que una pelea desigual en que uno de los rivales puede morir, pero el otro debe morir, sin alternativa; una pelea revestida de crueldad y teñida de sangre. Decididamente, nada teníamos que ver con eso.

Lola, que siempre ha sentido un irrefrenable amor por el scoutismo, determinó que un domingo fuéramos a pie al Pardo, a ver el palacio y los tapices.
¿Pero te das cuenta de que el Pardo está a más de treinta kilómetros?
Andaremos despacio, nadie nos apura.
Nos vamos a morir de hambre en el camino –argumenté como última defensa. Pero ella tenía todo arreglado.
Compré unos pancitos muy ricos y paté. No te preocupes.
Salimos muy temprano, a pie, por una carretera que iba hacia el norte y tengo que confesar que no estábamos solos. Eran los co­mienzos del verano y centenares de madrileños, jóvenes, niños, fa­milias, novios, caminaban, como nosotros, y en la misma dirección. Pero ellos no eran tan ambiciosos, no pretendían llegar al Pardo sino a unos bosques y prados muy agradables que había junto al camino, donde la gente hacia sus picnics.
Caminamos unas tres o cuatro horas sin que apareciera nada parecido al Pardo.
Yo creo que deberíamos almorzar aquí –dije.
Había un claro en esos bosques y allí nos instalamos. De los árboles empezaron a salir gritos guturales y de pronto vimos des­prenderse de una ramazón una larga cuerda, a cuyo extremo iba cogido un muchacho semidesnudo, con apenas un calzón. La cuerda describió un extenso arco y el joven fue a dar en las ramas de otro árbol, a las que se quedó colgado.
¡Mira el tarzán!
De la floresta surgió un segundo Weissmüller, con un cuchillo en la mano. Me quedé observándolo y noté algo sorprendente: este tarzán tenía un tatuaje en el brazo, una breve palabra:

CHILE

No dije nada al joven. Me limité a mirarlo y a grabarme sus rasgos. Si era chileno, tarde o temprano lo conocería. Un día, en efecto, alguien nos presentó.
Del Campo, servidor.
Délano, a sus órdenes... Y dígame, Del Campo, ¿toda­vía cultiva el tarzanismo?
Lo dejé muy asombrado.
Pero aquel domingo, repito, no me di por aludido.
Venga ese almuerzo.
Lola sacó de una bolsa sus pancitos con paté. Nunca he proba­do algo más repugnante: los pancitos eran dulces. Si a un pan dulce se le pone paté de foie, hay que imaginarse el resultado. Lola lanzaba grandes risas entre pancito y pancito, porque para ella no hay inconveniente en mezclar lo dulce y lo salado. Me comí dos naranjas, bebí agua muy sabrosa de un manantial y declaré que así, desfalleciente de hambre, era imposible seguir adelante.
A media tarde emprendimos, entre cientos de muchachos en camiseta y chiquillas con mochilas, ciclistas y excursionistas, el camino de regreso a Madrid, adonde llegamos, ya obscuro, muertos de cansancio.
No hubo otra excursión a pie por la vasta península ibérica.
Cuando pasó el ardiente verano de Madrid, comencé a ir a la Universidad. Me incorporé al curso de historia de la cultura del Profesor Ballesteros; al de don Andrés Ovejero, que a menudo nos hacia las clases de historia del arte en el Museo del Prado, y al de literatura española que daba Pedro Salinas. Era Salinas un hombre muy alto, aficionado a los puros habanos, gran disertante de temas literarios y poeta destacado de la generación que surgió del ultraísmo; poeta frío, inteligente.
No llegué a trabar grandes amistades con mis compañeros de aulas, por la sencilla razón de que no teníamos muchos intereses comunes. Para empezar, yo era de más edad que ellos, cinco o seis años más, que a esas alturas de la vida cobran significación. Luego era extranjero, de una América que los españoles ignoran. Apenas tienen de ella ideas muy rudimentarias o equi­vocadas. No hay duda de que es el conocimiento lo que engendra el amor. Aquellos españoles que nos entendían eran, o bien los que habían viajado a América –podría citar a don Enrique Diez Cañedo, al pintor Maroto, a García Lorca, a Alberti– o los que nos habían estudiado, como Guillermo de Torre. Pero para esos jóvenes de la Universidad, América no pasaba de ser un vago mito lejano. Entre clase y clase, pues, fumaba yo un cigarrillo en cualquier lugar, a menudo solo, mirando rostros, oyendo retazos de conversaciones. Entre esos rostros solía aparecer el casi siempre pensativo de don José Ortega y Gasset, que tenía allí su cátedra de filosofía. Yo había comenzado a leerlo en las bellas ediciones de la Revista de Occidente. Gabriela me había regalado los cinco o seis tomos de El Espectador, y por ahí en librerías de viejo o en carritos que vendían en la calle libros nuevos o de segunda mano, conseguí baratos La rebelión de las masas (cu­yo engañoso titulo inclina invariablemente a la policía política a destruirlo o quemarlo, cuando practica un allanamiento) y La deshumanización del arte, que tanto se discutió en Chile a mediados de la década del 20, por gentes que indudablemente no lo habían leído.
Me embriagué de literatura española por aquellos años 34 y 35. Si digo que dejé los ojos leyendo, no exagero mucho, pues tuve que ir a ver a un oculista de la calle Goya y comenzar a usar gafas para leer. Leí con delicia a los clásicos, especialmente a Cervantes, Lope y Góngora, cosa que no había hecho en el liceo. Mis recuerdos de lecturas escolares españolas se detienen en algún fragmento del Quijote, en los melancólicos poemas de Bécquer, en aburridas estrofas del Duque de Rivas y quizás en algún trozo de Larra. Después, mi adolescencia se embarcó en la amarga nave de los rusos, y los españoles quedaron fuera. Con el auxilio de la biblioteca de Gabriela Mistral, leí también un poco de Pérez Galdós, Unamuno, Pérez de Ayala, Baroja, Valle Inclán, Machado, Azorin, Juan Ramón Jiménez, el mago Gómez de la Serna y los jóvenes, sobre todo Alberti y Lorca.
Ya había conocido a estos dos poetas. A la casa de los Alberti que vivían en un ático, cerca del Parque del Oeste, nos llevaron una tarde Bebé Morla y Delia del Carril. Alberti y María Teresa León formaban la más hermosa pareja de rubios que he visto. A su alrededor se agrupaban muchos poetas y artistas jóvenes que seguían su misma línea: la de la revolución. Aquella tarde le entregué a Alberti algunos libros enviados por admiradores chilenos y un soneto de Eduardo Anguita dedicado a él. Alberti lo leyó en voz alta, con elegante tono recitativo que se avenía con la sonoridad del poema; pero al llegar al último verso, “en la pollera oval de una campana”, noté cierta vacilación, cierta sonrisa, que sólo comprendí más tarde, cuando me di cuenta de que “pollera” es una palabra con cierto sentido equivoco, en España.
A Federico García Lorca lo conocí una noche en casa de Carlos Morla y lo encontré más tarde en el estudio del arquitec­to Luis Lacasa, donde me llevó el pintor Maroto. Lo rodeaba una corte de poetas, artistas y amigos que se lo disputaban, tantas eran su simpatía y su gracia, eso que en España llaman “ángel”. Federico, moreno, de cejas negras y cabellos estirados hacia atrás, con lunares en la cara redonda y una corbata de enorme nudo, tenía ángel a raudales. Hablaba, chispeante, inteligente, ilustrando a veces su conversación con una estrofa o una copla. Aquella noche, cuando se terminó el vino en el estudio del arquitecto, recuerdo que dijo con tono burlesco: “Ahora hablemos de arte”... Pero la verdad es que no desdeñaba hablar de ese tema.
Habría de volver a verlo algunas veces.

Había llegado a Madrid, desde Barcelona, el pintor Isaías Ca­bezón, a pasar un tiempo en la capital de España antes de volver a Chile. Tenía tomado el pasaje del barco, pero continuamente postergaba la salida por dos o tres meses. Era como si se afe­rrara a Europa. Una gran resistencia de reintegrarse. Tuvo en Madrid unos cuantos encargos, como una pintura mural en un café y otra en el comedor de la casa de un médico muy cono­cido, el doctor Romeo. Nos fuimos a vivir juntos en el quinto piso de una casa de cinco, sin ascensor, en la calle Lope de Rueda. Era la casa de una familia madrileña modesta, donde nos alquilaron tres habitaciones, una para Isaías y dos para nosotros. Nos veíamos, pues, a diario.
Los Fernández constituían una especie de arquetipo de las familias obreras que quieren subir, pero solas, al margen de su clase. Don José había sido albañil. A fuerza de ahorro y sacrificios y asociándose con alguien que tenía más dinero, puso un almacén de materiales de construcción. Le fue bien, le fue mal, y por aquellos días pasaba crujideras, sin almacén y sin trabajo. Su mujer, pequeñita y envejecida, trabajaba como una hormiga, hablaba poco y muy de tarde en tarde tenía un estallido, cuando solía discutirse de política. Entonces decía:
¡Idos todos a la mierda!
Pero la que se marchaba era ella y dejaba a los demás discutiendo.
Tenían una colección de hijos. Rosa, en edad de merecer, era novia de un muchachote hábil de manos y torpe de cabeza. Un día lo vi, en compañía del suegro, haciendo un arreglo en los alambres del medidor eléctrico, para pagar menos fluido. Abrieron la pared, realizaron su prestidigitación, colocaron yeso, pintaron y todo quedó perfecto. El novio de Rosa fue llamado a quintas, el servicio militar, y destinado a un regimiento de Burgos. Desde allí le escribió a Rosa que le mandara una insignia de la Falange Española para congratu­larse con su capitán, que era fascista. Rosa era flaca, pálida, con aspecto de anémica. La verdadera rosa de la familia era Alicia, su bonita hermana mayor, casada con un funcionario de correos, ambos izquierdistas, opuestos a casi toda la familia. Había otra izquierdista, Eugenia, una muchachita de catorce años, tímida y hermosa, que recogía sus ideas en la escuela pública y se atrevía a defenderlas. Eugenia era la mejor amiga nuestra en esa casa. Ventura, su hermano mayor, era aficionado al billar, y los dos menores, Pepa y Manolo, vivían dándose trompazos y patadas.
Pepa –le preguntaba Lola–, ¿quieres comerte esta naranja?
Como usted quiera.
¿Pero te la comerías?
Me da igual.
Se la devoraba una vez que la tenía entre las manos, pero la vieja dignidad española le impedía manifestar sus deseos de ser obsequiada.
Isaías traía noticias frescas de Pablo Neruda, que se hallaba en Barcelona, adscrito al Consulado general y con deseos locos de trasladarse a Madrid. Cuando recibió Pablo la noticia de la dramática muerte del poeta Rojas Giménez invitó a Isaías a ir a encenderle un cirio en la catedral marinera de Santa Maria del Mar, en el barrio gótico de Barcelona.
¿Tú te acuerdas del retrato que le hice a Rojas? –me preguntó Isaías.
Claro que me acuerdo. Hace unos tres o cuatro años, Rojas lo estaba rifando en la Posada del Corregidor. Yo le tomé un número, porque me gustaba mucho y tenía la esperanza de sacármelo.
Lo había pintado en París. Aparecía Rojas Giménez muy pálido, con impermeable claro, los brazos cruzados bajo el pecho; al fondo se veía el interior de un bistrot parisiense, con una pareja de bebedores.
Casi todos mis días de pobreza extrema en Madrid están ligados al recuerdo de Isaías. Un día que íbamos muy acalorados por la calle, hablamos de tomar una cerveza, pero entre ambos no alcanzábamos a reunir ni la mitad de los treinta y cinco centavos que costaba una sola caña.
Te voy a llevar a un lugar donde podremos bebemos un par de cervezas gratis –me dijo.
Echamos a andar por calles que me eran desconocidas. Estaba obscureciendo cuando llegamos a un bar, café, baile o lo que fuera ese establecimiento, de nombre “La pájara pinta”. Entramos y de inmediato un hombre salió desde detrás del mesón y se acercó a Isaías con la mano extendida. Lo saludó con muchas muestras de amistad, nos hizo sentarnos a una mesa (velador, dicen los españoles) y nos envió dos cañas de cerveza rubia y un platillo con maní. Isaías, que se había engreído con la amable acogida, me dijo.
¿Sabes por qué me tratan así? Mira aquella pared.
Miré y de golpe me lo expliqué todo: era aquel el lugar deco­rado por Isaías. Allí estaba el mural, a una o dos tintas, sin co­lorido: un marinero o pescador con los pantalones remangados a media pierna, unos caracoles, una red, una estrella de mar. Al marinero le había puesto la cara de Neruda, su ceño característi­co, la patilla a media oreja. Aparte de cobrar una suma no muy crecida por su trabajo, Isaías había dejado latente una buena amistad con el propietario de aquel lugar, don Manuel Luenco. Por la noche, al parecer, iba allí mucha gente. Se jactaba “La pájara pinta” de poseer la pista de baile más pequeña del mundo: un metro cuadrado. En ella se aglomeraban hasta dos parejas bailando al compás de la música de un disco.
Nos repetimos la caña de cerveza y salimos de allí muy feli­ces, después de estrechar la mano de don Manuel y de que éste nos invitara amablemente a volver. El valor de nuestro consumo ascendía a una peseta y cuarenta céntimos, pero nos pareció haber recibido esa tarde algo que valía mucho más.
Isaías era un hombre muy estimulante, cuando estaba en vena. En sus malos días era pesimista, gruñón, de humor sombrío, belicoso. A mí me llenaba de iniciativas.
¿Por qué no escribes un argumento de película? Yo soy amigo de un director y puedo llevárselo...
O si no:
Tú deberías especializarte en critica de arte, cosa que hace mucha falta en Chile, donde hay que jubilar ya a Yáñez Silva. Este es el lugar ideal para que te prepares. Aquí todo el mundo entiende de arte.
Aludía a una noche que habíamos descubierto en una taberna a un albañil que disertaba ante sus amigos, obreros de la misma especialidad, sobre la influencia italiana en la pintura de Velázquez. Esto nos causó tal impresión que invitamos al alba­ñil a beber en nuestra mesa. A la larga nos resultó un hombre muy cansador, pues se resistía a hablar de cualquier cosa que no fuera la pintura española.
Frecuentaba Isaías peñas de literatos y artistas, donde yo iba muy de tarde en tarde: la “Cervecería de Correos”, donde a diario se veía a Lorca y sus amigos; la “Ballena alegre”, la taberna de Pascual, en la calle de la Luna, y más tarde, cuando llegó Pablo Neruda, los sitios donde nuestro poeta estableció la sede de su influencia.
A veces Lola y yo íbamos al Retiro, el bello parque madrileño, con una gran laguna, prados, arboledas, estatuas clásicas y algunas modernas que pedían a gritos la dinamita, como la de los hermanos Álvarez Quintero. Era excitante la animación del Retiro los domingos a mediodía, con gentes que iban a pasear en sus automóviles, a caballo o a pie, y con tanta abundancia de niños. Bebíamos un vaso de horchata o de agua de cebada, mirábamos los cisnes y los pájaros, nos confundíamos con los paseantes locuaces. Cerca de allí, en la calle Alcalá, había una taberna, la Casa Antonio, donde almorzábamos barato. Antonio era un hombre cordial, alegre, hablador. Nos hacía las biografías de sus parroquianos presentes y de algunos ausentes. Federico García Lorca, decía, era su amigo del alma, lo cual no tenía nada de raro: por dondequiera que fuese, el poeta iba sembrando amistad, todos los españoles lo querían.
De tarde en tarde, solíamos encontrarnos en las calles o en cier­tos cafés, con amigos de América, con Félix Pita Rodríguez, poeta cubano, con Emilio Delgado, de Puerto Rico, con el “coronel” Riquelme, un mexicano que nos contaba hipotéticas hazañas en la revolución de su país y nos enseñaba a cantar alegres canciones que hablaban de tecolotes y de soldaderas. Isaías las aprendía de inmediato y era muy bueno para llevar la segunda voz. Había además otras gentes, poetas, pintores, escritores sudamericanos que se quedaron atrapados en las redes de la bohemia europea, que nunca llegaron a realizarse.
IV Otras gentes

En casa dE Gabriela Mistral, a donde íbamos muy a menu­do, conocí a algunos españoles y a americanos que pasaban por Madrid. Pedro Prado, por ejemplo, que se me cayó un po­co del pedestal cuando lo oí hablar de pintura española con un criterio –acaso era cuestión de época, de generación– que me pareció provinciano, extraño en un hombre de su catego­ría. Encontré algunas veces a la escritora venezolana Teresa de la Parra, una mujer muy hermosa y distinguida. Se notaba algo raro en el tono de su voz, quizás efecto del pneumotórax que aislaba sus pulmones enfermos. La acompañaba siempre una amiga cubana, Lydia Cabrera. Amante del buen café, Lydia llevaba continuamente en su equipaje una pequeña cafetera express con capacidad para dos tacitas, que producía, me consta, un exquisito café negro. Era una mujer muy cordial, amiga de los escritores. García Lorca le dedicó su fa­moso romance “La casada infiel”. No he leído los libros de Lydia Cabrera, pero me han contado que ha hecho estudios muy serios sobre los ritos religiosos de origen africano que aún practican algunas comunidades negras en Cuba.
También conocí a Rómulo Gallegos, que vivía muy modestamente en Madrid, con su esposa y un perro regalón. Para ayudarse a pagar el departamento, subarrendaba sendas piezas a dos estudiantes venezolanos que habrían de convertirse en políticos: Barrios y Oropesa, si es que no confundo sus nombres. Le pregunté a Gallegos si no tenía prevención de los periodistas y como me respondiera que no, fui a verlo a su casa y conversamos largo, para una entrevista que se publicó en El Mercurio. Había tenido que salir de Venezuela porque el dictador Juan Vicente Gómez (Juan Bisonte lo bautizó Rufino Blanco Fombona) quiso hacerlo senador, visto que se destacaba tanto como lite­rato. Gallegos no deseaba compromisos de ninguna especie con el viejo sátrapa sembrador de dolores y de hijos naturales y se marchó. Escribía directamente a máquina y las cuartillas salían pulcras, perfectas, y tales como abandonaban el rodillo se iban a la imprenta. Cuando, mediada o avanzada la pági­na, creía conveniente corregir, cambiar una palabra o una frase, simplemente sacaba la cuartilla y la escribía de nuevo. Es decir, su lucha con el estilo era mental y anterior a la re­dacción. Tenía también mucho sentido autocrítico. Doña Bár­bara, me contó, estuvo a punto de no ser o, mejor dicho, de desaparecer, ya escrita. Una noche, viajando de Génova a Barcelona, iba a arrojar los originales al mar, convencido de que su obra no valía nada. Afortunadamente lo sorprendió su mujer y salvó de las aguas esa notable novela americana.

Me hallaba en casa de Gabriela cuando ella se encontró por primera vez con Victoria Ocampo. ¡Qué distintas eran! Áspera, verídica, pasional, Gabriela; rebuscada, exquisita y sofisticada la escritora argentina, tan apegada a lo europeo como Gabriela a su Valle de Elqui. Victoria Ocampo llegó elegantísima, con unos aretes muy grandes, cuyas guarniciones metálicas abarcaban los lóbulos de sus orejas. La hizo entrar Gabriela, sencilla, con su vestido largo y desgarbado, su melena griseante peinada hacia atrás y sus cordiales ojos claros. Pero la que respiraba majestad de las dos, era Gabriela. Se saludaron como antiguas amigas e iniciaron de inmediato una larga conversación, entre cigarrillo y cigarrillo.
No sé, naturalmente, de qué hablaron, pero me imagino que Gabriela hablaría de “sus” indios, de sus niños, de libros, de América, y que Victoria Ocampo, a su vez, disertaría sobre Lawrence (D.H.), sobre Eliot (T.S.) o sobre Huxley (Aldous). La interesante aristócrata argentina se marchó unas horas más tarde dejando el rastro exquisito de su perfume francés. Al día siguiente, cuando volví a casa de Gabriela, ella, que tenía mucho sentido del humor, lanzó una carcajada cuando le dije que el encuentro me había hecho pensar en el abrazo de Maipú, de San Martín y O'Higgins.
Conocí también a un chileno interesante por sus inquietudes: Manuel Garretón Walker, por aquellos días un joven político con ganas de cortar amarras. Andaba muy eufórico con la Falange Española y yo creo que de ese entusiasmo nació el nombre de Falange Nacional que se dio al partido de los jóvenes conservadores, hoy demócrata cristiano. Para ser justos, hay que decir que hasta entonces, 1934, la Falange Española se limitaba a manifiestos, declaraciones, pequeños actos audaces, colocación de banderas monárquicas en lo alto de los edificios y cosas así. Aún no había comenzado la carrera siniestra que culminó con la guerra civil y la destrucción de la paz en Es­paña.
Un día que yo iba llegando al Consulado salía de él un viejito, pequeño de estatura, menudo, como achaparrado por la edad. “¿Sabe quién era?”, me preguntó Gabriela. “Saturnino Calleja”. ¡Calleja! Toda mi niñez prendida a los cuentos de Calleja, a cinco centavos, la escuela pública en que estudié, los compañeros con quienes intercambiaba los cuentecitos... Y más tarde, las ediciones ilustradas de Salgari, igualmente con el sello de Saturnino Calleja: El hijo del León de Damasco, Las pante­ras de Argel, La capitana del Yucatán... Miré a Gabriela con una especie de pena y ella comprendió que me habría gustado estrechar la mano de ese hombrecito. Me dieron ganas de correr detrás de él. Pero Calleja ya se habría perdido entre el gentío.
Entre los españoles, cultivé amistad con Guillermo de Torre, gracias a cuyos buenos oficios comencé a colaborar con pequeños artículos sobre Chile en un periódico nuevo, Diario de Madrid, que sólo duró unos cuantos meses. Creo que lo dirigía Corpus Barga y contaba con muy buenas plumas españolas, incluida la de Ramón Gómez de la Serna. Me pagaban treinta y tres pesetas, la tarifa corriente, por artículo. Guillermo de Torre, casado con Norah Borges, pintora argentina de ángeles y niños, frecuentaba mucho a Gabriela. Hablaba abundantemente de literatura. Un día le recordé sus polémicas ultraístas con Vicente Huidobro y los juicios sobre nuestro poeta contenidos en su libro Literaturas europeas de vanguardia. Me dijo que habían sido diferencias ocasionales y que sentía mucho aprecio por la obra de Huidobro.
Amigo más próximo fue para mí el pintor Maroto, Gabriel García Maroto, y si digo pintor es para hablar sólo de una de sus actividades intelectuales. Hombre múltiple, dibujante, pintor de línea cubista sintética, editor, pedagogo, autor de almanaques literarios. (Estos almanaques se publicaban mucho en España. Recuerdo que colaboré en uno que hicieron Guillermo de Torre y Salazar Chapela). Maroto había editado, por ejemplo, en 1922, los poemas de Oscar de Lubisz Milosz, traducidos por D'Halmar, en una tirada para la élite, de cien ejemplares. A Chile habían llegado dos o tres, pero se hicieron copias a máquina. Yo los leí en la de Salvador Reyes.
La primera vez que Lola y yo fuimos a verlo a su casa, Maroto nos recibió en pijama, cosa que no era rara en España. Conversador enfático, incansable, con dos ojos claros perennemente dotados de una luz como de fiebre o de locura. Acababa de llegar de México y Cuba, donde había trabajado en la educación artística y sobre todo de los escolares campesinos.
Chico, tienes que ir a México. ¡Qué país extraordinario y lleno de contradicciones! ¿Has oído hablar de Lázaro Cárdenas? ¿No? Pues ya oirás... Es un tipazo...
Gracioso, ocurrente hasta la genialidad, un día le estaba yo leyendo un fragmento del poema de Lorca “Llanto por Sánchez Mejías”, recién publicado, precisamente aquella parte en que reitera tantas veces que la cornada y la muerte del torero fueron a las cinco de la tarde. Cuando terminé, Maroto, que se había quedado un poco sobrecogido, se sacudió de pronto la emoción.
Chico –me dijo–, dan ganas de preguntarle a Federico a qué horas ocurrió todo eso...
Un día apareció por casa de Gabriela –honor inusitado– Juan Ramón Jiménez, que era tan gran poeta como hombre de carácter difícil, retraído, solitario, poco amigo de visiteos. Decían que su gabinete de trabajo, aquel en que escribía sus delicados poemas, tenía paredes recubiertas de corcho, para que ni siquiera el rumor del mundo cotidiano y vulgar entrara a perturbar sus elaboraciones exquisitas.

