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jueves, 26 de mayo de 2011

Horacio Quiroga CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE




Horacio Quiroga 



CUENTOS DE AMOR, 
DE LOCURA Y DE 
MUERTE 






UNA ESTACIÓN DE AMOR 

PRIMAVERA 



Era el martes de carnaval. Nébel acababa de entrar en el corso, ya al 

oscurecer, y mientras deshacía un paquete de serpentinas miró al carruaje de 

delante. Extrañado de una cara que no había visto en el coche la tarde anterior, 

preguntó a sus compañeros: 

–¿Quién es? No parece fea. 

–¡Un demonio! Es lindísima. Creo que sobrina, o cosa así, del doctor 

Arrizabalaga. Llegó ayer, me parece... 

Nébel fijó entonces atentamente los ojos en la hermosa criatura. Era una 

chica muy joven aún, acaso no más de catorce años, pero ya núbil. Tenía, bajo 

cabello muy oscuro, un rostro de suprema blancura, de ese blanco mate y raso 

que es patrimonio exclusivo de los cutis muy finos. Ojos azules, largos, 

perdiéndose hacia las sienes entre negras pestañas. Tal vez un poco separados, 

lo que da, bajo una frente tersa, aire de mucha nobleza o gran terquedad. Pero 

sus ojos, tal como eran, llenaban aquel semblante en flor con la luz de su belleza. 

Y al sentirlos Nébel detenidos un momento en los suyos, quedó deslumbrado. 

–¡Qué encanto! –murmuró, quedando inmóvil con una rodilla en el 

almohadón del surrey. Un momento después las serpentinas volaban hacia la 

victoria. Ambos carruajes estaban ya enlazados por el puente colgante de papel, y 

la que lo ocasionaba sonreía de vez en cuando al galante muchacho. 

Mas aquello llegaba ya a la falta de respeto a personas, cocheros y aún al 

carruaje: las serpentinas llovían sin cesar. Tanto fue, que las dos personas 

sentadas atrás se volvieron y, bien que sonriendo, examinaron atentamente al 

derrochador. 

–Quiénes son? –preguntó Nébel en voz baja. 

–El doctor Arrizabalaga... Cierto que no lo conoces. La otra es la madre de tu 

chica... Es cuñada del doctor. 

Como en pos del examen, Arrizabalaga y la señora se sonrieran francamente 

ante aquella exuberancia de juventud, Nébel se creyó en el deber de saludarlos, a 

lo que respondió el terceto con jovial condescendencia. 

Este fue el principio de un idilio que duró tres meses, y al que Nébel se creyó 

en el deber de saludarlos, a lo que respondió el terceto con jovial 

condescendencia. Mientras continuó el corso, y en Concordia se prolonga hasta 

horas increíbles, Nébel tendió incesantemente su brazo hacia adelante, tan bien 

que el puño de su camisa, desprendido, bailaba sobre la mano. 

Al día siguiente se reprodujo la escena; y como esta vez el corso se 

reanudaba de noche con batalla de flores, Nébel agotó en un cuarto de hora 

cuatro inmensas canastas. Arrizabalaga y la señora se reían, volviendo la cabeza 

a menudo, y la joven no apartaba casi sus ojos de cabeza a menudo, y la joven no 

apartaba casi sus ojos de Nébel. Este echó una mirada de desesperación a sus 

canastas vacías. Mas sobre el almohadón del surrey quedaba aún uno, un pobre 

ramo de siemprevivas y jazmines del país. Nébel saltó con él sobre la rueda de los 

jazmines del país. Nébel saltó con él sobre la rueda del surrey, dislocóse casi un 

tobillo, y corriendo a la victoria, jadeante, empapado en sudor y con el entusiasmo 

a flor de ojos, tendió el ramo a al joven. Ella buscó atolondradamente otro, pero no 

lo tenía. Sus acompañantes se reían. 

–¡Pero loca! –le dijo la madre, señalándole el pecho–. ¡Ahí tienes uno! 

El carruaje arrancaba al trote. Nébel que había descendido afligido del 

estribo, corrió y alcanzó el ramo que la joven le tendía con el cuerpo casi fuera del 

coche. 

Nébel había llegado tres días atrás de Buenos Aires, donde concluía su 

bachillerato. Había permanecido allá siete años, de modo que su conocimiento de 

la sociedad actual de Concordia era mínimo. Debía quedar aún quince días en su 

ciudad natal, disfrutados en pleno sosiego de alma, sino de cuerpo. Y he aquí que 

desde el segundo día perdía toda su serenidad. Pero en cambio, ¡qué encanto! 

–¡Qué encanto! –se repetía pensando en aquel rayo de luz, flor y carne 

femenina que había llegado a él desde el carruaje. Se reconocía real y 

profundamente deslumbrado –y enamorado, desde luego. 

¡Y si ella lo quisiera!... ¿Lo querría? Nébel, para dilucidarlo, confiaba mucho 

más que en el ramo de su pecho, en la precipitación aturdida con que la joven 

había buscado algo que darle. Evocaba claramente el brillo de sus ojos cuando lo 

vio llegar corriendo, la inquieta expectativa con que lo esperó –y en otro orden, la 

morbidez del joven pecho, al tenderle el ramo. 

¡Y ahora, concluido! Ella se iba al día siguiente a Montevideo. ¿Qué le 

importaba lo demás, Concordia, sus amigos de antes, su mismo padre? Por lo 

menos iría con ella hasta Buenos Aires. 

Hicieron efectivamente el viaje juntos, y durante él Nébel llegó al más alto 

grado de pasión que puede alcanzar un romántico muchacho de dieciocho años 

que se siente querido. La madre acogió el casi infantil idilio con afable 

complacencia, y se reía a menudo al verlos, hablando poco, sonriendo sin cesar y 

mirándose infinitamente. 

La despedida fue breve, pues Nébel no quiso perder el último vestigio de 

cordura que le quedaba, cortando su carrera tras ella. 

Ellas volverían a Concordia en el invierno, acaso una temporada. ¿Iría él? 

«¡Oh, no volver yo!» Y mientras Nébel se alejaba despacio por el muelle, 

volviéndose a cada momento, ella, de pecho sobre la borda y la cabeza baja, lo 

seguía con los ojos, mientras en la planchada los marineros levantaban los suyos 

risueños a aquel idilio –y al vestido, corto aún, de la tiernísima novia. 

VERANO 

[I] 

El 13 de junio Nébel volvió a Concordia, y aunque supo desde el primer 

momento que Lidia estaba allí, pasó una semana sin inquietarse poco ni mucho 

por ella. Cuatro meses son plazo sobrado para un relámpago de pasión, y apenas 

si en el agua dormida de su alma el último resplandor alcanzaba a rizar su amor 

propio. Sentía, sí, curiosidad de verla. Hasta que un nimio incidente, punzando su 

vanidad, lo arrastró de nuevo. El primer domingo, Nébel, como todo buen chico de 

pueblo, esperó en la esquina la salida de misa. Al fin, las últimas acaso, erguidas y 

mirando adelante, Lidia y su madre avanzaron por entre la fila de muchachos. 

Nébel, al verla de nuevo, sintió que sus ojos se dilataban para sorber en toda 

su plenitud la figura bruscamente adorada. Esperó con ansia casi dolorosa el 

instante en que los ojos de ella, en un súbito resplandor de dichosa sorpresa, lo 

reconocerían entre el grupo. 

Pero pasó, con su mirada fría fija adelante. 

–Parece que no se acuerda más de ti –le dijo un amigo, que a su lado había 

seguido el incidente. 

–¡No mucho! –se sonrió él–. Y es lástima, porque la chica me gustaba en 

realidad. 

Pero cuando estuvo solo se lloró a sí mismo su desgracia. ¡Y ahora que 

había vuelto a verla! ¡Cómo, cómo la había querido siempre, él que creía no 

acordarse más! ¡Y acabado! ¡Pum, pum, pum! –repetía sin darse cuenta–. ¡Pum! 

¡Todo ha concluido! 

De golpe: ¿Y si no me hubieran visto?... ¡Claro! ¡pero claro! Su rostro se 

animó de nuevo, y acogió esta vaga probabilidad con profunda convicción. 

A las tres golpeaba en casa del doctor Arrizabalaga. Su idea era elemental: 

consultaría con cualquier mísero pretexto al abogado; y acaso la viera. 

Fue allá. Una súbita carrera por el patio respondió al timbre, y Lidia, para 

detener el impulso, tuvo que cogerse violentamente a la puerta vidriera. Vio a 

Nébel, lanzó una exclamación, y ocultando con sus brazos la ligereza de su ropa, 

huyó más velozmente aún. 

Un instante después la madre abría el consultorio, y acogía a su antiguo 

conocido con más viva complacencia con mayor complacencia que cuatro meses 

atrás. Nébel no cabía en sí de gozo; y como la señora no parecía inquietarse por 

las preocupaciones jurídicas de Nébel, éste prefirió también un millón de veces tal 

presencia a la del abogado. 

Con todo, se hallaba sobre ascuas de una felicidad demasiado ardiente. Y 

como tenía dieciocho años, deseaba irse de una vez para gozar a solas, y sin 

cortedad, su inmensa dicha. 

–¡Tan pronto, ya! –le dijo la señora–. Espero que tendremos el gusto de verlo 

otra vez... ¿No es verdad? ... ¿no es verdad? 

–¡Oh, sí, señora! 

–En casa todos tendríamos mucho placer... ¡Supongo que todos! ¿Quiere 

que consultemos? –se sonrió con maternal burla. 

–¡Oh, con toda el alma! –repuso Nébel. 

–¡Lidia! ¡Ven un momento! Hay aquí una persona a quien conoces. 

Lidia llegó cuando él estaba ya de pie. Avanzó al encuentro de Nébel, los 

ojos centelleantes de dicha, y le tendió un gran ramo de violetas, con adorable 

torpeza. 

–Si a usted no le molesta –prosiguió la madre–, podría venir todos los 

lunes... ¿Qué le parece? 

–¡Que es muy poco, señora! –repuso el muchacho–. Los viernes también 

¿Me permite? 

La señora se echó a reír. 

–¡Qué apurado! Yo no sé... Veamos qué dice Lidia. ¿Qué dices, Lidia? 

La criatura, que no apartaba sus ojos rientes de Nébel, le dijo ¡sí! en pleno 

rostro, puesto que a él debía su respuesta. 

–Muy bien: entonces hasta el lunes, Nébel. 

Nébel objetó: 

–¿No me permitiría venir esta noche? Hoy es un día extraordinario... 

–¡Bueno! ¡Esta noche también! Acompáñalo, Lidia. 

Pero Nébel, en loca necesidad de movimiento, se despidió allí mismo y huyó 

con su ramo cuyo cabo había deshecho casi, y con el alma proyectada al último 

cielo de la felicidad. 

[II] 

Durante dos meses, en todos los momentos en que se veían, en todas las 

horas que los separaban, Nébel y Lidia se adoraron. Para él, romántico hasta 

sentir el estado de dolorosa melancolía que provoca una simple garúa que agrisa 

el patio, la criatura aquella, con su cara angelical, sus ojos azules y su temprana 

plenitud, debía encarnar la suma posible de ideal. Para ella, Nébel era varonil, 

buen mozo e inteligente. No había en su mutuo amor más nube que la minoría de 

edad de Nébel. El muchacho, dejando de lado estudios, carreras y demás 

superfluidades, quería casarse. Como probado, no había sino dos cosas: que a él 

le era absolutamente imposible vivir sin Lidia, y que llevaría por delante cuanto se 

opusiese a ello. Presentía –o más bien dicho, sentía– que iba a escollar 

rudamente. 

Su padre, en efecto, a quien había disgustado profundamente el año que 

perdía Nébel tras un amorío de carnaval, debía apuntar las íes con terrible vigor. A 

fines de agosto habló un día definitivamente a su hijo: 

–Me han dicho que sigues tus visitas a lo de Arrizabalaga. ¿Es cierto? 

Porque tú no te dignas decirme una palabra. 

Nébel vio toda la tormenta en esa forma de dignidad, y la voz le tembló un 

poco al contestar: 

–Si no te dije nada, papá, es porque sé que no te gusta que te hable de eso. 

–¡Bah! Como gustarme, puedes, en efecto, ahorrarte el trabajo... Pero 

quisiera saber en qué estado estás. ¿Vas a esa casa como novio? 

–Sí. 

–¿Y te reciben formalmente? 

–Creo que sí... 

El padre lo miró fijamente y tamborileó sobre la mesa. 

–¡Está bueno! Muy bien!... Óyeme, porque tengo el deber de mostrarte el 

camino. ¿Sabes tú bien lo que haces? ¿Has pensado en lo que puede pasar? 

–¿Pasar?... ¿Qué? 

–Que te cases con esa muchacha. Pero fíjate: ya tienes edad para 

reflexionar, al menos. ¿Sabes quién es? ¿De dónde viene? ¿Conoces a alguien 

que sepa qué vida lleva en Montevideo? 

–¡Papá! 

–¡Sí, qué hacen allá! ¡Bah! No pongas esa cara... No me refiero a tu... novia. 

Esa es una criatura, y como tal no sabe lo que hace. ¿Pero sabes de qué viven? 

–¡No! Ni me importa, porque aunque seas mi padre... 

–¡Bah, bah, bah! Deja eso para después. No te hablo como padre sino como 

cualquier hombre honrado pudiera hablarte. Y puesto que te indigna tanto lo que 

te pregunto, averigua a quien quiera contarte, qué clase de relaciones tiene la 

madre de tu novia con su cuñado, ¡pregunta! 

–¡Sí! Ya sé que ha sido... 

–Ah, ¿sabes que ha sido la querida de Arrizabalaga? ¿Y que él u otro 

sostienen la casa en Montevideo? ¡Y te quedas tan fresco! 

–¡...! 

–¡Sí, ya sé! ¡Tu novia no tiene nada que ver con esto, ya sé! No hay impulso 

más bello que el tuyo... Pero anda con cuidado, porque puedes llegar tarde... ¡No, 

no, cálmate! No tengo ninguna idea de ofender a tu novia, creo, como te he dicho, 

que no está. Contaminada, aún por la podredumbre que la rodea. Pero si la madre 

te la quiere vender en matrimonio, o más bien a la fortuna que vas a heredar 

cuando yo muera, dile que el viejo Nébel no está dispuesto a esos tráficos y que 

antes se lo llevará el diablo que consentir en ese matrimonio. Nada el diablo que 

consentir en eso. Nada más te quería decirte. 

El muchacho quería mucho a su padre, a pesar del a su padre, a pesar del 

carácter de éste; salió lleno de rabia por no haber podido desahogar su ira, tanto 

más violenta cuanto que él mismo la sabía injusta. Hacía tiempo ya que no lo 

ignoraba. La madre de Lidia había sido querida de Arrizabalaga en vida de su 

marido, y aun cuatro o cinco años después. Se veían aún de tarde en tarde, pero 

el viejo libertino, arrebujado ahora en su artritis de solterón enfermizo, distaba 

mucho de ser respecto de su cuñada lo que se pretendía; y si mantenía el tren de 

madre e hija, lo hacía por una especie de agradecimiento de ex amante, y sobre 

una especie de compasión de ex amante, y sobre todo para autorizar los chismes 

actuales que hinchaban su vanidad. 

Nébel evocaba a la madre; y con un estremecimiento de muchacho loco por 

las mujeres casadas, recordaba cierta noche en que hojeando juntos y reclinados 

una «Illustration», había creído sentir sobre sus nervios súbitamente tensos un 

hondo hálito de deseo que surgía del cuerpo pleno que rozaba con él. Al levantar 

los ojos, Nébel había visto la mirada de ella, mareada, posarse pesadamente 

sobre la suya. 

¿Se había equivocado? Era terriblemente histérica, pero con raras crisis 

explosivas; los nervios desordenados repiqueteaban hacia adentro y de aquí la 

enfermiza tenacidad en un disparate y el súbito abandono de una convicción; y en 

los pródromos de las crisis, la obstinación creciente, convulsiva, edificándose con 

grandes bloques de absurdos. Abusaba de la morfina por angustiosa necesidad y 

por elegancia. Tenía treinta y siete años; era alta, con labios muy gruesos y 

encendidos que humedecía sin cesar. Sin ser grandes, sus ojos lo parecían por el 

corte y por tener pestañas muy largas; pero eran admirables de sombra y fuego. 

Se pintaba. Vestía, como la hija, con perfecto buen gusto, y era ésta, sin duda, su 

mayor seducción. Debía de haber tenido, como mujer, profundo encanto; ahora la 

histeria había trabajado mucho su cuerpo –siendo, desde luego, enferma del 

vientre. Cuando el latigazo de la morfina pasaba, sus ojos se empañaban, y de la 

comisura de los labios, del párpado globoso, pendía una fina redecilla de arrugas. 

Pero a pesar de ello, la misma histeria que le deshacía los nervios era el alimento 

un poco mágico que sostenía su tonicidad. 

Quería entrañablemente a Lidia; y con la moral de las burguesas histéricas, 

hubiera envilecido a su hija para hacerla feliz –esto es, para proporcionarle aquello 

que habría hecho su propia felicidad. 

Así, la inquietud del padre de Nébel a este respecto tocaba a su hijo en lo 

más hondo de sus cuerdas de sus cuerdas de amante. ¿Cómo había escapado 

Lidia? Porque la limpidez de su cutis, la franqueza de su pasión de chica que 

surgía con adorable libertad de sus ojos brillantes, era, ya no prueba de pureza, 

sino escalón de noble gozo por el que Nébel ascendía triunfal a arrancar de una 

manotada a la planta podrida, la flor que pedía por él. 

Esta convicción era tan intensa, que Nébel jamás la había besado. Una 

tarde, después de almorzar, en que pasaba por lo de Arrizabalaga, había sentido 

loco deseo de verla. Su dicha fue completa, pues la halló sola, en batón, y los 

rizos sobre las mejillas. Como Nébel la retuvo contra la pared, ella, riendo y 

cortada, se recostó en el muro. Y el muchacho, a su frente, tocándola casi, sintió 

en sus manos inertes la alta felicidad de un amor inmaculado, que tan fácil le 

habría sido manchar. 

¡Pero luego, una vez su mujer! Nébel precipitaba cuanto le era posible su 

casamiento. Su habilitación de edad, obtenida en esos días, le permitía por su 

legítima materna afrontar los gastos. Quedaba el consentimiento del padre, y la 

madre apremiaba este detalle. 

La situación de ella, sobrado equívoca en Concordia, exigía una sanción 

social que debía comenzar, desde luego, por la del futuro suegro de su hija. Y 

sobre todo, la sostenía el deseo de humillar, de forzar a la moral burguesa a 

doblar las rodillas ante la misma inconveniencia que despreció. 

Ya varias veces había tocado el punto con su futuro yerno, con alusiones a 

«mi suegro».... «mi nueva familia»..., «la cuñada de mi hija». Nébel se callaba, y 

los ojos de la madre brillaban entonces con más sombrío fuego. 

Hasta que un día la llama se levantó. Nébel había fijado el 18 de octubre 

para su casamiento. Faltaba más de un mes aún, pero la madre hizo entender 

claramente al muchacho que quería la presencia de su padre esa noche. 

–Será difícil –dijo Nébel después de un mortificante silencio–. Le cuesta 

mucho salir de noche... No sale nunca. 

–¡Ah! –exclamó sólo la madre, mordiéndose rápidamente el labio. Otra pausa 

siguió, pero ésta ya de presagio. 

–Porque usted no hace un casamiento clandestino, ¿verdad? 

–¡Oh! –se sonrió difícilmente Nébel–. Mi padre tampoco lo cree. 

–¿Y entonces? 

Nuevo silencio, cada vez más tempestuoso. 

–¿Es por mí que su señor padre no quiere asistir? 

–¡No, no señora! –exclamó al fin Nébel, impaciente– Está en su modo de 

ser... Hablaré de nuevo con él, si quiere. 

–¿Yo, querer? –se sonrió la madre dilatando las narices–. Haga lo que le 

parezca... ¿Quiere irse, Nébel, ahora? No estoy bien. 

Nébel salió, profundamente disgustado. ¿Qué iba a decir a su padre? Este 

sostenía siempre su rotunda oposición a tal matrimonio, y ya el hijo había 

emprendido las gestiones para prescindir de ella. 

–Puedes hacer eso, y todo lo que te dé la gana. Pero mi consentimiento para 

que esa entretenida sea tu suegra, ¡jamás! 

Después de tres días Nébel decidió concluir de una decidió aclarar de una 

vez esa vez con ese estado de cosas, y aprovechó para ello un momento en que 

Lidia no estaba. 

–Hablé con mi padre –comenzó Nébel–, y me ha dicho que le será 

completamente imposible asistir. 

La madre se puso un poco pálida, mientras sus ojos, en un súbito fulgor, se 

estiraban hacia las sienes. 

–¡Ah! ¿Y por qué? 

–No sé –repuso con voz sorda Nébel. 

–Es decir... que su señor padre teme mancharse si pone los pies aquí. 

–¡No sé! –repitió él, obstinado a su vez. 

–¡Es que es una ofensa gratuita la que nos hace ese señor! ¿Qué se ha 

figurado? –añadió con voz ya alterada y los labios temblantes–. ¿Quién es él para 

darse ese tono? 

Nébel sintió entonces el fustazo de reacción en la cepa profunda de su 

familia. 

–¡Qué es, no sé! –repuso con la voz precipitada a su vez–. Pero no sólo se 

niega a asistir, sino que tampoco da su consentimiento. 

–¿Qué? ¿Que se niega? ¿Y por qué? ¿Quién es él? ¡El más autorizado para 

esto! 

Nébel se levantó: 

–Usted no... 

Pero ella se había levantado también. 

–¡Sí, él! ¡Usted es una criatura! ¡Pregúntele de dónde ha sacado su fortuna, 

robada a sus clientes! ¡Y con esos aires! ¡Su familia irreprochable, sin mancha, se 

llena la boca con eso! ¡Su familia!... ¡Dígale que le diga cuántas paredes tenía que 

saltar para ir a dormir con su mujer antes de casarse! ¡Sí, y me viene con su 

familia!... ¡Muy bien, váyase; estoy hasta aquí de hipocresías! ¡Que lo pase bien! 

[III] 

Nébel vivió cuatro días en la más honda desesperación. ¿Qué podía esperar 

después de lo sucedido? Al quinto, y al anochecer, recibió una esquela: 

«Octavio: 

Lidia está bastante enferma, y sólo su presencia podría calmarla. 

María S. de Arrizabalaga» 

Era una treta, no ofrecía duda. Pero si su Lidia en verdad... 

Fue esa noche, y la madre lo recibió con una discreción que asombró a 

Nébel: sin afabilidad excesiva, ni aire tampoco de pecadora que pide disculpas. 

–Si quiere verla... 

Nébel entró con la madre, y vio a su amor adorado en la cama, el rostro con 

esa frescura sin polvos que dan únicamente los catorce años, y las piernas 

recogidas. 

Se sentó a su lado, y en balde la madre esperó a que se dijeran algo: no 

hacían sino mirarse y sonreír. 

De pronto Nébel sintió que estaban solos, y la imagen de la madre surgió 

nítida: «Se va para que en el transporte de mi amor reconquistado pierda la 

cabeza, y el matrimonio sea así forzoso». Pero en ese cuarto de hora de goce final 

que le ofrecían adelantado a costa de un pagaré de casamiento, el muchacho de 

dieciocho años sintió –como otra vez contra la pared– el placer sin la más leve 

mancha, de un amor puro en toda su aureola de poético idilio. 

Sólo Nébel pudo decir cuán grande fue su dicha recuperada en pos del 

naufragio. El también olvidaba lo que fuera en la madre explosión de calumnia, 

ansia rabiosa de insultar a los que no lo merecen. Pero tenía la más fría decisión 

de apartar a la madre de su vida, una vez casados. El recuerdo de su tierna novia, 

pura y riente en la cama que se había destendido una punta para él, encendía la 

promesa de una voluptuosidad íntegra, a la que no había robado prematuramente 

el más pequeño diamante. 

A la noche siguiente, al llegar a lo de Arrizabalaga, Nébel halló el zaguán 

oscuro. Después de largo rato la sirvienta entreabrió la ventana. 

–¿Han salido? –preguntó él extrañado. 

–No, se van a Montevideo... Han ido al Salto a dormir a bordo. 

–¡Ah! –murmuró Nébel aterrado. Tenía una esperanza aún. 

–¡El doctor? ¿Puedo hablar con él? 

–No está; se ha ido al club después de comer. 

Una vez solo en la calle oscura, Nébel levantó y dejó caer los brazos con 

mortal desaliento: ¡Se acabó todo! ¡Su felicidad, su dicha reconquistada un día 

antes, perdida de nuevo y para siempre! Presentía que esta vez no había 

redención posible. Los nervios de la madre habían saltado a la loca, como teclas, 

y él no podía ya hacer más. 

Caminó hasta la esquina, y desde allí, inmóvil bajo el farol, contempló con 

estúpida fijeza la casa rosada. Dio una vuelta manzana, y tornó a detenerse bajo 

el farol. ¡Nunca, nunca más! 

Hasta las once y media hizo lo mismo. Al fin se fue a su casa y cargó el 

revólver. Pero un recuerdo lo detuvo: meses atrás había prometido a un dibujante 

alemán que antes de suicidarse un día –Nébel era adolescente– iría a verlo. 

Uníalo con el viejo militar de Guillermo una viva amistad, cimentada sobre largas 

charlas filosóficas. 

A la mañana siguiente, muy temprano, Nébel llamaba al pobre cuarto de 

aquél. La expresión de su rostro era sobrado explícita. 

–¿Es ahora? –le preguntó el paternal amigo, estrechándole con fuerza la 

mano. 

–¡Pst! ¡De todos modos!... –repuso el muchacho, mirando a otro lado. 

El dibujante, con gran calma, le contó entonces su propio drama de amor. 

–Vaya a su casa –concluyó–, y si a las once no ha cambiado de idea, vuelva 

a almorzar conmigo, si es que tenemos qué. Después hará lo que quiera. ¿Me lo 

jura? 

–Se lo juro –contestó Nébel, devolviéndole su estrecho apretón con grandes 

ganas de llorar. 

En su casa lo esperaba una tarjeta de Lidia: 

«Idolatrado Octavio: 

Mi desesperación no puede ser más grande. Pero mamá ha visto que si me 

casaba con usted, me estaban reservados grandes dolores, he comprendido 
como 

ella que lo mejor era separarnos y le jura no olvidarlo nunca. 

tu 

Lidia» 

–¡Ah, tenía que ser así! –clamó el muchacho, viendo al mismo tiempo con 

espanto su rostro demudado en el espejo. ¡La madre era quien había inspirado la 

carta, ella y su maldita locura! Lidia no había podido menos que escribir, y la pobre 

chica, trastornada, lloraba todo su amor en la redacción–. ¡Ah! ¡Si pudiera verla 

algún día, decirle de qué modo la he querido, cuánto la quiero ahora, adorada de 

mi alma!... 

Temblando fue hasta el velador y cogió el revólver, pero recordó su nueva 

promesa, y durante un larguísimo tiempo permaneció allí de pie, limpiando 

obstinadamente con la uña una mancha del tambor. 

OTOÑO 

Una tarde, en Buenos Aires, acababa Nébel de subir al tranvía cuando el 

coche se detuvo un momento más del conveniente, y Nébel, que leía, volvió al fin 

la cabeza. 

Una mujer con lento y difícil paso avanzaba entre los asientos. Tras una 

rápida ojeada a la incómoda persona, Nébel reanudó la lectura. La dama se sentó 

a su lado, y al hacerlo miró atentamente a su vecino. Nébel, aunque sentía de vez 

en cuando la mirada extranjera posada sobre él, prosiguió su lectura; pero al fin se 

cansó y levantó el rostro extrañado. 

–Ya me parecía que era usted –exclamó la dama–, aunque dudaba aún... No 

me recuerda, ¿no es cierto? 

–Sí –repuso Nébel abriendo los ojos– La señora de Arrizabalaga... 

Ella vio la sorpresa de Nébel, y sonrió con aire de vieja cortesana que trata 

aún de parecer bien a un muchacho. 

De ella –cuando Nébel la conoció once años atrás–sólo quedaban los ojos, 

aunque más hundidos, y ya apagados. El cutis amarillo, con tonos verdosos en las 

sombras, se resquebrajaba en polvorientos surcos. Los pómulos saltaban ahora, y 

los labios, siempre gruesos, pretendían ocultar una dentadura del todo cariada. 

Bajo el cuerpo demacrado se veía viva a la morfina corriendo por entre los nervios 

agotados y las arterias acuosas, hasta haber convertido en aquel esqueleto a la 

elegante mujer que un día hojeó la «Ilustration» a su lado. 

–Sí estoy muy envejecida... y enferma, he tenido ya ataques a los riñones... 

Y usted –añadió mirándolo con ternura–, ¡siempre igual! Verdad es que no tiene 

treinta años aún... Lidia también está igual. 

Nébel levantó los ojos: 

–¿Soltera? 

–Sí... ¡Cuánto se alegrará cuando le cuente! ¿Por qué no le da ese gusto a la 

pobre? ¿No quiere ir a vernos? 

–Con mucho gusto... –murmuró Nébel. 

–Sí, vaya pronto; ya sabe lo que hemos sido para usted... En fin, Boedo, 

1483; departamento 14... Nuestra posición es tan mezquina... 

–¡Oh! –protestó él, levantándose para irse. Prometió ir muy pronto. 

Doce días después Nébel debía volver al ingenio, y antes quiso cumplir su 

promesa. Fue allá –un miserable departamento de arrabal–. La señora de 

Arrizabalaga lo recibió, mientras Lidia se arreglaba un poco. 

–¡Conque once años! –observó de nuevo la madre–. ¡Cómo pasa el tiempo! 

¡Y usted que podría tener una infinidad de hijos con Lidia! 

–Seguramente –sonrió Nébel, mirando a su rededor. 

–¡Oh! ¡No estamos muy bien! Y sobre todo como debe estar puesta su 

casa... Siempre oigo hablar de sus cañaverales... ¿Es ése su único 

establecimiento? 

–Sí... En Entre Ríos también... 

–¡Qué feliz! Si pudiera uno... ¡Siempre deseando ir a pasar unos meses en el 

campo, y siempre con el deseo! 

Se calló, echando una fugaz mirada a Nébel. Este, con el corazón apretado, 

revivía nítidas las impresiones enterradas once años en su alma. 

–Y todo esto por falta de relaciones... ¡Es tan difícil tener un amigo en esas 

condiciones! 

El corazón de Nébel se contraía cada vez más, y Lidia entró. 

Ella estaba también muy cambiada, porque el encanto de un candor y una 

frescura de los catorce años no se vuelve a hallar más en la mujer de veintiséis. 

Pero bella siempre. Su olfato masculino sintió en su cuello mórbido, en la mansa 

tranquilidad de su mirada, y en todo lo indefinible que denuncia al hombre el amor 

ya gozado, que debía guardar velado para siempre el recuerdo de la Lidia que 

conoció. 

Hablaron de cosas muy triviales, con perfecta discreción de personas 

maduras. Cuando ella salió de nuevo un momento, la madre reanudó: 

–Sí, está un poco débil... Y cuando pienso que en el campo se repondría 

enseguida... Vea, Octavio: ¿me permite ser franca con usted? Ya sabe que lo he 

querido como a un hijo... ¿No podríamos pasar una temporada en su 

establecimiento? ¡Cuánto bien le haría a Lidia! 

–Soy casado –repuso Nébel. 

La señora tuvo un gesto de viva contrariedad, y por un instante su decepción 

fue sincera; pero enseguida cruzó sus manos cómicas: 

–¡Casado, usted! ¡Oh, qué desgracia, qué desgracia! ¡Perdóneme, ya 

sabe!... No sé lo que digo... ¿Y su señora vive con usted en el ingenio? 

–Sí, generalmente... Ahora está en Europa. 

–¡Qué desgracia! Es decir... ¡Octavio! –añadió abriendo los brazos con 

lágrimas en los ojos–: A usted le puedo contar, usted ha sido casi mi hijo... 

¡Estamos poco menos que en la miseria! ¿Por qué no quiere que vaya con Lidia? 

Voy a tener con usted una confesión de madre –concluyó con una pastosa sonrisa 

y bajando la voz–: Usted conoce bien el corazón de Lidia, ¿no es cierto? 

Esperó respuesta, pero Nébel permanecía callado. 

–¡Sí, usted la conoce! ¿Y cree que Lidia es mujer capaz de olvidar cuando ha 

querido? 

Ahora había reforzado su insinuación con una lenta con una leve guiñada. 

Nébel valoró entonces de golpe el abismo en que pudo haber caído antes. Era 

siempre la misma madre, pero ya envilecida por su propia alma vieja, la morfina y 

la pobreza. Y Lidia... Al verla otra vez había sentido un brusco golpe de deseo por 

la mujer actual de garganta llena y ya estremecida. Ante el tratado comercial que 

le ofrecían, se echó en brazos de aquella rara conquista que le deparaba el 

destino. 

–¿No sabes, Lidia? –prorrumpió la madre alborozada, al volver su hija–. 

Octavio nos invita a pasar una temporada en su establecimiento. ¿Qué te parece? 

Lidia tuvo una fugitiva contracción de cejas y recuperó su serenidad. 

–Muy bien mamá... 

–¡Ah! ¿No sabes lo que dice? Está casado. ¡Tan joven aún! Somos casi de 

su familia... 

Lidia volvió entonces los ojos a Nébel, y lo miró un momento con dolorosa 

gravedad. 

–¿Hace tiempo? –murmuró. 

–Cuatro años –repuso él en voz baja. A pesar de todo, le faltó ánimo para 

mirarla. 

INVIERNO 

[I] 

No hicieron el viaje juntos por un último escrúpulo de Nébel en una línea 

donde era muy conocido; pero al salir de la estación subieron todos en el brec de 

la casa. Cuando Nébel quedaba solo en el ingenio, no guardaba a su servicio 

doméstico más que a una vieja india, pues –a más de su propia frugalidad– su 

mujer se llevaba consigo toda la servidumbre. De este modo presentó sus 

acompañantes a la fiel nativa como una tía anciana y su hija, que venían a 

recobrar la salud perdida. 

Nada más creíble, por otro lado, pues la señora decaía vertiginosamente. 

Había llegado deshecha, el pie incierto y pesadísimo, y en sus facies angustiosa la 

morfina, que había sacrificado cuatro horas seguidas a ruego de Nébel, pedía a 

gritos una corrida por dentro de aquel cadáver viviente. 

Nébel, que cortara sus estudios a la muerte de su padre, sabía lo suficiente 

para prever una rápida catástrofe; el riñón, íntimamente atacado, tenía a veces 

paros peligrosos que la morfina no hacía sino precipitar. 

Ya en el coche, no pudiendo resistir más, la dama había mirado a Nébel con 

transida angustia: 

–Si me permite, Octavio... ¡No puedo más! Lidia, ponte delante. 

