BLOOD

william hill

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martes, 26 de abril de 2011

Dr. Bloodmoney





DR. BLOODMONEY
Philip K. Dick





I

Temprano en aquella brillante mañana dorada por el sol, Stuart McConchie barría la acera frente a la Modern TV, Ventas y Reparaciones, escuchando los coches que recorrían la avenida Shattuck y las secretarias apresurándose sobre sus altos tacones hacia sus oficinas, todos los movimientos y delicados olores de una nueva semana, una nueva época en la que un buen vendedor podía hacer grandes cosas. Pensó en el bollo caliente y el café que se tomaría en su segundo desayuno, a las diez aproximadamente. Pensó en los clientes a los que había convencido para que volvieran a formalizar la venta, quizá todos ellos hoy, su talonario de ventas rebosante como aquella copa de la Biblia. Mientras barría, tarareaba una canción del nuevo álbum de Buddy Greco, y pensó en lo que sentiría uno sabiéndose famoso, un gran cantante conocido en todo el mundo y la gente pagando para verle en lugares tales como Harrah's en Reno o los carísimos clubs de Las Vegas que no había visto nunca pero de los que había oído hablar muchas veces.
Tenía veintiséis años y a menudo conducía, ya tarde algunos viernes por la noche, por la autopista de diez carriles que va de Berkeley a Sacramento y a través de las Sierras hasta Reno, donde uno puede jugar y encontrar chicas; trabajaba para Jim Fergesson, el propietario de la Modern TV, a sueldo y comisión, y como era un buen vendedor se ganaba bien la vida. Y de todos modos estaban en 1981 y los negocios no iban mal. Otro buen año que empezaba bien, con América haciéndose más grande y más fuerte y todo el mundo prosperando.
—Buenos días, Stuart. —Con una inclinación de cabeza, el señor Crody, un hombre de mediana edad, propietario de la joyería del otro lado de la avenida Shattuck, pasó por su lado camino de su pequeña tienda.
Todas las tiendas, las oficinas, estaban abriendo ya; eran las nueve pasadas, e incluso el doctor Stockstill, el psiquiatra y especialista en desórdenes psicosomáticos, apareció, llave en mano, para iniciar su bien pagado trabajo en el consultorio que tenía alquilado en el edificio de cristal que había edificado con parte de sus excedentes financieros la compañía de seguros. El doctor Stockstill había estacionado su coche de importación en el aparcamiento; podía permitirse el lujo de pagar cinco dólares al día. Y entonces llegó su espectacular secretaria, alta y de bien torneadas piernas, pasándole una cabeza a su jefe. Y, si, mientras Stuart observaba, apoyado en el mango de su escoba, el furtivo primer loco del día estaba ya deslizándose con aire culpable hacia la consulta del psiquiatra.
Este es un mundo de locos, pensó Stuart, observando. Por eso los psiquiatras se llenan los bolsillos. Si yo tuviera que ir a un psiquiatra, entraría y saldría por la puerta de atrás. Nadie me vería para reírse de mí. Quizás algunos de ellos lo hagan, pensó; quizá Stockstill tenga una puerta de atrás. Quizá para los más responsables, o mejor (se corrigió) para aquellos que no quieren darse al espectáculo; quiero decir los que simplemente tienen un problema, por ejemplo esos que se preocupan por la acción policial en Cuba y que no están exactamente locos, sino tan sólo inquietos.
Y él mismo se sentía inquieto, ya que todavía era posible que lo llamaran a movilización para la guerra con Cuba, que de nuevo se había estabilizado en las montañas, pese a las nuevas y pequeñas bombas antipersonal que localizaban a los asquerosos mugrientos amarillos por muy hondo que se ocultaran. No le reprochaba nada al Presidente. No era culpa del Presidente el que los chinos hubieran decidido respetar su pacto. Era tan sólo que difícilmente regresaba uno a casa después de luchar contra los asquerosos mugrientos amarillos sin haber pillado una infección vírica hasta los huesos. Un combatiente veterano de treinta años regresaba con el aspecto de una momia reseca que hubiera sido dejada fuera de su pirámide durante todo un siglo... y a Stuart McConchie le costaba imaginarse a sí mismo vendiendo de nuevo televisores estéreo en esas condiciones, reemprendiendo su carrera de vendedor al detall.
—Buenos días, Stu —dijo una voz femenina, sobresaltándolo. La pequeña vendedora de la tienda de dulces de Edy y sus oscuros ojos—. ¿Ya soñando tan pronto por la mañana? —Sonrió mientras pasaba por la acera a su lado.
—Infiernos, no —dijo él, barriendo de nuevo vigorosamente.
Al otro lado de la calle el furtivo paciente del doctor Stockstill, un hombre de aspecto sombrío, cabello y ojos negros, tez pálida, envuelto prietamente en un gran abrigo color noche profunda, hizo una pausa para encender un cigarrillo y mirar a su alrededor. Stuart vio las hundidas facciones, los ojos intensos, y la boca, sobre todo la boca. Estaba crispada y sin embargo la carne colgaba blanda, como si la presión, la tensión hubiera roído allí desde hacía tiempo los dientes y la mandíbula; la tensión era aun visible en aquel rostro infeliz, y Stuart desvió la mirada.
¿Es así como se ve?, pensó. ¿El estar loco? Corroído de ese modo, como devorado por... no sabía decir por qué. El tiempo o quizás el agua; algo lento pero que nunca se detenía. Había visto aquel mismo deterioro antes, observando el ir y venir de los pacientes del psiquiatra, pero nunca tan profundo, nunca tan completo.
El teléfono sonó en el interior de la Modern TV, y Stuart se apresuró hacia allí. Cuando miró de nuevo hacia la calle el hombre vestido de negro había desaparecido, y el día había recuperado de nuevo su brillantez, su promesa y su aroma de belleza. Stuart se estremeció al tomar de nuevo su escoba.
Conozco a ese hombre, se dijo. He visto su foto o ha venido a la tienda. O es un cliente, uno antiguo, quizás incluso un amigo de Fergesson, o es una celebridad importante.
Pensativo, siguió barriendo.

El doctor Stockstill dijo a su nuevo paciente:
—¿Una taza de café? ¿Té, una cola? —Leyó la fichita que la señorita Purcell había dejado sobre su escritorio—. Señor Tree —dijo en voz alta—. ¿Ninguna relación con la famosa familia inglesa de literatos? Iris Tree, Max Beerbohnt...
Con voz dotada de un marcado acento, el señor Tree dijo:
—Este no es mi nombre auténtico, ¿sabe? —Parecía irritable e impaciente—. Se me ha ocurrido mientras hablaba con su empleada.
El doctor Stockstill miró interrogativamente a su paciente.
—Soy mundialmente famoso —dijo el señor Tree—. Estoy sorprendido de que usted no me reconozca; debe estar siempre recluido o algo así. —Pasó una temblorosa mano por sus largos cabellos negros—. Hay miles, quizá millones de personas en todo el mundo que me odian y que desearían destruirme. Así que naturalmente he de tomar medidas; me veo obligado a darle un nombre falso. —Carraspeó y chupó rápidamente su cigarrillo; sujetaba el cigarrillo al estilo europeo, con el extremo prendido envuelto en el cuenco de su mano, casi tocando la palma.
Oh Dios mío, pensó el doctor Stockstill. Reconozco a este hombre. Es Bruno Bluthgeld, el físico. Y está en lo cierto; hay un montón de personas tanto aquí como en el Este que desearían echarle la mano encima a causa de su error de cálculo allá por 1972. A causa de la terrible caída de partículas procedentes de aquella explosión a gran altitud que se suponía no iba a dañar a nadie; las cifras de Bluthgeld lo probaron por anticipado.
—¿Así que desea que sepa quién es usted? —preguntó el doctor Stockstill—. ¿O prefiere que lo acepte simplemente como «el señor Tree»? A mí me es indiferente; cualquiera de las dos formas me sirve.
—Sigamos simplemente como hemos empezado —rechinó el señor Tree.
—De acuerdo —el doctor Stockstill se acomodó confortablemente y su pluma rasgueó sobre el papel de su bloc de notas—. Adelante.
—La imposibilidad de subir a un autobús normal, ya sabe, con quizás una docena de personas desconocidas para uno, ¿significa algo? —el señor Tree le observó intensamente.
—Es posible —dijo Stockstill.
—Tengo la impresión de que todos me están mirando.
—¿Por alguna razón particular?
—Debido —dijo el señor Tree —a lo desfigurado de mi rostro.
Sin ningún movimiento aparente, el doctor Stockstill consiguió levantar la vista y escrutar a su paciente. Vio a un hombre de mediana edad, más bien gordo, de cabello negro, con una barba rala asomando su negrura sobre una piel anormalmente blanca. Vio círculos de fatiga y tensión bajo los ojos del hombre, y la expresión de sus ojos, la desesperación. El físico tenía una piel enferma y necesitaba un corte de pelo, y todo su rostro reflejaba su preocupación interna... pero no había nada «desfigurado». Excepto el visible estado de tensión, era un rostro de lo más común; en medio de un grupo no hubiera despertado la menor atención.
—¿Ve usted las manchas? —dijo el señor Tree con voz ronca. Señaló sus mejillas, su mentón—. ¿Los horribles estigmas que me aíslan de todos los demás?
—No —dijo Stockstill, aceptando el riesgo y hablando francamente.
—Están aquí —dijo el señor Tree—. Están dentro de la piel, por supuesto. Pero la gente las ve, y me mira. No puedo tomar el autobús ni ir al restaurante ni al teatro; no puedo ir a la ópera de San Francisco ni al ballet ni a un concierto sinfónico ni siquiera a un club nocturno para ir a escuchar a uno de esos cantantes de folk; si consigo penetrar en uno de ellos, debo irme casi inmediatamente a causa de las miradas. Y de las observaciones.
—Cuénteme qué dicen.
El señor Tree permaneció en silencio.
—Como usted mismo ha dicho —dijo Stockstill—, es mundialmente famoso... ¿y no es natural que la gente murmure cuando algún personaje mundialmente famoso viene y se sienta cerca de ella? ¿No ha sido así durante años? Y su trabajo ha sido controvertido, como usted mismo ha señalado... hostilidad y tal vez algunas observaciones desagradables. Pero alguien conocido...
—No es eso —interrumpió el señor Tree—. Espero eso; escribo artículos y aparezco en la televisión, y espero eso; lo sé. Pero esto... tiene que ver con mi vida privada. Mis más íntimos pensamientos. —Miró fijamente a Stockstill y dijo—: Leen mis pensamientos y hablan de mi vida privada, de mis cosas personales, con todo detalle. Tienen acceso a mi cerebro.
Paranoia sensitiva, pensó Stockstill; así que por supuesto habría que realizar algunos tests... el Rorschach en particular. Podía tratarse de una insidiosa esquizofrenia avanzada; podían ser los estadios finales de un proceso congénito de enfermedad. O...
—Algunas personas pueden ver las manchas en mi rostro y leer mis pensamientos personales más claramente que otras —dijo el señor Tree—. He observado todo un espectro de habilidades... algunos apenas se dan cuenta, otros parecen tener un instantáneo gestalt de mis diferencias, de mis estigmas. Por ejemplo, mientras avanzaba por la acera hacia su consulta, había un negro barriendo al otro lado... ha dejado de trabajar y se ha concentrado en mí, pero naturalmente estaba demasiado lejos para burlarse de mí. De todos modos, ha visto. Es típico de las personas de clase baja. Lo he observado. En mayor proporción que la gente educada o culta.
—Me pregunto por qué ocurre esto —dijo Stockstill, tomando notas.
—Presumiblemente lo sabría si fuera usted competente. La mujer que me lo recomendó me dijo que era usted excepcionalmente capaz. —El señor Tree se le quedó mirando, como si no viera en absoluto ninguna señal de capacidad.
—Creo que será mejor que me proporcione algunos datos sobre usted —dijo Stockstill—. Veo que ha sido Bonny Keller quien le recomendó que acudiera a mí. ¿Cómo está Bonny? No la he visto desde el pasado abril o así... ¿ha abandonado su marido aquel trabajo en el parvulario rural como decía?
—No he venido aquí para hablar de George y Bonny Keller —dijo el señor Tree—. Me siento terriblemente apremiado, doctor. En cualquier momento pueden decidir completar su obra de destrucción conmigo; hace tiempo que me acosan que... —Cambió de tema—. Bonny cree que estoy enfermo, y siento un gran respeto hacia ella. —Su tono era bajo, casi inaudible—. Así que me he dicho ve allí, al menos una vez.
—¿Siguen viviendo los Keller en West Marin?
El señor Tree asintió.
—Tengo una casa de verano allí —dijo Stockstill—. Soy un apasionado de la vela; voy a la Bahía Tomales cada vez que puedo. ¿Ha intentado usted practicar alguna vez la vela?
—No.
—Dígame dónde nació y cuándo.
—En Budapest, en el 1934 —dijo el señor Tree.
El doctor Stockstill, con un hábil interrogatorio, empezó a obtener con detalle la historia de la vida de su paciente, hecho por hecho. Era esencial para lo que tenía que hacer: primero diagnóstico y luego, si era posible, tratamiento. Análisis y luego terapia. Un hombre conocido por todo el mundo que sufría alucinaciones de que los extraños lo miraban... ¿cómo, en un caso así, podía separarse la realidad de la fantasía? ¿Qué referencias tomar para distinguir la una de la otra?
Seria tan fácil, pensó Stockstill, diagnosticar allí un caso patológico. Tan fácil... y tan tentador. Un hombre tan odiado... Yo mismo comparto su opinión, se dijo, la de aquellos de quienes me está hablando Bluthgeld... o más bien Tree. Después de todo, yo también formo parte de la sociedad, parte de la civilización amenazada por los grandiosos, extravagantes errores de cálculo de este hombre. Podría ocurrir, quizás algún día ocurra, que fueran mis hijos quienes sufrieran las quemaduras porque este hombre haya tenido la arrogancia de asumir que él no podía equivocarse.
Pero aún había algo más. En su tiempo, Stockstill había observado una cualidad retorcida en aquel hombre; lo había observado mientras era entrevistado por la televisión, lo había escuchado hablar, había leído sus fantásticos discursos anticomunistas... y llegado a la tentadora conclusión de que Bluthgeld sentía un profundo odio hacia la gente, lo suficientemente profundo y penetrante como para empujarle, a alguno de sus niveles inconscientes, a cometer un error, a desear poner en peligro la vida de millones de seres.
No era de extrañar que el Director del FBI, Richard Nixon, hubiera hablado tan vigorosamente acerca de «los militantes anticomunistas aficionados en los altos círculos científicos». Nixon también se había alarmado mucho antes del trágico error de 1972. Los elementos paranoicos, con las ilusiones no sólo mesiánicas sino también megalomaníacas, habían sido palpables; Nixon, un experto conocedor de hombres, los había observado, y con él muchas otras personas.
Y evidentemente habían estado en lo cierto.
—Vine a América —estaba diciendo el señor Tree— a fin de escapar de los agentes comunistas que deseaban asesinarme. Estaban detrás de mí... como lo estaban también los nazis, por supuesto. Todos estaban detrás de mí.
Entiendo —dijo Stockstill, sin dejar de escribir.
Todavía lo están, pero en última instancia van a fracasar —dijo el señor Tree roncamente, encendiendo un nuevo cigarrillo—. Porque tengo a Dios de mi lado; ve mis necesidades, y a menudo me ha hablado, dándome la sabiduría necesaria para sobrevivir a mis perseguidores. Actualmente estoy trabajando en un nuevo proyecto, en Livermore; los resultados van a ser definitivos en lo que concierne a nuestro enemigo.
Nuestro enemigo, pensó Stockstill. ¿Quién es nuestro enemigo... sino usted mismo, señor Tree? ¿No es usted quien está sentado aquí, derramándome sus ilusiones paranoides? ¿Cómo consiguió alguna vez ocupar el alto puesto que llegó a ocupar? ¿Quién es el responsable de haberle dado a usted poder sobre la vida de los demás... y de haber permitido que siguiera conservando ese poder incluso después del fracaso de 1972? Usted —y ellos— son seguramente nuestros enemigos.
Todos nuestros temores sobre usted resultan confirmados; está usted trastornado, su presencia aquí lo prueba. ¿Lo prueba? pensó Stockstill. No, no lo prueba, y quizá deba retirarme; quizá no sea ético que intente ocuparme de usted. Considerando cuales son mis sentimientos... no sabría tomar una posición imparcial, desinteresada, con respecto a usted; no puedo permanecer genuinamente científico, y consecuentemente mi diagnóstico podría demostrarse erróneo.
—¿Por qué me está mirando usted así? —estaba diciendo el señor Tree.
—¿Perdón? —murmuró Stockstill.
—¿Se siente usted repelido por mis desfiguraciones? —dijo el señor Tree.
—No... no —dijo Stockstill—. No es eso.
—¿Mis pensamientos, entonces? ¿Está usted leyéndolos y su carácter repugnante hace que desee que no hubiera entrado en su consulta? —Poniéndose en pie, el señor Tree se dirigió bruscamente hacia la puerta—. Buenos días.
—Espere —Stockstill le siguió—. Terminemos al menos los datos biográficos; apenas hemos empezado.
—Tengo confianza en Bonny Keller —dijo el señor Tree tras una pausa, mirándole fijamente—; conozco sus opiniones políticas... no forma parte de la conspiración de la internacional comunista que intenta matarme a la primera oportunidad. —Volvió a sentarse, algo más tranquilo ahora. Pero su postura era de alerta; no se iba a permitir el relajarse ni un instante en presencia de Stockstill, se dio cuenta el psiquiatra. No se abriría, no se revelaría sinceramente tal como era. Continuaría mostrándose suspicaz... y quizá no estuviera equivocado, pensó Stockstill.

Mientras estacionaba su coche, Jim Fergesson, el propietario de la Modern TV, vio a su vendedor Stuart McConchie apoyado en su escoba frente a la tienda, no barriendo sino simplemente montando castillos en el aire o cualquier otra cosa semejante. Siguió la mirada de McConchie, y constató que el vendedor no estaba gozando de la vista de alguna chica que pasaba o de algún coche de modelo raro —a Stu le gustaban las chicas y los coches, y era normal— sino que observaba en dirección a los pacientes que entraban en la consulta del doctor al otro lado de la calle. Aquello no era normal. ¿Qué interés podía tener McConchie en aquello?
—Mira —dijo Fergesson mientras andaba rápidamente hacia la entrada de su tienda—, deja esto; algún día quizá seas tú el enfermo, y entonces ¿te gustaría que algún estúpido se te quedara mirando así mientras tú acudes a pedirle ayuda al médico?
—Hey —respondió Stuart, girando la cabeza—, tan sólo estaba mirando a un tipo importante que acaba de entrar y que no consigo acordarme de quién es.
—Sólo un neurótico espía a los otros neuróticos —dijo Fergesson, y penetró en la tienda, abriendo la caja registradora y llenándola de cambio para el día.
De cualquier modo, pensó Fergesson, espera a ver a quien he contratado como reparador de televisión; entonces vas a tener realmente a quien mirar.
Escucha, McConchie —dijo Fergesson—. ¿Sabes ese chico sin brazos ni piernas que va en ese carrito? ¿Ese focomelo que tiene tan sólo diminutos muñones como aletas de foca porque su madre tomó aquella droga en los años sesenta? ¿Ese que siempre está merodeando por aquí porque desea ser reparador de televisión?
Stuart, sujetando su escoba, dijo:
—Lo ha contratado.
—Ajá. Ayer, mientras tú estabas fuera, vendiendo.
Tras una pausa, McConchie dijo:
—Es malo para el negocio.
—¿Por qué? Nadie lo verá; va a estar abajo, en el Departamento de Reparaciones. Y de todos modos hay que darles trabajo a esa clase de personas; no es culpa suya que no tenga ni brazos ni piernas, es culpa de esos alemanes.
Tras otra pausa, Stuart McConchie dijo:
—Primero me contrata usted a mí, a un negro, y ahora a un foco. No soy nadie para decirlo, señor Fergesson, pero creo que está intentando organizarla.
Sintiendo la erupción de la rabia, Fergesson dijo:
—Yo no intento nada, yo hago; no monto castillos en el aire, como tú. Soy un hombre que toma sus decisiones y actúa. —Fue a abrir la caja fuerte—. Su nombre es Hoppy. Vendrá esta mañana. Tendrías que verle manejar el material con sus manos electrónicas; es una maravilla de la ciencia moderna.
—Ya lo he visto —dijo Stuart.
—Y te molesta.
Stuart hizo un gesto.
—Es... antinatural.
Fergesson se le quedó mirando.
—Escucha, no digas nada en esos términos al chico; si te pillo a ti o a cualquier otro de los vendedores o a quien sea que trabaje para mí...
—De acuerdo —murmuró Stuart.
—Estás aburrido —dijo Fergesson—, y el aburrimiento es una consecuencia de que no te empleas a fondo; holgazaneas, y en horas de trabajo. Si trabajaras duro no tendrías tiempo de apoyarte en esa escoba y burlarte a espaldas de la pobre gente que va a ver al doctor. Te prohíbo desde ahora que estés fuera, en la acera; si te descubro allí te despido.
—Oh, Cristo, ¿cómo se supone entonces que iré a los sitios y a comer? ¿Y cómo entraré en la tienda, en primer lugar? ¿A través de la pared?
—Puedes ir y venir —decidió Fergesson—, pero no haraganear.
Con una dolida mirada, Stuart McConchie protestó:
—¡Oh, mierda!
Fergesson ya no prestaba atención a su vendedor; estaba preparando los expositores y los carteles publicitarios para la jornada.


II

El focomelo Hoppy Harrington llegaba generalmente en su carrito a la Modern TV Ventas y Reparaciones hacia las once cada mañana. Generalmente se deslizaba dentro de la tienda, se detenía frente al mostrador y, si Jim Fergesson estaba por allí, le pedía que le dejara bajar para ver como trabajaban los dos reparadores de televisión. Sin embargo, si Fergesson no estaba por allí, se iba casi en seguida, ya que sabía que los vendedores no le dejarían bajar; simplemente se reirían de él haciéndole falsas promesas. No le importaba. O al menos eso era lo que podía decir Stuart McConchie: no le importaba.
Pero, de hecho, Stuart se dio cuenta de que no comprendía a Hoppy, con su rostro afilado de ojos brillantes y su rápida y nerviosa manera de hablar que a menudo se convertía en un tartamudeo. No lo comprendía psicológicamente. ¿Por qué deseaba Hoppy reparar televisores? ¿Qué había de interesante en ello? La forma en que merodeaba el foco le hacía pensar a uno que era el mejor de los oficios. Y en cambio el trabajo de reparador era duro, sucio, y no estaba demasiado bien pagado. Pero Hoppy estaba apasionadamente determinado a convertirse en un reparador de televisión, y ahora lo había conseguido, puesto que Fergesson estaba obcecado en hacer lo correcto con todos los grupos minoritarios del mundo. Fergesson era miembro de la Unión Americana para las Libertades Civiles, de la Asociación Nacional para el Progreso de la Gente de Color y de la Liga de Ayuda a los Disminuidos... aunque esta última, por lo que sabía Stuart, no era más que un grupo político a escala internacional creado para encontrar trabajos fáciles a todas las víctimas de la medicina y la ciencia modernas, como la multitud de la catástrofe Bluthgeld de 1972.
¿Y entonces qué hay conmigo?, se preguntó Stuart mientras se sentaba arriba, en la oficina de la tienda, para poner al corriente su talonario de ventas. Quiero decir, pensó, con un foco trabajando aquí... eso me convierte prácticamente en algo así como un monstruo producto de las radiaciones también, como si el hecho de ser de color fuera una especie de forma anticipada de quemaduras radiactivas. Se sintió repentinamente triste al pensar en aquello.
Hubo un tiempo, pensó, en el que todos los pueblos de la Tierra eran blancos, y entonces algún pollino de mierda hizo estallar una bomba a gran altura digamos que hace unos diez mil años, y algunos de nosotros resultamos quemados, y fue algo que se hizo permanente, afectó a nuestros genes.
Y así estamos hoy.
Otro vendedor, Jack Lightheiser, entró y se sentó al otro lado del escritorio frente a él y encendió un Corona.
—He oído que Jim ha contratado a ese chico del carrito —dijo Lightheiser—. Sabes por qué lo ha hecho, ¿no? Por publicidad. Todas las revistas de ciencia-ficción hablarán de ello. A Jim le gusta ver su nombre en los papeles. Es muy astuto, cuando uno piensa en ello. El primer comerciante al detall en la Bahía Este que contrata a un foco.
Stuart gruño.
—Jim tiene una imagen idealizada de sí mismo —dijo Lightheiser—. No es tan sólo un comerciante; es un moderno romano, es una mente cívica. Después de todo, es un hombre educado... posee un doctorado por Stanford.
—Eso ya no significa nada —dijo Stuart. El mismo había conseguido un doctorado por California en 1975, y ya podía ver a dónde lo había llevado.
—Lo obtuvo cuando aún significaba algo —dijo Lightheiser—. Después de todo, se graduó en 1947; está en aquel documento que posee extendido por el Gobierno.
Bajo ellos, ante la puerta principal de la Modern TV, apareció un carrito a ruedas, en cuyo centro, frente a un panel de control, estaba sentada una figura delgada. Stuart gruño y Lightheiser le miró.
—Es un pelmazo —dijo Stuart.
Dejará de serlo cuando empiece a trabajar —dijo Lightheiser—. El chico es todo cerebro, nada de cuerpo, o muy poco. Lo único que tiene es una mente poderosa, y también ambición. Dios, tiene tan sólo diecisiete años y todo lo que desea es trabajar, salir de la escuela y trabajar. Es admirable.
Ambos contemplaron a Hoppy en su carrito; Hoppy rodaba hacia las escaleras que descendían al Departamento de Reparaciones de televisión.
—¿Los chicos de abajo ya lo saben? —preguntó Stuart.
—Oh, seguro. Jim se lo dijo la noche pasada. Se lo toman filosóficamente; ya sabes como son los reparadores de televisión... maldicen de todo, pero eso no quiere decir nada; se pasan maldiciendo todo el tiempo.
Oyendo la voz del vendedor, Hoppy miró bruscamente hacia arriba. Su delgado y adusto rostro se enfrentó a ellos; sus ojos llameaban mientras dijo tartamudeando:
—Hey, ¿está por ahí el señor Fergesson?
—No —dijo Stuart.
—El señor Fergesson me ha contratado —dijo el foco.
—Ajá —dijo Stuart. Ni él ni Lightheiser se movieron; permanecieron sentados junto al escritorio, mirando hacia abajo, al foco.
—¿Puedo bajar? preguntó Hoppy.
Lightheiser se alzó de hombros.
—Salgo a tomar una taza de café —dijo Stuart, poniéndose en pie—. Volveré en diez minutos; vigila la tienda por mí, ¿vale?
—Seguro —dijo Lightheiser, asintiendo mientras chupaba su cigarro.
Cuando Stuart llegó a la planta baja el foco aún seguía allí; todavía no había iniciado el difícil descenso al sótano.
—Espíritu del 72 —dijo Stuart al pasar al lado del carrito.
El foco enrojeció y tartamudeó:
—Nací en 1964; no tengo nada que ver con aquella explosión. —Mientras Stuart cruzaba la puerta y salía a la calle, el foco gritó tras él ansiosamente—: Fue esa droga, esa talidomida. Todo el mundo lo sabe.
Stuart no respondió; siguió su camino hacia la taza de café.

Al focomelo le costaba maniobrar su carrito escalera abajo hasta el sótano, donde los reparadores de televisión trabajaban en sus bancos, pero tras un tiempo lo consiguió, agarrando el pasamanos con los extensores manuales que generosamente le había proporcionado el Gobierno de los Estados Unidos. Los extensores no eran en realidad muy buenos; tenían ya cinco años, y no solamente estaban parcialmente gastados sino que estaban —como había podido comprobar leyendo las publicaciones especializadas del momento— anticuados. En teoría, el Gobierno debía reemplazar su equipo por el modelo más reciente; el Decreto Remington lo especificaba, y él había escrito al decano de los senadores de California, Alf M. Partland, al respecto. Sin embargo, hasta el presente no había recibido respuesta. Pero era paciente. Había escrito varias veces cartas a los miembros de la Cámara de Representantes de los Estados Unidos sobre una variedad de temas, y a menudo las respuestas habían llegado muy tarde o simplemente habían consistido en circulares impresas, y a veces ni siquiera había habido respuesta.
En este caso, sin embargo, Hoppy Harrington tenía la ley de su lado, y era tan sólo una cuestión de tiempo antes de que consiguiera obligar a alguien con la suficiente autoridad a darle lo que le correspondía. Se sentía intransigente al respecto: paciente e intransigente. Tenían que ayudarle, lo quisieran o no. Su padre, un criador de ovejas en el valle Sonoma, se lo había dicho claramente: no dudes nunca en exigir lo que te corresponde por derecho.
Rugieron sonidos. Los reparadores trabajaban; Hoppy hizo una pausa, abrió la puerta e hizo frente a los dos hombres sentados ante sus largos y atestados bancos, con sus instrumentos y medidores, sus diales y herramientas y televisores en todos los estadios de descomposición. Ninguno de los reparadores hizo ademán de haberle visto.
—Oye —dijo de pronto uno de los reparadores, sorprendiéndole—. El trabajo manual está muy mal considerado. ¿Por qué no te buscas algo intelectual, por qué no te vuelves a la escuela y sacas algún título?— El reparador se giró para mirarle interrogativamente.
No, pensó Hoppy. Deseo trabajar con... mis manos.
—Podrías convertirte en un científico —dijo el otro reparador, sin dejar su trabajo; estaba verificando un circuito, estudiando su voltímetro.
—Como Bluthgeld —dijo Hoppy.
El reparador se echó a reír al oír aquello, con simpatía y comprensión.
—El señor Fergesson me dijo que me darían algún trabajo —dijo Hoppy—. Algo fácil de hacer, para empezar. ¿De acuerdo? —Esperó, temeroso de que no le respondieran, y entonces uno de ellos señaló hacia un tocadiscos automático—. ¿Qué es lo que tiene? —dijo Hoppy, examinando la tarjeta de reparación—. Sé que puedo arreglarlo.
—Un muelle roto —dijo uno de los reparadores—. No se para después del último disco.
—Ya veo —dijo Hoppy. Tomó el tocadiscos con sus dos extensores manuales y rodó hacia el extremo más alejado del banco, donde había un espacio despejado—. Trabajaré aquí.
—Los reparadores no protestaron, así que tomó unas pinzas. Es fácil, se dijo. He practicado en casa. Se concentró en el tocadiscos pero sin dejar de observar a los dos reparadores con el rabillo del ojo. He practicado muchas veces; casi siempre funciona, y cada vez mejor, cada vez es más preciso. Más previsible. Un muelle es un objeto pequeño, pensó, tan pequeño como cualquier otra cosa. Tan ligero que bastaría con soplarle. Veo dónde estás roto, pensó. Moléculas de metal que no se tocan, como antes. Se concentró en aquel punto, sujetando las pinzas de tal modo que el reparador que estaba más cerca de él no pudiera ver; pretendió sujetar el muelle, como si intentara sacarlo.
Cuando terminó se dio cuenta que había alguien detrás de él, observándole desde hacía un rato; se giró, y vio a Jim Fergesson, su patrón, sin decir nada sino simplemente de pie allí con una peculiar expresión en su rostro, las manos metidas en los bolsillos.
—Ya está —dijo Hoppy nerviosamente.
—Déjame ver —dijo Fergesson. Tomó el tocadiscos, lo levantó hasta la luz de los tubos fluorescentes.
¿Me habrá visto?, se preguntó Hoppy. ¿Comprende, y si es así qué piensa de ello? ¿No le gusta, le preocupa? ¿Se siente... horrorizado?
Hubo un silencio mientras Fergesson inspeccionaba el tocadiscos.
—¿De dónde has tomado el muelle nuevo? —preguntó de pronto.
—Oh, estaba por ahí —dijo rápidamente Hoppy.
Todo iba bien. Fergesson, si lo había visto, no había comprendido nada. El focomelo se relajó y se sintió contento, sintió que un placer de orden superior tomaba el lugar de su anterior ansiedad; sonrió a los dos reparadores, y miró a su alrededor en busca de un próximo trabajo.
—¿No te pone nervioso que haya alguien mirándote? —dijo Fergesson.
—No —dijo Hoppy—. La gente puede mirarme todo lo que quiera; ya sé que soy diferente. Me han mirado desde mi nacimiento.
—Quiero decir cuando trabajas.
—No —dijo, y su voz sonó fuerte, quizá demasiado fuerte, en sus oídos—. Antes de tener un carrito —dijo—, antes de que el Gobierno me proporcionara nada, mi padre me llevaba de un lado a otro cargado a su espalda, en una especie de mochila. Como un niño indio. Sonrió, inseguro.
—Entiendo —dijo Fergesson.
—Esto ocurría en Sonoma —dijo Hoppy—. Allí crecí, Había ovejas. En una ocasión un carnero me topeteó y salí volando por los aires, Como una bola. —Se echó a reír de nuevo; los dos reparadores lo miraban silenciosos, ambos haciendo una pausa en su trabajo.
—Apuesto —dijo uno de ellos tras un instante— a que seguiste rodando cuando llegaste al suelo.
—Sí —dijo Hoppy, sonriendo, Todos ellos sonreían ahora, él y Fergesson y los dos reparadores; imaginaban la escena, con él, Hoppy Harrington, a los siete años, sin brazos ni piernas, sólo un torso y una cabeza, girando por el suelo, gritando de miedo y dolor... pero era divertido; lo sabía. Lo contaba de modo que fuera divertido; lo hacía a propósito.
—Estás mucho mejor equipado ahora, con tu carrito —dijo Fergesson.
—Oh, sí —dijo—. Y estoy diseñando uno nuevo, un diseño propio; todo electrónico. He leído un artículo sobre conexiones cerebrales, las están aplicando en Suiza y en Alemania. Uno es conectado de tal modo a los centros motores del cerebro que no hay tiempo de respuesta: puede moverse tan rápidamente como... como una estructura fisiológica normal. —Había estado a punto de decir como un ser humano—. Lo habré perfeccionado en un par de años —dijo—, y será incluso un perfeccionamiento con respecto a los modelos suizos. Y entonces podré librarme de toda esa chatarra gubernamental.
—Admiro tu valor —dijo Fergesson con voz formalmente solemne.
Sonriendo, Hoppy dijo con un ligero tartamudeo:
—G-gracias, señor Fergesson.
Uno de los reparadores le tendió un sintonizador multiplex de frecuencia modulada.
—Fluctúa. Mira a ver qué puedes hacer para arreglarlo.
—De acuerdo —dijo Hoppy, tomándolo con sus extensores metálicos—. Seguro que podré. He hecho un montón de reglajes así en casa; soy un experto en eso. —Para él era el trabajo más sencillo de todos: tan sólo tenía que concentrarse en el instrumento. Era como si estuviera pensado para él y sus habilidades.

Mirando el calendario de la pared de su cocina, Bonny Keller vio que aquél era el día en que su amigo Bruno Bluthgeld iba a ver a su psiquiatra, el doctor Stockstill, a su consulta en Berkeley. De hecho, ya había visto a Stockstill, había tenido su primera hora de terapia y se había marchado. Sin duda ahora debía estar conduciendo de vuelta a Livermore y a su propia oficina en el Laboratorio de Radiación, el laboratorio para el cual ella misma había trabajado hacía unos años, antes de quedar encinta; allí era donde había conocido al doctor Bluthgeld, en 1975. Ahora tenía treinta y un años y vivía en West Marin; su esposo George era el director adjunto de la escuela primaria local, y ella se sentía muy feliz.
Bueno, no completamente feliz. Tan sólo moderadamente —tolerablemente— feliz. Continuaba haciéndose psicoanalizar —una vez a la semana en lugar de tres— y en muchos aspectos se conocía mejor a sí misma, sus derivaciones inconscientes y sus distorsiones sistemáticas de la realidad de la situación. Seis años de análisis le habían hecho muy bien, pero no estaba curada. En realidad no existía curación; la «enfermedad» era la propia vida, y era preciso que se produjera un crecimiento constante (o más bien una adaptación a un crecimiento viable), o el resultado sería un estancamiento psíquico.
Y estaba determinada a no estancarse. Precisamente ahora estaba leyendo La Decadencia de Occidente en su original alemán; llevaba leídas cincuenta páginas y valía realmente la pena. ¿Y quién otro había aparte de ella que las hubiera leído, incluso en inglés?
Su interés hacia la cultura germana, a través de su producción literaria y filosófica, había empezado hacía unos años, a través de su contacto con el doctor Bluthgeld. Aunque había estudiado tres años de alemán en la universidad, no lo había tomado como un elemento vital para su vida adulta; como muchas otras cosas de las que había aprendido concienzudamente, se había sumergido en su inconsciente desde que se había graduado y conseguido un empleo. La magnética presencia de Bluthgeld había reactivado y ampliado muchos de sus intereses académicos, su amor a la música y al arte... reconocía su gran deuda con Bluthgeld, y se sentía agradecida por ello.
Ahora, por supuesto, Bluthgeld estaba enfermo, como sabía casi todo el mundo en Livermore. El hombre poseía una conciencia profunda, y no había dejado de sufrir desde el error de 1972... y todos aquellos que lo sabían, todos aquellos que formaban parte de Livermore en los días del suceso, reconocían que no había sido específicamente culpa suya; no era su responsabilidad personal, pero él la había hecho suya, y a causa de ello había caído enfermo, un poco más a cada año que pasaba.
Mucha gente entrenada, y los más delicados aparatos, las más sofisticadas computadoras de la época, se habían visto involucrados en el cálculo erróneo... erróneo no en términos de la totalidad del conocimiento disponible en 1972, sino erróneo con relación a la situación real. Las enormes masas de nubes radiactivas no habían derivado hacia el espacio como se calculaba sino que habían sido atraídas por el campo gravitatorio terrestre y habían regresado a la atmósfera; nadie se había sorprendido más que el personal de Livermore. Ahora, por supuesto, la Capa Jamison-French era completamente conocida; incluso las revistas populares como Time y US News podían explicar lúcidamente lo que había fallado y por qué. Pero esto era nueve años más tarde.
Pensando en la Capa Jamison-French, Bonny recordó el acontecimiento del día, que estaba a punto de perderse. Se dirigió al televisor del salón y lo conectó. ¿Habría sido lanzado ya?, se preguntó, consultando su reloj. No, no antes de media hora. La pantalla se iluminó, y el cohete estaba aún allá en su torre de lanzamiento, rodeado de personal, de camiones, de aparatos; estaba aún en el suelo, y probablemente Walter Dangerfield y la señora Dangerfield aún no habían subido a bordo.
La primera pareja que emigraba a Marte, se dijo a sí misma socarronamente, pensando en lo que debía sentir Lydia Dangerfield en aquel momento... aquella alta mujer rubia que sabía que sus probabilidades de alcanzar Marte habían sido computadas en tan sólo un sesenta por ciento. Un gran equipo, enormes excavaciones y construcciones, les aguardaban, pero ¿y si resultaban incinerados por el camino? De todos modos, aquello debía estar impresionando al bloque soviético, que había fracasado en su intento de establecer una colonia en la Luna; los rusos habían muerto penosamente, por falta de aire o de alimentos... nadie lo sabía con exactitud. Fuera como fuese, la colonia había desaparecido. Había salido de la historia del mismo modo como había entrado, misteriosamente.
La idea de la NASA enviando tan sólo a una pareja, un hombre y su esposa, en lugar de un grupo, la asombraba; sentía instintivamente que era dar oportunidades al fracaso no diversificar las posibilidades. Debería haber algunas personas partiendo de Nueva York, otras de California, pensó mientras observaba en la pantalla de televisión a los técnicos procediendo a las últimas inspecciones en el cohete. ¿Cómo se le llamaba a aquello? ¿Compensar los riesgos? De todos modos, no debían colocarse todos los huevos en una sola cesta... y, sin embargo, esto era lo que había hecho siempre la NASA, un solo astronauta cada vez, desde el principio, y siempre con mucha publicidad. Cuando Henry Chancellor, allá por 1967, había ardido en partículas en su plataforma espacial, todo el mundo había podido verlo a través de la televisión... con el corazón encogido, por supuesto, pero les habían dejado verlo. Y la reacción pública había retrasado la exploración espacial en el Este por cinco años.
—Como pueden ver ustedes ahora —estaba diciendo el locutor de la NBC con suave pero apresurada voz—, se están realizando los últimos preparativos. La llegada del señor y la señora Dangerfield es esperada de un momento a otro. Permítannos recordarles una vez más para su información los enormes preparativos que se han necesitado para garantizar...
Pamplinas, se dijo Bonny Keller, y con un estremecimiento apagó el televisor. No puedo mirar, se confesó.
Pero por otro lado, ¿qué otra cosa podía hacer? ¿Tan sólo permanecer sentada mordiéndose las uñas durante las próximas seis horas... de hecho durante las dos próximas semanas? La única respuesta hubiera sido no recordar que hoy era el día en que iba a ser lanzada la Primera Pareja. De todos modos, ahora ya era demasiado tarde para no recordarlo.
Le gustaba pensar en ellos así, como la primera pareja... como algo leído en una antigua y sentimental historia de ciencia-ficción. Adán y Eva, revisados y actualizados, excepto que realmente Walt Dangerfield no era un Adán; daba más bien la imagen del último y no del primer hombre, con su retorcida y mordiente inteligencia, su entrecortado y casi cínico modo de hablar cuando se dirigía a los periodistas. Bonny lo admiraba: Dangerfield no era un cualquiera, no era un joven autómata rubio con el pelo cortado a cepillo, preocupado únicamente por la última tarea que le había asignado la Fuerza Aérea. Walt era una persona real, y no había la menor duda de que por eso lo había seleccionado la NASA. Sus genes... probablemente debían estar henchidos con cuatro mil años de cultura, la herencia de la humanidad contenida en ellos. Walt y Lydia fundarían una Nova Terra... dentro de poco habría montones de sofisticados pequeños Dangerfield correteando por Marte, declamando intelectualmente y, sin embargo, rezumando pura ironía como la rezumaba el propio Dangerfield.
—Imagínenlo como una larga autopista —había dicho en una ocasión Dangerfield, en una entrevista, respondiendo a la pregunta de un periodista acerca de los peligros del viaje—. Un millón y medio de kilómetros y diez carriles... sin nadie que te venga de frente, sin ningún camión que te estorbe el paso. Piensen que son las cuatro de la madrugada... y sólo está tu coche, no hay ningún otro. Así que, ¿por qué preocuparse? —y entonces había sonreído como sólo él sabía hacerlo.
Inclinándose, Bonny volvió a conectar la televisión.
Y entonces apareció en la pantalla el rubicundo rostro de Walt Dangerfield, con sus gafas; llevaba su traje espacial —todo menos el casco—, y a su lado estaba Lydia, silenciosa, mientras Walt respondía a las preguntas.
—Me han dicho —estaba diciendo Walt, con un movimiento de chicle en su mandíbula, como si estuviera masticando la pregunta antes de contestarla— que hay una E.V.D. en Boise, Idaho, que está preocupada por mí. —Miró hacia un lado, como si alguien en la ruidosa habitación le hubiera hecho una pregunta—. ¿Una E.V.D.? —dijo Walt—. Bueno... es un término acuñado por el ya difunto Herb Caen para Encantadora Vieja Dama... siempre hay alguna de ellas, en cualquier lugar. Probablemente habrá una también en Marte, y vivirá en la calle de enfrente de nosotros. Bueno, como iba diciendo, esa de Boise, si he comprendido bien, está algo inquieta acerca de Lydia y de mí, preocupada porque nos puede pasar algo. Así que nos ha enviado un amuleto. —Lo mostró, sujetándolo torpemente con el grueso guante de su traje. Todos los periodistas murmuraron, divertidos—. Bonito, ¿verdad? —dijo Dangerfield—. Les diré para qué sirve: es bueno para el reuma. —Los periodistas rieron—. En caso de que pillemos el reuma en Marte. ¿O será la gota? Creo que dice la gota en su carta. —Miró a su mujer—. Es la gota, ¿verdad?
Imagino, pensó Bonny, que aún no se fabrican amuletos para eludir los meteoritos o las radiaciones. Se sentía triste, como si una premonición hubiera planeado sobre ella. ¿O se trataba únicamente de que aquél era el día de la primera visita de Bruno Bluthgeld al psiquiatra? Aquel hecho le traía pensamientos dolorosos, pensamientos de muerte y radiaciones y errores de cálculo y terrible e interminable enfermedad.
No creo que Bruno se haya vuelto paranoico esquizofrénico, se dijo. Es tan sólo un deterioro de la situación, y con la adecuada ayuda psiquiátrica —unas pocas píldoras aquí y allá— volverá a estar bien. Es una irregularidad endocrina que se manifiesta físicamente, y que puede curarse muy bien con eso; no es un defecto de carácter, una constitución psicótica, revelándose bajo la forma de stress.
Pero lo que sé, pensó melancólicamente, es que fue necesario que Bruno se sentara aquí y nos dijera que «ellos» estaban envenenando su agua potable para que George y yo nos diéramos cuenta de lo grave que era el asunto... ya que él simplemente parecía deprimido.
En aquel momento podía imaginar a Bruno con una receta para algunas píldoras que estimularan el córtex o aislaran el diencéfalo; en cualquier caso el moderno equivalente occidental de las hierbas medicinales chinas, alterando el metabolismo del cerebro de Bruno, librándole de sus obsesiones como si fueran telarañas. Y todo volvería a ir bien de nuevo; ella y George y Bruno estarían juntos de nuevo para sus Conciertos de Música Barroca de West Marin, interpretando a Bach y a Haendel por la noche... como antes. Ellos dos a la flauta de la Selva Negra (auténticas), y ella al piano. El salón lleno de la barroca música y el aroma del pan horneado en casa, y una botella de vino de Buena Vista de la más antigua bodega de California...
En la pantalla del televisor Walt Dangerfield estaba bromeando con su elaborado estilo, una mezcla de Voltaire y Will Rogers.
—Oh, sí —estaba diciendo a una periodista que llevaba un divertido sombrero amplísimo—. Esperamos descubrir un montón de extrañas formas de vida en Marte. —Y miró a su sombrero, como diciendo: «Creo que ahí hay una», y todos los periodistas rieron de nuevo—. Creo que se ha movido —dijo Dangerfield, señalando el sombrero a su tranquila e impasible esposa—. Está viniendo hacia nosotros, querida.
La quiere realmente, se dijo Bonny, observándolos a los dos. Me pregunto si George ha sentido alguna vez hacia mí lo mismo que Walt Dangerfield siente hacia su esposa; lo dudo, francamente. Si fuera así, nunca me hubiera permitido llevar a cabo esos dos abortos terapéuticos. Aquello la hizo sentirse aún más triste, y se levantó y se alejó del televisor, dándole la espalda.
A George tendrían que enviar a Marte, pensó amargamente. O mejor aún, enviarnos a todos nosotros, a George y a mí y a los Dangerfield; George podría tener un escarceo con Lydia Dangerfield —si es capaz— y yo podría acostarme con Walt; estoy segura de que sería una compañera adecuada para la gran aventura. ¿Por qué no?
Me gustaría que ocurriera algo, se dijo. Me gustaría que Bruno llamara para decir que el doctor Stockstill lo había curado, o me gustaría que Dangerfield decidiera repentinamente que no seguía adelante, o que los chinos desencadenaran la Tercera Guerra Mundial, o que George firmara de una vez ese horrible contrato con la dirección de la escuela como ha dicho que haría. Algo, cualquier cosa. Quizá, pensó, debería sacar mi rueda de alfarero y ponerme a hacer cerámica; regresar a la autoproclamada creatividad, o dedicarme a la sodomía, o lo que sea. Podría dedicarme a la cerámica porno. Diseñarla, cocerla en el horno de Violet Clatt, venderla en San Anselmo a la Compañía de Artes Creativas, esa asociación de mujeres que rechazó mi bisutería soldada el año pasado. Sé que aceptarían una cerámica porno si fuera realmente una buena cerámica porno.

Una pequeña multitud se había reunido ante el escaparate de la Modern TV para ver el enorme aparato estéreo de televisión en color, ya que en todos lados el vuelo de los Dangerfield era mostrado a todos los americanos, en sus casas y en sus lugares de trabajo. Stuart McConchie permanecía con los brazos cruzados, detrás de la gente, mirando también.
—El fantasma de John L. Lewis —estaba diciendo Walt Dangerfield con su seca voz— comprendería el verdadero sentido de las dietas de traslado... De no haber sido por él, probablemente me hubieran pagado unos cinco dólares por hacer este viaje, con el argumento de que mi trabajo no empezará realmente hasta que haya llegado allí. —Su expresión era más seria ahora; era ya casi el momento para él y Lydia de entrar en la cápsula de la nave—. Tan sólo recuerden esto... si nos ocurre alguna cosa, si nos perdemos, no vengan a buscarnos. Quédense en casa, y estoy seguro de que Lydia y yo reapareceremos en alguna parte.
—Buena suerte —estaban murmurando los periodistas, mientras los oficiales y los técnicos de la NASA aparecían y se llevaban a los Dangerfield fuera del campo de visión de las cámaras.
—No va a ser largo —dijo Stuart a Lightheiser, que se había reunido con él para verlo también.
—Es un idiota —dijo Lightheiser, masticando un palillo—. No volverá nunca; no van a quedar ni los huesos.
—¿Y por qué querría volver? —dijo Stuart—. ¿Qué hay que sea interesante aquí? —Sentía envidia de Walt Dangerfield; le hubiera gustado ser él, Stuart McConchie, el que estaba ante las cámaras de televisión, contemplado por todo el mundo.
Hoppy Harrington llegó apresuradamente en su carrito, procedente de las escaleras que conducían al sótano.
—¿Ya lo han lanzado? —preguntó a Stuart con voz nerviosamente precipitada, mirando a la pantalla—. Se quemarán; les pasará lo mismo que aquella otra vez, en el 65. Yo no lo recuerdo, naturalmente, pero...
—Cállate, ¿quieres? —dijo en voz baja Lightheiser, y el focomelo, enrojeciendo, guardó silencio. Entonces todos se quedaron mirando, cada uno con sus propios pensamientos y reacciones, mientras en la pantalla del televisor el último equipo de inspección surgía en un andamiaje a la altura de la nariz del cohete. La cuenta atrás iba a empezar de un momento a otro; el cohete había sido cargado de combustible, comprobado concienzudamente, y ahora la pareja estaba entrando en él. El pequeño grupo alrededor del televisor se agitaba y murmuraba.
Un poco después, aquella misma tarde, su espera sería recompensada, ya que Dutchman IV emprendería el vuelo; orbitaría la Tierra durante aproximadamente una hora, y la gente seguiría ante la pantalla de televisión mirándolo, viendo como el cohete giraba y giraba, y entonces finalmente sería tomada la decisión, y alguien abajo en el búnker de cemento prendería la ignición de la última fase y el cohete orbital cambiaría su trayectoria y abandonaría el mundo. Ya lo habían visto otras veces; era casi lo mismo cada vez, pero esta vez había algo nuevo ya que la gente de aquel cohete no regresaría nunca. Por eso valía la pena perder un día frente al aparato; la multitud estaba dispuesta a esperar.
Stuart McConchie pensaba en ir a comer y luego regresar y seguir mirando; se pararía de nuevo allí, junto a los demás. Iba a trabajar muy poco aquel día, no iba a vender televisores a nadie. Pero eso era más importante. No podía perdérselo. Quizá yo esté también ahí algún día, se dijo; quizá yo emigre también más tarde, cuando haya ganado lo suficiente como para casarme, tomar a mi esposa y a mis hijos e iniciar una nueva vida allá arriba en Marte, cuando la colonia esté creciendo y sea algo más que máquinas.
Se imaginó a sí mismo en la cápsula, como Walt Dangerfield, atado junto a una mujer enormemente atractiva. Ambos pioneros, él y ella, fundando una nueva civilización en un nuevo planeta. Pero entonces su estómago gruñó y se dio cuenta de lo hambriento que estaba; no podía posponer por mucho tiempo la comida.
Mientras seguía mirando al enorme cohete erguido en la pantalla de televisión, sus pensamientos se desviaron hacia un plato de sopa y panecillos y estofado de buey y tarta de manzanas con helado, todo ello servido en el Café de Fred.


III

Stuart McConchie comía casi cada día en el Café que estaba un poco más arriba en la misma calle que la Modern TV. Hoy, al entrar en el Café de Fred, vio con irritación que el carrito de Hoppy Harrington estaba aparcado en la parte del fondo, con Hoppy comiendo tranquilamente del modo más natural, como si fuera un asiduo cliente. Maldita sea, pensó Stuart. Está tomando el mando; los focos están tomando el mando. Y ni siquiera lo he visto marcharse de la tienda.
De todos modos, Stuart se sentó a una mesa y consultó el menú. No conseguirá echarme de aquí, se dijo a sí mismo mientras miraba cuál era el plato del día y lo que costaba. Estaban a finales de mes, y Stuart estaba casi sin blanca. Constantemente estaba pendiente del cheque quincenal de la paga; Fergesson los enviaba siempre personalmente a finales de semana.
El chillón sonido de la voz del foco le llegó a Stuart mientras sorbía su sopa; Hoppy estaba contando alguna de sus historias, pero ¿a quién? ¿A Connie, la camarera? Stuart giró la cabeza y vio que tanto la camarera como Tony el cocinero estaban de pie cerca del carrito de Hoppy, escuchando, y ninguno de los dos mostraba la menor revulsión hacia el foco.
Entonces Hoppy vio y reconoció a Stuart.
—¡Hey! —llamó.
Stuart inclinó la cabeza y se giró de nuevo, concentrándose en su sopa.
El foco le estaba diciendo a todo el mundo algo acerca de un invento suyo, una especie de trasto electrónico que había construido o que pensaba construir... Stuart no lo sabía seguro, y por supuesto tampoco le importaba. No era cosa suya lo que Hoppy construyera, ni qué tipo de ideas locas emanaban del cerebro del medio hombre. No había la menor duda de que sería algo estúpido, se dijo Stuart. Algo extravagante, como la máquina de movimiento perpetuo... quizá un carrito de movimiento perpetuo para conducirlo él. Se rió ante aquella idea, divertido. Tengo que decírselo a Lightheiser, decidió. El movimiento perpetuo de Hoppy... y entonces pensó: su focomóvil. Stuart no pudo evitar el echarse a reír.
Hoppy oyó su risa y evidentemente pensó que se estaba riendo de algo de lo que él decía.
—Hey, Stuart —dijo—, ven aquí conmigo, te invito a una cerveza.
El imbécil, pensó Stuart. ¿No sabe que Fergesson nunca nos deja beber cerveza a la hora de la comida? Es una regla; si tomamos una cerveza se supone que no vale la pena que volvamos a la tienda y ya nos enviará el cheque por correo.
—Escucha —le dijo al foco, girándose en su silla—, cuando trabajes un poco más para Fergesson sabrás que no tienes que decir estupideces como ésta.
Enrojeciendo, el foco murmuró:
—¿Qué quieres decir?
—Fergesson no quiere que sus empleados beban —dijo el cocinero—; es contrario a su religión, ¿no es así, Stuart?
—Exacto —dijo Stuart—. Y será mejor que lo aprendas.
—No lo sabía —dijo el foco—, y de todos modos yo tampoco hubiera bebido. Pero no veo qué derecho tiene un patrón de decirle a sus empleados lo que pueden hacer durante su tiempo libre. Esta es la hora de la comida, y uno tendría que poder beber una cerveza si le apeteciera. —Su voz era cortante, llena de ceñuda indignación. Ya no estaba bromeando.
—No quiere que sus vendedores vuelvan oliendo como una cervecería —dijo Stuart—; y creo que tiene razón. Podría ofender a cualquier vieja dama que entrara a comprar.
—Comprendo esto para los vendedores como tú —dijo Hoppy—, pero yo no soy un vendedor; soy un reparador, y me bebería una cerveza si me apeteciera.
El cocinero parecía incómodo.
—Mira, Hoppy... —empezó.
—Eres demasiado joven para tomarte una cerveza —dijo Stuart. Ahora todo el mundo en el Café los estaba mirando y escuchando.
El rostro del foco tenía un color rojo intenso.
—Soy mayor —dijo, con una voz calmada y átona.
—No le sirvas ninguna cerveza —dijo Connie, la camarera, al cocinero—. Es tan sólo un muchacho.
Metiéndose un extensor en el bolsillo, Hoppy extrajo su portadocumentos, y lo depositó secamente sobre el mostrador.
—Tengo veintiuno —dijo.
Stuart se echó a reír.
—Tonterías —dijo. Debía haber algo falso en aquella identificación, se dijo. El idiota se la debía haber hecho él mismo o la había rectificado o algo así. Tenía que ser exactamente como todo el mundo; era una obsesión para él.
El cocinero examinó la identificación del portadocumentos y dijo:
—Huau, dice que tiene la edad. Pero Hoppy, recuerda aquella otra vez que viniste aquí y te serví una cerveza; recuerda...
—Tienes que servirme —dijo el foco.
Con un gruñido, el cocinero fue a buscar una botella de cerveza Hamm y la dejó, sin abrir, delante de Hoppy.
—Un abridor —dijo el foco.
El cocinero fue a buscar un abridor; lo hizo deslizar sobre el mostrador, y Hoppy abrió la botella.
Haciendo una profunda inspiración, se la bebió.
¿Qué está pasando?, se dijo Stuart, observando la forma como el cocinero y Connie —y también una pareja de clientes— miraban a Hoppy. ¿Se cae redondo o algo así? ¿Tal vez se convierte en un loco furioso? Se sintió al mismo tiempo profundamente disgustado e intranquilo. Me gustaría haber terminado de comer, pensó; me gustaría estar fuera de aquí. Pase lo que pase, no quiero ser testigo de ello. Volveré a la tienda y miraré de nuevo el cohete, decidió. Seguiré el vuelo de Dangerfield; no tengo por qué perder el tiempo aquí.
Pero se quedó donde estaba, porque algo estaba ocurriendo, algo peculiar relacionado con Hoppy Harrington; no podía apartar su atención de él por mucho que lo intentara.
En el centro de su carrito, el focomelo se había acurrucado como si fuera a dormirse. Yacía con su cabeza apoyada sobre la barra de dirección, y sus ojos estaban casi cerrados; su mirada era vidriosa.
—Dios —dijo el cocinero—. Está empezando de nuevo.
—Parecía implorar al resto de la asistencia, como si les pidiera que hicieran algo, pero nadie se movió; todos permanecieron de pie o sentados allí donde estaban.
—Sabía que ocurriría —dijo Connie, con una voz amarga y acusadora.
Los labios del foco temblaron, y dijo en un murmullo:
—Preguntadme. Que alguien me pregunte.
—¿Preguntarte qué? —dijo rabioso el cocinero. Hizo un gesto de disgusto, dio media vuelta, y se alejó a vigilar su parrilla.
—Preguntadme —repitió Hoppy, con una voz embotada y lejana, como si estuviera hablando en alguna especie de trance. Observándolo, Stuart se dio cuenta que era efectivamente un trance, alguna clase de epilepsia. Estaba deseando levantarse e irse de allí, pero no podía moverse; como todos los demás, permanecía en su sitio, observando.
—¿No puedes llevártelo a la tienda? —dijo Connie a Stuart—. ¡Lo único que tienes que hacer es empujarlo! —Le miró con ojos irritados, pero no era culpa de él; Stuart se apartó a un lado e hizo un gesto para mostrar su impotencia.
Murmurando, el foco se agitaba en su carrito, con sus extensores manuales de plástico y metal retorciéndose.
—Preguntadme acerca de ello —estaba diciendo—. Vamos, antes de que sea demasiado tarde; puedo decíroslo ahora, puedo verlo.
Desde su parrilla, el cocinero dijo en voz alta:
—Me gustaría que alguno de vosotros se lo preguntara. Así terminaremos de una vez con esto; sé que alguno de vosotros va a terminar por hacerlo, y si no... yo tengo un par de preguntas. —Dejó su espátula y se acercó al foco—. Hoppy —dijo en voz alta—, dijiste la otra vez que todo estaba negro. ¿Es eso cierto? ¿No hay ninguna luz?
Los labios del foco se crisparon.
—Algo de luz. Una débil luz. Amarilla, como una llama consumiéndose.
Al lado de Stuart apareció el joyero de mediana edad del otro lado de la calle.
—Yo estaba aquí la otra vez —le susurró a Stuart—. ¿Quieres saber lo que ve? Puedo decírtelo; escucha, Stu, ve el más allá.
—¿Más allá de qué? —dijo Stuart, levantándose para poder ver y oír mejor; todos se habían acercado ahora, a fin de no perderse nada.
—Ya sabes —dijo el señor Crody—. Más allá de la tumba. El después de la vida. Puedes reírte, Stuart, pero es cierto; cuando toma una cerveza cae en trance, como puedes ver ahora, y tiene visiones ocultas o algo así. Pregúntaselo a Tony o a Connie o a cualquiera de los otros; ellos también estaban aquí.
Ahora Connie estaba inclinada sobre la derrumbada y retorcida silueta en el centro del carrito.
—Hoppy, ¿de quién procede esa luz? ¿Es de Dios? —Rió nerviosamente—. Ya sabes, como en la Biblia. Quiero decir, ¿es cierto?
Hoppy dijo, murmurando:
—Penumbra gris. Como cenizas. Luego una gran llanura. Nada excepto fuegos ardiendo, la luz procede de los fuegos ardiendo. Arden eternamente. No hay nada vivo.
—¿Y dónde estás tú? —preguntó Connie.
—Yo estoy... flotando —dijo Hoppy—. Flotando cerca del suelo... no, ahora estoy muy alto. No tengo peso. Tampoco tengo cuerpo, y por eso estoy tan alto, tanto como puedo desear. Puedo quedarme ahí si lo deseo; no necesito descender. Estoy bien ahí y puedo girar para siempre en torno a la Tierra. Está ahí debajo, y no tengo otra cosa que hacer más que girar y girar y girar.
Acercándose al carrito, el señor Crody, el joyero, dijo:
—Hey, Hoppy, ¿no hay nadie más? ¿Estamos todos nosotros condenados al aislamiento?
—Yo... —balbució Hoppy—, veo a otros ahora. Estoy planeando hacia el suelo. Aterrizo en el grisor. Estoy andando.
Andando, pensó Stuart. ¿Con qué? Unas piernas pero ningún cuerpo; vaya post- vida. Se rió para sí mismo. Vaya logro, pensó. Vaya insensatez. Pero él también se acercó al carrito, abriéndose un camino para ver.
—¿Acaso estás naciendo a una nueva vida, como enseñan en Oriente? —preguntó una mujer de una cierta edad que llevaba un abrigo de paño.
—Sí —dijo Hoppy, sorpresivamente—. Una nueva vida. Tengo un cuerpo distinto; puedo hacer toda clase de cosas.
—Un paso más —dijo Stuart.
—Sí —murmuró Hoppy—. Un paso más. Soy como los demás; de hecho soy mejor que todos los demás. Puedo hacer todo lo que hacen los otros y muchas más cosas aún. Puedo ir a donde quiera, y ellos no pueden. Ellos no pueden moverse.
—¿Por qué no pueden moverse? —preguntó el cocinero.
—Simplemente no pueden —dijo Hoppy—. No pueden ir por el aire o por la carretera o en barco; simplemente deben quedarse donde están. Todo es diferente a esto. Puedo verlos a todos, como si estuvieran muertos, como si estuvieran clavados al suelo y muertos. Como cadáveres.
—¿Pueden hablar? preguntó Connie.
—Sí —dijo el foco—, pueden conversar entre sí. Pero... tienen que... —se calló, y luego sonrió; su delgado y retorcido rostro mostró alegría—. Sólo pueden hablar a través mío.
Me pregunto lo que significa esto, pensó Stuart. Suena como las visiones de un megalomaníaco, cuando sueña que domina el mundo. Una compensación, ya que está disminuido... lo que uno puede esperar de la imaginación de un foco.
No le parecía interesante a Stuart, ahora que había comprendido. Se apartó y regresó a su mesa, donde aguardaba su comida.
El cocinero estaba diciendo:
—¿Es un buen mundo ése? Dime si es mejor o peor que éste.
—Peor —dijo Hoppy. Y luego añadió—: Peor para ti. Es lo que todo el mundo merece; es justo.
—Mejor para ti, entonces —dijo Connie, casi como preguntando.
—Sí —dijo el foco.
—Escucha —le dijo Stuart a la camarera, desde donde estaba sentado—, ¿no te das cuenta de que es una justa compensación psicológica a su inferioridad? Así es como se mantiene, imaginando todo eso. No comprendo cómo podéis tomarlo en serio.
—Yo no lo tomo en serio —dijo Connie—. Pero es interesante; he leído acerca de mediums, como se les llama. Caen en trance y pueden comunicar con el otro mundo, como él está haciendo. ¿No has oído hablar de eso? Es un hecho científico, creo. ¿No es así, Tony? —Se giró hacia el cocinero para que la apoyara.
—No lo sé —dijo Tony ceñudamente, yendo con lentitud hacia su parrilla y tomando su espátula.
El foco parecía ahora haberse hundido más profundamente en su trance inducido por la cerveza; de hecho parecía dormir, como si ya no viera nada o al menos como si ya no tuviera conciencia de la gente que le rodeaba o no le interesara comunicarles su visión... o lo que fuera. La sesión había terminado.
Bueno, uno nunca sabe, se dijo Stuart. Me pregunto lo que dirá Fergesson de esto; me pregunto si querrá que alguien que no tan sólo está impedido físicamente sino que es también un epiléptico siga trabajando para él. Me pregunto si debería decírselo o no cuando vuelva a la tienda. Si se entera es probable que eche inmediatamente a Hoppy; y no se lo reprocharía. Así que lo mejor será que no le diga nada, decidió.
El foco abrió los ojos. Dijo, con voz muy débil:
—Stuart.
—¿Qué quieres? —preguntó Stuart.
—Yo... —el foco sonaba débil, casi enfermo, como si la experiencia hubiera sido demasiado para su frágil cuerpo—. Escucha, me pregunto... —se irguió e hizo rodar lentamente su carrito hasta la mesa de Stuart. Con voz muy baja dijo—: Me pregunto, ¿querrías empujarme hasta la tienda? No ahora, sino cuando hayas terminado de comer. Realmente te lo agradecería.
—¿Por qué? —preguntó Stuart—. ¿No te ves capaz de ir por ti mismo?
—No me siento bien —dijo el foco.
Stuart asintió.
—De acuerdo. Cuando acabe de comer.
—Gracias —dijo el foco.
Ignorándolo completamente, Stuart siguió comiendo. Me gustaría que no fuera tan obvio el que le conozco, se dijo. Me gustaría que saliera fuera y me esperara allí. Pero el foco permanecía sentado en su carrito, frotándose la frente con su extensor izquierdo, y se le veía demasiado cansado para moverse, incluso hasta su lugar al otro lado del Café.
Más tarde, mientras Stuart empujaba al foco en su carrito por la acera hacia la tienda, éste dijo en voz baja:
—Es una gran responsabilidad el ver más allá.
—Oh, sí —murmuró Stuart, manteniéndose remoto, cumpliendo tan sólo con su deber y no más; empujaba el carrito, y eso era todo. Sólo porque esté empujándote, pensaba, no tengo ninguna obligación de conversar contigo.
—La primera vez que me ocurrió —empezó el foco; pero Stuart lo cortó secamente:
—No me interesa. —Y añadió—: Lo único que quiero es volver y ver si han lanzado ya de una vez el cohete. No me extrañaría que estuviera ya en órbita.
—Creo que sí —dijo el foco.
En el cruce, aguardaron a que cambiara el semáforo.
—La primera vez que me ocurrió —dijo el foco— me asusté. —Mientras Stuart lo empujaba atravesando la calle, prosiguió—: Supe inmediatamente lo que estaba viendo. El humo y los incendios... todo tiznado. Como el pozo de una mina o el lugar donde tratan las escorias. Horrible. —Se estremeció—. ¿Pero es mejor el mundo tal como está ahora? No para mí.
—A mí me gusta —dijo Stuart secamente.
—Naturalmente —dijo el foco—. Tú no eres una curiosidad biológica.
Stuart gruñó.
—¿Sabes cuál es mi primer recuerdo de la infancia? —dijo el foco con voz tranquila—. El ser llevado a la iglesia en una manta. El ser depositado en un banco como un... —su voz se quebró—. Ser llevado arriba y abajo en esa manta, oculto en ella, para que nadie me viera. Eso era idea de mi madre. No podía soportar que mi padre me llevara a hombros, donde la gente pudiera verme.
Stuart gruñó.
—Este es un mundo terrible —dijo el foco—. Hubo un tiempo en el que vosotros los negros también sufristeis; si tú vivieras en el sur todavía sufrirías ahora. Olvidáis todo eso porque os permiten que lo olvidéis, pero yo... no me dejan olvidarlo. De todos modos, en lo que a mí respecta, yo tampoco quiero olvidarlo. En el próximo mundo todo será distinto. Tú también te darás cuenta, porque tú también estarás allí.
—No —dijo Stuart—. Cuando yo muera me quedaré muerto; yo no poseo un alma.
—Tú también —dijo el foco, y pareció alegrarse de ello; su voz tenía un asomo de malicioso y cruel regocijo—. Lo sé.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque —dijo el foco—, una vez te vi.
Estremeciéndose a pesar suyo, Stuart dijo:
—Bah...
—Una vez —insistió el foco, más firmemente ahora—. Eras tú; no cabía la menor duda. ¿Te gustaría saber lo que estabas haciendo?
—No.
—Te estabas comiendo una rata muerta. Cruda.
Stuart no dijo nada, pero empujó el carrito más aprisa, más aprisa, cada vez más aprisa a lo largo de la acera, en dirección a la tienda.