Gabriela no podía vivir sin tener a su lado a una persona que la ayudara en los menesteres domésticos, y en todas las cansadas co­sas de la casa, para las cuales carecía de toda disposición, y que se habían complicado con el cuidado de un niño, pues se había llevado a vivir con ella a su sobrino Juan Godoy Mendoza, un chico de ocho o nueve años al que llamaba Yinyin, hijo de un medio hermano suyo. Para cumplir esas funciones fraternales había ido de México Palma Guillen, la más cercana amiga de Gabriela y una de las mejores que tuvo en toda su vida. No era, sin duda, el primer sacrificio que hacia Palma por amistad a Gabriela. Profesora distinguida, había dejado su trabajo para acompañarla. Se conocían desde diez o doce años antes, cuando Gabriela fue invitada por la revolución mexicana a colaborar en la educación campesina. Me imagino que en la decisión de Palma de viajar a España influyó también la perspectiva de la cercanía de un político catalán, Luis Nicolau D'Olwer, con quien años más tarde contrajo matrimonio.
Palma no llegó con las manos vacías, sino cargada de esas cosas mexicanas que Gabriela quería: sarapes, manteles de Oaxaca, cristalerías populares de color azul, todo eso que brota como flores de las manos de los artesanos de México. Así empezó la vida de Gabriela y Palma en Madrid. Pero no habían transcurrido muchos meses cuando surgió algo que lo trastornó todo y hasta afectó un poco nuestras vidas, la de Lola y la mía. En México había llegado al poder un hombre extraordinario, que en el primer día de su gobierno empezó a hacer cosas que nadie esperaba y que rompían la continuidad de una política estática: Lázaro Cárdenas tomó en serio su condición de gobernante revolucionario: repartió las tierras, nacionalizó el petróleo, impulsó el desarrollo del movimiento sindical y saneó, en fin, muchos aspectos de la vida nacional. Palma Guillen, profesora destacada, pero que nada tenía que ver con la política, recibió un día un telegrama en el que se le ofrecía el cargo de Ministro de México en Colombia. Tremenda sorpresa, difícil situación que la obligaba a renunciar al deber de amistad que se había propuesto cumplir. Se resistía a hacerlo y Gabriela tuvo que luchar con ella. Después se supo que Cárdenas, que quería mostrar su aprecio por la capacidad de la mujer de su país, había pedido a su Ministro de Educación el nombre de una universitaria distinguida que pudiera transformarse en la primera diplomática mexicana. (Esa fue la segunda vez que oí hablar de Cárdenas).
El asunto nos fue planteado. ¿Querríamos nosotros, entre ambos, procurar reemplazar a Palma, Lola en la casa, yo en el Consulado? Aceptamos, desde luego, y no sólo por la gratitud que le debíamos a Gabriela, y nos fuimos a vivir con ella a una casa con jardín en la Ciudad Lineal. Para ir a la Universidad, tenía yo que atravesar Madrid entero, literalmente hablando. En la mañana, Lola me preparaba un paquetito con sandwi­ches y frutas, mi almuerzo, porque no había tiempo de regre­sar a casa a mediodía. A las dos de la tarde estaba ya trabajando en el Consulado, donde la tarea no era excesiva: siempre quedaba tiempo para leer o escribir un rato. Volvía al atardecer a Ciudad Lineal llevándole a Gabriela pasaportes, documentos y oficios que debía firmar, muy contento de aliviar­le un poco la vida, de ahorrarle una tarea tan aburrida: siem­pre trabajé de modo que el Consulado no fuera un agobio para ella, que asistiera el menor tiempo posible a la oficina. Mucha gente cree que al nombrarla en ese cargo, el Gobierno de Chile hacía un favor a Gabriela. Por mi parte, yo creo que la explo­taba. El cargo de cónsul de elección que tenía en esa época le daba derecho a percibir hasta doscientos y tantos dólares de los ingresos consulares; pero los ingresos en Madrid eran muy bajos, jamás alcanzaron esa suma. Gabriela, en cambio, ponía a disposición del país su alta categoría intelectual. Siempre estaba escribiendo sobre Chile, dando conferencias o recitales en universidades y academias, aparte de servir cumplidamente la tarea consular rutinaria.
A menudo le sacaba en limpio sus artículos, que se publica­ban simultáneamente en diarios de Chile (El Mercurio), México (El Universal), Colombia (El Tiempo) y otros países. Escribía a mano, en forma muy enredada, con llaves, sacados, agregados, líneas sobrepuestas y pases a otras hojas. No siempre era fácil descifrar originales tan complicados. También le ayudé a poner a máquina poemas, muchos de esos poemas amargos y profundos que iban formando el libro Tala, que hizo y rehizo tantas veces.
Al Consulado llegaban a menudo personajes raros, chilenos vagabundos, estudiantes, inventores. Algunos extranjeros que iban a solicitar visas solían ponerse pesados, como un argentino que consideró que los documentos que se le exigían eran demasiados. Yo pensaba lo mismo, pero no había más remedio que atenerse a lo establecido. El argentino me dijo:
Bueno... Para andar con todo eso, tendría que viajar con bicicleta.
La frase era graciosa, pero en su actitud había una suficiencia tan ofensiva que no me reí y le dije que, con bicicleta o sin ella, debía llevar los documentos si quería la visa.
Me sorprendió un fenómeno que observé en el Consulado: la frecuencia con que llegaban españoles, sobre todo de la provincia de Logroño, que querían regresar a Chile. Habían trabajado y vivido largos años en nuestro país y, como suele ocurrirle al emigrante, sentían de pronto la nostalgia, la ne­cesidad de regresar a su patria, a la provincia, a la ciudad o a la aldea de donde habían salido para irse a buscar la vida fuera. El español, me parece a mi, es buen emigrante, en el senti­do de que arraiga, busca mujer y forma familia allí donde va, donde suda para ganarse el pan. Pero no pocos volvían, atraídos por lazos que nunca rompieron del todo o por el espe­jismo de la República, la creencia de que en España soplaban vientos diferentes. ¿Y qué encontraban en su ciudad? Las tradiciones arraigadas, los curas prepotentes, los latifundistas con todo su poder intacto, el club social pueblerino que no los recibía de buenas ganas debido a los prejuicios subsistentes contra los emigrantes. Aunque éstos regresen cargados de di­nero y quieran con su poder ayudar a la gente y a las institu­ciones, al colegio, al hospital, a la biblioteca, a la iglesia, no dejarán por eso de ser los “indianos” que se fueron a América por incapacidad de ganarse la vida en el suelo propio. Atendí muchos de estos casos.
Quiero volver a Chile –me dijo un hombre de Logroño, con lágrimas en los ojos, que me impresionaron. Siempre es conmovedor ver llorar a un hombre–. He comprendido que no tengo nada que hacer aquí. En España soy extranjero, mi verdadera patria es Chile. ¡Si viera usted cómo lo añoro!
Muy bien, señor –le respondí–. Vamos a pedir autorización para visar su pasaporte.
Que sea pronto, por favor. Si puede hacerlo por telegrama, yo pago los gastos.
No era posible, porque los antecedentes que había que mandar al Ministerio de Relaciones Exteriores formaban todo un legajo.
Muchos fueron los casos de los ilusionados que se decepciona­ban a poco de llegar. La vuelta a Chile se les convertía en una necesidad perentoria e iban día tras día al Consulado a saber si había respuesta.
Una vez apareció un chileno que veinte años antes había sido muy conocido como pionero de la aviación: Luis O'Page. Todo un aventurero, tenía records que me contó riendo, como el de haber practicado el primer rapto de una mujer en aeroplano, una actriz, y la primera fuga por aire, al escaparse en su aparato de Bolivia, donde se hallaba preso por deudas. Hacia dieciséis o más años que O'Page había perdido el contacto con su madre, en Chile. Gracias a una entrevista que envié a Zig-Zag, madre e hijo restablecieron las relaciones interrumpidas.
Otra vez llegó una pareja muy singular: él, un metro noventa, ancho de espaldas, nariz achatada a fuerza de golpes, orejas de coliflor, típicas de los boxeadores. Ella, vulgar, con el cabello pintado de rubio y vestido llamativo, de colores chillones.
Soy Chile –dijo el hombre.
¿Cómo?
Chile.
Chileno, dirá usted.
No, soy Chile. ¿Que no ha oído hablar de Chile, de King Chile?
Tuve que confesarle que no, que no era aficionado al box.
Pero puchas... ¿Así que nunca ha oído hablar de mí?
Bueno... la verdad... no.
Chis... ¡Y para qué están los cónsules entonces!
Le expliqué que sólo era el secretario.
Claro, si ya sé... Es doña Graciela Ministral... ¿No está la cónsula?
No.
Bueno, es lo mismo. Venimos a que nos case.
No era muy difícil advertir su juego.
Aquí no se casa la gente, hombre. Tiene que casarse en el registro civil y después, si quiere, inscribe su matrimonio en el Consulado.
Miró a la fulana como disculpándose.
No ve pues, mi hijita... La culpa no es mía.
Unos meses después llegó con otra muchacha del mismo tipo y con igual truco del matrimonio ante el cónsul. Y otra vez fue a vender unos jabones, que él mismo fabricaba, para limpiar lavaplatos y W. C. Le compramos un par, para librarnos de él, y se fue indignado por la tacañería consular.
Los jabones no sirvieron para nada. Eran pura arena.

V En octubre
En las tardes, en casa, me ponía a escribir mis cosas, con el entusiasmo con que se escribe en la juventud (que por lo demás es el mismo con que escribo ahora). Algunos poemas, algunos cuentos y una novela, En la Cuidad de los Césares, que se publicó años más tarde en Chile, de aventuras y frustraciones. Cuando terminaba un capítulo, se lo leía en voz alta a Lola. A veces asistía Yinyin a estas lecturas. ¿A qué obedece esta necesidad de leer a otros lo que escribimos? El pretexto es que la lectura en voz alta nos ayuda a descubrir defectos, repeticiones de palabras, cacofonías, ripios desagradables. Es cierto, pero hay más. Queremos ver reflejado en la actitud del que nos escucha el efecto de nuestro trabajo, queremos comprobar si lo que hemos escrito impacta, golpea, sorprende, alegra, emociona. ¡Y sepa Dios si no queremos también experimentar la sensación de escucharnos a nosotros mismos! No es igual dar a leer que leer con nuestra voz, con nuestras propias inflexiones, con nuestra propia interpretación. Pablo Neruda me contó un día que cuando vivía solo en Oriente, en Rangoon o en Colombo, no recuerdo, le enseñó español a un sirviente para poder leerle los versos que escribía.
Yinyin asistía a la lectura con sus grandes ojos claros clavados en mí, en una actitud de expectación. Cuando en la narración había algo heroico, una pelea, un peligro, se le iluminaba la cara.
¡Bravo, Enrique! –decía con sus erres afrancesadas. Y cuando terminaba la lectura del capitulo–: ¿Y qué sigue? ¿Qué les va a pasar a los expedicionarios?
No sé, Yinyin. Todavía no sé.
En realidad no lo sabia, porque no tenía un plan en detalle, sino apenas una idea muy general del desarrollo de la novela. Los hechos episódicos iban surgiendo a medida que escribía.
Yinyin había pasado ya de la etapa de las hadas y los enanos y estaba en la de los detectives y las aventuras en el África. Se apasionaba con revistas en las que el héroe era el Agente Secreto X 9. Cuando Gabriela nos leía un poema, con su tono tan poco enfático, Yinyin escuchaba en silencio. Yo no sé si entendía la aspereza a veces obscura de la poesía de su “mamita”, pero oía con respeto, como si comprendiera.
Lola iba a dejarlo al colegio en la mañana y a recogerlo en la tarde. De vuelta, paseaban como amigos y a veces también se peleaban. Un primero de noviembre lo llevé a ver Don Juan Tenorio puesto por la compañía de Margarita Xirgú, seguro de que la magia de la pieza de Zorrilla, el tráfico de fantasmas y los duelos a espada lo iban a interesar. Al sentarme en la platea, escuché un “hola” español. Era Federico García Lorca, que en su butaca siguió con verdadero éxtasis el desarrollo de la obra. A Yinyin, en cambio, terminaron por aburrirle los par­lamentos en verso y al final, a la hora de los fantasmas, estaba medio dormido.

Gabriela era muy escrupulosa para escribir sus artículos periodísticos, sus Recados. Estudiaba muy bien cada materia, leía a veces dos o tres libros para documentarse sobre un tema, conversaba, averiguaba. Era una periodista tremendamente acuciosa y honesta. Escribía sentada en un sillón, sobre un tablero, en papeles pequeños, frecuentemente con lápiz, mientras en el cenicero se iban acumulando las colillas.
Dedicaba bastante tiempo a su correspondencia. La verdad es que recibía y contestaba muchas cartas de amigos y de desconocidos. Le llegaba también una cantidad impresionante de libros, sobre todo de escritores jóvenes de América que, cuando menos, hojeaba. Si alguno le interesaba de veras, se embarcaba en su lectura y le escribía al autor unas palabras alentadoras. Más de una vez la falta de tiempo y el deseo de no herir a nadie le crearon anécdotas. Un día nos contó:
Ese viejito que estuvo en la mañana venía a saber qué me había parecido su libro, su primer libro... No quise decirle que no había podido leerlo todavía y le dije, vagamente, que la suya era una prosa bien construida... “¡Pero, señora Gabriela, si mi libro es de versos!”... ¡Cómo iba a imaginarme versos en un hombre de esa edad!
Gastaba mucho dinero en libros franceses. Tenía admiración por la filosofía de Bergson, por la poesía de Claudel, por el lenguaje de Gide. Entre los jóvenes le gustaba Paul Eluard.
A veces discutíamos y se enojaba mucho cuando yo exponía unas idiotas teorías relacionando la cursilería con el trópico. Ella quería mucho al trópico americano y a sus gentes. Los puertorriqueños, por su parte, la adoraban y le habían dado el título, refrendado por el Senado, de ciudadana honoraria del país.
¡Usted no ha leído a Marti! Tiene que leerlo, muchacho, su lengua es incomparable. ¡Cualquier gran escritor español se la querría!

Cuando se levantaron, en octubre de 1934, los mineros de As­turias y luego el gobierno de Lerroux-Gil Robles desató sobre ellos una sangrienta represión, la vi indignarse muchas veces. No era agradable Madrid los días de octubre. Un viento obscuro, lleno de asechanzas, sacudía la ciudad. Por todas partes se veían policías, guardias de asalto y los tétricos guardias civiles con sus bicornios charolados y sus “calaveras de plomo”. Y sin embargo, había obreros desafiantes, que pasaban junto a ellos, en pequeños grupos, silbando La Internacional, que era el himno común de socialistas y comunistas. Creo que difería sólo la letra. Yo había comprado un disco de La Internacional, pe­ro tenía que tocarlo con sordina para que no se escuchara fuera de la casa, lo cual conseguía poniendo en la victrola una aguja de madera, hecha de un palillo de dientes. En los edifi­cios en construcción, colocados ya los cristales de las ventanas, en vez de la X con que habitualmente se indicaba que aquello ya estaba enmasillado y listo, los albañiles pintaban una hoz y un martillo. En la Universidad, en cambio, algunos mucha­chos habían sacado a relucir en sus solapas la insignia de la Falange, un yugo cruzado de flechas. Entre ciertos profeso­res se notaba una sensación de disgusto por la fiereza del go­bierno, por la atmósfera creada, por eso que Unamuno llamaba cainismo.
Por las noches solían oírse disparos lejanos. Se registraban brotes de lucha callejera, aun cuando los comunicados del Gobierno, transmitidos por la radio, insistían en que reinaba la normalidad más absoluta.
Gabriela era sensible a todo esto y repudiaba tanto como cualquiera la brutalidad con los mineros y los muchos niños asturianos que habían quedado huérfanos. Tenía sobre España ideas muy definidas. Sentía verdadera devoción por los poetas clásicos, pero repudiaba las formas adoptadas por la Conquista en América, sentimiento del que sin duda se había contagiado en sus días de México. Admiraba mucho a ciertos escritores, como Ortega, Lorca, Unamuno; quería a los vascos, quizás porque vascos eran sus antepasados, y celebraba el empuje industrioso de los catalanes. Para ella, en cambio, los castellanos estaban en decadencia. En general, veía con claridad el origen de muchos problemas sociales que enfrentaba España.
La represión de Asturias tuvo, naturalmente, reflejos en todo el país y no pocos dirigentes republicanos debieron ocultarse, pasar a vivir en la clandestinidad. Entre ellos se hallaba César Falcón, un intelectual peruano estrechamente ligado a la izquierda española, que le hizo llegar a Gabriela un mensaje, una especie de S.O.S. Me pidió ella que fuera a llevarle de su parte algunas palabras de amistad, un par de libros y una suma de dinero. Esa misma tarde, una persona fue a buscarme y partimos en un automóvil que dio muchas vueltas y revueltas antes de llegar a su destino, todavía no entiendo para qué, como no fuera para exagerar la importancia de la clandestinidad de Falcón. Sólo faltó que me vendaran los ojos... Por fin llegamos a una casa, en un barrio que me era desconocido. En la sala, entre libros, cuadros y muebles que me parecieron muy bonitos, estaba Falcón, con su gran melena romántica. Cumplí la misión, conversamos un poco y abandoné la misteriosa casa.
VI La pajarita de papel