La hija, tranquilamente, ocultó un poco a su madre, y Nébel oyó el crujido de 

la ropa violentamente recogida para pinchar el muslo. 

Los ojos se encendieron, y una plenitud de vida cubrió como una máscara 

aquella cara agónica. 

–Ahora estoy bien... ¡Qué dicha! Me siento bien. 

–Debería dejar eso –dijo duramente Nébel, mirándola de costado–. Al llegar, 

estará peor. 

–¡Oh, no! Antes morir aquí mismo. 

Nébel pasó todo el día disgustado, y decidido a vivir cuanto le fuera posible 

sin ver en Lidia y su madre más que dos pobres enfermas. Pero al caer la tarde, y 

a ejemplo de las fieras que empiezan a esa hora a afilar las empiezan a esa hora 

a afilar las garras, el celo de varón comenzó a relajarle la cintura en lasos 

escalofríos. 

Comieron temprano, pues la madre, quebrantada, deseaba acostarse de una 

vez. No hubo tampoco medio de que tomara exclusivamente leche. 

–¡Huy! ¡Qué repugnancia! No la puedo pasar. ¿Y quiere que sacrifique los 

últimos años de mi vida, ahora que podría morir contenta? 

Lidia no pestañeó. Había hablado con Nébel pocas palabras, y sólo al fin del 

café la mirada de éste se clavó en la de ella; pero Lidia bajó la suya enseguida. 

Cuatro horas después Nébel abría sin ruido la puerta del cuarto Lidia. 

–¡Quién es! –sonó de pronto la voz azorada. 

–Soy yo –murmuró apenas Nébel. 

Un movimiento de ropas, como el de una persona que se sienta bruscamente 

en la cama, siguió a sus palabras, y el silencio reinó de nuevo. Pero cuando la 

mano de Nébel tocó en la oscuridad un brazo fresco, el cuerpo tembló entonces 

en una honda sacudida. 

... 

Luego, inerte al lado de aquella mujer que ya había conocido el amor antes 

que él llegara, subió de lo más recóndito del alma de Nébel el santo orgullo de su 

adolescencia de no haber tocado jamás, de no haber robado ni un beso siquiera, a 

la criatura que lo miraba con radiante candor. Pensó en las palabras de 

Dostoyevsky, que hasta ese momento no había comprendido: 

«Nada hay más bello y que fortalezca más en la vida, que un recuerdo puro». 

Nébel lo había guardado, ese recuerdo sin mancha, pureza inmaculada de sus 

dieciocho años, y que ahora yacía allí, enfangada hasta el cáliz sobre una cama 

de sirvienta. 

Sintió entonces sobre su cuello dos lágrimas pesadas, silenciosas. Ella a su 

vez recordaría... Y las lágrimas de Lidia continuaban una tras otra, regando, como 

una tumba, el abominable fin de su único sueño de felicidad. 

[II] 

Durante diez días la vida prosiguió en común, aunque Nébel estaba casi todo 

el día afuera. Por tácito acuerdo, Lidia y él se encontraban muy pocas veces solos; 

y aunque de noche volvían a verse, pasaban aún entonces largo tiempo callados. 

Lidia misma tenía bastante qué hacer cuidando a su madre, postrada al fin. 

Como no había posibilidad de reconstruir lo ya podrido, y aun a trueque del peligro 

inmediato que ocasionara. Nébel pensó en suprimir la morfina. Pero se abstuvo 

una mañana que, entrando bruscamente en el comedor, sorprendió a Lidia que se 

bajaba precipitadamente las faldas. Tenía en la mano la jeringuilla, y fijó en Nébel 

su mirada espantada. 

–¿Hace mucho tiempo que usas eso? –le preguntó él al fin. 

–Sí –murmuró Lidia, doblando en una convulsión la aguja. 

Nébel la miró aún y se encogió de hombros. 

Sin embargo, como la madre repetía sus inyecciones con una frecuencia 

terrible para ahogar los dolores de su riñón que la morfina concluía de matar, 

Nébel se decidió a intentar la salvación de aquella desgraciada, sustrayéndole la 

droga. 

–¡Octavio! ¡Me va a matar! –clamó ella con ronca súplica–. ¡Mi hijo Octavio! 

¡No podría vivir un día! 

–¡Es que no vivirá dos horas, si le dejo eso! –contestó Nébel. 

–¡No importa, mi Octavio! ¡Dame, dame la morfina! 

Nébel dejó que los brazos se tendieran a él inútilmente, y salió con Lidia. 

–¿Tú sabes la gravedad del estado de tu madre? 

–Sí... Los médicos me habían dicho... 

Él la miró fijamente. 

–Es que está mucho peor de lo que imaginas. Lidia se puso blanca, y 

mirando afuera ahogó un sollozo mordiéndose los labios. 

–¿No hay médico aquí? –murmuró. 

–Aquí no, ni en diez leguas a la redonda; pero buscaremos. 

Esa tarde llegó el correo cuando estaban solos en el comedor, y Nébel abrió 

una carta. 

–¿Noticias? –preguntó Lidia inquieta, levantando los ojos a él. Quieta los ojos 

a él. 

–Sí –repuso Nébel, prosiguiendo la lectura. 

–¿Del médico? –volvió Lidia al rato, más ansiosa aún. 

–No, de mi mujer –repuso él con la voz dura, sin levantar los ojos. 

A las diez de la noche, Lidia llegó corriendo a la pieza de Nébel. 

–¡Octavio! ¡Mamá se muere!... 

Corrieron al cuarto de la enferma. Una intensa palidez cadaverizaba ya el 

rostro. Tenía los labios desmesuradamente hinchados y azules, y por entre ellos 

se escapaba un remedo de palabra, gutural y a boca llena: 

–Pla... pla... pla... 

Nébel vio enseguida sobre el velador el frasco de morfina, casi vacío. 

–¡Es claro, se muere! ¿Quién le ha dado esto? –preguntó 

–¡No sé, Octavio! Hace un rato sentí ruido... Seguramente lo fue a buscar a 

tu cuarto cuando no estabas... ¡Mamá, pobre mamá! –cayó sollozando sobre el 

miserable brazo que pendía hasta el piso. 

Nébel la pulsó; el corazón no daba más, y la temperatura caía. Al rato los 

labios callaron su pla... pla, y en la piel aparecieron grandes manchas violetas. 

A la una de la mañana murió. Esa tarde, tras el entierro, Nébel esperó que 

Lidia concluyera de vestirse mientras los peones cargaban las valijas en el 

carruaje. 

–Toma esto –le dijo cuando ella estuvo a su lado, tendiéndole un cheque de 

diez mil pesos. 

Lidia se estremeció violentamente, y sus ojos enrojecidos se fijaron de lleno 

en los de Nébel. Pero él sostuvo la mirada. 

–¡Tonta, pues! –repitió sorprendido. 

Lidia lo tomó y se bajó a recoger su valijita. Nébel entonces se inclinó sobre 

ella. 

–Perdóname –le dijo–. No me juzgues peor de lo que soy. 

En la estación esperaron un rato y sin hablar, junto a la escalerilla del vagón, 

pues el tren no salía aún. Cuando la campana sonó, Lidia le tendió la mano, que 

Nébel retuvo un momento en silencio. Luego, sin soltarla, recogió a Lidia de la 

cintura y la besó hondamente en la boca. 

El tren partió. Inmóvil, Nébel siguió con la vista la ventanilla que se perdía. 

Pero Lidia no se asomó. 

LA MUERTE DE ISOLDA 

Concluía el primer acto de Tristán e Isolda. Cansado de la agitación de ese 

día, me quedé en mi butaca, muy contento de mi soledad. Volví la cabeza a la 

sala, y detuve enseguida los ojos en un palco bajo. 

Evidentemente, un matrimonio. Él, un marido cualquiera, y tal vez por su 

mercantil vulgaridad y la diferencia de años con su mujer, menos que cualquiera. 

Ella, joven, pálida, con una de esas profundas bellezas que más que en el 

rostro –aun bien hermoso–, reside en la perfecta solidaridad de mirada, boca, 

cuello, modo de entrecerrar los ojos. Era, sobre todo, una belleza para hombres, 

sin ser en lo más mínimo provocativa; y esto es precisamente lo que no 

entenderán nunca las mujeres. 

La miré largo rato a ojos descubiertos porque la veía muy bien, y porque 

cuando el hombre está así en tensión de aspirar fijamente un cuerpo hermoso, no 

recurre al arbitrio femenino de los anteojos. 

Comenzó el segundo acto. Volví aún la cabeza al palco, y nuestras miradas 

se cruzaron. Yo, que había apreciado ya el encanto de aquella mirada vagando 

por uno y otro lado de la sala, viví en un segundo, al sentirla directamente 

apoyada en mí, el más adorable sueño de amor que haya tenido nunca. 

Fue aquello muy rápido: los ojos huyeron, pero dos o tres veces, en mi largo 

minuto de insistencia, tornaron fugazmente a mí. 

Fue asimismo, con la súbita dicha de haberme soñado un instante su marido, 

el más rápido desencanto de un idilio. Sus ojos volvieron otra vez, pero en ese 

instante sentí que mi vecino de la izquierda miraba hacia allá, y después de un 

momento de inmovilidad por ambas partes, se saludaron. 

Así, pues, yo no tenía el más remoto derecho a considerarme un hombre 

feliz, y observé a mi compañero. Era un hombre de más de treinta y cinco años, de 

barba rubia y ojos azules de mirada clara y un poco dura, que expresaba 

inequívoca voluntad. 

–Se conocen –me dije– y no poco. 

En efecto, después de la mitad del acto mi vecino, que no había vuelto a 

apartar los ojos de la escena, los fijó en el palco. Ella, la cabeza un poco echada 

atrás y en la penumbra, lo miraba también. Me pareció más pálida aún. Se miraron 

fijamente, insistentemente, aislados del mundo en aquella recta paralela de alma a 

alma que los mantenía inmóviles. 

Durante el tercero, mi vecino no volvió un instante la cabeza. Pero antes de 

concluir aquél, salió por el pasillo lateral. Miré al palco, y ella también se había 

retirado. 

–Final de idilio –me dije melancólicamente. 

El no volvió más, y el palco quedó vacío. 

... 

–Sí, se repiten –sacudió largo rato la cabeza–. Todas las situaciones 

dramáticas pueden repetirse, aún las más inverosímiles, y se repiten. Es menester 

vivir, y usted es muy muchacho... Y las de su Tristán también, lo que no obsta 

para que haya allí el más sostenido alarido de pasión que haya gritado alma 

humana... Yo quiero tanto como usted a esa obra, y acaso más... No me refiero, 

querrá creer, al drama de Tristán, y con él las treinta y seis situaciones del dogma, 

fuera de las cuales todas son repeticiones. No; la escena que vuelve como una 

pesadilla, los personajes que sufren la alucinación de una dicha muerta, es otra 

cosa... Usted asistió al preludio de una de esas repeticiones... Sí, ya sé que se 

acuerda... No nos conocíamos con usted entonces... ¡Y... precisamente a usted 

debía de hablarle de esto! Pero juzga mal lo que vio y creyó un acto mío feliz... 

¡Feliz!... 

Óigame. El buque parte dentro de un momento, y esta vez no vuelvo más... 

Le cuento esto a usted, como si se lo pudiera escribir, por dos razones: Primero, 

porque usted tiene un parecido pasmoso con lo que era yo entonces –en lo bueno 

únicamente, por suerte–. Y segundo, porque usted, mi joven amigo, es 

perfectamente incapaz de pretenderla, después de lo que va a oír. Óigame: 

La conocí hace diez años, y durante los seis meses que fui su novio hice 

cuanto estuvo en mí para que fuera mía. La quería mucho, y ella, inmensamente a 

mí. Por esto cedió un día, y desde ese instante mi amor, privado de tensión, se 

enfrió. 

Nuestro ambiente social era distinto, y mientras ella se embriagaba con la 

dicha de poseer mi nombre, yo vivía en una esfera de mundo donde me era 

inevitable flirtear con muchachas de apellido, fortuna, y a veces muy lindas. 

Una de ellas llevó conmigo el flirteo bajo parasoles de garden party a un 

extremo tal, que me exasperé y la pretendí seriamente. Pero si mi persona era 

interesante para esos juegos, mi fortuna no alcanzaba a prometerle el tren 

necesario, y me lo dio a entender claramente. 

Tenía razón, perfecta razón. En consecuencia flirteé con una amiga suya, 

mucho más fea, pero infinitamente menos hábil para estas torturas del téte–a–téte 

a diez centímetros, cuya gracia exclusiva consiste en enloquecer a su flirt, 

manteniéndose uno dueño de sí. Y esta vez no fui yo quien se exasperó. 

Seguro, pues, del triunfo, pensé entonces en el modo de romper con Inés. 

Continuaba viéndola, y aunque no podía ella engañarse sobre el amortiguamiento 

de mi pasión, su amor era demasiado grande para no iluminarle los ojos de 

felicidad cada vez que me veía llegar. 

La madre nos dejaba solos; y aunque hubiera sabido lo que pasaba, habría 

cerrado los ojos para no perder la más vaga posibilidad de subir con su hija a una 

esfera mucho más alta. 

Una noche fui allá dispuesto a romper, con visible malhumor, por lo mismo. 

Inés corrió a abrazarme, pero se detuvo, bruscamente pálida. 

–¿Qué tienes? –me dijo. 

–Nada –le respondí con sonrisa forzada, acariciándole la frente. Ella dejó 

hacer, sin prestar atención a mi mano y mirándome insistentemente. Al fin apartó 

los ojos contraídos y entramos en la sala. 

La madre vino, pero sintiendo cielo de tormenta, estuvo sólo un momento y 

desapareció. 

Romper es palabra corta y fácil; pero comenzarlo... 

Nos habíamos sentado y no hablábamos. Inés se inclinó, me apartó la mano 

de la cara y me clavó los ojos, dolorosos de angustioso examen. 

–¡Es evidente!... –murmuró. 

–¿Qué? –le pregunté fríamente. 

La tranquilidad de mi mirada le hizo más daño que mi voz, y su rostro se 

demudó: 

–¡Que ya no me quieres! –articuló en una desesperada y lenta oscilación de 

cabeza. 

–Esta es la quincuagésima vez que dices lo mismo –respondí. 

No podía darse respuesta más dura; pero yo tenía ya el comienzo. 

Inés me miró un rato casi como a un extraño, y apartándome bruscamente la 

mano con el cigarro, su voz se rompió: 

–¡Esteban! 

–¿Qué? –torné a repetir. 

Esta vez bastaba. Dejó lentamente mi mano y se reclinó atrás en el sofá, 

manteniendo fijo en la lámpara su rostro lívido. Pero un momento después su cara 

caía de costado bajo el brazo crispado al respaldo. 

Pasó un rato aún. La injusticia de mi actitud –no veía en ella más que 

injusticia– acrecentaba el profundo disgusto de mí mismo. Por eso cuando oí, o 

más bien sentí, que las lágrimas brotaban al fin, me levanté con un violento 

chasquido de lengua. 

–Yo creía que no íbamos a tener más escenas –le dije paseándome. 

No me respondió, y agregué: 

–Pero que sea ésta la última. 

Sentí que las lágrimas se detenían, y bajo ellas me respondió un momento 

después: 

–Como quieras. 

Pero enseguida cayó sollozando sobre el sofá: 

–¡Pero qué te he hecho! ¡Qué te he hecho! 

–¡Nada! –le respondí–. Pero yo tampoco te he hecho nada a ti... Creo que 

estamos en el mismo caso ¡Estoy harto de estas cosas! 

Mi voz era seguramente mucho más dura que mis palabras. Inés se 

incorporó, y sosteniéndose en el brazo del sofá, repitió, helada: 

–Como quieras. 

Era una despedida. Yo iba a romper, y se me adelantaban. El amor propio, el 

vil amor propio tocado a vivo, me hizo responder. 

–Perfectamente... Me voy. Que seas más feliz... otra vez. 

No comprendió, y me miró con extrañeza. Yo había ya cometido la primera 

infamia: y como en esos casos, sentí el vértigo de enlodarme más aún. 

–¡Es claro! –apoyé brutalmente–. Porque de mí no has tenido queja ¿no? ... 

¿no? 

Es decir: te hice el honor de ser tu amante, y debes estarme agradecida. 

Comprendió más mi sonrisa que mis palabras, y mientras yo salía a buscar 

mi sombrero en el corredor, su cuerpo y su alma entera se desplomaban en la 

sala. 

Entonces, en ese instante en que crucé la galería, sentí intensamente lo que 

acababa de hacer. Aspiración de lujo, matrimonio encumbrado, todo me resaltó 

como una llaga en mi propia alma. Y yo, que me ofrecía en subasta a las 

mundanas feas con fortuna, que me ponía en venta, acababa de cometer el acto 

más ultrajante, con la mujer que nos ha querido demasiado... Flaqueza en el 

Monte de los Olivos, o momento vil en un hombre que no lo es, llevan al mismo fin: 

ansia de sacrificio, de reconquista más alta del propio valer. Y luego, la inmensa 

sed de ternura, de borrar beso tras beso las lágrimas de la mujer adorada, cuya 

primera sonrisa tras la herida que le hemos causado, es la más bella luz que 

pueda inundar un corazón de hombre. 

¡Y concluido! No me era posible ante mí mismo volver a tomar lo que 

acababa de ultrajar de ese modo: ya no era digno de ella, ni la merecía más. 

Había enlodado en un segundo el amor más puro que hombre alguno haya 

sentido sobre sí, y acababa de perder con Inés la irreencontrable felicidad de 

poseer a quien nos ama entrañablemente. 

Desesperado, humillado, crucé por delante de la sala, y la vi echada sobre el 

sofá, sollozando el alma entera entre sus brazos. 

¡Inés! ¡Perdida ya! Sentí más honda mi miseria ante su cuerpo, todo amor, 

sacudido por los sollozos de su dicha muerta. Sin darme cuenta casi, me detuve. 

–¡Inés! –dije. 

Mi voz no era ya la de antes. Y ella debió notarlo bien, porque su alma sintió, 

en aumento de sollozos, el desesperado llamado que le hacía mi amor –¡esa vez, 

sí, inmenso amor! 

–No, no... –me respondió–. ¡Es demasiado tarde! 

... 

Padilla se detuvo. Pocas veces he visto amargura más seca y tranquila que 

la de sus ojos cuando concluyó. Por mi parte, no podía apartar de mi memoria 

aquella adorable belleza del palco, sollozando sobre el sofá... 

–Me creerá –reanudó Padilla– si le digo que en mis insomnios de soltero 

descontento de sí mismo la he tenido así ante mí... Salí enseguida de Buenos 

Aires sin ver casi a nadie, y menos a mi flirt de gran fortuna... Volví a los ocho 

años, y supe entonces que se había casado, a los seis meses de haberme ido yo. 

Torné a alejarme, y hace un mes regresé, bien tranquilizado ya, y en paz. 

No había vuelto a verla. Era para mí como un primer amor, con todo el 

encanto dignificante que un idilio virginal tiene para el hombre hecho que después 

amó cien veces... Si usted es querido alguna vez como yo lo fui, y ultraja como yo 

lo hice, comprenderá toda la pureza que hay en mi recuerdo. 

Hasta que una noche tropecé con ella. Sí, esa misma noche en el teatro... 

Comprendí, al ver al opulento almacenero de su marido, que se había precipitado 

en el matrimonio, como yo al Ucayali... Pero al verla otra vez, a veinte metros de 

mí, mirándome, sentí que en mi alma, dormida en paz, surgía sangrando la 

desolación de haberla perdido, como si no hubiera pasado un solo día de esos 

diez años. ¡Inés! Su hermosura, su mirada –única entre todas las mujeres–, 

habían sido mías, bien mías, porque me había sido entregada con adoración. 

También apreciará usted esto algún día. 

Hice lo humanamente posible para olvidar, me rompí las muelas tratando de 

concentrar todo mi pensamiento en la escena. Pero la prodigiosa partitura de 

Wagner, ese grito de pasión enfermante, encendió en llama viva lo que quería 

olvidar. En el segundo o tercer acto no pude más y volví la cabeza. Ella también 

sufría la sugestión de Wagner, y me miraba. ¡Inés, mi vida! Durante medio minuto 

su boca, sus manos, estuvieron bajo mi boca y mis ojos, y durante ese tiempo ella 

concentró en su palidez la sensación de esa dicha muerta hacía diez años. ¡Y 

Tristán siempre, sus alaridos de pasión sobrehumana, sobre nuestra felicidad 

yerta! 

Me levanté entonces, atravesé las butacas como un sonámbulo, y avancé 

por el pasillo aproximándome a ella sin verla, sin que me viera, como si durante 

diez años no hubiera yo sido un miserable... 

Y como diez años atrás, sufrí la alucinación de que llevaba mi sombrero en la 

mano e iba a pasar delante de ella. 

Pasé, la puerta del palco estaba abierta, y me detuve enloquecido. Como 

diez años antes sobre el sofá, ella, Inés, tendida ahora en el diván del antepalco, 

sollozaba la pasión de Wagner y su felicidad deshecha. 

¡Inés!... Sentí que el destino me colocaba en un momento decisivo. ¡Diez 

años!... ¿Pero habían pasado? ¡No, no Inés mía! 

Y como entonces, al ver su cuerpo todo amor, sacudido por los sollozos, la 

llamé: 

–¡Inés! 

Y como diez años antes, los sollozos redoblaron, y como entonces me 

respondió bajo sus brazos: 

–No, no... ¡Es demasiado tarde!.... 

El SOLITARIO 

Kassim era un hombre enfermizo, joyero de profesión, bien que no tuviera 

tienda establecida. Trabajaba para las grandes casas, siendo su especialidad el 

montaje de las piedras preciosas. Pocas manos como las suyas para los engarces 

delicados. Con más arranque y habilidad comercial hubiera sido rico. Pero a los 

treinta y cinco años proseguía en su pieza, aderezada en taller bajo la ventana. 

Kassim, de cuerpo mezquino, rostro exangüe sombreado por rala barba 

negra, tenía una mujer hermosa y fuertemente apasionada. La joven, de origen 

callejero, había aspirado con su hermosura a un más alto enlace. Esperó hasta los 

veinte años, provocando a los hombres y a sus vecinas con su cuerpo. Temerosa 

al fin, aceptó nerviosamente a Kassim. 

No más sueños de lujo, sin embargo. Su marido, hábil –artista aún– carecía 

completamente de carácter para hacer una fortuna. Por lo cual, mientras el joyero 

trabajaba doblado sobre sus pinzas, ella, de codos, sostenía sobre su marido una 

lenta y pesada mirada, para arrancarse luego bruscamente y seguir con la vista 

tras los vidrios al transeúnte de posición que podía haber sido su marido. 

Cuanto ganaba Kassim, no obstante, era para ella. Los domingos trabajaba 

también a fin de poderle ofrecer un suplemento. Cuando María deseaba una joya 

–¡y con cuánta pasión deseaba ella!– trabajaba él de noche. Después había tos y 

puntadas al costado; pero María tenía sus chispas de brillante. 

Poco a poco el trato diario con las gemas llegó a hacer amar a la esposa las 

tareas del artífice, siguiendo con artífice ardor las íntimas delicadezas del engarce. 

Pero cuando la joya estaba concluida –debía partir, no era para era para ella– caía 

más hondamente en la decepción de su matrimonio. Se probaba la alhaja, 

deteniéndose ante el espejo. Al fin la dejaba por ahí, y se iba a su cuarto. 

Kassim se levantaba al oír sus sollozos, y la hallaba en cama, sin querer 

escucharlo. 

–Hago, sin embargo, cuanto puedo por ti, –decía él al fin, tristemente. 

Los sollozos subían con esto, y el joyero se reinstalaba lentamente en su 

banco. 

Estas cosas se repitieron, tanto que Kassim no se levantaba ya a consolarla. 

¡Consolarla! ¿De qué? Lo cual no obstaba para que Kassim prolongara más sus 

veladas a fin de un mayor suplemento. 

Era un hombre indeciso, irresoluto y callado. Las miradas de su mujer se 

detenían ahora con más pesada fijeza sobre aquella muda tranquilidad. 

–¡Y eres un hombre, tú! –murmuraba. 

Kassim, sobre sus engarces, no cesaba de mover los dedos. 

–No eres feliz conmigo, María –expresaba al rato. 

–¡Feliz! ¡Y tienes el valor de decirlo! ¿Quién puede ser feliz contigo?... ¡Ni la 

última de las mujeres!... ¡Pobre diablo! –concluía con risa nerviosa, yéndose. 

Kassim trabajaba esa noche hasta las tres de la mañana, y su mujer tenía 

luego nuevas chispas que ella consideraba un instante con los labios apretados. 

–Sí... No es una diadema sorprendente... ¿Cuándo la hiciste? 

–Desde el martes –mirábala él con descolorida ternura–; mientras dormías, 

de noche... 

–¡Oh, podías haberte acostado!... ¡Inmensos, los brillantes! 

Porque su pasión eran las voluminosas piedras que Kassim montaba. Seguía 

el trabajo con loca hambre que concluyera de una vez, y apenas aderezaba la 

alhaja, corría con ella al espejo. Luego, un ataque de sollozos: 

–¡Todos, cualquier marido, el último, haría un sacrificio para halagar a su 

mujer! Y tú..., y tú... ¡Ni un miserable vestido que ponerme tengo! 

Cuando se traspasa cierto límite de respeto al varón, la mujer puede llegar a 

decir a su marido cosas increíbles. 

La mujer de Kassim franqueó ese límite con una pasión igual por lo menos a 

la que sentía por los brillantes. Una tarde, al guardar sus joyas, Kassim notó la 

falta de un prendedor –cinco mil pesos en dos solitarios–. Buscó en sus cajones 

de nuevo. 

–¿No has visto el prendedor, María? Lo dejé aquí. 

–Sí, lo he visto. 

–¿Dónde está? –se volvió él extrañado. 

–¡Aquí! 

Su mujer, los ojos encendidos y la boca burlona, se erguía con el prendedor 

puesto. 

–Te queda muy bien –dijo Kassim al rato–. Guardémoslo. 

María se rió. 

–¡Oh, no! Es mío. 

–¿Broma?... 

–¡Sí, es broma! ¡Es broma, sí! ¡Cómo tú duele pensar que podría ser mío...! 

Mañana te lo doy. Hoy voy al teatro con él. 

Kassim se demudó. 

–Haces mal... Podrían verte. Perderían toda confianza en mí. 

–¡Oh! –Cerró ella con rabioso fastidio, golpeando violentamente la puerta. 

Vuelta del teatro, colocó la joya sobre el velador. Kassim se levantó de la 

cama y fue a guardarla en su taller bajo llave. Cuando volvió, su mujer estaba 

sentada en el lecho. 

–¡Es decir, que temes que te la robe! ¡Que soy una ladrona! 

–No mires así... Has sido imprudente, nada más. 

–¡Ah! ¡Y a ti te lo confían! ¡A ti, a ti! ¡Y cuando tu mujer te pide un poco de 

halago, y quiere...! ¡Me llamas ladrona a mí, infame! 

Se durmió al fin. Pero Kassim no durmió. 

Entregaron luego a Kassim para montar, un solitario, el brillante más 

admirable que hubiera pasado por sus manos. 

–Mira, María, qué piedra. No he visto otra igual. Su mujer no dijo nada; pero 

Kassim la sintió respirar hondamente sobre el solitario. 

–Un agua admirable... –prosiguió él–. Costará nueve o diez mil pesos. 

–Un anillo... –murmuró María al fin. 

–No, es de hombre... Un alfiler. 

A compás del montaje del solitario, Kassim recibió sobre su espalda 

trabajadora cuanto ardía de rencor y cocotaje frustrado en su mujer. Diez veces 

por día interrumpía a su marido para ir con el brillante ante el espejo. Después se 

lo probaba con diferentes vestidos. 

–Si quieres hacerlo después –se atrevió Kassim un día–. Es un trabajo 

urgente. 

Esperó respuesta en vano; su mujer abría el balcón. 

–¡María, te pueden ver! 

–¡Toma! ¡Ahí está tu piedra! 

El solitario, violentamente arrancado del cuello, rodó por el piso. 

Kassim, lívido, lo recogió examinándolo y alzó luego desde el suelo la mirada 

a su mujer. 

–Y bueno: ¿Por qué me miras así? ¿Se hizo algo tu piedra? 

–No –repuso Kassim. Y reanudó enseguida su tarea, aunque las manos le 

temblaban hasta dar lástima. 

Tuvo que levantarse al fin a ver a su mujer en el dormitorio, en plena crisis de 

nervios. Su cabellera se había soltado, y los ojos le salían de las órbitas. 

–¡Dame el brillante! –clamó–. ¡Dámelo! ¡Nos escaparemos! ¡Para mí! 

¡Dámelo! 

–María... –tartamudeó Kassim, tratando de desasirse. 

–¡Ah! –rugió su mujer enloquecida–. ¡Tú eres el ladrón, miserable! ¡Me has 

robado mi vida, ladrón, ladrón! ¡Y creías que no me iba a desquitar... cornudo! 

¡Ajá! Mírame No se te ha ocurrido nunca, ¿eh? ¡Ah! –y se llevó las dos manos a la 

garganta ahogada. Pero cuando Kassim se iba, saltó de la cama y cayó de pecho, 

alcanzando a cogerlo de un botín. 

–¡No importa! ¡El brillante, dámelo! ¡No quiero más que eso! ¡Es mío, Kassim 

miserable! 

Kassim la ayudó a levantarse, lívido. 

–Estás enferma, María. Después hablaremos... 

Acuéstate. 

–¡Mi brillante! 

–Bueno, veremos si es posible... Acuéstate. 

–¡Dámelo! 

La crisis de nervios retornó. 

Kassim volvió a trabajar en su solitario. Como sus manos tenían una 

seguridad matemática, faltaban pocas faltaban pocas horas ya para concluirlo. 

María se levantó a comer, y Kassim tuvo la solicitud de siempre con ella. Al 

final de la cena su mujer lo miró de frente. 

–Es mentira, Kassim –le dijo. 

–¡Oh! –repuso Kassim sonriendo–. No es nada. 

–¡Te juro que es mentira! –insistió ella. 

Kassim sonrió de nuevo, tocándole con torpe caricia la mano, y se levantó a 

proseguir su tarea. Su mujer, con las mejillas entre las manos, lo siguió con la 

vista. 

–Y no me dice más que eso... –murmuró. Y con una honda náusea por 

aquello pegajoso, fofo e inerte que era su marido, se fue a su cuarto. 

No durmió bien. Despertó, tarde ya, y vio luz en el taller; su marido 

continuaba trabajando. Una hora después Kassim oyó un alarido. 

–¡Dámelo! 

–Sí, es para ti; falta poco, María –repuso presuroso, levantándose. Pero su 

mujer, tras ese grito de pesadilla, dormía de nuevo. 

A las dos de la madrugada Kassim pudo dar por terminada su tarea: el 

brillante resplandecía firme y varonil en su engarce. Con paso silencioso fue al 

dormitorio y encendió la veladora. María dormía de espaldas, en la blancura 

helada de su pecho y su camisón. 

Fue al taller y volvió de nuevo. Contempló un rato el seno casi descubierto, y 

con una descolorida sonrisa apartó un poco más el camisón desprendido. 

Su mujer no lo sintió. 

No había mucha luz. El rostro de Kassim adquirió de pronto una dureza de 

piedra, y suspendiendo un instante la joya a flor del seno desnudo, hundió, firme y 

perpendicular como un clavo, el alfiler entero en el corazón de su mujer. 

Hubo una brusca abertura de ojos, seguida de una lenta caída de párpados. 

Los dedos se arquearon, y nada más. 

La joya, sacudida por la convulsión del ganglio herido, tembló un instante 

desequilibrada. Kassim esperó un momento; y cuando el solitario quedó por fin 

perfectamente inmóvil, se retiró cerrando tras de sí la puerta sin hacer ruido. 

LOS BUQUES SUICIDANTES 

Resulta que hay pocas cosas más terribles que encontrar en el mar un buque 

abandonado. Si de día el peligro es menor, de noche el buque no se ve ni hay 

advertencia posible: el choque se lleva a uno y otro. 

Estos buques abandonados por a o por b, navegan obstinadamente a favor 

de las corrientes o del viento; si tienen las velas desplegadas. Recorren así los 

mares, cambiando caprichosamente de rumbo. 

No pocos de los vapores que un buen día no llegaron a puerto, han 

tropezado en su camino con uno de estos buques silenciosos que viajan por su 

cuenta. Siempre hay probabilidad de hallarlos, a cada minuto. Por ventura las 

corrientes suelen enredarlos en los mares de sargazo. Los buques se detienen, 

por fin, aquí o allá, inmóviles para siempre en ese desierto de algas. Así, hasta 

que poco a poco se van deshaciendo. Pero otros llegan cada día, ocupan su lugar 

en silencio, de modo que el tranquilo y lúgubre puerto siempre está frecuentado. 

El principal motivo de estos abandonos de buque son sin duda las 

tempestades y los incendios que dejan a la deriva negros esqueletos errantes. 

Pero hay otras causas singulares entre las que se puede incluir lo acaecido al 

María Margarita, que zarpó de Nueva York el 24 de agosto de 1903, y que el 26 
de 

mañana se puso al habla con una corbeta, sin acusar novedad alguna. Cuatro 

horas más tarde, un paquete, no obteniendo respuesta, desprendió una chalupa 

que abordó al María Margarita. En el buque no había nadie. Las camisetas de los 

marineros se secaban a proa. La cocina estaba prendida aún. Una máquina de 

coser tenía la aguja suspendida sobre la costura, como si hubiera sido dejada un 

momento antes. No había la menor señal de lucha ni de pánico, todo en perfecto 

orden. Y faltaban todos. ¿Qué pasó? 

La noche que aprendí esto estábamos reunidos en el puente. Ibamos a 

Europa, y el capitán nos contaba su historia marina, perfectamente cierta, por otro 

lado. 

La concurrencia femenina, ganada por la sugestión del oleaje susurrante, oía 

estremecida. Las chicas nerviosas prestaban sin querer inquieto oído a la ronca 

voz de los marineros en proa. Una señora muy joven y recién casada se atrevió: 

–¿No serán águilas...? 

El capitán se sonrió bondadosamente: 

–¿Qué, señora? ¿Aguilas que se lleven a la tripulación? 

Todos se rieron, y la joven hizo lo mismo, un poco cortada. 

Felizmente un pasajero sabía algo de eso. Lo miramos curiosamente. 

Durante el viaje había sido un excelente compañero, admirando por su cuenta y 

riesgo, y hablando poco. 

–¡Ah! ¡Si nos contara, señor! –suplicó la joven de las águilas. 