Cuando llegaron ante la tienda vieron que la gente seguía todavía frente al aparato de televisión. Y el cohete había partido; acababa de abandonar la base, y todavía no se sabía si las fases habían funcionado correctamente.
Hoppy se fue por sí mismo escaleras abajo al Departamento de Reparaciones, y Stuart se quedó arriba frente al aparato. Pero las palabras del foco lo habían alterado de tal modo que no podía concentrarse en la pantalla de televisión; se alejó, y luego, viendo a Fergesson en la oficina de arriba, se dirigió hacia allá.
Sentado frente al escritorio, Fergesson examinaba un montón de facturas y albaranes. Stuart se le acercó.
—Escuche. Ese maldito de Hoppy...
Fergesson levantó la vista de los albaranes.
—Olvídelo —dijo Stuart, descorazonado.
—He observado su trabajo —dijo Fergesson—. He ido abajo y lo he observado cuando él no se daba cuenta. Admito que hay algo desagradable en él. Pero es competente: he examinado lo que había hecho y estaba bien hecho, y eso es todo lo que cuenta. —Frunció el ceño en dirección a Stuart.
—He dicho olvídelo —dijo Stuart.
—¿Ha partido ya el cohete?
—Hace un momento.
—Hoy no hemos vendido nada, a causa de todo ese circo —dijo Fergesson.
—¡Circo! —Se sentó en la silla frente a Fergesson, de modo que pudiera vigilar la tienda en la planta baja—. ¡Eso es historia!
—Es una forma como otra cualquiera para que estéis haraganeando por ahí sin hacer nada. —Fergesson se dedicó de nuevo a sus albaranes.
—Escuche, voy a decirle lo que ha hecho Hoppy —Stuart se inclinó hacia él—. En el Café de Fred.
Fergesson le miró, haciendo una pausa en su trabajo.
—Ha tenido una crisis —dijo Stuart—. Se ha vuelto loco.
—No bromees —Fergesson parecía disgustado.
—Ha perdido la cabeza a causa de... una cerveza. Y veía más allá de la tumba. Me ha visto comiendo una rata muerta. Y cruda. Eso es lo que ha dicho.
Fergesson se echó a reír.
—No es divertido —dijo Stuart.
—Claro que lo es. Te está tomando el pelo como venganza por todas las bromas que le has gastado, y tú eres tan estúpido que caes en la trampa.
—Realmente lo ha visto —dijo Stuart obstinadamente.
—¿Me ha visto a mí?
—No lo ha dicho. Lo hace ahí todas las veces; le dan cerveza, y entra en trance, y le hacen preguntas. Sobre cómo es aquello. Eso es lo que ha pasado, mientras estábamos comiendo. Ni siquiera le había visto abandonar la tienda; no sabía que estuviera allí.
Por un momento Fergesson permaneció pensando, con el ceño fruncido; luego alargó una mano y pulsó el botón del intercom que conectaba la oficina con el Departamento de Reparaciones.
—Hoppy, ven un momento a la oficina; quiero hablar contigo.
—No era mi intención causarle problemas —dijo Stuart.
—Seguro que lo era —dijo Fergesson—. Pero yo tenía que saberlo; tengo derecho a saber lo que hacen mis empleados cuando están en un lugar público actuando de un modo que puede poner en entredicho la reputación de la tienda.
Aguardaron, y al cabo de un tiempo oyeron el laborioso sonido del carrito subiendo la escalera hacia la oficina.
Apenas apareció, Hoppy dijo:
—Lo que yo haga en las horas de la comida es asunto mío, señor Fergesson. Eso es lo que creo.
—Estás equivocado —dijo Fergesson—. También es asunto mío. ¿Me has visto más allá de la tumba, como has visto a Stuart? ¿Qué es lo que estaba haciendo? Quiero saberlo, y será mejor que me des una respuesta satisfactoria, o te vas a ir de aquí el mismo día en que has entrado. En voz baja y firme, el foco dijo:
—No le he visto a usted, señor Fergesson, porque su alma también había perecido y no renacería.
Durante un tiempo Fergesson estudió al foco.
—¿Y por qué eso? —preguntó finalmente.
—Es su destino —dijo Hoppy.
—No he hecho nada criminal o inmoral.
—Es el proceso cósmico, señor Fergesson —dijo el foco—. No me lo reproche a mi —Luego permaneció en silencio.
Girándose hacia Stuart, Fergesson dijo:
—Cristo. Bueno, haz una pregunta estúpida, y recibirás una respuesta estúpida. —Girándose de nuevo al foco, dijo—: ¿Has visto a alguien más a quien yo conozca, como mi mujer por ejemplo? No, no conoces a mi mujer. ¿Y Lightheiser? ¿Qué hay con él?
—Tampoco lo he visto —dijo el foco.
—¿Cómo has arreglado ese tocadiscos? —dijo Fergesson—. ¿Cómo lo has hecho realmente? Parecía como... como si lo hubieras curado. Parecía como si en lugar de reemplazar aquel muelle roto lo hubieras reconstituido. ¿Cómo lo has hecho? ¿Acaso es uno de esos poderes extrasensoriales de que hablan y que no sé cómo se llaman?
—Lo he reparado —dijo el foco con voz firme.
Fergesson se dirigió a Stuart:
—No lo dirá. Pero lo he visto. Estaba concentrado en una forma muy particular. Quizás estés en lo cierto, McConchie; quizás ha sido un error contratarlo. De todos modos, lo que cuentan son los resultados. Escucha, Hoppy, no quiero que te metas otra vez en esos trances en público a lo largo de toda esa calle mientras estés trabajando para mí; antes no tenía importancia, pero ahora sí. Ten tus trances en la intimidad de tu casa, ¿de acuerdo? —Tomó de nuevo el fajo de albaranes—. Eso es todo. Iros abajo los dos, y procurad hacer algo de provecho en vez de estar haraganeando por ahí.
El foco hizo dar media vuelta a su carrito y se dirigió hacia las escaleras. Stuart, con las manos en los bolsillos, lo siguió reluctante.
Cuando estuvo de nuevo abajo y frente al televisor y a la gente de pie ante él, pudo escuchar al locutor anunciando excitadamente que las primeras tres fases del cohete parecían haberse desprendido sin problemas.
Eso son buenas noticias, pensó Stuart. Un brillante capítulo en la historia de la raza humana. Ahora se sentía un poco mejor, y se situó junto al mostrador, en un lugar desde donde gozaba de una buena visión de la pantalla.
¿Por qué tendría que comer yo una rata muerta?, se preguntó. Esa nueva reencarnación debe ser un mundo terrible, para vivir así. Sin ni siquiera cocinaría, simplemente atrapada y devorada. Incluso, pensó con un estremecimiento, tal vez con pelos y todo; pelos y cola, todo. Se estremeció de nuevo.
¿Cómo puedo estar mirando cómo se escribe la historia, se dijo con rabia, mientras estoy pensando en cosas como ratas muertas y... y... ? Siento deseos de meditar en ese gran espectáculo que se está desarrollando auténticamente ante mis ojos y, en cambio... dejo que la mente se me llene de esa basura puesta ahí por ese sádico, ese monstruo de las radiaciones y de las drogas que Fergesson ha creído que debía contratar. ¡Huagh!
Luego pensó en Hoppy, ya no atado a su carrito, ya no un inválido sin brazos ni piernas, sino flotando en alguna forma. Dueño en alguna forma de todos ellos, dueño de —como había dicho Hoppy— todo el mundo. Y aquel pensamiento era aún peor que el de la rata.
Apostaría a que ha visto muchas otras cosas, se dijo Stuart, muchas más de las que dice, y que las está ocultando deliberadamente. Nos dice tan sólo lo justo para atormentarnos y luego se calla. Si puede caer en trance y ver la próxima reencarnación, entonces puede verlo todo porque, ¿qué otra cosa hay? Pero de todos modos yo no creo en esas tonterías de los orientales, se dijo, eso no es cristiano.
Pero creía en lo que había dicho Hoppy; lo creía porque lo había visto con sus propios ojos. Había caído realmente en trance. Eso al menos era cierto.
Hoppy había visto algo. Y era algo terrible; no había ninguna duda al respecto.
¿Y qué más cosas ve?, se preguntó Stuart. Me gustaría poder hacer que ese pequeño bastardo hablara. ¿Qué otra cosa ha visto esa retorcida y perversa mente acerca de mí y de los demás, de todos los demás?
Me gustaría, pensó, poder verlo yo también. Porque todo aquello le parecía a Stuart muy importante, y dejó de mirar a la pantalla de televisión. Olvidó a Walter y a Lydia Dangerfield y la historia que se estaba escribiendo; pensó tan sólo en Hoppy y en el incidente en el Café. Le hubiera gustado poder dejar de pensar en todo aquello, pero no le era posible.
Pensaba en ello una y otra vez.


IV

El lejano petardeo hizo que el señor Austurias girara la cabeza para ver qué era lo que estaba acercándose por la carretera. De pie en la ladera de la pequeña colina, al borde del bosquecillo de robles, hizo pantalla sobre sus ojos y vio en la carretera, abajo, el pequeño focomóvil de Hoppy Harrington; en el centro de su carrito, el focomelo conducía con cuidado, evitando los socavones. Pero el petardeo no provenía del focomóvil, ya que funcionaba con baterías eléctricas.
Un camión, se dijo el señor Austurias. Uno de los viejos gasógenos reconvertidos de Orion Stroud; ahora podía verlo, y se movía a buena velocidad, avanzando en línea recta hacia el focomóvil de Hoppy. El focomelo no parecía oír al gran vehículo a sus espaldas.
La carretera pertenecía a Orion Stroud; la había comprado al condado el año anterior, y tenía la obligación de conservarla y también de dejar circular a los demás vehículos además de sus propios camiones. No le estaba permitido exigir un peaje. Y, sin embargo, pese al acuerdo, el gasógeno parecía tener la intención de barrer simplemente al focomóvil de su paso; avanzaba directo hacia él, sin frenar.
Dios, pensó el señor Austurias. Levantó involuntariamente la mano, como si quisiera parar el camión. Ahora estaba ya casi sobre el carrito, y Hoppy parecía seguir sin darse cuenta.
—¡Hoppy! —gritó el señor Austurias, y su voz creó ecos en la tranquila tarde en los bosques, su voz y el petardeo del motor del camión.
El focomelo alzó la vista, pero no le vio, y siguió su camino, con el camión tan cerca ahora que... el señor Austurias cerró los ojos. Cuando los abrió de nuevo vio al focomóvil en el arcén de la carretera; el camión se alejaba rugiendo, y Hoppy estaba a salvo; se había apartado del camino en el último momento.
Mirando hacia la parte trasera del camión, Hoppy agitó un extensor. No se había asustado en absoluto, no había sentido miedo en ningún momento, aunque seguro que se había dado cuenta de que el camión intentaba aplastarlo. Hoppy se giró, hizo un gesto al señor Austurias, al que no podía ver pero que sabía que estaba allí.
Sus manos temblaron, las manos del maestro de la escuela primaria; se inclinó, tomó su cesto vacío, escaló la ladera de la colina en dirección al primer viejo roble rodeado de húmedas sombras. El señor Austurias estaba buscando Setas. Dio la espalda a la carretera y avanzó hacia la penumbra, sabiendo que Hoppy estaba a salvo, y que por lo tanto podía olvidarlo a él y a lo que había visto; su atención regresó rápidamente a la imagen de la gran y anaranjada Cantharellus Cibarius, aquella deliciosa seta que llamaban rebozuelo.
Sí, el color relucía, un circulo en medio del humus negro, con la pulposa flor muy baja, casi enterrada entre las hojas en descomposición. El señor Austurias casi podía degustarla; era grande y fresca; las recientes lluvias la habían hecho surgir. Se inclinó y la arrancó, metiéndola en su cesto. Otra más y ya tendría su cena. En cuclillas casi, miró en todas direcciones, sin moverse.
Otra, menos reluciente, quizá más vieja... Se levantó y se dirigió cautelosamente hacia ella, como si pudiera escaparse, como si pudiera perderla. Nada le sabía mejor que la Cantharellus, ni siquiera el Níscalo. Conocía la localización de un buen número de yacimientos de Rebozuelos aquí y allá, en el Condado de West Marin, en las boscosas laderas de las colinas bajas, entre los robles. En total recolectaba ocho variedades de Setas de los bosques y los pastos; había necesitado casi los mismos años para aprender dónde encontrarlas, y valía la pena. Mucha gente tenía miedo de las Setas, especialmente desde la Emergencia; sobre todo tenían miedo de las nuevas, las mutantes, ya que en esos casos los libros no les servían de nada.
Por ejemplo, pensaba el señor Austurias, esa que estaba cogiendo... ¿no era algo distinto su color? Le dio la vuelta para examinar sus láminas. Quizá fuera una seudorebozuelo, no vista hasta entonces en aquella región, tóxica o incluso fatal, una mutación. La olisqueó, captando el aroma a moho.
¿Debo tener miedo a comerla?, se preguntó. Si el focomelo puede hacer frente con calma a su peligro, yo también debería ser capaz de enfrentarme al mío.
Metió la seta en su cesto y echó a andar.
Desde abajo, desde la carretera, le llegó un extraño sonido, un ruido raspante, áspero; deteniéndose, escuchó. El ruido le llegó de nuevo, y el señor Austurias regresó rápidamente por donde había venido hasta salir de entre los robles y hallarse de nuevo a la vista de la carretera.
El focomóvil seguía en el arcén; no se había ido, y en él se hallaba sentado su propietario sin brazos ni piernas, con la cabeza inclinada. ¿Qué estaba haciendo? Una convulsión sacudió el cuerpo de Hoppy, haciéndole levantar la cabeza, y el señor Austurias vio con sorpresa que el focomelo estaba llorando.
Miedo, comprendió el señor Austurias. El focomelo se había sentido aterrorizado por el camión pero no lo había demostrado, lo había ocultado con un enorme esfuerzo hasta que el camión se había alejado hasta perderse de vista... hasta que, suponía él, nadie pudiera verle, y cuando estuvo solo dio rienda suelta a sus emociones.
Si estabas tan asustado, pensó el señor Austurias, entonces ¿por qué tardaste tanto tiempo en apartarte del camino del camión?
Bajo él, el enjuto cuerpo del focomelo se agitaba, balanceándose hacia delante y hacia atrás; su huesudo rostro de halcón estaba crispado por la aflicción. Me pregunto lo que pensaría ese doctor Stockstill, nuestro médico local, acerca de esto, pensó el señor Austurias. Después de todo, él actuaba como psiquiatra antes de la Emergencia. Siempre tiene todo tipo de teorías acerca de Hoppy, acerca de sus motivaciones.
Tocando las dos Setas en su cesto, el señor Austurias pensó: todos nosotros estamos muy cerca de la muerte, siempre. ¿Pero era mucho mejor antes? Los insecticidas cancerígenos, el smog que envenenaba ciudades enteras, accidentes de coches y de aviones... tampoco entonces estábamos seguros; no era una vida fácil. Uno tenía que esquivar los peligros tanto antes como ahora.
Hemos de sacarle el mejor partido a las cosas, alegrarnos a nosotros mismos si es posible, se dijo. Pensó de nuevo en el sabroso crepitar de las Setas en la sartén, sazonadas con mantequilla y ajo y jengibre y su caldo casero de buey... qué cena iba a ser; ¿a quién podía invitar a compartirla con él? Alguien a quien apreciara mucho, o alguien importante. Si tan sólo tuviera para alguien más... podría invitar a George Keller, pensó. George, el director de la escuela, mi jefe. O quizá incluso a uno de los miembros del consejo de la escuela; quizá incluso el propio Orion Stroud, aquel gordo y rubicundo hombre.
Y luego también podría invitar a la esposa de George, Bonny Keller, la mujer más adorable de West Marin; quizá la mujer más adorable de todo el condado. Aquella, pensó, era una persona que había sabido cómo sobrevivir a aquella sociedad de... los dos Keller, de hecho, se las habían sabido arreglar bien desde el Día E. Estaban mucho mejor de lo que habían estado antes.
Mirando hacia el sol, el señor Austurias calculó la hora. Posiblemente eran cerca de las cuatro; ya era tiempo de apresurarse a la ciudad para escuchar el Satélite cuando pasara por encima. No debía perdérselo, se dijo mientras echaba a andar. Ni por un millón de dólares de plata, como se decía antes. Servidumbre humana... ya llevaba leídos cuarenta episodios, y empezaba a hacerse realmente interesante. Todo el mundo aguardaba impacientemente la lectura; no había la menor duda: el hombre del Satélite había elegido esta vez algo formidable para leer. Me pregunto si lo sabe, se dijo el señor Austurias. No tengo forma de decírselo; tan sólo de escuchar, y no de responderle, desde aquí en West Marin. Qué lástima. Quizá se sintiera verdaderamente feliz de saberlo.
Walt Dangerfield debía sentirse terriblemente solo allá arriba en el Satélite, se dijo el señor Austurias. Dando vueltas a la Tierra, día tras día. Fue una terrible tragedia cuando su mujer murió; uno podía captar la diferencia... no había vuelto a ser el mismo después. Si tan sólo pudiéramos hacerle bajar de allí... pero entonces, si lo consiguiéramos, no lo tendríamos allá arriba hablándonos. No, concluyó el señor Austurias. No sería una buena idea traerlo aquí de vuelta, porque entonces seguro que no volvería a subir nunca; debe estar medio loco de deseos de salir de allí después de tantos años.
Sujetando su cesto de Setas, se apresuró en dirección a la Estación de Point Reyes, donde se encontraba la única radio, su único contacto con Walt Dangerfield en el Satélite, y a través de él con todo el resto del mundo.

—El compulsivo —dijo el doctor Stockstill —vive en un mundo donde todo se descompone. Esto representa una gran penetración. Imagínenlo.
—Entonces todos nosotros somos compulsivos —dijo Bonny Keller—, ya que esto es lo que está sucediendo a nuestro alrededor, ¿no? —Le sonrió, y él no pudo ayudarla devolviéndole la sonrisa.
—Puede usted reírse —dijo—, pero siempre necesitamos la psiquiatría, y quizá ahora más que antes.
—No la necesitamos en absoluto —le contradijo Bonny categóricamente—. No estoy segura de que la necesitáramos ni siquiera entonces, aunque en aquel tiempo yo creía que sí. Era una fanática, como usted sabe muy bien.
En el frente de la amplia habitación, trasteando con la radio, June Raub dijo:
—Callen, por favor. Estamos a punto de recibirle.
Nuestra autoridad local ha hablado, se dijo el doctor Stockstill, y todos hacemos lo que ella dice. Y pensar que antes de la Emergencia no era más que una mecanógrafa en la sucursal del Banco de América.
Frunciendo el ceño, Bonny fue a responder a la señora Raub, pero bruscamente se inclinó hacia el doctor Stockstill y dijo:
—Salgamos fuera; George estará llegando con Edie. Venga. —Le tomó del brazo y le empujó por entre las hileras de sillas con gente sentada hacia la puerta. El doctor Stockstill se encontró fuera, en el porche delantero.
—Esa June Raub —dijo Bonny—. Qué maldito temperamento de jefe. —Miró arriba y abajo de la calle que pasaba por delante del Forester's Hall—. No veo ni a mi marido ni a mi hija; no veo siquiera a nuestro buen maestro. Austurias, por supuesto, debe estar en los bosques, recolectando Setas venenosas para liquidarnos a todos, y sólo Dios sabe lo que estará haciendo Hoppy en este momento. Cualquier cosa rara. —Se quedó pensativa, de pie allí a la débil luz del atardecer, tremendamente atractiva a los ojos del doctor Stockstill; llevaba un suéter de lana y una larga y pesada falda tejida a mano, y sus cabellos estaban recogidos en su nuca formando un moño de color rojizo. Una hermosa mujer, se dijo. Lástima que ya esté cogida. Y añadió, con un rastro de malicia involuntaria: cogida un buen número de veces.
—Aquí llega mi querido esposo —dijo Bonny—. Ha conseguido arrancarse de los asuntos de su escuela. Y aquí está también Edie.
Por la carretera venía andando la alta y delgada silueta del director de la escuela primaria; a su lado, dándole la mano, avanzaba la diminuta edición de Bonny, una niña de cabellos rojizos y brillantes y de inteligentes y sorprendentemente oscuros ojos. Se acercaron, y George sonrió amistosamente.
—¿Ha empezado? —preguntó.
—Todavía no —dijo Bonny.
La niña, Edie, dijo:
—Tanto mejor, ya que Bill odia perdérsela. Eso lo pone frenético.
—¿Quién es Bill? —le preguntó el doctor Stockstill.
—Mi hermano —dijo Edie tranquilamente, con todo el aplomo de sus siete años.
No me había dado cuenta de que los Keller tuvieran dos hijos, se dijo Stockstill, asombrado. Y de todos modos no veía a ningún otro niño; veía tan sólo a Edie.
—¿Dónde está Bill? —preguntó.
—Conmigo —dijo Edie—. Como siempre. ¿No conoce usted a Bill?
—Es un compañero de juegos imaginario —dijo Bonny. Suspiró cansadamente.
—No es imaginario —dijo su hija.
—De acuerdo —dijo Bonny irritadamente—. Es real. Le presento a Bill —le dijo al doctor Stockstill—, el hermano de mi hija.
Tras una pausa, con el rostro contraído por la concentración, Edie dijo:
—Bill está feliz de conocerle al fin, doctor Stockstill. Le dice hola.
Stockstill se echó a reír.
—Dile que yo también me siento feliz de conocerle.
—Ahí viene Austurias —dijo George Keller, señalando.
—Con su cena —dijo Bonny con voz malhumorada—. ¿Por qué no nos enseña cómo encontrarlos? ¿No es acaso nuestro maestro? ¿Y para qué sirve un maestro? Debo decirte, George, que a veces me hago preguntas acerca de un hombre que...
—Si nos lo enseñara —dijo Stockstill—, acabaríamos con todas las Setas. —Sabía que la pregunta de ella era puramente retórica; pese a que no les gustaba, todos ellos respetaban la retención que hacia el señor Austurias de su secreta habilidad... estaba en su derecho de guardarse para sí sus conocimientos en micología. Cada uno de ellos tenía una habilidad equivalente que salvaguardar. De otro modo, reflexionó, no estarían vivos: se habrían reunido con la gran mayoría, los muertos silenciosos que yacían bajo sus pies, los millones que podían ser considerados como los afortunados o los desafortunados, según el punto de vista. A veces le parecía que se imponía el pesimismo, y esos días pensaba que los muertos eran afortunados. Pero el pesimismo era un humor pasajero para él; ciertamente no se sentía pesimista ahora, mientras permanecía en las sombras con Bonny Keller, sólo a uno o dos pasos de ella, lo suficientemente cerca como para alargar fácilmente un brazo y tocarla... pero no debía hacerlo. Ella se limitaría a darle un papirotazo en el hocico, lo sabía. Una buena torta... y entonces George se daría cuenta también, y el golpe de Bonny no sería bastante.
Se rió ruidosamente. Bonny lo miró con suspicacia.
—Lo siento —dijo él—. Estaba recordando...
El señor Austurias llegó junto a ellos, con el rostro enrojecido por el esfuerzo.
—Entremos —resopló—. No debemos perdernos la lectura de Dangerfield.
—Usted conoce muy bien lo que sigue —dijo Stockstill—. Usted sabe que Mildred regresa y vuelve a entrar en su vida y lo hace desgraciado: usted conoce el libro tan bien como yo... tan bien como todos. —Se sentía divertido por la impaciencia del maestro.
—Yo no escucharé esta noche —dijo Bonny—. No quiero que June Raub me haga callar.
—Bueno, usted puede ser el jefe de la comunidad el mes próximo —dijo Stockstill, mirándola.
—Creo que June necesita un poco de psicoanálisis —respondió Bonny—. Es tan agresiva, tan masculina; no es natural. ¿Por qué no se dedica a ella un par de horas en privado?
—¿Enviándome a otro paciente, Bonny? —dijo Stockstill—. Aún recuerdo el último. —No era difícil de recordar, ya que había sido el día en que habían arrojado la bomba en la zona de la Bahía. Hacía ya años, se dijo. En otra encarnación, hubiera dicho Hoppy.
—Usted lo hubiera puesto bien —dijo Bonny—, si hubiera podido tratarlo, pero no tuvo tiempo.
—Gracias por confiar en mí —dijo él con una sonrisa.
—A propósito, doctor —dijo el señor Austurias—, hoy he observado un comportamiento más bien extraño por parte de nuestro pequeño focomelo. Me gustaría preguntarle su opinión al respecto, cuando haya una ocasión. Debo admitir que me deja perplejo... y curioso. La habilidad de sobrevivir contra toda esperanza... seguro que Hoppy la posee. Es reconfortante, si entiende lo que quiero decir, para el resto de todos nosotros. Si él lo consigue... —El maestro de escuela cambió bruscamente de tema—: Pero es mejor que entremos.
Stockstill le dijo a Bonny:
—Alguien me dijo que Dangerfield había mencionado a su viejo amigo el otro día.
—¿Mencionado a Bruno? —Bonny se mostró repentinamente atenta—. Entonces sigue vivo, ¿no? Estaba segura de que sí.
—No, no es eso lo que dijo Dangerfield. Dijo algo cáustico acerca del primer Gran Accidente. Ya lo recordará usted, 1972.
—Sí —dijo ella secamente—, lo recuerdo.
—Dangerfield, según la persona que me lo dijo y que ahora no recuerdo... —En realidad recordaba perfectamente quién le había hablado de la ocurrencia de Dangerfield; había sido June Raub, pero no quería enemistarla aún más con Bonny—. Lo que dijo fue esto... Todos nosotros estamos viviendo ahora las secuelas del accidente de Bruno. Todos somos los espíritus del 72. Por supuesto, no es algo original; lo he oído decir antes. Y sin duda no he conseguido captar la manera en que Dangerfield lo dijo... es su estilo, por supuesto, la forma como dice las cosas. Nadie puede darle a las cosas el giro que les da él.
En la puerta del Forester’s Hall, el señor Austurias había hecho un alto, se había girado y les estaba escuchando. Se giró de nuevo.
—Bonny —dijo—, ¿conocía usted a Bruno Bluthgeld antes de la Emergencia?
—Si —dijo ella—. Trabajé en Livermore durante un tiempo.
—Ahora está muerto, por supuesto —dijo el señor Austurias.
—Siempre he creído que seguía vivo en algún lugar —dijo Bonny con una entonación remota—. Era o es un gran hombre, y el accidente del 72 no fue culpa suya; es la gente que no sabe nada de él la que lo considera responsable de lo ocurrido.
Sin una palabra, el señor Austurias le giró la espalda, subió los escalones del Hall y desapareció en su interior.
—Una cosa que hay que decir en favor de usted —le dijo Stockstill a Bonny— es que no puede ser acusada de disimular sus opiniones.
—Alguien ha de decirle con claridad las cosas a la gente —dijo Bonny—. El ha leído todo acerca de Bruno a través de los periódicos. Los periódicos. He aquí una cosa que está mejor ahora; los periódicos han desaparecido, a menos que uno tenga en cuenta esa pequeña estupidez, el News & Views, lo cual no es mi caso. Le diré algo acerca de Dangerfield: no es un mentiroso.
Entraron juntos detrás del señor Austurias, con George y Edie siguiéndoles, en el casi lleno Forester’s Hall, para escuchar la emisión de Dangerfield transmitida desde el Satélite.

Mientras permanecía sentado escuchando la estática y la voz familiar, el señor Austurias pensaba en Bruno Bluthgeld y en como era posible que el físico estuviera aún vivo. Quizá Bonny estaba en lo cierto. Ella lo había conocido y, por lo que había comprendido de su conversación con Stockstill (una acción arriesgada en esos días, escuchar abiertamente, pero no había podido resistirlo), ella había enviado a Bluthgeld al psiquiatra para un tratamiento... lo cual reforzaba una de sus más profundas convicciones: que el doctor Bruno Bluthgeld había sufrido trastornos mentales durante los últimos años antes de la Emergencia... había estado palpablemente, peligrosamente enfermo, tanto en su vida privada como, y eso era lo más importante, en su vida pública.
Pero ésa no era realmente la cuestión. El público, a su propia manera, había sido consciente de que algo fundamental estaba funcionando mal en aquel hombre; en sus intervenciones públicas había siempre una obsesiva, una mórbida, una atormentada expresión que crispaba su rostro, deformando su forma de hablar. Y Bluthgeld había hablado del enemigo, de sus tácticas de infiltración, de su sistemática contaminación de las instituciones hasta el hogar, de las escuelas y organizaciones... de la propia vida doméstica. Bluthgeld había visto al enemigo por todos lados, en libros y films, en la gente, en las organizaciones políticas que proponían otras soluciones distintas a las suyas. Por supuesto, cuando expresaba sus propias opiniones lo hacía en una forma erudita; no era un hombre ignorante escupiendo y babeando en alguna ciudad campesina del sur. No, Bluthgeld hablaba en una forma distinguida, erudita, educada, profundamente elaborada. Y, sin embargo, en un análisis final, no estaba ya cuerdo, no era racional ni sobrio, como tampoco lo había estado en sus divagaciones de borracho Joe MacCarthy, el cazador de brujas, o cualesquiera de los otros como él.
Por otro lado, examinando desapasionadamente las cosas, el señor Austurias se había encontrado en una ocasión con Joe McCarthy, en sus días de estudiante, y lo había encontrado una persona encantadora. Cosa que no podía decir acerca de Bruno Bluthgeld, con el que el señor Austurias se había encontrado también... mas de lo que él hubiera deseado. Él y Bluthgeld habían estado en la Universidad de California al mismo tiempo; ambos formaban parte del personal docente, aunque por supuesto Bluthgeld tenía el título de profesor y de catedrático de su departamento, mientras que Austurias era tan sólo asistente. Pero ambos se habían encontrado y habían discutido, tanto en privado —en los pasillos, tras las clases— como en público. Y, al final, Bluthgeld se las había apañado para hacer que despidieran al señor Austurias.
Esto no había sido difícil, ya que el señor Austurias era el promotor de varios pequeños grupos radicales de estudiantes dedicados a promover la paz con la Unión Soviética y China, y a otras causas parecidas, y, además, había hablado en público en contra de las pruebas de armas nucleares que el doctor Bluthgeld seguía animando, incluso después de la catástrofe de 1972. De hecho había denunciado incluso la prueba del 72 presentándola como un ejemplo del pensamiento psicótico de las altas esferas... una observación directa contra Bluthgeld y que sin la menor duda había sido correctamente interpretada por éste.
Quien ataca a una serpiente, pensó el señor Austurias, corre el riesgo de ser mordido por ella... Su despido no le había sorprendido, pero había confirmado la exactitud de sus puntos de vista. Y probablemente, si pensaba alguna vez en ello, el doctor Bluthgeld se emperraría aún más. Pero lo más probable era que Bluthgeld no hubiera vuelto a pensar de nuevo en el incidente; Austurias no había sido más que un oscuro asistente joven, y la Universidad no lo había echado en falta, hubiera salido antes o después, como tampoco lo había echado en falta Bluthgeld, sin la menor duda.
Debo hablar con Bonny Keller acerca de ese hombre, se dijo. Debo descubrir todo lo que ella sabe, y no será difícil hacerla hablar, así que no voy a tener ningún problema. Y me pregunto lo que Stockstill tendrá que decir al respecto. Seguro que si ha visto a Bluthgeld, aunque haya sido tan sólo una vez, estará en situación de confirmar mi propio diagnóstico, es decir, esquizofrenia paranoide.
Desde el altavoz de la radio, la voz de Walt Dangerfield recitaba los párrafos de Servidumbre Humana, y el señor Austurias empezó a prestarle atención, cautivado, como siempre, por el interés de la narrativa. Los problemas que nos parecían vitales, pensó, en los viejos tiempos... la incapacidad de escapar de las relaciones humanas infelices... Ahora probamos todas las relaciones humanas. Hemos aprendido mucho.

Sentada no lejos del maestro de escuela, Bonny Keller meditaba. Aún otro que busca a Bruno. Aún otro que le hace reproches, que lo convierte en el chivo expiatorio de todo lo ocurrido. Como si un sólo hombre pudiera desencadenar una Guerra Mundial y la muerte de millones de personas, aunque lo deseara.
Pero no le encontrarás a través de mí, se dijo. Yo podría ayudarte un poco, señor Austurias, pero no lo haré. Así que vuelve a tu pequeño montón de libros sin cubiertas; vuelve a tu caza de las Setas. Olvídate de Bruno Bluthgeld, o mejor del señor Tree, como se hace llamar ahora. Como se hace llamar desde el día, hace siete años, en que las bombas empezaron a caer y él se encontró errando por las calles de Berkeley, en medio de los cascotes, incapaz de comprender —al igual que el resto de nosotros no podía comprender— qué era lo que estaba ocurriendo.


V

Con el abrigo al brazo, Bruno Bluthgeld subía Oxford Street, a través del campus de la Universidad de California, con la cabeza inclinada y sin mirar a nada; conocía bien el camino y no deseaba ver a los estudiantes, a la gente joven. No estaba interesado en los coches que pasaban, ni en los edificios, la mayor parte de los cuales eran nuevos. No veía la ciudad de Berkeley porque no estaba interesado en ella. Reflexionaba, y le parecía ver muy claro ahora los motivos que le habían hecho enfermar. No dudaba que estaba enfermo; se sentía profundamente enfermo... era sólo cuestión de localizar la fuente de contaminación.
Era algo, pensaba, que provenía de fuera, aquella enfermedad, la terrible infección que finalmente lo había empujado a acudir al doctor Stockstill. ¿Tenía el psiquiatra, sobre la base de la primera visita de hoy, alguna teoría válida? Bruno Bluthgeld lo dudaba.
Y entonces, mientras caminaba, observó que todas las calles que cruzaba a la izquierda estaban inclinadas, como si la ciudad estuviera hundiéndose de aquel lado, como si estuviera escorando gradualmente. Bluthgeld se sintió divertido, ya que reconoció la distorsión: era su astigmatismo, que se volvía agudo cada vez que se sentía sometido a tensión. Sí, tenía la sensación como si estuviera caminando a lo largo de una calle inclinada, levantada de tal modo de un lado que todo tenía tendencia a deslizarse; él mismo se notaba deslizarse gradualmente, y tenía problemas para poner un pie delante del otro. Tenía tendencia a desviarse, a trastabillar él también hacia la izquierda, como todas las demás cosas.
La información que nos proporcionan los sentidos es tan vital, pensó. No tan sólo lo que percibes, sino también cómo lo percibes. Dejó escapar una risita mientras andaba. Es tan fácil perder el equilibrio cuando uno sufre un agudo astigmatismo, se dijo. Qué penetrantemente entra el sentido del equilibrio en la conciencia del universo que nos rodea... el oído es un derivado del sentido del equilibrio; en un sentido básico no reconocido subyacente a todos los demás. Quizá he atrapado una ligera laberintitis, una infección vírica del oído medio. Tendré que hacerme examinar.
Y sí, ahora... la distorsión de su sentido del equilibrio había empezado a afectar su sentido auditivo, tal como había anticipado. Era algo fascinante comprobar como el ojo y el oído se unían para producir un gestalt; primero la vista, luego el equilibrio, y ahora oía las cosas oblicuamente.
Mientras caminaba, oía un sordo pero profundo eco que surgía de sus propios pasos, de las suelas de sus zapatos chocando contra el pavimento; no el seco y fugaz repiqueteo que pueden producir unos zapatos de mujer, sino un sonido bajo y tenebroso, un retumbar, como si surgiera de algún profundo pozo o caverna.
No era un ruido agradable; golpeaba su cabeza, haciendo nacer reverberaciones que agudizaban su dolor. Disminuyó el paso, cambiando el ritmo, escuchando cómo sus zapatos golpeaban el pavimento para anticipar el sonido.
Sé de dónde proviene esto, se dijo. Lo había experimentado ya en el pasado, ese eco de sonidos normales en el laberinto de sus conductos auditivos. Al igual que la distorsión de la vista, tenía un fundamento puramente fisiológico, aunque era algo que lo había intrigado y preocupado durante años. La causa era muy sencilla: su tensa posición, la tensión de su esqueleto, específicamente en la base del cuello. De hecho, girando su cabeza de un lado a otro podía probar su teoría; oiría el pequeño crujir de sus vértebras cervicales, un breve y seco sonido que despertaría inmediatamente las más inmensamente dolorosas reverberaciones en sus conductos auditivos.
Debo estar brutalmente tenso hoy, se dijo Bruno Bluthgeld. Nunca había sufrido antes una alteración tan profunda de sus percepciones sensoriales, y aquello le resultaba poco familiar. Una bruma opaca, humosa, estaba envolviendo todo lo que le rodeaba, convirtiendo los edificios y los automóviles en masas inertes, siniestras, carentes de color y movimiento.
¿Y dónde estaba la gente? Parecía estar luchando él solo, con sus únicas fuerzas, contra aquella peligrosa inclinación de Oxford Street en su camino hacia el lugar donde había estacionado su Cadillac. ¿Se habrían metido (qué extraña idea) en el interior de los edificios? Como si, pensó, quisieran huir de la lluvia... esa lluvia de finas y tiznadas partículas que parecían saturar el aire, impedirle la respiración, la vista, el avance.
Se detuvo. E, inmóvil allí en el cruce, mirando hacia la calle lateral que descendía hacia una especie de tinieblas, y luego hacia la derecha, donde se empinaba y se cortaba en seco, como retorcida y rota, observó con asombro —y no pudo hallar ninguna explicación inmediata en términos de alguna específica disfunción fisiológica de su cuerpo— que por todas partes se habían abierto grietas. Los edificios de su izquierda se habían cuarteado. Había en ellos resquebrajaduras angulosas, como si la más dura de las sustancias, el propio cemento que sostenía la ciudad, formando el conjunto de calles y edificios, los auténticos cimientos que lo rodeaban, se hubieran desmoronado.
Santo Cristo, pensó. ¿Qué es esto? Escrutó la ennegrecida niebla; el cielo había desaparecido, totalmente oscurecido por la lluvia de tinieblas.
Y entonces vio, avanzando al azar en la tenebrosa penumbra, entre las bamboleantes secciones de hormigón, entre los escombros, pequeñas siluetas contraídas: gente, los peatones que estaban allí antes y que luego se habían desvanecido... todos ellos de vuelta ahora, pero empequeñecidos, y mirándole anonadados, sin hablar, simplemente tanteando en todos sentidos, sin un destino concreto.
¿Qué significa esto?, se preguntó de nuevo, esta vez en voz alta; oyó su voz rebotando blandamente. Todo está roto; la ciudad se ha roto en fragmentos. ¿Qué la ha golpeado? ¿Qué le ha ocurrido? Abandonó la calzada, abriéndose camino entre las separadas y aplastadas partes de Berkeley. No soy yo, se dio cuenta; ha ocurrido alguna gran y terrible catástrofe. El ruido, ahora, retumbaba en sus oídos, y el hollín de la atmósfera se agitaba, removido por el ruido. La bocina de un coche empezó a sonar ininterrumpidamente, pero muy lejos y muy apagada.

De pie ante el escaparate de la Modern TV, observando el reportaje de la televisión sobre el vuelo de Walter y la señora Dangerfield, Stuart McConchie vio con sorpresa que la pantalla se oscurecía.
—Han perdido la imagen —dijo Lightheiser, disgustado. El grupo de gente se agitó indignada. Lightheiser masticaba su palillo.
—La encontrarán otra vez —dijo Stuart, yendo a cambiar de canal; al fin y al cabo, daban el acontecimiento por todas las cadenas.
Todos los canales estaban sin imagen. Y tampoco había sonido. Cambió de nuevo. Nada.
Uno de los reparadores llegó procedente del sótano, corriendo hacia la parte delantera de la tienda y gritando:
—¡Alerta Roja!
—¿Qué? —dijo Lightheiser, alucinado, y su rostro se volvió blanco y enfermizo; al verlo, Stuart McConchie supo sin palabras ni pensamientos lo que ocurría. No necesitaba pensar; sabía, y echó a correr fuera de la tienda hacia la calle, corrió hasta la vacía acera y se detuvo, y el grupo de gente reunida ante la televisión, viéndole a él y al reparador correr, echaron a correr a su vez, en diferentes direcciones, algunos atravesando la calle en medio del tráfico, algunos otros en círculo, algunos otros en línea recta, como si cada uno de ellos hubiera visto algo distinto, como si no hubiera ocurrido lo mismo para cada uno de ellos.
Stuart y Lightheiser corrieron a lo largo de la acera hasta las puertas de metal gris verdoso que en mitad de la acera cerraban el almacén subterráneo usado hacía mucho tiempo por un drugstore para guardar su género, pero que ahora estaba vacío. Stuart intentó levantar las puertas y Lightheiser también lo intentó, y ambos se quedaron mirándose con ojos desorbitados cuando comprobaron que no podían abrirlas; no había forma de hacerlo excepto desde abajo. A la entrada del almacén de ropa para caballero apareció un dependiente y los miró; Lightheiser le gritó que corriera abajo y abriera las puertas.
—¡Abre las trampillas de la acera! —le gritó, y Stuart también le gritó lo mismo, y pronto se hubo reunido un grupo de gente observando de pie o en cuclillas las dobles puertas en medio de la acera, aguardando a que se abrieran. Entonces el dependiente dio media vuelta y corrió al interior de la tienda de ropa. Un momento más tarde se oyó un resonar metálico bajo los pies de Stuart.
—¡Apartaos! —gritó un hombre gordo de mediana edad—. ¡Dejad libres las puertas!
La gente miró hacia abajo, hacia una fría oscuridad, un sótano bajo la calle, una cavidad vacía. Todos ellos saltaron a su interior, yendo a caer al fondo; se arracimaron en un húmedo suelo de cemento, acurrucándose sobre sí mismos o tendiéndose cuan largos eran, intentando protegerse junto a unas sucias paredes, entre bichos muertos y un olor a podredumbre.
—¡Cerrad ahí arriba! —estaba diciendo un hombre. Parecía que no había mujeres, o si las había permanecían en silencio; con la cabeza apretada contra una esquina de cemento, Stuart escuchaba pero tan sólo oía hombres, los oía mientras se aferraban a las puertas de arriba e intentaban cerrarlas. Seguía llegando más gente, cayendo y rodando y lanzando gritos, como sí las estuvieran empujando desde arriba.
—¿En cuánto tiempo, oh Señor? —estaba diciendo un hombre.
—Ahora —dijo Stuart. Sabía que sería ahora; sabía que las bombas estaban ya cayendo... lo sentía. Parecía estar ocurriendo en su interior. Blam, blam, blam, hacían las bombas, o quizá fueran las cosas enviadas por el Ejército para ayudarles, para detener las bombas; quizá se trataba de la defensa. Dejadme bajar, pensaba Stuart. Tan abajo como pueda. Dejadme hundirme en la tierra. Se acurrucaba, apretaba su cuerpo contra el suelo para formar una depresión. La gente estaba sobre él, abrigos y mangas ahogándole, y se sentía feliz por ello; no le importaba... no quería el vacío a su alrededor; deseaba verse rodeado de cosas sólidas. No necesitaba respirar. Tenía los ojos cerrados; los ojos, y todas las demás aberturas de su cuerpo, su boca y oídos y nariz, todo ello cerrado; se había emparedado a sí mismo, y aguardaba.
Blam, blam, blam.
El suelo saltaba.
Saldremos de esta, se decía Stuart. Aquí abajo, seguros en la tierra. Seguros en el interior donde se está seguro; todo pasará encima de nuestras cabezas. El viento.
El viento, arriba en la superficie, pasaba a una enorme velocidad; sabía que el aire mismo se desplazaba allí arriba como un solo bloque, como un cuerpo.
En la cápsula del Dutchman IV, Walt Dangerfield, experimentando aún la presión de varias gravedades sobre su cuerpo, oía a través de sus auriculares las voces de abajo, del bunker de control.
—Tercera fase correcta, Walt. Estás en órbita. Prenderemos la última fase a las 15.45 en lugar de a las 15.44, me dicen.
Velocidad orbital, se dijo Dangerfield, esforzándose en ver a su mujer. Había perdido el conocimiento; desvió rápidamente la vista, concentrándose en su propio suministro de oxígeno, sabiendo que todo iba bien pero no deseando ser el testigo de los sufrimientos de ella. Todo bien, pensó, todo bien para ambos. En órbita, aguardando el empuje final. No iba a ser tan malo.
La voz en los auriculares dijo:
—Una secuencia de lanzamiento perfecta, Walt. El Presidente todavía está aquí. Tenéis ocho minutos y seis segundos antes de las correcciones iniciales para el lanzamiento de la cuarta fase. Si haciendo una pequeña corrección...
La estática ahogó la voz; no volvió a oírla.
Si haciendo una pequeña corrección a insignificantes pero vitales errores de altitud, se dijo Walter Dangerfield, no conseguimos un éxito completo, nos volverán a bajar al suelo, como hicieron ya antes con los ensayos con robots. Y más tarde volveremos a intentarlo. No hay ningún peligro; la reentrada es una vieja historia. Aguardó.
La voz regresó a sus auriculares.
—Walter, estamos sufriendo un ataque aquí abajo.
—¿Qué? —dijo—. ¿Qué estás diciendo?
—Dios nos proteja —dijo la voz. Era un hombre casi muerto; la voz estaba desprovista de sentimientos, era vacía, y luego el silencio. Desaparecida.
—¿De quién? —dijo Walt Dangerfield en su micrófono. Pensó en piquetes y huelguistas, pensó en ladrillos y multitudes coléricas. ¿Atacados por fanáticos o algo así, era eso?
Se levantó penosamente, se soltó los cinturones de seguridad miró a través de la portilla el mundo allá abajo. Nubes, y el océano, el planeta mismo. Aquí y allí parecían estar encendiendo fósforos; podía ver el estallido, las llamaradas. El miedo lo atenazó mientras surcaba silencioso el espacio, mirando hacia abajo a los dispersos resplandores; sabía lo que eran.
Es la muerte, pensó. La muerte iluminando sus hogueras, quemando la vida del mundo, segundo a segundo.
Siguió mirando.

El doctor Stockstill sabía que había un refugio comunitario bajo uno de los grandes bancos, pero no podía recordar de cuál. Tomando a su secretaria de la mano salió corriendo del inmueble y cruzó Center Street buscando la señal blanca y negra que había visto en infinidad de ocasiones y que se había convertido en parte integrante del marco cotidiano de su existencia en la calle donde tenía su consulta. La señal se había mezclado con lo inmutable, y ahora la necesitaba; hubiera deseado verla surgir para que pudiera darse cuenta de su ubicación como había hecho las primeras veces; como una auténtica señal, un indicador de algo vital, algo que podía preservar su vida.
Fue su secretaria, tirando de su brazo, la que le mostró el camino; le gritaba algo en su oído una y otra vez, y entonces la vio... giró en aquella dirección y ambos cruzaron juntos la calle, corriendo entre el tráfico muerto y los desquiciados peatones, y luego se hallaron empujando y luchando para penetrar en el refugio, construido en los cimientos del edificio.
Mientras descendían más y más abajo en el refugio subterráneo entre la masa de gente que se apretujaba, pensó en el paciente al que acababa de atender; pensó en el señor Tree, y en su mente una voz decía con claridad: tú hiciste esto. Mira lo que has hecho; nos has matado a todos.
Su secretaria había sido separada de él y ahora se encontraba solo en medio de gente a la que no conocía, lanzándoles el aliento al rostro y recibiendo el suyo. Y todo el tiempo oía un lamento, el rumor de mujeres y probablemente de sus hijos, amas de casa que habían acudido allí procedentes de los almacenes, madres que habían salido a pasear. ¿Se habían cerrado ya las puertas?, se preguntó. ¿Ha empezado? Sí; el momento había llegado. Cerró los ojos y empezó a rezar en voz alta, muy alta, intentando oírse a sí mismo. Pero el sonido se perdía.
—¡Cállese de una vez! —dijo alguien, una mujer, en su oído, tan cerca que sintió dolor. Abrió los ojos; la mujer, de mediana edad, le miró furiosamente, como si aquello fuera lo único importante, como si no estuviera ocurriendo nada excepto su ruidosa plegaria. Todo su esfuerzo iba dirigido a hacerle callar, y calló, sorprendido.
¿Es eso todo lo que le interesa?, se preguntó, intimidado por ella, por su ceño fruncido y su rabiosa mirada, por lo sorprendente de su ofuscación.
—Seguro —dijo—, maldita idiota —pero ella no le oyó—. ¿La molestaba? —prosiguió, sin que ella le prestara tampoco atención; ahora estaba mirando con la misma ceñuda intensidad a otro que debía haberla empujado o dado un golpe—. Lo siento —dijo—. Lo siento, estúpida corneja, especie de... —siguió insultando a la mujer, insultando en vez de rezar, y sintiéndose más aliviado así; más satisfecho consigo mismo.
Y entonces, en medio de sus insultos, tuvo una extraña pero vívida idea. La guerra había empezado, y estaban siendo bombardeados y probablemente iban a morir, pero era Washington quien les estaba arrojando las bombas, no los chinos ni los rusos; algo había fallado en el sistema automático de defensa allá en el espacio, y estaba desarrollando todo su ciclo de respuesta... y nadie podía detenerlo. Era la guerra y la muerte, sí, pero era un error; no había habido provocación. No podía sentir ninguna hostilidad de las fuerzas allá arriba. No eran vengadoras ni estaban motivadas; eran vacías, huecas, completamente frías. Era como si su propio coche lo hubiera atropellado; era real pero desprovisto de sentido. No se trataba de política, era una avería, un fallo, una casualidad.
Por eso, en aquel momento, se sintió completamente desprovisto de odio vengador hacia el enemigo, ya que no podía imaginar —ni podía creer ni tampoco comprender— tal concepto. Era como si su último paciente, el señor Tree o el doctor Bluthgeld o quienquiera que fuese en realidad, hubiera tomado todo aquello, lo hubiera absorbido, no dejando nada para nadie más. Bluthgeld había convertido a Stockstill en otra persona, alguien que ya no podía pensar de aquella manera, ni siquiera ahora. Bluthgeld, con su enfermedad, había convertido en increíble el concepto de el enemigo.
—Devolveremos el golpe, devolveremos el golpe, devolveremos el golpe —estaba canturreando un hombre cerca del doctor Stockstill. Lo miró sorprendido, preguntándose a quién devolverían el golpe. Había cosas cayendo sobre ellos; ¿pretendía el hombre lanzar cosas contra el cielo en una especie de revancha? ¿Invertiría las fuerzas naturales, como la secuencia de un film pasada al revés? Era una idea curiosa pero sin sentido. Era como si el hombre fuera presa de su inconsciente. Ya no vivía una existencia racional dirigida hacia su ego; se había rendido a algún arquetipo.
Es lo impersonal lo que nos ha atacado, pensó el doctor Stockstill. Eso es; nos ha atacado desde dentro y desde fuera. El fin de la cooperación, a la que nos habíamos aplicado todos juntos. Ahora no queda más que átomos. Discretos, sin ser apreciados. Colisionando sin hacer ningún ruido, tan sólo un zumbido generalizado.
Se metió los dedos en los oídos, intentando no oír los ruidos a su alrededor. Parecía como si los ruidos —cosa absurda— brotaran de debajo suyo en lugar de descender. Sintió deseos de reír.

Cuando se inició el ataque, Jim Fergesson acababa de bajar la escalera que conducía al Departamento de Reparaciones de la Modern TV. Mirando a Hoppy Harrington, vio la expresión en el rostro del focomelo cuando la Alerta Roja fue anunciada por la FM de la radio y el Sistema Conalrad entró inmediatamente en acción. Descubrió en el delgado y huesudo rostro una sonrisa ávida, como si al oír y comprender Hoppy se sintiera inundado de alegría, la misma alegría de vivir. Se había sentido iluminado por un instante, había apartado de sí toda inhibición, todo lo que le retenía a la superficie de la tierra, todas las fuerzas que le refrenaban. Sus ojos ardían y sus labios estaban retorcidos; parecía como si estuviera sacando la lengua, como si se burlara de Fergesson.
—Sucio pequeño monstruo —le dijo Fergesson.
—¡Es el fin! —aulló el foco. La expresión había desaparecido de su rostro. Quizá ni siquiera había oído lo que había dicho Fergesson; parecía hallarse en un estado de profundo abismamiento. Se estremeció, y los artificiales extensores manuales de su carrito bailotearon y zigzaguearon como látigos.
—Ahora escuchadme —dijo Fergesson—. Estamos por debajo del nivel de la calle. —Puso una mano sobre el hombro del reparador Bob Rubenstein para evitar que se levantara—. Tú, idiota congénito, quédate donde estás. Yo iré arriba y haré que todos esos bajen. Haz todo el sitio que puedas; haz espacio para todos ellos. —Soltó al reparador y echó a correr hacia las escaleras.
Mientras empezaba a subir los peldaños de dos en dos, agarrándose a los pasamanos y utilizándolo para propulsarse, algo le ocurrió a sus piernas. La parte inferior de su cuerpo cedió y cayó hacia atrás, y rodó de espaldas escaleras abajo, mientras sobre él llovían toneladas de blanco yeso. Su cabeza golpeó contra el suelo de cemento, y supo que el edificio había sido alcanzado, derribado, y que la gente ya no estaba allí. Y él también había sido alcanzado, partido en dos, y tan sólo Hoppy y Bob Rubenstein sobrevivirían, y quizá ni siquiera ellos.
Intentó hablar pero no lo consiguió.
Sentado ante su banco de reparaciones, Hoppy sintió la confusión y vio el hueco de la puerta llenarse de cascotes del cielo raso y la madera de los escalones saltar en fragmentos que volaron por todos lados, y entre los fragmentos de madera había algo blando, briznas de carne; si esas briznas eran Fergesson... estaba muerto. El edificio se estremeció y retumbó, como si hubieran sido cerradas unas enormes puertas. Estamos emparedados, se dio cuenta Hoppy. La luz del techo estalló, y ya no hubo más que oscuridad. Bob Rubenstein estaba chillando.
El foco hizo retroceder su carrito en la oscura cavidad del sótano, guiándose por el tacto con sus extensores. Se abrió camino entre el género almacenado, los grandes televisores metidos en sus cajas de cartón; avanzó tan profundamente como le fue posible, alejándose lenta y cuidadosamente tanto como pudo de la entrada. Nada cayó sobre él. Fergesson había estado en lo cierto. Allí se estaba seguro, allí, bajo el nivel de la calle. Arriba no debía quedar de los otros más que jirones de carne mezclados con el blanco y seco polvo que hasta entonces había sido el edificio, pero aquí todo era distinto.
No ha habido tiempo, pensó. Nos lo han dicho y ya estaba empezando; y sigue todavía. Podía sentir el viento moviéndose en la superficie, allá arriba; se movía sin impedimentos, ya que cualquier cosa que hubiera podido frenarlo había sido derribada. No podremos salir ni siquiera más tarde, se dijo, a causa de la radiación. Aquel fue el error que cometieron los japoneses; habían salido inmediatamente después, sonrientes.
¿Cuánto tiempo podré vivir aquí?, se preguntó. ¿Un mes? No hay agua, a menos que se reviente alguna conducción. No habrá aire dentro de poco, a menos que se filtren algunas moléculas entre los escombros. Así que será mejor intentar salir. Pero no saldré, se reiteró. Yo lo sé; no soy un idiota como los demás.
Ahora ya no oía nada. Ninguna confusión, ninguna lluvia de cosas cayendo en las tinieblas a su alrededor: pequeños objetos arrojados de las estanterías y de las pilas. Tan sólo silencio. No oía ya a Bob Rubenstein. Cerillas. Tenía cerillas en su bolsillo; las sacó y rascó una. Vio que las cajas de televisores se habían derrumbado y lo habían encerrado en aquel lugar. Estaba solo, en un espacio exclusivamente suyo.
Oh, muchacho, se dijo con júbilo. Soy afortunado; este espacio está hecho a mi medida. Puedo quedarme y quedarme; puedo pasar días aquí y sobrevivir, sé que se supone que debo sobrevivir. Fergesson estaba escrito que debía morir inmediatamente. Es la voluntad de Dios. Dios sabe lo que tiene que hacer; lo ve todo, no existe el azar. Todo esto es la gran limpieza del mundo. Hay que hacer sitio, crear nuevos espacios para gente como yo, por ejemplo.
Apagó la cerilla, y volvió la oscuridad; no le importaba. Esperando, en medio de su carrito, pensaba: ésta es mi oportunidad, ha sido creada deliberadamente para mí. Todo será diferente cuando emerja. El Destino trabajaba desde el principio, mucho antes de que yo naciera. Ahora lo comprendo todo, incluso el porqué soy tan diferente de los demás; entiendo la razón.
¿Cuánto tiempo ha pasado?, se preguntó un poco más tarde. Empezaba a impacientarse. ¿Una hora? No puedo quedarme aquí esperando, se dio cuenta. Quiero decir, sé que debo esperar, pero me gustaría que las cosas fueran más aprisa. Escuchó en busca del sonido probable de gente sobre su cabeza, equipos de rescate del Ejército acudiendo a salvar a las víctimas, pero todavía no; todavía nada.
Espero que no tarden mucho, se dijo. Hay mucho que hacer; tengo mucho trabajo ante mi.
Cuando salga de aquí deberé ocuparme inmediatamente de organizar las cosas, ya que eso es lo primero que se necesitará: organización y dirección; todo el mundo andará desorientado. Quizá pueda empezar ya a hacer planes ahora. Empezó a planear en la oscuridad. Se le ocurrían todo tipo de inspiraciones; no perdía en absoluto el tiempo, no estaba ocioso por el hecho de tener que permanecer inmóvil. Su cabeza hormigueaba con ideas originales; le costaba esperar, pensando en todo aquello y en cómo iría todo cuando lo pusiera en práctica. La mayor parte de sus ideas versaban sobre los medios de supervivencia. Ya nadie dependería de una gran sociedad; todo serían pequeñas ciudades e individualidades, como aquéllas de las que hablaba Ayn Rand en sus libros. Sería el fin del conformismo y del espíritu colectivo y de todas esas tonterías; ya no más factorías de producción en serie, como aquellas pilas de cajas de televisores 3-D en color que se habían derrumbado a su alrededor.
Su corazón latía con excitación e impaciencia; le era difícil seguir esperando... parecía como si hubieran pasado un millón de años. Y aún no le habían encontrado, pese a que debía haber allá arriba ajetreados grupos de búsqueda. Lo sabía; podía sentir su presencia, trabajando, acercándose.
—¡Apresuraos! —exclamó en voz alta, tendiendo hacia delante sus extensores manuales; sus extremos golpearon las cajas de cartón de los televisores, produciendo un ruido sordo. En su impaciencia empezó a golpear las cajas. El tamborileo llenó la oscuridad, como si hubiera varias vidas aprisionadas allí, todo un grupo de gente y no Hoppy Harrington, solo.

En su casa en la ladera de la colina, en West Marin, Bonny Keller se dio cuenta de que la música clásica que surgía del aparato estéreo del salón había cesado. Salió del dormitorio, limpiándose las manos manchadas de acuarela y pensando si sería de nuevo la misma lámpara que —como decía George— había saltado.
Fue entonces cuando vio a través de la ventana recortarse contra el cielo una gran columna de humo, tan densa y oscura como un tronco de árbol. Se quedó mirándola boquiabierta, y entonces la ventana estalló; se pulverizó, y ella se vio lanzada hacia atrás y resbaló por el suelo entre los pulverulentos fragmentos de cristal. Todos los objetos de la casa se volcaron, cayeron y se rompieron, y se deslizaron con ella como si la casa entera hubiera sido volcada.
Es la Falla de San Andrés, se dijo. Un terrible terremoto, como aquél de hace ochenta años; todo lo que hemos construido... todo ha quedado arruinado. Girando sobre sí misma, golpeó contra la pared del fondo de la casa, que ahora formaba el suelo, mientras que el suelo se había convertido en pared; vio lámparas y mesas y sillas cayendo y aplastándose, y se sintió sorprendida de ver lo frágil que era todo. No podía comprender cómo cosas que había poseído durante años pudieran romperse tan fácilmente; sólo la pared en sí, que ahora estaba bajo ella, seguía dando la sensación de ser algo sólido.
Mi casa, pensó. Desaparecida. Todo lo que era mío, todo lo que tenía sentido para mí. Oh, no es justo.
Su cabeza empezó a pulsar mientras permanecía tendida en la pared, jadeante. Se sacudió la ropa, vio sus manos blancas y cubiertas por un polvo fino y temblorosas... con sangre en su muñeca, alguna herida que no podía distinguir. En mi cabeza, pensó. Se frotó la frente, y algunos cascotes cayeron de su pelo. Ahora —no acababa de comprenderlo— el suelo volvía ser suelo, la pared volvía a estar vertical como antes. Vuelta a la normalidad. Pero las cosas; todo estaba roto. Aquello persistía. Una casa llena de desperdicios, se dijo. Se necesitarían semanas, meses. Nunca vamos a poder reconstruirlo todo. Es el fin de nuestra vida, de nuestra felicidad.
Se puso en pie y anduvo unos pocos; apartó con el pie los restos de una silla. Se dirigió hacia la puerta, apartando los escombros con los pies. El aire torbellineaba con partículas en suspensión, y ella las estaba respirando; la ahogaban, la irritaban. Cristales por todos lados, sus preciosas ventanas acristaladas hechas añicos. Vacíos agujeros cuadrados con unos pocos fragmentos de cristal que seguían cayendo mientras los contemplaba. Descubrió una puerta... que la presión del marco había combado. Se apoyó contra ella, apretando con todo su peso, y consiguió abrirla lo suficiente como para salir de la casa trastabillando y detenerse a unos pocos metros para observar lo que había ocurrido.
Su dolor de cabeza estaba empeorando. ¿Me he quedado ciega?, se preguntó; le costaba mantener los ojos abiertos. ¿He visto una luz? Recordaba un destello de luz, como un obturador fotográfico abriéndose tan repentinamente, tan rápidamente, que sus nervios ópticos no habían reaccionado... realmente no lo había visto. Y, sin embargo, sus ojos estaban dañados; sentía el daño en ellos. Su cuerpo, toda ella, parecía dañada, y no era sorprendente. Pero el suelo. No podía ver ninguna fisura. Y la casa seguía en pie; sólo las ventanas y los objetos de dentro habían sido destruidos. La estructura, el contenedor, seguía intacta, pero sin nada en su interior.
Mientras caminaba lentamente, pensó: mejor que busque ayuda. Necesito auxilio médico. Y entonces, tropezando y estando a punto de caer, miró a su alrededor y hacia arriba, y vio de nuevo la columna de oscuro humo hacia el sur. ¿Se había incendiado San Francisco?, se preguntó.
Está ardiendo, concluyó. Es una calamidad. Toda la ciudad había sido afectada, no tan sólo West Marin. No tan sólo la escasa población rural de aquel lugar, sino toda la población de la ciudad; debía haber miles de muertos. Tendrían que declarar emergencia nacional y llamar a la Cruz Roja y al Ejército; va a ser algo que recordemos mientras vivamos. Mientras caminaba se echó a llorar, cubriéndose el rostro con las manos, sin ver hacia donde iba, sin preocuparse por ello. No lloraba por ella ni por su casa arruinada; lloraba por la ciudad al sur. Lloraba por toda la gente y las cosas que había en ella y por todo lo que les había ocurrido.
Sabía que nunca la volvería a ver. Ya no existe San Francisco; ha desaparecido. El fin había llegado repentinamente aquel mismo día. Llorando, avanzaba en dirección a la ciudad; ahora podía oír voces de gente, llegando de la llanura más abajo. Se dirigió hacia allí, guiándose por el sonido.
Un vehículo se detuvo a su lado. La portezuela se abrió; un hombre le alargó la mano. Ella no lo conocía; ni siquiera sabía si vivía por allí o estaba de paso. Sin embargo, se aferró a él.
—Todo está bien —dijo el hombre, enlazándola por la cintura.
Sollozando, ella se arrimó a él, apretándose contra el asiento y atrayéndolo sobre ella.
Más tarde se descubrió a sí misma andando, esta vez por un estrecho sendero bordeado de robles, los viejos troncos nudosos de los queridos robles que tanto amaba, alineándose a ambos lados. El cielo sobre ella era gris y siniestro, cruzado por densas nubes que derivaban en monótona procesión hacia el norte. Aquella debía ser la carretera que conducía al Rancho del Valle del Oso, se dijo. Le dolían los pies y cuando se detuvo se dio cuenta que iba descalza; había perdido sus zapatos en algún lugar a lo largo del camino.
Llevaba todavía los jeans manchados de pintura de cuando se produjo el terremoto, de cuando la radio se había parado. Pero, después de todo, ¿había sido realmente un terremoto? El hombre del vehículo, asustado y balbuceante como un bebé, había hablado de alguna otra cosa, pero estaba demasiado alterado y confuso, demasiado lleno de pánico, para que ella pudiera entenderlo.
Quiero volver a casa, se dijo. Quiero volver a casa y quiero mis zapatos. Estoy segura que ese hombre me los ha quitado; juraría que se han quedado en su vehículo. Y no volveré a verlos nunca más.
Siguió caminando cansinamente, con gestos de dolor, deseando encontrarse con alguien, preguntándose sobre el plomizo cielo y sintiéndose más y más sola a cada momento que pasaba.