Habría sido muy difícil que no me contagiara de unamunismo aquel año 1934, en que se celebraron los setenta de don Miguel de Unamuno. Todo el mundo hablaba de él a raíz de los grandes homenajes nacionales, los teatros ponían algún drama suyo, sus libros se exhibían en las vitrinas y se imprimieron tarjetas postales, en sepia, que lo mostraban con su aquilina cara encuadrada en el blanco de la cabellera y en el negro de su chaleco cerrado hasta el cuello, de corte sacerdotal. Leí una parte de sus libros y fui desarrollando progresivamente una adhesión muy viva a la personalidad del “primer español”, como lo había llamado García Lorca. Hay que distinguir, eso si: vago, intuitivo aprendiz de marxista, como yo era, los puntos de vista filosóficos de Unamuno no me decían gran cosa: la vida como agonía, su aproximación a Dios, cuya existencia, sin embargo, racional­mente, él mismo negaba; su paradojal amor a la soledad, como prueba de amor a la muchedumbre; la exaltación de un yo abar­cando todo el mundo conocido, el espacio y el tiempo... Pero sentía gran admiración por el escritor y por el hombre, por la pureza de su vida, por su valor intelectual para enfrentarse a todo, comenzando por contradecirse a si mismo; admiraba su quijotismo, su españolismo en el sentido más elevado de la palabra.
La verdad es que la cultura española estaba llena de la influencia de su espíritu contradictorio, de sus eternas dudas, de su conflicto con todo, con el propio espíritu español, con el cristianismo, con su tiempo, con la literatura... Si escribía un drama, como el famoso Nada menos que todo un hombre, exigía que se representara sin decorados, a la manera del teatro griego, para que nada externo separara al espectador del sentido profundo del diálogo. Cuando se publicó Niebla y un critico aseguró que el libro no era propiamente una novela, don Miguel dijo que, en efecto, no era una novela sino una “nivola”, y en la segunda edición, debajo del título se leía: nivola. Sus contradicciones se expresaban incluso en el empleo de la lengua española, al rechazar barbarismos o palabras extranjerizantes incorporados ya al idioma. Lo oí decir “fajismo” en vez de fascismo o fachismo y “sobrerrealismo” en lugar de surrealismo. Le molestaba mucho que se hablara mal, aunque en sus arranques filológicos a veces llegaba demasiado lejos.
Entre los homenajes que se le rindieron, recuerdo que se le jubiló como profesor de griego de la Universidad de Salamanca, a la que había entregado más de cuarenta años de esfuerzo, con su cátedra y con su ejemplo de maestro, una sola vez interrumpidos: cuando la dictadura de Primo de Rivera lo arrancó violenta­mente de Salamanca para desterrarlo a Fuerteventura. Curiosa dictadura esa, que aunque fuera llamada por algunos “dictablanda”, conocía la influencia que los intelectuales pueden ejercer en una sociedad como la española y estaba dispuesta a extirparla con dureza, revestida si de cierto respeto aparente. Así, por ejemplo, cuando tomaron preso a Valle Inclán por encabezar, manco y barbudo como era, grandes algaradas estudiantiles, la orden rezaba: “Deténgase al eminente escritor y extravagante ciudadano don Ramón del Valle Inclán”.
A Unamuno no lo jubilaron para que se fuera a su casa. Lo nombraron Rector vitalicio de la Universidad de Salamanca y le crearon la Cátedra Unamuno, donde, sin limitaciones, podría hablar de lo que le viniera en gana: un día enseñaría griego, otro explicaría filosofía o filología; o una lección sobre arte teatral o un comentario de política nacional. En la escala que conducía a la Facultad de Filosofía y Letras se colocó un hermoso busto del maestro, debido al cincel de Vitorio Macho.
Si pudiéramos ver a Unamuno”, me decía yo un domingo que fuimos a Salamanca, invitados por Gabriela Mistral, mientras recorríamos la vieja Universidad. Allí estaba, intacta, el aula donde diera sus clases Fray Luis de León, sobria, con bancos colectivos, como de iglesia, cubiertos de iniciales e inscripciones que hicieran con sus navajas los estudiantes del siglo xvi. “Si pasara por aquí Unamuno”, seguía pensando mientras, sentados en la terraza de un café, bajo los austeros portales de la Plaza Mayor, fumábamos unos cigarrillos. “Si pasara por aquí”... Ver a ese hombre, oírlo hablar, saber que no era una estatua, una cátedra, algo mítico, sino un ser de carne y hueso.
¿Pero que no es Unamuno? –pregunté muy excitado.
Como convocado por el fervor de mi deseo, venía por el portal, erguido, sin sombrero ni gabán, a pesar del frío de la tarde. Era absolutamente igual a sus fotografías: la breve barba cana, sus cabellos de seda, su nariz aguileña, el rostro mate y no del color yodo que tiene en el retrato, tan hermoso, sin embargo, de Torres García, sus ropas españolamente negras. Divisó a Gabriela Mistral, su amiga, y se acercó a nuestra mesa. Nos levantamos llenos de emoción para hacerle sitio. Por los portales pasaba un gentío de día domingo, hombres vestidos de obscuro, aunque no tan ascéticamente como él; campesinos con sombrero de teja y larga blusa flotante. Miraban a Unamuno con ojos cargados de familiaridad. No habían leído sus libros, muchos quizás no sabían leer, pero no ignoraban que Unamuno era suyo, una especie de inamovible monumento salmantino.
Don Miguel comenzó a hablar, como si hubiera andado en busca de auditorio. Cuando se estaba a su lado, nadie hablaba sino él. Gabriela le preguntó cómo se sentía después de la jubilación y Unamuno tomó la palabra.
Me dedico a contradecirme un poco. La gente se ha formado un mito acerca de mi y es preciso destruirlo. Nada más terrible que eso, que tener una estatua y estar obligado a vivir en la misma actitud de la estatua, para no desmentirse... Una vez, en Barcelona, me dijo un sacerdote que tenía un amigo muy raro que quería conocerme. Me encontré con ese ser, que me miró profundamente y luego me preguntó: “¿Usted es Unamuno?” “Si, yo soy”, le contesté. “¿Pero es usted el auténtico Unamu­no?”, insistió. “El mismo”. “Bueno, muchas gracias”, dijo en­tonces, y dando media vuelta se marchó. Yo estuve esa noche cavilando, sin dormir. Me preguntaba si seria Unamuno y hasta llegué a dudar de que fuera el mismo, el auténtico, es decir, el que la gente conoce y que yo a veces desconozco y trato como si fuera otra persona desprendida de mí y no yo mismo... Hablando un día de estas cosas con un médico célebre, me dijo que esos hombres con doble personalidad son los esquizofrénicos y que su psicología es muy interesante de estudiar en los textos. Yo le repliqué que lo sentía mucho, pero que la psicología no la estudio en los textos, sino en los poetas, en los novelistas, en la plaza, en el teatro... En realidad, ¿se es, se está despierto, se sueña? Para mi, sólo está despierto aquel que tiene conciencia de que está soñando... Sí, ahora me dedicaré a buscarme a mi mismo, a descubrir si soy yo el Unamuno del mito o si soy total­mente diferente. No me importa destruir la leyenda, ni conserva­ré la misma postura de la estatua que me han hecho, salvo en el caso de que coincidamos yo y el otro, es decir, el mito... No, no me importa contradecirme. Seguiré siendo yo, auténticamente yo...
Mientras hablaba, había cogido una servilleta y con una extraña habilidad, doblando aquí y desdoblando allá, hecho una pajarita de papel. Todo el mundo sabía que era una mama, o mejor dicho, la distracción habitual de don Miguel. Las hacia en todas partes. En París, después de fugarse de Fuerteventura, se entretenía en la mesa de algún café de Montparnasse en enseñar a hacer pajaritas a estudiantes e improvisados amigos. Rojas Giménez le aprendió el secreto y las hacia muy bien.
Como la temperatura descendiera, don Miguel se levantó para llevarnos a su casa, dejando abandonadas dos o tres pajaritas. Yo cogí una que guardé más tarde dentro de un libro. En su despacho, una inmensa habitación embaldosada de blanco y negro, con paredes totalmente desnudas de cuadros y objetos decorativos, y rodeada de enormes estantes, habló un poco acerca de libros chilenos.
Tengo muchísimos libros americanos y también chilenos. Por ahí debe estar Pérez Rosales, que es un gran escritor, de lo mejor que han producido ustedes. Porque, en general, los libros chilenos son pesados, duros de hincarles el diente. ¡Ay, ese Barros Arana!... Una vez me dieron a leer una novela de Blest Gana, muy buena, según decían, pero me resultó soporífera... Tengo una traducción de Esquilo, en verso libre, hecha por Salas Errázuriz, que me parece excelente, de primer orden... Pero cuando me acuerdo de Raza Chilena, el malísimo libro de Palacios... He conocido a muchos chilenos en Paris: a Quezada Acharan, que era un buen amigo mío, muy digno, muy mesurado; a Francisco Contreras, a Leonardo Penna, a Valentín Brandau, a Vicente Huidobro... ¿Qué hace ahora Huidobro?
Le respondí que seguía haciendo versos y locuras y tuve la ingenuidad de poner la pregunta de Unamuno y mi respuesta en una entrevista que se publicó en El Mercurio, lo que determinó una pequeña andanada de Huidobro contra mí, en una de sus revistas de entonces, no sé si se llamaba Contra u Ombligo.
Volví a ver a don Miguel tres o cuatro veces más. Cuando iba a Madrid, solía pasar a charlar un rato con Gabriela, que vivía en los alrededores, en un lugar llamado Ciudad Lineal. Gabriela era muy buena conversadora, pero hablaba mucho más él. Yo bebía sus palabras, seducido por el encanto y la profundidad de su conversación. Más de una vez le oí pronunciar la palabra cainismo en relación con las persecuciones políticas desatadas por el gobierno del llamado bienio negro contra los mineros de Asturias. En una de esas visitas a Ciudad Lineal escuché una confidencia de don Miguel que me impresionó por su intimidad y su grandeza. En casa de Gabriela alguien estaba tocando un disco de cante jondo. Unamuno se puso entonces a hablar de los gitanos españoles, de sus costumbres vagabundas, de sus tretas, de sus bailes y sus cantos. Y de pronto, con emocionado asombro, le oí decir.
Las gitanas son muy hermosas... En mis cuarenta años de matrimonio siempre fui monógamo, jamás engañé a mi mujer. Pero si alguna vez me hubiera sentido tentado de hacerlo, habría sido con una de esas gitanas...
Así vi a este príncipe de los ingenios de la España contemporánea. Haberlo conocido es una de las buenas cosas que me pasaron, haberlo oído hablar tanto, de tantos temas. Tierno, duro, ascético, contradictorio, su lema para vivir parecía ser “contra esto y aquello”. No le importaba desdecirse, volver atrás, ver las cosas desde un ángulo distinto, puesto que ni siquiera estaba seguro de ser “el auténtico Unamuno”. Un día le contó a Gabriela:
Dicen que el rey me persiguió. Pero... ¿y todo lo que perseguí yo al rey?
Tengo que confesar que no me gustaron algunas de sus últimas contradicciones, de aquellas que tuvo al final mismo de su vida.
VII La Costa da Prata
CUando Lola y yo íbamos al centro, al cine o a un café, caminábamos mucho por las calles, en medio del gentío. La Puerta del Sol, Alcalá, la Castellana, la Carrera de San Jerónimo, la Gran Vía. Hacíamos escala en cada librería a hojear novedades. En las vitrinas de las agencias de viaje nos deteníamos a soñar un poco, puesto que no existía la menor posibilidad de movernos de Madrid. Viajes a París, a Londres, a los países escandinavos. Viaje a la urss con ocho días en Moscú y Leningrado: dos mil pesetas. Suspirábamos un poco y seguíamos caminando.
Gabriela fue invitada a Lisboa a una reunión de escritores, no sé con qué objeto, en la que estuvieron presentes, entre otros, Unamuno y Maeterlinck. De regreso, nos habló con mucho entusiasmo del paisaje de Portugal y de las gentes lusitanas, del contraste que creía ver entre su encantadora suavidad y eso de tajante y definitivo que tiene el español.
Tienen que ir a Lisboa en el verano –nos dijo.
Yo me reí un poco, pues aunque nuestra situación había mejorado bastante al entrar en posesión de la beca y con lo que ganaba como secretario del Consulado, no podíamos permitirnos el lujo de viajar a otro país. Gabriela nos ofreció regalarnos los pasajes de ferrocarril, pero nosotros nos olvidamos de eso, dispuestos a no aceptar, y no hicimos ninguna clase de planes para el verano, que era cosa seria en Madrid. Un tórrido mediodía que estábamos esperando tranvía en la Puerta del Sol, le dije a Lola:
¿Comprendes ahora por qué esto se llama Puerta del Sol?
¡Sería fantástico ir a Lisboa y ver el mar!
De veras... Pero no vamos a recordarle a Gabriela que nos ofreció los pasajes.
¡Cómo se te ocurre!
Gabriela no se había olvidado, sin embargo, y un día nos preguntó cuándo partiríamos. Era muy difícil negarse a aceptar, una tras otra, las pruebas de su generosidad. Hicimos pues la maleta, un paquete con sandwiches y huevos duros para el viaje y una mañana nos instalamos en un vagón de tercera, dispuestos a descubrir Lisboa.
Llegamos a la mañana siguiente, con las piernas agarrotadas después de veinte horas de viaje, a la Estación de Rocío, en el centro de Lisboa, todavía en los ojos vibrando el paisaje de la Extremadura portuguesa con sus largas plantaciones de alcornoques. Los árboles habían sido despojados ya de sus cortezas, es decir del corcho, y mostraban una vergonzante desnudez. No fue sino salir de la Estación de Rocío y empezar a gozar con todo, partiendo del pavimento de pequeñas piedras blancas y negras que formaban dibujos de letras, flores y elefantes. Esos elefantes deben servirles a los lisbonenses o lisboetas para evocar su pasado de colonizadores.
Instalamos nuestro cuartel general en una pensión y desde allí salíamos cada mañana a largas excursiones por la ciudad, por sus avenidas con tanta vegetación, con esbeltas palmeras y flores desconocidas, traídas de las colonias de África o de Asia. Gastamos los zapatos recorriendo los sectores barrocos. Me gustaba mucho el viejo barrio de Alfama, en pendiente, donde se alberga un mundo sucio y abigarrado, con niños semidesnudos, perros buscando el sustento en la basura y hombres en camiseta, metidos desde temprano en las tabernas. Callejuelas estrechas, laberínticas, que se muerden la cola, pescadoras con el canasto en equilibrio sobre la cabeza, individuos de mala catadura, meninos entregados a juegos salvajes. El primer día que estuvimos en Alfama, sudando, subiendo y bajando, nos costó librarnos de su obscuro sortilegio y salir al aire puro de la ciudad, al aire que viene del mar.
Había una cantidad de cosas sorprendentes en las calles: las mujeres, que, me imagino que por pudor exagerado, no se quitaban el abrigo ni en los días más ardientes del verano; los estudiantes, que tampoco se sacaban las capas, con los bordes rotos, hechos flecos; hombres más o menos mal trajeados, que usaban monóculo. Yo siempre he asociado el monóculo a un frac o al uniforme de parada de los coroneles alemanes, pero no a ciudadanos con los codos gastados y las asentaderas de los pantalones lustrosas. Me gustaba mucho más el mundo turbio de las graderías de Alfama y las pescadoras que, para sostener en la cabeza el canasto lleno de pescados, tenían que erguir el busto y adelantar provocativamente los senos.
Nos sentábamos un par de horas a tomar café africano, subíamos a las colinas, paseábamos por la avenida de la Libertad o la plaza de los Restauradores, por la calle de la Plata o la calle del Oro. Pero nuestro sitio favorito era el río, el ancho Tajo, surcado de embarcaciones. En el Muelle de las Columnas tomábamos un ferry que sólo navegaba en las noches de luna y en las tardes de los domingos, para ir hasta la barra a ver el abrazo tranquilo, agridulce y sin estridencias que se dan río y mar. Por el camino: mercados, astilleros, caletas de pescadores, aduanas, desembarcaderos, estaciones de tranvías, pequeños balnearios y, por supuesto, la Torre de Belem, barroca, de noble piedra gris. A lo lejos, la Catedral, el Monasterio de los Jerónimos, el Palacio de las Necesidades, encumbrado en su colina, el Palacio de Belem y los campanarios de algunas iglesias.
Un día atravesamos el Tajo en un ferryboat donde tocaba una orquesta de ciegos, para ir a almorzar en Casilhas, en un resto­rán popular especializado en pescados. Me hicieron elegir el pez que nos íbamos a comer, que nadaba en una barrica, entre varios congéneres. Los miré evolucionar, hacer sus bruscos giros, moviendo suavemente las aletas. Me gustó uno verde, de unos treinta centímetros, de una familia que desconocía. El hombre lo sacó con una nasa y lo mandó directamente a la sartén. Cuando llegó a la mesa, dividido en dos generosas porciones, Lola dijo:
¡Pobrecito! Pensar que hace veinte minutos nadaba feliz en su barril...
Pero se comió entera su parte, acompañada de una fuente descomunal de ensalada, ración que no sé por qué se llamaba “un cuarto”. Se regaban esas comidas marinas con vinho verde, que no era en realidad verde sino morado, y muy fuerte y agrio, un vino hecho con la uva antes de madurar.
Volvimos a menudo a ese restorán y un día me decidí por un pulpo de carne blanca y gruesa, que me sirvieron asado en mantequilla. Se llamaba loula, pero no creo que fuera otra cosa que ese octópodo que en Chile llamamos jibia y que nadie se digna comer; los pescadores lo usan como carnada, para tirarle al congrio. Era algo exquisito y comí tanto que me dio un cólico y estuve dos días enfermo. La sola palabra loula me da náuseas desde entonces.
El fascismo de Oliveira Salazar no se notaba mucho en las calles, como no fuera en una especie de amilanamiento de la gente, en una visible falta de alegría. Pero no se puede hablar de grandes despliegues militares ni de un exceso de aparato teatral, como en Italia o Alemania. Había también algo de gazmoñería provinciana: en los balnearios, por ejemplo, no podían los hombres bañarse con el torso desnudo. A dos ingleses se los llevaron a la cárcel y los obligaron a pagar una buena suma de escudos como multa. Por lo menos los viajeros de tres semanas, como nosotros, no veían otros síntomas en la calle. Sabíamos, sin embargo, que las cárceles estaban llenas de antifascistas y que había una fuerte censura de prensa, literaria y de la correspondencia.
Después de diez días que transcurrieron entre Lisboa y la ciudad de Cintra, donde vimos el parque más hermoso del mundo, el de Monserrat, con cisnes, nenúfares y viejas estatuas yacentes, decidimos ir a pasar el resto de nuestras vacaciones a la orilla del mar, en Cascáis, un balneario de la Costa da Praia, a diez minutos de camino del elegante Estoril, donde los ricos tenían hoteles suntuosos y un casino donde dejar su dinero: una especie de Montecarlo portugués, muy concurrido por europeos adinerados. Nos fuimos a una pensión llamada “O grande globo”, que atendía un joven muy amable, pero muy triste, con una cara que daba lástima, parecida a la de Peter Lorre.
Por aquí, vosa excelenza –me dijo, o algo que en portugués sonaba así.
Y nos llevó a una pieza grande, con una buena ventana, con viejos muebles, caracoles y antiguallas. Lo más hermoso era sin duda la bacinica, enorme, de porcelana, con paisajes bucólicos en el interior.
Me parece ridículo que en este hotelucho ese tipo me trate de vosa excelenza. ¿Qué se habrá figurado? –dije.
Así tratan a todo el mundo –respondió Lola.
Seguramente, pero yo no lo voy a aguantar.
En la mañana nos bañábamos en el mar, paseábamos, solíamos ir caminando por la arena hasta Estoril a mirar de lejos a las estrellas de cine y a los millonarios en la playa. En la noche íbamos a un cine a cielo abierto, donde las sillas se mojaban con la humedad del aire. Había que llevar algo, una manta, para no sentarse en lo mojado. Pero lo mejor de todo, lo que no nos perdimos ni un solo día, era la llegada de los pescadores en la tarde, con los pantalones remangados a media pierna y sus camisas de lana, a cuadros. Eran jóvenes, joviales, chacoteros. Quizás las únicas personas alegres que vimos en Portugal. Sacaban los pescados de sus barcas y los llevaban a un mercado para rematarlos, sólo que el remate era al revés de como se hace entre nosotros: comenzaban por un precio alto e iban bajándolo. Si se trataba de un lote de cinco o seis pescados, el rematador recitaba rápidamente:
Veinte escudos, diecinueve, dieciocho, diecisiete, dieciséis, quince, catorce...
Si una dueña de casa estimaba que catorce escudos era el precio ajustado al lote, levantaba un brazo, pagaba y se iba con los pescados.
En la playa se oía a menudo hablar castellano. En general, cuando se oía hablar, era a españoles; los portugueses lo hacían en voz muy baja. Muchas familias españolas, de Madrid o Extremadura, echaban sus cálculos y veían que les resultaba más barato que ir a veranear en Alicante o en Cádiz, hacerlo en una playa portuguesa, donde cada peseta se convertía en tres escudos.
Un día leí en un diario que se hallaba en Estoril el escritor francés Frederic Lefevre, un entrevistador de intelectuales que había hecho famosos sus libros, titulados todos Une heure avec... Pensé que seria interesante alguacilar a ese alguacil, entrevistar a ese entrevistador, y convidé a Lola para que me ayudara a desenvolverme, pues no confiaba gran cosa en mi francés, escaso y quebrado.
Monsieur Lefevre? –pregunté en el fastuoso hotel. Y le hice enviar mi tarjeta, en la que escribí: “corresponsal de El Mercurio de Santiago de Chile”.
Me recibió con una cortesía exquisita y contestó a todas mis preguntas o a casi todas. Sólo eludió la respuesta directa cuando le pregunté qué le parecía que estuvieran negándole el Premio Nobel a Máximo Gorki.
¿Y no cree usted, mon cher confrere, que se podría manifes­tar igual sentimiento con otros? ¿Por qué no se lo han dado a Paul Valéry?
Pero tenían que terminar nuestros días en Cascáis y Lisboa. Nos despedimos de nuestro huésped de “O grande globo” y nos fuimos a la capital a tomar el largo tren a Madrid. Se nos había acabado la lectura en español y tuvimos que comprar en la Estación de Rocío algunas revistas en portugués y una novela policíaca, L'home o complet marrón, de Agatha Christie, que leí durante el viaje, sin ninguna dificultad.
VIII Cartas, telegramas en clave

A Pablo Neruda lo veía poco. Había llegado, por fin, a Madrid, donde se desempeñaba como agregado cultural a la Embajada. Se instaló en un bloque de departamentos de ladri­llos rojos, en el barrio de Arguelles, la Casa de las Flores, a la que alude en un poema. Hizo derribar un tabique que unía dos piezas y las convirtió en un gran estudio o salón. Allí empe­zaron a acumularse sus libros, las primeras ediciones, que coleccionaba con muchos sacrificios, registrando librerías de viejo y pagando a plazos; sus pálidas máscaras de la India, con las cuales solía asustar a sus amigos, cuchillos flamígeros y otros recuerdos de Oriente. Esa habitación llegó pronto a ser un sitio de tertulias literarias y fiestas de amigos que marcaron época en Madrid, no sólo por la amplitud con que allí se recibía a gentes de letras españolas y latinoamericanas, sino por la categoría de los poetas y artistas que llegaban.
La primera vez que fui a su casa, Pablo leyó el poema “Alber­to Rojas Giménez viene volando”, todavía inédito. Le pedí una copia y al día siguiente se lo mostré a Gabriela Mistral. Su lectura fue para ella como una revelación. Se le notaba la emoción.
Este poema –me dijo– es decisivo en la poesía futurista.
Así solía llamarla. Se notaba que en esos versos había comprendido cabalmente el sentido de la poesía nueva, desen­trañado lo que podía tener de encerrado, de secreto. Me parece que Gabriela escribió un articulo sobre las nuevas tendencias poéticas y ese poema, que para algunos es la más grande elegía escrita en español después de las Coplas de Jorge Manrique.
Una tarde, Isaías me convenció de que fuéramos a la Casa Antonio, la taberna de ese “amigo del alma” de García Lorca, y estuvimos allí hasta tarde, comiendo y bebiendo, con Santos Balmori, un pintor mexicano, y otros amigos.

¿Vamos a ver a Pablo?
Vacilé un poco. Eran cerca de las once de la noche y la Casa de las Flores quedaba lejos.
Bueno, vamos.
¡Qué noche! Se había juntado allí una enorme cantidad de amigos. ¿Quiénes? No puedo acordarme de todos, pero sé que estaban José Herrera Petere, García Lorca, Manolo Altolaguirre y su mujer Concha Méndez, Emilio Prados, Arturo Serrano Plaja, Miguel Prieto, Eduardo Ugarte, Aurelio Romeo, Antonio Aparicio, todos poetas, pintores, cinematografistas. Y tantos más. Acario Cotapos se hallaba en uno de sus días más anima­dos y alegres, dirigía un espectáculo de su invención, con largos recitados corales, “El jabalí cornúpeto”, y orquestas hipotéticas de las que imitaba todos los instrumentos. Un poco antes había muerto el mariscal Hindenburg, y Cotapos y Lorca improvisa­ron una pantomima notable, que comenzaba con los últimos momentos de Hindenburg (Cotapos), sus estertores y su muerte; después venían los funerales, las bandas y desfiles mili­tares, los discursos de Hitler y Goering y la sepultación. Todo esto duró cerca de una hora. Lorca y Cotapos decían en alemán macarrónico los más eufóricos disparates, mientras los demás nos moríamos de risa. Cotapos reproducía los sonidos de los tambores, las trompetas y el paso de ganso de los soldados.
Se sirvió vino, Lorca cantó, Pablo se disfrazó de fantasma y la fiesta se prolongó hasta tarde.

¡Cartas de Chile! Siempre era agradable recibirlas. Me llegó una de D'Halmar en la que me anunciaba que iba a comenzar a publicarse en Santiago un nuevo diario, La Hora, del cual sería uno de los redactores. Me pedía que fuera a ver en su nombre a dos conocidos políticos y periodistas y les pregunta­ra si podrían colaborar en La Hora; Marcelino Domingo y Manuel Azaña. Ambos se hallaban haciendo enconada oposi­ción al gobierno del bienio negro, presidido por Alejandro Lerroux, hombre de un republicanismo dudoso. Ministro de Guerra era Gil Robles, jefe de la ceda, Confederación Españo­la de Derechas Autónomas. Subsecretario del mismo Minis­terio era el general Francisco Franco.
Marcelino Domingo hizo muy buenos recuerdos de D'Halmar y me prometió que, aunque su tiempo era escaso, escribiría algunos artículos periódicamente. Nunca supe si cumplió. Azaña fue un hueso más duro de roer. Era en esos días la cabeza más visible de la oposición y sus tareas políticas lo absorbían por completo. Ni siquiera tenía tiempo para prose­guir sus magnificas traducciones de obras francesas e inglesas. Los que han leído en español ese admirable libro que se llama La Biblia en España pueden dar fe de la categoría de las tra­ducciones de don Manuel Azaña. Se gestaba por entonces la formación del Frente Popular, con socialistas, comunistas y republicanos de izquierda.
Conversé con Azaña unos veinte minutos, en su casa, donde había muchos libros, algunas pinturas y un busto suyo. Aunque era muy feo, tenía una cara extraordinariamente plástica, pasto más apto para caricaturistas que para retratistas. Cuando me despedí de él, llevándome sus excusas por no aceptar el encargo, el ateo, el fiero anticlericalista, el masón de alto grado, el comefrailes que había afirmado (equivocada­mente, sin duda) que España ya no era católica, me dijo, arrastrado por la fuerza de la costumbre:
¡ Vaya usted con Dios!

Una tarde llegó al Consulado un telegrama del Ministerio, en clave. La clave no tiene por objeto ocultar las informaciones o instrucciones que el telegrama puede contener, puesto que los servicios de inteligencia de ciertos países conocen todas las claves consulares y diplomáticas de los otros países; no hay una que se les escape. Las cifras son más bien una manera de abaratar el precio del telegrama, que a menudo encierra fórmulas muy largas y usuales. Es obvio que si en el mensaje debe decir: “Queda usía autorizado para visar el pasaporte de...”, y en la clave esa frase se representa por xlmo, es mucho más barato poner xlmo, una sola palabra, que ocho. Me puse a descifrarlo y de pronto sentí que el corazón me latía más rápi­do: el telegrama advertía a Gabriela Mistral que sus concep­tos sobre España contenidos en una carta suya publicada en la revista Para Todos habían provocado mucho disgusto en la colonia española residente. Y luego venía una orden más o menos perentoria de que se trasladara rápidamente a Lisboa.
Gabriela no había ido ese día a la oficina. No esperé la hora de cerrar para trasladarme a su casa, en la Ciudad Lineal.
¿Qué carta será esa? –dijo Gabriela consternada–. Seguramente alguna que le he escrito a mi hermana Emelina. –Se refería a su medio hermana, una persona de edad avanzada, que vivía en el Norte Chico–. ¿Pero cómo puede haber ido a parar a esa revista? No comprendo y no sé tampo­co exactamente lo que decía esa carta. En todo caso se trata de correspondencia privada...
Se hacía mil conjeturas. Contestó al Ministerio que no sabía de qué carta se trataba, que haría las averiguaciones nece­sarias y, en efecto, le escribió a su hermana. Mas la verdad era muy diferente de sus suposiciones, y mucho más simple, como la supe un tiempo después, de labios de la propia Gabriela. Un periodista llamado Miguel Munizaga Iribarren había ini­ciado en esa revista santiaguina un reportaje en episodios titu­lado “Vida y confesiones de Gabriela Mistral” y buscó entre los amigos de ella quienes tuvieran documentos y cartas. Con muy buena fe, Armando Donoso le prestó las carpetas rela­tivas a Gabriela de su archivo y entre un legajo de papeles iba la famosa carta cuyo texto publicó Munizaga.