–No tengo inconveniente –asintió el discreto individuo–. En dos palabras: en 

los mares del norte, como el María Margarita del capitán, encontramos una vez un 

barco a vela. Nuestro rumbo –viajábamos también a vela–, nos llevó casi a su 

lado. El singular aire de abandono que no engaña en un buque llamó nuestra 

atención, y disminuimos la marcha observándolo. Al fin desprendimos una 

chalupa; a bordo no se halló a nadie, todo estaba también en perfecto orden. Pero 

la última anotación del diario databa de cuatro días atrás, de modo que no 

sentimos mayor impresión. Aun nos reímos un poco de las famosas 

desapariciones súbitas. Ocho de nuestros hombres quedaron a bordo para el 

gobierno del nuevo buque. Viajaríamos en conserva. Al anochecer aquél nos tomó 

un poco de camino. Al día siguiente lo alcanzamos, pero no vimos a nadie sobre el 

puente. Desprendióse de nuevo la chalupa, y los que fueron recorrieron en vano el 

buque: todos habían desaparecido. Ni un objeto fuera de su lugar. El mar estaba 

absolutamente terso en toda su extensión. En la cocina hervía aún una olla con 

papas. 

Como ustedes comprenderán, el terror supersticioso de nuestra gente llegó a 

su colmo. A la larga, seis se animaron a llenar el vacío, y yo fui con ellos. Apenas 

a bordo, mis nuevos compañeros se decidieron a beber para desterrar toda 

preocupación. Estaban sentados en rueda, y a la hora la mayoría cantaba ya. 

Llegó mediodía y pasó la siesta. A las cuatro, la brisa cesó y las velas 

cayeron. Un marinero se acercó a la borda y miró el mar aceitoso. Todos se 

habían levantado, paseándose, sin ganas ya de hablar. Uno se sentó en un cabo 

arrollado y se sacó la camiseta para remendarla. Cosió un rato en silencio. De 

pronto se levantó y lanzó un largo silbido. Sus compañeros se volvieron. Él los 

miró vagamente, sorprendido también, y se sentó de nuevo. Un momento después 

dejó la camiseta en el rollo, avanzó a la borda y se tiró al agua. Al sentir ruido, los 

otros dieron vuelta la cabeza, con el ceño ligeramente fruncido. Pero enseguida 

parecieron olvidarse del incidente, volviendo a la apatía común. 

Al rato otro se desperezó, restregóse los ojos caminando, y se tiró al agua. 

Pasó media hora; el sol iba cayendo. Sentí de pronto que me tocaban en el 

hombro. 

–¿Qué hora es? 

–Las cinco –respondí. El viejo marinero que me había hecho la pregunta me 

miró desconfiado, con las manos en los bolsillos. Miró largo rato mi pantalón, 

distraído. Al fin se tiró al agua. 

Los tres que quedaban, se acercaron rápidamente y observaron el remolino. 

Se sentaron en la borda, silbando despacio, con la vista perdida a lo lejos. Uno se 

bajó y se tendió en el puente, cansado. Los otros desaparecieron uno tras otro. A 

las seis, el último de todos se levantó, se compuso la ropa, apartóse el pelo de la 

frente, caminó con sueño aún, y se tiró al agua. 

Entonces quedé solo, mirando como un idiota el mar desierto. Todos sin 

saber lo que hacían, se habían arrojado al mar, envueltos en el sonambulismo 

moroso que flotaba en el buque. Cuando uno se tiraba al agua, los otros se 

volvían momentáneamente preocupados, como si recordaran algo, para olvidarse 

enseguida. Así habían desaparecido todos, y supongo que lo mismo los del día 

anterior, y los otros y los de los demás buques. Esto es todo. 

Nos quedamos mirando al raro hombre con explicable curiosidad. 

–¿Y usted no sintió nada? –le preguntó mi *** 

– Sí; un gran desgano y obstinación de las mismas ideas, pero nada más. No 

sé por qué no sentí nada más. Presumo que el motivo es éste: en vez de 

agotarme en una defensa angustiosa y a toda costa contra lo que sentía, como 

deben de haber hecho todos, y aun los marineros sin darse cuenta, acepté 

sencillamente esa muerte hipnótica, como si estuviese anulado ya. Algo muy 

semejante ha pasado sin duda a los centinelas de aquella guardia célebre, que 

noche a noche se ahorcaban. 

Como el comentario era bastante complicado, nadie respondió. Poco 

después el narrador se retiraba a su camarote. El capitán lo siguió un rato de 

reojo. 

–¡Farsante! –murmuró. 

–Al contrario –dijo un pasajero enfermo, que iba a morir a su tierra–. Si fuera 

farsante no habría dejado de pensar en eso, y se hubiera tirado también al agua. 

A LA DERIVA 

El hombre pisó algo blanduzco, y enseguida sintió la mordedura en el pie. 

Saltó adelante, y al volverse con un juramento vio una yararacusú que arrollada 

sobre sí misma, esperaba otro ataque. 

El hombre echó una veloz ojeada a su pie, donde dos gotitas de sangre 

engrosaban dificultosamente, y sacó sangre el machete de la cintura. La víbora vio 

la amenaza, y hundió más la cabeza en el centro mismo de su espiral; pero el 

machete cayó de lomo, dislocándole las vértebras. 

El hombre se bajó hasta la mordedura, quitó las gotitas de sangre, y durante 

un instante contemplo. Un dolor agudo nacía de los dos puntitos violeta, y 

comenzaba a invadir todo el pie. Apresuradamente se ligó el tobillo con su 

pañuelo, y siguió por la picada hacia su rancho. 

El dolor en el pie aumentaba, con sensación de tirante abultamiento, y de 

pronto el hombre sintió dos o tres fulgurantes puntadas que como relámpagos 

habían irradiado desde la herida hasta la mitad de la pantorrilla. Movía la pierna 

con dificultad; una metálica sequedad de garganta, seguida de sed quemante, le 

arrancó un nuevo juramento. 

Llegó por fin al rancho, y se echó de brazos sobre la rueda de un trapiche. 

Los dos puntitos violetas desaparecían ahora en la monstruosa hinchazón del pie 

entero. La piel parecía adelgazada y a punto de ceder, de tensa. El hombre quiso 

llamar a su mujer, y la voz se quebró en un ronco arrastre de garganta reseca. La 

sed lo devoraba. 

–¡Dorotea! –alcanzó a lanzar en un estertor–. ¡Dame caña! 

Su mujer corrió con un vaso lleno, que el hombre sorbió en tres tragos. Pero 

no había sentido gusto alguno. 

–¡Te pedí caña, no agua! –rugió de nuevo–. ¡Dame caña! 

–¡Pero es caña, Paulino! –protestó la mujer espantada. 

–¡No, me diste agua! ¡Quiero caña, te digo! 

La mujer corrió otra vez, volviendo con la damajuana. El hombre tragó uno 

tras otro dos vasos, pero no sintió nada en la garganta. 

–Bueno; esto se pone feo... –murmuró entonces, mirando su pie lívido y ya 

con lustre gangrenoso. Sobre la honda ligadura del pañuelo, la carne desbordaba 

como una monstruosa morcilla. 

Los dolores fulgurantes se sucedían en continuos relampagueos, y llegaban 

ahora a la ingle. La atroz sequedad de garganta que el aliento parecía caldear 

más, aumentaba a la par. Cuando pretendió incorporarse, un fulminante vómito lo 

mantuvo medio minuto con la frente apoyada en la rueda de palo. 

Pero el hombre no quería morir, y descendiendo hasta la costa subió a su 

canoa. Sentóse en la popa y comenzó a palear hasta el centro del Paraná. Allí la 

corriente del río, que en las inmediaciones del Iguazú corre seis millas, lo llevaría 

antes de cinco horas a Tacurú–Pucú. 

El hombre, con sombría energía, pudo efectivamente llegar hasta el medio 

del río; pero allí sus manos dormidas dejaron caer la pala en la canoa, y tras un 

nuevo vómito –de sangre esta vez–, dirigió una mirada al sol que ya trasponía el 

monte. 

La pierna entera, hasta medio muslo, era ya un bloque deforme y durísimo 

que reventaba la ropa. El hombre cortó la ligadura y abrió el pantalón con su 

cuchillo: el bajo vientre desbordó hinchado, con grandes manchas lívidas y 

terriblemente doloroso. El hombre pensó que no podría jamás llegar él solo a 

Tacurú–Pucú, y se decidió a pedir ayuda a su compadre Alves, aunque hacía 

mucho tiempo que estaban disgustados. 

La corriente del río se precipitaba ahora hacia la costa brasileña, y el hombre 

pudo fácilmente atracar. Se arrastró por la picada en cuesta arriba, pero a los 

veinte metros, exhausto, quedó tendido de pecho. 

–¡Alves! –gritó con cuanta fuerza pudo; y prestó oído en vano. 

–¡Compadre Alves! ¡No me niegue este favor! –clamó de nuevo, alzando la 

cabeza del suelo. En el silencio de la selva no se oyó un solo rumor. El hombre 

tuvo aún valor para llegar hasta su canoa, y la corriente, cogiéndola de nuevo, la 

llevó velozmente a la deriva. El Paraná corre allí en el fondo de una inmensa hoya, 

cuyas paredes, altas de cien metros, encajonan fúnebremente el río. Desde las 

orillas bordeadas de negros bloques de basalto asciende el bosque, negro 

también. Adelante, a los costados, detrás, siempre la eterna muralla lúgubre, en 

cuyo fondo el río arremolinado se precipita en incesantes borbollones de agua 

fangosa. El paisaje es agresivo, y reina en él un silencio de muerte. Al atardecer, 

sin embargo, su belleza sombría y calma cobra una majestad única. 

El sol había caído ya cuando el hombre, semitendido en el fondo de la 

canoa, tuvo un violento escalofrío. Y de pronto, con asombro, enderezó 

pesadamente la cabeza: se sentía mejor. La pierna le dolía apenas, la sed 

disminuía, y su pecho, libre ya, se abría en lenta inspiración. 

El veneno comenzaba a irse, no había duda. Se hallaba casi bien, y aunque 

no tenía fuerzas para mover la mano, contaba con la caída del rocío para 

reponerse del todo. Calculó que antes de tres horas estaría en Tacurú–Pucú. 

El bienestar avanzaba y con él una somnolencia llena de recuerdos. No 

sentía ya nada ni en la pierna ni en el vientre. ¿Viviría aún su compadre Gaona en 

Tacurú–Pucú? Acaso viera también a su ex patrón, míster Dougald, y al recibidor 

del obraje. 

¿Llegaría pronto? El cielo, al poniente, se abría ahora en pantalla de oro, y el 

río se había coloreado también. Desde la costa paraguaya, ya entenebrecida, el 

monte dejaba caer sobre el río su frescura crepuscular, en penetrantes efluvios de 

azahar y miel silvestre. Una pareja de guacamayos cruzó muy alto y en silencio 

hacia el Paraguay. 

Allá abajo, sobre el río de oro, la canoa derivaba velozmente, girando a ratos 

sobre sí misma ante el borbollón de un remolino. El hombre que iba en ella se 

sentía cada vez mejor, y pensaba entretanto en el tiempo justo que había pasado 

sin ver a su ex patrón Dougald. ¿Tres años? Tal vez no, no tanto. ¿Dos años y 

nueve meses? Acaso. ¿Ocho meses y medio? Eso sí, seguramente. 

De pronto sintió que estaba helado hasta el pecho. ¿Qué sería? Y la 

respiración... 

Al recibidor de maderas de míster Dougald, Lorenzo Cubilla, lo había 

conocido en Puerto Esperanza un viernes santo... ¿Viernes? Sí, o jueves... 

El hombre estiró lentamente los dedos de la mano. 

–Un jueves... 

Y cesó de respirar. 

LA INSOLACIÓN 

El cachorro Old salió por la puerta y atravesó el patio con paso recto y 

perezoso. Se detuvo en la linde del pasto, estiró al monte, entrecerrando los ojos, 

la nariz vibrátil, y se sentó tranquilo. Veía la monótona llanura del Chaco, con sus 

alternativas de campo y monte, monte y campo, sin más color que el crema del 

pasto y el negro del monte. Este cerraba el horizonte, a doscientos metros, por 

tres lados de la chacra. Hacia el oeste, el campo se ensanchaba y extendía en 

abra, pero que la ineludible línea sombría enmarcaba a lo lejos. 

A esa hora temprana, el confín, ofuscante de luz a mediodía, adquiría 

reposada nitidez. No había una nube ni un soplo de viento. Bajo la calma del cielo 

plateado, el campo emanaba tónica frescura que traía al alma pensativa, ante la 

certeza de otro día de seca, melancolías de mejor compensado trabajo. 

Milk, el padre del cachorro, cruzó a su vez el patio y se sentó al lado de 

aquél, con perezoso quejido de bienestar. Ambos permanecían inmóviles, pues 

aun no había moscas. 

Old, que miraba hacía rato la vera del monte, observó: 

–La mañana es fresca. 

Milk siguió la mirada del cachorro y quedó con la vista fija, parpadeando 

distraído. Después de un rato dijo: 

–En aquel árbol hay dos halcones. 

Volvieron la vista indiferente a un buey que pasaba, y continuaron mirando 

por costumbre las cosas. 

Entretanto, el oriente comenzaba a empurpurarse en abanico, y el horizonte 

había perdido ya su matinal precisión. Milk cruzó las patas delanteras y al hacerlo 

sintió leve dolor. Miró sus dedos sin moverse, decidiéndose por fin a olfatearlos. El 

día anterior se había sacado un pique, y en recuerdo de lo que había sufrido lamió 

extensamente el dedo enfermo. 

–No podía caminar –exclamó, en conclusión. 

–Old no comprendió a qué se refería, Milk agregó: 

–Hay muchos piques. 

Esta vez el cachorro comprendió. Y repuso por su cuenta, después de largo 

rato: 

–Hay muchos piques. 

Uno y otro callaron de nuevo, convencidos. 

El sol salió; y en el primer baño de su luz, las pavas del monte lanzaron al 

aire puro el tumultuoso trompeteo de su charanga. Los perros, dorados al sol 

oblicuo, entornaron los ojos, dulcificando su molicie en beato pestañeo. Poco a 

poco la pareja aumentó con la llegada de los otros compañeros: Dick, el taciturno 

preferido; Prince, cuyo labio superior partido por un coatí, dejaba ver los dientes; e 

Isondú, de nombre indígena. Los cinco fox–terriers, tendidos y beatos de 

bienestar, durmieron. 

Al cabo de una hora irguieron la cabeza; por el lado opuesto del bizarro 

rancho de dos pisos –el inferior de barro y el alto de madera, con corredores y 

baranda de chalet–, habían sentido los pasos de su dueño que bajaba la escalera. 

Míster Jones, la toalla al hombro, se detuvo un momento en la esquina del rancho 

y miró e1 sol, alto ya. Tenía aún la mirada muerta y el labio pendiente tras su 

solitaria velada de whisky, más prolongada que las habituales. 

Mientras se lavaba, los perros se acercaron y le olfatearon las botas, 

meneando con pereza el rabo. Como las fieras amaestradas, los perros conocen 

el menor indicio de borrachera en su amo. Alejáronse con lentitud a echarse de 

nuevo al sol. Pero el calor creciente les hizo presto abandonar aquél, por la 

sombra de los corredores. 

El día avanzaba igual a los precedentes de todo ese mes; seco, límpido, con 

catorce horas de sol calcinante que parecía mantener el cielo en fusión, y que en 

un instante resquebrajaba la tierra mojada en costras blanquecinas. Míster Jones 

fue a la chacra, miró el trabajo del día anterior y retornó al rancho. En toda esa 

mañana no hizo nada. Almorzó y subió a dormir la siesta. 

Los peones volvieron a las dos a la carpición, no obstante la hora de fuego, 

pues los yuyos no dejaban el algodonal. Tras ellos fueron los perros, muy amigos 

del cultivo desde el invierno pasado, cuando aprendieron a disputar a los halcones 

los gusanos blancos que levantaba el arado. Cada perro se echó bajo un 

algodonero, acompañando con su jadeo los golpes sordos de la azada. 

Entretanto el calor crecía. En el paisaje silencioso y encegueciente de sol, el 

aire vibraba a todos lados, dañando la vista. La tierra removida exhalaba vaho de 

horno, que los peones soportaban sobre la cabeza, envuelta hasta las orejas en el 

flotante pañuelo, con el mutismo de sus trabajos de chacra. Los perros cambiaban 

a cada rato de planta, en procura de más fresca sombra. Tendíanse a lo largo, 

pero la fatiga los obligaba a sentarse sobre las patas traseras para respirar mejor. 

Reverberaba ahora delante de ellos un pequeño páramo de greda que ni 

siquiera se había intentado arar. Allí, el cachorro vio de pronto a míster Jones 

sentado sobre un tronco, que lo miraba fijamente. Old se puso en pie meneando el 

rabo. Los otros levantáronse también, pero erizados. 

–Es el patrón –dijo el cachorro, sorprendido de la actitud de aquéllos. 

–No, no es él –replicó Dick. 

Los cuatro perros estaban apiñados gruñendo sordamente, sin apartar los 

ojos de míster Jones, que continuaba inmóvil, mirándolos. El cachorro, incrédulo, 

fue a avanzar, pero Prince le mostró los dientes: 

–No es él, es la Muerte. 

El cachorro se erizó de miedo y retrocedió al grupo. 

–¿Es el patrón muerto? –preguntó ansiosamente. 

Los otros, sin responderle, rompieron a ladrar con furia, siempre en actitud en 

actitud temerosa. Pero míster Jones se desvanecía ya en el aire ondulante. 

–Al oír ladridos, los peones habían levantado la vista, sin distinguir nada. 

Giraron la cabeza para ver si había entrado algún caballo en la chacra, y se 

doblaron de nuevo. 

Los fox–terriers volvieron al paso al rancho. El cachorro, erizado aún, se 

adelantaba y retrocedía con cortos trotes nerviosos, y supo de la experiencia de 

sus compañeros que cuando una cosa va a morir, aparece antes. 

–¿Y cómo saben que ese que vimos no era el patrón vivo? –preguntó. 

–Porque no era él –le respondieron displicentes. 

¡Luego la Muerte, y con ella el cambio de dueño, las miserias, las patadas, 

estaba sobre ellos! Pasaron el resto de la tarde al lado de su patrón, sombríos y 

alerta. Al menor ruido gruñían, sin saber hacia dónde. 

Por fin el sol se hundió tras el negro palmar del arroyo, y en la calma de la 

noche plateada, los perros se estacionaron alrededor del rancho, en cuyo piso alto 

míster Jones recomenzaba su velada de whisky. A medianoche oyeron sus pasos, 

luego la caída de las botas en el piso de tablas, y la luz se apagó. Los perros, 

entonces, sintieron más el próximo cambio de dueño, y solos, al pie de la casa 

dormida, comenzaron a llorar. Lloraban en coro, volcando sus sollozos convulsivos 

y secos, como masticados, en un aullido de desolación, que la voz cazadora de 

Prince sostenía, mientras los otros tomaban el sollozo de nuevo. El cachorro sólo 

podía ladrar. La noche avanzaba, y los cuatro perros de edad, agrupados a la luz 

de la luna, el hocico extendido e hinchado de lamentos –bien alimentados y 

acariciados por el dueño que iban a perder–, continuaban llorando a lo alto su 

doméstica miseria. 

A la mañana siguiente míster Jones fue él mismo a buscar las mulas y las 

unció a la carpidora, trabajando hasta las nueve. No estaba satisfecho, sin 

embargo. Fuera de que la tierra no había sido nunca bien rastreada, las cuchillas 

no tenían filo, y con el paso rápido de las mulas, la carpidora saltaba. Volvió con 

ésta y afiló sus rejas; pero un tornillo en que ya al comprar la máquina había 

notado una falla, se rompió al armarla. Mandó un peón al obraje próximo, 

recomendándole cuidara del caballo, un buen animal pero asoleado. Alzó la 

cabeza al sol fundente de mediodía, e insistió en que galopara ni un momento. 

Almorzó enseguida y subió. Los perros, que en la mañana no habían dejado un 

segundo a su patrón, se quedaron en los corredores. 

La siesta pesaba, agobiada de luz y silencio. Todo el contorno estaba 

brumoso por las quemazones. Alrededor del rancho la tierra blanquizca del patio 

deslumbraba por el sol a plomo, parecía deformarse en trémulo hervor, que 

adormecía los ojos parpadeantes de los fox–terriers. 

–No ha aparecido más –dijo Milk. 

Old, al oír aparecido, levantó vivamente las orejas. Incitado por la evocación, 

el cachorro se puso en pie y ladró, buscando a qué. Al rato calló, entregándose 

con sus compañeros a su defensiva cacería de moscas. 

–No vino más –agregó Isondú. 

–Había una lagartija bajo el raigón –recordó por primera vez Prince. 

Una gallina, el pico abierto y las alas apartadas del cuerpo, cruzó el patio 

incandescente con su pesado trote de calor. Prince la siguió perezosamente con la 

vista, y saltó de golpe. 

–¡Viene otra vez! –gritó. 

Por el norte del patio avanzaba solo el caballo en que había ido el peón. Los 

perros se arquearon sobre las patas, ladrando con furia a la Muerte que se 

acercaba. El caballo caminaba con la cabeza baja, aparentemente indeciso sobre 

el rumbo que debía seguir. Al pasar frente al rancho dio unos cuantos pasos en 

dirección al pozo, y se desvaneció progresivamente en la cruda luz. 

Míster Jones bajó: no tenía sueño. Disponíase a proseguir el montaje de la 

carpidora, cuando vio llegar inesperadamente al peón a caballo. A pesar de su 

orden, tenía que haber galopado para volver a esa hora. Apenas libre y concluida 

su misión, el pobre caballo, en cuyos ijares era imposible contar los latidos, tembló 

agachando la cabeza, y cayó de costado. Míster Jones mandó a la chacra, todavía 

de sombrero y rebenque, al peón para no echarlo si continuaba oyendo sus 

jesuíticas disculpas. 

Pero los perros estaban contentos. La Muerte, que buscaba a su patrón, se 

había conformado con el caballo. Sentíanse alegres, libres de preocupación, y en 

consecuencia disponíanse a ir a la chacra tras el peón, cuando oyeron a míster 

Jones que le gritaba, pidiéndole el tornillo. No había tornillo: el almacén estaba 

cerrado, el encargado dormía, etc. Míster Jones, sin replicar, descolgó su casco y 

salió él mismo en busca del utensilio. 

Resistía el sol como un peón, y el paseo era maravilloso contra su mal 

humor. 

Los perros salieron con él, pero se detuvieron a la sombra del primer 

algarrobo; hacía demasiado calor. Desde allí, firmes en las patas, el ceño 

contraído y atento, veían alejarse a su patrón. Al fin el temor a la soledad pudo 

más, y con agobiado trote siguieron tras él. 

Míster Jones obtuvo su tornillo y volvió. Para acortar distancia, desde luego, 

evitando la polvorienta curva del camino, marchó en línea recta a su chacra. Llegó 

al riacho y se internó en el pajonal, el diluviano pajonal del Saladito, que ha 

crecido, secado y retoñado desde que hay paja en el mundo, sin conocer fuego. 

Las matas, arqueadas en bóveda a la altura del pecho, se entrelazan en bloques 

macizos. La tarea de cruzarlo, seria ya con día fresco, era muy dura a esa hora. 

Míster Jones lo atravesó, sin embargo, braceando entre la paja restallante y 

polvorienta por el barro que dejaban las crecientes, ahogado de fatiga y acres 

vahos de nitratos. 

Salió por fin y se detuvo en la linde; pero era imposible permanecer quieto 

bajo ese sol y ese cansancio. Marchó de nuevo. Al calor quemante que crecía sin 

cesar desde tres días atrás, agregábase ahora el sofocamiento del tiempo 

descompuesto. El cielo estaba blanco y no se sentía un soplo de viento. El aire 

faltaba, con angustia cardíaca que no permitía concluir la respiración. 

Míster Jones adquirió el convencimiento de que había traspasado su límite 

de resistencia. Desde hacía rato le golpeaba en los oídos el latido de las carótidas. 

Sentíase en el aire, como si de dentro de la cabeza le empujaran el cráneo hacia 

arriba. Se marcaba mirando el pasto. Apresuró la marcha para acabar con eso de 

una vez... Y de pronto volvió en sí y se halló en distinto paraje: había caminado 

media cuadra sin darse cuenta de nada. Miró atrás, y la cabeza se le fue en nuevo 

vértigo. 

Entretanto, los perros seguían tras él, trotando con toda la lengua de fuera. A 

veces, asfixiados, deteníanse en la sombra de un espartillo; se sentaban 

precipitando su jadeo, para volver enseguida al tormento del sol. Al fin, como la 

casa estaba ya próxima, apuraron el trote. 

Fue en ese momento cuando Old, que iba adelante, vio tras el alambrado de 

la chacra a míster Jones, vestido de blanco, que caminaba hacia ellos. El 

cachorro, con súbito recuerdo, volvió la cabeza a su patrón y confrontó. 

–¡La Muerte, la Muerte! –aulló. 

Los otros lo habían visto también, y ladraban erizados. Vieron que míster 

Jones atravesaba el alambrado y, por un instante creyeron que se iba a equivocar; 

pero al llegar a cien metros se detuvo, miró el grupo con sus ojos celestes, y 

marchó adelante. 

– ¡Qué no camine ligero el patrón! –exclamó Prince. 

–¡Va a tropezar con él! –aullaron todos. 

En efecto, el otro, tras breve hesitación, había avanzado, pero no 

directamente sobre ellos como antes, sino en línea oblicua y en apariencia 

errónea, pero que debía llevarlo justo al encuentro de míster Jones. Los perros 

comprendieron que esta vez todo concluía, porque su patrón continuaba 

caminando a igual paso, como un autómata, sin darse cuenta de nada. El otro 

llegaba ya. Los perros hundieron el rabo y corrieron de costado, aullando. Pasó un 

segundo, y el encuentro se produjo. Míster Jones se detuvo, giró sobre sí mismo y 

se desplomó. 

Los peones, que lo vieron caer, lo llevaron aprisa al rancho, pero fue inútil 

toda el agua; murió sin volver en sí. Míster Moore, su hermano materno, fue allá 

desde Buenos Aires, estuvo una hora en la chacra y en cuatro días liquidó todo, 

volviéndose enseguida al sur. Los indios se repartieron los perros, que vivieron en 

adelante flacos y sarnosos, e iban todas las noches con hambriento sigilo a robar 

espigas de maíz en las chacras ajenas. 

EL ALAMBRE DE PÚA 

Durante quince días el caballo alazán había buscado en vano la senda por 

donde su compañero se escapaba del potrero. El formidable cerco, de capuera – 

desmonte que ha rebrotado inextricable–, no permitía paso ni aun a la cabeza del 

caballo. Evidentemente no era por allí por donde el malacara pasaba. 

El alazán recorría otra vez la chacra, trotando inquieto con la cabeza alerta. 

De la profundidad del monte, el malacara respondía a los relinchos vibrantes de su 

compañero con los suyos cortos y rápidos, en que había una fraternal promesa de 

abundante comida. Lo más irritante para el alazán era que el malacara reaparecía 

dos o tres veces en el día para beber. Prometíase aquél entonces no abandonar 

un instante a su compañero, y durante algunas horas, en efecto, la pareja pastaba 

en admirable conserva. Pero de pronto el malacara, con su soga a rastra, se 

internaba en el chircal, y cuando el alazán, al darse cuenta de su soledad, se 

lanzaba en su persecución, hallaba el monte inextricable. Esto sí, de adentro, muy 

cerca aún, el maligno malacara respondía a sus desesperados relinchos, con un 

relinchillo a boca llena. 

Hasta que esa mañana el viejo alazán halló la brecha muy sencillamente: 

cruzando por frente al chircal, que desde el monte avanzaba cincuenta metros en 

el campo, vio un vago sendero que lo condujo en perfecta línea oblicua al monte. 

Allí estaba el malacara, deshojando árboles. 

La cosa era muy simple: el malacara, cruzando un día el chircal, había 

hallado la brecha abierta en el monte por un incienso desarraigado. Repitió su 

avance a través del chircal, hasta llegar a conocer perfectamente la entrada del 

túnel. Entonces usó del viejo camino que con el alazán habían formado a lo largo 

de la línea del monte. Y aquí estaba la causa del trastorno del alazán: la entrada 

de la senda formaba una línea sumamente oblicua con el camino de los caballos, 

de modo que el alazán, acostumbrado a recorrer éste de sur a norte y jamás de 

norte a sur, no hubiera hallado jamás la brecha. 

En un instante el viejo caballo estuvo unido a su compañero, y juntos 

entonces, sin más preocupación que la de despuntar torpemente las palmeras 

jóvenes, los dos caballos decidieron alejarse del malhadado potrero que sabían ya 

de memoria. 

El monte, sumamente raleado, permitía un fácil avance, aun a caballos. Del 

bosque no quedaba en verdad sino una franja de doscientos metros de ancho. 

Tras él, una capuera de dos años se empenachaba de tabaco salvaje. El viejo 

alazán, que en su juventud había correteado capueras hasta vivir perdido seis 

meses en ellas, dirigió la marcha, y en media hora los tabacos inmediatos 

quedaron desnudos de hojas hasta donde alcanza un pescuezo de caballo. 

Caminando, comiendo, curioseando, el alazán y el malacara cruzaron la 

capuera hasta que un alambrado los detuvo. 

–Un alambrado –dijo el alazán. 

–Sí, alambrado –asintió el malacara. Y ambos, pasando la cabeza sobre el 

hilo superior, contemplaron atentamente. Desde allí se veía un alto pastizal de 

viejo rozado, blanco por la helada; un bananal y una plantación nueva. Todo ello 

poco tentador, sin duda; pero los caballos entendían ver eso, y uno tras otro 

siguieron el alambrado a la derecha. 

Dos minutos después pasaban; un árbol, seco en pie por el fuego, había 

caído sobre los hilos. Atravesaron la blancura del pasto helado en que sus pasos 

no sonaban, y bordeando el rojizo bananal, quemado por la escarcha, vieron 

entonces de cerca qué eran aquellas plantas nuevas. 

–Es yerba –constató el malacara, con sus trémulos labios a medio centímetro 

de las duras hojas. La decepción pudo haber sido grande; mas los caballos, si 

bien golosos, aspiraban sobre todo a pasear. De modo que cortando oblicuamente 

el yerbal prosiguieron su camino, hasta que un nuevo alambrado contuvo a la 

pareja. Costeáronlo con tranquilidad grave y paciente, llegando así a una 

tranquera, abierta para su dicha, y los paseantes se vieron de repente en pleno 

camino real. 

Ahora bien, para los caballos, aquello que acababan de hacer tenía todo el 

aspecto de una proeza. Del potrero aburridor a la libertad presente, había infinita 

distancia. Mas por infinita que fuera, los caballos pretendían prolongarla aún, y así, 

después de observar con perezosa atención los alrededores, quitáronse 

mutuamente la caspa del pescuezo, y en mansa felicidad prosiguieron su 

aventura. 

El día, en verdad, la favorecía. La bruma matinal de Misiones acababa de 

disiparse del todo, y bajo el cielo súbitamente azul, el paisaje brillaba de 

esplendorosa claridad. Desde la loma cuya cumbre ocupaban en ese momento los 

dos caballos, el camino de tierra colorada cortaba el pasto delante de ellos con 

precisión admirable, descendía al valle blanco de espartillo helado, para tornar a 

subir hasta el monte lejano. El viento, muy frío, cristalizaba aún más la claridad de 

la mañana de oro, y los caballos, que sentían de frente el sol, casi horizontal 

todavía, entrecerraban los ojos al dichoso deslumbramiento. 

Seguían así, solos y gloriosos de libertad en el camino encendido de luz, 

hasta que al doblar una punta de monte vieron a orillas del camino cierta extensión 

de un verde inusitado. ¿Pasto? Sin duda. Mas en pleno invierno... 

Y con las narices dilatadas de gula, los caballos acercaron al alambrado. ¡Sí, 

pasto fino, pasto admirable! Y entrarían ellos, los caballos libres! 

Hay que advertir que el alazán y el malacara poseían desde esa madrugada 

alta idea de sí mismos. Ni tranquera, ni alambrado, ni monte, ni desmonte, nada 

fuera obstáculo para ellos. Habían visto cosas extraordinarias, salvado dificultades 

no creíbles, y se sentían gordos, orgullosos y facultados para tomar la decisión 

más estrafalaria que ocurrírseles pudiera. 

En este estado de énfasis, vieron a cien metros de ellos varias vacas 

detenidas a orillas del camino, y encaminándose allá llegaron a la tranquera, 

cerrada con cinco robustos palos. Las vacas estaban inmóviles, mirando fijamente 

el verde paraíso inalcanzable. 

–¿Por qué no entran? –preguntó el alazán a las vacas. 

–Porque no se puede –le respondieron. 

–Nosotros pasamos por todas partes –afirmó el alazán, altivo–. Desde hace 

un mes pasamos por todas partes. 

Con el fulgor de su aventura, los caballos habían perdido sinceramente el 

sentido del tiempo. Las vacas no se dignaron siquiera mirar a los intrusos. 

–Los caballos no pueden –dijo una vaquillona movediza–. Dicen eso y no 

pasan por ninguna parte. Nosotras sí pasamos por todas partes. 

–Tienen soga –añadió una vieja madre sin volver la cabeza. 

– ¡Yo no, yo no tengo soga! –respondió vivamente el alazán–. Yo vivía en las 

capueras y pasaba. 

–¡Sí, detrás de nosotras! Nosotras pasamos y ustedes no pueden. 

La vaquillona movediza intervino de nuevo: 

–El patrón dijo el otro día: a los caballos con un solo hilo se los contiene. ¿Y 

entonces...? ¿Ustedes no pasan? 

–No, no pasamos –repuso sencillamente el malacara, convencido por la 

evidencia. 

–¡Nosotras sí! 

Al honrado malacara, sin embargo, se le ocurrió de pronto que las vacas, 

atrevidas y astutas, impertinentes invasoras de chacras y el Código Rural, 

tampoco pasaban la tranquera. 

–Esta tranquera es mala –objetó la vieja madre. 

–¡El sí! Corre los palos con los cuernos. 

–¿Quién? –preguntó el alazán. 

Todas las vacas, sorprendidas de esa ignorancia, volvieron la cabeza al 

alazán. 

–¡El toro, Barigüí! Él puede más que los alambrados malos. 

–¿Alambrados...? ¿Pasa? 

–¡Todo! Alambre de púa también. Nosotras pasamos después. 

Los dos caballos, vueltos ya a su pacífica condición de animales a que un 

solo hilo contiene, se sintieron ingenuamente deslumbrados por aquel héroe capaz 

de afrontar el alambre de púa, la cosa más terrible que puede hallar el deseo de 

pasar adelante. 

De pronto las vacas se removieron mansamente: a lento paso llegaba el toro. 

Y ante aquella chata y obstinada frente dirigida en tranquila recta a la tranquera, 

los caballos comprendieron humildemente su inferioridad. 