VI

Mientras ponía de nuevo en marcha su camioneta Volkswagen, Andrew Gill dirigió una última mirada a la mujer con jeans manchados de pintura y suéter que acababa de dejar; se dio cuenta de que iba descalza por la carretera, y entonces ella desapareció cuando la camioneta tomó una curva. No sabía su nombre, pero le parecía que era la mujer más hermosa que nunca se hubiera encontrado, con su cabello pelirrojo y sus pequeños pies delicadamente formados. Y, pensó sorprendido y maravillado, acababan de hacer el amor en la parte trasera de la VW.
Para él todo aquello era una sucesión de irrealidades, la mujer y las grandes explosiones al sur que habían desgarrado la campiña y erigido aquella nube gris en el cielo sobre su cabeza. Sabía que era una guerra de algún tipo, o al menos una calamidad moderna enteramente nueva para su mundo y su experiencia.
Aquella mañana se había dirigido de su tienda en Petaluma a West Marin para entregar en la farmacia de la Estación de Point Reyes una partida de pipas de brezo importadas de Inglaterra. Comerciaba con licores finos —especialmente vinos— y tabacos, así como artículos para fumadores de élite, incluidos esos aparatitos niquelados para limpiar las pipas y atascar el tabaco en su cazoleta. Ahora, mientras conducía, se preguntaba en qué estado se hallaría su tienda; ¿habría alcanzado el acontecimiento la zona de Petaluma?
Sería mejor que volviera atrás para ver lo que ha pasado, se dijo, y entonces pensó de nuevo en la mujercita de cabello rojizo y jeans que se había metido en su camioneta —o al menos él la había dejado meterse; no estaba muy seguro de lo que había ocurrido—, y tenía la impresión de que debía ir tras ella y asegurarse de que estaba bien. ¿Vivía por los alrededores?, se preguntó. ¿Y cómo volver a encontrarla? Sentía ya deseos de verla de nuevo; nunca antes se había encontrado con nadie como ella. ¿Había actuado como lo había hecho debido a su estado de shock?, meditó. ¿Estaba en sus cabales en aquellos momentos? ¿Había hecho algo así antes... y, lo que era más importante, volvería a hacerlo alguna otra vez?
Sin embargo, siguió conduciendo, sin dar media vuelta; sus manos estaban abotagadas, como desprovistas de vida. Se sentía exhausto. Sé que habrá otras bombas o explosiones, se dijo. Han lanzado una en la zona de la Bahía y seguirán enviándonos más. Vio en el cielo, sobre su cabeza, una rápida sucesión de destellos luminosos, y tras un tiempo un distante rumor cuyas ondas hicieron saltar y estremecerse a la camioneta. Nuevas bombas cayendo por allá, decidió. O tal vez nuestras defensas. Pero habrá algunas que las cruzarán.
Y luego, además, estaban las radiaciones.
Derivando sobre él ahora, las nubes de lo que sabía eran mortales radiaciones iban siendo empujadas hacia el norte, y no parecían estar todavía lo suficientemente bajas como para afectar la vida en la superficie, su vida y la de los arbustos y árboles a lo largo de la carretera. Quizá iban a secarse y a morir en unos pocos días, pensó. Quizá sólo fuera cuestión de tiempo. ¿Entonces para qué ocultarse? ¿No sería quizá mejor ir hacia el norte, intentar escapar? Pero las nubes se movían hacia el norte. Será mejor que me quede aquí, se dijo, y busque algún refugio por aquí. Creo que he leído en algún lugar que éste es un lugar privilegiado; los vientos pasan rodeando West Marin por el interior hacia Sacramento.
Y seguía sin ver a nadie. Sola la chica... la única persona que había visto desde la primera gran bomba y la comprensión de lo que estaba sucediendo. Ningún coche. Nadie a pie. No tardarán en aparecer, saldrán de sus subterráneos, razonó. A miles. E irán muriendo a medida que lo hagan. Refugiados. Debería prepararme para ayudarles. Pero todo lo que tengo en este cacharro VW son pipas y latas de tabaco y botellas de vino de California de viticultores pequeños; no poseo instrumental médico ni sabría cómo emplearlo. Y de todos modos tenía más de cincuenta años y un problema crónico de corazón llamado taquicardia paroxismal. De hecho, era un milagro que no hubiera sufrido un ataque mientras estaba haciendo el amor con la chica.
Mi mujer y los dos niños, pensó. Quizá estén muertos. Debo volver a Petaluma. ¿Llamarles por teléfono? Absurdo. Los teléfonos no deben funcionar. Y seguía conduciendo, sin un rumbo preciso, sin saber adónde ir ni qué hacer. Sin saber los peligros que estaba corriendo, si el ataque del enemigo había terminado o aquello era tan sólo el principio. Podía verse reducido a polvo en cualquier momento, pensó.
Pero se sentía seguro en su familiar camioneta VW, cuyos problemas había compartido durante seis años. No había cambiado en absoluto pese a lo mucho que habían pasado juntos; era resistente y de confianza, mientras que —lo sentía— el mundo, las demás cosas, habían sufrido una metamorfosis mortal y permanente.
No deseaba enfrentarse con la realidad.
¿Y si Bárbara y los chicos estaban muertos?, se preguntó. Era extraño, pero aquella idea traía consigo una cierta sensación de alivio. Una nueva vida, como el encuentro con esa chica. Lo viejo había terminado; ¿acaso el tabaco y el vino no iban a adquirir un valor considerable a partir de ahora? En las actuales circunstancias, ¿no llevaba una fortuna en esta camioneta? No necesito volver nunca a Petaluma; puedo desaparecer, y Bárbara no será capaz de encontrarme nunca. Se sentía alegre y lleno de ánimos ahora.
Pero aquello significaba —no lo permita Dios— que debería abandonar su tienda, y aquélla era una idea horrible, llena de implicaciones de peligro y aislamiento. No puedo dejarla, decidió. Representa veinte años de construir gradualmente una buena relación proveedor/cliente, saber auténticamente lo que desea el público y servírselo.
Sin embargo, pensó, es posible que toda esa gente esté muerta ahora, junto con mi familia. Tengo que enfrentarme a ello: todo ha cambiado, no sólo las cosas que no me preocupan.
Conduciendo lentamente, intentó examinar todas las posibilidades, pero cuanto más reflexionaba más confuso e intranquilo se sentía. No creo que ninguno de nosotros sobreviva, decidió. Probablemente hemos sido expuestos a las radiaciones; mi relación con esa chica ha sido el último acontecimiento digno de mención de mi vida, y probablemente también de la suya... pues no hay duda que también está condenada.
Cristo, pensó amargamente. Cualquier mentecato del Pentágono debe ser el responsable de todo esto; deberíamos haber tenido al menos dos o tres horas de margen desde el primer aviso, y en cambio hemos tenido... ¡menos de cinco minutos!
Ya no sentía ninguna animosidad hacia el enemigo; tan sólo un sentimiento de vergüenza, un sentimiento de haber sido traicionado. Aquellos militares peleles en Washington debían estar probablemente sanos y salvos en sus refugios de cemento, como Adolf Hitler al final, decidió. Y nosotros estamos muriéndonos aquí. Aquello lo turbaba; era horrible.
De pronto se dio cuenta de que en el asiento de atrás había dos zapatos, dos zapatillas usadas. Las de la chica. Suspiró, sintiéndose cansado. Lo invadió el desaliento.
Y luego lo ganó la excitación. Nada de desaliento, pensó; esto es una señal... para que me quede aquí en West Marin, para empezarlo todo de nuevo, aquí. Si me quedo volveré a verla; sé que será así. Es sólo cuestión de ser paciente. Es por eso que ella ha dejado su calzado; lo sabía, sabía que yo iba a recomenzar mi vida aquí, que después de lo ocurrido no me iría, no podría hacerlo. Al diablo con mi tienda, con mi mujer y los niños, en Petaluma.
Mientras seguía conduciendo empezó a silbar, aliviado y feliz.

No había la menor duda en la mente de Bruno Bluthgeld ahora; veía el incesante flujo de coches en un solo sentido, avanzando hacia el norte, rumbo a la autopista que se dirigía a las afueras. Berkeley se había convertido en un tamiz por cuyos agujeros eran cribados todos aquellos que iban hacia el norte, gentes de Oakland y San Leando y San José; todos ellos pasaban por sus calles, convertidas ahora en calles de dirección única. No es culpa mía, se dijo el doctor Bluthgeld mientras permanecía en la acera, incapaz de cruzar la calzada para llegar hasta su propio coche. Y, sin embargo, se dio cuenta, aunque esto es real, aunque esto es el fin de todo, la destrucción de las ciudades y de las gentes por todos lados, yo soy el responsable.
En cierto modo, pensó, yo he hecho que esto ocurra.
Debo repararlo, se dijo. Enlazó sus manos, tensas por la inquietud. Debo hacer que esto no ocurra, debo detenerlo antes de que se produzca.
Esto es lo que ha ocurrido, decidió. Estaban elaborando sus planes para eliminarme, pero no han contado con mis habilidades, que en mí parecen formar parte del subconsciente. Tengo tan sólo un control relativo sobre ellas; emanan de niveles suprapersonales, lo que Jung llamaría inconsciente colectivo. No han tenido en cuenta la casi ilimitada potencia de mi energía psíquica reactiva, y ahora ha fluido a la inversa hacia ellos en respuesta a sus preparativos. Yo no lo he querido; simplemente ha seguido las leyes físicas del estímulo y su respuesta, pero yo debo asumir la responsabilidad moral de todos modos, ya que he sido yo, el gran Yo, el Yo Mismo que trasciende el ego consciente. Debo luchar contra ello, ahora que ya ha cumplido su trabajo contra los demás. Seguro que ya ha hecho lo suficiente; ¿acaso los daños no han sido ya demasiado grandes?
Pero no, no eran demasiado grandes, en un sentido puramente físico, el concepto puro de acción y reacción. Una Ley de Conservación de la Energía, una paridad, estaba involucrada en ello; su inconsciente colectivo había respondido proporcionalmente al daño que pretendían los otros. Ahora, sin embargo, era tiempo de reparar; era, lógicamente, el próximo paso. Había agotado todas sus energías... ¿o no? Sentía dudas y una profunda confusión; ¿acaso el proceso reactivo, su sistema de defensa metabiológico, había completado su ciclo de respuesta, o quedaba aún algo más?
Olisqueó la atmósfera, intentando anticipar. El cielo era una mezcla de partículas: restos demasiado ligeros para ser arrastrados. ¿Qué había tras todo ello, oculto como en una matriz? La matriz, pensó, de pura esencia dentro de mí, mientras yo sigo aquí debatiéndome. Me pregunto si esa gente que conduce todos esos coches, esos hombres y mujeres de rostros inexpresivos... me pregunto si saben quién soy yo. ¿Son conscientes de que yo soy el Omphalos, el ombligo, el centro, de todo este desgarro cataclísmico? Observó a la gente que pasaba, y muy pronto supo la respuesta; eran conscientes de su presencia, de que él era la fuente de todo aquello, pero tenían miedo de lanzar cualquier ataque en su dirección. Habían aprendido su lección.
Levantando su mano hacia ellos, gritó:
—No os preocupéis; no pasará nada más, os lo prometo. ¿Le comprendían y creían? Sentía sus pensamientos dirigidos hacia él, su pánico, su dolor, y también su odio, contenido ahora por el reconocimiento de la tremenda demostración de lo que era capaz de realizar. Sé lo que sentís, pensó hacia ellos, o tal vez les dijo en voz alta... no lo sabía exactamente. Habéis aprendido una dura y amarga lección. Y yo también. He de vigilarme más atentamente; en el futuro deberé guardar mis poderes con mayor cuidado, con una mayor reverencia a lo que ha sido depositado en mis manos.
¿Dónde debo ir ahora?, se preguntó. ¿Lejos de aquí, para que todo vaya calmándose gradualmente por sí mismo? Por su seguridad, sería una buena idea; una solución humana y equitativa.
¿Puedo irme? Por supuesto. Porque las fuerzas puestas en evidencia estaban al fin y al cabo más o menos disponibles; podía convocarlas desde el momento en que era consciente de ellas, como lo era ahora. Su error antes había sido simplemente el ignorarlas. Quizá, a través de un intenso psicoanálisis, hubiera podido captarlas a tiempo, y aquella gran perturbación hubiera podido ser evitada. Pero ahora ya era demasiado tarde para preocuparse por ello. Echó a andar en la misma dirección en que había venido. Puedo pasar por sobre este tráfico y abandonar esta región, se aseguró. Para probarlo, bajó del bordillo, directamente hacia el denso flujo de coches; otra gente hizo también lo mismo, otros individuos a pie, varios de ellos llevando consigo cosas de casa, libros, lámparas, incluso un pájaro en una jaula o un gato. Se unió a ellos, haciéndoles señas para indicarles que podían cruzar con él, seguirle ya que él podía atravesar la calle a su antojo.
El tráfico estaba casi embotellado. Parecía ser debido a los coches que intentaban abrirse camino desde una calle lateral un poco más adelante, pero él sabía que no era así; ésa era tan sólo la causa aparente... la auténtica razón era su deseo de cruzar. Un espacio entre dos coches se abrió directamente ante él, y el doctor Bluthgeld condujo al grupo de peatones hasta el otro lado.
¿Adónde puedo ir?, se preguntó, ignorando las palabras de agradecimiento de la gente a su alrededor; todos estaban intentado decirle lo muy agradecidos que le estaban. ¿Al campo, lejos de la ciudad? Soy peligroso en la ciudad, se dio cuenta. Debería irme a ochenta o cien kilómetros al este, quizá camino a las Sierras, en algún remoto rincón. West Marin: podría regresar allí. Es donde está Bonny. Podría quedarme con ella y George. Pienso que sería lo suficientemente lejos, y si no podría continuar... debo alejarme de toda esa gente, no merece ser castigada otra vez. Si es necesario, seguiré andando por siempre; no me detendré en ningún lugar.
Por supuesto, se dio cuenta, no puedo llegar a West Marin en coche; ninguno de esos coches se mueve ni volverá a moverse nunca. La congestión es demasiado grande. Y seguro que el puente Richardson ya no existe. Deberé ir andando; me llevará días, pero terminaré por llegar. Tomaré la carretera de Black Point, en dirección a Vallejo, y luego seguirá la carretera que cruza las marismas. El terreno es llano; podré cortar directamente a través de los campos si es necesario.
En cualquier caso será una penitencia por lo que he hecho. Será una peregrinación voluntaria, una forma de curar mi alma.
Empezó a andar, mientras se concentraba en los daños que veía a su alrededor; los examinaba con la idea de repararlos. Cuando llegó a un edificio que se había derrumbado hizo un alto y dijo: Que este edificio sea reconstruido. Cuando vio algún herido dijo: Que esta gente sea juzgada inocente y perdonada. Cada vez hacia un gesto con la mano que él mismo había ideado; indicaba su determinación de que cosas como aquéllas no volvieran a producirse. Quizás han aprendido una lección definitiva, pensó. Al menos ahora me dejarán en paz.
Pero, se le ocurrió, tal vez actúen en dirección contraria. Quizá, tras ser rescatados de las ruinas de sus casas, desarrollen una determinación aún mayor de destruirme. Eso a la larga podría aumentar, en lugar de disminuirla, su animosidad.
Se estremeció al pensar en su venganza. Quizá sería mejor que me ocultara, pensó. Conservar el nombre, «señor Tree», o usar cualquier otro nombre ficticio para disimularme. Ahora tienen miedo de mí... pero me temo que eso no dure mucho.
Y, sin embargo, aún sabiendo eso, siguió haciendo su gesto particular a todos mientras continuaba andando. Seguía dedicando sus esfuerzos a poner remedio a todo el mal que veía. Sus propias emociones estaban desprovistas de hostilidad; se sentía libre de todo aquello. Eran ellos quienes seguían alimentando su odio.
Al borde de la Bahía, el doctor Bluthgeld se apartó del tráfico y contempló la blanca, rota y vitrificada ciudad de San Francisco, desparramada al otro lado del agua. No quedaba nada. Por encima de ella, el humo y el amarillento fuego se manifestaban de una forma que jamás hubiera podido creer. Era como si la ciudad se hubiera convertido en una astilla de madera, calcinada sin dejar apenas rastro. Y, sin embargo, había gente saliendo de ella. Podía ver, en el agua, flotar los más peregrinos objetos: la gente había echado todo lo susceptible de flotar y se había agarrado a ello, intentando empujarse y atravesar la Bahía hasta el Condado de Marin.
El doctor Bluthgeld permanecía allí, incapaz de moverse, olvidando por completo su peregrinaje. Primero tenía que curarlos a todos ellos, y luego si era posible curar la propia ciudad. Olvidó sus propias necesidades. Se concentró en la ciudad, utilizando ambas manos, haciendo nuevos gestos en los que nunca antes había pensado; lo intentó todo, y tras un largo tiempo vio que el humo se iba aclarando. Aquello le dio esperanzas. Pero el número de la gente que nadaba atravesando la Bahía, escapando, empezaba a disminuir; vio cada vez menos, hasta que la Bahía quedó completamente vacía de ellos, y sólo quedaron algunos restos dispersos.
Entonces se concentró en salvar a la gente; pensó en las carreteras que ofrecían un escape hacia el norte, en los lugares donde irían los que huían y en lo que iban a necesitar. En primer lugar agua, luego comida. Pensó en el Ejército trayendo víveres y en la Cruz Roja; pensó en pequeñas ciudades en medio del campo poniendo a disposición de los demás todo lo que poseían. Finalmente llegó a lo más importante, y se recreó en ello un largo momento, pensando en todo lo que se necesitaría. Las cosas iban mejorando. La gente era curada de sus quemaduras; podía verlo. Podía ver también cómo era curada de sus otras heridas, el gran pánico; aquello era importante. Vio incluso cómo empezaban a instalarse otra vez, estableciendo nuevos hogares, en forma rudimentaria pero con entusiasmo.
Pero curiosamente, al mismo tiempo que se dedicaba a mejorar sus condiciones, se daba cuenta con sorpresa y temor que él empeoraba. Lo había perdido casi todo al servicio del bienestar general, puesto que sus ropas estaban hechas jirones, como sacos. Los dedos de sus pies asomaban por la punta de sus zapatos. Una barba hirsuta estaba empezando a crecer en su rostro; un bigote sobre su boca, y sus cabellos caían en desorden sobre sus orejas hasta el andrajoso cuello de su traje, y sus dientes —incluso sus dientes— habían desaparecido. Se sentía viejo y enfermo y vacío, pero de todos modos valía la pena. ¿Cuánto tiempo llevaba allí, realizando su misión? Hacía ya mucho que el flujo de coches había cesado. Tan sólo quedaban los deteriorados y abandonados restos de algunos coches a lo largo de la carretera, a su derecha. ¿Habían sido semanas? Quizá meses. Se sintió hambriento, y sus piernas temblaban de frío. Empezó a caminar de nuevo.
Les he dado todo lo que tenía, se dijo, y aquel pensamiento le trajo un asomo de resentimiento, acompañado de un poco de rabia. ¿Qué he recibido a cambio? Necesito un corte de pelo y comida y atención médica; yo también necesito que se ocupen un poco de mí. ¿Dónde puedo encontrar esto? Ahora, pensó, estoy demasiado cansado para andar hasta el Condado de Marin; tengo que quedarme aquí, en este lado de la Bahía, por un tiempo, hasta que haya descansado y me sienta fuerte de nuevo. Su resentimiento creció a medida que iba andando lentamente.
Pero de todos modos había hecho lo que debía. Vio, un poco más adelante, el primer puesto de socorro con hileras de decrépitas tiendas; vio mujeres con brazaletes y supo que eran enfermeras. Vio hombres con cascos metálicos y armados. Ley y orden, comprendió. Gracias a mis esfuerzos se están restableciendo, aquí y allá. Me deben mucho, pero naturalmente no van a admitirlo. Se lo permitiré, decidió.
Cuando alcanzó la primera sucia tienda, uno de los hombres armados lo detuvo. Otro hombre, llevando una tablilla con un sujetapapeles, se acercó.
—¿De dónde viene? —preguntó el hombre de la tablilla.
—De Berkeley —respondió.
—¿Nombre?
—Señor Jack Tree.
El hombre escribió algo, luego separó una cartulina de la tablilla y se la tendió. Había un número en ella, y los dos hombres le explicaron que debía conservar el número, ya que sin él no podía conseguir raciones alimenticias. Luego añadieron que si intentaba —o había intentado— obtener raciones en algún otro puesto de socorro, sería fusilado. Luego los dos hombres se alejaron, dejándole allí de pie, con su tarjeta numerada en la mano.
¿Debo decirles que he sido yo quien ha causado todo esto?, se preguntó. ¿Que yo soy el único responsable y que seré condenado eternamente por el horrible pecado que he cometido permitiéndolo? No, decidió, ya que si lo hago me retirarán mi tarjeta, y no voy a disponer de raciones de víveres. Y se sentía terriblemente, terriblemente hambriento.
Luego una de las enfermeras se le acercó y le preguntó mecánicamente:
—¿Algún vómito, mareos, cambio de color en las deposiciones?
—No —dijo.
—¿Alguna quemadura superficial que aún no esté cicatrizada?
Negó con la cabeza.
—Entonces vaya allá —la enfermera señaló con un dedo— y despójese de sus ropas. Lo despiojarán y le afeitarán la cabeza, y podrá vacunarse. Pero no contra la tifoidea, no hace falta que lo pida: se nos ha acabado el suero.
Perplejo, vio a un hombre con una máquina de afeitar eléctrica alimentada por un grupo electrógeno de gasolina afeitando las cabezas tanto de hombres como de mujeres; la gente guardaba cola pacientemente. ¿Una medida sanitaria?, se dijo.
Creí haber previsto todo esto, pensó. O tal vez había olvidado las enfermedades infecciosas. Evidentemente lo había olvidado. Echó a andar en aquella dirección, asombrado por su fallo al no haberlo previsto todo. Debo haber olvidado un montón de cosas vitales, decidió mientras se colocaba en la cola de la gente que aguardaba a que le afeitaran la cabeza.

En las ruinas del sótano de cemento de una casa de Cedar Street, en las colinas de Berkeley, Stuart McConchie había visto algo gordo y gris que había saltado de un trozo de bloque para ocultarse detrás de otro. Tomó su mango de escoba —que se había roto formando una punta aguzada— y avanzó arrastrándose.
El hombre que estaba con él en el sótano, un tipo cetrino y enjuto llamado Ken, que estaba muriéndose de haber estado expuesto a las radiaciones, dijo:
—No vas a comerte eso.
—Seguro que si —dijo Stuart, arrastrándose por el polvo que entraba en el sótano a través de las múltiples fisuras abiertas al exterior en dirección al roto bloque de cemento. La rata, consciente de su presencia, chillaba aterrada. Había salido de las cloacas de Berkeley y ahora estaba deseando volver a ellas. Pero él estaba cortándole el paso, entre ella y la cloaca. Seguro que se trataba de una gorda hembra: los machos suelen ser más delgados.
La rata intentó escurrirse aterrorizada, y Stuart la empaló con su arma. El animal chilló de nuevo, un prolongado chillido de dolor. Seguía todavía viva en la punta del palo de escoba, agitándose y chillando. Stuart bajó el palo hasta el suelo y le aplastó la cabeza con el pie.
—Al menos —dijo el hombre que se estaba muriendo— podrías cocerla antes.
—No —dijo Stuart, y sentándose extrajo de su bolsillo una navajita que había encontrado en el bolsillo del pantalón de un escolar muerto y empezó a despellejar la rata. Mientras el hombre moribundo le contemplaba con desaprobadores ojos, Stuart se comió la rata muerta, cruda.
—Me sorprende que aún no te me hayas comido a mí —dijo el hombre al cabo de un rato.
—No es peor que comer camarones crudos —dijo Stuart. Se sentía mucho mejor ahora; era su primera comida en varios días.
—¿Por qué no vas en busca de uno de esos puestos de socorro de los que hablaba el helicóptero que voló sobre el lugar ayer? —dijo el moribundo—. Dijo, o al menos eso entendí yo, que había un puesto cerca de la escuela primaria de Hillside. Está a unas pocas manzanas de aquí; podrías andar esa distancia.
—No —dijo Stuart.
—¿Por qué no?
La respuesta, aunque no sentía el menor deseo de decirla, era que simplemente tenía miedo de aventurarse en plena calle, fuera de aquel sótano. No sabía exactamente por qué, excepto que había cosas moviéndose entre los escombros que no podía identificar; suponía que eran americanos, pero posiblemente fueran chinos o rusos. Sus voces sonaban extrañas y resonantes, incluso durante el día. Y el helicóptero también; no estaba seguro al respecto. Podía tratarse de un truco del enemigo para inducir a la gente a salir fuera e irlos eliminando. En cualquier caso, seguía oyendo disparos por la parte llana de la ciudad; los apagados sonidos empezaban antes del amanecer y proseguían intermitentemente hasta el anochecer.
—No podrás quedarte siempre aquí —dijo Ken—. No es racional. —Yacía envuelto en las sábanas que había cogido de una de las camas del edificio; la cama había sido proyectada fuera de la casa cuando ésta se desintegró, y Stuart y el agonizante hombre la habían encontrado en el patio trasero. Los delicados bordados a mano no habían sufrido el menor daño, y las dos almohadas habían permanecido en su lugar.
En lo que pensaba Stuart era que en cinco días había recogido miles de dólares en billetes de los bolsillos de los muertos que había encontrado en las ruinas de las casas a lo largo de Cedar Street en sus bolsillos y en las mismas casas. Otros depredadores buscaban comida y objetos tales como cuchillos y armas, y se había sentido inquieto al darse cuenta de que él era el único que tan sólo buscaba dinero. Ahora tenía la sensación de que, si salía fuera, si iba a un puesto de socorro, descubriría la verdad: el dinero carecía de valor. Y si era así él era el más estúpido de los idiotas por estarlo reuniendo, y cuando llegara al puesto de socorro con su funda de almohada llena de él todo el mundo se reiría y le haría burla, ya que esto es lo único que se merece el más estúpido de los idiotas.
Y, además, nadie parecía estar comiendo ratas. Quizás había otros alimentos mejores disponibles que él no sabía; era algo propio de él, estar aquí abajo comiendo lo que los demás habían rechazado. Quizás estaban arrojando latas con raciones de emergencia desde el aire; quizá lo hacían temprano por la mañana, mientras él aún dormía, de modo que cuando se levantaba ya habían sido recogidas todas. Hacía varios días que notaba una profunda y creciente sensación de haberse perdido algo, de que alguna cosa gratuita había sido distribuida a todo el mundo —quizás a plena luz del día— excepto a él. Es mi sino, se decía, y aquello le hacía sentirse triste y amargado, y la rata que acababa de comerse ya no le parecía suficiente como antes.
Oculto durante los últimos días en aquel deteriorado sótano de cemento de la casa de Cedar Street, Stuart había tenido mucho tiempo para pensar en sí mismo, y había llegado a la conclusión de que siempre le había sido difícil comprender la forma de actuar de los demás; tan sólo tras grandes esfuerzos había conseguido actuar como actuaban ellos, parecerse a ellos. Y eso no tenía nada que ver con el hecho de ser negro, ya que tenía el mismo problema tanto con los blancos como con los de su mismo color de piel. No era una dificultad social en el sentido habitual; era algo mucho más profundo que eso. Por ejemplo, Ken, aquel hombre que se estaba muriendo tendido ahí al otro lado del sótano. Stuart no podía comprenderlo, se sentía aislado de él. Quizá se debía a que Ken se estaba muriendo y él no. Quizá eso erigía una barrera; el mundo estaba claramente dividido en dos nuevos campos ahora: la gente que se iba debilitando a cada momento que pasaba, que se estaba muriendo, y la gente como él mismo, que iban a sobrevivir. No había ninguna posibilidad de comunicación entre esos dos campos, ya que sus mundos eran completamente distintos.
Y, sin embargo, no era sólo esto entre él y Ken; había algo más, el mismo antiguo problema que el ataque de la bomba no había creado sino solamente puesto en evidencia. Ahora el abismo era más ancho; era obvio que no comprendía realmente el sentido de la mayor parte de las actividades que se producían a su alrededor... por ejemplo siempre se había sentido preocupado por la visita que debía efectuar anualmente al Departamento de Vehículos a Motor para renovar su licencia. Tendido allí en el sótano, cada vez se le hacía más claro que el resto de la gente iba al Departamento de Vehículos a Motor allí en Sacramento Street por una buena razón, mientras que él iba porque ellos iban; como un muchachito, había seguido la corriente. Y ahora no había nadie a quien seguir; ahora estaba solo. Y por ese motivo no podía pensar en nada que pudiera hacer, no podía tomar ninguna decisión o seguir ningún plan para su supervivencia.
Así que simplemente esperaba, y mientras esperaba se hacía preguntas acerca del helicóptero que sobrevolaba a menudo la zona, y luego acerca de las imprecisas formas de la calle, y principalmente acerca de si era un perfecto imbécil o no.
Y luego, de pronto, pensó en algo; recordó lo que Hoppy Harrington había visto allá en el Café de Fred. Hoppy lo había visto a él, Stuart McConchie, comiendo ratas, pero con la excitación y el miedo de todo lo que había pasado después Stuart lo había olvidado. Así que eso era lo que había visto el foco; ésa era su visión... ¡pero no era del otro mundo!
Maldito sea ese pequeño monstruo inválido, pensó Stuart, escarbándose los dientes con un trozo de alambre. Era un impostor; ha echado una maldición sobre todos nosotros.
Es sorprendente lo crédula que es la gente, se dijo. Le creímos, quizá porque era tan anormal... parecía más creíble viniendo de alguien tan tullido como es él... o como era él. Probablemente debe estar muerto, enterrado en el Departamento de Reparaciones. Bueno, al menos esa guerra habrá hecho algo bueno: habrá eliminado a todos esos monstruos. Pero, se dio cuenta, también creará toda una nueva gama; habrá monstruos que se pavonearán durante el próximo millón de años. Será el paraíso de Bluthgeld; de hecho es probable que se sienta enormemente feliz ahora... porque éste ha sido realmente un buen ensayo de bomba.
Ken se agitó y murmuró:
—¿Podría persuadirte de que te arrastraras hasta el otro lado de la calle? Allí donde está ese cadáver. Puede que lleve encima cigarrillos.
Al infierno con los cigarrillos, pensó Stuart. Lo más probable es que lleve una billetera llena de dinero. Siguió la dirección de la mirada del hombre moribundo y vio el cadáver de una mujer tendido entre los escombros, al otro lado de la calle. Su pulso se aceleró, porque a su lado había un bolso con aspecto de estar lleno.
—Deja el dinero, Stuart —dijo Ken con voz cansada—. Es una obsesión para ti, un símbolo de Dios sabe qué. —Mientras Stuart trepaba para salir del sótano, Ken elevó el tono de su voz—: Un símbolo de la sociedad opulenta. —Tosió, se ahogó—. Y ya no existe —consiguió añadir.
Al infierno contigo, pensó Stuart mientras se arrastraba a través de la calle hacia el abultado bolso. Por supuesto, cuando lo abrió lo halló lleno de billetes, de uno y de cinco e incluso de veinte. Había igualmente una barra de caramelo en el bolso y, la tomó también. Pero mientras se arrastraba de regreso al sótano se le ocurrió que la barra podía estar contaminada por la radiactividad, y la arrojó lejos.
—¿Cigarrillos? —preguntó Ken cuando hubo regresado.
—No. —Stuart abrió la funda de almohada, que mantenía enterrada hasta la boca en las cenizas que cubrían el sótano; embutió los billetes junto con los otros, y apretó el cordón que cerraba el improvisado saco.
—¿Hacemos una partida de ajedrez? —propuso Ken, abriendo la caja de madera que él y Stuart habían encontrado entre los escombros de la casa. Había conseguido enseñarle a Stuart los rudimentos del juego; Stuart no había jugado nunca antes de la guerra.
—No —dijo Stuart. Estaba observando, lejos en el grisáceo cielo, una forma que se movía y que parecía una especie de avión o cohete, algo de forma cilíndrica. Dios, pensó, ¿será una bomba? Desconsoladamente, contempló cómo descendía más y más; no intentó tenderse en el suelo, no intentó ocultarse como había hecho la otra vez, durante los primeros escasos minutos de los que había dependido su vida—. ¿Qué es eso? —preguntó.
El otro hombre escrutó el cielo.
—Es un globo.
—¡Son los chinos! —dijo Stuart, sin creerle.
—Es realmente un globo, uno pequeño. Antes le llamaban una salchicha, creo. Desde que era un muchacho no había visto ninguno.
—¿Acaso los chinos pueden flotar a través del Pacífico en globos? —dijo Stuart, imaginando cientos de aquellos pequeños globos grises en forma de cigarro, cada uno de ellos llevando un pelotón de soldados chinos de tipo mongólico, armados con rifles automáticos checos, sujetándose en los asideros, preparados para el desembarco—. Es lo que uno podría esperar desde un principio de ellos; la reducción del mundo a su nivel, el retroceso de un par de siglos. En lugar de intentar avanzar con nosotros... —se interrumpió, porque entonces vio que el dirigible llevaba en el costado, escrito en inglés:

BASE AÉREA DE HAMILTON

—Es uno de los nuestros —dijo el moribundo con voz seca.
—Me pregunto de dónde lo han sacado —dijo Stuart.
—Ingenioso, ¿no? —dijo el moribundo—. Supongo que la gasolina y el petróleo deben haberse agotado ya. Adiós las reservas. Vamos a empezar a ver un buen número de extraños medios de transporte a partir de ahora. Mejor dicho, tú vas a verlo.
—Deja de apiadarte de ti mismo —dijo Stuart.
—No me apiado ni de mí ni de nadie —dijo el moribundo, disponiendo cuidadosamente las piezas del ajedrez—. Es un hermoso juego —dijo—. Hecho en México, creo. Tallado a mano, sin lugar a dudas... pero muy frágil.
—Explícame otra vez cómo se mueve el alfil —dijo Stuart.
Sobre ellos, el dirigible de la Base Aérea de Hamilton flotaba en su dirección, acercándose. Los dos hombres en el sótano permanecían inclinados sobre su tablero de ajedrez, sin prestarle atención. Probablemente estaba tomando fotografías. O posiblemente llevaba a cabo una misión estratégica; podía llevar un walkie-talkie a bordo y estar en contacto con la Sexta Unidad del Ejército al sur de San Francisco. ¿Quién podía saberlo? ¿A quién le importaba? El dirigible pasó por encima de ellos mientras el moribundo avanzaba dos cuadros su peón de rey para abrir el juego.
—Empieza el juego —dijo. Y luego añadió en voz baja—: Para ti en todo caso, Stuart. Un extraño, desconocido, nuevo juego ante ti... Puedes apostar tu funda de almohada atiborrada de dinero, si quieres.
Gruñendo, Stuart examinó sus fichas y decidió mover un peón de torre como preparando un gambito... y supo, apenas lo había tocado, que era un movimiento idiota.
—¿Puedo volver atrás? —preguntó, esperanzado.
—Cuando tocas una pieza debes moverla —dijo Ken, sacando uno de sus caballos.
—No lo encuentro justo; quiero decir, tan sólo estoy aprendiendo —dijo Stuart. Miró al moribundo, pero el cetrino rostro permanecía impasible—. De acuerdo —dijo resignadamente, moviendo esta vez su peón de rey, como había hecho Ken. Observaré sus movimientos y haré lo que haga él, decidió. Así será más seguro.
Desde el dirigible, que ahora estaba directamente sobre ellos, tiraron hojas de papel blanco que cayeron y revolotearon en el aire. Stuart y el moribundo hicieron una pausa en su juego. Uno de los papeles cayó cerca de ellos en el sótano, y Ken lo tomó. Lo leyó y se lo pasó a Stuart.
—¡Burlingame! —dijo Stuart, leyéndolo. Era una llamada pidiendo voluntarios para el Ejército—. ¿Quieren que vayamos de aquí a Burlingame y nos enrolemos? Son de ochenta a cien kilómetros, rodeando toda la Bahía. ¡Están locos!
—Lo están —dijo Ken—. No va a ir ni un alma.
—Infiernos, yo no podría ir ni siquiera hasta el puesto de socorro de LeConte Street —dijo Stuart. Se sentía indignado, y se quedó mirando el dirigible de la Base de Hamilton mientras éste seguía su deriva. No serán ellos quienes me convenzan de que me enrole, se dijo. Que los cuelguen.
—Dicen —observó Ken, leyendo la proclama— que si llegas a Burlingame te garantizan el agua, la comida, cigarrillos, fármacos contra las epidemias, tratamiento para las quemaduras radiactivas. ¿Qué te parece? Pero no chicas.
—¿Todavía te interesa el sexo? —Stuart se mostró sorprendido—. Cristo, no he sentido la menor necesidad desde que cayó la primera bomba; es como si mi aparato se hubiera caído al suelo al primer momento.
—Ello es debido a que el centro diencefálico del cerebro suprime el instinto sexual frente al peligro —dijo Ken—. Pero luego vuelve.
—No —dijo Stuart—, porque todo niño que nazca será un monstruo; no tendría que haber relaciones sexuales durante al menos una decena de años. Habría que proclamar una ley. No puedo soportar la idea de un mundo poblado de monstruos porque he tenido una experiencia personal; uno de ellos trabajaba en la tienda Modern TV conmigo, o mejor dicho en el Departamento de Reparaciones. Uno era suficiente. Deberían colgar a ese Bluthgeld de los cojones por lo que hizo.
—Lo que hizo Bluthgeld en los setenta es insignificante comparado con esto —dijo Ken, señalando las ruinas de los edificios que les rodeaban.
—De acuerdo —dijo Stuart—, pero aquello fue el principio.
Sobre ellos, el dirigible derivaba ahora en la dirección por donde había venido. Quizás había agotado su provisión de pequeños mensajes y regresaba al Campo Hamilton, al otro lado de la Bahía o dondequiera que se encontrara.
Mirando hacia él, Stuart dijo:
—Dinos algo más.
—No puede —dijo Ken—. Eso es todo lo que tiene que decir; es una criatura muy simple. ¿Juegas, o me encargo yo de mover tus piezas? No me iría mal hacerlo.
Stuart movió un alfil con gran precaución... y se dio cuenta de nuevo de que había hecho un movimiento equivocado; podía leerlo en el rostro del moribundo.
En un rincón del sótano, entre los bloques de cemento, algo ágil y asustado saltó hacia la seguridad, y se agitó y chilló ansiosamente cuando les vio. La atención de Stuart se trasladó del tablero a la rata, y buscó su mango de escoba.
—¡Juega! —dijo Ken, colérico.
—De acuerdo, de acuerdo —dijo Stuart, malhumorado. Movió un peón al azar, con su atención fija en la rata.


VII

Frente a la farmacia de la Estación de Point Reyes, a las nueve de la mañana, Eldon Blaine aguardaba. Bajo el brazo llevaba una abultada y desgastada cartera portadocumentos atada con una cuerda. Mientras, en el interior del edificio, el farmacéutico removía cadenas y luchaba con las puertas metálicas, Eldon escuchaba impacientemente.
—Un minuto —dijo el farmacéutico, con voz ahogada. Cuando al final consiguió abrir las puertas se disculpó—: Eso era antes la parte trasera de un camión. Uno tiene que usar ambas manos y pies para hacerlo funcionar. Entre, señor. —Echó a un lado la pesada puerta interior, y Eldon pudo ver el oscuro interior de la farmacia, con su apagada bombilla eléctrica colgando del techo sujeta por un viejo hilo.
—Necesito —dijo Eldon rápidamente —un antibiótico de amplio espectro, del tipo usado para las infecciones respiratorias. —Lo dijo con un aire casual, sin contarle al farmacéutico cuántas ciudades de California del Norte llevaba visitadas en los últimos días, andando y haciendo auto-stop, ni lo enferma que estaba su hija. Aquello no haría más que aumentar el precio, lo sabía bien. Y de todos modos no veía un stock muy moderno en la tienda. Probablemente el hombre tampoco tendría.
Mirándole, el farmacéutico dijo:
—No veo que traiga usted nada consigo; ¿qué tiene a cambio, suponiendo que yo tenga lo que anda buscando?
—Se pasó la mano por sus escasos cabellos grises en un gesto nervioso; era un hombre ya mayor, bajo, y era obvio que sospechaba que Eldon era un toxicómano. Probablemente lo sospechaba de todo el mundo.
—Allá de donde vengo me conocen como el hombre de las gafas —dijo Eldon. Abriendo su cartera portadocumentos, mostró al farmacéutico las hileras de cristales intactos y casi intactos, monturas, y cristales con montura, recuperados de todos lados en la zona de la Bahía, especialmente en los grandes depósitos cercanos a Oakland—. Puedo compensar así cualquier defecto del ojo —dijo—. Tengo una gran variedad aquí. ¿Qué padece usted, hipermetropía, miopía, astigmatismo? Puedo arreglárselo en diez minutos, probando tan sólo un cristal o dos.
—Hipermetropía —dijo el farmacéutico lentamente—, pero no creo tener lo que usted desea. —Miró ávidamente las hileras de cristales.
—¿Entonces por qué no lo dijo antes, para que yo pudiera irme? —dijo Eldon con irritación—. He de llegar hoy a Petaluma, donde hay un montón de drugstores... todo lo que tengo que hacer es encontrar un camión de heno que vaya para allá.
—¿No podría usted cambiarme un par de cristales por alguna otra cosa? —solicitó el farmacéutico quejumbrosamente—. Tengo un valioso medicamento para el corazón, gluconato de quinidina; podrá cambiarlo luego por lo que quiera. Soy el único que tiene gluconato de quinidina en todo el Condado de Marin.
—¿Hay algún doctor aquí? —dijo Eldon, deteniéndose al borde de la carretera comarcal, repleta de malas hierbas, entre la farmacia y la línea de viviendas y comercios.
—Sí —dijo el farmacéutico, con un asomo de orgullo—. El doctor Stockstill; emigró aquí hace algunos años. Pero no tiene ningún medicamento. Sólo yo tengo.

Con la cartera bajo el brazo, Eldon Blaine anduvo a lo largo de la carretera comarcal, escuchando esperanzado el petardeante ruido de un motor a gasógeno elevándose en la calma matinal del campo californiano. Pero el sonido se alejaba. El camión iba en la otra dirección.
Aquella región, situada directamente al norte de San Francisco, había pertenecido antiguamente a unos pocos ricos rancheros; las vacas habían pastado en aquellos campos, pero ahora habían desaparecido, como otros animales productores de carne, como los bueyes y los carneros. Como sabía todo el mundo, un acre de tierra daba más rendimiento como fuente de cereales o de legumbres. A su alrededor podían verse ahora apretadas hileras de maíz, un híbrido de maduración rápida, y entre esas hileras grandes plantas velludas que producían extrañas calabazas amarillas grandes como bolos. Era una variedad oriental poco conocida de calabaza que podía ser comida en su totalidad, piel y pepitas y todo; antiguamente había sido desdeñada en los Valles de California... pero las cosas habían cambiado ahora.
Ante él, un pequeño grupo de niños corría atravesando la poco transitada carretera en dirección a la escuela; Eldon Blaine vio sus maltratados libros y sus latas con el almuerzo, oyó sus voces, pensó en lo tranquilizador que era ver a otros niños sanos y ajetreados, no como su propia hija. Si Gwen moría, otros la reemplazarían. Aceptó aquello sin emoción. Uno aprendía. Era necesario.
La escuela estaba alejada de la carretera, a la derecha, entre dos colinas; ocupaba los restos de lo que había sido un moderno edificio de un solo piso, construido sin duda poco antes de la guerra por unos ambiciosos y cívicos ciudadanos que se habían endeudado por una década sin pensar en ningún momento que no iban a vivir para pagarla. Con lo que, sin pretenderlo, habían obtenido su escuela primaria completamente gratis.
Sus ventanas lo alegraron. Recuperadas en los restos de edificios rurales de todas clases, algunas de ellas eran pequeñas, otras grandes, con tableros muy adornados manteniéndolas en su lugar. Por supuesto, las ventanas originales habían desaparecido instantáneamente. Cristal, pensó. Tan raro en estos días... si uno tenía cristal, en cualquier forma que fuera, podía considerarse rico. Apretó fuertemente su cartera mientras apresuraba el paso.
Algunos de los niños, al ver a un extraño, se detuvieron para observarlo con inquietud mezclada con curiosidad. Les sonrió, preguntándose qué estudiarían, y qué maestros tendrían. ¿Una vieja dama senil, extraída de su jubilación para sentarla de nuevo tras un escritorio? O más probablemente algunas de las propias madres, puestas de común acuerdo, utilizando las preciosas reservas de libros de la biblioteca local.
Una voz a sus espaldas le llamó; era una mujer, y mientras se giraba oyó el chirriar de una bicicleta.
—¿Es usted el hombre de las gafas? —gritó ella, severa y, sin embargo, atractiva con su cabello negro, pese a sus jeans y su camisa masculinos de algodón, pedaleando por la carretera tras él, inclinándose ligeramente a cada movimiento de los pies—. Por favor, espere. Estaba hablando con Fred Quinn, nuestro farmacéutico, hace un momento, y me ha dicho que estaba usted por aquí. —Lo alcanzó, detuvo su bicicleta, jadeante por el esfuerzo—. Hace meses que no pasa ningún hombre que lleve consigo gafas; ¿por qué no viene usted más a menudo?
—No estoy aquí vendiendo —dijo Eldon Blaine—; estoy aquí intentando conseguir algunos antibióticos. —Se sentía irritado—. Debo ir a Petaluma —dijo, y entonces se dio cuenta de que estaba mirando a la bicicleta con envidia; supo que se leía en su rostro.
—Nosotros podemos conseguírselos —dijo la mujer. Era mayor de lo que le había parecido al primer momento; su rostro tenía algunas arrugas, imaginó que rozaba la cuarentena—. Formo parte del Comité de Planificación General, aquí en West Marin; sé que podemos conseguirle lo que necesita, si acepta volver conmigo y esperar un poco. Denos dos horas. Necesitamos varios pares... No le dejaré irse. —Su voz era firme, no rogaba.
—¿No será usted la señora Raub? —preguntó Eldon Blaine.
—Sí —dijo ella—. ¿Me conoce? ¿Cómo?
—Soy de la zona de Bolinas —dijo él—; sabemos lo que están haciendo ustedes aquí. Me gustaría que tuviéramos a alguien como usted en nuestro Comité. —Sentía un poco de miedo hacia ella. La señora Raub siempre conseguía lo que se proponía, había oído decir. Ella y Larry Raub habían organizado West Marin tras el Enfriamiento; antes, en los viejos días, ella no había sido nunca gran cosa; fue la Emergencia lo que le dio la oportunidad, como se la había dado a mucha otra gente, de demostrar lo que valía realmente.
Mientras caminaban juntos de regreso, la señora Raub dijo:
—¿Para quién son los antibióticos? No para usted; me parece que está perfectamente sano.
—Mi hija pequeña se está muriendo —dijo él.
Ella no malgastó palabras de simpatía; no tenían cabida en el mundo, ya no... simplemente asintió con la cabeza.
—¿Hepatitis infecciosa? —preguntó—. ¿De dónde toman el agua? ¿Tienen un clorinador? Si no...
—No, es algún tipo de infección de garganta —dijo él.
—Hemos oído por el Satélite la pasada noche que algunas factorías químicas alemanas están funcionando de nuevo, de modo que con un poco de suerte pronto podremos ver de nuevo medicamentos alemanes en el mercado, al menos en la Costa Este.
—¿Captan ustedes el Satélite? —dijo él, excitado—. Nuestra radio no funciona, y nuestro arreglalotodo está en algún lugar al sur de San Francisco, recuperando repuestos de refrigeradores, y probablemente no volverá hasta dentro de un mes. Dígame: ¿qué está leyendo ahora? La última vez que lo captamos, ya no sé cuánto tiempo hace... estaba leyendo Las Provinciales de Pascal.
—Dangerfield está leyendo ahora Servidumbre Humana —dijo la señora Raub.
—¿Es ésa del tipo que no puede quitarse de encima a la chica con la que se ha juntado? —dijo Eldon—. Creo recordarla de la primera vez que la leyó, hace ya varios años. Ella volvía cada vez para hacerle la vida imposible. ¿No se la estropeaba definitivamente al final?
—No lo sé; me temo que no la escuchamos la vez anterior.
—Ese Dangerfield es realmente un gran disc jockey —dijo Eldon—, el mejor que haya oído nunca, incluso antes de la Emergencia. Quiero decir que nunca nos lo perdemos; generalmente somos más o menos unos doscientos cada noche en nuestro Cuartelillo de Bomberos. Creo que uno de nosotros podría arreglar esa maldita radio, pero nuestro Comité ha decidido dejarlo hasta que vuelva nuestro arreglalotodo. Si vuelve... el último desapareció en uno de sus viajes de recuperación.
—Ahora quizá su comunidad comprenderá la necesidad de un stock de repuestos —dijo la señora Raub—, cosa que yo siempre he dicho que era algo esencial.
—¿Podríamos... podríamos enviar a un representante para que escuchara con el grupo de ustedes y nos informara luego?
—Por supuesto —dijo la señora Raub—. Pero...
—No sería lo mismo —admitió él—. No es... —hizo un gesto. ¿Qué tenía ese Dangerfield, sentado allá arriba en el Satélite, sobrevolándolos cada día? Estaba en contacto con todo el mundo... Dangerfield miraba hacia abajo y lo veía todo, la reconstrucción, todos los cambios, tanto buenos como malos; escuchaba todas las emisiones, grabándolas y conservándolas y luego reproduciéndolas, de tal modo que a través suyo todos se sentían unidos.
En su mente, la voz familiar perdida ahora desde hacía tanto tiempo para su comunidad... podía recordarla perfectamente, oír su risa baja y densa, su intimidad, sus tonos graves, sin el menor asomo de falsedad. Ningún slogan, ninguna recriminación patriótica, nada de los discursos que los habían conducido a todos ellos a la situación en que se encontraban ahora.
En una ocasión había oído a Dangerfield decir:
—¿Queréis saber la verdadera razón por la cual yo no estaba en la guerra? ¿Por qué me enviaron tan calculadamente al espacio un poco antes de que se desencadenara? Sabían que era mejor no darme ninguna arma... hubiera terminado matando a un oficial. —Y se había reído, como si fuera un chiste; pero era cierto lo que había dicho, todo lo que decía era siempre cierto, incluso cuando lo contaba como si fuera algo divertido. Dangerfield nunca había sido políticamente de confianza, y, sin embargo, ahora estaba por encima de todos ellos, pasando sobre sus cabezas día tras día, un año después de otro. Y era un hombre en quien confiaban.

Aposentada en el flanco de una loma, la casa de los Raub dominaba el Condado de West Marin, con sus campos de legumbres y sus canales de irrigación, alguna cabra ocasional atada a un poste, y por supuesto los caballos; de pie tras la ventana del salón, Eldon Blaine vio allá abajo, cerca de una granja, un gran percherón que sin lugar a dudas debía tirar de un carro... y también de un automóvil desprovisto de su motor a lo largo de la carretera de Sonoma cuando era el tiempo de ir a buscar provisiones.
Entonces vio un coche de caballos moviéndose a lo largo de la carretera comarcal; hubiera podido subir a él si la señora Raub no le hubiera echado la mano encima, y muy pronto hubiera llegado a Petaluma.
Colina abajo, allá a lo lejos, la señora Raub pedaleaba en busca de sus antibióticos; para su sorpresa, lo había dejado solo en su casa, libre de robar todo lo que quisiera, de modo que se giró para ver lo que había. Sillas, libros, en la cocina comida e incluso una botella de vino, trajes en todos los armarios... recorrió la casa, saboreándolo todo; era casi como antes de la guerra, excepto por supuesto que todos los aparatos electrodomésticos se habían vuelto inútiles desde hacía mucho tiempo.
A través de las ventanas traseras de la casa vio el verdeante borde de madera de un gran depósito de agua. Los Raub, se dijo, tenían su propia reserva de agua. Salió afuera y descubrió un arroyuelo claro y no contaminado.
En el arroyuelo había agazapado un extraño artefacto, algo parecido a un carrito con ruedas. Lo observó; de él surgían extensores que estaban ajetreados llenando baldes de agua. En el centro de todo aquello estaba sentado un hombre sin brazos ni piernas. El hombre agitaba su cabeza como si estuviera dirigiendo una orquesta, y la maquinaria que lo rodeaba le respondía al compás. Era un focomelo, se dio cuenta Eldon, montado en su focomóvil, con su combinación de carrito y extensores manuales sirviéndole de sustitutos mecánicos a sus carentes miembros. ¿Qué estaba haciendo, robándoles el agua a los Raub?
—Hey —dijo Eldon.
El focomelo giró rápidamente la cabeza; sus ojos miraron alarmados a Eldon, y éste recibió algo parecido a una patada en mitad del vientre... cayó de espaldas, y mientras se debatía y luchaba por recuperar el equilibrio se dio cuenta de que sus brazos estaban inmovilizados a sus costados. Una red metálica había restallado del focomóvil y saltado sobre él, inmovilizándolo. Los medios de defensa del focomelo.
—¿Quién es usted? —dijo el focomelo, tartamudeando en su ansiedad por saber—. No vive por aquí; no le había visto antes.
—Soy de Bolinas —dijo Eldon. La red metálica lo aferraba hasta casi hacerle perder el aliento—. Soy el hombre de las gafas. La señora Raub me ha dicho que la esperara aquí.
La red pareció relajarse un poco.
—No puedo permitirme correr riesgos —dijo el focomelo—. No lo soltaré hasta que Jane Raub regrese. —Los baldes empezaron de nuevo a cargar agua; subieron y bajaron metódicamente hasta que el tanque sujeto al focomóvil estuvo lleno a rebosar.
—Se supone que está usted autorizado a hacer esto —dijo Eldon—. Me refiero a tomar el agua de los Raub.
—Tengo derecho a ello —dijo el focomelo—. Les doy a todos los de aquí mucho más de lo que les tomo.
—Suélteme —dijo Eldon—. Tan sólo estoy buscando medicinas para mi hija; se está muriendo.
—«Mi hija, se está muriendo» —imitó el focomelo, copiando su tono de voz con una sorprendente fidelidad. Se apartó rodando del riachuelo y se acercó a Eldon. El focomóvil brillaba; todas sus partes se veían nuevas y lustrosas. Era una de las construcciones mecánicas mejor hechas que Eldon Blaine había visto nunca.
—Suélteme —dijo Eldon—, y le regalaré un par de gafas. Cualquier par que usted quiera.
—Mi vista es perfecta —dijo el focomelo—. Todo en mí es perfecto. Me faltan algunas partes, pero no las necesito; puedo apañármelas sin ellas. Por ejemplo, puedo bajar esa colina mucho más rápido que usted.
—¿Quién ha construido su carrito? —preguntó Eldon. Seguro que en siete años debería estar deslucido y parcialmente roto, como todo lo demás.
—Yo lo he construido —dijo el focomelo.
—¿Cómo puede usted construirse su propio carrito? Es una contradicción.
—Antes las prótesis estaban conectadas a mi cuerpo. Ahora las tengo conectadas a mi cerebro; eso también lo hice yo. Soy el arreglalotodo de aquí. Esos viejos extensores que daba el Gobierno antes de la guerra... nunca fueron tan buenos como los de carne, como los que tienen ustedes. —El focomelo hizo una mueca, mirando las manos de Eldon. Tenía un rostro enjuto y flexible, con una nariz afilada y unos dientes extremadamente blancos, un rostro ideal para expresar la emoción con la que ahora miraba a Eldon Blaine.
—Dangerfield dice que los arreglalotodo son la gente más valiosa del mundo —dijo Eldon—. En una ocasión que le estábamos escuchando declaró la Semana Mundial de los Arreglalotodo y nombró a algunos arreglalotodo que eran particularmente conocidos. ¿Cómo se llama usted? Quizá lo citó en aquella ocasión.
—Hoppy Harrington —dijo el focomelo—. Pero sé que no me citó porque aún permanezco en las sombras; todavía no ha llegado el momento en que haga sonar mi nombre por todo el mundo, tal como haré indudablemente algún día. Dejo que las gentes del lugar vean un poco de lo que soy capaz de hacer, pero se supone que deben conservarlo entre nosotros.
—Seguro que lo conservan entre ustedes —dijo Eldon—. No desean perderlo. Nosotros no tenemos ahora a nuestro arreglalotodo, y realmente lo notamos. ¿No podría usted encargarse de la zona de Bolinas por algún tiempo? Tenemos muchas cosas para intercambiar. Tras la Emergencia muy poca gente cruzó las montañas para invadirnos, así que relativamente no hemos sido tocados.
—He estado en Bolinas —dijo Hoppy Harrington—. De hecho he viajado un poco por todos lados, incluso hasta tan al interior como Sacramento. Nadie ha visto lo que yo he visto; puedo cubrir ochenta kilómetros al día con mi vehículo. —Su enjuto rostro se crispó y tartamudeó—: No tengo deseos de regresar a Bolinas porque hay monstruos marinos en el océano, allí.
—¿Quién dice eso? —preguntó Eldon—. Es tan sólo una superstición... dígame quién le ha contado eso acerca de nuestra comunidad.
—Creo que fue Dangerfield.
—No, él no pudo hacerlo —dijo Eldon—. Hay que confiar en él, nunca divulgaría patrañas como ésa. Nunca le he oído contar supersticiones en ninguno de sus programas. Quizás estuviera bromeando; juraría que estaba contando algún chiste, y usted se lo tomó en serio.
—Las bombas de hidrógeno revivieron a los monstruos marinos —dijo Hoppy—. De su sueño en las profundidades.
—Asintió enérgicamente.
—Venga y vea nuestra comunidad —dijo Eldon—. Está organizada y progresa, mucho más que cualquier otra ciudad. Incluso tenemos de nuevo luces en las calles, cuatro de ellas, que funcionan durante una hora todas las noches. Estoy sorprendido de que un arreglalotodo pueda creer tamañas supersticiones.
El focomelo pareció disgustado.
—Uno nunca puede estar seguro —murmuró—. Pienso que quizá no fue a Dangerfield a quien oí decirlo.
Bajo ellos, por el camino que ascendía a la colina, avanzaba un caballo; el sonido de sus cascos hizo que ambos se giraran. Un hombre corpulento de rojizo rostro conducía al animal hacia ellos, mirándoles con ojos entrecerrados. Mientras les miraba gritó:
—¡Hombre de las gafas! ¿Es usted?
—Sí —dijo Eldon, mientras el caballo se metía en el caminito de hierba pisoteada que conducía hasta la casa de los Raub—. ¿Tiene usted los antibióticos, señor?
—June Raub se los traerá —dijo el hombre de rostro rojizo, tirando de las riendas hasta detener el caballo—. Hombre de las gafas, déjeme ver lo que tiene. Soy miope, pero también tengo un astigmatismo agudo en mi ojo izquierdo; ¿puede ayudarme? —Se acercó a pie, con los ojos aún entrecerrados.
No puedo ayudarle —dijo Eldon— porque Hoppy Harrington me ha inmovilizado.
—En nombre de Dios, Hoppy —dijo el hombre de rostro rojizo agitadamente—. Deja al hombre de las gafas que me ayude; llevo meses esperando y ya no puedo aguardar más.
—De acuerdo, Leroy —dijo Hoppy Harrington malhumoradamente. Y la red metálica que rodeaba a Eldon se aflojó, cayó al suelo y se arrastró hacia el focomelo que aguardaba en el centro de su brillante e intrincado vehículo.

Mientras el Satélite pasaba por encima de la zona de Chicago, sus sensores tendidos como alas recibieron una huidiza señal, y en sus auriculares Walter Dangerfield oyó la débil, distante, apagada voz procedente de abajo.
—...y por favor pon Waltzing Matilda, a muchos de nosotros nos gusta. Y pon también The Woodpecker Song. Y... —la huidiza señal desapareció, y quedó tan sólo la estática. Definitivamente no había sido un rayo laser, pensó irónicamente.
Dangerfield dijo a través de su micrófono:
—Bien, amigos, aquí me piden que ponga Waltzing Matilda. —Tendió la mano para cortar el girar del magnetófono—. Así que aquí está el gran bajo Peter Dawson, que incidentalmente es también el nombre de un muy buen coñac escocés, en Waltzing Matilda. —Extrajo con la ayuda de su bien entrenada memoria la cinta correcta, y en un momento estaba girando en el reproductor.
Mientras sonaba la música, Walt Dangerfield fue probando su equipo receptor con la esperanza de captar de nuevo alguna huidiza señal. En su lugar se encontró en medio de una transmisión de radio entre dos unidades militares que estaban realizando una operación de policía en algún lugar al norte del estado de Illinois. Su animada cháchara le interesaba, y escuchó hasta el final de la música.
—Montones de suerte para vosotros, chicos de uniforme —dijo por el micrófono. Y luego: Atrapad a esas cuadrillas de incendiarios, y que Dios os bendiga. —Soltó una risita, ya que si alguna vez un ser humano había estado más allá de toda posible represalia éste era él. Nadie en toda la Tierra podía alcanzarle... lo habían intentado seis veces desde la Emergencia, sin el menor éxito—. Atrapad a esos chicos malos... o quizá debería decir a esos chicos buenos. Porque decidme, ¿quiénes son los chicos buenos en estos días?
—Su equipo receptor había captado en las últimas semanas un número anormalmente alto de quejas contra la brutalidad del Ejército—. Ahora permitidme que os diga algo, muchachos —continuó en tono tranquilo—. Vigilad esos trastos que tenéis por rifles, eso es todo. —Empezó a buscar en la fonoteca del Satélite la grabación de The Woodpecker Song—. Eso es todo, hermanos —dijo, y colocó la grabación.
Bajo él el mundo estaba en tinieblas, con su lado nocturno vuelto hacia él; pero muy pronto pudo ver el borde diurno apareciendo en su extremo, de modo que en poco tiempo entraría de nuevo en la zona iluminada. Aquí y allí algunos puntos luminosos brillaban como agujeros horadados en la superficie del planeta que había abandonado hacía siete años... con otro propósito, otra finalidad completamente distinta. Un destino mucho más noble.
Aquél no era el único Satélite que giraba en torno a la Tierra, pero sí era el único con vida a bordo. Todos los demás astronautas habían muerto hacía mucho. Pero ellos no habían sido lanzados tal y como él y Lydia habían sido lanzados, preparados para sobrevivir una década en otro mundo.
Habla tenido mucha suerte: además de alimentos y agua y aire disponía de millón y medio de kilómetros de cinta video y audio para su distracción. Y ahora, con ello, era él quien les distraía, a los restos de la civilización que lo había enviado allá arriba, Habían fallado en su intento de enviarlo a Marte... afortunadamente para ellos. Su fallo les había pagado unos dividendos vitales desde entonces.
—Hude hude hu —cantaba Walt Dangerfield en su micrófono, utilizando el transmisor que debería haber llevado su voz a la Tierra desde millones de kilómetros en lugar de trescientos—. Cosas que se pueden hacer con el programador de una vieja máquina lavadora automática. Esta información nos llega procedente de un arreglalotodo de la zona de Ginebra; gracias, Georg Schilper... sé que todo el mundo se va a sentir complacido de oírte explicarles esto con propia voz.
—Conectó al transmisor la cinta donde había grabado las palabras del propio arreglalotodo; toda la región de los Grandes Lagos de los Estados Unidos iba a conocer el hallazgo de Georg Schilper, y no dudaba que lo aplicarían juiciosa e inmediatamente. El mundo ardía en deseos de participar del conocimiento que yacía escondido aquí y allá, conocimiento que, sin Dangerfield, quedaría confinado en su punto de origen, quizá para siempre.
Tras la cinta con las palabras de Georg Schilper puso en el aparato su lectura grabada de Servidumbre Humana, y se levantó cansadamente de su silla.
Aquel dolor en el pecho lo preocupaba; había aparecido un día, localizado debajo del esternón; tomó por centésima vez uno de los microfilms de información médica y empezó a estudiar la sección que trataba del corazón. ¿Parece como si una mano me estrujara hasta hacerme perder el aliento?, se preguntó. ¿Alguien apoyándose sobre mí con todo su peso? En primer lugar era difícil recordar lo que significaba «tener peso». ¿O es simplemente como una quemadura... y si es así, cuándo se manifiesta? ¿Antes de las comidas o después?
La semana anterior había entrado en contacto con un hospital en Tokio y les había descrito sus síntomas. Los doctores no estaban seguros de qué decirle. Lo que usted necesita, le dijeron, es un electrocardiograma, pero ¿cómo practicarse uno mismo un test como éste allá arriba? ¿Cómo podía practicarlo alguien, en algún lugar? Los doctores japoneses vivían en el pasado, o se había producido en el Japón un renacimiento más acusado de lo que él había creído, de lo que nadie había creído.
Es sorprendente, pensó de pronto, que yo haya sobrevivido tanto tiempo. Aunque no parecía tanto tiempo, se dio cuenta, ya que su sentido temporal se había visto alterado. Y era un hombre ocupado; en este momento, seis de sus magnetófonos grababan seis de las frecuencias más utilizadas, y antes de que hubiera terminado la lectura del libro de Maugham tendría que haberlas escuchado. Podía ser que no contuvieran nada, o podían contener horas de emisión útil. Uno nunca sabe. Si tan sólo, pensó, pudiera emplear la transmisión a alta velocidad... pero ya no existían decodificadores en uso allá abajo. Varias horas podrían ser comprimidas en unos pocos segundos, y en cada vuelta podría ofrecerles a cada región un informe completo. Tal como estaban las cosas, debía ir suministrando su información en pequeños apartados, repitiéndolos muchas veces. En ocasiones necesitaba meses para leer una sola novela de aquel modo.
Pero al fin y al cabo había conseguido bajar la frecuencia de transmisión de los aparatos del Satélite hasta una banda que la gente de abajo podía recibir con una radio común de modulación de amplitud. Aquél había sido su gran logro. Aquello había hecho de él lo que era ahora.
La lectura del libro de Maugham terminó, y luego volvió a empezar automáticamente, dirigida a la nueva zona que sobrevolaba. Walt Dangerfield la ignoró y siguió consultando sus microfilms médicos de referencia. Creo que tan sólo son espasmos del píloro, decidió. Si tuviera fenobarbital aquí... pero hacía años que se había agotado; su esposa, en su última gran depresión suicida, lo había consumido en su totalidad... consumiendo al mismo tiempo su vida. Había sido el repentino silencio de la estación espacial soviética lo que, sorprendentemente, había iniciado su depresión; hasta entonces había estado convencida de que iban a ser rescatados sanos y salvos de vuelta a la superficie. Los rusos habían muerto de inanición, los diez, pero nadie lo había sospechado ya que estuvieron transmitiendo sus datos científicos como si no les ocurriera nada hasta las últimas horas.
—Hude hude hu —se canturreaba Dangerfield mientras leía acerca del píloro y sus espasmos—. Tonterías —murmuró—. Si el dolor se produce tras haber comido demasiado... debo tomar esas pastillas que alivian de cuatro modos distintos. —Tomó el micrófono, cortando el girar de la cinta—. ¿Recordáis los antiguos anuncios? —preguntó a su invisible audiencia allá abajo, en la zona oscura—. Antes de la guerra... dejadme ver, ¿cómo era? ¿Estáis fabricando mayor cantidad de bombas H, pero disfrutáis menos con ello? —Dejó escapar una risita—. ¿Os deprime la guerra termonuclear? Nueva York, ¿podéis escucharme? Desearía que cada uno de vosotros, los que me escucháis, todos sesenta y cinco, encendierais una cerilla al mismo tiempo para así saber yo que estáis ahí.
Una señal potente sonó en sus auriculares.
—Dangerfield, aquí la dirección del Puerto de Nueva York; ¿puedes darnos alguna idea del tiempo?
—Oh —dijo Dangerfield—, tenemos buen tiempo en perspectiva. Podéis echar a la mar esos barquitos y pescar lindos pececitos radiactivos; no hay ningún peligro.
Otra voz, más débil, llegó a continuación.
—Señor Dangerfield, ¿podría usted si es posible gracias poner alguna de esas arias de ópera que tiene? Nos gusta especialmente «Qué fría está tu manita», de La Bohème.
—Infiernos, yo mismo puedo cantarla —dijo Dangerfield, buscando la cinta solicitada mientras tarareaba con voz de tenor en el micrófono.