¿Y decía cosas muy terribles, Gabriela?
Cosas sobre el carácter español, sobre la miseria... Mucho menos que lo que dice la gente de la izquierda española.
Imposible ocultar que había lacras y miserias, terribles mendi­gos en las bocas del Metro exhibiendo deformidades en piernas y brazos y dueños de una gran elocuencia verbal, verdaderos personajes de los esperpentos de Valle Inclán; miseria en los campos, gentes que vivían en cuevas, cesantes, centenares de avisos en ciertos diarios, de muchachas que ofrecían sus encan­tos a caballeros discretos. Una mujer que había trabajado en casa de Gabriela fue una vez a pedirle una carta de recomenda­ción para que su marido pudiera ocuparse. Le contó, llorando, que el hombre había salido una mañana con el hijo menor y a la noche regresó con dinero: había estado pidiendo limosnas en una estación del Metro. “Eso no, señorita Gabriela, eso no”, decía la mujer entre lágrimas. A toda costa quería trabajo para su marido, que se estaba acostumbrando ya a mendigar. Ciertamente Gabriela no hablaba en esa carta en detalles, sino en líneas generales, de esos asuntos. Pero a los comer­ciantes españoles de Santiago no les gustó que lo hiciera un cónsul de Chile y por eso rodearon la cosa de un aire escandalo­so. No importaba en el concepto de ellos que se tratara de una carta privada, publicada con flagrante indiscreción.
La colonia española de Santiago era muy quisquillosa y yo tenía ya una pequeña experiencia. El primer artículo sobre Madrid que mandé a El Mercurio les causó disgusto porque se hablaba en él de los burros que andaban por ciertas calles y del olor de las freidurías en el viejo Madrid, aunque los dichosos burritos solían verse pasar hasta por la Puerta del Sol. Escri­bieron tres o cuatro cartas de protesta al diario, que don Clemen­te Díaz, el director, me remitió. Yo no les hice caso, porque sus quejas no me parecieron razonables.
Gabriela comenzó a hacer sus preparativos con calma, agobia­da por la sensación de estar caminando en la obscuridad, pues la verdad del affaire no vino a conocerla hasta un tiempo más tarde. Un segundo telegrama cifrado que llegó unos días después la conminaba a trasladarse a Lisboa en el término de cuarenta y ocho horas. Hubo que precipitar las cosas y Gabrie­la tomó el tren a Portugal sin alcanzar siquiera a despedirse de sus amigos.
En su reemplazo fue nombrado Pablo Neruda. Pablo llegó esa tarde al Consulado y me pidió que cifrara dos telegramas para el Ministerio: uno dando cuenta de que había asumido sus nuevas funciones y el otro proponiendo mi confirmación como canciller. Es decir, que continuaría allí.
Y mientras seguía desarrollándose en Chile la escaramuza, con severas embestidas a Gabriela (en La Hora la atacó D'Halmar, que no la quería, y la defendió don Pedro Aguirre Cerda, que tenía por ella un viejo afecto), en Madrid los inte­lectuales españoles tuvieron la delicadeza de no escribir ni una sola palabra sobre este desdichado asunto.
IX Los escritores, los artistas

Pablo decidió trasladar el Consulado a su casa y ya no tenía objeto que nosotros siguiéramos viviendo donde la familia Fernández, en la calle Lope de Rueda, que quedaba muy lejos de allí y más aún de la Universidad. Decidimos buscar un departamento en el barrio de Arguelles. Lola me dijo:
¿Y vamos a dejar a los Fernández?
No hay otro remedio.
Nos habíamos acostumbrado a esa gente sencilla, al parloteo de los niños, a las confidencias de Eugenia, a los gatos, a la señora Fernández, que siempre decía las cosas al revés. Muchas veces le habló a Lola de un jarrón de “abalastro” que había tenido cuando joven. Prometieron ir a vernos a menudo, lo que en realidad cumplieron. Tomamos un pisito de dos habitaciones en la calle Rodríguez San Pedro casi esquina de Guzmán el Bueno, equidistante de los sitios en que deberíamos movernos. El Consulado estaba a tres cuadras y aproximadamente a la misma distancia el bus que iba a la Ciudad Universitaria.
En la Universidad tenía ahora por lo menos un par de amigos. Uno era un nicaragüense, Luis Ibarra, poeta seguramente. El otro, un joven español de veinte años, alto, delgado, guapo (según sus propias palabras), rubio, de ojos nórdicos que le venían de su madre inglesa y genio muy agudo. Se llamaba Camilo José Cela y asistía a los cursos de literatura española, que seguíamos entonces con Ovejero y Salinas. Nos sentábamos en el mismo banco y después de las clases nos íbamos conversando hacia Madrid. Un día me mostró unos poemas que había reunido en un cuaderno, bajo el titulo de Pisando la dudosa luz del día, verso de Calderón de la Barca. No me parecieron ni buenos ni malos, ni tampoco lo que se llama prometedores. Creí de veras que ahí no había otra cosa que un entusiasmo de muchacho y que Cela no sería sino un “joven transitorio de pluma”, según la expresión posterior nerudiana. ¡Así se equivoca uno!

Un día Cela me contó con mucha arrogancia:
Acabo de romperle la cara a un tío.
¿Si, hombre? ¿Y por qué?
Imagínate, salí de mi casa y en el barrio, en cada puerta, había una criada cantando Maricruz. Desesperado, me dije: “A una mujer no se le puede pegar, pero al primer hombre que oiga cantando Maricruz, le parto la cara”. Llego a la Puerta del Sol y un tío me mira y se pone a tararear:

Ay Maricruz, Maricruz,
maravilla de mujer...
No pude resistirme y le di un golpe. ¡Menudo lío, chico! Por suerte alcancé a subir a un tranvía y salir bien.
Pedro Salinas, que nos estaba pasando a Azorin, nos repartió trabajos sobre el autor de Los Pueblos. Yo elegí algo sobre su estilo, que desarrollé como pude, en media docena de páginas. Cela pidió encargarse del tema que Salinas consideraba el más complicado: el problema del tiempo en Azorin. Llegado el día, cada uno leyó su creación. Cuando le tocó el turno a Cela, creímos que iba a desenvolver un largo manuscrito, pero lo vimos sacar dos hojitas del bolsillo y leer luego algo sumamente difícil de entender, algo muy breve y complejo que terminaba con arrogancia: “Y conste que no pretendo con esto que la historia se repite”. Pedro Salinas no dijo nada, pero juraría que estaba tan desconcertado como nosotros.
Le presenté a Cela a Gabriela Mistral y a Isaías Cabezón.
Chico, tú podrías hacerme un retrato –dijo Cela.
No hay inconveniente –respondió el pintor–. Tienes una cara bastante plástica. Mi tarifa es de veinte mil pesetas...
Un día estábamos en la Universidad cuando vimos llegar a Neruda y García Lorca. “¿Qué vendrán a hacer?”, me pregunté. Me había olvidado de que Pablo iba a dar un recital a los estudiantes. Lorca lo presentó con palabras llenas de admiración y los muchachos escucharon con respeto a ambos poetas. Pablo recitando era entonces más monótono, más parejo, menos enfático y su declamación tenía algo de sermón, algo monacal.
Preséntame a Neruda –me pidió Cela.
Se lo presenté. Camilo José ardía en deseos de publicar sus versos, pero como suele ocurrirles a los jóvenes que aún no han trabado relaciones con el mundo literario, no tenía dónde ni a través de quién hacerlo. Se me ocurrió recomendarle que se los enviara a un poeta argentino, Marcos Fingerit, que publicaba una revista en la ciudad de La Plata, y así lo hizo. Los primeros escritos de Cela no se publicaron, pues, en España, sino en Argentina. Pero todas estas cosas las ha contado muy bien Camilo José Cela en el prólogo de la primera edición de La familia de Pascual Duarte, su famosa novela.
La diaria cercanía de Pablo me permitió conocer a muchos escritores y artistas que iban a su tertulia en el café o a su casa. Todos los sábados era huésped infaltable el escultor Alberto, un hombre alto y muy delgado, de anteojos con aro de metal, afeitado y de cabellos cortados casi al rape. Tenía el aspecto de un asceta o quizás de un santo pintado por el Greco. Era un artista lleno de inventiva, de imaginación; un creador de cuadros y sobre todo de vitales esculturas que rompían con todo lo conocido. Alberto trabajaba la materia con libertad y hacía de los huecos, tan frecuentes en sus estatuas, un vacío activo, dinámico. Mezclaba la piedra con cuernos de animales creando las más extrañas esculturas de su tiempo, que algunos calificaban de surrealistas. Pero en todas las obras de este hombre nacido en los campos de Toledo, que había sido panadero durante varios años, palpitaba lo español, vibraba la poesía. Todo lo que hacia era hermoso, incluidos los nombres que daba a sus obras, como Signo de mujer rural, en un camino, lloviendo o Pájaro de mi invención hecho con las piedras que vuelan en la explosión del barreno. Cuando Picasso vio en Paris las primeras esculturas de Alberto, cuentan que tuvo un sobresalto de asombro y alegría. El artista se ganaba la vida como profesor en un colegio de El Escorial y pasaba los fines de semana en Madrid, donde cada sábado nos contaba las historias más raras y divertidas.
Figuraos que el domingo último estuve en misa y escuché el sermón. El cura decía: Hermanas mías, veo que en el templo hay muchas mujeres y muy pocos hombres. Lo que hace falta en el templo son hombres, hermanas mías, hombres, y vosotras tenéis que procurar que vengan. Debéis traer al templo a vuestros maridos, a vuestros padres, a vuestros hermanos, a vuestros novios, porque si ellos no vienen al templo, mal camino les espera. Imaginaos a dónde puede llegar el hombre que no viene al templo y busca, en cambio, las malas compañías. Vuestros esposos, vuestros padres, vuestros hermanos, vuestros novios, fácilmente pueden despeñarse en el barranco del vicio y el error, pueden transformarse en bebedores, en jugadores, en malhechores, en ladrones, en bandidos. ¡Pueden transformarse hasta en republicanos, hermanas mías!
Llegaba el pintor Prieto, que trabajaba con Lorca y Eduardo Ugarte en La Barraca, un teatro ambulante que iba representan­do a los clásicos por ciudades y pueblos de España. Un día me dio billetes para ir a ver El caballero de Olmedo, admirablemente puesto. Manolo Altolaguirre era también visitante seguro. Siempre parecía estar en la luna.
Pablo, ¿tú has leído mi libro sobre Garcilaso?
No, Manolo.
Yo tampoco... Bueno, es decir, yo lo escribí, claro... Te voy a traer un ejemplar.
Por esos días nació la idea de publicar una revista de poesía, aprovechando la pequeña imprenta de Altolaguirre, que funcionaba en una habitación de su casa y que operaba él en persona, ayudado por su mujer, la poetisa Concha Méndez. Se le entregó a Pablo la dirección y así surgió Caballo Verde, que alcanzó a publicar cuatro números esplendorosos.
Consultaban a Pablo, se le invitaba a todas las tertulias, actos y fiestas literarias. Diría que todos los poetas de España, menos uno, lo admiraban y se preciaban de ser sus amigos. La excepción era Juan Ramón Jiménez, que no logró entender, hasta venir a América, esa cosa violenta, volcánica, como irritada, como de herida a la que se echa zumo de limón, de la poesía nerudiana. El fue el inventor de la teoría de Neruda como “un gran mal poeta”.
A León Felipe lo veíamos de tiempo en tiempo, envuelto en su capa color carmelita, con su barba entrecana y breve pero que abrazaba toda su cara. Era un español viajado, alegre, dramá­tico, bondadoso, trascendental. Un hombre que hacía muchas preguntas, que siempre estaba preguntando cosas. Yo conocía poco de la poesía de León Felipe, descendiente de los profetas y de Walt Whitman, de su severa, arbitraria, noble y contra­dictoria poesía, pero ese poco me bastaba para mirarlo con el respeto que los hombres de su categoría inspiran. Y me parecía tan extraño que el poeta torturado, lleno de difíciles inte­rrogantes, dejara el báculo de peregrino para ir a sentarse con nosotros a la mesa del café, reír con los chistes, escuchar el cotorreo literario sin quitarse el cigarrillo de los labios y hacer, más por hábito que por curiosidad, tantas preguntas.
Cuando me dejé crecer la barba, colorína y desordenada, me increpó:
¡Pero cómo! ¿Qué es eso? Eso no es barba, hombre. Tienes que aprender a arreglártela. ¿Cómo te la arreglas?
Le contesté que no me la arreglaba, que simplemente me rasuraba la parte superior de la cara y lo demás lo dejaba crecer.
¡Por eso! exclamó–. ¿Te has mirado al espejo, chico? Parece que llevaras barba postiza... Tienes que tomar una maquinilla de cortar el cabello, de esas que usan los barberos, y hacer que el pelo de tu barba vaya disminuyendo suavemente, ¿entiendes? Yo te voy a regalar una.
Al día siguiente llegó con una máquina de cortar el pelo, pequeña, como quien dice de 16 milímetros, y tuve que aprender a arreglarme la barba como él quería. Como debía ser.
Pablo visitaba con cierta frecuencia a Vicente Aleixandre, que por razones de salud no salía de su casa y un día me invitó a que lo acompañara. Tengo la visión de una especie de Grande de España en la treintena, sentado en su sillón, hablando con gravedad e inteligencia de poesía, de cosas de la literatura, un tanto ajenas a los asuntos del mundo. Y sin embargo yo sabía, porque había leído en la Revista de Occidente un conjunto de poemas suyos de Espadas como labios, que Aleixandre conocía muy bien la vida, los secretos del amor. Encontraba además que entre su poesía y la de Pablo en Residencia había un parentesco, no tanto formal como conceptual.
Volví para llevarle un libro de Dostoyewski que quería leer y que yo tenía. No lo vi una tercera vez, pero el recuerdo que tengo de él es muy vivo, muy nítido.
Miguel Prieto llegó con un problema.
Pablo, ando buscando un nombre para mi teatro de títeres. ¿Se te ocurre algo?
El nombre surgió un poco después.
¿Por qué no le pones La Tarumba?
Miguel se quedó paladeando la palabra. Tarumba, tarumba. Le brillaron de alegría los ojos azules.
Y un distintivo...
Entonces se inventó un instrumento raro, parecido a los bastos de las barajas españolas, al que se le dio el extraño nombre, nerudiano también, de “el aparato del aguardiente”. Asistí al debut de La Tarumba, que puso El retablo de don Cristóbal, una encantadora farsa de García Lorca. En el Lyceum Club, una institución semejante al antiguo Club de Señoras que existía en Chile, se hizo el estreno. Muchas damas se sintieron confun­didas por lo sueltos de lengua que son los personajes de Lorca en El Retablo.
Miguel Hernández, que había ido por unos días a su tierra, Orihuela, llegó a la casa de Pablo con un saco lleno de ajíes verdes.
Pablo, te traje guindillas.
Y sonreía con todos sus dientes brillantes, consciente de que estaba haciendo la felicidad no sólo de Pablo, sino de todos sus amigos chilenos que íbamos a disfrutar del precioso regalo.
Miguel era un mocetón alto, delgado y musculoso, con una cara colorada y brillante de campesino expuesto frecuentemente al sol, nariz breve, ojos grandes, verdes y redondos, y el pelo siempre como si recién empezara a crecerle después de cortado al rape. Vestía traje de pana y no usaba corbata. No recuerdo haberlo visto con abrigo ni menos con sombrero. Eso no era raro, porque ya por aquella época el sinsombrerismo había prendido de tal modo que hasta el “Botas”, como se apodaba al Presidente de la República, Alcalá Zamora, iba a todas partes con la cabeza descubierta.
Un día lo encontré en el café leyendo La Parturienta, el libro recién publicado por José Herrera Petere.
Oye –me dijo–, escucha esto.
Y me leyó entre risas un trozo tan cómico que tuvo que dejar el libro sobre la mesa para reírse más a gusto. Por mi parte, yo lanzaba carcajadas y era todo tan escandaloso que la gente comenzó a mirarnos. Petere era humorista entonces. Se había iniciado en la vida literaria publicando una revista titulada Extremos a que ha llegado la poesía joven española, que en el segundo número cambió su nombre por el de En Espa­ña todo está preparado para que los sacerdotes se enamoren.
Yo sólo conocía uno que otro poema de Miguel hasta que Manolo Altolaguirre publicó su libro El rayo que no cesa, en el que primaba la idea de la muerte, no la muerte terrorífica de la pintura española, sino una muerte más clara, más juvenil que, aunque “llena de agujeros”, era una muerte casi lumi­nosa. Cuando me regaló El Rayo, me quedé deslumbrado, como en general se quedó todo el mundo en España ante la apa­rición de un poeta tan grande, un clásico tan perfecto que, saltándose tres siglos, aterrizaba gallardamente en la poesía española.
Una tarde no apareció en el café, cosa rara, porque nunca faltaba. Al día siguiente supimos la causa: Miguel, toro joven en potrero aislado, había ido a bañarse en un remanso del Manzanares, buscando un poco de la frescura campestre de su tierra alicantina en esa escuálida corriente de Madrid. Una pareja de guardias civiles, incapaces de comprender un ino­cente pero insólito baño solitario, no encontraron nada mejor que apalearlo, como si hubiera sido un forajido, alentados por el traje pobre y las botas gruesas de Miguel. Creo que fue Serrano Plaja el que andaba después con un documento bus­cando firmas para una protesta de los escritores.
Una noche, la noche de un miércoles, estábamos cenando en una taberna y alguien recordó que ese día se reunía la famosa peña que mantenía Ramón Gómez de la Serna en el Café de Pombo1.
¿Vamos a Pombo?
Yo fui de los más entusiastas. Cuando llegamos al café, a pocos metros de la Puerta del Sol, uno de los de vieja tradición madrileña, la gran mesa reservada en una habitación espe­cial a los contertulios estaba llena de toda clase de gentes que bebían cerveza o café. Alumbrada por lámparas de gas, pues Ramón no permitía que se instalara allí luz eléctrica, la habi­tación era penumbrosa, pero alcanzaba a verse parte de un enorme cuadro de Gutiérrez Solana en el que se distinguía a Ramón, a Bergamín y otros parroquianos de Pombo. Nos aco­modamos como pudimos, Pablo, Cotapos, Delia del Carril, Isaías y yo, Ramón pontificaba, teniendo a su lado a un ancia­no tocado de birrete de corte entre eclesiástico y funciona­rio. Pregunté a un vecino de mesa quién era y me respondió que era el traductor al español de Anatole France, don Luis Ruiz Contreras. En esas veladas, Gómez de la Serna acos­tumbraba burlarse un poco de ciertos asistentes a la tertulia y esa noche las había tomado con unos centroamericanos. No sé quiénes eran.
De pronto se produjo un duelo verbal entre Ramón y Acario Cotapos, que contestaba con mucha viveza las puyas del escri­tor. Con tanto ingenio que Ramon comprendió que tenía frente a si a un rival serio...
Si no fuera por respeto a este hombre –dijo señalando a Ruiz Contreras–, créame usted que le contestaría con otras palabras.
Puede usted hacerlo, RAMON –replicó Cotapos–. No se escude detrás del arzobispo...
Esa fue la oportunidad de Gómez de la Serna.
No, Cotapos, ¡eso no! Eso no se lo permito. No se puede hacer mofa de un hombre tan ilustre como éste.
El juego era claro y el enojo fingido, ¡Ramón, que acos­tumbraba burlarse de todo ser viviente, protestando por la falta de reverencia al birreteado traductor!
No me gustó la tertulia de Pombo ni me gustó Gómez de la Serna, a quien he admirado siempre como a una de las grandes plumas españolas del siglo.
X El barrio

El frío venía de la Sierra de Guadarrama y era seco, duro, agudo como un punzón. En las proximidades de la Ciudad Universitaria se le sentía más. Daban ganas de llegar pronto a la casa, que tenía radiadores flacos, pero eficaces, destapar la frasca de vino y sentarse a comer la sopa de ajos y la tortilla a la española. Lola había aprendido a hacerlas de tanto ver a la señora Fernández. Los trabajadores, con sus trincheras claras y la boina encajada hasta las cejas, pasaban con sus ejem­plares de Mundo Obrero hacia las tabernas. Junto a nuestra casa había una lechería y en la esquina, un bar, donde yo compraba el vino. Los domingos le daban gratis a quien fuera a beberse un vaso, aquello que los españoles llaman tapas y que acompaña al aperitivo: un platillo con sardinas, gambas, cara­coles a la marinera o callos a la madrileña. Sebastián, el taber­nero, era un hombre tranquilo, poco expresivo, y sus emplea­dos le duraban mucho. Vicente, por ejemplo, que había entra­do casi niño a la taberna, se especializó en servir el vino con una rapidez fabulosa. De acuerdo con las demandas de los clientes, ponía sobre el mostrador forrado de cinc, diez, doce o quince vasos y los llenaba con vino de las frascas en otros tantos segundos. Un solo movimiento y el vaso quedaba colmado, mientras el botellón estaba ya llenando el vecino. No se derra­maba ni se perdía una gota.
Un día vi a Sebastián salirse de sus casillas para pelearse con un cliente. Discutieron, las voces se alzaron a un tono muy alto y agresivo, pero las palabras no. Había una especie de falta de correspondencia entre los gritos que se daban y el nivel más o menos moderado de los vocablos.
No es posible que usted juzgue así las cosas, ¿me oye?
Pero si es que no puedo juzgarlas de otra manera. Según usted lo expone, ¡coño!, que podría pensarse... Vamos, que esto es un asunto particular de cada cual y, digo yo, me parece, que la única forma de juzgarlo es de acuerdo con el propio modo de pensar...
Esta bien. Sí, sin duda, pero no de un modo que pueda caer en el abuso, coño, porque en ese caso, cuando se perjudica a un tercero, se sale del marco personal...
Y así seguían a gritos. Yo estaba convencido de que aquello no podía terminar de otra manera que en una escandalosa pelea a bofetadas. Pero no hubo nada parecido. Cuando el cliente pronunció la palabra más gruesa de toda la discusión, “Antipático, es usted un antipático”, Sebastián rezongó algo como “Con usted no se puede discutir”, se sirvió un vaso de vino blanco y se abstrajo.
Había también otra taberna, en la calle Hilarión Eslava, donde solíamos ir a cenar por una peseta, un bistec con judías blancas y un vaso de vino de la tierra. Servía a las mesas un muchachito al que llamábamos el “Kronprinz”, por cierto cómico aire alemán en su cara. El dueño, y padre de ese príncipe teutón, era un hombre muy agradable. Tenía una parti­cularidad: ni siquiera había que avisarle por anticipado cuando se le iba a quedar debiendo el consumo. Bastaba con una leve seña, el movimiento de una ceja, para que comprendiese.
Junto a nuestra casa funcionaba una pescadería. Los pescados más populares eran la japuta (palabra cuya etimología no cuesta gran cosa deducir) y la pescadilla, que se freía hecha un círculo, mordiéndose la cola. A veces aparecían montículos de angulas blancas y brillantes, que en pocos minutos se esfumaban en manos de las dueñas de casa, que a menudo salían a sus compras en zapatillas y bata.
No muy lejos estaba la Cárcel Modelo de la Moncloa, donde en esos días se hallaban presos algunos políticos catalanes prominentes, como Luis Companys y Ventura Gassols, a quienes el gobierno había intentado complicar con el levanta­miento de los mineros asturianos. Lola había estado allí acompa­ñando a Gabriela, que fue a visitarlos, no sólo porque era amiga de ellos, especialmente de Gassols, sino porque sentía un gran acercamiento a los catalanes, que contraponía a los castellanos.
La Casa de las Flores se hallaba en la calle Hilarión Eslava. Después de almuerzo, me iba caminando a la oficina. Solía llegar cuando Pablo estaba terminando de comer y nos poníamos a hablar de Chile, de los amigos comunes, de las cartas recibidas. Cuando llegó la Antología de Eduardo Anguila y Volodia Teitelboim, nos preguntábamos muy intrigados quién podía ser Volodia.
¿No será un pseudónimo? –aventuré.
No, Enrique, nadie busca un pseudónimo tan complicado.
Hicimos largas conjeturas sobre el asunto.
Yo recibía poca correspondencia. Una que otra carta de Roberto Aldunate, que solían llevar un giro, porque Roberto era el administrador de todos nuestros bienes, consistentes en una casita que estaba alquilada en doscientos cincuenta pesos. Una que otra carta del buen Alberto Romero, o de Salvador Reyes, que me contaba que se había puesto a leer con entusiasmo a Robert Browning y los poetas ingleses.
Sonaba el timbre. Empezaba el Consulado a funcionar. “Debe ser un español de Logroño que quiere regresar a Chile”, me decía yo e iba a sentarme en el escritorio, con seriedad funcio­naria, dejando a Pablo que terminara su café. No, no era un logrones con nostalgias santiaguinas, sino un hombre al que Pablo había encargado una plancha de peltre, con el escudo chileno en colores y la leyenda

CONSULADO DE CHILE

Al ver el escudo nos miramos asombrados: el artesano había puesto una estrella de seis picos.
¡Pero cómo!... Si yo le di el modelo... ¿Por qué no la hizo como está ahí?
El hombre sonrió con una vaga inocencia.
Pues, oiga usted, a mi me parece que las estrellas son de seis picos... Al menos las que yo he visto...
¿Y dónde las ha visto así?
Pues, en el cielo. Por las noches...
Vi a Pablo pagar el trabajo sin decir nada, con una paciencia que sólo podía justificar la extraña respuesta del artesano. Era un trato entre poetas.
Después hubo que mandar hacer en otra parte la plancha para poner abajo, en el muro de ladrillos de la Casa de las Flores, junto a las ventanas donde estallaban algunos geranios.