Las vacas se apartaron, y Barigüí, pasando el testuz bajo una tranca, intentó 

hacerla correr a un lado. Los caballos levantaron las orejas, admirados, pero la 

tranca no corrió. Una tras otra, el toro probó sin resultado su esfuerzo inteligente: 

el chacarero, dueño feliz de la plantación de avena, había asegurado la tarde 

anterior los palos con cuñas. 

El toro no intentó más. Volviéndose con pereza, olfateó a lo lejos 

entrecerrando los ojos, y costeó luego el alambrado, con ahogados mugidos 

sibilantes. 

Desde la tranquera, los caballos y las vacas miraban. En determinado lugar 

el toro pasó los cuernos bajo el alambre de púa tendiéndolo violentamente hacia 

arriba con él testuz, y la enorme bestia pasó arqueando el lomo. En cuatro pasos 

más estuvo entre la avena, y las vacas se encaminaron entonces allá, intentando 

a su vez pasar. Pero a las vacas falta evidentemente la decisión masculina de 

permitir en la piel sangrientos rasguños, y apenas introducían el cuello, lo retiraban 

presto con mareante cabeceo. 

Los caballos miraban siempre. 

–No pasan –observó el malacara. No pasan, 

–El toro pasó –dijo el alazán. Come mucho. Y la pareja se dirigía a su vez a 

costear el alambrado por la fuerza de la costumbre, cuando un mugido claro y 

berreante ahora, llegó hasta ellos: dentro del avenal el toro, con cabriolas de falso 

ataque, bramaba ante el chacarero que con un palo trataba de alcanzarlo. 

–¡Añá...! Te voy a dar saltitos... –gritaba el hombre. Barigüí, siempre 

danzando y berreando ante el hombre, esquivaba los golpes. Maniobraron así 

cincuenta metros, hasta que el chacarero pudo forzar a la bestia contra el 

alambrado. Pero ésta, con la decisión con la decisión pesada y bruta de bruta de 

su fuerza, hundió la cabeza entre los hilos y pasó, bajo un agudo violineo de 

alambre y grampas lanzadas a veinte metros. 

Los caballos vieron cómo el hombre volvía precipitadamente a su rancho, y 

tornaba a salir con el rostro pálido. Vieron también que saltaba el alambrado y se 

encaminaba en dirección de ellos, por lo cual los compañeros, ante aquel paso 

que avanzaba decidido, retrocedieron por el camino en dirección a su chacra. 

Como los caballos marchaban dócilmente a pocos pasos delante del hombre, 

pudieron llegar juntos a la chacra del dueño del toro, siéndoles dado así oír 

conversación. 

Es evidente, por lo que de ella se desprende, que el hombre había sufrido lo 

indecible con el toro del polaco. Plantaciones, por inaccesibles que hubieran 

estado dentro del monte; alambrados, por grande que fuera su tensión e infinito el 

número de hilos, todo lo arrolló el toro con sus hábitos de pillaje. Se deduce 

también que los vecinos estaban hartos de la bestia y de su dueño, por los 

incesantes destrozos de aquélla. Pero como los pobladores de la región 

difícilmente denuncian al Juzgado de Paz perjuicios de animales, por duros que 

les sean, el toro proseguía comiendo en todas partes menos en la chacra de su 

dueño, el cual, por otro lado, parecía divertirse mucho con esto. 

De este modo, los caballos vieron y oyeron al irritado chacarero y al polaco 

cazurro. 

–¡Es la última vez, don Zaninski, que vengo a verlo por su toro! Acaba de 

pisotearme toda la avena. ¡Ya no se puede más! 

El polaco, alto y de ojillos azules, hablaba con agudo y meloso falsete. 

–¡Ah, toro malo! ¡Mi no puede! ¡Mi ata, escapa! ¡Vaca tiene culpa! ¡Toro 

sigue vaca! 

–¡Yo no tengo vacas, usted bien sabe! 

–¡No, no! ¡Vaca Ramírez! ¡Mí queda loco, toro! 

–¡Y lo peor es que afloja todos los hilos, usted lo sabe también! 

–¡Sí, sí, alambre! ¡Ah, mí no sabe...! 

–¡Bueno! Vea, don Zaninski; yo no quiero cuestiones con vecinos, pero tenga 

por última vez cuidado con su toro para que no entre por el alambrado del fondo: 

en el camino voy a poner alambre nuevo. 

–¡Toro pasa por camino! ¡No fondo! 

–Es que ahora no va a pasar Por el camino. 

–¡Pasa, toro! ¡No púa, no nada! ¡Pasa todo! 

–No va a pasar. 

–¿Qué pone? 

–Alambre de púa... Pero no va a pasar. 

–¡No hace nada púa! 

–Bueno; haga lo posible porque no entre, porque si pasa se va a lastimar. 

El chacarero se fue. Es como lo anterior evidente que el maligno polaco, 

riéndose una vez más de las gracias del animal, compadeció, si cabe en lo 

posible, a su vecino que iba a construir un alambrado infranqueable por su toro. 

Seguramente se frotó las manos: 

–¡Mí no podrán decir nada esta vez si toro come toda avena! 

Los caballos reemprendieron de nuevo el camino que los alejaba de su 

chacra, y un rato después llegaban al lugar en que Barigüí haba cumplido su 

hazaña. La bestia estaba allí siempre, inmóvil en medio del camino, mirando con 

solemne vaciedad de ideas desde hacía un cuarto de hora, un punto fijo a la 

distancia. Detrás de él, las vacas dormitaban al sol ya caliente, rumiando. 

Pero cuando los pobres caballos pasaron por el camino, ellas abrieron los 

ojos, despreciativas: 

–Son los caballos. Querían pasar el alambrado. Y tienen soga. 

–¡Barigüí sí pasó! 

–A los caballos un solo hilo los contiene. 

–Son flacos. 

Esto pareció herir en lo vivo al alazán, que volvió la cabeza: 

–Nosotros no estamos flacos. Ustedes, sí están. No va a pasar más aquí – 

añadió señalando con los belfos los alambres caídos, obra de Barigüí. 

–¡Barigüí pasa siempre! Después pasamos nosotras. Ustedes no pasan. 

–No va a pasar más. Lo dijo el hombre. 

–Él comió la avena del hombre. Nosotras pasamos después. 

El caballo, por mayor intimidad de trato, es sensiblemente más afecto al 

hombre que la vaca. De aquí que el malacara y el alazán tuvieran fe en el 

alambrado que iba a construir el hombre. 

La pareja prosiguió su camino, y momentos después, ante el campo libre que 

se abría ante ellos, los dos caballos bajaron la cabeza a comer, olvidándose de las 

vacas. 

Tarde ya, cuando el sol acababa de entrar, los dos caballos se acordaron del 

maíz y emprendieron el regreso. Vieron en el camino al chacarero que cambiaba 

todos los postes de su alambrado, y a un hombre rubio que, detenido a su lado a 

caballo, lo miraba trabajar. 

–Le digo que va a pasar –decía el pasajero. 

–No pasará dos veces –replicaba el chacarero. 

–¡Usted verá! ¡Esto es un juego para el maldito toro del polaco! ¡Va a pasar! 

–No pasará dos veces –repetía obstinadamente el otro. 

Los caballos siguieron, oyendo aún palabras cortadas: 

–...reír! 

–...veremos. 

Dos minutos más tarde el hombre rubio pasaba a su lado a trote inglés. El 

malacara y el alazán, algo sorprendidos de aquel paso que no conocían, miraron 

perderse en el valle al hombre presuroso. 

–¡Curioso! –observó el malacara después de largo rato–. El caballo va al 

trote, y el hombre al galope... 

Prosiguieron. Ocupaban en ese momento la cima de la loma, como esa 

mañana. Sobre el frío cielo crepuscular, sus siluetas se destacaban en negro, en 

mansa y cabizbaja pareja, el malacara delante, el alazán detrás. 

La atmósfera, ofuscada durante el día por la excesiva luz del sol, adquiría a 

esa semisombra una transparencia casi fúnebre. El viento había cesado por 

completo, y con la calma del atardecer, en que el termómetro comenzaba a caer 

velozmente, el valle helado expandía su penetrante humedad, que se condensaba 

en rastreante neblina en el fondo sombrío de las vertientes. Revivía, en la tierra ya 

enfriada, el invernal olor de pasto quemado; y cuando el camino costeaba el 

monte, el ambiente, que se sentía de golpe más frío y húmedo, se tornaba 

excesivamente pesado de perfume de azahar. 

Los caballos entraron por el portón de su chacra, pues el muchacho, que 

hacía sonar el cajoncito de maíz, había oído su ansioso trémulo. El viejo alazán 

obtuvo el honor de que se le atribuyera la iniciativa de la aventura, viéndose 

gratificado con una soga, a efectos de lo que pudiera pasar. 

Pero a la mañana siguiente, bastante tarde ya a causa de la densa neblina, 

los caballos repitieron su escapatoria, atravesando otra vez el tabacal salvaje 

hollando con mudos pasos el pastizal helado, salvando la tranquera abierta aún. 

La mañana encendida de sol, muy alto ya, reverberaba de luz, y el calor 

excesivo prometía para muy pronto cambio de tiempo. Después de trasponer la 

loma, los caballos vieron de pronto a las vacas detenidas en el camino, y el 

recuerdo de la tarde anterior excitó sus orejas y su paso: querían ver cómo era el 

nuevo alambrado. 

Pero su decepción, al llegar, fue grande. En los nuevos postes –oscuros y 

torcidos– había dos simples alambres de púa, gruesos tal vez, pero únicamente 

dos. 

No obstante su mezquina audacia, la vida constante en chacras de monte 

había dado a los caballos cierta experiencia en cercados. Observaron atentamente 

aquello, especialmente los postes. 

–Son de madera de ley –observó el malacara. 

–Sí, cernes quemados –comprobó el alazán. 

Y tras otra larga mirada de examen, el malacara añadió: 

–El hilo pasa por el medio, no hay grampas... 

Y el alazán: 

–Están muy cerca uno de otro de otro... 

Cerca, los postes, sí, indudablemente: tres metros. Pero en cambio, aquellos 

dos modestos alambres en reemplazo de los cinco hilos del cercado anterior, 

desilusionaron a los caballos. ¿Cómo era posible que el hombre creyera que aquel 

alambrado para terneros iba a contener al terrible toro? 

–El hombre dijo que no iba a pasar –se atrevió sin embargo el malacara, que 

en razón de ser el favorito de su amo, comía más maíz, por lo cual sentíase más 

creyente. 

Pero las vacas los habían oído. 

–Son los caballos. Los dos tienen soga. Ellos no pasan. Barigüí pasó ya. 

–¿Pasó? ¿Por aquí? –preguntó descorazonado el malacara. 

–Por el fondo. Por aquí pasa también. Comió la avena. 

Entretanto, la vaquilla locuaz había pretendido pasar los cuernos entre los 

hilos; y una vibración aguda, seguida de un seco golpe en los cuernos, dejó en 

suspenso a los caballos. 

–Los alambres están muy estirados –dijo el alazán después de largo 

examen. 

–Sí. Más estirados no se puede... 

Y ambos, sin apartar los ojos de los hilos, pensaban confusamente en cómo 

se podría pasar entre los dos hilos. 

Las vacas, mientras tanto, se animaban unas a otras. 

–Él pasó ayer. Pasa el alambre de púa. Nosotras después. 

–Ayer no pasaron. Las vacas dicen sí, y no pasan –comprobó el alazán. 

–¡Aquí hay púa, y Barigüí pasa! ¡Allí viene! 

Costeando por adentro el monte del fondo, a doscientos metros aún, el toro 

avanzaba hacia el avenal. Las vacas se colocaron todas de frente al cercado, 

siguiendo atentas con los ojos a la bestia invasora. Los caballos, inmóviles, 

alzaron las orejas. 

–¡Come toda la avena! ¡Después pasa! 

–Los hilos están muy estirados... –observó aún el malacara, tratando siempre 

de precisar lo que sucedería si... 

–¡Comió la avena! ¡El hombre viene! ¡Viene el hombre! –lanzó la vaquilla 

locuaz. 

En efecto, el hombre acababa de salir del rancho y avanzaba hacia el toro. 

Traía el palo en la mano, pero no parecía iracundo; estaba sí muy serio y con el 

ceño contraído. 

El animal esperó que el hombre llegara frente a él, y entonces dio principio a 

los mugidos de siempre, con fintas de cornadas. El hombre avanzó más, el toro 

comenzó a retroceder, berreando siempre y arrasando la avena con sus bestiales 

cabriolas. Hasta que, a diez metros ya del camino, volvió grupas con un postrer 

mugido de desafío burlón, y se lanzó sobre el alambrado. 

–¡Viene Barigüí! ¡La pasa todo! ¡Pasa alambre de púa! –alcanzaron a clamar 

las vacas. 

Con el impulso de su pesado trote, el enorme toro bajó el testuz y hundió la 

cabeza entre los dos hilos. Se oyó un agudo gemido de alambre, un estridente 

chirrido se propagó de poste a poste hasta el fondo, y el toro pasó. 

Pero de su lomo y de su vientre, profundamente canalizados desde el pecho 

a la grupa, llovía ríos de sangre. La bestia, presa de estupor, quedó un instante 

atónita y temblando. Se alejó enseguida al paso, inundando el pasto de sangre, 

hasta que a los veinte metros se echó, con un ronco suspiro. 

A mediodía el polaco fue a buscar a su toro, y lloró en falsete ante el 

chacarero impasible. El animal se había levantado, y podía caminar. Pero su 

dueño, comprendiendo que le costaría mucho curarlo –si esto aún era posible–, lo 

carneó esa tarde. Y el día siguiente tocóle en suerte al malacara llevar a su casa 

en la maleta, dos kilos de carne de toro muerto. 

LOS MENSÚ 

Cayetano Maidana y Esteban Podeley, peones de obraje, volvían a Posadas 

en el Silex con quince compañeros. Podeley, labrador de madera, tornaba a los 

nueve meses, la contrata concluida, y con pasaje gratis por lo gratis, por lo tanto. 

Cayé –mensualero– llegaba en iguales condiciones, mas al año y medio, tiempo 

que había necesitado para cancelar su cuenta. 

Flacos, despeinados, en calzoncillos, la camisa abierta en largos tajos, 

descalzos como la mayoría, sucios como todos ellos, los dos mensú devoraban 

con los ojos la capital del bosque, Jerusalem y Gólgota de sus vidas. ¡Nueve 

meses allá arriba! ¡Año y medio! Pero volvían por fin, y el hachazo aún doliente de 

la vida del obraje era apenas un roce de astilla ante el rotundo goce que 

olfateaban allí. 

De cien peones, sólo dos llegan a Posadas con haber. Para esa gloria de 

una semana a que los arrastra el río aguas abajo, cuentan con el anticipo de una 

nueva contrata. Como intermediario y coadyuvante, espera en la playa un grupo 

de muchachas alegres de carácter y de profesión, ante las cuales los mensú 

sedientos lanzan su ¡ahijú! de urgente locura. 

Cayé y Podeley bajaron tambaleantes de orgía pregustada, y rodeados de 

tres o cuatro amigas se hallaron en un momento ante la cantidad suficiente de 

caña para colmar el hambre de eso de un mensú. 

Un instante después estaban borrachos, y con nueva contrata firmada. ¿En 

qué trabajo? ¿En dónde? No lo sabían, ni les importaba tampoco. Sabían, sí, que 

tenían cuarenta pesos en el bolsillo, y facultad para llegar a mucho más en gastos. 

Babeantes de descanso y dicha alcohólica, dóciles y torpes, siguieron ambos a las 

muchachas a vestirse. Las avisadas doncellas condujéronlos a una tienda con la 

que tenían relaciones especiales de un tanto por ciento, o tal vez al almacén de la 

misma casa contratista. Pero en una u otro las muchachas renovaron el lujo 

detonante de sus trapos, anidáronse la cabeza de peinetones, ahorcáronse de 

cintas –robado todo ello con perfecta sangre fría al hidalgo alcohol de su 

compañero, pues lo único que un mensú realmente posee es un desprendimiento 

brutal de su dinero. 

Por su parte, Cayé adquirió muchos más extractos y lociones y aceites de los 

necesarios para sahumar hasta la náusea su ropa nueva, mientras Podeley, más 

juicioso, optaba por un traje de paño. Posiblemente pagaron muy cara una cuenta 

entreoída y abonada con un montón de papeles tirados al mostrador. Pero de 

todos modos una hora después lanzaban a un coche descubierto sus flamantes 

personas, calzados de botas, poncho al hombro –y revólver 44 en el cinto, desde 

luego–, repleta la ropa de cigarrillos que deshacían torpemente entre los dientes, y 

dejando caer de cada bolsillo la punta de un pañuelo de color. Acompañábanlos 

dos muchachas, orgullosas de esa opulencia, cuya magnitud se acusaba en la 

expresión un tanto hastiada de los mensú, arrastrando su coche mañana y tarde 

por las calles caldeadas, una infección de tabaco y extractos de obraje. 

La noche llegaba por fin, y con ella la bailanta, donde las mismas damiselas 

avisadas inducían a beber a los mensú, cuya realeza en dinero les hacía lanzar 

diez pesos por una botella de cerveza, para recibir en cambio un peso y cuarenta 

centavos, que guardaban sin ojear siquiera. 

Así, tras constantes derroches de nuevos adelantos–necesidad irresistible de 

compensar con siete días de gran señor las miserias del obraje–, los mensú 

volvieron a rea remontar el río en el Sílex. Cayé llevó compañera, y los tres, 

borrachos como los demás peones, se instalaron junto a la bodega, donde ya diez 

mulas se hacinaban en íntimo contacto con baúles, atados, perros, mujeres y 

hombres. 

Al día siguiente, ya despejadas las cabezas, Podeley y Cayé examinaron sus 

libretas: era la primera vez que lo hacían desde su contrata. Cayé había recibido 

ciento veinte pesos en efecto, y treinta y cinco en gasto; y Podeley, ciento treinta y 

setenta y cinco, respectivamente. 

Ambos se miraron con expresión que pudiera haber sido de espanto, si un 

mensú no estuviera perfectamente curado de ello. No recordaban haber gastado 

ni la quinta parte siquiera. 

–¡Añá...! –murmuró Cayé–. No voy a cumplir nunca... 

Y desde ese momento adquirió sencillamente –como justo castigo de su 

despilfarro– la idea de escaparse de allá. 

La legitimidad de su vida en Posadas era, sin embargo, tan evidente para él, 

que sintió celos del mayor adelanto acordado a Podeley. 

–Vos tenés suerte... –dijo–. Grande, tu anticipo... 

–Vos traés compañera –objetó Podeley–. Eso te cuesta para tu bolsillo... 

Cayé miró a su mujer; y aunque la belleza y otras cualidades de orden más 

moral pesan muy poco en la elección de un mensú, quedó satisfecho. La 

muchacha deslumbraba, efectivamente, con su traje de raso, falda verde y blusa 

amarilla; lucía en el cuello sucio un triple collar de perlas: calzaba zapatos Luis XV, 

tenía las mejillas brutalmente pintadas, y un desdeñoso cigarro de hoja bajo los 

párpados entornados. 

Cayé consideró a la muchacha y su revólver 44: ambas cosas eran 

realmente lo único que valía de cuanto llevaba con él. Y aún el 44 corría riesgo de 

naufragar tras el anticipo, por minúscula que fuera su tentación de tallar. 

Sobre un baúl de punta, en efecto, los mensú jugaban concienzudamente al 

monte cuanto tenían. Cayé observó un rato riéndose, como se ríen siempre los 

peones cuando están juntos, sea cual fuera el motivo; y se aproximó al baúl, 

colocando a una carta cinco cigarros. 

Modesto principio, que podía llegar a proporcionarle el dinero suficiente para 

pagar el adelanto en el obraje y volverse en el mismo vapor a Posadas, a 

derrochar un nuevo anticipo. 

Perdió. Perdió los demás cigarros, perdió cinco pesos, el poncho, el collar de 

su mujer, sus propias botas, y su 44. Al día siguiente recuperó las botas, pero 

nada más, mientras la muchacha compensaba la desnudez de su pescuezo con 

incesantes cigarros despreciativos. 

Podeley ganó, tras infinito cambio de dueño, el collar en cuestión, y una caja 

de jabones de olor que halló modo de jugar contra un machete y media docena de 

medias, que ganó, quedando así satisfecho. 

Por fin, quince días después, llegaron a destino. Los peones treparon alegres 

la interminable cinta roja que escalaba la barranca, desde cuya cima el Sílex 

aparecía diminuto y hundido en el lúgubre río. Y con ahijús y terribles invectivas en 

guaraní, los mensú despidieron al vapor que debía ahogar, en una baldeada de 

tres horas, la nauseabunda atmósfera de desaseo, pachulí y mulas enfermas, que 

durante cuatro días remontó con él. Para Podeley, labrador de madera, cuyo diario 

podía subir a siete pesos, la vida de obraje no era muy dura. Hecho a ella, 

domaba su aspiración de estricta justicia en el cubicaje de la madera, 

compensando las rapiñas rutinarias con ciertos privilegios de buen peón. Su nueva 

etapa comenzó al día siguiente, una vez demarcada su zona de bosque. 

Construyó con hojas de palmera su cobertizo –techo y pared sur, nada más–; dio 

nombre de cama a ocho varas horizontales, y de un horcón colgó la provista 

semanal. Recomenzó, automáticamente, sus días de obraje: silenciosos mates al 

levantarse, de noche aún, que se sucedían sin desprender la mano de la pava; la 

exploración en descubierta madera; el desayuno a las ocho, –harina, charque y 

grasa–; el hacha luego, a busto descubierto, cuyo sudor arrastraba tábanos, 

barigüís y mosquitos; después el almuerzo –esta vez porotos y maíz flotando en la 

inevitable grasa–,para concluir de noche, tras nueva lucha con las piezas de ocho 

por treinta, con el yopará del mediodía. 

Fuera de algún incidente con sus colegas labradores, que invadían su 

jurisdicción; del hastío de los días de lluvia que lo relegan en cuclillas frente a la 

pava, la tarea proseguía hasta el sábado de tarde. Lavaba entonces su ropa, y el 

domingo iba al almacén a proveerse. 

Era éste el real momento de solaz de los mensú, olvidándolo todo entre los 

anatemas de la lengua natal, sobrellevando con fatalismo indígena la suba 

siempre creciente de la provista, que alcanzaba entonces a ochenta centavos por 

kilo de galleta, y siete pesos por un calzoncillo de lienzo. El mismo fatalismo que 

aceptaba esto con un ¡añá! y una riente mirada a los demás compañeros, le 

dictaba, en elemental desagravio, el deber de huir del obraje en cuanto pudiera. Y 

si esta ambición no estaba en todos los pechos, todos los peones comprendían 

esa mordedura de contra–justicia que iba, en caso de llegar, a clavar los dientes 

en la entraña misma del patrón. Este, por su parte, llevaba la lucha a su extremo 

final, vigilando día y noche a su gente, y en especial los mensualeros. 

Ocupábanse entonces los mensú en la planchada, tumbando piezas entre 

inacabable gritería, que subía de punto cuando las mulas, impotentes para 

contener la alzaprima que bajaba de la altísima barranca a toda velocidad, 

rodaban unas sobre otras dando tumbos, vigas, animales, carretas, todo bien 

mezclado. Raramente se lastimaban las mulas; pero la algazara era la misma. 

Cayé, entre risa y risa, meditaba siempre su fuga. Harto ya de revirados y 

yoparás, que el pregusto de la huida tornaba más indigestos, deteníase aún por 

falta de revólver y, ciertamente, ante el winchester del capataz. 

¡Pero si tuviera un 44!... 

La fortuna llególe esta vez en forma bastante desviada. 

La compañera de Cayé, que desprovista ya de su lujoso atavío se ganaba la 

vida lavando la ropa a los peones, cambió un día de domicilio. Cayé la esperó dos 

noches; y a la tercera fue al rancho de su reemplazante, donde propinó una 

soberbia paliza a la muchacha. Los dos mensú quedaron solos charlando, 

amistosamente, resultas de lo cual convinieron en vivir juntos, a cuyo efecto el 

seductor se instaló con la pareja. Esto era económico y bastante juicioso. Pero 

como el mensú parecía gustar realmente de la dama –cosa rara en el gremio–, 

Cayé ofreciósela en venta por un revólver con balas, que él mismo sacaría del 

almacén. No obstante esta sencillez, el trato estuvo a punto de romperse, porque 

a última hora Cayé pidió que se agregara un metro de tabaco en cuerda, lo que 

pareció excesivo al mensú. Concluyóse por fin el mercado, y mientras el fresco 

matrimonio se instalaba en su rancho, Cayé cargaba concienzudamente su 44 

para dirigirse a concluir la tarde lluviosa tomando mate con aquéllos. 

El otoño finalizaba, y el cielo, fijo en sequía con chubascos de cinco minutos, 

se descomponía por fin en mal tiempo constante, cuya humedad hinchaba el 

hombro de los mensú. Podeley, libre de esto hasta entonces, sintióse un día con 

tal desgano al llegar a su viga, que se detuvo, mirando a todas partes sin saber 

qué hacer. No tenía ánimo para nada. Volvió a su cobertizo, y en el camino sintió 

un ligero cosquilleo en la espalda. 

Podeley sabía muy bien qué significaba aquel desgano y aquel hormigueo a 

flor de piel. Sentóse filosóficamente a tomar mate y media hora después un hondo 

y largo escalofrío recorríale la espalda. 

No había nada que hacer. El mensú se echó sobre las varas tiritando de frío, 

doblado en gatillo bajo el poncho, mientras los dientes, incontenibles, 

castañeteaban a más no poder. 

Al día siguiente el acceso, no esperado hasta el crepúsculo, tornó a 

mediodía, y Podeley fue a la comisaría a pedir quinina. Tan claramente se 

denunciaba el chucho en el aspecto del mensú, que el dependiente, sin mirar casi 

al enfermo, bajó los paquetes de quinina. Podeley volcó tranquilamente sobre su 

lengua la terrible amargura aquella, y cuando regresaba al monte tropezó con el 

mayordomo. 

–¡Vos también! –le dijo el mayordomo, mirándolo–. Y van cuatro. Los otros 

no importa... poca cosa. Vos sos cumplidor... ¿Cómo está tu cuenta? 

–Falta poco... Pero no voy a poder hachear... 

–¡Bah! Curate bien y no es nada... Hasta mañana. 

–Hasta mañana –se alejó Podeley apresurando el paso, porque en los 

talones acababa de sentir un leve cosquilleo. 

El tercer ataque comenzó una hora después, quedando Podeley desplomado 

en una profunda falta de fuerzas, y la mirada fija y opaca, como si no pudiera 

alcanzar más allá de uno o dos metros. 

El descanso absoluto a que se entregó por tres días –bálsamo específico 

para el mensú, por lo inesperado–, no hizo sino convertirle en un bulto 

castañeteante y arrebujado sobre un raigón. Podeley, cuya fiebre anterior había 

tenido honrado y periódico ritmo, no presagió nada bueno para él de esa galopada 

de accesos, casi sin intermitencia. Hay fiebre y fiebre. Si la quinina no había 

cortado a ras el segundo ataque, era inútil que se quedara allá arriba, a morir 

hecho un ovillo en cualquier recodo de picada. Y bajó de nuevo al almacén. 

–¡Otra vez, vos! –lo recibió el mayordomo. Eso no anda bien... ¿No tomaste 

quinina? 

–Tomé... no me hallo con esta fiebre... No puedo con mi hacha. Si querés 

darme para mi pasaje, te voy a cumplir en cuanto me sane... 

El mayordomo contempló aquella ruina, y no estimó en gran cosa la vida que 

quedaba en su peón. 

–¿Cómo está tu cuenta? –preguntó otra vez. 

–Debo veinte pesos todavía... El sábado entregué... 

Me hallo enfermo grande... 

–Sabés bien que mientras tu cuenta no esté pagada, debés quedar. Abajo... 

te podés morir. Curate aquí, y arreglás tu cuenta enseguida. 

¿Curarse de una fiebre perniciosa, allí donde se la adquirió? No, por cierto; 

pero el mensú que se va puede no volver, y el mayordomo prefería hombre muerto 

a deudor lejano. 

Podeley jamás había dejado de cumplir nada, única altanería que se permite 

ante su patrón un mensú de talla. 

–¡No me importa que hayas dejado o no de cumplir! –replicó el mayordomo–. 

¡Pagá tu cuenta primero, y después hablaremos! 

Esta injusticia para con él creó lógica y velozmente el deseo del desquite. 

Fue a instalarse con Cayé, cuyo espíritu conocía bien, y ambos decidieron 

escaparse el próximo domingo. 

–¡Ahí tenés! –gritó el mayordomo a Podeley esa misma tarde al cruzarse con 

él–. Anoche se han escapado tres... ¿Eso es lo que te gusta, no? ¡Esos también 

eran cumplidores! ¡Como vos! ¡Pero antes vas a reventar aquí, que salir de la 

planchada! ¡Y mucho cuidado, vos y todos los que están oyendo! ¡Ya saben! 

La decisión de huir y sus peligros –para los que el mensú necesita todas sus 

fuerzas– es capaz de contener algo más que una fiebre perniciosa. El domingo, 

por lo demás, había llegado; y con falsas maniobras de lavaje de ropa, simulados 

guitarreos en el rancho de tal o cual, la vigilancia pudo ser burlada, y Podeley y 

Cayé se encontraron de pronto a mil metros de la comisaría. 

Mientras no se sintieran perseguidos, no abandonarían la picada, pues 

Podeley caminaba mal. Y aún así... 

La resonancia peculiar del bosque trájoles, lejana, una voz ronca: 

–¡A la cabeza! ¡A los dos! 

Y un momento después desembocando de un codo de la picada surgían 

corriendo el capataz y tres peones. La cacería comenzaba. 

Cayé amartilló su revólver sin dejar de huir. 

–¡Entregáte, añá! –gritóles el capataz desde atrás. 

–Entremos en el monte –dijo Podeley–. Yo no tengo fuerza para mi 

machete... 

–¡Volvé o te tiro! –llegó otra voz. 

–Cuando estén más cerca... –comenzó Cayé. Una bala de winchester pasó 

silbando por la picada. 

–¡Entrá! –gritó Cayé a su compañero. Y parapetándose tras un árbol, 

descargó hacia los perseguidores cinco tiros de su revólver. 

Una gritería aguda respondióles, mientras otra bala de winchester hacía 

saltar la corteza del árbol que ocultaba a Cayé. 

–¡Entregáte o te voy a dejar la cabeza...! 

–¡Andá no más! –instó Cayé a Podeley–. Yo voy a... 

Y tras nueva descarga entró a su vez en el monte. Los perseguidores, 

detenidos un momento por las explosiones, lanzáronse rabiosos adelante, 

fusilando, golpe tras golpe de winchester, el derrotero probable de los fugitivos. 

A cien metros de la picada, y siguiendo su misma línea, Cayé y Podeley se 

alejaban, doblados hasta el suelo para evitar las lianas. Los perseguidores 

presumían esta maniobra; pero como dentro del monte el que ataca tiene cien 

probabilidades contra una de ser detenido por una bala en mitad de la frente, el 

capataz se contentaba con salvas de winchester y aullidos desafiantes. Por lo 

demás, los tiros errados hoy habían hecho lindo blanco la noche del jueves... 

El peligro había pasado. Los fugitivos se sentaron, rendidos. Podeley se 

envolvió en el poncho, y recostado en la espalda de su compañero, sufrió en dos 

terribles horas de chucho, el contragolpe de aquel esfuerzo. 

Luego prosiguieron la fuga, siempre a la vista de la picada, y cuando la 

noche llegó, por fin, acamparon. Cayé había llevado chipas, y Podeley encendió 

fuego, no obstante los mil inconvenientes en un país donde, fuera de los pavones, 

hay otros seres que tienen debilidad por la luz, sin contar los hombres. 

El sol estaba muy alto ya cuando a la mañana siguiente encontraron el 

riacho, primera y última esperanza de los escapados. Cayé cortó doce tacuaras 

sin más prolija elección, y Podeley, cuyas últimas fuerzas fueron dedicadas a 

cortar los isipós, tuvo apenas tiempo de hacerlo antes de arrollarse a tiritar. 

Cayé, pues, construyó solo la jangada –diez tacuaras atadas 

longitudinalmente con lianas, llevando en cada extremo una atravesada. 

A los diez segundos de concluida se embarcaron. Y la jangadilla, arrastrada 

a la deriva, entró en el Paraná. 

Las noches son en esa época excesivamente frescas; y los dos mensú, con 

los pies en el agua, pasaron la noche helados, uno junto al otro. La corriente del 

Paraná, que llegaba cargado de inmensas lluvias, retorcía la jangada en el 

borbollón de sus remolinos, y aflojaba lentamente los nudos de isipó. 

En todo el día siguiente comieron dos chipas, último resto de provisión, que 

Podeley probó apenas. Las tacuaras taladradas por los tambús se hundían. Y al 

caer la tarde, la jangada había descendido a una cuarta del nivel del agua. 

Sobre el río salvaje, encajonado en los lúgubres murallones de bosque, 

desierto del más remoto ¡ay!, los dos hombres, sumergidos hasta la rodilla, 

derivaban girando sobre sí mismos, detenidos un momento inmóviles ante un 

remolino, siguiendo de nuevo, sosteniéndose apenas sobre las tacuaras casi 

sueltas que se escapaban de sus pies, en una noche de tinta que no alcanzaban a 

romper sus ojos desesperados. 

El agua llegábales ya al pecho cuando tocaron tierra. ¿Dónde? No lo 

sabían... Un pajonal. Pero en la misma orilla quedaron inmóviles, tendidos de 

vientre. 

Ya deslumbraba el sol cuando despertaron. El pajonal se extendía veinte 

metros tierra adentro, sirviendo de litoral a río y bosque. A media cuadra al sur, el 

riacho Paranaí, que decidieron vadear cuando hubieran recuperado las fuerzas. 

Pero éstas no volvían tan rápidamente como era de desear, dado que los cogollos 

y gusanos de tacuara son tardos fortificantes. Y durante veinte horas la lluvia 

cerrada transformó al Paraná en aceite blanco, y al Paranaí en furiosa avenida. 

Todo imposible. Podeley se incorporó de pronto chorreando agua, y apoyándose 

en el revólver para levantarse, apuntó a Cayé. Volaba de fiebre. 

–¡Pasá, añá!... 

Cayé vio que poco podía esperar de aquel delirio, y se inclinó 

disimuladamente para alcanzar a su compañero de un palo. Pero el otro insistió: 

–¡Andá al agua! ¡Vos me trajiste! ¡Bandeá el río! 

Los dedos lívidos temblaban sobre el gatillo. 

Cayé obedeció; dejóse llevar por la corriente y desapareció tras el pajonal, al 

que pudo abordar con terrible esfuerzo. 

Desde allí, y de atrás, acechó a su compañero; pero Podeley yacía de nuevo 

de costado, con las rodillas recogidas hasta el pecho, bajo la lluvia incesante. Al 

aproximarse Cayé alzó la cabeza, y sin abrir el enfermo los ojos, cegados por el 

agua, murmuró: 

–Cayé, caray... Frío muy grande... 