Una vez de regreso en Bolinas, aquella noche, Eldon Blaine administró una primera dosis de antibiótico a su hija y luego llevó precipitadamente aparte a su mujer.
—Escucha, en West Marin tienen a un arreglalotodo de primera escondido sin decírselo a nadie, y eso a sólo treinta kilómetros de aquí. Creo que deberíamos enviar una delegación para raptarlo y traérnoslo. —Y añadió—: Es un foco, y tendrías que ver el focomóvil que se ha construido; ninguno de los arreglalotodo que hemos tenido sería capaz de hacer algo así ni la mitad de bien. —Se volvió a poner el jersey de lana y se dirigió a la puerta de su habitación—. Iré a ver al Comité para que lo sometan a votación.
—Pero está nuestra ordenanza contra los anormales —protestó Patricia—. Y la señora Wallace es la presidenta del Comité este mes; ya sabes lo que piensa, nunca admitirá que vengan más focos a instalarse aquí. Quiero decir que ya tenemos cuatro y ella se está quejando siempre al respecto.
—Esa ordenanza se refiere únicamente a los anormales que pueden convertirse en una carga financiera para la comunidad —dijo Eldon—. Lo sé; yo ayudé a redactaría. Hoppy Harrington no es ninguna carga; es una inversión... la ordenanza no tiene nada que ver con él, y estoy dispuesto a enfrentarme con la señora Wallace si es preciso. Sé que puedo obtener el permiso oficial; ya he imaginado cómo podemos proceder para llevárnoslo. Nos han invitado a ir a su zona para escuchar el Satélite, y así lo haremos; sólo que no iremos tan sólo para escuchar a Dangerfield. Mientras ellos están atentos a la radio, nos llevaremos a Hoppy; dejaremos su focomóvil fuera de uso y lo traeremos aquí, y ellos no sabrán nunca lo que ha ocurrido. Lo que no se ve no se sabe. Y nuestra fuerza de policía nos protegerá.
—Me dan miedo los focos —dijo Patricia—. Tienen poderes peculiares, no naturales; todo el mundo lo sabe. Probablemente ha construido su vehículo recurriendo a la magia.
Riendo burlonamente, Eldon Blaine dijo:
—Tanto mejor. Quizás eso sea lo que necesitamos: conjuros mágicos, una comunidad mágica. Voto por ello.
—Voy a ver cómo sigue Gwen —dijo Patricia, dirigiéndose hacia la parte de la habitación separada por una cortina donde estaba su hija tendida en un camastro—. No quiero mezclarme con todo esto; creo que lo que estás haciendo es algo horrible.
Eldon Blaine salió de la habitación, a la oscuridad de la noche. Un momento más tarde estaba andando a paso vivo por el sendero que conducía a la casa de los Wallace.

Mientras los ciudadanos de West Marin entraban uno a uno en el Forester’s Hall y se iban sentando, June Raub ajustó el condensador variable de la radio de coche de doce voltios y observó que aquella vez tampoco había acudido Hoppy Harrington a escuchar el Satélite. ¿Qué era lo que había dicho? No me gusta escuchar a la gente enferma. Algo extraño de decir, pensó.
Del altavoz de la radio surgía el ruido de la estática, y luego llegaron los primeros débiles pitidos del Satélite. Unos pocos minutos más y la recepción sería clara... a menos que la batería que alimentaba la radio decidiera fallar otra vez, como había hecho brevemente el otro día.
La gente sentada en filas escuchaba atentamente cuando las primeras palabras de Dangerfield surgieron de entre la estática:
—...se dice que el tifus ha hecho su aparición desde Washington hasta la frontera canadiense —estaba diciendo Dangerfield—. Así que no vayáis hacia allá, amigos. Si esta información es cierta es una mala señal. También nos llega otra noticia de Portland, Oregon, ésta más reconfortante. Dos barcos han llegado de Oriente. Una buena nueva, ¿no? Dos grandes cargos, llenos a rebosar de artículos manufacturados en las pequeñas factorías de Japón y China, por lo que he oído decir.
La apretujada gente en la habitación se removió, excitada.
—Y he aquí una receta casera proporcionada por un consultante alimentario de Hawaii —dijo Dangerfield, pero su voz se desvaneció; de nuevo la gente que escuchaba sólo pudo oír estática. June Raub subió al máximo el volumen, pero no consiguió nada. El desencanto se reflejó claramente en todos los rostros.
Si Hoppy estuviera aquí, se dijo June, podría sintonizarlo mucho mejor que yo. Sintiéndose nerviosa, buscó con la mirada a su marido en demanda de apoyo.
—Malas condiciones climáticas —dijo él desde donde estaba sentado, en la primera hilera de sillas—. Hemos de tener paciencia.
Pero algunos de los presentes la estaban mirando ya con hostilidad, como si fuera culpa suya el que el Satélite se hubiera desvanecido. Hizo un gesto de impotencia.
La puerta del Forester’s Hall se abrió, y tres hombres entraron torpemente. Dos de ellos le eran desconocidos, pero el tercero era el hombre de las gafas. Incómodos, buscaban un lugar donde sentarse, mientras todo el mundo se había girado para contemplarlos.
—¿Quiénes son ustedes, caballeros? —dijo el señor Spaulding, que controlaba la granja de provisiones—. ¿Les ha dicho alguien que podían entrar aquí?
—Yo invité a esta delegación de Bolinas a venir hasta aquí para escuchar con nosotros —dijo June Raub—. Su radio ya no funciona.
—Chist —dijeron varias voces, porque de nuevo podía oírse el Satélite.
—...de todos modos —estaba diciendo Dangerfield—, el dolor aumenta después de haber dormido y antes de comer. Parece desaparecer mientras como, y eso me hace sospechar que sea una úlcera más bien que el corazón. Si algún doctor está escuchándome y tiene acceso a un transmisor, quizá pueda mandarme una llamada y comunicarme su opinión. Puedo proporcionarle más información, si eso ha de ayudarle.
Atónita, June Raub escuchó mientras el hombre del Satélite volvía a describir con todo detalle los síntomas que notaba. ¿Era eso lo que había querido decir Hoppy?, se preguntó. Dangerfield se había convertido en un hipocondríaco sin que nadie se hubiera dado cuenta de la transición, excepto Hoppy, cuyos sentidos estaban muy aguzados. Se estremeció. Aquel pobre hombre allá arriba, condenado a girar una y otra vez alrededor de la Tierra hasta que al final, como los rusos, agotara su comida o su aire y muriera.
¿Y qué será de nosotros entonces?, se preguntó. Sin Dangerfield. ¿Cómo podremos seguir viviendo?


VIII

Orion Stroud, presidente del Consejo de Administración de la escuela de West Marin, subió la llama de la linterna Coleman a gasolina hasta que iluminó completamente con su blanca luz la sala de reuniones y los cuatro miembros del consejo pudieron ver claramente al nuevo maestro.
—Vamos a hacerle algunas preguntas —dijo Stroud a los otros—. En primer lugar: éste es el señor Barnes, y viene de Oregon. Me ha dicho que es especialista en ciencias y en comestibles naturales. ¿Es así, señor Barnes?
El nuevo maestro, un hombre bajito de aspecto joven, con una camisa caqui y unos pantalones de trabajo, carraspeó nerviosamente y dijo:
—Sí, estoy familiarizado con la química y las plantas y la vida de los animales, especialmente con todo lo que puede hallarse en el bosque, como las bayas y las Setas.
—Recientemente hemos tenido mala suerte con las Setas —dijo la señora Tallman, una dama de edad madura que había sido también miembro del Consejo de la escuela en los viejos días antes de la Emergencia—. Nuestra tendencia ha sido dejarlas de lado; hemos perdido a varias personas debido a que eran demasiado glotones o descuidados o simplemente ignorantes.
—Pero el señor Barnes no es un ignorante —dijo Stroud—. Ha ido a la Universidad en Davis, y allí le han enseñado a distinguir las Setas comestibles de las venenosas. No procede a la ligera o descuidadamente, ¿verdad, señor Barnes? —miró al nuevo maestro en busca de una confirmación.
—Hay especies que son nutritivas y acerca de las cuales uno no se puede equivocar —dijo el señor Barnes, asintiendo—. He mirado en los pastos y en los bosques de su zona y he visto algunos ejemplos selectos; podrán suplementar su dieta sin correr riesgos. Incluso conozco sus nombres latinos.
El Consejo se agitó y murmuró. Eso les ha impresionado, se dio cuenta Stroud, eso de los nombres latinos.
—¿Por qué ha abandonado usted Oregon? —preguntó bruscamente George Keller, el director.
El nuevo maestro lo miró directamente y dijo:
—La política.
—¿La de usted o la de ellos?
—La de ellos —dijo Barnes—. Yo no hago política. Yo enseño a los niños como fabricar tinta y jabón y cómo cortarles la cola a los corderos incluso cuando los corderos son casi adultos. Y tengo mis propios libros. —Tomó uno del pequeño montón que tenía a su lado, mostrando al consejo el buen estado en que se hallaba—. Y les diré algo más: ustedes, aquí en esta parte de California, tienen los medios necesarios para fabricar papel. ¿Lo sabían?
—Lo sabíamos, señor Barnes —dijo la señora Tallman—, pero no sabemos cómo fabricarlo. Es algo que tiene que ver con la corteza de los árboles, ¿verdad?
En el rostro del nuevo maestro apareció una misteriosa expresión, como de disimulo. Stroud sabía que la señora Tallman estaba en lo cierto, pero el maestro no quería dar más información; deseaba guardar el conocimiento para sí mismo porque los rectores de West Marin aún no le habían contratado. Su conocimiento no estaba disponible todavía: no daba nada gratis. Y aquello era naturalmente lo correcto: Stroud lo reconoció y respetó a Barnes por ello. Sólo un estúpido daría algo a cambio de nada.
Por primera vez el miembro más reciente del Consejo. la señorita Costigan, tomó la palabra:
—Yo... también sé algo acerca de Setas, señor Barnes. ¿Qué es lo primero que uno debe hacer para asegurarse de que no se trata de una amanita venenosa? —sus ojos escrutaron intensamente al nuevo maestro, obviamente dispuesta a arrancarle al hombre datos concretos.
—La copa de la muerte —respondió el señor Barnes—. En la base del éstipe; la volva. Las amanitas la tienen, la mayor parte de las otras especies no. Y el velo universal. Y generalmente la amanita venenosa tiene esporas blancas... y por supuesto láminas blancas. —Sonrió a la señorita Costigan, que le devolvió la sonrisa.
La señora Tallman estaba examinando el montón de libros del nuevo maestro.
—Veo que tiene usted los Tipos Psicológicos de Carl Jung. ¿Es la psicología una de sus ciencias? Qué estupendo sería adquirir para nuestra escuela un maestro que no sólo fuera un conocedor de las Setas sino también una autoridad en Freud y Jung.
—Esas cosas no tienen ningún valor —dijo irritadamente Stroud—. Lo que necesitamos es ciencia útil, no veleidades académicas. —Daba la impresión de haber sido engañado; el señor Barnes no le había hablado de aquello, de su interés acerca de la teoría pura—. La psicología no sirve de nada para construir fosas sépticas.
—Creo que estamos preparados para votar acerca del señor Barnes —dijo la señorita Costigan—. Por mi parte yo estoy a favor de aceptarle, al menos provisionalmente. ¿Alguno de ustedes es de otra opinión?
La señora Tallman se dirigió al señor Barnes:
—Supongo que sabrá que matamos a nuestro último maestro. Es por eso que necesitamos otro. Por eso enviamos al señor Stroud a buscar a todo lo largo de la Costa hasta que lo encontró a usted.
Con rostro impasible, el señor Barnes asintió.
—Lo sé. Pero eso no me preocupa.
—Su nombre era señor Austurias, y también era muy bueno para las Setas —dijo la señora Tallman—, aunque tan sólo las cogía para su propio uso. No quiso enseñarnos nunca nada acerca de ellas, y comprendíamos sus razones; no fue por eso por lo que decidimos matarlo. Lo matamos porque nos había mentido. Su verdadero motivo para venir aquí no tenía nada que ver con la enseñanza. Estaba buscando a un hombre llamado Jack Tree, que según él debía vivir en esta zona. Nuestra señora Keller, un miembro respetado de esta comunidad y la esposa de George Keller, aquí presente, nuestro director, es una buena amiga del señor Tree, y nos informó de la situación, y naturalmente actuamos legal y oficialmente a través de nuestro jefe de policía, el señor Earl Colvig.
—Entiendo —dijo impasible el señor Barnes, escuchando sin interrumpir.
Levantando el tono de voz, Orion Stroud dijo:
—El jurado que lo sentenció y ejecutó estaba compuesto por mí, por Cas Stone, que es el mayor propietario de tierras de West Marin, por la señora Tallman, y por la señora June Raub. Digo «ejecutó», aunque supongo que comprenderá que el acto en sí, el disparo propiamente dicho, fue efectuado por Earl. Ese es el trabajo de Earl, una vez el jurado oficial de West Marin ha dictado su sentencia. —Miró fijamente al nuevo maestro.
—Me parece muy formal y completamente de acuerdo con la ley —dijo el señor Barnes—. Comparto completamente esa forma de proceder. Y —sonrió a todos ellos— compartiré mi conocimiento de las Setas con ustedes; no lo guardaré para mí, como hizo su finado señor Austurias.
Todos asintieron; apreciaban aquella decisión. La tensa atmósfera de la habitación se relajó, la gente empezó a murmurar. Alguien encendió un cigarrillo, un Gold Label Deluxe Especial Andrew Gill; su agradable y denso aroma se diseminó por la sala, alegrando su estado de ánimo y haciéndoles sentirse más compenetrados entre ellos y con el nuevo maestro.
Viendo el cigarrillo, el señor Barnes mostró una expresión extraña y dijo con voz ronca:
—¿Tienen ustedes tabaco aquí?. ¿Después de siete años? —Se notaba claramente que no podía creerlo.
Sonriendo divertida, la señora Tallman dijo:
—No tenemos ningún tipo de tabaco, señor Barnes, como nadie en ningún lugar tiene. Pero tenemos un experto en tabacos. El es quien nos fabrica esos Gold Label Deluxe Especiales de una selección de verduras envejecidas y hierbas cuya naturaleza, y es justo que así sea, constituye su secreto personal.
—¿Cuánto cuestan? —preguntó el señor Barnes.
—En términos de la moneda actual del Estado de California —dijo Orion Stroud—, aproximadamente unos cien dólares la pieza. En términos de moneda de plata de antes de la guerra, cinco centavos la pieza.
—Tengo un níquel —dijo el señor Barnes, rebuscando con mano temblorosa en el bolsillo de su chaqueta; tras unos instantes extrajo la moneda de cinco centavos y la tendió al fumador, que era George Keller, recostado en su silla con las piernas cruzadas en cómoda posición.
—Lo siento —dijo George—, pero no pienso venderle. Será mejor que se dirija directamente al señor Gill; puede hallarlo durante todo el día en su tienda: está aquí, en la Estación de Point Reyes, pero por supuesto a veces sale a vender fuera; tiene un minibús VW a tracción equina.
—Tomo nota de ello —dijo el señor Barnes. Volvió a meterse el níquel en el bolsillo, con gran cuidado.

—¿Tiene usted intención de abordar el ferry? —preguntó el oficial de Oakland—. Si no, le agradecería que apartara su vehículo, ya que está bloqueando la puerta.
—Seguro —dijo Stuart McConchie. Se metió en su coche y tomó las riendas que maniobraban a Eduardo Príncipe de Gales, su caballo, que empezó a tirar. El Pontiac 1975 desprovisto de motor cruzó la puerta y penetró en el muelle.
La Bahía, picada y azul, se extendía a ambos lados, y Stuart miró a través del parabrisas cómo una gaviota picaba hacia los pilotes para atrapar algo comestible. Había también cañas de pesca... hombres intentando capturar su comida de la noche. Algunos de los hombres llevaban harapos de lo que habían sido uniformes del Ejército. Veteranos que tal vez vivían bajo los pilotes. Stuart avanzo.
Si tan sólo pudiera telefonear a San Francisco. Pero el cable submarino estaba nuevamente fuera de servicio, y las líneas debían contornear toda la península pasando por San José, y conseguir enlazar con San Francisco le costaría así cinco dólares en monedas de plata. De modo que, excepto para personas ricas, aquello quedaba fuera de alcance; tenía que esperar dos horas hasta que saliera el ferry... ¿pero conseguiría estar allí esperando tanto tiempo?
Iba tras algo muy importante.
Había oído un rumor de que había sido descubierto un enorme misil teledirigido soviético, uno que no había estallado; yacía enterrado en el suelo cerca de Belmont, y un labriego lo había descubierto mientras araba. El labriego estaba vendiéndolo a piezas sueltas, y tan sólo el sistema direccional tenía miles de ellas. El labriego pedía un centavo por pieza, a elegir por el comprador. Y Stuart necesitaba muchas piezas para lo que estaba haciendo. Como todo el mundo. Y el primero que llegaba era el que primero se servía; a menos que consiguiera cruzar la Bahía hasta Belmont rápidamente, llegaría demasiado tarde... no quedaría ni una sola pieza electrónica para él y para su negocio.
Vendía (otro hombre las fabricaba) pequeñas trampas electrónicas. Las alimañas habían mutado, y ahora eran capaces de evitar o inutilizar las habituales trampas pasivas, por muy complicadas que fueran. Los gatos en particular se habían vuelto distintos, y el señor Hardy había construido una trampa para gatos de calidad superior, mucho mejor que sus excelentes trampas para ratas y perros.
Se teorizaba acerca de que en los años después de la guerra los gatos habían desarrollado un lenguaje. Por la noche la gente podía oírlos maullarse unos a otros en la oscuridad, una ampulosa y enérgica serie de roncos sonidos que no se parecían en nada a los que emitían antes. Y los gatos iban siempre unidos en pequeñas pandillas y —muchos estaban convencidos de ello— recolectaban comida para los tiempos malos. Eran esas reservas de alimentos, cuidadosamente almacenadas y ocultas, las que primero habían alarmado a la gente, mucho más que los nuevos sonidos. Pero en cualquier caso los gatos, al igual que las ratas y los perros, eran peligrosos. Mataban y devoraban niños pequeños siempre que tenían oportunidad... o al menos eso era lo que se decía. Y, por supuesto, cada vez que era posible los hombres atrapaban a todos esos animales y se los comían como contrapartida. Los perros en particular, rellenos con arroz, eran considerados como un plato delicioso; el pequeño periódico local de Berkeley, que salía una vez a la semana, el Berkeley Tribune, daba habitualmente recetas de sopa de perro, cocido de perro, e incluso pastel de perro.
El pensar en el pastel de perro hizo que Stuart se diera cuenta de lo hambriento que estaba. Le parecía que no había dejado de sentirse hambriento desde la caída de la primera bomba; su última comida que mereciera este nombre había sido la del Café de Fred, el día que había asistido a la sesión de videncia del focomelo. Y, se preguntó repentinamente, ¿qué seria del pequeño foco ahora? Hacía años que no pensaba en él.
Ahora, por supuesto, uno veía muchos focos, y la mayor parte de ellos montados en sus focomóviles, iguales al de Hoppy antes. Instalados en el centro de sus pequeños universos, como dioses sin brazos ni piernas. Su visión seguía repeliendo a Stuart, pero había tantas cosas repelentes en esos días... ésa era tan sólo una más, y no la peor de todas. Lo que más le repugnaba, decidió, era la visión de todos aquellos simbiotas yendo por las calles; varias personas unidas por cualquier parte de sus anatomías, compartiendo órganos comunes. Era una especie de perfeccionamiento a lo Bluthgeld de los antiguos hermanos siameses... pero éstos no se veían limitados a dos. Había visto incluso a seis unidos. Y las fusiones habían ocurrido no en el seno materno, sino poco después. Aquello había salvado las vidas de los imperfectos, de aquellos que habían nacido desprovistos de órganos vitales, que necesitaban una relación simbiótica para poder sobrevivir. Ahora un páncreas servía para varias personas... era un triunfo de la biología. Pero desde el punto de vista de Stuart, simplemente se tendría que dejar morir a los imperfectos.
En la superficie de la Bahía, a su derecha, un veterano sin piernas se propulsaba por el agua a bordo de una balsa, remando hacia un montón de restos que indudablemente constituían el pecio de un barco hundido. En el casco podían verse un número de hilos de pescar; pertenecían al veterano, que iba a inspeccionarlos. Observando la balsa, Stuart pensó si aguantaría para conducirle hasta el lado de San Francisco. Podía ofrecerle al hombre cincuenta centavos por un solo viaje de ida; ¿por qué no? Salió del coche y se dirigió; hacia el borde del agua.
—¡Hey! —llamó—. Ven aquí. —Sacó un centavo de su bolsillo y lo arrojó al muelle, entre los pilotes, y el veterano lo vio y lo oyó. Hizo dar inmediatamente media vuelta a la balsa y vino hacia allí remando rápidamente, con el rostro cubierto de sudor. Sonrió a Stuart, llevándose una mano al oído.
—¿Peces? —dijo—. Aún no he cogido ninguno hoy, pero quizá más tarde. ¿Un tiburón pequeño te iría bien? Garantizado sin peligro —mostró el maltratado contador Geiger que llevaba atado a la cintura con una cuerda... indudablemente para prevenir que pudiera caerle al mar o que alguien se lo quitara de un tirón, imaginó Stuart.
—No —dijo Stuart, acuclillándose al borde del muelle, junto a un pilote—. Tengo que ir a San Francisco; te pagaré un cuarto de dólar si me llevas al otro lado.
—Pero entonces tendré que abandonar mis hilos —dijo el veterano, y su sonrisa se borró—. Tendré que recogerlos, o de otro modo alguien se me los llevará mientras estoy fuera.
—Treinta y cinco centavos —dijo Stuart.
Finalmente llegaron a un acuerdo, por un precio de cuarenta centavos. Stuart ató las patas de Eduardo Príncipe de Gales entre sí con una cadena para que nadie pudiera llevárselo, y poco después estaba en medio de la Bahía, bailoteando sobre el agua en la balsa del veterano, en dirección a San Francisco.
—¿Por qué lado andas? —preguntó el veterano—. No serás un recaudador de contribuciones, supongo. —Lo examinó tranquilamente.
—No —dijo Stuart—. Vendo trampas para animales.
—Escucha, amigo —dijo el veterano—, yo tenía una rata doméstica que vivía bajo los pilotes, conmigo. Era lista; podía tocar la flauta. No estoy bromeando, es cierto. Le hice una pequeña flauta de madera y la tocaba con la nariz... en realidad era una flauta nasal asiática como las que hay en la India. Bueno, la tenía, pero el otro día murió aplastada. Yo vi como sucedía; no pude hacer nada por evitarlo. Corría por entre los pilotes persiguiendo algo, quizá un trozo de tela... tenía una cama propia que yo le había hecho, pero siempre tiene, quiero decir tenía, frío, porque cuando su especie mutó perdió todo el pelaje.
—Las he visto —dijo Stuart, pensando de qué modo aquellas ratas amarronadas sin pelo eludían incluso las trampas electrónicas del señor Hardy—. De hecho creo lo que me cuenta —dijo—. Conozco muy bien las ratas. Pero no son nada comparadas con esos gatos pequeños de pelaje rayado gris y marrón... usted tuvo que construirle su flauta, ella era incapaz de hacerlo por sí misma.
—Cierto —dijo el veterano—. Pero era una artista. Tendría que haberla oído tocar; la utilizaba como reclamo por las noches, reunía a toda una multitud cuando yo terminaba de pescar. Intenté enseñarle la Chacona en Re de Bach.
—En una ocasión atrapé a uno de esos gatos listados —dijo Stuart— y lo tuve conmigo durante un mes, hasta que escapó. Podía hacer pequeñas cosas puntiagudas con las tapas de las latas. Las curvaba no sé cómo; nunca le vi hacerlo, pero parecían peligrosas.
El veterano, sin dejar de remar, dijo.
—¿Cómo van las cosas esos días al sur de San Francisco? Yo no puedo ir por la tierra —señaló la parte inferior de su cuerpo—. Siempre permanezco en la balsa. Tengo una pequeña trampilla, que utilizo para hacer mis necesidades. Algún día tendría que encontrar un foco muerto y tomar su carrito. Les llaman focomóviles.
—Yo conocí el primer foco —dijo Stuart—, antes de la guerra. Era brillante; podía reparar cualquier cosa. —Encendió un cigarrillo de imitación de tabaco; el veterano babeó de envidia—. La parte sur de San Francisco es, como bien sabes, completamente plana. Así que fue muy castigada, y ahora sirve tan sólo para cultivos. Nadie ha vuelto a edificar allí, y como lo que más había era casitas pequeñas de una sola planta, ni siquiera hay sótanos decentes, o muy pocos. Cultivan guisantes y maíz y judías. Lo que yo voy a ver es un gran cohete que encontró un labriego; necesito relés y tubos y otro equipo electrónico para las trampas del señor Hardy. —Hizo una pausa—. Te iría bien una trampa de Hardy.
—¿Por qué? Yo vivo de los peces, y, además ¿por qué debería odiar a las ratas? Me gustan.
—A mí también me gustan —dijo Stuart—, pero hay que ser prácticos; hay que pensar en el futuro. Algún día América se verá invadida por las ratas si no somos vigilantes. Es una obligación hacia nuestro país el atrapar y matar ratas, especialmente las más inteligentes, que con el tiempo se convertirán en las líderes.
El veterano se le quedó mirando con aire sombrío.
—Pura cháchara de vendedor.
—No, soy sincero.
—Eso es lo que menos me gusta de los vendedores: creen en sus propias mentiras. Sabes bien que lo mejor que serán capaces de hacer nunca las ratas, incluso tras un millón de años de evolución, será tal vez convertirse en fieles servidoras de los seres humanos. Podrán llevar mensajes, quizá incluso hacer pequeños trabajos manuales. Pero peligrosas... —Agitó la cabeza—. ¿Cuánto valen tus trampas?
—Diez dólares de plata. La moneda actual del Estado no es aceptada; el señor Hardy es un hombre viejo, y ya sabes como son los hombres viejos, no consideran la moneda actual como auténtica. —Stuart se echó a reír.
—Déjame que te cuente de una rata que vi una vez haciendo una heroicidad —empezó el veterano— pero Stuart lo interrumpió.
—Tengo mis propias opiniones —dijo—. Es inútil que discutamos acerca de ello.
Luego permanecieron ambos silenciosos. Stuart disfrutaba con la vista de la Bahía a ambos lados; el veterano remaba. Era un hermoso día y, a medida que avanzaban bamboleándose hacia San Francisco, Stuart pensaba en las piezas electrónicas que quizá conseguiría traerle al señor Hardy y en el taller de la Avenida San Pablo, cerca de las ruinas de lo que antes había sido la parte oeste de la Universidad de California.
—¿Qué tipo de cigarrillo es éste? —preguntó el veterano al cabo de un rato.
—¿Este? —Stuart examinó la colilla, que iba a apagar para guardarla en la caja metálica de su bolsillo. La caja estaba llena de colillas, que posteriormente serían desliadas y convertidas de nuevo en cigarrillos gracias al buen oficio de Tom Frandi, el hombre de los cigarrillos de South Berkeley—. Éste es importado. Del Condado de Marin. Es un Gold Label Deluxe Especial, hecho por... —hizo una pausa para lograr un mayor efecto—, creo que no hace falta que se lo diga.
—Por Andrew Gill —dijo el veterano—. Escucha, me gustaría comprarte uno entero. Te pagaré diez centavos.
Valen quince centavos la pieza —dijo Stuart—. Tienen que venir rodeando todo Black Point y Sear's Point y luego a lo largo de la carretera de Lucas Valley, desde algún lugar más allá de Nicasio.
—Una vez fumé uno de esos Gold Label Deluxe Especiales Andrew Gill —dijo el veterano—. Se le cayó del bolsillo a un hombre que estaba bajando del ferry; lo pesqué del agua y lo sequé.
Con un gesto repentino Stuart le tendió la colilla.
—En nombre de Dios —dijo el veterano, sin mirarle directamente. Remó más rápidamente, removiendo los labios, parpadeando.
—Tengo más —dijo Stuart.
—Te diré lo que tienes —dijo el veterano—; eres realmente humano, y eso es raro hoy en día. Muy raro.
Stuart asintió. Sentía la profunda verdad que rebosaba de las palabras del veterano.

Llamando con los nudillos a la puerta de la pequeña cabaña de madera, Bonny dijo:
—¿Jack? ¿Está usted ahí? —Probó la puerta, vio que no estaba cerrada con llave. Se giró hacia el señor Barnes—. Probablemente está fuera con su rebaño, en algún lugar. Es la estación de la cría y suele tener problemas; salen demasiados fenómenos, y, además, una buena parte de los corderos no puede nacer sin ayuda.
—¿Cuántas ovejas tiene? —preguntó Barnes.
—Trescientas. Viven en los cañones de los alrededores en estado salvaje, de modo que es imposible contarlas con exactitud. Supongo que no tendrá miedo a los carneros, ¿verdad?
—No —dijo Barnes.
—Entonces vamos —dijo Bonny.
—Y él es el hombre al que el anterior maestro quería matar —murmuró Barnes, mientras cruzaban un campo de hierba mordisqueada por las ovejas en dirección a un pequeño risco lleno de pinos y de arbustos. Varios de los arbustos, observó, también estaban mordisqueados; las peladas ramas indicaban que un buen número de las ovejas del señor Tree estaban por las inmediaciones.
—Sí —dijo la mujer, avanzando a largos pasos, las manos en los bolsillos. Rápidamente, añadió—: Pero no tengo idea del porqué. Jack es... tan sólo un criador de ovejas. Ya sé que es ilegal criar ovejas en tierras que pueden ser cultivadas... pero como puede ver, muy poca cosa podría cultivarse en esta zona; la mayor parte de ella son cañones. Quizá el señor Austurias estaba celoso.
El señor Barnes pensó para sí mismo: no la creo. De todos modos, aquello no le interesaba particularmente. Se había hecho el propósito de no cometer el mismo error que su predecesor, fuese quien fuese aquel señor Tree; a Barnes le sonaba como alguien que había pasado a formar parte del paisaje, que ya no estaba en sus cabales ni era completamente humano. El pensar en el señor Tree lo incomodaba; la imagen que se formaba en su mente no era tranquilizadora.
—Lamento que el señor Gill no haya podido venir con nosotros —dijo Barnes. Aún no había podido conocer al famoso experto en tabacos, del cual había oído hablar incluso antes de venir a West Marin—. ¿Me ha dicho usted que tienen un grupo musical? ¿Tocan ustedes alguna clase de instrumento? —Estaba interesado en aquello, ya que en su tiempo él había tocado el violoncelo.
—Tocamos la flauta dulce —dijo Bonny—. Andrew Gill y Jack Tree. Y yo toco el piano; tocamos compositores antiguos, como Henry Purcell y Johann Pachelbel. El doctor Stockstill se une a veces a nosotros, pero... —hizo una pausa, frunciendo el ceño—. Está tan ocupado; tiene demasiadas ciudades que visitar. Por la noche siempre está demasiado cansado.
—¿Cualquiera que lo desee puede unirse a su grupo? —preguntó Barnes, esperanzado.
—¿Qué es lo que toca usted? Le advirtió: somos severamente clásicos. No es una simple reunión de aficionados; George y Jack y yo tocábamos ya en los viejos días, antes de la Emergencia. Comenzamos... hace nueve años. Gill se nos unió después de la Emergencia. —Sonrió, y Barnes pudo contemplar sus hermosos dientes. Demasiada gente, afectada de deficiencias vitamínicas y dolencias radiactivas en los últimos tiempos, había perdido sus dientes y desarrollado encías blandas. El mismo ocultaba sus dientes lo mejor que podía, ya que no estaban en demasiado buen estado.
—Antes tocaba el violonchelo —dijo, sabiendo que era una tontería decirlo, puesto que, simplemente, ya no había violoncelos en ninguna parte. Si al menos hubiera tocado algún instrumento metálico...
—Qué pena —dijo Bonny.
—¿No tienen instrumentos de cuerda en esta zona?
—Creía que en caso necesario sería capaz de aprender, por ejemplo, la viola; se alegraría de hacerlo incluso, pensó, si con ello podía unirse a aquel grupo.
—Ninguno —dijo Bonny.
Frente a ellos apareció una oveja, una suffolk de rostro negro; les miró, luego se giró, dio un salto y desapareció. Un hermoso animal, se dijo Barnes, con mucha carne y una soberbia lana. Se preguntó si habría sido esquilada alguna vez.
Se le hizo la boca agua. Hacía años que no probaba el cordero.
—¿Las cría para el matadero, o solamente para la lana? —le preguntó Bonny.
—Para la lana —respondió ella—. Tiene fobia al sacrificio de reses; se niega, le ofrezcan lo que le ofrezcan. La gente le roba de tanto en tanto algún animal, por supuesto... si uno desea un cordero, es la única forma en que puede obtenerlo; aunque le advierto: su rebaño está muy bien protegido. —Señaló, y Barnes vio en la cima de una colina a un perro sentado sobre sus patas traseras, vigilándoles. Inmediatamente lo reconoció como una de las mutaciones extremas, una de las más útiles; su rostro era inteligente, con un nuevo tipo de inteligencia.
—No me acercaría por nada del mundo a esas ovejas —dijo Barnes—. Supongo que no va a atacarnos. ¿La conoce a usted?
—Es por eso por lo que le he acompañado, por el perro —dijo Bonny—. Es el único que tiene Jack, pero es suficiente.
El perro se puso en pie y trotó hacia ellos.
En un tiempo, conjeturó Barnes, los antepasados de aquel perro habían pertenecido a la familiar raza gris o negra de los pastores alemanes; identificó las orejas, el hocico. Pero ahora... aguardó rígidamente mientras se acercaba. Por supuesto, llevaba un cuchillo en el bolsillo, que lo había protegido en más de una ocasión; pero en aquel caso en particular... no le serviría de nada allí. Permaneció lo más cerca que se atrevió de la mujer, que seguía caminando tranquilamente.
—Hola —le dijo ella al perro.
Deteniéndose frente a ellos, el perro abrió la boca y gruñó. Era un sonido horrible, y Barnes se estremeció, sonaba como un hombre espástico, una persona lesionada intentando hacer funcionar unas cuerdas vocales que le habían fallado. Dentro de aquel gruñido detectó —o creyó detectar— una o dos palabras, pero no podía estar seguro. Bonny, en cambio, pareció comprender.
—Buen chico, Terry —le dijo al perro—. Gracias, Terry; buen chico. —El perro agitó la cola. Dirigiéndose a Barnes, ella añadió—: Encontraremos a Jack a cuatrocientos metros siguiendo ese sendero —lo señaló, y echaron a andar.
—¿Qué ha dicho el perro? —preguntó él, cuando estuvieron fuera de alcance del oído del animal.
Bonny se echó a reír. Aquello le irritó, y frunció el ceño.
—Oh —dijo ella—, Dios mío, tenemos ante nosotros un avance de un millón de años en la evolución... uno de los mayores milagros del desarrollo de la vida... y usted no comprende lo que ha dicho. —Se secó los ojos—. Perdone, pero esto es tan condenadamente divertido. Estoy contenta de que no me lo haya preguntado mientras él podía oírlo.
—No estoy impresionado —dijo él, a la defensiva—. No estoy en absoluto impresionado. Ustedes han permanecido encerrados aquí, en esa pequeña zona rural, y todo esto les parece una enormidad, pero yo he recorrido la Costa arriba y abajo, y he visto cosas que a usted le harían... —hizo una pausa—. Ese perro no es nada. Nada en comparación, aunque supongo que intrínsecamente es un hecho importante.
Bonny le tomó del brazo, sin dejar de reír.
—Sí, usted viene del gran afuera. Usted ha visto todo lo que hay allí; tiene razón. ¿Qué es lo que ha visto, Barnes? Ya sabe usted que mi esposo es su jefe, y Orion Stroud es su jefe. ¿Por qué ha venido usted aquí? ¿Está esto tan aislado? ¿Es tan rústico? Creo que es un magnífico lugar para vivir; tenemos aquí una comunidad estable. Pero como usted dice, tenemos pocas maravillas. No poseemos los milagros y los monstruos que tienen en las grandes ciudades, donde las radiaciones fueron más fuertes. Claro que nosotros tenemos a Hoppy.
—Infiernos —dijo Barnes—, hay trece focomelos por cada docena de habitantes; puede verlos por todos lados ahora.
—Pero usted ha pedido trabajo aquí —dijo Bonny, mirándole.
—Ya se lo he explicado. Tuve dificultades políticas con las autoridades locales, que se consideraban a sí mismas como los reyes de sus pequeños países.
—El señor Austurias se interesaba en asuntos políticos —dijo Bonny pensativamente—. Y en psicología, como usted. —Continuó observándole mientras seguían caminando—. Él no era atractivo, y usted sí. Tenía una cabecita pequeña y redonda como una manzana. Y sus piernas se bamboleaban cuando corría; no debiera haber corrido nunca. —Ahora ya no reía—. Cocinaba magníficos cocidos a base de Setas, Níscalos y Rebozuelos... las conocía todas. ¿Me invitará usted a una comida a base de Setas? Hace tanto tiempo... Hemos intentado cogerlas nosotros, pero como le dijo la señora Tallman no funcionó; enfermamos inmediatamente.
—Queda usted invitada —dijo él.
—¿Me encuentra usted atractiva? —preguntó de pronto ella.
Asombrado, él murmuró:
—Claro... seguro que sí. —Se sujetó a su brazo fuertemente, como si ella le estuviera guiando—. ¿Por qué lo pregunta? —dijo, con prudencia y una creciente y profunda emoción cuya naturaleza no acertaba a definir; era nueva para él. Se parecía a la excitación, y, sin embargo, había una cualidad fría y racional en ella, como si no fuera exactamente una emoción; quizá fuera una conciencia, una forma aguda de intuición, acerca de él mismo y del paisaje, acerca de todas las cosas visibles a su alrededor... algo que parecía asumir todos los aspectos de la realidad, y más especialmente al estar junto a ella.
En una fracción de segundo captó el hecho —sin tener ninguna información que lo apoyara— de que Bonny Keller había tenido una aventura con alguien, probablemente Gill, el hombre del tabaco, o tal vez el señor Tree u Orion Stroud; en cualquier caso la aventura había terminado o estaba a punto de terminar, y estaba buscando otra para reemplazarla. La buscaba de una forma instintiva, práctica, no como una colegiala romántica con los ojos llenos de estrellas. Así que no cabía dudas de que había tenido muchas aventuras; parecía experta en ello, en sondear a la gente para ver si le servían.
Y yo, pensó; me pregunto si yo le serviré. ¿No será peligroso? Dios mío, su marido, ella misma lo ha dicho, es mi jefe, el director de la escuela.
Pero tal vez se lo estaba imaginando todo, ya que realmente no era muy verosímil que una mujer atractiva como ella, que, además, era una de las personalidades de la comunidad, y apenas le conocía, lo eligiera para... pero no lo había seleccionado; simplemente estaba en el proceso de exploración. Estaba siendo puesto a prueba, pero aún no había pasado con éxito el examen. Su orgullo empezó a nadar hacia la superficie en forma de una auténtica emoción que coloreaba la fría y racional penetración de hacía un instante. Su distorsionador poder se dejó sentir instantáneamente; todo él deseó tener éxito, ser seleccionado, fueran cuales fuesen los riesgos. Y no sentía hacia ella ni amor ni deseo sexual; era demasiado pronto para nada de aquello. Todo lo que estaba involucrado en el asunto era su orgullo, su deseo de no ser dejado de lado.
Es extraño, se dijo; se sentía sorprendido por sus propias reacciones, por lo sencillo que era todo. Su mente trabajaba como las formas inferiores de vida, algo así como al nivel de la estrella de mar; tenía una o dos reacciones instintivas, y eso era todo.
—Escuche —dijo—, ¿dónde está ese hombre, Tree? —Caminaba ahora delante de ella, mirando a todos lados, concentrándose en la loma que había frente a ellos, con sus árboles y flores. Vio una seta en un rincón umbrío y se precipitó hacia ella—. Mire —dijo—. Le llaman pollito del bosque. Es delicioso. Y no se encuentra muy a menudo.
Bonny Keller se acercó y se agachó para ver. Tuvo un atisbo de sus desnudas y blancas rodillas cuando se sentó en la hierba para ver la seta.
—¿Va a cogerla? —preguntó—. ¿Para llevársela como un trofeo?
—La cogeré —dijo él—, pero no como un trofeo. Más bien para meterla en la sartén con un poco de manteca de buey.
Los oscuros y atractivos ojos le miraron melancólicamente; permaneció sentada, echándose el cabello hacia atrás, mirándole como si estuviera a punto de hablar. Pero no dijo nada. Finalmente él empezó a sentirse incómodo; aparentemente ella estaba esperando una iniciativa de su parte, y se le ocurrió con un estremecimiento, que se suponía que no solamente debía decir algo; se suponía que debía hacer algo.
Se miraron mutuamente, y Bonny también pareció asustada ahora, como si hubiera sentido lo mismo que él. Sin embargo, ninguno de los dos hizo nada; ambos esperaban que el otro efectuara el primer movimiento. Y él tuvo la repentina intuición de que si intentaba hacer algún avance ella le abofetearía o echaría a correr... y las consecuencias no iban a ser agradables. Ella podía... Señor; habían matado al anterior maestro. El pensamiento acudió a él con una tremenda fuerza: ¿podía haber sido esto? ¿Había tenido una aventura amorosa con él y se lo había contado a su marido o algo así? Porque si es eso, al diablo con mi orgullo; me largo inmediatamente.
—Aquí está Jack Tree —dijo Bonny.
Sobre la loma apareció el perro, la mutación que se suponía poseía la habilidad de hablar, e inmediatamente después apareció un hombre de facciones hundidas, con la espalda inclinada y hombros redondos y caídos. Llevaba una chaqueta de calle muy raída y unos pantalones sucios de color gris azulado. No tenía aspecto de hombre del campo; parecía, pensó el señor Barnes, un agente de seguros de mediana edad que se hubiera perdido en el bosque durante un mes o así. El hombre tenía la barbilla manchada de algo negro y anormalmente blanca. Inmediatamente el señor Barnes experimentó desagrado. Pero ¿era debido a la apariencia física del señor Tree? Dios sabía que había visto en profusión a seres humanos y criaturas mutiladas, quemadas, destrozadas y desesperadas durante los últimos años... No, su reacción hacia el señor Tree era motivada por el peculiar paso arrastrante. Era la forma de andar de un hombre no sano, sino violentamente enfermo. Un hombre enfermo en un sentido que nunca Barnes había visto antes.
—Hey —dijo Bonny, poniéndose en pie.
El perro se les acercó, actuando ahora del modo más natural.
—Soy Barnes, el nuevo maestro de escuela —dijo Barnes, poniéndose también en pie y tendiendo su mano.
—Yo soy Tree —dijo el hombre enfermo, tendiendo también su mano. Cuando Barnes la tomó la notó desacostumbradamente húmeda y resbaladiza; le resultó difícil, casi imposible, mantener el apretón: la soltó en seguida.
—Jack —dijo Bonny—, el señor Barnes es una autoridad en la ablación de la cola de los corderos cuando se hacen grandes y el peligro del tétanos es tan enorme.
—Ya veo —dijo Tree, asintiendo. Pero parecía como si aquello no le importara realmente; de hecho, parecía no esforzarse siquiera en comprender. Se inclinó para darle unas palmadas al perro—. Barnes —le dijo al perro, deletreando casi la palabra, como si le estuviera enseñando aquel nombre.
—Brnnnns... —gruñó el perro, y luego ladró, mirando a su amo con un brillo de esperanza en los ojos.
—Exacto —dijo el señor Tree, sonriendo. No tenía ningún diente en la boca, tan sólo encías vacías. Peor que yo, pensó Barnes. El hombre debía estar allá abajo, cerca de San Francisco, cuando cayó la gran bomba; es una posibilidad, o simplemente se trata de la dieta, como en mi caso. De todos modos, apartó la mirada y echó a andar, con las manos en los bolsillos.
—Tiene usted muchas tierras aquí —dijo por encima de su hombro—. ¿Qué organismo legal le ha dado los títulos de propiedad? ¿El Condado de Marin?
—No tengo ningún título —dijo el señor Tree—. Tan sólo tengo el derecho de uso. El Consejo de Ciudadanos de West Marin y el Comité de Planificación lo han permitido, gracias a los buenos oficios de Bonny.
—Ese perro me fascina —dijo Barnes, girándose—. Habla realmente; ha dicho claramente mi nombre.
—Dile «buenos días» al señor Barnes —le ordenó el señor Tree al perro.
El perro bufó, luego gruñó:
—Bnnsssdsss, sñrrrbrnnssss. —Bufo de nuevo, espiando la reacción.
Barnes suspiró para sí mismo.
—Realmente fantástico —le dijo al perro, que gimió y brincó de felicidad.
Ante aquello, el señor Barnes experimentó una cierta simpatía hacia el animal. Sí, era un notable logro. Y sin embargo... el perro le repelía casi tanto como el propio Tree; ambos tenían una cierta cualidad de aislamiento, de deformidad, como si viviendo allá en el bosque solos se hubieran separado de la realidad normal. No se habían vuelto salvajes; no habían regresado a algo parecido a la barbarie. Simplemente se habían vuelto anormales. Simplemente no le gustaban.
Pero Bonny sí le gustaba, y se preguntó cómo infiernos se había podido mezclar ella con un monstruo como el señor Tree. ¿Acaso la posesión de las ovejas convertía a aquel hombre en una personalidad en aquella comunidad tan pequeña? ¿Era eso? O.. ¿había algo más, algo que podía explicar la acción del antiguo —del difunto— maestro de intentar matar al señor Tree?
Sentía que su curiosidad se había despertado; quizá era el mismo instinto que entraba en juego cuando descubría una nueva variedad de seta y sentía la intensa necesidad de catalogaría, de saber exactamente a qué especie pertenecía. No era muy halagador para el señor Tree, pensó cáusticamente, compararlo con un hongo. Pero era la verdad; aquél era su sentimiento, tanto hacia él como hacia el perro.
—Su hijita no ha venido hoy —dijo el señor Tree a Bonny.
—No —dijo Bonny—. Edie no se encuentra bien.
—¿Nada serio? —dijo el señor Tree con su voz ronca. Parecía inquieto.
—Un dolor de barriga, eso es todo. Le pasa de tanto en tanto; siempre los ha tenido, desde que puedo recordar. Se le hincha y le duele. Es posible que sea apendicitis, pero la cirugía es tan peligrosa hoy en día... —Se interrumpió y se giró hacia Barnes—. Mi hija pequeña, usted no la conoce... adora a este perro. Terry. Son muy buenos amigos, se pasan horas charlando cuando venimos aquí.
—Ella y su hermano —dijo el señor Tree.
—Escuchen —dijo Bonny—, ya estoy harta de eso. Le he dicho a Edie que lo deje. De hecho, es por eso por lo que me gusta venir aquí y dejar que juegue con Terry; necesita compañeros reales para no volverse introvertida y alucinada. ¿No está de acuerdo, señor Barnes? Usted es maestro... un niño debe aferrarse a la realidad, no a la fantasía, ¿no es así?
—En nuestros días —dijo pensativamente Barnes— puedo comprender que un niño se repliegue en un mundo de fantasía... es difícil reprochárselo. Quizá todos nosotros debiéramos hacer lo mismo. —Sonrió, pero Bonny no sonrió, y el señor Tree tampoco.

Bruno Bluthgeld no había apartado sus ojos ni un momento del nuevo y joven maestro... si era realmente eso; si ese hombrecillo joven vestido con una camisa caqui y unos pantalones de trabajo era realmente un maestro, como había dicho Bonny.
¿Va también tras mis huellas?, se preguntó Bluthgeld. ¿Cómo el último? Supongo que sí. Y Bonny me lo trae aquí... ¿significa esto que también ella está de su lado? ¿Contra mí?
No podía creerlo. No tras todos esos años. Y, además, había sido Bonny quien había descubierto el auténtico propósito del señor Austurias al venir a West Marin. Bonny lo había salvado del señor Austurias, y él le estaba agradecido; no estaría ahora vivo si no hubiera sido por ella, y eso era algo que no podría olvidar nunca, así que tal vez ese señor Barnes era realmente lo que pretendía ser y no tenía por qué inquietarse. Bluthgeld respiró un poco más relajadamente; se obligó a calmarse y se giró para mostrarle a Barnes sus corderos suffolk recién nacidos.
Pero más pronto o más tarde, se dijo a sí mismo, alguien encontrará mis huellas y vendrá aquí y me matará. Es sólo cuestión de tiempo; todos ellos me detestan y nadie me ayudará. El mundo sigue buscando al hombre responsable de todo lo ocurrido, y no puedo reprochárselo. Tienen derecho a hacerlo. Después de todo, cargo sobre mis hombros la responsabilidad de la muerte de millones de seres, de la pérdida de tres cuartas partes de la población del mundo, y ni ellos ni yo podemos olvidarlo. Sólo el Todopoderoso tiene el poder de perdonar y olvidar un crimen tan monstruoso contra la humanidad.
Yo no habría matado al señor Austurias, pensó; yo me hubiera dejado eliminar por él. Pero Bonny y los demás... fueron ellos quienes tomaron la decisión. No fue mía, porque yo ya no puedo tomar decisiones. Dios ya no me lo permite; no sería decente. Mi misión es aguardar aquí, cuidando mis ovejas, esperando a aquél que debe venir, al hombre designado para hacer cumplir la justicia final. El vengador del mundo.
¿Cuándo vendrá?, se preguntó Bluthgeld. ¿Pronto? Llevo años esperando. Estoy cansado... espero que no tarde ya mucho.
—¿A qué se dedicaba usted, señor Tree, antes de a criar ovejas? —estaba diciendo el señor Barnes.
—Era un científico atómico —dijo Bluthgeld.
—Jack era maestro —dijo apresuradamente Bonny—; enseñaba física. En la escuela preuniversitaria. No aquí en este sector, por supuesto.
—Un maestro —dijo el señor Barnes—. Entonces tenemos algo en común. —Sonrió al doctor Bluthgeld, y automáticamente Bluthgeld le devolvió la sonrisa. Bonny los miró a ambos nerviosamente, como si temiera que fuera a pasar algo, algo horrible.
—Tenemos que volver a vernos —dijo Bluthgeld, asintiendo melancólicamente—. Tenemos que hablar.


IX

Cuando Stuart McConchie regresó a la Bahía Este tras su viaje a la península sur de San Francisco descubrió que alguien —sin duda un grupo de veteranos de los que vivían bajo los pilotes— había matado y se había comido a su caballo, Eduardo Príncipe de Gales. Todo lo que quedaba de él era el esqueleto, las patas y la cabeza, unos despojos que no le servían ni a él ni a nadie. Permaneció allí mirándolos, reflexionando. Bien, había sido un viaje caro. Y de todos modos había llegado demasiado tarde; el labriego, a un centavo la pieza, había vendido ya todas las partes electrónicas del misil soviético.
El señor Hardy le proporcionaría sin la menor duda otro caballo, pero él se había encariñado con Eduardo Príncipe de Gales. Y era un error matar a un caballo para comérselo cuando eran tan vitales para otros propósitos; eran el sostén del transporte, ahora que la mayor parte de la madera había sido consumida por los coches a gasógeno y por la gente que la utilizaba para calentarse durante el invierno, y los caballos se necesitaban en las tareas de reconstrucción... eran la principal fuente de energía, en ausencia de la electricidad. La estupidez de matar a Eduardo lo ponía furioso; era, pensó, la barbarie, lo que todos temían. Era la anarquía, y justo en medio de la ciudad; justo en el lugar más concurrido de Oakland, en pleno día. Era lo que uno esperaría que hicieran los chinos rojos.
Ahora, a pie, caminaba lentamente hacia la Avenida San Pablo. El sol empezaba a declinar en el espléndido y ampuloso crepúsculo que ya estaban acostumbrados a ver en los años transcurridos tras la Emergencia. Apenas le prestó atención. Quizá debiera dedicarme a otra cosa, se dijo a sí mismo. Las trampas para alimañas pequeñas... es un medio de vida, pero no hay futuro posible en ello. Quiero decir, ¿a qué conduce un trabajo como éste?
La pérdida de su caballo lo había deprimido; miró hacia la cuarteada acera invadida por las hierbas mientras seguía caminando, dejando a un lado las ruinas de lo que antes habían sido fábricas. De una madriguera en un terreno baldío algo con ojos ávidos lo escrutó mientras pasaba; algo, pensó sombríamente, que debería estar colgando de sus patas traseras y despellejado.
Esto, pensó, explica el porqué Hoppy creyó haber imaginado legítimamente que veía la otra vida. Esas ruinas, la humosa y vacilante palidez del cielo... aquellos voraces ojos que le seguían mientras la criatura calculaba las posibilidades de éxito de un ataque contra él. Inclinándose, recogió un cascote puntiagudo de cemento y lo lanzó contra la madriguera... un amazacotado montón de materiales orgánicos e inorgánicos cuidadosamente apisonado y mantenido en cohesión mediante alguna especie de légamo blanco. La criatura había emulsionado algunos de los restos tirados por allí, convirtiéndolos en una pasta utilizable. Debía ser un brillante animal, pensó. Pero no le importaba. El mundo podía sobrevivir sin esas brillantes y trastornadas formas de vida expuestas a la luz del día durante los últimos años.
Yo también he evolucionado, se dijo, girándose una última vez hacia la criatura, por si acaso intentaba sorprenderle por detrás. Mi inteligencia es mucho más clara de lo que era antes; y soy más fuerte que tú, así que déjalo correr.
Evidentemente la criatura era de la misma opinión; ni siquiera salió de su madriguera.
He evolucionado, pero sigo siendo un sentimental, pensó. Ya que realmente echaba en falta a su caballo. Malditos aquellos criminales veteranos, se dijo. Probablemente habían caído sobre Eduardo como una jauría desde el momento mismo en que abandonamos la orilla con la balsa. Me gustaría largarme de la ciudad; me gustaría emigrar a campo abierto, donde no existen esta crueldad brutal y esta chusma. Eso es lo que hizo el psiquiatra, tras la Emergencia. Stockstill abandonó inmediatamente la Bahía Oriental; yo lo vi marcharse. Él fue listo. No intentó regresar a su vieja rutina, no la retomó simplemente allá donde la había dejado, como hice yo.
He de reconocer, pensó, que no estoy en mejor situación ahora de lo que estaba antes de la maldita Emergencia; entonces vendía receptores de televisión y ahora vendo trampas electrónicas para alimañas. ¿Cuál es la diferencia? Tan malo es el uno como el otro. De hecho estoy yendo hacia abajo.
Para animarse un poco, encendió uno de los Gold Label Deluxe Especiales Andrew Gill que le quedaban.
Todo un día malgastado, se dio cuenta, con esa estúpida carrera hacia el otro lado de la Bahía. Dentro de un par de horas se haría de noche y tendría que irse a dormir, allá en la habitación del sótano tapizada con pieles de gato que el señor Hardy le alquilaba por un dólar de plata al mes. Por supuesto podría encender su lámpara de grasa; podría dejarla arder un rato, leer un libro o parte de un libro... la mayor parte de su biblioteca consistía simplemente en trozos de libros, restos de volúmenes de los que parte había sido destruida o se había perdido. O podía visitar a los viejos señor y señora Hardy y escuchar con ellos la transmisión de la noche del Satélite.
Después de todo, él mismo había radiado personalmente una petición justo la otra noche, a través del transmisor de los bajíos de West Richmond. Le había pedido que pusiera «Good Rockin’ Tonight», una canción de éxito que recordaba mucho de cuando era niño. No sabía si Dangerfield tendría esa canción en sus kilómetros de cintas, de todos modos, así que quizás estaba esperando en vano.
Mientras caminaba se puso a cantarse a sí mismo:

Oh I heard the news:
There's good rocki’n tonight.
Oh I heard the news!
There's good rocki’n tonight!
Tonight I'll be a mighty fine man.
I'll hold my baby as tight as I can.

Las lágrimas afluyeron a sus ojos al recordar una de las viejas canciones del mundo que ya no existía. Todo había desaparecido, se dijo. Bluthgeldado fuera de la existencia, como se decía... y qué era lo que había en su lugar, una rata que podía tocar la flauta nasal, y ni siquiera esto, ya que la rata tampoco existía.
Había también otra vieja canción que le gustaba mucho, una melodía acerca del hombre del cuchillo; intentó recordar cómo era. Algo acerca del tiburón que tenía dientes o hermosos dientes. Era demasiado vago; no podía recordarlo. Su madre le ponía a menudo el disco; la cantaba un hombre con una voz muy grave, y era bonito.
Apostaría a que la rata no podría tocarla, se dijo. Ni en un millón de años. Quiero decir, es prácticamente música sagrada. Es nuestro pasado, nuestro sagrado pasado que no pueden compartir ni los animales inteligentes ni las personas deformes. El pasado pertenece tan sólo a nosotros, los humanos genuinos. Me gustaría (la idea lo conmovió) poder hacer como hacía Hoppy antes; me gustaría caer en trance, pero no ver hacia delante como él hacía... sino hacia atrás.
Si Hoppy aún está con vida, ¿es capaz de hacerlo? ¿Lo ha intentado? Me pregunto dónde estará ese precursor: eso es lo que era, un precursor. El primer foco. Apostaría a que escapó con vida. Probablemente se pasó a los chinos cuando hicieron aquel desembarco en el norte.
Volvería atrás, decidió, hasta la primera vez en que me entrevisté con Jim Fergesson, cuando estaba buscando trabajo y todavía era difícil para un negro encontrar un empleo en el que debiera tratar con el público. Aquello era lo que distinguía a Fergesson: no tenía prejuicios. Recuerdo aquel día; había trabajado de vendedor de baterías de cocina de aluminio a domicilio, y luego con la gente de la Enciclopedia Británica, pero también era de puerta en puerta. Dios mío, se dio cuenta Stuart; mi primer trabajo genuino fue con Jim Fergesson, ya que no se puede tener en cuenta esa mierda de puerta en puerta.
Mientras pensaba en Jim Fergesson —que estaba muerto y desaparecido desde la caída de la bomba—, llegó a la Avenida San Pablo, con sus pequeñas tiendas abiertas aquí y allá, pequeñas barracas donde se vendía de todo, desde abrigos hasta heno. Una de ellas, no muy lejos, era la TRAMPAS HOMEOSTÁTICAS PARA ALIMAÑAS HARDY, y hace allí se encamino.