Cuando cerrábamos la oficina, solíamos ir a las librerías de viejo o al Rastro, a mirar todo ese mundo de cosas de segunda mano, porcelanas, muebles, armaduras, llaves herrumbrosas, tizonas de Toledo, cuadros. Pablo coleccionaba relojes de bola, de cristal, que aparecían muy rara vez en los puestos, a doce o quince pesetas. Un día encontró una miniatura del siglo xix: un hombre colorado, con ojos azules, y me la regaló, diciendo que parecía un antepasado mío. Yo miraba las pinturas viejas, ajadas, descascaradas, atraído por leyendas circulantes, como la de un Greco que había comprado Gómez de la Serna en ocho o diez pesetas y un Diego Rivera de la época cubista que encontró Luis Cardoza y Aragón en el Mercado de las Pulgas y adquirió en treinta francos. El Rastro era un delicioso bazar para los que aman las cosas. Las cosas viejas, sobre todo, los globos terráqueos, las arcas claveteadas, las tarjetas postales de la belle époque, las llaves de formas extrañas, los daguerrotipos.
Otro de los placeres madrileños era el descubrir tabernas y sitios agradables. Cosa bastante innecesaria, pues había ta­bernas de sobra, algunas muy agradables, donde se cantaba y se bebía buen vino, como la de Pascual, en la calle de la Luna. Allí uno se estaba horas, noches enteras, oyendo cantar a los espa­ñoles. Es una de las cosas maravillosas que tienen. Júntese a tres o cuatro españoles y no tardarán en ponerse a cantar aires de su región, de su pueblo. Todo el mundo parece conocer todas las canciones, porque basta que uno comience para que los demás lo sigan:

Quisiera
quisiera
quisiera volverme yedra
y trepar
y trepar
y trepar por las paredes
y entrar en
y entrar en
y entrar en tu habitación
por ver el
por ver el
por ver el dormir que tienes.

El coro se prolonga. Surgen nuevas y nuevas melodías. Sí uno de ellos conoce el cante jondo puede hacer un solo. Los demás se limitarán al “ole” de rigor.
Pero llegar y decirles a los amigos: “Acabo de descubrir una taberna maravillosa, donde se emborrachaba Gustavo Adolfo Bécquer. Todavía tienen unas rimas que escribió allí”, no dejaba de ser cándidamente importante. Es seguro que nunca había entrado Bécquer, que era sevillano, a ese lugar, pero contárselo a los clientes daba cierto cachet. Bécquer, por lo demás, debió escribir veinte rimas en veinte tabernas y cafés distintos, pues eso ha sido siempre lo usual en España. A cualquiera hora que se entrara en un café, se veía gente escribiendo. Eso que uno solía leer en las viejas novelas españolas: “Se sentó a una mesa y pidió recado de escribir” era perfectamente real. En los cafés, entre el zumbar incesante de las conversaciones, los llamados a los mozos, la sonajera de tazas y vasos y los requerimientos del limpiabotas, había siempre gente escribiendo. Escribiendo cartas, versos, novelas, dramas, ensayos, artículos o documentos judiciales. Tuve un amigo que hacía critica teatral para un diario de Madrid. Después de la función, que terminaba muy tarde, se iba al café, cambiaba opiniones con otros periodistas, discutía, se tomaba una o dos tazas de chocolate y después pedía recado de escribir, para hacer su critica, que un chico del periódico iba a recoger allí al filo de las dos de la madrugada.
Pero en los cafés no sólo se escribía. También se leía la prensa, se celebraban bodas y cumpleaños, se hacían negocios, se concertaban duelos, se conspiraba contra la República, se encargaban testamentos, se planificaban libros, expediciones, empresas, viajes. Toda cita tenía que realizarse en el café. Y después de almuerzo solía ocurrir también que la gente acudiera a ese sitio con un objetivo neto, simple: tomar café. Café, copa y puro era la fórmula corriente, una especie de rito. El limpiabotas que nos lustraba estaba sacando humo de un grueso tabaco de fabricación española e interrumpía con frecuencia su tarea para llegarse hasta el mesón y echarse un traguito de la copa de ron que lo esperaba sobre la cubierta de marmolina.
Pablo descubrió una noche una taberna que tenía un nombre ilustre: Picasso, especializada en un excelente vino añejo a dos pesetas la botella. Las subían desde la cueva, chorreando telara­ñas. El secreto de este Picasso, artista a su modo, consistía en dejar descansar por años de años las botellas de vino corriente en su bodega. El tiempo iba dotando al vino de dulzor y categoría.

Isaías iba diariamente a nuestra casa a trabajar, porque tenía más luz y más calor que en la suya. A veces llegaba de muy mal humor.
¿Te das cuenta qué trabajo más estúpido? Mira que pasarse días dibujando estas porquerías de etiquetas de productos farmacéuticos...
Claro que no es el ideal, pero qué diablos...
Por eso tantos artistas terminan por irse a la mierda.
Pero seguía dibujando, haciendo rayas, letras, los nombres de los específicos, que terminaban siempre en “san” o en “ol”.
Bah –replicaba yo–, si encontrara la manera de ganar unas pesetas haciendo monografías sobre esos mismos remedios, créeme que me daría con una piedra en el pecho. Por el lado de la literatura, las cosas andan peor. Hasta ahora sólo he conse­guido publicar dos cuentos en Madrid, a cincuenta pesetas cada uno.
Por esos días me preocupaba mucho la manera de aumentar mis entradas, porque mis responsabilidades iban a crecer: Poli venía en camino. Lola y yo lo esperábamos con confianza, seguros de que iba a ser una bendición para nosotros, lo mejor de aquellos años españoles.
Irá a ser hombre o mujer...
Pablo nos aseguraba que, de acuerdo con la ley de las probabilidades, seria hombre.
Pero por qué, Pablo.
Todos mis amigos han tenido hasta ahora mujeres: Tomás, Diego, Manolito Altolaguirre... Es seguro que el suyo va a ser hombre.
Su propio retoño, Malva Marina, era mujer también.
¿Cómo le van a poner? –preguntó Isaías.
Pues, como es seguro que va a ser hombre, le pondremos Policarpo.
Era una broma, naturalmente, pero empezamos a decirle Policarpo y a hablar de él como si ya estuviera en el mundo. Isaías hacia dibujos infantiles que Lola calcaba y bordaba amorosamente en unas camisas diminutas. Yo me preguntaba cómo afrontar los gastos propios del nacimiento de Policarpo.
Un día apareció en el Consulado nada menos que King Chile, acompañado de un anciano español a quien quería vender su negocio, esa máquina con que fabricaba los inimitables jabones para limpiar W.C. que no limpiaban nada, pues se disgregaban apenas se intentaba usarlos.
A las primeras palabras nos dimos cuenta de que aquel pobre viejo iba allí amedrentado, presionado por el boxeador; que no tenía confianza en él y ponía por condición que el Consulado garantizara el negocio. Nada de eso era posible. Pablo lo estable­ció muy claramente: eso era cuestión de las autoridades espa­ñolas. El hombrecito, haciendo un esfuerzo de valor, dijo que entonces no había compra y el peso pesado montó en cólera y se tornó peligroso y amenazante. Vi que Pablo cogía una gruesa llave que tenía sobre el escritorio, una de esas llaves desco­munales, que se encontraban en el Rastro, y me dispuse a mi vez a tomar una silla de su respaldo para repeler una posible agresión del monstruo. Por suerte, King no llegó a tanto. Profirió unas cuantas palabrotas y se marchó detrás del anciano, tal vez para ensayar otras formas de convencimiento.
Pero se vengó del Consulado que nunca le daba en el gusto rompiendo una noche la plancha de peltre que había a la entrada. Fue preciso mandar hacer una tercera.

Isaías, supongo que vamos a ir al mitin.
¡Claro que vamos a ir!
Madrid estaba lleno de gente que había acudido desde las pro­vincias para participar en el mitin. Viajaron en trenes, en camiones, a pie. Asturias, Cataluña, los vascos mandaban enormes delegaciones.
Un año antes, después del levantamiento de los mineros de Asturias y de la represión que le siguió, se habría pensado que la izquierda española tardaría muchos años en rehacerse del golpe. Yo, por lo menos, veía las cosas muy lejanas. Pero los pueblos que no se detienen a lamerse las heridas ni a llorar sus infortu­nios suelen caminar muy rápido y he aquí que el mitin, como se le llamaba, iba a construir la herramienta de la victoria: el Frente Popular español.
No existía local capaz de contener a la masa que habría de reunirse, ni estadio, ni parque alguno. Se decidió realizarlo en un lugar llamado Comillas, al otro lado del río Manzanares, en pleno campo, en un terreno baldío. Los propietarios se negaron a cederlo o alquilarlo. Fue preciso comprarlo. Lo pagaría el pueblo, abonando unos pocos centavos cada asistente.
Cuando llegamos, se nos ofreció a los ojos un cuadro impre­sionante, un gentío inmenso, increíble, escuchando en medio de ese silencio rumoroso de las multitudes y dentro de un orden perfecto, el discurso de don Manuel Azaña, el único orador. Nosotros estábamos a unos trescientos metros del político y a través de los altavoces nos llegaba su severo análisis de la obra del gobierno reaccionario.
¿Habías visto un gentío igual?
Nunca... Dicen que en 1925, cuando llegó Alessandri de regreso a Santiago, lo esperaron cuatrocientas mil personas en la Alameda.
En el mitin de Comillas, donde se empezó a reconstruir la República rota, había más, cuatrocientas cincuenta mil. Casi medio millón de españoles enfervorizados, que juraron derrotar a la derecha. Cuando Azaña terminó, después de los aplausos, vino la desbandada. No iba a ser fácil volver a Madrid. Nunca el Puente de la Reina –un puente barroco, con estatuas que se miraban en las aguas pobres del Manzanares– tuvo un tráfico igual. En toda su historia. Había que hacer cola para entrar al puente, por lo cual mucha gente prefirió sacarse los zapatos y pasar el río a pie. Total, no se mojarían más arriba del tobillo. Cuando llegamos a Madrid, no había dónde tomarse una caña de cerveza. Todo, tabernas, bares, restoranes, cafés, estaba lleno con la avalancha provinciana. Teníamos que ir a nuestro barrio.
Nos encontramos en la calle con Carlos Morla.
¿Fueron al mitin?
De allá venimos. ¿Y tú?
Yo también. Pero como para volver tuve que sacarme los zapatos y meterme al agua, estoy medio resfriado.
Cosas que decía. Claro que había ido a Comillas, pero había vuelto tranquilamente en su automóvil. Le gustaba decir cosas graciosas.
XI Cambian las cosas

Habían llegado amigos de América: el poeta Raúl González Tuñón, que tuvo que salir de Argentina a causa de un proceso que le siguieron por su poema a los nueve muchachos negros de Scottsboro, y su mujer, Amparo Mom. Isaías se nos perdió un poco. Decía que ahora tenía varios hogares y, en realidad, en todas partes se le reclamaba. La casualidad juntaba a veces a muchos latinoamericanos: los chilenos, los argentinos, los cubanos, los mexicanos, a los que se habían agregado el escritor Andrés Iduarte, su mujer, muy bonita, del tipo de Dolores del Río, y un periodista, Bernardo Ponce, alegre, lleno de cuentos y canciones.
Después del mitin de Comillas, la atmósfera cambió, la iz­quierda comenzó a hacerse presente con ímpetu, todo era más claro y se divisaban ya perspectivas, algo nuevo, que antes no existía.
La bohemia. Una noche me encontré a un grupo de amigos españoles que venían cantando por la calle, a grito pelado:

Ya viene el verano,
ya llegó la fruta,
y el Padre Laburo
es un hijo 'eputa...

¡Muy edificante la letra! –les dije.
¡Chico, qué te imaginas! Es de Lorca, nada menos.
El que dirigía el pandero, Luciano Lugriz, usaba anteojos y bigote, era muy alto y parecido a Groucho Marx. Hablaba de pronto con una voz de bajo profundo que parecía surgir del fondo de una caverna. Era un muchacho tan pobre, que un grillo que había comprado, de unos que vendían en jaulitas de alambre en las ferias, se le murió porque no tenía con qué alimentarlo. De hambre.
Un día me presentaron a Melchor Fernández Almagro, que dirigía, creo que para Espasa, una colección de biografías titulada “Vidas españolas e hispanoamericanas del siglo xix”, y en la conversación surgió la idea de una biografía de Balmaceda. Fui a la Biblioteca Nacional y encontré algunos libros –Salas Edwards, Bañados Espinoza, entre otros– que me puse a leer con entusiasmo. La figura de Balmaceda me gustaba mucho. Pedí algunos materiales a Chile y me lancé a la empresa de escribir un esbozo biográfico, sin ninguna experiencia previa en el género. Pensé en un Balmaceda para los españoles, en el que había que destacar sólo sus rasgos más sobresalientes. Me pareció que era preciso poner el acento en su sano nacio­nalismo, que por las condiciones propias de Chile se transformó en antiimperialismo, y en su afán de constructor: por ahí enfoqué el asunto. A veces solía leerle algunas páginas a Concha Zardoya, una amiga chilena que iba a vernos. Era hija de españoles y aventajada estudiante de letras. En ella se estaba incubando un critico literario de categoría. Me escuchaba con paciencia y me hacia algunas observaciones sobre el lenguaje, sobre ciertos chilenismos que era preciso eliminar, puesto que el libro estaba destinado a lectores españoles. Lo malo fue que, cuando terminé el Balmaceda, ya no había posibilidades de publicarlo, por la guerra. Por fortuna para mi, alcancé a mandar una copia a Chile.
Trabajaba también en una especie de ensayo breve sobre ciertos aspectos de la obra y la vida de Gustavo Adolfo Bécquer, cuyo primer centenario iba a celebrarse en 1936. El profesor de literatura de la Universidad, don Andrés Ovejero, que nos había encomendado la tarea, era un erudito que sabía mucho de muchas cosas. Yo no podría asegurar, por ejemplo, que sus clases de literatura fueran superiores a las muy ricas que daba de historia de la pintura. Parece que tenía tendencias socia­listas, por ciertas alusiones que surgían de vez en cuando en sus palabras. Solía decir, cuando cometía alguna equivocación: “Dios me perdone”. Y agregaba: “Es su oficio”. Ovejero nos había prometido que los autores de los cinco o seis mejores trabajos sobre Bécquer irían con él a Sevilla, a leerlos junto a la estatua del poeta, a orillas del Betis. La perspectiva no podía ser más interesante, pero fue otro de los proyectos desbaratados por la guerra. Yo estaba seguro de que iba a ser de los elegidos, y no ciertamente porque me sintiera superior a mis compañeros de aulas, sino porque tenía más edad y más experiencia que ellos. Había escrito tres libros y trabajado como periodista, de modo que –creía yo– podía componer y redactar mejor. A la postre, tuve que limitarme a publicar el resultado de mi esfuerzo escolar en el suplemento dominical de El Mercurio.
La noche de Navidad de 1935 decidimos comernos un pavo en casa de Delia del Carril y se le encargó a Isaías la tarea de comprarlo. Alguien le recomendó que diera de beber al ave un vasito de vino añejo, para que la carne resultara más jugosa. Isaías tomó en serio el consejo y aun exageró las cosas, porque cuando llegó, después de las diez de la noche, nos confesó que le había dado al pavo vino, cerveza y vermouth, en diferentes tabernas. Ave y hombre habían bebido casi a la par. Hubo que matar el pavo y llevarlo a asarse en el horno de una panadería, pero era un animal muy viejo y tardó mucho en estar a punto. La cena comenzó alrededor de las dos de la madrugada. En cuanto a la noche de Año Nuevo, o año viejo, con el cuello del abrigo le­vantado en un frío que pelaba, la pasamos en la Puerta del Sol, comiendo las doce uvas entre miles y miles de alegres madrileños.

Cuando se convocó a elecciones de Cortes –el Parlamento español– sobrevino un tiempo de agitación tremenda, que coincidió con el invierno. Las elecciones fueron el 16 de febrero, después de polémicos y ardientes días. Yo no sabia qué hacer, cómo ayudar a la victoria del Frente Popular, aparte de hablar a todo el que podía y de discutir un poco por aquí y por allá. En la tarde de ese día, ya en los barrios populares la gente se abra­zaba, congratulándose por la victoria, en las tabernas se vaciaban frascas y frascas de vino, se cantaba, se improvisaban desfiles. Era el segundo Frente Popular que triunfaba en el mundo. Para los españoles significaba el fin de una etapa sombría y el comienzo de otra que se suponía iba a ser luminosa y creadora. El grupo de Pablo celebró la victoria con una alegre fiesta, a la que conseguí arrastrar a Lola con su embarazo de siete meses.

Todo cambió de súbito y se empezó a respirar mejor. ¡El Fren­te Popular en el poder! Cosa seria, más que seria, amena­zante para mucha gente que temía a la euforia popular. Amigos madrileños me dijeron que esos días que estábamos viviendo se parecían extraordinariamente a los de abril del 31, cuando se instauró la República y el rey tuvo que salir a mata caballo, dejándose olvidada en España a su propia esposa, algo que para el caballero que vive en el interior de cada español no tenía perdón; los días en que las masas se hacían oír en las calles y los ayuntamientos socialistas daban nombres increíbles a las avenidas de ciudades y aldeas. Era verdad. Recordé que en Toledo me había sorprendido que la calle donde se halla la Catedral llevara nada menos que el nombre de Carlos Marx.
Los cambios de equipos se hicieron con rapidez. Las Cortes vieron llegar a diputados muy diferentes, con melenas, con cha­quetas claras, jóvenes que hablaban un lenguaje nuevo. En Asturias, los treinta mil mineros encarcelados desde octubre de 1934 esperaban que se abrieran las puertas de sus celdas. Dictada ya la amnistía, tenían que producirse aún ciertas gestiones burocráticas fastidiosas, engorrosas. Dolores Ibárruri, “Pasionaria”, elegida diputado, fue a ahorrarles esa espera absurda y consiguió, a fuerza de voluntad, que se le entregaran las llaves del penal. Ella misma abrió las puertas de la libertad, con el consiguiente disgusto de los legalistas. Se cambió el gabinete y hasta el Presidente de la República, don Niceto Alcalá Zamora, “aquel que en vida sólo fue Niceto”, según el poema de Alberti, tuvo que ceder su sitio a don Manuel Azaña.
El Frente Popular francés, que se hallaba también en el poder, mandó a España una embajada intelectual de gran categoría, compuesta por el dramaturgo Lenormand, el ensayista Jean Cassou y el novelista André Malraux, que entonces estaba en lo mejor de su madurez, después de publicar Días de desprecio y La condición humana. Los escritores españoles les ofrecieron una cena de homenaje. Me tocó en suerte estar sentado esa noche a la misma mesa que Federico García Lorca. Empezamos a hacerle bromas sobre un hipotético discurso que debería pronunciar en honor de los visitantes y yo le conté que en Chile, cuando en un banquete se desea que alguien use de la palabra, basta con que otro golpee una botella con la hoja de un cuchillo y lo anuncie. Lorca sudaba sólo de pensar en la posibilidad de hablar.
¿Discursitos yo? ¿Estás loco?
No era hombre de discursos, era hombre de poesía. Las dos o tres veces que lo oí hablar en público, lo hizo leyendo unas cuartillas.
Quien ofreció, en realidad, la manifestación, fue el profesor Américo Castro, que habló en un francés correctísimo y super-culto.
Lenormand, Cassou y Malraux hicieron algunas visitas, die­ron algunas conferencias y se marcharon. Malraux habría de volver muy pronto, ese mismo año de 1936, en una misión mu­cho menos académica.
XII Policarpo