Llovió aún toda la noche sobre el moribundo, la lluvia blanca y sorda de los 

diluvios otoñales, hasta que a la madrugada Podeley quedó inmóvil para siempre 

en su tumba de agua. 

Y en el mismo pajonal, sitiado siete días por el bosque, el río y la lluvia, el 

superviviente agotó las raíces y gusanos posibles, perdió poco a poco sus fuerzas, 

hasta quedar sentado, muriéndose de frío y hambre, con los ojos fijos en el 

Paraná. 

El Sílex, que pasó por allí al atardecer, recogió al mensú ya casi moribundo. 

Mas su felicidad transformóse en terror al darse cuenta, al día siguiente, de que el 

vapor remontaba el río. 

–¡Por favor te pido! –lloriqueó ante el capitán–. ¡No me bajés en Puerto X! 

¡Me van a matar!... ¡Te lo pido de veras!... 

El Sílex volvió a Posadas, llevando con él al mensú, empapado aún en 

pesadillas nocturnas. 

Pero a los diez minutos de bajar a tierra estaba ya borracho con nueva 

contrata, y se encaminaba tambaleando a comprar extractos. 

LA GALLINA DEGOLLADA 

Todo el día, sentados en el patio en un banco, estaban los cuatro hijos 

idiotas del matrimonio Mazzini–Ferraz. Tenían la lengua entre los labios, los ojos 

estúpidos y volvían la cabeza con la boca abierta. 

El patio era de tierra, cerrado al oeste por un cerco de ladrillos. El banco 

quedaba paralelo a él, a cinco metros, y allí se mantenían inmóviles, fijos los ojos 

en los ladrillos. Como el sol se ocultaba tras el cerco, al declinar los idiotas tenían 

fiesta. La luz enceguecedora llamaba su atención al principio, poco a poco sus 

ojos se animaban; se reían al fin estrepitosamente, congestionados por la misma 

hilaridad ansiosa, mirando el sol con alegría bestial, como si fuera comida. 

Otras veces, alineados en el banco, zumbaban horas enteras, imitando al 

tranvía eléctrico. Los ruidos fuertes sacudían asimismo su inercia, y corrían 

entonces, mordiéndose la lengua y mugiendo, alrededor del patio. Pero casi 

siempre estaban apagados en un sombrío letargo de idiotismo, y pasaban todo el 

día sentados en su banco, con las piernas colgantes y quietas, empapando de 

glutinosa saliva el pantalón. 

El mayor tenía doce años, y el menor ocho. En todo su aspecto sucio y 

desvalido se notaba la falta absoluta de un poco de cuidado maternal. 

Esos cuatro idiotas, sin embargo, habían sido un día el encanto de sus 

padres. A los tres meses de casados, Mazzini y Berta orientaron su estrecho amor 

de marido y mujer, y mujer y marido, hacia un porvenir mucho más vital: un hijo: 

¿Qué mayor dicha para dos enamorados que esa honrada consagración de su 

cariño, libertado ya del vil egoísmo de un mutuo amor sin fin ninguno y, lo que es 

peor para el amor mismo, sin esperanzas posibles de renovación? 

Así lo sintieron Mazzini y Berta, y cuando el hijo llegó, a los catorce meses de 

matrimonio, creyeron cumplida su felicidad. La criatura creció, bella y radiante, 

hasta que tuvo año y medio. Pero en el vigésimo mes sacudiéronlo una noche 

convulsiones terribles, y a la mañana siguiente no conocía más a sus padres. El 

médico lo examinó con esa atención profesional que está visiblemente buscando 

la causa del mal en las enfermedades de los padres. 

Después de algunos días los miembros paralizados recobraron el 

movimiento; pero la inteligencia, el alma, aun el instinto, se habían ido del todo; 

había quedado profundamente idiota, baboso, colgante, muerto para siempre 

sobre las rodillas de su madre. 

–¡Hijo, mi hijo querido! –sollozaba ésta, sobre aquella espantosa ruina de su 

primogénito. 

El padre, desolado, acompañó al médico afuera. 

–A usted se le puede decir; creo que es un caso perdido. Podrá mejorar, 

educarse en todo lo que le permita su idiotismo, pero no más allá. 

–¡Sí!... ¡sí!... –asentía Mazzini.– Pero dígame: ¿Usted cree que es herencia, 

que...? 

–En cuanto a la herencia paterna, ya le dije lo que creí cuando vi a su hijo. 

Respecto a la madre, hay allí un pulmón que no sopla bien. No veo nada más, 

pero hay un soplo un poco rudo. Hágala examinar bien. 

Con el alma destrozada de remordimiento, Mazzini redobló el amor a su hijo, 

el pequeño idiota que pagaba los excesos del abuelo. Tuvo asimismo que 

consolar, sostener sin tregua a Berta, herida en lo más profundo por aquel fracaso 

de su joven maternidad. 

Como es natural, el matrimonio puso todo su amor en la esperanza de otro 

hijo. Nació éste, y su salud y limpidez de risa reencendieron el porvenir extinguido. 

Pero a los dieciocho meses las convulsiones del primogénito se repetian, y al día 

siguiente amanecía idiota. 

Esta vez los padres cayeron en honda desesperación. ¡Luego su sangre, su 

amor estaban malditos! ¡Su amor, sobre todo! Veintiocho años él, veintidós ella, y 

toda su apasionada ternura no alcanzaba a crear un átomo de vida normal. Ya no 

pedían más belleza e inteligencia como en el primogénito; ¡pero un hijo, un hijo 

como todos! 

Del nuevo desastre brotaron nuevas llamaradas de dolorido amor, un loco 

anhelo de redimir de una vez para siempre la santidad de su ternura. 

Sobrevinieron mellizos, y punto por punto repitióse el proceso de los dos mayores. 

Mas, por encima de su inmensa amargura, quedaba a Mazzini y Berta gran 

compasión por sus cuatro hijos. 

Hubo que arrancar del limbo de la más honda animalidad, no ya sus almas, 

sino el instinto mismo abolido. No sabían deglutir, cambiar de sitio, ni aun 

sentarse. Aprendieron al fin a caminar, pero chocaban contra todo, por no darse 

cuenta de los obstáculos. Cuando los lavaban mugían hasta inyectarse de sangre 

el rostro. Animábanse sólo al comer, o cuando veían colores brillantes u oían 

truenos. Se reían entonces, echando afuera lengua y ríos de baba, radiantes de 

frenesí bestial. Tenían, en cambio, cierta facultad imitativa; pero no se pudo 

obtener nada más. 

Con los mellizos pareció haber concluido la aterradora descendencia. Pero 

pasados tres años desearon de nuevo ardientemente otro hijo, confiando en que el 

largo tiempo transcurrido hubiera aplacado a la fatalidad. 

No satisfacían sus esperanzas. Y en ese ardiente anhelo que se exasperaba, 

en razón de su infructuosidad, se agriaron. Hasta ese momento cada cual había 

tomado sobre sí la parte que le correspondía en la miseria de sus hijos; pero la 

desesperanza de redención ante las cuatro bestias que habían nacido de ellos, 

echó afuera esa imperiosa necesidad de culpar a los otros, que es patrimonio 

específico de los corazones inferiores. 

Iniciáronse con el cambio de pronombres: tus hijos. Y como a más del insulto 

había la insidia, la atmósfera se cargaba. 

–Me parece –díjole una noche Mazzini, que acababa de entrar y se lavaba 

las manos– que podrías tener más limpios a los muchachos. 

Berta continuó leyendo como si no hubiera oído. 

–Es la primera vez –repuso al rato– que te veo inquietarte por el estado de 

tus hijos. 

Mazzini volvió un poco la cara a ella con una sonrisa forzada: 

–De nuestros hijos, ¿me parece? 

–Bueno; de nuestros hijos. ¿Te gusta así? –alzó ella 

Esta vez Mazzini se expresó claramente: 

–¿Creo que no vas a decir que yo tenga la culpa, no? 

–¡Ah, no! –se sonrió Berta, muy pálida– ¡pero yo tampoco, supongo!... ¡No 

faltaba más!... –murmuró. 

–¿Qué, no faltaba más? 

– ¡Que si alguien tiene la culpa, no soy yo, entiéndelo bien! Eso es lo que te 

quería decir. 

Su marido la miró un momento, con brutal deseo de un momento con 

insultarla. 

– ¡Dejemos! –articuló, secándose por fin las manos. 

–Como quieras; pero si quieres decir... 

–¡Berta! 

–¡Como quieras! 

Este fue el primer choque y le sucedieron otros. Pero en las inevitables 

reconciliaciones, sus almas se unían doble arrebato y locura por otro hijo. 

Nació así una niña. Vivieron dos años con la angustia a flor de alma, 

esperando siempre otro desastre. Nada acaeció, sin embargo, y los padres 

pusieron en ella toda su complacencia, que la pequeña llevaba a los más 

extremos límites del mimo y la mala crianza. 

Si aún en los últimos tiempos Berta cuidaba siempre de sus hijos, al nacer 

Bertita olvidóse casi del todo de los otros. Su solo recuerdo la horrorizaba, como 

algo atroz que la hubieran obligado a cometer. A Mazzini, bien que en menor 

grado, pasábale lo mismo. 

No por eso la paz había llegado a sus almas. La menor indisposición de su 

hija echaba ahora afuera, con el de terror de perderla, los rencores de su 

descendencia podrida. Habían acumulado hiel sobrado tiempo para que el vaso no 

quedara distendido, y al menor contacto el veneno se vertía afuera. Desde el 

primer disgusto emponzoñado habíanse perdido el respeto; y si hay algo a que el 

hombre se siente arrastrado con cruel fruición, es, cuando ya se comenzó, a 

humillar del todo a una persona. Antes se contenían por la mutua falta de éxito; 

ahora que éste había llegado, cada cual, atribuyéndolo a sí mismo, sentía mayor 

la infamia de los cuatro engendros que el otro habíale forzado a crear. 

Con estos sentimientos, no hubo ya para los cuatro hijos mayores afecto 

posible. La sirvienta los vestía, les daba de comer, los acostaba, con visible 

brutalidad. No los lavaban casi nunca. Pasaban casi todo el día sentados frente al 

cerco, abandonados de toda remota caricia. 

De este modo Bertita cumplió cuatro años, y esa noche, resultado de las 

golosinas que era a los padres absolutamente imposible negarle, la criatura tuvo 

algún escalofrío y fiebre. Y el temor a verla morir o quedar idiota, tornó a reabrir la 

eterna llaga. 

Hacía tres horas que no hablaban, y el motivo fue, como casi siempre, los 

fuertes pasos de Mazzini. 

–¡Mi Dios! ¿No puedes caminar más despacio? ¿Cuántas veces?... 

–Bueno, es que me olvido; ¡se acabó! No lo hago a propósito. 

Ella se sonrió, desdeñosa: 

–¡No, no te creo tanto! 

–Ni yo, jamás, te hubiera creído tanto a ti... ¡tisiquilla! 

–¡Qué! ¿qué dijiste?... 

–¡Nada! 

–¡Sí, te oí algo! Mira: ¡no sé lo que dijiste; pero te juro que prefiero cualquier 

cosa a tener un padre como el que has tenido tú! 

Mazzini se puso pálido. 

–¡Al fin! –murmuró con los dientes apretados.– ¡Al fin, víbora, has dicho lo 

que querías! 

–¡Sí, víbora, sí! ¡Pero yo he tenido padres sanos! ¿Oyes?, ¡sanos! ¡Mi padre 

no ha muerto de delirio! ¡Yo hubiera tenido hijos como los de todo el mundo! ¡Esos 

son hijos tuyos, los cuatro tuyos! 

Mazzini explotó a su vez. 

–¡Víbora tísica! ¡eso es lo que te dije, lo que te quiero decir! ¡Pregúntale, 

pregúntale al médico quién tiene la mayor culpa de la meningitis de tus hijos: mi 

padre o tu pulmón picado, víbora! 

Continuaron cada vez con mayor violencia, hasta que un gemido de Bertita 

selló instantáneamente sus bocas. A la una de la mañana la ligera indigestión 

había desaparecido, y como pasa fatalmente con todos los matrimonios jóvenes 

que se han amado intensamente una vez siquiera, la reconciliación Regó, tanto 

más efusiva cuanto hirientes fueran los agravios. 

Amaneció un espléndido día, y mientras Berta se levantaba escupió sangre. 

Las emociones y mala noche pasada tenían, sin duda, gran culpa. Mazzini la 

retuvo abrazada largo rato, y ella lloró desesperadamente, pero sin que ninguno 

se atreviera a decir una palabra. 

A las diez decidieron salir, después de almorzar. Como apenas tenían 

tiempo, ordenaron a la sirvienta que matara una gallina. 

El día radiante había arrancado a los idiotas de su banco. De modo que 

mientras la sirvienta degollaba en la cocina al animal, desangrándolo con 

parsimonia (Berta había aprendido de su madre este buen modo de conservar 

frescura a la carne), creyó sentir algo como respiración tras ella. Volvióse, y vio a 

los cuatro idiotas, con los hombros pegados uno a otro, mirando estupefactos la 

operación. Rojo... rojo... 

–¡Señora! Los niños están aquí, en la cocina. 

Berta llegó; no quería que jamás pisaran allí. ¡Y ni aún en esas horas de 

pleno perdón, olvido y felicidad reconquistada, podía evitarse esa horrible visión! 

Porque, naturalmente, cuanto más intensos eran los raptos de amor a su marido e 

hija, más irritado era su humor más irritable era su humor con los monstruos. 

–¡Que salgan, María! ¡Échelos! ¡Échelos, le digo! Las cuatro pobres bestias, 

sacudidas, brutalmente empujadas, fueron a dar a su banco. 

Después de almorzar, salieron todos. La sirvienta fue a Buenos Aires, y el 

matrimonio a pasear por las quintas. Al bajar el sol volvieron, pero Berta quiso 

saludar un momento a sus vecinas de enfrente. Su hija escapóse enseguida a 

casa. 

Entretanto los idiotas no se habían movido en todo el día de su banco. El sol 

había traspuesto ya el cerco, comenzaba a hundirse, y ellos continuaban mirando 

los ladrillos, más inertes que nunca. 

De pronto, algo se interpuso entre su mirada y el cerco. Su hermana, 

cansada de cinco horas paternales, quería observar por su cuenta. Detenida al pie 

del cerco, miraba pensativa la cresta. Quería trepar, eso no ofrecía duda. Al fin 

decidióse por una silla desfondada, pero faltaba aún. Recurrió entonces a un cajón 

de kerosene, y su instinto topográfico hízole colocar vertical el mueble, con lo cual 

triunfó. 

Los cuatro idiotas, la mirada indiferente, vieron cómo su hermana lograba 

pacientemente dominar el equilibrio, y cómo en puntas de pie apoyaba la garganta 

sobre la cresta del cerro, entre sus manos tirantes. 

Viéronla mirar a todos lados, y buscar apoyo con el pie para alzarse más. 

Pero la mirada de los idiotas se había animado; una misma luz insistente 

estaba fija en sus pupilas. No apartaban los ojos de su hermana, mientras 

creciente sensación de gula bestial iba cambiando cada línea de sus rostros. 

Lentamente avanzaron hacia el cerco. La pequeña, que habiendo logrado calzar el 

pie, iba ya a montar a horcajadas y a caerse del otro lado, seguramente, sintióse 

cogida de la pierna. Debajo de ella, los ocho ojos clavados en los suyos le dieron 

miedo. 

–¡Soltáme! ¡dejáme! –gritó sacudiendo la pierna. Pero fue atraída. 

–¡Mamá! ¡Ay, mamá! ¡Mamá, papá! –lloró imperiosamente. Trató aún de 

sujetarse del borde, pero sintióse arrancada y cayó. 

–Mamá, ¡ay! Ma... –No pudo gritar más. Uno de ellos le apretó el cuello, 

apartando los bucles como si fueran plumas, y los otros la arrastraron de una sola 

pierna hasta la cocina, donde esa mañana se había desangrado a la gallina, bien 

sujeta, arrancándole la vida segundo por segundo. 

Mazzini, en la casa de enfrente, creyó oír la voz de su hija. 

–Me parece que te llama –le dijo a Berta. 

Prestaron oído, inquietos, pero no oyeron más. Con todo, un momento 

después se despidieron, y mientras Berta iba a dejar su sombrero, Mazzini avanzó 

en el patio: 

–¡Bertita! 

Nadie respondió. 

–¡Bertita! –alzó más la voz, ya alterada. 

Y el silencio fue tan fúnebre para su corazón siempre aterrado, que la 

espalda se le heló de horrible presentimiento. 

–¡Mi hija, mi hija! –corrió ya desesperado hacia el fondo. Pero al pasar frente 

a la cocina vio en el piso un mar de sangre. Empujó violentamente la puerta 

entornada, y lanzó un grito de horror. 

Berta, que ya se había lanzado corriendo a su vez al oír el angustioso 

llamado del padre, oyó el grito y respondió con otro. Pero al precipitarse en la 

cocina, Mazzini, lívido como la muerte, se interpuso, conteniéndola: 

–¡No entres! ¡No entres! 

Berta alcanzó a ver el piso inundado de sangre. Sólo pudo echar sus brazos 

sobre la cabeza y hundirse a lo largo de él con un ronco suspiro. 

EL ALMOHADÓN DE PLUMAS 

Su luna de miel fue un largo escalofrío. Rubia, angelical y tímida, el carácter 

duro de su marido heló sus soñadas niñerías de novia. Ella lo quería mucho, sin 

embargo, aunque a veces con un ligero estremecimiento cuando volviendo de 

noche juntos por la calle, echaba una furtiva mirada a la alta estatura de Jordán, 

mudo desde hacía una hora. Él, por su parte, la amaba profundamente, sin darlo a 

conocer. 

Durante tres meses –se habían casado en abril–, vivieron una dicha especial. 

Sin duda hubiera ella deseado menos severidad en ese rígido cielo de amor; más 

expansiva e incauta ternura; pero el impasible semblante de su marido la contenía 

siempre. 

–La casa en que vivían influía no poco en sus estremecimientos. La blancura 

del patio silencioso –frisos, columnas y estatuas de mármol –producía una otoñal 

impresión de palacio encantado. Dentro, el brillo glacial del estuco, sin el más leve 

rasguño en las altas paredes, afirmaba aquella sensación de desapacible frío. Al 

cruzar de una pieza a otra, los pasos hallaban eco en toda la casa, como si un 

largo abandono hubiera sensibilizado su resonancia. 

En ese extraño nido de amor, Alicia pasó todo el otoño. Había concluído, no 

obstante, por echar un velo sobre sus antiguos sueños, y aún vivía dormida en la 

casa hostil sin querer pensar en nada hasta que llegaba su marido. 

No es raro que adelgazara. Tuvo un ligero ataque de influenza que se 

arrastró insidiosamente días y días; Alicia no se reponía nunca. Al fin una tarde 

pudo salir al jardín apoyada en el brazo de su marido. Miraba indiferente a uno y 

otro lado. De pronto Jordán, con honda ternura, le pasó muy lento la mano por la 

cabeza, y Alicia rompió enseguida en sollozos, echándole los brazos al cuello. 

Lloró largamente, todo su espanto callado, redoblando el llanto a la más leve 

caricia de Jordán. Luego los sollozos fueron retardándose, y aún quedó largo rato 

escondida en su cuello, sin moverse ni pronunciar una palabra. 

Fue ése el último día que Alicia estuvo levantada. Al día siguiente amaneció 

desvanecida. El médico de Jordán la examinó con suma atención, ordenándole 

calma y descanso absolutos. 

–No sé– le dijo a Jordán en la puerta de calle–.Tiene una gran debilidad que 

no me explico. Y sin vómitos, nada... Si mañana se despierta como hoy, llámeme 

enseguida. 

Al día siguiente Alicia amanecía peor. Hubo consulta. Constatóse una 

anemia de marcha agudísima, completamente inexplicable. Alicia no tuvo más 

desmayos, pero se iba visiblemente a la muerte. Todo el día el dormitorio estaba 

con las luces prendidas y en pleno silencio. Pasábanse horas sin que se oyera el 

menor ruido. Alicia dormitaba. Jordán vivía casi en la sala, también con toda la luz 

encendida. Paseábase sin cesar de un extremo a otro, con incansable obstinación. 

La alfombra ahogaba sus pasos. A ratos entraba en el dormitorio y proseguía su 

mudo vaivén a lo largo de la cama, deteniéndose un instante en cada extremo a 

mirar a su mujer. 

Pronto Alicia comenzó a tener alucinaciones, confusas y flotantes al principio, 

y que descendieron luego a ras del suelo. La joven, con los ojos 

desmesuradamente abiertos, no hacía sino mirar la alfombra a uno y otro lado del 

respaldo de la cama. Una noche quedó de repente con los ojos fijos. Al rato abrió 

la boca para gritar, y sus narices y labios se perlaron de sudor. 

–¡Jordán! ¡Jordán!–clamó, rígida de espanto, sin dejar de mirar la alfombra. 

Jordán corrió al dormitorio, y al verlo aparecer Alicia lanzó un alarido de 

horror. 

–¡Soy yo, Alicia, Soy yo! 

Alicia lo miró con extravío, miró la alfombra, volvió a mirarlo, y después de 

largo rato de estupefacta confrontación, volvió en sí. Sonrió y tomó entre las suyas 

la mano de su marido, acariciándola por media hora temblando. 

Entre sus alucinaciones más porfiadas, hubo un antropoide apoyado en la 

alfombra sobre los dedos, que tenía fijos en ella los ojos. 

Los médicos volvieron inútilmente. Había allí delante de ellos una vida que se 

acababa, desangrándose día a día, hora a hora, sin saber absolutamente cómo. 

En la última consulta Alicia yacía en estupor mientras ellos la pulsaban, 

pasándose de uno a otro la muñeca inerte. La observaron largo rato en silencio, y 

siguieron al comedor. 

–Pst... – se encogió de hombros desalentado el médico de cabecera –. Es un 

caso inexplicable... Poco hay que hacer... 

–¡Sólo eso me faltaba!– resopló Jordán. Y tamborileó bruscamente sobre la 

mesa. 

Alicia fue extinguiéndose en subdelirio de anemia, agravado de tarde, pero 

que remitía siempre en las primeras horas. Durante el día no avanzaba su 

enfermedad, pero cada mañana amanecía lívida, en síncope casi. 

Parecía que únicamente de noche se le fuera la vida en nuevas oleadas de 

sangre. Tenía siempre al despertar la sensación de estar desplomada en la cama 

con un millón de kilos encima. Desde el tercer día este hundimiento no la 

abandonó más. Apenas podía mover la cabeza. No quiso que le tocaran la cama, 

ni aun que le arreglaran el almohadón. Sus terrores crepusculares avanzaban 

ahora en forma de monstruos que se arrastraban hasta la cama, y trepaban 

dificultosamente por la colcha. 

Perdió luego el conocimiento. Los dos días finales deliró sin cesar a media 

voz. Las luces continuaban fúnebremente encendidas en el dormitorio y la sala. En 

el silencio agónico de la casa, no se oía más que el delirio monótono que salía de 

la cama, y el sordo retumbo de los eternos pasos de Jordán. 

Alicia murió, por fin. La sirvienta, cuando entró después a deshacer la cama, 

sola ya, miró un rato extrañada el almohadón. 

–¡Señor! –llamó a Jordán en voz baja–. En el almohadón hay manchas que 

parecen de sangre. 

Jordán se acercó rápidamente y se dobló sobre aquél. Efectivamente, sobre 

la funda, a ambos lados del hueco que había dejado la cabeza de Alicia, se veían 

manchitas oscuras. 

–Parecen picaduras –murmuró la sirvienta después de un rato de inmóvil 

observación. 

–Levántelo a la luz –le dijo Jordán. 

La sirvienta lo levantó; pero enseguida lo dejó caer, y se quedó mirando a 

aquél, lívida y temblando. Sin saber por qué, Jordán sintió que los cabellos se le 

erizaban. 

–¿Qué hay? –murmuró con la voz ronca. 

–Pesa mucho –articuló la sirvienta, sin dejar de temblar. 

Jordán lo levantó; pesaba extraordinariamente. Salieron con él, y sobre la 

mesa del comedor Jordán corto funda y envoltura de un tajo. Las plumas 

superiores volaron, y la sirvienta dio un grito de horro con toda la boca abierta, 

levándose las manos crispadas a los bandós. Sobre el fondo, entre las plumas, 

moviendo lentamente las patas velludas, había un animal monstruoso, una bola 

viviente y viscosa. Estaba tan hinchado que apenas se le pronunciaba la boca. 

Noche a noche, desde que Alicia había caído en cama, había aplicado 

sigilosamente su boca –su trompa, mejor dicho– a las sienes de aquélla, 

chupándole la sangre. La picadura era casi imperceptible. La remoción diaria del 

almohadón sin duda había impedido al principio su desarrollo: pero desde que la 

joven no pudo moverse, la succión fue vertiginosa. En cinco días, en cinco noches, 

había el monstruo vaciado a Alicia. 

Estos parásitos de las aves, diminutos en el medio habitual, llegan a adquirir 

en ciertas condiciones proporciones enormes. La sangre humana parece serles 

particularmente favorable, y no es raro hallarlos en los almohadones de pluma. 

YAGUÍ 

Ahora bien, no podía ser sino allí. Yaguaí olfateó la piedra –un sólido bloque 

de mineral de hierro– y dio una cautelosa vuelta en torno. Bajo el sol a mediodía 

de Misiones, el aire vibraba sobre el negro peñasco, fenómeno éste que no 

seducía al fox–terrier. Allí abajo, sin embargo, estaba la lagartija. El perro giró 

nuevamente alrededor, resopló en un intersticio, y, para honor de la raza, rascó un 

instante el bloque ardiente. Hecho lo cual regresó con paso perezoso, que no 

impedía un sistemático olfateo a ambos lados del sendero. 

Entró en el comedor, echándose entre el aparador y la pared, fresco refugio 

que él consideraba como suyo, a pesar de tener en su contra la opinión de toda la 

casa. Pero el sombrío rincón, admirable cuando a la depresión de la atmósfera 

acompaña falta de aire, tornábase imposible en un día de viento norte. Era éste 

otro flamante conocimiento del fox–terrier, en quien luchaba aún la herencia del 

país templado –Buenos Aires, patria de sus abuelos y suya–, donde sucede 

precisamente lo contrario. Salió, por lo tanto, afuera, y se sentó bajo un naranjo, 

en pleno viento de fuego, pero que facilitaba inmensamente la respiración. Y como 

los perros transpiran muy poco, Yaguaí apreciaba cuanto es debido al viento 

evaporizador, sobre la lengua danzante puesta a su paso. 

El termómetro alcanzaba en ese momento a cuarenta grados. Pero los fox– 

terriers de buena cuna son singularmente falaces en cuanto a promesas de 

quietud se refiera. Bajo aquel mediodía de fuego, sobre la meseta volcánica que la 

roja arena tornaba aún más caliente, había lagartijas. 

Con la boca ahora cerrada, Yaguaí traspuso el tejido de alambre y se halló 

en pleno campo de caza. Desde setiembre no había logrado otra ocupación a las 

siestas bravas. Esta vez rastreó cuatro lagartijas de las pocas que quedaban ya, 

cazó tres, perdió una, y se fue entonces a bañar. 

A cien metros de la casa, en la base de la meseta y a orillas del bananal, 

existía un pozo en piedra viva de factura y forma originales, pues siendo 

comenzado a dinamita por un profesional, habíalo concluido un aficionado con 

pala de punta. Verdad es que no medía sino dos metros de hondura, tendiéndose 

en larga escarpa por un lado, a modo de tamajar. Su fuente, bien que superficial, 

resistía a secas de dos meses, lo que es bien meritorio en Misiones. 

Allí se bañaba el fox–terrier, primero la lengua, después el vientre sentado en 

el agua, para concluir con una travesía a nado. Volvía a la casa, siempre que 

algún rastro no se atravesara en su camino. Al caer el sol, tornaba al pozo. De 

aquí que Yaguaí sufriera vagamente de pulgas, y con bastante facilidad, el calor 

tropical para el que su raza no había sido creada. 

El instinto combativo del fox–terrier se manifestó normalmente contra las 

hojas secas; subió luego a las mariposas y su sombra, y se fijó por fin en las 

lagartijas. Aún en noviembre, cuando tenía ya en jaque a todas las ratas de la 

casa, su gran encanto eran los saurios. Los peones que por a o b llegaban a la 

siesta, admiraron siempre la obstinación del perro, resoplando en cuevitas bajo un 

sol de fuego; si bien la admiración de aquéllos no pasaba del cuadro de caza. 

–Eso –dijo uno un día, señalando al perro con una vuelta de cabeza–, no 

sirve más que para bichitos... 

El dueño de Yaguaí lo oyó: 

–Tal vez –repuso–; pero ninguno de los famosos perros de ustedes sería 

capaz de hacer lo que hace ése. 

Los hombres se sonrieron sin contestar. 

Cooper, sin embargo, conocía bien a los perros de monte y su maravillosa 

aptitud para la caza a la carrera, que su fox–terrier ignoraba. ¿Enseñarle? Acaso; 

pero no tenía cómo hacerlo. 

Precisamente esa misma tarde un peón se quejó a Cooper de los venados 

que estaban concluyendo con los porotos. Pedía escopeta, porque aunque él tenía 

un buen perro, no podía sino a veces alcanzar a los venados de un alcanzarlos de 

un palo... 

Cooper prestó la escopeta, y aun propuso ir esa noche al rozado. 

–No hay luna –objetó el peón. 

–No importa. Suelte el perro y veremos si el mío lo sigue. 

Esa noche fueron al plantío. El peón soltó a su perro, y el animal se lanzó 

enseguida en las tinieblas del monte, en busca de un rastro. 

Al ver partir a su compañero, Yaguaí intentó en vano forzar la barrera de 

caraguatá. Logrólo al fin, y siguió la pista del otro. Pero a los dos minutos 

regresaba, muy contento de aquella escapatoria nocturna. Eso sí, no quedó 

agujerito sin olfatear en diez metros a la redonda. 

Pero cazar tras el rastro, en el monte, a un galope que puede durar muy bien 

desde la madrugada hasta las tres de la tarde, eso no. El perro del peón halló una 

pista, muy lejos, que perdió enseguida. Una hora después volvía a su amo, y 

todos juntos regresaron a la casa. La prueba, si no concluyente, desanimó a 

Cooper. 

Se olvidó luego de ellos, mientras el fox–terrier continuaba cazando ratas, 

algún lagarto o zorro en su cueva, y lagartijas. 

Entretanto, los días se sucedían unos a otros, enceguecientes, pesados, en 

una obstinación de viento norte que doblaba las verduras en lacios colgajos, bajo 

el blanco cielo de los mediodías tórridos. El termómetro se mantenía entre treinta y 

cinco y cuarenta, sin la más remota esperanza de lluvia. Durante cuatro días el 

tiempo se cargó, con asfixiante calma y aumentó de calor. Y cuando se perdió al 

fin la esperanza de que el sur devolviera en torrentes de agua todo el viento de 

fuego recibido un mes entero del norte, la gente se resignó a una desastrosa 

sequía. 

El fox–terrier vivió desde entonces sentado bajo su naranjo, porque cuando 

el calor traspasa cierto límite razonable, los perros no respiran bien, echados. Con 

la lengua afuera y los ojos entornados, asistió a la muerte progresiva de cuanto 

era brotación primaveral. La huerta se perdió rápidamente. El maizal pasó del 

verde claro a una blancura amarillenta, y a fines de noviembre sólo quedaban de 

él columnitas truncas sobre la negrura desolada del rozado. La mandioca, heroica 

entre todas, resistía bien. 

El pozo del fox–terrier –agotada su fuente– perdió día a día su agua verdosa, 

y ahora tan caliente que Yaguaí no iba a él sino de mañana, si bien hallaba rastros 

de apereás, agutíes y hurones, que la sequía del monte forzaba hasta el pozo. 

En vuelta de su baño, el perro se sentaba de nuevo, viendo aumentar poco a 

poco el viento, mientras el termómetro, refrescado a quince al amanecer, llegaba a 

cuarenta y uno a las dos de la tarde. La sequedad del aire llevaba a beber al fox– 

terrier cada media hora, debiendo entonces luchar con las avispas y abejas que 

invadían los baldes, muertas de sed. Las gallinas, con las alas en tierra, jadeaban 

tendidas a la triple sombra de los bananos, la glorieta y la enredadera de flor roja, 

sin atreverse a dar un paso sobre la arena abrasada, y bajo un sol que mataba 

instantáneamente a las hormigas rubias. 

Alrededor, cuanto abarcaban los ojos del fox–terrier: los bloques de hierro, el 

pedregullo volcánico, el monte mismo, danzaba, mareado de calor. Al oeste, en el 

fondo del valle boscoso, hundido en la depresión de la doble sierra, el Paraná 

yacía, muerto a esa hora en su agua de cinc, esperando la caída de la tarde para 

revivir. La atmósfera, entonces, ligeramente ahumada hasta esa hora, se velaba al 

horizonte en denso vapor, tras el cual el sol, cayendo sobre el río, sosteníase 

asfixiado en perfecto círculo de sangre. Y mientras el viento cesaba por completo 

y, en el aire aún abrasado, Yaguaí arrastraba por la meseta su diminuta mancha 

blanca, las palmeras negras, recortándose inmóviles sobre el río cuajado en rubí, 

infundían en el paisaje una sensación de lujoso y sombrío oasis. 

Los días se sucedían iguales. El pozo del fox–terrier se secó, y las asperezas 

de la vida, que hasta entonces evitaran a Yaguaí, comenzaron para él esa misma 

tarde. 

Desde tiempo atrás el perrito blanco había sido muy solicitado por un amigo 

de Cooper, hombre de selva, cuyos muchos ratos perdidos se pasaban en el 

monte tras los tatetos. Tenía tres perros magníficos para esta caza, aunque muy 

inclinados a rastrear coatís, lo que envolviendo una pérdida de tiempo para el 

cazador, constituye también la posibilidad de un desastre, pues la dentellada de 

un coatí degüella fundamentalmente al perro que no supo cogerlo. 

Fragoso, habiendo visto un día trabajar al fox–terrier en un asunto de irara, a 

la que Yaguaí forzó a estarse definitivamente quieta, dedujo que un perrito que 

tenía ese talento especial para morder justamente entre cruz y pescuezo no era un 

perro cualquiera por más corta que tuviera la cola. Por lo que instó repetidas veces 

a Cooper a que le prestara a Yaguaí. 

–Yo te lo voy a enseñar bien a usted, patrón –le decía. 

–Tiene tiempo –respondía Cooper. 

Pero en esos días abrumadores –la visita de Fragoso habiendo avivado el 

recuerdo del pedido–, Cooper le entregó su perro a fin de que le enseñara a 

correr. 