Apenas entrar, el señor Hardy levantó la vista de su mesa de ensamblaje al fondo; trabajaba bajo la blanca luz de una lámpara de arco, rodeado de montones de piezas electrónicas que había recuperado de todos los rincones de California del Norte. Muchas de ellas provenían de las ruinas de Livermore; el señor Hardy tenía contactos con oficiales del Estado que le habían permitido rebuscar en los depósitos reservados.
En otros tiempos Dean Hardy había sido ingeniero en una emisora de radio A.M. en el centro de Oakland; era un hombre delgado, poco hablador, ya algo viejo, que seguía llevando un jersey verde y una corbata de lazo... y una corbata era ya una rareza en aquellos tiempos. Su cabello era gris y rizado, y a Stuart le recordaba un Santa Claus desbarbado; poseía una expresión entre severa y burlona y un socarrón sentido del humor. Físicamente era poca cosa; pesaba solamente cincuenta y cinco kilos. Pero tenía un temperamento que se hacía violento a veces, y Stuart lo respetaba. Hardy se aproximaba a los sesenta, y en muchos aspectos se había convertido para Stuart en una figura paternal. El verdadero padre de Stuart, muerto en los setenta, había sido un agente de seguros, un hombre tranquilo también, que llevaba jersey y corbata, pero no poseía la ferocidad de Hardy, sus accesos de furor; o sí los tenía, Stuart nunca los había presenciado, o había suprimido su recuerdo.
Y Dean Hardy se parecía también a Jim Fergesson.
Era éste, más que cualquier otro factor, el que había atraído a Stuart hacía tres años. Era consciente de ello; no lo negaba ni tenía intención de negarlo. Echaba a faltar a Jim Fergesson, y se sentía atraído hacia cualquiera que se le pareciese.
—Se han comido mi caballo —le dijo al señor Hardy. Se sentó en una silla en la parte frontal de la tienda.
Inmediatamente, Ella Hardy, la mujer de su patrón, apareció procedente de la parte destinada a vivienda, al fondo, donde estaba preparando la comida.
—¿Lo dejaste solo?
—Sí —admitió. Ella, una mujer formidable, se lo quedó mirando fijamente, con acusadora indignación—. Creí que estaría seguro en el muelle del ferry de Oakland; hay un oficial allí que...
—Ocurre continuamente —dijo Hardy cansinamente—. Los bastardos. Deben haber sido esos veteranos de guerra que pululan por allí. Alguien tendría que arrojar una bomba de cianuro bajo ese muelle; hay centenares entre los pilotes. ¿Y el coche? Supongo que habrás tenido que dejarlo allí.
—Lo siento —dijo Stuart.
—Eduardo —dijo la señora Hardy cáusticamente— estaba valorado en ochenta y cinco dólares de plata de los Estados Unidos. Todos los beneficios de una semana perdidos.
—Lo pagaré —dijo Stuart rígidamente.
—Olvídalo —dijo Hardy—. Tenemos más caballos en nuestro depósito de Orinda. ¿Qué hay de las piezas del cohete?
—No hubo suerte —dijo Stuart—. Ya no quedaba ninguna cuando llegué. Excepto esto —tendió un montoncito de transistores—. El labriego no los había visto; los tomé sin tener que pagar nada. De todos modos, no sé si aún serán buenos. —Los dejó sobre la atestada mesa—. No es mucho para un viaje de todo un día. —Se sentía más desanimado que nunca.
Sin una palabra, Ella Hardy regresó a la cocina; la cortina cayó tras ella.
—¿Te quedas a cenar con nosotros? —dijo Hardy, apagando la luz y quitándose las gafas.
—No lo sé —dijo Stuart—. Me siento extraño. Eso de volver y encontrarme con que se habían comido a Eduardo me ha trastornado. —Se puso a pasear arriba y abajo por la tienda. Nuestras relaciones con los animales son distintas ahora, pensó. Son mucho más íntimas; no hay el gran abismo que nos separaba antes—. Allá al otro lado de la Bahía he visto algo que nunca había visto antes —dijo—. Un animal volador como un murciélago pero que no era un murciélago. Más bien como una comadreja, muy largo y delgado, con una gran cabeza. Les llaman mirones porque siempre están deslizándose a las ventanas y mirando al interior, como curiosos empedernidos.
—Era una ardilla —dijo Hardy—. Las he visto en ocasiones. —Se reclinó en su asiento, aflojándose el lazo de la corbata—. Han evolucionado a partir de las ardillas del Parque Golden Gate. —Bostezó—. Hubo un tiempo en que tuve planes con relación a ellos... creí que podían ser útiles, en teoría al menos, como mensajeros. Pueden planear o volar o lo que sea durante más de un kilómetro. Pero son demasiado salvajes. Renuncié tras haber atrapado a uno. —Levantó su mano derecha—. Mira esa cicatriz, aquí en el pulgar. Me la hizo un mirón.
—El hombre con el que hablé me dijo que son buenos para comer. Como el pollo de antes. Los venden en los puestos del centro de San Francisco; uno puede ver a las mujeronas vendiéndolos a un cuarto la pieza, cocidos, aún calientes.
—No los pruebes —dijo Hardy—. Algunos de ellos son tóxicos. Depende de su alimentación.
—Hardy —dijo Stuart repentinamente—. Deseo abandonar la ciudad e irme al campo.
Su patrón se le quedó mirando.
—Todo es demasiado brutal aquí —dijo Stuart.
—Es brutal en todos lados.
—No tanto cuando uno se aleja de las ciudades, se aleja realmente, digamos cien a ciento cincuenta kilómetros.
—Pero allí es difícil ganarse la vida.
—¿Vende usted trampas en el campo? —preguntó Stuart.
—No —dijo Hardy.
—¿Por qué no?
—Las alimañas viven en las ciudades, donde hay ruinas. Tú lo sabes. Stuart, sueñas despierto. El campo es estéril; no dispondrás del flujo de ideas que tienes aquí en la ciudad. No ocurre nada; tan sólo cultivar el suelo y escuchar el Satélite. Además, lo más probable es que tropieces con los viejos prejuicios raciales contra los negros, allá en el campo; han vuelto a los viejos esquemas sociales. —Volvió a colocarse las gafas, conectó de nuevo el arco de su luz y prosiguió con el montaje de la trampa que tenía ante él—. Ese es uno de los mayores mitos que hayan existido nunca, la superioridad del campo. Sé que volverás aquí en una semana.
—Me gustaría llevarme una colección de trampas, digamos por la zona de Napa —insistió Stuart—. Quizás en el valle de Santa Helena. Tal vez pudiera cambiarlas por vino; he oído decir que cultivan vid por allí, como hacían antes.
—Pero el sabor ya no es el mismo —dijo Hardy—. El suelo está alterado. El vino es... —hizo un gesto—. Tendrías que probarlo. No puedo explicártelo, pero es realmente horrible. Espantoso.
Permanecieron silenciosos por unos instantes.
—Sin embargo, la gente lo bebe —dijo Stuart—. Lo he visto traer aquí a la ciudad, en esos viejos camiones a gasógeno.
—Por supuesto, porque la gente bebe ahora cualquier cosa que se eche a las manos. Como hacemos tú y yo. —El señor Hardy levantó la cabeza y miró a Stuart—. ¿Sabes quién tiene licor? Quiero decir licor genuino; uno no puede decir si es recuperado de antes de la guerra o destilado después.
—Nadie en la zona de la Bahía.
—Andrew Gill, el experto en tabaco —dijo Hardy.
—No puedo creerlo —Stuart retuvo el aliento, repentinamente alerta.
—Oh, no lo produce en mucha cantidad. Yo sólo he visto una botella, una de tres cuartos de coñac. Me correspondió un único sorbo. —Le sonrió torcidamente, con los labios fruncidos en una mueca—. Te hubiera gustado.
—¿Cuánto pide por el licor? —Stuart pretendió parecer casual.
—Más de lo que tú puedes pagar.
—Y... ¿tiene el mismo sabor que el auténtico? ¿Que el de antes de la guerra?
Hardy sonrió y volvió a su trabajo de ensamblar la trampa.
—Exacto.
Me pregunto qué tipo de hombre será ese Andrew Gill, se dijo Stuart. Probablemente grande, con una barba, chaqueta... andando apoyado en un bastón con empuñadura de plata; un gigante de ondulados cabellos blancos como la nieve, un monóculo importado... puedo verlo. Probablemente conduce un Jaguar, convertido a gasógeno, por supuesto, pero sin dejar de ser por ello un gran y poderoso Mark XVI Saloon.
Viendo la expresión en el rostro de Stuart, Hardy se inclinó hacia él.
—Puedo decirte otra cosa que se vende.
—¿Pipas inglesas de brezo?
—Sí, eso también. —Hardy bajó la voz—. Fotos de chicas. En poses artísticas... ya entiendes.
—Huau, Cristo —dijo Stuart, sintiendo que su imaginación le desbordaba; aquello era demasiado—. No puedo creerlo.
—Juro que es verdad. Genuinos calendarios de chicas de antes de la guerra, tan antiguos como de 1950. Valen una fortuna, por supuesto. He oído decir que mil dólares de plata cambiaron de manos por un calendario Playboy de 1962; se supone que ocurrió en algún lugar lejos en el Este, en Nevada o en algún otro sitio así. —Hardy se quedó pensativo; su mirada se perdió en el vacío, la trampa para alimañas quedó olvidada.
—Allá donde trabajaba cuando cayó la bomba —dijo Stuart—, en la Modern TV, teníamos un montón de calendarios de chicas abajo, en el Departamento de Reparaciones. Todos deben haber quedado reducidos a cenizas, naturalmente. —Al menos, aquello era lo que había supuesto siempre.
Hardy asintió resignadamente.
—Suponga a una persona que está hurgando entre las ruinas, en algún lugar —dijo Stuart—, y tropieza de repente con un auténtico almacén lleno de calendarios de chicas. ¿Puede imaginarlo? —Su mente desvariaba—. ¿Cuánto podría sacar de aquello? ¿Millones? Podría cambiarlos por tierras; ¡podría adquirir todo un condado!
—Exacto —dijo Hardy, asintiendo.
—Quiero decir, sería rico para siempre. Imprimen algunos de ellos ahora en Oriente, en el Japón, pero no son buenos.
—Los he visto —asintió Hardy—. Están mal hechos. El conocimiento de cómo se hacen ha declinado, ha caído en el olvido; es un arte muerto. Quizá para siempre.
—¿No cree que en parte es debido a que ya no hay chicas como aquéllas? —dijo Stuart—. Ahora todo el mundo está flaco y no tiene dientes; la mayor parte de las chicas de hoy tienen cicatrices de las quemaduras radiactivas y están desdentadas; ¿qué tipo de calendario se podría hacer con ellas?
Con aire astuto, Hardy dijo:
—Creo que esas chicas existen. No sé dónde; quizás en Suecia o Noruega, tal vez en lugares inaccesibles como las Islas Salomón. Estoy convencido de ello por lo que cuenta esa gente que viene en los barcos. No en los Estados Unidos o Europa o Rusia o China, en ninguno de los lugares que fueron alcanzados... en eso estoy de acuerdo contigo.
—¿No podrían encontrarlas? —dijo Stuart—. ¿E iniciar el negocio con ellas?
Tras meditar unos instantes, Hardy dijo:
—Ya no hay película. No hay productos químicos para revelarla. La mayor parte de las cámaras buenas han sido destruidas o han desaparecido. No hay forma en que uno pueda imprimir esos calendarios en cantidad suficiente. Y aunque alguien lo consiguiera...
—Pero si alguien encontrara a una chica sin quemaduras y con buenos dientes, como las que había antes de la guerra...
—Te diré —dijo Hardy— lo que podría ser un buen negocio. He pensado muchas veces en ello. —Se giró hasta quedar frente a Stuart, mirándole con aire meditativo—. Agujas para máquinas de coser. Podrías pedir el precio que quisieras; podrías obtener cualquier cosa a cambio.
Gesticulando, Stuart empezó a pasear de nuevo arriba y abajo por la tienda.
—Escuche, yo tengo puesta mi vista en cosas grandes; no quiero perder más tiempo vendiendo tonterías... ya lo he hecho demasiado tiempo. He vendido baterías de aluminio y enciclopedias y receptores de televisión y ahora esas trampas para alimañas. Son buenas trampas y la gente las necesita, pero pienso que ha de haber cosas mejores para mí.
Hardy gruñó, frunciendo el ceño.
—No quiero despreciarle —dijo Stuart—, pero quiero prosperar. Tengo que hacerlo; uno prospera o se queda estancado, revienta allí mismo donde empezó. La guerra me robó años, como a todo el mundo. Estoy exactamente en el mismo sitio que hace diez años, y eso no me satisface.
Rascándose la nariz, Hardy dijo:
—¿Qué es lo que te ronda por la cabeza?
—Quizá descubra una patata mutante capaz de alimentar a todo el mundo, en todo el planeta.
—¿Una sola patata?
—Quiero decir un tipo de patata. Tal vez pueda convertirme en un criador de plantas, como Luther Burbank. Tiene que haber millones de plantas mutantes creciendo en todas partes por la región, al igual que hay animales mutantes y hombres mutantes aquí en la ciudad.
—Quizá puedas encontrar una habichuela inteligente —dijo Hardy.
—No estoy bromeando con esto —dijo Stuart con calma.
Se quedaron mirándose frente a frente, sin hablar.
—Es un servicio a la humanidad —dijo finalmente Hardy—, el proporcionarle trampas homeostáticas contra alimañas que destruyan a los gatos y perros y ratas y ardillas mutantes. Pienso que estás actuando infantilmente. Quizá porque se te han comido el caballo mientras tú estabas en el sur de San Francisco...
Entrando en la habitación, Ella Hardy dijo:
—La cena está a punto, y me gustaría servirla mientras aún está caliente. Es cabeza de bacalao al horno con arroz, y he tenido que pasarme tres horas en la cola en la carretera de Eastshore para conseguir la cabeza de bacalao.
Los dos hombres se pusieron en pie.
—¿Te quedas a cenar con nosotros? —preguntó Hardy a Stuart.
Ante la idea de la cabeza de pescado al horno Stuart sintió que se le hacía la boca agua. Fue incapaz de decir no y asintió con la cabeza, siguiendo a la señora Hardy hacia la pequeña combinación de salón y cocina en la parte trasera de la barraca. Hacía un mes que no había probado pescado; ya casi no había en la Bahía... la mayor parte de los bancos habían sido aniquilados y nunca habían vuelto, y los pocos que se pescaban eran a menudo radiactivos. Pero no importaba; la gente había adquirido la capacidad de comerlos igualmente. La gente podía comer casi cualquier cosa; su vida dependía de ello.

La niñita de los Keller temblaba en la mesa de examen, mientras el doctor Stockstill, observando aquel cuerpecillo delgado y pálido, pensaba en un chiste que había visto por televisión hacía años, mucho antes de la guerra. Un ventrílocuo español, hablando a través de un pollo... y el pollo había puesto un huevo.
—Hijo mío —había dicho el pollo, refiriéndose al huevo.
—¿Estás seguro? —había preguntado el ventrílocuo—. ¿No será tu hija?
Y el pollo, con dignidad, había contestado:
—No. Conozco mi oficio.
Esta niñita era la hija de Bonny Keller, pensaba el doctor Stockstill, pero no la de George Keller; estoy seguro de ello... conozco mi oficio. ¿Con quién habría tenido Bonny una aventura, hacía ahora siete años? La niña tenía que haber sido concebida muy cerca del día en que empezó la guerra. Pero no había sido concebida antes de que cayera la bomba; eso estaba claro. Quizás había sido ese mismo día, rumió. Eso era propio de Bonny, salir corriendo afuera mientras la bomba estaba cayendo, mientras el mundo iniciaba su fin, para tener un breve y frenético espasmo de amor con alguien, quizá con un hombre al que ni siquiera conocía, el primer hombre con el que tropezara... y éste era el resultado.
La niña le sonrió, y él le devolvió la sonrisa. Superficialmente, Edie Keller parecía normal; no presentaba ninguno de los síntomas que hacen anormal a una niña. En nombre de Dios, cómo deseaba poseer un aparato de rayos X. Porque...
—Cuéntame algo más acerca de tu hermano —dijo en voz alta.
—Bien —dijo Edie Keller, con su voz dulce, quebradiza—. Yo le hablo a mi hermano todo el tiempo, y a veces él responde, pero casi siempre duerme. Se pasa casi todo el tiempo durmiendo.
—¿Está durmiendo ahora?
La niña permaneció un momento silenciosa.
—No, está despierto.
El doctor Stockstill se puso en pie y se acercó a ella.
—Me gustaría que me mostraras dónde está exactamente —dijo.
La niña se señaló el bajo vientre, a la izquierda; cerca del apéndice, pensó el doctor Stockstill. El dolor estaba allí. Aquello era lo que había traído a la niña hasta él; Bonny y George estaban preocupados. Sabían lo del hermano, pero asumían que era imaginario, un pretendido camarada de juegos que hacía compañía a su hija. El también había pensado lo mismo al principio. El historial no mencionaba ningún hermano, pero Edie hablaba de él. Bill tenía exactamente la misma edad que ella. Nacido, había informado Edie al doctor, al mismo tiempo que ella, por supuesto.
—¿Por qué por supuesto? —había preguntado él, mientras iniciaba el examen: había enviado a los padres a la otra habitación, ya que la niña parecía reticente ante ellos.
—Porque es mi hermano gemelo —había respondido Edie con su calmado y solemne tono de voz—. Si no, ¿cómo podría estar dentro de mí? —Y, como el pollo del ventrílocuo español, había hablado con autoridad, con conocimiento de causa; ella también conocía su oficio.
En los años desde la guerra el doctor Stockstill había examinado varios centenares de personas anormales, multitud de sorprendentes y exóticas variantes de las formas de vida humana que florecían bajo unos cielos mucho más tolerantes, aunque velados por el humo. Ya no podía sentirse impresionado. Y, sin embargo, esto... una niña cuyo hermano vivía dentro de su cuerpo, abajo en la región inguinal. Durante siete años Bill Keller había vivido allí dentro, y el doctor Stockstill, escuchando a la niñita, se inclinaba a creerla; sabía que era posible. No era el primer caso de aquella naturaleza. Si dispusiera de su aparato de rayos X sería capaz de ver el pequeño y arrugado cuerpecillo, probablemente no mayor que un conejo recién nacido. De hecho, con sus manos podía notar sus contornos... tocó la ingle de la niña, palpando cuidadosamente la especie de saquito enquistado que había allí dentro. La cabeza en posición normal, el cuerpo metido enteramente en la cavidad abdominal, incluidos brazos y piernas. Algún día la pequeña moriría, y entonces podrían abrir su cuerpo para hacer la autopsia; y hallarían una pequeña figura masculina arrugada, con una barba blanca y unos ojos ciegos... su hermano, todavía no mayor que un conejo recién nacido.
Por de pronto, Bill dormía la mayor parte del tiempo, pero ahora estaba despierto y a menudo charlaba con su hermana. ¿Qué tenía que decir Bill? ¿Qué podía saber?
Edie tenía una respuesta para esa pregunta.
—Bueno, no sabe mucho. No puede ver nada, pero piensa. Y yo le digo todo lo que pasa, así que no se le escapa nada.
—¿En qué se interesa? —preguntó Stockstill. Había completado su examen; con los pocos instrumentos y tests de que disponía no podía hacer más. Había verificado las afirmaciones de la niña y aquello ya era algo, pero no podía ver el embrión o considerar la posibilidad de extraerlo; lo último estaba fuera de cuestión, por apetecible que resultara.
Edie meditó y dijo:
—Bueno, esto, uh... le gusta oírme hablar de comida.
—¡Comida! —dijo Stockstill, fascinado.
—Sí. El no puede comer, ya sabe. Le gusta que le diga una y otra vez lo que he comido, porque es algo que le llega al cabo de un tiempo... al menos eso es lo que yo creo. Lo necesita para vivir, ¿verdad?
—Sí —admitió Stockstill.
—Le llega desde mí —dijo Edie, poniéndose la blusa y abotonándola lentamente—. Y quiere saber qué hay en ello. Le gusta especialmente cuando he comido manzanas o naranjas. Y... le gusta oír historias. Siempre quiere que le cuente acerca de lugares. Especialmente de muy lejos, como Nueva York. Mi madre me habla de Nueva York, y yo se lo cuento a él; dice que le gustaría ir allí algún día y ver cómo es en realidad.
—Pero él no puede ver.
—Pero yo sí —hizo notar Edie—. Es casi lo mismo.
—Te preocupas mucho por él, ¿verdad? —dijo Stockstill, sintiéndose profundamente emocionado. Para la niña era normal; toda su vida había vivido así... no conocía otro modo de existencia. No hay nada, se dijo una vez más, que sea «contra natura»; es una imposibilidad lógica. En un cierto sentido no hay monstruos, no hay anormalidades, excepto en sentido estadístico. Es una situación no usual, pero no es algo de lo que tengamos de horrorizarnos; por el contrario, debería hacernos felices. La vida es buena per se, y ésta es una de las formas que adopta la vida. No hay un dolor especial aquí, no hay crueldad o sufrimiento. De hecho esto no es más que solicitud y ternura.
—Tengo miedo —dijo la niña de pronto —de que se muera algún día.
—No creo que ocurra —dijo Stockstill—. Lo que es más probable que ocurra es que crezca. Y eso puede plantear problemas; puede ocurrir que tu cuerpo ya no pueda seguir alojándolo.
—¿Y qué ocurrirá entonces? —Edie le miró con unos ojos grandes y oscuros—. ¿Nacerá?
—No —dijo Stockstill—. No está situado en el lugar apropiado; habrá que extraerlo quirúrgicamente. Pero... no sobrevivirá. La única forma en que puede seguir viviendo es como lo hace ahora, dentro de ti. —Parasitariamente, pensó, sin decir la palabra en voz alta—. Pero ya nos preocuparemos de ello cuando llegue el momento —dijo, dándole una palmada en la cabeza a la niña—. Si es que llega alguna vez.
—Mi madre y mi padre no lo saben —dijo Edie.
—Me doy cuenta —dijo Stockstill.
—Yo les he hablado de él —dijo Edie—. Pero... —se rió.
—No te preocupes. Sigue actuando como de costumbre. Todo se arreglará por si mismo.
—Estoy contenta de tener un hermano —dijo Edie—; hace que no me sienta sola. Incluso cuando está durmiendo puedo sentirlo aquí, sé que está. Es como tener un bebé dentro de mí; no puedo pasearlo en un cochecito ni en nada parecido, ni vestirlo ni lavarlo, pero hablar con él es la mar de divertido. Por ejemplo, le hablo de Mildred.
—¿Mildred? —se sintió desconcertado.
—Sí —la niña sonrió ante su ignorancia—, esa chica que vuelve siempre con Philip y le estropea la vida. Lo escuchamos cada noche. El Satélite.
—Oh, claro. —Se trataba de Dangerfield, leyendo el libro de Maugham. Extraño, pensó el doctor Stockstill, ese parásito creciendo dentro de su cuerpo, en una humedad y unas tinieblas constantes, alimentado por su sangre, oyendo a través de ella, de alguna manera que no llego a concebir, el relato de segunda mano de una novela famosa... así es como Bill Keller entra a formar parte de nuestra cultura. Así conduce su grotesca existencia social también. Sólo Dios sabe qué es lo que comprende de esa historia. ¿Sueña fantasías acerca de ello, acerca de nuestra vida? ¿Sueña en nosotros?
Inclinándose, el doctor Stockstill besó a la niña en la frente.
—Bien —dijo, conduciéndola hacia la puerta—. Ahora ya puedes irte. Hablaré con tu madre y tu padre durante un minuto; hay algunas revistas auténticas de antes de la guerra en la sala de espera que puedes leer, si eres cuidadosa con ellas.
—Y luego volveremos a casa y comeremos —dijo Edie alegremente, abriendo la puerta de la sala de espera. George y Bonny se pusieron en pie, con sus rostros crispados por la ansiedad.
—Entren —les dijo Stockstill. Cerró la puerta tras ellos—. No es cáncer —dijo, dirigiéndose a Bonny en particular, ya que la conocía tan bien—. Es un tumor, desde luego; no hay dudas al respecto. Lo que no puedo decir es hasta qué punto se va a desarrollar. Pero no se preocupen por ello. Quizá cuando sea lo suficientemente grande como para causar problemas nuestra cirugía haya progresado lo suficiente como para poder eliminarlo.
Los Keller suspiraron aliviados; temblaban visiblemente.
—Pueden llevarla si lo desean al Hospital Universitario de San Francisco —dijo Stockstill—. Efectúan operaciones menores allí... pero francamente les aconsejaría que lo dejaran correr. —Será mejor para vosotros que no sepáis la verdad, pensó. Sería demasiado duro enfrentarse a ello... especialmente para ti, Bonny. Ya que debido a las circunstancias que concurrieron en la concepción te sería demasiado fácil empezar a alimentar un sentimiento de culpabilidad—. Es una niña sana y disfruta de la vida —dijo—. Dejémoslo tal como está. Lo tiene desde que nació.
—¿Realmente? —dijo Bonny—. Nunca me di cuenta. Me temo que no soy una buena madre; estoy tan ocupada con las actividades de la comunidad...
—Doctor Stockstill —interrumpió George Keller—, déjeme hacerle una pregunta. ¿Es Edie una... niña especial?
—¿Especial? —Stockstill lo miró cautelosamente.
—Creo que sabe usted a qué me refiero.
—¿Quiere decir si es una persona anormal?
George palideció, pero su expresión grave e intensa se mantuvo; aguardó una respuesta. Stockstill podía verlo; el hombre no se dejaría convencer con unas pocas frases.
—Presumo —dijo Stockstill— que es eso lo que quería usted decir. ¿Por qué lo pregunta? ¿Parece ella anormal en algún aspecto? ¿Realmente se ve anormal?
—No se ve en absoluto anormal —dijo Bonny, con aspecto preocupado; se sujetaba fuertemente al brazo de su marido, como si quisiera refrenarlo—. Cristo, es obvio; nuestra Edie es perfectamente normal. Vete al infierno, George. ¿Qué es lo que te ocurre? ¿Cómo puedes ser tan mórbido con respecto a tu propia hija? ¿Quieres hallarle problemas a todo, es eso?
—Hay gente anormal que no lo evidencia —dijo George Keller—. Después de todo, veo a muchos niños; veo a todos nuestros niños. He desarrollado una habilidad para catalogarlos. Algo así como una intuición, que normalmente evidencia ser exacta. Sabes que todos nosotros, los maestros de escuela, tenemos la obligación de confiar a todos los niños anormales al Estado de California para que reciban una educación especial. Así que...
—Me voy a casa —dijo Bonny. Se giró y se dirigió hacia la puerta que comunicaba con la sala de espera—. Adiós, doctor.
—Espere, Bonny —dijo Stockstill.
—No me gusta esta conversación —dijo Bonny—. Es enfermiza. Los dos están enfermos. Doctor, si usted insinúa de algún modo que mi hija es anormal no le dirigiré nunca más la palabra. Ni tampoco a ti, George. Y no bromeo.
Tras una pausa, Stockstill dijo:
—Está malgastando sus palabras, Bonny. Yo no estoy insinuando nada, simplemente porque no hay nada que insinuar. Su hija tiene un tumor benigno en la cavidad abdominal; eso es todo. —Se sentía irritado. De hecho, deseaba decírselo todo, enfrentarles con la realidad. Bonny se lo merecía.
Pero, pensó, cuando ella se sienta culpable, cuando se reproche haber tenido una aventura con un hombre cualquiera y haber dado nacimiento a alguien anormal, entonces Edie se convertirá en el blanco de sus sentimientos; la odiará. Se vengará en la niña. Siempre ocurre así. En alguna forma infusa, el niño es siempre un reproche para los padres, un reproche de lo que hicieron en los viejos tiempos o en los primeros momentos de la guerra, cuando todo el mundo actuaba locamente, reaccionaba de una manera personal e instintiva al darse cuenta de lo que realmente estaba sucediendo. Algunos de nosotros matamos para seguir viviendo, algunos de nosotros simplemente huimos, algunos de nosotros nos volvimos locos... Bonny, sin la menor duda, se exacerbó; se abandonó a sus instintos. Y sigue siendo la misma persona de entonces; volvería a hacerlo de nuevo, quizá lo haya hecho de nuevo ya. Y es perfectamente consciente de ello.
Se preguntó otra vez quién sería el padre.
Algún día se lo preguntaré sin ambages, decidió. Quizá ni siquiera lo sepa; todo aquello debe permanecer entre brumas en su cerebro, toda aquella etapa de nuestras vidas. Aquellos horribles días. ¿Fueron realmente horribles para ella? Quizá fueron encantadores; podía liberarse de todas sus ataduras, podía hacer lo que quisiera sin miedo ni trabas, ya que creía, como todos nosotros creímos, que nadie iba a sobrevivir.
Bonny sacó todo lo que pudo de aquello, se dio cuenta, como hace siempre con todo; saca todo lo que puede de la vida en cualquier contingencia. Me gustaría ser así... Se sintió lleno de envidia mientras contemplaba cómo ella abandonaba la habitación para reunirse con su hija. Una mujer hermosa y ordenada; tan atractiva ahora como lo había sido hacía diez años... la desgracia, los terribles cambios que habían caído sobre ellos y sobre sus vidas, no parecían ni siquiera haberla rozado.
La cigarra que canta. Esa era Bonny. En las tinieblas de la guerra, con su destrucción, con los infinitos cambios que habían afligido a todas las formas de vida, Bonny había seguido cantando, interpretando su canción de alegría y entusiasmo y no dejando que las preocupaciones la abrumaran; nada podía persuadirla, ni siquiera la realidad, a ser razonable. La gente afortunada; personas como Bonny, más fuertes que las fuerzas del cambio y la degradación. De aquello era de lo que se había librado, de las fuerzas de la degradación que lo habían invadido todo. El techo se ha derrumbado sobre nosotros, pero no sobre Bonny.
Recordaba un chiste del Punch.
Interrumpiendo sus pensamientos, Bonny dijo:
—Doctor, ¿conoce ya a nuestro nuevo maestro, Hal Barnes?
—No —dijo—. Todavía no. Lo he visto tan sólo de lejos.
—Le gustará. Quiere tocar el violoncelo, sólo que por supuesto ya no hay ningún violoncelo. —Sonrió alegremente, con sus ojos danzando de pura vida—. ¿No es patético?
—Mucho —admitió.
—¿No lo somos todos nosotros? —dijo ella—. Nuestros violoncelos han desaparecido. ¿Y qué es lo que nos queda?
—Cristo —dijo Stockstill—, no lo sé; no tengo la menor idea.
—Oh, es usted siempre tan serio —dijo Bonny, sonriendo.
—También me lo dice siempre a mí —dijo George Keller, con un débil esbozo de sonrisa—. Mi mujer ve a la humanidad como a una raza de escarabajos laboriosos. Naturalmente, ella no se incluye en esa categoría.
—Está en lo cierto —dijo Stockstill—. Espero que nunca se incluya.
George le miró ácidamente y luego se alzó de hombros.
Ella podría cambiar, pensó Stockstill, si comprendiera lo que le ocurre a su hija. Eso bastaría. Sería necesario algo así, un golpe por sorpresa, sin precedentes y no previsto. Podría incluso suicidarse; su alegría, su vitalidad, la empujarían al extremo opuesto.
—Amigos —dijo en voz alta—, preséntenme al nuevo maestro uno de esos días. Me gustará conocer a un ex violoncelista. Quizá podamos construirle algo con una tina de lavar y un poco de cable. Podría tocar con...
Necesitaríamos crin de caballo —dijo Bonny, práctica como siempre—. Podemos hacer el arco; esa parte es sencilla. Lo que necesitamos es una gran cámara de resonancia, para producir las notas bajas. Me pregunto si no podríamos encontrar alguna vieja cómoda de cedro. Eso serviría. Pero ya no hay madera de ésa.
—Un barril partido por la mitad —dijo George.
Se echaron a reír ante aquello; incluso Edie Keller, aunque no había oído lo que había dicho su padre —o mejor dicho, pensó Stockstill, el marido de su madre—, se echó a reír también.
—Quizá podamos encontrar algo en la playa —dijo George—. He sabido que hay montones de restos de madera que vuelven a salir a la superficie, especialmente después de las tormentas. Fragmentos de viejos barcos chinos sin la menor duda, con muchos años de antigüedad.
Más animados, abandonaron el consultorio del doctor Stockstill, que se los quedó mirando irse, con la niñita entre ambos. Los tres, pensó. O mejor dicho, los cuatro, incluyendo la invisible pero real presencia que anidaba dentro de la niña.
Sumido en sus pensamientos, cerró la puerta.
Podría ser mi hija, pensó. Pero no lo es, ya que hace siete años Bonny estaba aquí en West Marin y yo en mi consulta en Berkeley. Pero si yo hubiera estado cerca de ella aquel día...
Entonces, ¿quién estaba aquí?, se preguntó. Cuándo cayeron las bombas... ¿quién de nosotros estaría con ella aquel día? Había un sentimiento particular que lo identificaba con aquel hombre, fuera quien fuese. Me pregunto qué pensaría ahora, se dijo Stockstill, si supiera de su hija... de sus hijos. Quizás algún día me encuentre con él. Nunca me atreveré a decírselo a Bonny, pero a él quizá sí.


X

En el Forester's Hall, los habitantes de West Marin discutían acerca de la enfermedad del hombre en el Satélite. Agitados, se interrumpían mutuamente en su prisa por hablar. La lectura de Servidumbre Humana había empezado, pero nadie en la sala deseaba escucharla; murmuraban con rostros sombríos, todos ellos alarmados, al igual que June Raub, ante la idea de lo que podía ocurrirles si el disc jockey moría.
—No puede estar tan enfermo como dice —exclamó Cas Stone, el mayor propietario de West Marin—. Nunca se lo he dicho a nadie, pero escuchen; tengo un auténtico buen doctor, un especialista del corazón, allá en San Rafael. Lo voy a traer hasta un transmisor para que Dangerfield pueda decirle qué es lo que le ocurre. Y entonces lo curará.
—Pero allí arriba no hay medicinas —dijo la vieja señora Lully, la persona más anciana de la comunidad—. Le oí decir una vez que su difunta esposa las había utilizado todas.
—Yo tengo quinidina —dijo el farmacéutico en voz muy alta—. Eso es probablemente lo que necesita. Pero no hay forma de enviársela.
Earl Colvig, el jefe de la policía de West Marin, dijo:
—Creo saber que la gente del Ejército en Cheyenne intentarán llegar de nuevo hasta él este año.
—Lleve su quinidina a Cheyenne —dijo Cas Stone al farmacéutico.
—¿A Cheyenne? —se estremeció el farmacéutico—. Ya no hay carreteras que crucen las Sierras. Nunca llegaría hasta allí.
Con la voz más calmada posible, June Raub dijo:
—Quizá no esté realmente enfermo; quizá se trate tan sólo de hipocondría, a fuerza de estar aislado y solo allá arriba durante todos esos años. Algo en la forma en que detalla cada uno de sus síntomas me hace sospecharlo. —Sin embargo, casi nadie la escuchaba. Los tres representantes de Bolinas, observó, se habían acercado silenciosamente a la radio y permanecían inclinados, escuchando la narración—. Quizá no va a morirse —dijo, a medias para sí misma.
Al oír aquello, el hombre de las gafas la miró. Ella pudo ver en su rostro una expresión de sorpresa y aturdimiento, como si la posibilidad de que el hombre en el Satélite podía estar enfermo y morir fuera demasiado para él. La enfermedad de su propia hija, pensó, no debe haberle afectado tanto.
El silencio se adueñó de la mayor parte de los reunidos en el salón, y June Raub miró para ver qué había ocurrido.
En la puerta había aparecido una relumbrante plataforma llena de mecanismos. Hoppy Harrington había llegado.
—Hoppy, ¿te has enterado? —gritó Cas Stone—. Dangerfield dice que hay algo que no marcha bien en él, quizá su corazón.
Todos guardaron silencio, esperando las palabras del focomelo.
Hoppy rodó a través del grupo hasta la radio; paró su focomóvil, tendió uno de sus extensores manuales y manipuló delicadamente el botón de sintonía. Los tres representantes de Bolinas se habían hecho respetuosamente a un lado.
La estática disminuyó, luego desapareció, y la voz de Walt Dangerfield llegó hasta ellos clara y fuerte. La lectura seguía adelante y Hoppy, en el centro de sus aparatos, escuchó atentamente. Él y los demás en la sala escucharon sin hablar, hasta que finalmente el sonido se debilitó y murió cuando el Satélite llegó más allá del límite de recepción. Entonces hubo de nuevo tan sólo la estática.
Bruscamente, con una voz exactamente igual a la de Dangerfield, el focomelo dijo:
—Bien, mis queridos amigos, ¿con qué vamos a distraernos ahora?
Esta vez la imitación era tan perfecta que varios de los presentes contuvieron el aliento. Otros aplaudieron, y Hoppy sonrío.
—¿Por qué no un poco más de esas imitaciones? —dijo el farmacéutico—. Me encantan.
—Imitaciones —dijo el focomelo, esta vez con la exacta voz del farmacéutico, trémula y melindrosa—. Me encantan.
—No —dijo Cas Stone—. Prefiero oírle como Dangerfield; hazlo un poco más, Hoppy. Vamos, anda.
El focomelo hizo girar su carrito para hacer frente a su auditorio.
—Hude hude hu —cloqueó en el tono bajo y despreocupado que todos ellos conocían tan bien. Jane Raub contuvo el aliento; aquella habilidad mímica del foco era brujería. Siempre la había desconcertado... si cerraba los ojos podía imaginar que era realmente Dangerfield el que estaba hablando, el que seguía en contacto con ellos. Cerró deliberadamente los ojos. No está enfermo, no se está muriendo, se dijo; escuchadlo. Como si respondiera a sus pensamientos, la querida voz estaba murmurando—: Tengo un ligero dolor aquí en mi pecho, pero no es gran cosa; no os preocupéis por ello, amigos. Algo del estómago, seguramente. Algún empacho. ¿Qué puedo tomar para eso? ¿Alguien ahí abajo lo recuerda?
—¡Lo recuerdo! —gritó uno de los reunidos—. ¡Alcalícese con Alka Seltzer!
—Hude hude hu —cloqueó la cálida voz—. Exacto. Un tanto para ti, amigo. Y ahora dejadme deciros un truco sobre cómo almacenar los bulbos de gladiolo durante todo el invierno sin preocuparse de los roedores. Simplemente envolvedlos con papel de aluminio.
La gente en la sala aplaudió, y June Raub oyó a alguien cerca de ella decir:
—Es exactamente lo que hubiera dicho Dangerfield —era el hombre de las gafas de Bolinas. June Raub abrió los ojos y vio la expresión de su rostro. Yo debía verme también así, pensó, la noche en que oí por primera vez a Hoppy imitarle.
—Y ahora —continuó Hoppy, siguiendo con la voz de Dangerfield—, voy a realizar algunos trucos que he estado practicando. Creo que os van a gustar, queridos amigos. Aguardad unos momentos.

Eldon Blaine, el hombre de las gafas de Bolinas, vio al focomelo colocar una moneda en el suelo, a poco más de un metro de su focomóvil. Sus extensores se retrajeron y Hoppy, siguiendo con la voz de Dangerfield, se concentró en la moneda hasta que ésta, de pronto, empezó a deslizarse por el suelo hacia él. La gente en la sala aplaudió. Enrojeciendo de placer, el focomelo inclinó la cabeza en su dirección y colocó de nuevo la moneda lejos de él, esta vez a mayor distancia que antes.
Magia, pensó Eldon. Como había dicho Pat; los focos pueden hacer esto en compensación a haber nacido sin brazos ni piernas, es la forma en que les ayuda la naturaleza para poder sobrevivir. La moneda se deslizó de nuevo hacia el focomóvil, y la gente del Forester’s Hall aplaudió otra vez.
—¿Hace esto todas las noches? —preguntó Eldon a la señora Raub.
—No —respondió ella—. Tiene otros varios trucos; nunca había visto éste antes, pero naturalmente yo no estoy siempre aquí... tengo mucho que hacer, ayudando a que nuestra comunidad siga funcionando. Es algo notable, ¿verdad?
Acción a distancia, observó Eldon. Sí, es algo notable. Y tenemos que apoderarnos de él, se dijo. Ninguna duda ahora. Cuando Dangerfield muera —y es obvio que eso ocurrirá, y pronto—, al menos tendremos ese recuerdo de él, esa reconstrucción, en el cuerpo de este foco. Como un disco fonográfico, que puede tocarse una y otra vez.
—¿No le asusta? —preguntó June Raub.
—No —dijo Eldon—. ¿Por qué habría de hacerlo?
—No lo sé —dijo ella, con voz pensativa.
—¿Ha transmitido alguna vez al Satélite? —preguntó Eldon—. La mayor parte de los otros arreglalotodo lo han hecho. Es extraño que él no, con su habilidad.
—Pensaba hacerlo —dijo June Raub—. El año pasado empezó a construir un transmisor; trabaja en él de tanto en tanto, pero evidentemente hay algo que no marcha. Ensaya todo tipo de proyectos... siempre está ajetreado. Puede ver su torre. Venga conmigo un minuto y se la mostraré.
Él la siguió hacia la puerta del Forester’s Hall. Juntos, aguardaron fuera en la oscuridad hasta que sus ojos se habituaron al cambio. Sí, allí estaba, un peculiar y retorcido mástil que apuntaba al cielo nocturno y terminaba bruscamente.
—Esa es su casa —dijo June Raub—. La antena está en el techo. Y la ha construido sin la menor ayuda; puede amplificar los impulsos de su cerebro en lo que él llama sus servoasistentes, y eso lo convierte en muy fuerte, mucho más que cualquier hombre normal. —Permaneció silenciosa un momento—. Todos nosotros lo admiramos. Ha hecho mucho por la comunidad.
—Sí —dijo Eldon.
—Ustedes han venido aquí para quitárnoslo, ¿verdad? —dijo calmadamente June Raub. Sorprendido, Eldon protestó:
—No, señora Raub... honestamente, hemos venido a escuchar el Satélite; usted lo sabe.
—Ya lo han intentado antes —dijo la señora Raub—. No pueden llevárselo, puesto que él no se dejará. No le gusta su comunidad; conoce su ordenanza. Nosotros no practicamos tales discriminaciones aquí, y él nos lo agradece. Es muy susceptible acerca de sí mismo.
Desconcertado, Eldon Blaine se alejó de la mujer, dirigiéndose hacia la puerta del Forester’s Hall.
—Espere —dijo la señora Raub—. No tiene por qué preocuparse; no se lo diré a nadie. No le reprocho el que desee integrarlo en su comunidad tras haber visto lo que hace. Usted sabe, no nació aquí, en West Marin. Un día, hace tres años, apareció rodando por la ciudad en su focomóvil, no éste sino otro anterior, el que el Gobierno le había proporcionado antes de la Emergencia. Venía rodando en su carrito desde San Francisco, nos dijo. Deseaba un lugar donde pudiera establecerse, y nadie se lo había ofrecido antes de nosotros.
—De acuerdo —murmuró Eldon—. Entiendo.
—Cualquier cosa puede robarse hoy en día —dijo la señora Raub—. Lo único que se necesita es ser lo suficientemente fuerte. He visto su coche de la policía estacionado abajo en la calle, y sé que los dos hombres que están con usted pertenecen a su cuerpo de policía. Pero Hoppy hace tan sólo lo que él quiere. Creo que si ustedes intentan coaccionarle les matará; no le traerá muchos problemas, y no tendrá escrúpulos en hacerlo.
Tras una pausa, Eldon dijo:
—Yo... le agradezco su franqueza.
Regresaron juntos, en silencio, al Forester’s Hall.
Todos los ojos estaban fijos en Hoppy Harrington, que seguía inmerso en su imitación de Dangerfield:
—...parece desaparecer mientras como —estaba diciendo el focomelo—, y eso me hace sospechar que sea una úlcera más bien que el corazón. Si algún doctor está escuchándome y tiene acceso a un transmisor...
Un hombre del auditorio interrumpió:
—Me pondré en contacto con mi doctor en San Rafael; no estoy bromeando. No queremos otro hombre muerto dando vueltas y más vueltas en torno a la Tierra. —Era el mismo hombre que había hablado antes; sonaba más preocupado ahora—. O si como dice la señora Raub es algo puramente mental, ¿no podemos hacer que el doctor Stockstill le ayude?
Pero Hoppy no estaba aquí en el Hall cuando Dangerfield dijo esas palabras, pensó Eldon Blaine. ¿Cómo puede imitar algo que no ha oído?
Y entonces comprendió. Era obvio. El focomelo tenía un receptor de radio en su casa; antes de acudir al Forester’s Hall había estado escuchando el Satélite en su casa. Aquello quería decir que había dos radios funcionando en West Marin, frente a ninguna en absoluto en Bolinas. Y esa gente lo tiene todo, incluso un aparato de radio suplementario, tan sólo para una persona.
Es como antes de la guerra, pensó ciegamente. Viven tan bien como antes. No es justo.
Girándose, salió del salón, hundiéndose en la oscuridad de la noche. Nadie le prestó atención; nadie se dio cuenta de su salida. Estaban demasiado atareados discutiendo acerca de Dangerfield y su salud para fijarse en alguna otra cosa.
Subiendo por la carretera, iluminándose con una linterna de queroseno, avanzaban tres siluetas; un hombre alto y delgado, una mujer de cabello rojo oscuro, y entre los dos una niña pequeña.
—¿Ha terminado de leer? —preguntó la mujer—. ¿Llegamos demasiado tarde?
—No lo sé —dijo Eldon, y siguió su camino.
—Oh, nos lo hemos perdido —se quejó la niñita—. ¡Os dije que debíamos apresurarnos!
—Bueno, entraremos de todos modos —le dijo el hombre, y sus voces se perdieron mientras Eldon Blaine, desesperado, seguía andando en la noche, alejándose de los sonidos y de la presencia de toda aquella gente, de la excesiva riqueza que poseían los de West Marin.
Hoppy Harrington, siguiendo con su imitación de Dangerfield, levantó la vista para mirar a los Keller con su hija entrar en la sala y sentarse en la parte de atrás. Nunca es demasiado tarde, se dijo, feliz de tener una audiencia mayor. Pero empezó a ponerse nervioso, ya que la niña no dejaba de mirarle escrutadoramente. Había algo en la forma en que le miraba que le hacía sentirse intranquilo; siempre había sido así con Edie. Aquello no le gustaba, de modo que se detuvo bruscamente.
—Sigue, Hoppy —lo animó Cas Stone.
—Adelante —pidieron otras voces.
—Cuéntanos eso de Kool Aid —pidió una mujer—. Cántanos esa cancioncilla de los gemelos Kool Aid; ya sabes.
—«Kool Aid, Kool Aid, no pueden esperar» —cantó Hoppy, pero se detuvo de nuevo—. Creo que ya es bastante por esta noche —dijo.
La sala permaneció silenciosa.
—Mi hermano —tomó la palabra la pequeña Keller —dice que el señor Dangerfield está en algún lugar en esta sala.
Hoppy se echó a reír.
—Es cierto —dijo excitadamente.
—¿Ha terminado de leer? —preguntó Edie Keller.
—Oh, sí, la lectura ha terminado —dijo Earl Colvig—, pero no estábamos escuchando eso; estábamos escuchando a Hoppy y mirando lo que hace. Esta noche nos ha hecho un montón de cosas divertidas, ¿eh, Hoppy?
—Muéstrale a la niña eso de la moneda —dijo June Raub—. Creo que le gustará.
—Sí, hazlo de nuevo —pidió el farmacéutico desde su asiento—. Estuvo muy bien; estoy seguro de que a todos nos gustará verlo de nuevo. —Se levantó en su impaciencia por ver mejor, olvidando a la gente que había tras él.
—Mi hermano —dijo Edie calmadamente— desea escuchar la lectura. Para eso ha venido. No le importa nada de lo que pueda hacerse con una moneda.
—Cállate —le dijo Bonny.
Hermano, pensó Hoppy. Ella no tiene ningún hermano. Se echó a reír, y algunos de sus espectadores le imitaron automáticamente.
—¿Tu hermano? —dijo, haciendo rodar su focomóvil hacia la niña—. ¿Tu hermano? —Detuvo el focomóvil directamente ante ella, aún riendo—. Yo puedo leerle —dijo—. Yo puedo ser Philip y Mildred y todos los demás del libro; yo puedo ser Dangerfield... en algunas ocasiones lo soy realmente. Lo era esta noche, y es por eso que tu hermano cree que Dangerfield está aquí en la sala. Pues bien, era yo. —Miró a su alrededor—. ¿No es eso cierto, amigos? ¿No era realmente Hoppy?
—Es cierto, Hoppy —asintió Cas Stone, afirmando con la cabeza. Los otros le imitaron, todos ellos, o al menos la mayor parte de ellos.
—Por el nombre de Cristo, Hoppy —dijo severamente Bonny Keller—. Cálmate o te caerás de tu carrito con tanta agitación. —Le miraba de aquel modo severo y dominador que tenía por costumbre, y él se sentía empequeñecido; retrocedió a su pesar—. ¿Qué ha ocurrido aquí? —preguntó Bonny.
—Bueno —dijo Fred Quinn, el farmacéutico—, Hoppy ha estado imitando a Walt Dangerfield tan bien, ¡qué uno hubiera dicho que era él!
Los demás asintieron, murmurando afirmativamente.
—Tú no tienes ningún hermano, Edie —le dijo Hoppy a la niña—. ¿Por qué dices que tu hermano quiere oír la lectura cuando no tienes ningún hermano? —Seguía riendo y riendo. La niña permanecía silenciosa—. ¿Puedo verle? —preguntó—. ¿Puedo hablarle? Déjame escucharle hablar y... te haré una imitación de él. —Ahora estaba riendo tan fuertemente que apenas podía ver; las lágrimas fluían de sus ojos, y tuvo que secárselas con un extensor.
—Sería una buena imitación —dijo Cas Stone.
Déjanos oírla —dijo Earl Colvig—. Hazlo, Hoppy.
—Lo haré —dijo Hoppy— tan pronto como él me diga algo. —Aguardó, en el centro de su focomóvil, esperando—. Estoy esperando —dijo.
—Ya basta —dijo Bonny Keller—. Deja a mi hija tranquila. —Sus mejillas estaban rojas de irritación.
Ignorando a su madre, Hoppy le dijo a Edie:
—¿Dónde está? Dime dónde... ¿cerca de aquí?
—Inclínate hacia mí —dijo Edie—. Acércate. Y él te hablará. —Su rostro, como el de su madre, era severo.
Hoppy se inclinó hacia ella, inclinando a un lado la cabeza, en un burlón gesto de pretendida atención.
Una voz, hablando dentro de él, como si formara parte de su mundo interior, dijo:
—¿Cómo has arreglado ese tocadiscos? ¿Cómo lo has hecho realmente?
Hoppy gritó.
Todos lo miraban, los rostros lívidos, puestos en pie, rígidos.
—He oído a Jim Fergesson —dijo Hoppy.
La niña lo estudiaba calmadamente.
—¿Quiere oír a mi hermano de nuevo, señor Harrington? Dile algunas palabras más, Bill; desea oírte otro poco.
Y en el mundo interior de Hoppy la voz dijo:
—Parecía como... como si lo hubieras curado. Parecía como si en lugar de reemplazar aquel muelle roto...
Hoppy hizo girar locamente su carrito, lo empujó por el pasillo hasta el fondo de la sala, lo hizo girar de nuevo, y se inmovilizó allí jadeante, a la mayor distancia posible de la hija de los Keller; su corazón latía con fuerza mientras la miraba. Ella le devolvió silenciosamente la mirada, pero ahora con un ligero rastro de sonrisa en sus labios.
—Ha oído a mi hermano, ¿verdad? —dijo.
—Sí —dijo Hoppy—, lo he oído.
—Y sabe dónde se encuentra.
—Sí —asintió—. No lo hagas de nuevo. Por favor, no haré más imitaciones si eso no te gusta; ¿de acuerdo? —La miraba suplicante, pero no recibió ninguna respuesta, ninguna promesa—. Lo siento —dijo—. Ahora te creo.
—Buen Dios —dijo Bonny suavemente. Se giró hacia su marido, como preguntándole. George agitó la cabeza pero no dijo nada.
Lenta y firmemente, la niña dijo:
—Puede usted verlo si lo desea, señor Harrington. ¿Le gustaría ver a qué se parece?
—No —dijo él—. No me interesa.
—¿Le da miedo? —Ahora la niña le sonreía abiertamente, pero su sonrisa era vacía y fría—. El le ha pagado con la misma moneda porque usted se estaba burlando de mí. Eso lo ha irritado, y por eso ha hecho esto.
Acercándose a Hoppy, George Keller preguntó:
—¿Qué ha ocurrido, Hop?
—Nada —dijo él secamente.
Me ha asustado, pensó. Me ha hecho hacer el ridículo imitando a Jim Fergesson; me ha pillado por completo, he creído realmente que era Jim de nuevo. Edie fue concebida el día que Jim Fergesson murió; lo sé porque Bonny me lo dijo en una ocasión, y creo que su hermano fue concebido simultáneamente. Pero... no es cierto; no era Jim. Era... una imitación.
—Como puede ver —dijo la niña—, Bill hace también imitaciones.
—Sí —asintió Hoppy, temblando—. Si, lo he visto.
—Y lo hace bien —los oscuros ojos de Edie brillaban.
—Oh, sí, muy bien —dijo Hoppy. Tan bien como yo, pensó. Quizá incluso mejor que yo. Es mejor que vaya con cuidado con él, pensó, con su hermano Bill; es mejor que me mantenga alejado. Realmente he aprendido mi lección.
Podría ser Fergesson, se dijo, ahí dentro. Renacido, lo que llaman una reencarnación; la bomba debió hacerlo, en alguna forma que no puedo comprender. Entonces no es una imitación y yo tenía razón la primera vez, pero ¿cómo saberlo? El no me lo dirá; me odia, estoy seguro, porque me he burlado de su hermana Edie. Ha sido un error; no debí hacerlo.
—Hude hude hu —dijo, y algunas personas se giraron hacia él; consiguió una cierta atención, aquí y allí y allí entre la concurrencia—. Bueno, ahí está de nuevo vuestro viejo camarada —dijo. Pero su corazón no estaba allí; su voz temblaba. Les sonrió, pero nadie le devolvió la sonrisa—. Quizá podríamos proseguir la lectura un ratito más —dijo—. El hermano de Edie desea escuchar. —Tendiendo un extensor, subió el volumen de la radio girando el dial.
Tendrás todo lo que desees, pensó. La lectura o cualquier otra cosa. ¿Cuánto tiempo hace que estás ahí? ¿Sólo siete años? Parece como si hubieras estado siempre. Como si como si hubieras existido por toda la eternidad. Era una cosa terriblemente vieja, arrugada, blanquecina, la que le había hablado. Algo duro y pequeño, flotando. Unos labios dominados por un vello desmesuradamente largo, flotando a mechones, agitándose y retorciéndose como manojos. Juraría que era Fergesson, se dijo; se parecía a él. Y está ahí, dentro de esa niña.
Me pregunto: ¿puede salir?

Edie Keller dijo a su hermano:
—¿Cómo lo has hecho para asustarle de esa manera? Porque estaba realmente asustado.
La voz familiar dentro de ella dijo:
—Me convertí en alguien a quien él conoció hace mucho tiempo. Alguien que está muerto.
—Oh —dijo ella—, de modo que era eso. Me preguntaba si sería algo así. —Se sentía divertida—. ¿Se lo vas a hacer otra vez?
—Si sigue importunándome —dijo Bill— haré más que eso, un montón de cosas distintas quizá.
—¿Cómo sabías tú de esa persona muerta?
—Oh —dijo Bill—, porque... tú sabes por qué. Porque yo también estoy muerto. —Gorjeó, muy profundo dentro de su vientre; ella notó el estremecimiento.
—Tú no estás muerto —dijo ella—. Tú estás tan vivo como yo, así que no digas eso; no es cierto. —Aquello la asustaba.
—Sólo estaba bromeando —dijo Bill—; lo siento. Me hubiera gustado poder ver su rostro. ¿Qué aspecto tenía?
—Horrible —dijo Edie— cuando tú le dijiste eso. Se volvió todo para dentro, como una tortuga. Pero tú tampoco sabes cómo es una tortuga; tú no sabes cómo son las cosas, así que no vale la pena que intente explicártelo.
—Me gustaría salir —dijo Bill lastimeramente—. Me gustaría nacer como hace todo el mundo. ¿Podré nacer algún día?
—El doctor Stockstill dice que no puedes.
—¿Entonces él tampoco puede hacer nada? Pensé que tú habías dicho...
—Estaba equivocada —dijo Edie—. Creía que bastaría con practicar un agujerito redondo y que lo demás vendría solo, pero él ha dicho que no.
Su hermano, muy profundo dentro de ella, permaneció en silencio.
—No te pongas triste —dijo Edie—. Yo seguiré explicándote como son las cosas. —Intentó consolarle—. No volveré a hacer nunca más como aquella vez en que me enfadé contigo, cuando deje de explicarte las cosas que había fuera; te lo prometo.
—Quizá yo pueda hacer que el doctor Stockstill me saque fuera —dijo Bill.
—¿Puedes hacerlo? No lo creo.
—Puedo si quiero.
—No —dijo ella—. Estás mintiendo; no puedes hacer otra cosa más que dormir y hablar a los muertos y quizás hacer imitaciones como has hecho ahora. Eso no es mucho; prácticamente yo también puedo hacer lo mismo, y muchas otras cosas más.
No hubo respuesta de su interior.
—Bill —dijo—, ¿sabes esto? Ahora hay dos personas que saben acerca de ti... Hoppy Harrington y el doctor Stockstill. Y tú pretendías decir que nadie sabría nunca acerca de ti, así que no eres tan listo como eso. De hecho, no creo que seas demasiado inteligente.
Dentro de ella, Bill dormía.
—Si tú hicieras algo malo —dijo ella—, yo podría tragar algo que te envenenara. ¿Lo sabes? Así que será mejor que te portes bien.
Tenía cada vez más miedo de él; se estaba hablando a sí misma, intentando recuperar la confianza en sí misma. Quizá seria mejor que te murieras, pensó. Sólo que me vería obligada a seguirte llevando, y eso... no iba a ser muy agradable; no me gustaría.
Se estremeció.
—No te preocupes por mí —dijo Bill de pronto. Se había despertado de nuevo, o quizás en ningún momento había estado dormido; quizá tan sólo lo había hecho ver—. Conozco un montón de cosas; puedo cuidarme de mi mismo. Y te protegeré a ti también. Sería mejor que te alegraras de tenerme contigo porque puedo... bueno, no podrías entenderlo. Sabes que puedo ver a cualquiera que esté muerto, como el hombre al que imité. Bueno, pues hay verdaderos montones de ellos, trillones y trillones de ellos, y todos son diferentes. Cuando duermo los oigo murmurar. Siempre están a mí alrededor.
—¿A tu alrededor? ¿Dónde?
—Debajo de nosotros —dijo Bill—. Debajo de la tierra.
—Brrr —dijo ella.
Bill se echó a reír.
Es cierto. Y nosotros iremos a parar ahí también. Y también mami y papi y todos los demás. Todos y todo, incluidos los animales. Ese perro casi está ahí, ese que habla. No todavía, quizá; pero es lo mismo. Ya lo verás.
—Yo no quiero ver —dijo ella—. Yo quiero oír la lectura; estáte callado para que pueda escuchar. ¿Tú no quieres escuchar? Decías que te gustaba.
—El también estará ahí pronto —dijo Bill—. El hombre que lee, allá arriba en el Satélite.
—No —dijo ella—. No puedo creer eso; ¿estás seguro?
—Sí —dijo su hermano—. Completamente seguro. Y antes incluso que él... ¿sabes dónde está el «hombre de las gafas»? No lo sabes, pero él estará también ahí muy pronto, dentro de unos escasos minutos. Y luego... —se interrumpió—. No, no te lo diré.
—No —aceptó ella—. No me lo digas, por favor. No quiero oírlo.

Guiándose por el alto y retorcido mástil del transmisor de Hoppy, Eldon Blaine se dirigió hacia la casa del focomelo. Es ahora o nunca, se dijo. Tengo muy poco tiempo. No había nadie para detenerle; todos estaban en el Hall, incluido el propio focomelo. Encontraré esa radio y me la llevaré, se dijo Eldon. Si no puedo tenerlo a él, al menos regresaré con algo a Bolinas. El transmisor estaba muy cerca ahora, al frente; sentía la presencia de la construcción de Hoppy... y entonces tropezó con algo. Cayó, agitando los brazos. Los restos de una cerca, tumbada en el suelo.
Ahora podía ver la propia casa, o lo que quedaba de ella. Los cimientos y una pared, y en el centro un remendado cubo, un habitáculo hecho con cascotes, protegido de la lluvia con cartón embreado. El mástil, asegurado con gruesos paravientos de cable, se levantaba directamente detrás de una pequeña chimenea metálica.
El transmisor estaba funcionando.
Pudo oír su zumbido antes incluso de ver la gaseosa luz azulada de sus lámparas. Y por la rendija bajo la puerta del cubo de cartón embreado se escapaba más luz. Encontró el tirador, hizo una pausa, y luego lo hizo girar rápidamente; la puerta se abrió sin la menor resistencia, casi como si alguien dentro le hubiera estado esperando.
Una voz íntima y amigable estaba murmurando, y Eldon Blaine miró a su alrededor, asustado, esperando ver —increíble— al focomelo. Pero la voz surgía de una radio montada en un banco de trabajo repleto de herramientas e instrumentos medidores y piezas de repuesto en completo desorden. Era Dangerfield quien seguía hablando, aunque su Satélite ya debía estar seguramente fuera de onda. Un contacto con el Satélite como nunca nadie había logrado, comprendió. Incluso tienen esto, aquí en West Marin. ¿Pero por qué estaba funcionando el gran transmisor? ¿Para qué servía? Empezó a mirar apresuradamente a su alrededor..
La grave e íntima voz de la radio cambió bruscamente; se hizo dura, cortante.
—Hombre de las gafas —dijo—, ¿qué hace usted en mi casa? —era la voz de Hoppy Harrington, y Eldon se inmovilizó asombrado, frotándose perplejo la cabeza, intentando comprender y sabiendo a un nivel profundo e instintivo que no lo lograría... que no lo lograría nunca.
—Hoppy —consiguió decir—, ¿dónde está usted?
—Estoy aquí —dijo la voz de la radio—. Me estoy acercando. Quédese donde está, hombre de las gafas. —La puerta de la habitación se abrió y Hoppy Harrington, a bordo de su focomóvil, con sus ojos duros y llameantes, hizo frente a Eldon—, Bienvenido a mi casa —dijo cáusticamente, y su voz surgía ahora de él y del altavoz de la radio al mismo tiempo—. ¿Creía que era el Satélite lo que estaba escuchando por el aparato? —Uno de sus extensores manuales se adelantó y desconectó la radio—. Quizá lo fuera, quizá lo sea algún día. Bien, hombre de las gafas, hable. ¿Qué busca usted aquí?
—Déjeme irme —dijo Eldon—. No busco nada; tan sólo estoy echando un vistazo.
—Desea la radio, ¿verdad? —dijo Hoppy con una voz sin presión. Parecía resignado, no sorprendido en absoluto.
—¿Por qué está funcionando su transmisor? —dijo Eldon.
—Porque estoy transmitiendo al Satélite.
—Si me deja ir —dijo Eldon—, le daré todas las gafas que tengo. Representan meses de rebuscar por todas partes de California del Norte.
—No lleva gafas consigo esta vez —dijo el focomelo—. No veo su cartera, al menos. Pero por lo que a mí respecta puede irse; no ha hecho nada malo aquí. No le he dado oportunidad. —Se echó a reír, de aquella manera seca y cortada.
—¿Está intentando hacer que baje el Satélite? —dijo Eldon.
El focomelo se lo quedó mirando.
—Eso es —dijo Eldon—. Está intentando con el transmisor poner en funcionamiento la última fase de la cápsula, que nunca fue utilizada; pretende que actúe como un retrocohete para que vuelva a entrar en la atmósfera y eventualmente llegue de vuelta al suelo.
—No podría hacerlo —dijo finalmente Hoppy—. Ni aunque lo deseara.
—Usted puede actuar sobre las cosas a distancia.
—Le diré lo que hago, hombre de las gafas. —Haciendo avanzar su carrito por delante de Eldon, el focomelo tendió un extensor y tomó un objeto de su banco de trabajo—. ¿Conoce usted esto? Es una cinta grabada. Será transmitida al Satélite a una tremenda velocidad, de tal modo que horas de información quedarán condensadas en unos pocos minutos. Y al mismo tiempo, todos los mensajes que el Satélite haya recibido durante su recorrido me serán transmitidos del mismo modo, a ultravelocidad. Así es como estaba diseñado para operar en un principio, hombre de las gafas. Antes de la Emergencia, antes de que el sistema decodificador de aquí abajo se perdiera.
Eldon Blaine miró a la radio en el banco de trabajo y luego lanzó una ojeada furtiva a la puerta. El focomóvil se había movido de tal modo que ya no se interponía entre él y la puerta. Se preguntó si lo conseguiría, si tendría una oportunidad.
Puedo transmitir a una distancia de quinientos kilómetros —estaba diciendo Hoppy—. Puedo conectar con todos los receptores de California del Norte, pero eso es todo, por transmisión directa. Pero enviando mis mensajes al Satélite para que éste los grabe y luego los difunda una y otra vez a medida que va pasando por encima de...
—Podrá contactar con todo el mundo —dijo Eldon.
—Exacto —dijo Hoppy—. El tiene toda la maquinaria que se necesita; obedecerá todas las instrucciones que se le den desde el suelo.
—Y entonces usted será Dangerfield —dijo Eldon.
El focomelo sonrió y tartamudeó:
—Y nadie notará la diferencia. Puedo hacerlo; lo tengo todo previsto. ¿Cuál es la otra alternativa? El silencio. El Satélite callará algún día, y no tardará mucho. Y entonces la única voz que une a todo el mundo desaparecerá, y el mundo se degradará. Estoy preparado para cortar las emisiones de Dangerfield en cualquier momento a partir de ahora. Tan pronto como esté seguro de que se está muriendo realmente.
—¿Sabe él algo de usted?
—No —dijo Hoppy.
—Le diré lo que pienso —dijo Eldon—. Pienso que Dangerfield está muerto desde hace mucho tiempo, y que realmente es a usted a quien estamos escuchando todos. —Mientras hablaba, se acercó lentamente a la radio en el banco de trabajo.
—En absoluto —dijo el focomelo, en tono serio. Tras un instante añadió—: Pero no va a durar mucho. Es sorprendente que haya sobrevivido en tales condiciones; los militares hicieron un buen trabajo eligiéndole a él.
Eldon Blaine tomó rápidamente la radio, sujetándola con ambos brazos, y echó a correr hacia la puerta.
Sorprendido, el focomelo se le quedó mirando con la boca abierta; Eldon vio la expresión del rostro de Hoppy y luego ya estaba fuera, corriendo en la oscuridad hacia el coche de la policía estacionado cerca. Lo he distraído, se dijo Eldon. Ese pobre maldito foco no tenía la menor idea de lo que yo iba a hacer. Y toda esa cháchara... ¿qué demonios significa? Nada. Manías de grandeza; desearía estar sentado aquí abajo y hacerse oír por todo el mundo, recibir a todo el mundo, convertirlo en su auditorio... pero nadie puede hacer eso, excepto Dangerfield; nadie puede manejar los instrumentos del Satélite desde aquí abajo. El foco tendría que estar ahí dentro, arriba, y eso es imposible...
Algo lo agarró por la nuca.
¿Qué ocurre?, se preguntó Eldon Blaine mientras caía de bruces, aferrando aún la radio. El está ahí detrás en la casa y yo estoy aquí fuera. Acción a distancia... me ha cogido. ¿Era yo el que estaba equivocado? ¿Puede realmente actuar desde tan lejos?
La cosa que lo sujetaba por el cuello apretó.


XI

Tomando la primera hoja mimeografiada del News & Views de West Marin, el pequeño periódico bimensual que editaba, Paul Dietz releyó críticamente la noticia de cabecera que había escrito él mismo.

HOMBRE DE BOLINAS MUERE CON EL CUELLO ROTO

Hace cuatro días, Eldon Blaine, un tratante de gafas de Bolinas, California, que realizaba una visita de negocios por esta parte del país, fue hallado muerto a un lado de la carretera, con el cuello roto y marcas indicando violencia cometida por una mano desconocida. Earl Colvig, Jefe de la Policía de West Marin, ha iniciado una extensa investigación, y está interrogando a todas las personas que vieron a Blaine aquella noche.

Aquél era todo el artículo, y Dietz, releyéndolo, se sintió profundamente satisfecho; era una buena cabecera para aquella edición de su periódico... mucha gente estaría interesada, y quizá para la próxima edición consiguiera más anunciantes Su principal fuente de ingresos provenía de Andy Gill, que anunciaba siempre su tabaco y licores, y Fred Quinn, el farmacéutico, y por supuesto algunos ocasionales pequeños anuncios por palabras. Pero no era como en los viejos tiempos.
Naturalmente, lo que había eludido decir en su artículo era el hecho de que el hombre de las gafas de Bolinas no había acudido a West Marin con buenas intenciones; todo el mundo lo sabía. Había habido incluso especulaciones acerca de que había venido para llevarse a su arreglalotodo. Pero como eso era una mera conjetura, no podía imprimirlo.
Pasó a la siguiente noticia en orden de importancia.