Mucho era mi entusiasmo político, pero no podía hacerme olvi­dar los problemas que tenía en casa. Los primeros días de abril, Lola debió irse a la maternidad, no porque Poli estuviera a punto de nacer, sino porque el embarazo, bastante malo, se había complicado. Maternidad María Cristina, en la calle de la Fuente del Berro. “Menos mal” –me dije– “que Poli va a na­cer en un lugar con un bello nombre español”.
Todas las tardes, después del almuerzo, que preparábamos Isaías y yo, iba a verla. Estaba en una sala con otras siete futuras madres o madres ya, que amamantaban a sus niños sin falso pudor, con el seno descubierto. Algunos días la encontraba deprimida por lo que escuchaba allí a sus vecinas.
Fíjate en esa mujer que está ahí, dos camas más allá, esa buenamoza... Anoche se puso a contar unas historias tre­mendas. Contó que una conocida suya a quien el parto se le atrasaba día tras día, al fin dio a luz un bicho muy raro, más parecido a una araña peluda que a una guagua. Y lo peor es que esta mujer imprudente le contaba esto precisamente a la señora del lado, que está bastante atrasada, porque su hijo debió haber nacido hace cinco días...
Habrá hecho mal los cálculos...
No, hasta el doctor está inquieto. Si no nace esta noche van a provocarle el parto.
Menudeaban historias como ésa, muy deprimentes y dramáti­cas. Una mujer que había aplastado a su niño mientras dormía; otra que había tenido un embarazo histérico, que le duró once meses, al cabo de los cuales dio a luz un soplo de aire, se desinfló: ningún niño. Sus propios deseos de tener un hijo habían pro­vocado todo el lío.
No hay que hacer caso de esas idioteces –la consolaba yo–. Son habladurías de gente ignorante. Cuando nazca Policarpo, gordo y colorado, te vas a reír a gritos de esas historias.
De la maternidad me iba al Consulado. A mi paso por el barrio, en todas partes me preguntaban:
Oiga usted, ¿cómo va su mujer? ¿Todavía nada?
No, todavía no. Gracias.
En casa, Isaías y yo nos habíamos convertido en cocineros. Él tenía más práctica y conocía ciertos trucos. Un día que se me quemó una olla de arroz, me dijo.
No se te dé nada. Sé cómo arreglar esto.
Envolvió la olla en una frazada de lana y la mantuvo así una hora. Muy satisfecho, me aseguró después:
Vas a ver... El gusto a quemado ha desaparecido por completo.
No era así, pero nos comimos el arroz quemado con apetito, después de la ilusoria prestidigitación.
Y al día siguiente, cuando iba a la carnicería o a la frutería, tenía que soportar las mismas preguntas amables:
¿Su mujer nada todavía?
Nada.
Pero el 22 de abril, un día de plena primavera madrileña, les di a todos los vecinos, a don Jesús, el portero, a Sebastián, el tabernero, al pescadero, la sorpresa de responderles:
Pues oiga usted, si. Hoy nació mi hijo.
¡Hombre, enhorabuena! ¿Es un crío?
Si, es hombrecito.
¿Y su mujer quedó bien?
Regular.
Yo sabia que ese día iba a nacer: me lo había asegurado el doctor. Y cuando subí la escalera de la maternidad, me tembla­ban un poco las piernas. Llegué a la sala y vi la cama de Lola vacía. Sus vecinas me dijeron que estaba en la clínica de partos y hacia allá me fui, inseguro, inquieto. Policarpo acababa de nacer y estaba plácidamente berreando con toda la boca abierta. Era un niño colorado, gordo, de ojos acuosos y una pelusilla dorada en la cabeza, parecida a un gran durazno. Me gustó.
Y... ¿cómo anduvo?
Lola sonrió, feliz de haber pasado el trance.
Más o menos... Costó un poco... Pesa más de tres kilos.
Fue necesario sacarlo por la fuerza, con un forceps. Poli se empeñaba en quedarse en el cómodo lugar donde había residido esos meses.
Cuando me echaron de la maternidad salí con la actitud feliz de los padres primerizos, orgulloso, y a partir de ese momento empecé a recibir la enhorabuena de vecinos y amigos.
Al día siguiente surgió el problema del nombre. La ley exigía en España que los niños fueran inscritos en el Registro Civil an­tes de cumplirse las cuarenta y ocho horas del nacimiento. Cuan­do la encargada de estadística de la maternidad, antes de darme el certificado me preguntó cómo iba a ponerle, abrí la boca y tuve en los labios la palabra Policarpo. Era natural, así se llamaba desde varios meses antes. Un gesto de Lola me detuvo.
Dentro de una hora, cuando me vaya, le diré el nombre, señorita.
¡Toma! ¿No lo tienen elegido todavía? Debe haber pensado que los americanos somos gentes muy raras.
No le vamos a poner Policarpo... –dijo Lola.
¿No?
¡Cómo se te ocurre! Es un nombre muy estrafalario. Cuando grande nos maldeciría.
¿Y qué diablos hacemos? Hay que inscribirlo ahora. Si no, será hijo ilegitimo.
Lo inscribimos como Enrique, pero seguimos diciéndole Policarpo para siempre.
En junio, el calor empezó a mostrar que el verano iba a ser fuerte. Se instalaron en las calles los puestos de agua de cebada y horchata de chufas, los trabajadores salían de las fabricas, sin saco, en camiseta y alpargatas, y se abrieron también los cines al aire libre, que se montaban en los sitios eriazos.
Era muy agradable la película al fresco de la noche, fumando. Una vez fui con Acario Cotapos a ver una versión francesa de Los Miserables. De pronto se sentó junto a Acario un castellano alto, seco, enjuto, y vi que nuestro músico comenzaba a inquietarse. No puede soportar a los hombres flacos: asegura que en cada uno de ellos hay un tuberculoso latente y Acario no quiere nada con microbios. Me miró un par de veces como sugi­riéndome que cambiáramos de asiento, pero me hice el desenten­dido. Cuando su vecino encendió un cigarrillo y el humo se extendió hasta él, Acario no resistió más.
Me voy, me voy –me dijo en voz baja–. Este hombre es tuberculoso y me están llegando todos los microbios.
Bueno, siéntate aquí.
Nos cambiamos de sitio. Yo no iba a perderme la película, en que Harry Baur hacia un Jean Valjean muy adecuado.
Pablo y sus amigos más próximos empezaron a pensar en un lugar donde pasar el verano. Yo les sugerí que fueran a Cascáis, haciéndome lenguas de todo lo que allí había disfrutado: les hablé del mar, del Tajo, de los pescadores, del monumento a Eça de Queiroz, de Estoril... Los convencí.
Pero necesitaríamos arrendar una casa grande...
Yo puedo ir a buscarla y la dejo vista... Tendrían que pagarme el pasaje, claro...
Lo primero que hice al llegar a Lisboa fue ir a ver a Gabriela Mistral. Me abrió la puerta una criada portuguesa y luego apareció Yinyin, alto, espigado.
¿Dígame, señor?
Yinyin, hombre...
¡Enrique! No te había conocido... Me miró con cierto aire malicioso–
Así que Lola tiene un niñito...
¿Cómo sabías?
Me lo contó mi mamita... ¿Y cómo es tu hijo, Enrique?
Es rubio... Se parece a ti.
¿Y es verdad que se llama Policarpo? ¡Qué nombre más extraordinario!
No quise decepcionarlo y le dijo que sí.
Esa noche conversé con Gabriela hasta cerca de las tres de la mañana. ¡En un año habían ocurrido tantas cosas! Le pasamos revista a Portugal, a Chile, a la situación en España, que allí se veía ciertamente muy diferente. Se hablaba de un gobierno “comunista” y de una gran cantidad de cosas que no existían y Portugal había cerrado sus fronteras a la España del Frente Popular.
Dormí allí y a la tarde siguiente tomé el tren eléctrico a Cascáis, a cumplir mi misión. Me fui a la pensión “O grande globo”, donde tuve una buena sorpresa: aquel joven de cara triste, parecido a Peter Lorre, a quien el año anterior había dejado una buena propina, inducido por su actitud que daba pena, era ahora el propietario. Yo lo creía un empleado, pero no, era hijo del dueño. Muerto su padre, había tomado el mando del gran globo. Y ya no lucía tan triste, hasta sonreía.
Estuve en Cascáis unos tres o cuatro días. Una tarde que me paseaba por el muelle, vi subir a una lancha a motor a un viejo militar.
Ahí va el Presidente –dijo un hombre que leía un perió­dico.
¿Qué Presidente?
El Presidente de Portugal, el general Carmona.
Ah...
Vive aquí, en Cascáis.
El Presidente más inútil que se pudiera imaginar. Su papel era decir que si a todo lo que se le ocurría al dictador Oliveira Salazar.
Dejé vistas dos o tres casas muy adecuadas para los veraneantes de Madrid, fui a despedirme de Gabriela y tomé en la Estación de Rocío el tren a Madrid, lleno de regalos para el recién nacido.
XIII La guerra

Fue perdido mi viaje a Cascáis. Las cosas empezaron a ponerse tensas en Madrid y no era prudente salir de España. Algo flotaba en el ambiente, algo amenazador, que hacia temer quiebras. El verano había alejado de Madrid a muchos amigos. Mientras yo estaba en Portugal, Isaías se había marchado a Chile. Antes de irse pintó el retrato de Poli, desnudo, con el puño levantado a la usanza de esos días, cuya tónica era la política, y con un fondo surrealista lleno de rocas, nubes y planetas. Lo terminó el 29 de junio, puesto que escribió en él, a la manera de los maestros clásicos: aetatis suae: 67 dies.
Eso que se veía venir comenzó el 18 de julio. En los diarios de la tarde se hablaba sólo de una sublevación militar en África, a una de cuyas guarniciones el Gobierno del Frente Popular había trasladado al general Franco. Esa misma tarde deben haber comenzado a repartir armas al pueblo, porque en la noche, cuando íbamos Pablo, Cotapos y yo en un taxi, nos detuvieron frente a una organización proletaria algunos obreros armados de fusiles y pistolas. Nos identificamos y seguimos. Al día siguiente, en donde uno se hallara debía mostrar sus documentos a jóvenes y muchachas de los partidos políticos.
El lunes 20, las personas de buen dormir, esas que dicen no despertar ni a cañonazos, no tuvieron otro remedio que abandonar el sueño ante la avalancha de ruidos estremecedores. Los cañonazos en torno del Cuartel de la Montaña atronaban el aire pacifico de la mañana. Nosotros, que estábamos a unas nueve o diez cuadras del cuartel, oímos el zumbido del motor de un avión, luego el ruido de las bombas que estallaban, las ametralladoras, los cañones. Fue preciso levantarse. Toda la mañana prosiguió la batalla. A mediodía, cuando callaron las armas, empezaron a pasar los vencedores, que llenaban camiones y más camiones. Obreros vestidos con mono azul, con el fusil terciado a la espalda y un casco metálico, de color verde oliva. Caras alegres, expresiones triunfantes, canciones revo­lucionarias, vivas, mueras. La gente, agolpada en las aceras, los aclamaba con el puño en alto. Era un desfile veloz e interminable de trabajadores armados.
De un camión se dejaron caer dos o tres muchachos con sus fusiles. Uno de ellos era Vicente, el dependiente de la taberna.
¡Salud, camarada!
Ya se había acabado eso de “señor Enrique”.
Salud, Vicente. Espérate un momento... ¿Dónde vas con tanta prisa?
Quiero comer algo, me muero de hambre.
Estaba exaltado, eufórico. La barba comenzaba a azularle el mentón.
Cuenta algo, Vicente.
Nada, que los hemos copado... Anoche recibí la orden de ir al local de las Juventudes y a las cuatro de la mañana avanza­mos a rodear el Cuartel de la Montaña. Éramos muchos camaradas, pero muy pocos teníamos armas. Yo no llevaba más que esta pistola... Hemos estado toda la madrugada esperando que se rindieran, para evitar que corriera la sangre, pero dispuestos a todo. Nuestros cañones estaban en la Plaza España apuntando hacia el cuartel. Cuando dieron la orden de hacer fuego, ¡coño!, casi nos quedamos sordos... Un cañonazo que se las trae, ¿sabe?... Y luego empezó el tiroteo en regla. El avión tiraba cada bombazo... Los chicos tenían grandes deseos de lanzarse a ajustarles las cuentas a los oficiales y a los señoritos fascistas...
¿Quieres decir los de Falange?
Si. Ayer el general Fanjul hizo entrar a ciento ochenta fas­cistas y los vistió de soldados. Son los únicos que dispararon contra nosotros. Los soldados verdaderos, amenazados de muerte y todo, no querían disparar... Hasta que se rindieron... Entonces nos lanzamos. Unos camaradas detuvieron a Fanjul y apresaron a unos cuantos oficiales. Los fascistas comenzaron a tirar y hubo que dispararles...¡Mi madre!...¡Vaya unos tíos sin sentido común!
¿Y cómo fue que os armasteis?
Un camarada entró por una ventana y salió con un fusil en cada mano. Todos fuimos haciendo lo propio. Después se depositaron las armas en el patio del cuartel y fueron distribui­das.
¿Hubo heridos, Vicente?
Muy pocos, para lo que hemos hecho. La batalla se ganó bien. Ahora tendremos que lanzarnos contra otros cuarteles que están sublevados... Bueno, me voy a comer, tengo luego que volver al local de las juventudes. ¡Salud!
Salud, Vicente. ¡Buena suerte!
Entretanto había comenzado lo que los españoles llaman un paqueo. Emboscados en las azoteas o en los pisos superiores de las casas, los enemigos de la República disparaban contra los improvisados soldados. El paqueo, que parece que era una forma de combate aprendida en África, de los moros, no tiene tanta importancia militar como psicológica. Produce pocas víctimas, pero siembra la alarma, el desconcierto, el terror, en las calles. Dispara el emboscado contra el que está abajo, en la acera o en la calzada, y éste, confundido, sin saber de dónde ha salido la bala que rebotó junto a sus pies, hace sus descargas al aire. Cuando había paqueo, la gente procuraba mantenerse fuera de la calle. Se retiraban a los zaguanes de las casas y desde allí se asomaban cabezas temerosas. Pero yo me encontraba a tres o cuatro cuadras de mi casa y no tenía más remedio que caminar, entre las balas de arriba y las de abajo, con el corazón latién­dome muy rápido. Varias veces me dieron el alto.
¿Llevas documentos, camarada?
Si. Soy extranjero.
Entonces nada, sigue. ¿No llevas armas, verdad?
No.
Adelante... Y cuídate de los tiros.
La guerra había comenzado.

Observé con mucho interés la metamorfosis de España en los primeros días de la rebelión, que se vio que no era un movimiento improvisado, sino fruto de una vasta preparación. En todo el día no cesaron los disparos en mi barrio ni en muchos otros de Madrid. Las calles hervían de gente, y en la Puerta del Sol la muchedumbre agolpada frente al Ministerio de Gobernación pedía armas a gritos. Cambió el gobierno, radicalizándose un tanto. Sobrevino un tono ejecutivo. En los comunicados de radio, junto con terminar el aire optimista del día anterior, con el que se hablaba vagamente de un levantamiento de tropas en África, como quien dice en un rincón remoto de la tierra, aparecieron ciertas voces y fórmulas propias de la fraseología proletaria: “El Gobierno luchará a muerte contra el fascismo”, “El pueblo español se levanta contra la reacción y el fascismo”. Los diarios de la derecha fueron entregados a los partidos del Frente Popular y a las organizaciones sindicales. El alfonsino ABC, por uno de esos milagros que sólo se ven en las revoluciones, apareció una mañana con traje y espíritu republicanos. El Siglo Futuro, cuyo lema era “Dios, Patria y Rey”, se transformó en CNT, órgano de una entidad obrera afiliada a la fai, la Federación Anar­quista Ibérica. Mundo Obrero, el diario comunista, entró a imprimirse en los poderosos talleres de El Debate, de Gil Robles, e Informaciones, que servía los intereses del famoso contrabandista mallorquino Juan Niarch, pasó a ser el órgano oficial del Partido Socialista.
Al obscurecer, arreció el paqueo. Los disparos llenaron la noche, poniendo una atmósfera de pavor. Hubo que permanecer con las ventanas abiertas y la luz encendida, por disposición de la autoridad, porque así era más difícil la tarea de los pacos emboscados. No estaba mal la medida, pues el calor de las noches de julio era agobiante.
En los pueblos cercanos había combates contra núcleos milita­res sublevados, que luego parecieron concentrarse en la Sierra de Guadarrama. Todas las mañanas salían camiones llenos de trabajadores que iban a pelear, se estaban allí un día o dos y regresaban. Vicente aparecía poco en la taberna. Le pregunté por él a Sebastián y me dijo, con su aire apático, que se hallaba en Somosierra. A la taberna iba ahora escasa gente, por lo menos en la noche, cuando el paqueo se tornaba amenazante. Sólo se veía a una media docena de parroquianos, a Sebastián y a su madre, sentada, inmóvil, vestida de negro, la cabeza cubierta con un pañolón. Era una campesina de Salamanca, una especie de esfinge castellana, con una probable vida interior bullente, que no asomaba jamás a su rostro seco y amarillo. Siempre me dio la sensación de que la había visto antes, hasta que descubrí donde: en uno de los dramas de García Lorca, tal vez en Yerma, quizás en Bodas de sangre.
Un mediodía apareció Vicente y empezó a llenar vasos con su acostumbrada rapidez, ahora innecesaria. Llevaba al cinto su pistola y bromeaba, daba noticias optimistas de la guerra. Esta­ba aprendiendo a conciliar su trabajo detrás del mesón con sus deberes de improvisado soldado del pueblo. Servía como coordinador de la dirección de las Juventudes con el frente de Guadarrama.
También aparecieron esos días las muchachas que, vestidas de hombre, se batían en los frentes, se alistaban en la Cruz Roja o en tantas tareas que exigía la guerra. Hubo una reacción contra ellas, porque el mono azul destacaba demasiado nítidamente sus formas. En un café oí protestar a un miliciano.
¡Coño, no hay derecho para que vengan a mover las caderas en esa forma!
Hombres y mujeres luchaban, en todo caso, ardiente y caótica­mente contra la rebelión. Los organismos obreros pasaron a tener un poderío grande. Para ejercer cualquier tipo de trabajo era preciso estar afiliado a una organización. El doctor Marañón prefirió inscribirse en la anarquista CNT antes que en la UGT, de marcado acento marxista.
Un día hubo un enorme revuelo en mi casa, con motivo de un registro domiciliario. Era raro que en dos meses de guerra no hubieran ido, pues era aquélla una forma de dar con los ocultos enemigos de la República. Los registros, que en los primeros días eran acciones espontáneas de los grupos políticos armados, y a veces desorbitadas, se habían transformado en actividad legal, practicada sólo con órdenes de la Dirección General de Seguridad. Cuando se vio llegar a un guardia y dos milicianos, los vecinos nos agolpamos en la puerta del departamento que se iba a allanar, habitado hasta unas semanas antes por un sospechoso, que había desaparecido. Don Jesús, el portero, les abrió con su llave, y los milicianos comenzaron por los papeles, los cajones, el estante con libros. Los que logramos entrar vimos con asombro, colgado junto a la cama del inquilino ausente, el retrato de un militar con bigote recortado y nariz prominente: don Alfonso de Borbón. Yo me reí un poco, porque me pareció inverosímil que a esas alturas hubiera quienes pensaran en la restauración. De un cajón sacaron una bandera rojo y gualda, la de la difunta monarquía. Se guardaron también algunas car­tas y documentos. Quién sabe qué contendrían.
Algunos vecinos tímidos pidieron a los milicianos que regis­traran sus departamentos, insistiendo tanto que éstos se asoma­ron brevemente y salieron. Dijeron abur y se marcharon lleván­dose papeles, la bandera y la fotografía. Eso fue todo.
Pero en mi casa no sólo había un monárquico. En el cuarto piso vivía la madre de un héroe temprano. Sus sollozos tras­pasaban el alma. Una mañana la vi bajar, vestida de luto, con los ojos todavía llenos de duelo. Sentía un respeto muy grande por ella, me apenaba ver su enflaquecido rostro y no me atreví a hablarle. Le cedí el paso y la saludé en silencio. ¡Pobre mujer!
Sobre la cama de su hijo ya no había sino una chomba ensangren­tada y una cartera que le habían llevado los milicianos. Caminaba de un modo sonambúlico y cansino, presa visible de una desesperanza total. En la calle la seguí con la vista. La se­ñora del cuarto piso era la imagen más cabal de una madre que ha perdido a su hijo en la guerra.
XIV Los aviones

¿VAMOS A VER EL PALACIO DE LIRIA?
Vamos.
Fuimos. Estábamos en pleno período de las incautaciones, que se hacían, como todo en esos días, desordenada y febrilmente. En las calles de Madrid solían verse grandes casas con letreros que decían: “Incautado por la cnt”, “Incautado por Izquierda Republicana”, “Incautado por el Partido Comunista”, “Incautado por el Socorro Rojo Internacional”. Eran las nuevas sedes del pueblo.
El palacio de Liria, que pertenecía al duque de Alba, último descendiente de una casa famosa en España, había sido requisado por el Estado y abierto al interés público. Porque, ausente en Londres el propietario (Franco acababa de nombrarlo su representante de facto en Inglaterra), el palacio permaneció por muchos años cerrado. Sólo lo visitaba uno que otro diplomático extranjero, con autorización expresa del duque de Alba. ¡Y qué maravillas guardaba dentro, de pinturas, tapices, joyas, libros! En las vetustas paredes se conservaban cuadros que cualquier museo de Europa habría envidiado. Y había esculturas, orfebrerías, tapicerías de la gran época, ediciones antiguas, incunables, manuscritos preciosos que ciertamente la Biblioteca Nacional no poseía. Las Juventudes custodiaban ahora el palacio de Liria y medio mundo iba a verlo. Oí protestas elocuentes.
¡Coño!... ¡Lo que se tenían guardados estos tíos!
Claro. Así han sido siempre los carcas, individualistas, egoístas.
¡Pero ahora se les acabó para siempre!
Si, hijo, claro está. ¡Quién lo duda!
Las incautaciones revelaron cosas sorprendentes. Fui varias veces a las reuniones de la Alianza de Intelectuales, que se había incautado del palacio de cierto marqués cuyo nombre no viene al caso. La primera vez que estuve allí se hallaban practicando el inventario de los bienes de ese Brummel español y vi las montañas de ropa que poseía. Se contaron mil doscientas camisas, seiscientos pares de zapatos y cuatrocientos cincuenta trajes. Yo no podía creer a mis ojos. ¿Para qué puede un hombre necesitar mil doscientas camisas? ¡Qué bien les vinieron esas prendas a los combatientes más pobres! Se hallaron también barras de oro que fueron llevadas al Banco de España.

No puedo olvidarme de que el primer avión que fue a bombardear Madrid llegó una noche, al filo de las cuatro de la madrugada. Nuestros nervios estaban tensos y me figuro que escasa gente continuó durmiendo. El runrún del motor cortaba tétricamente el aire de la noche con una resonancia que se volvía pavorosa. Se escucharon lejanos estampidos de bombas. En las ventanas obscuras aparecían rostros. Ya no se conservaba encendida la luz porque los paqueos habían, si no terminado del todo, disminuido mucho. Se oían las explosiones y las mujeres, en las ventanas, iban contándolas en voz alta, con una especie de extraña indiferencia:
Una...
Dos...
¡Toma! Y van siete...
Doce...
Contamos hasta dieciséis. Luego se oyeron motores: “nuestros” cazas salían a expulsar al intruso.
A la noche siguiente, a la misma hora, volvió el avión. Nuevos ruidos y explosiones lejanas. Nueva persecución. Los madrileños comenzaron a tomar en broma al visitante nocturno. Como llegaba cerca del amanecer, a la misma hora en que salen a la calle los vendedores de churros, se le llamó el “churrero”. Se oía ronronear el motor y las mujeres decían riendo:
¡Uy, qué miedo!... Ya está ahí el “churrero”.
Un poeta escribió un romance burlándose de sus bombas:

Y cómo nos alarmáis
con vuestras bombas potentes.
Ayer una ha derribado
la hoja de un pino verde.

Pero una noche el “churrero” cambio súbitamente de horario y de costumbres. Apareció a las doce, cuando nosotros estábamos terminando de cenar, lanzó una bengala para iluminar el barrio y dejó caer su huevo mortífero, muy cerca de nuestra casa, con un estampido tremendo. Tembló la casa, se estremecieron los vidrios de las ventanas y por un momento nos quedamos desconcertados.
¡Toma al niño! Vamos a bajar al sótano –grité a Lola.
Eran las instrucciones. Refugiarse en el sótano. Bajamos tro­pezando en la obscuridad. Ya había vecinos abajo, madres que des­cendían alarmadas, con sus hijos en brazos. Gentes a medio ves­tir, en pijama o en bata. En la obscuridad se oían voces, pregun­tas, exclamaciones. Salí a la puerta de calle, donde había ya un corrillo de gente que comentaba las noticias recién llegadas. Se pedía ayuda desde un garaje situado en la calle Rosso de Luna, donde la bomba había herido a varias personas y destruido más de treinta automóviles. Cruzaban las calles veloces motocicletas haciendo sonar lúgubremente las sirenas de alarma.
A la mañana siguiente fui a ver los destrozos, pero no me deja­ron pasar los milicianos, que tenían acordonada la calle. En el Paseo de Rosales, adonde Lola llevaba todos los días a Policarpo para que tomara buen aire, había muchos árboles cortados por la metralla del “churrero”.
Después vino la consigna de “organizarse contra los bombar­deos”. Nos reunimos los inquilinos de mi casa y se le ofreció la presidencia al que tenía más edad. Formamos un comité y se acordó que dos parejas de inquilinos hicieran guardia cada noche, de doce a tres y de tres a seis. Nuestro papel consistiría en velar en el zaguán de la casa y ayudar a los vecinos, niños y mujeres, en caso de alarma de bombardeo, organizar la evacuación, si había derrumbe; avisar a la policía y a los bomberos y, desde luego, ponernos a remover los escombros. Se nos dotó de linternas, picos y palas. Después echamos suertes para establecer el orden en que se harían las guardias y, claro, me tocó hacer la primera de todas.
Esta primera guardia, en compañía de un obrero afiliado a la CNT, transcurrió tranquila. Recorrimos varias veces el edificio, alumbrándonos con nuestras lámparas y finalmente nos sentamos a hablar. Yo había llevado un frasco de coñac, pero apenas lo probamos.
Podríamos haber traído un parchís o una baraja para entretenernos –se lamentó mi compañero.
Podemos conversar...
Hablamos mucho. De la guerra, de las precauciones que el gobierno había tomado ante las incursiones de los aviones facciosos. Cada atardecer se elevaban tres globos fijos, que durante el día permanecían camuflados entre la vegetación del Parque del Oeste. Invisibles en la obscuridad de la noche, poseían aparatos ultrasensibles, capaces de avisar con anticipación la presencia de aviones enemigos. El humor madrileño los bautizó de inmediato como las “salchichas”. Se habían emplazado también armas antiaéreas en las azoteas de los edificios públicos y de los rascacielos de la ciudad.
Caramba, ya van a ser las tres.
Cierto... Pero tenemos que esperar que nos releven. A las tres en punto nos fuimos a acostar.