Yaguaí corrió, sin duda, mucho más de lo que hubiera deseado el mismo 

Cooper. 

Fragoso vivía en la margen izquierda del Yabebirí, y había plantado en 

octubre un mandiocal que no producía aún, y media hectárea de maíz y porotos, 

totalmente perdida por la seca. Esto último, específico para el cazador, tenía para 

Yaguaí muy poca importancia, trastornándole en cambio la nueva alimentación. Él, 

que en casa de Cooper coleaba ante la mandioca simplemente cocida, para no 

ofender a su amo, y olfateaba por tres o cuatro lados el locro, para no quebrar del 

todo con la cocinera, conoció la angustia de los ojos brillantes y fijos en el amo 

que come, para concluir lamiendo el plato que sus tres compañeros habían pulido 

ya, esperando ansiosamente el puñado de maíz sancochado que les daban cada 

día. 

Los tres perros salían de noche a cazar por su cuenta –maniobra ésta que 

entraba en el sistema educacional del cazador–; pero el hambre, que llevaba a 

aquéllos naturalmente al monte a rastrear para comer, inmovilizaba al fox–terrier 

en el rancho, único lugar del mundo donde podía hallar comida. Los perros que no 

devoran la caza, serán siempre malos cazadores; y justamente la raza a que 

pertenecía Yaguaí caza desde su creación por simple sport. 

Fragoso intentó algún aprendizaje con el fox–terrier. Pero siendo Yaguaí 

mucho más perjudicial que útil al trabajo desenvuelto de sus tres perros, lo relegó 

desde entonces en el rancho a espera de mejores tiempos para esa enseñanza. 

Entretanto, la mandioca del año anterior comenzaba a concluirse; las últimas 

espigas de maíz rodaron por el suelo, blancas y sin un grano, y el hambre, ya dura 

para los tres perros nacidos con ella, royó las entrañas de Yaguaí. En aquella 

nueva vida el fox–terrier había adquirido con pasmosa rapidez el aspecto 

humillado, servil y traicionero de los perros del país. Aprendió entonces a 

merodear de noche por los ranchos vecinos, avanzando con cautela, las piernas 

dobladas y elásticas, hundiéndose lentamente al pie de una mata de espartillo al 

menor rumor hostil. Aprendió a no ladrar por más furor o miedo que tuviera, y a 

gruñir de un modo particularmente sordo cuando el cuzco de un rancho defendía a 

éste del pillaje. Aprendió a visitar los gallineros, a separar dos platos encimados 

con el hocico, y a llevarse en la boca una lata con grasa a fin de vaciarla en la 

impunidad del pajonal. Conoció el gusto de las guascas ensebadas, de los 

zapatones untados de grasa, del hollín pegoteado de una olla y –alguna vez–, de 

la miel recogida y guardada en un trozo de tacuara. Adquirió la prudencia 

necesaria para apartarse del camino cuando un pasajero avanzaba, siguiéndolo 

las orejas firmes sobre los ojos, y el rabo alto y provocador del fox–terrier, no 

quedaba sino un esqueletillo sarnoso, de orejas echadas atrás y rabo hundido y 

traicionero, que trotaba furtivamente por los caminos. 

La sequía continuaba, entre tanto; el monte quedó poco a poco desierto, 

pues los animales se concentraban en los hilos de agua que habían sido grandes 

arroyos. Los tres perros forzaban la distancia que los separaba del abrevadero de 

las bestias con éxito mediano, pues siendo aquél muy frecuentado a su vez por los 

yaguareteí, la caza menor tornábase desconfiada. Fragoso, preocupado con la 

ruina del rozado y con nuevos disgustos con el propietario de la tierra, no tenía 

humor para cazar, ni aun por hambre. Y la situación amenazaba así tornarse muy 

crítica, cuando una circunstancia fortuita trajo un poco de aliento a la lamentable 

jauría. 

Fragoso debió ir a San Ignacio, y los cuatro perros, que fueron con él, 

sintieron en sus narices dilatadas una impresión de frescura vegetal –vaguísima, si 

se quiere–, pero que acusaba un poco de vida en aquel infierno de calor y seca. 

En efecto, San Ignacio había sido menos azotado, resultas de lo cual algunos 

maizales, aunque miserables, se sostenían en pie. 

No comieron los perros ese día; pero al regresar jadeando detrás del caballo, 

probaron en su memoria aquella sensación de frescura. Y a la noche siguiente 

salían juntos en mudo trote hacia San Ignacio. En la orilla del Yabebirí se 

detuvieron oliendo el agua y levantando el hocico trémulo a la otra costa. La luna 

salía entonces, con su amarillenta luz de menguante. Los perros avanzaron 

cautelosamente sobre el río a flor de piedra, saltando aquí, nadando allá, en un 

paso que en agua normal no da fondo a tres metros. 

Sin sacudirse casi, reanudaron el trote silencioso y tenaz hacia el maizal más 

cercano. Allí el fox–terrier vio cómo sus compañeros quebraban los tallos con los 

dientes, devorando con secos mordiscos que entraban hasta el marlo, las espigas 

en choclo. Hizo él lo mismo; y durante una hora, en el negro cementerio de 

árboles quemados, que la fúnebre luz del menguante volvía más espectral, los 

perros se movieron de aquí para allá entre las cañas, gruñéndose mutuamente. 

Volvieron tres veces más, hasta que la última noche un estampido 

demasiado cercano los puso en guardia. Mas coincidiendo esta aventura con la 

mudanza de Fragoso a San Ignacio, los perros no lo sintieron mucho. 

Fragoso había logrado por fin trasladarse allá, al fondo de la colonia. El 

monte, entretejido de tacuapí, denunciaba tierra excelente; y aquellas inmensas 

madejas de bambú, tendidas en el suelo con el machete, debían de preparar 

magníficos rozados. 

Cuando Fragoso se instaló, el tacuapí comenzaba a secarse. Rozó y quemó 

rápidamente un cuarto de hectárea, confiando en algún milagro de lluvia. El tiempo 

se descompuso, en efecto; el cielo blanco se tornó plomo, y en las horas más 

calientes se trasparentaban en el horizonte lívidas orlas de cúmulos. El 

termómetro a treinta y nueve y el viento norte soplando con furia trajeron al fin 

doce milímetros de agua, que Fragoso aprovechó para su maíz, muy contento. Lo 

vio nacer, lo vio crecer magníficamente hasta cinco centímetros. Pero nada más. 

En el tacuapí, bajo él y alimentándose acaso de sus brotos, viven infinidad de 

roedores. Cuando aquél se seca, sus huéspedes se desbandan y el hambre los 

lleva forzosamente a las plantaciones. De este modo los tres perros de Fragoso, 

que salían una noche, volvieron enseguida restregándose el hocico mordido. 

Fragoso mató esa misma noche cuatro ratas que asaltaban su lata de grasa. 

Yaguaí no estaba allí. Pero a la noche siguiente él y sus compañeros se 

internaban en el monte (aunque el fox–terrier no corría tras el rastro, sabía 

perfectamente desenfundar tatús y hallar nidos de urúes), cuando Yaguaí se 

sorprendió del rodeo que efectuaban sus compañeros para no cruzar el rozado. 

Yaguaí avanzó por él, no obstante; y un momento después lo mordían en una 

pata, mientras rápidas sombras corrían a todos lados. 

Yaguaí vio lo que era; e instantáneamente, en plena barbarie de bosque 

tropical y miseria, surgieron los ojos brillantes, el rabo alto y duro, y la actitud 

batalladora del admirable perro inglés. Hambre, humillación, vicios adquiridos, 

todo se borró en un segundo ante las ratas que salían de todas partes. Y cuando 

volvió por fin a echarse en el rancho, ensangrentado, muerto de fatiga, tuvo que 

saltar tras las ratas hambrientas que invadían literalmente la casa. 

Fragoso quedó encantado de aquella brusca energía de nervios y músculos 

que no recordaba más, y subió a su memoria el recuerdo del viejo combate con la 

irara: era la misma mordida la misma mordida sobre la cruz; un golpe seco de 

mandíbula, y a otra rata. 

Comprendió también de dónde provenía aquella nefasta invasión, y con larga 

serie de juramentos en voz alta, dio su maizal por perdido. ¿Qué podía hacer 

Yaguaí solo? Fue al rozado, acariciando al fox–terrier, y silbó a sus perros; pero 

apenas los rastreadores de tigres sentían los dientes de las ratas en el hocico, 

chillaban restregándolo a dos patas. Fragoso y Yaguaí hicieron solos el gasto de 

la jornada, y si el primero sacó de ella la muñeca dolorida, el segundo echaba al 

respirar burbujas sanguinolentas por la nariz. 

En doce días, a pesar de cuanto hicieron Fragoso y el fox–terrier para 

salvarlo, el rozado estaba perdido. Las ratas, al igual de las martinetas, saben muy 

bien desenterrar el grano adherido aún a la plantita. El tiempo, otra vez de fuego, 

no permitía ni la sombra de nueva plantación, y Fragoso se vio forzado a ir a San 

Ignacio en busca de trabajo, llevando al mismo tiempo su perro a Cooper, que él 

no podía ya entretener poco ni mucho. Lo hacía con verdadera pena, pues las 

últimas aventuras, colocando al fox–terrier en su verdadero teatro de caza, habían 

levantado muy alta la estima del cazador por el perrito blanco. 

En el camino, el fox–terrier oyó, lejanas, las explosiones de los pajonales del 

Yabebirí ardiendo con la sequía; vio a la vera del bosque a las vacas que 

soportando la nube de tábanos empujaban los catiguás con el pecho, avanzando 

montadas sobre el tronco arqueado hasta alcanzar las hojas. Vio las rígidas tunas 

del monte tropical dobladas como velas; y sobre el brumoso horizonte de las 

tardes de treinta y ocho a cuarenta grados, volvió a ver el sol cayendo asfixiado en 

un círculo rojo y mate. 

Media hora después entraban en San Ignacio. 

Siendo ya tarde para llegar hasta lo de Cooper, Fragoso aplazó para la 

mañana siguiente su visita. Los tres perros, aunque muertos de hambre, no se 

aventuraron mucho a merodear en país desconocido, con excepción de Yaguaí, al 

que el recuerdo bruscamente despierto de las viejas carreras delante del caballo 

de Cooper, llevaba en línea recta a casa de su amo. 

Las circunstancias anormales por que pasaba el país con la sequía de cuatro 

meses –y es preciso saber lo que esto supone en Misiones–, hacían que los 

perros de los peones, ya famélicos en tiempo de abundancia, llevaran sus pillajes 

nocturnos a un grado intolerable. En pleno día, Cooper había tenido ocasión de 

perder tres gallinas, arrebatadas por los perros hacia el monte. Y si se recuerda 

que el ingenio de un poblador haragán llega hasta enseñar a sus cachorros esta 

maniobra para aprovecharse ambos de la presa, se comprenderá que Cooper 

perdiera la paciencia, descargando irremisiblemente su escopeta sobre todo 

ladrón nocturno. Aunque no usaba sino perdigones, la lección era asimismo dura. 

Así una noche, en el momento que se iba a acostar, percibió su oído alerta el 

ruido de las uñas enemigas, tratando de forzar el tejido de alambre. Con un gesto 

de fastidio descolgó la escopeta, y saliendo afuera vio una mancha blanca que 

avanzaba dentro del patio. Rápidamente hizo fuego, y a los aullidos traspasantes 

del animal con las patas traseras a la rastra, tuvo un fugitivo sobresalto, que no 

pudo explicar. Llegó hasta el lugar, pero el perro había desaparecido ya, y entró 

de nuevo en la casa. 

–¿Qué fue, papá? –le preguntó desde la cama su hija– ¿Un perro? 

–Sí –repuso Cooper colgando la escopeta–. Le tiré un poco de cerca... 

–¿Grande el perro, papá? 

–No, chico. 

Pasó un momento. 

–¡Pobre Yaguaí! –prosiguió Julia– ¡Cómo estará! 

Súbitamente, Cooper recordó la impresión sufrida al oír aullar al perro: algo 

de su Yaguaí había allí... Pero pensando también en cuán remota era esa 

probabilidad, se durmió tranquilo. 

Fue a la mañana siguiente, muy temprano, cuando Cooper, siguiendo el 

rastro de sangre, halló a su fox–terrier muerto al borde del pozo del bananal. 

De pésimo humor volvió a casa, y la primera pregunta de Julia fue por el 

perro chico:–¿Murió, papá? 

–Sí, allá en el pozo... Es Yaguaí. 

Cogió la pala, y seguido de sus dos hijos consternados fue al pozo. Julia, 

después de mirar un rato inmóvil, acercó despacio a sollozar junto al pantalón de 

Cooper. 

–¡Qué hiciste, papá! 

–No sabía, chiquita... Apártate un momento. 

En el bananal enterró a su perro; apisonó la tierra encima, y regresó 

profundamente disgustado, llevando de la mano a sus dos chicos que lloraban 

despacio para chicos, que su padre no los sintiera. 

LOS PESCADORES DE VIGAS 

El motivo fue ciertos muebles de comedor que míster Hall no tenía aún, y su 

fonógrafo le sirvió de anzuelo. 

Candiyú lo vio en la oficina provisoria de la «Yerba Company», donde míster 

Hall maniobraba su fonógrafo a puerta abierta. 

Candiyú, como buen indígena, no manifestó sorpresa alguna, contentándose 

con detener su caballo un poco al través ante el chorro de luz, y mirar a otra parte. 

Pero como un inglés a la caída de la noche, en mangas de camisa por el calor y 

con una botella de whisky al lado, es cien veces más circunspecto que cualquier 

mestizo, míster Hall no levantó la vista del disco. Con lo que vencido y 

conquistado, Candiyú concluyó por arrimar su caballo a la puerta, en cuyo umbral 

apoyó el codo. 

–Buenas noches, patrón. ¡Linda música! 

–Sí, linda –repuso míster Hall. 

–¡Linda! –repitió el otro– ¡Cuánto ruido! 

–Sí, mucho ruido –asintió míster Hall, que hallaba sin duda oportunas las 

observaciones de su visitante. 

Candiyú proseguía entre tanto: 

–¿Te costó mucho a usted, patrón? 

–Costó... ¿Qué? 

–Ese hablero... Los mozos que cantan. 

La mirada turbia e inexpresiva de míster Hall se aclaró. El contador comercial 

surgía. 

–¡Oh, cuesta mucho...! ¿Usted quiere comprar? 

–Si usted querés venderme... –contestó por decir algo Candiyú, convencido 

de antemano de la imposibilidad de tal compra. Pero míster Hall proseguía 

mirándolo con pesada fijeza, mientras la membrana saltaba del disco a fuerza de 

marchas metálicas. 

–Vendo barato a usted... ¡Cincuenta pesos! 

Candiyú sacudió la cabeza, sonriendo al aparato y a su maquinista, 

alternativamente: 

–¡Mucha plata! No tengo. 

–¿Usted qué tiene, entonces? 

El hombre se sonrió de nuevo, sin responder. 

–¿Dónde usted vive? –prosiguió míster Hall, evidentemente decidido a 

desprenderse de su gramófono. 

–En el puerto. 

–¡Ah! Yo conozco usted... ¿Usted llama Candiyú? 

–Me llama... 

–¿Y usted pesca vigas? 

–A veces; alguna viguita sin dueño... 

–¡Vendo por vigas...! Tres vigas aserradas. Yo mando carreta. ¿Conviene? 

Candiyú se reía. 

–No tengo ahora. Y esa... maquinaria, ¿tiene mucha delicadeza? 

–No; botón acá, y botón allá... Yo enseño. ¿Cuándo tiene madera? 

–Alguna creciente... Ahora ha de venir una. ¿Y qué palo querés usted? 

–Palo rosa. ¿Conviene? 

–¡Hum...! No baja ese palo casi nunca... Mediante una creciente grande, 

solamente. ¡Lindo palo! Te gusta palo bueno, a usted. 

–Y usted lleva buen gramófono. ¿Conviene? 

El mercado prosiguió a son de cantos británicos, el indígena esquivando la 

vía recta, y el contador acorralándolo en el pequeño círculo de la precisión. En el 

fondo, y descontados el calor y el whisky, el ciudadano inglés no hacía un mal 

negocio, cambiando un perro gramófono por varias docenas de bellas tablas, 

mientras el pescador de vigas, a su vez, entregaba algunos días de habitual 

trabajo a cuenta de una maquinita prodigiosamente ruidera. 

Por lo cual el mercado se realizó, a tanto tiempo de plazo. 

Candiyú vive todavía en la costa del Paraná, desde hace treinta años; y si su 

hígado es aún capaz de eliminar cualquier cosa después del último ataque de la 

fiebre en diciembre pasado, debe vivir aún unos meses más. Pasa ahora los días 

sentado en su catre de varas, con el sombrero puesto. Sólo sus manos, lívidas 

zarpas veteadas de verde que penden inmensas de las muñecas, como 

proyectadas en primer término de una fotografía, se mueven monótonamente sin 

cesar, con temblor de loro implume. 

Pero en aquel tiempo, Candiyú era otra cosa. Tenía En entonces por oficio 

honorable el cuidado de un bananal ajeno, y, poco menos lícito, el de pescar 

vigas. Normalmente, y sobre todo en época de creciente, derivan vigas escapadas 

de los obrajes, bien que se desprendan de una jangada en formación, bien que un 

peón bromista corte de un machetazo la soga que las retiene. Candiyú era 

poseedor de un anteojo telescopado, y pasaba las mañanas apuntando al agua, 

hasta que la línea blanquecina de una viga, destacándose en la punta de 

Itacurubí, lo lanzaba en su canoa al encuentro de la presa. Vista la viga a tiempo, 

la empresa no es extraordinaria, porque la pala de un hombre de coraje, recostado 

o halando de una pieza de diez por cuarenta, vale cualquier remolcador. 

... 

Allá en el obraje de Castelhum, más arriba de Puerto Felicidad, las lluvias 

habían comenzado después de sesenta y cinco días de seca absoluta que no dejó 

llanta en las alzaprimas. El haber realizable del obraje consistía en ese momento 

en siete mil vigas –bastante más que una fortuna–. Pero como las dos toneladas 

de una viga, mientras no estén en el puerto, no pesan dos escrúpulos en caja, 

Castelhum y Cía. distaban muchísimas leguas de estar contentos. 

De Buenos Aires llegaron órdenes de movilización inmediata; el encargado 

del obraje pidió mulas y alzaprimas para movilizar; le respondieron que con el 

dinero de la primera jangada a recibir, le remitirían las mulas; y el encargado 

contestó que con esas mulas anticipadas, les mandaría la primera jangada. 

No había modo de entenderse. Castelhum subió hasta el obraje y vio el stock 

de madera en el campamento, sobre la barranca del Ñacanguazú. 

–¿Cuánto? –preguntó Castelhum a su encargado. 

–Treinticinco mil pesos –repuso éste. 

Era lo necesario para trasladar las vigas al Paraná. Y sin contar la estación 

impropia. 

Bajo la lluvia que unía en un solo hilo de agua su capa de goma y su caballo, 

Castelhum consideró largo rato el arroyo arremolinado. Señalando luego el 

torrente con un movimiento del capuchón: 

–¿Las aguas llegarán a cubrir el salto? –preguntó a su compañero. 

–Si llueve mucho, sí. 

–Hasta este momento; esperaba órdenes suyas. 

–Bien –dijo Castelhum–. Creo que vamos a salir bien. Óigame, Fernández: 

Esta misma tarde refuerce la maroma en la barra, y comience a arrimar todas las 

vigas, aquí a la barranca. El arroyo está limpio, según me dijo. Mañana de mañana 

bajo a Posadas, y desde entonces, con el primer temporal que venga, eche los 

palos al arroyo. ¿Entiende? Una buena lluvia. 

El mayordomo lo miró abriendo los ojos. 

–La maroma va a ceder antes que lleguen mil vigas. 

–Ya sé, no importa. Y nos costará muchísimos pesos. Volvamos y 

hablaremos más largo. 

Fernández se encogió de hombros, y silbó a los capataces. 

En el resto del día, sin lluvia pero empapado en calma de agua, los peones 

tendieron de una orilla a otra en la barra del arroyo la cadena de vigas, y el 

tumbaje de palos comenzó en el campamento. Castelhum bajó a Posadas sobre 

un agua de inundación que iba corriendo siete millas, y que al salir del Guayrá se 

había alzado siete metros la noche anterior. 

Tras gran sequía, grandes lluvias. A mediodía comenzó el diluvio, y durante 

cincuenta y dos horas consecutivas el monte tronó de agua. El arroyo, venido a 

torrente, pasó a rugiente avalancha de agua roja. Los peones, calados hasta los 

huesos, con su flacura en relieve por la ropa pegada al cuerpo, despeñaban las 

vigas por la barranca. Cada esfuerzo arrancaba un unísono grito de ánimo, y 

cuando la monstruosa viga rodaba dando tumbos y se hundía con un cañonazo en 

el agua, todos los peones lanzaban su ¡a... hijú! de triunfo. 

Y luego, los esfuerzos malgastados en el barro líquido, la zafadura de las 

palancas, las costaladas bajo la lluvia torrencial. Y la fiebre. 

Bruscamente, por fin, el diluvio cesó. En el súbito silencio circunstante, se 

oyó el tronar de la lluvia todavía sobre el bosque inmediato. Más sordo y más 

hondo, el retumbo del Ñacanguazú. Algunas gotas, distanciadas y livianas, caían 

aún del cielo exhausto. Pero el tiempo proseguía cargado, sin el más ligero soplo. 

Se respiraba agua, y apenas los peones hubieron descansado un par de horas, la 

lluvia recomenzó –la lluvia a plomo, maciza y blanca de las crecidas. El trabajo 

urgía –los sueldos habían subido valientemente–, y mientras el temporal siguió, 

los peones continuaron gritando, cayéndose y tumbando bajo el agua helada. 

En la barra del Ñacanguazú, la barrera flotante contuvo a los primeros palos 

que llegaron, y resistió arqueada y gimiendo a muchos más; hasta que al empuje 

incontenible de las vigas que llegaban como catapultas contra la maroma, el cable 

cedió. 

... 

Candiyú observaba el río con su anteojo, considerando que la creciente 

actual, que allí en San Ignacio había subido dos metros más el día anterior – 

llevándose, por lo demás, su chalana–, sería más allá de Posadas formidable 

inundación. Las maderas habían comenzado a descender, cedros o poco menos, 

y el pescador reservaba prudentemente sus fuerzas. 

Esa noche el agua subió un metro aún, y a la tarde siguiente Candiyú tuvo la 

sorpresa de ver en el extremo de su anteojo una barra, una verdadera tropa de 

vigas sueltas que doblaban la punta de Itacurubí. Madera de lomo blanquecino, y 

perfectamente seca. 

Allí estaba su lugar. Saltó en su guabiroba, y paleó al encuentro de la caza. 

Ahora bien, en una creciente del Alto Paraná se encuentran muchas cosas 

antes de llegar a la viga elegida. Arboles enteros, desde luego, arrancados de 

cuajo y con las raíces negras al aire, como pulpos. Vacas y mulas muertas, en 

compañía de buen lote de animales salvajes ahogados, fusilados o con una flecha 

plantada aún en el vientre. Altos conos de hormigas amontonadas sobre un 

raigón. Algún tigre, tal vez; camalotes y espuma a discreción –sin contar, claro 

está, las víboras. 

Candiyú esquivó, derivó, tropezó y volcó muchas veces más de las 

necesarias hasta llegar a su presa. Al fin la tuvo; un machetazo puso al vivo la 

veta sanguínea del palo rosa, y recostándose a la viga pudo derivar con ella 

oblicuamente algún trecho. Pero las ramas, los árboles, pasaban sin cesar 

arrastrándolo. Cambió de táctica; enlazó su presa, y comenzó entonces la lucha 

muda y sin tregua, echando silenciosamente el alma a cada palada. 

Una viga, derivando con una gran creciente, lleva un impulso suficientemente 

grande para que tres hombres titubeen antes de atreverse con ella. Pero Candiyú 

unía a su gran aliento treinta años de piraterías en río bajo o alto, y deseaba, 

además, ser dueño de un gramófono. 

La noche que caía ya le deparó incidentes a su plena satisfacción. El río, a 

flor de ojo casi, corría velozmente con untuosidad de aceite. A ambos lados 

pasaban y pasaban sin cesar sombras densas. Un hombre ahogado tropezó con 

la guabiroba; Candiyú se inclinó, y vio que tenía la garganta abierta. Luego 

visitantes incómodos, víboras al asalto, las mismas que en las crecidas trepan por 

las ruedas de los vapores hasta los camarotes. 

El hercúleo trabajo proseguía, la pala temblaba bajo el agua, pero el remero 

era arrastrado a pesar de todo. Al fin se rindió; cerró más el ángulo de abordaje, y 

sumó sus últimas fuerzas para alcanzar el borde de la canal, que rozaba los 

canteles del Teyucuaré. Durante diez minutos el pescador de vigas, los tendones 

del cuello duros y los pectorales como piedra, hizo lo que jamás volverá a hacer 

nadie para salir de la canal en una creciente, con una viga a remolque. La 

guabiroba alcanzó por fin las piedras, se tumbó, justamente cuando a Candiyú 

quedaba la fuerza suficiente –y nada más– para sujetar la soga y desplomarse de 

espaldas. 

Solamente un mes más tarde tuvo míster Hall sus tres docenas de tablas, y 

veinte segundos después entregaba a Candiyú el gramófono, incluso veinte 

discos. 

La firma Castelhum y Cía., no obstante la flotilla de lanchas a vapor que 

lanzó contra las vigas –y esto por bastante más de treinta días– perdió muchas. Y 

si alguna vez Castelhum llega a San Ignacio y visita a míster Hall, admirará 

sinceramente los muebles del citado contador, hechos de palo rosa. 

LA MIEL SILVESTRE 

Tengo en el Salto Oriental dos primos, hoy hombres ya, que a sus doce 

años, y en consecuencia de profundas lecturas de Julio Verne, dieron en la rica 

empresa de abandonar su casa para ir a vivir al monte. Este queda a dos leguas 

de la ciudad. Allí vivirían primitivamente de la caza y la pesca. Cierto es que los 

dos muchachos no se habían acordado particularmente de llevar escopetas ni 

anzuelos; pero de todos modos el bosque estaba allí, con su libertad como fuente 

de dicha, y sus peligros como encanto. 

Desgraciadamente, al segundo día fueron hallados por quienes los 

buscaban. Estaban bastante atónitos todavía, no poco débiles, y con gran 

asombro de sus hermanos menores –iniciados también en Julio Verne–, sabían 

aún andar en dos pies y recordaban el habla. 

La aventura de los dos robinsones, sin embargo, fuera acaso más formal a 

haber tenido como teatro otro bosque menos dominguero. Las escapatorias llevan 

aquí en Misiones a límites imprevistos, y a ello arrastró a Gabriel Benincasa el 

orgullo de sus stromboot. 

Benincasa, habiendo concluido sus estudios de contaduría pública, sintió 

fulminante deseo de conocer la vida de la selva. No fue arrastrado por su 

temperamento, pues antes bien Benincasa era un muchacho pacífico, gordinflón y 

de cara rosada, en razón de su excelente salud. En consecuencia, lo suficiente 

cuerdo para preferir un té con leche y pastelitos, a quién sabe qué fortuita e 

infernal comida del bosque. Pero así como el soltero que fue siempre juicioso cree 

de su deber, la víspera de sus bodas, despedirse de la vida libre con una noche de 

orgía en compañía de sus amigos, de igual modo Benincasa quiso honrar su vida 

aceitada con dos o tres choques de vida intensa. Y por este motivo remontaba el 

Paraná hasta un obraje, con sus famosos stromboot. 

Apenas salido de Corrientes había calzado sus recias botas, pues los 

yacarés de la orilla calentaban ya el paisaje. Mas a pesar de ello el contador 

público cuidaba mucho de su calzado, evitándole arañazos y sucios contactos. 

De este modo llegó al obraje de su padrino, y a la hora tuvo éste que 

contener el desenfado de su ahijado. 

–¿Adónde vas ahora? –le había preguntado sorprendido. 

–Al monte; quiero recorrerlo un poco –repuso Benincasa, que acababa de 

colgarse el winchester al hombro. 

–¡Pero infeliz! No vas a poder dar un paso. Sigue la picada, si quieres... O 

mejor, deja esa arma, y mañana te haré acompañar por un peón. 

Benincasa renunció a su paseo. No obstante, fue hasta la vera del bosque y 

se detuvo. Intentó vagamente un paso adentro, y quedó quieto. Metióse las manos 

en los bolsillos, y miró detenidamente aquella inextricable maraña, silbando 

débilmente aires truncos. Después de observar de nuevo el bosque a uno y otro 

lado, retornó bastante desilusionado. 

Al día siguiente, sin embargo, recorrió la picada central por espacio de una 

legua, y aunque su fusil volvió profundamente dormido, Benincasa no deploró el 

paseo. Las fieras llegarían poco a poco. 

Llegaron éstas a la segunda noche –aunque de un carácter un poco singular. 

Benincasa dormía profundamente, cuando fue despertado por su padrino. 

–¡Eh, dormilón! Levántate que te van a comer vivo. Benincasa se sentó 

bruscamente en la cama, alucinado por la luz de los tres faroles de viento que se 

movían de un lado a otro en la pieza. Su padrino y dos peones regaban el piso. 

–¿Qué hay, que hay? –preguntó, echándose al suelo. 

–Nada... Cuidado con los pies... La corrección. 

Benincasa había sido ya enterado de las curiosas hormigas a que llamamos 

corrección. Son pequeñas, negras, brillantes, y marchan velozmente en ríos más o 

menos anchos. Son esencialmente carnívoras. Avanzan devorando todo lo que 

encuentran a su paso: arañas, grillos, alacranes, sapos, víboras, y a cuanto ser no 

puede resistirles. No hay animal, por grande y fuerte que sea, que no huya de 

ellas. Su entrada en una casa supone la exterminación absoluta de todo ser 

viviente, pues no hay rincón ni agujero profundo donde no se precipite el río 

devorador. Los perros aúllan, los bueyes mugen, y es forzoso abandonarles la 

casa, a trueque de ser roído en diez horas hasta el esqueleto. Permanecen en el 

lugar uno, dos, hasta cinco días, según su riqueza en insectos, carne o grasa. Una 

vez devorado todo, se van. 

No resisten sin embargo a la creolina o droga similar; y como en el obraje 

abunda aquélla, antes de una hora el chalet quedó libre de la corrección. 

Benincasa se observaba muy de cerca en los pies la placa lívida de una 

mordedura. 

–¡Pican muy fuerte, realmente!– dijo sorprendido, levantando la cabeza hacia 

su padrino. 

Este, para quien la observación no tenía ya ningún valor, no respondió, 

felicitándose en cambio de haber contenido a tiempo la invasión. Benincasa 

reanudó el sueño, aunque sobresaltado toda la noche por pesadillas tropicales. 

Al día siguiente se fue al monte, esta vez con un machete, pues había 

concluido por comprender que tal utensilio le sería en el monte mucho más útil que 

el fusil. 

Cierto es que su pulso no era maravilloso, y su acierto, mucho menos. Pero 

de todos modos lograba trozar las ramas, azotarse la cara y cortarse las botas – 

todo en uno. 

El monte crepuscular y silencioso lo cansó pronto. Dábale la impresión – 

exacta por lo demás– de un escenario visto de día. De la bullente vida tropical, no 

hay a esa hora más que el teatro helado; ni un animal, ni un pájaro, ni un ruido 

casi. Benincasa volvía, cuando un sordo zumbido le llamó la atención. A diez 

metros de él, en un tronco hueco, diminutas abejas aureolaban la entrada del 

agujero. Se acercó con cautela, y vio en el fondo de la abertura diez o doce bolas 

oscuras del tamaño de un huevo. 

–Esto es miel –se dijo el contador público con íntima gula–. Deben de ser 

bolsitas de cera, llenas de miel 

Pero entre él, Benincasa, y las bolsitas, estaban las abejas. Después de un 

momento de descanso, pensó en el fuego: levantaría una buena humareda. La 

suerte quiso que mientras el ladrón acercaba cautelosamente la hojarasca 

húmeda, cuatro o cinco abejas se posaran en su mano, sin picarlo. Benincasa 

cogió una enseguida, y oprimiéndole el abdomen constató que no tenía aguijón. 

Su saliva, ya liviana, se clarificó en melífica abundancia. ¡Maravillosos y buenos 

animalitos! 

En un instante el contador desprendió las bolsitas de cera, y alejándose un 

buen trecho para escapar al pegajoso contacto de las abejas, se sentó en un 

raigón. De las doce bolas, siete contenían polen. Pero las restantes estaban llenas 

de miel, una miel oscura, de sombría transparencia, que Benincasa paladeó 

golosamente. Sabía distintamente a algo. ¿A qué? El contador no pudo precisarlo. 

Acaso a resina de frutales o de eucalipto. Y por igual motivo, tenía la densa miel 

un vago dejo áspero. ¡Más que perfume, en cambio! 

Benincasa, una vez bien seguro de que sólo cinco bolsitas le serían útiles, 

comenzó. Su idea era sencilla: tener suspendido el panal goteante sobre su boca. 

Pero como la miel era espesa, tuvo que agrandar el agujero, después de haber 

permanecido medio minuto con la boca inútilmente abierta. Entonces la miel 

asomó, adelgazándose en pesado hilo hasta la lengua del contador. 

Uno tras otro, los cinco panales se vaciaron así dentro de la boca de 

Benincasa. Fue inútil que éste prolongara la suspensión, y mucho más que 

repasara los globos exhaustos; tuvo que resignarse. 

Entretanto, la sostenida posición de la cabeza en alto lo había mareado un 

poco. Pesado de miel, quieto y los ojos bien abiertos, Benincasa consideró de 

nuevo el monte crepuscular. Los árboles y el suelo tomaban posturas por demás 

oblicuas, y su cabeza acompañaba el vaivén del paisaje. 

–Qué curioso mareo... –pensó el contador–. Y lo peor es... 

Al levantarse e intentar dar un paso, se había visto obligado a caer de nuevo 

sobre el tronco. Sentía su cuerpo de plomo, sobre todo las piernas, como si 

estuvieran inmensamente hinchadas. Y los pies y las manos le hormigueaban. 

–¡Es muy raro, muy raro, muy raro! –se repitió estúpidamente Benincasa, sin 

escudriñar sin embargo el motivo de esa rareza–. Como si tuviera hormigas... La 

corrección –concluyó. 

Y de pronto la respiración se le cortó en seco, de espanto. 

–¡Debe de ser la miel...! ¡Es venenosa...! ¡Estoy envenenado! 

Y a un segundo esfuerzo para incorporarse, se le erizó el cabello de terror: 

no había podido ni aun moverse. Ahora la sensación de plomo y el hormigueo 

subían hasta la cintura. Durante un rato el horror de morir allí, miserablemente 

solo, lejos de su madre y sus amigos, le cohibió todo medio de defensa. 