DANGERFIELD DICE ESTAR ENFERMO

Las personas que siguen las emisiones nocturnas del Satélite informan que Walt Dangerfield declaró el otro día que «estaba enfermo, probablemente con una afección ulcerosa o coronaria», y que necesitaba atención médica. Según se nos ha informado, se notó mucha preocupación entre las personas que ocupaban el Forester’s Hall. El señor Cas Stone, que informó al News & Views de ello, ha declarado que en última instancia podría ser consultado su especialista personal en San Rafael, y se discutió sin llegar a tomar ninguna decisión el que Fred Quinn, propietario de la farmacia de Point Reyes, se dirigiera al Cuartel General del Ejército en Cheyenne a fin de ofrecerles fármacos para ser enviados a Dangerfield.

El resto del periódico consistía en noticias locales de menor interés; quién había comido con quién, quién había visitado a quién en la ciudad de al lado... le dirigió una breve ojeada, se aseguró que los anuncios quedaban bien impresos, y empezó á sacar más copias.
Por supuesto, había noticias que no aparecían en el periódico, noticias que nunca podrían ser publicadas. Hoppy Harrington aterrorizado por una niñita de siete años, por ejemplo. Dietz soltó una risita pensando en los informes que había recibido acerca del espanto del foco, de sus primeras reacciones en público. La señora Bonny Keller tenía otra aventura, esta vez con el nuevo maestro de escuela, Hal Barnes... hubiera sido una sabrosa noticia. Jack Tree, criador local de ovejas, acusaba a personas no nombradas (por milésima ver) de robarle sus ovejas. ¿Qué más? Déjame ver, pensó. Un famoso experto en tabaco, Andrew Gill, visitado por una persona desconocida de la ciudad, probablemente con relación a una posible fusión de su negocio de tabaco y licores con algún potente sindicato de la ciudad, aún desconocido. Frunció el ceño ante aquello. Si Gill se marchaba de la zona, el News & Views perdería a su más constante cliente; aquello no sería bueno.
Quizá debiera publicar eso, pensó. Soliviantar los sentimientos locales hacia lo que Gill pretenda hacer. Influencias extrañas se inmiscuyen en los negocios locales del tabaco... Podría titularlo así. Personas extranjeras, de cuestionable origen, vistas por la región. Una cosa como ésta. Quizá sirviera para disuadir a Gill; después de todo, es un recién llegado, es receptivo. Está aquí tan sólo desde la Emergencia. Realmente no es uno de nosotros.
¿Quién era aquel siniestro individuo que había sido visto hablando con Gill? Todo el mundo se sentía curioso. A nadie le gustaba. Algunos decían que era un negro; algunos pensaban que eran quemaduras de radiaciones... un negro de guerra, como se les llamaba.
Quizá termine ocurriéndole lo mismo que al hombre de las gafas de Bolinas, conjeturó Dietz. Porque hay aquí demasiada gente a la que no le gustan las ingerencias de gente de fuera; es peligroso venir a meter la nariz en nuestros asuntos.
La muerte de Eldon Blaine le recordaba, naturalmente, la de Austurias... aunque esa última se había producido legalmente, a la vista de todos, con intervención del Consejo de Ciudadanos y un Jurado. De todos modos, esencialmente eran muy poco diferentes; ambas habían sido la legítima expresión de los sentimientos de la comunidad. Como lo sería también la repentina desaparición de este mundo del negro o negro de guerra o quienquiera que fuese el que rondaba a Gill... e incluso quizá fuera posible que el propio Gill sufriera alguna represalia.
Pero Gill tenía amigos poderosos; por ejemplo, los Keller. Y mucha gente dependía de sus cigarrillos y licores; tanto Orion Stroud como Cas Stone eran clientes asiduos. Así que probablemente Gill estaba a salvo.
Pero no el negro, se dijo Dietz. No me gustaría estar en sus zapatos. Viene de la ciudad y no se da cuenta de los profundos sentimientos de una comunidad pequeña. Somos íntegros aquí, y no tenemos intención de ver nuestra integridad violada.
Quizás habría que hacérselo ver drásticamente. Quizás haya aún otra muerte. Una muerte negra. Y en muchos aspectos ésas son las más satisfactorias.

Bajando por la calle central de Point Reyes, Hoppy Harrington se envaró bruscamente en el centro de su focomóvil al ver a un hombre de piel oscura que le resultaba familiar. Era un hombre al que había conocido hacía años, con el que había trabajado en la Modern TV, Ventas y Reparaciones; se parecía a Stuart McConchie.
Pero entonces el foco llegó a la conclusión de que se trataba de otra de las imitaciones de Bill.
Se sintió aterrado al pensar en el poder de la criatura que anidaba dentro de Edie Keller; puede hacer esto en plena luz del día, ¿y qué tengo yo para defenderme? Al igual que con la voz de Jim Fergesson la otra noche, se había dejado coger; lo había atrapado, pese a sus propias enormes posibilidades. No sé qué hacer, se dijo frenéticamente; siguió bajando la calle, hacia la figura de piel oscura. No desapareció.
Quizá, pensó, Bill sabe lo que le hice al hombre de las gafas. Quizá me esté devolviendo el golpe. Los niños hacen cosas así.
Hizo girar su carrito por una calle lateral y lo aceleró, huyendo de la proximidad de la imitación de Stuart McConchie.
—Hey —dijo una voz, en tono de advertencia.
Mirando a su alrededor, Hoppy descubrió que había estado a punto de arrollar al doctor Stockstill. Apesadumbrado, frenó su focomóvil hasta detenerlo.
—Lo siento. —Miró ceñudamente al doctor, pensando que aquél era también un hombre al que había conocido en los viejos días, antes de la Emergencia; Stockstill había sido un psiquiatra que tenía su consulta en Berkeley, y Hoppy lo había visto muchas veces por la avenida Shattuck. ¿Qué hacía ahora aquí? ¿Qué había ocurrido que lo decidiera a ir a West Marin, como Hoppy? ¿Era tan sólo una coincidencia?
Y luego el focomelo pensó: quizá Stockstill sea una imitación perpetua, nacida a la existencia el mismo día en que cayó la primera bomba en la zona de la Bahía; aquél era el día en que Bill había sido concebido, ¿no?
Aquella Bonny Keller, pensó; todo emana de ellos. Todos los problemas de la comunidad... el asunto de Austurias, que estuvo a punto de echarlo a rodar todo, de separarnos en dos campos hostiles. Ella se las arregló para que Austurias fuera ejecutado, y realmente era ese degenerado, ese Jack Tree, el que tendría que haber sido eliminado de aquí con sus ovejas; es a él a quien debimos fusilar, y no al anterior maestro de escuela.
Era un buen hombre, una persona encantadora, pensó el foco, recordando al señor Austurias. Y casi nadie —excepto yo— lo apoyó abiertamente en su simulacro de juicio.
—Sé un poco más cuidadoso con tu focomóvil, Hoppy —le dijo ásperamente el doctor Stockstill—. Como un favor personal hacia mí.
—He dicho que lo sentía —respondió Hoppy.
—¿De qué tienes miedo? —dijo el doctor.
—De nada —dijo Hoppy—. No le tengo miedo a nada en todo el mundo. —Y entonces recordó el incidente en el Forester’s Hall, la forma en que se había comportado. Y allí estaba toda la comunidad; el doctor Stockstill lo habría oído comentar, aunque él no hubiera estado presente—. Tengo una fobia —admitió impulsivamente—. ¿Es de su competencia, o ya ha abandonado ese campo? Es algo acerca de sentirme atrapado. Quedé atrapado en un sótano, el día que cayó la primera bomba. Salvé la vida, pero... —se alzó de hombros.
—Entiendo —dijo Stockstill.
—¿Ha examinado usted a la niña de los Keller? —dijo Hoppy.
—Sí —dijo Stockstill.
—Entonces lo sabe —dijo Hoppy, receptivamente—. No es una sola niña, sino dos. Están combinados de alguna manera; usted sabrá probablemente cómo, yo no... ni me importa. Esa niña es una persona anormal, mejor dicho, ella y su hermano, ¿no? —Su amargura afloró—. No se ven anormales. Así que son aceptados. La gente juzga por el exterior, ¿verdad? ¿No lo ha comprobado usted en la práctica de su profesión?
—Más o menos sí —dijo Stockstill.
—He oído —dijo Hoppy— que, de acuerdo con la Ley del Estado, todos los menores anormales, todos los niños que son anormales en algún aspecto, sean o no peligrosos, deben ser llevados a Sacramento, a las autoridades.
No hubo respuesta por parte del doctor; Stockstill se lo quedó mirando en silencio.
—Usted está ayudando a los Keller a infringir la ley —dijo Hoppy.
Tras una pausa, Stockstill dijo:
—¿Qué es lo que pretendes, Hoppy? —Su voz era grave y calmada.
—N... nada —tartamudeó Hoppy—. Sólo que se haga justicia; quiero que la ley sea obedecida. ¿Es eso malo? Yo cumplo la ley. Estoy registrado en el Servicio Eugenésico de los Estados Unidos como... —estuvo a punto de ahogarse con la palabra— mutación biológica. Es horrible pensarlo, pero lo acepto; yo cumplo.
—Hoppy —dijo suavemente el doctor—, ¿qué le hiciste al hombre de las gafas de Bolinas?
Haciendo girar su focomóvil, Hoppy se alejó a toda prisa, dejando solo al doctor.
Qué le hice, pensó Hoppy. Lo maté; y usted lo sabe. ¿Por qué lo pregunta? ¿Qué le importa? El hombre no era de esta zona; no contaba, todos estamos de acuerdo en ello. Y June Raub dice que quería llevárseme, y eso es suficiente para la mayor parte de la gente... es suficiente para Earl Colvig y Orion Stroud y Cas Stone, y ellos son los que rigen esta comunidad, junto con la señora Tallman y los Keller y June Raub.
El sabe que maté a Blaine, comprendió. Sabe mucho de mí, aunque yo nunca le haya dejado examinarme físicamente; sabe que puedo actuar a distancia... pero todo el mundo sabe esto. Sin embargo, es el único que comprende lo que ello significa. Es un hombre instruido.
Si veo de nuevo a esa imitación de Stuart McConchie, pensó bruscamente, lo alcanzaré y lo estrangularé hasta matarlo. Tengo que hacerlo.
Pero prefiero no volver a verlo, pensó. No soporto la muerte; ésa es mi fobia, la tumba: me quedé enterrado allá abajo con la parte de Fergesson que no resultó desintegrada. y fue horrible. Durante dos semanas, con la mitad del hombre que más consideración había mostrado conmigo, más que cualquier otra persona que haya conocido nunca. ¿Qué diría usted, Stockstill, si yo estuviera en su diván de analista? ¿Le interesaría ese tipo de incidente traumático, o ya lo habría oído demasiadas veces en estos últimos siete años?
Esa cosa dentro de Edie Keller vive de algún modo entre los muertos, se dijo Hoppy. A medias en nuestro mundo, a medias en el otro. Se rió amargamente, pensando en el tiempo en que había imaginado que él también podía contactar con el otro mundo... era casi un juego para mí, pensó. Me engañaba a mí mismo más de lo que engañaba a los otros. Y ellos nunca supieron. Stuart McConchie y la rata, Stuart sentado allí comiéndosela con delectación...
Y entonces comprendió. Aquello quería decir que Stuart había sobrevivido; no había resultado muerto en la Emergencia, al menos no al principio, como Fergesson. Así que quizá lo que acababa de ver no era una imitación.
Temblando, detuvo su focomóvil y reflexionó rápidamente.
¿Sabe algo de mí?, se preguntó. ¿Puede meterme en problemas? No, decidió, porque en aquellos días... ¿quién era yo? Sólo una criatura desamparada en un carrito cedido por el Gobierno que estaba feliz porque le habían dado un empleo, un hueso que roer. Ahora las cosas han cambiado. Ahora soy alguien vital para toda la zona de West Marin, se dijo; soy un arreglalotodo de primera.
Regresando por donde había venido, salió de nuevo a la calle principal y buscó con la mirada a Stuart McConchie. Allí estaba, andando en dirección a la factoría de tabacos y alcoholes de Andrew Gill. El foco se preparaba para ir tras él cuando se le ocurrió la idea.
Hizo tropezar a McConchie.
Sentado en medio de su focomóvil, se echó a reír para sí mismo viendo al negro tropezar, estar a punto de caer, y luego recuperar el equilibrio. McConchie miró hacia el suelo, con el ceño fruncido. Luego siguió caminando, más lentamente ahora, observando donde ponía los pies entre el cemento cuarteado y los matojos de hierba que surgían entre las placas.
El foco rodó tras él, y cuando estuvo a uno o dos pasos de distancia dijo:
—Stuart McConchie, el vendedor de televisores que come ratas crudas.
El negro trastabilló como si hubiera chocado contra algo. No se giró; simplemente se quedó allá inmóvil, los brazos extendidos, los dedos separados.
—¿Cómo te prueba la otra vida? —dijo Hoppy.
Tras un momento, el negro dijo con voz ronca:
—Muy bien. —Entonces se giró—. Así que te libraste.
—Miró de arriba a abajo al foco y su vehículo.
—Sí —dijo el foco—. Lo hice. Y sin tener que comer ratas.
—Imagino que eres el arreglalotodo de aquí —dijo Stuart.
—Sí —dijo Hoppy—. Hoppy el sin-manos, el arreglalotodo. Ese soy yo. ¿Y tú qué haces?
—Yo... estoy en un negocio de trampas homeostáticas para alimañas —dijo Stuart.
El foco dejó escapar una risita.
—¿Es algo tan malditamente divertido como eso? —dijo Stuart.
—No —dijo el foco—. Perdóname. Me alegro de que hayas sobrevivido. ¿Quién más lo logró? Ese psiquiatra del otro lado de la Modern... está aquí, Stockstill. Fergesson murió.
Permanecieron un rato en silencio.
—Lightheiser también murió —dijo Stuart—. Al igual que Bob Rubenstein. Y la camarera, Connie, y Tony; supongo que los recuerdas.
—Sí —dijo el foco, asintiendo con la cabeza.
—¿Conociste al señor Crody, el joyero?
—No —dijo el foco—, me temo que no.
—Resultó mutilado. Perdió los dos brazos y se quedó ciego. Pero está vivo en un hospital del Gobierno, en Hayward.
—¿Qué te ha traído hasta aquí? —preguntó el foco.
—Negocios.
—¿Has venido a robar la fórmula de los cigarrillos Gold Label Deluxe Especiales de Andrew Gill? —el foco soltó de nuevo una risita, pero pensó: es cierto. Todos los que vienen aquí desde fuera planean robar o matar; mira a Eldon Blaine, el hombre de las gafas, y eso que venía de Bolinas, un lugar mucho más cerca.
Stuart dijo inexpresivamente:
—Mi trabajo me obliga a viajar; recorro toda la California del Norte. —Tras una pausa añadió—: Eso era particularmente cierto cuando tenía a Eduardo Príncipe de Gales. Ahora tengo un caballo de segunda clase para tirar de mi coche, y necesito más tiempo para ir a cualquier lugar.
—Escucha —dijo Hoppy—, no le digas a nadie que me conocías de antes, me enfadaré mucho si lo haces, ¿entiendes? Desde hace varios años soy una parte vital de esta comunidad, y no deseo que venga nadie y haga cambiar las cosas. Quizá pueda ayudarte algo en tus negocios, y luego podrás irte. ¿De acuerdo?
—De acuerdo —dijo Stuart—. Me iré tan pronto como pueda. —Estudió al foco con tanta intensidad que éste empezó a sentirse incómodo—. Así que has encontrado un lugar para ti —dijo Stuart—. Y bueno. Me alegro.
—Te presentaré a Gill —dijo Hoppy—; eso es lo que haré por ti. Naturalmente, soy muy amigo suyo.
—Estupendo —dijo Stuart, asintiendo—. Te lo agradeceré.
—Y no harás ninguna tontería, ¿entendido? —El foco se dio cuenta de que su voz subía de tono; no podía controlarla—. No robes ni cometas ningún otro crimen, o te ocurrirán cosas terribles... ¿entendido?
El negro asintió gravemente. Pero no parecía estar asustado; no se intimidaba, y el foco empezó a sentirse cada vez más aprensivo. Me gustaría que te largaras, se dijo el foco. Vete de aquí; no me busques problemas. Cómo lamento conocerte; me gustaría no conocer a nadie de fuera de aquí, a nadie de antes de la Emergencia. Es mejor que ni siquiera piense en ello.
—Me oculté debajo de la acera —dijo Stuart de pronto—. Cuando cayó la primera bomba. Me metí en el sótano que había dejado de aquella trampa; fue realmente un buen refugio.
—¿Por qué sacas a relucir todo eso? —se quejó el foco.
—No sé. Pensé que estarías interesado.
—No lo estoy —chilló el foco; aplastó sus extensores manuales contra sus oídos—. No quiero oír ni pensar en nada acerca de aquellos tiempos.
—Bueno —dijo Stuart, pellizcándose meditativamente su labio inferior—. Entonces vamos a ver a ese Andrew Gill.
—Si tú supieras lo que puedo hacerte —dijo el foco—, te asustarías. Puedo... —se interrumpió; había estado a punto de mencionar a Eldon Blaine, el hombre de las gafas—. Puedo mover cosas —dijo—. Desde muy lejos. Es una forma de magia; ¡soy un mago!
—Eso no es mágico —dijo Stuart. Su voz era inexpresiva—. Nosotros le llamamos monstruhabilidades. —Sonrió.
—N... no —tartamudeó Hoppy—. ¿Qué quieres decir con eso? «Monstruhabilidades». Nunca he oído esa palabra. ¿Algo así como magihabilidades?
—Sí, pero hechas por monstruos. Por gente anormal.
No tiene miedo de mí, se dio cuenta Hoppy. Porque me conocía de los viejos tiempos, cuando yo no era nadie. No había nada que hacer; el negro era demasiado estúpido como para comprender que todo había cambiado... él seguía siendo como había sido antes, hacía siete años, cuando Hoppy lo había visto por última vez. Era tan inerte como una roca.
Hoppy pensó entonces en el Satélite.
—Espera un poco —le dijo agitadamente a Stuart—. Muy pronto incluso vosotros, la gente de la ciudad, sabréis de mí; todo el mundo sabrá de mí, no sólo los que viven por aquí cerca. Y eso no va tardar mucho; ¡estoy casi listo!
Sonriendo tolerantemente, Stuart dijo:
—Impresióname primero presentándome al hombre del tabaco.
—¿Sabes lo que puedo hacer? —dijo Hoppy—. Puedo robarle a Andrew Gill su fórmula de su caja fuerte o de donde la tenga, y metértela entre las manos. ¿Qué dices a eso?
—Sonrió.
—Tan sólo preséntamelo —repitió Stuart—. Es lo único que deseo; su fórmula del tabaco no me interesa. —Parecía aburrido.
Temblando de rabia y de ansiedad, el foco hizo girar su focomóvil en dirección a la pequeña factoría de Andrew Gill y se encaminó hacia allá.

Andrew Gill levantó la vista de su tarea de enrollar cigarrillos para mirar a Hoppy Harrington —por el que nunca había sentido ningún aprecio— entrar en la fábrica con un negro —al que no conocía—. Se sintió inmediatamente intranquilo. Dejó su papel de liar y se puso en pie. A su lado en la larga mesa los demás enrolladores, sus empleados, siguieron trabajando.
Empleaba en total a ocho hombres, sólo en el Departamento de Tabacos. La Destilería, que producía coñac, empleaba a otros doce hombres, pero estaba al norte, en el Condado de Sonoma. No era gente de la zona. La suya era la empresa comercial más importante de West Marin, sin contar los negocios agrícolas tales como los de Orion Stroud o el criadero de ovejas de Jack Tree, y vendía sus productos por toda California del Norte; sus cigarrillos se iban extendiendo poco a poco, de ciudad en ciudad, y había oído decir que eran conocidos incluso en la Costa Este.
—¿Qué hay? —le dijo a Hoppy. Se situó frente al cochecito del foco, haciéndole detenerse así a una cierta distancia de la zona de trabajo. Antes el local había sido la panadería de la ciudad; construido con cemento, había sobrevivido al estallido de las bombas, y resultaba un lugar ideal para él. Y por supuesto no les pagaba casi nada a sus empleados, que pese a todo estaban contentos de tener un trabajo que les diera un salario, por exiguo que fuese.
—Este hom... hombre —tartamudeó Hoppy— viene desde Berkeley para verle, señor Gill; es un importante hombre de negocios, dice. ¿No es así? —el foco se giró hacia el negro—. Eso es lo que me has dicho, ¿no?
Tendiéndole la mano, el negro le dijo a Gill:
—Represento a la Compañía Hardy de Trampas Homeostáticas para Alimañas de Berkeley, California. He venido aquí para hablar con usted de una proposición sensacional que puede triplicar sus beneficios en un plazo de seis meses.
—Sus oscuros ojos brillaban. Hubo un silencio.
Gill reprimió el impulso de soltar una carcajada.
—Ya veo —dijo, asintiendo y metiéndose ostensiblemente las manos en los bolsillos; adoptó un aire muy serio—. Muy interesante, señor... —miró interrogativamente al negro.
—Stuart McConchie —dijo el negro.
Se dieron la mano.
—Mi patrón, el señor Hardy —dijo Stuart—, me ha dado poderes para describirle en detalle el diseño de una máquina de liar cigarrillos completamente automática. Nosotros, en Homeostáticos Hardy, sabemos que todos sus cigarrillos son enrollados enteramente a la antigua usanza, a mano. —Señaló hacia los empleados trabajando al fondo de la nave—. Ese método tiene cien años de antigüedad, señor Gill. Usted ha conseguido una magnífica calidad en sus cigarrillos Gold Label Deluxe Especiales...
—Que deseo mantener —dijo Gill suavemente.
—Nuestro equipo electrónico automatizado —dijo McConchie— no sacrificará la calidad por la cantidad. De hecho...
—Espere —dijo Gill—. No deseo discutir esto por el momento. —Miró hacia el foco, que había estacionado su carrito cerca de ellos y escuchaba. El focomelo enrojeció y se retiró un poco más lejos con su vehículo.
—Me voy —dijo—. Eso no me interesa; adiós. —Rodó hacia la puerta de la factoría y salió a la calle. Los dos hombres lo contemplaron hasta que desapareció.
—Es nuestro arreglalotodo —dijo Gill. McConchie fue a hablar, luego cambió de opinión, carraspeó y se apartó unos pocos pasos, examinando el local y los hombres que trabajaban.
—Tiene usted un hermoso lugar aquí, Gill. Quiero expresarle lo mucho que admiro su producto; es el primero en su campo, no hay la menor duda al respecto.
No había oído hablar así desde hacía siete años, se dijo Gill. Es difícil de creer que existan aún tipos así en el mundo; han cambiado demasiadas cosas, y, sin embargo, aquí está este hombre McConchie, intacto, como antes. Gill sintió una oleada de placer. Aquel modo de hablar tan típico del vendedor le recordaba otros tiempos más felices. Se sintió amigablemente inclinado hacia el hombre.
—Gracias —dijo, sinceramente. Quizás el mundo, al fin y al cabo, estaba empezando realmente a recuperar algunas de sus antiguas maneras, algunas de sus cortesías y costumbres y preocupaciones, todo lo que había ayudado a hacerlo tal como había sido. Esto, pensó, este modo de hablar de McConchie; es auténtico. Es una pervivencia, no una simulación; ese hombre ha conseguido de algún modo conservar su punto de vista, su entusiasmo, a través de todo lo que ha ocurrido... planea, piensa, convence... nada puede detenerlo.
Es simplemente un buen vendedor, concluyó Gill. Ni siquiera una guerra de hidrógeno, ni el colapso de la sociedad, lo han desanimado.
—¿Qué le parecería una taza de café? —dijo Gill—. Me tomaré un descanso de diez o quince minutos, y así usted podrá explicarme algo más acerca de esa máquina automática o lo que sea.
—¿Auténtico café? —dijo McConchie, y la placentera y optimista máscara se deslizó por un instante de su rostro; boqueó hacia Gill, con una desnuda y feroz avidez.
—Lo siento —dijo Gill—. Es un sucedáneo, pero no es malo; creo que le gustará. Es mejor que el que venden en la ciudad, en esos llamados «cafés». —Fue a tomar un pote de agua.
—Tiene aquí una buena instalación —dijo McConchie, mientras esperaban a que se calentara el café—. Muy impresionante e industriosa.
—Gracias —dijo Gill.
—Venir aquí es un sueño que acariciaba desde hace mucho tiempo —prosiguió McConchie—. Me ha tomado una semana hacer el viaje, y no dejé de pensar en él desde que fumé mi primer Gold Label Deluxe Especial. Es... —Buscó las palabras que mejor expresaran sus pensamientos—. Una isla de civilización en estos tiempos bárbaros.
—¿Qué piensa usted de la región en sí? —dijo Gill—. Un pueblo pequeño como éste, comparado con la vida en la ciudad... es muy diferente.
—Apenas acabo de llegar —dijo McConchie—. He venido directamente a verle a usted; no he tenido tiempo de echar un vistazo. Mi caballo necesitaba una nueva herradura en su pata delantera derecha y lo he dejado en el primer establo, apenas cruzar el pequeño puente metálico.
—Oh, sí —dijo Gill—. Pertenece a Stroud; sé donde quiere decir. Su herrero le hará un buen trabajo.
—La vida parece mucho más apacible aquí —dijo McConchie—. En la ciudad, si uno deja su caballo... bueno, hace muy poco tuve que dejar el mío para cruzar la Bahía, y cuando regresé alguien se lo había comido; son las cosas como ésa las que hacen que uno se disguste con la ciudad y desee abandonarla.
—Entiendo —dijo Gill, asintiendo—. La vida es brutal en la ciudad, porque todavía hay demasiada gente sin hogar y sin recursos.
—Yo realmente quería a aquel caballo —dijo McConchie, con expresión dolida.
—Bueno —dijo Gill—, en el campo uno debe enfrentarse constantemente con la muerte de los animales; siempre ha sido una de las contingencias más desagradables de la vida rural. Cuando cayeron las bombas, miles de animales resultaron horriblemente dañados en esta zona; ovejas y vacas... pero no puede compararse por supuesto con el horrible daño sufrido por las vidas humanas allá de donde viene usted. Imagino que debe haber visto mucha miseria humana desde el Día E.
El negro asintió.
—Eso y las mutaciones. Fenómenos tanto en los animales como en las personas. Por ejemplo, Hoppy...
—Hoppy no es originario de esta zona —dijo Gill—. Apareció aquí después de la guerra en respuesta a nuestra solicitud de un arreglalotodo. Y yo tampoco soy de aquí; estaba de paso el día en que cayó la bomba, y elegí quedarme.
El café estaba ya a punto. Los dos hombres bebieron. Ninguno habló durante un tiempo.
—¿Qué tipo de trampas contra alimañas construye su compañía? —preguntó Gill al cabo de un rato.
—No son del tipo pasivo —dijo McConchie—. Son homeostáticas, es decir, se dan instrucciones a sí mismas, de modo que si persiguen por ejemplo a una rata, o a un gato o a un perro, por la red de túneles que estas alimañas han excavado debajo de Berkeley... persiguen a una rata tras otra, matando a una y corriendo hacia la próxima... hasta que se les termina el combustible o por casualidad una rata consigue destruirlas. Hay ratas muy inteligentes, ya sabe, mutaciones que han subido un peldaño en la escala de la evolución, que saben cómo inutilizar una Trampa Homeostática para Alimañas Hardy. Pero son muy pocas.
—Impresionante —murmuró Gill.
—Ahora, respecto a nuestra máquina enrolladora de cigarrillos...
—Amigo mío —dijo Gill—, me gusta usted, pero... hay un problema. No tengo dinero para comprarle su máquina, ni nada que poder ofrecerle en intercambio. Y no tengo intención de dejar que nadie entre como asociado en mi negocio. Así que, ¿qué otra posibilidad me queda? —Sonrió—. Tengo que continuar como hasta ahora.
—Espere —dijo inmediatamente McConchie—. Tiene que haber una solución. Quizá podamos alquilarle una máquina liadora de cigarrillos Hardy a cambio de un número x de cigarrillos, de su variedad Gold Label Deluxe Especiales, por supuesto, entregados semanalmente durante un número x de semanas. —Su rostro resplandeció animadamente—. Por ejemplo, la Compañía Hardy podría convertirse en el único distribuidor autorizado de sus cigarrillos; le representaríamos por todos lados, desarrollaríamos una red sistemática de puntos de venta por toda California del Norte, en lugar del sistema al azar que aparentemente emplea usted. ¿Qué dice al respecto?
—Hummmm —dijo Gill—. Debo admitir que suena tentador. Admito que la distribución no ha sido nunca mi punto fuerte... Hace varios años que pienso en la necesidad de poner en marcha una organización, especialmente estando mi fábrica ubicada en una zona rural. Incluso he pensado en trasladarme a la ciudad, pero los robos y el vandalismo son demasiado grandes allí. Y, además, no deseo trasladarme a la ciudad; ésta es mi casa, aquí.
No dijo nada acerca de Bonny Keller. Aquélla era su auténtica razón de quedarse en West Marin; su relación con ella había terminado hacía años, pero ahora estaba más enamorado de ella que nunca. La había visto pasar de hombre a hombre, sintiéndose más insatisfecha con cada uno de ellos, y Gill creía en el fondo de su corazón que algún día volvería a él. Y Bonny era la madre de su hija; sabía que Edie Keller era suya.
—¿Está seguro —dijo repentinamente— que no ha venido usted aquí para robarme la fórmula de mis cigarrillos?
McConchie se echó a reír.
—Se ríe —dijo Gill—, pero no responde a mi pregunta.
—No, no es por eso que estoy aquí —dijo el negro—. Nuestro negocio son las máquinas electrónicas, no los cigarrillos. —Pero a Gill le pareció que había algo evasivo en su rostro, y su voz era demasiado segura, demasiado indiferente. De pronto Gill se sintió intranquilo.
¿O es mi mentalidad rural?, se dijo. El aislamiento me está trabajando; sospecho de todos los recién llegados... de cualquier extraño.
De todos modos será mejor que esté atento, decidió. No me voy a dejar arrastrar tan sólo porque este hombre me recuerde los buenos tiempos de antes de la guerra. Debo inspeccionar su máquina con la mayor atención. Después de todo, podría pedirle a Hoppy que me diseñara y me construyera una máquina así; parece perfectamente capaz de hacerlo. Podría hacer todo lo que me propone completamente por mí mismo.
Quizá estoy demasiado solo, pensó. Eso debe ser; noto a faltar las gentes de la ciudad y su forma de pensar. El campo se me viene encima... Point Reyes y su News & Views lleno de sus mediocres chismes mimeografiados.
—Puesto que hace tan poco tiempo que abandonó la ciudad —dijo en voz alta—, dígame qué noticias interesantes ha habido últimamente, tanto nacional como internacionalmente, que no hayan llegado hasta aquí. Captamos el Satélite, por supuesto, pero francamente estoy hastiado de oír a ese disc jockey y su música. Y esas interminables lecturas.
Ambos se echaron a reír.
—Entiendo a qué se refiere —dijo McConchie, sorbiendo su café y asintiendo—. Bueno, déjeme ver. He creído entender que se intenta poner de nuevo en marcha la producción de automóviles, en algún lugar entre las ruinas de Detroit. En su mayor parte estarán construidos de contrachapado de madera, pero funcionarán con gasolina.
—No veo de dónde van a sacar la gasolina —dijo Gill—. Antes de construir coches lo mejor sería que pusieran de nuevo en funcionamiento algunas refinerías. Y reparar un poco las carreteras principales.
—Oh, algo así piensan hacer. El Gobierno planea volver a abrir una de las carreteras que atraviesan las Montañas Rocosas dentro de este año, no sé cuando. Por primera vez desde la guerra.
—Esas son buenas noticias —dijo Gill, complacido—. No lo sabía.
—Y las Compañías Telefónicas...
—Espere —dijo Gill, levantándose—. ¿Qué le parece un poco de coñac en su café? ¿Cuánto tiempo hace desde que bebió por última vez un café con unas gotas de coñac?
—Años —dijo Stuart McConchie.
—Aquí tengo un Gill Cinco Estrellas. Hecho por mí. Procedente del valle de Sonoma. —Le echó un chorro en la taza de McConchie, de una botella baja y ventruda.
—He aquí algo que tal vez le interese —McConchie rebuscó en el bolsillo de su chaqueta y extrajo algo plano y doblado. Lo abrió, lo desplegó, y Gill vio que era un sobre.
—¿Qué es? —Lo tomó y lo examinó, sin ver nada anormal. Un sobre ordinario con una dirección, un timbre matasellado... y entonces comprendió, y no pudo dar crédito a sus sentidos. Servicio postal. Una carta de Nueva York.
—Exacto —dijo McConchie—. Enviada a mi patrón, el señor Hardy. Venida desde la Costa Este; ha necesitado tan sólo cuatro semanas. El Gobierno en Cheyenne, los militares; ellos son los responsables. Lo envían parte en globo, parte en camión, parte a caballo. La última etapa se hace a pie.
—Dios santo —dijo Gill. Y se echó un generoso chorro de coñac en su propio café.


XII

—Fue Hoppy quien mató al hombre de las gafas de Bolinas —dijo Bill a su hermana—. Y plantea matar a alguien más luego, y después no puedo decirte lo que hará, pero será algo parecido también.
Su hermana estaba jugando a Roca, Tijeras y Papel, con otros tres niños; se detuvo, saltó en pie, y echó a correr rápidamente hacia el límite de los terrenos de la escuela, donde podía estar sola y hablar con Bill.
—¿Cómo lo sabes? —preguntó, excitada.
—Porque he hablado con el señor Blaine —dijo Bill—. Está ahí abajo ahora, y vendrán más. Me gustaría salir y hacerle daño a Hoppy; el señor Blaine dice que debería hacerlo. Pregúntale de nuevo al doctor Stockstill si puedo nacer. —La voz de su hermano era quejumbrosa—. Si pudiera nacer, aunque fuera tan sólo un momentito...
—Quizá yo pueda hacerle daño —dijo Edie pensativamente—. Pregúntale al señor Blaine cómo podría intentarlo. Le tengo algo de miedo a Hoppy.
—Yo podría hacer imitaciones que lo matarían —dijo Bill— si tan sólo pudiera salir. Tengo algunas que son sensacionales. Deberías oír al padre de Hoppy; lo hago realmente bien. ¿Quieres oírlo? —Con una voz grave, de adulto, dijo—: Veo que Kennedy propone otra de esas reducciones de impuestos. Si piensa que así puede equilibrar la economía está más loco de lo que yo creía que estaba, y para mí lo estaba ya mucho.
—Hazme a mí —dijo Edie—. Imítame a mi.
—No puedo —dijo Bill—. Aún no estás muerta.
¿Cómo es el estar muerto? —dijo Edie—. Algún día lo voy a estar, así que querría saber.
—Es extraño. Tú estás en el fondo de un pozo mirando hacia arriba. Y estás todo plano... bueno, como si estuvieras vacío. Y, ¿sabes?, luego, al cabo de un tiempo, vuelves. Un soplo te arrebata y allá donde eres soplado ¡es aquí de nuevo! ¿Lo sabías? Quiero decir, regresas donde estás tú ahora. Todo gordo y vivo.
—No —dijo Edie—. No lo sabía. —Se sentía aburrida; quería saber más acerca de cómo Hoppy había matado al señor Blaine. Después de un cierto punto, los muertos de ahí abajo ya no tenían interés puesto que nunca hacían nada, simplemente se limitaban a esperar. Algunos de ellos, como el señor Blaine, pensando todo el tiempo en matar, y otros simplemente vegetando... Bill se lo había dicho muchas veces y parecía muy interesado. Pensaba que era importante.
—Escucha, Edie —dijo Bill—, déjame intentar de nuevo la experiencia del animal, ¿eh? Tú atrapa algún animal pequeño y ponlo contra tu vientre, y yo lo intentaré de nuevo y veré si puedo salir fuera y entrar en él, ¿de acuerdo?
—Ya lo hemos intentado —dijo ella, con espíritu práctico.
—¡Déjame intentarlo de nuevo! Elige algo realmente pequeño. Cómo se llaman esas cosas... ya sabes, ésas que tienen cáscara y dejan un rastro de baba.
—Babosas.
—No.
—Caracoles.
—Sí, eso es. Agarra un caracol y ponlo tan cerca de mí como puedas. Ponlo directamente sobre mi cabeza, donde él pueda oírme y yo pueda oírle a él. ¿Lo harás? —Ominosamente, dijo—: Si no lo haces, me dormiré durante todo un año. —Calló.
—Está bien, duerme —dijo Edie—. No me importa. Tengo montones de otra gente con quien hablar, y tú no.
—Me moriré, y tú no serás capaz de soportarlo, ya que tendrás que llevar para siempre una cosa muerta dentro de ti, o... Te diré lo que voy a hacer; ya sé lo que es. Si tú no agarras un animal y lo pones cerca de mí creceré, y muy pronto me habré hecho tan grande que no podrás contenerme y reventarás como un viejo... ya sabes.
—Saco —dijo Edie.
—Sí. Y entonces estaré fuera.
—Tú estarás fuera —admitió ella—, pero simplemente rodarás al suelo y morirás también; no serás capaz de vivir.
—Te odio —dijo Bill.
—Yo te odio más —dijo Edie—. Yo fui quien te odió primero, hace mucho tiempo, cuando te descubrí por primera vez.
—De acuerdo —dijo Bill cansinamente—. Haz lo que quieras, no me importa. En el fondo somos lo mismo.
Edie no dijo nada; regresó junto a las chicas y entró de nuevo en el juego de la Roca, Tijeras y Papel. Era mucho más interesante que cualquier cosa que pudiera decirle su hermano; sabía tan poco, no hacía nada, no veía nada, allí dentro en lo más profundo de ella.
Pero aquella parte acerca de Hoppy apretando el cuello del señor Blaine era interesante. Se preguntó a quién iba a estrangular a continuación Hoppy, y si debía decírselo a su madre o al señor Colvig, el policía.
Repentinamente, Bill habló.
—¿Puedo jugar yo también?
Mirando a su alrededor, Edie se aseguró que ninguna de las otras niñas lo había oído.
—¿Puede jugar mi hermano? —preguntó.
—Tú no tienes ningún hermano —dijo despectivamente Wilma Stone.
—Es una invención —le recordó Rose Quinn—. Así que adelante si juega. —Dirigiéndose a Edie, dijo—: Puede jugar.
—Uno, dos, tres —dijeron las niñas, cada una de ellas adelantando una mano con todos los dedos, ninguno, o dos extendidos.
—Bill es las tijeras —dijo Edie—. Así que te pega a ti, Wilma, porque las tijeras cortan el papel, y tú le pegas a él, Rose, porque la roca aplasta a las tijeras, y él está ligado a mí.
—¿Cómo puedo pegarle? —dijo Rose.
Tras una reflexión, Edie dijo:
—Pégame a mí muy flojo aquí —se señaló un lado, justo a la altura del cinturón de su falda—. Hazlo con el canto de la mano, y ve con cuidado porque es delicado.
Rose, con cuidado, le golpeó allí. Bill dijo dentro de ella:
—De acuerdo. La pillaré la próxima vez.
El padre de Edie, el director de la escuela, llegó a través del terreno de juego, y junto a él iba el señor Barnes, el nuevo maestro. Se detuvieron brevemente junto a las tres niñas, sonriendo.
—Bill también está jugando —le dijo Edie a su padre—. Le acaban de pegar.
George Keller sonrió.
—A eso se le llama tener imaginación —le dijo al señor Barnes—. Uno siempre tiene que sorprenderse.
—¿Cómo va a pegarme Bill a mí? —dijo Wilma aprensivamente; se apartó un poco y miró al director y al maestro—. Va a pegarme —explicó—. No lo hagas muy fuerte —dijo, hablando en dirección a Edie—. ¿De acuerdo?
—Él no puede pegar fuerte —dijo Edie—, ni aunque quisiera hacerlo. —Frente a ella, Wilma se sobresaltó ligeramente—. ¿Lo ves? —dijo Edie—. Esto es todo lo que puede hacer, aunque intente hacerlo con todas sus fuerzas.
—No me ha pegado —dijo Wilma—. Tan sólo me ha asustado. No tiene muy buena puntería.
—Es porque no puede ver —dijo Edie—. Quizá sería mejor que yo pegara en su lugar; seria más equitativo. —Se inclinó hacia delante y dio un rápido golpecito a Wilma en la muñeca—. Ahora empecemos otra vez. Uno, dos, tres.
—¿Por qué no puede ver, Edie? —preguntó el señor Barnes.
—Porque no tiene ojos —dijo ella.
—Bueno, no deja de ser una respuesta razonable —dijo el señor Barnes a su hija. Ambos se echaron a reír y se alejaron.
—Si tú atraparas un caracol —dijo su hermano en el interior de Edie— yo podría salir por un momento, y quizá pudiera arrastrarme un poco y ver. Los caracoles pueden ver, ¿verdad? Una vez me dijiste que tienen ojos en la punta de sus bastones.
—Cuernos —corrigió Edie.
—Por favor —dijo Bill.
Ya sé lo que voy a hacer, pensó ella; atraparé una lombriz y la pondré contra mí, y cuando él salga será exactamente igual que ahora... una lombriz no puede ver ni hacer nada excepto cavar, y así va a tener una buena sorpresa.
—De acuerdo —dijo, poniéndose nuevamente en pie—. Buscaré un animal y lo haremos. Espera un minuto hasta que encuentre uno; ante todo hay que ser paciente.
—Hey, muchas gracias —dijo Bill, con voz que dejaba entrever su nerviosismo y su anhelo—. Haré por ti algo a cambio; palabra de honor.
—¿Qué es lo que tú puedes hacer por mí? —dijo Edie, rebuscando entre la hierba en el borde del patio de la escuela alguna lombriz; había visto varias, tras las lluvias de la noche anterior—. ¿Qué puede hacer por nadie una cosa como tú? —Buscó ávidamente, apartando la hierba con dedos ágiles y nerviosos.
Su hermano no respondió; ella sintió su muda pena y se rió interiormente.
—¿Buscas algo que hayas perdido? —dijo una voz de hombre sobre ella. Miró hacia arriba; era el señor Barnes, de pie a su lado, sonriéndole.
—Estoy buscando una lombriz —dijo ella cautelosamente.
—Vaya chica poco remilgada —dijo él.
—¿Con quién estás hablando? —dijo Bill, confundido—. ¿Quién es?
—El señor Barnes —explicó ella.
—¿Sí? —dijo el señor Barnes.
—Estaba hablándole a mi hermano, no a usted —dijo Edie—. Me preguntaba quién era. Es el nuevo maestro —le explicó a Bill.
—Entiendo —dijo Bill—. Puedo captarlo, está tan cerca que es como si lo viera. Conoce a mamá.
—¿Nuestra mamá? —dijo Edie, sorprendida.
—Sí —dijo Bill, con voz intrigada—. No puedo entenderlo, pero la conoce y se ve con ella, y todas las veces cuando no hay nadie mirando. Él y ella... —se interrumpió—. Es algo malo y feo. Es... —jadeó—. No puedo decirlo.
Edie miró a su maestro, con la boca muy abierta.
—¿Y? —dijo Bill, esperanzadamente—. ¿No he hecho algo por ti? Te he contado un secreto que de otro modo nunca hubieras conocido. ¿No es eso algo?
—Sí —dijo Edie lentamente, asintiendo entre brumas—. Creo que sí.

Hal Barnes le dijo a Bonny:
—He visto a tu hija hoy. Y he tenido la nítida impresión de que sabe lo nuestro.
—Oh, Cristo, ¿cómo puede saberlo? —dijo Bonny—. Es imposible. —Adelantó un brazo y subió un poco la mecha de la lámpara de grasa. El salón adquirió una mayor consistencia cuando las sillas y la mesa y los cuadros se hicieron visibles—. De todos modos no importa; a ella le es indiferente.
Pero puede decírselo a George, pensó Barnes.
El pensar en el marido de Bonny le hizo mirar a través de la ventana a la carretera iluminada por la luna. Nada se movía; la carretera estaba desierta y tan sólo el follaje, las ondulantes colinas y la llanura se hallaban a la vista. Una escena apacible, pastoral, pensó. George, como director de la escuela, estaba en la reunión de la Asociación de Padres y Maestros y hasta dentro de algunas horas no volvería a casa. Edie, por supuesto, estaba en la cama; eran las ocho.
Y Bill, pensó. ¿Dónde está Bill, como lo llama Edie? ¿Rondando por la casa, en algún lugar, espiándonos? Se sintió incómodo y se apartó de la mujer sentada a su lado en el diván.
—¿Qué ocurre? —preguntó Bonny, alarmada—. ¿Has oído algo?
—No, pero... —hizo un gesto.
Bonny lo abrazó y lo atrajo hacia ella.
—Dios mío, eres un cobarde. ¿La guerra no te ha enseñado nada acerca de la vida?
—Me ha enseñado el valor de mi existencia —dijo él— y a no malgastarla; me ha enseñado a ser prudente.
Con un gruñido, Bonny se apartó y se sentó circunspectamente, arreglándose la ropa y abotonándose la blusa. Qué contraste entre este hombre y Andrew Gill, que siempre hacía el amor al aire libre, en pleno día, junto a los caminos bordeados de robles de West Marin, donde en cualquier momento podía pasar no importa qué y no importa quién. Cada vez la tomaba como si fuera la primera vez... violentamente, sin preparativos, sin estremecimientos, sin recriminaciones... quizá debiera volver con él, pensó.
Quizá, pensó, debería más bien abandonarlos a todos, a Barnes a George y a esa chiflada de mi hija; debería vivir abiertamente con Gill, desafiar a la comunidad y ser feliz para variar.
—Bien —dijo—, si no vamos a hacer el amor, entonces bajemos al Forester’s Hall y escuchemos el Satélite.
—¿Lo dices en serio? —dijo Barnes.
—Por supuesto —ella fue al armario a tomar su abrigo.
—Entonces —dijo él lentamente—, lo único que deseas es hacer el amor; eso es lo único que te interesa en una relación.
—¿Qué es lo que te interesa a ti? ¿Hablar?
Él la miró melancólicamente, pero no respondió.
—Marica —dijo ella, agitando la cabeza—. Pobre marica. En primer lugar, ¿para qué has venido aquí a West Marin? ¿Sólo para enseñar a los niños pequeños y presumir de experto en la búsqueda de Setas? —Se sentía desbordada por la aversión.
—Mi experiencia de hoy en el patio de juegos... —empezó Barnes.
—Eso no fue ninguna experiencia —interrumpió ella—. Fue tan sólo tu maldito complejo de culpabilidad pateándote la barriga. Vámonos; quiero escuchar a Dangerfield. Al menos cuando habla es divertido escucharle. —Se puso el abrigo, se dirigió rápidamente hacia la puerta y la abrió.
—¿Está bien Edie? —preguntó Barnes cuando ella empezaba a andar camino abajo.
—Seguro —dijo ella, incapaz por el momento de preocuparse. Ojalá arda, se dijo. Melancólicamente, avanzó con rapidez por la carretera, las manos profundamente hundidas en sus bolsillos; Barnes iba un poco detrás, intentando con dificultad mantener la distancia.
Ante ellos aparecieron dos figuras, girando una esquina y surgiendo a la vista; Bonny se detuvo, asustada, pensando que una de ellas era George. Luego vio que el hombre más bajo y rechoncho era Jack Tree y el otro... se esforzó en distinguirlo, mientras reanudaba su caminar como si no ocurriera nada. El otro era el doctor Stockstill.
—Ven —dijo por encima de su hombro, calmadamente, a Barnes. Él avanzó, vacilante, deseando dar media vuelta y echar a correr—. Hola —dijo a Stockstill y a Bluthgeld; o mejor Jack Tree... tenía que recordar que éste era su nombre ahora—. ¿Qué están haciendo, psicoanalizando en medio de la noche? ¿Es más efectivo así? No me sorprendería que lo fuera.
Jadeando, Tree dijo con su voz ronca y rasposa:
—Bonny, lo he visto de nuevo. Es el negro que lo comprendió todo acerca de mí el día en que empezó la guerra, cuando yo me encaminaba a la consulta de Stockstill. Recuerde, usted me envío.
Bromeando, Stockstill dijo:
—Como suele decirse, todos los negros se parecen. Y sea como sea...
—No, es el mismo hombre —dijo Tree—. Me ha seguido hasta aquí. ¿Saben lo que eso significa? —Miró de Bonny a Stockstill y luego a Barnes, los ojos desencajados, rebosando terror—. Significa que todo va a empezar de nuevo.
—¿Qué es lo que va a empezar de nuevo? —dijo Bonny.
—La guerra —dijo Tree—. Porque fue por eso precisamente por lo que empezó la otra vez; el negro me vio y comprendió lo que yo había hecho, supo quien era, y sigue sabiéndolo. Tan pronto como me vea... —se interrumpió, jadeando y atragantándose en su agonía—. Perdónenme —murmuro.
Dirigiéndose a Stockstill, Bonny dijo:
—Hay un negro aquí; es cierto. Lo he visto. Al parecer ha venido para hablar con Gill acerca de la venta de sus cigarrillos.
—No puede ser la misma persona —dijo Stockstill. Ambos se apartaron un poco de los demás, hablando en privado.
—Es probable que lo sea —dijo Bonny—. Pero eso no importa, ya que se trata tan sólo de una de sus ilusiones. Le he oído relatar esta misma historia incontables veces. Había un negro que estaba barriendo la acera y mirándole mientras él se dirigía a su consulta, y aquel día empezó la guerra, y de algún modo los dos acontecimientos han quedado conectados en su mente. Y ahora es probable que haya acabado deteriorándose por completo, ¿no lo cree así? —Parecía resignada; había esperado que aquello ocurriría, un día u otro—. Y así —dijo—, el periodo de precaria estabilidad está llegando a su fin. —Quizá, pensó, para todos nosotros. Así, simplemente... para todos nosotros. No podemos seguir viviendo por siempre de este modo, Bluthgeld con sus ovejas, yo con George... suspiró—. ¿Qué piensa de ello?
—Me gustaría tener un poco de stelazina, pero la stelazina dejó de existir el Día E. Eso le hubiera ayudado. Yo no puedo hacerlo. Ya lo he dejado; usted lo sabe, Bonny. —Él también sonaba resignado.
—Se lo dirá a todos —murmuró ella, mirando a Bluthgeld, que permanecía de pie a un lado, repitiéndole a Barnes lo que acababa de decirles a ella y a Stockstill—. Entonces sabrán quién es, y lo matarán como él teme; en eso tiene razón.
—Yo no puedo impedírselo —dijo Stockstill mansamente.
—Y tampoco le preocupa excesivamente —dijo ella.
Él se alzó de hombros.
Regresando junto a Bluthgeld, Bonny dijo:
—Escuche, Jack, vamos todos nosotros a ver a Gill y a ese negro, y le apuesto lo que quiera a que ni se acuerda de haberlo visto a usted aquel día. ¿Acepta la apuesta? Yo me juego veinticinco centavos de plata.
—¿Por qué dice que usted causó la guerra? —le estaba preguntando Barnes a Bluthgeld. Se giró hacia Bonny con expresión perpleja—. ¿Qué es eso, una psicosis de guerra? Y dice que la guerra va a volver a comenzar. —Se dirigió de nuevo a Bluthgeld—: No es posible que vuelva a ocurrir todo; puedo darle cincuenta buenas razones. En primer lugar, porque ya no queda ninguna arma de hidrógeno. En segundo...
Apoyando su mano en el hombro de Barnes, Bonny dijo con decisión:
—Cállate. —Y a Bruno Bluthgeld—: Vamos todos abajo, y escuchemos el Satélite. ¿De acuerdo?
—¿Qué es el Satélite? —murmuró Bluthgeld.
—Buen Dios —dijo Barnes—. Ni siquiera sabe de qué le estás hablando. Está completamente ido. —Girándose hacia Stockstill, dijo—:
—Escuche, doctor, ¿la esquizofrenia no es cuando una persona pierde toda huella de su cultura y de sus valores? Bien, pues este hombre ha perdido todos sus tornillos; escúchele.
—Lo escucho —dijo Stockstill, con voz remota.
—Doctor —dijo Bonny—, aprecio mucho a Jack Tree. En el pasado fue mucho más que un padre para mí. En nombre de Dios, haga algo por él. No puedo soportar el verlo así; simplemente no puedo soportarlo.
Abriendo sus manos desamparadamente, Stockstill dijo:
—Bonny, piensa usted como una niña. Cree que cualquier cosa puede obtenerse con sólo pensar en ella con la suficiente intensidad. Eso es pensar en la magia. No puedo ayudar a Jack Tree. —Dio media vuelta y echó a andar unos pasos en dirección al pueblo—. Vamos —dijo por encima de su hombro—. Hagamos como ha sugerido la señora Keller; vayamos a sentarnos en el Hall y escuchemos veinte minutos el Satélite, y nos sentiremos todos mucho mejor.
Barnes estaba intentando razonar de nuevo con Jack Tree.
—Permítame señalarle dónde está el error en su falsa lógica. Usted vio a un hombre en particular, un negro, el día de la Emergencia. De acuerdo. Ahora, siete años más tarde...
—Cállate —le dijo Bonny, clavándole los dedos en el brazo—. Por el amor de Dios... —lo soltó y echó a andar tras el doctor Stockstill—. No puedo soportarlo —dijo—. Sé que esto es el fin para él; no sobrevivirá a ello, a esta segunda visión del negro.
Las lágrimas resbalaron por sus ojos; las sintió deslizarse por sus mejillas, caer.
—Maldita sea —dijo amargamente, andando tan rápido como le era posible, delante de todos los demás, en dirección al Forester’s Hall. Ni siquiera recordar el Satélite. Hallarse tan separado de todo, tan deteriorado... Ni siquiera me había dado cuenta de ello. ¿Cómo he podido soportarlo? ¿Cómo es posible una cosa así? Y antes había sido un gran hombre. Alguien que escribía artículos y hablaba por la televisión, que enseñaba y daba conferencias...
Tras ella, Bluthgeld estaba murmurando:
—Sé que es el mismo hombre, Stockstill, porque cuando nos hemos encontrado, mientras yo estaba comprando mis provisiones, me ha dirigido la misma extraña mirada que la otra vez, como si estuviera a punto de burlarse de mí, pero entonces se ha dado cuenta de qué si se burlaba todo volvería a empezar, y esta vez ha tenido miedo. Vio lo que ocurrió la otra vez y ahora sabe. ¿No es esto un hecho, Stockstill? Ahora él sabe. ¿Estoy en lo cierto?
—Dudo que sepa que está usted vivo —dijo Stockstill.
—Pero si tenía que estar vivo —respondió Bluthgeld—, o de otro modo el mundo... —su voz se convirtió en un confuso murmullo y Bonny no entendió el resto; oía tan sólo el sonido de sus propios tacones repiqueteando contra los cuarteados restos del pavimento bajo sus pies.
Y el resto de nosotros, se dijo, también estamos igual de locos. Mi hija con su hermano imaginario, Hoppy moviendo monedas a distancia e imitando a Dangerfield, Andrew Gill enrollando cigarrillo tras cigarrillo a mano, año tras año... sólo la muerte puede librarnos de esto, y quizá ni siquiera la muerte. Quizá ya sea demasiado tarde; arrastraremos con nosotros esta degradación a la próxima vida.
Hubiera sido mejor, pensó, que hubiéramos muerto todos en el Día E; no hubiéramos vivido para ver a los monstruos y a los anormales y a los quemados por las radiaciones y a los animales inteligentes... Nadie de los que empezamos la guerra salimos indemnes de ella. Estoy cansada, me gustaría descansar; me gustaría apartarme de todo esto y tenderme en algún lugar, donde todo estuviera oscuro y nadie hablara. Para siempre.
Y entonces pensó, más prácticamente: quizá todo estriba para mí en que simplemente aún no he encontrado al hombre correcto. Y no es demasiado tarde; todavía soy joven y no he engordado, y como todo el mundo dice mis dientes son perfectos. Todavía puede ocurrir, debo estar atenta.
Ahí delante estaba el Forester’s Hall, el viejo edificio de madera pintado de blanco con las ventanas entabladas... los cristales no habían sido reemplazados y nunca lo serian. Quizá Dangerfield, si aún no había muerto de su úlcera, podría pasar un anuncio por palabras en mi nombre, conjeturó. Pero me pregunto qué pensaría de ello la comunidad. O podría utilizar el News & Views, dejar que ese borrachín de Paul Diezt anunciara mis deseos durante los próximos seis meses o así.
Abriendo la puerta del Forester’s Hall, oyó la amigable y familiar voz de Walt Dangerfield en su lectura grabada; vio las hileras de rostros, la gente escuchando, algunos con ansiedad, otros con relajado placer... vio, sentados directamente en un rincón, a dos hombres, Andrew Gill y a su lado un delgado y apuesto negro joven. Era el hombre que había socavado la frágil estructura de inadaptación de Bruno Bluthgeld, y Bonny se detuvo en el umbral, sin saber qué hacer.
Tras ella llegaron Barnes y Stockstill, y con ellos Bruno; los tres hombres pasaron a su lado y la adelantaron, y Stockstill y Barnes buscaron automáticamente algunas sillas vacías en el atestado local. Bruno, que nunca antes había acudido allí a oír el Satélite, se detuvo confuso, como si no comprendiera qué estaba haciendo toda aquella gente, como si no entendiera nada de las palabras que emanaban de la pequeña radio accionada por baterías.
Desconcertado, Bruno se detuvo junto a Bonny, frotándose la frente y observando a la gente en la habitación; miró hacia ella interrogativamente, con una expresión aturdida, e hizo ademán de seguir a Barnes y Stockstill. Y entonces vio al negro. Se detuvo. Se giró hacia ella, y ahora la expresión de su rostro había cambiado; ella vio una corrosiva y terrible sospecha... la convicción de que comprendía todo lo que estaba viendo.
—Bonny —murmuró—, tiene que hacerlo salir de aquí.
—No puedo —dijo ella, simplemente.
—Si no lo saca de aquí —dijo Bruno—, haré que las bombas caigan de nuevo.
Ella le miró fijamente, y luego se oyó a sí misma decir con una voz seca y cortante:
—¿Realmente? ¿Es eso lo que desea hacer, Bruno?
—Tengo que hacerlo —murmuró él con su voz átona, mirándola como sin verla; estaba completamente absorto en sus propios pensamientos, en los numerosos cambios que se estaban produciendo en su interior—. Lo siento, pero primero haré que las pruebas de bombardeo a gran altitud empiecen de nuevo; así es como empecé la otra vez, y si no es bastante entonces las haré que caigan aquí, y caerán sobre todo el mundo. Por favor perdóneme, Bonny, pero Dios mío, tengo que protegerme. —Intentó sonreír, pero su desdentada boca no respondió más allá de una distorsionada mueca.
—¿Puede realmente hacerlo, Bruno? —dijo Bonny—. ¿Está usted seguro?
—Sí —dijo él, asintiendo. Y estaba seguro; siempre había estado seguro de su poder. Había iniciado la guerra una vez, y podía volver a hacerlo si lo empujaban demasiado lejos; en sus ojos no se veía ninguna duda, la menor vacilación.
—Es un poder aterrador para estar en posesión de un solo hombre —dijo ella—. ¿No resulta extraño que una sola persona posea tanto?
—Si —dijo él—, es todo el poder del mundo unido en una sola mano; yo soy el centro. Dios quiso que fuera así.
—Dios cometió un tremendo error —dijo ella.
Bruno la miró tristemente.
—Usted también —dijo—. Creí que nunca se volvería contra mí, Bonny.
Ella no dijo nada; buscó una silla vacía y se sentó. No prestó más atención a Bruno. No podía; se había preocupado demasiado a lo largo de los años, y ahora ya no tenía nada que darle.
Stockstill, sentado no lejos de ella, se giró y le dijo:
—Habrá visto que el negro está aquí en la habitación.
—Si —asintió ella—, lo sé. —Sentada rígida en su silla, se concentró en las palabras que surgían de la radio; escuchó a Dangerfield e intentó olvidarlos a todos y a todo lo que la rodeaba.
Los acontecimientos se me escapan de las manos, se dijo. Haga lo que haga, le ocurra lo que le ocurra, ya no será culpa mía. Pase lo que pase... a todos nosotros. Ya no puedo aceptar más responsabilidades; ha sido demasiado tiempo, y estoy contenta de que al fin pueda quedarme fuera de todo esto.
Que alivio, pensó. Gracias a Dios.

Ahora todo deberá empezar de nuevo, se dijo Bruno Bluthgeld. La guerra. Porque no hay otra elección; me veo obligado a ello. Lo siento por la gente. Todos ellos deberán sufrir de nuevo, pero quizá así serán redimidos. Quizá a la larga sea beneficiosa.
Se sentó, cruzó las manos, cerró los ojos y se concentró en la tarea de reunir sus poderes. Creced, les dijo a las fuerzas puestas bajo su mando en todas partes en el mundo. Unios y haceros potentes, como lo hicisteis en tiempos pasados. Os necesito de nuevo, a todas vuestras energías.
La voz que surgía del altavoz de la radio, sin embargo, le molestaba y dificultaba su tarea de concentrarse. Cállate, pensó. No debo ser distraído; eso es contrario al Plan. ¿Quién es ése que está hablando? Todos le escuchan... ¿están recibiendo instrucciones de él, es eso?
—¿A quién están escuchando? —le preguntó al hombre sentado a su lado.
El hombre, de una cierta edad, se giró irritadamente para mirarle.
—Es Walt Dangerfield, por supuesto —dijo, en tono de profunda sorpresa.
—Nunca he oído hablar de él —dijo Bruno. Porque nunca había querido oír hablar de él— ¿Desde dónde está hablando?
—Desde el Satélite —dijo despectivamente el hombre de cierta edad, y siguió escuchando.
Ahora lo recuerdo, se dijo Bruno. Es por eso por lo que hemos venido aquí; para escuchar el Satélite. El hombre que habla desde allá arriba.
Sé destruido, pensó en dirección al cielo sobre él. Cállate, porque estás atormentándome deliberadamente, impidiendo mi trabajo.
Bruno aguardó, pero la voz prosiguió.
—¿Por qué no se calla? —preguntó al hombre del otro lado—. ¿Cómo puede continuar?
El hombre, algo sorprendido, dijo:
—¿Se refiere a su enfermedad? Grabó esto hace mucho tiempo, antes de enfermar.
—Enfermo —hizo eco Bruno—. Entiendo. —Había hecho enfermar al hombre del Satélite, y esto era algo, pero no suficiente. Era tan sólo un principio. Muérete, pensó en dirección al cielo y al Satélite de arriba. La voz, sin embargo, prosiguió sin interrumpirse.
¿Tendrás alguna pantalla defensiva erigida contra mí?, se preguntó Bruno. ¿Te habrán provisto de ella? La desmenuzaré; obviamente te has estado preparando durante mucho tiempo para repeler este ataque, pero no te va a servir de nada.
Dejemos que sea un artefacto de hidrógeno, se dijo. Dejemos que estalle lo suficientemente cerca del Satélite de ese hombre como para demolir su capacidad de resistencia. Entonces morirá con la completa conciencia de contra quién se ha enfrentado. Bruno Bluthgeld se concentró, crispando sus manos una contra la otra, aspirando hacia fuera el poder que yacía en las profundidades de su mente.
Y, sin embargo, la lectura prosiguió.
Eres muy fuerte, admitió Bruno. Tenía que admirar a aquel hombre. De hecho, esbozó una ligera sonrisa pensando en ello. Dejemos que sea toda una serie de artefactos de hidrógeno los que estallen ahora, dispuso. Dejemos que su Satélite sea sacudido hacia todos lados; dejemos que descubra la verdad.
La voz de la radio se interrumpió.
Bueno, nunca es tarde, se dijo Bruno. Y dejó que sus poderes se relajaran; suspiró, cruzó los brazos, se alisó el pelo, miró al hombre de su izquierda.
—Ha terminado —observó Bruno.
—Ajá —dijo el hombre—. Bueno, ahora nos dará las noticias... si se encuentra lo suficientemente bien.
Sorprendido, Bruno dijo:
—Pero si está muerto.
El hombre, estupefacto, protestó.
—No puede estar muerto; no lo creo. Lárguese... esta usted chalado.
—Es verdad —dijo Bruno—. Su Satélite ha sido completamente destruido, no queda nada de él ahora. —¿Acaso el hombre no lo sabía? ¿El mundo aún no había sido informado?
—Maldita sea —dijo el hombre—, no sé quién es usted ni por qué dice algo así, pero es usted un tipo cenizo. Aguarde un segundo y podrá oírlo de nuevo; le apuesto cinco centavos metálicos del Gobierno de los Estados Unidos.
La radio seguía silenciosa. La gente empezaba a agitarse en la habitación, murmurando con inquietud y aprensión.
Sí, había empezado, se dijo Bruno. Primero las detonaciones a gran altura, como antes. Y pronto... sobre todo el mundo aquí. El planeta entero aniquilado, como antes, para detener el progresivo avance de la crueldad y la venganza; debe ser detenido antes de que sea demasiado tarde. Miró en dirección al negro y sonrió. El negro pretendía no haberlo visto; pretendía estar discutiendo algo con el hombre sentado a su lado.
Eres consciente de todo, pensó Bruno. Puedo afirmarlo; no conseguirás engañarme. Tú, más que cualquier otro, sabes exactamente lo que se está iniciando.