En el quinto piso vivían dos mujeres solas y un crío de dos meses. La señora Cristina, alta, digna, de cabellos blancos, y su hija Consuelo, de dieciocho años, cuyo niño había nacido doce días más tarde que Poli, en la misma clínica de la misma maternidad, calle de la Fuente del Berro. Y para colmo de coincidencias, Consuelo había ocupado la misma cama que Lola.
¿Ha tenido noticias de su esposo, señora Cristina?
Se llevó un dedo a los labios, para reclamar secreto, y me contó en voz baja.
Pues, oiga usted, si. Acabo de recibir una postal que me mandó vía Francia. Clandestinamente, desde luego.
Era comandante en retiro del viejo ejército español y la rebelión lo había sorprendido en San Sebastián, que estaba en poder de los facciosos.
Dice que hay que tener tranquilidad y esperar... Esperar, si, claro, que estos verdugos sean derrotados. Oiga usted, yo no entiendo de política, pero no puedo soportar tantas crueldades de esos fascistas... En cuanto a tranquilidad, vaya, ¿quién podría estar tranquila con estos bombardeos y cañonazos?

Una noche que las sirenas anunciaron la presencia de aviones enemigos, bajé rápidamente al sótano, con Poli y Lola. Nosotros vivíamos en el entresuelo (segundo piso, de acuerdo con nuestra nomenclatura) y la maniobra era fácil. Subí luego al quinto, a grandes trancos, tropezando en la obscuridad con las paredes y con los que bajaban, y llegué a la puerta de la señora Cristina. Unos brazos colocaron al niño entre los míos y luego, mientras bajaba apresuradamente la escala, oí profundos suspiros. Después lle­garon la abuela y la madre, Consuelo, cuyo marido, un joven intelectual socialista, se quedó bloqueado en Salamanca, el foco mismo de la revuelta. ¿Estaría vivo? Tuve la sensación de que la señora Cristina no lo quería propiamente como a un hijo. Pero, en fin, era el marido de la muchacha, el padre de ese pequeño que Consuelo acunaba entre sus brazos rollizos y hermosos.
En el sótano había un verdadero temporal de suspiros y de maldiciones. Lola estaba sentada con Poli dormido en brazos. A su lado se hallaba Manuela, la esposa del portero, con Juanita, su escrofulosa chiquilla de doce años apoyada en ella, hablando, como siempre, de sus dos hijos, ambos enrolados en el ejército, el uno combatiente en la Sierra, el otro miembro de la escolta del Embajador soviético.
Los inquilinos que estaban de guardia llegaron al sótano y alumbraron con sus linternas.
Podéis iros a la cama, camaradas. Ya pasó la alarma.
Las mujeres comenzaron a movilizarse, sin dejar de suspirar.
XV Unos y otros

No cabía duda de que España, al mismo tiempo que libraba su guerra contra los militares facciosos (que recibían ya cuantiosa ayuda de Alemania e Italia), estaba operando una revolución. Re­organizado el gobierno, socialistas y comunistas habían entrado a actuar en un gabinete presidido por Largo Caballero. Caminaba la reforma agraria y, en la práctica, el Estado tenía una inge­rencia muy grande en todas las cosas. En las industrias, princi­palmente, que fueron dedicadas a la producción de guerra; en los transportes, en el comercio exterior, en la banca. Fueron requisa­das las propiedades de los millonarios y los automóviles particulares.
Al Consulado acudían extraños visitantes, que iban a ofrecer graciosamente algunas cosas.
Me da pena –dijo uno– ver al Consulado de Chile en un barrio tan poco central como éste. Tengo una casa, cerca de la Castellana, que pongo gratuitamente a la disposición de ustedes.
Muchas gracias, señor, pero el Consulado está bien aquí.
Otro llegó con un estupendo automóvil. Siempre había tenido grandes simpatías por Chile y ésa era la ocasión de demostrarlo. El cónsul podría usar su coche como si fuera propio. (Sobre todo pensando que una simple banderita chilena lo salvaría de la obligada requisición) Pablo rechazaba sistemáticamente estos generosos ofrecimientos.
Una tarde me telefoneó una chilena pidiéndome que fuera a su casa. Me presentó allí a una muchacha española interesada en conseguir un pasaporte para su novio. Por alguna razón que no me reveló, éste se hallaba escondido en el sótano de una casa en construcción. Su familia, que era muy rica, estaba dispuesta a hacerlo salir de España como fuera.
Lloró la muchacha largos minutos. Era conmovedor ver tantas lágrimas. Habría hecho cualquier cosa por ayudarla, menos, naturalmente, lo que pretendía.
Imposible, señorita... ¿Por qué no consigue asilo en alguna embajada?
Lo que queremos es que salga de España. Me han dicho que en ciertos consulados... –Se calló de súbito.
¿Qué?
Que dan pasaportes, siempre que se paguen bien.
Entonces es muy sencillo: vaya a uno de esos consulados.
Es que me han dicho que en el Consulado de Chile...
Debo haberme puesto rojo de furor.
¿Le han dicho eso? Va a tener que decirme quién, porque esa persona irá a la cárcel inmediatamente.
Volvió a llorar largo, con hipos y sollozos, después de su fallido globo de ensayo. Y no fue posible sacarle una palabra más.
Llegaban a reclamar sus documentos, misteriosos chilenos que, en realidad, no tenían nada de tales. A los verdaderos se les dotaba de papeles y de toda clase de protección. Pablo ideó darles un volante, con su sello y firma, para que colocaran en las puertas de sus casas, en el que se establecía que sus personas y sus bienes se hallaban bajo la protección del Consulado. Jamás fue registrada o allanada alguna casa en cuya puerta estuviese fijo el volante.
Una tarde llegó a la oficina una mujer en cuyo aspecto había algo raro, algo que sonaba a irregular, y dijo que era chilena. Para comprobarlo mostró un antiguo pasaporte.
¿Es usted casada, señora? –le pregunté.
La sola idea pareció sobresaltarla. Se confundió un poco, se ruborizó. Después me dijo:
No me diga señora. Dígame madre.
Lo irregular era eso: le quedaban mal las ropas corrientes, había perdido la costumbre de parecer mujer.
Quería irse a Barcelona por instrucciones de la orden religiosa a que pertenecía y esa noche la fuimos a dejar a la estación, después de renovar sus documentos.
Madre, las cosas con la Iglesia no andan muy bien, usted sa­be... Es mejor que no lleve en su equipaje libros de misa ni es­tampas”, le habíamos advertido. En la estación funcionaba una especie de improvisada aduana, a cargo de milicianas de las Juventudes. Abrir la maleta de nuestra compatriota y aparecer rosarios, medallitas y otros objetos de ese tipo fue una sola cosa.
Está bien, camarada, cierre su maleta –dijo la miliciana después de comprobar que no había armas, que lo más peligro­so de su equipaje eran sus pequeños fetiches. Y mientras ella obedecía, la muchacha nos sonrió, tocándose significativamente la sien.
La llevamos hasta un vagón, que estaba ya lleno de alegres milicianos, casi todos anarquistas de la cnt, y fue muy bien aco­gida. Pablo se identificó y recomendó a nuestra compatriota. Se alzaron voces:
Descuide usted, camarada.
Nosotros la ayudaremos.
Siéntese usted aquí, camarada. Aquí estará más cómoda.
Hizo un viaje feliz. La atendieron, le dieron comida y protec­ción en las largas horas de tren. Ella misma nos lo contó dos meses después, cuando la encontramos en Barcelona, en el Consulado general, haciendo gestiones para regresar a Chile.

El 17 de septiembre, por la tarde, fui a la Alianza de Inte­lectuales, donde se estaba realizando una borrascosa sesión, presidida por el cinematografista Luis Buñuel. Intervenía Wenceslao Roces, hablaba Lorenzo Várela, pedía la palabra Arturo Serrano Plaja... Me encontré con Acario Cotapos, vestido de mono azul y cubierto con una capa.
¿Vas a ir mañana donde Pablo? –le pregunté–. Tenemos que celebrar el Dieciocho.
Hombre, es cierto.
Aunque estuviéramos en guerra, el Dieciocho era el Dieciocho. Cenamos allí, chilenos y algunos españoles, y la conversa­ción se prolongó hasta muy tarde. Cantamos, bebimos, discuti­mos, olvidados de la realidad. A las cuatro de la mañana nos volvió a ella una bala que rebotó en la ventana. Mal cerrado un postigo, se filtraba luz hacia afuera y eso no podía ser. Un mili­ciano, desde abajo, nos recomendaba de un modo un tanto rudo que nos ciñéramos a las instrucciones, que cerráramos herméti­camente la ventana.

Algunos llegaban, otros se iban. Rafael Alberti y María Teresa León, que el 18 de julio se hallaban de veraneo en Ibiza, tuvie­ron que huir a los bosques cuando los facciosos se apoderaron de la capital de la isla. Veinte o más días vivieron ocultos, hasta que Ibiza fue liberada. Entonces se embarcaron rápidamente hacia Barcelona, para volver a Madrid. León Felipe, nombrado Ministro de la República española en Panamá, renunció y regresó a Madrid, donde empezamos a verlo muy seguido, con su bastón y su barba obscura. Había vuelto también, de Inglaterra, el poeta Luis Cernuda.
El poeta alemán Hans Gebser se iba a Paris. Vivía en nuestro barrio y tenía una gata, Ifigenia, que era precisamente su problema. Un día llegó a nuestra casa con el animal.
Tengo que irme –nos dijo–. Hasta ahora no lo he hecho porque no sabia dónde dejar a Ifi... Lola, tú tienes buen corazón, ¿no podrías hacerte cargo de ella? Es una gata hermosa y muy buena.
Lola se conmovió y aceptó la tutoría. Gebser nos abrazó y antes de salir miró tiernamente a la gata, que no sabía qué hacer en esa casa desconocida.
Cuiden mucho a Ifi.
Fue su última recomendación. Pero Ifi no iba a ser mucho tiempo nuestro huésped.
De Federico García Lorca, se sabía ya que lo habían matado en Granada. Tres o cuatro días antes del estallido fascista se había marchado a su tierra y en agosto comenzaron a circular rumores: estaba oculto en la casa de Manuel de Falla, gran amigo suyo; se hallaba en una finca del poeta derechista Luis Rosales; había logrado escapar y salir al extranjero, concretamente a Ginebra...
Pero todo no era sino la esperanza, el deseo. Lo habían mata­do, “se le vio caminar entre fusiles”. Algunos obreros que logra­ron huir de Granada refirieron los hechos: contra la familia de Federico había odio. Su cuñado, Gregorio Fernández Montecinos, alcalde socialista de Granada, había sido asesinado y su cadáver arrastrado por las calles. A Federico lo fusilaron contra un muro pintado de cal.
La Alianza de Intelectuales, entre otras contribuciones a las tareas de la guerra, comenzó a publicar un periódico modesto, escrito en lenguaje sencillo. El mono azul. La Alianza era muy activa y su tarea no se reducía a relacionar a los escritores y artistas de todo el mundo con la causa de la República en armas. Su acción interna era intensa. Asistí, por ejemplo, a varios mítines dominicales organizados por ella, en que hablaban José Bergamín, su presidente, Ricardo Baeza, Rafael Alberti. Se imprimían folletos para los soldados y afiches hechos por los mejores pintores. El mono azul llegó a tener una sección famosa, “El romancero de la guerra civil”, para cantar las hazañas de los héroes del ejército del pueblo. Se publicaron allí romances de Emilio Prados, Manolo Altolaguirre, Bergamín, Lorenzo Várela, Aleixandre, Rafael Alberti y más de alguno de los que formaron el libro Viento del Pueblo, de Miguel Hernández. Un día alguien, no recuerdo quién, le dijo a Neruda:
¿Cuándo nos vas a escribir algo para El mono azul?
Pablo respondió vagamente. Pero sin duda ya la idea lo estaba trabajando por dentro. Y no podía ser de otra manera: el estimulo de la guerra era algo demasiado fuerte, una presión irresistible para un poeta como él.
Un día de septiembre, cuando llegué a la oficina, Pablo me pasó una hoja de papel escrita a máquina, con algunas correc­ciones a tinta, y empecé a leer, con una mezcla de asombro y emoción:

No han muerto.
Están en medio
de la pólvora,
de pie, como mechas ardiendo.
Sus sombras se han unido
en la pradera de color de cobre
como una cortina de viento blindado,
como una barrera de color de furia,
como el mismo invisible pecho del cielo...

Era el primer fruto de una transformación que venía produciéndose, que no llegó de golpe ni fue producto exclusivo de la guerra, de “la sangre de los niños corriendo simplemente como sangre de niños”, sino de todo un proceso al que yo venía asistiendo como testigo.
Es mi primera poesía proletaria –me dijo Pablo.
El “Canto a las madres de los milicianos muertos” fue entrega­do a El mono azul, donde apareció publicado anónimamente, lo que constituyó una sorpresa para Pablo. Para mi también, pues­to que yo mismo había sacado las copias a máquina y sabía que iba en ellas el nombre del poeta. Me parece que fue Alberti quien le dio la explicación: pensaron que el gobierno reaccionario de Chile podía tomar represalias contra un funcionario del servicio consular que tan decididamente se mostraba del lado de la República. Querían mucho a Pablo como para no cuidarlo.
Ese fue el único poema de España en el corazón que conocí entonces. (No podría jurarlo, pero me parece que los demás los escribió Pablo en París). Era sorprendente ver cómo al penetrar en la que habría de ser una nueva etapa de su poesía, Pablo conservaba el mismo tono grave, dramático, el mismo carácter semielegíaco y la misma forma libre de muchos de sus poemas inmediatamente anteriores, los del segundo tomo de Residencia en la Tierra, mientras los poetas españoles habían ajustado su acento a las necesidades de la guerra y usaban el romance como la forma más apropiada para llegar a las masas del pueblo, y un tono en que lo irónico lindaba con lo panfletario, en Neruda ocurría un fenómeno distinto: era como si la guerra, con todo lo que tiene de dramático y sombrío, se adaptara al acento peculiar de su poesía.
Pablo dio lectura pública a su “Canto” en un mitin en la ciu­dad de Cuenca, el 12 de octubre. Había sido organizado por la Federación Universitaria Hispanoamericana en combinación con la Alianza de Intelectuales, para conmemorar el llamado Día de la Raza. Yo no pertenecía a la fUha ni a la Alianza, pero me invitaron y no iba a perderme esa oportunidad. Era una mañana luminosa y fría, con un cielo azul, típico de Castilla. Corrían los cuatro automóviles, entre olivares y vides. En los dos primeros iban muchachos de la Juventud de Izquierda Republicana, en el tercero dirigentes de la fUHa y en el último, donde ocupé el asiento al lado del chofer, Bergamín, Neruda y Andrés Iduarte. A la entrada y a la salida de cada pueblo nos detenían campesinos armados de fusiles o escopetas de caza.
¡Los documentos, camaradas!
El chofer enseñaba el salvoconducto del Ministerio de la Guerra y seguíamos.
Las campesinas recogían frutas o araban la tierra y al paso de los automóviles saludaban levantando el puño. A mediodía apa­reció Cuenca, enclavada entre cerros, a la orilla de un río. En el teatro aguardaba una multitud de campesinos, que se esfor­zaban en comprender a los oradores: se les veía en la expresión, en los ojos atentos. Pero la guerra era para ellos una noticia, algo más o menos abstracto, porque no tenían ningún frente de lucha próximo, no recibían visitas de aviones enemigos, ni padecían escasez de alimentos, como los madrileños; la guerra, en fin, no había llegado allí. Primero habló el presidente de la fuha, un estudiante peruano; luego lo hizo José Bergamín, que elegía las palabras y los conceptos más sencillos, como si estuviera dirigién­dose a niños. Raza, les dijo, quiere decir raya. Imaginaos una raya que fuera desde aquí, corazón de Castilla, hasta la lejana América, donde hay campesinos parecidos a vosotros, que luchan como vosotros. Después Pablo leyó el “Canto a las madres de los milicianos muertos”, que fue recibido con respeto y aplausos.
Fuimos a ver las famosas casas colgantes de Cuenca, cuyos bal­cones sobresalen sobre un inmenso barranco, a una altura que da vértigos. El almuerzo nos devolvió el sabor de la carne, de los huevos y las papas, cosas que en Madrid casi no existían. El solo hecho de comer, de comer los dos platos establecidos como máximo en la ración de guerra, era para nosotros algo seductor.
Al atardecer emprendimos el regreso. En nuestra caravana iba un automóvil camuflado, pintado de manchas pardas y amarillentas y el tono ocre del campo castellano. En las tierras junto a la carretera, los labradores abrían surcos. Se veían montones de hojarasca y de salitre chileno. En el cielo, un combate de nubes monstruosas, que se acometían con furia.
A medida que nos aproximábamos a Madrid, las detencio­nes eran más frecuentes. En un puesto nos comunicaron la “consigna”, la clave, la fórmula mágica, el abracadabra que nos franquearía el paso. Entramos a Madrid por una calle del barrio de Vallecas y allí nos dieron el alto. Dos milicianos conversaban y oí que uno decía:
¡Juraría que no saben la consigna! –Y dirigiéndose al chofer–. Eh, camarada, ¿sabes la contraseña?
Si.
Dila.
Pregunta tú y yo te contestaré.
¿Los generales facciosos?...
... morirán en nuestras manos.
Bien, camaradas, adelante.
Y nos hundimos en la noche obscura de la ciudad.
XVI Hambre

A medida que, militarmente, las cosas se ponían malas y las carreteras de acceso se iban cegando, en Madrid empezó a hacerse sentir la falta de alimentos. Finalmente quedó abierto sólo el camino de Valencia y el problema hizo crisis.
Esto lo notamos muy pronto. Las explicaciones que a uno le daban, y aquellas que uno mismo se daba, no servían para satisfacer el hambre: los centros de producción de alimentos que habían caído en manos del enemigo; el aumento de la población de Madrid, con toda la gente de las provincias vecinas que, al aproximarse los fascistas, se vaciaban en masa en la capital; la ración de los combatientes, que era sagrada. Todo eso era cierto, pero un plato de arroz con guisantes a la hora de almuerzo resultaba insuficiente.
Salí a pasear a Poli en su coche –me contó Lola– y fui preguntando en cada tienda. No había huevos, porotos, papas ni azúcar... No había nada. (De carne ni siquiera hablába­mos). Pero mientras no se acabe la leche en polvo para Poli, todo está bien... Lo más divertido es que en un almacén en que se veían muchas cajas de tallarines y tarros de conservas habían puesto un letrero que decía “Ficticio”. Le pregunté al vendedor qué significaba eso y me dijo que eran cajas y botes vacíos.
Nosotros éramos privilegiados, porque el Ayuntamiento había abierto una tienda especial para las representaciones diplomáti­cas y consulares y para los extranjeros en general. Allí solíamos conseguir azúcar, huevos, fideos y otras cosas, en cantidad muy limitada, naturalmente. Y hasta era posible a veces obtener un cuarto de kilo de carne, pero para eso había que ir al Matadero, que quedaba muy lejos, en las afueras de Madrid.
La señora Fernández solía caer por casa con unas sospechosas salchichas rellenas de carne de burro o de gato o una esmirriada pescadilla que había conseguido por allí, después de hacer largas colas, y que nos cedía, con evidente sacrificio. El pescado llegaba en avión desde Santander o la costa de Levante. Lola le correspondía con un poco de todo lo que tenía en la cocina. Se lamentaba de las cosas que estaban pasando y de la forma en que la guerra iba dejándola sola. El marido de Alicia había sido tras­ladado al correo de una provincia cercana, por lo cual no estaba ya la hija mayor. Se habían llevado a nuestra amiga, Eugenia. Ventura se había enrolado en el ejército popular, el ejército regular, que no era ya la espontánea y heroica montonera de los primeros días, y una tarde llegó a vernos vestido de flamante uniforme verde.
Y ahora se van a llevar fuera de Madrid a los chicos, a Pepa y Manolo.
Pero eso es muy bueno –la consoló Lola–, porque estarán a salvo de los bombardeos y mejor alimentados.
Indudable, eso ni hablar. Pero la pena que le da a una separarse de sus hijos...
¿Y qué dice don José de la guerra?
Pues verá usted, Enrique, él ha cambiado mucho. Ya no piensa como antes. El día que Ventura llegó vestido de soldado, lo miró, sonrió y luego le dijo: “Bueno, ya lo has hecho. Yo esta­ba esperando que te enrolaras, hijo, pero quería que saliera de ti”... Es que las cosas que uno ve, Lolita, dan que pensar a todo el mundo. Estos fascistas son una peste, unos guarros...
Las colas en las tiendas de alimentos eran tan largas que a veces cubrían dos o tres cuadras. Las mujeres solían llevar un banquito y sentarse a tejer o a coser. A veces se producían riñas y disturbios por cualquier motivo, discusiones y hasta gentes que se iban a las manos. A los milicianos destinados a cuidar el orden, la tarea les gustaba muy poco. Preferían pelear en el frente que estar calmando a mujeres excitadas por tanto sufrimiento. Un día vi en mi barrio a un miliciano echar mano al fusil y disparar un tiro al aire para deshacer un disturbio provocado por la deses­peración de madres angustiadas por el hambre de sus hijos.
Dinero había. Se habían elevado los salarios, cada miliciano recibía diez pesetas diarias, los precios del alquiler, de la luz y el gas se habían reducido en un cincuenta por ciento. A nosotros nos significó pagar 55 en vez de 110 pesetas por el departamento. ¿Pero en qué gastar el dinero?
Un día llegué a la casa con media docena de copas de cristal cortado, finísimas, que había comprado a precio de regalo. Lola me miró irónicamente.
¿Y eso?
¡Cómo! Cristal de roca. Dos pesetas cada una...
Las había comprado en una tienda de cristales que se prevenía ante la inminencia de su propia desaparición. Una bomba caída cerca de allí rompió una buena parte de las existencias. Lo que quedó lo regalaban a cualquier precio.
Estrené las copas llenando una de vino, ante la mirada soca­rrona de Lola. Todavía había vino, pero escaseaba ya, como todo, aunque en la taberna de Sebastián no me olvidaban. Un miliciano que venía del frente contó a los vecinos:
Ayer tuvimos que derramar noventa arrobas de vino.
¡Toma! ¿Pero estáis locos? Mira que tirar el vino y aquí no tenemos ni una gota.
¡Pero qué te crees tú! –replicó el miliciano–. Es que hubo un avance del enemigo. Como no lo podíamos llevar, lo tiramos. ¿O lo habrías dejado tú para que se lo bebieran los moros?
Otro problema desesperante era el de los cigarrillos, aunque no para mi ni para mis amigos, pues contaba con una gran cantidad de ciertos cigarrillos griegos, muy malos, que había encargado a través de un secretario de la Embajada de Chile. Los madrileños tenían que hacer largas colas para conseguir un solo paquete.
Las colas comenzaban temprano, aunque las tiendas abrieran sólo a las nueve de la mañana. En una guardia nocturna, en que me tocó velar de tres a seis de la madrugada, ya a las cinco menos cuarto comencé a oír un rumor de voces que venía de la calle y que se acentuaba más y más. Mi compañero y yo salimos a la puerta y vimos un grupo de unas ocho o diez mujeres ante la cortina hermética de una carnicería. Pronto fueron llegando otras y otras y a las seis, a la hora de irme a la cama, no menos de treinta desesperadas dueñas de casa aguardaban que la carnicería abriera ¡tres horas más tarde! Llegaba una y preguntaba:
¿Quién da la vez?
Yo, camarada.
Está bien. Gracias.
Y se colocaba detrás. Pedir “la vez” era indispensable. No bastaba con colocarse a continuación de la última.
Quieren ocupar los primeros lugares –me dijo mi com­pañero de guardia– porque como la carne escasea tanto, las que están más atrás no tocan nada. Mi mujer estuvo ayer en la cola, haciendo el número treinta y dos, y cuando le tocó el turno, no quedaba ya ni un hueso.
También vi un día un cuadro desgarrador, de esos capaces de llevar la indignación a los corazones más fríos: una cola de mujeres en el momento de un bombardeo aéreo diurno. (Solían ir de día los aparatos enemigos, amparados en su impunidad). Cuando los aviones pasaron rozando los techos, se escucharon gritos y vi dispersarse a las mujeres, correr en todas direcciones, algunas con sus hijos en brazos, refugiándose en los zaguanes de las casas. Pero otras que llevaban horas esperando, se negaron a moverse para no perder el lugar conseguido con tanto sacrificio. Había ansiedad en los rostros, expectación, terror. Los niños lloraban o aplastaban sus caritas contra el pecho materno.
¡Venid, camaradas, no quedarse ahí! –ordenaba el miliciano. Y las llevaba a refugiarse en el portal de una casa vecina.
Las bombas estallaban, lejos o cerca, con estrépito. Un avión enemigo fue alcanzado por la metralla republicana y se le vio huir echando una espesa cola de humo, como un sombrío cometa. Los rostros se transformaron y hubo gritos y batir de palmas.
¡Dadle a los canallas!... ¡Que se lleven un recuerdo! Las mujeres amenazaban con los puños apretados.
¡Infames!... ¡A ver cuántos niños habéis matado!
¡Tíos cochinos! ¡aquí podía caer el piloto ese! Pensé que su suerte no habría sido envidiable.
Y a mediodía, en casa, arroz con guisantes, que había que com­partir con Ifigenia, la gata de Hans; pan, vino de la tierra –que sabía mucho mejor bebido en copa de cristal cortado– y luego un detestable cigarrillo griego.
XVII Evacuación