–¡Voy a morir ahora...! ¡De aquí a un rato voy a morir...! ¡Ya no puedo mover 

la mano...! 

En su pánico constató sin embargo que no tenía fiebre ni ardor de garganta, 

y el corazón y pulmones conservaban su ritmo normal. Su angustia cambió de 

forma. 

–¡Estoy paralítico, es la parálisis! ¡Y no me van a encontrar...! 

Pero una invencible somnolencia comenzaba a apoderarse de él, dejándole 

íntegras sus facultades, a la par que el mareo se aceleraba. Creyó así notar que el 

suelo oscilante se volvía negro y se agitaba vertiginosamente. Otra vez subió a su 

memoria el recuerdo de la corrección, y en su pensamiento se fijó como una 

suprema angustia la posibilidad de que eso negro que invadía el suelo... 

Tuvo aún fuerzas para arrancarse a ese último espanto, y de pronto lanzó un 

grito, un verdadero alarido en que la voz del hombre recobra la tonalidad del niño 

aterrado: por sus piernas trepaba un precipitado río de hormigas negras. Alrededor 

de él la corrección devoradora oscurecía el suelo, y el contador sintió por bajo del 

calzoncillo el río de hormigas carnívoras que subían. 

Su padrino halló por fin, dos días después, y sin la menor partícula de carne, 

el esqueleto cubierto de ropa de Benincasa. La corrección que merodeaba aún por 

allí, y las bolsitas de cera, lo iluminaron suficientemente. 

No es común que la miel silvestre tenga esas propiedades narcóticas o 

paralizantes, pero se la halla. Las flores con igual carácter abundan en el trópico, y 

ya el sabor de la miel denuncia en la mayoría de los casos su condición –tal el 

dejo a resina de eucalipto que creyó sentir Benincasa. 

NUESTRO PRIMER CIGARRO 

Ninguna época de mayor alegría que la que nos proporcionó a María y a mí, 

nuestra tía con su muerte. 

Lucía volvía de Buenos Aires, donde había pasado tres meses. Esa noche, 

cuando nos acostábamos, oímos que Lucía decía a mamá: 

–¡Qué extraño...! Tengo las cejas hinchadas. 

Mamá examinó seguramente las cejas de nuestra tía, pues después de un 

rato contestó: 

–Es cierto... ¿No sientes nada? 

–No... Sueño. 

Al día siguiente, hacia las dos de la tarde, notamos de pronto fuerte agitación 

en casa, puertas que se abrían y no se cerraban, diálogos cortados de 

exclamaciones, y semblantes asustados. Lucía tenía viruela, y de cierta especie 

hemorrágica que había adquirido en Buenos Aires. 

Desde luego, a mi hermana y a mí nos entusiasmó el drama. Las criaturas 

tienen casi siempre la desgracia de que las grandes cosas no pasen en su casa. 

¡Esta vez nuestra tía –¡casualmente nuestra tía!– enferma de viruela! Yo, chico 

feliz, contaba ya en mi orgullo la amistad de un agente de policía, y el contacto con 

un payaso que saltando las gradas había tomado asiento a mi lado. Pero ahora el 

gran acontecimiento pasaba en nuestra propia casa; y al comunicarlo al primer 

chico que se detuvo en la puerta de calle a mirar, había ya en mis ojos la vanidad 

con que una criatura de riguroso luto pasa por primera vez ante sus vecinillos 

atónitos y envidiosos. 

Esa misma tarde salimos de casa, instalándonos en la única que pudimos 

hallar con tanta premura, una vieja quinta de los alrededores. Una hermana de 

mamá, que había tenido viruela en su niñez, quedó al lado de Lucía. 

Seguramente en los primeros días mamá pasó crueles angustias por sus 

hijos que habían besado a la virolenta. Pero en cambio nosotros, convertidos en 

furiosos robinsones, no teníamos tiempo para acordarnos de nuestra tía. Hacía 

mucho tiempo que la quinta dormía en su sombrío y húmedo sosiego. Naranjos 

blanquecinos de diaspis; duraznos rajados en la horqueta; membrillos con aspecto 

de mimbres; higueras rastreantes a fuerza de abandono, aquello daba, en su 

tupida hojarasca que ahogaba los pasos, fuerte sensación de paraíso terrenal. 

Nosotros no éramos precisamente Adán y Eva; pero sí heroicos robinsones, 

arrastrados a nuestro destino por una gran desgracia de familia: la muerte de 

nuestra tía, acaecida cuatro días después de comenzar nuestra exploración. 

Pasábamos el día entero huroneando por la quinta, bien que las higueras, 

demasiado tupidas al pie, nos inquietaran un poco. El pozo también suscitaba 

nuestras preocupaciones geográficas. Era éste un viejo pozo inconcluso, cuyos 

trabajos se habían detenido a los catorce metros sobre un fondo de piedra, y que 

desaparecía ahora entre los culantrillos y doradillas de sus paredes. Era, sin 

embargo, menester explorarlo, y por vía de avanzada logramos con infinitos 

esfuerzos llevar hasta su borde una gran piedra. Como el pozo quedaba oculto 

tras un macizo de cañas, nos fue permitida esta maniobra sin que mamá se 

enterase. No obstante, María, cuya inspiración poética privó siempre en nuestras 

empresas, obtuvo que aplazáramos el fenómeno hasta que una gran lluvia, 

llenando a medias el pozo, nos proporcionara satisfacción artística a la par que 

científica. 

Pero lo que sobre todo atrajo nuestros asaltos diarios fue el cañaveral. 

Tardamos dos semanas enteras en explorar como era debido aquel diluviano 

enredo de varas verdes, varas secas, varas verticales, varas oblicuas, varas 

atravesadas, varas dobladas hacia tierra. 

Las hojas secas, detenidas en su caída, entretejían el macizo, que llenaba el 

aire de polvo y briznas al menor contacto. 

Aclaramos el secreto, sin embargo, y sentados con mi hermana en la 

sombría guarida de algún rincón, bien juntos y mudos en la semioscuridad, 

gozamos horas enteras el orgullo de no sentir miedo. 

Fue allí donde una tarde, avergonzados de nuestra poca iniciativa, 

inventamos fumar. Mamá era viuda; con nosotros vivían habitualmente dos 

hermanas suyas, y en aquellos momentos un hermano, precisamente el que había 

venido con Lucía de Buenos Aires. 

Este nuestro tío de veinte años, muy elegante y presumido, habíase atribuido 

sobre nosotros dos cierta potestad que mamá, con el disgusto actual y su falta de 

carácter, fomentaba. 

María y yo, por de pronto, profesábamos cordialísima antipatía al padrastrillo. 

–Te aseguro –decía él a mamá, señalándonos con el mentón– que desearía 

vivir siempre contigo para vigilar a tus hijos. Te van a dar mucho trabajo. 

–¡Déjalos! –respondía mamá, cansada. 

Nosotros no decíamos nada; pero nos mirábamos por encima del plato. 

A este severo personaje, pues, habíamos robado un paquete de cigarrillos; y 

aunque nos tentaba iniciarnos súbitamente en la viril virtud, esperamos el 

artefacto. 

Este artefacto consistía en un pipa que yo había fabricado con un trozo de 

caña, por depósito; una varilla de cortina, por boquilla; y por cemento, masilla de 

un vidrio recién colocado. La pipa era perfecta: grande, liviana y de varios colores. 

En nuestra madriguera del cañaveral cargámosla María y yo con religiosa y 

firme unción. Cinco cigarrillos dejaron su tabaco adentro, y sentándonos entonces 

con las rodillas altas encendí la pipa y aspiré. María, que devoraba mi acto con los 

ojos, notó que los míos se cubrían de lágrimas: jamás se ha visto ni verá cosa más 

abominable. Deglutí, sin embargo, valerosamente la nauseosa saliva. 

–¿Rico? –me preguntó María ansiosa, tendiendo la mano. 

–Rico –le contesté pasándole la horrible máquina. 

María chupó, y con más fuerza aún. Yo, que la observaba atentamente, noté 

a mi vez sus lágrimas y el movimiento simultáneo de labios, lengua y garganta, 

rechazando aquello. Su valor fue mayor que el mío. 

–Es rico –dijo con los ojos llorosos y haciendo casi un puchero. Y se llevó 

heroicamente otra vez a la boca la varilla de bronce. 

Era inminente salvarla. El orgullo, sólo él, la precipitaba de nuevo a aquel 

infernal humo con gusto a sal de Chantaud, el mismo orgullo que me había hecho 

alabarle la nauseabunda fogata. 

–¡Psht! –dije bruscamente, prestando oído–. Me parece el gargantilla del otro 

día... Debe de tener nido aquí... 

María se incorporó, dejando la pipa de lado; y con el oído atento y los ojos 

escudriñantes, nos alejamos de allí, ansiosos aparentemente de ver al animalito, 

pero en verdad asidos como moribundos a aquel honorable pretexto de mi 

invención, para retirarnos prudentemente del tabaco sin que nuestro orgullo 

sufriera. 

Un mes más tarde volví a la pipa de caña, pero entonces con muy distinto 

resultado. 

Por alguna que otra travesura nuestra, el padrastrillo habíanos levantado ya 

la voz mucho más duramente de lo que podíamos permitirle mi hermana y yo. Nos 

quejamos a mamá. 

–¡Bah!, no hagan caso –nos respondió mamá, sin oírnos casi–. Él es así. 

–¡Es que nos va a pegar un día! –gimoteó María. 

–Si ustedes no le dan motivos, no. ¿Qué le han hecho? –añadió dirigiéndose 

a mí. 

–Nada, mamá... ¡Pero yo no quiero que me toque! –objeté a mi vez. 

En este momento entró nuestro tío. 

–¡Ah! Aquí está el buena pieza de tu Eduardo... ¡Te va a sacar canas este 

hijo, ya verás! 

–Se quejan de que quieres pegarles. 

–¿Yo? –exclamó el padrastrillo midiéndome–. No lo he pensado aún. Pero en 

cuanto me faltes al respeto... 

–Y harás bien –asintió mamá. 

–¡Yo no quiero que me toque! –repetí enfurruñado y rojo–. ¡El no es papá! 

–Pero a falta de tu pobre padre, es tu tío. En fin, ¡déjenme tranquila! – 

concluyó apartándonos. 

Solos en el patio, María y yo nos miramos con altivo fuego en los ojos. 

–¡Nadie me va a pegar a mí’ –asenté. 

–¡No... Ni a mí tampoco! –apoyó ella, por la cuenta que le iba. 

–¡Es un zonzo! 

Y la inspiración vino bruscamente, y como siempre, a mi hermana, con 

furibunda risa y marcha triunfal: 

–¡Tío Alfonso... es un zonzo! ¡Tío Alfonso... es un zonzo! 

Cuando un rato después tropecé con el padrastrillo, me pareció, por su 

mirada, que nos había oído. Pero ya habíamos planteado la historia del Cigarro 

Pateador, pero ya epíteto este a la mayor gloria de la mula Maud. 

El cigarro pateador consistió, en sus líneas elementales, en un cohete que 

rodeado de papel de fumar fue colocado en el atado de cigarrillos que tío Alfonso 

tenía siempre en su velador, usando de ellos a la siesta. 

Un extremo había sido cortado a fin de que el cigarro no afectara 

excesivamente al fumador. Con el violento chorro de chispas había bastante, y en 

su total, todo el éxito estribaba en que nuestro tío, adormilado, no se diera cuenta 

de la singular rigidez de su cigarrillo. 

Las cosas se precipitan a veces de tal modo, que no hay tiempo ni aliento 

para contarlas. Sólo sé que el padrastrillo salió como una bomba de su cuarto, 

encontrando a mamá en el comedor. 

–¡Ah, estás acá! ¿Sabes lo que han hecho? ¡Te juro que esta vez se van a 

acordar de mí! 

–¡Alfonso! 

–¿Qué? ¡No faltaba más que tú también...! ¡Si no sabes educar a tus hijos, 

yo lo voy a hacer! 

Al oír la voz furiosa del tío, yo, que me ocupaba inocentemente con mi 

hermana en hacer rayitas en el brocal del aljibe, evolucioné hasta entrar por la 

segunda puerta en el comedor, y colocarme detrás de mamá. El padrastrillo me 

vio entonces y se lanzó sobre mí. 

–¡Yo no hice nada! –grité. 

–¡Espérate! –rugió mi tío, corriendo tras de mí alrededor de la mesa. 

–¡Alfonso, déjalo! 

–¡Después te lo dejaré! 

–¡Yo no quiero que me toque! 

–¡Vamos, Alfonso! Pareces una criatura! 

Esto era lo último que se podía decir al padrastrillo. Lanzó un juramento y 

sus piernas en mi persecución con tal velocidad, que estuvo a punto de 

alcanzarme. Pero en ese instante yo salía como de una honda por la puerta 

abierta, y disparaba hacia la quinta, con mi tío detrás. 

En cinco segundos pasamos como una exhalación por los durazneros, los 

naranjos y los perales, y fue en este momento cuando la idea del pozo, y su 

piedra, surgió terriblemente nítida. 

–¡No quiero que me toque! –grité aún. 

–¡Espérate! 

En ese instante llegamos al cañaveral. 

–¡Me voy a tirar al pozo! –aullé para que mamá me oyera. 

–¡Yo soy el que te va a tirar! 

Bruscamente desaparecí a sus ojos tras las cañas; corriendo siempre, di un 

empujón a la piedra exploradora que esperaba una lluvia, y salté de costado, 

hundiéndome bajo la hojarasca. 

Tío desembocó enseguida, a tiempo que dejando de verme, sentía allá en el 

fondo del pozo el abominable zumbido de un cuerpo que se aplastaba. 

El padrastrillo se detuvo, totalmente lívido; volvió a todas partes sus ojos 

dilatados, y se aproximó al pozo. 

Trató de mirar adentro, pero los culantrillos se lo impidieron. Entonces 

pareció reflexionar, y después de una lenta mirada al pozo y sus alrededores, 

comenzó a buscarme. 

Como desgraciadamente para el caso, hacía poco tiempo que el tío Alfonso 

cesara a su vez de esconderse para evitar los cuerpo a cuerpo con sus padres, 

conservaba aún muy frescas las estrategias subsecuentes, e hizo por mi persona 

cuanto era posible hacer para hallarme. 

Descubrió enseguida mi cubil, volviendo pertinazmente a él con admirable 

olfato; pero aparte de que la hojarasca diluviana me ocultaba del todo, el ruido de 

mi cuerpo estrellándose obsediaba a mi tío, que no buscaba bien, en 

consecuencia. 

Fue pues resuelto que yo yacía aplastado en el fondo del pozo, dando 

entonces principio a lo que llamaríamos mi venganza póstuma. El caso era bien 

claro. ¿Con qué cara mi tío contaría a mamá que yo me había suicidado para 

evitar que él me pegara? 

Pasaron diez minutos. 

–¡Alfonso! –sonó de pronto la voz de mamá en el patio. 

–¿Mercedes? –respondió aquél tras una brusca sacudida. 

Seguramente mamá presintió algo, porque su voz sonó de nuevo, alterada. 

–¿Y Eduardo? ¿Dónde está? –agregó avanzando. 

–¡Aquí, conmigo! –contestó riendo–. Ya hemos hecho las paces. 

Como de lejos mamá no podía ver su palidez ni la ridícula mueca que él 

pretendía ser beatífica sonrisa, todo fue bien. 

–¿No le pegaste, no? –insistió aún mamá. 

–No. ¡Si fue una broma! 

Mamá entró de nuevo. ¡Broma! Broma comenzaba a ser la mía para el 

padrastrillo. 

Celia, mi tía mayor, que había concluido de dormir la siesta, cruzó el patio, y 

Alfonso la llamó en silencio con la mano. Momentos después Celia lanzaba un ¡oh! 

ahogado, llevándose las manos a la cabeza. 

–¡Pero, cómo! ¡Qué horror! ¡Pobre, pobre Mercedes! ¡Qué golpe! 

Era menester resolver algo antes que Mercedes se enterara. ¿Sacarme con 

vida aún...? El pozo tenía catorce metros sobre piedra viva. Tal vez, quién sabe... 

Pero para ello sería preciso traer sogas, hombres; y Mercedes... 

–¡Pobre, pobre madre! –repetía mi tía. 

Justo es decir que para mí, el pequeño héroe, mártir de su dignidad corporal, 

no hubo una sola lágrima. Mamá acaparaba todos los entusiasmos de aquel dolor, 

sacrificándole ellos la remota probabilidad de vida que yo pudiera aún conservar 

allá abajo. Lo cual, hiriendo mi doble vanidad de muerto y de vivo, avivó mi sed de 

venganza. 

Media hora después mamá volvió a preguntar por mí, respondiéndole Celia 

con tan pobre diplomacia, que mamá tuvo enseguida la seguridad de una 

catástrofe. 

–¡Eduardo, mi hijo! –clamó arrancándose de las manos de su hermana que 

pretendía sujetarla, y precipitándose a la quinta. 

–¡Mercedes! ¡Te juro que no! ¡Ha salido! 

–¡Mi hijo! ¡Mi hijo! ¡Alfonso! 

Alfonso corrió a su encuentro, deteniéndola al ver que se dirigía al pozo. 

Mamá no pensaba en nada concreto; pero al ver el gesto horrorizado de su 

hermano, recordó entonces mi exclamación de una hora antes, y lanzó un 

espantoso alarido. 

–¡Ay! ¡Mi hijo! ¡Se ha matado! ¡Déjame, déjenme! ¡Mi hijo, Alfonso! ¡Me lo 

has muerto! 

Se llevaron a mamá sin sentido. No me había conmovido en lo más mínimo 

la desesperación de mamá, puesto que yo –motivo de aquella– estaba en verdad 

vivo y bien vivo, jugando simplemente en mis ocho años con la emoción, a manera 

de los grandes que usan de las sorpresas semitrágicas: ¡el gusto que va a tener 

cuando me vea! 

Entretanto, gozaba yo íntimo deleite con el fracaso del padrastrillo. 

–¡Hum...! ¡Pegarme! –rezongaba yo, aún bajo la hojarasca. Levantándome 

entonces con cautela, sentéme en cuclillas en mi cubil y recogí la famosa pipa 

bien guardada entre el follaje. Aquél era el momento de dedicar toda mi seriedad a 

agotar la pipa. 

El humo de aquel tabaco humedecido, seco, vuelto a humedecer y resecar 

infinitas veces, tenía en aquel momento un gusto a cumbarí, solución Coirre y 

sulfato de soda, mucho más ventajoso que la primera vez. Emprendí, sin embargo, 

la tarea que sabía dura, con el caño contraído y los dientes crispados sobre la 

boquilla. 

Fumé, quiero creer que cuarta pipa. Sólo recuerdo que al final el cañaveral 

se puso completamente azul y comenzó a danzar a dos dedos de mis ojos. Dos o 

tres martillos de cada lado de la cabeza comenzaron a destrozarme las sienes, 

mientras el estómago, instalado en plena boca, aspiraba él mismo directamente 

las últimas bocanadas de humo. 

... 

Volví en mí cuando me llevaban en brazos a casa. A pesar de lo 

horriblemente enfermo que me encontraba, tuve el tacto de continuar dormido, por 

lo que pudiera pasar. Sentí los brazos delirantes de mamá sacudiéndome. 

–¡Mi hijo querido! ¡Eduardo, mi hijo! ¡Ah, Alfonso, nunca te perdonaré el dolor 

que me has causado! 

–¡Pero, vamos! –decíale mi tía mayor–. ¡No seas loca, Mercedes! ¡Ya ves 

que no tiene nada! 

–¡Ah! –repuso mamá llevándose las manos al corazón en un inmenso 

suspiro–. ¡Sí, ya pasó...! Pero dime, Alfonso, ¿cómo pudo no haberse hecho 

nada? ¡Ese pozo, Dios mío...! 

El padrastrillo, quebrantado a su vez, habló vagamente de desmoronamiento, 

tierra blanda, prefiriendo dejar para un momento de mayor calma la solución 

verdadera, mientras la pobre mamá no se percataba de la horrible infección de 

tabaco que exhalaba su suicida. 

Abrí al fin los ojos, me sonreí, y volví a dormirme, esta vez honrada y 

profundamente. 

Tarde ya, el tío Alfonso me despertó. 

–¿Qué merecerías que te hiciera? –me dijo con sibilante rencor–. ¡Lo que es 

mañana, le cuento todo a tu madre, y ya verás lo que son gracias! 

Yo veía aún bastante mal, las cosas bailaban un poco, y el estómago 

continuaba todavía adherido a la garganta. 

Sin embargo, le respondí: 

–¡Si le cuentas algo a mamá, lo que es esta vez te juro que me tiro! 

Los ojos de un joven suicida que fumó heroicamente su pipa, ¿expresan 

acaso desesperado valor? 

Es posible que sí. De todos modos el padrastrillo, después de mirarme 

fijamente, se encogió de hombros, levantando hasta mi cuello la sábana un poco 

caída. 

–Me parece que mejor haría en ser amigo de este microbio –murmuró. 

–Creo lo mismo –le respondí. 

Y me dormí. 

LA MENINGITIS Y SU SOMBRA 

No vuelvo de mi sorpresa. ¿Qué diablos quieren decir la carta de Funes, y 

luego la charla del médico? Confieso no entender una palabra de todo esto. 

He aquí las cosas. Hace cuatro horas, a las siete de la mañana, recibo una 

tarjeta de Funes, que dice así: 

Estimado amigo: 

Si no tiene inconveniente, le ruego que pase esta noche por casa. 

Si tengo tiempo iré a verlo antes. Muy suyo 

Luis María Funes. 

Aquí ha comenzado mi sorpresa. No se invita a nadie, que yo sepa, a las 

siete de la mañana para una presunta conversación en la noche, sin un motivo 

serio. ¿Qué me puede querer Funes? Mi amistad con él es bastante vaga, y en 

cuanto a su casa, he estado allí una sola vez. Por cierto que tiene dos hermanas 

bastante monas. 

Así, pues, he quedado intrigado. Esto en cuanto a Funes. Y he aquí que una 

hora después, en el momento en que salía de casa, llega el doctor Ayestarain, otro 

sujeto de quien he sido condiscípulo en el colegio nacional, y con quien tengo en 

suma la misma relación a lo lejos que con Funes. 

Y el hombre me habla de a, b y c, para concluir: 

–Veamos, Durán: Usted comprende de sobra que no he venido a verlo a esta 

hora para hablarle de pavadas, ¿no es cierto? 

–Me parece que sí –no pude menos que responderle. 

–Es claro. Así, pues, me va a permitir una pregunta, una sola. Todo lo que 

tenga de indiscreta, se lo explicaré enseguida. ¿Me permite? 

–Todo lo que quiera –le respondí francamente, aunque poniéndome al 

mismo tiempo en guardia. 

Ayestarain me miró entonces sonriendo, como se sonríen los hombres entre 

ellos, y me hizo esta pregunta disparatada: 

–¿Qué clase de inclinación siente usted hacia María Elvira Funes? 

¡Ah, ah! ¡Por aquí andaba la cosa, entonces! ¡María Elvira Funes, hermana 

de Luis María Funes, todos en María! ¡Pero si apenas conocía a esa persona! 

Nada extraño, pues, que mirara al médico como quien mira a un loco. 

–¿María Elvira Funes? –repetí–. Ningún grado ni ninguna inclinación. La 

conozco apenas. Y ahora... 

–No, permítame –me interrumpió–. Le aseguro que es una cosa bastante 

seria... ¿Me podría dar palabra de compañero de que no hay nada entre ustedes 

dos? 

–¡Pero está loco! –le dije al fin–. ¡Nada, absolutamente nada! Apenas la 

conozco, vuelvo a repetirle, y no creo que ella se acuerde de haberme visto jamás. 

He hablado un minuto con ella, ponga dos, tres, en su propia casa, y nada más. 

No tengo, por lo tanto, le repito por décima vez, inclinación particular hacia ella. 

–Es raro, profundamente raro... –murmuró el hombre, mirándome fijamente. 

Comenzaba ya a serme pesado el galeno, por eminente que fuese –y lo era– 

, pisando un terreno con el que nada tenían que ver sus aspirinas. 

–Creo que tengo ahora el derecho... 

Pero me interrumpió de nuevo: 

–Sí, tiene derecho de sobra... ¿Quiere esperar hasta esta noche? Con dos 

palabras podrá comprender que el asunto es de todo, menos de broma... La 

persona de quien hablamos está gravemente enferma, casi a la muerte... 

¿Entiende algo? –concluyó, mirándome bien a los ojos. 

Yo hice lo mismo con él durante un rato. 

–Ni una palabra –le contesté. 

–Ni yo tampoco –apoyó, encogiéndose de hombros. Por eso le he dicho que 

el asunto es bien serio... Por fin esta noche sabremos algo. ¿Irá allá? Es 

indispensable. 

–Iré –le dije, encogiéndome a mi vez de hombros. 

Y he aquí por qué he pasado todo el día preguntándome como un idiota qué 

relación puede existir entre la enfermedad gravísima de una hermana de Funes, 

que apenas me conoce, y yo, que la conozco apenas. 

Vengo de lo de Funes. Es la cosa más extraordinaria que haya visto en mi 

vida. Metempsicosis, espiritismos, telepatías y demás absurdos del mundo interior, 

no son nada en comparación de este mi propio absurdo en que me veo envuelto. 

Es un pequeño asunto para volverse loco. Véase: 

Fui a lo de Funes. Luis María me llevó al escritorio. Hablamos un rato, 

esforzándonos como dos zonzos –puesto que comprendiéndolo así evitábamos 

mirarnos– en charlar de bueyes perdidos. Por fin entró Ayestarain, y Luis María 

salió, dejándome sobre la mesa el paquete de cigarrillos, pues se me habían 

concluido los míos. Mi ex condiscípulo me contó entonces lo que en resumen es 

esto: 

Cuatro o cinco noches antes, al concluir un recibo en su propia casa, María 

Elvira se había sentido mal. Cuestión de un baño demasiado frío esa tarde, según 

opinión de la madre. Lo cierto es que había pasado la noche fatigada, y con buen 

dolor de cabeza. A la mañana siguiente, mayor quebranto, fiebre; y a la noche, 

una meningitis, con todo su cortejo. El delirio, sobre todo, franco y prolongado a 

más no pedir. Concomitantemente, una ansiedad angustiosa, imposible de calmar. 

Las proyecciones psicológicas del delirio, por decirlo así, se erigieron y giraron 

desde la primera noche alrededor de un solo asunto, uno solo, pero que absorbe 

su vida entera. 

–Es una obsesión –prosiguió Ayestarain–, una sencilla obsesión a cuarenta y 

un grados. La enferma tiene constantemente fijos los ojos en la puerta, pero no 

llama a nadie. Su estado nervioso se resiente de esa muda ansiedad que la está 

matando, y desde ayer hemos pensado con mis colegas en calmar eso... No 

puede seguir así. ¿Y sabe usted –concluyó– a quién nombra cuando el sopor la 

aplasta? 

–No sé... –le respondí, sintiendo que mi corazón cambiaba bruscamente de 

ritmo. 

–A usted –me dijo, pidiéndome fuego. 

Quedamos, bien se comprende, un rato mudos. 

–¿No entiende todavía? –dijo al fin. 

–Ni una palabra... –murmuré aturdido, tan aturdido como puede estarlo un 

adolescente que a la salida del teatro ve a la primera gran actriz que desde la 

penumbra del coche mantiene abierta hacia él la portezuela... Pero yo tenía ya 

casi treinta años, y pregunté al médico qué explicación se podía dar de eso. 

–¿Explicación? Ninguna. Ni la más mínima. ¿Qué quiere usted que se sepa 

de eso? Ah, bueno... Si quiere una a toda costa, supóngase que en una tierra hay 

un millón, dos millones de semillas distintas, como en cualquier parte. Viene un 

terremoto, remueve como un demonio todo eso, tritura el resto, y brota una 

semilla, una cualquiera, de arriba o del fondo, lo mismo da. Una planta magnífica... 

¿Le basta eso? No podría decirle una palabra más. ¿Por qué usted, precisamente, 

que apenas la conoce, y a quien la enferma no conoce tampoco más, ha sido en 

su cerebro delirante la semilla privilegiada? ¿Qué quiere que se sepa de esto? 

–Sin duda... –repuse a su mirada siempre interrogante, sintiéndome al mismo 

tiempo bastante enfriado al verme convertido en sujeto gratuito de divagación 

cerebral, primero, y en agente terapéutico, después. 

En ese momento entró Luis María. 

–Mamá lo llama –dijo al médico. Y volviéndose a mí, con una sonrisa 

forzada: 

–¿Lo enteró Ayestarain de lo que pasa?... Sería cosa de volverse loco con 

otra persona... 

Esto de otra persona merece una explicación. Los Funes, y en particular la 

familia de que comenzaba yo a formar tan ridícula parte, tienen un fuerte orgullo; 

por motivos de abolengo, supongo, y por su fortuna, que me parece lo más 

probable. Siendo así, se daban por pasablemente satisfechos de que las fantasías 

amorosas del hermoso retoño se hubieran detenido en mí, Carlos Durán, 

ingeniero, en vez de mariposear sobre un sujeto cualquiera de insuficiente 

posición social. Así, pues, agradecí en mi fuero interno el distingo de que me hacía 

honor el joven patricio. 

–Es extraordinario... –recomenzó Luis María, haciendo correr con disgusto 

los fósforos sobre la mesa. 

Y un momento después, con una nueva sonrisa forzada: 

–¿No tendría inconveniente en acompañarnos un rato? ¿Ya sabe, no? Creo 

que vuelve Ayestarain... 

En efecto, éste entraba. 

–Empieza otra vez... –Sacudió la cabeza, mirando únicamente a Luis María. 

Luis María se dirigió entonces a mí con la tercera sonrisa forzada de esa noche: 

–¿Quiere que vayamos? 

–Con mucho gusto –le dije. Y fuimos. 

Entró el médico sin hacer ruido, entró Luis María, y por fin entré yo, todos con 

cierto intervalo. Lo que primero me chocó, aunque debía haberlo esperado, fue la 

penumbra del dormitorio. La madre y la hermana de pie me miraron fijamente, 

respondiendo con una corta inclinación de cabeza a la mía, pues creí no deber 

pasar de allí. Ambas me parecieron mucho más altas. Miré la cama, y vi, bajo la 

bolsa de hielo, dos ojos abiertos vueltos a mí. Miré al médico, titubeando, pero 

éste me hizo una imperceptible seña con los ojos, y me acerqué a la cama. 

Yo tengo alguna idea, como todo hombre, de lo que son dos ojos que nos 

aman cuando uno se va acercando despacio a ellos. Pero la luz de aquellos ojos, 

la felicidad en que se iban anegando mientras me acercaba, el mareado 

relampagueo de dicha –hasta el estrabismo–cuando me incliné sobre ellos, jamás 

en un amor normal a treinta y siete grados los volveré a hallar. 

La enferma balbuceó algunas palabras, pero con tanta dificultad de sus 

labios resecos, que nada oí. Creo que me sonreí como un estúpido (¡qué iba a 

hacer, quiero que me digan!), y ella tendió entonces su brazo hacia mí. Su 

intención era tan inequívoca que le tomé la mano. 

–Siéntese ahí –murmuró. 

Luis María corrió el sillón hacia la cama y me senté. 

Véase ahora si ha sido dado a persona alguna una situación más extraña y 

disparatada: 

Yo, en primer término, puesto que era el héroe, teniendo en la mía una mano 

ardiendo en fiebre y en un amor totalmente equivocado. En el lado opuesto, de 

pie, el médico. A los pies de la cama, sentado, Luis María. Apoyadas en el 

respaldo, en el fondo, la mamá y la hermana. Y todos sin hablar, mirándonos a la 

enferma y a mía con el ceño fruncido. 

¿Qué iba a hacer yo? ¿Qué iba a decir? Preciso es que piensen un momento 

en esto. La enferma, por su parte, arrancaba a veces sus ojos de los míos y 

recorría con dura inquietud los rostros presentes uno tras otro, sin reconocerlos, 

para dejar caer otra vez su mirada sobre mí, confiada en profunda felicidad. 

¿Qué tiempo estuvimos así? No sé; acaso media hora, acaso mucho más. 

Un momento intenté retirar la mano, pero la enferma la oprimió más entre la suya. 

–Todavía no... –murmuró, tratando de hallar más cómoda postura a su 

cabeza. Todos acudieron, se estiraron las sábanas, se renovó el hielo, y otra vez 

los ojos se fijaron en inmóvil dicha. Pero de vez en cuando tornaban a apartarse 

inquietos y recorrían las caras desconocidas. Dos o tres veces miré 

exclusivamente al médico; pero éste bajó las pestañas, indicándome que 

esperara. Y tuvo razón al fin, porque de pronto, bruscamente, como un derrumbe 

de sueño, la enferma cerró los ojos y se durmió. 

Salimos todos, menos la hermana, que ocupó mi lugar en el sillón. No era 

fácil decir algo –yo al menos. La madre, por fin, se dirigió a mí con una triste y 

seca sonrisa: 

–Qué cosa más horrible, ¿no? ¡Da pena! 

¡Horrible, horrible! No era la enfermedad, sino la situación lo que les parecía 

horrible. Estaba visto que todas las galanterías iban a ser para mí en aquella casa. 

Primero el hermanito, luego la madre... Ayestarain, que nos había dejado un 

instante, salió muy satisfecho del estado de la enferma; descansaba con una 

placidez desconocida aún. La madre miró a otro lado, y yo miré al médico. Podía 

irme, claro que sí, y me despedí. 

He dormido mal, lleno de sueños que nada tienen que ver con mi habitual 

vida. Y la culpa de ello está en la familia Funes, con Luis María, madre, hermanas 

y parientes colaterales. Porque si se concreta bien la situación, ella da lo siguiente: 

Hay una joven de diecinueve años, muy bella sin duda alguna, que apenas 

me conoce y a quien yo le soy profunda y totalmente indiferente. Esto en cuanto a 

María Elvira. Hay, por otro lado, un sujeto joven también –ingeniero, si se quiere– 

que no recuerda haber pensado dos veces seguidas en la joven en cuestión. Todo 

esto es razonable, inteligible y normal. 

Pero he aquí que la joven hermosa se enferma, de meningitis o cosa por el 

estilo, y en el delirio de la fiebre, única y exclusivamente en el delirio, se siente 

abrasada de amor. ¿Por un primo, un hermano de sus amigos, un joven mundano 

que ella conoce bien? No señor; por mí. 

¿Es esto bastante idiota? Tomo, pues, una determinación que haré conocer 

al primero de esa bendita casa que llegue hasta mi puerta. 

¡Sí, es claro! Como lo esperaba. Ayestarain estuvo este mediodía a verme. 

No pude menos que preguntarle por la enferma, y su meningitis. 

–¿Meningitis? –me dijo–. ¡Sabe Dios lo que es! Al principio parecía eso, y 

anoche también... Hoy ya no tenemos idea de lo que será. 