Hay algo que no va, pensó el doctor Stockstill. ¿Por qué no prosigue Walt Dangerfield su emisión? ¿Habrá sufrido una embolia o algo parecido?
Y entonces observó la torva sonrisa de triunfo en el desdentado rostro de Bruno Bluthgeld. Stockstill comprendió inmediatamente. Se está adjudicando en su propia mente el mérito de ello. La ilusión paranoide de la omnipotencia; cualquier cosa que ocurra es debida a él. Sintiéndose repelido, se giró y movió su silla de modo que no pudiera seguir viendo a Bluthgeld.
Entonces dedicó su atención al joven negro. Sí, pensó, podría ser muy bien el negro vendedor de televisores que abría la tienda al otro lado de la calle frente a mi consulta en Berkeley, hace años. Creo que iré y se lo preguntaré.
Levantándose, se dirigió hacia Andrew Gill y el negro.
—Perdón —dijo, inclinándose hacia ellos—. ¿Por casualidad vivía usted antes en Berkeley y vendía aparatos de televisión en la avenida Shattuck?
—¡Doctor Stockstill! —dijo el negro. Se estrecharon la mano—. Éste es un mundo pequeño —dijo el negro.
—¿Qué le ha ocurrido a Dangerfield? —preguntó Andrew Gill, preocupado. June Raub estaba trasteando con la radio, moviendo diales; algunas personas se estaban arracimando a su alrededor, ofreciendo sus sugerencias y murmurándose unas a otras sus graves preocupaciones—. Creo que éste es el fin. ¿Qué dice usted, doctor?
—Digo —murmuró Stockstill— que si es así se trata de una auténtica tragedia.
Al fondo de la sala, Bruno Bluthgeld se puso en pie y dijo con una voz fuerte y algo ronca:
—La demolición de la existencia ha empezado. Todos los aquí presentes serán merecedores de una consideración especial para que tengan tiempo de confesar sus pecados y arrepentirse si son sinceros.
Se hizo el silencio en toda la sala. La gente, una a una, se giró en su dirección.
—¿Tienen un predicador aquí? —le dijo el negro a Stockstill.
Stockstill se apresuró a decirle a Gill:
—Está enfermo, Andy. Tenemos que sacarlo rápidamente de aquí. Écheme una mano.
—Seguro —dijo Gill, siguiéndole; avanzaron hacia Bluthgeld, que seguía de pie.
—Las bombas de gran altitud que hice estallar en 1972 —estaba declarando Bluthgeld— hallan su justificación en el presente acto, sancionado por el propio Dios en su sabiduría por el bien del mundo. Lean el Libro de las Revelaciones para verificación. —Observó a Stockstill y a Gill que se le acercaban—. ¿Están preparados para el juicio que está al llegar?
De pronto, una voz familiar surgió del altavoz de la radio; era temblorosa y apagada, pero todos la reconocieron.
—Lo siento por la interrupción, amigos —dijo Dangerfield—, pero he sentido como un mareo hace un momento y he tenido que echarme un poco, y no me he dado cuenta de que la grabación había terminado. De todos modos —rió con su risa entrañable, familiar— aquí estoy de vuelta. Al menos por ahora. Bien, ¿de qué estábamos hablando? ¿Alguien lo recuerda? Esperen, acaba de encenderse una luz roja; alguien llamándome desde abajo. Sigan a la escucha.
La gente de la sala zumbaba alegre y aliviada; se giraron hacia la radio, y Bluthgeld quedó olvidado. El propio Stockstill se dirigió hacia el aparato, y lo mismo hicieron Gill y el vendedor de televisores negro; se unieron al círculo de sonrientes personas y aguardaron.
—Tengo una petición de Bei Mir Bist Du Schön —dijo Dangerfield—. Sorprendente, ¿eh? ¿Alguno de ustedes recuerda a las Hermanas Andrews? Bueno, ese buen viejo Gobierno de los Estados Unidos tuvo la delicadeza de proveerme, lo crean o no, de una grabación de las Hermanas Andrews cantando este cursi pero famoso número... Supongo que imaginaron que me iba a convertir en una especie de cápsula del tiempo allá en Marte. —Soltó una risita—. Así que ahí está Bei Mir Bist Du Schön, para algún viejo nostálgico de la zona de los Grandes Lagos. Ahí va. —La música, metálica y arcaica, empezó, y la gente, alegre y agradecida, fue regresando lentamente a sus sillas.

De pie rígidamente junto a su silla, Bruno Bluthgeld escuchaba la música y pensaba: no puedo creerlo. El hombre ahí arriba ya no está; yo mismo he causado su destrucción. Debe ser alguna clase de truco. Un engaño. Sé que no es real.
De cualquier modo, llegó a la conclusión, debo dedicarme a ello más profundamente. Debo empezar de nuevo, y esta vez con toda mi fuerza. Nadie le estaba prestando atención, todos ellos permanecían atentos a la radio, así que abandonó su asiento y salió discretamente del Hall, afuera a las tinieblas.
Abajo en la calle la alta antena de la casa de Hoppy Harrington brillaba y pulsaba y zumbaba; Bruno Bluthgeld, asombrado, lo notó mientras caminaba en dirección a su caballo, que había dejado atado un poco más lejos. ¿Qué estaba haciendo el focomelo? Algunas luces parpadeaban detrás de la ventana de la casa de cartón embreado; Hoppy estaba en pleno trabajo.
También debo incluirle a él, se dijo Bluthgeld. Debe dejar de existir al mismo tiempo que los demás, ya que es tan malvado como ellos. Quizá más incluso.
Mientras pasaba frente a la casa de Hoppy envió un aislado y momentáneo pensamiento de destrucción en dirección a Hoppy. Las luces, sin embargo, permanecieron encendidas, y el mástil de la antena siguió zumbando. Debería emplear una mayor fuerza mental, concluyó Bluthgeld, y ahora no tengo tiempo. Un poco más tarde.
Meditando profundamente, siguió su camino.


XIII

Bill Keller oyó al pequeño animal, caracol o babosa, cerca de él, e inmediatamente pasó a su interior. Pero lo habían engañado; seguía ciego. Estaba fuera pero no podía ver ni oír, podía tan sólo moverse.
—Déjame volver a entrar —gritó a su hermana, presa del pánico—. Mira lo que has hecho, me has metido en algo equivocado. —Y lo has hecho a propósito, se dijo mientras se agitaba. Se movió más y más, buscándola.
Si pudiera tantear, pensó. Tantear hacia arriba. Pero no tenía nada con lo que tantear, ningún miembro de ninguna clase. ¿Qué soy ahora que finalmente he conseguido salir?, se preguntó, mientras intentaba desesperadamente tantear algo. ¿Cómo se llaman esas cosas allá arriba que brillan? Esas luces en el cielo... ¿puedo verlas sin tener ojos? No, pensó. No puedo.
Se movió hacia delante, irguiéndose de tiempo en tiempo tan alto como podía y luego volviendo a caer, para arrastrarse de nuevo, para hacer lo único que le era posible en su nueva vida, su vida nacida, su vida fuera.

En el cielo, Walt Dangerfield se movía con su Satélite mientras él permanecía descansando, con la cabeza entre las manos. El dolor dentro de él aumentaba, cambiaba, lo absorbía hasta tal punto que, como antes, no podía pensar en nada más.
Y entonces creyó ver algo. Al otro lado de la ventana del Satélite... un destello allá a lo lejos, en el borde del lado oscuro de la Tierra. ¿Qué era aquello?, se preguntó. Una explosión, como aquellas otras que había visto y lo habían aterrado siete años antes... los incendios prendiendo en toda la superficie de la Tierra. ¿Estaba empezando de nuevo?
Se puso en pie y miró afuera, respirando pesadamente. Los segundos pasaban y no había más explosiones. Y en cuanto a aquélla que había visto, parecía particularmente imprecisa e incorpórea, con una cualidad difusa que la convertía en algo irreal, como si se tratara de algo tan sólo imaginado.
Como si, pensó, fuera más bien un recuerdo de un hecho que el hecho en sí. Debe ser alguna especie de eco sideral, concluyó. Una onda permanente del Día E, reverberando hasta ahora en algún lugar del espacio... pero ya inofensiva. Más que nunca.
Y, sin embargo, aquello lo aterraba. Como el dolor dentro de él, era algo demasiado extraño como para no tenerlo en cuenta; parecía ser peligroso y no conseguía olvidarlo.
Me siento enfermo, se repitió, reasumiendo su letanía basada en su gran aflicción. ¿No pueden hacerme bajar? ¿Debo seguir aún más aquí arriba, arrastrándome en el cielo una y otra y otra vuelta... por siempre?
Para su propio consuelo colocó una cinta de la Misa en Si Menor de Bach; el sonido de la gigantesca coral llenó el Satélite y le ayudó a olvidar. El dolor dentro de él, la impresa y antigua explosión delineada brevemente al otro lado de la ventana... ambas cosas empezaron a huir de su mente.
—Kyrie eleison —murmuró para sí mismo. Palabras griegas mezcladas en el texto latino; extraño. Pervivencias del pasado... aún vivas, al menos para él. Tocaré la Misa en Si Menor para la zona de Nueva York, decidió. Creo que les gustará; hay un montón de intelectuales allí. Además, ¿por qué tendré que ponerles siempre sólo lo que ellos piden? Yo debería guiarles, no obedecerles. Y especialmente, pensó, si no voy a seguir girando en torno a ellos por mucho tiempo... Será mejor que me decida y les organice un buen espectáculo, una auténtica apoteosis final.
De pronto su vehículo se estremeció. Tambaleándose, se sujetó a la pared más cercana; un golpe, una serie de vibraciones, atravesaron el Satélite. Algunos objetos cayeron y chocaron y se rompieron; miró a su alrededor, alarmado.
¿Un meteorito?, se preguntó.
Parecía más bien como si alguien le estuviera atacando. Cortó la Misa en Si Menor y permaneció allí de pie, escuchando y esperando. Lejos al otro lado de la ventana vio otra borrosa explosión y pensó: me han cogido. ¿Pero por qué? De todos modos no va a pasar mucho tiempo sin que me extinga... ¿por qué no esperar? Y entonces el pensamiento llegó hasta él, pero maldita sea, aún sigo vivo, así que es mejor que actúe como un ser vivo; todavía no estoy muerto.
Conectó el transmisor y dijo por el micrófono:
—Lo siento por la interrupción, amigos, pero he sentido como un mareo hace un momento y he tenido que echarme un poco, y no me he dado cuenta de que la grabación había terminado. De todos modos...
Riéndose de su propia risa, miró a través de la ventana del Satélite en busca de más extrañas explosiones. Allí había una, más débil y más lejana sintió algo parecido al alivio. Quizá no lo alcanzarían después de todo; parecía como si fallasen la puntería, como si su situación fuera un misterio para ellos.
Tocaré la pieza más vulgar que recuerde, decidió, en un acto de desafío. Bei Mir Bist Du Schön; eso servirá. Silbando en la oscuridad, como se dice; se rió de nuevo al pensar en ello. Buen acto de desafío, por Dios. Seguramente sería una buena sorpresa para aquél, fuera quien fuese, que estaba intentando eliminarle... si eso era realmente lo que pretendía.
Quizá tan sólo es que ya están hartos de mi vulgar cháchara y de mis vulgares lecturas, conjeturó Dangerfield. Bueno, si es así... se la voy a dar buena.
—Aquí estoy de vuelta —dijo por el micrófono—. Al menos por ahora. Bien, ¿de qué estábamos hablando? ¿Alguien lo recuerda?
No hubo más choques. Sentía la sensación de que, por un tiempo al menos, aquello había cesado.
—Esperen —dijo—, acaba de encenderse una luz roja; alguien llamándome desde abajo. Sigan a la escucha.
Seleccionó la cinta apropiada de su musicoteca, y la metió en el reproductor.
—Tengo una petición de Bei Mir Bist Du Schön —dijo, con una mueca sardónica, pensando en la decepción allá abajo—. Sorprendente, ¿eh? —No, ya no podéis sorprenderos de nada, se dijo. Y además... por las Hermanas Andrews. Dangerfield devolviendo el golpe. Con una sonrisa, puso en marcha la cinta.

Edie Keller, con un delicioso estremecimiento de regocijo, contempló a la lombriz arrastrarse lentamente por el suelo, y supo con certeza que su hermano estaba en su interior.
Ya que dentro de ella, en el fondo de su abdomen, residía ahora la mentalidad de la lombriz; oía su monótona voz. «Bum, bum, bum», hacía, un eco de sus procesos biológicos elementales.
—Sal de ahí, lombriz —dijo, y se echó a reír. ¿Qué debía pensar la lombriz acerca de su nueva existencia? ¿Estaba tan sorprendida como probablemente debía estarlo Bill? Tengo que vigilarlo, se dijo, pensando en la criatura que se retorcía sobre el suelo. Podría perderse—. Bill —dijo, inclinándose sobre él—, te ves extraño. Eres todo rojo y largo; ¿lo sabías? —Y entonces pensó; lo que debería haber hecho era ponerlo en el cuerpo de otro ser humano. ¿Por qué no lo hice? Entonces hubiera sido como siempre debería haber sido; tendría un auténtico hermano, fuera de mí, con el que podría jugar.
Pero, por otro lado, tendría a un extraño, a una nueva persona en su interior. Y aquello no sonaba muy divertido.
¿Quién sería mejor?, se preguntó. ¿Uno de los chicos de la escuela? ¿Un adulto? Apostaría a que a Bill le gustaría convertirse en un adulto. El señor Barnes quizás. O Hoppy Harrington, que ya le tiene miedo a Bill. O... lanzó un gritito de placer, mamá, Sería tan fácil; yo podría acercarme mucho a ella, echarme pegada a ella... y Bill podría hacer el cambio, y yo tendría entonces a mamá dentro de mí... ¿y no sería maravilloso? Yo podría hacer así todo lo que deseara, y ella no podría decirme lo que debo hacer y lo que no.
Y, pensó Edie, ella no podría seguir haciendo aquellas cosas inmencionables con el señor Barnes, ni con nadie más. Yo vería que fuese así. Sé que Bill no haría esas cosas; estaba tan impresionado como yo.
—Bill —dijo, poniéndose de rodillas y tomando cuidadosamente la lombriz; la puso en la palma de su mano—. Espera a que oigas mi plan... ¿quieres saberlo? Vamos a castigar a mamá por las cosas malas que hace. —Colocó la lombriz contra su costado, donde se hallaba el bulto duro en su interior—. Vuelve dentro de nuevo. No querrás seguir siendo una lombriz; no es divertido.
La voz de su hermano le llegó de nuevo.
—Tú, mequetrefe... Te odio, nunca te lo perdonaré. Me has metido en una cosa ciega que no tenía ni piernas ni nada; ¡todo lo que podía hacer era arrastrarme por el suelo!
—Lo sé —dijo ella, balanceándose sobre sus pies, con la lombriz ahora inútil aún en la palma de su mano—. Escucha, ¿me has entendido? ¿Quieres hacer lo que he dicho, Bill? Yo puedo convencer a mamá de que me deje echarme a su lado, y entonces tú podrás hacer tu lo-que-sea. Tendrás ojos y oídos; serás una persona mayor.
—No lo sé —dijo Bill nerviosamente—. No sé si deseo convertirme en mamá; me da un poco de miedo.
—Gallina —dijo Edie—. Será mejor que te decidas o quizá nunca vuelvas a tener otra oportunidad. Además, ¿quién desearías ser aparte de mamá? Dímelo y lo haremos; te lo juro, así me caiga muerta aquí mismo.
—Me lo pensaré —dijo Bill—. Hablaré de ello a los muertos y veré lo que me dicen al respecto. De todos modos no sé si funcionará; ya he tenido problemas para salir de esa pequeña cosa, esa lombriz.
—Tienes miedo de intentarlo —se rió ella; tiró la lombriz hacia los arbustos que delimitaban el patio de la escuela—. ¡Gallina! ¡Mi hermano es un cobarde gallina!
No hubo respuesta por parte de Bill; había desviado sus pensamientos lejos de ella y de su mundo, a las regiones que sólo él podía alcanzar. Hablando con esos viejos miserables y viscosos muertos, se dijo Edie. Esos insignificantes y vacíos muertos que nunca se divierten ni hacen nada.
Y entonces se le ocurrió una idea realmente genial. Me las apañaré para que salga fuera y se meta dentro de ese loco, ese señor Tree del que todo el mundo habla ahora, decidió. El señor Tree se había levantado la otra noche en el Forester’s Hall y había dicho todas aquellas estúpidas cosas religiosas acerca de arrepentimiento, así que si Bill actúa extrañamente y no sabe qué hacer o decir, nadie le prestará la menor atención.
Pero aquello planteaba la horrible perspectiva de ella alojando en su interior a un loco. Quizás entonces pudiera tomar un veneno como he dicho siempre, decidió. Podría tragar un montón de hojas de adelfa o de semillas de ricino o de algo así y librarme de este modo de él; estaría indefenso, no podría detenerme.
Sin embargo, había un problema; no le hacía feliz la idea de tener a aquel señor Tree —lo había visto el suficiente número de veces como para estar convencida de que no le gustaba— en su interior. Tenía un perro muy agradable, pero aquello era casi todo.
Terry, el perro. Eso era. Ella podía tenderse junto a Terry y Bill podía salir y pasar al interior del perro y todo estaría bien.
Pero la vida de los perros es corta. Y Terry tenía ya casi siete años, según su madre y su padre. Había nacido casi al mismo tiempo que ella y Bill.
Al diablo con todo, pensó. Es difícil decidir; es un auténtico problema, con Bill que desea a toda costa salir y ver y oír cosas. Y entonces pensó: de toda la gente que conozco, ¿a quién me gustaría más tener dentro de mi estómago? Y la respuesta fue: su padre.
—¿Te gustaría andar por el mundo como papá? —le preguntó a Bill. Pero Bill no respondió; estaba en otro sitio, conversando con la gran mayoría que yacía bajo tierra.
Creo, decidió, que el señor Tree sería el mejor debido a que vive fuera en el campo con las ovejas y no ve a demasiada gente, y le seria más fácil a Bill ya que no tendría que preocuparse en saber hablar bien. No tendría más que a Terry y a las ovejas, y como el señor Tree está ahora más bien loco sería realmente perfecto. Bill utilizaría mucho mejor el cuerpo del señor Tree que lo que el propio señor Tree lo está utilizando. Apostaría por ello, y de todo lo que tendría que preocuparme yo realmente seria de masticar el número adecuado de hojas envenenadas de adelfa... las suficientes para matarlo a él pero no a mí. Quizá dos bastaran. Tres como máximo, imagino.
El señor Tree se ha vuelto loco en el momento adecuado, decidió. Claro que él no lo sabe. Pero dejemos que lo descubra; menuda sorpresa se va a llevar. Lo dejaré vivir un cierto tiempo dentro de mí, lo suficiente para que comprenda lo ocurrido; creo que será divertido. Nunca me ha caído bien, aunque a mamá le guste, o al menos eso es lo que dice. Da miedo. Edie se estremeció.
Pobre, pobre señor Tree, pensó con satisfacción. Ya no vendrás nunca más a arruinar nuestras reuniones en el Forester’s Hall, porque desde allá donde estarás no serás capaz de predicarle a nadie, excepto a mí, y yo no te escucharé.
¿Cuándo podré hacerlo?, se preguntó. Hoy; le pediré a mamá que nos lleve después de la escuela. Y sí ella no quiere, entonces iré sola.
Me cuesta esperar, se dijo Edie, estremeciéndose por anticipado.
La campana de la escuela sonó, y se dirigió hacia el edificio junto con los demás niños. El señor Barnes estaba esperando a la puerta de la única clase que servía para todos los niños de primero a sexto grado; cuando pasó por su lado, absorta en sus pensamientos, él le dijo:
—¿Por qué estás tan pensativa, Edie? ¿Qué tienes hoy en mente?
—Bueno —dijo ella, haciendo un alto—, por un momento ha sido usted. Ahora es el señor Tree en su lugar.
—Oh, si —dijo el señor Barnes, asintiendo—. De modo que ya has oído hablar de ello.
Los otros alumnos habían entrado, dejándoles solos. Así que Edie dijo:
—Señor Barnes, ¿no cree usted que tendría que dejar de hacer todo eso que hace con mi mamá? Es algo malo; es Bill quien lo dice, y él lo sabe.
El rostro del maestro de escuela cambió de color, pero no dijo nada. Se apartó de ella, penetró en la clase y se sentó ante su escritorio, con el rostro de un color cereza subido. ¿He dicho algo malo?, se preguntó Edie. ¿Se ha enfadado conmigo? Quizás haga quedarme después de la clase para castigarme, y quizá se lo diga a mamá, y entonces ella me pegará.
Sintiéndose desanimada, se sentó en su sitio y abrió el precioso, frágil, desencuadernado libro de Blancanieves; era su lección de lectura del día.
Tendida sobre las húmedas y descompuestas hojas bajo los viejos robles, entre las sombras, Bonny Keller apretaba contra si al señor Barnes mientras pensaba que aquélla sería probablemente la última vez; ella estaba cansada y Hal estaba asustado, y aquello, como le había enseñado una larga experiencia, era una combinación fatal.
—De acuerdo —murmuró—, así que ella lo sabe. Pero lo sabe tan sólo al nivel de niña pequeña; no lo comprende realmente.
—Sabe que lo que hacemos es malo —dijo Barnes.
Bonny suspiró.
—¿Dónde está ahora? —preguntó Barnes.
—Tras ese árbol grande, allí. Observando.
Hal Barnes saltó en pie como si hubiera recibido una puñalada; giró en redondo, los ojos desencajados, luego se relajó cuando comprendió la verdad.
—Tú y tu maliciosa sutileza —murmuró. Pero no volvió junto a ella; permaneció de pie, algo alejado, con aire sombrío e incómodo—. ¿Dónde está realmente?
—Ha ido a pie hasta el criadero de ovejas de Jack Tree.
—Pero... —hizo un gesto—, ¡ese hombre está loco! ¿No peligra... bueno, no es peligroso?
—Ella ha ido simplemente a jugar con Terry, el perro charlatán. —Bonny se sentó erguida y empezó a quitarse las briznas que habían quedado pegadas a su pelo—. Ni siquiera creo que él esté allí. La última vez que alguien vio a Bruno él...
—«Bruno» —hizo eco Barnes. La miró extrañamente.
—Quiero decir Jack —su corazón latió con fuerza.
—La otra noche dijo algo acerca de que era el responsable de los ensayos a gran altitud de 1972. —Barnes seguía mirándola fijamente; ella aguardó, sintiendo una vena latir fuertemente en su cuello. Bueno, aquello tenía que llegar tarde o temprano.
—Está loco —hizo notar—. ¿De acuerdo? Cree que...
—Cree —dijo Hal Barnes— que es Bruno Bluthgeld, ¿no es así?
Bonny se alzó de hombros.
—Eso, entre otras cosas.
—Y es él, ¿no? Y Stockstill lo sabe, tú lo sabes... aquel negro también lo sabe.
—No —dijo ella—, aquel negro no lo sabe, y deja de llamarle «aquel negro». Su nombre es Stuart McConchie; he hablado con Andrew acerca de él, y dice que es una persona encantadora, inteligente, entusiasta y amante de la vida.
—Así que el doctor Bluthgeld no murió en la Emergencia —dijo Barnes—. Vino aquí. Está aquí, vive entre nosotros. El hombre más responsable de lo que ocurrió.
—Ve a asesinarlo —dijo Bonny.
Barnes gruñó.
—Soy sincera —dijo Bonny—. Ya no me importa. Francamente, me gustaría que lo hicieras. —Al menos sería un acto de hombría, se dijo. Y cambiaría las cosas.
—¿Por qué has intentado escudar a una persona como ésa?
—No lo sé. —No tenía ningún deseo de discutirlo—. Volvamos al pueblo —dijo. Su compañía la aburría, y empezó a pensar de nuevo en Stuart McConchie—. Me he quedado sin cigarrillos —dijo—. Así que puedes dejarme en la factoría de Andrew. —Caminó hacia el caballo de Barnes que, atado a un árbol, masticaba tranquilamente la larga hierba.
—Un negro —dijo Barnes con amargura—. Y ahora estás pensado en irte con él. Es un buen golpe para mis sentimientos.
—Snob —dijo ella—.. De todos modos, tienes miedo de continuar; estás deseando retirarte. Así que la próxima vez que veas a Edie puedes decirle sin faltar a la verdad: «Ya no hago nada vergonzoso ni malo con tu mamá, palabra de honor». ¿De acuerdo? —Montó en el caballo, tomó las riendas y esperó—. Vamos, Hal.
Una explosión iluminó el cielo.
El caballo se encabritó, y Bonny se vio lanzada de su grupa, rodando por el suelo hasta la maleza que delimitaba el bosquecillo de robles. Bruno, pensó; ¿puede ser realmente él? Permaneció tendida, sujetándose la cabeza, quejándose; una rama le había causado una herida en el cuero cabelludo, y la sangre corría entre sus dedos y resbalaba por sus muñecas. Barnes ya estaba a su lado; se inclinó y la hizo girarse para examinar la herida.
—Bruno —dijo ella—. Maldito sea. Alguien tendrá que matarlo; tendría que haberlo hecho hace ya tiempo... tendría que haberlo hecho en 1970, puesto que entonces ya estaba loco. —Tomó su pañuelo y lo aplicó a su herida—. Oh, querido —dijo—. Me he hecho realmente daño. Ha sido una auténtica caída.
—Y el caballo ha huido —dijo Barnes.
—Ha sido un dios malvado —dijo ella— el que le ha dado un tal poder, sea cual sea. Sé que es él, Hal. Hemos visto montones de extrañas cosas estos últimos años, así que ¿por qué no ésta? La habilidad de recrear la guerra, de volver a empezar, como dijo la otra noche. Quizá nos ha tendido una trampa en el tiempo. ¿Es posible que sea eso? Hemos sido inmovilizados; él... —se interrumpió cuando un segundo relámpago blanco cruzó sobre ellos, atravesando el cielo a una tremenda velocidad; los árboles a su alrededor se agitaron y se curvaron, y ella pudo oír aquí y allá el quebrarse de los viejos robles.
—Me pregunto a dónde habrá ido el caballo —murmuró Barnes, levantándose cautelosamente y mirando a su alrededor.
—Olvida el caballo —dijo ella—. Tendremos que andar; esto es obvio. Escucha, Hal. Quizás Hoppy pueda hacer algo; tiene también extraños poderes. Pienso que tendríamos que ir y decírselo. No querrá ser incinerado por un lunático. ¿No estás de acuerdo? No veo ninguna otra cosa que podamos hacer por el momento.
—Es una buena idea —dijo Barnes, pero seguía buscando el caballo con la mirada; no parecía estar realmente escuchando.
—Nuestro castigo —dijo Bonny.
—¿Qué? —murmuró él.
—Ya sabes. Por lo que Edie llama nuestros «actos vergonzosos y malos». Pienso en la otra noche... quizás hubiera sido mejor que hubiéramos muerto con los demás; quizá sea bueno lo que está ocurriendo.
—Aquí está el caballo —dijo Barnes, caminando rápidamente hacia él. El caballo había quedado atrapado, con sus riendas enredadas en unos arbustos.
El cielo se había vuelto ahora de un color negro hollín. Ella recordó aquel color; nunca había desaparecido por completo del cielo. Simplemente se había atenuado.
Nuestro pequeño y frágil mundo, pensó Bonny, tan penosamente reconstruido después de la Emergencia... nuestra insignificante sociedad, con nuestros maltratados libros escolares, nuestros cigarrillos «Deluxe», nuestros camiones a gasógeno. No podrá soportar un castigo como éste; no podrá soportar lo que le está haciendo Bruno, o lo que parece que le está haciendo. Un golpe dirigido certeramente contra nosotros y desapareceremos; los animales inteligentes perecerán, todas las nuevas y extrañas especies desaparecerán tan repentinamente como aparecieron. Una verdadera lástima, se dijo tristemente. No es justo; Terry, el perro hablador... él también. Quizá fuimos demasiado ambiciosos; quizá no debimos atrevemos a reconstruir y a permanecer.
Sin embargo, creo que lo hicimos bastante bien, pensó, en su conjunto. Estábamos vivos; hacíamos el amor y bebíamos el Gill Cinco Estrellas, educábamos a nuestros hijos en una escuela con extrañísimas ventanas, editábamos nuestro News & Views, apañábamos una vieja radio de coche y escuchábamos diariamente a W. Somerset Maugham. ¿Qué más podía pedírsenos? Cristo, pensó. No es justo lo que está ocurriendo. No es justo en absoluto. Tenemos nuestros caballos que proteger, nuestras cosechas, nuestras vidas...
Se produjo otra explosión, esta vez más lejana. Hacia el sur, observó. Cerca del lugar donde habían caído las otras. San Francisco.
Cansadamente, cerró los ojos. Y justo en el momento en que ese McConchie aparecía en mi vida, pensó. Qué maldita mala suerte.
El perro, situándose en medio del sendero, barrándoles el camino, gruñó con su dificultosa voz:
—Treeeee occuppppddddo. Altttt. —Ladró— en advertencia. Se suponía que no se podía continuar hasta la cabaña de madera.
Sí, pensó Edie, ya sé que está ocupado. Había visto las explosiones en el cielo.
—Hey, ¿sabes esto? —le dijo al perro.
—¿Quuuuué? —preguntó el perro, picado por la curiosidad; tenía una mente simple, y ella lo había notado; era muy fácil engañarle.
—He aprendido a tirar un palo tan lejos que nadie es capaz de encontrarlo —dijo. Se inclinó y tomó un trozo de madera—. ¿Quieres que te lo demuestre?
Dentro de ella, Bill dijo:
—¿Con quién estás hablando? —Estaba agitado, ahora que se acercaba el momento—. ¿Es el señor Tree?
—No —dijo ella—, tan sólo el perro. —Agitó el palo—. Te apuesto un billete de diez dólares viejos a que no eres capaz de encontrarlo.
—Sggggurrrro qssssí —dijo el perro, y lloriqueó de alegría, ya que aquél era su juego favorito—. Prrro npdooo apstaaaar —añadió—. Notnggg dnerrrrro.
En aquel momento el señor Tree salió fuera de la cabaña de madera; sorprendidos, la niña y el perro interrumpieron su diálogo. El señor Tree no les prestó atención; caminó hacia una pequeña elevación y desapareció al otro lado.
—¡Señor Tree! —llamó Edie—. Quizá ya no esté ocupado —le dijo al perro—. Ve a preguntárselo, ¿de acuerdo? Dile que quiero hablar con él un minuto.
Agitado, Bill dijo dentro de ella:
—Ahora no está muy lejos, ¿verdad? Sé que está aquí. Estoy preparado; voy a hacerlo bien esta vez. El puede hacer casi cualquier cosa, ¿verdad? Ver y andar y escuchar y oler. ¿No es así? No es como esa lombriz.
—No tiene ningún diente —dijo Edie—, pero tiene todo lo que poseen la mayor parte de las personas. —Mientras el perro trotaba obedientemente en persecución del señor Tree, ella echó a andar de nuevo por el sendero—. No será largo —dijo—. Le explicaré... —Lo había calculado todo—. Le diré: Señor Tree, ¿sabe usted esto? Bueno, me he tragado uno de esos silbatos que utilizan los cazadores de patos, y si usted se me acerca mucho podrá oírlo. ¿Qué te parece?
—No lo sé —dijo Bill desesperadamente—. ¿Qué es un silbato para cazar patos? ¿Qué es un pato, Edie? ¿Es algo vivo? —Parecía cada vez más confundido, como si la situación fuera demasiado para él.
—Gallina —siseó ella—. Estate quieto. —El perro había alcanzado al señor Tree y el hombre se había dado la vuelta; ahora avanzaba hacia ella, con el ceño fruncido.
—Estoy muy ocupado, Edie —dijo el señor Tree—. Más tarde... ya hablaremos más tarde; no puedo ser interrumpido ahora. —Levantó los brazos e hizo un extraño gesto hacia ella, como si estuviera marcando el compás de alguna música; fruncía el ceño y se tambaleaba, y ella sintió deseos de reír ante su estúpido aspecto.
—Tan sólo quería mostrarle algo —dijo ella.
—¡Después! —Caminó de nuevo, y le dijo algo al perro.
—SSissssñññorrr —gruñó el perro, y trotó de regreso junto a la niña—. Nnno —le dijo—. Alttttt.
Maldita sea, pensó Edie. No podemos hoy; tendremos que volver mañana, quizá.
—Vettte —le dijo el perro, y le enseñó los dientes; había recibido instrucciones muy precisas.
—Escuche, señor Tree —dijo Edie, y entonces se detuvo, puesto que el señor Tree ya no estaba allí. El perro se giró y gimoteó, y dentro de ella Bill se quejó.
—Edie —dijo Bill—, se ha ido. Puedo sentirlo. Ahora que ya no está, ¿cómo voy a salir? ¿Qué voy a hacer?
Muy arriba en el cielo, apareció girando una pequeña mancha negra; la niña la miró, mientras derivaba como si hubiera sido atrapada por alguna corriente violenta de aire. Era el señor Tree, y sus brazos estaban extendidos mientras giraba y giraba, subiendo y bajando como una cometa. ¿Qué le estaba ocurriendo?, se preguntó desconsoladamente, sabiendo que Bill estaba en lo cierto; su oportunidad, su plan, se había esfumado para siempre.
Algo había atrapado al señor Tree y lo estaba matando. Ascendía más y más, y luego Edie lanzó un grito. Repentinamente, el señor Tree cayó. Como una piedra, directamente al suelo; Edie cerró los ojos y el perro, Terry, lanzó un gemido de pura desesperación.
—¿Qué es esto? —estaba clamando Bill frenéticamente—. ¿Quién se lo ha hecho? Se lo han llevado, ¿verdad?
—Sí —dijo ella, y abrió los ojos.
El señor Tree yacía en el suelo, roto y desarticulado, con los brazos y piernas doblados en ángulos inverosímiles. Estaba muerto; Edie lo supo, y también lo supo el perro. El animal trotó hacia él, se detuvo, se giró hacia la niña con una triste y abatida mirada. Ella no dijo nada; se detuvo también, a una cierta distancia. Era horrible lo que —fueran quienes fuesen los autores— le habían hecho al señor Tree. Como al hombre de las gafas de Bolinas, pensó; lo habían asesinado.
—Fue Hoppy —gimió Bill—. Hoppy ha matado al señor Tree a distancia porque le tenía miedo; el señor Tree está ahora ahí abajo entre los muertos, puedo oírle hablar. Eso es lo que dice; dice que Hoppy se ha proyectado fuera de su casa sin salir de ella y que ha atrapado al señor Tree y lo ha sacudido por todos lados.
—Caramba —dijo Edie. Me pregunto cómo lo habrá conseguido Hoppy, pensó. Es a causa de las explosiones que el señor Tree estaba haciendo en el cielo, ¿verdad? ¿Quizá le molestaban a Hoppy? ¿Lo hacían enfadarse?
Sintió miedo. Ese Hoppy, pensó; puede matar desde tan lejos; nadie más puede hacerlo. Será mejor que vayamos con cuidado. Con mucho cuidado. Porque puede matarnos a todos; puede sacudirnos por todas partes o estrangularnos.
—Imagino que el News & Views lo pondrá en primera página —dijo, a medias para sí misma, a medias para Bill.
—¿Qué es el News & Views? —protestó Bill, angustiado—. No comprendo lo que está pasando; ¿puedes explicármelo? ¿Por favor?
—Será mejor que volvamos al pueblo ahora —dijo Edie. Echó a andar lentamente, dejando al perro sentado allá junto a los desmadejados restos del señor Tree. Creo, pensó, que ha sido una buena cosa el que no hayas podido hacer el cambio, ya que si hubieras estado dentro del señor Tree ahora habrías muerto.
Y, pensó, él viviría dentro de mí. Al menos hasta que yo hubiera masticado y tragado las hojas de adelfa. Y quizás él hubiera encontrado la forma de impedírmelo. Tenía extraños poderes; podía desencadenar esas explosiones, y hubiera podido desencadenar algo parecido en mi interior.
—Podríamos intentarlo con algún otro —dijo Bill, esperanzado—. ¿Lo hacemos? ¿Quieres que probemos con... cómo lo llamas? ¿Ese perro? Creo que me gustaría ser ese perro; puede correr aprisa, atrapa a los animales y ve muy de lejos, ¿no es así?
—No ahora —dijo ella, aún asustada, deseando tan sólo alejarse de allí—. En otra ocasión. Será mejor que esperes. —Y echó a correr por el sendero, en dirección al pueblo.


XIV

Orion Stroud, sentado en el centro del Forester’s Hall, desde donde todo el mundo podía oírle claramente, martilló reclamando orden y dijo:
—La señora Keller y el doctor Stockstill han solicitado que el Jurado Oficial de West Marin y también el Consejo de Gobierno de Ciudadanos de West Marin sean convocados para oír un testimonio de vital importancia relativo a una muerte que ha tenido lugar precisamente hoy.
A su alrededor estaban la señora Tallman y Cas Stone y Fred Quinn y la señora Lully y Andrew Gill y Earl Colvig y la señorita Costigan; los miró de uno en uno, satisfecho de constatar que estaban presentes todos. Le miraban con una profunda atención, sabedores de que se trataba de algo realmente importante. Nada como aquello había ocurrido antes en su comunidad. Aquélla no era una muerte como la del hombre de las gafas o la del señor Austurias.
—Tengo entendido —dijo Stroud— que se ha descubierto que ese señor Jack Tree que vivía entre nosotros...
—Era Bluthgeld —dijo una voz entre la audiencia.
—Exacto —dijo Stroud, asintiendo—. Pero ahora está muerto, así que no hay nada de qué preocuparse; métanse eso en la cabeza. Y fue Hoppy quien lo causó. Quien lo hizo, quiero decir. —Miró a Paul Dietz como pidiendo disculpas—. He de utilizar las palabras adecuadas —dijo—, porque todo esto aparecerá en el News & Views, ¿no es cierto, Paul?
—Una edición especial —dijo Paul, asintiendo con la cabeza.
—Espero que comprenderán ustedes que no estamos aquí para decidir si Hoppy debe ser castigado o no por lo que ha hecho. Eso no representa ningún problema porque Bluthgeld era un notorio criminal de guerra y, además, estaba empezando a utilizar sus poderes mágicos para reanudar algo de la antigua guerra. Imagino que todos los que están en esta sala saben eso, ya que todos habrán visto las explosiones. Ahora... —dirigió una mirada hacia Gill—. Tenemos aquí a un recién llegado, a un negro llamado Stuart McConchie, y en circunstancias ordinarias no acogeríamos a gente de color en West Marin pero he sabido que McConchie iba tras las huellas de Bluthgeld, así que será bien recibido si desea instalarse en West Marin.
La audiencia murmuró aprobadoramente.
—Principalmente nos hemos reunido aquí —prosiguió Stroud— para votar qué tipo de recompensa debemos entregarle a Hoppy para demostrarle nuestro agradecimiento. Probablemente hubiéramos resultado todos muertos, gracias a los poderes mágicos de Bluthgeld. Así que tenemos una auténtica deuda de gratitud para con él. Veo que no está ahora aquí, porque estará atareado trabajando en su casa, reparando cosas; al fin y al cabo es nuestro arreglalotodo, y eso es una tremenda responsabilidad aquí. De todos modos, ¿tiene alguno de ustedes idea de cómo podríamos expresarle a Hoppy nuestro agradecimiento por haber matado a su debido tiempo al doctor Bluthgeld? —Stroud miró a su alrededor interrogativamente.
Poniéndose en pie, Andrew Gill carraspeó y dijo:
—Creo que es adecuado el que yo diga aquí y ahora unas pocas palabras. En primer lugar, deseo dar las gracias al señor Stroud y a su comunidad por haber dado la bienvenida a mi nuevo socio en los negocios, el señor McConchie. Y luego quiero ofrecer una recompensa que podría ser adecuada para el gran servicio que ha prestado Hoppy a esta comunidad y al mundo entero. Querría contribuir con cien cigarrillos Gold Label Deluxe Especiales. —Hizo una pausa, haciendo ademán de sentarse, y luego cambió de opinión y añadió—: Y una caja de Gill Cinco Estrellas.
La audiencia aplaudió, silbó y pateó su aprobación.
—Bien —dijo Stroud, sonriendo—, eso es realmente algo. Veo que el señor Gill es consciente de lo que la acción de Hoppy nos ha ahorrado. Hay un montón de robles tumbados a causa de las explosiones desencadenadas por Bluthgeld. Y, como todos ustedes saben, estaba empezando a desviar su atención hacia el sur, hacia San Francisco...
—Exacto —dijo Bonny Keller.
—Así que —dijo Stroud— tal vez la gente de allá quiera también ayudar y contribuir con algo para demostrarle a Hoppy su agradecimiento. Pero creo que lo mejor que podemos hacer nosotros, y me gustaría que tuviéramos algo más que llevarle, es hacerle obsequio de los cien cigarrillos Gold Label Deluxe Especiales y la caja de coñac... A Hoppy le van a gustar, pero yo estaba pensando en algo más bien simbólico, algo así como un monumento, erigirle una estatua o darle su nombre a un parque o al menos descubrir una placa conmemorativa de algún tipo. Y... Yo estoy dispuesto a donar el terreno, al igual que Cas Stone, estoy seguro.
—Exacto —declaró enfáticamente Cas Stone.
—¿Alguien más tiene alguna otra idea? —preguntó Stroud—. Usted, señora Tallman; me gustaría conocer su opinión.
—Creo que estaría bien elegir al señor Harrington para algún cargo público honorífico —dijo la señora Tallman—, como Presidente del Consejo de Gobierno de los Ciudadanos de West Marin por ejemplo, o secretario del Consejo Administrativo de la Escuela. Esto, por supuesto, además del parque o la estatua y del coñac y los cigarrillos.
—Buena idea —dijo Stroud—. ¿Y bien? ¿Alguien más? Porque hay que ser realistas, amigos; Hoppy salvó nuestras vidas. Ese Bluthgeld había perdido la cabeza, como sabe todo el mundo que estuvo en la lectura de la noche pasada... nos hubiera vuelto al lugar donde estábamos hace siete años, y todo nuestro trabajo de reconstrucción hubiera desaparecido, no hubiera quedado absolutamente nada.
La audiencia murmuró su aprobación.
—Cuando uno dispone de una magia como la que él tenía —dijo Stroud— y se es un físico como Bluthgeld, con todo su conocimiento... nunca antes había estado el mundo en tanto peligro; ¿no es cierto? Fue una suerte que Hoppy hubiera estado practicando durante todos esos años, porque nadie más hubiera sido capaz de alcanzarle de aquella forma, a través de tanta distancia, y aniquilar a Bluthgeld como él lo hizo.
—He hablado con Edie Keller —dijo Fred Quinn—, que fue testigo de lo ocurrido, y dice que ese Bluthgeld fue lanzado directamente a los aires antes de que Hoppy lo estrellara contra el suelo; fue proyectado hacia todos lados.
—Lo sé —dijo Stroud—. He hablado con Edie al respecto. —Miró a su alrededor en la gran sala, a todos los reunidos—. Si alguien desea más detalles, estoy seguro de que Edie se los proporcionará. ¿No es así, señora Keller?
Bonny, sentada rígidamente, con el rostro pálido, asintió con un gesto.
—¿Sigue aún asustada, Bonny? —preguntó Stroud.
—Fue terrible —dijo Bonny quedamente.
—Seguro que lo fue —dijo Stroud—, pero Hoppy pudo con él. —Y entonces pensó: eso convierte a Hoppy en alguien casi formidable, ¿no? Quizá sea esto lo que está pensando Bonny. Quizá por esto está tan silenciosa.
—Creo que lo mejor que podemos hacer —dijo Cas Stone— es ir directamente a Hoppy y decirle: Hoppy, ¿qué quieres que hagamos para demostrarte nuestro agradecimiento? Planteémoselo directamente. Quizás haya algo que él desee realmente y nosotros se lo podamos proporcionar sin siquiera sospecharlo.
Sí, pensó Stroud. Acabas de poner el dedo en la llaga, Cas. Quizá desee montones de cosas que nosotros ni siquiera imaginamos, y quizás un día —tal vez no muy lejano— desee procurárselas hayamos formado o no una delegación para preguntárselo.
—Bonny —dijo a la señora Keller—, me gustaría que dijera usted algo; está sentada ahí tan callada.
—Sólo estoy cansada —murmuró Bonny Keller.
—¿Sabía usted que Jack Tree era Bluthgeld?
Silenciosamente, ella asintió.
—Entonces —preguntó Stroud—, ¿fue usted quien se lo dijo a Hoppy?
—No —dijo ella—. Tenía intención de hacerlo; iba camino de su casa para ello. Pero entonces ocurrió. El lo sabía.
Me pregunto cómo lo sabía, se dijo Stroud.
—Ese Hoppy —dijo la señora Lully con voz temblorosa— parece ser capaz de hacer casi cualquier cosa... es incluso más poderoso de lo que era el señor Bluthgeld, evidentemente.
—Exacto —admitió Stroud.
La audiencia murmuró nerviosamente.
—Pero él ha puesto todas sus habilidades al servicio y al bienestar de nuestra comunidad —dijo Andrew Gill—. Recuerden eso. Recuerden que es nuestro arreglalotodo y que ayuda a captar a Dangerfield cuando la señal de la emisión es débil, y hace trucos para nosotros, e imitaciones cuando no podemos captar a Dangerfield... ha hecho ya un montón de cosas, incluso salvar nuestras vidas de otro holocausto nuclear. Por lo que a mí respecta, Dios bendiga a Hoppy y sus habilidades. Creo que deberíamos darle gracias a Dios por habernos enviado a un anormal como él.
—Exacto —dijo Cas Stone.
—Estoy de acuerdo —dijo Stroud, con cautela—. Pero pienso que deberíamos hacer de modo que Hoppy comprendiera que tal vez a partir de ahora... —Vaciló—. Nuestras ejecuciones deberían ser conducidas como la de Austurias: legalmente, a través de nuestro Jurado. Quiero decir que Hoppy actuó correctamente ya que el tiempo apremiaba y todo lo demás... pero el Jurado es el único cuerpo legal que se supone debe decidir. Y Earl es el que debe ejecutar. En el futuro, quiero decir. Eso no incluye a Bluthgeld, ya que toda esa magia lo hacía diferente. —Uno no puede matar a un hombre con tales poderes a través de los métodos ordinarios, admitió. Como Hoppy, por ejemplo... supongamos a alguien que quiera matarlo; sería casi imposible.
Se estremeció.
—¿Qué ocurre, Orion? —preguntó Cas Stone, adivinando sus pensamientos.
—Nada —dijo Orion Stroud—. Sólo pensaba en cómo testimoniarle a Hoppy nuestro aprecio y nuestra gratitud; es un arduo problema, puesto que le debemos tanto.
La audiencia murmuró, y la gente empezó a discutir en pequeños grupos e individualmente cómo recompensar adecuadamente a Hoppy.

George Keller, observando la palidez de su mujer, sus tensos rasgos, dijo:
—¿Te encuentras bien? —puso su mano en el hombro de ella, que se apartó.
—Sólo cansada —dijo Bonny—. He corrido casi dos kilómetros, creo, cuando empezaron las explosiones. Intentando alcanzar la casa de Hoppy.
—¿Cómo podías saber que Hoppy podía hacer lo que hizo? —preguntó él.
—Oh —dijo ella—, todos lo sabemos; todos estamos convencidos de que él es el único de nosotros capaz de reunir ese tipo de fuerza. Así que se nos ocurrió... —rectificó rápidamente—: se me ocurrió que lo mejor era acudir a él, apenas vi las explosiones. —Miró a su marido.
—¿Con quién estabas? —dijo él.
—Con Barnes. Estábamos buscando Setas bajo los robles a lo largo de la carretera del Bear Valley Ranch.
—Personalmente le tengo miedo a Hoppy —dijo George Keller—. Mira... ni siquiera está aquí. Evidencia una especie de desdén hacia todos nosotros. Siempre llega tarde al Hall; ¿entiendes lo que quiero decir? ¿Lo captas? Y se hace más seguro de sí mismo a medida que pasa el tiempo, quizá como si sus habilidades se aguzaran.
—Quizá —murmuró Bonny.
—¿Qué crees que nos ocurrirá ahora? —le preguntó George—. ¿Ahora que hemos matado a Bluthgeld? Nos sentimos un poco mejor, algo más seguros. Es un peso menos para todo el mundo. Alguien tendría que notificárselo a Dangerfield para que pudiera dar la noticia desde el Satélite.
—Hoppy puede hacerlo —dijo Bonny con voz remota—. Puede hacer cualquier cosa. Casi cualquier cosa.
Desde la silla presidencial, Orion Stroud martilló para imponer orden.
—¿Quién desea formar parte de la delegación que acuda a casa de Hoppy para entregarle la recompensa y notificarle nuestro agradecimiento? —Miró a su alrededor—. Algún voluntario que dé el primer paso.
—Yo iré —dijo Andrew Gill con voz fuerte.
—Yo también —dijo Fred Quinn.
—Y yo —dijo Bonny.
—¿Te sientes lo suficientemente bien como para ir? —le dijo George.
—Seguro —asintió ella apáticamente—. Me siento bien ahora. Excepto por la herida en mi cabeza. —Se tocó automáticamente el vendaje.
—¿Y usted, señora Tallman? —estaba diciendo Stroud.
—Sí, iré —respondió la señora Tallman, pero su voz temblaba.
—¿Miedo? —preguntó Stroud.
—Sí —admitió ella.
—¿Por qué?
La señora Tallman vaciló.
—Yo... no lo sé, Orion.
—Yo también iré —anunció Orion Stroud—. Eso hace cinco, tres hombres y dos mujeres; creo que es lo correcto. Llevaremos el coñac y los cigarrillos y le anunciaremos lo demás... lo de la placa, la Presidencia del Consejo y la Secretaria y lo otro.
—Quizá —dijo Bonny en voz muy baja— debiéramos enviarle una delegación que lo lapidara a muerte.
George Keller contuvo el aliento y dijo:
—En nombre de Dios, Bonny.
—Esa es mi opinión —dijo ella.
—Te estás conduciendo de una forma increíble —dijo él, furioso y sorprendido; no acababa de comprenderla—. ¿Qué te ocurre?
—Pero por supuesto eso no serviría de nada —dijo ella—. Nos aplastaría antes de que consiguiéramos llegar cerca de su casa. Quizá me aniquile ahora. —Sonrió—. Por decir esto.
—¡Entonces cállate! —Se la quedó mirando, aterrado.
—De acuerdo —dijo ella—. Me callaré. No deseo verme lanzada al aire y estrellada contra el suelo como lo fue Jack.
—A mí tampoco me gustaría. —Estaba temblando.
—Eres un cobarde —dijo ella suavemente—. Lo eres. No comprendo cómo en todo este tiempo no me he dado cuenta antes. Quizá eso explique mis sentimientos hacia ti.
—¿Y cuáles son?
Bonny sonrió. Y no respondió. Era una sonrisa dura, odiosa y rígidamente fría, y él no podía comprenderla; miró hacia otro lado, preguntándose una vez más si todos los rumores que había oído acerca de su esposa, a través de los años, podían ser ciertos después de todo. Ella era tan fría, tan independiente. George Keller se sintió miserable.
—Cristo —dijo—, me llamas cobarde porque no deseo ver a mi mujer aplastada contra el suelo.
—Es mi cuerpo y mi existencia —dijo Bonny—. Hago con ellos lo que quiero. No le tengo miedo a Hoppy; realmente sí que lo tengo, pero no pienso demostrarlo actuando como si lo tuviera, si es que puedes comprender la diferencia. Iré allí a su casa de cartón embreado y me enfrentaré con él honestamente. Le daré las gracias pero creo que le diré que sea un poco más cuidadoso en el futuro. Debemos insistir en ello.
El no pudo dejar de admirarla.
—Hazlo —animó—. Será una buena cosa, querida. Tendrá que comprenderlo, ver cuál es nuestra forma de pensar y nuestros sentimientos.
—Gracias —dijo ella remotamente—. Muchas gracias, George, por tu ánimo. —Luego se dio media vuelta, escuchando a Orion Stroud.
George Keller se sintió más miserable que nunca.

Primero era necesario pasar por la factoría de Andrew Gill para tomar los cigarrillos Gold Label Deluxe Especiales y el coñac Cinco Estrellas; Bonny, junto con Orion Stroud y Gill, abandonó el Forester’s Hall, y caminaron juntos calle arriba, todos ellos conscientes de la gravedad de su tarea.
—¿Para qué es esa relación de negocios entre usted y McConchie? —preguntó Bonny a Andrew Gill.
—Stuart va a traer la automatización a mi factoría —dijo Gill.
Sin acabar de creerle, ella dijo:
—Y usted va a anunciar su producción a través del Satélite, supongo. Canciones comerciales, como se hacía antes. ¿Cómo serán? ¿Puedo componerle alguna?
—Seguro —dijo él—, si ello ayuda al negocio.
—¿Habla usted en serio respecto a esa automatización? —empezaba a pensar que quizá lo fuera realmente.
—Sabré más cuando haya visitado al jefe de Stuart en Berkeley. Stuart y yo estamos preparando el viaje para muy pronto. Hace años que no he estado en Berkeley. Stuart dice que han reconstruido mucho allí... no como estaba antes, por supuesto. Pero incluso eso puede llegar eventualmente algún día.
—Lo dudo —dijo Bonny—. Pero de todos modos no me importa; no era tan bueno como eso. No creo que lo hayan hecho mucho peor.
Tras asegurarse de que Orion no podía oírles, Gill le dijo:
—Bonny, ¿por qué no te vienes con Stuart y conmigo?
—¿Por qué? —preguntó ella, atónita.
—Sería bueno para ti romper con George. Y quizá pudieras conseguir que tu rompimiento fuera definitivo. Deberías hacerlo, tanto por ti misma como por él.
Agitando la cabeza, ella dijo:
—Pero... —aquello le parecía fuera de cuestión; era ir demasiado lejos. Las apariencias no serían mantenidas—. Pero entonces todo el mundo lo sabría —dijo—. ¿No crees?
—Bonny, todo el mundo lo sabe ya —dijo Gill.
—Oh. —Ella bajó mansamente la cabeza, enfrentada a la realidad—. Bueno, vaya sorpresa. Evidentemente he vivido bajo una ilusión.
—Vente a Berkeley con nosotros —dijo Gill— y empieza una nueva vida. En un cierto sentido es lo que yo pienso hacer; eso marca el final de liar cigarrillos a mano, uno por uno, con una maquinita con rodillos recubiertos de tela. Quiero decir que tendré una auténtica fábrica, como las de antes, como las de la preguerra.
—Como las de la preguerra —hizo eco ella—. ¿Es eso bueno?
—Sí —dijo Gill—. Estoy malditamente harto de liarlos a mano. He intentado librarme de ello durante años; Stuart me ha mostrado una forma. Al menos, eso es lo que espero —cruzó los dedos.
Llegaron a la factoría, y allí estaban los hombres trabajando al fondo de la nave, liando cigarrillo tras cigarrillo. Así, pensó Bonny, pronto va a terminar para siempre una parte de nuestras vidas. Debo ser una sentimental aferrándome a ello. Pero Andrew tiene razón. Esa no es forma de producir bien; es demasiado tedioso, demasiado lento. Y realmente se hacen demasiados pocos cigarrillos, cuando uno piensa en ello. Con una auténtica maquinaria, Andrew podría abastecer a todo el condado... asumiendo que el transporte, los medios de hacerlos llegar a su destino, existiera.
Entre los trabajadores, Stuart McConchie examinaba un barril del buen sucedáneo de tabaco de Gill. Bueno, pensó Bonny, o ya posee la fórmula del Deluxe Especial de Andrew, o no le interesa en absoluto.
—Hola —le dijo a Stuart—. ¿Será usted capaz de vender los cigarrillos una vez esté puesta en marcha la cadena y se produzcan en cantidad? ¿Ha pensado en este aspecto de la cuestión?
—Sí —dijo McConchie—. Hemos preparado planes de distribución masiva. Mi patrón, el señor Hardy...
—No me suelte su cháchara de vendedor —interrumpió ella—. Le creo, ya que usted lo dice; sólo tenía curiosidad.
—Le miró críticamente—. Andy quiere que viaje a Berkeley con ustedes. ¿Qué le parece la idea?
—Oh, seguro —dijo él vagamente.
—Yo podría ser su recepcionista —dijo Bonny—. En sus oficinas centrales. En pleno centro de la ciudad. ¿Correcto?
—Rió, pero ni Stuart McConchie ni Gill se le unieron—. ¿Es algo sagrado? —preguntó—. ¿Estoy hollando terreno sagrado con mi broma? Si es así, lo siento.
—No es esto —dijo McConchie—. Sólo que estamos preocupados; todavía queda un buen número de detalles de los que preocuparse.
—Quizá vaya —dijo Bonny—. Quizá eso resuelva todos mis problemas.
—¿Qué problemas tiene? Este parece ser un lugar encantador para educar a su hija; y siendo su marido el director de la...
—Por favor —dijo ella—, no tengo ningún interés en oír un recuento de todas mis bendiciones. Ahórremelo. —Se alejó para reunirse con Gill, que estaba metiendo unos cigarrillos en una caja de metal para presentárselos al focomelo.
El mundo es tan inocente, pensó. Pese a todo, pese a la cantidad de cosas que nos han ocurrido. Gill desea curarme de mi... inestabilidad. Stuart McConchie no puede imaginar que yo desee algo que no tengo aquí. Pero quizá ellos tengan razón y yo esté equivocada. Quizá me haya complicado innecesariamente la vida... quizás exista en Berkeley una máquina que me salve a mí también. Quizá mis problemas puedan ser eliminados de mi existencia por la automatización.
Fuera en un rincón, Orion Stroud estaba escribiendo un discurso que pensaba dirigirle a Hoppy. Bonny sonrió, pensando en la solemnidad de todo aquello. ¿Se sentiría Hoppy impresionado? ¿O quizá se sentiría divertido o incluso amargamente despectivo? No, pensó; esto le gustará... tengo una intuición. Es exactamente el tipo de actuación que le entusiasma. Reconocer sus habilidades; eso le complacerá terriblemente.
¿Se está preparando Hoppy para recibirnos?, se preguntó. ¿Se habrá afeitado el rostro, lavado, puesto un traje limpio... estará esperando expectante nuestra llegada? ¿Es ésta la realización de su vida, el pináculo?
Intentó imaginar al focomelo en aquel momento. Hacía apenas unas horas Hoppy había matado a un hombre, y Edie le había dicho que todo el mundo creía que era él quien había matado al hombre de las gafas. Es el exterminador de ratas del pueblo, se dijo, y se estremeció. ¿Quién será el próximo? ¿Y tendremos que darle las gracias de nuevo la próxima vez... a cada otro a partir de ahora?
Quizá tengamos que volver una y otra vez a hacerle regalo tras regalo, pensó. Y se dijo: iré a Berkeley; quiero alejarme de aquí lo más que pueda.
Y, pensó, tan pronto como sea posible. Hoy, si puedo. Ahora mismo. Con las manos en los bolsillos de su chaquetón, anduvo rápidamente para reunirse con Stuart McConchie y Gill; estaban conferenciando ahora, y se detuvo tan cerca de ellos como le fue posible, escuchando lo que decían con la mayor atención.

Dubitativamente, el doctor Stockstill le dijo al focomelo:
—¿Estás seguro de que puede oírme? ¿Realmente está transmitiendo todo el tiempo al Satélite? —tocó de nuevo experimentalmente el botón del micro.
—No puedo asegurarle que él pueda oírle —dijo Hoppy con una risita—. Sólo puedo asegurarle que éste es un transmisor de quinientos vatios; no es mucho comparado con los viejos estándares, pero es suficiente para llegar hasta él. Me ha servido para llegar hasta él varias veces. —Se echó a reír con su risita seca, alerta, mientras sus inteligentes ojos grises brillaban con lucecitas—. Adelante. ¿Tendrá él allí un diván donde tenderse, o no le va a ser necesario? —El focomelo rió francamente.
—Puede pasarse sin el diván —dijo el doctor Stockstill. Apretó el botón del micro y dijo—: Señor Dangerfield, aquí un... doctor, debajo suyo en West Marin. Estoy preocupado por su estado. Naturalmente. Todos aquí abajo nos sentimos preocupados. Yo, esto, creo que tal vez pueda ayudarle.
—Dígale la verdad —observó Hoppy—. Dígale que es analista.
Cautelosamente, Stockstill dijo al micrófono:
—Anteriormente yo era analista, un psiquiatra. Por supuesto, ahora practico la medicina general. ¿Puede usted oírme? —Escuchó al altavoz montado en un rincón, pero sólo oyó estática—. No me está recibiendo —le dijo a Hoppy, desanimado.
—Se necesita un tiempo para establecer contacto —dijo Hoppy—. Inténtelo de nuevo. —Soltó una risita—. Así que usted cree que es algo puramente mental. Hipocondría. ¿Está seguro? Bueno, puede suponer que sí lo es, ya que de no ser así no puede hacer prácticamente nada.
El doctor Stockstill apretó el botón del micro y dijo:
—Señor Dangerfield, aquí Stockstill, hablando desde el Condado de Marin en California; soy doctor. —Parecía completamente desesperanzado; ¿por qué continuar? Pero por otro lado...
—Dígale lo de Bluthgeld —dijo Hoppy de pronto.
—De acuerdo —dijo Stockstill.
—Puede decirle mi nombre —dijo Hoppy—. Dígale que yo lo hice; escuche, doctor... sonará así cuando él dé la noticia. —El focomelo asumió una expresión peculiar, y de su boca, como otras veces, surgió la voz de Walt Dangerfield—: Bien, amigos, tengo una buena, buena noticia que darles... creo que les va a gustar. Parece que... —el focomelo se interrumpió, ya que del altavoz parecía llegar un débil sonido.
—... hola, doctor. Aquí Walt Dangerfield.
El doctor Stockstill dijo inmediatamente por el micrófono:
—Estupendo. Dangerfield, quiero hablarle de esos dolores que tiene. Ahora veamos, ¿tiene usted una bolsa de papel ahí en el Satélite? Usted y yo vamos a intentar una pequeña terapia al anhídrido carbónico. Quiero que tome la bolsa de papel y sople dentro. Siga soplando en ella e inhalando de ella, hasta que finalmente inhale tan sólo anhídrido carbónico puro. ¿Comprende? Es tan sólo una pequeña idea, pero está fundamentada en sólidas bases. Vea, demasiado oxígeno desencadena ciertas respuestas diencefálicas que inician un círculo vicioso en el sistema nervioso autónomo. Uno de los síntomas de un sistema nervioso autónomo demasiado activo es una hiperperistalsis, y puede que sea de eso de lo que sufre usted. Fundamentalmente, es un síntoma de ansiedad.
El focomelo agitó la cabeza, se dio la vuelta y se alejó.
—Lo siento... —la voz surgió débilmente del altavoz—. No comprendo, doctor. ¿Dice usted que respire dentro de una bolsa de papel? ¿Un contenedor de polietileno serviría? ¿No puedo asfixiarme? —La voz, quejumbrosa e irracional, sonó incierta—. ¿No hay ninguna forma de poder sintetizar aquí fenobarbital con los ingredientes de que dispongo? Le daré una lista de lo que tengo y posiblemente... —La estática interrumpió a Dangerfield; cuando volvió a hacerse audible estaba hablando de otra cosa. Quizá, pensó el doctor Stockstill, el hombre esté perdiendo sus facultades.
—El aislamiento en el espacio —interrumpió Stockstill— da origen a sus propios fenómenos disruptivos, similares a lo que antes era llamado claustrofobia. Un síntoma específico es la realimentación de la ansiedad de la ingravidez, que llega a tener consecuencias somáticas. —A medida que hablaba se iba dando cuenta de que estaba siguiendo un camino equivocado; que ya había fracasado. El focomelo se había retirado, demasiado disgustado para escuchar... estaba trasteando en un rincón—. Señor Dangerfield —dijo Stockstill—, lo que deseo es interrumpir esa realimentación, y el inhalar anhídrido carbónico podría conseguirlo. Luego, cuando los síntomas de tensión hayan desaparecido, podremos empezar alguna forma de psicoterapia, incluido el recordar de nuevo todo el material olvidado traumáticamente.
Secamente, el disc jockey dijo:
—Mi material traumático no está olvidado, doctor; lo estoy experimentando precisamente ahora. Está en todo mi alrededor. Es una forma de claustrofobia y me siento muy, muy mal.
—La claustrofobia —dijo el doctor Stockstill— es una fobia directamente conectada con el diencéfalo en el sentido que es una perturbación del sentido de la espacialidad. Está conectada con la reacción de pánico ante la presencia o la presencia imaginaria de un peligro; es un deseo reprimido de huir.
—Bueno, ¿dónde puedo huir yo, doctor? —dijo Dangerfield—. Seamos realistas. ¿Qué puede hacer por mí, en nombre de Cristo, un psicoanalista? Soy un hombre enfermo; necesito una operación, no esa cháchara suya.
—¿Está usted seguro? —preguntó Stockstill, sintiéndose ineficaz y estúpido—. De acuerdo, admito que eso tomará tiempo, pero al menos usted y yo hemos establecido un contacto básico; usted sabe que yo estoy aquí intentando ayudarle, y yo sé que está usted escuchando. —Está usted escuchando, ¿verdad?, se preguntó silenciosamente—. Así que creo que al menos ya hemos conseguido algo.
Aguardó. Sólo hubo silencio.
—¿Hola, Dangerfield? —dijo en el micrófono.
Silencio.
Tras él, el focomelo dijo:
—O ha cortado la comunicación o el Satélite está ya demasiado lejos. ¿Cree que ha podido ayudarle?
—No lo sé —dijo Stockstill—. Pero al menos lo hemos intentado.
—Si hubiera podido empezar usted hace un año...
—Pero nadie lo sabía. —Habíamos considerado a Dangerfield algo permanente, como el sol, se dio cuenta Stockstill. Y ahora, como dice Hoppy, es demasiado tarde.
—Mañana por la noche tendrá mejor suerte —dijo Hoppy, con una débil, casi burlona, sonrisa. Y Stockstill captó en él una profunda tristeza. ¿Estaba Hoppy triste por él, por sus fútiles esfuerzos? ¿O por el hombre en el Satélite pasando sobre ellos? Era difícil decirlo.
—Seguiré intentándolo —dijo Stockstill.
Alguien llamó a la puerta.
—Será la delegación oficial —dijo Hoppy. Una amplia y placentera sonrisa apareció en sus crispadas facciones; su rostro pareció expandirse, llenarse de calidez—. Perdón. —Hizo rodar su focomóvil hacia la puerta, tendió un extensor manual y la abrió.
Allí estaban Orion Stroud, Andrew Gill, Cas Stone, Bonny Keller y la señora Tallman, todos ellos nerviosos e incómodos.
—Harrington —dijo Stroud—, tenemos algo para ti, un pequeño regalo.
—Estupendo —dijo Hoppy, sonriéndole a Stockstill—. ¿Lo ve? —le dijo al doctor—. ¿No se lo había dicho? Es en prueba de gratitud. —Dirigiéndose a la delegación, continuó—: Entren; les estaba esperando. —Dejó la puerta abierta y penetraron en la casa.
—¿Qué estaban haciendo? —preguntó Bonny al doctor Stockstill, al verlo de pie junto al transmisor y con el micrófono en la mano.
—Intentando contactar con Dangerfield —dijo Stockstill.
—¿Para terapia? —dijo ella.
—Si —asintió él.
—Sin suerte, supongo.
—Lo intentaremos nuevamente mañana —dijo Stockstill.
Orion Stroud, con su discurso momentáneamente olvidado, le dijo al doctor Stockstill:
—Es cierto; usted ejercía antes como psiquiatra.
—Bien, ¿qué es lo que me traen? —dijo Hoppy, impaciente. Miró a Gill, detrás de Stuart; vio la lata de cigarrillos y la caja de coñac—. ¿Son para mí?
—Sí —dijo Gill—. Con nuestro agradecimiento.
La lata y la caja escaparon de sus manos; parpadeó cuando las vio flotar hacia el foco y luego posarse en el suelo directamente delante del focomóvil. Ávidamente, Hoppy las abrió con sus extensores.
—Uh —dijo Stroud, desconcertado—, tenemos que hacerte una declaración. ¿Va bien que te la hagamos ahora, Hoppy? —Miró aprensivamente al focomelo.
—¿Sólo esto? —preguntó Hoppy, con las cajas abiertas ante él—. ¿Qué más me traen como recompensa?
Mientras contemplaba la escena, Bonny pensó: no tenía ni idea de que fuera tan infantil. Exactamente como un niño... Deberíamos haberle traído muchas más cosas, envueltas alegremente, con cintas y tarjetas, y a ser posible con muchos colores. No debemos decepcionarle, concluyó. Nuestras vidas dependen de ello... de aplacar su humor.
—¿No hay nada más? estaba diciendo Hoppy malhumoradamente.
—Todavía no —dijo Stroud—. Pero lo habrá. —Dirigió una rápida y nerviosa mirada a los demás miembros de la delegación—. Los auténticos regalos, Hoppy, deben ser preparados cuidadosamente. Esto es sólo el principio.
—Entiendo —dijo el focomelo. Pero no sonó convencido.
—Honestamente —dijo Stroud—; es la verdad, Hoppy.
—Yo no fumo —dijo Hoppy, observando los cigarrillos; tomó un puñado y los estrujó, reduciéndolos a migajas y dejándolos caer al suelo—. Produce cáncer.
—Bueno —empezó Gill—, podría considerarse la cuestión bajo dos aspectos. En lo que a mí respecta...
El focomelo soltó una risita.
—Creo que no me van a traer nada más —dijo.
—No, te aseguro que vendrán más cosas —dijo Stroud. La habitación permaneció silenciosa, excepto por la estática que surgía del altavoz.
En un rincón, un objeto, una lámpara de radio, flotó en el aire y fue a estrellarse ruidosamente contra la pared, esparciendo fragmentos de vidrio por todas partes.
—Más —dijo Hoppy, imitando la profunda y sonora voz de Stroud—. Seguro que vendrán más cosas.