Los bombardeos aéreos arreciaron a mediados de octubre. Ya no era el “churrero” de los primeros días, que daba una vuelta por Madrid, dejaba caer su pequeña ración más o menos al azar y se marchaba antes de que lo sorprendiera el amanecer. Ahora venían todas las noches, y también a la luz del día, y lanzaban su carga en cualquier parte. Un horrible día viernes las bombas alcanzaron una guardería infantil y a una larga fila de mujeres que esperaban su turno para comprar alimentos. El crimen indignó a la gente y hasta al impasible cuerpo diplomático, que expresó en un comunicado que “lamentaba no contar con medios para impedir la repetición de estos hechos”. Los diarios no señalaron el número de muertos, pero un estudiante de medicina me contó que subían de trescientos. Los heridos, más del doble.
En las noches teníamos que levantarnos y bajar al sótano, en­tre la sombra y el frío –pues en el invierno de 1936 no hubo en Madrid carbón para la calefacción–, advertidos no ya por las sirenas, sino por el propio zumbido de los aviones. El golpe avisa. Una tarde, asomados a una de las ventanas del Consulado, Pablo y yo vimos dos aviones que volaban muy bajo, sobre el Paseo de Rosales, como buscando algo. ¿Las “salchichas” quizás, que se disimulaban entre los árboles? Eso era. Bajaron casi verticalmente y empezaron a oírse entonces detonaciones, pequeñas explosio­nes. En pleno día. Se remontaban y volvían a la carga, lanzándose en picada, como aves de rapiña sobre los pollos. Después se elevaron y se marcharon. Las “salchichas” no volvieron a aparecer.
Había llegado el otoño frío, de días cortos. Tabernas y cafés cerraban sus puertas a las siete de la tarde, las luces de la ciudad no se encendían y las veces que caminé por las calles, de noche, andaba a estrellones, en una oquedad más cerrada que un túnel. Toda la vida parecía terminar al anochecer en el Madrid ayer tan alegre.
Una tarde llegó a mi casa Miguel Hernández, vestido con un capote militar y un gorro, su uniforme de comisario del Quinto Regimiento. Parecía más delgado y más alto. Lo acompañaba un amigo, soldado de su unidad, que llevaba un fusil pequeño, con culata de madera clara, recorrida de vetas. Lo miré con curiosidad y el muchacho me dijo que era uno de los fusiles que había mandado México.
México, ¿ah?
Si, el único país, aparte de la Unión Soviética, que nos ha ayudado vendiéndonos armas. Cárdenas es un verdadero antifascista.
Fue la tercera vez que oí hablar de Cárdenas.
Miguel nos contó que andaba con licencia por un par de días, que en el frente arengaba a los soldados o les leía versos. Como todos los que combatían, era optimista. Los que veíamos las cosas desde Madrid casi sitiado no lo éramos tanto.
¿Queréis un vaso de vino?
¿Vino? ¡Chico, qué lujo!
Tal vez fueran los restos del último barril de la taberna de Sebastián.
Bebimos, Miguel acarició a Poli, que dormía en su cuna, y se marchó con su compañero. No habríamos de volver a verlo.
Madrid estaba prácticamente sitiado y respondían ya al fuego enemigo las baterías de dentro de la ciudad. Los cañones emplazados tan cerca de nosotros, en el Paseo de Rosales, hacían fuego día y noche contra los fascistas, que se habían apoderado de la Casa de Campo y de la Ciudad Universitaria. ¡Mi pobre Facul­tad de Letras, cerrada quien sabe por cuánto tiempo y toda la vida universitaria detenida! En la noche se oía ruido de ametralladoras y hasta de fusilería. Teníamos la cabeza llena de estampidos, de explosiones, del martilleo incesante del cañón.
El Presidente de la República se había marchado a Barcelona. Pregunté la razón de este traslado a alguien enterado de las cosas. La explicación fue clara:
Imagínate que mañana cae Madrid y el enemigo se apodera del gobierno... ¿Qué pasa? Que Cataluña se va por su cuenta, cosa que por lo demás algunos políticos separatistas han querido siempre. Hay que asegurar la unidad de España, ahora más que nunca. Si cae el gobierno en manos de los fascistas, pues nada, Azaña en Barcelona nombra otro y se acabó.
Pero el 6 de octubre el gobierno abandonó también Madrid y se trasladó a Valencia, dejando la capital en manos de una Junta de Defensa que sería como una prolongación, como un brazo suyo, con representantes de todas las fuerzas políticas y presidida por el general Miaja.
La Alianza de Intelectuales recibió instrucciones de trasladarse a Valencia.
¡Yo no me muevo de aquí! –me dijo León Felipe.
Y qué vas a hacer...
No sé, nos encerraremos tres o cuatro en la casa de la Alianza y resistiremos hasta el fin.
Os matarán.
Bueno... Es la guerra.
En la noche, los cañones empezaron a vomitar metralla. Desde la ventana veía el resplandor rojizo, a cada disparo. En la radio del piso bajo, una voz firme leía el parte de guerra del día: “Frente del Norte, sin novedad. En Extremadura, pequeñas escaramuzas”... Y de pronto, el ruido de un combate de fu­silería muy cercano, hacia la Ciudad Universitaria, apagó la voz del locutor. Debían estar casi encima de Madrid, casi dentro, para que se escucharan así las armas. Fusiles ya... La distancia estaría acortándose rápidamente. Tal vez en ese mismo instante entrarían en juego las bayonetas, chocando, arrancándose violento chisperío, penetrando sin piedad en la carne caliente y palpitante. Tal vez la carretera que yo recorría camino de la Universidad estaría esta noche cubierta de cadáveres. La radio diría al día siguiente que en el camino a la Ciudad Universitaria hubo pequeñas escaramuzas.
El pesimismo se alojaba ahora en muchas casas, donde reinaba un lúgubre silencio. Las mujeres semejaban sombras pálidas, con los ojos hundidos, sombras que comían un plato de lentejas y un trozo de pan candeal. Sombras que parecían estirarse hacia el lado de donde venían los rumores del combate.
Oiga usted, señor Enrique –me dijo don Jesús, el portero–, hay órdenes de evacuar esto mañana. El frente de batalla se ha acercado mucho.
No era el frente, sino el enemigo el que se aproximaba peligrosamente al barrio de Arguelles, pero él no lo reconocería así no más.
¿Sabe usted que hirieron a Vicente?
¡Cómo! Al muchacho de...
Si, si, el dependiente de la taberna. Una bala en un pie.
Fui a pedir noticias suyas, pero la taberna estaba cerrada. Ya no había nadie allí.
En la tarde bajaron Consuelo y su madre. La señora Cristina llevaba al niño envuelto en un chalón de lana blanca. La joven tenía los ojos alegres, luminosos, como ajenos a la tragedia de la guerra. La señora Cristina, en cambio, iba llena de pesares y apretaba al nieto contra su pecho, como dispuesta a defenderlo de cualquier enemigo.
¿Ya le dijeron que hay que evacuar la casa? Nosotras nos vamos donde unos parientes, a la calle Ancha de San Bernardo. Lléguense ustedes por allí a vernos.
Nosotros nos vamos también.
¿Dónde?
A Valencia.
A Valencia –dijo pensativamente, quizás con un secreto deseo de seguirnos–. ¿Y se quedarán ustedes allí?
Aún no sabemos nada, todo es muy incierto. Si pasa pron­to esta pesadilla, volveremos... Si no, hasta es posible que nos marchemos a Chile.
Consuelo y su madre me miraron con ojos llenos de amistad. Un muchacho que las acompañaba cogió las dos pesadas maletas. La joven puso en el coche al niño, que se había dormido al calor del pecho de su abuela, lo tapó con el chalón y ambas partieron, después de saludarme. La verdad es que ese saludo tenía toda la apariencia de un adiós.
XVIII Los últimos días

Entre el 8 y el 19 de noviembre habían transcurrido apenas once días. Once días de ausencia. Y la sensación de desastre que tuve al regresar a Madrid, de donde habíamos salido el 8, fue cabal, definitiva. ¡En esos once días habían pasado tantas cosas! Nuestro viaje precipitado, en un automóvil, Pablo y su familia y nosotros, con espacio para dos maletas. Ocho horas rodando por la carretera de Valencia. Animación en esa ciudad de huertas y naranjas, las calles con vida, las casas llenas de niños evacuados de Madrid, el gobierno instalado en el Hotel Victoria y, en todas partes, comida, dos platos y frutas, cosa que parecía increíble a quienes iban desde la capital. Sólo de noche se tenía la sensación de la guerra, porque el alumbrado público, de gas, no se encendía: era muy difícil apagarlo en caso de bombardeo aéreo. Subsistían sólo algunos faroles con luz y los cristales pintados de azul. En la noche, mientras dormíamos en una pensión de la calle de las Barcas, una visita de control de milicianos anarquistas, que se limitaron a mirar mi pasaporte. Más bien no lo miraron, porque había dentro de él una fotografía de Poli, desnudo, tomada en Madrid por Heliodoro Torrente, que acaparó su atención. Se limitaron a decir algo simpático sobre el chiquillo y se marcharon.
Luego, Barcelona, una ciudad que me pareció enorme por su tamaño y extraordinaria por la normalidad en que seguía existiendo. Al iniciarse la rebelión, el pueblo había combatido en las calles con los militares facciosos, durante cuarenta y ocho horas terribles, en que los obreros se apoderaban a mano de los cañones... Recorrimos la ciudad, las Ramblas con sus árboles llenos de escandalosos pájaros, los muelles, el barrio gótico. Tenía yo muchos deseos de ver la Catedral de Santa María del Mar, llena de barquitos, anclas y exvotos depositados por marineros que salvaron sus vidas en algún naufragio. Pero en la puerta de la vieja iglesia de piedra había un letrero advirtiendo el peligro de derrumbe. La guerra.
En Barcelona la vida seguía su curso normal, las industrias, la navegación, el comercio, los transportes, los teatros. Todo funcionaba aparentemente igual, sólo que no animado por la fuer­za capitalista de antes, sino bajo el control de los obreros, reunidos en comités de fábricas y sindicatos. Los cambios afec­taban también a la gran propiedad y a todos los servicios de utilidad pública. Tuve la sensación de que Cataluña se estaba adelantando socialmente al resto de España.
Los anarquistas habían emprendido una campaña de sanea­miento moral. Vi en las calles grandes letreros con frases como éstas:

El bar denigra al individuo
¡Cerrémoslo!
El café fomenta el ocio
¡Cerrémoslo!
El cabaret es la antesala del prostíbulo
¡Cerrémoslo!
El cine es frívolo
¡Démosle un sentido social o cerrémoslo!

El cine. ¡Qué ganas de entrar a ver una película, después de tanto tiempo!
¿Entramos, Lola?
Daban, en una sola función, Fueros humanos, El velo pintado y Tiempos modernos, de Chaplin.
No podíamos. La sagrada hora del alimento de Poli nos vedaba tan legítimo placer y era preciso regresar a casa, un pequeño departamento en que nos habíamos instalado, con Concha Méndez, la mujer de Altolaguirre, y su niña.
A pesar de los planteamientos anarquistas, los cafés seguían funcionando y en algunos de ellos solíamos reunimos con amigos.

Y luego, el regreso a Madrid. Si era difícil salir de la capital, volver costaba mucho más. Y yo tenía que volver, por un asunto mes o menos oficial, tranquilo, porque Lola y el niño quedaban en una ciudad donde la guerra –a pesar de algunos cañonazos esporádicos desde el mar que escuchamos la primera noche– parecía todavía un asunto más o menos remoto. Habíamos hallado en las farmacias la leche adecuada y medicinas para Poli, enfermo de otitis de tanto bajar al sótano frío en las noches sin calefacción de Madrid.
Me costó tres días de gestiones, cuando llegué a Valencia, conseguir cabida en un automóvil del Ministerio de la Guerra, que iba a Madrid. Para ello tuve que hablar con el Ministro de Propaganda, el señor Esplá, en el hall del Hotel Victoria, que estaba lleno de políticos a quienes reconocí por las fotografías que había visto en los periódicos. Sentado en un sillón, conversando con alguien, el Presidente del Consejo de Ministros, Largo Caballero, lucía en la solapa de su traje gris una franja negra, luto por su mujer, muerta mientras el líder socialista se hallaba procesado a raíz del levantamiento de los mineros de Asturias.
Una noche que esperaba al Ministro Esplá en el hall del hotel, vi aparecer en medio de ese mundo oficial y militar, entre soldados y políticos que iban y venían, a Palma Guillen. Pensé que era una equivocación, una persona que se parece a otra. Pero no, era Palma. Me saludó con naturalidad, como si nos hubiéramos visto la semana anterior.
Ya había averiguado la manera de comunicarme con usted, Enrique. Tengo un encargo de Gabriela.
Le pregunté cómo era que estaba allí y no en Bogotá, al frente de la Legación de México. No, la habían trasladado, ahora era Ministro en Estocolmo o en Copenhague, no recuerdo, e iba a España a pasar sus vacaciones. A Palma, que de niña había escuchado el fragor de las “balaceras” de la revolución mexicana, no le impresionaban los peligros de la guerra. Le conté todas nuestras andanzas y le pregunté por Gabriela Mistral, a quien ella acababa de ver en Lisboa.

Precisamente el encargo que tengo para ustedes es de Gabriela– dijo Palma, dándome un sobre que sacó de su bolso de mano. (Cuando más tarde lo abrí y me encontré unas palabras de aliento y una suma de dinero, evoqué con emoción a la gran amiga que teníamos, la única que había pensado que nosotros, en esos duros días, necesitábamos muchas cosas). Me despedí de Palma, porque acababa de ver aparecer al Ministro de Propaganda. Este me aseguró un lugar en un automóvil.
Salimos un mediodía de Valencia y después de pasar la noche en Tarancón, donde dos aviones bombardearon la estación del fe­rrocarril (yo dormía en una fonda a pocos metros de ella), lle­gamos a media mañana a Madrid, un periodista checoslovaco y yo, que compartíamos el coche oficial. La carretera de Valencia terminaba en el proletario barrio del Pacifico. Allí nos dejaron los choferes, una mañana de sol, que los heridos de guerra apro­vechaban para pasear un poco, lentamente, apoyados en mule­tas o en bastones. Mi compañero quiso dar una propina que los conductores del coche rechazaron con indignación.
En España no recibimos limosnas –dijo uno.
Disculpé al checo, que no hablaba español, y nos fuimos a la más cercana boca del metro, donde se penetraba con dificultad. Los andenes estaban cubiertos de colchones, y los colchones con gentes, familias cuyas casas habían sido destruidas por las bom­bas: un cuadro amargo. El primer tren pasó tan lleno que no pudimos subir. Logramos, con mucho trabajo, entrar en el segundo, donde en medio del gentío perdí de vista a mi compañero de viaje. Era tan agobiante el hacinamiento, que cuando llegamos a la estación de la Puerta del Sol bajé, a fuerza de codazos, dispuesto a seguir mi camino en tranvía.
¡Ilusión! La Puerta del Sol, cosa insólita, se me ofreció a la vista casi desierta con apenas algunos grupos de milicianos y uno que otro curioso que observaba las huellas de las bombas recien­tes.
¿Cuándo fue el bombardeo?– pregunté.
¿Cuándo? ¿Pero de dónde sale usted?... Acaba de terminar. No hace ni cinco minutos que se marcharon los aviones.
Los destrozos eran impresionantes. Las bombas habían perforado el pavimento y se veían cráteres de más de dos metros de diámetro. Los rieles de los tranvías, destrozados, se levantaban a un metro sobre el suelo. Las primeras casas de la calle Alcalá ardían. Los bomberos luchaban contra el fuego, que amenazaba extenderse hasta la Aduana y la Academia de San Fernando. En la Plaza del Carmen, a unos cien metros de la Puerta del Sol, se veían casas en ruinas, escombros, murallas que se sostenían por un milagro. Seguí hacia la Gran Vía, donde continuaba la cadena de los derrumbes.
En las proximidades de mi casa me detuvieron los milicianos. No se podía entrar al barrio, que estaba siendo evacuado. En efecto, grupos de vecinos avanzaban con sus colchones a cuestas, hacia casas más resguardadas, de parientes o amigos, o quizás a buscar refugio en las estaciones del metro. Hasta mi calle llegaban los proyectiles de la batalla en la Ciudad Universitaria. Un obús había matado a dos niños, uno de los cuales era Juanita, la hija de don Jesús. Una bomba había caído en la propia Casa de las Flores, derribando una parte del edificio. El barrio de Arguelles estaba quedándose solo, como tierra de nadie.
Me fui a la casa de Manolo Altolaguirre, en la calle Viriato, donde seguía viviendo Carmen, una antigua empleada de la familia.
¿Cómo dejó usted a la señorita Concha y al señor Manolo?
Están muy bien, Manolo trabajando en Valencia, Concha en Barcelona.
¿Y Paloma?
La hija de ese matrimonio de poetas se hallaba también sin novedad. Carmen suspiró y me ofreció un plato de lentejas y un pedazo de pan.
Hacia las tres de la tarde se sintió, muy intenso, el clásico ruido de los aviones. Salí a la puerta. Eran tres trimotores, protegidos por cinco aviones de caza, cuyos fuselajes de aluminio refulgían al sol. El segundo bombardeo del día: los fascistas apuraban las cosas en Madrid. Fueron llegando otros y otros. Llegué a contar dieciocho bombarderos y treinta y cinco cazas. Se repartieron sobre la ciudad y pronto empezaron a escucharse las explosiones. Evolucionaban, se unían, volaban unos minutos en formación y volvían a separarse. En cada portal de la calle Viriato había grupos que seguían el fascinante espectáculo. De pronto escuché exclamaciones de alegría: los aviones de la República, los “rusos”, como decía la gente, llegaban a presentar batalla.
Los aparatos fascistas se separaron rápidamente y comenzaron a elevarse. Muy lejano, muy amortiguado, llegaba el taca taca taca de las ametralladoras. Bramaban los cañones antiaéreos. No sé cuántos eran los aviones leales, tal vez quince o veinte, porque el cielo se veía lleno. Hubo fugas, persecuciones, encuentros, todo tan insólito que llegué a preguntarme si aquello era real. Un caza tocado en algún punto vital se vino abajo. Lo vimos echar una cola de humo negro y caer verticalmente. De él se desprendió algo, una partícula blanca, que pareció elevarse unos metros y luego empezó a descender: un hombre colgado de su paracaídas, cuya silueta desapareció tras los tejados. El combate había perdido intensidad: no quedaban ya más de diez o doce aviones disputándose la propiedad del cielo claro de Madrid.
Al día siguiente, cumplidas mis tareas, fui a Correos a po­nerle un telegrama a Lola. El bonito palacio barroco de Comu­nicaciones, en la Plaza de la Cibeles, mostraba sus ventanas negras, como ojos cegados, a causa de las bombas incendiarias. El ancho portal estaba resguardado por una barrera de sacos de arena, pues, claro, no funcionaba allí servicio alguno. Por en­cima de los sacos miré hacia el gran hall de Correos, donde los milicianos de guardia se defendían del frío alrededor de una fogata encendida sobre las propias losas del piso. Cuando las llamas amenazaban extinguirse, rompían una silla y animaban con sus trozos el fuego. En esa imagen dramática apenas entre­vista acostumbro concentrar mis recuerdos de esa etapa terri­ble de Madrid. Una escena como tomada de algún viejo grabado de la revolución rusa. En esos hombres ateridos, destruyendo muebles para calentarse, se resumía el invierno de la guerra, el hambre, los sufrimientos virilmente soportados por el pueblo de Madrid.
Un frío día de finales de noviembre, aprovechando un sitio en un camión que iba a Alicante, salí de Madrid. Cuando corríamos por la avenida Albufera para tomar la carretera de Valencia, mi­raba intensamente las calles, las casas, a la gente, a los niños, con la certeza de que habrían de pasar muchos años antes de que pudiera volver a Madrid, la ciudad donde había empezado a madurar para un destino nuevo. Las ciudades son como los ríos: arrastran un caudal que proviene de grandes extensiones desconocidas, un caudal cuyo limo abona el terreno del hombre. Todas las ciudades enseñan cosas. Yo lo he llegado a saber. Cada una de aquellas en que he vivido me dejó algo, un sedimento de calor, una lección de lo que es la existencia humana, de lo que son los hombres frente a la alegría o en presencia de la dureza de la vida. Sobre todo Madrid.
"Madrid. 1934. 1935. 1936. Unamuno cumple 70 años García con su teatro, Gabriela Mistral mira hacia los jardines del Retiro desde la ventaba del Consulado de Chile. La juventud radiante de Miguel Hernández llena con el perfume de las hierbas de Orihuela. Neruda impone la reciedumbre de Residencia en la Tierra. Pero, de pronto, la guerra."
Estas palabras de Luis Enrique Délano resumen tercamente el contenido de Sobre todo Madrid, e insinúan la perspectivas testimoniales de las crónicas que lo conforman.
El autor, que se ha destacado como narrador y periodista, fue uno de los fundadores de la revista Letras, de notable significación en el mundo literario chileno a partir de 1928.




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