–Peor en fin –objeté–, siempre una enfermedad cerebral... 

–Y medular, claro está... Con unas lesioncillas quién sabe dónde... ¿usted 

entiende algo de medicina? 

–Muy vagamente... 

–Bueno; hay una fiebre remitente, que no sabemos de dónde sale... Era un 

caso para marchar a todo escape a la muerte... Ahora hay remisiones, tac–tac– 

tac, justas remisiones como un reloj 

–Pero el delirio –insistí–, ¿existe siempre? 

–¡Ya lo creo! Hay de todo allí... Y a propósito, esta noche lo esperamos. 

Ahora me había llegado el turno de hacer medicina a mi modo. Le dije que mi 

propia sustancia había cumplido ya su papel curativo la noche anterior, y que no 

pensaba ir más. 

Ayestarain me miró fijamente: 

–¿Por qué? ¿Qué le pasa? 

–Nada, sino que no creo sinceramente ser necesario allá... Dígame: ¿usted 

tiene idea de lo que es estar en una posición humillantemente ridícula; sí o no? 

–No se trata de eso... 

–Sí, se trata de eso, de desempeñar un papel estúpido... ¡Curioso que no 

comprenda! 

–Comprendo de sobra... Pero me parece algo así como..., no se ofenda, 

cuestión de amor propio. 

–¡Muy lindo! –salté–. ¡Amor propio! ¡Y ¡n se les ocurra otra cosa! ¡Les parece 

cuestión de amor propio ir a sentarse como un idiota para que me tomen la mano 

la noche entera ante toda la parentela con el ceño fruncido! Si a ustedes les 

parece una simple cuestión de amor propio, arréglense entre ustedes. Yo tengo 

otras cosas que hacer. 

Ayestarain comprendió, al parecer, la parte de verdad que había en lo 

anterior, porque no insistió y hasta que se fue no volvimos a hablar del asunto. 

Todo esto está bien. Lo que no lo está tanto es que hace diez minutos acabo 

de recibir una esquela del médico, así concebida: 

Amigo Durán: 

Con todo su bagaje de rencores, nos es usted indispensable esta noche. 

Supóngase una vez más que usted hace de cloral, veronal, el hipnótico que 

menos le irrite los nervios, y véngase. 

Dije un momento antes que lo malo era la precedente carta. Y tengo razón, 

porque desde esta mañana no esperaba sino esta carta... 

Durante siete noches consecutivas –de once a una de la mañana, momento 

en que me remitía la fiebre, y con ella el delirio– he permanecido al lado de María 

Elvira Funes, tan cerca como pueden estarlo dos amantes. Me ha tendido a veces 

su mano como la primera noche, y otras se ha preocupado de deletrear mi 

nombre, mirándome. Sé a ciencia cierta, pues, que me ama profundamente en ese 

estado, no ignorando tampoco que en sus momentos de lucidez no tiene la menor 

preocupación por mi existencia, presente o futura. Esto crea así un caso de 

psicología singular de que in novelista podría sacar algún partido. Por lo que a mí 

se refiere, sé decir que esta doble vida sentimental me ha tocado fuertemente el 

corazón. El caso es éste: María Elvira, si es que acaso no le he dicho, tiene los 

ojos más admirables del mundo. Está bien que la primera noche yo no viera en su 

mirada sine el reflejo de mi propia ridiculez de remedio inocuo. La segunda noche 

sentí menos mi insuficiencia real. La tercera vez no me costó esfuerzo alguno 

sentirme el ente dichoso que simulaba ser, y desde entonces vivo y sueño ese 

amor con la fiebre enlaza su cabeza a la mía. 

¿Qué hacer? Bien sé que todo esto es transitorio, que de día ella no sabe 

quién soy, y que yo mismo acaso no la ame cuando la vea de pie. Pero los sueños 

de amor, aunque sean de dos horas y a cuarenta grados, se pagan en el día, y 

mucho me temo que si hay una persona en el mundo a la cual esté expuesto a 

amar a plena luz, ella no sea mi vano amor nocturno... Amo, pues, una sombra, y 

pienso con angustia en el día que Ayestarain considere a su enferma fuera de 

peligro, y no precise más de mí. 

Crueldad esta que apreciarán en toda su cálida simpatía los hombres que 

están enamorados –de una sombra o no. 

Ayestarain acaba de salir. Me, ha dicho que la enferma sigue mejor, y que 

mucho se equivoca, o me veré uno de estos días libre de la presencia de María 

Elvira. 

–Sí, compañero –me dice–. Libre de veladas ridículas, de amores cerebrales 

y ceños fruncidos... ¿Se acuerda? 

Mi cara no debe expresar suprema alegría, porque el taimado galeno se 

echa a reír y agrega: 

–Le vamos a dar en cambio una compensación... Los Funes han vivido estos 

quince días con la cabeza en el aire, y no extrañe pues si han olvidado muchas 

cosas, sobre todo en lo que a usted se refiere... Por lo pronto, hoy cenamos allá. 

Sin su bienaventurada persona, dicho sea de paso, y el amor de marras, no sé en 

qué hubiera acabado aquello... ¿Qué dice usted? 

–Digo –le he respondido–, que casi estoy tentado de declinar el honor que 

me hacen los Funes, admitiéndome a su mesa... 

Ayestarain se echó a reír. 

–¡No embrome!... Le repito que no sabía dónde tenían la cabeza... 

–Pero para opio, y morfina, y calmante de mademoiselle, sí, ¿eh? ¡Para eso 

no se olvidaban de mí! 

Mi hombre se puso serio y me miró detenidamente. 

–¿Sabe lo que pienso, compañero? 

–Diga. 

–Que usted es el individuo más feliz de la tierra. 

–¿Yo, feliz?... 

–O más suertudo. ¿Entiende ahora? –Y quedó mirándome. 

¡Hum! –me dije a mí mismo–: O yo soy un idiota, que es lo más posible, o 

este galeno merece que lo abrace hasta romperle el termómetro en el bolsillo. El 

maligno tipo sabe más de lo que parece, y acaso, acaso... Pero vuelvo a lo de 

idiota, que es lo más seguro. 

–¿Feliz?... –repetí sin embargo–. ¿Por el amor estrafalario que usted ha 

inventado con su meningitis? 

Ayestarain tornó a mirarme fijamente, pero esta vez creí notar un vago, 

vaguísimo dejo de amargura. 

–Y aunque no fuera más que eso, grandísimo zonzo... –ha murmurado, 

cogiéndome del brazo para salir. 

En el camino –hemos ido al Aguila, a tomar el vermut– me ha explicado bien 

claro tres cosas. 

1º: que mi presencia al lado de la enferma era absolutamente necesaria, 

dado el estado de profunda excitación–depresión, todo en uno, de su delirio. 2º: 

que los Funes lo habían comprendido así, ni más ni menos, a despecho de lo raro, 

subrepticio e inconveniente que pudiera parecer la aventura, constándoles, está 

claro, lo artificial de todo aquel amor. 3º: que los Funes han confiado sencillamente 

en mi educación, para que me dé cuenta –sumamente clara– del sentido 

terapéutico que ha tenido mi presencia ante la enferma, y la de la enferma ante 

mí. 

– Sobre todo lo último, ¿eh? –he agregado a guisa de comentario. El objeto 

de toda esta charla es éste: que no vaya yo jamás a creer que María Elvira siente 

la menor inclinación real hacia mí. ¿Es eso? 

–¡Claro! –Se ha encogido de hombros el médico–. Póngase usted en el lugar 

de ellos... 

Y tiene razón el bendito hombre. Porque a la sola probabilidad de que ella... 

Anoche cené en lo de Funes. No era precisamente una comida alegre, si 

bien Luis María, por lo menos, estuvo muy cordial conmigo. Querría decir lo mismo 

de la madre, pero por más esfuerzos que la dama hacía para tornarme grata la 

mesa, evidentemente no ve en mí sino a un intruso a quien en ciertas horas su hija 

prefiere un millón de veces. Está celosa, y no debemos condenarla. Por lo demás, 

se alternaban con su hija para ir a ver a la enferma. Esta había tenido un buen día, 

tan bueno que por primera vez después de quince días no hubo esa noche subida 

seria de fiebre, y aunque me quedé hasta la una por pedido de Ayestarain, tuve 

que volverme a casa sin haberla visto un instante. ¿Se comprende esto? ¡No verla 

en todo el día! ¡Ah! Si por bendición de Dios, la fiebre de cuarenta, ochenta, ciento 

veinte grados, cualquier fiebre, cayera esta noche sobre su cabeza... 

¡Y aquí!: Esta sola línea del bendito Ayestarain: 

Delirio de nuevo. Venga enseguida. 

Todo lo antedicho es suficiente para enloquecer bien que mal a un hombre 

discreto. Véase esto ahora: 

Cuando entré anoche, María Elvira me tendió su brazo como la primera vez. 

Acostó su cara sobre la mejilla izquierda, y cómoda así, fijó los ojos en mí. No sé 

qué me decían sus ojos; posiblemente me daban toda su vida y toda su alma en 

una entrega infinitamente dichosa. Sus labios me dijeron algo, y tuve que 

inclinarme para oír: 

–Soy feliz. –Se sonrió. 

Pasado un momento sus ojos me llamaron de nuevo, y me incliné otra vez. 

–Y después... –murmuró apenas, cerrando los ojos con lentitud. Creo que 

tuvo una súbita fuga de ideas. Pero la luz, la insensata luz que extravía la mirada 

en los relámpagos de felicidad, inundó de nuevo sus ojos. Y esta vez oí bien claro, 

sentí claramente en mis oídos esta pregunta: 

–Y cuando sane y no tenga más delirio..., ¿me querrás todavía? 

¡Locura que se ha sentado a horcajadas sobre mi corazón! ¡ Después! 

¡Cuando no tenga más delirio! ¿Pero estábamos todos locos en la casa, o había 

allí, proyectado fuera de mí mismo, un eco a mi incesante angustia del después? 

¿Cómo es posible que ella dijera eso? ¿Había meningitis o no? ¿Había delirio o 

no? Luego mi María Elvira... 

No sé qué contesté; presumo que cualquier cosa a escandalizar a la 

parentela completa si me hubieran oído. Pero apenas había murmurado yo; 

apenas había murmurado ella con una sonrisa... Y se durmió. 

De vuelta a casa, mi cabeza era un vértigo vivo, con locos impulsos de saltar 

al aire y lanzar alaridos de felicidad. ¿Quién de entre nosotros, puede jurar que no 

hubiera sentido lo mismo? Porque las cosas, para ser claras, deben ser 

planteadas así: La enferma con delirio, que por una aberración psicológica 

cualquiera, ama únicamente en su delirio, a X. Esto por un lado. Por el otro, el 

mismo X, que desgraciadamente para él, no se siente con fuerzas para 

concretarse a su papel medicamentoso. Y he aquí que la enferma, con su 

meningitis y su inconsciencia –su incontestable inconsciencia–, murmura a nuestro 

amigo: 

–Y cuando no tenga más delirio... ¿me querrás todavía? 

Esto es lo que yo llamo un pequeño caso de locura, claro y rotundo. Anoche, 

cuando llegaba a casa, creí un momento haber hallado la solución, que sería ésta: 

María Elvira, en su fiebre, soñaba que estaba despierta. ¿A quién no ha sido dado 

soñar que está soñando? Ninguna explicación más sencilla, claro está. 

Pero cuando por pantalla de ese amor mentido hay dos ojos inmensos, que 

empapándonos de dicha se anegan ellos mismos en un amor que no se puede 

mentir; cuando se ha visto a esos ojos recorrer con dura extrañeza los rostros 

familiares, para caer en extática felicidad ante uno mismo, pese al delirio y cien mil 

delirios como ése, uno tiene el derecho de soñar toda la noche con aquel amor –o 

seamos más explícitos–: con María Elvira Funes. 

¡Sueño, sueño y sueño! Han pasado dos meses, y creo a veces soñar aún. 

¿Fui yo o no, por Dios bendito, aquel a quien se le tendió la mano, y el brazo 

desnudo hasta el codo, cuando la fiebre tornaba hostiles aún los rostros bien 

amados de la casa? ¿Fui yo o no el que apaciguó con sus ojos, durante minutos 

inmensos de eternidad, la mirada mareada de amor de mi María Elvira? 

Sí, fui yo. Pero eso está acabado, concluido, finalizado, muerto, inmaterial, 

como si nunca hubiera sido. Y sin embargo... 

Volví a verla veinte días después. Ya estaba sana, y cené con ellos. Hubo al 

principio una evidente alusión a los desvaríos sentimentales de la enferma, todo 

con gran tacto de la casa, en lo que cooperé cuanto me fue posible, pues en esos 

veinte días transcurridos no había sido mi preocupación menor pensar en la 

discreción de que debía yo hacer gala en esa primera entrevista. 

Todo fue a pedir de boca, no obstante. 

–Y usted –me dijo la madre sonriendo–, ¿ha descansado del todo de las 

fatigas que le hemos dado? 

–¡Oh, era muy poca cosa!... Y aún –concluí riendo también– estaría 

dispuesto a soportarlas de nuevo... 

María Elvira se sonrió a su vez. 

–Usted sí; pero yo no; ¡le aseguro! 

La madre la miró con tristeza: 

–¡Pobre mi hija! Cuando pienso en los disparates que se te han ocurrido... En 

fin –se volvió a mí con agrado–. Usted es ahora, podríamos decir, de la casa, y le 

aseguro que Luis María lo estima muchísimo. 

El aludido me puso la mano en el hombro y me ofreció cigarillos. 

–Fume, fume, y no haga caso. 

–¡Pero Luis María! –le reprochó la madre, semiseria–. ¡Cualquiera creería al 

oírte que le estamos diciendo mentiras a Durán! 

–No, mamá; lo que dices está perfectamente bien dicho; pero Durán me 

entiende. 

Lo que yo entendía era que Luis María quería cortar con amabilidades más o 

menos sosas; pero no se lo agradecía en lo más mínimo. 

Entretanto, cuantas veces podía, sin llamar la atención, fijaba los ojos en 

María Elvira. ¡Al fin! Ya la tenía ante mí, sana, bien sana. Había esperado y temido 

con ansia ese instante. Había amado una sombra, o más bien dicho, dos ojos y 

treinta centímetros de brazo, pues el resto era una larga mancha blanca. Y de 

aquella penumbra, como de un capullo taciturno, se había levantado aquella 

espléndida figura fresca, indiferente y alegre, que no me conocía. Me miraba como 

a un amigo de la casa, en el que es preciso detener un segundo los ojos cuando 

se cuenta algo o se comenta una frase risueña. 

Pero nada más. Ni el más leve rastro de lo pasado, ni siquiera afectación de 

no mirarme, con lo que había yo contado como último triunfo de mi juego. Era un 

sujeto –no digamos sujeto, sino ser– absolutamente desconocido para ella. Y 

piénsese ahora en la gracia que me hacía recordar, mientras la miraba, que una 

noche esos mismos ojos ahora frívolos me habían dicho, a ocho dedos de los 

míos: 

–¿Y cuando esté sana... me querrás todavía? 

¡A qué buscar luces, fuegos fatuos de una felicidad muerta, sellada a fuego 

en el cofrecillo hormigueante de una fiebre cerebral! Olvidarla... Siendo lo que 

hubiera deseado, era precisamente lo que no podía hacer. 

Más tarde, en el hall, hallé modo de aislarme con Luis María, mas colocando 

a éste entre María Elvira y yo; podía así mirarla impunemente so pretexto de que 

mi vista iba naturalmente más allá de mi interlocutor. Y es extraordinario cómo su 

cuerpo, desde el más alto cabello de su cabeza al tacón de sus zapatos, en un 

vivo deseo, y cómo al cruzar el hall para ir adentro, cada golpe de su falda contra 

el charol iba arrastrando mi alma como un papel. 

Volvió, se rió, cruzó rozando a mi lado, sonriéndome forzosamente, pues 

estaba a su paso, mientras yo, como un idiota, continuaba soñando con una súbita 

detención a mi lado, y no una, sino dos manos, puestas sobre mis sienes: 

–Y bien: ahora que me has visto de pie, ¿me quieres todavía? 

¡Bah! Muerto, bien muerto me despedí y oprimí un instante aquella mano fría, 

amable y rápida. 

Hay, sin embargo, una cosa absolutamente cierta, y es ésta: María Elvira 

puede no recordar lo que sintió en sus días de fiebre; admito esto. Pero está 

perfectamente enterada de lo que pasó, por los cuentos posteriores. Luego, es 

imposible que yo esté para ella desprovisto del menor interés. De encantos –¡Dios 

me perdone!– todo lo que ella quiera. Pero de interés, el hombre con quien se ha 

soñado veinte noches seguidas, eso no. Por lo tanto, su perfecta indiferencia a mi 

respecto no es racional. ¿Qué ventajas, qué remota probabilidad de dicha puede 

reportarme constatar esto? Ninguna, que yo vea. María Elvira se precave así 

contra mis posibles pretensiones por aquello; he aquí todo. 

En lo que no tiene razón. Que me guste desesperadamente, muy bien. Pero 

que vaya yo a exigir el cumplimiento de un pagaré de amor firmado sobre una 

carpeta de meningitis, ¡diablo! eso no. 

Nueve de la mañana. No es hora sobremanera decente de acostarse, pero 

así es. Del baile de lo de Rodríguez Peña, a Palermo. Luego al bar. Todo 

perfectamente solo. Y ahora a la cama. 

Pero no sin disponerme a concluir el paquete de cigarrillos, antes de que el 

sueño venga. Y aquí está la causa: bailé anoche con María Elvira. Y después de 

bailar, hablamos así: 

–Estos puntitos en la pupila –me dijo, frente uno de otro en la mesita del 

buffet–, no se han ido aún. No sé qué será... Antes de mi enfermedad no los tenía. 

Precisamente nuestra vecina de mesa acababa de hacerle notar ese detalle. 

Con lo que sus ojos no quedaban sino más luminosos. 

Apenas comencé a responderle, me di cuenta de la caída; pero ya era tarde. 

–Sí –le dije, observando sus ojos–. Me acuerdo de que antes no los tenía... 

Y miré a otro lado. Pero María Elvira se echó a reír: 

–Es cierto; usted debe saberlo más que nadie. 

¡Ah! ¡Qué sensación de inmensa losa derrumbada por fin de sobre mi pecho! 

¡Era posible hablar de eso, por fin! 

–Eso creo –repuse–. Más que nadie, no sé... Pero sí; en el momento a que 

se refiere, ¡más que nadie, con seguridad! 

Me detuve de nuevo; mi voz comenzaba a bajar demasiado de tono. 

–¡Ah, sí! –se sonrió María Elvira. Apartó los ojos, seria ya, alzándolos a las 

parejas que pasaban a nuestro lado. 

Corrió un momento, para ella de perfecto olvido de lo que hablábamos, 

supongo, y de sombría angustia para mí. Pero sin volver a mí los ojos, como si le 

interesaran siempre los rostros que cruzaban en sucesión de film, agregó un 

instante después: 

–Cuando era mi amor, al parecer. 

–Perfectamente bien dicho –le dije–. Su amor, al parecer. 

Ella me miró entonces de pleno. 

–No... 

Y se calló. 

–¿No... qué? Concluya. 

–¿Para qué? Es una zoncera. 

–No importa: concluya. 

Ella se echó a reír: 

–¿Para qué? En fin... ¿No supondrá que no era al parecer? 

–Eso es un insulto gratuito –le respondí–. Yo fui el primero en comprobar la 

exactitud de la cosa, cuando yo era su amor... al parecer. 

–¡Y dale...! –murmuró. Pero a mi vez el demonio de la locura me arrastró tras 

aquel ¡y dale! burlón, a una pregunta que nunca debiera haber hecho. 

–Óigame, María Elvira –me incliné–: ¿usted no recuerda nada, no es cierto, 

nada de aquella ridícula historia? 

Me miró muy seria, con altivez si se quiere, pero al mismo tiempo con 

atención, como cuando nos disponemos a oír cosas que a pesar de todo no nos 

disgustan. 

–¿Qué historia? –dijo. 

–La otra, cuando yo vivía a su lado... –le hice notar con suficiente claridad. 

–Nada... absolutamente nada. 

–Veamos; míreme un instante... 

–¡No, ni aunque lo mire...! –me lanzó en una carcajada. 

–¡No, no es eso...! Usted me ha mirado demasiado antes para que yo no 

sepa... Quería decirle esto: ¿No se acuerda usted de haberme dicho algo... dos o 

tres palabras nada más... la última noche que tuvo fiebre? 

María Elvira contrajo las cejas un largo instante, y las levantó luego, más 

altas que lo natural. Me miró atentamente, sacudiendo la cabeza: 

–No, no recuerdo... 

–¡Ah! –me callé. 

Pasó un rato. Vi de reojo que me miraba aún. 

–¿Qué? –murmuró. 

–¿Qué... qué? –repetí. 

–¿Qué le dije? 

–Tampoco me acuerdo ya... 

–Sí, se acuerda... ¿Qué le dije? 

–No sé, le aseguro... 

–¡Sí, sabe...! ¿Qué le dije? 

–¡Veamos! –me aproximé de nuevo a ella–. Si usted no recuerda 

absolutamente nada, puesto que todo era una alucinación de fiebre, ¿qué puede 

importarle lo que me haya o no dicho en su delirio? 

El golpe era serio. Pero María Elvira no pensó en contestarlo, contentándose 

con mirarme un instante más y apartar la vista con una corta sacudida de 

hombros. 

–Vamos –me dijo bruscamente–. Quiero bailar este vals. 

–Es justo –me levanté–. El sueño de vals que bailábamos no tiene nada de 

divertido. 

No me respondió. Mientras avanzábamos al salón, parecía buscar con los 

ojos a alguno de sus habituales compañeros de vals. 

–¿Qué sueño de vals desagradable para usted? –me dijo de pronto, sin dejar 

de recorrer el salón con la vista. 

–Un vals de delirio... No tiene nada que ver con esto. –Me encogí a mi vez de 

hombros. 

Creí que no hablaríamos más esa noche. Pero aunque María Elvira no 

respondió una palabra, tampoco pareció hallar al compañero ideal que buscaba. 

De modo que, deteniéndose, me dijo con una sonrisa forzada –la ineludible 

forzada sonrisa que campeó sobre toda aquella historia: 

–Si quiere, entonces, baile este vals con su amor... 

–... al parecer. No agrego una palabra más –repuse, pasando la mano por su 

cintura. 

Un mes más transcurrido. ¡Pensar que la madre, Angélica y Luis María están 

para mí llenos ahora de poético misterio! La madre es, desde luego, la persona a 

quien María Elvira tutea y besa más íntimamente. Su hermana la ha visto 

desvestirse. Luis María, por su parte, se permite pasarle la mano por la barbilla 

cuando entra y ella está sentada de espaldas. Tres personas bien felices, como se 

ve, e incapaces de apreciar la dicha en que se ven envueltos. 

En cuanto a mí, me paso la vida llevando cigarros a la boca como quien 

quema margaritas: ¿me quiere? ¿no me quiere? 

Después del baile en lo de Peña, he estado con ella muchas veces, en su 

casa, desde luego, todos los miércoles. 

Conserva su mismo círculo de amigos, sostiene a todos con su risa, y flirtea 

admirablemente cuantas veces se lo proponen. Pero siempre halla modo de no 

perderme de vista. Esto cuando está con los otros. Pero cuando está conmigo, 

entonces no aparta los ojos de ellos. 

¿Es esto razonable? No, no lo es. Y por eso tengo desde hace un mes una 

buena laringitis, a fuerza de ahumarme la garganta. 

Anoche, sin embargo, hemos tenido un momento de tregua. Era miércoles. 

Ayestarain conversaba conmigo, y una breve mirada de María Elvira, lanzada 

hacia nosotros por sobre los hombros de cuádruple flirt que la rodeaba, puso su 

espléndida figura en nuestra conversación. Hablamos de ella y, fugazmente, de la 

vieja historia. Un rato después María Elvira se detenía ante nosotros. 

–¿De que hablan? 

–De muchas cosas; de usted en primer término –respondió el médico. 

–Ah, ya me parecía... –y recogiendo hacia ella un silloncito romano, se sentó 

cruzada de piernas, con la cara sostenida en la mano. 

– Sigan; ya escucho. 

–Contaba a Durán –dijo Ayestarain– que casos como el que le ha pasado a 

usted en su enfermedad son raros, pero hay algunos. Un autor inglés, no recuerdo 

cuál, cita uno. Solamente que es más feliz que el suyo. 

–¿Más feliz? ¿Y por qué? 

–Porque en aquél no hay fiebre, y ambos se aman en sueños. En cambio, en 

este caso, usted era únicamente quien amaba... 

¿Dije ya que la actitud de Ayestarain me había parecido siempre un tanto 

tortuosa respecto de mí? Si no lo dije, tuve en aquel momento un fulminante deseo 

de hacérselo sentir, no solamente con la mirada. Algo no obstante de ese anhelo 

debió percibir en mis ojos, porque se levantó riendo: 

–Los dejo para que hagan las paces. 

–¡Maldito bicho! –murmuré cuando se alejó. 

–¿Por qué? ¿Qué le ha hecho? 

–Dígame, María Elvira –exclamé–. ¿Le ha hecho el amor a usted alguna 

vez? 

–¿Quién, Ayestarain? 

–Sí, él. 

Me miró titubeando al principio. Luego, plenamente en los ojos, seria: 

–Sí –me contestó. 

–¡Ah, ya me lo esperaba...! Por lo menos ése tiene suerte... –murmuré, ya 

amargado del todo. 

–¿Por qué? –me preguntó. 

Sin responderle, me encogí violentamente de hombros y miré a otro lado. 

Ella siguió mi vista. Pasó un momento. 

–¿Por qué? –insistió, con esa obstinación pesada y distraída de las mujeres 

cuando comienzan a hallarse perfectamente a gusto con un hombre. Estaba 

ahora, y estuvo durante los breves momentos que siguieron, de pie, con la rodilla 

sobre el silloncito. Mordía un papel –jamás supe de dónde pudo salir– y me 

miraba, subiendo y bajando imperceptiblemente las cejas. 

–¿Por qué? –repuse al fin–. Porque él tiene por lo menos la suerte de no 

haber servido de títere ridículo al lado de una cama, y puede hablar seriamente, 

sin ver subir y bajar las cejas como si no se entendiera lo que digo... ¿Comprende 

ahora? 

María Elvira me miró unos instantes pensativa, y luego movió negativamente 

la cabeza, con su papel en los labios. 

–¿Es cierto o no? –insistí, pero ya con el corazón a loco escape. 

Ella tornó a sacudir la cabeza: 

–No, no es cierto... 

–¡María Elvira! –llamó Angélica de lejos. 

Todos saben que la voz de los hermanos suele ser de lo más inoportuna. 

Pero jamás una voz fraternal ha caído en un diluvio de hielo y pez fría tan fuera de 

propósito como aquella vez. 

María Elvira tiró el papel y bajó la rodilla. 

–Me voy –me dijo riendo, con la risa que ya le conocía cuando afrontaba un 

flirt. 

–¡Un solo momento! –le dije. 

–¡Ni uno más! –me respondió alejándose ya y negando con la mano. 

¿Qué me quedaba por hacer? Nada, a no ser tragar el papelito húmedo, 

hundir la boca en el hueco que había dejado su rodilla, y estrellar el sillón contra la 

pared. Y estrellarme enseguida yo mismo contra un espejo, por imbécil. La 

inmensa rabia de mí mismo me hacía sufrir, sobre todo. ¡Intuiciones viriles! 

¡Psicologías de hombre corrido! ¡Y la primera coqueta cuya rodilla queda marcada 

allí, se burla de todo eso con una frescura sin par! 

No puedo más. La quiero como un loco, y no sé –lo que es más amargo 

aún– si ella me quiere realmente o no. Además, sueño, sueño demasiado, y cosas 

por el estilo: Ibamos del brazo por un salón, ella toda de blanco, y yo como un 

bulto negro a su lado. No había más que personas de edad en el salón, y todas 

sentadas, mirándonos pasar. Era, sin embargo, un salón de baile. Y decían de 

nosotros: La meningitis y su sombra. Me desperté, y volví a soñar; el tal salón de 

baile estaba frecuentado por los muertos diarios de una epidemia. El traje blanco 

de María Elvira era un sudario, y yo era la misma sombra de antes, pero tenía 

ahora por cabeza un termómetro. Eramos siempre La meningitis y su sombra. 

¿Qué puedo hacer con sueños de esta naturaleza? No puedo más. Me voy a 

Europa, a Norteamérica, a cualquier parte donde pueda olvidarla. 

¿A qué quedarme? ¿A recomenzar la historia de siempre, quemándome 

solo, como un payaso, o a desencontrarnos cada vez que nos sentimos juntos? 

¡Ah, no! Concluyamos con esto. No sé el bien que les podrá hacer a mis planos de 

máquinas esta ausencia sentimental (¡y sí, sentimental, ¡aunque no quiera!); pero 

quedarme sería ridículo, y estúpido, y no hay para qué divertir más a las María 

Elvira. 

... 

Podría escribir aquí cosas pasablemente distintas de las que acabo de 

anotar, pero prefiero contar simplemente lo que pasó el último día que vi a María 

Elvira. 

Por bravata, o desafío a mí mismo, o quién sabe por qué mortuoria 

esperanza de suicida, fui la tarde anterior de mi salida a despedirme de los Funes. 

Ya hacía diez días que tenía mis pasajes en el bolsillo –por donde se verá cuánto 

desconfiaba de mí mismo. 

María Elvira estaba indispuesta –asunto de garganta o jaqueca– pero visible. 

Pasé un momento a la antesala a saludarla. La hallé hojeando músicas, 

desganada. Al verme se sorprendió un poco, aunque tuvo tiempo de echar una 

rápida ojeada al espejo. Tenía el rostro abatido, los labios pálidos, y los ojos 

hundidos de ojeras. Pero era ella siempre, más hermosa aún para mí porque la 

perdía. 

Le dije sencillamente que me iba, y le deseaba mucha felicidad. 

Al principio no me comprendió. 

–¿Se va? ¿Y adónde? 

–A Norteamérica... Acabo de decírselo. 

–¡Ah! –murmuró, marcando bien claramente la contracción de los labios. 

Pero enseguida me miró inquieta. 

–¿Está enfermo? 

–¡Pst...! No precisamente... No estoy bien. 

–¡Ah! –murmuró de nuevo. Y miró hacia afuera a través de los vidrios 

abriendo bien los ojos, como cuando uno pierde el pensamiento. 

Por lo demás, llovía en la calle y la antesala no estaba clara. 

Se volvió a mí. 

–¿Por qué se va? –me preguntó. 

–¡Hum! –me sonreí–. Sería muy largo, infinitamente largo de contar... En fin, 

me voy. 

María Elvira fijó aún los ojos en mí, y su expresión preocupada y atenta se 

tornó sombría. Concluyamos, me dije. Y adelántame: 

–Bueno, María Elvira 

Me tendió lentamente la mano, una mano fría y húmeda de jaqueca. 

–Antes de irse –me dijo– ¿no me quiere decir por qué se va? 

Su voz había bajado un tono. El corazón me latió locamente, pero como en 

un relámpago la vi ante mí, como aquella noche, alejándose riendo y negando con 

la mano: «no, ya estoy satisfecha...» ¡Ah, no, yo también! ¡Con aquello tenía 

bastante! 

–¡Me voy –le dije bien claro–, porque estoy hasta aquí de dolor, ridiculez y 

vergüenza de mí mismo! ¿Está contenta ahora? 

Tenía aún su mano en la mía. La retiró, se volvió lentamente, quitó la música 

del atril para colocarla sobre el piano, todo con pausa y mesura, y me miró de 

nuevo, con esforzada y dolorosa sonrisa: 

–¿Y si yo... le pidiera que no se fuera? 

–¡Pero por Dios bendito! –exclamé. ¡No se da cuenta de que me está 

matando con estas cosas! ¡Estoy harto de sufrir y echarme en cara mi infelicidad! 

¿Qué ganamos, que gana usted con estas cosas? ¡No, basta ya! ¿Sabe usted – 

agregué adelantándome– lo que usted me dijo aquella última noche de su 

enfermedad? ¿Quiere que se lo diga? ¿Quiere? 

Quedó inmóvil, toda ojos. 

–Sí, dígame... 

–¡Bueno! Usted me dijo, y maldita sea la noche en que lo oí, usted me dijo 

bien claro esto: Y–cuan–do–no–ten–ga–más–de–li–rio, ¿me–que–rrás–to–da–
ví– 

a? Usted tenía delirio aún, ya lo sé... ¿Pero qué quiere que haga yo ahora? 

¿Quedarme aquí, a su lado, desangrándome vivo con su modo de ser, porque la 

quiero como un idiota...? Esto es bien claro también ¿eh? ¡Ah! ¡Le aseguro que no 

es vida la que llevo! ¡No, no es vida! 

Y apoyé la frente en los vidrios, deshecho, sintiendo que después de lo que 

había dicho, mi vida se derrumbaba para siempre jamás. 

Pero era menester concluir, y me volví: Ella estaba a mi lado, y en sus ojos – 

como en un relámpago, de felicidad esta vez– vi en sus ojos resplandecer, 

marearse, sollozar, la luz de húmeda dicha que creía muerta ya. 

–¡María Elvira! –grité, creo– ¡Mi amor querido! ¡Mi alma adorada! 

Y ella, en silenciosas lágrimas de tormento concluido, vencida, entregada, 

dichosa, había hallado por fin sobre mi pecho postura cómoda a su cabeza. 

Y nada más. ¿Habrá cosa más sencilla que todo esto? Yo he sufrido, es bien 

posible, llorado, aullado de dolor; debo creerlo porque así lo he escrito. ¡Pero qué 

endiabladamente lejos está todo eso! Y tanto más lejos porque –y aquí está lo 

más gracioso de esta nuestra historia– ella está aquí, a mi lado, leyendo con la 

cabeza sobre la lapicera lo que escribo. Ha protestado, bien se ve, ante no pocas 

observaciones mías; pero en honor del arte literario en que nos hemos engolfado 

con tanta frescura, se resigna como buena esposa. Por lo demás, ella cree 

conmigo que la impresión general de la narración, reconstruida por etapas, es un 

reflejo bastante acertado de lo que pasó, sentimos y sufrimos. Lo cual, para obra 

de un ingeniero, no está del todo mal. 

En este momento María Elvira me interrumpe para decirme que la última 

línea escrita no es verdad: Mi narración no sólo no está del todo mal, sino que está 

bien, muy bien. Y como argumento irrefutable me echa los brazos al cuello y me 

mira, no sé si a mucho más de cinco centímetros. 

–¿Es verdad? –murmura, o arrulla, mejor dicho. 

–¿Se puede poner arrulla? –le pregunto. 

–¡Sí, y esto, y esto! –Y me da un beso. 

¿Qué más puedo añadir? 



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