XV

Hacía treinta y seis horas que Walt Dangerfield yacía en su litera en estado de semiinconsciencia, sabiendo ahora que no se trataba de una úlcera; estaba sufriendo una crisis cardiaca, que probablemente iba a terminar con él en poco tiempo. Pese a lo que había dicho Stockstill, el analista.
El transmisor del Satélite continuaba emitiendo una cinta de música ligera, una y otra vez; el tranquilizador sonido de las cuerdas llenaba sus oídos de una engañosa sensación de bienestar. Ni siquiera tenía fuerzas para levantarse hasta los controles y cortar la emisión.
Ese psicoanalista, pensé amargamente. Hablando acerca de respirar en una bolsa de papel. Había sido como un sueño... aquella débil voz, tan llena de seguridad. Tan completamente equivocada en sus premisas.
Estaban llegando mensajes de todas partes del mundo mientras el Satélite pasaba siguiendo su órbita una y otra vez; su equipo de grabación los recogía y los retenía, pero eso era todo. Dangerfield ya no podía contestar.
Creo que tendría que decírselo, pensó. Creo que el momento, ese momento que todos estábamos esperando, ha llegado finalmente.
Se irguió sobre sus manos y rodillas hasta alcanzar la silla junto al micrófono, la silla desde donde había estado hablando durante siete años al mundo de abajo. Tras sentarse descansó unos instantes, y luego conectó una de las varias grabadoras, tomó el micro, y empezó a dictar un mensaje que, una vez terminado, podría emitir indefinidamente, una vez tras otra, en sustitución de la música ligera.
—Amigos míos, al habla Walt Dangerfield, que quiere expresaros su agradecimiento por todo ese tiempo que hemos estado juntos, hablándonos, manteniendo el contacto. Me temo que mi enfermedad me imposibilite de seguir haciéndolo. Así que con gran dolor debo deciros adiós por última vez... —Siguió hablando, dolorosamente, eligiendo con cuidado las palabras, intentando hacer que aquel momento fuera para sus oyentes de abajo lo menos triste posible. Pero de todos modos les dijo la verdad; les dijo que aquél era el fin para él y que tendrían que hallar algún otro medio para comunicarse sin su ayuda, y luego cortó la grabación, depositó el micrófono, y en un reflujo instintivo hizo pasar la cinta para escuchar lo que había grabado.
La cinta estaba en blanco. No había nada en ella, aunque había estado hablando durante casi quince minutos.
Evidentemente el equipo se había estropeado por alguna razón, aunque se sentía demasiado mal como para preocuparse; tomó de nuevo el micro, giró unos diales en el panel de control, y esta vez se preparó a lanzar su mensaje directamente a la zona que estaba sobreorbitando. Aquella gente tendría que comunicarle al resto del mundo la noticia; no había otro camino.
—Amigos míos —empezó de nuevo—, al habla Walt Dangerfield. Tengo algunas malas noticias que deciros, pero...
—Y entonces se dio cuenta de que estaba hablándole a un micrófono muerto. El altavoz sobre su cabeza había permanecido en silencio; no se había transmitido nada. De otro modo hubiera oído su propia voz por el sistema de control.
Mientras permanecía sentado allí, intentando descubrir qué era lo que fallaba, se dio cuenta de algo más, algo mucho más extraño y ominoso.
Todos los sistemas estaban en movimiento. Lo habían estado aparentemente desde hacía tiempo. Las consolas de registro y reproducción a gran velocidad, que nunca había utilizado... todos sus discos estaban girando por primera vez en siete años. Mientras miraba, los relés cliquetearon encendiéndose y apagándose; un disco se detuvo, otro empezó a girar, esta vez a poca velocidad.
No comprendo, se dijo. ¿Qué está ocurriendo?
Evidentemente los sistemas estaban recibiendo a alta velocidad, grabando, y ahora uno de ellos había parado de grabar y estaba transmitiendo. Pero ¿quién había puesto en movimiento todo aquello? El no. Los diales mostraban que el transmisor del Satélite estaba funcionando, y al darse cuenta de ello se dio cuenta también de que los mensajes que había recibido y habían sido grabados estaban siendo transmitidos ahora, oyó el altavoz sobre su cabeza cobrar vida de nuevo.
—Hude hude hu —cloqueó una voz... su voz—. Este es su viejo amigo Walt Dangerfield de nuevo, y perdónenme por ese concierto de música. Esta será la última vez.
¿Quién había dicho eso?, se preguntó, mientras permanecía sentado torpemente, escuchando. Se sentía impresionado y desconcertado. Su voz sonaba tan llena de vida, tan alegre; ¿cómo puedo sonar así en estas circunstancias?, se preguntó. Así es como hablaba hace años, cuando estaba lleno de salud y cuando ella aún seguía con vida.
—Bueno —murmuró su voz—, esa ligera indisposición que he sufrido... evidentemente algunos ratones se metieron en las alacenas de las provisiones, e imagino que se van a echar a reír ante la idea de Walt Dangerfield luchando contra los ratones aquí en pleno espacio, pero es cierto. De todos modos, parte de mis reservas resultaron deterioradas, y yo no me di cuenta de ello... y eso hizo estragos en mi barriga. De todos modos... —se oyó a si mismo soltando su familiar risita—. Ahora ya estoy bien. Sé que todos ustedes se sentirán contentos al saberlo, ustedes amigos que me han transmitido tantos mensajes de aliento, y por los cuales les doy mis más sinceras gracias.
Abandonando su silla ante el micrófono, Walt Dangerfield se dirigió con paso vacilante hacia su litera; se tendió en ella, cerró los ojos, y entonces pensó una vez más en el dolor en su pecho y en lo que significaba. La angina de pecho, pensó, se supone que es más bien como un gran puño estrujándote; este dolor es más bien como una quemadura. Si pudiera mirar de nuevo los archivos de medicina en el microfilm... quizás haya allí algún hecho que he olvidado leer. Por ejemplo, se halla situado directamente bajo el esternón, no al lado izquierdo. ¿Significa algo eso?
O quizá no esté enfermo en absoluto, se dijo mientras intentaba levantarse de nuevo. Quizá Stockstill, ese psiquiatra que pretendía que respirara anhídrido carbónico, tenga razón; quizá todo está en mi mente, sea un resultado de tantos años de aislamiento aquí.
Pero no lo creía. Sentía que el dolor era demasiado real. Y había otro hecho acerca de su enfermedad que lo preocupaba terriblemente. Pese a todos sus esfuerzos, no había conseguido llegar a ninguna conclusión, así que no se había molestado en mencionarlo a los varios doctores y hospitales de allá abajo. Ahora ya era demasiado tarde, se sentía demasiado enfermo para poder operar con los controles del transmisor.
El dolor parecía aumentar cada vez que el Satélite pasaba por encima de California del Norte.

En mitad de la noche, el clamor de los agitados murmullos de Bill Keller despertaron a su hermana.
—¿Qué ocurre? —dijo Edie adormilada, intentando descifrar lo que él quería decirle. Se senté en la cama, frotándose los ojos mientras los murmullos iban en crescendo.
—¡Hoppy Harrington! —estaba diciendo su hermano, muy dentro de ella—. ¡Se ha apoderado del Satélite! ¡Hoppy se ha apoderado del Satélite de Dangerfield! —Siguió hablando excitadamente, repitiendo lo mismo una y otra vez.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque el señor Bluthgeld me lo ha dicho; está ahí abajo ahora, pero todavía puede ver lo que ocurre arriba. No puede hacer nada y está furioso. Sigue sabiéndolo todo acerca de nosotros. Odia a Hoppy porque fue Hoppy quien lo estrelló contra el suelo.
—¿Y qué hay de Dangerfield? —preguntó ella—. ¿También está muerto?
—Todavía no está ahí abajo —dijo su hermano, tras una larga pausa—, así que imagino que no.
—¿A quién debo decírselo? —preguntó Edie—. ¿Lo que ha hecho Hoppy?
—Díselo a mamá —respondió su hermano con tono de urgencia—. Pero díselo ahora mismo.
Saltando de la cama, Edie echó a correr hacia la puerta y atravesé el pasillo en dirección al dormitorio de sus padres; abrió la puerta, exclamando:
—Mamá, tengo que decirte algo... —y entonces le falló la voz, pues su madre no estaba allí. Sólo había una persona tendida en la cama, su padre. Su madre —lo supo instantánea y definitivamente —se había ido, y no volvería nunca.
—¿Dónde está? —clamó Bill dentro de ella—. Sé que no está aquí; no puedo sentirla.
Lentamente, Edie cerró la puerta del dormitorio. ¿Qué puedo hacer?, se dijo. Anduvo maquinalmente, temblando bajo el frío de la noche.
—Estate quieto —le dijo a Bill, y sus murmullos bajaron de volumen.
—Tienes que encontrarla —estaba diciendo Bill.
—No puedo —dijo ella. Sabía que era imposible— Déjame pensar en qué podemos hacer —dijo, regresando a su propio dormitorio en busca de su bata y sus zapatos.

Dirigiéndose a Ella Hardy, Bonny dijo:
—Tiene usted una casa muy bonita aquí. Es extraño hallarme de nuevo en Berkeley, después de tanto tiempo. —Se sentía literalmente exhausta—. Creo que será mejor que me acueste un rato —dijo. Eran las dos de la madrugada. Mirando a Andrew Gill y Stuart, añadió—: Hemos venido condenadamente aprisa, ¿no? Hace apenas un año hubiéramos necesitado como mínimo otros tres días.
—Sí —dijo Gill, y bostezó. También se le veía cansado; había conducido la mayor parte del tiempo, ya que era su coche de caballos el que habían tomado.
—Señora Keller —dijo la señora Hardy—, ésta es la hora en que generalmente sintonizamos el último pase del Satélite.
—Oh —dijo ella, sin importarle en lo más mínimo pero sabiendo que era inevitable; tendrían que escuchar al menos algunos instantes, por educación—. Así que aquí tienen dos transmisiones por día.
—Sí —dijo la señora Hardy—, y francamente creemos que vale la pena aguardar a recibir la segunda, aunque en estas últimas semanas... —hizo un gesto—. Supongo que usted sabe tan bien como nosotros lo que ocurre. Dangerfield está tan enfermo.
Permanecieron unos instantes en silencio.
—Hay que enfrentarse a este hecho brutal —dijo Hardy—. Durante los últimos días no hemos conseguido captar nada, excepto ese programa de música ligera que transmitía una y otra y otra vez, automáticamente... así que... —Miró a su alrededor, a los cuatro—. Es por eso por lo que estamos tan interesados en la emisión de esta noche.
Pero tenemos tantas cosas que hacer mañana, pensó Bonny. Claro que tiene razón; hemos de quedarnos, esto también es importante. Debemos saber qué está ocurriendo ahí arriba en el Satélite; tantas cosas dependen de ello. Se sintió triste. Walt Dangerfield, pensó, ¿te estarás muriendo ahí arriba, solo? ¿Estarás ya muerto y nosotros aún no lo sabemos?
¿Va a sonar esa música ligera para siempre?, se dijo. ¿Al menos hasta que el Satélite caiga finalmente a la Tierra o derive al espacio para ser atraído por el sol?
—Pondré la radio —dijo Hardy, consultando su reloj. Cruzó la habitación hacia el aparato y giré cuidadosamente el dial—. Necesita mucho tiempo para calentarse —se disculpó—. Creo que tiene alguna lámpara estropeada; hemos solicitado a la Asociación de Arreglalotodo del West Berkeley que vengan a echarle un vistazo, pero están tan atareados, tienen todo el tiempo tomado, dicen. Le echaría un vistazo yo mismo, pero... —se alzó de hombros resignadamente—. La última vez que intenté arreglarla todavía la dejé peor.
—Va a hacer usted que el señor Gill se asuste y se marche —dijo Stuart.
—No —dijo Gill—. Lo entiendo. Las radios son competencia de los arreglalotodo. Ocurre lo mismo en West Marin.
Dirigiéndose a Bonny, el señor Hardy dijo:
—Stuart dice que usted había vivido aquí.
—Trabajé durante un tiempo en el laboratorio de radiaciones —dijo Bonny—. Y luego trabajé en Livermore, también para la Universidad. Por supuesto... —vaciló— está todo tan cambiado ahora. No reconocería Berkeley. No he reconocido nada de lo que hemos pasado excepto quizá la propia avenida San Pablo. Todas esas pequeñas tiendas... parecen nuevas.
—Lo son —dijo Dean Hardy. La radio empezó a emitir estática y se inclinó atentamente hacia ella, acercando el oído—. Generalmente captamos esta última emisión en los 640 kilociclos. Perdonen. —Les dio la espalda, atento a la radio.
—Subamos la lámpara de grasa —dijo Gill—, y así podrá sintonizarla mejor.
Bonny hizo lo indicado, maravillándose de que allí en la ciudad siguieran dependiendo todavía de las primitivas lámparas de grasa; había supuesto que habrían restablecido la electricidad, al menos parcialmente. En algunos aspectos, se dio cuenta, estaban realmente más atrasados que en West Marin. Y en cuanto a Bolinas...
—Ah —dijo el señor Hardy, interrumpiendo sus pensamientos—. Creo que lo tengo. Y no es música ligera. —Su rostro brillaba y relucía.
—Oh, querido —dijo Ella Hardy—, rezo al cielo porque se encuentre mejor. —Junté ansiosamente las manos.
Una amistosa, informal, familiar voz surgió con fuerza del altavoz:
—Hey, saludos a todos, amable gente nocturna de ahí abajo. Como tendrían que haber supuesto, aquí estoy, diciéndoles hola, hola y hola. —Dangerfield rió—. Sí, amigos, aquí estoy dando vueltas de nuevo, otra vez sobre mis piernas. De nuevo dándole a todos esos botones y mandos y demás controles como loco... sí, señores. —Su voz era cálida, y los rostros alrededor de Bonny se relajaron también, y sonrieron junto con la alegría contenida en aquella voz. Las cabezas asintieron aprobadoramente.
—¿Lo oyen? —dijo Ella Hardy—. Bueno, está mejor. El mismo lo dice. No son sólo palabras, puede notarse la diferencia.
—Hude hude hu —dijo Dangerfield—. Bueno, ahora, déjenme ver; ¿qué noticias hay? ¿Han oído hablar de ese enemigo público número uno, ese antiguo físico que todos recordamos tan bien, nuestro buen viejo doctor Bluthgeld, o como yo le llamo doctor Bloodmoney? Supongo que todos ustedes sabrán ya que nuestro querido doctor Bloodmoney ya no está entre nosotros. Sí, eso es.
—He oído rumores acerca de ello —dijo el señor Hardy excitadamente—. Un buhonero que vino en globo procedente del Condado de Marin...
—Chist —dijo Ella Hardy, escuchando.
—Sí, realmente —estaba diciendo Dangerfield—. Una cierta persona de California del Norte se encargó del doctor B. De una vez por todas. Y tenemos una genuina deuda de gratitud hacia esa persona, debido a que... bueno, consideren solamente esto, amigos; esa persona está parcialmente incapacitada. Y, sin embargo, ha sido capaz de conseguir algo que nadie antes había conseguido. —Ahora la voz de Dangerfield era dura, intransigente; era un nuevo sonido que ninguno de ellos había oído nunca antes. Se miraron intranquilos—. Estoy hablando de Hoppy Harrington, amigos. ¿No conocen ustedes este nombre? Deberían conocerlo, ya que sin Hoppy ninguno de ustedes estaría ahora con vida.
Hardy, frotándose la barbilla y frunciendo el ceño, dirigió una mirada interrogativa a Ella.
—Ese Hoppy Harrington —continuó Dangerfield—, aplastó al doctor B. desde unos buenos seis kilómetros de distancia. Y lo hizo fácilmente. Muy fácilmente. ¿Creen ustedes que es imposible que alguien pueda alcanzar a un hombre a kilómetros de distancia? Se necesitan brazos extraoooordinariamente largos, ¿verdad, amigos? Y manos extraordinariamente fuertes. Bien, voy a decirles algo aún más notable. —La voz se hizo confidencial; se convirtió casi en un susurro intimo—. Hoppy no tiene ni brazos ni manos en absoluto —y Dangerfield guardó silencio.
—Andrew, es él, ¿verdad? —dijo Bonny lentamente.
—Sí, querida —dijo Gill, girándose en su silla para mirarla—. Creo que sí.
—¿Quién? —dijo Stuart McConchie.
Entonces la voz de la radio prosiguió, más calmada esta vez, pero también más contenida, con tonalidades frías y rígidas.
—Se ha intentado —empezó— recompensar al señor Harrington. No se le ha ofrecido gran cosa. Unos pocos cigarrillos y algo de coñac malo... si puede llamarse a eso una «recompensa». Y algunas frases vacías pronunciadas por un vulgar politiquillo local. Eso ha sido todo para el hombre que nos ha salvado a todos. Imagino que pensaron...
—Ese no es Dangerfield —dijo Ella Hardy.
—¿Quién es? —dijo el señor Hardy, dirigiéndose a Gill y Bonny—. Díganlo.
—Es Hoppy —dijo Bonny. Gill asintió.
—¿Está ahí arriba? —dijo Stuart—. ¿En el Satélite?
—No lo sé —dijo Bonny. ¿Pero qué importaba?—. Ha conseguido su control; eso es lo importante. —Y pensábamos que viniendo a Berkeley nos veríamos libres de él, se dijo. Que engañaríamos a Hoppy—. No me sorprende —dijo—. Se ha estado preparando durante mucho tiempo; todo lo demás era mera práctica para ello.
—Pero ya basta de esto —declaró la voz de la radio, en un tono más ligero—. Ya oirán más cosas acerca del hombre que nos ha salvado a todos; les tendré informados, de tanto en tanto... el viejo Walt no lo olvidará. Mientras tanto, déjenme ponerles un poco de música. ¿Qué les parecería una auténtica melodía al banjo de cinco cuerdas, amigos? Genuina auténtica música popular americana de los Estados Unidos de los viejos tiempos... Out on Penny's Farm, interpretada por Pete Seeger, el mejor representante folk.
Hubo una pausa, y luego surgió del altavoz el sonido de toda una orquesta sinfónica.
Pensativamente, Bonny dijo:
—Hoppy aún no lo tiene todo bajo mano. Hay unos pocos circuitos que todavía no puede controlar.
La orquesta sinfónica cesó bruscamente. Hubo un nuevo silencio, y luego pasó una cinta a velocidad incorrecta; chirrió frenéticamente y se interrumpió. Pese a todo, Bonny no pudo evitar una sonrisa. Finalmente, con retraso, llegó el sonido del banjo de cinco cuerdas.

Hard times in the country,
Out on Penny's farm.

Era una voz de tenor de cantante folk que acompañaba perfectamente al sonido del banjo. La gente en la habitación permaneció sentada, escuchando, obedeciendo al viejo hábito; la música surgía de la radio, y por siete años habían dependido de ella; les había condicionado, había pasado a formar parte de sus cuerpos físicos, y respondían a ello. Y sin embargo... Bonny captó la vergüenza y la desesperación a su alrededor. Nadie en la habitación comprendía completamente lo que había ocurrido; ella misma sentía tan sólo una entumecedora confusión. Tenían a Dangerfield de vuelta y, sin embargo, no era él; tenían la forma exterior, la apariencia, pero ¿qué era eso, en esencia? Era como una elaborada aparición, como un fantasma; no estaba vivo, no era viable. Realizaba los actos de siempre, pero estaba vacío y muerto. Tenía una peculiar cualidad de conservado, como si de alguna manera el frío, la soledad, se hubieran combinado para formar alrededor del hombre en el Satélite una nueva concha. Un armazón a la medida de la sustancia viva pero que la asfixiaba.
La muerte, la lenta destrucción de Dangerfield, pensó Bonny, era deliberada, y provenía no del espacio, no del más allá, sino de abajo, de un lugar familiar. Dangerfield no había muerto de los años de aislamiento; había sido golpeado con instrumentos cuidadosamente elegidos, surgidos del mundo que él se esforzaba por mantener en contacto. Si hubiera podido aislarse de nosotros, pensó, ahora estaría vivo. En el mismo momento en que nos escuchaba, nos recibía, estaba siendo matado... y ni siquiera lo sospechaba.
Ni siquiera se da cuenta ahora, decidió. Probablemente debe sentirse desconcertado, si es capaz de percibirlo hasta tal punto, capaz de alguna forma de conciencia.
—Es terrible —estaba diciendo Gill monótonamente.
—Terrible —admitió Bonny pero inevitable. Era demasiado vulnerable ahí arriba. Si Hoppy no lo hubiera hecho hubiera sido algún otro, algún día.
—¿Qué vamos a hacer? —dijo el señor Hardy—. Si ustedes, amigos, están tan seguros de eso, lo mejor sería...
—Oh —dijo Bonny—, estamos seguros. No hay la menor duda. ¿Piensa usted que deberíamos formar otra delegación y acudir a Hoppy de nuevo? ¿Pedirle que no prosiguiera? Me pregunto lo que diría. —Me pregunto, pensó, qué cerca llegaríamos de aquella familiar casita antes de que fuéramos abatidos. Quizás estamos demasiado cerca incluso ahora, aquí en esta habitación.
Por nada del mundo me acercaría de nuevo allí, pensó. De hecho pienso que voy a irme más lejos todavía; le diré a Andrew Gill que venga conmigo, y si no quiere entonces se lo diré a Stuart, y si él tampoco quiere ya encontraré a algún otro. Me iré; no me detendré nunca en ningún lugar, y quizás así esté a salvo de Hoppy. Los otros no me preocupan en este momento, estoy demasiado asustada; pienso tan sólo en mí misma.
—Andy —le dijo en voz baja a Gill—, escucha. Quiero irme.
—¿Quieres decir irte de Berkeley?
—Sí —asintió ella—. A lo largo de la costa, hacia Los Angeles. Sé que podemos ir hasta allá; una vez hayamos llegado estaremos seguros allí. Lo sé.
—No puedo, querida —dijo Gill—. Tengo que regresar a West Marin; tengo allí mis negocios... no los puedo abandonar.
—¿Vas a volver a West Marin? —dijo ella, asombrada.
—Sí. ¿Por qué no? No vamos a abandonarlo todo tan sólo a causa de que Hoppy haya hecho esto. No es razonable exigírnoslo. Ni siquiera Hoppy nos lo exige.
—Pero lo hará —dijo ella—. Lo exigirá todo, a su debido tiempo; lo sé, puedo preverlo.
—Entonces esperaremos —dijo Gill—. Hasta que ocurra. Mientras tanto, sigamos con nuestro trabajo. —Dirigiéndose a Hardy y Stuart McConchie, dijo—: Voy a acostarme, porque, Cristo... tenemos montones de asuntos que discutir mañana. —Se puso en pie—. Las cosas se arreglarán probablemente por sí mismas. No debemos desesperar. —Dio una palmada en la espalda de Stuart—. ¿No es así?
—La otra vez me escondí debajo de la acera —dijo Stuart—. ¿Deberé hacerlo de nuevo? —Miró a los demás, a su alrededor, buscando una respuesta.
—Sí —dijo Bonny.
—Entonces lo haré —dijo—. Pero la otra vez salí de debajo de la acera; no me quedé allí. Y puedo hacerlo de nuevo. —Se puso también en pie—. Gill, puede venir conmigo a mi casa, Bonny puede quedarse con los Hardy.
—Sí —dijo Ella Hardy, agitándose—. Tenemos sitio suficiente para usted, señora Keller. Hasta que le encontremos algo mejor.
—Está bien —dijo Bonny, automáticamente—. Gracias.
—Se frotó los ojos. Una buena noche de sueño, pensó. Ayudará. ¿Y luego qué? Ya veremos.
Si seguimos vivos mañana, pensó.
—Bonny —dijo de pronto Gill en voz alta—, ¿le cuesta creer todo esto de Hoppy? ¿O le resulta fácil? ¿Le conoce usted tan bien como eso? ¿Le comprende?
—Creo —dijo ella— que esto es muy ambicioso por su parte. Pero hubiéramos debido esperarlo. Ahora ha ido más lejos que ninguno de nosotros; como dice, tiene unos brazos muy, muy largos. Se ha compensado maravillosamente. Hay que admirarlo.
—Sí —admitió Gill—. Lo admiro. Mucho.
—Si tan sólo se conformara con lo que tiene —dijo ella—, yo no estaría tan asustada.
—El hombre por el cual siento pena —dijo Gill— es Dangerfield. Teniendo que escuchar pasivamente esto, enfermo como está, sin poder hacer ninguna otra cosa.
Ella asintió, pero se negó a imaginarlo; la idea se le hacía insoportable.

Apresurándose por el camino, en bata y zapatillas, Edie Keller se dirigía casi a tientas hacia la casa de Hoppy Harrington.
—Apresúrate —decía Bill en su interior—. Me dicen que sabe que vamos para allá; nos han visto en peligro. Si conseguimos llegar lo suficientemente cerca puedo imitar a alguno de los muertos que le dan tanto miedo, porque tiene miedo de los muertos. El señor Blaine dice que es porque para él los muertos son como padres, montones de padres, y...
—Cállate —dijo Edie—. Déjame pensar. —En la oscuridad, se había desorientado. No podía encontrar el camino que atravesaba el bosque de robles, y se detuvo respirando profundamente, intentando orientarse a la débil luz de la luna menguante.
Es a la derecha, pensó. En la parte baja de la colina. No debo caer; oiría el ruido, puede oír de muy lejos, casi todo. Descendió paso a paso, conteniendo el aliento.
—Tengo preparada una buena imitación —estaba murmurando Bill; no podía estarse tranquilo—. Es así: cuando esté cerca de él cambiaré mi lugar con alguien que está muerto, y a ti no te va a gustar porque es... un poco viscoso, pero será tan sólo por unos escasos minutos y así podrán hablarle directamente, desde dentro de ti. Y funcionará, porque cuando empiece a oír...
—De acuerdo —dijo ella—, pero sólo por muy poco tiempo.
—Bien, ¿quieres oír lo que dicen? Dicen: «Hemos recibido una terrible lección por nuestra locura. Es el medio que utiliza Dios para hacernos comprender». ¿Y tú sabes quién dice eso? Es el reverendo que pronunciaba los sermones cuando Hoppy era un bebé e iba a la iglesia a hombros de su padre. Lo recordará, aunque haga años y más años de ello. Aquél fue el momento más terrible de su vida; ¿sabes por qué? Porque aquel reverendo hizo que todo el mundo en la iglesia mirara a Hoppy y aquello estuvo mal, y el padre de Hoppy nunca volvió a poner los pies en ella después de eso. Pero es algo que explica en buena parte el porqué Hoppy es como es actualmente, a causa de aquel reverendo. Se siente realmente aterrado por aquel reverendo, y cuando oiga de nuevo su voz...
—Cállate —dijo Edie, exasperada. Habían llegado sobre la casa de Hoppy; podía ver las luces debajo—. Por favor, Bill, por favor.
—Pero tengo que explicártelo —protestó Bill—. Cuando yo...
Calló. Dentro de ella no había nada. Estaba vacía.
—Bill —llamó.
Se había ido.
Ante sus ojos, a la débil luz lunar, algo, una cosa que nunca había visto antes se estremeció. Se elevó, se agitó, con su pálida cabellera flotando tras ella como una cola; se elevó hasta colgar directamente ante su rostro. Tenía unos pequeños ojos muertos y una boca entreabierta, no era apenas nada excepto una pequeña cabeza redonda y dura, como una pelota de béisbol. De su boca surgió un aullido, y luego flotó más y más hacia arriba, liberada. Ella la contempló mientras ganaba cada vez una mayor altura, elevándose por encima de los árboles en un movimiento como de natación, ascendiendo en una atmósfera extraña que nunca hasta entonces había conocido.
—Bill —dijo ella—, te ha sacado de mí. Te ha puesto fuera. —Y te estás yendo, comprendió; Hoppy te obliga a ello—. Vuelve —dijo, pero sin excesiva convicción, ya que no podía vivir fuera de ella. Lo sabía. El doctor Stockstill lo había dicho. No podía nacer, y Hoppy lo había oído y le había hecho nacer, sabiendo que así moriría.
Ya no podrás hacer tu imitación, comprendió. Te dije que te callaras y no me hiciste caso. Parpadeando, vio —o creyó ver— al pequeño y duro objeto con los largos filamentos de sus cabellos flotando encima de ella... y luego desapareció, silenciosamente.
Estaba sola.
¿Para qué proseguir? Todo había terminado. Se giró, echó a andar ascendiendo de nuevo la colina, la cabeza baja, los ojos cerrados, a tientas. De regreso a su casa, a su cama. Se sentía desgarrada interiormente; notaba el dolor de la falta. Si tan sólo hubieras permanecido callado, pensó. El no hubiera podido oírte. Te lo dije, te lo repetí.
Caminó pesadamente de regreso.

Flotando en la atmósfera, Bill Keller veía un poco, oía un poco, sentía los árboles y los animales vivir y moverse a su alrededor. Sintió la presión que lo impulsaba, elevándolo, pero recordó su imitación y la dijo. Su voz surgió aflautada en el frío aire; luego sus oídos la captaron y lanzó una exclamación.
—Hemos recibido una terrible lección por nuestra locura —chilló, y su voz resonó en sus oídos, alegrándole.
La presión sobre él desapareció; se agitó en el aire, nadando alegremente, y luego descendió en picado. Abajo y más abajo hasta que fue a tocar el suelo, y entonces horizontalmente, guiado por la presencia viva en el interior, hasta colgar suspendido encima de la antena y la casa de Hoppy Harrington.
—¡Es el medio que utiliza Dios! —gritó con su aflautada y tenue voz—. Podemos comprender que es tiempo de apelar a un alto en los ensayos nucleares a gran altura. ¡Os pido a todos vosotros que le escribáis cartas de protesta al presidente Johnson! —No sabía quién había sido el presidente Johnson. Una persona viva, quizá. Miró a su alrededor pero no lo vio; vio robles y animales, vio un pájaro de silenciosas alas que se acercaba, el pico muy abierto, los ojos fijos en él. Bill aulló aterrado mientras el silencioso pájaro de plumaje marrón se abatía sobre él.
El pájaro lanzó un sonido horrible, de voracidad y ansias de devorar.
—¡Todos vosotros! —gritó Bill, huyendo a través del oscuro y frío aire—. ¡Todos vosotros debéis escribir cartas de protesta!
Los brillantes ojos del pájaro lo siguieron mientras ambos se deslizaban, uno en persecución del otro, por encima de los árboles, en la débil claridad lunar.
La lechuza lo alcanzó y lo engulló en un solo instante.


XVI

De nuevo estaba dentro. Ya no podía ver ni oír; había durado un corto tiempo, y ya se había acabado.
La lechuza, ululando, prosiguió su vuelo.
—¿Puedes oírme? —le dijo Bill a la lechuza.
Quizá pudiera, quizá no; tan sólo era una lechuza, no debía tener ninguna inteligencia, nada de lo que tenía Edie. No era parecida. ¿Puedo vivir dentro de ti?, le preguntó; oculto aquí, donde nadie lo sepa... tú tienes tu vuelo, sus incursiones. Con él, dentro de la lechuza, estaban los cuerpos de un ratón y de una cosa que se agitaba y arañaba, lo bastante grande como para intentar permanecer con vida.
Más bajo, le dijo a la lechuza. Podía ver, a través de los ojos de la lechuza, los robles; podía verlos claramente, como si todo estuviera repleto de luz. Millones de objetos individualizados yaciendo inmóviles, y de pronto captó a uno que reptaba... estaba vivo, y la lechuza giré hacia él. La cosa reptante, sin sospechar nada, sin oír ningún sonido, se aventuró a salir al descubierto.
Un instante después era tragada. La lechuza se elevó.
Bien, pensó. ¿Y hay algo más? Seguir así toda la noche, una y otra vez, y luego el baño cuando llueve, y los largos, profundos sueños. ¿Son ellos la mejor parte? Si, lo son.
—Fergesson no permite que sus empleados beban —dijo—; es contrario a su religión, ¿no? —Y luego dijo—: Hoppy ¿de dónde viene la luz? ¿Viene de Dios? Ya sabes, como en la Biblia. Quiero decir, ¿es así?
La lechuza aulló.
—Hoppy —dijo, desde el interior de la lechuza—, dijiste la última vez que todo estaba oscuro. ¿Es cierto? ¿No hay nada de luz?
Un millar de cosas muertas clamaban pidiendo su atención. Escuchó, repitió, eligió entre todas ellas.
—Tú, sucio pequeño monstruo —dijo—. Ahora escucha. Quédate aquí abajo; estamos por debajo del nivel de la calle. Especie de burro imbécil, quédate donde estás, donde estás. Donde estás. Yo subiré arriba y buscaré a ésa gente. Haz un claro ahí abajo. Espacio. Espacio para ellos.
Asustada, la lechuza aleteó; ascendió en el cielo, intentando huir de él. Pero Bill continuó, seleccionando, eligiendo y escuchando.
—Quédate ahí abajo —repitió. Las luces de la casa de Hoppy estuvieron de nuevo a la vista; la lechuza había trazado un círculo, regresando a aquel lugar, incapaz de huir de allí. La obligó a permanecer donde él quería. A cada pasada fue acercándose, más cerca, cada vez más cerca de Hoppy.
—Especie de burro imbécil —dijo—. Quédate donde estás.
La lechuza volé más bajo, ululando en su deseo de huir. Estaba cautiva y lo sabía. La lechuza lo odiaba.
—El presidente deberá oír nuestras peticiones —dijo— antes de que sea demasiado tarde.
Con un furioso esfuerzo, la lechuza aplicó su técnica habitual; lo expectoró violentamente, y salió disparado en dirección al suelo, intentando frenarse en las corrientes de aire. Cayó entre el humus y las plantas; rodó, lanzando grititos, hasta que finalmente se inmovilizó en un hoyo.
Liberada, la lechuza tomé velocidad y desapareció.
—Dejemos que la compasión humana sea testigo de eso —dijo, yaciendo en el hoyo; hablaba de nuevo con la voz del antiguo reverendo—. Somos nosotros mismos los que hemos ocasionado esto; ved aquí los resultados de la locura de nuestra humanidad.
Privado de los ojos de la lechuza, tan sólo podía ver vagamente; la iluminación parecía haber desaparecido, y todo lo que quedaban eran sombras imprecisas. Los árboles.
También podía ver la forma de la casa de Hoppy recortada contra el oscuro cielo nocturno. No estaba muy lejos.
—Hazme entrar de nuevo —dijo Bill, moviendo su boca. Rodó en el hoyo, debatiéndose sobre el lecho de hojas—. Quiero volver a entrar.
Un animal, oyéndole, se alejó prudentemente.
—Dentro, dentro, dentro —dijo Bill—. No puedo estar mucho tiempo aquí fuera; moriré. Edie, ¿dónde estás? —No la sentía cerca; sentía tan sólo la presencia del focomelo dentro de la casa.
Del mejor modo que pudo, empezó a rodar en aquella dirección.

Temprano por la mañana, el doctor Stockstill llegó a la casa de cartón embreado de Hoppy para iniciar su cuarta tentativa de tratar a Walt Dangerfield. El transmisor, observó, estaba conectado, y había algunas luces aquí y allá; desconcertado, llamó a la puerta.
La puerta se abrió y allí estaba Hoppy Harrington, sentado en el centro de su focomóvil. Hoppy le miró con una expresión extraña, cautelosa, casi defensiva.
—Deseo intentarlo otra vez —dijo Stockstill, sabiendo lo inútil que era pero deseando probar de nuevo—. ¿Te parece?
—Sí, señor —dijo Hoppy—. De acuerdo.
—¿Sigue vivo Dangerfield?
—Sí, señor. Yo lo sabría si hubiera muerto. —Hoppy rodó a un lado para dejarle paso—. Todavía debe seguir ahí arriba.
—¿Qué ha pasado? —dijo Stockstill—. ¿Has estado despierto toda la noche?
—Sí —dijo Hoppy—. Aprendiendo a manejar las cosas.
—Rodó el focomóvil hacia otro lado, con el ceño fruncido—. Es difícil —dijo, aparentemente preocupado.
—Creo que esa idea de la terapia del anhídrido carbónico era un error, ahora que he pensado bien en ella —dijo Stockstill, mientras se sentaba frente al micrófono—. Esta vez voy a intentar un poco de asociación libre de ideas con él, si puedo convencerle.
El focomelo seguía moviéndose de un lado para otro; el focomóvil chocó contra el extremo de la mesa.
—Ha sido un accidente —dijo Hoppy—. Lo siento; no quería hacerlo.
—Te ves diferente —dijo Stockstill.
—Soy el mismo; soy Bill Keller —dijo el focomelo—. No Hoppy Harrington. —Señaló con su extensor manual derecho—. Ese es Hoppy. Ese es él, a partir de ahora.
En una esquina yacía un marchito objeto de apariencia pastosa, de varios centímetros de largo; su boca estaba abierta en una helada vacuidad. Había una cualidad humana en él, y Stockstill se acercó y lo recogió.
—Eso era yo —dijo el focomelo—. Pero esta última noche me pude aproximar lo suficiente como para hacer el cambio. Se debatió mucho, pero estaba muy asustado, así que lo conseguí. Continué ofreciéndole imitación tras imitación. El reverendo lo aterró.
Stockstill, sujetando el marchito pequeño homúnculo, no dijo nada.
—¿Sabe usted cómo hacer funcionar el transmisor? —preguntó al poco el focomelo— Yo no. Lo he intentado pero no puedo. He conseguido que las luces funcionen; se encienden y apagan. He practicado en ello toda la noche. —Para demostrarlo, hizo rodar su focomóvil hasta la pared, donde encendió y apagó el conmutador con uno de sus extensores manuales.
Al cabo de un tiempo Stockstill dijo, mirando a la diminuta y muerta cosa que tenía en su mano:
—Sabía que no sobreviviría.
—Lo ha hecho durante un tiempo —dijo el focomelo—. Más o menos una hora; no está mal, ¿verdad? Parte de ese tiempo lo pasó en el interior de una lechuza; no sé si contará también.
—Yo... será mejor que intente entrar en contacto con Dangerfield —dijo finalmente Stockstill—. Puede morir en cualquier momento.
—Sí —dijo el focomelo, asintiendo—. ¿Quiere que le libre de eso? —Tendió un extensor, y Stockstill le entregó el homúnculo—. Aquella lechuza me comió —dijo el foco—. No me sentí a gusto, pero tenía unos buenos ojos; me gustó utilizar sus ojos.
—Sí —dijo Stockstill, reflexionando—. Las lechuzas tienen una vista tremendamente buena; debe haber sido una experiencia interesante. —Aquello, lo que había tenido en sus manos... le parecía increíble. Y, sin embargo, no era tan extraño; el foco había tenido que mover a Bill tan sólo unos pocos centímetros... había sido suficiente. ¿Y qué era aquello en comparación con lo que le había hecho al doctor Bluthgeld? Evidentemente tras aquello el foco había perdido el rastro debido a que Bill, una vez libre del cuerpo de su hermana, se había mezclado primero con una sustancia y luego con otra. Y finalmente había hallado al foco y se había mezclado también con él; y para terminar lo había suplantado en su propio cuerpo.
Había sido un intercambio desigual. Hoppy Harrington había tenido con mucho la peor parte; el cuerpo que había recibido a cambio no había vivido más que unos pocos minutos como máximo.
—¿Sabía usted —dijo Bill Keller, hablando con voz vacilante, como si le costara controlar el cuerpo del focomelo— que Hoppy Harrington subió por un instante al Satélite? Todo el mundo estaba excitado por ello; me despertaron en mitad de la noche para decírmelo, y yo desperté a Edie. Así es como vine hasta aquí— añadió, con una expresión tensa y grave en su rostro.
—¿Y qué es lo que piensas hacer ahora? —preguntó Stockstill.
—Debo aprender a usar este cuerpo —dijo el foco—; es pesado. Noto la gravedad... estaba acostumbrado tan sólo a flotar. ¿Sabe una cosa? Pienso que esos extensores son formidables. Puedo hacer un montón de cosas con ellos. —Los extensores flagelaron el aire, tocaron un cuadro en la pared, esbozaron un gesto hacia el transmisor—. Tengo que encontrarme con Edie —dijo—. Quiero decirle que estoy bien; ella probablemente debe pensar que estoy muerto.
Conectando el micrófono, Stockstill dijo:
—Walter Dangerfield, aquí el doctor Stockstill, en West Marin. ¿Puede oírme? Si puede, envíeme una respuesta. Me gustaría reanudar la terapia que ensayamos el otro día.
—Hizo una pausa, luego repitió lo que había dicho.
—Tendrá que intentarlo muchas veces —dijo el foco, mirándole fijamente—. Va a ser difícil porque está tan débil; probablemente no puede ni ponerse en pie, y ni siquiera se habrá dado cuenta de lo que estaba sucediendo cuando Hoppy tomó su lugar.
Asintiendo, Stockstill pulsó el botón del micrófono y lo intentó de nuevo.
—¿Puedo irme? —preguntó Bill Keller—. ¿Puedo ir a buscar a Edie?
—Sí —dijo Stockstill, frotándose la frente; reunió sus fuerzas y dijo—: Pero será mejor que vayas con cuidado con lo que haces... podrías hallarte incapaz de cambiar de nuevo.
—No deseo cambiar de nuevo —dijo Bill—. Así está bien, porque por primera vez no hay nadie aquí dentro excepto yo.
Como una explicación, añadió—: Quiero decir que estoy solo; no soy una parte de algún otro. Por supuesto, había cambiado una vez antes, pero fue a un bicho ciego... Edie me engañó y la cosa no funcionó en absoluto. Esto es diferente. —El enjuto rostro del foco se distendió en una sonrisa.
—Pero ve con cuidado —repitió Stockstill.
—Sí, señor —dijo respetuosamente el foco—. Lo intentaré; he tenido mala suerte con la lechuza, pero no fue culpa mía, ya que yo no deseaba ser tragado. Fue idea de la lechuza.
Pero ésta fue idea tuya, pensó Stockstill. Hay una diferencia; puedo verlo. Y es muy importante. Repitió al micrófono:
—Walt, aquí el doctor Stockstill, desde abajo. Estoy intentando de nuevo entrar en contacto. Creo que podemos ayudarle mucho a salirse de esto si acepta hacer lo que yo le diga. Pienso que vamos a intentar algunas asociaciones libres de ideas hoy, en un esfuerzo por llegar a las raíces de las causas de su tensión. De cualquier modo, eso no le hará ningún daño; creo que le gustará.
Del altavoz brotaba tan sólo estática.
¿No hay esperanzas?, se dijo Stockstill. ¿Es inútil seguir intentándolo?
Apretó una vez más el botón del micro y dijo:
—Walter, quien usurpó su autoridad en el Satélite... está muerto ahora, así que ya no tiene que preocuparse por él. Cuando se sienta lo suficientemente bien le daré más detalles. ¿De acuerdo? ¿Quedamos así? —Escuchó. De nuevo estática.
El foco, rodando en su carrito arriba y abajo por la habitación, como un gran escarabajo enjaulado, dijo:
—¿Podré ir a la escuela, ahora que estoy fuera?
—Sí —murmuró Stockstill.
—Pero de todos modos ya sé un montón de cosas —dijo Bill—, de cuando escuchaba con Edie cuando ella estaba en la escuela; no necesito empezar de nuevo desde el principio y repetir. Puedo ir a la misma clase que ella. ¿No lo cree así?
Stockstill asintió.
—Me pregunto lo que va a decir mi madre —murmuró el foco.
—¿Qué? —dijo Stockstill, con un estremecimiento. Y entonces comprendió lo que el foco quería decir—. Se ha ido —dijo—. Bonny se marchó con Gill y McConchie.
—Sé que se ha ido —dijo Bill quejumbrosamente—. ¿Pero no va a volver alguna vez?
—Posiblemente no —dijo Stockstill—. Bonny es una mujer extraña, muy inestable. No puedes contar con ello. —Será mejor que no lo sepa, se dijo. Le resultaría tremendamente difícil admitirlo; después de todo, concluyó, ella nunca ha sabido nada de esto. Tan sólo lo sabíamos Edie y yo. Y Hoppy. Y, pensó, la lechuza—. Voy a dejarlo correr —dijo de pronto—; no seguiré intentando entrar en contacto con Dangerfield, al menos por el momento. Quizá más tarde.
—Creo que le molesto —dijo Bill.
Stockstill asintió.
—Lo siento —dijo Bill—. Estaba intentando practicar y no sabía que usted venía aquí. No quería causarle molestias; ocurrió de pronto esta noche... rodé hasta aquí y pasé por debajo de la puerta antes de que Hoppy comprendiera, y entonces ya era demasiado tarde porque yo estaba muy cerca.
—Viendo la expresión en el rostro del doctor, se calló.
—Es... nunca vi nada parecido antes —dijo Stockstill—. Sabía que tú existías. Pero eso era todo.
—No sabía usted que yo estaba aprendiendo a cambiar —dijo Bill con orgullo.
—No —admitió Stockstill.
—Intente de nuevo hablar con Dangerfield —dijo Bill—. No lo deje correr, porque yo sé que está ahí arriba. No le diré cómo lo sé porque eso lo pondría aún más nervioso.
—Gracias —dijo Stockstill— por no decírmelo.
Pulsó una vez más el botón del micro. El foco abrió la puerta y rodó afuera, al sendero; el carrito se detuvo un poco más lejos y el foco miró hacia atrás, indeciso.
—Será mejor que vayas con tu hermana —le dijo Stockstill—. Será una gran alegría para ella, estoy seguro.
Cuando miró de nuevo, el foco había desaparecido. El carrito ya no estaba a la vista.
—Walt Dangerfield —dijo Stockstill al micrófono—, voy a estar sentado aquí intentando contactarle hasta que usted responda o yo adquiera la seguridad de que está muerto. No estoy diciendo que no tenga usted alguna genuina dolencia física, pero le aseguro que parte de sus causas residen en su situación psicológica, que en muchos aspectos es reconocidamente mala. ¿Está usted de acuerdo en ello? Y después de todo lo que le ha pasado, ver que los controles se le escapan de las manos...
Una lejana y lacónica voz surgió por el altavoz:
—De acuerdo, Stockstill. Vamos a intentar su libre asociación. Si no por otra razón, al menos para probarle que realmente mi estado físico es desesperado.
El doctor Stockstill suspiró y se relajó.
—Ya era tiempo. ¿Me estaba oyendo usted todo el rato?
—Si, mi buen amigo —dijo Dangerfield—. Me preguntaba cuánto tiempo estaría usted charlando inútilmente. Evidentemente hasta siempre. Ustedes los matasanos son persistentes, si no otra cosa.
Echándose hacia atrás, Stockstill encendió con mano temblorosa un cigarrillo Gold Label Deluxe Especial y dijo:
—¿Puede usted tenderse y ponerse cómodo?
—Estoy tendido —dijo secamente Dangerfield—. Llevo cinco días tendido.
—Y relájese en una posición tan pasiva como lo sea posible. Permanezca supino.
—Como una ballena —dijo Dangerfield—. Recostarme en el agua y esperar, ¿no? Y ahora, ¿debo confesarle todas mis tendencias incestuosas infantiles? Déjeme ver... Creo que estoy espiando a mi madre mientras se está peinando ante el espejo. Es muy hermosa. No, perdón. Estoy equivocado. Es una película y estoy mirando a Norma Shearer. Es en el último programa de la noche en la televisión. —Río débilmente.
—¿Se parecía su madre a Norma Shearer? —preguntó Stockstill; había sacado papel y un lápiz, y estaba tomando notas.
—Más bien a Betty Grable —dijo Dangerfield—. Si es que puede usted recordarla. Pero eso era probablemente antes de su época. Soy viejo, ya sabe. Casi mil años... uno envejece rápido aquí, solo.
—Siga hablando —dijo Stockstill—. Todo lo que le pase por la cabeza. No la fuerce, deje que divague por sí misma.
—En lugar de leer los grandes clásicos del mundo —dijo Dangerfield—, quizá pudiera hacer libre asociación de cómo la infancia se traumatiza defecando, ¿no cree? Me pregunto si interesaría lo suficiente a la humanidad. Personalmente, creo que es algo fascinante.
Stockstill, pese a sí mismo, se echó a reír.
—Es usted humano —dijo Dangerfield, al parecer complacido—. Creo que es una buena cosa. Un punto a su favor.
—Se echó a reír también, con su vieja y familiar risa—. Los dos tenemos algo en común, ambos consideramos que lo que estamos haciendo ahora aquí es muy divertido.
Irritado, Stockstill dijo:
—Lo único que intento yo es ayudarle.
—Oh, infiernos —respondió la débil y distante voz—. Soy yo quien le está ayudando a usted, doc. Y usted lo sabe bien, en lo profundo de su inconsciente. Usted necesita creer que está haciendo de nuevo algo útil, ¿no es cierto? ¿Cuándo recuerda haber tenido por primera vez esta sensación? Ahora tiéndase ahí en posición supina, y yo haré el resto desde aquí arriba. —Solté una risita—. Supongo que se dará cuenta, por supuesto, que estoy grabando todo esto en cinta. Reproduciré todas nuestras estúpidas conversaciones cada noche cuando pase por encima de Nueva York... a ellos les encantan esas chácharas intelectuales.
—Por favor —dijo Stockstill—, continuemos.
—Hude hude hu —canturreó Dangerfield—. Todo lo que usted quiera. ¿Puedo extenderme en la chica a la que amaba, en quinto grado? Allí fue donde empezaron realmente mis fantasías incestuosas. —Permaneció un instante en silencio y luego dijo, con voz reflexiva—: ¿Sabe?, hace años que no pensaba en Myra. Hace veinte años.
—¿La llevaba usted a bailar o cosas así?
—¿En quinto grado? —chilló Dangerfield—. ¿Está usted loco o qué? No, por supuesto que no. Pero la besé. —Su voz pareció volverse más relajada, más parecida a la de tiempos anteriores—. Nunca lo he olvidado —murmuré.
Por un momento la estática dominó las palabras.
—...y entonces —estaba diciendo Dangerfield cuando Stockstill pudo captar de nuevo su voz— Arnold Klein me pegó un golpe en la cabeza, y yo lo tiré al suelo, que es exactamente lo que se merecía. ¿Me sigue? Me pregunto cuántos centenares de mis ávidos oyentes están captando esto; veo encenderse luces... están intentando entrar en contacto conmigo en un montón de frecuencias. Espere, doc, tengo que responder a algunas de estas llamadas. Quién sabe, algunos de ellos podría ser otros analistas, mejores que usted. —Y añadió, en un aparte—: Y menos caros.
Hubo un silencio. Luego Dangerfield estuvo de vuelta.
—Tan sólo gente diciéndome que había hecho bien en darle a Arnold Klein su merecido —dijo alegremente—. Por el momento los votos están cuatro a uno. ¿Puedo continuar?
—Por favor —dijo Stockstill, garabateando más notas.
—Bien —dijo Dangerfield—, y luego vino Jenny Linhart. Eso fue a los dieciséis.
El Satélite, en su órbita, se había ido acercando; la recepción era ahora fuerte y clara. O quizá era que el equipo de Hoppy Harrington era particularmente bueno. El doctor Stockstill se reclinó en su silla, fumó su cigarrillo, y escuchó, mientras la voz aumentaba de volumen hasta resonar por toda la estancia.
¿Cuántas veces, pensé, habrá estado Hoppy sentado aquí, recibiendo el Satélite? Erigiendo sus planes, preparándose para el gran día. Y ahora ya no existe. ¿Se había llevado consigo el focomelo —Bill Keller— aquella cosita arrugada y reseca? ¿O estaba todavía en algún lugar por la habitación?
Stockstill no miró a su alrededor; mantuvo su atención centrada en la voz que ahora surgía potente. Se negó a mirar nada de lo que había en torno suyo en la habitación.

En una cama extraña pero cómoda en una habitación desconocida, Bonny Keller se despertó a una soñolienta confusión. Una luz difusa, amarilla e indudablemente procedente del sol de primera hora de la mañana se derramaba a su alrededor, y recortada en ella un hombre al que conocía bien estaba inclinado, tendiéndole los brazos. Era Andrew Gill, y por un momento imaginó —se dejó deliberadamente imaginar— que era siete años antes, de nuevo el Día E.
—Hola —murmuró, atrayéndolo hacia ella—. Espera —dijo luego—. Me estás aplastando, y ni siquiera te has afeitado. ¿Qué está ocurriendo? —Se sentó en la cama, empujándolo hacia atrás.
—Tómatelo con tranquilidad —dijo Gill. Echando a un lado las sábanas, la cogió en brazos y la llevó a través de la habitación hacia la puerta.
—¿Dónde vamos? —preguntó ella—. ¿A Los Ángeles? ¿De esta forma... llevándome en tus brazos?
—Vamos a escuchar a alguien. —Abrió la puerta con el hombro y la llevé abajo, al pequeño salón.
—¿Quién? —preguntó ella—. Hey, no estoy vestida. —Todo lo que llevaba era su ropa interior, con la que había dormido.
Ante ella vio el salón de los Hardy, y allí, junto a la radio, con sus rostros irradiando una auténtica y juvenil alegría, estaban Stuart McConchie, los Hardy, y algunos hombres que comprendió eran empleados del señor Hardy.
Del altavoz surgía la misma voz que habían oído la otra noche, ¿aunque era realmente la misma? Escuchó, mientras Andrew Gill se sentaba sin soltarla.
—...y entonces Jenny Linhart me dijo —estaba diciendo la voz— que según su estimación yo me parecía a un gran perro de lanas. Pienso que era debido a la forma en que mi hermana mayor me cortaba el pelo. Me parecía realmente a un gran perro de lanas. No era un insulto. Era solamente una observación; probaba que ella era consciente de mi existencia, lo cual es un progreso con relación a no ser tenido en cuenta en absoluto, ¿no? —Dangerfield guardó silencio, como esperando una respuesta.
—¿Con quién está hablando? —preguntó Bonny, aún medio dormida, sin acabar de captar lo que la rodeaba. Y entonces se dio cuenta de lo que significaba aquello—. Está vivo —dijo. Y Hoppy ya no estaba—. Maldita sea —dijo en voz alta—, ¿quiere alguien explicarme qué es lo que ha sucedido? —Se levantó de las rodillas de Andrew y se puso en pie, temblando un poco; el aire matutino era frío.
—No sabemos lo que ha pasado —dijo Ella Hardy—. Aparentemente ha reanudado sus emisiones en algún momento durante la noche. No habíamos apagado la radio, y por eso lo hemos oído; ésta no es su hora habitual de emisión.
—Parece que está hablando con un doctor —dijo el señor Hardy—. Probablemente un psiquiatra que lo está tratando.
—Dios bendito —dijo Bonny, acurrucándose un poco—. No es posible... ¿se está haciendo psicoanalizar? —Pero, pensó, ¿donde ha ido Hoppy? ¿Ha abandonado? ¿Era demasiado agotador proyectarse hasta tan lejos, es eso? ¿Tendría también, después de todo, sus limitaciones, como cualquier otro ser viviente? Regresó rápidamente a su dormitorio, sin dejar de escuchar, para tomar sus ropas. Nadie se dio cuenta de ello; la atención estaba completamente centrada en la radio.
Creer, se dijo mientras se vestía, que la vieja brujería podía ayudarle. Era increíblemente chistoso; se estremeció de frío y de alegría mientras abotonaba su blusa. Dangerfield, en la litera de su Satélite, allá arriba, charlando acerca de su infancia... Oh, Dios, pensó, y se apresuró a descender de nuevo al salón para no perderse nada.
Andrew acudió hacia ella, deteniéndola en el pasillo.
—Hemos perdido la señal —dijo—. Se ha ido.
—¿Por qué? —Su sonrisa desapareció; se sintió aterrada.
—Hemos tenido la suerte de captarlo durante un rato. Está bien, supongo.
—Oh —dijo ella—. Estoy tan preocupada. Suponte que no sea así.
—Pero es así —dijo Andrew. Puso sus grandes manos sobre los hombros de ella—. Lo has oído; has oído la calidad de su voz.
—Ese analista —dijo ella— merece la medalla de Héroe de Primera Clase.
—Sí —dijo él gravemente—. Héroe Analista de Primera Clase, tienes toda la razón. —Permaneció en silencio; luego, sujetándola aún pero manteniéndose a una pequeña distancia de ella, añadió—: Te pido disculpas por haber entrado en tu dormitorio y haberte sacado de la cama. Pero sabía que lo querrías oír.
—Sí —admitió ella.
—¿Sigue siendo necesario que vayamos más lejos? ¿Hasta Los Ángeles?
—Bueno —dijo ella—, tú tienes negocios aquí. Podemos quedarnos al menos durante un tiempo. Y ver si sigue bien.
—Se sentía aún aprensiva, preocupada por Hoppy.
—Uno nunca puede estar realmente seguro —dijo Andrew—, y esto es lo que convierte a la vida en un problema, ¿no crees? Hagámosle frente a las cosas: él es mortal; algún día terminará por morir. Como el resto de nosotros. —La miró directamente a los ojos.
—Pero no ahora —dijo ella—. Si tan sólo pudiera ser más tarde, dentro de unos pocos años... podría soportarlo. —Tomó las manos del hombre, se inclinó hacia delante y le besó. Tiempo, pensó. El amor que sentimos el uno por el otro en el pasado; el amor que sentimos por Dangerfield en este momento, y por él en el futuro. La lástima es que se trata de un amor estéril, uno no puede enviarle automáticamente toda esa plenitud, ese sentimiento que experimentamos el uno por el otro... y hacia él.
—¿Recuerdas el Día E? —preguntó Andrew.
—Oh, sí, por supuesto —dijo ella.
—¿Algún otro pensamiento al respecto?
—He decidido amarte —dijo Bonny. Se aparté rápidamente de él, enrojeciendo por haber dicho algo así—. Son las buenas noticias —murmuro—. Me he dejado arrastrar; te ruego que me perdones, ya pasará.
—Pero has sido sincera —dijo él, receptivamente.
—Sí —asintió ella.
—Me estoy haciendo un poco viejo —dijo Andrew.
—Todos envejecemos —dijo ella—. Yo crujo por todas partes cuando me levanto... quizá te hayas dado cuenta hace un momento.
—No —dijo él—. No mientras tus dientes permanezcan firmes en tu boca como están ahora. —La miró, preocupado—. No sé exactamente qué decirte, Bonny. Siento que vamos a realizar grandes cosas aquí; al menos lo espero. ¿Es una cosa deshonesta y onerosa venir aquí a buscar nueva maquinaria para mi factoría? ¿Es... —hizo un gesto— un craso error?
—Es admirable —respondió ella.
Penetrando en el corredor, la señora Hardy dijo:
—Le hemos captado de nuevo tan sólo un minuto, y seguía hablando de su infancia. Me atrevería a decir que no vamos a oírle de nuevo hasta la hora habitual, a las cuatro de la tarde. ¿Qué les parece un poco de desayuno? Tenemos tres huevos a compartir; mi marido los obtuvo de un vendedor ambulante la semana pasada.
—Huevos —repitió Andrew Gill—. ¿De qué clase? ¿De gallina?
—Son grandes y amarronados —dijo la señora Hardy—. Creo que sí lo son, aunque no puedo estar segura hasta que los haya abierto.
—Eso suena maravilloso —dijo Bonny. Se sentía realmente hambrienta ahora—. Creo que debemos pagarle por todo esto; ha hecho usted tanto por nosotros... un lugar donde dormir y la cena de la otra noche. —Era algo virtualmente insospechado en aquellos días, realmente algo que uno no se esperaba encontrar en la ciudad.
—Estamos juntos en los negocios —hizo notar la señora Hardy—. Todo lo que tenemos ha de ser compartido, ¿no?
—Pero yo no tengo nada que ofrecer. —De pronto se sintió muy consciente de aquello, y bajó la cabeza. Yo sólo puedo recibir, pensó. No dar.
Sin embargo, los demás no parecían estar de acuerdo. Tomándola de la mano, la señora Hardy la condujo hacia el rincón de la cocina.
—Usted puede ayudar a prepararlo todo —explicó—. También tenemos patatas. Puede pelarlas. Nosotros servimos el desayuno a nuestros empleados; siempre comemos juntos... resulta más barato, y, además, ellos no tienen cocina, viven en habitaciones, Stuart y los demás. Debemos ocuparnos de ellos.
Son ustedes una buena gente, pensó Bonny. Así es pues la ciudad... de eso es de lo que hemos estado huyendo durante todos estos años. Hemos oído historias horribles, que todo era ruinas, con predadores rondando por todas partes, con vagos y oportunistas y ladrones, los residuos de lo que había sido en otros tiempos... y habíamos huido ya de eso antes de la guerra. Habíamos tenido miedo de vivir aquí.
Al entrar en la cocina, oyó a Stuart McConchie que le decía a Dean Hardy:
—...y además de tocar la flauta nasal, esa rata... —se interrumpió al verla—. Es una anécdota acerca de nuestra vida aquí —se disculpó—. Puede que le choque. Se trata de un animal inteligente, y a mucha gente no le gustan los animales inteligentes.
—Cuéntemelo —dijo Bonny—. Quiero saber qué es eso de la rata que toca la flauta nasal.
—Puede que esté mezclando las habilidades de dos animales inteligentes —dijo Stuart, empezando a calentar el agua para el sucedáneo de café. Trasteó con el pote, y luego, satisfecho, se apoyó contra la cocina, al calor de la madera ardiendo, con las manos en los bolsillos—. De todos modos, recuerdo que el veterano decía que, además, había inventado un sistema primitivo de contabilidad. Pero eso me parece un poco exagerado. —Frunció el ceño.
—A mí no —dijo Bonny.
—Nosotros podríamos utilizar a una rata como ésa para trabajar aquí —dijo la señora Hardy—. Vamos a necesitar muy pronto un buen contable, con la expansión de nuestros negocios.
Afuera, a lo largo de la Avenida San Pablo, los coches tirados por caballos empezaban a circular; Bonny oyó el seco sonido de sus cascos repicando. Oyó los ruidos propios de la actividad, y acudió a la ventana para mirar. Había también bicicletas, y un mastodóntico viejo camión a gasógeno. Y gente a pie, mucha gente a pie.
Un animal emergió de debajo de una barraca hecha con planchas y cruzó la calle con precaución para desaparecer bajo el porche de un edificio del otro lado. Tras un momento reapareció, esta vez seguido por otro animal, ambos barrigudos y paticortos, quizá mutaciones de bulldogs. El segundo animal arrastraba una especie de plataforma muy burda; la plataforma, cargada con varios objetos valiosos, la mayor parte de ellos comida, se deslizaba y rebotaba en el irregular pavimento sobre dos especies de patines, tras los dos animales que corrían para ponerse al abrigo.
Bonny siguió observando atentamente a través de la ventana, pero los dos paticortos animales no reaparecieron. Iba a girarse cuando vio otra cosa moviéndose entre la primera actividad del día. Un cascarón redondo de metal, moteado de sucios colores y cubierto de hojas y ramitas, apareció a la vista, hizo un alto, y levantó dos temblorosas antenas al sol matutino.
¿Qué diablos puede ser eso?, se preguntó Bonny. Y entonces comprendió que estaba viendo una Trampa Homeostática Hardy en acción.
Buena suerte, pensó.
La trampa, tras hacer una pausa y escrutar en todas direcciones, vaciló y luego, al fin, se lanzó dubitativamente sobre la pista de los dos animales parecidos a bulldogs. Desapareció tras la esquina de la casa más cercana, digna y solemne, demasiado lenta para ir en su persecución, y Bonny no pudo evitar una sonrisa.
Los trabajos del día se habían iniciado. A todo su alrededor, la ciudad se estaba despertando una vez más a su vida cotidiana.


FIN

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